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El Padre Ausente

Elizabeth George

El sufrimiento en el pasado… la muerte en el presente… Leonardo Da Vinci es la clave. Una turbadora intriga y una novela genial.

Elizabeth George

El Padre Ausente

Serie Lynley, 06

Traducción de Eduardo G. Murillo

Título original: Missing Joseph

© 1993, Susan Elizabeth George

Para Deborah

Todo lo he hecho por ti,

por ti, querida, hija mía,

quien ignorando lo que eres

no sabes nada de mí…

W. Shakespeare, La tempestad

AGRADECIMIENTOS

Estoy muy agradecida a muchas personas de Inglaterra que me ayudaron a reunir datos para este libro. En particular, a Patricia Crowther, autora de Lid off the Cauldron, que me invitó a su casa de Sheffield y me proporcionó la base para «El Arte de la Sabiduría»; al reverendo Brian Darbyshire, de la parroquia de San Andrés en Slaidburn, que me informó sobre las costumbres de la Iglesia anglicana y me permitió codearme con su congregación; a John King-Wilkinson, cuyo Dunnow Hall, abandonado por su familia, me sirvió de modelo para mi Cotes Hall; y a Tony Mott, mi maravilloso editor inglés, que nunca pierde la paciencia y quien, para este libro, me proporcionó de todo, desde un ejemplar de Mists over Pendle hasta el emplazamiento de las estaciones ferroviarias.

En Estados Unidos, doy las gracias a Patty Gram por ayudarme en todo lo referente a Inglaterra; a Julie Mayer, por leer otro borrador; a Ira Toibin, por supervisar el proceso, respetando el esfuerzo, sin abandonar en ningún momento su papel de marido y amigo; a Kate Miciak, por aportar aliento editorial, sabiduría y entusiasmo; y a Deborah Schneider, por no abandonarme en ningún momento. Esta obra es para ti, Deborah, con amor y amistad.

NOVIEMBRE

La lluvia

Capuchino: la solución de los tiempos modernos para ahuyentar momentáneamente la tristeza. Unas cucharadas de exprés, una nube de leche caliente, una pizca complementaria de chocolate en polvo, carente de sabor por lo general, y de repente, se suponía que la vida volvía a su orden habitual. Qué tontería.

Deborah St. James suspiró. Cogió la nota, que la camarera había dejado subrepticiamente sobre la mesa al pasar.

– Santo Dios -susurró, y contempló, consternada e irritada al mismo tiempo, la cantidad que debía pagar. Podría haber entrado en el pub de la manzana anterior y haber escuchado la voz interior que decía: «¿A qué vienen estas mamarrachadas, Deb? ¿Vamos a tomar una Guinness en algún sitio?», pero en cambio se había desviado hacia Upstairs, la elegante cafetería -mármol, vidrio y cromo- del hotel Savoy, donde los que dejaban de lado el agua pagaban caro el privilegio. Como acababa de descubrir.

Había acudido al Savoy para enseñar su carpeta a Richie Rica, un productor de la nueva hornada contratado por una empresa de espectáculos recién formada que se llamaba L. A. Sound-Machine. Había viajado a Londres durante unos breves siete días para seleccionar al fotógrafo que plasmaría para la posteridad el aspecto de Dead Meat, una banda de cinco miembros formada en Leeds, cuyo nuevo álbum se encargaba Rica de tutelar desde la creación a la conclusión. Informó a Deborah de que era el «noveno puñetero fotógrafo» cuya obra examinaba. Por lo visto, su paciencia se estaba agotando.

Por desgracia, su entrevista no dio fruto. Rica, sentado a horcajadas sobre una delicada silla dorada, examinó su carpeta con el interés y la velocidad aproximados de un hombre que reparte cartas en un casino. Una tras otra, las fotografías de Deborah fueron a parar al suelo. Las vio caer: su marido, su padre, su cuñada, sus amigos, la miríada de conocidos que su matrimonio había aportado, ninguno de los cuales era Bowie, Sting o George Michael. Solo había conseguido la entrevista gracias a la recomendación de un amigo fotógrafo, cuyo trabajo tampoco había complacido al norteamericano. Y, a juzgar por la expresión de Rica, no iba a salir mejor librada que los demás.

Lo cual no la preocupaba tanto como ver acumularse sobre el suelo, bajo la silla de Rica, el blanco y negro lustroso de sus fotografías. Entre ellas distinguió el rostro sombrío de su marido, y tuvo la impresión de que sus ojos -de un tono gris azulado, a la greña con su cabello negro como el azabache- la estaban mirando fijamente. Esta no es manera de escapar, le decían.

Nunca quería creer en las palabras de Simon cuando más razón tenía. Era la principal dificultad de su matrimonio: su rechazo a primar la razón sobre los sentimientos y oponer dura resistencia al frío análisis de los hechos que realizaba Simon. Decía, maldita sea, Simon, no me digas qué he de sentir, tú no sabes lo que siento… Y lloraba más amargamente cuando sabía que él tenía razón.

Como ahora, cuando Simon se encontraba en Cambridge, a ochenta kilómetros de distancia, estudiando un cadáver y una serie de radiografías, para decidir con su habitual agudeza desapasionada y clínica el objeto utilizado para golpear a la chica en el rostro.

De modo que, cuando Richie Rica dijo, como único comentario a su obra, con un suspiro de agonía por la monumental pérdida de su tiempo: «De acuerdo, tiene talento, pero ¿quiere que le diga la verdad? Estas fotos no venderían mierda ni aunque estuviera recubierta de oro», no se ofendió tanto como esperaba. Solo cuando el hombre movió la silla antes de levantarse, notó Deborah un principio de irritación, porque la silla había surcado la alfombra de fotos recién creada, y una de las patas había perforado el rostro arrugado del padre de Deborah, hundido su mejilla y provocado una fisura desde el mentón a la nariz.

De hecho, no fue el daño causado a la fotografía lo que enrojeció su cara, sino las palabras de Rica.

– Oh, coño, lo siento. Podrá hacer otra copia del viejo, ¿no?

Y por eso Deborah se arrodilló, y logró que sus manos no temblaran mediante el expediente de apoyarlas con fuerza sobre el suelo. Recogió las fotos, las devolvió a la carpeta, ató las cintas y levantó la vista.

– Usted no parece un gusano. ¿Por qué se comporta como si lo fuera? -dijo.

Motivo principal, dejando aparte el relativo mérito de sus fotografías, de que no obtuviera el trabajo.

«Fue sin querer, Deb», habría dicho su padre. Era cierto, por supuesto. Muchas cosas en la vida sucedían sin querer.

Cogió el bolso, la carpeta y el paraguas, y se encaminó hacia la majestuosa entrada del hotel. Tras dejar atrás una fila de taxis, salió a la acera. La lluvia de la mañana había cesado de momento, pero el viento era fuerte, uno de aquellos iracundos vientos de Londres que soplaba del sureste, ganaba velocidad sobre la superficie del mar y azotaba las calles, tirando de las ropas y los paraguas. Combinado con el rugido del tráfico, daba lugar a un aullido restallante que recorría el Strand. Deborah escudriñó el cielo. Nubes grises se apelotonaban. Dentro de pocos minutos volvería a llover.

Pensó en dar un paseo antes de volver a casa. No estaba lejos del río, y una caminata por el malecón se le antojó una perspectiva más agradable que encerrarse en una casa a la que el tiempo y los ecos de su última discusión con Simon dotaban de un ambiente tenebroso. Sin embargo, se lo pensó mejor cuando el viento hirió sus ojos y percibió en el aire el olor de la lluvia inminente. La casual aparición de un autobús de la línea once le indicó lo que debía hacer.

Corrió hacia la cola. Un momento después, se encontraba embutida entre la multitud que llenaba el autobús. No obstante, al cabo de dos manzanas, un paseo por el malecón, en mitad de un huracán enfurecido, se le antojó mucho más atractivo que los apretujones del autobús. Claustrofobia, un paraguas hundido en el dedo pequeño de su pie por un guardia jurado vestido con traje de agua, alejado varios kilómetros de su territorio, y el penetrante olor a ajo que parecía emanar por todos los poros de una mujer menuda, con aspecto de abuela, muy cercana a Deborah, fue más que suficiente para convencerla de que el día prometía horrores sin cuento.

El tráfico se detuvo en la calle Craven, y ocho personas más aprovecharon para subir al autobús. Empezó a llover. Como en respuesta a aquellos tres acontecimientos, la mujer con aspecto de abuela exhaló un tremendo suspiro, y Traje de Agua se apoyó con más fuerza en el mango del paraguas. Deborah trató de contener la respiración y empezó a sentirse débil.

Cualquier cosa -viento, lluvia, truenos o un encuentro con los Cuatro Jinetes del Apocalipsis- sería mejor que aquello. Otra entrevista con Richie Rica sería mejor. Cuando el autobús avanzó unos centímetros en dirección a Trafalgar Square, Deborah se abrió paso entre cinco rapados, dos rockeros punk, media docena de amas de casa y un alegre grupo de turistas norteamericanos que charlaban por los codos. Llegó a la puerta justo cuando la Columna de Nelson aparecía ante su vista. Saltó con decisión y el viento la acogió. La lluvia repiqueteó sobre su cara.

Sabía que era inútil abrir el paraguas. El viento lo rasgaría como papel de seda y lo arrastraría por la calle. En consecuencia, buscó refugio. La plaza estaba desierta, una amplia extensión de hormigón, fuentes y leones acuclillados. La plaza, desprovista por una vez de sus habituales palomas, y de los vagabundos que se apostaban junto a las fuentes, trepaban a los leones y animaban a los turistas a dar de comer a las palomas, parecía el monumento al héroe que en teoría era. Sin embargo, en mitad de la tormenta, no prometía el menor cobijo. Al otro lado se alzaba la Galería Nacional, donde algunas personas se atrincheraban en sus abrigos, luchaban con los paraguas y corrían como ratas escaleras arriba. Allí había refugio, y aún más. Comida, si quería. Arte, si lo necesitaba. Y la perspectiva de distraerse, lo cual anhelaba desde hacía ocho meses.

Cuando el agua empezó a resbalar desde su pelo hasta la nuca, Deborah bajó a toda prisa los peldaños del metro, recorrió el túnel peatonal y salió a la plaza al cabo de pocos momentos. La cruzó a buen paso, con la carpeta apretada contra el pecho, mientras el viento tironeaba de su abrigo y constantes oleadas de lluvia se abatían sobre ella. Cuando llegó a la puerta de la galería, tenía los zapatos encharcados, las medias sucias, y notaba el cabello como si fuera una gorra de lana mojada.

¿Adonde ir? Hacía eones que no entraba en la galería. Qué vergüenza, pensó. Se supone que soy una artista.

La verdad era que siempre se sentía abrumada en los museos, y víctima indefensa de la saturación estética al cabo de un cuarto de hora. Otras personas podían caminar, mirar y comentar las pinceladas con la nariz a solo diez centímetros de la tela, pero Deborah, al décimo cuadro, ya había olvidado el primero.

Dejó sus cosas en la consigna, cogió un plano del museo y empezó a vagar, satisfecha de haber huido del frío y alentada por la idea de que la galería contenía una amplísima gama de atractivos, suficientes para proporcionarle un respiro temporal. Aunque se hubiera quedado sin el trabajo, las exposiciones de la galería bastarían para que olvidara el tema durante unas horas. Con un poco de suerte, el trabajo de Simon le retendría aquella noche en Cambridge. La discusión no se reanudaría. Compraría un poco más de tiempo.

Echó un vistazo al plano del museo, en busca de algo que la interesara. Primitivos italianos, Italianos del siglo XV, Holandeses del siglo XVII, Ingleses del siglo XVIII. Solo un artista era mencionado por su nombre: Leonardo, Dibujo, Sala 7.

Encontró la sala con facilidad, encerrada en sí misma, no más grande que el estudio de Simon en Chelsea. Al contrario que las salas de exposición por las que había pasado, la Sala 7 solo contenía una pieza, la composición a gran escala de la Virgen y el Niño, con santa Ana y san Juan Bautista niño, obra de Leonardo da Vinci. También al contrario que las otras salas, la Sala 7 era como una capilla, apenas iluminada por tenues luces protectoras enfocadas sobre la obra, y estaba amueblada con una serie de bancos, para que los admiradores pudieran contemplar lo que el plano del museo llamaba una de las obras más hermosas de Leonardo. En aquel momento, no había ningún otro admirador.

Deborah se sentó ante el cuadro. Notó que su espalda se ponía rígida y un núcleo de tensión se formaba en su nuca. No era inmune a la magnífica ironía de su elección.

Era a causa de la expresión de la Virgen, aquella máscara de devoción y amor abnegado. Era a causa de los ojos de santa Ana -profunda comprensión en un rostro feliz-, que miraban en dirección a la Virgen. Pues ¿quién podría comprender mejor que santa Ana, que contemplaba a su amada hija, sosteniendo amorosa al maravilloso niño que había dado a luz? Y al niño, que se removía en los brazos de su madre y extendía las manos hacia su primo el Bautista, y que en aquel mismo momento ya empezaba a alejarse de su madre…

En eso haría hincapié Simon, en el alejamiento. Era el científico quien hablaba, sereno, analítico, proclive a contemplar el mundo en términos prácticos y objetivos, derivados de las estadísticas. Su visión del mundo (su propio mundo, en realidad) era diferente del de ella. Simon podía decir: «Escucha, Deborah, existen otros vínculos, además de los de sangre…», porque era fácil para él poseer aquella inclinación filosófica en particular. Para ella, la vida era definida por términos muy distintos.

Conjuró sin el menor esfuerzo la imagen de la fotografía que la silla de Rica había rasgado y destrozado: la brisa primaveral que agitaba el escaso cabello de su padre, la sombra similar al ala de un ave que arrojaba la rama de un árbol sobre la losa de la tumba de su madre, el brillo del sol sobre los narcisos que estaba colocando en un jarrón, como pequeñas trompetas, la propia mano, que sostenía las flores con los dedos cerrados con fuerza alrededor de los tallos, como se habían cerrado cada cinco de abril de los últimos dieciocho años. Su padre tenía cincuenta y ocho años. Era su único vínculo de carne y hueso.

Deborah contempló el cuadro. Las dos figuras femeninas habrían comprendido lo que su marido no podía: el poder, la bendición, la inefable admiración de la vida creada y surgida de la propia.

– Quiero que concedas a tu cuerpo un descanso de un año, como mínimo -había dicho el médico-. Llevas seis abortos, cuatro espontáneos solo en los últimos nueve meses. Hemos detectado estrés físico, una pérdida de sangre peligrosa, desequilibrio hormonal y…

– Probemos fármacos para la fertilidad -dijo ella.

– No me has escuchado. En este momento, está fuera de toda consideración.

– In vitro, pues.

– Ya sabes que la fecundación no es el problema, Deborah, sino la gestación.

– Me quedaré los nueve meses en la cama. No me moveré. Haré cualquier cosa.

– Entonces, ponte en una lista de adopción, empieza a utilizar anticonceptivos y vuelve a probar el año que viene por esta época. Porque si sigues quedándote embarazada de esta manera, antes de los treinta te verás abocada a una histerectomía.

Escribió la receta.

– Pero tiene que haber un medio -le dijo ella, en tono sereno. No debía aparentar disgusto. El paciente no debe transparentar jamás tensión mental o emocional, porque el médico lo apuntaría en su expediente, y podría ser utilizado contra ella.

El médico no dejaba de comprenderla.

– Lo hay -dijo- el año que viene. Cuando tu cuerpo haya tenido la oportunidad de curar. Entonces, estudiaremos todas las posibilidades. In vitro, fármacos para la fertilidad, lo que sea. Haremos todas las pruebas posibles. Dentro de un año.

Y, obediente, empezó a tomar la píldora, pero cuando Simon llegó a casa con los formularios de adopción, se negó a colaborar.

Era absurdo pensar en ello ahora. Se obligó a clavar la vista en el cuadro. Los rostros eran serenos, decidió. Parecían bien definidos. El resto de la obra era, sobre todo, una impresión, plasmada como una serie de interrogantes que jamás recibirían contestación. ¿La Virgen levantaría o bajaría el pie? ¿Continuaría señalando hacia el cielo santa Ana? ¿Acariciaría la mano regordeta del Niño la barbilla del Bautista? Y al fondo, ¿se veía el Gólgota, o quizá se trataba de un futuro demasiado amargo para aquel momento de tranquilidad, que era mejor no ver ni anunciar?

– José no está. Sí. Por supuesto. José no está.

Deborah se volvió al oír un susurro y vio que un hombre, cubierto con un amplio abrigo empapado, una bufanda alrededor del cuello, y un sombrero flexible en la cabeza, como si continuara en la calle, había entrado en la sala. Daba la impresión de que no había reparado en su presencia y, de no haber hablado, Deborah tampoco se habría fijado en él. Vestía completamente de negro, y se refugió en la parte más alejada de la sala.

– José no está -repitió, resignado.

Jugador de rugby, pensó Deborah, porque era alto y parecía robusto debajo del impermeable. Y sus manos, que aferraban un plano enrollado del museo frente a él, como un cirio apagado, eran grandes, de dedos romos, y muy capaces, imaginó, de empujar a un lado a otros jugadores mientras corría por el campo.

Ahora no corría, aunque se movió hacia delante, hasta un cono de luz. Sus pasos parecían reverentes. Con los ojos clavados en el Da Vinci, se quitó el sombrero, como hacen los hombres en la iglesia. Lo dejó caer sobre un banco. Se sentó.

Llevaba zapatos de suela gruesa -zapatos prácticos, zapatos de campo- y los balanceaba sobre sus bordes exteriores, mientras sus manos colgaban entre las rodillas. Al cabo de un momento, pasó la mano por su cabello ralo, del color grisáceo del hollín. Más que un gesto destinado a cuidar de su apariencia fue un gesto de meditación. Su rostro, alzado para estudiar el Da Vinci, sugería dolor y preocupación, con bolsas bajo los ojos y profundas arrugas en la frente.

Apretó los labios. El superior era grueso, delgado el inferior. Formaron un surco de aflicción en su cara, y dio la sensación de que intentaban contener sin éxito un torbellino interior. Un compañero de fatigas, pensó Deborah. Su sufrimiento la conmovió.

– Es una pintura muy hermosa, ¿verdad? -Habló en el tono semisusurrado que se adopta automáticamente en los sitios consagrados a la oración o la meditación-. Es la primera vez que la veo.

El hombre se volvió hacia ella. Era moreno, mayor de lo que parecía al principio, y dio la impresión de que le sorprendía ser abordado de repente por una desconocida.

– Y yo -respondió.

– En mi caso, es horrible, teniendo en cuenta que vivo en Londres desde hace dieciocho años. Me pregunto qué más me he perdido.

– José.

– ¿Perdón?

El hombre utilizó el plano del museo para indicar la obra.

– Falta José, y siempre faltará. ¿No se ha dado cuenta? Siempre, la Madonna y el Niño.

Deborah contempló de nuevo la obra.

– Nunca se me había ocurrido, la verdad.

– O la Virgen y el Niño. O la Madre y el Niño. O la Adoración de los Magos con la vaca, el asno y un par de ángeles. Pero muy pocas veces sale José. ¿Nunca se ha preguntado por qué?

– Tal vez… Bueno, en realidad no era su padre, ¿verdad?

El hombre cerró los ojos.

– Santo Dios -murmuró.

Parecía tan conmocionado que Deborah se apresuró a continuar.

– Quiero decir, nos han enseñado a creer que él no era el padre, pero no lo sabemos con certeza. ¿Cómo íbamos a saberlo? No estábamos allí. Ella no llevó un diario de su vida. Solo nos han dicho que el Espíritu Santo bajó con un ángel, o algo por el estilo, y… No sé cómo se lo montaron, desde luego, pero fue un milagro, ¿no? Un momento antes era virgen, y al siguiente ya estaba embarazada, y al cabo de nueve meses… ya tenía a su bebé, y lo abrazaba sin acabar de creer que era real, supongo. Era suyo, suyo de verdad, el niño que había anhelado desde… Bueno, si cree en milagros.

No se dio cuenta de que había empezado a llorar hasta que vio cambiar la expresión del desconocido. Después, tuvo ganas de reír, debido a lo absurdo de la situación. Aquel dolor psíquico era de lo más ridículo. Se lo estaban pasando como una pelota de tenis.

El desconocido sacó un pañuelo del bolsillo del impermeable. Lo oprimió, arrugado, contra su mano.

– Por favor -dijo con gran seriedad-. Está limpio. Solo lo he utilizado una vez, para secarme la lluvia de la cara.

Deborah lanzó una carcajada temblorosa. Apretó el pañuelo debajo de sus ojos y se lo devolvió.

– Los pensamientos se encadenan así, ¿verdad? Te pillan desprevenida. Crees que estás muy protegida, y de repente, dices algo que, en apariencia, es razonable y neutro, pero nunca estás a salvo de lo que intentas no sentir.

El hombre sonrió. El resto de su persona se veía cansada y envejecida, con arrugas en los ojos y un inicio de papada, pero su sonrisa era cálida.

– A mí me pasa lo mismo. Entré aquí en busca de un refugio de la lluvia, y me topé con este cuadro.

– ¿Y pensó en san José, cuando en realidad no lo deseaba?

– No. En cierto modo, había pensado en él. -Devolvió su pañuelo al bolsillo y prosiguió, en un tono más ligero-. De hecho, me habría gustado pasear por un parque. Me dirigía al de St. James cuando volvió a llover. Por lo general, me gusta pensar al aire libre. Soy un campesino de corazón, y si alguna vez he de pensar o decidir algo, siempre procuro hacerlo al aire libre. Una buena caminata despeja la cabeza, y también el corazón. Aclara los pros y los contras de la vida.

– Puede que los aclare, pero no los soluciona. Yo no puedo, al menos. No puedo decir que sí solo porque la gente quiere que lo haga, por mucha razón que tenga.

El hombre desvió la vista hacia el cuadro. Apretó con más fuerza el plano del museo.

– A mí también me cuesta, en ocasiones -dijo-. Por eso salí a tomar el aire. Me disponía a dar de comer a los gorriones en el puente del parque de St. James. Quería verlos picotear en mi palma, mientras todos los problemas se iban solucionando. -Se encogió de hombros y sonrió con tristeza-. Entonces, se puso a llover.

– Y vino aquí. Y vio que san José no estaba.

El hombre se puso el sombrero. El ala arrojó una sombra triangular sobre su cara.

– Y usted, imagino que vio al Niño.

– Sí.

Deborah forzó una breve y tensa sonrisa. Miró a su alrededor, como si ella también tuviera que recoger algunas cosas antes de marcharse.

– Dígame, ¿se trata de un niño que desea, uno que murió, o uno del que quiere deshacerse?

– ¿Deshacerme?

El hombre se apresuró a levantar la mano.

– Uno que desea -dijo-. Lo lamento. Tendría que haberlo comprendido. Tendría que haber reconocido el anhelo. Dios de los cielos, ¿por qué son tan ciegos los hombres?

– Quiere que adoptemos uno. Yo quiero un hijo mío, su hijo, una familia real, una que nosotros crearemos, en lugar de una solicitud. Ha traído los papeles a casa. Descansan sobre su escritorio. Solo tengo que rellenar mi parte y firmar, pero no puedo hacerlo. No sería mío, le digo. No saldría de mí. No saldría de nosotros. No podría quererle de la misma manera si no fuera mío.

– No. Eso es cierto. No le querría de la misma forma.

Deborah le cogió del brazo. La lana del abrigo estaba mojada, y el tacto era áspero.

– Usted comprende. El no. Dice que existen relaciones que trascienden los lazos de sangre, pero a mí no me pasa. Y no entiendo por qué le pasa a él.

– Quizá sabe que los hombres deseamos aquello que nos cuesta conseguir, algo por lo que abandonamos todo lo demás, con mucha mayor fuerza que las cosas que caen en nuestro poder por casualidad.

Deborah le soltó el brazo. Su mano cayó con un golpe sordo sobre el banco, en el espacio que les separaba. Sin saberlo, el hombre había repetido las palabras de Simon. Era como si su marido estuviera en la sala con ella.

Se preguntó cómo había podido confiarse a un extraño. Deseo desesperadamente que alguien me defienda, pensó, busco un campeón que enarbole mi estandarte. Ni siquiera me importa quién sea ese campeón, en tanto comprenda mi punto de vista, me dé la razón, y luego me deje proseguir mi camino.

– No puedo evitar lo que siento -dijo con voz hueca.

– Querida mía, no estoy seguro de que alguien pueda. -El hombre aflojó el nudo de la bufanda y se desabrochó el abrigo, para introducir la mano en el bolsillo interior-. Yo diría que necesita un paseo al aire libre para pensar y aclarar sus ideas, pero necesita aire puro. Cielos amplios y amplias vistas. No encontrará eso en Londres. Si le apetece dar el paseo por el norte, en Lancashire será bienvenida. Le tendió su tarjeta.

«Robin Sage -rezaba-, Vicaría de Winslough.»

– Vic…

Deborah levantó la vista y vio lo que el abrigo y la bufanda habían ocultado hasta aquel momento, el alzacuellos blanco almidonado. Tendría que haberlo adivinado al instante por el color de sus ropas, la charla sobre san José, la reverencia con que había contemplado el cuadro de Da Vinci.

No era de extrañar que le hubiera resultado tan fácil revelarle sus problemas y aflicciones. Se había confesado con un clérigo de la Iglesia anglicana.

DICIEMBRE

La nieve

Brendan Power giró en redondo cuando la puerta se abrió con un crujido y su hermano menor Hogarth entró en el frío glacial de la sacristía de la iglesia de San Juan Bautista, en el pueblo de Winslough. Detrás de él, el organista, acompañado por una sola voz, trémula y, sin duda, espontánea, interpretaba All Ye Who Seek for Sure Relief, como propina a God Moves in a Mysterious Way [1].

Brendan no albergaba dudas de que ambas piezas constituían el comentario consolador, pero no solicitado, del organista sobre los incidentes de la mañana.

– Nada -anunció Hogarth-. Ni rastro del vicario. Todos los que están a su lado tiemblan como hojas, Bren. Su mamá lloriqueaba que el banquete nupcial iba a estropearse, ella siseaba algo sobre vengarse de una «puerca asquerosa», y su papá acaba de salir «a la caza de esa rata». Vaya gente, esos Townley-Young.

– Puede que aún te vayas a librar, Bren.

Tyrone, su hermano mayor, padrino de bodas y, por derecho propio, la única otra persona que podía estar en la sacristía, aparte del vicario, habló en tono esperanzado, mientras Hogarth cerraba la puerta a su espalda.

– No caerá esa breva -contestó Hogarth.

Hurgó en el bolsillo de la chaqueta de su levita alquilada que, pese a los esfuerzos del sastre, no lograba evitar que sus hombros parecieran la encarnación de las laderas del monte Pendle. Sacó un paquete de Silk Cut, rascó una cerilla sobre el frío suelo de piedra y encendió un cigarrillo.

– Lo tiene cogido por los huevos, Ty. No te engañes. Que te sirva de lección. Guárdalos en los pantalones hasta que les encuentres un hogar apropiado.

Brendan dio media vuelta. Los dos le querían, los dos intentaban consolarle, pero ni las bromas de Hogarth ni el optimismo de Tyrone iban a cambiar la realidad de aquel día. Se casaría con Rebecca Townley-Young contra viento y marea. Intentó no pensar en ello, cosa que no había dejado de hacer desde que Rebecca entró en su oficina de Clitheroe con el resultado de su prueba de embarazo.

– No sé cómo ocurrió -dijo-. Nunca he tenido el período regular. El médico llegó a decirme que debería medicarme para regularlo, si algún día quería tener descendencia. Y ahora… Mira dónde hemos ido a parar, Brendan.

«Mira lo que me has hecho», era el mensaje subliminal, al igual que: «¡Y tú, Brendan Power, el socio más joven de la firma legal de papá! Tsch, tsch. Sería una pena que te despidieran».

Pero no hacía falta que lo dijera. Lo único que necesitó decir, con la cabeza gacha como si hiciera penitencia, fue:

– Brendan, no sé qué voy a decirle a papá. ¿Qué haré?

Un hombre en otra tesitura habría contestado: «Deshazte de él, Rebecca», y habría reanudado su trabajo. Un tipo de hombre diferente, en la misma tesitura de Brendan, habría dicho lo mismo, pero faltaban dieciocho meses para que St. John Andrew Townley-Young decidiera cuál de sus abogados se encargaría de sus negocios y su fortuna cuando el actual socio mayoritario se jubilara, y las consecuencias secundarias de aquella decisión no eran del tipo que Brendan podía tomarse a la ligera: introducirse en la sociedad, una promesa de más clientes pertenecientes a la clase de los Townley-Young, y un avance meteórico en su carrera.

Las oportunidades que prometía la protección de Townley-Young habían impulsado a Brendan a relacionarse con su hija de veintiocho años. Llevaba en la firma apenas un año. Ardía en deseos de hacerse un lugar en el mundo. Por lo tanto, cuando por mediación del socio mayoritario, St. John Andrew Townley-Young había cursado una invitación a Brendan para que acompañara a la señorita Townley-Young a la subasta de caballos y ponis de la feria de Cowper Day, Brendan había pensado que era un golpe de suerte demasiado tentador para rechazarlo.

En aquella época, no le había hecho ascos a la idea. Si bien era cierto que, aun en las mejores condiciones -después de una buena noche de sueño, una hora y media entregada de lleno a sus maquillajes y rizadores de pelo, y vestida con sus mejores ropas-, Rebecca todavía tendía a parecerse a la reina Victoria en sus años de decadencia, Brendan había considerado que podía tolerar uno o dos encuentros de buen grado, bajo el disfraz de la camaradería. Confiaba ciegamente en su capacidad de disimulo, consciente de que todo abogado decente llevaba varias gotas de hipocresía en la sangre. Sin embargo, no contaba con la capacidad de Rebecca para decidir, dominar y dirigir el curso de su relación desde el primer momento. La segunda vez que estuvo con ella, Rebecca le llevó a la cama y le cabalgó como el jefe de la cacería cuando avista el zorro. La tercera vez que estuvo con ella, Rebecca le sobó, acarició, pasó por la piedra y se quedó embarazada.

Brendan quería echarle la culpa, pero no podía ocultar el hecho de que, cuando ella jadeaba, brincaba y se aplastaba contra él, con sus extraños y escuálidos pechos colgando sobre su cara, había cerrado los ojos, sonreído y exclamado Dios-qué-pedazo-de-mujer-eres-Becky, sin dejar de pensar ni un momento en su futura carrera.

Así que hoy iban a casarse, sin remisión. Ni siquiera el retraso del reverendo Sage iba a impedir que el futuro de Brendan Power avanzara hacia su objetivo.

– ¿Cuánto se ha retrasado? -preguntó Hogarth.

Su hermano consultó el reloj.

– Media hora.

– ¿Nadie se ha ido de la iglesia?

Hogarth meneó la cabeza.

– Pero se susurra e insinúa que eres tú quien no ha aparecido. He hecho lo posible por salvar tu reputación, muchacho, pero deberías asomar la cabeza al coro y tranquilizar a las masas. No sé si será suficiente para tranquilizar a tu novia, sin embargo. ¿Quién es esa puerca a la que odia? ¿Ya te has montado alguna historia? No te culpo. Que Becky te la ponga tiesa debe de ser realmente difícil, pero a ti siempre te ha atraído la aventura, ¿eh?

– Vale ya, Hogie -dijo Tyrone-. Y apaga el cigarrillo. Estamos en una iglesia, por el amor de Dios.

Brendan se acercó a la única ventana de la sacristía, una ventana ojival hundida en la pared. Los cristales estaban tan polvorientos como la habitación, y limpió una parte para echar un vistazo al día. Vio el cementerio, las losas como impresiones de pulgar deformes color pizarra recortadas contra la nieve, y a lo lejos, las laderas de Cotes Fell, que se alzaban hacia el cielo gris.

– Vuelve a nevar.

Contó, distraído, cuántas tumbas estaban coronadas por ramas de acebo, típicas de la estación; sus bayas rojas brillaban sobre las hojas verdes y puntiagudas. Distinguió siete. Las habrían traído los invitados, porque las guirnaldas y ramas solo se veían levemente salpicadas de nieve.

– El vicario debió salir por la mañana temprano -dijo-, y se habrá quedado bloqueado en algún sitio. Eso es lo que habrá ocurrido.

Tyrone se reunió con él en la ventana. Detrás, Hogarth apagó el cigarrillo en el suelo. Brendan se estremeció. Pese a que la calefacción de la iglesia funcionaba a toda máquina, el frío de la sacristía era insoportable. Apoyó la mano sobre la pared. Estaba helada y húmeda.

– ¿Cómo están mamá y papá?

– Oh, mamá está un poco nerviosa, pero por lo que yo sé, aún piensa que formáis una pareja ideal. Su primer hijo casado, y con la hija de un terrateniente, siempre que el vicario asome la jeta. Sin embargo, papá mira hacia la puerta como si ya estuviera hasta el gorro.

– Hace años que no salía de Liverpool -observó Tyrone-. Está nervioso, nada más.

– No. Es consciente de lo que es.

Brendan se apartó de la ventana y miró a sus hermanos. Eran como espejos de él, y lo sabía. Hombros hundidos, narices ganchudas, y todo lo demás indeciso. El cabello no era ni pardo ni rubio. Los ojos no eran ni azules ni verdes. Los mentones no eran ni pronunciados ni débiles. Gozaban de todas las ventajas para convertirse en asesinos múltiples; sus rostros se fundirían con cualquier muchedumbre. Y así reaccionaron los Townley-Young cuando conocieron a toda la familia, como si hubieran topado de frente con el peor de sus temores. A Brendan no le extrañó que su padre mirara a la puerta y contara los minutos que le quedaban para escapar. Sus hermanas debían sentir lo mismo. Hasta experimentó una punzada de envidia. Dentro de una o dos horas, todo habría terminado. Para él, se prolongaría hasta el fin de sus días.

Cecily Townley-Young había aceptado el papel de dama de honor de su prima porque su padre se lo había ordenado. No deseaba participar en la ceremonia. Ni siquiera quería acudir a la boda. Rebecca y ella jamás habían compartido otra cosa que su relativo lugar como hijas de retoños de un escuálido árbol familiar, y por lo que a ella respectaba, ojalá todo hubiera seguido de la misma forma.

No le gustaba Rebecca. En primer lugar, no tenía nada en común con ella. Para Rebecca, pasar una tarde agradable consistía en asistir a cuatro o cinco subastas de ponis, charlar sobre la cruz de los caballos y levantar elásticos labios equinos para examinar aquellos siniestros dientes amarillentos. Llevaba en los bolsillos manzanas y zanahorias, como si fueran calderilla, e inspeccionaba cascos, escrotos y globos oculares con el interés que la mayoría de las mujeres dedican a la ropa. En segundo lugar, Cecily estaba harta de Rebecca. Veintidós años de soportar cumpleaños, Pascuas, Navidades y celebraciones de Año Nuevo en la finca de su tío -todo en nombre de una falsa unidad familiar en la que nadie creía-, había dado al traste con el afecto que hubiera podido sentir por una prima mayor. Algunas experiencias vividas de los incomprensibles extremos a los que llegaba el comportamiento de Rebecca, mantenían a Cecily a una distancia respetable de su prima siempre que ocupaban la misma casa durante más de un cuarto de hora. Y en tercer lugar, la consideraba intolerablemente estúpida. Rebecca jamás había hervido un huevo, escrito un talón o hecho una cama. Su respuesta para todos los problemas de la vida era: «Papá ya se ocupará de ello», la clase de perezosa dependencia paterna que Cecily detestaba.

Incluso hoy, papá se ocupaba de ello, y a tope. Habían interpretado su papel, esperando obedientemente al vicario en el porche norte de la iglesia, helado y espolvoreado de nieve, pateando el suelo para calentar los pies, los labios morados, en tanto los invitados se removían y murmuraban en el interior de la iglesia, entre el acebo y la hiedra, y se preguntaban por qué los cirios no estaban encendidos, por qué no sonaba la marcha nupcial. Habían esperado un cuarto de hora, mientras la nieve trenzaba perezosos velos nupciales en el aire, hasta que papá atravesó la calle hecho una furia y golpeó con insistencia la puerta del vicario. Volvió cuando no habían transcurrido ni dos minutos, con su semblante, por lo general rubicundo, pálido de ira.

– Ni siquiera está en casa -anunció St. John Andrew Townley-Young-. Esa vaca subnormal -definición del ama de llaves del vicario, decidió Cecily- ha dicho que ya había salido cuando ella llegó por la mañana. Increíble. Esa incompetente y repugnante… -Cerró los puños dentro de sus guantes color paloma. Su sombrero de copa osciló-. Entrad en la iglesia. Todos. Protegeos del frío. Yo me haré cargo de la situación.

– Pero Brendan ha venido, ¿verdad? -preguntó Rebecca, angustiada-. ¡Papá, Brendan no nos habrá fallado!

– Somos muy afortunados -replicó su padre-. Toda la familia está aquí, como ratas que no abandonan el barco.

– St. John -murmuró su esposa.

– ¡Entrad!

– Pero la gente me verá -gimió Rebecca-. Verán a la novia.

– Rebecca, por el amor de Dios. Townley-Young desapareció en el interior de la iglesia durante otros dos minutos, y salió con nuevas instrucciones.

– Esperad en el campanario.

Se marchó de nuevo a la caza del vicario.

Y seguían esperando en el campanario, ocultos de los invitados mediante una puerta de balaustres color nogal, cubierta por una cortina de terciopelo rojo polvorienta y maloliente, tan desgastada que podían ver a su través las luces de las arañas de la iglesia. Oían los murmullos preocupados que se alzaban de la multitud. Oían el inquieto arrastrar de pies. Los libros de himnos se abrían y cerraban. El organista tocó. Bajo sus pies, en la cripta de la iglesia, el sistema de calefacción gemía como una madre al dar a luz.

Cuando se le ocurrió aquella analogía, Cecily dirigió una mirada pensativa a su prima. Jamás había creído que Rebecca encontrara un hombre lo bastante imbécil para casarse con ella. Si bien era cierto que heredaría una fortuna y que ya había recibido como adelanto aquella monstruosidad siniestra de Cotes Hall, donde se recogería en éxtasis conyugal en cuanto recibiera el anillo y firmaran el registro, Cecily no podía creer que la fortuna -por grande que fuera-, o la antigua mansión victoriana en estado ruinoso -por poderosa que fuera su capacidad de resucitar- fueran capaces de incitar a un hombre a soportar de por vida a Rebecca. Pero ahora… Recordó a su prima en el cuarto de baño, aquella mañana, el ruido de sus náuseas, sus gritos histéricos: «¿Es que toda la jodida mañana va a ser igual?», y a continuación, las palabras apaciguadoras de su madre: «Rebecca, por favor. Hay invitados en casa». Y después, la contestación de Rebecca: «Me dan igual. Todo me da igual. No me toques. Sácame de aquí». Una puerta se cerró con estrépito. Pasos apresurados recorrieron el pasillo de arriba.

¿Embarazada?, se había preguntado Cecily en aquel momento, mientras se aplicaba maquillaje y colorete con sumo cuidado. La idea de que un hombre se hubiera acostado con Rebecca la dejó estupefacta. Señor, en aquel caso, todo era posible. Examinó a su prima en busca de señales que revelaran la verdad.

El aspecto de Rebecca no era el de una mujer satisfecha. Si, en teoría, iba a florecer en todo su esplendor gracias al embarazo, se había extraviado en algún estadio preliminar, propenso a los mofletes, con los ojos del tamaño y forma de cuentas y el cabello como un casco que coronara su cabeza. En su favor, debía reconocer que tenía la piel perfecta, y la boca bastante bonita, pero, por algún extraño motivo, nada armonizaba, y siempre daba la impresión de que las facciones de Rebecca se habían declarado una guerra mutua y encarnizada.

No era culpa suya en realidad, pensó Cecily. Tendría que sentir una pizca de compasión por alguien tan ultrajado por su físico, pero cada vez que Cecily trataba de arrancar alguna conmiseración de su corazón, Rebecca hacía algo que arruinaba sus esfuerzos.

Como ahora.

Rebecca cruzó a pasitos la diminuta zona situada bajo las campanas de la iglesia, mientras estrujaba con furia su ramo. El suelo estaba sucio, pero no hizo nada para levantar el vestido y evitar arrastrarlo. Su madre se encargó de la tarea. La siguió desde el punto A al punto B como un perrito fiel, con el raso y el terciopelo aferrados en sus manos. Cecily se mantuvo apartada, rodeada por un par de cubos de hojalata, un rollo de cuerda, una pala, una escoba y un montón de trapos. Un aspirador Hoover antiguo estaba apoyado contra una pila de cajas de cartón, cerca de ella, y colgó su ramo del gancho de metal que, en otras circunstancias, se habría utilizado para sujetar el cable. Levantó su vestido de terciopelo. La atmósfera era sofocante, y era imposible moverse en cualquier dirección sin tocar algo negro de mugre. Al menos, se estaba caliente.

– Sabía que pasaría algo por el estilo. -Las manos de Rebecca estrangularon sus flores nupciales-. La ceremonia no se celebrará, y todos se reirán de mí, ¿no es cierto? Ya les oigo reír.

La señora Townley-Young efectuó un cuarto de giro al mismo tiempo que Rebecca, quien arrojó a sus brazos más metros de cola de raso y la parte inferior del vestido.

– Nadie se está riendo -dijo su madre-. No te mortifiques, querida. Se habrá producido alguna equivocación desafortunada. Un malentendido. Tu padre lo solucionará todo.

– ¿Cómo puede haberse cometido una equivocación? Ayer por la tarde vimos al señor Sage. Lo último que dijo fue: «Hasta mañana por la mañana». ¿Y luego se olvidó? ¿Se marchó de viaje?

– Quizá se produjo una urgencia. Un moribundo, alguien que quisiera ver…

– Pero Brendan regresó. -Rebecca dejó de pasear. Entornó los ojos y miró con aire pensativo hacia la pared oeste del campanario, como si pudiera ver la vicaría, al otro lado de la calle-. Fui al coche y él dijo que había olvidado preguntarle una última cosa al señor Sage. Volvió. Entró. Esperé un minuto. Dos, tres. Y… -Dio media vuelta y reanudó sus paseos-. No estaba hablando con el señor Sage, no. Es esa puta. ¡Esa bruja! Está detrás de todo esto, madre. Tú ya lo sabes. La mataré, lo juro por Dios.

Cecily consideró que se había producido un giro interesante en los acontecimientos de la mañana. Contenía una atractiva promesa de diversión. Si tenía que soportar aquel día en nombre de la familia, y con un ojo puesto en el testamento de su tío, decidió que bien debía hacer algo por mitigar sus sufrimientos.

– ¿Quién? -preguntó, en consecuencia.

– Cecily -dijo la señora Townley-Young, en tono sereno pero decidida a mantener la disciplina.

Pero la pregunta de Cecily había sido suficiente.

– Polly Yarkin -dijo Rebecca entre dientes-. Esa miserable guarra de la vicaría.

– ¿El ama de llaves del vicario? -se extrañó Cecily.

Era un giro que merecía estudiarse en profundidad. Teniendo en cuenta las circunstancias, no podía culpar al pobre Brendan, pero pensó que sus miras no eran demasiado ambiciosas. Continuó el juego.

– Dios, ¿qué tiene que ver ella en todo esto, Becky?

– Cecily, querida.

La voz de la señora Townley-Young tenía un timbre menos afable.

– Planta esas tetazas en la cara de todos los hombres y aguarda la reacción -dijo Rebecca-. Y él la desea. Ya lo creo. A mí no me lo puede ocultar.

– Brendan te quiere, cariño -dijo la señora Townley-Young-. Va a casarse contigo.

– Tomó una copa con ella en el Crofters Inn la semana pasada. Una parada rápida antes de volver a Clitheroe, dijo. Ni siquiera sabía que ella estaba allí, dijo. No podía fingir que no la había reconocido, dijo. Al fin y al cabo, es un pueblo. No podía comportarse como si ella fuera una extraña.

– Cariño, estás haciendo una montaña de nada.

– ¿Crees que está enamorado del ama de llaves del vicario? -preguntó Cecily, y abrió los ojos con falsa ingenuidad-. Pero, Becky, en ese caso, ¿por qué se casa contigo?

– ¡Cecily! -siseó su tía.

– ¡No va a casarse conmigo! -gritó Rebecca-. ¡No va a casarse con nadie! ¡No tenemos vicario!

De pronto, se hizo el silencio en la iglesia. El organista dejó de tocar un momento, y dio la impresión de que las palabras de Rebecca rebotaban de pared a pared. El organista se reanimó de inmediato, y atacó Crown with Love, Lord, This Glad Day [2].

– Misericordia -susurró la señora Townley-Young.

Pasos decididos resonaron sobre el suelo de piedra, y una mano enguantada apartó la cortina roja. El padre de Rebecca asomó la cara.

– Ni rastro. -Sacudió la nieve de su abrigo y sombrero-. No está en el pueblo. No está en el río. No está en el ejido. Ni rastro. Haré que le despidan.

Su mujer extendió la mano hacia él, pero no llegó a tocarle.

– St. John, por Dios bendito, ¿qué vamos a hacer? Toda esa gente. Tanta comida en casa. Y el estado de Reb…

– Conozco todos los jodidos detalles. No necesito que me refresques la memoria. -Townley-Young apartó un poco la cortina y echó un vistazo a la iglesia-. Seremos el hazmerreír de todo el mundo durante la próxima década. -Miró de nuevo a las mujeres, y a su hija en particular-. Tú te metiste en este lío, Becky, y debería dejar que te salieras solita.

– ¡Papá! -gimoteó Rebecca.

– La verdad, St. John…

Cecily decidió que había llegado el momento de echar una mano. Su padre, sin duda, se les uniría en cualquier momento -los problemas sentimentales le causaban un placer especial-, y en ese caso, hacer gala de su capacidad para solucionar una crisis familiar serviría a sus propósitos a las mil maravillas. Al fin y al cabo, su padre todavía estaba reflexionando sobre su petición de pasar las vacaciones en Creta.

– Quizá deberíamos llamar a alguien, tío St. John -dijo-. Habrá algún otro vicario no lejos.

– He hablado con el agente de policía -respondió Townley-Young.

– Pero él no puede casarles, St. John -protestó su mujer-. Necesitamos un vicario. Necesitamos que se celebre la boda. La comida espera en casa. Los invitados estarán hambrientos. El…

– Quiero a Sage -replicó el marido-. Le quiero aquí. Le quiero ahora. Y si he de arrastrar a esa rata de iglesia hasta el altar, lo haré.

– Pero si ha tenido que ir a otra parte…

Estaba claro que la señora Townley-Young trataba de hablar con la voz de la razón.

– No es así. Esa tal Yarkin salió a buscarle por el pueblo. Dijo que anoche no había dormido en su cama, pero tiene el coche en el garaje, de modo que no anda muy lejos. Y sé muy bien a qué se ha estado dedicando.

– ¿El vicario? -preguntó Cecily, fingiendo horror, al tiempo que experimentaba el placer del drama que estaba a punto de estallar. Un matrimonio a la fuerza celebrado por un vicario fornicador, protagonizado por un novio reticente enamorado del ama de llaves del vicario, y una novia enfurecida y sedienta de venganza. Casi valía la pena haber sido designada dama de honor-. No, tío St. John. El vicario no. Cielos, qué escándalo.

Su tío le dirigió una mirada penetrante. Alzó un dedo hacia ella, y ya estaba a punto de hablar cuando alguien apartó la cortina. Todos se volvieron como un solo hombre y vieron al policía del pueblo, con su grueso chaquetón sembrado de nieve y las gafas de concha con vaho. No llevaba sombrero, y una capa de cristales cubría su peto color jengibre. Se pasó la mano por la cabeza para sacudirlos.

– ¿Y bien? -preguntó Townley-Young-. ¿Le ha encontrado, Shepherd?

– Sí -contestó el hombre-, pero esta mañana no va a casar a nadie.

ENERO

La escarcha

1

– ¿Qué ponía el cartel? ¿Lo has visto, Simon? Era una especie de letrero al borde de la carretera.

Deborah St. James aminoró la velocidad del coche y miró hacia atrás. Ya habían doblado una curva, y la espesa maraña de ramas desnudas de robles y castaños de Indias ocultaba tanto la carretera como el muro de piedra caliza cubierta de líquenes que la flanqueaba. En el punto donde se encontraban, un esquelético seto, despojado por el invierno y oscurecido por el crepúsculo, delimitaba la carretera.

– No era un cartel del hotel, ¿verdad? ¿Viste algún camino?

Su marido abandonó el estado de contemplación en que había pasado casi todo el largo trayecto desde el aeropuerto de Manchester, dedicado a admirar el paisaje invernal de Lancashire, con su suave mezcla de páramos castaños y tierras de cultivo color salvia, al tiempo que meditaba sobre la posible herramienta utilizada para cortar un grueso cable eléctrico antes de utilizarlo para atar de pies y manos el cadáver femenino encontrado la semana anterior en Surrey.

– ¿Un camino? -preguntó-. Puede que hubiera uno. No me fijé, pero el letrero anunciaba a una quiromántica y médium residente en la población.

– ¿Bromeas?

– No. ¿Es una característica del hotel que me habías ocultado?

– No que yo sepa.

Deborah miró por el parabrisas. La carretera empezaba a descender, y las luces de un pueblo brillaban a lo lejos, tal vez a unos dos kilómetros.

– Supongo que aún no hemos llegado.

– ¿Cómo se llama el sitio?

– Crofters Inn.

– El letrero no ponía eso, decididamente. Debía ser el anuncio de una profesional. Al fin y al cabo, estamos en Lancashire. Me sorprende que el hotel no se llame «El Caldero».

– En ese caso, no habríamos venido, amor. Me hago supersticiosa a medida que envejezco.

– Entiendo.

St. James sonrió en la creciente oscuridad. «A medida que envejezco.» Solo tenía veinticinco años. Poseía toda la energía y la promesa de su juventud.

Aun así, parecía cansada -sabía que no dormía bien en los últimos tiempos- y estaba pálida. Lo que necesitaba eran unos días en el campo, largos paseos y descanso. Había trabajado demasiado durante los pasados meses, más que él, encerrada hasta altas horas de la madrugada en el cuarto oscuro, y se levantaba demasiado temprano para realizar encargos apenas relacionados con sus verdaderos intereses. Intento ensanchar mis horizontes, decía. Paisajes y retratos no bastan, Simon. Necesito hacer más. Estoy pensando en darme publicidad, quizá una nueva exposición de mi trabajo en verano. No la tendré preparada si no salgo por ahí, miro lo que hay, pruebo cosas nuevas, pongo toda la carne en el asador, consigo más contactos y… Él no discutía ni trataba de disuadirla. Se limitaba a esperar que la crisis pasara. Habían capeado varias durante los dos primeros años de su matrimonio. Siempre intentaba recordar aquella circunstancia cuando empezaba a desesperar de superar la actual.

Deborah colocó un mechón cobrizo detrás de la oreja y cambió de marcha.

– Sigamos hasta el pueblo, ¿vale?

– Si no quieres que te lean antes la palma.

– ¿El futuro, quieres decir? No, gracias.

Lo había dicho sin la menor intención. A juzgar por la falsa desenvoltura de su respuesta, comprendió que ella no lo había interpretado así.

– Deborah… -dijo.

Deborah cogió su mano. Sin apartar los ojos de la carretera, la apretó contra la mejilla. Tenía la piel fría. Era suave, como el amanecer.

– Lo siento -dijo-. Es nuestra escapada. No la estropeemos.

Habló sin mirarle. Cada vez con más frecuencia, en los momentos de tensión, esquivaba sus ojos. Era como si creyera que le concedía una ventaja indebida, cuando él pensaba en todo momento que la ventaja era de Deborah.

Dejó pasar el momento. Acarició su cabello. Apoyó la mano sobre su muslo. Deborah siguió conduciendo.

El pueblo de Winslough, construido alrededor de la cuesta de una colina, solo distaba unos dos kilómetros del letrero de la quiromántica. Primero, pasaron ante la iglesia, un edificio normando con almenas en la torre y a lo largo del tejado, y un reloj azul perpetuamente detenido en las tres y veintidós; después dejaron atrás la escuela primaria y una hilera de casas adosadas encaradas a un campo. Crofters Inn se alzaba en lo alto de la colina, en un triángulo de tierra donde la carretera de Clitheroe se encontraba con los cruces oeste-este que conducían a Lancaster o Yorkshire.

Deborah detuvo el coche en el cruce. Frotó el vaho que cubría el parabrisas, escudriñó el edificio y suspiró.

– Bueno, no hay mucho que decir, ¿verdad? Pensaba… Esperaba que… Parecía muy romántico en el folleto.

– Está bien.

– Es del siglo catorce. Tiene un gran salón donde se alojaba un tribunal de la Magistratura. El techo del comedor es de madera, y el bar no ha cambiado en doscientos años. El folleto también decía que…

– Está bien.

– Pero yo quería que fuera…

– Deborah. -Ella le miró por fin-. El hotel no es el motivo de haber venido, ¿verdad?

Deborah volvió a mirar el edificio. Pese a sus palabras, lo estaba viendo por la lente de su cámara y evaluaba la composición. Cómo estaba situado en el triángulo de tierra, el lugar que ocupaba en el pueblo, el diseño. Era algo tan natural como respirar.

– No -dijo al fin, aunque algo a regañadientes-. No, no es el motivo. Supongo.

Condujo a través de una puerta que se abría en el extremo oeste del hostal y frenó en el aparcamiento. Como los demás edificios del pueblo, el hostal combinaba la piedra caliza color tostado típica del condado y piedra arenisca. Incluso desde atrás, aparte de la madera blanca y las jardineras verdes de las ventanas, henchidas de un despliegue abigarrado de pensamientos invernales, el hostal carecía de adornos y rasgos distintivos. Su característica más significativa era una ominosa sección de techo de pizarra cóncavo. St. James confió en que no estuviera sobre su habitación.

– Bien -dijo Deborah, con cierta resignación.

St. James se inclinó hacia ella, giró su cara hacia él y la besó.

– ¿Te he dicho alguna vez que deseaba ver Lancashire desde hace años?

– En tus sueños -contestó Deborah sonriendo, saliendo del coche.

St. James abrió la puerta. Notó que el aire frío y húmedo se derramaba sobre él como agua; olía a leña, a tierra húmeda y a hojas podridas. Levantó su pierna mala y la dejó caer sobre los guijarros. No había nieve en el suelo, pero la escarcha cubría el césped de lo que sería en verano una terraza al aire libre. Ahora estaba abandonada, pero la imaginó llena de turistas, armados con jarras de cervezas, que venían a pasear por los páramos, subir a las colinas y pescar en el río que oía pero no veía, a unos treinta metros de distancia. Un sendero conducía hacia él -lo pudo ver porque sus losas escarchadas reflejaban las luces del hostal-, y aunque el terreno del hostal no abarcaba el río, se había practicado una puerta en el muro que hacía las veces de frontera. La puerta estaba abierta y, mientras miraba, una joven salió corriendo, al tiempo que encajaba una bolsa de plástico blanca dentro del enorme anorak que llevaba. Era naranja fluorescente y, pese a la considerable estatura de la muchacha, colgaba hasta sus rodillas y llamaba la atención sobre sus piernas, embutidas en unas gigantescas botas Wellington verdes manchadas de barro.

Se sobresaltó cuando vio a Deborah y St. James, pero en lugar de pasar de largo, se encaminó hacia ellos y, sin más ceremonias, cogió la maleta que St. James había sacado del maletero. Escudriñó en el interior y se apoderó también de las muletas.

– Aquí están -dijo, como si les hubiera buscado junto al río-. Un poco tarde, ¿no? ¿No ponía en el registro que llegarían a las cuatro?

– Creo que no dijimos la hora -contestó Deborah, algo confusa-. Nuestro avión no aterrizó hasta…

– Da igual. Ya han llegado, ¿no? Aún falta mucho rato para la cena. -Desvió la vista hacia las brumosas ventanas inferiores del hostal, tras las cuales se movía una forma amorfa, bajo las luces brillantes de una colina-. Es necesaria una advertencia. Eviten el buey a la bourguignonne. Así llama al estofado el cocinero. Sígame.

Cargó las maletas hacia una puerta trasera. Con una maleta en una mano y las muletas de St. James bajo el brazo, caminaba con un peculiar cojeo, y sus Wellington resbalaban sobre los guijarros. Por lo visto, la única solución consistía en seguirla, como así hicieron St. James y Deborah. Cruzaron el aparcamiento, subieron un tramo de escalera y pasaron por la puerta posterior del hostal, que daba acceso a un pasillo en el que se abría una puerta, con un letrero escrito a mano que rezaba: «Salón de Residentes».

La chica dejó caer la maleta sobre la alfombra y apoyó las muletas sobre ella, con los extremos apretados contra una descolorida rosa Axminster.

– Ya está -anunció, y se frotó las manos como indicando que su cometido terminaba allí-. ¿Le dirán a mamá que Josie les estaba esperando fuera? Josie. Soy yo. -Apoyó un dedo contra su pecho-. Me harán un favor, en realidad. Se lo devolveré.

St. James se preguntó cómo. La chica les miró con ansiedad.

– De acuerdo -dijo-. Sé lo que están pensando. Para ser sincera, la tiene tomada conmigo, si saben a qué me refiero. No es que haya hecho nada, cosas muy tontas, pero sobre todo es por culpa de mi pelo. No suele tener este aspecto, aunque creo que aguantará un tiempo.

St. James no supo si estaba hablando del estilo o el color, pero ambos eran execrables. El primero pretendía adoptar forma de cuña, y parecía ejecutado por las tijeras para las uñas de alguien y la máquina de afeitar eléctrica de otra persona. La dotaba de una notable semejanza con Enrique V, tal como está plasmado en la Galería Nacional de Retratos. El segundo consistía en un desafortunado tono salmón que luchaba a brazo partido con la chaqueta fluorescente. Sugería un teñido realizado con más entusiasmo que experiencia.

– Pasta -dijo la muchacha, sin venir a cuento.

– ¿Perdón?

– Pasta de colorante. Ya sabe, esa cosa que se pone en el pelo. Se suponía que iba a proporcionarme reflejos rojos, pero no funcionó. -Hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta-. Todo se vuelve contra mí, créanme. Traten de encontrar a un tío de primero de bachiller con mi estatura. Pensé que si me arreglaba el cabello, quizá lograría que alguno de quinto o sexto se fijara en mí. Estúpida. Lo sé. No hace falta que me lo digan. Mamá no cesa de repetirlo desde hace tres días. «¿Qué voy a hacer contigo, Josie?» Josie. Soy yo. Mamá y el señor Wragg son los propietarios del hostal. Por cierto, su pelo es bestial. -Esta frase iba dirigida a Deborah, a la que Josie estaba inspeccionando con no poco interés-. Y también es alta, pero supongo que habrá parado de crecer.

– Creo que sí.

– Yo no. El médico dice que sobrepasaré el metro ochenta. Una regresión a los vikingos, dice, se ríe y me palmea el hombro como si yo tuviera que captar el chiste. Lo que me pregunto es qué hacían los vikingos en Lancashire.

– Y tu madre, sin duda, querrá saber qué estabas haciendo junto al río -comentó St. James.

Josie pareció confusa y agitó las manos.

– No era en el río, exactamente, y tampoco nada malo. De veras. Y solo se trata de un favor. Bastará con que mencionen mi nombre. «Una joven salió a recibirnos en el aparcamiento, señora Wragg. Alta. Un poco desgarbada. Dijo que se llamaba Josie. Era muy agradable.» Si lo dejan caer así, mamá se calmará un ratito.

– ¡Jo-se-phine! -gritó una voz de mujer en algún lugar del hostal-. ¡Jo-se-phine Eugenia Wragg!

Josie se encogió.

– Detesto que haga eso. Me recuerda al colegio. «Josephine Eugene. Parece una judía.»

No era cierto, pero era alta y se movía con la torpeza de una adolescente que ha cobrado conciencia súbitamente de su cuerpo antes de haberse acostumbrado a él. St. James pensó en su hermana a la misma edad, maldecida por la estatura, unas facciones aguileñas que aún no se habían desarrollado del todo y un nombre andrógino. Sidney, se presentaba con sarcasmo, el último chico St. James. Había soportado las burlas de sus compañeras durante años.

– Gracias por esperarnos en el aparcamiento, Josie -dijo muy serio-. Es agradable que te reciban cuando llegas a un sitio.

El rostro de la muchacha se iluminó.

– Sí. Oh, sí -dijo, y se dirigió hacia la puerta por la que habían venido-. Se lo devolveré. Ya lo verá.

– No lo dudo.

– Pasen por el pub. Alguien les atenderá allí. -Agitó la mano hacia otra puerta, en el extremo opuesto de la sala-. He de sacarme estas botas, y deprisa. -Les dirigió otra mirada suplicante-. No hablarán de mis botas, ¿verdad? Son del señor Wragg.

Lo cual distaba mucho de explicar por qué había caminado como un nadador con aletas.

– Mis labios están sellados -dijo St. James-. ¿Deborah?

– Lo mismo digo.

Josie sonrió a modo de respuesta y salió por la puerta.

Deborah recogió las muletas de St. James y contempló la estancia en forma de L que servía de salón. Su colección de muebles recargados era poco distinguida, y algunas pantallas de lámpara estaban torcidas, pero un aparador albergaba una serie de revistas a disposición de los huéspedes, y en una librería se apretujaban hasta cincuenta volúmenes. El papel pintado (margaritas y rosas entrelazadas) se veía recién puesto sobre el revestimiento de pino, y una mezcla de perfume flotaba en el aire. Deborah se volvió hacia St. James. Este sonrió.

– ¿Qué? -dijo ella.

– Como en casa.

– En la de alguien, al menos.

Deborah se encaminó al pub.

Por lo visto, habían llegado durante el período de cierre, porque no había nadie tras la barra de caoba ni en las mesas estilo pub, cuyos posavasos para apoyar las jarras de cerveza moteaban la madera de naranja y beige. Dejaron atrás las mesas, con sus correspondientes taburetes y sillas, y caminaron bajo un techo bajo, de robustas vigas ennegrecidas por generaciones de humo y decoradas con un despliegue de complicadas herraduras de caballo. En la chimenea todavía fulguraban los restos del fuego de la tarde, que chasqueaban cuando las últimas bolsas de resina estallaban.

– ¿Dónde se habrá metido esa condenada chica? -preguntó una mujer.

Hablaba desde lo que aparentaba ser un despacho. La puerta estaba abierta a la izquierda de la barra. Al lado, subía una escalera de peldaños extrañamente inclinados, como agobiados por algún peso. La mujer salió, aulló «¡Jo-se-phine!» hacia lo alto de la escalera, y entonces vio a St. James y su mujer. Al igual que Josie, se sobresaltó. Al igual que Josie, era alta y delgada, y sus codos eran aguzados como puntas de flecha. Se llevó una mano tímida al cabello y se quitó una hebilla de plástico adornada con capullos de rosa que lo apartaba de sus mejillas. Bajó la otra hasta la falda y sacudió unas hilas.

– Toallas -dijo, como para explicar la última actividad-. Tenía que doblarlas. No lo hizo. Yo tuve que hacerlo. Eso resume la vida con una chica de catorce años.

– Nos estaba esperando -dijo Deborah-. Nos ayudó a cargar nuestras cosas.

– ¿De veras? -Los ojos de la mujer se desviaron hacia la maleta-. Ustedes deben ser el señor y la señora St. James. Bienvenidos. Les daremos Tragaluz.

– ¿Tragaluz?

– La habitación. Es la mejor. Me temo que un poco fría en esta época del año, pero hemos puesto una estufa más.

«Fría» no hacía justicia a la temperatura de la habitación donde les condujo, dos tramos de escalera más arriba, en la parte más alta del hotel. Aunque la estufa funcionaba a tope y enviaba palpables oleadas de calor, las tres ventanas y los dos tragaluces adicionales de la habitación actuaban como transmisores del frío exterior. Acercarse a medio metro de ellas suponía penetrar en un campo de hielo.

La señora Wragg corrió las cortinas.

– La cena se sirve desde las siete y media hasta las nueve. ¿Quieren algo antes? ¿Han tomado té? Josie les preparará una tetera, si lo desean.

– Yo no quiero nada -dijo St. James-. ¿Deborah?

– No.

La señora Wragg asintió. Frotó los brazos con sus manos.

– Bien -dijo. Se agachó para coger un hilo blanco de la alfombra. Lo anudó alrededor de un dedo-. El baño es aquella puerta. Cuidado con la cabeza. El dintel es un poco bajo, pero todos lo son. Es el edificio. Es antiguo, ya saben.

– Sí, por supuesto.

La mujer se acercó a la cómoda, situada entre las dos ventanas delanteras, y efectuó mínimos ajustes en un espejo móvil, y algunos más en el pañito de encaje sobre el que descansaba.

– Aquí tienen más mantas -explicó, mientras abría el ropero. Palmeó el tapizado de zaraza de la única silla de la habitación-. De Londres, ¿verdad? -añadió, cuando resultó evidente que no podía hacer nada más.

– Sí -contestó St. James.

– No viene mucha gente de Londres.

– La distancia es bastante grande.

– No, no es eso. Los londinenses van al sur. Dorset, Cornualles. Todo el mundo lo hace.

Se acercó a la pared situada detrás de la silla y movió uno de los dos grabados que colgaban, una copia de Dos chicas al piano, de Renoir, montada sobre un tapete blanco que empezaba a amarillear por los bordes.

– Hay muy poca gente a la que le guste el frío -dijo.

– Tiene mucha razón.

– Los del norte también van a Londres. Persiguen sueños, creo. Como Josie. ¿Les…? Supongo que les hizo preguntas sobre Londres.

St. James miró a su mujer. Deborah había abierto la maleta sobre la cama. Al oír la pregunta, dejó lo que estaba haciendo y se levantó, con una bufanda gris en las manos.

– No -dijo-. No habló de Londres.

La señora Wragg cabeceó, y después alumbró una fugaz sonrisa.

– Bien, eso es bueno, ¿no? Porque a la muchacha se le ocurren toda clase de maldades cuando se trata de algo que pueda alejarla de Winslough. -Se frotó las manos y las enlazó sobre la cintura-. Bien. Han venido en busca de aire puro y buenas caminatas. Tenemos en abundancia. Por los páramos, los campos, las colinas. El mes pasado nevó. La primera vez que nevaba en estos parajes desde hacía años, pero ahora solo hay escarcha. «La nieve de los tontos», como decía mi madre. Todo se llena de barro, pero espero que hayan traído botas.

– Así es.

– Estupendo. Pregunten a mi Ben, el señor Wragg, cuál es el mejor sitio para ir a pasear. Nadie conoce esta tierra como mi querido Ben.

– Gracias -dijo Deborah-. Lo haremos. Tenemos ganas de dar paseos, y también de ver al vicario.

– ¿Al vicario?

– Sí.

– ¿Al señor Sage?

– Sí.

La mano derecha de la señora Wragg se deslizó desde su cintura hasta el cuello de la blusa.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Deborah. St. James y ella intercambiaron una mirada-. El señor Sage sigue en la parroquia, ¿verdad?

– No. Está… -La señora Wragg apretó los dedos contra el cuello y completó su pensamiento a toda prisa-. Supongo que habría ido a Cornualles. Como todo el mundo, por así decirlo.

– ¿Qué significa eso? -preguntó St. James.

– Es… -La mujer tragó saliva-. Es el lugar donde está enterrado.

2

Polly Yarkin pasó un trapo húmedo sobre la encimera y lo dobló pulcramente al borde del fregadero. Era un trabajo inútil. Nadie había utilizado la cocina del vicario durante las últimas cuatro semanas y, a juzgar por los indicios, pasarían más semanas antes de que alguien la utilizara, pero seguía acudiendo diariamente a la vicaría, como había hecho durante los últimos seis años, y cuidaba de la casa ahora al igual que en vida del señor Sage y sus dos jóvenes predecesores, cada uno de los cuales había pasado tres años en el pueblo, antes de encaminarse hacia metas más importantes. Si es que existía algo similar en la Iglesia anglicana.

Polly se secó las manos con un paño de cocina a cuadros y lo dejó en el estante que corría sobre el fregadero. Aquella mañana había encerado el suelo de linóleo, y quedó complacida cuando observó su reflejo en la prístina superficie. No era un reflejo perfecto, por supuesto. Un suelo no era un espejo, pero veía con bastante nitidez los rizos de cabello rojizo que escapaban al apretado nudo de la bufanda en su nuca. Y también podía ver, demasiado bien, la silueta de su cuerpo, la espalda encorvada por el peso de sus pechos como melones.

Los riñones le dolían como siempre, y las tirillas del sujetador rebosante se le clavaban en los hombros. Deslizó el dedo índice bajo una y se encogió cuando, al aligerar la presión sobre un hombro, descargó todo el peso sobre el otro. Qué suerte tienes, Poli, habían cloqueado sus compañeras de colegio menos desarrolladas, los chicos se vuelven locos solo de pensar en ti. Y su madre había dicho, concebida en el círculo, bendecida por la diosa, con su típico estilo criptomaternal, y le había propinado un palmetazo en el culo la primera y última vez que la muchacha había insinuado someterse a una operación quirúrgica para aliviar el peso que colgaba como plomo de su pecho.

Hundió los puños en la parte inferior de la espalda y echó un vistazo al reloj de pared, que colgaba sobre la mesa de la cocina. Las seis y media. Nadie acudiría ya a la vicaría a estas horas. Era absurdo demorarse más.

En realidad, no existían motivos que explicaran la continua presencia de Polly en casa del señor Sage. Aun así, iba cada mañana y se quedaba hasta después de oscurecer. Sacaba el polvo, limpiaba y decía a los capilleros de la iglesia que era importante, incluso crucial en aquella época del año, tener la casa preparada para el sustituto del señor Sage. Mientras trabajaba, no dejaba de vigilar el menor movimiento del vecino más próximo a la vicaría.

Lo hacía cada día desde el fallecimiento del señor Sage, cuando Colin Shepherd había venido por primera vez con su cuaderno de policía y sus preguntas de policía para examinar las pertenencias del señor Sage con sus tranquilos y expertos modales de policía. Solo le dedicaba una mirada cuando ella abría la puerta cada mañana. Decía hola, Polly, y desviaba la vista. Se encaminaba al estudio o al dormitorio del vicario; en ocasiones, se sentaba a examinar el correo. Tomaba notas y contemplaba durante largos minutos la agenda del señor Sage, como si la inspección de los compromisos del vicario pudiera proporcionarle la clave de su muerte.

Háblame, Colin, deseaba decirle cuando estaba en la casa. Como antes. Vuelve a mí. Seamos amigos.

Pero no decía nada. A cambio, le ofrecía té. Y cuando él lo rechazaba: «No, gracias, Polly, me iré enseguida», ella reanudaba su trabajo, sacaba brillo a los espejos, limpiaba la parte interior de las ventanas, frotaba retretes, suelos, lavabos y bañeras hasta que las manos le dolían y la casa resplandecía. Siempre que podía, le observaba y catalogaba los detalles destinados a hacer más llevadero su peso. Colin tiene la mandíbula demasiado cuadrada. Los ojos son de un verde muy bonito, pero demasiado pequeños. Se peina de una manera curiosa, intenta echarse el pelo hacia atrás, siempre con la raya en medio, y luego le cae hacia delante hasta cubrir su frente. No para de toquetearlo, y utiliza los dedos a modo de peine.

Pero los dedos le robaban el aliento, y allí terminaba el inútil catálogo. Tenía las manos más bonitas del mundo.

Por culpa de aquellas manos y el pensar en los dedos resbalando sobre su piel, siempre terminaba donde había empezado. Háblame, Colin. Como antes.

El nunca lo hacía, y así estaba bien, porque Polly, en realidad, no deseaba que fuera como antes entre ellos.

La investigación concluyó demasiado pronto para su gusto. Colin Shepherd, policía del pueblo, leyó el resultado de sus pesquisas, con voz serena, en la encuesta del juez de instrucción. Había ido como todos los demás habitantes del pueblo, que se apretujaban en el gran salón del hostal. Pero, al contrario que los demás, solo había ido para ver a Colin y oírle hablar.

– Muerte accidental -anunció el juez-, por envenenamiento fortuito.

El caso quedó cerrado.

Sin embargo, cerrar el caso no puso fin a los susurros, las insinuaciones o la realidad de que en un pueblo como Winslough «envenenamiento» y «fortuito» constituían, una clara invitación a las habladurías y una indudable contradicción en los términos. Por lo tanto, Polly había seguido en su puesto, y cada mañana llegaba a la vicaría a las siete y media, con la esperanza de que el caso se reabriera y Colin regresara.

Se dejó caer en una silla de la cocina, cansada, y deslizó los pies en las botas de trabajo que había dejado aquella mañana sobre la creciente pila de periódicos. Nadie había pensado en cancelar las suscripciones del señor Sage. Había estado demasiado ocupada pensando en Colin. Lo haría mañana, decidió. Tendría una excusa para volver de nuevo.

Cuando cerró la puerta principal, se detuvo unos instantes en los peldaños de la vicaría para liberar el pelo de la bufanda que lo sujetaba. Los rizos, como virutillas de acero herrumbrosas, se desplegaron alrededor de su rostro, y la brisa nocturna agitó los de su nuca. Dobló la bufanda en forma de triángulo, y procuró que las palabras «¡Rita me leyó como un libro en Blackpool!» no se vieran. La pasó sobre su cabeza y anudó los extremos bajo la barbilla. Su cabello, sujeto de esta manera, le arañó las mejillas y el cuello. Sabía que su aspecto no podía ser menos atractivo, pero al menos no aletearía sobre su cabeza y se le metería en la boca camino de casa. Además, detenerse en la escalera bajo la luz del porche, que siempre dejaba abierta en cuanto el sol se ponía, le concedía la oportunidad de dirigir una mirada descarada a la casa de al lado. Si las luces estaban encendidas, si el coche estaba en el camino particular…

No era ese el caso. Mientras cruzaba el trecho de grava y salía a la calle, Polly se preguntó qué habría hecho si Colin Shepherd hubiera estado en casa aquella noche.

¿Llamar a la puerta?

«¿Sí? Ah, hola. ¿Qué pasa, Polly?»

¿Tocar el timbre?

«¿Ocurre algo?»

¿Mirar por la ventana?

«¿Necesitas a la policía?»

¿Entrar por las buenas, empezar a hablar y rezar para que Colin contestara?

«No sé qué quieres de mí, Polly.»

Se abotonó el abrigo bajo la barbilla y sopló un aliento gris y vaporoso en sus manos. La temperatura estaba descendiendo. Habría menos de cinco grados. Se formaría hielo en la carretera y aguanieve si llovía. Si él no tomaba las curvas con prudencia, perdería el control del coche. Quizá se tropezaría con él. Sería la única que podría ayudarle. Mecería su cabeza en el regazo, apoyaría la mano sobre su frente, le apartaría el pelo de la frente y le daría calor. Colin.

– Volverá contigo, Polly -había dicho el señor Sage tres noches antes de su muerte-. Mantente firme y espérale. Disponte a escuchar. Va a necesitarte para rehacer su vida. Quizá antes de lo que supones.

Pero todo aquello no era más que parafernalia cristiana, el reflejo de las creencias más inútiles de la Iglesia. Si uno rezaba lo bastante, había un Dios que escuchaba, sopesaba peticiones, acariciaba su larga barba blanca, componía una expresión pensativa y decía: «Síiii, entiendo», y hacía realidad los sueños.

Un montón de basura.

Polly se dirigió hacia el sur, salió del pueblo y caminó por la cuneta de la carretera de Clitheroe. Andar resultaba difícil. El sendero estaba lleno de barro y sembrado de hojas muertas. Oía el chapoteo de sus pasos sobre el fragor del viento que azotaba los árboles.

Al otro lado de la calle, la iglesia estaba a oscuras. No habría vísperas hasta que llegara el nuevo vicario. El Consejo Eclesiástico había celebrado entrevistas durante las dos últimas semanas, pero al parecer escaseaban los sacerdotes que quisieran instalarse en un pueblo. Daba la impresión de que, sin luces brillantes y millones de habitantes, no había almas que salvar, pero no era ese el caso. Había mucho que salvar en Winslough. Sage se había dado cuenta enseguida, y lo había observado en la misma Polly.

Porque pecaba desde hacía mucho tiempo. Había trazado el círculo en el frío del invierno, en las noches tibias de verano, en primavera y otoño. Había dispuesto el altar hacia el norte. Colocaba las velas en las cuatro puertas del círculo y, mediante el agua, la sal y las hierbas, creaba un cosmos sagrado y mágico al que podía rezar. Todos los elementos estaban presentes: el agua, el aire, el fuego, la tierra. El cordón serpenteaba alrededor de su muslo. Notaba la vara fuerte y segura en su mano. Utilizaba clavos para el incienso, laurel para la madera, y se entregaba (en cuerpo y alma, afirmaba) al Rito del Sol. Por la salud y la vitalidad. Rogaba esperanza cuando los médicos la descartaban. Pedía curación cuando la única promesa era la morfina que calmaba el dolor, hasta que la muerte ponía fin a todo.

Iluminada por las velas y la llama del laurel encendido, había entonado la súplica a Aquellos cuya presencia invocaba con el mayor fervor:

Que la salud de Annie sea restaurada.

Que el Dios y la Diosa atiendan mi plegaria.

Y se había dicho, completamente convencida, que sus intenciones eran puras y buenas. Rezó por Annie, su amiga de la infancia, la dulce Annie Shepherd, esposa del amado Colin, pero solo los puros podían invocar a la Diosa y obtener respuesta. La magia de los que rogaban tenía que ser inmaculada.

Polly, guiada por un impulso, volvió hacia la iglesia y entró en el cementerio. Estaba tan negro como el interior de la boca del Dios con Cuernos, pero no precisaba luz para orientarse, ni tampoco necesitaba leer la lápida. Annie Alice Shepherd. Y debajo, las fechas y la inscripción: «A mi querida esposa». No había nada más, ningún adorno, porque así era Colin.

– Oh, Annie -dijo Polly a la lápida, que se alzaba en las sombras más profundas, donde la pared del cementerio pasaba junto a un castaño de ramas gruesas-. Me ha ocurrido tres veces, como dijo el Redentor, pero te juro, Annie, que no era mi intención hacerte daño.

Aun antes de terminar la frase, se vio asediada por las dudas. Dejaron su conciencia al desnudo, como una plaga de langosta. Dejaron al descubierto lo peor de lo que había sido, una mujer que deseaba al marido de otra.

– Hiciste lo que pudiste, Polly -había dicho el señor Sage, al tiempo que acariciaba su mano-. Nadie puede curar el cáncer con oraciones. Se puede rezar para que los médicos sean capaces de ayudar, o para que el paciente reúna fuerzas para soportar sus sufrimientos, pero la enfermedad en sí… No, querida Polly, no se cura con oraciones.

La intención del vicario había sido buena, pero no la conocía. No era el tipo de hombre capaz de comprender sus pecados. Lo que ocultaba en la parte más sucia de su corazón no se absolvía diciendo: «Ve en paz».

Ahora, pagaba por triplicado el hecho de haber desencadenado sobre sí la ira de los Dioses, pero no la habían castigado con el cáncer. Ni Hammurabi habría imaginado una venganza más refinada.

– Me cambiaría por ti, Annie -susurró Polly-. Lo juro.

– ¿Polly?

Un susurro incorpóreo la contestó. Retrocedió de un salto y se llevó la mano a la boca. Un torrente de sangre se agolpó en sus ojos.

– ¿Polly? ¿Eres tú?

Se oyeron unos pasos al otro lado de la pared, botas de goma que pisaban las heladas hojas muertas caídas sobre el suelo. Entonces, Polly le vio. Sombra entre las sombras. Olió el humo de pipa que se pegaba a su ropa.

– ¿Brendan?

No tuvo que esperar para confirmar su sospecha. La escasa luz bañó la nariz ganchuda de Brendan Power. No había otro perfil semejante en todo Winslough.

– ¿Qué haces aquí?

El hombre pareció leer en la pregunta una invitación implícita e involuntaria. Saltó el muro. Ella se apartó. El hombre se acercó con paso decidido. Polly vio que sostenía la pipa en la mano.

– He ido a la mansión.

Golpeó la pipa contra la lápida de Annie; briznas de tabaco quemado cayeron como virutas de ébano sobre la piel helada de la tumba. A juzgar por sus siguientes palabras, Brendan comprendió al instante lo inapropiado de su comportamiento.

– Oh, maldita sea. Lo siento. -Se agachó y apartó el tabaco con la mano. Se enderezó, guardó la pipa en el bolsillo y removió los pies-. Volvía al pueblo por el sendero peatonal. Vi a alguien en el cementerio y… -Bajó la cabeza, como si examinara sus botas negras, apenas visibles-. Esperaba que fueras tú, Polly.

– ¿Cómo está tu mujer? -preguntó ella.

Brendan alzó la cabeza.

– Han surgido nuevos contratiempos en la renovación de la casa. Un grifo de la bañera ha saltado. Una alfombra se estropeó. Rebecca está hecha una furia.

– Muy comprensible, ¿no? Quiere un hogar propio. No debe de ser fácil vivir con papá y mamá, sobre todo ahora que espera un niño.

– No. No es fácil. Para nadie, Polly.

La joven apartó la vista al percibir la urgencia de su tono, y miró hacia Cotes Hall donde, desde hacía cuatro meses, un equipo de decoradores y artesanos se dedicaban a remozar el edificio victoriano, abandonado desde hacía mucho tiempo, con el fin de dejarlo a punto para Brendan y su mujer.

– No sé por qué no contrata a un vigilante nocturno.

– Dice que por nada del mundo contratará a un vigilante. Ya tiene a la señora Spence. Le paga para que esté allí, y eso es más que suficiente, afirma.

– ¿Y…? -Se esforzó en pronunciar el nombre sin delatar nada-. ¿La señora Spence nunca ha oído que alguien entrara?

– Desde su casa, no. Dice que está demasiado lejos de la mansión. Cuando hace la ronda, nunca ve a nadie.

– Ah.

Permanecieron en silencio. Brendan removió los pies. La tierra helada crujió bajo su peso. Una ráfaga de viento nocturno sopló entre las ramas del castaño y agitó el pelo de Polly que la bufanda no lograba sujetar.

– Polly.

Captó el tono apremiante de su voz, como una súplica. Ya lo había visto en su rostro cuando pedía permiso para sentarse a su mesa del pub, y hacía acto de aparición como si intuyera sus movimientos, cada vez que Polly entraba en Crofters Inn para tomar una copa. Ahora, como en aquellas ocasiones, sintió un nudo en el estómago y frío en sus miembros.

Sabía lo que él deseaba, lo mismo que todo el mundo: escapar, algún secreto al que aferrarse, algún sueño formado a medias: ¿Qué más le daba si ella salía perjudicada? ¿En qué libro de contabilidad se reflejaba el precio exacto que costaba herir un alma?

Estás casado, Brendan, quiso decir en un tono que combinara paciencia y compasión. Aunque te amara, que no es el caso, como bien sabes, tienes mujer. Vete a casa con ella. Métete en la cama y haz el amor a Rebecca. Tuviste suficientes ganas como para hacerlo en otro tiempo.

Pero arrastraba la maldición de ser una mujer poco propensa al rechazo o la crueldad.

– Me voy, Brendan -se limitó a decir-. Mi mamá me está esperando para cenar.

Volvió sobre sus pasos.

Oyó que él la seguía.

– Te acompañaré -dijo Brendan-. No deberías andar sola por aquí.

– Está demasiado lejos. Además, ibas en dirección contraria.

– Por el sendero -replicó, con tal seguridad que su respuesta parecía ser el summum de la lógica-. A través del prado. Saltando los muros. No vine por la carretera. -Adaptó su paso al de ella-. Tengo una linterna -añadió, y la sacó del bolsillo-. No deberías caminar de noche sin una linterna.

– Solo son dos kilómetros, Brendan. No hay peligro.

– Por si acaso.

Polly suspiró. Quería explicarle que no podía caminar con ella por la oscuridad. Les vería gente. Malinterpretaría la situación.

Pero sabía por adelantado cuál sería su respuesta. Pensarán que vuelvo a casa, diría. Cada día salgo a pasear.

Qué inocente era. Qué poco sabía de la vida en los pueblos. Qué poco importaría a cualquiera que les viera el hecho de que Polly y su madre habían vivido veinte años en la casa provista de gabletes que se encontraba situada en la boca del camino que conducía a Cotes Hall. Nadie se detendría a pensar en ello, o a pensar que Brendan estaba verificando la marcha de los trabajos en la mansión, con vistas a mudarse con su mujer. «Cita nocturna», sería la descripción de los lugareños. Rebecca se enteraría. Armaría un escándalo.

Claro que Brendan ya estaba pagando caro su error. Polly no albergaba la menor duda. Había visto lo bastante a Rebecca Townley-Young durante su vida para saber que casarse con ella, aun en las mejores condiciones, sería muy poco gratificante.

Por lo tanto, entre otras cosas, sentía pena por Brendan, y por eso le permitía sentarse con ella en el Crofters Inn por las noches, y por eso ahora continuaba caminando por la cuneta, la vista clavada en la brillante luz que proyectaba la linterna de Brendan. No intentó entablar conversación. Tenía una idea bastante aproximada de cómo acabaría cualquier conversación con Brendan Power.

Resbaló en una piedra, medio kilómetro más adelante, y Brendan la cogió por el brazo.

– Cuidado -la previno.

Notó la presión de sus dedos contra el seno. A cada paso que daba, los dedos subían y bajaban, como la parodia de una caricia.

Se encogió de hombros, con la esperanza de soltarse. Brendan afianzó su presa.

– Era una Craigie Stockwell -dijo Brendan con timidez, para romper el incómodo silencio.

Polly arrugó el entrecejo.

– Craigie ¿qué?

– La alfombra de la mansión. Una Craigie Stockwell. De Londres. Está hecha un asco. El desagüe de la pila estaba obturado con un trapo. Desde el viernes por la noche, diría yo. Parecía que hubiera manado agua durante todo el fin de semana.

– ¿Y nadie se dio cuenta?

– Habíamos ido a Manchester.

– ¿No vigila nadie cuando van los obreros, para comprobar que todo esté en orden?

– ¿Te refieres a la señora Spence? -Brendan meneó la cabeza-. Se limita a comprobar las puertas y ventanas.

– Pero ¿no debería…?

– No es un guardia de seguridad, e imagino que estar sola la pone nerviosa. Sin un hombre, quiero decir. Es un lugar solitario.

Sin embargo, Polly sabía que había ahuyentado a unos intrusos, al menos en una ocasión. Había oído el disparo. Y luego, unos minutos después, los pasos frenéticos de dos o tres personas que corrían sin dejar de gritar, y luego el rugido de una moto. La noticia se esparció por el pueblo. Con Juliet Spence no se jugaba.

Polly se estremeció. Se había levantado viento. Soplaba en ráfagas breves y gélidas que atravesaban el desnudo seto de espinos que bordeaba la carretera. Albergaba la promesa de un amanecer aún más abundante en escarcha.

– Tienes frío -dijo Brendan.

– No.

– Estás temblando, Polly. Ven. -La rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí-. Así está mejor, ¿eh? -Polly no contestó-. Caminamos juntos al mismo paso, ¿verdad? ¿Te has dado cuenta? Si me rodeas la cintura con el brazo, aún andaremos mejor.

– Brendan.

– Esta semana no has ido al pub. ¿Por qué?

Guardó silencio. Removió los hombros. Brendan no la soltó.

– Polly, ¿has estado en Cotes Fell?

La joven notó frío en las mejillas. Se deslizó como tentáculos cuello abajo. Ah, pensó, ya ha sucedido. Porque él la había visto en aquel lugar una noche del otoño pasado. Había oído su petición. Sabía lo peor.

Brendan prosiguió en tono desenvuelto.

– Creo que cada día me gusta más ir a pasear por la montaña. He subido al embalse tres veces… He dado un largo paseo por el canal de Bowland, y otro cerca de Claughton, en Beacon Fell. El aire es puro. ¿Te fijaste, al llegar a la cumbre? Bueno, supongo que estás demasiado ocupada para hacer excursiones.

Ahora lo dirá, pensó ella. Ahora anunciará el precio que he de pagar por su silencio.

– Con tantos hombres en tu vida.

La alusión era un acertijo.

Brendan la miró fijamente.

– Tiene que haber hombres. A montones, diría yo. Será por eso que no has ido al pub. Ocupada, ¿eh? Citas, quiero decir. Alguien especial, sin duda.

Alguien especial. Polly lanzó una triste carcajada.

– Hay alguien, ¿verdad? Una mujer como tú. Ningún hombre se podría resistir, si tuviera la menor oportunidad. Yo no. Eres increíble. Cualquiera lo ve.

Apagó la linterna y la guardó en el bolsillo. Cogió su brazo con la mano ahora libre.

– Eres tan guapa, Polly -dijo, y se acercó más-. Hueles bien. Tu tacto es enloquecedor. El tío que no se dé cuenta de eso necesita que le miren la cabeza.

Aminoró el paso hasta detenerse. Era lógico, se dijo Polly. Habían llegado al camino a cuyo lado se alzaba la casa donde ella vivía. Brendan la volvió hacia él.

– Polly -dijo con voz perentoria. Le acarició la mejilla-. Siento tantas cosas por ti. Sé que te has dado cuenta. ¿Me dejarás…?

Los faros de un coche les atraparon como conejos en su haz de luz. No venía por la carretera de Clitheroe, sino que traqueteaba y se bamboleaba por la pista que ascendía a Cotes Hall. Como conejos, petrificados, una mano de Brendan sobre la mejilla de Polly, la otra en su brazo. Sus intenciones eran inconfundibles.

– ¡Brendan! -dijo Polly.

El hombre dejó caer las manos y se alejó medio metro, pero ya era demasiado tarde. El coche se acercó a ellos lentamente, y después aminoró todavía más la velocidad. Era un viejo Land Rover verde, manchado de barro y mugriento, pero el parabrisas y las ventanas estaban muy limpios.

Polly ladeó la cabeza, no tanto por temor a que la vieran y hablaran de ella -sabía que nada iba a impedirlo-, como por no ver al conductor o a la mujer de cabello grisáceo y rostro anguloso sentada a su lado. Polly lo vio todo con la mayor vividez, sin intentarlo siquiera, el brazo de la mujer extendido de modo que las yemas de sus dedos descansaban sobre la nuca del conductor. Tocaban y removían aquel cabello color jengibre, indisciplinado, peinado hacia atrás.

Colin Shepherd y la señora Spence se disponían a pasar otra agradable velada juntos. Los Dioses recordaban a Polly Yarkin sus pecados.

Malditos sean el viento y el aire, pensó Polly. No era justo. Todo le salía mal, hiciera lo que hiciese. Cerró la puerta con furia a su espalda y descargó un solo puñetazo sobre la madera.

– ¿Polly? ¿Eres tú, cariño?

Oyó el sonido de los vigorosos pasos de su madre en la sala de estar, acompañado de su respiración sibilante y el tintineo de joyas, pulseras, collares, doblones de oro, cualquier cosa que a su madre le apeteciera ponerse cuando llevaba a cabo su tocado matinal de invierno.

– Soy yo, Rita -contestó-. ¿Quién, si no?

– No sé, cariño. ¿Algún mozo guapo dispuesto a compartir una salchicha? Hay que estar siempre a punto para lo inesperado. Ese es mi lema.

Rita rió y resolló. Su perfume la precedió como un heraldo oloroso. Giorgio. Lo esparcía a cucharadas. Llegó a la puerta de la sala de estar y la ocupó por completo; era una mujer enorme, una masa informe del cuello a las rodillas. Se apoyó en el quicio para recuperar el aliento. La luz de la entrada arrancó destellos de los collares que colgaban sobre su gigantesco pecho. Arrojó una grotesca sombra de Rita sobre la pared y convirtió una de sus papadas en una barba de carne.

Polly se agachó para desanudar sus botas. Las suelas estaban llenas de barro, un detalle que no escapó a su madre.

– ¿Dónde has estado, cariño? -Rita agitó uno de los collares, una pieza compuesta de grandes cabezas de gato modeladas en latón-. ¿Has ido a dar un paseo?

– La carretera está cubierta de barro -gruñó Polly, mientras se quitaba una bota y forcejeaba con la segunda. Los cordones estaban mojados, y tenía los dedos entumecidos-. Invierno. ¿Ya has olvidado cómo es?

– Ojalá. ¿Cómo va por la metrópolis?

Dijo metrópolis. A propósito. Formaba parte de su personalidad. Adoptaba una falsa ignorancia cuando estaba en el pueblo, una prolongación del estilo general al que se adhería cuando pasaba los inviernos en Winslough. En primavera, verano y otoño, era Rita Rularski, lectora de tarot, piedras y palmas. Desde su local de Blackpool adivinaba el futuro, interpretaba el pasado e iluminaba el presente, reacio e inquietante, a cualquiera dispuesto a pagar en metálico. Rita recibía con idéntico aplomo a todos sus clientes -habitantes, turistas, visitantes de paso, amas de casa curiosas, damas elegantes en busca de emociones-, ataviada con un caftán capaz de albergar a un elefante y un pañuelo de alegres colores que cubría su enmarañado cabello grisáceo.

Pero en invierno se convertía de nuevo en Rita Yarkin y regresaba a Winslough para pasar tres meses con su única hija. Colocaba su anuncio pintado a mano en la cuneta de la carretera y esperaba a la clientela que apenas aparecía. Leía revistas y miraba la tele. Comía como un estibador y se pintaba las uñas.

Polly las miró con curiosidad. Hoy tocaban de color púrpura, con una diminuta franja dorada que cruzaba cada una en diagonal. Se daban de patadas con su caftán -calabaza anaranjado-, pero representaban una gran mejora respecto al amarillo del día anterior.

– ¿Te has peleado con alguien esta noche, cariño? -preguntó Rita-. Tu aura está bajo mínimos. Eso no es bueno, ¿sabes? Ven, deja que te mire la cara.

– No es nada.

Polly desplegó más actividad de la necesaria. Golpeó las botas contra el arcón de madera que había junto a la puerta. Se quitó la bufanda y la dobló en forma de cuadrado. Guardó este cuadrado en el bolsillo del abrigo, y después sacudió el abrigo con el dorso de la mano, para eliminar hilos y manchas de barro inexistentes.

No era tan fácil disuadir a su madre. Apartó su enorme masa de la puerta. Anadeó hasta Polly y la obligó a dar la vuelta. Escudriñó su cara. Con la mano abierta y a unos tres centímetros de distancia, trazó la forma de la cabeza y los hombros de Polly.

– Ya veo. -Se humedeció los labios y dejó caer el brazo con un suspiro-. Por las estrellas y la tierra, muchacha, deja de portarte como una tonta.

Polly se apartó y encaminó sus pasos hacia la escalera.

– Necesito mis zapatillas -dijo-. Bajo enseguida. Ya huelo la cena. ¿Has hecho goulash, como dijiste?

– Escúchame, Pol. El señor C. Shepherd no es tan especial -contestó Rita-. No tiene nada que ofrecer a una mujer como tú. ¿Aún no te has dado cuenta?

– Rita…

– Lo que importa es vivir. Vivir, ¿me has oído? Tienes vida y conocimiento, al igual que sangre en las venas. Posees dones que superan todo cuanto yo he tenido y visto. Utilízalos. No los dilapides, maldita sea. Dioses del cielo, si yo tuviera la mitad de lo que tú tienes, sería la dueña del mundo. Deja de subir la escalera y escúchame, muchacha.

Descargó la mano sobre el pasamanos.

Polly notó que la escalera temblaba. Se volvió y exhaló un suspiro de resignación. Su madre y ella solo pasaban tres meses juntas, pero durante los últimos seis años los días se hacían interminables, porque Rita empleaba cualquier excusa para entrometerse en la vida de Polly.

– Era él quien pasó en coche hace un momento, ¿verdad? -preguntó Rita-. El señor C. Shepherd y su precioso ego. Con ella, ¿no? Venían de la mansión. Por eso estás dolida, ¿verdad?

– No es nada -insistió Polly.

– En eso tienes razón. No es nada. El no es nada. ¿Para qué sufrir?

Pero él sí era algo para Polly. Siempre lo había sido. ¿Cómo podía explicarlo a su madre, cuya única experiencia amorosa había concluido bruscamente cuando su marido abandonó Winslough la lluviosa mañana del séptimo cumpleaños de Polly, se dirigió a Manchester para «comprar algo especial para mi muy especial chiquilla», y nunca volvió?

«Abandonada» era una palabra que Rita jamás empleaba para describir lo sucedido a ella y a su única hija. Lo llamaba «bendición». Si su marido carecía del sentido común necesario para saber a qué clase de mujeres iba a plantar, mejor que se fuera.

Rita siempre había considerado su vida en esos términos. Todas las dificultades, pruebas o desgracias podían redefinirse fácilmente como bendiciones disfrazadas. Las decepciones eran mensajes sin palabras de la Diosa. Los rechazos eran meras indicaciones de que el camino más deseado no era el mejor. Desde hacía mucho tiempo, Rita se había entregado, en mente, corazón y cuerpo, a la salvaguardia del Arte de la Sabiduría. Polly la admiraba por su confianza y devoción. Solo deseaba ser capaz de sentir lo mismo.

– Yo no soy como tú, Rita.

– Sí. Te pareces más a mí que yo. ¿Cuándo trazaste el círculo por última vez? Desde que estoy en casa no, seguro.

– Sí, lo he hecho. Desde entonces. Dos o tres veces. Su madre enarcó una ceja con expresión escéptica.

– Eres la discreción personificada, ¿eh? ¿Dónde lo has trazado?

– En Cotes Fell. Ya lo sabes, Rita.

– ¿Y el Rito?

Polly notó un hormigueo en la nuca. Habría preferido no contestar, pero el poder de su madre aumentaba a cada respuesta que daba. Lo percibía muy bien, como si manara de los dedos de Rita, como si se deslizara barandilla arriba y mojara la palma de la mano de Polly.

– Venus -dijo con vergüenza, y apartó la vista de la cara de Rita. Aguardó las burlas.

No se produjeron. Rita apartó la mano de la barandilla y examinó a su hija con aire pensativo.

– Venus -replicó-. No se trata de fabricar pociones amorosas, Polly.

– Ya lo sé.

– Entonces…

– Pero se trata de amor. Tú no quieres que lo sienta. Lo sé, mamá, pero es inútil y no puedo rechazarlo solo porque a ti te da la gana. Le quiero. ¿No crees que lo dejaría si pudiera? ¿Crees que no rezo para no sentir nada hacia él… o al menos para sentir por él lo que él siente por mí? ¿Crees que me gusta esta tortura?

– Creo que todos elegimos nuestras torturas.

Rita caminó hacia una antigua camarera de palo de rosa, inclinada por la ausencia de dos ruedas. Estaba apoyada contra una de las paredes de la entrada, bajo la escalera; Rita se agachó todo lo que le permitieron sus piernas y abrió el único cajón. Extrajo dos rectángulos de madera.

– Toma -dijo-. Cógelos.

Polly cogió las piezas, sin preguntas ni protestas. Percibió su olor inconfundible, penetrante pero agradable, un aroma embriagador.

– Cedro -dijo.

– Exacto -dijo Rita-. Quémalos en honor a Marte. Pide fuerza, muchacha. Deja el amor a los que no poseen tus dones.

3

La señora Wragg se marchó nada más anunciar lo ocurrido al vicario. Al afligido: «¿Qué pasó? ¿Cómo demonios murió?» de Deborah, contestó vagamente: «No estoy segura. ¿Era amiga de él?».

No. Por supuesto. No eran amigos. Solo habían compartido unos minutos de conversación en la Galería Nacional, un día de noviembre ventoso y lluvioso. Aun así, el recuerdo de la amabilidad y el preocupado interés de Robin Sage provocó que Deborah se sintiera abrumada, sacudida por una mezcla de sorpresa y pesar, al conocer la noticia de su muerte.

– Lo siento, amor -dijo St. James cuando la señora Wragg cerró la puerta.

Deborah observó la preocupación que nublaba sus ojos, y supo que estaba leyendo sus pensamientos como solo podía hacerlo un hombre que la conocía desde que nació. Calló lo que deseaba decir, adivinó: «No es por tu culpa, Deborah. No posees el don de causar la muerte, pienses lo que pienses…». En cambio, la abrazó.

Por fin, descendieron la escalera situada entre el bar y la oficina a las siete y media. En el pub se agolpaba la habitual multitud vespertina. Granjeros apoyados contra la barra, enzarzados en conversaciones. Amas de casa que disfrutaban de una noche libre reunidas en mesas. Dos parejas mayores comparaban bastones para caminar, mientras seis ruidosos adolescentes bromeaban a voz en grito en una esquina y fumaban cigarrillos.

Josie Wragg emergió de este último grupo, en cuyo centro, jaleada por los comentarios obscenos de sus compañeros, una pareja se magreaba frenéticamente, con alguna pausa ocasional que la chica aprovechaba para echar un trago de la botella y el chico para dar caladas a un cigarrillo. Josie se había cambiado y llevaba lo que parecía ser un uniforme de trabajo, pero el reborde de su falda negra sobresalía en parte, su corbata de lazo roja estaba irremisiblemente torcida, y un largo hilo caía sobre la verde extensión de su pecho.

Pasó por debajo de la barra, cogió al vuelo dos cartas y se encaminó hacia los recién llegados.

– Buenas noches, señores. ¿Se encuentran a gusto? -preguntó en tono formal, sin dejar de mirar con cautela al hombre calvo que manejaba las espitas del pub con aire de autoridad, y que no podía ser otro que el propietario, el señor Wragg.

– Perfectamente -contestó St. James.

– En ése caso, supongo que querrán echar una ojeada a la carta. Recuerden lo que les dije sobre el buey -añadió en voz baja.

Pasaron junto a los granjeros, uno de los cuales, congestionado, agitaba un dedo admonitorio y hablaba de «decirle que es un sendero público… público, ¿me ha oído?», se abrieron paso entre las mesas hasta la chimenea, donde las llamas estaban dando cuenta con rapidez de una pela de abedul plateado, en forma de cono. Miradas de curiosidad les siguieron mientras cruzaban la sala (no solían ir turistas a Lancashire en aquella época del año), pero a sus educados «buenas noches» los hombres respondían con bruscos cabeceos y las mujeres inclinaban la cabeza. Si bien los adolescentes no se movieron de su rincón, como indiferentes a los demás, no parecía tanto egocentrismo de grupo como interés en aprovechar la diversión que les brindaban la rubia y su acompañante, que en aquel momento había deslizado la mano bajo la sudadera amarillo rabioso de la joven. La tela onduló cuando su puño se elevó como un tercer pecho móvil.

Deborah se sentó en un banco, bajo una reproducción en punto de aguja, desteñida y nada puntillista, de Una tarde de domingo en la Grand Jatte. St. James ocupó un taburete frente a su mujer. Pidieron jerez y whisky, y cuando Josie llevó las bebidas a su mesa, colocó el cuerpo de manera que ocultara a los amantes entrelazados.

– Lo lamento -dijo, mientras dejaba el jerez delante de Deborah y lo centraba. Hizo lo mismo con el whisky-. Pam Rice, que se dedica a putear por las noches. No me pregunten por qué. No es mala, solo cuando se junta con Todd. Tiene diecisiete.

Lo dijo como si la edad del muchacho lo explicara todo, pero luego continuó, tal vez pensando que no era suficiente.

– Trece. Pam, quiero decir. Catorce el mes que viene.

– Y treinta y cinco el año que viene, sin duda -replicó con sequedad St. James.

Josie echó un vistazo a la pareja. Pese a su anterior mirada despreciativa, su pecho huesudo se alzó temblorosamente.

– Sí. Bueno… -Se volvió hacia ellos como si le costara cierto esfuerzo-. ¿Qué tomarán? Dejando aparte el buey. El salmón está muy bueno. Y el pato. La ternera está… -La puerta del pub se abrió, y penetró una ráfaga de aire frío que sopló alrededor de sus tobillos como seda al moverse-… cocinada con tomates y setas, y esta noche hemos preparado un lenguado con alcaparras y…

El recitado de Josie se interrumpió cuando, detrás de ella, las conversaciones de los clientes enmudecieron con sorprendente rapidez.

Un hombre y una mujer se habían detenido en la puerta. Una luz colgada del techo dio cuenta del contraste que formaban. Primero, el cabello: el de él, color jengibre; el de ella, negro y veteado de gris, espeso, lacio y cortado a la altura de los hombros. Después, la cara: la de él, juvenil y hermosa, pero de mandíbula y mentón demasiado prominentes; la de ella, fuerte y enérgica, sin maquillaje que disimulara su edad. Y la ropa: él, con chaqueta y pantalones barbour; ella, con una desgastada chaqueta de marinero y téjanos descoloridos, con un parche sobre una rodilla.

Permanecieron inmóviles un momento en la entrada, la mano del hombre apoyada sobre el brazo de la mujer. Aquel llevaba gafas de concha, cuyos cristales capturaban la luz y ocultaban sus ojos y su reacción al silencio que había recibido su aparición. La mujer, no obstante, paseó la vista a su alrededor poco a poco y efectuó un contacto deliberado con todas las caras que tuvieron la valentía de sostener su mirada.

– … alcaparras y… y…

Daba la impresión de que Josie había olvidado el resto de su recitado ensayado. Introdujo el lápiz en su cabello y se rascó el cráneo con él.

El señor Wragg habló desde detrás de la barra, mientras eliminaba la espuma de una jarra de Guinness.

– Buenas noches, agente. Buenas noches, señora Spence. Menudo frío hace esta noche, ¿eh? Esto es el principio de una ola de frío, si quieren saber mi opinión. Tú, Frank Fowler, ¿otra ronda?

Por fin, uno de los granjeros se volvió. Los demás empezaron a imitarle.

– No diré que no, Ben -contestó Frank Fowler, y empujó su jarra hacia el otro lado de la barra.

Ben bajó la espita.

– ¿Tienes tabaco, Billy? -preguntó alguien.

Una silla arañó el suelo como el aullido de un animal. El doble timbre del teléfono sonó en la oficina. Poco a poco, el pub recobró la normalidad.

El policía se acercó a la barra.

– Black Bush y una limonada, Ben -dijo, mientras la señora Spence se encaminaba a una mesa apartada de las demás. Caminó con parsimonia, una mujer muy alta, con la cabeza erguida y los hombros rectos, pero en lugar de sentarse en el banco apoyado contra la pared eligió un taburete para dar la espalda a la sala. Se quitó la chaqueta y dejó al descubierto un jersey de lana color marfil de cuello alto.

– ¿Cómo va todo, agente? -preguntó Ben Wragg-. ¿Su padre ya se ha instalado en la residencia de pensionistas?

El policía contó unas monedas y las dejó sobre la barra.

– La semana pasada -contestó.

– Su padre fue un gran hombre en su tiempo, Colin. Un gran policía.

El agente empujó las monedas hacia Wragg.

– Sí, una gran persona -dijo-. Todos tardamos unos años en darnos cuenta, ¿no?

Cogió los vasos y fue a reunirse con su acompañante.

Se sentó en el banco, de cara a la sala. Paseó la mirada desde la barra a las mesas, una a una. Y los clientes, uno a uno, desviaron la vista. El murmullo de las conversaciones era tan apagado que se oía a la perfección el tintineo metálico de los cacharros en la cocina.

– Creo que esta noche me voy a retirar ya, Ben -dijo un granjero, al cabo de un momento.

– Voy a ver a mi viejo -dijo un segundo.

Un tercero se limitó a tirar un billete de cinco libras sobre la barra y esperó el cambio. Cuando solo habían transcurrido unos minutos desde la llegada del agente y la señora Spence, casi todos los clientes del Crofters Inn habían desaparecido. Solo quedaba un hombre solitario vestido de tweed que daba vueltas a su vaso de ginebra, derrumbado contra la pared, y el grupo de adolescentes, que se habían trasladado a una máquina tragaperras y ponían a prueba su suerte.

Josie había permanecido de pie junto a la mesa todo el rato, con los labios distendidos y los ojos abiertos de par en par. Solo el ladrido de Ben Wragg («Muévete, Josephine») la arrancó de su contemplación.

– ¿Qué van a… cenar? -logró articular, pero no les dio tiempo a elegir-. El comedor está por ahí. Síganme -dijo.

Les guió por una puerta baja contigua a la chimenea, hasta un salón donde la temperatura bajaba en picado sus buenos diez grados y el olor predominante era a pan horneado, en lugar de la mezcla de humo de cigarrillo y cerveza que impregnaba el pub. Les acomodó al lado de un radiador.

– Esta noche tendrán la sala solo para ustedes. Nadie se quedará. Iré a la cocina para encargar lo que han… -Por fin, se dio cuenta de que aún no podía encargar nada. Se mordió el labio-. Lo siento. Tengo la cabeza hecha un lío. Ni siquiera han elegido.

– ¿Pasa algo anormal? -preguntó Deborah.

– ¿Anormal?

El lápiz volvió a su cabello, esta vez con la punta por delante, y lo removió, como si la joven estuviera dibujando en su cráneo.

– ¿Algún problema?

– ¿Problema?

– ¿Se ha metido alguien en líos?

– ¿Líos?

St. James puso fin al juego de repeticiones.

– Creo que jamás había visto a un policía local evacuar un local público con tanta rapidez. Antes de la hora reglamentaria, por supuesto.

– Oh, no -dijo Josie-. No es por el señor Shepherd. Quiero decir… La verdad es… No es que… Han pasado cosas aquí, y ya saben cómo son los pueblos y… Caramba, será mejor que tome su nota. El señor Wragg se pone como una moto si hablo demasiado con los huéspedes. «No han venido a Winslough para que les dé la barrila gente como tú, señorita Josephine.» Eso dice el señor Wragg. Ya saben.

– ¿Es por la mujer que acompaña al policía? -preguntó Deborah.

Josie lanzó una rápida ojeada hacia una puerta giratoria que parecía dar acceso a la cocina.

– No debería hablar.

– Es muy comprensible -dijo St. James, y consultó la carta-. Para mí, champiñones rellenos de primero y el lenguado. ¿Qué quieres, Deborah?

Deborah no tenía el menor deseo de interrumpir su indagación. Decidió que si Josie vacilaba en hablar de un tema, un cambio a otro tal vez soltaría su lengua.

– Josie -dijo-, ¿puedes contarnos algo sobre el vicario, el señor Sage?

– Josie levantó la cabeza de su cuaderno.

– ¿Cómo lo sabe?

La joven extendió el brazo en dirección al pub.

– Lo de ahí fuera. ¿Cómo lo sabe?

– No sabemos nada, excepto que ha muerto. En parte, vinimos a Winslough para verle. ¿Puedes decirnos qué ocurrió? ¿Su muerte fue inesperada? ¿Estaba enfermo?

– No. -Josie clavó la mirada en el cuaderno y dedicó toda su concentración a escribir «champiñones rellenos y lenguado»-. Enfermo, no exactamente. Por poco tiempo, quiero decir.

– ¿Una enfermedad repentina?

– Repentina, sí. Exacto.

– ¿Padecía del corazón? ¿Un infarto, o algo por el estilo?

– Algo… rápido. Ocurrió rápido.

– ¿Una infección? ¿Un virus?

Josie parecía atormentada, desgarrada entre el deseo de hablar y la prudencia de callar. De nuevo garrapateó nerviosamente algo en su cuaderno.

– No fue asesinado, ¿verdad? -preguntó St. James.

– ¡No! -graznó la chica-. Nada de eso. Fue un accidente. De veras. Lo juro. Ella no quería… No pudo… Quiero decir que la conozco. Todos la conocemos. No tenía la intención de hacerle daño.

– ¿Quién? -preguntó St. James.

Los ojos de Josie se desviaron hacia la puerta.

– Es esa mujer -dijo Deborah-. Es la señora Spence, ¿no es cierto?

– ¡No fue un asesinato! -gritó Josie.

Les contó la historia a trancas y barrancas, mientras servía la cena, vertía el vino, traía la tabla de quesos y presentaba el café.

Comida envenenada, dijo. En diciembre. Costó arrancarle la historia, y no dejaba de mirar en dirección a la cocina, como para asegurarse de que nadie la sorprendería in fraganti. El señor Sage hacía sus rondas por la parroquia, visitaba a todas las familias para tomar el té o cenar…

– Según el señor Wragg, labraba su camino hacia la rectitud y la gloria, pero no deben hacerle caso, si saben a qué me refiero, porque nunca va a la iglesia, como no sea por Navidad o para asistir a un funeral.

… y fue a casa de la señora Spence un viernes por la noche. Estaban los dos solos, porque la hija de la señora Spence…

– Maggie es mi mejor amiga.

… estaba pasando la noche con Josie, en el hostal. La señora Spence siempre había dejado claro a cuantos la interrogaban al respecto que no pensaba mucho en ir a la iglesia como regla general, pese a que era el único acontecimiento social del pueblo, pero no iba a ser grosera con el vicario, de modo que cuando el señor Sage quiso hablar con ella para convencerla de que concediera otra oportunidad a la Iglesia anglicana, se prestó a escucharle. Siempre era educada, y el vicario fue aquella noche a su casa, con el libro de oraciones en la mano, dispuesto a recuperarla para la religión. Debía celebrar una boda a la mañana siguiente…

– Para unir a la gata esquelética de Becca Townley-Young y a Brendan Power, ese que estaba en el bar bebiendo ginebra, ¿se fijaron?

… pero no se presentó y por eso todos descubrieron que había muerto.

– Muerto y tieso, con los labios ensangrentados y las mandíbulas bien apretadas.

– Un poco raro para tratarse de un envenenamiento a causa de la comida -observó St. James, dudoso-. Porque si la comida estaba pasada…

No fue un envenenamiento a causa de la comida, les informó Josie, mientras hacía una pausa para rascarse el culo a través de su fina falda. Fue un auténtico caso de comida envenenada.

– ¿Quiere decir que la comida estaba envenenada? -preguntó Deborah.

El veneno estaba en la comida. Chirivía silvestre recogida en el estanque cercano a Cotes Hall.

– Solo que no era chirivía silvestre, como pensaba la señora Spence. En absoluto. En-ab-so-lu-to.

– Oh, no -exclamó Deborah, cuando las circunstancias que rodeaban la muerte del vicario adquirieron mayor claridad-. Qué horror. Qué espanto.

– Era cicuta -dijo Josie sin aliento-. Como lo que Sócrates bebió con su té en Grecia. Ella pensó que era chirivía, la señora Spence, y también el vicario, comió y… -Se llevó las manos a la garganta, emitió sonidos agónicos y paseó una mirada furtiva a su alrededor-. No le digan a mamá que yo se lo conté, ¿eh? Me dará una paliza si se entera. Se ha convertido en una especie de broma macabra entre los tíos del pueblo: ci-cu-ta-ya y allá-que-vas.

– Ci ¿qué? -preguntó Deborah.

– Cicuta -dijo St. James-. El nombre latino de su género: Cicuta maculata. Cicuta virosa. Las especies dependen del hábitat.

Frunció el ceño y jugueteó distraído con el cuchillo que había utilizado para cortar una porción de Gloucester enriquecido. Clavó la punta en un fragmento del queso que quedaba en su plato. Pero en lugar de verlo, por algún motivo, se descubrió revisando un recuerdo surgido de su subconsciente. El profesor Ian Rutheford, de la universidad de Glasgow, que insistía en ir vestido de cirujano hasta a las clases, famoso por la frase: «No se puede sentir aversión hacia un cadáver, damas y caballeros». ¿De dónde coño había surgido, como un demonio escocés procedente del pasado?, se preguntó St. James.

– A la mañana siguiente, no apareció en la boda -continuó en tono afable Josie-. El señor Townley-Young aún se pone como una fiera cuando se acuerda. Hasta las dos y media no consiguieron otro vicario, y el banquete nupcial fue un desastre. Más de la mitad de los invitados ya se habían ido de la iglesia. Algunos piensan que lo hizo Brendan, porque fue un matrimonio a la fuerza, y nadie imagina a un tío condenado a estar casado toda la vida con Becca Townley-Young que no trate de hacer algo desesperado para evitarlo… Me estoy pasando otra vez y, si mamá se entera, me meteré en un buen lío. A mamá le caía bien el señor Sage.

– ¿Y a ti?

– También. A todo el mundo, menos al señor Townley-Young. Decía que el vicario era «progresista», porque el señor Sage no utilizaba incienso y no se vestía con raso y encaje. Si quieren saber mi opinión, para ser vicario se necesitan cosas más importantes, y el señor Sage sabía cuáles eran.

St. James apenas escuchaba la cháchara de la joven. Les sirvió café y tendió una decorativa bandeja de porcelana, sobre la cual reposaban seis petit fours, con una notable capa de azúcar coloreada, bastante discutible desde el punto de vista gastronómico.

Al vicario le gustaba visitar a sus feligreses, explicó Josie. Promovió un grupo juvenil -del que ella era miembro y vicepresidente- a propósito, procuraba fortalecer los lazos familiares e intentaba que la gente volviera a la iglesia. Sabía el nombre de todos los habitantes del pueblo. Los martes por la tarde, daba clase a los niños de la escuela primaria. Salía a recibir cuando estaba en casa. No se daba aires.

– Le conocí en Londres -dijo Deborah-. Me pareció muy amable.

– Lo era. En serio. Por eso, cuando la señora Spence aparece, las cosas se ponen un poco difíciles.

Josie se inclinó sobre la mesa y movió la servilleta de papel sobre la que descansaban los petit fours, hasta centrarlos en la bandeja. Empujó la bandeja hacia las lamparitas adornadas con borlas de la mesa, para que se destacara mejor la confección de las capas de azúcar.

– O sea -continuó Josie-, no sería lo mismo si otra persona hubiera cometido una equivocación; mamá, por ejemplo.

– Da igual quién cometiera la equivocación, porque todo el mundo miraría a esa persona con malos ojos durante un tiempo -observó Deborah-, teniendo en cuenta que el señor Sage era muy apreciado.

– No es eso -replicó Josie-. La señora Spence es una herbolaria, así que habría tenido que saber muy bien lo que arrancaba de la tierra antes de sacarlo a la maldita mesa. Eso es lo que la gente dice. En el pub. Ya saben. Se regodean en la historia y no la sueltan. Les importa un pimiento el resultado de la investigación.

– ¿Una herbolaria que no reconoció la cicuta? -preguntó Deborah.

– Eso es lo que les come el tarro.

St. James escuchaba en silencio, mientras contemplaba la superficie del queso, sembrada de cráteres. Ian Rutherford regresó de improviso. Alineó sobre la mesa de trabajo los tarros con muestras, que sacaba de un carrito con el cuidado de un experto, mientras el olor a formaldehído que emanaba de su persona todo el rato, como un perfume espectral, terminaba con las ganas de comer de todos los presentes. «Vamos a los primeros síntomas, queridos míos», anunciaba alegremente, en tanto extraía cada tarro con un movimiento elegante. «Dolor abrasador en el esófago, exceso de salivación, náuseas. A continuación, mareos antes de que se inicien las convulsiones. Estas son espasmódicas, y producen rigidez en la musculatura. El cierre convulsivo de la boca impide los vómitos.» Tabaleó con los dedos sobre la tapa metálica de un tarro, satisfecho, en el que daba la impresión de flotar un pulmón humano. «La muerte se produce al cabo de quince minutos, o en un máximo de ocho horas. Asfixia. Fallo cardíaco. Paro respiratorio total.» Otro tabaleo sobre la tapa. «¿Alguna pregunta? ¿No? Estupendo. Basta ya de cicutoxina. Vamos al curare. Primeros síntomas…»

Pero St. James sentía ya síntomas propios, pese al cotorreo de Josie: desasosiego al principio, una clara inquietud. «Aquí tenemos un caso apropiado», estaba diciendo Rutherford, pero la circunstancia y la naturaleza del caso eran escurridizos como anguilas. St. James dejó su cuchillo sobre la mesa y cogió un petit four. Tuvo la impresión de que Josie aprobaba su elección.

– Hice la capa yo misma -anunció-. Creo que los de color rosa y verde son los de mejor aspecto.

– ¿Qué clase de herbolaria? -preguntó St. James.

– ¿La señora Spence?

– Sí.

– Del tipo curandero. Coge hierbas en el bosque y las colinas, las mezcla y las machaca. Para fiebres, retortijones, resfriados y tal. Maggie, la señora Spence es su madre, es mi mejor amiga y una persona maravillosa, nunca ha ido a un médico, por lo que yo sé. Cuando le duele algo, su mamá le aplica un emplasto. Si tiene fiebre, su mamá prepara un poco de té. Un día que fui a visitarlas a la mansión, viven en Cotes Hall, me dolía la garganta. Me dio algo para hacer gárgaras, y por la noche ya estaba curada.

– Por lo tanto, entiende de plantas.

Josie cabeceó.

– Por eso, cuando murió el señor Sage, las cosas se le pusieron mal. Cómo no iba a saberlo, se preguntaba la gente. O sea, yo no distinguiría la chirivía del heno, pero la señora Spence…

Su voz enmudeció y extendió las manos en un gesto muy expresivo.

– Supongo que la investigación esclareció todo eso -dijo Deborah.

– Oh, sí. Justo encima de la escalera, en el Tribunal de la Magistratura. ¿Aún no lo han visto? Vayan a echar un vistazo antes de ir a la cama.

– ¿Quién declaró? -preguntó St. James. La respuesta prometía la renovación de su inquietud, y estaba seguro de cuál sería-. Aparte de la señora Spence.

– El agente de policía.

– ¿El hombre que la acompañaba esta noche?

– Exacto. El señor Shepherd. Él encontró al señor Sage, quiero decir, el cadáver, en el sendero peatonal que va a Cotes Hall y el páramo, el sábado por la mañana.

– ¿Se encargó de la investigación solo?

– Sí, por lo que yo sé. Es nuestro policía, ¿no?

St. James vio que su mujer se volvía hacia él, impulsada por la curiosidad, mientras levantaba un dedo para juguetear con un rizo de su cabello. No dijo nada, pero le conocía lo bastante como para comprender la dirección de sus pensamientos.

No era problema suyo, pensó St. James. Habían venido al pueblo de vacaciones. Lejos de Londres y lejos de su hogar, donde no habría distracciones profesionales o domésticas que impidieran iniciar el diálogo tan necesario.

Sin embargo, no era tan fácil alejarse de las dos docenas de preguntas científicas y procesales que eran como una segunda naturaleza para él y pedían a gritos una respuesta. Aún era menos fácil alejarse del insistente monólogo de Ian Rutherford. Incluso ahora, tocaba una pegadiza y oscura melodía en el interior de su cráneo. «Tenéis que fijaros en la parte más gruesa de la planta, queridos míos. Muy peculiar esta pequeña belleza, tallo y raíz. El tallo es grueso, como observaréis, y lleva no una, sino varias raíces. Cuando efectuamos un corte en la superficie del tallo, así, obtenemos el auténtico olor de la cicuta sin depurar. Ahora, para repasar… ¿Quién hará los honores?» Y bajo unas cejas que parecían plantas silvestres, los ojos azules de Rutherford escudriñaban el laboratorio, siempre a la búsqueda del estudiante desafortunado que aparentaba haber asimilado hasta la menor información. Poseía un don especial para detectar la confusión y el aburrimiento, y cualquiera que experimentara una de ambas reacciones ante la disertación de Rutherford tenía todos los números para ser convocado a repasar el material, al final de la clase. «Señor Allcourt-St. James. Ilumínenos, por favor. ¿O acaso le pedimos demasiado en esta bella mañana?»

St. James oyó las palabras como si todavía se encontrara en aquella habitación de Glasgow, todos con veintiún años y sin pensar en toxinas orgánicas, sino en la joven que por fin se había llevado a la cama durante su última estancia en casa. Turbado su ensueño, llevó a cabo un valiente intento de improvisar una respuesta a la petición del profesor. Cicuta virosa, dijo, y carraspeó en un esfuerzo por conseguir tiempo, «principio tóxico cicutoxina, que actúa directamente sobre el sistema nervioso central, un violento convulsivo y…». El resto era un misterio.

«¿Y, señor St. James? ¿Y? ¿Y?»

Ay. Sus pensamientos estaban demasiado apegados al dormitorio. No recordaba nada más.

Pero aquí en Lancashire, más de quince años después, Josephine Eugenia Wragg dio la respuesta.

– Ella siempre guarda raíces en el sótano. Patatas, zanahorias, chirivías y todo eso, cada una en un cubo distinto, y corrió el rumor de que, si no había envenenado al vicario a propósito, alguien tenía que haber entrado y mezclado la cicuta con las otras chirivías, a la espera de que la cocinaran y comieran, pero ella afirmó en la encuesta que eso no era posible, puesto que el sótano siempre estaba cerrado con llave. Y todo el mundo dijo, muy bien, aceptamos que ese es el caso, pero ella tendría que haber sabido que no era chirivía, para empezar, porque…

Por supuesto que tendría que haberlo sabido. Por la raíz. Y ese había sido el punto principal de Ian Rutherford. Esa era la respuesta que esperaba, impaciente, de su alumno soñador y negligente.

«Las oraciones no sirven para nada en la ciencia, querido.» Sí. Bien. Ya se ocuparían de eso.

4

Otra vez aquel ruido. Sonaba como pasos vacilantes sobre la grava. Al principio, pensó que procedía del patio, y aunque sabía que la idea no era tranquilizadora, sus temores se calmaron en parte al pensar que, quienquiera que caminara en la oscuridad, no parecía dirigirse a la casa del vigilante, sino a Cotes Hall. Y tenía que ser un hombre, decidió Maggie Spence. Acechar de noche en la cercanía de edificios antiguos no era un comportamiento propio de mujeres.

Maggie sabía que debía estar alerta, teniendo en cuenta todo lo sucedido en la mansión durante los últimos meses, teniendo en cuenta sobre todo el estropicio perpetrado en aquella extravagante alfombra la semana pasada. Estar alerta era, a fin de cuentas, lo único que le había pedido su mamá, aparte de hacer los deberes, antes de marcharse con el señor Shepherd aquella noche.

– Solo estaré fuera unas horas, querida -le dijo mamá-. Si oyes algo, no salgas. Solo telefonea. ¿Entendido?

Cosa que debería hacer ahora, como Maggie bien sabía. Al fin y al cabo, tenía los números. Estaban abajo, junto al teléfono de la cocina. La casa del señor Shepherd, Crofters Inn y el hogar de los Townley-Young, por si acaso. Les había echado un vistazo cuando mamá se marchó, y quiso decir con burlona inocencia: «Pero solo vas al hostal, ¿verdad, mamá? ¿Por qué me das también el teléfono del señor Shepherd?». Pero Maggie ya sabía la respuesta a esa pregunta, y si la formulaba, solo conseguiría violentar a ambos.

Sin embargo, en ocasiones, deseaba violentarles. Quería gritar ¡veintitrés de marzo! Sé lo que pasó, sé que ese día lo hicisteis, incluso sé dónde, y cómo. Pero nunca lo hacía. Aunque no les hubiera visto juntos en la sala de estar -por llegar demasiado temprano a casa después de una discusión en el pueblo con Josie y Pam-, y aunque no hubiera escapado por la ventana, con las piernas temblorosas al ver a mamá y lo que estaba haciendo, y aunque no se hubiera sentado a reflexionar sobre ello en la terraza invadida por las malas hierbas de Cotes Hall, con Punkin aovillado a sus pies como una bola de color naranja atigrada, aun en ese caso lo habría sabido. Era obvio, cuando el señor Shepherd, desde aquella ocasión, miraba a mamá con ojos de cordero degollado y la boca entreabierta, y mamá procuraba por todos los medios no mirarle.

– ¿Lo estaban haciendo? -había susurrado Josie Wragg, sin aliento-. ¿Y tú les viste hacerlo, en realidad, de veras, sin el menor asomo de duda? ¿Desnudos y tal? ¿En la sala de estar? ¡Maggie!

Encendió un Gauloise y se tendió en la cama. Todas las ventanas estaban abiertas para que el humo escapara y su madre no supiera lo que estaba haciendo, si bien Maggie opinaba que ni toda la brisa del mundo lograría eliminar el asqueroso olor que desprendían los cigarrillos franceses favoritos de Josie. Encajó el suyo entre los labios y se llenó la boca de humo. Lo exhaló. Aún no dominaba el arte de inhalarlo, y tampoco estaba segura de desearlo.

– No se habían quitado toda la ropa -dijo-. Mamá, no, al menos. Quiero decir, no se había quitado ni una prenda. No era necesario.

– ¿Que no era necesario…? Entonces, ¿qué estaban haciendo? -preguntó Josie.

– Por Dios, Josephine. -Pam Rice bostezó. Agitó la cabeza, y su espléndida cabellera de bucles dorados quedó, como siempre, inmaculada, cada pelo en su sitio-. Piensa por una vez en tu vida, ¿quieres? ¿Qué crees que estaban haciendo? Se supone que tú eres la experta por estos andurriales.

Josie frunció el ceño.

– No entiendo cómo… Vamos, si iba vestida.

Pam alzó los ojos al techo, con expresión de paciencia martirizada. Dio una larga bocanada a su cigarrillo, exhaló e inhaló algo que ella llamaba franchute.

– La tenía en la boca -dijo-. B-o-c-a. ¿He de hacerte un dibujo, o ya lo has captado?

– En la… -Josie pareció confusa. Tocó su lengua con las yemas de los dedos, como si ese gesto la ayudara a comprender mejor-. ¿Quieres decir que tenía su cosa…?

– ¿Su cosa? Dios. Se llama pene, Josie. P-e-n-e. ¿Comprendido? -Pam rodó sobre su estómago y contempló con los ojos entornados la punta encendida del cigarrillo-. Solo puedo decir que ojalá obtuviera algo a cambio, cosa que dudo, estando vestida de pies a cabeza. -Otro movimiento perfecto de su cabello-. Todd sabe bien que no debe terminar antes de que yo me haya corrido, te lo aseguro.

Josie frunció el ceño. Era evidente que todavía estaba asimilando la información. Siempre alardeando de ser la autoridad viviente en materia de sexualidad femenina -cortesía de un sobado ejemplar de El animal sexual femenino desencadenado en casa, volumen I, que había sacado del cubo de la basura después de que su madre lo tirara, al cabo de dos meses de intentar, a instancias de su marido, «desarrollar la libido o algo por el estilo»-, y ahora la pillaban en fuera de juego.

– ¿Se…? -Dio la impresión de que luchaba por encontrar la palabra apropiada-. ¿Se movían o algo así, Maggie?

– Joder -dijo Pam-. ¿Es que no sabes nada? Nadie necesita moverse. Basta con que ella chupe.

– Con que ella… -Josie aplastó el cigarrillo en el antepecho de la ventana-. ¿La mamá de Maggie? ¿Con un tío? ¡Qué desagradable!

Pam lanzó una risita lánguida.

– No. Es «desencadenado». Justo y apropiado, si quieres saber mi opinión. ¿No mencionaba eso tu libro, Jo, o solo hablaba de meter tus tetas en nata montada y servirlas con fresas a la hora del té? Ya sabes, «haz de la vida de tu hombre una sorpresa constante».

– No tiene nada de malo que una mujer obedezca a su naturaleza sensual -replicó Josie con cierta dignidad. Bajó la cabeza y rascó una costra de su rodilla-. O a la de un hombre.

– Sí. Muy cierto. Una verdadera mujer ha de saber cómo y dónde provocar un hormigueo. ¿No crees, Maggie? -Pam utilizó su irritante habilidad de lograr que sus ojos parecieran inocentes y más azules de lo que eran-. ¿No crees que es importante?

Maggie cruzó las piernas al estilo indio y se pellizcó el canto de la mano. Era la forma de recordarse que no debía admitir nada. Sabía qué información deseaba extraerle Pam, y advirtió que Josie también lo sabía, pero nunca había hurgado en un alma, y no iba a empezar con la suya.

Josie acudió al rescate.

– ¿Dijiste algo? Después de verles, quiero decir.

No. Entonces no, al menos. Y cuando por fin se decidió, a modo de histérica acusación, expresada a gritos entre la ira y la autodefensa, la reacción de mamá había consistido en abofetearla. No una, sino dos veces, y con toda su fuerza. Un segundo después, tal vez al observar la expresión de sorpresa y conmoción que había aparecido en el rostro de Maggie, pues mamá jamás la había pegado, mamá lanzó un grito, como si hubiera recibido ella las bofetadas, atrajo a Maggie hacia sí y la abrazó con tal violencia que Maggie se quedó sin aliento. Aun así, no habían hablado del tema.

– Es asunto mío, Maggie -había dicho con firmeza mamá.

Estupendo, pensó Maggie. Yo también tengo un asunto.

Pero no era así, en realidad. Mamá no lo permitió. Después de la pelea, había llevado el té de la mañana a la habitación de Maggie durante quince días seguidos. Permanecía de pie y comprobaba que Maggie bebiera hasta la última gota. Ante sus protestas, decía: «Yo sé lo que es mejor». Cuando el dolor atenazaba el estómago de Maggie, y ella gemía, mamá decía: «Ya pasará, Maggie», y secaba su frente con un paño mojado y suave.

Maggie estudió las negras sombras de su dormitorio y escuchó de nuevo. Se concentró para distinguir el sonido de pasos del viento que empujaba una vieja botella de plástico sobre la grava. No había encendido las luces de arriba, pero caminó de puntillas hacia la ventana y escudriñó la noche, con la tranquilidad de poder mirar sin ser vista. En el patio, las sombras que arrojaba el ala este de Cotes Hall creaban grandes cavernas de oscuridad. Proyectadas desde los tímpanos de la mansión, bostezaban como pozos y ofrecían más que amplia protección a cualquiera que deseara ocultarse. Los escrutó de uno en uno y trató de distinguir si una forma voluminosa pegada a una pared lejana era tan solo un arbusto de tejo que necesitaba una poda o un merodeador forzando una ventana. No llegó a ninguna conclusión. Deseó que mamá y el señor Shepherd regresaran.

En el pasado, nunca había temido quedarse sola, pero poco después de su llegada a Lancashire, había desarrollado cierto rechazo a estar sola en la casa, tanto de día como de noche. Quizá era una reacción infantil, pero en cuanto mamá salía con el señor Shepherd, en cuanto entraba en el Opel para irse, o se encaminaba al sendero peatonal, o se internaba en el robledal para buscar plantas, Maggie experimentaba la sensación de que las paredes se cerraban sobre ella, milímetro a milímetro. Solo era consciente de estar sola en el terreno de Cotes Hall, y aunque Polly Yarkin vivía al final del camino, las separaba más de un kilómetro, y por más que chillara, si en algún momento necesitaba su ayuda, no la oiría.

A Maggie le daba igual saber dónde guardaba mamá su pistola. Aunque la hubiera utilizado antes para tirar al blanco, cosa que jamás había hecho, no se podía imaginar apuntando a alguien, y mucho menos apretando el gatillo. Por lo tanto, cuando estaba sola, se refugiaba en su dormitorio como un topo. Si era de noche, mantenía las luces apagadas y esperaba a escuchar el sonido de un coche que se acercara o la llave de mamá al introducirse en la cerradura de la puerta principal. Y mientras aguardaba, escuchaba los ronquidos felinos de Punkin, que surgían como nubes de humo audible del centro de la cama. Apretaba su álbum de recortes contra el pecho, con la vista clavada en la pequeña librería de abedul, sobre la cual descansaba el viejo elefante Bozo, rodeado de los demás animales de peluche con donaire tranquilizador. Pensó en su padre.

Eddie Spence existió en su infancia, fallecido antes de cumplir los treinta, su cuerpo retorcido entre los restos de su coche de carreras siniestrado, en Montecarlo. Era el héroe de una historia secreta que mamá solo había insinuado una vez, al decir: «Papá murió en un accidente automovilístico, querida», y «Por favor, Maggie, no puedo hablar de eso con nadie», y sus ojos se anegaron de lágrimas cuando Maggie intentó saber más. A menudo, Maggie intentaba conjurar en su memoria el rostro de su padre, pero el esfuerzo era en vano. Acunaba en sus brazos lo que quedaba de papá: las fotos de coches de Fórmula 1 que recortaba y atesoraba, y que pegaba en su Libro de Acontecimientos Importantes, junto con cuidadosas anotaciones sobre todos los Grand Prix.

Se dejó caer sobre la cama, y Punkin se removió. Levantó la cabeza, bostezó y estiró las orejas. Se movieron como un radar en dirección a la ventana; se incorporó de un único y ágil movimiento, y saltó en silencio desde la cama al antepecho, donde se agazapó y agitó la cola ante sus patas delanteras.

Maggie vio desde la cama que el animal inspeccionaba el patio al igual que ella unos minutos antes; sus ojos parpadeaban lentamente, sin dejar de remover la cola. Sabía, por haber estudiado el tema en su niñez, que los gatos son hipersensibles a los cambios que se producen en el entorno, por lo cual experimentó cierto alivio, segura de que Punkin la avisaría en cuanto ocurriera algo que pudiera avivar sus temores.

Un viejo tilo se erguía ante la ventana, y sus ramas crujieron. Maggie aguzó el oído. Ramas diminutas arañaron el cristal. Algo rozó el arrugado tronco del árbol. Solo era el viento, se dijo Maggie, pero en aquel momento, Punkin dio la señal de que algo no iba bien. Se incorporó con el lomo arqueado.

El corazón de Maggie se aceleró. Punkin saltó desde el antepecho y aterrizó sobre la raída alfombra. Salió por la puerta como un torbellino anaranjado antes de que Maggie comprendiera que alguien había trepado al árbol.

Y entonces, ya fue demasiado tarde. Oyó el golpe suave de un cuerpo al caer sobre el tejado de la casa. A continuación, pasos sigilosos. Después, un suave repiqueteo sobre el cristal.

Esto último era absurdo. Por lo que ella sabía, los revientapisos no se anunciaban. A menos, por supuesto, que intentaran averiguar si había alguien en casa, pero aun en ese caso, parecía más sensato pensar que se limitarían a llamar a la puerta con los nudillos, o a tocar el timbre y esperar.

Le entraron ganas de gritar: «Te has equivocado de sitio, seas quien seas, querías asaltar la mansión, ¿verdad?», pero en cambio dejó el álbum de recortes junto a la cama y se ocultó en las sombras. Sintió un hormigueo en las palmas de las manos. Su estómago se revolvió. Lo que más deseaba era llamar a su madre, pero no le serviría de nada. Un momento después, se alegró.

– ¿Estás ahí, Maggie? -le oyó llamar en voz baja-. Abre, ¿quieres? Se me está helando el culo.

¡Nick! Maggie atravesó la habitación como una flecha. Le vio, acuclillado en la pendiente del tejado, frente a la ventana del dormitorio, sonriente, su sedoso cabello negro acariciándole las mejillas, como alas de ave. Forcejeó con la cerradura. Nick, Nick, pensó cuando estaba a punto de abrir la ventana, y oyó a su madre decir: «No quiero que vuelvas a estar a solas con Nick Ware. ¿Está claro, Margaret Jane? Se acabó. Nunca más». Sus dedos la traicionaron.

– ¡Maggie! -susurró Nick-. ¡Déjame entrar! Hace frío.

Había dado su palabra. Mamá casi había llorado durante aquella discusión, y la visión de aquellos ojos enrojecidos por culpa del comportamiento y las palabras hirientes de Maggie le habían arrancado la promesa, sin detenerse a pensar en su auténtico significado.

– No puedo -dijo.

– ¿Qué?

– Nick, mamá no está en casa. Ha ido al pueblo con el señor Shepherd. Le prometí…

La sonrisa del joven se ensanchó.

– Estupendo. Fantástico. Vamos, Mag, déjame entrar.

Maggie tragó el nudo que se había formado en su garganta.

– No puedo. No puedo verte a solas. Lo prometí.

– ¿Por qué?

– Porque… Nick, ya lo sabes.

Nick, que tenía apoyada una mano contra la ventana, la dejó caer a un costado.

– Solo quería enseñarte… Oh, coño.

– ¿Qué?

– Nada. Olvídalo. Da igual.

– Dímelo, Nick.

El chico ladeó la cabeza. Llevaba el cabello muy corto, pero demasiado largo por arriba, como los demás chicos, aunque a él nunca le quedaba mal, sino al contrario, como si hubiera inventado el estilo.

– Nick.

– Solo una carta. Da igual. Olvídalo.

– ¿Una carta? ¿De quién?

– Carece de importancia.

– Pero si has venido hasta aquí… -Entonces, recordó-. Nick, ¿no será de Lester Piggott? ¿Es eso? ¿Ha contestado a tu carta?

Costaba creerlo, pero Nick escribía a los jockeys sin parar, y su colección de cartas aumentaba día a día. Había recibido contestación de Pat Eddery, Graham Starkey y Eddie Hide, pero Lester Piggott era un fuera de serie, sin duda.

Abrió la ventana. El viento frío se introdujo como una nube en la habitación.

– ¿Es eso? -preguntó.

Nick sacó un sobre de su vieja chaqueta de cuero, que afirmaba ser un regalo ofrecido a su tío abuelo por un piloto norteamericano, durante la Segunda Guerra Mundial.

– No es gran cosa -dijo Nick-. Solo «Gracias por tu carta, muchacho», pero está firmada por él. Nadie pensó que me contestaría, ¿te acuerdas, Mag? Quería que lo supieras.

Se le antojó una maldad dejarle fuera, cuando había venido con un propósito tan inocente. Ni siquiera mamá se opondría.

– Entra.

– No quiero causarte problemas con tu mamá.

– No pasa nada.

El muchacho introdujo su larguirucho cuerpo por la ventana y se abstuvo de cerrarla.

– Pensaba que ya te habrías acostado. Estuve observando las ventanas.

– Pues yo pensé que eras un merodeador.

– ¿Por qué no has encendido las luces?

Ella bajó los ojos.

– Estaba asustada. Sola.

Cogió el sobre y admiró la dirección: «Señor Nick Ware, Skelshaw Farmu». Estaba escrito con mano firme y decidida. La devolvió a Nick.

– Me alegro de que te respondiera. Imaginaba que lo haría.

– Me acordé. Por eso quería verte.

Se apartó el pelo de la cara y paseó la vista por la habitación. Maggie le observó, temerosa. Repararía en todos los animales de peluche y en sus muñecas, sentadas en la silla de mimbre. Se acercaría a los estantes y vería Los chicos del tren entre sus demás libros favoritos de la infancia. Se daría cuenta de lo niña que era. Entonces, no querría salir con ella. Ni tan solo saludarla, probablemente. ¿Por qué no lo había pensado mejor antes de dejarle entrar?

– Nunca había estado en tu dormitorio -dijo Nick-. Es muy bonito, Mag.

Ella notó que sus temores se disipaban. Sonrió.

– Sí.

– Hoyuelos -dijo Nick, y acarició con el dedo índice la pequeña depresión de su mejilla-. Me gusta cuando sonríes.

Bajó la mano hasta su brazo, a modo de prueba. Ella sintió sus dedos fríos, incluso a través del jersey.

– Estás helado -dijo.

– Hace frío fuera.

Maggie era muy consciente de haberse adentrado en territorio prohibido, y en plena oscuridad. Con él a su lado, la habitación se le antojó más pequeña, y reconoció que lo más apropiado sería conducirle a la planta baja para que saliera por la puerta. Solo que estaba con ella y no deseaba que se marchara, no sin darle alguna señal, como mínimo, de que seguía presente en sus pensamientos, pese a todo lo que había ocurrido en sus vidas desde octubre. No era suficiente saber que a Nick le gustaba su sonrisa y tocar el hoyuelo de su mejilla. Siempre se decía que a la gente le gustaba las sonrisas de los niños. Ella no era una niña.

– ¿Cuándo volverá tu madre? -preguntó Nick.

«De un momento a otro» era la verdad. Pasaban de las nueve. Pero si decía la verdad, Nick se iría al instante. Quizá lo haría por su bien, o para evitarle problemas, pero lo haría de todos modos.

– No lo sé -contestó-. Se fue con el señor Shepherd.

Nick sabía lo de mamá y el señor Shepherd, de modo que debía comprender lo que significaba aquella frase. Lo demás era asunto suyo.

Maggie hizo ademán de cerrar la ventana, pero la mano de Nick seguía apoyada en su brazo, así que fue fácil para él impedírselo. No fue brusco. Se limitó a besarla, apretó la lengua contra sus labios como una promesa, y ella le recibió.

– Tardará un rato, entonces. -La boca de Nick descendió hacia su cuello. Maggie sintió escalofríos-. Ya llevan tiempo saliendo.

La conciencia de Maggie le dijo que debía defender a su mamá de la interpretación que Nick había hecho de las habladurías, pero los escalofríos recorrían sus brazos y piernas cada vez que él la besaba, impidiendo que pensara con lucidez. Aun así, tomó la decisión de responder con firmeza cuando la mano de Nick se desplazó hasta su pecho y sus dedos empezaron a juguetear con el pezón. Lo movió con suavidad de un lado a otro, hasta que ella lanzó un gemido, a causa del dolor, y el calor hormigueante. El disminuyó la presión y empezó el proceso desde el principio. Era una sensación estupenda. Más que estupenda.

Sabía que debería hablar de mamá, que debería explicar ciertas cosas, pero solo podía aferrarse a ese pensamiento cuando los dedos de Nick la liberaban. En cuanto empezaban a acariciarla de nuevo, solo podía pensar en el hecho de que no quería suscitar una discusión que estropeara su buen entendimiento.

– Mamá y yo hemos llegado a un acuerdo -dijo, con las escasas fuerzas que le quedaban, y notó que él sonreía contra su boca. Era un chico listo, Nick. Era muy probable que no la hubiera creído ni por un momento.

– Te he echado de menos -susurró el muchacho, y la apretó contra él-. Dios, Mag. Haz algo.

Sabía lo que él quería. Y ella quería hacerlo. Quería sentir de nuevo Aquello a través de sus téjanos, que se ponía rígido y grande gracias a ella. Apretó la mano contra Aquello. Nick movió los dedos de Maggie arriba, abajo y alrededor.

– Jesús -susurró-. Jesús, Mag.

Movió los dedos de Maggie sobre Aquello, hasta la misma punta. Los enroscó a Su alrededor. Estaba bien tieso. Ella lo apretó con suavidad, y después con más fuerza, cuando él gruñó.

– Maggie -dijo-. Mag.

Su respiración era agitada. Nick le quitó el jersey. Maggie sintió la caricia del viento nocturno sobre su piel. Y luego, solo sintió las manos de Nick sobre sus pechos. Y luego, solo su boca, cuando los besó.

Estaba húmeda. Estaba flotando. Los dedos posados sobre los téjanos de Nick ni siquiera eran suyos. No era ella quien bajaba la cremallera. No era ella quien le desnudaba.

– Espera, Mag. Si tu mamá llega…

Ella le calló a besos. Acarició sus partes más tiernas, y Nick la ayudó a cerrar los dedos sobre sus globos de carne. Gimió, deslizó las manos bajo la camisa de la muchacha, y sus dedos dibujaron círculos incandescentes entre las piernas de Maggie.

Y de repente, se encontraron en la cama, el cuerpo de Nick sobre ella, como un árbol pálido, su propio cuerpo ya preparado, las caderas alzadas, las piernas abiertas. Nada más importaba.

– Dime cuándo he de parar -dijo Nick-. ¿De acuerdo, Maggie? Esta vez, no lo haremos. Tú solo dime cuándo he de parar. -Apretó Aquello contra ella. Frotó Aquello contra ella. La punta de Aquello, toda la longitud de Aquello-. Dime cuándo he de parar.

Solo una vez más. Solo esta vez. No podía ser un pecado tan horrible. Ella le apretó contra sí, deseosa de su proximidad.

– Maggie. Mag, ¿no crees que deberíamos parar?

Maggie estrujó Aquello en su mano.

– Mag, en serio. No puedo aguantarme.

Ella alzó la boca para besarle.

– Si llega tu madre…

Lenta, incesantemente, ella movió sus caderas.

– Maggie. No podemos. Hundió Aquello en sus entrañas.

Guarra, pensó. Guarra, pendón, puta. Estaba tendida en la cama, con la vista fija en el techo. Las lágrimas nublaban su visión, resbalaban por sus sienes y caían hacia las orejas.

No soy nada, pensó. Soy un pendón. Una puta. Lo haré con cualquiera. Ahora solo es Nick, pero si otro tío me Lo quiere meter mañana, probablemente le dejaré. Soy una guarra. Una puta.

Se incorporó y pasó las piernas por el borde de la cama. Miró al otro lado de la habitación. El elefante Bozo exhibía su habitual expresión de confusión paquidérmica, pero daba la impresión de que aquella noche había algo más en su cara. Disgusto, sin duda. Había decepcionado a Bozo, pero no tenía comparación con lo que se había hecho a ella misma.

Saltó de la cama y se arrodilló en el suelo. Notó los surcos de la raída alfombra en sus rodillas. Enlazó las manos en actitud de rezar y trató de pensar en las palabras que la conducirían a obtener el perdón.

– Lo siento -susurró-. No quería que pasara. Dios, pensé para mí, si me besa, sabré que todo sigue igual entre nosotros, pese a la promesa que le hice a mamá, solo que cuando me besa de aquella manera no quiero que pare, y después hace otras cosas y yo quiero que las haga, y después quiero más. No quiero que termine, y sé que está mal. Lo sé, pero no puedo evitar la tentación. Lo siento, Dios, lo siento. No permitas que ocurra algo malo por culpa de esto, por favor. No volverá a pasar. No le dejaré. Lo siento.

Pero ¿cuántas veces perdonaría Dios, cuando ella sabía que estaba mal y Él sabía que ella lo sabía y ella lo hacía de todos modos, porque quería tener cerca a Nick? Era imposible hacer tratos incesantes con Dios sin que él se preguntara sobre la naturaleza del acuerdo que estaba llevando a cabo. Iba a pagar un precio muy elevado por sus pecados, y solo era cuestión de tiempo que Dios se decidiera a pasar cuentas.

– Dios no se comporta de esa forma, querida. No lleva las cuentas. Es capaz de infinitos actos de perdón. Por eso es nuestro Ser Supremo, el modelo que debemos seguir. No podemos aspirar a alcanzar su nivel de perfección, desde luego, y tampoco lo espera de nosotros. Se limita a pedir que intentemos mejorar, que aprendamos de nuestros errores, y que comprendamos los de los demás.

Con qué sencillez lo había expuesto el señor Sage cuando la había encontrado en la iglesia, aquella noche del pasado octubre. Maggie estaba arrodillada en el segundo banco, frente al crucifijo, con la frente apoyada sobre sus manos enlazadas. Sus oraciones eran muy similares a la de esta noche, solo que entonces había sido la primera vez, sobre un montón de arrugadas telas alquitranadas, rígidas por la pintura, en un rincón de la trascocina de Cotes Hall, cuando Nick la desnudó, la tendió en el suelo, la puso a punto a punto a punto.

– No lo haremos -había dicho, como esta noche-. Dime cuándo he de parar, Mag.

Y no cesó de repetir «dime cuándo he de parar Maggie, dime dime», mientras le cubría la boca con la suya y sus dedos obraban efectos mágicos entre sus piernas y ella se apretaba y apretaba contra su mano. Deseaba calor y proximidad. Necesitaba que la abrazaran. Ansiaba ser parte de algo más que ella misma. El era la promesa viviente de todo cuanto deseaba, allí en la trascocina. Solo tenía que acceder.

Lo inesperado fue la reacción posterior, el momento en que «las chicas buenas no lo hacen» inundó su conciencia como el diluvio de Noé: los chicos no respetan a las chicas que… Se lo cuentan a todos sus amigos… Basta con que digas no, tú puedes hacerlo… Solo quieren una cosa, solo piensan en una cosa… ¿Quieres pillar una enfermedad?… Si te quedas embarazada, ¿crees que él seguirá mostrándose tan ardiente?… Te has entregado una vez, has cruzado una barrera con él, ahora te perseguirá una y otra vez… No te quiere, si lo hiciera, no habría…

Y por eso había ido a San Juan Bautista para asistir a las vísperas. Apenas había escuchado la lectura. Apenas había escuchado los himnos. Casi todo el rato había clavado la vista en el crucifijo y el altar que se alzaba al otro lado. En él, los Diez Mandamientos, grabados en ominosas tablas de bronce individuales, ocupaban los retablos, y la atención de Maggie se centró, sin que pudiera evitarlo, en el sexto mandamiento. Era la fiesta de la cosecha. Los peldaños del altar estaban sembrados de ofrendas. Gavillas de trigo, calabacines amarillos y verdes, cestas de patatas nuevas y varios kilos de judías llenaban la iglesia con el potente aroma del otoño. Sin embargo, Maggie apenas era consciente de lo que la rodeaba, al igual que de los rezos y el órgano. La luz de la araña principal, situada en el coro, parecía iluminar directamente los retablos de bronce, y la palabra «adulterio» oscilaba ante sus ojos. Daba la impresión de aumentar de tamaño, daba la impresión de señalar y acusar.

Intentó convencerse de que cometer adulterio significaba que una de las partes, como mínimo, estaba unida por votos matrimoniales que iba a quebrantar, pero sabía que toda una secuela de comportamientos detestables acechaba bajo aquella simple palabra, y ella los había perpetrado casi todos: pensamientos impuros sobre Nick, deseo infernal, fantasías sexuales, y ahora fornicación, el peor pecado. Estaba negra y corrompida, destinada a la condenación.

Si pudiera renunciar a su comportamiento, retorcerse de asco por el acto en sí y lo que sentía cuando lo realizaba, tal vez Dios la perdonaría. Si después del acto se hubiera sentido sucia, tal vez El pasaría por alto aquel pequeño lapso. Si no lo deseara -y a Nick, y al indescriptible calor de sus cuerpos entrelazados-, una y otra vez, entonces, allí mismo, en la iglesia.

Pecado, pecado, pecado. Apoyó la cabeza sobre sus puños y no la movió, ajena al servicio religioso. Empezó a rezar, suplicó con fervor el perdón de Dios, apretó los ojos con tal fuerza que vio estrellas.

– Lo siento, lo siento, lo siento -susurró-. No dejes que me ocurra nada malo. No volveré a hacerlo. Lo prometo. Lo prometo. Lo siento.

Era la única oración que se le ocurrió, y la repitió sin pensar, subyugada por la necesidad de comunicarse con lo sobrenatural. No oyó al vicario acercarse, y ni siquiera se enteró de que el servicio había terminado y la iglesia estaba vacía hasta que notó una mano que se apoyaba con firmeza sobre su hombro. Levantó la vista y lanzó un grito. Todas las arañas se habían apagado. La única luz que quedaba, procedente de una lámpara del altar, proyectaba un resplandor verdoso. Rozaba la cara del vicario y arrojaba largas sombras en forma de media luna sobre las bolsas agolpadas debajo de sus ojos.

– Es el perdón personificado -dijo en voz baja el vicario. Su voz era balsámica, como un baño caliente-. No lo dudes ni un momento. Existe para perdonar.

La serenidad de su tono y la dulzura de sus palabras arrancó lágrimas de los ojos de Maggie.

– Esto no -contestó-. Es imposible.

La mano del vicario apretó su hombro, y luego se retiró. Se sentó a su lado en el banco, sin arrodillarse, y ella le mintió. El vicario indicó el crucifijo.

– Si las últimas palabras del Señor fueron: «Perdónales, Padre», y si Su Padre en verdad perdonó, de lo cual podemos estar seguros, ¿por qué no va a perdonarte a ti también? Sean cuales sean tus pecados, querida, no pueden equivaler a la maldad de dar muerte al Hijo de Dios, ¿verdad?

– No -susurró la muchacha, aunque había empezado a llorar-, pero sabía que estaba mal y lo hice, porque quería hacerlo.

El vicario extrajo un pañuelo del bolsillo y se lo tendió.

– Esa es la naturaleza del pecado. Frente a una tentación, podemos elegir, y elegimos mal. No eres la única. Pero si has decidido en tu corazón no volver a pecar, Dios perdona. Setenta veces siete. Confía en ello.

El problema consistía en insuflar resolución en su corazón. Ella deseaba prometer, tanto como creer en su promesa. Por desgracia, aún deseaba más a Nick.

– Eso es -dijo.

Y lo contó todo al vicario.

– Mamá lo sabe -terminó, mientras estrujaba el pañuelo-. Mamá está muy enfadada.

El vicario dejó caer la mano y dio la impresión de que examinaba el bordado descolorido del reclinatorio.

– ¿Cuántos años tienes, querida?

– Trece.

El hombre suspiró.

– Dios bendito.

Más lágrimas asomaron a los ojos de Maggie. Las secó e hipó cuando habló.

– Soy mala. Lo sé, lo sé. Y Dios también.

– No. No es así. -El vicario cogió su mano un instante-. Lo que me preocupa es tu temprano acceso a la edad adulta. Tiene que provocar muchos problemas, siendo tan joven.

– No me da problemas.

El vicario sonrió con dulzura.

– ¿No?

– Yo le quiero, y él me quiere.

– Por ahí suelen empezar los problemas, ¿no?

– Se está burlando -dijo la muchacha, tirante.

– Estoy diciendo la verdad. -El vicario desvió la vista hacia el altar. Tenía las manos sobre las rodillas, y Maggie observó que sus dedos estaban tensos-. ¿Cómo te llamas?

– Maggie Spence.

– No te había visto nunca en la iglesia, ¿verdad?

– No. Nosotras… A mamá no le da por ir a la iglesia.

– Entiendo. -El vicario siguió aferrando con fuerza sus rodillas-. Bien, Maggie Spence, te has topado con uno de los mayores desafíos de la humanidad en una edad muy temprana: cómo enfrentarse a los pecados de la carne. Ya antes de los tiempos de nuestro Señor, los griegos recomendaban moderación en todo. Sabían las consecuencias derivadas de entregarse a los apetitos.

Maggie frunció el ceño, confusa.

El vicario captó su mirada y prosiguió.

– El sexo también es un apetito, Maggie. Algo parecido al hambre. Empieza como una tibia curiosidad, más que un rugido en el estómago, pero pronto se convierte en un ansia exigente. Por desgracia, no es como una indigestión o una borrachera, las cuales producen de inmediato un malestar físico que actúa posteriormente como recordatorio del resultado de un desenfreno impetuoso. Al contrario, proporciona una sensación de bienestar y liberación, que deseamos experimentar una y otra vez.

– ¿Como una droga?

– Como una droga. Y como muchas drogas, sus propiedades perjudiciales tardan en manifestarse. Aun sabiendo cuáles son, desde un punto de vista intelectual, la promesa del placer suele ser demasiado seductora para que nos abstengamos cuando debemos. Es entonces cuando hemos de volvernos hacia el Señor. Debemos pedir que nos infunda la fuerza necesaria para resistir. Él también hizo frente a las tentaciones. Sabe lo que significa ser humano.

– Mamá no habla de Dios. Habla del sida, los herpes, las ladillas y de quedarse embarazada. Piensa que no lo haré si me asusta lo bastante.

– Eres dura con ella, querida. Sus preocupaciones son muy realistas. En estos tiempos, la sexualidad va asociada a crueles consecuencias. Es sabio y bondadoso por parte de tu madre alertarte.

– Ah, muy bien, pero y ella ¿qué? Porque cuando el señor Shepherd y ella…

No finalizó su protesta automática. Pese a sus sentimientos, no podía traicionar a mamá ante el vicario. No sería justo.

El vicario ladeó la cabeza, pero no dio muestras de comprender en qué dirección apuntaban las palabras de Maggie.

– Embarazo y enfermedades son las consecuencias a largo plazo que arrostramos cuando nos entregamos a los placeres del sexo -dijo-, pero por desgracia, cuando nos encontramos en una situación que conduce al coito, casi siempre pensamos en las exigencias del momento.

– ¿Perdón?

– La necesidad de hacerlo. Sin más dilación. -Sacó el paño bordado para arrodillarse colgado en la parte posterior del banco delantero y lo colocó sobre el suelo de piedra irregular-. En cambio, pensamos en términos de «no lo haré» o «no puede ser». De nuestro deseo de gratificación física surge el rechazo de la posibilidad. No me quedaré embarazada; no podría transmitirme una enfermedad, porque creo que no la tiene. De estos pequeños actos de negación brotan nuestras penas más profundas.

Se arrodilló e indicó a Maggie que le imitara.

– Señor -dijo en voz baja, la vista fija en el altar-, ayúdanos a discernir Tu voluntad en todas las cosas. Cuando seamos puestos a prueba y tentados, permite que, mediante Tu amor, nos demos cuenta. Cuando caigamos en el pecado, perdona nuestros errores. Concédenos la fuerza de evitar toda ocasión de pecado en el futuro.

– Amén -susurró Maggie. Sintió, a través de su espesa mata de cabello, la mano del vicario apoyada en su nuca, una demostración de amistad que le proporcionó la primera paz real que experimentaba desde hacía muchos días.

– ¿Eres capaz de decidirte a no pecar más, Maggie Spence?

– Quiero hacerlo.

– En ese caso, yo te absuelvo, en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Salieron juntos a la noche. Las luces de la vicaría, al otro lado de la calle, estaban encendidas, y Maggie vio a Polly Yarkin en la cocina, atareada en preparar la mesa para que el vicario cenara.

– Claro que -dijo el vicario, como si reanudara un pensamiento anterior- la absolución y la resolución son una cosa. Lo otro es más difícil.

– ¿No volver a hacerlo?

– Y mantenernos activos en otras parcelas de la vida para que la tentación no se presente. -Cerró la puerta de la iglesia y guardó la llave en el bolsillo de los pantalones. Aunque hacía mucho frío, no llevaba abrigo, y su alzacuello brillaba a la luz de la luna como una sonrisa de Cheshire. La observó con aire pensativo y se acarició el mentón-. Voy a impulsar un grupo juvenil en la parroquia. Quizá te gustaría unirte a nosotros. Habrá reuniones y actividades, cosas que te mantendrán ocupada. Teniendo en cuenta la situación, podría ser una buena idea.

– Me gustaría, pero… Mamá y yo no somos miembros de la Iglesia, y creo que no me dejaría entrar en el grupo. La religión… Dice que la religión deja un sabor amargo en la boca. -Maggie inclinó la cabeza después de sus últimas palabras. Parecían muy injustas, después de lo bueno que había sido el vicario con ella-. Yo no lo creo -se apresuró a añadir-. Al menos, eso me parece. Es que, de entrada, no sé gran cosa sobre religión. O sea… No he ido mucho a la iglesia.

– Entiendo. -El vicario hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo una pequeña tarjeta blanca, que tendió a la muchacha-. Dile a tu mamá que me gustaría hacerle una visita. Mi nombre está en la tarjeta, y también mi número. Quizá logre que se sienta más cómoda con la Iglesia, o al menos preparar el terreno para que tú te unas a nosotros.

El vicario salió del cementerio y tocó su hombro a modo de despedida.

Existían bastantes posibilidades de que mamá aprobara lo del grupo juvenil, una vez superado su desagrado hacia los lazos que lo unían con la Iglesia. Pero cuando Maggie le entregó la tarjeta, mamá la contempló durante un largo rato, y cuando levantó la vista, tenía la cara pálida y la boca desencajada.

«Has acudido a otra persona», decía su expresión, con tanta claridad como si hubiera hablado en voz alta. «No confiaste en mí.»

Maggie intentó aplacarla y acallar la muda acusación.

– Josie conoce al señor Sage, mamá -se apresuró a decir-. Pam Rice también. Josie dice que ha llegado a la parroquia hace solo tres semanas, y trata de convencer a la gente de que vuelva a la iglesia. Josie dice que el grupo juvenil…

– ¿Nick Ware es miembro del grupo?

– No lo sé. No lo he preguntado.

– No me mientas, Margaret.

– No te miento. Pensaba… El vicario quiere hablar contigo sobre esto. Quiere telefonearte.

Mamá se acercó al cubo de la basura, rompió la tarjeta por la mitad y la sepultó, con un violento giro de la muñeca, entre los posos de café y las cortezas de pomelo.

– No tengo la menor intención de hablar con un cura de nada, Maggie.

– Mamá, él solo…

– La discusión ha terminado.

Sin embargo, pese a que mamá se había negado a telefonearle, el señor Sage había ido tres veces a su casa. Al fin y al cabo, Winslough era un pueblo pequeño, y descubrir dónde vivía la familia Spence era tan fácil como preguntar por Crofters Inn. Cuando una tarde se presentó de improviso, y entregó el sombrero a Maggie cuando esta abrió la puerta, mamá estaba sola en el invernadero, replantando algunas hierbas.

– Vete al hostal -fue su contestación al nervioso anuncio de Maggie de que el vicario había venido-. Te telefonearé cuando puedas volver a casa.

Su voz irritada y la expresión de su rostro indicaron a Maggie que era más prudente callarse las preguntas. Sabía desde hacía mucho tiempo que a mamá no le gustaba la religión, pero era lo mismo que intentar recabar información sobre su padre: ignoraba el motivo.

Entonces, el señor Sage murió. Igual que papá, pensó Maggie. Y yo le gustaba. Igual que a papá. Lo sé. Lo sé.

Ahora, en su dormitorio, Maggie descubrió que ya no le quedaban palabras para suplicar al cielo. Era una pecadora, un pendón, una puta, una guarra. Era la criatura más vil que Dios había puesto en la tierra.

Se levantó y frotó sus rodillas, en el punto donde estaban rojas y dolidas por el roce de la alfombra. Se encaminó al cuarto de baño, fatigada, y rebuscó en el aparador hasta encontrar lo que mamá había ocultado en él.

– Hay que hacer lo siguiente -le había explicado Josie en plan confidencial, cuando descubrieron el extraño recipiente de plástico, con su caño aún más extraño, embutido entre las toallas-. Después de tener relaciones sexuales, la mujer llena esta especie de botella con aceite y vinagre. Después, se mete la boquilla en el cono y se rocía bien, para no tener niños.

– Pero olerá como ensalada revuelta -objetó Pam Rice-. Creo que te has hecho un lío, Jo.

– Nada de eso, señorita Pamela Sabelotodo.

– Vale.

Maggie examinó el frasco. Se estremeció solo de pensar en ello. Por un instante, sus rodillas flaquearon, pero tenía que hacerlo. Llevó el frasco a la cocina, lo dejó sobre la encimera y se aprovisionó de aceite y vinagre. Josie no había especificado qué cantidad debía utilizar. Mitad y mitad, lo más probable. Destapó el vinagre y empezó a verter.

La puerta de la cocina se abrió. Mamá entró.

5

No había nada que hacer, de modo que Maggie siguió vertiendo, con la vista fija en el vinagre, a medida que aumentaba su nivel. Cuando llegó a la mitad, tapó el frasco y destapó el aceite. Su madre habló.

– ¿Qué estás haciendo, Margaret, en nombre de Dios? -chilló su madre.

– Nada.

Estaba bastante claro. El vinagre. El aceite. La botellita de plástico con la canilla, alargada y desmontable, a su lado. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo, sino prepararse para eliminar de su cuerpo las señales internas de un hombre? ¿Y qué hombre podía ser, sino Nick Ware?

Juliet Spence cerró la puerta a su espalda. Al oír el ruido, Punkin surgió de la oscuridad de la sala de estar y atravesó la cocina para frotarse contra sus piernas. Emitió un leve maullido.

– El gato quiere comer.

– Me había olvidado -contestó Maggie.

– ¿Por qué te has olvidado? ¿Qué estabas haciendo?

Maggie no contestó. Introdujo el aceite en la botella y vio cómo se agitaba y remolineaba al mezclarse con el vinagre.

– Contesta, Margaret.

Maggie oyó que el bolso de su madre caía sobre una silla de la cocina. Le siguió a continuación el pesado chaquetón marinero. Después, el plot plot de sus botas cuando se acercó a ella.

Nunca había sido Maggie más consciente de la altura que le sacaba su madre que cuando se paró a su lado, ante la encimera. Tuvo la impresión de que se cernía sobre ella como un ángel vengador. Un movimiento en falso, y la espada se abatiría sobre su cabeza.

– ¿Qué piensas hacer exactamente con ese potingue? -preguntó Juliet. Su voz era cautelosa, como si estuviera a punto de marearse.

– Utilizarlo.

– ¿Para qué?

– Para nada.

– Me alegro.

– ¿Por qué?

– Porque si estás desarrollando una tendencia hacia la higiene femenina, harás un buen estropicio si te lavas con aceite. Y doy por sentado que estamos hablando de higiene, Margaret. Estoy segura de que no se trata de nada más. Dejando aparte, por supuesto, una curiosa y súbita compulsión de mantener limpias y frescas tus partes íntimas.

Maggie, con un gesto premeditado, dejó el aceite sobre la encimera, al lado del vinagre. Contempló la ondulante mezcla que había creado.

– Camino de casa, vi a Nick Ware pedaleando en su bicicleta por la carretera de Clitheroe -prosiguió su madre. Hablaba con más rapidez, y daba la impresión de que tenía los dientes apretados-. No tengo muchas ganas de pensar en el significado de esa circunstancia, combinada con el fascinante experimento que estás llevando a cabo.

Maggie apoyó su dedo índice sobre la botella de plástico. Observó su mano. Como el resto de su persona, era pequeño, lleno de hoyuelos y regordete. Imposible ser menos parecida a su madre. Era poco apta para los trabajos pesados y el cuidado de la casa, inútil para excavar y trabajar la tierra.

– Todo este asunto del aceite y el vinagre no estará relacionado con Nick Ware, ¿verdad? Dime que es pura coincidencia haberle visto dirigirse al pueblo hace menos de diez minutos.

Maggie agitó la botella y observó que el aceite se deslizaba sobre la superficie del vinagre. La mano de su madre se cerró sobre su muñeca. Maggie sintió el brusco entumecimiento de sus dedos.

– Me haces daño.

– Pues habla, Margaret. Dime que Nick Ware no ha estado aquí esta noche. Dime que no te has acostado con él. Porque apestas a sexo. ¿No lo notas? ¿No te has dado cuenta de que hueles como una puta?

– ¿Y qué? Tú también hueles a lo mismo.

Los dedos de su madre se contrajeron convulsivamente, y sus cortas uñas se clavaron en la muñeca de Maggie. Esta gritó y trató de soltarse, pero solo consiguió golpear con sus manos trabadas la botella de cristal, que cayó al fregadero. La mezcla formó un charco gelatinoso. Al derramarse, dejó cuentas rojas y doradas sobre la porcelana blanca.

– Piensas que me merezco ese comentario, supongo -dijo Juliet-. Has decidido que follar con Nick es la manera perfecta de practicar el ojo por ojo. Es eso lo que quieres, ¿verdad? ¿No es eso lo que deseas desde hace meses? Mamá se echa un amante y tú se lo harás pagar, aunque sea lo último que hagas.

– No tiene nada que ver contigo. Me da igual lo que hagas. Me da igual cómo lo hagas. Me da igual cuándo. Amo a Nick. Y él me ama.

– Entiendo. Cuando te deje embarazada y te enfrentes a la tesitura de tener un hijo suyo, ¿te seguirá amando? ¿Dejará el colegio para manteneros a los dos? ¿Qué te parecerá, Margaret Jane Spence, ser madre antes de cumplir catorce años?

Juliet la soltó y entró en la anticuada despensa. Maggie se frotó la muñeca y escuchó el airado sonido de recipientes herméticos que se abrían y cerraban sobre la agrietada encimera de mármol. Su madre volvió, llevó la tetera al fregadero y la puso a hervir sobre el fogón.

– Siéntate -ordenó.

Maggie vaciló y pasó los dedos por el aceite y vinagre que aún quedaban en el fregadero. Sabía lo que se avecinaba, exactamente lo que había ocurrido después de su primer escarceo con Nick en octubre, pero al contrario que en octubre, esta vez comprendió lo que aquella palabra presagiaba, y un escalofrío recorrió su espalda. Qué estúpida había sido, tres meses antes. ¿Qué había imaginado? Cada mañana, mamá le llevaba la taza de liquido espeso que pasaba por ser su té especial femenino. Maggie torcía el gesto y bebía obedientemente, creyendo a pies juntillas que era el complemento vitamínico que decía su madre, algo que todas las chicas necesitaban cuando se convertían en mujeres. Pero ahora, en combinación con las palabras pronunciadas por su madre momentos antes, recordó una conversación que su madre había mantenido en voz baja con la señora Rice, en esta misma cocina, casi dos años atrás, cuando la señora Rice suplicó algo para «matarlo, impedirlo, te lo ruego, Juliet», y mamá replicó: «No puedo hacerlo, Marion. Es un juramento privado, pero juramento a fin de cuentas, y quiero cumplirlo. Si quieres deshacerte de eso, ve a una clínica». Al oír aquello, la señora Rice se puso a llorar y dijo: «Ted no quiere ni oír hablar de ello. Me mataría si averiguara que he hecho algo…». Seis meses después, nacieron los gemelos.

– He dicho que te sientes -repitió Juliet.

Vertió agua sobre la raíz, seca y apergaminada. El vapor expandió su olor acre. Añadió dos cucharadas soperas de miel al brebaje, lo agitó enérgicamente y lo llevó a la mesa.

– Ven aquí.

Maggie recordó los violentos retortijones inútiles que provocaba el estimulante, un dolor fantasmal que brotaba de su memoria.

– No pienso beber eso.

– Lo harás.

– No. Quieres matar al niño, ¿eh? Mi niño, mamá. Mío y de Nick. Ya lo hiciste una vez, en octubre. Dijiste que eran vitaminas, para fortalecer mis huesos y darme más energías. Dijiste que las mujeres necesitaban más calcio que las niñas, y como yo ya no era una niña, necesitaba beberlo. Pero estabas mintiendo, ¿verdad? ¿Verdad, mamá? Querías asegurarte de que no tuviera un bebé.

– No te pongas histérica.

– Piensas que ha ocurrido, ¿verdad? Crees que llevo un bebé en mi interior, ¿eh? Por eso quieres que beba eso.

– Si ha ocurrido, nos aseguraremos de que no siga adelante, eso es todo.

– ¿A un bebé? ¿A mi bebé? ¡No!

El borde de la encimera se clavó en la espalda de Maggie cuando esta retrocedió.

Juliet dejó la taza sobre la mesa y apoyó una mano en su cadera. Se masajeó la frente con la otra mano. A la luz de la cocina, parecía demacrada. Las hebras grises de su cabello se veían más deslustradas y abundantes.

– Entonces, ¿qué pensabas hacer con el aceite y el vinagre, sino intentar, aunque fuera ineficaz, detener la concepción de un niño?

– Eso es…

Maggie se volvió hacia el fregadero, derrotada.

– ¿Diferente? ¿Por qué? ¿Porque es fácil? ¿Porque lo destruye sin dolor, interrumpe el proceso antes de que empiece? Muy conveniente para ti, Maggie. Por desgracia, no va a ser así. Ven aquí. Siéntate.

Maggie acercó hacia ella el aceite y el vinagre, en un gesto protector e inútil. Su madre continuó.

– Aun en el caso de que el aceite y el vinagre fueran anticonceptivos eficaces, cosa que no son, por cierto, una aspersión es completamente inútil si se realiza pasados cinco minutos del coito.

– Me da igual. No los iba a utilizar para eso. Solo quería lavarme. Como tú has dicho.

– Entiendo. Muy bien. Como quieras. Bien, ¿vas a beber esto, o vamos a discutir, negar y jugar con la realidad toda la noche? Porque ninguna de ambas saldrá de esta cocina hasta que lo hayas bebido, Maggie, tenlo por seguro.

– No beberé. No me puedes obligar. Tendré el niño. Es mío. Lo tendré. Lo querré.

– No sabes lo más importante de querer a alguien.

– ¡Si!

– ¿De veras? Entonces, ¿qué significa hacer una promesa a alguien que quieres? ¿Simples palabras? ¿Algo que se dice para salir del paso? ¿Algo que se dice para aplacar los sentimientos? ¿Algo que te ayuda a conseguir lo que deseas?

Maggie sintió que las lágrimas se agolpaban detrás de sus ojos, de su nariz. Todas las cosas esparcidas sobre la encimera -una tostadora mellada, cuatro latas, un mortero con su majadero, siete tarros de cristal- brillaron cuando empezó a llorar.

– Me hiciste una promesa, Maggie. Llegamos a un acuerdo. ¿Debo recordártelo?

Maggie agarró el grifo del fregadero y lo movió de un lado a otro, sin otro propósito que experimentar la certidumbre del contacto con algo que podía controlar. Punkin saltó a la encimera y se acercó a ella. Se movió entre las botellas y tarros, y se detuvo para olfatear las migas que quedaban en la tostadora. Emitió un maullido quejumbroso y se frotó contra su brazo. Maggie extendió la mano sin verlo y apoyó la cabeza sobre el cuello del animal, que olía a heno mojado. Su pelaje se adhirió a la senda que las lágrimas estaban dejando en las mejillas de la muchacha.

– Si no nos marchábamos del pueblo, si yo accedía a no irnos esta vez, tú te encargarías de que yo nunca lo lamentara. Me harías sentir orgullosa. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas que me diste tu palabra solemne? Estabas sentada a esta misma mesa, en agosto pasado, llorando y suplicando que nos quedáramos en Winslough. «Solo por esta vez, mamá. No volvamos a marcharnos, por favor. Aquí tengo muy buenas amigas, amigas especiales, mamá. Quiero terminar el colegio. Haré cualquier cosa. Por favor, quedémonos.»

– Era la verdad. Mis amigas. Josie y Pam.

– Era una variación sobre la verdad, menos que la verdad a medias, si quieres. Por eso, sin duda, antes de dos meses te estabas revolcando en el suelo, y Dios sabe qué más, con un palurdo de quince años.

– ¡Eso no es verdad!

– ¿Qué parte, Maggie? ¿Qué te revolcabas con Nick, o que te bajabas las bragas con cualquier patán que quería echarte un polvo?

– ¡Te odio!

– Sí. Desde que esto empezó, lo has dejado bien claro. Y lo lamento, porque yo no te odio.

– Tú estás haciendo lo mismo. -Maggie se volvió hacia su madre-. Predicas que debemos ser buenas y no tener niños, y no eres mejor que yo. Lo haces con el señor Shepherd. Todo el mundo lo sabe.

– De ahí viene todo, ¿no? Tienes trece años. No he tenido un amante en toda tu vida, y estás decidida a que tampoco lo tenga ahora. He de vivir solo para ti, tal como estabas acostumbrada, ¿no?

– No.

– Y si has de quedarte embarazada para mantenerme a raya, estupendo.

– ¡No!

– Porque, al fin y al cabo, ¿qué es un bebé? Algo que puedes utilizar para conseguir lo que deseas. ¿Quieres atar a Nick? Bien, dale sexo. ¿Quieres que mamá se preocupe por ti? Bien, quédate embarazada. ¿Quieres que todo el mundo se dé cuenta de lo especial que eres? Ábrete de piernas a cualquier tío que te olisquee. ¿Quieres…?

Maggie cogió el vinagre y tiró la botella al suelo, que se rompió contra las losas. Astillas de cristal salieron disparadas al otro extremo de la cocina. Al instante, el aire se impregnó de un aroma acre que irritaba los ojos. Punkin siseó y retrocedió hacia las latas, con el pelaje erizado y la cola como un penacho.

– Querré a mi bebé -gritó Maggie-. Lo querré y cuidaré, y él me querrá. Es lo que hacen los bebés. Todos los bebés. Quieren a sus mamás y sus mamás los quieren.

Juliet Spence examinó el suelo. El vinagre esparcido sobre las losas, que eran de color crema, parecía sangre diluida.

– Es genético -dijo con voz cansada-. Dios del cielo, lo llevas grabado en tu interior. -Acercó una silla y se desplomó sobre ella. Rodeó con las manos la taza de té-. Los bebés no son máquinas de amor -dijo a la taza-. No saben amar. No saben lo que es el amor. Solo tienen necesidades. Hambre, sed, sueño, pañales. No hay nada más.

– No es verdad -replicó Maggie-. Quieren a los padres. Les hacen sentir bien. Son suyos, al cien por cien. Puedes abrazarlos y dormir con ellos y acunarles. Y cuando crecen…

– Te parten el corazón. De una forma u otra. Se acaba así.

Maggie se pasó la muñeca sobre las mejillas húmedas.

– Tú no quieres que ame algo. Eso es lo que pasa. Tú ya tienes al señor Shepherd. Ya te basta, pero yo no puedo tener nada.

– ¿De veras lo crees? ¿No sabes que me tienes a mí?

– Tú no eres suficiente, mamá.

– Entiendo.

Maggie cogió al gato y lo acunó contra su cuerpo. Percibió derrota y dolor en la postura de su madre: derrumbada en la silla con las piernas extendidas. Daba igual. Aprovechó la ventaja. ¿Qué más daba? Si se sentía herida, mamá hallaría consuelo en el señor Shepherd.

– Quiero que me hables de papá.

Su madre no dijo nada. Se limitó a dar vueltas a la taza entre las manos. Sobre la mesa descansaba una pila de fotos que habían tomado en Navidad, y extendió la mano hacia ellas. Las vacaciones habían finalizado antes de la encuesta, y ambas se habían esforzado por poner al mal tiempo buena cara, intentando olvidar las aterradoras posibilidades que encerraba el futuro si Juliet iba a juicio. Repasó las fotos, todas de ellas dos. Siempre había sido así, años y años solo las dos, una relación que no había permitido la menor interferencia de una tercera parte.

Maggie contempló a su madre. Esperaba una respuesta. La había esperado durante toda su vida, temerosa de preguntar, temerosa de presionar, abrumada por la culpa y las disculpas si la reacción de su madre se decantaba hacia las lágrimas. Pero esta noche no.

– Quiero que me hables de papá -repitió.

Su madre calló.

– No está muerto, ¿verdad? Me ha estado buscando. Por eso siempre vamos de sitio en sitio.

– No.

– Porque él quiere encontrarme. Me quiere. Se pregunta dónde estoy. Piensa en mí sin cesar, ¿verdad?

– Eso son fantasías, Maggie.

– ¿No piensa en mí, mamá? Quiero saberlo.

– ¿Qué?

– Quién es. Qué hace. Cuál es su aspecto. Por qué no estamos con él. Por qué no hemos estado nunca con él.

– No hay nada que decir.

– Me parezco a él, ¿verdad? Porque no me parezco a ti.

– Este tipo de discusiones no impedirán que eches de menos a un padre.

– Sí, ya lo creo. Porque sabré. Y si quiero encontrarle…

– No puedes. Está muerto.

– No.

– Sí, Maggie, y no pienso hablar de eso. No inventaré una historia. No te diré mentiras. Ha desaparecido de nuestras vidas. Nunca ha existido, desde el principio.

Los labios de Maggie temblaron. Intentó controlarlos pero fracasó.

– Él me quiere. Papá me quiere. Si me dejaras encontrarle, te lo demostraría.

– Quieres demostrártelo a ti misma, eso es todo. Y si no puedes demostrarlo con tu madre, intentas demostrarlo con Nick.

– No.

– Es evidente, Maggie.

– ¡No es verdad! Le quiero. Él me quiere.

Aguardó a que su madre contestara. Como Juliet no hizo otra cosa que pasear la taza de té sobre la mesa, Maggie se encrespó. Tuvo la impresión de que una mancha negra se extendía sobre su corazón.

– Si llevo un niño en mi interior, lo tendré, ¿me oyes? Pero no seré como tú. No tendré secretos. Mi hijo sabrá desde el primer momento quién es su padre.

Salió de la cocina como una exhalación. Su madre no intentó detenerla. Su ira y determinación la transportaron hacia lo alto de la escalera, donde se detuvo por fin.

Oyó que una silla arañaba el suelo de la cocina. El agua corrió en el fregadero. La taza tintineó contra la porcelana. Un aparador se abrió. Se vertieron galletas para gato en un cuenco. El cuenco resonó sobre el suelo.

Después, silencio. Y luego, una exclamación ahogada y las palabras «Oh, Dios mío».

Juliet no rezaba desde hacía casi catorce años, no porque pasara de la religión -en algunos momentos la había necesitado con desesperación-, sino porque ya no creía en Dios. En otro tiempo, había sido creyente. Oración diaria, asistencia a la iglesia, fervorosa comunicación con una deidad amorosa, eran tan consustanciales a ella como sus órganos, sangre y carne. Pero había perdido la fe ciega tan necesaria para creer en lo indiscernible y lo desconocido cuando se dio cuenta de que no existía justicia, divina o de otro tipo, en un mundo en que los buenos padecían tormentos y los malos resultaban incólumes. En su juventud, se había aferrado a la creencia de que llegaría el día del juicio para todo el mundo. Había comprendido que tal vez no sabría de qué forma serían llevados los pecadores ante el tribunal de la justicia eterna, pero que sí serían llevados, de una manera u otra, en vida o después de muertos. Ahora, había cambiado por completo de opinión. No había un Dios que escuchara las plegarias, enmendara los entuertos o atenuara los sufrimientos. Solo existía el complicado oficio de vivir, y la espera de aquellos efímeros momentos de felicidad por los cuales valía la pena vivir. Más allá, no había nada, salvo la lucha por lograr que nada ni nadie pudiera poner en peligro la aparición de aquellos esporádicos acontecimientos en la vida.

Tiró dos toallas blancas al suelo de la cocina y vio que el vinagre las empapaba y teñía de un tono rosáceo. Mientras Punkin observaba toda la operación subido en la encimera, con expresión solemne y sin parpadear, Juliet dejó las dos toallas en el fregadero y fue a buscar una escoba y un mocho. Esto último era innecesario, porque las toallas habían conseguido absorber el líquido y la escoba daría cuenta de los cristales, pero había aprendido mucho tiempo atrás que el trabajo físico impedía cualquier propensión a la meditación, y ese era el motivo de que trabajara en el invernadero cada día, deambulara por el robledal al amanecer con las cestas de recoger, cuidara de su huerto con celosa devoción y contemplara sus flores con más necesidad que orgullo.

Recogió los cristales y los tiró a la basura. Decidió olvidar el mocho. Sería mejor fregar el suelo arrodillada, y sentir los círculos de dolor que se cerraban alrededor de sus rodillas y luego se extendían hacia el resto de las piernas. Debajo del trabajo físico, en la lista de actividades destinadas a proscribir sus meditaciones, se encontraba el dolor físico. Cuando el trabajo y el dolor se combinaban, por casualidad o a propósito, los procesos mentales se paralizaban poco a poco. Por ello, fregó el suelo, movió el cubo de plástico azul frente a ella, forzó su brazo en la tarea de fregar hasta que los músculos se tensaron, y movió el trapo húmedo sobre las losas con tal energía que su respiración se hizo entrecortada. Cuando finalizó el trabajo, el sudor bañaba su frente, y lo secó con la manga del jersey. El aroma de Colin continuaba adherido a la prenda: cigarrillos y sexo, el secreto almizcle oscuro de su cuerpo cuando se amaban.

Se quitó el jersey por la cabeza y lo dejó sobre la chaqueta, en la silla. Por un momento, se dijo que Colin era el problema. Nada habría ocurrido, nada habría alterado la sustancia de sus vidas, si ella, en un momento de necesidad egocéntrica, no se hubiera entregado a su ansia. Dormida durante años, había dejado de creer que aún poseía la capacidad de sentir deseo por un hombre. Cuando surgió en su interior sin previa advertencia, se encontró indefensa.

Se amonestó por no haber sido más fuerte, por olvidar las lecciones que los discursos paternales de su niñez, por no mencionar toda una vida dedicada a la lectura de Grandes Libros, habían grabado en su mente: la pasión conduce inexorablemente a la destrucción, la única salvación reside en la indiferencia.

Pero nada de esto era culpa de Colin. Su único pecado, en caso de existir, consistía en amar y en la dulce ceguera de su devoción. Ella lo comprendía. Porque también amaba. No a Colin, pues jamás se permitiría el grado de vulnerabilidad suficiente para dejar que un hombre entrara en su vida como un igual, sino a Maggie, por quien notaba latir su sangre, en una especie de abandono angustiado que lindaba con la desesperación.

Mi niña. Mi querida niña. Mi hija. Qué no haría por protegerte de todo mal.

Pero había un límite a la protección maternal. Se daba a conocer en el momento que el niño elegía un sendero propio: tocar la superficie de la estufa pese a haber oído la palabra «¡No!» cien mil veces, jugar demasiado cerca del río en invierno, cuando el agua estaba alta, tomar un sorbo de coñac o fumar un cigarrillo. Que Maggie se decantara, por voluntad propia, deliberadamente, con una incipiente comprensión de las consecuencias, por adentrarse en la sexualidad adulta siendo todavía una niña, con la percepción del mundo propia de una niña, era el único acto de rebelión adolescente que Juliet no estaba preparada aún para afrontar.

Había pensado en drogas, en música estridente, en bebida y tabaco, en estilos de vestir y cortes de pelo. Había pensado en maquillaje, discusiones, límites horarios de llegar a casa, en la creciente responsabilidad y en el típico «tú no entiendes nada, eres demasiado vieja para comprender», pero nunca había pensado en el sexo. Aún no. Ya habría tiempo de pensar en el sexo más tarde. No lo había relacionado con la niñita a la que su mamá cepillaba el cabello por la mañana y sujetaba la larga masa bermeja con una hebilla ámbar.

Conocía todos los principios que regulaban el camino de un niño desde la infancia hasta convertirse en un adulto autónomo. Había leído libros, decidida a ser la mejor madre posible, pero ¿cómo tratar este problema? ¿Cómo trenzar un delicado equilibrio entre realidad y ficción para dar a Maggie el padre que deseaba y, a la vez, apaciguar su mente? Y aun en el caso de que lo lograra, tanto por su hija como por ella misma -cosa que no podía ni quería hacer, pese a las consecuencias-, ¿qué aprendería Maggie de la capitulación de su madre: que el sexo no es una expresión de amor entre dos personas, sino una táctica muy eficaz?

Maggie y el sexo. Juliet no quería pensar en ello. A lo largo de los años se había aficionado cada vez más al arte de la represión, y se negaba a reflexionar sobre cualquier cosa que evocara desdicha o inquietud. Seguía adelante, con la atención concentrada en el horizonte lejano, donde existía la promesa de exploración en forma de nuevos lugares y nuevas experiencias, donde existía la promesa de paz y refugio en forma de gente que, gracias a siglos de costumbre, se mantenía alejada de los forasteros taciturnos. Y hasta el pasado agosto, Maggie siempre había clavado la vista en aquel horizonte con la misma alegría.

Juliet dejó salir al gato y vio que desaparecía en las sombras que arrojaba Cotes Hall. Subió al piso de arriba. La puerta de Maggie estaba cerrada, pero no tabaleó sobre ella, como hubiera hecho en cualquier otra noche, para sentarse en la cama de su hija, acariciarle el cabello, dejar que las yemas de sus dedos resbalaran sobre la piel, suave como melocotón. En cambio, se encaminó a su habitación y acabó de desnudarse en la oscuridad. Otra noche, habría pensado en la presión y el calor de las manos de Colin sobre su cuerpo, habría dedicado apenas cinco minutos a revivir su coito y recordar la visión de su hombre tendido sobre ella en la semioscuridad de su habitación. Pero esta noche se movió como un autómata, cogió su bata de lana y fue a darse un baño.

«Tú también hueles a lo mismo.»

¿Cómo podía, en conciencia, aconsejar a su hija en contra de una conducta que ella misma anhelaba, deseaba, practicaba? La única solución consistía en renunciar a Colin y trasladarse a otro lugar, como habían hecho tantas veces en el pasado, sin mirar atrás, cortados todos los vínculos. Era la única respuesta. Si la muerte del vicario no había sido suficiente para devolverle su sentido común y comprender lo que era posible o no en su vida -¿había creído siquiera por un momento que llegaría a ser la amante esposa del policía local?-, la relación de Maggie con Nick Ware lo lograría.

«Señora Spence, me llamo Robin Sage. He venido para hablar con usted sobre Maggie.»

Y ella le había envenenado.

A aquel hombre compasivo que solo había pretendido beneficiarla a ella y a su hija. ¿Qué clase de vida la esperaba en Winslough, ahora que todos los corazones dudaban de ella, todos los susurros la condenaban, y nadie, salvo el juez de instrucción, había tenido la valentía de preguntarle abiertamente cómo había podido cometer una equivocación tan fatal?

Se bañó con parsimonia, sin permitirse más que las sensaciones físicas inmediatas propias del acto: la esponja sobre su piel, el vapor que la rodeaba, los remolinos de agua entre sus pechos. El jabón olía a rosas, y aspiró su fragancia para eliminar todas las demás. Deseó que el baño disolviera sus recuerdos y la liberara de su pasión. Buscó respuestas. Pidió ecuanimidad.

«Quiero que me hables de papá.»

¿Qué puedo decirte, querida mía? Que acariciar con sus dedos tu cabello aterciopelado no significaba nada. Que la visión de tus pestañas extendidas como sombras plumosas sobre tus mejillas cuando dormías no le despertaba el deseo de abrazarte. Que tu mano sucia aferrando un helado casi derretido no le hacía reír, entre complacido y disgustado. Que tu lugar en su vida consistía en guardar silencio y dormir en el asiento trasero del coche, sin armar alboroto y sin preguntar nada, por favor. Que nunca fuiste tan real para él como su propia persona. No eras el centro de su mundo. ¿Cómo voy a decirte eso, Maggie? ¿Cómo puedo destruir tu sueño?

Notó los miembros pesados cuando se secó con la toalla. Le costó un gran esfuerzo levantar el brazo para cepillarse el pelo. Una fina película de vapor cubría el espejo del cuarto de baño, y escudriñó en él los movimientos de su silueta, una imagen sin rostro cuya única definición era el cabello oscuro que viraba rápidamente a gris. No vio el resto de su cuerpo en el reflejo, pero lo conocía muy bien. Era fuerte y sufrido, de carnes firmes, sin temor al trabajo duro. Era el cuerpo de una campesina, preparado para dar a luz niños con facilidad. Habrían podido ser muchos. Habrían correteado alrededor de sus pies y llenado la casa con sus amigos y pertenencias. Habrían jugado, aprendido a leer, acumulado peladas en las rodillas, roto ventanas y llorado las inconsistencias de la vida en sus brazos. Pero solo una vida había sido entregada a sus cuidados, y solo había tenido una oportunidad de moldear aquella vida hasta conducirla a la madurez.

¿Habría fallado ella?, se preguntó, y no por primera vez. ¿Había descuidado la vigilancia maternal por culpa de sus deseos?

Dejó el cepillo del pelo en el borde del lavabo y cruzó el rellano hasta detenerse ante la puerta cerrada del cuarto de su hija. Escuchó. No se veía luz por debajo de la puerta, así que giró el pomo con sigilo y entró.

Maggie estaba dormida, y no se despertó cuando un tenue rectángulo de luz, procedente del rellano, cayó sobre su cama. Como de costumbre, había apartado las mantas, y estaba aovillada sobre su costado, con las rodillas encogidas, una mujer-niña que llevaba un pijama rosa, de cuya chaqueta faltaban los dos primeros botones de arriba, dejando al descubierto la media luna de un pecho bien formado, el pezón como una aureola que se destacaba sobre su piel blanca. Había desplazado al elefante de peluche de la librería sobre la cual descansaba desde que habían llegado a Winslough. Yacía apretado contra su estómago, las patas extendidas como un soldado en posición de firmes, y su vieja trompa ya no era prensil, sino que había quedado reducida a un muñón, tras años de desgaste y destrozos.

Juliet cubrió con las mantas a su hija y la contempló. Los primeros pasos, pensó, aquella extraña forma de caminar, vacilante e infantil, cuando descubrió el milagro de mantenerse erguida, aferrada a los pantalones de mamá, sonriente al experimentar sus torpes pasos. Y después, el placer de correr, el cabello al viento y los brazos extendidos, con la confianza ciega de que mamá la recibiría, con los brazos también extendidos para abrazarla. Aquella manera de sentarse, con las piernas abiertas y los pies apuntando al noreste y al noroeste. Aquella postura inconsciente que adoptaba al agacharse, acercando su cuerpecillo al suelo para coger una flor o examinar un insecto.

Mi niña. Mi hija. No puedo responder a todas tus preguntas, Margaret. Muchas veces pienso que soy una versión más vieja de una niña. Tengo miedo, pero no puedo demostrarte mi temor. Me entrego a la desesperación, pero no puedo compartir mi dolor. Me consideras fuerte, dueña de mi vida y mi destino, pero yo temo constantemente que en cualquier momento se producirá el desenmascaramiento y el mundo me verá como soy, al igual que tú, como soy en realidad, débil y agobiada por las dudas. Quieres que sea comprensiva. Quieres que te diga cómo será el futuro. Quieres que lo solucione todo, que solucione la vida, mediante el expediente de agitar la vara de mi indignación sobre la injusticia y sobre tus heridas, y no puedo hacerlo. Ni siquiera sé cómo.

No se aprende a ser madre, Maggie. Se hace, y punto. No aparece con naturalidad en ninguna mujer, porque no tiene nada de natural que una vida dependa por completo de otra. Es el único trabajo en el que puedes sentirte imprescindible y, al mismo tiempo, desgarradoramente solo. Y en momentos de crisis, como este, Maggie, no existe el volumen sagaz en el que se buscan respuestas para impedir que un niño se haga daño.

Los niños no se limitan a robarnos el corazón, querida. Nos roban la vida. Obtienen de nosotros lo peor y lo mejor que podemos ofrecer, y a cambio nos otorgan su confianza, pero el precio es altísimo, y escasas las recompensas, que además tardan en llegar.

Y al final, cuando una se dispone a entregar al bebé, al niño, al adolescente, a la madurez, es con la esperanza de que atrás quede algo más grande, algo más que los brazos vacíos de mamá.

Consecuencias de la suspicacia

6

El único signo prometedor fue que, cuando extendió la mano para tocarla, para deslizar la mano por el desnudo sendero de su espina dorsal, ella no se retiró ni evitó su caricia con irritación. Aquello le dio esperanzas. Ciertamente, no le habló ni dejó de vestirse, pero en aquel momento, el inspector detective Thomas Lynley estaba ansioso por aceptar cualquier cosa que no fuera un rotundo rechazo, previo a su partida. Era, decididamente, el lado negativo de la intimidad con una mujer, pensó. Si existía una dichosa relación entre enamorarse y ser correspondido, Helen Clyde y él aún no habían logrado descubrirla.

«Los primeros tiempos», se dijo. Todavía no se había acostumbrado al papel de amantes después de haber sido, durante más de quince años, amigos. En cualquier caso, deseaba que dejara de vestirse y volviera a la cama, cuyas sábanas guardaban todavía el calor de su cuerpo, y el perfume de su cabello se aferraba con insistencia a la almohada.

Helen no había encendido la lámpara, ni tampoco había descorrido las cortinas a la luz acuosa del amanecer de aquel invierno londinense. Sin embargo, pese a aquellos detalles, la veía con toda claridad gracias al tenue sol que se filtraba primero por las nubes, y después por las cortinas. Aunque no hubiera sido el caso, conocía de memoria su rostro, cada uno de sus gestos y todas las partes de su cuerpo desde hacía mucho tiempo. Si la habitación hubiera estado a oscuras, habría podido describir con las manos la curva de su cintura, el ángulo preciso en el cual inclinaba la cabeza un momento antes de echarse hacia atrás el pelo, la forma de sus pantorrillas, talones y tobillos, y el volumen de sus senos.

Había amado antes, con más frecuencia a sus treinta y seis años de lo que deseaba admitir ante nadie, pero nunca había experimentado una necesidad tan peculiar y primitiva de dominar y poseer a una mujer. Durante los dos últimos meses, desde que Helen se había convertido en su amante, no paraba de decirse que su necesidad desaparecería si Helen accedía a casarse con él. El deseo de dominación, de que ella se sometiera a su voluntad, no podría prosperar en una atmósfera de poder compartido, igualdad y diálogo. Y si esas eran las líneas maestras del tipo de relación que deseaba sostener con ella, la parte de él que necesitaba controlarlo todo sería la candidata indudable a la inmolación, y cuanto antes mejor.

El problema consistía en que incluso ahora, a sabiendas de que Helen estaba disgustada, conociendo el motivo y sin poder echarle la culpa, aún detectaba el deseo irracional de que ella admitiera, sumisa y arrepentida, su error, cuya más lógica expiación sería volver de inmediato a la cama. Lo cual constituía, en sí mismo, el segundo y más imperativo problema. Se había despertado al amanecer, excitado por el calor del cuerpo de Helen apretado contra el suyo. Había recorrido con la mano la curva de su cadera y, aún dormida, ella se había deslizado en sus brazos para hacer el amor. Después, permanecieron tendidos entre las almohadas y las mantas arrugadas, la cabeza de Helen apoyada sobre su pecho, con la mano sobre una tetilla y el cabello castaño desparramado como seda entre sus dedos.

– Oigo tu corazón -dijo Helen.

A lo cual él había contestado:

– Me alegro. Eso significa que todavía no lo has roto.

Ella había lanzado una risita, mordisqueado con suavidad su pezón, bostezado y formulado la pregunta.

A la cual, como el tonto de remate que era, había respondido. Nada de sofismas. Nada de evasivas. Una tosecita, un carraspeo, y después la verdad. De allí surgió la discusión, si la acusación de «considerar objetos a las mujeres, considerarme un objeto a mí, a mí, Tommy, a quien afirmas amar» podía calificarse de discusión. Y de allí también había surgido la actual determinación de Helen de vestirse y marcharse sin más dilación. Irritada no, desde luego, pero sí en otro ejemplo de su necesidad de «pensar las cosas en soledad».

Dios, hay que ver lo imbéciles que nos vuelve el sexo, pensó él. Un momento de relajación, y lo lamentas toda la vida. Y lo peor era que, mientras miraba cómo se vestía -abrochando los fragmentos de seda y encaje que las mujeres llaman ropa interior-, notaba el aumento incontrolado de su deseo. Su cuerpo era la prueba más contundente de la verdad básica que se ocultaba tras la acusación de Helen. Para él, la maldición de ser varón parecía inextricablemente unida al dominio del hambre animal, estúpido y agresivo, que impulsaba a un hombre a desear a una mujer fueran cuales fueran las circunstancias, y en ocasiones, para su vergüenza, a causa de las circunstancias, como si una seducción rematada con éxito en media hora fuera la prueba de algo que trascendiera la capacidad del cuerpo de traicionar la mente.

– Helen -dijo.

Ella se acercó al tocador y utilizó el pesado cepillo forrado de plata de Lynley para ordenar su cabello. Un pequeño espejo de caballete se alzaba en mitad de sus fotografías familiares, y ella lo ajustó a su estatura.

Lynley no quería discutir con ella, pero se sentía obligado a hablar en su defensa. Por desgracia, a causa del tema que ella había elegido para su desacuerdo, o para ser justo, el tema que su comportamiento y posteriores palabras le habían dado pie a elegirlo, parecía que su única defensa hundía las raíces en un completo examen de su amante. Su pasado, al fin y al cabo, era tan poco inmaculado como el de Lynley.

– Helen, los dos somos adultos. Nos une una historia, pero cada uno tenemos historias por separado, y creo que no ganaremos nada si cometemos el error de olvidarlo, o esgrimiendo juicios basados en situaciones existentes antes de nuestra relación. La relación actual, quiero decir. El aspecto físico.

Por dentro, hizo una mueca ante aquel torpe intento de poner fin a su desacuerdo. Somos amantes, maldita sea, quiso decir. Te deseo, te quiero, y sabes muy bien que tú sientes lo mismo por mí, así que deja de ser tan sensible a algo que no tiene nada que ver contigo, o con mis sentimientos, y con lo que deseo de ti y contigo hasta el fin de mis días. ¿Está claro, Helen? ¿Está claro? Bien, me alegro. Ahora, vuelve a la cama.

Helen dejó el cepillo sobre el tocador y apoyó la mano sobre él, pero no se volvió. Aún no se había puesto los zapatos, lo cual alentó una tenue esperanza en Lynley, que también se alimentaba de la convicción de que ella no deseaba más alejamientos entre ambos. En realidad, Helen estaba enfadada con él, tal vez solo un poco más de lo que él estaba enfadado consigo mismo, pero aún no le había dado por imposible. No costaría mucho que entrara en razón, aunque fuera necesario empujarla a pensar que, durante los dos últimos meses, él habría podido echar a perder con toda facilidad su vinculación romántica, si hubiera sido tan idiota como para evocar la presencia espectral de sus antiguas amantes, como ella había hecho con los suyos. Helen argumentaría, por supuesto, que no le importaban en absoluto sus antiguas amantes, que, de hecho, ni siquiera las había sacado a colación. Se trataba de las mujeres en general, de la actitud de Lynley hacia ellas, y del «ja ja ja, esta noche voy a tirarme a otra» implicado por el hecho, en opinión de Helen, de colgar una corbata en el pomo exterior de la puerta del dormitorio.

– He practicado el celibato tanto como tú -dijo Lynley-. Siempre lo hemos sabido, los dos, ¿verdad?

– ¿Qué quiere decir eso?

– Es un simple dato. Si intentamos caminar sobre una cuerda floja tendida entre el pasado y el futuro en nuestra vida común, nos caeremos. Es imposible. Lo único que cuenta es el ahora. Después, el futuro. En mi opinión, esa debería ser nuestra principal preocupación.

– Esto no tiene nada que ver con el pasado, Tommy.

– Sí. No hace ni diez minutos, dijiste que te sentías como «el ligue de los domingos por la noche de su señoría».

– Has malinterpretado mi preocupación.

– ¿De veras? -Se inclinó sobre el borde de la cama y recogió su bata, que había caído al suelo en algún momento de la noche, transformada en un montecillo azul-. ¿Te molestas más por una corbata colgada en el pomo de la puerta…?

– Por lo que la corbata implica.

– … o más en concreto por el hecho de que, cosa que admití como un cretino, he utilizado ese truco en anteriores ocasiones?

– Creo que me conoces lo bastante bien para no tener que hacer preguntas semejantes.

Lynley se levantó, se embutió en la bata y dedicó un momento a recoger la ropa de la que se había desprendido con tantas prisas a las once y media de la noche.

– Y yo creo que, en el fondo, eres más sincera contigo misma de lo que eres conmigo.

– Me estás acusando, y no me gusta. Tampoco me hacen gracia las connotaciones de egocentrismo.

– ¿Tuyas o mías?

– Ya sabes a qué me refiero, Tommy.

Lynley cruzó la habitación y descorrió las cortinas. El día era gris. Un viento racheado empujaba gruesas nubes de este a oeste, mientras una fina capa de escarcha cubría como gasa recién fabricada el césped y los rosales que constituían su jardín posterior. Un gato del vecindario había trepado al muro de ladrillo, contra el cual se alzaba la gruesa solanácea. Su postura encorvada formaba dos montículos, uno la cabeza y el otro el cuerpo. Su pelaje de calicó ondulaba y su cara era impenetrable, en demostración de aquella singular virtud felina de ser al mismo tiempo arrogante e intocable. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí, pensó Lynley.

Se volvió de la ventana y vio que Helen seguía sus movimientos en el espejo. Se acercó a su lado.

– Si quieres -dijo-, me volvería loco solo de pensar en los hombres que han sido tus amantes. Después, para evitar la locura, te acusaría de utilizarlos para alcanzar tus fines, gratificar tu ego, y fortalecer tu autoestima. Pero mi locura no desaparecería, sino que estaría agazapada bajo la superficie, pese a la fuerza de mis acusaciones. Me limitaría a evadirla y negarla mediante el expediente de concentrar toda mi atención, por no mencionar la furia de mi justa indignación, en ti.

– Muy listo.

Helen clavó los ojos en los suyos.

– ¿A qué te refieres?

– A la forma de esquivar el tema central.

– ¿Cuál es?

– Lo que no quiero ser.

– Mi esposa.

– No, la querida de lord Asherton. El nuevo ejemplar del inspector detective Lynley. El motivo de un guiño y una sonrisa obscena entre Denton y tú cuando te sirva el desayuno o te lleve el té.

– Estupendo. Muy comprensible. Entonces, cásate conmigo. Lo deseo desde hace doce meses y lo deseo ahora. Si accedes a legitimar esta relación de la manera convencional, cosa que he propuesto desde el primer día y tú lo sabes, no tendrás que preocuparte por habladurías y humillaciones en potencia.

– No es tan fácil. Las habladurías ni siquiera importan.

– ¿No me quieres?

– Claro que te quiero. Sabes que te quiero.

– ¿Entonces?

– No quiero ser tratada como un objeto. No lo permitiré.

Lynley cabeceó lentamente.

– ¿Te has sentido como un objeto durante estos dos últimos meses, cuando estábamos juntos? ¿Anoche, tal vez?

La mirada de Helen vaciló. Lynley vio que sus dedos se cerraban alrededor del mango del cepillo.

– No. Por supuesto que no.

– ¿Y esta mañana?

Ella parpadeó.

– Dios, no sabes cuánto detesto discutir contigo.

– No estamos discutiendo, Helen.

– Tratas de tenderme una trampa.

– Trato de buscar la verdad. -Experimentó el deseo de acariciar su cabello, volverla hacia él, coger su cara entre las manos. Optó por apoyar las manos sobre sus hombros-. Si somos incapaces de vivir con el pasado mutuo, carecemos de futuro. Ese es el auténtico problema, digas lo que digas. Yo soy capaz de vivir con tu pasado: St. James, Cusick, Rhys Davies-Jones y todos cuantos se hayan acostado contigo una noche o un año. La cuestión es: ¿eres tú capaz de vivir con el mío? Porque eso es el meollo del problema. No tiene nada que ver con lo que siento por las mujeres.

– Tiene que ver todo.

Percibió la intensidad de su tono y leyó resignación en su rostro. Entonces, la volvió hacia él, mientras comprendía y lamentaba el hecho al instante.

– Oh, Dios, Helen -suspiró-. No he tenido otra mujer. Ni siquiera he deseado a otra.

– Lo sé. -Helen apoyó la cabeza contra su pecho-. ¿Por qué no me sirve de ayuda?

Después de leerla, la sargento detective Barbara Havers arrugó la segunda página del largo informe redactado por el superintendente jefe sir David Hillier, la convirtió en una bola y la arrojó con gran precisión al otro lado del despacho del inspector Lynley, donde se reunió con la página anterior en la papelera que había colocado, a modo de desafío atlético, junto a la puerta. Bostezó, se frotó el cráneo vigorosamente con los dedos, apoyó la cabeza en la mano cerrada y continuó leyendo. «Encíclica del Papa Davy sobre cómo mantener la nariz limpia», había descrito sotto voce MacPherson el informe en el comedor de oficiales.

Todo el mundo coincidía en que tenían cosas mejores que hacer que leer la epístola de Hillier sobre las Graves Obligaciones De La Fuerza Policial Nacional Cuando Se Investiga Un Caso Posiblemente Relacionado Con El Ejército Republicano Irlandés. Si bien todos reconocían que Hillier se había inspirado en la liberación de los Seis de Birmingham [3], y pocos simpatizaban con los miembros de la policía de West Midlands que habían sido objeto, como resultado, de la Investigación de Su Majestad, era innegable el hecho de que iban demasiado agobiados por sus trabajos individuales para destinar tiempo a aprender de memoria el tratado pergeñado por su superintendente jefe.

Sin embargo, Barbara no estaba sumergida en media docena de casos a la vez, como algunos de sus colegas. En cambio, se dedicaba a experimentar unas vacaciones de dos semanas, anheladas desde hacía mucho tiempo. Había pensado trabajar durante aquellos días en su casa natal de Acton, para prepararla antes de entregarla a un agente inmobiliario y trasladarse a un diminuto estudio-casa que había logrado encontrar en Chalk Farm, encajado detrás de una amplia mansión eduardiana de Eton Villas. La casa había sido dividida en cuatro pisos y una espaciosa habitación en la planta baja; ninguna de las piezas eran asequibles para el limitado presupuesto de Barbara. La casa, no obstante, asentada al fondo del jardín bajo una falsa acacia, era demasiado pequeña para casi cualquier persona, pero un enano viviría con comodidad en ella. No pensaba recibir visitas, el matrimonio y una familia no entraban en sus planes, trabajaba muchas horas y solo necesitaba un lugar donde descansar la cabeza por las noches. La casa serviría.

Había firmado el contrato con no poco entusiasmo. Era el primer hogar que tenía lejos de Acton en los últimos veinte de sus treinta y tres años. Pensaba en la decoración, dónde compraría los muebles, qué fotografías y cuadros colgaría en las paredes. Fue a un centro de jardinería y miró plantas; tomó buena nota de las que crecían en jardineras de ventana y las que necesitaban sol. Paseó a lo largo de la casa, y después a lo ancho, midió las ventanas y examinó la puerta. Y regresó a Acton con la mente abarrotada de planes e ideas, todos los cuales se le antojaban irreales e imposibles cuando comprendió la cantidad de trabajo que debía hacerse en la casa de su familia.

Pintura interior, reparaciones externas, sustituir el papel pintado, acabado de las molduras, extirpar todo un patio trasero de malas hierbas, limpiar alfombras antiguas… La lista parecía interminable. Y además de ser la única persona encargada de remozar una casa descuidada desde que había ido a la escuela secundaria, lo cual ya era bastante deprimente, planeaba la vaga sensación de intranquilidad que experimentaba cada vez que un proyecto se concretaba.

Otro problema era su madre. Había vivido en Greenford durante los dos últimos meses, a cierta distancia de Londres, pero bien conectado mediante la Línea Central. Se había adaptado a Hawthorn Lodge bastante bien, pero Barbara todavía se preguntaba hasta qué punto tentaría al destino si vendía la vieja casa de Acton y se establecía en un barrio más presentable, en una casita de bohemio que llevaba la inscripción: «Una nueva vida. Paso a las esperanzas y los sueños», y en donde no habría sitio para su madre. ¿Acaso no vendía una casa demasiado grande para financiar lo que tal vez sería la larga estancia de su madre en Greenford? ¿No había tenido la idea de vender la casa con el propósito de disimular su egoísmo? ¿O aquellos ocasionales remordimientos de conciencia que acompañaban su búsqueda de libertad no eran más que un pretexto para concentrar su atención, para no tener que enfrentarse a lo que las separaba?

Has de vivir tu vida, se decía con tenacidad más de una docena de veces al día. No es ningún crimen hacerlo, Barbara. Pero se le antojaba un crimen, cuando el proyecto rebasaba sus fuerzas. Fluctuaba entre redactar listas de todo lo que debía hacer, aun sin la esperanza de lograrlo, y temer el día en que el trabajo concluiría, la casa se vendería y tendría que seguir adelante completamente sola.

En sus escasos momentos de introspección, Barbara admitía que la casa le proporcionaba algo a lo que aferrarse, un último vestigio de seguridad en un mundo donde carecía de parientes a los que pudiera vincularse por una mínima dependencia sentimental. Pese a que no lo había conseguido durante años (la larga enfermedad de su padre y el deterioro mental de su madre lo habían impedido), vivir en la misma casa y en el mismo barrio le proporcionaba una apariencia de seguridad. Abandonar y lanzarse hacia lo desconocido… A veces, consideraba Acton mucho más preferible.

No hay respuestas sencillas, habría dicho el inspector Lynley, solo vivir mediante las preguntas, pero pensar en Lynley provocó que Barbara se removiera inquieta en su silla y se obligara a leer el primer párrafo de la tercera página perteneciente al informe de Hillier.

Las palabras carecían de significado. No podía concentrarse. Ya que había conjurado la presencia de su superior, tendría que lidiar con ella.

¿Y cómo? Se retorció, dejó el informe entre los demás documentos y carpetas que se habían amontonado durante su ausencia y hundió la mano en el bolso para buscar cigarrillos. Encendió uno y lanzó el humo hacia el techo, con los ojos entornados a causa del picor acre del humo.

Estaba en deuda con Lynley. Él lo negaría, por supuesto, con una expresión de tal perplejidad que ella dudaría por un momento de sus deducciones, por escasas que fueran; los datos eran abrumadores, y no le gustaba nada la posición en que la colocaban. ¿Cómo pagarle, si él nunca lo permitiría, mientras sus circunstancias estuvieran tan poco equilibradas? Jamás aceptaría la palabra deuda como una realidad entre ellos.

Maldito sea, pensó, ve demasiado, sabe demasiado, es demasiado listo para dejarse coger in fraganti. Giró la silla hacia un armario, sobre el cual se erguía una foto de Lynley y lady Helen Clyde. Le miró con el ceño fruncido.

– Estoy hecha un lío -dijo, mientras tiraba ceniza al suelo-. Lárguese de mi vida, inspector.

– ¿Ahora, sargento, o le da igual más tarde?

Barbara giró en redondo. Lynley estaba de pie en la puerta, con el abrigo de cachemira colgado al hombro y Dorothea Harriman, la secretaria de su superintendente de división, aleteando detrás de él. «Lo siento», indicó Harriman con los labios a Barbara, en tanto realizaba movimientos exagerados y decididamente afligidos con los brazos. «No le vi llegar. No pude advertirte.» Cuando Lynley miró hacia atrás, Harriman agitó los dedos, le dedicó una sonrisa radiante y desapareció con un centelleo de cabello rubio muy lacado.

Barbara se levantó al instante.

– Está de vacaciones -dijo.

– Igual que usted.

– Entonces, ¿qué hace…?

– ¿Y usted?

La mujer chupó con fuerza el cigarrillo.

– Entré a dar un vistazo. Pasaba por aquí.

– Ah.

– ¿Y usted?

– Lo mismo.

Entró y colgó el abrigo en el perchero. Al contrario que ella, que había conservado cierto aire de vacaciones al ir al Yard vestida con tejanos y una gastada camiseta con la inscripción «Compre productos ingleses, por san Jorge», debajo de una descolorida reproducción del santo mientras hacía fosfatina a un dragón de aspecto abatidísimo, Barbara vio que Lynley iba vestido para trabajar, con su estilo habitual: tresillo, camisa almidonada, corbata de seda marrón y el sempiterno reloj de cadena colgando sobre su chaleco. Caminó hacia su escritorio, de cuyas cercanías huyó Barbara, dirigió una mirada de desagrado a la punta de su cigarrillo cuando pasó a su lado, y empezó a examinar las carpetas, informes, sobres y numerosas directivas departamentales.

– ¿Qué es esto? -preguntó, y alzó las ocho páginas restantes del informe que Barbara había estado leyendo.

– Las ideas de Hillier acerca de trabajar con el IRA.

Lynley palmeó el bolsillo de la chaqueta, sacó sus gafas y recorrió la página con la vista.

– Qué raro. ¿Hillier ha perdido la razón? Parece que empieza por la mitad -observó.

Barbara introdujo la mano en la papelera con aspecto avergonzado y rescató las dos primeras páginas, que alisó contra su grueso muslo y entregó a Lynley, tirando ceniza del cigarrillo sobre el puño de su chaqueta al mismo tiempo.

– Havers…

Su voz era la paciencia personificada.

– Lo siento. -Barbara sacudió la ceniza. Quedó una mancha. La frotó-. Ya está. Como la esposa perfecta.

– ¿Quiere apartar esa maldita cosa?

Ella suspiró y aplastó el cigarrillo con el talón de su zapato izquierdo. Tiró la colilla en dirección a la papelera, pero falló y aterrizó en el suelo. Lynley levantó la cabeza del informe de Hillier, observó la colilla por encima de sus gafas y enarcó una ceja.

– Lo siento -dijo Havers, y fue a depositar el ofensivo objeto en la papelera, que devolvió a su sitio anterior, al lado del escritorio de Lynley. Este murmuró las gracias. Barbara se dejó caer en una de las sillas reservadas a las visitas y empezó a torturar un agujero incipiente que se insinuaba en la rodilla derecha de sus tejanos. Miró de reojo a su superior una o dos veces mientras leía.

Parecía perfectamente pulcro y sin la menor preocupación. Su cabello rubio se extendía sobre su cabeza, con el corte inmaculado de costumbre -Havers siempre había querido saber quién se encargaba de aquel milagroso cabello, que producía el efecto de no crecer nunca ni un milímetro más de la longitud establecida-, sus ojos castaños se veían transparentes, sin círculos oscuros debajo, ni nuevas arrugas de fatiga o preocupación se habían añadido a las que ya surcaban su frente. No obstante, perduraba el hecho de que, en teoría, tenía que estar de vacaciones, un viaje acordado largo tiempo atrás con lady Helen Clyde. Se marchaban a Corfú. De hecho, se suponía que salían a las once, pero ya eran las diez y cuarto, y a menos que el inspector pensara trasladarse a Heathrow en helicóptero antes de diez minutos, no iría a ninguna parte. A Grecia no, al menos. Hoy no, al menos.

– Bien -dijo Barbara con desenvoltura-, ¿ha venido Helen con usted, señor? ¿Se ha parado a charlar con MacPherson en el comedor de oficiales?

– No a las dos preguntas.

Continuó leyendo. Acababa de terminar la tercera página del opúsculo y, al igual que Havers había hecho con las dos primeras, la estaba convirtiendo en una bola, aunque en su caso parecía que la acción era inconsciente, para hacer algo con las manos. Llevaba un año apartado de la planta mortífera, pero había momentos en que sus dedos parecían necesitados de movimiento, en lugar de sostener el cigarrillo acostumbrado.

– ¿No estará enferma? Quiero decir, ¿no se iban los dos a…?

– En teoría sí, pero los planes cambian a veces. -La miró por encima de las gafas. Era una de sus habituales miradas de advertencia-. ¿Y sus planes, sargento? ¿También han cambiado?

– Me he tomado un respiro. Ya sabe a qué me refiero. Trabajo, trabajo, trabajo, y las manos de una chica empiezan a recordar langostas muertas. Les he dado un descanso.

– Entiendo.

– No es que necesiten descansar de pintar.

– Pintar. Ya sabe, el interior de la casa. Tres tíos aparecieron hace dos días en casa. Eran contratistas. Traían un contrato escrito y firmado para pintar el interior de mi casa. Qué raro, ¿verdad?, porque yo no había llamado a ningún contratista. Más raro todavía, teniendo en cuenta que habían cobrado el trabajo por adelantado.

Lynley frunció el ceño y colocó la comunicación sobre un informe encuadernado del PSI acerca de la relación entre los civiles y la policía de Londres.

– Decididamente extraño -admitió-. ¿Está segura de que fueron a la casa correcta?

– Por completo. Al cien por cien. Hasta sabían mi nombre. Incluso me llamaron «sargento». Incluso preguntaron cómo era para una mujer trabajar en el DIC. Eran unos tíos muy habladores, pero me pregunté cómo habrían averiguado que trabajaba aquí.

Como esperaba, el rostro de Lynley expresaba el desconcierto más absoluto. Casi esperó a que se deshiciera en halagos sobre la gallardía y novedad de un mundo que ambos consideraban corrupto y sin esperanza.

– ¿Leyó el contrato? ¿Se aseguró de que habían ido al lugar correcto?

– Oh, sí. Y eran muy buenos, señor. Dos días, y la casa estaba pintada como si fuera nueva.

– Un misterio, sin duda.

Volvió a coger el informe.

Barbara le dejó leer el rato que tardó en contar hasta cien.

– Señor.

– Ummm.

– ¿Qué les pagó?

– ¿A quién?

– A los pintores.

– ¿Qué pintores?

– Basta, inspector. Ya sabe de qué estoy hablando.

– ¿De los tíos que pintaron su casa?

– ¿Qué les pagó? Porque sé que usted lo hizo, no se moleste en mentir. Además de usted, solo MacPherson, Stewart y Hale saben que estoy trabajando en casa durante las vacaciones, y no tienen la pasta suficiente para hacer ese trabajo. Bien, ¿qué les pagó y cuánto tiempo tengo para devolvérselo?

Lynley dejó el informe a un lado y dejó que sus dedos jugaran con la cadena del reloj. Sacaron el reloj del bolsillo, lo abrieron, y él fingió que consultaba la hora.

– No quiero su jodida caridad. No quiero sentirme la protegida de nadie. No quiero estar en deuda.

Deber exige cosas de uno. Siempre se acaba poniendo la deuda en una balanza donde se pesará el comportamiento futuro. ¿Cómo voy a dar rienda suelta a mi cólera si le debo algo? ¿Cómo puedo ir a la mía sin comentarlo si estoy en deuda con él? ¿Cómo puedo mantener una distancia prudencial del resto del mundo si estoy atada por un compromiso?, pensó Barbara.

– Deber dinero no es un compromiso, señor.

– No, pero la gratitud sí, por lo general.

– ¿Me estaba comprando? ¿Es eso?

– Suponiendo que yo tenga algo que ver con ello, para empezar, lo cual, me apresuro a advertirle, es una deducción que no sostendrá ninguna prueba que intente buscar, no suelo comprar a mis amigos, sargento.

– Es una forma de decir que les pagó en metálico, y más de la cuenta, para que mantuvieran la boca cerrada. -Barbara se inclinó hacia delante y descargó la mano, sin mucha fuerza, sobre el escritorio-. No quiero su ayuda, señor, de esta forma no. No quiero nada de usted que me sea imposible devolver. Además… Aunque no era el caso, no estoy exactamente dispuesta a…

Soltó un bufido indicador de que había perdido por un momento los nervios.

A veces, olvidaba que era su oficial superior. Peor aún, a veces olvidaba lo único que se había jurado tener presente siempre que estaba con él. Aquel hombre era un conde, poseía un título, existía gente en su vida que le llamaba «mi señor». Cierto, ninguno de sus colegas del Yard le había considerado otra cosa que Lynley durante más de diez años, pero ella carecía de la sangre fría suficiente para sentirse igual a alguien cuya familia se había codeado con la clase de tíos que estaban acostumbrados a ser llamados «alteza Cynthia» y «su gracia». Experimentaba escalofríos cuando pensaba en ello, se ponía como una fiera cuando le daba vueltas. Y cuando la idea aparecía de improviso, como ahora, se sentía como una perfecta idiota. Uno no desnudaba su alma a los tipos de sangre azul. De hecho, no era seguro que los tipos de sangre azul tuvieran alma.

– Y aunque no fuera el caso -continuó Lynley sus pensamientos con una inconsciente, aunque típica, corrección gramatical-, espero que, a medida que se acerque el día de abandonar Acton, la perspectiva se amplíe. Una cosa es tener un sueño, ¿no?, y otra muy distinta convertirlo en realidad.

La mujer se desplomó en la silla y le miró.

– Joder -dijo-. ¿Cómo coño le aguanta Helen?

Lynley sonrió un momento y se quitó las gafas, que devolvió al bolsillo.

– En este momento, no lo hace.

– ¿No hay viaje a Corfú?

– Temo que no, a menos que se vaya sola. Lo cual, como ambos sabemos, ha sido muy capaz de hacer antes.

– ¿Por qué?

– Perturbé su equilibrio.

– No me refería a entonces, sino a ahora.

– Entiendo.

Lynley giró la silla, pero no hacia el armario y la foto de Helen, sino hacia la ventana, donde las plantas superiores de la espantosa construcción posterior a la guerra que era el Ministerio del Interior casi imitaban el color del cielo plomizo. Juntó los dedos bajo la barbilla.

– Temo que nos peleamos por una corbata.

– ¿Una corbata?

Para aclarar la frase, Lynley señaló la que llevaba.

– Anoche colgué una corbata del pomo de la puerta.

Barbara frunció el ceño.

– ¿La fuerza de la costumbre, quiere decir, como apretar la pasta de dientes por la mitad del tubo? ¿Algo que crispa los nervios de la otra persona cuando las estrellas del romance empiezan a palidecer?

– Ojalá.

– Entonces, ¿qué?

Lynley suspiró. Barbara no sabía si deseaba seguir hablando.

– Da igual -dijo-. No es mi problema. Lamento que no funcionara. Me refiero a las vacaciones. Sé que los dos lo deseaban.

El inspector jugueteó con el nudo de la corbata.

– Dejé mi corbata en el pomo exterior de la puerta antes de acostarnos.

– ¿Y qué?

– No me paré a pensar que ella podía darse cuenta, y además, es algo que acostumbro a hacer en ciertas ocasiones.

– ¿Y qué?

– En realidad, ella no se dio cuenta, pero preguntó cómo era que Denton nunca nos interrumpía por las mañanas desde que estábamos… juntos.

Barbara vio la luz.

– Ah, ya lo entiendo. Denton ve la corbata. Es una señal. Sabe que hay alguien con usted.

– Bien… Sí.

– ¿Y usted se lo dijo? Jesús, qué idiotez, inspector.

– Lo hice sin pensar. Flotaba como un colegial en ese estado estúpido de euforia sexual en que nadie piensa. Ella dijo: «Tommy, ¿cómo es que Denton no ha entrado nunca con el té de la mañana las noches que me he quedado?». Y yo le dije la verdad.

– ¿Que utilizaba la corbata para advertir a Denton de que Helen estaba en el dormitorio?

– Sí.

– ¿Y que ya lo había hecho con otras mujeres en el pasado?

– Dios, no. No soy tan idiota. Aunque, de haberlo dicho, habría dado igual. Ella dio por sentado que llevo años haciéndolo.

– ¿Y no es verdad?

– Sí. No. Bueno, en los últimos tiempos no, por el amor de Dios. O sea, solo con ella, lo cual no implica que no lo haya hecho con otras. Pero no ha habido nadie más desde que ella y yo… Oh, maldita sea.

Desechó el resto con un ademán.

Barbara asintió con solemnidad.

– Ya me estoy haciendo una buena idea de cómo se cavó la tumba.

– Ella afirma que es un ejemplo de mi misoginia intrínseca: parece que mi criado y yo intercambiamos risitas lascivas después de desayunar, acerca de quién ha gemido en voz más alta en mi cama.

– Cosa que nunca ha hecho, por supuesto.

Lynley giró la silla hacia ella.

– ¿Por quién me toma, sargento?

– Por nadie. Solo por usted. -Investigó en el agujero de su rodilla con mayor interés-. Habría podido renunciar al té de la mañana, por supuesto. Quiero decir, después de que empezó a pasar las noches con mujeres. De esa forma, nunca habría necesitado una señal. O podría haber preparado el té usted mismo y subirlo en una bandeja a su habitación. -Apretó los labios al pensar en Lynley deambulando por su cocina (en el caso de que supiera dónde estaba), intentando encontrar la tetera y encender el fuego-. Habría sido una especie de liberación para usted, señor. Hasta puede que, a la larga, se hubiera atrevido con las tostadas.

Lanzó una risita, más parecida a un resoplido, entre sus dientes apretados. Se tapó la boca y le miró por encima de la mano, medio avergonzada por tomarse a risa la situación, y medio divertida al pensar en Lynley, en mitad de una frenética y decidida seducción, colgando subrepticiamente una corbata en el pomo de la puerta, de tal forma que su enamorada no se diera cuenta y le preguntara por qué lo hacía.

Tenía el rostro impasible. Sacudió la cabeza. Pasó los dedos sobre los restos del informe de Hillier.

– No sé -dijo muy serio-. No creo que jamás aprenda a hacer tostadas.

Ella lanzó una carcajada. Él rió por lo bajo.

– Al menos, en Acton no tenemos ese tipo de problemas -rió Barbara.

– Lo cual explica, en parte, por qué no se decide a marchar.

Menuda intuición, pensó ella. Pasaría por una grieta aunque llevara una venda en los ojos. Se levantó de la silla y se acercó a la ventana. Introdujo los dedos en los bolsillos posteriores de sus tejanos.

– ¿No es por eso que está aquí? -preguntó Lynley.

– Ya le dije por qué. Pasaba por aquí.

– Estaba buscando una distracción, Havers. Igual que yo.

La mujer miró por la ventana. Vio las copas de los árboles del parque de St. James. Completamente desnudos, agitados por el viento, parecían bocetos recortados contra el cielo.

– No lo sé, inspector -dijo-. Parece el típico caso de ir con pies de plomo. Sé lo que quiero hacer. Me asusta hacerlo.

Sonó el teléfono del escritorio de Lynley. Barbara se dispuso a contestar.

– Déjelo -dijo el inspector-. No estamos aquí, ¿recuerda?

Los dos lo contemplaron mientras continuaba sonando, como hace la gente cuando espera que su voluntad colectiva ejercerá una pequeña influencia sobre las acciones de los demás. Enmudeció por fin.

– Pero supongo que usted es capaz de establecer la relación -prosiguió Barbara, como si el teléfono no les hubiera interrumpido.

– Es algo acerca de los dioses. Cuando quieren volverte loco, te conceden lo que más deseas.

– Helen.

– Libertad.

– Vaya par de chiflados.

– ¿Detective inspector Lynley?

Dorothea Harriman se había detenido en la puerta, vestida con un elegante traje negro, alegrado por ribetes grises en el cuello y las solapas. Un sombrerito cuadrado oscilaba sobre su cabeza. Parecía ataviada para aparecer en el balcón del palacio de Buckingham el Domingo del Recordatorio [4], si hubiera sido convocada para codearse con la realeza. Solo faltaba la amapola.

– ¿Sí, Dee? -contestó Lynley.

– Teléfono.

– No estoy.

– Pero…

– La sargento y yo no estamos localizables, Dee.

– Pero es el señor St. James. Telefonea desde Lancashire.

– ¿St. James? -Lynley miró a Barbara-. ¿No se habían ido de vacaciones Deborah y él?

Barbara alzó los hombros.

– ¿No nos habíamos ido todos?

7

Lynley atacó la cuesta de la carretera de Clitheroe, en dirección al pueblo de Winslough, a última hora de la tarde. Un sol tenue, que iba palideciendo a medida que el día viajaba hacia la noche, taladraba la niebla invernal que flotaba sobre la tierra. Sus haces estrechos se reflejaban en los viejos edificios de piedra -la iglesia, la escuela, las casas y las tiendas que se alzaban en una apretada exhibición de la robusta arquitectura propia de Lancashire- y cambiaban el color de los edificios, un oscuro canela tintado de hollín a ocre. La carretera estaba húmeda bajo los neumáticos del Bentley, como daba la impresión de ocurrir siempre en el norte al llegar aquella época del año, y charcos de agua producidos por el hielo y la escarcha, que se formaban, fundían y volvían a formarse cada noche, brillaban a la luz. El cielo se reflejaba sobre su superficie, al igual que las formas de los setos y los árboles.

Disminuyó la velocidad a unos cincuenta metros de la iglesia. Aparcó al lado y salió al aire, acerado como un cuchillo. Olió el humo de un fuego cercano, alimentado con leña seca. Luchaba por imponerse a los olores dominantes a estiércol, tierra removida, humedad y vegetación podrida que emanaban de una extensión de tierra despejada que se extendía al otro lado del zarzal que bordeaba la carretera. A su izquierda, el seto se curvaba hacia el noreste, paralelo a la carretera, permitiendo el acceso a la iglesia, y después, tal vez a unos cuatrocientos metros, al pueblo. A la derecha, un grupo de árboles se espesaba hasta formar un bosque de robles viejos, sobre el cual se elevaba una colina cubierta de escarcha y coronada por una capa de niebla ondulante. Frente a él, el campo descendía lánguidamente hacia un riachuelo sinuoso, para volver a elevarse al otro lado en un batiburrillo de muros de piedra seca, entre los cuales se erguían granjas, y pese a la distancia, Lynley oyó el balido de las ovejas.

Se apoyó contra el coche y examinó San Juan Bautista. Al igual que el resto del pueblo, la iglesia era un edificio sencillo, de tejado inclinado, cuyos únicos adornos eran el campanario y las almenas normandas. Rodeado por un cementerio y algunos castaños, con el telón de fondo del cielo brumoso, no tenía aspecto de ser un elemento importante de un decorado que albergaba un crimen.

Al fin y al cabo, los sacerdotes eran personajes secundarios en el drama de la vida y la muerte. Su papel era el de conciliadores, consejeros e intermediarios entre el penitente, el suplicante y el Señor. Ofrecían un servicio trascendental, tanto en eficacia como en importancia, por su relación con la divinidad, pero a causa de este hecho existía una prudente distancia entre ellos y los miembros de su congregación, que parecía excluir el tipo de intimidad que conduce al asesinato.

No obstante, esta cadena de razonamientos era pura sofistería, y Lynley lo sabía. Todo lo demostraba, desde el viejo aforismo del lobo con piel de cordero hasta aquel taimado hipócrita del reverendo Arthur Dimmesdale. Aunque no fuera el caso, Lynley había sido policía el tiempo suficiente para saber que el exterior más inocente, por no mencionar la posición más encumbrada, contaba con todas las posibilidades de ocultar culpabilidad, pecado y vergüenza. Por lo tanto, si el crimen había destruido la paz de aquella campiña soñolienta la culpa no era de las estrellas ni del movimiento incesante de los planetas, sino que residía en el fondo de un corazón cauteloso.

– Está ocurriendo algo peculiar -había dicho por teléfono St. James aquella mañana-. Por los datos que he podido reunir, parece que el agente de policía local se las ingenió para evitar que el DIC de su división llevara a cabo poca cosa más que una investigación rutinaria. Por lo visto, mantiene relaciones con la mujer que dio a ese sacerdote, Robín Sage, la cicuta.

– Tuvo que haber una encuesta, St. James.

– En efecto. La mujer, que se llama Juliet Spence, admitió que lo había hecho y afirmó que había sido un accidente.

– Bien, si el caso no fue a más y el jurado emitió un veredicto de envenenamiento accidental, hemos de suponer que la autopsia y las demás pruebas aportadas, independientemente de quién las reuniera, verificaron su declaración.

– Pero si piensas en el hecho de que es una herbolaria…

– La gente comete equivocaciones. Piensa en las numerosas muertes que se han producido porque un experto en setas cogió la que no debía, la preparó para cenar y murió.

– No es lo mismo.

– Dices que la confundió con chirivía silvestre, ¿no?

– Sí, y ahí empeora la historia.

St. James describió los hechos. Si bien era cierto que la planta no se distinguía a simple vista de otros miembros de su familia, las umbelíferas, las similitudes entre el género y la especie se limitaban a las partes de la planta que nadie comía: las hojas, los tallos, las flores y los frutos.

¿Por qué la fruta no?, quiso saber Lynley. ¿No derivaba toda la situación del hecho de coger, cocinar y comer la fruta?

En absoluto, contestó St. James. Aunque la fruta fuera tan venenosa como el resto de la planta, consistía en cápsulas secas, divididas en dos partes, que, al contrario que un melocotón o una manzana, no eran canosas y, por lo tanto, inaceptables desde un punto de vista gastronómico. Alguien que cultivara cicuta, pensando que era chirivía silvestre, no comería la fruta, sino que extraería la planta o utilizaría la raíz.

– Ahí está el problema -dijo St. James.

– Supongo que las características distintivas están en la raíz.

– Exacto.

Lynley se vio forzado a admitir que, si bien las características no eran legión, su número bastaba para despertar su inquietud dormida. Ese era el motivo, en parte, de que hubiera sacado de la maleta las ropas que había puesto para pasar una semana en el suave invierno de Corfú, sustituyéndolas por otras más adecuadas para el insidioso frío del norte, circulado por la M1 hasta la M6, y viajado a Lancashire, con sus páramos desolados, sus montañas cubiertas de nubes y sus aldeas antiquísimas, de las cuales había surgido hacía más de trescientos años la fascinación de su país por la brujería.

Roughlee, Blacko y Pendle Hill no estaban muy lejos, ni en la distancia ni en el recuerdo, del pueblo de Winslough, ni tampoco la Hondonada de Bowland, que veinte mujeres habían atravesado para ser juzgadas y ejecutadas en el castillo de Lancaster. Era un hecho histórico demostrado que la persecución alzaba su fea cabeza en momentos de tensión, cuando se necesitaba un chivo expiatorio para aplacarla y desplazarla. Lynley se preguntó si la muerte del vicario local a manos de una mujer constituía suficiente tensión.

Dejó de contemplar la iglesia y se volvió hacia el Bentley. Encendió el motor, y la cinta que había estado escuchando desde Clitheroe se reanudó. El Réquiem de Mozart. Su lóbrega combinación de cuerdas y vientos, que acompañaban al cántico grave y solemne del coro, parecía muy apropiada a las circunstancias. Guió el coche hacia la carretera.

Si no era una equivocación lo que había matado a Robin Sage era otra cosa, y los datos sugerían que esa otra cosa era un asesinato. Como en la planta, aquella conclusión brotaba de la raíz.

– La cicuta se distingue de los demás miembros de las umbelíferas por la raíz -había explicado St. James-. La chirivía silvestre tiene un solo rizoma. La cicuta tiene un haz tuberoso de raíces.

– ¿No cabe la posibilidad de que esa planta en particular tuviera un solo rizoma?

– Sí, es posible, al igual que otro tipo de planta podría tener lo contrario: dos o tres raíces adventicias. Pero, estadísticamente hablando, Tommy, es improbable.

– No podemos desecharla.

– De acuerdo, pero aunque esta planta en particular hubiera tenido una anomalía de ese tipo, existen otras características en la parte hundida del tallo que, en teoría, una herbolaria debería observar. Cuando abres a lo largo el tallo de la cicuta, se ven nudos e internudos.

– Échame una mano, Simon. La ciencia no es mi especialidad.

– Lo siento. Supongo que tú las llamarías cámaras. Son huecas, con un diafragma de tejido medular que recorre horizontalmente la cavidad.

– ¿Y la chirivía silvestre no tiene esas cámaras?

– Tampoco rezuma un líquido aceitoso amarillo cuando cortas el tallo.

– ¿Cortó ella el tallo? ¿Lo abrió a lo largo?

– Eso último, no. Admito que es dudoso, pero en cuanto a lo primero, ¿cómo podría arrancar la raíz, aunque fuera la única anómala, sin cortar el tallo de alguna forma? Aunque hubiera arrancado la raíz del tallo, ese aceite singular habría rezumado.

– ¿Y crees que es suficiente advertencia para una herbolaria? ¿No cabe la posibilidad de que estuviera pensando en otra cosa y no se fijara? ¿Y si alguien estaba con ella mientras la arrancaba? ¿Y si estaba hablando con una amiga, discutía con su amante, o estaba distraída? Quizá estaba distraída por un buen motivo. ¿No lo crees?

– Es posible. Y vale la pena investigarlo, ¿no?

– Deja que haga unas llamadas telefónicas.

Lo había hecho. La naturaleza de las respuestas que había conseguido obtener habían acicateado su interés. Como las vacaciones en Corfú se habían convertido en otra promesa incumplida de su vida, metió un traje de tweed, tejanos y jerséis en la maleta, y amontonó botas de agua, calzado de excursión y un anorak en el maletero del coche. Hacía semanas que ardía en deseos de abandonar Londres. Aunque habría preferido escapar en avión a Corfú con Helen Clyde, Crofters Inn y Lancashire bastarían.

Dejó atrás las casas adosadas que señalaban la entrada al pueblo y encontró el hostal en el cruce de tres carreteras, justo donde St. James le había dicho. Lynley encontró en el pub al propio St. James, acompañado de Deborah.

El pub aún no estaba abierto. Los candelabros de pared, con sus pequeñas pantallas adornadas con borlas, no estaban encendidos. Cerca del bar, alguien había colocado una pizarra, donde las especialidades de la noche habían sido escritas con una mano que empleaba extrañas letras puntiagudas, líneas inclinadas y tiza de color fucsia. Se ofrecía Lasagnia, así como Filete Minuet y Steamed Toffy Pudding. Si la ortografía indicaba la calidad de la cocina, la perspectiva era poco prometedora. Lynley tomó nota mental de probar el restaurante en lugar del pub.

St. James y Deborah estaban sentados bajo una de las dos ventanas que daban a la calle. Sobre la mesa, entre ambos, los restos del té de la tarde se mezclaban con jarras de cerveza y un fajo de papeles grapados que St. James se disponía a doblar y guardar en el bolsillo interior de la chaqueta.

– Escucha, Deborah… -estaba diciendo.

– No. Estás rompiendo nuestro acuerdo -replicó ella. Se cruzó de brazos. Lynley conocía aquel gesto. Se detuvo.

En la chimenea contigua a la mesa ardían tres troncos. Deborah se volvió y miró a las llamas.

– Sé razonable -dijo St. James.

– Sé justo -contestó ella.

Entonces, uno de los troncos se movió y una lluvia de chispas cayó al hogar. St. James empleó el cepillo del fuego. Deborah se apartó. Vio a Lynley.

– Tommy -dijo, sonriente y con expresión de alivio, cuando el recién llegado entró en el gran círculo de luz que el fuego proporcionaba. Dejó la maleta junto a la escalera y avanzó a su encuentro.

– Has venido muy rápido -comentó St. James, mientras Lynley le estrechaba la mano, para después besar en la mejilla a Deborah.

– Llevaba viento de popa.

– ¿Te ha costado escaparte del Yard?

– Lo has olvidado. Estoy de vacaciones. Acababa de entrar en el despacho para despejar mi escritorio.

– ¿Hemos interrumpido tus vacaciones? -preguntó Deborah-. ¡Simon! Eso es espantoso.

Lynley sonrió.

– Un favor, Deb.

– Pero tú y Helen tendríais planes.

– En efecto, pero ella cambió de idea. Me quedé colgado. Podía elegir entre venir a Lancashire o dar vueltas sin parar por mi casa de Londres. Lancashire se me antojó mucho más prometedor. Es una distracción, como mínimo.

Deborah asestó con astucia la puñalada final.

– ¿Sabe Helen que has venido?

– La telefonearé esta noche.

– Tommy…

– Lo sé. No me he portado bien. He huido como un cobarde.

Se dejó caer en la silla contigua a Deborah y cogió una torta que aún quedaba en la plata. Se sirvió un poco de té en la taza vacía de Deborah y puso azúcar mientras masticaba. Paseó la vista en torno suyo. La puerta del restaurante estaba cerrada. Las luces situadas detrás de la barra estaban apagadas. La puerta de la oficina se veía entreabierta, pero no se advertían movimientos detrás, y pese a que una tercera puerta, dispuesta en ángulo detrás de la barra, estaba lo bastante abierta para permitir que un haz de luz iluminara las etiquetas de las botellas de alcohol colgadas al revés, no surgía ningún sonido desde el otro lado.

– ¿No hay nadie? -preguntó Lynley.

– Están por ahí. Hay una campana en el bar.

Movió la cabeza en su dirección, pero no se movió.

– Saben que eres del Yard, Tommy.

Lynley enarcó una ceja.

– ¿Cómo?

– Recibiste un mensaje durante la comida. Todo el pub hablaba de ello.

– Menos mal que he venido de incógnito.

– De todas formas, creo que no nos habría servido de nada.

– ¿Quién lo sabe?

– ¿Que eres del DIC? -St. James se reclinó en la silla y dejó que su mirada vagara, como si intentara recordar quién estaba en el pub cuando se produjo la llamada-. Los propietarios, desde luego. Seis o siete habitantes de la localidad. Un grupo de excursionistas que se marchó hace bastante rato.

– ¿Estás seguro acerca de los habitantes?

– Ben Wragg, el propietario, estaba conversando con algunos cuando su mujer le comunicó la noticia. Los demás se enteraron mientras comían. Deborah y yo sí, al menos.

– Espero que Wragg les cargara un extra.

St. James sonrió.

– Pues no, pero nos transmitieron el mensaje. Se lo contaron a todo el mundo: el sargento Dick Hawkins, de la policía de Clitheroe, llamaba al inspector detective Thomas Lynley.

– Le pregunté de dónde venía ese tal inspector detective Thomas Lynley -añadió Deborah, con su mejor acento de Lancashire-, y ¿a que no lo adivinas, Tommy? -Una pausa maravillosamente dramática-. ¡Es de New Scotland Yard! Se hospedará en este mismo hostal. Reservó una habitación no hace ni tres horas. Yo cogí la llamada. Bien, ¿qué cree que viene a investigar? -La nariz de Deborah se arrugó al tiempo que sonreía-. Eres la sensación de la semana. Has convertido Winslough en St. Mary Mead.

Lynley lanzó una risita.

– Clitheroe no es la comisaría regional de Winslough, ¿verdad? -dijo St. James con aire pensativo-. Y ese Hawkins no dijo nada acerca de estar adscrito a ningún DIC, porque en ese caso, nos habríamos enterado de la noticia junto con todos los demás.

– Clitheroe solo es el centro de la división policial -explicó Lynley-. Hawkins es el oficial superior del agente de policía local. Hablé con él esta mañana.

– Pero ¿no es del DIC?

– No, y tus conclusiones al respecto eran correctas, St. James. Cuando hablé antes con Hawkins, confirmó que el DIC de Clitheroe se limitó a fotografiar el cadáver, examinar el lugar de los hechos, recoger pruebas materiales y preparar la autopsia. Shepherd se encargó del resto, la investigación y los interrogatorios. Pero no lo hizo solo.

– ¿Quién le ayudó?

– Su padre.

– Eso es muy extraño.

– Extraño e irregular, pero no ilegal. Según lo que me contó el sargento Hawkins, el padre de Shepherd fue, en su época, inspector jefe detective en la comisaría regional de Hutton-Preston. Es evidente que se impuso al sargento Hawkins y tomó el mando.

– ¿Fue inspector jefe detective?

– El caso Sage fue el último en que intervino. Se jubiló poco después de la encuesta.

– De modo que Shepherd debió acordar con su padre que debían mantener al DIC de Clitheroe alejado del asunto -dijo Deborah.

– O su padre lo decidió así.

– Pero ¿por qué? -musitó St. James.

– Yo diría que hemos venido para averiguarlo.

Bajaron juntos por la carretera de Clitheroe en dirección a la iglesia. Dejaron atrás las casas adosadas, cuyas ventanas blancas estaban circundadas por cien años de suciedad que un simple lavado no lograría eliminar.

Encontraron la casa de Colin Shepherd justo al lado de la vicaría, frente a la iglesia de San Juan Bautista. En aquel punto se separaron. Deborah se encaminó a la iglesia con un quedo «Aún no la había visto», para que St. James y Lynley interrogaran al agente a su aire.

Dos coches estaban aparcados frente al edificio de ladrillo, un Land Rover manchado de barro que tendría unos diez años de antigüedad y un Golf sucio que parecía relativamente nuevo. No se veía ningún coche en el camino vecinal, pero cuando dejaron atrás el Rover y el Golf, en dirección a la puerta de Colin Shepherd, una mujer se asomó a una ventana de la vicaría y contempló sus movimientos sin intentar ocultarse. Una mano estaba liberando el crespo cabello color zanahoria de la bufanda que lo sujetaba en la nuca, mientras la otra abotonaba una chaqueta azul marino. No se movió de la ventana ni siquiera cuando fue evidente que Lynley y St. James la habían visto.

Un estrecho letrero rectangular sobresalía de un lado de la casa. Azul y blanco, llevaba impresa una sola palabra: policía. Como ocurría en muchos pueblos, la casa del agente local era también el centro oficial de su zona. Lynley se preguntó si Shepherd había interrogado a la Spence en aquella misma casa.

Un perro se puso a ladrar en cuanto tocaron el timbre. Los ladridos empezaron en un extremo de la casa, se acercaron rápidamente a la puerta principal y se afianzaron detrás de ella. Un perro grande, a juzgar por la potencia, y muy poco cordial.

– Tranquilo, Leo -dijo una voz de hombre-. Siéntate.

Los ladridos cesaron al instante. La luz del porche se encendió, aunque aún no había oscurecido por competo, y la puerta se abrió.

Colin Shepherd les miró de arriba abajo, con un enorme perdiguero negro sentado a su lado. Su rostro no reflejaba ni la expectación correspondiente a una demanda de sus servicios profesionales, ni la curiosidad despertaba al encontrar desconocidos en su puerta. Sus palabras explicaron el motivo.

– El DIC de Scotland Yard -dijo, con un rápido cabeceo-. El sargento Hawkins dijo que vendría hoy.

Lynley exhibió su tarjeta de identidad y presentó a St. James, a quien Shepherd dijo, tras una mirada calculadora:

– Se aloja en el hostal, ¿verdad? Le vi anoche.

– Mi mujer y yo vinimos para ver al señor Sage.

– La pelirroja. Esta mañana, paseaba cerca del embalse.

– Fue a dar un paseo por los páramos.

– La niebla cae deprisa en esos lugares. No es un sitio muy apropiado para pasear, si se desconoce el terreno.

– Se lo diré.

Shepherd retrocedió. El perro se levantó de inmediato y empezó a gruñir.

– Tranquilo -dijo Shepherd-. Vuelve a la chimenea.

El perro, obediente, trotó hacia otra habitación.

– ¿Lo utiliza para trabajar? -preguntó Lynley.

– No. Solo para cazar.

Shepherd movió la cabeza en dirección a un perchero que se erguía en un extremo del vestíbulo alargado. Debajo, se alineaban tres pares de botas de agua, dos de las cuales estaban manchadas de barro reciente. Al lado, había una cesta de leche metálica. El capullo de un insecto, emigrado mucho tiempo atrás, colgaba de un hilo pegado a una de las barras. Shepherd esperó, mientras Lynley y St. James colgaban sus abrigos. Después, les guió por el pasillo en la dirección que había tomado el perdiguero.

Entraron en una sala de estar, donde ardía un fuego, y un hombre de más edad estaba colocando un pequeño tronco sobre las llamas. Pese a los años de diferencia, era obvio que se trataba del padre de Colin Shepherd. Compartían muchas similitudes: la estatura, el pecho musculoso, la cintura estrecha. El cabello era diferente, más escaso y del color arena que adopta el pelo rubio cuando vira hacia gris. Los dedos largos, la sensibilidad y la seguridad de las manos del hijo se habían convertido, en su caso, en grandes nudillos y uñas hendidas.

El padre se frotó las manos, como para limpiarlas de polvillo. Extendió la mano a modo de saludo.

– Kenneth Shepherd -dijo-. Inspector jefe detective, jubilado. DIC de Hutton-Preston. Supongo que ya lo sabrán, ¿no?

– El sargento Hawkins me ha transmitido la información.

– Como era su deber. Me alegro de conocerles. -Dirigió una mirada a su hijo-. ¿Has ofrecido algo a estos caballeros, Col?

La expresión del agente no cambió, pese al tono afable de su padre. Sus ojos siguieron vigilantes, detrás de las gafas de concha.

– Cerveza -dijo-. Whisky. Coñac. Tengo un jerez que ha estado almacenando polvo durante seis años.

– A tu Annie le encantaba el jerez, ¿verdad? -dijo el inspector jefe-. Descanse en paz. Yo me tomaré uno. ¿Y ustedes?

– Nada -dijo Lynley.

– No, gracias -dijo St. James.

Shepherd se acercó a una mesa auxiliar, sirvió un jerez a su padre y algo de otra botella para él. Mientras tanto, Lynley paseó la vista por la sala.

Los muebles escaseaban, al estilo de un hombre que compra al azar cuando la necesidad es perentoria y no le importa el aspecto de sus posesiones. El respaldo de un sofá sitiado estaba cubierto por una manta tejida a mano de cuadrados multicolores, que conseguía ocultar casi todas las anémonas rosas, enormes pero piadosamente desteñidas, que decoraban la tela. Nada, excepto su raído tapizado, cubría los dos sillones de orejas desparejados, cuyos brazos estaban desnudos, y los respaldos desgastados, a causa de las generaciones de cabezas que se habían apoyado en ellos. Aparte de una mesa de café, una lámpara de pie de latón y la mesa auxiliar sobre la que descansaban las botellas de licor, el único objeto de interés colgaba en la pared. Era una vitrina que albergaba una colección de rifles y escopetas. Eran las únicas cosas de la sala que parecían cuidadas, compañeras sin duda del perdiguero que se había desplomado sobre una manta vieja y manchada frente al fuego. Sus patas, como las botas de agua del recibidor, estaban manchadas de barro.

– ¿Caza aves? -preguntó Lynley, y dirigió una mirada a las armas.

– Ciervos también, hace tiempo, pero me he retirado. La presa nunca recompensaba la espera.

– En teoría, sí, pero nunca sucede, ¿verdad?

El inspector jefe, con la copa de jerez en la mano, indicó el sofá y las sillas.

– Siéntense -dijo, y se dejó caer en el sofá-. Acabamos de dar un paseo y nos irá bien descansar los pies. Me marcharé dentro de un cuarto de hora. Una jovencita de cincuenta y ocho años me espera para cenar en su pensión, pero nos queda tiempo para charlar.

– ¿No vive en Winslough? -preguntó St. James.

– Hace años que no. Necesito un poco de acción y otro poco de carne femenina dispuesta a pasarlo bien. En Winslough no hay nada de lo primero, y lo que queda de lo segundo está atado y bien atado desde hace tiempo.

El agente se acercó con su copa al fuego, se acuclilló y acarició la cabeza del perdiguero. En respuesta, Leo abrió los ojos y apoyó la barbilla sobre el zapato de Shepherd. Agitó la cola satisfecho.

– Te has metido en el barro -dijo Shepherd, y tiró con cariño de las orejas del perro-. Menudo bribonzuelo estás hecho.

Su padre resopló.

– Perros. Joder. Se te meten dentro como las mujeres.

Fue una invitación a que Lynley formulara la pregunta con toda naturalidad, aunque estaba seguro de que aquella no había sido la intención del inspector jefe, como estaba seguro de que la visita del hombre a su hijo no tenía nada que ver con un paseo vespertino por los páramos.

– ¿Qué puede contarnos sobre la señora Spence y la muerte de Robin Sage?

– No entra dentro de las atribuciones del Yard, ¿verdad?

Si bien lo dijo con bastante cordialidad, la respuesta del inspector jefe fue demasiado rápida, como si la hubiera preparado de antemano.

– ¿Oficialmente? No.

– ¿Y extraoficialmente?

– Supongo que será consciente de las irregularidades de la investigación, inspector jefe. La ausencia del DIC. La relación de su hijo con la autora del crimen.

– Crimen no, accidente.

Colin Shepherd levantó la vista del perro, la copa sujeta con desenvoltura en su mano. Siguió acuclillado junto al fuego. Un aldeano de pies a cabeza, que sin duda podría continuar en aquella posición durante muchas horas sin la menor incomodidad.

– Una decisión irregular, pero no ilegal -dijo el inspector jefe-. Colin pensó que podía tomarla. Yo estuve de acuerdo. Manejó bien la situación. Yo estuve con él casi todo el tiempo, de modo que si ha sido la ausencia del DIC lo que ha puesto nervioso al Yard, el DIC estuvo aquí todo el tiempo.

– ¿Estuvo usted presente en todos los interrogatorios?

– En los importantes, sí.

– Inspector jefe, sabe muy bien que eso es más que irregular. No necesito decirle que cuando se ha cometido un crimen…

– Pero no fue un crimen -dijo el agente. Su mano seguía sobre el perro, pero tenía los ojos clavados en Lynley. No los movió-. El equipo encargado de analizar el escenario de los hechos registró los páramos, miró debajo de las piedras y comprendió bien la situación antes de una hora. No fue un crimen. Fue un accidente, punto. Yo lo vi así. El juez de instrucción lo vio así. El jurado lo vio así. Fin de la historia.

– ¿Estuvo seguro desde el principio?

El perro se agitó inquieto cuando la mano que le acariciaba se tensó.

– Por supuesto que no.

– No obstante, aparte de la presencia inicial del equipo encargado de analizar el lugar de los hechos, tomó la decisión de no implicar a su DIC, las personas que están preparadas para determinar si una muerte es un accidente, un suicidio, o un asesinato.

– Yo tomé la decisión -dijo el inspector jefe.

– ¿Basándose en qué?

– En una llamada telefónica mía -contestó su hijo.

– ¿Informó de la muerte a su padre, en lugar de a la sede del departamento en Clitheroe?

– Informé a los dos. Dije a Hawkins que yo me ocuparía. Papá lo confirmó. Todo me pareció muy claro en cuanto hablé con Juliet… con la señora Spence.

– ¿Y el señor Spence? -preguntó Lynley.

– No existe.

– Entiendo.

El agente bajó los ojos y dio vueltas al licor en su mano.

– Esto no tiene nada que ver con nuestra relación.

– Pero añade una complicación. Estoy seguro de que lo comprende.

– No fue un asesinato.

St. James se inclinó hacia delante en el sillón de orejas que había elegido.

– ¿Por qué está tan seguro? ¿Por qué estuvo tan seguro hace un mes, agente?

– Ella carecía de móvil. No conocía al hombre. Era la tercera vez que se encontraban. La perseguía para que fuera a la iglesia, y quería hablar sobre Maggie.

– ¿Maggie? -preguntó Lynley.

– Su hija. Juliet tenía algunos problemas con ella y el vicario intervino. Quería ayudar. Mediar entre ellas, ofrecer consejo, esas cosas. Esa era su relación, en una palabra. ¿Tenía que llamar al DIC para que le leyeran sus derechos por eso, o usted habría preferido un móvil antes?

– Medios y oportunidad son poderosos indicadores por sí solos -replicó Lynley.

– Eso es una chorrada, y usted lo sabe -intervino el jefe inspector.

– Papá…

El padre de Shepherd le indicó que callara con un movimiento de su copa.

– Yo tengo el medio de asesinar cada vez que me siento al volante de mi coche. Tengo la oportunidad cuando piso el acelerador. ¿Sería un asesinato, inspector, si arrollara a alguien que se cruzara en el camino de mi coche? ¿Sería necesario llamar al DIC por ello, o podríamos considerarlo un accidente?

– Papá…

– Si esa es su argumentación, cuya validez no negaré en este momento, ¿para qué implicar al DIC en su persona?

– Porque está liado con esa mujer, por el amor de Dios. Pidió que estuviera a su lado para ayudarle a conservar la objetividad. Y lo hizo. En todo momento.

– Mientras estuvo con él. Ha admitido antes que no estuvo presente en todas las entrevistas.

– No necesitaba para nada…

– Papá -interrumpió con brusquedad Shepherd. Su voz se calmó cuando prosiguió-. Las cosas se pusieron feas cuando Sage murió. Juliet entiende de plantas, y cuesta creer que confundiera cicuta con chirivía silvestre, pero eso fue lo que ocurrió.

– ¿Está seguro? -preguntó St. James.

– Por supuesto. Ella se puso enferma la noche que el señor Sage murió. Tenía una fiebre altísima. Tuvo cuatro o cinco ataques, hasta las dos de la madrugada. Díganme para qué iba a comer a sabiendas un poco del veneno natural más mortífero del mundo, con el fin de disfrazar un crimen de accidente, sin tener un motivo. La cicuta no es como el arsénico, inspector Lynley. Es imposible fabricarse una inmunidad contra ella. Si Juliet hubiera querido asesinar al señor Sage, no habría sido tan idiota como para ingerir parte de la cicuta. Habría podido morir.

– ¿Sabe con certeza que se encontró mal? -preguntó Lynley.

– Estaba allí.

– ¿En la cena?

– Después. Pasé un momento.

– ¿A qué hora?

– Hacia las once, después de la última patrulla.

– ¿Por qué?

Shepherd apuró los restos de su copa y la dejó en el suelo. Se quitó las gafas y dedicó un momento a limpiar los cristales con la manga de su camisa de franela.

– ¿Agente?

– Díselo, muchacho -intervino el inspector jefe-. Es la única manera de que se quede satisfecho.

Shepherd se encogió de hombros y volvió a ponerse las gafas.

– Quería saber si estaba sola. Maggie había ido a pasar la noche con una de sus amigas… Suspiró y removió los pies.

– ¿Creyó que Sage iba a hacer lo mismo con la señora Spence?

– Había ido tres veces. Juliet no me dio motivos para pensar que le había tomado como amante. Me hice preguntas, eso es todo. Me hice preguntas. No me siento orgulloso de ello.

– ¿Cabe la posibilidad de que hubiera tomado un amante sin conocerle apenas, agente?

Shepherd cogió su copa, vio que estaba vacía y la volvió a dejar sobre la mesa. Un muelle crujió en el sofá cuando el inspector jefe cambió de posición.

– ¿Podría ser, agente?

Las gafas del agente destellaron un momento cuando levantó la cabeza para mirar a Lynley.

– Es difícil saber eso de cualquier mujer, ¿no? Sobre todo de una mujer a la que amas.

Era cierto, admitió Lynley. Más de lo que deseaba. La gente alababa las virtudes de la confianza todo el tiempo. Se preguntó cuántas personas vivían confiadas, sin dudas acampadas siempre como gitanos inquietos en los límites de la conciencia.

– Supongo que Sage se había marchado cuando usted llegó -dijo.

– Sí. Ella dijo que se había ido a las nueve.

– ¿Dónde estaba Juliet?

– En la cama.

– ¿Indispuesta?

– Sí.

– ¿Y le dejó entrar?

– Llamé a la puerta. Como no contestó, entré.

– ¿La puerta no estaba cerrada con llave?

– Tengo llaves. -Vio que Lynley dirigía una veloz mirada en dirección a St. James-. Ella no me las dio -añadió-. Fue Townley-Young. Las llaves de la casa, de Cotes Hall, de toda la propiedad. El es el dueño. Ella, la vigilante.

– ¿Sabe ella que usted tiene llaves?

– Sí.

– ¿Como medida de precaución?

– Supongo.

– ¿Las utiliza a menudo, como parte de su patrulla nocturna?

– No. Por lo general, no.

Lynley vio que St. James miraba con aire pensativo al agente, con el entrecejo arrugado mientras se acariciaba la barbilla.

– ¿No fue un poco arriesgado entrar en la casa por la noche? -preguntó-. ¿Y si hubiera estado en la cama con el señor Sage?

Shepherd apretó la mandíbula, pero respondió con desenvoltura.

– Supongo que yo mismo le habría matado.

8

Deborah pasó el primer cuarto de hora en el interior de la iglesia de San Juan Bautista. Paseó por el pasillo central hacia el coro, y recorrió con un dedo enguantado las volutas que ribeteaban cada banco. Al otro lado del pulpito había un banco separado de los demás por una puerta de columnas retorcidas, sobre las cuales una pequeña placa de bronce llevaba la inscripción ennegrecida «Townley-Young». Deborah alzó el pestillo y entró, mientras se preguntaba qué clase de gente querría mantener la desagradable costumbre centenaria de segregarse de aquellos a los que consideraba socialmente inferiores.

Se sentó en el estrecho banco y miró a su alrededor. La atmósfera de la iglesia era rancia y helada, y cuando exhaló, su aliento flotó un instante ante su rostro, y luego se disipó como un cirro en el viento. El tablero de himnos colgaba en una columna cercana, con el listado de una selección destinada a algún servicio anterior. El primero era el 388. Deborah lo buscó en un himnario y leyó:

Señor Jesucristo, que en tu corazón llevas

el peso de nuestra vergüenza y pecado,

y ahora te rebajas a compartir

el combate exterior, el miedo interior,

Y luego bajó los ojos hacia

para que podamos cuidar, como tú cuidaste,

de los enfermos y lisiados, los sordos y los ciegos,

y compartir libremente, como tú compartiste,

todas las aflicciones de la humanidad.

Contempló las palabras con un nudo en la garganta, como si hubieran sido escritas precisamente para ella. Lo cual no era así.

Cerró el libro. Una bandera colgaba de una barra metálica a la izquierda del pulpito, y la examinó. La palabra «Winslough» estaba bordada en letras amarillas sobre un fondo azul desvaído. Debajo, habían trazado «San Juan Bautista» con retales acolchados, de los que asomaban delgadas masas de relleno, devanándose como la nieve sobre el campanario y la esfera del reloj. Se preguntó cuál sería el uso de la bandera, cuándo la habían colgado, si alguna vez había visto la luz del día, su antigüedad, quién la había confeccionado y por qué. Imaginó a una anciana de la parroquia ocupada en su diseño, ganándose la gracia del Señor puntada a puntada gracias a su ofrenda. ¿Cuánto tiempo habría tardado? ¿Qué clase de hilo habría utilizado? ¿La ayudó alguien? ¿Lo supo alguien? ¿Habría alguien que conservara para la posteridad este tipo de anécdotas?

Vaya juegos, pensó Deborah. Qué esfuerzo por controlar la mente. Qué importante era sentir la tranquilidad derivada de una visita a una iglesia y la comunión con el Señor.

No había venido para eso. Había venido porque un paseo por la carretera de Clitheroe a última hora de la tarde, en compañía de su marido y el mejor amigo de este, que había sido su amante anterior, que era el padre del hijo que habría podido tener (y que nunca tendría), parecía la mejor manera de escapar a la sensación de haber sido traicionada.

Arrastrada a Lancashire con falsos pretextos, pensó, y lanzó una débil risita ante la idea de que ella había sido la traidora definitiva.

Había encontrado los papeles de adopción encajados entre el pijama y los calcetines de Simon, y la indignación estrujó su espina dorsal al pensar en el engaño y en aquella intrusión en su escapada lejos de la vida real de Londres. Simon quería hablar sobre ello, le explicó cuando ella tiró los papeles sobre la cómoda. Pensaba que había llegado el momento de poner en claro toda la situación.

No había nada que poner en claro. Hablar sobre ello era enfrascarse en el tipo de conversación que giraba como un ciclón, ganaba velocidad y energía a expensas de los malentendidos, y obraba la destrucción mediante palabras proferidas con rabia y en defensa propia. Una familia no es la sangre, dijo en tono absolutamente razonable, porque bien sabía Dios que Simon Allcourt-St. James era científico, erudito y la razón personificada. Una familia es gente. Gente vinculada entre sí por el tiempo, la convivencia y la experiencia, Deborah. Forjamos nuestras relaciones mediante el toma y daca de los sentimientos, mediante la creciente sensibilidad hacia las necesidades de los demás, mediante el apoyo mutuo. El apego de un niño a sus padres no tiene nada que ver con quién le dio la vida. Surge de vivir día a día, de ser alimentado, de ser guiado, de tener a alguien, alguien consistente, en quien poder confiar. Tú ya lo sabes.

No es eso, no es eso, quiso decir ella, pese a sentir las lágrimas que tanto despreciaba impedirle hablar.

Entonces, ¿qué es? Dímelo. Ayúdame a entender.

Mío… no sería… tuyo. No sería nuestro. ¿Es que no lo ves? ¿Por qué no puedes entenderlo?

La miró sin hablar durante un momento, no para castigarla con una renuncia, como a veces pensaba ella que significaban sus silencios, sino para pensar y solucionar el problema. Estaba meditando qué línea de actuación podían adoptar, cuando lo único que deseaba ella era que Simon también llorara y expresara mediante sus lágrimas que comprendía su dolor.

Como él nunca lo había hecho, Deborah no dijo lo indecible. Ni siquiera se lo había dicho a ella misma. No quería sentir la pena que acompañaría a sus palabras. Luchó por erradicarlas de su conciencia, y para ello se apoyó en lo que bien sabía era la mayor virtud de Simon: jamás permitiría que ni una sola circunstancia le derrotara; tomaba la vida como venía y la doblegaba a su voluntad.

Ni siquiera te importa, eran las palabras que elegiría. Esto no significa nada para ti. No quieres entenderme.

Una discusión en plan ciclón era lo más conveniente.

Había salido a pasear por la mañana para evitar discusiones. En los páramos, con el viento azotando su cara, caminando por el terreno irregular, esquivando las ocasionales espinas de aulaga y abriéndose paso entre el brazo teñido de marrón por el invierno, se desentendió de todo, excepto del ejercicio en sí.

Ahora, sin embargo, la silenciosa iglesia no admitía coartadas. Podía examinar los monumentos conmemorativos, contemplar la luz agonizante que oscurecía los colores de las ventanas, leer los Diez Mandamientos de bronce que formaban los retablos y decidir cuántos había quebrantado hasta el momento. Podía rozar con los pies el suelo deformado por el tiempo del banco perteneciente a los Townley-Young y contar los agujeros producidos por las polillas que sembraban el manto del pulpito. Podía admirar el trabajo del crucifijo y el baldaquín. Podía prestar oídos al tono de las campanas. Pero no podía escapar a la voz de su conciencia, que hablaba la verdad y la obligaba a escuchar:

Llenar esos papeles significaría que me rindo. Sería admitir la derrota. Significaría que soy un fracaso como mujer. Significaría que el dolor disminuirá, pero nunca desaparecerá. Y eso no es justo. Es lo único que deseo… Esta cosa tan sencilla, tan inalcanzable.

Deborah se levantó y empujó la puerta que separaba el banco. Las palabras de Simon acompañaron al crujido:

¿Te estás castigando, Deborah? ¿Dice tu conciencia que has pecado y que la única expiación consiste en sustituir una vida por otra que tú hayas creado? ¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Lo estás haciendo por mí? ¿Crees que estás en deuda conmigo?

Tal vez, en parte. Porque Simon era el perdón personificado. Si hubiera sido otra clase de hombre -que se quejara o le echara en cara que el fracaso era culpa suya-, habría podido sobrellevar la carga con más facilidad. Le resultaba tan difícil perdonarse porque él no hacía otra cosa que buscar soluciones y expresar la alarma creciente que le causaba su salud.

Volvió sobre sus pasos hacia la puerta norte de la iglesia, caminando sobre la raída alfombra roja. Salió al exterior. Se estremeció al notar el frío, cada vez más intenso, y embutió la bufanda dentro del cuello de su abrigo. Al otro lado de la calle, dos coches continuaban aparcados en el camino particular del agente. La luz del porche estaba encendida, pero nadie se movía detrás de la ventana delantera.

Deborah se desvió y entró en el cementerio. El terreno era irregular como en los páramos, estaba bordeado de zarzales, y un matorral de cornejo de un rojo rabioso rodeaba una tumba. Sobre ella se alzaba un ángel con la cabeza gacha y los brazos extendidos, como dispuesto a lanzarse sobre los tallos color fuego.

No se había hecho gran cosa para conservar las tumbas. El señor Sage llevaba muerto un mes, pero la falta de preocupación por el entorno de la iglesia parecía remontarse a bastante tiempo atrás. El sendero estaba invadido por malas hierbas. Hojas negras y muertas cubrían las tumbas. Las lápidas se veían manchadas de barro y teñidas por el verde de los líquenes.

Entre todas, una tumba se destacaba como un mudo reproche al estado en que se encontraban las demás por culpa del clima y el desinterés. Estaba muy limpia. Habían podado el manto de hierba que la cubría. La lápida estaba inmaculada. Deborah se acercó a examinarla.

«Anne Alice Shepherd», rezaba la inscripción grabada. Tenía veintisiete años cuando murió. Había sido la «querida esposa» de alguien en vida, y si el estado de la tumba servía de indicación, también era la querida esposa de alguien en la muerte.

Un brillo de color atrajo la atención de Deborah. Parecía tan desplazado como el cornejo rojo en la, por otra parte, congruencia cromática del cementerio, y se agachó para examinar la base de la lápida, donde dos brillantes óvalos rosados entrelazados destellaban sobre un lecho de algo gris. Después de su primera inspección, dio la impresión de que el gris se desprendiera de la lápida de mármol, como si la piedra se estuviera desintegrando, pero un examen más detenido reveló que se trataba de un montoncillo de cenizas, en cuyo centro se había depositado con sumo cuidado una piedra aún más pequeña y lisa. Sobre ella se habían pintado los dos óvalos entrelazados que había visto primero, dos anillos de un rosa fluorescente, perfectamente ejecutados, los dos del mismo tamaño.

Se le antojó una extraña ofrenda a la muerta. El invierno exigía guirnaldas de acebo y adornos de enebro. En el peor de los casos, se resignaba a aquellas siniestras flores de plástico encerradas en cajas de plástico que criaban moho en su interior. Pero ¿cenizas, una piedra y, como observó en aquel momento, cuatro astillas de madera que sujetaban la piedra?

La tocó con los dedos. Era suave como el cristal, y casi perfectamente lisa. La habían colocado sobre la tierra, en el centro de la lápida, pero yacía entre las cenizas como un mensaje para los vivos, en lugar de un cálido homenaje a los muertos.

Dos anillos, entrelazados. Deborah cogió la piedra con cuidado, sin mover las cenizas; era del tamaño y peso de una moneda de una libra. Se quitó un guante y notó la frialdad de la piedra, como un charco de agua estancada en su palma.

Pese a su color extraño, los anillos le recordaron las alianzas matrimoniales, del tipo que se solían ver grabadas en oro o en las invitaciones. Al igual que sus hermanos de papel, eran como aquellos círculos perfectos de los que siempre hablaban los sacerdotes, los círculos perfectos de la unión y la unidad que un matrimonio sólido se suponía encarnaba. «Una unión de cuerpos, almas y mentes», había dicho el ministro en su propia boda, más de dos años antes. «Estas dos personas presentes ante nosotros se han convertido ahora en una.»

Solo que jamás ocurría de esa manera en la vida de nadie, por lo que Deborah sabía. Había amor, y en él crecía la confianza. Había intimidad, que aportaba el calor de la seguridad. Había pasión, que proporcionaba, momentos de dicha. Pero si dos corazones debían latir como uno y dos mentes debían pensar de la misma manera, esa integración no se había dado entre Simon y ella. O si había ocurrido, el triunfo de su logro había sido efímero.

No obstante, había amor entre ellos. Era inmenso, subsumía la mayor parte de su vida. Era incapaz de imaginar un mundo sin amor, pero se preguntaba si el amor que les unía sería suficiente para aplacar el miedo y alcanzar la comprensión.

Sus dedos se cerraron alrededor de la piedra, con sus dos anillos rosa pintados sobre la superficie. La guardaría como un talismán. Sería como un fetiche de lo que la unidad matrimonial debía producir en teoría.

– Esta vez sí que la has liado bien. Lo sabes, ¿verdad? Se han puesto a investigar de nuevo la muerte y no tienes ni la menor oportunidad de impedírselo. Lo comprendes, ¿verdad?

Colin llevó su copa de whisky a la cocina. La dejó bajo el grifo. Aunque no había platos en el fregadero, en la encimera o en la mesa, vertió detergente con aroma a limón en el interior de la copa y la roció de agua hasta que se formaron burbujas. Ascendieron hacia el borde y resbalaron por un lado, mientras el agua se desbordaba como la espuma de una Guinnes.

– Tu carrera está en entredicho. Todo el mundo se enterará de esto, desde los sabuesos del agente Nit de Borstal hasta el Consejo del Condado de Hutton-Preston. Te das cuenta, ¿verdad? Te ha caído una mancha encima, Col, y cuando haya una vacante en el DIC, nadie lo olvidará. Lo ves, ¿verdad?

Colin desenrolló el estropajo de lavar los platos de la base del grifo y lo hundió en el vaso con la misma precisión que utilizaba cuando limpiaba una escopeta. Lo estrujó hasta convertirlo en una bola, restregó las paredes del vaso y lo deslizó con cuidado a lo largo del borde. Era curioso lo mucho que añoraba a Annie en momentos inesperados como aquel. Siempre ocurría sin previo aviso, una súbita oleada de dolor y anhelo que surgía de sus ingles y terminaba cerca del corazón, y siempre por obra de algo tan normal que jamás se paraba a pensar en la insidia de la acción que la precipitaba. Siempre le sorprendía desarmado, y nunca dejaba de afectarle.

Parpadeó. Un temblor le sacudió. Frotó el vaso aún con más energía.

– Crees que puedo ayudarte en este momento, ¿eh, muchacho? -continuó su padre-. Intervine una vez…

– Porque quisiste. Yo no te necesitaba, papá.

– ¿Has perdido el juicio? ¿Te has vuelto imbécil? ¿Te ha sorbido el seso esa tía?

Colin enjuagó el vaso, lo secó con el mismo cuidado que había empleado para lavarlo y lo colocó al lado de la tostadora, la cual, observó, estaba cubierta de polvo y llena de migas en la parte superior. Solo entonces miró a su padre.

El inspector jefe estaba de pie en el umbral como era su costumbre, impidiéndole huir. La única forma de evitar una conversación era empujarle a un lado, atarearse en la despensa o revolver en el garaje. En cualquier caso, su padre le seguiría. Colin sabía cuándo el inspector jefe estaba a punto de estallar.

– ¿En qué cojones estabas pensando? -preguntó su padre-. ¿En qué mierda estabas pensando?

– Ya hemos hablado de esto antes. Fue un accidente. Se lo dije a Hawkins. Seguí el procedimiento.

– ¡Y una mierda! Tenías un cadáver en las manos que olía a asesinato por cada poro. La lengua mordida hasta quedar reducida a trizas. El cuerpo hinchado como un cerdo. Toda la zona removida como si se hubiera peleado con un demonio. ¿Y lo llamas accidente? ¿Eso le dijiste a tu oficial superior? Hostia, no entiendo por qué no te han puesto de patitas en la calle ya.

Colin cruzó los brazos sobre el pecho, se apoyó contra la encimera y se obligó a respirar con lentitud. Ambos sabían por qué. Expresó con palabras la respuesta.

– Tú no les diste la oportunidad, papá. En cuanto a eso, tampoco me la diste a mí.

El rostro de su padre se inflamó.

– ¡Dios Santo! ¿Una oportunidad? No estamos hablando de un juego. Se trata de vida y muerte. Sigue siendo vida y muerte. Solo que esta vez, jovencito, te has quedado solo.

Se había subido las mangas de la camisa al entrar en la casa, cuando volvieron del paseo. Ahora, empezó a bajarlas. En la pared de su derecha, el reloj en forma de gato de Annie agitaba su péndulo/cola negro y sus ojos se movían con cada tictac. Estaba a punto de marcharse. Le esperaba su poco de carne femenina. Lo único que debía hacer Colin era esperar a que se fuera.

– Las circunstancias sospechosas exigen la intervención del DIC. Ya lo sabes, ¿verdad, muchacho?

– El DIC vino.

– ¡Vino su jodido fotógrafo!

– Vino el equipo encargado de examinar el lugar de los hechos. Vieron lo que yo vi. No había señales de que el señor Sage hubiera estado acompañado. Solo sus pisadas en la nieve. Ningún testigo vio a otra persona en el sendero aquella noche. La tierra estaba removida porque sufrió convulsiones. Su aspecto delataba a voz en grito que había padecido un ataque. No necesitaba a ningún DIC para saberlo.

Su padre apretó los puños. Levantó los brazos, y luego los dejó caer.

– Eres tan tozudo como hace veinte años. E igual de estúpido.

Colin se encogió de hombros.

– No tienes la menor elección. Lo sabes, ¿verdad? Todo el jodido pueblo sospecha de ese coño húmedo al que has tomado tanta afición.

Colin cerró un puño. Abrió la mano con un esfuerzo.

– Ya basta, papá. Lárgate. Si no recuerdo mal, a ti también te espera esta noche un coño húmedo.

– No eres demasiado mayor para que te dé una paliza, muchacho.

– Es cierto, pero quizá esta vez perdieras.

– Después de lo que hice…

– No era necesario que hicieras nada. No te pedí que vinieras. No te pedí que me siguieras a todas partes como un sabueso que olfatea a un zorro. Tenía la situación controlada.

Su padre emitió un fuerte resoplido de desdén.

– Tozudo, estúpido, y también ciego. -Se encaminó hacia la puerta principal, donde se puso la chaqueta e introdujo el pie izquierdo en una bota-. Tienes suerte de que hayan venido.

– No les necesito. Ella no hizo nada.

– Excepto envenenar al vicario.

– Accidentalmente, papá.

Su padre se embutió la segunda bota y se incorporó.

– Reza por ello, hijo, porque sobre tu cabeza pende una nube del copón. En el pueblo. En Clitheroe. Hasta en Hutton-Preston. Y la única forma de que se disipe es que el DIC del Yard no huela nada feo en la cama de tu amiga.

Extrajo los guantes de piel del bolsillo y empezó a ponérselos. No habló hasta encasquetarse la gorra picuda en su cabeza. Después, dirigió una mirada penetrante a su hijo.

– Has sido sincero conmigo, ¿verdad? ¿No me habrás ocultado nada?

– Papá…

– Porque si la has encubierto, estás acabado. Hundido. Condenado. Esa es la película. Lo entiendes, ¿verdad?

Colin percibió angustia en los ojos de su padre, y también en su voz, disimulada bajo la ira. Sabía que expresaba cierta preocupación paternal, pero también sabía, más allá del hecho de que encubrir a una posible asesina desembocaría en una investigación y un juicio, lo que más molestaba a su padre: el estupor que le causaba la falta de ambiciones de su hijo. Colin nunca había aspirado a grandes cosas. No deseaba un cargo de más responsabilidad ni el derecho a sentarse cómodamente detrás de un escritorio. Tenía treinta y cuatro años, y seguía siendo agente de policía de un pueblo, y su padre sospechaba que debía existir un buen motivo. «Me gusta» no sería suficiente. «Me encanta vivir en el campo» jamás resultaría. El inspector jefe habría podido aceptar «No puedo abandonar a mi Annie» un año atrás, pero montaría en cólera si Colin hablaba de Annie mientras Juliet Spence formara parte de su vida.

Y ahora, planeaba el peligro de una humillación en potencia si se demostraba que su hijo había encubierto un crimen. Se quedó tranquilo cuando el jurado del juez de instrucción anunció su veredicto. Estaría muerto de miedo hasta que Scotland Yard finalizara su investigación y verificara que no había sido un crimen.

– Colin -repitió su padre-, has sido sincero conmigo, ¿verdad? ¿No me habrás ocultado nada?

Colin le miró a los ojos. Se sintió orgulloso de poder hacerlo.

– No te he ocultado nada -contestó.

Solo cuando Colin cerró la puerta, después de que su padre saliera, notó que sus piernas flaqueaban. Aferró el pomo y apoyó la cabeza contra la madera.

No tenía por qué preocuparse. Nadie necesitaría saberlo jamás. Ni siquiera había pensado en ello hasta que el hombre de Scotland Yard formuló la pregunta e invocó el recuerdo de Juliet y su pistola.

Había ido a hablar con ella tras recibir tres airadas llamadas telefónicas de tres asustados padres, cuyos hijos habían estado de parranda en los terrenos de Cotes Hall. Ella llevaba viviendo un año en la casa del vigilante, una mujer alta, angulosa y reservada, que ganaba dinero cultivando plantas y elaborando pociones, que paseaba a buen paso por los páramos con su hija, y que raras veces bajaba al pueblo. Compraba verduras en Clitheroe. Compraba elementos de jardinería en Burnley. Examinaba trabajos manuales, vendía plantas y secaba hierbas en Laneshawbridge. En ocasiones, salía con su hija de excursión, pero sus elecciones eran siempre algo peculiares, como el Museo Textil Lewis en lugar del castillo de Lancaster, o la colección de casas de muñecas de Houghton Tower en lugar de las distracciones de Blackpool, junto al mar. Pero todo eso lo descubrió más tarde. Al principio, mientras traqueteaba por la surcada senda en su viejo Land Rover, solo pensaba en la estupidez de una mujer que había disparado en la oscuridad contra tres muchachos que imitaban ruidos de animales en la linde del bosque. Y con una escopeta. Podría haber pasado cualquier cosa.

Aquella tarde, el sol se filtraba por el robledal. Gotas verdes cubrían las ramas de los árboles, mientras un día de finales de invierno daba paso a la primavera. Estaba tomando una curva de la estropeada carretera que los Townley-Young se habían negado a reparar durante casi toda una década, cuando por la ventana abierta se coló el penetrante perfume del espliego cortado, y con él uno de aquellos dolorosos recuerdos de Annie. Fue tan cegador, tan momentáneamente real, que pisó el freno, casi a la espera de verla venir corriendo desde el bosque, donde se había plantado gran cantidad de espliego al borde de la carretera más de cien años antes, cuando Cotes Hall aguardaba con todo dispuesto al novio que nunca llegó.

Annie y él habían frecuentado aquel lugar miles de veces, y ella solía arrancar ramas de espliego mientras paseaba por la senda. El aire se impregnaba del perfume de las flores y el follaje, y Annie guardaba los brotes para introducirlos en saquitos que colocaba entre las prendas de lana e hilo de su casa. Colin recordaba muy bien aquellos saquitos, pequeñas bolsas de gasa atadas con cintas púrpura deshilachadas. Siempre se partían antes de una semana. Él siempre sacudía trocitos de lavanda de sus calcetines y de las sábanas. Y pese a sus protestas -«Para ya, muchacha. ¿De qué sirven?»- ella continuaba encajando bolsas en todos los rincones de la casa, incluso una vez en los zapatos de Colin, mientras explicaba: «Polillas, Col. No querrás tener polillas, ¿verdad?».

Después de su muerte, Colin liberó la casa de los saquitos, en un intento infructuoso de liberar la casa de ella. Barrió las medicinas de la mesilla de noche, bajó sus vestidos de las perchas y tiró sus zapatos en bolsas de basura, trasladó sus botellas de perfume al patio trasero y las rompió una a una con un martillo, como si ese ejercicio pudiera aplacar su ira, y luego fue en busca de los saquitos de Annie.

Pero el olor del espliego siempre la materializaba ante él. Aún era peor por las noches, cuando sus sueños permitían que la viera, la recordara y anhelara aquello que había sido. De día, cuando solo el perfume le embrujaba, estaba fuera de su alcance, como un susurro arrastrado por el viento. Pensó: «Annie, Annie», y contempló la senda con las manos aferradas al volante.

Por lo tanto, no vio a Juliet Spence hasta pasados unos momentos, lo cual proporcionó a la mujer cierta ventaja sobre él; a veces, pensaba que aún la mantenía.

– ¿Se encuentra bien, agente?

Él asomó la cabeza por la ventanilla abierta y vio que la mujer había salido del bosque con una cesta sobre el brazo y las rodilleras de sus tejanos incrustadas de barro.

No le pareció extraño que la señora Spence supiera quién era. El pueblo era pequeño. Le habría visto antes, aunque nunca les hubieran presentado. Además, Townley-Young le habría dicho que él hacía visitas periódicas a Cotes Hall, como parte de sus rondas nocturnas. Tal vez le había visto desde la ventana de su casa, cuando deambulaba por el patio y la luz de su linterna resbalaba sobre las ventanas de la mansión, para comprobar que su deterioro se encontraba en manos de la naturaleza y no era usurpado por el hombre.

Hizo caso omiso de la pregunta y salió del Rover.

– Es la señora Spence, ¿verdad? -preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

– Sí.

– ¿Es consciente del hecho de que anoche disparó su escopeta en dirección a tres chicos de doce años? ¿En dirección a niños, señora Spence?

Llevaba en la cesta extraños ejemplares de verduras, raíces y ramitas, junto con un desplantador y unas tijeras de podar. Sacó el desplantador, quitó un grueso terrón de barro pegado a su extremo, y se pasó los dedos a lo largo de los tejanos. Tenía las manos grandes y sucias, y las uñas rotas. Parecían de hombre.

– Venga a casa, señor Shepherd -dijo.

Giró en redondo y se internó en el bosque, mientras Colin traqueteaba por la carretera durante el último kilómetro. Cuando entró en el patio de grava y se detuvo a la sombra de la mansión, la mujer ya se había desprendido de la cesta, sacudido el barro de sus tejanos, lavado las manos con tal empeño que parecían escoriadas y puesto a hervir una tetera. La puerta principal estaba abierta y Colin subió el único peldaño que hacía las veces de porche.

– Estoy en la cocina, agente -dijo la mujer-. Entre.

Té, pensó. Preguntas y respuestas controladas por el ritual de servir la infusión, pasar azúcar y leche, partir Hob Nobs sobre una bandeja floreada y astillada. Muy astuta, pensó.

Pero en lugar de preparar té, la mujer vertió poco a poco el agua hirviente en una cacerola metálica grande, que contenía tarros de cristal ya cubiertos de agua. Puso la cacerola al fuego.

– Hay que esterilizar las cosas -explicó-. La gente muere con facilidad cuando alguien es lo bastante imprudente para hacer conservas sin esterilizar primero.

Colin paseó la mirada por la cocina y trató de echar un vistazo a la despensa. Era una época del año muy extraña para sus propósitos.

– ¿Qué conserva?

– Yo podría hacerle la misma pregunta a usted.

Se acercó a una alacena, bajó dos vasos y una garrafa, de la que sirvió un líquido, cuyo color oscilaba entre el ámbar y un tono tierra. Era turbio, y cuando la mujer dejó un vaso ante él sobre la mesa donde se había sentado sin esperar a que le invitara, en un intento de afirmar cierta autoridad, lo cogió y olió con suspicacia. ¿A qué olía? ¿A corcho? ¿A queso viejo?

La mujer rió y dio un buen sorbo. Dejó la garrafa sobre la mesa, se sentó frente a él y rodeó el vaso con las dos manos.

– Adelante -dijo-. Está hecho de diente de león y saúco. Yo bebo cada día.

– ¿Para qué sirve?

– Yo lo uso como purgante. Sonrió y volvió a beber.

Colin levantó el vaso. Ella le observó. No a las manos cuando las levantó, no a la boca cuando bebió, sino a los ojos. Esto fue lo que más le impresionó cuando meditó después en su primer encuentro: que ella no le quitó la vista de encima ni un momento. El también sentía cierta curiosidad y reunió rápidas impresiones sobre la mujer: no llevaba maquillaje; su cabello empezaba a encanecer, pero apenas se veían arrugas en su piel, de modo que no podía ser mucho mayor que él; emanaba un vago olor a sudor y tierra, y una mancha de polvo sobre su ojo parecía una marca de nacimiento oval; llevaba camisa de hombre, muy grande, de cuello deshilachado y mangas rotas; en la V que descendía hasta el primer botón abrochado, vio el arco inicial de un pecho; tenía las muñecas grandes, los hombros anchos; imaginó que podrían intercambiarse la ropa.

– Las cosas son así -dijo ella en voz baja. Tenía los ojos oscuros, y las pupilas tan grandes que parecían negros-. Al principio, es el temor a algo más grande que usted, algo sobre lo cual carece de control y apenas comprende, oculto en el cuerpo de su mujer y que posee un poder propio. Después, aparece la cólera contra la asquerosa enfermedad que ha irrumpido en sus vidas y las ha desbaratado. Luego, llega el pánico, porque nadie tiene respuestas que usted pueda creer, y todas las respuestas son diferentes. Luego, el sufrimiento de verse abrumado por ella y su enfermedad, cuando lo único que deseaba, aquello a lo que se comprometió y juró respetar, era una esposa, una familia y normalidad. Luego, viene el horror de estar atrapado en casa con la visión, el olor y el sonido de su agonía. Pero por extraño que parezca, al final todo se transforma en el tejido de su vida, la forma de vivir como marido y mujer. Se acostumbra a las crisis y a los momentos de respiro. Se acostumbra a las sombrías realidades de los orinales, las palanganas, los vómitos y la orina. Comprende lo importante que es usted para ella. Es su ancla, su salvación, su cordura. Y sus necesidades se convierten en algo secundario, sin importancia, egoístas, incluso repugnantes, a la luz del papel que usted juega para ella. Cuando todo termina y ella muere, por tanto, usted no se siente liberado como piensan los demás. En cambio, siente una especie de locura. Los demás dicen, es una bendición que Dios se la haya llevado, pero usted sabe que Dios no existe, solo aquella herida abierta en su vida, el hueco que era el espacio ocupado por ella, la forma en que la necesitaba, cómo llenaba sus días.

Sirvió más líquido en su vaso. Quiso responder algo, pero aún deseaba huir más, para no tener que hacerlo. Se quitó las gafas, alejando la cabeza en lugar de levantarlas del puente de la nariz, y de esa manera consiguió apartar los ojos de ella.

– La muerte solo es una liberación para el que muere -continuó la mujer-. Para el que sobrevive, es un infierno cuyo rostro no cesa de cambiar. Usted cree que se sentirá mejor. Cree que el dolor desaparecerá algún día. Pero nunca sucede. Por completo, no. Y los únicos capaces de comprenderlo son los que han pasado por lo mismo que usted.

Por supuesto, pensó Colin. Su marido.

– Yo la quería -dijo-. Después, la odié. Después, la volví a querer. Necesitaba más de lo que yo podía dar.

– Le dio lo que pudo.

– Al final, no. No fui fuerte cuando debía. Me puse en primer lugar, cuando agonizaba.

– Quizá no podía aguantar más.

– Ella sabía lo que yo había hecho. Jamás dijo una palabra, pero lo sabía.

Se sentía atrapado, con las paredes demasiado cercanas. Se caló las gafas. Se levantó de la mesa y caminó hasta el fregadero, donde enjuagó su vaso. Miró por la ventana. No daba a la mansión, sino al bosque. Vio que la mujer había plantado un extenso jardín. Había reparado el antiguo invernadero. A un lado había una carretilla, llena de algo que parecía estiércol. La imaginó hincándola en la tierra, con los movimientos enérgicos y fuertes que sus hombros prometían. Sudaría. Se detendría para secarse la frente con la manga. No llevaría guantes, pues desearía sentir el mango de madera de la pala y el calor de la tierra bañada por el sol, y cuando tuviera sed, el agua que bebería resbalaría por las comisuras de sus labios hasta mojar su cuello. Un pequeño riachuelo se deslizaría entre sus pechos.

Se obligó a volver la cabeza hacia ella.

– ¿Tiene una escopeta, señora Spence?

– Sí.

Siguió donde estaba, si bien cambió de posición, con un codo sobre la mesa y una mano curvada alrededor de una rodilla.

– ¿La disparó anoche?

– Sí.

– ¿Por qué?

– El terreno está vallado, agente. Cada cien metros, aproximadamente.

– Hay un sendero de uso público. Usted lo sabe muy bien, al igual que Townley-Young.

– Esos chicos no estaban en el sendero que conduce a Cotes Fell, ni se dirigían hacia el pueblo. Estaban en el bosque, detrás de la casa, y subían hacia la mansión.

– Parece muy segura.

– Claro que lo estoy, por el sonido de sus voces.

– ¿Les advirtió verbalmente?

– Dos veces.

– ¿No pensó en telefonear para pedir ayuda?

– No necesitaba ayuda. Solo necesitaba librarme de ellos. Lo cual, como usted sin duda reconocerá, hice a la perfección.

– Con una escopeta, que disparó hacia los árboles con balas…

– Con sal. -Se pasó el pulgar y el dedo medio por el cabello. Era un gesto que delataba más impaciencia que vanidad-. La escopeta estaba cargada con sal, señor Shepherd.

– ¿La carga con algo más?

– En ocasiones, sí, pero cuando lo hago, no disparo a niños.

Colin observó por primera vez que llevaba pendientes, pequeños botones dorados que captaban la luz cuando volvía la cabeza. Eran las únicas joyas que exhibía, salvo una alianza que, como la suya, carecía de adornos y era tan delgada como la mina de un lápiz. También captó la luz cuando sus dedos tamborilearon impacientes sobre la rodilla. Tenía las piernas largas. Vio que se había quitado las botas en algún sitio y llevaba calcetines grises en los pies.

– Señora Spence -dijo, porque necesitaba hablar para concentrar su atención-, las armas son peligrosas en manos de gente sin experiencia.

– Si hubiera querido herir a alguien, señor Spence, lo habría hecho, créame.

Se puso en pie. Colin esperaba que cruzara la cocina, llevara el vaso al fregadero, devolviera la garrafa a la alacena, e invadiera su territorio.

– Acompáñeme -dijo, sin embargo.

La siguió a la sala de estar, que había atravesado antes camino de la cocina. La luz del atardecer caía en franjas sobre la alfombra; destellos y sombras recorrieron a la mujer cuando se acercó a un viejo aparador apoyado contra una pared. Abrió el cajón superior izquierdo. Sacó un paquete envuelto en tela de toalla y atado con un cordel. Una vez desatado y desenvuelto, reveló una pistola. Un revólver, de aspecto bien aceitado.

– Acompáñeme -repitió la mujer.

La siguió hasta la puerta principal. Seguía abierta, y la brisa de marzo revolvió el cabello de su anfitriona. Al otro lado del patio, la mansión se veía desierta, con las ventanas rotas y entabladas, los viejos conductos para el agua de lluvia oxidados y los muros de piedra desportillados.

– Remate de la segunda chimenea empezando por la derecha, creo -dijo ella-. Esquina izquierda.

Levantó el brazo, apuntó y disparó. Un fragmento de terracota salió disparado como un misil de la segunda chimenea.

– Si hubiera querido herir a alguien -repitió-, lo habría hecho, señor Shepherd.

Regresó a la sala de estar y dejó la pistola en su envoltorio, que descansaba sobre el aparador, entre una cesta de coser y una colección de fotografías de su hija.

– ¿Tiene permiso de armas? -preguntó Colin.

– No.

– ¿Por qué?

– No era necesario.

– Lo dice la ley.

– Para el uso a que está destinada, no.

Tenía la espalda apoyada contra el aparador. El estaba de pie en el umbral. Pensó en decir lo que debía decir. Consideró la posibilidad de hacer lo que la ley le exigía. El arma era ilegal, estaba en posesión de la mujer, y él debería requisarla y acusarla de un delito.

– ¿Para qué la utiliza? -preguntó, en cambio.

– Para tirar al blanco, sobre todo. Y para protegerme, además.

– ¿De quién?

– De cualquiera que no sea disuadido por un grito de advertencia o un disparo de escopeta. Es una forma de seguridad.

– No parece muy insegura.

– Cualquier persona que tenga un crío en casa está insegura. En especial, una mujer sola.

– ¿Siempre la guarda cargada?

– Sí.

– Eso es absurdo. Es como pedir problemas.

Una breve sonrisa se dibujó en su boca.

– Tal vez, pero jamás he disparado en compañía de alguien que no fuera Maggie antes de hoy.

– Fue una tontería enseñármela.

– Sí.

– ¿Por qué lo ha hecho?

– Por la misma razón que la tengo. Protección, agente.

La miró desde el otro extremo de la sala. Su corazón latía desenfrenadamente, y se preguntó el motivo. Oyó que goteaba agua en algún lugar de la casa, y el canto de un pájaro en el exterior. Vio que el pecho de la mujer subía y bajaba, la V de la camisa donde su piel daba la impresión de brillar, los tejanos ceñidos a las caderas. Era flaca y sudaba. Estaba más que desaliñada. Habría sido incapaz de dejarla.

Sin poder pensar con coherencia, dio dos grandes zancadas y ella salió a su encuentro en el centro de la sala. La atrajo a sus brazos, hundió los dedos en su cabello, aplastó la boca contra la suya. Ignoraba que pudiera existir tal deseo por una mujer. Si hubiera opuesto la menor resistencia, sabía que la habría forzado, pero no se resistió y era evidente que no deseaba hacerlo. Deslizó las manos sobre su pelo, bajaron hacia su cuello, se apoyaron contra su pecho, y después le rodeó con los brazos, mientras él la ceñía más, se apoderaba de sus nalgas y la estrujaba estrujaba estrujaba contra su cuerpo. Oyó que los botones saltaban mientras la despojaba de la camisa, en pos de sus senos. Y después, fue consciente de que ya no llevaba camisa y la boca de la mujer recorría su cuerpo, besaba y mordía su torso hasta llegar a la cintura, y entonces se arrodilló, forcejeó con el cinturón y le bajó los pantalones.

Jesucristo, pensó. Jesús Jesús Jesús. Solo le atenazaban dos terrores: que estallara en su boca, que ella le soltara antes de poder hacerlo.

9

No podía ser más diferente de Annie. Quizá había sido esa la causa de la atracción inicial. Había sustituido la sumisión dulce y voluntaria de Annie por la independencia y la energía de Juliet. Era fácil de tomar y lo ansiaba, pero no era fácil conocerla. Durante la primera hora que hicieron el amor aquella tarde de marzo, solo dijo tres palabras, «Dios» y «más fuerte»; estas dos las repitió tres veces. Y cuando quedaron saciados mutuamente, mucho después de que subieran de la sala de estar a su dormitorio y lo hicieran en el suelo y en la cama, ella se volvió y dijo, con la cabeza apoyada sobre el brazo:

– ¿Cuál es tu nombre, señor Shepherd, o debo seguir llamándote señor Shepherd?

El recorrió con el dedo el tenue rayo de piel que surcaba su estómago, la única indicación, aparte de la niña, de que había dado a luz. Pensaba que no tendría tiempo suficiente en toda su vida para llegar a conocer bien cada centímetro de su cuerpo, y mientras yacía a su lado, pese a que ya la había poseído cuatro veces, empezó a desearla de nuevo. Nunca había hecho el amor con Annie más de una vez en un período de veinticuatro horas. Nunca se le había ocurrido intentarlo. Si su mujer hacía el amor con dulzura y suavidad, y le dejaba una sensación de paz y de estar en deuda con ella, Juliet había encendido sus sentidos, desenterrando un deseo insaciable, por más que la poseyera. Después de una tarde, una noche y otra tarde juntos, pudo percibir su olor (en sus manos, en su ropa, cuando se peinaba el cabello), y descubrió que la seguía deseando, que experimentaba el impulso de telefonearla, para decir tan solo su nombre, a lo que ella respondía en voz baja:

– Sí. Cuándo.

Pero a su primera pregunta, se limitó a contestar:

– Colin.

– ¿Cómo te llamaba tu mujer?

– Col. ¿Y tu marido?

– Me llamo Juliet.

– ¿Y tu marido?

– ¿Su nombre?

– ¿Cómo te llamaba?

Ella recorrió con los dedos sus cejas, la curva de su oreja, sus labios.

– Eres terriblemente joven -fue su respuesta.

– Tengo treinta y tres. ¿Y tú?

Ella sonrió, un leve y triste movimiento de su boca.

– Tengo más de treinta y tres. Lo bastante mayor para ser…

– ¿Qué?

– Más prudente de lo que soy. Mucho más prudente de lo que he sido esta tarde.

Su ego contestó.

– Lo deseabas, ¿verdad?

– Oh, sí. En cuanto te vi sentado en el Rover. Sí. Lo deseaba. Eso. Tú. Lo que fuera.

– ¿Me diste a beber una especie de poción?

Ella se llevó la mano de Colin a la boca, cogió su dedo índice con los labios y lo chupó con suavidad. Él contuvo el aliento. Juliet le soltó y lanzó una risita.

– Tú no necesitas una poción, señor Shepherd.

– ¿Cuántos años tienes?

– Demasiado vieja para que esto sea algo más que una sola tarde.

– No lo dirás en serio.

– Es preciso.

Con el tiempo, Colin venció su resistencia. Ella reveló su edad, cuarenta y tres, y se rindió una y otra vez al deseo, pero cuando él hablaba del futuro, se convertía en una piedra. Su respuesta siempre era la misma.

– Necesitas una familia. Criar hijos. Estabas destinado a ser padre. Yo no puedo darte eso.

– Tonterías. Mujeres mayores que tú han tenido hijos.

– Yo ya he tenido uno, Colin.

Cierto. Maggie era la ecuación que debía resolver si quería ganarse a su madre, y lo sabía, pero era escurridiza, una especie de duende que le había observado con solemnidad desde el otro lado del patio cuando se fue de la casa aquella primera tarde. Apretaba un gato sarnoso entre sus brazos y sus ojos eran solemnes. Colin la saludó por su nombre, pero ella desapareció por una esquina de la mansión. Desde entonces, se había comportado con educación, un auténtico modelo de buena crianza, pero Colin leyó el veredicto en su rostro y fue capaz de predecir la forma en que se vengaría de su madre mucho antes de que Juliet comprendiera cuál era el propósito del encaprichamiento de Maggie por Nick Ware.

Podría haber intercedido de alguna manera. Conocía a Nick Ware. Sostenía buenas relaciones con los padres del muchacho. Podría haber sido útil, si Juliet lo hubiera permitido.

En cambio, había permitido que el vicario se entrometiera en sus vidas. Y Robin Sage no había tardado mucho en forjar lo que Colin no había podido: un frágil vínculo con Maggie. Les vio hablando juntos ante la iglesia, paseando hacia el pueblo con la fuerte mano del vicario apoyada sobre el hombro de la muchacha. Les vio sentados sobre el muro del cementerio, de espaldas a la carretera y de cara a Cotes Fell, y el brazo del vicario describía un arco para indicar la curvatura de la tierra, o subrayar alguna de sus afirmaciones. Tomó nota de las visitas de Maggie a la vicaría, y aprovechó esto último para sacar a colación el tema con Juliet.

– No es nada -dijo Juliet-. Está buscando a su padre. Sabe que tú no puedes ser. Cree que eres demasiado joven y, además, nunca has salido de Lancashire, y por eso está tanteando al vicario para el papel. Cree que su padre la anda buscando por ahí. ¿Por qué no como vicario?

– ¿Quién es su padre? -aprovechó la ocasión Colin.

El rostro de Juliet compuso la habitual expresión de reserva. A veces, se preguntaba si utilizaba su silencio para mantener viva la pasión que él sentía, presentándose como una mujer más intrigante que las demás, y desafiarle a demostrar en la cama un dominio sobre ella que no existía. Sus preguntas no parecían afectarla.

– Nada dura eternamente, ¿verdad, Colin? -se limitaba a responder, siempre que su desesperación por saber la verdad le conducía a insinuar el fin de sus relaciones. Cosa que nunca ocurría, porque sabía que era incapaz.

– ¿Quién es, Juliet? No ha muerto, ¿verdad?

Lo máximo que dijo fue en la cama, una noche de junio, cuando la luz de la luna bañaba su piel y la moteaba, debido a las hojas próximas a la ventana.

– Maggie prefiere eso -dijo.

– ¿Es cierto?

Ella cerró los ojos un momento. Colin levantó la cabeza, besó su palma, la apoyó contra el pecho.

– Juliet, ¿es eso cierto?

– Creo que sí.

– ¿Crees? ¿Sigues casada con él?

– Por favor, Colin.

– ¿Estuviste casada con él?

Juliet volvió a cerrar los ojos. Colin distinguió un tenue brillo de lágrimas detrás de sus pestañas, y por un instante fue incapaz de comprender el motivo de su dolor o su tristeza.

– Oh, Dios -dijo-. Juliet. ¿Te violaron, Juliet? ¿Es Maggie…? ¿Alguien…?

– No me humilles -susurró ella.

– Nunca estuviste casada, ¿verdad?

– Por favor, Colin.

Aquel hecho daba igual. Ella no quería casarse con él. «Demasiado mayor para ti» era la excusa que daba.

Pero no demasiado mayor para el vicario.

De pie en su casa, con la cabeza apretada contra la fría puerta principal, desvanecidos desde hacía mucho rato los ecos de la partida de su padre, Colin Shepherd sentía que la pregunta del inspector Lynley martilleaba en su cráneo como un eco persistente de todas sus dudas. «¿Cabe la posibilidad de que hubiera tomado un amante sin conocerle apenas?»

Cerró los ojos con fuerza.

¿Qué más daba si el señor Sage había ido a Cotes Hall solo para hablar sobre Maggie? El policía del pueblo había acudido a la propiedad para amonestar a una mujer por haber disparado una escopeta, para desnudarla y poseerla ferozmente cuando aún no había pasado una hora de conocerla. Y ella no protestó. No intentó detenerle. En cualquier caso, se mostró tan agresiva como él. Si se paraba a pensarlo, ¿qué clase de mujer era aquella?

Una sirena, pensó, e intentó alejarse de la voz de su padre. «Hay que tener mano dura con ellas, muchacho. Desde el primer momento. Si les das la oportunidad, te convierten en un pelele.»

¿Eso había hecho ella con él? ¿Y con el señor Sage? Había dicho que sus visitas tenían como objetivo hablar con Maggie. Sus intenciones eran buenas, decía, y debía escucharle. Se había declarado impotente a la hora de razonar con la muchacha, de modo que si el vicario tenía ideas, ¿por qué no iba a escucharlas?

Y entonces, escudriñaba su rostro.

– No confías en mí, Colin, ¿verdad?

No. Ni una pizca. Ni un momento, cuando estaba a solas con otro hombre en aquella casa aislada, cuya soledad era una invitación a la seducción.

– Claro que sí -había contestado.

– Si quieres, ven tú también. Siéntate entre nosotros a la mesa. Vigila que no me quite el zapato y frote mi pierna contra la suya por debajo de la mesa.

– No quiero eso.

– Entonces, ¿qué quieres?

– Normalizar nuestra situación. Quiero que la gente lo sepa.

– La situación no se puede normalizar como tú quieres.

Y ahora no se normalizaría nunca, a menos que Scotland Yard lavara su nombre, porque dejando aparte todas sus protestas sobre la diferencia de edad, sabía que no podía casarse con Juliet Spence y continuar en su cargo mientras tantas dudas impregnaran la atmósfera, con especulaciones susurradas siempre que aparecían en público juntos. Tampoco podía marcharse de Winslough casado con Juliet si confiaba en reconciliarse con su hija. Estaba cogido en una trampa que él mismo había dispuesto. Solo el DIC de New Scotland Yard podía liberarle.

El timbre de la puerta sonó sobre su cabeza, tan estridente e inesperado que le sobresaltó. El perro se puso a ladrar. Colin esperó a que saliera de la sala de estar.

– Tranquilo -dijo-. Siéntate.

Leo obedeció, con la cabeza ladeada, a la espera. Colin abrió la puerta.

El sol había desaparecido. El ocaso daba rápido paso a la noche. La luz del porche, que había encendido para recibir a New Scotland Yard, brilló ahora sobre el cabello ensortijado de Polly Yarkin.

Retorcía una bufanda entre los dedos, cerca del cuello de su viejo chaquetón azul marino. Su falda de fieltro colgaba hasta los tobillos, embutidos en unas botas maltrechas. Se removió inquieta y le dedicó una veloz sonrisa.

– Estaba terminando de trabajar en la vicaría, y no pude por menos que observar… -Desvió la mirada hacia la carretera de Clitheroe-. Vi que dos caballeros se marchaban. Ben, en el pub, dijo que eran de Scotland Yard. No me habría enterado, pero Ben, como es capillero de la iglesia, me telefoneó para decirme que tal vez querrían echar un vistazo a la vicaría. Me dijo que esperara, pero no vinieron. ¿Todo va bien?

Una mano apretó el cuello con más fuerza, mientras la otra aferraba los extremos sueltos de la bufanda. Vio el nombre de su madre impreso en la prenda, y la reconoció como un recuerdo que anunciaba su negocio de Blackpool. Había utilizado bufandas, jarras de cerveza y cajas de cerillas, como si se tratara de un hotel de lujo, e incluso había regalado palillos de comida china durante una temporada, cuando estaba «totalmente convencida» de que el turismo procedente de Oriente llegaría a su punto álgido. Rita Yarkin, también llamada Rita Rularski, era una empresaria nata.

– ¿Colin?

Se dio cuenta de que tenía la vista clavada en la bufanda, mientras se preguntaba por qué Rita había elegido un verde lima fosforescente, que además había decorado con diamantes púrpuras. Se movió, bajó la vista y observó que Leo estaba meneando la cola, a modo de bienvenida. El perro había reconocido a Polly.

– ¿Va todo bien? -repitió la joven-. Vi que tu papá también se iba y le llamé, yo estaba barriendo el porche, pero por lo visto no me oyó, porque no contestó. Entonces, me pregunté si todo iba bien.

Sabía que no podía dejarla de pie en el porche, con aquel frío. Al fin y al cabo, la conocía desde que eran niños, y aunque aquel no hubiera sido el caso, había acudido con un pretexto que, como mínimo, iba disfrazado de preocupación amistosa.

– Entra.

Cerró la puerta a su espalda. Ella se quedó de pie en el recibidor, en tanto enrollaba una y otra vez la bufanda, hasta convertirla en una bola y guardarla en el bolsillo.

– Llevo las botas manchadas de barro -dijo.

– Da igual.

– ¿Las dejo aquí?

– Si te las acabas de poner en la vicaría, no.

Colin regresó a la sala de estar, con el perro pisándole los talones. El fuego aún ardía, y añadió otro tronco. Contempló cómo el fuego devoraba la leña. Notó que oleadas de calor azotaban su rostro. Se quedó donde estaba, para calentar el resto del cuerpo.

Oyó los pasos titubeantes de Polly a su espalda. Sus botas crujieron. Su ropa susurró.

– Hacía tiempo que no venía -dijo con timidez.

La encontraría muy cambiada: los muebles cubiertos de zaraza que pertenecían a Annie desaparecidos, las litografías de Annie fuera de la pared, la alfombra de Annie cortada a pedazos, y todo sustituido por un batiburrillo sin gusto, solo para cubrir las necesidades. Era funcional, lo único que exigió a la casa y los muebles cuando Annie murió.

Esperaba que hiciera algún comentario, pero Polly no dijo nada. Por fin, se volvió. No se había quitado el chaquetón. Solo había avanzado tres pasos. Le dedicó una sonrisa temblorosa.

– Hace un poco de frío -dijo.

– Acércate al fuego.

– Sí. Creo que lo haré.

Extendió las manos hacia las llamas y se desabrochó el abrigo, sin quitárselo. Llevaba un jersey color espliego demasiado grande, que contrastaba con el rojo de su pelo y el magenta de la falda. Un tenue olor a bolas de naftalina parecía emanar de la lana.

– ¿Te encuentras bien, Colin?

La conocía lo bastante como para saber que repetiría la pregunta hasta que él contestara. Nunca había captado la relación entre la negativa a responder y la reticencia a revelar.

– Muy bien. ¿Te apetece una copa?

Su rostro se iluminó.

– Oh, sí. Gracias.

– ¿Jerez?

La joven asintió. Colin se acercó a la mesa y llenó una sola copa. Polly se arrodilló junto al fuego y acarició al perro. Cuando cogió la copa, se quedó como estaba, de rodillas, apoyada en los tacones de las botas. Tenían una gruesa capa de barro incrustado. Había manchas en el suelo.

No quiso ponerse a su lado, aunque habría sido lo más normal. Se habían sentado en círculo con Annie ante el fuego muchas veces, antes de que ella muriera, pero entonces las circunstancias eran muy diferentes: ningún pecado empañaba su amistad. Escogió la butaca y se sentó en el borde, con los brazos apoyados sobre las rodillas y las manos enlazadas flojamente, como una barrera que les separara.

– ¿Quién les telefoneó? -preguntó la joven.

– ¿A Scotland Yard? Supongo que el tullido telefoneó al otro. Vino a ver al señor Sage.

– ¿Qué quieren?

– Reabrir el caso.

– ¿Lo dijeron?

– No fue necesario que lo dijeran.

– Pero saben algo… ¿Ha surgido algo nuevo?

– No necesitan nada nuevo. Basta con que haya dudas. Las comparten con el DIC de Clitheroe, o la comisaría de Hutton-Preston. Han empezado a husmear.

– ¿Estás preocupado?

– ¿Debería estarlo?

Polly bajó la vista hacia la copa. Aún no había bebido. Colin se preguntó cuándo lo haría.

– Tu papá es un poco duro contigo -dijo-. Siempre lo ha sido, ¿verdad? Pensé que utilizaría esto para encarnizarse contigo. Parecía muy cabreado cuando se fue.

– La reacción de papá no me preocupa, si te refieres a eso.

– Estupendo, ¿no? -Dio vueltas a la pequeña copa de jerez sobre su palma. A su lado, Leo bostezó y apoyó la cabeza sobre sus muslos-. Siempre me ha querido, desde que era un cachorrillo. Leo es un perro maravilloso.

Colin no contestó. Vio que la luz de las llamas danzaba sobre el cabello de Polly y teñía de oro su piel. Era atractiva, de una forma peculiar. El hecho de que no aparentara darse cuenta había constituido en un tiempo parte de su encanto. Ahora, despertaba recuerdos que había intentado olvidar.

Ella levantó la vista. Colin apartó los ojos.

– Tracé el círculo para ti anoche, Colin -dijo la joven en voz baja y vacilante-. A Marte. Para darte fuerzas. Rita quería que formulara la petición para mí, pero no lo hice. Lo hice para ti. Quiero lo mejor para ti, Colin.

– Polly…

– Me acuerdo de cosas. Éramos tan amigos, ¿verdad? Hacíamos excursiones cerca del embalse. íbamos a Burnley a ver películas. Una vez, fuimos a Blackpool.

– Con Annie.

– Pero tú y yo también éramos amigos.

Colin clavó la vista en sus manos para evitar su mirada.

– Lo éramos, pero lo estropeamos todo.

– No es verdad. Solo…

– Annie lo sabía. Lo supo en cuanto entré en el dormitorio. Lo leyó en cada parte de mi cuerpo. Y lo vi en su cara. Dijo: «¿Cómo ha ido la merienda, ha hecho buen tiempo, has respirado aire puro, Col?». Lo sabía.

– No pretendíamos hacerle daño.

– Nunca me pidió que fuera fiel. ¿Lo sabías? En cuanto supo que iba a morir, desechó la idea. Una noche, me cogió la mano y dijo, preocúpate de ti, Col, sé lo que sientes, ojalá pudiéramos empezar de nuevo, pero no es posible, querido amante, así que has de preocuparte por ti.

– Entonces, ¿por qué…?

– Porque aquella noche me juré que, costara lo que costase, no la traicionaría. Pero lo hice. Contigo. Su amiga.

– No era nuestra intención. No lo habíamos planeado.

La miró de nuevo, con un movimiento brusco de la cabeza que ella no debía esperar, porque se encogió como respuesta. Una gota de jerez resbaló por un lado de la copa y cayó sobre su falda. Leo la olfateó con curiosidad.

– ¿Qué más da? -dijo Colin-. Annie estaba muriendo. Tú y yo estábamos follando en un establo de los páramos. No podemos cambiar ninguno de esos hechos. No podemos embellecerlos ni disfrazarlos.

– Pero si ella te dijo…

– No. Con… su… amiga…, no.

Los ojos de Polly se iluminaron, pero no ocultó las lágrimas.

– Aquel día, Colin, cerraste los ojos, apartaste la cabeza, no me tocaste y apenas volviste a hablarme. ¿Cuánto más quieres que sufra por lo que pasó? Y ahora, tú…

Tragó saliva.

– Ahora, yo ¿qué?

La joven bajó los ojos.

– ¿Qué?

Su respuesta sonó como un cántico.

– Quemé cedro por ti, Colin. Deposité cenizas sobre su tumba, y la piedra anular. Di a Annie la piedra anular. Descansa sobre su tumba. Si quieres, ve a verlo. Me desprendí de la piedra anular. Lo hice por Annie.

– Y ahora, yo ¿qué? -repitió él.

Polly se inclinó hacia el perro y frotó la mejilla contra su cabeza.

– Contesta, Polly.

Ella alzó la cabeza.

– Ahora, me estás castigando más.

– ¿Cómo?

– Y eso no es justo, porque yo te quiero, Colin. Te quise desde el primer momento. Te he querido más tiempo que ella.

– ¿Ella? ¿Quién? ¿Cómo te estoy castigando?

– Te conozco mejor que nadie. Me necesitas. Ya lo verás. Hasta el señor Sage me lo dijo.

La última frase le puso la carne de gallina.

– ¿Dijo qué?

– Que tú me necesitas, que todavía no lo sabes, pero que pronto lo sabrás si eres sincero. Y yo he sido sincera. Todos estos años. Siempre. Vivo para ti, Colin.

Su declaración de devoción era insignificante, cuando las implicaciones de las palabras «Hasta el señor Sage me lo dijo» exigían disección y acción.

– Sage habló contigo de Juliet, ¿verdad? -preguntó Colin-. ¿Qué dijo? ¿Qué te dijo?

– Nada.

– Te dio cierto tipo de seguridad. ¿Cuál fue? ¿Que ella cortaría nuestra relación?

– No.

– Sabes algo.

– No.

– Dímelo.

– No hay nada…

Colin se levantó. Estaba a un metro de ella, pero la joven se encogió. Leo alzó la cabeza, con las orejas erguidas, y emitió un gruñido gutural cuando percibió la tensión. Polly dejó la copa de jerez sobre la chimenea, sin apartar la vista y con una mano posada sobre su base, como temiendo que se pusiera a volar si no la vigilaba.

– ¿Qué sabes de Juliet?

– Nada, ya te lo he dicho.

– ¿Y sobre Maggie?

– Nada.

– ¿Qué te dijo Robin Sage sobre su padre?

– ¡Nada!

– Pero estabas muy segura sobre mí y Juliet, ¿no? Él te lo confirmó. ¿Qué hiciste para obtener la información, Polly?

Su cabello se desparramó sobre los hombros cuando irguió la cabeza.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Te acostaste con él? Pasabas horas a solas con él cada día en la vicaría. ¿Hiciste algún hechizo?

– ¡Jamás!

– ¿Descubriste algún modo de estropear nuestra relación? ¿Te dio él alguna idea?

– ¡No! Colin…

– Dime, ¿le mataste, Polly, para que las culpas recayeran sobre Juliet?

La joven se puso en pie de un salto, con las piernas separadas y los brazos en jarras.

– Escucha lo que estás diciendo. Hablas de mí. Te ha embrujado. Te ha domado, comes en su mano, asesinó al vicario y salió limpia como una patena. Y tu estúpida lujuria te ha cegado hasta el extremo de no ver cómo te ha manipulado.

– Fue un accidente.

– Fue un asesinato, asesinato, asesinato; ella lo hizo y todo el mundo lo sabe. Nadie piensa que seas tan loco como para creer una sola palabra de lo que dice, pero todos sabemos por qué la crees, todos sabemos qué obtienes a cambio, incluso sabemos cuándo, de modo que, ¿por qué no crees que tal vez consiguió algo parecido de nuestro precioso vicario?

El vicario… El vicario… Colin lo notó todo al mismo tiempo: huesos, sangre y cólera. La tensión de sus músculos y la voz de su madre al gritar: «¡No, Ken, no!», cuando su mano se alzó con la palma abierta hasta la altura del hombro izquierdo e hizo ademán de pegar. Los pulmones henchidos, el corazón furioso, deseoso de contacto, dolor, venganza y…

Polly gritó y retrocedió, tambaleante. Su bota tropezó con la copa de jerez. Describió un arco y se rompió sobre el guardafuego. El jerez se derramó y siseó. El perro empezó a ladrar.

Colin siguió inmóvil, dispuesto a pegar. Polly, él, el pasado y el presente aullaban a su alrededor como el viento. Con el brazo levantado, las facciones deformadas en una imagen que había visto mil veces, pero jamás había sentido en su rostro, jamás había pensado sentir, jamás había soñado sentir. Porque no podía ser el hombre que se había jurado borrar de la existencia.

Los ladridos de Leo se convirtieron en aullidos, salvajes y atemorizados.

– ¡Calla! -gritó Colin.

Polly se encogió. Retrocedió otro paso. Su falda rozó las llamas. Colin la cogió del brazo para apartarla del fuego, pero ella se alejó. Leo se enderezó. Sus uñas rascaron el suelo. Aparte del fuego y la respiración entrecortada de Colin, era el único ruido que se oía en la casa.

Colin mantuvo la mano levantada a la altura del pecho. Contempló sus dedos temblorosos y la palma. Jamás había pegado a una mujer. Ni siquiera pensaba que fuera capaz de hacerlo. Su brazo cayó como un peso muerto.

– Polly.

– Tracé el círculo para ti. Y también para Annie.

– Polly, lo siento. No pienso con sensatez. No pienso en absoluto.

La joven empezó a abotonarse la chaqueta. Vio que sus manos temblaban más que las suyas, hizo ademán de ayudarla, pero se detuvo cuando ella gritó «¡No!», como si esperara un bofetón.

– Polly…

Percibió desesperación en su voz, pero ignoraba qué quería decir.

– Ella no te deja pensar -dijo Polly-, eso es lo que pasa, pero tú no lo ves, ¿verdad? Ni siquiera quieres verlo, pero cómo vas a enfrentarte a la realidad, cuando lo mismo que te impulsa a odiarme es lo que te impide ver la verdad sobre ella.

Sacó la bufanda, efectuó un tembloroso intento de doblarla en forma de triángulo y la pasó por encima de su cabeza para sujetar el cabello. Ató los extremos bajo la barbilla. Pasó a su lado sin dedicarle ni una mirada, y sus botas crujieron sobre el suelo. Se detuvo en la puerta y habló sin mirarle.

– Mientras tú estabas follando aquel día en el granero -dijo con voz muy clara-, yo estaba haciendo el amor.

– ¿En el sofá de la sala de estar? -preguntó con incredulidad Josie Wragg-. ¿Quieres decir aquí mismo? ¿Con tu papá y tu mamá en casa? -Se acercó cuanto pudo al espejo del lavabo y aplicó lápiz de ojos con mano inexperta. Se le metió un poco entre las pestañas. Parpadeó y apretó los ojos cuando entró en contacto con el globo ocular-. Aj. Pica. ¡Joder! Mira lo que hecho. -El ojo estaba ennegrecido a causa del maquillaje. Lo frotó con un pañuelo de papel y esparció la masa sobre la mejilla-. No puedo creer que lo hicieras.

Pam Rice se balanceó sobre el borde de la bañera y envió humo de cigarrillo al techo. Para ello, dejó que su cabeza se apoyara sobre el cuello, con un movimiento perezoso que, en opinión de Maggie, habría visto en alguna película norteamericana antigua. Bette Davis. Joan Crawford. Quizá Lauren Bacall.

– ¿Quieres ver la mancha? -preguntó Pam.

Josie frunció el ceño.

– ¿Qué mancha?

Pam tiró ceniza a la bañera y meneó la cabeza.

– Señor. No sabes nada de nada, ¿verdad, Josephine Mentirosilla?

– Ya lo creo.

– ¿De veras? Estupendo. Pues dime qué clase de mancha.

Josie meditó. Maggie pensaría que estaba intentando imaginar una respuesta razonable, aunque fingía estar concentrada en su ojo estropeado por el lápiz de ojos. No era nada comparado con el desastre que había perpetrado anoche con las uñas, después de comprar por correo un juego de uñas acrílico, cuando su madre se había negado a dejarla viajar a Blackpool para ponerse uñas artificiales en una peluquería. El resultado, del intento de Josie de alargar sus dedos, con el fin de «ponérsela tiesa a los hombres», como ella decía, parecía el hombre-elefante-de-los-dedos.

Estaban en el único cuarto de baño de la casa adosada de Pam Rice, situada frente a Crofters Inn. Mientras en el piso de abajo la mamá de Pam estaba en la cocina, justo debajo de sus pies, y servía a los gemelos una merienda consistente en huevos revueltos y judías sobre tostadas, acompañada por los alegres berridos de Edward y las carcajadas de Alan, miraban a Josie experimentar con su más reciente adquisición cosmética: media botella de lápiz de ojos comprada a una alumna de quinto que la había robado del tocador de su hermana.

– Ginebra -anunció por fin Josie-. Todo el mundo sabe que bebes. Hemos visto la botella.

Pam rió y volvió a repetir la rutina de exhalar humo hacia el techo. Tiró el cigarrillo al váter, donde siseó al hundirse. Siguió sentada en el borde de la bañera y se reclinó hacia atrás, en esta ocasión un poco más, para que sus pechos apuntaran al cielo. Aún llevaba el uniforme del colegio, al igual que sus amigas, pero se había quitado el jersey, desabotonado la blusa para dejar al descubierto la división de sus pechos, y subido las mangas. Pam poseía la habilidad de conseguir que una blusa de algodón blanca inanimada pidiera a gritos que la arrancaran de su cuerpo.

– Dios, estoy salida como una perra en celo -dijo-. Si Todd no quiere hacerlo esta noche, lo haré con cualquier otro tipo. -Giró la cabeza en dirección a la puerta, donde Maggie estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas-. ¿Cómo está nuestro Nickie? -preguntó, fría e indiferente.

Maggie dio vueltas al cigarrillo entre sus dedos. Había dado las seis bocanadas obligatorias (reteniéndolo en la boca, expulsándolo por la nariz, sin inhalarlo hasta los pulmones), y esperaba a que el resto se quemara solo, para poder reunirse con Pam en el lavabo.

– Bien -dijo.

– ¿Y grande? -preguntó Pam. Balanceó la cabeza para que su pelo se moviera como una cortina rubia-. Como un salchichón, según he oído. ¿Es verdad?

Maggie miró hacia el reflejo de Josie en el espejo, en una muda súplica de rescate.

– Bien, ¿sí o no? -dijo Josie, en dirección a Pam.

– ¿A qué te refieres?

– A la mancha. Ginebra, como he dicho.

– Semen -dijo Pam, con aspecto de sumo aburrimiento.

– Se ¿qué?

– Sale.

– ¿De dónde?

– Por Cristo resucitado, eres tonta del culo. Es eso.

– ¿Qué?

– ¡La mancha! Es de él, ¿vale? Gotea, ¿vale? Cuando se termina, ¿entendido?

Josie estudió su reflejo y realizó otro intento heroico con el lápiz de ojos.

– Ah, eso -dijo, mientras introducía el pincel en el frasco-. Tal como estabas hablando, supuse que era algo siniestro.

Pam cogió su bolso, que estaba tirado en el suelo. Sacó sus cigarrillos y encendió uno.

– Mamá se puso como una moto cuando la vio. Hasta la olió. ¿Te imaginas? Empezó con «tú, puta de mierda», siguió con «Eres una presa fácil para cualquiera de esos tíos», y terminó con «Ya no podré caminar con la cabeza alta por el pueblo nunca más. Ni tu padre». Le dije que, si tuviera mi propio dormitorio, no tendría que utilizar el sofá y no vería esas manchas. -Sonrió y se estiró-. Todd es como una fuente inagotable, debe de echar un cuarto de litro cada vez. -Dirigió una mirada de astucia a Maggie-. ¿Y Nick?

– Solo puedo decir que espero que tomes precauciones -se apresuró a intervenir Josie, siempre la amiga fiel de Maggie-. Porque si lo haces tantas veces como dices, y te… bueno, ya sabes, te satisface cada vez, vas a tener problemas, Pam Rice.

El cigarrillo de Pam se detuvo a mitad de camino de sus labios.

– ¿De qué estás hablando?

– Ya lo sabes. No actúes como si no.

– No lo sé, Josie. Explícamelo.

Dio una larga bocanada al cigarrillo, pero Maggie vio que lo hacía para disimular su sonrisa.

Josie mordió el cebo.

– Si tienes un… Ya sabes…

– ¿Orgasmo?

– Exacto.

– ¿Qué pasa?

– Ayuda a que esas cosas escurridizas se te metan dentro con más facilidad. Por eso, montones de mujeres no… Ya sabes…

– ¿Tienen orgasmos?

– Porque no quieren las cosas escurridizas. Ah, y no pueden relajarse, encima. Lo leí en un libro.

Pam lanzó un grito burlón. Se levantó de la bañera y abrió la ventana.

– Josephine Eugene, cerebro de mosquito -gritó al mundo, antes de estallar en carcajadas y resbalar por la pared hasta sentarse en el suelo. Dio otra calada a su cigarrillo, deteniéndose de vez en cuando para emitir risitas.

Maggie se alegró de que hubiera abierto la ventana. Cada vez era más difícil respirar. En parte, era a causa del exceso de humo en el pequeño cuarto. Y en parte, a causa de Nick. Quería decir algo para rescatar a Josie de las burlas de Pam, pero no sabía muy bien qué haría falta para impedir el ridículo sin, al mismo tiempo, revelar nada sobre ella.

– ¿Cuándo fue la última vez que leíste algo sobre eso? -preguntó Josie, en tanto tapaba el frasco y examinaba en el espejo los frutos de su labor.

– No necesito leer. Experimento -contestó Pam.

– La investigación es tan importante como la experiencia, Pam.

– ¿De veras? ¿Qué clase de investigación has llevado a cabo, exactamente?

– Sé cosas.

Josie se peinó el cabello. Era inútil; por más que hiciera, adoptaba el mismo estilo espantoso: flequillo tieso sobre la frente, erizado en el cuello. Nunca habría debido cortárselo ella misma.

– Sabes cosas gracias a los libros.

– Y la observación. Se llama experiencia directa.

– ¿Quién la proporciona?

– Mamá y el señor Wragg.

Aquella información pareció apaciguar las burlas de Pam. Se quitó los zapatos y dobló las piernas bajo el cuerpo. Tiró el cigarrillo al váter y no hizo ningún comentario cuando Maggie aprovechó la oportunidad para imitarla.

– ¿Qué? -preguntó, con los ojos iluminados-. ¿Cómo?

– Escucho detrás de la puerta cuando tienen relaciones. Él no para de decir: «Vamos, Dora, vamos, vamos, vamos, nena, vamos, cariño», y ella es silenciosa como un muerto. Por eso sé con certeza que él no es mi papá. -Al ver la expresión perpleja de Pam y Maggie, continuó-. No puede serlo, ¿verdad? Fijaos en las pruebas. Él nunca la ha… bueno, satisfecho. Yo soy su única hija. Nací seis meses después de que se casaran. Encontré una vieja carta de un tío llamado Paddy Lewis…

– ¿Dónde?

– En el cajón donde guarda las bragas. Y adiviné que lo había hecho con él. Y la había satisfecho. Antes de casarse con Wragg.

– ¿Cuánto tiempo antes?

– Dos años.

– ¿Qué eres tú, entonces? -preguntó Pam-. ¿El embarazo más largo del mundo?

– No he querido decir que lo hicieran una sola vez, Pam Rice, sino que lo hacían regularmente dos años antes de que ella se casara con el señor Wragg. Además, guardó la carta, ¿no? Aún debe quererle.

– Pero eres clavada a tu papá -observó Pam.

– Él no es…

– Vale, vale. Te pareces al señor Wragg.

– Pura coincidencia -dijo Josie-. Paddy Lewis también se parecerá al señor Wragg. Es lógico, ¿no? Ella debía buscar a alguien que le recordara a Paddy.

– Entonces, el papá de Maggie se parecerá al señor Shepherd -anunció Pam-. Todos los amantes de su madre se habrán parecido a él.

– Pam -dijo Josie en tono de reproche.

Era una cuestión de justicia. Una podía especular tanto como quisiera sobre sus propios padres, pero no era correcto hacer lo mismo con los demás. Claro que Pam nunca se preocupaba demasiado por lo que era correcto antes de abrir la boca.

– Mamá nunca tuvo un amante antes del señor Shepherd -dijo en voz baja Maggie.

– Al menos, tuvo uno -la corrigió Pam.

– No.

– Sí. ¿De dónde saliste tú?

– De mi papá y de mamá.

– Exacto. Su amante.

– Su marido.

– ¿De veras? ¿Cómo se llamaba?

Maggie descubrió un hilo suelto del jersey. Intentó introducirlo por entre el tejido hacia dentro.

– ¿Cómo se llamaba?

Maggie se encogió de hombros.

– No lo sabes porque no tenía nombre, o tal vez ella no lo sabía. Eres una bastarda.

– ¡Pam!

Josie avanzó un paso, con el frasco de eyeliner encerrado en el puño.

– ¿Qué?

– Vigila tus palabras.

Pam se echó el pelo hacia atrás con un lánguido movimiento de la mano.

– Oh, basta de dramas, Josie. No me digas que te crees todo ese rollo sobre pilotos de coches de carreras, mamás que huyen y papás que se pasan los trece años siguientes buscando a su querida hija.

Maggie experimentó la sensación de que la habitación se ensanchaba a su alrededor, de que ella se encogía con un vacío dentro. Miró a Josie, pero no pudo verla bien, como si estuviera en medio de la niebla.

– Si estaban casados -continuó Pam-, igual le dio el pasaporte una noche, además de un poco de chirivía para cenar.

Maggie se apoyó contra la puerta y se puso en pie.

– Será mejor que me vaya -dijo-. Mamá se estará preguntando…

– Bien sabe Dios que no deseamos eso -contestó Pam.

Sus chaquetas estaban amontonadas en el suelo. Maggie cogió la suya, pero no logró que sus dedos y manos reaccionaran para aferraría. Daba igual. Estaba bastante irritada.

Abrió la puerta y bajó corriendo la escalera.

– Será mejor que Nick Ware no se cruce con la mamá de Maggie -oyó que decía Pam con una carcajada.

– Déjalo ya, ¿vale? -respondió Josie, antes de encaminarse a la escalera-. ¡Maggie! -llamó.

Las calles estaban a oscuras. Una brisa fría procedente del oeste recorría la calle y se transformaba en ráfagas en el centro del pueblo, donde se erguían Crofters Inn y la casa de Pam. Maggie parpadeó y secó la humedad de sus ojos, mientras introducía un brazo en la chaqueta y empezaba a caminar.

– ¡Maggie! -Josie la alcanzó a menos de diez pasos de la puerta de Pam-. No es lo que piensas. Quiero decir que sí, pero no. Entonces, no te conocía tan bien. Pam y yo hablamos. Le hablé de tu papá, es verdad, pero eso es lo único que dije. Te lo juro.

– No debiste hacerlo.

Josie la obligó a detenerse.

– Tienes razón. Sí, sí, pero no lo dije en son de burla. No me estaba burlando. Se lo dije porque era algo que nos convertía en iguales a ti y a mí.

– No somos iguales. El señor Wragg es tu padre, y tú lo sabes, Josie.

– Oh, tal vez. Eso podría decidir mi suerte, ¿no? Mamá huyendo con Paddy Lewis y yo abandonada en Winslough con el señor Wragg. No, no es eso lo que quiero decir. Nosotras soñamos. Somos diferentes. Aspiramos a grandes cosas. Queremos irnos de este pueblo. Te utilicé como ejemplo, ¿sabes? Dije, yo no soy la única, Pamela Bammela. Maggie también tiene ideas acerca de su padre. Quiso saber cuáles eran esas ideas y yo se las conté. Sé que no debería haberlo hecho, pero no me estaba burlando.

– Sabe lo de Nick.

– Jamás le he dicho nada, y nunca lo haré.

– Entonces, ¿por qué pregunta?

– Porque cree saber algo. Supone que te obligará a hablar.

Maggie escudriñó a su amiga. No había mucha luz, pero a juzgar por el leve resplandor de la única farola de la calle, que se erguía en el aparcamiento de Crofters Inn, al otro lado de la calle, vio que la expresión de su rostro era muy seria. Su aspecto era algo grotesco. El eyeliner no se había secado por completo cuando abrió los ojos después de aplicarlo, y los párpados estaban manchados, como si hubiera caído agua sobre tinta.

– No le hablé de Nick -repitió Josie-. Es un secreto entre tú y yo. Siempre. Lo prometo.

Maggie se miró los zapatos. Estaban desgastados. El barro había manchado sus mallas azul marino.

– Es verdad, Maggie. De veras.

– Anoche vino. Nosotros… Volvió a pasar. Mamá lo sabe.

– ¡No!

Josie la agarró por el brazo y la condujo hasta el aparcamiento. Pasaron junto a un reluciente Bentley plateado y se internaron por el sendero que bajaba hasta el río.

– No me lo habías dicho.

– Quería decírtelo. Esperé todo el día para decírtelo, pero ella no se apartó ni un momento de nosotras.

– Esa Pam -rezongó Josie, mientras cruzaban el portal-. Cuando se trata de habladurías, es como un sabueso.

Un sendero estrecho se alejaba en ángulo del hostal y descendía hacia el río. Josie caminaba delante. A unos treinta metros de distancia, se alzaba un depósito de hielo, asentado en la orilla donde el río se precipitaba por un desnivel de piedra caliza y lanzaba al aire un chorro de espuma que mantenía el aire frío hasta en los días más calurosos del verano. Estaba construido de la misma piedra que el resto del pueblo, con el mismo techo de pizarra, pero carecía de ventanas. Solo había una puerta, cuyo candado había roto Josie tiempo atrás, para convertirlo en su guarida.

Abrió la puerta de un empujón.

– Un momento -dijo, y se agachó bajo el dintel. Rebuscó y tropezó con algo-. ¡Leche! -exclamó, y encendió una cerilla, que se encendió un segundo después. Maggie entró.

Un quinqué descansaba sobre un viejo tonel, y proyectaba un arco de luz amarilla siseante, que caía sobre una alfombra raída, dos taburetes de tres patas, un catre cubierto por un edredón púrpura y una caja vuelta del revés sobre la que pendía un espejo. La caja hacía las veces de tocador, y Josie dejó sobre ella el frasco de eyeliner, nueva compañera del rímel, colorete, lápiz de labios, esmalte de uñas y laca para el pelo.

Abrió un frasco de agua de colonia y la esparció con generosidad sobre las paredes y el suelo, como una libación ofrecida a la diosa de los cosméticos. Sirvió para disimular el olor a moho y polvo que flotaba en el aire.

– ¿Quieres fumar? -preguntó, en cuanto se aseguró de que la puerta estaba bien ajustada.

Maggie negó con la cabeza. Se estremeció. Estaba claro por qué habían construido el depósito de hielo en aquel paraje.

Josie encendió un Gauloise del paquete que había entre los cosméticos. Se dejó caer en el catre.

– ¿Qué dijo tu mamá? -preguntó-. ¿Cómo se enteró?

Maggie acercó uno de los taburetes al quinqué. Notó un aumento sustancial de calor.

– Lo sabía. Como la otra vez.

– ¿Y?

– Me da igual lo que piense. No me detendrá. Le quiero.

– Bueno, no puede seguirte a todas partes, ¿verdad? -Josie se tendió con un brazo detrás de la cabeza. Levantó sus rodillas huesudas, cruzó las piernas y meneó los pies-. Dios, qué suerte tienes. -Suspiró. El extremo de su cigarrillo brilló-. ¿Es Nick… bueno, ya sabes… como dicen? ¿Te… satisface?

– No lo sé. Todo va muy rápido.

– Ah. Pero ¿es…? Ya sabes a qué me refiero. Lo que Pam quería saber.

– Sí.

– Dios. No me extraña que quieras continuar. -Se hundió más en el edredón y extendió los brazos hacia un amante imaginario-. Ven a mí, nene -dijo, sin quitarse el cigarrillo de los labios-. Te está esperando y es todo para ti. -Se ladeó-. Tomarás precauciones, ¿verdad?

– Pues no.

Josie abrió unos ojos como platos.

– ¡Maggie! ¡Jamás lo habría dicho! Has de tomar precauciones. O él, al menos. ¿Se pone una goma?

Maggie torció la cabeza, extrañada por la pregunta. ¿Una goma? Qué demonios…

– No creo. ¿De dónde…? Bueno, quizá lleve una del colegio en el bolsillo.

Josie se mordió el labio inferior, pero no consiguió disimular la sonrisa.

– No me refiero a esa clase de goma. ¿No sabes lo que es?

Maggie se agitó inquieta en el taburete.

– Lo sé. Por supuesto. Claro que lo sé.

– Bien. Es eso de plástico que se pone en su Cosa antes de metértela, para que no te quedes embarazada. ¿Lo utiliza?

– Oh. -Maggie retorció un mechón de cabello-. Eso. No. No quiero que lo utilice.

– No quieres. ¿Estás loca? Tiene que utilizar uno.

– ¿Por qué?

– Porque si no lo hace, tendrás un niño.

– Pero antes dijiste que una mujer ha de ser…

– Olvídalo. Siempre hay excepciones. Yo estoy aquí, ¿no? Soy del señor Wragg, ¿verdad? Mamá gemía y jadeaba con ese tal Paddy Lewis, pero yo aparecí cuando estaba fría como el hielo. Eso demuestra bien a las claras que cualquier cosa puede suceder, tanto si te satisfacen como si no.

Maggie meditó sobre aquella información, sin dejar de dar vueltas entre sus dedos al último botón del abrigo.

– Estupendo -dijo.

– ¿Estupendo? Maggie, por todos los santos del altar, no puedes…

– Quiero tener un hijo. Un hijo de Nick. Si intenta utilizar una goma, no le dejaré.

Josie rió.

– Aún no has cumplido los catorce.

– ¿Y qué?

– No puedes ser mamá si aún no has terminado el colegio.

– ¿Por qué?

– ¿Qué harías con un niño? ¿Adonde irías?

– Nick y yo nos casaríamos. Después, tendríamos un hijo. Después, seríamos una familia.

– No es posible que desees eso.

Maggie sonrió con auténtico placer.

– Oh, ya lo creo.

10

– Santo Dios -murmuró Lynley, al notar la súbita bajada de temperatura cuando cruzó el umbral que separaba el pub del comedor de Crofters Inn.

El enorme hogar del pub había logrado proyectar el suficiente calor para crear remansos de moderado bienestar en los rincones más lejanos, pero la débil calefacción central del comedor apenas proporcionaba la incierta promesa de que el lado del cuerpo más cercano al radiador de la pared no quedaría entumecido. Se reunió con Deborah y St. James en su mesa de la esquina, agachando la cabeza cada vez que pasaba bajo las grandes vigas de roble del techo bajo. Los Wragg habían dispuesto una estufa eléctrica providencial al lado de la mesa, que desprendía ondas de calor insustanciales que acariciaban sus tobillos y flotaban hacia las rodillas.

Había suficientes mesas dispuestas con manteles de hilo blanco, cubiertos y cristalería barata para acomodar a treinta comensales, como mínimo, pero daba la impresión de que los tres iban a compartir la sala únicamente con su despliegue inusual de obras de arte. Consistían en una serie de estampas de marco dorado que plasmaban el acontecimiento más famoso de Lancashire: la asamblea del Viernes Santo reunida en Malkin Tower y los acusados de brujería que la precedían y seguían por igual. El artista había plasmado a los protagonistas con una admirada subjetividad. Roger Nowell, el magistrado, tenía un aspecto adecuadamente ceñudo y prepotente, con la ira, la venganza y el poder de la Justicia Cristiana impresas en sus facciones. Chattox se veía muy decrépito: arrugado, encorvado y vestido con andrajos. Elizabeth Davies, con sus ojos inquietos que los músculos oculares eran incapaces de controlar, presentaba un aspecto lo bastante deforme como para haberse vendido al beso del diablo. El resto comprendía un grupo lascivo de adoradores del demonio, a excepción de Alice Nutter, que se mantenía algo apartada, con la vista clavada en el suelo y guardando ostensiblemente el silencio que la había llevado a la tumba, la única condenada que pertenecía a la clase alta.

– Ah -dijo Lynley al reconocer los grabados, mientras desdoblaba la servilleta-. Las celebridades de Lancashire. Cena y la perspectiva de una agradable discusión. ¿Lo hicieron o no lo hicieron? ¿Lo eran o no lo eran?

– Más bien se me antoja la perspectiva de perder el apetito -comentó St. James. Sirvió una copa de vino blanco afrutado a su amigo.

– Supongo que hay cierta verdad en tus palabras. Ahorcar a muchachas de pocas luces y ancianas indefensas, basándose en el ataque de apoplejía sufrido por un solo hombre, da que pensar, ¿no? ¿Cómo es posible comer, beber y divertirse, cuando la muerte está tan próxima como la pared del comedor?

– ¿Quiénes son? -preguntó Deborah, en tanto Lynley cataba el vino y cogía uno de los panecillos que Josie Wragg había depositado momentos antes sobre la mesa-. Sé que son brujas, pero ¿las has reconocido, Tommy?

– Solo porque están caricaturizadas. Dudo que las hubiera reconocido si el artista hubiera imitado menos a Hogarth. -Lynley señaló con el cuchillo de la mantequilla-. Ahí tienes al magistrado temeroso de Dios, y aquellos son los enjuiciados. Demdike y Chattox; yo diría que son los apergaminados. Después, Alizon y Elizabeth Davies, madre e hija. He olvidado a las demás, excepto a Alice Nutter. Es la que parece fuera de lugar.

– La verdad, pensaba que se parecía a tu tía Augusta.

Lynley dejó de aplicar mantequilla al trozo de panecillo. Dedicó a la imagen de Alice Nutter una detenida inspección.

– Algo hay de cierto. Tienen la misma nariz. -Sonrió-. Me lo pensaré dos veces antes de cenar en casa de la tía en Nochebuena. Dios sabe lo que servirá a modo de ponche.

– ¿Eso hicieron? ¿Pergeñar alguna poción? ¿Echar un hechizo a alguien? ¿Provocar que llovieran ranas?

– Eso me suena vagamente australiano -dijo Lynley.

Examinó los demás cuadros mientras comía el panecillo y buscaba los detalles en su memoria. Uno de sus trabajos en Oxford había versado sobre el revuelo causado en el siglo diecisiete por la brujería. Recordaba con toda claridad a la conferenciante: veintiséis años, ardiente feminista, la mujer más hermosa que había visto en su vida y tan accesible como un tiburón famélico.

– Hoy lo llamaríamos el efecto dominó -siguió-. Una de ellas robó en Malkin Tower, la casa de una de las otras, y luego tuvo la audacia de exhibir en público algo robado. Cuando fue conducida ante el magistrado, se defendió mediante el expediente de acusar a la familia de Malkin Tower de brujería. El magistrado tal vez llegó a la conclusión de que era una treta ridícula para desviar la culpabilidad, pero pocos días después, Alizon Davies, que vivía en la misma torre, maldijo a un hombre que al cabo de escasos minutos fue víctima de un ataque de apoplejía. A partir de ese momento, la caza de brujas se desencadenó.

– Con éxito, al parecer -dijo Deborah, que estaba mirando los grabados.

– En efecto. Las mujeres empezaron a confesar toda clase de fechorías absurdas en cuanto fueron conducidas a presencia del magistrado: sostener relaciones sexuales en forma de gatos, perros y osos, fabricar muñecas de barro que personificaban a sus enemigos y clavarles espinas, matar vacas, provocar que la leche se agriara, estropear la cerveza buena…

– Ese sí que me parece un crimen digno de castigo -intervino St. James.

– ¿Hubo pruebas? -preguntó Deborah.

– Si una anciana hablando con su gato es una prueba, si una maldición oída al pasar por un aldeano es una prueba…

– Entonces, ¿por qué confesaron?

– Presión social. Miedo. Eran mujeres incultas, conducidas a presencia de un magistrado de otra clase. Les habían enseñado a inclinarse ante sus superiores, siquiera metafóricamente. ¿Qué forma más eficaz de hacerlo, que aceptar lo que sus superiores sugerían?

– ¿Aunque significara su muerte?

– Aunque significara su muerte.

– Pero pudieron negar los cargos. Pudieron guardar silencio.

– Alice Nutter lo hizo. La colgaron, de todos modos.

Deborah frunció el ceño.

– Qué cosa más rara de celebrar con cuadros en las paredes.

– Turismo -explicó Lynley-. ¿No paga la gente por ver la máscara mortuoria de la reina de Escocia?

– Por no mencionar los lugares más siniestros de la Torre de Londres -añadió St. James-. La Capilla Real, la Torre de Wakefield…

– ¿Para qué perder el tiempo con las joyas de la corona, cuando puedes ver el matadero? -siguió Lynley-. El crimen no paga, pero la muerte les impulsa a correr para deshacerse de unas cuantas libras.

– ¿No es eso irónico para un hombre que ha peregrinado cinco veces, como mínimo, a Bosworth Field [5] el veintidós de agosto? -preguntó Deborah con malicia-. ¿Un viejo pasto de vacas en el trasero del mundo, donde bebes del pozo y juras al fantasma de Ricardo que habrías combatido por los York?

– Eso no es muerte -dijo Lynley con cierta dignidad, y alzó el vaso para saludarla-. Es historia, muchacha. Alguien ha de ocuparse de dar ejemplo.

La puerta que daba a la cocina se abrió, y Josie Wragg apareció con los primeros.

– Aquí, salmón ahumado -murmuró-, aquí, paté, aquí, cóctel de gambas. -A continuación, ocultó la bandeja y las manos tras la espalda-. ¿Hay suficientes panecillos?

Formuló la pregunta a todos en general, pero examinó subrepticiamente a Lynley, aunque todo el mundo se dio cuenta.

– Sí -contestó St. James.

– ¿Quieren más mantequilla?

– No creo. Gracias.

– ¿El vino es bueno? El señor Wragg tiene una bodega llena, si ese se ha picado. Ocurre a veces, ¿saben? Han de ir con cuidado. Si no se guarda bien, el corcho se seca y agrieta, el aire entra y el vino se pone salado, o algo por el estilo.

– El vino es bueno, Josie. También probaremos el burdeos.

– El señor Wragg es un experto en vino. -Se agachó para rascarse el tobillo, y luego miró a Lynley-. Usted no ha venido de vacaciones, ¿verdad?

– No exactamente.

La muchacha se incorporó y volvió a esconder la bandeja a la espalda.

– Eso pensaba yo. Mamá dijo que era un detective de Londres, y al principio pensé que había venido para decirle algo sobre Paddy Lewis, que ella no me contaría, claro, por temor a que yo se lo dijera al señor Wragg, cosa que yo no haría, desde luego, aunque eso significara que fuera a huir con él, quiero decir con Paddy, y dejarme con el señor Wragg. Al fin y al cabo, sé lo que es el amor verdadero. Usted no es de esa clase de detectives, ¿verdad?

– ¿A qué clase te refieres?

– Ya sabe. Como en la tele. Los que se contratan.

– ¿Un detective privado? No.

– Eso pensé cuando le vi. Después, le oí hablar por teléfono hace unos momentos. No es que le estuviera escuchando, pero su puerta estaba un poco abierta, yo iba a llevar toallas limpias a las habitaciones, y le oí por casualidad. -Sus dedos arañaron la bandeja y la aferraron con más fuerza antes de proseguir-. Es la mamá de mi mejor amiga, ¿sabe? No quería hacerle daño. Es como cuando alguien hace conservas, pone lo que no debe y mucha gente se pone mala. Digamos que compran las conservas en la fiesta parroquial. Cerezas o moras. Está bien, ¿no? Se las llevan a casa y las esparcen sobre las tostadas a la mañana siguiente, o con los panecillos del té. Después, se ponen malos, pero todo el mundo sabe que fue un accidente. ¿Lo ve?

– Naturalmente. Podría ocurrir.

– Pues eso es lo que ha ocurrido aquí. Solo que no fue durante una fiesta, y tampoco eran conservas.

Nadie habló. St. James daba vueltas a su copa de vino, sujetándola por el pie. Lynley había parado de desmenuzar su panecillo, y Deborah paseaba la mirada entre los hombres y la muchacha, a la espera de que uno contestara. Como no lo hicieron, Josie continuó.

– Es que Maggie es mi mejor amiga, y nunca había tenido una. Su mamá, la señora Spence, es muy reservada. La gente lo considera extraño, y quiere extraer deducciones de ello, pero no hay nada que extraer. Debería recordar eso, ¿no cree?

Lynley asintió.

– Muy prudente. Estoy de acuerdo.

– Bien, entonces… -Inclinó la cabeza y esperó un momento, como si fuera a hacer una reverencia. En cambio, se alejó de la mesa en dirección a la puerta de la cocina-. Querrán empezar a comer, ¿verdad? La receta del paté es de mamá. El salmón ahumado está muy fresco. Si quieren cualquier cosa…

Su voz se desvaneció cuando la puerta se cerró tras ella.

– Esa es Josie -dijo St. James-, por si no habíais sido presentados. Una enérgica defensora de la teoría del accidente.

– Ya me he dado cuenta.

– ¿Qué dijo el sargento Hawkins? Supongo que es la conversación que Josie escuchó.

– En efecto. -Lynley pinchó un trozo de salmón y recibió una agradable sorpresa cuando descubrió, como Josie había afirmado, que era muy fresco-. Quería repetir que siguió las órdenes de Hutton-Preston desde el primer momento. La comisaría de Hutton-Preston se vio implicada por mediación del padre de Shepherd, y en lo que a Hawkins concierne, desde aquel momento todo se precipitó. De modo que apoya a Shepherd y no le complace en absoluto que estemos husmeando.

– Muy razonable. Al fin y al cabo, es el responsable de Shepherd. Lo que recaiga sobre la cabeza del policía local no quedará muy bien en el historial de Hawkins.

– También quería informarme de que el obispo del señor Sage había quedado completamente satisfecho con la investigación, la encuesta y el veredicto.

St. James levantó la vista de su cóctel de gambas.

– ¿Asistió a la encuesta?

– Es evidente que envió a alguien. Por lo visto, Hawkins considera que si la investigación y la encuesta cuentan con la bendición de la Iglesia, también deberían contar con la bendición del Yard.

– ¿No colaborará, pues?

Lynley pinchó más salmón con el tenedor.

– No es una cuestión de colaboración, St. James. Sabe que la investigación fue un poco irregular, y la mejor forma de defenderla, a él y a su hombre, es permitirnos demostrar que sus conclusiones fueron correctas. Pero no tiene por qué gustarle. A ninguno de ellos les gusta.

– Menos les gustará cuando investiguemos el estado de Juliet Spence aquella noche.

– ¿Qué estado? -preguntó Deborah.

Lynley explicó lo que el agente les había contado sobre la indisposición de la mujer la noche que el vicario murió. Explicó la ostensible relación entre el agente y Juliet Spence.

– Debo admitir, St. James -concluyó-, que tal vez me hayas arrastrado hasta aquí para nada. Da mala espina que Colin Shepherd se encargara personalmente del caso, con la única ayuda de su padre y un vistazo rutinario del DIC de Clitheroe al lugar de los hechos. Pero si ella también estaba enferma, la teoría del accidente adquiere más peso del que habíamos imaginado en un principio.

– A menos que el agente mintiera para protegerla y ella no estuviera enferma -apuntó Deborah.

– Es una posibilidad, por supuesto. No podemos descartarla, aunque sugiere complicidad entre ambos. Pero si ella carecía de motivos para asesinar al hombre, lo cual es discutible, como sabemos, ¿cuál demonios sería el móvil mutuo?

– Si buscamos culpabilidades, es necesario algo más que descubrir motivos -dijo St. James. Apartó su plato a un lado-. Hay algo peculiar en su indisposición de aquella noche. No encaja.

– ¿Qué quieres decir?

– Shepherd nos dijo que había recaído varias veces. Ardía de fiebre, también.

– Que no son los síntomas de un envenenamiento por cicuta.

Lynley jugueteó un momento con el último trozo de salmón, exprimió un limón por encima, y por fin renunció a comer. Después de su conversación con Colin Shepherd, había estado a punto de desechar la mayoría de las preocupaciones de St. James respecto a la muerte del vicario. De hecho, pensó que toda la aventura se reducía a un intento por su parte de calmar la inquietud creada por la discusión con Helen aquella mañana. Pero ahora…

– Sigue -dijo.

St. James enumeró los síntomas: exceso de salivación, temblores, convulsiones, dolor abdominal, dilatación de las pupilas, delirios, paro respiratorio, parálisis total.

– Actúa sobre el sistema nervioso central -concluyó-. Un solo bocado puede matar a un hombre.

– ¿Shepherd miente?

– No necesariamente. Ella es herbolaria. Josie nos lo dijo anoche.

– Y tú me lo has repetido esta mañana. Esa es la razón principal de que me obligaras a correr por la autopista como una Némesis sobre ruedas. Lo que no entiendo…

– Las hierbas son como las drogas, Tommy, y actúan como las drogas. Son estimulantes de la circulación, cardiotónicas, relajantes, expectorantes… Sus funciones abarcan toda la gama de lo que un farmacéutico proporciona bajo prescripción facultativa.

– ¿Insinúas que tomó algo para ponerse enferma?

– Algo que provocara fiebre. Algo que provocara vómitos.

– ¿No es posible que comiera algo de cicuta, pensando que era chirivía silvestre, empezara a sentirse enferma en cuanto el vicario se marchó, y se administrara un purgante para aliviar su malestar, sin relacionar ese malestar con la supuesta chirivía silvestre? Eso explicaría los vómitos constantes. ¿No pudieron ser los vómitos constantes los que elevaron su temperatura?

– Sí, cabe una estrecha posibilidad, pero si ese es el caso, y yo no apostaría por ello, Tommy, sabiendo la rapidez con que actúa la cicuta en el sistema, ¿no le habría dicho al agente que había tomado un purgante después de comer algo que le sentó mal? ¿No nos habría dado hoy el agente dicha información?

Lynley volvió a mirar los cuadros de la pared. Allí estaba Alice Nutter, como antes, obstinada en su silencio, mientras su tez adquiría un color más patibulario a cada momento que se negaba a hablar. Una mujer con secretos, que se llevó a la tumba. Si había mantenido la boca cerrada porque era católica, si fue por orgullo, si fue por saber que había caído en la trampa de un magistrado con el que se había peleado, nadie lo sabía. Pero en un pueblo aislado, siempre existía un aura de misterio alrededor de una mujer cuyos secretos no desea revelar. Siempre existía una perniciosa necesidad de arrancarle dichos secretos y obligarla a pagar por lo que ocultaba.

– Sea como fuera, hay algo que no encaja -repitió St. James-. Me siento inclinado a pensar que Juliet Spence consiguió la cicuta, sabía exactamente qué era y la preparó para el clérigo. Por los motivos que sean.

– ¿Y si carecía de motivos? -preguntó Lynley.

– En ese caso, lo hizo otra persona.

Después de que Polly se fuera, Colin Shepherd bebió el primer whisky. He de conseguir que las manos dejen de temblar, pensó. Engulló el primer vaso. Arrasó su garganta, pero cuando dejó el vaso sobre la mesa auxiliar, esta repiqueteó como un pájaro carpintero que estuviera desmenuzando corcho para comer. Otro, decidió. La botella retembló contra el cristal.

Bebió el segundo para obligarse a pensar en ello. La Gran Piedra de Cuatropiedras, y después, Back End Barn. La Gran Piedra era un enorme oblongo de granito, una curiosidad inexplicable del país enclavada en la pradera de Loftshaw Moss, algunos kilómetros al norte de Winslough. Habían ido allí para merendar aquel hermoso día de primavera, en que el áspero viento de los páramos se había convertido en una simple brisa y el cielo relucía con sus nubes de lana y su azul sempiterno. Back End Barn fue el objetivo de su paseo, después de terminar la comida y el vino. Polly había sugerido ir a caminar, pero él había elegido la dirección, y sabía lo que encontrarían allí. Él, que había recorrido los páramos desde niño. Él, que reconocía cada fuente y riachuelo, que sabía el nombre de todas las colinas, que era capaz de localizar cada megalito. La había guiado sin vacilar hasta Back End Barn, y también había sugerido que echaran un vistazo al interior.

El tercer whisky lo revivió todo. El aguijón de una astilla que atravesó su hombro cuando abrió la puerta agrietada por el clima. El fuerte olor a ovejas y los manojos de lana aferrados a la argamasa de las piedras que conformaban las paredes. Los dos haces de luz que se filtraban por las grietas del viejo techo de pizarra y formaban una V perfecta, en cuyo vértice se paró Polly con una carcajada.

– Parece una claraboya, ¿verdad, Colin? -dijo.

Cuando cerró la puerta, dio la impresión de que el resto del establo disminuía de tamaño, al tiempo que la luz se apagaba. Con el establo, se encogió el mundo, hasta que solo quedaron aquellos dos sencillos haces de luz dorada proyectados por el sol, y Polly en su punto de unión.

La muchacha desvió la vista hacia la puerta que él había cerrado. Después, recorrió con las manos los lados de la falda.

– Es como un lugar secreto, ¿verdad? Con la puerta cerrada y todo. ¿Annie y tú venís aquí? Quiero decir, ¿veníais? Antes. Ya me entiendes.

Colin negó con la cabeza. Ella debió entender su silencio como un recordatorio de la angustia que le aguardaba en Winslough.

– He traído las piedras -dijo, guiada por un impulso-. Deja que te las tire.

Antes de que Colin pudiera contestar, Polly se puso de rodillas y extrajo del bolsillo de la falda una pequeña bolsa negra de terciopelo, bordada con estrellas rojas y plateadas. Desató las cintas y vertió las ocho piedras en su mano.

– No creo en eso -dijo Colin.

– Porque no lo comprendes.

Polly se apoyó sobre los tacones y palmeó el suelo. Era de piedra, irregular, agrietado y marcado por las pezuñas de diez mil ovejas. El se arrodilló a su lado.

– ¿Qué quieres saber?

Colin no contestó. La luz encendía el cabello de Polly. Tenía las mejillas sonrosadas.

– Ánimo, Colin. Habrá algo.

– Nada.

– Seguro que sí.

– Bien, no hay nada.

– Entonces, las tiraré para mí. -Agitó las piedras en su mano, como si fueran dados, cerró los ojos y ladeó la cabeza-. Bien. ¿Qué voy a preguntar? -Las piedras golpearon entre sí-. Si me quedo en Winslough, ¿encontraré a mi verdadero amor? -Dedicó a Colin una sonrisa traviesa-. Porque si vive en el pueblo, le cuesta mucho presentarse.

Lanzó las piedras con un movimiento de la muñeca. Se deslizaron sobre el suelo. Tres piedras mostraron sus caras ilustradas. Polly se inclinó hacia delante para verlas y enlazó las manos sobre el regazo, complacida.

– Mira, los presagios son buenos -dijo-. Esta es la piedra anular. Esa es la del amor y el matrimonio, y a su lado, la de la suerte. ¿Ves que parece una espiga de trigo? Significa riqueza. Los tres pájaros que vuelan cerca de mí significan un cambio repentino.

– ¿Te casarás de un día para otro con alguien rico? Eso suena a Townley-Young.

La joven rió.

– A nuestro señor St. John se le pondrían los pelos de punta si se enterara. -Recogió las piedras-. Tu turno.

No significaba nada. No creía, pero aun así formuló la única pregunta que le interesaba, la que se hacía cada mañana al levantarse, y cada noche cuando se acostaba.

– ¿La nueva quimioterapia salvará a Annie?

Polly frunció el ceño.

– ¿Estás seguro?

– Tira las piedras.

– No. Si la pregunta la haces tú, tíralas tú.

Las arrojó como ella, y vio la única piedra que mostraba su lado ilustrado, pintado con una H negra. Como la piedra anular que Polly había lanzado, aquella era la más alejada de él.

Polly las observó. Colin vio que su mano izquierda pellizcaba la tela de su falda. Extendió la mano como para amontonar las piedras.

– Temo que no se puede leer una sola piedra. Tendrás que intentarlo de nuevo.

Colin aferró su muñeca para detenerla.

– Eso no es cierto, ¿verdad? ¿Qué significa?

– Nada. No se puede leer una sola piedra.

– No mientas.

– No miento.

– Dice que no, ¿verdad?

No era necesario hacer la pregunta para saber la respuesta. Soltó su mano.

Polly cogió las piedras una a una y las metió en la bolsa, hasta que solo quedó la negra en el suelo.

– ¿Qué significa? -preguntó una vez más.

– Dolor -contestó la joven con voz apagada-. Separación. Luto.

– Sí, ya. Bien.

Levantó la vista hacia el techo, intentó aliviar la extraña presión que se agolpaba detrás de sus ojos, y concentrarse en calcular cuántas tejas se necesitarían para tapar la luz del sol que bañaba el suelo. ¿Una? ¿Veinte? ¿Era la obra posible? Si alguien se subía al tejado para reparar los daños, ¿no se derrumbaría todo el edificio?

– Lo siento -dijo Polly-. Fue una estupidez por mi parte. Soy una estúpida. No pienso cuando debo.

– No es culpa tuya. Ella se está muriendo, y ambos lo sabemos.

– Pero yo quería que hoy fuera un día especial para ti. Unas horas alejado de todo, para que no tuvieras que pensar en eso por un rato. Y entonces, saqué las piedras. No pensé que me pedirías… Qué otra cosa ibas a preguntar. Soy tan estúpida. Estúpida.

– Basta.

– Empeoré las cosas.

– No pueden ser peores.

– Sí. Yo lo hice.

– No.

– Oh, Col…

El bajó la cabeza. Le había sorprendido ver su dolor reflejado en la cara de Polly. Pensó, no, no lo haré, al tiempo que empezaba a besarla. Pensó, Annie, Annie, al tiempo que la tendía en el suelo, sentía que ella se movía sobre él, sentía su boca buscar los pechos que ella había liberado para él, para él, al tiempo que sus manos subían por debajo de su falda, le quitaba las bragas, se bajaba los pantalones, la atraía hacia él, hacia él, la necesitaba, la deseaba, el calor, tan suave, y qué maravillosa fue aquella primera noche juntos, nada tímida como él pensaba, sino abierta a él, llena de amor, la exclamación ahogada al sentir aquella cosa extraña en su interior, pero luego movió su cuerpo y se alzó para recibirle y acarició su espalda desnuda y se apoderó de sus nalgas y le empujó para que la penetrara más y más hondo y todo el rato todo el rato sin apartar los ojos de los suyos radiantes de felicidad y amor y toda la energía de él adquirió su fuerza del placer que experimentaba el cuerpo de ella del calor de la humedad de la sedosa prisión que le encerraba que le deseaba al tiempo que él deseaba deseaba deseaba, y gritó «¡Annie! ¡Annie!» cuando alcanzó el orgasmo en el interior del cuerpo de la amiga de Annie.

Colin se sirvió el cuarto whisky para intentar olvidar. Quería echarle la culpa a sabiendas de que la responsabilidad era suya. Puerca, pensó, ni siquiera tuvo la decencia de ser leal a Annie. Estaba bien a punto, ni siquiera intentó frenarle, incluso se quitó la blusa y el sujetador, y cuando comprendió que él la quería penetrar, se dejó sin un murmullo de protesta o, más tarde, unas palabras de arrepentimiento.

Solo que él había visto su expresión cuando abrió los ojos instantes después de gritar el nombre de Annie. Comprendió la magnitud del golpe que acababa de asestar, y consideró, con total egoísmo, que lo tenía bien merecido por seducir a un hombre casado. Polly había tirado las piedras a propósito, pensó. Lo había planeado todo. Independientemente de cómo hubieran caído al suelo cuando él las arrojó, las habría interpretado de tal manera que en cualquier circunstancia follar habría sido el resultado lógico. Polly era una bruja. Sabía lo que hacía, en cada momento, cada día. Lo había planeado todo.

Colin sabía que un «Lo siento» no mitigaría los pecados que había cometido contra Polly Yarkin aquella tarde de primavera en Back End Barn, y cada día posterior. Ella le había tendido la mano de la amistad, por más que la realidad de su amor complicara la situación, y él le había vuelto la espalda una y otra vez, impulsado por su necesidad de castigarla, porque carecía de la valentía necesaria para admitir lo peor que había en él.

Y ahora, Polly se había desprendido de la piedra anular, y la había depositado, junto con sus sencillas esperanzas de futuro, sobre la tumba de Annie. Sabía que era otro acto de contrición más, en un intento de expiar un pecado en el que solo había jugado un papel secundario. No era justo.

– Leo -dijo Colin. El perro, echado junto al fuego, levantó la cabeza, expectante-. Vámonos.

Cogió una linterna y el chaquetón colgado en la entrada. Salió a la noche. Leo caminaba a su lado, sin correa, y su nariz se arrugaba al captar los olores del helado aire invernal: humo de leña, tierra húmeda, gases de escape de un coche que pasaba, un leve olor a pescado frito. Para el animal, un paseo nocturno carecía del estímulo de un paseo diurno, cuando podía perseguir pájaros y sobresaltar a alguna oveja con sus ladridos. De todos modos, un paseo era un paseo.

Cruzaron la carretera y entraron en el cementerio. Se encaminaron hacia el castaño, mientras Colin alumbraba el suelo con la linterna. Leo iba olfateando delante de él, alejado del círculo de luz. El perro sabía adonde iban, un lugar que habían visitado con frecuencia. Llegó a la tumba de Annie antes que su amo, y empezó a olfatear.

– No, Leo -dijo Colin.

Enfocó la linterna hacia la tumba, y después a su alrededor. Se agachó para ver mejor.

¿Qué había dicho Polly? «Quemé cedro por ti, Colin. Deposité cenizas sobre su tumba, y la piedra anular. Di a Annie la piedra anular.» Pero no estaba, y lo único que podía interpretarse como cenizas de cedro era una tenue capa de manchas grises sobre la escarcha. Si bien admitía que podían proceder de las cenizas, en caso de que el viento y los olfateos del perro las hubieran dispersado, lo mismo no podía aplicarse a la piedra rúnica. Y si ese era el caso…

Rodeó la tumba poco a poco, con el deseo de creer a Polly, de concederle la oportunidad. Pensó que el perro la habría tirado a un lado, de modo que buscó con la linterna y levantó cada piedra del tamaño adecuado, por si veía los anillos rosados entrelazados. Por fin, se rindió.

Rió de su propia credulidad. El sentimiento de culpa nos impulsa muchas veces a creer en la redención. Era obvio que Polly le había obsequiado con la primera idea que acudió a su cabeza, en otro intento de cargar las culpas sobre sus espaldas. Al mismo tiempo que hacía todo lo posible (como los demás) por apartarle de Juliet. No lo conseguiría.

Movió la linterna en círculo sobre el suelo. Miró primero hacia el norte, en dirección al pueblo, donde las luces trepaban por la ladera de la colina en una configuración tan familiar que habría podido identificar por su apellido a la familia que vivía en cada punto luminoso. Después, miró hacia el sur, donde se alzaba el robledal y, al otro lado, Cotes Fell se erguía como una silueta ataviada de negro contra el cielo nocturno. En la base de la montaña, al otro lado del prado, encajada en un claro abierto mucho tiempo atrás entre los árboles, aparecía Cotes Hall, y al lado, la casa de Juliet Spence.

Qué idiota había sido al ir al cementerio. Pasó por encima de la tumba de Annie, llegó al muro en dos zancadas, saltó sobre él, llamó al perro y avanzó con rapidez hacia el sendero peatonal público que conducía desde el pueblo a la cumbre de Cotes Fell. Habría podido volver por el Rover. Habría ido más rápido, pero se dijo que tenía ganas de andar, que necesitaba fortalecer la decisión que iba a tomar. ¿Qué mejor manera, sino sentir la tierra sólida bajo sus pies, mover los músculos y bombear sangre al corazón?

Desechó la idea que aleteaba junto a su mente como una mariposa de alas mojadas mientras recorría el sendero: en su posición, ir a la casa por el camino de atrás implicaba no solo una visita clandestina a Juliet, sino complicidad entre ambos. ¿Por qué utilizaba el camino de atrás, cuando no tenía nada que ocultar, cuando tenía coche, cuando iría más rápido en el vehículo, cuando la noche era fría?

Como había ocurrido en diciembre, cuando Robin Sage tomó el mismo camino, con idéntico destino en su mente. Robin Sage, que tenía coche, que habría podido cogerlo, que prefirió caminar, pese a la nieve que ya cubría la tierra, ignorante o indiferente a la predicción de que nevaría más antes del amanecer. ¿Por qué Robin Sage había caminado aquella noche?

Le gustaba el ejercicio, el aire puro, pasear por los páramos, se dijo Colin. Durante los dos meses que Sage había vivido en el pueblo, había visto bastantes veces al vicario, con sus botas Wellington incrustadas de barro y un bastón de paseo. Siempre efectuaba sus visitas a pie. Iba al ejido a pie para dar de comer a los patos. ¿Por qué iba a cambiar de costumbre en lo tocante a la casa de Juliet?

La distancia, el clima, la época del año, el intenso frío, la noche. Las respuestas cruzaron por la mente de Colin, mientras surgía el único dato que se obstinaba en desechar. Nunca había visto a Sage caminar de noche. Si el vicario iba de visita fuera del pueblo después de oscurecer, cogía el coche. Al menos, lo había hecho la única vez que visitó Skelshaw Farm, para conocer a los padres de Nick Ware, al igual que cuando se dirigía a las demás granjas.

Incluso había cogido el coche para cenar en la mansión de los Townley-Young poco después de su llegada a Winslough, antes de que St. John Andrew Townley-Young hubiera tomado buena nota de las inclinaciones humildes del vicario y le eliminara de su lista de amistades aceptables. ¿Por qué Sage había ido a casa de Juliet a pie?

La misma mariposa de alas mojadas le proporcionó la respuesta. Sage no quería que le vieran, del mismo modo que Colin no quería que le vieran ir a la casa la misma noche del día en que New Scotland Yard había llegado al pueblo. «Admítelo, admítelo…»

«No», pensó Colin. Era el maligno monstruo de los ojos verdes, que pretendía erosionar su confianza. Rendirse a él de cualquier forma significaría una muerte segura para el amor y la extinción de sus esperanzas para el futuro. Decidido a no pensar más en el asunto, apagó la linterna. Aunque había recorrido el sendero durante casi treinta años, tuvo que concentrarse en algo que no fuera Robin Sage para sortear una repentina depresión en la tierra y subir por la escalera de alguna cerca ocasional. Las estrellas le ayudaron. Brillaban en el cielo, una cúpula de cristales que centelleaban como faros en una masa de tierra distante, al otro lado del océano de la noche.

Leo le precedía. Colin no le veía, pero oía el crujido de la escarcha bajo sus patas, y el ruido que hizo al trepar a un muro y lanzar un alegre ladrido. Colin sonrió. Un momento después, el perro empezó a ladrar con entusiasmo.

– ¡No! -se oyó a continuación la voz de un hombre-. ¡Quieto! ¡Échate!

Colin encendió la linterna y aceleró el paso. Junto al muro siguiente, Leo saltaba hacia un hombre sentado en lo alto de la escalera. Colin enfocó su cara. El hombre entornó los ojos y gritó en respuesta. Era Brendan Power. El abogado llevaba una linterna, pero no la utilizaba. Estaba a su lado, con la luz apagada.

Colin ordenó al perro que se echara. Leo obedeció, no sin antes levantar una pata delantera y arañar rápidamente las toscas piedras del muro, como si saludara al hombre.

– Lo siento -dijo Colin-. Le habrá dado un buen susto.

Observó que el perro había interrumpido al hombre cuando se había detenido a fumar una pipa, lo cual explicaba por qué no había encendido la linterna. La pipa aún brillaba tenuemente, y lo que quedaba del tabaco quemado desprendía un olor a cerezas.

Tabaco de maricón, habría dicho el padre de Colin con un resoplido. Si vas a fumar, muchacho, al menos ten el sentido común de elegir algo que te haga oler como un hombre.

– Ya lo creo -dijo Power, y extendió la mano para que el perro olfateara sus dedos-. Salí a dar un paseo. Me gusta caminar, cuando puedo. Un poco de ejercicio después de estar sentado todo el día detrás de un escritorio. Me mantiene en forma, ya sabe.

Chupó la pipa, como si esperara que Colin respondiera algo similar.

– ¿Viene de la mansión?

– ¿La mansión?

Power rebuscó en la chaqueta y extrajo una bolsa. La abrió y hundió la pipa en su interior, para llenarla de tabaco nuevo, sin haber eliminado el quemado de la cazoleta. Colin le observó con curiosidad.

– Sí, la mansión. Exacto. Para echar un vistazo. El trabajo y todo eso. Becky se está poniendo nerviosa. Las cosas no han ido bien, pero usted ya lo sabrá.

– ¿No han surgido más problemas desde el fin de semana?

– No, nada, pero toda precaución es poca. A ella le gusta que vigile los progresos, y a mí no me importa caminar. Aire puro. Brisa. Es bueno para los pulmones.

Respiró hondo como para subrayar su frase. Después, intentó encender la pipa, con escaso éxito. El tabaco prendió, pero la cazoleta repleta impidió que el aire pasara por el cañón. Se rindió después de dos intentos y volvió a guardar la pipa, la bolsa y las cerillas en la chaqueta. Saltó del muro.

– Becky se estará preguntando adonde he ido, supongo. Buenas noches, agente.

Dio media vuelta para marcharse.

– Señor Power.

El hombre se detuvo con brusquedad. Se apartó de la luz que Colin enfocaba en su dirección.

– ¿Si?

Colin cogió la linterna que descansaba sobre el muro.

– Se olvida esto.

Power mostró los dientes en una parodia de sonrisa. Emitió una breve carcajada.

– El aire fresco me habrá afectado la cabeza. Gracias.

Cuando extendió la mano hacia la linterna, Colin la retuvo un momento más de lo absolutamente necesario.

– ¿Sabe que el señor Sage murió en este mismo lugar, justo al otro lado de la escalera? -dijo, a modo de prueba, y porque New Scotland Yard no tardaría en repasar todos los cabos sueltos.

Dio la impresión de que la manzana de Adán de Power se movía a lo largo de todo su cuello.

– Creo… -empezó.

– Hizo lo posible por saltar, pero sufría convulsiones. ¿Lo sabía? Se golpeó la cabeza con el peldaño inferior.

Power desvió la vista al instante hacia el muro.

– Lo ignoraba. Solo sabía que le encontraron… que usted le encontró en algún punto del sendero.

– Usted le vio la mañana anterior a su muerte, ¿verdad? Usted y la señorita Townley-Young.

– Sí, pero usted ya lo sabe, de modo…

– Anoche, usted estaba en la pista con Polly, ¿verdad? Frente al pabellón.

Power no contestó enseguida. Miró a Colin con cierta curiosidad y cuando contestó, lo hizo con parsimonia, como intrigado por la pregunta. Al fin y al cabo, era abogado.

– Me dirigía a la mansión. Polly volvía a casa. Paseamos juntos. ¿Hay algún problema?

– ¿Y el pub?

– ¿El pub?

– Crofters. Ha estado con ella allí. Bebiendo por las noches.

– Una o dos veces, al salir a dar un paseo. Cuando pasé por el pub camino de casa, encontré a Polly. Me senté con ella. -Se pasó la linterna de una mano a otra-. ¿Y qué?

– Usted conoció a Polly antes de casarse. La conoció en la vicaría. ¿Le trató bien?

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Le fue detrás? ¿Le pidió algún favor?

– No. Por supuesto que no. ¿Adonde quiere ir a parar?

– Usted tiene acceso a las llaves de la mansión, ¿no es cierto? Y también a las de la casa de la vigilante, ¿no? ¿Se las pidió prestadas alguna vez? ¿Le ofreció algo a cambio del favor?

– Eso es un disparate. ¿Qué cono intenta insinuar? ¿Qué Polly…? -Antes de terminar la frase, Power miró en dirección a Cotes Fell-. ¿A qué viene todo esto? Pensaba que estaba muerto y enterrado.

– No. Scotland Yard ha venido de visita.

Power volvió la cabeza y le miró fijamente.

– Y usted pretende encaminarles en la dirección equivocada.

– Pretendo descubrir la verdad.

– Pensaba que ya lo había hecho. Pensaba haberlo oído en la encuesta. -Power extrajo la pipa de la chaqueta. Golpeó la cazoleta contra el tacón del zapato y tiró el tabaco, sin dejar de mirar a Colin-. ¿Pisa arenas movedizas, agente Shepherd? Bien, permítame una sugerencia. No intente colgarle el muerto a Polly Yarkin.

Se alejó sin una palabra más. Se detuvo a unos veinte metros para volver a cargar y encender la pipa. La cerilla brilló, y a juzgar por el resplandor que siguió, el tabaco prendió esta vez.

11

Colin mantuvo la linterna encendida durante el resto del paseo hasta la casa. Utilizar la oscuridad como medio de distracción era inútil ya. Las últimas palabras de Brendan Power lo impedían.

Estaba disponiendo un segundo conjunto de posibilidades, preparando un punto de partida inédito, y lo sabía. Trataba de buscar una dirección viable hacia la que poder desviar a la policía de Londres.

Por si acaso, se dijo. Porque las dudas empezaban a intensificar sus inquietos murmullos en el interior de su cráneo, y debía hacer algo para aplacarlas. Debía emprender una iniciativa que estuviera dentro de sus atribuciones, exigida por las circunstancias, y encaminada a tranquilizar su mente.

No había pensado en qué dirección apuntaría hasta que vio a Brendan Power y comprendió, con una intuición tan poderosa que sintió su certeza en el hueco del estómago, lo que podía haber ocurrido, lo que debía de haber ocurrido, y que Juliet se estaba culpando de una muerte que solo había provocado de una manera indirecta.

El había creído desde el primer momento que la muerte era accidental, porque no podía pensar en otra explicación y continuar mirándose al espejo cada mañana. Sin embargo, ahora comprendió lo equivocado e injusto que habría podido ser con Juliet en aquellos oscuros y aislados momentos, cuando él, como todos los habitantes del pueblo, se preguntó cómo, de entre todo el mundo, había cometido Juliet aquel error fatal. Ahora, comprendía cómo había podido ser manipulada para llegar a creer que había cometido una equivocación. Ahora, lo comprendía todo.

Aquella idea, y el creciente deseo de vengar el error cometido contra ella, le espolearon por el sendero, mientras Leo le precedía, dando alegres saltos. Se internaron por el robledal, a escasa distancia del pabellón donde vivían Polly Yarkin y su madre. Qué fácil era deslizarse desde el pabellón a Cotes Hall, comprendió Colin. Ni siquiera se necesitaba caminar por aquel desastre de pista para llegar.

El sendero le condujo bajo los árboles, por dos puentes peatonales cuya madera pudría poco a poco la humedad de cada invierno, y sobre un esponjoso lecho de hierbas descompuestas cubiertas por una delicada capa de escarcha. Finalizaba donde los árboles daban paso al jardín trasero de la casa, y cuando Colin llegó a aquel punto, vio que Leo saltaba entre los montones de abono y tierra en barbecho para arañar la base de la puerta. Colin movió la linterna de un lado a otro y tomó nota de los detalles: a su izquierda, el invernadero, apartado de la casa, sin candado en la puerta; al otro lado, el cobertizo, cuatro paredes de madera y un tejado de papel alquitranado, donde ella guardaba las herramientas que utilizaba en el jardín y en sus incursiones al bosque para recoger plantas y raíces; la casa en sí, con la puerta verde de la bodega, cuya pintura se desprendía en astillas, que conducía a la oscura cavidad de olor a marga donde Juliet guardaba sus raíces. Mantuvo enfocada la linterna sobre aquella puerta mientras cruzaba el jardín. Contempló el candado que aseguraba la puerta. Leo se acercó y golpeó con el morro el muslo de Colin. El perro pasó ante la puerta combada. Sus uñas arañaron la madera, y un gozne crujió en respuesta.

Colin lo alumbró. Estaba viejo y oxidado, suelto de la jamba de madera que estaba sujeta al plinto de piedra angulada que hacía las veces de base. Movió el gozne de un lado a otro, de arriba abajo. Bajó la mano hacia el gozne inferior. Estaba bien sujeto a la madera. Lo iluminó y examinó con atención, y se preguntó si las marcas que veía eran producto del roce contra los tornillos o algún tipo de abrasivo aplicado al metal para eliminar las manchas dejadas por un obrero descuidado cuando pintaba la madera.

Tendría que haberse fijado en todo aquello. No tendría que haber estado tan desesperado por escuchar «muerte por envenenamiento accidental» como para pasar por alto las señales indicadoras de que la muerte de Robin Sage había sido otra cosa. Si se hubiera opuesto a las frenéticas conclusiones de Juliet, si hubiera tenido la mente lúcida, si hubiera confiado en su lealtad, habría podido ahorrarle el estigma de la sospecha, las consiguientes habladurías y la creencia errónea de que había matado a un hombre.

Apagó la linterna y se encaminó a la puerta posterior. Llamó con los nudillos. Nadie contestó. Llamó por segunda vez, y luego probó el tirador. La puerta se abrió.

– Échate -dijo a Leo, que obedeció, y entró en la casa.

La cocina olía a pollo asado y pan recién salido del horno, a ajo salteado con aceite de oliva. El olor de la comida le recordó que no había tomado nada desde la noche anterior. Había perdido el apetito, además de la confianza en sí mismo, cuando el sargento Hawkins le había llamado por la mañana para avisarle de que New Scotland Yard iría a visitarle.

– ¿Juliet?

Abrió la luz de la cocina. Había una olla sobre los fogones, una ensalada sobre la encimera, dos platos dispuestos sobre la vieja mesa de fórmica, con su quemadura en forma de media luna. Dos vasos contenían líquido -uno de leche, el otro de agua-, pero nadie había cenado, y cuando tocó el vaso de leche, notó por la temperatura que ya llevaba servido un rato. Repitió su nombre y cruzó el pasillo en dirección a la sala de estar.

Juliet estaba junto a la ventana, a oscuras, como una sombra, de pie con los brazos cruzados bajo los pechos, y contemplaba la noche. Colin la llamó por el nombre. Ella respondió sin volverse.

– No ha vuelto a casa. He telefoneado a todo el mundo. Estuvo con Pam Rice. Después, con Josie. Y ahora… -Lanzó una breve y amarga carcajada-. Adivino adonde habrá ido, y lo que está haciendo. Nick Ware estuvo aquí anoche, Colin. Otra vez.

– ¿Quieres que vaya a buscarla?

– ¿Para qué? Ya ha tomado una decisión. Podemos traerla a rastras y encerrarla en su habitación, pero eso solo serviría para aplazar lo inevitable.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiere quedarse embarazada.

Juliet apretó los dedos contra su frente, los subió hasta el cabello y tiró de él con fuerza, como para hacerse daño.

– No sabe nada de nada. Dios santo, ni yo tampoco. ¿Por qué pensé que sabría tratar a una niña?

Colin cruzó la sala, se quedó detrás de ella y apartó sus dedos del pelo.

– Eres buena con ella. Está pasando una fase.

– Una que yo he desencadenado.

– ¿Cómo?

– Contigo.

Colin notó un nudo en el estómago, un presagio del futuro en el que no quería pensar.

– Juliet -dijo, pero no tenía ni idea de cómo tranquilizarla. Además de los tejanos, vestía una camisa de trabajo vieja. Olía un poco a hierbas. Romero, pensó. No quería pensar en otra cosa. Apretó la mejilla contra su hombro y notó la suave tela contra su piel.

– Si su madre puede tener amante, ¿por qué ella no? -dijo Juliet-. Te dejé entrar en mi vida, y ahora debo pagar.

– Lo superará. Dale tiempo.

– ¿Mientras mantiene relaciones sexuales a diario con un chico de quince años? -Se apartó de él. Colin notó la corriente de aire gélida en sustitución de la presión de su cuerpo-. No hay tiempo, y aunque lo hubiera, lo que está haciendo, lo que intenta, se complica por el hecho de que quiere un padre, y si no puedo materializarlo en un abrir y cerrar de ojos, ese padre será Nick.

– Deja que yo sea su padre.

– Esa no es la cuestión. Quiere un padre auténtico, no a un sustituto encandilado, diez años demasiado joven, hechizado por una especie de amor idiota, convencido de que matrimonio e hijos son la respuesta a todo, que… -Se interrumpió-. Oh, Dios. Lo siento.

Colin trató de disimular sus sentimientos.

– Es una descripción bastante exacta. Ambos lo sabemos.

– No. He sido cruel. No ha vuelto a casa. He telefoneado a todas partes. Estaba nerviosa y… -Enlazó las manos y las apretó contra la barbilla. A la escasa luz procedente de la cocina, parecía una niña-. Colin, tú no puedes comprender cómo es ella… o cómo soy yo. El hecho de que me quieras no cambia eso.

– ¿Y tú?

– ¿Qué?

– ¿No me quieres?

Juliet cerró los ojos.

– ¿Quererte? Menuda broma para con los dos. Claro que te quiero, y mira los problemas que me está causando con Maggie.

– Maggie no puede dirigir tu vida.

– Maggie es mi vida. ¿No lo entiendes? No es algo que tenga relación con nosotros, Colin. No tiene relación con nuestro futuro, porque no tenemos futuro, pero Maggie sí. No permitiré que la destruya.

Colin solo oyó parte de sus palabras.

– No tenemos futuro -repitió, para asegurarse de que había comprendido.

– Lo has sabido desde el primer momento, pero no has querido admitirlo.

– ¿Por qué?

– Porque el amor nos ciega al mundo real. Nos hace sentir tan completos, tan integrados en la pareja, que no podemos ver su capacidad de destrucción.

– No me refería a por qué no he querido admitirlo, sino a por qué no tenemos futuro.

– Porque, aunque yo no fuera demasiado vieja, aunque quisiera darte hijos, aunque Maggie pudiera soportar la idea de nuestro matrimonio…

– No lo sabes.

– Deja que acabe, por favor. Por una vez. Escúchame. -Esperó un momento, tal vez para controlarse. Extendió las manos enlazadas hacia él, como si le tendiera información-. Maté a un hombre, Colin. Ya no puedo quedarme en Winslough. No permitiré que abandones el lugar que amas.

– La policía de Londres ha llegado ya -fue la respuesta de Colin.

Juliet dejó caer las manos a los costados. Su rostro cambió, como si se hubiera puesto una máscara. El percibió la distancia que creaba entre ellos. Juliet era invulnerable e inalcanzable, segura en su armadura. Cuando habló, lo hizo con voz serena.

– De Londres. ¿Qué quieren?

– Averiguar quién mató a Robin Sage.

– Pero ¿quién…? ¿Cómo…?

– Da igual quién les telefoneara, o por qué. Lo único importante es que están aquí. Buscan la verdad.

Juliet levantó unos milímetros la barbilla.

– Entonces, se lo diré. Esta vez, sí.

– No te presentes como culpable. No es necesario.

– Aquella vez dije lo que tú quisiste que dijera. No volveré a hacerlo.

– No me escuchas, Juliet. La autoinmolación no es necesaria. No eres más culpable que yo.

– Yo… maté… a… ese… hombre.

– Le diste chirivía silvestre.

– Lo que yo suponía que era chirivía silvestre. Que yo misma arranqué.

– No lo sabes con certeza.

– Claro que lo sé con certeza. Cada día la arranco.

– ¿Toda?

– ¿Toda? ¿Qué quieres decir?

– Juliet, ¿cogiste chirivía de la bodega aquella noche? ¿Fue la que cocinaste?

Juliet retrocedió un paso, como si deseara distanciarse de lo que implicaban sus palabras. Se hundió más en las sombras.

– Sí.

– ¿No entiendes a qué me refiero?

– No significa nada. Solo quedaban dos raíces cuando inspeccioné el sótano aquella mañana. Por eso fui a buscar más. Yo…

Colin oyó que tragaba saliva cuando comprendió. Se acercó a ella.

– Ya lo entiendes, ¿verdad?

– Colin…

– Te has echado la culpa sin motivo.

– No, no es verdad. No lo hice. No puedes creer eso. No debes.

Colin acarició con el pulgar su mejilla, recorrió con los dedos la curva de su mentón. Dios, era como una infusión de vida.

– No lo entiendes, ¿verdad? Es la bondad que hay en ti. Ni siquiera quieres comprenderlo.

– ¿Qué?

– No era para Robin Sage. Juliet, ¿cómo puedes ser responsable de la muerte del vicario, si tú eras quien debía morir?

La mujer abrió los ojos de par en par. Intentó hablar. Colin enmudeció sus palabras, y el miedo agazapado tras ellas, con un beso.

Apenas habían salido del comedor, en dirección al salón de los huéspedes, cuando el anciano les abordó en el pub. Dedicó a Deborah una mirada superficial que tomó nota de todo, desde el cabello -siempre en alguna fase intermedia entre desordenado al azar y absolutamente desgreñado- hasta las manchas provocadas por la edad en sus zapatos de gamuza gris. Después, desvió su atención hacia St. James y Lynley, a los que inspeccionó con la atención que se suele dedicar al cálculo de la posible maldad de un individuo.

– ¿Scotland Yard? -preguntó.

El tono era perentorio. Consiguió sugerir que solo una respuesta directa y obsequiosa serviría. Al mismo tiempo, implicaba: «Conozco a los de su clase», «Retroceda dos pasos» y «Peínese como un hombre». Era una voz propia de señor feudal, la misma que Lynley había intentado disimular durante años, lo cual garantizaba que le ponía los pelos de punta escucharla. Y así sucedió.

– Voy a tomar un coñac -dijo St. James en voz baja-. ¿Y tú, Deborah? ¿Tommy?

– Sí, gracias.

Lynley dejó que su mirada siguiera a St. James y Deborah hacia la barra.

Daba la impresión de que el pub estaba ocupado por sus clientes habituales, ninguno de los cuales aparentaba prestar mucha atención al anciano que se erguía ante Lynley, a la espera de una respuesta. Al mismo tiempo, todo el mundo parecía estar pendiente de él. El esfuerzo por ignorar su presencia era demasiado estudiado, y los ojos se desviaban hacia él con la misma rapidez que se apartaban.

Lynley le examinó. Era alto y delgado, de cabello gris ralo y tez clara, rubicunda en las mejillas por la exposición a la intemperie. Sin embargo, debía ser producto de la caza y la pesca, porque nada en aquel hombre sugería que el tiempo pasado expuesto a los elementos fuera otra cosa que una entrega al ocio. Las prendas de tweed eran de calidad, le habían hecho la manicura en las manos y proyectaba seguridad. A juzgar por la expresión de desagrado que lanzó en dirección a Ben Wragg, quien estaba dando palmadas sobre la barra y reía de un chiste que acababa de contar a St. James, estaba claro que ir a Crofters Inn constituía para él una especie de descenso a los infiernos.

– Escuche -dijo el hombre-, le he hecho una pregunta. Quiero una respuesta. ¿Está claro? ¿Cuál de ustedes es del Yard?

Lynley aceptó el coñac que St. James le tendió.

– Yo -respondió-. Inspector detective Thomas Lynley. Algo me dice que usted es Townley-Young.

Se detestó en cuanto lo dijo. El hombre carecía de pistas para deducir algo sobre él o sus antecedentes a partir del simple examen de sus ropas, porque no se había tomado la molestia de vestirse para cenar. Llevaba un jersey de color vino tinto sobre la camisa a rayas, pantalón gris de lana y zapatos que todavía conservaban una delgada línea de barro a lo largo de la costura. Por lo tanto, hasta que Lynley habló, hasta que tomó la decisión de emplear la Voz, cuyas inflexiones gritaban escuela privada, sangre azul, heredero de una serie de títulos engorrosos e inútiles, Townley-Young no supo a quién dirigía sus preguntas. De hecho, aún lo ignoraba. Nadie susurró «octavo conde de Asherton» en su oído. Nadie recitó la lista de las posesiones que le correspondían por fortuna, clase y cuna: la casa de Londres, la propiedad de Cornualles, el escaño en la Cámara de los Lores, si deseaba ocuparlo, cosa a la que se negaba en rotundo.

Lynley aprovechó el silencio desconcertado de Townley-Young para presentar a St. James. Después, bebió un poco de coñac y observó al anciano por encima del borde de la copa.

El hombre estaba imprimiendo un leve cambio a su actitud. Las fosas nasales se dilataron y la espalda perdió un poco de rigidez. Era evidente que deseaba formular media docena de preguntas absolutamente verboten, dada la situación, y trataba de aparentar que, desde el primer momento, había sabido que Lynley pertenecía a un estrato social superior incluso al suyo.

– ¿Puedo hablar con usted en privado? -dijo-. Quiero decir, fuera del pub -se apresuró a añadir, y dedicó una mirada a St. James-. Espero que sus amigos se nos unan.

Realizó la petición con dignidad considerable. Tal vez le había sorprendido descubrir que más de una clase de individuo podía sentirse cómodo bajo el título de inspector detective, pero tampoco estaba dispuesto a comportarse como un Uriah Heep [6] cualquiera en un esfuerzo por mitigar el desdén con que había hablado al principio.

Lynley cabeceó en dirección a la puerta del salón de los huéspedes, al otro lado del pub. Townley-Young les precedió. El salón estaba más helado que el comedor, si ello era posible, y carecía de las estufas eléctricas distribuidas estratégicamente para mitigar el frío.

Deborah encendió una lámpara, enderezó su pantalla y repitió la operación con otra. St. James quitó un periódico desdoblado de una butaca, lo tiró sobre el aparador donde Crofters Inn guardaba el material de lectura -ejemplares atrasados de Country Life en su mayoría, cuyo aspecto insinuaba que se harían pedazos en caso de ser abiertos con precipitación- y se sentó en una butaca. Deborah escogió como asiento una otomana cercana.

Lynley observó que Townley-Young dedicaba un vistazo a la pierna tullida de St. James, una rápida mirada de curiosidad que luego exploró la sala, en busca de un lugar donde acomodarse. Eligió el sofá sobre el cual colgaba una deleznable reproducción de Los comedores de patatas.

– He venido para solicitar su ayuda -empezó Townley-Young-. Me enteré durante la cena de que usted había aparecido en el pueblo. Esa clase de noticias se propagan como el rayo en Winslough. Decidí acercarme y comprobarlo por mí mismo. Supongo que no habrá venido de vacaciones.

– No exactamente.

– ¿Es por el caso Sage?

El ser camaradas de clase no constituía una invitación a la divulgación de secretos profesionales, en opinión de Lynley, de manera que contestó con otra pregunta.

– ¿Tiene algo que decirme sobre la muerte del señor Sage?

Townley-Young pellizcó el nudo de su corbata verde.

– No directamente.

– ¿Entonces?

– A su manera, era un buen tipo, supongo. No estábamos de acuerdo en lo concerniente al ceremonial.

– ¿Iglesia no ritualista frente a iglesia ritualista?

– Exacto.

– Pero no será ese el móvil del crimen, imagino -continuó preguntando Lynley.

– ¿El móvil…? -La mano de Townley-Young abandonó la corbata. Habló en tono gélido-. No he venido a confesar, inspector, si se refería a eso. Sage no me gustaba mucho, ni tampoco la austeridad de sus oficios. Ni flores, ni cirios, a palo seco. Yo no estaba acostumbrado a eso, pero no era un mal vicario, y los feligreses le consideraban un hombre bondadoso.

Lynley cogió el coñac y dejó que la copa balón se calentara en la palma de su mano.

– ¿Usted formaba parte del comité que le entrevistó?

– Sí. Me opuse.

Las mejillas rubicundas de Townley-Young adquirieron un tono aún más intenso. Que el señor feudal no hubiera impuesto su voluntad en el seno de un comité del que debía ser el miembro más importante, revelaba bien a las claras qué lugar ocupaba en el corazón de los lugareños.

– Me atrevería a decir que no sintió mucho su fallecimiento.

– No era un amigo, si va por ahí. Aunque la amistad hubiera sido posible entre nosotros, solo llevaba dos meses en el pueblo cuando murió. Me doy cuenta de que dos meses equivalen a dos décadas en ciertos ambientes de nuestra sociedad actual, pero la verdad, no soy de la generación que tutea a sus miembros a los pocos momentos de conocerlos, inspector.

Lynley sonrió. Como su padre había muerto catorce años antes y su madre era muy propensa a saltarse las barreras tradicionales, olvidaba en ocasiones que las generaciones anteriores solían considerar el tuteo una demostración de intimidad. Siempre le pillaba desprevenido y le divertía toparse con aquella característica en su trabajo. La importancia de los nombres, pensó.

– Ha indicado que quería decirme algo relacionado de forma indirecta con la muerte del señor Sage -recordó Lynley a Townley-Young, quien parecía animado a extenderse sobre el tema del tuteo.

– Visitó los terrenos de Cotes Hall varias veces antes de su muerte.

– Temo que no le comprendo.

– He venido a hablarle sobre la mansión.

– ¿La mansión?

Lynley miró a St. James. Este levantó la mano apenas, en un gesto que podía traducirse como «a mí que me registren».

– Me gustaría que investigara lo que está ocurriendo allí. Se están cometiendo toda clase de tropelías. Hace cuatro meses que intento remozarla, y un grupo de gamberros me lo impide. Pintura derramada, un rollo de papel pintado estropeado, grifos abiertos, pintadas en las puertas.

– ¿Cree que el señor Sage estaba implicado? Parece impropio de un clérigo.

– Creo que alguien enemistado conmigo está implicado. Creo que usted, un policía, llegará al fondo del asunto y se ocupará de solucionarlo.

– Ah.

La imperiosa afirmación final encrespó a Lynley. Sus posiciones relativas en una sociedad clasista habían sido barridas por la exigente necesidad del hombre de resolver a toda prisa sus problemas personales. Se preguntó cuánta gente de la vecindad estaba enemistada con Townley-Young.

– El policía del pueblo es quien debe encargarse de esos problemas.

Townley-Young resopló.

– Se ha encargado del problema desde el primer momento -contestó Townley-Young con sarcasmo-. Ha investigado después de cada incidente. Y después de cada incidente, ha salido con las manos vacías.

– ¿No ha pensado en contratar a un guardia jurado hasta que terminen las obras?

– Pago mis jodidos impuestos, inspector. ¿De qué me sirve, si no puedo reclamar la colaboración de la policía cuando la necesito?

– ¿Y su vigilante?

– ¿La Spence? En una ocasión, ahuyentó a un grupo de gamberros, y con mucha eficacia, si quiere saber mi opinión, a pesar del escándalo que se armó, pero quienquiera que esté en el fondo de la actual racha de tropelías, las lleva a cabo con mucha más finura. Ni señales de haber forzado la entrada, ni rastro de ningún tipo, salvo los daños.

– Alguien provisto de llaves, diría yo. ¿Quién las tiene?

– Yo, la señora Spence, el policía, mi hija y su marido.

– ¿Alguno de ustedes desea que la casa no llegue a terminarse? ¿Quién vivirá en ella?

– Becky… Mi hija y su marido. Serán padres en junio.

– ¿La señora Spence les conoce? -preguntó St. James. Había estado escuchando, con la barbilla apoyada en la palma de la mano.

– ¿Si conoce a Becky y Brendan? ¿Por qué?

– Tal vez prefiera que no se trasladen. Tal vez el policía esté de acuerdo. Tal vez estén utilizando la casa. Nos han dicho que sostienen relaciones.

Lynley pensó que las preguntas apuntaban en una dirección muy interesante, si bien no era exactamente la que pretendía St. James.

– ¿Alguien ha pasado la noche allí en alguna ocasión? -preguntó.

– La casa está cerrada y las ventanas aseguradas con tablas.

– Es fácil quitar una tabla si alguien quiere entrar.

– Y si una pareja estuviera utilizando la casa para sus citas -añadió St. James, continuando con su línea de pensamiento-, no se tomaría su pérdida a la ligera.

– Me da igual quién la utiliza y para qué. Solo quiero que acabe de una vez. Y si Scotland Yard es incapaz…

– ¿Qué clase de escándalo? -preguntó Lynley.

Townley-Young le miró sin comprender.

– ¿Qué demonios…?

– Ha dicho que la señora Spence provocó un escándalo cuando ahuyentó a alguien de la propiedad. ¿Qué clase de escándalo?

– Disparó con una escopeta. Los padres de las bestezuelas pusieron el grito en el cielo. -Resopló de nuevo-. Esos padres del pueblo dejan que sus chicos hagan toda clase de perrerías, y cuando alguien intenta administrarles un poco de disciplina, parece que el Armagedón haya empezado.

– Una escopeta es una disciplina bastante extremada -comentó St. James.

– Disparada contra niños -añadió Deborah.

– No eran exactamente niños, y aunque lo fueran…

– ¿La señora Spence utiliza una escopeta para cumplir con su deber de vigilante de Cotes Hall con su permiso, o tal vez siguiendo sus consejos? -preguntó Lynley.

Townley-Young entornó los ojos.

– No me gustan sus esfuerzos por buscar tres pies al gato. He venido a solicitar su ayuda, inspector, y si me la niega, me iré.

Hizo ademán de levantarse.

Lynley alzó la mano un momento para detenerle.

– ¿Desde cuándo trabaja la Spence para usted? -preguntó.

– Más de dos años. Casi tres.

– ¿Y sus antecedentes?

– ¿A qué se refiere?

– ¿Qué sabe de ella? ¿Por qué la contrató?

– Porque ella quería paz y tranquilidad, y yo quería alguien que quisiera paz y tranquilidad. La mansión está aislada. No quería contratar a un vigilante que cada noche se sintiera impulsado a mezclarse con el resto del pueblo. No habría servido a mis intereses, ¿verdad?

– ¿De dónde vino?

– De Cumbria.

– ¿De qué parte?

– Las afueras de Wigton.

– ¿Dónde?

Townley-Young se inclinó hacia delante como impulsado por un resorte.

– Escuche, Lynley, vamos a aclarar las cosas. He venido para requerir sus servicios, no lo contrario. No quiero que me hable como si fuera un sospechoso, y me da igual quién sea usted o de dónde venga. ¿Entendido?

Lynley dejó la copa sobre la mesa de abedul contigua a su butaca. Contempló con atención a Townley-Young. El hombre había apretado los labios hasta formar una línea apenas perceptible, y su mandíbula sobresalía con belicosidad. Si la sargento Havers les hubiera acompañado, habría bostezado ruidosamente en aquel momento, señalado con el pulgar a Townley-Young, proferido un «Detenga a ese tío, por favor», y concluido con un poco cordial y muy aburrido «Responda a la pregunta antes de que le metamos en el trullo por obstrucción a una investigación policial». Era el método que siempre utilizaba Havers cuando deseaba obtener una información importante. Lynley se preguntó si aquella modalidad habría funcionado con alguien como Townley-Young. Al menos, le habría dispensado un momento de placer, al ver la reacción de Townley-Young cuando fuera interpelado de tal forma y con un acento como el de Havers. No estaba en posesión de la Voz ni por asomo, lo cual quedaba bien patente cuando se encontraba con alguien que sí.

Deborah se agitó inquieta en la otomana. Lynley vio por el rabillo del ojo que St. James apoyaba una mano en su hombro.

– He entendido por qué ha venido a verme -dijo Lynley finalmente.

– Estupendo. En ese caso…

– Y por una de esas desafortunadas jugarretas del destino, ha irrumpido en mitad de una investigación. Por supuesto, puede telefonear a su abogado si desea que esté presente cuando responda a la pregunta. ¿De dónde vino, exactamente, la señora Spence?

Había falseado la verdad solo en parte. Lynley dedicó un saludo mental a su sargento. Se vio capaz de sobrevivir a su propio engaño.

La cuestión era si Townley-Young también podría. Entablaron una silenciosa lucha de voluntades, los ojos trabados en combate. Townley-Young parpadeó por fin.

– De Aspatria -contestó.

– ¿En Cumbria?

– Sí.

– ¿Cómo llegó a trabajar para usted?

– Puse un anuncio. Ella contestó. Acudió a la entrevista. Me gustó. Tiene sentido común, es independiente y muy capaz de tomar cualquier iniciativa necesaria para proteger mi propiedad.

– ¿Y el señor Sage?

– ¿Qué quiere saber?

– ¿De dónde era?

– De Cornualles. De Via Bradford -añadió, antes de que Lynley le presionara con otra pregunta-. Eso es todo cuanto recuerdo.

– Gracias.

Lynley se levantó.

Townley-Young le imitó.

– En cuanto a la mansión…

– Hablaré con la señora Spence -dijo Lynley-, pero sugiero que siga el rastro de las llaves y medite sobre quién querría impedir que su hija y su yerno se mudaran a la mansión.

Townley-Young vaciló en la puerta del salón, con la mano en el pomo. Daba la impresión de que lo estaba examinando, porque agachó la cabeza un momento y su frente se arrugó como si pensara.

– La boda -dijo.

– ¿Perdón?

– Sage murió la noche antes de la boda de mi hija. Él iba a celebrar la ceremonia. No supimos dónde encontrarle, y nos costó mucho localizar a otro vicario. -Levantó la vista-. Si alguien no quiere que Becky vaya a vivir a la mansión, quizá sea la misma persona que no quiso que se casara.

– ¿Por qué?

– Celos. Venganza. Deseo frustrado.

– ¿De qué?

Townley-Young miró de nuevo hacia la puerta, como si pudiera ver el pub a su través.

– De lo que ya posee -contestó.

Brendan encontró a Polly en el pub. Se acercó a la barra en busca de la ginebra y la angostura, saludó con la cabeza a los tres granjeros y los dos encargados del mantenimiento del embalse de Fork, y se encaminó a la mesa próxima a la chimenea, donde Polly restregaba con los pies la corteza de un pedazo de abedul. No esperó a que ella le invitara a sentarse. Esta noche, al menos, tenía una excusa.

La joven levantó la vista cuando Brendan dejó con decisión el vaso sobre la mesa y se acomodó sobre un taburete de tres patas. Los ojos de Polly se desviaron hacia la puerta del salón de los huéspedes.

– Bren, no debes sentarte aquí -dijo, sin apartar la vista de la puerta-. Será mejor que vuelvas a casa.

La joven no tenía buen aspecto. Si bien estaba sentada al lado del fuego, no se había quitado la chaqueta ni la bufanda, y cuando Brendan se desabotonó la chaqueta y acercó más el taburete, dio la impresión de que encogía el cuerpo en un gesto de protección.

– Hazme caso, Bren -insistió en voz baja.

Brendan paseó la vista alrededor del pub. Su conversación con Colin Shepherd, y sobre todo el último comentario que había dirigido al agente, le habían proporcionado una confianza que no experimentaba desde hacía meses. Se sentía invulnerable a las miradas, las murmuraciones, o a una confrontación directa.

– ¿Qué tenemos aquí, Polly? Obreros, granjeros, algunas amas de casa, la pandilla de adolescentes habitual. Me da igual lo que piensen. De todos modos, pensarán lo que les dé la gana, ¿no?

– No es solo por ellos, ¿vale? ¿No has visto su coche?

– ¿De quién?

– El del señor Townley-Young. Está aquí. -Movió la cabeza en dirección al salón de los huéspedes, sin mirarle-. Con ellos.

– ¿Quiénes?

– Los policías de Londres. De modo que lárgate antes de que salga y…

– ¿Y qué? ¿Qué?

Polly contestó con un encogimiento de hombros. Brendan leyó lo que pensaba de él en el movimiento y la expresión de su boca. Era lo mismo que pensaba Rebecca. Era lo que todos pensaban, todos los hombres del jodido pueblo. Le veían dominado por Townley-Young, dominado por todos. Como un caballo de tiro, de por vida.

Tomó un sorbo de su bebida, irritado. Se atragantó y tosió. Buscó el pañuelo en su bolsillo. La pipa, el tabaco y las cerillas cayeron al suelo.

– Mierda.

Los recogió. Tosió de nuevo. Vio que Polly paseaba la mirada por el pub, alisaba la bufanda e intentaba imponer cierta distancia, mediante el expediente de no hacer caso de sus apuros. Encontró el pañuelo y lo apretó contra la boca. Tomó un segundo sorbo de ginebra, esta vez más lento. Corrió sobre su lengua y resbaló por la garganta, como una estela de fuego, pero le proporcionó cierto calor.

– No tengo miedo de mi suegro -anunció-. A pesar de lo que todo el mundo piensa, soy muy capaz de plantarle cara. Soy capaz de muchas cosas más de lo que suponen estos patanes.

Pensó en añadir un «si supieran» que diera un aire de credibilidad a su afirmación, pero Polly Yarkin no era idiota. Preguntaría y sondearía, y él acabaría revelando lo que más deseaba ocultar.

– Tengo derecho a estar aquí -dijo-. Tengo derecho a sentarme donde me plazca. Tengo derecho a hablar con quien me da la gana.

– Actúas como un tonto.

– Además, he venido para hablar de un asunto serio.

Bebió más ginebra. Entró como la seda. Sopesó la posibilidad de acercarse a la barra en busca de un segundo vaso. Lo terminaría y tal vez tomaría un tercero, y propinaría una paliza a cualquiera que quisiera impedírselo.

Polly jugueteaba con una pila de posavasos, y se concentraba en ellos como si de aquella manera pudiera continuar haciendo caso omiso de su presencia. Brendan quería que le mirara. Deseaba que tocara su brazo. Ahora, era importante en su vida, y ella ni siquiera lo sabía, pero pronto se enteraría. Él se lo explicaría.

– Estuve en Cotes Hall -dijo.

Ella no contestó.

– Volví por el sendero peatonal.

La joven se removió en el taburete, como si fuera a marcharse. Alzó una mano y hundió los dedos en su nuca.

– Vi al agente Shepherd.

Los dedos se inmovilizaron. Dio la impresión de que sus párpados temblaban, como si quisiera mirarle, pero ni siquiera pudiera permitirse aquel contacto.

– ¿Y qué? -dijo.

– Será mejor que vigiles en qué te metes, ¿vale?

Contacto por fin. Le miró a los ojos, pero no leyó curiosidad en su rostro, ni la necesidad de obtener información o aclaraciones. Un lento y feo rubor ascendió poco a poco por su cuello y pintó senderos purpúreos sobre su piel.

Brendan estaba desconcertado. En teoría, ella debería preguntar qué significaba su frase, lo cual conduciría a una petición de consejo, que él estaba muy dispuesto a dar, lo cual conduciría a la gratitud de Polly. La gratitud la impulsaría a ofrecerle un lugar en su vida, lo cual tendría que conducirla al amor. Y si no fuera amor lo que ella terminara sintiendo, con el deseo bastaría. Para él sería suficiente.

Solo que su frase no había despertado la curiosidad necesaria para derribar las barreras que ella había alzado contra él en cuanto se conocieron. Parecía furiosa.

– No he hecho nada contra ella, ni contra nadie -siseó-. No sé nada de ella, ¿vale?

Brendan retrocedió. Polly se inclinó hacia delante.

– ¿De ella? -repitió, confuso.

– Nada, y si una charla con el agente Shepherd en el sendero te hace pensar que el señor Sage me dijo algo que pudiera utilizar para…

– Matarle -terminó Brendan.

– ¿Qué?

– El cree que eres la responsable de la muerte del vicario. Está buscando pruebas.

Polly volvió a sentarse sobre el taburete. Abrió y cerró la boca, volvió a abrirla.

– Pruebas -dijo.

– Sí, de modo que vigila en qué te metes. Y si te interroga, Polly, telefonéame enseguida. Tienes el número de mi despacho, ¿verdad? No hables con él a solas. No le veas a solas. ¿Lo has comprendido?

– Pruebas.

Lo dijo como si quisiera convencerse, como si intentara calibrar la palabra. La amenaza que encerraba no parecía impresionarla.

– Polly, contéstame. ¿Lo has comprendido? El agente está buscando pruebas para demostrar que eres responsable de la muerte del vicario. Se dirigía hacia Cotes Hall cuando le vi.

Ella le miró como si no le viera.

– Pero Col solo estaba enfadado -dijo-. No lo dijo en serio. Le presioné demasiado, lo hago a veces, y dijo algo que no quería decir. Yo lo supe, y él también.

En lo que a Brendan concernía, estaba hablando en chino. Se había ido por las nubes. Necesitaba que bajara a tierra y, sobre todo, de vuelta a él. Cogió su mano. Ella no la retiró, con la mirada todavía extraviada. Brendan enlazó los dedos con los suyos.

– Polly, has de escucharme.

– No, no es nada. No hablaba en serio.

– Me preguntó sobre unas llaves. Si yo te había dado un juego de llaves, si tú me las habías pedido.

Ella frunció el ceño, sin hablar.

– Yo no le contesté, Polly. Le dije que aquellas preguntas no conducían a ningún sitio. También le envié a tomar por el culo, de manera que si va a verte…

– No puede pensar eso. -Habló en voz tan baja que Brendan tuvo que inclinarse para oírla mejor-. El me conoce. Me conoce, Brendan.

Apretó la mano alrededor de la suya y la apoyó sobre su pecho. Brendan estaba sorprendido, complacido y más que ansioso por ayudarla.

– ¿Cómo puede pensar que yo…? Pese a… ¡Brendan! -Soltó su mano y retiró el taburete hacia el rincón-. Ahora, será peor.

Justo cuando Brendan iba a interrogarla para averiguar qué podía ser peor, si ella empezaba a aceptarle, una pesada mano cayó sobre su hombro.

Brendan levantó la vista y vio la cara de su suegro.

– Por todos los fuegos del infierno -dijo St. John Andrew Townley-Young-. Sal de aquí antes de que te haga pedazos, gusano miserable.

Lynley cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella, con los ojos clavados en el teléfono contiguo a la cama. Encima, en la pared, los Wragg continuaban exhibiendo su relación amorosa con los impresionistas y postimpresionistas: el tierno Madame Monet e hija, de Monet, constituía un curioso acompañante del En el Moulin Rouge, de Toulouse-Lautrec, ambos montados y enmarcados con más entusiasmo que cuidado. El segundo cuadro colgaba en un ángulo sugerente de que todo Montmartre había sufrido un terremoto mientras el artista inmortalizaba su club nocturno más famoso. Lynley enderezó el Toulouse-Lautrec. Eliminó una telaraña que parecía colgar del cabello de madame Monet, pero ni la contemplación de las reproducciones, ni unos cuantos minutos de reflexión sobre su extravagante emparejamiento, fueron suficientes para impedir que cogiera el teléfono y marcara su número.

Sacó el reloj del bolsillo. Pasaban unos segundos de las nueve. Aún no se habría acostado. Ni siquiera podía utilizar la hora como excusa para no llamar.

Excepto la cobardía, que le asaltaba siempre en todo lo tocante a Helen. ¿De veras quiero amor, y si es así, cuándo lo quiero?, se preguntó con ironía. ¿No serían menos dificultosos y más convenientes una docena de amoríos que este? Suspiró. El amor era una monstruosidad; no era tan sencillo como el viejo uno-dos, uno-dos.

Desde el principio, el sexo no les había planteado problemas. El la había acompañado a casa en coche desde Cambridge, un viernes de noviembre. No se habían movido del piso de Helen hasta el domingo por la mañana. Ni siquiera habían comido hasta el sábado por la noche. Si cerraba los ojos, incluso ahora, seguía viendo su cara, el cabello que la enmarcaba, de un color no muy diferente al coñac que acababa de beber, sentirla moverse contra él, sentir el calor bajo las palmas de las manos mientras descendían desde sus pechos a la cintura, y luego hasta los muslos, oír su respiración contenida, que cambiaba por completo cuando alcanzaba el orgasmo y gritaba su nombre. Había posado los dedos entre sus pechos y sentido los latidos de su corazón. Ella rió, algo turbada por la facilidad con que todo ocurría entre ellos.

Ella era todo cuanto deseaba. Juntos, era lo que él deseaba. Sin embargo, la vida nunca adoptaba una definición permanente a partir de las horas que pasaban en la cama.

Porque se podía amar a una mujer, hacerle el amor, obtener de ella un placer equitativo y, con considerable destreza y obstinación, evitar que el núcleo de su ser más íntimo fuera afectado. Puesto que, cuando las últimas barreras saltaban, nadie volvió a ser el mismo. Ambos lo sabían, porque los dos habían cruzado todas las barreras concebibles en anteriores ocasiones con otras personas.

¿Cómo aprendemos a confiar?, se preguntó. ¿Cómo reunimos el valor suficiente para exponer el corazón una segunda o tercera vez, con el riesgo de que se parta de nuevo? Helen no quería hacerlo, y no la culpaba. No siempre estaba seguro de que era capaz de arrostrar aquel peligro.

Pensó con desazón en su comportamiento de aquel día. Aprovechó la primera oportunidad para salir pitando de Londres. Conocía sus motivos lo bastante bien para admitir que, en parte, se había aferrado a la perspectiva de alejarse de Helen, que al mismo tiempo le brindaba la oportunidad de castigarla. Sus dudas y temores le exasperaban, quizá porque reflejaban los suyos.

Se sentó en el borde de la cama, agotado, y escuchó el continuo goteo del agua que caía del grifo de la bañera. Como todos los ruidos nocturnos, se imponía como nunca lo lograría de día, y comprendió que si no hacía algo por frenarlo, se revolvería en la cama y forcejearía con la almohada en cuanto apagara la luz e intentara dormir. Decidió que, probablemente, necesitaba un filtro, si los grifos de bañera tenían filtros como los de los lavabos. Ben Wragg podría proporcionarle uno, sin duda. Bastaba con levantar el teléfono y pedir. ¿Cuánto se tardaría en reparar el grifo? ¿Cinco minutos, cuatro? Entretanto, podría meditar, aprovechar el rato para mantener las manos ocupadas en un trabajo grotesco, mientras su mente quedaba en libertad para tomar una decisión respecto a Helen. Al fin y al cabo, no podía telefonearla sin saber cuál era su objetivo. Cinco minutos le impedirían llegar a una conclusión precipitada y correr el riesgo de exponerse, aparte de exponer a Helen, mucho más sensible que él, a… Hizo una pausa en el coloquio mental que sostenía con él mismo. ¿A qué? ¿A qué? ¿Al amor? ¿Al compromiso? ¿A la sinceridad? ¿A la verdad? Solo Dios sabía cómo sobrevivirían al desafío.

Dedicó una burlona carcajada a su capacidad de autoengaño y extendió la mano hacia el teléfono, justo cuando empezaba a sonar.

– Denton me dijo dónde podía localizarte -fue lo primero que ella dijo.

– Helen -fue lo primero que él dijo-. Hola, querida. Estaba a punto de llamarte.

Comprendió al instante que ella tal vez no le creería, y que no podía culparla en ese caso.

– Me alegro -contestó Helen.

Y después, forcejearon con el silencio. Se puso a imaginar dónde podría estar: en su dormitorio del piso de Onslow Square, en la cama, con las piernas dobladas bajo el cuerpo y el cubrecama marfil y amarillo que contrastaba con su cabello y ojos. Imaginó cómo sostendría el teléfono, con las dos manos, acunándolo, como para protegerlo, protegerse ella, o a la conversación que estaban sosteniendo. Adivinó las joyas que llevaría, los pendientes que ya se habría quitado y colocado sobre la mesa de nogal contigua a la cama, y un delgado brazalete de oro que todavía rodearía su muñeca, una cadena a juego en el cuello que sus dedos acariciarían como un talismán cuando abandonaran un momento el teléfono para dirigirse hacia su garganta. Y en el hueco de la garganta, su perfume, a medio camino entre flores y cítricos.

Ambos hablaron a la vez.

– No debí…

– Me he sentido…

… y después estallaron en las carcajadas nerviosas que apuntalan las conversaciones entre amantes temerosos de perder lo que acaban de encontrar. Por eso, en aquel mismo instante, Lynley desechó todos los planes que acababa de pensar antes de que ella telefoneara.

– Te quiero, cariño -dijo-. Lamento todo esto.

– ¿Huiste?

– Esta vez, sí. En cierto modo.

– No puedo enfadarme por eso, ¿verdad? Lo he hecho muy a menudo.

Otro silencio. Llevaría una blusa de seda, pantalones de lana, o una falda. La chaqueta habría quedado olvidada al pie de la cama. Sus zapatos estarían cerca, en el suelo. La luz estaría encendida, y arrojaría su resplandor triangular invertido sobre las flores y franjas del papel pintado, al tiempo que acariciaría su piel a través de la pantalla.

– Pero nunca has huido para herirme -dijo Lynley.

– ¿Por eso te has ido? ¿Para herirme?

– En cierto modo, y ya sé que me repito. No me siento orgulloso.

Cogió el cable del teléfono y lo retorció entre sus dedos, deseoso de palpar algo sustancial, puesto que se encontraba a más de trescientos kilómetros al norte y no podía tocarla.

– Helen, acerca de esa maldita corbata…

– Esa no era la cuestión, y ya lo sabías en aquel momento. No quise admitirlo. Fue una simple excusa.

– ¿Por?

– Miedo.

– ¿De qué?

– De seguir adelante, supongo. De amarte más de lo que te amo ahora. De darte excesiva importancia en mi vida.

– Helen…

– Podría perderme fácilmente en mi amor por ti. El problema es que no sé si quiero.

– ¿Cómo puede ser malo eso? ¿Cómo puede ser un error?

– Ni una cosa ni otra, pero a la larga, el amor provoca dolor. Es necesario. Lo único que no se sabe es cuándo. Es lo que he intentado averiguar: si deseo ese dolor y en qué proporción. A veces… -Vaciló. Lynley imaginó sus dedos apoyados sobre la clavícula, un gesto de protección, antes de proseguir-. Es lo más cercano al dolor que jamás había experimentado. ¿No es una locura? Lo temo. Supongo que tengo miedo de ti.

– Has de confiar en mí, Helen, en algún momento, si queremos continuar.

– Lo sé.

– No te causaré dolor.

– A propósito, no. Lo sé muy bien.

– ¿Entonces?

– ¿Y si te pierdo, Tommy?

– No ocurrirá. ¿Cómo? ¿Por qué?

– De mil maneras diferentes.

– Por culpa de mi trabajo.

– Por culpa de tu modo de ser.

Experimentó la sensación de perderlo todo, en especial a ella.

– Volvemos a la corbata -dijo.

– ¿Otras mujeres? Sí, en parte, pero me refiero más al día a día, al oficio de vivir, a la forma en que la gente se erosiona mutuamente poco a poco. Eso, no lo quiero. No quiero despertarme una mañana y descubrir que he dejado de quererte hace cinco años. No quiero levantar la vista del plato una noche, ver que me estás mirando y leer en tu cara lo mismo.

– Ese es el peligro, Helen. Todo se reduce a un acto de fe, aunque solo Dios sabe qué nos espera si ni siquiera conseguimos marcharnos juntos a Corfú una semana.

– Lo lamento. Y también por mí. Esta mañana, me sentía atrapada.

– Bien, ya estás libre.

– Pero no quiero estarlo. Libre de eso. Libre de ti. No lo quiero, Tommy.

Suspiró. Lynley quiso creer que se trataba de un sollozo, solo que Helen solo había sollozado una vez en su vida, que él supiera -cuando era una muchacha de veintiún años y su mundo había quedado reducido a trizas por un coche que él mismo conducía-, y abrigaba serias dudas de que empezara a sollozar de nuevo por él.

– Ojalá estuvieras aquí -dijo Helen.

– Lo mismo pienso yo.

– ¿Volverás mañana?

– No puedo. ¿Denton no te lo dijo? Estoy metido en un caso, más o menos.

– Entonces, no querrás que me reúna contigo, no sea que te estorbe.

– No me estorbarías, pero no funcionaría.

– ¿Funcionará algo, algún día?

Esa era la cuestión. La auténtica cuestión. Bajó la vista hacia el suelo, el barro de sus zapatos, la alfombra floreada, sus dibujos.

– No lo sé -contestó-. Y eso es lo jodido. Puedo pedirte que te arriesgues a saltar al vacío, pero no puedo garantizar lo que encontraremos en el fondo.

– Nadie puede.

– Nadie que sea sincero. Punto final. No podemos predecir el futuro. Solo nos resta utilizar el presente para guiarnos con esperanza en su dirección.

– ¿Te lo crees, Tommy?

– Con todo mi corazón.

– Te quiero.

– Lo sé. Por eso lo creo.

12

Maggie tuvo suerte. Nick salió del pub solo. Así lo esperaba, puesto que había visto su bicicleta apoyada contra las puertas blancas que daban acceso al aparcamiento de Crofters Inn. No costaba reconocerla, una extraña bicicleta de chica de grandes neumáticos hinchados, el tesoro en otro tiempo de su hermana mayor, pero que Nick se había apropiado desde su matrimonio, indiferente al aspecto extravagante que exhibía cuando pedaleaba por el pueblo hacia Skelshaw Farm, con la vieja chaqueta de aviador aleteando alrededor de su cintura y el radiocasete colgado de un manillar. Por lo general, algo de Depeche Mode surgía de los altavoces. A Nick le gustaban mucho.

Manipuló la radio cuando salió del pub, con toda la atención concentrada en encontrar una emisora que pudiera sintonizar con mínima estática y máximo volumen. Se oyeron fragmentos de Simple Minds, UB40, una antigua pieza de Fairground Attraction, como gente interrumpida en mitad de una conversación, antes de que localizara algo a su gusto. Consistía en su mayor parte de notas agudas y chirriantes emitidas por una guitarra eléctrica. Oyó que Nick decía «Clapton. Puta madre», mientras colgaba la radio del manillar. Se detuvo para atarse el zapato izquierdo, y Maggie aprovechó la ocasión para salir del umbral en sombras del salón de té Pentagram y cruzar la calle.

Se había quedado en la guarida de Josie después de que su amiga se marchara para disponer las mesas del restaurante y trabajar de camarera. Tenía la intención de ir a casa, cuando la cena ya se hubiera enfriado y su persistente ausencia solo pudiera atribuirse a asesinato, rapto o rebelión manifiesta. Dos horas después de la cena serían ideales. Mamá se lo merecía. Pese a lo sucedido entre ellas la noche anterior, su madre le había plantado delante aquella mañana otra taza de aquel horripilante té.

– Bebe esto, Margaret -dijo-. Ahora, antes de que te vayas.

Habló con una dureza inusual, pero al menos se ahorró la cantinela de que era bueno para sus huesos pese al mal sabor, rebosante de vitaminas y minerales necesarios para una mujer cuyo cuerpo se está desarrollando. La mentira había desaparecido, pero no así la determinación de mamá.

Ni la de Maggie.

– No lo beberé. No puedes obligarme. Lo hiciste antes, pero no me obligarás a beberlo de nuevo.

Su voz sonó estridente, incluso a sus propios oídos, como un ratón agarrado por la cola. Mamá acercó la taza a sus labios y la agarró por el pescuezo.

– Vas a beber esto, Maggie. No te moverás de aquí hasta que lo hayas terminado.

Maggie lanzó los brazos al aire, derramando la taza y el líquido, caliente y humeante, sobre el pecho de mamá.

El jersey de lana quedó empapado como un desierto en junio y transformado en una segunda piel hirviente. Mamá lanzó un grito y corrió hacia el fregadero. Maggie la miró horrorizada.

– Mamá, no quise…

– Lárgate de aquí. Fuera -dijo mamá con voz ahogada. Como Maggie no se movió, se precipitó hacia la mesa y apartó su silla de un manotazo-. Ya me has oído. Fuera.

No era la voz de mamá. No era la voz de nadie que conociera. No era mamá la mujer inclinada sobre el fregadero, con el grifo abierto, que recogía agua con las manos y la tiraba sobre el jersey de lana, con los dientes apretados sobre el labio inferior. Emitía ruidos extraños, como si no pudiera respirar. Por fin, cuando terminó y el jersey quedó más empapado que antes, se lo quitó. Su cuerpo temblaba.

– Mamá -dijo Maggie, con la misma voz de ratón.

– Lárgate. Ni siquiera te conozco -fue la respuesta.

Salió tambaleante a la mañana gris y estuvo sentada en un rincón del autobús hasta que llegó al colegio. Poco a poco, a lo largo del día, había asumido la magnitud de su pérdida. Se recuperó. Desarrolló una frágil concha para protegerse de la situación. Si mamá quería que se fuera, se iría. Y seguro que eso no le costaría nada.

Nick la quería. ¿No lo había dicho miles de veces? ¿No lo repetía cada día, siempre que podía? No necesitaba a mamá. Era tonto pensar que alguna vez lo había hecho. Mamá tampoco la necesitaba. Cuando se fuera, mamá podría continuar su agradable vida privada con el señor Shepherd, que era lo que más deseaba. De hecho, tal vez por eso intentaba que Maggie bebiera aquel té. Tal vez…

Maggie se estremeció. No. Mamá era buena. Lo era. Lo era.

Eran las siete y media cuando Maggie abandonó la guarida junto al río. Serían las ocho cuando volviera a casa. Entraría, majestuosa y en silencio. Subiría a su habitación y cerraría la puerta. No volvería a dirigir la palabra a mamá. ¿Para qué?

Entonces, vio la bicicleta de Nick y cambió de idea, cruzó la calle en dirección al salón de té, con su portal protegido del viento. Le esperaría allí.

No había pensado que la espera sería tan larga. De alguna manera, había creído que Nick intuiría su presencia y dejaría a sus amigos para salir a buscarla. No podía entrar en el pub, por si mamá telefoneaba y preguntaba por ella, pero le daba igual esperar. Nick no tardaría en salir.

Apareció casi dos horas después. Cuando ella se materializó a su lado y le rodeó la cintura con un brazo, pegó un bote y lanzó una especie de maullido. Giró en redondo. El movimiento y el viento arrojaron el pelo sobre su cara. Con un rápido movimiento lo echó hacia atrás y la vio.

– ¡Mag!

Sonrió. La guitarra de la radio emitió unas notas agudas y salvajes.

– Te estaba esperando allí.

El chico volvió la cabeza. El viento revolvió de nuevo su pelo.

– ¿Dónde?

– En el salón de té.

– ¿Fuera? Mag, ¿estás ida? ¿Con este tiempo? Apuesto a que te has quedado helada. ¿Por qué no entraste? -Desvió la vista hacia las ventanas iluminadas del hostal y asintió-. Por la policía. Es eso, ¿no?

Ella frunció el ceño.

– ¿La policía?

– New Scotland Yard. Llegaron a eso de las cinco, según dijo Ben Wragg. ¿No lo sabías? Estaba seguro de que sí.

– ¿Por qué?

– Tu mamá.

– ¿Mamá? ¿Qué…?

– Han venido a investigar la muerte del señor Sage. Oye, hemos de hablar.

Sus ojos siguieron la carretera de North Yorkshire en dirección al ejido, donde se alzaba un viejo cobertizo de piedra que albergaba retretes públicos, contiguo al aparcamiento. Prometía refugio del viento, cuando no del frío, pero Maggie tuvo una idea mejor.

– Ven conmigo -dijo, y después de que él cogiera la radio, cuyo volumen había bajado como si comprendiera la naturaleza clandestina de sus movimientos, le guió por las puertas del aparcamiento de Crofters Inn.

Caminaron entre los coches. Nick lanzó un silbido de admiración al ver el mismo Bentley plateado que llevaba aparcado varias horas, antes de que Josie y Maggie bajaran al río.

– ¿Adonde…?

– Un lugar especial -dijo Maggie-. Es de Josie. No le importará. ¿Tienes una cerilla? La necesitaremos para el quinqué.

Descendieron con cuidado por el sendero. Estaba resbaladizo a causa de la capa de hielo que se formaba por las noches. El río, que saltaba sobre los peñascos de piedra caliza, humedecía los juncos y malas hierbas de la orilla.

– Déjame -dijo Nick, y pasó primero, con la mano extendida hacia ella para que no perdiera el equilibrio. Cada vez que la muchacha resbalaba unos centímetros, decía-: Sujétate, Mag -y la cogía con más fuerza. La cuidaba, y solo pensar en ello caldeó el interior de Maggie.

– Ya estamos -anunció, cuando llegaron al depósito de hielo. Empujó la puerta. Giró sobre sus goznes con un chirrido y arañó el suelo, apartando la alfombra de ganchillo-. Este es el lugar secreto de Josie. No se lo cuentes a nadie, Nick.

El joven se agachó para entrar, mientras Maggie tanteaba en busca del barril y el quinqué.

– Necesitaré cerillas -dijo, y notó que él apretaba una caja en su mano. Encendió el quinqué, disminuyó su llama hasta la de una vela y se volvió.

Nick paseó la vista a su alrededor.

– Brutal -dijo sonriente.

Maggie cerró la puerta y, a imitación de Josie, espolvoreó el suelo y las paredes con agua de colonia.

– Hace más frío aquí que fuera -observó Nick. Se subió la cremallera de la chaqueta y se frotó los brazos.

– Ven.

Maggie se sentó en el catre y palmeó a su lado. Cuando Nick se dejó caer junto a ella, levantó el edredón sobre sus cabezas, como una capa.

Nick asomó un momento del edredón para sacar un paquete de Marlboro, sus cigarrillos favoritos. Maggie le devolvió las cerillas y él encendió dos cigarrillos a la vez. Le pasó uno, dio una profunda bocanada y contuvo el aliento. Maggie fingió hacer lo mismo.

Más que nada, le gustaba su proximidad. El roce de la chaqueta de cuero, la presión de la pierna contra la suya, el calor de su cuerpo y, cuando le dedicó una rápida mirada, la longitud de sus pestañas y la forma de sus ojos. «Ojos de dormitorio», había oído decir a una de las profesoras. «Apuesto a que ese tío dará algo que recordar a las chicas dentro de unos años.» Y otra había añadido: «No me importaría que también me lo diera a mí», y todas habían reído, hasta que se interrumpieron bruscamente al ver a Maggie. No es que supieran nada sobre lo de Maggie y Nick. Nadie lo sabía, excepto Josie y mamá. Y el señor Sage.

– Hubo una encuesta -razonó Maggie-. Dijeron que fue un accidente, ¿no? Cuando la encuesta dice que es un accidente, nadie puede decir lo contrario, ¿no es cierto? No pueden hacer otra. ¿Es que la policía no lo sabe?

Nick meneó la cabeza. El cigarrillo brilló. Dejó caer ceniza sobre la alfombra y la pisó con la punta del zapato.

– Eso ocurre en los juicios, Mag. No te pueden juzgar dos veces por el mismo crimen, a menos que aparezcan pruebas nuevas. Algo así, me parece, pero eso no importa porque, en primer lugar, no hubo juicio. Una encuesta no es un juicio.

– ¿Habrá uno ahora?

– Depende de lo que descubran.

– ¿Descubrir? ¿Dónde? ¿Buscan algo? ¿Irán a casa?

– Hablarán con tu mamá, seguro. Ya se han reunido esta noche con el señor Townley-Young. Apuesto a que fue él quien les telefoneó. -Nick lanzó una risita-. Tendrías que haber estado allí, Mag, cuando salió del salón. El pobre Brendan estaba tomando una ginebra con Polly Yarkin, y T-Y se puso blanco hasta los labios y tieso como un palo cuando les vio. Solo estaban bebiendo, pero T-Y sacó a Bren del pub en menos que canta un gallo. Sus ojos le disparaban rayos láser, como en una película.

– Pero mamá no hizo nada -dijo Maggie. Sentía una punzada de miedo en el pecho-. No fue a propósito. Ella lo dijo, el jurado estuvo de acuerdo.

– Claro, basándose en lo que oyeron, pero puede que alguien mintiera.

– ¡Mamá no mintió!

Nick se dio cuenta de sus temores.

– Tranquila, Mag, no hay por qué preocuparse, pero querrán hablar contigo.

– ¿Los policías?

– Exacto. Tú conocías al señor Sage. Erais algo así como amigos. Cuando la policía investiga, siempre habla con los amigos del muerto.

– Pero el señor Shepherd nunca habló conmigo, y el hombre de la encuesta tampoco. Yo no estaba en casa aquella noche. No sé qué pasó. No puedo decirles nada. Yo…

– Tranqui.

Dio una última calada al cigarrillo, lo aplastó contra la pared de piedra que tenían detrás, e hizo lo mismo con el de ella. Rodeó su cintura con el brazo. Al otro lado del depósito de hielo, la radio de Nick siseaba frenéticamente, con la emisora perdida.

– Tranqui, Maggie. No hay nada de qué preocuparse. No tiene nada que ver contigo. Tú no mataste al vicario, ¿verdad?

Lanzó una risita ante lo absurdo de aquel pensamiento.

Maggie no le coreó. En el fondo, era una cuestión de responsabilidad, ¿no? De responsabilidad con mayúsculas.

Recordó el enfado de mamá cuando se enteró de las visitas de Maggie a casa del señor Sage. Maggie se revolvió, enfadada:

– ¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién me ha estado espiando?

Mamá no había contestado, aunque daba igual, porque Maggie sabía muy bien quién era.

– Escúchame, Maggie -dijo mamá-. Ten sentido común. No conoces a ese hombre. Es un hombre, no un muchacho. Tiene cuarenta y cinco años, como mínimo. ¿Te das cuenta? Aunque sea un vicario. En especial, porque es un vicario. ¿No comprendes el compromiso en que le pones?

– Pero él dijo que podía ir a tomar el té cuando quisiera -explicó Maggie-. Me dio un libro, y…

– Me da igual lo que te diera -cortó su madre-. No quiero que le veas, ni en su casa, ni sola, ni nada.

Maggie sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y luego resbalaban por sus mejillas.

– Es mi amigo. Me lo ha dicho. No quieres que tenga amigos, ¿verdad?

Mamá agarró su brazo con una fuerza que significaba escucha-y-no-te-atrevas-a-discutir-conmigo-mocosa.

– Mantente alejada de él -dijo.

– ¿Por qué?

Mamá la soltó.

– Podría pasar cualquier cosa. Es corriente. Así es el mundo, y si no entiendes a qué me refiero, empieza a leer el periódico.

Aquellas palabras cerraron la discusión entre ellas, pero hubo otras.

– Hoy has estado con él. No mientas, Maggie, porque sé que es verdad. De momento, te quedarás castigada en casa.

– ¡Eso no es justo!

– ¿Qué quería?

– Nada.

– No me respondas así, o lo lamentarás más que haber desobedecido. ¿Está claro? ¿Qué quería?

– Nada.

– ¿Qué dijo? ¿Qué hizo?

– Solo hablamos. Comimos galletas Jaffa. Polly preparó té.

– ¿Estaba allí?

– Sí. Ella siempre…

– ¿En la habitación?

– No, pero…

– ¿De qué hablasteis?

– Un poco de todo.

– ¿Como qué?

– El colegio. Dios. -Mamá resopló. Maggie continuó-. Me preguntó si había ido alguna vez a Londres, si pensaba que me gustaría verlo. Dijo que a él le gustaba Londres. Dijo que ha ido muchas veces. Hasta fue a pasar dos días de vacaciones la semana pasada. Dijo que la gente que se aburre de Londres no debería estar viva, o algo por el estilo.

Mamá no contestó. Contempló sus manos, que no cesaban de rallar queso. Aferraba con tanta fuerza el bloque de cheddar que tenía los nudillos blancos, pero no tanto como su cara.

Maggie aprovechó la ventaja que le proporcionaba el silencio de mamá.

– Dijo que algún día podríamos ir a Londres de excursión con el grupo juvenil. Dijo que hay familias en Londres que nos alojarían, para ahorrarnos el hotel. Dijo que Londres es grandiosa, y podríamos ir a los museos, a la Torre, a Hyde Park, y almorzar en Harrod's. Dijo…

– Ve a tu habitación.

– ¡Mamá!

– Ya me has oído.

– Pero yo solo estaba…

La mano de mamá enmudeció sus palabras. Se movió como una exhalación y se estrelló contra su cara. Más sorprendida y sobresaltada que dolida, empezó a llorar. Experimentó una oleada de ira, y el deseo de herirla a su vez.

– Es amigo mío -gritó-. Es amigo mío y hablamos y tú no quieres que me aprecie. Nunca quieres que tenga amigos. Por eso siempre vamos de un sitio a otro, ¿verdad? Siempre sin parar, para que nadie me aprecie, así siempre estaré sola. Si papá…

– ¡Basta!

– ¡No quiero, no quiero! Si papá me encuentra, me iré con él. Ya lo verás. No podrás detenerme, hagas lo que hagas.

– Yo no confiaría en eso, Maggie.

Cuatro días después, el señor Sage murió. ¿Quién era el auténtico responsable? ¿Cuál era el delito?

– Mamá es buena -dijo en voz baja a Nick-. No quería que le ocurriera nada malo al vicario.

– Te creo, Mag, pero alguien no, por lo visto.

– ¿Qué pasaría si la juzgaran? ¿Y si va a la cárcel?

– Yo me ocuparé de ti.

– ¿De veras?

– Seguro.

Sonaba confiado y enérgico. Era confiado y enérgico. Era estupendo tenerle cerca. Rodeó su cintura con el brazo y apoyó la cabeza sobre su pecho.

– Me gustaría que siempre estuviéramos así -dijo ella.

– Entonces, así será.

– ¿De veras?

– De veras. Eres mi número uno, Mag. La única. No te preocupes por tu mamá.

Maggie deslizó la mano desde su rodilla hasta el muslo.

– Frío -dijo, y se apretujó más contra él-. ¿Tienes frío, Nick?

– Un poco, sí.

– Puedo calentarte.

Intuyó su sonrisa.

– Apuesto a que sí.

– ¿Quieres?

– No me negaré.

– Puedo. Y me gusta.

Lo hizo como él le había enseñado, y su mano realizó la lenta y sinuosa fricción. Notó que Aquello se empezaba a poner duro en respuesta.

– ¿Te sientes bien, Nick?

– Ummm.

Lo recorrió con el canto de la mano, desde la base a la punta. Después, sus dedos desandaron el camino lentamente. Nick emitió un suspiro entrecortado. Se agitó.

– ¿Qué?

Nick introdujo la mano en el bolsillo. Sus manos temblaban.

– Uno de los coleguis me dio esto -dijo-. No podemos seguir haciéndolo sin un Durex, Maggie. Es una tontería. Demasiado arriesgado.

Ella le besó la mejilla y el cuello. Hundió los dedos entre sus piernas, donde recordaba que era más sensible. Nick lanzó un gemido.

Se tendió sobre el catre.

– Esta vez, hemos de usar el Durex -dijo.

Ella le bajó la cremallera de los tejanos, le bajó los pantalones. Se quitó las mallas, se acostó a su lado y levantó la falda.

– Mag, hemos de usar…

– Aún no, Nick. Dentro de un minuto. ¿Vale?

Pasó una pierna por encima de la suya. Empezó a besarle. Empezó a acariciar acariciar acariciar Aquello sin utilizar en ningún momento las manos.

– ¿Te gusta? -susurró.

Nick tenía la cabeza echada hacia atrás, y los ojos cerrados. Su respuesta fue un gemido.

Descubrió que un minuto era más que suficiente.

St. James estaba sentado en la única butaca del dormitorio. Aparte de la cama, era el mueble más cómodo que había encontrado en Crofters Inn. Se ciñó la bata para protegerse del persistente frío que se filtraba por el cristal de las dos claraboyas del dormitorio y se acomodó.

Tras la puerta cerrada del cuarto de baño, oyó que Deborah chapoteaba en la bañera. Solía tararear o cantar mientras se bañaba, y por algún motivo siempre escogía temas de Cole Porter o de los hermanos Gershwin, interpretándolos con un entusiasmo digno de una Edith Piaf desconocida y el talento de un buhonero. No habría podido coger el tono de una canción ni aunque el coro del King's College la ayudara. Aquella noche, sin embargo, se bañaba en silencio.

Por lo general, St. James habría agradecido cualquier intermedio prolongado entre Anything Goes y Summertime, sobre todo si trataba de leer en el dormitorio mientras ella rendía tributo a los viejos musicales norteamericanos en el baño contiguo, pero aquella noche habría preferido escuchar sus alegres desatinos antes que su silencioso baño, y enfrentarse al dilema de interrumpirla o no.

Aparte de una breve escaramuza después del té, habían declarado y mantenido una tregua no verbalizada tras regresar por la mañana de su prolongada excursión por los páramos. Había resultado bastante fácil, teniendo en cuenta la muerte del señor Sage y la llegada prevista para más tarde de Lynley. Sin embargo, ahora que Lynley estaba con ellos, y la maquinaria de la investigación aceitada y dispuesta, St. James descubría que sus pensamientos volvían a centrarse en la fragilidad de su matrimonio y en su contribución a la situación.

Mientras Deborah era toda pasión, él era todo razón. Le gustaba creer que esta diferencia básica en sus formas de ser constituía la base de hielo y fuego sobre la que descansaba su matrimonio, pero se habían adentrado en un terreno en que su capacidad de razonamiento no solo no era una ventaja, sino la chispa que encendía la negativa de Deborah a abordar el conflicto de otra forma que no fuera con obstinación. Las palabras «sobre ese asunto de la adopción, Deborah» bastaban para que alzara todas sus defensas contra él. Pasaba de la ira a las acusaciones, y después a las lágrimas, a una velocidad tan mareante que él no sabía cómo hacerle frente. Por eso, cuando las discusiones concluían con la salida brusca de Deborah de la habitación, la casa, o como aquella mañana, del hotel, su reacción más frecuente era exhalar un suspiro de alivio, en lugar de preguntarse qué podía hacer para abordar el problema desde otro ángulo. Lo intenté, pensaba, cuando la realidad era que no se había esforzado demasiado.

Se masajeó los músculos tensos de la base del cuello. Siempre eran el primer indicador de la tensión que se negaba a reconocer. Se removió en la butaca. La bata se abrió en parte con el movimiento. El aire frío trepó por la pierna derecha sana y desvió su atención hacia la izquierda, en la cual, como siempre, no sentía nada. La observó con desinterés, una actividad en la que se había enfrascado muy pocas veces durante los últimos años, pero que había repetido día tras día, de una manera obsesiva, en los años previos a su matrimonio.

El objetivo siempre era el mismo: inspeccionar el grado de atrofia de los músculos, con la intención de detener la desintegración que solía ser, a la larga, la secuela de la parálisis. Al cabo del tiempo, y gracias a meses de dolorosa rehabilitación, había recuperado el uso del brazo izquierdo, pero la pierna se había resistido a todos sus esfuerzos, al igual que un soldado incapaz de curar sus heridas psíquicas de guerra, como si fueran la prueba de que había entrado en combate.

– Muchos aspectos del funcionamiento del cerebro constituyen todavía un misterio -habían dicho los médicos, como somera explicación de por qué recuperaría el uso del brazo, pero no de la pierna-. Cuando la cabeza sufre una lesión tan grave como la suya, hay que ser muy cauto a la hora de pronosticar una recuperación total.

Era su forma de iniciar la lista de quizás. Quizá recuperaría el uso completo con el tiempo. Quizá un día caminaría sin muletas. Quizá despertaría una mañana y recuperaría la sensibilidad, flexionaría los músculos, movería los dedos de los pies y doblaría la rodilla. Pero al cabo de doce años, era improbable. Por lo tanto, se aferraba a lo que había quedado después de cuatro años de obstinado engaño: la apariencia de normalidad. Mientras lograra impedir que la atrofia acabara de destruir sus músculos, se consideraría satisfecho y desecharía el sueño.

Había detenido la desintegración con corrientes eléctricas. Jamás negaba que se había tratado de un acto de vanidad, y se decía que no era un pecado querer conservar el aspecto de un espécimen perfecto, aunque ya no lo fuera.

Aun así, odiaba su cojera, y pese al número de años que convivía con ella, en ocasiones le sudaban las palmas cuando era objeto de la curiosidad de un extraño. «Diferente», decía su mirada, «no es como nosotros». Y si bien era diferente de la manera limitada dictada por su lesión y no podía negarlo, en presencia de un extraño siempre se sentía disminuido, siquiera por un instante.

Abrigamos ciertas expectativas acerca de la gente, pensó, mientras examinaba la pierna. Serán capaces de andar, hablar, ver y oír. Si no es así, o si lo hacen de una manera que desafía nuestras ideas preconcebidas, les pegamos una etiqueta, huimos de su contacto, les obligamos a desear formar parte de un todo indistinto.

El agua de la bañera empezó a escurrirse, y echó un vistazo hacia la puerta. Se preguntó si la raíz de las dificultades que tenían su esposa y él residía en aquello. Ella aspiraba a la normalidad. Él creía desde hacía mucho tiempo que la normalidad poseía escaso valor intrínseco.

Se puso en pie y escuchó sus movimientos. El ruido del agua le dijo que Deborah se había levantado. Saldría de la bañera, cogería una toalla y la envolvería alrededor de su cuerpo. Llamó a la puerta y abrió.

Deborah estaba limpiando el espejo de vaho, y zarcillos de pelo pegados a su cuello escapaban del turbante que había confeccionado con una segunda toalla. Le daba la espalda, y desde donde él estaba, la vio perlada de gotitas, al igual que sus piernas, largas y esbeltas, suavizadas por el aceite de baño que llenaba la habitación con el olor a lirios.

Deborah le miró por el espejo y sonrió con expresión cariñosa.

– Supongo que todo ha terminado entre nosotros.

– ¿Por qué?

– No viniste a bañarte conmigo.

– No me invitaste.

– Te envié invitaciones mentales durante toda la cena. ¿No las captaste?

– Así que era tu pie el que me acariciaba por debajo de la mesa, ¿eh? Bien pensado, no parecía el de Tommy.

Deborah rió y destapó la loción. St. James miró mientras se la aplicaba a la cara. Los músculos se movieron bajo sus dedos, y llevó a cabo un ejercicio de identificación: trapezius, levator scapulae, splenius cervicis. Era una forma de disciplinar su mente para que tomara la dirección que deseaba. La perspectiva de aplazar la conversación con Deborah hasta otra ocasión siempre se fortalecía cuando la veía recién salida del baño.

– Lamento haber traído los papeles de adopción -dijo-. Hicimos un trato y no cumplí mi parte. Esperaba convencerte de que habláramos del problema mientras estuviéramos aquí. Achácalo a mi ego machista y perdóname si puedes.

– Perdonado, pero el problema no existe.

Tapó la loción y empezó a secarse con más energía de la necesaria. Al ver su reacción, St. James notó que la palma de la cautela se apretaba contra su pecho. No dijo nada hasta que ella se puso la bata y liberó el cabello de la toalla. Se dobló por la cintura, utilizó sus dedos a modo de peine para desenredar el cabello, y él volvió a hablar. Eligió sus palabras con todo cuidado.

– Es una cuestión de semántica. ¿De qué otro modo podemos llamar a lo que ha ocurrido entre nosotros? ¿Desacuerdo? ¿Disputa? No me parecen palabras muy apropiadas.

– Bien sabe Dios que no podemos aplicarle etiquetas científicas.

– Eso no es justo.

– ¿No?

Deborah se irguió y rebuscó entre sus cosméticos hasta encontrar la cajita de las píldoras. Sacó una de su envase de plástico, se la enseñó aferrada entre el índice y el pulgar, y la introdujo en la boca. Giró el grifo con tal energía que el agua rebotó en el fondo del lavabo y ascendió como espuma.

– Deborah.

Ella no le hizo caso. Engulló la píldora.

– Ya está. Puedes tranquilizarte. He eliminado el problema.

– Tomar o no la píldora es tu decisión, no la mía. Podría imponerme. Podría obligarte. Prefiero no hacerlo. Solo quiero que comprendas mis preocupaciones.

– ¿Sobre?

– Tu salud.

– Lo dejaste muy claro hace dos meses. He hecho lo que querías, y he tomado las píldoras. No me quedaré embarazada. ¿Aún no estás satisfecho?

Su piel empezó a motearse, el primer indicio de que se sentía acorralada. Sus movimientos adquirieron cierta torpeza. St. James no deseaba despertar su pánico, pero al mismo tiempo quería dejar las cosas claras. Sabía que estaba demostrando tanta obstinación como ella, pero siguió presionando.

– Hablas como si no desearas lo mismo.

– Y así es. ¿Pretendes que finja lo contrario?

Entró en el dormitorio, se acercó a la estufa eléctrica y llevó a cabo un ajuste que exigió demasiado tiempo y concentración. Él la siguió y, para mantener la distancia, se sentó en la butaca, a un metro prudente de su mujer.

– Es una familia -dijo-. Hijos. Dos, quizá tres. ¿No es ese el objetivo? ¿No era lo que deseábamos?

– Nuestros hijos, Simon, no los dos que Servicios Sociales condesciendan a darnos, sino dos nuestros. Eso es lo que quiero.

– ¿Por qué?

Deborah levantó la vista. Adoptó una postura más rígida y él comprendió que se había precipitado con una pregunta que no había pensado formular antes. En todas sus discusiones, había estado demasiado concentrado en razonar sus opiniones para interrogarse acerca de la tozuda determinación de Deborah de tener un hijo al precio que fuera.

– ¿Por qué? -repitió, y se inclinó hacia ella, con los codos apoyados sobre las rodillas-. ¿No puedes hablarlo conmigo?

Deborah contempló la estufa y giró ferozmente uno de los mandos.

– No seas paternalista. Sabes que no puedo soportarlo.

– No soy paternalista.

– Sí. Lo psicoanalizas todo. Sondeas y remueves. ¿Por qué no puedes sentir lo que yo siento y querer lo que yo quiero, sin necesidad de examinarme bajo tus malditos microscopios?

– Deborah…

– Quiero tener un hijo. ¿Es un delito?

– No estoy insinuando eso.

– ¿Me convierte eso en una loca?

– Claro que no.

– ¿Soy patética porque quiero tener un hijo nuestro? ¿Porque quiero que sea como si echáramos raíces? ¿Porque quiero saber que nosotros lo creamos, tú y yo? ¿Porque quiero que salga de mis entrañas? ¿Por qué se tiene que considerar un delito?

– No lo es.

– Quiero ser una madre de verdad. Quiero vivir la experiencia. Quiero un hijo.

– No debería ser un acto de egoísmo, y si para ti lo es, creo que has equivocado el concepto de paternidad.

Deborah volvió la cabeza, con la cara inflamada.

– Eso que has dicho es horrible. Espero que hayas disfrutado.

– Oh, Dios, Deborah. -Extendió la mano hacia ella, pero no pudo salvar la distancia que les separaba-. No quería herirte.

– Lo has disimulado muy bien.

– Lo siento.

– Sí. Bien, ya está dicho.

– No. Todo no. -Buscó las palabras con cierto grado de desesperación, procurando no herirla más y hacerle entender-. Me parece que si ser padre es algo más que engendrar un hijo, puedes vivir esa experiencia con cualquier niño, ya sea que lo pongas bajo tu protección, lo adoptes o lo tengas. Siempre que desees, en el fondo, ser madre, no simplemente engendrar. ¿Es así?

Ella no contestó, pero tampoco apartó la vista. St. James consideró que podía continuar.

– Creo que mucha gente se mete en ello sin pararse a pensar en lo que se les exigirá en el curso de la vida de sus hijos. Creo que se meten en ello sin pensar nada en absoluto. Sin embargo, criar a un niño hasta la madurez exige un precio especial a la persona. Has de desear toda la experiencia, no solo el acto de engendrar un hijo, porque de lo contrario te sentirás incompleta.

No fue necesario añadir el resto: que él había pasado por la experiencia de interpretar el papel de padre, sobre la cual se sustentaban sus palabras, que había sido un padre para ella. Deborah conocía al detalle la historia que compartían. Once años mayor que ella, la había convertido en una de sus principales responsabilidades desde que tuvo dieciocho años. Lo que ella era, se debía en gran parte a la influencia de St. James en su vida. El hecho de que hubiera sido como un segundo padre para ella era una bendición en su matrimonio, pero una maldición todavía mayor.

St. James hacía hincapié en la bendición, con la esperanza de que Deborah pudiera abrirse camino entre el miedo, la ira o cualquier cosa que les impidiera reconciliarse. Se apoyaba en su pasado compartido para ayudarles a encontrar un camino hacia el futuro.

– Deborah, no has de demostrar nada a nadie, ni al mundo, ni a mí, desde luego. A mí, nunca. Si la cuestión es demostrar algo, olvídalo, por el amor de Dios, antes de que te destruya.

– No se trata de demostrar.

– Entonces, ¿qué?

– Es que… siempre me había imaginado cómo sería. -Su labio inferior tembló, y apretó las yemas de los dedos contra él-. Crecería en mi interior todos esos meses. Notaría las pataditas y tú apoyarías la mano sobre mi estómago. Tú también las sentirías. Hablaríamos de nombres y tendríamos preparado su cuarto. Y cuando yo diera a luz, tú estarías conmigo. Sería como si los dos hubiéramos forjado algo eterno, porque habríamos creado juntos a esa… a esa personita. Era lo que yo deseaba.

– Eso es una ficción, Deborah. El vínculo no consiste en eso. La materia de la vida es el vínculo. Lo que existe entre nosotros ahora es el vínculo. Y lo nuestro es eterno. -Extendió la mano de nuevo. Esta vez, ella la cogió, aunque sin moverse de donde estaba, manteniendo aquel prudente metro de distancia-. Vuelve a mí. Sube y baja corriendo la escalera con tu mochila y tus cámaras. Llena la casa con tus fotografías. Pon la música demasiado fuerte. Tira tus ropas al suelo. Habla conmigo, discute y siente curiosidad por todo. Siéntete viva hasta las puntas de los dedos. Quiero recuperarte.

Deborah estalló en lágrimas.

– He olvidado la manera.

– No lo creo. Todo está en tu interior, pero de alguna manera, por algún motivo, la idea de un hijo ha ocupado su lugar. ¿Por qué, Deborah?

Ella bajó la cabeza y la sacudió. Aflojó los dedos. Ambos dejaron caer los brazos a los costados. St. James comprendió que, pese a sus intenciones y todas sus palabras, su mujer estaba ocultando algo.

El caso en cuestión

13

En el mejor estilo Victoriano, Cotes Hall era un edificio que parecía consistir únicamente en veletas, chimeneas y tímpanos desde los cuales reflejaban los miradores el cielo ceniciento de la mañana. Estaba construida de piedra caliza, y la combinación de descuido y exposición a los elementos había provocado que el exterior estuviera cubierto de líquenes; franjas verdegrisáceas descendían del tejado en una configuración que recordaba un abanico aluvial vertical. Las malas hierbas se habían apoderado de los terrenos que rodeaban la mansión, y pese a que proporcionaba una vista impresionante del bosque y las colinas hacia el oeste y el este, el desolado paisaje invernal, combinado con el estado general de la propiedad, lograba que la idea de vivir en aquel lugar resultara más repelente que atractiva.

Lynley impulsó con suavidad el Bentley por encima del último surco y entró en el patio, a cuyo alrededor se cernía la mansión como la casa Usher. Meditó un momento sobre la aparición de St. John Townley-Young en Crofters Inn la noche anterior. Al salir, había descubierto a su yerno tomando una copa con una mujer que no era su esposa, y a juzgar por la reacción de Townley-Young, dio la impresión de que no era la primera transgresión del joven. En aquel momento, Lynley pensó que, sin querer, habían topado con el móvil de las gamberradas ocurridas en la mansión, y también con el culpable. Una mujer que fuera el tercer vértice de un triángulo amoroso tal vez tomaría medidas extremas para alterar la tranquilidad y el matrimonio de un hombre que deseaba para sí. Sin embargo, mientras sus ojos tomaban nota de las veletas herrumbradas, los enormes boquetes de las cañerías que canalizaban el agua de lluvia, las matas de malas hierbas y las manchas de humedad en la base del edificio, Lynley se vio obligado a admitir que había llegado a una conclusión burda y machista. El, que ni siquiera era uno de los afectados, se estremeció ante la idea de tener que vivir en Cotes Hall. Pese a la renovación del interior, serían necesarios años de trabajo para embellecer la fachada de la mansión, así como los jardines y el parque. No podía culpar a nadie, felizmente casado o no, que intentara evitarlo por todos los medios.

Aparcó el coche entre un camión que tenía la parte posterior abierta, llena de tablones de madera, y una furgoneta con la inscripción «Crackwell e Hijos, Fontaneros» impresa con letras anaranjadas en un costado. En el interior de la casa se oían los ruidos mezclados de martillos, sierras, maldiciones y la Marcha de los toreros a medio volumen. Como siguiendo el compás de la música, un hombre de edad avanzada cubierto con un mono manchado de herrumbre salió tambaleante por una puerta posterior, con una alfombra arrollada en precario equilibrio sobre el hombro. Daba la impresión de estar mojada. La dejó caer a lo largo del costado del camión, y saludó con un movimiento de cabeza a Lynley.

– ¿Puedo ayudarle en algo, amigo? -dijo, y encendió un cigarrillo mientras esperaba la respuesta.

– La casa de la vigilante -contestó Lynley-. Estoy buscando a la señora Spence.

El hombre levantó su barbilla erizada en dirección a un cobertizo para guardar carruajes que se veía al otro lado del patio. Un pequeño edificio, una reproducción en miniatura de la mansión, se alzaba junto a él. Al contrario que Cotes Hall, su exterior de piedra caliza estaba limpio y había cortinas en las ventanas. Alrededor de la puerta principal, alguien había plantado lirios de invierno. Las flores componían una alegre pantalla amarilla y púrpura en comparación con las paredes grises.

La puerta estaba cerrada. Cuando Lynley llamó con los nudillos y nadie contestó, el hombre le llamó.

– Pruebe en el jardín. En el invernadero.

Volvió a entrar en la mansión.

El jardín era una parcela de tierra situada detrás de la casa, separada del patio por un muro en el que se había practicado una puerta verde. Se abrió con facilidad pese a la herrumbre de los goznes, y dio paso a lo que eran, con toda claridad, los dominios de Juliet Spence. La tierra estaba arada y despojada de malas hierbas. El aire olía a abono. En un macizo de flores que seguía el lado de la casa, se entrecruzaban ramitas sobre una cubierta de paja que protegía de la escarcha a las coronas de las flores perennes. Era evidente que la señora Spence se disponía a plantar algo al fondo del jardín, porque estacas hincadas en la tierra delimitaban un amplio pedazo de tierra destinado a albergar verduras, y estacas de pino se alzaban en ambos extremos de lo que serían hileras de plantas al cabo de unos seis meses.

Al otro lado de las futuras hileras estaba el invernadero. La puerta parecía cerrada. Los cristales eran opacos. Detrás, Lynley distinguió la forma de una mujer que se movía, con los brazos extendidos para cuidar alguna planta que colgaba a la altura de su cabeza. Lynley cruzó el jardín. Sus botas altas se hundieron en el suelo húmedo de un sendero que iba desde la casa al invernadero, y después se internaba en el bosque.

La puerta no estaba cerrada con candado. Un ligero empujón bastó para que se abriera en silencio. Al parecer, la señora Spence ni siquiera fue consciente de la corriente de aire frío que se filtraba, porque prosiguió con su trabajo, proporcionando la oportunidad a Lynley de observar unos instantes.

Las plantas colgantes eran fucsias. Crecían en cestas de alambre, llenas de una especie de musgo. Las habían podado en vistas al invierno, pero sin despojarlas de todas las hojas. La señora Spence las estaba rociando con un producto maloliente. Daba la vuelta a cada cesta para empapar por completo la planta, antes de empezar con la siguiente.

– Tomad, bastardos -decía, mientras movía el rociador.

Entre sus plantas, parecía de lo más inofensiva. Cierto que su elección de protección para la cabeza era bastante peculiar, pero no se podía juzgar y condenar a una mujer por llevar un pañuelo rojo desteñido alrededor de la frente. A lo sumo, su aspecto recordaba al de una india navajo, y conseguía mantener su pelo alejado de la cara, manchada de tierra, cuya situación empeoraba cuando se pasaba el dorso de la mano -protegida por un mitón deshilachado sin dedos- por la mejilla. Era de edad madura, pero se concentraba en su actividad como una jovencita. Al observarla, Lynley consideró difícil tacharla de asesina.

Su vacilación le puso nervioso. Le obligaba a considerar no solo los datos que ya obraban en su poder, sino los que empezaban a desvelarse mientras permanecía de pie en el umbral. El invernadero era un batiburrillo de plantas. Crecían en macetas de plástico y barro dispuestas sobre una mesa central. Llenaban los estantes que corrían a lo largo de los lados del invernadero. Había de todas las formas y tamaños, aparecían en todos los tipos imaginables de recipientes, y mientras las examinaba, se preguntó qué parte de la investigación llevada a cabo por Colin Shepherd se había desarrollado en aquel lugar.

Juliet Spence se volvió cuando terminó de rociar la última cesta de fucsias. Se sobresaltó cuando le vio. Su mano derecha subió instintivamente hacia el cuello de su jersey negro, un típico gesto defensivo femenino, pero la izquierda siguió aferrando el rociador. Tuvo la presencia de ánimo suficiente para no soltarlo, por si lo necesitaba para hacerle frente.

– ¿Qué quiere?

– Lo siento -dijo Lynley-. He llamado a la puerta, pero no me oyó. Inspector detective Lynley, New Scotland Yard.

– Entiendo.

Lynley hizo ademán de sacar su tarjeta. Ella le detuvo con un ademán, revelando un agujero considerable en la axila del jersey, muy acorde con el desastroso estado de sus tejanos manchados de barro.

– No es necesario -explicó-. Le creo. Colin me avisó de que probablemente aparecería esta mañana. -Dejó el rociador sobre un estante, entre las plantas, y removió las hojas restantes de la fucsia más cercana. Lynley observó que estaban deterioradas de una manera anormal-. Cápsides -explicó-. Son insidiosos, como los tisanópforos. Por lo general, no se sabe que han atacado la planta hasta que los daños son evidentes.

– ¿No pasa siempre lo mismo?

Ella meneó la cabeza y aplicó otro chorro de insecticida a una planta.

– A veces, la plaga deja una tarjeta de visita. En otras, no se sabe que ha venido de visita hasta que es demasiado tarde para hacer otra cosa que matarla y confiar en no matar la planta al mismo tiempo. Bien, supongo que no debería hablar con usted de matar como si me gustara, aunque sea así.

– Tal vez es necesario matar a un ser cuando es el instrumento de la destrucción de otro.

– Eso mismo pienso yo. Nunca me ha gustado tener pulgones en mi jardín, inspector.

Lynley entró en el invernadero.

– Póngase ahí, por favor. -La mujer indicó una cubeta de plástico sembrada de un polvillo verde, justo al lado de la puerta-. Desinfectante -explicó-. Mata los microorganismos. Es absurdo transportar más visitantes indeseables en las suelas de los zapatos.

Lynley cerró la puerta y se metió en la cubeta, donde las pisadas de la mujer ya habían dejado su marca. Vio que los restos del desinfectante manchaban los lados y las costuras de sus botas de punta redonda.

– Pasa mucho tiempo aquí -observó.

– Me gusta plantar cosas.

– ¿Una afición?

– Cuidar plantas es muy relajante. Unos pocos minutos con las manos hundidas en la tierra, y el resto del mundo se desvanece. Es una forma de escape.

– ¿Necesita escapar?

– Todo el mundo lo necesita, en un momento u otro. ¿Acaso usted no?

– No puedo negarlo.

El suelo era de grava y tenía un sendero de ladrillo, algo elevado. Caminó por él, entre la mesa central y el estante, y se acercó a la señora Spence. Con la puerta cerrada, la temperatura del invernadero era varios grados más alta que la del exterior. El aire estaba impregnado del aroma a tierra de las macetas, emulsión de pez y el olor del insecticida que había aplicado.

– ¿Qué clase de plantas tiene aquí? -preguntó-. Aparte de las fucsias.

La mujer se apoyó contra el estante mientras hablaba, y señaló los ejemplares con una mano cuyas uñas estaban cortadas como las de un hombre e incrustadas de tierra. No daba la impresión de que le importara, ni siquiera de que se diera cuenta.

– Crío ciclámenes desde hace una eternidad. Son los de los tallos que parecen casi transparentes, en las macetas amarillas. Las demás son filodendros, hiedra de parra, amarilis. Tengo violetas africanas, helechos y palmeras, pero algo me dice que usted las reconoce bastante bien. Y estas -señaló un estante sobre el cual una luz bañaba cuatro amplias cubetas negras, donde brotaban diminutas plantas- son mis plantas de vivero.

– ¿Plantas de vivero?

– En invierno, inicio mi jardín aquí. Judías verdes, pepinos, guisantes, lechuga, tomate. Ahí hay zanahorias y cebollas. Intento vidalias, aunque todos los libros de jardinería que he leído me predicen un fracaso completo.

– ¿Qué hace con todo eso?

– Suelo ofrecer las plantas al puesto de Preston. Las verduras nos las comemos mi hija y yo.

– ¿También planta chirivías?

– No -dijo con los brazos cruzados-, pero ya hemos llegado al meollo de la cuestión, ¿no?

– Sí, en efecto. Lo lamento.

– No hace falta que se disculpe, inspector. Es su trabajo. Espero que no le importe si hablamos mientras trabajo.

No le dio muchas oportunidades de decidir. Cogió un pequeño extirpador de entre los utensilios que llenaban un cubo de hojalata, guardado bajo la mesa central. Empezó a moverse entre las macetas y removió la tierra con delicadeza.

– ¿Había comido ya chirivías silvestres de esta zona?

– Varias veces.

– Por lo tanto, las reconoce cuando las ve.

– Sí, por supuesto.

– Pero el mes pasado no fue así.

– Pensé que sí.

– Hábleme de ello.

– ¿La planta, la cena? ¿Qué?

– De ambas. ¿De dónde salió la cicuta?

Quitó un tallo suelto de uno de los filodendros más grandes y lo tiró en una bolsa de basura que había debajo de la mesa.

– Pensé que era chirivía silvestre -aclaró.

– De momento, aceptado. ¿De dónde salió?

– No lejos de la mansión. Hay un estanque en el terreno. Crece una profusión increíble de malas hierbas, ya se habrá fijado en el estado general, y descubrí una mata de chirivía silvestre. Lo que creí chirivía.

– ¿Había comido antes chirivía del estanque?

– Del terreno, pero no del estanque. Únicamente había visto las plantas.

– ¿Cómo era el rizoma?

– Como el de la chirivía, evidentemente.

– ¿Una sola raíz? ¿Un manojo?

La señora Spence se inclinó sobre un helecho muy verdoso, apartó las hojas, examinó la base y transportó la planta hasta el estante del lado opuesto. Siguió con su trabajo.

– Debió de ser una sola, pero no me acuerdo de su aspecto.

– Pero sabía cómo debía de ser.

– Una sola raíz. Sí, lo sé, inspector. Sería mucho más fácil para ambos que yo mintiera y afirmara que desenterré una sola raíz, pero la verdad es que aquel día yo iba con prisas. Bajé al sótano, descubrí que solo me quedaban dos chirivías pequeñas y corrí al estanque, donde pensaba que había visto más. Supongo que la raíz que cogí era única, pero no me acuerdo con exactitud. No puedo imaginarla colgando de mi mano.

– Qué raro, ¿no? Al fin y al cabo, es uno de los detalles más importantes.

– No puedo evitarlo, pero agradecería que alguien me creyera. En realidad, una mentira sería mucho más conveniente.

– ¿Y su indisposición?

La mujer dejó el extirpador y apretó el dorso de la muñeca contra el pañuelo rojo desteñido, que manchó de tierra.

– ¿Qué indisposición?

– El agente Shepherd dijo que había estado enferma aquella noche. Dijo que había ingerido un poco de cicuta. También afirmó que se había dejado caer por su casa aquella noche y que la encontró…

– Colin intenta protegerme. Tiene miedo. Está preocupado.

– ¿Ahora?

– Y también entonces.

Dejó el extirpador entre las demás herramientas y ajustó un cuadrante de lo que parecía ser el sistema de irrigación. El lento goteo del agua empezó un momento después, hacia su derecha. La mujer no apartó los ojos ni la mano del cuadrante cuando siguió hablando.

– El que Colin diga que se dejó caer por aquí es muy conveniente, también.

– Supongo que no hizo acto de aparición en ningún momento.

– Oh, sí. Estuvo aquí, pero no fue una coincidencia. No estaba de ronda. Eso es lo que dijo en la encuesta. Eso es lo que dijo a su padre y al sargento Hawkins. Lo que dijo a todo el mundo. Pero no es lo que sucedió.

– ¿Usted le encargó que viniera?

– Le telefoneé.

– Entiendo. La coartada.

Ella levantó la vista. Su expresión era resignada, antes que culpable o temerosa. Se tomó un momento para quitarse los mitones y embutirlos en las mangas de su jersey.

– Eso es exactamente lo que, según Colín, iba a pensar la gente: que le telefoneé para demostrar mi inocencia. «Ella también comió cicuta», habría dicho en la encuesta. «Yo estaba en la casa. Lo vi con mis propios ojos.»

– Eso dijo, según tengo entendido.

– Habría dicho el resto, si me hubiera salido con la mía, pero no pude convencerle de la necesidad de decir que le había telefoneado porque me había encontrado mal tres veces, tenía bastantes dolores y quería que estuviera a mi lado. Terminó poniéndose en peligro por deformar la verdad. Y eso no me gusta.

– En este momento, corre peligro desde varias direcciones distintas, señora Spence. La investigación está llena de irregularidades. Su deber era entregar el caso a un equipo del DIC de Clitheroe. Como no lo hizo, tendría que haber sido lo bastante prudente como para llevar a cabo los interrogatorios con un testigo oficial presente. Considerando su relación con usted, habría debido apartarse del caso por completo.

– Quiere protegerme.

– Tal vez, pero las apariencias son mucho peores.

– ¿Qué quiere decir?

– Da la impresión de que Shepherd está encubriendo su propio delito, sea cual fuera.

Ella se apartó con brusquedad de la mesa central, contra la cual estaba apoyada. Se alejó dos pasos de Lynley, avanzó de nuevo y se quitó el pañuelo.

– Escuche, por favor. Estos son los hechos. -Sus palabras fueron concisas-. Fui al estanque. Arranqué cicuta. Pensé que era chirivía. La cociné. La serví. El señor Sage murió. Colin Shepherd no participó en ésto.

– ¿Sabía que el señor Sage iría a cenar?

– He dicho que no participó en esto.

– ¿La interrogó alguna vez acerca de su relación con Sage?

– ¡Colin no ha hecho nada!

– ¿Existe un señor Spence?

La mujer apretó el pañuelo en el puño.

– Yo… No.

– ¿Y el padre de su hija?

– No es asunto suyo. Esto no tiene nada que ver con Maggie, en absoluto. Ni siquiera estaba allí.

– ¿Aquel día?

– A la hora de la cena. Estaba en el pueblo, pasando la noche en casa de los Wragg.

– ¿Estuvo antes, cuando usted fue a buscar la chirivía silvestre? ¿Mientras la cocinaba?

El rostro de la señora Spence se puso rígido.

– Escuche, inspector. Maggie no está implicada.

– Está esquivando la pregunta, lo cual sugiere que me oculta algo. ¿Algo sobre su hija?

La mujer se encaminó hacia la puerta del invernadero. El espacio era reducido. Su brazo rozó a Lynley cuando pasó, y le habría costado poco esfuerzo detenerla, pero no lo hizo. La siguió fuera. Ella habló antes de que Lynley pudiera lanzar otra pregunta.

– Bajé al sótano. Solo quedaban dos chirivías. Necesitaba más. Eso es todo.

– Guíeme, por favor.

La mujer cruzó el jardín hasta la casa, abrió la puerta de lo que parecía la cocina y sacó una llave del gancho que había nada más entrar. A menos de tres metros de distancia, soltó el candado del sótano y lo subió.

– Un momento -dijo Lynley.

Se agachó y lo subió él mismo. Al igual que la puerta del muro, se movía con bastante facilidad. Y como la puerta, se movía sin ruido. Asintió y bajó los peldaños.

No había electricidad en el sótano. La luz procedía de la puerta y de una única ventana situada al nivel del suelo. Era del tamaño de una caja de zapatos y estaba bloqueada en parte por la paja que cubría las plantas del exterior. El resultado era una cámara húmeda y oscura, de unos dos metros y medio cuadrados. Las paredes eran una mezcla sin terminar de piedra y tierra, al igual que el suelo, aunque alguien se había esforzado por aplanarlo.

La señora Spence señaló una de las cuatro estanterías sujetas con tornillos a la pared más alejada de la luz. Aparte de un montón de cestas, las estanterías era lo único que albergaba la habitación, salvo lo que sostenían. En la de arriba descansaban tres hileras de tarros de conservas, cuyas etiquetas no se podían descifrar a la escasa luz. En la del fondo, se alzaban cinco cubos de hojalata llenos, tres de los cuales contenían patatas, zanahorias y cebollas. Los otros dos no contenían nada.

– No ha repuesto sus provisiones -observó Lynley.

– No me apetece mucho volver a comer chirivía. Y menos silvestre.

Lynley tocó el borde de un cubo. Movió la mano hacia el estante que lo sostenía. No había señales de polvo o falta de uso.

– ¿Por qué tiene cerrada con llave la puerta del sótano? ¿Lo hace siempre?

Como ella no contestó al instante, Lynley se volvió para mirarla. Daba la espalda a la pálida luz de la mañana que entraba por la puerta, de modo que no pudo leer su expresión.

– ¿Señora Spence?

– La tengo cerrada desde octubre.

– ¿Por qué?

– No tiene nada que ver con esto.

– De todos modos, le agradecería que me contestara.

– Ya lo he hecho.

– Señora Spence, ¿nos detenemos a examinar los hechos? Un hombre muere a sus manos. Mantiene relaciones con el agente de policía que investigó la muerte. Si alguno de ustedes piensa…

– Está bien. Lo hago por Maggie, inspector. Quería eliminar un lugar donde pudiera acostarse con su novio. Ya ha utilizado la mansión. Puse fin a aquello. Intenté eliminar las demás posibilidades. Como el sótano me pareció una, lo cerré con llave. No es que haya importado demasiado, como descubrí después.

– ¿Guarda la llave colgada de un gancho en la cocina?

– Sí.

– ¿A plena vista?

– Sí.

– ¿Donde ella pueda cogerla?

– Donde yo pueda cogerla también. -Pasó una mano impaciente por su cabello-. Por favor, inspector. Usted no conoce a mi hija. Maggie intenta ser buena. Creyó que ya había sido bastante mala. Me dio su palabra de que no volvería a acostarse con Nick Ware, y yo dije que la ayudaría a cumplir su promesa. El candado bastó para que se mantuviera alejada.

– No estaba pensando en Maggie y el sexo -contestó Lynley. Vio que la mujer desviaba la vista hacia los estantes que había detrás de él. Adivinó qué estaba mirando, sobre todo porque no permitió que sus ojos se posaran sobre ello más de un solo instante-. Cuando sale, ¿cierra las puertas con llave?

– Sí.

– ¿Cuando está en el invernadero? ¿Cuándo va a inspeccionar la mansión? ¿Cuando se marcha a buscar chirivías silvestres?

– No, pero es que tardo poco en volver. Además, sabría si alguien estuviera al acecho.

– ¿Coge su bolso, las llaves del coche, las llaves de la casa, la llave del sótano?

– No.

– Por lo tanto, no cerró con llave cuando salió a buscar chirivías el día que el señor Sage murió.

– No, pero sé hacia dónde apunta y no le va a funcionar. La gente no puede entrar y salir de aquí sin que yo lo sepa. No sucede, así de sencillo. Es como un sexto sentido. Siempre que Maggie se reúne con Nick, lo sé.

– Sí, claro. Haga el favor de enseñarme dónde encontró la cicuta, señora Spence.

– Ya le dije que pensé…

– Que era chirivía silvestre, sí.

Ella vaciló, con una mano levantada como si quisiera aclarar un punto. Dejó caer las dos.

– Por aquí -dijo en voz baja.

Salieron por la puerta. Al otro lado del patio, tres obreros estaban tomando café en el suelo del camión abierto. Habían dejado los termos sobre una pila de madera. Utilizaban otra como asiento. Contemplaron a Lynley y a la señora Spence con evidente curiosidad. Estaba claro que aquella visita atizaría los fuegos de las habladurías antes de que terminara el día.

Ahora que gozaba de mejor luz, Lynley dedicó unos instantes a examinar a la señora Spence mientras cruzaban el patio y rodeaban el ala este de la mansión. Parpadeaba velozmente, como si intentara eliminar hollín de los ojos, pero el cuello de su jersey revelaba la tensión de los músculos de su cuello. Comprendió que intentaba contener las lágrimas.

La peor parte del trabajo policial consistía en evitar la simpatía hacia los sospechosos. Una investigación exigía un corazón que se comprometiera tan solo con la víctima o con un delito que clamaba justicia. Mientras la sargento de Lynley había dominado el arte de ponerse anteojeras emocionales en lo tocante a los casos, Lynley se descubría muy a menudo desgarrado entre una docena de direcciones improbables, mientras recogía información, y llegaba a conocer los hechos y a los principales implicados. Había descubierto que en muy raras ocasiones era blanco o negro. Por desgracia, no era un mundo blanco o negro.

Se detuvo en la terraza del ala este. Las piedras se veían agrietadas e invadidas por malas hierbas secas. La vista consistía en una ladera cubierta de escarcha, que descendía hasta un estanque, y al otro lado de este se alzaba otra ladera, cuya cumbre ocultaba la niebla.

– Según tengo entendido, han tenido problemas aquí. Trabajo echado a perder, cosas así. Da la impresión de que alguien no desea que los recién casados se trasladen a la mansión.

Tuvo la sensación de que la mujer malinterpretaba su intención, como si considerara su comentario otra acusación velada, en lugar de un momento de respiro. Carraspeó y se desprendió de la aflicción que estuviera experimentando.

– Maggie la utilizó menos de media docena de veces. Eso es todo.

Lynley jugueteó un momento con la idea de tranquilizarla sobre su comentario. La rechazó y se apuntó a su temática.

– ¿Cómo entró?

– Nick, su novio, soltó una tabla que cubría una de las ventanas del ala oeste. La volví a clavar. Por desgracia, esto no ha bastado para poner fin a las gamberradas.

– ¿No se dio cuenta al instante de que Maggie y su amigo estaban utilizando la mansión? ¿No intuyó que alguien rondaba?

– Me refería a alguien que rondara alrededor de la casa, inspector Lynley. Seguro que usted también se daría cuenta si algún intruso entrara en su casa.

– Si efectuara un registro o cogiera algo, sí. En caso contrario, no estoy seguro.

– Yo sí, créame.

Desalojó con la punta de la bota una maraña de dientes de león sin flores, encajada entre dos piedras. Recogió la hierba, examinó varios rosetones de hojas dentadas e irregulares, y la tiró a un lado.

– ¿Nunca ha logrado atrapar aquí al gamberro? ¿Nunca ha hecho un ruido que atrajera su atención, nunca se metió en su jardín por equivocación?

– No.

– ¿Nunca ha oído un coche o una moto?

– No.

– ¿Ha variado lo suficiente los horarios de sus inspecciones para despistar al gamberro?

La mujer se colocó el pelo detrás de las orejas, impaciente.

– Exacto, inspector. ¿Puedo preguntarle qué tiene que ver esto con la muerte del señor Sage?

Lynley sonrió con afabilidad.

– No estoy muy seguro.

La señora Spence miró en dirección al estanque situado en la base de la colina, con intenciones evidentes, pero Lynley consideró que aún no estaba preparado para seguir avanzando. Dedicó su atención al ala este de la casa. Las ventanas saledizas más bajas estaban entabladas. En dos de las superiores se veían grietas como costuras.

– Da la impresión de haber estado vacía durante años.

– Nadie la ha habitado nunca, salvo en los tres meses posteriores a su construcción.

– ¿Por qué?

– Está encantada.

– ¿Por quién?

– Por la cuñada del bisabuelo del señor Townley-Young. ¿En qué la convierte eso? ¿En su tía bisabuela? -No aguardó a la respuesta-. Se mató aquí. Pensaron que había salido a pasear. Cuando no regresó por la noche, empezaron a buscarla. Pasaron cinco días antes de que alguien pensara en registrar la casa.

– ¿Y?

– Se había colgado de una viga de la habitación de equipajes. Al lado del desván. Era verano. Los criados siguieron el rastro del olor.

– ¿Su marido no soportó seguir viviendo aquí?

– Una idea romántica, pero ya había muerto. Falleció durante su viaje de bodas. Dijeron que fue un accidente de caza, pero nadie estaba muy interesado en saber cómo ocurrió. Su mujer volvió sola, o eso pensó todo el mundo. Al principio, no sabían que había regresado con sífilis, el regalo de matrimonio de su marido, sin duda. -Sonrió sin humor, pero no a Lynley, sino a la casa-. Según la leyenda, camina sollozante por el pasillo de arriba. Los Townley-Young prefie