/ / Language: Español / Genre:detective

El Peso De La Culpa

Elizabeth George

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.

Elizabeth George

El Peso De La Culpa

Inspector Lynley 10

Traducción de Eduardo G. Murillo

Título original: In Pursuit of the Proper Sinner

A la querida memoria de mi padre

Robert Edwin George

y con gratitud por patinar en Todd Street

los viajes a Disneylandia

Big Basin

Yosemite

Big Sur

travesías en balsa hinchable por Big Chico Creek

el juego de adivinanzas de Shakespeare

el cuervo y el zorro

y sobre todo por contagiarme

la pasión por nuestro idioma nativo

¡Que sienta cuánto más punzante que el

diente de un reptil es tener un hijo ingrato!

El rey Lear

JUNIO EL WEST END

PRÓLOGO

Lo que David King-Ryder experimentaba en su fuero interno era una especie de dolor agónico. Se sentía abrumado por una desazón y una desesperación incongruentes con la situación que estaba viviendo.

Más abajo, en el escenario del teatro Agincourt, Horacio estaba repitiendo «La divinidad que nos moldea», y Fortinbrás le replicaba con «Oh, muerte soberbia». Estaban retirando del escenario tres de los cuatro cadáveres, dejando a Hamlet tendido en brazos de Horacio. Los treinta actores que componían el reparto de Hamlet avanzaban convergiendo. Los soldados noruegos entraban por la derecha del escenario y los cortesanos daneses por la izquierda, para situarse detrás de Horacio. Cuando iniciaron el estribillo la música aumentó de intensidad, y la descarga de artillería, a la que David se había opuesto en un principio para evitar comparaciones con 1812, resonó en las bambalinas. Y en ese momento, la platea empezó a levantarse bajo el palco de David, seguido del anfiteatro. Después, el gallinero. Los aplausos se impusieron a la música, el coro y los cañones.

Era lo que tanto había anhelado desde hacía más de una década: la reivindicación total de su prodigioso talento. Y por Dios que lo había conseguido. Lo veía ante él, bajo él y a su alrededor. Tres años de trabajo agotador, tanto para el cuerpo como para la mente, culminaban ahora en la ovación ensordecedora que le habían negado al finalizar sus dos anteriores producciones en el West End. En aquellos espectáculos, la naturaleza de los aplausos y las secuelas de dichos aplausos habían sido de lo más elocuentes. Un educado y breve agradecimiento a los miembros de la compañía había precedido a un apresurado éxodo del teatro, seguido a su vez por una fiesta de estreno muy similar a un velatorio. Después, las críticas de Londres habían rematado lo que el boca a oído de la primera noche había iniciado. Dos enormes producciones muy costosas se habían hundido como acorazados de cemento sobrecargados de armas. Y David King-Ryder tuvo el dudoso placer de leer incontables análisis de su declive creativo. «La vida sin Chandler» era la clase de titular que había leído en las disecciones de uno o dos críticos teatrales poseedores de un sentimiento cercano a la compasión. Pero los demás, los tipos que pergeñaban metáforas vitriólicas después de tomar su ración matutina de Weetabix y pasaban meses esperando la oportunidad de embutirlas en un comentario más notable por su resquemor que por su información, habían sido implacables. Le habían llamado de todo, desde «charlatán artístico» a «buque reflotado por pasadas glorias», y esas glorias emanaban de una sola fuente: Michael Chandler.

David King-Ryder se preguntaba si otras asociaciones musicales habían padecido el escrutinio de su colaboración con Michael Chandler. Lo dudaba. Pensaba que músicos y libretistas, desde Gilbert y Sullivan a Rice y Lloyd-Webber, habían florecido, decaído, alcanzado la cumbre, prosperado, fracasado, superado las críticas, sufrido batacazos y conquistado la gloria sin sufrir el acoso de los chacales que le mordían los talones.

La leyenda de su asociación con Michael Chandler había provocado dichos análisis, por supuesto. Cuando un miembro de un equipo que ha montado doce de las producciones más aclamadas del West End muere de una manera tan estúpida y macabra, se teje una leyenda alrededor de esa muerte. Y Michael había muerto de esa manera: extraviado en una caverna submarina de Florida que ya se había cobrado la vida de otros trescientos buceadores, tras haber violado todas las normas del submarinismo, pues había ido solo, de noche y borracho, abandonando una barca de cuatro metros y medio de eslora anclada para señalar el punto donde se había sumergido. Había dejado una esposa, una amante, cuatro hijos, seis perros y un socio con el cual había soñado obtener la fama, la fortuna y el éxito teatral desde su infancia compartida en Oxford, los dos hijos de obreros de una planta de Austin-Rover.

Por lo tanto, era lógico que los medios se hubieran interesado en la rehabilitación emocional y artística de David King-Ryder después de la muerte prematura de Michael. Y si bien los críticos le habían vapuleado por su primer intento en solitario de componer una ópera pop cinco años después, habían utilizado guante de seda, como convencidos de que un hombre que perdía a su socio de mucho tiempo y a su amigo de toda la vida de una sola tacada merecía una oportunidad de fracasar sin ser humillado públicamente en su esfuerzo por encontrar la inspiración sin ayuda. Sin embargo, esos mismos críticos no habían sido tan piadosos con su segundo fracaso.

Pero ahora había terminado. Era cosa del pasado.

A su lado, en el palco, Ginny gritó:

– ¡Lo hemos conseguido, David! ¡Lo hemos conseguido, joder!

Sin duda había comprendido que (al cuerno todas las ridículas acusaciones de nepotismo cuando había elegido a su esposa para dirigir la producción) se había elevado a las alturas ocupadas por artistas como Hands, Nunn y Hall. [1]

Matthew, el hijo de David, que como manager de su padre sabía muy bien lo mucho que se jugaban en aquella producción, le agarró la mano con fuerza y dijo:

– Brutal. Buen trabajo, papá.

Y David quiso aferrarse a aquellas palabras y a lo que implicaban, una firme retirada de las dudas iniciales que Matthew había expresado cuando su padre le comunicó su decisión de convertir la mejor tragedia de Shakespeare en un triunfo personal. «¿Estás seguro de que quieres hacer esto?», había preguntado, y se calló el resto de su comentario: ¿No te estarás preparando para el salto mortal definitivo?

Así era, en efecto, había confirmado David para sus adentros en aquella ocasión. Pero ¿qué otra alternativa le quedaba, aparte de intentar recuperar su prestigio como artista?

Lo había logrado: no solo el público estaba de pie, no solo los actores le estaban aplaudiendo extasiados desde el escenario, sino que los críticos (cuyos números de asiento había memorizado, «para así volarlos mejor», había comentado Matthew con sarcasmo) también se habían puesto en pie, sin querer marcharse, ofreciendo el tipo de aclamación que David había empezado a considerar tan perdida para él como Michael Chandler.

Dicha aclamación no hizo más que agigantarse en las horas posteriores. En la fiesta celebrada en el Dorchester, en una sala de baile reconvertida con ingenio en el castillo de Elsinor, David se irguió al lado de su esposa, al final de una hilera de recibimiento compuesta por los principales actores de la producción. A lo largo de la hilera desfilaron los famosos más destacados de Londres: estrellas de las tablas y el cine derramaron loas sobre sus colegas, al tiempo que rechinaban los dientes para ocultar su envidia; celebridades de todos los ámbitos sociales alabaron el Hamlet de King-Ryder Productions, desde «genial» hasta «me tuvo atornillado al asiento», pasando por «simplemente fabuloso, querido»; debutantes y pijas de la zona de Sloan Square, ataviadas sucintamente, con un despliegue asombroso de escotes vertiginosos, y famosas por ser famosas o por tener padres famosos, declararon que «por fin alguien ha conseguido que Shakespeare sea divertido»; representantes de aquel notable despilfarro de la imaginación y la economía de la nación, la familia real, ofrecieron sus más fervientes deseos de éxito. Y mientras todo el mundo estaba complacido por estrechar la mano de Hamlet y sus cohortes, y mientras todo el mundo estaba encantado de felicitar a Virginia Elliott por su magistral dirección de la ópera pop de su marido, todo el mundo estaba más ansioso todavía por hablar con el hombre al que habían vilipendiado y puesto en la picota durante más de una década.

De modo que el éxito corría a raudales, y David King-Ryder quería saborearlo. Anhelaba experimentar la sensación de que la vida se abría ante él en lugar de cerrarse. Pero no podía escapar a cierto presentimiento. Todo ha terminado resonaba en sus oídos como un cañonazo.

Si hubiera sido capaz de hablar con ella sobre lo que había sufrido desde la llamada a escena, David sabía que Ginny le habría dicho que sus sensaciones de depresión, angustia y desesperación eran de lo más normal. «Es el alivio después de la noche de estreno», habría dicho. Bostezando camino de su dormitorio, mientras dejaba los pendientes sobre el tocador y tiraba los zapatos dentro del zapatero, habría señalado que ella tenía más motivos para estar deprimida que él. Como directora, su trabajo había terminado. Cierto, había que afinar diversos aspectos de la producción («Estaría bien que el diseñador de iluminación colaborara un poco y atinara en la última escena, ¿verdad?»), pero en términos generales ella debía empezar el proceso una vez más, con una nueva producción de otra obra. En el caso de él, recibiría por la mañana un montón de llamadas telefónicas de felicitación, peticiones de entrevistas y ofertas para montar la ópera pop en todo el mundo. De esa forma, podría concentrarse en otra escenificación de Hamlet o dedicarse a un proyecto nuevo. Ella no tenía esa opción.

Si él hubiera confesado que no tenía ganas de dedicarse a otra cosa, ella habría dicho: «Pues claro que ahora no. Es normal, David. ¿Cómo podrías hacerlo ahora? Concédete una temporada de descanso. Necesitas tiempo para volver a llenar la fuente.»

«La fuente» era el manantial de la creatividad, y si él hubiera señalado que ella nunca parecía necesitada de renovar sus existencias, su mujer habría replicado que dirigir era muy diferente de crear. Ella, al menos, debía trabajar con materiales en bruto, para no hablar de toda una panoplia de colegas de la profesión con los que evacuaba consultas mientras la producción tomaba forma. Él solo tenía la sala de música, el piano, soledad a espuertas y su imaginación.

Y las expectativas del mundo, pensó él de mal humor. Ése sería siempre el precio del éxito.

Ginny y él abandonaron la celebración del Dorchester en cuanto pudieron escabullirse. Ella protestó cuando él dijo que quería marcharse, al igual que Matthew, el cual, siempre en el papel de manager de su padre, había argumentado que David King-Ryder quedaría muy mal si se fuera de la fiesta antes de que terminara, pero David había alegado agotamiento y nerviosismo, y tanto Matthew como Virginia habían aceptado el autodiagnóstico. Al fin y al cabo, hacía semanas que no dormía bien, tenía la tez amarillenta y su comportamiento durante toda la representación (tan pronto estaba de pie como sentado, como paseándose por su palco) transmitió la impresión de un hombre cuyas fuerzas se habían agotado.

Salieron de Londres en silencio, David sujetando un vaso de vodka entre la palma y el pulgar, y el índice apretado entre las cejas. Ginny llevó a cabo varios intentos de entablar conversación con él. Sugirió unas vacaciones como recompensa por sus años de esfuerzos. Rodas, dijo, Capri y Creta. Claro que siempre estaba Venecia, si esperaban hasta otoño, a que se vaciara de las habituales hordas de turistas que la hacían insufrible durante el verano.

Su tono forzadamente desenvuelto reveló a David que cada vez estaba más preocupada por su dificultad para comunicarse con él. Y considerando su historia en común (ella había sido su duodécima amante antes de que la convirtiera en su quinta esposa), tenía buenos motivos para sospechar que su estado no estaba relacionado con los nervios de la primera noche, el desinflamiento después del triunfo, o la angustia por la reacción de la crítica ante su obra. Los últimos meses habían sido difíciles para ellos como pareja, y ella sabía muy bien lo que había hecho David para curar la impotencia que había experimentado con su última esposa, es decir, irse a vivir con Ginny. Por eso, cuando ella dijo por fin: «Cariño, a veces pasa. Son los nervios, nada más. Todo se solucionará al final del día», él quiso tranquilizarla. Pero no encontró las palabras.

Aún las estaba buscando cuando la limusina se adentró en el túnel de arces plateados que caracterizaban la zona boscosa donde vivían. Aquí, a menos de una hora de Londres, la campiña estaba pletórica de árboles, y senderos transitados por generaciones de silvicultores y granjeros desaparecían en la maleza formada por helechos.

El coche giró entre los dos robles que señalizaban el camino de acceso. A veinte metros de distancia, una puerta de hierro se abrió. El camino que seguía al otro lado serpenteaba entre alisos, álamos y hayas, y rodeaba un estanque que el reflejo de las estrellas convertía en un segundo cielo. Ascendía una suave pendiente, pasaba ante una hilera de casitas silenciosas y desembocaba de repente en forma de abanico ante la entrada de la mansión King-Ryder.

El ama de llaves les había preparado la cena, una selección de los platos favoritos de David.

– El señor Matthew telefoneó -explicó Portia con su voz serena y digna. Huida de Sudán a la edad de quince años, había estado con Virginia durante los últimos diez años, y poseía el rostro melancólico de una hermosa y entristecida madona negra-. Mis más sinceras felicitaciones a los dos -añadió.

David le dio las gracias. Las ventanas del comedor se alzaban desde el suelo hasta el techo y reflejaban a los tres en el cristal. Admiró el centro de mesa, que derramaba rosas blancas sobre pliegues de hiedra. Acarició uno de los delgados tenedores de plata. Con la uña del pulgar detuvo una lágrima de cera de una vela. Y fue consciente de que ni el más ínfimo bocado de comida conseguiría atravesar el nudo que sentía en la garganta.

En consecuencia, dijo a su esposa que necesitaba estar a solas un rato para desembarazarse de la tensión de la velada. Se reuniría con ella más tarde, añadió. Solo necesitaba un rato para relajarse.

Lo lógico era esperar que un artista se retirara al corazón de su arte. Por lo tanto, David fue a la sala de música. Encendió las luces. Se sirvió otro vodka y dejó el vaso sobre la tapa del piano.

Se dio cuenta de que Michael jamás habría hecho algo semejante. Michael era cuidadoso, comprendía el valor de un instrumento musical, respetaba sus límites, sus dimensiones, sus posibilidades. Asimismo, había sido muy cuidadoso en todo lo demás casi toda su vida. Solo se descuidó una noche loca, en Florida.

David se sentó al piano. Sin pensarlo, sus dedos esbozaron un aria que amaba. Era una melodía de su más afortunado fracaso (Compasión), y la tarareó mientras la tocaba, aunque no recordó la letra. Aquella canción en otro tiempo había contenido la llave de su futuro.

Mientras tocaba, dejó que su vista vagara por las paredes de la habitación, cuatro monumentos a su éxito. Los estantes albergaban premios. Los marcos contenían diplomas. Carteles y programas de teatro anunciaban producciones que, incluso en ese momento, se estaban representando por todo el mundo. Y junto a la partitura de marco plateado, diversas fotografías documentaban su vida.

Entre ellas estaba la de Michael. Y cuando la mirada de David cayó sobre el rostro de su viejo amigo, sus dedos cambiaron, por voluntad propia, a la canción que, sabía, estaba destinada a ser el éxito de Hamlet. Qué sueños pueden sobrevenir era su título, tomada del soliloquio más famoso del príncipe.

La tocó hasta la mitad y tuvo que parar. Estaba tan cansado que sus manos cayeron sobre las teclas y sus ojos se cerraron. Pero aún veía la cara de Michael.

– No tendrías que haber muerto -dijo a su socio-. Pensé que un éxito lo cambiaría todo, pero solo consigue empeorar la perspectiva del fracaso.

Cogió su bebida de nuevo. Salió de la sala. Se acabó el vodka, dejó el vaso junto a una urna de travertino, en uña hornacina semioculta, pero calculó mal la distancia y el vaso cayó sobre el suelo alfombrado.

Oyó llenarse una bañera en el piso de arriba de la enorme mansión. Ginny querría desprenderse de la tensión de la noche y de los meses precedentes. Ojalá pudiera hacer lo mismo. Pensaba que tenía muchos más motivos.

Se permitió revivir aquellos voluptuosos momentos de triunfo por última vez: el público puesto en pie, los vítores, los gritos de «bravo».

Todo eso tendría que haber bastado para David. Pero no era así. No podía serlo. Caía, si no en oídos sordos, en oídos que escuchaban otra voz.

En la esquina de Petersham Mews con Elvaston Place. A las diez en punto.

Pero ¿dónde…? ¿Dónde está?

Oh, ya lo averiguará.

Y ahora, cuando intentaba oír las alabanzas, las conversaciones entusiastas, los himnos triunfales que en teoría debían constituir su aire, su luz y su alimento, David solo podía oír aquellas tres últimas palabras: Ya lo averiguará.

Y ya era hora.

Subió la escalera y fue al dormitorio. Detrás de la puerta cerrada del cuarto de baño, su esposa estaba disfrutando de un baño purificador. Cantaba con una felicidad decidida, que le reveló lo preocupada que estaba por todo lo concerniente a él, desde sus nervios hasta su alma.

Virginia Elliott era una buena mujer, pensó David. Era la mejor de sus esposas. Había tenido la intención de seguir casado con ella hasta el fin de sus días, pero ignoraba lo breve que sería ese tiempo.

Tres movimientos veloces para un trabajo limpio.

Sacó la pistola del cajón de la mesilla de noche. La levantó. Apretó el gatillo.

SEPTIEMBRE DERBYSHIRE

1

Julian Britton era un hombre consciente de que su vida, hasta el momento, no valía nada. Cuidaba sus perros, administraba la ruina desmoronada que era la propiedad familiar, y trataba a diario de alejar a su padre de la botella. Eso era todo. No había triunfado en otra cosa que en tirar ginebra por el desagüe, y ahora, a sus veintisiete años de edad, se sentía marcado a fuego por el fracaso. Pero esta noche no podía permitir que eso le afectara. Esta noche tenía que imponer su voluntad.

Empezó con su apariencia, y se dedicó un severo escrutinio en el espejo de cuerpo entero de su dormitorio. Enderezó el cuello de la camisa, sacudió un hilo del hombro y frunció el entrecejo. Escudriñó su rostro y ordenó a sus facciones que compusieran la expresión adecuada. Debía adoptar un aspecto muy serio, decidió. Preocupado, sí, porque la preocupación era razonable. Pero no debía parecer angustiado. Y sobre todo, no debía traslucir que estaba desgarrado por dentro, preguntándose cómo había llegado a aquella situación, en este preciso momento, con su mundo hecho añicos.

En cuanto a lo que iba a decir, dos noches de insomnio y dos días interminables le habían deparado suficiente tiempo para ensayar los comentarios pertinentes que desgranaría cuando llegara la hora convenida. De hecho, Julian había pasado la mayor parte de las dos noches y los dos días posteriores al inverosímil anuncio de Nicola Maiden inmerso en complejas pero silenciosas conversaciones, matizadas con la preocupación justa para sugerir que no tenía nada personal en el asunto. Ahora, después de cuarenta y ocho horas enfrascado en interminables soliloquios mentales, Julian estaba ansioso por tirar adelante, aunque no estuviera seguro de que sus palabras transmitirían la convicción que deseaba. Se volvió y buscó las llaves del coche sobre la cómoda. La fina capa de polvo que solía cubrir su superficie de nogal había desaparecido, lo cual reveló a Julian que su prima, una vez más, se había entregado a las furias de la limpieza, una clara señal de que había vuelto a conocer la derrota en su decidida cruzada contra la ebriedad de su tío.

Samantha había llegado a Derbyshire con esa intención ocho meses antes, un ángel de misericordia que había aparecido un día en Broughton Manor con la misión de reunir a una familia separada desde hacía más de tres décadas. Sin embargo, no había realizado muchos progresos en ese sentido, y Julian se preguntaba cuánto tiempo más iba a soportar la adicción de su padre a la bebida.

«Hemos de apartarle del alcohol, Julie -le había dicho Samantha aquella misma mañana-. Es fundamental en este momento.»

Nicola, por su parte, como conocía a su padre desde hacía ocho años en lugar de ocho meses, se había decantado por la fórmula de vive y deja vivir. Había dicho en más de una ocasión, «Si la elección de tu padre es beber hasta matarse, no podrás hacer nada al respecto, Jule. Ni tampoco Sam». Claro que Nicola ignoraba lo que significaba ver al propio padre deslizarse de una forma cada vez más inexorable hacia el desenfreno, absorto en fantasías alcohólicas sobre la novela de su pasado. Ella, a fin de cuentas, había crecido en una casa donde la apariencia de las cosas era idéntica a la realidad de las cosas. Tenía unos padres cuyo amor nunca había flaqueado, y jamás había sufrido la doble deserción de una madre hippie, que se había fugado para «estudiar» con un gurú ataviado con túnicas la noche previa a su duodécimo cumpleaños, y de un padre cuya devoción a la botella excedía con mucho a cualquier afecto que hubiera mostrado por sus tres hijos. De hecho, si Nicola se hubiera tomado la molestia de analizar las diferencias entre sus respectivas educaciones, pensó Julian, tal vez habría reparado en que todas y cada una de las malditas decisiones que tomaba…

Interrumpió sus pensamientos. No quería apuntar en esa dirección. No se lo podía permitir. No podía permitir que su mente se apartara de la tarea inminente.

– Escúchame -se dijo en voz alta. Cogió su billetero y lo guardó en el bolsillo-. Tú vales mucho. Ella se acojonó. Tomó una decisión equivocada. Punto. Recuérdalo. Y recuerda que todo el mundo sabe la buena pareja que hacíais.

Tenía fe en este punto. Nicola Maiden y Julian Britton eran amigos íntimos desde hacía años. Todos sus conocidos habían llegado a la conclusión, mucho tiempo antes, de que acabarían juntos. Pero al parecer, era Nicola la que nunca había tenido en cuenta este dato.

– Sé que nunca estuvimos prometidos -le había dicho a su amiga dos noches antes, en respuesta a su anuncio de que se marchaba de los Picos para siempre y solo volvería para breves visitas-. Pero siempre existió una armonía entre nosotros, ¿no? No me habría acostado contigo si no pensara en serio… Venga, Nick. Joder, ya me conoces.

No era la propuesta de matrimonio que había pensado hacerle, y ella tampoco la había tomado como tal.

– Jule -replicó-, me gustas muchísimo. Eres un encanto y has sido un verdadero amigo. Y nos lo pasamos bien, me lo he pasado mucho mejor contigo que con cualquier otro tío.

– Por eso…

– Pero no te quiero -prosiguió ella-. El sexo no equivale al amor. Solo en las películas y los libros.

Al principio, se había quedado estupefacto. Era como si su mente se hubiera convertido en una pizarra y alguien hubiera empleado un borrador antes de que empezara a tomar notas. Así que ella había continuado.

Seguiría siendo, dijo, su novia en el distrito de los Picos, si eso quería él. Vendría a visitar a sus padres de vez en cuando, y siempre tendría tiempo para ver a Julian, y con mucho gusto. Seguirían siendo amantes cuando ella estuviera en la zona, si él lo deseaba. Por ella, encantada. Pero en cuanto a casarse, eran dos personas muy diferentes, explicó Nicola.

– Sé cuánto deseas salvar Broughton Manor -dijo-. Es tu sueño, y lo convertirás en realidad. Pero yo no comparto ese sueño, y no voy a hacer daño a ninguno de los dos fingiendo que lo comparto. No sería justo para nadie.

Fue entonces cuando Julian recobró la lucidez suficiente para decir con amargura:

– Es el jodido dinero. Y el hecho de que yo estoy en la miseria, o al menos no tengo tanto dinero como tú desearías.

– No es eso, Julian. No exactamente. -Se volvió en su asiento para mirarle y exhaló un largo suspiro-. Deja que te lo explique.

Había escuchado durante lo que se le antojó una hora, aunque ella solo habló diez minutos. Al final, cuando todo estuvo dicho, y ella bajó del Rover y desapareció en el oscuro porche provisto de gabletes de Maiden Hall, él volvió a casa aturdido, transido de dolor, confusión y sorpresa, pensando: No, ella no pudo… no quiso decir… No. Después de la Noche de Insomnio I, cayó en la cuenta, pese al dolor, de que era urgente entrar en acción. Había telefoneado, y ella había accedido a verle. Siempre sería un placer para ella verle, dijo.

Julian dirigió una última mirada al espejo antes de salir del cuarto, y se dispensó una última afirmación:

– Siempre hicisteis una buena pareja, tío. No lo olvides.

Recorrió el oscuro pasillo superior del caserón y echó un vistazo a la pequeña estancia que su padre utilizaba como pieza de recibo. Las circunstancias económicas de la familia, cada vez más adversas, habían provocado una retirada general de las salas más grandes de la planta baja, que poco a poco se habían hecho inhabitables, a medida que se vendían antigüedades, pinturas y objetos artísticos para poder sobrevivir. Ahora, los Britton vivían exclusivamente en el primer piso de la casa. Había habitaciones en abundancia, pero estrechas y oscuras.

Jeremy Britton estaba en la pieza de recibo. Como eran las diez y media, ya estaba cocido por completo, con la barbilla apoyada sobre el pecho y un cigarrillo encendido entre los dedos. Julian cruzó la sala y le quitó el cigarrillo. Jeremy no se movió.

Julian maldijo en silencio y le miró: la promesa de inteligencia, vigor y orgullo seguía erradicada por la adicción. Algún día su padre pegaría fuego a la casa, y había momentos, como este, en que Julian pensaba que sería lo mejor. Apagó el cigarrillo de Jeremy y buscó en el bolsillo de su chaqueta el paquete de Dunhill. Se lo quitó, así como el encendedor. Agarró la botella de ginebra y salió de la sala.

Estaba tirando la ginebra, los cigarrillos y el encendedor en el cubo de la basura, detrás del caserón, cuando oyó su voz.

– ¿Le has pillado otra vez, Julie?

Miró alrededor, sobresaltado, pero no la vio en la oscuridad. Entonces, la joven se levantó de donde había estado sentada: sobre el borde del muro de piedra que separaba la entrada posterior del caserón del primero de sus descuidados jardines, invadidos por malas hierbas. Una glicina sin podar, que empezaba a perder las hojas ante la proximidad del otoño, la había cobijado. Se sacudió el polvo de sus pantalones cortos y corrió hacia él.

– Empiezo a pensar que quiere matarse -dijo Samantha, con aquel tono práctico tan natural en ella-. Aún no he discernido el motivo.

– No necesita un motivo -replicó Julian-. Solo el medio.

– Intenté apartarle del alcohol, pero tiene botellas en todas partes. -Miró hacia el oscuro caserón, que se alzaba junto a ellos como una fortaleza-. Lo he intentado, Julian. Sé que es importante. -Echó un vistazo a su ropa-. Te has engalanado mucho esta noche. Yo no me he puesto nada especial. ¿Debía hacerlo?

Julian la miró con ojos inexpresivos, y sus manos se palmearon la camisa, en busca de algo que no estaba.

– Lo has olvidado, ¿verdad? -dijo Samantha. Sus intuiciones raramente fallaban.

Julian aguardó la explicación.

– El eclipse -dijo ella.

– ¿El eclipse? -Pensó en ello y se dio una palmada en la frente-. Dios. El eclipse. Joder, Samantha. Me había olvidado. ¿El eclipse es esta noche? ¿Irás a algún sitio para verlo mejor?

Ella indicó con la cabeza el lugar del que acababa de salir.

– Traje provisiones para los dos. Queso y fruta, un poco de pan, un trozo de salchichón y vino. Pensé que nos apetecería si debíamos esperar más de lo que pensabas.

– ¿Esperar…? Joder, Samantha… -No sabía cómo decirlo. No había querido inducirla a pensar que quería ver el eclipse con ella. Ni siquiera había querido inducirla a pensar que quería ver el eclipse.

– ¿Me he equivocado de fecha?

Su voz denotaba decepción. Ya sabía que no se había equivocado de fecha, y que si quería ver el eclipse desde Eyam Moor, tendría que ir sola.

Julian había hablado del eclipse sin concederle importancia. Al menos, ésa había sido su intención.

– Se ve muy bien desde Eyam Moor. Calculan que sucederá a eso de las once y media. ¿Te interesa la astronomía, Samantha?

Ella lo había interpretado como una invitación, y Julian se sintió molesto por la presunción de su prima, pero lo disimuló porque estaba en deuda con ella. El motivo de sus largas visitas a Broughton Manor desde Winchester, durante los últimos ocho meses, era reconciliar a su madre con su tío, el padre de Julian. Cada estancia había sido más larga que la anterior, a medida que encontraba más trabajo en la propiedad, tanto en la renovación de la casa propiamente dicha como en la gestión de los torneos, fiestas y representaciones de acontecimientos históricos que Julian organizaba en los jardines, otra forma de conseguir ingresos para los Britton. Su útil presencia había sido una auténtica bendición, pues los hermanos de Julian ya hacía tiempo que habían huido del nido familiar, y su padre no había movido ni un dedo desde que Jeremy había heredado la propiedad (además de poblarla con sus amigos hippies y arruinarla) tras cumplir veinticinco años.

De todos modos, pese a lo agradecido que estaba por la ayuda de Samantha, deseaba que su prima no diera por sentadas tantas cosas. Se había sentido culpable por el enorme trabajo que ella realizaba, impulsada solo por la bondad de su corazón, y había pensado en alguna forma de compensarla. Carecía de dinero en metálico para ofrecerle, aunque ella ni lo necesitaba ni lo habría aceptado, pero tenía sus perros, sus conocimientos y su entusiasmo por Derbyshire. Como quería que se sintiera lo más cómoda posible en Broughton Manor, le había ofrecido lo único que poseía: actividades ocasionales con los lebreles y conversación. Y ella había malinterpretado su conversación acerca del eclipse.

– No había pensado… -Pateó la grava, donde crecía un diente de león-. Lo siento. Voy a Maiden Hall. -Oh.

Era curioso, pensó Julian, que una sola sílaba pudiera transmitir el peso de tantas cosas, desde censura a placer.

– Estúpida de mí -dijo ella-. No sé cómo se me ocurrió que querías… Bien, da igual…

– Te compensaré de alguna manera. -Confió en parecer sincero-. Si no hubiera planeado ya… Ya sabes cómo son las cosas.

– Oh, sí. No debes decepcionar a nuestra Nicola, Julian.

Le dedicó una breve y fría sonrisa y volvió al hueco de la glicina. Un cesto colgaba de su hombro.

– ¿En otro momento? -dijo Julian.

– Cuando te vaya bien.

No le miró cuando pasó a su lado, traspuso la puerta y desapareció en el patio interior de Broughton Manor.

Julian notó que soltaba el aliento convulsivamente. No se había dado cuenta de que lo había contenido.

– Lo siento -dijo en voz baja a la ausencia de su prima-, pero esto es importante. Si supieras cuán importante es lo comprenderías.

Cubrió el trayecto hasta Padley Gorge con rapidez, en dirección noroeste hasta Bakewell, donde giró por el viejo puente medieval que salvaba el río Wye. Utilizó el viaje para realizar un ensayo final de sus comentarios, y cuando llegó al camino de Maiden Hall, estaba seguro de que sus planes darían fruto antes de que la velada terminara.

Maiden Hall estaba asentado a mitad de una pendiente boscosa de robles de hoja sésil, y la cuesta que ascendía hasta Maiden Hall estaba cubierta con un dosel de castaños y limeros. Julian inició la subida, dominó las curvas serpenteantes con la habilidad de una larga práctica y frenó junto a un Mercedes deportivo en el cercado de grava reservado a los invitados.

Desechó la entrada principal y entró por la cocina, donde Andy Maiden estaba observando a su chef, el cual iba a flambear una fuente de crème brûlée. El chef, un tal Christian-Louis Ferrer, había llegado de Francia cinco años antes para mejorar la sólida aunque no inspirada reputación de la comida de Maiden Hall. Sin embargo, en aquel momento, con el encendedor de cocina en ristre, Ferrer parecía más un pirómano que un grand artiste de la cuisine. La expresión de Andy sugería que compartía los pensamientos de Julian. Solo cuando Christian-Louis hubo convertido la cobertura en una perfecta y delgada capa de glaseado, al tiempo que decía «Et là voilà, Andée» con la sonrisa condescendiente que se dedica a un dudoso santo Tomás, que una vez más ha comprobado lo infundado de sus dudas, levantó la vista Andy y vio a Julian mirando.

– Nunca me ha gustado ver llamas en mi cocina -admitió con una sonrisa avergonzada-. Hola, Julian. ¿Qué noticias nos traes de Broughton y de las regiones más alejadas?

Era el recibimiento habitual. Julian le dio la respuesta habitual.

– Todo va bien para los honrados y virtuosos, pero en cuanto al resto de la humanidad… Olvídalo.

Andy se alisó su bigote grisáceo y observó al joven con afecto, mientras Christian-Louis pasaba la fuente de crème brûlée por una ventanilla de servicio que daba al comedor.

– Maintenant, on en a fini pour ce soir -dijo, y empezó a quitarse el delantal blanco, manchado con las salsas de la noche.

– Vive la France -dijo con ironía Andy cuando el francés desapareció en el pequeño vestuario, y puso los ojos en blanco-. ¿Vienes a tomar un café? -propuso a Julian-. Tenemos un grupo en el comedor, y todos los demás están en el salón, para tomar las copas y todo eso.

– ¿Algún huésped esta noche? -preguntó Julian.

Maiden Hall, una antigua casa de campo utilizada en otro tiempo como pabellón de caza por una rama de la familia Saxe-Coburg, contaba con diez habitaciones. Todas habían sido decoradas de forma diferente por la esposa de Andy cuando los Maiden escaparon de Londres una década antes. Ocho fueron reservadas para viajeros inteligentes que desearan la privacidad de un hotel combinada con la intimidad de un hogar.

– Todo completo -contestó Andy-. Hemos tenido un verano récord, gracias al buen tiempo. Bien, ¿qué será? ¿Café? ¿Coñac? ¿Cómo está tu padre, por cierto?

Julian se encogió por dentro ante la asociación mental implícita en las palabras de Andy. Sin duda, todo el maldito condado emparejaba a su padre con algún tipo de licor.

– No quiero nada -dijo-. He venido a buscar a Nicola.

Andy no se habría sorprendido por la hora en que Julian había aparecido para encontrarse con su hija. Cuando Nicola llegaba del colegio solía ayudar en la cocina o el comedor, de modo que la historia de su relación con Julian se había distinguido por citas que muy pocas veces empezaban antes de las once de la noche. Pero Andy pareció perplejo.

– ¿Nicola? -dijo-. ¿Os habíais citado? Porque aquí no está, Julian.

– ¿Que no está aquí? No se habrá marchado ya de Derbyshire, ¿verdad? Dijo…

– No, no. -Andy empezó a colocar los cuchillos de cocina en los huecos del colgador de madera, mientras continuaba hablando-. Se ha ido de camping. ¿No te lo dijo? Se fue ayer, a media mañana.

– Pero hablé con ella… -Julian se esforzó en recordar la hora-. Ayer por la mañana, temprano. No se habría olvidado con tanta rapidez.

Andy se encogió de hombros.

– Pues parece que sí. Las mujeres son así, ya sabes. ¿Qué estabais tramando?

Julian esquivó la pregunta.

– ¿Se fue sola?

– Como siempre -contestó Andy-. Ya conoces a Nicola. Y muy bien.

– ¿Adónde? ¿Se llevó el equipo adecuado?

Andy se volvió. Era evidente que había captado algo preocupante en el tono de Julian.

– No se habría ido sin su equipo. Sabe que el tiempo cambia con brusquedad en la zona. En cualquier caso, yo mismo le ayudé a subirlo al coche. ¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Os peleasteis?

Julian podía proporcionar una respuesta sincera a la última pregunta. No se habían peleado, al menos Andy no lo habría considerado así.

– Andy, ya debería haber vuelto -dijo-. Íbamos a ir a Sheffield. Quería ver una película…

– ¿A esta hora de la noche?

– Una sesión golfa.

Julian notó que enrojecía mientras explicaba la tradición de The Rocky Horror Picture Show, [2] pero los años que Andy había servido en la policía secreta (lo que siempre denominaba su «otra vida») le habían permitido conocer la película muchos años antes, de modo que desechó las explicaciones con un ademán. Esta vez, cuando se tiró con aire pensativo del bigote, arrugó el entrecejo.

– ¿Estás seguro de que era hoy? Quizá pensó que te referías a mañana.

– Habría preferido verla anoche -dijo Julian-. Fue Nicola quien fijó la cita para esta noche. Y estoy seguro de que dijo que volvería esta tarde. Estoy seguro.

Andy dejó caer la mano. Su expresión era seria. Miró hacia la ventana que había sobre el fregadero. Solo vio sus reflejos, pero Julian comprendió por su expresión que Andy pensaba en lo que había al otro lado, en la oscuridad. Vastos páramos habitados solo por ovejas, canteras abandonadas reclamadas por la naturaleza, riscos de piedra arenisca que se iban desintegrando, fortalezas prehistóricas de piedra derruida. Había centenares de cuevas de piedra arenisca donde quedar atrapado, minas de cobre que podían derrumbarse, montículos de piedras con los que un excursionista desprevenido podía partirse el tobillo, crestas de piedra arenisca desde las que un escalador podía caer y permanecer perdido durante días o semanas. El distrito se extendía desde Manchester a Sheffield, desde Stoke-on-Trent hasta Derby, y cada año, más de una docena de veces, los equipos de rescate localizaban a alguien que se había roto un brazo o una pierna, o algo peor, en los Picos. Si la hija de Andy Maiden se había extraviado o hecho daño por allí, sería preciso el esfuerzo de más de dos hombres charlando en una cocina para encontrarla.

– Llamemos a la policía, Julian -dijo Andy.

El impulso inicial de Julian también había sido telefonear a la policía. No obstante, tras reflexionar, temió todo lo que implicaba esa llamada, pero en ese breve momento de vacilación Andy actuó. Se encaminó hacia el mostrador de recepción para hacer la llamada.

Julian corrió tras él. Encontró a Andy encorvado sobre el teléfono, como si intentara protegerse de posibles escuchas. De todos modos, en la recepción solo estaban Julian y él, pues los huéspedes del hotel se encontraban en el salón, con sus cafés y licores, al otro lado del pasillo.

Nan Maiden se acercó desde esa dirección justo cuando comunicaban a Andy con la policía de Buxton. Salió del salón con una bandeja en la que llevaba un servicio de café para dos. Sonrió y dijo:

– ¡Caramba, Julian! Hola. No esperábamos… -Enmudeció cuando reparó en la postura subrepticia de su marido, encorvado sobre el teléfono como alguien que efectuara una llamada ilícita, y en la actitud cómplice de Julian-. ¿Qué pasa?

Julian experimentó la sensación de llevar la palabra «culpable» tatuada en la frente. Cuando Nan insistió, «¿Qué ha pasado?», no dijo nada y esperó a que Andy tomara las riendas de la situación. Por su parte, el padre de Nicola habló en voz baja por teléfono y dijo «Veinticinco», sin hacer caso de las preguntas de su mujer.

De todos modos, «veinticinco» pareció informar a Nan de lo que Julian no se atrevía a traducir en palabras y Andy esquivaba.

– Nicola -susurró. Se acercó al mostrador de recepción, dejó la bandeja encima y sin querer tiró al suelo una cestita de mimbre con tarjetas del hotel. Nadie la recogió-. ¿Le ha pasado algo a Nicola?

La respuesta de Andy fue serena.

– Julian y Nick tenían una cita esta noche, que al parecer ella ha olvidado -dijo a su mujer, con la mano izquierda sobre el auricular del teléfono-. Estamos intentando localizarla. -Lanzó la mentira con la habilidad de un hombre que, en otro tiempo, había convertido la falsedad en su principal virtud-. Estaba pensando que tal vez pasó a ver a Will Upman camino de casa, para ir preparando otro trabajo para el verano que viene. ¿Va todo bien con los huéspedes, cariño?

Los ojos grises de Nan pasaron de su marido a Julian.

– ¿Con quién estás hablando, Andy? -preguntó.

– Nancy…

– Dímelo.

No lo hizo. Alguien habló al otro extremo de la línea, y Andy consultó su reloj.

– Por desgracia -dijo-, no estamos del todo seguros… No. No hay antecedentes de eso… Gracias. Estupendo. Se lo agradezco.

Colgó y cogió la bandeja que su mujer había dejado sobre el mostrador. Se dirigió hacia la cocina. Nan y Julian le siguieron.

Christian-Louis estaba a punto de irse, vestido con tejanos, zapatillas de deporte y una sudadera de la Universidad de Oxford con las mangas cortadas. Cogió una bicicleta que estaba apoyada contra la pared, dedicó un momento a calcular la tensión que embargaba a las otras tres personas de la cocina, y dijo:

– Bonsoir, à demain.

Se marchó a toda prisa. Vieron por la ventana el resplandor del faro de la bicicleta mientras se alejaba.

– Andy, quiero la verdad.

Su mujer se plantó delante de él. Era una mujer menuda, casi veinticinco centímetros más baja que su marido. Pero su cuerpo era fuerte y de músculos firmes, el físico de una mujer dos décadas más joven de sus sesenta años.

– Ya te he dicho la verdad -contestó Andy con tono conciliador-. Julian y Nicola tenían una cita. Nick la olvidó. Julian se enfadó y quiso localizarla. Le estoy ayudando.

– Pero no estabas hablando con Will Upman, ¿verdad? -preguntó Nan-. ¿Para qué iría Nicola a ver a Will Upman a las…? -Echó un vistazo al reloj de la cocina, que colgaba sobre un platero. Eran las once y veinte, una hora improbable para ir a visitar al patrón, pues eso había sido Will Upman para Nicola durante los últimos tres meses-. Dijo que iba de camping. No me digas que te creíste que se detuvo a charlar con Will Upman a mitad del viaje. ¿Cómo es que Nicola olvidó una cita con Julian? Nunca lo ha hecho. -Nan dirigió su mirada penetrante hacia Julian-. ¿Os habéis peleado?

La incomodidad de Julian tenía dos motivos: tener que responder a la pregunta otra vez, y llegar a la conclusión de que Nicola no había hablado a sus padres de su intención de abandonar Derbyshire para siempre. Era difícil que estuviera buscando empleo para el verano siguiente, si su deseo era abandonar el condado y no volver más que para breves visitas.

– De hecho, estuvimos hablando de matrimonio -decidió decir Julian-. Estuvimos hablando del futuro.

Los ojos de Nan se dilataron. Algo parecido al alivio borró la preocupación de su rostro.

– ¿Matrimonio? ¿Nicola ha accedido a casarse contigo? ¿Cuándo? Quiero decir, ¿cuándo lo decidisteis? Nunca dijo ni una palabra. Es una noticia estupenda, absolutamente maravillosa. Cielos, Julian, me siento aturdida. ¿Se lo has dicho a tu padre?

Julian no quería mentir, pero tampoco se decidía a contar toda la verdad. Se afianzó en un precario terreno medio.

– En realidad, solo habíamos empezado a hablar. De hecho, esta noche teníamos que continuar hablando.

Andy Maiden observaba a Julian con recelo, como si supiera muy bien que cualquier conversación sobre matrimonio entre su hija y Julian Britton sería tan improbable como una discusión sobre la cría de ovejas.

– Un momento. Creí que ibais a Sheffield.

– Exacto, pero pensábamos hablar por el camino.

– Bien, Nicola no se olvidaría de eso -declaró Nan-. Ninguna mujer olvidaría que tiene una cita para hablar de matrimonio. -Se volvió hacia su marido-. Cosa que tú deberías saber muy bien, Andy. -Guardó silencio un momento, absorta al parecer en aquel pensamiento final, mientras Julian reflexionaba en el inquietante hecho de que Andy aún no había contestado a las preguntas de su mujer sobre la llamada telefónica que acababa de hacer. Nan llegó a una conclusión sobre ello-. Dios. Acabas de llamar a la policía, ¿verdad? Crees que le ha pasado algo, porque no se ha presentado a la cita con Julian. Y no querías que yo me enterara, ¿verdad?

Ni Andy ni Julian contestaron. No hacía falta.

– ¿Y qué iba a pensar cuando llegara la policía? -preguntó Nan-. ¿Creíste que seguiría sirviendo café sin preguntar qué pasaba?

– Sabía que te preocuparías -dijo su marido-. Puede que sin motivo.

– Podría ser que Nicola estuviera ahí fuera, en la oscuridad, herida, atrapada o Dios sabe qué, y tú, los dos, ¿pensasteis que no debía enterarme? ¿Porque me preocuparía?

– Ya te estás poniendo nerviosa. Por eso no quise decírtelo hasta que fuera preciso. Puede que no sea nada. Lo más probable es que no sea nada. Julian y yo estamos de acuerdo en eso. Todo se habrá solucionado en un par de horas, Nan.

Ella intentó encajarse un mechón detrás de la oreja. Cortado de una manera extraña que ella llamaba boina (largo por arriba y corto a los lados), era demasiado corto para hacer otra cosa que volver a su sitio.

– Saldremos a buscarla -decidió-. Uno de nosotros ha de empezar a buscarla ahora mismo.

– Que uno de nosotros vaya a buscarla no servirá de mucho -señaló Julian-. Nadie sabe adonde fue.

– Pero todos conocemos sus lugares predilectos. Arbor Low, Thor's Cave, Peveril Castle.

Nan mencionó media docena de lugares más, y todos sirvieron para subrayar de forma inadvertida lo que Julian intentaba aclarar: no existía la menor correlación entre los lugares favoritos de Nicola y su emplazamiento en el distrito de los Picos. Estaban tan al norte como los arrabales de Holmfirth, tan al sur como Ashbourne y la parte inferior de la Tissington Trail. Haría falta un equipo de rescate para encontrarla.

Andy sacó una botella de la alacena, junto con tres vasos. Vertió en cada uno un chorro de coñac. Distribuyó los vasos.

– Bebed -dijo.

La mano de Nan rodeó el vaso, pero no bebió.

– Algo le ha pasado.

– No sabemos nada. Por eso la policía viene hacia aquí.

La policía, en la persona de un agente llamado Price, llegó antes de media hora. Les hizo las preguntas de rigor: ¿Cuándo se había ido la chica? ¿Cómo iba equipada? ¿Se había ido sola? ¿Parecía deprimida, desdichada, preocupada? ¿Qué intenciones había anunciado? ¿Había dicho cuándo regresaría? ¿Quién fue la última persona que habló con ella? ¿Había recibido alguna visita? ¿Cartas? ¿Llamadas telefónicas? ¿Algo ocurrido en fecha reciente habría podido impulsarla a huir?

Julian secundó a Andy y Nan en sus esfuerzos por dejar claro al agente Price la gravedad de que Nicola aún no hubiera regresado a Maiden Hall, pero Price parecía decidido a atenerse a sus métodos, que eran de una lentitud exasperante. Escribía en su libreta con parsimonia, y pidió una descripción detallada de Nicola. Quiso conocer con exactitud el equipo que llevaba. Les obligó a repasar sus actividades de las dos últimas semanas. Y dio la impresión de quedar fascinado por el hecho de que, la mañana previa a la excursión, Nicola había recibido tres llamadas telefónicas de personas que no quisieron revelar su nombre cuando Nan se puso.

– ¿Un hombre y dos mujeres? -preguntó por cuarta vez Price.

– No lo sé, no lo sé. ¿Qué más da? -se obstinó Nan-. Puede ser la misma mujer que llamara dos veces. ¿Qué más da? ¿Qué tiene que ver eso con Nicola?

– Pero ¿sólo un hombre? -dijo el agente.

– Santo cielo, ¿cuántas veces he de…?

– Un hombre -interrumpió Andy.

Nan apretó los labios con irritación. Sus ojos taladraron a Price.

– Un hombre -repitió.

– ¿No fue usted quien telefoneó? -preguntó a Julian.

– Conozco la voz de Julian -dijo Nan-. No fue Julian.

– Pero usted mantenía relaciones con esa joven, señor Britton, ¿no es así?

– Estaban prometidos -dijo Nan.

– No exactamente -se apresuró a clarificar Julian, y maldijo en silencio cuando un sudor acusador se elevó de su cuello hasta sus mejillas.

– ¿Discutieron, tal vez? -preguntó Price con voz artera-. ¿Otro hombre se interponía entre ustedes?

Joder, pensó Julian, malhumorado. ¿Por qué todo el mundo suponía que se habían peleado? No habían intercambiado palabras fuertes. De hecho no habían tenido tiempo.

No se habían peleado, informó Julian con estoicismo, y no sabía nada acerca de otro hombre. Absolutamente nada, recalcó.

– Tenían una cita para hablar de sus planes de boda -dijo Nan.

– Bien, en realidad…

– ¿Conoce a alguna mujer que dejaría pasar semejante oportunidad?

– ¿Y están seguros de que su intención era volver esta noche? -preguntó Price a Andy. Repasó un momento sus notas y continuó-. Su equipamiento sugiere que tal vez previese una estancia más larga.

– No había pensado en eso hasta que Julian apareció para llevarla a Sheffield -admitió Andy.

– Ah. -El agente miró a Julian con más suspicacia de la que Julian consideraba pertinente. Luego cerró su libreta. Un chorro de cháchara incomprensible brotó del receptor de radio que colgaba de su hombro. Bajó el volumen. Guardó la libreta en el bolsillo-. Bien. Ya se fugó de casa una vez, y espero que esto sea parecido. Esperaremos hasta…

– ¿De qué está hablando? -interrumpió Nan-. No estamos denunciando la fuga de una adolescente. Tiene veinticinco años, por el amor de Dios. Es una adulta responsable. Tiene un empleo, un novio, una familia. No se ha fugado. Ha desaparecido.

– De momento, tal vez -admitió el agente-, pero como ya se dio el piro una vez, lo cual consta en nuestros archivos, señora, no emprenderemos su búsqueda hasta estar seguros de que no se trata de una nueva fuga.

– Tenía diecisiete años la última vez que se fugó -replicó Nan-. Acabábamos de llegar de Londres. Se sentía sola y desdichada. Concentramos todos nuestros esfuerzos en poner a punto el hotel y no le prestamos la atención que necesitaba. Solo necesitaba un poco de guía para…

– Nancy.

Andy apoyó una mano con suavidad en su nuca.

– ¡No podemos quedarnos de brazos cruzados!

– No hay otro remedio -dijo el agente, implacable-. Hemos de seguir nuestros procedimientos. Haré mi informe, y si mañana a esta hora no ha aparecido, enfocaremos el problema desde otra perspectiva.

Nan giró en redondo hacia su marido.

– Haz algo. Telefonea a Rescate de Montaña.

Julian intervino.

– Nan, Rescate de Montaña no puede iniciar una búsqueda hasta hacerse una idea…

Señaló hacia las ventanas y confió en que la mujer llenara los puntos suspensivos. Como miembro de Rescate de Montaña, había participado en docenas de casos, pero los rescatadores siempre tenían una idea de por dónde empezar la búsqueda. Como Julian y los padres de Nicola ignoraban el punto de partida de Nicola, la única posibilidad era esperar a que amaneciera, cuando la policía pudiera solicitar un helicóptero.

Debido a la hora y la falta de información, Julian sabía que la única diligencia posible que habría podido derivarse de su encuentro con Price habría sido una llamada de éste a la organización de rescate más cercana para pedir que reunieran voluntarios al amanecer, pero estaba claro que no habían logrado impresionar al agente. Si hubiera experimentado alguna preocupación, se habría puesto en contacto con sus superiores y solicitado la intervención de Rescate de Montaña. Como no lo había hecho, estaban atados de pies y manos. Rescate de Montaña solo respondía ante la policía. Y la policía, al menos de momento, y en la persona del agente Price, tampoco respondía.

Hablar con aquel hombre era perder el tiempo. Julian leyó en la expresión de Andy que había llegado a la misma conclusión.

– Gracias por venir, agente -dijo, y continuó antes de que su mujer protestara-: Le telefonearemos mañana por la noche si Nicola no ha aparecido.

– ¡Andy!

Rodeó su espalda con el brazo y ella se apretó contra su pecho. No habló hasta que el agente salió por la puerta de la cocina, subió al coche y encendió el motor y los faros delanteros. Y entonces habló a Julian, no a Nan.

– Le gusta ir de acampada al Pico Blanco, Julian. Hay planos en recepción. ¿Quieres ir a buscarlos, por favor? Cada uno querrá saber dónde está buscando el otro.

2

Julian regresó a Maiden Hall poco después de las siete de la mañana siguiente. Si no había explorado todos los lugares posibles desde Consall Wood hasta Alport Height, se sentía como si lo hubiera hecho. Con la linterna en una mano y el altavoz en la otra, había recorrido el sendero boscoso que partía de Wettonmill y ascendía hasta Thor's Cave. Había explorado la orilla del río Manifold, iluminado con su linterna la pendiente de Thorpe Cloud y seguido el río Dove hasta el antiguo caserón medieval de Norbury. En el pueblo de Alton había caminado un buen tramo por la Vía de Staffordshire. Había recorrido en coche todas las pistas de un solo carril que tanto gustaban a Nicola, al menos todas las que pudo. Y se había detenido de vez en cuando para gritar su nombre por el megáfono. Había hecho notar su presencia a propósito en cada población, y despertado ovejas, granjeros y excursionistas durante sus ocho horas de búsqueda. En el fondo, creía que no existía la menor posibilidad de encontrarla, pero al menos estaba haciendo algo, en lugar de esperar en casa al lado del teléfono. Al final, se sintió vacío y angustiado.

Y también hambriento. Habría podido devorar una pierna de cordero, si alguien se la hubiera ofrecido. Era raro, pensó. La noche anterior, presa de los nervios y la impaciencia, apenas había sido capaz de tocar su cena. De hecho, Samantha no había encajado muy bien su inapetencia. Se había tomado su falta de apetito como algo personal, y mientras el padre de Julian comentaba con sorna que un hombre también ha de ocuparse de otros apetitos, Sam, y nuestro Julie va a resolverlo esta noche con quien todos sabemos, Samantha había apretado los labios y despejado la mesa.

Ahora podría hacer justicia a uno de sus abundantes desayunos, pensó Julian, pero tal como estaban las cosas… Bien, no le parecía apropiado pensar en comida, y mucho menos pedirla, pese a que los huéspedes de Maiden Hall se pondrían a devorar de todo dentro de media hora, desde cereales a salmón ahumado.

No tendría que haberse preocupado por la corrección de desear comida en tales circunstancias. Cuando entró en la cocina de Maiden Hall, vio una bandeja intocada de huevos revueltos, champiñones y salchichas al lado de Nan Maiden. Ella se la ofreció.

– Quieren que coma, pero no puedo. Haz los honores, por favor. Espero que tengas apetito.

El plural se refería al personal de cocina que se encargaba de los desayunos: dos mujeres del cercano pueblo de Grindleford, que cocinaban por las mañanas, cuando los esfuerzos culinarios de Christian-Louis eran tan innecesarios como superfluos.

– Tráetelo, Julian.

Nan puso una cafetera sobre la bandeja, junto con tazones, leche y azúcar. Le precedió hasta el comedor.

Solo había una mesa ocupada. Nan saludó con la cabeza a la pareja instalada junto a la ventana salediza que daba al jardín y, después de preguntar cortésmente cómo habían dormido y cuáles eran sus planes para el día, se reunió con Julian en la mesa que había elegido, algo alejada, junto a la puerta de la cocina.

El hecho de que nunca utilizara maquillaje jugaba en contra de Nan aquella mañana. Sus ojos estaban hundidos en montículos de piel grisazulada. Su piel, levemente pecosa debido a los ratos que pedaleaba en su mountain bike siempre que tenía una hora libre para ejercitarse, se veía pálida por completo. Sus labios, que habían perdido hacía tiempo el color rosado natural de la juventud, exhibían finas arrugas macilentas que nacían bajo la nariz. Era evidente que no había dormido.

No obstante, había cambiado su indumentaria de la noche anterior, consciente de que la propietaria de Maiden Hall no debía aparecer ante sus huéspedes por la mañana vestida con lo que llevaba la víspera. En consecuencia, había sustituido su vestido de fiesta por unas mallas y una blusa a medida.

Sirvió una taza de café a cada uno y miró a Julian mientras atacaba sus huevos y champiñones.

– Háblame del compromiso -dijo-. Necesito algo que me impida pensar en lo peor.

Cuando habló, las lágrimas dieron a sus ojos un aspecto vidrioso y desenfocado, pero no lloró.

Julian procuró guardar la compostura.

– ¿Dónde está Andy?

– Todavía no ha llegado. -Nan rodeó el tazón con sus manos. Lo apretó con tanta fuerza que sus dedos palidecieron-. Háblame de vosotros dos, Julian. Dime algo, por favor.

– Todo saldrá bien -dijo él. Lo último que deseaba era inventar una fantasía en la que Nicola y él se enamoraban como seres humanos normales, tomaban conciencia de dicho amor y sobre él edificaban una vida en común. En ese momento era incapaz-. Es una excursionista experimentada. Tomó toda clase de precauciones antes de salir.

– Lo sé, pero no quiero pensar en el significado de que aún no haya vuelto. Háblame de vuestro compromiso. ¿Dónde estabais cuando se lo pediste? ¿Qué dijo ella? ¿Cómo será la boda, y cuándo?

Julian experimentó un escalofrío al darse cuenta de la doble dirección que tomaban los pensamientos de Nan. En cualquier caso, eran temas que no deseaba considerar. Uno le impulsaba a pensar en lo impensable. El otro no hacía otra cosa que alimentar más mentiras.

Se decantó por una verdad que ambos conocían.

– Nicola ha recorrido los Picos desde que vinisteis de Londres. Aunque se haya hecho daño, sabe lo que ha de hacer hasta que llegue ayuda. -Pinchó con el tenedor un trozo de huevo y champiñón-. Menos mal que nos habíamos citado. De lo contrario, Dios sabe cuándo habríamos salido en su búsqueda.

Nan apartó la vista, con los ojos todavía húmedos. Bajó la cabeza.

– Deberías ser optimista -continuó Julian-. Va bien equipada, y no se asusta cuando la situación se complica. Todos lo sabemos.

– Pero si se ha caído, o perdido en una cueva… Suele pasar, Julian. Ya lo sabes. Por bien preparado que vaya alguien, lo peor sucede en ocasiones.

– Nada indica que haya pasado algo. Solo exploré la parte sur del White Peak, y seguro que pasé por alto media docena de sus escondrijos habituales. Hay más kilómetros cuadrados de los que un hombre puede explorar en la oscuridad de la noche. Podría estar en cualquier parte. Incluso podría haber ido al Dark Peak sin que nosotros lo supiéramos.

No comentó la pesadilla que Rescate de Montaña afrontaba cada vez que alguien desaparecía en el Dark Peak. Al fin y al cabo, habría sido cruel destruir las tenues esperanzas de Nan. De todos modos, conocía bien la realidad del Dark Peak, y no necesitaba que nadie le recordara que, mientras las carreteras convertían en accesible la mayor parte del White Peak, su hermano del norte solo era posible atravesarlo a caballo, a pie o en helicóptero. Si un excursionista se perdía o accidentaba en él, eran precisos sabuesos para localizarlo.

– No obstante, dijo que se casaría contigo -afirmó Nan, más para sí que para Julian-. ¿Dijo que se casaría contigo?

La pobre mujer parecía tan ansiosa por escuchar una mentira, que Julian se sintió igual de ansioso por complacerla.

– Aún no habíamos llegado a una decisión definitiva. Por eso íbamos a encontrarnos ayer.

Nan levantó la taza con ambas manos y bebió.

– ¿Estaba…? ¿Parecía contenta? Solo lo pregunto porque parecía… Bien, parecía que había hecho planes, y no estoy muy segura…

Julian pinchó otro champiñón.

– ¿Planes?

– Me dio la impresión… Sí, eso me pareció.

Julian la miró. Nan le miró. Él fue el primero en parpadear.

– Que yo sepa, Nicola no tenía planes, Nan -respondió.

La puerta de la cocina se abrió unos centímetros. El rostro de una de las mujeres de Grindleford apareció en la abertura.

– El señor Maiden, señora Maiden -dijo en un susurro.

Andy estaba apoyado contra una de las encimeras, de cara a ella, con la cabeza gacha. Cuando su mujer le llamó por el nombre, alzó la vista.

Su rostro estaba contraído de fatiga, tenía el bigote desordenado y el pelo enmarañado, aunque no soplaba viento. Sus ojos se posaron en Nan, y después se desviaron. Julian se preparó para oír lo peor.

– Su coche está en el borde de Calder Moor -informó Andy.

Su esposa juntó ambas manos y las apretó contra el pecho.

– Gracias a Dios -dijo.

Aun así, Andy no la miró. Su expresión indicaba que las gracias eran prematuras. Sabía lo que Julian sabía, y lo que la propia Nan habría deducido si hubiera reparado en las posibilidades que indicaban el emplazamiento del Saab de Nicola. Calder Moor era extenso. Empezaba justo al oeste de la carretera que corría entre Blackwell y Brough, y comprendía interminables extensiones de brezo y tojo, cuatro cavernas, numerosos túmulos, fortalezas y montículos, que abarcaban desde el Paleolítico hasta la Edad del Hierro, afloramientos y cuevas de piedra arenisca, y grietas en las que más de un excursionista incauto se había internado para no volver a salir. Julian sabía que Andy estaba pensando en esto, de pie en la cocina, al final de su larga noche de búsqueda. Pero Andy también estaba pensando en otra cosa: de hecho, sabía algo. Resultó evidente por la forma en que se enderezó y empezó a golpearse la palma de una mano con los nudillos de la otra.

– Andy -dijo Julian-. Habla, por el amor de Dios.

La mirada de Andy se clavó en su mujer.

– El coche no está en el borde, como debería.

– Entonces ¿dónde…?

– Está detrás de un muro, oculto a la vista, en la carretera que sale de Sparrowpit.

– Pero eso es bueno, ¿verdad? -jadeó Nan-. Si fue de acampada, no quiso dejar el Saab en la carretera, por si alguien lo veía y lo forzaba.

– Es verdad -dijo Andy-, pero el coche no está solo. -Dirigió una fugaz mirada a Julian, como si se disculpara por algo-. Hay una moto a su lado.

– Alguien que fue a pasar el día -indicó Julian.

– ¿A esa hora? -Andy meneó la cabeza-. Estaba mojada a causa del rocío de la madrugada. Igual que su coche. Llevaba tanto tiempo allí como el Saab.

– Entonces ¿no fue al páramo sola? ¿Se citó allí con alguien? -preguntó Nan.

– O la siguieron -sugirió Julian en voz baja.

– Voy a llamar a la policía -anunció Andy-. Ahora sí que pondrán en acción a Rescate de Montaña.

Cuando un paciente moría, la costumbre de Phoebe Neill era volver a la naturaleza en busca de consuelo. Por lo general, lo hacía sola. Había vivido sola casi toda su vida, y no tenía miedo de la soledad. Y en la combinación de soledad y regreso a la naturaleza, encontraba consuelo. Allí, ninguna obra del hombre se interponía entre ella y el Gran Creador. Cuando pisaba la tierra, podía reconciliar el final de una vida con la voluntad de Dios, a sabiendas de que el cuerpo que habitamos es una cáscara que nos cobija por un breve período anterior a nuestra entrada en el mundo espiritual, para la siguiente fase de nuestro desarrollo.

No obstante, aquella mañana las cosas eran diferentes. Sí, un paciente había muerto la noche anterior. Sí, Phoebe Neill regresó a la naturaleza en busca de consuelo. Pero en esta ocasión no fue sola. Llevó con ella a un perro de linaje incierto, huérfano del joven cuya vida acababa de terminar.

Era ella quien había convencido a Stephen Fairbrook de que adoptara a un perro como acompañante durante su último año de enfermedad. Cuando fue evidente que el final de Stephen se acercaba, comprendió que facilitaría las cosas si le tranquilizaba sobre el destino del perro.

– Stevie, cuando llegue el momento, Benbow se quedará conmigo -le dijo una mañana mientras bañaba su cuerpo esquelético y masajeaba sus miembros encogidos-. No has de preocuparte por él. ¿De acuerdo?

Ya puedes morir en paz, fue lo que calló. No porque palabras como «vida» o «muerte» no pudieran pronunciarse delante de Stephen Fairbrook, sino porque tras conocer el diagnóstico, someterse a incontables tratamientos y fármacos, en un esfuerzo por mantenerse con vida hasta que descubrieran una cura, ver su peso declinar, su pelo caer y su piel llenarse de cardenales que se convertían en llagas, «vida» y «muerte» se convirtieron en compañeros inseparables para él. No necesitaba que le presentaran oficialmente a invitados que ya habían tomado posesión de su casa.

La última tarde de su amo, Benbow supo que Stephen estaba agonizando. Hora tras hora, el animal permaneció inmóvil a su lado, moviéndose solo cuando Stephen se movía, con el hocico apoyado en la mano de Stephen, hasta que Stephen les abandonó. De hecho, Benbow se enteró antes que Phoebe del fallecimiento de Stephen. Se levantó, gañó, aulló una vez y guardó silencio. Luego, buscó consuelo en su cesta, donde se quedó hasta que Phoebe fue a recogerlo.

Se alzó sobre sus patas traseras y meneó la cola con alegría cuando Phoebe aparcó el coche en el arcén, cerca de un muro de piedra seca, y cogió la correa. Ladró una vez. Phoebe sonrió.

– Sí, un paseo nos sentará estupendamente, viejo amigo.

La mujer bajó del coche. Benbow le siguió, saltó con energía del Vauxhall y olfateó el aire ansioso, con la nariz apretada contra el suelo arenoso como un Hoover canino. Condujo a Phoebe hasta el muro de piedra y no cesó de husmearlo hasta llegar a los peldaños que le permitirían el acceso al páramo. Saltó el muro con facilidad, y en cuanto estuvo en el otro lado se sacudió. Enderezó las orejas y ladeó la cabeza. Lanzó un ladrido penetrante para informar a Phoebe de que prefería correr libremente a pasear con la correa.

– No es posible, viejo amigo -dijo Phoebe-. Al menos hasta que sepamos qué y quién hay en el páramo, ¿de acuerdo?

Era cautelosa y sobreprotectora en ese sentido, excelentes cualidades para cuidar a los moribundos recluidos en sus hogares, sobre todo aquellos cuyo estado requería máxima vigilancia. Sin embargo, en lo tocante a niños o perros, Phoebe sabía por intuición que su ansia protectora nacida de una naturaleza precavida habría dado como resultado un animal cobardica o un niño rebelde. Por lo tanto, no tenía hijos (aunque no por falta de oportunidades) ni perros, hasta ahora.

– Espero tratarte bien, Benbow -dijo. El animal alzó la cabeza para mirarla, a través del flequillo que caía sobre sus ojos. Dio media vuelta hacia el páramo, kilómetro tras kilómetro de brezo, un manto púrpura que cubría las espaldas de la tierra.

Si el páramo solo hubiera consistido en brezo, Phoebe no habría dudado en permitir total libertad de movimientos a Benbow, pero el, en apariencia, flujo ilimitado de brezo era engañoso para los no iniciados. Antiguas canteras de piedra arenisca producían inesperadas lagunas en el paisaje, en las que el perro podía caer, y las cavernas, minas de plomo y cuevas en las que podía adentrarse (y a las cuales ella no podría ni querría seguirle) eran cantos de sirena para cualquier animal, una seducción con la que Phoebe Neill no deseaba competir. Sin embargo, estaba dispuesta a que Benbow correteara a sus anchas por uno de los principales bosquecillos de abedules que crecían irregularmente en el páramo, como plumas que se elevaran hacia el cielo. Aferró la correa y se encaminó hacia el noroeste, donde crecía el más famoso de dichos bosquecillos.

Si bien la mañana era espléndida, aún no se veían excursionistas. El sol estaba bajo hacia el este, y la sombra de Phoebe se proyectaba hacia su izquierda, como si deseara alcanzar a un horizonte cobalto, cargado de nubes tan blancas que habrían podido pasar por enormes cisnes dormidos. Soplaba poco viento, apenas una brisa que hacía aletear el impermeable de Phoebe y apartaba el pelaje de los ojos de Benbow. Phoebe no percibió ningún olor en la brisa. El único ruido procedía de unos desagradables cuervos, agazapados en algún rincón del páramo, y de un rebaño de ovejas que balaban a lo lejos.

Benbow olfateaba cada centímetro del sendero, así como los montículos de brezo que lo flanqueaban. Era un paseante colaborador, tal como Phoebe había descubierto durante los tres paseos diarios que el perro y ella habían compartido desde que Stephen quedó confinado en su lecho sin remisión. Como no tenía que tirar de él, arrastrarle o animarle de alguna forma, su paseo por el páramo le concedió tiempo para rezar.

No rezó por Stephen Fairbrook. Sabía que Stephen estaba en paz ahora, más allá de la necesidad de una intervención (divina o humana) en el proceso de lo inevitable. Rezó para alcanzar una mayor comprensión. Quería saber por qué se había instalado una plaga entre ellos, un azote que castigaba a los mejores, los más brillantes y, con frecuencia, a los que más tenían que ofrecer. Quería saber a qué conclusiones debían conducirla las muertes de hombres jóvenes culpables de nada, las muertes de niños cuyo crimen era haber nacido de madres infectadas, así como las muertes de esas infortunadas madres.

Cuando Benbow aceleró el paso, ella se plegó a sus deseos de buen grado. De esta forma, se adentraron en el corazón del páramo. Extraviarse no preocupaba a Phoebe. Sabía que habían iniciado su paseo al sudeste de un afloramiento de piedra arenisca llamado el Trono de Agrícola. Comprendía los restos de un gran fuerte romano, un puesto de vigilancia barrido por el viento que recordaba a una gigantesca silla y señalaba el límite del páramo. Cualquiera que divisara el Trono de Agrícola durante una excursión no podía perderse.

Llevaban paseando una hora cuando Benbow enderezó las orejas y se detuvo de repente. Su cuerpo se alargó, con las patas traseras extendidas. Su cola se inmovilizó. Un leve gañido escapó de su garganta.

Phoebe examinó lo que se extendía ante ellos: un bosquecillo de abedules, donde había pensado dejar corretear a Benbow.

– ¡Válgame Dios! -murmuró-. Qué listo eres. -Se había quedado muy sorprendida, e igualmente conmovida, por la facilidad del perro para leer sus intenciones. Le había prometido en silencio libertad cuando llegaran al bosquecillo. Y aquí estaba el bosquecillo. El perro conocía sus intenciones y estaba ansioso por librarse de la correa-. No te culpo -dijo mientras se arrodillaba para desenganchar la correa del collar. Enrolló la correa de cuero trenzado alrededor de su mano y se incorporó mientras el perro salía disparado hacia los árboles.

Phoebe caminó tras él, y sonrió al verlo trotar por el sendero. El perro utilizaba sus patas como muelles de resorte mientras corría, y saltaba en el aire como si quisiera volar. Rodeó una ancha columna de piedra arenisca, toscamente tallada, que había en la linde del bosquecillo y desapareció entre los abedules.

Era la entrada a Nine Sisters Henge, un recinto neolítico que rodeaba nueve monolitos erectos de diversas alturas. Reunidos unos tres mil quinientos años antes de Cristo, el recinto y los monolitos señalaban un lugar donde el hombre prehistórico había celebrado sus rituales. En la época de su uso, el recinto se había alzado a plena vista, en un terreno despojado de sus robles y alisos naturales. Ahora, sin embargo, estaba oculto, enterrado en el interior de un espeso bosque de abedules, una intrusión moderna en el páramo resultante.

Phoebe hizo un alto y examinó el terreno circundante. Hacia el este, el cielo despejado permitía que el sol se filtrara entre los árboles. Su corteza era blanca como ala de gaviota, pero recorrida por grietas marrones en forma de diamante. Las hojas formaban una reluciente pantalla verde en la brisa de la mañana, que servía para ocultar el antiguo círculo de monolitos sepultado entre los abedules a los excursionistas aficionados que ignoraban su existencia. La luz caía en ángulo oblicuo sobre el monolito centinela, una piedra erguida ante los abedules, lo cual intensificaba el efecto de la erosión, y desde lejos las sombras se combinaban para crear un rostro, un austero centinela de secretos ancestrales.

Mientras Phoebe observaba el monolito, un escalofrío recorrió su espina dorsal. Pese a la brisa, reinaba un silencio sobrecogedor. El perro no ladraba, ninguna oveja perdida balaba, ningún excursionista llamaba a otro al cruzar el páramo. De hecho, el silencio era excesivo, pensó Phoebe. Miró en torno con inquietud, abrumada por la sensación de que la estaban observando.

Phoebe se consideraba una mujer práctica al cien por cien, poco inclinada a fantasear o a dejar volar su imaginación. Sin embargo, experimentó el repentino impulso de alejarse de aquel lugar, y llamó al perro. No obtuvo respuesta.

– ¡Benbow! -llamó por segunda vez-. Ven, chico. Ven.

Nada. El silencio se intensificó y la brisa paró. A Phoebe se le erizó el vello de la nuca.

No quería acercarse al bosquecillo, pero ignoraba el motivo. Ya había paseado otras veces por allí. Hasta había ido de picnic un glorioso día de primavera. Pero esa mañana en aquel lugar había algo…

Un penetrante aullido de Benbow, y de repente dio la impresión de que centenares de cuervos alzaban el vuelo, como un enjambre color ébano. Por un momento ocultaron el sol por completo. La sombra que proyectaban semejaba un monstruoso puño que flotara sobre Phoebe. Tembló ante la sensación de que la habían marcado, como Caín antes de ser expulsado.

Tragó saliva y se volvió hacia el bosquecillo. Benbow no emitió más sonidos ni respondió a su llamada. Phoebe corrió por el sendero, pasó junto al guardián de piedra arenisca de aquel reducto sagrado y entró en el arbolado.

Crecían muy juntos, pero los visitantes del lugar habían practicado un sendero con el curso de los años, en el cual se veía la hierba aplastada en algunos puntos. A los lados, no obstante, crecían arándanos entre la maleza, y las últimas orquídeas silvestres esparcían su aroma característico a gatos. Phoebe buscó a Benbow bajo los árboles, cada vez más cerca de las antiguas piedras. La rodeaba un silencio tan profundo que parecía un augurio mudo pero elocuente.

Entonces, cuando estaba a punto de llegar al límite del círculo, oyó al perro de nuevo. Ladraba desde algún sitio, y luego emitió algo a mitad de camino entre un gañido y un gruñido. Sonaba aterrador.

Temiendo que hubiera encontrado a un excursionista poco entusiasta de sus avances caninos, Phoebe apresuró el paso hacia el sonido, a través de los árboles hasta entrar en el círculo. Al instante vio un montículo de intenso azul en la base interior de un monolito. Benbow ladraba a este montículo, a respetuosa distancia, con el pelaje erizado y las orejas aplastadas contra la cabeza.

– ¿Qué pasa? -preguntó Phoebe-. ¿Qué has encontrado?

Se secó las palmas en la falda, nerviosa, y miró. Vio la respuesta a su pregunta esparcida a su alrededor. Lo que el perro había encontrado era una escena caótica. El centro del círculo de piedras estaba sembrado de plumas blancas y de desperdicios de excursionistas: una tienda, una olla, una mochila con su contenido desparramado por el suelo.

Phoebe se acercó al perro a través de aquella confusión. Quería volver a amarrar a Benbow con la correa y salir de allí cuanto antes.

– Benbow, ven aquí -dijo, y el perro ladró más frenético. Nunca le había oído ladrar de aquella manera.

Estaba muy inquieto por el montículo azul, el origen de las plumas blancas que salpicaban el claro como alas de mariposas desmembradas.

Era un saco de dormir, cayó en la cuenta. Y de ese saco habían salido las plumas, porque más plumas blancas surgieron de un corte efectuado en el nailon que lo cubría cuando Phoebe lo tocó con un pie. De hecho, casi todas las plumas del relleno ya no ocupaban el lugar que les correspondía. Lo que quedaba era una especie de tela alquitranada. La cremallera estaba bajada por completo, y contenía algo, algo que aterrorizaba al perro.

Phoebe sintió que sus rodillas flaqueaban, pero se obligó a levantar la funda. Benbow reculó y permitió que la anciana viera con claridad la imagen de pesadilla que la funda ocultaba.

Sangre. Más de la que jamás había visto. No era de un rojo brillante porque llevaba expuesta al aire varias horas, pero a Phoebe no le hacía falta el color para saber qué estaba viendo.

– Oh, Dios mío.

Se mareó.

Había visto la muerte bajo diversas formas, pero ninguna tan espeluznante como esta. A sus pies yacía un joven aovillado en posición fetal, vestido de negro de pies a cabeza, y ese mismo color tenía la carne quemada de un lado de su cara, desde el ojo a la mandíbula. Su cabello era negro también y le colgaba en una coleta. Su perilla era negra. Sus uñas también. Llevaba un anillo de ónice y un pendiente negro. El único color que aliviaba la omnipresencia del negro, aparte del saco de dormir azul, era el magenta de la sangre, esparcida por todas partes: en el suelo bajo el cuerpo, empapando sus ropas, brotando de las múltiples heridas que salpicaban su torso.

Phoebe dejó caer el saco de dormir y retrocedió. Sintió calor. Sintió frío. Sabía que estaba a punto de desmayarse. Se reprendió por su falta de coraje. Dijo «¿Benbow?», y por encima de su voz oyó el ladrido del perro. En realidad no había dejado de ladrar en ningún momento. Pero cuatro de los sentidos de Phoebe habían resultado neutralizados por la conmoción, que había intensificado y afinado el quinto: la vista.

Cogió el perro y se alejó dando tumbos por el horror.

El día había cambiado por completo cuando la policía llegó. Siguiendo la costumbre del clima reinante en los Picos, una mañana nacida con sol y un cielo perfecto había alcanzado la madurez en medio de la niebla. Se deslizaba sobre la lejana cumbre de Kinder Scout, y reptaba a lo largo de los elevados páramos del noroeste. Cuando la policía de Buxton extendió la cinta que perimetraba el lugar de los hechos, la niebla caía sobre sus hombros como espíritus que descendieran para visitar el lugar.

Antes de reunirse con la policía científica, el inspector detective Peter Hanken intercambió unas palabras con la mujer que había encontrado el cadáver. Estaba sentada en el asiento posterior de un coche celular, con un perro sobre el regazo. A Hanken le gustaban mucho los perros. Tenía dos perdigueros que le proporcionaban casi tanto orgullo y alegría como sus tres hijos. Sin embargo, aquel patético perro callejero, con su pelaje de aspecto sarnoso y sus ojos de color cieno, parecía un candidato ideal para la inyección letal. Y olía como un cubo de basura abandonado al sol.

Tampoco hacía sol, lo cual contribuía a deprimir a Hanken todavía más. Estaba rodeado de gris por todas partes, en el cielo, en el paisaje, en el cabello de la anciana que tenía ante él, y hacía mucho tiempo que el gris poseía la virtud de hundirle antes de asumir el efecto que una investigación de asesinato causaría en sus planes para el fin de semana.

– ¿Nombre? -preguntó Hanken por encima del capó del coche a la agente Patty Stewart, una mujer con cara en forma de corazón y unas tetas que, desde hacía tiempo, se habían convertido en el objeto de las fantasías de media docena de jóvenes agentes.

Stewart contestó con su competencia habitual.

– Phoebe Neill. Es enfermera a domicilio. De Sheffield.

– ¿Qué coño estaba haciendo aquí?

– Un paciente suyo murió anoche. Vino aquí a pasear con su perro para despejarse un poco.

Hanken había visto mucha muerte durante sus años de policía. Y a juzgar por su experiencia, no había nada que ayudara. Dio una palmada al techo del coche y abrió la puerta.

– Continuemos -dijo a Stewart.

Entró en el coche.

– ¿Señora o señorita? -preguntó después de presentarse a la enfermera.

El perro se estiró hacia adelante y su ama lo sostuvo en posición de firmes.

– Es amigable -dijo-. Si le deja oler su mano… -Y añadió-: Señorita.

El detective la interrogó a fondo, al tiempo que procuraba soportar el olor rancio del perro. Una vez seguro de que la anciana no había visto más señal de vida que los cuervos huidos del lugar de los hechos, como carroñeros que eran, dijo:

– ¿Ha tocado algo?

Entornó los ojos cuando la mujer se ruborizó.

– Sé qué hay que hacer en situaciones semejantes. De vez en cuando veo series policiacas en la televisión. De todos modos, no sabía que había un cadáver debajo de la manta… claro que no era una manta, ¿verdad? Era un saco de dormir hecho trizas. Y como había basura esparcida, supuse que…

– ¿Basura? – la interrumpió Hanken, impaciente.

– Papeles. Cosas de acampada. Montones de plumas blancas por todas partes. -La mujer sonrió, con una penosa ansiedad por complacer.

– Pero no tocó nada, ¿verdad? -insistió Hanken.

No. Claro que no. A excepción de la manta. Solo que no era una manta, sino un saco de dormir. Donde estaba el cuerpo. Debajo del saco. Tal como acababa de decir…

De acuerdo, de acuerdo, pensó Hanken. Era una verdadera tía Edna. Debía de ser lo más emocionante que había experimentado en su vida, y estaba decidida a prolongar la experiencia.

– Y cuando lo vi… cuando lo vi… -Parpadeó deprisa, como temerosa de llorar-. Creo en Dios, ¿sabe usted?, en un propósito que lo trasciende todo, pero cuando alguien muere de esa manera, pone a prueba mi fe. Ya lo creo.

Apoyó la cara sobre la cabeza de Benbow. El perro lamió su nariz.

Hanken le preguntó qué necesitaba, si deseaba que una agente la acompañara a casa. Le dijo que quizá volvería a interrogarla. No debía abandonar el país. Si se ausentaba de Sheffield, debía proporcionarle sus nuevas señas. En realidad, no creía que fuera a necesitarla de nuevo, pero a veces hacía su trabajo como un autómata.

El lugar del crimen era irritantemente lejano e inaccesible, excepto a pie, mediante mountain bike o helicóptero. Teniendo en cuenta las alternativas, Hanken tuvo que recurrir a algunos miembros de Rescate de Montaña que le debían favores, y logró la colaboración de un helicóptero que acababa de terminar la búsqueda de dos excursionistas perdidos. Utilizó el helicóptero para trasladarse a Nine Sisters Henge.

La niebla no era muy espesa, aunque sí fría como un demonio, y cuando se acercaron vio destellar los flashes del fotógrafo de la policía, que documentaba el lugar de los hechos. A un lado de los árboles se había congregado una pequeña multitud. El patólogo forense y los biólogos forenses, agentes uniformados y oficiales de la policía científica, provistos del equipo para recoger pruebas, estaban esperando a que el fotógrafo terminara su trabajo. También estaban esperando a Hanken.

Este pidió al piloto del helicóptero que sobrevolara el bosquecillo de abedules antes de aterrizar. Desde ochenta metros por encima del suelo, distancia suficiente para no alterar las pruebas, vio un campamento montado dentro del perímetro del viejo círculo de piedras. Una pequeña tienda azul estaba parapetada contra la cara de un monolito, y en el centro del círculo se veía el redondel de una hoguera, negro como la pupila de un ojo. En el suelo había una manta plateada de emergencia, y cerca, una esterilla cuadrada de amarillo intenso. Una mochila negra y roja escupía su contenido, y una pequeña cocina de camping estaba caída de lado. Desde el aire, la escena no presentaba un aspecto tan desagradable, pensó Hanken, pero la distancia siempre daba una falsa seguridad de que todo iba bien.

El helicóptero le depositó a unos cincuenta metros del lugar. Bajó y se reunió con su equipo, mientras el fotógrafo de la policía salía del bosquecillo.

– Mal asunto -dijo.

– Ya -contestó Hanken-. Esperad aquí -indicó al equipo.

Dio un manotazo al centinela de piedra arenisca que señalaba la entrada del bosquecillo y siguió el camino que serpenteaba bajo los árboles. Las hojas desprendían gotas de condensación, debido a la humedad, que caían sobre sus hombros.

Hanken dejó vagar su mirada por Nine Sisters Hedge. La tienda era individual, como los demás objetos desparramados alrededor: un saco de dormir, una mochila, una manta de emergencia, una esterilla. Vio lo que no había distinguido desde el aire: el estuche de un plano, abierto y con su contenido medio roto. El suelo impermeable de una tienda de campaña arrugado contra la mochila solitaria. Una pequeña bota de montaña arrojada a los restos carbonizados del fuego central, y otra en las cercanías. Las plumas blancas se habían adherido a todo.

Cuando por fin se adentró entre los monolitos, Hanken realizó su habitual observación preliminar del lugar de los hechos. Examinó cada objeto sin permitir que su mente le ofreciera explicaciones plausibles. Sabía que la mayoría de los investigadores iban directamente al cuerpo (privado de vida por mor de la brutalidad humana), algo tan traumático que no solo obnubilaba los sentidos sino también el intelecto, e impedía ver la verdad que se plasmaba ante ellos. En consecuencia, vagó de un objeto a otro y los estudió sin tocarlos. De esta forma llevó a cabo su examen inicial de la tienda, la mochila, la esterilla, el estuche del plano y el resto del equipo, desde los calcetines al jabón, diseminado en el interior del círculo. Dedicó bastante tiempo a una camisa de franela y a las botas. Y cuando hubo visto suficiente, se dedicó al cadáver.

Era un cadáver horripilante: un muchacho de unos veinte años, delgado, casi esquelético, de muñecas delicadas y orejas finas. Aunque un lado de su cara estaba quemado, Hanken pudo distinguir una nariz bellamente dibujada, una boca bien formada y una apariencia femenina en general, que había intentado alterar con una perilla negra apenas esbozada. Estaba empapado de la sangre manada de numerosas heridas, y debajo solo llevaba una camiseta negra, sin jersey ni chaqueta. Sus tejanos negros habían virado al gris en los puntos de mayor roce: a lo largo de las costuras, en las rodillas y el fondillo. Y llevaba unas botas gruesas en sus grandes pies, unas Doc Martens, a juzgar por su aspecto.

Debajo de estas botas, semiocultas ahora por el saco de dormir que el fotógrafo de la policía había apartado para fotografiar el cadáver, había varias hojas de papel manchadas de sangre y humedad.

Hanken se acuclilló y las examinó, separándolas con la punta de un bolígrafo. Los papeles eran cartas anónimas, de redactado tosco y ortografía desaliñada, ensambladas con palabras y letras recortadas de periódicos y revistas. Su temática era monótona: todas se reducían a amenazas de muerte, aunque en cada ocasión se sugería un medio diferente.

Hanken desvió la vista desde los papeles al cadáver. Se preguntó si era razonable concluir que el destinatario había encontrado el fin augurado por aquellos mensajes. La deducción habría sido razonable, de no ser porque el interior del prehistórico círculo de monolitos contaba otra historia.

Hanken se alejó por el camino que discurría bajo los abedules.

– Empiecen a registrar el perímetro -ordenó a sus hombres-. Buscamos un segundo cadáver.

3

Barbara Havers subió en ascensor hasta el piso 12 de Tower Block, que albergaba la enorme biblioteca de la Policía Metropolitana, convencida de que se encontraría a salvo entre las estanterías de libros de referencia e informes policiales. En ese momento necesitaba sentirse a salvo. Y también privacidad y tiempo para recuperarse.

Aparte de sus incontables volúmenes, la biblioteca ofrecía la mejor vista de Londres de todo el edificio. Hacia el este abarcaba desde las agujas neogóticas del Parlamento hasta la orilla sur del Támesis. Hacia el norte, la cúpula de San Pablo dominaba la línea del horizonte de la ciudad. Y en un día como ése, cuando la cálida luz estival estaba virando hacia el sutil resplandor otoñal, la panorámica quedaba subordinada a la belleza de todo cuanto acariciaba aquella luz.

Barbara pensó que, si se concentraba en identificar la mayor cantidad de edificios posible, tal vez conseguiría calmarse y olvidar la humillación que acababa de sufrir.

Después de tres meses de suspensión de empleo, había recibido por fin una críptica llamada telefónica a las siete y media de aquella mañana. Era una orden apenas disimulada. ¿Querría la sargento detective Barbara Havers reunirse con el subcomisionado sir David Hillier en su despacho a las diez? La voz sonaba escrupulosamente cortés, y aún más escrupulosamente cuidadosa de no traicionar lo que ocultaba la invitación.

Sin embargo, Barbara albergaba escasas dudas sobre el propósito de la reunión. Durante los últimos tres meses había sido objeto de una investigación por parte de Asuntos Internos. Habían tomado declaración a los testigos de su comportamiento. Se habían examinado y evaluado las pruebas: una lancha motora de alta potencia, una carabina MP5 y una pistola semiautomática Glock. Y hacía tiempo que el destino de Barbara esperaba a ser divulgado.

Por eso, cuando por fin se produjo la llamada, interrumpiendo su sueño cada vez más intermitente, tendría que haber estado preparada. Al fin y al cabo, durante todo el verano había sabido que estaban investigando dos aspectos de su comportamiento como agente de la ley. Enfrentada a acusaciones criminales de agresión e intento de asesinato, enfrentada a acusaciones disciplinarias que abarcaban desde abuso de autoridad hasta negativa a obedecer una orden, tendría que haber empezado a recomponer su vida profesional, antes de su expulsión inevitable. Pero Barbara llevaba inmersa en el trabajo policial quince años, y era incapaz de imaginar su mundo sin él. Por lo tanto, había pasado toda su suspensión diciéndose que cada día transcurrido sin ser expulsada aumentaba las probabilidades de salir indemne de la investigación. Lo cual no había sido el caso, por supuesto; una agente más realista habría sabido lo que debía esperar cuando entró en el despacho del subcomisionado.

Se había vestido con esmero, cambiando sus habituales pantalones de cintura elástica por una falda y una chaqueta. Su manera de vestir era deplorable, de modo que el color no la favorecía, y el collar de perlas falsas constituía un toque ridículo que solo contribuía a resaltar el grosor de su cuello. Al menos se había lustrado los zapatos, pero cuando bajó del Mini en el aparcamiento subterráneo del Yard, se hizo una carrera en las medias al rozar con el reborde de la puerta.

La realidad era que ni unas medias perfectas, una joya bonita y un traje de un tono más misericordioso con su tez habrían alterado lo inevitable. Porque en cuanto entró en el despacho de Hillier, cuyas cuatro ventanas denotaban las cumbres del Olimpo que había alcanzado, comprendió lo que se avecinaba.

De todos modos, no había esperado que el castigo fuera tan severo. El subcomisionado Hillier era un cerdo (siempre lo había sido, y lo sería hasta el fin de sus días), pero Barbara nunca había estado sujeta a su disciplina particular. Al parecer, pensaba que una dura reprimenda no era suficiente para expresar su disgusto por el comportamiento de Barbara. Ni tampoco una nota lacerante con expresiones tales como «una desgracia para la reputación de la Policía Metropolitana», «un descrédito para el buen hacer de miles de agentes» y «una desgraciada muestra de insubordinación sin parangón en la historia de la fuerza», que sería conservada en su expediente personal por los siglos de los siglos, para que todos los agentes de rango superior a Barbara pudieran verla. El subcomisionado Hillier tampoco se abstuvo de añadir su comentario personal a las actividades que habían provocado su suspensión. Y a sabiendas de que, sin testigos, gozaba de plena libertad para recriminar a Barbara con el lenguaje que le viniera en gana, Hillier había incluido en su comentario el tipo de invectivas e insinuaciones pasadas de rosca que otro subordinado, con menos que perder, habría considerado de tipo personal más que profesional. Pero el subcomisionado no era idiota. Sabía muy bien que, debido a que su castigo no conllevaba la expulsión del cuerpo, Barbara adoptaría la postura más prudente y encajaría todas las reprimendas, por groseras que fueran.

Pero ella no tenía por qué aguantar calificativos como «estúpida escoria» y «maldita bollera». Tampoco tenía por qué fingir que no le afectaba el hecho de que el desagradable monólogo de Hillier sacara a colación su aspecto físico, sus preferencias sexuales y su potencial como mujer.

Por lo tanto, estaba afectada. Y mientras contemplaba desde la ventana de la biblioteca los edificios que se alzaban entre New Scotland Yard y la abadía de Westminster, intentaba controlar el temblor de sus manos. También intentaba contener las náuseas que le provocaba su respiración entrecortada, como si se estuviera ahogando.

Un cigarrillo habría sido de gran ayuda, pero al entrar en la biblioteca, donde no la buscarían, también había accedido a uno de los muchos lugares de New Scotland Yard en que estaba prohibido fumar. Y si bien en cualquier otro momento habría encendido uno, indiferente a las consecuencias, ahora no pensaba hacerlo.

«Otra violación de la disciplina, y está acabada», había gritado Hillier a modo de conclusión, y su rostro rubicundo había adquirido un tono tan amarronado como la corbata que llevaba.

Que no estuviera ya acabada, considerando las cúspides que había alcanzado la animosidad de Hillier, constituía un misterio para Barbara. Durante toda la perorata se había preparado para la expulsión inevitable, pero no se había materializado. Había sido avergonzada, vilipendiada y reconvenida. Pero la feroz reprimenda no había incluido la expulsión. Hillier deseaba expulsarla tanto como insultarla, pero el que no lo hubiera hecho reveló a Barbara que alguien con influencia había intervenido.

Barbara quería estar agradecida. De hecho, sabía que debía estar agradecida, pero de momento solo se sentía traicionada, debido al hecho de que ni sus superiores, ni el tribunal disciplinario, ni Asuntos Internos hubieran contemplado la situación desde su punto de vista. Una vez examinados los hechos, había pensado, todo el mundo se daría cuenta de que para salvar una vida no había tenido otra alternativa que coger el arma más cercana y disparar. Pero los que ostentaban el poder no lo habían visto así. Salvo una persona. Y se había hecho una buena idea de quién era.

El inspector detective Thomas Lynley estaba de luna de miel cuando empezaron los problemas de Barbara. Su compañero de fatigas había regresado con su esposa después de pasar diez días en Corfú, y había encontrado a Barbara suspendida de empleo e investigada por su conducta. Confuso, aquella misma noche había atravesado la ciudad para oír una explicación de la propia Barbara. Si bien su conversación inicial no fue tan halagüeña como ella hubiera deseado, Barbara supo que, al final, Lynley no permitiría que se produjera una injusticia si podía evitarlo.

Ahora estaría esperando en su despacho para saber cómo había ido su entrevista con Hillier. En cuanto se recuperara de dicha entrevista, iría a verle.

Alguien entró en la silenciosa biblioteca.

– Te digo que nació en Glasgow, Bob -dijo una mujer-. Recuerdo el caso porque yo estaba en el instituto y hacíamos trabajos sobre acontecimientos del momento.

– Te equivocas -contestó Bob-. Nació en Edimburgo.

– Glasgow -dijo la mujer-. Te lo demostraré.

«Demostrarlo» significaba explorar la biblioteca. «Demostrarlo» significaba que la soledad de Barbara había llegado a su fin.

Salió de la biblioteca y bajó por la escalera, con el fin de tener más tiempo para recuperarse y encontrar las palabras con que dar las gracias al inspector Lynley por su intervención. Era incapaz de imaginar cómo lo había hecho. Casi siempre, Hillier y él estaban enfrentados, de modo que debía de haber pedido el favor a alguien por encima de Hillier. Sabía que eso le habría costado mucho, en términos de orgullo profesional. Un hombre como Lynley no estaba acostumbrado a pedir favores a nadie. Ir a pedir un favor a los que le echaban en cara su cuna aristocrática habría sido muy difícil.

Le encontró en su despacho de Victoria Block. Estaba hablando por teléfono de espaldas a la puerta, con la silla encarada hacia la ventana.

– Cariño -estaba diciendo-, si tía Augusta ha anunciado que se impone una visita, no veo la forma de evitarlo. Sería como intentar detener un tifón… Humm, sí. No obstante, deberíamos impedir que cambiara de sitio los muebles, si mi madre está de acuerdo en venir con ella, ¿no crees? -Escuchó, y luego rió de algo que su mujer dijo-. Sí. De acuerdo. De entrada, declararemos restringido el acceso al armario ropero… Gracias, Helen… Sí. Sus intenciones son buenas.

Colgó y giró la silla hacia el escritorio. Vio a Barbara en la puerta.

– Havers -dijo con sorpresa-. Hola. ¿Qué hace aquí esta mañana?

– Hillier me ha informado -dijo ella.

– ¿Y?

– Una nota en mi expediente y una reprimenda de un cuarto de hora. Piense en la propensión de Hillier a aprovechar y exprimir el momento adecuado y se hará una idea de por dónde fueron los tiros. Nuestro Dave es un energúmeno.

– Lo siento -dijo Lynley-. ¿Y eso fue todo? ¿Un sermón y una nota en su expediente? ¿Nada más?

– No del todo. He sido degradada a agente detective.

– Ah. -Lynley cogió un bote de clips que descansaba sobre su escritorio. Sus dedos juguetearon con los clips mientras daba la impresión de concentrarse en sus pensamientos-. Habría podido ser peor. Mucho peor, Barbara. Podría haberle costado todo.

– En efecto. Sí. Lo sé. -Barbara intentaba aparentar desenvoltura-. Bien, Hillier se ha divertido. No me cabe duda de que repetirá su sermón cuando vaya a comer con el comisionado y los peces gordos. Estuve a punto de mandarlo al infierno, pero me contuve. Usted se habría sentido orgulloso.

Lynley apartó la silla del escritorio y se acercó a la ventana. Contempló la vista indiferente de Tower Block. Barbara observó que un músculo se movía en su mandíbula. Estaba a punto de explayarse sobre su gratitud (la reserva inusual del inspector insinuaba el precio que había pagado por interceder en su favor), cuando él introdujo el tema:

– Barbara, me pregunto si tiene idea de lo que ha costado impedir que la expulsaran. Reuniones, llamadas telefónicas, acuerdos, compromisos.

– Lo imagino. Por eso quería decirle…

– Y todo para impedir que recibiera lo que la mitad de Scotland Yard cree que merece.

Barbara se removió en su silla, incómoda.

– Señor, sé que usted dio la cara por mí. Sé que me habrían puesto de patitas en la calle de no ser por su intercesión. Solo quería decirle lo agradecida que estoy por reconocer la justicia de mis actos. Quería decirle que no se arrepentirá de haberme apoyado. No le daré el menor motivo. Ni a usted ni a nadie, por descontado.

– No fui yo -dijo Lynley, al tiempo que se volvía hacia ella.

Barbara le miró sin comprender.

– ¿Que usted no…?

– Yo no la apoyé, Barbara. -Después de su admisión, no bajó la vista.

Barbara pensó más tarde en el detalle y lo admiró. Aquellos ojos castaños, tan bondadosos y tan reñidos con su cabello rubio, se posaron en los suyos fijamente.

Barbara frunció el entrecejo y trató de asimilar aquello.

– Pero usted… usted conoce los hechos. Le conté toda la historia. Leyó el informe. Pensé… Acaba de mencionar reuniones y llamadas telefónicas…

– No eran mías -la interrumpió-. En conciencia, no puedo permitir que crea lo contrario.

Así que se había equivocado. Se había precipitado en sus conclusiones. Había supuesto que sus años de trabajar juntos impulsarían a Lynley a ponerse de su parte automáticamente.

– Entonces ¿está de acuerdo con ellos?

– ¿Ellos? ¿Quiénes?

– La mitad del Yard convencida de que he recibido mi merecido. Lo pregunto porque creo que deberíamos saber en qué campo jugamos los dos. Quiero decir, si vamos a trabajar… -Las palabras se le enredaban, y se obligó a hablar con parsimonia para ser precisa-. ¿Está con ellos, señor? ¿Con esa mitad?

Lynley volvió al escritorio y se sentó. La miró. Havers percibió el pesar que se transparentaba en su rostro. Lo que no sabía era hacia dónde iba dirigido. Y eso la aterrorizó. Porque era su compañero. Su compañero.

– ¿Señor? -repitió.

– No sé si estoy con ellos.

Havers sintió que se desinflaba.

Lynley debió de darse cuenta, porque continuó, con voz amable.

– He examinado la situación desde todos los ángulos. Durante todo el verano. De arriba abajo.

– Eso no forma parte de su trabajo -dijo Barbara, aturdida-. Usted investiga asesinatos, no… lo que hice.

– Lo sé. Pero quería comprender. Aún quiero comprender. Pensé que si examinaba los hechos por mí mismo, vería lo que había sucedido a través de sus ojos.

– Pero no lo consiguió. -Barbara intentaba ocultar la desolación de su voz-. No logró comprender que una vida estaba en juego. No consiguió apartar de su mente el hecho de que no pude permitir que una niña de ocho años se ahogara.

– Ése no es el caso -dijo Lynley-. Lo comprendí entonces y lo comprendo ahora. Lo que no pude apartar de mi mente era que estaba fuera de su jurisdicción, y que había recibido órdenes de…

– Al igual que ella -interrumpió Barbara-. Al igual que todo el mundo. La policía de Essex no patrulla el mar del Norte. Y ahí fue donde sucedió. Usted lo sabe. En alta mar.

– Lo sé todo. Créame. Lo sé. Que perseguía a un sospechoso, que ese sospechoso arrojó a una niña desde su barco, las órdenes que recibió cuando ocurrió eso, y su reacción a esa orden.

– No podía lanzarle un salvavidas, inspector. No habría llegado hasta ella. Se habría ahogado.

– Barbara, haga el favor de escucharme. No era su cometido, ni su responsabilidad, tomar decisiones o llegar a conclusiones. Para eso tenemos una cadena de mando. Discutir la orden que le dieron ya fue bastante grave, pero en cuanto disparó un arma contra un oficial superior…

– Supongo que tiene miedo de ser el siguiente -ironizó con amargura Havers.

Lynley dejó que las palabras colgaran entre ellos. En el silencio, Barbara se recompuso.

– Lo siento -dijo, con la sensación de que la ronquera de su voz era una traición peor que cualquier acción emprendida por ella contra quien fuera.

– Lo sé -dijo Lynley-. Sé que lo siente. Yo también lo siento.

– ¿Inspector detective Lynley?

La voz llegó desde la puerta. Lynley y Barbara se volvieron. Dorothea Harriman, secretaria del superintendente de su división, se erguía en el umbral: bien peinada con un pelo rubio color miel, bien vestida con un traje a rayas que no habría desentonado en un anuncio de modas. Barbara se sintió como siempre que estaba en presencia de Dorothea, la pesadilla de cualquier sastre.

– ¿Qué pasa, Dee? -preguntó Lynley.

– El superintendente Webberly. Quiere verle lo antes posible. Ha recibido una llamada de Operaciones Criminales. Algo ha ocurrido.

Saludó a Barbara con un movimiento de la cabeza y desapareció.

Barbara esperó, con el pulso acelerado. La llamada de Webberly había llegado en el peor momento.

«Algo ha ocurrido» significaba, en la terminología abreviada de Harriman, que se estaba preparando una buena cacería. Y en el pasado tales llamadas de Webberly iban precedidas por una invitación del inspector a acompañarle en la persecución de la pieza a cobrar.

Barbara no dijo nada. Se limitó a mirar a Lynley y esperar, consciente de que los siguientes instantes darían la medida del estado de su asociación.

Fuera de la oficina, todo se desarrollaba como de costumbre. Resonaban voces en el pasillo de suelo de linóleo. Sonaban teléfonos en los departamentos. Se celebraban reuniones. Pero dentro Barbara experimentó la sensación de que tanto Lynley como ella se habían desplazado a una dimensión de la cual dependía mucho más que su futuro profesional.

Por fin, Lynley se puso en pie.

– Tengo que ir a ver a Webberly.

– ¿Debo…? -empezó Barbara, a pesar de que él había hablado en singular. Pero no pudo terminar la pregunta porque no podría afrontar la respuesta en ese momento. Así que formuló otra-. ¿Qué quiere que haga, señor?

Lynley pensó unos momentos, dejó de mirarla por fin, y dio la impresión de que examinaba la fotografía colgada junto a la puerta: un joven risueño con un bate de criquet en la mano y un largo desgarrón en sus pantalones manchados de hierba. Barbara sabía por qué Lynley conservaba esa foto en su despacho: era un recordatorio diario del hombre de la foto, y de lo que Lynley le había hecho una lejana noche de borrachera en un coche. La mayoría de la gente alejaba de su mente las cosas desagradables. Pero Thomas Lynley no era uno de ellos.

– Creo que es mejor que pase desapercibida durante una temporada, Barbara. Deje que la marea se calme. Deje que la gente olvide esto. Déjeles olvidar.

Pero tú no podrás, ¿verdad?, preguntó ella en silencio. En cambio, lo que dijo fue un desolado:

– Sí, señor.

– Sé que no es fácil para usted -dijo Lynley, y su voz sonó tan dulce que Barbara tuvo ganas de aullar-. Pero en este momento no puedo darle otra respuesta. Ojalá pudiera.

– Entiendo, señor -fue lo único que acertó a decir-. Sí, señor.

– Degradada a agente detective -dijo Lynley al superintendente Webberly cuando se reunió con él-. Eso se lo debe a usted, ¿verdad, señor?

Webberly estaba atrincherado detrás de su escritorio y fumaba un puro. Había cerrado la puerta del despacho para proteger a los demás agentes, secretarias y empleados del humo malsano que proyectaba su tubo de tabaco. Esta consideración, sin embargo, no exoneraba de respirar el humo acre a los que se veían obligados a entrar. Lynley procuró inhalar lo menos posible. Como única respuesta, Webberly movió el puro de un lado a otro de la boca.

– ¿Puede decirme por qué? -preguntó Lynley-. En otras ocasiones ha salido en defensa de otros agentes. Nadie lo sabe mejor que yo. Pero ¿por qué en este caso, cuando todo parece tan claro? ¿Qué va a tener que pagar por haberla salvado?

– A todos nos deben favores -dijo el superintendente-, y yo pedí que me devolvieran unos cuantos. Havers obró mal, pero su corazón no la engañó.

Lynley arrugó la frente. Había intentado llegar a la misma conclusión desde que, a su regreso de Corfú, se enteró de la desgracia de Havers, pero no lo había logrado. Cada vez que se acercaba, los hechos le saltaban a la cara y exigían explicaciones. Él mismo se había encargado de conocer esos hechos de primera mano, pues había ido a Essex para hablar con la principal agente implicada. Y ahora no podía comprender cómo o por qué Webberly había perdonado la decisión de Havers de disparar un fusil contra la inspectora Emily Barlow. Dejando aparte su amistad con Havers, incluso dejando aparte la cuestión básica de la cadena de mando, ¿no debían preguntarse qué clase de anarquía profesional estaban alentando al no castigar a un miembro del cuerpo responsable de una acción tan atroz?

– Pero disparar contra un oficial… Hasta apoderarse de un fusil, cuando no tenía autoridad…

Webberly suspiró.

– Las cosas nunca son blancas o negras, Tommy. Ojalá lo fueran, pero no es así. La niña implicada…

– Emily Barlow ordenó que le arrojaran un salvavidas.

– Exacto, pero existían dudas acerca de si la niña sabía nadar. Y además… -Webberly se sacó el puro de la boca y examinó su punta- es hija única. Havers lo sabía.

Y Lynley comprendió lo que aquello significaba para su superintendente. Webberly tenía una sola luz en su vida: su hija Miranda, también única.

– Barbara está en deuda con usted, señor.

– Ya me encargaré de que la pague. -Webberly señaló una libreta que había sobre el escritorio. Lynley la miró y vio la letra del superintendente.

– Andrew Maiden -dijo éste-. ¿Te acuerdas de él?

Lynley tomó asiento en una silla delante del escritorio de Webberly.

– ¿Andy? Por supuesto. Sería difícil olvidarle.

– Eso pensaba.

– Una operación del SO10 que convertí en un estrepitoso fracaso. Menuda pesadilla.

El SO10 era el grupo de agentes más secreto y misterioso de la Policía Metropolitana. Eran responsables de llevar las negociaciones cuando había rehenes de por medio, proteger a testigos y jurados, organizar a informantes y llevar a cabo operaciones clandestinas. En una época, Lynley había deseado trabajar con ellos, pero a los veintiséis años no poseía el aplomo y la sangre fría suficientes.

– Meses de preparación se fueron al carajo -recordó-. Esperaba que Andy pediría mi cabeza.

Sin embargo, Andy Maiden no la había pedido. No era su estilo. El hombre del SO10 sabía cortar por lo sano, y eso hizo, sin echar la culpa al responsable, sino que reaccionó tal como exigía el momento: retiró a sus hombres de la operación clandestina y esperó a que se presentara otra oportunidad, meses después, una vez seguro de que ningún faux pas como el de Lynley daría al traste con sus esfuerzos.

Le llamaban Dominó por la facilidad con que adoptaba la personalidad de quien fuera, desde un asesino a sueldo hasta un partidario norteamericano del IRA. Se había especializado en operaciones relacionadas con las drogas, pero antes había dejado su impronta en el campo de los asesinos a sueldo y el crimen organizado.

– Me encontraba con él de vez en cuando en el cuarto piso -dijo Lynley a Webberly-, pero perdí su pista cuando dejó la Met. Eso fue hace… ¿cuánto? ¿Diez años?

– Poco más de nueve.

Maiden, dijo Webberly, se había jubilado en cuanto pudo, y se trasladó con su familia a Derbyshire. En los Picos había invertido los ahorros de su vida y sus energías en la renovación de un antiguo pabellón de caza. Ahora era un hotel rural, el Maiden Hall. Un lugar ideal para excursionistas, veraneantes, adeptos a la mountain bike o cualquiera que aspirara a pasar la noche fuera y tomar una cena decente.

Webberly indicó su libreta amarilla.

– Andy Maiden llevó ante la justicia a más delincuentes que cualquier otro miembro del SO10, Tommy.

– Eso no me sorprende, señor.

– Sí. Bien. Ahora solicita nuestra ayuda, y se la debemos.

– ¿Qué ha pasado?

– Su hija ha sido asesinada en los Picos. Tenía veinticinco años, y algún bastardo la dejó tirada en un lugar llamado Calder Moor.

– Vaya. Lo siento mucho.

– Encontraron también un segundo cadáver, de un chico, y nadie sabe quién demonios es. No llevaba ninguna identificación. La chica se llamaba Nicola, había ido de acampada e iba preparada para cualquier eventualidad: lluvia, niebla, sol, lo que fuera. Pero el chico no llevaba equipo alguno.

– ¿Sabemos cómo murieron?

– Aún no. -Lynley enarcó una ceja, sorprendido-. La información nos llega a través del SO10. Dime cuándo esos bastardos nos han proporcionado información rápida y gratis.

Lynley no pudo. Webberly continuó.

– Lo que sabemos es lo siguiente: el dic de Buxton se hizo cargo del caso, pero Andy quiere más y se lo vamos a dar. Ha solicitado tu intervención en particular.

– ¿Mi intervención?

– Exacto. Puede que hayas perdido su rastro después de tantos años, pero él no ha perdido el tuyo. -Webberly encajó el puro en la comisura de su boca y señaló sus notas-. Un patólogo del Ministerio del Interior está de camino hacia allí para efectuar una autopsia hoy mismo. Te cruzarás en el camino de un tal Peter Hanken. Le han dicho que Andy es uno de los nuestros, pero no sabe nada más. -Se quitó el puro de la boca y lo contempló sin verlo-. Tommy, no me andaré con rodeos. Las cosas podrían complicarse. El hecho de que Maiden haya pedido tu intervención… -Vaciló antes de concluir-. Mantén los ojos abiertos y actúa con cautela.

Lynley asintió. La situación era irregular. No recordaba otra ocasión en que un pariente de la víctima de un crimen hubiera podido elegir al agente que lo investigaría. El hecho de que Andy Maiden lo hubiera conseguido sugería esferas de influencia susceptibles de entorpecer una investigación fluida por parte de Lynley.

No podía encargarse del caso solo, y Lynley sabía que Webberly tampoco iba a pedírselo. Pero adivinaba qué agente le asignaría como compañero si le concedían la oportunidad. Habló para evitar que eso sucediera. Ella aún no estaba preparada. Ni él, por cierto.

– Me gustaría ver quiénes están de turno para acompañarme -dijo a Webberly-. Como Andy es un ex del SO10, sería preferible una persona muy diplomática.

El superintendente le miró a los ojos. Transcurrieron quince segundos antes de que hablara.

– Tú ya sabes con quién trabajas mejor, Tommy -dijo por fin.

– En efecto, señor. Gracias.

Barbara Havers se dirigió a la cantina del cuarto piso, donde pidió una sopa de verduras que se llevó a una mesa. Intentó tomarla mientras imaginaba que la palabra «paria» colgaba de sus hombros como el cartelón de un hombre-anuncio. Comió sola. Cada gesto de saludo que recibía de otros agentes parecía contaminado de un silencioso mensaje de desprecio. Mientras intentaba darse ánimos con un monólogo interior que informaba a su encogido ego de que nadie podía haberse enterado todavía de su degradación, su oprobio y la disolución de su asociación con Lynley, todas las conversaciones que se sucedían a su alrededor (sobre todo las puntuadas por alegres carcajadas) se burlaban de ella.

Abandonó la sopa. Abandonó el Yard. Firmó la salida («indispuesta» sería una fórmula bien acogida por aquellos que la consideraban contagiosa) y se encaminó a su Mini. Una parte de su ser atribuía sus actos a una combinación de paranoia y estupidez; la otra estaba atrapada en una interminable repetición de su último encuentro con Lynley, al tiempo que pasaba revista a las diversas reacciones que habría podido adoptar después de averiguar el resultado de su entrevista con Webberly.

En este estado de ánimo, se encontró conduciendo a lo largo de Millbank sin ser consciente de ello, pues no iba camino de casa. Con el cuerpo en piloto automático, llegó a Grosvenor Road y la central eléctrica de Battersea con el cerebro enfrascado en un castigo ejemplar protagonizado por Lynley. Se sentía como un espejo astillado, inútil pero peligroso. Qué fácil había sido para él desprenderse de ella, pensó con amargura. Y qué idiota había sido ella por creer durante semanas que la había defendido.

Por lo visto, para Lynley no era suficiente que un hombre al que ambos detestaron durante años la hubiera degradado, vilipendiado y humillado. Daba la impresión de que él también necesitaba encontrar una oportunidad para imponerle un poco de disciplina. En opinión de Barbara, Lynley había tomado la dirección más equivocada, y ella necesitaba un aliado.

Mientras el coche avanzaba paralelo al Támesis entre el tráfico fluido de mediodía, se hizo una buena idea de dónde encontraría tal cómplice. Vivía en Chelsea, a poco más de un kilómetro de donde se encontraba ahora.

Simon St. James era el amigo más antiguo de Lynley, compañero de colegio desde Eton. Científico forense y testigo experto, solicitaban con mucha frecuencia su colaboración tanto abogados como fiscales con el fin de decantar casos que dependían más de las pruebas que de los testigos oculares. Al contrario que Lynley, era un hombre razonable. Poseía la capacidad de observar, desinteresada y desapasionadamente, sin implicarse en las situaciones. Era justo la persona con que necesitaba hablar. Diseccionaría sin piedad las acciones de Lynley.

Lo que Barbara no pensó fue que St. James tal vez no estuviera solo en Cheyne Row. Sin embargo, el hecho de que su mujer también estuviera en casa, trabajando en el cuarto oscuro anexo al laboratorio de la última planta, no planteó una situación tan delicada como la presencia del ayudante habitual de St. James. Y Barbara no supo que el ayudante habitual de St. James estaba en casa hasta que subió por la escalera detrás de Joseph Cotter: suegro, mayordomo, cocinero y factótum general del científico.

– Los tres están trabajando -dijo Cotter-, pero ya es hora de comer, y lady Helen agradecerá la interrupción. Le gusta comer siempre a la misma hora. No ha cambiado, aunque se haya casado.

Barbara vaciló en el rellano del segundo piso.

– ¿Helen está aquí?

– En efecto. -Y añadió con una sonrisa-: Es agradable saber que algunas cosas no cambian, ¿verdad?

– Mierda -masculló Barbara.

Helen era la condesa de Asherton por derecho propio, pero también la esposa de Thomas Lynley, el cual, aunque no disimulaba preferir lo contrario, era la otra mitad de la ecuación Asherton: el conde oficial, ataviado de terciopelo y armiño. Barbara no suponía que St. James y su mujer se dedicaran a denigrar a alguien cuya mujer se encontrara presente. Comprendió que lo mejor era retirarse.

Y a punto estaba de hacerlo cuando Helen salió al rellano de la escalera, riendo y hablando hacia el interior del laboratorio.

– De acuerdo, de acuerdo. Iré a buscar un rollo nuevo. Pero si te situaras en la década actual y sustituyeses esa máquina por algo más moderno, no nos quedaríamos sin papel para el fax. Creo que de vez en cuando deberías darte cuenta de estas cosas, Simon.

Empezó a bajar por la escalera y vio a Barbara en el rellano siguiente. Su rostro se iluminó. Era una cara adorable, no hermosa en un sentido convencional, sino serena y radiante, enmarcada por una pequeña cascada de cabello castaño.

– ¡Dios mío, qué maravillosa sorpresa! Simon, Deborah, tenemos visita, de modo que ahora ya tenéis una excusa para hacer un alto y comer. ¿Cómo estás, Barbara? ¿Por qué hace tantas semanas que no venías a vernos?

No tuvo otro remedio que ir a su encuentro. Barbara dio las gracias a Cotter con la cabeza, el cual anunció en dirección al laboratorio:

– Pondré otro cubierto en la mesa.

Después volvió sobre sus pasos. Barbara subió y estrechó la mano extendida de Helen. El apretón se convirtió en un fugaz beso en la mejilla. Tan cálida bienvenida advirtió a Barbara de que Lynley aún no había informado a su mujer sobre lo sucedido aquel día en Scotland Yard.

– Justo a tiempo -dijo Helen-. Me has salvado de una incursión por King's Road en busca de papel para fax. Estoy hambrienta, pero ya conoces a Simon. ¿Para qué parar por algo tan insignificante como una comida, cuando tienes la oportunidad de esclavizarte durante unas horas más? Simon, desenróscate del microscopio, por favor. Aquí hay alguien más interesante que restos de piel encontrados en uñas.

Barbara siguió a Helen hasta el laboratorio, donde St. James solía analizar pruebas, preparar informes y documentos y organizar materiales para su recién adquirido cargo de conferenciante en el Royal College of Science. Aquel día parecía estar en el modo de testigo experto, porque se hallaba sentado en un taburete ante una mesa de trabajo, extrayendo portaobjetos de un sobre que acababa de abrir. Los restos de piel encontrados en uñas, pensó Barbara.

St. James era un hombre muy poco atractivo, tullido y entorpecido por una abrazadera que sujetaba su pierna, en lugar de aquel risueño jugador de criquet plasmado en la fotografía. Sus movimientos eran desgarbados. Sus mejores características físicas residían en el pelo, que siempre llevaba largo, indiferente al dictado de la moda, y sus ojos, que viraban del gris al azul dependiendo de la ropa, que también le era indiferente. Levantó la vista del microscopio cuando Barbara entró en el laboratorio. Su sonrisa humanizó un rostro anguloso y surcado de arrugas.

– Barbara. Hola.

Cruzó la habitación para saludarla, al tiempo que avisaba a su mujer de la llegada de Barbara Havers. Una puerta se abrió al fondo de la habitación. La mujer de St. James apareció en tejanos cortados a la altura del muslo y una camiseta color aceituna, tras una hilera de ampliaciones fotográficas colgadas de un cordel que recorría el cuarto oscuro de un extremo a otro y goteaba agua en el suelo, protegido por una esterilla de goma.

Deborah tenía muy buen aspecto, observó Barbara. Renovar su compromiso con el arte, en lugar de lamentar y llorar la cadena de abortos que había asolado su matrimonio, le había sentado de maravilla. Era agradable pensar que algo iba bien a alguien.

– Hola -dijo Barbara-. Pasaba por aquí y… -Echó un vistazo a su muñeca y comprobó que había olvidado el reloj en casa por la mañana, en sus prisas por acudir a la reunión con Hillier. Dejó caer el brazo-. De hecho, ni siquiera me di cuenta de la hora. La comida y todo eso. Lo siento.

– Estábamos a punto de hacer un alto -dijo St. James-. Quédate a comer con nosotros.

Helen rió.

– ¿A punto de hacer un alto? Una casuística repugnante. No he parado de suplicar un poco de comida desde hace hora y media, y no me hiciste caso.

Deborah la miró como aturdida.

– ¿Qué hora es, Helen?

– Tú eres tan malvada como Simon -fue la seca respuesta de Helen.

– ¿Te quedas? -preguntó St. James a Barbara.

– Ya he tomado algo -dijo-. En el Yard.

Los demás conocían el significado de la última frase. Barbara vio que la connotación se registraba en sus caras.

– Entonces, por fin te han dicho algo -dijo Deborah mientras vertía productos químicos de las bandejas en botellas de plástico que sacaba de un estante situado bajo la ampliadora-. Por eso has venido, ¿no? ¿Qué ha pasado? No. No lo expliques aún. Algo me dice que una copa te sentaría bien. ¿Por qué no vais abajo los tres? Dadme diez minutos para despejar esto y me reuniré con vosotros.

«Abajo» significaba el estudio de Simon, y allí fue donde St. James condujo a Barbara y Helen, aunque Barbara deseaba que hubiera sido Helen, no Deborah, la que se hubiera quedado arriba y continuado trabajando. Pensó en negar que su visita a Chelsea estaba relacionada con el Yard, pero comprendió que su voz ya debía de haberla traicionado. No era nada alegre.

Un viejo carrito de bebidas esperaba bajo la ventana que daba a Cheyne Row, y St. James sirvió un jerez a cada uno, mientras Barbara fingía inspeccionar la pared donde Deborah siempre mantenía una exposición cambiante de sus fotografías. Las de hoy se inscribían en el estilo que había practicado durante los últimos nueve meses: grandes ampliaciones de Polaroid tomadas en lugares como Covent Garden, Lincoln's Inn Fields, St. Botolph Church's y Spitafields Market.

– ¿Deborah va a hacer una exposición? -preguntó Barbara para ganar tiempo. Señaló las fotos.

– En diciembre. -St. James tendió a Helen su jerez. La mujer se quitó los zapatos y se sentó en una de las dos butacas de cuero que había junto a la chimenea, con sus esbeltas piernas recogidas debajo del cuerpo. Barbara observó que la estaba mirando fijamente. Helen leía a las personas de la misma forma que otra gente leía libros-. Bien, ¿qué ha pasado?

Barbara desvió la vista de la pared a la ventana, y miró la estrecha calle. No había nada en qué fijar la atención: un árbol, una fila de coches aparcados y una hilera de casas, con un andamio erigido ante dos de ellas. Barbara deseó haberse dedicado a esa profesión. Considerando la frecuencia con que se empleaban para todo, desde proyectos de remodelación hasta limpiar ventanas, la carrera de erigir andamios la habría mantenido ocupada, alejada de problemas y bien provista de dinero.

– ¿Barbara? -dijo St. James-. ¿El Yard te ha comunicado algo esta mañana?

Ella se volvió.

– Una nota en mi expediente y una degradación -contestó.

St. James hizo una mueca.

– ¿Vas a volver a las calles?

Cosa que ya le había ocurrido una vez en lo que consideraba otra vida.

– No del todo -contestó, y continuó con sus explicaciones, ahorrando los detalles más desagradables de su entrevista con Hillier y sin mencionar a Lynley para nada.

Helen lo hizo por ella.

– ¿Tommy lo sabe? ¿Le has visto, Barbara?

Lo cual nos lleva al meollo de la cuestión, pensó Barbara.

– Bien -dijo-. Sí. El inspector lo sabe.

Una fina arruga apareció entre los ojos de Helen. Dejó la copa sobre la mesa contigua a la butaca.

– Tengo la impresión de que la cosa no ha ido muy bien.

Barbara se sorprendió de su reacción ante la silenciosa solidaridad que reflejaba la voz de Helen. Sintió un nudo en la garganta. Sintió que iba a reaccionar como lo habría hecho aquella mañana en el despacho de Lynley, de no haber estado tan estupefacta cuando él regresó de su entrevista con Webberly y explicó que le habían asignado un caso. No fue el hecho de que le asignaran un caso lo que la dejó sin palabras y sin emociones por un momento, sino su elección de compañero, un compañero que no era ella.

«Así es mejor, Barbara», le había dicho, mientras recogía materiales de su escritorio.

Y ella se había tragado sus protestas, con la vista clavada en él, y se dio cuenta de que no le había conocido hasta aquel momento.

– Da la impresión de que no está de acuerdo con el resultado de la investigación interna -concluyó Barbara-. Pese a la degradación y todo eso. Cree que aún no me han castigado bastante, me parece.

– Lo siento -dijo Helen-. Debes de sentirte como si hubieras perdido a tu mejor amigo.

La sinceridad de su compasión se agolpó como un incendio tras los párpados de Barbara. No había esperado que Helen fuera la causante. Tanto la conmovió la sorprendente solidaridad de la esposa de Lynley que se oyó balbucear:

– Es que su elección… mi sustituto… quiero decir… -Buscó con rabia las palabras, pero solo consiguió encontrar aquella oleada de dolor una vez más-. Me sentó como una bofetada.

Lo único que había hecho Lynley fue proceder a una selección entre los agentes disponibles. Que su elección significara una herida para Barbara no era su problema.

El detective Winston Nkata había llevado a cabo un excelente trabajo en dos casos, en los cuales había trabajado con Barbara y Lynley. No era irracional que se le ofreciera una oportunidad de demostrar su talento fuera de Londres, en el tipo de casos especiales que antes se adjudicaban a Barbara. Pero Lynley no podía ser ajeno al hecho de que Barbara consideraba a Nkata la competencia que le pisaba los talones en el Yard. Ocho años más joven que ella, veinte años más joven que el inspector, y más ambicioso que cualquiera de los dos. Era un hombre con iniciativa, que intuía las órdenes antes de que se verbalizaran y parecía cumplirlas a plena satisfacción con una mano atada a la espalda. Barbara sospechaba desde hacía tiempo que alardeaba ante Lynley e intentaba sustituirla al lado del inspector.

Lynley lo sabía. Tenía que saberlo. Por lo tanto, su elección de Nkata parecía menos la selección lógica de un hombre que sopesaba los talentos de sus subordinados y los utilizaba según las necesidades del caso, que un ejemplo de descarada crueldad.

– ¿Tommy está enfadado? -preguntó St. James.

Pero no se había traslucido irritación tras las acciones de Lynley, y Barbara, aunque estaba desolada, no quiso acusarle de eso.

Deborah se reunió con ellos.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó, y besó a su marido en la mejilla cuando pasó a su lado para servirse un poco de jerez.

Barbara repitió la historia, St. James añadió los detalles, y Helen escuchó en un silencio pensativo. Al igual que Lynley, los demás estaban en conocimiento de los hechos relacionados con la insubordinación de Barbara y su agresión a un superior. Al contrarío que Lynley, no obstante, parecían capaces de ver la situación tal como Barbara la había considerado: inevitable, lamentable, pero plenamente justificada, la única alternativa para una mujer sometida a una situación límite y en posesión de la razón.

– Al final Tommy te dará la razón, Barbara -dijo St. James-. Lo malo es que hayas tenido que pasar por esto.

Las otras dos mujeres coincidieron con él.

Todo esto tenía que haber sido gratificante para Barbara. Al fin y al cabo, solidaridad era lo que había ido a buscar a Chelsea. Pero descubrió que la solidaridad solo alimentaba su dolor y la sensación de haber sido traicionada.

– Creo que todo se reduce a esto -dijo-. El inspector quiere que alguien de su confianza trabaje con él.

Y pese a las inmediatas protestas de la mujer y los amigos de Lynley, Barbara sabía que, en ese momento, ella no era ese alguien.

4

Julian Britton podía imaginar lo que estaba haciendo su prima al otro extremo de la línea telefónica. Oía un rítmico «choc choc choc» que puntuaba sus frases, y el sonido le reveló que la joven estaba en la antigua y mal iluminada cocina de Broughton Manor, troceando algunas de las verduras que cultivaba al fondo de su jardín.

– No he dicho que no quisiera ayudarte, Julian. -El comentario de Samantha fue acompañado por un «choc» más decidido que los anteriores-. Solo he preguntado qué está pasando. No tiene nada de malo, ¿verdad?

Julian prefirió no contestar. No quería contarle lo que estaba pasando. Al fin y al cabo, Samantha nunca había ocultado su aversión hacia Nicola Maiden.

¿Qué podía decir? Muy poca cosa. Cuando la policía de Buxton había llegado a la conclusión de que tal vez sería conveniente telefonear al cuartel general de Ripley, cuando éste envió dos coches policiales para examinar el lugar en que estaban aparcados el Saab de Nicola y la vieja moto Triumph, y cuando Ripley y Buxton llegaron a la evidente conclusión de que se necesitaba la colaboración de Rescate de Montaña, una anciana que paseaba con su perro había entrado en el pueblo de Peak Forest, llamado a una puerta y contado una historia sobre un cadáver que había encontrado en Nine Sisters Henge. La policía había acudido al instante, mientras Rescate de Montaña esperaba en el punto de encuentro para recibir instrucciones. Cuando esas instrucciones llegaron, fueron bastante ominosas: Rescate de Montaña no era necesario.

Julian sabía todo esto porque, como miembro de Rescate de Montaña, había ido al encuentro de su equipo en cuanto se recibió la llamada, que Samantha le había comunicado aquella mañana, pues la había interceptado en su ausencia de Broughton Manor. Por lo tanto, se encontraba con su grupo revisando el equipo mientras el responsable leía una sobada lista de verificación, cuando el teléfono móvil sonó, y la verificación del equipo se interrumpió, para luego cancelarse hasta nueva orden. El líder del grupo transmitió la información recibida: la anciana, su perro, su paseo matutino, el cadáver, Nine Sisters Henge.

Julian había regresado de inmediato a Maiden Hall, pues quería ser el primero que comunicara la noticia a Andy y Nan, antes que la policía. Su intención era decir que, a fin de cuentas, solo se trataba de un cadáver. Nada indicaba que fuera el de Nicola.

Pero cuando llegó, había un coche de la policía aparcado delante del restaurante. Y cuando entró como una exhalación, encontró a Andy y Nan en un rincón del albergue, donde los cristales en forma de diamante de una ventana salediza proyectaban arco iris en miniatura sobre la pared. Estaban en compañía de un agente uniformado. Tenían el rostro ceniciento. Nan aferraba el brazo de Andy, que contemplaba con aire ausente la mesita auxiliar que les separaba del agente.

Los tres levantaron la vista cuando Julian entró. El agente dijo:

– Perdone, señor, pero si pudiera conceder unos minutos a los señores Maiden…

Julian comprendió que el agente había supuesto que era uno de los huéspedes de Maiden Hall. Nan aclaró su relación con la familia, y le identificó como el «novio de mi hija. Acaban de prometerse. Ven, Julian».

Extendió una mano y le obligó a sentarse en el sofá, los tres reunidos como la familia que no eran y nunca serían.

El agente había llegado a la parte más inquietante. El cuerpo de una mujer había sido encontrado en el páramo. Podía ser el de la hija desaparecida de los Maiden. Lo lamentaba, pero uno de ellos debía acompañarle a Buxton para la identificación.

– Yo iré -dijo impulsivamente Julian. Le resultaba inconcebible que los padres de Nicola padecieran una tortura tan espantosa, que la identificación del cadáver de Nicola recayera en alguien que no fuera él: el hombre que la amaba y deseaba.

El agente dijo con pesar que debía ser un miembro de la familia. Cuando Julian se ofreció a acompañar a Andy, este se negó. Alguien debía quedarse con Nan, dijo.

– Telefonearé desde Buxton si… -dijo a su mujer.

Cumplió su palabra. La llamada se demoró unas cuantas horas, debido al tiempo que tardaron en trasladar el cadáver hasta el hospital donde se practicaría la autopsia. Pero cuando hubo visto el cadáver de la joven, telefoneó.

Nan no se derrumbó, como Julian suponía.

– Oh, no -dijo, entregó el auricular a Julian y salió corriendo del hostal.

Julian confirmó con Andy lo que ya sabía. Después fue en busca de la madre de Nicola. La encontró arrodillada en el huerto de Christian-Louis, situado detrás de la cocina de Maiden Hall. Estaba removiendo puñados de tierra recién regada, como si deseara enterrarse.

– No, no -decía, pero no lloraba.

Se revolvió cuando Julian apoyó las manos en sus hombros y empezó a ponerse en pie. Julian no sospechaba que una mujer tan menuda tuviera tanta fuerza, y tuvo que pedir ayuda a gritos. Las dos mujeres de Grindleford acudieron a toda prisa. Junto con Julian, lograron arrastrar a Nan hasta el hostal y subirla por la escalera. Julian la obligó a beber dos tragos de coñac. Fue entonces cuando la mujer rompió a llorar.

– ¡He de…! -gritó-. ¡Dadme algo que hacer! -Las últimas palabras fueron un aullido lastimero.

Julian comprendió que había llegado al límite. Necesitaban un médico. Fue a telefonear a uno. Habría podido encargar la tarea al dúo de Grindleford, pero se dio cuenta de que la decisión de llamar a un médico le alejaría del dormitorio de Nan y Andy, un espacio repentinamente tan asfixiante que le robaría el aliento antes de que transcurriera un minuto más.

Por lo tanto, bajó la escalera y pidió el teléfono. Llamó a un médico. Y por fin llamó a Broughton Manor y habló con su prima.

Pertinentes o no, las preguntas de Samantha eran lógicas. Julian no había vuelto a casa a dormir, como lo probaba su ausencia a la hora del desayuno. Ya era mediodía. Le estaba pidiendo que asumiera una de sus responsabilidades. Por lo tanto, ella quería saber qué había ocurrido para impulsarle a adoptar comportamientos tan peculiares como misteriosos.

No quería decírselo. No podía hablar con ella sobre la muerte de Nicola en aquel momento.

– Se ha producido una emergencia en Maiden Hall, Samantha -dijo-. Tengo que quedarme. ¿Te encargarás de los cachorros?

– ¿Qué clase de emergencia?

– Venga, Samantha… ¿Quieres hacerme este favor?

Su amada Cass había parido hacía poco, y era preciso cuidar tanto de la madre como de los cachorros.

Samantha conocía la rutina. Le había visto llevarla a cabo con mucha frecuencia. No le estaba pidiendo, en consecuencia, algo imposible, ni siquiera desacostumbrado o ignoto. Pero cada vez estaba más claro que ella no cedería hasta saber por qué se lo pedía.

– Nicola ha desaparecido -dijo Julian-. Sus padres están muy nerviosos. Me necesitan aquí.

– ¿Qué quieres decir con «ha desaparecido»?

Un «chop» puntuó la frase. Debía de estar ante la encimera de madera situada bajo la ventana alta hasta el techo de la cocina, donde generaciones de cuchillos dedicados a cortar hortalizas habían dejado profundas huellas en el roble.

– Ha desaparecido. El martes se fue de excursión y no regresó anoche, tal como estaba previsto.

– Lo más probable es que se encontrara con alguien -sugirió Samantha con su sentido práctico-. El verano aún no ha terminado. Hay miles de personas que todavía deambulan por los Picos. De todos modos, ¿cómo es posible que haya desaparecido? ¿No teníais una cita?

– Ésa es la cuestión -dijo Julian-. Teníamos una cita, pero no estaba cuando fui a buscarla.

– Muy propio de ella -señaló Samantha.

Lo cual dio ganas a Julian de darle un puñetazo en su cara pecosa.

– Maldita sea, Samantha.

Ella debió de advertir que estaba a punto de perder la calma.

– Lo siento -dijo-. Lo haré. ¿Qué perra?

– La única que ha dado a luz hace poco. Cass.

– De acuerdo. -Otro «chop»-. ¿Qué le digo a tu padre?

– No hace falta decirle nada -respondió Julian. Lo último que necesitaba o deseaba era que Jeremy Britton se pusiera a pensar en el asunto.

– Bien, supongo que no vendrás a comer, ¿verdad? -La pregunta estaba impregnada de aquel tono particular que bordeaba la acusación: una mezcla de impaciencia, decepción e irritación-. Tu padre preguntará por qué no has venido a comer, Julian.

– Dile que me han convocado para una misión de rescate.

– ¿En plena noche? Una operación de rescate no explica tu ausencia a la hora del desayuno.

– Si papá estaba como una cuba, como suele suceder, tal como habrás observado, dudo que notara mi ausencia a la hora del desayuno. Si está en condiciones de darse cuenta de que no estoy presente en la comida, dile que Rescate de Montaña me llamó a media mañana.

– ¿Cómo? Si no estabas aquí para recibir la llamada…

– Joder, Samantha, ¿quieres olvidarte de la condenada lógica? Me da igual lo que le digas. Solo ocúpate de los cachorrillos, ¿de acuerdo?

Los «chops» cesaron. La voz de Samantha cambió. Su acritud desapareció para dar paso a las disculpas, la doblez y un tono ofendido.

– Solo intento hacer lo mejor para la familia.

– Lo sé. Lo siento. Eres un verdadero apoyo, y no saldría adelante sin ti. De veras.

– Me alegro de hacer todo lo posible.

Pues haz esto sin convertirlo en un caso para los tribunales, pensó Julian. En cambio, dijo:

– El historial de los perros está en el cajón de arriba de mi escritorio del despacho, no en el de la biblioteca.

– El escritorio de la biblioteca se vendió en subasta -le recordó Samantha. Esta vez, Julian recibió el mensaje subliminal. La situación económica de la familia Britton era peligrosa. ¿Deseaba Julian comprometerla todavía más, dedicando su tiempo y energías a otra cosa que no fuera la rehabilitación de Broughton Manor?

– Sí. Por supuesto. Claro -dijo-. Trata bien a Cass. Querrá proteger a la carnada.

– Creo que a estas alturas ya me conoce bien.

¿De veras llegamos a conocer a alguien?, se preguntó Julian. Colgó. Poco después llegó el médico. Quiso administrar un sedante a Nan Maiden, pero la mujer no lo consintió. De ninguna manera, si eso significaba dejar que Andy se enfrentara solo a las terribles primeras horas de dolor. El médico extendió una receta, que una de las mujeres de Grindleford fue a buscar a la farmacia más cercana, en Hathersage. Julian y la segunda mujer de Grindleford se quedaron para custodiar Maiden Hall.

Fue un esfuerzo titánico. Había huéspedes que aguardaban la comida, así como turistas que habían visto el letrero del restaurante en la carretera del desfiladero y seguido el serpenteante camino con la esperanza de comer decentemente. Las camareras no tenían experiencia en la cocina, y las chicas del servicio tenían que hacer las habitaciones. Por lo tanto, Julian y sus acolitas de Grindleford tuvieron que sustituir a Andy y Nan Maiden en sus quehaceres habituales: bocadillos, sopa, fruta fresca, salmón ahumado, paté, ensaladas… Julian descubrió al cabo de cinco minutos que las circunstancias le superaban, y solo después de escuchar la sugerencia de que era preciso llamar a Christian-Louis, nada más dejar caer una bandeja de salmón ahumado, comprendió que existía una alternativa a la tarea de intentar capitanear el buque en solitario.

Christian-Louis llegó farfullando algo en un francés incomprensible. Expulsó a todo el mundo de su cocina sin más ceremonias. Un cuarto de hora después, Andy Maiden regresó.

– ¿Y Nan? -preguntó a Julian. Su palidez estaba mucho más acentuada que antes.

– Arriba. -Julian intentó leer la respuesta antes de formular la pregunta. De todos modos, la hizo-: ¿Qué puedes decirme?

La respuesta de Andy fue dar media vuelta y empezar a subir la escalera con paso cansado. Julian le siguió.

El hombre no fue a la habitación que compartía con su esposa, sino que entró en el cubículo anexo, una parte del desván reconvertida en una combinación de estudio y guarida. Se sentó ante un antiguo escritorio de caoba. Contaba con una tapa de secreter, que bajó y convirtió en una superficie para escribir. Estaba sacando un rollo de pergamino de una de las tres gavetas, cuando Nan entró.

Nadie se había atrevido a aconsejarle que se lavara o cambiara, de modo que tenía las manos sucias y las rodilleras de los pantalones cubiertas de tierra. Llevaba el cabello tan desaliñado como si se lo hubiera mesado.

– ¿Qué? -dijo-. Dime, Andy, ¿qué ha pasado?

Andy alisó el rollo sobre la tapa del secreter. Sujetó el extremo superior con una Biblia y el inferior con el brazo izquierdo.

– ¿Andy? -repitió Nan-. Cuéntame. Di algo.

Él cogió una goma de borrar, roma y marcada con los restos ennegrecidos de cientos de borraduras anteriores. Se inclinó sobre el rollo. Y cuando se movió, Julian pudo ver que el rollo contenía un árbol genealógico. En la parte superior estaban impresos los apellidos Maiden y Llewelyn, con fecha de 1722. En la parte inferior se leían los nombres Andrew, Josephine, Mark y Philip, emparejados con los nombres de sus esposas, y debajo aparecían sus descendientes. Solo había un nombre debajo de Andrew y Nancy Maiden, aunque quedaba espacio para el marido de Nicola, y tres pequeñas líneas que partían del nombre de Nicola indicaban las esperanzas de Andy en el futuro de su familia inmediata. Carraspeó. Daba la impresión de estar estudiando la genealogía desplegada ante él. O tal vez solo se estaba armando de valor. Porque al instante siguiente borró las líneas reservadas a la generación futura. Luego, cogió una pluma, la mojó en un tintero y empezó a escribir debajo del nombre de su hija. Formó dos pulcros paréntesis. Dentro dibujó la letra «f». Y a continuación, escribió el año.

Nan rompió a llorar.

Julian se quedó sin respiración.

– Fractura de cráneo -fue todo cuanto dijo Andy.

El inspector detective Peter Hanken se llevó una desagradable sorpresa cuando el comisario de Buxton le informó que Scotland Yard había enviado un equipo para colaborar en la investigación de las dos muertes de Calder Moor. Nativo del distrito de los Picos, albergaba una desconfianza instintiva hacia cualquiera oriundo de más al sur de los Peninos o más al norte de Deer Hill Reservoir. Primogénito de un picapedrero de Wirksworth, también albergaba un desagrado instintivo hacia cualquiera cuya clase social pudiera hacerle suponer que era mejor que él. Por lo tanto, los dos hombres que componían el equipo de Scotland Yard se ganaron al instante su animosidad.

Uno era un inspector llamado Lynley, un sujeto bronceado, delgado y con un pelo tan dorado que debía de ser por cortesía de la botella de blanqueador más cercana. Tenía espalda de remero y una voz elegante de escuela privada. Vestía prendas de Savile Row, Jermyn Street, y el olor a rancio abolengo se le pegaba como una segunda piel. ¿Qué demonios estaba haciendo en la policía?, se preguntó Hanken.

El otro era un negro, un detective llamado Winston Nkata. Era tan alto como su superior, pero con una energía más flexible que musculosa. Lucía una larga cicatriz facial que recordó a Hanken las ceremonias de virilidad a que eran sometidos los jóvenes africanos. De hecho, aparte de su voz, que sonaba con una curiosa mezcla de acentos africano, caribeño y orilla sur del Támesis, le recordó a un guerrero tribal. Su aire de confianza sugería que había superado satisfactoriamente las pruebas más severas dictadas por los ancianos.

Aparte de sus propios sentimientos al respecto, a Hanken no le hacía gracia el mensaje que la intromisión de Scotland Yard enviaba al resto de su equipo. Si existía alguna duda sobre su competencia o la competencia de sus agentes, habría preferido que se lo dijeran en la cara. Daba igual que contar con dos profesionales más significaba que tal vez pudiera cerrar el caso con tiempo de preparar el regalo sorpresa para Bella (un columpio), antes de su cuarto cumpleaños, que sería la semana siguiente. No había pedido ayuda a su superior, y estaba más que irritado por recibirla a la fuerza.

Lynley pareció caer en la cuenta de la irritación de Hanken al medio minuto de conocerle, lo cual elevó un poco la opinión de Hanken sobre el tipo, pese a su voz cursi.

– Andy Maiden ha solicitado nuestra ayuda -explicó Lynley-. Por eso estamos aquí, inspector Hanken. Su comisario le dijo que el padre de la chica muerta es un agente jubilado de la Met, ¿verdad?

Así era, pero ¿qué tenía que ver el hecho de que alguien hubiera trabajado para la Met en su juventud con la capacidad de Hanken para llegar al fondo de la verdad?

– Lo sé -dijo-. ¿Fuman? -Ofreció el paquete de Marlboro. Ambos agentes declinaron. El negro puso cara de que le hubiera ofrecido estricnina-. A mis muchachos no les hará mucha gracia que Londres se entrometa.

– Espero que se adapten -dijo Lynley.

– No lo creo.

Hanken encendió el cigarrillo. Dio una profunda calada y observó a los dos agentes por encima del cigarrillo.

– Obedecerán sus órdenes.

– Sí. Como ya he dicho.

Lynley y el negro intercambiaron una mirada. Transmitió que se imponía guante de seda. Lo que no sabían era que ningún tipo de guantes, ya fueran de seda o guanteletes, cambiaría el recibimiento que les aguardaba en el despacho de Hanken.

– Andy Maiden era agente del SO10 -dijo Lynley-. ¿Se lo dijo su comisario?

Esto sí era una novedad. Hanken derivó de inmediato la leve animosidad que sentía por los agentes de Londres hacia sus superiores, que al parecer le habían ocultado la información de forma deliberada.

– Lo ignoraba, ¿verdad? -dijo Lynley. Dirigió el siguiente comentario a Nkata-: Ah, la política.

El agente asintió con expresión de disgusto y cruzó los brazos. Aunque Hanken les había ofrecido sillas en cuanto entraron en el despacho, el negro había preferido seguir de pie. Se había acercado a la ventana, desde la cual podía ver la desolada vista del campo de fútbol, al otro lado de Silverlands Street. Era un edificio en forma de estadio, rodeado de alambradas. No podía ser una perspectiva menos agradable.

– Lo siento -dijo Lynley a Hanken-. No entiendo por qué ocultan información al agente que está al mando. Supongo que es una especie de juego de poder. Lo han practicado conmigo demasiadas veces para que me guste. -Proporcionó la información que faltaba. Andy Maiden había trabajado de topo. Se había ganado un amplio respeto y cosechado grandes éxitos durante su carrera de treinta años-. Así que el Yard se siente obligado con uno de los suyos. Nosotros hemos venido para cumplir esa obligación. Nos gustaría trabajar en equipo con usted, pero Winston y yo nos quedaremos al margen siempre que sea posible si así lo desea. Somos conscientes de nuestro papel de entrometidos.

Desgranaba cada afirmación con tal elegancia que Hanken sintió diluirse un poco su actitud hostil. No tenía muchas ganas de que le cayera bien, pero dos muertes y un cadáver sin identificar eran circunstancias inusuales en esa parte del mundo, y Hanken sabía que solo un idiota se opondría a contar con dos mentes más que escudriñaran los datos de la investigación, sobre todo si las dos mentes en cuestión tenían muy claro quién daba las órdenes y asignaba las funciones en el caso. Además, el detalle del SO10 era muy intrigante, y Hanken estaba agradecido de haberse enterado. Decidió reflexionar sobre la circunstancia en cuanto tuviera un momento libre.

Apagó el cigarrillo en un cenicero impoluto, que después vació y limpió concienzudamente con un pañuelo de papel, tal como era su costumbre.

– Vengan conmigo -dijo, y condujo a los londinenses hasta el centro de investigaciones.

Allí había dos mujeres policía uniformadas sentadas ante ordenadores (sin hacer otra cosa, en apariencia, que charlar entre sí), y un agente masculino que anotaba algo en una pizarra, donde Hanken había escrito por la mañana las tareas del día. El agente salió de la habitación cuando Hanken condujo a los de Scotland Yard hasta la pizarra. Al lado, un amplio diagrama del lugar del crimen colgaba junto a dos fotos de la hija de Maiden, viva y muerta, así como varias fotos del segundo cadáver, de momento sin identificar, y una serie de fotos del lugar de los hechos.

Lynley se puso unas gafas de leer para examinarlas, mientras Hanken les presentaba a las policías.

– ¿El ordenador aún está KO? -preguntó a una de las mujeres.

– Para variar -fue la lacónica respuesta.

– Maldito invento -masculló Hanken. Dirigió la atención de los londinenses al diagrama de Nine Sisters Henge. Señaló el lugar, dentro del círculo, donde habían encontrado el cadáver del chico. Indicó una segunda zona, a cierta distancia del círculo-. La chica estaba aquí-dijo-. A 157 metros del bosquecillo de abedules donde están las piedras erectas. Le habían aplastado la cabeza con un pedazo de piedra caliza.

– ¿Y el chico? -preguntó Lynley…

– Múltiples puñaladas. No se encontró el arma. Hemos buscado huellas dactilares, pero sin resultado. Tengo a un grupo de agentes peinando el páramo en este momento.

– ¿Acamparon juntos?

– No -contestó Hanken.

La chica había ido sola a Calder Moor, según sus padres, y los datos recogidos en el lugar de los hechos lo avalaban. Al parecer, eran sus pertenencias (indicó la fotografía que documentaba sus palabras) las que estaban diseminadas en el interior del círculo de piedras. Por su parte, el muchacho no llevaba nada encima, aparte de la ropa. Por lo visto, todo apuntaba a que no intentaba reunirse con ella para pasar la noche bajo las estrellas.

– ¿No han identificado al muchacho? -preguntó Lynley-. Mi superior me dijo que nadie lo ha conseguido.

– Se está investigando la matrícula de una moto, una Triumph encontrada cerca del coche de la chica, detrás de un muro de la carretera, en las afueras de Sparrowpit. -Señaló la aldea en un plano catastral desplegado sobre un escritorio apoyado contra la pared que sustentaba la pizarra-. Hemos buscado al dueño de la moto desde que los cadáveres fueron encontrados, pero nadie se ha presentado a reclamarla. Debía de pertenecer al chico. En cuanto nuestros ordenadores se pongan en marcha de nuevo…

– Dicen que dentro de un momento -anunció una de las mujeres.

– Perfecto. -Hanken frunció el entrecejo-. Conseguiremos la información del registro.

– Podría ser robada -murmuró Nkata.

– También saldrá en el ordenador.

Hanken encendió otro cigarrillo.

– Ten compasión, Pete -dijo una de las agentes-. Nos pasamos todo el día aquí.

Hanken hizo caso omiso de la súplica.

– ¿Cuál es su opinión hasta el momento? -preguntó Lynley, una vez finalizado su estudio de las fotografías.

Hanken buscó debajo del plano catastral un sobre de papel manila grande. Contenía fotocopias de cartas anónimas encontradas a los pies del muchacho muerto. Se guardó una.

– Échenles un vistazo -dijo, y tendió el sobre a Lynley.

Nkata se acercó a su superior, mientras Lynley empezaba a ojear las cartas.

Había ocho comunicados en total, cada uno confeccionado con palabras y letras mayúsculas recortadas de periódicos y revistas y después pegadas a hojas en blanco. Todos los mensajes eran parecidos, empezando con vas a morir más pronto de lo que crees, continuando con ¿qué tal sienta saber que tienes los días contados?, y terminando con vigila tu espalda porque cuando menos te lo pienses, atacaré y morirás. no hay lugar adonde huir ni lugar donde esconderse.

Lynley leyó las ocho misivas y luego alzó la cabeza y se quitó las gafas.

– ¿Fueron encontradas en alguno de los cuerpos? -preguntó.

– Dentro del círculo de piedras. Cerca del chico, pero no encima.

– Podrían estar dirigidas a cualquiera, ¿no? Tal vez no estén relacionadas con el caso.

Hanken asintió.

– Fue lo primero que pensé. Pero al parecer estaban dentro de un sobre grande encontrado en el lugar de los hechos. Con el nombre «Nikki» escrito con lápiz fuera. Y estaban manchadas de sangre. Son esas manchas oscuras, por cierto. Nuestra fotocopiadora no las registró en rojo.

– ¿Huellas?

Hanken se encogió de hombros.

– El laboratorio está en ello.

Lynley asintió y volvió a examinar las cartas.

– Son bastante amenazadoras, pero ¿las enviaron a la chica? ¿Por qué?

– El porqué es el móvil del crimen.

– ¿Cree que el chico estaba implicado?

– Creo que era un capullo en el lugar y el momento equivocados. Complicó el asunto, pero nada más.

Lynley devolvió las cartas al sobre y lo entregó a Hanken.

– ¿Complicó el asunto? ¿Cómo?

– Provocó que se pidieran refuerzos. -Hanken había tenido todo el día para analizar el lugar del crimen, examinar las fotografías, estudiar las pruebas y hacerse una idea de lo sucedido. Explicó su teoría-. Tenemos a un asesino que conoce los páramos muy bien, y que sabía exactamente dónde encontrar a la chica. Pero cuando llegó, vio algo inesperado: ella no estaba sola. Él solo llevaba un arma…

– El cuchillo desaparecido -apuntó Nkata.

– Exacto. De modo que tenía dos alternativas. Separar al chico de la chica de alguna manera y apuñalarles de uno en uno…

– O llamar a un segundo asesino -concluyó Lynley-. ¿Es eso lo que piensa?

– En efecto -dijo Hanken. Tal vez el otro asesino estaba esperando en el coche. Tal vez él, o ella, partió hacia Nine Sisters Henge en compañía del otro. En cualquier caso, cuando se hizo evidente que había dos víctimas en potencia en lugar de una sola, y un único cuchillo para realizar el trabajo, el segundo asesino tuvo que entrar en acción. Y utilizó la segunda arma, el pedazo de piedra caliza.

Lynley volvió a examinar las fotos y el plano del lugar.

– Pero ¿por qué señala a la chica como la víctima principal? ¿Por qué no el chico?

– Por esto.

Hanken le entregó la hoja de papel que había separado de las demás cartas anónimas, anticipándose a la pregunta de Lynley. De nuevo se trataba de una fotocopia. Y de nuevo estaba tomada de otra nota. Esta, sin embargo, estaba escrita a mano: «esta puta se ha llevado su merecido.” Con la última palabra subrayada tres veces.

– ¿La encontraron con las demás? -preguntó Lynley.

– La llevaba encima -dijo Hanken-. Metida en un bolsillo.

– Pero ¿por qué dejar las cartas después de cometer el crimen? ¿Y por qué dejar la nota?

– Para enviar un mensaje a alguien. Es el propósito habitual de las notas.

– Lo acepto en el caso de la nota dejada en su cuerpo, pero ¿por qué dejaron las cartas hechas a base de palabras y letras recortadas y pegadas?

– Piense en el estado del lugar del crimen. Había basura por todas partes. Y estaba oscuro. -Hanken apagó el cigarrillo-. Los asesinos ni siquiera sabían que las cartas estaban allí. Cometieron una equivocación.

Al fondo de la habitación, el ordenador resucitó por fin.

– Ya era hora -dijo una de las mujeres, y empezó a introducir datos y esperar respuestas. La otra agente la imitó, trabajando con las hojas de actividades y los informes que el equipo de investigación ya había entregado.

Hanken continuó.

– Piense en el estado mental del asesino, me refiero al asesino principal. Sigue a nuestra chica hasta el círculo de monolitos, decidido a llevar a cabo el trabajo, y la encuentra acompañada. Ha de conseguir ayuda, lo cual le desconcierta. La chica logra huir, lo cual le desconcierta todavía más. Después, el chico opone feroz resistencia, y el campamento queda patas arriba. Lo único que le preocupa, me refiero al asesino, es eliminar a las dos víctimas. Como el plan se ha ido al carajo, no se le ocurre pensar que la Maiden llevaba las cartas encima.

– ¿Por qué lo hizo? -Al igual que su superior, Nkata había vuelto a examinar las fotos del lugar de los hechos. Se volvió hacia ellos-. ¿Para enseñárselas al chico?

– Nada indica que conociera al chico antes de que murieran juntos -dijo Hanken-. El padre de la chica vio el cadáver del muchacho, pero no lo reconoció. Dijo que nunca le había visto. Y conoce a los amigos de ella.

– ¿Pudo matarla el chico? -preguntó Lynley-. ¿Para convertirse después en otra víctima, sin comerlo ni beberlo?

– No, a menos que mi forense haya errado en la hora de las muertes. Calcula que murieron con una hora de diferencia. ¿Cuántas probabilidades existen de que dos asesinatos sin la menor relación ocurran en el mismo sitio una noche de un martes de septiembre?

– No obstante, eso parece, ¿no? -dijo Lynley.

A continuación preguntó dónde se hallaba el coche de Nicola Maiden en relación con el círculo de monolitos. ¿Habían tomado huellas de yeso de los neumáticos en aquel lugar? ¿Habían encontrado huellas de pisadas dentro del círculo? En cuanto al rostro del muchacho, ¿qué opinaba Hanken de las quemaduras?

Hanken contestó de manera satisfactoria a las preguntas, con la ayuda del plano y los informes que sus hombres habían redactado. Desde el fondo de la habitación, la agente Peggy Hammer, cuyo semblante siempre había recordado a Hanken una pala con pecas, gritó:

– ¡Pete, ya la tenemos!

Copió algo que aparecía en el monitor.

– ¿La Triumph? -preguntó Hanken.

– Exacto. La tenemos.

Le tendió una hoja.

Hanken leyó el nombre y la dirección del propietario de la moto, y entonces comprendió que los detectives de Londres iban a convertirse en un regalo del cielo. Porque la dirección era de Londres, y utilizar a Lynley o a Nkata para ocuparse de la conexión con Londres le ahorraría efectivos humanos. En estos tiempos de recortes presupuestarios y el tipo de contabilidad que le hacía gritar «no soy un jodido contable, por el amor de Dios», desplazar a alguien de la localidad era una maniobra que debía ser justificada hasta en la Cámara de los Lores. Hanken no tenía tiempo para esas memeces. Los londinenses las hacían innecesarias.

– La moto está registrada a nombre de un tal Terence Cole -les dijo.

Según la Dirección de Tráfico de Swansea, el tal Terence Cole vivía en Chart Street, en Shoreditch. Y si a uno de los detectives de Scotland Yard no le importaba ocuparse de esa conexión, le enviaría de inmediato a Londres para encontrar a alguien en dicha dirección capaz de identificar al segundo cadáver hallado en Nine Sisters Henge.

Lynley miró a Nkata.

– Tendrás que regresar ahora mismo -dijo-. Yo me quedaré. Quiero hablar con Andy Maiden.

Nkata pareció sorprenderse.

– ¿No quiere ir a Londres? Tendría que pagarme una fortuna para quedarme aquí si tuviera sus motivos para volver a Londres.

Hanken paseó la mirada entre los dos hombres. Vio que Lynley se ruborizaba levemente, lo cual le sorprendió. Hasta ese momento le había parecido de lo más flemático.

– Supongo que Helen podrá aguantar unos días sin mí -dijo Lynley.

– Ninguna esposa debería pasar por esa prueba -replicó Nkata. Explicó a Hanken que «el inspector se ha casado hace tres meses y está recién salido de la luna de miel».

– Basta ya, Winston -dijo Lynley.

– Recién casado. -Hanken asintió-. Felicidades.

– Me temo que es un sentimiento discutible -contestó oscuramente Lynley.

No habría dicho eso veinticuatro horas antes. Entonces era feliz. Si bien había que suavizar numerosas aristas con el fin de establecer una vida en común, Helen y él no habían descubierto hasta el momento nada tan arduo que no pudiera solucionarse mediante la discusión, la negociación y el compromiso. Hasta que se había presentado la situación de Havers.

Durante los meses transcurridos desde el regreso de su luna de miel, Helen había mantenido una discreta distancia de la vida profesional de Lynley, y se había limitado a decir «Tommy, tiene que haber una explicación» cuando él regresó de su única visita a Barbara Havers e informó sobre los motivos de su suspensión de empleo. Helen se había guardado su opinión sobre el asunto. Habló por teléfono con Barbara y otras personas interesadas en la situación, pero siempre mostró hacia su marido una lealtad incuestionable. Al menos, eso había supuesto Lynley.

Su mujer le desengañó de esa idea cuando regresó de casa de St. James aquel mismo día. Lynley estaba haciendo el equipaje para el viaje a Devonshire, lanzando algunas camisas dentro de la maleta, así como desenterrando un viejo chaquetón y unas botas de excursión para ir a los páramos, cuando Helen llegó y, en lugar de elegir una forma más oblicua de abordar un tema delicado, cogió el toro por los cuernos.

– Tommy -dijo-, ¿por qué has escogido a Winston Nkata para trabajar en este caso contigo, en lugar de Barbara Havers?

– Ah, has hablado con Barbara, por lo que veo -dijo él.

– Y ella casi te defendió -replicó su esposa-, por lo que está claro que le has roto el corazón.

– ¿Quieres que me defienda yo también? -repuso Lynley apaciblemente-. Barbara necesita pasar desapercibida en el Yard durante un tiempo. Llevarla a Devonshire no le habría hecho ningún favor. Winston es la elección lógica cuando Barbara no está disponible.

– Pero ella te adora, Tommy. Oh, no me mires así. Ya sabes a qué me refiero. A ojos de Barbara, siempre eres infalible.

Lynley había metido la última camisa en la maleta, encajado sus útiles de afeitar entre los calcetines y extendido la chaqueta encima de todo. Se volvió hacia su mujer.

– ¿Has venido a interceder por ella?

– No adoptes esa actitud condescendiente, Tommy. Sabes que no puedo soportarlo.

Lynley suspiró. No quería discutir con su mujer, y por un momento pensó en los compromisos que suponía la vida en común. Nos conocemos, se dijo, nos deseamos, nos perseguimos y nos conseguimos. Pero se preguntó si existía algún hombre que, cegado por su deseo, se detenía a pensar en si podía vivir con el objeto de su pasión. Dudoso.

– Helen -dijo-, es un milagro que Barbara conserve todavía su empleo, considerando las acusaciones a que se enfrenta. Webberly se la ha jugado por ella, y solo Dios sabe lo que ha tenido que prometer, ceder o comprometer. En este momento debería estar dando gracias a su ángel de la guarda por no haber sido despedida. Lo que no debería hacer es buscar apoyos atacándome a mí. Y si quieres que te diga la verdad, la última persona a la que no debería intentar poner en mi contra es a mi mujer.

– ¡No está haciendo eso!

– ¿No?

– Fue a ver a Simon, no a mí. Ni siquiera sabía que estaba en su casa. Cuando me vio, estuvo a punto de huir. Y lo habría hecho si yo no lo hubiera impedido. Necesitaba hablar con alguien. Se sentía fatal y necesitaba un amigo, lo que tú siempre has sido para ella. Lo que quiero saber es por qué no te comportas como un amigo con ella en este momento.

– Helen, no es una cuestión de amistad. No hay espacio para la amistad en una situación en la que todo depende de que un agente obedezca una orden. Barbara no lo hizo. Y aún peor, estuvo a punto de matar a alguien.

– Pero tú sabes lo que pasó. ¿Cómo es posible que no comprendas…?

– Lo que sí comprendo es que la cadena de mando tiene un propósito.

– Barbara salvó una vida.

– Pero no le competía decidir si una vida estaba en peligro.

Su mujer avanzó hacia él.

– No lo entiendo -dijo-. ¿Cómo puedes ser tan inflexible? Ella sería la primera que te lo perdonaría todo.

– En las mismas circunstancias, yo no lo esperaría. No tendría que haber esperado eso de mí.

– Ya te has saltado las normas en otras ocasiones. Me lo dijiste.

– No puedes pensar que un intento de asesinato equivale a saltarse las normas, Helen. Es un acto ilícito. Debido al cual, por cierto, la gente puede ir a la cárcel.

– Y debido al cual, en este caso, tú te has erigido en juez, jurado y verdugo. Entiendo.

– ¿De veras? -Estaba empezando a enfadarse y tendría que haberse mordido la lengua. ¿A qué se debía que Helen le sacara de sus casillas como nadie más?-. Entonces te pediré que entiendas esto también. Barbara Havers no es tu problema. Su comportamiento en Essex, la investigación posterior, y la medicina que ha debido tragar como resultado de ese comportamiento e investigación no es tu problema. Si has descubierto que tu vida está tan limitada últimamente que te resulta imprescindible defender una causa para mantenerte ocupada, tal vez deberías pensar en la posibilidad de sumarte a mi bando. Para ser sincero, me gustaría encontrar en casa apoyo, no subversión.

Ella obedeció a su irritación con tanta celeridad como él, y la expresó con idéntica ferocidad.

– No soy esa clase de mujer. No soy esa clase de esposa. Si querías casarte con una obsequiosa lameculos…

– Eso es una redundancia -replicó Lynley.

Y esa sucinta afirmación concluyó la discusión. Helen le espetó «Eres un cerdo» y le dejó terminar su equipaje. Cuando concluyó y fue en su busca, no la encontró en ninguna parte. Maldijo: a él, a ella y a Barbara Havers por haber predispuesto a su mujer contra él. Sin embargo, el trayecto hasta Devonshire le había dado tiempo para calmarse, así como para reflexionar sobre lo propenso que era a los golpes bajos. Así había sido con Helen esa última vez, y tuvo que admitirlo.

Parado ante la comisaría de policía de Buxton en compañía de Winston Nkata, Lynley comprendió que solo había una forma de disculparse con su mujer. Nkata estaría esperando a que él le asignara otro agente que le acompañara en Londres, y los dos sabían cuál era la elección lógica. No obstante, Lynley descubrió que estaba contemporizando con su subordinado cuando le cedió el Bentley. No podía ordenar a la policía de Buxton que facilitara un coche a su detective para regresar a Londres, explicó a Nkata, y la única otra alternativa era ordenarle que volviera a Londres desde Manchester en avión o en tren. Pero iría más deprisa en coche, teniendo en cuenta que para coger el avión debería desplazarse hasta el aeropuerto y confiar en encontrar un vuelo más o menos inmediato, y en el caso del tren, incluso podría complicarse más con algún transbordo.

Lynley esperaba que Nkata fuera más delicado con el coche que Barbara Havers la última vez, cuando había arrollado un mojón y desajustado la suspensión delantera. Informó al agente que debía conducir el Bentley como si llevara un litro de nitroglicerina en el maletero.

Nkata sonrió.

– ¿Cree que no sé cómo tratar un motor tan delicado?

– Preferiría que sobreviviera a la aventura contigo incólume.

Lynley desconectó el sistema de seguridad del automóvil y le entregó las llaves.

Nkata indicó la comisaría con un gesto.

– ¿Cree que seguirá nuestras reglas de juego, o que nosotros seguiremos las suyas?

– Es demasiado pronto para decirlo. Nuestra presencia le disgusta, pero a mí también me pasaría, en su caso. Hemos de proceder con cautela.

Lynley consultó su reloj. Eran casi las cinco. La autopsia se había fijado para primera hora de la tarde. Con suerte, ya habría finalizado, y el patólogo podría informarles sobre sus conclusiones preliminares.

– ¿Qué opina de sus deducciones?

Nkata rebuscó en el bolsillo de su chaquetón y sacó dos Opal Fruits, su vicio favorito. Examinó los envoltorios, eligió el sabor que más le apetecía y pasó el otro a Lynley.

– ¿Cómo ve el caso Hanken? -Lynley desenvolvió el caramelo-. Tiene ganas de hablar. Es una buena señal. Me parece capaz de cambiar de opinión. Eso también es positivo.

– Parece un poco nervioso -indicó Nkata-. Me pregunto qué le reconcome.

– Todos tenemos nuestras propias preocupaciones, Winnie. Hemos de procurar que no interfieran en nuestro trabajo.

Nkata tuvo la habilidad de lanzar una última pregunta incisiva.

– ¿Quiere que trabaje con alguien concreto en la ciudad?

Lynley la esquivó.

– Puedes pedir ayuda si crees que la necesitas.

– ¿Debo elegir yo, o quiere hacerlo usted?

Lynley contempló al otro hombre. Nkata había formulado las preguntas con tal indiferencia que era imposible captar en ellas otra cosa que una solicitud de directrices. Y la solicitud era de lo más razonable, teniendo en cuenta que Nkata tal vez debería volver a Derbyshire poco después de su llegada a Londres, acompañado de alguien que pudiera identificar el segundo cadáver. Si eso sucedía, otro agente debería ocuparse de investigar en Londres los antecedentes y ocupaciones de Terence Cole en la ciudad.

Había llegado el momento. Ante Lynley se presentaba la oportunidad de tomar la decisión que Helen aprobaría. Pero no lo hizo. En cambio dijo:

– No sé quién está disponible. Lo dejo en tus manos. Samantha McCallin había averiguado muy pronto, durante su prolongada visita a Broughton Manor, que su tío Jeremy no discriminaba en lo tocante a beber. Se atizaba cualquier cosa capaz de obnubilar sus sentidos con celeridad. Daba la impresión de decantarse por la ginebra Bombay, pero en un atolladero, cuando el bar más cercano estaba cerrado, no le hacía ascos a nada.

Por lo que Samantha sabía, su tío bebía como un cosaco desde la adolescencia, aunque había renunciado al alcohol durante unos años de su tercera década de vida para dedicarse a las drogas. En un tiempo, Jeremy Britton había sido, según la leyenda familiar, la estrella rutilante del clan Britton. Pero su matrimonio con una hippie, la cual tenía lo que la madre de Samantha llamaba eufemística y arcaicamente «un pasado», había provocado que se ganara la desaprobación de su padre. No obstante, las leyes de la primogenitura no podían impedir que Jeremy heredara Broughton Manor y todo su contenido tras la muerte de su padre, y la certeza de que había vivido como una «buena niña» para nada, mientras que Jeremy se lo pasaba en grande atiborrándose de sustancias alucinógenas con sus correligionarios, había plantado en el pecho de la madre de Samantha más semillas de desarmonía entre ella y su hermano. Dicha desarmonía no había hecho más que aumentar a lo largo de los años, mientras Jeremy y su mujer fabricaban tres hijos en rapidísima sucesión, bebían y arruinaban Broughton Manor, al tiempo que la única hermana de Jeremy, Sophie, contrataba en Winchester a detectives privados que le entregaban periódicos informes sobre la vida disoluta de su hermano, que recibía entre llanto y rechinar de dientes.

«Alguien ha de hacer algo con él -gritaba-, antes de que destruya toda la historia familiar. A este paso, no podremos legar nada a nadie.»

No era que Sophie Britton McCallin necesitara el dinero de su hermano, que de todas maneras ya se había pulido hacía mucho tiempo. Estaba bien provista, puesto que su marido se había cavado una tumba prematura para tenerla siempre abastecida.

Durante el período en que el padre de Samantha había gozado de buena salud para cumplir un horario, que habría resultado mortal de necesidad para cualquiera, en la fábrica de la familia, Samantha había hecho caso omiso de los soliloquios de su madre sobre el tema de su hermano Jeremy. Dichos soliloquios, no obstante, cambiaron de tono y contenido cuando Douglas McCallin contrajo un cáncer de próstata. Enfrentada a la sombría realidad de la mortalidad terrenal, su esposa había desarrollado de nuevo una creencia fervorosa en la importancia de los lazos familiares.

– Quiero tener a mi hermano conmigo -sollozaba vestida de viuda en la comitiva fúnebre-. Mi único pariente vivo. Mi hermano. Quiero que esté aquí.

Era como si Sophie olvidara que tenía dos hijos, aparte de los de su hermano, también parientes consanguíneos. Pero se aferró a la reconciliación con Jeremy como el único consuelo de su dolor.

De hecho, su dolor se prolongó hasta tal punto que parecía decidida a superar el luto de Victoria por Alberto. [3] Cuando Samantha se dio cuenta por fin, llegó a la conclusión de que la única forma de encontrar la paz en Winchester era tomar medidas drásticas. Por lo tanto, había ido a Derbyshire para recoger a su tío, en cuanto dedujo, después de mantener varias llamadas telefónicas incoherentes con el hombre, que no estaba en condiciones de viajar al sur sin ayuda. Y en cuanto hubo llegado y comprobado sus condiciones por sí misma, Samantha fue consciente de que conducirle hasta su madre en su estado actual la llevaría a la tumba.

Además, para Samantha significaba un alivio alejarse de Sophie durante un tiempo. El drama de la muerte de su marido le había proporcionado más carne de cañón de la que tenía normalmente, y la utilizaba con una fruición que había agotado a Samantha mucho tiempo antes.

No se trataba de que Samantha no lamentara la muerte de su padre, pero había comprendido hacía muchos años que el principal amor de Douglas McCallin era la fábrica de galletas de la familia, no la familia en sí, y en consecuencia su muerte parecía más una prolongación de sus horas de trabajo habituales que una ausencia definitiva. Su vida siempre había sido su trabajo. Y le había concedido la dedicación de un hombre bendecido con el descubrimiento del verdadero amor a la edad de veinte años.

Por su parte, Jeremy había elegido como amante la bebida. Aquel día en concreto había empezado con un jerez muy seco a las diez de la mañana. Durante la comida se había pulido una botella de algo llamado Sangre de Júpiter. Samantha supuso por su color que era vino tinto. Y durante la tarde se zampó un gin-tonic tras otro. El hecho de que todavía se tuviera en pie constituía para Samantha una hazaña memorable.

Por lo general, pasaba los días en la pieza de recibo, donde corría las cortinas y utilizaba el prehistórico proyector de 8 mm para entretenerse con interminables vagabundeos por los senderos de la memoria. Durante los meses que Samantha pasó en Broughton Manor había repasado la historia cinematográfica de los Britton al menos tres veces. Siempre seguía la misma pauta: empezaba con las primeras películas que algún Britton había rodado en 1924, y las miraba en orden cronológico, hasta el momento en que ya no quedaba ningún Britton lo bastante interesante para documentar sus actividades. Por lo tanto, la historia fílmica de cacerías de zorros, expediciones de pesca, vacaciones, cacerías de faisanes, cumpleaños y bodas terminaba más o menos el día del decimoquinto cumpleaños de Julian. Lo cual, según los cálculos de Samantha, coincidía con la época en que Jeremy Britton cayó de su caballo y se rompió tres vértebras, y desde entonces se mimaba religiosamente tanto con sedantes como con intoxicantes.

«Si no le vigilas acabará matándose con esa mezcla de pastillas y alcohol -le había dicho Julian poco después de su llegada-. ¿Me ayudarás, Sam? Si tú me ayudas podré trabajar más en la finca. Hasta podría poner en práctica algunos proyectos… si tú me ayudas, claro.”

Y al cabo de pocos días de conocerle, Samantha supo que haría cualquier cosa con tal de ayudar a su primo. Cualquier cosa.

Y eso era algo que Jeremy Britton sabía sin la menor duda. En cuanto oyó que volvía del huerto a última hora de la tarde y atravesaba el patio con sus botas incrustadas de tierra, salió de la pieza de recibo y fue a buscarla a la cocina, donde estaba empezando a preparar la cena.

– Ah, estás aquí, florecilla mía.

Se inclinó hacia adelante, con aquella postura contraria a la ley de la gravedad que parece consustancial a los bebedores. Llevaba un vaso en la mano: dos cubitos de hielo y una raja de limón, todo lo que quedaba de su último gin-tonic. Como de costumbre, iba de punta en blanco, el auténtico caballero rural. Pese al calor de finales de verano, vestía una chaqueta de tweed, corbata y unos bombachos de lana gruesa que habría resucitado del ropero de algún antepasado. Habría podido pasar por un excéntrico aunque próspero terrateniente borracho como una cuba.

Se detuvo ante la vieja encimera de madera, precisamente donde Samantha quería estar. Removió el hielo del vaso y apuró el escaso líquido que pudo recuperar de los cubitos fundidos. Luego, dejó el vaso junto al enorme cuchillo de cocina que la joven había sacado de su sitio. Paseó la vista entre ella y el cuchillo, y volvió a mirarla. Y entonces, esbozó una lenta y satisfecha sonrisa de borracho.

– ¿Dónde está nuestro chico? -preguntó con voz plácida, aunque arrastró las palabras. Sus ojos eran de un gris tan claro como si los iris no existieran, y hacía tiempo que los blancos se habían teñido de amarillo, un color que amenazaba con invadir toda su piel-. No he visto a Julie en todo el día, ¿sabes? De hecho, no creo que nuestro pequeño Julie haya pasado la noche en casa, porque no recuerdo haber visto su tazón durante el desayuno.

Jeremy esperó la reacción a sus comentarios.

Samantha empezó a vaciar el contenido de la cesta de hortalizas. Depositó en el fregadero una lechuga, un pepino, dos pimientos verdes y una coliflor. Empezó a lavarlas para quitarles la tierra. Prestó especial atención a la lechuga, y se inclinó sobre ella como una madre que examinara a su bebé.

– Bien -continuó Jeremy con un suspiro-, supongo que los dos sabemos en qué estaba ocupado Julie, ¿verdad, Samantha? Ese chico no ve lo que tiene ante las narices. No sé qué vamos a hacer con él.

– No te habrás tomado ninguna de tus pastillas, ¿verdad, tío Jeremy? -preguntó ella-. Si las mezclas con licores podrías tener problemas.

– Yo nací para los problemas -dijo él.

Samantha intentó discernir si arrastraba las palabras más que de costumbre, una indicación de que su mente empezaba a resentirse. Eran más de las cinco, así que arrastraría las palabras de todos modos, pero lo último que Julian necesitaba era encontrarse a su padre en estado de coma. Jeremy avanzó junto a la encimera hasta detenerse al lado de Samantha.

– Eres una mujer muy atractiva, Sammy -dijo. Su aliento delataba la mezcla de bebidas ingeridas durante el día-. No creas que estoy tan borracho como para no darme cuenta. La cuestión es que has de hacérselo comprender a nuestro pequeño Julie. Es absurdo que vayas exhibiendo esas magníficas piernas si el único que las mira es este viejo verde. No es que su visión me moleste, ni mucho menos. Tener a una jovencita como tú correteando por la casa con esos pantaloncitos apretados es justo lo que…

– Son pantalones de correr -interrumpió Samantha-. Los llevo porque hace calor, tío Jeremy. De lo cual te enterarías si salieras de la casa en algún momento. Y no son apretados.

– Solo era un cumplido, muchacha -protestó Jeremy-. Has de aprender a aceptar los cumplidos. ¿Y qué mejor maestro que tu tío carnal? Vaya, es fantástico tenerte aquí, muchacha. ¿Te lo había dicho? -No se molestó en esperar la respuesta. Se acercó más para decir con un susurro confidencial-: Ahora hemos de pensar qué vamos a hacer con Julie.

– ¿Qué pasa con Julian? -preguntó Samantha.

– Los dos sabemos de qué estamos hablando, ¿no? Se está tirando a esa Maiden desde que tenía veinte años…

– Por favor, tío Jeremy.

Samantha notó que su garganta empezaba a arder.

– Por favor tío Jeremy ¿qué? Hemos de afrontar los hechos, para saber qué hacer con ellos. Y el hecho número uno es que Julie se ha beneficiado a la ovejita de Padley Gorge siempre que ha tenido ocasión. O mejor dicho, siempre que ella le ha dejado.

Es muy observador para estar borracho, pensó Samantha.

– No quiero hablar de la vida sexual de Julian, tío Jeremy -dijo con un tono más dengue de lo que deseaba-. Es su problema, no el nuestro.

– Ah. ¿Es un tema demasiado desagradable para Sammy McCallin? ¿Por qué será que no me parece así, Samantha?

– No he dicho que fuera desagradable -contestó la joven-. He dicho que no era nuestro problema. Y no lo es. De modo que no hablaré de ello.

No era que tuviera manías respecto al sexo. Ni mucho menos. Había practicado el sexo siempre que le era posible desde que había solventado la molesta inconveniencia de la virginidad, mediante el expediente de arrinconar a un amigo de su hermano en el lavabo cuando era una adolescente. Pero esto… hablar de la vida sexual de su primo… No quería hablar de ello. No podía permitirse el lujo de hablar de ello y correr el riesgo de delatarse.

– Escucha, cariñín -dijo Jeremy-. He visto cómo le miras, y sé lo que quieres. Estoy contigo. Joder, conservar la familia para la familia en la familia es mi lema. ¿Crees que le quiero encadenado a la puta de la Maiden, cuando hay una mujer como tú a mano, esperando el día en que el chico se despierte?

– Te equivocas -dijo Samantha, aunque los violentos latidos de su corazón desmentían sus palabras-. Quiero mucho a Julian. ¿Quién no? Es un hombre maravilloso…

– Exacto. Lo es. Pero ¿crees que la Maiden ve eso en nuestro Julie? Ni por asomo. Solo es una diversión, que está bien para echar un polvo de vez en cuando.

– Pero -continuó ella, como si Jeremy no hubiera hablado- no estoy enamorada de él y no puedo imaginarme enamorada de él. Dios mío, tío Jeremy. Somos primos hermanos. Pienso en Julian como pienso en mi hermano.

Jeremy guardó silencio un momento. Samantha aprovechó la oportunidad para alejarse, con la coliflor y los pimientos en ristre. Los depositó sobre el tajo, donde cuatrocientos años de verduras habían sido troceadas. Empezó a romper la coliflor en ramitos.

– Ah -dijo Jeremy con tono astuto, lo cual reveló a Samantha que no estaba tan borracho como aparentaba-. Tu hermano. Entiendo. Sí. Lo entiendo muy bien. De modo que no te interesaría de la otra forma… Me pregunto de dónde habré sacado la idea… Pero da igual. Dale un consejo a tu tío Jer, pues.

– ¿Sobre qué?

Samantha cogió un colador y dejó caer la coliflor dentro. Dedicó su atención a los pimientos verdes.

– Sobre cómo curarle.

– ¿De qué?

– De ella. La gata. La yegua. La cerda. Lo que tú quieras.

– Julian no ha de curarse de nada -dijo Samantha en un último y desesperado esfuerzo por alejarlo del tema-. Hace lo que quiere, tío Jeremy.

– Y un huevo. Es un hombre colgado de una cuerda, y todos sabemos dónde está atada. Ella le maneja como a una marioneta.

– No seas tan duro.

– Ésa es la palabra, dura. La tiene dura desde hace tanto tiempo que su cerebro se ha instalado en su polla de manera permanente.

– Tío Jeremy…

– Solo piensa en chuparle esas gloriosas tetas sonrosadas. Y en cuanto se la mete hasta el fondo y empieza a gemir como una…

– ¡Basta! -Samantha partió el pimiento verde como si utilizara una cuchilla de carnicero-. Te has expresado con la más absoluta claridad, tío Jeremy. Ahora me gustaría seguir preparando la cena.

Jeremy sonrió poco a poco, la sonrisa de un borracho.

– Estás hecha para él, Sammy. Tú lo sabes tan bien como yo. ¿Qué vamos a hacer para que suceda?

De repente la miró fijamente, como si no estuviera borracho. ¿Cuál era la figura mitológica capaz de fulminar con la mirada? El basilisco, pensó. Su tío era un basilisco.

– No sé de qué estás hablando -dijo, menos segura y más asustada.

– No, claro.

Jeremy sonrió, y cuando salió de la cocina caminaba como un hombre sobrio.

Samantha siguió troceando los pimientos hasta que oyó sus pasos en la escalera y el pestillo de la puerta de la cocina cerrarse a su espalda. Después, con un cuidadoso dominio del que se sintió orgullosa dadas las circunstancias, dejó el cuchillo a un lado. Apoyó las manos sobre el borde de la encimera, se inclinó sobre las verduras, inhaló su aroma, concentró sus pensamientos en un mantra de creación propia («El amor me llena, me abraza. El amor me realiza») y trató de recuperar algo de serenidad. Claro que no había conocido la serenidad desde la noche anterior, cuando se había dado cuenta de la equivocación cometida en conjunción con el eclipse lunar. Tampoco había conocido la serenidad desde que se había dado cuenta de lo que Nicola Maiden significaba para su primo. Pero obligarse a susurrar el mantra era una costumbre, y la utilizó ahora, pese al hecho de que el amor era el último sentimiento de que se sentía capaz en ese momento.

Aún estaba concentrada en la meditación, cuando oyó que los perros ladraban en sus perreras, situadas en los bloques de establos reconvertidos, al oeste del caserón. El sonido de sus agudos y emocionados ladridos le reveló que Julian estaba con ellos.

Samantha consultó su reloj. Era hora de dar de comer a los perros adultos, hora de observar a los cachorrillos, y hora de los juegos en que los cachorros de mayor edad iniciaban el proceso de socialización. Julian estaría con ellos una hora, como mínimo. Samantha tenía tiempo de sobra para prepararse.

Se preguntó qué diría a su primo. Se preguntó qué le diría él. Y se preguntó qué más daba, con Nicola Maiden de por medio.

Nicola había caído mal a Samantha desde el primer momento. Su desagrado no se fundaba en lo que la mujer más joven representaba para ella, la principal competidora por el afecto de Julian, sino en lo que Nicola era. Su soltura era irritante y sugería una autoconfianza que se contradecía con las raíces consternantes de la muchacha. La hija de poco más que un hotelero, graduada en una escuela secundaria de Londres y una universidad de tercera categoría, comparable a una politécnica vulgar, ¿quién se creía que era para moverse con tanta desenvoltura por las habitaciones de Broughton Manor? Pese a su decrepitud, todavía representaban cuatrocientos años de posesión ininterrumpida por la familia Britton. Y ese era el tipo de linaje que Nicola Maiden no podía reclamar para sí.

Pero este conocimiento no parecía perturbarla en lo más mínimo. Y había una buena razón para ello: el poder inherente a su aspecto inglés. El cabello de Ginebra, [4] de piel perfecta, ojos de pestañas oscuras, esqueleto delicado, orejas en forma de concha marina… Había recibido todas las ventajas físicas que una mujer podía percibir. Y cinco minutos en su presencia habían bastado a Samantha para comprender que ella lo sabía muy bien.

«Es fantástico conocer por fin a un pariente de Julian -había confiado a Samantha durante su primer encuentro, siete meses antes-. Espero que lleguemos a ser buenas amigas.”

A mitad del trimestre se había ido de vacaciones con sus padres. Telefoneó a Julian la mañana de su llegada, y por la forma en que él apretó el auricular contra el oído, Samantha comprendió en qué dirección soplaba el viento, y a favor de quién. Pero no había conocido la fuerza de ese viento hasta conocer a Nicola.

La sonrisa luminosa, la mirada franca, la carcajada alegre, la conversación sencilla… Aunque sentía por ella algo más que un tibio desagrado, Samantha había necesitado varios encuentros con Nicola para llevar a cabo un análisis completo de la amada de su primo. Y cuando lo hizo, sus conclusiones no hicieron más que aumentar la incomodidad de Samantha cada vez que se encontraban. Porque veía en Nicola Maiden a una joven satisfecha de sí misma, que se ofrecía al mundo sin importarle si sería aceptada. No albergaba las dudas, los temores, las inseguridades y las crisis de confianza de la hembra en busca del varón que la definía. Debía de ser por eso, pensaba Samantha, que Julian Britton estaba tan dispuesto a hacerlo.

Más de una vez, durante el tiempo que llevaba en Broughton Manor, Samantha había sorprendido a Julian en una actitud que testimoniaba la atracción que Nicola Maiden ejercía sobre un hombre. Encorvado sobre una carta que le estaba escribiendo, resguardando el auricular de posibles oídos curiosos cuando hablaba con ella, mirando sin ver por encima del muro del jardín hacia el puente peatonal que salvaba el río Wye mientras pensaba en ella, sentado en su despacho con la cabeza apoyada en las manos mientras la recreaba en su mente, el primo de Samantha era poco más que la presa de una cazadora a la que ni siquiera comprendía.

No había forma de que Samantha consiguiera hacerle ver a su amada tal como era. Solo quedaba la opción de dejar vía libre a su pasión, para culminar en el matrimonio que él anhelaba con desesperación, o bien forzar una ruptura permanente entre él y la mujer que deseaba.

Tener que aceptar esta última alternativa había enfrentado a Samantha con su propia impaciencia, que la acosaba en todos los rincones de Broughton Manor. Reprimía su deseo de meter la verdad en la cabeza de su primo. Una y otra vez rechazaba el ansia de menospreciarla que sentía siempre que se tocaba el tema de Nicola. Sin embargo, estos virtuosos esfuerzos de autocontrol pasaban factura. Y el precio que empezaba a pagar era la angustia, el resentimiento, el insomnio y una rabia ciega.

Tío Jeremy no ayudaba en absoluto. Samantha recibía de él diarias insinuaciones lascivas y agresiones directas, todas las cuales giraban en torno o apuntaban a la vida amorosa de Julian. Si no se hubiera percatado nada más llegar a Broughton Manor de lo necesaria que era su presencia, si no hubiera necesitado un respiro de las incesantes exhibiciones de dolor lúgubre de su madre, Samantha habría tirado la toalla meses antes. Pero se había mantenido en sus trece y guardado silencio (casi siempre) porque había sido capaz de imaginar la perspectiva fundamental: la sobriedad de Jeremy, la bendita distracción que la reconciliación con él proporcionaría a su madre, y el gradual descubrimiento de Julian de la contribución que estaba efectuando Samantha a su bienestar, su futuro y su esperanza de transformar la mansión y la propiedad en un negocio boyante.

– ¿Samantha?

La joven alzó la cabeza. Se había concentrado tanto en su intento de aliviar la tensión tras la conversación con su tío, que no había oído a su hijo entrar en la cocina.

– ¿No estás con los perros, Julian? -preguntó como una estúpida.

– Una confesión breve -dijo a modo de explicación-. Necesitan más, pero ahora no se la puedo dar.

– Me ocupé de Cass. ¿Quieres que…?

– Ha muerto.

– Dios mío, Julian, no puede ser -exclamó Samantha-. Fui a verla en cuanto terminé de hablar contigo. Estaba bien. Había comido, todos los cachorros estaban dormidos. Tomé notas de todo y las dejé en la tablilla. ¿No las has visto? Las colgué del gancho.

– Nicola -dijo Julian con voz inexpresiva-. Ha muerto, Samantha. En Calder Moor, donde había ido de acampada. Nicola ha muerto.

Samantha le miró mientras la palabra «muerta» parecía resonar en toda la habitación. No está llorando, pensó. ¿Qué significa el que no llore?

– Muerta -repitió, mimando la palabra, convencida de que decirla de la manera errónea daría una impresión que no quería transmitir.

Julian tenía los ojos clavados en ella, y Samantha deseó que no lo hiciera. Deseó que hablara. O chillara, llorara o hiciera algo que indicara lo que estaba sintiendo, para de esa manera saber cómo debía comportarse con él. Cuando se movió por fin, se acercó a la encimera donde Samantha había troceado los pimientos. Los examinó como si constituyeran una curiosidad para él. Después levantó el cuchillo de carnicero y lo examinó con atención. Por fin, apretó el pulgar con fuerza contra la afilada hoja.

– ¡Julian! -gritó Samantha-. ¡Te vas a cortar!

Una fina línea púrpura apareció en su dedo.

– No sé cómo explicar lo que siento -murmuró.

Samantha no tenía ese problema.

5

Por lo visto, el inspector Peter Hanken decidió dar un respiro a los Marlboros. Lo primero que hizo cuando estuvieron en la carretera de Buxton a Padley Gorge fue abrir la guantera del Ford y sacar un paquete de chicles sin azúcar. Mientras se llevaba una tableta doblada a la boca, Lynley le bendijo por su decisión de abstenerse del tabaco.

El inspector no habló mientras la A6 iniciaba su curso a través de Wye Dale, ceñida al plácido río durante varios kilómetros hasta desviarse levemente al sudeste. No hizo ningún comentario hasta llegar a la segunda de las canteras de piedra caliza que semejaban cicatrices en el paisaje.

– Conque recién casado, ¿eh?

Lynley se armó de valor para hacer frente al humor procaz que sin duda se avecinaba, el precio que suele pagarse por legitimar una relación con una mujer.

– Sí. Tres meses. Ya ha durado más que la mayoría de matrimonios de Hollywood, supongo.

– Es la mejor época. Tú y tu mujer iniciando una nueva vida a partir de cero. ¿Es su primer matrimonio?

– ¿Matrimonio? Sí. Para los dos. Empezamos tarde.

– Tanto mejor.

Lynley estudió a su acompañante con cautela, y se preguntó si las secuelas de su discusión con Helen antes de partir se leían en su cara, y si servirían de fuente de inspiración para que Hanken lanzara un panegírico irónico sobre las bendiciones del matrimonio. Sin embargo, lo único que percibió en la expresión de Hanken fue la evidencia de un hombre satisfecho con su vida.

– Mi mujer se llama Kathleen -dijo Hanken-. Tenemos tres críos. Sarah, Bella y P.J., o sea, Peter Junior, el menor. Tome. Eche un vistazo. -Extrajo un billetero del bolsillo de la chaqueta y se lo pasó. Una foto de familia ocupaba el lugar de honor: dos niñas abrazando a un recién nacido, envuelto en una manta azul, en la cama de un hospital, al tiempo que papá y mamá abrazaban a las dos chiquillas-. La familia lo es todo, pero ya lo averiguará por sí mismo dentro de muy poco.

– Supongo.

Lynley intentó imaginarse a Helen y a él rodeados de niños. No pudo. Si evocaba la imagen de su esposa, aparecía como el día anterior, pálida e irritada.

Se removió en el asiento, incómodo. No quería hablar del matrimonio en ese momento, y dedicó una silenciosa imprecación a Nkata por haber sacado el tema a colación.

– Son preciosos -dijo, y devolvió la cartera a Hanken.

– El chaval es la viva imagen de su padre -dijo Hanken-. Es difícil juzgar a partir de esa foto, pero así es.

– Forman un hermoso grupo.

Por suerte, Hanken tomó este último comentario como digna clausura del tema. Centró toda su atención en conducir. Dedicó a la carretera la misma concentración que, en apariencia, concedía a todo cuanto le rodeaba, una característica que a Lynley le había costado poco deducir. Al fin y al cabo, no había ni un solo papel fuera de su sitio en su despacho, dirigía el centro de investigaciones más ordenado que Lynley había visto en su vida, e iba vestido como si le esperaran en una sesión de fotos para la revista GQ.

Iban a ver a los padres de la muchacha asesinada, y acababan de entrevistarse con la forense que había viajado desde Londres para practicar la autopsia. Se habían encontrado con ella frente a la sala de autopsias, donde la mujer estaba cambiando sus zapatillas de deporte por unos zapatos de calle, uno de los cuales estaba reparando a base de golpear el tacón contra la chapa metálica de la puerta. Tras anunciar que los zapatos de las mujeres, por no hablar de los bolsos, estaban diseñados por hombres con el fin de fomentar la esclavitud del sexo femenino, miró el cómodo calzado de los dos inspectores con indisimulada hostilidad.

– Puedo concederles diez minutos -dijo-. El informe estará sobre su escritorio por la mañana. ¿Quién de ustedes es Hanken? ¿Usted? Estupendo. Sé lo que quiere. Es un cuchillo con una hoja de siete centímetros y medio. Una navaja, lo más probable, aunque podría ser un cuchillo pequeño de cocina. Su asesino es diestro y fuerte, muy fuerte. Eso en cuanto al chico. La chica fue liquidada con el pedazo de piedra que ustedes recogieron en el páramo. Tres golpes en la cabeza. Atacante diestro también.

– ¿El mismo asesino? -preguntó Hanken.

La patóloga asestó cinco últimos golpes contra la puerta al zapato, mientras reflexionaba sobre la pregunta. Dijo con brusquedad que los cadáveres solo podían contar un número limitado de cosas: cómo les habían arrebatado la vida, qué tipo de armas habían utilizado contra ellos, y si dichas armas habían sido blandidas con la mano derecha o la izquierda. Las pruebas forenses (fibras, cabellos, sangre, esputos, piel, etc.) podían contar una historia más larga y precisa, pero tendrían que esperar hasta recibir los informes del laboratorio. El ojo, sin más ayuda, solo podía discernir hasta cierto punto, y ella les aclaró cuál era ese punto.

Tiró el zapato al suelo y se presentó como la doctora Sue Miles. Era una mujer corpulenta, con manos de dedos cortos, cabello gris y un busto que recordaba la proa de un barco. No obstante, sus pies, observó Lynley mientras se calzaba los zapatos, eran esbeltos como los de una jovencita.

– Una de las heridas que el chico recibió en la espalda era más bien un boquete -continuó-. El golpe astilló el omóplato izquierdo, de manera que si encuentran un arma probable, podremos compararla con la marca dejada en el hueso.

– ¿Ese golpe no le mató? -quiso saber Hanken.

– El pobre se desangró hasta morir. Tardaría unos minutos, pero en cuanto recibió una herida en la arteria femoral, que está en la ingle, ya no tuvo nada que hacer.

– ¿Y la chica? -preguntó Lynley.

– El cráneo partido como un huevo. El golpe interesó la arteria poscerebral.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Hanken.

– Hematoma epidural. Hemorragia interna, presión en el cerebro. Murió en menos de una hora.

– ¿Tardó más que el chico?

– Exacto, pero debió de quedar inconsciente nada más recibir el golpe.

– ¿Es posible que haya dos asesinos? -preguntó Hanken.

– Es posible, sí -confirmó la doctora.

– ¿Heridas defensivas en el chico? -preguntó Lynley.

– Ninguna que salte a la vista -contestó la doctora Miles. Ya calzada con los zapatos, metió las zapatillas en una bolsa de deporte y cerró la cremallera, antes de dedicar su atención de nuevo a los agentes.

Hanken pidió que le confirmara las horas de las muertes. La doctora Miles preguntó qué horas le había proporcionado su forense.

– Entre treinta y seis y cuarenta y ocho horas antes de que los cuerpos fueran descubiertos -dijo Hanken.

– No seré yo quien le contradiga.

Recogió la bolsa, se despidió con un gesto de la cabeza y se encaminó hacia la salida del hospital.

Lynley reflexionó sobre lo que sabían mientras el coche continuaba avanzando: que el chico no había llevado nada al punto de acampada, que había cartas amenazadoras y anónimas en el lugar de los hechos, que la chica estuvo inconsciente durante casi una hora, que en cada asesinato se había empleado un método diferente.

Lynley se estaba demorando en este último pensamiento, cuando Hanken giró a la izquierda y se desviaron hacia el norte, en dirección a un pueblo llamado Tideswell. Siguiendo esa ruta se reencontraron con el río Wye, donde la noche ya había caído sobre el pueblo de Miller's Dale por obra de los empinados riscos y los bosques que lo rodeaban. Al otro lado de la última casa, una estrecha senda serpenteaba hacia el noroeste, y Hanken internó el Ford por ella. Treparon sobre los bosques y el valle, y al cabo de pocos minutos corrían a lo largo de una inmensa extensión de brezo y aulaga que parecía ondular hasta perderse en el horizonte.

– Calder Moor -dijo Hanken-. El páramo más grande del Pico Blanco. Se extiende desde aquí hasta Castleton. -Condujo otro minuto en silencio, hasta que pararon en un área de descanso-. Si la chica hubiera ido al Pico Oscuro para acampar, habríamos llamado a Rescate de Montaña para que la buscara. Ninguna abuelita de paseo con su perro habría subido hasta allí y encontrado los cadáveres. Pero esto -trazó un arco con la mano por encima del tablero de instrumentos- es accesible, en su totalidad. Hay kilómetros y kilómetros por explorar si alguien se pierde, pero al menos se pueden recorrer a pie. No es un paseo fácil ni muy seguro, pero sí es más fácil que atravesar los tremedales que encontrará alrededor de Kinder Scout. Si alguien debía morir asesinado en el distrito, mejor que haya sucedido aquí, en la meseta de piedra caliza, que en otra parte.

– ¿Fue aquí donde Nicola Maiden inició la marcha?

No veía ninguna pista desde el coche. La chica tendría que haber encontrado miles de obstáculos, desde helechos hasta arándanos.

Hanken bajó su ventanilla y escupió el chicle. Extendió el brazo por delante de Lynley y abrió la guantera para coger otra tableta.

– Inició la marcha desde el otro lado, al noroeste de aquí. Iba en dirección a Nine Sisters Henge, que está más cerca del límite occidental del páramo. Hay más cosas interesantes por ese lado: túmulos, cavernas, cuevas. Nine Sisters Henge es el plato fuerte.

– ¿Usted es de la zona? -preguntó Lynley.

Hanken no contestó enseguida. Dio la impresión de que se estaba planteando incluso la posibilidad de contestar. Por fin, tomó una decisión.

– De Wirksworth.

Y con esto dio la impresión de que sellaba sus labios acerca del tema.

– Es una suerte vivir en el lugar donde se halla enraizada su historia. Ojalá yo pudiera decir lo mismo.

– Depende de la historia -dijo Hanken, y cambió de tema con brusquedad-. ¿Quiere echar un vistazo al lugar de los hechos?

Lynley era lo bastante listo para saber que la forma de responder a dicha invitación sería crucial para la relación con su colega. La verdad era que quería ver el lugar donde se habían cometido los crímenes. Con independencia de la fase en que se sumaba a una investigación, siempre había un momento en que deseaba ver las cosas por sí mismo. No porque no confiara en la competencia de sus compañeros, sino porque solo viendo con sus propios ojos todo lo relacionado con el caso se integraba en el crimen. Y trabajaba mejor cuando se integraba en el crimen. Fotografías, informes y pruebas proporcionaban mucha información, pero en ocasiones el lugar donde se había producido un asesinato ocultaba secretos hasta al observador más sagaz. Lynley exploraba el lugar en pos de esos secretos. Sin embargo, inspeccionar este lugar en particular comportaba el riesgo de irritar de forma innecesaria a Hanken, y nada de lo que este había dicho o hecho hasta el momento insinuaba que pasara por alto algún detalle, por nimio que fuera.

Ya se presentaría la ocasión, pensó Lynley, en que el otro inspector y él no trabajarían juntos. Y entonces él tendría amplias posibilidades de examinar el lugar donde Nicola Maiden y el chico habían muerto.

– Por lo que sé, usted y su equipo ya se han encargado de eso -dijo Lynley-. Si repito lo que ustedes ya han hecho, no haremos más que perder el tiempo.

Hanken le dedicó otro largo escrutinio mientras mascaba el chicle.

– Sabia decisión -dijo con un asentimiento, al tiempo que ponía el coche en marcha.

Subieron hacia el norte a lo largo del borde oriental del páramo. A unos dos kilómetros de Tideswell, doblaron al este y empezaron a dejar atrás el brezo, los arándanos y los helechos. Se internaron en un valle cuyas suaves pendientes estaban sembradas de árboles que empezaban a desplegar el follaje del inminente otoño, y en un cruce en que un poste anunciaba curiosamente pueblo de la peste giraron hacia el norte de nuevo.

Tardaron menos de un cuarto de hora en llegar a Maiden Hall, situado al abrigo de limeros y castaños sobre la ladera de una colina cercana a Padley Gorge. La ruta les condujo a través de un terreno boscoso y junto al borde de una incisión causada por un arroyo que escapaba del bosque y creaba un sendero sinuoso entre pendientes de arenisca, helechos y hierba silvestre. El desvío a Maiden Hall apareció de repente, cuando entraron en otro trecho de terreno boscoso. Ascendía una colina y desembocaba en un camino de grava que rodeaba la fachada de un edificio de piedra Victoriano con gabletes, y conducía a un aparcamiento situado en la parte de atrás.

De hecho, la entrada del hotel estaba en la parte posterior del edificio. Un discreto letrero con la palabra recepción les condujo por un pasillo hasta el interior del pabellón de caza, donde vieron un pequeño escritorio. Al otro lado, una sala de estar servía de salón para los huéspedes, donde la primitiva entrada del edificio había sido transformada en bar, y el salón restaurado con paneles de roble, papel pintado de un tono crema apagado y muebles rellenos en exceso. Como era demasiado temprano para tomar el aperitivo, el salón estaba desierto. Pero Lynley y Hanken no llevaban ni un minuto en el salón cuando una mujer regordeta, con los ojos y la nariz enrojecidos de tanto llorar, surgió de lo que parecía un comedor y les saludó con dignidad.

No había habitaciones libres para la noche, les dijo en voz baja, y como se había producido una repentina muerte en la familia aquella noche no se abriría el comedor. No obstante, sería un placer para ella recomendarles algunos restaurantes de la zona si los caballeros querían uno.

Hanken mostró su identificación a la mujer y presentó a Lynley.

– Querrán hablar con los Maiden -dijo la mujer-. Voy a buscarlos.

Cruzó la zona de recepción y empezó a subir la escalera.

Lynley se acercó a una de las dos hornacinas del salón, donde la luz del atardecer se filtraba por ventanas con cristales emplomados. Daban al camino de acceso que rodeaba la fachada de la casa. Al otro lado, el césped se había visto reducido a una alfombra de hojas retorcidas y calcinadas debido a la sequía de los meses anteriores. A su espalda, oyó que Hanken deambulaba por el salón. Algunas revistas cambiaron de posición y cayeron sobre mesas. Lynley sonrió al oír el sonido. Sin duda su colega estaba dando rienda suelta a su obsesión de poner orden.

En el pabellón de caza reinaba un silencio absoluto. Las ventanas estaban abiertas, de modo que el canto de los pájaros y un avión lejano rompieron la quietud. Pero dentro había tanto silencio como en una iglesia vacía.

Una puerta se cerró y unos pasos hicieron crujir la grava. Un momento después, un hombre de cabello oscuro, en tejanos y sudadera gris sin mangas, pasó pedaleando ante las ventanas en una bicicleta de diez velocidades. Desapareció entre los árboles cuando el camino de Maiden Hall empezó a descender la colina.

Los Maiden se reunieron con ellos. Lynley se volvió de la ventana al oírles entrar.

– Señor y señora Maiden -entonó Hanken-, les ruego que acepten nuestro más sentido pésame.

Lynley comprobó que los años de jubilación habían tratado bien a Andy Maiden. El ex agente del SO10 y su mujer tenían sesenta años, pero parecían diez años más jóvenes. Andy había desarrollado la apariencia de un hombre habituado al aire libre: rostro bronceado, estómago liso, pecho musculoso, todo lo cual parecía muy apropiado para un hombre que había dejado atrás una reputación de fundirse en su ambiente como un camaleón. La mujer también se veía bronceada y robusta, como si hiciera ejercicio con frecuencia. No obstante, ambos tenían aspecto de haber padecido más de una noche de insomnio. Andy Maiden estaba sin afeitar y llevaba la ropa arrugada. Nan estaba demacrada, y bajo sus ojos la piel había adquirido un tono púrpura.

Maiden forzó una sonrisa de gratitud.

– Gracias por venir, Tommy.

– Lamento que sea en estas circunstancias -dijo Lynley. Se presentó a la esposa de Maiden-. Toda la gente del Yard te envía su pésame, Andy.

– ¿Scotland Yard?

Nan Maiden parecía atontada.

– Dentro de un momento, cariño -dijo su marido.

Indicó con un ademán detrás de Lynley, donde una mesa sobre la que descansaban ejemplares de Country Life separaba dos sofás encarados. Su mujer y él ocuparon un sofá, Lynley el otro. Hanken hizo girar una butaca y se situó a escasa distancia del punto central entre los Maiden y Lynley. La acción sugería que iba a actuar de moderador entre las partes. No obstante, Lynley observó que el inspector había tomado la precaución de colocar la butaca unos centímetros más cerca del Scotland Yard del presente, y no del Scotland Yard del pasado.

Si Andy Maiden reparó en la maniobra de Hanken y en su significado, no lo manifestó. Se sentó inclinado hacia adelante, con las manos enlazadas entre las piernas. La mano izquierda masajeaba la derecha y viceversa.

Su mujer se dio cuenta. Le pasó una pequeña bola roja que sacó del bolsillo.

– ¿Sigue mal? ¿No quieres que llame al médico?

– ¿Te encuentras mal? -preguntó Lynley.

Maiden apretó la bola con la mano derecha y contempló los dedos extendidos de la izquierda.

– La circulación -dijo-. No es nada.

– Deja que llame al médico, Andy, por favor -dijo su mujer.

– No es eso lo que más importa ahora.

– ¿Cómo puedes decir…? -Los ojos de Nan Maiden se iluminaron de repente-. Dios, ¿cómo he podido olvidarme, aunque fuera por un momento?

Apoyó la frente sobre el hombro de su marido y empezó a sollozar. Maiden la rodeó con su brazo.

Lynley miró a Hanken. ¿Tú o yo?, le preguntó en silencio. No va a ser agradable.

La respuesta de Hanken fue un vigoroso asentimiento. Es todo tuyo, decía.

– No va a ser agradable hablar sobre la muerte de vuestra hija -empezó Lynley con tacto-, pero en una investigación de asesinato y (sé que ya eres consciente de esto, Andy) las primeras horas son decisivas.

Nan alzó la cabeza. Intentó hablar, fracasó, y lo intentó de nuevo.

– Investigación de asesinato -repitió-. ¿Qué está diciendo?

Lynley paseó la vista entre marido y mujer. Hanken le imitó. Luego se miraron.

– Has visto el cadáver, ¿verdad? -preguntó Lynley a Andy-. ¿Te contaron lo sucedido?

– Sí -dijo Andy Maiden-. Me lo contaron. Pero…

– ¿Asesinato? -gritó su mujer, horrorizada-. Oh, Dios mío, Andy. ¡No me dijiste que Nicola había sido asesinada!

Barbara Havers había pasado la tarde en Greenford, tras decidir emplear el resto de su día libre en visitar a su madre en Hawthorn Lodge, una casa pareada de la posguerra donde la señora Havers residía desde hacía diez meses. Como sucede a la mayoría de la gente que intenta conseguir el apoyo de los demás para mantener una postura acaso insostenible, Barbara había descubierto que debía pagar un precio por cultivar con éxito defensores entre los amigos y parientes del inspector Lynley. Y como no deseaba pagar más, buscó una distracción.

La señora Havers era una experta en proporcionar vías de escape de la realidad, puesto que ya apenas vivía en ese reino. Barbara la había encontrado en el jardín posterior de Hawthorn Lodge, enfrascada en montar un rompecabezas. La tapa del rompecabezas estaba apoyada contra un viejo bote de mayonesa lleno de arena de colores que sujetaba cinco claveles de plástico. En la tapa, un meloso príncipe, perfectamente proporcionado y dando muestras de la adoración que merecía la ocasión, deslizaba una zapatilla de cristal de tacón alto en el pie esbelto, aunque carente de dedos, de Cenicienta, mientras las dos rollizas y rencorosas hermanastras de la muchacha observaban muertas de celos el premio que merecían por su comportamiento.

Con el cariñoso aliento de su enfermera y cuidadora, la señora Flo, tal como llamaban a Florence Magentry sus tres ancianos inquilinos y sus familias, la señora Havers había logrado montar Cenicienta, parte de las hermanastras, el brazo del príncipe que sujetaba la zapatilla, su torso varonil y su pierna izquierda doblada. Sin embargo, cuando Barbara se reunió con ella, estaba intentando embutir la cara del príncipe sobre los hombros de una hermanastra, y cuando la señora Flo la guió con ternura hacia el lugar correcto de la pieza, la señora Havers gritó «¡No, no, no!», empujó el rompecabezas a un lado, volcó el bote de mayonesa, dispersó los claveles y desparramó la arena de colores sobre la mesa.

La aparición de Barbara no contribuyó a mejorar la situación. El que su madre la reconociera durante sus visitas siempre dependía del azar, y aquel día, la conciencia brumosa de la señora Havers relacionó la cara de Barbara con alguien llamado Libby O'Rourke, que por lo visto había sido la calientabraguetas del colegio durante la infancia de esta. Al parecer, Libby O'Rourke había funcionado casi siempre como una versión femenina de Georgie Porgie, y uno de los chicos a los que había besado era, nada más y nada menos, el galán de la señora Havers, una afrenta que esta se sentía impulsada a vengar ese día a base de tirar las piezas del rompecabezas, proferir invectivas con un tipo de lenguaje que Barbara nunca había sospechado que formara parte del vocabulario de su madre, y derrumbarse por fin presa del llanto. Era una situación que había requerido cierta diplomacia: convencer a su madre de que abandonara el jardín, instarla a subir a su cuarto y persuadirla de que mirara un álbum de fotos familiares, hasta comprobar que el rostro redondo y vulgar de Barbara aparecía con demasiada frecuencia para ser el de la detestada Libby.

– Pero yo no tengo una hijita -protestó la señora Havers, con voz más aterrada que confusa, cuando se vio forzada a admitir que era absurdo conceder un lugar importante en el álbum familiar a Libby O'Rourke, considerando la ofensa que le había hecho en otro tiempo-. Mamá no me deja tener bebés. Solo puedo tener muñecas.

Barbara no pudo contestar a aquella frase. La mente de su madre emprendía tortuosos viajes hacia el pasado con excesiva frecuencia y sin previo aviso, de modo que ya se había perdonado su incapacidad para lidiar con el fenómeno. En consecuencia, cuando dejaron el álbum a un lado, no hizo el menor intento de discutir, persuadir, disuadir o apelar. Se limitó a escoger una de las revistas de viajes que tanto gustaban a su madre, y pasó hora y media sentada en el borde de la cama con la mujer que había olvidado haberla parido, mirando fotografías de Tailandia, Australia y Grecia.

Fue entonces cuando su conciencia se impuso a su resistencia, y la voz interna que antes había censurado las acciones de Lynley se vio enfrentada a otra voz, la cual insinuaba que tal vez sus acciones carecían de una base sólida. A continuación, una discusión no verbalizada estalló en su cabeza. Un bando insistía en que el inspector Lynley era un mojigato vengativo. La otra le informó de que, mojigato o no, no merecía su deslealtad. Y ella había sido desleal. Correr a Chelsea para denunciarle a sus íntimos no era el comportamiento de un amigo fiel. Por otra parte, él también había sido desleal. Tomarse la molestia de aumentar su castigo profesional, mediante el expediente de no permitirle trabajar en un caso, había ilustrado con meridiana claridad qué bando había elegido en la batalla por salvar su pellejo profesional, pese a sus afirmaciones de que debía pasar desapercibida durante un tiempo.

Así era la discusión que resonaba en su cabeza. Empezó mientras pasaba páginas de las revistas de viajes y murmuraba comentarios acerca de vacaciones imaginarias que su madre había pasado en Creta, Mikonos, Bangkok y Perth. Continuó durante el trayecto de Greenford a Londres al final del día. Ni siquiera una antigua cinta de Fleetwood Mac a todo volumen calmó a los bandos que peleaban dentro de su cabeza. Porque durante todo el trayecto, cantar los estribillos a coro con Stevie Nicks fue la mezzosoprano de la conciencia de Barbara, una cantata sentenciosa que se negaba tozudamente a ser expulsada de su cerebro.

¡Lo merecía, lo merecía!, chillaba Barbara en silencio a aquella voz.

¿Y qué has conseguido dándole lo que merecía, querida?, replicaba su conciencia.

Aún se negaba a responder a la pregunta cuando entró en Steeles Road y aparcó el Mini en un espacio que acababan de dejar libre una mujer, tres niños, dos perros y lo que parecía un violonchelo con patas. Cerró el coche y se dirigió a Eton Villas, agradecida por sentirse cansada, porque el cansancio significaba dormir, y dormir significaba acallar las voces.

No obstante, oyó otras voces cuando dobló la esquina y llegó a la casa eduardiana amarilla, tras la cual estaba su madriguera. Estas voces nuevas procedían de la zona de losas de piedra situada frente al piso de la planta baja. Y una de esas voces, que pertenecía a una niña, gritó de felicidad cuando Barbara entró por la cancela de estacas naranja.

– ¡Barbara! ¡Hola, hola! Papá y yo estamos haciendo burbujas. Ven a verlas. Cuando la luz les da en el punto exacto, parecen arco iris redondos. ¿Lo sabías, Barbara? Ven a verlas, ven a verlas.

La niña y su padre estaban sentados en el banco de madera solitario que había delante de su piso, ella a la luz que se desvanecía a marchas forzadas, él en las sombras, donde su cigarrillo brillaba como un insecto de luz purpúrea. Acarició la cabeza de su hija con ternura y se levantó con su cortesía acostumbrada.

– ¿Te unes a nosotros? -preguntó Taymullah Azhar a Barbara.

– Oh, hazlo, hazlo -exclamó la niña-. Después de las burbujas veremos un vídeo, La sirenita. Tenemos manzanas acarameladas. Bueno, solo hay dos, pero yo compartiré la mía contigo. De todos modos, una entera es demasiado para mí.

Saltó del banco y corrió hacia Barbara, brincando sobre la hierba con la pipa de burbujas y creando un reguero de arco iris a su espalda.

– ¿La sirenita, has dicho? -dijo Barbara con aire pensativo-. No sé, Hadiyyah. Disney nunca ha sido santo de mi devoción. Todas esas flacuchas tipo Sloane rescatadas por tíos con armaduras…

– Es una sirena -aclaró Hadiyyah.

– De ahí el título, claro.

– Así que no puede rescatarla nadie con armadura, porque se hundiría en el mar. Además, no la salva nadie. Ella salva al príncipe.

– Vaya, un giro muy interesante.

– No la has visto, ¿verdad? Bien, pues esta noche podrás. Ven. -Hadiyyah describió un círculo, al tiempo que se rodeaba de un aro de burbujas. Sus largas y gruesas trenzas volaban alrededor de sus hombros, y las cintas plateadas que las ceñían brillaban como pálidas libélulas-. La sirenita es preciosa. Tiene el pelo de color caoba.

– Un buen contraste con las escamas.

– Y lleva unas conchas divinas en el pecho.

Para demostrarlo, Hadiyyah cubrió con dos manitas morenas dos pechos inexistentes.

– Ah. Estratégicamente situadas, por lo que veo -dijo Barbara.

– ¿La verás con nosotros, por favor? Recuerda que tenemos man-za-nas a-ca-ra-me-la-das…

– Hadiyyah -dijo en voz baja su padre-, una vez extendida una invitación no hace falta repetirla. -Se volvió hacia Barbara-. No obstante, nos gustaría mucho que vinieras.

Barbara consideró el ofrecimiento. Una velada con Hadiyyah y su padre era la posibilidad de más distracción, y esa idea le hacía gracia. Se sentaría con su amiguita, las dos arrellanadas sobre almohadones dispuestos en el suelo y se balancearían al compás de la música. Después charlaría con el padre de su amiguita, cuando Hadiyyah hubiera sido enviada a la cama. Era lo que Taymullah Azhar esperaría. Era una costumbre adquirida durante los meses de forzado exilio de Barbara del Yard. Y, sobre todo en las últimas semanas, su diálogo había derivado desde las banalidades de unos relativos desconocidos que se comportaban con educación a los delicados sondeos iniciales de dos personas que podían llegar a trabar amistad.

Pero en esa amistad radicaba el meollo de la cuestión. Exigía que Barbara revelara sus encuentros con Lynley y Hillier. Exigía la verdad de su degradación y su alejamiento del hombre al que había deseado emular. Y como la hija de Azhar era la niña de ocho años cuya vida habían salvado las impetuosas decisiones de Barbara en el mar del Norte (decisiones que había logrado ocultar a Azhar durante los tres meses transcurridos), el hombre se sentiría responsable sin necesidad por las secuelas que habían dejado impronta en su carrera.

– Hadiyyah -dijo Taymullah Azhar al ver que Barbara no contestaba-, creo que ya hemos tenido bastantes burbujas por hoy. Devuélvelas a tu cuarto y espérame allí, por favor.

Hadiyyah frunció el entrecejo, y un brillo de aflicción apareció en sus ojos.

– Pero, papá, la sirenita…

– La veremos tal como habíamos decidido, Hadiyyah. Guarda las burbujas en tu cuarto.

La niña dirigió a Barbara una mirada ansiosa.

– Más de la mitad de la manzana acaramelada -dijo-. Si quieres, Barbara.

– Hadiyyah.

La niña sonrió con picardía y entró en casa.

Azhar sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su inmaculada camisa blanca y lo ofreció a Barbara. La mujer cogió uno, dio las gracias y esperó a que se lo encendiera. Azhar la observó en silencio, hasta que Barbara se sintió tan incómoda que empezó a hablar.

– Estoy hecha polvo, Azhar. Esta noche quiero acostarme pronto, pero gracias de todos modos. Dile a Hadiyyah que me encantará ver una película con ella en otro momento. Con suerte, cuando la heroína no sea tan flaca como un lápiz con pechos de silicona.

La mirada de Azhar no se inmutó. Siguió estudiándola, tal como la gente estudia las etiquetas de las latas en los supermercados. Barbara tuvo ganas de desaparecer.

– Hoy te has reintegrado al trabajo -dijo el hombre.

– ¿Por qué lo dices…?

– Por tu ropa. ¿Tu… -buscó una palabra, un eufemismo sin duda- situación en Scotland Yard se ha solucionado, Barbara?

Era inútil mentir. Pese a que había conseguido ocultarle los datos fundamentales de la situación, Azhar sabía que estaba de permiso. Ahora tendría que levantarse para ir a trabajar cada mañana, sin ir más lejos al día siguiente, de modo que su vecino deduciría tarde o temprano que ya no pasaba los días dando de comer a los patos de Regent's Park.

– Sí -dijo-. Hoy se ha solucionado.

Dio una calada al cigarrillo y volvió la cabeza para exhalar el humo, ocultando así su cara.

– ¿Y? Vaya pregunta. Vas vestida para ir a trabajar, así que habrá ido bien.

– Exacto. -Barbara le dedicó una sonrisa falsa-. Muy bien. Aún conservo mi empleo, aún continúo en el dic, aún no me han quitado la pensión.

Había perdido la confianza de la única persona que contaba para ella en el Yard, pero no lo dijo. Tal vez nunca fuese capaz de confesarlo.

– Eso está bien -dijo Azhar.

– Sí. Es lo mejor.

– Me alegra saber que lo sucedido en Essex no te ha afectado en Londres.

Una vez más, su mirada penetrante, los ojos oscuros como dos gotas de chocolate en un rostro de piel castaña, sin una arruga a los treinta y cinco años.

– Sí, bueno. No ha pasado nada. Todo ha salido a pedir de boca.

Azhar asintió, desvió la vista por fin y miró el cielo. Las luces de Londres ocultarían las estrellas de la noche, salvo las más brillantes, que se verían a través de la gruesa capa de contaminación que ni siquiera la creciente oscuridad podía disipar.

– De niño, encontraba mi mayor consuelo cuando llegaba la noche -dijo en voz baja-. En Pakistán, mi familia dormía de la manera tradicional: los hombres juntos, las mujeres juntas. De noche, en compañía de mi padre, mi hermano y mis tíos, siempre creía que estaba a salvo de todo, pero perdí esa sensación cuando me hice adulto en Inglaterra. Lo que había sido tranquilizador se convirtió en una vergüenza de mi pasado. Descubrí que solo podía recordar los ronquidos de mi padre y mis tíos, y el olor de las ventosidades de mis hermanos. Durante algún tiempo, cuando viví solo, pensé que era estupendo estar lejos de ellos por fin, tener la noche para mí solo y la persona con quien quisiera compartirla. Así viví durante un tiempo. Pero ahora me gustaría volver a las viejas costumbres, ya que a pesar de las cargas y los secretos, siempre existía la sensación, al menos de noche, de que nunca tenías que aguantarlas o guardarlos solo.

Había algo confortable en sus palabras, y Barbara deseó aceptar la invitación a la franqueza que implicaban, pero se reprimió.

– Quizá Pakistán no prepara a sus hijos para la realidad del mundo.

– ¿Qué realidad es esa?

– La que nos dice que todos estamos solos.

– ¿Crees que eso es verdad, Barbara?

– No lo creo. Lo sé. Utilizamos las horas diurnas para escapar de nuestras horas nocturnas. Trabajamos, jugamos, nos mantenemos ocupados. Pero cuando llega la hora de dormir, nos quedamos sin distracciones. Incluso cuando estamos en la cama con alguien, el fingir que dormimos cuando no podemos basta para comprobar que solo nos tenemos a nosotros.

– ¿Habla la experiencia o la filosofía?

– Ni una ni otra. Es así.

– Pero no debería serlo.

Las alarmas se dispararon fugazmente en el cerebro de Barbara. Si el comentario lo hubiera formulado otro individuo, lo habría interpretado como un intento de ligue, pero su historia personal demostraba que no era la clase de mujer a la que los hombres intentaban ligar. Además, pese a que hubiera gozado de uno de sus raros momentos de encanto sensual, este no era uno de ellos. De pie en la oscuridad, con un traje de hilo arrugado que le prestaba la apariencia de un sapo travestido, sabía muy bien que no era un ejemplo de atractivo.

– Sí, bueno. Da igual -dijo. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato-. Buenas noches -añadió-. Espero que disfrutes con la sirena. Y gracias por el cigarrillo. Lo necesitaba.

– Todo el mundo necesita algo. -Azhar volvió a buscar en el bolsillo de la camisa. Barbara pensó que iba a ofrecerle otro cigarrillo, pero en cambio le tendió una hoja de papel doblada-. Un caballero vino a buscarte antes, Barbara. Me pidió que te entregara esta nota. Intentó encajarla en tu puerta, pero no lo logró.

– ¿Un caballero?

Barbara solo conocía a un hombre a quien un desconocido aplicaría ese calificativo. Cogió el papel, sin atreverse a albergar esperanzas. Hizo bien, porque la letra de la nota, una hoja arrancada de una libreta de espirales, no era la de Lynley. Leyó las siete palabras: llámame al busca en cuanto recibas esto. A continuación, un número. No había firma.

Barbara volvió a doblar la nota. Se fijó en lo que había escrito por la parte de fuera, en lo que Azhar habría visto, interpretado y comprendido en cuanto la recibió. ad havers, se leía en mayúsculas. A de agente. Por lo tanto, Azhar lo sabía.

Le miró a los ojos.

– Parece que vuelvo al ruedo -dijo con tanta entereza como pudo reunir-. Gracias, Azhar. ¿Dijo ese tipo dónde estaría esperando la llamada?

Azhar negó con la cabeza.

– Solo dijo que no me olvidara de entregarte el mensaje.

– De acuerdo. Gracias.

Se despidió con un gesto y dio media vuelta.

Azhar la llamó con tono perentorio. Ella se volvió.

– ¿Puedes decirme…? -empezó Azhar, pero luego calló. Volvió la vista hacia ella, como si le costara un gran esfuerzo.

– ¿Decirte qué? -preguntó Barbara, si bien notó un escalofrío de aprensión cuando pronunció las palabras.

– Decirme… ¿cómo está tu madre?

– ¿Mamá? Bien… Es un completo desastre en lo tocante a rompecabezas, pero por lo demás creo que está bien.

Él sonrió.

– Me alegra saberlo.

Dijo buenas noches en voz baja y entró en la casa.

Barbara continuó hasta su vivienda, una pequeña casa que se alzaba al fondo del jardín trasero. Protegida por las ramas de una vieja acacia, no era más grande que un cobertizo provisto de las comodidades modernas. Una vez dentro, se quitó la chaqueta de hilo, dejó el collar de perlas falsas sobre la mesa, que tanto servía para comer como para planchar, y se acercó al teléfono. No había mensajes en el contestador. No le sorprendió. Tecleó el número del busca, marcó su número y esperó.

Cinco minutos después, alguien llamó. Esperó cuatro timbrazos dobles antes de contestar. No había motivos para parecer desesperada, pensó.

Era Winston Nkata quien la llamaba, y su espalda se enderezó en cuanto oyó su inconfundible voz meliflua, con su mezcla de acentos de Jamaica y Sierra Leona. Estaba en la taberna Load of Hay, en la esquina de Chalk Farm Road, dijo, y estaba terminando un plato de cordero al curry con arroz que «mi madre no pondría nunca en la mesa para su hijo favorito, créeme, pero es mejor que un McDonald's, aunque por poco». En cuanto terminara, se presentaría en su casa.

– Estaré ahí en cinco minutos -dijo, y colgó antes de que ella pudiera decirle que su cara era lo último que deseaba ver.

Barbara masculló una blasfemia y fue a la nevera para picar algo.

Los cinco minutos se convirtieron en diez, y éstos en quince. El hombre no apareció.

Bastardo, pensó Barbara. Una broma estupenda.

Fue al cuarto de baño y abrió la ducha.

Lynley intentó asimilar el hecho asombroso de que Andy Maiden no hubiera dicho a su mujer que su hija había sido víctima de un crimen. Como Calder Moor era un lugar plagado de sitios donde sufrir accidentes, el ex colega de Lynley había dejado que su esposa creyera que su hija se había matado de resultas de una caída.

Cuando averiguó la verdad, Nan Maiden se derrumbó. No lloró, ya fuera porque estaba conmocionada, demasiado abrumada por el dolor para comprender, o en plena posesión de sus facultades mentales. Se limitó a murmurar un gutural:

– Oh Dios, oh Dios, oh Dios.

El inspector Hanken comprendió al instante el significado de su reacción y observó a Andy Maiden con antipatía. De todos modos, no hizo preguntas. Como buen policía, sabía esperar.

Maiden también esperó. Aun así, aparentó llegar a la conclusión de que debía dar algún tipo de explicación por su incomprensible conducta.

– Lo siento, cariño -dijo-. No podía… Lo siento, Nan, apenas podía asimilar el hecho de que ella había muerto, y mucho menos decir… mucho menos hacer frente… tener que empezar a aceptar… -Intentó utilizar los recursos interiores que un policía aprendía a desarrollar para soportar lo peor. Su mano derecha, que aún seguía en posesión de la bola roja, la estrujaba espasmódicamente-. Lo siento muchísimo -dijo con voz rota.

Nan Maiden alzó la cabeza. Le miró un momento. Después, su mano temblorosa se cerró en torno al brazo de su marido. Habló a la policía.

– ¿Querrían…? -Sus labios temblaron. No continuó hasta controlar su emoción-. Díganme qué pasó.

Hanken accedió sin entrar en detalles. Explicó dónde y cómo había muerto Nicola Maiden, pero nada más.

– ¿Sufrió? -preguntó Nan cuando Hanken concluyó sus lacónicos comentarios-. Sé que no puede decírmelo con certeza, pero si hay algo que pudiera asegurarnos que al final… lo que sea…

Lynley refirió lo que la forense les había dicho.

Nan reflexionó sobre la información. En el silencio, la respiración de Andy Maiden sonaba fuerte y ronca.

– Quería saberlo porque… -dijo Nan-. ¿Cree usted…? ¿Habría llamado a alguno de nosotros… esperado… o necesitado…? -Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Al oír las preguntas, Lynley se acordó de los antiguos asesinos de los páramos, la monstruosa grabación en cinta que Myra Hindley y su cohorte habían hecho, y la angustia de la madre de la chica asesinada cuando habían pasado la cinta en el juicio y escuchado la voz aterrorizada de su hija, llamando a gritos a su madre cuando la estaban matando. ¿Acaso no existe cierto tipo de información que no debería ser revelado en público porque no se puede soportar en privado?, pensó.

– Los golpes la dejaron inconsciente. No volvió a despertar.

– ¿Y en su cuerpo había otras…? ¿Fue…? ¿Alguien la…?

– No fue torturada -interrumpió Hanken, como si él también necesitase demostrar compasión hacia la madre de la chica asesinada-. No fue violada. Recibiremos un informe completo más adelante, pero de momento parece que los golpes en la cabeza fue lo único que… -hizo una pausa, en busca de la palabra que transmitiera menos dolor- experimentó.

Lynley observó que Nan Maiden apretaba con más fuerza el brazo de su marido.

– Parecía dormida -dijo Maiden-. Pálida. Pero parecía dormida.

– Me gustaría que eso me consolara -dijo Nan-, pero no lo consigue.

Ni nada lo conseguirá, pensó Lynley.

– Andy, tenemos una posible identificación del segundo cadáver. Habrá que investigar más. Creemos que el chico se llamaba Terence Cole. Tenía una dirección de Londres, en Shoreditch. ¿Te suena el nombre?

– ¿No estaba sola?

La mirada que Nan dirigió a su marido informó a la policía de que también le había ocultado aquel dato.

– No estaba sola -dijo Maiden.

Hanken explicó que solo se había encontrado el equipo de acampada de una persona, que más tarde pediría a Maiden que lo identificara como perteneciente a su hija, dentro del recinto de Nine Sisters Henge, junto con el cuerpo de un adolescente que no llevaba ningún equipo.

Maiden relacionó los datos.

– ¿Era de él la moto que encontraron junto al coche?

– Está a nombre de un tal Terence Cole -confirmó Hanken-. Su robo no ha sido denunciado, y hasta el momento nadie la ha reclamado. Está registrada con una dirección de Shoreditch. Un agente se dirige hacia allí en este momento para ver qué averigua, pero creemos que contamos con la identificación correcta. ¿Les resulta familiar el nombre?

Maiden meneó la cabeza.

– Cole. A mí no. ¿Nan?

– No le conozco. Y Nicola… Si hubiera sido amigo suyo, habría hablado de él. Le habría traído aquí para que le conociéramos. Siempre lo hacía. Es… era su costumbre.

A continuación, Andy Maiden hizo la pregunta lógica, producto de sus años como policía.

– ¿Existe alguna posibilidad de que Nick…? -Hizo una pausa, y dio la impresión de que preparaba a su mujer cuando apoyó una mano sobre su muslo-. ¿Es posible que estuviera donde no debía, Tommy?

Miró a Lynley.

– Sería algo a tener en cuenta en cualquier otro caso -admitió Lynley.

– ¿En este no? ¿Por qué?

– Eche un vistazo.

Hanken sacó una copia de la nota manuscrita encontrada en el cadáver de Nicola Maiden.

Los Maiden leyeron las siete palabras: esta puta se ha llevado su merecido, mientras Hanken les decía que el original había sido encontrado en el bolsillo de su hija.

Andy Maiden contempló la nota durante un rato. Cambió la bola roja a su mano izquierda y la estrujó.

– Santo Dios. ¿Nos están diciendo que alguien fue allí para matarla? ¿Que alguien la siguió para asesinarla? ¿Que no se topó con desconocidos? ¿Una estúpida discusión sobre algo, o un asesino psicópata que los mató por puro placer?

– Es dudoso -dijo Hanken-, pero usted conoce el procedimiento tan bien como nosotros.

Lo cual era su forma de decir, pensó Lynley, que como policía Andy Maiden debía saber que se iban a examinar todas las posibilidades relacionadas con el asesinato de su hija.

– Si alguien fue al páramo con el propósito de matar a su hija -dijo-, hemos de preguntarnos por el motivo.

– Pero ella no tenía enemigos -afirmó Nan Maiden-. Ya sé que cualquier madre diría eso, pero en este caso es la verdad. Todo el mundo quería a Nicola. Era ese tipo de persona.

– Por lo visto, no todo el mundo, señora Maiden -dijo Hanken. Y extrajo las copias de las cartas anónimas encontradas en el lugar de los hechos.

Andy Maiden y su esposa las leyeron en silencio y sin expresión. Fue ella la que habló cuando terminaron. La mirada de su marido siguió clavada en las cartas. Ambos estaban sentados absolutamente inmóviles, como estatuas.

– Es imposible -dijo Nan-. Nicola no pudo recibir estas cartas. Se equivocan si piensan lo contrario.

– ¿Por qué?

– Porque nunca las vimos. Y si alguien la hubiera amenazado, ella nos lo habría dicho sin vacilar.

– Pero si no quería preocuparles…

– Créame, por favor. Ella no era así. No pensaba en preocuparnos y todo eso. Solo pensaba en decir la verdad. Si algo hubiera ido mal en su vida, nos lo habría contado. Era así. Hablaba de todo y con total franqueza. -Dirigió una mirada ansiosa a su marido-. ¿Andy?

Con esfuerzo, el hombre apartó la mirada de las cartas. Su rostro se veía más exangüe que nunca.

– El SO10 -dijo Maiden, como si las palabras le pesaran-. Participé en muchos casos a lo largo de los años, y hubo muchos delincuentes encarcelados. Asesinos, camellos, mafiosos. Yo estuve relacionado con ellos.

– ¡Andy! ¡No! -protestó su mujer, que al parecer había comprendido adonde apuntaba-. Esto no tiene nada que ver contigo.

– Alguien en libertad bajo fianza siguió nuestra pista, llegó a conocer nuestros movimientos. -Se volvió hacia ella-. Te das cuenta de que pudo pasar así, ¿verdad? Alguien que deseaba vengarse, Nancy, y que se cebó en Nick porque sabía que hacer daño a mi hija era matarme poco a poco… sentenciarme a una muerte en vida…

– Es una posibilidad a tener en cuenta -dijo Lynley-. Porque, si como usted dice, su hija no tenía enemigos, solo nos queda una pregunta: ¿quién los tenía? Andy, si detuviste a alguien que ha salido en libertad bajo fianza. Necesitaremos el nombre.

– Hubo muchos.

– El Yard puede desenterrar tus antiguos expedientes en Londres, pero si nos proporcionas algún indicio será de gran ayuda. Si hay algún caso que destaca en tu memoria, podrías reducir nuestro trabajo a la mitad.

– Tengo mis diarios.

– ¿Diarios? -preguntó Hanken.

– En un tiempo pensé… -Maiden meneó la cabeza, como si se mofara de sus pretensiones-. Pensé en escribir después de jubilarme. Mis memorias. Ya saben, el ego. Pero apareció el hotel, y nunca lo hice. No obstante, conservo los diarios. Si les echo un vistazo quizá un nombre… una cara…

Pareció derrumbarse un poco, como si la responsabilidad de la muerte de su hija recayera sobre él.

– No lo sabes con seguridad -dijo su mujer-. Andy, por favor. No te tortures.

– Seguiremos todas las pistas que aparezcan -dijo Hanken-. Así que…

– Entonces sigan a Julian. -Nan Maiden habló en tono desafiante, como decidida a demostrar a la policía que había otros caminos que explorar, además del pasado de su marido.

– No, Nancy -dijo Maiden.

– ¿Julian? -preguntó Lynley.

Julian Britton, aclaró Nan. Acababa de prometerse con Nicola. No estaba insinuando que fuera un sospechoso, pero si la policía buscaba pistas tendrían que hablar con él. Nicola había estado con él la noche antes de salir de acampada. Tal vez le había dicho algo, o hecho algo, que proporcionaría a la policía otra posibilidad.

Era una sugerencia muy razonable, pensó Lynley. Anotó el nombre y la dirección de Julian. Nan le facilitó los datos.

Por su parte, Hanken meditaba. Y no dijo nada más hasta que Lynley y él regresaron al coche.

– Puede que todo sea un subterfugio.

Encendió el motor, dio marcha atrás y volvió el coche hacia Maiden Hall. Se detuvo a contemplar el viejo edificio de piedra caliza.

– ¿El qué? -preguntó Lynley.

– El SO10. Ese rollo de alguien de su pasado. Es demasiado conveniente, ¿no cree?

– Ha elegido una palabra muy peculiar para describir una pista y un posible sospechoso -dijo Lynley-. A menos que ya tenga un sospechoso… -Miró hacia el hostal-. ¿Cuáles son sus sospechas, Peter?

– ¿Conoce el Pico Blanco? -preguntó Hanken-. Va desde Buxton hasta Ashbourne. Desde Matlock hasta Castleton. Tenemos valles, páramos, pistas forestales, colinas. Esto -indicó el paisaje circundante con un gesto- forma parte de él. Y la carretera por la que llegamos, por cierto.

– ¿Y?

Hanken miró a Lynley sin pestañear.

– Y en todo este inmenso espacio, el martes pasado por la noche, o la madrugada del miércoles, Andy Maiden consiguió encontrar el coche de su hija escondido tras un muro de piedra. ¿Cuáles diría usted que son las posibilidades?

Lynley miró el edificio, las ventanas que reflejaban los últimos rayos del sol, como hileras de ojos protegidos.

– ¿Por qué no me lo dijo?

– No lo había pensado -admitió Hanken-. Al menos hasta que nuestro chico sacó a colación al SO10. Hasta descubrir que nuestro Andy había ocultado la verdad a su mujer.

– Quería ahorrarle los detalles el mayor tiempo posible. ¿Qué hombre no lo haría?

– Un hombre con la conciencia limpia -replicó Hanken.

Una vez duchada y ataviada con sus pantalones de cintura elástica más cómodos, Barbara volvió a examinar la nevera y encontró un envase olvidado de cerdo con arroz frito que, sin calentar, no colmaría las expectativas gastronómicas de nadie. Cuando empezaba a dar cuenta de él, Nkata llegó. Se anunció con dos firmes golpes en la puerta. Barbara abrió, con el envase en la mano, y le apuntó con una costilla.

– ¿Tu reloj necesita una limpieza o algo por el estilo? ¿Qué son para ti cinco minutos, Winston?

El agente entró sin inmutarse y le dedicó su sonrisa más radiante.

– Lo siento. Recibí otro aviso antes de irme. El jefe. Tuve que telefonearle antes.

– Por supuesto. No hay que hacer esperar a su señoría.

Nkata hizo caso omiso del comentario.

– Es una pena que el servicio del pub sea tan lento. Me habría largado hace media hora, lo cual me habría acercado demasiado a Shoreditch para venir a buscarte. Curioso, ¿verdad? Como dice mi madre, las cosas salen como deben salir.

Barbara le miró, desconcertada. Tenía ganas de echarle en cara la nota que le había dejado, la letra A tan reveladora, pero su aire de serenidad se lo impedía. No podía explicar su imperturbabilidad, y tampoco su presencia en su casa. Al menos podría dar la impresión de sentirse incómodo, pensó.

– Tenemos dos cadáveres en Derbyshire y una pista en Londres que se debe investigar -dijo Nkata. Enumeró los detalles: una mujer, un joven, un ex agente del SO10, cartas anónimas redactadas con letras recortadas de revistas, una nota amenazadora escrita a mano-. He de acercarme a una dirección de Shoreditch, donde tal vez vivía el joven muerto. Si encuentro a alguien que pueda identificar el cuerpo, volveré a Buxton por la mañana, pero es preciso investigar la conexión con el Yard. El inspector dijo que me encargara de eso. Por eso me llamó.

Barbara no pudo disimular su entusiasmo y dijo:

– ¿Lynley pidió que fuera yo?

Nkata desvió la vista un instante, pero fue suficiente. La ilusión de Barbara se desvaneció como por ensalmo.

– Entiendo. -Llevó el envase hasta la encimera de la cocina. El cerdo pesaba como una losa en su estómago. Su sabor se aferraba a su lengua como un pellejo-. Si él no sabe que tú has acudido a mí, Winston, puedo negarme sin que nadie se entere, ¿verdad? Puedes pasar de mí y buscar a otro.

– Por supuesto -dijo él-. Puedo mirar la lista de los que están de guardia. O esperar a mañana y dejar que se encargue el súper. Pero hacer eso te deja libre para ser asignada a Stewart, Hale o McPherson, ¿no? Y pensé que eso no te haría ninguna gracia.

Calló lo que ya era una leyenda en el DIC: el fracaso de Barbara en establecer una relación laboral con esos detectives y su posterior regreso al uniforme, del cual solo se había librado al formar pareja con Lynley.

Barbara giró en redondo, perpleja por lo que parecía otra demostración de generosidad inexplicable por parte de Nkata. Otro hombre, en su lugar, la habría dejado colgada, con el fin de mejorar su posición, indiferente a lo que Barbara debería afrontar. El que Nkata no hiciera eso la ponía doblemente en guardia, sobre todo a la luz de las letras AD (agente detective) que había añadido con tanto descaro delante de su nombre, en la nota que había escrito. No podía olvidarlo, y sería absurdo intentarlo.

– Lo que el jefe quiere es trabajo de informática -estaba diciendo Nkata-. El CRIS. No es tu rollo, ya lo sé. Pero pensé que si querías acompañarme a Shoreditch, y por eso estaba en tu barrio, podría dejarte después en el Yard para que fueras a Archivos Criminales. Si sacas algo bueno de los registros con rapidez, ¿quién sabe? -Nkata se movió sobre sus pies. Su aire desenvuelto se marchitó un poco cuando añadió-: Podría contribuir a mejorar tu situación.

Barbara encontró un paquete de cigarrillos sin abrir encajado entre la tostadora, sembrada de migas, y una caja de zumos de pomelo. Encendió uno, utilizando un quemador de la cocina, y trató de comprender lo que estaba oyendo.

– No lo entiendo. Esta es tu oportunidad, Winston. ¿Por qué no la aprovechas?

– ¿Mi oportunidad de qué? -repuso él, como si no entendiera nada.

– Ya lo sabes. De subir la escalera, de coronar la montaña, de volar hasta la luna. Mi prestigio con Lynley no podría estar más por los suelos. Ahora es tu oportunidad de descollar. ¿Por qué no la aprovechas? O mejor dicho, ¿por qué corres el riesgo de que yo haga algo merecedor de alabanzas?

– El inspector me dijo que reclutara a otro AD -dijo Nkata-. Pensé en ti.

Otra vez aquellas dos feas siglas. AD. Un desagradable recordatorio: de lo que había sido y de lo que era ahora. Claro que Nkata había pensado en ella. ¿Qué mejor forma de restregarle por la cara su pérdida de rango y autoridad, que solicitarla como compañera, de igual a igual, ahora que ya no ostentaba un rango superior?

– Ah -dijo Barbara-. Otro AD. En cuanto a eso… -Recogió la nota que había dejado sobre la mesa, al lado del collar-. Supongo que debo darte las gracias por esto, ¿verdad? Había pensado poner un anuncio en el periódico, pero me has ahorrado la molestia.

Nkata frunció el entrecejo.

– ¿De qué coño hablas?

– De la nota, Winston. ¿De veras pensaste que iba a olvidar mi rango? ¿O solo querías recordarme que ahora somos iguales, por si me olvidaba?

– Espera. La has cagado.

– ¿Sí?

– Sí.

– No creo. ¿Qué otro motivo podía haber para que te dirigieras a mí como AD Havers? A de agente. Igual que tú.

– El motivo más obvio del mundo -contestó Nkata.

– ¿De verdad? ¿Cuál?

– Nunca te he llamado Barb.

La mujer parpadeó.

– ¿Qué?

– Nunca te he llamado Barb -repitió él-. Solo sargento. Siempre. Y luego, esto… -Hizo un ademán abarcando la habitación pero se refería a todo cuanto había sucedido aquel día, como ella bien sabía-. No sabía qué otra cosa poner. El nombre y todo eso. -Hizo una mueca y se frotó la nuca. Bajó la cabeza-. De todos modos, AD es tu grado, no quién eres.

Barbara le miró. Su atractivo rostro, con la desagradable cicatriz, parecía inseguro en aquel momento. Revivió en un instante los casos en que había trabajado con Nkata. Y al hacerlo comprendió la verdad.

Disimuló su confusión con el cigarrillo, inhaló, exhaló, estudió la ceniza, la hizo caer en el fregadero. Cuando el silencio se le antojó excesivo, suspiró y dijo:

– Joder, Winston. Lo siento. Puta mierda.

– Exacto -dijo él-. ¿Vienes o te quedas?

– Voy.

– Bien.

– Ah, Winnie -añadió ella-. También soy Barbara.

6

Ya había oscurecido cuando se internaron en Chart Street, en la zona de Shoreditch, y buscaron aparcamiento junto a una acera invadida por Vauxhalls, Opels y Volkswagens. Barbara había sentido un nudo en el estómago cuando Nkata la había guiado hasta el esbelto coche plateado de Lynley, una posesión tan preciada para el inspector que el hecho de haber entregado las llaves a un subordinado denotaba claramente su confianza en él. Ella había recibido aquel llavero en solo dos ocasiones, pero bastante después de haber trabajado por primera vez como compañera del inspector. De hecho, cuando reflexionó sobre su asociación con Lynley, descubrió que era incapaz de imaginarle entregando esas llaves a la persona que ella era cuando trabajaron juntos por primera vez en una investigación. Que las hubiera cedido a Nkata con tanta facilidad hablaba con elocuencia sobre la naturaleza de su relación.

Estupendo, pensó con resignación, así son las cosas. Escrutó el barrio que estaban atravesando, en busca de la dirección que la DVLA había facilitado como perteneciente al dueño de la moto encontrada cerca del lugar de los hechos, en Derbyshire.

Como muchos distritos similares de Londres, Shoreditch había padecido etapas de decadencia, pero aún no se daba por vencido. Era una zona muy poblada que comprendía un estrecho apéndice de tierra, el cual colgaba del cuerpo principal de Hackney, en el nordeste de Londres. Como constituía una de las fronteras de la City, parte de Shoreditch había sido invadida por el tipo de instituciones económicas que uno esperaba encontrar únicamente dentro del amurallado recinto romano de la antigua Londres. Otras partes habían sido conquistadas por el desarrollo industrial y comercial. No obstante, todavía sobrevivían vestigios de las aldeas de Haggeston y Hoxton, ya engullidas, aunque algunos de esos vestigios adoptaban la forma de placas conmemorativas que indicaban los lugares donde los Burbage [5] habían establecido su negocio teatral, y donde estaban enterrados los socios de William Shakespeare.

Chart Street parecía resumir la historia del barrio en una sola calle. Formaba un ángulo agudo que se extendía entre Pitfield Street y East Road, y albergaba tanto establecimientos comerciales como residencias. Algunos edificios eran bonitos, modernos y nuevos, y en consecuencia simbolizaban la abundancia de la City. Otros esperaban ese milagro de los barrios de Londres, el aburguesamiento, capaz de transformar una calle sencilla de pisos de alquiler en un paraíso yuppie en cuestión de pocos años.

La dirección proporcionada por la DVLA les condujo hasta una hilera de casas pareadas que, en apariencia, se hallaban en una fase intermedia entre el desmoronamiento y la renovación. La casa era de ladrillo, y si bien el enmaderado pedía a gritos una capa de pintura nueva, en las ventanas colgaban cortinas blancas que, al menos desde el exterior, parecían limpias y planchadas.

Nkata encontró aparcamiento frente al pub Marie Lloyd. Maniobró el Bentley con la clase de concentración que, imaginó Barbara, dedicaba un neurocirujano al cráneo abierto de un paciente. Abrió la puerta y bajó la tercera vez que el AD enderezó meticulosamente el coche. Encendió un cigarrillo y dijo:

– Puta mierda, Winston. A este paso nos haremos viejos aquí. Venga ya.

Nkata emitió una risita afable.

– Te he concedido tiempo para sucumbir a tu vicio.

– Gracias, pero no necesito fumar el paquete entero.

Una vez hubo aparcado el coche a su plena satisfacción, Nkata bajó, lo cerró con llave y conectó la alarma. Comprobó las puertas antes de reunirse con Barbara. Caminaron hacia la casa, mientras Barbara fumaba y Nkata meditaba. Se detuvieron ante la puerta amarilla. Barbara pensó que Nkata le estaba concediendo tiempo para terminar el cigarrillo, de modo que se llenó de nicotina antes de emprender una tarea que podía resultar desagradable, tal como era su costumbre.

Sin embargo, cuando tiró por fin la colilla al suelo, Nkata siguió sin moverse.

– ¿Y bien? -preguntó Barbara-. ¿Vamos a entrar? ¿Qué pasa?

– Es mi primera vez -se limitó a contestar Nkata.

– ¿La primera vez de qué? Ah, ¿la primera vez que eres portador de malas noticias? Bien, desengáñate. Nunca resulta fácil.

Nkata sonrió con tristeza.

– Es curioso cuando lo piensas -dijo en voz baja, y un acento caribeño afloró en la última palabra.

– ¿Cuando piensas qué?

– En las muchas veces que mi madre pudo recibir una visita similar de la bofia. Si yo hubiera seguido el camino que llevaba.

– Sí, bueno… -Barbara señaló la puerta y subió el único peldaño-. Todos tenemos alguna mancha en nuestra hoja de servicios, Winnie.

El tenue llanto de un niño se filtraba por las grietas del quicio. Cuando Barbara tocó el timbre, el llanto se intensificó, y la voz atormentada de una mujer dijo:

– Shhh. Ya está bien. Shhh. Darryl, ya lo has dejado claro. -Y preguntó a través de la puerta-. ¿Quién es?

– Policía -contestó Barbara-. ¿Podemos hablar?

Al principio no hubo respuesta, aparte de los berridos de Darryl, a quien nada inmutaba. Luego, la puerta se abrió y apareció una mujer con un niño apoyado en la cadera. Estaba frotándole la nariz al bebé contra el cuello de la bata verde que llevaba. Sobre el pecho izquierdo estaba bordado «Camino de rosas», y el nombre «Sal» debajo.

Barbara sacó su placa y se la enseñó a Sal, cuando una mujer más joven bajó corriendo la estrecha escalera que nacía a unos tres metros de la entrada. Tenía el cabello mojado.

– Lo siento, mamá -dijo-. Dámelo. Gracias por el descanso. Lo necesitaba. Darryl, ¿qué te pasa, cariño?

– Pa -sollozó Darryl, y extendió una mano mugrienta hacia Nkata.

– Quiere a su papá -comentó Nkata.

– No creo que ese cabrón le interese para nada -murmuró Sal-. Da un beso a tu abuelita, corazón -dijo a Darryl, que no se avino a razones. Sal le besó ruidosamente en la mejilla-. Es la tripa otra vez, Cyn. Le he preparado un biberón de agua caliente. Está en la cocina. Acuérdate de envolverlo con una toalla antes de dárselo.

– Gracias, mamá. Eres un sol -dijo Cyn. Se alejó por el pasillo en dirección a la parte posterior de la casa, con el niño apoyado en la cadera.

– ¿Qué quieren? -Sal paseó la vista entre Barbara y Nkata, sin moverse de su sitio. No les había invitado a entrar, ni pensaba hacerlo-. Pasan de las diez. Supongo que ya lo saben.

– ¿Podemos entrar, señora…? -dijo Barbara.

– Cole -dijo la mujer-. Sally Cole. Sal.

Se apartó de la puerta y les examinó cuando atravesaron el umbral. Cruzó los brazos. A la luz más generosa de la entrada, Barbara vio que se había hecho mechas rubio platino a cada lado de la cara, y que llevaba el pelo corto, justo por debajo de las orejas. Lo cual destacaba unas facciones irregulares e incongruentes: frente despejada, nariz ganchuda, boca diminuta en forma de pimpollo.

– No puedo soportar las intrigas, de modo que hablen de una vez.

– ¿Podríamos…?

Barbara movió la cabeza hacia una puerta que se abría a la izquierda de la escalera. Parecía dar acceso a la sala de estar, aunque la estancia estaba dominada por un amplio y curioso arreglo de utensilios de jardinería que se alzaba en el centro: un rastrillo al que faltaban la mitad de las púas, una azada con el borde curvado hacia adentro y una pala roma formaban un tipi sobre un extirpador, cuyo mango estaba partido por la mitad. Barbara lo observó con curiosidad y se preguntó si estaría relacionado con la manera de vestir de Sal Cole: la bata verde y las palabras bordadas sugerían una profesión relacionada con lo floral, cuando no hacia la agricultura.

– Mi Terry es escultor -informó Sal, al tiempo que se paraba junto a Barbara-. Así se gana la vida.

– ¿Herramientas de jardinería? -preguntó Barbara.

– Tiene una pieza con tijeras de podar que me dan ganas de llorar. Mis dos hijos son artistas. Cyn está haciendo un cursillo de diseñadora de modas. ¿Vienen por algo relacionado con mi Terry? ¿Se ha metido en algún lío? Díganmelo sin rodeos.

Barbara miró a Nkata, por si quería hacer los dudosos honores. Se tocó la cicatriz de su mejilla, como si le hubiera empezado a doler.

– ¿Terry no está en casa, señora Cole? -preguntó Barbara.

– No vive aquí -respondió Sal, y explicó que compartía vivienda y estudio en Battersea con una chica llamada Cilla Thompson, también artista-. No le habrá pasado nada a Cilla, ¿verdad? No estarán buscando a Terry a causa de Cilla, ¿no? Solo son amigos. Si le han hecho una cara nueva otra vez, será mejor que hablen con ese novio que tiene, no con mi Terry. Terry sería incapaz de matar a una mosca, ni aunque le estuviera mordiendo. Es un buen chico, siempre lo ha sido.

– ¿Hay un…? Bueno, ¿hay un señor Cole?

Si iban a decir a la mujer que su hijo quizá había muerto, Barbara deseaba que otra presencia, en teoría más fuerte, asimilara el golpe.

La mujer resopló.

– El señor Cole, cuando lo era, nos hizo un numerito digno de Houdini cuando Terry tenía cinco años. Prefirió irse con un par de gatitas a Folkestone, y ahí se acabó el padre de familia. ¿Por qué? -Su voz sonó más ansiosa-. ¿Para qué han venido?

Barbara hizo una señal a Nkata. Al fin y al cabo, había vuelto a Londres para localizar a la mujer, si era necesario. Le tocaba a él dar la noticia de que el cadáver no identificado podía ser el de su hijo. Empezó con la Triumph. Sal Cole confirmó que su hijo tenía una moto de esa marca, lo cual la condujo a la lógica pregunta de si había sufrido un accidente de tráfico, y preguntó a qué hospital le habían llevado. Barbara deseó que la noticia fuera tan sencilla como una colisión en la autopista.

Pero las cosas no eran tan fáciles. Nkata se había acercado a una repisa repleta de fotografías, encima de un hueco poco profundo, receptáculo en otro tiempo de un hogar. Levantó una de las fotos con marco de plástico, y su expresión reveló a Barbara que acompañar a la señora Cole hasta Derbyshire sería una pura formalidad. Al fin y al cabo, Nkata había visto fotos del cadáver, cuando no el propio cadáver. Y si bien en ocasiones las víctimas de un asesinato se parecían poco a como eran en vida, un observador atento podía efectuar una identificación mediante una fotografía.

Por lo visto, ver la foto proporcionó a Nkata el valor suficiente para relatar la historia, lo cual hizo con una sencillez y delicadeza que impresionó a Barbara.

Se había producido un doble homicidio en Derbyshire, informó Nkata a la señora Cole. Las víctimas eran un joven y una mujer. Habían encontrado en las cercanías la moto de Terry, y el joven en cuestión tenía cierto parecido con la foto de la repisa. Podía ser una casualidad que hubieran encontrado la moto de Terry cerca del lugar de los hechos, por supuesto, pero la policía necesitaba que alguien fuese a Derbyshire para identificar el cuerpo. La señora Cole podía ser esa persona. O si creía que podía ser demasiado traumático, otra persona, tal vez la hermana de Terry… La señora Cole debía decidir. Nkata dejó en su sitio la fotografía.

Sal le miró, estupefacta.

– ¿Derbyshire? -dijo-. No, no lo creo. Mi Terry está trabajando en un proyecto en Londres, un proyecto que le dará mucho dinero. Un encargo que le roba casi todo el tiempo. Por eso no pudo venir a comer el domingo, como de costumbre. Está loco por nuestro pequeño Darryl. No se perdería una tarde de domingo con él. Pero el encargo… Terry no pudo venir por culpa del encargo. Eso dijo, al menos.

Su hija se reunió con ellos, se había puesto un chándal azul y estirado el pelo hacia atrás.

– ¿Qué pasa, mamá? Estás pálida como un cadáver. Siéntate o te desmayarás.

– ¿Dónde está el chiquillo? ¿Dónde está nuestro pequeño Darryl?

– Se ha calmado. El agua caliente le ha sentado de maravilla. Venga, mamá. Siéntate de una vez.

– ¿Lo envolviste con una toalla como te dije?

– El bebé está bien. -Cyn se volvió hacia Barbara y Nkata-. ¿Qué ha pasado?

Nkata se lo explicó sucintamente. La joven escuchó y luego agarró el mango de la azada que formaba parte de la escultura.

– Este encargo iba a tener el triple de este tamaño. Él me lo dijo.

Se acercó a una butaca raída y rellena en exceso, rodeada de juguetes. La joven cogió uno: un pájaro amarillo que apretó contra su pecho.

– ¿Derbyshire? -dijo con incredulidad-. ¿Qué coño haría nuestro Terry en Derbyshire? Debió de prestar la moto a alguien, mamá. Cilla lo sabrá. Vamos a telefonearle.

Marcó los números en un teléfono que descansaba sobre una mesa achaparrada al pie de la escalera.

– ¿Eres Cilla Thompson? Soy Cyn Cole, la hermana de Terry… Sí… Ah, muy bien. Menudo monstruo. Siempre nos tiene pendientes de él. Escucha, Cilla, ¿está ahí Terry? Oh. ¿Sabes adonde fue? -Dirigió una sombría mirada a su madre-. Bien, pues… No. Ningún mensaje. Si aparece dentro de una hora o así, dile que me llame a casa, ¿de acuerdo?

Colgó.

Sal y Cyn se comunicaron en silencio, como sucede con las mujeres acostumbradas a convivir juntas.

– Se ha dedicado a ese proyecto en cuerpo y alma -dijo Sal en voz baja-. Dijo: «Esto dará vida al Arte del Destino. Ya lo verás, mamá.» No entiendo por qué se fue.

– ¿El arte del destino? -preguntó Barbara.

– Su galería. Así quiere llamarla: El Arte del Destino -aclaró Cyn-. Siempre ha querido tener una galería para exponer artistas modernos. Iba a estar, va a estar, en la orilla sur, cerca de Hayward. Es su sueño. Mamá, quizá sea una falsa alarma. Puede que no sea nada. -Pero su voz sonó como si solo deseara auto- convencerse.

– Necesitaremos la dirección -dijo Barbara.

– La galería todavía no existe -contestó Cyn.

– Del piso de Terry -aclaró Nkata-. Y del estudio que comparte.

– Pero acaban de decir… -Sal no terminó el comentario.

El silencio cayó sobre ellos. El motivo era evidente para todos: lo que tal vez no era nada podía convertirse en lo peor para una familia como los Cole.

Cyn fue en busca de la dirección exacta.

– Vendré a buscarla por la mañana, señora Cole -dijo Nkata-. Pero si Terry telefonea esta noche, llámeme al busca. ¿De acuerdo? A la hora que sea. Llámeme al busca.

Escribió el número en una hoja que arrancó de su libreta y se la entregó a Sal. La hermana de Terry regresó con la información sobre su hermano y se la dio a Barbara. Había dos direcciones anotadas junto a las palabras «piso» y «estudio». Ambas estaban en Battersea. Las memorizó, por si acaso, y entregó el papel a Nkata. Este le dio las gracias con un gesto y lo guardó en el bolsillo. Dijo la hora en que pasaría a recoger a la mujer, y los dos agentes se encontraron de nuevo en la noche.

Un tenue viento soplaba en la calle. Una bolsa de plástico y un vaso de Burger King rodaban por la acera. Nkata desconectó la alarma del coche pero no abrió la puerta, sino que miró a Barbara por encima del techo, y después a la casa de aspecto sombrío que había al otro lado de la calle. Su cara era la viva imagen de la tristeza.

– ¿Qué pasa? -preguntó Barbara.

– Les he estropeado la noche. Ya no podrán dormir. Tendría que haber venido por la mañana. ¿Por qué no lo pensé? No habríamos podido regresar esta noche a Derbyshire. Estoy hecho polvo. ¿Por qué me precipité a venir, como si fuera a extinguir un incendio? Han de ocuparse del niño, y las he desvelado.

– No tuviste elección -dijo Barbara-. Si hubieras esperado hasta mañana, probablemente no hubieras encontrado a ninguna de las dos. Se habrían ido al trabajo y el colegio, y habrías perdido un día. No le des más vueltas, Nkata. Has hecho lo que debías hacer.

– Es él -dijo-. El tío de la foto. El que fue apuñalado.

– Ya me lo imaginaba.

– Ellas no quieren creerlo.

– ¿Y quién querría? -dijo Barbara-. Es el adiós definitivo sin la menor posibilidad de decirlo. No hay nada más jodido que eso.

Lynley eligió Tideswell. Un pueblo de piedra caliza que trepaba por dos laderas opuestas, situado a mitad de camino entre Buxton y Padley Gorge. Hospedarse en el hotel Black Angel, con su agradable panorámica de la iglesia parroquial y el verde circundante, le proporcionaría durante la investigación fácil acceso tanto a la comisaría como a Maiden Hall. Y a Calder Moor, en caso necesario.

El inspector Hanken aprobó la idea de Tideswell. Enviaría un coche a recoger a Lynley por la mañana, si su subordinado aún no había regresado de Londres.

Hanken se había amansado bastante durante las horas que habían pasado juntos. En el bar del Black Angel, Lynley y él dieron cuenta de sendos whiskies antes de la cena, una botella de vino para acompañarla y un coñac después, lo cual contribuyó a la causa.

El whisky y el vino evocaron en Hanken las batallitas profesionales tan habituales entre los policías: peleas con superiores, investigaciones torcidas en el último momento, casos desagradables en que había participado contra su voluntad. El coñac provocó revelaciones personales.

El inspector de Buxton sacó la fotografía familiar que había enseñado antes a Lynley y la examinó durante un rato antes de hablar. Mientras seguía con el dedo índice el contorno de su hijo, pronunció la palabra «hijos», y explicó que un hombre cambiaba para siempre en cuanto depositaban un recién nacido en sus brazos. Tal vez no lo parecía, pues esas cosas eran más propias de mujeres, ¿verdad?, pero así era. Y el resultado de ese cambio era un poderosísimo deseo de proteger, de cerrar todas las escotillas, de vigilar todas las rutas de acceso al corazón de la casa. De modo que, perder un hijo pese a tantas precauciones… era un infierno inimaginable para él.

– Algo que Andy Maiden está experimentando en este momento -comentó Lynley.

Hanken le miró. Y a continuación le confió que Kathleen era la luz de su vida. Supo que quería casarse con ella el mismo día que la conoció, pero había tardado cinco años en convencerla. ¿Cómo había sido en el caso de Lynley y su mujer?

El matrimonio, su esposa y los hijos eran los últimos temas que Lynley deseaba abordar. Así que los esquivó con habilidad, aduciendo inexperiencia.

– Soy un marido demasiado novato para poder contar algo interesante -dijo.

Pero descubrió que no podía eludir el tema cuando estuvo a solas con sus pensamientos en la habitación del hotel. De todos modos, en un intento por alejarlos, o al menos posponerlos, se acercó a la ventana. La abrió unos centímetros y procuró soportar el intenso olor a moho que impregnaba el aire. Sin embargo, tuvo tanto éxito en esto como en intentar no fijarse en la cama, con su mullido colchón y su edredón rosa, cuya sábana de imitación de raso prometía una noche de dura batalla para no resbalar al suelo. Al menos, la habitación estaba equipada con una tetera eléctrica, observó con aire sombrío, una cestita de mimbre con bolsitas de té, siete minienvases de leche, un paquete de azúcar y dos galletas de mantequilla. También tenía un cuarto de baño que carecía de ventana y contaba con una vieja bañera, iluminado por una sola bombilla desnuda y de tanta potencia como una vela. Podría haber sido peor, se dijo. Pero no estaba seguro de cómo.

Cuando ya no pudo seguir evitándolo, echó un vistazo al teléfono, que descansaba sobre una mesilla con patas de hierro contigua a la cama. Debía a Helen una llamada, al menos para darle su dirección, pero se resistía a coger el auricular. Meditó sobre el motivo.

Desde luego, Helen estaba mucho más equivocada que él. Tal vez había perdido los estribos con ella, pero Helen había cruzado una línea al defender a Barbara Havers. Por ser su esposa, se suponía que debía defenderle a él. Podría haber preguntado por qué había elegido a Winston Nkata como compañero y no a Barbara Havers, en lugar de iniciar una discusión con el propósito de que cambiara una decisión que se había visto obligado a tomar.

Claro que, tras reflexionar, recordó que Helen había iniciado la conversación preguntándole por qué había elegido a Nkata. Fueron sus sucesivas respuestas las que transformaron una discusión razonable en una trifulca. Sin embargo, él había reaccionado así porque ella le había provocado una sensación marital, cuando no moral, de indignación. Las preguntas de Helen implicaban una alianza con alguien cuyas acciones no podían justificarse. Que le pidieran a él que justificara sus acciones, que eran razonables, admisibles y comprensibles, era más que irritante.

La policía funcionaba porque sus agentes se ceñían a una firme cadena de mando. Los oficiales superiores alcanzaban su rango demostrando, entre otras cosas, que eran capaces de trabajar bajo presión. Con una vida en juego y un sospechoso que huía, la superiora de Barbara Havers había tomado una decisión en una fracción de segundo e impartido unas órdenes tan diáfanas como razonables. El hecho de que Havers hubiera desobedecido esas órdenes ya era bastante grave, pero que tomara la responsabilidad en sus manos era mucho peor. Sin embargo, arrogarse el poder mediante la utilización de un arma de fuego era algo muy grave. No se trataba de una simple violación de las normas. Era una burla de todo aquello que defendían. ¿Por qué no lo había comprendido Helen?

«Estas cosas nunca son en blanco y negro, Tommy.» El comentario de Malcolm Webberly cruzó por su mente como una contestación a su pregunta. Pero Lynley no estaba de acuerdo con el superintendente. Creía que algunas cosas sí lo eran.

En cualquier caso, no podía olvidar que debía a su mujer una llamada telefónica. No era preciso que continuaran la discusión. Pero podía disculparse por haber perdido los estribos.

En lugar de Helen, sin embargo, se encontró hablando con Charlie Denton, el joven y frustrado actor de teatro que interpretaba el papel de mayordomo en la vida de Lynley, cuando no estaba rondando por el puesto de venta de entradas a mitad de precio de Leicester Square. La condesa no estaba en casa, le informó Denton, y Lynley adivinó lo mucho que a aquel hombre enloquecedor le gustaba llamar a Helen por su título nobiliario. Había telefoneado a eso de las siete desde la casa del señor St. James, continuó Denton, y dijo que la habían invitado a cenar. Aún no había regresado. ¿Deseaba su señoría…?

Lynley le interrumpió al punto.

– Ya basta, Denton.

– Lo siento. -El joven lanzó una risita y abandonó todo servilismo burlón-. ¿Quiere dejarle un mensaje?

– La localizaré en Chelsea -contestó Lynley, pero de todos modos dio el número del Black Angel a Denton.

No obstante, cuando telefoneó a casa de St. James descubrió que Helen y la mujer de St. James se habían ido después de cenar. Se quedó charlando con su viejo amigo.

– Estaban hablando de una película -dijo St. James-. Tuve la impresión de que era algo romántico. Helen dijo que le apetecía una velada viendo a norteamericanos revolcándose sobre colchones con cuerpos esculpidos, pelo elegante y dientes perfectos. Me refiero a los norteamericanos, no a los colchones, claro.

– Entiendo.

Lynley dio a su amigo el número del hotel, con el mensaje para Helen de que le telefoneara si llegaba a una hora razonable. Aún no habían tenido oportunidad de hablar antes de su partida hacia Derbyshire, dijo a St. James. Incluso a sus oídos sonó como una explicación muy endeble.

St. James dijo que se lo diría. ¿Cómo iba por Derbyshire?, preguntó a su amigo. Era una invitación tácita a comentar el caso. St. James nunca haría una pregunta directa. Sentía demasiado respeto por las normas tácitas que presidían una investigación policiaca.

Lynley descubrió que tenía ganas de hablar con su viejo amigo. Pasó revista a los hechos: las dos muertes, los diferentes medios de ejecutarlas, la ausencia de una de las armas, la falta de identificación del muchacho, las cartas anónimas compuestas con letras y palabras recortadas, la sugerencia garrapateada de que «Esta puta se ha llevado su merecido».

– Aporta una firma al crimen -concluyó Lynley-, aunque Hanken opina que la nota podría formar parte de un subterfugio.

– ¿Una maniobra de diversión por parte del asesino?

– Exacto.

– ¿Quién?

– Andy Maiden, si haces caso de los razonamientos de Hanken.

– ¿El padre? Eso es un poco fuerte. ¿Por qué Hanken apunta en esa dirección?

– No iba por ahí al principio. -Lynley resumió la entrevista con los padres de la chica muerta, lo que se había dicho y lo que había salido a la luz de manera inadvertida-. Así que Andy cree que existe una relación con el SO10.

– ¿Tú qué piensas?

– Como todo lo demás, hay que comprobarlo, pero Hanken no confió en nada de lo que dijo después de averiguar que Andy había ocultado información a su mujer.

– Tal vez solo intentaba protegerla -dijo St. James-. Es razonable que un hombre haga eso por la mujer que ama. Y si en realidad intentaban construir un subterfugio, ¿no os habrían dirigido a pensar en el muchacho?

Lynley coincidió con él.

– Existe un vínculo real entre ambos, Simon. Parece una relación muy estrecha.

St. James guardó silencio un momento. Alguien pasó por el pasillo, delante de la puerta de Lynley. Una puerta se cerró sin hacer ruido.

– En ese caso, hay otra forma de considerar el hecho de que Andy intentara proteger a su mujer, ¿verdad, Tommy?

– ¿Cuál?

– Puede que lo hiciera por otra razón. La peor posible, de hecho.

– ¿Medea en Derbyshire? -aventuró Lynley-. Eso es terrorífico. Cuando las madres matan, los niños suelen ser pequeños. Si las cosas van por ahí, tendré que descubrir un motivo.

– Medea habría dicho que ella tenía uno.

Nan Maiden nunca habría creído que algún día anhelaría algo tan tópico como la huida de casa de una adolescente en un arrebato de cólera. En el pasado, cuando Nicola desaparecía, su madre reaccionaba de la única forma que sabía: con una mezcla de miedo, ira y desesperación. Telefoneaba a las amigas de la muchacha, alertaba a la policía, salía a las calles a buscarla. No era capaz de otra cosa hasta saber que su hija se encontraba a salvo.

Que Nicola desapareciera en las calles de Londres siempre aumentaba la preocupación de Nan. Porque en las calles de Londres podía suceder cualquier cosa. Una adolescente podía ser violada, atraída al mundo de las drogas, apalizada, mutilada.

Había una posibilidad que Nan nunca tenía en cuenta cuando su hija desaparecía: que la hubieran asesinado. Era una idea insoportable. No porque el asesinato no se cebara en chicas jóvenes, sino porque si se producía el asesinato de Nicola, su madre no sabía cómo podría seguir viviendo.

Y ahora había sucedido. No durante los tempestuosos años de adolescencia, cuando Nicola se obstinaba en la autonomía, la independencia y lo que ella llamaba «el derecho a la autodeterminación, mamá. Ya no vivimos en la Edad Media». Ni durante aquella tortuosa etapa en que pedir algo a sus padres, desde algo tan sencillo como un CD hasta algo complejo y nebuloso como la libertad personal, constituía una tácita amenaza de desaparecer durante un día, una semana o un mes si su petición no era satisfecha. Sino ahora, cuando era una adulta, cuando cerrar con llave su puerta y asegurar su ventana no solo eran actos impensables sino innecesarios.

Pero eso es lo que debería haber hecho, pensó Nan. Tendría que haberla encerrado, atado a la cama, no perderla de vista ni un momento.

«Soy muy juiciosa -le había dicho Nicola hacía cuatro días-. Sabes que nunca tomo una decisión sin haber sopesado los pros y los contras. Tengo veinticinco años, y me quedan diez años. Bien, tal vez quince si voy con cuidado. Pienso utilizarlos a tope. No me vas a convencer de lo contrario, de modo que ni lo intentes, mamá.»

Lo había oído hasta la saciedad. En la voz de una niña de siete años que quería una Barbie, la casa de Barbie, el coche de Barbie y todas las prendas de vestir que podían adaptarse a Barbie, que era el epítome de la sexualidad femenina. En el llanto de los doce años, cuando no quería seguir viviendo a menos que le permitieran llevar maquillaje, medias y tacones de diez centímetros. En el malhumor de los quince años, cuando quería una línea telefónica personal y unas vacaciones en España sin el agobio de sus padres. Nicola siempre esperaba ver cumplidos sus deseos instantáneamente. Y muchas veces, a lo largo de los años, a su madre se le había antojado más fácil ceder antes que afrontar un día, una semana o una quincena de desaparición.

Pero ahora, Nan deseaba con todas sus fuerzas que su hija hubiera decidido simplemente fugarse. Y sintió culpabilidad por aquellas ocasiones, durante la adolescencia de Nicola, cuando enfrentada a otra de sus petulantes fugas había acariciado por un instante la idea de que habría preferido perderla en el parto antes que ignorar dónde estaba o si le había ocurrido algo.

En el lavadero del antiguo pabellón de caza, Nan Maiden apretó una de las camisas de su hija contra el pecho, como si la prenda pudiera metamorfosearse en la propia Nicola. Sin darse cuenta de lo que hacía, aspiró el aroma de la camisa, la mezcla de lociones y el champú que Nicola había usado. Nan consiguió visualizar a Nicola la última vez que había llevado esa camisa: en una reciente excursión en bicicleta acompañada de Christian-Louis, un domingo por la tarde, después de servir todas las comidas.

El chef francés siempre había considerado atractiva a Nicola (¿y qué hombre no?), y ella había descubierto el interés en sus ojos y no lo había desdeñado. En eso radicaba su talento: en atraer a los hombres sin el menor esfuerzo. No lo hacía para demostrarse algo a sí misma o a los demás. Lo hacía, sin más, como si proyectara una emanación peculiar que solo percibieran los hombres.

Durante la infancia de Nicola, Nan se había preocupado por su atractivo sexual y el precio que exigiría a la muchacha. Cuando Nicola llegó a la edad adulta, Nan comprobó ese precio.

«El propósito de la maternidad es traer niños al mundo que crezcan como adultos autónomos, no como clones -había sentenciado Nicola cuatro días antes-. Soy responsable de mi destino, mamá. Mi vida no tiene nada que ver contigo.»

¿Por qué decían los hijos esas cosas?, se preguntó Nan. ¿Cómo podían creer que sus opciones y el objetivo al que tendían no afectaba a más vidas que la suya? Tal como se habían desarrollado los acontecimientos para Nicola, todo tenía que ver con su madre, por el simple hecho de que era su madre. Porque nadie daba a luz sin preocuparse por el futuro de su hijo.

Y ahora había muerto. Dios mío, Nicola nunca volvería a entrar en casa como una exhalación a la vuelta de unas vacaciones, ni resoplaría al entrar con montones de bolsas del supermercado, ni volvería de una cita con Julian y contaría entre risas lo que habían hecho. Oh, Dios mío, pensó Nan Maiden. Su adorable, tempestuosa e incorregible hija se había ido para siempre. El dolor de esa certeza era como una cinta de hierro que le estrujara el corazón. No sería capaz de soportarlo. Por tanto, hizo lo acostumbrado cuando sus sentimientos la abrumaban: continuó con su tarea.

Sacó de la colada toda la ropa sucia de su hija, como si conservar el olor de la muchacha pudiera retrasar la inevitable aceptación de su muerte. Emparejó calcetines. Dobló tejanos y jerséis. Alisó las arrugas de todas las camisas, dobló bragas y las emparejó con sujetadores. Por fin, metió las prendas en bolsas de plástico que había cogido en la cocina. Después las anudó metódicamente, encerrando el olor de su hija, recogió las bolsas y salió de la habitación.

Arriba, Andy estaba paseándose de un lado a otro. Nan oyó sus pasos cuando avanzó silenciosamente por el pasillo de las habitaciones de huéspedes. Estaba en su cubículo, en su madriguera, paseándose desde la diminuta ventana de gablete hasta la estufa eléctrica, y viceversa, una y otra vez. Se había refugiado en la habitación después de la partida de la policía, anunciando que empezaría a revisar sus diarios de inmediato con la intención de localizar el nombre de alguien que tuviera una cuenta pendiente con él. Pero a menos que leyera dichos diarios mientras se paseaba, no había iniciado la investigación todavía.

Nan sabía por qué. La búsqueda era inútil. Porque la muerte de Nicola no estaba relacionada con el pasado de nadie.

No quiso pensar en ello. Aquí no, ahora no, tal vez nunca. Tampoco quería pensar en lo que significaba, o dejaba de significar, el que Julian afirmara que se había prometido con su hija.

Nan se detuvo al pie de la escalera que subía al piso privado de la casa, donde habitaba la familia. Sintió las manos resbaladizas mientras sujetaba las bolsas contra el pecho. Daba la impresión de que su corazón latía al ritmo de los pasos de su marido. Vete a la cama, le dijo en silencio. Por favor, Andy. Apaga las luces.

Ella sabía que él necesitaba dormir. Su marido tenía los miembros entumecidos. La llegada del detective de Scotland Yard no había mitigado su angustia, y la partida del detective la había aumentado. El entumecimiento de las manos había empezado a extenderse a los brazos. Consiguió mantener las apariencias mientras la policía estuvo presente, pero se desmoronó en cuanto se fue. Fue cuando dijo que iba a empezar a examinar los diarios. Si se refugiaba en su madriguera, podría ocultar lo peor de sus sufrimientos. Al menos, eso creía él.

Sin embargo, marido y mujer deberían ser capaces de ayudarse mutuamente a superar una situación así, caviló Nan. ¿Qué nos está pasando que lo afrontamos solos?

Sabía la respuesta a esa pregunta, al menos con respecto a su silencio: algunas cosas no debían hablarse. Algunas cosas, sacadas a la luz del día, podían hacer mucho daño.

Nan había intentado sustituir la conversación por solicitud unas horas antes, pero Andy había rechazado sus ofrecimientos de almohadillas eléctricas, coñac, té y sopa caliente. También había esquivado los intentos de Nan de masajearle los dedos. A la postre, todo lo que acaso se hubiera hablado entre ellos no fue verbalizado.

¿Qué decir ahora?, se preguntó Nan. ¿Qué decir cuando el miedo bullía en su interior, como innumerables batallones de un solo ejército, descontrolados y combatiendo entre sí?

Se obligó a subir la escalera, pero en lugar de ir en busca de su marido fue al dormitorio de Nicola. Cruzó la alfombra verde a oscuras y abrió el ropero encajado bajo el alero. Gracias a que sus ojos se habían adaptado a la oscuridad, distinguió un viejo monopatín en la parte posterior de un estante, y una guitarra eléctrica apoyada contra la pared del fondo, sin utilizar desde hacía mucho tiempo.

Tocó un amasijo de pantalones, dijo como una idiota «tweed, lana, algodón, seda» al palpar cada uno, y de pronto fue consciente de un sonido en la habitación, un zumbido procedente de la cómoda. Cuando se volvió, perpleja, el sonido cesó. Casi se había convencido de que eran imaginaciones suyas, cuando ocurrió de nuevo y se interrumpió con la misma brusquedad.

Nan dejó las bolsas sobre la cama y se acercó a la cómoda. No había nada encima que pudiera emitir aquel ruido, solo un jarrón con flores silvestres recogidas en un paseo por Padley Gorge. Las flores estaban acompañadas por un cepillo de pelo y un peine, tres frascos de perfume y un pequeño flamenco de juguete, con patas de un rosa estridente y grandes pies amarillos.

Dirigió una mirada hacia la puerta abierta de la habitación, como si estuviera haciendo un registro clandestino, y abrió el primer cajón de la cómoda. En ese momento el zumbido sonó por tercera vez. Sus dedos localizaron un pequeño cuadrado de plástico que vibraba bajo un montón de bragas.

Nan llevó el cuadrado de plástico a la cama, se sentó y encendió la lámpara de la mesilla de noche. Examinó lo que había sacado del cajón. Era el busca de Nicola. Un diminuto visor destellaba un único mensaje: «una llamada».

El zumbido sonó de nuevo, y Nan se sobresaltó. Apretó uno de los botones en respuesta. La pantalla mostró un número de teléfono con un código de zona que Nan reconoció como perteneciente al centro de Londres.

Tragó saliva. Miró fijamente el número y comprendió que la persona que llamaba no sabía que Nicola había muerto. Este pensamiento la empujó hacia el teléfono para contestar. Pero otra serie de pensamientos la condujeron hasta un teléfono situado en el vestíbulo de Maiden Hall, cuando habría podido llamar al número de Londres con igual facilidad desde la habitación que compartía con Andy.

Respiró hondo. Se preguntó si encontraría las palabras, y pensó que encontrar las palabras no cambiaría las cosas para nadie. Pero no quería reflexionar sobre eso. Solo quería telefonear.

Marcó los números a toda prisa. Esperó y esperó a que la conexión se realizara, hasta que se sintió un poco mareada y cayó en la cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Por fin, con un clic, un teléfono empezó a sonar en alguna parte de Londres. Doble timbrazo, doble timbrazo. Nan contó hasta ocho. Ya empezaba a pensar que había marcado mal cuando oyó la voz ronca de un hombre.

Contestó a la vieja usanza, lo cual demostró a qué generación pertenecía: dijo las cuatro últimas cifras de su número. Y debido a eso, y porque la forma de contestar le recordó tanto a su padre, Nan se oyó decir lo que, horas antes, habría resultado impensable.

– Soy Nicola -susurró.

– Ah, Nicola -preguntó el hombre-. ¿Dónde coño estabas? Te llamé al busca hace más de una hora.

– Lo siento. -Y adoptó la forma de hablar telegráfica de su hija-. ¿Qué pasa?

– Nada, y lo sabes muy bien. ¿Qué has decidido? ¿Has cambiado de opinión? Puedes hacerlo, ya lo sabes. Todo será perdonado. ¿Cuándo vuelves?

– Sí -susurró Nan-. He decidido que sí.

– Gracias a Dios -repuso el hombre-. Oh, Dios mío. Maldita sea. Se me ha hecho imposible, Nikki. Te he echado de menos demasiado. Dime cuándo vuelves.

– Pronto.

Él susurró:

– ¿Cuándo? Dímelo.

– Te telefonearé.

– ¡No! Joder. ¿Estás loca? Margaret y Molly están aquí esta semana. Espera a que te llame al busca.

Nan vaciló.

– Por supuesto.

– ¿Te he hecho enfadar, cariño?

Ella no dijo nada.

– Lo he hecho, ¿verdad? Perdóname. No era mi intención.

Ella siguió en silencio.

Entonces, la voz se alteró, de repente como la de un niño.

– Oh, Nikki. Mi Nikki. Di que no estás enfadada. Di algo, cariño.

Silencio.

– Sé cómo te pones cuando te hago enfadar. Soy un chico malo, ¿verdad?

Silencio.

– Sí, lo sé, soy malo. No te merezco, y he de tomar la medicina. Tienes mi medicina, ¿verdad, Nikki? Y yo debo tomarla. Sí, debo hacerlo.

El estómago de Nan se revolvió.

– ¿Quién es usted? -gritó-. ¡Dígame su nombre!

Una exclamación ahogada fue la respuesta. Y la comunicación se cortó.

7

Hacia el final de su tercera hora delante del ordenador, Barbara Havers llegó a la conclusión de que tenía dos alternativas. Podía continuar examinando los archivos del SO10 y terminar ciega, o permitirse un descanso. Se decantó por la segunda opción. Preguntó dónde se encontraba el despacho más próximo en el que pudiera entregarse a su vicio. Le comunicaron que en aquella planta nadie fumaba.

– Puta mierda -murmuró.

No tuvo otro remedio que recuperar una costumbre de sus años escolares: se dirigió hacia la escalera más próxima y aposentó su rechoncho cuerpo sobre un peldaño, donde encendió un cigarrillo, inhaló y retuvo el maravilloso y mortífero humo en los pulmones hasta que sus ojos estuvieron a punto de saltar de las cuencas. Placer en estado puro, pensó. No había nada mejor en la vida que un cigarrillo después de tres horas de abstinencia.

La mañana no le había proporcionado nada sustancioso. Había descubierto que el inspector detective Andrew Maiden había servido treinta años en el cuerpo, los últimos veinte en el SO10, donde solo el inspector Javert podía jactarse de una hoja de servicios más brillante. Su lista de detenciones era asombrosa, y las condenas que siguieron a esas detenciones constituían una maravilla de la jurisprudencia británica. No obstante, esos dos datos se convertían en una pesadilla para cualquiera que investigara su historial.

Los casos de Maiden habían abarcado todas las capas del tejido social, y los culpables habían acabado entre rejas, en prácticamente todas las cárceles de Su Majestad dentro de las fronteras del Reino Unido. Y si bien los archivos ofrecían detalles de operaciones clandestinas (a casi todas las cuales había puesto nombre alguien aficionado a los acrónimos desquiciados) e información completa sobre investigaciones, interrogatorios, detenciones y acusaciones, dicha información se volvía vaga en lo tocante a condenas, y mucho más vaga a la hora de determinar los presos que habían conseguido la condicional. Si un hombre en libertad provisional había ido en busca del policía que había propiciado su desgracia, no sería fácil localizarle.

Barbara suspiró, bostezó y dio unos golpecitos al cigarrillo. Cayó ceniza sobre el peldaño siguiente. Había renunciado a sus legendarias zapatillas de deporte rojas en deferencia a su nuevo rango (toda pulcra y reluciente por si aparecía el subjefe Hillier, ansioso por ponerla a caldo de nuevo), y descubrió que habían empezado a dolerle los pies, pues no estaba acostumbrada al calzado normal. De hecho, mientras estaba sentada en la escalera, tomó conciencia de que zonas enteras de su cuerpo se quejaban de su incomodidad, y sin duda lo habían hecho durante casi toda la mañana. Su falda parecía una anaconda enroscada alrededor de las caderas, tenía la impresión de que la chaqueta estaba devorando sus axilas, y sus muslos se habían hundido en la ingle hasta tal punto que, si alguna vez daba a luz, sería innecesario practicar una episiotomía.

Nunca le había dado por vestir de punta en blanco en su trabajo, y siempre había preferido mallas, camisetas y jerséis a cualquier cosa relacionada remotamente con la alta costura. Y como la gente se había acostumbrado a verla con esa indumentaria informal, más de uno había enarcado una ceja o reprimido una sonrisa al cruzarse con Barbara aquella mañana.

Entre ellos se contaban sus vecinos, con los que Barbara se había topado a menos de veinticinco metros de su casa. Taymullah Azhar y su hija estaban entrando en el inmaculado Fiat de Azhar cuando Barbara apareció en la esquina de la casa por la mañana, mientras embutía su libreta en el bolso con un cigarrillo colgando de los labios. Al principio no los vio, hasta que Hadiyyah la llamó.

– ¡Barbara! ¡Hola, hola! ¡Buenos días! No deberías fumar tanto. Si no lo dejas, los pulmones se te pondrán negros y muy feos. Nos lo han enseñado en el colegio. Vimos fotos y todo. ¿No te lo había dicho? Estás muy guapa.

Azhar la saludó con un gesto. Su mirada la recorrió de pies a cabeza.

– Buenos días -dijo-. Tú también has madrugado.

– Ya lo ves -respondió Barbara.

– ¿Localizaste a tu amigo anoche?

– ¿A mi amigo? Ah, te refieres a Nkata. Winston Nkata, quiero decir. Se llama así. Es un colega del Yard. Sí, nos pusimos en contacto. Vuelvo al curro. O sea, trabajo en un caso.

– ¿No trabajas con el inspector Lynley? ¿Tienes un nuevo compañero, Barbara? -Los oscuros ojos de Azhar la sondeaban.

– Oh, no -mintió en parte-. Todos estamos trabajando en el mismo caso. Winston también. Como yo. El inspector se ocupa de una pista fuera de la ciudad. Los demás trabajamos aquí.

– Ajá -dijo Azhar en tono pensativo-. Entiendo.

Demasiado, pensó Barbara.

– Anoche solo comí la mitad de mi manzana acaramelada -terció Hadiyyah, una distracción muy bienvenida. Había empezado a columpiarse en la puerta abierta del Fiat, colgada de la ventanilla bajada con las piernas en el aire y pateando con energía para no perder impulso. Llevaba unos calcetines tan blancos como las alas de un ángel-. La podemos tomar para merendar. Si quieres, Barbara.

– Sería estupendo.

– Mañana tengo clase de costura. ¿Lo sabías? Estoy haciendo algo muy especial, pero ahora no puedo decir qué. A causa de… -Dirigió una mirada significativa a su padre-. Pero tú sí puedes verlo, Barbara. Mañana, si te va bien. ¿Quieres verlo? Te lo enseñaré si quieres.

– Eso suena a una invitación en toda regla.

– Pero solo si eres capaz de guardar un secreto. ¿Eres capaz?

– Soy una tumba.

Durante la conversación, Azhar no había dejado de observarla. Su especialidad profesional era la microbiología, y Barbara empezaba a sentirse como uno de sus especímenes, tan intenso era su escrutinio. Pese a su conversación de la noche anterior y la conclusión a la que había llegado Azhar después de ver su atuendo, lo cierto era que la había visto salir casi siempre con su indumentaria normal, y debía de imaginar que aquella alteración no tenía nada que ver con un cambio de imagen.

– Debes de estar muy contenta, ahora que vuelves a trabajar en un caso. Después de semanas sin hacer nada siempre es gratificante poner en funcionamiento la mente, ¿verdad?

– Es justo lo que necesitaba. -Barbara tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó. Lanzó la colilla de una patada hacia el macizo de flores-. Biodegradable -dijo a Hadiyyah, que estaba a punto de reñirla-. Airea la tierra. Alimenta a los gusanos. -Se ajustó mejor la correa del bolso sobre el hombro-. Bien, me marcho. Guárdame esa manzana, ¿de acuerdo? ¿eh?

– A lo mejor también podemos ver un vídeo.

– Pero nada de damas en apuros. Que sea Los vengadores. La señora Peel es mi ídolo. Me gusta una mujer capaz de enseñar las piernas y darle una patada en el trasero a un caballero al mismo tiempo.

Hadiyyah rió.

Barbara se despidió y se disponía a escapar cuando Azhar volvió a hablar.

– ¿Scotland Yard está llevando a cabo una reducción de personal, Barbara?

Ella se detuvo, perpleja, y contestó sin pensar en la intención de la pregunta.

– Vaya, no. ¿Por qué lo preguntas?

– El otoño, tal vez -dijo Azhar-. Y los cambios que comporta.

– Ah. -Barbara esquivó la implicación de la palabra «cambios». Evitó los ojos de Azhar. Tomó la frase al pie de la letra y contestó-: Los chicos malos quieren hacer de las suyas, sea la estación que sea. Ya conoces a los malos. Nunca descansan.

Esbozó una sonrisa radiante y continuó su camino. Mientras Azhar no le hiciera una pregunta directa sobre la palabra «agente», sabía que no tendría que explicarle cómo había terminado unida a su nombre. Deseaba soslayar esa explicación, indefinidamente si estaba en su mano, porque dar explicaciones a Azhar conllevaba el riesgo de herirle. Y por motivos sobre los cuales ni siquiera se atrevía a especular, herir a Azhar le resultaba impensable.

En la escalera de Scotland Yard, Barbara se esforzó por apartar a sus vecinos de su mente. Al fin y al cabo, eso es lo que eran al final del día: un hombre y una niña a los que había conocido por casualidad.

Consultó su reloj: las diez y media. Gruñó. La idea de estar mirando seis u ocho horas más la pantalla de un ordenador era muy poco estimulante. Tenía que haber un modo mucho más económico de desentrañar la historia profesional del inspector Maiden. Barajó varias posibilidades y decidió probar la más factible.

Mientras examinaba los archivos, se había topado con el mismo nombre una y otra vez: IJD Dennis Hextell, con quien Maiden había trabajado en la policía secreta. Si podía localizar a Hextell, pensó, tal vez le proporcionaría una pista más consistente de la que obtendría después de leer veinte años de archivos. Esa era la clave, decidió: Hextell. Fue en su busca.

Resultó más fácil de lo previsto. Una llamada telefónica al SO10 le informó de que Hextell trabajaba todavía en el departamento, aunque ahora, como superintendente jefe de detectives, dirigía las operaciones en lugar de ejecutarlas en la calle.

Barbara le encontró sentado a una mesita de la cafetería de la cuarta planta. Se presentó y preguntó si podía acompañarle. El SJD levantó la vista de unas fotografías. Barbara vio que su rostro no estaba tanto arrugado como estragado, y la gravedad había hecho mella en sus músculos. Los años no le habían tratado nada bien.

El superintendente jefe juntó sus fotografías y no contestó.

– Estoy trabajando en el caso Maiden de Derbyshire, señor. La hija de Andy Maiden. Usted formó equipo con él, ¿verdad?

Obtuvo una respuesta:

– Siéntese.

Podía aguantar a las personas de pocas palabras. Barbara obedeció. Había ido a buscar una Coca-Cola y un donut a la barra, y los dejó sobre la mesa delante de ella.

– Eso le hará cisco los dientes -indicó Hextell.

– Soy una víctima de mis adicciones.

El hombre gruñó.

– ¿Es su avión? -preguntó Barbara, señalando una foto. Plasmaba un biplano amarillo de los de la Primera Guerra Mundial, cuando los aviadores utilizaban cascos de cuero y bufandas blancas.

– Uno de ellos. Es el que utilizo para las acrobacias aéreas.

– ¿Es piloto de acrobacia?

– Vuelo.

– Ah, claro. Ha de ser maravilloso. -Barbara se preguntó si los años de policía secreta eran los causantes de su locuacidad. Se lanzó a explicarle el motivo por el que había ido a verle: ¿algún caso, alguna operación le parecía de una importancia relevante en la historia de su colaboración con Andy Maiden?-. Pensamos en la venganza como posible móvil del asesinato de la chica, alguien a quien usted y Maiden pusieron fuera de la circulación, alguien que deseara desquitarse. Maiden está intentando recordar algún nombre en Derbyshire, y yo he estado examinando los archivos toda la mañana en el ordenador, pero no he encontrado nada que me inspirara.

Hextell empezó a separar las fotos. Al parecer, se atenía a un sistema, pero Barbara no pudo averiguar cuál era, porque todas las fotos eran del mismo avión, aunque desde ángulos diferentes: el fuselaje aquí, las aletas allí, el extremo del ala, el motor y la cola. Cuando las hubo arreglado a su entera satisfacción, sacó una lupa de la chaqueta y empezó a estudiar las fotografías de una en una.

– Podría ser cualquiera. Nos codeamos con bazofia de primera. Camellos, yonquis, macarras, traficantes de armas, lo que usted quiera. Cualquiera de ellos habría atravesado el país a pie para liquidarnos.

– Pero ¿no le viene ningún nombre a la mente?

– He sobrevivido gracias a olvidar los nombres. Andy era el que no podía.

– ¿Sobrevivir?

– Olvidar.

Hextell separó una fotografía del resto. Plasmaba el avión de frente, con el fuselaje cortado por el ángulo. Aplicó la lupa a cada milímetro del aparato, como un joyero que examinara un diamante.

– ¿Por eso lo dejó? Me han dicho que le concedieron la jubilación anticipada.

Hextell levantó la vista.

– ¿A quién están investigando en realidad?

Barbara se apresuró a tranquilizarle.

– Solo intento ponerme en la piel de ese hombre. Si puede decirme algo que nos ayude… -«Sería fantástico», anunció su ademán, y dedicó su entusiasmo al resto del donut.

El hombre dejó la lupa sobre la mesa y enlazó las manos.

– A Andy le diagnosticaron la incapacidad permanente absoluta. Estaba perdiendo los nervios.

– ¿Problemas mentales?

Hextell resopló.

– No he hablado de problemas mentales, tía. Nervios. Nervios de verdad. Primero el sentido del olfato. Después, el sabor, y a continuación el tacto. Lo llevaba bien, pero luego le afectó a la vista. Y ahí acabó todo. Tuvo que largarse.

– Puta mierda. ¿Se quedó ciego?

– No cabe duda de que así habría sido, pero en cuanto se jubiló lo recuperó todo. El tacto, la visión, todo.

– ¿Qué le pasó?

Hextell la miró fijamente antes de contestar. Luego, levantó los dedos índice y medio y se dio unos golpecitos en la cabeza.

– No podía aguantar el rollo. Es el trabajo de policía secreta. Yo perdí cuatro matrimonios. Él perdió los nervios. Hay cosas que no pueden sustituirse.

– ¿No tenía problemas con su mujer?

– Ya se lo he dicho. Era el rollo. Algunos llevan bien lo de adoptar identidades supuestas. Pero no era así en el caso de Andy. Las mentiras que tenía que decir… Guardar silencio sobre un caso hasta que había terminado era demasiado para él.

– ¿De modo que no hubo un caso, un caso muy importante, que le costara más que los otros?

– Lo ignoro -concluyó Hextell-. Como ya he dicho, los he olvidado. Si lo hubo, no me acuerdo.

Con esa clase de memoria, Hextell habría sido un regalo envenenado para los fiscales de la corona en sus días de gloria, pero Barbara intuyó que a él le daba igual que los fiscales le consideraran útil o no. Engulló el resto del donut con un sorbo de Coca-Cola.

– Gracias por su tiempo -dijo, y añadió en un gesto de cordialidad-: Parece divertido. -Y señaló el biplano.

Hextell levantó la foto, sosteniéndola con el índice y el pulgar para no mancharla.

– Tan solo otra manera de morir -dijo.

Puta mierda, pensó Barbara. Lo que llega a hacer la gente para sacarse el trabajo de la cabeza.

Sin haber avanzado nada hacia el nombre que buscaba, pero más informada sobre los peligros que prometía una larga carrera en la policía, volvió al ordenador. Acababa de entrar de nuevo en el historial de Andy Maiden cuando una llamada telefónica la interrumpió.

– Se trata de Cole. -La voz de Winston Nkata llegó por una línea saturada de estática-. La madre echó un vistazo al cadáver y dijo «Sí, es mi Terry», salió de la habitación como si fuese a ir a la tienda de la esquina y cayó al suelo. Pensamos que había sufrido un infarto, pero acaban de examinarla. Tuvieron que sedarla en cuanto recobró el conocimiento. Está conmocionada.

– Joder -dijo Barbara.

– Estaba colgada de ese tío. Me recuerda a mi madre.

– Ya. -Barbara no pudo evitar pensar en su madre. «Colgada» no era la palabra precisa para describir un comportamiento materno-. Lo siento y todo eso. ¿La acompañarás a casa?

– Llegaremos hacia media tarde, supongo. Hemos parado a tomar café. Está en el lavabo. -Ah.

Barbara se preguntó por qué llamaba Winston. Tal vez para actuar de intermediario entre ella y Lynley, y transmitirle información con el fin de que el inspector mantuviera el mínimo contacto posible con ella, como parecía pertinente en aquel momento.

– Aún no he conseguido nada sobre las detenciones de Maiden -dijo Barbara-. Nada que parezca útil, al menos. -Contó lo que Hextell le había confiado sobre los problemas nerviosos de Maiden-. Por si al inspector le sirve de algo -añadió.

– Le pasaré la información -dijo Nkata-. Si puedes escaquearte un rato, hay que investigar Battersea. Nos ahorraría un poco de tiempo.

– ¿Battersea?

– El piso de Terry Cole. Y también su estudio. Uno de nosotros ha de ir allí y hablar con su compañera de piso. Esa Cilla Thompson, ¿recuerdas?

– Sí, pero pensaba… -¿Qué había pensado? Que Nkata retendría la mayor información posible y le dejaría el trabajo sucio a ella. Pero Nkata seguía asombrándola a causa de su generosidad-. Puedo escaquearme. Recuerdo la dirección.

Él rió.

– ¿Por qué será que no me sorprende?

Lynley y Hanken habían dedicado la primera parte de la mañana a esperar a Winston Nkata, que vendría acompañado de la madre de Terry Cole para identificar el segundo cadáver encontrado en el páramo. Ninguno de los dos albergaba muchas dudas acerca de que sería pura formalidad, angustiosa y dolorosa, pero aun así formalidad. Como nadie había reclamado la moto, ni tampoco se habían presentado denuncias de haber sido robada, parecía claro que el joven asesinado y el propietario de la moto eran la misma persona.

Nkata llegó a las diez, y tuvieron la respuesta un cuarto de hora más tarde: la señora Cole confirmó que el chico era su Terry, después de lo cual se desmayó. Llamaron a un médico, que le administró sedantes.

– Quiero sus efectos personales -sollozó Sal Cole, y comprendieron que se refería a las ropas de su hijo-. Quiero sus efectos personales para nuestro Darryl. Quiero conservarlos.

Desde luego, le dijeron, en cuanto los forenses hubieran terminado sus análisis, en cuanto los tejanos, la camiseta, las Doc Martens y los calcetines ya no fueran necesarios para condenar al culpable. Hasta ese momento le darían recibos de cada prenda y también de la moto. No le dijeron que igual pasarían años antes de que le entregaran las ropas ensangrentadas. Por su parte, la mujer no preguntó cuándo le serían entregadas. Se limitó a estrujar el sobre que contenía los recibos y a secarse los ojos con el dorso de la muñeca. Winston Nkata la acompañó desde la súbita pesadilla hasta la inminente y prolongada pesadilla.

Lynley y Hanken se retiraron al despacho de este en silencio. Antes de la llegada de Nkata, Hanken se había dedicado a revisar las notas del caso, y había echado otro vistazo al informe redactado por el primer agente que había hablado con los Maiden sobre la desaparición de su hija.

– Recibió varias llamadas telefónicas la mañana que salió de excursión -dijo a Lynley-. Dos de una mujer, una de un hombre, pero nadie dijo su nombre a Nan Maiden antes de que fuera a buscar a su hija para que se pusiera al teléfono.

– ¿El hombre pudo ser Terence Cole? -preguntó Lynley.

Otra suposición que se sumaba a las demás, pensó Hanken.

Fue a su escritorio. En el centro alguien había dejado un fajo de papeles mientras estaban con la señora Cole. Era documentación relativa al caso, explicó Hanken. Gracias a los servicios de una taquígrafa excelente, la doctora Sue Miles había cumplido su palabra: ya contaban con el informe de la autopsia.

Descubrieron que la doctora Miles eran tan minuciosa como excéntrica. Solo sus hallazgos sobre el examen externo de los cadáveres ocupaba casi diez páginas. Además de una descripción detallada de cada herida, contusión, erosión y magulladura descubierta en cada uno de los cuerpos, la doctora había documentado cada minuto relacionado con las muertes ocurridas en el páramo. Había tomado nota de todo, desde el brezo enredado en el pelo de Nicola Maiden hasta una espina clavada en el tobillo de Terry Cole. Los detectives fueron informados de la existencia de fragmentos microscópicos de piedra hundidos en la carne, evidencias de deyecciones de pájaros en la piel, fragmentos de madera en las heridas, y los daños infligidos por aves e insectos a los cadáveres. Sin embargo, lo que los detectives no obtuvieron al final de su lectura fue lo que no habían obtenido al principio de la misma: una idea clara del número de asesinos que estaban buscando. Pero sí descubrieron un detalle intrigante: aparte de las cejas y el pelo de la cabeza, Nicola Maiden iba afeitada por completo.

Un dato interesante que inspiró el siguiente paso de la investigación.

Tal vez había llegado el momento, dijo Lynley, de hablar con Julian Britton, el apenado prometido de la víctima. Pusieron manos a la obra.

El hogar de los Britton, Broughton Manor, se encontraba a mitad de un saliente de piedra caliza, a solo tres kilómetros al sudeste del pueblo de Bakewell. Encarado hacia el oeste, dominaba el río Wye, que en este punto del valle describía una plácida curva a través de un prado erizado de robles, donde pastaba un rebaño de ovejas. Desde lejos, el edificio no parecía una mansión -que sin duda otrora había sido el centro de una finca floreciente-, sino una fortificación impresionante. De piedra teñida de gris a causa de los líquenes, el caserón comprendía torres, almenas y murallas que se alzaban hasta una altura de casi cuatro metros, antes de dar paso a una serie de estrechas ventanas. El aspecto de la mansión sugería longevidad y fortaleza, combinadas con la voluntad y la capacidad de sobrevivir a todo, desde las vicisitudes del clima hasta los caprichos de la familia que la poseía.

De cerca, sin embargo, Broughton Manor contaba una historia muy diferente. Faltaban los cristales de algunas ventanas. Al parecer, parte de su techumbre de roble se había hundido. Un bosque de hojarasca se apretujaba contra las ventanas supervivientes del ala sudoeste, y los muros bajos que delimitaban una serie de jardines inclinados hacia el río estaban derrumbados o presentaban importantes brechas, lo cual permitía el acceso de ovejas descarriadas a lo que debía haber sido una hilera descendente de parterres coloridos.

– Era la atracción turística del condado -dijo Hanken a Lynley cuando cruzaron el puente de piedra que salvaba el río y desembocaba en el camino de acceso a la casa-. Dejando aparte Chatsworth, por supuesto. No estoy hablando de palacios. Pero en cuanto Jeremy Britton le puso las manos encima, consiguió arruinarlo en menos de diez años. El hijo mayor, me refiero a nuestro Julian, ha intentado devolver la vida a este lugar. Quiere transformarlo en una granja, en un hotel, en un centro de conferencias, o en un parque. Incluso lo alquila para fiestas y torneos, lo cual habrá provocado que los huesos de sus antepasados se revuelvan en sus tumbas. De todos modos, ha de ir siempre un paso por delante de su padre, que dilapidará en bebida los beneficios si le dejan.

– ¿Julian necesita fondos?

– Por decirlo de una manera suave.

– Pero ¿no hay más hijos? -preguntó Lynley-. ¿No es Julian el mayor?

Hanken pasó frente a una enorme puerta tachonada de clavos, cuyo roble oscuro había virado a un pardo grisáceo debido a la edad, el descuido y el mal tiempo, y rodeó el edificio hasta la parte posterior, donde una cancela lo bastante grande para permitir el paso de un carruaje albergaba una puerta de tamaño humano. Estaba abierta, y al otro lado se veía un patio entre cuyas piedras brotaban malas hierbas como pensamientos inesperados. Apagó el motor.

– Julian tiene un hermano que reside en la universidad. Y una hermana casada que vive en Nueva Zelanda. Es el hijo mayor, me refiero a Julian, y no entiendo por qué no sigue el mismo camino de los demás. Su padre es una auténtica pesadilla, pero ya lo comprobarás por ti mismo si llegas a conocerle.

Hanken abrió la puerta y le precedió hasta la casa. Oyeron unos nerviosos aullidos que debían de proceder de los establos, los cuales se alzaban al final de un sendero de grava invadido de malas hierbas que se desviaba hacia el norte desde una curva del camino cercano.

– Ahí estará Julian, él se encarga de criar a los perros, pero será mejor que miremos dentro antes. Por aquí.

«Por aquí» les condujo a un patio, uno de los dos, le informó Hanken. Según éste, el rectángulo irregular en que se encontraban era un añadido relativamente moderno a las antiguas cuatro alas del edificio, que abarcaba la fachada oeste de la casa. Relativamente moderno, en la historia de Broughton Manor, por supuesto, significaba que el patio no contaba con trescientos años de antigüedad, y por eso se llamaba el patio nuevo. La mayor parte del patio antiguo databa del siglo xv, con una parte central del siglo xiv que constituía el linde de ambos patios.

Una ojeada indiferente al patio bastaba para revelar la decadencia que Julian Britton intentaba contrarrestar. No obstante, se detectaban indicios de habitabilidad mezclados con los de decrepitud. Un tendedero improvisado del que colgaban incongruentes sábanas rosa se había instalado en una esquina, y se extendía en diagonal entre dos alas de la casa, sujeto a dos ventanas carentes de cristales por mediación de sus bastidores de hierro oxidados. Bolsas de basura de plástico esperaban a ser evacuadas junto a herramientas anticuadas que no parecían haber sido utilizadas desde hacía un siglo. Un reluciente bastón de aluminio yacía cerca de un antiguo reloj de repisa desechado. El presente y el pasado se citaban en cada rincón del patio, como si algo nuevo intentara alzarse entre las ruinas de lo antiguo.

– Hola. ¿Puedo ayudarles? -Era una voz de mujer, que les llamaba desde arriba. Miraron hacia las ventanas, y la mujer rió-. No. Aquí arriba.

Estaba en el tejado, con una curiosa herramienta en la mano. Parecía una mezcla de pala, rastrillo y escoba. La manejaba con sorprendente destreza, hundiéndola en la chimenea más cercana y revolviéndola como si estuviera haciendo mantequilla. Considerando su tarea, tenía la cara muy limpia, pero tanto los brazos como las piernas, desnudos, se veían manchados de hollín.

– Creo que nadie se ha ocupado de limpiarlas desde la guerra -dijo la mujer con voz risueña, en referencia a las chimeneas-. Tampoco tenemos calefacción central; ya pueden imaginar cómo es este lugar en invierno. Bajaré enseguida.

Nubes de polvo y hollín se alzaban de la chimenea mientras trabajaba con la cabeza vuelta para no quedar tiznada. Lynley apenas fue capaz de imaginar el resultado de sus esfuerzos en el hogar de abajo.

– Ya está -dijo la joven. Apoyó la herramienta contra la siguiente chimenea y se dirigió a una escalera apoyada contra el edificio, al otro lado de la hilera de sábanas rosa. Bajó con agilidad y atravesó el patio. Se presentó como Samantha McCallin.

– Me gustaría estrecharles la mano, pero estoy hecha un estropicio. Lo siento.

En un entorno tan proclive a las reflexiones históricas, Lynley vio a la joven tal como la habrían considerado en el pasado: sencilla pero robusta, de estirpe campesina, un espécimen perfecto para parir hijos y trabajar la tierra. En términos modernos, era alta y bien formada, con el físico de una nadadora. Llevaba ropas prácticas, adecuadas a su actividad. Tejanos viejos cortados a la altura del muslo, botas y una camiseta. Una cantimplora colgaba de su cinturón.

Llevaba el cabello castaño oscuro recogido sobre la cabeza en un moño, y mientras lo soltaba les observó con franqueza. Cayó en una sola trenza gruesa hasta su cintura.

– Soy la prima de Julian. Y ustedes, supongo, son policías. E imagino que esta visita es por lo de Nicola Maiden. ¿Correcto?

Su expresión les informó de que no solía equivocarse.

– Nos gustaría hablar con Julian -dijo Hanken.

– Espero que no le crean implicado en esa muerte. -Cogió la cantimplora y bebió un vaso-. Julian adoraba a Nicola. Era el caballero andante de su dama y todas esas monsergas. Ningún peligro era excesivo para él. Cuando ella llamaba, ya se había metido en su armadura antes de que pudieras decir «Ivanhoe». He empleado una metáfora, por supuesto.

Les dedicó una sonrisa. Fue su única equivocación. Insegura, reveló la angustia agazapada bajo su comportamiento desenvuelto.

– ¿Dónde está? -preguntó Lynley.

– Con los perros. Vengan. Les acompañaré.

Su esfuerzo no era necesario. Habrían podido llegar sin problemas guiándose por los ladridos, pero la determinación de la joven de supervisar su entrevista con Julian era lo bastante intrigante como para seguirle la corriente. Y el hecho de que estaba decidida a supervisar la entrevista lo demostraban sus largas y seguras zancadas a través del patio.

Siguieron a Samantha por el sendero plagado de malas hierbas. Sobre él colgaban las ramas sin podar de los limeros, lo cual insinuaba una idea de cómo había sido en otro tiempo el camino que conducía a los establos, con su techumbre de hojas.

Los establos habían sido reconvertidos en perreras, para criar a los lebreles de Julian Britton. Había numerosos perros en una serie de compartimientos de forma curiosa, y todos se pusieron a ladrar cuando Hanken y Lynley se acercaron con Samantha McCallin.

– A callar -gritó Samantha-. Tú, Cass, ¿por qué no estás con los cachorros?

En respuesta, el perro al que había hablado, que se paseaba nerviosamente, corrió hasta el edificio y desapareció por una puerta del tamaño de un perro practicada en la pared de piedra caliza.

– Así es mejor -comentó Samantha-. Parió hace unas noches -explicó-. Siempre protege a los cachorros. Supongo que Julie estará con ellos. Es ahí dentro.

Las perreras, explicó mientras abría la puerta, consistían en compartimientos exteriores e interiores, dos salas de parto y una docena de casetas para los cachorros.

En contraste con la mansión, las perreras se veían limpias y modernas. Fuera, habían barrido los compartimientos y los cuencos de agua brillaban. Dentro, los detectives comprobaron que habían encalado las paredes, las luces eran brillantes, el suelo de piedra relucía y sonaba música. Brahms. Las gruesas paredes del edificio aislaban del alboroto que los perros montaban en el exterior. Como también intensificaban la humedad y el frío, habían instalado calefacción central.

Lynley miró a Hanken mientras Samantha les guiaba hacia una puerta cerrada. Era evidente que Hanken estaba pensando lo mismo: los perros vivían mejor que los humanos.

Julian Britton estaba en una habitación identificada como sala de cachorros i. Samantha llamó dos veces, con suavidad, y anunció:

– La policía quiere hablar contigo. ¿Podemos entrar?

– Sin hacer ruido -dijo una voz masculina-. Cass está nerviosa.

– La vimos fuera. -Se volvió hacia Hanken y Lynley-. No sean bruscos, por favor. Con la perra.

Cass gruñó cuando entraron en la habitación. Estaba en un compartimiento en forma de L que daba al compartimiento exterior por mediación de una puerta practicada en la pared. Al fondo, una caja contenía su nueva carnada de cachorrillos. Cuatro lámparas caloríficas la iluminaban. La caja estaba aislada, forrada con piel de oveja y alfombrada con una gruesa capa de periódicos.

Julian Britton sostenía un cachorrillo en la mano izquierda, con el índice derecho en la diminuta boca del animal. El animal chupaba ávidamente, con los ojos cerrados. Al cabo de un momento, Julian devolvió el perro a su cuna y apuntó algo en una libreta de anillas.

– Tranquila, Cass -calmó a la perra. El animal siguió vigilante, y se limitó a sustituir los ladridos por tenues gruñidos.

– Todas las madres deberían preocuparse igual por sus crías.

Era imposible saber a quién se refería Samantha: a la perra o a Julian Britton.

Mientras Cass se acomodaba en la cuna de periódicos, Julian la observó. No dijo nada hasta que el cachorro al que estaba examinando se arrimó a una de las tetas. Después murmuró algo a los perros, mientras el resto de la carnada se disponía a mamar.

– ¿Cómo van? -preguntó Samantha a su primo.

Cada cachorro llevaba un collar de identificación, y Julian indicó el animal del collar amarillo.

– Yo diría que es nuestro líder. Ha capeado bien la tensión, y ha engordado casi una libra. Buena presión cuando mama, de modo que posee la capacidad de aprendizaje que nos interesa. Los demás cumplen los requisitos de peso, alimentación y sueño. Es una camada decente. Cass se ha portado bien. -La perra reconoció su nombre y ladeó la cabeza. Julian sonrió-. Buena perra, Cassie.

Se reunió con los demás fuera del compartimiento.

Lynley y Hanken se presentaron y mostraron sus placas. Julian las examinó, lo cual les concedió tiempo para examinarle a su vez. Era un hombre grande, corpulento sin ser gordo. Su frente exhibía el tipo de pecas irregulares propias de la vida al aire libre, así como precursoras del cáncer de piel, y una mancha adicional de pecas sobre la mejilla le daba el aspecto de un bandido de pelo color jengibre. Sin embargo, combinadas con la palidez anormal de su piel, las pecas intensificaban una apariencia enfermiza.

Después de haber inspeccionado las identificaciones de los detectives, sacó un pañuelo azul del bolsillo del pantalón y se secó la cara, aunque no parecía sudar.

– Haré lo que pueda por ayudarles -dijo-. Estaba con Andy y Nan cuando recibieron la noticia. Tenía una cita con Nicola aquella noche. Cuando no apareció en el hostal, telefoneamos a la policía.

– Julian salió a buscarla solo -añadió Samantha-. La policía se negó a intervenir.

Aquella crítica oblicua no pareció agradar a Hanken. Dirigió una mirada severa a la joven y preguntó si podían conversar en un sitio donde la perra no les gruñera. Se estaba refiriendo al animal, por supuesto, pero Samantha no pasó por alto el doble sentido. Miró a Hanken con los ojos entornados y apretó los labios.

Julian les guió hasta los compartimientos de los cachorrillos, en otra sección del edificio, donde los cachorros mayores se dedicaban a jugar. Los compartimientos habían sido diseñados con inteligencia para mantenerles estimulados y entretenidos, con cajas de cartón para destrozar, complicados laberintos de diversos niveles para vagabundear, juguetes y golosinas escondidas. El perro, les informó Julian Britton, era un animal inteligente. Esperar que un animal inteligente desarrollara sus aptitudes en un compartimiento de cemento desprovisto de distracciones no solo era estúpido, sino también cruel. Hablaría con los detectives mientras trabajaba, anunció. Confiaba en que no les importaría.

Caramba con el apenado novio, pensó Lynley.

– Ningún problema -dijo Hanken.

Julian pareció adivinar los pensamientos de Lynley.

– En este momento el trabajo es un consuelo -dijo-. Espero que lo comprenda.

– ¿Necesitas ayuda, Julie? -preguntó Samantha.

– Gracias. Puedes darles galletas, Samantha. Voy a montar de nuevo el laberinto.

Entró en el compartimiento, con movimientos seguros y decididos. Samantha fue a buscar la comida.

Aquella intrusión humana en sus dominios deleitó a los cachorros. Dejaron de jugar y rodearon a Julian, ansiosos de una nueva distracción. Les habló en murmullos, palmeó sus cabezas y tiró cuatro pelotas y varios huesos de goma al fondo del compartimiento. Cuando los perros se lanzaron tras ellos, se puso a trabajar en el laberinto, que desmontó gracias a una serie de ranuras en la madera.

– Nos han dado a entender que usted y Nicola Maiden se habían prometido en matrimonio -dijo Hanken-. También nos han dicho que sucedió hace poco.

– Nuestro más sentido pésame -añadió Lynley-. Ya imagino que no tendrá ganas de hablar de ello, pero tal vez pueda decirnos algo que ayude a nuestra investigación.

Julian dedicó su atención a los lados del laberinto, que encajó con cuidado mientras hablaba.

– Engañé a Andy y Nan. En aquel momento fue más fácil que dar explicaciones. No paraban de preguntar si nos habíamos peleado. Todo el mundo lo preguntó cuando ella no apareció.

– ¿Les engañó? Entonces ¿no se habían prometido?

Julian desvió la mirada hacia la dirección que Samantha había tomado para ir en busca de las galletas para perros.

– No -dijo en voz baja-. Yo se lo pedí. Ella me rechazó.

– ¿Los sentimientos no eran mutuos? -preguntó Hanken.

– Supongo que no, si se negó a casarse conmigo.

Samantha regresó, arrastrando un saco de arpillera, con los bolsillos abultados de galletas para los cachorros.

– Espera, Julie -dijo cuando entró en el compartimiento-. Déjame ayudarte.

– No hace falta.

– No seas tonto. Soy más fuerte que tú.

Julian parecía incómodo.

– ¿Cuándo tuvo lugar esa proposición de matrimonio exactamente? -preguntó Lynley.

Samantha se volvió un instante hacia su primo. Giró de nuevo con igual celeridad y empezó a esconder galletas en el compartimiento.

– El lunes por la noche -contestó Julian-. La noche antes de… de que Nicola fuera de acampada al páramo. -Reanudó con brusquedad su trabajo. No miró a los detectives-. Sé lo que parece. No soy tan idiota para no saberlo. Yo me declaro, ella me rechaza y luego muere. Sí, sé exactamente lo que parece. Pero yo no la maté. -Con la cabeza gacha, abrió los ojos de par en par, como si de esa manera pudiera contener las lágrimas-. Yo la quería -dijo-. La quise durante años.

Samantha se quedó petrificada al fondo del compartimiento, mientras los cachorros brincaban a su alrededor. Dio la impresión de que deseaba socorrer a su primo, pero no se movió.

– ¿Sabía usted dónde estaba esa noche? -preguntó Hanken-. ¿La noche en que murió?

– Aquella mañana, la mañana que se fue, la llamé por teléfono y nos citamos el miércoles por la noche. Pero no me dijo nada más.

– ¿No le dijo que se iba de excursión?

– Ni siquiera me dijo que se iba.

– Recibió otras llamadas antes de marcharse -dijo Lynley-. Una mujer telefoneó. Tal vez dos mujeres. También telefoneó un hombre. Nadie dijo su nombre a la madre de Nicola. ¿Tiene idea de quién querría hablar con ella?

– Ninguna en absoluto. -Julian no manifestó la menor reacción al saber que había llamado un hombre-. Podría haber sido cualquiera.

– Era muy popular -dijo Samantha desde el fondo del compartimiento-. Siempre estaba rodeada de gente aquí, de modo que debía de tener docenas de amigos de la universidad. Supongo que no paraba de recibir llamadas cuando no estaba en la facultad.

– ¿La facultad? -preguntó Hanken.

Nicola acababa de terminar un cursillo de convalidación en la facultad de derecho, explicó Julian.

– En Londres -añadió, cuando preguntaron dónde estudiaba-. Durante el verano vino a trabajar para un tipo llamado Will Upman. Tiene un bufete de abogados en Buxton. Su padre se lo consiguió porque Upman es cliente habitual del hostal. Y porque, supongo, confiaba en que ella trabajara para Upman en Derbyshire cuando terminara el cursillo.

– ¿Eso era importante para sus padres? -preguntó Hanken.

– Era importante para todo el mundo -contestó Julian.

Lynley se preguntó si «todo el mundo» incluía a la prima de Julian. La miró. Estaba muy ocupada escondiendo galletas para que los cachorros las buscaran. Formuló la siguiente pregunta obvia. ¿Cómo se había separado Julian de Nicola la noche en que le propuso matrimonio? ¿Irritado? ¿Amargado? ¿Desconcertado? ¿Esperanzado? Era muy duro, dijo Lynley, pedir a una mujer que se casara contigo y ser rechazado. Sería comprensible que dicho rechazo condujera a un estallido pasional inesperado.

Samantha se levantó.

– ¿Es su inteligente manera de preguntar si la mató?

– Samantha -le advirtió Julian-. Estaba decepcionado, por supuesto. Estaba triste. ¿Quién no?

– ¿Nicola estaba liada con otro? ¿Por eso le rechazó?

Julian no contestó. Lynley y Hanken intercambiaron una mirada.

– Ah, ya entiendo por dónde va -dijo Samantha-. Piensa que Julie llegó a casa el lunes por la noche, la telefoneó al día siguiente para concertar una cita, descubrió dónde iba a estar aquella noche, cosa que por supuesto no admitirá, y la asesinó. Bien, déjeme que le diga algo: es absurdo.

– Tal vez, pero una respuesta a la pregunta sería de gran ayuda -observó Lynley.

– No -respondió Julian.

– ¿No estaba liada con alguien? ¿O a usted no se lo habría dicho?

– Nicola era sincera. Si hubiera mantenido relaciones sentimentales con otro me lo habría dicho.

– ¿No habría intentado ocultarlo, para no herir sus sentimientos?

Julian rió con tristeza.

– Dorar la píldora a los demás no era su estilo, créame.

Pese a sus sospechas sobre otras personas, la respuesta de Julian impulsó a Hanken a preguntar:

– ¿Dónde estuvo el martes por la noche, señor Britton?

– Con Cass.

– ¿Con la perra?

– Estaba pariendo, inspector. No se puede dejar sola a una perra cuando está pariendo.

– ¿Usted también estuvo aquí, señorita McCallin? -preguntó Lynley-. ¿Colaboró en el parto?

La joven se mordió el labio inferior.

– Sucedió por la noche. Julian no me despertó. Vi a los cachorros por la mañana.

– Entiendo.

– ¡No, no entiende nada! -exclamó Samantha-. Piensa que Julie está implicado. Ha venido para obligarle con engaños a decir algo que le implicará. Así trabajan ustedes.

– Trabajamos para descubrir la verdad.

– Ah, claro. Dígaselo a los Cuatro de Bridgewater. Aunque ahora solo quedan tres, ¿verdad? Porque uno de esos pobres desgraciados murió en la cárcel. Llama a un abogado, Julian. No digas ni una palabra más.

Julian Britton acompañado de su abogado era justo lo que no necesitaban en ese momento.

– Usted guarda registros de los perros, señor Britton. ¿Tomó nota de la hora del parto?

– No nacen todos a la vez, inspector -dijo Samantha.

– Cass empezó a parir alrededor de las nueve. Dio a luz a eso de la medianoche. Eran seis cachorros, aunque uno nació muerto, y por eso tardó varias horas. Si quiere las horas exactas, están consignadas en los registros. Samantha puede ir a buscar el libro.

La joven lo hizo. Cuando volvió, Julian le dijo:

– Gracias. Casi he terminado aquí. Me has ayudado mucho. Yo me encargaré del resto.

Era evidente que la estaba despidiendo. Dio la impresión de que ella le comunicaba algo con la mirada. Fuera lo que fuese, Julian no pudo o no quiso recibir el mensaje. Samantha dirigió una leve mirada ominosa a Lynley y Hanken antes de salir. Los ladridos de los perros que había fuera se incrementaron hasta que ella abrió y cerró la puerta a su espalda.

– Tiene buenas intenciones -dijo Julian-. No sé qué haría sin ella. Intentar poner en pie de nuevo la mansión es un trabajo muy duro. A veces me pregunto por qué lo emprendí.

– ¿Por qué lo hizo? -preguntó Lynley.

– Aquí han vivido los Britton desde hace cuatrocientos años. Sueño con prolongarlos durante unos siglos más.

– ¿Nicola Maiden era parte de ese sueño?

– En mi mente sí. En la suya, no. Tenía sus propios sueños, planes, o lo que fueran. Pero eso es normal, ¿verdad?

– ¿Le habló de ellos?

– Solo me dijo que no compartía los míos. Sabía que yo no podía ofrecerle lo que deseaba. No en este momento, y tal vez nunca. Pensó que lo más prudente era continuar nuestra relación como siempre.

– ¿Qué clase de relación era?

– Éramos amantes, si eso es lo que está preguntando.

– ¿En el sentido habitual? -preguntó Hanken.

– ¿Qué quiere decir?

– La chica estaba afeitada. Eso sugiere… cierta peculiaridad sexual de su relación.

Un feo rubor invadió la cara de Julian.

– Ella era rara. Se depilaba a la cera. También se hizo piercings en el cuerpo. En la lengua, el ombligo, los pezones y la nariz. Ella era así.

No parecía la mujer apropiada para casarse con un terrateniente empobrecido, pensó Lynley. Se preguntó por qué Julian Britton lo había creído posible.

No obstante, Britton pareció leerle el pensamiento.

– Todo eso no significa nada -dijo-. Ella era como era. Las mujeres de ahora son así. Las mujeres de su edad, al menos. Como usted es de Londres, supongo que ya lo sabe.

Era verdad que se veía de todo en las calles de Londres. Solo un investigador miope juzgaría a las mujeres de menos de treinta años, o incluso de más, sobre la base de que se depilaban a la cera o se perforaban el cuerpo. De todos modos, los comentarios de Julian intrigaron a Lynley. Contenían tal vehemencia que valía la pena sondear.

– Es lo único que puedo decirles-dijo.

Julian abrió el libro de registros que su prima le había traído. Buscó una sección señalizada por un marcador azul y pasó varias páginas hasta encontrar lo que buscaba. Dio la vuelta al libro para que Lynley y Hanken pudieran verlo. La página llevaba el nombre de Cass en grandes mayúsculas, y documentaba las horas del alumbramiento de cada cachorro, así como las horas en que el parto había empezado y terminado.

Le dieron las gracias por la información y se marcharon. Lynley fue el primero en hablar cuando estuvieron fuera.

– Esas horas estaban escritas a lápiz, Peter, todas.

– He tomado nota. -Hanken indicó con un gesto la mansión-. Menudo equipo forman, ¿verdad? «Julie» y su prima.

Lynley le dio la razón. Y se preguntó a qué jugaba ese equipo.

8

Barbara Havers experimentó un gran alivio cuando pudo abandonar el claustrofóbico cuartel general de la Met. En cuanto Winston Nkata le pidió que fuera a la dirección de Terry Cole en Battersea, no perdió el tiempo y corrió hacia su coche. Tomó la ruta más directa posible, en dirección al río, y luego siguió el Embankment hasta el Albert Bridge. En la orilla sur del Támesis consultó su pringoso plano de la ciudad, hasta que encontró la calle en cuestión, emparedada entre las dos Bridge Roads: Battersea y Albert.

El piso de Terry Cole estaba en un edificio de ladrillo remozado, con ventanas saledizas, situado entre otros similares de Anhalt Road. Una hilera de timbres indicaba que había cuatro pisos en el edificio, y Barbara llamó al señalado con los apellidos Cole/Thompson. Mientras esperaba echó un vistazo al barrio. Casas adosadas, algunas en mejor estado que otras, con jardines delanteros. Algunos estaban bien cuidados, otros no, y más de uno parecía utilizarse como vertedero indiscriminado, desde ollas herrumbradas hasta televisores sin pantalla.

Nadie contestó en el piso. Barbara frunció el entrecejo y bajó los peldaños. Resopló, pues no anhelaba la perspectiva de sacrificarse más horas ante los ordenadores del Yard, y pasó revista a sus opciones mientras examinaba la casa. Entrar por la fuerza no le serviría de mucho, y estaba pensando en ir al pub más cercano para tomar un plato de salchichas con puré de patatas, cuando observó que una cortina se movía en la ventana del piso de la planta baja. Decidió probar con los vecinos.

En el primer piso constaba el apellido Baden. Barbara pulsó el timbre. Casi al instante, una voz temblorosa respondió, como si la persona se hubiera estado preparando para una visita de la ley. En cuanto Barbara se identificó, al tiempo que alzaba su placa para que pudiera ser observada por la ventana del piso, el pestillo de la puerta fue liberado. La abrió y se encontró en un vestíbulo del tamaño aproximado de un tablero de ajedrez. También la decoración era propia de un tablero de ajedrez: losas rojas y negras, manchadas por innumerables pisadas.

El primer piso se abría a la derecha del vestíbulo. Cuando Barbara llamó con los nudillos, tuvo que repetir todo el procedimiento desde el principio. Esta vez, levantó la placa a la altura de la mirilla. Cuando el ocupante la hubo estudiado a su plena satisfacción, retiró dos cerrojos y una cadena de seguridad, y la puerta se abrió. Era una anciana.

– Temo que cualquier precaución es poca en nuestros días -dijo la mujer a modo de disculpa.

Se presentó como la esposa de Geoffrey Baden y procedió a informar a Barbara sobre los detalles de su vida sin necesidad de que hiciera preguntas. Viuda desde hacía veinte años, no tenía hijos, solo sus pájaros, los cuales eran pinzones, cuya enorme jaula ocupaba un lado de la sala de estar, y su música, cuya fuente parecía un piano que cubría el otro lado. Era un antiguo piano vertical, y sobre él descansaban varias docenas de fotos enmarcadas del difunto Geoffrey, mientras el atril albergaba suficientes partituras para sugerir que la señora Baden dedicaba a Mozart sus tardes libres.

La anciana padecía temblores. Afectaban a sus manos y su cabeza, que no dejaron de agitarse durante toda su entrevista con Barbara.

– Temo que aquí no hay sitio para sentarse -dijo con jovialidad cuando acabó de contar su vida-. Acompáñeme a la cocina. Tengo tarta de limón, si le apetece un trozo.

Le encantaría comer un trozo, dijo Barbara, pero la verdad era que estaba buscando a Cilla Thompson. ¿Sabía la señora Baden dónde podía encontrarla?

– Supongo que está trabajando en el estudio -contestó la anciana-. Los dos son artistas. Cilla y Terry. Unos jóvenes adorables, si no se hace caso de su apariencia, cosa que yo hago. Los tiempos cambian, ¿no es así? Hay que cambiar con ellos.

Parecía un alma tan bondadosa y amable, que Barbara prefirió no hablarle de la muerte de Terry de sopetón.

– Debe de conocerlos muy bien -dijo.

– Cilla es bastante tímida. Terry es un primor, y siempre aparece con un regalo o una sorpresa. Me llama su abuela adoptiva. A veces me ayuda con pequeñas reparaciones en el piso. Y siempre pasa a preguntar si necesito algo de la tienda cuando sale de compras. Vecinos así no abundan en nuestros días, ¿no cree?

– Yo también he sido afortunada -dijo Barbara, a quien la anciana caía muy bien-. Tengo unos vecinos maravillosos.

– Entonces cuéntese entre los afortunados, querida. ¿Me permite decirle que sus ojos son de un color muy bonito? Ese precioso azul no se ve muy a menudo. Supongo que tiene antepasados escandinavos en su familia.

La señora Baden enchufó el calentador de agua y sacó una lata de té de un estante de la alacena. Echó unas cucharadas en una tetera de porcelana desteñida y llevó dos tazas a la mesa de la cocina. Sus temblores eran tan desmesurados que Barbara no la imaginó sujetando un calentador con agua hirviendo, de modo que cuando el aparato se apagó unos minutos después, fue a preparar el té. La señora Baden le dio las gracias.

– No paro de oír que los jóvenes de hoy son unos salvajes, pero mi experiencia es muy diferente. -Utilizó una cuchara de madera para remover las hojas de té en el agua, y luego levantó la vista-. Espero que Terry no se haya metido en ningún lío -dijo en voz baja, como resignada desde hacía tiempo a la aparición de la policía, a pesar de sus palabras.

– Lamento mucho decírselo, señora Baden, pero Terry ha muerto. Fue asesinado en Derbyshire hace unas noches. Por eso me gustaría hablar con Cilla.

La señora Baden formó con la boca la palabra «muerto», perpleja. Una expresión de estupefacción se dibujó en su rostro cuando todas las implicaciones de la palabra atravesaron sus defensas.

– Oh, Dios mío -dijo-. Ese joven adorable… Pero no pensará que Cilla, o el desgraciado de su novio, estén relacionados con ello.

Barbara archivó «el desgraciado de su novio» para futuras referencias. No, dijo a la señora Baden, quería hablar con Cilla para que la dejara entrar en el piso. Necesitaba echar un vistazo para ver si encontraba alguna pista sobre el móvil del asesinato de Terry Cole.

– Fue una de dos personas asesinadas -dijo Barbara-. La otra era una mujer, se llamaba Nicola Maiden, y puede que fuera ella la causante de ambas muertes. En cualquier caso, estamos intentando establecer si Terry y la mujer se conocían.

– Por supuesto -dijo la señora Baden -. Lo entiendo muy bien. Tiene que hacer su trabajo, por desagradable que sea. -Explicó a Barbara que Cilla estaría en la arcada del ferrocarril orientada hacia Portslade Road. Era allí de donde ella, Terry y dos artistas más sacaban los recursos para sufragar un estudio. No pudo dar a Barbara la dirección exacta, pero no creía que le costara localizar el estudio-. Siempre puede preguntar en las demás arcadas. Supongo que los propietarios sabrán de quién está hablando. En cuanto al piso… -La anciana utilizó unas tenacillas de plata para echar un terrón de azúcar al té. Tuvo que repetir la operación tres veces, debido a los temblores, pero sonrió con satisfacción cuando lo consiguió-. Tengo una llave, por supuesto.

Fantástico, pensó Barbara, y mentalmente se frotó las manos.

– La casa es mía. -La anciana continuó explicando que, cuando el señor Baden falleció, había remozado la casa a modo de inversión que le proporcionaría ingresos en sus años de vejez-. Tengo alquilados tres pisos y vivo en el mío. -Añadió que siempre insistía en tener una llave de cada piso. La perspectiva de una visita sorpresa de la casera siempre mantenía a raya a los inquilinos-. Sin embargo -concluyó, hundiendo el barco de Barbara con una sonrisa afable-, no puedo dejarle entrar.

– ¿No puede?

– Temo que sin el permiso de Cilla sería una violación de la confianza depositada en mí. Espero que lo comprenda.

Maldita sea, pensó Barbara. Preguntó cuándo solía volver Cilla.

Oh, nunca a la misma hora, dijo la señora Baden. Lo más prudente sería ir a Portslade Road y concertar una cita con Cilla mientras estaba pintando. Y a propósito, ¿le apetecía a la agente tomar un trozo de tarta antes de irse? Le gustaba mucho cocinar y dar a probar sus exquisiteces.

Compensaría el donut de chocolate a las mil maravillas, decidió Barbara. Y como se le negaba el acceso inmediato al piso de Terry, pensó que lo mejor era continuar con su meta dietética de ingerir solo grasa y azúcar durante veinticuatro horas.

Una sonrisa iluminó el rostro de la señora Baden cuando Barbara aceptó, y cortó un trozo de tarta más indicado para un guerrero vikingo. Cuando Barbara se lanzó sobre él, la anciana se entregó al tipo de agradable cháchara en el que tanto destacaba su generación. Incluyó alguna referencia ocasional a Terry Cole.

A juzgar por sus palabras, Barbara dedujo que Terry era un soñador, nada práctico en opinión de la señora Baden, sobre su futuro éxito como artista. Quería abrir una galería, dijo la anciana. Pero, querida, la idea de que alguien quisiera comprar sus piezas o las de sus colegas… Aunque claro, ¿qué sabía una vieja de arte moderno?

– Su madre aseguró que estaba trabajando en un gran proyecto -comentó Barbara-. ¿Le habló a usted de él?

– Hablaba de un gran proyecto, querida, ya lo creo que sí…

– Pero ¿no existía?

– No he dicho eso -se apresuró a señalar la señora Cole -. Creo que en su mente sí existía.

– En su mente. ¿Está diciendo que se forjaba fantasías?

– Tal vez era… demasiado entusiasta. – La señora Baden pinchó con su tenedor unas cuantas migas, con aire pensativo. Sus siguientes palabras fueron vacilantes-. Es de muy mal gusto criticar a los muertos…

Barbara quiso tranquilizarla.

– Usted le apreciaba. Es evidente. Y espero que quiera colaborar.

– Era un chico estupendo. Siempre se esforzaba por ayudar a las personas que apreciaba. No creo que encuentre a nadie que le diga lo contrario. Pero…

– ¿Pero…? – la animó Barbara.

– Pero a veces, cuando un joven desea algo con desesperación, toma atajos, ¿verdad? Intenta encontrar una ruta más corta y directa para llegar a su destino.

Barbara se aferró a la última palabra.

– ¿Está hablando de la galería que quería abrir?

– ¿La galería? No. Estoy hablando de prestigio -contestó la señora Baden -. Él quería ser alguien, querida. Más que dinero y lujos, deseaba la sensación de tener un lugar en el mundo. Pero eso hay que ganárselo, ¿verdad? -Dejó el tenedor junto al plato y enlazó las manos sobre el regazo-. Me parece terrible decir esas cosas de él. Fue muy bueno conmigo. Me regaló tres pinzones nuevos por mi cumpleaños. Y esta misma semana, partituras nuevas para piano… También flores el día de la Madre. Un chico muy considerado y generoso. Siempre dispuesto a ayudar. Contaba con él cuando necesitaba a alguien que apretara un tornillo o cambiara una bombilla…

– Ya -dijo Barbara.

– Lo que quiero decirle es que tenía esa otra faceta, la ansiedad. Yo supongo que la habría superado cuando hubiera aprendido más de la vida, ¿no cree?

– Sin duda -dijo Barbara.

A menos que, por supuesto, su ansia de prestigio estuviera directamente relacionada con su muerte en el páramo.

Tras marchar de Broughton Manor, Lynley y Hanken se detuvieron en Bakewell para una comida rápida en un pub cercano al centro del pueblo. Mientras comían patatas rellenas (Hanken) y estofado de cordero (Lynley), analizaron los datos de que disponían. Hanken había traído un plano del distrito de los Picos, que utilizó para subrayar su principal deducción.

– Buscamos a un asesino que conoce la zona -dijo, e indicó el plano con su tenedor-. Y no me digas que un presidiario recién salido de Dartmoor siguió un cursillo acelerado de montañismo para matar a la hija de Andy Maiden con el fin de vengarse de él. Eso no cuela.

Lynley estudió el plano. Numerosos senderos serpenteaban a través del distrito, sembrado de puntos de interés. Parecía un paraíso para el excursionista o el campista, pero tan vasto que el caminante descuidado o poco preparado podía perderse con facilidad. También observó que Broughton Manor poseía suficiente importancia histórica para ser indicado como punto de interés, al sur de Bakewell, y que el terreno de la mansión desembocaba en un bosque que, a su vez, daba paso a un páramo. Una serie de senderos atravesaban tanto el bosque como el páramo.

– La familia de Julian Britton lleva aquí cientos de años -dijo Lynley-. Supongo que conoce la zona.

– Igual que Andy Maiden -replicó Hanken-. Y tiene pinta de haberse recorrido el terreno de cabo a rabo. No me extrañaría averiguar que su hija heredó de él la propensión a ir de excursión. Y él encontró ese coche. Toda la noche peinando el jodido Pico Blanco, y consiguió encontrar el puto coche.

– ¿Dónde estaba, exactamente?

Hanken utilizó su tenedor de nuevo. Entre la aldea de Sparrowpit y Winnat's Pass corría una carretera que formaba la frontera noroeste de Calder Moor. A escasa distancia de la pista que conducía en dirección sudeste a Perryfoot, había encontrado el coche detrás de un muro de piedra.

– De acuerdo. Ya veo que encontrar el coche fue un golpe de suerte…

Hanken resopló.

– Exacto.

– Pero los golpes de suerte abundan, y él conocía los lugares favoritos de su hija.

– Ya lo creo. Los conocía lo suficiente para seguirla, abrirle la cabeza y volver a casa sin que nadie se enterara.

– ¿Con qué motivo, Peter? No puedes acusar a ese hombre solo porque ocultó información a su mujer. Eso tampoco cuela. Y si es el asesino, ¿quién es su cómplice?

– Volvamos a esos presidiarios de sus años en el SO10 -dijo Hanken-. ¿Qué recluso recién salido de Newgate se negaría a ganar unas libras, sobre todo si era Maiden quien hacía la oferta y le acompañaba en persona al lugar? -Pinchó un bocado de patatas y gambas y se lo metió en la boca-. Pudo suceder así.

– No, a menos que Andy Maiden sufriera una transformación de su personalidad cuando se mudó aquí. Era uno de los mejores, Peter.

– No te dejes encandilar. Puede que te haya hecho venir por una muy buena razón.

– Eso me ofendería mucho.

– Me gustaría -sonrió Hanken-. Tengo debilidad por ver a un señorito perder los papeles. Te lo advierto, no pienses demasiado bien de ese tío. Es peligroso.

– Tan peligroso como pensar demasiado mal de él. En cualquier caso, los extremos se tocan.

– Touché -dijo Hanken.

– Julian tiene un motivo, Peter.

– ¿Una decepción amorosa?

– Tal vez algo más fuerte. Tal vez una pasión básica. Celos, por ejemplo. ¿Quién es ese Upman?

– Te lo presentaré.

Terminaron la comida y volvieron al coche. Se dirigieron hacia el noroeste. Ascendieron y atravesaron la frontera de Taddington Moor.

Al llegar a Buxton enfilaron High Street y encontraron aparcamiento detrás del ayuntamiento. Era un impresionante edificio del siglo xix que dominaba Las Pendientes, una serie de senderos ascendentes protegidos por la sombra de los árboles, donde los que iban a Buxton a tomar las aguas se ejercitaban por las tardes.

El despacho del abogado estaba en la misma High Street. Situado sobre una agencia de bienes raíces y una galería de arte que exhibía acuarelas de los Picos, se accedía a él mediante una sola puerta, con los nombres Upman, Smith & Sinclair impresos en el cristal opaco.

En cuanto Hanken envió su tarjeta al despacho de Upman, transportada por una anciana secretaria, vestida con el dos piezas de tweed típico de las secretarias, el hombre salió a recibirles y les invitó a entrar en sus dominios. Se había enterado de la muerte de Nicola Maiden, les dijo con semblante grave. Había telefoneado al hostal para preguntar dónde debía enviar la nómina de Nicola, y una de las empleadas le había dado la noticia. La semana pasada había sido la última que había trabajado en su oficina.

El abogado parecía complacido de colaborar con la policía. Calificó la muerte de Nicola de «lamentable tragedia para todos los concernidos. Se abría ante ella un gran futuro en el campo de la abogacía, y me sentía más que satisfecho con su trabajo de este verano».

Lynley estudió al hombre, mientras Hanken espigaba datos sobre la relación del abogado con la joven muerta. Upman parecía un presentador de noticias de la BBC: imagen perfecta, insufriblemente pulcro. Su cabello castaño estaba encaneciendo en las sienes, lo cual le confería un aspecto de honradez que sin duda le ayudaba en la profesión. Su voz, profunda y sonora, intensificaba esta sensación general de integridad. Debía de tener unos cuarenta años, pero sus modales desenvueltos y su aire cordial sugerían juventud.

Respondió a las preguntas de Hanken sin el menor indicio de que le resultaran incómodas. Conocía a Nicola Maiden desde que ella y su familia se habían mudado al distrito de los Picos, hacía nueve años. Cuando sus padres habían adquirido el antiguo Padley Gorge Lodge, ahora Maiden Hall, se habían puesto en contacto con el socio de Upman que se encargaba de compras de bienes raíces. Will Upman había conocido a los Maiden y a su hija por mediación de él.

– Nos han dado a entender que el señor Maiden dio los pasos necesarios para que Nicola trabajara para usted este verano -dijo Hanken.

Upman lo confirmó.

– No era ningún secreto que Andy esperaba que Nicola ejerciera en Derbyshire cuando hubiera terminado sus estudios -añadió. Apoyado en su escritorio mientras hablaba, no había invitado a sentarse a los detectives. Al parecer, cayó en la cuenta, porque se apresuró a decir-: He olvidado mis buenos modales. Les ruego me disculpen. Siéntense, por favor. ¿Puedo ofrecerles un café? ¿Té? Señorita Snodgrass -añadió en dirección a la puerta abierta.

La secretaria volvió a aparecer en el umbral. Se había calado unas gafas de montura grande, que le daban la apariencia de un insecto tímido.

– ¿Sí, señor Upman? -Esperó a recibir instrucciones.

– ¿Caballeros? -preguntó el abogado.

Hanken y Lynley rehusaron el ofrecimiento, y la señora Snodgrass volvió a su mesa. Upman sonrió a los detectives cuando tomaron asiento. Él siguió de pie. Lynley reparó en el detalle. En el delicado juego de poder y confrontación, el abogado se había apuntado el primer tanto. Y había realizado la maniobra con notable delicadeza.

– ¿Qué sintió cuando Nicola encontró empleo en Derbyshire? -preguntó a Upman.

El abogado le miró con afabilidad.

– Creo que nada en absoluto.

– ¿Está casado?

– Nunca lo he estado. Mi profesión suele disuadir del matrimonio. Me dedico a los divorcios, lo cual contribuye a destruir los ideales románticos al cabo de poco tiempo.

– ¿Tal vez por eso Nicola rechazó la propuesta de matrimonio de Julian Britton? -preguntó Lynley.

Upman aparentó sorpresa.

– No sabía nada al respecto.

– ¿Ella no se lo dijo?

– Trabajaba para mí, inspector, pero yo no era su confesor.

– ¿Era algo más de ella? -intervino Hanken, molesto por el tono de la última respuesta de Upman-. Aparte de patrón, claro está.

Upman cogió de su escritorio un violín del tamaño de una mano que, al parecer, hacía las veces de pisapapeles. Pasó los dedos por sus cuerdas y las pulsó, como si las estuviera afinando.

– Supongo que me está preguntando si manteníamos una relación personal.

– Cuando un hombre y una mujer trabajan juntos en un lugar pequeño a diario -aclaró Hanken-, esas cosas pasan.

– A mí no me pasan.

– ¿De lo cual debo deducir que no estaba liado con la Maiden?

– Exacto. -Upman dejó el violín en su sitio y cogió un bote de lápices. Empezó a sacar los que tenían la punta gastada y los alineó al lado de su muslo, que continuaba apoyado contra el escritorio-. A Andy Maiden le hubiera gustado que Nicola y yo hubiéramos mantenido relaciones. Lo insinuó en más de una ocasión, y siempre que iba al hostal a cenar y Nicola estaba en casa, intentaba juntarnos. Me di cuenta de sus intenciones, pero no le seguí la corriente.

– ¿Por qué no? -preguntó Hanken-. ¿No le gustaba la chica?

– No era mi tipo.

– ¿De qué tipo era ella? -preguntó Lynley.

– No lo sé. Oiga, ¿qué más da? Estoy… Bien, estoy un poco liado con alguien.

– ¿Un poco?

– Tenemos un acuerdo. O sea, salimos. Yo me encargué de su divorcio hace dos años y… De todos modos, ¿qué importa?

Parecía turbado. Lynley se preguntó por qué. Por lo visto, Hanken también se dio cuenta, y empezó a profundizar.

– No obstante, usted la consideraba atractiva.

– Por supuesto. No soy ciego. Era atractiva.

– ¿Y su divorciada conocía su existencia?

– No es mi divorciada. No es nada mío. Salimos juntos, nada más. Y Joyce no tenía por qué saber nada…

– ¿Joyce? -preguntó Lynley.

– Su divorciada -aclaró Hanken.

– Y Joyce no tenía que saber nada -insistió Upman- porque no había nada entre nosotros, entre Nicola y yo. Considerar atractiva a una mujer y entramparse en algo que no puede ir a ningún sitio son dos cosas muy diferentes.

– ¿Por qué no podía ir a ningún sitio? -preguntó Lynley.

– Porque cada uno tenía su propia relación. Por lo tanto, aunque hubiera pensado en probar suerte, cosa que no hice, por cierto, habría sido frustrante.

– Pero rechazó la propuesta de Julian -intervino Hanken-. Eso sugiere que no estaba tan enrollada con él como usted suponía, que tal vez se había fijado en otro.

– En ese caso no era yo. Y en cuanto al pobre Britton, apuesto a que le rechazó porque sus ingresos no le convenían. Yo diría que le había echado el ojo a alguien de Londres con una cuenta corriente sustanciosa.

– ¿Qué le dio esa impresión? -preguntó Lynley.

Upman reflexionó, pero parecía aliviado de haber desviado la atención hacia otro posible amante de la joven.

– Llevaba un busca que se disparaba de vez en cuando -dijo por fin-, y en una ocasión me preguntó si podía llamar a Londres para dar el teléfono de aquí a alguien. Y ya lo creo que llamaba. Una y otra vez.

– ¿Por qué llegó a la conclusión de que ese alguien tenía dinero? -preguntó Lynley-. Incluso alguien que vaya corto de ingresos puede permitirse unas cuantas llamadas de larga distancia.

– Lo sé, pero Nicola tenía gustos caros. No podía haber comprado la ropa que se ponía cada día con el dinero que yo le pagaba, créame. Le apuesto veinte libras a que, si examina sus ropas, descubrirá que procedían de Knightsbridge, donde algún capullo está pagando montones de facturas de una cuenta que ella utilizaba a su antojo. Y ese capullo no soy yo.

Muy hábil, pensó Lynley. Upman había ensamblado todas las piezas con una destreza de la que su profesión se habría enorgullecido. Pero había algo calculado en la presentación de los hechos que puso en guardia a Lynley. Era como si hubiera sabido de antemano lo que iban a preguntarle y hubiera preparado sus respuestas, como cualquier buen abogado. A juzgar por su expresión de leve desagrado, Hanken había llegado a la misma conclusión sobre el abogado.

– ¿Estamos hablando de una relación que mantenía? -preguntó Hanken-. ¿Se trata de un hombre casado que se esfuerza en tener contenta a su amante?

– No tengo ni idea. Solo puedo decir que mantenía relaciones con alguien, y creo que ese alguien vive en Londres.

– ¿Cuándo fue la última vez que la vio viva?

– El viernes por la noche. Fuimos a cenar.

– Pero usted no mantenía relaciones con ella -comentó Hanken.

– La llevé a cenar como despedida, lo cual es habitual entre patrones y empleados en nuestra sociedad, si no me equivoco. ¿Por qué? ¿Eso me hace sospechoso? Si hubiera querido matarla, por el motivo que quieran imaginar, ¿para qué hubiera esperado desde el viernes hasta el martes por la noche para hacerlo?

Hanken saltó como un ave de presa.

– Ah. Por lo visto, sabe cuándo murió.

Upman no se inmutó.

– Hablé con alguien del hostal, inspector.

– Eso dijo. -Hanken se puso en pie-. Gracias por su ayuda. Si puede darnos el nombre del restaurante del viernes por la noche, nos marcharemos.

– El Chequers Inn -dijo Upman-. En Calver. Pero ¿para qué lo necesita? ¿Estoy bajo sospecha? Porque en ese caso insisto en…

– En este punto de la investigación no hacen falta escenitas -dijo Hanken.

Tampoco hacía falta, pensó Lynley, poner al abogado más a la defensiva.

– Toda persona que haya conocido a la víctima de un asesinato es sospechoso al principio, señor Upman -intervino Lynley-. El inspector Hanken y yo nos encontramos en la fase de eliminar posibilidades. Incluso como abogado, imagino que usted animaría a un cliente a cooperar si quisiera que se le borrase de la lista.

La explicación no fue del agrado de Upman, pero tampoco insistió.

Lynley y Hanken salieron a la calle.

– Menuda serpiente -dijo Hanken mientras caminaban hacia el coche-. Qué escurridizo montón de mierda. ¿Te has tragado su historia?

– ¿Qué parte?

– Toda. Me da igual.

– Como abogado, por supuesto, todo lo que dijo fue sospechoso.

Hanken sonrió con reticencia.

– Pero nos proporcionó una información útil. Me gustaría hablar con los Maiden otra vez y ver si puedo sonsacarles algo que corrobore las sospechas de Upman, en el sentido de que Nicola estaba saliendo con alguien de Londres. Si aparece otro amante, hay otro móvil.

– Para Britton -admitió Hanken. Señaló la oficina de Upman-. ¿Qué opinas de él? ¿Piensas incluirle en la lista de sospechosos?

– Le investigaremos, por supuesto.

Hanken asintió.

– Creo que empiezas a caerme bien -dijo.

Cilla Thompson estaba en el estudio cuando Barbara Havers lo localizó, a tres arcos de distancia del callejón sin salida de Portslade Road. Tenía dos grandes puertas y estaba enfrascada en lo que parecía una furia creativa, atacando un lienzo con pintura mientras sonaba algo similar a tambores africanos de un CD cubierto de polvo. El volumen estaba alto. Barbara notó las vibraciones en la piel y el esternón.

– ¿Cilla Thompson? -llamó, al tiempo que extraía la placa del bolso-. ¿Podríamos hablar un momento?

Cilla encajó el pincel entre los dientes y pulsó un botón del CD silenciando los tambores.

– Cyn Cole me lo ha contado -dijo, y continuó manchando el lienzo con pintura.

Barbara echó un vistazo al cuadro. Era una boca abierta, de la cual surgía una mujer de aspecto maternal con una tetera decorada con serpientes. Encantador, pensó. No cabía duda de que el genio de Cilla estaba llenando un hueco en el mundo del arte.

– ¿La hermana de Terry le dijo que había sido asesinado?

– Su madre la llamó en cuanto identificó el cadáver. Cyn me telefoneó. Pensé que algo estaba pasando cuando llamó anoche. No tenía la voz de siempre, ya sabe a qué me refiero, pero jamás se me habría ocurrido… Quiero decir, ¿quién habría querido cargarse a Terry? Era un gilipollas inofensivo. Un poco demente, considerando su obra, pero inofensivo.

Lo dijo sin inmutarse, como si estuviera rodeada de lienzos pintados por Rubens en lugar de enormes bocas que vomitaban de todo, desde capas de aceite hasta atascos en la autopista. Por lo que Barbara pudo ver, la obra de sus colegas no era mucho mejor. Los demás artistas eran escultores, como Terry. Uno de ellos utilizaba cubos de basura aplastados, el otro se decantaba por carritos de supermercado oxidados.

– Sí, vale -dijo Barbara-. Pero supongamos que todo es cuestión de gustos.

Cilla puso los ojos en blanco.

– No para alguien educado en el arte.

– ¿Terry no lo estaba?

– Terry era un farsante. No estaba educado en nada, excepto en mentir. Y era un experto en eso.

– Su madre dijo que estaba trabajando en un gran proyecto. ¿Puede hablarme de eso?

– Para Paul McCartney, no me cabe la menor duda -fue la seca respuesta de Cilla-. Según el día de la semana en que conseguía hablar con él, Terry estaba trabajando en un proyecto que le reportaría millones, a punto de demandar a Pete Townsend [6] por no contar al mundo que era su hijo bastardo, me refiero a Terry, por supuesto, dispuesto a vender a la prensa amarilla documentos secretos que habían caído en sus manos por casualidad, o comiendo con el director de la Real Academia. O inaugurando una galería de diseño donde vendería sus esculturas a veinte mil la pieza.

– ¿Quiere decir que no existía tal proyecto?

– Es lo más seguro. -Cilla retrocedió unos pasos para estudiar el lienzo. Aplicó un poco de rojo al labio inferior de la boca, seguido de un toque blanco-. Bien -añadió, tal vez en referencia al efecto que había logrado.

– No parece muy afectada por la muerte de Terry -observó Barbara-. Teniendo en cuenta que acaba de enterarse, quiero decir.

Cilla captó la crítica implícita. Cogió otro pincel y lo mojó en el púrpura de su paleta.

– Terry y yo compartíamos un piso -dijo-. Compartíamos este estudio. A veces comíamos juntos o íbamos al pub. Pero no éramos una pareja. Dos personas que compartían gastos para no tener que trabajar donde vivían.

Considerando el tamaño de las esculturas de Terry y la naturaleza de las pinturas de Cilla, el acuerdo no carecía de lógica. Pero también recordó a Barbara el comentario de la señora Baden.

– ¿Qué pensaba su novio de este acuerdo?

– Ya veo que ha estado hablando con Cara de Pasa. Ha estado esperando que Dan se las tuviera con alguien desde el momento en que le vio. Es eso de juzgar a un tío por su apariencia. -¿Y?

– ¿Y qué?

– ¿Se las tuvo con alguien? Con Terry, por ejemplo. No es una situación normal que tu novia viva con otro tío.

– Como ya he dicho, no es, no era que viviéramos juntos. No nos veíamos casi nunca. Ni siquiera salíamos con el mismo grupo de gente. Terry tenía sus amigos y yo los míos.

– ¿Conocía a sus amigos?

La pintura púrpura acabó en el pelo de la mujer que sostenía la tetera. La aplicó en una gruesa línea con la palma de la mano, que después se secó en el mono. El efecto era desconcertante. Parecía que mamá tuviera agujeros en la cabeza. Cilla mojó el pincel en gris y atacó la nariz de mamá. Barbara se movió a un lado para no ver el resultado.

– No los traía por aquí -continuó Cilla-. Casi siempre hablaba por teléfono, sobre todo con mujeres. Ellas le telefoneaban. No era al revés.

– ¿Tenía novia? Una chica en especial, me refiero.

– No se dedicaba a las tías. Al menos, que yo sepa.

– ¿Marica?

– Asexual. No hacía nada. Excepto masturbarse. Y ni siquiera eso lo tengo claro.

– ¿Su mundo era su arte?

Cilla suspiró.

– Se podría decir así. -Retrocedió y examinó el lienzo-. Sí -dijo, y se volvió hacia Barbara-. Voilà. Esto sí que habla de algo concreto, ¿verdad?

La nariz de mamá excretaba una sustancia repugnante. Barbara decidió que Cilla nunca había sido más sincera con respecto a su pintura. Murmuró unas palabras de asentimiento. Cilla llevó su obra maestra a un saliente, sobre el cual descansaban varias pinturas. De entre ellas seleccionó un lienzo inacabado que plasmaba un labio inferior atravesado por un gancho, y lo llevó hasta el caballete para continuar su trabajo.

– ¿Puedo deducir que Terry no vendía mucho? -preguntó Barbara.

– No vendía una mierda -dijo Cilla, risueña-. Pero es que nunca se entregaba del todo. Y si no te entregas a tu arte, tu arte no te devolverá nada. Yo me vierto en mis lienzos, y mis lienzos me recompensan.

– Satisfacción artística -dijo Barbara con solemnidad.

– Eh, yo vendo. Un auténtico caballero me compró un cuadro no hace ni dos días. Entró, echó un vistazo, dijo que debía poseer un Cilla Thompson cuanto antes y sacó el talonario.

Fantástico, pensó Barbara. Menuda imaginación tenía la tía.

– Entonces, si nunca vendía una escultura, ¿de dónde sacaba la pasta para pagar todo? El piso, este estudio… -Por no mencionar las herramientas de jardinería que parecía haber comprado al por mayor, pensó.

– Decía que el dinero se lo sacaba a su padre. Tenía un montón, ¿sabe usted?

– ¿Se lo sacaba? -Un dato interesante-. ¿Estaba chantajeando a alguien?

– Claro -dijo Cilla-. A su padre. A Pete Townsend, como ya le he dicho. Mientras el viejo Pete fuera soltando la pasta, Terry no iría a los diarios lloriqueando «Papá está forrado y yo en la ruina». Ja. Como si Terry Cole albergara alguna esperanza de convencer a los demás de que no era lo que todo el mundo sabía: un farsante con ganas de vivir del cuento.

No se alejaba mucho de la descripción que la señora Baden había ofrecido de Terry Cole, aunque expresada con menos afecto y compasión. Pero si Terry Cole había sido un farsante, ¿cuál había sido el objetivo? ¿Y quién había sido su víctima?

Tenía que haber pruebas de algo en alguna parte. Y daba la impresión de que solo un lugar albergaba dichas pruebas. Necesitaba echar un vistazo al piso, explicó Barbara. ¿Cilla querría colaborar?

Sí, dijo Cilla. Estaría en casa a las cinco, si Barbara quería pasarse. Pero tenía que meterse en la cabeza que ella no había intervenido en los manejos de Terry Cole.

– Soy una artista. Siempre y en todo momento -proclamó la joven. Concentró su atención en el labio perforado.

– Ya me he dado cuenta – la tranquilizó Barbara.

En la comisaría de Buxton, Lynley y Hanken se separaron en cuanto el inspector de Buxton consiguió un coche para su colega de Scotland Yard. Hanken pensaba ir a Calver, decidido a comprobar si había tenido lugar la supuesta cena de Will Upman con Nicola Maiden. Por su parte, Lynley se dirigió a Padley Gorge.

Al llegar a Maiden Hall, descubrió que en la cocina se estaban llevando a cabo los preparativos para la cena. La cocina daba al aparcamiento donde Lynley había dejado el Ford de la policía. Estaban abasteciendo de licores el bar y disponiendo el comedor para la noche. Un ambiente de actividad predominaba en el hostal, lo cual demostraba que, en la medida de lo posible, la vida continuaba como siempre en Maiden Hall.

La misma mujer que había recibido a los inspectores la tarde anterior salió al encuentro de Lynley en la zona de recepción. Cuando preguntó por Andy Maiden, la sirvienta murmuró:

– Pobre hombre.

Se alejó en busca del ex agente. Mientras esperaba, Lynley se acercó a la puerta del comedor, justo al otro lado del salón. Otra mujer, de edad y aspecto similares a la primera, estaba colocando velas blancas con sus portavelas en las mesas. A su lado, en el suelo, había un cesto de crisantemos amarillos.

La ventana de servicio entre el comedor y la cocina estaba abierta, y desde esta última estancia se oía a alguien hablar en francés, con gran rapidez y apasionamiento. Y después, en un inglés con fuerte acento:

– ¡No, no y no! Cuando pido escalonias, quiero decir escalonias. Estas cebollas son para freír.

Siguió una respuesta en voz baja que Lynley no pudo escuchar, y después un torrente de francés, del cual solo pudo captar: Je t'emmerde.

– ¿Tommy?

Lynley giró en redondo y vio que Andy Maiden había entrado en el salón con un bloc en la mano. Maiden parecía desolado. Estaba demacrado y sin afeitar, y llevaba la misma ropa de la noche anterior.

– Vivía pensando en la jubilación -dijo con voz hueca-. Soportaba el trabajo sin decir ni palabra porque apuntaba a un objetivo. Eso era lo que me decía. Y a ellas. A Nan y a Nicola. Unos cuantos años más, me decía. Entonces tendremos suficiente. -Dio la impresión de que hacía acopio de fuerzas para arrastrarse hasta Lynley-. Y mira adonde hemos ido a parar. Mi hija ha muerto y yo he encontrado los nombres de quince bastardos que matarían a su madre por un penique. ¿Por qué demonios pensé que cumplirían su condena, desaparecerían y no volverían a molestarme?

Lynley echó un vistazo al bloc, y comprendió qué era.

– ¿Es la lista que te pedimos?

– Lo he leído toda la noche. Tres veces. Hasta cuatro. Y esta es mi conclusión. ¿Quieres saberla? -Sí.

– Yo la maté. Yo fui el culpable.

¿Cuántas veces había escuchado la misma necesidad de atribuirse la culpa?, se preguntó Lynley. ¿Cien? ¿Mil? Siempre pasaba igual. Y si existía una respuesta capaz de atenuar la culpa de los que quedaban en pie después de que la violencia golpeara a un ser querido, aún no la había descubierto.

– Andy -empezó.

Maiden le interrumpió.

– Recuerdas cómo era, ¿verdad? Mantenía la sociedad a salvo del «elemento criminal», me decía. Y era bueno en eso. Buenísimo. Pero nunca me di cuenta de que, mientras me concentraba en nuestra jodida sociedad, mi hija… mi Nick… -Su voz se quebró-. Lo siento.

– No te disculpes, Andy. No pasa nada. De veras.

– Sí que pasa. -Maiden abrió el bloc y arrancó la última página. La entregó a Lynley-. Encuéntrale.

– Lo haremos.

Lynley era consciente de que sus palabras no mitigarían el dolor de Maiden, del mismo modo que tampoco lo conseguiría una detención. No obstante, explicó que había encargado a un agente que investigara los archivos del SO10 en Londres, pero que hasta el momento no había recibido ninguna noticia. Cualquier cosa que Maiden pudiera proporcionarle (un nombre, un delito, una investigación) podría ahorrar tiempo al agente delante del ordenador y liberarle para perseguir a posibles sospechosos. La policía se sentiría en deuda con Maiden.

Maiden asintió como atontado.

– ¿En qué más puedo colaborar? ¿Puedes darme algo, Tommy? ¿Algo más que hacer? Porque de lo contrario… -Se mesó el pelo, todavía espeso y rizado, aunque completamente cano-. Soy un caso de manual. Busco una ocupación para no sufrir.

– Es la reacción natural. Siempre levantamos defensas contra una conmoción, hasta que estamos preparados para hacerle frente. Es propio del ser humano.

– Esto. Aún digo «esto». Porque si digo la palabra, la realidad se impondrá y no podré soportarlo.

– Nadie espera que lo hagas en este momento. Tú y tu mujer necesitáis tiempo para superarlo. O para negarlo. O para derrumbaros por completo. Te comprendo, créeme.

– ¿Sí?

– Creo que ya lo sabes. -No era fácil formular la siguiente petición-. Necesito examinar las pertenencias de tu hija, Andy. ¿Querrías estar presente?

Maiden frunció el entrecejo.

– Sus cosas están en su habitación. Pero si estás buscando una relación con el SO10, ¿en qué puede ayudarte la habitación de Nicola?

– En nada, tal vez -dijo Lynley-. Pero esta mañana hemos hablado con Julian Britton y Will Upman. Hay varios detalles que nos gustaría explorar más a fondo.

– ¡Joder! -exclamó Maiden-. ¿No estarás pensando que uno de ellos…?

Desvió la vista hacia la ventana, como si meditara sobre los horrores que implicaba la referencia a Britton y Upman.

– Es demasiado pronto para otra cosa que conjeturas, Andy -se apresuró a decir Lynley.

Maiden se volvió y le observó. Por fin, pareció aceptar su respuesta. Condujo a Lynley hasta el segundo piso de la casa, hasta la habitación de su hija, y se quedó en el umbral mientras Lynley registraba las pertenencias de Nicola Maiden.

Casi todo coincidía con lo que cabía esperar encontrar en la habitación de una mujer de veinticinco años, y casi todo apoyaba las afirmaciones de Julian Britton y Will Upman. Un joyero de madera contenía pruebas de los piercings que Julian había descrito: los aros de oro de diversos tamaños y sin pareja debían corresponder a los que la joven había llevado en el ombligo, el labio y el pezón; tornillos desparejados hablaban del agujero de su lengua; diminutos tornillos rubí y esmeralda con punta habrían adornado su nariz.

El ropero contenía prendas de marca. Las etiquetas eran un compendio de la alta costura. Upman había dicho que Nicola no había podido comprar su ropa con el sueldo recibido durante el verano, y las prendas verificaban su afirmación. También había otros indicios de que alguien debía de complacer los caprichos de Nicola Maiden.

La habitación estaba llena de objetos que solo podían obtenerse con elevados ingresos, o gracias a un galán ansioso por demostrar su devoción a base de regalos. Una guitarra eléctrica ocupaba parte del ropero, a cuyo lado había un reproductor de CD, un sintonizador y un par de altavoces por los que Nicola Maiden tendría que haber pagado más de la nómina de un mes. Cerca, una torre giratoria para CD albergaba unos doscientos o trescientos discos. Un teléfono móvil descansaba sobre un televisor en color situado en un rincón. En un estante que corría bajo el televisor había alineados ocho bolsos de piel. Todo en la habitación hablaba de exceso. Todo proclamaba también que, al menos en un aspecto, el patrón de Nicola Maiden había dicho la verdad. O eso, o la chica ganaba dinero de alguna forma que había causado su muerte: drogas, chantaje, mercado negro, malversación de fondos. No obstante, pensar en Upman recordó a Lynley otra cosa que había dicho el abogado.

Se acercó a la cómoda y empezó a abrir los cajones, repletos de ropa interior y camisones de seda, bufandas de cachemira y medias de marca por estrenar. Encontró un cajón dedicado en exclusiva al senderismo, con pantalones cortos caqui, jerséis doblados, una pequeña mochila, planos catastrales y una petaca de plata con las iniciales de la joven grabadas.

Los dos cajones de abajo contenían los únicos objetos que no parecían comprados en Knightsbridge, pero estaban tan llenos como los demás. Había sitio para jerséis de lana de todos los estilos y colores, todos con una idéntica etiqueta cosida en la línea del cuello: «Hechos con las manos amorosas de Nancy Maiden.» Lynley acarició una etiqueta con aire pensativo.

– Su busca ha desaparecido, Andy -dijo-. Upman dijo que tenía uno. ¿Sabes dónde está?

Maiden entró en la habitación.

– ¿Un busca? ¿Upman está seguro?

– Nos dijo que la llamaban al trabajo. ¿No sabías que tenía uno?

– Nunca lo vi. ¿No está aquí?

Maiden repitió los movimientos de Lynley: examinó los objetos que había sobre la cómoda y después registró los cajones. Sin embargo, fue más lejos, pues comprobó los bolsillos de las chaquetas, así como sus pantalones y faldas. Sobre la cama había bolsas de plástico cerradas que contenían ropa, y también las examinó.

– Debió de llevárselo cuando salió de excursión -dijo por fin-. Estará en alguna de las bolsas de pruebas.

– ¿Por qué se llevaría al páramo el busca en lugar del móvil? -preguntó Lynley-. Sin éste, el busca sería inútil.

La mirada de Maiden se desvió hacia el televisor, sobre el cual descansaba el móvil, y después regresó a Lynley.

– Tiene que estar en alguna parte.

Lynley echó un vistazo a la mesilla de noche: un tubo de aspirinas, un paquete de Kleenex, píldoras anticonceptivas, una caja de velas de cumpleaños y un tubo de bálsamo labial. Registró cada compartimiento de los bolsos de piel. Todos estaban vacíos. Al igual que una cartera, un maletín y una bolsa de viaje.

– Podría estar en su coche -sugirió Maiden.

– No lo creo.

– ¿Por qué?

Lynley no contestó. De pie en el centro de la habitación, veía los detalles con una claridad intensificada por la ausencia de una única y sencilla posesión que podría haber significado nada o todo. De esta forma, consiguió ver aquello en lo que no había reparado antes: era como estar en un museo. En la habitación no había nada fuera de lugar.

Alguien había ordenado las pertenencias de la chica.

– ¿Dónde ha estado tu mujer esta tarde, Andy? -preguntó Lynley.

9

Como Andy Maiden tardaba en contestar, Lynley repitió la pregunta y añadió:

– ¿Está en el hotel? ¿Está en la propiedad?

– No -dijo Maiden-. No. Ha… Nan ha salido.

Sus uñas se hincaron en las palmas, como presa de un repentino espasmo.

– ¿Sabes adonde ha ido?

– Al páramo, supongo. Cogió la bicicleta. Es el sitio al que suele ir.

– ¿Calder Moor?

Maiden se acercó a la cama de su hija y se dejó caer sobre ella.

– Tú no conocías a Nancy, ¿verdad, Tommy?

– No que yo recuerde.

– Esa mujer solo alberga buenas intenciones. Su generosidad es ilimitada. Pero hay momentos en que no la aguanto. Me agobia. -Se miró las manos; flexionó los dedos, y las levantó y bajó mientras hablaba-: Estaba preocupada por mí. ¿Te lo puedes creer? Quería ayudarme. Lo único en que pensaba, lo único de que hablaba, era sobre eliminar este entumecimiento de mis manos. Toda la tarde de ayer me estuvo persiguiendo por ello. Y también por la noche.

– Quizá es su manera de afrontar la situación -sugirió Lynley.

– Pero alejar los pensamientos negativos le exige demasiada concentración, ¿no lo ves? Le exige hasta el último gramo de concentración. Ayer no podía respirar con ella a mi alrededor, siempre al acecho, ofreciéndome tazas de té, almohadillas eléctricas y… Empecé a experimentar la sensación de que mi piel ya no me pertenecía, como si ella no pudiera descansar hasta invadir todos mis poros a fin de… -Se interrumpió con brusquedad, y durante esa pausa pareció analizar todo cuanto había dicho sin controlarse, porque su tono cambió, y sus siguientes palabras sonaron falsas-. Dios. Hay que ver qué bastardo egoísta soy.

– Has recibido un golpe mortal e intentas superarlo.

– Ella también ha recibido un golpe mortal, pero piensa en mí. -Se masajeó una mano-. Quería darme masajes. Solo fue eso, en realidad. Dios me perdone, pero la eché porque pensé que iba a asfixiarme. Y ahora… ¿Cómo podemos necesitar, querer y odiar al mismo tiempo? ¿Qué nos está pasando?

Las secuelas de la brutalidad, eso es lo que os está pasando, quiso contestar Lynley, pero en cambio preguntó por segunda vez:

– ¿Ha ido a Calder Moor, Andy?

– Estará en Hathersage Moor. Está más cerca. A unos kilómetros. En cuanto al otro… No. No habrá ido a Calder.

– ¿Ha ido alguna vez?

– ¿A Calder?

– Sí, a Calder Moor. ¿Ha ido alguna vez?

– Pues claro que sí.

Lynley detestaba lo que iba a hacer, pero tenía que preguntar. De hecho, se lo debía tanto a él como a su colega de Buxton.

– ¿Tú también, Andy? ¿O solo tu mujer?

Andy Maiden alzó la vista poco a poco, como si por fin lo comprendiera.

– Pensaba que estabas investigando la conexión con Londres. El SO10 y lo relacionado con él.

– Así es. Pero también persigo la verdad, toda la verdad. Como tú, imagino. ¿Los dos habéis ido de excursión a Calder Moor?

– Nancy no ha…

– Ayúdame, Andy. Ya conoces el trabajo. Los hechos siempre salen a la luz, de una manera u otra. Y en ocasiones, la forma en que surgen es más intrigante que los mismos hechos. Eso puede complicar una investigación sencilla, y no creo que lo desees.

Maiden recordó que un intento de ocultar información podía resultar más sospechoso que la propia información.

– Los dos hemos ido de excursión a Calder Moor. Todos nosotros, de hecho. Pero está muy lejos para ir en bicicleta, Tommy.

– ¿Cuántos kilómetros?

– No lo sé con exactitud, pero está muy lejos, demasiado. Cuando queremos pasear por allí llevamos las bicicletas en el Land Rover. Aparcamos en un área de descanso, o en uno de los pueblos, y paseamos en bicicleta. Pero no vamos a Calder Moor desde aquí. -Ladeó la cabeza en dirección a la ventana-. El Land Rover sigue en su sitio. No habrá ido a Calder Moor esta tarde.

Esta tarde no, pensó Lynley.

– Vi un Land Rover cuando crucé el aparcamiento.

Maiden no había sido policía durante treinta años para ser incapaz de leer en una mente.

– Dirigir el hostal es muy absorbente, Tommy -dijo-. Exige todo nuestro tiempo. Hacemos ejercicio cuando podemos. Si quieres seguirla hasta Hathersage Moor, en recepción hay un plano que te indicará el camino.

Eso no sería necesario, le dijo Lynley. Si Nancy Maiden había ido en bicicleta a los páramos, debía de querer estar a solas un rato. No se lo iba a negar.

Barbara Havers sabía que habría podido comprar comida en el Uncle Tom's Cabin, un puesto callejero situado en la esquina de Portslade y Wandsworth. Ocupaba un espacio apenas superior al de un nicho cerca del final de las arcadas del ferrocarril, y tenía el aspecto del típico lugar falto de higiene en que se podía adquirir suficiente basura repleta de colesterol para convertir las arterias en cemento antes de una hora. Resistió el impulso (virtuosamente, pensó) y se encaminó al pub cercano a Vauxhall Station, donde devoró las salchichas con puré de patatas en las que había meditado antes. Engullirlas fue todo un reto, que solucionó con media pinta de Scrumpy Jack. Saciada con la comida y la bebida, y satisfecha con la información conseguida durante su mañana en Battersea, volvió a la ribera norte del Támesis y condujo paralela al río. El tráfico era fluido en Horseferry Road. Entró en el aparcamiento subterráneo de New Scotland Yard antes de haberse fumado el segundo Player.

En aquel momento tenía dos opciones profesionales, pensó. Podía volver al ordenador y buscar a un preso recién puesto en libertad ansioso por la sangre de un Maiden. O podía redactar un informe resumiendo la información. La primera actividad (aburrida, alienante y humillante) demostraría su capacidad para probar la medicina que ciertos colegas creían que debía ingerir. La segunda, sin embargo, parecía más apropiada para avanzar hacia la obtención de respuestas. Optó por el informe. No tardaría mucho, le permitiría poner por escrito información en un orden concreto y estimulante para la mente, y retrasaría el momento de sentarse ante un ordenador durante una hora, como mínimo. Fue al despacho de Lynley (no había nada de malo en utilizarlo, puesto que estaba vacío en aquel momento, ¿verdad?) y puso manos a la obra.

Estaba concentrada en la redacción, a punto de llegar a los puntos más destacados de la declaración de Cilla Thompson, en relación a la paternidad de Terry Cole y su propensión a medios cuestionables de apoyo (¿CHANTAJE?, acababa de escribir a máquina), cuando Winston Nkata entró en la habitación. Estaba devorando los últimos restos de un Whopper, cuya caja tiró a la papelera. El agente se limpió las manos minuciosamente con una servilleta de papel. Luego se metió un Opal Fruit en la boca.

– La comida basura te matará -dijo Barbara con tono santurrón.

– Pero moriré sonriente -fue la réplica de Nkata. Pasó una de sus largas piernas sobre una silla y sacó su libreta encuadernada en piel mientras se sentaba. Barbara consultó el reloj y después miró a su colega.

– ¿En cuánto tiempo recorres la M1? Estás batiendo récords de velocidad desde Derbyshire, Winston.

El hombre esquivó la respuesta, lo cual ya era una respuesta en sí. Barbara se estremeció al pensar lo que diría Lynley si supiera que Nkata conducía su adorado Bentley apenas por debajo de la velocidad del sonido.

– He ido a la facultad de derecho -dijo Nkata-. El jefe me pidió que investigara las andanzas de la Maiden en la ciudad.

Barbara dejó de teclear.

– Lo dejó.

– ¿Dejó la facultad?

– Eso parece.

Nicola Maiden, dijo, había desertado de la facultad de derecho el 1 de mayo, cuando se aproximaba la época de los exámenes. Lo había hecho de una forma responsable, después de haber informado a profesores y administradores. Varios habían intentado convencerla de continuar (casi era la primera de la clase y consideraban una locura que abandonara cuando tenía asegurado un futuro triunfal en la abogacía), pero ella se había mantenido en sus trece sin perder la cortesía. Y había desaparecido.

– ¿Suspendió los exámenes? -preguntó Barbara.

– Ni siquiera se presentó. Se fue antes.

– ¿Estaba asustada? ¿Se puso nerviosa? ¿Le salió una úlcera? ¿Sufría insomnio? ¿Empollar era demasiado para ella?

– Decidió que no le gustaba el derecho, eso dijo a su tutor personal.

Había trabajado a tiempo parcial durante ocho meses en una firma de Notting Hill llamada MKR Financial Management, prosiguió Nkata. Casi todos los estudiantes de derecho hacían eso: trabajaban a tiempo parcial durante el día para pagar sus gastos, y asistían a la facultad a última hora de la tarde o por la noche. Le habían ofrecido un empleo de jornada completa en la firma de Notting Hill, y como le gustaba el trabajo había decidido aceptarlo.

– Y eso fue todo -dijo Nkata-. Nadie volvió a saber de ella en la facultad.

– Entonces ¿qué estaba haciendo en Derbyshire si trabajaba todo el día en Notting Hill? -preguntó Barbara-. ¿Se tomó unas vacaciones antes de empezar en su nuevo empleo?

– Según el jefe no, y aquí es donde las cosas empiezan a complicarse. Estuvo trabajando para un abogado durante el verano, preparándose para el futuro y todo eso. Por eso me encaminé a la facultad de derecho.

– ¿Se dedica a las finanzas en Londres pero acepta un trabajo en un bufete de Derbyshire durante el verano? -reflexionó Barbara-. Eso es nuevo para mí. ¿Sabe el inspector que dejó la facultad de derecho?

– Aún no le he llamado. Antes quería hablar contigo.

Barbara sintió una oleada de placer al escuchar el comentario. Dirigió una mirada a Nkata. Como siempre, su expresión era ingenua, plácida, perfectamente profesional.

– ¿Le telefoneamos, pues? Al inspector, quiero decir.

– Antes exprimámosnos el cerebro un poco más.

– De acuerdo. Bien, de momento olvidemos lo que estaba haciendo en Derbyshire. El trabajo en MKR Financial Management debía de proporcionarle mucho dinero, ¿verdad? De modo que ¿para qué abandonar la facultad a menos que hubiera de por medio una jugosa suma contante y sonante? ¿Qué te parece?

– De momento lo acepto.

– De acuerdo. Bien, ¿necesitaba pasta con urgencia? Y si era así, ¿por qué? ¿Iba a comprar algo muy caro? ¿Debía pagar una deuda? ¿Hacer un viaje? ¿Vivir con más desahogo? -Barbara pensó en Terry Cole y añadió, al tiempo que chasqueaba los dedos-. Ah. ¿Y si alguien la chantajeaba? ¿Alguien de Londres que se desplazó a Derbyshire para saber por qué se retrasaba el pago?

Nkata movió la mano de un lado a otro, su gesto habitual para indicar «quién sabe».

– ¿Qué hacía en MKR, concretamente?

Nkata consultó sus notas.

– Auxiliar de gestión financiera.

– ¿Auxiliar? Venga, Winston, no habría dejado la facultad de derecho por eso.

– Empezó de auxiliar en octubre del año pasado. No digo que terminara en la misma categoría.

– Pero entonces, ¿qué estaba haciendo en Derbyshire, trabajando para un abogado? ¿Había cambiado de opinión respecto a la abogacía? ¿Iba a volver?

– Si lo hizo, nunca informó a la facultad.

– Humm. Suena raro. -Mientras reflexionaba sobre las aparentes contradicciones del comportamiento de la muchacha, Barbara sacó el paquete de Players-. ¿Te importa que fume, Winnie?

– Siempre lejos del alcance de mis pulmones.

Barbara suspiró y se conformó con una pastilla de Juicy Fruit, que encontró en el bolso pegada al resguardo de una entrada del cine del barrio. Despegó los restos de cartón y se metió el chicle en la boca.

– Muy bien. ¿Qué más sabemos?

– Dejó su piso.

– ¿Y por qué no, si iba a pasar el verano en Derbyshire?

– De forma permanente, quiero decir. Al igual que dejó la facultad.

– Vale, pero no me parece muy importante.

– Espera un momento. -Nkata sacó del bolsillo otro Opal Fruit y se lo metió en la boca-. La facultad tenía su dirección, ésta es la antigua, y fui allí para hablar con la casera. Está en Islington. Era un estudio con una pieza única.

– ¿Y? -le alentó Barbara.

– Dejó la casa, la chica, no la casera, cuando abandonó la facultad. Fue el diez de mayo. No avisó. Recogió sus cosas, dejó una dirección de Fulham para que le enviaran el correo y se esfumó. A la casera no le hizo ninguna gracia. Tampoco le hizo ninguna gracia la trifulca. -Nkata sonrió al anunciar esta última información.

Barbara reaccionó a la forma en que su colega le había transmitido los datos recogidos agitando un dedo ante sus narices.

– Rata sarnosa. Dime el resto, Winston.

Nkata lanzó una risita.

– Un tío y ella. Se enzarzaron como irlandeses en las conversaciones de paz, dijo la casera. Fue el nueve.

– ¿El día antes de su mudanza?

– Justo.

– ¿Violencia?

– No, solo gritos. Y palabrotas.

– ¿Algo que nos sirva?

– El tío dijo: «No lo harás. Te veré muerta antes de permitir que lo hagas.»

– Muy bonito. Así pues, ¿tenemos una descripción del tipo? -La expresión de Nkata fue suficiente-. Mierda.

– Pero es algo a tener en cuenta.

– Tal vez sí. O tal vez no. -Barbara repasó lo que Nkata le había contado antes-. Pero si dejó el piso después de la amenaza, ¿por qué se produjo el asesinato tanto tiempo después?

– Si se mudó de la casa de Fulham y abandonó la ciudad, tuvo que seguirle la pista -indicó Nkata-. ¿Qué has conseguido por aquí?

Barbara le contó sus conversaciones con la señora Baden y Cilla Thompson. Se concentró en la fuente de ingresos de Terry y en las descripciones contradictorias del joven proporcionadas por su compañera de piso y su casera.

– Cilla dijo que nunca vendió una mierda, y que no era probable que lo hiciera, y le doy la razón. Pero entonces ¿de qué vivía?

Nkata reflexionó mientras paseaba el caramelo de un lado a otro de la boca.

– Vamos a telefonear al jefe -dijo por fin. Se acercó al escritorio de Lynley y tecleó un número de la memoria. Al cabo de un momento se produjo la conexión con el móvil de Lynley-. Espere -dijo, y tecleó otro botón del teléfono. Barbara oyó por el altavoz la agradable voz de barítono de Lynley.

– ¿Qué tenemos hasta el momento, Winnie?

Más o menos lo que le habría dicho a ella. Se levantó y caminó hacia la ventana. No había nada que ver, excepto Tower Block, por supuesto.

Winston informó a Lynley de que Nicola Maiden había abandonado la facultad de derecho, conseguido un empleo en MKR Financial Management, abandonado su piso intempestivamente, le habló sobre la pelea previa a su mudanza y sobre la amenaza de muerte oída por la casera.

– Al parecer tenía un amante en Londres -fue la réplica de Lynley- Upman nos lo ha dicho. Pero no sabíamos que había dejado la facultad.

– ¿Por qué lo mantuvo en secreto?

– Tal vez debido a su amante. -A juzgar por la voz de Lynley, Barbara supuso que estaba pasando revista a todas las posibilidades-. Debido a los planes que tenían.

– ¿Un tío casado?

– Es posible. Investiga en la empresa de gestión financiera. El hombre podría trabajar allí. -Lynley resumió la información obtenida por su cuenta-. Si el amante de Londres es un tío casado -concluyó-, que le había puesto un piso a Nicola en Fulham, no creo que ella quisiera proclamarlo por Derbyshire. A sus padres no les habría hecho ninguna gracia la noticia. Y Britton se habría puesto como una moto.

– Pero ¿qué estaba haciendo en Derbyshire? -susurró Barbara a Nkata-. Sus acciones eran contradictorias. Díselo, Winston.

Nkata asintió y alzó la mano para indicar que la había oído. Sin embargo, no contradijo las observaciones del inspector. Se limitó a tomar notas. Como conclusión a los comentarios de Lynley, le proporcionó los detalles sobre Terry Cole. Considerando su profusión y teniendo en cuenta el escaso tiempo que Nkata había pasado en la ciudad, el comentario de Lynley fue:

– Caramba, Winnie, ¿cómo te lo has montado? ¿Trabajas por telepatía?

Barbara se volvió de la ventana para atraer la atención de Nkata, pero no lo consiguió antes de que el agente hablara.

– Barb ha investigado al chico -dijo-. Fue a Battersea esta mañana. Habló con…

– ¿Havers? -La voz de Lynley se hizo más severa-. ¿Está contigo, pues?

Los hombros de Barbara se hundieron.

– Sí. Está redactando…

Lynley le interrumpió.

– ¿No me dijiste que estaba investigando las detenciones efectuadas por Maiden?

– Lo estaba haciendo, sí.

– ¿Ha concluido esa investigación, Havers?

Barbara exhaló el aliento. ¿Mentira o verdad?, se preguntó. Una mentira serviría a sus propósitos inmediatos, pero a la postre la hundiría.

– Winston sugirió que me desplazara a Battersea -dijo-. Estaba a punto de regresar al ordenador, cuando apareció con la información sobre la chica. Estaba pensando, señor, que su trabajo para Upman carece de sentido, teniendo en cuenta el hecho de que dejó la facultad y había encontrado otro empleo en Londres, del que al parecer se despidió por algún motivo. Si es que tenía otro empleo, porque aún lo hemos de verificar. En cualquier caso, si existe un amante, como usted ha dicho, y si estaba dispuesta a que la mantuviera, ¿por qué coño se pasó el verano trabajando en los Picos?

– Ha de volver al ordenador -fue la contestación de Lynley-. He hablado con Maiden, y nos ha proporcionado algunas pistas sobre el tiempo que pasó en el SO10 que conviene investigar. Apunte estos nombres y ocúpese de ellos, Havers.

Empezó a recitarlos, y los deletreó cuando fue necesario. Eran quince nombres en total.

Una vez apuntados, Barbara dijo:

– Pero, señor, ¿no cree que los asuntos de Terry Cole…?

Lo que él creía, la interrumpió Lynley, era que, como agente del SO10, Andrew Maiden habría levantado piedras y descubierto babosas, gusanos e insectos de todo tipo. Tal vez durante aquellos años de topo había establecido una relación que se había demostrado fatal al cabo del tiempo. Por lo tanto, una vez hubiera terminado Barbara de buscar a sus víctimas ansiosas de venganza más evidentes, debía leer los expedientes de nuevo, en busca de una conexión más sutil, como un sabueso decepcionado porque sus esfuerzos no fueron suficientemente recompensados por la policía.

– Pero ¿no cree…?

– Ya le he dicho lo que creo, Barbara. Le he asignado una misión y me gustaría que se ciñera a ella.

Barbara captó el mensaje.

– Señor -asintió con formalidad. Se despidió de Nkata con un gesto y se dispuso a salir del despacho. Pero no dio más de dos pasos en dirección a la puerta.

– Ve a la empresa de gestión financiera -dijo Lynley-. Voy a echar un vistazo al coche de la chica. Si podemos encontrar el busca, y si el amante le telefoneó, el número nos lo entregará en bandeja.

– De acuerdo -dijo Winston, y colgó.

Barbara volvió al despacho de Lynley, como si jamás hubiera recibido la orden de hacer otra cosa.

– Entonces, ¿quién le dijo en Islington que prefería verla muerta antes de permitir que lo hiciera? ¿El amante? ¿Su papaíto? ¿Britton? ¿Cole? ¿Upman? ¿O alguien que aún no ha salido a la luz? ¿Y a qué se refería el susodicho? ¿A ser la querida de algún pez gordo? ¿A forrarse a base de chantajear al amante? Eso siempre es bonito, ¿verdad? Montárselo con más de un hombre. ¿Qué opinas?

Nkata levantó la vista de su bloc y su mirada se desvió hacia el pasillo, del cual Barbara acababa de volver como leve desafío a las directrices de Lynley.

– Barb… -dijo con tono de reprimenda. «Ya has oído las órdenes del jefe» fue la frase no verbalizada.

– Tal vez había más rollo en MKR Financial Management. Tal vez Nicola se beneficiaba a un tío de la empresa, cuando no se tiraba al novio de los Picos y cuando el novio de Londres estaba ocupado con su mujer. Pero no creo que debamos investigar ese ángulo directamente en MKR, con todo ese follón que hay ahora sobre el acoso sexual.

Nkata no pasó por alto el plural.

– Barb -dijo, la imagen perfecta de la delicadeza y la paciencia-, el jefe ha dicho que debes volver al ordenador.

– Que le den por el culo al ordenador. No me digas que te crees el cuento de que un tipo recién puesto en libertad saldó cuentas con Maiden a base de liquidar a su hija. Eso es una estupidez, Winston. Y una pérdida de tiempo.

– Tal vez, pero cuando el inspector te dice algo, lo más sensato es obedecer. ¿De acuerdo? -Como ella no replicó, repitió-: ¿De acuerdo?

– De acuerdo, de acuerdo -suspiró Barbara. Sabía que le habían concedido una segunda oportunidad con Lynley gracias a la mediación de Winston Nkata. No deseaba que la segunda oportunidad se concretara en una larga temporada sentada ante el ordenador. Intentó llegar a un compromiso-. ¿Qué me dices de esto? Déjame ir contigo a Notting Hill, déjame trabajar contigo, y me ocuparé del ordenador cuando proceda. Te lo prometo. Te doy mi palabra de honor.

– El jefe no lo aceptará, Barb. Y se cabreará como una mona cuando se entere de lo que estás haciendo. Y entonces, ¿qué pasará?

– No se enterará. Ni tú ni yo se lo diremos. Escucha, Winston, tengo una intuición. La información que hemos obtenido está enmarañada, hace falta desenmarañarla, y yo soy una experta en eso. Necesitas mi colaboración. Aún la necesitarás más cuando consigas más detalles en MKR. Te prometo que me dejaré los ojos ante el ordenador, te lo juro, así que déjame colaborar más en el caso.

Nkata frunció el entrecejo. Barbara esperó masticando su chicle con más energía.

– ¿Cuándo lo harás, pues? -dijo él-. ¿A primera hora de la mañana? ¿Por la noche? ¿El fin de semana? ¿Cuándo?

– Cuando sea -replicó ella-. Me haré un hueco entre los compromisos de baile en el Ritz. Mi vida social es un auténtico torbellino, pero creo que encontraré una hora de vez en cuando para obedecer una orden.

– Él vigilará que cumplas sus órdenes -advirtió Nkata.

– Y lo haré. Hasta me pondré un cencerro, en caso necesario. Pero entretanto, no desperdicies mi cerebro y mi experiencia aconsejándome que pase las doce horas siguientes momificada ante un ordenador. Déjame participar en esto, mientras el olor aún está fresco. Ya sabes lo importante que es para mí, Winston.

Nkata guardó el bloc en el bolsillo y la observó fijamente.

– A veces eres muy testaruda -dijo, derrotado.

– Es uno de mis atributos más agradables -contestó ella.

10

Lynley entró en el aparcamiento situado frente a la comisaría de policía de Buxton, extrajo su cuerpo larguirucho del pequeño coche y examinó la fachada de ladrillo convexa del edificio. Aún estaba estupefacto por el comportamiento de Barbara Havers.

Había sospechado que Nkata le encargaría la tarea de examinar los casos de Andy Maiden a través del ordenador. Sabía que el agente negro la apreciaba. Y no se lo había prohibido, en parte porque deseaba comprobar si, después de su degradación y caída en desgracia, Barbara sería capaz de llevar a cabo una sencilla misión que no le haría ni pizca de gracia. Genio y figura, había ido a su aire, y demostrado una vez más lo que su oficial superior sabía: no tenía más respeto por la cadena de mando que un toro por una porcelana de Wedgwood. Aunque Winston le hubiera pedido que fuera a husmear a Battersea, había recibido una orden previa, y sabía muy bien que debía cumplirla antes de dedicarse a otra cosa. Caray, ¿cuándo aprendería esa mujer?

Entró en el edificio y preguntó por el oficial responsable de las pruebas recogidas en el lugar de los hechos. Después de hablar con Andy Maiden, había seguido el rastro del Saab de Nicola hasta el depósito de la policía, donde había dedicado cincuenta infructuosos minutos a hacer lo que el equipo de Hanken había realizado con ejemplar eficacia: registrar hasta el último centímetro del automóvil, por dentro y por fuera, de punta a punta. El objetivo de este registro había sido el busca de Nicola. Había salido con las manos vacías. Si Nicola Maiden lo había dejado en el Saab cuando se internó en el páramo, solo quedaba por mirar entre las pruebas halladas en el coche.

El agente en cuestión se llamaba Mott, y estaba encargado de las cajas de cartón, bolsas de papel, contenedores de plástico, tablillas con sujetapapeles y libros de registro que contenían las pruebas reunidas hasta el momento. Dio a Lynley una cautelosa bienvenida a su guarida. Estaba ocupado en atacar un bote de mermelada sobre el cual acababa de verter una generosa cantidad de crema inglesa, y, cuchara en ristre, no tenía el aspecto de un hombre que deseara ser molestado en sus actividades. Mientras masticaba con semblante dichoso, Mott se reclinó en una silla metálica plegable y le preguntó qué deseaba «mangonear».

Lynley explicó qué estaba buscando. Y, se arriesgó a añadir que, si bien era posible que el busca hubiera quedado abandonado en el coche de Nicola Maiden, cabía la posibilidad de que hubiera sido abandonado en el lugar de los hechos, en cuyo caso no quería limitar su registro a las pruebas encontradas en el Saab. ¿Le importaría a Mott que echara un vistazo a todo?

– ¿Ha dicho un busca? -Mott habló con la cuchara apoyada contra su mejilla-. Temo que no hemos encontrado nada de eso. -Inclinó la cabeza sobre el bote con devoción-. Será mejor que eche un vistazo antes a los libros de registro, señor. Es absurdo removerlo todo antes de ver la lista, ¿no?

Consciente de haber invadido el terreno de otro hombre, Lynley buscó el camino de la colaboración. Encontró un sitio libre para apoyarse y repasó el libro de registros, mientras la cuchara de Mott repiqueteaba enérgicamente contra el bote de mermelada.

Nada de lo que constaba en el libro de registros se parecía remotamente a un busca, de modo que Lynley dijo que echaría un vistazo a las pruebas. Mientras se concentraba en sacar brillo al bote (Lynley casi esperaba que se pusiera a lamer el interior de un momento a otro), Mott le dio permiso con cierta renuencia. En cuanto Lynley se calzó unos guantes de látex que le proporcionó el agente, empezó con las bolsas marcadas saab. Solo había llegado a la segunda, cuando el inspector Hanken entró como una tromba en la sala de pruebas.

– Upman nos ha mentido, el muy cabrón -anunció-: No es que me haya sorprendido descubrirlo. Asqueroso bastardo.

Lynley cogió la tercera bolsa saab, pero no la abrió.

– ¿Mentido sobre qué? -preguntó.

– Sobre el viernes por la noche. Sobre su presunta -concedió a la palabra un fuerte matiz irónico- relación de patrón y empleada con la chica.

Hanken rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó sus Marlboros. Al verlos, Mott advirtió al punto:

– Aquí no, señor. Peligro de incendio.

– Joder -dijo Hanken, y guardó los cigarrillos-. Fueron a Chequers, en efecto. Incluso hablé con una camarera, una chica llamada Margery, que les recordó al instante. Parece que nuestro Upman ha llevado a más de una pollita al Chequers en el pasado, y cuando lo hace siempre pide que les sirva Margery. Le gusta, dice ella. Y deja propinas de norteamericano. El muy imbécil.

– ¿Cuál es la mentira? -preguntó Lynley-. ¿Pidieron una habitación?

– Oh, no. Se fueron como dijo Upman. Lo que no nos dijo fue lo que ocurrió después. -Hanken sonrió, satisfecho de haber pillado en falta al abogado-. Fueron de Chequers a chez Upman -anunció-, donde la Maiden se quedó para una prolongada visita.

Hanken se recreó en su historia. Después de aprender que nunca hay que creer en lo primero que dice un abogado, escarbó un poco más tras hablar con Margery. Una breve visita al vecindario del abogado había bastado para desenterrar la verdad. Por lo visto, Upman y Nicola Maiden habían llegado a casa del leguleyo alrededor de las doce menos cuarto, y un vecino que había sacado a su perro para que hiciera sus últimas necesidades les había visto. Y se habían mostrado lo bastante cariñosos el uno con el otro como para sugerir que entre ambos existía algo más que la relación de patrón y empleada descrita por Upman.

– Lenguas en el porche -dijo Hanken con rudeza-. Nuestro Will estaba examinando su dentadura con sumo detenimiento.

– Ah. -Lynley abrió la bolsa de pruebas y vertió su contenido sobre una mesa-. ¿Es seguro que se trataba de Nicola Maiden? Podía ser la amiga divorciada. ¿Cómo se llamaba? ¿No era Joyce?

– Era Nicola, sin duda -dijo Hanken-. Cuando se marchó, a las cuatro y media de la mañana, el vecino estaba meando. Oyó voces, miró por la ventana y la distinguió cuando se encendió la luz del coche de Upman. Bien -sacó sus Marlboros por segunda vez-, ¿a qué crees que se dedicaron durante cinco horas?

– Aquí no, señor -repitió Mott.

– Mierda -masculló Hanken, y devolvió los Marlboros al bolsillo.

– Parece que será preciso hablar de nuevo con el señor Upman -dijo Lynley.

La expresión de Hanken denotó que ya estaba ansioso.

Lynley resumió a su colega la información que Nkata y Havers habían obtenido en Londres.

– Pero nadie de Derbyshire parecía enterado de que la chica no tenía la menor intención de terminar el curso -concluyó con aire pensativo-. Es curioso, ¿no crees?

– Nadie lo sabía, o alguien nos está mintiendo -dijo en tono significativo Hanken. Pareció reparar por primera vez en que Lynley estaba examinando las pruebas-. ¿Qué estás haciendo?

– Comprobando que el busca de Nicola no está aquí. ¿Te importa?

– Comprueba, comprueba.

El contenido de la tercera bolsa parecía pertenecer al maletero del Saab. Había el gato del coche, una llave de tubo, una abrazadera de neumático y un juego de destornilladores, tres bujías de encendido y un juego de cables de arranque enrollados en un pequeño cilindro de cromo. Lynley lo examinó bajo la luz.

– ¿Qué tenemos? -preguntó Hanken.

Lynley se puso las gafas. Hasta el momento, había podido identificar todos los objetos encontrados en el coche, pero ignoraba qué era aquel cilindro. Medía poco más de cinco centímetros de largo, era perfectamente liso por dentro y por fuera, y cada extremo estaba curvado y pulido, lo cual sugería que formaba una única pieza. Se abría por la mitad mediante un gozne. En cada mitad se había practicado un agujero, que llevaba un perno atornillado.

– Parece de una máquina -dijo Hanken-. Una tuerca. Un diente de rueda. Algo por el estilo.

Lynley negó con la cabeza.

– Carece de muescas interiores.

– Entonces, ¿qué? Trae, deja que le eche un vistazo.

– Guantes, señor -ladró Mott, siempre vigilante, y arrojó un par a Hanken, que se los puso.

Entretanto, Lynley había dedicado al cilindro un escrutinio más detenido.

– Tiene algo dentro. Una especie de depósito.

– ¿Aceite de motor?

– No, a menos que ahora el aceite de motor se solidifique -dijo Lynley.

Hanken lo cogió y examinó. Le dio vueltas en su palma.

– ¿Una sustancia? ¿Dónde? -preguntó.

Lynley señaló una mancha en forma de hoja de arce pequeña en un extremo del cilindro. Algo se había depositado allí, y secado hasta adquirir el color del peltre. Hanken la escudriñó, y llegó al extremo de olería, como un sabueso. Pidió a Mott una bolsa de plástico.

– Ordene que analicen esto ahora mismo -dijo.

– ¿Alguna idea? -le preguntó Lynley.

– Ninguna -contestó-. Podría ser cualquier cosa. Un poco de crema para ensalada. Mayonesa de un bocadillo.

– ¿En el maletero del coche?

– Se fue de picnic. ¿Cómo demonios voy a saberlo? Para eso están los forenses.

Era cierto, pero Lynley se sentía inquieto a causa del cilindro, y no estaba seguro de por qué.

– Peter -dijo, en un intento de ser delicado con la petición, pero sabiendo cómo sería interpretada-, ¿te importaría que echara un vistazo al lugar de los hechos?

No tenía por qué preocuparse. Hanken estaba ansioso por dedicarse a otras cosas.

– Adelante. Yo me encargo de Upman. -Se quitó los guantes y sacó los Marlboros por última vez-. No sufra un infarto, agente. No voy a encenderlo aquí. -Una vez fuera de los dominios de Mott, prosiguió mientras encendía el cigarrillo-. Ya sabes a qué huele esto: la chica tirándose a Upman, además de… ¿Cuántos tenemos hasta ahora?

– Julian Britton y el amante de Londres -confirmó Lynley.

– Y Upman será el tercero en cuanto haya hablado con él. -Hanken dio una profunda bocanada-. ¿Cómo crees que se sentía nuestro Upman, sabiendo que ella se entregaba a otros dos tíos con el mismo entusiasmo que a él?

– Te estás adelantando demasiado, Peter.

– No lo creo.

– Más importante que Upman es cómo se sentía Julian Britton -señaló Lynley-. Quería casarse con ella, no compartirla. Y si, como afirma su madre, ella siempre decía la verdad, ¿cuál pudo ser su reacción cuando averiguó a qué se dedicaba Nicola?

Hanken reflexionó unos instantes.

– Es más fácil que Britton se procurase un cómplice -admitió.

– No solo él -dijo Lynley.

Samantha McCallin no quería pensar, y cuando no quería pensar, trabajaba. Empujó una carretilla por el viejo suelo de roble de la Galería Larga, cargada con una pala, una escoba y un recogedor de polvo. Se detuvo ante la primera de las tres chimeneas de la estancia y se aplicó a eliminar la arena, el tizne, el polvillo del carbón, las deyecciones de pájaros, los nidos viejos y los helechos que por la mañana había desatascado de la chimenea. En un intento de disciplinar sus pensamientos, contaba sus movimientos: uno-recoger con la pala, dos-levantar, tres-girar, cuatro-tirar, y de esta forma vació el hogar de lo que parecían cincuenta años de escombros. Descubrió que, mientras conservaba el ritmo, era capaz de controlar su mente. Fue cuando pasó de recoger con la pala a barrer que sus pensamientos se desbocaron.

La comida había sido tranquila, con los tres alrededor de la mesa en un silencio apenas interrumpido. Solo Jeremy Britton había hablado durante la comida, cuando Samantha había depositado en mitad de la mesa una bandeja de salmón. Su tío le había cogido la mano, de forma inesperada, para luego llevársela a los labios y proclamar:

«Nos sentimos agradecidos por todo lo que estás haciendo aquí, Sammy. Nos sentimos muy agradecidos.»

Y le había dedicado una larga, lenta y expresiva sonrisa, como si compartieran un secreto.

Aunque no era así, se dijo Samantha. Pese a que su tío le había revelado sus sentimientos hacia Nicola Maiden el día anterior, ella había logrado ocultar los suyos.

Era necesario. Ahora que la policía estaba al acecho, hacía preguntas y miraba a todo el mundo con abierta suspicacia, era crucial esconder lo que sentía por Nicola Maiden.

No la había odiado. Había percibido lo que era Nicola y le había desagradado, pero no la había odiado. Solo había reconocido que era un impedimento para conseguir lo que Samantha deseaba.

En una cultura que le exigía encontrar a un hombre con el fin de definir su mundo, Samantha no se había cruzado con una perspectiva decente durante los últimos dos años. Puesto que su reloj biológico desgranaba el tiempo, y su hermano se negaba hasta a tomar una taza de café con una hembra prometedora, no fuera que le pidiera unir su vida a la de él, empezaba a creer que la responsabilidad de ampliar la familia descansaba solo sobre sus hombros. Pero había sido incapaz de olfatear a un macho pese a la humillación de enviar anuncios personales, inscribirse en un servicio de citas y dedicarse a actividades tales como cantar en el coro de la iglesia. Como resultado, había experimentado una creciente desesperación por establecerse, lo cual significaba, claro está, reproducirse.

Por una parte, consideraba ridículas sus ansias de casarse y reproducirse. Las mujeres de hoy en día tenían carreras y vidas independientes de sus maridos e hijos, y a veces estas carreras y vidas excluían por completo la opción de maridos e hijos. Pero por otra parte, creía que fracasaría si efectuaba sola la travesía de la vida. Además, se decía, deseaba tener hijos. Y quería que esos hijos tuvieran un padre.

Julian le había parecido un candidato óptimo. Se habían llevado bien desde el principio. Eran como colegas. Habían consolidado una rápida intimidad nacida del interés mutuo por restaurar Broughton Manor. Y si al principio ese interés había sido un invento de ella, se había convertido en algo muy real al poco tiempo, cuando comprendió cuánto apasionaba ese sueño a su primo. Y ella podía ayudarle a concretarlo. No solo trabajando a su lado, sino invirtiendo en el caserón la sustanciosa suma de dinero heredada de su padre.

Todo le había parecido lógico y predeterminado. Pero ni la camaradería con su primo, ni su fortuna ni sus esfuerzos por demostrar a Julian su valía habían despertado el menor interés en él, salvo el interés afectuoso que puede inspirar el perro de la familia.

Al pensar en los perros, Samantha se estremeció. No tomaría aquella dirección, pensó con firmeza. Caminar por ese sendero la conduciría de forma inexorable a pensar en la muerte de Nicola Maiden. Y pensar en su muerte era una perspectiva tan intolerable como pensar en su vida.

No obstante, el acto de intentar no pensar en ella la obligó a pensar en ella de todos modos. Mentalmente la vio como la había visto la última vez.

– No te caigo muy bien, ¿verdad, Samantha? -le había preguntado Nicola mientras observaba su rostro-. Es por Jule, ¿verdad? No lo quiero para mí. No de la forma que las mujeres suelen querer a los hombres. Es tuyo. Si puedes conquistarle, claro.

Tan franca, ella. Tan absolutamente procaz en cada palabra que decía. ¿Se había preocupado alguna vez por la impresión que causaba? ¿No se había preguntado si, algún día, aquella sempiterna sinceridad iba a costarle más cara de lo que desearía?

– Podría interceder por ti, si quieres. Lo haré con gusto. Creo que tú y Jule estaríais bien juntos. Hacéis una buena pareja, como se decía antes.

Y había reído, pero sin malicia. Detestarla habría sido más sencillo si Nicola se hubiera rebajado a ridiculizarla.

Pero no lo había hecho. No había sido necesario, pues Samantha sabía muy bien lo absurdo que era su deseo por Julian.

– Ojalá pudiera conseguir que dejara de quererte -le había contestado.

– Si encuentras una forma, hazlo -repuso Nicola-. Sin resentimientos por mi parte. Te lo puedes llevar con mi bendición, Samantha. Sería lo mejor.

Y había sonreído como siempre, tan franca y cordial, tan ajena a las preocupaciones de una mujer consciente de su aspecto insignificante y su talento inexistente, que abofetearla parecía la única reacción posible. Abofetearla, sacudirla y gritar: «¿Crees que mi vida es fácil, Nicola? ¿Crees que me gusta mi situación?»

Lo que Samantha deseaba era el contacto de piel contra piel. Cualquier cosa que arrancara de los ojos azul claro de Nicola la certeza de que en una batalla que Nicola ni siquiera se molestaba en dirimir, Samantha McCallin no podía ganar.

– Samantha. Estás aquí.

Ella giró en redondo y vio a Julian avanzando por la galería en su dirección. El sol del atardecer incidía en su pelo. Su repentino movimiento envió varios grumos de cenizas petrificadas al suelo. Diminutas nubes de polvo grisáceo se elevaron de ellos.

– Me has asustado -dijo-. ¿Cómo puedes caminar tan silenciosamente por un suelo de madera?

Él miró sus zapatos a modo de explicación.

– Perdona. -Llevaba una bandeja con tazas y platillos. Hizo un gesto con ella-. Pensé que te apetecería un descanso. He preparado té para los dos.

También había cortado para cada uno un trozo de la tarta de chocolate que ella había hecho para el pudín de la noche. Sintió una punzada de impaciencia. Tendría que haberse dado cuenta de que aún no estaba empezada. Tendría que haberse dado cuenta de que significaba algo. Por una vez, santo Dios, tendría que haber extraído una o dos conclusiones de los hechos. Sin embargo, vació la pala en la carretilla y dijo:

– Gracias, Julie. Me sentará bien.

Apenas había probado la comida que les había preparado. Ni él tampoco, había observado. Sabía que debía tomar algo. Ignoraba si lo lograría en su presencia.

Se acercaron a las ventanas. Julian dejó la bandeja sobre un viejo aparador. Apoyaron el trasero contra el polvoriento antepecho, cada uno con su taza de Darjeeling, y esperaron a que el otro hablara.

– Va saliendo adelante -dijo Julian, mientras seguía con la vista la galería hasta la puerta por la que había entrado. Dio la impresión de que examinaba exageradamente la trabajada y sucia talla del halcón de los Britton que la remataba-. No habría podido lograrlo sin ti, Samantha. Eres imprescindible.

– Justo lo que una mujer desea oír -contestó ella-. Muchísimas gracias.

– Vaya. No quería decir…

– Da igual. -Samantha tomó un sorbo de té. Clavó la mirada en su superficie lechosa-. ¿Por qué no me lo dijiste, Julie? Pensaba que éramos amigos íntimos.

Julian sorbió su té. Samantha reprimió una mueca de disgusto.

– ¿Decirte qué? Y sí, somos amigos íntimos. Eso espero, al menos. O sea, quiero que lo seamos. Sin ti aquí, habría tirado la toalla hace mucho tiempo. Eres la mejor amiga que tengo, prácticamente.

– Prácticamente. Ese limbo.

– Ya sabes a qué me refiero.

Y el problema era que ella lo sabía. Sabía a qué se refería, qué quería decir y cómo se sentía. Tuvo ganas de cogerle por los hombros y sacudirle hasta que comprendiera lo que significaba la existencia de esa comunicación no verbal entre ellos. Pero no podía hacerlo, de modo que se decantó por intentar averiguar algunos detalles de la historia real ocurrida entre su primo y Nicola, sin saber qué haría con los hechos si los obtenía.

– No tenía ni idea de que pensabas pedir a Nicola que se casara contigo, Julie. Cuando la policía lo comentó, no supe qué pensar.

– ¿Sobre qué?

– Sobre por qué no me lo habías dicho. Primero, que se lo habías pedido. Segundo, que te había rechazado.

– Con franqueza, esperaba que lo reconsiderara.

– Ojalá me lo hubieras dicho.

– ¿Por qué?

– Habría… facilitado las cosas, supongo.

Julian se volvió y la miró fijamente.

– ¿Facilitado? ¿Cómo habría facilitado las cosas saber que Nicola había rechazado mi proposición de matrimonio? ¿Y a quién?

Sus palabras eran cautelosas por primera vez, y ella contestó de la misma manera.

– A ti, por supuesto. Durante todo el jueves tuve el presentimiento de que algo iba mal. Si me lo hubieras dicho, habría podido apoyarte de alguna manera. No debió de ser fácil esperar el martes por la noche y todo el miércoles. Supongo que no dormiste ni un minuto.

Silencio durante un momento terriblemente largo.

– Sí -musitó-. Eso es verdad.

– Bien, habríamos hablado de ello. Hablar ayuda, ¿no crees?

– Hablar habría… No sé, Sam. Los dos nos habíamos sentido muy cerca durante las últimas semanas. Era estupendo. Y yo…

Las palabras embriagaron a Samantha.

– … supongo que no quería hacer nada que perjudicara esa intimidad. Tenía la impresión de que si decía algo sobre lo que estaba pasando, sería como reventar una burbuja. Una estupidez, lo sé, pero eso era.

– Traducir tus esperanzas en palabras. Sí. Lo entiendo.

– La verdad, supongo, es que no quería enfrentarme a la realidad. No podía afrontar el hecho de que ella no me quería de la misma forma que yo a ella. Servía como amigo. Como amante, incluso, cuando ella estaba en los Picos. Pero nada más.

Pinchó su trozo de pastel con el tenedor. Samantha reparó en que había comido tan poco como ella.

Julian dejó el plato sobre el antepecho de la ventana.

– ¿Viste el eclipse? -preguntó.

La joven arrugó el entrecejo, y después recordó. Tuvo la impresión de que había transcurrido una eternidad desde entonces.

– No. Al final no fui. No me pareció muy divertido esperar sola. Me fui a la cama.

– Mejor. Podrías haberte perdido en los páramos.

– No creo. Solo era Eyam Moor. Y aunque hubiera sido uno de los otros, he salido sola lo suficiente para saber siempre dónde estoy… -Se interrumpió. Miró a su primo. Él no la estaba mirando, pero el tono rubicundo de su piel le delató-. Ah. Ya entiendo. ¿Eso es lo que piensas?

– Lo siento -dijo con tono pesaroso-. No puedo dejar de pensar en eso. La aparición de la policía aún lo empeoró más. Solo puedo pensar en lo que le pasó. No me lo puedo quitar de la cabeza.

– Intenta hacer como yo -dijo, pese al martilleo que resonaba en sus oídos-. Hay muchas maneras de mantener la mente ocupada. Intenta pensar, por ejemplo, en el hecho de que las perras dan a luz sin ayuda desde hace miles de años. Es un hecho notable. Puede mantenerte ocupado durante horas. Ese pensamiento puede llenar tu cabeza hasta el punto de no dejar sitio a nada más.

Julian estaba inmóvil. Ella se había expresado con claridad.

– ¿Dónde estuviste el martes por la noche, Sam? -susurró por fin-. Dímelo.

– Fui a matar a Nicola Maiden -dijo Samantha, al tiempo que se levantaba y caminaba hasta la chimenea-. Siempre me gusta terminar el día con un buen asesinato.

MKR Financial Management ocupaba lo que semejaba una tarta rosa pálido en la esquina de Lansdowne Road con St. John's Gardens. La carpintería que revestía la fachada estaba tan reluciente que Barbara imaginó a un lacayo provisto de trapos que llegaba a las cinco de la mañana para sacar brillo al conjunto, desde las falsas columnas que se alzaban a cada lado de la puerta hasta los medallones de yeso sobre el porche.

– Menos mal que aún tenemos el coche del jefe -murmuró Nkata mientras frenaba al otro lado de la calle.

– ¿Por qué? -preguntó Barbara.

– Porque damos el pego.

Movió la cabeza en dirección a un coche cuyo extremo posterior subía por el camino de acceso situado a un lado del edificio rosa. Era un Jaguar XJS, de color plateado. Podría haber sido el primo hermano del Bentley. Un Mercedes negro estaba aparcado delante del edificio, encajado entre un Aston Martin y un Bristol clásico.

– Estamos fuera de nuestro ambiente socioeconómico -dijo Barbara mientras bajaba del coche-. Pero da igual. No nos gustaría ser ricos. Los ricos también lloran.

– ¿De veras lo crees, Barb?

– No, pero pensarlo me hace feliz. Venga. Necesito con urgencia asesoría financiera, y algo me dice que hemos llegado al lugar idóneo.

Tuvieron que llamar al timbre para entrar. Ninguna voz preguntó quién llamaba, pero tampoco era necesario, porque el sistema de seguridad de alta tecnología del edificio incluía una cámara de vídeo colocada estratégicamente sobre la puerta principal. Por si alguien estaba mirando, Barbara sacó su identificación y la alzó hasta el objetivo. Tal vez en respuesta, la puerta se abrió con un zumbido.

Una entrada de suelo de roble dio paso a un silencioso pasillo de puertas cerradas, cubierto por una alfombra persa. A un lado, la recepción consistía en una pequeña habitación atestada de antigüedades, y aún más de fotos con marco plateado. No había nadie presente, solo un sofisticado sistema telefónico que, al parecer, contestaba las llamadas automáticamente y las desviaba. Descansaba sobre un escritorio en forma de riñón, al lado de una docena de folletos con el logo MKR impreso en oro sobre la portada. Todo era muy tranquilizador en apariencia, el tipo de lugar al que a nadie le importaría ir para discutir el delicado problema de la situación económica personal.

Barbara investigó las fotografías. Vio que en todas aparecían el mismo hombre y la misma mujer. El hombre era bajo, nervudo, de aspecto angelical, con una corona de pelo que reforzaba su aura celestial. Su compañera era más alta que él, rubia y tan delgada como un trastorno alimenticio andante. Era hermosa como una modelo de pasarela: expresión ausente, toda pómulos y labios. Las fotografías eran de cosecha Helio!, y sus protagonistas aparecían acompañados de gente guapa, políticos y celebridades. Entre ellos destacaba un ex primer ministro, y Barbara no tuvo problemas en identificar a cantantes de ópera, estrellas de cine y un senador estadounidense muy conocido.

Se abrió y cerró una puerta en el pasillo. Las tablas del suelo crujieron cuando alguien caminó por la alfombra persa camino de recepción. Una mujer entró en la habitación para recibirles, con un repicar de tacones sobre una sección desnuda de madera. Una sola mirada bastó a Barbara para informarle que uno de los dos sujetos fotografiados acudió a ver qué quería la bofia.

Se presentó como Tricia Reeve, subdirectora de MKR Financial Management. ¿En qué podía ayudarles?

Barbara se presentó. Nkata la imitó. Preguntaron a la mujer si podía concederles unos minutos de su tiempo.

– Por supuesto -contestó con educación Tricia Reeve, pero Barbara observó que la subdirectora de MKR Financial Management no abrazaba las palabras «detective de Scotland Yard» con la devoción de un creyente.

Su mirada se movió como mercurio nervioso, se deslizó entre los dos detectives como insegura acerca de cómo comportarse. Sus grandes ojos sostuvieron la mirada, pero un examen más prolongado reveló que sus pupilas estaban tan dilatadas que cubrían casi todo el iris. El efecto era desconcertante, pero también muy revelador. Drogas, comprendió Barbara. Vaya, vaya, vaya. No era de extrañar que estuviera nerviosa con la poli dentro de casa.

Tricia Reeve dedicó un momento a consultar su reloj. La correa era de oro, y parecía muy caro a la luz.

– Estaba a punto de salir -dijo-, y espero no demorarme mucho. He de asistir a una merienda en Dorchester. Es para una obra de caridad, y yo soy miembro del comité. Espero que lo comprendan. ¿Hay algún problema?

El asesinato era un problema, desde luego, pensó Barbara. Dejó que Nkata hiciera los honores. Por su parte, pensaba observar las reacciones.

No se produjo otra que de perplejidad. Tricia Reeve miró a Nkata como si no le hubiera oído bien. Al cabo de un momento, dijo:

– ¿Nicola Maiden? ¿Asesinada? -Y, añadió algo muy extraño-: ¿Está seguro?

– Los padres de la chica la identificaron sin la menor duda.

– Quería decir… ¿está seguro de que fue asesinada?

– No creemos que se partiera ella misma el cráneo, si eso es lo que pregunta -dijo Barbara.

Obtuvieron una reacción, si bien limitada: una de las manos manicuradas de Tricia Reeve se alzó hasta el último botón de la chaqueta del traje. A rayas, con una falda de la anchura de un lápiz que exhibía varios kilómetros de pierna.

– Escuche -dijo Barbara-, en la facultad de derecho nos dijeron que vino a trabajar para ustedes el pasado otoño a tiempo parcial, que en mayo se convirtió en jornada completa. Suponemos que pidió permiso en verano. ¿Es eso correcto?

Tricia miró hacia una puerta cerrada que había detrás del escritorio.

– Tendrán que hablar con Martin.

Se encaminó a la puerta, llamó con los nudillos una vez, entró y la cerró sin decir palabra.

Barbara miró a Nkata.

– Bien, estoy ansiosa por escuchar tu análisis, hijo.

– Va más cargada que el armario de un farmacéutico -fue la sucinta respuesta.

– Ya. ¿Qué crees que se ha atizado?

Nkata movió la mano.

– Sea lo que sea, la mantiene serena.

Pasaron casi cinco minutos antes de que Tricia reapareciera. Durante este lapso, los teléfonos continuaron sonando, las llamadas continuaron siendo desviadas, y un murmullo de voces se oyó al otro lado de la puerta cerrada. Cuando se abrió por fin, un hombre apareció ante ellos. Era el Cabello de Ángel de las fotografías, ataviado con traje y chaleco gris oscuro, del cual colgaba la cadena de oro de un reloj. Se presentó como Martin Reeve. Era el marido de Tricia, dijo, así como director general de MKR.

Invitó a Barbara y Nkata a entrar en su despacho. Su esposa iba a acudir a una merienda, les explicó. ¿La policía la necesitaba? Porque como presidenta de la fundación Niños Necesitados tenía la obligación de estar presente al frente de su comité en el Autumn Harvest Tea de Dorchester. Inauguraba la temporada, y si Tricia no hubiera sido la presidente («Perdona, querida, la presidenta») del acto, su presencia no hubiera sido tan crucial. De hecho, tenía la lista de invitados en el maletero del coche. Y sin esa lista no podía llevarse a cabo la asignación de asientos para la merienda. Reeve esperaba que la policía comprendiera… les dirigió una sonrisa de dentadura perfecta: dientes rectos, blancos, inmaculados, el testimonio del triunfo de un hombre sobre las vicisitudes de la genética dental.

– Por supuesto -dijo Barbara-. No podemos permitir que Sharon Cutre se siente al lado de la condesa de Tantosvuelos. Siempre que la señora Reeve esté a nuestra disposición más adelante, en caso de que tengamos que hablar con ella…

Reeve les aseguró que tanto él como su esposa eran conscientes de la gravedad de la situación.

– Querida…

Indicó con la cabeza a Tricia que podía marcharse. La mujer esperaba vacilante al lado del escritorio, un mueble macizo de caoba y latón, con cuero de color borgoña taraceado en el sobre. Al ver la señal, se encaminó hacia la puerta, pero no antes de que él le diese el beso de despedida. La mujer tuvo que inclinarse para ello. Con aquellos tacones altos y afilados, le pasaba sus buenos diez centímetros. Lo cual no provocó ninguna dificultad. El beso se demoró en exceso.

Barbara les miró y pensó que era una maniobra inteligente por su parte. Los Reeve no eran unos aficionados en lo tocante a ganar la mano. La única pregunta era: ¿por qué?

Vio que Nkata gruñía, tan incómodo como ellos habían deseado con su inesperada y prolongada exhibición de afecto. Su colega trasladó el peso de su cuerpo de un pie al otro, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras intentaba decidir adonde debía mirar. Barbara sonrió. Debido a su impresionante estatura y a su igualmente impresionante atavío, y pese a su adolescencia pasada como principal consejero de guerra de la banda callejera más famosa de Brixton, a veces olvidaba que Winston Nkata era un chico de veinticinco años que aún vivía con papá y mamá. Barbara carraspeó con discreción y le miró. Señaló la pared situada detrás del escritorio, donde colgaban dos diplomas. La siguió hasta allí.

– El amor es algo maravilloso -murmuró Barbara en voz baja-. Hemos de mostrarle respeto.

Los Reeve finalizaron su succión de boca a boca.

– Hasta luego, querida -murmuró él.

Barbara puso los ojos en blanco e inspeccionó los dos diplomas que colgaban de la pared. Stanford University y London School of Economies. Los dos a nombre de Martin Reeve. Barbara le miró con renovado interés y algo más de respeto. Exhibirlos era vulgar (aunque Reeve nunca cediera a la vulgaridad, pensó con sarcasmo), pero estaba claro que aquel individuo no era tonto.

Reeve despidió a su mujer. Extrajo del bolsillo un inmaculado pañuelo, que utilizó para quitarse los restos de lápiz de labios.

– Lo siento -dijo con una sonrisa infantil-. Veinte años de matrimonio, y el fuego todavía arde. Deben admitir que no está mal para dos personas de edad madura con un hijo de dieciséis años. Aquí está, por cierto. Se llama William. Clavado a su mami, ¿verdad?

El apelativo reveló a Barbara lo que el diploma de Stanford, las antigüedades, los marcos plateados y la cuidadosa pronunciación solo habían insinuado.

– ¿Es usted norteamericano? -preguntó a Reeve.

– De nacimiento, pero hace años que no he vuelto. -Reeve cabeceó en dirección a la foto-. ¿Qué opina de nuestro William?

Barbara miró la fotografía y vio a un muchacho de rostro sembrado de acné, con la estatura de su madre y el pelo de su padre. Pero también vio lo que querían que viera: el inconfundible chaqué y pantalones a rayas de un alumno de Eton. La-di-da-da, pensó Barbara, y pasó la fotografía a Nkata.

– Eton -dijo, con lo que esperaba fuera el grado correcto de admiración-. Debe de tener una mente privilegiada.

Reeve parecía complacido.

– Es un genio. Siéntense, por favor. ¿Café? ¿Una copa? Supongo que no beben cuando están de servicio, ¿verdad? Copas, me refiero.

Declinaron su invitación y fueron al grano. Les habían dicho que Nicola Maiden había trabajado en MKR Financial Management desde octubre del año anterior.

– Cierto, confirmó Reeve.

– ¿De auxiliar?

– También cierto, admitió Reeve.

– ¿Qué era eso, exactamente? ¿En qué auxiliaba?

– En aconsejar sobre inversiones, dijo Reeve. Nicola se estaba preparando para manejar carteras de inversiones: acciones, bonos, fondos de inversión mobiliaria, propiedades en paraísos fiscales… MKR administraba las inversiones de algunos de los mayores triunfadores en la Bolsa. Con absoluta discreción, por supuesto.

– Magnífico, le dijo Barbara. Así pues, por lo que sabían, Nicola había conservado su empleo hasta que había solicitado excedencia para trabajar en el bufete de un abogado de Devonshire durante el verano. Si el señor Reeve quisiera…

Él impidió que continuara.

– Nicola no pidió excedencia de MKR. Se despidió a finales de abril. Dijo que volvía al norte, a su casa.

– ¿A casa? -repitió Barbara. Entonces ¿qué significaba la dirección que había dejado a la casera de Islington?, se preguntó. Una dirección de Fulham no estaba al norte de nada, salvo del río.

– Eso fue lo que me dijo -continuó Reeve-. ¿Presumo que dijo algo diferente a otras personas? -Les ofreció una sonrisa exasperante-. Bien, para ser sincero, no me sorprendería. Descubrí que Nicola, a veces, era un poco irresponsable con sus cosas. No era una de sus mejores cualidades. De no haber renunciado, temo que habría debido despedirla a la larga. Albergaba mis… -Juntó la yema de los dedos-. Albergaba mis dudas sobre su capacidad de discreción. Y la discreción es fundamental en esta profesión. Representamos a algunas personas muy importantes, y como tenemos acceso a todos los detalles de su situación económica, dependen de nuestra capacidad de ser circunspectos con la información que poseemos.

– ¿La Maiden no lo era? -preguntó Nkata.

– No quiero decir eso -se apresuró a matizar Reeve-. Nicola era lista y brillante, no nos engañemos. Pero había algo en ella que exigía vigilancia. Así que yo vigilaba. Tenía una mano excelente con nuestros clientes, hay que reconocerlo. Pero también una tendencia a ser un poco… Bien, digamos que era impresionable en exceso. La cuantía de algunas de sus carteras la deslumbraba. Jamás es una buena idea convertir el valor de alguien en el tema de tu conversación de sobremesa.

– ¿Había algún cliente con el que tuviera una relación especial? -preguntó Barbara-. ¿Que se prolongara fuera de las horas de trabajo?

Los ojos de Reeve se entornaron.

– ¿Qué quiere decir?

Nkata recogió el testigo.

– La chica tenía un amante en la ciudad, señor Reeve. Le estamos buscando.

– No sé nada acerca de un amante, pero si Nicola tenía uno, lo más probable es que lo encuentren en la facultad de derecho.

– Nos han dicho que dejó la facultad para trabajar con usted a jornada completa.

Reeve compuso una expresión indignada.

– Agente, supongo que no estará insinuando que Nicola Maiden y yo…

– Bueno, era una mujer muy atractiva.

– Y mi mujer también.

– Me pregunto si su mujer tuvo algo que ver con su renuncia. Es raro, si quiere saber mi opinión. Nicola Maiden deja la facultad para trabajar con usted a jornada completa, pero se marcha prácticamente la misma semana. ¿Por qué cree que lo hizo?

– Ya se lo he dicho. Dijo que volvía a casa, a Derbyshire…

– … donde fue a trabajar con un tío que nos dice que tenía un hombre en Londres. Exacto. Por eso me pregunto si el hombre de Londres es usted.

Barbara miró a Nkata con admiración. Le gustaba su costumbre de no andarse por las ramas.

– Resulta que estoy enamorado de mi mujer -dijo Reeve con firmeza-. Tricia y yo estamos juntos desde hace veinte años, y si cree que voy a poner en peligro todo por echar un polvo con una colegiala, temo que está muy equivocado.

– Nada sugiere que fuera cuestión de un solo polvo -repuso Barbara.

– Un solo polvo o uno todas las noches de la semana, da igual -replicó Reeve-. No estaba interesado en liarme con Nicola Maiden. -Aparentó ponerse tenso cuando sus pensamientos tomaron de repente otra dirección. Respiró hondo y cogió un abridor de cartas plateado que descansaba en mitad del escritorio-. ¿Alguien les ha dicho lo contrario? ¿Alguien ha puesto en entredicho mi buen nombre? Insisto en saberlo. Porque en ese caso voy a hablar con mi abogado ahora mismo.

No cabía duda de que era norteamericano, pensó Barbara con cansancio.

– ¿Conoce a un tipo llamado Terry Cole, señor Reeve?

– ¿Terry Cole? ¿C-o-l-e? Entiendo. -Mientras hablaba, Reeve cogió una pluma y un bloc y escribió el nombre-. De modo que ese es el pequeño bastardo que ha dicho…

– Terry Cole ha muerto -explicó Nkata-. No dijo nada. Murió con Nicola Maiden en Derbyshire. ¿Le conoce?

– Jamás oí hablar de él. Cuando pregunté quién les había dicho… Escuchen. Nicola ha muerto y yo lo lamento. Pero no la veía desde finales de abril. No hablaba con ella desde finales de abril. Y si alguien se empeña en mancillar mi reputación, tomaré las medidas pertinentes para descubrir a ese bastardo y hacerle pagar su osadía.

– ¿Es su reacción habitual cuando está contrariado? -preguntó Barbara.

Reeve dejó la pluma.

– Creo que la entrevista ha terminado.

– Señor Reeve…

– Váyanse, por favor. Les he concedido mi tiempo y contado lo que sé. Si creen que voy a ser el pelele de la policía y quedarme sentado mientras intentan que me autoinculpe de alguna manera… -Les señaló a los dos. Barbara observó que sus manos eran muy pequeñas, con los nudillos surcados por pequeñas cicatrices-. Han de procurar que se les vea menos el plumero. Bien, márchense.

No hubo otro remedio que acceder a su solicitud. Como buen expatriado yanqui que era, su siguiente paso sería llamar a su abogado y denunciarles por acoso. Era inútil seguir insistiendo.

– Buen trabajo, Winston -dijo Barbara, cuando entraron en el Bentley-. Le pusiste contra las cuerdas en un abrir y cerrar de ojos.

– Era absurdo perder el tiempo. -Nkata examinó el edificio-. Me pregunto si hoy se celebra una auténtica merienda en Dorchester a favor de los Niños Necesitados.

– Algo habrá, donde sea. Iba vestida de punta en blanco, ¿verdad?

Nkata miró a Barbara. Su mirada resbaló con pesar sobre la ropa de su compañera.

– Con todos los respetos, Barb…

Ella rió.

– De acuerdo. ¿Qué sé yo sobre esas cosas?

Nkata lanzó una risita y puso en marcha el motor. Cuando se alejaban de la acera, dijo:

– El cinturón, Barb.

– Vale -dijo Barbara, y se volvió en el asiento para cogerlo.

Fue entonces cuando vio a Tricia Reeve. La subdirectora de MKR no se había ni acercado a Dorchester. Apareció por la esquina del edificio, subió los peldaños a toda prisa y corrió hacia la puerta.

11

En cuanto los policías salieron de su despacho, Martin Reeve pulsó el botón de llamada oculto en uno de los estantes sobre los cuales se alineaba su colección de fotos de Henley. Así como los diplomas falsos formaban parte de la historia de Martin Reeve, las fotos de Henley constituían una pieza vital del romance de Martin y Tricia Reeve. Una parte importante de su historia prefabricada era que se habían conocido años antes en el Regatta. Había contado durante tanto tiempo aquella historia apócrifa, que casi había empezado a creerla.

Su llamada fue contestada en menos de cinco segundos, un tiempo récord. Jaz Burns entró en la habitación.

– Era una verdadera vaca -dijo con una sonrisa burlona-. Le tomaste el pelo a base de bien, Marty. Tardarás en olvidarlo.

Desde su madriguera, situada en la parte posterior de la casa, Jaz tenía la costumbre de espiar el despacho de Martin con el equipo de vigilancia. Mostraba una molesta tendencia al voyeurismo, que Martin pasaba por alto en aras de utilizar sus otros talentos.

– Sígueles -ordenó Martin.

– ¿A los polis? No es propio de ti. ¿Qué pasa?

– Más tarde. Ponte en acción.

Jaz era astuto a la hora de captar matices. Asintió con brusquedad, cogió las llaves del Jaguar y salió de puntillas de la habitación. La puerta no llevaba cerrada ni quince segundos cuando volvió a abrirse.

Martin giró en redondo, muy nervioso.

– Maldita sea, Jaz -dijo, dispuesto a regañar a su subalterno por su retraso en seguir a los polis, pero era Tricia, no el sigiloso Burns, y la expresión de la mujer anunció que se avecinaba una escena.

«Que te den por culo -quiso decir-. Ahora no.» En ese momento carecía de recursos para calmar un ataque de nervios de Tricia.

– ¿Qué haces aquí? Se supone que debías estar en la merienda, Tricia.

– No pude. -Cerró la puerta a su espalda.

– ¿Qué quiere decir que no pudiste? Te esperan. Hace meses que lo montamos. Utilicé una docena de influencias para meterte en el comité, y si estás en el comité, has de hacer lo que el comité espera. Tienes la puta lista, Tricia. ¿Cómo van a celebrar el acontecimiento esas mujeres y, a propósito, cómo vamos a mantener nuestra buena reputación si eres incapaz de aparecer a tiempo con la lista de los asientos?

– ¿Qué les dijiste de Nicola?

– Mierda. ¿Para eso has vuelto? ¿Lo he entendido bien? ¿Has dejado de manifestar tu apoyo incondicional a una de las causas más justas del Reino Unido porque quieres saber qué dije a los polis sobre una jodida puta muerta?

– No me gusta ese lenguaje.

– ¿Qué parte? ¿Jodida, muerta o puta? Dejémoslo claro, porque en este momento hay quinientas mujeres y fotógrafos de todo el país esperando a que aparezcas, y bien sabe Dios que no lograremos solucionarlo si no aclaramos qué parte de mi lenguaje te desagrada.

– ¿Qué les dijiste?

– Les dije la verdad.

Estaba tan irritado, que casi disfrutó de la expresión horrorizada que apareció en su rostro.

– ¿Qué?

Hizo la pregunta con voz ronca.

– Nicola Maiden era auxiliar de asesoría fiscal. Abandonó la empresa en abril pasado. Si no se hubiera ido, yo la habría despedido.

Tricia se relajó ostensiblemente, de modo que Martin continuó. Prefería que su mujer estuviera nerviosa.

– Me encantaría saber adonde fue esa putita cuando se marchó de aquí, y con suerte Jaz me proporcionará esa información dentro de una hora. Los polis siempre son predecibles. Si tenía un piso en Londres, y mi dinero dice que sí, los polis nos conducirán a él.

– ¿Por qué quieres saberlo? ¿Qué vas a hacer?

– No me gusta que me falten al respeto, Tricia. Tú, de entre todas las personas, deberías saberlo. No me gusta que me mientan. La confianza es la clave de toda relación, y si no hago algo cuando alguien me da por el culo, dejo la puerta abierta a que todo el mundo tome a Martin Reeve por el pito del sereno. No voy a permitirlo.

– Te la tiraste, ¿verdad? -La cara de Tricia estaba contraída.

– No seas idiota.

– Crees que no me entero. Te dices: «La querida Tricia se pasa la mitad del tiempo colgada hasta las cejas. ¿En qué se va a fijar?» Pero lo hago. Me fijé en cómo la mirabas. Sé cuándo ocurrió.

Martin suspiró.

– Necesitas un pico. Lamento expresarme con tanta crudeza, querida mía. Sé que prefieres soslayar el tema. Pero la verdad es que siempre te enredas cuando desciendes a toda máquina. Necesitas otro pico.

– Sé cómo eres. -Estaba levantando la voz, y Martin se preguntó si podría manejar la aguja sin su colaboración. Claro que, ¿cuántas veces se chutaba al día? Aunque se las pudiera arreglar con la jeringuilla, lo último que necesitaba era que su mujer cayera en estado de coma-. Sé cuánto te gusta tomar la iniciativa, Martin. ¿Qué mejor manera de demostrar que eres el jefe que decirle a una colegiala que se baje las bragas y comprobar con qué rapidez lo hace?

– Tricia, eso son chorradas. ¿Te das cuenta de lo que dices?

– De modo que te la tiraste. Y después ella se largó. ¡Puf! Se fue. Desapareció. -Tricia chasqueó los dedos y miró a Martin-. Y eso te molestó, ¿verdad? Sé cómo reaccionas cuando algo te molesta.

Hablando de Roma… Martin ardía en deseos de abofetearla. Lo habría hecho de no estar seguro de que, colgada o no, habría corrido a casa de papá para chivarse. Papá exigiría ciertas condiciones. Primero la desintoxicación. Después el divorcio. Ninguna era aceptable para Martin. Casarse con una fortuna, pese a que el dinero procediera de un negocio de antigüedades, sin haber pasado por sucesivas generaciones de la mejor sangre azul, le había conseguido cierto grado de aceptación social que jamás habría adquirido como simple inmigrante, por grande que hubiera sido su éxito en los negocios. No tenía la menor intención de renunciar a dicha aceptación social.

– Seguiremos con esta discusión más tarde -dijo al tiempo que consultaba su reloj de cadena-. De momento, aún tienes tiempo de llegar a la merienda sin humillarnos a ninguno de los dos. Di que fue el tráfico: un peatón atropellado por un taxi en Notting Hill Gate. Te entretuviste en darles consuelo, pongamos que eran una mujer y un niño, hasta que la ambulancia llegó. Por cierto, una carrera en la media corroboraría tu historia.

– No me eches como a una puta descerebrada.

– Entonces deja de actuar como si lo fueras. -Espetó la réplica sin pensarlo, y se arrepintió al instante. ¿De qué le serviría convertir una estúpida discusión en una pelea a gran escala?-. Escucha, cariño -dijo con el ánimo conciliatorio-, dejemos de discutir. Nos estamos dejando influir por una visita rutinaria de la policía. En lo tocante a Nicola Maiden…

– Hace meses que no lo hacemos, Martin.

El hombre prosiguió, imperturbable.

– … es una desgracia que haya muerto, es una desgracia que la hayan asesinado, pero como no tenemos nada que ver con lo ocurrido…

– No. Hemos. Follado. Desde. Junio. -La voz de Tricia se alzó-. ¿Me estás escuchando? ¿Oyes lo que te digo?

– Te estoy escuchando y te he estado follando -contestó Martin-. Y si no estuvieras colgada casi todo el día, descubrirías que tu memoria mejoraba.

Eso, gracias a Dios, le paró los pies. Al fin y al cabo, tenía tan pocas ganas como él de dar por terminado su matrimonio. Se necesitaban mutuamente. Él le proporcionaba los suministros y mantenía su secreto a salvo; ella aumentaba su movilidad social y conseguía de sus iguales el tipo de deferencia que un hombre depara a otro cuando este se encuentra en posesión de una mujer hermosa. Por lo tanto, ella deseaba creer con todas sus fuerzas. Y según la experiencia de Martin, cuando la gente deseaba creer con desesperación, acababa convencida de casi cualquier cosa. En este caso, no obstante, la creencia de Tricia no estaba muy lejos de la verdad: que se la tiraba cuando estaba colgada. Pero ella no lo recordaba.

– Oh -dijo Tricia con un hilo de voz, y parpadeó.

– Sí -dijo Martin-. Oh. Todo junio, julio y agosto. Y anoche también.

La mujer tragó saliva.

– ¿Anoche?

Martin sonrió. Ya era suya. Se lanzó a la carga.

– No dejemos que la bofia arruine lo que tenemos, Trish. Persiguen a un asesino, no a nosotros. -Tocó sus labios con los nudillos surcados de cicatrices de la mano derecha. Con la izquierda le cogió las nalgas y la atrajo hacia sí-. ¿No tengo razón? ¿No es cierto que la policía no encontrará aquí lo que busca?

– He de dejar esa mierda -susurró ella.

Martin la silenció y buscó su boca.

– Cada cosa a su tiempo -dijo.

En su habitación del hotel Black Angel, Lynley renunció al traje y la corbata en favor de tejanos, botas de montaña y el viejo chaquetón que utilizaba en Cornualles, una antigua posesión de su difunto padre. No paraba de mirar el teléfono mientras se vestía, dividido entre las ganas de que sonara y las ganas de llamar.

No había recibido ningún mensaje de Helen. Había excusado su silencio de aquella mañana como resultado de su velada con Deborah St. James y el hecho de que, casi con toda seguridad, se había quedado a dormir en casa de sus amigos. Lo que le costaba era excusar un silencio que se había prolongado a lo largo de todo el día. Incluso había telefoneado a recepción para que verificaran por segunda vez sus mensajes, también sin resultados. Su mujer no había telefoneado. Ni ella ni nadie, pero el silencio del resto del mundo no le preocupaba. El silencio de Helen sí.

Como hace la gente convencida de tener razón, repasó su conversación de la mañana anterior. Buscó subtextos y matices, pero daba igual cómo la examinara, la cosa era de lo más sencilla: su mujer había interferido en su vida profesional, y le debía una disculpa. No tenía derecho a criticar decisiones tomadas por él en su trabajo, del mismo modo que él no debía aconsejarle cómo y cuándo podía ayudar a St. James en su laboratorio. En la relación personal, cada uno estaba interesado en conocer las esperanzas, decisiones y deseos del otro. En el mundo de sus ocupaciones individuales se debían mutua amabilidad, consideración y apoyo. Que su esposa, como indicaba su perversa negativa a telefonearle, no deseara asumir esta manera de convivir básica y razonable le producía una gran desilusión. Hacía dieciséis años que conocía a Helen. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin conocerla en realidad?

Consultó su reloj. Miró por la ventana y tomó nota de la posición del sol en el cielo. Aún quedaban varias horas de luz, de modo que no necesitaba apresurarse. Consciente de esto, y de que podía aprovechar el tiempo, comprobó que obraran en su poder una brújula, una linterna y un plano catastral, embutidos en diversos bolsillos del chaquetón.

Después, sin nada más que hacer, exhaló un profundo suspiro de derrota. Se acercó al teléfono y marcó el número de su casa. Le dejaría un mensaje si había salido, pensó. Con tu pareja solo puedes ser testarudo durante un período de tiempo limitado.

Esperaba que respondiera Denton. O el mensaje grabado del contestador. Lo que no esperaba (porque si estaba en casa, ¿por qué demonios no le telefoneaba?) era oír la suave voz de su mujer al otro lado de la línea.

Helen dijo hola dos veces. De fondo, Lynley oyó música. Era uno de sus nuevos CD de Prokofiev. Había descolgado el teléfono del salón.

Tuvo ganas de decir «Hola, cariño. Nos despedimos enfadados, y quiero hacer las paces contigo». En cambio, se preguntó cómo demonios podía estar sentada tranquilamente en Londres, disfrutando de su música, cuando estaban disgustados. Porque estaban disgustados, ¿verdad? ¿Acaso no había pasado la mayor parte de su jornada laboral evitando un obsesivo análisis de su desacuerdo, del motivo, de lo que indicaba sobre el pasado, de lo que presagiaba para el futuro, de adonde podría llevarles si uno de los dos no despertaba y se daba cuenta de que…

– Sea quien sea, es usted muy grosero -dijo Helen, y colgó.

Lo cual dejó a Lynley sosteniendo un auricular silencioso, y con la sensación de ser un idiota. Si la llamaba enseguida, quedaría todavía más como un idiota, concluyó. No había nada que hacer. Colgó, sacó las llaves del coche de la chaqueta del traje y salió de la habitación.

Condujo en dirección nordeste, por la carretera que tallaba una hondonada entre las laderas de piedra caliza sobre las que se asentaba Tideswell. En esa parte la tierra formaba un sifón natural. El viento la cruzaba como un río caudaloso, azotaba las ramas de los árboles y agitaba las hojas, como una promesa de las primeras lluvias de otoño. En el cruce, un puñado de edificios color miel señalaba la aldea de Lane Head. Lynley se desvió al oeste, donde la carretera practicaba una negra incisión recta en el páramo, y los muros de piedra seca impedían que brezo, arándanos y helechos reclamaran la carretera y la devolvieran a la tierra.

Era un territorio despoblado. En cuanto Lynley dejó atrás las últimas aldeas, las únicas señales de vida, aparte de la vegetación, muy abundante, fueron las cornejas, las urracas y alguna oveja ocasional, que se erguía serena como una nube y pastaba entre el rosa y el verde.

Había peldaños para acceder al páramo, y las rutas de los senderos públicos, utilizados durante siglos por granjeros o pastores que se desplazaban de una aldea a otra, estaban señalizadas mediante postes. No obstante, en épocas más recientes habían añadido al paisaje sendas para caminar y pasear en bicicleta, que atravesaban el brezo y desaparecían hacia lejanas afloraciones rocosas, teñidas de gris a causa de los líquenes, que constituían los restos de poblados prehistóricos, antiguos lugares de culto y fortificaciones romanas.

Lynley encontró el lugar unos kilómetros al nordeste de la pequeña aldea de Sparrowpit, donde Nicola Maiden había dejado su Saab. Una cancela de hierro blanca, con una gruesa capa de pintura costrosa devorada en algunos puntos por manchas rojizas de herrumbre, interrumpía una larga y protuberante frontera de muro. Cuando llegó, Lynley hizo lo mismo que Nicola Maiden: abrió la cancela, entró en una estrecha pista pavimentada y aparcó detrás del muro de piedra.

Antes de bajar del coche desplegó el plano sobre el asiento del copiloto y se caló las gafas progresivas. Nine Sisters Henge se contaba entre los monumentos más recientes de Calder Moor, pues solo llevaba en su sitio cinco mil años. Lynley estudió la ruta que debería seguir para llegar hasta allí, y tomó nota de los puntos característicos del paisaje que le servirían para orientarse. Hanken le había ofrecido un detective como guía, pero había declinado la oferta. No le habría importado un guía experimentado como escolta, pero prefería que no le acompañara un miembro de la policía de Buxton, que tal vez se ofendería (e informaría a Hanken de dicha ofensa) cuando Lynley examinara el lugar del crimen, con una atención que daba a entender que la policía local no había hecho bien su trabajo.

– Es la última posibilidad de encontrar el maldito busca, y me gustaría eliminarla -había aducido Lynley.

– Si hubiera estado allí, mis chicos lo habrían encontrado -repuso Hanken, y le recordó que habían peinado la zona en busca del arma homicida, y que habrían encontrado el busca aunque no hubieran descubierto el cuchillo-. Pero si así te quedas más tranquilo, adelante.

En cuanto a él, iba a ver a Upman, complacido por la idea de acosar al abogado.

Lynley, seguro de su ruta, dobló el plano y devolvió las gafas al estuche. Guardó plano y gafas en los bolsillos del chaquetón, y salió al viento. Se encaminó hacia el sudeste, con el cuello del chaquetón levantado y los hombros hundidos contra las ráfagas que soplaban. La pista pavimentada conducía en la dirección que deseaba, pero antes de cien metros terminaba en un montón de piedras disgregadas, compuestas en su mayor parte de grava y alquitrán. Desde allí la excursión empezaba a complicarse por una senda de tierra y piedras irregular, cruzada por cursos de agua casi secos debido al verano sin lluvia.

La caminata duró casi una hora. Su ruta seguía senderos pedregosos que se entrecruzaban con otros aún más pedregosos. Se abría paso a través de brezo, aulaga y helechos, y remontaba afloramientos de piedra arenisca. Pasó ante los restos de túmulos divididos en cámaras.

Estaba a punto de llegar a una bifurcación de la senda cuando vio que un excursionista solitario se acercaba hacia él por el sudeste. Como estaba muy seguro de que aquella era la dirección de Nine Sisters Henge, Lynley recordó dónde estaba, y esperó a ver quién había hecho aquella visita vespertina al escenario del crimen. Por lo que sabía, Hanken aún mantenía el círculo de piedras perimetrado con una cinta policial y custodiado. Si el excursionista era un periodista o un fotógrafo de prensa, su paseo por el páramo no le habría deparado los resultados buscados.

No era un hombre. Ni tampoco un periodista o un fotógrafo. Por algún motivo, Samantha McCallin había decidido dejarse caer por Nine Sisters Henge.

Por lo visto, Samantha le reconoció en el mismo instante que él a ella, porque su paso cambió de ritmo. Se desplazaba con una rama de abedul en la mano, que utilizaba para azotar el brezo mientras recorría la senda. Pero cuando vio a Lynley tiró la rama, cuadró los hombros y se dirigió sin vacilar hacia él.

– Es un lugar público -dijo-. Pueden cortar el acceso al círculo y dejar guardias, pero no pueden alejar a la gente del resto del páramo.

– Se encuentra a unos cuantos kilómetros de Broughton Manor, señorita McCallin.

– ¿Es que no vuelven los asesinos al lugar del crimen? Solo estoy interpretando esa parte del guión. ¿Le gustaría detenerme?

– Me gustaría que me explicara qué está haciendo aquí.

La mujer miró hacia atrás.

– Él cree que yo la maté. ¿A que es fantástico? Esta mañana hablé en defensa de él, y por la tarde decidió que yo lo había hecho. Es una forma curiosa de decir «Gracias por apoyarme, Samantha», pero esto es lo que hay.

Lynley tuvo la impresión de que había estado llorando.

– Bien, ¿qué está haciendo aquí, señorita McCallin? Debe saber que su presencia…

– Quería ver el lugar donde murió la obsesión de mi primo. -El viento había soltado su pelo de la trenza, y algunos cabellos ondeaban sobre su cara-. Él dice que su obsesión murió el lunes por la noche, cuando le propuso matrimonio. Pero yo no lo creo. Creo que mientras Nicola hubiera caminado sobre la Tierra, mi primo Julian se habría aferrado a la fantasía de una vida con ella. A la espera de que cambiara de opinión. A la espera de que ella, como suele decir, le viera de veras. Y lo más divertido es que, si ella le hubiera señalado con el dedo de la manera correcta, o incluso de la equivocada, para qué engañarnos, él lo habría interpretado como la señal que estaba esperando, la prueba de que ella le amaba pese a todo lo que había dicho y hecho en sentido contrario.

– No le caía bien, ¿verdad? -preguntó Lynley.

Ella lanzó una breve carcajada.

– ¿Qué más da? Nicola iba a conseguir lo que quería, me gustara o no.

– Lo que consiguió fue la muerte. No creo que deseara eso.

– Ella le habría destruido. Le habría absorbido el alma. Era esa clase de mujer, inspector.

– ¿De veras?

Los ojos de Samantha se entornaron cuando una ráfaga de viento arreció.

– Me alegro de que haya muerto. No le mentiré al respecto. Pero se equivoca si piensa que soy la única persona que bailaría sobre su tumba si le concedieran la oportunidad.

– ¿Quién más lo haría?

Ella sonrió.

– No pienso hacer el trabajo por usted.

Dicho esto, se alejó por el sendero, en la dirección que Lynley había seguido desde el límite norte del páramo. Se preguntó cómo habría llegado al páramo, pues no había visto coches aparcados cuando se había desviado de la carretera. También se preguntó si habría aparcado en otro sitio por ignorancia de la existencia de un sitio apto tras el muro de piedra, o para ocultar su conocimiento de la existencia del mismo.

La siguió con la mirada, pero ella no se volvió para comprobarlo. Tendría que haberlo hecho, era propio de la naturaleza humana, y el que se hubiera controlado era muy revelador de su grado de disciplina. Lynley continuó andando.

Reconoció Nine Sisters Henge por la roca llamada Piedra Reina, que señalaba su emplazamiento en el interior de un espeso bosquecillo de abedules. Sin embargo, llegó al monumento por el lado contrario, y no se dio cuenta de que estaba muy cerca hasta que rodeó el bosquecillo, consultó la brújula, dedujo que el círculo de piedras tenía que estar próximo, se volvió y vio el monolito erosionado, el cual se alzaba junto a un estrecho sendero que se internaba en la arboleda.

Volvió sobre sus pasos, con las manos en los bolsillos. Encontró al guardia apostado por Hanken a escasos metros del lugar. Dejó que Lynley pasara por debajo de la cinta y se acercara al centinela de piedra. Lynley se detuvo junto a la Piedra Reina y la examinó. Estaba erosionada por la intemperie, como cabía esperar, pero también por obra del hombre. En el pasado se habían tallado muescas en la parte posterior de la enorme columna. Formaban huecos para apoyar pies y manos, y así poder ascender a la cumbre.

¿Con qué propósito habían colocado esa roca allí?, se preguntó Lynley. ¿Como punto de reunión de la asamblea de la comunidad? ¿Como puesto de vigilancia para el encargado de proteger a los chamanes que practicaban los rituales dentro del círculo? ¿Como pared falsa del altar de los sacrificios? Era imposible saberlo.

Le dio una palmada y se internó entre los árboles, donde lo primero que observó fue que los abedules actuaban de abrigo natural contra el viento, tan aglutinados estaban. Cuando penetró por fin en el círculo prehistórico, descubrió que no soplaba ni la más leve brisa.

Pensó que no había nada parecido a Stonehenge, y se dio cuenta de que la palabra estaba enraizada en su mente acompañada de una imagen concreta. Había monolitos (nueve, como indicaba el nombre), pero estaban cortados con mucha más tosquedad. No había piedras de dintel como en Stonehenge, y el talud exterior y la zanja interior que encerraban a los monolitos estaban menos definidos.

Entró en el círculo, envuelto en un silencio de muerte. Los árboles impedían que el viento penetrara en el círculo y las piedras parecían cerrar el paso al susurro de las hojas. No sería difícil que alguien entrara por la noche en el bosquecillo sin ser oído. Habría bastado que el interfecto (o la interfecta o los interfectos) supiera dónde se hallaba Nine Sisters Henge, o que siguiera al excursionista hasta el monumento desde una prudente distancia y esperara al anochecer, lo cual no habría sido difícil.

El interior del círculo comprendía hierba de páramo aplastada por los numerosos turistas del verano, un fragmento liso de roca en la base del monolito situado más al norte, y los restos de antiguas hogueras encendidas por excursionistas y adoradores. Lynley procedió, desde el perímetro del círculo, a una búsqueda sistemática del busca de Nicola Maiden. Era una actividad tediosa, pues debía registrar cada centímetro del bancal, el foso, la base de cada monolito, la hierba del páramo y las antiguas hogueras. Cuando hubo completado la inspección sin encontrar nada y comprendido que debería localizar la ruta de Nicola hasta el lugar donde murió, se detuvo en busca del camino que había tomado al huir. Al hacerlo, su mirada se desvió hacia los restos de la hoguera central.

Se distinguía de las otras porque era más reciente, con trozos de madera carbonizada que aún no se habían desintegrado en cenizas, se veían señales de que había sido removida por la policía, y las piedras que la delimitaban estaban apartadas de cualquier manera, como si alguien hubiera pateado apresuradamente el fuego para apagarlo. Sin embargo, la visión de esas piedras le trajo a la memoria las fotografías del cadáver de Terry Cole y las quemaduras que chamuscaban un lado de su cara.

Se acuclilló junto a los restos de la fogata y pensó por primera vez en esa cara, y lo que las quemaduras y la piel cubierta de ampollas significaban. La extensión de las quemaduras sugería que el chico había estado en contacto con el fuego durante largo rato. Pero no le habían sujetado contra las llamas, porque en tal caso habría tenido heridas defensivas producidas mientras se debatía para liberarse. Según la doctora Miles, no había heridas defensivas en el cuerpo de Terry Cole, ni arañazos ni contusiones en manos o nudillos, ni escoriaciones en el torso. No obstante, pensó Lynley, había estado expuesto al fuego lo suficiente para padecer graves quemaduras, incluso para que su piel se ennegreciera. Solo había una respuesta razonable: Cole había caído en el fuego. Pero ¿cómo?

Lynley dejó que su mirada vagara por el círculo. Vio que un segundo sendero, más estrecho, salía del bosquecillo, en el lado contrario a la senda por donde él había entrado. Esa tenía que haber sido la ruta de huida de Nicola. Imaginó a los dos jóvenes el martes por la noche, sentados codo con codo ante el fuego. Dos asesinos, fuera del círculo de monolitos, invisibles y silenciosos, esperan el momento propicio. Cuando llega ese momento se abalanzan, cada uno hacia una víctima, y acaban con su vida.

Era probable, decidió Lynley. Pero si había ocurrido eso, no entendía por qué no habían eliminado enseguida a Nicola Maiden. No entendía cómo la joven había logrado alejarse ciento cincuenta metros de su asesino antes de sucumbir. Si bien era cierto que podía haber escapado del círculo y tomado el segundo sendero que él acababa de ver, con la ventaja de la sorpresa para el asesino, ¿cómo había logrado recorrer tanta distancia sin ser capturada? Era una excursionista experimentada, por supuesto, pero ¿de qué servía la experiencia en la oscuridad, presa del pánico y corriendo por tu vida? Y aunque no fuera presa del pánico, ¿cómo habían podido ser tan notables sus reflejos y tan preciso su análisis de lo que estaba sucediendo? Habría tardado cinco segundos, al menos, en tomar conciencia del peligro que la amenazaba, y ese retraso habría ocurrido dentro del círculo, no a ciento cincuenta metros de distancia.

Lynley frunció el entrecejo. Seguía visualizando las fotografías del chico. Esas heridas eran importantes, contenían la clave de lo sucedido.

Cogió un palo y removió las cenizas mientras pensaba. Divisó la primera de las manchas de sangre seca procedentes de las heridas de Terry Cole. Más allá de las manchas, la hierba del páramo estaba hendida por una senda zigzagueante que conducía hasta un monolito. Lynley siguió esta senda con parsimonia y comprobó que estaba manchada de sangre en toda su longitud.

No se trataba de gotas grandes, ni en la cantidad que cabría esperar de alguien con una arteria seccionada. De hecho, mientras avanzaba Lynley llegó a la conclusión de que era insuficiente a tenor de las múltiples puñaladas infligidas a Terry Cole. Sin embargo, cuando llegó a la base del monolito vio que la sangre había formado charcos y salpicado la piedra, trazando diminutos riachuelos que resbalaban hasta el suelo.

Lynley se detuvo. Su mirada fue desde el anillo de fuego hasta el sendero. Visualizó la foto del chico tomada por la policía, con la carne chamuscada. Lo consideró todo punto por punto:

Manchas y salpicaduras de sangre junto al fuego.

Charcos de sangre junto a un monolito.

Riachuelos de sangre desde una altura de casi un metro.

Una chica que huía en la noche.

Una piedra caliza que destrozaba su cráneo.

Lynley entornó los ojos y respiró hondo. Claro, pensó. ¿Por qué no había comprendido desde el primer momento lo que había sucedido?

La dirección de Fulham que les habían proporcionado condujo a Barbara Havers y Winston Nkata hasta una pequeña casa de Rostrevor Road. Suponían que deberían lidiar con un casero, vigilante o conserje para acceder a las habitaciones de Nicola Maiden, pero después de llamar al timbre situado junto al número cinco, se llevaron una sorpresa cuando oyeron una voz de mujer por el altavoz pidiendo que se identificaran.

Siguió una pausa una vez Nkata dijo que eran de Scotland Yard. Al cabo de un momento, la voz incorpórea dijo:

– Bajo enseguida.

Tenía el acento culto de una mujer que dedicaba su tiempo libre a leer en voz alta los diálogos de los dramas de época producidos por la BBC. Barbara esperaba verla aparecer vestida en plan Jane Austen: elegante traje estilo Regencia, con medias a juego y bucles alrededor de la cara. Transcurrieron cinco minutos.

– ¿De dónde dijo que venía? -se preguntó en voz alta Nkata, al tiempo que consultaba su reloj-. ¿De Dover?

De pronto, la puerta se abrió y ante ellos apareció una niña de unos doce años, ataviada con un minivestido de Mary Quant.

– Vi Nevin -dijo la chica a modo de presentación-. Lo siento. Acabo de salir del baño, y tuve que ponerme algo. ¿Puedo ver su identificación, por favor?

La voz era la misma del altavoz, y era desconcertante que perteneciera a aquella criatura diminuta, como si una ventrílocua oculta prestara su voz a una preadolescente con el fin de divertirse. Barbara asomó la cabeza detrás de la puerta para ver si había alguien escondido. La expresión de Vi Nevin le comunicó que ya estaba acostumbrada a esa reacción.

Después de examinar sus credenciales la mujer se las devolvió.

– Bien. ¿En qué puedo ayudarles? -Cuando le dijeron que una estudiante de la facultad de derecho había dado esa dirección para que le enviaran el correo después de mudarse de su piso de Islington, contestó-: Eso no es ilegal, ¿verdad? Creo que es lo que cualquier persona responsable debería hacer.

¿Conocía, pues, a Nicola Maiden?, preguntó Nkata.

– No suelo compartir piso con desconocidos -fue su respuesta. Paseó la mirada entre Havers y Nkata-. Pero Nikki no está. Se marchó hace unas semanas. Estará en Derbyshire hasta el miércoles que viene por la noche.

Barbara vio que Nkata se resistía a asumir los dudosos honores de anunciar una vez más la muerte a alguien que no se lo esperaba. Le compadeció.

– ¿Podemos hablar dentro? -preguntó.

Vi Nevin captó algo más que esa sencilla pregunta, como indicaron sus ojos.

– ¿Por qué? ¿Traen una orden judicial o algo por el estilo? Conozco mis derechos.

Barbara suspiró. Cuánto daño habían hecho las últimas revelaciones sobre abusos policiales a la confianza de la gente.

– Estoy segura -contestó-, pero no hemos venido a hacer un registro. Nos gustaría hablar con usted sobre Nicola Maiden.

– ¿Por qué? ¿Dónde está? ¿Qué ha hecho?

– ¿Podemos entrar?

– Si me dice qué quieren.

Barbara intercambió una mirada con Nkata. Pues bueno, le dijo su mirada. No había otra alternativa que dar la triste noticia en aquel portal.

– Ha muerto -le informó Barbara-. Murió en el distrito de los Picos hace tres noches. Bien, ¿podemos entrar, o seguimos hablando en la calle?

Vi Nevin la miró fijamente. Daba la impresión de no entender nada.

– ¿Muerta? -repitió-. ¿Nikki ha muerto? Eso es imposible. Hablé con ella el martes por la mañana. Se iba de excursión. No está muerta. Es imposible. -Escrutó sus rostros, como buscando la prueba de que era una mentira o una broma. Pero no la encontró-. Entren, por favor -cedió finalmente con voz ronca.

Les condujo por un tramo de escaleras hasta una puerta en el primer piso. Daba a una sala de estar en forma de L, con puertas vidrieras que se abrían a un balcón. Abajo, el agua canturreaba en una fuente de jardín, y un carpe proyectaba las sombras del atardecer sobre las baldosas.

A un lado de la sala, un carrito de cromo y cristal albergaba una docena de botellas de licores. Vi Nevin eligió un Glenlivet aún sin abrir y se sirvió tres dedos en un vaso. Lo tomó sin hielo, y cualquier duda que todavía albergara Barbara sobre su edad desapareció al verla zamparse el whisky.

Mientras la joven se serenaba, Barbara examinó la casa, al menos lo que podía ver. La primera planta del dúplex comprendía la sala de estar, la cocina y un retrete. Las habitaciones estarían arriba, y se accedía a ellas mediante una escalera pegada a una pared. Desde donde estaba, nada más cruzada la puerta, veía el pie de la escalera y el interior de la cocina, provista de todas las comodidades modernas: nevera con expendedor de hielo, microondas, cafetera exprés, relucientes ollas y sartenes con base de cobre. Las encimeras eran de granito, y los armarios y el suelo de roble blanqueado. Bonito, pensó Barbara. Se preguntó quién pagaba todo.

Miró a Nkata. Estaba examinando los sofás de color crema, con profusión de almohadones verdes y dorados. Su mirada se desvió hacia los abundantes helechos que había junto a la ventana, y de ahí al enorme óleo abstracto que coronaba la chimenea. Estamos a mil años de la propiedad de Loughborough, decía su expresión. Miró a Barbara, que formó con los labios la expresión «La-di-da». Nkata sonrió.

Una vez terminado su whisky, Vi Nevin no pareció hacer otra cosa que respirar. Por fin, se volvió hacia ellos. Se alisó el cabello, rubio y largo hasta los pechos, y lo ciñó con una diadema que le dio aspecto de Alicia en el país de las maravillas.

– Lo siento -dijo-. Nadie telefoneó. No he puesto la televisión. No tenía ni idea. Hablé con ella el martes por la mañana… ¿Qué pasó, por el amor de Dios?

Le proporcionaron dos detalles: Nicola tenía el cráneo fracturado y no había sido un accidente.

La chica no dijo nada. Les miró, inmóvil, pero un temblor recorrió su cuerpo.

– Nicola fue asesinada -dijo Barbara por fin-. Alguien le golpeó la cabeza con una piedra.

La mano derecha de Vi aferró el borde de su mini- vestido.

– Siéntense -dijo, e indicó los sofás con un gesto.

Ella se sentó muy rígida en el borde de una mullida butaca situada frente a ellos, con las rodillas y los tobillos muy juntos, como una colegiala bien educada. No hizo preguntas. Estaba estupefacta, pero también estaba esperando.

¿Qué?, se preguntó Barbara. ¿Qué estaba pasando?

– Estamos trabajando en la conexión londinense del caso -dijo a Vi-. Nuestro colega, el inspector Lynley, está en Derbyshire.

– ¿La conexión londinense? -murmuró Vi.

– Encontraron a un chico muerto con Nicola. -Nkata sacó el cuaderno de piel de la chaqueta y extrajo la punta del lápiz mecánico-. Se llamaba Terry Cole. Tenía un piso en Battersea. ¿Lo conocía?

– ¿Terry Cole? -Vi meneó la cabeza-. No. No lo conozco.

– Era un artista. Trabajaba en esculturas. Tenía un estudio en una arcada de ferrocarril de Portslade Road. Lo compartía con una chica llamada Cilla Thompson -añadió Barbara.

– Cilla Thompson -repitió Vi. Volvió a negar con la cabeza.

– ¿Habló Nicola alguna vez de ellos? ¿Terry Cole? ¿Cilla Thompson? -preguntó Nkata.

– ¿Terry o Cilla? No.

Barbara tuvo ganas de indicar que no había ningún Narciso presente, de modo que podía abjurar de su papel en el drama, pero pensó que la alusión tal vez no sería comprendida.

– Señorita Nevin -dijo-, a Nicola Maiden le partieron la cabeza. Tal vez eso no la conmueva demasiado, pero si pudiera colaborar con nosotros…

– Por favor -dijo ella, como si no pudiera soportar escuchar la noticia de nuevo-. No he visto a Nikki desde principios de junio. Se fue al norte para trabajar durante el verano, y debía volver a la ciudad el próximo miércoles, como ya he dicho.

– ¿Para hacer qué? -preguntó Barbara.

– ¿Qué?

– ¿Qué iba a hacer cuando regresara a la ciudad?

Vi les miró como si escudriñara las aguas en busca de pirañas ocultas.

– ¿Para trabajar? ¿Para iniciar una vida desahogada? ¿Para hacer qué? -propuso Barbara-. Si iba a volver aquí, debía de tener la intención de hacer algo.

Como compañera de piso, imagino que usted sabe lo que era.

La chica tenía ojos inteligentes, grises y con pestañas negras. Estudiaban y analizaban mientras su cerebro sopesaba las posibles implicaciones de cada respuesta. Ella sabía algo de lo sucedido a Nicola. De eso no cabía duda.

Si Barbara no había aprendido demasiado trabajando con Lynley casi cuatro años, sí había aprendido que había momentos en los que jugar fuerte y momentos en los que ceder. Jugar fuerte provocaba intimidación. Ceder ofrecía un intercambio de información. Como no tenía nada con qué intimidar a la chica, había llegado el momento de ceder.

– Sabemos que dejó la facultad de derecho alrededor del primero de mayo, y dijo que había encontrado un empleo a jornada completa en MKR Financial Management. Pero el señor Reeve, su jefe, nos informó que abandonó la empresa para volver a Derbyshire. No obstante, cuando se trasladó, dio esta dirección, en lugar de una de Derbyshire, a su casera de Islington. A juzgar por lo que hemos averiguado, nadie en Derbyshire tenía idea de que había ido para algo más que una visita de verano. ¿Qué le sugiere eso, señorita Nevin?

– Confusión -dijo ella-. Aún no había tomado una decisión sobre su vida. A Nikki le gustaba tener las opciones abiertas.

– ¿Dejar la facultad? ¿Dejar su trabajo? ¿Contar historias que los hechos contradicen? Sus opciones no estaban abiertas. Eran invenciones. Todas las personas con las que hemos hablado sostienen una teoría diferente sobre lo que iba a hacer con su vida.

– No puedo explicarlo. Lo siento. No sé qué quiere que diga.

– ¿Tenía algún trabajo en perspectiva? -preguntó Nkata.

– No lo sé.

– ¿Tenía una fuente de ingresos fija? -preguntó Barbara.

– Tampoco lo sé. Pagó su parte de los gastos del piso antes de irse y…

– ¿Por qué se fue?

– Y lo hizo en metálico -continuó Vi-. No tenía motivos para preguntarle sobre su fuente de ingresos. Lo siento, pero es lo único que puedo decirles.

Y un cuerno, pensó Barbara. De entre sus blancos y bonitos dientes de bebé no salían más que mentiras.

– ¿Cómo se conocieron? ¿Estudia usted derecho?

– No. Nos conocimos en el trabajo.

– ¿En MKR Financial? -Vi asintió-. ¿Qué hace en la empresa?

– Nada. Yo también la dejé en abril. -Lo que había hecho, explicó, era trabajar como ayudante personal de Tricia Reeve-. No me caía bien. Es un poco… peculiar. Renuncié en marzo y esperé a que encontraran una sustituta.

– ¿Y ahora? -preguntó Barbara.

– ¿Ahora? -se extrañó Vi.

– ¿Qué hace ahora? -aclaró Nkata-. ¿Dónde trabaja?

Trabajaba de modelo, les dijo. Había sido su sueño de toda la vida, y Nikki la había animado a probar suerte. Mostró un álbum de fotografías profesionales que la plasmaban en diversas indumentarias. En la mayoría de instantáneas parecía una niña hambrienta: delgada, de grandes ojos, con la expresión vacía que era de rigor en las revistas de modas.

Barbara asintió mientras veía las fotos, como si le gustaran, pero se preguntó cuándo volverían a estar de moda las figuras tipo Rubens, como la de ella, para ser sincera.

– Debe de irle bien. Un dúplex como este… No creo que sea barato, ¿verdad? ¿Es de su propiedad?

– Es de alquiler.

Vi recogió sus fotos.

– ¿A quién lo alquila? -Nkata hizo la pregunta sin alzar la vista de su libreta, en la que iba anotando todo.

– ¿Es importante?

– Cuando nos lo diga, tomaremos una decisión -dijo Barbara.

– A Douglas y Gordon.

– ¿Dos conocidos suyos?

– Es una agencia inmobiliaria.

Barbara vio que Vi devolvía el álbum a su sitio, en un estante que había bajo la televisión. Esperó a que la joven se volviera hacia ellos para formular la siguiente pregunta.

– El señor Reeve nos dijo que Nicola Maiden tenía un problema con tener la boca cerrada acerca de las finanzas de sus clientes. Dijo que iba a despedirla cuando ella se marchó.

– Eso no es verdad. -Vi se mantuvo inmóvil, con los brazos cruzados bajo sus diminutos pechos-. Si iba a despedirla, cosa que no hizo, debió de ser por culpa de su mujer.

– ¿Por qué?

– Celos. Tricia quiere eliminar a todas las mujeres que él mira.

– ¿Y miraba a Nicola?

– Yo no he dicho eso.

– Escuche, sabemos que tenía un amante -dijo Barbara-. En Londres. ¿Podría ser el señor Reeve?

– Nicola no le hacía ni caso. Nikki salía con alguien, es verdad. Pero no de aquí, sino de Derbyshire.

Vi fue a la cocina y volvió con un puñado de postales. Eran de diversos lugares del distrito de los Picos: Arbor Low, Peveril Castle, Thor's Cave, las piedras colocadas para cruzar Dovedale, Chatsworth House, Magpie Mine, Little John's Grave, Nine Sisters Henge. Todas estaban dirigidas a Vi Nevin, y todas contenían idéntico mensaje: «Oooh-la-la», seguido de la inicial «N». Eso era todo.

Barbara pasó las postales a Nkata.

– De acuerdo -dijo a Vi-. Le seguiré la corriente. Explíqueme qué quiere decir.

– Son los lugares en que mantuvo relaciones sexuales con él. Cada vez que lo hacían en un sitio diferente, compraba una postal y me la enviaba. Una broma.

– Muy ocurrente, sin duda -dijo Barbara-. ¿Quién es ese hombre?

– Nunca lo dijo, pero supongo que está casado.

– ¿Por qué?

– Porque aparte de las postales, Nicola nunca lo mencionaba, supongo que porque su relación era secreta.

– Se lo tomó como una costumbre, ¿verdad? -Nkata dejó las postales sobre la mesita auxiliar y escribió algo en su libreta-. ¿Se acostaba con otros hombres casados?

– Yo no he dicho eso. Solo creo que este estaba casado. Y no vivía en Londres.

Pero alguien sí, pensó Barbara. Tenía que haber alguien. Si la intención de Nicola Maiden era regresar a la ciudad a finales de verano, habría vuelto con medios de subsistencia. Después de ver aquel dúplex ultramoderno recién decorado, con la palabra «picadero» inscrita sobre todo él, ¿era absurdo suponer que alguien bien provisto de dinero la había instalado para tenerla a su disposición día y noche?

Eso llevaba a la pregunta de qué coño estaba haciendo allí Vi Nevin, pero tal vez eso había formado parte del trato. Una compañera de piso con la cual la amante podía pasar las horas de aburrimiento, a la espera de que apareciera su dueño y señor.

Era una suposición arriesgada, pero faltaba muy poco para imaginar a Nicola Maiden como una especie de sir Richard Burton moderno, que recorría los páramos a la busca de lugares nuevos y excitantes donde revolcarse con su amante casado.

¿Qué demonios hago trabajando en la policía, cuando todo el mundo se lo pasa en grande?, se preguntó Barbara.

Tendrían que echar un vistazo a la habitación y las pertenencias de Nicola Maiden, dijo a Vi Nevin. En algún lugar tenía que haber una prueba concreta de las intenciones de Nicola, y estaba decidida a encontrarla.

12

– Se echó a temblar. El maldito cabrón se echó a temblar.

Hanken se reclinó en su silla y saboreó el momento, con las manos enlazadas detrás de la cabeza. Un cigarrillo encendido colgaba de su boca, y hablaba entre dientes con la destreza de un hombre ejercitado en ese arte. Lynley estaba de pie ante unos archivadores sobre los cuales había puesto las fotografías tomadas de los dos cadáveres. Las examinaba mientras se esforzaba por mantenerse alejado del humo del tabaco. Como había sido una víctima del vicio, se alegraba de encontrar irritante el humo, cuando meses antes habría hecho cola para lamer el cenicero de Hanken. De hecho, este no utilizaba el cenicero. Cuando el tabaco quemado deseaba desprenderse, volvía la cabeza y dejaba que la ceniza cayera al suelo. Era un gesto inusitado en el, por lo demás, pulcrísimo inspector detective y denotaba a las claras su nivel de entusiasmo.

Hanken estaba contando su entrevista con Will Upman. El placer que experimentaba fue aumentando a medida que llegaba al clímax. Desde un punto de vista metafórico, al parecer. Porque, según Hanken, el abogado no había estado a la altura de las circunstancias.

– Pero dijo que dar un gatillazo no le importa cuando está con una mujer -resopló Hanken-. Dijo que lo único que importa es divertirse.

– Me intriga -dijo Lynley-. ¿Cómo conseguiste que lo admitiera?

– ¿Que se la tiró, o que no se le levantó?

– Me da igual. Ambas cosas. -Lynley eligió la foto más clara de la cara de Terry Cole y la dejó junto a la foto más clara de sus heridas-. Confío en que no utilizaras las empulgueras, Peter.

Hanken rió.

– No hizo falta. Solo dije que sus vecinos se habían chivado, y enseguida agitó la bandera blanca.

– ¿Por qué había mentido?

– Afirma que no lo hizo. Afirma que lo hubiera confesado si se lo hubiéramos preguntado sin ambages.

– Eso es hilar muy fino.

– Abogados.

La palabra lo decía todo.

Will Upman, había informado Hanken, admitía un único polvo con Nicola Maiden, acontecido la última noche de su empleo. Había experimentado una fuerte atracción hacia ella durante todo el verano, pero su posición de patrón le había impedido insinuarse.

– ¿Su relación con otra persona no se lo impedía? -preguntó Lynley.

En absoluto. Porque ¿cómo era posible que estuviera profundamente enamorado de Joyce, y en consecuencia, «enredado» de una forma legítima con ella, si experimentaba una atracción tan poderosa hacia Nicola? Y si se sentía tan atraído por Nicola, ¿no era justo que averiguara el alcance de dicha atracción? Joyce le exigió que se comprometiera (su idea era vivir juntos), pero Upman no podía hacerlo hasta aclarar lo de Nicola.

– Así pues, ¿reaccionó al instante y se declaró a Joyce en cuanto tuvo claro el asunto con Nicola? -preguntó Lynley.

Hanken gruñó en señal de afirmación. Upman había ablandado a la muchacha con copas, cena y vino, informó. Se la llevó a casa. Más copas. Un poco de música. Había colocado velas alrededor de la bañera…

– Santo Dios -se estremeció Lynley. Ese hombre es una víctima de Hollywood.

… y consiguió que se desnudara y se metiera en el agua sin el menor problema.

– Ella lo deseaba tanto como él, según Upman -dijo Hanken.

Jugaron en la bañera hasta ponerse al rojo vivo, momento en que pasaron al dormitorio.

– Y ahí fue donde el cohete no se elevó -concluyó Hanken.

– ¿Y la noche del asesinato?

– ¿Dónde estaba él, quieres decir?

Hanken también lo contó. El lunes, durante la comida, Upman volvió a discutir con su novia sobre el tema de la convivencia. En lugar de volver a casa después del trabajo, y correr el riesgo de que Joyce le llamara, salió a pasear en coche. Terminó en el aeropuerto de Manchester, donde se alojó en un hotel para pasar la noche y solicitó los servicios de una masajista que calmara su tensión.

– Hasta me enseñó las facturas -dijo Hanken-. Creo que las intenta colar como dietas.

– Compruébalo.

– Tan seguro como que respiro -dijo Hanken-. ¿Y lo tuyo?

Debía proceder con tiento, pensó Lynley. Hasta el momento, pese a su entrevista con Upman, no parecía que Hanken se aferrara a ninguna teoría en particular. De todos modos, iba a sugerir algo que contradecía la principal conjetura de su colega. Quería conducirle a su terreno con tacto, para que Hanken viera la lógica de sus deducciones.

No había encontrado el busca, dijo. Pero había examinado con detenimiento el lugar, y había pensado largo y tendido en los dos cadáveres. Deseaba proponer una hipótesis completamente diferente a la manejada hasta el momento. ¿Querría escucharle Hanken?

Este apagó el cigarrillo. Gracias a Dios, no encendió otro. Se pasó la lengua por los dientes, con sus inquisitivos ojos clavados en Lynley.

– Dispara -dijo por fin, y se reclinó en la silla como si esperara un largo monólogo.

– Creo que se trata de un solo asesino -dijo Lynley-. Sin cómplice. Nuestro hombre no pidió refuerzos cuando…

– O mujer. ¿Ya lo has descartado?

– O mujer -admitió Lynley, y aprovechó la oportunidad para informar a Hanken de su encuentro con Samantha McCallin en Calder Moor.

– Eso le devuelve el protagonismo, diría yo -comentó Hanken.

– Nunca lo ha perdido.

– De acuerdo. Continúa.

– El asesino no pidió refuerzos cuando vio que había dos víctimas en lugar de una.

Hanken enlazó las manos sobre el estómago.

– Continúa.

Lynley utilizó la fotografía de Terry Cole para abundar en su teoría. Quemaduras en la cara, pero no había heridas defensivas en el cuerpo, y subrayó que no habían retenido a Cole contra el fuego, sino que había caído encima. Las quemaduras de su piel indicaban que el contacto había sido algo más que breve. No había indicios de que le hubieran golpeado, dejado inconsciente y abandonado sobre el fuego. Por tanto, le habían herido o dejado fuera de juego cuando estaba sentado junto al fuego.

– Un asesino sigue a la chica -dijo Lynley-. Cuando él llega al lugar…

– O ella -insistió Hanken.

– Sí, o ella. Cuando él o ella llega al lugar, descubre que Nicola no está sola. Por tanto, hay que eliminar a Cole. Primero, porque si el asesino se lanza sobre ella seguramente el chico saldría en su defensa y, segundo, porque es un testigo en potencia. Pero el asesino se enfrenta a un dilema. ¿Mata, él o ella, a Cole y corre el riesgo de que Nicola escape mientras lo hace? ¿O mata a Nicola y corre el riesgo de que Cole se lo impida? Cuenta con la ventaja del factor sorpresa, pero eso es todo, aparte de su arma. -Lynley repasó las fotografías y eligió la que mostraba el rastro de sangre con más claridad-. Si consideras todo esto, y tienes en cuenta la sangre hallada en el lugar…

Hanken levantó las manos para detener la verborrea de Lynley. Desvió la mirada hacia la ventana, donde la repelente perspectiva del estadio de fútbol de Buxton, al otro lado de la calle, recordaba un campo de concentración.

– El asesino se abalanza con el cuchillo y hiere al chico -reflexionó en voz alta-. El chico cae sobre la hoguera y se quema. La chica se da a la fuga. El asesino la persigue…

– ¿El cuchillo ha quedado clavado en el chico?

– Humm. Sí. Ya veo por dónde vas. -Hanken se volvió con los ojos nublados mientras visualizaba la escena que iba a describir-. Más allá de la hoguera está oscuro. La chica huye.

– ¿Se toma la molestia de extraer el cuchillo del cuerpo del chico, o la persigue sin más?

– La persigue. Es un profesional, ¿no? Acaba con ella de tres golpes en la cabeza y luego vuelve para rematar al chico.

– Entretanto, Cole ha conseguido arrastrarse hasta el borde del círculo de piedras. Ahí es donde el asesino acaba con él. La sangre es muy reveladora, Peter. Resbala por el monolito y forma charcos en el suelo.

– Si tienes razón -dijo Hanken-, tenemos a un asesino cubierto de sangre. Es de noche, todo ocurre en el culo del mundo, de modo que cuenta con esa ventaja. Pero necesita algo donde esconder su ropa, a menos que emprendiera la matanza desnudo, cosa muy improbable.

– Quizá fuera provisto de algo -apuntó Lynley.

– O cogiera algo del lugar de los hechos. -Hanken se palmeó los muslos y se puso en pie-. Que los Maiden echen un vistazo a las pertenencias de la chica -dijo.

Barbara, echando chispas, se paseó nerviosa mientras Winston Nkata llamaba a Lynley desde el pub Prince of Wales. Estaban frente a Battersea Park y en la esquina del domicilio de Terry Cole, y si bien ardía en deseos de arrebatarle el teléfono a Nkata y hacer hincapié en algunos puntos con más energía que este, sabía que debía contener su lengua. Nkata estaba refiriendo el motivo de su nerviosismo a su superior, y Barbara debía guardar silencio para que Lynley no descubriera que había abandonado su puesto ante el ordenador.

– Volveré al ordenador esta noche -juró a Nkata cuando comprendió que su reticencia a trasladarse desde Fulham a Battersea obedecía a su preocupación por la negligencia de Barbara-. Winston, te juro por mi madre que permaneceré sentada ante la pantalla hasta quedarme ciega. ¿De acuerdo? Pero después. Después. Antes hemos de ir a Battersea.

Nkata estaba contando a Lynley el resultado de sus visitas al ex patrón y a la compañera de piso de Nicola. Después de informar sobre las postales que Nicola había enviado a Vi Nevin, y explicar cuál era el mensaje implícito según Vi, se despachó a gusto sobre el hecho de que el dormitorio de Nicola en la casa de Fulham había sido, en apariencia, «limpiado» antes de que pudieran echarle un vistazo.

– ¿A cuántas tías conoce que no guarden algo revelador del maromo al que se están beneficiando? -preguntó Nkata-. Le aseguro que esa Vi nos hizo esperar cinco minutos porque en cuanto supo que había policías en su puerta salió disparada a sacar algo de ese cuarto.

Barbara contuvo el aliento al oír el plural. Lynley no era idiota. Pegó un bote al otro extremo de la línea.

– ¿Qué? -contestó Nkata, al tiempo que miraba a Barbara-. No. Es una forma de hablar… Sí. Créame, lo llevo grabado en mi alma. -Escuchó, mientras Lynley debía de contar cómo iban las cosas en su parte del mundo. Rió en un momento dado-. ¿Por pura diversión? Señor, como si me dicen que el mundo es plano -dijo, y jugueteó con el cable del teléfono. Al cabo de unos momentos, prosiguió-: Battersea, ahora mismo. Barb dijo que la compañera de piso de Cole estaría esta noche, así que pensé echar un vistazo a sus cosas. La casera no permitió que Barb lo hiciera antes y…

Al parecer, Lynley le interrumpió.

Barbara intentó leer en su expresión alguna indicación de lo que estaba diciendo el inspector. El negro mantenía el rostro inexpresivo.

– ¿Qué? -susurró, muy tensa-. ¿Qué?

Nkata le indicó con un ademán que callara.

– Investigando esos nombres que usted le dio -dijo-. Al menos eso creo. Ya conoce a Barb.

– Oh, muchísimas gracias, Winston -susurró Barbara.

Nkata le dio la espalda y continuó hablando con Lynley.

– Barbara contó que la compañera de piso dice que todo es posible. El chico no iba corto de dinero, siempre llevaba encima un buen fajo, y no vendía una mierda. Si viera sus obras, no le extrañaría. El chantaje parece cada vez más probable. -Escuchó de nuevo-. Por eso quiero echarle otro vistazo. Tiene que haber una relación en alguna parte.

Que estaban en la pista de algo importante lo probaba la ausencia de detalles personales en el dormitorio de Nicola Maiden, pensó Barbara. Aparte de algunos artículos de vestir y una inocente hilera de conchas marinas en el antepecho de la ventana, nada sugería que la habitación hubiera sido ocupada por una persona de carne y hueso. Barbara habría llegado a la conclusión de que la dirección de Fulham era una fachada, y de que Nicola nunca había vivido allí, de no ser porque Vi Nevin había utilizado el tiempo tardado en abrir la puerta para sacar algo de la habitación. Dos cajones de la cómoda estaban vacíos por completo, y en el ropero, un amplio espacio en el perchero hablaba de algunas cosas hechas desaparecer a toda prisa, y sobre la cómoda, círculos libres de polvo indicaban la reciente presencia de objetos.

Barbara se dio cuenta de todo, pero no se molestó en pedir a Vi Nevin que les dejara registrar su cuarto para buscar los objetos desaparecidos. La joven ya había dejado muy claro que conocía sus derechos, y no convenía animarla a que los ejerciera.

Pero era significativo que hubiera llevado a cabo una limpieza a toda prisa. Solo un idiota no advertiría las implicaciones de ello.

En ese momento Nkata colgó y contó los progresos de Lynley. Barbara escuchó con atención, mientras buscaba relaciones entre las diferentes informaciones que iban reuniendo.

– Upman afirma que solo le echó un polvo -dijo cuando Nkata terminó-, pero podría ser el señor «Oh-la-la» de las postales y mentir como un bellaco, ¿no crees?

– O mentir sobre la importancia del polvo -apuntó Nkata-. Quizá pensó que se había producido una unión trascendental entre ambos. Puede que ella solo lo hiciera por diversión.

– Y cuando él lo descubrió, ¿se la cargó? ¿Dónde estaba el martes por la noche?

– Recibiendo un masaje cerca del aeropuerto de Manchester. Para aliviar la tensión, dijo.

Barbara lanzó un aullido.

– Jamás había oído una coartada semejante.

Se colgó el bolso al hombro y señaló la puerta. Salieron a Parkgate Road.

El piso de Terry Cole se encontraba a menos de cinco minutos a pie del pub, y Barbara guió a Nkata. Esta vez, cuando tocó el timbre contiguo al rótulo cole/Thompson, la puerta se abrió al instante.

Cilla Thompson les recibió en el rellano, vestida para salir. Su minifalda metálica plateada, el top a juego y la boina sugerían una audición inminente para un papel en una versión feminista de El mago de Oz.

– No tengo mucho tiempo -dijo.

– No se preocupe -contestó Barbara-. No necesitamos mucho.

Presentó a Nkata y entraron en el piso, que ocupaba la segunda planta de la casa y había sido reconvertido en dos pequeños dormitorios, una sala de estar, una cocina y un retrete del tamaño de una despensa. Como no quería que el episodio con Vi Nevin se repitiese, Barbara dijo:

– Nos gustaría registrarlo todo, si no le parece mal. Si Terry estaba metido en algo comprometedor, habrá dejado pruebas en algún sitio. Quizá haya escondido algo.

Cilla no tenía nada que ocultar, les informó, pero no le hacía ninguna gracia que manosearan sus bragas. Les enseñaría todas sus pertenencias, y punto. Podían hacer lo que quisieran en la madriguera de Terry.

Así pues, empezaron por la cocina, donde los aparadores no revelaron nada, salvo una predilección por los macarrones gratinados instantáneos, que los ocupantes del piso parecían consumir al por mayor. Había varias facturas sobre el escurridor, donde daba la impresión de que seis semanas de cacharros se estaban secando. Nkata las examinó, y luego las pasó a Barbara. La factura del teléfono era respetable, pero no exagerada. El consumo de electricidad parecía normal. Ninguna factura estaba vencida. Todas se habían pagado. La nevera tampoco aportó gran cosa a sus pesquisas. Una lechuga fláccida y una bolsa de plástico con coles de Bruselas de aspecto triste sugería que los ocupantes del piso no eran tan fieles al consumo de verduras como deberían. Lo más siniestro que vieron fue una lata de sopa de guisantes abierta, cuya mitad parecía haber sido engullida tal cual, sin recalentar. El estómago de Barbara se revolvió. Y ella pensaba que sus gustos culinarios eran discutibles.

– Nos la comemos tal cual -explicó Cilla desde la puerta.

– Eso parece -contestó Barbara.

Se trasladaron a la sala de estar, donde examinaron su inusual decoración. La habitación parecía una sala de exposiciones. Había varias piezas de la misma naturaleza agrícola que los esfuerzos de mayor tamaño vistos por Barbara aquel mismo día en el estudio de la arcada del ferrocarril, lo cual indicaba que eran obra de Terry. Los demás objetos, es decir, pinturas, eran fruto indudable de los afanes de Cilla.

Nkata, que no había visto la fijación oral de Cilla plasmada de una forma concreta, silbó en voz baja ante la docena de cavidades bucales exploradas en los lienzos de la sala de estar: bocas que chillaban, reían, lloraban, hablaban, comían, babeaban, vomitaban y sangraban, estaban plasmadas con gráficos detalles. Cilla también había explorado posibilidades fantásticas: de varias bocas surgían seres humanos, sobre todo miembros de la familia real.

– Muy… originales -comentó Nkata.

– Sin embargo, Munch [7] no tiene de qué preocuparse -murmuró Barbara, a su lado.

Había dormitorios a cada lado de la sala de estar, y entraron primero en el de Cilla, precedidos por la artista. Aparte de una nutrida colección de osos de peluche situados en la cómoda y el antepecho de la ventana, la habitación de Cilla no presentaba ninguna contradicción con la artista. Su guardarropa contenía las prendas coloridas que suelen asociarse con una pintora, la caja de leche que hacía las veces de mesita de noche albergaba la caja de condones que cabía esperar de una joven sexualmente activa y sexualmente precavida en los deprimentes días del sida. Una considerable colección de CD mereció la aprobación de Barbara, y confirmó a Nkata lo mucho que desconocía acerca del rock and roll. Ejemplares de What's On y Time Out tenían páginas dobladas y círculos alrededor de galerías con exposiciones recién inauguradas. Las paredes ofrecían obras de la artista, que había pintado el suelo para revelar algo más de su sensibilidad artística. Grandes lenguas goteantes masticaban comida sobre niños desnudos, que defecaban sobre otras lenguas oscilantes. Era un punto a favor de Freud, no cabía duda.

– Dije a la señora Baden que volvería a pintar el piso cuando me mudara -explicó Cilla, en respuesta al fracaso de los detectives por controlar su expresión-. Le gusta apoyar el talento. Eso dice ella. Pregúntenle.

– Nos basta con su palabra -dijo Barbara.

En el cuarto de baño tampoco encontraron nada, salvo un círculo mugriento y antihigiénico alrededor de la bañera. Nkata chasqueó la lengua. A continuación pasaron al dormitorio de Terry Cole, seguidos por Cilla, al parecer temerosa de que estropearan una de sus obras maestras si no vigilaba.

Nkata se dedicó a la cómoda y Barbara al ropero. En él, descubrió el asombroso hecho de que Terry tenía debilidad por el color negro, que se repetía en camisetas, jerséis, tejanos, chaquetas y calcetines. Mientras Nkata abría cajones detrás de ella, Barbara empezó a registrar tejanos y chaquetas con la esperanza de que revelaran algo crucial. Descubrió solo dos posibilidades entre los resguardos de entradas de cine y pañuelos de papel arrugados. La primera era un trozo de papel con la inscripción «Soho Square 31-32» escrita con una letra menuda y puntiaguda, y la segunda una tarjeta doblada en dos sobre un chicle reseco. Barbara la desdobló. Siempre se podía confiar…

En la tarjeta estaba grabado «Bowers» con letras elegantes. En la esquina inferior izquierda había una dirección de Cork Street y un número de teléfono. En la inferior derecha, un nombre: Neil Sitwell. La dirección era W1. Otra galería, dedujo Barbara, pero de todos modos dejó el chicle reseco sobre la mesita de noche y guardó la tarjeta en el bolsillo.

– Aquí hay algo -dijo Nkata.

Barbara giró en redondo y vio que había sacado un humidificador del cajón inferior de la cómoda y lo había abierto.

– ¿Qué es? -preguntó.

Lo inclinó hacia ella. Cilla estiró el cuello.

– Eh, eso no es mío -se apresuró a decir cuando vio lo que era.

El humidificador contenía cannabis. Varias hojas, por lo que Barbara pudo ver. Y del cajón del que había extraído el humidificador, Nkata sacó papel de fumar y una bolsa de congelador que contenía, como mínimo, un kilo de hierba.

– Vaya -dijo Barbara. Miró a Cilla con suspicacia.

– Ya he dicho que no es mío -contraatacó Cilla-. No les habría permitido registrar el piso de haber sabido que tenía esa mierda, ¿vale? Yo no la toco. No toco nada que pueda dañar el proceso.

– ¿El proceso? -Nkata arrugó la frente.

– Mi arte -explicó Cilla-. El proceso creativo.

– Ya -dijo Barbara-. Bien sabe Dios que eso no se puede tocar. Ha sido muy inteligente por su parte.

Cilla no captó la ironía.

– El talento es precioso -dijo-. No hay que… desperdiciarlo.

– ¿Está diciendo que esto -señaló el cannabis- es el motivo de que Terry no pudiera triunfar como artista?

– Como ya le dije en el estudio, nunca se volcó lo bastante en su arte para obtener algo a cambio. No quería trabajar como los demás. Pensaba que no era necesario. Tal vez esa mierda fuese el motivo.

– ¿Porque casi siempre estaba colgado? -preguntó Nkata.

Cilla pareció incómoda por primera vez. Se removió sobre sus zapatos de plataforma.

– Escuche, es como… Está muerto y lo siento, pero la verdad es la verdad. Su dinero procedía de algún sitio. Eso debe de ser.

– Aquí no hay mucho, si se dedicaba a vender -dijo Nkata a Barbara.

– Quizá tenga la despensa en otro sitio.

Pero aparte de una butaca rellena en exceso, el único otro mueble de la habitación que podía proporcionar un escondite era la cama. Parecía demasiado descarado para ser verdad, pero Barbara lo comprobó. Levantó el borde de un viejo cubrecama de felpilla y debajo de la cama vio una caja de cartón.

– Ah -dijo Barbara-. Quizá, quizá…

Se agachó y sacó la caja. Estaba abierta. Separó las solapas y examinó su contenido.

Se trataba de postales, varios cientos. Pero no del tipo que se envía a la familia cuando uno está lejos de casa. No eran postales de felicitación. No servían para enviar mensajes. No eran recuerdos. No obstante, constituían el primer indicio de quién había matado a Terry Cole y por qué.

Un detective había sido enviado a Buxton para recoger a los Maiden a fin de que inspeccionaran los efectos de su hija. Hanken había indicado que una cortés petición de que acudiesen habría sido desoída, porque la hora de la cena se acercaba y los Maiden tenían que atender a sus huéspedes.

– Si queremos una respuesta esta noche, hay que ir a por ellos -dijo Hanken, no sin razón.

Una respuesta obtenida aquella noche sería útil, admitió Lynley. Por lo tanto, mientras Hanken y él se cepillaban unos rigatoni puttanesca en el restaurante Firenze de Buxton, la agente detective Patty Stewart fue a Padley Gorge a buscar a los padres de la chica muerta. Cuando los inspectores hubieron terminado su ágape, rematado con dos expresos por cabeza, Stewart telefoneó a Hanken para anunciar que Andrew y Nan Maiden ya estaban en comisaría.

– Que Mott te entregue las cosas de la chica -ordenó Hanken por su móvil-. Llévalas a la sala cuatro y espéranos.

No había más de cinco minutos hasta la comisaría de Buxton. Hanken se ocupó de la factura con parsimonia. Quería hacer sudar a los Maiden, explicó a Lynley. Quería que todos los implicados en la investigación estuvieran nerviosos, porque nunca se sabía qué podía dar de sí un ataque de nervios.

– Pensaba que habías concentrado tu interés en Will Upman -comentó Lynley.

– Todo el mundo me interesa. Quiero que todos estén nerviosos -contestó Hanken-. Hay que ver lo que la gente recuerda cuando la tensión aumenta.

Lynley no le recordó que la experiencia de Andy Maiden en el SO10 le habría preparado para soportar mucha más presión de la resultante de esperar un cuarto de hora a dos colegas en una comisaría. Al fin y al cabo, era el caso de Hanken, y estaba demostrando ser un colega adaptable.

– Lamento no haberla encontrado esta tarde -dijo Lynley a Nan Maiden cuando ella y su marido fueron conducidos a la sala 4, donde Hanken y él aguardaban de pie a ambos lados de una gran mesa de pino. La detective Stewart, apostada junto a la puerta con una libreta en la mano, había depositado sobre ella las pertenencias de Nicola.

– Fui a dar un paseo en bicicleta -dijo Nan.

– Andy dijo que fue a Hathersage Moor. ¿Es un paseo difícil?

– Me gusta el ejercicio, y hay sendas para ciclistas por todas partes. No es tan duro como parece.

– ¿Se cruzó con alguien mientras estuvo allí? -preguntó Hanken.

El brazo de Andy Maiden rodeó a su mujer, que replicó sin vacilar.

– Hoy no. Tenía el páramo para mí sola.

– Sale a menudo, ¿verdad? ¿Por las mañanas, por las tardes? ¿Por las noches también?

Ella frunció el entrecejo.

– Perdone, pero ¿me está preguntando…?

Un apretón de su marido bastó para hacerla callar.

– Pensaba que nos habían llamado para examinar las pertenencias de nuestra hija, inspector -dijo Andy Maiden.

Hanken y él se observaron, separados por la mesa. Junto a la puerta, Patty Stewart paseó la mirada entre ellos, con el bolígrafo preparado. En la calle, la alarma de un coche se disparó de repente.

Hanken fue el único que parpadeó.

– Adelante -dijo, y señaló con un cabeceo los artículos esparcidos sobre la mesa-. ¿Falta algo? ¿Hay algo que no sea de ella?

Los Maiden inspeccionaron cada objeto con detenimiento. Nan Maiden alargó la mano, vacilante, y acarició un jersey azul marino con una franja color marfil que definía el cuello.

– El cuello no le caía bien… -dijo-. Yo quise cambiarlo, pero ella no me dejó. Dijo: «Tú lo has hecho, mamá, y eso es lo que importa.» Ojalá lo hubiera arreglado. No me habría costado nada. -Parpadeó varias veces y su respiración se alteró, como si le faltara el aire-. Lo siento. No soy de gran ayuda.

Andy Maiden apoyó la mano en la nuca de su mujer.

– Solo unos momentos más, amor mío. -La animó a seguir mirando. Fue él, no obstante, quien reparó en lo que faltaba entre los objetos recogidos en el lugar del crimen-. El impermeable -dijo-. Es azul, con capucha. No está aquí.

Hanken dirigió una mirada a Lynley. La corroboración de tu teoría, dijo su expresión.

– El martes por la noche no llovió, ¿verdad?

Nadie contestó a la pregunta de Nan Maiden. Todos sabían que cualquiera que se aventurara en los páramos debía ir preparado para un súbito e inesperado cambio de tiempo.

Andy se concentró en los útiles de acampada: la brújula, la cocina, la olla, el estuche del plano, la palita. Cuando hubo examinado todo, su frente se arrugó.

– También falta su navaja de bolsillo.

Era una navaja multiusos que le había pertenecido, dijo. Se la había regalado a Nicola una Navidad, cuando había empezado su afición a las excursiones y el camping. Siempre la guardaba con el resto de los útiles. Y siempre se la llevaba cuando iba a los Picos.

Lynley presintió, más que vio, la mirada que le dirigía Hanken. Reflexionó en cómo podía afectar la navaja desaparecida a su conjetura.

– ¿Estás seguro, Andy? -preguntó.

– Aunque la hubiera perdido -dijo Maiden-, habría comprado otra antes de salir de acampada. -Su hija era una excursionista experimentada, explicó. Nick no corría riesgos gratuitos en los páramos o en los Picos. Nunca marchaba sin estar preparada-. ¿Quién iría de acampada sin una navaja?

Hanken pidió una descripción. Maiden se explayó sobre los detalles de la navaja multiusos. La hoja más grande medía siete centímetros y medio, dijo.

Cuando los Maiden hubieron terminado su tarea, Hanken pidió a Stewart que les diera una taza de té. Se volvió hacia Lynley en cuanto la puerta se cerró tras ellos.

– ¿Estás pensando lo mismo que yo? -preguntó.

– La longitud de la hoja coincide con las conclusiones de la doctora Miles sobre el arma que mató a Cole. -Lynley examinó con aire pensativo los objetos esparcidos sobre la mesa, y reflexionó sobre la vuelta de tuerca que Andy Maiden, sin saberlo, había dado a su teoría.

– Podría ser una coincidencia, Peter. Podría haberla perdido antes de ese día.

– Pero si no, ya sabes lo que significa.

– Tenemos a un asesino en los páramos que persigue a Nicola Maiden, y por algún motivo la persigue sin un arma.

– Lo cual significa…

– No hubo premeditación. Un encuentro casual en que las cosas se torcieron.

Hanken resopló.

– ¿Adónde coño nos conduce eso?

– A tener que volver a pensar muy seriamente todo -contestó Lynley.

13

El cielo nocturno estaba sembrado de estrellas cuando Lynley salió por el porche de entrada a Maiden Hall. Como de niño había sido un amante del cielo nocturno de Cornualles, donde, como en el cielo de Derbyshire, podía ver, estudiar y nombrar las constelaciones con una facilidad imposible en Londres, se detuvo junto a la columna de piedra que señalaba el borde del aparcamiento y contempló la bóveda celeste. Buscaba una respuesta a lo que significaba todo.

– Ha de haber una equivocación en sus registros -le había dicho Nan Maiden con serena insistencia. Tenía los ojos hundidos, como si las últimas treinta y seis horas le hubieran arrebatado una fuerza vital que nunca recuperaría-. Nicola no habría dejado la facultad de derecho. Y no lo habría hecho sin decírnoslo, desde luego. Ella era así. Le gustaba el derecho. Además, se pasó todo el verano trabajando para Will Upman. ¿Por qué demonios lo habría hecho si hubiera dejado la facultad en…? ¿Ha dicho mayo?

Lynley les había acompañado en coche desde Buxton, y les había seguido al interior del hostal para una conversación final. Como el salón estaba ocupado todavía por los huéspedes y los clientes que habían ido a cenar, dedicados a sus cafés, licores y dulces, se refugiaron en un despacho contiguo al mostrador de recepción. Había poco espacio para tres personas, pues la habitación estaba pensada para una sola, que trabajaba en un ordenador detrás del escritorio. Un fax estaba escupiendo un largo mensaje cuando entraron. Andy Maiden le echó un vistazo, y lo depositó en la bandeja de reservas.

Los Maiden no sabían que su hija había dejado la facultad de derecho. Tampoco sabían que se había trasladado a Fulham para vivir con una joven llamada Vi Nevin, de la que Nicola nunca les había hablado. Y tampoco sabían que había trabajado en MKR Financial Management. Lo cual negaba la anterior aseveración de Nan Maiden de que su hija había sido la encarnación de la sinceridad.

Andy Maiden había guardado silencio ante esas revelaciones. Pero parecía destrozado, como si cada nueva información sobre su hija fuera un mazazo psíquico. Mientras su esposa intentaba explicar las inconsistencias de los actos de su hija, él parecía concentrado en asimilarlas, al tiempo que minimizaba el dolor infligido a su corazón.

– Quizá quería trasladarse a una facultad más cercana al norte. -Nan se veía patéticamente ansiosa por creer en sus palabras-. ¿No hay una en Leicester, o en Lincoln? Y como estaba comprometida con Julian, debía de querer estar más cerca de él.

Desengañarla de la idea de un compromiso matrimonial con Julian Britton había sido una tarea más difícil de lo que Lynley creía. Los esfuerzos de Nan Maiden cesaron por completo cuando Lynley reveló la tergiversación que Britton había elaborado sobre su relación con Nicola. La mujer se quedó perpleja.

– ¿No eran…? Pero entonces ¿por qué…? -Se volvió hacia su marido, como si él fuera capaz de explicar lo inexplicable.

De ese modo, Lynley llegó a la conclusión de que no era imposible que los Maiden ignoraran que su hija poseía un busca. Y cuando Nan Maiden demostró estar tan en la inopia como su marido respecto al aparato, Lynley se sintió inclinado a creerla.

De pie en el espacio en penumbras que separaba el aparcamiento, casi en tinieblas, de las ventanas iluminadas del hotel, Lynley se permitió unos minutos para reflexionar sobre una circunstancia que le rondaba la cabeza: Hanken había dicho que sostener en los brazos a un bebé, hijo y creación propios, cambiaba a un hombre de forma irrevocable. Y que el dolor de perder a ese hijo sería algo inimaginable. Así pues, ¿qué sentía un hombre como Andy Maiden en este momento? Y para colmo, además de la pérdida, averiguar que su única hija tenía secretos. ¿Cómo debía de sentirse? La muerte de un hijo, pensó, mata el futuro y diezma el pasado, de forma que el primero se convierte en una cárcel sin fin y el segundo en un tácito reproche por cada momento no pasado con el hijo por las exigencias del trabajo. Uno no se recobraba de una muerte semejante. Solo adquiría destreza en continuar adelante a trompicones.

Miró las ventanas del hostal y vio que la silueta de Andy Maiden abandonaba el pequeño despacho y se encaminaba hacia la escalera. La luz del despacho continuó encendida y en la ventana apareció la silueta de Nan Maiden. Lynley comprendió el abismo que separaba a los Maiden, y sintió deseos de decirles que no cargaran con su dolor por separado. Habían creado juntos a su hija Nicola, y la enterrarían juntos. ¿Por qué tenían que llorarla solos?

«Todos estamos solos, inspector», le había dicho en cierta ocasión Barbara Havers, en un caso similar de dos padres que se habían visto obligados a llorar la muerte de un hijo. «Y créame, pensar de una manera distinta no es más que una jodida ilusión.»

Pero no quería pensar en Barbara Havers, en su sabiduría o en su falta de ella. Quería hacer algo para proporcionar a los Maiden un poco de paz. Se dijo que les debía eso, si no a unos padres cuyo sufrimiento confiaba en no experimentar jamás, sí a un ex colega cuyos servicios habían dejado en deuda a agentes como él. No obstante, también deseaba proporcionarles paz como protección contra cualquier dolor venidero, con la esperanza de que atenuar su pena actual les evitaría tener que experimentar una congoja similar.

No podía cambiar la muerte de Nicola y los secretos que había ocultado a sus padres, pero sí refutar la información que empezaba a parecer inventada, disfrazada de revelación inocente pero pergeñada aviesamente.

Al fin y al cabo, Will Upman era la persona que había hablado de un busca y un amante londinense. ¿Y quién mejor que Upman, tan interesado en la joven, para inventar tanto posesiones como revelaciones, con el fin de desviar la atención de la policía? Tal vez él había sido el amante en cuestión, que colmaba de regalos a una mujer que era tanto su obsesión como su empleada. Una vez enterado de que abandonaba la carrera de derecho, de que se marchaba de Derbyshire para establecerse en Londres, ¿cómo habría reaccionado a la circunstancia de perderla para siempre? De hecho, sabían por las postales que Nicola enviaba a su compañera de piso que tenía un amante, además de Julian Britton. Y no habría sentido la necesidad de utilizar mensajes codificados (por no hablar de las maniobras insinuadas en las postales) si hubiera podido exhibirse abiertamente con el hombre en cuestión.

Y también estaba el tema del lugar que ocupaba Julian Britton en la vida de Nicola. Si de veras la había querido y deseado convertirla en su mujer, ¿cómo habría reaccionado tras averiguar su relación con otro hombre? Era muy posible que Nicola hubiera revelado dicha relación a Britton como parte de su negativa a casarse con él. Si lo había hecho, ¿qué ideas había rumiado Britton, y adonde le habían conducido el martes por la noche?

Una puerta exterior se cerró en alguna parte. Sonaron pasos sobre la grava, y por una esquina del edificio apareció un hombre llevando una bicicleta. La guió hasta un charco de luz procedente de una ventana y sacó una pequeña herramienta que aplicó a una rueda.

Lynley le reconoció de la tarde anterior, cuando por la ventana del salón le había visto alejarse pedaleando del hostal, mientras él y Hanken esperaban a los Maiden. En tanto Lynley le observaba, acuclillado junto a la bicicleta con un espeso mechón de pelo sobre los ojos, vio que su mano quedaba atrapada entre los radios.

– Merde! Saloperie de bécane! Je sais pas ce qui me retient de t'envoyer à la casse -gritó el hombre, y se incorporó, con los nudillos apretados contra la boca.

Al oírle, Lynley también reconoció el inconfundible sonido de un diente de la rueda de la investigación al encajar en su sitio. Corrigió sus anteriores ideas y conjeturas al punto, y comprendió que Nicola Maiden había hecho algo más que bromear con su compañera de piso de Londres. También le había proporcionado una pista.

Se acercó al hombre.

– ¿Se ha hecho daño?

Él giró en redondo, sobresaltado, y se apartó el pelo de los ojos.

– Bon Dieu! Vous m'avez fait peur!

– Perdone. No era mi intención -dijo Lynley. Extrajo su identificación y se presentó.

La única reacción del otro hombre al escuchar las palabras «New Scotland Yard» fue un leve fruncimiento de entrecejo. Contestó en su inglés de fuerte acento francés que era Christian-Louis Ferrer, chef de cocina y principal motivo de que Maiden Hall hubiera obtenido una étoile Michelin.

– Veo que tiene problemas con su bicicleta. ¿Necesita que le lleve a algún sitio?

No. Mais merci quand même. Largas horas en la cocina le robaban tiempo para el ejercicio. Necesitaba dos paseos al día en bicicleta para mantenerse en forma. Este vélo de merde (con un gesto despreciativo hacia la bicicleta) era mejor que nada, pero habría agradecido un deux roues más adecuado para carreteras y pistas.

– ¿Le importa que hablemos antes de que se marche? -preguntó con cortesía Lynley.

Ferrer se encogió de hombros, con el típico estilo francés, dando a entender que si un policía quería hablar con él, sería una estupidez por su parte negarse. Estaba de espaldas a la ventana, pero cambió de postura y expuso su rostro a la luz.

Al verle iluminado, Lynley comprobó que era mucho mayor de lo que parecía desde lejos. Aparentaba más de cincuenta años. La edad y la buena vida habían dejado huellas en su rostro, y su cabello castaño estaba espolvoreado de gris.

Lynley no tardó en descubrir que el inglés de Ferrer era excelente cuando le daba la gana. Pues claro que conocía a Nicola Maiden, dijo, y la denominó la malhereuse jeune femme. Se había esforzado durante los últimos cinco años en elevar Maiden Hall a su actual posición de temple de la gastronomie (¿sabía el inspector los poquísimos restaurantes rurales ingleses que habían sido recompensados con una étoile Michelin?), así que conocía muy bien a la hija de sus patrones. Había trabajado en el comedor durante todas sus vacaciones de verano desde que él practicaba sus artes para monsieur Andí, de modo que era lógico que la conociera.

Ah. Estupendo. ¿La conocía bien?, preguntó Lynley con tono inocente.

En ese momento, Ferrer no consiguió entender el inglés, si bien su sonrisa ansiosa y educada, aunque falsa, indicó su buena voluntad.

Lynley cambió a su francés de supervivencia. Dedicó un momento a telegrafiar un silencioso mensaje de agradecimiento a su temible tía Augusta, que había decretado con frecuencia, en plena visita familiar, que ce soir, on parlera tous français à table et après le dîner. C'est la meilleure façon de se préparer à passer des vacances d'été en Dordogne, en un intento de pulir sus rudimentarias habilidades con un idioma en el que, de otra forma, solo habría sido capaz de pedir una taza de café, una cerveza o una habitación con baño.

– Su experiencia en la cocina es indudable, monsieur Ferrer -chapurreó en francés-. Y no cabe duda de que la señorita Maiden estaba a la altura de sus expectativas como camarera competente. Lo que me gustaría saber es si conocía bien a la chica. Su padre me ha dicho que toda la familia es aficionada a la bicicleta. Usted también. ¿Fue a pasear alguna vez con ella?

Si Ferrer se sorprendió de que un bárbaro inglés hablara su idioma, aunque con imperfecciones, no lo demostró. De todos modos, demoró su respuesta hasta tal extremo que Lynley repitió la pregunta, lo cual proporcionó al francés la satisfacción que, por lo visto, necesitaba.

– Sí, por supuesto, una o dos veces -dijo Ferrer en su lengua natal.

Iba en bicicleta desde Grindleford hasta Maiden Hall por la carretera, y cuando la joven se enteró, le dijo que existía una ruta a través del bosque, difícil pero más directa. No quería que se extraviara, así que le acompañó dos veces para asegurarse de que tomaba las sendas correctas.

– ¿Se aloja usted en Grindleford?

Sí. No había suficientes habitaciones en Maiden Hall para hospedar a los empleados del hotel y el restaurante. Como sin duda habría observado el inspector, se trataba de un establecimiento pequeño. Por lo tanto, Christian-Louis Ferrer había alquilado una habitación en casa de una viuda llamada madame Clooney y de su hija soltera, la cual, si había que creer a Ferrer, albergaba deseos hacia él, ay, imposibles de satisfacer.

– Estoy casado, por supuesto -dijo a Lynley-. Aunque mi amada esposa continúa viviendo en Nerville le Forêt hasta que volvamos a reunimos.

Lynley sabía que no era una situación inusual. Con frecuencia, los matrimonios europeos vivían separados. Un miembro de la pareja se quedaba con los hijos en el país natal, mientras el otro emigraba en busca de un empleo más lucrativo. Sin embargo, un innato cinismo, que enseguida atribuyó a una excesiva convivencia con Barbara Havers durant