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El Precio Del Engaño

Elizabeth George

Una lánguida ciudad de la costa de Essex se convierte en un hervidero tras el asesinato de un inmigrante de origen asiático. El racismo, siempre latente en situaciones de inestabilidad social, se dispara. Y poco a poco irá aflorando un universo de inmigración ilegal, racismo, celos, honor, violación, relaciones homosexuales y conflictos humanos. En esta novela cobra particular protagonismo la sargento Barbara Havers, ayudante del inspector Linley y opuesta a su superior, al que critica desde sus maneras hasta sus métodos de investigación. Pero ambos tienen algo en común: una extraordinaria agudeza para comprender la complejidad de las motivaciones humanas. Una novela soberbia por su fuerza y profundo realismo social.

Elizabeth George

El Precio Del Engaño

Inspector Lynley, 9

Título original: Deception on his Mind

© 1997, Susan Elizabeth George

Para Kossur con amistad y amor.

¿Dónde está el hombre con poder y habilidad

para contener el torrente de una voluntad femenina?

Pues si ella quiere, se hará, no te quepa duda;

y si no quiere, no se hará, y ahí termina todo.

De una columna erigida en

el monte Dane John Field,

Canterbury

Prólogo

Para Ian Armstrong la vida había iniciado su actual cuesta abajo en el momento en que había sido considerado prescindible. Al aceptar el trabajo sabía que sólo se trataba de un empleo temporal. El anuncio al que había contestado no engañaba al respecto, y ni siquiera le habían hecho un contrato. De todos modos, cuando pasaron dos años sin el menor indicio de despido en lontananza, Ian había aprendido a confiar, lo cual no había sido una buena idea.

La penúltima madrastra de Ian recibió la noticia de su despido mientras mordisqueaba una galleta azucarada.

– Bien -proclamó-, no se puede cambiar el curso del viento, ¿verdad, muchacho? Cuando sopla sobre una boñiga de vaca, el hombre sabio se tapa la nariz.

Se sirvió té tibio en un vaso (nunca utilizaba taza) y lo vació de un trago.

– Monta el caballo que lleva la silla puesta, muchacho -continuó, y siguió examinando el último ejemplar de Helio!, admirando las fotos de los peces gordos acicalados que se daban la gran vida en elegantes pisos londinenses y casas de campo.

Era su forma de decir a Ian que aceptara su suerte, su poco sutil mensaje de que la buena vida no era para las personas como él. Pero Ian nunca había aspirado a la buena vida, sino a la aceptación, y la perseguía con la pasión de un huérfano. Lo que deseaba era sencillo: una mujer, una familia y la seguridad de saber que tenía un futuro más prometedor que su tétrico pasado.

Estos objetivos habían parecido posibles en un tiempo. Había trabajado bien, temprano cada día, y hecho horas extra sin cobrar. Se había aprendido los nombres de todos sus compañeros e incluso había llegado a memorizar los nombres de sus esposas e hijos, que no era moco de pavo. Y en pago a todos estos esfuerzos había recibido una fiesta de despedida en la oficina, regada con Squash tibio, y una caja de pañuelos de un supermercado Tie Rack.

Había intentado prevenir e incluso impedir lo inevitable. Había enumerado el celo de los servicios prestados a la empresa y la buena disposición que suponía no haber buscado otro empleo mientras ocupaba su puesto interino. Había buscado un compromiso, ofreciéndose a trabajar por un salario inferior, y al final había suplicado que no le echaran.

Para lan, la humillación de rebajarse ante sus superiores no significaba nada si eso le permitía conservar su empleo. Porque conservar su empleo significaba que seguiría pagando la hipoteca de su nueva casa. Asegurado esto, Anita y él podrían perseverar en sus esfuerzos para dar un hermanito a Mikey, y Ian no tendría que enviar a su mujer a trabajar. Más importante aún, no tendría que ver el desprecio en los ojos de Anita al informarle que había perdido otro trabajo.

– Es la asquerosa recesión, cariño -le había dicho-. Parece que no tiene fin. La prueba de fuego de nuestros padres fue la Segunda Guerra Mundial. Esta recesión es la nuestra.

Los ojos de Anita habían expresado con ironía «No me vengas con monsergas. Tú ni siquiera conociste a tus padres, Ian Armstrong», pero lo que dijo, con una cordialidad inapropiada y por tanto ominosa, fue:

– Eso supone que tendré que volver a la biblioteca, aunque no sé de qué servirá cuando tenga que pagar a una canguro para que cuide a Mikey mientras estoy fuera. ¿O piensas ocuparte de él en lugar de ir a buscar trabajo?

Tenía los labios tensos cuando le dedicó una sonrisa hipócrita.

– Aún no he pensado…

– Ése es tu gran problema, Ian. Nunca piensas. Nunca tienes un plan. Pasas del problema a la crisis y de ahí al borde del desastre. Tenemos una casa nueva que no podemos pagar, un niño que alimentar, y tú aún no has pensado. Si hicieras planes por anticipado, si hubieras consolidado tu posición, si hubieras amenazado con marcharte hace dieciocho meses, cuando la fábrica necesitaba una reorganización y tú eras la única persona de Essex que podía llevarla adelante…

– Ese no era el caso, Anita.

– ¡Ya está! ¿Lo ves?

– ¿Qué?

– Eres demasiado humilde. No te haces valer. Si lo hicieras, ahora tendrías un contrato. Si hubieras planeado por una vez, habrías exigido un contrato cuando más te necesitaban.

Era inútil tratar de explicarle las cosas cuando Anita se ponía en aquel estado. Ian no podía culpar a su mujer por el estado en que se hallaba. Había perdido tres empleos en los seis años que llevaban casados. Si bien ella le había prestado su apoyo durante los dos primeros períodos en paro, habían vivido con los padres de Anita, sin las preocupaciones económicas que les amenazaban ahora. Si las cosas fueran diferentes, pensaba Ian, si su trabajo fuera fijo… Pero residir en el mundo crepuscular con los condicionales no ofrecía solución a sus problemas.

De manera que Anita había vuelto a trabajar, un empleo patético y mal pagado en la biblioteca de la ciudad, donde volvía a colocar los libros en sus estanterías y ayudaba a los pensionistas a localizar revistas. Ian inició el humillante proceso de buscar trabajo una vez más en una zona del país deprimida desde hacía mucho tiempo.

Cada día se vestía con esmero y salía de casa antes que su mujer. Por el norte había llegado hasta Ipswich, por el oeste hasta Colchester. Por el sur hasta Clacton, y se había aventurado hasta Southend-on-Sea. Se había esforzado al máximo, pero hasta el momento nada de nada. Por la noche se enfrentaba al desprecio silencioso pero creciente de Anita. Durante los fines de semana buscaba una escapatoria.

La encontraba en los paseos de los sábados y domingos. En las últimas semanas había llegado a conocer bien toda la península de Tendring. Su paseo favorito se encontraba a escasa distancia de la ciudad, donde un giro a la derecha después de dejar atrás Brick Barn Farm le conducía a la pista que corría frente al Wade. Aparcaba el Morris al final de la pista, y cuando la marea se retiraba, se ponía botas altas hasta la rodilla y cruzaba la fangosa calzada elevada hasta el trozo de tierra llamado Horsey Island. Allí contemplaba las aves acuáticas y buscaba conchas. La naturaleza le proporcionaba la paz que el resto de su vida le negaba. Y encontraba la naturaleza en su mejor momento a primera hora de las mañanas de los fines de semana.

Aquel sábado por la mañana en concreto había marea alta, de modo que Ian Armstrong eligió el Nez para pasear. El Nez era un promontorio impresionante de tierra invadida por aulagas que se alzaba cuarenta y cinco metros sobre el mar del Norte, del cual lo separaba una zona pantanosa llamada las Marismas. Al igual que las ciudades costeras, el Nez libraba una batalla contra el mar, pero al contrario que las ciudades, carecía de rompeolas que lo protegiera y pendientes de hormigón que sirvieran de armadura para la inestable combinación de arcilla, guijarros y tierra que provocaba el desmoronamiento de los acantilados sobre la playa.

Ian decidió empezar por el extremo sudeste del promontorio. Rodeó la punta y descendió por el lado oeste, donde aves zancudas, como agachadizas y lavanderas, anidaban y obtenían su alimento de los estanques pantanosos poco profundos. Dedicó un gallardo ademán de despedida a Anita, que le devolvió su adiós inexpresivamente, y salió de la urbanización. En cinco minutos llegó a la carretera de Balford-le-Nez. Cinco minutos después estaba en High Street de Balford, donde en el Dairy Den Diner estaban sirviendo desayunos y en Kemp's Market disponiendo sus verduras.

Atravesó la ciudad y giró a la izquierda, paralelo a la costa. Se intuía otro día caluroso, y bajó el cristal de la ventanilla para aspirar el balsámico aire salado. Se abandonó al solaz de la mañana y pugnó por olvidar las dificultades que afrontaba. Por un momento se permitió el lujo de fingir que todo iba bien.

Con este estado de ánimo, Ian tomó la curva que se adentraba en la carretera de Nez Park. La caseta del guardia, situada a la entrada del promontorio, estaba desierta a aquella hora de la mañana, sin portero que reclamara sesenta peniques por el privilegio de pasear por la cumbre del acantilado. El coche traqueteó sobre el terreno sembrado de baches, en dirección al aparcamiento del parque, colgado sobre el mar.

Fue entonces cuando vio el Nissan, un vehículo solitario bajo el sol de la mañana, a escasos metros de los postes que marcaban los límites del aparcamiento. Ian avanzó hacia él, mientras evitaba como podía los baches. Con la mente concentrada en el paseo, la presencia del Nissan no le sugirió nada, hasta que vio una puerta abierta, y su capó y techo perlados de rocío, que el calor incipiente del día aún no había evaporado.

Ian frunció el ceño. Tamborileó con los dedos sobre el volante del Morris y pensó en la inquietante relación existente entre la cumbre de un acantilado y un coche abandonado con una puerta abierta. Cuando advirtió la dirección que empezaban a tomar sus pensamientos, estuvo a punto de volver a casa, pero la curiosidad se impuso. Avanzó hasta colocarse al lado del Nissan.

– Buenos días -dijo jovialmente por la ventanilla abierta-. ¿Necesitan ayuda?

Formuló la pregunta por si alguien estaba dormitando en el asiento trasero. Observó que la guantera colgaba abierta, y que su contenido estaba esparcido por el suelo.

Extrajo una rápida conclusión: alguien había buscado algo. Bajó del Morris y metió la cabeza dentro del Nissan para ver mejor.

El registro había sido meticuloso. Los asientos delanteros estaban acuchillados, y el asiento trasero no sólo estaba destripado, sino echado hacia adelante, como si hubiesen buscado algo escondido detrás. Daba la impresión de que habían arrancado los paneles laterales de las puertas, para luego volver a encajarlos de cualquier manera. La consola entre los asientos estaba abierta, y el forro del techo colgaba destrozado.

Ian alteró su anterior deducción con celeridad. Drogas, pensó. Los puertos de Parkeston y Harwich no se encontraban muy lejos. Cada día llegaban docenas de camiones, coches y enormes contenedores a bordo de los transbordadores. Procedían de Suecia, Holanda y Alemania, y el astuto contrabandista que lograra burlar a los aduaneros tendría la sensatez de dirigirse a un lugar aislado, como el Nez, antes de recuperar su cargamento. El coche estaba abandonado, concluyó Ian, después de haber servido a su propósito. Daría su paseo, y después telefonearía a la policía.

Su perspicacia le procuró una satisfacción infantil. Divertido por su primera reacción al ver el coche, sacó las botas del maletero del Morris y se las embutió. Lanzó una risita al pensar en el alma desesperada que intentara poner fin a sus cuitas en aquel lugar concreto. Todo el mundo sabía que el borde del acantilado del Nez era muy frágil. Un suicida en potencia que deseara sumirse en la nada tenía muchos números para acabar resbalando por la tierra quebradiza, la grava y el lodo hasta caer a la playa, mientras la ladera del acantilado se desmoronaba bajo su peso como un montón de polvo. Podría romperse una pierna, sin duda, pero ¿terminar con su vida? Difícil. Nadie iba a morir en el Nez.

Ian bajó la tapa del maletero del Morris. Cerró con llave la puerta y palmeó el techo del vehículo.

– Buen trasto -dijo.

El hecho de que el motor aún se encendiera por la mañana era un milagro que la naturaleza supersticiosa de Ian le impulsaba a alentar.

Recogió cinco papeles caídos en el suelo al lado del Nissan y los depositó en el interior de la guantera, de donde sin duda habían salido. Cerró la puerta y pensó: No hay que ser desaliñado. Se acercó a los empinados escalones de hormigón que descendían hasta la playa.

Se detuvo antes de bajar. Incluso a esa hora, el cielo era una cúpula de un azul rutilante, libre de nubes, y la calma del verano reinaba sobre la superficie del mar del Norte. Un banco de niebla se extendía como un rollo de algodón en rama hacia el horizonte, y servía de telón de fondo para un barco pesquero (a unos dos kilómetros de la costa), el cual resoplaba en dirección a Clacton. Estaba rodeado por una bandada de gaviotas, al igual que los mosquitos rodean la fruta. Ian vio que otras gaviotas volaban a lo largo de la orilla y a la altura de los acantilados. Venían en su dirección desde el norte, desde Harwich, cuyas grúas podía vislumbrar incluso desde aquella distancia, al otro lado de la bahía de Pennyhole.

Pensó en las aves como en un comité de bienvenida, hasta tal punto parecía él su objetivo. De hecho, se acercaban con tal determinación que se descubrió dando algo más que una pasajera consideración al relato de Du Maurier, a la película de Hitchcock y al tormento avícola de Tippi Hedren. Ya estaba pensando en iniciar una veloz retirada (o al menos hacer algo para proteger su cabeza), cuando las aves, como un todo homogéneo, describieron un arco y se lanzaron hacia una estructura que se alzaba en la playa. Se trataba de un nido de ametralladoras, una casamata de hormigón construida durante la Segunda Guerra Mundial y desde la cual tropas inglesas habían esperado defender el país de la invasión nazi. Originalmente la estructura se hallaba en lo alto del Nez, pero como el tiempo y el mar habían ido desmenuzando la ladera del acantilado, ahora descansaba sobre la arena.

Ian vio que otras gaviotas ya estaban bailando con sus patas palmeadas sobre el tejado de la casamata. Más aves entraban y salían por una abertura hexagonal practicada en el mismo tejado, donde tantos años antes se había instalado una ametralladora. Graznaban y cotorreaban como si estuvieran hablando, y su mensaje parecía pasar de manera telepática a las aves que había mar adentro, pues abandonaron al barco de pesca y se dirigieron hacia tierra.

Aquello recordó a Ian una escena que había presenciado de niño en una playa cerca de Dover. Un perro grande y ladrador había sido atraído hacia el mar por una bandada de aves similares. El animal jugaba a perseguirlas, pero ellas se lo habían tomado muy en serio, y se internaron en el mar sin parar de describir círculos, hasta que el pobre perro se encontró a medio kilómetro de la orilla. Ni gritos ni imprecaciones habían conseguido que regresara, y nadie había logrado controlar a las aves. Si no hubiera visto a las gaviotas jugueteando con las menguantes fuerzas del perro (volando en círculos sobre su cabeza, justo fuera de su alcance, graznando, acercándose para luego alejarse en un abrir y cerrar de ojos), Ian nunca hubiera considerado razonable suponer que las aves eran criaturas provistas de intenciones asesinas. Pero aquel día lo vio, y lo creía desde entonces. Siempre procuraba mantenerse a una prudente distancia de ellas.

Pensó en aquel desdichado perro. Era evidente que las gaviotas estaban jugando con algo, y fuera lo que fuera estaba dentro de la casamata. Era preciso hacer algo.

Ian bajó los peldaños. «¡Fuera de ahí!», gritó, al tiempo que agitaba los brazos, pero no logró ahuyentar a las gaviotas que daban saltitos sobre el techo de hormigón manchado de guano y agitaban las alas de forma ominosa. Él no iba a rendirse tan fácilmente. Aquellas lejanas gaviotas de Dover habían acabado con su perseguidor canino, pero las gaviotas de Balford no iban a acabar con Ian Armstrong.

Corrió en su dirección. La fortificación se encontraba a unos veinticinco metros del pie de la escalinata, y adquirió una buena velocidad en aquella distancia. Se abalanzó sobre las aves entre chillidos y sin dejar de mover los brazos, y tuvo la satisfacción de ver que sus esfuerzos daban fruto. Las gaviotas remontaron el vuelo y lo dejaron solo con la casamata y lo que estuvieran investigando en su interior.

La entrada era un hueco que distaba menos de un metro de la arena, la altura perfecta para que una foca pequeña se colara en busca de refugio. Y una foca era lo que Ian esperaba descubrir cuando se metió en el corto túnel y emergió a la oscuridad del interior.

Se irguió con cautela. Su cabeza rozó el techo húmedo. Un penetrante olor a algas y crustáceos muertos parecía elevarse del suelo y desprenderse de las paredes, embellecidas con multitud de pintadas, que a primera vista parecían todas de tema sexual.

Se filtraba luz por las aspilleras, lo cual le permitió observar que la construcción (jamás la había explorado hasta aquel momento, pese a sus numerosos desplazamientos hasta el Nez) consistía en dos estructuras concéntricas. Era como un donut, y una abertura en su pared interna permitía el acceso a su centro. Esto era lo que había atraído las gaviotas, y al no encontrar nada de enjundia en el suelo sembrado de basura, Ian avanzó hacia la abertura, mientras gritaba «¡Hola! ¿Hay alguien ahí?», sin caer en la cuenta de que un animal, herido o sano, no iba a contestarle.

El aire era sofocante. Fuera, los chillidos de los pájaros continuaban resonando. Cuando llegó a la abertura, oyó batir las alas y el sonido apresurado de patas palmeadas, seguramente de gaviotas intrépidas que volvían a descender. Esto no os va a servir de nada, pensó, inflexible. Al fin y al cabo era un ser humano, amo del planeta y rey de todo cuanto inspeccionaba. Era impensable que una bandada de aves alborotadoras esperaran dominarle.

– ¡Eh! ¡Fuera de ahí! ¡Largaos! ¡Largaos! -gritó, e irrumpió en el espacio abierto del centro de la casamata. Las aves se precipitaron hacia el cielo. Ian siguió su vuelo con la mirada-. Eso está mejor -dijo, y se subió las mangas de la chaqueta para investigar el objeto de deseo de las gaviotas.

No era una foca y tampoco era deseable. Lo comprendió en el mismo momento que su estómago se revolvía y sus esfínteres flaqueaban: un joven de cabello ralo estaba sentado con la espalda apoyada contra el antiguo emplazamiento de la ametralladora. Las dos gaviotas que continuaban picoteando sus ojos demostraban que estaba muerto.

Ian Armstrong avanzó un paso hacia el cuerpo, con la sensación de que el suyo se había convertido en hielo. Cuando pudo respirar de nuevo y dar crédito a sus ojos, sólo pronunció cuatro palabras:

– Bien, loado sea Dios.

Capítulo 1

Quien dijo que abril es el mes más cruel nunca estuvo en Londres durante una ola de calor veraniega. Junio era el mes más cruel, con su cielo teñido de un marrón de diseño a causa de la contaminación, los edificios (además de las cavidades nasales) pintados de un negro tóxico gracias a los camiones diesel, y las hojas de los árboles ataviadas a la última moda en lo concerniente a polvo y mugre. De hecho, era un verdadero infierno. Ésta era la nada sentimental evaluación que Barbara Havers estaba llevando a cabo sobre la capital de su país mientras la atravesaba un domingo por la tarde, camino de casa en su traqueteante Mini.

Estaba algo colocada, pero le resultaba agradable. No lo suficiente para constituir un peligro para ella o los demás, pero sí lo suficiente para pasar revista a los acontecimientos del día en el plácido resplandor crepuscular producido por champán francés del caro.

Volvía a casa después de una boda. No había sido el acontecimiento social de la década, como ella suponía que sería la boda de un conde con su amada de toda la vida. Antes al contrario, se había reducido a una sencilla ceremonia en una pequeña iglesia cercana a la casa de Beigravia del conde. Y en lugar de aristócratas vestidos de punta en blanco, los invitados habían sido los amigos más íntimos del conde, junto con unos pocos compañeros de Scotland Yard. Barbara Havers se incluía en este grupo. A veces prefería pensar que constaba en la nómina de los primeros.

Tras arduas reflexiones, Barbara pensó que tendría que haber esperado del inspector Thomas Lynley el tipo de boda discreta que lady Helen Clyde y él habían preferido. Él había intentado dejar de lado su faceta de lord Asherton desde que Barbara le conocía, y lo último que habría deseado a modo de esponsales hubiese sido una ceremonia ostentosa y abarrotada de aristócratas ricachos. En cambio, dieciséis invitados profundamente antiaristócratas se habían congregado para presenciar los esponsales de Lynley y Helen, tras lo cual todos habían recalado en La Tante Claire de Chelsea, donde se habían zampado una variedad de canapés, champán, una comida tardía y más champán.

Una vez celebrados los brindis, y la pareja partida en dirección a una luna de miel cuyo destino se negaron a revelar entre carcajadas, los invitados se dispersaron. Barbara se quedó un rato en la acera calcinada por el sol de Royal Hospital Road e intercambió unas palabras con los demás invitados, entre los cuales se encontraba el padrino de Lynley, un especialista forense llamado Simón St. James. En el mejor estilo inglés, primero hablaron del tiempo. Según el grado de tolerancia del interlocutor hacia el calor, la humedad, el smog, los gases de escape, el polvo y el fulgor deslumbrante, la atmósfera fue definida como maravillosa, horrible, bendita, espantosa, deliciosa, agradable, insufrible, celestial o infernal. Se declaró hermosa a la novia. El novio era apuesto. La comida era exquisita. Después se produjo un silencio general, que el grupo aprovechó para decidir entre dos alternativas: seguir hablando de banalidades o despedirse.

El grupo se dividió. Barbara se quedó con St. James y su mujer Deborah. Los dos se estaban licuando bajo el implacable sol. Él se secó la frente con un pañuelo y ella se abanicó afanosamente con un antiguo programa de teatro que había desenterrado de su enorme bolso de paja.

– ¿Quieres venir con nosotros a casa, Barbara? -preguntó-. Vamos a sentarnos en el jardín durante el resto del día, y pienso pedir a papá que nos duche con la manguera.

– Eso sería fantástico -dijo Barbara. Se secó la piel en el punto donde el sudor había humedecido el cuello de su blusa.

– Estupendo.

– Pero no puedo. La verdad, estoy hecha polvo.

– Muy comprensible -dijo St. James-. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

– Qué estúpida soy -se apresuró a añadir Deborah-. Lo siento, Barbara. Me había olvidado por completo.

Barbara lo puso en duda. Los vendajes que cubrían su nariz y los morados de su cara, por no mencionar el diente delantero roto, imposibilitaban que alguien pasara por alto el hecho de que había estado unos días en el hospital. Deborah era demasiado educada para reparar en ello.

– Dos semanas -contestó Barbara.

– ¿Cómo va el pulmón?

– Funciona.

– ¿Y las costillas?

– Sólo duelen cuando me río.

St. James sonrió.

– ¿Vas a tomarte un permiso?

– Órdenes son órdenes. No puedo volver hasta que el médico me dé el alta.

– Lo siento mucho -dijo él-. Fue un caso de mala suerte.

– Sí, ya.

Barbara se encogió de hombros. Había resultado herida en el cumplimiento del deber, la primera vez que asumía la responsabilidad de una parte de la investigación. No quería hablar de ello. Su orgullo había recibido un golpe tan grave como su cuerpo.

– ¿Qué vas a hacer? -preguntó St. James.

– Huir del calor -le aconsejó Deborah-. Vete a las Highlands. Vete a los lagos. Vete a la playa. Ojalá pudiera hacerlo yo.

Barbara caviló las sugerencias de Deborah mientras subía por Sloane Street. La orden final del inspector Lynley al concluir la investigación había sido que se tomara unas vacaciones, y había repetido dicha orden en la breve conversación que habían mantenido después de la ceremonia.

– Lo he dicho en serio, sargento Havers -le recordó-. Se merece un descanso, y quiero que se lo tome. ¿Me he expresado con suficiente claridad?

– Sin lugar a dudas, inspector.

Pero lo que no estaba claro era qué iba a hacer durante su forzado permiso. Un período lejos de su trabajo confundía a una mujer que mantenía a raya su vida privada, su psique herida y sus sentimientos con el fin de no disponer de tiempo para atenderlos. En el pasado había utilizado sus vacaciones del Yard para cuidar de la precaria salud de su padre. Después de su muerte había empleado las horas libres en hacer frente a la enfermedad mental de su madre, la renovación y venta del hogar familiar, y el traslado a su vivienda actual. Ahora no quería tener tiempo libre. La sola sugerencia de un período libre de minutos que se convirtieran en horas, luego en días y después en semanas… Sólo de pensarlo, sus palmas se cubrieron de sudor. El dolor se propagó a sus codos. Cada fibra de su cuerpo menudo y regordete empezó a chillar «Ataque de angustia».

Mientras se abría paso entre el tráfico y parpadeaba para defenderse de las partículas de hollín que habían entrado por la ventanilla, arrastradas por el aire bochornoso, se sintió como una mujer al borde del abismo. Un abismo sin límites. El letrero que lo anunciaba contenía las temibles palabras «tiempo libre». ¿Qué iba a hacer? ¿Adonde iría? ¿Cómo llenaría las horas interminables? ¿Leería novelas románticas? ¿Lavaría las tres únicas ventanas de su casa? ¿Aprendería a planchar, a hornear, a coser? ¿No sería mejor licuarse bajo el sol? Ese jodido calor, ese abyecto calor, ese atosigante, insufrible abominable calor, ese…

Cálmate, se dijo. Estás condenada a unas vacaciones, no a un aislamiento carcelario.

Al llegar a lo alto de Sloane Street, esperó con paciencia para doblar hacia Knightsbridge. Había escuchado los telediarios día tras día en la habitación del hospital, y por eso sabía que el tiempo excepcional había atraído hacia Londres una cantidad de turistas superior a la normal. Pero aquí los veía. Hordas de paseantes armados con botellas de agua mineral se abrían paso por las aceras. Más hordas surgían de la estación de metro de Knightsbridge y hormigueaban en todas direcciones. Y cinco minutos después, cuando Barbara consiguió subir por Park Lane, vio más turistas, junto con masas de compatriotas que desnudaban sus cuerpos blancuzcos a Apolo sobre los parterres sedientos de Hyde Park. Autobuses descubiertos avanzaban a paso de tortuga bajo el sol abrasador, cargados de pasajeros que escuchaban fascinados las explicaciones de los guías, que hablaban por micrófonos. Y los autocares turísticos escupían alemanes, coreanos, japoneses y norteamericanos ante las puertas de todos los hoteles que veía.

Todos respirando el mismo aire, pensó. El mismo aire tórrido, malsano e irrespirable. Tal vez necesitaba unas vacaciones, al fin y al cabo.

Rodeó la enloquecida congestión de Oxford Street y giró por Edgware Road. Las masas de turistas dieron paso a masas de inmigrantes: mujeres de tez oscura vestidas con saris, chadors e hijabs. Hombres de tez oscura con toda clase de indumentarias, desde tejanos a túnicas. Mientras avanzaba lentamente entre el tráfico, Barbara contemplaba a aquellos extranjeros que entraban y salían con decisión de las tiendas. Reflexionó sobre los cambios acaecidos en Londres durante sus treinta y tres años. Sin duda la comida había experimentado una mejora sustancial, pero como miembro de la policía sabía que aquella sociedad políglota había engendrado todo un abanico de problemas políglotas.

Se desvió para esquivar al gentío que se agolpaba en los alrededores de Camden Lock. Diez minutos más, y al fin ascendía por Eton Villas, donde rogó al ángel de la guarda de los transportes que le encontrara un hueco para aparcar cerca de su cuchitril particular.

El ángel ofreció un compromiso: un hueco en la esquina, a unos cincuenta metros de distancia. Barbara, tras unas cuantas maniobras creativas, consiguió embutir el Mini en un espacio sólo apto para una moto. Volvió caminando cansinamente sobre sus pasos y abrió la cancela que daba acceso a la casa amarilla eduardiana tras la cual se alzaba su casita.

Durante la larga travesía de la ciudad, el agradable calorcillo del champán se había metamorfoseado, como suele suceder con todos los calorcillos agradables debidos al alcohol: se estaba muriendo de sed. Clavó la vista en el sendero que discurría justo al lado de la casa y conducía al jardín posterior. Al fondo, su casita tenía un aspecto fresco y tentador, a la sombra de una acacia blanca.

El aspecto mentía, como de costumbre. Cuando Barbara abrió la puerta y entró, el calor la engulló. Las tres ventanas estaban abiertas, con la esperanza de alentar las corrientes de aire, pero no soplaba la menor brisa, de manera que el pesado aire invadió sus pulmones con un ardor implacable.

– Puta mierda -murmuró Barbara.

Arrojó el bolso sobre la mesa y se encaminó a la nevera. Un litro de Volvic semejaba una torre de apartamentos entre sus compañeros: los cartones y cajas de comidas para llevar y precocinadas. Barbara agarró la botella y se la llevó hasta el fregadero. Se echó cinco tragos al coleto, después se agachó y vertió la mitad de lo que quedaba sobre su cuello y cabello. La brusca caricia del agua fría provocó que sus ojos parpadearan. Era el paraíso perfecto.

– Joder -dijo-. He descubierto a Dios.

– ¿Te estás duchando? -preguntó una voz infantil detrás de ella-. ¿Quieres que vuelva más tarde?

Barbara se volvió hacia la puerta. La había dejado abierta, pero no esperaba que eso fuera interpretado como una invitación para visitantes de paso. En realidad no había visto a ningún vecino desde que le habían dado el alta en el hospital de Wiltshire, donde había pasado más de una semana. Para evitar encuentros casuales, había limitado sus idas y venidas a las horas en que los habitantes del edificio principal estaban ausentes.

Pero allí estaba uno de ellos, y cuando la niña avanzó un pasito vacilante, sus acuosos ojos se agrandaron de sorpresa.

– ¿Qué te has hecho en la cara, Barbara? ¿Has tenido un accidente de coche? Tiene mal aspecto.

– Gracias, Hadiyyah.

– ¿Te duele? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde has estado? Estaba muy preocupada. Te he telefoneado dos veces. Te he llamado hoy. Mira, tu contestador automático parpadea. ¿Quieres que lo conecte? Sé hacerlo. Tú me enseñaste, ¿recuerdas?

Hadiyyah cruzó alegremente la sala y se dejó caer sobre la cama de Barbara. El contestador automático descansaba sobre un estante, junto al diminuto hogar. Pulsó con seguridad uno de los botones y dedicó una sonrisa resplandeciente a Barbara cuando sonó su voz.

«Hola -decía su mensaje-. Soy Khalidah Hadiyyah. Tu vecina. La de delante de tu casa. El piso de la planta baja.»

– Papá siempre dice que he de identificarme cuando llamo a alguien -explicó Hadiyyah-. Dice que es una cuestión de educación.

– Es una buena costumbre -admitió Barbara-. Reduce la confusión al otro extremo de la línea.

Cogió un paño de cocina que colgaba de un gancho y se secó el pelo y la nuca.

«Hace un calor horroroso, ¿verdad? -continuó el mensaje-. ¿Dónde estás? Te llamo para preguntarte si quieres ir a tomar un helado. He ahorrado lo suficiente para comprar dos, y papá dice que puedo invitar a quien quiera, así que te invito a ti. Llámame pronto, pero no tengas miedo. No invitaré a nadie más. Adiós.»

Al cabo de un momento, después del pitido y el anuncio de la hora, otro mensaje de la misma voz:

«Hola. Soy Khalidah Hadiyyah. Tu vecina. La de delante de tu casa. El piso de la planta baja. Aún tengo ganas de ir a tomar un helado. ¿Y tú? Llámame, por favor. Si puedes, quiero decir. Yo invito. Invito porque he ahorrado.»

– ¿Habrías sabido quién era? -preguntó la niña-. ¿Di suficientes explicaciones para que supieras quién era? No sabía muy bien qué decir, pero me pareció suficiente.

– Lo has hecho muy bien -dijo Barbara-. Me ha gustado lo del piso de la planta baja. Me va bien saber dónde puedo encontrar tu dinero cuando lo necesite para comprar cigarrillos.

Hadiyyah lanzó una risita.

– ¡Tú no harías eso, Barbara Havers!

– No me pongas a prueba, mocosa -repuso Barbara.

Fue a la mesa y buscó el paquete de Players que guardaba en el bolso. Encendió un cigarrillo y dio un respingo cuando sintió una punzada en el pulmón.

– Eso es malo para ti -comentó Hadiyyah.

– Ya me lo habías dicho antes.

Barbara dejó el cigarrillo en el borde de un cenicero, en el que había ocho colillas apagadas.

– Si no te importa, Hadiyyah, he de desembarazarme de esta parafernalia. Estoy que ardo.

La niña no pareció captar la indirecta y se limitó a asentir.

– Tienes calor. Se te ha puesto la cara colorada. -Se retorció sobre la cama para ponerse más cómoda.

– Bueno, estamos entre chicas, ¿no? -suspiró Barbara.

Se acercó al armario, se quitó el vestido por la cabeza y exhibió su pecho vendado.

– ¿Has tenido un accidente?

– Sí, más o menos.

– ¿Te has roto algo? ¿Por eso vas vendada?

– La nariz y tres costillas.

– Debe de doler muchísimo. ¿Aún te duele? ¿Quieres que te ayude a cambiarte la ropa?

– Gracias. Me las arreglaré.

Barbara envió de una patada sus escarpines al interior del armario y se quitó las medias. Debajo de un impermeable negro de plástico encontró unos pantalones morunos púrpura. Se los embutió y completó su indumentaria con una arrugada camiseta rosa. Delante llevaba la leyenda «Cock Robin se lo merecía». Ataviada de tal guisa, se volvió hacia la pequeña, que estaba hojeando las páginas de una novela que había en la mesa contigua a la cama. La noche anterior, Barbara había llegado a la parte en que el salvaje lascivo del título había superado los límites de la resistencia humana al ver las firmes, jóvenes y convenientemente desnudas nalgas de la heroína, cuando entraba en el río para darse un baño. Barbara opinaba que Khalidah Hadiyyah no necesitaba averiguar lo que sucedía a continuación. Dio unos pasos y se apoderó del libro.

– ¿Qué es un miembro tumescente? -preguntó Hadiyyah con ceño.

– Pregúntaselo a tu padre. No. Pensándolo bien, mejor que no lo hagas. -No se imaginaba al solemne padre de Hadiyyah respondiendo a semejante pregunta con el mismo aplomo que ella era capaz de reunir-. Es el tamborilero oficial de una sociedad secreta -explicó-. Él es el miembro tumescente. Los demás miembros cantan.

Hadiyyah asintió con aire pensativo.

– Pero aquí pone que ella le tocó su…

– ¿Vamos a tomar ese helado? -se apresuró a replicar Barbara-. ¿Puedo aceptar la invitación ahora mismo? Me apetece uno de fresa. ¿Y a ti?

– Por eso he venido a verte. -La niña bajó de la cama y enlazó las manos a su espalda-. He de aplazar la invitación, pero no de forma indefinida -explicó-. Sólo de momento.

– Oh.

Barbara se preguntó por qué experimentaba decepción. Era absurdo, porque la perspectiva de ir a tomar un helado en compañía de una niña de ocho años no era un acontecimiento merecedor de figurar con letras de oro en su agenda.

– Papá y yo nos vamos. Sólo por unos días. Nos vamos ahora mismo, pero como había telefoneado para invitarte a un helado, pensé que debía avisarte sobre el retraso. Por si tú me llamabas. Para eso he venido.

– Claro, claro.

Barbara recuperó su cigarrillo y se sentó en una de las dos sillas a juego con la mesa. Aún no había abierto el correo del día anterior, que permanecía sobre un ejemplar atrasado del Daily Mail; encima del montón había un sobre con la inscripción «¿Buscas el amor?». Como todo el mundo, pensó con sarcasmo, y se puso el cigarrillo entre los labios.

– No te importa, ¿verdad? -preguntó Hadiyyah, angustiada-. Papá me dio permiso para venir a decírtelo. No quería que pensaras que te había dejado plantada. Eso sería horrible, ¿verdad?

Una fina arruga apareció entre las gruesas cejas negras de Hadiyyah. Barbara observó que el peso de la preocupación se posaba sobre sus pequeños hombros, y pensó en cómo la vida moldea a las personas hasta convertirlas en lo que son. Ninguna niña de ocho años, con el pelo todavía recogido en trenzas, debería preocuparse tanto por los demás.

– Claro que no me importa -dijo Barbara-, pero no pienso perdonarte la invitación. Cuando está en juego un helado de fresa, jamás dejo abandonada a una amiga.

El rostro de Hadiyyah se iluminó. Dio un pequeño brinco.

– Iremos cuando papá y yo volvamos. Sólo estaremos fuera unos días. Muy pocos. Papá y yo. Juntos. ¿Ya te lo he dicho?

– Sí.

– No lo sabía cuando te telefoneé. Resulta que papá recibió una llamada telefónica y dijo «¿Qué? ¿Qué? ¿Cuándo ha pasado?», y enseguida dijo que nos íbamos a la playa. Imagínate. -Enlazó las manos sobre su pecho huesudo-. Nunca he visto el mar. ¿Y tú?

¿El mar?, pensó Barbara. Oh, sí, ya lo creo. Cabañas de playa enmohecidas, loción bronceadora. Bañadores mojados que le escocían en la entrepierna. Había pasado todos los veranos de su infancia en la playa, con la intención de broncearse, y sólo había conseguido que se le cayera la piel a tiras, aparte de un montón de pecas.

– Hace tiempo que no voy -contestó Barbara.

Hadiyyah se precipitó hacia ella.

– ¿Por qué no vienes con nosotros? ¿Por qué no vienes? ¡Sería muy divertido!

– No creo que…

– Ya lo creo que sí. Haríamos castillos en la arena y nos bañaríamos. Jugaríamos a «tú la llevas». Correríamos por la playa. Si consiguiésemos una cometa, hasta podríamos…

– Hadiyyah, ¿ya has conseguido decir lo que querías?

La niña enmudeció al instante y se volvió hacia la puerta. Su padre estaba en el umbral y la observaba con seriedad.

– Dijiste que sólo necesitarías un minuto -siguió el hombre-. Y hay un momento en que una breve visita a una amiga se convierte en un abuso de su hospitalidad.

– No me está molestando -dijo Barbara.

Taymullah Azhar pareció verla, más que reparar en su presencia, por primera vez. Enderezó los hombros, el único indicio de su sorpresa.

– ¿Qué te ha pasado, Barbara? -preguntó en voz baja-. ¿Has tenido un accidente?

– Barbara se ha roto la nariz -informó Hadiyyah, y se acercó a su padre. El brazo de él la rodeó por el hombro-. Y tres costillas. Está toda vendada, papá. Le dije que debería venir con nosotros a la playa. Le sentaría bien, ¿no crees?

El rostro de Azhar se ensombreció ante aquella sugerencia.

– Una invitación muy amable, Hadiyyah -se apresuró a decir Barbara-, pero mis días de ir a la playa están completamente kaput. ¿Un viaje repentino? -preguntó al padre.

– Recibió una llamada telefónica… -empezó la niña.

– Hadiyyah -interrumpió Azhar-, ¿ya te has despedido de tu amiga?

– Le dije que no sabíamos lo del viaje hasta que entraste y dijiste…

Barbara vio que la mano de Azhar apretaba el hombro de su hija.

– Has dejado la maleta abierta sobre tu cama -dijo-. Ve a ponerla en el coche ahora mismo.

Hadiyyah bajó la cabeza, obediente.

– Adiós, Barbara -dijo, y salió por la puerta. Su padre dedicó una leve reverencia a Barbara e hizo ademán de seguirla.

– Azhar -dijo ella. El hombre se volvió-. ¿Quieres un cigarrillo antes de irte? -Extendió el paquete y le miró a los ojos-. ¿Uno para el camino?

Vio que Azhar sopesaba los pros y los contras de quedarse unos minutos más. No habría intentado retenerle de no haber parecido tan ansioso por impedir que su hija hablara del viaje. De pronto, la curiosidad de Barbara se despertó. Como él no contestó, decidió que valía la pena sondear.

– ¿Alguna noticia de Canadá? -preguntó a modo de coacción, pero se detestó en cuanto lo dijo.

La madre de Hadiyyah había estado de vacaciones en Ontario durante las ocho semanas transcurridas desde que Barbara había conocido a padre e hija. Cada día, Hadiyyah había examinado el correo en busca de cartas o postales, además de un regalo de cumpleaños, que nunca llegaban.

– Lo siento -se disculpó Barbara-. No debí haberlo preguntado.

La cara de Azhar seguía como de costumbre: la más indescifrable que Barbara había visto jamás en un hombre. Tampoco le importaba dejar que el silencio se prolongara entre los dos. Barbara lo soportó hasta que no pudo más.

– Lo siento, Azhar. Me he pasado. Siempre me paso. Soy una especialista en pasarme. Toma un cigarrillo. La playa seguirá en su sitio si te vas cinco minutos más tarde de lo que habías planeado.

Azhar cedió, pero poco a poco. Seguía en guardia cuando cogió el paquete y sacó un cigarrillo. Mientras lo encendía, Barbara utilizó su pie descalzo para apartar la otra silla de la mesa. El hombre no se sentó.

– ¿Problemas? -preguntó.

– ¿Por qué lo dices?

– Una llamada telefónica, un repentino cambio de planes. En mi profesión eso sólo significa una cosa: sea cual sea la noticia, no es buena.

– En tu profesión -subrayó Azhar.

– ¿Y en la tuya?

El hombre se llevó el cigarrillo a la boca y dijo:

– Un pequeño problema familiar.

– ¿Familiar?

Nunca había hablado de una familia, y tampoco de nada personal. Era el ser más reservado que Barbara había conocido fuera del mundo del delito.

– No sabía que tuvieras familia en el país, Azhar.

– Tengo bastante familia en este país.

– Pero en el cumpleaños de Hadiyyah, nadie…

– Hadiyyah y yo no vemos a mi familia.

– Ah. Ya entiendo -mintió. ¿Salía corriendo hacia la playa por un pequeño problema relacionado con una familia numerosa a la que nunca veía?-. Bien. ¿Cuánto tiempo piensas estar fuera? ¿Puedo hacer algo por vosotros, como regar las plantas o recoger el correo?

Azhar meditó sobre el ofrecimiento bastante más de lo que cabía esperar.

– No -dijo por fin-. Creo que no. Se trata de un trastorno sin importancia que ha afectado a mis parientes. Un primo me telefoneó para expresar sus preocupaciones, y voy para ofrecerles mi apoyo y experiencia en estos temas. Es una cuestión de pocos días. Las… -Sonrió. Cuando la utilizaba, tenía una sonrisa muy atractiva, y los dientes de una blancura perfecta destellaban contra su piel oscura-. Las plantas y el correo pueden esperar, diría yo.

– ¿En qué dirección vais?

– Al este.

– ¿Essex? -Él asintió-. Qué suerte poder huir de este calor. Estoy pensando en pasar los próximos siete días con mi trasero firmemente plantado en el viejo mar del Norte.

– Temo que Hadiyyah y yo veremos muy poca agua en este viaje -se limitó a decir Azhar.

– Eso no es lo que piensa ella. Se llevará una decepción.

– Ha de aprender a vivir con la decepción, Barbara.

– ¿De veras? Me parece un poco joven para empezar a recibir lecciones sobre lo amarga que es la vida, ¿no te parece?

Azhar se acercó a la mesa y dejó el cigarrillo en el cenicero. Llevaba una camisa de algodón de manga corta, y cuando se inclinó, Barbara percibió el limpio aroma de su ropa y vio el fino vello negro de su brazo. Al igual que su hija, era de osamenta delicada, pero de tez más oscura.

– Por desgracia, no podemos dictar la edad en que aprendemos lo mucho que la vida va a negarnos.

– ¿Eso te hizo a ti la vida?

– Gracias por el cigarrillo -dijo el hombre.

Se marchó antes de que Barbara pudiera dirigirle otra pulla. Y cuando se marchó, ella se preguntó por qué cono sentía la necesidad de dirigirle pullas. Se dijo que era por el bien de Hadiyyah. Alguien tenía que defender los intereses de la chiquilla. Pero la verdad era que la impenetrable reserva de Azhar la espoleaba y acicateaba su curiosidad. Maldición, ¿quién era ese hombre? ¿A qué venía tanta solemnidad? ¿Cómo lograba mantener a raya al mundo?

Suspiró. No obtendría las respuestas si continuaba ante aquella mesa, con un cigarrillo colgando de la boca. Olvídalo, pensó. Hacía demasiado calor para pensar en nada, y menos para encontrar explicaciones racionales del comportamiento humano. Que le den por el culo a los seres humanos, decidió. Con este calor, que le den por el culo a todo el mundo. Cogió el montoncito de sobres que había encima de la mesa.

«¿Buscas el amor?» La miró de reojo. La pregunta estaba impresa sobre un corazón. Barbara deslizó el dedo índice bajo la solapa y extrajo un cuestionario de una sola página. «¿Cansada de citas a ciegas? -preguntaba en la parte superior-. ¿Quieres probar si es más fácil encontrar a la persona adecuada por ordenador que fiándose de la suerte?» Y a continuación venían las preguntas, acerca de su edad, sus intereses, su ocupación, su sueldo y nivel cultural. Barbara pensó en llenar el cuestionario para divertirse, pero después de analizar sus intereses y llegar a la conclusión de que no valía la pena mencionar ninguno (¿a quién le gustaría que un ordenador le emparejara con una mujer que leía El salvaje lascivo para conciliar el sueño?), arrugó la hoja y la tiró al cubo de basura de la cocina. Dedicó su atención al resto del correo: una factura de teléfono, publicidad de un seguro de enfermedad privado y una oferta de una semana de lujo para dos, a bordo de un crucero descrito como un paraíso flotante de bienestar y sensualidad.

Le iría bien un crucero, pensó. Le iría bien una semana de bienestar lujoso, con o sin sensualidad. No obstante, un vistazo al folleto reveló jóvenes criaturas esbeltas y bronceadas, subidas a taburetes de bar y tumbadas junto a una piscina, con las uñas pintadas y los labios dibujando mohines satinados, atendidas por hombres de pechos hirsutos. Barbara se imaginó flotando entre ellas. Se burló de la idea. Hacía años que no se ponía un traje de baño, pues había llegado a la convicción de que hay que dejar ciertas cosas para los forros de muebles, los sudarios y la imaginación.

El folleto siguió el camino del cuestionario. Barbara apagó el cigarrillo con un suspiro y paseó la vista por la casa en busca de otra actividad. No había ninguna. Se acercó a la cama, buscó el mando a distancia del televisor y decidió dedicar la tarde al zaping.

Pulsó el primer botón. Apareció la princesa real, con un aspecto menos equino que de costumbre, mientras inspeccionaba un hospital caribeño para niños disminuidos. Aburrido. Un documental sobre Nelson Mandela. Menudo pastel. Aceleró y desfiló por una película de Orson Welles, un episodio del Príncipe Valiente en dibujos animados, dos programas de entrevistas y un torneo de golf.

Entonces, una falange de policías que hacían frente a una masa de manifestantes de piel oscura atrajo su atención. Pensó que iba a darse un buen revolcón en el fango con Tennison o Morse, cuando apareció una franja roja en el borde inferior de la pantalla que anunciaba EN DIRECTO. Un reportaje impactante, pensó. Lo miró con curiosidad.

Era como si un arzobispo hubiera dedicado su atención a un reportaje sobre la catedral de Canterbury, se dijo. Al fin y al cabo, era una policía. De todos modos, mientras contemplaba las imágenes con avidez experimentó una punzada de culpabilidad (se suponía que estaba de vacaciones, ¿no?).

Fue cuando vio ESSEX impreso en la pantalla. Fue cuando se dio cuenta de que las caras de piel oscura bajo los carteles de protesta eran asiáticas. Fue cuando subió el volumen del televisor.

«… cadáver fue encontrado ayer por la mañana, por lo visto en una casamata de la playa», decía la joven locutora.

No parecía estar muy en su ambiente, porque mientras hablaba se atusaba su cabello rubio, cuidadosamente peinado, y lanzaba miradas de aprensión a la masa de gente que se arremolinaba a su espalda, como temerosa de que alteraran su peinado sin su consentimiento. Se llevó una mano a la oreja para tapar el ruido.

«¡Ahora! ¡Ahora!», gritaban los manifestantes. Sus carteles, pintados con toscas letras, pedían ¡JUSTICIA YA!, ¡ACCIÓN! y ¡TODA LA VERDAD!

«Lo que empezó como un pleno muy especial del ayuntamiento de la ciudad, convocado para hablar sobre temas de reurbanización -recitó Blondie en su micrófono-, se convirtió en lo que están viendo ahora. He conseguido ponerme en contacto con el líder de la revuelta y…»

Un fornido agente empujó a un lado a Blondie. La imagen se movió como enloquecida cuando, al parecer, el cámara perdió pie.

Sonaron voces airadas. Una botella surcó el aire. La siguió un ladrillo. La falange de policías alzó sus escudos protectores.

– Santa mierda -murmuró Barbara-. ¿Qué coño está pasando?

La locutora rubia y el cámara recobraron el equilibrio. Blondie acercó un hombre a la cámara. Era un asiático musculoso de veintitantos años, de pelo largo recogido en una coleta, y una manga arrancada de la camisa.

«¡Alejaos de él, maldita sea!», gritó hacia atrás, antes de volverse hacia la locutora.

«Estoy aquí con el señor Muhannad Malik, quien…», empezó la rubia.

«No tenemos la menor intención de aguantar evasivas, manipulaciones ni mentiras descaradas -interrumpió el hombre, hablando al micrófono-. Ha llegado la hora de que la ley trate al pueblo con igualdad. Si la policía no quiere considerar esta muerte lo que es, un crimen odioso y un asesinato descarado, haremos justicia a nuestra manera. Tenemos el poder, y tenemos los medios. -Se volvió y utilizó un megáfono para gritar a la multitud-. ¡Tenemos el poder! ¡Tenemos los medios!»

La muchedumbre rugió. Se lanzó hacia adelante. La cámara se agitó y osciló.

«Peter, hemos de retirarnos a terreno más seguro», dijo la locutora, y la imagen cambió al estudio de la emisora.

Barbara reconoció la cara seria del locutor sentado ante un escritorio de pino. Peter no-sé-qué. Siempre lo había detestado. Detestaba a todos los hombres de cabello esculpido.

«Resumamos la situación en Essex», dijo, y Barbara encendió otro cigarrillo.

El cadáver de un hombre, explicó Peter, había sido descubierto en una casamata situada en la playa de Balford-le-Nez por un excursionista madrugador. Hasta el momento, la víctima había sido identificada como Haytham Querashi, recién llegado de Karachi para contraer matrimonio con la hija de un acaudalado hombre de negocios de la localidad. La comunidad paquistaní de la ciudad, pequeña pero creciente, calificaba la muerte de crimen por motivos raciales (por tanto, nada menos que un asesinato), pero la policía aún tenía que aclarar qué tipo de investigación estaba llevando a cabo.

Paquistaní, pensó Barbara. Paquistaní. Oyó decir de nuevo a Azhar: «… un trastorno sin importancia que ha afectado a mis parientes». Sí. Exacto. Sus parientes paquistaníes. Santa mierda.

Volvió la vista hacia el televisor, donde Peter continuaba recitando hechos con voz monótona, pero no le oyó. Sólo oía el tumulto de sus pensamientos.

Contar con una comunidad paquistaní numerosa fuera de una zona metropolitana constituía tal anomalía en Inglaterra que, en el caso de que existieran dos comunidades semejantes en la costa de Essex, sería una casualidad increíble. Teniendo en cuenta las palabras de Azhar, en el sentido de que se dirigía a Essex, y que su partida había precedido a los disturbios que acababa de presenciar, y que Azhar se había marchado para intentar solucionar «un trastorno sin importancia» acaecido en el seno de su familia… Había un límite para la tolerancia de Barbara hacia las coincidencias. Taymullah Azhar iba de camino hacia Balford-le-Nez.

Había dicho que pensaba ofrecer su «experiencia en esos asuntos». Pero ¿qué experiencia? ¿Arrojar ladrillos? ¿Planificar disturbios? ¿O esperaba intervenir en una investigación de la policía local? ¿Esperaba obtener acceso al laboratorio forense? O, posibilidad más ominosa aún, ¿intentaba implicarse en el tipo de activismo comunitario que acababa de presenciar en la televisión, del tipo que invariablemente desemboca en la violencia, las detenciones y una temporada a la sombra?

– Mierda -murmuró.

¿En qué demonios estaría pensando aquel hombre, por el amor de Dios? ¿Qué cojones estaba haciendo, llevándose a una niña de ocho años muy especial?

Barbara miró hacia la puerta, en la dirección que Hadiyyah y su padre habían tomado. Pensó en la brillante sonrisa de la niña y en las trenzas que se agitaban vivamente cuando saltaba. Por fin, aplastó el cigarrillo entre los demás.

Fue al ropero y sacó su mochila del estante.

Capítulo 2

Rachel Winfield decidió cerrar la tienda diez minutos antes, y no sintió la menor punzada de culpabilidad. Su madre había marchado a las tres y media (era el día de su «lavar y marcar» semanal en Sea and Sun Unisex Hairstylist), y si bien había dejado firmes instrucciones sobre las obligaciones a cumplir, hacía más de media hora que ni un solo cliente o mirón había entrado.

Rachel tenía cosas más importantes que hacer que ver cómo el minutero del reloj de pared circunnavegaba lentamente la esfera. Después de comprobar que las vitrinas estaban cerradas con llave, cerró la puerta principal. Cambió el letrero de ABIERTO por el de CERRADO y fue al almacén. Sacó de su escondite, detrás de los cubos de basura, una caja envuelta que había procurado ocultar a los ojos de su madre. Se la puso bajo el brazo y salió a la callejuela, donde guardaba la bicicleta. Depositó con sumo cuidado la caja en la cesta. Después, llevó la bici hasta la fachada de la tienda y dedicó un momento a comprobar que la puerta estaba bien cerrada.

Se armaría un cirio si la pillaba marchándose antes. Su condenación sería eterna si, además de irse con antelación, lo hacía sin cerrar bien la tienda. El pestillo era viejo, y a veces se encallaba. La prudencia exigía una veloz comprobación. Bien, pensó Rachel, cuando la puerta no se movió. Estaba a salvo.

Aunque ya era tarde, el calor aún no había remitido. El habitual viento del mar del Norte, que convertía la ciudad de Balford-le-Nez en un lugar muy desagradable en pleno invierno, no soplaba aquella tarde. Hacía dos semanas que no soplaba. Ni siquiera suspiraba lo suficiente para agitar las banderas que colgaban flácidas a lo largo de la calle Mayor.

Rachel pedaleó con determinación en dirección sur bajo aquellos triángulos rojos y azules entrecruzados que proclamaban una alegría artificial. Se dirigía hacia la parte alta de la ciudad. No iba a casa. En ese caso, habría tomado la dirección contraria, a lo largo de la playa y dejando atrás la zona industrial, hasta llegar a las tres calles truncadas de casas adosadas donde su madre y ella vivían en una buena convivencia forzada. Lo cierto era que se dirigía a casa de su mejor, más antigua y única amiga, sobre cuya vida se había abatido recientemente la tragedia.

He de recordar que debo ser compasiva, se dijo con seriedad mientras pedaleaba. He de recordar no mencionar los Clifftop Snuggeries antes de decirles cuánto lo siento. Aunque no lo lamento tanto como debería, ¿verdad? Tengo la sensación de que una puerta se ha abierto de par en par, y quiero pasar por ella como una exhalación mientras pueda hacerlo.

Rachel se subió la falda por encima de las rodillas para pedalear con más soltura, y para impedir que la tela, fina y transparente, se enganchara en la grasienta cadena. Sabía que iría a ver a Sahlah Malik cuando se había vestido por la mañana, de forma que tal vez habría debido ponerse algo más adecuado para un largo paseo en bicicleta vespertino. Pero la longitud de la falda que había escogido realzaba sus mejores características (los tobillos), y Rachel era una joven consciente de que, como el Todopoderoso la había favorecido tan poco en la cuestión del aspecto, tenía que acentuar sus pocas facetas positivas. Por consiguiente, solía utilizar faldas y zapatos que destacaran sus tobillos, siempre con la esperanza de que las miradas ocasionales dirigidas a su figura pasaran por alto el desastre de su cara.

En sus veinte años de vida había escuchado toda clase de calificativos: fachosa, inmunda, malparida y grotesca eran los adjetivos habituales. Vaca, foca y adefesio eran los sustantivos adjuntos. En el colegio había sido blanco de bromas y burlas incesantes, y pronto había descubierto que, para la gente como ella, la vida presentaba tres claras alternativas: llorar, huir o aprender a plantar cara. Se había decantado por la tercera, y estaba decidida a seguir por la senda que le había granjeado la amistad de Sahlah Malik.

Mi mejor amiga, pensó. Para bien o para mal. Habían gozado de lo primero desde que tenían nueve años. Durante los dos últimos meses, habían conocido sólo lo segundo. Rachel estaba muy segura de ello.

Subió la pendiente de Church Road y pasó ante el cementerio de St. John, donde las flores rendían la cabeza por efecto del calor. Siguió la curva contigua a las paredes manchadas de hollín de la estación ferroviaria, e inició el ascenso de la cuesta pronunciada que conducía a los mejores barrios, con sus jardines ondulados y calles frondosas. Este distrito de la ciudad se llamaba las Avenidas, y la familia de Sahlah Malik vivía en la Segunda, un paseo de cinco minutos a pie desde el Greensward, aquella extensión de césped perfecto bajo el cual dos hileras de cabañas de playa colgaban sobre el mar.

La casa de los Malik era una de las residencias más impresionantes del barrio, con amplios parterres, jardines y una peraleda, donde Rachel y Sahlah habían compartido secretos infantiles. Era muy inglesa: con cubierta de tejas, muros de entramado de madera y cristales en forma de diamante, a la moda de otro siglo. Su desgastada puerta principal estaba remachada con tachones, sus múltiples chimeneas recordaban Hampton Court, y su garaje independiente, encajado en la parte posterior de la propiedad, parecía una fortaleza medieval. Al verla, nadie habría adivinado que tenía menos de diez años de antigüedad. Y si bien todo el mundo coincidiría en que sus habitantes se encontraban entre las personas más ricas de Balford, nadie habría adivinado que esos mismos habitantes eran de origen asiático, y venían de un país de mujahidin, mezquitas y figh.

La cara de Rachel estaba perlada de sudor cuando subió al bordillo y abrió la cancela. Exhaló un suspiro de puro placer al pasar bajo la frescura balsámica de un sauce. Se quedó allí un momento, mientras se decía que era para recobrar el aliento, pero a sabiendas de que era para planificar un poco. En sus veinte años nunca había ido a casa de alguien que hubiera perdido en fecha reciente a un ser querido y sobrellevara su aflicción como lo hacía su amiga. Debía concentrarse en lo que iba a decir, cómo decirlo, qué hacer y cómo actuar. Lo último que deseaba era meter la pata con Sahlah.

Dejó la bici apoyada contra una jardinera rebosante de geranios, sacó el paquete de la cesta y avanzó hacia la puerta principal. Buscó con prudencia la mejor forma de romper el hielo. «Lo siento muchísimo… He venido en cuanto he podido… No quería telefonearte porque me parecía tan impersonal… Esto cambia todo de una forma horrible… Sé que tú le querías…»

Sólo que lo último era una mentira, ¿verdad? Sahlah Malik nunca había querido a su futuro esposo.

Bien, eso ya no importaba. Los muertos no podían volver para exigir a los vivos que rindieran cuentas, y era absurdo hacer hincapié en la falta de sentimientos de su amiga hacia el desconocido que le habían elegido como marido. Claro, ahora ya no sería su marido. Lo cual casi invitaba a pensar… Pero no. Rachel expulsó de su mente toda especulación. Con el paquete bajo el brazo, llamó a la puerta.

Se abrió bajo el impulso de sus nudillos. Al mismo tiempo, el inconfundible sonido de música de fondo cinematográfica se elevó sobre las voces que hablaban un idioma extranjero en la sala de estar. El idioma era urdu, adivinó Rachel. Y la película sería otra adquisición por catálogo de la cuñada de Sahlah, quien sin duda estaría sentada sobre un almohadón delante del vídeo en su postura habitual: con un cuenco de agua jabonosa sobre el regazo y docenas de ajorcas de oro dentro para que se limpiaran.

Rachel no iba muy errada. Dijo en voz alta, «¿Hola? ¿Sahlah?», y caminó hasta la puerta de la sala de estar. Allí encontró a Yumn, la joven esposa del hermano de Sahlah, que no estaba cuidando de sus numerosas joyas, sino remendando uno de sus muchos dupattas. Yumn estaba cosiendo laboriosamente el dobladillo del pañuelo, y su falta de experiencia saltaba a la vista.

Emitió un gritito cuando Rachel carraspeó. Alzó las manos, y aguja, hilo y pañuelo salieron volando en tres direcciones diferentes. Por algún motivo misterioso, llevaba un dedal en cada dedo de la mano izquierda. También salieron despedidos.

– ¡Qué susto me has dado! -exclamó-. Dios mío, Rachel Winfield. Y precisamente hoy, cuando nada debería perturbarme. El ciclo femenino es algo muy delicado. ¿No te lo ha dicho nadie?

Sahlah siempre se refería a su cuñada como nacida para la RADA [1] pero educada para nada. Esto último parecía ser la verdad. La entrada de Rachel no había sido subrepticia, pero Yumn parecía ansiosa por sacarle provecho hasta el máximo, con el fin de centrar la atención en su «ciclo femenino», como ella lo llamaba, y utilizó las manos para acunarse el estómago, por si Rachel no la había entendido. Lo cual era muy improbable. Si Yumn hablaba en alguna ocasión de algo que no fuera su intención de quedar embarazada por tercera vez (al cabo de treinta y siete meses de matrimonio y antes de que su segundo hijo hubiera cumplido dieciocho meses), Rachel lo ignoraba.

– Lo siento -dijo Rachel-. No quería asustarte.

– Menos mal.

Yumn buscó con la vista sus útiles de coser. Clavó la vista en el pañuelo, y para ello utilizó su ojo bueno, el derecho, y cerró el izquierdo, cuyos erráticos vagabundeos solía ocultar mediante un dupatta que arrojaba una sombra sobre él. Como parecía concentrada en reanudar su trabajo y hacer caso omiso de Rachel indefinidamente, ésta volvió a hablar.

– Yumn, he venido a ver a Sahlah. ¿Está en casa?

Yumn se encogió de hombros.

– Siempre está en casa esa chica. Aunque siempre que la llamo, parece sorda como una tapia. Necesita una buena paliza, pero nadie se anima a dársela.

– ¿Dónde está? -preguntó Rachel.

– «Pobre criatura», piensan -continuó Yumn-. «Déjala en paz. Está muy apenada.» Apenada, imagínate. Qué idea tan divertida.

Rachel se sintió alarmada al oír aquel comentario, pero por lealtad a Sahlah se esforzó en disimularlo.

– ¿Está aquí? -preguntó haciendo acopio de paciencia-. ¿Dónde está, Yumn?

– Ha ido arriba. -Cuando Rachel se dio la vuelta, Yumn añadió-: Estará postrada de dolor, sin duda.

Lanzó una risita maliciosa.

Rachel encontró a Sahlah en el dormitorio situado en la parte delantera de la casa, el cuarto habilitado para los dos niños de Yumn. Estaba de pie ante la tabla de planchar, y se dedicaba a doblar una montaña de pañales recién secos hasta formar cuadrados perfectos. Sus sobrinos, un niño de veintisiete meses y su hermano menor, descansaban en una sola cuna, cerca de la ventana abierta. Estaban dormidos.

Rachel no había visto a su amiga desde hacía quince días. Su último intercambio de pareceres no había sido agradable, de modo que a pesar de haber ensaya-. do comentarios encaminados a romper el hielo, se sentía torpe y desmañada. Sin embargo, esta sensación no sólo era debida al malentendido que se había producido entre ellas. Ni tampoco al hecho de que, al entrar en casa de los Malik, Rachel fuera consciente de penetrar en otra cultura. Se debía a su aguda percepción (reavivada cada vez que miraba a su amiga) de las diferencias físicas existentes entre ella y Sahlah.

Sahlah era adorable. En deferencia a su religión y a los deseos de sus padres, vestía el recatado shalwarquamis, pero ni los pantalones abolsados ni la blusa que colgaba por debajo de las caderas conseguían disminuir su belleza. Tenía la piel de color nuez moscada, y los ojos de un tono parecido al coco, con pestañas largas y espesas. Llevaba el cabello oscuro recogido en una sola y gruesa trenza que le colgaba hasta la cintura, y cuando Rachel la llamó por su nombre y levantó la cabeza, rizos finos como telarañas cayeron alrededor de su cara. La única imperfección que poseía era una marca de nacimiento. Era de color fresa y en forma de fresa, y destacaba sobre su pómulo como un tatuaje. Se oscureció de forma perceptible cuando sus ojos se encontraron con los de Rachel.

Ésta se sobresaltó al ver su cara. Su amiga parecía enferma, y ella olvidó al instante todas las fórmulas que había ensayado. Guiada por un impulso, extendió el regalo que había llevado.

– Es para ti -dijo-. Es un regalo, Sahlah.

De inmediato se sintió como una imbécil.

Sahlah alisó poco a poco las arrugas de un pañal. Lo dobló una vez y alineó las esquinas con intensa concentración.

– No era mi intención -dijo Rachel-. Además, ¿qué sé yo sobre el amor? Precisamente yo. Y aún sé menos sobre el matrimonio, ¿verdad? Sobre todo, teniendo en cuenta mis circunstancias. Me refiero a que mi madre estuvo Casada diez minutos en una ocasión. Y según ella, lo hizo por amor. Ya ves.

Sahlah dobló dos veces más el pañal y lo depositó sobre la pila que crecía en el extremo de la tabla de planchar. Se acercó a la ventana y echó un vistazo a sus sobrinos. Parecía innecesario, pensó Rachel. Dormían como muertos.

Rachel se encogió ante aquella metáfora mental. Debía evitar, bajo todos los conceptos, utilizar o pensar siquiera en aquella palabra durante el tiempo que durara su visita en aquella casa.

– Lo siento, Sahlah -dijo.

– No hacía falta que trajeras un regalo -contestó Sahlah en voz baja.

– ¿Me perdonas? Di que me perdonas, por favor. No podría soportar que no me perdonaras.

– No hace falta que te disculpes por nada, Rachel.

– Eso significa que no me perdonas, ¿verdad?

Las cuentas de hueso, delicadamente talladas, de los pendientes de Sahlah. tintinearon cuando meneó la cabeza. Pero no dijo nada.

– ¿Aceptarás el regalo? -preguntó Rachel-. Cuando lo vi, pensé en ti. Ábrelo. Por favor.

Ardía en deseos de enterrar la aspereza que había teñido sus últimas conversaciones. Estaba desesperada por retirar sus palabras y acusaciones, porque deseaba recuperar la antigua relación con su amiga.

Tras un momento de reflexión, Sahlah exhaló un leve suspiro y cogió la caja. Examinó el papel de envolver antes de quitarlo, y Rachel se sintió complacida cuando observó que sonreía al ver los dibujos de garitos que hacían acrobacias con una madeja de lana. Acarició uno con la yema del dedo. Después, tiró de la cinta que ataba el paquete y deslizó el dedo bajo el celo. Una vez abierto el paquete, alzó la prenda y acarició con los dedos uno de sus hilos dorados.

Como ofrenda de paz, Rachel sabía que había escogido bien. La chaqueta sherwani era larga, de cuello alto. Respetaba tanto la cultura como la religión de Sahlah. Si la llevaba con pantalones, la cubriría por completo. Sus padres (cuya buena voluntad y comprensión eran esenciales para los planes de Rachel) darían su aprobación. Pero al mismo tiempo, la chaqueta subrayaba el valor que Rachel concedía a su amistad con Sahlah. Era de seda, entretejida con abundantes hebras doradas. Proclamaba su precio a voz en grito, y Rachel había gastado casi todos sus ahorros en la prenda, pero le daba igual si conseguía recuperar a Sahlah.

– Lo que me llamó la atención fue el color -dijo Rachel-. El siena tostado le sienta muy bien a tu piel. Póntela.

Lanzó una risita forzada cuando Sahlah vaciló, con la cabeza inclinada sobre la chaqueta y el dedo índice dando vueltas alrededor de uno de los botones. Son de cuerno auténtico, quiso decir Rachel, pero las palabras no le salieron. Estaba demasiado asustada.

– No seas tímida, Sahlah. Póntela. ¿No te gusta?

Sahlah dejó la chaqueta sobre la tabla de planchar y cruzó los brazos, con tanto cuidado como había doblado los pañales. Llevó la mano hacia uno de los adornos que colgaban de su collar, y lo sujetó como si fuera un talismán.

– Es demasiado, Rachel -dijo por fin-. No puedo aceptarlo. Lo siento.

Rachel notó que repentinas lágrimas acudían a sus ojos.

– Pero es que siempre… -dijo-. Somos amigas, ¿no?

– Sí.

– Entonces…

– No puedo corresponderte. No tengo dinero, y aunque lo tuviera…

Sahlah continuó doblando la prenda, y dejó la frase en suspenso.

Rachel terminó por ella. Conocía lo bastante a su amiga para saber lo que estaba pensando.

– Se lo darías a tus padres. No lo gastarías en mí.

– El dinero sí.

No añadió «es lo que solemos hacer». Lo había repetido con frecuencia durante sus once años de amistad, y también desde que había anunciado a Rachel su intención de casarse con un paquistaní desconocido elegido por sus padres, por lo cual era innecesario que se aferrara una vez más a la muletilla.

Antes de ir a la casa, Rachel no había considerado la posibilidad de que su visita a Sahlah intensificara el malestar que experimentaba desde las últimas semanas. Había contemplado el futuro como una especie de silogismo. El prometido de Sahlah había muerto. Sahlah estaba viva. Ergo, Sahlah podía volver a ser la mejor amiga de Rachel y la compañera más querida de su vida futura. Al parecer, no era así.

El estómago de Rachel se revolvió. Sintió que la cabeza le daba vueltas. Después de todo lo que había hecho, después de todo lo que había descubierto, después de todo lo que le habían confiado y había mantenido en secreto, porque las verdaderas amigas actuaban así…

– Quiero que te lo quedes. -Rachel se esforzó por encontrar el tono adecuado cuando se visitaba una casa en que la muerte había dejado ya su tarjeta-. Sólo he venido a decirte que lamento muchísimo…, bueno, tu… pérdida.

– Rachel -dijo Sahlah en voz baja-. Basta, por favor.

– Sé lo desdichada que debes sentirte. Aunque le conocías desde hacía muy poco tiempo, estoy segura de que habías llegado a quererle. Porque… -Notó que su voz se tensaba. Pronto temblaría de emoción-. Porque sé que no te casarías con alguien a quien no quisieras, Sahlah. Siempre dijiste que no lo harías. Por lo tanto, la lógica me dice que, en cuanto viste a Haytham, tu corazón voló hacia él. Y cuando él apoyó su mano sobre tu brazo, su mano húmeda y fría, supiste que era el elegido. Pasó así, ¿verdad? Por eso ahora estás tan afligida.

– Sé que te cuesta entender.

– Pero no pareces afligida. En relación a la muerte de Haytham. Me pregunto por qué. ¿Tu padre también se lo pregunta?

Estaba hablando más de la cuenta. Era como si su voz poseyera vida propia, y no podía hacer nada por controlarla.

– No sabes lo que está pasando en mi interior -afirmó en voz baja Sahlah, casi con furia-. Quieres juzgarme a tenor de tus criterios, y no puedes, porque son diferentes de los míos.

– Como yo soy diferente de ti -añadió Rachel, y las palabras le supieron amargas-. ¿No es cierto?

La voz de Sahlah se suavizó.

– Somos amigas, Rachel. Siempre lo hemos sido, y siempre lo seremos.

La afirmación hirió a Rachel más que cualquier repudio. Porque no era más que una simple afirmación. Por cierta que fuera, no entrañaba una promesa.

Rachel rebuscó en el bolsillo de la blusa y extrajo el folleto arrugado que llevaba encima desde hacía más de dos meses. Lo había mirado tan a menudo que se sabía de memoria sus fotos y el texto de propaganda acompañante sobre los Clifftop Snuggeries, pisos de dos dormitorios en tres edificios de ladrillo. Como su nombre sugería, estaban situados en el paseo del Sur, suspendidos sobre el mar. Según el modelo elegido, los pisos tenían balcones o terrazas, pero en ambos casos contaban con vistas: el parque de atracciones de Balford al norte, o la infinita extensión de mar verdegrisáceo al este.

– Estos son los pisos.

Rachel desdobló el folleto. No se lo ofreció, porque intuía que Sahlah se negaría a aceptarlo.

– He ahorrado bastante dinero para la paga y señal. Yo la adelantaría.

– Rachel, ¿por qué no intentas comprender cómo son las cosas en mi mundo?

– Quiero hacerlo, en serio. Me ocuparé de que el nombre de las dos conste en la escritura. Sólo tendrías que pagar al mes…

– No puedo.

– Sí puedes -insistió Rachel-. Tu educación te impulsa a pensar que no, pero no has de vivir así durante el resto de tu vida. Nadie lo hace.

El niño mayor se agitó en la cuna y sollozó en sueños. Sahlah fue a verle. Ninguno de los niños estaba tapado, debido al calor que hacía en la habitación, de manera que fue un gesto innecesario. Sahlah acarició la frente del niño. Cambió de posición, dormido, con el trasero al aire.

– Rachel -dijo Sahlah, con la vista clavada en su sobrino-, Haytham ha muerto, pero eso no me exime de las obligaciones para con mi familia. Si mi padre me elige otro marido mañana, me casaré con él. Es mi deber.

– ¿Tu deber? Eso es una locura. Ni siquiera le conocías. Tampoco conocerás al siguiente. ¿Qué…?

– No. Es lo que quiero hacer.

Lo dijo en voz baja, pero la firmeza del tono era inapelable. Estaba decidido, «el pasado ha muerto», pero sin decirlo. No obstante, había olvidado un detalle. Haytham Querashi también había muerto.

Rachel se acercó a la tabla de planchar y terminó de doblar la chaqueta, con la misma precisión que Sahlah empleó con los pañales. La dobló por la mitad, haciendo coincidir la base con los hombros. Formó con los costados pequeñas cuñas que embutió en la cintura. Sahlah la observaba desde la cuna. Cuando hubo devuelto la chaqueta a la caja y ajustado la tapa, Rachel volvió a hablar.

– Siempre hablábamos de cómo sería.

– Éramos pequeñas entonces. Es fácil tener sueños cuando sólo eres una niña.

– Pensabas que no me acordaría.

– Pensaba que al hacerte mayor lo dejarías correr.

El comentario escoció, probablemente más de lo que Sahlah pretendía. Indicaba hasta qué punto había cambiado, hasta qué punto las circunstancias de su vida la habían cambiado. También indicaba hasta qué punto no había cambiado Rachel.

– ¿Cómo tú? -preguntó ésta.

Sahlah bajó la vista. Los dedos de una mano se cerraron alrededor de una barra de la cuna.

– Créeme, Rachel. Es lo que debo hacer.

Dio la impresión de que iba a seguir hablando, pero Rachel era incapaz de extraer deducciones. Intentó descifrar la expresión de Sahlah para comprender el sentimiento y el significado que contenía la frase, pero fracasó.

– ¿Por qué? ¿Porque son vuestras costumbres? ¿Porque tu padre insiste? ¿Porque te expulsarán de la familia si no les obedeces?

– Todo eso es cierto.

– Pero hay más, ¿verdad? ¿Verdad? -contraatacó Rachel-. Da igual que tu familia te expulse. Yo cuidaré de ti, Sahlah. Estaremos juntas. No permitiré que te suceda nada malo.

Sahlah emitió una risita irónica. Se volvió hacia la ventana y contempló el sol del atardecer, que caía sin piedad sobre el jardín, resecaba el suelo, quemaba la hierba, robaba la vida a las flores.

– Lo malo ya ha sucedido -dijo-. ¿Dónde estabas tú para impedirlo?

La pregunta heló la sangre de Rachel. Sugería que Sahlah había, intuido hasta dónde pensaba llegar Rachel con el fin de salvar su amistad. Su valentía vaciló, pero no podía marcharse de la casa sin saber la verdad. No quería enfrentarse a ella, porque si era la que pensaba, también debería enfrentarse a la certeza de que ella había sido la causa del fracaso de su amistad. Pero Rachel no veía otra alternativa. Había entrado por la fuerza donde no era bienvenida. Ahora, averiguaría el precio.

– Sahlah -dijo-, ¿Haytham…?

Titubeó. ¿Cómo formular la pregunta sin admitir hasta qué horrible punto había deseado traicionar a su amiga?

– ¿Qué? -preguntó Sahlah-. ¿A qué te refieres?

– ¿Te habló alguna vez de mí?

La pregunta pareció sorprender tanto a Sahlah, que no hizo falta respuesta. Rachel experimentó una oleada de alivio tan dulce, que notó el sabor del azúcar en la garganta. Haytham Querashi había muerto sin decir nada, comprendió. De momento, al menos, Rachel Winfield estaba a salvo.

Sahlah observó desde la ventana a su amiga, que se alejaba en la bicicleta. Se dirigía hacia el Greensward. Tenía la intención de volver a casa por la orilla del mar.

Pasaría delante de los Clifftop Snuggeries, donde había anclado sus sueños, pese a lo que Sahlah había dicho y hecho para ilustrar que habían tomado caminos diferentes.

En el fondo, Rachel no era diferente de la niña a la que había conocido en la escuela primaria. Se había sometido a cirugía estética para que le esculpieran unas facciones relativamente razonables en la desastrosa cara con que había nacido, pero bajo aquellos rasgos seguía siendo la misma niña: siempre esperanzada, ansiosa y llena de planes, por poco prácticos que fueran.

Sahlah se había esforzado al máximo por explicar que el plan maestro de Rachel (comprar un piso y vivir juntas hasta la vejez, como las dos inadaptadas sociales que eran) era irrealizable. Su padre no permitiría que se independizara de esa manera, en compañía de otra mujer y lejos de la familia. Y, aunque en un arranque de locura decidiera permitir que su única hija adoptara un estilo de vida tan aberrante, Sahlah tampoco lo deseaba. En otra época, lo habría hecho. Pero ahora era demasiado tarde.

Era demasiado tarde a cada segundo que transcurría. En muchos aspectos, la muerte de Haytham significaba también la suya. Si él hubiera vivido, nada habría importado. Ahora que estaba muerto, todo tenía importancia.

Enlazó las manos bajo la barbilla y cerró los ojos, con el deseo de que un soplo de brisa marina refrescara su cuerpo y calmara su mente febril. Una vez, en una novela (que había ocultado celosamente a la vista de su padre, porque no la habría aprobado), había leído la expresión «su mente corría locamente», en relación a una heroína desesperada, y no había comprendido cómo podía una mente realizar aquella proeza inusual. Pero ahora lo sabía. Porque su mente se había puesto a correr como un rebaño de gacelas en cuanto supo que Haytham había muerto. Desde aquel momento, había pensado en todas las permutaciones de qué hacer, adónde ir, a quién ver, cómo actuar y qué decir. Como resultado, había quedado paralizada por completo. Ahora, era la encarnación de la espera. Sin embargo, no sabía qué esperaba. El rescate, tal vez. O recuperar la capacidad de rezar, algo que había hecho en otro tiempo cinco veces al día con perfecta devoción. La había perdido.

– ¿Ya se ha ido el gnomo?

Sahlah se volvió y vio a Yumn en el umbral, con un hombro apoyado sobre el quicio de la puerta.

– ¿Te refieres a Rachel? -preguntó Sahlah.

Su cuñada entró en la habitación, con los brazos levantados lánguidamente para trenzarse el pelo. La trenza que obtuvo era insustancial, con el grosor del dedo meñique de una mujer. El cuero cabelludo de Yumn asomaba en algunos puntos, de una forma muy poco atractiva.

– «¿Te refieres a Rachel?» -imitó Yumn-. ¿Por qué hablas siempre como una mujer con un palo metido en el culo?

Rió. Se quitó el habitual dupatta y, sin el pañuelo y con el cabello retirado de la cara, su ojo errático pareció más extraviado que nunca. Cuando rió, el ojo dio la impresión de resbalar de un lado a otro, como la yema de un huevo crudo.

– Frótame la espalda -pidió-. Esta noche quiero estar relajada para tu hermano.

Se acercó a la cama donde su hijo mayor pronto dormiría, se sacudió las sandalias y se tendió sobre el cobertor azul.

– ¿Has oído lo que he dicho, Sahlah? -dijo-. Frótame la espalda.

– No llames gnomo a Rachel. No puede cambiar su aspecto más que…

Sahlah se calló en el último instante. Las palabras «más que tú» llegarían a oídos de Muhannad, acompañadas de un considerable ataque de histeria. Y el hermano de Sahlah se encargaría de que pagara por el insulto lanzado contra la madre de sus hijos.

Yumn la observaba con una sonrisa astuta. Ardía en deseos de que Sahlah terminara la frase. Nada le gustaría más que oír el impacto de la palma de Muhannad contra la mejilla de su hermana menor. Pero Sahlah no le concedió ese placer. Se acercó a la cama y la miró, mientras Yumn se quitaba las prendas superiores.

– Quiero el aceite -ordenó-. El que huele a eucalipto. Y caliéntalo con las manos primero. No puedo soportarlo frío.

Sahlah se dispuso a obedecer, mientras Yumn se tendía de costado. Su cuerpo mostraba las huellas de los dos embarazos sucesivos. Sólo tenía veinticuatro años, pero sus pechos ya colgaban, y el segundo embarazo había dilatado su piel y añadido más peso a su cuerpo robusto. Dentro de otros cinco años, si persistía en su intención de producir crías anuales para el hermano de Sahlah, sería tan ancha como alta.

Sujetó la trenza sobre su cabeza con una horquilla que cogió de la mesilla de noche.

– Empieza -dijo.

Sahlah obedeció. Vertió el aceite en sus palmas y las frotó para entibiarlo. Detestaba la idea de tocar el cuerpo de la otra mujer, pero como esposa de su hermano mayor, Yumn podía exigir cosas a Sahlah y esperar que se llevaran a cabo sin la menor protesta.

El matrimonio de Sahlah habría abolido la tiranía de Yumn sobre ella, no sólo por el matrimonio en sí, sino porque el matrimonio habría rescatado a Sahlah de casa de su padre, y al mismo tiempo del yugo de Yumn. Y al contrario que Yumn, obligada a soportar y prestar obediencia a una suegra, pese a su carácter dominante, Sahlah habría vivido sola con Haytham, al menos hasta que empezara a traer parientes desde Pakistán. Todo eso estaba descartado. Era una prisionera, y todos los habitantes de la mansión de la Segunda Avenida, excepto sus dos sobrinos pequeños, eran sus carceleros.

– Eso es muy agradable -suspiró Yumn-. Quiero que mi piel brille. A tu hermano le gusta así, Sahlah. Le excita. Y cuando se excita… -Emitió una risita-. Hombres. Son como niños. Qué cosas exigen. Qué cosas desean. Nos pueden hacer tan desgraciadas, ¿verdad? Nos llenan de niños en un abrir y cerrar de ojos. Tenemos un hijo, y antes de que cumpla seis semanas, su padre ya nos está montando de nuevo para tener otro. Es una suerte que hayas escapado de ese sino miserable, bahin.

Sus labios se curvaron, como divertida por algo que sólo ella sabía.

Sahlah adivinó, como Yumn pretendía, que no sentía la menor pena por su suerte. Antes al contrario, alardeaba de su capacidad de reproducción y de cómo la utilizaba: para conseguir lo que deseaba, para hacer lo que le daba la gana, para manipular, engatusar, sonsacar y exigir. ¿Cómo era posible que sus padres hubieran elegido aquella esposa para su hijo único?, se preguntó Sahlah. Si bien era cierto que el padre de Yumn tenía dinero, y la generosa dote había contribuido a sufragar muchas mejoras en los negocios de la familia Malik, debía de haber otras mujeres más adecuadas disponibles cuando los Malik habían decidido que ya era hora de buscar esposa para Muhannad. ¿Cómo podía tocar Muhannad a aquella mujer? Su piel parecía pasta, y su olor era acre.

– Dime, Sahlah -murmuró Yumn, y cerró los ojos complacida, mientras los dedos de Sahlah masajeaban sus músculos-, ¿estás contenta? Puedes decirme la verdad. No le contaré nada a Muhannad.

– ¿Contenta por qué?

Sahlah cogió más aceite y lo vertió en su palma.

– Por haber escapado a tu deber: dar hijos a un marido y nietos a tus padres.

– No he pensado en dar nietos a mis padres -dijo Sahlah-. Para eso ya estás tú.

Yumn lanzó una risita.

– No acabo de creer que hayan pasado tantos meses desde el nacimiento de Bishr sin haber concebido otro. Basta con que Muhannad me toque, y a la mañana siguiente ya estoy embarazada. Y qué hijos tenemos tu hermano y yo. Muhannad es un hombre como no hay otro.

Yumn se dio la vuelta. Sujetó y levantó sus pesados pechos. Sus pezones eran del tamaño de platillos, tan oscuros como las caparrosas que se recogían en el Nez.

– Contempla el efecto de un embarazo en el cuerpo de una mujer, bahin. Tienes la suerte de seguir delgada e intocada, de haber escapado a esto. -Hizo un ademán desganado-. Mírate. Ni varices, ni piel distendida, ni hinchazones, ni dolores. Tan virginal, Sahlah. Tu aspecto es tan encantador que me pregunto si deseabas casarte. Yo diría que no. No querías tener nada que ver con Haytham Querashi. ¿Me equivoco?

Sahlah se obligó a sostener la mirada de su cuñada. Su corazón latía como si enviara sangre a su cara.

– ¿Quieres que continúe con el aceite, o ya tienes suficiente? -preguntó.

Yumn sonrió con su acostumbrada lentitud.

– ¿Suficiente? -repitió-. Oh, no, bahin. Aún no.

Agatha Shaw vio desde la ventana de la biblioteca que su nieto bajaba del BMW. Consultó su reloj. Llegaba media hora tarde. Eso no le gustó. Los hombres de negocios debían ser puntuales, y si Theo quería que Balford-le-Nez le tomara en serio como sucesor de Agatha y Lewis Shaw y, en consecuencia, le considerara una persona digna de confianza, tendría que aprender la importancia de llevar reloj de pulsera en lugar de aquella ridícula pulsera. Una cursilada horripilante. Cuando ella tenía su edad, si un hombre de veintiséis años hubiera llevado un brazalete, se habría enfrentado a una denuncia en que la palabra «sodomita» se habría empleado con mucha más frecuencia de la deseable.

Agatha se puso al lado del alféizar de la ventana, con el fin de que las cortinas la ocultaran. Examinó a Theo mientras se acercaba. Había días en que el joven la ponía de los nervios, y aquél era uno de ellos. Se parecía demasiado a su madre. El mismo cabello rubio, la misma piel clara que se cubría de pecas en verano, la misma constitución atlética. Ella, gracias a Dios, había ido a recibir la recompensa que el Todopoderoso reservaba a los putones escandinavos que perdían el control de su coche y se mataban, liquidando de paso a su marido. No obstante, la presencia de Theo en la vida de su abuela servía siempre para recordarle que había perdido dos veces a su hijo menor y más querido: la primera vez por culpa de un matrimonio que le valió ser desheredado, y la segunda con el accidente de coche que la dejó a ella, Agatha, a cargo de dos chicos indisciplinados menores de diez años.

Mientras Theo se aproximaba a la casa, Agatha reflexionó sobre todos los aspectos del joven que merecían su desaprobación. Usaba ropas impropias de su posición. Prefería prendas holgadas y cómodas: chaquetas con hombreras, camisas sin cuello, pantalones fruncidos. Y siempre en tonos pastel, cervato o ante. Llevaba sandalias más que zapatos. Si se ponía calcetines era siempre una cuestión aleatoria. Por si esto no fuera suficiente para impedir que inversores en potencia le tomaran en serio, desde la noche de la muerte de su madre se había empeñado en llevar su execrable cadenita de oro con una cruz, uno de esos horribles y macabros adornos católicos con un diminuto cuerpo crucificado sobre ella. Justo el detalle que reclamaba a gritos la atención de un inversor, cuando en cambio intentaba convencerle de que invirtiera su dinero en la restauración, renovación y renacimiento de Balford-le-Nez.

Fue inútil decirle a Theo cómo debía vestir, cómo debía comportarse o cómo debía hablar cuando presentara el plan Shaw para la reurbanización de la ciudad. «La gente cree en el proyecto o no, abuela», fue la forma en que recibió sus sugerencias.

El hecho de que se hubiera visto forzada a hacer sugerencias también la ponía de los nervios. Era su proyecto. Era su sueño. Había sido elegida concejala del ayuntamiento de Baldford durante cuatro legislaturas consecutivas, impulsada por la fuerza de sus sueños de futuro, y era enfurecedor que ahora, debido a la ruptura de un solo e impertinente vaso sanguíneo de su cerebro, tuviera que retirarse para recuperar sus energías, permitiendo que el tonto y relamido de su nieto hablara por ella. Sólo pensar en ello era suficiente para provocar otro ataque, de modo que se esforzaba por evitarlo.

Oyó que la puerta principal se abría. Las sandalias de Theo resonaron sobre el parquet del suelo, y el ruido enmudeció cuando llegó a la primera alfombra persa. Intercambió unas palabras con alguien en la entrada. Mary Ellis, la chica de la limpieza, cuya monstruosa incompetencia hacía desear a Agatha haber nacido en una época en que se azotaba a la servidumbre de forma rutinaria.

– ¿En la biblioteca? -preguntó Theo, y tomó aquella dirección.

Agatha decidió estar en pie cuando su nieto se reuniera con ella. El servicio de té estaba dispuesto sobre la mesa, y lo había dejado con los emparedados curvándose hacia arriba en los extremos y una película de tono deslustrado formada en la superficie del líquido. Servirían para ilustrar el hecho de que Theo se había retrasado de nuevo. Agatha aferró el mango de su bastón con ambas manos y lo colocó delante de ella, para que las tres puntas aguantaran su peso. El esfuerzo de simular que estaba en pleno control de sus funciones físicas provocó que sus brazos temblaran, y se alegró de haberse puesto una rebeca pese al calor del día. Al menos, los delgados pliegues de lana ocultarían sus temblores.

Theo se detuvo en el umbral. Su cara brillaba de sudor y la camisa de hilo se pegaba a su torso, poniendo de relieve su cuerpo nervudo. No dijo nada, sino que se acercó a la bandeja de té y a las tres hileras de emparedados que había al lado. Se apoderó de tres bocadillos de huevo con ensalada y los devoró en rapidísima sucesión, sin dar importancia al hecho de que se habían resecado. Ni siquiera pareció caer en la cuenta de que el té, al que añadió un terrón de azúcar, se había enfriado veinte minutos antes.

– Si el verano sigue así, la temporada será excelente para el parque de atracciones del muelle -dijo Theo, pero sus palabras sonaron cautelosas, como si estuviera pensando en algo más que en el parque de atracciones. Las antenas de Agatha se izaron, pero no dijo nada-. Es una pena que no tengamos terminado el restaurante hasta agosto, porque lo amortizaríamos en un abrir y cerrar de ojos. Hablé con Gerry DeVitt sobre la fecha de terminación, pero cree que no hay muchas esperanzas de acelerar las obras. Ya conoces a Gerry. Hay que hacer las cosas bien. Sin reducir la calidad. -Theo cogió otro emparedado, esta vez de pepino-. Y sin reducir gastos, por supuesto.

– ¿Por eso has llegado tarde?

Agatha necesitaba sentarse (notaba que sus piernas habían empezado a temblar, al igual que los brazos), pero se negaba a permitir que su cuerpo se rebelara contra los dictados de su mente.

Theo negó con la cabeza. Se acercó a ella con la taza de té frío y depositó un seco beso en su mejilla.

– Hola -dijo-. Lamento mi falta de modales. No he comido. ¿No tienes calor con esta rebeca, abuela? ¿Quieres una taza de té?

– Deja de darme coba. No tengo ni un pie en la tumba, por más que tú lo desees.

– No digas tonterías, abuela. Siéntate. Tienes las mejillas coloradas y estás temblando. ¿No te das cuenta? Ven, siéntate.

La mujer rechazó su brazo.

– Deja de tratarme como si fuera subnormal. Me sentaré cuando me dé la gana. ¿Por qué te comportas de una forma tan rara? ¿Qué ha pasado en el pleno municipal?

Era donde ella tendría que haber estado, y habría acudido de no ser por el ataque sufrido diez meses antes. Calor o no, habría estado allí y doblegado a aquella pandilla de misóginos miopes con el poder de su voluntad. Había tardado siglos (por no mencionar una sustanciosa contribución a las arcas de sus campañas) en convencerles de que un pleno municipal extraordinario debía estudiar sus planes de reurbanización para la fachada marítima, y Theo, junto con su arquitecto y un planificador urbano importado de Newport (Rhode Island), había sido designado para encargarse de la presentación.

Theo se sentó y sostuvo la taza de té entre sus rodillas. Hizo girar el líquido, lo engulló de un solo trago y dejó la taza sobre la mesa contigua a su silla.

– ¿No te has enterado?

– ¿De qué?

– Fui a la reunión. Todos fuimos, como tú querías.

– Eso esperaba, desde luego.

– Pero las cosas se complicaron y no se habló de los planes de reurbanización.

Agatha obligó a sus piernas a dar los pasos requeridos sin flaquear. Se irguió ante él.

– ¿No se habló? ¿Por qué no? El único motivo de la reunión era la reurbanización.

– Sí -contestó Theo-, pero se produjo una… bien, supongo que tú lo llamarías una grave interrupción.

Theo pasó el pulgar sobre la superficie grabada del anillo de sello que llevaba (era el anillo de Spi padre). Parecía angustiado, y las sospechas de Agatha se despertaron de inmediato. A Theo no le gustaban los conflictos, y si en aquel momento estaba inquieto, tenía que ser porque le había fallado. Maldito fuera el muchacho. Sólo le había pedido que colaborara con una sencilla presentación, y había logrado estropearla con su ineptitud habitual.

– Un concejal se nos opone -dijo-. ¿Quién? ¿Malik? Sí, es Malik, ¿verdad? Ese advenedizo con cara de mulo aporta a la ciudad un pedazo de verde que él llama parque, y al que da el nombre de uno de sus salvajes parientes, y de repente decide que ha tenido una visión. Es Akram Malik, ¿no es así? Y el consejo municipal le apoya, en lugar de postrarse de hinojos y dar gracias a Dios porque yo tengo el dinero, los contactos y la decisión de que Balford vuelva a figurar en el mapa.

– No fue Akram -dijo Theo-. Y no fue a propósito de la reurbanización. -Por algún motivo, desvió la vista un momento antes de mirarla a los ojos. Era como si estuviera reuniendo fuerzas para continuar-. No puedo creer que no te hayas enterado. Toda la ciudad lo sabe. Fue por ese otro asunto, abuela. Lo de Nez.

– Oh, eso es ridículo.

Siempre surgía algo acerca de Nez, sobre todo preguntas relacionadas con el libre acceso a una parte de la línea costera cada vez más frágil. Pero siempre se suscitaban preguntas sobre el Nez, y el que un ecologista melenudo escogiera el pleno de la reurbanización (su pleno de la reurbanización, maldita sea) para soltar unas cuantas tonterías sobre aves en extinción u otras formas de vida salvaje, escapaba a su comprensión. Aquel pleno se había previsto varios meses antes. El arquitecto había robado dos días a sus demás proyectos para estar en Balford, y el planificador urbano había volado a Inglaterra pagando los gastos de su propio bolsillo. Su presentación había sido instruida, calculada, orquestada e ilustrada hasta el último detalle, y el hecho de que hubiera sido interrumpida por la preocupación de alguien sobre un promontorio de tierra que amenazaba derrumbarse, cuestión que habría podido discutirse en cualquier otra fecha, en cualquier otro lugar, en cualquier otra hora… Agatha notó que sus temblores empeoraban. Se encaminó hacia el sofá y se sentó.

– ¿Cómo permitiste que eso sucediera? -preguntó a su nieto-. ¿No protestaste?

– No pude hacerlo. Las circunstancias…

– ¿Qué circunstancias? El Nez seguirá en su sitio la semana que viene, el mes que viene y el año que viene, Theo. No entiendo por qué era tan perentoria una discusión sobre el Nez nada menos que hoy, precisamente.

– No fue por el Nez -dijo Theo-. Fue por esa muerte. La que ocurrió allí. Una delegación de la comunidad asiática vino a la reunión y exigió ser recibida. Cuando el consistorio intentó darles largas…

– ¿Por qué querían ser recibidos?

– Por ese hombre que murió en el Nez. Venga, abuela. La historia venía en primera plana del Standard. Tienes que haberla leído. Sé que Mary Ellis te habrá venido con habladurías.

– Yo no escucho habladurías.

Theo se acercó a la mesita auxiliar y se sirvió otra taza de Darjeeling frío.

– Como quieras -dijo, dando a entender que no la había creído ni por un momento-. Cuando el consejo intentó sacudirse de encima a la delegación, invadieron el ayuntamiento.

– ¿Quiénes?

– Los asiáticos, abuela. Había más fuera, esperando una señal. Cuando la recibieron, empezaron a ejercer presión sobre nosotros. Gritaron, tiraron ladrillos. La cosa se puso fea. La policía tuvo que calmar a todo el mundo.

– Pero era nuestro pleno.

– Sí, lo era, pero se convirtió en el de otros. No hubo forma de evitarlo. Volveremos a convocarlo cuando la situación se calme.

– Deja de hablar como un papanatas.

Agatha golpeó el suelo alfombrado con el bastón. No hizo prácticamente ruido, lo cual la enfureció todavía más. Tenía ganas de lanzar cosas por los aires. Algunos platos rotos tampoco le sentarían nada mal.

– «¿Volveremos a convocarlo…?» ¿Dónde crees que esa clase de mentalidad te llevará en la vida, Theodore Michael? Este pleno se convocó para satisfacer nuestras necesidades. Nosotros lo solicitamos. Esperamos a que llegara el momento oportuno para ello. Y ahora me dices que un grupo plañidero de aceitunos analfabestias, que ni siquiera debieron tomarse la molestia de bañarse antes de hacer acto de aparición…

– Abuela. -La piel clara de Theo estaba enrojeciendo-. Los paquistaníes se bañan tanto como nosotros, y aunque no lo hicieran, lo que importa no es su higiene, ¿verdad?

– Tal vez puedas decirme qué es lo que importa.

Theo volvió a sentarse ante ella. Su taza tintineó en el platillo de una forma que le dio ganas de aullar.

¿Cuándo aprendería a comportarse como un Shaw, por el amor de Dios?

– Ese hombre se llamaba Haytham Querashi…

– Lo sé muy bien -interrumpió su abuela.

Theo enarcó una ceja.

– Ah -dijo. Dejó la taza con cuidado sobre la mesa y concentró su atención en ella, en lugar de en su abuela, mientras hablaba-. En ese caso, tal vez sepas también que iba a casarse con la hija de Akram Malik la semana que viene. Es evidente que la comunidad asiática no cree que la policía se está esforzando lo bastante para llegar al fondo del enigma. Trasladaron sus agravios al pleno municipal. Fueron especialmente duros… Bien, fueron duros con Akram. Intentó controlarlos. No le hicieron el menor caso. Sufrió una humillación en toda regla. Después de eso, no podía solicitar otra reunión. No habría sido justo.

Pese a la interrupción que había provocado en sus planes, aquella información no dejó de proporcionar cierta satisfacción a Agatha. Además de que el hombre había suscitado su ira por inmiscuirse de mala manera en su pasión especial -reurbanizar Balford-, no había perdonado a Akram Malik que hubiera ocupado su puesto en el consejo municipal. En realidad, no se había presentado contra ella, pero tampoco rechazó el nombramiento cuando se necesitó a alguien para ocupar su puesto hasta que se celebrara una elección complementaria. Y cuando esa elección complementaria se celebró y ella se encontraba demasiado enferma para presentarse, Malik sí se había presentado, con tanto entusiasmo como si estuviera compitiendo por un escaño en la Cámara de los Comunes. Por lo tanto, pensar que el hombre había sido maltratado por su propia comunidad la complacía.

– Imagina cómo se habrá puesto el viejo Akram, expuesto a la vergüenza de que sus queridos paquis le ridiculizaran en público. Ojalá hubiera estado allí. -Observó que Theo se encogía. El señor compasión. Siempre fingía ser un memo-. No me digas que no sientes lo mismo, jovencito. Eres un Shaw de pies a cabeza y lo sabes. Nosotros tenemos nuestras costumbres y ellos las suyas, y el mundo sería un lugar mejor si cada uno se atuviera a las suyas. -Golpeó la mesa con los nudillos para llamar su atención-. Intenta decirme que no estás de acuerdo. Tuviste más de una pelea con chicos de color cuando ibas al colegio.

– Abuela…

¿Qué notaba en la voz de Theo? ¿Impaciencia? ¿Ganas de congraciarse? ¿Condescendencia? Agatha miró a su nieto con los ojos entornados.

– ¿Qué? -preguntó.

Theo no contestó enseguida. Tocó el borde de su taza con aire meditabundo, como sumido en sus pensamientos.

– Eso no es todo -dijo-. Me dejé caer por el muelle. Después de lo sucedido en la reunión, pensé que sería una buena idea comprobar si todo iba bien en el parque de atracciones. Por eso he llegado tarde, a propósito.

– ¿Y?

– Menos mal que fui. Cinco tíos se estaban peleando en el parque, justo delante del salón recreativo.

– Bien, espero que los pusieras de patitas en la calle, fueran quienes fueran. Si el parque de atracciones coge fama de sitio donde los gamberros locales agreden a los turistas, ya podemos olvidarnos de la reurbanización.

– No eran gamberros -dijo Theo-. Tampoco eran turistas.

– Entonces ¿qué eran?

Se estaba poniendo nerviosa otra vez. Notó una ominosa afluencia de sangre en los oídos. Si su presión estaba subiendo, lo pagaría caro la siguiente vez que fuera al médico. Otros seis meses de forzada convalecencia, sin duda, que no creía poder soportar.

– Eran adolescentes -dijo Theo-. Chavales de la ciudad. Asiáticos e ingleses. Dos de ellos llevaban cuchillo.

– Justo de eso te estaba hablando. Cuando la gente no se ciñe a lo suyo, hay problemas. Si permitimos la entrada a inmigrantes de una cultura que no respeta la vida humana, no puede sorprendernos que representantes de esa cultura vayan por ahí armados con cuchillos. La verdad, Theo, tuviste suerte de que no llevaran cimitarras.

Theo se levantó con brusquedad. Caminó hasta los bocadillos. Cogió uno, y luego lo dejó. Cuadró los hombros.

– Abuela, eran los chicos ingleses los que llevaban cuchillos.

Ella se recuperó con suficiente rapidez para replicar con aspereza:

– Espero que se los quitaras.

– Lo hice, pero ésa no es la cuestión.

– Entonces, haz el favor de decirme cuál es la cuestión, Theo.

– Los ánimos se están caldeando. No va a ser agradable. Balford-le-Nez se va a encontrar con serios problemas.

Capítulo 3

Encontrar una ruta conveniente para salir en dirección a Essex era una misión casi imposible. Barbara se enfrentaba a la elección de cruzar casi todo Londres y abrirse paso entre el tráfico enloquecedor, o arriesgar el vehículo a las incertidumbres de la M25, que circunvalaba la megalópolis y, en el mejor de los casos, exigía renunciar de forma temporal a los planes de llegar a tiempo al destino elegido. En cualquier caso, el sudor estaba asegurado. Porque la llegada de la noche no había traído consigo el menor descenso de temperatura.

Eligió la M25. Después de tirar la mochila al asiento trasero y coger una botella de Volvic, un paquete de patatas fritas, un melocotón y una nueva provisión de Players, partió hacia las vacaciones prescritas. El hecho de que no fueran unas vacaciones auténticas no la molestaba en lo más mínimo. Diría con desenvoltura «Oh, he ido a la playa, querido» si alguien le preguntaba en qué había empleado su tiempo libre.

Entró en Balford-le-Nez y pasó delante de la iglesia de St. John cuando las campanas de la torre daban las ocho. Encontró la ciudad costera poco cambiada desde los tiempos en que pasaba las vacaciones de verano con su familia y los amigos de sus padres: los corpulentos y malolientes señores Jenkins (Bernie y Bette), que año tras año seguían al Vauxhall algo oxidado de los Havers en su Renault, compulsivamente abrillantado, desde su barrio londinense de Acton hasta el mar.

Los alrededores de Balford-le-Nez tampoco habían sufrido alteraciones desde la última vez que Barbara había estado allí. Los campos de trigo de la península de Tendring daban paso, al norte de la carretera de Balford, al Wade, una marisma esclava del flujo de la marea en el que desembocaban el canal de Balford y un estrecho estuario llamado el Twizzle. Cuando subía la marea, el agua del Wade creaba islas a partir de cientos de excrecencias cenagosas. Cuando la marea se retiraba, lo que quedaba eran extensiones de barro y arena sobre las que algas verdes proyectaban brazos fangosos. Al sur de la carretera de Balford, aún se alzaban pequeños enclaves de casas. Algunas de éstas, rechonchas y con paredes de estuco, agraciadas con muy escasa vegetación, eran las antiguas casas de veraneo ocupadas por familias que, como la de Barbara, escapaban del calor de Londres.

Este año, sin embargo, no había escapatoria. El viento que entraba por la ventanilla del Mini y revolvía el pelo mal cortado de Barbara era casi tan caliente como el viento que había notado horas antes, mientras salía de Londres.

En el cruce de la carretera de Balford con la High Street, frenó y pasó revista a sus opciones. No tenía alojamiento, luego debía encargarse de ello. Su estómago no paraba de rugir, luego había que alimentarlo. No tenía ni idea sobre qué clase de investigación se estaba llevando a cabo en relación a la muerte del paquistaní, luego debía averiguarlo también.

Al contrario que su oficial superior, quien nunca parecía capaz de conseguirse una comida decente, Barbara era de las que no descuidaba su estómago. En consecuencia, giró a la izquierda y bajó por la suave pendiente de la calle Mayor, al otro lado de la cual divisó por primera vez el mar.

Al igual que en su adolescencia, no había pocos restaurantes en Balford, y daba la impresión de que la mayoría no habían cambiado de manos (ni de pintura) en los años transcurridos desde su última visita. Se decantó por el restaurante Breakwater, que servía sus comidas, tal vez con una intención ominosa, justo al lado de D. K. Corney, un establecimiento comercial cuyo letrero anunciaba que sus empleados eran directores de pompas fúnebres, constructores, decoradores y mecánicos de calentadores. Una especie de tienda para todo, decidió Barbara. Aparcó el Mini con uno de los neumáticos delanteros sobre el bordillo y fue a ver qué ofrecía el Breakwater.

Poca cosa, descubrió, un hecho del que debían ser conscientes otros comensales, pues aunque era la hora de cenar, se encontró sola en el restaurante. Escogió una mesa cerca la puerta, con la esperanza de pillar alguna brisa marina errante, en el caso improbable de que se decidiera a soplar. Extrajo el menú de su soporte, que lo mantenía vertical al lado de un jarrón de claveles de plástico. Después de utilizarlo a modo de abanico durante un minuto, le echó un vistazo y decidió que el Mega-Menú no era para ella, pese a su precio de oferta (cinco libras y media por chorizo, bacon, tomate, huevos, champiñones, filete, frankfurt, riñones, hamburguesa, costillas de cordero y patatas fritas). Apostó por la especialidad declarada del restaurante: conejo con queso derretido. La atendió una camarera adolescente que exhibía una mancha impresionante en mitad de la barbilla, y un momento después observó que el restaurante Breakwater le iba a proporcionar algo más que una cena.

Al lado de la caja descansaba un periódico. Barbara fue a buscarlo, al tiempo que intentaba hacer caso omiso de los desagradables sonidos de succión que sus bambas hacían al caminar sobre el suelo pegajoso del restaurante.

Las palabras Tendring Standard estaban impresas en azul sobre la cabecera. Iban acompañadas de un león rampante y el jactancioso anuncio PERIÓDICO DEL AÑO EN ESSEX. Barbara se llevó el diario a la mesa y lo dejó sobre el mantel de plástico, que contaba con artísticos relieves de diminutas flores blancas y estaba manchado con los restos de una clientela numerosa.

El periódico era un manoseado ejemplar de la tarde anterior, y Barbara no tuvo que pasar de la primera página, porque la muerte de Haytham Querashi era, al parecer, el primer «fallecimiento sospechoso» que ocurría en la península de Tendring desde hacía más de cinco años. Como tal, estaba recibiendo un tratamiento periodístico de primera.

La primera plana exhibía una foto del muerto, así como una del lugar donde habían encontrado el cadáver. Barbara estudió las dos fotografías.

En vida, Haytham Querashi tenía un aspecto bastante inocuo. Su rostro moreno era agradable, pero olvidable. El pie de foto indicaba que tenía veinticinco años, pero parecía mayor, como resultado de su expresión sombría, efecto que aumentaba su cabeza calva. Iba afeitado y era carilleno, y Barbara adivinó que habría acumulado bastante sobrepeso en la madurez, de haber vivido para contarlo.

La segunda foto mostraba un nido de ametralladoras abandonado situado en la playa, al pie del acantilado. Estaba hecho de hormigón gris, tachonado de guijarros. Tenía forma hexagonal, con una entrada pegada al suelo. Barbara había visto la edificación años antes, durante un paseo con su hermano menor. Habían observado que un chico y una chica echaban miradas subrepticias a su alrededor, antes de colarse en su interior un día nublado. El hermano de Barbara había preguntado con inocencia si los dos adolescentes iban a jugar a la guerra. Barbara había comentado con ironía que tenían en mente la idea de llevar a cabo una invasión. Había alejado a Tony del nido.

– Les puedo ayudar con ruidos de ametralladoras -se ofreció el niño. Ella le había asegurado que los efectos de sonido no eran necesarios.

Llegó su cena. La camarera dispuso los cubiertos (que daban la impresión de haber sido lavados con indiferencia) y colocó el plato delante de ella. Había tenido el detalle de no examinar el rostro vendado de Barbara cuando tomó nota, pero ahora le dirigió una mirada ansiosa.

– ¿Le importa que le haga una pregunta?

– Limonada -contestó Barbara-. Con hielo. Supongo que no tendrán un ventilador, ¿verdad? Estoy a punto de licuarme.

– Se averió ayer -dijo la muchacha-. Lo siento. -Acarició la mancha de su barbilla de una forma muy poco atrayente-. Es que estoy pensando en hacérmelo, cuando tenga dinero. Me estaba preguntando si duele mucho.

– ¿Qué?

– Su nariz. ¿No se la ha arreglado? Por eso lleva tantos vendajes, ¿verdad? -Alzó el dispensador de servilletas de cromo y estudió su reflejo-. La quiero más corta. Mamá dice que debo dar gracias a Dios por lo que tengo, pero yo digo, ¿para qué inventó Dios la cirugía estética, sino para utilizarla? También quiero hacerme los pómulos, pero la nariz es lo primero.

– No fue cirugía -dijo Barbara-. Me la rompí.

– ¡Qué suerte! -exclamó la muchacha-. ¡Y se consiguió una nueva mediante la Seguridad Social! Me pregunto…

No cabía duda de que estaba meditando sobre la posibilidad de empotrarse contra una puerta, con las napias bien preparadas.

– Sí, bueno, no te preguntan cómo la quieres -dijo Barbara-. Si se hubieran molestado en preguntar habría pedido una como la de Michael Jackson. Siempre me han entusiasmado las ventanas de la nariz perpendiculares.

Agitó el periódico con énfasis.

La muchacha, cuya placa la identificaba como Susi, apoyó una mano en la mesa, observó lo que Barbara estaba leyendo y dijo en tono confidencial:

– Nunca tendrían que haber venido. Eso les pasa por ir a donde no los quieren.

Barbara bajó el periódico y pinchó con el tenedor un trozo de huevo escalfado.

– ¿Perdón? -dijo.

Susi indicó el periódico con un cabeceo.

– Esos aceitunos. Además, ¿qué están haciendo aquí? Aparte de montar un cirio, como esta tarde.

– Mejorar su nivel de vida, supongo.

– Bah. ¿Por qué no lo mejoran en otra parte? Mi mamá ya dijo que habría problemas si les dejábamos establecerse aquí, y mire lo que ha pasado: uno de ellos sufre una sobredosis en la playa, y los demás empiezan a gritar que es un asesinato.

– ¿La muerte está relacionada con las drogas?

Barbara empezó a explorar los párrafos del artículo, en busca de los detalles pertinentes.

– ¿Qué otra cosa podría ser? -preguntó Susi-. Todo el mundo sabe que se tragan bolsas de opio y Dios sabe qué más en Pakistán. Lo entran de contrabando en el país metido en el estómago. Cuando llegan aquí, se encierran en una casa hasta que hacen de cuerpo y lo sacan. Después, ya pueden marcharse. ¿No lo sabía? Lo vi en la tele una vez.

Barbara recordó la descripción de Haytham Querashi que había oído en la televisión. El locutor le había descrito como recién llegado de Pakistán, ¿no? Se preguntó por primera vez si había malinterpretado los datos al precipitarse hacia Essex, guiada por una manifestación televisada y el misterioso comportamiento de Taymullah Azhar.

Susi continuó.

– Sólo que en este caso, una de las bolsas se rompió en los intestinos del tío y se arrastró hasta el nido de ametralladoras para morir. De esa forma, no deshonraría a su pueblo. Son unos especialistas en eso, de veras.

Barbara volvió al artículo y empezó a leerlo con interés.

– ¿Ya han practicado la autopsia, pues?

Susi parecía muy segura de la veracidad de sus datos.

– Todos sabemos lo que pasó. ¿De qué sirve una autopsia? Pero dígaselo a esos aceitunos. Cuando se descubra que murió de una sobredosis, nos culparán a nosotros. Ya lo verá.

Giró sobre sus talones y se encaminó a la cocina.

– Mi limonada -llamó Barbara, mientras la puerta giratoria se cerraba a la espalda de la chica.

Sola de nuevo, Barbara leyó el resto del artículo sin más interrupciones. Vio que el muerto había sido jefe de producción de un negocio local llamado Malik's Mustards & Assorted Accompaniments. Era propiedad de un tal Akram Malik, quien, según el artículo, era también concejal del ayuntamiento. En el momento de su muerte (que en opinión del DIC local había tenido lugar el viernes por la noche, casi cuarenta y ocho horas antes de que Barbara llegara a Balford), faltaban ocho días para que el señor Querashi contrajera matrimonio con la hija de Malik. Fue su futuro cuñado y activista político local, Muhannad Malik, quien, tras el descubrimiento del cadáver, había arengado a las masas para exigir al DIC que investigara. Si bien el DIC se había hecho cargo al instante de la investigación, aún no se había anunciado oficialmente la causa de la muerte. Como resultado de todo esto, Muhannad Malik había prometido que otros miembros destacados de la comunidad asiática le ayudarían a acosar a los investigadores. «Sería absurdo fingir que ignoramos el significado de la expresión "llegar al fondo de la verdad" cuando se aplica a los asiáticos», había dicho textualmente Malik el sábado por la tarde.

Barbara apartó a un lado el periódico cuando Susi volvió con su vaso de limonada, en el que flotaba con buenas intenciones un solo cubito de hielo. Barbara cabeceó para darle las gracias y hundió la cabeza en el periódico para frustrar más comentarios. Necesitaba pensar.

Le cabían pocas dudas de que Taymullah Azhar era el «miembro destacado de la comunidad asiática» que Muhannad Malik había prometido traer. La precipitada partida de Londres de Azhar al cabo de tan poco tiempo de lo ocurrido no dejaba lugar a engaños. Había ido a Balford, y Barbara sabía que toparse con él sólo era cuestión de tiempo.

No tenía idea de cómo recibiría su intención de interponerse entre él y la policía local. Por primera vez fue consciente de su presuntuosidad, al pensar que Azhar iba a necesitar su intercesión. Era un hombre inteligente, Santo Dios, era un profesor universitario, de modo que debía saber bien en qué se estaba metiendo.

Barbara recorrió con el dedo la humedad acumulada en el lateral del vaso y meditó sobre su pregunta. Lo que sabía acerca de Taymullah Azhar lo había averiguado gracias a las conversaciones con su hija. A partir del comentario de Hadiyyah, «Papá tuvo una clase muy tarde anoche», había llegado a la conclusión inicial de que era un estudiante. Esta conclusión no estaba basada tanto en una idea preconcebida como en la edad aparente del hombre. Tenía aspecto de estudiante, y cuando Barbara descubrió que era profesor de microbiología, su asombro estuvo más relacionado con el descubrimiento de su edad que con estereotipos raciales no confirmados. A los treinta y cinco años, sólo era dos años mayor que Barbara. Lo cual era exasperante, pues aparentaba diez menos.

Dejando aparte la edad, Barbara sabía que una cierta ingenuidad era inherente a la profesión de Azhar. La torre de marfil propia de su carrera le protegía de las realidades cotidianas. Sus preocupaciones girarían alrededor de laboratorios, experimentos, conferencias y artículos impenetrables escritos para revistas científicas. El delicado baile del trabajo policial sería tan ajeno a él como para ella las bacterias anónimas observadas mediante un microscopio. La política de la vida universitaria (que Barbara había llegado a conocer de lejos cuando trabajó en un caso en Cambridge el otoño anterior) no era nada comparada con la política policial. Una impresionante lista de publicaciones, apariciones en conferencias y títulos universitarios no equivalía a la experiencia en el trabajo y la mente volcada en el análisis del asesinato. Sin duda, Azhar descubriría este hecho en cuanto empezara a hablar con el oficial al mando de la investigación, si ésa era su intención.

Pensar en aquel oficial motivó que Barbara se zambullera de nuevo en el periódico. Si iba a inmiscuirse tarjeta de identificación en ristre, con la esperanza de facilitar la presencia de Taymullah Azhar en el lugar de los hechos, le ayudaría saber quién dirigía el cotarro.

Empezó un segundo artículo relacionado con la historia, en la tercera página del periódico. Encontró el nombre que buscaba en el primer párrafo. De hecho, todo el artículo giraba en torno al susodicho oficial. Porque no sólo era el primer «fallecimiento sospechoso» acaecido en la península de Tendring desde hacía más de cinco años, sino que también era la primera investigación conducida por una mujer.

Era la recién ascendida inspectora jefe detective Emily Barlow, y Barbara murmuró, «Puta mierda, aleluya», y después se permitió una sonrisa de satisfacción cuando vio el nombre. Porque había seguido los tres últimos cursos de detective en la escuela de Maidstone, al lado de Emily Barlow.

Era una buena señal, se dijo Barbara: un golpe de suerte, un mensaje de los dioses, una inscripción garabateada (con luces de neón rojas, por ejemplo) en la pared de su futuro. No sólo era una cuestión de que ya conocía a Emily Barlow, y por lo tanto contaba con un pasaporte a la investigación gracias a una pasada familiaridad con la jefa del equipo. También era una cuestión de circunstancias favorables que le permitirían llevar a cabo unas prácticas capaces de catapultar su carrera. Porque la verdad era que no había mujer más competente, más capacitada para las investigaciones criminales y más ducha en la política del trabajo policial que Emily Barlow. Y Barbara sabía que trabajar durante una semana al lado de Emily le enseñaría más que cualquier libro de texto sobre criminología.

El apodo de Emily durante los cursos de detective que habían seguido juntas era Barlow la Bestia. En un mundo en que los hombres se alzaban hasta posiciones de autoridad por el mero hecho de ser hombres, Emily se había abierto paso como una exhalación entre las filas del DIC, demostrando que era igual al sexo opuesto en todos los sentidos.

– ¿Sexismo? -había dicho una noche, en respuesta a una pregunta de Barbara sobre el problema. Se estaba ejercitando furiosamente en una máquina de remar, y no aminoró la velocidad ni un ápice mientras contestaba-. No surge. En cuanto los tíos saben que irás a por sus pelotas si se pasan un pelo, no lo hacen. Pasarse un pelo, quiero decir.

Y continuó adelante con un solo objetivo en su mente: llegar a ser jefe de policía. Como Emily Barlow había sido nombrada IJD a los treinta y siete años, Barbara sabía que alcanzaría su meta con facilidad.

Barbara terminó la cena, pagó y dejó a Susi una propina generosa. Mucho más animada que en los últimos días, volvió al Mini y arrancó con un rugido. Ahora podría vigilar a Hadiyyah. Podría ocuparse de que Taymullah Azhar no se metiera en líos. Y como premio adicional a sus esfuerzos, podría ver a Barlow la Bestia trabajar en un caso, con la esperanza de que un poco del notable polvo cósmico de la IJD cayera sobre los hombros de una sargento.

– ¿Necesito enviar a Presley para que la ayude, inspectora?

La IJD Emily Barlow oyó la intencionada pregunta de su superintendente detective y la tradujo mentalmente antes de responder. Lo que en realidad quería decir era «¿Consiguió aplacar a los paquistaníes? Porque si no, tengo a otro IJD que puede hacer el trabajo como se debe en lugar de usted». Donald Ferguson quería ascender al cargo de subjefe de policía, y lo último que deseaba era que el sendero bien asfaltado de su carrera se viera afectado de repente por baches políticos.

– No necesito la ayuda de nadie, Don. La situación está controlada.

Ferguson ladró una carcajada.

– Tengo a dos hombres en el hospital y un rebaño de paquistaníes dispuestos a estallar. No me diga que la situación está controlada, Barlow. ¿Cuál es la realidad?

– Les conté la verdad.

– Una maniobra brillante.

Al otro extremo de la línea telefónica, la voz de Ferguson rezumaba sarcasmo. Emily se preguntó por qué el súper estaba trabajando todavía a aquellas horas de la noche, pues hacía mucho rato que los manifestantes paquistaníes se habían dispersado y al superintendente nunca le había gustado trabajar hasta muy tarde. Sabía que estaba en su despacho porque le había devuelto la llamada allí, y se había apresurado a aprender el número de memoria cuando comprendió que devolver llamadas telefónicas de las alturas iba incluido en el lote de su nuevo trabajo.

– Ha sido muy brillante, Barlow -continuó el hombre-. ¿Puedo preguntarle cuánto tiempo cree que pasará antes de que ese individuo saque a su gente de nuevo a las calles?

– Si me diera más hombres, no tendríamos que preocuparnos por las calles ni por nada.

– No va a recibir nada más. A menos que quiera a Presley.

¿Otro IJD? Ni por asomo, pensó.

– No necesito a Presley. Necesito una presencia policial visible en la calle. Necesito más agentes.

– Lo que necesita es romper unas cuantas cabezas. Si no es capaz de hacer eso…

– Mi trabajo no consiste en controlar a las multitudes -interrumpió Emily-. Estamos tratando de investigar un asesinato, y la familia del fallecido…

– ¿Puedo recordarle que los Malik no son la familia de Querashi, pese a que da la impresión de que esta gente vive formando una pina?

Emily se secó el sudor de la frente. Siempre había sospechado que Donald Ferguson era un capullo disfrazado de cerdo, y todos sus comentarios no servían más que para corroborar aquella sospecha. Quería sustituirla. Ardía en deseos de sustituirla. La menor excusa, y su carrera sería historia. Emily se armó de paciencia.

– Con el matrimonio, iba a integrarse en esa familia, Don.

– Y les dijo la verdad. Provocaron un alboroto del copón esta tarde, y a cambio les dijo la verdad. ¿Tiene idea de hasta qué punto socava eso su autoridad, inspectora?

– Es inútil ocultarles la verdad, porque es el primer grupo de gente que pienso interrogar. Ilumíneme, por favor. ¿Cómo espera que dirija una investigación de asesinato sin decir a nadie que tenemos entre manos un asesinato?

– No emplee ese tono conmigo, inspectora Barlow. ¿Qué ha hecho Malik hasta el momento? Aparte de instigar los disturbios. ¿Y por qué cono no está detenido?

Emily no señaló lo evidente a Ferguson: la multitud se había dispersado en cuanto la televisión había dejado de filmar, y nadie había sido capaz de pescar a los que tiraban ladrillos.

– Ha hecho exactamente lo que dijo que haría. Muhannad Malik nunca profiere amenazas en vano, y no creo que empiece a hacerlo sólo para hacernos un favor.

– Gracias por la descripción del personaje. Ahora, conteste a mis preguntas.

– Ha traído a alguien de Londres, tal como prometió. Un experto en lo que él llama «política de la inmigración».

– Dios nos coja confesados -murmuró Ferguson-. ¿Qué le dijo?

– ¿Quiere las palabras exactas, o sólo el contenido?

– Ahórrese las ironías, inspectora. Si quiere decir algo, sugiero que lo diga ahora mismo, y acabemos de una vez.

Había mucho que decir, pero no era el momento.

– Don, es tarde. Estoy hecha polvo. Aquí dentro debe de haber treinta grados, y me gustaría llegar a casa antes del amanecer.

– Eso puede arreglarse -dijo Ferguson.

Jesús. Qué despreciable tiranuelo. Cómo le gustaba imponer su rango. Cómo lo necesitaba. Si el superintendente hubiera estado en el despacho de Emily, se lo imaginaba bajándose la cremallera de los pantalones para demostrar cuál de los dos era el hombre.

– Dije a Malik que habíamos llamado a un patólogo del Ministerio del Interior, que practicará la autopsia mañana por la mañana -contestó-. Dije que la muerte del señor Querashi parece ser lo que él imaginó desde un principio: un asesinato. Le dije que el Standard va a publicar la historia mañana. ¿De acuerdo?

– Me gusta eso de «parece» -dijo Ferguson-. Nos proporciona un balón de oxígeno para mantener la situación controlada. Espero que empiece a ocuparse de ello.

Colgó como solía ser su costumbre, dejando caer el receptor sobre la horquilla. Emily apartó el teléfono de su oído y colgó también.

En la habitación sin aire que era su despacho, cogió un pañuelo de papel y lo apretó contra su cara. Cuando lo apartó, estaba manchado de sudor. Habría dado el dedo gordo del pie por un ventilador. Habría dado todo el pie por aire acondicionado. De hecho, sólo le quedaba una lata de zumo de tomate tibio, que era mejor que nada para paliar los efectos del calor sofocante del día. La alcanzó y utilizó un lápiz para abrir la tapa. Bebió un sorbo y empezó a masajearse la nuca. Necesito un poco de ejercicio, pensó, y reconoció de nuevo que una de las desventajas de su profesión, además de tener que lidiar con cerdos como Ferguson, era tener que postergar la actividad física más a menudo de lo que deseaba. Si hubiera podido imponer sus costumbres, haría horas que estaría remando, en lugar de plegarse a las exigencias de su deber: devolver las llamadas del día.

Tiró el último de sus mensajes telefónicos retornados a la basura, y a continuación la lata de zumo de tomate. Estaba embutiendo un montón de expedientes en su bolsa de lona, cuando uno de los agentes destinados a investigar el caso Querashi apareció en la puerta con varias páginas sin cortar de fax.

– Aquí están los antecedentes de Muhannad Malik que me había pedido -anunció Belinda Warner-. La Unidad de Inteligencia de Clacton los acaba de enviar. ¿Los quiere ahora o por la mañana?

Emily extendió la mano.

– ¿Algo más aparte de lo que ya sabíamos?

Belinda se encogió de hombros.

– Si quiere saber mi opinión, no es el niño favorito de nadie, pero aquí no hay nada que lo confirme.

Era lo que Emily había esperado. Dio las gracias con un cabeceo y la gente desapareció por el pasillo. Un momento después, sus pasos resonaron en la escalera del edificio mal ventilado que albergaba la comisaría de policía de Balford-le-Nez.

Como era su costumbre, Emily leyó por encima todo el informe antes de llevar a cabo un estudio más detallado. Un aspecto del problema destacaba sobre los demás: dejando aparte las amenazas implícitas y ambiciones profesionales de su superintendente, lo último que necesitaba la ciudad era un incidente racial grave, y en eso se estaba convirtiendo a marchas forzadas la muerte ocurrida en el Nez. Junio marcaba el inicio de la temporada turística, y ahora que el calor atraía a los habitantes de las ciudades hacia el mar, la comunidad confiaba en que el final de la larga recesión estaba al caer. Pero ¿cómo podía esperar Balford una gran afluencia de visitantes, si las tensiones raciales empujaban a sus habitantes a invadir la calle para enfrentarse entre sí? La ciudad no se lo podía permitir, y todos los hombres de negocios de Balford lo sabían. Investigar un asesinato, al tiempo que evitaba un estallido de conflictos étnicos, era la delicada proposición que se le presentaba. Y Emily Barlow había llegado a ver con diáfana claridad que Balford se tambaleaba precariamente al borde de un choque angloasiático.

Muhannad Malik, junto con los amiguetes que había sacado a la calle, había sido el mensajero que le había entregado esta información. Emily conocía al joven paquistaní desde los días en que llevaba uniforme, cuando, siendo adolescente, Malik había atraído su atención por primera vez. Como había crecido en las calles del sur de Londres, Emily había aprendido a desenvolverse bien en conflictos que solían ser multirraciales, y había desarrollado una piel de elefante en lo tocante a las mofas dirigidas contra el color de su piel. Cuando era una simple agente, había tenido poca paciencia con aquellos que utilizaban la raza como excusa para todo. Y Malik era un muchacho que, ya a los dieciséis años, esgrimía la excusa de la raza a la menor oportunidad.

Había aprendido a conceder poco crédito a sus palabras. Se había negado a creer que todas las dificultades de la vida podían achacarse a problemas relacionados con la raza. Sin embargo, ahora tenía una muerte entre manos, y no sólo una muerte, sino un asesinato, y la víctima era un asiático que iba a casarse con la hermana de Muhannad Malik. Era inconcebible que, ante aquel asesinato, Malik no intentara establecer una relación entre el crimen y el racismo que, según él, le rodeaba por todas partes.

Y si era posible establecer una relación, el resultado sería lo que Donald Ferguson temía: un verano de conflictos, agresiones y derramamiento de sangre, perspectiva que el caos de aquella tarde había pronosticado.

En respuesta a lo que había ocurrido dentro y fuera del pleno municipal, los teléfonos de la comisaría de policía habían empezado a sonar ininterrumpidamente, en cuanto las mentes de los ciudadanos de Balford dieron el salto desde las pancartas y ladrillos a los actos de extremismo llevados a cabo en los últimos años. Una de las llamadas era de la alcaldesa, y dio como resultado una solicitud oficial de información a los oficiales cuyo trabajo consistía en recabar datos sobre los elementos más proclives a cruzar la frontera del delito. Las páginas que Emily sostenía ahora representaban el material que la unidad de inteligencia había reunido sobre Muhannad Malik durante los últimos diez años.

No había gran cosa, y casi todo parecía inocuo, dando a entender que Muhannad, de veintiséis años, y pese al comportamiento de aquella tarde, se había amansado desde los tiempos inflamados en que había llamado la atención de la policía por primera vez. Emily tenía sus notas y expedientes escolares, su carrera universitaria y su historia laboral. Era el hijo respetuoso de un concejal del ayuntamiento, el devoto marido de su mujer desde hacía tres años, el amantísimo padre de dos niños pequeños y un administrador competente del negocio familiar. En conjunto, salvo por una mancha, se había transformado en un ciudadano modelo.

Pero Emily sabía que las manchas pequeñas solían ocultar imperfecciones más grandes. Así que siguió leyendo. Malik era el fundador reconocido y confeso de Jum'a, una organización de varones jóvenes paquistaníes. El propósito declarado de la organización era estrechar los lazos entre los musulmanes de la comunidad, así como subrayar y celebrar las numerosas diferencias que separaban a esos mismos musulmanes de los occidentales entre los que vivían. El año anterior, se sospechaba la implicación de Jum'a en dos altercados que habían estallado entre jóvenes asiáticos e ingleses. Uno fue por una disputa de tráfico que dio paso a una violenta pelea a puñetazos. El otro incidente tuvo lugar cuando botellas llenas de sangre de vaca fueron arrojadas contra una colegiala asiática por tres miembros de su clase. Los altercados habían tenido lugar después de ambos incidentes, pero nadie quiso denunciar a Jum'a.

No era suficiente para descalificar al hombre. Ni siquiera era suficiente para sospechar de él. De todos modos, el tipo de activismo de Muhannad Malik, exhibido aquel mismo día, no le gustaba un pelo a Emily Barlow, y después de examinar el informe, no había leído nada que la tranquilizara.

Se había encontrado con él y el hombre al que Malik había llamado su experto en «política de inmigración» varias horas después de la manifestación. Muhannad había dejado que su acompañante hablara en casi todo momento, pero había sido imposible pasar por alto su presencia, tal como era su intención.

Proyectaba antipatía. No quiso sentarse. Se quedó de pie, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, y no apartó los ojos de su cara ni un momento. Su expresión de desconfianza desdeñosa desafiaba a Emily a intentar evadirse con mentiras sobre la muerte de Querashi. No había pensado en hacerlo… al menos en lo tocante a los puntos esenciales.

Con el fin de anticiparse a sus exabruptos y subrayar de una manera sutil el hecho de que no existía relación entre la manifestación y la entrevista que les había concedido, Emily había dirigido sus comentarios al acompañante de Muhannad, al que había presentado como su primo Taymullah Azhar. Al contrario que Muhannad, aquel hombre poseía un aire de serenidad, aunque como miembro del khandan de Muhannad, no cabía duda de que Azhar compartiría los puntos de vista de la familia. Por consiguiente, Emily había escogido sus palabras con mucho cuidado.

– Empezamos con la certeza de que la muerte del señor Querashi parecía sospechosa -le dijo-. Una vez determinado ese punto, solicitamos un patólogo al Ministerio del Interior. Llegará mañana para practicar la autopsia.

– ¿Es un patólogo inglés? -preguntó Muhannad.

La implicación era evidente: un patólogo inglés serviría a los intereses de la comunidad inglesa; un patólogo inglés no se tomaría en serio la muerte de un asiático.

– No tengo ni idea de su procedencia étnica. No nos dejan ponerlo en las solicitudes.

– ¿En qué punto se encuentra la investigación?

Taymullah Azhar tenía una forma curiosa de hablar, cortés sin llegar a ser deferente. Emily se preguntó cómo lo conseguía.

– En cuanto la muerte fue calificada de sospechosa, el lugar de los hechos fue sometido a vigilancia -contestó Emily.

– ¿Qué lugar es ése?

– El nido de ametralladoras situado al pie del Nez.

– ¿Se ha establecido que murió en el nido de ametralladoras?

Azhar era muy listo. Emily admiró esa cualidad.

– No hay nada establecido todavía, aparte del hecho de que está muerto y…

– Y tardaron seis horas en establecer eso -interrumpió Muhannad-. Imagina las prisas que hubieran dado a los policías si el cuerpo hubiera sido de un blanco.

– … y, como la comunidad asiática sospechaba, da la impresión de que es un asesinato -terminó Emily.

Aguardó la reacción de Malik. No había parado de gritar «asesinato» desde que el cadáver había sido descubierto, treinta y cuatro horas antes. No deseaba negarle aquel momento de triunfo.

Aprovechó la oportunidad al instante.

– Como yo dije -declaró-. Si no les hubiera acosado desde ayer por la mañana, supongo que habrían calificado la muerte de desafortunado accidente.

Emily procuró contenerse. Lo que deseaba el asiático era una buena discusión. Una disputa verbal con la oficial que dirigía la investigación enardecería a los suyos. Una conversación meticulosa, dando cuenta de los hechos, sería mucho menos útil. Hizo caso omiso de su pulla.

– Ayer el equipo forense dedicó unas ocho horas a registrar el lugar -explicó a su primo-. Guardaron en bolsas las pruebas, y las han llevado al laboratorio para su análisis.

– ¿Cuándo espera tener los resultados?

– Les advertimos que el caso goza de máxima prioridad.

– ¿Cómo murió Haytham? -interrumpió Muhannad.

– Señor Malik, he intentado explicárselo dos veces por teléfono y…

– No esperará que me crea que aún no sabe cómo fue asesinado Querashi, ¿verdad? Su médico forense ha visto el cadáver. Admitió por teléfono que usted misma lo había visto.

– Mirar un cadáver no revela nada -explicó Emily-. Su padre se lo puede decir. Llevó a cabo la identificación oficial, y me atrevería a decir que estaba tan a oscuras como nosotros.

– ¿Es correcta nuestra suposición de que no había ninguna pistola implicada? -preguntó en voz baja Azhar-. ¿Ni cuchillo, garrotes o sogas? Lo digo porque habrían dejado marcas en el cuerpo.

– Mi padre dijo que sólo vio un lado de la cara de Haytham -dijo Muhannad. El comentario posterior fortaleció las implicaciones de su frase-. Mi padre dijo que sólo le dejaron ver un lado de su cara. El cadáver estaba cubierto con una manta que se bajó hasta la barbilla durante menos de quince segundos. Eso fue todo. ¿Qué está ocultando, inspectora?

Emily se sirvió agua de una jarra que había sobre la mesa situada detrás del escritorio. Ofreció a los hombres. Ambos declinaron la invitación, muy acertadamente, porque se había bebido la última que quedaba y no tenía ganas de enviar a por más. Bebió con avidez, pero el agua tenía un vago sabor metálico y le dejó un gusto desagradable en la lengua.

Explicó a los asiáticos que no estaba ocultando nada porque no había nada que ocultar en aquella fase preliminar de la investigación. La hora de la muerte había sido fijada entre las diez y media y las doce y media del viernes por la noche. Antes de llegar a la conclusión de que se trataba de un asesinato, el patólogo había establecido que la muerte del señor Querashi no era un suicidio, ni producida por causas naturales. Pero eso era todo…

– ¡Tonterías! -exclamó Muhannad, como única conclusión lógica a sus comentarios-. Si puede decir que no fue un suicidio, ni producida por causas naturales, y aun dice que parece un asesinato, ¿cómo quiere que nos creamos que no sabe cómo fue asesinado?

Para clarificar más el asunto, Emily dijo a Taymul-lah Azhar, como si Muhannad no hubiera abierto la boca, que un equipo de detectives estaba interrogando a todas las personas que vivían en las cercanías del Nez, para averiguar si habían visto u oído algo raro la noche en que murió el señor Querashi. Además, se habían tomado las medidas apropiadas en el lugar, guardado en bolsas las ropas, se extraerían tejidos del cadáver para someterlos a análisis microscópicos, se enviarían muestras de sangre y orina al toxicólogo, se solicitarían los antecedentes…

– Nos está dando largas, Azhar. -Emily tuvo que reconocer la exactitud de la observación. Muhannad era casi tan listo como su primo-. No quiere que sepamos lo que pasó. Porque si lo sabemos, saldremos a la calle de nuevo y esta vez no nos iremos hasta obtener respuestas y justicia. Justamente lo que ellos no quieren al principio de la temporada turística, créeme.

Azhar levantó una mano para acallar a su primo.

– ¿Fotografías? -preguntó en voz baja a Emily-. Habrán tomado, por supuesto.

– Es lo primero que se hace. Se fotografía todo el lugar de los hechos, no sólo el cadáver.

– ¿Podemos verlas, por favor?

– Temo que no.

– ¿Por qué?

– Porque al haber establecido que la muerte es un asesinato no es posible revelar al público ningún elemento de la investigación oficial. Nunca se hace.

– No obstante, en casos de este tipo con frecuencia se filtra información a los medios de comunicación -señaló Azhar.

– Tal vez, pero no la filtra el oficial al mando de la investigación -replicó Emily.

Azhar la observó con sus grandes ojos castaños e inteligentes. Si no hubiera hecho tanto calor en la habitación, el escrutinio habría ruborizado a Emily. En este caso, el calor era su coartada. Todas las personas del edificio, salvo los asiáticos, estaban ya congestionadas, de modo que su tono púrpura no revelaba nada.

– ¿Qué medidas tomarán a partir de ahora? -preguntó Azhar por fin.

– Esperaremos a que lleguen todos los informes. Todo el mundo que conocía el señor Querashi será puesto bajo sospecha. Empezaremos a interrogar…

– A todos los paquistaníes que le conocían -concluyó Muhannad.

– Yo no he dicho eso, señor Malik.

– No hacía falta, inspectora. -Pronunció la última palabra con tono de desprecio por el rango-. No tiene la menor intención de investigar este asesinato entre la comunidad blanca. Si la dejaran a sus anchas, es probable que ni siquiera se molestara en investigarlo. No se moleste en negar la acusación. Tengo un poco de experiencia con la forma en que la policía se ocupa de los delitos cometidos contra mi pueblo.

Emily no mordió el anzuelo, y Taymullah Azhar no dio señales de haber escuchado a su primo.

– Como no conocía al señor Querashi -se limitó a decir-, ¿puedo tener acceso a las fotografías de su cadáver? Tranquilizaría a mi familia saber que la policía no nos está escondiendo nada.

– Lo siento -contestó Emily.

Muhannad meneó la cabeza, como si esperara aquella respuesta desde el primer momento.

– Salgamos de aquí -dijo a su primo-. Estamos perdiendo el tiempo.

– Tal vez no.

– Vámonos. Todo esto son tonterías. Ella no va a ayudarnos.

Azhar parecía pensativo.

– ¿Está dispuesta a satisfacer nuestras necesidades, inspectora?

– ¿De qué manera?

– Mediante un compromiso.

– ¿Un compromiso? -repitió Muhannad-. No. De ninguna manera, Azhar. Si llegamos a un compromiso, terminaremos viendo cómo levantan la alfombra para barrer debajo el asesinato de Haytham…

– Primo. -Azhar le miró. Era la primera vez que lo hacía-. ¿Inspectora? -repitió, y se volvió hacia Emily.

– No puede haber compromisos en una investigación policíaca, señor Azhar. No entiendo qué está sugiriendo.

– Estoy sugiriendo una forma de tranquilizar las preocupaciones más acuciantes de la comunidad.

Emily decidió entender la sugerencia desde su punto de vista más eficaz. El hombre tal vez estaba insinuando una forma de mantener a raya a los asiáticos. Lo cual le iría de perlas.

– No negaré que la comunidad es lo que más preocupa -dijo con cautela, y esperó a que el hombre se explicara mejor.

– Propongo regular los encuentros entre usted y la familia. Esto apaciguará todas nuestras preocupaciones, no sólo las de la familia, sino las de toda la comunidad, pues sabremos cómo avanza la investigación sobre la muerte de Querashi. ¿Está de acuerdo?

Esperó con paciencia su respuesta. Su expresión era tan indescifrable como lo había sido desde el primer momento. Actuaba como si nada, y mucho menos como si la paz en Balford-le-Nez dependiera de su voluntad de cooperar. Emily comprendió de repente que había anticipado cada una de sus anteriores respuestas, y había planeado terminar con la sugerencia como resultado lógico de todo lo que ella había dicho. Los dos hombres la habían manipulado. Habían interpretado una ligera variación del tándem policía bueno-policía malo, y ella había caído en la trampa como una colegiala detenida por robar dulces.

– Me gustaría colaborar lo máximo posible -dijo, y eligió las palabras con cautela para evitar comprometerse-, pero es difícil garantizar que estaré disponible en plena investigación cuando ustedes me requieran.

– Una respuesta muy conveniente -dijo Muhannad-. Sugiero que demos por concluida esta charada, Azhar.

– Sospecho que ha llegado a una deducción que no entraba en mis intenciones -dijo Emily.

– Sé muy bien cuáles son sus intenciones: permitir que todo el mundo alce la mano contra nosotros y se salga con la suya, sin descartar el asesinato.

– Muhannad -dijo Azhar con voz serena-, concedamos a la inspectora la oportunidad de llegar a un compromiso.

Pero Emily no quería comprometerse. En una investigación, no quería verse obligada a aceptar tales reuniones, en las que debería vigilar cada paso, cuidar cada palabra y mantener la compostura. No sentía ninguna inclinación hacia ese juego. Más aún, no tenía tiempo. La investigación ya iba retrasada, debido sobre todo a las maquinaciones de Malik. El retraso ya era de veinticuatro horas. No obstante, Taymullah Azhar le había proporcionado una salida, aunque no se diera cuenta.

– ¿La familia aceptará que alguien me sustituya?

– ¿Qué clase de sustituto será?

– Alguien que haga de enlace entre ustedes, la familia y la comunidad, y los oficiales que llevan la investigación. ¿Lo aceptarán?

Y váyanse al infierno, añadió en silencio. Y mantengan a sus compadres a raya, en casa, presentes en sus puestos de trabajo, y fuera de la puta calle.

Azhar intercambió una mirada con su primo. Muhannad se encogió de hombros.

– Aceptamos -dijo Azhar poniéndose en pie-. Con la condición de que esa persona sea sustituida por usted si consideramos necesario rechazarla por parcial, ignorante o falaz.

Emily accedió a las condiciones, tras lo cual los dos hombres se marcharon. Se secó la cara con un pañuelo de papel, hasta hacerlo trizas contra la nuca. Después de eliminar los fragmentos de su piel húmeda, devolvió las llamadas. Habló con el superintendente.

Ahora, después de haber leído el informe de inteligencia sobre Muhannad Malik, apuntó el nombre de Taymullah Azhar y solicitó un informe similar sobre él.

Después, se colgó al hombro su bolsa y apagó las luces de la oficina. Haber llegado a un trato con los musulmanes le había costado tiempo. Y el tiempo era fundamental en una investigación de asesinato.

Barbara Havers encontró la comisaría de policía de Balford en Martello Road, una calle bordeada de edificios de ladrillo rojo que constituía otra ruta hacia el mar. La comisaría estaba alojada en un edificio Victoriano Con gabletes y numerosas chimeneas, que sin duda habría albergado en otro tiempo a una de las familias más importantes de la ciudad. Una antigua farola azul, cuya pantalla de cristal estaba embellecida con la palabra «Policía» en letras blancas, identificaba el uso actual del edificio.

Cuando Barbara frenó delante, los focos nocturnos se encendieron e iluminaron la fachada de la comisaría. Una figura femenina estaba saliendo por la puerta principal, y se detuvo para ajustar la correa de un voluminoso bolso. Hacía dieciocho meses que Barbara no veía a Emily Barlow, pero la reconoció al instante. La IJD, alta, vestida con una blusa de tirantes blanca y pantalones oscuros, tenía los hombros anchos y los bíceps bien definidos de la consumada triatleta que era. Aunque estuviera cerca de los cuarenta, su cuerpo se había parado en los veinte. En su presencia, pese a la distancia y la creciente oscuridad, Barbara se sintió como cuando habían seguido los cursos juntas: una candidata a la liposucción, un cambio de indumentaria y seis meses de trabajo intenso con un entrenador personal.

– ¿Em? -llamó Barbara en voz baja-. Hola. Algo me dijo que aún te encontraría en plena faena.

Cuando oyó la voz de Barbara, Emily alzó la cabeza con brusquedad, pero después de oír todo el saludo, se acercó a la acera.

– Santo Dios -dijo. ¿Eres Barb Havers? ¿Qué demonios estás haciendo en Balford?

¿Cómo se lo vendo?, pensó Barbara. Estoy siguiendo a un exótico paquistaní y a su hijita con la esperanza de mantenerles alejados del trullo. Oh, sí, seguro que la IJD Emily Barlow se tragaba aquel cuento chino.

– Estoy de vacaciones -dijo Barbara-. Acabo de llegar. Me enteré del caso por el periodicucho local. Vi tu nombre y pensé en venir a verte para que me explicaras la situación.

– Eso parecen las vacaciones de un conductor de autobús.

– No puedo abstraerme del trabajo. Ya sabes cómo soy.

Barbara buscó los cigarrillos en el bolso, pero recordó en el último momento que no sólo Emily no fumaba, sino que siempre se prestaba con entusiasmo a librar un par de asaltos con cualquiera que lo hiciera. Barbara renunció a los Players y sacó los chicles.

– Felicidades por el ascenso -añadió-. Joder, Em. Estás subiendo muy deprisa.

Dobló el chicle y lo introdujo en la boca.

– Puede que las felicitaciones sean prematuras. Si mi súper se sale con la suya, volveré a las calles. -Emily frunció el ceño-. ¿Qué te ha pasado en la cara, Barb? Tienes un aspecto espantoso.

Barbara tomó nota de quitarse las vendas en cuanto tuviera un espejo a mano.

– Olvidé agacharme. En mi último caso.

– Espero que él tenga peor aspecto. ¿Era un tío?

Barbara asintió.

– Está en el trullo por asesinato.

Emily sonrió.

– Vaya, es una excelente noticia.

– ¿Adónde vas?

La IJD trasladó el peso de su cuerpo y el de su bolsa y se pasó la mano por el pelo, con el ademán habitual que Barbara recordaba. Era negro como el azabache, teñido y cortado a la moda punk, y en otra mujer de su edad habría parecido absurdo. Pero no en Emily Barlow. Emily Barlow no hacía nada absurdo, ni con su apariencia ni con nada.

– Bien -dijo con franqueza-, tenía una cita con un caballero para unas cuantas horas discretas de luz de luna, romance y lo que suele seguir a la luz de la luna y el romance, pero si quieres que te diga la verdad, sus encantos ya no dan más de sí, y la cancelé. En un momento dado supe que empezaría a lloriquear por su mujer y sus hijos, y no estaba dispuesta a cogerle la manita durante otro ataque de culpa galopante.

La respuesta era típica de Emily. Hacía mucho tiempo que había relegado el sexo a una actividad aeróbica más.

– ¿Tienes tiempo para charlar? -preguntó Barbara-. Sobre lo que está pasando.

La inspectora vaciló. Barbara sabía que estaba meditando si la petición era correcta. Esperó, consciente de que Emily no accedería a nada que perjudicara al caso o a su cargo recién estrenado. Por fin, miró hacia el edificio del que acababa de salir y tomó una decisión.

– ¿Has cenado, Barb? -preguntó.

– En el Breakwater.

– Muy valiente por tu parte. Imagino tus arterias endureciéndose a cada segundo que pasa. Bien, no he probado bocado desde el desayuno y me voy a casa. Acompáñame. Hablaremos mientras ceno.

No iban a necesitar el coche, añadió cuando Barbara buscó las llaves en su bolso deformado. Emily vivía en lo alto de la calle, donde Martello Road se transformaba en Crescent.

Tardaron menos de cinco minutos en llegar andando, al paso rápido que Emily impuso. Su casa se alzaba casi al final de Crescent. Era la última de una hilera de nueve viviendas que parecían estar en diversas fases de renovación o decadencia. La de Emily pertenecía al último grupo. Tres pisos de andamios la cubrían.

– Tendrás que perdonar el desorden. -Emily subió los ocho peldaños frontales agrietados, hasta llegar a un porche poco profundo, cuyas paredes eran de losas eduardianas astilladas-. Quedará de maravilla cuando esté terminado, pero ahora el principal problema es encontrar tiempo para trabajar en él. -Abrió con el hombro una puerta principal cuya pintura estaba descascarillada-. Por aquí -indicó, y se internó por un asfixiante pasillo que olía a serrín y trementina-. Es la única parte que he conseguido mantener en condiciones mínimamente habitables.

Si Barbara había abrigado alguna esperanza de pasar la noche en casa de Emily, la enterró cuando vio qué era «por aquí». Daba la impresión de que Emily vivía en una cocina sin ventilación. Una habitación del tamaño de un aparador, que contenía una nevera, un camping gas, el fregadero y encimeras de rigor. Además de estos aditamentos, típicos de una cocina, embutidas en la estancia había una cama plegable, una mesa, dos sillas plegables de metal y una bañera antigua, de las que se utilizaban en los tiempos anteriores a los sistemas de cañerías actuales. Barbara no quiso preguntar dónde estaba el retrete.

Una sola bombilla desnuda que colgaba del techo proporcionaba iluminación, si bien una linterna y un ejemplar de Breve historia del tiempo, al lado de la cama, indicaban que Emily se distraía leyendo (si es que la astrofísica podía calificarse de lectura distraída) en la cama. La cama consistía en un saco de dormir y una almohada rolliza, cuya funda estaba decorada con Snoopy y Woodstock volando en la Primera Guerra Mundial sobre los campos de Francia.

Era el habitáculo más extraño que Barbara hubiera podido imaginar para la Emily Barlow que había conocido en Maidstone. De haber tenido tiempo para imaginar la morada de una IJD, habría sido algo sencillo y moderno, con énfasis en el cristal, el metal y la piedra. Dio la impresión de que Emily leía sus pensamientos, porque dejó caer su bolsa sobre la encimera y se apoyó contra ella con las manos en los bolsillos.

– Distrae mi mente del trabajo -dijo-. Eso, y echar un polvo periódicamente con algún tipo entusiasta, es lo que me mantiene cuerda. -Ladeó la cabeza-. Aún no te lo he preguntado. ¿Cómo está tu madre, Barb?

– ¿Hablando de cordura…, o de todo lo contrario?

– Lo siento. No me fijé en la relación.

– No te disculpes. No me ha molestado.

– ¿Aún vive contigo?

– No lo pude aguantar.

Barbara resumió los detalles a su amiga, con las sensaciones habituales de cuando revelaba de mala gana que había confinado a su madre en una residencia particular: culpabilidad, ingratitud, egoísmo, crueldad. Daba igual que su madre estuviera en mejores manos que cuando vivía con Barbara. Aún era su madre. La deuda del nacimiento siempre pendería entre ellas, pese a que ningún hijo piensa jamás en satisfacerla.

– Debió ser duro -dijo Emily cuando Barbara terminó-. No te habrá resultado fácil tomar la decisión.

– No, pero aún siento la sensación de que debo pagar.

– ¿Por qué?

– No sé. Por la vida, supongo.

Emily asintió lentamente. Daba la impresión de estar examinando a Barbara, y bajo ese escrutinio, Barbara notó que la piel le picaba debajo de los vendajes. Hacía un calor asfixiante en la habitación, y aunque la única ventana estaba abierta (y pintada de negro por algún motivo), ni siquiera la promesa de una débil brisa entraba por la ventana.

Emily se reanimó de repente.

– A cenar -dijo. Fue a la nevera, se acuclilló delante de ella y sacó un recipiente lleno de yogur. Cogió un cuenco grande de una alacena y dejó caer en su interior tres enormes cucharadas de yogur. Alcanzó un paquete de muesli-. Qué calor -dijo, mientras se pasaba los dedos por el pelo-. Dios Todopoderoso. Qué mierda de calor.

Abrió el paquete con los dientes.

– El peor tiempo para una investigación policial -dijo Barbara-. Nadie tiene paciencia para nada. Los ánimos se excitan.

– Cuéntamelo a mí -admitió Emily-. No he hecho gran cosa en los dos últimos días, aparte de intentar impedir que los asiáticos quemen la ciudad y mi jefe me sustituya por su compañero de golf.

Barbara se alegró de que su compañera le diera la excusa.

– La manifestación de hoy ha salido en la ITV. ¿Lo sabías?

– Oh, sí. -Emily vertió medio paquete de muesli sobre el yogur y lo revolvió todo con la cuchara, antes de coger un plátano que había en un frutero, sobre la encimera-. Una horda de asiáticos interrumpió un pleno municipal, aullando como hombres lobo sobre sus libertades civiles. Uno de ellos avisó a los medios, y cuando una cámara apareció, empezaron a arrancar pedazos de hormigón. Han importado forasteros para colaborar en la causa. Y a Ferguson, mi jefe, le ha dado por llamarme cada dos por tres para explicarme cómo hacer mi trabajo.

– ¿Cuál es la preocupación principal de los asiáticos?

– Depende de con quién hables. Tienen la intención de sacar a la luz pública todo lo que puedan: una coartada, falta de entusiasmo por parte de la policía local, una conspiración del DIC o el inicio de una limpieza étnica. Tú eliges.

Barbara se sentó en una de las dos sillas metálicas.

– ¿Cuál se acerca más a la verdad?

Emily la traspasó con la mirada.

– Brillante, Barb. Ya hablas como ellos.

– Lo siento. No quería sugerir…

– Olvídalo. Todo el puto mundo se me ha subido a las barbas. ¿Por qué no tú también? -Emily sacó un cuchillo pequeño de un cajón, que utilizó para cortar el plátano y añadir los trozos a la mezcla de yogur y muesli-. Ésta es la situación. Intento limitar las filtraciones al mínimo. La situación es muy delicada, y si no voy con cuidado sobre quién sabe qué y cuándo, hay un cañón suelto en la ciudad que empezará a disparar de un momento a otro.

– ¿Quién es?

– Un musulmán. Muhannad Malik.

Emily explicó la relación de éste con el fallecido, así como la importancia de la familia Malik, y por tanto del propio Muhannad, en Balford-le-Nez. Su padre, Akram, había llegado a la ciudad con su familia once años antes, con el sueño de fundar su propio negocio. Al contrario que muchos inmigrantes asiáticos, que se conformaban con restaurantes, mercados, lavanderías o gasolineras, cuando Akram Malik soñaba, soñaba a lo grande. Dedujo que en una parte deprimida del país, no sólo sería bienvenido como garantía de futuros empleos, sino que tal vez podría dejar su impronta. Sus inicios fueron humildes, fabricando mostaza en la trastienda de una diminuta panadería de Oíd Pier Street. Terminó con toda una fábrica en la parte norte de la ciudad. Allí se fabricaba de todo, desde mermeladas sabrosas a vinagretas.

– Malik's Mustards and Assorted Accompaniments -concluyó Emily-. Otros asiáticos le siguieron hasta aquí. Algunos son parientes, otros no. Ahora forman una comunidad en constante crecimiento. Con todos los dolores de cabeza interraciales inherentes.

– ¿Muhannad es uno de ellos?

– Un plasta. Estoy hasta el cuello de mierda política por culpa de ese capullo.

Cogió un melocotón y empezó a cortarlo, dejando caer los pedazos a lo largo del borde del cuenco. Barbara la miraba, mientras pensaba en su cena antidietética, y consiguió reprimir su sentimiento de culpa.

Emily le informó que Muhannad era el activista político de Balford-le-Nez que dedicaba gran fervor a la causa de la igualdad de derechos y el trato justo para todo su pueblo. Había fundado una organización cuyo propósito teórico era el apoyo, la hermandad y la solidaridad entre los jóvenes asiáticos, pero se ponía como una moto en lo tocante a cualquier cosa que pudiera sugerir remotamente un incidente racial. Cualquiera que molestara a un asiático se encontraba al poco tiempo cara a cara con una o más némesis, cuya identidad las víctimas nunca conseguían recordar.

– Nadie es capaz de movilizar a la comunidad asiática como Malik -dijo Emily-. Me está pisando los talones desde que encontraron el cadáver de Querashi, y me los seguirá pisando hasta que detenga a alguien. Además de ocuparme de él y de ocuparme de Ferguson, he de sacar tiempo para dirigir la investigación.

– Eso es difícil -dijo Barbara.

– Es una mierda.

Emily arrojó el cuchillo al fregadero y llevó su cena a la mesa.

– Hablé con una chica del pueblo en el Breakwater -dijo Barbara, mientras Emily iba a la nevera y sacaba dos latas de Heineken. Pasó una a Barbara y abrió la suya. Se sentó con movimientos atléticos inconscientes y naturales, pasando una pierna por encima del asiento de la silla en lugar de acomodarse con estudiada gracia femenina-. Corren rumores de que Querashi tuvo un percance con drogas. Ya sabes a qué me refiero: ingirió heroína antes de salir de Pakistán.

Emily tomó una cucharada de su pócima. Se pasó la lata de cerveza por la frente, perlada de sudor.

– Toxicología aún no ha dicho la última palabra sobre Querashi. Puede que haya alguna relación con drogas. Con tantos puertos cercanos, conviene tenerlo presente. Pero las drogas no le mataron, si estabas pensando en eso.

– ¿Sabes cuál fue la causa?

– Oh, sí. Lo sé.

– Entonces, ¿por qué te comportas con tanto sigilo? Leí que aún se ignora la causa de la muerte, de modo que ni siquiera está claro que se trate de un asesinato. ¿Es así?

Emily bebió un poco de cerveza y miró a Barbara con cautela.

– ¿Hasta qué punto estás de vacaciones, Barb?

– Sé morderme la lengua, si me estás pidiendo eso.

– ¿Y si te pido más?

– ¿Necesitas mi ayuda?

Emily había recogido más yogur con la cuchara, pero lo dejó caer en el cuenco y meditó antes de contestar poco a poco.

– Es posible.

Esto era más de lo que esperaba, pensó Barbara. Se precipitó sobre la oportunidad que la inspectora le estaba ofreciendo sin saberlo.

– Pues ya la tienes. ¿Por qué no soltáis prenda? Si no fueron drogas, ¿estuvo la muerte relacionada con el sexo? ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Qué está pasando?

– Asesinato -dijo Emily.

– Ah. Y cuando corra la voz, los asiáticos invadirán las calles de nuevo.

– La voz ya ha corrido. Se lo dije a los paquistaníes esta tarde.

– Y respirarán, mearán y dormirán por nosotros a partir de ahora.

– ¿Es un asesinato racial, pues?

– Aún no lo sabemos.

– Pero ¿sabéis cómo murió?

– Lo supimos en cuanto le echamos un vistazo, pero quiero ocultarlo a los asiáticos el máximo tiempo posible.

– ¿Por qué? Si ya saben que fue un asesinato…

– Porque esta clase de asesinato sugiere lo que están afirmando.

– ¿Un incidente racial? -Emily asintió-. ¿Cómo? Quiero decir, ¿cómo supiste que era un asesinato racial con sólo ver el cadáver? ¿Habían dejado marcas en él, cruces gamadas o algo por el estilo?

– No.

– ¿Dejaron la tarjeta de visita del Frente Nacional en el lugar de los hechos?

– Tampoco.

– Entonces, ¿por qué llegaste a la conclusión…?

– Presentaba contusiones muy graves. Y tenía el cuello roto, Barb.

– Uf. Puta mierda.

Las palabras de Barbara eran reverentes. Recordaba lo que había leído. Habían encontrado el cadáver de Querashi dentro de un nido de ametralladoras situado en la playa. Esto sugería una emboscada. Si se le sumaba la paliza, cabía interpretar que la muerte era debida a motivos raciales. Porque los asesinatos premeditados, a menos que fueran precedidos por las torturas típicas de los asesinatos múltiples, solían ser rápidos, pues el objetivo era la muerte. Por otra parte, un cuello roto sugería que el asesino había sido un hombre. Ninguna mujer normal tendría la fuerza suficiente para romper el cuello de un hombre.

Mientras Barbara pensaba en estos puntos, Emily se acercó a la encimera para coger su bolsa de lona. Apartó el plato y extrajo tres carpetas de papel manila. Abrió la primera, la dejó a un lado y abrió la segunda. Contenía una serie de fotografías reveladas en brillo. Escogió unas cuantas y las pasó a Barbara.

Las fotografías plasmaban el cadáver tal como estaba la mañana en que fue descubierto. La primera foto se concentraba en su cara, y Barbara vio que estaba casi tan machacada como la suya. La mejilla derecha presentaba una fuerte contusión, y una ceja estaba partida. Otras dos fotografías mostraban sus manos. Las dos tenían cortes y rasguños, como si las hubiera alzado para protegerse.

Barbara pensó en lo que implicaban las fotografías. El estado de la mejilla derecha sugería un atacante zurdo, pero la herida de la frente estaba en la parte izquierda, lo cual sugería que el asesino era ambidextro, o bien tenía un cómplice.

Emily le tendió otra fotografía.

– ¿Conoces el Nez? -preguntó.

– Hace años que no he estado -contestó Barbara-, pero me acuerdo de los acantilados. Un cafetucho. Una torre de vigilancia antigua.

La otra foto era una toma aérea. Incluía el nido de ametralladoras, el acantilado que se alzaba sobre él, la torre de vigilancia, el café en forma de L. Un aparcamiento al sudeste del café albergaba vehículos policiales que rodeaban un monovolumen. Pero Barbara tomó nota de lo que faltaba en la foto, lo que habría estado alzado sobre el aparcamiento, iluminándolo después del anochecer.

– Em -dijo-, ¿no hay luces en el Nez, en lo alto del acantilado? ¿No hay? -Levantó la vista y descubrió que Emily la estaba mirando, con una ceja arqueada para confirmar sus suposiciones-. Joder, no hay, ¿verdad? Y si no hay luces… -Barbara volvió a examinar la foto, a la que formuló la siguiente pregunta-. Entonces, ¿qué cojones estaba haciendo Haytham Querashi en el Nez y a oscuras?

Levantó la cabeza una vez más y vio que Emily la saludaba con su Heineken.

– Ésa es la pregunta, sargento Havers -dijo, y se llevó la cerveza a la boca.

Capítulo 4

– ¿Quiere que la ayude a acostarse, señora Shaw? Son más de las diez, y el doctor me encargó que velara por su descanso.

La voz de Mary Ellis se aflautaba cuando utilizaba aquel tono recatado que le daban ganas a Agatha Shaw de arrancarle los ojos. No obstante, logró reprimirse, y se volvió poco a poco. Había estado examinando los tres caballetes que Theo le había preparado en la biblioteca. Sobre ellos descansaban representaciones de Balford-le-Nez en el pasado, el presente y el futuro. Los había estudiado durante la última media hora, como medio de controlar la rabia que sentía desde que su nieto le había informado de que su pleno municipal, planificado con tanto cuidado y convocado especialmente, se había ido al garete. Hasta el momento había sido una noche de rabia estupenda, y su ira había ido en aumento durante la cena, a medida que Theo describía paso a paso la reunión y su interrupción.

– Mary -dijo-, ¿tengo aspecto de qué necesite ser tratada como una chica de anuncio por senilidad terminal?

Mary reflexionó sobre la pregunta con una concentración que arrugó su cara cubierta de lunares.

– ¿Perdón? -dijo, y se secó las manos en los costados de su falda. La falda era de algodón, de un color azul pálido y anémico. Sus palmas dejaron manchas de humedad sobre la tela.

– Soy consciente de la hora -aclaró Agatha-. Y cuando esté dispuesta a retirarme, te llamaré.

– Pero es que son casi las diez y media, señora Shaw…

La voz de Mary enmudeció, y sus dientes mordieron el labio inferior, como transmitiendo el resto del comentario.

Agatha lo sabía. Detestaba que la manipularan. Se dio cuenta de que la muchacha quería marcharse, sin duda con la intención de permitir que algún gamberro con la cara también llena de granos accediera a sus dudosos encantos, pero el hecho de que no dijera lo que pensaba le dio ganas de atormentarla un poco más. Era culpa de la chica. Tenía diecinueve años, edad suficiente para expresarse sin ambages. A su edad, Agatha ya llevaba un año enrolada en el servicio femenino de la marina y había perdido al único hombre que amó en su vida en un bombardeo sobre Berlín. En aquellos tiempos, si una mujer era incapaz de decir lo que pensaba, existían muchas posibilidades de que no pudiera volver a intentarlo. Porque existían muchísimas posibilidades de que no hubiera una próxima vez.

– ¿Sí? -la alentó Agatha con tono plácido-. Y como son casi las diez y media, Mary…

– Pensé… si querría… Es que sólo he de quedarme hasta las nueve. Lo acordamos, usted y yo, ¿verdad?

Agatha esperó más. Mary se retorció, como si un ciempiés le estuviera subiendo por el muslo.

– Es que… Como se está haciendo tarde…

Agatha enarcó una ceja.

Mary cayó derrotada.

– Llámeme cuando esté preparada, señora.

Agatha sonrió.

– Gracias, Mary. Lo haré.

Volvió a su contemplación de los caballetes, mientras Mary Ellis desaparecía en las entrañas de la casa. En el primero, Balford-le-Nez en el pasado estaba representado por siete fotografías tomadas a lo largo del período de cincuenta años que marcó su apogeo como centro de vacaciones popular, entre 1880 y 1930. En el centro de las fotos había una ampliación del primer amor de Agatha, el parque de atracciones, y como pétalos de aquel carpelo surgían otras fotos de otros lugares que habían atraído a los visitantes en el pasado. Casetas de baño portátiles alineadas a lo largo de Princes Beach; mujeres provistas de parasoles que paseaban por una concurrida High Street; curiosos agrupados ante el extremo exterior de una red que un barco langostero estaba depositando sobre la playa. Aquí estaba el famoso hotel Pier End, y allí la distinguida terraza eduardiana que dominaba el Paseo Marítimo de Balford.

Malditos aceitunos, pensó Agatha. De no ser por ellos y sus arrogantes exigencias de que todo Balford les lama el trasero porque uno de su raza ha recibido su merecido… De no ser por ellos, Balford-le-Nez estaría un paso más cerca de convertirse en la playa de moda que había sido en otro tiempo, y que volvería a ser. ¿De qué protestaban los paquis? ¿De qué se habían lamentado ante el pleno municipal, destruyendo sus planes?

– Para ellos, es una cuestión de libertades civiles -había dicho Theo durante la cena, como si el maldito idiota les estuviera dando la razón.

– Tal vez tendrías la bondad de explicarme eso -había pedido Agatha a su nieto.

Lo dijo con voz glacial. Notó al instante la expresión de incomodidad que apareció en la cara de Theo. Era demasiado sentimental para el gusto de Agatha. Su creencia en el juego limpio, la igualdad de los hombres y el derecho de cualquiera a la justicia no eran atributos que hubiera heredado de ella, desde luego. Sabía lo que había querido decir con la frase «una cuestión de libertades civiles», pero quería obligarle a explicarla. Lo quería porque tenía ganas de pelearse. Ansiaba un buen combate cuerpo a cuerpo, y si no podía lograrlo en su estado actual, atrapada en el interior de un cuerpo que amenazaba con fallarle en cualquier momento, se conformaría con una disputa verbal. Una buena discusión era mejor que nada.

Theo no aceptó su desafío, y tras reflexionar, Agatha tuvo que admitir que su negativa quizá podía interpretarse como un signo positivo. Necesitaba endurecerse si iba a encargarse del timón de Empresas Shaw después de su muerte. Tal vez su piel se estaba endureciendo ya.

– Los asiáticos no confían en la policía -dijo Theo-. Creen que no reciben el mismo trato que los blancos. Quieren que la ciudad no piense en otra cosa que en la investigación, para presionar al DIC.

– Me parece que si desean ser tratados con equidad, lo cual debe significar que desean ser tratados como sus conciudadanos ingleses, deberían pensar en actuar por una vez como sus conciudadanos ingleses.

– Los blancos han convocado montones de manifestaciones durante muchos años -dijo Theo-. Los disturbios contra los impuestos, las protestas contra los deportes sangrientos, el movimiento contra…

– No estoy hablando de manifestaciones -interrumpió Agatha-. Estoy hablando de ser tratados como ingleses cuando decidan comportarse como ingleses. Y vestirse como ingleses. Y venerar lo inglés. Y educar a sus hijos como ingleses. Si un individuo decide emigrar a otro país, no debería esperar que el país se pliegue a sus caprichos, Theodore. Te aseguro que les habría dicho esto, si hubiera estado en el pleno municipal en tu lugar.

Su nieto dobló la servilleta con gran precisión y la dejó perpendicular al borde de la mesa, como Agatha le había enseñado.

– No me cabe duda, abuela -dijo con ironía-. Y luego te hubieras lanzado de cabeza en pleno tumulto y golpeado algunas cabezas con tu bastón.

Empujó la silla hacia atrás y se acercó a la suya. Apoyó una mano sobre su hombro y la besó en la frente.

Agatha le apartó, irritada.

– Déjate de tonterías. Además, Mary Ellis aún ha de traer el queso.

– No quiero esta noche. -Theo se encaminó hacia la puerta-. Iré a buscar los bocetos al coche.

Cosa que había hecho, y ahora estaba de pie ante él. El Balford-le-Nez del presente estaba plasmado en toda su decrepitud en el caballete central: los edificios abandonados de la fachada marítima, con ventanas tapiadas y arquitrabes de madera cuya pintura se descascarillaba como piel quemada por el sol; la moribunda High Street, donde cada año cerraba sus puertas por última vez una tienda; la mugrienta piscina cubierta, cuyo hedor a moho y madera podrida no podía ser captado por la lente de una cámara. Y al igual que en el boceto del Balford del pasado, entre las fotos del Balford presente había una del parque de atracciones, que Agatha había adquirido, que Agatha había renovado, que Agatha Shaw había restaurado y rejuvenecido, como un dios que insuflara vida en su Adán personal, para convertir el puerto recreativo en una promesa muda a la ciudad costera donde Agatha había pasado su vida.

El Balford del futuro debía dar un significado a esa vida y a su inminente final: hoteles reamueblados, negocios atraídos hacia la costa por la garantía de alquileres de terrenos bajos y caseros comprometidos con la reurbanización y la restauración, edificios ennoblecidos, parques replantados (y parques grandes, no pedazos de hierba del tamaño de un sobre, que algunas personas dedicaban a madres asiáticas de nombres impronunciables) y atracciones añadidas a la fachada marítima. Había planes para un centro recreativo, para una piscina cubierta remozada, para pistas de tenis y squash, para un nuevo campo de criquet. Era el Balford-le-Nez posible, y por este objetivo luchaba Agatha Shaw, en busca de una pizca de inmortalidad.

Había perdido a sus padres durante los bombardeos alemanes. Había perdido a su marido a los treinta y ocho años. Había perdido a tres de sus hijos por carreras que les habían alejado a distintas partes del globo, y a un cuarto en un accidente de coche a manos de una esposa escandinava de carácter débil. Muy pronto había aprendido que la mujer prudente albergaba expectativas humildes y se guarda sus sueños para ella, pero en los años finales de su vida se había descubierto tan cansada de la sumisión a la voluntad del Todopoderoso como ansiosa por rebelarse contra esa voluntad. Había abrazado su última causa como un guerrero, y estaba decidida a librar la batalla hasta el final.

Nada iba a detener el proyecto, y mucho menos la muerte de un extranjero al que no conocía, pero necesitaba que Theo fuera su mano derecha. Necesitaba que Theo fuera perspicaz y fuerte. Le quería insondable e invencible, y lo último que necesitaban sus planes para Balford era el apoyo tácito de su nieto al descarrilamiento de dichos planes.

Aferró su bastón de tres puntas con tal fuerza que su brazo tembló. Se concentró tal como le había enseñado su terapeuta. Era de una crueldad indecible tener que decir con anterioridad a cada pierna lo que debía hacer. Ella, que había montado a caballo, jugado al tenis, al golf, pescado y navegado, no tenía otro remedio que decir: «Primero la izquierda, después la derecha. Ahora la izquierda, luego la derecha», sólo para llegar a la puerta de la biblioteca. Apretaba los dientes cada vez que pronunciaba las palabras. De haber tenido paciencia para cuidar perros, de haber poseído un fiel y afectuoso perrito galés, y de haber podido llevar a cabo el esfuerzo requerido, habría pateado al animal de pura frustración.

Encontró a Theo en la sala de estar que antes se utilizaba por las mañanas. Hacía tiempo que la había convertido en su guarida, y para ello la equipó con un televisor, una cadena estéreo, libros, muebles viejos y cómodos y un ordenador personal, mediante el cual se comunicaba con los desarraigados sociales del mundo que compartían su pasión particular: la paleontología. Agatha lo consideraba una excusa de adulto para revolcarse en el barro. Pero para Theo era una vocación a la que se entregaba con la dedicación que la mayoría de los hombres reservaban para perseguir órganos genitales femeninos. De día o de noche, tanto le daba a Theo. Cuando tenía una hora libre, partía en dirección al Nez, donde los acantilados erosionados habían vomitado dudosos tesoros desde que el mar roía la tierra.

Aquella noche no estaba sentado ante el ordenador. Tampoco estaba utilizando su lupa para estudiar un fragmento de piedra deforme («Es un diente de rinoceronte, abuela», decía con paciencia) rapiñado en los acantilados. Estaba hablando por teléfono en voz baja y apresurada, vertiendo frases a toda prisa en el oído de alguien que, al parecer, no quería escucharle.

Captó las palabras «Por favor. Por favor. Escúchame», antes de que él se volviera hacia la puerta y, al verla, colgara el receptor como si no hubiera nadie al otro extremo de la línea.

Agatha le estudió. La noche era casi tan sofocante como había sido el día, y dado que la sala estaba situada en el lado oeste de la casa, había padecido el calor del sol durante mucho más rato. Por lo tanto, existía al menos una explicación para el hecho de que Theo tuviera la cara congestionada y su piel blanca presentara un aspecto húmedo y grasiento. Pero la otra explicación, supuso, estaba sentada en algún sitio con un teléfono silencioso en su palma húmeda, preguntándose sin duda por qué el «Escúchame» había concluido la conversación, en lugar de alargarla.

Las ventanas estaban abiertas, pero la sala era inhabitable. Hasta las paredes parecían tener ganas de sudar a través de su papel William Morris antiguo. La confusión de revistas, periódicos, libros y, sobre todo, la confusión de piedras («No, abuela, sólo parecen piedras. En realidad, son dientes y huesos, y fíjate en esto, es un fragmento de colmillo de mamut», diría Theo) conseguía que la sala fuera aún más insoportable, como si elevaran su temperatura otros diez grados. Y, pese al esmero con que su nieto las limpiaba, impregnaban el aire de un fecundo olor a tierra muy inquietante.

Theo se alejó del teléfono en dirección a la gran mesa de roble. Estaba cubierta por una fina capa de polvo, porque no permitía que Mary Ellis aplicara un paño a su superficie y desordenara los fósiles que había agrupado en bandejas de madera individuales. Había una vieja butaca con respaldo en forma de globo delante de la mesa. La giró hacia ella.

Comprendió que le estaba facilitando un asiento, bien a su alcance, para que no tuviera que andar demasiado. Le entraron ganas de pellizcarle los lóbulos de las orejas hasta que aullara de dolor. No estaba dispuesta a ir a la tumba, pese a que ya estuviera cavada, y podía pasar perfectamente sin gestos cariñosos reveladores de que los demás anticipaban su fallecimiento inminente. Decidió permanecer de pie.

– ¿Y el resultado final? -preguntó, como si su conversación no se hubiera interrumpido.

Theo enarcó las cejas. Utilizó su dedo índice engarfiado para secar el sudor de su frente. Desvió la vista hacia el teléfono, y luego la miró.

– No me interesa en absoluto tu vida amorosa, Theodore. No tardarás en averiguar que es un oxímoron. Rezo cada noche para que desarrolles la presencia de ánimo suficiente para no dejarte arrastrar por la nariz o por el pene. Por lo demás, lo que hagas en tus ratos libres es una cuestión entre tú y quienquiera que comparta el goce momentáneo de experimentar la fusión de vuestros fluidos corporales. Aunque con este calor, el que alguien pueda pensar en el coito…

– Abuela…

El rostro de Theo estaba colorado.

Dios mío, pensó Agatha. Tiene veintiséis años y la madurez sexual de un adolescente. Imaginó con un estremecimiento cómo sería recibir sus febriles achuchones. Al menos, su abuelo (pese a todos sus defectos, uno de los cuales fue caer fulminado a la edad de cuarenta y dos años) sabía cómo tomar a una mujer y rematar la faena. Un cuarto de hora era todo cuanto necesitaba Lewis, y en noches muy afortunadas para ella, ejecutaba el acto en menos de diez minutos. Agatha consideraba el coito un requisito medicinal del matrimonio: para conservar la salud, era necesario que todos los jugos corporales fluyeran.

– ¿Qué nos prometieron, Theo? -preguntó-. Insististe en que se convocara otro pleno especial, por supuesto.

– De hecho, yo…

Siguió de pie, al igual que ella, pero cogió uno de sus preciosos fósiles y le dio vueltas en la mano.

– Tuviste la presencia de ánimo de exigir otra reunión, ¿verdad, Theo? No permitiste que estos aceitunos se os subieran a las barbas sin hacer nada, ¿verdad?

Su expresión de incomodidad fue la respuesta.

– Dios mío -dijo la mujer. Era igual que la descerebrada de su madre.

Bien a su pesar, Agatha necesitaba sentarse. Se acomodó en la butaca de respaldo en forma de globo y se sentó como le habían enseñado de niña, con la espalda bien tiesa.

– ¿Qué demonios te pasa, Theodore Michael? -preguntó-. Y siéntate, por favor. No quiero salir con tortícolis de esta conversación.

Theo dio vuelta a una vieja butaca para estar de cara a ella. Estaba tapizada en un tono color vino desteñido, y sobre su asiento exhibía una mancha en forma de rana, sobre cuyo origen Agatha no quiso especular.

– No era el momento -dijo su nieto.

– No era… ¿qué?

Le había oído muy bien, pero mucho tiempo atrás había descubierto que la clave para doblegar a los demás a su voluntad consistía en obligarlos a examinar la suya, con tal diligencia que acababan rechazando su idea primitiva en favor de la de ella.

– No era el momento, abuela.

Theo se sentó. Se inclinó hacia ella, con los brazos desnudos apoyados en sus piernas, cubiertas de hilo color cervato. Conseguía que las arrugas parecieran haute couture. Agatha pensaba que tal sentido de la moda era impropio de un hombre.

– El consejo estaba muy ocupado intentando controlar a Muhannad Malik. Cosa que no consiguió, por cierto.

– La reunión no la había convocado él.

– Y como el problema se refería a la muerte de un hombre y a la preocupación de los asiáticos por la forma en que la policía llevaba el caso…

– Su preocupación. Su preocupación -se mofó Agatha.

– No era el momento, abuela. No podía hacer exigencias en mitad del caos. Sobre todo exigencias sobre reurbanización.

Agatha golpeó la alfombra con el bastón.

– ¿Por qué no?

– Porque me pareció que llegar al fondo del asesinato del Nez era un tema más importante que buscar fondos para la renovación del hotel Pier End. -Alzó la mano-. No, espera un momento, abuela. No me interrumpas. Sé que este proyecto es importante para ti. Para mí también lo es. Y es importante para la comunidad. Sin embargo, has de comprender que es absurdo invertir dinero en Balford si no va a quedar comunidad.

– No estarás insinuando que los asiáticos poseen la fuerza suficiente, o incluso la temeridad, para destruir la ciudad. Sería como degollarse con su propio cuchillo.

– Estoy insinuando que, a menos que la comunidad sea un lugar donde los futuros visitantes no deban temer que alguien les acose debido al color de su piel, el dinero que invirtamos en nuestra reurbanización es dinero tirado.

La estaba sorprendiendo. Por un momento, Agatha adivinó la sombra de su abuelo en él. Lewis habría pensado exactamente lo mismo.

– Hummm… -rezongó.

– Sabes que tengo razón. -No era una pregunta, observó Agatha, sino una afirmación, muy al estilo de Lewis-. Dejaré pasar unos días, hasta que la tensión se apacigüe, y convocaré otra reunión. Así es mejor. Ya lo verás. -Echó un vistazo al reloj en forma de carricoche que descansaba sobre la repisa de la chimenea y se levantó-. Y ya es hora de que te vayas a la cama. Voy a buscar a Mary Ellis.

– Llamaré a Mary Ellis cuando esté preparada, Theodore. Deja de tratarme como…

– Basta de discusiones.

Se encaminó a la puerta.

Agatha habló antes de que pudiera abrirla.

– ¿Vas a salir?

– He dicho que voy a buscar…

– Pregunto si vas a salir de casa, no de la habitación. ¿Vas a volver a salir esta noche, Theo? -Su expresión la informó de que había ido demasiado lejos. Incluso Theo, por maleable que fuera, tenía sus límites. Indagar demasiado en su vida privada era uno de ellos-. Te lo pregunto porque albergo mis dudas sobre la prudencia de tus correrías nocturnas. Si la situación en la ciudad es como tú insinúas, tensa, yo diría que nadie debería salir de casa, y menos después de anochecer. No volverás a coger el barco, ¿verdad? Ya sabes lo que opino sobre navegar de noche.

Theo la miró desde el umbral. Una vez más, el aspecto de Lewis: las facciones que se resolvían en una máscara apacible, bajo la cual no se leía absolutamente nada. ¿Cuándo había aprendido a disimular así?, se preguntó. ¿Por qué lo había aprendido?

– Voy a buscar a Mary Ellis -dijo. Y se fue sin contestar a sus preguntas.

Permitieron que Sahlah estuviera presente en la discusión porque, a fin de cuentas, el muerto era su prometido. De lo contrario no habría sido invitada, y ella lo sabía. No era costumbre de los hombres musulmanes que conocía conceder mérito a lo que una mujer podía decir, y aunque su padre era un hombre bondadoso, cuya ternura se manifestaba a menudo sólo con una leve presión de sus nudillos contra la mejilla de Sahlah cuando pasaba a su lado, en lo tocante a convenciones era musulmán hasta la médula. Rezaba con devoción cinco veces al día. Había iniciado su tercera lectura del Corán. Tomaba medidas para que una parte de los beneficios de su negocio fuera a parar a los pobres. Y ya había seguido dos veces los pasos de millones de musulmanes que habían recorrido el perímetro de La Meca.

Esta noche, si bien Sahlah había recibido permiso para escuchar la discusión de los hombres, su madre se limitaba a llevar comida y bebida desde la cocina a la sala delantera, en tanto la cuñada de Sahlah había desaparecido. Lo había hecho por dos motivos, naturalmente. Uno era un tributo a la haya: Muhannad insistía en la interpretación tradicional del recato femenino, por lo cual no permitía que ningún hombre, salvo su padre, mirara a su esposa. El otro era su naturaleza: si se hubiera quedado abajo, su suegra le habría ordenado que la ayudara a cocinar, y Yumn era la foca más perezosa de la Tierra. En consecuencia, había recibido a Muhannad a su manera habitual, cubriéndole de halagos como si su mayor deseo fuera limpiarle las botas con el fondillo de sus pantalones, y luego había desaparecido en el piso de arriba. Su excusa era que debía vigilar a Anas, por si tenía otra de sus horribles pesadillas. La verdad era que se estaba entreteniendo con unas cuantas revistas de modas occidentales, que Muhannad nunca le permitiría llevar.

Sahlah estaba sentada bien alejada de los hombres, y en deferencia a su sexo no comía ni bebía. Tampoco tenía hambre, si bien se moría de ganas de tomar el lassi que su madre servía a los demás. Con el calor, la bebida de yogur serviría para refrescarla.

Como era su costumbre, Akram Malik dio las gracias a su mujer cuando dejó platos y vasos delante de su invitado y su hijo. Ella tocó su hombro un instante, dijo «Salud, Akram» y salió de la sala. Sahlah se preguntaba a menudo cómo era posible que su madre se sometiera a su padre en todas las cosas, como si careciera de voluntad propia. Cuando lo preguntaba, Wardah se limitaba a explicar: «Yo no me someto, Sahlah. No es necesario. Tu padre es mi vida, como yo soy la suya.»

Existía un vínculo entre sus padres que Sahlah siempre había admirado, aunque nunca lo había entendido por completo. Parecía surgir de una mutua tristeza inexpresable de la que ninguno hablaba, y se manifestaba en la sensibilidad con que se trataban y hablaban. Akram Malik nunca alzaba la voz, pero tampoco lo necesitaba. Su palabra era la ley para su esposa, y se suponía que también lo era para sus hijos.

Pero Muhannad, cuando era adolescente, había llamado a Akram «viejo pedorro» a sus espaldas. Y en la peraleda que había detrás de la casa, arrojaba piedras contra las paredes y pateaba los troncos de los árboles para liberar la furia que sentía siempre que su padre frustraba sus deseos. No obstante, procuraba que Akram nunca fuera testigo de su rabia. Para éste, Muhannad era silencioso y obediente. El hermano de Sahlah había pasado la adolescencia esperando el momento oportuno, obedeciendo los dictados de su padre, consciente de que, mientras concediera prioridad absoluta a los intereses familiares, el negocio y la fortuna de la familia serían suyos al final. Entonces, su palabra sería la ley. Sahlah sabía que Muhannad aguardaba con ansia ese día.

Pero en aquel momento se enfrentaba a la indignación muda de su padre. Además del alboroto que había causado en la ciudad aquel día, había traído a Taymullah Azhar no sólo a Balford, sino a su propia casa, lo cual constituía el acto de desafío más grave contra su familia. Pues aunque era el hijo mayor del hermano de Akram, Sahlah sabía que Taymullah Azhar había sido expulsado de su familia, y ser expulsado significaba que estaba muerto para todo el mundo. Incluida la familia de su tío.

Akram no estaba en casa cuando Muhannad había llegado con Taymullah Azhar, y desechó el imperioso «No lo hagas, hijo mío» de Wardah, musitado con una mano cariñosa apoyada en su brazo.

– Le necesitamos -dijo Muhannad-. Necesitamos a alguien de su experiencia. Si no empezamos a propagar el mensaje de que no permitiremos que el asesinato de Haytham sea barrido bajo la alfombra, la ciudad continuará su vida como si nada hubiera pasado.

Wardah había parecido preocupada, pero no dijo nada más. Después del primer momento, cuando le reconoció sobresaltada, no volvió a mirar a Taymullah Azhar. Se limitó a asentir (la deferencia hacia su marido traducida de manera automática en deferencia hacia su único hijo) y se retiró a la cocina con Sahlah, a la espera del momento en que Akram volviera a casa para solucionar la sustitución de Haytham en la fábrica de mostaza.

– Ammi -había preguntado en voz baja Sahlah, mientras su madre empezaba a preparar la comida-, ¿quién es ese hombre?

– No es nadie -replicó con firmeza Wardah-. No existe.

No obstante, estaba claro que Taymullah Azhar existía, y Sahlah se enteró de su nombre (y supo al instante quién era, debido a los últimos diez años de cuchicheos entre los primos más jóvenes) cuando su padre entró en la cocina al regresar a casa y Wardah salió a su encuentro, para hablarle del visitante que había llegado con su hijo. Intercambiaron unas palabras susurradas. Los ojos de Akram traicionaron su única reacción cuando supo la identidad del visitante. Se entornaron al instante detrás de sus gafas.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Por Haytham -contestó su mujer.

Miró a Sahlah con compasión en sus ojos, como convencida de que su hija había llegado a querer al hombre con que le habían ordenado casarse. ¿Por qué no?, comprendió Sahlah. En idénticas circunstancias, Wardah había aprendido a querer a Akram Malik.

– Muhannad dice que el hijo de tu hermano tiene experiencia en estos asuntos, Akram.

Akram resopló.

– Todo depende de cuáles sean «estos asuntos». No habrías debido permitir que entrara en casa.

– Vino con Muhannad. ¿Qué podía hacer?

Todavía estaba con Muhannad, sentado en un extremo del sofá, mientras el hermano de Sahlah ocupaba el otro. Akram estaba en un sillón, con la espalda apoyada contra uno de los almohadones bordados de Wardah. El enorme televisor estaba emitiendo otra película asiática de Yumn. Había apagado el sonido en lugar de cortar la película, antes de escurrirse hacia arriba. Ahora, por encima del hombro de su padre, Sahlah veía a dos jóvenes amantes desesperados que se encontraban en secreto como Romeo y Julieta, pero no en un balcón, sino que se fundían en un abrazo y caían a tierra para dedicarse a sus asuntos en un campo donde el maíz crecía hasta sus hombros y les ocultaba a la vista. Sahlah apartó los ojos y sintió que el corazón latía en su garganta como las alas de un ave atrapada.

– Sé que no te gusta todo lo que ha pasado esta tarde -estaba diciendo Muhannad-, pero logramos que la policía accediera a reunirse con nosotros cada día. Nos mantendrán informados de lo que vaya sucediendo. -Por el tono cortante de su hermano, Sahlah adivinó que le irritaban la desaprobación y el disgusto no verbalizados de su padre-. No habríamos llegado tan lejos si Azhar no hubiera estado presente, padre. Manipuló a la inspectora jefe hasta que ésta no tuvo otro remedio que acceder. Y lo hizo con tanta elegancia que la mujer no se dio cuenta hasta el último momento, cuando ya era tarde.

Dedicó a Azhar una mirada de admiración. Azhar cruzó las piernas, pellizcó la raya del pantalón entre sus dedos, pero no dijo nada. Tenía la vista clavada en su tío. Sahlah nunca había visto a nadie tan sereno en una situación tan violenta para él.

– ¿Y por eso provocaste un altercado?

– La cuestión no es quién lo provocó. La cuestión es que conseguimos un acuerdo.

– ¿Crees que no lo habríamos logrado por nuestros propios medios, Muhannad? Ese acuerdo, como tú lo llamas.

Akram alzó su vaso y bebió un poco de lassi. No había mirado ni una sola vez a Taymullah Azhar.

– Los policías nos conocen, padre. Hace años que nos conocen. La familiaridad provoca que la gente se relaje cuando llega el momento de cumplir su responsabilidad. El que grita más alto se hace oír antes, y tú lo sabes.

Muhannad, debido a su impaciencia y su aversión por el inglés, equivocó la última parte de la frase. Sahlah comprendía sus sentimientos, pues también había sido atormentada por sus compañeras de clase cuando era pequeña, pero sabía que su padre no. Nacido en Pakistán y emigrado a Inglaterra cuando tenía veinte años, sólo había experimentado el racismo en carne propia una vez. Incluso ese episodio de humillación pública en el metro de Londres no había cambiado su opinión sobre la gente que había decidido adoptar como compatriotas. Aquel día, en su opinión, Muhannad había deshonrado a su pueblo. Akram Malik no estaba dispuesto a olvidarlo pronto.

– El que grita más alto es a menudo el que menos tiene que decir -replicó.

La cara de Muhannad se tensó.

– Azhar sabe organizar. Tal como nosotros necesitamos organizamos ahora.

– ¿Qué pasa ahora, Muni? ¿Haytham está menos muerto ahora que ayer? ¿El futuro de tu hermana está menos destrozado? ¿Cómo cambia eso la presencia de un hombre?

– Porque -anunció Muhannad, y el tono de su voz informó a Sahlah de que su hermano había reservado lo mejor para el final- ahora han admitido que fue un asesinato.

Una expresión seria se pintó en el rostro de Akram. Por irracional que fuera, había consolado a la familia, y sobre todo a Sahlah, con la creencia de que la muerte de Haytham había sido un desafortunado accidente. Ahora que Muhannad había averiguado la verdad, Sahlah sabía que su padre debería pensar en términos diferentes. Tendría que preguntar por qué, lo cual tal vez le condujera en una dirección que no deseaba.

– Admitido, padre. A nosotros. Por lo ocurrido en el pleno municipal de hoy y en las calles de la ciudad después. Espera. No respondas todavía. -Muhannad se puso en pie y caminó hasta la chimenea. Sobre la repisa descansaban una serie de fotografías familiares enmarcadas-. Sé que hoy te he irritado. Admito que perdí el control de la situación, pero te pido que pienses en los resultados obtenidos. Y fue Azhar quien sugirió empezar por el pleno municipal. Azhar, padre. Cuando le telefoneé a Londres. ¿Puedes decirme si, cuando hablaste con el DIC, admitieron que era un asesinato? Porque a mí no. Y bien sabe Dios que a Sahlah no le dijeron nada.

Sahlah bajó la vista cuando los hombres la miraron. No era necesario que confirmara las palabras de su hermano. Akram estaba en la sala cuando sostuvo aquella breve conversación con el agente de policía que había venido a informarles de la muerte de Haytham.

– Lamento informar que se ha producido una muerte en el Nez. Parece que el fallecido es un tal señor Haytham Querashi. Sin embargo, necesitamos que alguien identifique el cadáver oficialmente, y tenemos entendido que usted iba a casarse con él.

– Sí -contestó Sahlah con gravedad, aunque por dentro estaba chillando, ¡no, no, no!

– Es posible -dijo Akram a su hijo-, pero has ido demasiado lejos. Cuando uno de los nuestros está muerto, no es tarea tuya ocuparte de su resurrección, Muhannad.

Sahlah sabía que no estaba hablando de Haytham. Estaba hablando de Taymullah Azhar. En teoría, Azhar estaba muerto para toda la familia, en cuanto sus padres así lo habían proclamado. Si alguien le veía en la calle, debía mirar a través de él o desviar la vista. Su nombre no debía ser mencionado. No se debía hablar de su existencia a nadie, aún de la forma más indirecta. Y si se pensaba en él, había que ocupar al instante la mente en otros pensamientos, no fuera que pensar en él condujera a hablar con él, y de ahí a reflexionar sobre la posibilidad de permitirle volver al seno de la familia. Sahlah era demasiado pequeña para ser informada del delito cometido por Azhar y que le había supuesto la expulsión de la familia, y en cuanto la expulsión se había ejecutado, le habían prohibido hablar de él a nadie.

Diez años de soledad, pensó mientras miraba a su primo. Diez años de vagar solo por el mundo. ¿Cómo los habría vivido? ¿Cómo había sobrevivido sin parientes?

– ¿Qué es más importante, pues?

Muhannad intentaba ser razonable. No quería incurrir aún más en la ira de su padre. No quería que le expulsaran, con una esposa, dos hijos y la necesidad de ganar dinero.

– ¿Qué es más importante, padre? ¿Seguir la pista del hombre que asesinó a uno de los nuestros, o asegurarse de que Azhar está expulsado de por vida? Sahlah es una víctima de este crimen tanto como Haytham. ¿No tenemos una obligación para con ella?

– Muhannad, no necesito lecciones sobre éste ni sobre ningún otro tema -dijo Akram en voz baja.

– No intento darte lecciones. Sólo te estoy diciendo que sin Azhar…

– Muhannad. -Akram cogió uno de los paratkas que su mujer había preparado. Sahlah percibió el olor del buey picado embutido en la pasta. Se le hizo la boca agua-. Esta persona de la que hablas está muerta para nosotros. No tendrías que haberle inmiscuido en nuestras vidas, y mucho menos en nuestra casa. No discuto contigo sobre el crimen que ha sido cometido contra Haytham, tu hermana y toda nuestra familia, si es que fue un crimen.

– La inspectora dijo que era un asesinato, y lo admitió debido a la presión que ejercimos sobre el DIC.

– Esta tarde no ejercisteis presión sobre el DIC.

– Las cosas son así. ¿No te das cuenta?

Hacía un calor sofocante en la habitación. La camiseta blanca de Muhannad se pegaba a su cuerpo musculoso. En contraste, Taymullah Azhar estaba sentado con una calma absoluta, como si se hubiera trasladado a otro mundo.

– Lamento haberte molestado, y quizá habría debido advertirte de que la reunión sería interrumpida…

– ¿Quizá? -preguntó Akram-. Además, lo que ocurrió en la reunión no fue una simple interrupción.

– De acuerdo. De acuerdo. Tal vez me equivoqué.

– ¿Tal vez?

Sahlah vio que los músculos de su hermano se tensaban, pero era demasiado mayor para arrojar piedras contra la pared, y no había troncos de árbol en la sala que pudiera patear. Tenía la cara perlada de sudor, y por primera vez comprendió Sahlah la importancia de que alguien como Taymullah Azhar actuara de intermediario de la familia en futuras discusiones con la policía. La tranquilidad bajo coacción no era el punto fuerte de Muhannad. La intimidación sí, pero era preciso algo más que intimidación.

– Piensa en lo que la manifestación consiguió, padre: una entrevista con la inspectora que dirige la investigación. Y una admisión de asesinato.

– Ya lo veo -reconoció Akram-. Ahora, por lo tanto, darás las gracias oficialmente a tu primo por sus consejos y le despedirás.

– ¡Y una mierda! -Muhannad barrió de un manotazo tres fotos enmarcadas de la repisa, que cayeron al suelo-. ¿Qué te pasa? ¿De qué tienes miedo? ¿Estás tan conchabado con estos jodidos occidentales que ni siquiera eres capaz de pensar en…?

– ¡Basta!

Akram había alterado una de sus normas: había alzado la voz.

– ¡No! Ya estoy harto. Tienes miedo de que uno de esos ingleses asesinara a Haytham. Y si fue así, tendrás que hacer algo al respecto… como cambiar tu opinión sobre ellos. Y no puedes hacerlo, porque hace veintisiete años que juegas a ser un maldito inglés.

Akram se levantó y cruzó la sala con tal rapidez, que Sahlah no se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que su padre abofeteó a Muhannad. Fue entonces cuando gritó.

– ¡Basta! -Oyó el miedo en su voz. Era miedo por los dos, por lo que eran capaces de hacerse, y por la posibilidad de que sus actos dividieran a la familia-. ¡Muni! ¡Abhy-jahn! ¡Basta!

Los dos hombres se quedaron frente a frente, Akram con un dedo amenazador erguido ante los ojos de Muhannad. Era la postura que siempre había adoptado durante la infancia de su hijo, pero con una diferencia. Ahora, alzaba el dedo hacia la cara de su hijo, porque Muhannad le pasaba más de cinco centímetros.

– Todos queremos lo mismo -dijo Sahlah-. Queremos saber qué le pasó a Haytham. Y por qué. Queremos saber por qué. -No estaba muy segura de sus afirmaciones, pero las espetó porque era más importante que su padre y su hermano hicieran las paces que decirles toda la verdad-. ¿Por qué estáis discutiendo? ¿No es mejor seguir el camino que nos conducirá antes a la verdad? ¿No es eso lo que queremos?

Los hombres no contestaron. Arriba, Anas empezó a llorar, y en respuesta, los pies de Yumn recorrieron el pasillo, calzados con sus caras sandalias.

– Es lo que yo quiero -dijo Sahlah en voz baja. No añadió el resto porque no era necesario: yo soy la parte perjudicada, porque iba a ser mi marido-. Muni. Abhy-jahn. Es lo que yo quiero -repitió.

Taymullah Azhar se levantó del sofá. Era más bajo que los otros dos hombres, y más delgado. No obstante, pareció igual que ellos en todos los sentidos cuando habló, pese a que Akram no le miraba.

– Chacha -dijo.

Akram dio un respingo. «Hermano de mi padre.» Afirmaba un lazo de sangre que él no quería reconocer.

– No deseo traer problemas a vuestra casa -dijo Azhar, y contuvo a Muhannad con un gesto cuando quiso interrumpir-. Permite que preste un servicio a la familia. No me verás, a menos que sea necesario. Me alojaré en otro sitio, para que no te veas obligado a quebrar el juramento que hiciste a mi padre. Puedo ayudar porque, cuando es necesario, trabajo con nuestra gente en Londres, siempre que tienen problemas con la policía o el gobierno. Tengo experiencia con los ingleses…

– Y sabemos bien a qué le llevó esa experiencia -dijo Akram con amargura.

Azhar ni se inmutó.

– Tengo experiencia con los ingleses, y podemos utilizarla en esta situación. Te pido que me dejes ayudar. Como no tengo una relación directa con ese hombre o su muerte, hay menos lazos emocionales implicados. Puedo pensar con más lucidez y ver con más claridad. Me ofrezco a ayudaros.

– Deshonró nuestro apellido -dijo Akram.

– Por eso ya no lo utilizo -replicó Azhar-. Es la única forma de expresar mi arrepentimiento.

– Podría haber cumplido su deber.

– Me esforcé al máximo.

En lugar de contestar, Akram estudió el semblante de Muhannad. Dio la impresión de que estaba formándose una opinión sobre su hijo. Se volvió con brusquedad y miró a Sahlah, sentada en el borde de su silla.

– Jamás deseé que te ocurriera esto, Sahlah. Comprendo tu pena. Sólo quiero acabar con ella.

– Entonces, permite a Azhar…

Akram silenció a Muhannad con un ademán.

– Es por tu hermana -dijo a su hijo-. No dejes que le vea. No me obligues a hablar con él. Y no vuelvas a deshonrar el apellido de esta familia.

Salió de la sala. Sus pasos resonaron con fuerza en cada peldaño.

– Viejo pedorro. -Muhannad escupió las palabras-. Ignorante, rencoroso, pedorro de mierda.

Taymullah Azhar meneó la cabeza.

– Quiere lo mejor para su familia. Es una idea que comprendo muy bien.

Después de que Emily cenara, ella y Barbara se trasladaron al jardín trasero de la casa. Una llamada telefónica del amante de Emily las había interrumpido.

– No puedo creer que hayas cancelado la cita de esta noche -dijo-, sobre todo después de lo que ocurrió la semana pasada. ¿Cuándo te has corrido tantas…?

Emily descolgó el teléfono e interrumpió el contestador automático.

– Hola. Estoy aquí, Gary -dijo. Dio la espalda a Barbara. La conversación había sido breve-. No… no tiene nada que ver con eso. Dijiste que ella tenía migraña y te creí… Estás imaginando cosas… No tiene nada que ver con… Gary, sabes que odio que me interrumpas… Sí, bueno, hay alguien conmigo en este momento, así que no voy a entrar en detalles… Oh, por el amor de Dios, no seas ridículo. Aunque fuera el caso, ¿qué más daría? Convinimos al principio que las cosas irían así… No es una cuestión de control. Esta noche trabajo… Y eso, querido, no es tu problema.

Colgó con suavidad.

– Hombres. Joder. Si no tuvieran lo que nos divierte no valdría la pena tomarse tantas molestias.

Barbara no intentó encontrar una respuesta ingeniosa. Su experiencia con los hombres era demasiado limitada para otra reacción que poner los ojos en blanco, con la esperanza de que Emily interpretara el mensaje como «¿A que es verdad?»

Su reacción pareció satisfacer a la inspectora. Había cogido un cuenco de fruta y una botella de coñac de la encimera, al tiempo que decía:

– Vamos a tomar el aire.

Guió a Barbara hasta el jardín.

El jardín no estaba en mejor estado que la casa, pero casi todas las malas hierbas habían sido arrancadas, y se había trazado un sendero de baldosas curvo hasta un castaño de Indias. Barbara y Emily se sentaron debajo del árbol en unas sillas de lona, con el cuenco de fruta entre ambas, dos copas de coñac que Emily había llenado y un ruiseñor que cantaba en alguna rama elevada sobre sus cabezas. Emily estaba comiendo su segunda ciruela. Barbara mordisqueaba un racimo de uvas.

Al menos, se estaba más fresco en el jardín que en la cocina, y hasta gozaba de una pequeña vista. Transitaban coches por la carretera de Balford, y al otro lado, las luces lejanas de las casas de los veraneantes parpadeaban entre los árboles. Barbara se preguntó por qué la inspectora no sacaba su cama, el saco de dormir, la linterna y la Breve historia del tiempo al jardín.

Emily interrumpió sus pensamientos.

– ¿Sales con alguien, Barb?

– ¿Yo?

La pregunta se le antojó ridícula. Emily no tenía problemas de vista, de modo que podía deducir la respuesta sin necesidad de la pregunta. Basta con mirarme, quiso decir Barbara, tengo el cuerpo de un chimpancé. ¿Con quién voy a salir? Pero su respuesta fue:

– ¿Quién tiene tiempo?

Confiaba en que la respuesta bastaría para obviar el tema.

Emily la miró. Una farola estaba encendida en Crescent, y como la casa de Emily era la última de la fila, un poco de luz llegaba al jardín trasero. Barbara notó que Emily la estaba estudiando.

– Eso me suena a excusa -dijo.

– ¿Para qué?

– Para mantener el statu quo. -Emily tiró el hueso de la ciruela por encima del muro-. Sigues sola, ¿verdad? Bien, no pretenderás estar sola eternamente.

– ¿Por qué no? Tú lo estás. Estar sola no te cohíbe.

– Es cierto, pero hay formas y formas de estar sola -dijo con ironía Emily-. Ya sabes a qué me refiero.

Barbara lo sabía muy bien. Aunque vivía sola, Emily Barlow nunca había estado sin un hombre más de un mes. Porque lo tenía todo: una cara bonita, un cuerpo atractivo, una mente singular. ¿Por qué las mujeres que coleccionaban hombres, por el simple hecho de existir, siempre pensaban que las demás mujeres poseían la misma virtud?

Se moría de ganas de fumar. Empezaba a tener la sensación de que habían pasado días desde el último cigarrillo. ¿Qué hacían los no fumadores para ganar tiempo, para desviar la atención que no les interesaba, para evitar discusiones, o tan sólo para calmar los nervios? Decían «Perdona, pero no quiero hablar de eso», una respuesta poco apropiada si Barbara quería trabajar con la inspectora en un caso de asesinato.

– No me crees, ¿verdad? -preguntó Emily, al ver que Barbara no contestaba.

– Digamos que la experiencia ha alentado mi escepticismo. Y en cualquier caso… -Confió en que la bocanada de aire que había expelido diera la impresión de despreocupación-. Estoy a gusto en mi situación actual.

Emily cogió un albaricoque. Lo hizo rodar en su palma.

– Estás a gusto.

Fue una especie de afirmación pensativa.

Barbara decidió considerar aquellas tres palabras como la conclusión de la conversación. Buscó una forma inteligente de pasar a otro tema. Algo como «hablando de crímenes» habría servido, sólo que no habían hablado del asesinato desde que habían salido de la cocina. Barbara no quería insistir, pues su papel semiprofesional en el caso era más tenue de lo que estaba acostumbrada, pero también quería abordar el tema candente de inmediato. Había venido a Balford-le-Nez para intervenir en una investigación policíaca, no para reflexionar sobre las facetas de la soledad.

Se decidió por el acercamiento directo, fingiendo que no se había producido ninguna interrupción en la conversación sobre la muerte acaecida en el Nez.

– Es el aspecto racial el que me preocupa -dijo, y por si Emily pensaba que estaba expresando su preocupación por la influencia del mestizaje en su vida social, añadió-: Si Haytham Querashi acababa de llegar a Inglaterra, como afirmó la tele, por cierto, eso sugiere que tal vez no conocía al asesino. Lo cual, a su vez, sugiere el tipo de violencia racial fortuita tan común en Estados Unidos, o en cualquier gran ciudad del mundo, tal como están los tiempos.

– Estás pensando como los asiáticos, Barb -dijo Emily, mientras mordía un trozo de albaricoque. Engulló la fruta con un sorbo de coñac-. Pero el Nez no es lugar adecuado para un acto fortuito de violencia. Por las noches está desierto. Ya viste las fotos. No hay luces, ni en lo alto del acantilado ni en la playa. Si alguien va allí solo, y supongamos por un momento que Querashi fue solo, va por dos motivos. Uno es para pasear solo…

– ¿Había anochecido cuando salió del hotel?

– Sí. No había luna, por cierto. De modo que descartemos el paseo, a menos que pensara ir dando tumbos como un ciego, y adoptemos la teoría de que fue solo para pensar.

– ¿Le acojonaba la idea de casarse? ¿Quería anular el matrimonio, y no sabía cómo?

– Una buena teoría. Y razonable. Pero hemos de pensar en otro detalle. Habían registrado su coche. Alguien lo hizo trizas. ¿Qué te sugiere eso?

Sólo parecía existir una posibilidad.

– Que fue deliberadamente para encontrarse con alguien. Se llevó algo que debía entregar. No lo hizo, tal como habían acordado, y pagó con su vida. Después, alguien registró su coche en busca de lo que debía entregar.

– Pero eso no sugiere un asesinato racial -dijo Emily-. Esos asesinatos son arbitrarios. Éste no.

– Eso no significa que un inglés no lo matara, Em. Por un motivo que no tuviera nada que ver con la raza.

– No me lo recuerdes. Tampoco significa que un asiático no lo matara.

Barbara asintió, pero abundó en su idea.

– Si acusas a un inglés del crimen, la comunidad asiática lo considerará un asesinato racial, porque parece racial. Si eso ocurre, todo estallará. ¿Cierto?

– Cierto. Pese a reconocer que es una complicación para el caso, me alegro de que el coche estuviera revuelto. Aunque el crimen fuera de naturaleza racial, puedo interpretarlo de otra forma hasta saberlo con certeza. Eso me proporcionará tiempo, calmará la situación y me concederá la oportunidad de diseñar una estrategia. De momento, al menos. Suponiendo que pueda mantener alejado del teléfono veinticuatro horas al maldito Ferguson.

– ¿Pudo matarle un miembro de la comunidad de Querashi?

Barbara cogió otro racimo de uvas del cuenco. Emily se reclinó en su silla con la copa de coñac sobre el estómago y la cabeza ladeada para examinar las hojas del castaño que se balanceaban sobre ellas. En algún lugar, escondido entre aquellas hojas, el ruiseñor continuaba cantando.

– No hay que descartarlo -dijo Emily-. Incluso lo considero probable. ¿A quién conocía bien, aparte de los asiáticos?

– Iba a casarse con la hija de Malik, ¿verdad?

– Sí. Uno de esos matrimonios a medida, todo preparado por papá y mamá. Ya sabes a qué me refiero.

– Quizá había problemas en ese sentido. Ella no le atraía. Y viceversa. Ella quería huir, pero él quería quedarse, y ella era su billete. La situación se solucionó de manera permanente.

– Un cuello roto es una medida extrema para terminar una relación -observó Emily-. En cualquier caso, hace muchos años que Akram Malik está integrado en esta comunidad, y por lo que yo sé, idolatra a su hija. Si ella no hubiera querido casarse con Querashi, no creo que su padre la hubiera obligado.

Barbara reflexionó y tomó otra dirección.

– Aún se lleva lo de la dote, ¿verdad? ¿Cuál era la de la hija? ¿Cabe la posibilidad de que Querashi se mostrara muy desagradecido por lo que la familia consideraba un acto de generosidad?

– ¿Y le eliminaron? -Emily estiró sus largas piernas y acunó el coñac entre sus manos-. Supongo que es una posibilidad. Sería impropio de Akram Malik, pero de Muhannad… Creo que ese tío es capaz de actos violentos, pero eso no explica el problema del coche.

– ¿Había indicios de que hubieran cogido algo?

– Estaba completamente destrozado.

– ¿Habían registrado el cadáver?

– Sin la menor duda. Encontramos las llaves del coche entre una mata de perejil que crecía en el acantilado. Dudo que Querashi las tirara allí.

– ¿Había algo en el cadáver cuando lo encontraron?

– Diez libras y tres condones.

– ¿Ninguna identificación? -Emily meneó la cabeza-. ¿Cómo supiste quién era la víctima?

Emily suspiró y cerró los ojos. Barbara tuvo la impresión de que habían llegado por fin a la parte suculenta, la parte que Emily, hasta el momento, había conseguido ocultar a todas las personas ajenas a la investigación.

– Un tío llamado Ian Armstrong lo encontró ayer por la mañana -dijo Emily-. Armstrong le conocía de vista.

– Un inglés -dijo Barbara.

– El inglés -dijo Emily con tono sombrío.

Barbara comprendió el rumbo que habían tomado los pensamientos de Emily.

– ¿Armstrong tiene un móvil?

– Oh, sí. -Emily abrió los ojos y volvió la cabeza hacia Barbara-. Ian Armstrong trabajaba en la empresa de Malik. Perdió su empleo hace seis semanas.

– ¿Haytham Querashi le despidió, o algo por el estilo?

– Peor que eso, aunque es muchísimo mejor desde el punto de vista de Muhannad, teniendo en cuenta lo que hará con la información si averigua que Armstrong descubrió el cadáver.

– ¿Por qué? ¿Cuál es la historia?

– Venganza. Manipulación. Necesidad. Desesperación. Lo que prefieras. Haytham Querashi sustituyó a Armstrong en la fábrica, Barb. Y en cuanto Haytham Querashi murió, Ian Armstrong recuperó su antiguo empleo. ¿Qué te parece como móvil?

Capítulo 5

– Podría ser -admitió Barbara-, pero ¿no habría tenido Armstrong un móvil aún más poderoso para matar a la persona que le echó a la calle?

– En otras circunstancias, sí. Si buscara venganza.

– ¿Y en estas circunstancias?

– Por lo visto Armstrong era un excelente trabajador. La única razón de que le echaran fue para hacer un sitio a Querashi en el negocio familiar.

– ¡Puta mierda! -exclamó Barbara-. ¿Armstrong tiene coartada?

– Dice que estaba en casa con su mujer y su hijo de cinco años. Tenía un dolor de oídos espantoso. El niño, no Armstrong.

– Y su mujer lo corroboró, ¿verdad?

– Él es quien aporta casi todo el dinero y ella sabe a qué bando ha de aferrarse. -Emily pasó los dedos sobre un melocotón-. Armstrong dijo que había ido al Nez para dar un paseo matutino. Dijo que, desde hacía un tiempo, se dedicaba a dar. paseos matutinos los sábados y los domingos, para huir de su mujer y disfrutar de unas horas de paz. No sabe si alguien le vio en estos paseos, pero aunque lo hubieran hecho, podría haber utilizado esa actividad de los fines de semana como una especie de coartada.

Barbara sabía lo que estaba pensando: no era tan extraño que un asesino fingiera haber tropezado con un cadáver después del hecho, con el fin de desviar las sospechas hacia otra persona. No obstante, algo que había comentado Emily antes impulsó la curiosidad de Barbara en otro sentido.

– Olvida el coche por un momento. Dijiste que Querashi llevaba encima tres condones y diez libras. ¿Es posible que fuera al Nez por cuestiones de sexo? ¿Para encontrarse con una prostituta, por ejemplo? Si estaba a punto de casarse, tal vez no quería correr el riesgo de que alguien le viera y fuera con el cuento a su futuro suegro.

– ¿Qué clase de prostituta se prestaría a un polvo por diez libras, Barb?

– Una joven. Una desesperada. Tal vez una principiante. -Emily meneó la cabeza-. O tal vez iba a encontrarse con una mujer a la que no tendría acceso de otro modo, una mujer casada. El marido se enteró y se lo cargó. ¿Hay algún indicio de que Querashi conociera a la mujer de Armstrong?

– Estamos buscando conexiones con las mujeres de todo el mundo -dijo Emily.

– Este tal Muhannad, ¿está casado, Em?

– Oh, sí. Ya lo creo. Tuvo su matrimonio de conveniencia hace tres años.

– ¿Un matrimonio feliz?

– Juzga tú misma. Tus padres te comunican que te han emparejado con una persona de por vida. Conoces a esta persona y, en un abrir y cerrar de ojos, estás unida en matrimonio. ¿Te parece una receta de la felicidad?

– No, pero es una costumbre ancestral, así que no puede ser tan horrible. ¿Verdad?

Emily le dirigió una mirada tan elocuente que no necesitaba palabras. Siguieron sentadas en silencio, escuchando la canción del ruiseñor. Barbara reordenaba en su mente los hechos que Emily había ido desgranando. El cadáver, el coche, las llaves entre los arbustos, el nido de ametralladoras en la playa, un cuello roto.

– Si alguien de Balford quisiera provocar problemas raciales -dijo por fin-, daría igual a quién detuvieras, ¿no?

– ¿Por qué lo dices?

– Porque si quieren utilizar una detención para causar problemas, utilizarán una detención para causar problemas. Si metes a un inglés en el trullo, se amotinarán porque el asesinato es un ejemplo de violencia racial. Si detienes a un paquistaní, la detención es un ejemplo diáfano de los prejuicios de la policía. El prisma sólo ha girado un poco. Lo que examinan por el prisma sigue siendo lo mismo.

Emily dejó de acariciar el melocotón. Examinó a Barbara. Cuando habló, dio la impresión de haber llegado a una repentina y sabia decisión.

– Por supuesto -dijo-. ¿Qué tal te desenvuelves en los comités, Barb?

– ¿Qué?

– Antes dijiste que estabas dispuesta a colaborar. Bien, necesito un agente con talento para trabajos de comité, y creo que tú eres ese agente. ¿Cómo te llevas con los asiáticos? Una ayudita no me iría nada mal, aunque sólo fuera para quitarme a mi jefe de encima.

Antes de que Barbara repasara la historia de su vida y encontrara una respuesta, Emily continuó. Había accedido a celebrar reuniones periódicas con miembros de la comunidad paquistaní durante el curso de la investigación. Necesitaba un agente que se integrara en ese grupo. Barbara podía serlo, si quería.

– Tendrás que tratar con Muhannad Malik -dijo Emily-, que hará lo imposible por sacarte de quicio, de manera que conservar la serenidad es crucial. Pero hay otro asiático, un tío de Londres llamado no sé qué Azhar, y parece capaz de ponerle un bozal a Muhannad, así que te echará una mano, tanto si se da cuenta como si no.

Barbara no imaginaba cómo reaccionaría Taymullah Azhar al ver su cara contusionada en el primer encuentro entre asiáticos y polis locales.

– No sé -dijo-. Los comités no son mi fuerte.

– Tonterías. -Emily desechó sus objeciones con un ademán-. Estarás brillante. Casi todo el mundo se muestra razonable si se le presentan los hechos en el orden correcto. Trabajaré contigo para decidir cuál es el orden perfecto.

– ¿Y será mi cuello el que caiga cuando estalle la crisis? -preguntó con ironía Barbara.

– No estallará ninguna crisis -replicó Emily-. Sé que tú podrás controlarlo todo. Y aunque no fuera así, ¿quién mejor que Scotland Yard para garantizar que los asiáticos reciban un trato principesco? ¿Lo harás?

Ésa era la cuestión, pero sería de utilidad, comprendió Barbara. No sólo para Emily, sino también para Azhar. ¿Quién podía navegar mejor entre las aguas de la hostilidad asiática, que alguien relacionado con un asiático?

– De acuerdo -dijo.

– Estupendo. -Emily alzó su muñeca hacia la luz de la farola-. Joder, qué tarde. ¿Dónde te hospedas, Barb?

– En ningún sitio, todavía -dijo Barbara, y añadió a toda prisa, para que Emily no lo considerara una velada sugerencia de compartir las dudosas comodidades de su proyecto de renovación-: He pensado alquilar una habitación en la playa. Si va a soplar un poco de brisa fresca en las veinticuatro horas siguientes, querría ser la primera en enterarme.

– Mejor aún -dijo Emily-. Inspirado, de hecho.

Antes de que Barbara pudiera preguntar qué tenía de inspirado anhelar una brisa que refrescara la atmósfera irrespirable, Emily continuó. El hotel Burnt House le iría de perlas, dijo. Carecía de acceso directo a la playa, pero estaba situado en el extremo norte de la ciudad, por encima del mar, y nada obstaculizaba el efecto de la brisa, si es que alguna decidía soplar en su dirección. Como no tenía acceso directo al agua y la arena, siempre era el último hotel que se llenaba cuando empezaba la temporada turística en Balford-le-Nez, como ya era el caso. Y aunque no fuera así, había otro detalle que convertía el Burnt House en el domicilio ideal de la sargento detective Barbara Havers, de Scotland Yard, durante su estancia en Balford.

– ¿Cuál es? -preguntó Barbara.

El hombre asesinado se había alojado allí, explicó Emily.

– Así que, si husmeas un poco, tampoco me vendrá nada mal.

Rachel Winfield se preguntaba a menudo dónde iban a buscar consejo las chicas normales cuando las grandes cuestiones morales de la vida se cernían sobre ellas, exigiendo respuestas. Su fantasía consistía en que las chicas normales acudían a sus madres normales. Sucedía así: las chicas normales y sus madres normales se sentaban en la cocina a tomar té. Con el té venía la conversación, y las chicas normales y sus madres normales charlaban amigablemente sobre cualquier tema caro a sus corazones. Ésa era la clave: corazones, en plural. La comunicación entre ellas era una calle de dos direcciones. La madre escuchaba las preocupaciones de la hija y aconsejaba a la hija según los dictados de su experiencia.

En el caso de Rachel, aunque su madre se aviniera a aconsejarla según los dictados de su experiencia, tal experiencia no serviría de gran cosa en la actual situación. ¿De qué servía escuchar las historias de una bailarina de competición madura, por buena que fuera, si el baile competitivo no era el problema en cuestión? Si la cuestión era el asesinato, escuchar un animado relato de una competición eliminatoria, bailada al son maníaco de «The Boogie Woogie Bugle Boy of Company B», no sería de gran ayuda.

Aquella misma noche, la madre de Rachel había sido abandonada por su compañero de baile habitual (abandonada ante un altar metafórico, lo cual constituía un inquietante recordatorio de que había sido abandonada no una, sino dos veces, ante el altar real, por hombres demasiado repugnantes para ser nombrados), y esta deserción había tenido lugar menos de veinte minutos antes de la competición.

– Su estómago -había anunciado Connie con amargura nada más llegar a casa, con un pequeño pero reluciente trofeo de tercer puesto, en el que dos bailarines se contorsionaban de una manera imposible en falda abultada y pantalones ajustados-. Se pasó la noche en el váter dedicado a sus cosas y maldiciendo a sus tripas. Habría conseguido el primer premio de no haber tenido que bailar con Seamus O'Callahan. Se cree que es Rodolfo Valentino…

Nureyev, corrigió en silencio Rachel.

– … y he de vigilar todo el rato que no me aplaste los pies cuando da saltitos. El swing no se baila a saltitos, no paro de decirle, ¿verdad, Rache? ¿Qué más le da eso a Seamus O'C? ¿Qué más le puede dar a un tío que suda como un pavo carbonizado en el horno? ¡Ja! Nada.

Connie colocó su trofeo sobre una de las estanterías de metal, diseñadas para parecer de madera, de la librería fija a la pared del salón. Lo dispuso entre las dos docenas de premios ya en exhibición. El más pequeño era una copa de peltre, con el grabado de un hombre y una mujer bailando un swing entrelazados. El más grande era una copa plateada, con la inscripción PRIMER PREMIO CONCURSO DE SWING SOUTHEND, cuyo chapado se estaba desprendiendo de tanto limpiarlo.

Connie Winfield retrocedió unos pasos y admiró el último ejemplar de su colección. Parecía un poco derrotada después de las horas pasadas en la sala de baile. Y el principio de la perdición que el ejercicio había obrado en su peinado de Sea and Sand Unisex, el calor lo había rematado.

Rachel miró a su madre desde la puerta de la sala. Observó el mordisco del cuello y se preguntó quién habría hecho los honores: Seamus O'Callahan o la pareja de baile habitual de Connie, un tío llamado Jake Bottom, al que Rachel había conocido en la cocina la mañana siguiente a la noche en que su madre le había conocido. «No pudo poner en marcha el coche», había susurrado en tono confidencial Connie a Rachel, cuando su hija se quedó paralizada al ver el pecho carente de vello y, hasta el momento, desconocido de Jake ante la mesa. «Durmió en el sofá, Rache», y el comentario provocó que Jake alzara la cabeza y le guiñara un ojo de forma lasciva.

Claro que Rachel no necesitaba aquel guiño para sumar dos y dos. Jake Bottom no era el primer hombre que había tenido problemas con el motor del coche ante la puerta de su casa.

– Cuántos hay, ¿eh? -dijo Connie en relación a su colección de trofeos-. Nunca pensaste que tu mamá podría bailar con tanta habilidad…

Agilidad, la corrigió en silencio Rachel.

– … ¿verdad? -Connie la miró-. ¿Por qué estás tan seria, Rachel Lynn? No te olvidarías de cerrar la tienda con llave, ¿verdad? Rache, si te has ido sin tomar las debidas precauciones, te daré una buena tunda.

– Cerré con llave -dijo Rachel-. Lo comprobé dos veces.

– Entonces» ¿qué pasa? Parece que te hayas tragado una botella de vinagre. ¿Por qué no utilizas los productos de maquillaje que te compré? Bien sabe Dios que puedes aprovechar muy bien lo que tienes, sólo si te aplicas a ello, Rache.

Connie se acercó a ella y le arregló el pelo como siempre lo hacía: echándolo hacia adelante para que unas alas negras cayera como un velo sobre una buena parte de la cara. Así queda muy a la moda, afirmó Connie.

Rachel sabía que era inútil informar a Connie de que arreglar su cabello apenas conseguiría mejorar su apariencia general. Su madre llevaba veinte años fingiendo que la cara de Rachel no estaba nada mal. A estas alturas, no iba a cambiar de estribillo.

– Mamá…

– Connie -la corrigió su madre.

Cuando Rachel cumplió veinte años, decidió que no podía resignarse a ser la madre de una adulta. «Además, parecemos hermanas», dijo cuando informó a Rachel de que, a partir de aquel momento, iban a ser Connie y Rachel.

– Connie -dijo Rachel.

Connie sonrió y le palmeó la mejilla.

– Así está mejor -dijo-. Ponte un poco de color, Rache. Tienes unos pómulos perfectos. Hay mujeres que matarían por tener unos pómulos así. ¿Por qué no los utilizas, por el amor de Dios?

Rachel siguió a Connie hasta la cocina. Estaba acuclillada ante una nevera diminuta. Sacó una coca-cola y una banda elástica gigante que guardaba en una bolsa de plástico. Tiró la banda elástica (doce centímetros de ancho por sesenta de largo) sobre la mesa de la cocina. Sirvió el refresco en un vaso, añadió dos terrones de azúcar, como siempre, y contempló las burbujas que formaban. Llevó la bebida a la mesa y se sacudió los zapatos. Bajó la cremallera del vestido, se lo quitó, así como las enaguas, y se sentó en el suelo en ropa interior. Tenía el cuerpo de una mujer con la mitad de su edad (cuarenta y dos años), y le gustaba exhibirlo en cuanto intuía que iban a colmarla de cumplidos (sinceros o no, porque Connie no era exigente).

Rachel cumplió su deber.

– La mayoría de las mujeres matarían por tener un estómago tan liso.

Connie cogió la banda elástica y la pasó alrededor de sus pies. Se puso a hacer abdominales, llevando la banda, a la que el tiempo pasado en la nevera había dotado de mayor resistencia, más atrás de su cabeza.

– Bien, es una cuestión de ejercicio, ¿verdad, Rache? Y de comer bien. Y de pensar joven. ¿Cómo están mis muslos? No formarán hoyuelos, ¿verdad?

Hizo una pausa para levantar una pierna en el aire, con los dedos apuntados al cielo. Llevó las manos desde los tobillos hasta las ligas.

– Están estupendos -dijo Rachel-. De hecho, son perfectos.

Connie pareció complacida. Rachel se sentó a la mesa, mientras su madre continuaba con los ejercicios.

Connie resopló.

– Hace un calor horroroso, ¿no? Supongo que aún estás levantada por eso. ¿No podías dormir? No me sorprende. Me extraña que puedas dormir, vestida de pies a cabeza como una abuela victoriana. Duerme desnuda, muchacha. Libérate.

– No es por el calor.

– ¿No? Entonces, ¿por qué? ¿Algún chico te está comiendo el tarro? -Empezó los ejercicios de abertura de piernas y gruñó un poco. Sus dedos de uñas largas llevaban la cuenta de las repeticiones, tamborileando sobre el suelo de linóleo-. No lo harás sin protección, ¿verdad, Rache? Te dije que insistieras en que el tío se pusiera una goma. Si no se pone una goma cuando se lo digas, le das el pasaporte. Cuando tenía tu edad…

– Mamá -interrumpió Rachel.

Era ridículo hablar sobre condones. ¿Quién se creía su madre que era ella, además? ¿La reencarnación de la propia Connie? Si había que confiar en sus palabras, Connie tuvo que ahuyentar a los hombres con un bate de béisbol desde los catorce años, y ninguna idea le agradaba más que tener una hija enfrentada al mismo «inconveniente».

– Connie -la corrigió Connie.

– Sí. Quería decir Connie.

– Estoy segura, cariño.

Connie guiñó un ojo, cambió de postura, se tendió de lado e inició una serie de levantamientos laterales con los brazos sobre la cabeza. Algo que Rachel admiraba de Connie era su dedicación obsesiva a un objetivo. Daba igual cuál fuera el objetivo del momento. Connie se entregaba a él como una joven a punto de convertirse en esposa de Cristo: era la viva imagen de la devoción absoluta. Era una excelente cualidad para los bailes competitivos, el ejercicio, e incluso los negocios. En aquel momento, sin embargo, era una cualidad que a Rachel le sobraba. Necesitaba toda la atención de su madre. Reunió valor para solicitarla.

– Connie, ¿puedo pedirte algo? Algo personal, algo íntimo.

– ¿Algo íntimo? -Connie enarcó una ceja. Una gotita de sudor resbaló desde ella, brillando como una joya líquida a la luz de la cocina-. ¿Quieres saber las verdades de la vida? -Resopló y rió entre dientes, mientras la pierna subía y bajaba. La hendidura de sus senos se estaba inundando de sudor-. Un poco tarde, ¿no crees? ¿No te he visto corretear con un tío entre las cabañas de la playa más de una noche?

– ¡Mamá!

– Connie.

– Eso. Connie.

– ¿No sabías que lo sabía, Rache? ¿Quién era, por cierto? ¿Se portó mal contigo?

Se sentó, pasó la banda alrededor de sus hombros, empezó a tirar de ella hacia adelante y hacia sí para trabajar los brazos. La mancha de sudor que había dejado en el linóleo recordaba vagamente la forma de una pera puesta en vertical.

– Los hombres, Rache. No intentes leer sus pensamientos o controlar sus actos. Si los dos queréis lo mismo, adelante y divertíos. Si uno no quiere, olvídalo todo. Y procura que la diversión nunca pase de ahí, Rache: pura diversión. Utiliza protección, porque a nadie le gustan las sorpresitas después del acto. He vivido así y me ha ido bien.

Miró a Rachel con una expresión alegre, como esperando la siguiente pregunta o una admisión infantil auspiciada por su sinceridad de adulta.

– No me refería a ese tipo de intimidad -dijo Rachel-. Me refería a algo más real. Tu alma y tu conciencia.

La expresión de Connie no era alentadora. Parecía estupefacta.

– ¿Te ha dado por la religión? -preguntó-. ¿Hablaste con aquellos Haré Krishna la semana pasada? No pongas esa cara de inocencia. Ya sabes a cuáles me refiero. Estaban bailando en los alrededores de Princes Breakwater, dándole a sus tambores. Debiste pasar en bicicleta por allí. No me digas que no.

Volvió a concentrarse en sus brazos.

– No es acerca de la religión. Es sobre lo que está bien y lo que está mal. Sobre eso quiero preguntarte.

Eran aguas más profundas, sin duda. Connie dejó caer la banda elástica y se puso en pie. Tomó un largo sorbo de coca y cogió un paquete de Dunhill que había en una cesta de plástico, en el centro de la mesa. Miró a su hija con cautela mientras encendía e inhalaba. Retuvo el humo en los pulmones un momento antes de lanzar un chorro en dirección a Rachel.

– ¿Qué estás tramando, Rachel Lynn?

En un instante se había transformado en la encarnación de la maternidad.

Rachel agradeció el cambio. Se sintió desorientada un momento, como había ocurrido en su infancia, cuando los instintos maternales de Connie vencían a su indiferencia natural hacia los dictados de la maternidad.

– Nada -dijo Rachel-. No es sobre hacer el bien o el mal. No del todo, al menos.

– Pues ¿sobre qué?

Rachel vaciló. Ahora que había atraído la atención de su madre, se preguntó cómo iba a aprovecharla. No podía contárselo todo, no se lo podía contar a nadie, pero necesitaba contar a alguien lo suficiente para que ese alguien la aconsejara.

– Supon -empezó Rachel con delicadeza-, supón que algo malo le ha pasado a una persona.

– De acuerdo. Lo supongo.

Connie fumó, con el aspecto más pensativo que puede componer alguien ataviado con sujetador negro sin tirantes, bragas a juego y un portaligas de encaje.

– Pasó algo muy grave. Imagina que supieras algo capaz de poder ayudar a la gente a entender por qué pasó esta cosa tan espantosa.

– ¿Entender por qué? -dijo Connie-. ¿Por qué ha de entenderlo alguien? A cada momento están pasando cosas malas.

– Pero esto es algo muy malo. Es lo peor.

Connie inhaló de nuevo y posó una mirada pensativa en su hija.

– Lo peor, ¿eh? Bien, ¿qué pudo ser? ¿Se quemó su casa? ¿Ganó la lotería y tiró el billete a la basura sin saberlo? ¿Su mujer se fugó con Ringo Starr?

– Estoy hablando en serio -dijo Rachel.

Connie debió percibir la angustia que asomaba al rostro de su hija, porque acercó una silla y se sentó a la mesa.

– De acuerdo -dijo-. Algo malo le ha pasado a alguien. Y tú sabes por qué. ¿Es así? ¿Sí? Bien, ¿qué es ese algo?

– La muerte.

Las mejillas de Connie se hincharon. Dio una profunda bocanada al cigarrillo.

– La muerte, Rachel Lynn. ¿De qué vas?

– Alguien murió. Y yo…

– ¿Te has mezclado en algo feo?

– No.

– Entonces, ¿qué?

– Mamá, intento explicártelo. O sea, intento pedirte…

– ¿Qué?

– Ayuda. Consejo. Necesito saber si, cuando una persona sabe algo sobre una muerte, la persona ha de decir toda la verdad, pase lo que pase. Si lo que sabe una persona tal vez no tenga nada que ver con esa muerte, ¿ha de callarse cuando se lo pregunten? Porque yo sé que la persona no ha de decir nada si nadie le pregunta. Pero en el caso de que le preguntaran, ¿debería decir algo si no está segura de que puede ser de ayuda?

Connie la miraba como si acabaran de crecerle alas. Después, entornó los ojos. Pese a la caótica presentación de Rachel, cuando Connie habló a continuación, dejó claro que había efectuado sofisticados alardes de comprensión.

– ¿Estamos hablando de una muerte repentina, Rachel? ¿De una muerte inesperada?

– Bien. Sí.

– ¿Inexplicada?

– Supongo que sí.

– ¿Reciente?

– Sí.

– ¿Cercana?

Rachel asintió.

– Entonces es…

Connie encajó el cigarrillo entre los labios y rebuscó entre una pila de periódicos, revistas y correo amontonada debajo de la cesta de plástico de la que había cogido los cigarrillos. Echó un vistazo a la primera plana del Tendring Standard, lo desechó en favor de otro, desechó éste en favor de un tercero.

– ¿Ésta? -Tiró el periódico delante de Rachel. Era el que informaba sobre la muerte ocurrida en el Nez-. ¿Sabes algo sobre esto, hija mía?

– ¿Por qué lo preguntas?

– Venga, Rache. No me he vuelto ciega. Sé que te codeas con los aceitunos.

– No digas eso.

– ¿Por qué? Nunca ha sido un secreto que Sally Malik y tú…

– Sally no. Sahlah. Y no me refería a lo de que me codeo con ellos. No les llames aceitunos. Pareces una analfabeta.

– Perdone usted, oiga.

Connie dio unos golpecitos con el cigarrillo en un cenicero, que tenía forma de zapato de tacón alto. El tacón servía para apoyar el cigarrillo. Connie no lo utilizó, pues ello significaría perderse unas bocanadas de humo, y en aquel momento no pensaba hacerlo.

– Será mejor que me digas ahora mismo en qué lío te has metido, porque esta noche no estoy para juegos de adivinanzas. ¿Sabes algo sobre la muerte de este tío?

– No. Exactamente no, quiero decir.

– Por lo tanto, sabes algo con inexactitud. ¿No es eso? ¿Conocías a este tipo en persona? -La pregunta dio la impresión de oprimir algún botón, porque los ojos de Connie se abrieron de par en par y apagó el cigarrillo con tal rapidez que volcó el cenicero-. ¿Era el tipo con el que correteabas entre las cabañas de la playa? Dios Todopoderoso. ¿Dejaste que un aceituno te la endiñara? ¿Dónde está tu sentido común, Rachel? ¿Dónde está tu decencia? ¿Dónde está tu dignidad? ¿Crees que a un aceituno le importaría algo hacerte un bombo? Una mierda. ¿Y si te contagió una de esas enfermedades de los aceitunos? ¿Qué harías entonces, muchacha? Y luego, todos esos virus. ¿Qué me dices de ése, el enola, oncola, o como se llame?

Ebola, la corrigió en silencio Rachel. Y no tenía nada que ver con echar un polvo con un hombre (blanco, moreno, negro o púrpura) entre las cabañas de la playa de Balford-le-Nez.

– Mamá -dijo con paciencia.

– Para ti, Connie. ¡Connie Connie Connie!

– Sí. De acuerdo. Nadie me está follando, Connie. ¿De veras crees que algún tío, del color que sea, tendría ganas de echarme un polvo?

– ¿Por qué no? -preguntó Connie-. ¿Qué tienes de malo? Con un cuerpo bonito, unos pómulos fabulosos y unas piernas maravillosas, ¿por qué no querría cualquier tío hacérselo con Rachel Lynn cada noche de la semana?

Rachel vio la desesperación en los ojos de su madre. Sabía que sería inútil, peor aún, de una crueldad innecesaria, lograr que Connie admitiera la verdad. Al fin y al cabo, era la persona que había dado a luz al bebé de la cara deforme. Sería tan difícil vivir con esa realidad como vivir con la cara.

– Tienes razón, Connie -dijo, y sintió que una desesperación silenciosa se posaba sobre ella, como una red compuesta de penas-. Pero no lo hice con ese tío del Nez.

– Pero sabes algo acerca de su muerte.

– No exactamente sobre su muerte, sino algo relacionado con ella. Quería saber si debía decir algo en el caso de que alguien me preguntara.

– ¿Qué clase de alguien?

– Tal vez un policía.

– ¿Policía?

Connie consiguió pronunciar la palabra sin apenas mover los labios. Bajo el colorete fucsia que llevaba, su piel había palidecido tanto que la capa de maquillaje aplicada sobre las mejillas destacaba como pétalos de rosa empapados. No miró a Rachel cuando volvió a hablar.

– Somos mujeres de negocios, Rachel Lynn Winfield. Somos mujeres de negocios antes que cualquier otra cosa. Lo que recibimos, por poco que sea, depende de la buena voluntad de esta ciudad, y no sólo de la buena voluntad de los turistas que vienen en verano, sino de la buena voluntad de todos los demás. ¿Entendido?

– Claro. Ya lo sé.

– Bien, pues si te ganas fama de ser una bocazas y de contar todo lo que sabes al primero que se te cruza por la calle, las únicas personas que perderemos seremos nosotras: Connie y Rache. La gente nos evitará. Dejará de entrar en la tienda. Irá a comprar a Clacton, y no le supondrá ningún inconveniente, porque preferirá ir a un sitio donde se sienta cómoda, donde pueda decir «Necesito algo bonito para una dama muy especial», y pueda guiñar el ojo cuando lo diga y saber que su mujer no se va a enterar de ese guiño. ¿Me he expresado con claridad, Rache? Tenemos un negocio. Y el negocio es lo primero. Siempre.

Dicho esto, cogió la coca-cola de nuevo, y esta vez la vació de un trago. Sacó un ejemplar de Woman's Own de la pila de facturas, catálogos y periódicos amontonados sobre la mesa. Lo abrió y empezó a examinar el sumario. Su conversación había concluido.

Rachel la observó mientras recorría con su larga uña roja la lista de artículos que contenía la revista. Vio que Connie pasaba las páginas hasta uno titulado «Siete maneras de saber si él te está engañando». El título provocó un escalofrío en Rachel a pesar del calor, pues había dado en el clavo con absoluta precisión. Ella necesitaba un artículo titulado «Qué hacer cuando sabes», pero ya sabía la respuesta. No hagas nada y espera. Que era lo que todo el mundo debería decir en cuestión de traiciones, triviales o no. Actuar nada más enterarse de ellas sólo conducía al desastre. Los últimos días en Balford-le-Nez se lo habían demostrado a Rachel Winfield sin la menor duda.

– ¿Por tiempo indefinido?

El propietario del hotel Burnt House casi babeó mientras pronunciaba las palabras. De hecho, se frotó las manos como si ya estuviera sobando el dinero que Barbara le entregaría al finalizar su estancia. Se había presentado como Basil Treves, y había añadido la información de que era teniente jubilado del ejército (de «las Fuerzas Armadas de su Majestad», fue la expresión), en cuanto leyó en la tarjeta de inscripción que Barbara trabajaba en New Scotland Yard. Por lo visto, era como si fueran compatriotas.

Barbara supuso que era por lo de tener que llevar un uniforme, tanto en el ejército como en el Met. Hacía años que no utilizaba uniforme, pero no le reveló aquel detalle personal sin importancia. Necesitaba tener a Basil Treves de su parte, y valía la pena hacer cualquier cosa por conseguirlo. Además, agradecía el hecho de que no hubiera comentado el estado de su cara, en una demostración de tacto. Se había quitado los restantes vendajes en el coche, después de dejar a Emily, pero la piel, desde los ojos a los labios, era todavía un panorama de tonos amarillos, púrpuras y azules.

Treves la guió por un tramo de escalera hasta el primer piso, y después por un pasillo mal iluminado. Nada indicaba a Barbara que el Burnt House fuera un dechado de placeres puestos a su servicio. Una reliquia de pasados veranos eduardianos: ostentaba alfombras desteñidas sobre tablas de piso crujientes, además de techos manchados de humedad. Poseía una atmósfera general de decorosa decadencia.

Sin embargo, Treves parecía ajeno a todo ello. Parloteó sin cesar hasta llegar a la habitación de Barbara, mientras se atusaba su cabello escaso y grasiento, siguiendo el contorno de una raya que se iniciaba justo sobre la oreja izquierda y cruzaba la cúpula reluciente de su cráneo. Encontraría en Burnt House todas las comodidades imaginables, reveló: televisión en color en todas las habitaciones, con mando a distancia, y otra televisión grande en la sala de estar de los huéspedes, por si deseaba confraternizar alguna noche; accesorios para preparar té al lado de la cama; cuartos de baño en casi todas las habitaciones, además de retretes y baños en cada planta; teléfonos con línea directa al mundo, marcando el nueve; y el más místico, bendito y apreciado invento moderno: un fax en recepción. Lo llamó transmisor de facsímiles, como si la máquina y él aún no se tutearan.

– Pero supongo que no lo necesitará -añadió-. Ha venido de vacaciones, ¿verdad, señorita Havers?

– Sargento Havers -le corrigió Barbara-. Sargento detective Havers -añadió.

No había mejor momento que el presente, decidió, para colocar a Basil Treves donde le necesitaba. Algo en los ojillos penetrantes y en la postura expectante del hombre le decían que estaría encantado de proporcionar información a la policía, en cuanto olfateara la menor oportunidad. La foto enmarcada de él que había en recepción, celebrando su elección al consejo municipal, le dijo que era el tipo de hombre que no disfrutaba de gloria personal a menudo o con facilidad. Por lo tanto, cuando la oportunidad se presentara, saltaría sobre ella como un tigre. Y ¿qué mejor gloria que participar de manera extraoficial en una investigación de asesinato? Quizá le sería muy útil, y sólo con un pequeño esfuerzo por su parte.

– Estoy aquí por trabajo, en realidad -dijo, y se permitió una leve manipulación de la verdad-. Trabajo del DIC, para ser exactos.

Treves se detuvo ante la puerta de la habitación. La llave que sostenía sobre su palma colgaba de un enorme llavero de color marfil en forma de montaña rusa. Barbara había observado al registrarse que cada llavero adoptaba la forma de algo relacionado con los parques de atracciones, desde un auto de choque hasta una noria en miniatura, y las habitaciones a las que daban acceso recibían un nombre en consonancia.

– ¿Investigación Criminal? -dijo Treves-. ¿Es por…? Pero claro, usted no puede decir absolutamente nada. Bien, sargento detective, le aseguro que seré una tumba. Nadie sabrá quién es usted de mis labios. Entre, por favor.

Abrió la estrecha puerta, encendió la luz del techo y se apartó a un lado para dejarla entrar. Después, entró a su vez a toda prisa, canturreando por lo bajo mientras depositaba su mochila plegable sobre un estante para equipajes. Señaló el cuarto de baño con el orgulloso anuncio de que le había destinado «el excusado con vistas». Palmeó con ambas manos las colchas de felpilla verde bilis de las camas gemelas.

– Agradables y firmes, pero no demasiado, espero -dijo, y tironeó de los faldones rosa de un tocador en forma de riñón para que colgaran simétricos.

Enderezó las dos reproducciones de las paredes (patinadoras sobre hielo victorianas que se alejaban una de otra, sin que pareciera agradarles mucho el ejercicio) y toqueteó las bolsas de té dispuestas en su cestita, a la espera de la mañana. Encendió la lamparilla de noche, y después la apagó. Volvió a encenderla, como si enviara señales.

– Tendrá todo cuanto precise, sargento Havers, y si necesita algo más, encontrará a su servicio al señor Basil Treves de día y de noche. A cualquier hora. -Le dirigió una sonrisa radiante. Había enlazado las manos a la altura del pecho y se tenía en una posición de firmes modificada-. En cuanto a esta noche, ¿algún deseo final? ¿Un gorro de dormir? ¿Un capuchino? ¿Un poco de fruta? ¿Agua mineral? ¿Bailarines griegos? -Lanzó una risita alegre-. Estoy aquí para satisfacer todos sus caprichos, no lo olvide.

Barbara pensó en pedirle que se sacudiera la caspa de los hombros, pero tal vez le desconcertaría. Se acercó a las ventanas para abrirlas. Hacía tal calor en la habitación que el aire parecía rielar, y deseó que uno de los inventos modernos del hotel hubiera sido el aire acondicionado, o al menos ventiladores de aspas. El aire estaba inmóvil. Daba la impresión de que todo el universo estuviera conteniendo el aliento.

– Un tiempo espléndido, ¿verdad? -dijo con desenvoltura Treves-. Atraerá a oleadas de turistas. Es una suerte que haya llegado en este momento, sargento. Dentro de una semana, estará todo ocupado. Claro que siempre le habría hecho un sitio. Los asuntos de la policía tienen prioridad, ¿no?

Barbara observó que, por obra de abrir las ventanas, tenía las yemas de los dedos manchadas de mugre. Las frotó disimuladamente contra sus pantalones.

– En cuanto a eso, señor Treves…

El hombre ladeó la cabeza como un ave.

– ¿Sí? ¿Hay algo que pueda…?

– Un tal señor Querashi se alojaba aquí, ¿verdad? Haytham Querashi.

Parecía imposible que Basil Treves pudiera adoptar una posición de firmes más correcta, pero dio la impresión de lograrlo. Barbara pensó que iba a saludarla.

– Una circunstancia lamentable -dijo con tono oficial.

– ¿Qué se alojara aquí?

– No, por Dios. Se le recibió de buen grado. Más que de buen grado. El Burnt House no discrimina a nadie. Nunca lo ha hecho, y nunca lo hará. -Miró hacia la puerta abierta-. ¿Me permite…? -Cuando Barbara asintió, la cerró y habló en voz más baja-. Aunque para ser absolutamente sincero, mantengo a las razas separadas, como es probable que observe durante su estancia. Esto no tiene nada que ver con mis inclinaciones, se lo aseguro. No albergo el menor prejuicio hacia la gente de color. Ni el más mínimo. Pero los demás huéspedes… Para ser sincero, sargento, los tiempos han sido difíciles. Es perjudicial para los negocios hacer cosas capaces de suscitar inquina. Ya sabe qué quiero decir.

– ¿Alojó al señor Querashi en otra parte del hotel? ¿Es eso lo que quiere decir?

– No tanto en otra parte como separado de los demás. Con mucha discreción. Dudo que llegara a darse cuenta. -Treves volvió a enlazar las manos sobre el pecho-. Tengo a varios huéspedes permanentes, ¿sabe usted? Son señoras de edad avanzada, y no están acostumbradas a los cambios que los tiempos han propiciado. De hecho, casi me avergüenza comentarlo, una de ellas confundió al señor Querashi con un camarero a la hora del desayuno. ¿Se lo imagina? Pobre criatura.

Barbara no estaba segura de si se refería a Haytham Querashi o a la anciana, pero creía estar en condiciones de adivinarlo.

– Me gustaría ver la habitación en que se hospedaba, si es posible -dijo Barbara.

– Así pues, ha venido a causa de su fallecimiento.

– Fallecimiento no. Asesinato.

– ¿Asesinato? -exclamó Treves-. Santo Dios. -Tanteó a su espalda hasta que su mano entró en contacto con una de las camas gemelas. Se dejó caer sobre ella-. Si me disculpa -balbució. Respiró hondo y, cuando por fin levantó la cabeza de nuevo, dijo en voz baja-: ¿Se sabrá que estaba alojado aquí, en el Burnt House? ¿La prensa lo aireará? Ahora que los negocios prometen recuperarse por fin…

Así que su reacción no tenía nada que ver con la sorpresa, la culpa o la bondad humanas, pensó Barbara. No por primera vez, se reafirmó en su antigua creencia de que el Homo sapiens estaba emparentado genéticamente con la escoria primigenia.

Treves debió leer tal conclusión en su cara, porque se apresuró a continuar.

– No es que no lamente lo sucedido al señor Querashi. Me sabe muy mal. Era un tipo muy agradable, pese a sus costumbres, y lamento su infortunado fallecimiento, pero ahora que los negocios van a recuperarse, y después de tantos años de recesión, no hay que correr el riesgo de perder ni un solo…

– ¿Sus costumbres? -Barbara interrumpió su discurso sobre la economía de la nación.

Basil Treves parpadeó.

– Bien, son diferentes, ¿verdad?

– ¿Quiénes?

– Esos asiáticos. Ya lo sabe. Debería saberlo, puesto que trabaja en Londres. No lo niegue.

– ¿En qué era diferente?

Por lo visto, Treves dedujo algo más de lo que transmitía la pregunta. Sus ojos empezaron a ponerse opacos y se cruzó de brazos. Está alzando sus defensas, pensó Barbara con interés, y se preguntó por la causa. No obstante, sabía que sería perjudicial enemistarse con el hombre, de modo que se apresuró a tranquilizarle.

– Me refiero a que, como usted le veía con regularidad, cualquier detalle extraño que observara en su comportamiento me será de ayuda. Desde un punto de vista cultural, era diferente del resto de sus huéspedes…

– No es el único asiático que ha residido aquí -la interrumpió Treves, que quería dejar bien claras sus convicciones liberales-. Las puertas del Burnt House estarán siempre abiertas a todo el mundo.

– Claro. Por supuesto. Por tanto, deduzco que era diferente incluso de los demás asiáticos. Mantendré en secreto todo cuanto usted me diga, señor Treves. Todo lo que usted supiera, viera o sospechara sobre el señor Querashi puede ser el hecho que necesitamos para llegar al fondo de lo que le pasó.

Sus palabras parecieron apaciguar al hombre, y le animaron a reflexionar sobre su importancia en una investigación policial.

– Entiendo -dijo-. Sí, entiendo.

Adoptó un aspecto pensativo. Se acarició su barba rala y mal cortada.

– ¿Puedo ver su habitación?

– Por supuesto. Sí, sí.

Volvieron sobre sus pasos, ascendieron un tramo más de escalera y recorrieron un pasillo que conducía a la parte posterior del edificio. Tres de las puertas estaban abiertas, a la espera de huéspedes. Una cuarta estaba cerrada. Tras ella, las voces de un televisor hablaban en un volumen muy bajo y respetuoso. La habitación de Haytham Querashi era la siguiente, la quinta, situada al final del pasillo.

Treves tenía una llave maestra.

– No la he tocado desde su… -dijo Treves- bien, el accidente. -No había ningún eufemismo para «asesinato». Renunció a encontrar uno-. La policía vino a decirme que… había muerto. Me dijeron que tuviera la habitación cerrada con llave hasta nuevo aviso.

– :No nos gusta que se toque nada hasta saber qué nos llevamos entre manos -explicó Barbara-. Causas naturales, asesinato, accidente o suicidio. No habrá tocado nada, ¿verdad? Ni usted ni nadie.

– Nadie -confirmó Treves-. Akram Malik vino con su hijo. Querían los efectos personales para enviarlos de vuelta a Pakistán, y créame, no se pusieron contentos cuando impedí que entraran en la habitación para recogerlos. Muhannad actuó como si yo formara parte de una conspiración para cometer crímenes contra la humanidad.

– ¿Y Akram Malik? ¿Qué pensó él?

– Nuestro Akram Malik nunca enseña sus cartas, sargento. No fue tan idiota como para informarme de lo que opinaba.

– ¿Por qué? -preguntó Barbara, mientras Treves abría la puerta de la habitación de Haytham Querashi.

– Porque nos detestamos -explicó con placidez Treves-. No soporto a los arribistas, y a él no le gusta que le consideren uno. Es una pena que emigrara a Inglaterra, pensándolo bien. Le habría ido mucho mejor en Estados Unidos, donde la principal preocupación es si tienes dinero, no la raza a la que perteneces. Entremos.

Encendió la luz del techo.

La de Haytham Querashi era una habitación individual con una pequeña ventana a bisagra que daba al jardín trasero del hotel. Estaba decorada tan a la buena de Dios como la de Barbara. Amarillo, rojo y rosa se disputaban la primacía.

– Parecía estar muy contento aquí -dijo Treves, mientras Barbara tomaba nota de la cama, deprimentemente estrecha, la única butaca, sin brazos y llena de bultos, la madera de imitación del ropero y las borlas que faltaban en la pantalla de un candelabro de pared. Había un grabado sobre la cama, otra escena victoriana que plasmaba a una joven languideciendo en una tumbona. El papel sobre el que había sido montado hacía mucho tiempo que había perdido el lustre.

– Ya.

Barbara hizo una mueca cuando captó el olor de la habitación. Era el olor a cebollas quemadas y col demasiado cocida. La habitación de Querashi estaba justo encima de la cocina, sin duda un sutil recordatorio de cuál era su lugar en la jerarquía del hotel.

– Señor Treves, ¿qué puede contarme sobre Haytham Querashi? ¿Desde cuándo se alojaba en el hotel? ¿Recibía visitas? ¿Venían a verle amigos? ¿Alguna llamada telefónica concreta que recibiera o hiciera?

Apretó el dorso de la mano contra su frente húmeda y se acercó a la cómoda para echar un vistazo a las pertenencias de Querashi. Antes, buscó en su bolso las bolsas para guardar pruebas que Emily le había dado antes de salir de su casa. Se calzó un par de guantes de látex.

Querashi, la informó Basil Treves, llevaba seis semanas alojado en el Burnt House, en espera del día de su boda. Akram Malik había reservado la habitación. Por lo visto, habían comprado una casa a los novios como parte de la dote de Sahlah Malik, pero como estaban cambiando la decoración, la estancia de Querashi en el hotel se había prolongado varias veces. Iba a trabajar antes de las ocho de la mañana y, por lo general, volvía hacia las siete y media o las ocho de la noche. Desayunaba y cenaba en el Burnt House durante la semana, y cenaba fuera del hotel los fines de semana.

– ¡Con los Malik?

Treves se encogió de hombros. Pasó un dedo por un panel de la puerta abierta y examinó su extremo. Barbara, aunque se encontraba de pie delante de la cómoda, vio que estaba cubierto de polvo. Treves no podía jurar que Querashi pasara con los Malik todos los fines de semana. Aunque hubiera sido lo lógico («porque en circunstancias normales, los tortolitos querrían estar juntos el mayor tiempo posible, ¿verdad?»), como las circunstancias eran bastante anormales, siempre existía la posibilidad de que Querashi hubiera dedicado sus fines de semana a otras empresas.

– ¿Circunstancias anormales?

Barbara se volvió hacia el hombre.

– Un matrimonio de conveniencia -explicó Treves con delicado énfasis en el adjetivo-. Bastante medieval, ¿no cree?

– Es propio de su cultura, ¿no?

– Llámese como se llame, cuando se imponen costumbres del siglo catorce a hombres y mujeres del siglo veinte, los resultados no pueden sorprender a nadie, ¿verdad, sargento?

– ¿Cuál fue el resultado en este caso?

Barbara se volvió para tomar nota de los objetos que contenía la cómoda. Un pasaporte, pilas de monedas alineadas con pulcritud, cincuenta libras en billetes cogidas con un clip y el folleto de un lugar llamado Restaurante y Hotel Castle, el cual, según el plano acompañante, se encontraba en la carretera principal de Harwich. Barbara lo abrió, picada por la curiosidad. La hoja de las tarifas se desprendió. Observó que al final de las habitaciones había una suite nupcial. Por ochenta dólares cada noche, Querashi y su esposa tendrían derecho a una cama con baldaquino, media botella de Asti Spumante, una rosa roja y desayuno en la cama. Un chico romántico, pensó, y examinó un maletín de piel que estaba cerrado con llave.

Se dio cuenta de que Treves no había contestado a su pregunta. Le miró. Se estaba tirando de la barba con aire pensativo, y reparó por primera vez en unas desagradables escamas de piel enredadas entre los pelos, producto de un caso leve de eccema que moteaba la parte inferior de sus mejillas. Exhibía el tipo de expresión propio de la gente carente de poder y ansiosa por conseguirlo. Altiva, perspicaz e indecisa sobre la prudencia de compartir su información. Puta mierda, pensó Barbara con un suspiro interior. Daba la impresión de que tendría que masajearle el ego en cada fase del procedimiento.

– Necesito que me cuente todo sobre él, señor Treves. Aparte de los Malik, usted debe de ser nuestra mejor fuente de información.

– Lo comprendo. -Treves se alisó la barba-, pero usted también ha de comprender que un hotelero es algo así como un confesor. Para el hotelero de éxito, lo que ve, escucha y deduce es de naturaleza confidencial.

Barbara tuvo ganas de señalarle que el estado del Burnt House apenas justificaba el adjetivo «de éxito» aplicado a su persona, pero conocía las reglas del juego que estaba practicando.

– Créame -entonó-, toda información que proporcione será considerada confidencial, señor Treves. Pero he de conocerla si vamos a trabajar de igual a igual.

Tuvo ganas de rezongar cuando pronunció las últimas palabras. Disimuló su deseo mediante el expediente de abrir el cajón superior de la cómoda. Buscó entre calcetines y calzoncillos cuidadosamente doblados la llave del maletín de piel.

– Si tan segura está… -Treves debía tener tantas ganas de piar lo que sabía, pese a sus palabras, que continuó sin esperar sus garantías-. Debo decírselo. Había alguien más en su vida, aparte de la hija de Malik. Es la única explicación.

– ¿De qué?

Barbara siguió con el segundo cajón. Una pila de camisas dobladas con esmero estaban ordenadas según el color: blanco, marfil, gris y, por fin, negro. Los pijamas estaban en el tercer cajón. No había nada en el cuarto. El equipaje de Querashi era liviano.

– De sus salidas nocturnas.

– ¿Haytham Querashi salía de noche? ¿Muy a menudo?

– Dos veces a la semana, por lo menos. A veces más. Y siempre después de las diez. Al principio, pensé que iba a ver a su prometida. Parecía una conclusión muy razonable, pese a lo avanzado de la hora. Querría conocerla un poco, antes del día de la boda. Esta gente no es tan salvaje, al fin y al cabo. Puede que entreguen sus hijos al mejor postor, pero me atrevería a decir que no los entregan a unos desconocidos totales sin antes concederles la oportunidad de conocerse. ¿No cree?

– No tengo ni idea -contestó Barbara-. Continúe.

Se acercó a la mesita de noche, un trasto tambaleante con un solo cajón. Lo abrió.

– Bien, la cuestión es que aquella noche en concreto, le vi cuando salía del hotel. Charlamos un poco sobre la inminente boda, y me dijo que iba a correr un poco por la playa. Los nervios anteriores a la boda y todo eso. Ya sabe.

– Sí.

– Por eso, cuando me enteré de que había muerto en el Nez, de entre todos los lugares posibles, porque está en dirección contraria a la playa si se sale de este hotel con la intención de ir a correr un poco, comprendí que no había querido comunicarme sus intenciones. Lo cual sólo puede significar que iba a hacer algo incorrecto. Y, como siempre se marchaba del hotel a la misma hora que se marchó el viernes por la noche, y como el viernes por la noche terminó muerto, me parece lógico deducir que no sólo iba a encontrarse con la misma persona de las otras noches, sino que era una persona con la que no tendría que haberse encontrado nunca, para empezar.

Treves enlazó las manos a la altura del pecho una vez más, como si esperara que Barbara se pusiera a gritar «¡Me asombra, Holmes!», a juzgar por su expresión.

Pero como Haytham Querashi había sido asesinado, y como las circunstancias sugerían que la muerte no había sido un acto casual, Barbara ya había llegado a la conclusión de que el hombre había ido al Nez para encontrarse con alguien. La única novedad añadida por Treves era que Querashi podía haber concertado este tipo de cita con frecuencia. Y, aunque le costara admitirlo, era un dato muy valioso. Arrojó un hueso al hotelero.

– Señor Treves, se ha equivocado de profesión.

– ¿De veras?

– Se lo aseguro.

Y ninguna de aquellas tres palabras era mentira.

Así alentado, Treves se puso a inspeccionar el contenido de la mesita de noche con ella: un libro encuadernado en amarillo, con un punto de raso del mismo color, que al abrirse puso al descubierto varias líneas entre paréntesis y todo un texto escrito en árabe: una caja con dos docenas de condones, la mitad de los cuales habían desaparecido; y un sobre de papel manila de doce por diecisiete. Barbara introdujo el libro en una bolsa de pruebas, mientras Treves parloteaba sobre los condones y todo cuanto la posesión de tal parafernalia sexual implicaba. Mientras chasqueaba la lengua, Barbara vació el sobre en su mano. Cayeron dos llaves, una no mucho más grande que la longitud de su primer nudillo hasta el extremo del pulgar, y la otra muy diminuta, del tamaño de una uña. Ésta debía ser la llave del maletín de piel encontrado en la cómoda. Cerró los dedos alrededor de ambas llaves y pensó en lo que haría a continuación. Quería echar un vistazo al maletín, pero prefería hacerlo en privado. Por lo tanto, antes de ponerse en acción debía ocuparse de su barbudo Sherlock.

Pensó en la mejor manera de hacerlo sin decepcionarle. No se tomaría muy bien averiguar que, como conocía a la víctima, era uno de los sospechosos de la muerte de Querashi, hasta que una buena coartada o una prueba le eliminara.

– Señor Treves, puede que estas llaves sean cruciales para nuestra investigación. ¿Quiere hacer el favor de salir al pasillo y vigilar? Sólo nos faltarían ahora espías o fisgones. Avíseme si no hay moros en la costa.

– Por supuesto, por supuesto, sargento -dijo el hombre-. Es un privilegio…

Corrió a cumplir su misión.

Una vez hubo dado el santo y seña, Barbara examinó las llaves con más detenimiento. Las dos eran de latón, y la más grande estaba sujeta a una cadena de la que colgaba una etiqueta metálica. Llevaba impreso el número 104. ¿La llave de una taquilla?, se preguntó Barbara. ¿Qué clase de taquilla? ¿De estación de tren? ¿De estación de autobuses? ¿Una taquilla personal en la playa, la típica taquilla metálica donde la gente guarda la ropa cuando va a nadar? Las posibilidades eran numerosas. Introdujo la segunda llave en la cerradura del maletín de piel. La llave giró sin problemas. Abrió el maletín.

– ¿Ha encontrado algo útil? -susurró Treves desde el pasillo. James Bond en toda su plenitud-. Todo despejado por aquí, sargento.

– No baje la guardia, señor Treves -susurró Barbara a su vez.

– No se preocupe -murmuró el hombre. Barbara supuso que estaba empezando a creer que había nacido para una vida aventurera.

– Dependo de usted -dijo, y buscó una frase susceptible de fortalecer la sensación de intriga que parecía necesaria para mantenerle en su lugar-. Si alguien se mueve…, quienquiera que sea, señor Treves…

– Por supuesto -dijo el hombre-. Proceda sin miedo, sargento detective Havers.

Barbara sonrió. Qué capullo, pensó. Añadió las llaves a la bolsa de pruebas. Después, se volvió hacia el maletín.

Su contenido estaba ordenado con meticulosidad: un par de gemelos de oro, un clip de oro para sujetar billetes, con una inscripción en árabe grabada, un pequeño anillo de oro, tal vez destinado a una mujer, con un rubí en el centro, una moneda de oro, cuatro brazaletes de oro, un talonario y una hoja de papel amarillo doblada por la mitad. Barbara se detuvo a pensar sobre la predilección de Querashi por el oro, qué significaba tal predilección y cómo podía encajar en el esquema global de lo sucedido al hombre. ¿Avaricia?, se preguntó. ¿Chantaje? ¿Cleptomanía? ¿Previsión? ¿Obsesión? ¿Qué?

Vio que el talonario era de una agencia local de Barclays. Era el tipo de talonario con matrices en el lado izquierdo de los talones. Sólo uno había sido extendido y documentado en una matriz, 400 libras a nombre de un tal F. Kumhar. Barbara examinó la fecha y calculó: tres semanas antes de la muerte de Querashi.

Barbara deslizó el talonario en la bolsa de pruebas y cogió la hoja doblada de papel amarillo. Era un recibo de una tienda de la ciudad. Se llamaba Racon Original and Artistic Jewellery, y debajo de este nombre estaba escrito en cursiva «La más elegante de Balford». Barbara pensó al principio que el recibo correspondía al anillo del rubí. ¿Tal vez un recuerdo comprado por Querashi para su futura esposa? Sin embargo, tras examinarlo, descubrió que el recibo no iba a nombre de Querashi, sino de Sahlah Malik.

El recibo no aclaraba la mercancía comprada. Fuera lo que fuera, sólo dos letras y un número de identificación: AK-162. Al lado había una frase escrita entre comillas: «La vida empieza ahora.» En la parte inferior del recibo estaba el precio que Sahlah Malik había pagado: 220 libras.

Intrigante, pensó Barbara. Se preguntó cómo había llegado aquel recibo a manos de Querashi. Era el recibo de algo comprado por la novia del hombre, y «La vida empieza ahora» debía ser la frase que ella quería que grabaran. ¿Una alianza? Era la conclusión más lógica. Pero ¿los maridos paquistaníes llevaban alianzas? Barbara nunca había visto una en Taymullah Azhar, pero eso no significaba gran cosa, porque no todos los occidentales se las ponían, e ignoraba cuál era la costumbre asiática. De todos modos, aunque el recibo fuera de una alianza, el que estuviera en posesión de Querashi indicaba que éste pensaba devolver lo que había comprado Sahlah. Y el acto de devolver un obsequio en el que se habían grabado las esperanzadoras palabras «La vida empieza ahora», insinuaba una auténtica fisura en los planes de la boda.

Barbara echó un vistazo a la mesita de noche, cuyo cajón seguía abierto. Vio la caja de condones medio vacía, y recordó que en los bolsillos del cadáver habían encontrado otros tres preservativos. Junto con el recibo de la joyería, los condones servían para subrayar una única conclusión.

No sólo habían aparecido fisuras en los planes de la boda, sino que había una tercera persona implicada, que tal vez había animado a Querashi a abandonar su matrimonio de conveniencia en favor de otra relación. Y esto había sucedido hacía poco, pues el hombre aún tenía en su posesión la prueba de que estaba planificando una luna de miel.

Barbara añadió el recibo a los demás objetos que había cogido de la mesilla de noche. Cerró con llave el maletín de piel y lo guardó también en la bolsa de pruebas. Se preguntó qué clase de reacción debería afrontar el novio de un matrimonio de conveniencia si anunciaba su decisión de romper el compromiso. ¿Se exaltarían los ánimos? ¿Se urdiría una venganza? No lo sabía, pero tenía una excelente idea de cómo averiguarlo.

– ¿Sargento Havers?

Era más un siseo que un susurro, procedente del pasillo: 007 se estaba impacientando.

Barbara se encaminó a la puerta y la abrió. Salió al pasillo y cogió a Treves del brazo.

– Puede que hayamos encontrado algo -le dijo con solemnidad.

– ¿De veras?

El hombre era todo oídos y ojos.

– Ya lo creo. ¿Guarda el registro de las llamadas telefónicas? ¿Sí? Estupendo. Quiero esos registros -ordenó-. Todas las llamadas que Querashi hizo. Todas las que recibió.

– ¿Esta noche?

Treves se humedeció los labios, entusiasmado. Barbara comprendió que, si se lo permitía, estaría hundido hasta los codos en documentación del hotel hasta el amanecer.

– No, mañana -dijo-. Vaya a dormir un poco. Ha de estar descansado para el combate.

El susurro de Treves era exaltación en estado puro.

– Gracias a Dios que he impedido a todo el mundo entrar en esa habitación.

– Siga así, señor Treves -dijo Barbara-. Que la puerta continúe cerrada con llave. Monte guardia, si es preciso. Contrate a un guardia jurado. Ponga una cámara de vídeo. Llene la habitación de micrófonos ocultos. Lo que sea. Pero que ni un alma traspase ese umbral. Confío en usted. ¿Lo hará?

– Sargento -dijo Treves con la mano sobre el corazón-, puede confiar en mí hasta la muerte.

– Espléndido -dijo Barbara, y se preguntó si Haytham Querashi había oído recientemente esas mismas palabras.

Capítulo 6

El sol de la mañana la despertó. Venía acompañado de los chillidos de las gaviotas y el tenue aroma a sal en el aire. Al igual que el día anterior, el aire estaba inmóvil por completo. Barbara, tendida en posición semifetal en una de las camas gemelas, miró por la ventana abierta y vio al otro lado un laurel, y ni una sola hoja se movía. A mediodía, el mercurio burbujearía en los termómetros de toda la ciudad.

Barbara hundió los nudillos en su región lumbar, que le dolía después de haber estado expuesta toda la noche a un colchón apisonado por varias generaciones de cuerpos. Bajó de la cama y se dirigió dando tumbos hacia el lavabo con vistas.

El cuarto de baño prolongaba el tema de decadencia decorosa del hotel. Borlas de moho crecían en los azulejos de la pared y el suelo que rodeaba la bañera, y las puertas de los armaritos situados debajo del lavabo se mantenían cerradas mediante una goma elástica tensada entre sus pomos. Se accedía a las vistas gracias a una pequeña ventana que había sobre el retrete, cuatro hojas de cristal mugrientas tras una cortina fláccida, en la que delfines superpuestos surgían de un mar espumeante que, desde hacía mucho tiempo, había adquirido el tono deprimente de un cielo invernal.

Barbara examinó el entorno con un «puag» y se miró la cara en el espejo manchado por los años que había encima del lavabo, donde tal vez dos docenas de cupidos dorados se disparaban mutuamente flechas de amor desde las cuatro esquinas del cristal. Tomó nota de su apariencia con un segundo y más fervoroso «puag». La combinación de los cardenales que empezaban a amarillear por los bordes, y que abarcaban desde los ojos hasta la barbilla, junto con las arrugas que cruzaban su mejilla izquierda por haber dormido de ese lado, creaban una visión muy poco atractiva para la hora del desayuno. La visión era capaz de sacar de quicio a cualquiera, decidió Barbara, y se dio la vuelta para admirar las vistas.

La ventana estaba abierta de par en par, lo cual permitía la entrada de unos generosos quince centímetros de aire fresco matinal. Respiró hondo y se pasó los dedos por su masa enmarañada de cabello, mientras contemplaba la pendiente de césped que descendía hasta el mar.

El hotel Burnt House, aposentado sobre un risco situado más o menos a kilómetro y medio al norte del centro de la ciudad, era ideal para los visitantes que iban a Balford sólo para tener vistas. Al sur, la playa de Princes tallaba una media luna de arena puntuada por tres rompeolas de piedra. Al este, el césped terminaba en un acantilado tras el cual se extendía el mar, inmóvil aquella mañana y limitado por una capa de neblina gris que colgaba en el horizonte, como la promesa seductora de una temperatura más fría. Al norte, las grúas del lejano puerto de Harwich alzaban sus cuellos de dinosaurio por encima de los transbordadores que pasaban bajo ellos camino de Europa. Barbara vio todo esto desde su ventana, pese a su pequeñez, y habría una vista más amplia para cualquiera que se sentara en las sillas de lona diseminadas por el jardín del hotel.

Tal vez un pintor de paisajes o un dibujante descubrirían que Burnt House servía a sus intereses, decidió Barbara, pero para los visitantes que acudían a Balford-le-Nez en busca de algo más que vistas agradables, el emplazamiento del hotel era una pura locura comercial. La distancia entre el hotel y la ciudad, con su paseo Marítimo, el parque de atracciones y la calle Mayor, subrayaba este hecho. Esos lugares constituían el corazón comercial de Balford-le-Nez, donde los turistas gastaban su dinero. Si bien se encontraban a una distancia conveniente, un agradable paseo a pie, de los demás hoteles, casas de huéspedes y residencias de veraneo de la ciudad, no ocurría lo mismo en relación a Burnt House. Los padres con hijos pequeños, los jóvenes ansiosos por disfrutar de los dudosos placeres nocturnos y los visitantes que buscaban de todo, desde arena a recuerdos, no lo encontrarían en el risco situado al norte de Balford. Podían ir a pie a la ciudad, por supuesto, pero no había acceso directo por la fachada marítima. Los peatones que se encaminaran a la ciudad desde Burnt House tendrían que desviarse primero hacia el interior, siguiendo la carretera de Nez Park, y después volver de nuevo hacia el paseo marítimo.

Barbara llegó a la conclusión de que Basil Treves podía sentirse afortunado por tener huéspedes en cualquier época del año. Lo cual significaba que podía sentirse afortunado por haber tenido a Haytham Querashi de huésped para una larga temporada. Lo cual, a su vez, suscitaba la pregunta de si Treves había jugado algún papel en los planes matrimoniales de Querashi. Era una especulación interesante.

Barbara miró hacia el parque de atracciones. Se estaba construyendo en su extremo, donde en otro tiempo estaba la cafetería Jack Awkins. Incluso desde aquella distancia podía ver la pintura nueva que exhibía el muelle: blanca, verde, azul y naranja, además de las banderas multicolores que ondeaban en las astas que flanqueaban sus lados. Nada de esto existía la última vez que estuvo en Balford.

Barbara dio media vuelta. De pie ante el espejo una vez más, examinó su cara y se preguntó si quitarse las vendas había sido una idea inspirada. No había traído maquillaje. Como su provisión de cosméticos se limitaba a una barra de Blistex y a un bote de colorete que había pertenecido a su madre, le había parecido que embutirlos en la mochila no valía la pena. Le gustaba considerarse una tía cuya fibra moral no permitía la indecencia de hacer algo más que pellizcarse las mejillas para dar un poco de color a la cara. Lo cierto era que, si podía elegir entre pintarrajearse la piel y dormir otros quince minutos por la mañana, siempre se había decantado por el sueño. En su profesión, le parecía más práctico. En consecuencia, sus preparativos para el día no se alargaron más de diez minutos, cuatro de los cuales dedicó a hurgar en su mochila, blasfemar y buscar un par de calcetines.

Hizo gárgaras, se pasó un cepillo por el pelo, metió en su bolso los objetos que había sacado la noche anterior del cuarto de Querashi y salió al pasillo. Los olores del desayuno se aferraban al aire como niños impertinentes a las faldas de su madre. En algún lugar, habían frito huevos, asado salchichas, quemado tostadas, asado a la parrilla tomates y champiñones. Barbara no necesitó ningún plano para encontrar el comedor. Se limitó a bajar un tramo de escaleras, donde los olores se intensificaron aún más, y recorrer un estrecho pasillo de la planta baja en dirección al sonido de cubiertos que entrechocaban con platos y voces que murmuraban los planes del día. Y entonces, la oyó.

Una voz se destacaba sobre las demás. Una niña.

– ¿Sabías lo de la excursión en un barco langostero? ¿Iremos, papá? ¿Y la noria? ¿Iremos hoy? Anoche la estuve viendo desde el jardín con la señora Porter, y dijo que cuando tenía mi edad, la noria…

Un murmullo interrumpió la cháchara. Como siempre, pensó Barbara de mal humor. ¿Qué coño le pasaba a aquel hombre? Reprimía todos los impulsos de la niña. Barbara avanzó hacia la puerta, irritada y preparada para la batalla, a sabiendas de que no podía sentir otra cosa que desinterés.

Hadiyyah y su padre estaban sentados en un rincón oscuro del antiguo comedor, adornado con paneles macizos. Les habían colocado bien alejados de los demás huéspedes, tres parejas blancas de edad avanzada cuyas mesas estaban alineadas frente a las puertas cristaleras abiertas. Estas personas atacaban sus desayunos como si no hubiera nadie más, a excepción de una anciana con un andador apoyado contra su silla. Daba la impresión de ser la tal señora Porter, porque estaba cabeceando en dirección a Hadiyyah desde su rincón, como alentándola.

La coincidencia de alojarse en el mismo hotel que Hadiyyah y Taymullah Azhar no sorprendió demasiado a Barbara. Suponía que se alojarían con la familia Malik, pero al parecer no había sido posible, así que el hotel Burnt House era una elección lógica. Haytham Querashi se había alojado en él, al fin y al cabo, y Azhar estaba en Balford a causa de Querashi.

– Ah, sargento Havers. -Barbara giró en redondo y vio que Basil Treves estaba detrás de ella, con dos platos de desayuno en la mano. El hombre le dedicó una sonrisa radiante-. ¿Me permite que la acompañe a su mesa?

Cuando intentó adelantarla para hacer los honores, Hadiyyah lanzó un grito de felicidad.

– ¡Barbara! ¡Has venido! -Dejó caer la cuchara en el cuenco de cereales, derramando leche sobre el mantel rosa. Salió disparada de la silla y corrió dando saltos por la sala, sin dejar de canturrear-. ¡Has venido! ¡Has venido! ¡Has venido a la playa! -Sus trenzas ceñidas con cintas amarillas bailaban alrededor de sus hombros. Iba vestida como un rayo de sol: pantalones cortos amarillos y camiseta a rayas, calcetines a franjas amarillas y sandalias. Estrujó la mano de Barbara-. ¿Has venido para hacer un castillo de arena conmigo? ¿Has venido a coger berberechos? Quiero subir a los autos de choque y a las montañas rusas. ¿Y tú?

Basil Treves contemplaba la escena con cierta consternación.

– Permítame que la acompañe a su mesa, sargento Havers -dijo con más énfasis, y movió la cabeza hacia una mesa contigua a una ventana abierta, entre los huéspedes ingleses.

– Prefiero aquella zona -dijo Barbara, y señaló con el pulgar el rincón oscuro de los paquistaníes-. Demasiado aire fresco por la mañana me saca de quicio. ¿Le importa?

Sin esperar su respuesta, caminó hacia Azhar. Hadiyyah se le adelantó.

– ¡Está aquí! -gritó-. ¡Mira, papá! ¡Está aquí! ¡Está aquí!

No pareció observar que su padre recibía la llegada de Barbara con esa alegría especial que suele reservarse para los leprosos.

Entretanto, Basil Treves había depositado los dos platos de desayuno delante de la señora Poner y su acompañante. Corrió para sentar a Barbara en la mesa contigua a la de Azhar.

– Sí, oh, sí -dijo-. Por supuesto. ¿Querrá zumo de naranja, sargento Havers? ¿Prefiere pomelo?

Sacudió la servilleta para desdoblarla con un movimiento elegante, sugerente de que sentar a la sargento entre los aceitunos siempre había formado parte de su plan maestro.

– ¡No, con nosotros! ¡Con nosotros! -graznó Hadiyyah. Tiró de Barbara hacia su mesa-. ¿Verdad, papá? Ha de sentarse con nosotros.

Azhar observaba a Barbara con sus indescifrables ojos castaños. La única indicación de sus sentimientos fue la deliberada vacilación empleada antes de levantarse para saludarla.

– Nos sentiríamos muy complacidos, Barbara -dijo en tono oficial.

Y una mierda, pensó Barbara. Pero dijo:

– Si hay sitio…

– Haremos sitio. Haremos sitio -dijo Basil Treves.

Mientras trasladaba cubiertos y platos desde la mesa de Barbara a la de Azhar, tarareaba con la firme determinación de un hombre empeñado en mejorar una mala situación.

– ¡Estoy muy contenta, contenta, contenta! -canturreó Hadiyyah-. Has venido de vacaciones, ¿verdad? Iremos a la playa. Buscaremos conchas. Iremos a pescar. Nos divertiremos en el parque de atracciones.

Volvió a sentarse en su silla y recuperó su cuchara, que yacía entre los cereales como un signo de exclamación plateado, comentando los acontecimientos de la mañana. Hadiyyah se puso a comer, indiferente a la leche que goteaba de la cuchara sobre su camiseta a rayas.

– Ayer, la señora Porter me cuidó mientras papá hacía unas cosas -confió a Barbara-. Leímos un libro sobre fósiles en el jardín. Quiero decir que lo leímos en el jardín. -Rió-. Hoy debíamos ir a pasear por el paseo del Acantilado, pero el muelle está demasiado lejos para ir caminando. Demasiado lejos para la señora Porter, quiero decir, pero yo sí puedo hacerlo, ¿verdad? Y ahora que estás aquí, papá me dejará ir al salón recreativo. ¿Verdad, papá? ¿Me dejarás ir si Barbara viene conmigo? -Se retorció en la silla para mirarla-. Subiremos a las montañas rusas y la noria, Barbara. Tiraremos al blanco. Jugaremos a pescar muñecos. ¿Sabes jugar? Papá es muy bueno. Una vez me cogió un koala, y otra cogió para mamá una…

– Hadiyyah.

La voz de su padre era firme. La silenció con su habitual destreza.

Barbara estudió el menú con devoción religiosa. Decidió lo que quería desayunar y Treves, que acechaba en las cercanías, tomó nota.

– Barbara ha venido para descansar, Hadiyyah -dijo Azhar a su hija, mientras Treves se dirigía a la cocina-. No has de inmiscuirte en sus vacaciones. Ha tenido un accidente y aún no estará en forma para pasear por la ciudad.

Hadiyyah no contestó, pero dirigió una mirada esperanzada en dirección a Barbara. Su rostro ansioso gritaba «noria, salón recreativo y montañas rusas». Balanceaba las piernas y daba saltitos en el asiento. Barbara se preguntó cómo lograba su padre negárselo todo.

– Estos huesos cansados podrán desplazarse hasta el muelle -dijo Barbara-, pero primero hay que ver cómo van las cosas.

Por lo visto, la vaga promesa fue suficiente para la niña.

– ¡Sí, sí, sí! -dijo, y antes de que su padre pudiera imponerle su disciplina de nuevo se lanzó sobre los restos de sus cereales.

Barbara observó que Azhar había comido huevos escalfados. Había terminado uno y empezado el segundo, cuando ella se había presentado ante su mesa.

– No dejes que te interrumpa -dijo Barbara, y señaló el plato con un cabeceo. Una vez más, el hombre utilizó la vacilación para comunicar su reticencia, pero Barbara no supo si era reticencia a comer o a su compañía, aunque sospechaba lo último.

Quitó la parte superior del huevo con la cuchara y separó con destreza la cáscara. Sostenía la cuchara entre sus esbeltos dedos oscuros, pero no comió nada antes de hablar.

– Es una gran coincidencia -comentó sin ironía- que hayas venido de vacaciones a la misma ciudad que Hadiyyah y yo, Barbara. Aún es más asombroso que nos hayamos encontrado en el mismo hotel.

– Así podremos estar juntas -anunció con alegría Hadiyyah-. Barbara y yo. La señora Porter es buena -informó a Barbara en voz más baja-. Me cae muy bien, pero no puede andar mucho rato, porque tiene una especie de parálisis.

– Hadiyyah -dijo su padre en voz baja-. Tu desayuno.

Hadiyyah agachó la cabeza, pero no antes de dedicar a Barbara una sonrisa radiante. Sus pies atacaron con energía las patas de la mesa.

Barbara sabía que era absurdo mentir. La primera vez que asistiera a un encuentro entre la policía y los representantes de la comunidad asiática, Azhar descubriría la verdad sobre su presencia en Balford. De hecho, comprendió que prefería tener que decirle una verdad, aunque no fuera la que había motivado su partida precipitada de Londres.

– En realidad he venido por trabajo -dijo-. Bueno, casi.

Le contó con desenvoltura que había venido a la ciudad para ayudar a una antigua amiga que trabajaba ahora en el DIC local, la inspectora que conducía una investigación de asesinato. Esperó ver su reacción. Fue la típica de Azhar: apenas movió una pestaña.

– Un hombre llamado Haytham Querashi fue encontrado asesinado hace tres días, no lejos de aquí. Se alojaba en este hotel -añadió con expresión de inocencia-. ¿Has oído hablar de esta muerte, Azhar?

– ¿Estás trabajando en este caso? -preguntó Azhar-. ¿Cómo es posible? Tú trabajas en Londres.

Barbara se ciñó más o menos a la verdad. Había recibido una llamada telefónica de su antigua compañera Emily Barlow, explicó. De alguna manera, Em se había enterado («Chismorreos policiales y todo eso, ya sabes») de que Barbara estaba libre en aquel momento. Había llamado y animado a Barbara a venir. Eso era todo.

Barbara trabajó la información sobre su amistad con Emily hasta que sonó bien a sus oídos. Dio la impresión de que estaban a medio camino entre almas gemelas y siamesas unidas al nacer por la cadera. Cuando estuvo segura de haber dejado claro que haría cualquier cosa por Emily, dijo:

– Em me ha pedido que colabore con un comité que se ha formado para mantener informada a la comunidad asiática sobre los progresos del caso.

Esperó de nuevo su reacción.

– ¿Por qué tú? -Azhar posó la cuchara al lado de la copa del huevo. Barbara observó que había dejado medio huevo sin comer-. ¿Es que la policía local carece de expertos adecuados?

– Todos los miembros del DIC van a trabajar en la investigación -contestó Barbara-, pues eso es lo que quiere la comunidad asiática, supongo. ¿No crees?

Azhar levantó la servilleta de su regazo. La dobló con pulcritud y la dejó al lado del plato.

– Entonces, parece que tú y yo tenemos misiones similares. -Azhar miró a su hija-. Hadiyyah, ¿has terminado los cereales? ¿Sí? Estupendo. Parece que la señora Porter quiere hacer planes para hoy contigo.

Hadiyyah pareció entristecerse.

– Pero pensaba que Barbara y yo…

– Barbara acaba de decirnos que ha venido por motivos de trabajo, Hadiyyah. Ve con la señora Porter. Ayúdala á salir al jardín.

– Pero…

– Hadiyyah, ¿no me he expresado con claridad?

La niña echó hacia atrás la silla, con los hombros caídos caminó hacia la señora Porter, que estaba batallando con su andador de aluminio, intentando con manos temblorosas ponerlo delante de su silla. Azhar esperó a que Hadiyyah y la anciana desaparecieran por las puertas cristaleras que conducían al jardín. Entonces, se volvió hacia Barbara.

En ese momento Basil Treves entró en el comedor con el desayuno de Barbara y lo depositó ante ella con ademán majestuoso.

– Si me necesita, sargento… -dijo, y señaló de forma significativa hacia la recepción.

Barbara lo interpretó como una indicación de que había esperado con el teléfono en una mano, dispuesto a llamar a la policía si Taymullah se propasaba.

– Gracias -dijo ella, y atacó sus huevos.

Decidió esperar a que Azhar hablara. Era mejor ver hasta qué punto estaba dispuesto a hablar del asunto que le había llevado a Balford, antes que poner en juego sus cartas informativas sin tener idea de lo que pensaba arriesgar.

Fue la encarnación del laconismo. Por lo que Barbara pudo juzgar, no le ocultó nada. El hombre asesinado era el prometido de la prima de Azhar. Azhar había ido a la ciudad a petición de la familia. Les ayudaba en una misión similar a la que Barbara haría para la policía.

Barbara no dijo que ya había sobrepasado los límites de su trabajo teórico como oficial de enlace. Los oficiales de enlace no fisgaban en las habitaciones de las víctimas, registraban sus pertenencias y guardaban en bolsas objetos interesantes.

– La situación no puede ser mejor, en ese caso. Me alegro de estar aquí. La policía necesita saber todo lo concerniente a Querashi. Tú puedes ayudarnos, Azhar.

El hombre se puso en guardia.

– Yo sirvo a la familia.

– Nada que objetar, pero este asesinato te es ajeno, de modo que tu punto de vista será más objetivo que el de la familia. ¿Verdad? -Se apresuró a continuar antes de que pudiera replicar-. Al mismo tiempo, estás integrado en el grupo más cercano a Querashi, lo cual también te proporciona información.

– Los intereses de la familia son lo primero, Barbara.

– Me atrevería a decir que la familia -puso un énfasis suave e irónico en la palabra- está interesada en llegar al fondo del asunto y saber quién liquidó a Querashi.

– Por supuesto que está interesada. Más que interesada.

– Me alegra saberlo. -Barbara esparció mantequilla sobre un triángulo de tostada. Pinchó con el tenedor un trozo de huevo frito-. Bien, así funcionan las cosas: cuando alguien es asesinado, la policía persigue las respuestas a tres preguntas. ¿Quién tenía un motivo? ¿Quién tenía los medios? ¿Quién tuvo la oportunidad? Puedes ayudar a la policía a obtener esas respuestas.

– Traicionando a la familia, quieres decir -repuso Azhar-. O sea que Muhannad tenía razón, después de todo. La policía quiere encontrar al culpable entre la comunidad asiática, ¿verdad? Y como tú estás trabajando con la policía, tú también…

– La policía -interrumpió Barbara y apuntó el cuchillo hacia él para subrayar el hecho de que no estaba dispuesta a dejarse manipular con acusaciones de racismo- quiere averiguar la verdad, con independencia de adonde conduzca. Harías un favor a tu familia si se lo aclararas. -Masticó la tostada y observó que él la estaba observando. Inescrutable, pensó. Sería un policía estupendo-. Escucha, Azhar -continuó mientras masticaba-, necesitamos entender a Querashi. Necesitamos entender a la familia. Necesitamos entender a la comunidad. Vamos a investigar a todas las personas que estuvieron en contacto con él, y algunas de estas personas serán asiáticas. Si piensas subirte por las paredes cada vez que pisemos mierda paquistaní, no iremos a ninguna parte. Te lo aseguro.

Azhar extendió la mano hacia su taza de café, pero se limitó a apoyar los dedos sobre el asa.

– Estás dejando claro que la policía no desea contemplar la posibilidad de que este caso tenga móviles raciales.

– Y tú, amigo mío, estás llegando a conclusiones precipitadas. Una mala costumbre para un oficial de enlace, diría yo.

A su pesar, una sonrisa se insinuó en la boca de Azhar.

– Aceptado, sargento Havers.

– Bien. Vamos a llegar a un acuerdo ahora mismo. Si te hago una pregunta, no hay nada más, ¿de acuerdo? Una pregunta. No significa que haya tomado una dirección concreta. Sólo intento comprender la cultura, con el fin de comprender a la comunidad. ¿De acuerdo?

– Como quieras.

Barbara decidió tomar su frase como un acuerdo tácito de revelar todos los datos que conociera. Era absurdo obligarle a firmar con su sangre un contrato de colaboración. Además, daba la impresión de que estaba aceptando su generosa interpretación del papel que se había adjudicado como oficial de enlace, y mientras lo mantuviera en ese estado, quería arrancarle la máxima información posible.

Pinchó otro trozo de huevo, acompañado de una lonja de beicon.

– Supongamos, sólo por un momento, que no fue un asesinato de móvil racial. Casi todas las víctimas conocen a sus asesinos. Supongamos que pasó lo mismo en el caso de Querashi. ¿Me sigues?

Azhar dio vueltas a su taza en el platillo. Aún no había bebido ni un sorbo de café. Estaba observando a Barbara. Asintió levemente.

– Hacía poco tiempo que estaba en Inglaterra.

– Seis semanas -dijo Azhar.

– Y trabajó en la fábrica de mostaza de los Malik todo ese tiempo.

– Exacto.

– Por lo tanto, podemos concluir que la mayoría de sus conocidos, no todos, pero la mayoría, ¿eh?, eran asiáticos.

La expresión de Azhar era sombría.

– De momento, podemos aceptar esa posibilidad.

– Bien. Su matrimonio iba a ser al estilo asiático. ¿No es así?

– Sí.

Barbara cortó más beicon y lo mojó en la yema del huevo.

– Entonces, he de entender una cosa. ¿Qué pasa si un compromiso de boda asiático, un compromiso establecido, se rompe?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Qué pasa si una de las partes rompe el compromiso?

Parecía una pregunta bastante sencilla, pero como Azhar no respondió de inmediato, Barbara levantó la vista del triángulo de tostada, sobre el que estaba administrando una generosa dosis de mermelada de casis. Su rostro era inexpresivo, pero parecía demasiado controlado. Maldito fuera el hombre. Estaba llegando a conclusiones precipitadas, pese a lo que ella había dicho sobre la necesidad de reunir información.

– Azhar… -dijo, impaciente.

– ¿Te importa? -Sacó un paquete de cigarrillos-. ¿Me permites? Como estás comiendo…

– Enciéndelo. Si fuera capaz de comer y fumar al mismo tiempo, lo haría, créeme.

Azhar utilizó un pequeño mechero de plata para encender el cigarrillo. Movió la silla para mirar en dirección a las puertas cristaleras. En el jardín, Hadiyyah estaba lanzando al aire una pelota de playa roja y azul. Daba la impresión de estar meditando sobre la mejor manera de responder a la pregunta, y al darse cuenta, Barbara sintió una punzada de irritación. Si todas sus conversaciones iban a seguir las pautas de la corrección política, en Navidades seguirían alojados en Balford.

– Azhar, ¿necesito aclararte la pregunta?

El hombre se volvió hacia ella.

– Tanto Haytham como Sahlah habían aceptado el compromiso matrimonial -dijo, mientras daba vueltas a la punta del cigarrillo sobre el cenicero de la mesa, aunque la ceniza aún no se había desprendido-. Si Haytham hubiera tomado la decisión de rechazar el acuerdo, en la práctica estaría repudiando a Sahlah, lo cual sería considerado un grave insulto a su familia. A mi familia.

– ¿Porque la familia concertó el matrimonio?

Barbara se sirvió una taza de té. Era viscoso, con el aspecto de un brebaje que hubiera hervido durante casi toda la semana. Lo engulló con un poco de leche y azúcar.

– Porque la acción de Haytham provocaría que mi tío quedara desprestigiado y, por consiguiente, perdiera el respeto de la comunidad. Sahlah quedaría marcada como una mujer repudiada por su futuro marido, de manera que otros posibles pretendientes no la considerarían deseable.

– ¿A qué se expondría Haytham?

– Al rechazar el matrimonio, desafiaría a su propio padre. El resultado podría ser la expulsión de su familia, si el matrimonio se había considerado una alianza importante. -El acto de inhalar y expeler el humo servía para ocultar la cara de Azhar, pero Barbara se dio cuenta de que la estaba observando a través del humo mientras hablaba-. Ser expulsado significa no tener contacto con la familia. Nadie se comunica con el expulsado por temor a ser expulsado a su vez. En la calle, le giran la cara. En casa, las puertas no se abren. Las llamadas telefónicas no se devuelven. El correo se devuelve como si fuera un desconocido.

– ¿Es como si estuviera muerto?

– Todo lo contrario. A los muertos se les recuerda, se les llora y se les reverencia. Es como si el expulsado nunca hubiera existido.

– Qué fuerte -dijo Barbara-. ¿Habría representado un problema para Querashi? ¿Su familia no está en Pakistán? Tampoco les vería, ¿verdad?

– La intención de Haytham habría sido traer a su familia a Inglaterra en cuanto tuviera el dinero suficiente. La dote de Sahlah le habría proporcionado ese dinero. -Azhar miró de nuevo hacia las puertas cristaleras. Hadiyyah estaba corriendo por el jardín y dando cabezazos a la pelota. Sonrió al verla y no apartó los ojos de ella mientras continuaba-. Por lo tanto, Barbara, considero improbable que intentara romper su matrimonio con Sahlah.

– ¿Y si se había enamorado de otra? Comprendo todo ese rollo del matrimonio de conveniencia, que alguien lo considere como un deber y todo eso. Cono, sólo hay que pensar en la jodida monarquía y el escándalo continuo en que han convertido sus vidas en nombre del deber, pero ¿y si apareció otra y se enamoró de ella antes de que se diera cuenta? Suele pasar, como sabes.

– Es cierto -dijo Azhar.

– Exacto. Bien, ¿y si fue a encontrarse con su amante la noche que murió? ¿Y si la familia se enteró? -Azhar frunció el ceño con expresión dudosa-. Llevaba tres condones en el bolsillo, Azhar. ¿Qué te sugiere eso?

– Un preparativo para el acto sexual.

– ¿No sería una relación amorosa, lo bastante importante para que Querashi quisiera anular sus planes de boda?

– Cabe la posibilidad de que Haytham se hubiera enamorado de otra mujer -contestó Azhar-, pero amor y deber son ideas que se excluyen mutuamente en mi pueblo, Barbara. Los occidentales consideran el matrimonio la consecuencia lógica del amor. Para la mayoría de asiáticos no es así. Es posible que Haytham se hubiera enamorado de otra mujer, y la posesión de los condones sugiere que fue al Nez con el propósito de hacer el amor, estuviera enamorado o no, estoy de acuerdo, pero eso no significa que fuera a romper el compromiso de casarse con mi sobrina.

– De acuerdo. Aceptaré eso de momento.

Barbara dejó caer un cuadrado de tostada en el plato y lo mojó con los restos de yema de su huevo. Le añadió un poco de beicon y masticó con aire pensativo, mientras reflexionaba sobre diferentes teorías. Cuando se decidió por una, habló, consciente de que Azhar tenía el ceño fruncido. No cabía duda de que estaba analizando sus modales en la mesa, que a la hora del desayuno dejaban mucho que desear. Estaba acostumbrada a comer a kilómetro lanzado, y nunca había perdido el hábito de engullir su desayuno como si la persiguiera una banda de matones de la mafia.

– Tal vez dejó a una mujer embarazada. Los condones no siempre funcionan como uno quisiera. Tienen agujeros, se rompen, no se ponen a tiempo.

– Si estaba embarazada, ¿por qué llevaba condones esa noche? No habrían sido necesarios.

– De acuerdo. Ya habría sido demasiado tarde -admitió Barbara-. Pero tal vez no sabía que la había dejado bombada. Fue preparado como de costumbre, y ella le soltó la buena nueva nada más llegar. Ella está embarazada y él está comprometido con otra. ¿Qué pasa?

Azhar apagó su cigarrillo. Encendió otro antes de contestar.

– Sería un caso de mala suerte.

– De acuerdo. Estupendo. Imaginemos lo que pasó. Los Malik…

– Pero Haytham aún se habría considerado comprometido con Sahlah -dijo Azhar con paciencia-. Y la familia habría considerado que el embarazo era responsabilidad de la mujer. Como debía de ser inglesa…

– Alto ahí -interrumpió Barbara, irritada ante la mera sospecha-. ¿Por qué suponer eso? ¿Cómo iba a conocer a mujeres inglesas, además?

– Es tu conjetura, Barbara, no la mía. -Estaba claro que Azhar adivinaba el motivo de su indignación. También estaba claro que se le daba una higa-. Lo más probable es que fuera inglesa, porque las jóvenes asiáticas cuidan su virginidad como ninguna inglesa. Las chicas inglesas son fáciles y accesibles, y los hombres asiáticos ansiosos de experiencias sexuales las buscan con ellas, no con asiáticas.

– Muy amable por su parte -comentó con acritud Barbara.

Azhar se encogió de hombros.

– Los valores de la comunidad predominan en lo relativo al sexo. La comunidad valora la virginidad de las mujeres antes del matrimonio y la castidad de las mujeres después del matrimonio. Un joven que quiera echar una cana al aire buscará chicas inglesas, porque éstas no consideran importante la virginidad. Están disponibles.

– ¿Y si Querashi se topó con una chica inglesa que no compartía esta fascinante actitud? ¿Y si se topó con una chica inglesa convencida de que echar un polvo con un tío, fuera cual fuera su color, raza o religión, equivalía a comprometerse con él?

– Estás enfadada -dijo Azhar-, pero no era mi intención ofenderte con esta explicación, Barbara. Si haces preguntas sobre nuestra cultura, recibirás respuestas que entrarán en conflicto con tus creencias.

Barbara apartó el plato a un lado.

– Y tú deberías olvidar la idea de que mis creencias, como las llamas, reflejan las creencias de mi cultura. Si Querashi dejó preñada a una chica inglesa, y después fue con el cuento de que debía cumplir su deber con Sahlah Malik, y perdona, pero da igual que estés en una situación desesperada porque eres una inglesa de mierda, ¿cómo crees que reaccionaría su padre o su hermano ante la noticia?

– Mal, supongo -dijo Azhar-. De hecho, tal vez con intenciones asesinas. ¿No estás de acuerdo?

Barbara no estaba dispuesta a permitir que Azhar condujera la conversación hacia el objetivo de su elección: la culpabilidad de un inglés. Era veloz como el rayo, pero ella era muy obstinada.

– Tal vez los Malik lo descubrieran todo: la relación, el embarazo. ¿Y si la mujer, quienquiera que fuera, les informó antes de avisar a Malik? ¿No crees que tal vez perdieron los estribos?

– Estás preguntando si, como resultado, abrigaron intenciones asesinas -aclaró Azhar-. No obstante, asesinar al novio no habría servido a los propósitos del matrimonio de conveniencia, ¿verdad?

– ¡Que le den por el culo al matrimonio de conveniencia! -Los platos saltaron cuando Barbara descargó la mano sobre la mesa. Los demás comensales se volvieron a mirarla. Azhar había dejado el paquete de cigarrillos sobre la mesa, y ella cogió uno-. Venga, Azhar -dijo en voz más baja-. La situación tiene dos lecturas.

Estamos hablando de paquistaníes, de acuerdo, pero también de seres humanos con sentimientos humanos.

– Quieres creer que algún familiar de Sahlah cometió ese crimen, tal vez la misma Sahlah, o alguien que actuara en su nombre.

– Me han dicho que Muhannad tiene muy mala leche.

– No obstante, eligieron a Haytham Querashi para ella por varios motivos, Barbara. Sobre todo, porque la familia le necesitaba. Todos los miembros de la familia. Contaba con la experiencia que necesitaban para su fábrica: un título en económicas de Pakistán y experiencia en dirigir la producción de una fábrica grande. Era una relación que beneficiaba a las dos partes. Los Malik le necesitaban y el necesitaba a los Malik. Nadie habría podido olvidar eso, pese a lo que Haytham pensara hacer con los condones que llevaba en el bolsillo.

– ¿Y un inglés no les habría proporcionado la misma experiencia?

– Desde luego, pero el deseo de mi tío es que el negocio siga siendo una empresa familiar. Muhannad ya ocupa un cargo importante. No puede hacer dos trabajos a la vez. No hay más hijos. Akram podría contratar a un inglés, sí, pero el trabajo ya no sería exclusivo de la familia.

– A menos que Sahlah se casara con él.

Azhar meneó la cabeza.

– Nunca se lo permitirían. -Extendió el encendedor, y Barbara se dio cuenta de que no había encendido el cigarrillo que tanto le apetecía. Se inclinó hacia la llama-. Como ves, Barbara -concluyó Azhar-, la comunidad paquistaní tenía todos los motivos para que Haytham Querashi siguiera vivo. Sólo entre los ingleses encontrarás móviles del asesinato.

– ¿De veras? Bien, no vendamos la piel del oso antes de haberlo cazado, ¿no crees, Azhar?

El hombre sonrió, aunque parecía que una prudencia interior le estuviera aconsejando lo contrario.

– ¿Siempre te entregas a tu trabajo con tanta pasión, Barbara Havers?

– El día pasa más deprisa -replicó Barbara.

El hombre asintió y movió el cigarrillo por el borde del cenicero. Al otro lado de la sala, la última pareja de ancianos se dirigía con parsimonia hacia la puerta. Basil Treves mariposeaba junto al bufete. Emitía ruiditos de actividad mientras llenaba seis vinagreras.

– Barbara, ¿sabes cómo murió Haytham? -preguntó Azhar en voz baja, con los ojos clavados en el extremo del cigarrillo.

La pregunta pilló a Barbara por sorpresa. Lo que aún la sorprendió más fue su instantánea inclinación a contarle la verdad. Meditó un momento, se preguntó de dónde había surgido aquella inclinación. Encontró la respuesta en aquel nanosegundo de ternura que había sentido entre ellos cuando él le había preguntado sobre la pasión que aplicaba a su trabajo. Sin embargo, había aprendido la forma de desechar cualquier ternura que pudiera sentir hacia otro ser humano, en especial un hombre. La ternura conducía a la debilidad y la indecisión. Esos dos defectos eran peligrosos en la vida. Podían ser fatales si había un asesinato de por medio.

– La autopsia está prevista para esta mañana -contestó. Esperó a que él preguntara, «¿Cuándo recibirán el informe?», pero no lo hizo. Se limitó a escrutar su rostro, y Barbara procuró hurtar toda información acusadora.

– ¡Papá! ¡Barbara! ¡Mirad!

Salvada por la campana, pensó Barbara. Miró hacia las puertas cristaleras. Hadiyyah estaba ante ellas con los brazos extendidos a los lados y la pelota roja y azul sobre la cabeza.

– No puedo moverme -anunció-. No puedo mover un músculo. Si me muevo la pelota caerá. ¿Tú. sabes hacerlo, papá? ¿Y tú, Barbara? ¿Sabes mantener el equilibrio así?

Esa es la cuestión, en efecto. Barbara se pasó la servilleta por la boca y se levantó.

– Gracias por la conversación -dijo a Azhar, y luego habló a su hija-. Los auténticos profesionales saben mantenerla fija sobre la nariz. Espero que lo hayas terminado para la hora de cenar.

Dio una última calada al cigarrillo y lo apagó en el cenicero. Se despidió de Azhar con un cabeceo y salió de la sala. Basil Treves la siguió.

– Ah, sargento… -Parecía dickensiano, Uriah Heep [2] en tono y postura, con las manos enlazadas a la altura del pecho como de costumbre-. ¿Puede dedicarme un momento? Vamos allí…

«Allí» era la recepción, un cubículo similar a una cueva construido bajo la escalera. Treves pasó detrás del mostrador y se agachó para recuperar algo guardado en un cajón. Era un fajo de papeletas rosa. Se las tendió a Barbara, mientras se inclinaba sobre el mostrador con aire conspirador.

– Mensajes -susurró.

Barbara pensó unos instantes en la inquietante connotación que acechaba tras la nube de ginebra que había exhalado. Echó un vistazo a las papeletas y vio que estaban arrancadas de un libro, copias en papel carbón de mensajes telefónicos recibidos. Por un momento, se preguntó cómo se habían amontonado tantos en tan poco tiempo, teniendo en cuenta que nadie en Londres sabía dónde estaba. Después, vio que iban destinados a H. Querashi.

– Me levanté antes que los pájaros -susurró Treves-. Repasé el libro de mensajes y saqué esto. Aún estoy trabajando en sus llamadas telefónicas al exterior. ¿De cuánto tiempo dispongo? ¿Qué hacemos con su correo? No solemos llevar un registro de las cartas que reciben los huéspedes, pero si me pongo a pensar en ello, tal vez recuerde algo útil a nuestras necesidades.

Barbara no pasó por alto el plural.

– Todo es útil -dijo-. Cartas, facturas, llamadas telefónicas, visitas. Cualquier cosa.

El rostro de Treves se iluminó.

– En cuanto a eso, sargento… -Miró a su alrededor. No había nadie cerca. La televisión de la sala de estar estaba emitiendo el telediario de la mañana, a un volumen que habría ahogado a Pavarotti berreando Pagliacci, pero Treves no abandonó sus precauciones-. Dos semanas antes de morir tuvo una visita. No había pensado en ello porque, al fin y al cabo, estaban comprometidos, de modo que ella podía… Aunque fue raro verla de aquella manera. No suele hacerlo. Tampoco es que se deje ver demasiado en público. La familia no lo permitiría, así que ¿cómo puedo decir que fue raro en este caso?

– Señor Treves, ¿de qué cono está hablando?

– De la mujer que vino a ver a Haytham Querashi -dijo Treves. Parecía disgustado porque Barbara no hubiera sido capaz de seguir un torrente de ideas que corría hacia un destino evidente-. Dos semanas antes de morir, una mujer le visitó. Iba vestida con ese traje que llevan ellas. Bien sabe Dios que se estaría cociendo debajo, con el calor que hacía.

– ¿Una mujer con chador? ¿Se refiere a eso?

– No sé cómo se llama. Iba vestida de negro de pies a cabeza, con unas ranuras para los ojos. Entró y preguntó por Querashi, que estaba tomando café en el salón. Hablaron entre susurros cerca de la puerta, al lado de aquel paragüero. Después, subieron la escalera -dijo con expresión gazmoña-. No tengo ni idea de qué hicieron en su habitación, por cierto.

– ¿Cuánto rato estuvieron?

– No lo controlé, sargento -contestó Treves con gesto socarrón, y añadió, cuando Barbara ya estaba a punto de marcharse-: Pero yo diría que un rato bastante largo.

Yumn se estiró con languidez y se puso de costado. Estudió la nuca de su marido. Oyó ruidos en la casa indicadores de que ya deberían estar levantados, pero le gustaba la circunstancia de que, mientras el resto de la familia se dedicaba a las tareas cotidianas, Muhannad y ella sólo se preocuparan de ellos mismos.

Alzó una mano perezosa hacia el largo cabello de su marido, liberado de su coleta, e introdujo los dedos en él.

– Meri-jahn -murmuró.

No necesitó mirar el pequeño calendario de la mesilla de noche para saber lo que pregonaba aquel día. Llevaba un control riguroso de su ciclo femenino, y la noche, anterior había visto la anotación. Las relaciones con su marido que mantuviera hoy podían desembocar en otro embarazo. Y eso era lo que Yumn más anhelaba, más aún que mantener en su sitio a la plañidera de Sahlah.

Dos meses después de nacer Bishr empezó a sentir la necesidad de tener otro hijo. Comenzó a solicitar a su marido con regularidad, excitándole para que plantara la semilla de otro hijo en la tierra de su cuerpo más que deseoso. Sería otro niño, por supuesto, en cuanto el embarazo se consumara.

Yumn sintió deseo por él en cuanto tocó a Muhannad. Era tan adorable. Qué cambio en su vida había supuesto casarse con un hombre semejante. La hermana mayor, la menos atractiva, la menos casadera a los ojos de sus padres, y ella, Yumn la foca, y no una de sus dóciles y esbeltas hermanas, había demostrado ser la esposa excepcional de un marido excepcional. ¿Quién lo habría considerado posible? Un hombre como Muhannad habría podido escoger a cualquier mujer, pese a la magnitud de la dote que su padre había reunido para tentarle a él y a sus padres. Como único hijo de un padre muy ansioso por tener nietos, Muhannad habría podido imponer su voluntad. Habría podido expresar sus exigencias con unas condiciones que su padre no se habría atrevido a negarle. En consecuencia, habría podido evaluar a cada candidata que le presentaran sus padres y rechazar a las que no cumplieran sus requisitos. Sin embargo, había aceptado la elección de su padre sin rechistar, y la noche que se habían conocido, había sellado el pacto de matrimonio tomándola con rudeza en un rincón oscuro del huerto, dejándola embarazada de su primer hijo.

– Somos una pareja formidable, meri-jahn -murmuró, y se acercó más a él-. Estamos hechos el tino para el otro.

Apretó la boca contra su cuello. El sabor del hombre acrecentó su deseo. Su piel era algo salada, y su pelo olía a los cigarrillos que fumaba a escondidas de su padre.

Deslizó la mano por su brazo desnudo, pero con mucha suavidad, para que sus pelos ásperos le cosquillearan la palma. Aferró su mano, y luego movió los dedos hasta el vello del estómago.

– Anoche estuviste levantado hasta muy tarde, Muni -susurró contra su cuello-. Te deseaba. ¿De qué hablasteis tu primo y tú durante tanto rato?

Había oído sus voces hasta muy avanzada la noche, mucho después de que sus parientes políticos se acostaran. Permaneció tendida, impaciente por el retraso de su marido, y se preguntó qué precio debería pagar Muhannad por haber desafiado a su padre y traído a la casa al Desterrado. Muhannad le había contado su plan la noche anterior a ponerlo en práctica. Ella le había bañado. Después, mientras le frotaba la piel con loción, él le habló en voz baja de Taymullah Azhar.

Le daba igual la reacción del viejo pedorro, dijo. Traería a su primo para que les ayudara en el asunto de la muerte de Haytham. Su primo era un activista en lo tocante a los derechos de los inmigrantes paquistaníes. Lo sabía gracias a un miembro de Jum'a, que le había oído hablar en una conferencia de su pueblo en Londres. Había hablado sobre el sistema legal, sobre la trampa en que caían los inmigrantes, legales o no, al permitir que sus tradiciones e inclinaciones influyeran en sus interacciones con policías, abogados y tribunales. Muhannad se acordaba de todo esto. Y cuando la muerte de Haytham no fue declarada de inmediato accidental, se movió enseguida para lograr la ayuda de su primo. Azhar puede sernos de ayuda, había dicho a Yumn, mientras ella le cepillaba el pelo. Azhar nos ayudará.

– Pero, ¿en qué, Muni? -había preguntado ella, preocupada por la posibilidad de que la llegada del intruso se interpusiera en sus planes. No quería que Muhannad dedicara su tiempo y sus pensamientos a la muerte de Haytham Querashi.

– En conseguir que la policía detenga al asesino -contestó Muhannad-. Intentarán colgarle el muerto a un asiático, por supuesto. No quiero que eso suceda.

Estas palabras agradaron a Yumn. Le gustaba la parte desafiante de su naturaleza. Incluso la compartía. Emitía los sonidos y realizaba los gestos necesarios de obediencia a su suegra, como exigía la costumbre, pero le gustaba restregar por la cara de Wardah la facilidad de reproducción de su obediente nuera. No había pasado por alto la breve expresión de envidia que había aparecido en las facciones de Wardah cuando Yumn anunció con orgullo su segundo embarazo, doce semanas después de haber dado a luz a su primer hijo. Había aprovechado cualquier oportunidad para alardear de su fecundidad delante de su suegra.

– ¿Tu primo tiene cerebro, meri-jahn?-susurró-. Porque no se parece en nada a ti. Un hombre tan pequeño, tan insignificante.

Sus dedos descendieron por el estómago de su esposo, ensortijaron el vello y tiraron de él con delicadeza. Sentía la llamada insistente de su deseo. Creció, hasta que sólo hubo una forma de calmarlo.

Pero quería que él la deseara. Porque si no podía despertar su necesidad aquella mañana, Yumn sabía que buscaría satisfacción en otro sitio.

No sería la primera vez. Yumn no sabía el nombre de la mujer, o de las mujeres, con quien debía compartir a su esposo. Sólo sabía que existían. Siempre fingía dormir cuando Muhannad abandonaba su lecho de noche, pero en cuanto cerraba la puerta del dormitorio, corría a la ventana. Esperaba a escuchar el ruido del coche al ponerse en marcha cuando llegaba al final de la calle, pues hasta allí lo dejaba rodar en silencio. A veces, lo oía. A veces, no.

Pero siempre se quedaba despierta las noches que Muhannad la dejaba, con la vista clavada en la oscuridad, mientras contaba poco a poco para tomar nota del paso del tiempo. Y cuando volvía a ella justo antes del amanecer y se metía en la cama, ella buscaba en el aire el fuerte olor a sexo, pese a saber que el olor de su traición le resultaría tan doloroso como su visión. Sin embargo, Muhannad tomaba la precaución de no llevar a su cama el olor a sexo de otra mujer. Tampoco le proporcionaba pruebas concretas. Por lo tanto, debía hacer frente a su rival desconocida con la única arma que poseía.

Recorrió su hombro con la lengua.

– Qué hombre -susurró.

Sus dedos encontraron el pene. Estaba erecto. Empezó a acariciarlo. Apretó los pechos contra su espalda. Movió las caderas rítmicamente. Susurró su nombre.

Por fin, Muhannad reaccionó. Cogió su mano y aumentó la velocidad de sus caricias.

La casa se llenó de ruidos. Su hijo menor lloró. Se oyeron unos pies calzados con sandalias en el pasillo de arriba. La voz de Wardah gritó algo desde la cocina. Sahlah y su padre intercambiaron unas palabras en voz baja. Los pájaros cantaban en el huerto y un perro ladró en alguna parte.

Wardah se enfadaría al ver que la esposa de su hijo no se había levantado temprano para preparar el desayuno de Muhannad. Por ser una vieja, nunca comprendía la importancia de ocuparse de otras cosas.

Las caderas de Muhannad se sacudieron de manera inconsciente. Yumn le urgió a que se tendiera de espaldas. Echó hacia atrás la sábana bajo la que habían dormido. Se quitó el camisón y se puso a horcajadas. Muhannad abrió los ojos.

Le cogió las manos. Ella le miró.

– Muni -susurró-, meri-jahn, es maravilloso sentirte.

Se alzó para recibirle en su interior, pero él se escurrió al instante de debajo de ella.

– Pero, Muni, ¿no…?

La mano de Muhannad silenció su boca, hundiendo los dedos en sus mejillas con tal fuerza que Yumn sintió las uñas como carbones al rojo vivo sobre su piel. Se puso detrás de ella y tiró de su cabeza. Con la otra mano se apoderó de un pecho y le pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar, hasta que ella se retorció de dolor. Yumn notó sus dientes en el cuello, y su mano, después de liberar el pecho, descendió sobre su estómago hasta encontrar el montículo de vello. Lo estrujó con rudeza. Después, la empujó hacia adelante con la misma brusquedad, hasta que quedó a cuatro patas. Sin dejar de taparle la boca, Muhannad encontró el punto que deseaba y empezó a excavar. Alcanzó el orgasmo en menos de veinte segundos.

La soltó y Yumn se desplomó de costado. Él estuvo arrodillado sobre ella un momento, con los ojos cerrados, la cabeza levantada hacia el techo, mientras su pecho subía y bajaba rápidamente. Se echó el pelo hacia atrás con una sacudida brusca y se lo atusó. El sudor perlaba su cuerpo.

Bajó de la cama y cogió la camiseta que había desechado antes de acostarse. Estaba tirada en el suelo entre sus demás ropas, y se secó con ella antes de arrojarla donde la había encontrado. Recogió los téjanos y se los puso sobre sus nalgas desnudas. Subió la cremallera y, con el pecho desnudo y descalzo, salió de la habitación.

Yumn contempló su espalda, vio cerrarse la puerta. Sentía que la semilla de Muhannad escapaba de su interior. Se apoderó de un pañuelo de papel y alzó las caderas para colocar una almohada bajo ellas. Empezó a relajarse mientras imaginaba el raudo viaje del esperma, en busca del solitario óvulo que aguardaba. Sucedería aquella misma mañana, pensó.

Su Muni era un hombre de pies a cabeza.

Capítulo 7

Emily Barlow estaba enchufando el cable de un ventilador cuando Barbara llegó a su oficina. La inspectora estaba a cuatro gatas debajo de la mesa sobre la que descansaba el ordenador. El monitor mostraba un formato que Barbara reconoció incluso desde la puerta. Era HOLMES, el programa que sistematizaba las investigaciones criminales de todo el país.

La oficina ya parecía una sauna, pese a que su única ventana estaba abierta de par en par. Tres botellas vacías de Evian revelaban lo que había hecho Emily hasta el momento para combatir el calor.

– El maldito edificio ni siquiera se refresca durante la noche -dijo Emily a Barbara, mientras salía de debajo de la mesa y presionaba el botón de máxima velocidad del ventilador. No pasó nada.

– ¿Qué…? ¡Joder! -Emily fue a la puerta y gritó-: ¡Billy, pensaba que este maldito trasto funcionaba!

La voz incorpórea de un hombre contestó.

– Yo sólo dije «Pruebe, jefe». No prometí nada.

– Magnífico.

Emily volvió hacia el aparato. Pulsó el botón de parada, y luego cada una de las posiciones. Descargó el puño sobre la caja de plástico del motor. Por fin, las hojas del ventilador iniciaron una desganada rotación.

Ni siquiera llegaron a crear una brisa, mientras masajeaban letárgicamente el aire estancado de la habitación.

Emily meneó la cabeza, irritada, y sacudió el polvo de las rodilleras de sus pantalones grises.

– ¿Qué tenemos? -preguntó, moviendo la cabeza en dirección a la mano de Barbara.

– Mensajes telefónicos recibidos por Querashi durante las seis últimas semanas. Basil Treves me los dio esta mañana.

– ¿Algo útil?

– Hay un montón. Sólo he examinado una tercera parte.

– Mierda. Los habríamos conseguido hace dos días si Ferguson se hubiera mostrado un poco más colaborador y hubiera estado menos interesado en echarme a la calle. Dámelos. -Emily cogió la colección de mensajes y gritó en dirección al pasillo-: ¡Belinda Warner!

La agente vino corriendo. Su uniforme azul ya estaba mojado de sudor, y su pelo le colgaba lacio sobre la frente. Emily la presentó a Barbara. Le dijo que examinara los mensajes («Organiza, coteja, toma nota e infórmame»), y se volvió hacia Barbara. Dedicó a su compañera un detenido escrutinio.

– ¡Santo Dios! -dijo-. Qué desastre. Ven conmigo.

Bajó como una exhalación la estrecha escalera y se detuvo en el rellano para abrir del todo una ventana. Barbara la siguió. En la parte posterior del edificio Victoriano, cuya construcción era bastante irregular, lo que en otro tiempo habría sido un comedor o una sala de estar había sido reconvertido en una combinación de gimnasio y vestuario. En el centro había diversos aparatos, que incluían una bicicleta estática, una máquina de remar y un sofisticado módulo de pesas de cuatro posiciones. Una serie de taquillas ocupaban una pared, y la de enfrente tenía dos duchas, tres lavabos y un espejo. Un corpulento pelirrojo, vestido con un chándal completo, se afanaba en la máquina de remar, con el aspecto de un candidato en potencia para la unidad de cuidados intensivos de cardiología. No había nadie más en la sala.

– Frank -ladró Emily-, te estás pasando.

– He de perder catorce kilos antes de la boda -resolló el hombre.

– ¿Y qué? Compórtate a la hora de comer. Deja las patatas y el pescado fritos.

– No puedo, jefa. -Aumentó el ritmo-. Marsha cocina. No quiero ofenderla.

– Aún se ofenderá más si caes fulminado antes de que te lleve al altar -replicó Emily, y se dirigió a una de las taquillas. Giró la cerradura de combinación, sacó una pequeña bolsa de esponja y abrió la marcha hacia un lavabo.

Barbara la siguió, inquieta. Se había hecho cierta idea de lo que iba a suceder, y no le gustaba mucho.

– Em, creo que no… -empezó.

– Está muy claro -replicó Emily.

Abrió la bolsa y rebuscó en su interior. Dejó en el borde del lavabo un frasco de base de maquillaje líquida, dos estuches del tamaño de su palma y un juego de pinceles.

– No querrás…

– Tú mira. Limítate a mirar. -Emily volvió a Barbara hacia el espejo-. Pareces el infierno en una mañana de enero.

– ¿Y qué aspecto quieres que tenga? Un tío me pegó una paliza. Me rompió la nariz y tres costillas.

– Y yo lo siento mucho -dijo Emily-. No existe nadie que se lo mereciera menos, pero no hay excusa, Barb. Si vas a trabajar para mí, has de tener buen aspecto.

– Em, joder. Nunca me pongo esa mierda.

– Tómalo como otra experiencia vital. Ven. Mírame. -Barbara vaciló, dispuesta a protestar de nuevo-. No vas a reunirte con los asiáticos así. Es una orden, sargento.

Barbara se sentía como un buey fileteado a punto de ser convertido en hamburguesas, pero se sometió a los cuidados de Emily. La inspectora procedió con rapidez y seguridad, y terminó en menos de un minuto. Retrocedió y contempló su obra con ojo crítico.

– Estarás a la altura -dijo-. Pero ese pelo, Barb. No tiene salvación. Parece que te lo cortaste tú misma en la ducha.

– Bien… sí -admitió Barbara-. Me pareció una buena idea en aquel momento.

Emily puso los ojos en blanco, pero no hizo comentarios. Guardó los cosméticos. Barbara aprovechó la oportunidad para examinar su apariencia.

– No está mal -dijo.

Los morados seguían en su sitio, pero se habían reducido mucho de color. Y sus ojos, que siempre consideraba porcinos, aparecían de un tamaño aceptable. Por lo demás, no aterrorizaría a niños inocentes.

– ¿De dónde has sacado esas cosas? -preguntó, en referencia al maquillaje de Emily.

– De Boots -contestó la inspectora-. Has oído hablar de Boots, supongo. Venga. Espero un informe sobre la autopsia, y también confío en que llegue algo del forense.

El informe ya había llegado. Estaba en el centro del escritorio de Emily, y el ventilador, en su lucha contra la atmósfera asfixiante, agitaba las páginas. Emily lo cogió y examinó, mientras se pasaba los dedos por el pelo. El informe había llegado acompañado de otro juego de fotografías. Barbara se ocupó de ellas.

Plasmaban el cadáver, desnudo y antes del análisis anatómico. Barbara comprobó que la paliza había sido brutal. Había contusiones evidentes en su pecho y hombros, aparte de las que había visto en las anteriores fotografías de su cara. No obstante, las marcas eran muy irregulares, y ni su tamaño ni su forma sugerían puñetazos.

Mientras Emily seguía leyendo, Barbara meditó. Debieron utilizar un arma contra Querashi, pero ¿de qué clase? No estaba claro que hubiera sido un puño, o varios puños. Una marca podía ser obra de un gato mecánico, otra de una tabla, una tercera de una pala, una cuarta del tacón de una bota. Todo lo cual sugería una emboscada, más de un asaltante y un combate mortal.

– Em -dijo con aire pensativo-, teniendo en cuenta su aspecto espantoso, tendría que haber señales de pelea en todo el nido de ametralladoras, dentro y fuera. ¿Qué encontró allí la policía científica? ¿Había manchas de sangre, o algo utilizado para golpearle?

Emily levantó la vista del informe.

– Nada. Nada de nada.

– ¿Encontraron algo en lo alto del Nez? ¿Arbustos pisoteados, tierra derrumbada?

– Tampoco.

– ¿Y en la playa?

– Tal vez quedó algo en la arena, pero la marea se ocupó de ello.

¿Era posible que se hubiera producido una lucha a muerte y que sólo quedaran huellas en el cuerpo? Y aunque se hubiera producido una lucha en la playa, ¿era práctico asumir que todos los rastros de la emboscada se los había llevado la marea? Barbara pasó revista a estas preguntas mientras examinaba el estado del cadáver. Tenía muchas contusiones, pero su inconsistencia la impulsó a pensar en otra posibilidad.

Cogió un primer plano de la pierna desnuda de Querashi, y luego una ampliación de una parte de esa pierna. Un rotulador marcaba la zona de carne sobre la que el patólogo deseaba llamar la atención de la policía. En la espinilla había un corte de la anchura de un pelo.

En comparación con las contusiones y arañazos de la parte superior del cuerpo, un corte de cinco centímetros en la pierna parecía insignificante, pero unido a lo que Emily y ella ya sabían sobre el lugar de los hechos, el corte se convertía en un detalle intrigante sobre el que valía la pena reflexionar.

Emily dejó caer el informe sobre su escritorio.

– No aporta gran cosa a lo que ya sabíamos. La rotura de cuello le mató. En principio, no se detecta nada importante en la sangre. Dice que volvamos a analizar las ropas. En especial los pantalones.

Emily pasó por detrás de su escritorio y tecleó un número de teléfono. Esperó mientras se frotaba la nuca con un pañuelo que sacó del bolsillo.

– Qué calor -murmuró, y al cabo de un momento dijo-: IJD Barlow al habla. ¿Eres Roger? Hummm. Sí. Fatal, pero tú al menos tienes aire acondicionado. Pásate por aquí, si quieres saber lo que es bueno. -Arrugó el pañuelo y lo tiró-. Escucha, ¿tienes algo para mí? Sobre el asesinato del Nez, Roger… ¿Te acuerdas? Ya sé lo que dijiste, pero el patólogo del Ministerio del Interior nos ha aconsejado que volvamos a analizar los pantalones… ¿Qué? Venga, Rog. Hazlo por mí, ¿de acuerdo? Lo comprendo, pero prefiero no esperar a que mecanografíen el informe. -Puso los ojos en blanco-. Roger… Roger… Maldita sea. ¿Quieres conseguirme la maldita información? -Cubrió la bocina y habló a Barbara-. Un montón de prima donnas. Ni que las hubiera entrenado Joseph Bell [3].

Se puso a escuchar de nuevo, y cogió una libreta en la que empezó a escribir. Interrumpió a su interlocutor dos veces, una para preguntar cuánto tardaría, y otra para preguntar si había forma de saber si las lesiones eran muy recientes. Colgó con un brusco «Gracias, Rog».

– Una de las perneras de los pantalones tenía un corte -informó a Barbara.

– ¿Qué clase de corte, y dónde?

– A unos doce centímetros de la parte inferior. Un desgarrón recto. Ha dicho que era reciente, porque los hilos estaban rotos, pero no desgastados o alisados, como si hubieran lavado los pantalones poco antes.

– El patólogo te ha pasado una foto de la pierna -dijo Barbara-. Hay un corte en la espinilla.

– ¿Qué coincide con el desgarrón de los pantalones?

– Apostaría cualquier cosa por ello.

Barbara le tendió las fotografías. Las tomadas en el Nez el sábado por la mañana estaban sobre el escritorio de Emily. Mientras la inspectora examinaba las fotos del cadáver, Barbara apartó las fotos de Querashi en el nido de ametralladoras y se concentró en las que plasmaban el lugar de los hechos. Vio el lugar donde la víctima había dejado el coche, en lo alto del acantilado, tocando uno de los postes blancos que delimitaban el aparcamiento. Tomó nota de la distancia entre el coche y el café, y desde el coche al borde del acantilado. Y después, reparó en lo que había visto sin registrarlo en su mente, después de ver por primera vez anoche aquellas mismas fotos. Tendría que haberlo recordado por sus pasadas visitas al Nez en compañía de su hermano: una escalera de cemento que tallaba un corte diagonal en la cara del acantilado.

Comprobó que, al contrario del parque de atracciones, la escalera del Nez no había sido remozada. Las barandillas estaban oxidadas y descuidadas, y los mismos peldaños no estaban en buen estado, debido a que el mar del Norte continuaba erosionando el acantilado. Tenían grietas bastante profundas. Tenían melladuras peligrosas. Al mismo tiempo, revelaban la verdad.

– La escalera -dijo en voz baja Barbara-. Joder, Em. Debió caerse por la escalera. Por eso el cuerpo estaba tan contusionado.

Emily levantó la vista de las fotos del cadáver.

– Fíjate en estos pantalones, Barb. Fíjate en esta pierna. Joder. Alguien empleó un alambre para hacerle caer.

– Puta mierda. ¿Encontraron algo por el estilo en el lugar de los hechos? -preguntó Barbara.

– Se lo preguntaré al oficial responsable de las pruebas -contestó Emily-, pero es un lugar abierto al público. Aunque hubieran encontrado un alambre, cosa que dudo, cualquier abogado decentillo daría una explicación lógica.

– A menos que quedaran fibras de los pantalones de Querashi en él.

– A menos -admitió Emily. Tomó nota.

Barbara examinó las demás fotografías del lugar.

– El asesino debió trasladar el cuerpo de Querashi al nido de ametralladoras después de que cayera. ¿Había alguna señal, Em? ¿Pisadas en la arena? ¿Alguna indicación de que el cuerpo había sido arrastrado desde el pie de la escalera? -Adivinó la respuesta sin necesidad de ayuda-. Imposible. Por culpa de la marea.

– Exacto. -Emily buscó en un cajón de su escritorio y sacó una lupa. Examinó la foto de la pierna de Querashi. Pasó el dedo por encima del informe de la autopsia-. Aquí está. El corte tiene cuatro centímetros de largo. Se lo hizo poco antes de su muerte. -Dejó el informe a un lado y miró a Barbara, pero la expresión de su cara indicaba que lo que veía en realidad era el Nez, el Nez en la oscuridad, sin una luz que guiara al paseante desprevenido y le revelara el alambre tendido a lo largo de la escalera para provocar la caída fatal-. ¿Qué tamaño de alambre estamos buscando? -fue su pregunta retórica. Echó un vistazo al ventilador, que continuaba sus anémicos esfuerzos-. ¿Un alambre eléctrico?

– Eso no habría provocado el corte -señaló Barbara.

– A menos que estuviera despellejado -dijo Emily-, algo probable, porque la oscuridad lo habría ocultado.

– Humm. Supongo que sí. ¿Qué me dices de un hilo de pescar? Algo fuerte, pero también fino. Y flexible.

– No está mal -admitió Emily-. O una cuerda de piano. O el que utilizan para las suturas. O cordel del usado para atar cajas.

– En otras palabras, casi cualquier cosa fina, fuerte y flexible. -Barbara mostró la bolsa de pruebas que contenía objetos encontrados en la habitación de Querashi-. Échale un vistazo. Es de la habitación que tenía en el Burnt House. Los Malik quisieron entrar, por cierto.

– Apuesto a que sí -fue el comentario críptico de Emily. Se calzó unos guantes de látex y abrió la bolsa-. ¿Le has dicho al oficial encargado de las pruebas que lo registrara?

– Nada más entrar. Por cierto, me ha dicho que te comunique que no le haría ascos a un ventilador para el calabozo.

– Ni en sueños -murmuró Emily. Pasó las páginas del libro encuadernado en amarillo descubierto en la mesita de noche de Querashi-. Así que no fue un crimen pasional. Ni una pelea imprevista. Fue un asesinato premeditado desde el primer momento, planeado por alguien que sabía adonde iba Querashi cuando salió del Burnt House el viernes por la noche. La misma persona con la que se había citado en el Nez, posiblemente. O alguien que conocía a esa persona.

– Un hombre -dijo Barbara-. Como el cuerpo fue trasladado de lugar, tuvo que ser un hombre.

– O una mujer y un hombre conchabados -señaló Emily-. O una mujer sola, si el cuerpo fue arrastrado desde la escalera al nido de ametralladoras. Una mujer habría podido hacerlo.

– Pero ¿para qué moverlo? -preguntó Barbara.

– Para retrasar el descubrimiento, diría yo. Aunque…, si ése era el objetivo, ¿por qué dejó el coche patas arriba? Era como un letrero indicador de que algo raro pasaba. Cualquiera que lo encontrara se habría dado cuenta, y habría observado cualquier anomalía en las cercanías.

– Tal vez la persona que registró el coche tenía prisa y no se preocupó de que alguien pudiera darse cuenta. -Barbara vio que Emily pasaba el dedo por la página del libro señalada con el punto de raso. La inspectora dio unos golpecitos con la uña sobre la parte marcada entre paréntesis-. O tal vez el registro fue una simple excusa para encontrar el cadáver.

Emily alzó la vista. Apartó un cabello errante de su frente.

– Volvemos a Armstrong, ¿eh? Joder, Barb, si está implicado en esto, los asiáticos destruirán la ciudad.

– Pero encaja, ¿verdad? Ya sabes a qué clase de juego me refiero. Finge ir a dar una vuelta, se topa con el coche, «Oh, Dios mío», exclama, «¿qué es esto? Parece que alguien ha puesto este coche patas arriba. Me pregunto qué más encontraré en la playa».

– De acuerdo, encaja -concedió Emily-, pero por los pelos. Piensa en lo complicado de la trama: sigue a Querashi desde el día de su llegada, se aprende de memoria sus movimientos, elige la noche adecuada, coloca el alambre, se esconde hasta el momento de la caída, traslada el cadáver, registra el coche, y vuelve a la mañana siguiente antes de que aparezca alguien en el lugar de los hechos, con el fin de fingir que él ha encontrado el cadáver. ¿Te parece razonable?

Barbara se encogió de hombros.

– ¿Estaba muy desesperado por recuperar su empleo?

– Yo he hablado con ese tío, y estoy dispuesta a jurar que no es suficientemente listo o astuto como para imaginar un plan tan minucioso.

– Pero vuelve a ser jefe de producción de la fábrica, ¿verdad? Tú misma dijiste que trabajaba muy bien antes de que Querashi hiciera acto de aparición. En ese caso, motivos no le faltaban, ¿verdad?

– ¡Mierda! -Emily seguía pasando las páginas del libro-. Cojonudo. Sánscrito. Da igual. -Se precipitó hacia la puerta-. ¡Belinda Warner! -gritó-. Encuentra a alguien capaz de descifrar paquistaní.

– Árabe -dijo Barbara.

– ¿Qué?

– La escritura es árabe.

– Da igual. -Emily extrajo los condones, las dos llaves de latón y el maletín de piel de la bolsa de pruebas-. Espero que sea una llave de banco -comentó, indicando la llave más grande con una etiqueta que llevaba escrito el número 104-. A mí me parece la llave de una caja de seguridad. Tenemos Barclays, Westminster, Lloyds y Midland. Aquí y en Clacton.

Tomó nota.

– ¿Estaban sus huellas dactilares en el coche? -preguntó Barbara a Emily mientras escribía.

– ¿De quién?

– De Armstrong. Ordenaste requisar el Nissan, ¿verdad? Has de saberlo. ¿Estaban sus huellas, Em?

– Tiene una coartada, Barb.

– Estaban en el coche, ¿verdad? Y tiene un móvil. Y…

– ¡He dicho que tiene una coartada! -gritó Emily.

Arrojó la bolsa de las pruebas sobre su escritorio. Se dirigió a una pequeña nevera que había junto a la puerta. La abrió y sacó una lata de zumo. La tiró a Barbara.

Barbara nunca había visto a Emily extenuada, pero tampoco la había visto nunca sometida a una enorme presión. Por primera vez fue consciente, y mucho, de que no estaba trabajando con el inspector Lynley, cuyos modales suaves siempre habían alentado a sus subordinados a discutir sus puntos de vista con absoluta libertad, y con tanta pasión como el tema mereciera. La inspectora era una persona diferente. Barbara sabía que debía recordar en todo momento aquel hecho.

– Lo siento -dijo-. Tiendo a propasarme.

Emily suspiró.

– Escucha, Barb. Te quiero en el caso. Necesito alguien a mi lado. Pero es absurdo perseguir a Armstrong. Además, me estás agobiando, y para eso ya tengo a Ferguson. -Emily abrió su lata y bebió-. Armstrong anunció que sus huellas estaban en el coche porque había echado un vistazo al interior. Lo encontró con la puerta abierta, y pensó que alguien podía tener problemas.

– ¿Le crees? -Barbara formuló la pregunta con delicadeza. Su posición en el caso era débil. Quería conservarla-. Porque pudo ser él quien registró el coche.

– Pudo ser -dijo Emily con voz inexpresiva, y dedicó su atención de nuevo a la bolsa de las pruebas.

– ¡Jefa! -gritó una voz femenina desde algún lugar del edificio-. Un tipo llamado Kayr al Din Siddiqi, de la Universidad de Londres. ¿Ha oído, jefa? Si le envía por fax lo que sea, se lo traducirá del árabe.

– Belinda Warner -dijo con sequedad Emily-. Esa tía no tiene ni puta idea de mecanografía, pero con el teléfono es mágica. De acuerdo -gritó a su vez, y envió el libro de tapas amarillas a la fotocopiadora. Sacó el talonario de Haytham Querashi de la bolsa de pruebas.

Al verlo, Barbara se dio cuenta de que había otro camino que seguir, aparte del que conducía a la puerta de Ian Armstrong.

– Querashi extendió un talón hace dos semanas -dijo-. Dejó constancia en la matriz. Cuatrocientas libras a nombre de alguien llamado F. Kumhar.

Emily encontró la matriz y frunció el ceño.

– No es una fortuna, pero tampoco una cantidad despreciable. Habrá que localizar a ese tío, o tía.

– Por cierto, el talonario estaba dentro del maletín de piel, cerrado con llave, junto con el recibo de una joyería. Joyería Racon, de la ciudad. El recibo iba a nombre de Sahlah Malik.

– No es normal guardar bajo llave un talonario -comentó Emily-. Al fin y al cabo, sólo Querashi podía utilizarlo. -Lo tiró a Barbara-. Investígalo, y también el recibo de la joyería.

Parecía una oferta generosa, considerando el momento de fricción vivido entre ellas acerca de la posible culpabilidad de Ian Armstrong. Emily aumentó la generosidad con sus siguientes palabras.

– Probaré de nuevo con el señor Armstrong. Entre las dos, es posible que hoy hagamos algún avance positivo.

– De acuerdo -dijo Barbara, y tuvo ganas de dar las gracias a la otra mujer: por ocuparse de su cara apaleada, por permitir que trabajara a su lado, por pensar en ella para participar en el caso. En cambio, dijo-: Si estás segura, quiero decir.

– Estoy segura -dijo Emily con la desenvoltura y confianza que Barbara recordaba-. En lo que a mí concierne, eres uno de los nuestros. -Se puso las gafas de sol y cogió su llavero-. Scotland Yard posee una reputación profesional que los asiáticos van a respetar, y que incluso mi súper debería reconocer. Necesito quitármelos de encima. Necesito quitármelo de encima. Quiero que hagas todo lo posible por lograr que eso suceda.

Emily gritó a sus subordinados que se marchaba para interrogar al señor Armstrong sobre sus movimientos.

– Me llevo el móvil, por si queréis algo -gritó en dirección a la parte posterior del edificio. Se despidió de Barbara con un cabeceo y bajó corriendo la escalera.

Sola en la oficina de la inspectora, Barbara fue tocando los objetos de la bolsa de pruebas. Pensó en las conclusiones que podía extraer de aquellos objetos, si se presentaban combinadas con la deducción de Emily de que habían utilizado un trozo de alambre para asesinar a Haytham Querashi. Una llave que debía ser de una caja de seguridad, un pasaje escrito en árabe, un talonario con un nombre asiático escrito y un recibo de una joyería muy peculiar.

Parecía que lo mejor era empezar por esto último. Si era necesario eliminar detalles en la búsqueda del asesino, siempre era prudente examinar antes los más accesibles. Proporcionaba una decidida sensación de éxito, por irrelevante que fuera el caso.

Barbara dejó el ventilador en marcha. Bajó la escalera y salió a la calle, donde su Mini estaba absorbiendo el calor del día como una lata colocada encima de una barbacoa.

El volante quemaba y los gastados asientos la abrazaron como el apretón de un pariente borracho, pero el motor se puso en marcha con menos coqueterías mecánicas que de costumbre. Descendió la colina y giró a la derecha, en dirección a la calle Mayor.

No tuvo que ir muy lejos. Joyas Originales y Artísticas Racon estaba situada en la esquina de High Street con Saville Lane, y se distinguía por ser una de las tres tiendas que aún parecían funcionar en una fila de siete. La tienda aún no había abierto, pero Barbara llamó con los nudillos a la puerta, con la esperanza de que hubiera alguien en la trastienda, que veía a través de la puerta justo al otro lado del mostrador. Movió el pomo ruidosamente y llamó por segunda vez, con más agresividad, lo cual obró el efecto requerido. Una mujer de formidable peinado y cabello de un tono rojo igualmente formidable apareció en la puerta y señaló el cartel de CERRADO.

– Aún no está todo preparado -anunció, con un aire de decidido buen humor, pero debió darse cuenta de la locura que suponía dar la espalda a una cliente en potencia, teniendo en cuenta el actual clima comercial de Balford, y añadió-: ¿Es urgente, cariño? ¿Necesitas un regalo de cumpleaños o algo por el estilo?

Se dispuso a abrir la puerta.

Barbara exhibió su identificación. Los ojos de la mujer se dilataron.

– ¿Scotland Yafd? -dijo, y por algún motivo echó un vistazo a la trastienda de la que había salido.

– No busco un regalo -dijo Barbara-. Sólo cierta información, señora…

– Winfield -dijo la mujer-. Connie Winfield. Connie de Racon.

Barbara tardó un momento en comprender que la otra mujer no estaba identificando su lugar de origen, como Catalina de Aragón. Se estaba refiriendo al nombre de la tienda.

– ¿Es usted la propietaria, pues?

– En efecto.

Connie Winfield cerró la puerta después de que Barbara entrara y le dio una palmadita. Volvió al mostrador y empezó a ordenar el expositor interior. Estaba cubierto con un paño de franela marrón, que desdobló para dejar al descubierto pendientes, collares, brazaletes y otras fruslerías. No se trataba del material habitual en las joyerías. Todas las piezas eran de diseño exclusivo, que utilizaba con profusión monedas, cuentas, plumas, piedras pulidas y cuero. Los metales preciosos que entraban en la confección eran los tradicionales, oro y plata, pero labrados de una forma original.

Barbara pensó en el anillo que había visto en el maletín de Querashi. Un diseño tradicional con un solo rubí, un anillo que no había comprado aquí, sin duda.

Sacó el recibo que había estado en posesión de Querashi.

– Señora Winfield, este recibo…

– Connie -contestó la otra mujer. Se había desplazado a otra vitrina y estaba sacando a la luz los adornos que contenía-. Todo el mundo me llama Connie. Siempre. He vivido aquí toda mi vida, y nunca he entendido la necesidad de convertirme en señora Winfield para personas que me veían corretear por la calle con los pañales sucios.

– De acuerdo -dijo Barbara-. Connie.

– Hasta mis artistas me llaman Connie. Son los que hacen mis joyas, por cierto. Artistas desde Brighton a Inverness. Vendo sus piezas en consignación, por eso he podido capear la recesión cuando la mayoría de tiendas, me refiero a las tiendas de lujo, no a las verdulerías, las farmacias o las tiendas de artículos de primera necesidad, han tenido que cerrar las puertas durante estos últimos cinco años. Tengo buena cabeza para los negocios, desde siempre. Cuando abrí Racon hace diez años, me dije: Connie, cariño, no inviertas todo tu dinero en existencias. Es como zarpar hacia Puerto Fracaso a toda máquina, si sabe a qué me refiero.

De debajo de los mostradores empezó a sacar expositores de madera pulida en forma de árbol. Estaban dedicados a pendientes, y sus monedas y cuentas tintinearon cuando Connie los depositó sobre el mostrador y los dispuso con destreza para resaltar sus virtudes. Trabajaba con energía, y Barbara se preguntó si la atención que estaba dedicando a aquellos artículos era típica de una actividad matutina, o se debía a una reacción nerviosa ante la visita de la policía.

Barbara dejó el recibo junto a uno de los árboles de pendientes.

– Señora…, Connie, este recibo es de su tienda, ¿verdad?

Connie lo cogió.

– Arriba pone «Racon» -admitió.

– ¿Puede decirme a qué objeto se refiere, y qué significa la frase «La vida empieza ahora»?

– Un momento.

Connie fue a una esquina de la tienda, donde se alzaba un ventilador de pie. Lo conectó, y Barbara experimentó un gran alivio al comprobar que, al contrario que su congénere de la oficina de Emily, funcionaba como cabía esperar de un ventilador. Connie optó por la velocidad intermedia.

Llevó el recibo hasta la caja, junto a la cual descansaba un cuaderno negro, con las palabras JOYAS RACON repujadas en oro. Connie lo abrió.

– AK significa el artista -explicó a Barbara-. Así identificamos las piezas. Es de Aloysius Kennedy, un tipo de Northumberland. No vendo muchas de sus piezas porque salen un poco caras para el tipo de negocio que hacemos en Balford. Pero ésta… -Se humedeció el dedo medio y pasó varias páginas. Recorrió la página con una larga uña acrílica pintada, al parecer, para que hiciera juego con el cabello-. El 162 se refiere al número de depósito. Y en este caso…, sí. Aquí está. Era uno de sus brazaletes. Oh, era encantador. No tengo otro exactamente igual, pero… -asumió su papel de vendedora- puedo enseñarle algo similar, si quiere echarle un vistazo.

– ¿A qué puede referirse «La vida empieza ahora»? -preguntó Barbara.

– Sentido común, supongo -dijo Connie, y lanzó una carcajada demasiado forzada para celebrar su propio chiste, dejando al descubierto unos dientes blancos y diminutos, como de niño-. Habrá que preguntarle a Rache, ¿eh? Es su letra. -Se acercó a la puerta de la trastienda-. Rache, cariñín. Tenemos a Scotland Yard en la tienda, preguntando por un recibo tuyo. ¿Puedes traerme un Kennedy? -Dedicó a Barbara una sonrisa-. Rachel. Mi hija.

– «Ra» de Racon.

– Es usted rápida, ¿verdad?

Se oyeron pasos sobre un suelo de madera en la trastienda. Al instante siguiente, una joven apareció en el umbral. Se refugió en las sombras, con una caja en la mano.

– Estaba examinando el envío de Devon. La artista está trabajando con conchas esta vez. ¿Lo sabías?

– ¿De veras? Dios, esa mujer se niega a escuchar consejos acerca de los gustos del público. Te presento a Scotland Yard, Rache.

Rachel avanzó apenas unos centímetros, pero lo suficiente para que Barbara comprobara la enorme diferencia con su madre. Pese a su cabello flamígero, Connie era una mujer de facciones bonitas, piel sin mácula, pestañas largas y boca delicada. En contraste, daba la impresión de que alguien hubiera creado a su hija a partir de fragmentos descartados de cinco o seis mujeres carentes de todo atractivo.

Sus ojos estaban separados de una forma anormal, y uno de ellos se inclinaba como si la chica sufriera alguna clase de parálisis. La barbilla se reducía a una pequeña protuberancia de carne debajo del labio inferior, casi pegada al cuello. Era evidente que su nariz ocupaba un lugar donde antes no había existido nada. Se trataba de un saliente artificial, y si bien tenía forma de nariz, el puente era insuficiente, de modo que se hundía en su cara como si alguien hubiera presionado con el pulgar un molde de arcilla.

Barbara no sabía a dónde mirar sin que la joven se sintiera ofendida. Se devanó los sesos para recordar lo que las personas con deformidades deseaban del prójimo. Mirar era una torpeza, pero desviar la vista al tiempo que se intentaba hablar con la víctima de tales deformaciones se le antojaba aún más cruel.

– ¿Qué puedes contar a Scotland Yard sobre esto, cariño? -dijo Connie-. Es una pieza de Kennedy, el recibo está escrito con tu letra, y la vendiste a…

Su voz enmudeció cuando leyó el nombre escrito en la parte superior del recibo por primera vez. Alzó los ojos hacia su hija, y ésta sostuvo su mirada. Dio la impresión de que una sutil comunicación pasaba entre ambas.

– El recibo indica que fue vendida a Sahlah Malik -dijo Barbara a Rachel Winfield.

Por fin, Rachel salió a la luz directa de la tienda. Se detuvo a medio metro del mostrador sobre el que descansaba el recibo. Lo miró vacilante, como si fuera un animal alienígena al que fuera mejor no acercarse con excesiva rapidez. Barbara vio que una vena latía en su sien, y mientras examinaba el recibo desde lejos, se rodeó el cuerpo con los brazos y, con la mano que no sujetaba la caja, se rascó el otro brazo ferozmente con el pulgar.

Su madre se acercó y le arregló el pelo mientras chasqueaba la lengua. Tiró un mechón hacia adelante y ahuecó otro. Rachel pareció irritarse, pero no rechazó a su madre.

– Tu madre dice que es tu letra -dijo Barbara-. Por lo tanto, tú debiste hacer la venta. ¿Te acuerdas?

– No fue una venta exactamente. -Rachel carraspeó-. Más bien un trueque. Sahlah hace algunas de nuestras joyas, así que hacemos cambalaches. Ella no…, bien, no tiene dinero propio.

Indicó un expositor de collares étnicos. Eran pesados, con monedas extranjeras y cuentas talladas.

– Así que la conoces -dijo Barbara.

Rachel abordó la situación desde otro ángulo.

– Lo que escribí aquí debía ser una inscripción. «La vida empieza ahora» debía ser una inscripción para la parte interior del brazalete. Pero aquí no hacemos inscripciones. Si alguien quiere una, enviamos el objeto a otro sitio.

Dejó la caja sobre el mostrador y la abrió. Dentro había un objeto envuelto en tela púrpura. Rachel la quitó y depositó un brazalete de oro sobre el mostrador. Era de un estilo que no desentonaba con el de las demás joyas de la tienda. Si bien su propósito era evidente, debido a su forma circular, el diseño era indefinido, como si hubiera sido vertido en un molde maleable capaz de adoptar cualquier forma.

– Es una pieza de Kennedy -dijo Rachel-. Todas son diferentes, pero le dará una idea general del aspecto que tiene el AK-162.

Barbara acarició el brazalete. Era original, y si hubiera visto uno similar entre las pertenencias de Querashi, no lo habría olvidado. Se preguntó si lo llevaba la noche de su muerte. Aunque cabía la posibilidad de que le hubieran quitado el brazalete después de la caída mortal, no parecía probable que el asesino hubiera registrado el coche en su busca. ¿Había muerto por un brazalete de 220 libras? Era posible, pero Barbara no tenía ganas de jugarse la paga del mes por aquella conjetura.

Volvió a coger el recibo y le dedicó un segundo examen. Rachel y su madre no dijeron nada, pero intercambiaron una mirada, y Barbara percibió una tensión que deseó descifrar.

Las reacciones de las mujeres le revelaron que, de alguna manera, estaban relacionadas con el hombre asesinado. Pero ¿de qué manera?, se preguntó. Sabía el peligro de extraer conclusiones precipitadas, sobre todo influidas por algo de tan poco peso como la apariencia personal, pero era difícil ver a Rachel Winfield en el papel de amante de Querashi. Era difícil ver a Rachel Winfield en el papel de amante de nadie. Como ella tampoco poseía una belleza arrebatadora, Barbara sabía el papel que jugaba un aspecto apetecible a la hora de atraer a los hombres. Por lo tanto, parecía lógico concluir que, fuera cual fuese la relación, no era romántica ni sexual. Por otra parte, la joven tenía un cuerpo bonito, cosa que también debía tener en cuenta. Y al abrigo de la oscuridad… Pero Barbara se dio cuenta de que estaba dando rienda suelta a sus pensamientos. La auténtica pregunta era qué hacía el recibo en poder de Querashi, y por qué no estaba el brazalete entre sus pertenencias.

Mientras pensaba en el recibo, miró hacia la caja. Al lado, abierto, había un talonario de recibos no utilizados hasta el momento. Barbara reparó en su color. Eran blancos. Y el recibo encontrado en la habitación de Querashi era amarillo.

Vio en este último papel lo que ya debería haber observado, de no haberse concentrado en el nombre de Sahlah Malik, la frase «La vida empieza ahora» y el precio del objeto. Al final de la página, impresas en letras minúsculas, había cuatro palabras más: «Ejemplar para la empresa.»

– Éste es el recibo de la tienda, ¿verdad? -preguntó a las dos mujeres-. El cliente recibe el original blanco del talonario que hay junto a la caja. La tienda se queda la copia amarilla como comprobante de la venta.

– Ah, nunca nos fijamos en eso -se apresuró a intervenir Connie Winfield-, ¿verdad, Rache? Arrancamos el recibo y entregamos una de las dos copias. Nos da igual cuál se queden, siempre que nos guardemos una para nosotras. ¿No es así, corazón?

Al parecer, Rachel se había dado cuenta del error de su madre. Parpadeó varias veces cuando Barbara se apoderó del talonario de recibos. Los que documentaban ventas anteriores estaban doblados bajo la cubierta del talonario. Barbara los examinó. Todas las copias eran amarillas. Vio que estaban numeradas y pasó las páginas para encontrar el original de la copia que tenía. El número del recibo era el 2395. El 2394 y el 2396 estaban con sus copias amarillas. El 2395 faltaba en ambos colores.

Barbara cerró el talonario.

– ¿Lo guardan siempre en la tienda? -preguntó Barbara-. ¿Qué hacen con él cuando termina la jornada?

– Lo dejamos debajo del cajón de la caja -dijo Connie-. Encaja a las mil maravillas. ¿Por qué? ¿Ha descubierto algo raro? Bien sabe Dios que Rache y yo somos un poquito descuidadas con nuestra contabilidad, pero nunca hemos hecho algo ilegal. -Rió-. No vale la pena falsear los libros de tu propio negocio. No hay nadie a quien puedas engañar. Claro, supongo que podríamos estafar a los artistas si se nos pasara por la cabeza, pero al final se enterarían, porque les rendimos cuentas dos veces al año y tienen derecho a echar un vistazo a los libros. Por lo tanto, es de sentido común, y le aseguro que lo tenemos…

– Este recibo estaba entre las pertenencias de un muerto -cortó Barbara.

Connie tragó saliva y alzó un puño hacia su esternón. Tenía los ojos tan clavados en Barbara que era evidente qué cara no deseaba mirar. No miró a su hija ni siquiera cuando habló.

– Qué curioso, Rache. ¿Cómo crees que pasó? ¿Está hablando del tipo del Nez, sargento? Lo digo porque usted es policía y ese tipo es el único muerto de por aquí que interesa a la policía. Debe de ser él. Ha de ser el muerto. ¿Verdad?

– El mismo -admitió Barbara.

– Qué curioso -repitió Connie-. No podría decir cómo llegó ese recibo a sus manos ni que me dieran dinero. ¿Tú qué dices, corazón? ¿Sabes algo de esto, Rache?

Una de las manos de Rachel se cerró sobre un pliegue de su falda. Barbara observó por primera vez que era una de aquellas faldas asiáticas, las transparentes que se vendían en mercadillos al aire libre de todo el país. La falda no vinculaba exactamente a la muchacha con la comunidad asiática, pero tampoco la desvinculaba de una situación en la que su reticencia a hablar indicaba que estaba implicada, siquiera de refilón.

– No sé nada -dijo Rachel con voz débil-. Tal vez ese tío la recogió en la calle, o algo por el estilo. Lleva escrito el nombre de Sahlah Malik. Quizá la conocía. Quizá tenía la intención de devolvérsela y no pudo.

– ¿Por qué iba a conocer a Sahlah Malik? -preguntó Barbara.

La mano derecha de Rachel saltó sobre la falda.

– ¿No ha dicho que él y Sahlah…?

– La prensa local ha publicado la historia, sargento -intervino Connie-. Rache y yo sabemos leer, y el periódico decía que ese tío había venido para casarse con la hija de Akram Malik.

– ¿Y no saben nada más, aparte de lo que han leído en el periódico? -preguntó Barbara.

– Nada más -contestó Connie-. ¿Y tú, Rache?

– Nada -dijo Rachel.

Barbara lo dudaba. La locuacidad de Connie era demasiado empecinada. Rachel estaba demasiado taciturna. Había buena pesca en el local, pero tendría que volver cuando tuviera un cebo mejor. Extrajo una de sus tarjetas. Escribió el nombre del Burnt House en ella y dijo a las dos mujeres que la telefonearan si se acordaban de algo. Dedicó un último escrutinio al brazalete de Kennedy y guardó el recibo del objeto AK-162 entre sus cosas.

Salió de la tienda, pero se volvió de inmediato. Las dos mujeres la estaban mirando. Sabían algo, y a la larga hablarían. La gente lo hacía en las condiciones adecuadas. Tal vez, pensó Barbara, la visión de aquel brazalete de oro desaparecido encendería una hoguera debajo de las Winfield y les descongelaría la lengua. Necesitaba encontrarlo.

Rachel se encerró en el retrete. En cuanto la sargento desapareció de su vista, salió disparada hacia la trastienda. Corrió por el pasillo creado entre la pared y una fila de estanterías autoestables. El váter estaba al lado de la puerta posterior de la tienda, y cerró la puerta con el pestillo nada más entrar.

Apretó las manos entre sí para impedir que temblaran, y como no lo logró, las utilizó para girar el grifo del pequeño lavabo triangular. Sentía calor ardiente y frío gélido al mismo tiempo, lo cual no parecía posible. Sabía que existía un procedimiento a seguir cuando sensaciones físicas como ésta se apoderaban de alguien, pero no habría podido decir cuál era ni por dinero. Se lavó la cara con agua, y lo seguía haciendo cuando Connie llamó a la puerta.

– Sal de ahí, Rachel Lynn -ordenó-. Tú y yo hemos de hablar un poco.

– No puedo -dijo Rachel con voz entrecortada-. Me encuentro mal.

– Un huevo -replicó Connie-. O abres la puerta o la derribo a hachazos.

– Tenía ganas todo el rato -dijo Rachel, y levantó la falda para sentarse en el retrete y completar el efecto.

– ¿No has dicho que te encontrabas mal? -La voz de Connie albergaba la nota de triunfo típica de las madres que pillan a sus hijas en una mentira-. ¿No has dicho eso? ¿Qué pasa, Rachel Lynn? ¿Te encuentras mal, estás meando, o qué?

– No me refiero a esa clase de malestar -dijo Rachel-, sino a la otra. Ya sabes. ¿Es que no puedo tener un poco de intimidad, por favor?

Se hizo el silencio. Rachel imaginó a su madre dando golpecitos en el suelo con su pie pequeño y bien formado. Es lo que solía hacer cuando meditaba sobre lo que debía hacer.

– Dame un minuto, mamá -suplicó Rachel-. Tengo el estómago como una piedra. Escucha. ¿No es el timbre de la puerta?

– No juegues conmigo, jovencita. Estaré vigilando el reloj. Y sé el tiempo que se emplea para cada cosa en el váter. ¿Entendido, Rache?

Rachel oyó que los pasos de su madre se alejaban hacia la parte delantera de la tienda. Sabía que sólo había conseguido alejar la amenaza unos minutos, y se esforzó por dar forma a sus pensamientos fragmentados, con el fin de fraguar un plan. Eres una luchadora, Rache, se dijo, con la misma voz interior que había utilizado de niña cuando reunía fuerzas cada mañana para enfrentarse a otra ronda de burlas propinadas por sus despiadadas compañeras de colegio. Piensa. Piensa. Da igual que todo el mundo te abandone, Rache, porque aún te tienes a ti misma, y eso es lo único que cuenta.

Pero no lo había creído así dos meses antes, cuando Sahlah Malik le había revelado su decisión de someterse a los deseos de su padre y casarse con un desconocido de Pakistán. En lugar de recordar que aún se tenía a ella, se había quedado horrorizada al pensar que podía perder a Sahlah. Después, se había sentido desorientada y abandonada. Al final, se había considerado cruelmente traicionada. El suelo sobre el que pensaba haber construido su futuro se había agrietado de una forma repentina e irreparable, y en un instante había olvidado por completo la lección más importante de la vida. Durante los diez años posteriores a su nacimiento, había vivido con la creencia de que el éxito, el fracaso y la felicidad estaban al alcance de su mano mediante el esfuerzo de un único individuo en todo el mundo: Rachel Lynn Winfield. En consecuencia, las rechiflas de sus compañeras de colegio la habían herido, pero sin dejar cicatrices, y había crecido con la idea de forjarse su propio camino. Sin embargo, conocer a Sahlah lo había cambiado todo, y se había permitido considerar su amistad el núcleo de su futuro. Oh, había sido una estupidez, una gran estupidez, pensar así, y ahora lo sabía. No obstante, durante aquellos terribles primeros momentos, cuando Sahlah había revelado sus intenciones con sus modales plácidos y serenos, los mismos modales que la habían convertido en víctima de matones que no se atrevían a alzar la mano contra Sahlah Malik, o a verbalizar un insulto sobre el tono de su piel cuando Rachel Winfield estaba con ella, lo único que pudo pensar Rachel fue ¿qué será de mí?, ¿qué será de nosotras?, ¿qué será de nuestros planes? Estábamos ahorrando dinero para un piso, íbamos a comprar muebles de pino y grandes almohadones mullidos, íbamos a instalar un taller para ti en un rincón de tu dormitorio, para que pudieras crear tus joyas sin que tus sobrinos te molestaran, íbamos a recoger conchas en la playa, íbamos a tener dos gatos, tú ibas a enseñarme a cocinar, y yo iba a enseñarte… ¿qué? ¿Qué demonios iba a enseñarte yo, Sahlah Malik? ¿Qué demonios podía ofrecerte?

Pero no había dicho eso. Había dicho:

– ¿Casarte? ¿Tú? ¿Casarte, Sahlah? ¿Con quién? No… siempre habías dicho que no podías…

– Con un hombre de Karachi. Un hombre que mis padres me han elegido -había dicho Sahlah.

– ¿Te refieres…? No te referirás a un extraño, Sahlah. No te referirás a alguien a quien ni siquiera conoces.

– Así se casaron mis padres. Ésa es la costumbre de mi pueblo.

– Tu pueblo, tu pueblo -se burló Rachel. Había intentado reírse de la idea, para que Sahlah se diera cuenta de lo ridícula que era-. Tú eres inglesa -dijo-. Naciste en Inglaterra. Eres tan asiática como yo. Además, ¿qué sabes de él? ¿Es gordo? ¿Es feo? ¿Lleva la dentadura postiza? ¿Le salen pelos de la nariz y las orejas? ¿Cuántos años tiene? ¿Es un tío de sesenta años con varices?

– Se llama Haytham Querashi. Tiene veinticinco años. Ha ido a la universidad…

– Como si eso le convirtiera en un buen candidato para marido -dijo con amargura Rachel-. Supongo que tendrá montones de dinero. A tu padre le encantaría. Hizo lo mismo con Yumn. ¿A quién le importa el gorila que se meta en tu cama, mientras Akram consiga lo que desea del trato? Es eso, ¿verdad? ¿A que tu padre sacará algo en limpio? Dime la verdad, Sahlah.

– Haytham trabajará en la empresa, si te refieres a eso -dijo Sahlah.

– ¡Aja! ¿Te das cuenta? Tiene algo que Muhannad y tu padre desean, y la única forma de obtenerlo es entregarte a un individuo grasiento al que no conoces. No puedo creer que vayas a hacerlo.

– No me queda otra elección.

– ¿Qué quieres decir? Si dijeras que no quieres casarte con ese tío, tu padre no te obligaría. Te idolatra.

Lo único que has de hacer es decirle que tú y yo tenemos planes, y ninguno consiste en casarte con un capullo paquistaní al que ni siquiera conoces.

– Quiero casarme con él -dijo Sahlah.

Rachel se había quedado boquiabierta.

– ¿Qué quieres…? -La inmensidad de la traición la fulminó. Nunca había pensado que cuatro sencillas palabras podían causar tal dolor, y carecía de armadura para protegerse de él-. ¿Quieres casarte con él? Pero si no le conoces y no le quieres, ¿cómo puedes iniciar una vida a partir de esa mentira?

– Aprenderernos a querernos -dijo Sahlah-. Lo mismo les pasó a mis padres.

– ¿Y a Muhannad también? ¡Qué tontería! No quiere a Yumn. Es un felpudo de puerta. Tú misma lo dijiste. ¿Quieres que te pase lo mismo? Dímelo.

– Mi hermano y yo somos diferentes.

Sahlah había desviado la cabeza al pronunciar estas palabras, y una parte de su dupatta la ocultó a su vista. Se estaba replegando, lo cual enardeció todavía más a Rachel.

– ¿Qué más da? ¿Son muy diferentes tu hermano y este tal Haybram?

– Haytham.

– Como se llame. ¿Tan diferentes son? No lo sabes. Y no lo sabrás hasta que te pegue una buena hostia, Sahlah. Igual que Muhannad. He visto la cara de Yumn después de que tu maravilloso hermano le soltara una hostia. ¿Qué impedirá a Haykem…?

– Haytham, Rachel.

– Vale, tía. ¿Qué le impedirá comportarse así?

– No puedo contestar a eso. Aún no sé la respuesta. Cuando le conozca, lo sabré.

– ¿Así como así?

Estaban en la peraleda, debajo de los árboles, que mediada la primavera reventaban de flores aromáticas.

Estaban sentadas en el mismo banco cojo que habían compartido tantas veces cuando eran pequeñas, cuando sus piernas colgaban sin llegar al suelo y hacían planes para un futuro que nunca llegaría. Era injusto que le negaran lo que le correspondía por derecho, pensó Rachel, que se lo arrebatara la única persona de la que había aprendido a depender. No sólo no era justo, no era leal. Sahlah le había mentido. Había participado en un juego que nunca había pensado llevar a su conclusión.

La sensación de pérdida y traición de Rachel había oscilado levemente, como un terreno que se acostumbra a una nueva posición después de un terremoto. La ira empezó a formarse en su interior, y con la ira llegó su acompañante habitual: la venganza.

– Mi padre me ha dicho que después de conocer a Haytham, tendré libertad para rechazarlo -dijo Sahlah-. No me obligará a casarme por la fuerza.

Rachel leyó el significado oculto en las palabras de su amiga.

– Pero tú no te negarás, ¿verdad? Pase lo que pase, te casarás con él. Lo veo venir. Te conozco, Sahlah.

El banco en que estaban sentadas era viejo. Se apoyaba vacilante sobre el suelo, debajo del árbol, Sahlah capturó una astilla que sobresalía del borde y la levantó con la uña.

Rachel experimentó una creciente sensación de desesperación, además de la necesidad de golpear y herir. Le resultaba inconcebible que su amiga hubiera cambiado hasta tal punto. Se habían visto tan sólo dos días antes de esta conversación. Sus planes para el futuro aún seguían firmes. ¿Qué había pasado para cambiarla tanto? Aquélla no era la Sahlah con la que había compartido horas y días de amistad, la Sahlah con la que había jugado, la Sahlah a la que había defendido de los bravucones de la escuela primaria y la escuela secundaria Wickham-Standish de Balford-le-Nez. Aquélla no era la Sahlah a la que había conocido.

– Me hablaste de amor -dijo Rachel-. Las dos hablamos de amor. También hablamos de sinceridad. Dijimos que en el amor, la sinceridad es lo primero. ¿Verdad?

– Sí. Lo hicimos.

Sahlah estaba mirando hacia la casa de sus padres, como preocupada por si alguien estuviera observando su conversación y la reacción apasionada de Rachel ante la noticia. Se volvió hacia Rachel.

– Pero a veces -dijo-, la sinceridad absoluta, total, no es posible. No es posible con los amigos. No es posible con los amantes. No es posible entre padres e hijos. No es posible entre maridos y mujeres. Y no sólo no es posible siempre, Rachel, sino que no siempre es práctica. Y no siempre es prudente.

– Pero tú y yo hemos sido sinceras -protestó Rachel, asustada por el significado de las palabras de Sahlah-. Al menos, yo siempre he sido sincera contigo. Siempre. En todo. Y tú has sido sincera conmigo. En todo. ¿Verdad? ¿Verdad?

Rachel escuchó la verdad en el silencio de la muchacha asiática.

– Pero yo sé todo sobre… Me contaste…

De pronto, todo eran dudas. ¿Qué le había contado Sahlah, en realidad? Confidencias infantiles sobre sueños, esperanzas y amor. El tipo de secretos, en opinión de Rachel, que sellaban una amistad. El tipo de secretos que había jurado, muy en serio, no revelar a nadie.

Pero no había esperado tal dolor. Jamás había pensado encontrar en su amiga tal determinación, serena e inflexible, de reducir su mundo a escombros. Tal determinación, y todo lo derivado de ella, exigía una respuesta.

Rachel había elegido el único camino que le quedaba expedito. Y ahora estaba padeciendo las consecuencias.

Tenía que pensar en hacer algo. Nunca había creído que una simple decisión pudiera convertirse en un dominó tan significativo, en que las piezas se fueran desplomando hasta no quedar nada.

Rachel sabía que la sargento de policía no la había creído, ni a ella ni a su madre. En cuanto cogió y examinó el talonario de recibos, averiguó la verdad. Lo más lógico era que ahora fuera a hablar con Sahlah. Y en cuanto lo hiciera, todas las posibilidades de un nuevo comienzo con la muchacha asiática quedarían destruidas.

Por lo tanto, no había mucho que pensar. Sólo podía tomar un camino, sin desviarse ni un ápice de él.

Rachel se levantó del retrete y caminó de puntillas hasta la puerta. Descorrió el pestillo en silencio y abrió la puerta unos centímetros, para ver la trastienda y oír lo que pasaba en la tienda. Su madre había encendido la radio y sintonizado una emisora que, sin duda, le recordaba su juventud. La elección de la música era irónica, como si el pinchadiscos fuera un dios burlón que conociera los secretos del alma de Rachel Winfield. Los Beatles cantaban Cant' Buy Me Love. Rachel se habría puesto a reír si hubiera tenido menos ganas de llorar.

Se deslizó fuera del lavabo. Lanzó una mirada apresurada hacia la tienda y caminó con sigilo hacia la puerta posterior. Estaba abierta, con la vana esperanza de crear una corriente de aire con la callejuela asfixiante que corría por detrás de la tienda hasta la también asfixiante calle Mayor. No soplaba la menor brisa, pero la puerta abierta proporcionó a Rachel la huida que necesitaba. Salió a la callejuela y corrió en dirección a la bicicleta. Montó en ella y empezó a pedalear enérgicamente hacia el mar.

Había conseguido que las piezas del dominó se desmoronaran, cierto, pero tal vez había una posibilidad de enderezarlas antes de que todas fueran barridas de la mesa.

Capítulo 8

Mostazas y Aliños Variados Malik estaba enclavada en una pequeña zona industrial situada en el extremo norte de Balford-le-Nez. De hecho se encontraba en la misma ruta del Nez, en un recodo creado donde Hall Lane, tras haberse alejado del mar en dirección noroeste, se convertía en la carretera de Nez Park. Una serie de edificios destartalados alojaban la magra representación de la industria local: un fabricante de velas, un vendedor de colchones, una ebanistería, un taller de coches, un fabricante de vallas, una chatarrería y un fabricante de rompecabezas cuya obscena elección de tema solía granjearle la censura pública desde los pulpitos de todas las ciudades del país.

Los edificios que alojaban estos comercios eran casi todos de metal prefabricado. Eran utilitarios y adecuados al entorno en que se alzaban. Una carretera sembrada de guijarros y baches serpenteaba entre ellos. Carretillas de color naranja, con el nombre oximorónico de «Vertidos Costa Dorada» pintado en letras púrpura, se inclinaban sobre el terreno irregular y vomitaban de todo, desde pedazos de lona a bastidores de cama oxidados. Varios cadáveres de bicicletas abandonados servían como enrejado para una pesadilla de ortigas y acederas propia de un jardinero. Hojas de metal acanalado, paletas de madera podridas, jarras de plástico vacías y cabrillas de hierro oxidadas conseguían que circular por la zona industrial fuera una empresa ambiciosa.

En mitad de todo esto, Mostazas y Aliños Variados Malik constituía tanto una anomalía como un reproche a sus vecinos. Abarcaba una tercera parte de la zona, un edificio Victoriano largo, provisto de numerosas chimeneas, que en los tiempos de esplendor de la ciudad había sido el aserradero de Balford. El aserradero había caído en el abandono, junto con el resto de la ciudad, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero ahora estaba restaurado, con sus ladrillos liberados de cien años de mugre, el maderamen sustituido y pintado cada año. Era un ejemplo mudo de lo que las demás empresas habrían podido hacer, si sus propietarios hubieran poseído la mitad de la energía y una cuarta parte de la determinación de Sayyid Akram Malik.

Akram Malik había adquirido el ruinoso aserradero en el quinto aniversario de la llegada de su familia a Balford-le-Nez, y una placa que conmemoraba dicha efemérides fue el objeto más impresionante en el que Emily Barlow reparó cuando entró en el edificio, después de aparcar su Peugeot en un espacio de la carretera relativamente libre de basura.

Tenía entablada una dura lucha con un dolor de cabeza. Su encuentro de la mañana con Barbara Havers le había dejado un regusto amargo. Pesaba como una losa sobre su mente. No necesitaba a un agente de la corrección política en su equipo, y el empeño de Barbara en arrojar las culpas justo donde deseaban los malditos asiáticos, sobre las espaldas de un inglés, la obligaban a preguntarse si la otra detective tenía clara la situación. Además, la presencia de Donald Ferguson en su vida, planeando en su periferia como un gato al acecho, añadía una molestia más a su desdicha.

Había empezado el día con una llamada más de su superintendente.

– Barlow -había ladrado, sin molestarse en decir buenos días o quejarse del tiempo inmisericorde-, ¿cómo lo tenemos?

Emily había gruñido. A las ocho de la mañana, su oficina era como la celda de castigo de Alee Guinnes en el río Kwai, y buscar un ventilador durante un cuarto de hora en el desván polvoriento de la vieja comisaría no había contribuido a mejorar su humor. Tener que soportar a Ferguson, además del calor y la exasperación, era demasiado para ella.

– Don, ¿va a dejarme las manos libres? -preguntó-. ¿O vamos a jugar al profesor y la alumna cada mañana y cada tarde?

– Vigile sus palabras -advirtió Ferguson-. No olvide quién está sentado al otro extremo de esta línea telefónica.

– No es probable que pueda olvidarlo. No me concede la menor oportunidad. ¿Mantiene un control tan estricto sobre los demás? ¿Powell? ¿Honeyman? ¿Qué me dice de nuestro buen Presley?

– Entre todos suman más de cincuenta años de experiencia. No hace falta supervisarlos. Y a Presley menos que a nadie.

– Porque son hombres.

– No convirtamos esto en un problema sexual. Si está resentida, sugiero que cambie de actitud antes de que deba arrepentirse. Bien, ¿cómo lo tenemos, inspectora?

Emily masculló un insulto. Después, le puso al corriente, sin recordarle cuan remota era la posibilidad de que se hubiera producido una novedad importante en el caso desde su última llamada, la noche anterior.

– ¿Dice que esa mujer es de Scotland Yard? -preguntó el hombre en tono pensativo-. Me gusta eso,

Barlow, me gusta mucho. Posee el toque justo de sinceridad, ¿eh? -Emily oyó que tragaba algo, y luego el tintineo de un vaso contra el receptor. Donald Ferguson era un fanático de la Fanta de naranja. La bebía todo el día, siempre con una raja de limón delgada como el papel y siempre con un solo cubito de hielo. Debía ser ya la cuarta de la mañana-. Bien. ¿Qué hay de Malik? ¿Qué sabe de ese alborotador de Londres? ¿Les pisa los talones? Quiero que no les deje ni respirar, Barlow. Si la semana pasada estornudaron, quiero que averigüe el color del pañuelo con que se sonaron. ¿Está claro?

– Inteligencia ya me ha entregado un informe sobre Muhannad Malik. -Emily paladeó la satisfacción de llevarle ventaja por una vez. Recitó los detalles principales del informe-. Ayer solicité que investigaran al otro, Taymullah Azhar. Como viene de Londres, tendremos que ponernos en contacto con el SOll, pero espero que la presencia de la sargento Havers en nuestro equipo nos resulte de ayuda.

El vaso de Ferguson tintineó de nuevo. Sin duda estaba aprovechando la oportunidad para asimilar su sorpresa. Siempre había sido el tipo de hombre convencido de que Dios había moldeado las manos de las mujeres para que se curvaran a la perfección sobre el mango de una aspiradora. El hecho de que una mujer hubiera sido capaz de adelantarse y anticipar las necesidades de la investigación entraba en conflicto con las ideas preconcebidas del superintendente.

– ¿Algo más? -preguntó Emily con afabilidad-. Tengo la reunión sobre las actividades del día dentro de cinco minutos. No quiero llegar tarde, pero si tiene algún mensaje para el equipo…

– Ningún mensaje -contestó con brusquedad Ferguson-. Siga adelante.

Colgó el teléfono.

En la fábrica de mostazas, Emily sonrió al recordarlo. Ferguson había apoyado su ascenso a IJD porque las circunstancias, en la forma de una evaluación negativa del Ministerio del Interior sobre la policía de Essex, le habían obligado. La había informado en privado de que cada decisión tomada por ella sería examinada bajo la lente de su microscopio personal. Proporcionaba goce, en su forma más pura, ganar una partida del juego que el miserable gusano estaba decidido a librar contra ella.

Emily abrió la puerta de Mostazas Malik. El mostrador de recepción estaba ocupado por una joven asiática ataviada con una túnica de hilo crema y pantalones a juego. Pese a la temperatura del día, que los gruesos muros del edificio no contribuían demasiado a paliar, llevaba un chal sobre la cabeza. No obstante, tal vez para dar un toque de elegancia, lo había distribuido en pliegues alrededor de sus hombros. Cuando levantó la vista de la terminal de ordenador ante la que estaba trabajando, sus pendientes de hueso y latón tintinearon levemente. Hacían juego con el trabajado collar. Una placa con su nombre la identificaba: s. MALIK. Debía de ser la hija, pensó Emily, la novia del hombre asesinado. Era una chica guapa.

Emily se presentó y exhibió su identificación.

– Usted es Sahlah, ¿verdad?

El tono de una marca de nacimiento color fresa en la mejilla de la muchacha se identificó cuando ella asintió. Sus manos habían quedado suspendidas sobre el teclado, pero se apresuró a bajarlas hasta que las muñecas descansaron frente al teclado y las mantuvo así, con los pulgares y los nudillos apretados con fuerza.

Parecía la viva imagen de la culpabilidad. Sus manos estaban diciendo: esposadme ya. Su expresión gritaba: oh, no, por favor.

– Siento lo sucedido -dijo Emily-. Estará pasando un mal momento.

– Gracias -dijo en voz baja Sahlah. Se miró las manos, dio la impresión de reparar en lo extraño de su posición y las separó. Fue un movimiento subrepticio, pero no le pasó por alto a Emily-. ¿Puedo ayudarla en algo, inspectora? Mi padre está trabajando en la cocina experimental, y mi hermano aún no ha llegado.

– No me hacen falta, pero usted puede conducirme hasta Ian Armstrong.

La mirada de la muchacha se desvío hacia una de las dos puertas que conducían fuera de la zona de recepción. Su mitad superior era de cristal biselado, y Emily vio al otro lado varios escritorios y lo que parecía una campaña de publicidad expuesta sobre un caballete.

– Está aquí, ¿verdad? -preguntó Emily-. Me dijeron que iba a ocupar el puesto que la muerte del señor Querashi dejó vacante.

La muchacha admitió que Armstrong estaba trabajando en la fábrica aquella mañana. Cuando Emily pidió verle, pulsó algunas teclas para salir del programa Se excusó y pasó en silencio por la otra puerta, la cual era normal y conducía a un corredor que recorría la fábrica a todo lo ancho.

Entonces, Emily se fijó en la placa. Era de bronce, y colgaba en una pared dedicada a un mural fotográfico de una segadora trabajando en un enorme campo amarillo de lo que debían ser, sin duda, plantas de mostaza. Emily leyó la inscripción de la placa:

¡VED AQUÍ!

LA CREACIÓN FUE SU OBRA, Y DESPUÉS LA REPRODUJO, PARA PODER ASÍ RECOMPENSAR A LOS QUE CREEN Y HACEN BUENAS OBRAS CON EQUIDAD.

A continuación, había una inscripción en árabe, bajo la cual aparecían las palabras:

FUIMOS BENDECIDOS CON UNA VISIÓN QUE NOS TRAJO A ESTE LUGAR EL 15 DE JUNIO, y después el año.

– Ha sido bueno con nosotros -dijo una voz detrás de Emily. Se volvió y vio que Sahlah no había vuelto con Ian Armstrong, tal como ella había solicitado, sino con su padre. La muchacha estaba agazapada detrás de él.

– ¿Quién? -preguntó Emily.

– Alá.

Pronunció el nombre con una dignidad tan sencilla que Emily no pudo por menos que admirar. Akram Malik cruzó la sala para saludarla. Iba vestido de cocinero, con un delantal manchado atado a la cintura y un gorro de papel en la cabeza. Algo había salpicado las lentes de sus gafas, y las limpió un momento con el delantal, mientras indicaba a su hija con un cabeceo que podía volver a su trabajo.

– Sahlah me ha dicho que ha venido a ver al señor Armstrong -dijo Akram, mientras apretaba la muñeca contra las dos mejillas y la frente. Al principio, Emily pensó que tal vez se trataba de una especie de saludo musulmán, pero luego se dio cuenta de que sólo se estaba secando el sudor de la cara.

– Me ha informado de que está aquí. Dudo que la entrevista se prolongue más de un cuarto de hora. No era necesario molestarle, señor Malik.

– Sahlah ha hecho lo que debía -dijo su padre, en un tono indicador de que Sahlah Malik hacía lo que debía por puro reflejo-. La acompañaré hasta el señor Armstrong, inspectora.

Indicó la puerta biselada con un cabeceo, y guió a Emily hasta la oficina del otro lado. Contenía cuatro escritorios, numerosos archivadores y dos mesas de dibujo, además de los caballetes que Emily había visto desde la recepción. Un asiático estaba trabajando con plumillas de caligrafía ante una de las mesas, en una especie de diseño, pero dejó de trabajar y se levantó en señal de respeto cuando Akram pasó con Emily. En la otra mesa, una mujer de edad madura vestida de negro y dos hombres más jóvenes (todos paquistaníes, como los Malik) estaban examinando una serie de fotografías en color satinadas, en las que se exhibían los productos de la empresa a través de una variedad de viñetas, desde meriendas en el campo hasta cenas de Nochevieja. También dejaron de trabajar. Nadie habló.

Emily se preguntó si había corrido la voz de la llegada de la policía. Lo más lógico era esperar una visita del DIC de Balford. Tendrían que haber estado preparados, pero, al igual que Sahlah, todo el mundo consiguió adoptar el aspecto de alguien cuya siguiente parada en la vida es la cárcel.

Akram la condujo hasta un breve pasillo al que se abrían tres despachos. Antes de que pudiera dejarla a solas con Armstrong, Emily aprovechó la oportunidad que Sahlah le había brindado.

– Si tiene un momento, señor Malik, también me gustaría hablar con usted.

– Por supuesto.

Indicó con un ademán una puerta abierta al final del pasillo. Emily vio una mesa de conferencias y un aparador antiguo, cuyos estantes no albergaban vajilla, sino una exposición de los productos de la empresa. Era un muestrario impresionante de tarros y frascos que contenían salsas, mermeladas, mostazas, chutneys, mantequillas y vinagretas. Los Malik habían recorrido un largo camino desde que empezaron a producir mostazas en la antigua panadería de Oíd Pier Street.

Malik cerró la puerta a su espalda, pero no del todo. La dejó abierta cinco centímetros, tal vez en deferencia a estar solo en la sala de conferencias con una mujer. Esperó hasta que Emily se sentó a la mesa para imitarla. Se quitó el gorro de papel y lo dobló dos veces hasta formar un triángulo perfecto.

– ¿En qué puedo ayudarla, inspectora Barlow? -preguntó-. Mi familia y yo estamos ansiosos por llegar al fondo de esta tragedia. Tenga la seguridad de que deseamos ayudarla en todo cuanto nos sea posible.

Su inglés era notable para un hombre que había pasado los primeros veinticinco años de su vida en un lejano pueblo paquistaní, con un solo pozo y sin electricidad, sanitarios ni teléfonos. No obstante, Emily sabía gracias a la literatura que había repartido durante su campaña electoral, así como la propaganda puerta a puerta que había realizado para pedir el voto, que Akram Malik había estudiado el idioma durante cuatro años con un profesor particular después de llegar a Inglaterra. «El bueno del señor Goeffrey Talbert», le llamaba él. «Gracias a él aprendí a amar a mi país de adopción, a la riqueza de su patrimonio y a su magnífico idioma.» La frase había funcionado bien entre unos electores poco propensos a confiar en extranjeros, y servido todavía mejor a los intereses de Akram. Había ganado su escaño con facilidad, y existían pocas dudas sobre el hecho de que sus aspiraciones políticas no terminaban en la mal ventilada sala del consejo municipal de Balford-le-Nez.

– ¿Le dijo su hijo que hemos dictaminado la muerte del señor Querashi como un asesinato? -preguntó Emily. El hombre asintió con seriedad-. Todo cuanto pueda contarme me será de ayuda.

– Algunos creen que fue un crimen racista arbitrario -dijo Malik. Era una forma inteligente de abordar el tema, no tanto acusando como especulando.

– Su hijo entre ellos -dijo Emily-, pero tenemos pruebas de que el crimen fue premeditado, señor Malik. Y premeditado de tal manera que sólo el señor Querashi, y no cualquier otro asiático, era el objetivo. Eso no significa que no haya un asesino inglés implicado, y tampoco que la cuestión racial esté ausente. Pero sí significa que había una persona concreta en el punto de mira.

– No parece posible. -Malik efectuó otro cuidadoso pliegue en su gorro de papel y lo alisó con los dedos-. Haytham llevaba aquí muy poco tiempo. Conocía a muy pocas personas. ¿Cómo puede estar segura de que conocía a su asesino?

Emily le explicó que, por razones de procedimiento, algunos detalles de la investigación debían guardarse en secreto, cosas que sólo el asesino y la policía sabían, cosas que, a la larga, podrían usarse para tender una trampa, en caso necesario.

– Pero sabemos que alguien estudió sus movimientos para asegurarse de que iría al Nez aquella noche, y si averiguamos cuáles eran sus movimientos habituales, puede que nos conduzcan hasta esa persona.

– Ni siquiera sé por dónde empezar -dijo Malik.

– Tal vez por el compromiso del fallecido con su hija -sugirió Emily.

Malik apretó levemente la mandíbula.

– ¿No estará insinuando que Sahlah está implicada en la muerte de Haytham?

– Tengo entendido que era un matrimonio de conveniencia. ¿Su hija lo había aceptado?

– Más que eso. Por otra parte, sabía que ni su madre ni yo la obligaríamos a casarse contra su voluntad. Conoció a Haytham, recibió permiso para pasar un rato con él a solas y su reacción fue positiva. Muy positiva, de hecho. Estaba ansiosa por casarse. En caso contrario, Haytham habría regresado a Karachi con su familia. Ése fue el acuerdo al que llegamos con sus padres, y las dos familias lo aceptamos antes de que él viniera a Inglaterra.

– ¿No pensó que un muchacho paquistaní nacido en Inglaterra sería más adecuado para su hija? Sahlah nació aquí, ¿verdad? Debe estar muy acostumbrada a paquistaníes nacidos aquí.

– Los chicos asiáticos nacidos en Inglaterra rechazan a veces sus orígenes, inspectora Barlow. A menudo rechazan el islam, la importancia de la familia, nuestra cultura, nuestras creencias.

– ¿Cómo su hijo, tal vez?

Malik se escabulló.

– Haytham vivía de acuerdo con las normas del islam. Era un buen hombre. Deseaba ser un haji. Era una cualidad que yo valoraba mucho en un marido para mi hija. Sahlah pensaba lo mismo.

– ¿Qué pensaba su hijo sobre la entrada del señor Querashi en la familia? Ocupa un cargo de responsabilidad en la fábrica, ¿verdad?

– Muhannad es nuestro director de ventas. Haytham era nuestro director de producción.

– ¿Cargos de igual importancia?

– En esencia. Como ya sé cuál será su siguiente pregunta, le aseguro que no existía ningún conflicto de competencias entre ellos. Sus trabajos no estaban relacionados.

– Supongo que los dos deseaban hacer bien su trabajo.

– Yo diría que sí, pero sus actuaciones individuales no iban a cambiar el futuro. Después de mi muerte, mi hijo será nombrado director gerente de la empresa. Haytham lo sabía. De hecho, era lo lógico. En consecuencia, Muhannad no debía albergar temores sobre la llegada de Haytham, si es eso lo que está insinuando. Sucedía todo lo contrario. Haytham aligeró un peso de las espaldas de Muhannad.

– ¿Qué clase de peso?

Malik desabrochó el último botón de su camisa y se pasó de nuevo la muñeca por la cara para secar el sudor. La habitación carecía de ventilación, y Emily se preguntó por qué no abría una de las dos ventanas.

– Antes de la llegada de Haytham, Muhannad supervisaba además el trabajo del señor Armstrong. El señor Armstrong era un empleado interino y no es miembro de la familia, así que necesitaba mayor supervisión. Como director de producción, era responsable del funcionamiento de toda la fábrica, y si bien su trabajo era excelente, sabía que su empleo era temporal, y por lo tanto no tenía motivos para ser tan meticuloso como alguien cuyo interés fuera permanente. -Alzó un dedo para impedir que Emily formulara la siguiente pregunta-. No estoy diciendo que consideráramos inaceptable el trabajo del señor Armstrong. De haber sido así no le habría llamado para cubrir la vacante de Haytham.

Aquél era el punto en que Barbara Havers había hecho hincapié. Armstrong había recibido la oferta de volver a Mostazas Malik.

– ¿Cuánto tiempo calcula que trabajará esta vez aquí el señor Armstrong?

– El que tarde en encontrar otro marido conveniente para mi hija, y que además pueda trabajar en la fábrica.

Lo cual exigiría cierto tiempo, pensó Emily, y consolidaría la posición de Ian Armstrong en la fábrica.

– ¿El señor Armstrong conocía al señor Querashi?

– Ya lo creo. Ian enseñó el trabajo a Haytham durante los cinco días anteriores a su marcha.

– ¿Cómo era su relación?

– Cordial, en apariencia, pero Haytham era un hombre afable. No tenía enemigos en Mostazas Malik.

– ¿Conocía a todos los trabajadores de la fábrica?

– Por fuerza. Era el director de la fábrica.

Lo cual significaba entrevistas con todo el mundo, pensó Emily, porque todo el mundo tenía enemigos, dijera lo que dijera Akram Malik. El problema residía en obligarlos a salir a la luz. Asignó mentalmente dos agentes a la tarea. Podrían utilizar la misma sala de conferencias. Serían discretos.

– ¿A quién más conocía el señor Querashi, fuera de la fábrica?

Akram pensó unos momentos.

– A muy poca gente. Frecuentaba la Cooperativa de Caballeros. Yo sugerí que ingresara, y lo hizo al instante.

Emily conocía la Cooperativa de Caballeros. Había ocupado un lugar preferente en el retrato de Akram Malik perfilado por la literatura de la campaña. Era un club social para hombres de negocios de la localidad, que Akram Malik había fundado poco después de abrir la fábrica. Se encontraban cada semana para comer y una vez al mes para cenar, y su propósito era fomentar el buen nombre de las empresas, la cooperación en el comercio y el compromiso de velar por el crecimiento de la ciudad y el bienestar de los ciudadanos. El objetivo consistía en descubrir y alentar puntos de interés comunes entre los miembros, pues su fundador defendía la filosofía de que los hombres que trabajan por un interés mutuo son hombres que viven en armonía mutua. Interesante, pensó Emily, observar la diferencia entre la Cooperativa de Caballeros, fundada por Akram Malik, y Jum'a, fundada por su hijo. Se preguntó hasta dónde llegaba el desacuerdo entre los dos hombres, y si esta situación había influido en el futuro yerno.

– ¿Su hijo también es miembro de este grupo? -preguntó, picada por la curiosidad.

– Muhannad no asiste con la frecuencia que yo desearía -dijo Malik-, pero sí, es miembro.

– ¿Menos devoto a la causa que el señor Querashi?

Malik compuso una expresión seria.

– Intenta relacionar a mi hijo con la muerte del señor Querashi, ¿verdad?

– ¿Qué pensaba su hijo sobre este matrimonio de conveniencia? -replicó Emily.

Por un momento, la expresión de Malik sugirió que no estaba dispuesto a contestar más preguntas sobre su hijo, a menos que Emily le explicara por qué las hacía, pero se contuvo.

– El propio matrimonio de Muhannad fue de conveniencia, y no le preocupaba que el de su hermana fuera igual. -Se removió en su silla-. No ha sido fácil educar a mi hijo, inspectora. Creo que ha recibido demasiada influencia de la cultura occidental, y tal vez le cuesta comprender mi postura ante esta situación, pero respeta sus raíces y está muy orgulloso de su linaje. Es un hombre de su pueblo.

Emily había oído con demasiada frecuencia la misma frase aplicada a defensores del IRA y otros extremistas políticos. Si bien era cierto que el activismo político de Muhannad en la ciudad apoyaba el punto de vista de su padre, la existencia de Jum'a sugería que lo que podía identificarse como orgullo de linaje de Muhannad también era susceptible de identificarse como cierta propensión a pasarse de rosca, así como cierta habilidad para manipular a la gente aprovechando su ignorancia y miedo. En cualquier caso, pensar en Jum'a la impulsó a preguntar:

– ¿El señor Querashi también pertenecía a la fraternidad de su hijo, señor Malik?

– ¿Fraternidad?

– Conoce la existencia de Jum'a, ¿verdad? ¿Era miembro de ella Haytham Querashi?

– Lo ignoro. -Desdobló el gorro con el mismo cuidado que había utilizado para doblarlo, y prestó atención a los movimientos de sus dedos delgados sobre el papel-. Muhannad podrá decírselo. -Frunció el ceño y alzó la vista-. Pero debo confesar que me preocupa la dirección que ha tomado con estas preguntas. Consigue que me pregunte si mi hijo, demasiado propenso a la ira y a la demagogia en lo que concierne a cuestiones raciales, para qué negarlo, está en lo cierto al asumir que usted hará la vista gorda a la posibilidad de qué el odio y la ignorancia sean los únicos móviles de este crimen.

– No pienso hacer la vista gorda a todo eso -replicó Emily-. Los crímenes racistas son problemas globales, y sería estúpido por mi parte negarlo. Pero si el odio y la ignorancia están detrás del asesinato de Querashi, iban dirigidos a un blanco concreto, y no al primer asiático que el asesino se encontró por la calle. Necesitamos saber los contactos que tenía el señor Querashi en las dos comunidades. Es la única forma de atrapar a su asesino. La Cooperativa de Caballeros representa una forma de vida en Balford-le-Nez. Jum'a representa otra, estará de acuerdo conmigo. -Se levantó-. Si me acompaña hasta el señor Armstrong…

Akram Malik la miró con aire pensativo. Debido a tal escrutinio, Emily fue consciente de las diferencias que les separaban, no sólo las normales entre hombre y mujer, sino las diferencias culturales que siempre les definirían. Se revelaban en su forma de vestir: top fino, pantalones grises, la cabeza descubierta. Se revelaban en la libertad que se le permitía: una mujer sola en un inmenso mundo al alcance de su mano. Se revelaban en el cargo que ocupaba: la figura dominante en un equipo compuesto en su mayoría por hombres. Era como si ella y Akram Malik, pese al amor que éste profesaba a su país de adopción, procedieran de universos diferentes.

El hombre se puso en pie.

– Por aquí -dijo.

Barbara avanzó traqueteando por la carretera sembrada de baches y aparcó su Mini al final de un edificio prefabricado, cuyo ambiguo letrero anunciaba «Distracciones para adultos Hegarty». Observó el aparato de aire acondicionado empotrado en una de las ventanas delanteras, y pensó unos momentos en la idea de entrar y plantarse delante del aparato. Sería una distracción adulta que bien valdría el esfuerzo, pensó.

El calor de la costa estaba empezando a superar al calor de Londres, que era inconcebible. Si Inglaterra iba a convertirse en una zona tropical, como consecuencia del calentamiento global que los científicos llevaban años prediciendo, Barbara decidió que sería agradable contar con algunas de las ventajas de los trópicos. Un camarero ataviado con chaqueta blanca y cargado con una bandeja de ponche de ginebra le iría de perlas.

Miró por el retrovisor si el calor había hecho mella en el trabajo de maquillaje de Emily. Esperaba ver su rostro transformándose como el del doctor Jekyll. Sin embargo, tanto la base de maquillaje como el colorete seguían en su sitio. Quizá, a fin de cuentas, habría que romper una lanza en favor de manipular cada mañana tarros de colores, en pos de la belleza perfecta.

Barbara volvió sobre sus pasos hacia Mostazas y Aliños Variados Malik. Una breve parada en la residencia de los Malik la había informado de que Sahlah trabajaba en la fábrica con su padre y su hermano. La información se la facilitó una mujer regordeta y desaliñada, con un niño en la cadera y otro cogido de la mano, un ojo errático y un leve pero visible bigotillo sobre el labio superior. Había echado un vistazo a la identificación de Barbara.

– ¿Quiere hablar con Sahlah? -dijo-. ¿Con nuestra pequeña Sahlah? Oh, Señor, ¿qué habrá hecho para que la policía venga a buscarla?

Delataba cierto placer al responder a sus preguntas, el tipo de entusiasmo experimentado por una mujer que, o bien carecía de grandes diversiones en la vida, o guardaba rencor a su cuñada. Informó a Barbara de su parentesco al instante, mediante el anuncio de que era la esposa de Muhannad, el hijo mayor y único varón de la casa. Y éstos (indicó a los niños con orgullo) eran los hijos de Muhannad. Y pronto (cabeceó de manera significativa en dirección a su estómago) llegaría un tercer hijo, el tercero en tres años. Un tercer hijo para Muhannad Malik.

Bla bla bla, pensó Barbara. Decidió que la mujer necesitaba urgentemente una afición, si su conversación se limitaba a aquel tema.

– ¿Puede ir a buscar a Sahlah? -dijo-. He de hablar con ella.

No era posible. Sahlah estaba en la fábrica.

– El trabajo es el mejor remedio para un corazón destrozado, ¿no cree? -preguntó la mujer, pero de nuevo con un deleite que desmentía el sentido de la frase. La esposa de Muhannad estaba poniendo de los nervios a Barbara.

Barbara se dirigió a Mostazas Malik, y mientras se acercaba al edificio de ladrillo, sacó el recibo de la joyería del bolso y lo guardó en el bolsillo de los pantalones.

Entró en la fábrica, donde el aire estaba viciado y un helecho plantado en una maceta, al lado del mostrador de recepción, parecía a punto de exhalar el último suspiro. Una joven estaba sentada ante un ordenador, y daba la impresión de no sentir el menor calor, pese a que iba tapada de pies a cabeza, con los brazos cubiertos hasta las muñecas y el cabello oscuro casi oculto bajo el chal tradicional. Llevaba el cabello largo, y una gruesa trenza le colgaba hasta la cintura.

Había una placa sobre su escritorio, y Barbara observó que ya no debía buscar más a Sahlah Malik. Exhibió su identificación y se presentó.

– ¿Podemos hablar?

La muchacha miró hacia una puerta cuya parte superior acristalada revelaba una oficina interior.

– ¿Conmigo?

– Usted es Sahlah Malik, ¿verdad?

– Sí, pero ya he hablado con la policía, si viene por lo de Haytham. Hablé con ellos el primer día.

Sobre el escritorio había una larga lista de nombres impresa por ordenador. La joven cogió un rotulador amarillo del cajón central del escritorio y empezó a subrayar algunos nombres y a tachar otros con un lápiz.

– ¿Les habló del brazalete, pues? -preguntó Barbara.

La muchacha no levantó la vista de la hoja, aunque Barbara vio que sus cejas se fruncían un momento. Podría haber sido una expresión de concentración, en el caso de que subrayar nombres hubiera exigido concentración. Por otra parte, también podía ser confusión.

– ¿Un brazalete? -preguntó.

– Una pieza, obra de un tipo llamado Aloysius Kennedy. De oro. Grabada con las palabras «La vida empieza ahora». ¿Le suena?

– No entiendo la naturaleza de sus preguntas -dijo la joven-. ¿Qué tiene que ver un brazalete de oro con la muerte de Haytham?

– No lo sé -repuso Barbara-. Tal vez nada. Pensé que quizá usted me lo podría aclarar. Esto -dejó el recibo sobre el escritorio- estaba entre sus cosas. Cerrado bajo llave, a propósito. ¿Se le ocurre el motivo, o por qué estaba en su posesión, para empezar?

Sahlah tapó con el capuchón el rotulador amarillo y dejó el lápiz a un lado antes de coger el recibo. Tenía unas manos bonitas, observó Barbara, con dedos esbeltos y uñas muy cortas pero cuidadas. No llevaba anillos.

Barbara esperó a que contestara. Captó movimientos en la oficina interior por el rabillo del ojo y miró en aquella dirección. En un pasillo del fondo, Emily Barlow estaba hablando con un paquistaní de edad madura vestido de cocinero. ¿Akram Malik?, se preguntó Barbara. Parecía lo bastante mayor y solemne para serlo. Devolvió su atención a Sahlah.

– No lo sé -dijo Sahlah-. No sé por qué lo tenía. -Daba la impresión de estar hablando al recibo, en lugar de a Barbara-. Quizá estaba buscando una manera de corresponder, y se le ocurrió ésta. Haytham era un hombre muy bueno. Un hombre muy educado. No me extrañaría que hubiera intentado descubrir el precio de algo para corresponder con un obsequio equivalente.

– ¿Perdón?

– Lena-dena -dijo Sahlah-. La entrega de regalos. Es una costumbre que se practica cuando establecemos relaciones.

– El brazalete de oro, ¿era un regalo para él? ¿Se lo hizo usted?

– Como su prometida, iba a obsequiarle algo simbólico. Él iba a corresponder de la misma forma.

Seguía en pie la pregunta de dónde estaba el brazalete ahora. Barbara no lo había visto entre las pertenencias de Querashi. No había leído en el informe de la policía que lo hubieran encontrado en el cadáver. ¿Era posible que alguien siguiera los pasos de una víctima y tramara su muerte con tanto cuidado, sólo para apoderarse de un brazalete de oro? Había gente que moría por menos, pero en este caso… ¿Por qué se le antojaba tan improbable?

– Él no tenía el brazalete -dijo Barbara-. No estaba en su cuerpo ni en su habitación del Burnt House. ¿Puede explicarme por qué?

Sahlah usó el rotulador amarillo para subrayar otro nombre.

– Aún no se lo había dado -dijo-. Lo iba a hacer el día del nikah.

– ¿Qué es eso?

– La firma oficial de nuestro contrato de matrimonio.

– O sea, que usted tiene el brazalete.

– No. Era absurdo conservarlo. Cuando le mataron, lo cogí… -Hizo una pausa. Sus dedos tocaron el borde de la hoja impresa y la enderezaron a la perfección-. Le parecerá absurdo y melodramático, como una novela del siglo diecinueve. Cuando mataron a Haytham, cogí el brazalete y lo tiré al mar. Desde el extremo del muelle. Supongo que era una forma de despedirme de él.

– ¿Cuándo fue eso?

– El sábado. El día que la policía me contó lo que le había pasado.

Esto aún ponía más de relieve el problema del recibo.

– ¿Él no sabía que usted iba a regalarle un brazalete, por lo tanto?

– No lo sabía.

– Entonces ¿qué hacía el recibo en su poder?

– No lo puedo explicar, pero él debía saber que yo iba a regalarle algo. Es la tradición.

– Por lo del… ¿Cómo ha dicho que se llamaba?

– Lena-dena. Sí, por eso. No querría que su regalo fuera inferior al mío. Habría significado un insulto para mi familia, y Haytham era muy cuidadoso con esas cosas. Imagino… -Miró a Barbara por primera vez desde que la conversación había empezado-, imagino que hizo un poco de trabajo detectivesco para averiguar qué le había regalado y dónde. No debió resultar muy difícil. Balford es una ciudad pequeña. Las tiendas que venden objetos dignos de una ocasión como una nikah son fáciles de localizar.

La explicación era razonable, pensó Barbara. De una lógica aplastante. El único problema era que ni Rachel Winfield ni su madre habían dicho nada que pudiera apoyar esta conjetura.

– Desde el extremo del muelle -dijo Barbara-. ¿Qué hora era?

– No tengo ni idea. No miré el reloj.

– No me refiero a la hora exacta. ¿Era por la mañana? ¿Por la tarde? ¿Por la noche?

– Por la tarde. La policía vino a casa por la mañana.

– ¿No era de noche?

Tal vez la joven comprendió demasiado tarde la intención de Barbara, porque su mirada vaciló. No obstante, pareció caer en la cuenta de las dificultades que se buscaría si cambiaba la historia.

– Fue por la tarde -afirmó.

Y alguien se habría fijado, sin duda, en una mujer vestida como Sahlah. Estaban renovando el parque de atracciones. Aquella misma mañana, Barbara había visto a los obreros subidos en un edificio que estaban construyendo en el mismo lugar donde Sahlah afirmaba haberse desprendido del brazalete de oro. Tenía que haber alguien en el muelle que corroborara su historia.

Cierta actividad en la oficina interior llamó su atención de nuevo. Esta vez no era Emily, sino dos asiáticos. Se acercaron a una mesa de dibujo, donde se enzarzaron en una animada discusión con un tercer asiático que trabajaba ante ella. Al verlos, Barbara se acordó del nombre.

– F. Kumhar -dijo a Sahlah-. ¿Alguien llamado así trabaja en la fábrica?

– En la oficina no.

– ¿En la oficina?

– No puede trabajar en cuentas o ventas. Es lo que se lleva en la oficina. -Indicó la puerta acristalada-. En cuanto a la fábrica en sí… Está producción. Conozco a los empleados fijos de producción, pero no a los que contratan por horas cuando hay grandes pedidos, para hacer etiquetas, por ejemplo.

– ¿Son trabajadores por horas?

– Sí. No siempre los conozco. -Indicó la hoja impresa-. No he visto el nombre entre éstos, pero como la nómina de los trabajadores por horas no está mecanizada, tampoco lo habría visto.

– ¿Quién conoce a los trabajadores por horas?

– El director de producción.

– Haytham Querashi -dijo Barbara.

– Sí. Y antes, el señor Armstrong.

Y así se cruzaron los caminos de Barbara y Emily en Mostazas Malik, cuando Sahlah acompañó a Barbara al despacho de Armstrong.

Si había que guiarse por el tamaño del despacho (como sucedía en New Scotland Yard, donde la importancia del cargo se medía por el número de ventanas que la persona tenía), Ian Armstrong ocupaba un cargo de bastante importancia, aunque su contrato fuera temporal. Cuando Sahlah llamó a la puerta y una voz contestó que entrara, Barbara vio una sala lo bastante grande para acomodar un escritorio, una mesa de conferencias redonda y seis sillas. Al igual que en la oficina interior, no había ventanas. La cara de Armstrong estaba perlada de sudor, fuera por el calor o por las preguntas de Emily Barlow.

– … no existía una necesidad real de llevar a Mikey al médico el viernes pasado -decía Armstrong-. Es el nombre de mi hijo, por cierto. Mikey.

– ¿Tenía fiebre?

Emily saludó con un gesto de cabeza cuando Barbara entró en la habitación. Sahlah cerró la puerta y se fue.

– Sí, pero a los niños les suele subir mucho la fiebre, ¿verdad?

Los ojos de Armstrong se desviaron hacia Barbara, antes de volver hacia Emily. No parecía ser consciente del sudor que goteaba en su frente y resbalaba por una mejilla.

Por su parte, parecía que en lugar de sangre corriera freón por las venas de Emily. Estaba sentada ante la mesa de conferencias con una frialdad absoluta, mientras una pequeña grabadora recogía las respuestas de Armstrong.

– No hay que correr a urgencias porque el niño tenga la frente caliente -explicó Armstrong-. Además, el niño ha sufrido tantas otitis que ya sabemos lo que hay que hacer. Tenemos gotas. Utilizamos calor. No tarda en mejorar.

– ¿Puede confirmarlo alguien más, aparte de su mujer? ¿El viernes telefoneó a sus suegros, para pedir consejo? ¿Habló con sus padres, con un vecino, con algún amigo?

El rostro de Armstrong se ensombreció.

– Yo… Si me concede un momento para pensar…

– No hay prisa, señor Armstrong -dijo Emily-. Queremos ser precisos.

– Es que nunca me he visto metido en algo como esto, y estoy un poco nervioso. No sé si me entiende.

– Ya lo creo.

Mientras la inspectora esperaba a que el hombre contestara a su pregunta, Barbara examinó el despacho. Era bastante funcional. Carteles enmarcados de los productos colgaban de las paredes. El escritorio era de acero, al igual que los archivadores y las estanterías. La mesa y las sillas eran relativamente nuevas, pero de aspecto barato. Los únicos objetos destacables descansaban sobre el escritorio de Armstrong. Eran fotografías enmarcadas, y había tres. Barbara dio la vuelta para echar un vistazo. Una mujer de expresión amargada, con el cabello rubio peinado a la moda de los años sesenta, aparecía en una, un niño hablaba muy contento con Papá Noel en otra, y la tercera plasmaba a la feliz familia al completo, con el niño sobre el regazo de la madre y el padre de pie detrás de ellos, con las manos sobre los hombros de la madre. Armstrong parecía sobresaltado en la fotografía, como si hubiera accedido a la posición de paterfamilias por accidente y le hubiera sorprendido en grado sumo.

Estaba bien instalado en la fábrica, para ser un empleado interino. Barbara ya se lo imaginaba, sacando cada mañana las fotos de un maletín, limpiándoles el polvo con un pañuelo y canturreando feliz mientras las colocaba sobre el escritorio, antes de empezar a trabajar.

Sin embargo, parecía una fantasía contrapuesta a su comportamiento actual. No dejaba de lanzar miradas nerviosas a Barbara, como torturado por la sospecha de que se dispusiera a registrar su escritorio. Al fin, Emily les presentó.

– Oh -dijo Armstrong-. ¿Otra…? -Se tragó de inmediato lo que pensaba decir-. Mis suegros -dijo, y continuó con renovadas energías-. No estoy seguro de la hora, pero estoy seguro de que hablé con ellos el viernes por la noche. Sabían que Mikey estaba enfermo, y nos telefonearon. -Sonrió-. Me había olvidado porque usted me ha preguntado si yo les había telefoneado, y fue justo lo contrario.

– ¿La hora aproximada?

– ¿Cuándo ellos llamaron? Debió ser después del telediario. El de la ITV.

Que transmitían a las diez, pensó Barbara. Miró al hombre con los ojos entornados y se preguntó si estaba improvisando a marchas forzadas, y cuánto tardaría en llamar a sus suegros para conseguir su colaboración, una vez Emily y ella salieran de su despacho.

Mientras Barbara hacía estas reflexiones, Emily cambió de táctica. Se interesó por Haytham Querashi y la relación de Armstrong con el hombre asesinado. Según el jefe de producción interino, tenían una buena relación, una excelente relación. Si había que hacer caso a Armstrong, eran hermanos de sangre, prácticamente.

– Y no tenía enemigos en la fábrica, por lo que yo sé -concluyó Armstrong-. Si quiere que le diga la verdad, los trabajadores de la fábrica estaban muy contentos con él.

– ¿No lamentaban que usted se marchara? -preguntó Emily.

– Supongo que no -admitió Armstrong-. La mayoría de nuestros obreros son asiáticos, y preferían que uno de los suyos les supervisara, antes que un inglés. Pensándolo bien, es natural, ¿no?

Paseó la vista entre Emily y Barbara, como si esperara a que una de ellas le diera la razón. Como ninguna lo hizo, encadenó con su idea anterior.

– No había nadie, de veras. Si buscan un móvil entre nuestros trabajadores, no creo que encuentren ninguno. Hace sólo unas horas que he vuelto, y por lo que he visto, su muerte ha causado un sentido dolor entre los suyos.

– ¿Conoce a alguien llamado Kumhar? -preguntó Barbara después de sentarse a la mesa.

– ¿Kumhar?

Armstrong frunció el ceño.

– F. Kumhar. ¿Le suena el nombre?

– En absoluto. ¿Es alguien que trabaja aquí? Porque conozco a todo el mundo… Es por motivos de trabajo. A menos que lo contrataran durante la estancia del señor Querashi, y que aún no me lo hayan presentado…

– La señorita Malik piensa que podría ser alguien contratado por horas cuando el volumen de trabajo es muy grande. Habló sobre etiquetados.

– ¿Un empleado por horas? -Armstrong miró a Emily-. ¿Me permite…? -preguntó, como si se considerara bajo su supervisión. Se encaminó a una de las estanterías y bajó un libro mayor, que llevó a la mesa-. Siempre hemos sido muy cuidadosos con nuestros registros. En la posición del señor Malik, emplear a ilegales sería desastroso.

– ¿Existe ese problema por aquí? -preguntó Barbara-. Por lo que yo sé, los ilegales suelen dirigirse a las ciudades. Londres, Birmingham, lugares donde ya existe una comunidad asiática numerosa.

– Hummm…, sí. Supongo que sí -dijo Armstrong, mientras pasaba algunas páginas del libro y examinaba las fechas de la parte superior-. Pero no estamos lejos de los puertos, ¿sabe? Los ilegales saben burlar la vigilancia, y el señor Malik insiste en que andemos siempre atentos.

– Si el señor Malik tuviera contratados a inmigrantes ilegales, ¿es posible que Haytham Querashi lo descubriera?

Armstrong alzó la vista. Comprendió la dirección que estaba tomando el interrogatorio, y pareció aliviado de que la atención se desviara de él. Sin embargo, no intentó falsear su respuesta.

– Puede que lo hubiera sospechado, pero si alguien le presentó papeles bien falsificados, no sé cómo lo hubiera descubierto. Al fin y al cabo, no era inglés. ¿Cómo iba a saber lo que debía buscar?

Barbara se preguntó qué más daba ser o no inglés.

Él examinó una página que había seleccionado. Después, repasó otras dos.

– Éstos son los trabajadores por horas más recientes -dijo-, pero no hay ningún Kumhar entre ellos. Lo siento.

Entonces, Querashi le había conocido en otro contexto, concluyó Barbara. Se preguntó cuál. La organización paquistaní fundada por Muhannad Malik? Cabía la posibilidad.

– Si Querashi hubiera despedido a alguien, temporal, fijo o por horas, ¿constaría en esa lista? -preguntó Emily.

– Los empleados despedidos tienen fichas personales, claro está -dijo Armstrong, al tiempo que indicaba los archivadores que ocupaban una pared, pero su voz enmudeció mientras hablaba, y volvió a sentarse en su silla, con aire pensativo. Al parecer, lo que estaba pensando sirvió para calmar su mente, porque sacó un pañuelo y se secó la cara.

– ¿Se le ha ocurrido otra cosa? -preguntó Emily.

– ¿Un empleado despedido? -dijo Barbara.

– Tal vez no sea nada. Lo sé porque me lo dijo uno de sus compañeros del departamento de envíos, después de que pasara. Fue sonado, claro.

– ¿A qué se refiere?

– Trevor Ruddock, un chico de la ciudad. Haytham le despidió hace tres semanas. -Armstrong se acercó a uno de los archivadores y buscó en un cajón. Extrajo una carpeta y la llevó a la mesa, mientras leía la documentación que contenía-. Sí, aquí está… Oh, cielos. Bien, no es muy agradable. -Levantó la vista y sonrió. Sin duda había leído buenas noticias para él en el expediente de Trevor Ruddock, y estaba celebrando el hecho-. Trevor fue despedido por robar, según consta aquí. El informe está escrito con la letra de Haytham. Al parecer, le pilló con las manos en la masa, es decir, con una caja de existencias que debía enviarse. Le despidió en el acto.

– Un chico, ha dicho -comentó Barbara-. ¿Cuántos años tiene?

Él consultó el expediente.

– Veintiuno.

Emily apoyó a Barbara.

– ¿Está casado? ¿Tiene hijos?

Armstrong se apresuró a complacerlas.

– No -dijo-, pero vive en su casa, según la solicitud de empleo. Y sé que allí viven cinco niños, además de Trevor y sus padres. Y a juzgar por la dirección que dio… -Miró a las dos policías-. Bien, no es la mejor zona de la ciudad exactamente. Yo diría que su familia necesitaba todo el dinero que él ganaba. Así son las cosas en esa parte de la ciudad.

Una vez dicho esto, pareció darse cuenta de que cualquier intento de desviar las sospechas hacia otra persona sólo serviría para fortalecer las sospechas sobre él. Se apresuró a continuar.

– El señor Malik intercedió por el muchacho. Aquí hay una copia de la carta que escribió, solicitando a otro hombre de negocios de la ciudad que diera una oportunidad de redimirse a Trevor mediante un empleo.

– ¿Dónde? -preguntó Barbara.

– En el parque de atracciones. Allí le encontrarán, sin duda. Si quieren hablar con él sobre su relación con el señor Querashi, me refiero.

Emily extendió la mano y apagó la grabadora. Armstrong compuso una expresión de alivio, liberado por fin, pero cuando Emily habló, le devolvió a la realidad.

– No pensará abandonar la ciudad durante los próximos días, ¿verdad? -le preguntó con tono afable.

– No he pensado ir…

– Estupendo -dijo Emily Barlow-. No me cabe duda de que tendremos que hablar otra vez con usted. Y también con sus suegros.

– Por supuesto. En cuanto a este otro asunto… lo de Trevor, lo del señor Ruddock… Supongo que querrán…

No terminó la frase. No se atrevió. «Ruddock tiene un móvil» eran las palabras que Armstrong no podía decir. Pues aunque Haytham Querashi les había dejado sin trabajo a los dos, sólo uno de ellos se había beneficiado al instante de la muerte del paquistaní. Y todos los que estaban sentados a la mesa sabían que el principal beneficiario de la primera muerte violenta acaecida en la península de Tendring en cinco años también estaba sentado en la ex oficina de Querashi, y había recuperado el trabajo que la llegada de Querashi a Inglaterra le había arrebatado.

Capítulo 9

Cliff Hegarty las vio salir juntas de la fábrica de mostazas. No las había visto entrar al mismo tiempo. Sólo había visto a la mujer baja y regordeta de pelo imposible bajar de un Austin Mini hecho polvo, con un bolso del tamaño de un buzón. No le había prestado mucha atención, aparte de preguntarse por qué una mujer con su cuerpo llevaba pantalones morunos, que sólo servían para destacar su ausencia de cintura. La había visto, analizado su apariencia personal, considerando improbable que alguien como ella entrara a curiosear en Distracciones para adultos Hegarty, y la había borrado de su mente. Sólo cuando la vio por segunda vez comprendió quién, o mejor dicho, qué era. Y después llegó a la conclusión de que el día, que ya había empezado mal, tenía todos los números para empeorar.

La segunda vez que vio a la mujer iba acompañada de otra. Ésta era más alta, tan fornida que parecía capaz de tirar al suelo a un oso polar, y exhibía un aura de autoridad que sólo podía existir una explicación para lo que estaba haciendo en Mostazas Malik poco después de lo ocurrido en el Nez. Era la bofia, comprendió Cliff. Tenía que serlo. Y la otra, con la que conversaba de una forma que sugería intimidad profesional, cuando no personal, debía ser también de la pasma.

Mierda, pensó. Lo último que necesitaba era policías rondando en la zona industrial. No había bastante con el consejo municipal. Les encantaba acosarle, y pese a sus repetidas afirmaciones de que iban a rescatar a Balford de la penuria económica, estarían encantados de acabar con su negocio. Y era muy probable que aquellas dos polis se unieran a la oposición contra él en cuanto echaran un vistazo a sus rompecabezas. Y no cabía duda de que los verían. Si se dejaban caer para charlar, como harían con todos aquellos que hubieran visto al cadáver antes de convertirse en cadáver, acabarían echando un vistazo. Esa visita, aparte de las preguntas que haría lo posible por evitar contestar, era uno de los varios acontecimientos inminentes que Cliff no aguardaba con alegría incontenible.

Casi todo su negocio se basaba en los pedidos por correo, y Cliff nunca entendía el revuelo que causaban sus rompecabezas. No los anunciaba en el Tendring Standard, ni colgaba carteles en las tiendas de High Street. Era mucho más discreto. Joder, siempre era discreto.

Pero la discreción no contaba gran cosa cuando los policías decidían amargar la vida a un tío. Cliff lo sabía desde sus días en Earl's Court. Cuando los polis se empecinaban en ese objetivo, empezaban a aparecer cada día ante la puerta de casa. Sólo una pregunta, señor Hegarty. ¿Podría ayudarnos a solucionar un problema, señor Hegarty? ¿Sería tan amable de pasarse por la comisaría para charlar un ratito, señor Hegarty? Se ha producido un robo (un asalto, un tirón, un atraco, daba igual) y nos estábamos preguntando dónde se encontraba usted la noche de marras. ¿Podemos tomarle las huellas dactilares? Sólo para exonerarle de toda sospecha, por supuesto. Y así sucesivamente, hasta que la única manera de conseguir que le dejaran en paz era largarse y empezar de nuevo en otro sitio.

Cliff sabía que podía hacerlo. Ya lo había hecho antes. Pero eso había sido cuando estaba solo. Ahora que tenía a alguien, y esta vez no era un gorrón, sino alguien con un trabajo, un futuro y una casa decente donde vivir, en la playa de Jaywick Sands, no estaba dispuesto a que le echaran otra vez. Pues aunque Cliff Hegarty podía montar su negocio donde le diera la gana, a Gerry DeVitt no le resultaba tan fácil encontrar trabajo en la construcción. Ahora que la promesa dé la futura reurbanización de Balford estaba a punto de convertirse en realidad, el futuro de Gerry se estaba pintando de rosa. No querría largarse en este momento, cuando por fin había perspectivas de ganar un buen montón de dinero.

Aunque el dinero no preocupaba a Gerry, pensó Cliff. La vida sería muchísimo más fácil en ese caso. Si Gerry se limitara a ir al trabajo cada mañana y manejar el soplete hasta caer rendido en el restaurante del muelle, la vida sería maravillosa. Volvería a casa acalorado, sudoroso y agotado, con la única idea de cenar y dormir. Pensaría en la prima que los Shaw le habían prometido si el local estaba listo para funcionar el siguiente día de fiesta del ramo bancario. Y no se preocuparía de nada más.

Todo lo contrario de lo que había sucedido aquella mañana, como había observado Cliff con creciente angustia.

Cliff había entrado en la cocina a las seis de la mañana, después de haberse despertado al intuir que Gerry ya no estaba en la cama a su lado. Se había envuelto en un albornoz y encontrado a Gerry donde, al parecer, llevaba mucho tiempo, vestido de pie ante la ventana abierta. Ésta dominaba metro y medio de paseo de cemento, tras el cual estaba la playa, tras la cual estaba el mar. Gerry se había quedado de pie allí, con una taza de café en la mano, absorto en el tipo de pensamientos privados que siempre preocupaban a Cliff.

Gerry no era un tipo dado a ocultar sus pensamientos. Para él, ser amantes significaba vivir en la piel del otro, lo que a su vez significaba entablar conversaciones sentimentales, desnudar el alma y llevar a cabo análisis interminables del «estado de la relación». Cliff no podía soportar ese tipo de relación, pero había aprendido a sobrellevarla. Al fin y al cabo, vivía en el piso de Gerry, y aunque no fuera ése el caso, le gustaba mucho Gerry. Por lo tanto, había aprendido a colaborar en el juego de la conversación con bastante gracia.

Pero desde hacía poco, la situación se había alterado de una forma sutil. Daba la impresión de que la preocupación de Gerry por el estado de su unión se había atemperado. Había dejado de hablar tanto sobre ella y, lo más ominoso, había dejado de pegarse como una lapa a Cliff, lo cual había dado ganas a éste de pegarse como una lapa a él. Lo cual era ridículo, necio y estúpido. Lo cual cabreaba a Cliff, porque casi siempre era él quien necesitaba espacio y Gerry quien nunca quería facilitárselo.

Cliff se reunió con él ante la ventana. Vio por encima del hombro de su amante las brillantes serpientes de la luz del amanecer que empezaban a reptar sobre el mar. Un barco pesquero se alejaba hacia el norte. Las gaviotas se silueteaban contra el cielo. Si bien Cliff no era un amante de las bellezas naturales, sabía cuándo una vista ofrecía oportunidades para la meditación.

Y eso era lo que Gerry parecía estar haciendo cuando él lo encontró. Daba la impresión de que estaba pensando.

Cliff apoyó la mano en el cuello de Gerry, consciente de que en el pasado los papeles se habrían invertido. Gerry habría ofrecido la caricia, un roce suave pero exigente que comunicaba: estoy aquí, tócame tú también, por favor, dime que me quieres, tan ciega y desinteresadamente como yo.

Antes, Cliff habría querido liberarse de la mano de Gerry. No, para ser franco, su primera reacción habría sido querer apartar la garra de Gerry de un manotazo. De hecho, habría deseado enviarlo de una bofetada al otro extremo de la habitación, porque su caricia, tan tierna y solícita, implicaría exigencias que no tenía la energía o capacidad de satisfacer.

Pero aquella mañana se había descubierto interpretando el papel de Gerry, esperando recibir una señal de que su relación seguía intacta y constituía el principal interés de su compañero.

Gerry se agitó bajo su mano, como si le hubiera despertado. Sus dedos se esforzaron por entrar en contacto, pero Cliff pensó que los había tocado como si cumpliera un deber, parecido a esos besos secos y correosos intercambiados entre personas que han estado juntas demasiado tiempo.

Cliff dejó caer la mano. Mierda, pensó, y se preguntó qué podía decir. Empezó con una perogrullada.

– ¿No podías dormir? ¿Hace mucho que estás levantado?

– Un rato.

Gerry alzó la taza de café.

Cliff observó el reflejo de su compañero en la ventana e intentó descifrarlo, pero como era una imagen matutina en lugar de nocturna, mostraba poco más que su forma, un hombre corpulento y robusto, con un cuerpo que el trabajo había endurecido y fortalecido.

– ¿Qué pasa? -preguntó Cliff.

– Nada. No podía dormir. Hace demasiado calor para mí. Este tiempo es increíble. Ni que viviéramos en Acapulco.

Cliff intentó una maniobra propia de Gerry si los papeles hubieran estado invertidos.

– Ya te gustaría que viviéramos en Acapulco. Tú y todos esos guapos chicos mejicanos…

Esperó el tipo de garantía que Gerry habría esperado de él en otro tiempo: ¿yo y guapos chicos mejicanos? ¿Estás loco, tío? ¿A quién le importa un chico grasicnto, si te tengo a ti?

Pero no llegó. Cliff metió los puños en los bolsillos del albornoz. Joder, pensó, disgustado consigo mismo. ¿Quién habría pensado que calzaría los zapatos de la inseguridad? Él, Cliff Hegarty, no Gerry DeVitt, era quien siempre había dicho que la fidelidad permanente no era más que un alto en el camino hacia la tumba. Era él quien predicaba sobre los peligros de ver cada mañana a la hora del desayuno el mismo rostro cansado, de encontrar cada noche en la cama el mismo cuerpo cansado. Siempre había dicho que, después de unos cuantos años de lo mismo, sólo la satisfacción de haberse encontrado en secreto con alguien nuevo, alguien aficionado a la emoción de la caza, a los placeres que permitía el anonimato, o a la excitación del engaño, estimularía el cuerpo de un tío para satisfacer a un amante habitual. Así eran las cosas, había dicho siempre. Así era la vida.

Pero Gerry no debía creer que Cliff había hablado en serio. No, joder. Gerry debía decir con sardónica resignación: «De acuerdo, tío. Sigue hablando, porque es lo único que sabes hacer, y las palabras se las lleva el viento.» Lo último que Cliff esperaba era que creyera en sus palabras a pies juntillas. No obstante, mientras su estómago se revolvía, Cliff se vio forzado a admitir que Gerry había hecho exactamente eso.

Quiso decir con tono beligerante «Oye, ¿quieres que lo dejemos correr, Ger?». Pero estaba demasiado asustado de la respuesta que podía darle su amante. Comprendió en un momento de lucidez que, por más que hubiera hablado de caminos hacia la tumba, no quería separarse de Gerry. No sólo por la vivienda de Jaywick Sands, a pocos metros de la playa, donde a Cliff le gustaba vivir, no sólo por la vieja lancha de carreras que Gerry había restaurado y en la cual surcaban los dos el mar en verano, y no sólo porque Gerry había hablado de unas vacaciones en Australia durante los meses en que el viento sacudía la casa como un huracán siberiano. Cliff no quería separarse de Gerry porque… bueno, era reconfortante estar liado con un tío que creía en la fidelidad permanente, aunque nunca lo hubiera verbalizado.

Por eso Cliff dijo con más indiferencia de la que sentía:

– ¿Te apetece un chico mejicano últimamente, Ger? ¿Prefieres la carne morena en lugar de la blanca?

Gerry se volvió. Dejó la taza sobre la mesa.

– ¿Has estado haciendo cuentas? ¿Quieres decirme por qué?

Cliff sonrió, mientras alzaba las manos como para defenderse.

– De ningún modo. Oye, a mí no me pasa nada. Llevamos juntos el tiempo suficiente para que sepa cuándo te preocupa algo. Sólo te pregunto si quieres hablar de ello.

Gerry se dirigió hacia la nevera. La abrió. Empezó a reunir los ingredientes de su desayuno habitual. Depositó cuatro huevos en un cuenco y extrajo cuatro salchichas de su envoltorio.

– ¿Estás cabreado por algo? -Cliff manoseó el cinturón del albornoz. Volvió a anudarlo y devolvió las manos a los bolsillos-. De acuerdo, sé que despotriqué cuando anulaste nuestras vacaciones en Costa Rica, pero pensaba que ya lo teníamos decidido. Sé que el trabajo en el muelle es muy importante para ti, y junto con la renovación de esa casa… Sé que antes no había mucho trabajo, y ahora hay que aprovechar las oportunidades y no pensar en vacaciones. Lo comprendo. Si te cabreaste por lo que dije…

– No me he cabreado -interrumpió Gerry. Rompió los huevos y los batió en el cuenco, mientras las salchichas empezaban a sisear en la sartén.

– De acuerdo. Bien, estupendo.

¿Todo iba bien? Cliff no lo creía. Había empezado a notar cambios en Gerry últimamente. Los largos silencios, tan desacostumbrados, las frecuentes retiradas al pequeño garaje durante los fines de semana, para tocar la batería, las largas noches que dedicaba a aquel trabajo privado de remodelación en Balford, las intensas miradas calculadoras que dirigía a Cliff cuando pensaba que éste no se daba cuenta. Bien, tal vez Ger no estuviera cabreado en aquel momento. Pero algo pasaba.

Cliff sabía que debía decir algo más, pero se dio cuenta de que su máximo deseo consistía en salir de la cocina. Supuso que, en cualquier caso, sería más prudente fingir que todo iba bien, pese a las indicaciones en contra. Era más sensato que correr el riesgo de descubrir algo que no quería saber.

Aun así, se quedó en la cocina. Observó los movimientos de su amante e intentó discernir el significado de que Gerry se dedicara a su desayuno con tal alarde de seguridad y concentración. Gerry no carecía de seguridad y concentración. Para triunfar en su oficio, necesitaba ambas cualidades. Pero no demostraba ninguna de ellas cuando estaba con Cliff.

Ahora, no obstante… Era un Gerry diferente. No era el tipo cuya principal preocupación había sido siempre solucionar los problemas entre ambos, recibir respuestas a sus preguntas y calmar los ánimos sin necesidad de alzar la voz. Era un Gerry que hablaba y actuaba como un tipo que sabía muy bien lo que quería.

Cliff no quería pensar en lo que esto significaba. Se arrepintió de haber abandonado la cama. Oyó el tictac del reloj de la cocina a su espalda, y se le antojó el redoble del tambor que conducía al condenado a la guillotina. Mierda, pensó. Joder, cono, mierda.

Gerry llevó su desayuno a la mesa. Era un desayuno que le proporcionaría energías hasta la hora de comer: huevos, salchichas, dos piezas de fruta, tostada y mermelada. Pero después de colocar los cubiertos en su sitio, servirse un vaso de zumo y colgarse la servilleta de la camiseta, no comió. Se limitó a contemplar el desayuno, rodeó el vaso de zumo con la mano y se lo tragó de una forma ruidosa, como si hubiera engullido una piedra, pensó Cliff.

Después levantó la vista.

– Creo que los dos hemos de hacernos unos análisis de sangre -dijo Gerry.

Las paredes de la cocina empezaron a dar vueltas. El suelo cedió bajo sus pies. Y Cliff recordó su historia compartida en una fracción de segundo.

Siempre les acosaría lo que habían sido, dos tíos que mentían a sus respectivas familias sobre cómo, cuándo y dónde se encontraban: en un retrete público, cuando «tomar precauciones» no era tan importante como tirarse al primer tío que se dejara. Ger y él se conocían bien, sabían cómo habían sido y, lo más importante, sabían quiénes podían volver a ser en el momento preciso, si la tentación se presentaba y si el retrete del mercado estaba desierto, salvo por la presencia de otro tío complaciente.

Cliff quiso reír, fingir que no había entendido bien. Pensó en decir «¿Estás loco? ¿De qué cono estás hablando, tío?», pero se abstuvo. Porque había aprendido mucho tiempo atrás la virtud de esperar a que el pánico y el terror se calmaran, antes de decir lo primero que le pasara por la cabeza.

– Oye, Gerry DeVitt, te quiero -anunció por fin.

Gerry agachó la cabeza y se echó a llorar.

Cliff vio que las dos polis cotorreaban delante de Distracciones para adultos Hegarty, como dos viejas chismosas durante la merienda. Sabía que pronto empezarían a husmear en todas las empresas de la zona industrial. Era su deber. El paqui había sido asesinado, y querrían hablar con todo el mundo que hubiera visto al tío, hablado con él u observado que hablaba con otra persona. Después de su casa, la zona industrial era el lugar lógico por donde empezar. Sólo era cuestión de tiempo que se presentaran en Distracciones para adultos Hegarty.

– Mierda -susurró Cliff.

Estaba sudando, pese al aparato de aire acondicionado que enviaba una corriente de aire gélido en su dirección. Lo que menos necesitaba ahora era un cara a cara con la bofia. Y no podía contar a nadie la verdad.

Un cochazo impresionante azul turquesa entró en la zona industrial, justo cuando Emily estaba diciendo:

– Podemos estar seguras de una cosa, a juzgar por el hecho de que Sahlah no sabía quién era F. Kumhar. Es un hombre, como pensé desde el primer momento.

– ¿Por qué?

Emily levantó una mano para dejar en suspenso la pregunta de Barbara por un momento, mientras el coche se internaba con un rugido en la carretera. Un descapotable norteamericano, de líneas aerodinámicas, interior tapizado de piel y cromados que resplandecían como platino pulido. Un Thunderbird deportivo, pensó Barbara, con cuarenta años encima, como mínimo, y restaurado a la perfección. Alguien ganaba el dinero a espuertas.

El conductor era un hombre de unos veintitantos años, de piel color té y pelo largo recogido en una cola de caballo. Llevaba gafas de sol que cubrían los ojos por completo, de un estilo que Barbara siempre relacionaba con chulos, gigolós y tahúres. Lo reconoció gracias a la manifestación que había visto en la televisión el día anterior: Muhannad Malik.

Taymullah Azhar iba con él. En honor a la verdad, no parecía gustarle demasiado llegar a la fábrica como un fugitivo de Corrupción en Miami.

Los hombres bajaron. Azhar se quedó junto al coche, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras Muhannad caminaba hacia las dos policías contoneándose. Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de su camisa blanca. Estaba inmaculadamente planchada, con aspecto de recién lavada, y completaba su atuendo con téjanos y botas de piel de serpiente.

Emily se encargó de las presentaciones. Barbara sintió que sus palmas se humedecían. Había llegado el momento de decir a la inspectora que no era necesario presentarla a Taymullah Azhar, pero se mordió la lengua. Esperó a que Azhar aclarara el asunto. Azhar miró a Muhannad, pero también se mordió la lengua. Un giro inesperado de los acontecimientos. Barbara decidió esperar a ver dónde les conducían.

Muhannad la miró de arriba abajo de una forma desdeñosa y calculadora. Barbara sintió deseos de hundirle los pulgares en los ojos. No dejó de caminar hasta ellas hasta que, en opinión de Barbara, supo que estaba demasiado cerca para sostener una conversación relajada.

– ¿Éste es su oficial de enlace?

Puso un énfasis irónico en el adjetivo.

– La sargento Havers se reunirá con ustedes esta tarde -dijo Emily-. A las cinco en la comisaría.

– A las cuatro nos va mejor -replicó Muhannad. No trató de disimular el propósito de la frase: un intento de dominar la situación.

Emily no le siguió la corriente.

– Por desgracia no puedo garantizar que mi oficial esté allí a las cuatro -dijo sin inmutarse-, pero pueden venir cuando quieran. Si la sargento Havers aún no ha llegado, uno de los agentes se encargará de acomodarles.

Sonrió con placidez.

El asiático dedicó a Emily y después á Barbara una expresión sugerente de que estaba en presencia de una sustancia cuyo olor apenas podía identificar. Una vez dejada en claro su postura, se volvió hacia Azhar.

– Primo -dijo, y se encaminó hacia la puerta de la fábrica.

– Kumhar, señor Malik -dijo Emily cuando la mano de Muhannad tocó el pomo-. F es la inicial del nombre.

Muhannad se detuvo y volvió sobre sus pasos.

– ¿Me está preguntando algo, inspectora Barlow?

– ¿Le suena el nombre?

– ¿Por qué lo pregunta?

– Ha salido a la luz. Ni su hermana ni el señor Armstrong lo reconocieron. Pensé que usted tal vez sí.

– ¿Por qué?

– Por Jum'a. ¿Hay un miembro llamado Kumhar?

– Jum'a.

Barbara observó que la cara de Muhannad no traicionaba nada.

– Sí, Jum'a. Su club, organización, hermandad. Lo que sea. No pensará que la policía lo ignora.

El hombre lanzó una risita.

– Lo que la policía ignora podría llenar volúmenes.

Empujó la puerta.

– ¿Conoce a Kumhar? -insistió Emily-. Es un nombre asiático, ¿verdad?

Muhannad se detuvo a medio camino entre la luz y la sombra.

– Su racismo asoma, inspectora. El que un nombre sea asiático no quiere decir que conozca al hombre.

– No he dicho que Kumhar fuera un hombre, ¿verdad?

– No se haga la lista. Ha preguntado si Kumhar pertenecía a Jum'a. Si sabe algo de Jum'a, estará al corriente de que es una sociedad masculina, exclusivamente. Bien, ¿algo más? Porque si no, mi primo y yo tenemos trabajo en la fábrica.

– Sí, una cosa más -dijo Emily-. ¿Dónde estaba usted la noche que el señor Querashi murió?

Muhannad soltó el pomo de la puerta. Salió a la luz y volvió a calarse las gafas de sol.

– ¿Qué? -preguntó en voz baja, más para causar efecto que por no haber oído la pregunta.

– ¿Dónde estaba usted la noche que el señor Querashi murió? -repitió Emily.

El hombre resopló.

– Así que su investigación la ha llevado hasta aquí. Justo donde yo esperaba. Un paqui ha muerto, así que lo hizo un paqui. ¿Quién mejor donde depositar sus esperanzas que en mí, el paqui más conspicuo?

– Una observación intrigante -comentó Emily-. ¿Tendría la amabilidad de explicarla?

El hombre volvió a quitarse las gafas. Sus ojos estaban llenos de desprecio. Detrás, la expresión de Taymullah Azhar era cautelosa.

– Me interpongo en su camino -dijo Muhannad-. Velo por mi pueblo. Quiero que se sienta orgulloso de ser lo que es. Quiero que mantenga la cabeza erguida. Quiero que se entere de que no es necesario ser blanco para ser respetable. Y todo esto es lo último que usted desea, inspectora Barlow. ¿Qué mejor manera de oprimir a mi pueblo, de humillarle hasta conseguir la sumisión que a usted le interesa, sino enfocar la luz de su patética investigación sobre mí?

El intelecto del hombre funcionaba, observó Barbara. ¿Qué mejor manera de apaciguar las disensiones en el seno de la comunidad, sino intentar presentar al líder de los disidentes como un ídolo de barro? Sólo que… Tal vez lo era. Barbara dirigió una fugaz mirada a Azhar, para ver cómo reaccionaba ante el diálogo entre la inspectora y su primo. Descubrió que no estaba mirando a Emily, sino a ella. ¿Lo ves?, parecía decir su expresión. Nuestra conversación del desayuno fue profética, ¿no crees?

– Un análisis preciso de mis motivos -dijo Emily a Muhannad-. Lo discutiremos más tarde.

– Delante de sus superiores.

– Como quiera. De momento, le ruego que responda a mi pregunta, a menos que prefiera acompañarme a la comisaría para meditarla mejor.

– Le gustaría llevarme allí, ¿verdad? Lamento privarla de ese placer. -Muhannad volvió hacia la puerta y la abrió-. Rakin Khan. Le encontrará en Colchester, y confío en que no sea una tarea demasiado difícil para alguien de sus admirables dotes investigadoras.

– ¿Estuvo con alguien llamado Rakin Khan el viernes por la noche?

– Lamento frustrar sus esperanzas.

Muhannad no esperó una respuesta. Desapareció en el interior del edificio. Azhar saludó con un cabeceo a Emily y le siguió.

– Es rápido -admitió de mala gana Barbara- pero debería desembarazarse de esas gafas de sol. -Repitió la pregunta que había hecho antes de la llegada de Muhannad-. ¿Cómo sabes que Kumhar es un: hombre?

– Porque Sahlah no le conocía.

– ¿Y qué? Como Muhannad acaba de decir…

– Eso eran chorradas, Barbara. La comunidad asiática de Balford es pequeña y cerrada. Si existe un F. Kumhar entre ellos, Muhannad Malik le conoce, créeme.

– ¿Y por qué no su hermana?

– Porque es una mujer. La tradición familiar. Recuerda lo del matrimonio. Sahlah conoce a la comunidad de mujeres asiáticas, y conoce a los hombres que trabajan en la fábrica, pero de ello no se desprende que conozca a otros hombres, a menos que estén casados con sus conocidas, o fueran compañeros de colegio. ¿Cómo iba a conocerlos? Piensa en su vida. Es probable que no salga con chicos. No va a pubs. No se mueve con libertad por Balford. No ha ido a la universidad. Es como una prisionera. Si no mintió al afirmar que desconocía el nombre, cosa que podría ser…

– En efecto. Podría ser -interrumpió Barbara-. Porque F. Kumhar podría ser una mujer y ella podría conocerla. F. Kumhar podría ser la mujer, de hecho. Y es posible que Sahlah lo hubiera averiguado.

Emily rebuscó en su bolso y sacó unas gafas de sol. Las frotó con aire ausente sobre su top antes de contestar.

– La matriz del talón nos dice que Querashi pagó a Kumhar cuatrocientas libras. Un solo talón, un solo pago. Si el talón hubiera sido extendido a una mujer, ¿qué habría pagado Querashi?

– Chantaje -apuntó Barbara.

– Entonces, ¿por qué matar a Querashi? Si F. Kumhar le estaba chantajeando y pagó, ¿para qué romperle el cuello? Eso es como matar a la gallina de los huevos de oro.

Barbara reflexionó sobre las preguntas de la inspectora.

– Salía por las noches. Se citaba con alguien. Llevaba condones encima. ¿Podría ser F. Kumhar la mujer a la que se estaba tirando? ¿Pudo quedarse embarazada F. Kumhar?

– ¿Por qué se llevó condones si ya estaba preñada?

– Porque ya no se citaba con ella. Había cambiado de pareja. Y F. Kumhar lo sabía.

– ¿Y las cuatrocientas libras? ¿Para qué eran? ¿Un aborto?

– Un aborto muy secreto. Un aborto ilegal, tal vez.

– ¿De alguien que después quiso vengarse?

– ¿Por qué no? Querashi llevaba aquí seis semanas, lo suficiente para hacer un bombo a alguien. Si corrió la voz de que él lo había hecho, de que había dejado preñada a una mujer asiática, nada menos, para quien la virginidad y la castidad es algo superimportante, quizá su padre, su hermano, su marido u otros parientes quisieron enderezar el entuerto. Bien. ¿Ha muerto alguna mujer asiática recientemente? ¿Ha sido ingresada alguna en un hospital con una hemorragia sospechosa? Hay que investigar eso, Em.

Emily le dirigió una mirada irónica.

– ¿Tan pronto has olvidado a Armstrong? Tenemos sus huellas en el Nissan. Y aún sigue sentado tan contento dentro de ese edificio, ocupando el puesto de Querashi.

Barbara miró hacia el edificio, y vio de nuevo al sudoroso Ian Armstrong, interrogado por la inspectora Barlow.

– Sus glándulas sudoríparas funcionaban a tope -admitió-. No le borraría de la lista.

– ¿Y si los suegros corroboran su historia de que telefonearon el viernes por la noche?

– Entonces, habría que echar un vistazo a los registros de la telefónica.

Emily lanzó una risita.

– Eres un auténtico sabueso, sargento Havers. Si alguna vez decides cambiar el Yard por la costa, te meteré en mi equipo al instante.

La alabanza de la inspectora provocó una oleada de placer en Barbara, pero no era de las personas que aceptaban un cumplido y se quedaban satisfechas, de modo que trasladó el peso de su cuerpo de un pie al otro y sacó las llaves del coche.

– De acuerdo. Bien. Quiero investigar la historia de Sahlah sobre el brazalete. Si lo tiró desde el muelle el sábado por la tarde, alguien debió verla. Llamará la atención, con ese atuendo que lleva. También iré a ver a ese tal Trevor Ruddock. Si trabaja en el muelle, mataré dos pájaros de un tiro.

Emily asintió.

– Investígale. Entretanto, me ocuparé de ese Rakin Khan del que Muhannad estaba tan ansioso por hablar. De todos modos, albergo pocas dudas de que confirmará su coartada. Arderá en deseos de que su hermano musulmán… ¿cuál fue la frase exacta de Muhannad?, mantenga la cabeza erguida. Te dejo esa imagen deliciosa para que medites sobre ella.

Lanzó una breve carcajada y se encaminó a su coche.

Al cabo de un momento, ponía rumbo a Colchester y a otra coartada.

Volver al parque de atracciones de Balford por primera vez desde que tenía dieciséis años no fue el viaje al pasado que Barbara esperaba. El parque había cambiado mucho, con un letrero sobre su entrada que anunciaba ATRACCIONES SHAW en letras de neón con los colores del arco iris. De todos modos, la pintura reciente, el nuevo entarimado, las sillas plegables de aspecto frágil, las atracciones y juegos de azar renovados, y un salón recreativo que ofrecía de todo, desde billares romanos clásicos hasta videojuegos, no alteraba los olores que jamás podría borrar de su memoria, gracias a sus visitas anuales a Balford. El olor a pescado y patatas fritas, hamburguesas, palomitas de maíz y dulce de hilos se mezclaba de forma pronunciada con el aroma salado del mar. También los sonidos eran los mismos: niños que chillaban y reían, la cacofonía de timbrazos y pitidos procedente del salón recreativo, el órgano de vapor que tocaba mientras los caballitos del tiovivo subían y bajaban sobre sus postes de latón relucientes.

El muelle se adentraba en el mar, y en el extremo se ensanchaba como una espátula. Barbara caminó hasta aquel punto, donde estaban remozando la antigua cafetería Jack Awkins, y desde donde Sahlah Malik afirmaba haber tirado el brazalete comprado para su prometido.

Del armazón de la antigua cafetería surgían voces que gritaban sobre el estruendo de las herramientas que golpeaban el metal y el siseo ruidoso de un soplete que soldaba refuerzos en la infraestructura original. Daba la impresión de que el edificio proyectaba calor, y cuando Barbara echó un vistazo al interior, sintió que se estrellaba contra su cara.

Los obreros apenas iban vestidos. El uniforme parecía consistir en téjanos cortados a la altura del muslo, botas de suela gruesa y camisetas mugrientas, los que llevaban. Eran hombres musculosos, absortos en su trabajo. Cuando uno vio a Barbara, dejó las herramientas y gritó:

– ¡No se admiten visitantes! ¿No sabe leer? Lárguese antes de que se haga daño.

Barbara sacó su identificación, más para causar efecto que por otra cosa, porque el hombre no podía verla desde aquella distancia.

– ¡Policía! -gritó.

– ¡Gerry!

El hombre dirigió su atención al soldador, cuyo casco protector y concentración en la llama que estaba disparando hacia el metal parecían aislarle de todo lo demás.

– ¡Gerry! ¡Eh! ¡DeVitt!

Barbara pasó por encima de tres vigas maestras de acero tiradas en el suelo, a la espera de ser colocadas. Esquivó varios rollos enormes de cable eléctrico y una pila de cajas de madera sin abrir.

– ¡Retroceda! -gritó alguien-. ¿Quiere hacerse daño?

Los gritos parecieron llamar la atención de Gerry. Alzó la vista, vio a Barbara y apagó la llama del soplete. Se quitó el casco y dejó al descubierto su cabeza, cubierta con un pañuelo. Lo desanudó y se secó la cara con él, y después su calva reluciente. Como los demás, llevaba téjanos recortados y camiseta. Su cuerpo era de los que engordarían enseguida si lo sometía a una mala alimentación o a un período de inactividad prolongada. Por lo visto no era el caso. No tenía ni un gramo de grasa y estaba tostado por el sol.

Antes de que tuviera tiempo de abrir la boca para echarla, Barbara exhibió de nuevo su tarjeta.

– Policía -dijo-. ¿Puedo hablar con ustedes?

El hombre frunció el entrecejo y devolvió el pañuelo a su cabeza. Lo ató a la nuca y, junto con el único pendiente en forma de aro que colgaba de su oreja, adquirió un aire piratesco. Escupió al suelo (a un lado, al menos) y extrajo de su bolsillo un paquete de chicles. Introdujo uno en su boca.

– Gerry DeVitt -dijo-. Soy el jefe. ¿Qué se le ofrece?

No se acercó más, y Barbara comprendió que no podía leer su identificación. Se presentó, y aunque el hombre frunció el ceño un instante cuando escuchó las palabras «New Scotland Yard», no reaccionó.

Consultó su reloj y dijo:

– No podemos perder mucho tiempo.

– Cinco minutos -dijo Barbara-, quizá menos. No es nada relacionado con ustedes, por cierto.

El hombre asimiló la información y asintió. Casi todos los hombres habían dejado de trabajar, e indicó con un gesto que se acercaran. Eran siete, cubiertos de sudor, malolientes y manchados de grasa.

– Gracias -dijo Barbara a DeVitt. Explicó lo que deseaba: verificar que una joven, vestida probablemente con el atuendo tradicional asiático, había ido al extremo del muelle el sábado y arrojado algo al agua-. Debió de ser por la tarde -añadió-. ¿Trabajan los sábados?

– Sí -dijo DeVitt-. ¿A qué hora?

Como Sahlah había afirmado ignorar la hora exacta, Barbara calculaba que, si su historia era cierta y había ido a trabajar aquel día como excusa para salir de casa sola, habría sido a última hora de la tarde, aprovechando un posible desvío que había tomado de regreso a casa.

– Yo diría que alrededor de las cinco.

Gerry meneó la cabeza.

– Hacía media hora que nos habíamos marchado. -Se volvió hacia sus hombres-. ¿Alguno de vosotros vio a la chica? ¿Se quedó alguien después de las cinco?

– ¿Bromeas, tío? -dijo uno de los hombres, y los demás rieron de la idea, al parecer, de quedarse más de lo necesario después de un día de trabajo. Nadie podía confirmar la historia de Sahlah Malik.

– De haber estado aquí todavía, nos habríamos fijado en ella -dijo Devitt. Señaló a los obreros con el pulgar-. ¿Ve a esta pandilla? Si una tía buena se acerca por aquí, serán capaces de colgarse de las rodillas para llamar su atención. -Los hombres lanzaron carcajadas. DeVitt sonrió-. Ya que hablamos de eso, ¿está buena?

Barbara confirmó que era guapa. Era la clase de mujer a la que los hombres miraban dos veces. Y con el atuendo que llevaba, nada menos que a la orilla del mar, donde mujeres vestidas como Sahlah raras veces se veían solas, no habría pasado inadvertida.

– Debió venir después de que nosotros nos marcháramos -dijo DeVitt-. ¿En qué más podemos ayudarla?

No había nada más, pero Barbara dio su tarjeta al hombre y escribió el nombre del Burnt House al dorso. Si se acordaba de algo, si alguno de los chicos se acordaba de algo…

– ¿Es importante esta información? -preguntó DeVitt, picado por la curiosidad-. ¿Está relacionada con…? Como está hablando de una asiática, ¿está relacionada con el tío que murió?

– Sólo estaba comprobando algunos datos -dijo Barbara. Era lo único que podía decirles de momento-. Pero si cualquier cosa relacionada con aquel incidente acude a su mente…

– Lo dudo -dijo DeVitt, mientras guardaba la tarjeta en el bolsillo posterior de los pantalones-. Nos mantenemos alejados de los paquistaníes. Todo es más sencillo así.

– ¿Por qué?

El hombre se encogió de hombros.

– Ellos tienen sus costumbres y nosotros las nuestras. Si se mezclan las dos, surgen problemas. Los tíos como nosotros -indicó a sus obreros con un ademán- no tenemos tiempo para problemas. Trabajamos duro, tomamos una o dos pintas después y nos vamos a casa, para poder seguir trabajando duro al día siguiente. -Recogió el casco y el soplete-. Si esta tía de la que habla es importante para su investigación, será mejor que hable con la gente del parque de atracciones. Tal vez alguien la haya visto.

Lo haría, se dijo Barbara. Dio las gracias y salió del edificio. Un fracaso, pensó. Pero DeVitt tenía razón. Las atracciones estaban abiertas desde la mañana hasta altas horas de la noche. A menos que Sahlah hubiera nadado o remado hasta el extremo del muelle y subido a él, para luego arrojar el brazalete al mar en un gesto melodramático, tendría que haber pasado entre ellas.

Era el típico trabajo pesado que Barbara siempre detestaba, pero se resignó a investigar de atracción en atracción, empezando por una «ola» llamada el Valseador y terminando con un puesto de bocadillos. El lado del parque que daba a tierra firme estaba cubierto con un techo de plexiglás que formaba un arco sobre el salón recreativo, el tiovivo y los autos de choque. El ruido era intenso, y Barbara tuvo que gritar para hacerse oír, pero nadie pudo confirmar la historia de Sahlah, ni siquiera Rosalie, la quiromántica rumana, sentada en un taburete de tres patas delante de su chiringuito, vestida con capas de chales multicolores, que sudaba, fumaba, se abanicaba con un plato de papel y examinaba a cada paseante con la esperanza de leerle la palma de la mano por cinco libras. Si alguien había visto a Sahlah Malik, Rosalie era la candidata ideal. Pero no la había visto. No obstante, ofreció a Barbara una lectura: de la mano, mediante la baraja del tarot o del aura.

– Te iría bien una lectura, cariño -dijo con aire compasivo-. Créeme. Rosalie lo sabe.

Barbara declinó la invitación, y dijo que si el futuro iba a ser tan maravilloso como el pasado, prefería no saberlo.

Se detuvo en la marisquería de Jack Willies y compró una cestita de boquerones fritos, un capricho que no había probado en años. Los servían con la capa de grasa adecuada y una terrina de salsa tártara para mojar. Barbara se la llevó a la sección abierta al aire libre del parque y se acomodó en uno de los bancos color naranja. Comió mientras reflexionaba en la situación.

Como nadie había visto a la muchacha paquistaní en el muelle, había tres posibilidades. La primera era la que anunciaba más complicaciones: Sahlah Malik había mentido. En ese caso, Barbara tendría que descubrir el motivo. La segunda posibilidad era la menos plausible: Sahlah había dicho la verdad, aunque ni una sola persona recordara haberla visto. Después de su paseo por el parque de atracciones, Barbara había observado que la vestimenta típica de los visitantes incluía el cuero negro (pese al calor) y los aros distribuidos por el cuerpo. De manera que, a menos que Sahlah hubiera ido de incógnito (posibilidad número tres), sólo quedaba la posibilidad número uno: Sahlah estaba mintiendo.

Terminó sus boquerones y se secó los dedos con una servilleta de papel. Se reclinó en el banco, alzó la cara al sol y pensó de nuevo en F. Kumhar.

El único nombre femenino musulmán que se le ocurría era Fátima, aunque tenía que haber otros. Sin embargo, suponiendo que el F. Kumhar al que Querashi había extendido un talón por cuatrocientas libras fuera una mujer, y suponiendo que el talón estuviera relacionado con la muerte de Querashi, ¿qué explicación más razonable había para el hecho de que el cheque hubiera sido extendido? El aborto era una posibilidad. Se había citado con alguien de manera ilícita. Llevaba condones encima. Guardaba más profilácticos en la mesita de noche. Pero ¿qué más posibilidades existían? Alguna compra, tal vez el regalo de lena-dena que Sahlah esperaba recibir de él, un regalo que el hombre aún no había recogido. Un préstamo para alguien con dificultades económicas, un hermano asiático que no podía acudir a sus familiares en busca de ayuda. Una paga y señal a cuenta de un objeto que sería entregado después de la boda de Querashi: una cama, un sofá, una mesa, una nevera.

Y aunque F. Kumhar fuera un hombre, las posibilidades no eran tan diferentes. ¿Qué compraba la gente?, se preguntó Barbara. Compraba cosas concretas, como objetos, propiedades, comida y ropas. Pero también compraba cosas abstractas, como lealtad, traición y rebeldía. Y también compraba la ausencia de cosas, adquiriendo el silencio, la contemporización o la ausencia.

En cualquier caso, sólo había una forma de saber qué había comprado Querashi. Emily y ella tendrían que seguir la pista de Kumhar. Lo cual recordó a Barbara el propósito secundario de su visita al parque de atracciones: encontrar a Trevor Ruddock.

Exhaló un suspiro y tragó saliva, notó el sabor persistente de los boquerones y sintió el depósito de grasa que habían dejado en su paladar. Se dio cuenta de que habría debido comprar una bebida para trasegar la grasa, de preferencia algo caliente que la hubiera fundido y expulsado hacia su sistema digestivo. Dentro de media hora, pagaría el precio de su impulsiva adquisición en la Marisquería Jack Willies. Tal vez una coca-cola calmaría su estómago, que ya estaba empezando a gruñir de una manera ominosa.

Se levantó, mientras observaba las evoluciones de dos gaviotas que volaban sobre ella y se posaban sobre el tejado que cubría el lado del parque de atracciones que daba a tierra firme. Reparó por primera vez en una serie de ventanas y un piso encima del salón recreativo. Parecían oficinas. Era el último lugar donde podía buscar a alguien que hubiera visto a una chica asiática pasear por el muelle, y el primer lugar al que debía dirigirse para encontrar a Trevor Ruddock, antes de que alguien le avisara de que una detective gordinflona le estaba buscando.

La escalera que conducía al piso superior estaba dentro del salón recreativo, encajada entre el chiringuito de Rosalie y una exposición de hologramas. Subía hasta una puerta sobre la cual había clavado un letrero negro, en el cual sólo estaba impresa una única palabra:

DIRECCIÓN.

Dentro, un pasillo estaba franqueado de ventanas, abiertas para dejar pasar cualquier brisa que removiera el aire tórrido. Varias oficinas se abrían al pasillo, y de ellas surgían los sonidos de teléfonos sonando, conversaciones, aparatos en funcionamiento y ventiladores. Alguien se había encargado de diseñar bien el espacio administrativo, porque el horroroso ruido del salón recreativo apenas se oía.

Sin embargo, Barbara se dio cuenta de que existían escasas posibilidades de que alguien hubiera visto a Sahlah en el parque de atracciones. Echó un vistazo a una de las oficinas de la parte derecha y observó que sus ventanas daban al mar, al sur de Balford, y a las hileras de cabañas de playa. A menos que alguien hubiera acertado a recorrer el pasillo en el preciso momento en que Sahlah pasaba frente al avión del Barón Rojo, justo debajo, la única esperanza de que alguien la hubiera visto residía en el despacho del final, cuyas ventanas dominaban el parque de atracciones y el mar.

– ¿Puedo ayudarla? -Barbara se volvió y vio a una muchacha dentuda en la puerta del primer despacho-. ¿Busca a alguien? Éstas son las oficinas de dirección.

Barbara vio que se había perforado la lengua con un pendiente de botón reluciente. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, una experiencia bastante gratificante, teniendo en cuenta el calor, y dio gracias al cielo por haber llegado a la edad adulta en una época en que perforarse el cuerpo no estaba de moda.

Barbara exhibió su identificación e interrogó a Lengua perforada, pero recibió la respuesta que esperaba. Lengua perforada no había visto a ninguna Sahlah Malik en el parque de atracciones. Nunca, de hecho. ¿Una chica asiática sola? Dios, jamás había visto a una chica asiática sola. Y mucho menos, ataviada como decía la detective.

¿Y vestida de otra manera?, quiso saber Barbara.

Lengua perforada dio unos golpecitos con los dientes sobre el adorno de su lengua. El estómago de Barbara se revolvió.

No, dijo. Lo cual no quería decir que una chica asiática no hubiera estado en el parque vestida como una persona normal. Es que si hubiera ido vestida como una persona normal… bueno, nadie se habría fijado en ella, ¿verdad?

Ésa era la cuestión, naturalmente.

Barbara preguntó quién ocupaba el despacho situado al final del pasillo. Lengua perforada dijo que era el despacho del señor Shaw. De Atracciones Shaw, añadió con tono significativo. ¿Deseaba verle la sargento detective?

¿Por qué no?, pensó Barbara. Si no podía averiguar nada más sobre la supuesta visita de Sahlah Malik al muelle (y eso era todo, mierda), al menos el propietario del parque de atracciones podría decirle dónde encontrar a Trevor Ruddock.

– Voy a preguntar -dijo Lengua perforada. Se dirigió a la puerta del final y asomó la cabeza en el interior-. ¿Theo? La bofia. Quiere hablar contigo.

Barbara no oyó la respuesta, pero un hombre apareció en la puerta del despacho al cabo de un momento. Era más joven que Barbara, de unos veinticinco años, vestido con ropa holgada de diseño. Tenía las manos hundidas en los bolsillos, pero su expresión era preocupada.

– No hay problemas aquí, ¿verdad? -Miró por la ventana, hacia una de las atracciones-. Todo está en orden, ¿no?

No se refería al personal, adivinó Barbara. Se refería a los clientes. Un hombre de su posición sabía el valor de un entorno libre de problemas. Y cuando la policía acudía, quería decir que había problemas.

– ¿Podemos hablar un momento? -preguntó Barbara.

– Gracias, Dominique -dijo Theo a Lengua perforada.

¿Dominique?, pensó Barbara. Suponía que se llamaría Slam o Punch [4].

Dominique se encaminó al despacho cercano a la escalera. Barbara siguió a Theo al interior del suyo. Comprobó al instante que sus ventanas le proporcionaban la vista que había sospechado: daban al mar por un lado, y al muelle por el fondo. Por lo tanto, si alguien había visto a Sahlah Malik, Barbara sabía que aquélla era su última posibilidad.

Se volvió hacia el hombre, con la pregunta en la punta de la lengua. No llegó a formularla.

Theo había sacado las manos de los bolsillos mientras ella examinaba el despacho. Entonces vio el objeto que había buscado desde el primer momento.

Theo Shaw llevaba un brazalete de oro de Aloysius Kennedy.

Capítulo 10

Cuando había escapado de la joyería, Rachel sólo tenía un destino en mente. Sabía que debía hacer algo para calmar la incierta situación en que sus actos habían colocado a Sahlah, además de a ella misma. El problema era que no estaba segura de cuál era ese algo. Sólo sabía que debía actuar cuanto antes. Empezó a pedalear con furia en dirección a la fábrica de mostazas, pero cuando comprendió que la sargento detective ya habría pensado que era el lugar más lógico donde ir a continuación, disminuyó la velocidad hasta que la bicicleta se detuvo a la orilla del mar.

Su cara estaba cubierta de sudor. Sopló hacia arriba para refrescar su frente febril. Tenía la garganta seca, y se arrepintió de no haber cogido una botella de agua. Pero no había pensado en nada, salvo en su desesperada necesidad de ir en busca de Sahlah.

Junto a la orilla del mar, sin embargo, Rachel había comprendido que no podía adelantarse a la policía. Y si la detective iba primero a casa de Sahlah, la situación aún podía empeorar más. La madre de Sahlah o aquella asquerosa de Yumn dirían la verdad a la detective, que Sahlah había ido a trabajar con su padre (pese a la prematura muerte de su prometido, añadiría sin duda Yumn), y la sargento se dirigiría a la fábrica sin más dilación. Y si aparecía mientras Rachel estaba allí, con el propósito de racionalizar lo que Sahlah debía creer una traición imperdonable, aparte de intentar avisar a su amiga de la inminente llegada de la policía, que se disponía a pillarla por sorpresa con sus preguntas… ¿Qué pensaría? Pensaría que alguien era culpable de algo, sin duda. Y si bien era cierto que Rachel era culpable, no era culpable del suceso. No le había hecho ningún daño a Haytham Querashi. Sólo… Bien, tal vez eso no era cierto, si se paraba a pensarlo, ¿verdad?

Subió la bicicleta a la acera y caminó con ella hasta el rompeolas. La apoyó contra el parapeto y se sentó durante un buen cuarto de hora. Sentía que el calor del sol se elevaba del cemento como burbujas ardientes y quemaba su trasero. No estaba preparada para volver a la tienda y afrontar las preguntas incisivas de su madre. No podía localizar a Sahlah antes que la policía. Llegó a la conclusión de que debía encontrar un lugar donde quedarse hasta que no hubiera moros en la costa y pudiera ir en bicicleta a la fábrica de mostazas para hablar con su amiga.

Y al fin terminó donde se encontraba en este momento: en los Clifftop Snuggeries. Fue el único sitio que se le ocurrió.

Había tenido que volver sobre sus pasos para llegar al lugar, pero esquivó High Street y Joyas Artísticas y Originales Racon utilizando el paseo Marítimo. Era una ruta más difícil, porque debía ascender la pronunciada cuesta del paseo Superior, al borde de la playa, una actividad que constituía una auténtica tortura con aquel calor, pero no tenía otra elección. Tratar de llegar a los Snuggeries por la suave pendiente de Church Road habría significado pasar por delante de la joyería Racon. Si Connie la hubiera visto, habría salido de la tienda hecha una furia, chillando como la víctima de un atraco a mano armada.

Como resultado, Rachel había llegado a los Snuggeries casi sin aliento. Dejó caer la bicicleta junto a un macizo de begonias polvorientas y se tambaleó hasta la parte posterior de los pisos. Había un jardín que abarcaba una franja de césped abrasado por el sol, tres macizos de flores estrechos que combinaban acianos, caléndulas y margaritas cabizbajos, dos alberquillas de piedra y un banco de madera. Rachel se desplomó en él. No estaba encarado al mar, sino a los pisos, y la miraron con un reproche silencioso que apenas podía tolerar. Exhibían lo que más les gustaba de ellos: los balcones arriba y las terrazas abajo, y ambos daban no sólo al jardín, sino al camino sinuoso de Southcliff Promenade, que se curvaba sobre el mar.

Nos has perdido, nos has perdido, parecían decir los Clifftop Snuggeries. Tus cuidadosos planes se han torcido, Rachel Winfield, y ¿dónde estás ahora?

Rachel se volvió para no verlos, con la garganta tensa y dolorida. Se pasó el brazo sobre la frente y tuvo ganas de tomar un Twister. Imaginó con qué suavidad descendería por su garganta el helado de lima y limón. Cambió de posición y miró hacia el mar. El sol llameaba sin piedad, mientras a lo lejos se veía el delgado banco de niebla que llevaba días suspendido sobre el horizonte.

Rachel apoyó la barbilla en su puño, y su puño en el respaldo del banco. Le escocían los ojos como si estuviera soplando un viento cargado de sal, y parpadeó varias veces, muy deprisa, para disolver las lágrimas. Deseó con todas sus fuerzas desaparecer de aquel lugar solitario al que la rabia, el resentimiento y los celos la habían conducido.

¿Qué significaba en realidad entregarse a otra persona? En otra época, habría podido contestar a la pregunta con suma facilidad. Entregarse significaba extender la mano y recibir en su interior el corazón de otra persona, los secretos de su alma y sus sueños más queridos. Significaba ofrecer seguridad, un refugio donde todo era posible, y la comprensión absoluta entre dos almas gemelas. Entregarse significaba decir «Somos iguales» y «Cuando surjan problemas, los afrontaremos juntas». Eso había pensado de la entrega en otro tiempo. Qué ingenua había sido su promesa de lealtad.

Pero habían empezado como iguales, ella y Sahlah, dos colegialas que eran las últimas en ser elegidas para formar equipos, que no eran autorizadas ni invitadas a asistir a las fiestas de sus compañeras, cuyas cajas de zapatos, adornadas con modestia, se habrían quedado vacías el día de San Valentín si no se hubieran acordado la una de la otra, conscientes de su aislamiento. Ella y Sahlah habían empezado como iguales. Su final había desequilibrado la balanza.

Rachel tragó saliva para calmar el dolor de su garganta. No había querido hacer daño a nadie. Sólo había querido que la verdad resplandeciera. Saber la verdad era bueno para la gente. ¿No era mejor que vivir una mentira?

Pero Rachel sabía que la auténtica mentira era la que se estaba diciendo en este momento. Y la prueba estaba justo detrás de ella, terminada en ladrillo, cortinas con volantes en las ventanas y un anuncio de EN VENTA sobre la puerta.

No quería pensar en el piso.

– El último -había dicho el vendedor, tras lo cual le guiñó el ojo de manera significativa e intentó hacer caso omiso de su cara estrafalaria-. Ideal para fundar un hogar. Apuesto a que es lo que andabas buscando, ¿verdad? ¿Quién es el afortunado?

Pero Rachel no había pensado en matrimonio e hijos cuando había paseado por el piso, examinado aparadores, contemplado la vista, abierto ventanas. Había pensado en Sahlah. Había pensado en cocinar juntas, en sentarse delante del hogar que encerraba un fuego artificial, en tomar el té en la minúscula terraza cuando llegara la primavera, en hablar y soñar y ser lo que habían sido la una para la otra durante toda una década: las mejores amigas del mundo.

No estaba buscando vivienda cuando se topó con el último piso libre de Clifftop Snuggeries. Venía en bicicleta de casa de Sahlah. Había sido una visita como tantas otras: conversación, risas, música y té, pero esta vez las había interrumpido Yumn, que había entrado en la habitación como una tromba con una de sus imperiosas exigencias. Quería que Sahlah le hiciera la pedicura. Al instante. Ahora. Daba igual que Sahlah estuviera con una invitada. Yumn había dado una orden, y esperaba ser obedecida. Rachel observó el cambio de Sahlah en cuanto su cuñada habló. La chica alegre se convirtió en una criada sumisa: obediente, dócil, una vez más la niña asustada a la que habían maltratado y despreciado en la escuela.

Por eso, cuando Rachel vio el cartel rojo con el anuncio ¡FASE FINAL! ¡TODAS LAS COMODIDADES MODERNAS!, se había desviado de Westberry Way hacia los pisos. Lo que había encontrado en el vendedor no fue un fracasado de edad madura, obeso y ansioso, con una mancha en la corbata, sino un proveedor de sueños.

Pero había aprendido que los sueños se destruían y conducían a la decepción. Tal vez era mejor no soñar. Porque cuando uno se acostumbraba a albergar esperanzas, también…

– Rachel.

Rachel se sobresaltó. Giró en redondo. Sahlah estaba de pie ante ella. Su dupatta había caído alrededor de sus hombros y su expresión era seria. El color de la marca de nacimiento de la mejilla se había intensificado, indicando como siempre la profundidad de un sentimiento que era incapaz de ocultar.

– ¡Sahlah! ¿Cómo has…? ¿Qué estás…?

Rachel no sabía cómo empezar a decir lo que ya no podía callarse entre ambas.

– Primero fui a la tienda. Tu madre dijo que escapaste en cuanto la mujer de Scotland Yard se marchó. Pensé que habrías venido aquí.

– Porque me conoces -dijo Rachel con aire abatido. Tiró de un hilo dorado de su falda. Brillaba entre los remolinos rojos y azules del dibujo de la tela-. Me conoces mejor que nadie, Sahlah. Y yo te conozco.

– Pensaba que nos conocíamos -dijo Sahlah-, pero ahora ya no estoy segura. Ni siquiera estoy segura de que sigamos siendo amigas.

Rachel no sabía qué era más doloroso: saber que había asestado a Sahlah un golpe terrible, o el golpe que Sahlah le estaba asestando a su vez. Era incapaz de mirarla, porque en aquel momento pensaba que mirar a su amiga supondría sufrir una herida más dolorosa de lo que podía soportar.

– ¿Por qué diste el recibo a Haytham? Sé que lo obtuvo por tu mediación, Rachel. Tu madre no se lo hubiera dado. No entiendo por qué se lo diste.

– Me dijiste que amabas a Theo. -Rachel notaba la lengua como hinchada, y su mente buscaba con desesperación una respuesta capaz de explicar lo que incluso para ella era inexplicable-. Dijiste que le querías.

– No puedo estar con Theo. Eso también te lo dije. Dije que mi familia nunca lo permitiría.

– Y eso te partió el corazón. Lo dijiste, Sahlah. Dijiste: «Le quiero. Es como mi otra mitad.» Dijiste eso.

– También dije que no podíamos casarnos, independientemente de lo que yo quisiera, de todo lo que compartíamos, de nuestras esperanzas y…

La voz de Sahlah vaciló. Rachel levantó la vista. Su amiga tenía los ojos húmedos, y volvió la cabeza con brusquedad. Miró al norte, en dirección al muelle, donde estaba Theo. Continuó al cabo de un momento.

– Dije que cuando llegara el momento tendría que casarme con el hombre elegido por mis padres. Hablamos de eso, tú y yo. No puedes negarlo. Dije, «He perdido a Theo, Rachel». ¿Te acuerdas? Sabías que nunca podría estar con él. ¿Qué esperabas conseguir cuando diste el recibo a Haytham?

– Tú no querías a Haytham.

– Sí. De acuerdo. No quería a Haytham. Y él no me quería a mí.

– Es injusto casarse cuando no existe amor. Así no se puede ser feliz. Es como empezar una vida en mitad de una mentira.

Sahlah se acercó al banco y se sentó. Rachel inclinó la cabeza. Veía el borde de los pantalones de hilo de su amiga, sus pies esbeltos y la correa de su sandalia. Ver aquellas partes del conjunto que era Sahlah embargó de tristeza a Rachel. Hacía años que no se sentía tan sola.

– Sabías que mis padres no me dejarían casarme con Theo. Me expulsarían de la familia. Pero hablaste a Haytham de Theo…

La cabeza de Rachel se levantó al instante.

– Juro que no pronuncié su nombre. No dije a Haytham cómo se llamaba.

– Porque -continuó Sahlah, y hablaba más para sí que para Rachel, como en pleno proceso de deducir las motivaciones de Rachel- confiabas en que Haytham rompería nuestro compromiso, ¿no? -Sahlah indicó con un ademán la hilera de pisos, y por primera vez Rachel los vio como sin duda los veía Sahlah: baratos; carentes de personalidad o distinción-. ¿Habría quedado en libertad para venir aquí contigo? ¿Esperabas que mi padre lo iba a permitir?

– Tú quieres a Theo -dijo Rachel sin convicción-. Lo dijiste.

– ¿Intentas decirme que actuaste en defensa de mis intereses? -preguntó Sahlah-. ¿Estás diciendo que te hubiera alegrado el que Theo y yo nos casáramos? No te creo. Porque hay otra verdad que no admites: si hubiera intentado casarme con Theo, cosa que no iba a hacer, por supuesto, si lo hubiera intentado, habrías hecho algo para impedir también eso.

– ¡No!

– Habríamos planeado fugarnos, porque sería la única solución. Te lo habría dicho a ti, mi mejor amiga. Ya te habrías ocupado de que no sucediera. Habrías avisado a mi familia, a Muhannad, o incluso a…

– ¡No! ¡Nunca! ¡Nunca!

Rachel no pudo contener las lágrimas, y se odió por una debilidad que su amiga nunca se permitiría. Volvió la cara hacia el mar. El sol la abrasó, calentó sus lágrimas en cuanto brotaron, las calentó con tal rapidez que se secaron sobre su piel, y notó la tirantez de la sal.

Al principio, Sahlah no dijo nada. La única respuesta a los sollozos de Rachel fue el grito de las gaviotas y el sonido de una lancha lejana que surcaba el mar a toda velocidad.

– Rachel.

Sahlah tocó su hombro.

– Lo siento -lloró Rachel-. No quería… No pretendía… Sólo pensé… -Sus sollozos rompían las palabras como cristal del más fino-. Puedes casarte con Theo. No te lo impediré. Y después te darás cuenta.

– ¿De qué?

– De que sólo deseaba tu felicidad. Y si tu felicidad significa casarte con Theo, eso es lo que quiero que hagas.

– No puedo casarme con Theo.

– ¡No puedes, no puedes! ¿Por qué dices siempre que no puedes y que no lo harás?

– Porque mi familia no lo aceptará. No es propio de nuestras costumbres. Y aunque lo fuera…

– Dile a tu padre que no aceptarás al siguiente tío que traiga de Pakistán. Cada vez que lo intente, dile lo mismo. No te obligará a casarte con cualquiera. Tú misma lo has dicho. Al cabo de un tiempo, cuando se dé cuenta de que no te gustan los tíos que elige…

– Ésa es la cuestión, Rachel. No tengo tiempo. ¿No lo comprendes? No tengo tiempo.

Rachel resopló.

– Sólo tienes veinte años. Ahora, nadie piensa que alguien es mayor a los veinte años. Ni siquiera los asiáticos. Las chicas de tu edad van a la universidad cada día. Trabajan en bancos. Estudian leyes. Estudian medicina. No todas se casan. ¿Qué te pasa, Sahlah? Antes eras más ambiciosa. Acariciabas sueños. -Rachel se daba cuenta de que su situación era desesperada, sobre todo porque no era capaz de obligar a su amiga a comprender lo que decía ni a aceptar sus verdades. Buscó palabras más contundentes-. ¿Quieres ser como Yumn? ¿Es eso lo que quieres?

– Soy como Yumn.

– Oh, sí -se burló Rachel-. Exactamente igual. Tu cuerpo está destinado en exclusiva a la reproducción y no anhelas nada, salvo un trasero cada día más grande y un hijo cada año.

– Exacto -dijo Sahlah con voz abatida-. Es así, Rachel.

– ¡No es así! No has de ser como ella. Eres inteligente. Eres guapa. Puedes ser algo más.

– No me escuchas -repuso Sahlah-. No me has escuchado, así que no me puedes comprender. No tengo tiempo. No me quedan alternativas. Ya no. Soy como Yumn. Exactamente como Yumn.

Rachel sintió que una última protesta instintiva acudía a sus labios, pero esta vez la expresión de Sahlah la paralizó. La miraba con tal intensidad, con ojos tan apenados, que anulaban el comentario de Rachel. Aspiró aire para decir «Estás chiflada si piensas que eres como Yumn», pero lo que el rostro de Sahlah le estaba diciendo bastó para rechazar aquellas palabras.

– Yumn -dijo Rachel, aprovechando el mismo aliento con el que pensaba reprender a su amiga-. Oh, Dios mío, Sahlah. Yumn. ¿Quieres decir…? ¿Tú y Theo…? ¡Nunca me lo dijiste!

Su mirada resbaló sobre el cuerpo de su amiga, oculto con sumo cuidado bajo su indumentaria.

– Sí -dijo Sahlah-. Por eso Haytham accedió a adelantar la boda.

– ¿Lo sabía?

– No podía fingir que el niño era de él. Aunque se me hubiera pasado por la cabeza, tenía que decírselo. Había venido hasta aquí para casarse conmigo, pero había accedido a esperar un poco, tal vez unos seis meses, para darnos tiempo de conocernos. Tenía que decirle que no había tiempo. ¿Qué podía decir? Sólo la verdad.

Rachel se sentía abrumada por la inmensidad de lo que su amiga le estaba confesando, tomado en el contexto de su educación, su cultura y su religión. Y entonces vio una posibilidad de salvación, aunque se detestó por ello. Porque si Haytham Querashi ya sabía que Theo Shaw era el amante de Sahlah, entregarle el recibo, decir con aire misterioso «Pregunta a Sahlah sobre esto» y aguardar el resultado deseado, era un comportamiento que podía perdonarse. Sólo le había dicho algo que él ya sabía, algo que había aceptado y asumido…, si Sahlah le había dicho toda la verdad.

– ¿Sabía lo de Theo? -preguntó, procurando no parecer ansiosa por obtener la confirmación-. ¿Le hablaste de Theo?

– Ya lo hiciste tú por mí -replicó Sahlah.

La esperanza de Rachel murió de nuevo, y esta vez por completo.

– ¿Quién más lo sabe?

– Nadie. Yumn sospecha. No es de extrañar, ¿verdad? Conoce bien las señales. Pero no le he dicho nada, y nadie más lo sabe.

– ¿Ni siquiera Theo?

Sahlah bajó la vista y Rachel la siguió hasta sus manos, enlazadas sobre su regazo. Los nudillos se fueron poniendo progresivamente blancos.

– Haytham sabía que teníamos muy poco tiempo para hacer las cosas normales de todas las parejas antes de casarse -dijo Sahlah, como si el nombre de Shaw no hubiera salido a colación-. Cuando le dije lo del… lo del bebé, quiso ahorrarme humillaciones. Accedió a casarse lo antes posible. -Parpadeó poco a poco, como para borrar un recuerdo-. Haytham Querashi era un hombre muy bueno, Rachel.

Rachel quiso decirle que, además de ser un hombre muy bueno, también era probable que Haytham fuera un hombre que no deseaba ganarse el desdén de su comunidad, que le despreciaría por casarse con una mujer lasciva. Lo mejor para él también era casarse lo antes posible, para que el niño pasara como suyo, pese al color de la piel. En cambio, Rachel sí pensó en Theo Shaw, en el amor que Sahlah le profesaba, en la información que ahora obraba en su poder y en lo que podía hacer con ella para arreglar las cosas. Pero antes, tenía que asegurarse. No quería dar otro paso en falso.

– ¿Sabe Theo lo del niño?

Sahlah lanzó una carcajada carente de humor.

– Sigues sin comprender, ¿verdad? En cuanto le diste el recibo a Haytham, en cuanto Haytham supo que era por un brazalete de oro, en cuanto se topó con Theo en esa estúpida Cooperativa de Caballeros que ha de devolver a la vida a esta patética ciudad provinciana… -Sahlah calló, como si fuera consciente de repente de la amargura que destilaban sus palabras, capaces de revelar por sí mismas el estado caótico de su mente-. ¿Qué más da ahora si Theo lo sabe o no lo sabe?

– ¿Qué dices?

Rachel oyó su miedo y trató de aplacarlo por el bien de su amiga.

– Haytham está muerto, Rachel. ¿No lo entiendes? Muerto. Fue al Nez. De noche. A oscuras. Eso está a menos de un kilómetro del Oíd Hall, donde Theo vive. También es el lugar donde Theo ha estado recogiendo fósiles durante los últimos veinte años. ¿Lo comprendes ahora? -preguntó con brusquedad Sahlah-. Rachel Winfield, ¿lo comprendes?

Rachel la miró.

– ¿Theo? -dijo-. No. Sahlah, no pensarás que Theo Shaw…

– Quizá Haytham quiso saber quién era -dijo Sahlah-. Sí, estaba dispuesto a casarse conmigo, pero querría saber quién me había dejado embarazada. ¿Qué hombre no lo habría querido, pese a lo que me dijo sobre vivir en la ignorancia? Él también querría saber.

– Pero aunque lo supiera, aunque hablara con Theo, no pensarás que Theo…

Rachel no pudo terminar la frase, horrorizada por la lógica descarnada de las palabras de Sahlah. Hasta era fácil imaginarse cómo había pasado: un encuentro furtivo en el Nez, la conversación de Haytham Querashi con Theo Shaw, durante la cual le habló del embarazo de Sahlah, la consiguiente desesperación de Theo Shaw por librar al mundo del hombre que se interponía entre él, su verdadero amor y lo que él debía considerar su deber moral… Porque Theo Shaw habría querido cumplir su deber con Sahlah. Quería a Sahlah y, si sabía que la había dejado embarazada, querría estar a su lado. Y como Sahlah se habría mostrado reticente (temerosa, de hecho) a que la expulsaran de la familia por casarse con un inglés, también habría comprendido que sólo había una forma de atarla a él.

Rachel tragó saliva. Se mordió el labio con fuerza.

– Ya ves lo que conseguiste cuando le pasaste el recibo, de ese brazalete, Rachel -dijo Sahlah-. Has entregado en bandeja a la policía una relación entre ambos, de la que tal vez no se habrían enterado. Y en un caso de asesinato, es lo primero que buscan: una relación.

Rachel empezó a farfullar, acuciada por la culpa y horrorizada por el papel que había jugado en la tragedia del Nez.

– Le llamaré ahora mismo. Iré al muelle.

– ¡No! -exclamó Sahlah, como aterrorizada.

– Le diré que tire el brazalete a la basura. Me encargaré de que no vuelva a llevarlo. La policía carece de motivos para hablar con él. No saben que conocía a Haytham. Aunque hablen con todos los tíos de la Cooperativa de Caballeros, tardarán días en hablar con todo el mundo, ¿verdad?

– Rachel…

– Y sólo así llegarán a hablar con Theo Shaw. No existe otra relación entre él y Haytham. Sólo la Cooperativa. Primero, me pondré en contacto con él, y no verán el brazalete. No se enterarán de nada. Te lo juro.

Sahlah meneaba la cabeza, con una expresión que mezclaba incredulidad con desesperación.

– ¿No lo entiendes, Rachel? Eso no resuelve el verdadero problema, ¿verdad? Digas lo que digas a Theo, Haytham sigue muerto.

– Pero la policía aparcará o cerrará el caso, y entonces Theo y tú…

– ¿Theo y yo qué?

– Os podréis casar -dijo Rachel, y como Sahlah no contestó, se apresuró a añadir-: Theo y tú. Os podréis casar.

Sahlah se levantó. Se cubrió la cabeza con el dupatta. Miró hacia el parque de atracciones. La musiquilla del tiovivo flotó hacia ellas por el aire, incluso desde aquella distancia. La noria brillaba bajo la luz del sol, y el Ratón Salvaje arrojaba frenéticamente a sus pasajeros de un lado a otro.

– ¿De veras crees que es tan fácil? ¿Dices a Theo que tire el brazalete a la basura, la policía se va y yo me caso?

– Podría ser así, si nos empeñamos.

Sahlah meneó la cabeza, y luego se volvió hacia Rachel.

– Ni siquiera has empezado a comprender -dijo con voz resignada. Había tomado una decisión-. He de abortar. Lo antes posible. Te necesito para que me ayudes a acelerar los trámites.

No cabía la menor duda de que el brazalete era obra de Aloysius Kennedy: grueso, pesado, con remolinos indefinidos similares al del brazalete que Barbara había visto en Joyería Racon. Deseaba achacar a la casualidad que aquel ejemplar único estuviera en posesión de Theo Shaw, pero no había estado once años en Investigaciones Criminales chupándose el dedo. Sabía que, en lo concerniente a los asesinatos, las coincidencias eran improbables.

– ¿Le apetece algo de beber? -El tono de Theo Shaw era tan cordial que Barbara se preguntó si, contra todo motivo, pensaba que la suya era una visita de cortesía-. ¿Café? ¿Té? ¿Una coca-cola? Estaba a punto de ir a beber algo. El calor es horroroso, ¿verdad?

Barbara dijo que una coca-cola ya le iba bien, y cuando el hombre salió del despacho para ir a buscar una, aprovechó la oportunidad para echar un vistazo. No estaba segura de lo que andaba buscando, aunque no le habría hecho ascos ver un fragmento de alambre acusador, adecuado para que alguien tropezara en la oscuridad, en mitad del escritorio.

No había mucho que observar. Una serie de estanterías albergaban una fila de carpetas de plástico verde y una segunda hilera de libros de contabilidad, con años sucesivos estampados en el lomo de cada uno con números dorados. En lo alto de un archivador, una bandeja de metal deslizable contenía un fajo de facturas que parecían ser de productos alimenticios, trabajos eléctricos, instalaciones sanitarias y suministros comerciales. En el tablón de anuncios de una pared había clavados cuatro anteproyectos arquitectónicos: dos para un edificio identificado como el hotel Pier End y dos para un centro de ocio llamado Pueblo Recreativo Agatha Shaw. Barbara tomó nota del apellido. ¿La madre de Theo?, se preguntó. ¿La tía, la hermana, la mujer?

Levantó un enorme pisapapeles que aplastaba una pila de correspondencia, toda la cual parecía dedicada a planificar la reurbanización de la ciudad. Cuando oyó los pasos de Theo en el pasillo, desvió su atención de las cartas al pisapapeles, que parecía una gran excrecencia de piedra arenisca.

– Raphinodema -dijo Theo Shaw. Llevaba dos latas de coca-cola, con un vaso de papel encajado sobre una de ellas. Tendió esta última a Barbara.

– ¿Raphi qué?

– Raphinodema. Porifera calcárea pharetronida lelapiidae raphinodema, para ser preciso. -El hombre sonrió. Tenía una sonrisa encantadora, pensó Barbara, y se puso en guardia de manera automática. Sabía muy bien el grado de complicidad que podía ocultar una sonrisa encantadora-. Estoy fardando -dijo con espontaneidad-. Es una esponja fósil. Del Cretácico inferior. Yo la encontré.

Barbara dio vueltas a la roca en sus manos.

– ¿De veras? Parece… Joder, no sé… ¿Piedra arenisca? ¿Cómo supo lo que era?

– Experiencia. He sido paleontólogo aficionado desde hace años.

– ¿Dónde la encontró?

– En la costa, al norte de la ciudad.

– ¿En el Nez?

Los ojos de Theo se entornaron, pero sólo una fracción de segundo. Barbara habría pasado por alto el movimiento si no hubiera estado espiando alguna indicación de que el hombre sabía, en el fondo, el motivo de su presencia en el despacho.

– Exacto -dijo Shaw-. Quedan atrapadas en el crag rojo, y la arcilla de Londres las libera. Basta con esperar a que el mar erosione los acantilados.

– ¿El Nez es el principal lugar donde busca fósiles?

– En el Nez no -la corrigió Shaw-. En la playa que hay abajo, al pie de los acantilados. Pero sí, es el mejor sitio donde buscar fósiles en esta parte de la costa.

Barbara asintió y depositó la esponja fosilizada sobre los papeles que había estado pisando. Abrió la coca-cola y bebió directamente de la lata. Arrugó poco a poco el vaso en la mano. Una leve elevación de las cejas de Theo Shaw la informó de que el hombre no había malinterpretado el gesto.

Lo primero es lo primero, pensó. El Nez y el brazalete convertían a Theo en un sujeto al que Barbara deseaba investigar, pero había otros peces que freír antes de echarlo a la sartén.

– ¿Qué puede decirme sobre un individuo llamado Trevor Ruddock?

– ¿Trevor Ruddock?

¿Parecía aliviado?, se preguntó Barbara.

– Trabaja en el parque de atracciones. ¿Le conoce?

– Sí. Hace tres semanas que trabaja aquí.

– Tengo entendido que llegó a usted vía Mostazas Malik.

– En efecto.

– Donde lo despidieron por afanar productos.

– Lo sé -dijo Theo-. Akram me escribió al respecto. También me telefoneó. Me pidió que diera una oportunidad al chaval, porque creía que existían circunstancias atenuantes para el robo. La familia es pobre. Seis hijos. El padre de Trevor lleva de baja dieciocho meses por lumbartrosis. Le acepté. El trabajo no es gran cosa, y el sueldo no puede compararse con el que cobraba en la fábrica, pero le sirve de ayuda.

– ¿Qué hace?

– Se ocupa de la limpieza del parque de atracciones, después de cerrar.

– ¿No está aquí en este momento?

– Empieza a trabajar a las once y media de la noche. Sería absurdo que viniera antes, como no fuera para entrar en las atracciones.

Mentalmente, Barbara añadió otra cruz al nombre de Trevor Ruddock en la lista de sospechosos. Existía el motivo, y ahora la oportunidad. Le habría resultado fácil acabar con Haytham Querashi en el Nez y llegar a tiempo al trabajo.

Pero aún quedaba la pregunta de qué estaba haciendo Theo Shaw con el brazalete de Aloysius Kennedy. Si en verdad era el brazalete de Kennedy. Sólo había una forma eje averiguarlo.

Interviene Thespian Haver [5], pensó Barbara.

– Necesitaré su dirección actual, si la tiene -dijo.

– Ningún problema.

Theo se acercó a su despacho y se sentó en la silla de roble montada sobre ruedas. Hizo girar el expositor y examinó las tarjetas hasta encontrar la que buscaba. Escribió la dirección en un post-it y se la tendió, lo cual proporcionó a Barbara la oportunidad que deseaba.

– Caramba -dijo-. ¿Lleva una pieza de Aloysius Kennedy? Es magnífica.

– ¿Qué? -dijo Theo.

Tanto a mi favor, pensó Barbara. Theo no había comprado el brazalete, porque en tal caso, existían pocas dudas de que alguna de las Winfield no le hubiera informado con elocuencia sobre sus orígenes.

– El brazalete -dijo Barbara-. Se parece a uno que vi en Londres. Los diseña un tipo llamado Aloysius Kennedy. ¿Puedo echar un vistazo? Será lo más cerca que esté de poder comprar uno -añadió con la esperanza de aparentar una naturalidad absoluta-, ya me entiende.

Por un momento pensó que no había conseguido cazarle, pero mientras el cebo de su interés flotaba ante él, Theo Shaw tomó la decisión de morderlo. Le tendió la pulsera de oro.

– Es fantástica -dijo Barbara-. ¿Puedo…? -Señaló hacia la ventana, y cuando el hombre asintió, se acercó a ella con la joya. Le dio vueltas en la mano-. Ese hombre es un genio, ¿no cree? Me gustan estos remolinos. El metal es perfecto. Es el Rembrandt de los orfebres, si quiere saber mi opinión.

Confió en que la alusión artística fuera correcta. Lo que sabía sobre Rembrandt (para no hablar de lo que sabía sobre oro y joyas) habría cabido en una cuchara de té. Comentó a continuación su peso, acarició su forma con los dedos, examinó su cierre, oculto con inteligencia. Y cuando llegó el momento apropiado, miró la parte interior y vio lo que creía que iba a ver. Cuatro palabras grabadas con una letra fluida: LA VIDA EMPIEZA AHORA.

Ah. Ya es hora de apretar los tornillos. Barbara volvió al escritorio y dejó el brazalete al lado de la esponja fosilizada. Theo Shaw no se la puso enseguida. El tono de su piel era un poco más intenso que cuando Barbara había cogido el brazalete. La había visto leer la inscripción interior, y Barbara albergaba pocas dudas de que el joven y él iban a bailar el cauteloso pas de deux de cómo-averiguar-lo-que-los-polis-saben. Comprendió que, cuando empezara la música, debería ir un paso por delante de él…

– Una hermosa afirmación -dijo, y señaló el brazalete con la cabeza-. No me importaría encontrar una así en la puerta de mi casa una mañana. El regalo de un admirador secreto.

Theo recuperó el brazalete y se lo puso.

– Era de mi padre.

Voila, pensó Barbara. Tendría que haber mantenido la boca cerrada, pero Barbara sabía por experiencia que los culpables pocas veces lo hacían, pues se sentían impulsados a demostrar su falsa inocencia de una vez por todas.

– ¿Su padre está muerto?

– Y mi madre también.

– Entonces, todo esto… -Indicó el parque de atracciones, y luego los planos clavados en el tablón de anuncios-. ¿Todo esto es en memoria de sus padres?

El hombre pareció perplejo. Barbara continuó.

– Cuando venía aquí de niña, esto era el Muelle de Balford. Ahora es Atracciones Shaw. Y el centro de ocio Pueblo Recreativo Agatha Shaw. ¿Es el nombre de su madre?

La expresión del joven dio paso a una de comprensión.

– Agatha Shaw es mi abuela, aunque me hizo de madre desde que tenía seis años. Mis padres murieron en un accidente de coche.

– Debió de ser duro -dijo Barbara.

– Sí, pero… Bien, la abuela se portó muy bien.

– ¿Es el único familiar que le queda?

– El único que vive aquí. El resto de la familia se desperdigó hace años. La abuela nos acogió, tengo un hermano mayor que ha ido a probar suerte en Hollywood, y nos educó como si fuéramos sus hijos.

– Es bonito tener un recuerdo de su padre -comentó Barbara, y cabeceó de nuevo en dirección al brazalete. No iba a permitir que se escabullera del tema mediante recuerdos dickensianos de haberse quedado huérfano y bajo la tutela de un pariente anciano. Le miró fijamente-. Parece un poco moderno para ser una herencia familiar. A juzgar por su aspecto, bien habrían podido hacerlo la semana pasada.

Theo sostuvo su mirada con igual obstinación, aunque no pudo impedir que el rubor de su cuello le delatara.

– Nunca lo había pensado, pero supongo que tiene razón.

– Sí. Bien. Es interesante que me haya topado con éste, y bastante, porque seguimos el rastro de una pieza de Kennedy muy parecida.

Theo frunció el entrecejo.

– ¿La pista de…? ¿Por qué?

Barbara evitó una respuesta directa y volvió a la ventana que dominaba el parque de atracciones. La noria había empezado a dar vueltas, alzando en el aire a una multitud de alegres pasajeros.

– ¿Conoce bien a Akram Malik, señor Shaw?

– ¿Qué?

Estaba claro que Shaw esperaba otra cosa.

– Ha dicho que le telefoneó por el problema de Trevor Ruddock. Eso sugiere que se conocen. Me estaba preguntando hasta qué punto.

– De la Cooperativa de Caballeros. -Theo explicó en qué consistía-. Intentamos ayudarnos mutuamente. Por ejemplo, yo le hice ese favor. Él me lo devolverá algún día.

– ¿Es su única relación con los Malik?

El hombre desvió la vista hacia la ventana. Una gaviota se había posado sobre un ventilador aspirador del tejado del salón recreativo. El ave parecía expectante.

Barbara también. Sabía que Theo Shaw se encontraba en un momento delicado. Como ignoraba qué sabía ya Barbara de él por otras fuentes, tenía que elegir cuidadosamente entre la verdad y la mentira.

– De hecho, ayudé a Akram en la instalación del sistema informático de la fábrica -dijo-. Fui a la escuela primaria de la ciudad con Muhannad, y también a la secundaria, pero en Clacton.

– Ah. -Barbara desechó mentalmente la geografía de su relación con la familia. Clacton o Balford, daba igual. Lo importante era la relación en sí-. Hace años que se conocen, pues.

– Por decirlo de alguna manera.

– ¿De qué manera?

Barbara levantó la coca-cola para dar otro trago. Estaba obrando maravillas en la digestión de los boquerones.

Theo la imitó y bebió también.

– Conocía a Muhannad del colegio, pero no éramos amigos, así que no conocí a la familia hasta que instalamos los ordenadores en su fábrica. Eso fue hace un año, tal vez más.

– Supongo que también conoce a Sahlah Malik, ¿no?

– Conozco a Sahlah, sí.

Hizo lo mismo que muchas personas cuando intentaban aparentar indiferencia sobre alguna información que les estaba poniendo nerviosas: siguió mirándola sin pestañear.

– De modo que la reconocería. En la calle, por ejemplo. O tal vez en el muelle. Vestida al estilo musulmán o no.

– Supongo que sí, pero no entiendo qué tiene que ver Sahlah Malik con todo esto.

– ¿La ha visto en el muelle estos últimos días?

– No.

– ¿Cuándo la vio por última vez?

– No me acuerdo. Por lo que advertí cuando me estaba encargando la instalación, Akram la ata bastante corto. Es su única hija, y así son sus costumbres. ¿Por qué cree que estaba en el muelle?

– Me lo dijo ella. Me dijo que tiró un brazalete como éste -señaló con el pulgar la pieza de Kennedy- desde el extremo del muelle, cuando se enteró de que Haytham Querashi había muerto. Dijo que era un regalo para él y que lo arrojó al agua el sábado por la tarde. Y eso es lo raro: hasta el momento, ni un alma la vio. ¿Qué le parece?

Los dedos del joven, como animados de vida propia, se cerraron sobre el brazalete.

– No sé -dijo.

– Hummm. -Barbara asintió con expresión seria-. Intrigante, ¿verdad? El que nadie la viera.

– El verano se acerca. Hay montones de personas en el muelle cada día. Es improbable que una de ellas perdure en la memoria.

– Quizá -admitió Barbara-, pero lo he recorrido de un extremo al otro y he observado que no hay nadie vestido al estilo musulmán. -Barbara buscó el paquete de cigarrillos en el bolso-. ¿Le importa? -El joven indicó con un ademán que procediera, y Barbara encendió un cigarrillo-. Sahlah lleva la indumentaria tradicional. Si pensamos que carecía de motivos para ir al muelle de incógnito, hemos de suponer que vendría vestida al estilo musulmán, ¿no cree? No estaba haciendo algo ilegal que exigiera un disfraz, sólo arrojar una joya cara al agua.

– Supongo que es lo más sensato.

– Por lo tanto, si dijo que estuvo aquí y nadie la vio, y si vino vestida como de costumbre, sólo se puede extraer una conclusión. ¿No?

– Extraer conclusiones es su trabajo, no el mío -dijo Theo Shaw, y Barbara admitió que lo había dicho con serenidad-. Pero si está insinuando que Sahlah Malik está implicada en lo que le pasó a su prometido… No lo creo.

– ¿Cómo hemos ido a parar a ese asunto del Nez? -preguntó Barbara-. Menudo salto.

Theo se negó a morder el anzuelo esta vez.

– Usted es policía, y yo no soy estúpido. Si está preguntando por mi relación con los Malik, quiere decir que usted está investigando la muerte ocurrida en el Nez. ¿Cierto?

– ¿Sabía que iba a casarse con Querashi?

– Me lo presentaron en la Cooperativa de Caballeros. Akram le llamó su futuro yerno. No pensé que hubiera venido para casarse con Muhannad, así que lo más razonable era concluir que había venido para casarse con Sahlah.

Touché, le saludó mentalmente Barbara. Había pensado que ya le tenía, pero el hombre la había esquivado con habilidad.

– Así que usted conocía a Querashi.

– Me lo habían presentado. Yo no diría que le conocía.

– Sí. De acuerdo. Pero sabía quién era. Le habría reconocido en la calle. -Theo admitió que sí-. Entonces, sólo para clarificar las cosas, ¿dónde estaba usted el viernes por la noche?

– Estaba en casa. Como de todas formas lo va a preguntar, si no a mí a otra persona, mi casa ésta al final de Oíd Hall Lane, a unos diez minutos a pie desde el Nez.

– ¿Estaba solo?

El pulgar de Shaw se hincó en la lata de coca-cola.

– ¿Por qué cono me pregunta esto?

– Porque la muerte del señor Querashi fue un asesinato, señor Shaw, aunque supongo que ya lo sabrá, ¿verdad?

El pulgar se relajó. La lata hizo ping.

– Intenta mezclarme en esto, ¿verdad? Le diré que la abuela estaba durmiendo en su habitación de arriba, mientras yo estaba abajo, en mi estudio. Observará que, por consiguiente, tuve la oportunidad de escabullirme hasta el Nez y matar a Querashi. No tenía motivos para asesinarle, por supuesto, pero ese detalle carece de importancia, por lo visto.

– ¿Ningún motivo? -preguntó Barbara. Tiró la ceniza del cigarrillo en la papelera.

– Ningún motivo.

Las palabras de Shaw fueron firmes, pero su mirada se desvió hacia el teléfono. No había sonado, y Barbara se preguntó a quién iba a telefonear en cuanto saliera del despacho. No sería tan estúpido como para llamar mientras ella estuviera merodeando por el pasillo. Fuera lo que fuera, Theo Shaw no era idiota.

– De acuerdo -dijo Barbara.

Con el cigarrillo colgando de su boca, escribió el número del hotel Burnt House en el dorso de una de sus tarjetas. Se la entregó a Theo, y le dijo que llamara si recordaba algo relacionado con el caso…, como la verdad acerca de que el brazalete de oro estuviera en su posesión, añadió mentalmente.

Ya fuera, mientras la cacofonía del salón recreativo remolineaba a su alrededor, Barbara pensó en las implicaciones de que Theo poseyera el brazalete y de las mentiras sobre su origen. Si bien era posible que dos piezas de Aloysius Kennedy coexistieran en armonía en la misma ciudad, era improbable que llevaran la misma inscripción. Si tal era el caso, la conclusión razonable era que Sahlah Malik había mentido cuando dijo que había arrojado el brazalete desde el muelle, y que el susodicho brazalete adornaba la muñeca de Theo Shaw. Y el brazalete sólo podía haber llegado a las manos de Theo Shaw de dos maneras: o Sahlah Malik se lo había regalado, o se lo había regalado a Haytham Querashi y Theo Shaw lo había visto y robado del cadáver de Querashi. En cualquier caso, Theo Shaw se había plantado en pleno umbral de la sospecha.

Otro inglés, pensó Barbara. Se preguntó qué pasaría con la tenue paz de la comunidad si resultaba que Querashi había encontrado la muerte a manos de un occidental. Porque en este momento le parecía que tenían a dos sólidos sospechosos, Armstrong y Shaw, y ambos eran ingleses. Y el siguiente de su lista era Trevor Ruddock, preparado para ser el Inglés Número Tres. A menos que apareciera F. Kumhar, oliendo a bacalao podrido, o uno de los Malik empezara a sudar más de lo esperado con aquel calor (excepto Sahlah, que daba la impresión de haber nacido sin poros), un inglés era el pavo que andaban buscando.

Sin embargo, al pensar en Sahlah, Barbara vaciló, con las llaves del coche colgando de sus dedos y la dirección de Trevor Ruddock arrugada en la mano. ¿Qué implicaba la anterior conclusión? ¿Qué significaba que Sahlah hubiera regalado el brazalete a Shaw y no a Querashi? Significaba lo evidente, ¿verdad? Como «La vida empieza ahora» no era el tipo de inscripción que se dedicaba a un simple conocido, Theo Shaw no era un simple conocido. Lo cual significaba que Sahlah y él se conocían más íntimamente de lo que Theo había sugerido. Lo cual significaba a su vez que no sólo Theo Shaw tenía un motivo para matar a Querashi. Quizá Sahlah Malik también tenía un motivo para asesinar a su prometido.

Por fin había un asiático firme en la lista de sospechosos, pensó Barbara. Por lo tanto, el caso seguía abierto.

Capítulo 11

Barbara compró una bolsa de palomitas y una segunda bolsa de bastones de caramelo en un puesto del lado del parque que daba a tierra firme. El puesto se llamaba Dulces Sensaciones, y el olor que emanaba a rosquillas friéndose, algodón de azúcar girando y palomitas reventando era demasiado tentador para resistirse. Hizo la compra, con apenas una punzada de culpabilidad. Al fin y al cabo, se dijo, era muy probable que compartiera su próxima comida con Emily Barlow, una abstemia de las calorías. En ese caso, no quería perderse su ración diaria de comida basura.

Atacó primero el paquete de bastones, se puso un trozo en la boca y caminó hacia su coche. Había dejado el Mini aparcado en el paseo, una franja de carretera costanera que ascendía hasta la parte más elevada de la ciudad. Una fila de villas eduardianas, no muy diferentes de la de Emily, dominaban el mar. Eran de diseño italiano, con balcones, ventanas y portales rematados en arco, y en 1900 habrían sido regias. Ahora, al igual, que la casa de Emily, necesitaban una renovación urgente. Carteles ofreciendo desayuno y alojamiento colgaban en todas las ventanas delanteras, pero las cortinas cargadas de mugre y la pintura que se desprendía del maderamen ahuyentaban sin duda a los aventureros menos encallecidos. Parecían desocupadas por completo y más que preparadas para la demolición.

Barbara se detuvo al llegar al coche. Era su primera oportunidad real de inspeccionar la ciudad desde la orilla del mar, y lo que vio no era muy atrayente. La carretera que corría a lo largo de la orilla ascendía bastante, pero los edificios que la flanqueaban estaban como las villas: en mal estado. Años de aire marino habían descascarillado la pintura y oxidado el metal. Años de aislamiento de las rutas turísticas (pues un paquete de vacaciones baratas en España atraía más que un desplazamiento a Essex) habían chupado la sangre de la economía local. El resultado se extendía ante ella, como una señorita Havisham [6] urbana, atrapada en un fragmento de tiempo.

La ciudad necesitaba con desesperación justo lo que Akram Malik le proporcionaba: una fuente de empleo. También necesitaba lo que la familia Shaw tenía, al parecer, en mente: reurbanización. Barbara se preguntó si había algún punto de fricción entre ambos que el DIC de Balford debiera investigar.

Mientras pensaba en esto y meditaba en la panorámica que la fachada marítima proporcionaba, vio que dos muchachos de piel oscura, de unos diez años, salían de Refrigerios Fríos y Calientes Stan. Estaban comiendo Cornettos, y paseaban en dirección al muelle. Como niños bien educados, pararon al borde de la acera a la espera de que el tráfico se detuviera. Una furgoneta polvorienta frenó para que cruzaran.

El conductor, oculto en parte tras un parabrisas muy sucio, les hizo señas de que cruzaran. Los niños dieron las gracias con un cabeceo y bajaron del bordillo. Justo lo que los ocupantes de la furgoneta deseaban, al parecer.

La furgoneta se lanzó hacia adelante con un bramido de su bocina. El rugido del motor resonó en las fachadas de los edificios. Los niños saltaron hacia atrás, sobresaltados. Uno dejó caer su helado y se agachó instintivamente para recuperarlo. El otro le agarró por el cuello de la camisa y le obligó a retroceder.

– ¡Pakis de mierda! -gritó alguien desde la furgoneta, y una botella salió disparada por la ventanilla. No estaba tapada, de modo que su contenido describió un arco en el aire mientras volaba. Los niños la esquivaron, pero no lo suficiente. Un líquido amarillento salpicó sus caras y ropa, antes de que la botella se rompiera a sus pies.

– Puta mierda -murmuró Barbara. Cruzó la calle a toda prisa.

– ¡Mi helado! -gritó el niño más pequeño-. ¡Ghassan, mi helado!

La cara de Ghassan era el vivo retrato del asco, pero dirigido al vehículo que huía. La furgoneta ascendía por la carretera de la orilla, que se curvaba hasta perderse de vista tras la sombra de un ciprés. Barbara no consiguió ver la matrícula.

– ¿Estáis bien? -preguntó a los niños. El más pequeño se había puesto a llorar.

El pavimento abrasador recalentó a toda prisa el líquido arrojado. El olor penetrante a orina se elevó en el aire. Los chicos tenían la ropa y la piel mojadas, con desagradables manchas amarillas en los pantalones blancos y gotas amarillas que salpicaban sus piernas y mejillas morenas.

– He perdido mi helado -se lamentó el más pequeño.

– Cierra el pico, Muhsin -gruñó Ghassan-. Ellos quieren que llores. ¡Cierra el picó! -Le sacudió con rudeza por el hombro-. Coge el mío. No lo quiero.

– Pero…

– ¡Cógelo!

Extendió el Cornetto al otro niño.

– ¿Estáis bien? -repitió Barbara-. Eso ha sido muy feo.

Ghassan la miró por fin. Si el desprecio hubiera tenido sabor, lo habría probado en su expresión.

– Puta inglesa -pronunció las palabras con mucha claridad, para que no pudiera confundirlas con otras-. Aléjate de nosotros. Vámonos, Muhsin.

Barbara se quedó boquiabierta, y la cerró cuando los niños se alejaron. Se encaminaron hacia el parque de atracciones. Por lo visto, nadie iba a frustrar sus planes.

Barbara les habría admirado de no haber comprendido que todo el episodio, pese a su brevedad, daba cuenta de las tensiones raciales que sufría Balford, tensiones que apenas unas noches antes habían desembocado en un asesinato. Vio que los niños bajaban por el sendero que conducía al parque de atracciones, y luego regresó a su coche.

La casa de Trevor Ruddock no estaba muy lejos. De hecho, ni siquiera tuvo que utilizar el coche. La rápida adquisición de un plano de la ciudad en la librería Balford reveló que Alfred Terrace se encontraba a menos de cinco minutos a pie de High Street y la librería. También estaba a cinco minutos a pie de la joyería Racon, un detalle que Barbara observó con interés.

Alfred Terrace comprendía una sola hilera de siete viviendas, del tamaño de una caja de zapatos, que corría a lo largo de un lado de una plaza pequeña. Cada casa estaba adornada con maceteros descuidados, y cada una contaba con una puerta principal tan estrecha que, sin duda, sus moradores debían tener en cuenta su dieta y las dificultades que podía ocasionarles para acceder al interior. Todas eran de un color blanco sucio uniforme, y sus puertas desteñidas constituían su único rasgo característico. Cada una estaba pintada de un color diferente, en tonos que abarcaban desde el amarillo hasta el castaño rojizo. Sin embargo, la pintura se había descolorido con el tiempo, porque la hilera daba al oeste y sufría los peores efectos del sol y el calor.

Cosa que estaba sucediendo en aquel momento. El aire seguía inmóvil y daba la impresión de que la temperatura era diez grados más alta que en el muelle. Habría sido posible freír huevos en la acera. Barbara sintió que su piel expuesta empezaba a cocerse.

La familia Ruddock vivía en el número 6. En su momento, habían elegido para la puerta el color rojo, pero el sol lo había reducido a un tono salmón. Barbara llamó con los nudillos y echó un veloz vistazo por la única ventana del frente. No vio nada a través de las cortinas bordadas, si bien oyó música rap en algún lugar de la casa, acompañada por la chachara estridente de un televisor. Como nadie respondió a su primera llamada, golpeó la puerta con más entusiasmo.

Dio resultado. Se oyeron pasos sobre un suelo sin alfombra, y la puerta se abrió.

Barbara se encontró ante un niño disfrazado. No logró discernir si era varón o hembra, pero al parecer se había apropiado de la ropa de papá. Los zapatos eran del tamaño de los utilizados por los payasos y, pese al calor, una vieja chaqueta de tweed le colgaba hasta las rodillas.

– ¿Sí? -preguntó el niño.

– ¿Qué pasa, Brucie? -gritó una voz de mujer desde la parte posterior de la casa-. ¿Has abierto la puerta? ¿Hay alguien? No salgas vestido así. ¿Me oyes, Brucie?

Brucie observó a Barbara. Ésta notó que las comisuras de sus ojos necesitaban una buena lavada.

Saludó con cordialidad al niño, cuya respuesta fue secarse la nariz con la manga de la chaqueta paterna. Debajo sólo llevaba calzoncillos, cuya goma había dado ya todo de sí. Los calzoncillos colgaban peligrosamente sobre su cuerpo esmirriado.

– Busco a Trevor Ruddock -explicó-. ¿Vive aquí? ¿Eres su hermano?

El niño se volvió en sus zapatos de payaso y gritó hacia el interior de la casa.

– ¡Mamá! ¡Una tía gorda pregunta por Trev!

Las manos de Barbara cosquillearon al escuchar el calificativo.

– ¿Por Trev…? No será ese monstruo de la joyería, ¿verdad?

La mujer avanzó hacia la puerta, seguida por dos niños más. Eran chicas, a juzgar por su aspecto. Llevaban pantalones cortos azules, blusas rosa y botas blancas de vaquero adornadas con diamantes falsos, y una de ellas portaba una vara con lentejuelas. La utilizó para golpear a su hermano en la cabeza. Brucie chilló. Se lanzó al ataque, pasó junto a su madre y agarró a su hermana por la cintura. Cerró las mandíbulas sobre su brazo.

– ¿Qué pasa?

La señora Ruddock no pareció enterarse de los gritos y los puñetazos que tenían lugar a su espalda, mientras la segunda hermana intentaba desprender los dientes de Brucie del brazo de la otra. Las dos niñas empezaron a chillar.

– ¡Mamá! ¡Dile que pare!

La señora Ruddock siguió sin hacerles caso.

– ¿Busca a mi Trevor?

Parecía vieja y cansada, con ojos azules desvaídos y lacio cabello rubio oxigenado, que sujetaba con un cordón de zapato púrpura para mantenerlo apartado de la cara.

Barbara se presentó y agitó su identificación ante la cara de la mujer.

– DIC de Scotland Yard. Me gustaría hablar con Trevor. ¿Está en casa?

La señora Ruddock se puso tiesa como un huso, al tiempo que encajaba un mechón suelto detrás de la oreja.

– ¿Qué quiere de mi Trevor? No se ha metido en problemas. Es un buen chico.

Los tres niños que se debatían detrás de ella chocaron contra la pared. Un cuadro cayó al suelo. Una voz de hombre gritó desde arriba.

– ¡Joder! ¿Es que no se puede dormir aquí? ¡Shirl! ¡Joder! ¿Qué están haciendo?

– ¡Vosotros, basta ya! -La señora Ruddock agarró a Brucie por el cuello de la chaqueta. Cogió a su hermana por el pelo. Los tres niños aullaron-. ¡Basta!

– ¡Me ha pegado!

– ¡Me ha mordido!

– ¡Shirl! ¡Hazles callar!

– ¿Estáis contentos, ahora que habéis despertado a vuestro padre? -dijo la señora Ruddock, mientras daba una buena sacudida a los litigantes-. Id a la cocina, los tres. Stella, hay polos en la nevera. Dale uno a cada uno.

La promesa de una golosina pareció calmar a los tres niños. Trotaron como un solo hombre en la dirección por donde había venido su madre. Arriba, unos pies resonaron sobre las tablas del piso. Un hombre carraspeó violentamente y gargajeó con tal fuerza que Barbara se preguntó si se estaba practicando una amigdalectomía. De todos modos, no comprendía que alguien pudiera estar durmiendo antes de su llegada. Un grupo de rap estaba aullando a todo volumen, y en dura competencia, dos tíos se estaban dando puñetazos por un putón en Coronation Street, a un nivel auditivo que no dejaba nada a la imaginación.

– No exactamente problemas -dijo Barbara-. Sólo quiero hacerle algunas preguntas.

– ¿Sobre qué? Trev devolvió los tarros de lo que fuera. Sí, vendimos algunos antes de que los aceitunos nos pillaran, pero no es que perdieran dinero. Ese Akram Malik nada en la abundancia. ¿Ha visto dónde viven?

– ¿Está Trevor?

Barbara intentaba conservar la paciencia, pero el sol que le caía de pleno sobre la cabeza estaba consiguiendo evaporarla a toda velocidad.

La señora Ruddock le dedicó una mirada algo hostil, al darse cuenta de que sus palabras causaban poca impresión.

– ¡Stella! -gritó sin volverse, y cuando la mayor de las dos niñas volvió de la cocina con un polo embutido en el centro de la boca, ordenó-: Llévala con Trev, y de paso dile a Charlie que baje esa matraca.

– Mamá…

El plañido de Stella dividió la palabra en dos sílabas, una hazaña difícil con el polo en la boca, pero parecía una niña capaz de superar cualquier desafío.

– ¡Hazlo! -ladró la señora Ruddock.

Stella se quitó el polo de la boca y expulsó el aliento con fuerza, de manera que sus labios vibraron.

– Vamos -dijo, y empezó a subir la escalera.

Barbara sintió que la mirada hostil de la señora Ruddock la seguía, mientras pisaba los talones de las botas de vaquero de Stella. Estaba claro que el delito cometido por Trevor, y que le había costado el empleo en la fábrica de mostazas, no era un delito para su madre.

El culpable estaba en uno de los dos dormitorios del primer piso de la casa. El estridente canturreo de la música rap estremecía la puerta. Stella la abrió sin más ceremonias, pero sólo unos quince centímetros, pues algo que colgaba por encima de ella parecía impedir cualquier otro avance.

– ¡Charlie! -gritó-. ¡Mamá dice que bajes esa mierda! -Se volvió hacia Barbara-. Está ahí dentro, si quiere verle.

– ¿Es que un hombre no puede dormir en su propia casa? -gritó el señor Ruddock desde el otro dormitorio.

Barbara dio las gracias a Stella y entró agachada en el cuarto. Agacharse era necesario, porque el objeto que impedía la completa movilidad de la puerta colgaba como una red de pesca. Las cortinas estaban corridas sobre las ventanas, de modo que la luz era escasa. El calor latía en el interior como un corazón.

El ruido era ensordecedor. Retumbaba de pared a pared, una de las cuales estaba ocupada por un par de literas. La de arriba contaba con la presencia de un adolescente armado con dos palillos de madera, con los cuales atacaba el pie de la cama para seguir el ritmo. La de abajo estaba vacía. El otro ocupante del cuarto estaba sentado a una mesa, sobre la que una lámpara fluorescente arrojaba un haz de luz brillante encima de madejas de hilo negro, varios ovillos de algodón coloreado, una pila de limpiapipas negros y una caja de plástico llena de esponjas redondas de tamaños diferentes.

– ¿Trevor Ruddock? -gritó Barbara sobre el estrépito-. ¿Puedo hablar con usted? DIC. Policía.

Consiguió llamar la atención del chico sentado en la cama. Vio su tarjeta de identificación extendida, tal vez leyó sus labios o la expresión de su cara, giró un botón de la gigantesca radio y bajó el volumen.

– ¡Eh, Trev! -gritó, pese al repentino enmudecimiento del ruido-. ¡Trev! ¡La poli!

El chico sentado a la mesa se removió, se volvió en la silla y miró a Barbara. Su mirada descendió hacia la identificación. Poco a poco, se llevó las manos a los oídos y empezó a quitarse unos tapones de cera.

Mientras lo hacía, Barbara lo examinó a la escasa luz. Llevaba escrito Frente Nacional de pies a cabeza: desde su cráneo rapado, donde apenas se distinguía una sombra de cabello oscuro que apenas sobresalía de la piel, hasta sus pesadas e inconfundibles botas militares. Su afeitado era impecable: absoluto, de hecho. Se había rasurado hasta las cejas.

Su movimiento reveló lo que estaba haciendo en la mesa. Parecía un modelo de araña, según Barbara creyó deducir de tres limpiapipas a modo de patas pegadas a una esponja a franjas negras y blancas que hacía las veces de cuerpo. Tenía dos pares de ojos hechos con cuentas negras: dos grandes y dos pequeños que formaban un semicírculo sobre la cabeza, como una tiara ocular.

Trevor desvió la vista hacia su hermano un instante, que se había acercado hasta el borde de la litera y esperaba con las piernas colgando, mientras miraba a Barbara con inquietud.

– Ábrete -dijo a Charlie.

– No diré nada.

– Largo -dijo Trevor.

– Trev.

Charlie emitió lo que parecía ser el plañido típico de la familia: convirtió la primera sílaba del nombre de su hermano en dos.

– Vale ya.

Trevor le traspasó con la mirada.

– Mierda -dijo Charlie, sin dividir la palabra en sílabas, y saltó de la cama. Con el transistor bajo el brazo, pasó junto a Barbara y salió del cuarto. Cerró la puerta a su espalda.

Entonces, Barbara vio lo que presionaba la parte superior de la puerta cuando entró. Era, sí, una vieja red de pesca, pero transformada en una enorme araña, sobre la cual cabrioleaban una colección de arácnidos. Al igual que la araña en proceso de montaje sobre la mesa, no eran insectos de jardín, sino pardos, negros, con múltiples patas y aptos para devorar moscas, garrapatas y ciempiés. Eran exóticos en color y forma, con cuerpos rojos, amarillos y verdes, patas erizadas de púas y ojos feroces.

– Bonito trabajo -dijo Barbara-. ¿Estudias entomología?

Trevor no contestó. Barbara cruzó la habitación hasta llegar a la mesa. Había una segunda silla a un lado, abarrotada de libros, periódicos y revistas. Los dejó en el suelo y se sentó.

– ¿Te importa? -dijo.

Trevor echó un vistazo al cigarrillo y meneó la cabeza. Barbara le ofreció el paquete, y el joven cogió uno. Lo encendió con una cerilla, pero no ofreció fuego a Barbara.

Debido a la ausencia de la música rap, los demás ruidos de la casa ganaron en intensidad. Las ninfas de Coronation Street continuaron su chachara a un volumen que habría servido para anunciar un gol en un partido de fútbol, y Stella empezó a chillar que le habían robado un collar. Al parecer, el culpable era Charlie, cuyo nombre logró gimotear en tres sílabas.

– Tengo entendido que te despidieron de Mostazas Malik hace tres semanas -dijo Barbara.

Trevor inhaló, con los ojos entornados y clavados en Barbara. Ésta observó que sus dedos exhibían padrastros de aspecto iracundo.

– ¿Y qué?

– ¿Te importa si hablamos de ello?

El joven exhaló una nube de humo.

– Como si tuviera alguna opción, ¿eh?

– ¿Cuál es tu versión de la historia? Ya he oído la de ellos. Creo que no pudiste negar el robo. Te pillaron in fraganti. Con las manos en la masa.

Trevor cogió un limpiapipas y lo arrolló alrededor de su dedo índice, con el cigarrillo entre los labios y la mirada concentrada en la araña de la mesa. Cogió un par de cortaalambres y partió en dos un segundo limpiapipas. Cada mitad se convirtió en una pata de la araña. Con un tubo, aplicó meticulosamente cola para pegar las patas al cuerpo.

– ¿Malik va diciendo que fue un robo de los gordos? Joder, eran menos de dos cajas. Treinta y seis tarros por caja. Ni que hubiera atracado el banco. Además, no me llevé un producto concreto, como mostaza, mermelada o salsa, que tal vez habría podido vender de estranjis a un cliente importante, sino un poco de todo.

– Un surtido variado. Ya lo entiendo.

Trevor dedicó a Barbara una mirada tenebrosa, antes de devolver su atención a la araña. Tenía un cuerpo segmentado que parecía auténtico, creado a partir de diferentes tamaños de esponja. Barbara se preguntó cómo se sujetaban los segmentos.

¿Con cola? ¿Con grapas? ¿O tal vez el joven señor Ruddock utilizaba alambre? Miró si había un rollo en la mesa, pero además de la araña, la superficie era un caos de libros sobre insectos, periódicos doblados, velas a medio consumir y cajas de herramientas. No entendía cómo el hombre se aclaraba para localizarlo todo.

– Me dijeron que el señor Querashi te despidió. ¿Es así?

– Si eso le han dicho, supongo que será verdad.

– ¿Tu versión es diferente?

Barbara buscó un cenicero, pero no vio ninguno. Trevor empujó hacia ella una caja de cartón vacía, negra de ceniza por dentro. La utilizó.

– Da igual.

– ¿Tu despido fue injusto? ¿Querashi se precipitó?;

Trevor alzó la vista. Barbara reparó por primera vez en que tenía un tatuaje debajo de la oreja izquierda. Era una telaraña, con un insecto desagradablemente realita que se arrastraba hacia el centro.

– ¿Le maté porque me despidió? ¿Me está preguntando eso? -Trevor pasó los dedos por encima de los limpiapipas reconvertidos en patas, pellizcando la envoltura hasta que adoptó la apariencia de pelos-. No soy estúpido, ¿sabe? He leído el Standard de hoy. Sé que la policía habla de asesinato. Suponía que vendrían a tocarme los huevos. Y aquí está usted. Tengo un móvil, ¿no?

– ¿Por qué no me hablas de tu relación con el señor Querashi, Trevor?

– Afané algunos tarros de la sala de etiquetaje y empaquetado. Trabajaba en envíos, así que fue muy fácil. Querashi me pilló y me dio la patada. Final de nuestra relación.

Trevor dio un énfasis sarcástico a la última palabra.

– ¿No fue arriesgado robar tarros de la sala de empaquetado, cuando no trabajabas allí?

– Los soplé cuando no había nadie, ¿vale? Uno de cuando en cuando, durante los descansos y la comida. Sólo lo suficiente para venderlo en Clacton.

– ¿Los vendías? ¿Por qué? ¿Necesitabas dinero extra?

Trevor se levantó de la mesa. Caminó hasta la ventana y apartó las cortinas. La habitación, iluminada por el sol despiadado, reveló paredes agrietadas y muebles desvencijados. En algunos puntos, la alfombra dejaba ver el suelo. Por algún motivo, habían dibujado una raya negra sobre ella, para separar la zona de trabajo de la de dormir.

– Mi padre no puede trabajar, y tengo el estúpido deseo de impedir que mi familia vaya a parar a la calle. Charlie colabora haciendo chapuzas en el barrio, y a veces llaman a Stella para que haga de canguro. Pero somos ocho y tenemos hambre, así que mi madre y yo vendemos lo que podemos en el mercado de Clacton.

– Los tarros de Malik, por ejemplo.

– Exacto. Entre otras cosas y a precio de saldo. No entiendo qué daño hacíamos. No es que el señor Malik venda sus productos aquí. Van a tiendas elegantes y hoteles y restaurantes de postín.

– ¿Estabas haciendo un favor al consumidor, en definitiva?

– Tal vez. -Apoyó el trasero contra el antepecho de la ventana y dio vueltas al cigarrillo entre el índice y el pulgar. La ventana estaba abierta de par en par, pero era como si estuvieran charlando dentro de un horno-. Nos pareció que no era peligroso venderlos en Clacton. No esperaba que Querashi apareciera por allí.

– ¿Querashi te pilló vendiendo los tarros en el mercado?

– Exacto. Así como suena. No esperaba verme en Clacton más que yo a él. Considerando lo que estaba haciendo, imaginé que haría la vista gorda y olvidaría mi pequeña debilidad. Sobre todo porque él también estaba exhibiendo una pequeña debilidad.

El comentario provocó un cosquilleo en las yemas de los dedos de Barbara, como siempre que una nueva dirección se desvelaba de manera impredecible. Trevor la estaba observando con atención para detectar su reacción, y esa misma atención sugería que guardaba más de una sorpresa para la policía. La mayoría de la gente se aturdía un poco cuando respondía a preguntas oficiales, pero Trevor parecía muy tranquilo, como si supiera de antemano qué le iba a preguntar Barbara y qué iba a responder él.

– ¿Dónde estabas la noche que Querashi murió, Trevor?

Un parpadeo le dijo que le había decepcionado al no perseguir el olor de la «pequeña debilidad» de Querashi. Eso era bueno, pensó. Los sospechosos no debían dirigir la investigación.

– En el trabajo -dijo Trevor-. Limpiando el parque de atracciones. Si no me cree, pregunte al señor Shaw.

– Ya lo he hecho. El señor Shaw dice que entras a trabajar a las once y media. ¿Lo hiciste también el viernes por la noche? ¿Fichas a la entrada, por cierto?

– Fiché a la hora de siempre.

– ¿A las once y media?

– Más o menos, sí. Y no me fui, si quiere saberlo. Trabajo con unos cuantos tíos, y le dirán que no me ausenté ni una sola vez en toda la noche.

– ¿Y antes de las once y media?

– ¿Qué?

– ¿Dónde estuviste?

– ¿Cuándo?

– Antes de las once y media, Trevor.

– ¿A qué hora?

– Cuéntame tus movimientos, por favor.

El joven dio una última calada al cigarrillo y lo tiró a la calle desde la ventana. Su dedo índice sustituyó al cigarrillo. Lo mordisqueó con aire pensativo antes de contestar.

– Estuve en casa hasta las nueve. Después, salí.

– ¿Adonde?

– A ningún sitio en especial. -Escupió al suelo un fragmento de piel. Examinó su padrastro mientras continuaba-. Salgo con una chica de vez en cuando. Estuve con ella.

– ¿Lo corroborará?

– ¿Eh?

– ¿Confirmará que estuvo contigo el viernes por la noche?

– Claro, pero no es mi novia, ni nada por el estilo. Salimos juntos de cuando en cuando. Hablamos. Fumamos. Hablamos de la vida.

Demasiado bonito, pensó Barbara. ¿Por qué le costaba imaginarse a Trevor Ruddock enzarzado en un profundo coloquio filosófico con una chica?

Se preguntó por la explicación que le estaba dando, sobre por qué consideraba necesario dársela, en primer lugar. Había estado con una mujer o no había estado con una mujer. Ella confirmaría su coartada o no. A Barbara le daba igual que hubieran estado arrumacándose, discutiendo de política, flipándose o follando como monos en celo. Sacó su libreta del bolso.

– ¿Cómo se llama?

– ¿Se refiere a esta chica?

– Exacto. A esta chica. Tendré que hablar con ella. ¿Quién es?

El joven trasladó su peso de un pie al otro.

– Sólo es una amiga. Hablamos. No es gran…

– Dime su nombre, ¿vale?

Trevor suspiró.

– Se llama Rachel Winfield. Trabaja en una joyería de High Street.

– Ah, Rachel. Ya nos conocemos.

Trevor rodeó su codo derecho con la mano izquierda.

– Sí. Bien, estuve con ella el viernes por la noche. Somos amigos. Ella lo confirmará.

Barbara tomó nota de su incomodidad y especuló en su mente sobre el muchacho. O estaba avergonzado por revelar que se relacionaba con la Winfield, o mentía con la esperanza de ponerse en contacto con ella antes de que Barbara investigara su historia.

– ¿Adonde fuisteis? -preguntó, impulsada por la necesidad de establecer una segunda fuente de corroboración-. ¿Un café? ¿Un pub? ¿El salón recreativo? ¿Dónde?

– Eh… a ningún sitio, de hecho. Sólo fuimos a pasear.

– ¿Al Nez, quizá?

– Eh, ni hablar. Estuvimos en la playa, pero no nos acercamos al Nez. Paseamos cerca del parque de atracciones.

– ¿Alguien os vio? -No creo.

– Pero hay mucha gente en el parque de atracciones por las noches. ¿Cómo es posible que nadie os viera?

– Porque… Escuche, no estuvimos en el parque de atracciones. Yo no he dicho eso. Estuvimos en las cabañas de la playa. Estuvimos… -Levantó el dedo y lo mordisqueó con ferocidad-. Estuvimos en una cabaña de la playa. ¿Entiende?

– ¿En una cabaña de la playa?

– Sí. Ya se lo he dicho.

Apartó la mano de la boca. Su mirada era desafiante. Existían pocas dudas sobre lo que había hecho con Rachel, y Barbara supuso que no tenía mucho que ver con hablar de la vida.

– Háblame del señor Querashi y el mercado -dijo-. Clacton no está lejos de aquí. ¿Qué son, veinte minutos en coche? No es un viaje a la luna. ¿Qué hay de raro en que Haytham Querashi estuviera en el mercado de Clacton?

– Lo raro no es que estuviera -corrigió Trevor-. Estamos en un país libre. Podía ir a donde le diera la gana. Lo raro es lo que estaba haciendo. Y con quién.

– De acuerdo. ¿Qué estaba haciendo?

Trevor volvió a sentarse a la mesa. Sacó un libro ilustrado de debajo de una serie de periódicos desordenados. Estaba abierto por una fotografía en color. Barbara vio que la foto era de la araña que Trevor estaba montando,

– Un alguacil -la informó-. No utiliza una telaraña como las demás, y eso la diferencia de las otras. Caza a su presa. Se pone al acecho, encuentra una comida adecuada, y ¡fum! -Extendió la mano y la posó sobre el brazo de Barbara-. Se la come.

El joven sonrió. Tenía unos colmillos raros, uno largo y otro corto. Le daban un aspecto peligroso, y Barbara adivinó que él lo sabía y le gustaba.

Liberó el brazo de su mano.