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El Refugio

Elizabeth George

El científico forense Simon Saint James y su esposa, Deborah, viajan hasta la isla de Guernsey para resolver un caso. Una vieja amiga de Deborah, China River, esta acusada del asesinato de Guy Brouard, uno de los habitantes más ricos de la isla, así como su principal benefactor. Tras haber sido víctima de los nazis en su infancia, Brouard aparece muerto justo cuando planeaba la construcción de un museo en honor de la resistencia a la ocupación alemana de la isla. Pocas son las pruebas que parecen apuntar a China, cuya inocencia tratarán de demostrar Simon y su mujer. Pero si China no es la culpable, ¿quién cometió el crimen?

Elizabeth George

El Refugio

Prologo

10 de noviembre 14:45

Montecito, California

Los vientos de Santa Ana no eran muy amigos de la fotografía, pero era imposible decírselo a un arquitecto ególatra que creía que toda su reputación dependía de capturar para la posteridad -y para Architectural Digest- cinco kilómetros cuadrados de ladera no urbanizada. Ni siquiera podías intentar decírselo. Porque cuando por fin encontrabas el lugar después de equivocarte de desvío un millón de veces y llegabas tarde, él estaba enfadado y el viento árido levantaba ya tanto polvo que lo único que querías hacer era largarte de allí cuanto antes, lo cual no iba a ser posible si te ponías a discutir con él sobre si ibas a sacar o no las fotos. Así que las sacabas, al carajo el polvo, las plantas rodadoras que parecían importadas por un equipo de efectos especiales para que la propiedad con vistas al océano valorada en varios millones de dólares pareciera Barstow en agosto, y al carajo la arenilla que se te metía en las lentes de contacto y el aire que te dejaba la piel como un hueso de melocotón y el pelo como el heno quemado. El trabajo lo era todo, el trabajo lo significaba todo. Y como China River se ganaba la vida trabajando, lo hizo.

Pero no estaba contenta. Cuando terminó el encargo, una capa de mugre cubría su ropa y su piel, y lo único que quería -aparte de un vaso grande del agua más fría que encontrara y sumergirse un buen rato en una bañera helada- era largarse de allí: alejarse de la ladera y acercarse a la playa. Así que dijo:

– Bueno, pues eso es todo. Tendré las pruebas para que elija pasado mañana. ¿A la una? ¿En su despacho? Bien. Allí estaré. -Y se marchó a grandes zancadas sin darle al hombre la oportunidad de contestar. Tampoco le importó demasiado cómo reaccionaría a su brusca partida.

Bajó la ladera al volante de su viejo Plymouth, por una carretera perfectamente asfaltada, puesto que en Montecito los baches estaban prohibidos. La ruta la llevó por las casas de los ricos de Santa Bárbara, que vivían sus vidas privilegiadas protegidas tras las verjas eléctricas, nadaban en piscinas de diseño y se secaban después con toallas tan gruesas y blancas como un manto de nieve de Colorado. Frenaba de vez en cuando para mirar a los jardineros mexicanos que sudaban tras esos muros protectores y a las adolescentes a caballo que trotaban enfundadas en sus vaqueros ajustados y camisetas mínimas. Su cabello se balanceaba bajo el sol. Todas lo tenían largo y liso y brillante como si algo lo iluminara desde dentro. Lucían una piel impecable y unos dientes también perfectos. Y ninguna tenía un gramo de grasa no deseada en el cuerpo. ¿Y por qué querrían tenerlo? El peso no tendría la fortaleza moral de permanecer en su cuerpo más tiempo de lo que tardaran en subirse a la báscula del baño, ponerse histéricas y salir corriendo a la taza del váter.

Qué patéticas eran todas y cada una de esas mimadas desnutridas, pensó China. Y lo que era peor para las pobres imbéciles: seguramente sus madres tenían exactamente el mismo aspecto que ellas, convirtiéndose en modelos para una vida llena de entrenadores personales, operaciones de cirugía estética, compras, masajes diarios, manicuras semanales y sesiones regulares con un psiquiatra. No había nada como tener una fuente de ingresos chapada en oro cortesía de algún idiota que lo único que exigía a sus mujeres era que se centraran en su físico.

Siempre que China tenía que ir a Montecito, no veía el momento de marcharse de allí, y ese día no era distinto. En todo caso, el viento y el calor acentuaban más de lo habitual la urgencia de alejarse de aquel lugar, como algo que le minara el ánimo. Desde que había sonado el despertador aquella mañana temprano, notaba una inquietud general en los hombros.

No había sonado nada más. Ése era el problema. Al despertar, había hecho automáticamente el salto de tres horas hasta: “Las diez de la mañana en Manhattan, ¿por qué no me ha llamado?”, y mientras transcurrían las horas hasta que llegó el momento de marcharse a la cita en Montecito, se había pasado casi todo el tiempo mirando el teléfono y calentándose, algo bastante fácil de hacer, puesto que a las nueve de la mañana ya casi habían alcanzado los veintisiete grados.

Había intentado mantenerse ocupada. Regó el patio de delante e hizo lo propio con el de atrás, incluido el césped. Habló por encima de la valla con Anita García (“Hola, guapa, qué horror de tiempo, ¿verdad? Dios santo, ay, Dios santo, me está matando”) y compadeció a su vecina por su nivel de retención de líquidos durante el último mes de embarazo. Lavó el Plymouth y lo secó sobre la marcha, logrando adelantarse al polvo que quería adherirse a él y convertirse en barro. Y entró corriendo en casa las dos veces que sonó el teléfono, sólo para escuchar al otro lado a esos vendedores empalagosos y detestables, esos que siempre querían saber cómo te iba el día antes de soltarte el rollo para cambiar de compañía telefónica en las llamadas de larga distancia, lo que, por supuesto, también iba a cambiarte la vida. Al final, había tenido que irse a Montecito. Pero no sin antes descolgar el teléfono por última vez para asegurarse de que tenía tono de marcado y comprobar el contestador para cerciorarse de que grabaría el mensaje.

Durante todo ese tiempo se odió a sí misma por no ser capaz de olvidarse de él. Pero ése había sido el problema durante años, trece en total. Cielos, cuánto odiaba el amor.

Al final, fue el móvil el que sonó cuando estaba a punto de llegar a su casa en la playa. A menos de cinco minutos de la acera irregular que enmarcaba el camino de hormigón hasta la puerta, oyó que pitaba en el asiento del copiloto. China lo cogió y escuchó la voz de Matt.

– Hola, preciosa. -Parecía alegre.

– Hola, tú. -Detestó el alivio instantáneo que sintió, como si se hubiera destapado la ansiedad carbonatada. No dijo nada más.

Él lo interpretó fácilmente.

– ¿Estás cabreada?

“Nada. Deja que cuelgue”, pensó China.

– Supongo que la he cagado.

– ¿Dónde has estado? -le preguntó-. Creía que ibas a llamarme esta mañana. He estado esperando en casa. Odio que hagas eso, Matt. ¿Por qué no lo entiendes? Si no vas a llamarme, dímelo y podré vivir con ello, ¿vale? ¿Por qué no me has llamado?

– Lo siento. Quería hacerlo. He estado recordándomelo todo el día.

– ¿Y…?

– No va a sonar bien, China.

– Inténtalo.

– De acuerdo. Anoche entró un frente frío de mil demonios. He tenido que pasarme media mañana intentando encontrar un abrigo decente.

– ¿No podías llamar desde el móvil mientras estaba fuera?

– Me lo he olvidado. Lo siento. Ya te lo he dicho.

Oía los omnipresentes ruidos de fondo de Manhattan, los mismos ruidos que oía siempre que la llamaba desde Nueva York: el sonido de los cláxones que retumbaban a través de los cañones arquitectónicos, los martillos neumáticos que penetraban en el cemento como armamento pesado. Pero si se había olvidado el móvil en el hotel, ¿qué hacía con él en la calle?

– Voy a una cena -le dijo-. Es la última reunión. Del día, quiero decir.

China se había parado en un espacio libre en el arcén, a unos treinta metros de su casa. Detestó pararse porque el aire acondicionado del coche era demasiado débil para enfriar el interior sofocante, por lo que estaba desesperada por bajarse; pero el último comentario de Matt hizo que, de repente, el calor fuera menos importante y, sin duda, mucho menos perceptible. Centró toda su atención en qué había querido decir.

Como mínimo había aprendido a tener la boca cerrada cuando lanzaba una de sus pequeñas bombas verbales. Hubo un tiempo en que se enfurecía con él ante un comentario como “Del día, quiero decir” para sacarle los detalles de sus insinuaciones. Pero los años le habían enseñado que el silencio funcionaba igual que las exigencias o las acusaciones. También le permitía controlar la situación cuando por fin él admitía lo que intentaba evitar decir.

Lo soltó enseguida.

– La situación es la siguiente. Tengo que quedarme una semana más. Tengo la oportunidad de hablar con unas personas acerca de una subvención y he de reunirme con ellas.

– Matt, vamos.

– Espera, cariño. Escucha. El año pasado estos tipos gastaron una fortuna en un director de Nueva York. Están buscando un proyecto. ¿Lo oyes? Están buscando de verdad.

– ¿Cómo lo sabes?

– Me lo han dicho.

– ¿Quién?

– Tan pronto como les he llamado, he conseguido una cita. Pero no es hasta el próximo jueves. Así que tengo que quedarme.

– Adiós a Cambria, entonces.

– No, sí iremos. Pero la semana que viene no podemos.

– Claro. ¿Cuándo?

– Ése es el problema.

Los sonidos de la calle al otro lado del hilo telefónico parecieron aumentar un momento, como si Matt estuviera adentrándose en ellos, obligado a bajarse de la acera por la congestión de la ciudad tras el fin de la jornada laboral.

– ¿Matt? ¿Matt? -dijo ella, y sintió un momento de pánico irracional cuando creyó haberlo perdido. Malditos teléfonos y malditas señales, siempre marchándose y volviendo.

Pero Matt regresó a la línea, y el ruido había disminuido. Había entrado en un restaurante, le dijo.

– Es el momento de la verdad para la película. China, ésta es de premio de festival. Sundance, está claro, y ya sabes qué puede significar eso. Odio fallarte así, pero si no presento una idea a esta gente, no podré llevarte a ningún lado. Ni a Cambria. Ni a París. Ni a Kalamazoo. Así son las cosas.

– Bien -le dijo, pero no estaba bien y él lo sabría por el tono apagado de su voz. Había tardado un mes en poder cogerse dos días sin reuniones de trabajo en Los Ángeles ni búsqueda de fondos por el resto del país, y antes de eso ella había pasado seis semanas llamando a potenciales clientes y él había seguido persiguiendo el horizonte de su sueño-. En ocasiones -dijo-, me pregunto si alguna vez serás capaz de conseguirlo, Matt.

– Lo sé. Parece que se tarda una eternidad en poner en marcha una película. Y a veces es así. Ya conoces cómo funciona. Se tardan años en desarrollar un proyecto y luego, ¡zas!, éxito de taquilla instantáneo. Pero quiero hacerlo. Necesito hacerlo. Sólo lamento que parezca que estamos separados más tiempo del que pasamos juntos.

China escuchó todo aquello mientras contemplaba a un niño que avanzaba por la acera en su triciclo, seguido por su atenta madre y un pastor alemán aún más atento. El niño llegó a un lugar donde el cemento era irregular, levantado por la raíz del árbol, y la rueda chocó contra la erupción resultante. Intentó mover los pedales para seguir, pero no pudo hacer nada hasta que mamá llegó a ayudarle. Aquella visión llenó a China de una tristeza inexplicable.

Matt esperaba su respuesta. Ella intentó pensar en alguna fórmula nueva para expresar su decepción, pero no se le ocurrió nada. Así que dijo:

– En realidad no hablaba de conseguir hacer una película, Matt.

– Ah -dijo él.

Luego no hubo nada más que discutir porque ella sabía que él se quedaría en Nueva York para asistir a la reunión por la que tanto había luchado y ella tendría que arreglárselas sola; otra cita cancelada, otra pena más en el gran proyecto de vida.

– Bueno, suerte con la reunión -dijo ella.

– Nos mantenemos en contacto -dijo él-. Toda la semana. ¿De acuerdo? ¿Te parece bien, China?

– ¿Qué remedio me queda? -le preguntó ella y le dijo adiós.

Se odió a sí misma por acabar la conversación de esa forma, pero estaba furiosa, desconsolada, alicaída, deprimida… Lo que fuera. En cualquier caso, no tenía nada más que dar.

Aborrecía la parte de sí misma que veía su futuro con inseguridad y casi siempre podía dominar ese aspecto de su carácter. Cuando se le escapaba de las manos y controlaba su vida como un guía demasiado confiado que se adentra en el caos, nunca llevaba a nada bueno. Hacía que se aferrara a creer en la importancia del tipo de mujer que siempre había detestado, que se definía por tener a un hombre a cualquier precio, echarle el lazo para que se casara con ella y llenar su vida de niños cuanto antes. No caería en eso, se repetía una y otra vez. Pero una pequeña parte de ella lo quería de todas formas.

Eso la llevaba a hacer preguntas, plantear exigencias y centrar su atención en un “nosotros” en lugar de fijarse en un “yo”. Cuando ocurría eso, lo que estallaba entre ella y el hombre en cuestión -que siempre había sido Matt- era una repetición de la discusión que hacía ya cinco años que tenían. Era una polémica circular en torno al tema del matrimonio que, hasta la fecha, siempre había dado el mismo resultado: la reticencia obvia de él -como si ella realmente necesitara verla y escucharla- seguida de sus recriminaciones furiosas, a las que luego sucedía una ruptura iniciada por el que estuviera más exasperado con las diferencias que afloraban entre ellos.

Sin embargo, esas mismas diferencias seguían juntándolos de nuevo, puesto que cargaban la relación de una emoción innegable que de momento ninguno de los dos había encontrado con otra persona. Él seguramente lo había intentado. China lo sabía. Pero ella no. No le hacía falta. Sabía desde hacía años que Matthew Whitecomb estaba hecho para ella.

China ya había llegado a esa conclusión una vez más cuando paró delante de su casa: noventa metros cuadrados de una construcción de 1920 que en su día fue la escapada de fin de semana de un angelino. Se encontraba entre otras casitas similares en una calle flanqueada de palmeras, lo bastante cerca de la playa para recoger los beneficios de la brisa del océano y lo bastante lejos del agua para ser asequible.

Era francamente modesta, con cinco habitaciones -contando el cuarto de baño- y sólo nueve ventanas, un porche amplio y un rectángulo de césped delante y detrás. Una valla cercaba la propiedad, y había gotas de pintura blanca en los parterres y la acera. Hacia la puerta de esta valla se dirigió China con su equipo de fotografía en cuanto terminó su conversación con Matt.

Hacía un calor horrible, sólo un poco menos que en la ladera, pero el viento no era tan feroz. Las hojas de las palmeras se movían como huesos viejos en los árboles, y las lantanas color lavanda crecían contra la valla y colgaban lánguidamente bajo la brillante luz del sol, con sus flores como asteriscos púrpuras que crecían en la tierra totalmente seca, como si no la hubiera regado por la mañana.

China alzó la puerta de madera y la abrió. Llevaba las fundas con las cámaras colgadas al hombro y tenía en mente la intención de ir a por la manguera del jardín y arrastrarla hasta allí para remojar las pobres flores. Pero se le olvidó al ver la imagen que la recibió: un hombre en paños menores, tumbado boca abajo en medio de su césped, con la cabeza recostada sobre lo que parecía ser una bola hecha con sus vaqueros y una camiseta amarilla descolorida. No había rastro de los zapatos, y tenía las plantas de los pies negrísimas y tan callosas en los talones que la piel estaba cuarteada. A juzgar por sus tobillos y codos, también parecía ser alguien que evitaba asearse, pero no comer o hacer ejercicio, puesto que era robusto sin llegar a estar gordo. Y tampoco beber, dado que en esos momentos tenía una botella sudorosa de Pellegrino en la mano derecha.

Su Pellegrino, al parecer. El agua que China estaba deseando beberse.

El hombre se dio la vuelta perezosamente y la miró de reojo, aupándose sobre los codos sucios.

– Tu seguridad es un asco, China -dijo, y bebió un trago largo de la botella.

China miró el porche y vio que la puerta mosquitera estaba abierta y la puerta de entrada, de par en par.

– Maldita sea -gritó ella-. ¿Has vuelto a colarte en mi casa?

Su hermano se incorporó y puso la mano a modo de visera sobre los ojos.

– ¿Por qué demonios vas vestida así? Estamos a treinta y dos putos grados y parece que estés en Aspen en enero.

– Y tú parece que estés esperando a que te detengan por exhibicionismo. Por favor, Cherokee, ten un poco de cabeza. En este barrio hay niñas pequeñas. Si pasa alguna por aquí delante y te ve así, a los quince minutos tenemos un coche patrulla en la puerta. -Ella frunció el ceño-. ¿Te has puesto protección?

– No has contestado a mi pregunta -señaló él-. ¿Por qué llevas ropa de cuero? ¿Rebeldía retrasada? -Sonrió-. Si mamá viera esos pantalones, le daría un verdadero…

– La llevo porque me gusta -le interrumpió ella-. Es cómoda. -”Y puedo permitírmela”, pensó. Lo cual era más de la mitad del motivo: tener algo fastuoso e inútil en el sur de California porque quería tenerlo, después de pasar la infancia y la adolescencia revolviendo en los estantes de Goodwill en busca de ropa que a la vez le quedara bien, no fuera del todo horrible y, por el bien de las creencias de su madre, no tuviera ni un milímetro de piel animal.

– Sí, claro. -Su hermano se puso de pie con dificultad cuando pasó a su lado y entró en el porche-. Ropa de cuero en pleno Santa Ana. Comodísimo. Tiene sentido.

– Ésa es mi última botella de Pellegrino. -China dejó las fundas de las cámaras en el suelo justo al cruzar la puerta-. Llevo pensando en bebérmela todo el camino.

– ¿De dónde vienes? -Cuando China se lo dijo, él se rio-. Vaya, ya lo pillo. Haciendo unas fotos para un arquitecto. ¿Forrado y sin nada que hacer? Eso espero. ¿Disponible también? Genial. Bueno, déjame ver qué tal te queda, entonces. -Se llevó la botella de agua a la boca y la examinó mientras bebía. Cuando se sació, le pasó la botella y dijo-: Acábatela. Llevas el pelo horrible. ¿Por qué no dejas de teñírtelo? No es bueno. Y sin duda no es bueno para el nivel freático, con tantas sustancias químicas por el desagüe.

– Como si a ti te importara el nivel freático.

– Tengo mis principios.

– Entre los que no está, obviamente, esperar a que la gente llegue a casa antes de saquearla.

– Tienes suerte de que haya sido yo -dijo él-. Es una estupidez considerable irse y dejar las ventanas abiertas. Las mosquiteras que tienes son una mierda. No me ha hecho falta más que una navaja.

China vio el modo de acceso de su hermano a su casa, puesto que, como era típico de Cherokee, no había hecho nada por ocultar cómo había logrado entrar. Una de las dos ventanas del salón no tenía la vieja mosquitera, que a Cherokee le había resultado bastante fácil quitar porque sólo se sujetaba en su lugar gracias a unos corchetes en el alféizar. Al menos su hermano había tenido la sensatez de entrar por una ventana que no daba a la calle y no quedaba a la vista de los vecinos, cualquiera de los cuales habría llamado encantado a la policía.

China pasó a la cocina, con la botella de Pellegrino en la mano. Echó lo que quedaba del agua mineral en un vaso con una rodaja de lima. La removió, se la bebió y dejó el vaso en la pila, insatisfecha y enfadada.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó a su hermano-. ¿Cómo has venido? ¿Has arreglado el coche?

– ¿Esa chatarra? -Cherokee cruzó el linóleo hasta la nevera, la abrió y echó un vistazo a las bolsas de plástico de fruta y verduras que había dentro. Sacó un pimiento rojo, que llevó a la pila y lavó meticulosamente antes de coger un cuchillo de un cajón y cortar el pimiento por la mitad. Limpió las dos partes y le dio una a China-. Tengo algunos asuntos entre manos, así que no voy a necesitar ningún coche.

China no picó el anzuelo que encerraba ese comentario final. Sabía cómo lanzaba el cebo su hermano. Dejó su mitad del pimiento rojo en la mesa de la cocina, entró en su dormitorio y se cambió de ropa. Con este tiempo, vestir ropa de cuero era como llevar una sauna a cuestas. Le quedaba de miedo, pero era un horno.

– Todo el mundo necesita coche. Espero que no hayas venido con la idea de que te preste el mío -gritó-. Pero si estás aquí por eso, ya te digo ahora que no. Pídeselo a mamá. Coge el suyo. Supongo que aún lo tiene.

– ¿Vas a venir por Acción de Gracias? -le replicó Cherokee.

– ¿Quién quiere saberlo?

– Adivina.

– ¿De repente no le funciona el teléfono?

– Le dije que venía a verte. Me pidió que te lo preguntara. ¿Vendrás o qué?

– Hablaré con Matt. -Colgó los pantalones de cuero en el armario, hizo lo mismo con el chaleco y echó la blusa de seda en el cesto de la ropa sucia. Se puso un vestido hawaiano amplio y cogió las sandalias del estante. Volvió con su hermano.

– ¿Y dónde está Matt? -Cherokee se había terminado su mitad del pimiento y había comenzado con la de ella.

China se lo quitó de la mano y le dio un mordisco. La carne estaba fría y dulce, un modesto calmante para el calor y la sed.

– Fuera -le dijo-. Cherokee, ¿puedes vestirte, por favor?

– ¿Por qué? -Le lanzó una mirada lasciva y sacudió la pelvis hacia ella-. ¿Te estoy excitando?

– No eres mi tipo.

– Fuera, ¿dónde?

– En Nueva York. Por negocios. ¿Vas a vestirte?

Cherokee se encogió de hombros y se fue. Un momento después, China oyó el portazo de la mosquitera cuando su hermano salió a recoger el resto de su ropa. Encontró una botella de agua Calistoga en el armario de los productos de limpieza que olía a humedad y que ella utilizaba de despensa. Al menos era algo con gas, pensó. Cogió hielo y se sirvió un vaso.

– No me has preguntado.

China se dio la vuelta. Cherokee estaba vestido, como le había pedido. Llevaba una camiseta encogida de tantos lavados y vaqueros de talle bajo. Rozaban el linóleo y, mientras miraba a su hermano de arriba abajo, China pensó, no por primera vez, en lo desfasado que estaba. Con esos rizos rojizos demasiado largos, la vestimenta desaliñada, los pies descalzos y su conducta, parecía un refugiado del verano del amor. Lo cual sin duda llenaría de orgullo a su madre, recibiría la aprobación del padre de él y provocaría las risas del padre de ella. Pero a China… En fin, a ella le molestaba. A pesar de su edad y su físico tonificado, Cherokee seguía pareciendo demasiado vulnerable para andar por ahí solo.

– Digo que no me has preguntado.

– ¿Qué?

– Qué tengo entre manos. Por qué no voy a necesitar coche nunca más. He venido haciendo dedo, por cierto. Pero ahora el autoestop es una mierda. No llegué hasta ayer a la hora de comer.

– Razón por la cual necesitas un coche.

– Para lo que tengo en mente no.

– Ya te lo he dicho. No voy a prestarte mi coche. Lo necesito para trabajar. ¿Y por qué no estás en clase? ¿Has vuelto a faltar?

– Lo he dejado. Necesito más tiempo libre para los trabajos. Ha despegado a lo grande. Hazme caso, hoy en día el número de universitarios sin conciencia es alucinante. Si quisiera labrarme una carrera con esto, seguramente podría jubilarme a los cuarenta.

China puso los ojos en blanco. “Los trabajos” eran trabajos trimestrales, exámenes que se hacían en casa, alguna que otra tesina y, hasta la fecha, dos tesis doctorales. Cherokee los redactaba para universitarios que tenían el dinero para pagarle y a quienes les daba pereza hacerlos ellos mismos. Aquello planteaba la pregunta de por qué Cherokee -que nunca había sacado menos de un ocho en algo que hubiera escrito cobrando- no conseguía seguir en la facultad. Había entrado y salido de la Universidad de California tantas veces que la institución prácticamente tenía una puerta giratoria con su nombre arriba. Pero Cherokee tenía una explicación simplista para los excesivos borrones de su carrera universitaria: “Si el sistema de la Universidad de California me pagara por mis trabajos lo que los estudiantes me pagan por los suyos, haría los trabajos”.

– ¿Sabe mamá que has vuelto a dejarlo? -le preguntó a su hermano.

– He roto los lazos.

– Por supuesto. -China no había almorzado y comenzaba a notarlo. Sacó de la nevera los ingredientes para una ensalada y del armario cogió un solo plato, una indirecta sutil que esperaba que su hermano captara.

– Bueno, pregúntame. -Cherokee separó una silla de la mesa de la cocina y se dejó caer en ella. Alargó la mano para coger una de las manzanas que había en una cesta de mimbre teñido en el centro de la mesa y se la acercó a la boca antes de darse cuenta de que era de mentira.

China desenvolvió la lechuga romana y comenzó a arrancar las hojas y colocarlas en el plato.

– ¿Preguntarte qué?

– Ya lo sabes. Estás evitando el tema. Vale. Lo preguntaré por ti. “¿Cuál es el gran plan, Cherokee? ¿Qué tienes entre manos? ¿Por qué no vas a necesitar coche?” Respuesta: porque voy a comprarme un barco. Y el barco me lo va a proporcionar todo. Transporte, ingresos y casa.

– Tú sigue pensando, Butch -murmuró China, más para sí que para él. En muchos sentidos, Cherokee había vivido su vida como un forajido del oeste: siempre había un plan para hacerse rico deprisa, conseguir algo a cambio de nada y pegarse la gran vida.

– No -dijo-. Escucha. Esto no puede fallar. Ya he encontrado el barco. Está en Newport. Es un pesquero. Ahora lleva a la gente fuera del puerto. Un dineral por salida. Pescan atunes.

La mayoría son viajes de día, pero para sacar más pasta, y te estoy hablando de pasta gansa, van hasta Baja. Hay que hacer algunas reformas, pero viviría en el barco mientras lo arreglo. Compraría lo que necesitara a proveedores náuticos, para eso no necesito coche, y llevaré a gente todo el año.

– ¿Qué sabes tú de pesca? ¿Qué sabes tú de barcos? ¿Y de dónde vas a sacar el dinero para empezar? -China partió un trozo de pepino y empezó a cortarlo en rodajas sobre la lechuga. Consideró su pregunta unida a la llegada propicia de su hermano a su puerta y dijo-: Cherokee, ni se te ocurra.

– Eh. ¿Por quién me has tomado? He dicho que tengo algo entre manos, y lo tengo. Vaya, creía que te alegrarías por mí. Ni siquiera le he pedido el dinero a mamá.

– Como si fuera a tenerlo.

– Ella tiene la casa. Podría haberle pedido que la pusiera a mi nombre y venderla y conseguir el dinero de esa forma. Habría dicho que sí. Lo sabes.

Aquello era cierto, pensó China. ¿ Cuándo no había apoyado alguno de los planes de Cherokee? “Es asmático” había sido la excusa cuando era pequeño. A lo largo de los años, simplemente había mutado a “Es un hombre”.

Aquello dejaba a China como única alternativa para conseguir el dinero.

– Tampoco pienses en mí -le dijo-. Lo que tengo es para mí, para Matt y para el futuro.

– Ya. -Cherokee se apartó de la mesa. Fue a la puerta de la cocina y la abrió, apoyó las manos en el marco y miró al patio trasero seco por el sol.

– ¿Ya, qué?

– Olvídalo.

China lavó dos tomates y empezó a cortarlos. Echó una mirada a su hermano y vio que fruncía el ceño y se mordía por dentro el labio inferior. Conocía a Cherokee River como si lo hubiera parido: su cabeza estaba maquinando.

– Tengo dinero ahorrado -dijo él-. No es suficiente, claro, pero tengo la oportunidad de ganar un pastón que me ayudará.

– ¿Y dices que has venido haciendo autoestop hasta aquí para pedirme que contribuya? ¿Te has pasado veinticuatro horas en el arcén de la carretera para hacer una llamada social? ¿Para contarme tus planes? ¿Para preguntarme si voy a ir a casa de mamá en Acción de Gracias? No es un método muy sofisticado, precisamente, ¿sabes? Está el teléfono. El correo electrónico. Los telegramas. Las señales de humo.

Cherokee se dio la vuelta y la observó lavar cuatro champiñones llenos de tierra.

– En realidad -dijo al fin-, tengo dos billetes gratis para ir a Europa y pensé que quizá mi hermana pequeña querría apuntarse. Por eso estoy aquí, para pedirte que me acompañes. No has estado nunca, ¿verdad? Digamos que es un regalo de Navidad anticipado.

China bajó el cuchillo.

– ¿De dónde has sacado dos billetes gratis a Europa?

– Un servicio de mensajería.

Continuó explicándose. Los mensajeros, dijo, transportaban material desde Estados Unidos a puntos de todo el planeta cuando el remitente no confiaba en Correos, Federal Express, UPS o cualquier otra empresa de envíos para hacerlos llegar a su destino a tiempo, con seguridad o sin desperfectos. Los negocios o particulares proporcionaban a un viajero el billete que necesitaba para llegar a su destino, a veces también unos honorarios, y una vez que el paquete estaba en manos del destinatario, el mensajero era libre de disfrutar del destino o seguir viajando desde allí.

En el caso de Cherokee, había visto una oferta en un tablón de anuncios de la Universidad de California, Irvine, de alguien (“Resultó ser un abogado de Tustin”) que buscaba un mensajero para llevar un paquete al Reino Unido a cambio de un pago y dos billetes de avión gratis. Cherokee llamó y lo seleccionaron, con la condición de que vistiera más formal e hiciera algo con su pelo.

– Cinco mil pavos por realizar la entrega -terminó Cherokee alegremente-. ¿No es un buen trato?

– ¿Qué dices? ¿Cinco mil dólares? -Por experiencia, China sabía que las cosas que parecían demasiado buenas para ser ciertas generalmente lo eran-. Espera un momento, Cherokee. ¿Qué hay en el paquete?

– Planos arquitectónicos. Es una de las razones por las que pensé en ti enseguida para el segundo billete. Arquitectura. Es tu campo. -Cherokee regresó a la mesa, esta vez dio la vuelta a la silla y se sentó a horcajadas.

– ¿Y por qué no lleva el arquitecto los planos él mismo? ¿Por qué no los manda por Internet? Existe un programa para hacerlo, y si el destinatario no lo tiene, ¿por qué no manda los planos en un disco?

– ¿Quién sabe? ¿Qué más da? ¿Por cinco mil dólares y un billete gratis? Pueden mandar los planos en un barco de remos si quieren.

China sacudió la cabeza con incredulidad y siguió preparando la ensalada.

– Suena todo muy sospechoso. Ve tú solo.

– Eh. Estamos hablando de Europa. El Big Ben. La torre Eiffel. El puto Coliseo.

– Lo pasarás estupendamente. Si no te detienen en la aduana con heroína.

– Te digo que es completamente legal.

– ¿Cinco mil dólares por llevar un paquete? Me parece que no, Cherokee.

– Vamos, China. Tienes que venir.

Había algo en su voz, un tono que intentaba disfrazarse de inquietud, pero que se acercaba demasiado a la desesperación.

– ¿Qué pasa? -le preguntó China con cautela-. Será mejor que me lo digas.

Cherokee toqueteó la tira de vinilo alrededor de la parte superior del respaldo de la silla.

– El tema es que… tengo que llevar a mi esposa -dijo.

– ¿Qué?

– El mensajero, quiero decir. Los billetes. Son para una pareja. Al principio no lo sabía, pero cuando el abogado me preguntó si estaba casado, vi que quería que contestara que sí, así que lo hice.

– ¿Por qué?

– ¿Qué más da? ¿Cómo iban a enterarse? Tenemos el mismo apellido. No nos parecemos físicamente. Podemos fingir…

– Me refiero a por qué una pareja tiene que llevar el paquete. ¿Una pareja que vista formalmente? ¿Una pareja que haya hecho algo con su pelo? ¿Algo que los haga parecer inofensivos, legales y libres de toda sospecha? ¡Por favor, Cherokee! Piensa un poco. Esto es algún chanchullo de contrabando, y acabarás en la cárcel.

– No seas paranoica. Lo he comprobado. Estamos hablando de un abogado.

– Vaya, eso sí me da confianza. -Decoró la circunferencia de su plato con zanahorias enanas y echó un puñado de pepitas por encima. Roció la ensalada con jugo de limón y llevó el plato a la mesa-. Yo no me apunto. Tendrás que encontrar a otra que haga de señora River.

– No hay nadie más. Y aunque encontrara a alguien pronto, en el billete tiene que poner River y el pasaporte tiene que coincidir con el billete y… Vamos, China. -Parecía un niño pequeño, frustrado porque un plan que le había parecido tan sencillo, tan fácilmente previsto con un viaje a Santa Bárbara, resultaba no serlo. Y eso era típico de Cherokee, tener una idea y estar seguro de que todo el mundo la secundaría.

Sin embargo, China no lo haría. Quería a su hermano. En realidad, pese a que era mayor que ella, China había pasado parte de su adolescencia y la mayor parte de su infancia protegiéndole. Pero a pesar de la devoción que sentía por Cherokee, no iba a facilitarle un plan que podría dar dinero fácil al mismo tiempo que los ponía a los dos en peligro.

– De ningún modo -le dijo-. Olvídalo. Consigue un trabajo. Algún día tendrás que vivir en el mundo real.

– Es lo que intento hacer con esto.

– Entonces, consigue un trabajo normal. Al final tendrás que hacerlo. Podrías empezar ahora.

– Genial. -Cherokee se levantó bruscamente de la silla-. Absolutamente genial, China. Conseguir un trabajo normal. Vivir en el mundo real. Es lo que intento hacer. Tengo una idea para un trabajo y una casa y dinero, todo de golpe, pero al parecer no es lo bastante bueno para ti. Tiene que ser un mundo real y un trabajo que se ajusten a tus condiciones. -Se dirigió hacia la puerta a grandes zancadas y salió al patio.

China le siguió. En el centro del césped sediento había una pila para pájaros, y Cherokee tiró el agua, cogió un cepillo de alambre que había en la base y atacó con furia el cuenco rugoso, fregando la capa de algas. Se dirigió a la casa, donde había una manguera enrollada, abrió el grifo y la arrastró para rellenar la pila para los pájaros.

– Mira -empezó China.

– Olvídalo -dijo-. Te parece una estupidez. Te parezco estúpido.

– ¿He dicho yo eso?

– No quiero vivir como el resto del mundo, trabajar de ocho a cinco para otro y por un sueldo irrisorio, pero tú no lo apruebas. Tú crees que sólo existe una forma de vivir, y si alguien tiene una idea distinta, es una gilipollez, una estupidez, y es probable que acabe en la cárcel.

– ¿A qué viene todo esto?

– Lo que se supone que tengo que hacer, según tú, es trabajar por cuatro duros, ahorrar esos cuatro duros y reunir lo suficiente para casarme con una hipoteca y tener niños y una mujer que quizá será más esposa y madre de lo que lo fue mamá. Pero ése es tu proyecto de vida, ¿vale? No el mío.

Tiró la manguera al suelo, donde el agua borboteó sobre el césped polvoriento.

– Esto no tiene nada que ver con el proyecto de vida de nadie. Es sentido común. Piensa en lo que me estás proponiendo, por el amor de Dios. Piensa en lo que te han propuesto.

– Dinero -dijo él-. Cinco mil dólares. Cinco mil dólares que necesito, maldita sea.

– ¿Para comprarte un barco que no tienes ni idea de tripular? ¿Para llevar a la gente a pescar sabe Dios dónde? Piensa bien las cosas por una vez, ¿vale? Si no lo del barco, al menos esa idea de hacer de mensajero.

– ¿Yo? -Soltó una carcajada-. ¿Que yo debería pensar bien las cosas? Y tú ¿cuándo cono vas a hacerlo?

– ¿Yo? ¿Qué…?

– Es asombroso, de verdad. Tú puedes decirme cómo tengo que vivir mi vida mientras tú vives una farsa continua y ni siquiera lo sabes. Y aquí estoy yo, dándote una oportunidad decente para dejarla atrás por primera vez en ¿qué? ¿Diez años? ¿Más? Y lo único que…

– ¿Qué? ¿Dejar atrás qué?

– … haces es increparme. Porque no te gusta mi forma de vivir. Y tú eres incapaz de ver que tu forma de vivir es peor.

– ¿Qué sabes tú de mi forma de vivir? -China notó su propia ira. Detestaba el modo que tenía su hermano de dar la vuelta a las conversaciones. Si querías hablar con él sobre las decisiones que había tomado o que quería tomar, siempre volvía la atención sobre ti. Y esa atención se convertía siempre en un ataque del que sólo los hábiles podían salir ilesos-. Hace meses que no te veo. Apareces aquí, te cuelas en mi casa, me dices que necesitas mi ayuda para un negocio turbio, y cuando no colaboro como tú esperas, de repente todo es culpa mía. Pero no voy a entrar en ese juego.

– Claro. Tú prefieres entrar en el juego de Matt.

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó China. Pero al oír mencionar a Matt, no pudo evitarlo: sintió que el dedo esquelético del miedo le tocaba la columna.

– Dios santo, China. Crees que soy estúpido. Pero ¿cuándo vas a darte cuenta?

– ¿Darme cuenta de qué? ¿De qué estás hablando?

– De toda esta historia con Matt. Vivir para Matt. Ahorrar tu dinero “para mí y Matt y el futuro”. Es ridículo. No. Es de lo más patético. Estás aquí delante creyendo saberlo todo y ni siquiera te has dado cuenta… -Se contuvo. Pareció como si de repente recordara dónde estaba, con quién estaba y lo que había sucedido antes de que ambos se encontraran donde se encontraban ahora. Se agachó, cogió la manguera, la llevó hacia la casa y cerró el grifo. Volvió a enrollar la manguera en el suelo con demasiada precisión.

China se quedó mirándole. Era como si de repente toda su vida -su pasado y su futuro- quedara arrasada por el fuego. Sabiéndolo y no sabiéndolo a la vez.

– ¿Qué sabes sobre Matt? -le preguntó a su hermano.

Parte de la respuesta ya la conocía. Porque los tres habían sido adolescentes en el mismo barrio cochambroso de una ciudad llamada Orange donde Matt era un surfista; Cherokee, su acólito, y China, una sombra proyectada por los dos. Pero parte de la respuesta no la había sabido nunca porque estaba oculta en las horas y los días en que los dos chicos iban solos a coger olas en Huntington Beach.

– Olvídalo. -Cherokee pasó por delante de ella y entró en la casa.

China le siguió, pero su hermano no se detuvo en la cocina ni en el salón, sino que siguió caminando, abrió la puerta mosquitera y salió al porche combado. Allí se paró, mirando con los ojos entrecerrados la calle seca y luminosa donde el sol se reflejaba en los coches aparcados y una ráfaga de viento hacía rodar las hojas secas sobre el pavimento.

– Será mejor que me digas qué estás insinuando -dijo China-. Has empezado algo. Ya puedes acabarlo.

– Olvídalo -dijo él.

– Has dicho “patético”. Has dicho “ridículo”. Has dicho “juego”.

– Ha sido sin querer -dijo él-. Estaba cabreado.

– Hablas con Matt, ¿no? Aún debes de verle cuando va a visitar a sus padres. ¿Qué sabes, Cherokee? ¿Está…? -China no sabía si podría decirlo, tan reacia era en realidad a saber. Pero estaban las largas ausencias, los viajes a Nueva York, la cancelación de sus planes juntos. Estaba el hecho de que Matt viviera en Los Ángeles cuando no estaba de viaje y todas las veces que estaba en casa pero, aun así, tenía demasiado trabajo para pasar el fin de semana con ella. Se había dicho a sí misma que todo eso no significaba nada, si lo ponía en la balanza con la que valoraba todos los años que llevaban juntos. Pero sus dudas habían aumentado y ahora las tenía delante, pidiéndole que las aceptara o las borrara de su mente-. ¿Tiene Matt otra mujer? -le preguntó a su hermano.

Cherokee suspiró y negó con la cabeza. Pero no pareció tanto una respuesta a su pregunta como una reacción por la pregunta en sí.

– Cincuenta pavos y una tabla de surf -le dijo a su hermana-. Es lo que le pedí. Di una buena garantía al producto: “Sólo sé bueno con ella, colaborará contigo”, le dije. Así que pagó gustoso.

China escuchó las palabras, pero por un momento su mente se negó a asimilarlas. Entonces recordó esa tabla de surf, años atrás: Cherokee llegó a casa gritando que Matt se la había regalado. Y recordó lo que vino después: diecisiete años, nunca había salido con nadie ni mucho menos la habían besado o tocado o el resto, y Matthew Whitecomb -alto y tímido, bueno con la tabla de surf, pero un desastre con las chicas- fue a casa y le preguntó tartamudeando y muerto de vergüenza si quería salir con él, excepto que no era vergüenza, ¿no?, esa primera vez, sino la ilusión nerviosa de recoger lo que había comprado a su hermano.

– ¿Me vend…? -China no pudo acabar la frase.

Cherokee se volvió hacia ella.

– Le gusta follarte, China. Es lo que es. Eso es todo. Fin de la historia.

– No te creo. -Pero tenía la boca seca, más seca de lo que tenía la piel por el calor y el viento procedente del desierto, más seca incluso que la tierra abrasada y agrietada donde las flores se marchitaban y se escondían los gusanos.

Alargó la mano hacia atrás para coger el tirador oxidado de la vieja mosquitera. Entró en la casa. Oyó que su hermano la seguía, arrastrando los pies apesadumbradamente detrás de ella.

– No quería decírtelo -dijo-. Lo siento. Nunca fue mi intención decírtelo.

– Vete -le contestó China-. Largo. Vete.

– Sabes que te estoy diciendo la verdad, ¿no? Lo percibes porque has percibido el resto: que hay algo entre vosotros que no funciona y que hace tiempo que no funciona.

– No sé de qué me hablas -le dijo.

– Sí que lo sabes. Es mejor saber. Ahora ya puedes dejarle. -Se acercó a ella por detrás y le puso la mano en el hombro. Pareció un gesto muy indeciso-. Ven conmigo a Europa, China -le dijo en voz baja-. Será un buen lugar para comenzar a olvidar.

Ella le apartó la mano y se dio la vuelta para mirarle.

– Ni siquiera saldría de esta casa contigo.

5 de diciembre 6:30

Isla de Guernsey, canal de la Mancha

Ruth Brouard se despertó sobresaltada. Pasaba algo raro en la casa. Se quedó tumbada sin moverse y prestó atención a la oscuridad como había aprendido a hacer a lo largo de todos aquellos años, esperando a que el sonido se repitiera para saber si estaba a salvo en su escondite o si tenía que salir huyendo. En ese momento de tensa escucha no podía decir qué era el ruido. Pero no formaba parte de los sonidos nocturnos que estaba acostumbrada a oír -el crujido de la casa, la vibración de una ventana, el ulular del viento, el chillido de una gaviota despertada de su sueño-, así que notó que se le aceleraba el pulso mientras aguzaba el oído y obligaba a sus ojos a discriminar entre los objetos de la habitación, examinándolos todos, comparando su posición en la penumbra con la que tenían de día, cuando ni los fantasmas ni los intrusos osarían alterar la paz de la vieja mansión en la que vivía.

No escuchó nada más, conque atribuyó su repentino despertar a un sueño que no podía recordar. Atribuyó los nervios crispados a la imaginación. A eso y a la medicación que tomaba, el calmante más fuerte que podía darle el médico y que no era la morfina que necesitaba su cuerpo.

Gruñó en la cama al notar un brote de dolor que nació en los hombros y bajó por los brazos. Los médicos, pensó, eran guerreros modernos. Estaban entrenados para luchar contra el enemigo hasta que el último corpúsculo pasara a mejor vida. Estaban programados para hacerlo, y les estaba agradecida por ello. Pero había veces en las que el paciente sabía más que los médicos, y Ruth comprendía que ésta era una de esas veces. Seis meses, pensó. Dentro de dos semanas cumpliría sesenta y seis años, pero no viviría para llegar a los sesenta y siete. El mal había conseguido pasar de los pechos a los huesos, después de darle una tregua de veinte años durante la cual se había vuelto optimista.

Estaba tumbada boca arriba y cambió de posición colocándose de lado, y sus ojos se posaron en los números rojos digitales del despertador de su mesita de noche. Era más tarde de lo que pensaba. La época del año la había engañado por completo. Por la oscuridad, había supuesto que serían las dos o las tres de la madrugada, pero eran las seis y media; habitualmente se levantaba al cabo de una hora.

En la habitación contigua a la suya, oyó un ruido. Pero esta vez no era un sonido fuera de lugar, nacido de un sueño o de su imaginación. Era el movimiento de la madera sobre la madera al abrirse y cerrarse la puerta de un armario y también un cajón de la cómoda. Algo chocó contra el suelo, y Ruth imaginó las deportivas de su hermano cayendo accidentalmente de sus manos con las prisas por calzárselas.

Ya se habría puesto el bañador -ese triángulo insignificante de licra azul celeste que a ella le parecía del todo inadecuado para un hombre de su edad- y ahora ya se habría enfundado el chándal. El único preparativo que faltaba en la habitación eran las deportivas que se pondría para caminar hasta la bahía y que estaría calzándose en ese momento. Ruth lo sabía por el crujido de la mecedora.

Sonrió mientras oía los movimientos de su hermano. Guy era tan predecible como las estaciones. La noche anterior había dicho que por la mañana iría a nadar, así que a nadar iba, como todos los días: atravesaría los jardines para acceder al sendero y, luego, bajaría deprisa a la playa para calentar, solo en la carretera estrecha con curvas pronunciadas que esculpía un túnel serpenteante debajo de los árboles. Era la capacidad de su hermano de ceñirse a sus planes y llevarlos a cabo con éxito lo que Ruth más admiraba de él.

Oyó que la puerta del cuarto de Guy se cerraba. Sabía exactamente qué sucedería ahora: en la oscuridad, su hermano caminaría a tientas hasta el armario de la caldera y cogería una toalla. Esta acción duraría diez segundos, tras lo cual emplearía cinco minutos en localizar las gafas de natación, que el día anterior por la mañana habría guardado en el cajón de los cuchillos o dejado en el revistero de su estudio o metido sin pensar en ese aparador que había en un rincón del salón del desayuno. Con las gafas en su poder, iría a la cocina a prepararse un té y, con él en la mano -porque siempre se lo llevaba para tomárselo después, era su recompensa humeante de té verde y ginkgo por haber logrado meterse, una vez más, en un agua demasiado fría para los mortales corrientes-, saldría de la casa y cruzaría el césped hacia los castaños, detrás de los cuales se encontraba el sendero y, detrás, el muro que definía el límite de su propiedad. Ruth sonrió ante lo previsible que era su hermano. No sólo era lo que más le gustaba de él; también era lo que desde hacía tiempo había conferido una seguridad a su vida que no le correspondía.

Vio cómo cambiaban los números del despertador digital a medida que pasaban los minutos y su hermano llevaba a cabo sus preparativos. Ahora estaría en el armario de la caldera, ahora bajando las escaleras, ahora buscando impaciente esas gafas y maldiciendo los lapsos de memoria cada vez más frecuentes a medida que se acercaba a los setenta. Ahora estaría en la cocina, quizá incluso comiendo a hurtadillas un tentempié antes de ir a nadar.

En el momento en que, según su ritual matutino, Guy salía de la casa, Ruth se levantó de la cama y se echó la bata por encima de los hombros. Se acercó a la ventana descalza y descorrió las pesadas cortinas. Contó hacia atrás a partir de veinte, y cuando llegó al cinco, ahí estaba él, saliendo de la casa, fiable como las horas del día, como el viento de diciembre y la sal que traía consigo del canal de la Mancha.

Llevaba puesto lo de siempre: un gorro rojo de punto calado sobre la frente para taparse las orejas y el cabello grueso y canoso; el chándal de la Marina manchado en los codos, los puños y los muslos con la pintura blanca que había utilizado el verano pasado para el pabellón acristalado; y las deportivas sin calcetines. Aunque no podía verlo, simplemente conocía a su hermano y su forma de vestir. Llevaba su té y una toalla colgada alrededor del cuello. Las gafas, supuso, estarían en un bolsillo.

– Disfruta del baño -dijo contra el cristal helado de la ventana. Y añadió lo que él siempre le decía, lo que su madre había gritado hacía tiempo mientras el pesquero se alejaba del muelle, separándolos de su hogar en la negra noche-: Au revoir et adieu, mes chéris.

Abajo, él hizo lo que hacía siempre. Cruzó el césped y se dirigió hacia los árboles y el sendero que había detrás.

Pero esa mañana, Ruth vio algo más. En cuanto Guy llegó a los olmos, una figura imprecisa apareció de detrás de los árboles y empezó a seguir a su hermano.

Delante de él, Guy Brouard vio que las luces de la casita de los Duffy, una estructura acogedora de piedra que, en parte, estaba construida en el muro que limitaba la finca, ya estaban encendidas. En su día, fue el punto donde se recogía el alquiler de los inquilinos del corsario que había construido Le Reposoir a principios del siglo XVIII y, en la actualidad, la casa de tejado empinado era la residencia de la pareja que ayudaba a Guy y a su hermana a conservar en buen estado la propiedad: Kevin Duffy en los jardines y su mujer, Valerie, en la mansión.

Las luces de la casa indicaban que Valerie estaba levantada preparando el desayuno de Kevin. Era muy típico de ella: Valerie Duffy era una esposa sin parangón.

Guy hacía tiempo que pensaba que, después de crear a Valerie Duffy, se había roto el molde. Era la última de su especie, una esposa del pasado que consideraba un trabajo y un privilegio cuidar a su hombre. Guy sabía que si hubiera tenido una mujer así desde el principio, no habría tenido que dedicarse a explorar las posibilidades que había ahí fuera con la esperanza de encontrarla al fin.

Sus dos esposas habían sido un fastidio. Un hijo con la primera, dos hijos con la segunda, buenas casas, coches bonitos, vacaciones estupendas al sol, niñeras e internados… Daba igual: “Trabajas demasiado. Nunca estás en casa. Quieres más a tu miserable trabajo que a mí”. Variaciones interminables de la misma canción. No era de extrañar que no le hubiera quedado más remedio que huir.

Por debajo de los olmos pelados, Guy siguió el camino en dirección a la carretera. Aún reinaba el silencio; pero al llegar a las verjas de hierro y abrir una, las primeras currucas se despertaron en las zarzas, los endrinos y las hiedras que crecían a lo largo de la estrecha carretera y se aferraban al muro de piedra, lleno de liqúenes, que la bordeaban.

Hacía frío. Era diciembre. ¿Qué podía esperarse? Pero como era temprano, aún no hacía aire, aunque un extraño viento del sureste prometido para más tarde haría imposible bañarse después del mediodía. Aunque era improbable que alguien más aparte de él se bañara en diciembre. Ésa era una de las ventajas de tener una alta tolerancia al frío: tenía el agua para él solo.

Y Guy Brouard lo prefería, puesto que el momento del baño era el momento de pensar y, por lo general, tenía muchas cosas en las que pensar.

Ese día no era distinto. Con el muro de la finca a su derecha y los altos setos de las tierras de labranza de los alrededores a su izquierda, recorrió el sendero bajo la débil luz de la mañana, en dirección a la curva desde donde descendería la ladera empinada hasta la bahía. Pensó en lo que había hecho en su vida en los últimos meses, en parte a propósito y de forma totalmente prevista, en parte como consecuencia de unos acontecimientos que nadie podría haber anticipado. Había engendrado decepción, confusión y traición entre sus socios más íntimos. Y como hacía tiempo que era un hombre que no compartía con nadie sus interioridades, ninguno de ellos había podido comprender -menos aún digerir- que las esperanzas que habían depositado en él estuvieran tan equivocadas, puesto que durante casi una década les había animado a pensar en Guy Brouard como un benefactor permanente, paternal en su forma de preocuparse por su futuro, despilfarrador en el modo como garantizaba que esos futuros estuvieran asegurados. No había sido su intención engañar a nadie. Todo lo contrario, siempre había querido hacer realidad el sueño secreto de todo el mundo.

Pero todo eso había sido antes de lo de Ruth: esa mueca de dolor cuando ella creía que no la miraba y lo que sabía que significaba aquella mueca. No se lo habría imaginado, por supuesto, si ella no hubiera comenzado a escabullirse para ir a citas que ella llamaba “oportunidades para hacer ejercicio, frére” por los acantilados. En Icart Point, decía, encontraba inspiración para un futuro tapiz en los cristales de feldespato de los gneises laminados. Le informó de que, en Jerbourg, los dibujos en los esquistos formaban bandas grises desiguales que podían seguirse y rastrear así la ruta que el tiempo y la naturaleza utilizaban para posar cieno y sedimentos en la piedra antigua. Sacaba esbozos de las aulagas, decía, y describía con sus lápices las armerías marítimas y las collejas en rosa y blanco. Cogía margaritas, las colocaba sobre la superficie irregular de un afloramiento de granito y las dibujaba. Mientras paseaba, arrancaba jacintos silvestres y retama, brezo y aulagas, narcisos silvestres y lirios, dependiendo de la estación y de sus preferencias. Pero las flores nunca llegaban a casa. “Demasiado rato en el asiento del coche, he tenido que tirarlas -afirmaba-. Las flores silvestres no duran cuando las coges.”

Mes tras mes, seguía con la misma canción. Pero Ruth no era de las que paseaban por los acantilados, ni de las que cogían flores o estudiaban geología. Así que todo aquello hizo sospechar a Guy.

Al principio, cometió la estupidez de pensar que por fin su hermana tenía a un hombre en su vida y le daba vergüenza contárselo. Sin embargo, ver su coche en el hospital Princess Elizabeth lo convenció. Eso, junto con las muecas de dolor y las retiradas prolongadas a su habitación, le obligó a darse cuenta de aquello a lo que no quería enfrentarse.

Ella había sido la única constante en su vida desde la noche en que habían partido de la costa de Francia, en un pesquero, ocultos entre las redes, llevando a cabo con éxito una huida demasiado retrasada en el tiempo. Ella había sido la razón de su propia supervivencia; que ella lo necesitara le había espoleado a madurar, a hacer planes y, a la larga, a triunfar.

Pero ¿aquello? No podía hacer nada contra aquello. Para lo que su hermana sufría ahora, no habría ningún pesquero en la noche.

Conque si había traicionado, confundido y decepcionado a los demás, no era nada comparado con perder a Ruth.

Nadar era su alivio matutino a la angustia abrumadora que le provocaban estas consideraciones. Sin su baño diario en la bahía, Guy sabía que pensar en su hermana, por no mencionar la absoluta impotencia que sentía por no poder cambiar lo que le estaba pasando, lo consumiría.

La carretera por la que transitaba era empinada y estrecha, densamente arbolada en el lado este de la isla. La escasez de vientos fuertes procedentes de Francia había permitido desde hacía tiempo que los árboles florecieran en esta zona. En el sendero por el que caminaba Guy, los sicómoros y los castaños, los fresnos y las hayas, formaban un arco esquelético gris cuyo borde se veía de color peltre al amanecer. Los árboles surgían de las laderas escarpadas contenidos por los muros de piedra. En la base de éstos, el agua fluía con entusiasmo de un manantial del interior y chocaba contra las piedras en su carrera hacia el mar.

El camino serpenteaba hacia delante y hacia atrás y pasaba por un molino de agua oscuro y un chalé hotel de inadecuado estilo suizo que estaba cerrado por ser temporada baja. Acababa en un aparcamiento minúsculo, donde había un bar del tamaño del corazón de un misántropo que estaba tapiado y cerrado a cal y canto, y la pasarela de granito que en su día solía permitir a caballos y carros acceder al vraic, el fertilizador de la isla, que estaba resbaladizo por culpa de las algas.

El aire estaba quieto, las gaviotas aún no se habían levantado de sus lugares de descanso nocturno en lo alto de los acantilados. En la bahía, el agua estaba calma, un espejo ceniciento que reflejaba el color del cielo que empezaba a iluminarse. No había olas en este lugar profundamente protegido, sólo un ligero golpeteo en los guijarros, un roce que parecía liberar de las algas los olores penetrantes y contrastados de la vida floreciente y la descomposición.

Cerca del salvavidas que colgaba de un clavo colocado hacía tiempo en la pared del acantilado, Guy dejó la toalla y puso el té sobre una piedra plana. Se quitó las deportivas y los pantalones del chándal. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta para coger las gafas de natación.

Sin embargo, su mano tocó algo más que las gafas. En el bolsillo había un objeto, que sacó y sostuvo en la palma de la mano.

Estaba envuelto en un trozo de tela blanca. Lo abrió y encontró una piedra circular. Estaba agujereada en el centro como si fuera una rueda, porque precisamente se suponía que era una rueda: énne rouelle dé faitot. Una rueda mágica.

Guy sonrió al ver el amuleto, por el recuerdo que le evocaba. La isla era un lugar de folclore. Para los que habían nacido y crecido aquí, que tenían padres y abuelos que habían nacido y crecido aquí, llevar algún que otro talismán contra las brujas y los demonios era algo de lo que se podía hacer burla en público, pero que en privado no se tomaba tan a la ligera. “Deberías llevar uno, ¿sabes? Protegerse es importante, Guy.”

Sin embargo, la piedra -rueda mágica o no- no había bastado en absoluto para protegerle de la única manera que creía estar protegido. A todo el mundo le sucedían cosas inesperadas en su vida, así que no podía decir que le sorprendiera que algo inesperado le hubiera ocurrido a él.

Envolvió de nuevo la piedra en la tela y la guardó en el bolsillo. Después de despojarse de la chaqueta, se quitó el gorro de punto y se colocó las gafas en la cabeza. Emprendió el camino por la playa estrecha y se metió en el agua sin vacilar.

Fue como si le atravesara la hoja de un cuchillo. En pleno verano, las aguas del canal no eran tropicales. En la mañana tenebrosa del invierno apremiante, eran heladas, peligrosas e imponentes.

Pero no pensó en eso, sino que avanzó con decisión y, en cuanto tuvo la profundidad suficiente para que fuera seguro hacerlo, se impulsó desde el fondo y comenzó a nadar. Esquivó los bancos de algas en el agua, moviéndose deprisa.

Salió unos cien metros, hasta el afloramiento de granito con forma de sapo que marcaba el punto en el que la bahía se encontraba con el canal de la Mancha. Se detuvo ahí, justo en el ojo del sapo, una acumulación de guano recogido en un hueco poco profundo de la roca. Regresó a la playa y comenzó a dar patadas en el agua, la mejor forma que conocía de mantenerse en forma para la próxima temporada de esquí en Austria. Como de costumbre, se quitó las gafas para aclararse la vista unos minutos. Desde la distancia inspeccionó despreocupadamente los acantilados y el denso follaje que los cubría. De esta forma, su mirada se desplazó hacia abajo en un viaje irregular por las rocas hasta la playa.

Perdió la cuenta de las patadas.

Había alguien. Vio una figura en la playa, oculta en gran parte entre las sombras, pero no cabía duda de que le observaba.

Estaba a un lado de la pasarela de granito, llevaba ropa oscura con algo blanco en el cuello, que sería lo que le había llamado la atención. Mientras Guy entrecerraba los ojos para enfocar mejor la figura, ésta se apartó del granito y avanzó por la playa.

No había duda de adonde iba. La figura se dirigió hacia su ropa tirada en el suelo y se arrodilló para coger algo: la chaqueta o los pantalones, era difícil saberlo desde la distancia.

Sin embargo, Guy imaginaba qué buscaba la figura y soltó un taco. Se dio cuenta de que tendría que haber vaciado los bolsillos antes de salir de casa. Ningún ladrón común, por supuesto, estaría interesado en la pequeña piedra agujereada que Guy Brouard llevaba consigo normalmente. Pero para empezar, ningún ladrón común habría previsto jamás encontrar las pertenencias de un nadador, descuidadas en la playa tan temprano una mañana de diciembre. Quienquiera que fuera sabía que Guy estaba nadando en la bahía. Quienquiera que fuera buscaba la piedra o hurgaba entre su ropa como estratagema concebida para hacer que Guy volviera a la orilla.

“Bueno, maldita sea”, pensó. Éste era su momento de soledad. No tenía la menor intención de enfrentarse con nadie. Lo único que le importaba ahora era su hermana y cómo iba a vivir sus últimos días.

Se puso a nadar otra vez. Cruzó el ancho de la bahía dos veces. Cuando finalmente volvió a mirar hacia la playa, le alegró ver que quienquiera que hubiera invadido su paz se había marchado.

Nadó hacia la orilla y llegó sin resuello, habiendo cubierto casi dos veces la distancia que normalmente nadaba por las mañanas. Salió tambaleándose y se apresuró a coger la toalla; tenía todo el cuerpo en carne de gallina.

El té prometía un alivio rápido al frío y se sirvió una taza del termo. Estaba fuerte y amargo y, sobre todo, caliente, y se lo bebió todo antes de quitarse el traje de baño y servirse otra. Ésta se la bebió más lentamente mientras se secaba con la toalla, frotándose con energía la piel para devolver algo de calor a sus extremidades. Se puso los pantalones y cogió la chaqueta. Se la echó sobre los hombros mientras se sentaba en una roca para secarse los pies. Sólo después de atarse las deportivas metió la mano en el bolsillo. La piedra seguía allí.

Se quedó pensando en aquello. Pensó en lo que había visto desde el agua. Estiró el cuello y examinó el acantilado que tenía detrás. No se apreciaba ningún movimiento anormal.

Se preguntó entonces si estaba equivocado respecto a lo que había supuesto que había aparecido en la playa. Quizá no había sido una persona real, sino una manifestación de algo que tenía lugar en su conciencia. La culpa hecha carne, por ejemplo.

Sacó la piedra. La desenvolvió una vez más y con el pulgar recorrió las iniciales talladas en ella.

“Todo el mundo necesita protección”, pensó. Lo difícil era saber de quién o de qué.

Apuró el té y se sirvió otra taza. Quedaba menos de una hora para que el sol saliera completamente. Esa mañana, esperaría justo ahí a que amaneciera.

Capítulo 1

15 de diciembre 23:15

Londres

Se podía hablar del tiempo. Ese tema era una bendición. Una semana lloviendo sin que parara apenas durante más de una hora era algo digno de comentar, incluso para las pautas del gris mes de diciembre. Si se añadía este dato a las precipitaciones del mes anterior, el hecho de que la mayor parte de Somerset, Dorset, East Anglia, Kent y Norfolk estuviera bajo el agua -por no mencionar tres cuartas partes de las ciudades de York, Shrewsbury e Ipswich- hacía que evitar un análisis de la inauguración de una exposición de fotografías en blanco y negro en una galería del Soho fuera prácticamente obligatorio. No se podía sacar la cuestión del reducido grupo de amigos y parientes que habían compuesto el escaso número de asistentes a la inauguración cuando fuera de Londres la gente había perdido su casa, miles de animales eran desplazados y las propiedades habían quedado destruidas. No pensar en el desastre natural parecía del todo inhumano.

Al menos, eso era lo que Simón Saint James no dejaba de repetirse.

Reconocía la falacia inherente a esa forma de pensar. Sin embargo, se empeñaba en pensarlo. Oía cómo el viento hacía vibrar los cristales de las ventanas, y se aferró al sonido como un nadador que se ahoga y encuentra su salvación en un tronco medio sumergido.

– ¿Por qué no esperáis a que amaine la tormenta? -le pidió a sus invitados-. Es muy peligroso conducir ahora.

Percibió la gravedad en su voz. Esperaba que lo atribuyeran a que se preocupaba por su bienestar y no a la absoluta cobardía que en realidad era. Daba igual que Thomas Lynley y su mujer vivieran a tres kilómetros al noreste de Chelsea. Nadie debería salir con ese aguacero.

Sin embargo, Lynley y Helen ya se habían puesto los abrigos. Estaban a tres pasos de la puerta de Saint James. Lynley tenía su paraguas negro en la mano, y su estado -seco- hablaba del largo rato que habían pasado junto al fuego en el estudio de la planta baja con Saint James y su mujer. Al mismo tiempo, el aspecto de Helen -atormentado a las once de la noche por lo que en su caso sólo podían llamarse eufemística-mente “náuseas matutinas” en su segundo mes de embarazo- sugería que su marcha era inminente, lloviera o no. Aun así, pensó Saint James, la esperanza era lo último que se perdía.

– Ni siquiera hemos hablado aún del juicio Fleming -le dijo a Lynley, que había sido el policía de Scotland Yard encargado de investigar ese asesinato-. La fiscalía lo ha tramitado bastante deprisa. Debes de estar satisfecho.

– Simón, para ya -dijo Helen Lynley en voz baja. Suavizó sus palabras con una sonrisa cariñosa-. No puedes evitar las cosas indefinidamente. Habla con ella. No es propio de ti escaquearte.

Por desgracia, era muy típico de él, y si la mujer de Saint James hubiera oído el comentario de Helen Lynley, habría sido la primera en afirmarlo. Las corrientes ocultas de la vida con Deborah eran peligrosas. Por lo general, Saint James las eludía, como si fuera un barquero inexperto en un río desconocido.

Miró detrás de él hacia el estudio. La luz de la chimenea y las velas proporcionaban la única iluminación de la estancia. Se dio cuenta de que tendría que haber pensando en alumbrar la sala. Si bien la luz podría haberse considerado romántica en otras circunstancias, en éstas parecía de lo más fúnebre.

“Pero no hay cadáver -se recordó-. Esto no es una muerte, tan sólo una decepción.”

Su mujer había trabajado en las fotografías durante casi doce meses antes de que llegara esa noche. Había acumulado una buena selección de retratos tomados por todo Londres: desde pescaderos que posaban a las cinco de la mañana en Billingsgate hasta borrachos adinerados que se tambaleaban en una discoteca de Mayfair a medianoche. Había capturado la diversidad cultural, étnica, social y económica de la capital, y Deborah había albergado la esperanza de que su inauguración en una galería pequeña pero distinguida de Little Newport Street congregaría a los asistentes suficientes para cosechar una mención en una de las publicaciones que caía en las manos de coleccionistas en busca de nuevos artistas cuyo trabajo podrían decidirse a comprar. Sólo quería plantar la semilla de su nombre en la mente de la gente, había dicho. No esperaba vender demasiadas obras al principio.

Lo que no tuvo en cuenta fue el espantoso tiempo de finales de otoño-principios de invierno. La lluvia de noviembre no le preocupaba demasiado. Por lo general, el tiempo era malo en esa época del año. Pero a medida que se transformaba inexorablemente en el chaparrón incesante de diciembre, había comenzado a expresar sus dudas. ¿Quizá debiera cancelar la exposición hasta la primavera? ¿Hasta verano, incluso, cuando la gente salía hasta tarde?

Saint James le había aconsejado mantener los planes. El mal tiempo, le dijo, no duraría hasta mediados de diciembre. Hacía semanas que no paraba de llover y, estadísticamente hablando al menos, no podía durar mucho más.

Pero eso era exactamente lo que había sucedido, día tras día, noche tras noche, hasta que los parques de la ciudad comenzaron a parecer pantanos y el musgo empezó a crecer en las grietas de las aceras. Los árboles se desprendían de la tierra saturada, y los sótanos de las casas cercanas al río estaban convirtiéndose rápidamente en piscinas infantiles portátiles.

Si no hubiera sido por los hermanos de Saint James -quienes acudieron todos con sus cónyuges, parejas y niños a la zaga-, así como por su madre, los únicos asistentes a la fiesta de la exposición habrían sido el padre de Deborah, un puñado de amigos personales cuya lealtad parecía superar su prudencia y cinco desconocidos. Este segundo grupo recibió muchas miradas esperanzadas hasta que se hizo obvio que tres de ellos sólo querían resguardarse de la lluvia, mientras que los otros dos buscaban escapar de la cola que esperaba mesa en Mr. Kong's.

Saint James había intentado poner buena cara por su mujer, igual que el propietario de la galería, un tipo llamado Hobart, que hablaba inglés del estuario como si la letra “t” no existiera en su alfabeto.

– No te preocupes, Deborah, cielo -dijo Hobart-. La exposición estará un mes y es buena, querida. ¡Fíjate en cuántas has vendido ya!

A lo que Deborah había respondido con esa sinceridad típica en ella:

– Y mire cuántos parientes de mi marido han venido, señor Hobart. Si hubiera tenido más de tres hermanos, las habríamos vendido todas.

Aquello era verdad. La familia de Saint James se había mostrado generosa y los había apoyado. Pero que ellos compraran sus fotografías no significaba para Deborah lo mismo que si las hubiera comprado un desconocido. “Siento que las han comprado porque les he dado lástima”, le había confiado desesperada mientras regresaban a casa en el taxi.

En buena parte, ésa era la razón por la que Saint James agradecía tanto la compañía de Thomas Lynley y su mujer en esos momentos. Al final, tendría que representar el papel de defensor del talento de su mujer tras el desastre de aquella noche, y todavía no se sentía preparado para ello. Sabía que Deborah no se creería ni una palabra de lo que le dijera, por mucho que él se creyera sus afirmaciones. Como tantos artistas, buscaba cierta forma de aprobación externa a su talento. Él no era una persona de fuera, así que no serviría. Ni tampoco su padre, que le había dado una palmadita en el hombro y le había dicho filosóficamente: “No se puede controlar el tiempo, Deb”, antes de irse a la cama. Pero Lynley y Helen sí estaban cualificados. Así que cuando por fin sacara el tema de Little Newport Street con Deborah, Saint James quería que estuvieran presentes.

Sin embargo, no sería así. Veía que Helen estaba muerta de cansancio y que Thomas Lynley estaba decidido a llevar a su mujer a casa.

– Tened cuidado, entonces -les dijo Saint James.

– Coragio, fanfarrón, monstruo -dijo Lynley con una sonrisa.

Saint James los observó mientras recorrían Cheyne Row bajo la lluvia en dirección a su coche. Cuando llegaron sin novedad, cerró la puerta y se preparó para la conversación que le esperaba en el estudio.

Aparte del breve comentario que Deborah le había hecho al señor Hobart en la galería, su esposa había plantado cara admirablemente a la situación hasta que volvieron en taxi a casa. Había hablado con sus amigos, saludado a sus parientes políticos con exclamaciones de deleite y llevado a su antiguo mentor fotográfico Mel Doxson de fotografía en fotografía para escuchar sus elogios y recibir una crítica inteligente de su obra. Sólo alguien que la conociera desde siempre -como el propio Saint James- habría sido capaz de ver la expresión apagada de desánimo en sus ojos y habría percibido, a partir de sus miradas rápidas a la puerta, hasta qué punto había cifrado sus esperanzas tontamente en la aprobación de unos desconocidos cuya opinión no le habría importado un pimiento en otras circunstancias.

Encontró a Deborah donde la había dejado antes de acompañar a los Lynley a la puerta: estaba delante de la pared en la que Saint James siempre tenía una selección de las fotografías de su mujer. Estaba examinando las que había allí colgadas, con las manos juntas detrás de la espalda.

– He tirado un año de mi vida -anunció-. Podría haberme dedicado a un trabajo normal, ganado dinero por una vez. Podría haber hecho fotos de bodas o algo así. De bailes de debutantes. Bautizos. Bar mitzvahs. Fiestas de cumpleaños. Retratos ególatras de hombres de mediana edad y sus esposas trofeo. ¿Qué más?

– ¿Turistas con recortables de cartón de la familia real? -aventuró-. Seguramente habrías ganado unos miles de libras si te hubieras instalado delante del palacio de Buckingham.

– Hablo en serio, Simón -dijo ella, y por el tono de su voz supo que con comentarios frivolos no iban a superar el momento ni tampoco le haría ver que la decepción de una única noche de exposición era en realidad un revés momentáneo.

Saint James se puso a su lado frente a la pared y contempló sus fotografías. Deborah siempre le dejaba elegir sus preferidas de cada serie que hacía, y este grupo en particular eran de las mejores, en su opinión no instruida: siete estudios en blanco y negro de un amanecer en Bermondsey, donde los comerciantes que vendían de todo, desde antigüedades a artículos robados, colocaban sus mercancías. Le gustaba la atemporalidad de las escenas que había captado, el ambiente de un Londres que nunca cambiaba. Le gustaban las caras y la forma en que estaban iluminadas por las farolas y deformadas por las sombras. Le gustaba la esperanza que transmitía una, la astucia de otra, el recelo, el cansancio y la paciencia del resto. Pensó que su mujer tenía algo más que talento con la cámara. Pensó que tenía un don que sólo muy pocos poseían.

– Todo aquel que quiera intentarlo en este tipo de carrera empieza desde abajo -le dijo-. Nombra al fotógrafo que más admires y nombrarás a alguien que comenzó de ayudante de alguien, un tipo que llevaba los focos y los objetivos para alguien que en su día hizo lo mismo. Sería estupendo que en este mundo el éxito dependiera de hacer fotografías excelentes y sentarse a recoger elogios después, pero las cosas no funcionan así.

– No quiero elogios. La cuestión no es ésa.

– Crees que has patinado. ¿Un año y cuántas fotografías después…?

– Diez mil trescientas veintidós. Más o menos.

– Y has acabado donde empezaste, ¿no?

– No estoy más cerca de nada. No he avanzado ni un paso. No sé si algo de esto…, de esta clase de vida…, vale siquiera la pena.

– Entonces estás diciendo que la mera experiencia no te basta. Te estás diciendo a ti, y a mí, y no es que yo lo crea, ¿vale?, que el trabajo sólo cuenta si produce el resultado que has decidido que querías.

– No es eso.

– ¿Pues qué es?

– Necesito creer, Simón.

– ¿En qué?

– No puedo jugar un año más a esto. Quiero ser más que la mujer de Simón Saint James que se las da de artista bohemia con su peto y sus botas militares, cargando con sus cámaras por Londres para pasar el rato. Quiero contribuir a nuestra vida. Y no puedo hacerlo si no creo.

– ¿No deberías empezar por creer en el proceso, entonces? Si te fijaras en todos los fotógrafos cuya carrera has estudiado, ¿no verías a alguien que comenzó…?

– ¡No me refiero a eso! -Se dio la vuelta para mirarle-. No necesito aprender a creer que se empieza desde abajo y se llega arriba con trabajo. No soy tan tonta para creer que inauguro una exposición una noche y a la mañana siguiente la National Portrait Gallery va a pedirme muestras de mi obra. No soy estúpida, Simón.

– No insinúo que lo seas. Sólo intento señalar que el fracaso de un único día de exposición de tus fotografías (que, por lo que sabes, no será un fracaso en absoluto, por cierto) no es una medida de nada. Es sólo una experiencia, Deborah, ni más ni menos. Es la forma de interpretar la experiencia lo que te trae problemas.

– ¿Se supone entonces que no tenemos que interpretar nuestras experiencias? ¿Se supone que debemos tenerlas y seguir adelante? ¿Quien arriesga no gana nada? ¿Es eso lo que quieres decir?

– Sabes que no. Te estás disgustando. Lo que no va a valer-nos a ninguno de los dos…

– ¿Que me estoy disgustando? Ya estoy disgustada. Me he pasado meses en la calle, meses en el cuarto oscuro. Me he gastado una fortuna en material. No puedo seguir con esto sin creer que tiene un sentido.

– ¿Definido por qué? ¿Por las ventas? ¿Por el éxito? ¿Por un artículo en la revista del Sunday Times?

– ¡No! Claro que no. La cuestión no es ésa y lo sabes. -Lo empujó al pasar a su lado, llorando-. ¿Por qué me molesto? -V se habría marchado de la estancia, habría subido corriendo las escaleras y habría dejado a Saint James sin comprender mejor el carácter de los demonios a los que se enfrentaba periódicamente. Siempre les pasaba lo mismo: la naturaleza apasionada e impredecible de Deborah contra el carácter flemático de él. La salvaje divergencia en la manera que tenía cada uno de ver el mundo era una de las cualidades que hacían que formaran tan buena pareja. Por desgracia, también era una de las cualidades que hacían que no la formaran.

– Pues dímelo -dijo Saint James-. Deborah, dímelo.

Se detuvo en la puerta. Parecía Medea, llena de ira e intención, con el pelo largo salpicado de lluvia sobre los hombros y los ojos color metal encendido.

– Necesito creer en mí -dijo sencillamente. Sonaba como si le desesperara el mero esfuerzo de hablar, y con aquello Saint James comprendió hasta qué punto detestaba Deborah que no hubiera logrado comprenderla.

– Pero tienes que saber que tu obra es buena -le dijo-. ¿ Cómo podrías ir a Bermondsey y captarlo de esta forma -señaló la pared- y no saber que tu trabajo es bueno? Más que bueno. Dios santo, es increíble.

– Porque saberlo tiene lugar aquí -contestó. Ahora su voz sonó apagada, y su pose, tan rígida hacía un momento, se relajó de forma que pareció hundirse delante de él. Se señaló la cabeza al pronunciar la palabra “aquí” y puso la mano debajo del pecho izquierdo al añadir-: Pero creerlo tiene lugar aquí. De momento, aún no he sido capaz de salvar la distancia que hay entre los dos. Y si no puedo hacer eso… ¿Cómo puedo superar lo que debo superar y hacer algo que me demuestre a mí misma que valgo?

Ahí estaba, pensó Simón. Deborah no añadió el resto, y él la bendijo por no hacerlo. Demostrarse que valía como mujer a través de la maternidad era algo que se le había negado a su esposa. Estaba buscando algo que definiera quién era.

– Cariño… -dijo Saint James, pero no tenía más palabras. Sin embargo, ésta parecía encerrar más bondad de la que Deborah podía soportar, porque el metal de sus ojos se transformó en líquido al instante, y levantó una mano para impedirle que cruzara la habitación para consolarla.

– Siempre -dijo-, pase lo que pase, oigo esa voz en mi interior susurrándome que me estoy engañando.

– ¿No es ésa la maldición de todos los artistas? ¿Los que triunfan no son aquellos capaces de apartar sus dudas?

– No he encontrado la manera de no escucharla. Juegas a ser fotógrafa, me dice. Sólo finges. Estás perdiendo el tiempo.

– ¿Cómo puedes pensar que te estás engañando cuando haces fotos como éstas?

– Tú eres mi marido -replicó ella-. ¿Qué vas a decir?

Saint James sabía que no había forma de discutirle aquella observación. Como marido suyo, quería que fuera feliz. Los dos sabían que, aparte de su padre, sería la última persona que pronunciaría una palabra para destruirla. Se sentía derrotado, y ella debió de verlo en su cara, porque dijo:

– ¿No era la hora de la verdad? Tú mismo lo has visto. No ha venido casi nadie.

Otra vez eso.

– Ha sido por el tiempo.

– A mí me parece que ha sido más que el tiempo.

Lo que parecía y lo que no parecía era una dirección inútil de seguir, tan amorfa e infundada como la lógica de un idiota.

– Bueno, ¿qué resultado esperabas? -dijo el siempre científico Saint James-. ¿Qué habría sido razonable para tu primera exposición en Londres?

Ella consideró la pregunta, pasando los dedos por la jamba de la puerta como si pudiera leer en ella la respuesta en braille.

– No lo sé -admitió al fin-. Creo que me asusta demasiado saberlo.

– ¿Qué te asusta demasiado?

– Veo que se han frustrado mis expectativas. Sé que aunque sea la próxima Annie Leibovitz, me llevará tiempo demostrarlo. Pero ¿y si todo lo demás sobre mí también es como mis expectativas? ¿Y si todo lo demás también se frustra?

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo: ¿Y si me están tomando el pelo? Es lo que he estado preguntándome toda la noche. ¿Y si la gente me está siguiendo la corriente? Mi familia. Mis amigos. El señor Hobart. ¿Y si aceptan mis fotografías por pena? “Muy bonitas, señora, sí, y las colgaremos en la galería, no nos vendrán mal en el mes de diciembre, cuando nadie piensa en visitar exposiciones de arte en medio de la vorágine de compras de Navidad; y además, necesitamos colgar algo en las paredes durante un mes y nadie más está dispuesto a exponer.” ¿Y si es lo que ha pasado?

– Eso es insultar a todo el mundo. A la familia, los amigos. A todo el mundo, Deborah. Y a mí también.

Entonces brotaron las lágrimas que había estado conteniendo. Se llevó un puño a la boca como si fuera plenamente consciente de lo infantil que había sido la reacción a su decepción. Sin embargo, Saint James lo sabía, Deborah no podía evitarlo. Al fin y al cabo, ella sencillamente era quien era.

“Es una niña tremendamente sensible, ¿verdad, cielo?”, observó una vez su madre, y su expresión sugería que estar cerca de la emoción de Deborah era similar a exponerse a la tuberculosis.

– Verás, lo necesito -le dijo Deborah-. Y si no voy a tenerlo, quiero saberlo, porque necesito algo. ¿Lo entiendes?

Saint James cruzó la habitación hacia ella y la abrazó, sabiendo que aquello por lo que lloraba sólo estaba relacionado remotamente con su deprimente noche en Little Newport Street. Quería decirle que nada de aquello importaba, pero no iba a mentir. Quería liberarla de su lucha, pero él también tenía la suya. Quería hacer que su vida en común fuera más fácil para los dos, pero carecía del poder. Así que atrajo su cabeza hacia su hombro.

– A mí no tienes que demostrarme nada -dijo entre su cabello mullido de color cobrizo.

– Ojalá fuera tan fácil como saber eso -fue su respuesta.

Simón empezó a decir que era tan fácil como hacer que todos los días contaran en lugar de hacer proyectos sobre un futuro que ninguno de los dos conocía. Pero sólo alcanzó a coger aire porque el timbre de la puerta sonó larga y ruidosamente, como si alguien se hubiera caído encima.

Deborah se apartó de él, secándose las mejillas mientras miraba hacia la puerta.

– Tommy y Helen deben de haber olvidado… ¿Se han dejado algo? -Miró a su alrededor.

– No lo creo.

Volvieron a llamar, lo que despertó de su sueño al perro de la familia. Mientras se acercaban a la entrada, Peach subió disparada las escaleras de la cocina, ladrando como el cazador de tejones escandaloso que era. Deborah cogió en brazos al teckel escurridizo.

Saint James abrió la puerta.

– ¿Habéis decidido…? -dijo, pero interrumpió sus palabras cuando no vio ni a Thomas Lynley ni a su mujer.

En su lugar, había un hombre con chaqueta oscura -el pelo abundante apelmazado por la lluvia y los vaqueros azules empapados contra la piel- apoyado entre las sombras en el pasamano de hierro del extremo más alejado de la entrada. Tenía los ojos entrecerrados por la luz y le dijo a Saint James:

– ¿Eres…? -Y no añadió más al mirar dentro, donde estaba Deborah, con el perro en sus brazos, justo detrás de su marido-. Gracias a Dios -dijo-. Debo de haber dado mil vueltas. He cogido el metro en Victoria, pero me he equivocado de dirección y no me he dado cuenta hasta que… Después se me ha mojado el mapa. Después ha salido volando. Después he perdido la dirección. Pero ahora, gracias a Dios…

Con estas palabras, avanzó plenamente hacia la luz y sólo dijo:

– Debs. Es un milagro, joder. Empezaba a pensar que no iba a encontrarte nunca.

“Debs.” Deborah dio un paso adelante, apenas osaba creerlo. La época y el lugar volvieron a ella rápidamente, igual que la gente de aquella época y aquel lugar. Dejó a Peach en el suelo y se puso al lado de su marido en la puerta para mirar mejor.

– ¡Simón! Señor. No me creo… -Pero en lugar de terminar el pensamiento, decidió ver por sí misma lo que parecía suficientemente real, por muy inesperado que fuera. Alargó el brazo hacia el hombre del umbral y lo hizo pasar adentro-. ¿Cherokee? -dijo. Su primer pensamiento fue cómo podía ser que el hermano de su vieja amiga estuviera en su puerta. Luego, al ver que era verdad, que realmente estaba allí, exclamó-: Dios mío, Simón. Es Cherokee River.

Simón parecía desconcertado. Cerró la puerta mientras Peach se acercaba al visitante y olisqueaba sus zapatos. Cuando al parecer no le gustó lo que descubrió allí, se apartó de él y empezó a ladrar.

– Calla, Peach -dijo Deborah-. Es un amigo.

– ¿Quién…? -dijo Simón al oír aquella observación, mientras cogía a la perra y la tranquilizaba.

– Cherokee River -repitió Deborah-. Eres Cherokee, ¿verdad? -le preguntó al hombre. Porque aunque estaba prácticamente segura de que lo era, habían pasado casi seis años desde la última vez que lo había visto, e incluso durante la época en que se conocieron, sólo habían coincidido media docena de veces. No esperó a que le respondiera y dijo-: Pasa al estudio. Tenemos encendida la chimenea. Cielos, estás empapado. ¿Eso de la cabeza es un corte? ¿Qué haces aquí? -Lo llevó a la otomana frente al fuego e insistió en que se quitara la chaqueta. En su momento, debió de absorber el agua, pero ese momento había pasado ya y ahora las gotas caían al suelo. Deborah la dejó frente a la chimenea, y Peach fue a investigar.

– ¿Cherokee River? -dijo Simón pensativamente.

– El hermano de China -respondió Deborah.

Simón miró al hombre, que había comenzado a tiritar.

– ¿De California?

– Sí. China. De Santa Bárbara. Cherokee, ¿qué diablos…? Ven. Siéntate. Siéntate junto al fuego. Simón, ¿hay alguna manta…? ¿Una toalla…?

– Voy a buscar.

– ¡Date prisa! -gritó Deborah, porque, desprovisto de su chaqueta, Cherokee había comenzado a temblar como si estuviera al borde de las convulsiones. Tenía la piel tan blanca que estaba azulada y se había mordido el labio, de donde empezaba a brotarle sangre sobre la barbilla. Además, tenía un corte muy feo en la sien, que Deborah examinó, diciendo-: Hay que ponerte una tirita. ¿Qué te ha pasado, Cherokee? ¿No te habrán atracado? -Y luego-: No. No contestes. Deja que antes te dé algo para que entres en calor.

Se dirigió rápidamente al viejo minibar, debajo de la ventana que daba a Cheyne Row. Allí, sirvió un vaso grande de brandi, se lo llevó a Cherokee y se lo puso en las manos.

Cherokee se acercó el vaso a la boca, pero le temblaban tanto las manos que repiqueteó contra sus dientes y se echó la mayor parte del brandi por encima de la camiseta negra, que estaba mojada como el resto de él.

– Mierda -dijo-. Lo siento, Debs. -Su voz, su estado o la bebida derramada parecieron desconcertar a Peach, porque la perrita dejó de olisquear la chaqueta empapada de Cherokee y comenzó a ladrarle.

Deborah calmó a la teckel, que no se tranquilizó hasta que lo sacó de la estancia y lo llevó a la cocina.

– Cree que es una dóberman -dijo Deborah irónicamente-. Nadie tiene los tobillos a salvo cuando está ella.

Cherokee se rio entre dientes. Entonces, un escalofrío tremendo se apoderó de su cuerpo y el brandi que sostenía chapoteó en el vaso. Deborah se sentó junto a él en la otomana y le pasó el brazo por los hombros.

– Lo siento -repitió él-. Estoy histérico.

– No te disculpes. Por favor.

– He estado caminando bajo la lluvia. Me he golpeado con una rama cerca del río. Creía que había dejado de sangrar.

– Bébete el brandi -dijo Deborah. Le alivió oír que Cherokee no se había metido en algún lío en la calle-. Luego te miraré la cabeza.

– ¿Es grave?

– Sólo es un corte. Pero necesitas que te lo miren. Ven. -Tenía un clínex en el bolsillo y lo utilizó para secar la sangre-. Menuda sorpresa nos has dado. ¿Qué haces en Londres?

La puerta del estudio se abrió y Simón regresó. Traía una toalla y una manta. Deborah las cogió, echó una sobre los hombros de Cherokee y utilizó la otra para secarle el pelo. Lo llevaba más corto que en la época que Deborah había vivido con su hermana en Santa Bárbara. Pero seguía teniéndolo rizadísimo, muy distinto del de China, igual que su cara, que era sensual, de párpados caídos y labios carnosos por los que las mujeres pagan a los cirujanos enormes sumas de dinero. Había heredado todos los genes del atractivo, decía a menudo China River de su hermano, mientras que ella parecía una asceta del siglo IV.

– Te he llamado. -Cherokee agarraba con fuerza la manta-. Las nueve, serían. China me dio tu dirección y tu teléfono. No pensé que fuera a necesitarlos, pero el vuelo se retrasó por culpa del tiempo. Y cuando por fin la tormenta ha dado una tregua, ya era demasiado tarde para ir a la embajada. Así que te he llamado, pero no había nadie.

– ¿La embajada? -Simón cogió el vaso de Cherokee y le sirvió más brandi-. ¿Qué ha pasado exactamente?

Cherokee cogió la bebida y dio las gracias asintiendo con la cabeza. Tenía el pulso más firme. Se bebió la copa de un trago, pero empezó a toser.

– Tienes que quitarte esa ropa -dijo Deborah-. Imagino que un baño te sentará bien. Voy a preparártelo, y mientras estés en remojo, meteremos tus cosas en la secadora. ¿De acuerdo?

– No. No puedo. Es… Dios mío, ¿qué hora es?

– No te preocupes por la hora. Simón, ¿le acompañas a la habitación de invitados y le ayudas con la ropa? Y no discutas, Cherokee. No es ningún problema.

Deborah subió las escaleras en primer lugar. Mientras su marido iba a buscar algo seco para que el hombre se lo pusiera cuando acabara, ella abrió los grifos de la bañera. Le dejó preparadas unas toallas y, cuando Cherokee entró -envuelto en una vieja bata de Simón y con un pijama de Simón colgado del brazo-, le limpió el corte de la cabeza. El hombre se estremeció al notar el alcohol que Deborah frotó suavemente en su piel. Ella le sostuvo la cabeza con mayor firmeza y le dijo:

– Aprieta los dientes.

– ¿No das algo para morder?

– Sólo cuando opero. Esto no cuenta. -Tiró el algodón y cogió una tirita-. Cherokee, ¿de dónde vienes? De Los Angeles no. Porque no llevas… ¿Llevas equipaje?

– De Guernsey -dijo-. Vengo de Guernsey. He salido esta mañana. Pensaba que podría ocuparme de todo y volver esta noche, así que no he cogido nada del hotel. Pero he acabado pasando la mayor parte del día en el aeropuerto, esperando a que el tiempo mejorara.

Deborah se centró en una sola palabra.

– ¿Todo? -Tapó el corte con una tirita.

– ¿Qué?

– Has dicho ocuparte de todo. ¿Qué es todo?

Cherokee apartó la mirada. Fue tan sólo un momento, pero duró el tiempo suficiente para que Deborah se inquietara. Le había dicho que su hermana le había dado su dirección de Cheyne Row, y Deborah había supuesto que se la había dado antes de salir de Estados Unidos, uno de esos gestos que una persona tiene con otra cuando se menciona de pasada un futuro viaje. “¿Te vas de vacaciones y pasarás por Londres? Ah, pues llama a unos buenos amigos míos que viven allí.” Sólo que cuando pensó bien en ello, Deborah tuvo que admitir lo improbable que era aquella situación, dado que no había tenido ningún contacto con la hermana de Cherokee en los últimos cinco años. Entonces pensó que si él no se había metido en ningún lío pero había venido apresuradamente de Guernsey a Londres con su dirección y el propósito expreso de ir a la embajada de Estados Unidos…

– Cherokee, ¿le ha pasado algo a China? -le preguntó-. ¿Por eso estás aquí?

El hombre volvió a mirarla. Su cara estaba triste.

– La han detenido -dijo.

– No le he preguntado nada más.

Deborah encontró a su marido en la cocina del sótano, donde, profético como siempre, Simón ya había puesto a calentar una sopa. También estaba tostando pan, y la mesa llena de marcas de la cocina donde el padre de Deborah había preparado miles de comidas a lo largo de los años estaba preparada para uno.

– He pensado que después de bañarse… Me ha parecido mejor dejar que se recuperara un poco. Es decir, antes de que nos cuente… Si quiere contárnoslo…

Deborah frunció el ceño, pasando la uña del pulgar por el borde de la encimera donde había una astilla de madera que notó como un pinchazo en su conciencia. Intentó decirse que no tenía motivo alguno para sentirlo, que en la vida las amistades iban y venían y que las cosas eran así. Pero había sido ella la que había dejado de contestar las cartas que llegaban del otro lado del Atlántico. Porque China River había formado parte de la vida que Deborah había deseado olvidar con todas sus fuerzas.

Simón le lanzó una mirada desde los fogones, donde removía una sopa de tomate con una cuchara de madera. Pareció interpretar que su reticencia a hablar se debía a que estaba preocupada, porque dijo:

– Podría tratarse de algo relativamente inocente.

– ¿Cómo diablos puede ser inocente una detención?

– Que no sea algo relevante, quiero decir. Un accidente de tráfico. Un malentendido en un Boots que parezca un hurto. Algo así.

– No va a ir a la embajada por un hurto, Simón. Y ella no va robando por las tiendas.

– ¿Cuánto la conoces?

– La conozco bien -dijo Deborah. Sintió la necesidad de repetirlo con virulencia-. Conozco a China River perfectamente bien.

– ¿Y su hermano? ¿Cherokee? ¿Qué diantre de nombre es ése?

– El que le pusieron cuando nació, supongo.

– ¿Sus padres eran de la época de Sergeant Pepper?

– Sí. La madre era una radical…, una especie de jipi… No. Espera. Era ecologista. Eso es. Eso fue antes, antes de que yo la conociera. Se sentaba en los árboles.

Simón le lanzó una mirada llena de ironía.

– Para impedir que los talaran -dijo Deborah simplemente-. Y el padre de Cherokee, tienen padres diferentes, también era ecologista. ¿No se…? -Se quedó pensando, intentando recordar-. Creo que se ató a las vías del tren… ¿en el desierto?

– Imagino que también para protegerlas. Sabido es que están en peligro de extinción.

Deborah sonrió. La tostada saltó. Peach salió corriendo de su cesta con la esperanza de que el pan cayera mientras Deborah lo cortaba en rectángulos.

– A Cherokee no lo conozco tan bien. No como a China. Pasé algunas vacaciones con la familia de China cuando viví en Santa Bárbara, así que lo conozco de eso. De estar con su familia. Nochebuena. Nochevieja. Días de fiesta. íbamos… ¿Dónde vivía su madre? Era un pueblo con nombre de color…

– ¿De color?

– Rojo, verde, amarillo. Sí, era Orange. Vivía en un lugar llamado Orange. Cocinaba pavo con tofu en vacaciones, judías negras, arroz integral, pastel de algas, cosas horribles. Intentábamos comérnoslas y luego nos inventábamos una excusa para salir con el coche y buscar un restaurante que estuviera abierto. Cherokee conocía sitios para comer muy discutibles, pero siempre económicos.

– Es encomiable.

– Así que lo veía en esas ocasiones. ¿Diez veces en total? Una vez vino a Santa Bárbara y se quedó algunas noches en nuestro sofá. Por aquel entonces, él y China tenían una especie de relación de amor-odio. Él es mayor, pero nunca actuaba como tal, lo que a ella le exasperaba. Así que tendía a sobre-protegerle, lo cual le exasperaba a él. Su madre…, bueno, no era una madre madre, ya me entiendes.

– ¿Demasiado ocupada con los árboles?

– Con todo tipo de cosas. Estaba pero no estaba. Así que se estableció un…, bueno, una especie de vínculo entre China y yo. Otro vínculo, quiero decir. Más allá de la fotografía. Y otras cosas. Por el tema de no tener madre.

Simón bajó el fuego de la sopa, se apoyó en la cocina y miró a su mujer.

– Fueron unos años difíciles -dijo en voz baja.

– Sí. Bueno. -Parpadeó y le ofreció una rápida sonrisa-. Todos hemos logrado superarlos, ¿no?

– Sí, lo hemos logrado -reconoció Simón.

Peach levantó el hocico después de olisquear el suelo, con la cabeza levantada y las orejas expectantes. En el alféizar de la ventana que había sobre el fregadero, Alaska, la gran gata gris -que había estado examinando con indolencia las gotas alargadas de lluvia en el cristal-, se levantó y se estiró, con los ojos clavados en las escaleras del sótano que descendían justo al lado del viejo aparador en el que a menudo la gata pasaba los días. Un momento después, la puerta de arriba crujió y la perra ladró una vez. Alaska bajó del alféizar de la ventana y desapareció en la despensa para conciliar el sueño.

– ¿Debs? -la llamó la voz de Cherokee.

– Aquí abajo -contestó Deborah-. Te hemos preparado sopa y tostadas.

Cherokee se reunió con ellos. Tenía mucho mejor aspecto. Era unos tres o cuatro centímetros más bajo que Simón y más atlético, pero el pijama y la bata le quedaban bien y los temblores habían desaparecido. Sin embargo, iba descalzo.

– Tendría que haber pensado en darte unas zapatillas -dijo Deborah.

– Estoy bien -dijo Cherokee-. Te has portado genial. Gracias, a los dos. Debéis de haber alucinado, al verme aparecer así. Os agradezco el recibimiento. -Hizo un gesto con la cabeza hacia Simón, quien llevó el cazo de la sopa a la mesa y sirvió un poco en un tazón.

– Hoy es un día especial, debo decírtelo -dijo Deborah-. Simón ha abierto un cartón de sopa. Normalmente sólo abre latas.

– Muchas gracias -observó Simón.

Cherokee sonrió, pero parecía exhausto, como si funcionara con los últimos vestigios de energía en un día terrible.

– Tómate la sopa -dijo Deborah-. Te quedarás a dormir, por cierto.

– No. No puedo pediros…

– No seas tonto. Tu ropa está en la secadora y estará lista dentro de un rato, pero no pensarás salir otra vez a la calle a buscar un hotel a estas horas.

– Deborah tiene razón -reconoció Simón-. Tenemos mucho sitio. Eres más que bienvenido.

Pese al cansancio, la cara de Cherokee reflejaba alivio y gratitud.

– Gracias. Me siento… -Meneó la cabeza-. Me siento como un niño pequeño. ¿Sabéis cómo se ponen? Se pierden en el supermercado, salvo que no saben que se han perdido hasta que levantan la vista de lo que estén haciendo, leer un cómic o lo que sea, y ven que mamá ha desaparecido y entonces se vuelven locos. Así me siento. Así me he sentido.

– Bueno, ahora ya estás a salvo -le tranquilizó Deborah.

– Cuando llamé, no quise dejar un mensaje en el contestador -dijo Cherokee-. Habría sido muy deprimente para vosotros llegar a casa y encontraros eso. Así que he intentado encontrar la dirección. Me he confundido en la línea amarilla del metro y he acabado en Tower Hill antes de ver qué diablos había hecho mal.

– Qué horror -murmuró Deborah.

– Mala suerte -dijo Simón.

Entonces, se hizo un silencio entre ellos, roto sólo por la lluvia. Chocaba contra las piedras por fuera de la puerta de la cocina y se deslizaba formando riachuelos incesantes por la ventana. Eran tres personas -y una perra esperanzada- en una cocina a medianoche. Pero no estaban solas. La pregunta también estaba allí. Estaba agazapada entre ellos como un ser palpable, echando un aliento fétido que no podía obviarse. Ni Deborah ni su marido la formularon. Pero tal como fueron las cosas, no les hizo falta.

Cherokee hundió la cuchara en el tazón. Se la llevó a los labios, pero la bajó despacio sin probar la sopa. Se quedó mirando el líquido un instante antes de levantar la cabeza y mirar a Deborah y después a su marido.

– Esto es lo que ha pasado -dijo.

Él era el responsable de todo, les dijo. Para empezar, si no fuera por él, China no habría ido a Guernsey. Pero él necesitaba dinero, y cuando le ofrecieron llevar un paquete de California al canal de la Mancha, pagarle por ello y proporcionarle los billetes de avión… En fin, le pareció demasiado bueno para ser verdad.

Le pidió a China que le acompañara porque había dos billetes de avión y el trato era que tenían que llevar el paquete un hombre y una mujer. Pensó: ¿Por qué no? ¿Y por qué no pedírselo a China? Nunca iba a ninguna parte. Ni siquiera había salido nunca de California.

Tuvo que convencerla. Le costó unos días, pero acababa de romper con Matt -¿recordaba Debs al novio de China, el cineasta con el que llevaba saliendo toda la vida?- y decidió que quería unas vacaciones. Así que le llamó y le dijo que quería ir y él lo arregló todo. Llevaron el paquete desde Tustin, al sur de Los Ángeles, de donde procedía, hasta un lugar en Guernsey, a las afueras de Saint Peter Port.

– ¿Qué había en el paquete? -Deborah imaginó una redada por drogas en el aeropuerto, con perros gruñendo y China y Cherokee retrocediendo contra la pared como zorros que buscan refugio.

Nada ilegal, le dijo Cherokee. Lo contrataron para llevar unos planos arquitectónicos de Tustin a la isla del Canal. Y el abogado que le había contratado…

– ¿Un abogado? -preguntó Simón-. ¿No el arquitecto?

No. A Cherokee lo contrató un abogado, lo que a China le había parecido sospechoso, más incluso que el que le pagaran por llevar un paquete a Europa, además de que le proporcionaran los billetes de avión. Así que China insistió en abrir el paquete antes de acceder a llevarlo a donde fuera, y eso hicieron.

Se trataba de un tubo de envío grande, y si China temía que contuviera drogas, armas, explosivos o cualquier otra mercancía de contrabando que habría provocado que los dos acabaran esposados, sus temores se disiparon en cuanto lo abrieron. Dentro había los planos arquitectónicos que se suponía que tenían que estar, con lo cual se quedó tranquila. Él también, tuvo que admitir Cherokee. Las preocupaciones de China le habían inquietado.

Así que fueron a Guernsey a entregar los planos, con la intención de desplazarse de allí a París y seguir luego hasta Roma. No sería un viaje largo: ninguno de los dos podía permitírselo, conque sólo iban a quedarse dos días en cada ciudad.

Pero en Guernsey sus planes cambiaron inesperadamente. Creían que realizarían un intercambio rápido en el aeropuerto: papeleo por el pago prometido y…

– ¿De qué clase de pago hablamos? -preguntó Simón.

Cinco mil dólares, les dijo Cherokee. Ante sus caras de incredulidad, se apresuró a decir que sí, que era una cantidad escandalosa y que ésa era la razón principal por la que China había insistido en abrir el paquete, porque ¿quién diablos daría a alguien dos billetes gratis a Europa y cinco mil dólares sólo por llevar algo desde Los Ángeles? Pero resultó que todo aquel asunto consistía en hacer cosas escandalosas con el dinero. El hombre que quería los planos arquitectónicos era más rico que Howard Hughes y, evidentemente, se pasaba el día haciendo cosas escandalosas con el dinero.

Sin embargo, en el aeropuerto no los recibió alguien con un cheque o un maletín lleno de dinero ni nada remotamente parecido a lo que esperaban, sino un hombre casi mudo llamado Kevin No-sé-qué que los condujo precipitadamente a una furgoneta y los llevó a una finca muy chula a unos kilómetros de allí.

China se puso histérica con este giro de los acontecimientos, que había que reconocer que era desconcertante. Allí estaban, encerrados en un coche con un absoluto desconocido que no les dirigió ni quince palabras. Era muy extraño. Pero al mismo tiempo, era como una aventura y Cherokee, por su parte, estaba intrigado.

Resultó que su destino era una mansión formidable situada en una propiedad de sabe Dios cuántas hectáreas. La construcción era antigua -y estaba totalmente restaurada-, y China activó el modo fotográfico desde el momento en que la vio. Tenía delante un reportaje del Architectural Digest esperando a que lo capturara.

China decidió en ese mismo momento que quería sacar fotografías. No sólo de la casa, sino de la propia finca, en la que había de todo, desde estanques de patos a cosas prehistóricas. China sabía que se le había presentado una oportunidad que quizá nunca volvería a tener y, a pesar de que sacar las fotografías no era garantía de nada, estaba dispuesta a invertir el tiempo, el dinero y el esfuerzo necesarios porque el lugar era sensacional.

A Cherokee le pareció bien. China pensó que le llevaría sólo un par de días y él tendría tiempo de explorar la isla. La única cuestión era si el propietario aprobaría la idea. A algunas personas no les gusta que su casa salga en las revistas. Demasiada inspiración para los ladrones.

Su anfitrión resultó ser un hombre llamado Guy -pronunciado “gui”- Brouard, a quien le encantó la idea. Insistió en que Cherokee y China pasaran la noche allí o se quedaran unos días o lo que hiciera falta para sacar buenas fotografías. “Mi hermana y yo vivimos aquí solos -les dijo-, y tener visitas siempre nos divierte.”

Resultó que el hijo del hombre también estaba allí, y al principio Cherokee pensó que tal vez Guy Brouard albergara la esperanza de que China y su hijo se gustaran. Pero el hijo era de los que desaparecían y sólo lo veían en las comidas porque no era muy sociable. Sin embargo, la hermana era simpática, igual que Brouard. Así que Cherokee y China se sintieron como en casa.

Por su parte, China conectó mucho con Guy. Compartían un interés común por la arquitectura: ella, porque fotografiar edificios era su trabajo; él, porque tenía planeado construir uno en la isla. Incluso la llevó a ver el solar y le enseñó algunas de las construcciones de relevancia histórica de la isla. China debería fotografiar todo Guernsey, le dijo él. Debería hacer todo un libro de fotografías, no bastaba con un reportaje en una revista. Pese a ser un lugar tan pequeño, su riqueza histórica era enorme y todas las sociedades que habían vivido allí habían dejado su impronta en forma de construcciones.

Para su cuarta y última noche con los Brouard, hacía tiempo que estaba programada una fiesta. Era una fiesta de tiros largos a la que al parecer estaban invitados miles de personas. Ni China ni Cherokee supieron qué se celebraba, hasta medianoche, cuando Guy Brouard reunió a todo el mundo y anunció que al fin había elegido el proyecto para su edificio, que resultó ser un museo. Redobles de tambor, entusiasmo, botellas de champán descorchándose y fuegos artificiales tras anunciar al arquitecto cuyos planos Cherokee y China habían traído de California. Sacaron un caballete con una acuarela del lugar, y los invitados exclamaron embelesados, extasiados, y siguieron bebiendo el champán de los Brouard hasta las tres de la mañana más o menos.

Al día siguiente, ni Cherokee ni su hermana se sorprendieron cuando no encontraron a nadie despierto. Fueron a la cocina sobre las ocho y media y buscaron hasta dar con los cereales, el café y la leche. Supusieron que no pasaría nada por prepararse el desayuno mientras los Brouard dormían la borrachera de la noche anterior. Comieron, llamaron a un taxi y se marcharon al aeropuerto. No volvieron a ver a nadie de la finca.

Volaron a París y pasaron dos días visitando los monumentos que sólo habían visto en foto. Habían decidido hacer lo mismo en Roma; pero al pasar por la aduana del aeropuerto Da Vinci, la Interpol los paró.

La policía los facturó de nuevo a Guernsey, donde los buscaban, les dijeron, para interrogarles. Cuando preguntaron: “¿Interrogarnos por qué?”, lo único que les dijeron fue que por un grave incidente se requería su presencia en la isla de inmediato.

Resultó que donde se requería su presencia era en la comisaría de policía de Saint Peter Port. Los retuvieron en celdas separadas, solos: a Cherokee, durante veinticuatro horas bastante malas, y a China, durante tres días de pesadilla que desembocaron en una comparecencia ante el juez y un traslado a la cárcel, donde ahora estaba en prisión preventiva.

– ¿Por qué? -Deborah alargó la mano por la mesa para coger la mano de Cherokee-. ¿De qué acusan a China?

– De asesinato -contestó con voz apagada-. Es de locos. Acusan a China de matar a Guy Brouard.

Capítulo 2

Deborah retiró las colchas de la cama y ahuecó las almohadas. Se dio cuenta de que pocas veces se había sentido tan inútil. China estaba en una celda en Guernsey y ella andaba de aquí para allá en la habitación de invitados, corriendo cortinas y ahuecando almohadas -por el amor de Dios- porque no sabía qué más hacer. En parte quería coger el próximo avión a las islas del canal. En parte quería zambullirse en el corazón de Cherokee y hacer algo para calmar su angustia. En parte quería redactar listas, concebir planes, dar instrucciones y llevar a cabo acciones inmediatas que permitieran a los River saber que no estaban solos en el mundo. Y en parte quería que otra persona se encargara de todo eso porque no se sentía a la altura de las circunstancias. Así que ahuecaba almohadas inútilmente y preparaba la cama.

Entonces, dirigiéndose al hermano de China, que estaba incómodamente de pie junto al chifonier, le dijo:

– Si necesitas algo durante la noche, estamos en el piso de abajo.

Cherokee asintió. Parecía taciturno y muy solo.

– Ella no lo hizo -dijo-. ¿Te imaginas a China haciendo daño a una mosca?

– Por supuesto que no.

– Hablamos de una persona que me hacía sacar las arañas de su cuarto cuando éramos pequeños. Se subía a la cama chillando porque había visto una en la pared y yo entraba y me deshacía de ella y, luego, me gritaba: “¡No le hagas daño! ¡No le hagas daño!”.

– A mí también me lo hacía.

– Dios santo, me hubiera olvidado del tema, si no le hubiese pedido que me acompañara. Tengo que hacer algo y no sé qué.

Retorció con los dedos el cinturón de la bata de Simón. Deborah recordó que China siempre pareció la mayor de los dos. “Cherokee, ¿qué voy a hacer contigo? -le preguntaba-. ¿Cuándo vas a madurar?”

“Ahora mismo”, pensó Deborah. Las circunstancias exigían una madurez que no estaba segura de que Cherokee tuviera.

– Ponte a dormir -le dijo porque no sabía qué otra cosa decirle-. Mañana afrontaremos con mejor ánimo el problema. -Y le dejó.

Estaba acongojada. China River había sido su mejor amiga durante los días más difíciles de su vida. Le debía mucho, pero se lo había recompensado poco. Que China estuviera ahora en un lío y que se encontrara sola… Deborah comprendía muy bien la angustia que sentía Cherokee por su hermana.

Encontró a Simón en el dormitorio, sentado en la silla de respaldo recto que utilizaba cuando se quitaba el aparato ortopédico de la pierna por la noche. Estaba retirando las tiras de velero, con los pantalones bajados hasta los tobillos y las muletas en el suelo junto a la silla.

Parecía un niño; en general siempre lo parecía en esta postura vulnerable, y Deborah siempre necesitaba toda su fuerza de voluntad para no acudir en su ayuda cuando veía a su marido así. Para ella, su discapacidad era la gran fuerza que los igualaba. Ella la odiaba porque sabía que él la odiaba, pero había aceptado hacía tiempo que el accidente que lo había dejado cojo a los veinte años también había hecho posible que Simón estuviera a su alcance. Si no hubiera ocurrido, él se habría casado cuando Deborah era una adolescente y se habría alejado de ella. El ingreso en el hospital, la subsiguiente convalecencia y los aciagos años de depresión que siguieron lo habían impedido.

Sin embargo, a Simón no le gustaba que lo vieran en su torpeza. Así que Deborah se acercó a la cómoda, donde fingió quitarse las joyas que llevaba mientras esperaba el sonido del aparato ortopédico contra el suelo. Cuando lo oyó, seguido del gruñido que Simón profirió al levantarse, se dio la vuelta.

Tenía las muletas encajadas alrededor de las muñecas y la miraba con cariño.

– Gracias -le dijo.

– Lo siento. ¿Siempre he sido tan obvia?

– No. Siempre has sido muy amable. Pero creo que no te lo he agradecido nunca como corresponde. Es lo que pasa con un matrimonio demasiado feliz: se descuida al ser amado.

– Entonces, ¿me descuidas?

– No intencionadamente. -Ladeó la cabeza y se quedó mirándola-. Francamente, no me das la oportunidad. -Cruzó la habitación hacia ella, y ella le pasó los brazos por la cintura. Simón la besó con ternura y luego la besó largamente, acercándola hacia él con un brazo, hasta que Deborah sintió nacer en ambos el deseo.

Entonces, le miró.

– Me alegro de que aún provoques eso en mí. Pero aún me alegra más provocártelo yo a ti.

Simón le tocó la mejilla.

– Hum. Sí. Sin embargo, considerando la situación, seguramente no sea el momento…

– ¿Para qué?

– Para explorar algunas variantes interesantes de eso de lo que hablabas.

– Ah. -Deborah sonrió-. Eso. Bueno, quizá sí sea el momento, Simón. Quizá lo que aprendemos todos los días es lo deprisa que cambia la vida. Todo aquello que es importante puede desaparecer en un instante. Conque sí es el momento.

– ¿De explorar…?

– Sólo si vamos a explorar juntos.

Y fue lo que hicieron bajo el resplandor de una única lámpara que bruñía sus cuerpos de oro, oscurecía los ojos azul grisáceos de Simón y daba un color carmesí a los lugares pálidos donde latía su sangre caliente que, de lo contrario, habrían permanecido ocultos. Después, se quedaron tumbados sobre la colcha revuelta, que no se habían molestado en retirar de la cama. La ropa de Deborah estaba esparcida por el suelo donde su marido la había tirado, y a Simón le colgaba la camisa de un brazo como si de una fulana indolente se tratara.

– Me alegro de que no te hubieras acostado -dijo ella con la cabeza apoyada en su pecho-. Pensé que estarías dormido. No me ha parecido correcto colocarle en la habitación de invitados y no quedarme un rato. Pero parecías tan cansado en la cocina que he pensado que quizá habías decidido ponerte a dormir. Pero me alegra que no lo hayas hecho. Gracias, Simón.

Él le acarició el pelo como de costumbre, introduciendo la mano en la abundante cabellera hasta que los dedos tocaron su cabeza. Jugueteó cariñosamente con ellos en su cuero cabelludo, y ella sintió que se relajaba.

– ¿Está bien? -preguntó Simón-. ¿Hay alguien a quien podamos llamar, por si acaso?

– ¿Por si acaso qué?

– Por si acaso mañana no consigue lo que quiere de la embajada. Imagino que ya se habrán puesto en contacto con la policía de Guernsey. Si no han mandado que alguien allí… -Deborah notó que su marido se encogía de hombros-. Es muy probable que no tengan intención de hacer nada más.

Deborah levantó la cabeza de su pecho.

– No creerás que China cometió ese asesinato, ¿verdad?

– Claro que no. -Él la estrechó nuevamente entre sus brazos-. Sólo digo que está en manos de un cuerpo de policía extranjero. Habrá protocolos y procedimientos que seguir, y puede ser que la embajada no se implique más. Cherokee tiene que prepararse para eso. Puede que, llegado el momento, también necesite el apoyo de alguien. De hecho, es probable que para eso haya venido.

Simón dijo esto último más bajo. Deborah levantó la cabeza para mirarle otra vez.

– ¿Qué?

– Nada.

– Hay algo más, Simón. Lo noto en tu voz.

– Sólo eso. ¿Eres la única persona que conoce en Londres?

– Seguramente.

– Entiendo.

– ¿Entiendes?

– Pues entonces puede ser que te necesite, Deborah.

– ¿Y te molesta que así sea?

– No me molesta. No. Pero ¿no tienen familia?

– Sólo está la madre.

– La que se sentaba en los árboles. Bueno, quizá sería prudente llamarla. ¿Y el padre? ¿Dijiste que el padre de China no es el mismo que el de Cherokee?

Deborah se estremeció.

– El de ella está en la cárcel, cariño. Al menos es donde estaba cuando vivíamos juntas. -Y cuando vio la preocupación en el rostro de Simón, que decía: “De tal palo, tal astilla”, añadió-: No fue nada serio. Quiero decir que no mató a nadie. China nunca hablaba mucho de él, pero sé que fue por un asunto de drogas. ¿Un laboratorio ilegal en algún lugar? Creo que fue eso. Pero no es que trapicheara con heroína en la calle.

– Bueno, es un consuelo.

– Ella no es como él, Simón.

Simón refunfuñó, lo que ella interpretó como una aprobación vacilante. Entonces, se quedaron tumbados en silencio, contentos el uno con el otro, Deborah con la cabeza sobre su pecho y Simón con los dedos una vez más en su pelo.

Deborah quería a su marido de un modo distinto en momentos como éste. Se sentía más su igual. La sensación procedía no sólo de su conversación tranquila, sino también -y quizá eso era más importante para ella- de lo que había precedido a su conversación. Porque el hecho de que su cuerpo pudiera darle tal placer siempre parecía equilibrar la balanza entre ellos, y poder ser testigo de ese placer le permitía incluso sentirse momentáneamente superior a su marido. Por eso, hacía tiempo que su propio placer era secundario al de él, un hecho que Deborah sabía que horrorizaría a las mujeres liberadas del mundo. Pero así eran las cosas.

– He reaccionado mal esta noche -murmuró al fin-. Lo siento, cariño. Te he hecho pasar un mal rato.

Simón no tuvo ningún problema para entenderla.

– Las expectativas destruyen nuestra tranquilidad, ¿verdad? Son decepciones futuras, planeadas por adelantado.

– Sí que lo tenía todo planeado. Un montón de gente con copas de champán en la mano, anonadada delante de mis fotos. “Dios mío, es un genio”, se decían unos a otros. “La idea de utilizar una Polaroid… ¿Sabías que podían ser en blanco y negro? Y el tamaño que tienen… Cielos, tengo que comprar una ya. No. Espera, tengo que comprar diez como mínimo.”

– ”Quedarían ideales en el nuevo piso de Canary Wharf.”

– ”Por no mencionar la casita de Cotswolds.”

– ”Y el chalé cerca de Bath.”

Se rieron juntos. Entonces, se quedaron callados. Deborah cambió de posición para mirar a su marido.

– Aún duele -reconoció-. No tanto. Apenas duele. Pero un poquito sí. Sigue ahí.

– Sí -dijo él-. No existe una panacea rápida para la frustración. Todos queremos lo que queremos. Y no conseguirlo no significa que dejemos de quererlo. Yo lo sé. Créeme. Lo sé.

Ella apartó la mirada deprisa, al darse cuenta de que lo que estaba reconociendo recorría una distancia mucho mayor que la que comprendía el breve viaje a la decepción de aquella noche. Le agradecía que la comprendiera, que siempre la comprendiera por muy fríos, lógicos, racionales e incisivos que fueran los comentarios que hacía sobre su vida. Las lágrimas le dolían en los ojos, pero no iba a permitir que las viera. Quería darle el regalo momentáneo de la aceptación tranquila de la injusticia. Cuando logró reemplazar el dolor con lo que esperaba que sonara como determinación, se volvió hacia él.

– Voy a poner mis pensamientos en orden, como corresponde -le dijo-. Puede que emprenda una dirección totalmente nueva.

Simón la observaba con su gesto habitual, esa mirada fija que por lo general incomodaba a los abogados cuando testificaba en un juicio y que siempre provocaba que sus alumnos universitarios tartamudearan desesperados. Pero para ella la mirada estaba suavizada por sus labios, que dibujaron una sonrisa, y por sus manos, que volvieron a acariciarla.

– Estupendo -le dijo mientras la acercaba hacia él-. Me gustaría hacerte un par de sugerencias ahora mismo.

Deborah se levantó antes de que amaneciera. Tardó horas en dormirse y cuando por fin lo logró, dio vueltas en la cama por culpa de una serie de sueños incomprensibles. Se vio de nuevo en Santa Bárbara, no como era entonces -una joven estudiante en el Instituto Brooks de Fotografía-, sino como una persona completamente distinta: una especie de conductora de ambulancias cuya responsabilidad no sólo era recoger un corazón humano extraído recientemente, sino también recogerlo en un hospital que no lograba encontrar. Sin su entrega, el paciente -que por algún motivo no se encontraba en un quirófano sino en el taller de una gasolinera, detrás de la cual habían vivido China y ella- moriría en una hora, en especial porque ya le habían extraído el corazón, por lo que tenía un agujero enorme en el pecho. O quizá era el corazón de ella y no el de él. Deborah no podía distinguirlo por la forma parcialmente envuelta que se levantaba en el taller en un elevador hidráulico.

En su sueño, conducía desesperada e infructuosamente por las calles flanqueadas de palmeras. No recordaba nada de Santa Bárbara, y nadie la ayudaba con las indicaciones. Cuando se despertó, vio que había tirado las colchas y que estaba tan sudada que, de hecho, tenía temblores. Miró la hora, se levantó de la cama y entró en el lavabo sin hacer ruido, donde se dio un baño para librarse de lo peor de la pesadilla. Cuando regresó al dormitorio, vio que Simón estaba despierto. Este dijo su nombre en la oscuridad y luego le preguntó:

– ¿Qué hora es? ¿Qué haces?

– He tenido unos sueños horribles -dijo ella.

– ¿No eran coleccionistas de arte que blandían talonarios?

– Por desgracia no. Eran coleccionistas de arte que blandían fotos de Annie Leibovitz.

– Ah. Bien. Podría haber sido peor.

– ¿En serio? ¿Cómo?

– Podrían haber sido de Karsch.

Ella se rio y le dijo que volviera a dormirse. Aún era temprano, demasiado para que papá estuviera levantado, y ella no iba a estar subiendo y bajando escaleras para llevarle el té de la mañana como hacía su padre.

– Papá te malcría, por cierto -informó a su marido.

– Lo considero sólo un pago menor por haberte apartado de su lado.

Deborah oyó el frufrú de las sábanas cuando Simón cambió de posición en la cama. Su marido suspiró profundamente, agradecido de poder seguir durmiendo. Ella le dejó.

Se preparó una taza de té abajo en la cocina, donde Peach miró hacia arriba desde su cesta situada junto a los fogones y Alaska salió de la despensa, donde, por su aspecto nevado, era indudable que había pasado la noche encima de un saco de harina abierto. Los dos animales se acercaron por las baldosas rojas a Deborah, quien estaba frente al escurridero situado debajo de la ventana del sótano mientras esperaba a que se calentara el agua en el hervidor eléctrico. Escuchó la lluvia que seguía cayendo sobre las piedras por fuera de la puerta trasera. Tan sólo había dado una breve tregua durante la noche, hacia las tres, mientras ella escuchaba no sólo el viento y las ráfagas de lluvia que chocaban contra la ventana, sino también el comité reunido en su cabeza que le aconsejaba estridentemente qué hacer: con el día, con su vida, con su carrera y, por encima de todo, con y por Cherokee River.

Miró a Peach mientras Alaska empezaba a pasearse significativamente por entre sus piernas. La perra odiaba salir cuando llovía -había que cogerla en brazos cuando caía ni que fuera una sola gota de agua-, por lo que salir entonces era impensable. Pero procedía una visita rápida al patio trasero para hacer sus necesidades. Sin embargo, Peach pareció leerle el pensamiento. La teckel se batió en retirada rápidamente hacia su cesta mientras Alaska empezaba a maullar.

– No pienses que estarás tumbada mucho rato -le dijo Deborah a la perra, que la miraba con tristeza, poniendo los ojos en forma de diamante como hacía, especialmente, cuando quería dar lástima-. Si no sales ahora, papá te llevará a pasear por el río. Lo sabes, ¿verdad?

Peach parecía dispuesta a arriesgarse. Descansó deliberadamente la cabeza sobre las patas y dejó caer los párpados.

– Muy bien -dijo Deborah, y sirvió la ración diaria de comida a la gata, colocándola cuidadosamente fuera del alcance de la perra, puesto que sabía que se la apropiaría en cuanto se diera la vuelta, a pesar de fingir que dormía. Se preparó un té y lo llevó arriba, andando a tientas en la oscuridad.

En el estudio el frío era glacial. Cerró la puerta sin hacer ruido y encendió la estufa de gas. En una carpeta colocada sobre una de las estanterías había estado reuniendo un grupo de pequeñas polaroids que representaban el que quería que fuera su siguiente proyecto fotográfico. La llevó a la mesa, donde se sentó en el sillón de piel gastado de Simón y comenzó a ojear las fotos.

Pensó en Dorothea Lange y se preguntó si ella tenía lo necesario para captar en un solo rostro, el rostro adecuado, una imagen inolvidable que pudiera definir una época. Pero ella no tenía un desierto del Estados Unidos de los años treinta cuya desesperanza quedaba grabada en el semblante de una nación. Y para tener éxito a la hora de captar una imagen de su propio tiempo, sabía que tendría que pensar más allá del marco que definía desde hacía años el excepcional rostro árido y dolorido de una mujer, acompañada por sus hijas y una generación de desesperación. Creyó estar a la altura al menos de la mitad del trabajo: la parte de la planificación. Pero se preguntaba si quería realmente embarcarse en el resto: pasar otros doce meses en la calle, sacar otras diez o doce mil fotografías, siempre intentando mirar más allá del mundo ajetreado dominado por el móvil que distorsionaba la verdad de lo que en realidad estaba ahí. Aunque consiguiera todo eso, ¿qué le reportaría a largo plazo? En esos momentos, sencillamente no lo sabía.

Suspiró y dejó las fotografías sobre la mesa. Se preguntó, y no era la primera vez que lo hacía, si China había elegido el camino más inteligente. La fotografía comercial pagaba las facturas, compraba la comida y te vestía. No tenía por qué ser necesariamente un esfuerzo tedioso. Y precisamente porque Deborah tenía la suerte de no tener que pagar las facturas, comprar la comida o vestir a nadie, quería hacer una contribución en algún otro campo. Si no tenía que colaborar en su situación económica, al menos podía emplear su talento para contribuir a la sociedad en la que vivían.

Pero, se preguntó, ¿podía conseguirlo pasándose a la fotografía comercial? ¿Y qué clase de fotografías comerciales podía sacar? Al menos, las fotografías de China estaban relacionadas con su interés por la arquitectura. De hecho, ella se había propuesto precisamente fotografiar edificios; y dedicarse profesionalmente a lo que uno se había propuesto no era en absoluto venderse, no del mismo modo que Deborah consideraría que ella se estaba vendiendo si tomaba el camino fácil y se pasaba a lo comercial. Y si efectivamente se vendía, ¿de qué diablos iba a sacar fotos? ¿De fiestas de cumpleaños de bebés? ¿De estrellas de rock que salían de la trena?

La trena… Dios santo. Deborah gruñó. Apoyó la frente en las manos y cerró los ojos. ¿Qué importancia tenía todo esto, comparado con la situación de China? China, que había estado a su lado en Santa Bárbara, una presencia afectuosa cuando más la necesitaba. “Os he visto a los dos juntos, Debs. Si le dices la verdad, cogerá el próximo avión. Querrá casarse contigo. Ya quiere casarse contigo.” “Pero no así -le había dicho Deborah-. Así no puede ser.”

Así que China se ocupó de organizarlo todo. La llevó a la clínica correspondiente. Se sentó junto a su cama, así que cuando abrió los ojos, la primera persona a la que vio fue a la propia China, que simplemente esperaba. Luego le dijo: “Eh, guapa”, con una expresión de bondad que hizo que Deborah pensara que no volvería a tener una amiga como ella en toda su vida.

Aquella amistad era un llamamiento a la acción. No podía permitir que China creyera, más tiempo de lo posible, que estaba sola. Pero la cuestión era qué hacer, porque…

En el pasillo, fuera del estudio, el suelo de madera crujió. Deborah levantó la cabeza. Otro crujido. Se levantó, cruzó la habitación y abrió la puerta.

Bajo la luz difusa procedente de una farola que seguía encendida en la calle a aquella hora temprana de la mañana, Cherokee River estaba cogiendo la chaqueta del radiador, donde Deborah la había colocado para que se secara durante la noche. Su intención parecía inequívoca.

– No puedes marcharte -dijo Deborah con incredulidad.

Cherokee se dio la vuelta.

– Cielos. Me has dado un susto de muerte. ¿ De dónde has salido?

Deborah señaló la puerta del estudio, donde detrás de ella estaba encendida la lámpara de la mesa de Simón y la estufa de gas dibujaba un resplandor suave en el techo alto.

– Me he levantado temprano. Estaba revisando unas fotografías. Pero ¿qué haces tú? ¿Adonde vas?

Cherokee cambió de posición y se pasó la mano por el pelo con su gesto característico. Señaló las escaleras y los pisos de arriba.

– No podía dormir. Te juro que no podré volver a hacerlo nunca, en ningún lado, hasta que consiga que alguien vaya a Guernsey. Así que he imaginado que la embajada…

– ¿Qué hora es? -Deborah examinó su muñeca y descubrió que no se había puesto el reloj. No había mirado la hora en el estudio, pero por la penumbra que había fuera, incluso intensificada por la insufrible lluvia, sabía que no podían ser más de las seis-. Aún faltan horas para que abra la embajada.

– He pensado que habría cola o algo así. Quiero ser el primero.

– Aún puedes serlo, aunque te tomes un té. O un café si quieres. Y algo de comer.

– No. Ya has hecho suficiente. Dejando que pasara la noche aquí. Invitándome a que me quedara. La sopa y el baño y todo lo demás. Me has sacado de un apuro.

– Me alegro. Pero no voy a aceptar que te marches ahora mismo. No tiene sentido. Yo misma te llevaré en coche con tiempo de sobra para que seas el primero de la cola, si es eso lo que quieres.

– No quiero que…

– No tienes que querer nada -dijo Deborah con firmeza-. No me estoy ofreciendo. Estoy insistiendo. Así que deja ahí la chaqueta y ven conmigo.

Cherokee pareció pensárselo un momento: miró hacia la puerta, donde sus tres cristales permitían que penetrara la luz. Los dos podían oír la lluvia persistente y, como para enfatizar el tiempo desagradable al que tendría que enfrentarse si se aventuraba a salir, una ráfaga de viento procedente del Támesis surgió como el gancho de un boxeador y chocó con fuerza en las ramas del sicómoro que había en la calle.

– De acuerdo. Gracias -dijo con reticencia.

Deborah lo llevó abajo a la cocina. Peach alzó la cabeza desde su cesta y gruñó. Alaska, que había ocupado su puesto habitual durante el día en el alféizar de la ventana, los miró, parpadeó y siguió examinando los dibujos de la lluvia sobre los cristales.

– Esos modales -le dijo Deborah a la perra, y acomodó a Cherokee en la mesa, donde éste estudió las cicatrices que las marcas del cuchillo habían dejado en la madera y los círculos quemados de ollas demasiado calientes. Deborah encendió una vez más el hervidor eléctrico y cogió una tetera del viejo aparador-.También voy a prepararte algo de comer. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo de verdad? -Deborah lo miró-. Supongo que ayer no.

– Me tomé la sopa.

Deborah expresó su desaprobación con un resoplido.

– No podrás ayudar a China si te vienes abajo. -Se fue a la nevera y sacó huevos y beicon; cogió tomates de una cesta que había cerca del fregadero y champiñones del rincón oscuro próximo a la puerta exterior, donde su padre los guardaba en un gran saco de papel, colgado de un gancho entre los impermeables de la familia.

Cherokee se levantó y se acercó a la ventana que había sobre el fregadero, donde extendió su mano hacia Alaska. La gata le olisqueó los dedos y, con la cabeza bajada regiamente, permitió al hombre que le rascara detrás de las orejas. Deborah miró desde el otro lado de la cocina y vio que Cherokee examinaba la estancia como si absorbiera cada uno de sus detalles. Siguió su mirada para registrar lo que ella tenía ya muy visto: desde las hierbas secas que su padre seguía colgando en manojos perfectamente arreglados, hasta las ollas y sartenes con fondo de cobre que cubrían la pared encima de los fogones; desde las baldosas viejas y gastadas del suelo, hasta el aparador en el que había de todo; desde fuentes para servir, hasta fotografías de los sobrinos y sobrinas de Simón.

– Tienes una casa muy chula, Debs -murmuró Cherokee.

Para Deborah, sólo era la casa en la que había vivido desde pequeña, primero como hija huérfana de madre del hombre que era la mano derecha indispensable de Simón y, luego, aunque por un breve período de tiempo, como amante de Simón antes de convertirse en esposa de Simón. Conocía sus corrientes de aire, sus problemas de tuberías y la irritante escasez de enchufes. Para ella, sólo era una casa.

– Es vieja y hay mucha corriente y, por lo general, es exasperante -dijo ella.

– ¿Sí? A mí me parece una mansión.

– ¿De verdad? -Con un tenedor, Deborah echó nueve lonchas de beicon en una sartén y empezó a freirías-. En realidad, pertenece a toda la familia de Simón. Estaba hecha un desastre cuando se hizo cargo. Había ratones dentro de las paredes y zorros en la cocina. Él y papá invirtieron casi dos años en dejarla habitable. Supongo que ahora sus hermanos y su hermana podrían mudarse y vivir con nosotros, puesto que la casa es de todos y no sólo nuestra. Pero no lo harán. Saben que él y papá hicieron todo el trabajo.

– Entonces, Simón tiene hermanos y hermanas -observó Cherokee.

– Dos hermanos en Southampton…, donde está el negocio familiar…, la empresa de transportes… Pero su hermana vive en Londres. Antes era modelo, pero ahora está intentando entrevistar a famosos poco conocidos para un canal de cable aún menos conocido que no ve nadie. -Deborah sonrió-. Es todo un personaje, Sidney, la hermana de Simón. Vuelve loca a su madre porque no sienta la cabeza. Ha tenido miles de novios. Los hemos ido conociendo unas vacaciones tras otras, y todos son siempre el hombre de su vida.

– Qué suerte tener una familia así -dijo Simón.

El tono de melancolía en su voz provocó que Deborah se girara y diera la espalda al fogón.

– ¿Quieres llamar a la tuya? -le preguntó-. A tu madre, quiero decir. Puedes utilizar el teléfono que está sobre el aparador, o el del estudio si quieres intimidad. Son… -Miró el reloj de pared y calculó-. En California sólo son las diez y cuarto de anoche.

– No puedo. -Cherokee volvió a la mesa y se dejó caer en una silla-. Se lo he prometido a China.

– Pero tiene derecho a…

– ¿China y mamá? -la interrumpió Cherokee-. Ellas no… Bueno, mamá nunca ha sido exactamente una madre, no es como las otras madres, y China no quiere que sepa nada de esto. Creo que es porque…, ya sabes…, otras madres cogerían el próximo avión; pero ¿la nuestra? Imposible. Podría haber una especie en peligro de extinción a la que hubiera que salvar. Así que ¿para qué decírselo? Al menos, es lo que piensa China.

– ¿Y su padre? ¿Está…? -Deborah dudó. El tema del padre de China siempre había sido delicado.

Cherokee levantó una ceja.

– ¿En la cárcel? Oh, sí. Está dentro otra vez. Así que no hay nadie a quien llamar.

Se oyeron unos pasos en las escaleras de las cocina. Deborah colocó platos sobre la mesa y escuchó la naturaleza irregular del descenso cauteloso de alguien.

– Será Simón -dijo.

Se había levantado más temprano de lo normal, mucho antes que su padre, algo que no gustaría a Joseph Cotter. Se había preocupado por Simón a lo largo de su ya lejana convalecencia tras un accidente de tráfico provocado por el alcohol que lo había lisiado, y no le gustaba que Simón le negara la oportunidad de rondar de forma protectora a su alrededor.

– Afortunadamente, estoy haciendo suficiente para tres -dijo Deborah cuando su marido se reunió con ellos.

Simón paseó la mirada de los fogones a la mesa, donde había colocado la vajilla.

– Espero que el corazón de tu padre esté lo bastante fuerte para soportar este golpe -dijo.

– Muy gracioso.

Simón la besó y luego saludó a Cherokee con la cabeza.

– Tienes mucho mejor aspecto esta mañana. ¿Cómo va ese corte?

Cherokee se tocó la tirita cerca del nacimiento del pelo.

– Mejor. He tenido una enfermera muy buena.

– Sabe lo que hace -dijo Simón.

Deborah echó los huevos en la sartén y comenzó a revolverlos eficientemente.

– Más seco sí está -señaló ella-. Le he dicho que después de comer, lo llevaría a la embajada estadounidense.

– Ah. Entiendo. -Simón miró a Cherokee-. ¿La policía de Guernsey aún no se lo ha notificado a la embajada? Es poco habitual.

– No. Sí que lo han hecho -dijo Cherokee-. Pero no han mandado a nadie. Sólo llamaron para asegurarse de que tenía un abogado que hablara por ella ante el juez. Y luego dijeron: “Está bien, ya tiene representación; llámenos si necesita algo”. Yo les dije: “Sí los necesito. Los necesito a ustedes aquí”. Les dije que ni siquiera estábamos en la isla cuando ocurrió. Pero dijeron que la policía tendría sus pruebas y que en realidad ellos no podían hacer nada más hasta que se mostraran todas las cartas. Eso me dijeron. “Hasta que se muestren todas las cartas.” Como si se tratara de una partida de póquer o algo así.

– Se alejó de la mesa bruscamente-. Necesito que alguien de la embajada vaya allí. Todo esto es una trampa, y si no hago algo para evitarlo, va a haber un juicio y una sentencia antes de que termine el mes.

– ¿La embajada puede hacer algo? -Deborah puso el desayuno en la mesa-. Simón, ¿tú lo sabes?

Su marido consideró la pregunta. No trabajaba demasiado para las embajadas, sino que era más habitual que proporcionara sus servicios a la fiscalía o a los abogados que elaboraban una defensa penal en un juicio y requerían un perito externo para contrarrestar el testimonio de alguien de un laboratorio policial. Pero sabía suficiente para explicar lo que sin duda ofrecería la embajada estadounidense a Cherokee cuando se presentara en Grosvenor Square.

– El debido proceso -dijo-. La embajada trabaja para garantizar eso. Se asegura de que se apliquen las leyes del país a la situación de China.

– ¿Es todo lo que pueden hacer? -preguntó Cherokee.

– No mucho más, me temo. -Simón parecía apenado, pero prosiguió en un tono más tranquilizador-. Imagino que se asegurarán de que esté bien representada. Comprobarán las credenciales del abogado y se cerciorarán de que no se haya sacado el título hace tres semanas. Se encargarán de que cualquier persona en Estados Unidos a quien China quiera mantener informada sea informada. Harán que le llegue el correo puntualmente y la incluirán en su ronda habitual de visitas, supongo. Harán lo que puedan. -Se quedó mirando a Cherokee un momento y luego añadió amablemente-: Todavía es pronto, ya sabes.

– Ni siquiera estábamos allí cuando nos cayó todo esto encima -dijo Cherokee desconcertado-, cuando sucedió todo. No he dejado de repetírselo, pero no me creen. En el aeropuerto tiene que haber un registro de cuando nos marchamos, ¿no? Tiene que haberlo.

– Por supuesto -dijo Simón-. Si el día y la hora de la muerte se contradicen con vuestra salida, se sabrá pronto. -Simón jugueteó con su cuchillo, dando golpecitos en el plato.

– ¿Qué? -dijo Deborah-. Simón, ¿qué?

Saint James miró a Cherokee y luego detrás de él, hacia la ventana de la cocina, donde, alternativamente, Alaska se lavaba la cara y perseguía con la zarpa los rastros de lluvia sobre el cristal como si pudiera evitar que resbalaran.

– Tienes que plantearte este tema fríamente. No estamos hablando de un país tercermundista. No es un Estado totalitario. La policía de Guernsey no va a detener a nadie sin pruebas. Así que -dejó el cuchillo a un lado- la realidad es ésta: algo concreto les ha llevado a creer que tienen al asesino que buscan. -Entonces miró a Cherokee y examinó su rostro con su habitual objetividad de científico, como si buscara algún gesto tranquilizador que le dijera que el hombre podría soportar lo que estaba a punto de exponer-. Tienes que prepararte.

– ¿Para qué? -Cherokee alargó la mano inconscientemente hacia el borde de la mesa.

– Para lo que tu hermana haya podido hacer, me temo. Sin tú saberlo.

Capítulo 3

– Aguachirri, Frankie. Así lo llamábamos. No te lo había dicho nunca, ¿verdad? Nunca he hablado demasiado de lo mal que se pusieron las cosas con el tema de la comida, ¿verdad, hijo? No me gusta mucho pensar en esa época. Malditos alemanes… Lo que le hicieron a esta isla…

Frank Ouseley deslizó cuidadosamente las manos debajo de las axilas de su padre mientras el anciano divagaba. Lo alzó con delicadeza de la silla de plástico del baño y guió su pie izquierdo sobre la alfombrilla andrajosa que cubría el frío linóleo. Había subido el radiador al máximo aquella mañana, pero aún le parecía que hacía un frío glacial en el baño. Así que, con una mano en el brazo de su padre para que no perdiera el equilibrio, cogió la toalla del mueble y la sacudió para extenderla. La envolvió perfectamente alrededor de los hombros de su padre, que estaban arrugados como el resto de su cuerpo. La carne de Graham Ouseley tenía noventa y dos años y colgaba sobre su esqueleto como si fuera masa de pan pegajosa.

– En esa época lo echábamos todo en la olla -prosiguió Graham, apoyando su cuerpo de galgo inglés contra el hombro ligeramente redondeado de Frank-. Cortábamos en juliana las chirivías, eso hacíamos, hijo, cuando había. Primero las horneábamos, claro. Hojas de camelia, flores de lima y melisas, chico. Y luego echábamos bicarbonato en la olla para que las hojas duraran más. Aguachirri lo llamábamos. Bueno, no podíamos llamarlo té propiamente. -Se rio y sus hombros frágiles temblaron. La risa se transformó en tos. La tos se transformó en una lucha por respirar. Frank agarró a su padre para mantenerle derecho.

– Cuidado, papá. -Cogió con firmeza el cuerpo frágil de Graham, pese al temor de que, un día, al agarrarle para evitar que se cayera, le causara más daños que una posible caída y le rompiera los huesos como si fueran las patas de un correlimos-. Vamos. Siéntate en el retrete.

– No tengo que hacer pis, hijo -protestó Graham, intentando soltarse-. ¿Qué te pasa? ¿Te preocupa que se me escape o qué? He meado antes de meterme en la bañera.

– Exacto. Ya lo sé. Sólo quiero que te sientes.

– A mis piernas no les pasa nada. Puedo tenerme en pie. Era lo que había que hacer cuando los alemanes estaban aquí. Quedarnos quietos y que pareciera que hacíamos cola para la carne. No podíamos difundir las noticias. No, señor. No teníamos receptor de radio en el cuchitril, hijo. Fingíamos que preferíamos decir “Heil, Bigote Sucio” que “Dios salve al rey”, y así no te molestaban. Así que podíamos hacer lo que nos apeteciera, si teníamos cuidado.

– Lo recuerdo, papá -dijo Frank pacientemente-. Recuerdo que ya me lo ha contado. -A pesar de las protestas de su padre, lo sentó en la tapa del retrete, donde comenzó a secarle el cuerpo. Mientras lo hacía, escuchó con cierta preocupación la respiración de Graham, esperando a que volviera a ser normal. Fallo cardíaco congestivo, había dicho el médico. “Hay medicación, naturalmente, y se la daremos. Pero a decir verdad, dada su edad avanzada, sólo es cuestión de tiempo. Es un regalo de Dios que haya vivido tanto tiempo, Frank.”

Cuando recibió la noticia, Frank pensó: “No. Ahora no. Aún no, aún falta”. Pero ahora estaba preparado para dejar marchar a su padre. Se había dado cuenta hacía tiempo de lo afortunado que era por haberle tenido con él a sus más de sesenta años y, si bien había albergado la esperanza de que Graham Ouseley viviera unos dieciocho meses más, había llegado a comprender -con un dolor que era como una red de la que no podía escapar- que no sería así.

– ¿En serio? -preguntó Graham, y arrugó la cara mientras buscaba en su memoria-. ¿Ya te lo había contado, hijo? ¿Cuándo?

Doscientas o trescientas veces, pensó Frank. Había escuchado las historias sobre la segunda guerra mundial de su padre desde que era niño y podía repetir la mayoría de memoria. Los alemanes habían ocupado Guernsey durante cinco años, como preparación para su plan frustrado de invadir Inglaterra, y hacía tiempo que las privaciones que había soportado la población -por no mencionar la miríada de formas mediante las que había intentado frustrar los objetivos alemanes en la isla- era el tema de conversación de su padre. Mientras la mayoría de los niños se alimentaban del pecho de su madre, Frank había mamado de la teta de los recuerdos de Graham. “Nunca lo olvides, Frankie. Pase lo que pase en tu vida, hijo mío, nunca lo olvides.”

No lo había hecho, y a diferencia de tantos niños que tal vez se cansaban de las historias que sus padres les contaban el Domingo de Recuerdo a los Caídos, Frank Ouseley escuchaba ávidamente las palabras de su padre y deseó haber nacido una década antes para, pese a ser un niño, poder formar parte de esa época turbulenta y heroica.

Ahora no había nada que se le pudiera comparar. Ni la guerra de las Malvinas ni la guerra del Golfo -esos conflictillos breves e inmundos que se libraron por casi nada y que pretendían estimular en la población un patriotismo de banderas enarboladas-, y sin duda no en Irlanda del Norte, donde él mismo había servido, esquivando las balas de los francotiradores en Belfast y preguntándose qué diablos hacía en medio de una lucha sectaria promovida por matones que habían estado liquidándose entre ellos desde principios del siglo pasado. No había nada de heroico en ninguno de esos conflictos porque no había un enemigo al que identificar y contra cuya imagen uno pudiera lanzarse y morir. No era como en la segunda guerra mundial.

Sentó a su padre en la tapa del retrete y cogió su ropa, que descansaba en un montón perfectamente doblado en el borde del lavabo. Hacía la colada él mismo, así que los calzoncillos y la camiseta no estaban tan blancos como podrían estarlo; pero, como su padre tenía la vista cada vez peor, Frank estaba bastante seguro de que Graham no lo advertiría.

Vestir a su padre era algo que hacía de memoria, siempre le cubría con delicadeza y siguiendo el mismo orden. Era un ritual que en su día le había tranquilizado, puesto que daba una monotonía a los días con Graham que ofrecía la promesa, aunque falsa, de que esos días continuarían para siempre. Pero ahora observaba a su padre con cautela y se preguntaba si su respiración entrecortada y la naturaleza cérea de su piel presagiaban el fin de su época juntos, un tiempo que ya rebasaba los cincuenta años. Dos meses atrás, aquel pensamiento le habría dado pavor. Dos meses atrás, lo único que quería era tener el tiempo suficiente para crear el Museo de la Guerra Graham Ouseley, para que su padre pudiera cortar orgullosamente la cinta de las puertas la mañana que al fin se inaugurara. Pero habían transcurrido sesenta días que lo habían dejado todo irreconocible, y era una pena, porque reunir todos los recuerdos que representaban los años de la ocupación alemana de la isla había cimentado la relación de Frank con su padre desde que tenía memoria. Era el trabajo compartido de toda una vida y su pasión mutua, realizado por el amor a la historia y la creencia de que debía educarse a los habitantes presentes y futuros de Guernsey en aquello por lo que habían pasado sus antepasados.

Que ahora sus planes probablemente quedaran en nada era algo que, de momento, Frank no quería que su padre supiera. Puesto que los días de Graham estaban contados, no parecía tener sentido truncar un sueño que ni siquiera habría albergado si, para empezar, Guy Brouard no hubiera entrado en sus vidas.

– ¿Qué toca hoy? -preguntó Graham a su hijo mientras Frank le subía los pantalones del chándal por el trasero ajado-. Ya va siendo hora de que vayamos al solar, ¿no? Cualquier día de éstos empezarán las obras, ¿no, Frankie? Estarás allí cuando comiencen, ¿no, chico? ¿Poniendo la primera piedra? ¿O Guy quiere hacerlo él solo?

Frank evitó la batería de preguntas, todo el tema de Guy Brouard en realidad. De momento había logrado esconder a su padre la noticia de la truculenta muerte de su amigo y benefactor, ya que aún no había decidido si la información sería demasiado perjudicial para su salud. Además, en esos momentos estaban en un período de espera, lo supiera o no su padre: se desconocía cómo iba a repartirse el patrimonio de Guy.

– Esta mañana pensaba revisar los uniformes. Me pareció que están cogiendo humedad -le dijo Frank a su padre. Era mentira, por supuesto. Los diez uniformes que tenían, desde los abrigos de cuello oscuro que vestía la Wehrmacht hasta los monos raídos utilizados por la tripulación antiaérea de la Luft-waffe, estaban todos en contenedores herméticos y entre papeles de seda libres de ácidos hasta el día en que los colocaran en vitrinas de cristal diseñadas para guardarlos para siempre-. No sé cómo ha pasado; pero si ha pasado, tenemos que solucionarlo antes de que empiecen a pudrirse.

– Hazlo -coincidió su padre-. Ocúpate, Frankie. Toda la ropa tiene que estar perfecta, sí.

– Eso haremos, papá -contestó Frankie mecánicamente.

Su padre pareció satisfecho. Permitió que le peinara el pelo ralo y que lo ayudara a llevarlo al salón. Allí, Frank lo acomodó en su sillón preferido y le dio el mando del televisor. No le preocupaba que su padre sintonizara el canal de la isla y escuchara las noticias sobre Guy Brouard que intentaba ocultarle. Los únicos programas que Graham Ouseley veía eran espacios de cocina y culebrones. De los primeros tomaba notas, por razones que nunca le habían quedado claras a su hijo. Estudiaba los segundos completamente embelesado y se pasaba toda la cena hablando de los personajes atribulados que aparecían en ellos como si fueran los vecinos de al lado.

No los había donde vivían los Ouseley. Años atrás, sí: dos familias más que vivían en la hilera de casitas que crecían como un apéndice, en las afueras del viejo molino de agua llamado Moulin des Niaux. Pero con el tiempo, Frank y su padre se las habían arreglado para comprar todas estas viviendas cuando las pusieron a la venta. Ahora albergaban la vasta colección que tenía que llenar el museo de la guerra.

Frank cogió las llaves y, después de comprobar el radiador del salón y encender la estufa eléctrica cuando no le gustó el calor moderado que salía de las viejas tuberías, se dirigió a la casa que había junto a la que él y su padre habían ocupado toda la vida. Estaban todas en una terraza, y los Ouseley vivían en la que se encontraba más alejada del molino de agua, cuya rueda antigua se sabía que crujía y gemía de noche si el viento soplaba por la cañada de Talbot Valley esculpida por el arroyo.

La puerta de la casa se atascó cuando Frank la empujó porque el viejo suelo de piedra era irregular y ni Frank ni su padre habían pensado en corregir el problema desde que les pertenecía. La utilizaban principalmente de trastero, y una puerta que se atascaba siempre les había parecido una cuestión menor comparada con otros retos que presentaba un edificio antiguo para alguien que quería utilizarlo como trastero. Era más importante impermeabilizar el tejado y evitar que entrara corriente por las ventanas. Si el sistema de calefacción funcionaba y podía mantenerse el equilibrio entre la sequedad y la humedad, el hecho de que fuera un fastidio abrir la puerta era algo que podía dejarse pasar por alto tranquilamente.

Pero Guy Brouard no lo había dejado pasar. La puerta fue lo primero que mencionó cuando realizó su primera visita a los Ouseley.

– La madera se ha hinchado. Eso es que hay humedad, Frank. ¿Estás tomando medidas? -le había dicho.

– En realidad es el suelo -había señalado Frank-. No la humedad. Aunque me temo que también hay. Intentamos mantener constante el calor, pero en invierno… Supongo que será la proximidad del arroyo.

– Necesitas un terreno más alto.

– No es fácil de conseguir en la isla.

Guy no discrepó. No había elevaciones extremas en Guernsey, salvo quizá los acantilados en el sur de la isla, que descendían vertiginosamente hacia el canal. Pero la presencia del propio canal con su aire cargado de sal convertía los acantilados en un lugar inadecuado para trasladar allí la colección… en caso de que encontraran un edificio en el que alojarla, lo que era halgo improbable.

Guy no había sugerido el museo enseguida. Al principio no comprendió la amplitud de la colección de los Ouseley. Fue a Talbot Valley porque Frank le invitó durante el aperitivo que siguió a una presentación de la sociedad histórica. Se congregaron por encima de la plaza del mercado de Saint Peter Port, en la antigua sala de reuniones que había usurpado hacía tiempo una ampliación de la biblioteca Guille-Alies. Estaban allí para escuchar la conferencia en torno a la investigación sobre Hermann Góring que los aliados realizaron en 1945 y que se transformó en una recitación árida de los hechos deducidos de algo llamado Informe de Interrogación Consolidada. Sólo diez minutos después de empezar la charla, la mayoría de los miembros ya estaban dando cabezadas; pero parecía que Guy Brouard no dejaba escapar ni una sola palabra del orador. Aquello le dijo a Frank que quizá fuera un cómplice que mereciera la pena tener en cuenta. Había muy poca gente que se interesara de verdad por los hechos acaecidos en otro siglo. Así que se acercó a él cuando concluyó la conferencia, sin saber al principio quién era, y se llevó una sorpresa al enterarse de que era el caballero que había comprado la mansión en ruinas Thibeault, situada entre Saint Martin y Saint Peter Port, y que era el responsable de su renacimiento como Le Reposoir.

Si Guy Brouard no hubiera sido un hombre de trato agradable, Frank quizá habría intercambiado algunos cumplidos con él aquella noche y se habría marchado. Pero la verdad era que Guy mostró un interés en la vocación de Frank que le pareció muy halagador. Así pues, le invitó a visitar Moulin des Niaux.

Sin duda, Guy acudió pensando que la invitación era la clase de gesto educado que un diletante tiene con alguien que evidencia un grado adecuado de curiosidad por su afición. Pero cuando vio la primera habitación de cajas y arcas, de cajas de zapatos llenas de balas y medallas, de armamento con medio siglo de antigüedad, de bayonetas y cuchillos y máscaras de gas y equipos de señalización, soltó un silbido suave y elogioso y se puso a curiosear largamente.

Este curioseo duró más de un día. De hecho, duró más de una semana. Guy Brouard fue a Moulin des Niaux durante dos meses para escudriñar el contenido de las otras dos casas. Cuando por fin le dijo: “Necesitas un museo para esto, Frank”, plantó la idea en la cabeza de Frank.

En aquel momento, le pareció un sueño. Qué extraño era pensar ahora que ese sueño podía transformarse lentamente en una pesadilla.

Dentro de la casa, Frank fue al archivador metálico en el que él y su padre habían estado almacenando documentos relevantes de la guerra a medida que los encontraban. Tenían docenas de carnés de identidad viejos, tarjetas de racionamiento y permisos de conducir. Tenían sentencias de muerte alemanas por delitos capitales como soltar palomas mensajeras y decla1raciones de los alemanes sobre todos los temas concebibles para controlar la existencia de los isleños. Sus objetos más preciados eran media docena de ejemplares de la G.U.L.A., la hoja informativa clandestina diaria que se había imprimido a costa de la vida de tres habitantes de Guernsey.

Fue esto lo que Frank sacó del archivador. Los llevó a una silla de mimbre podrido, se sentó y los colocó con cuidado sobre sus rodillas. Eran folios sueltos, escritos sobre papel cebolla con tantos papeles de calco como cabían debajo del carro de una máquina de escribir antigua. Eran tan delicados que era un verdadero milagro que hubieran sobrevivido un mes, no digamos ya más de medio siglo. Cada uno de ellos era una declaración milimétrica de la valentía de hombres que no se acobardaban ante las proclamas y amenazas de los nazis.

Si Frank no hubiera pasado toda su vida aprendiendo la importancia de la historia, si no hubiera pasado todos y cada uno de sus años de formación hasta su madurez solitaria estudiando el valor inestimable de todo lo relacionado remotamente con la época de sufrimiento de Guernsey, quizá habría pensado que sólo uno de estos folios delgadísimos de la guerra bastaría para atestiguar la resistencia de un pueblo. Pero un ejemplar de algo nunca era suficiente para un coleccionista que tuviera una pasión, y cuando la pasión del coleccionista era fomentar el recuerdo y sacar a la luz la verdad para que nunca jamás adquiriera un significado que resistiera el paso del tiempo, tener demasiados ejemplares de algo no era ninguna exageración.

Un ruido fuera de la casa instó a Frank a acercarse a la ventana mugrienta. Vio que una bici acababa de frenar y su joven dueño estaba desmontando y colocando el caballete. Lo acompañaba su compañero fiel, el perro de pelo áspero.

Eran el joven Paul Fielder y Taboo.

Frank frunció el ceño al verlos, preguntándose qué hacían allí, tan lejos de Bouet, donde Paul vivía con su deshonrosa familia en una de las casas adosadas deprimentes que el douzaine de la parroquia había votado construir en el extremo este de la isla para acomodar a aquellas personas cuyos ingresos nunca se corresponderían con su tendencia a reproducirse. Paul Fielder había constituido el proyecto especial de Guy Brouard y le había acompañado a menudo a Moulin des Niaux para trabajar con las cajas almacenadas en las casas y explorar su contenido con los dos hombres mayores. Pero nunca antes había ido a Talbot Valley solo, y Frank sintió un nudo en la garganta al ver al chico.

Paul comenzó a caminar hacia la vivienda de los Ouseley, reajustándose una sucia mochila verde que llevaba en la espalda como una joroba. Frank se apartó de la ventana para que el chico no lo viera. Si llamaba a la puerta, Graham no contestaría. A esta hora de la mañana, estaría hipnotizado con el primero de los culebrones, ajeno a todo lo que no sucediera en la tele. Al no obtener respuesta, Paul Fielder se iría. Frank contaba con ello.

Pero el chucho tenía otros planes. Mientras Paul se dirigía tímidamente a la última casa, Taboo fue directo a la puerta tras la cual Frank trataba de pasar desapercibido como un ladrón estúpido. Entonces, ladró, lo que provocó que Paul se girara.

Mientras Taboo gemía y rascaba la puerta, Paul llamó. Fue un golpeteo dubitativo, tan irritante como el propio chico.

Frank dejó los ejemplares de la G.U.L.A. en la carpeta y la guardó de nuevo en el archivador. Lo cerró, se limpió las manos en los pantalones y abrió la puerta de la casa.

– ¡Paul! -dijo efusivamente, y miró detrás de él hacia la bicicleta con fingida sorpresa-. Dios santo. ¿Has venido en bici hasta aquí? -En línea recta, por supuesto, no había una gran distancia entre Bouet y Talbot Valley. En línea recta, nada estaba a una gran distancia de nada en la isla de Guernsey. Pero tomar las carreteras estrechas y serpenteantes alargaba considerablemente el trayecto. Era la primera vez que hacía ese camino y, en cualquier caso, Frank no habría apostado ni un duro a que el chico supiera cómo llegar al valle él solo. No tenía demasiadas luces.

Paul lo miró parpadeando. Era bajito para sus dieciséis años y tenía un aspecto marcadamente femenino. Era justo la clase de muchacho que habría cautivado en los escenarios de la época isabelina, cuando los chicos jóvenes que podían pasar por mujeres estaban muy demandados. Pero hoy en día, las cosas serían radicalmente distintas. La primera vez que Frank vio al chico, detectó lo difícil que debía de ser su vida, en especial en el colegio, donde tener la tez suave, el pelo rojizo y ondulado y las pestañas del color del trigo no eran la clase de atributos que garantizaban a alguien inmunidad frente al acoso escolar.

Paul no contestó al esfuerzo engañoso de Frank de recibirle con jovialidad, sino que sus ojos grises y sumisos se llenaron de lágrimas, que se secó levantando el brazo y frotándose la cara con la camisa de franela gastada. No llevaba chaqueta, lo que con este tiempo era una locura, y las muñecas le colgaban de la camisa como paréntesis blancos que remataban unos brazos del tamaño de sicómoros jóvenes. Intentó decir algo; pero, en lugar de hacerlo, soltó un sollozo ahogado. Taboo aprovechó la oportunidad para entrar en la casa por decisión propia.

No le quedaba más remedio que invitar al chico a entrar. Frank lo hizo, le acomodó en la silla de mimbre y cerró la puerta al frío de diciembre. Pero al darse la vuelta, vio que Paul estaba de pie. Se había quitado la mochila como si fuera un peso que esperaba que alguien aliviara de sus hombros y estaba inclinado hacia delante sobre una pila de cajas de cartón como si abrazara su contenido o bien dejara al descubierto su espalda para que lo azotaran.

Un poco de las dos cosas, pensó Frank. Porque las cajas representaban uno de los vínculos que Paul Fielder tenía con Guy Brouard, a la vez que le servirían para recordar que Guy Brouard se había ido para siempre.

No cabía duda de que el chico estaba destrozado por la muerte de Guy Brouard, conociera o no la terrible manera en que se había producido. Viviendo como seguramente vivía en circunstancias en las que él era uno de los muchos hijos de unos padres inadecuados para cualquier tipo de tarea más allá de empinar el codo y follar, sin duda se habría desarrollado personalmente bajo la atención que Guy Brouard le había dispensado. Cierto era que, en realidad, Frank no había percibido signos de ningún desarrollo las veces que Paul había ayudado a Guy en Moulin des Niaux; pero tampoco conocía al chico taciturno antes de que Guy entrara en su vida. La vigilancia casi muda que parecía ser el signo de identidad del carácter de Paul siempre que los tres revisaban el contenido de las casas podía ser en realidad una evolución pasmosa de un mutismo anormal y absoluto.

Los delgados hombros de Paul temblaron, y su cuello, en el que su espléndido cabello se ondulaba como los rizos de un querubín renacentista, parecía demasiado delicado para sostener su cabeza, que cayó hacia delante para ir a reposar sobre la primera caja del montón. Su cuerpo subía y bajaba. Tragaba saliva convulsivamente.

Frank se sintió perdido. Se acercó al chico y le dio unas palmaditas torpes en el hombro.

– Vamos, vamos -le dijo, y se preguntó qué iba a responderle si el chico decía: “¿Adonde, adonde?”. Pero Paul no dijo nada, simplemente siguió en su pose. Taboo fue a sentarse a sus pies y se quedó mirándolo.

Frank quiso decirle que lamentaba el fallecimiento de Guy Brouard con la misma aflicción; pero a pesar del deseo de consolar al chico, sabía que era improbable que alguien de la isla, al margen de la propia hermana del hombre, sintiera un dolor parecido al de Paul. Así que podía ofrecerle a Paul dos cosas: unas palabras totalmente inadecuadas de consuelo o la oportunidad de continuar la tarea que él, Guy, y el propio chico habían emprendido. Frank sabía que no podía llevar a cabo la primera. En cuanto a la segunda, no podía soportar la idea. Así que la única opción era mandar al chico por donde había venido.

– Entiéndeme, Paul -dijo Frank-, lamento que estés afectado. Pero ¿no tendrías que estar en el colegio? Aún no ha acabado el trimestre, ¿verdad?

Paul levantó la cara enrojecida y miró a Frank. Le caían mocos de la nariz y se la secó con el pulpejo de la mano. Parecía tan patético y tan esperanzado a la vez que, de repente, Frank cayó en la cuenta de por qué el chico había ido a verle.

Dios santo, buscaba un sustituto, quería otro Guy Brouard que mostrara interés por él, que le diera una razón para… ¿qué? ¿Soñar? ¿Perseverar en la consecución de esos sueños? ¿Qué, exactamente, le había prometido Guy Brouard a este chico triste? Sin duda, nada que Frank Ouseley -que no había tenido hijos- pudiera ayudarle a conseguir. No con un padre de noventa y dos años al que tenía que cuidar. Y no con el peso que él mismo tenía que soportar: el peso de las expectativas que se habían convertido deprisa y precipitadamente en una realidad incomprensible.

Como para confirmar las sospechas de Frank, Paul se sorbió los mocos y su pecho espasmódico se calmó. Se limpió la nariz por última vez con la manga de franela y miró a su alrededor como si justo acabara de darse cuenta de dónde estaba. Se mordió el labio por dentro mientras tiraba con las manos del dobladillo andrajoso de su camisa. Entonces, cruzó la sala hacia una pila de cajas, en las que estaba escrito “para revisar” con bolígrafo negro en la parte superior y a los lados.

Frank se desmoralizó. Era lo que había pensado: el chico estaba allí para establecer un vínculo con él y continuar con el trabajo como prueba de ese vínculo. No iba a consentirlo.

Paul cogió la primera caja del montón y la colocó con cuidado en el suelo mientras Taboo se acercaba a él. Se puso en cuclillas. Con Taboo acomodado en su postura habitual con la cabeza desaliñada sobre las patas y los ojos fieles clavados en su dueño mudo, Paul abrió con delicadeza la caja tal como había visto que hacían Guy y Frank cientos de veces. El contenido consistía en un revoltijo de medallas de la guerra, hebillas antiguas, botas, gorras de la Luftwaffe y la Wehrmacht y otras prendas de ropa que estas tropas enemigas habían llevado en el lejano pasado. Hizo lo que Guy y Frank habían hecho: extendió un plástico sobre el suelo de piedra y comenzó a colocar los artículos encima; era el paso previo a catalogarlos en la libreta de tres anillas que utilizaban.

Se levantó para coger la libreta del lugar donde la guardaban, al fondo del archivador del que hacía tan sólo unos momentos Frank había sacado los ejemplares de la G.U.L.A. Vio su oportunidad.

– ¡Eh, tú, jovencito! -gritó Frank, y cruzó rápidamente la habitación para cerrar de golpe el archivador cuando el chico lo abrió. Se movió tan deprisa y habló tan alto que Taboo se puso de pie de un salto y comenzó a ladrar.

Frank aprovechó el momento.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó-. Estoy trabajando. No puedes entrar aquí así como así. Estos objetos tienen un valor incalculable. Son frágiles y, si se destruyen, desaparecen para siempre. ¿Lo entiendes?

Paul abrió mucho los ojos. Separó los labios para hablar, pero no dijo nada. Taboo continuó ladrando.

– Y saca a ese chucho de aquí, maldita sea -siguió-. Tienes menos luces que un farol apagado, chico. Mira que traerlo aquí, podría… Míralo. Animal destructor.

A Taboo, por su lado, se le erizó el pelo ante aquella conmoción, así que Frank también lo utilizó. Alzó la voz un tono más y gritó:

– Sácalo de aquí, chico. Antes de que lo eche yo mismo.

Cuando Paul retrocedió un poco encogido, pero sin intención de marcharse, Frank miró a su alrededor frenéticamente en busca de algo que pudiera alentarle a moverse. Se le iluminaron los ojos al ver la mochila del chico y la cogió, balanceándola amenazadoramente hacia Taboo, que retrocedió, aullando.

La amenaza al perro surtió el efecto deseado. Paul lanzó un grito ahogado, inarticulado, y salió disparado hacia la puerta con Taboo pegado a sus talones. Se paró justo el tiempo necesario para arrancarle la mochila a Frank. Se la echó al hombro mientras corría.

Por la ventana, con el corazón latiéndole con fuerza, Frank los observó marchar. La bicicleta del chico era una reliquia que, a lo sumo, seguramente sólo serviría para desplazarse un poquito más deprisa que a pie. Pero el chico logró pedalear con furia, así que en un tiempo récord él y el perro desaparecieron por el lateral del molino, balanceándose por debajo del canal lleno de hierbajos en dirección a la carretera.

Cuando estuvieron bien lejos, Frank comprobó que podía respirar de nuevo. El corazón le latía con fuerza en los oídos, por lo que no escuchó otro sonido, al otro lado de la pared que unía esta casa con la que ocupaban Frank y Graham.

Volvió corriendo para ver por qué le llamaba su padre. Vio que Graham regresaba tambaleándose al sillón del que se había levantado con grandes esfuerzos, con un mazo de madera en la mano.

– ¿Papá? -dijo-. ¿Estás bien? ¿Qué ocurre?

– ¿Es que no se puede estar tranquilo en esta casa? -preguntó Graham-. ¿Qué haces a esta hora tan temprana, hijo? Ni siquiera oigo la maldita tele con tanto ruido.

– Lo siento -le dijo Frank a su padre-. Ese chico se ha pasado por aquí solo, sin Guy. Ya sabes a quién me refiero: Paul Fielder. Bueno, no podemos permitirlo, papá. No quiero que merodee por aquí solo. No es que no confíe en él, pero tenemos cosas valiosas y él proviene…, bueno, de un entorno desfavorecido… -Sabía que hablaba demasiado deprisa, pero no podía remediarlo-. No quiero arriesgarme a que robe algo y lo venda. Ha abierto una de las cajas, ¿sabes? Ha entrado directamente sin saludar ni nada, y yo…

Graham cogió el mando del televisor y subió el volumen hasta un nivel que agredió los tímpanos de Frank.

– Ocúpate de lo tuyo, maldita sea -le ordenó a su hijo-. Como verás, yo estoy con lo mío.

Paul pedaleó como un loco mientras Taboo corría a su lado. No se paró a respirar ni descansar, ni siquiera a pensar, sino que se lanzó a la carretera que salía de Talbot Valley arrimándose peligrosamente al muro cubierto de hiedra que aguantaba la ladera en la que estaba esculpida la carretera. Si hubiera sido capaz de pensar con claridad, podría haberse detenido en un apartadero que daba acceso a un camino que ascendía colina arriba. Podría haber aparcado la bici allí, subido el sendero y cruzado los campos donde pacían las vacas lecheras pardas. Nadie caminaría por allí en esa época del año, así que habría estado a salvo, y la soledad le habría proporcionado la oportunidad de reflexionar sobre qué hacer ahora. Pero sólo podía pensar en escapar. Los gritos eran el precursor de la violencia, ésa era su experiencia. Hacía tiempo que huir era su única opción.

Así que subió el valle y, siglos después, cuando por fin se le ocurrió preguntarse dónde estaba, vio que sus piernas le habían llevado al único lugar donde había conocido la seguridad y la dicha. Se encontraba frente a la verja de hierro de Le Reposoir. Estaba abierta como si esperara su llegada, como había estado tantas veces en el pasado.

Frenó. A sus pies, Taboo jadeaba. De repente, Paul se sintió terriblemente culpable al reconocer la devoción inquebrantable que le profesaba el perrito. Taboo había ladrado para proteger a Paul de la furia del señor Ouseley. Se había expuesto a la ira de un desconocido. Y, después, había cruzado corriendo media isla sin dudarlo. Paul dejó caer la bici con indiferencia y se arrodilló para abrazarle. Taboo respondió lamiéndole la oreja, como si su dueño no lo hubiera ignorado y olvidado en su huida. Paul reprimió el llanto al pensar en aquello. Por la experiencia que había tenido durante toda su vida, nadie aparte de un perro podría haber ofrecido más amor a Paul. Ni siquiera Guy Brouard.

Pero en esos momentos Paul no quería pensar en Guy Brouard. No quería analizar cómo había sido el pasado con él, y menos aún contemplar cómo se presentaba el futuro sin el señor Brouard en su vida.

Así que hizo lo único que podía hacer: seguir como si no hubiera cambiado nada.

Como estaba frente a la verja de Le Reposoir, eso significaba coger la bicicleta y entrar en los jardines. Sin embargo, esta vez, en lugar de pedalear, pasó por debajo de los castaños empujando la bicicleta y con Taboo trotando alegremente a su lado. A lo lejos, el sendero de guijarros se abría delante de la mansión de piedra, y la hilera de ventanas parecía recibirlos con un guiño bajo el sol apagado de aquella mañana de diciembre.

En otros tiempos, habría rodeado la casa hasta el pabellón acristalado, habría entrado por allí y se habría detenido en la cocina, donde Valerie Duffy le habría dicho: “Vaya, qué visión más agradable para una dama tan temprano por la mañana”, y le habría sonreído y ofrecido un tentempié. Tendría un bollo casero para él o quizá un panecillo y, antes de que le dejara ir a buscar al señor Brouard a su estudio o a la galería o a cualquier otra estancia, le diría: “Siéntate y dime si esto está a la altura, Paul. No quiero que el señor Brouard lo pruebe sin que me des tu visto bueno, ¿de acuerdo?”. Y añadiría: “Remójalo con esto”, y le daría un vaso de leche o un té o una taza de café o, en alguna ocasión, un tazón de chocolate caliente tan cremoso y espeso que se le hacía la boca agua con sólo olerlo. También tendría algo para Taboo.

Pero esta mañana Paul no fue al pabellón acristalado. Todo había cambiado con la muerte del señor Guy. Así que fue a los establos de piedra detrás de la casa, donde el señor Guy guardaba las herramientas en un viejo cobertizo. Mientras Taboo olisqueaba los aromas detectables que proporcionaban el cobertizo y el establo, Paul cogió la caja de herramientas y la sierra, se puso al hombro los tablones de madera y salió cargado afuera. Llamó a Taboo con un silbido, y el chucho salió disparado hacia el estanque, que se encontraba a cierta distancia de allí, detrás del ala noroeste de la casa. Para llegar al lugar, Paul tuvo que pasar por delante de la cocina, y vio a Valerie Duffy por la ventana cuando miró en esa dirección. Cuando la mujer le saludó con la mano, sin embargo, él agachó la cabeza. Siguió avanzando decididamente, arrastrando los pies por la gravilla como tanto le gustaba hacer, sólo para oír el crujido de los guijarros contra las suelas de sus zapatos. Hacía mucho tiempo que le gustaba ese sonido, en especial cuando los dos caminaban juntos: él y el señor Guy. Sonaban igual, como dos tipos que se iban a trabajar, y la uniformidad de aquel sonido siempre había convencido a Paul de que cualquier cosa era posible, incluso crecer para convertirse en otro Guy Brouard.

No era que quisiera imitar la vida del señor Guy. Sus sueños eran distintos. Pero el hecho de que el señor Guy hubiera empezado sin nada -era un niño refugiado de Francia- y hubiera pasado de no tener nada a convertirse en un gigante en el camino que había elegido en la vida prometía a Paul que él podía hacer lo mismo. Cualquier cosa era posible si se estaba dispuesto a trabajar.

Y Paul estaba dispuesto, lo estuvo desde el momento en que conoció al señor Guy. Cuando tenía doce años y era un chico delgaducho que llevaba la ropa de su hermano mayor que no tardaría en heredar el siguiente hermano, Paul estrechó la mano del caballero de los vaqueros y lo único que fue capaz de decir fue: “Qué blanca”, mientras contemplaba con lamentable admiración la camiseta que llevaba el señor Guy debajo de su suéter azul marino perfecto con cuello de pico. Luego se ruborizó tanto que creyó que iba a desmayarse. “Estúpido, estúpido -gritaron las voces dentro de su cabeza-. Oportuno como una chincheta sin punta e igual de útil, así eres tú, Paulie.”

Pero el señor Guy supo exactamente de qué hablaba Paul. Dijo:

– No es mérito mío, sino de Valerie. Ella hace la colada. Esa mujer es la última de su especie, una verdadera ama de casa. Los conocerás a los dos cuando vayas a Le Reposoir. Si quieres, claro. ¿Qué te parece? ¿Lo intentamos?

Paul no supo qué responder. Su maestra de tercero le había llamado por adelantado y explicado el programa especial -adultos de la comunidad harían algo por los chicos-, pero no había escuchado como debiera porque se había distraído con el empaste de oro en la boca de la mujer. Estaba hacia el principio y, cuando hablaba, brillaba por efecto de las luces del techo del aula. No dejó de intentar ver si había más. No dejó de preguntarse cuánto valía su boca.

Así que cuando el señor Guy habló de Le Reposoir y de Valerie y Kevin -así como de su hermana pequeña, Ruth, que Paul realmente imaginó que sería pequeña cuando por fin la conoció-, Paul lo asimiló todo y asintió porque sabía que se suponía que tenía que asentir, y él siempre hacía lo que se suponía que había que hacer porque hacer otra cosa significaba entrar directamente en un estado de pánico y confusión. De este modo, el señor Guy se convirtió en su compañero y juntos iniciaron su amistad.

Ésta consistía, principalmente, en pasar juntos un tiempo en la finca del señor Guy, porque aparte de pescar, nadar y caminar por los senderos de los acantilados, en Guernsey dos tipos no podían hacer mucho más. O al menos así fueron las cosas hasta que comenzaron el proyecto del museo.

Pero tenía que alejar de su mente el proyecto del museo. No hacerlo significaba revivir esos momentos a solas con los gritos del señor Ouseley. Así que caminó lentamente hacia el estanque donde él y el señor Guy habían estado reconstruyendo el refugio de invierno para los patos.

Ahora sólo quedaban tres: un macho y dos hembras. Los otros habían muerto. Un día Paul encontró al señor Guy enterrando sus cuerpos rotos y ensangrentados, víctimas inocentes de algún perro fiero o de la malicia de alguien. El señor Guy impidió a Paul verlos de cerca. Le dijo:

– Quédate ahí, Paul, no dejes que Taboo se acerque.

Y mientras Paul le observaba, el señor Guy enterró a los pobres pájaros cada uno en una tumba que él mismo cavó, diciendo:

– Maldita sea. Dios mío. Qué desperdicio, qué desperdicio.

Había doce, también dieciséis patitos, cada uno con su tumba, cada tumba señalada con piedras alrededor y culminada con una cruz. Además, una valla cercaba totalmente el cementerio de patos.

– Honramos a las criaturas de Dios -le había dicho el señor Guy-. Es nuestro deber recordar que nosotros también lo somos.

Sin embargo, hubo que enseñárselo a Taboo, y enseñarle a honrar a los patos de Dios había sido un proyecto considerable para Paul. Pero el señor Guy le prometió que su paciencia se vería recompensada y así había sido. Ahora Taboo era manso como un corderito con los tres patos que quedaban, y esta mañana podrían no haber estado en el estanque perfectamente, a juzgar por el nivel de indiferencia que les mostró el perro. Taboo se marchó a investigar los olores del juncal que crecía cerca del puentecito que había sobre el agua. Por su lado, Paul llevó su carga al lado este del estanque, donde él y el señor Guy habían estado trabajando.

Además de asesinar a los patos, también habían destruido los refugios de invierno de los pájaros. Paul y su mentor los habían estado reconstruyendo durante los días que precedieron a la muerte del señor Guy.

Con el tiempo, Paul llegó a comprender que el señor Guy lo ponía a prueba en un proyecto u otro para intentar ver qué se le daba bien hacer en la vida. Quiso decirle que ser carpintero, albañil, alicatador o pintor de brocha gorda estaba bien, pero que no eran exactamente tareas que lo convirtieran a uno en piloto de la RAF. Sin embargo, fue reacio a admitir en voz alta aquel sueño. Así que colaboró alegremente en todos los proyectos que le presentó. Al menos, las horas que pasaba en Le Reposoir significaban estar lejos de casa, y él estaba encantado de poder escapar.

Dejó las maderas y las herramientas a poca distancia del agua y también se despojó de la mochila. Se aseguró de que Taboo seguía cerca antes de abrir la caja de herramientas y examinar su contenido, intentando recordar el orden exacto que el señor Guy le había enseñado a seguir cuando se construía algo. Los tablones estaban cortados. Eso estaba bien. No era muy bueno con la sierra. Creía que lo siguiente eran los clavos. El único tema era dónde clavar qué.

Vio un papel doblado debajo de la caja de cartón de los clavos y recordó los dibujos que había hecho el señor Guy. Lo cogió, lo extendió en el suelo y se arrodilló para estudiar los planos.

Una A mayúscula dentro de un círculo significaba “empezar por aquí”. Una B mayúscula dentro de un círculo significaba “paso siguiente”. Una C mayúscula dentro de un círculo era lo que seguía a la B, y así sucesivamente hasta que el refugio estuviera hecho. Más fácil imposible, pensó Paul. Revisó las maderas hasta que encontró las piezas que se correspondían con las letras del dibujo.

Sin embargo, resultó que había un problema. Porque en los tablones no había grabada ninguna letra, sino números y, aunque también había números en el dibujo, algunos de estos números estaban repetidos y todos tenían fracciones y Paul era un desastre con las fracciones: nunca había logrado entender qué significaba el número de arriba respecto al de abajo. Sabía que tenía algo que ver con dividir. Lo de arriba entre lo de abajo o lo de abajo entre lo de arriba, dependiendo del mínimo común nominador o algo así. Pero al mirar los números, empezó a marearse y recordó esas salidas espantosas a la pizarra con la maestra exigiéndole: “Por Dios, Paul, sólo tienes que reducir la fracción. No, no. El numerador y el denominador cambiarán cuando los dividas adecuadamente. Qué estúpido es este chico”.

Risas, risas. Más tonto que Abundio. Paulie Fielder. Cabeza de chorlito.

Paul miró los números y siguió mirándolos hasta que se volvieron borrosos. Entonces, cogió el papel y lo arrugó. Inútil, palurdo, cazurro. “Sí, eso es, llora, nenaza mariquita. Apuesto a que sé por qué lloras, sí.”

– Ah, aquí estás.

Paul se dio la vuelta al oír aquello. Valerie Duffy se acercaba por el sendero de la casa; su larga falda de lana se enganchaba en las hojas de helécho por el camino. Llevaba algo doblado cuidadosamente en las manos. A medida que Valerie se aproximaba, Paul vio que era una camisa.

– Hola, Paul -dijo Valerie Duffy con ese buen humor que sonaba premeditado-. ¿Dónde está tu amigo de cuatro patas esta mañana? -Y cuando Taboo apareció dando brincos alrededor del estanque, saludando con sus ladridos, siguió diciendo-: Ahí estás, Tab. ¿Por qué no te has pasado por la cocina a verme?

Hizo la pregunta a Taboo, pero Paul sabía que en realidad iba dirigida a él. Valerie utilizaba a menudo esa fórmula para comunicarse con él. Le gustaba hacer sus comentarios al perro. Siguió haciéndolo:

– Mañana por la mañana tenemos el funeral, Tab, y siento decirte que no permiten perros en la iglesia. Pero si el señor Brouard pudiera dar su opinión, allí estarías, cielo. Y los patos también. Pero espero que nuestro Paul sí vaya. Es lo que habría querido el señor Brouard.

Paul se miró la ropa andrajosa y supo que no podía ir a un funeral, era imposible. No tenía la vestimenta adecuada, y aunque la tuviera, nadie le había dicho que el funeral era mañana. Se preguntó por qué.

– Ayer llamé a Bouet y hablé con el hermano de Paul sobre el funeral, Tab. Pero deja que te diga lo que pienso: Billy Fielder ni siquiera le dio el recado. Bueno, tendría que habérmelo imaginado, siendo como es Billy. Tendría que haber vuelto a llamar hasta hablar con Paul o su madre o su padre. Aun así, Taboo, me alegro de que hayas traído a Paul a vernos, porque ahora ya lo sabe.

Paul se limpió las manos en las perneras de los vaqueros. Dejó caer la cabeza y arrastró los pies por la tierra arenosa del borde del estanque. Pensó en las decenas y decenas de personas que asistirían al funeral de Guy Brouard, y se alegró de que no se lo hubieran dicho. Ya era bastante malo sentirse como se sentía en privado ahora que el señor Guy no estaba. Tener que sentirse así en público sería más de lo que podría soportar. Todos esos ojos clavados en él, todas esas mentes que se hacían preguntas, todas esas voces que susurraban: “Es el joven Paul Fielder, el amigo especial del señor Guy”. Y las miradas que acompañarían esas palabras -”amigo especial”-, las cejas levantadas y los ojos muy abiertos que le dirían a Paul que quienes hablaban decían algo más que palabras.

Alzó la vista para ver si Valerie tenía las cejas levantadas y los ojos muy abiertos. Pero no, así que relajó los hombros. Los había tenido tan tensos desde que había huido de Moulin des Niaux, que habían empezado a dolerle. Pero ahora le pareció que las pinzas que le agarraban las clavículas se soltaban de repente.

– Mañana saldremos a las once y media -dijo Valerie, pero esta vez se dirigió al propio Paul-. Puedes venir en el coche con Kev y conmigo, cielo. No te preocupes por la ropa. Kev dice que tiene dos más iguales y que no necesita tres. En cuanto a los pantalones… -Lo examinó pensativamente. Paul sintió el calor en todos los lugares de su cuerpo en los que se posaban los ojos de Valerie-. Los de Kev no te servirán. Te perderías dentro de ellos. Pero me parece que unos del señor Brouard… Bien, no te preocupes por ponerte algo del señor Brouard, cielo. Es lo que él habría querido si lo hubieras necesitado. Te apreciaba mucho, Paul. Pero eso ya lo sabes. No importa lo que dijera o hiciera, él era… Te apreciaba mucho… -Se le trabó la lengua.

Paul sintió su pena como una correa que tiraba de él y le extraía lo que quería reprimir. Apartó la mirada de Valerie hacia los tres patos supervivientes y se preguntó cómo iba a arreglárselas todo el mundo ahora que el señor Guy no estaba allí para mantenerlos unidos, para trazar su rumbo, para saber qué había que hacer de aquí en adelante.

Oyó que Valerie se sonaba la nariz y se giró hacia ella. La mujer le ofreció una sonrisa temblorosa.

– En cualquier caso, nos gustaría que asistieras. Pero si prefieres no ir, no tienes que sentirte culpable. Los funerales no están hechos para todo el mundo y, a veces, es mejor recordar a los vivos siguiendo adelante con nuestra vida. Pero puedes quedarte la camisa igualmente. Tienes que quedártela. -Valerie miró a su alrededor, parecía buscar un lugar limpio donde depositarla-. Te la dejo aquí -dijo cuando vio la mochila de Paul en el suelo. Hizo ademán de meterla dentro.

Paul gritó y le arrebató la camisa de las manos. La lanzó lejos. Taboo ladró con fiereza.

– Vaya, Paul -dijo Valerie sorprendida-. No pretendía… No es una camisa vieja, cielo. Es bastante…

Paul recogió la mochila. Miró a derecha e izquierda. La única salida era por donde había venido, y escapar era esencial.

Capítulo 4

Ruth Brouard observó la huida del chico. Estaba en el estudio de Guy cuando Paul salió por la enramada que marcaba la entrada a los estanques. Estaba abriendo un fajo de tarjetas de pésame del correo del día anterior, tarjetas que no había tenido el valor de abrir hasta ahora, y primero oyó ladrar al perro y luego vio al chico corriendo por el césped debajo de ella. Un momento después, apareció Valerie Duffy, con la camisa que le había llevado a Paul en las manos, un ofrecimiento mustio y rehusado de una madre cuyos propios hijos habían abandonado el nido mucho antes de que ella estuviera preparada para que lo hicieran.

Tendría que haber tenido más hijos, pensó Ruth mientras Valerie volvía hacia la casa caminando con dificultad. Algunas mujeres nacían con un ansia de ser madres que nada podía aplacar, y parecía que Valerie Duffy era una de ellas.

Ruth observó a la mujer hasta que desapareció por la puerta de la cocina, que estaba debajo del estudio de Guy, adonde Ruth había ido directamente después de desayunar. Era el único lugar en el que ahora podía sentirse cerca de él, rodeada de las pruebas que le decían, como desafiando la terrible manera como había muerto, que Guy Brouard había tenido una buena vida. En el estudio de su hermano, esas pruebas estaban por todas partes: en las paredes y en las estanterías y sobre un aparador antiguo espléndido en el centro de la estancia. Aquí estaban los certificados, las fotografías, los premios, los planos y los documentos. Archivadas estaban la correspondencia y las recomendaciones para los beneficiarios de la famosa esplendidez de Brouard. Y expuesta en un lugar destacado estaba la que tendría que haber sido la joya final indispensable para completar la corona de los logros de su hermano: la maqueta cuidadosamente construida de un edificio que Guy le había prometido a esa isla que se había convertido en su hogar. Sería un monumento al sufrimiento de los isleños, así lo había descrito Guy. Un monumento construido por alguien que también había sufrido.

O ésa había sido su intención, pensó Ruth.

Cuando Guy no había vuelto a casa tras su baño matutino, al principio no se preocupó. Siempre era puntual y predecible en cuanto a sus hábitos, cierto; pero cuando bajó las escaleras y no lo encontró arreglado en el salón del desayuno, escuchando atentamente las noticias de la radio mientras esperaba la comida, simplemente imaginó que se había pasado por casa de los Duffy para tomar un café con Valerie y Kevin después de nadar. De vez en cuando lo hacía. Le caían bien. Por eso, tras considerarlo un momento, Ruth fue al teléfono del salón de desayuno con un café y un pomelo y llamó a la casa de piedra situada en el límite de los jardines.

Contestó Valerie. No, le dijo a Ruth, el señor Brouard no estaba allí. No sabía nada de él desde primera hora de la mañana, momento en que lo había visto fugazmente cuando iba a nadar. ¿Por qué? ¿No había vuelto? Seguramente estaría en algún lugar de la finca… ¿Entre las esculturas tal vez? Le había dicho a Kev que quería cambiarlas de sitio. ¿Sabía?, ese busto grande del jardín tropical. Quizá intentaba decidir dónde colocarlo porque Valerie tenía claro que el busto era una de las piezas que el señor Brouard quería mover. No, Kev no estaba con él. Kev estaba allí sentado en la cocina.

Al principio, Ruth no se alarmó. Subió al cuarto de baño de su hermano, donde se habría cambiado de ropa tras el ejercicio, y dejado el bañador y el chándal. Sin embargo, no estaban allí. Ni tampoco una toalla húmeda, lo que habría aportado más pruebas de su regreso.

Entonces lo sintió, una punzada de preocupación como si unas pinzas tiraran de la piel de debajo de su corazón. Fue entonces cuando recordó lo que había visto anteriormente desde la ventana mientras contemplaba a su hermano partiendo hacia la bahía: esa figura que había aparecido de debajo de los árboles próximos a la casa de los Duffy cuando Guy pasó por delante.

Así que cogió el teléfono y volvió a llamar a los Duffy. Kevin accedió a bajar a la bahía.

El hombre regresó corriendo, pero no para hablar con ella. Kevin no fue a buscarla hasta que apareció la ambulancia al final del sendero.

Así había comenzado la pesadilla. A medida que pasaban las horas, no hizo más que empeorar. Al principio pensó que le había dado un infarto, pero cuando no dejaron que acompañara a su hermano al hospital, cuando le dijeron que tendría que ir en el coche que Kevin Duffy condujo en silencio detrás de la ambulancia, cuando se llevaron a toda prisa a Guy antes de que pudiera verlo, supo que algo había cambiado de manera espantosa y permanente.

Esperó que fuera una apoplejía. Al menos aún estaría vivo. Pero al fin le comunicaron que había muerto, y fue entonces cuando le contaron las circunstancias. De esa explicación venía la pesadilla que la atormentaba: Guy luchando, retorciéndose de dolor y de miedo, y solo.

Habría preferido creer que un accidente había acabado con la vida de su hermano. Saber que había sido asesinado le partía el alma y reducía su vida a dos cuestiones: por qué y quién. Pero ése era terreno peligroso.

La vida había enseñado a Guy a perseguir lo que quería. Nadie iba a regalarle nada. Pero en más de una ocasión había perseguido lo que quería sin plantearse si lo que quería era lo que realmente debía tener. Los resultados habían hecho sufrir a otros: sus mujeres, sus hijos, sus socios, sus… otras personas.

– No puedes continuar así sin que acabes destruyendo a alguien -le había dicho-. Y yo no puedo quedarme mirando y permitir que lo hagas.

Pero él se había reído de ella cariñosamente y le había dado un beso en la frente. Mademoiselle Brouard la directora, la llamaba. ¿Me pegarás en los nudillos si no obedezco?

El dolor volvió. Le agarró la columna como si le clavaran un pincho en la nuca y luego se heló hasta que comenzó a sentir que aquel frío horrible se transformaba en fuego. Le mandaba descargas, cada una era una serpentina ondulante de enfermedad. Tuvo que salir de la habitación en busca de ayuda.

No estaba sola en la casa, pero se sentía sola y, si el cáncer no la tuviera apresada, se habría reído. Sesenta y seis años y la habían arrancado prematuramente del útero que el amor de su hermano le había proporcionado. Quién habría pensado que las cosas acabarían así aquella noche lejana que su madre le susurró: “Promets-moi de ne pas pleurer, mon petit chat. Sois forte pour Guy”.

Quería cumplir la palabra que le había dado a su madre, como había hecho durante más de sesenta años. Pero ahora tenía que enfrentarse a la verdad: no encontraba la forma de ser fuerte por nadie.

Margaret Chamberlain no llevaba ni cinco minutos con su hijo y ya quería darle órdenes: “Siéntate erguido, por el amor de Dios; mira a la gente a los ojos cuando hables, Adrián; no des golpes a las maletas, maldita sea; cuidado con ese ciclista, cariño; por favor, pon el intermitente, cielo”. Sin embargo, logró poner freno a su aluvión de instrucciones. De sus cuatro hijos, era al que más quería y el que más la exasperaba. Esto último lo atribuía a su padre, que era distinto al de sus otros hijos, pero como acababa de perderlo, decidió pasar por alto la menos irritante de sus costumbres. De momento.

La recibió en lo que en teoría era el vestíbulo de llegadas del aeropuerto de Guernsey. Margaret apareció empujando un carrito con las maletas apiladas encima y lo encontró merodeando por el mostrador del alquiler de coches donde trabajaba una atractiva pelirroja con la que podría haber estado charlando como un hombre normal, si lo fuera. Pero fingía examinar un mapa, perdiendo así otra oportunidad más que la vida le había puesto delante de sus narices.

Margaret suspiró.

– Adrián -dijo-. ¡Adrián! -repitió al no obtener respuesta.

Su hijo oyó la segunda llamada y alzó la vista de su minucioso examen. Devolvió avergonzado el mapa al mostrador del alquiler de coches. La pelirroja le preguntó si podía ayudarle en algo, pero él no contestó. Ni siquiera la miró. Ella volvió a preuntarle. Él se subió el cuello de la chaqueta y le dio la espalda en lugar de responder.

– Tengo el coche fuera -le dijo a su madre a modo de saludo mientras cogía las maletas del carrito.

– Qué tal un “¿Has tenido un buen vuelo, querida mamá?” -le sugirió Margaret-. ¿Por qué no llevamos el carrito hasta el coche, cielo? Sería más fácil, ¿no crees?

Adrián se marchó dando grandes zancadas, maletas en mano. No quedaba más remedio que seguirle. Margaret dirigió una sonrisa de disculpa hacia el mostrador del alquiler de coches por si la pelirroja estaba controlando el recibimiento que le había hecho su hijo. Luego fue tras él.

El aeropuerto constaba de un solo edificio situado junto a una única pista de aterrizaje al lado de diversos campos sin arar. Tenía un aparcamiento más pequeño que el de la estación de tren de su pueblo de Inglaterra, así que fue fácil seguir a Adrián por él. Cuando Margaret lo alcanzó, su hijo estaba metiendo las dos maletas en la parte trasera del Range Rover, que era, descubrió enseguida, el tipo de coche equivocado para conducir por las carreteras estrechas de Guernsey.

Nunca había estado en la isla. Ella y el padre de Adrián llevaban mucho tiempo divorciados cuando él se marchó de Chateaux Brouard y se instaló en la casa de aquí. Pero Adrián había visitado a su padre en numerosas ocasiones desde que Guy se había trasladado a Guernsey, así que resultaba del todo incomprensible por qué conducía un vehículo que tenía prácticamente el tamaño de un camión de mudanzas cuando era obvio que lo que necesitaban era un Mini. Igual que muchas de las cosas que hacía su hijo, la más reciente de las cuales era haber roto la única relación que había logrado tener con una mujer en sus treinta y siete años de vida. ¿Qué había pasado? Margaret aún se lo preguntaba. Lo único que le había dicho era: “Queríamos cosas distintas”, algo que ella no se creyó en absoluto, puesto que sabía -por una conversación privada y muy confidencial con la propia joven- que Carmel Fitzgerald quería casarse, y también sabía -por una conversación privada y muy confidencial con su hijo- que Adrián se consideraba afortunado por haber encontrado a una chica joven, moderadamente atractiva y dispuesta a atarse ciegamente a un hombre de casi mediana edad que nunca había vivido en otro lugar que no fuera la casa de su madre; salvo, por supuesto, esos tres meses terribles en los que vivió solo mientras intentaba estudiar en la universidad… Pero cuanto menos pensara en eso, mejor. Así pues, ¿qué había pasado?

Margaret sabía que no podía preguntárselo. Al menos, no ahora, cuando el funeral de Guy se acercaba rápidamente. Pero tenía pensado hacerlo pronto.

– ¿Cómo está tu pobre tía Ruth, cielo?

Adrián frenó en un semáforo que había junto a un viejo hotel.

– No la he visto.

– ¿Por qué no? ¿Se ha encerrado en su habitación?

Adrián miró el semáforo, con toda su atención puesta en el momento en que cambiara a ámbar.

– Quiero decir que la he visto, pero no la he visto. No sé cómo está. No me lo ha dicho.

No se le había ocurrido preguntárselo, por supuesto. No más de lo que se le habría ocurrido hablar con su propia madre utilizando algo más directo que acertijos.

– No fue ella quien lo encontró, ¿verdad? -dijo Margaret.

– Fue Kevin Duffy, el encargado del mantenimiento.

– Debe de estar destrozada. Llevan juntos… Bueno, siempre han estado juntos, ¿verdad?

– No sé por qué has querido estar aquí, madre.

– Guy fue mi marido, cielo.

– El cuarto -señaló Adrián. Qué pesado era. Margaret sabía muy bien cuántas veces se había casado-. Creía que sólo asistías a sus funerales si morían mientras aún estabas casada con ellos.

– Esa observación es terriblemente vulgar, Adrián.

– ¿En serio? Dios santo, no podemos tolerar la vulgaridad.

Margaret se giró en su asiento para mirarle.

– ¿Por qué te comportas así?

– ¿Así, cómo?

– Guy fue mi marido. En su día lo quise. A él le debo haberte tenido. Así que si quiero honrarle por todo ello asistiendo a su funeral, pienso hacerlo.

Adrián sonrió de un modo que ponía de manifiesto su incredulidad, y Margaret quiso darle una bofetada. Su hijo la conocía muy bien.

– Siempre has creído que mientes mejor de lo que lo haces en realidad -dijo Adrián-. ¿Pensaba la tía Ruth que haría algo…, hum…, insano, ilegal o totalmente demente si tú no estabas aquí? ¿O cree que ya lo he hecho?

– ¡Adrián! ¿Cómo puedes insinuar…, aunque sea en broma…?

– No es ninguna broma, madre.

Margaret se volvió hacia la ventanilla. No estaba dispuesta a seguir escuchando más ejemplos de la forma de pensar retorcida de su hijo. El semáforo cambió, y Adrián cruzó la intersección.

La ruta que seguían estaba toda edificada. Bajo el cielo sombrío, las viviendas de estuco de la posguerra descansaban junto a casas adosadas victorianas en decadencia que a su vez estaban ensambladas de vez en cuando con un hotel de turistas cerrado durante la temporada baja. Las zonas pobladas daban paso a campos pelados al sur de la carretera, y allí estaban las granjas de piedra originales, con cajas blancas de madera al límite de sus propiedades para marcar los lugares donde en otras épocas del año los dueños colocarían patatas cultivadas en su propio huerto o flores de invernadero para vender.

– Tu tía me ha llamado porque ha llamado a todo el mundo -dijo Margaret al fin-. Sinceramente, me sorprende que tú no me llamaras.

– No viene nadie más -dijo Adrián con ese modo exasperante que tenía de alterar el curso de una conversación-. Ni siquiera JoAnna o las niñas. Bueno, puedo entender que JoAnna no venga… ¿Cuántas amantes tuvo papá cuando estaba casado con ella? Pero creía que las niñas quizá vendrían. Le odiaban a muerte, claro, pero imaginé que al final moverían el culo por pura avaricia. El testamento, ¿sabes? Creía que querrían saber qué les toca. Mucha pasta, sin duda, si alguna vez se sintió culpable por lo que le hizo a su madre.

– Por favor, no hables así de tu padre, Adrián. Como único hijo varón suyo y hombre que algún día se casará y tendrá hijos que llevarán su apellido, creo que podrías…

– Pero no van a venir. -Ahora Adrián habló obstinadamente y más alto, como si deseara ahogar la voz de su madre-. Aun así, creía que JoAnna quizá aparecería, aunque fuera para clavarle una estaca en el corazón al viejo. -Adrián sonrió, pero fue un gesto más para sí mismo que para ella. Sin embargo, esa sonrisa provocó un escalofrío que recorrió el cuerpo de Margaret. Le recordó mucho los malos tiempos de su hijo, cuando fingía que todo iba bien mientras por dentro se tramaba una guerra civil.

Era reacia a preguntarle, pero aún era más reacia a seguir en la inopia. Así que cogió el bolso del suelo y lo abrió, fingiendo que buscaba un caramelo de menta mientras decía bruscamente:

– Espero que el aire salado sea beneficioso. ¿Qué tal las noches desde que estás aquí, cariño? ¿Alguna resultó incómoda?

Adrián le lanzó una mirada rápida.

– No tendrías que haber insistido para que fuera a su maldita fiesta, madre.

– ¿Que yo insistí? -Margaret se llevó los dedos al pecho.

– ”Tienes que ir, cariño.” -Hizo una imitación extraña de su voz-. “Hace siglos que no le ves. ¿Has hablado por teléfono con él desde septiembre al menos? ¿No? Ahí lo tienes. Tú padre se quedará muy decepcionado si no vas.” Y no podíamos permitirlo -dijo Adrián-. Nunca hay que decepcionar a Guy Brouard cuando quiere algo. Excepto que él no quería. No quería que estuviera aquí. Eras tú quien quería. Me lo dijo.

– Adrián, no. Eso no es… Espero… Tú… No te peleaste con él, ¿verdad?

– Creías que cambiaría de parecer respecto al dinero si venía a verle en su momento de gloria, ¿verdad? -preguntó Adrián-. Pasearía mi careto por su estúpida fiesta, y él estaría tan contento de verme que por fin cambiaría de opinión y financiaría mi negocio. ¿No se trata de eso?

– No tengo ni idea de qué hablas.

– No insinuarás que no te dijo que se negó a financiar mi negocio, ¿verdad? ¿En septiembre? ¿Nuestra pequeña… discusión? “No demuestras tener suficiente potencial para el éxito, Adrián. Lo siento, hijo mío, pero no me gusta tirar el dinero.” A pesar de los montones y montones de dinero que ha repartido por ahí, claro.

– ¿Tu padre te dijo eso? ¿Poco potencial?

– Entre otras cosas. “La idea es buena”, me dijo. “Siempre se puede mejorar el acceso a Internet, y ésta parece la forma de hacerlo. Pero con tu historial, Adrián… No es que tengas historial precisamente, lo que significa que ahora tendremos que estudiar las razones por las que no lo tienes.”

Margaret notó cómo el ácido de la rabia se vertía lentamente en su estómago.

– ¿De verdad que te…? Cómo se atreve.

– ”Coge una silla, hijo. Sí, venga. Bueno. Has tenido tus dificultades, ¿verdad? ¿Recuerdas ese incidente en el jardín del director cuando tenías doce años? ¿Y qué me dices de lo mal que te fue en la universidad a los diecinueve? No es precisamente lo que cabría esperar de un individuo en quien te planteas invertir, hijo mío.”

– ¿Eso te dijo? ¿Sacó esos temas? Cariño, lo siento -dijo Margaret-. Es para echarse a llorar. ¿Y viniste igualmente después de todo esto? ¿Accediste a verle? ¿Por qué?

– Porque soy estúpido, obviamente.

– No digas eso.

– Pensé en darle otra oportunidad. Pensé que si podía poner en marcha esto, Carmel y yo podríamos… No lo sé… Intentarlo de nuevo. Verle, tener que aguantar lo que me soltara… Decidí que valía la pena si podía salvar las cosas con Carmel.

Adrián había centrado su atención obstinadamente en la carretera mientras admitía todo aquello, y Margaret sintió una gran compasión por su hijo a pesar de todas esas características suyas que a menudo la exasperaban. Su vida había sido mucho más difícil que las de sus hermanastros, pensó Margaret. Y ella tenía la culpa de muchas de esas dificultades. Si le hubiera permitido pasar más tiempo con su padre, el tiempo que Guy había querido, exigido, intentado conseguir… Había sido imposible, por supuesto. Pero si lo hubiera permitido, si se hubiera arriesgado, quizá Adrián lo habría tenido más fácil. Quizá ella tendría menos motivos para sentirse culpable.

– Entonces, ¿volviste a hablar con él sobre el dinero? -le preguntó-. ¿Le pediste que te ayudara con el nuevo negocio?

– No tuve ocasión. No pude hablar con él a solas, no con la señorita Melones pegada a él todo el día, asegurándose de que no tuviera ni un momento para quitarle el dinero que quería para ella.

– La señorita… ¿Quién?

– La última. Ya la conocerás.

– No es posible que de verdad se llame…

Adrián soltó una risotada.

– Pues debería. Siempre estaba merodeando por allí, pasándoselos por la cara por si acaso a él se le ocurría pensar en algo que no estuviera directamente relacionado con ella. Menuda distracción le proporcionaba. Así que no hablamos. Y luego ya fue tarde.

Margaret no lo había preguntado antes porque no había querido obtener la información a través de Ruth, que por teléfono ya parecía estar sufriendo bastante. Y no había querido preguntárselo a su hijo en cuanto lo vio porque necesitaba valorar primero su estado de ánimo. Ahora Adrián le había ofrecido una oportunidad, y ella la aprovechó.

– ¿Cómo murió exactamente tu padre?

Estaban entrando en una zona boscosa de la isla, donde un muro alto de piedra frondosamente cubierto por hiedras recorría el lado oeste de la carretera, mientras que en el lado este crecían arboledas espesas de sicómoros, castaños y olmos. Entre ellos podía vislumbrarse el lejano canal, un brillo acerado bajo la luz invernal. Margaret no podía imaginarse por qué alguien querría nadar en aquellas aguas.

Al principio, Adrián no contestó a su pregunta. Esperó a que hubieran pasado por algunas tierras de labranza y aminoró la marcha a medida que se acercaban a un espacio en el muro donde estaban abiertas dos puertas de hierro. Unas losas incrustadas en el muro identificaban la propiedad como Le Reposoir, y allí giró hacia el sendero de entrada. Éste conducía a una casa impresionante: cuatro pisos de piedra gris rematados por lo que parecía una atalaya, la inspiración, tal vez, de un propietario anterior que había sufrido una especie de encantamiento en Nueva Inglaterra. Debajo del mirador con balaustrada se alzaban unas buhardillas, mientras que debajo de éstas la fachada de la casa estaba perfectamente equilibrada. Margaret vio que Guy se las había arreglado muy bien en su jubilación. Pero no le extrañaba nada.

Hacia la casa, el sendero surgía de entre los árboles que lo flanqueaban y rodeaba un césped en el centro del cual se levantaba una impresionante escultura de bronce de un chico y una chica nadando entre delfines. Adrián siguió este círculo y detuvo el Range Rover frente a las escaleras que ascendían hasta una puerta blanca. Estaba cerrada y seguía cerrada cuando por fin respondió a la pregunta de Margaret.

– Murió ahogado -dijo Adrián-, en la bahía.

Margaret se quedó perpleja al oír aquello. Ruth le había dicho que su hermano no había regresado de su baño matutino, que alguien lo había abordado en la playa y asesinado. Pero morir ahogado no implicaba ningún asesinato. Que lo estrangularan sí, claro, pero Adrián no había utilizado esa palabra.

– ¿Ahogado? -dijo Margaret-. Pero Ruth me dijo que a tu padre lo asesinaron. -Y por un momento absurdo pensó que su ex cuñada le había mentido para que fuera a la isla por alguna razón.

– Fue un asesinato, sí -dijo Adrián-. Nadie se ahoga accidentalmente, ni siquiera de forma natural, por culpa de lo que papá tenía en la garganta.

Capítulo 5

En la vida hubiera pensando que estaría en este lugar. -Cherokee River se quedó callado un momento para observar la señal giratoria delante de New Scotland Yard. Recorrió con la mirada las letras plateadas y el propio edificio con sus bunkeres protectores, sus guardias uniformados y su aire de autoridad sombría.

– No sé si va a servirnos de algo -admitió Deborah-. Pero creo que vale la pena intentarlo.

Eran casi las diez y media, y por fin empezaba a remitir la lluvia. Lo que era un chaparrón cuando salieron hacia la embajada de Estados Unidos era ahora una llovizna persistente, de la que se refugiaron debajo de uno de los grandes paraguas negros de Simón.

Su estancia había comenzado con bastante optimismo. A pesar del carácter desesperado de la situación de su hermana, Cherokee poseía esa actitud dinámica que Deborah recordaba en la mayoría de los estadounidenses que había conocido en California. Era un ciudadano de los Estados Unidos en una misión a la embajada de su país. Como contribuyente, había dado por sentado que cuando entrara en la embajada y expusiera los hechos, se sucederían las llamadas telefónicas y la liberación de China se efectuaría de inmediato.

Al principio, pareció que la fe de Cherokee en el poder de la embajada estaba muy bien fundada. En cuanto establecieron adonde tenían que dirigirse -a la Sección de Servicios Consulares Especiales, cuya entrada no estaba tras las puertas imponentes y debajo de la imponente bandera de Grosvenor Square, sino a la vuelta de la esquina, en la más apagada Brook Street-, dieron el nombre de Cherokee en recepción, y una llamada telefónica a los despachos interiores de la embajada produjo una respuesta asombrosa y gratamente rápida. Ni siquiera Cherokee había esperado que lo recibiera la jefa de los Servicios Consulares Especiales. Quizá que un subordinado lo llevara ante su presencia, pero no que saliera a recibirlo personalmente a la recepción. Pero eso fue lo que sucedió. La cónsul especial Rachel Freistat -”señorita”, dijo, y su forma de estrechar la mano era vehemente, diseñada para tranquilizar- entró a grandes zancadas en la enorme sala de espera y condujo a Deborah y a Cherokee a su despacho, donde les ofreció café y galletas e insistió en que se sentaran cerca de la estufa eléctrica para secarse.

Resultó ser que Rachel Freistat lo sabía todo. A las veinticuatro horas de la detención de China, había recibido la llamada de la policía de Guernsey. Aquello, les explicó, era el reglamento, un acuerdo entre los países que habían ratificado el Tratado de la Haya. De hecho, había hablado con la propia China y le había preguntado si necesitaba que alguien de la embajada volara a la isla y la atendiera allí.

– Me contestó que no hacía falta -informó la cónsul especial a Deborah y Cherokee-. Si no, habríamos mandado a alguien enseguida.

– Pero sí hace falta -protestó Cherokee-. La están condenando injustamente. Ella lo sabe. ¿Por qué diría…? -Se pasó la mano por el pelo y murmuró-: No entiendo nada.

Rachel Freistat asintió comprensivamente, pero su expresión daba a entender que había oído la anterior afirmación de que a China “la estaban condenando injustamente”.

– Nuestro margen de maniobra es limitado, señor River -dijo la cónsul-. Su hermana lo sabe. Nos hemos puesto en contacto con su abogado, su defensor lo llaman allí, y nos ha asegurado que ha estado presente en todos los interrogatorios de la policía. Estamos dispuestos a realizar cualquier llamada a Estados Unidos que su hermana quiera que hagamos, aunque ella ha especificado que ahora mismo no quería que llamáramos a nadie. Y si la prensa estadounidense se hace eco de la historia, también gestionaremos todas sus preguntas. La prensa local de Guernsey ya está cubriendo lo sucedido, pero tiene las desventajas del aislamiento relativo y la falta de fondos, así que lo único que puede hacer es publicar los pocos detalles que dé la policía.

– Pero ése es el tema -protestó Cherokee-. La policía está haciendo todo lo posible para incriminarla.

En ese momento, la señorita Freistat tomó un sorbo de café. Miró a Cherokee por encima del borde de la taza. Deborah vio que sopesaba las alternativas disponibles cuando había que dar una mala noticia a alguien, y la mujer se tomó su tiempo antes de decidirse.

– Me temo que la embajada americana no puede ayudarle en eso -le dijo al fin-. Aunque sea verdad, no podemos interferir. Si cree que se ha puesto en marcha toda una maquinaria para mandar a su hermana a la cárcel, tiene que buscar ayuda enseguida. Pero tiene que conseguirla desde dentro de su propio sistema, no desde el nuestro.

– Y eso ¿qué significa? -preguntó Cherokee.

– ¿Una especie de detective privado, tal vez…? -contestó la señorita Freistat.

Así que se marcharon de la embajada sin lograr los resultados que esperaban obtener. Se pasaron la siguiente hora descubriendo que encontrar un detective privado en Guernsey era como encontrar un helado en el Sahara. Tras determinar eso, fueron caminando hasta Victoria Street, donde se encontraban ahora, delante de New Scotland Yard, el edificio de hormigón gris y cristal que se alzaba en el corazón de Westminster.

Entraron deprisa, sacudiendo el paraguas sobre la alfombrilla de goma. Deborah dejó a Cherokee mirando la llama eterna mientras ella se dirigía al mostrador de recepción y comunicaba su petición.

– Comisario Lynley. No tenemos cita, pero si está y puede recibirnos… Soy Deborah Saint James.

Había dos policías uniformados detrás del mostrador y los dos examinaron a Deborah y a Cherokee con una intensidad que sugería la creencia tácita de que los dos llevaban explosivos enrollados al cuerpo. Uno realizó una llamada mientras el otro atendía una entrega de Federal Express.

Deborah esperó hasta que el policía le dijo:

– Aguarde unos minutos.

Así que volvió con Cherokee, quien le dijo:

– ¿Crees que esto servirá de algo?

– Es imposible saberlo -contestó ella-. Pero tenemos que intentar algo.

Tommy bajó personalmente a recibirlos al cabo de cinco minutos, lo que Deborah consideró muy buena señal.

– Deb, hola -la saludó-. Qué sorpresa. -Y le dio un beso en la mejilla y esperó a que le presentara a Cherokee.

No se conocían. A pesar de las veces que Tommy había ido a California cuando Deborah vivió allí, su camino y el del hermano de China no se habían cruzado. Tommy había oído hablar de él, naturalmente. Había oído su nombre y era improbable que lo hubiera olvidado, puesto que era poco común comparado con los nombres ingleses.

– Él es Cherokee River -dijo Deborah.

– El hermano de China -fue la respuesta de Tommy, y le estrechó la mano de esa forma tan típica suya.

– ¿Le estás enseñando la ciudad? -le preguntó a Deborah-. ¿O mostrándole que tienes amigos en lugares cuestionables?

– Ninguna de las dos cosas -dijo-. ¿Podríamos hablar contigo, en privado, si tienes tiempo? Se trata de… una consulta profesional.

Tommy levantó una ceja.

– Comprendo -dijo, y los condujo enseguida al ascensor y a las plantas superiores donde se hallaba su despacho.

Como comisario en funciones, no estaba en su lugar habitual, sino en un despacho temporal que ocupaba mientras su superior se recuperaba de un intento de asesinato ocurrido el mes anterior.

– ¿Cómo está el comisario? -preguntó Deborah al ver que Tommy, con su buen corazón, no había sustituido ni una sola de las fotografías que pertenecían al comisario Malcolm Webberly por las suyas.

Tommy negó con la cabeza.

– No muy bien.

– Qué horror.

– Para todos. -Les pidió que tomaran asiento y él se acomodó a su lado, inclinándose hacia delante con los codos sobre las rodillas. Su pose preguntaba: “¿Qué puedo hacer por vosotros?”, lo cual le recordó a Deborah que era un hombre ocupado.

Así que comenzó a contarle por qué habían ido a verle, y Cherokee fue añadiendo los detalles principales que creyó necesarios. Tommy escuchó como siempre hacía, por la experiencia que tenía Deborah: con los ojos marrones clavados en la persona que estuviera hablando y, al parecer, bloqueando cualquier ruido procedente de los despachos cercanos.

– ¿Cuánto llegó tu hermana a conocer al señor Brouard mientras fuisteis sus invitados? -preguntó Tommy cuando Cherokee terminó el relato.

– Pasaron juntos algún tiempo. Conectaron porque a los dos les gustaba la arquitectura. Pero eso fue todo, que yo sepa. Era simpático con ella. Pero también lo fue conmigo. Parecía bastante amable con todo el mundo.

– Quizá no -observó Tommy.

– Bueno, seguro. Es obvio. Si alguien lo mató.

– ¿Cómo murió exactamente?

– Ahogado. Es lo que averiguó el abogado cuando acusaron a China. Es lo único que averiguó, por cierto.

– ¿Quieres decir que lo estrangularon?

– No. Se ahogó. Se ahogó con una piedra.

– ¿Una piedra? -dijo Tommy-. Dios santo. ¿Qué clase de piedra? ¿De la playa?

– Ahora mismo no sabemos nada más. Sólo que es una piedra y que se ahogó por culpa de ella. O, mejor dicho, que mi hermana, de algún modo, lo ahogó con ella, puesto que la han detenido por asesinato.

– Verás, Tommy -añadió Deborah-, no tiene sentido.

– ¿Cómo se supone que lo ahogó con una piedra? -preguntó Cherokee-. ¿ Cómo iba a ahogarlo alguien con una piedra? ¿Qué hizo él? ¿Abrir la boca y dejar que alguien se la metiera en la garganta?

– Es una pregunta que hay que responder -reconoció Lynley.

– Incluso pudo ser un accidente -dijo Cherokee-. Pudo meterse la piedra en la boca por algún motivo.

– Si la policía ha detenido a alguien -dijo Tommy-, habrá pruebas que demuestren lo contrario. Si alguien le metió una piedra en la garganta, se le rasgaría el paladar, posiblemente la lengua. Mientras que si se la tragó por error… Sí. Entiendo que se inclinaran directamente por el asesinato.

– Pero ¿por qué fueron directamente a por China? -preguntó Deborah.

– Habrá otras pruebas, Deb.

– ¡Mi hermana no ha matado a nadie! -Cherokee se levantó al decir aquello. Nervioso, se dirigió a la ventana, luego se volvió para mirarlos-. ¿ Por que nadie lo entiende?

– ¿No puedes hacer nada? -le preguntó Deborah a Tommy-. La embajada nos ha sugerido que contratemos a alguien, pero he pensado que quizá tú… ¿Puedes llamar tú a la policía y hacerles ver que…? Es decir, está claro que no están evaluando todo como deberían. Necesitan que alguien se lo diga.

Tommy juntó los dedos, pensativo.

– Esta situación no concierne al Reino Unido, Deb. La policía de Guernsey recibe formación aquí, cierto. Y puede solicitar ayuda, también es cierto. Pero iniciar nosotros una investigación desde aquí… Si es lo que esperas, no es posible.

– Pero… -Deborah extendió la mano, sabía que estaba rayando la súplica, lo que le pareció absolutamente patético, y dejó caer la mano sobre su regazo-. ¿Tal vez si al menos supieran que desde aquí hay cierto interés…?

Tommy examinó su rostro antes de sonreír.

– Nunca vas a cambiar, ¿verdad? -le preguntó con cariño-. De acuerdo. Espera. Déjame ver qué puedo hacer.

Llevó sólo unos minutos encontrar el número adecuado en Guernsey y localizar al investigador encargado de las pesquisas. El asesinato era algo tan poco habitual en la isla que lo único que tuvo que mencionar Tommy fue esa misma palabra para que le pusieran en contacto con el investigador al mando.

Pero no consiguieron nada con la llamada. Al parecer, New Scotland Yard ni pinchaba ni cortaba en Saint Peter Port, y cuando Tommy explicó quién era y por qué llamaba, ofreciendo cualquier colaboración que pudiera proporcionar la policía metropolitana, le dijeron -como comunicó a Deborah y Cherokee momentos después de colgar- que “en el canal estaba todo bajo control, señor. Y, por cierto, si necesitaban algún tipo de colaboración, la policía de Guernsey solicitaría ayuda a la policía de Cornualles o de Devon, como hacían normalmente”.

– Estamos algo preocupados, dado que la persona detenida es extranjera -dijo Tommy.

Sí, bueno, ¿no era un giro interesante que la policía de Guernsey también fuera capaz de ocuparse de aquella situación sin la ayuda de nadie?

– Lo siento -les dijo a Deborah y a Cherokee al acabar la conversación.

– Entonces, ¿qué diablos vamos a hacer? -Cherokee hablaba más para sí mismo que para los demás.

– Tenéis que encontrar a alguien que esté dispuesto a hablar con las personas implicadas -dijo Tommy como respuesta-. Si alguien de mi equipo estuviera allí de permiso o de vacaciones, os sugeriría que le pidierais que hiciera algunas indagaciones por vosotros. Podéis hacerlo vosotros mismos, pero estaría bien que contarais con el respaldo de un cuerpo policial.

– ¿Qué tenemos que hacer? -preguntó Deborah.

– Alguien tiene que empezar a hacer preguntas -dijo Tommy-, para ver si hay algún testigo que se le haya pasado por alto a la policía. Tenéis que averiguar si ese tal Brouard tenía enemigos: cuántos, quiénes son, dónde viven, dónde estaban cuando lo asesinaron. Necesitáis que alguien evalúe las pruebas. Creedme, la policía tendrá a alguien que estará haciéndolo. Y tenéis que aseguraros de que no se les haya escapado nada.

– En Guernsey no hay nadie -dijo Cherokee-. Debs y yo lo hemos intentado, antes de venir a verte.

– Entonces, pensad en alguien que no sea de Guernsey. -Tommy lanzó una mirada a Deborah, y ella supo qué significaba.

Ya tenían acceso a la persona que necesitaban.

Pero no iba a pedirle ayuda a su marido. Ya estaba demasiado ocupado, y aunque no lo estuviera, Deborah tenía la sensación de que la mayor parte de su vida estaba definida por los incontables momentos en que había recurrido a Simón: desde la época lejana en que la habían acosado en el colegio y su señor Saint James -un chico de diecinueve años con un sentido del juego limpio bien desarrollado- había aterrorizado a sus torturadores, hasta el día de hoy como esposa que a menudo ponía a prueba la paciencia de su marido, quien sólo le exigía que fuera feliz. Sencillamente, no podía agobiarle con esto.

Así que lo afrontarían solos, ella y Cherokee. Se lo debía a China, pero no era sólo eso: se lo debía a sí misma.

Cuando Deborah y Cherokee llegaron al tribunal penal de Oíd Bailey, por primera vez en semanas, un sol fuerte como un té de jazmín brillaba sobre uno de los dos platos de la balanza de la justicia. Ninguno de los dos llevaba ni mochila ni bolso, así que no tuvieron ningún problema para acceder al edificio. Unas preguntas les proporcionaron la respuesta que buscaban: la sala número tres.

La tribuna de los espectadores se encontraba arriba y, entonces, sólo la ocupaban cuatro turistas de temporada baja que llevaban impermeables transparentes y una mujer que agarraba con fuerza un pañuelo. Abajo, la sala se extendía como una escena sacada de una película de época. Estaba el juez -con toga roja e intimidante con sus gafas metálicas y la peluca de la que caían rizos ovejeros hasta los hombros- sentado en una silla de piel verde, una de las cinco colocadas encima de una tarima que lo separaba de sus subordinados. Éstos eran los letrados con toga negra -la defensa y la acusación-, sentados en el primer banco y la primera mesa en ángulos rectos respecto al juez. Detrás estaban sus compañeros: miembros jóvenes del bufete y letrados también. Y delante de ellos estaba el jurado con el actuario en medio, como para arbitrar lo que pudiera pasar en la sala. El banquillo de los acusados estaba justo debajo de la tribuna del público, y allí estaba sentado el acusado con un agente del tribunal. Enfrente de éste se encontraba el estrado, y en él centraron su atención Deborah y Cherokee.

El fiscal estaba concluyendo su contra interrogación al señor Allcourt-Saint James, perito de la defensa. Estaba consultando un documento de muchas páginas, y el hecho de que se dirigiera a Simón diciendo “señor” y “señor Allcourt-Saint James, si es tan amable…” no escondía que ponía en duda las opiniones de cualquier persona que no estuviera de acuerdo con la policía y, por extensión, con las conclusiones de la fiscalía.

– Parece usted insinuar, señor Allcourt-Saint James, que el trabajo del laboratorio del doctor French presenta deficiencias -estaba diciendo el fiscal cuando Deborah y Cherokee se sentaron sigilosamente en un banco delante de la tribuna del público.

– En absoluto -contestó Simón-. Solamente insinúo que los residuos tomados de la piel del acusado podrían deberse fácilmente a su trabajo de jardinero.

– Entonces, ¿insinúa también que es una coincidencia que el señor Casey -el fiscal señaló con la cabeza al hombre sentado en el banquillo de los acusados cuya nuca Deborah y Cherokee podían examinar desde su posición en la tribuna- tuviera en su cuerpo restos de la misma sustancia que se utilizó para envenenar a Constance Garibaldi?

– Como el aldrín se utiliza para exterminar insectos de jardín y como este crimen tuvo lugar durante el punto álgido de la temporada en que es frecuente la aparición de estos insectos, tengo que decir que las cantidades residuales de aldrín en la piel del acusado pueden explicarse fácilmente por su profesión.

– ¿A pesar de las discrepancias que tenía con la señora Garibaldi desde hacía tiempo?

– Así es. Sí.

El fiscal prosiguió el interrogatorio varios minutos más, mirando sus notas y consultando en una ocasión con un compañero de la fila que había detrás de los asientos de los letrados. Al final, despidió a Simón con un “Gracias, señor”, que lo liberó del estrado cuando la defensa no le requirió para nada más. Comenzó a bajar, momento en que vio a Deborah y Cherokee arriba en la tribuna.

Se encontraron con él fuera de la sala, donde les dijo:

– Bueno, ¿qué ha pasado? ¿Os han ayudado los americanos?

Deborah le contó lo que habían averiguado en la embajada a través de Rachel Freistat.

– Tommy tampoco puede ayudarnos, Simón -añadió-. Jurisdicción. Y aunque ése no fuera el problema, la policía de Guernsey pide ayuda a Cornualles o Devon cuando la necesita. No se la pide a la Met. Me ha dado la impresión, ¿a ti no, Cherokee?, de que se pusieron un poco agresivos cuando Tommy mencionó la idea de ayudarlos.

Simón asintió, pellizcándose la barbilla pensativamente. A su alrededor, continuaba el trajín del tribunal penal, con funcionarios que pasaban apresurados con documentos y abogados que caminaban con las cabezas juntas, planeando el siguiente movimiento que harían en sus juicios.

Deborah observó a su marido. Vio que estaba buscando una solución a los problemas de Cherokee y se lo agradeció. Podría haber dicho tranquilamente: “Pues eso es todo. Tendréis que dejar que las cosas sigan su curso y esperar el resultado que se produzca en la isla”, pero él no era así. Sin embargo, Deborah quería tranquilizarlo y decirle que no habían ido a Old Bailey para cargarle con más responsabilidades, sino que estaban allí para comunicarle que saldrían para Guernsey en cuanto Deborah tuviera ocasión de pasarse por casa y recoger algo de ropa.

Así se lo dijo. Ella creyó que Simón se lo agradecía. Se equivocó.

Saint James llegó a una conclusión rápida mientras su esposa le relataba sus planes: mentalmente etiquetó la idea de locura. Pero no iba a decírselo a Deborah. Estaba seria y tenía buenas intenciones y, más aún, estaba preocupada por su amiga de California. Además, había que pensar en el hombre.

Saint James no había tenido ningún problema en ofrecer comida y un techo a Cherokee River. Era lo mínimo que podía hacer por el hermano de la mujer que había sido la mejor amiga de su esposa en Estados Unidos. Pero era una situación muy distinta que Deborah pensara jugar a los detectives con un tipo relativamente desconocido o con quien fuera. Los dos podían acabar metidos en un buen lío con la policía. O peor, si resultaba que se tropezaban con el verdadero asesino de Guy Brouard.

Como tenía la sensación de que no podía pinchar las ilusiones de Deborah tan cruelmente, Saint James intentó encontrar la forma de, simplemente, desinflarlas. Condujo a Deborah y a Cherokee a un lugar donde todos pudieron sentarse y le dijo a Deborah:

– ¿Qué esperáis poder hacer allí?

– Tommy nos ha sugerido…

– Ya sé qué os ha dicho. Pero como habéis averiguado ya, no hay detectives privados en Guernsey para que Cherokee pueda contratar a uno.

– Ya lo sé. Por eso…

– Por tanto, a no ser que ya hayáis encontrado uno en Londres, no sé qué vas a conseguir yendo a Guernsey. A menos que quieras ir para apoyar a China. Lo cual es totalmente comprensible, por supuesto.

Deborah apretó los labios. Simón sabía qué estaba pensando. Hablaba demasiado racionalmente, con demasiada lógica, demasiado como un científico en una situación que requería sentimientos. Y no sólo sentimientos sino acción inmediata, por mucho que no estuviera bien planificada.

– No pienso contratar a un detective privado, Simón -dijo ella con frialdad-. Al principio no. Cherokee y yo… vamos a reunimos con el abogado de China. Examinaremos las pruebas que ha recabado la policía. Hablaremos con cualquiera que quiera hablar con nosotros. No somos policías, así que la gente no tendrá miedo de reunirse con nosotros, y si alguien sabe algo…, si a la policía se le ha pasado algo por alto… Vamos a destapar la verdad.

– China es inocente -añadió Cherokee-. La verdad… Está ahí. En algún lugar. Y China necesita…

– Lo que significa que el culpable es otro -le interrumpió Saint James-. Lo que convierte la situación en excesivamente delicada y peligrosa. -No añadió lo que quería decir en este punto: “Te prohibo que vayas”. No vivían en el siglo XVIII. Deborah era, en cualquier caso, una mujer independiente. Económicamente no, por supuesto. Podía evitar que fuera a Guernsey cerrándole el grifo o lo que se hiciera para aislar económicamente a una mujer. Pero le gustaba pensar que estaba por encima de esa clase de maquinaciones. Siempre había creído que la razón podía utilizarse más eficazmente que la intimidación-. ¿ Cómo localizaréis a la gente con la que queréis hablar?

– Imagino que en Guernsey tendrán listines telefónicos -dijo Deborah.

– Me refiero a cómo sabréis con quién hablar -preguntó Saint James.

– Cherokee lo sabrá. China lo sabrá. Estaban en casa de Brouard. Conocieron a otras personas. Conseguirán los nombres.

– Pero ¿por qué querrían estas personas hablar con Cherokee? ¿O contigo, en realidad, cuando se enteren de tu relación con China?

– No se enterarán.

– ¿No crees que la policía se lo dirá? Y aunque hablen contigo, y también con Cherokee, y aunque controléis esa parte de la situación, ¿qué haréis con el resto?

– ¿Qué…?

– Las pruebas. ¿Cómo pensáis examinarlas? ¿Y cómo las reconoceréis si encontráis más?

– No soporto cuando te… -Deborah se volvió hacia Cherokee. Dijo-: ¿Nos permites un momento?

Cherokee la miró a ella y luego a Saint James.

– Todo esto os está ocasionando demasiados problemas. Ya habéis hecho suficiente: la embajada, Scotland Yard. Dejadme volver a Guernsey y yo…

Deborah le interrumpió con firmeza.

– Déjanos hablar un momento, por favor.

Cherokee miró al marido y luego a la esposa, luego otra vez al marido. Parecía dispuesto a hablar de nuevo, pero no dijo nada. Se fue a inspeccionar una lista con fechas de juicios colgada en un tablón de anuncios.

Deborah arremetió furiosa contra Saint James.

– ¿Por qué haces esto?

– Sólo quiero que veas…

– Crees que soy una incompetente, ¿verdad?

– Eso no es verdad, Deborah.

– Incapaz de mantener algunas conversaciones con personas que podrían estar dispuestas a contarnos algo que no han contado a la policía, algo que podría cambiar las cosas, algo que podría sacar a China de la cárcel.

– Deborah, no es mi intención que pienses…

– Es mi amiga -prosiguió ella en voz baja y furibunda-. Y quiero ayudarla. Estuvo allí, Simón, en California. Fue la única persona… -Deborah se calló. Miró al techo y sacudió la cabeza como si con eso se desprendiera no sólo de la emoción sino también del recuerdo.

Saint James sabía qué estaba recordando. No necesitaba un mapa para ver cómo había llegado Deborah a su destino. China había sido su amiga del alma y su confesora durante los años en que él mismo le había fallado. Sin duda, también había estado allí cuando Deborah se había enamorado de Tommy Lynley y quizá había acompañado sus lágrimas cuando ese amor acabó.

Él lo sabía, pero no podía sacar el tema, del mismo modo que no podía desnudarse en público y exponer su cuerpo lisiado. Así que dijo:

– Cariño, escucha. Sé que quieres ayudar.

– ¿Ah, sí? -dijo ella con rencor.

– Claro que sí. Pero no puedes andar investigando por Guernsey sólo porque quieras ayudar. No tienes los conocimientos necesarios y…

– Vaya, muchas gracias.

– … la policía no se va a mostrar nada dispuesta a colaborar. Y necesitáis su colaboración, Deborah. Si no revelan ninguna de sus pruebas, no tendréis forma de saber a ciencia cierta si China es realmente inocente.

– ¡No pensarás que es la asesina! ¡Dios mío!

– No pienso ni lo uno ni lo otro. No estoy involucrado como lo estás tú. Y eso es lo que necesitas: alguien que tampoco esté involucrado.

Al escuchar sus propias palabras, Simón sintió que se estaba comprometiendo. Deborah no se lo había pedido y, ciertamente, no se lo pediría ahora, después de aquella conversación. Pero vio que era la única solución.

Deborah necesitaba su ayuda, y Simón había pasado más de la mitad de su vida tendiéndole la mano, con independencia de que ella hubiera aceptado su ayuda o no.

Capítulo 6

Paul Fielder se dirigió a su lugar especial cuando huyó de Valerie Duffy. Dejó las herramientas donde estaban. Sabía que hacía mal porque el señor Guy le había explicado que al menos una parte del trabajo bien hecho era el cuidado y mantenimiento de las herramientas del obrero, pero se dijo que volvería más tarde cuando Valerie no le viera. Se escabulliría por detrás de la casa, hacia la parte que quedaba más alejada de la cocina, y recogería las herramientas y las devolvería a los establos. Si se sentía seguro, tal vez incluso se pondría a trabajar entonces en los refugios. Y comprobaría el cementerio de patos y se aseguraría de que las pequeñas parcelas siguieran marcadas con los círculos de piedras y conchas. Sin embargo, sabía que tenía que hacer todo eso antes de que Kevin Duffy se topara con las herramientas. A Kevin no le gustaría encontrarlas entre los brotes húmedos de hierbajos, juncos y hierba que rodeaban el estanque.

Así que Paul no huyó muy lejos de Valerie. Sólo rodeó la parte delantera de la casa y se adentró en el bosque que quedaba al este del sendero de entrada. Allí recorrió el camino lleno de baches y cubierto de hojas bajo los árboles y flanqueado de rododendros y heléchos, y lo siguió hasta que llegó a la segunda bifurcación a la derecha. Allí soltó la vieja bici junto al tronco de un sicómoro musgoso, parte de un árbol que había caído en su día por una tormenta y que se había convertido en el hogar hueco de criaturas salvajes. A partir de aquel punto, el camino era demasiado agreste para avanzar en bici, así que se ajustó con mayor firmeza la mochila al hombro y partió a pie con Taboo trotando a su lado, contento de emprender una aventura matutina en lugar de tener que esperar pacientemente como solía hacer, atado al menhir prehistórico de detrás del muro del patio del colegio, con un cuenco de agua a su lado y un puñado de galletas, a que Paul saliera a recogerle al final del día.

El destino de Paul era uno de los secretos que había compartido con el señor Guy.

– Creo que ya nos conocemos lo suficiente para algo especial -le había dicho el señor Guy la primera vez que le enseño a Paul el lugar-. Si quieres, si crees que estás preparado, tengo un modo de sellar nuestra amistad, mi príncipe.

Así había llamado a Paul, “mi príncipe”. Al principio no, por supuesto, sino más tarde, cuando llegaron a conocerse mejor, cuando pareció que compartían una especie de afinidad poco común. No era que se parecieran ni que Paul hubiera creído jamás que podían parecerse. Pero entre ellos había existido compañerismo, y la primera vez que el señor Guy le había llamado “mi príncipe”, Paul tuvo la seguridad de que el anciano también sentía ese compañerismo.

Así que había asentido con la cabeza. Estaba bastante preparado para sellar su amistad con aquel hombre importante que había entrado en su vida. No estaba del todo seguro de qué significaba sellar una amistad, pero su corazón saltaba de alegría cuando estaba con el señor Guy y, sin duda, las palabras del señor Guy indicaban que su corazón también saltaba de alegría. Así que significara lo que significase, sería bueno. Paul lo sabía.

El lugar de los espíritus era como llamaba el señor Guy al lugar especial. Era una cúpula de tierra como un cuenco vertical sobre el suelo, cubierta de densa hierba y con un sendero allanado alrededor.

El lugar de los espíritus estaba después del bosque, tras un muro de mampostería, parte de una pradera donde en su día pastaban, las dóciles vacas de Guernsey. Estaba cubierto de hierbajos, y lo estaban invadiendo rápidamente las zarzas y los heléchos porque el señor Guy no tenía vacas que se comieran la maleza y los invernaderos que habrían podido sustituir al ganado se habían desmantelado cuando el señor Guy compró la propiedad.

Paul saltó el muro y cayó en el sendero. Taboo le siguió. El camino pasaba por entre los heléchos hasta el propio túmulo, y allí se dirigieron por otro sendero que serpenteaba hacia el suroeste. El señor Guy le había contado que el sol habría brillado con fuerza e intensidad para los pueblos antiguos que habían utilizado aquel lugar.

A medio camino, en la circunferencia que rodeaba el túmulo, había una puerta de madera mucho más reciente que la propia cúpula. Colgaba de unas jambas de piedra debajo de un dintel también de piedra y estaba cerrada con un candado de combinación atravesado en una aldabilla.

– Tardé meses en encontrar el modo de entrar -le había dicho el señor Guy-. Sabía lo que era. Era fácil saberlo. ¿Qué otra razón explicaría la presencia de un túmulo de tierra en medio de una pradera? Pero ¿encontrar la entrada…? Fue endemoniadamente difícil, Paul. Había detritos apilados (zarzas, arbustos, de todo), y estas piedras de la entrada estaban llenas de maleza. Incluso cuando localicé las primeras debajo de la tierra y distinguí entre la entrada y las piedras de apoyo dentro del túmulo… Meses, mi príncipe. Tardé meses. Pero mereció la pena, creo. Acabé encontrando un lugar especial y créeme, Paul, todo hombre necesita un lugar especial.

Que el señor Guy estuviera dispuesto a compartir su lugar especial había hecho que Paul pestañeara sorprendido. Había notado que una gran oleada de felicidad le bloqueaba la garganta. Había sonreído como un imbécil, como un payaso. Pero el señor Guy había sabido qué significaba aquello. Había dicho:

– Noventa y tres veintisiete quince. ¿Lo recordarás? Así se entra. Sólo le doy la combinación a los amigos especiales, Paul.

Paul había grabado religiosamente esos números en su memoria y ahora los utilizó. Se guardó el candado en el bolsillo y abrió la puerta empujándola. Estaba a poco más de un metro del suelo, así que se quitó la mochila de la espalda y se la colocó en el pecho para tener más espacio. Se agachó para cruzar el dintel y entró gateando.

Taboo pasó delante de él, pero se detuvo, olisqueó el aire y gruñó. El interior estaba oscuro -iluminado sólo desde la puerta por el haz de luz débil de diciembre que no penetraba demasiado en la penumbra-, y aunque el lugar especial había estado cerrado a cal y canto, Paul dudó cuando pareció que el perro no estaba seguro de entrar. Sabía que había espíritus en la isla: fantasmas de los muertos, duendes de las brujas y hadas que vivían en setos y arroyos. Así que aunque no tenía miedo de que hubiera un humano dentro del túmulo, podía haber algo más.

Taboo, sin embargo, no tuvo inconveniente en encontrar algo del mundo de los espíritus. Se aventuró a entrar, olisqueando las piedras que formaban el suelo, y desapareció en el hueco interior, lanzándose de allí al centro de la propia estructura, donde la parte alta del túmulo permitía que un hombre se irguiera. Al fin regresó a donde estaba Paul, dubitativo nada más cruzar la puerta. Meneó el rabo.

Paul se agachó y presionó la mejilla contra el pelo hirsuto del perro. Taboo le lamió la mejilla y se inclinó sobre las patas delanteras. Retrocedió tres pasos y aulló, lo que significaba que creía que habían ido allí a jugar; pero Paul le rascó las orejas, cerró con cuidado la puerta y la oscuridad de aquel lugar tranquilo los sepultó.

Lo conocía suficientemente bien para saberse el camino; con una mano sujetaba la mochila sobre el pecho y con la otra repasaba la pared húmeda de piedra mientras avanzaba despacio hasta el centro. Éste, le había dicho el señor Guy, era un lugar muy importante, una cripta desde donde los hombres prehistóricos enviaban a sus muertos en su último viaje. Se llamaba dolmen e incluso tenía un altar -aunque a Paul le parecía más una piedra vieja y desgastada, elevada sólo unos centímetros del suelo- y una cámara secundaria donde se realizaban los ritos religiosos, ritos sobre los que sólo se podía especular.

Paul había escuchado, mirado y temblado de frío la primera vez que había entrado en el lugar especial. Y cuando el señor Guy había encendido las velas que guardaba en un hueco poco profundo a un lado del altar, había visto a Paul temblando y había hecho algo para remediarlo.

Lo había llevado a la cámara secundaria, que tenía forma de dos palmas juntas y a la que se accedía pasando por detrás de una piedra vertical que parecía una estatua en una iglesia y cuya superficie estaba grabada. En esta cámara secundaria el señor Guy tenía un catre de tijera. Había mantas y una almohada. Había velas. Había una pequeña caja de madera.

El señor Guy había dicho:

– A veces vengo aquí a pensar, a estar solo para meditar. ¿Tú meditas, Paul? ¿Sabes lo que es descansar la mente? ¿Ponerla en blanco? ¿Sólo tú y Dios y el orden de la vida? ¿Eh? ¿No? Bueno, quizá podamos trabajar en eso, tú y yo, practicar un poco. Toma. Coge esta manta. Te enseñaré el lugar.

Lugares secretos, había pensado Paul. Lugares especiales para compartir con amigos especiales. O lugares donde uno podía estar solo, cuando uno necesitaba estar solo, como ahora.

Sin embargo, Paul nunca había estado allí solo. Hoy era su primera vez.

Avanzó sigilosamente y con cuidado hacia el centro del dolmen y caminó a tientas hasta la piedra del altar. A oscuras, pasó las manos por la superficie plana hasta el hueco de la base, donde estaban las velas. Además de las velas, dentro de este hueco había una lata de Pastillas de Menta Curiosamente Fuertes y, dentro de ésta, estaban las cerillas, resguardadas de la humedad. Paul las buscó y las sacó. Dejó la mochila en el suelo y encendió la primera de las velas, fijándola con cera en la piedra del altar.

Con un poco de luz, sintió menos ansiedad por estar solo en este lugar húmedo y oscuro. Miró las paredes de granito viejas a su alrededor, el techo curvado, el suelo lleno de agujeros.

– Es increíble que los hombres antiguos pudieran construir una estructura como ésta -había dicho el señor Guy-. Nos creemos mejores que los hombres de la Edad de Piedra, Paul, con nuestros móviles, nuestros ordenadores, y cosas por el estilo. Información instantánea que acompaña al resto de cosas instantáneas que tenemos. Pero mira esto, mi príncipe, mira este lugar. ¿Qué hemos construido nosotros en los últimos cien años que podamos afirmar que seguirá en pie dentro de cien mil años más? Nada de nada. Mira, Paul, mira esta piedra…

Y lo había hecho, con la cálida mano del señor Guy sobre su hombro mientras los dedos de su otra mano recorrían las marcas que mano tras mano tras mano antes que él habían grabado en la piedra que montaba guardia en la segunda cámara, donde el señor Guy tenía el catre de tijera y las mantas. Paul se dirigió allí ahora, a ese segundo hueco, con la mochila en la mano. Pasó detrás de la piedra centinela después de encender otra vela y con Taboo pegado a sus talones. Dejó la mochila en el suelo y la vela sobre la caja de madera donde la cera derretida marcaba el lugar de docenas de velas colocadas anteriormente. Cogió una de las mantas del catre para Taboo, la dobló en un cuadrado del tamaño del perro y la puso sobre el frío suelo de piedra. Taboo saltó encima agradecido y dio tres vueltas para hacerla suya antes de tumbarse con un suspiro. Descansó la cabeza sobre las patas y clavó los ojos amorosamente en Paul.

“Ese perro cree que quiero hacerte daño, mi príncipe.”

Pero no. Así era Taboo. Sabía el papel importante que jugaba en la vida de su dueño -único amigo, único compañero hasta que apareció el señor Guy-, y como conocía su papel, le gustaba que Paul supiera que sabía cuál era su papel. No podía decírselo, así que le observaba: todos sus movimientos, en todo momento, todos los días.

Así miraba también Paul al señor Guy cuando estaban juntos. Y a diferencia de otras personas en la vida de Paul, el señor Guy nunca se había molestado porque lo mirara fijamente.

– Te parece interesante, ¿verdad? -le preguntaba si se afeitaba cuando estaban juntos. Y nunca se burlaba de que el propio Paul, pese a su edad, aún no se afeitara-. ¿Cuánto debería cortármelo? -le preguntaba cuando Paul lo acompañaba al barbero en Saint Peter Port-. Ten cuidado con esas tijeras, Hal. Como puedes ver, mi hombre observa tus movimientos. -Y le guiñaba un ojo a Paul y hacía la señal que significaba “Amigos hasta la muerte”: los dedos de la mano derecha cruzados sobre la palma de la mano izquierda.

Y la muerte había llegado.

Paul notó que se le llenaban los ojos de lágrimas y las dejó brotar. No estaba en casa. No estaba en el colegio. Aquí era seguro echarlo de menos. Así que lloró tanto como quiso, hasta que le dolió el estómago y se le irritaron los párpados. Y a la luz de la vela, Taboo le observó fielmente, con total aceptación y un amor perfecto.

Agotado al fin de llorar, Paul se dio cuenta de que tenía que recordar las cosas buenas que le había reportado conocer al señor Guy: todo lo que había aprendido en su compañía, todo lo que había llegado a valorar y todo lo que le había animado a creer.

– Estamos aquí para algo más importante que simplemente pasar por la vida -le había dicho su amigo en más de una ocasión-. Estamos aquí para aclarar el pasado y compartir el futuro.

Una forma de aclarar el pasado iba a ser el museo. Para este fin, habían pasado largas horas en compañía del señor Ouseley y su padre. Gracias a ellos y al señor Guy, Paul había aprendido la importancia de los objetos que en su día habría tirado descuidadamente: la extraña hebilla encontrada en los jardines de Fort Doyle, oculta entre los hierbajos y enterrada durante décadas hasta que una tormenta batió la tierra de un roca; el farol inútil en un mercadillo ambulante; la medalla oxidada; los botones; el plato sucio.

– Esta isla es un verdadero cementerio -le había dicho el señor Guy-. Vamos a hacer algunos trabajos de exhumación. ¿Te gustaría participar?

La respuesta era fácil. Quería participar en todo aquello en lo que participaba el señor Guy.

Así que se involucró en el trabajo del museo con el señor Guy y el señor Ouseley. Fuera a donde fuera en la isla, tenía los ojos bien abiertos por si veía algo con lo que contribuir a la enorme colección.

Al final había encontrado algo. Había ido en la bici hacia el suroeste hasta La Congrelle, donde los nazis habían construido una de sus torres de vigilancia más feas: una erupción futurista de hormigón con rendijas para las armas antiaéreas que derribarían cualquier aparato que se acercara a la orilla. Sin embargo, no había ido en busca de nada relacionado con los cinco años de ocupación alemana, sino a echar un vistazo al último coche que se había despeñado por el acantilado.

La Congrelle era uno de los pocos acantilados de la isla a cuya cima se podía acceder en coche. A otros acantilados había que llegar a pie tras aparcar el coche a una distancia segura, pero en La Congrelle se podía conducir hasta el mismo borde. Era un buen lugar para suicidarse si uno deseaba que pensaran que había sido un accidente, porque al final de la carretera que iba de la Rué de la Trigale al canal, sólo había que girar a la derecha y acelerar los últimos cincuenta metros, atravesar los tojos bajos y cruzar la hierba al borde del acantilado. Una última pisada al acelerador a medida que la tierra desaparecía delante del capó y el coche saltaría y se precipitaría contra las rocas, y daría vueltas de campana hasta que lo detuviera una barrera irregular de granito, chocara contra el agua o se incendiara.

El coche en cuestión que Paul fue a ver había encontrado su final de esta última manera. No quedaba más que metal retorcido y un asiento ennegrecido, un hallazgo un poco decepcionante tras el largo trayecto en bici bajo el viento. Si hubiera habido algo más, quizá Paul habría iniciado el peligroso descenso para investigar. Como no era el caso, exploró la zona de la torre de vigilancia.

Vio que había habido un derrumbamiento de rocas, reciente por el aspecto de las piedras y los destrozos en el terreno del que se habían desprendido. En las piedras recién desnudadas no había ni las armerías ni las collejas que crecían en todos los acantilados. Y en las rocas que habían caído al agua no había guano, aunque los otros trozos más viejos de gneis estaban llenos.

Estar en aquel lugar era sumamente peligroso, y como isleño que había nacido y crecido allí, Paul lo sabía. Pero había aprendido del señor Guy que cuando la tierra se abría al hombre, a menudo revelaba secretos. Por esta razón, buscó por los alrededores.

Dejó a Taboo en la cima del acantilado y emprendió el camino por el corte profundo que había dejado el desprendimiento. Procuró agarrarse bien a una pieza fija de granito siempre que se le movían los pies, y de esta manera atravesó la fachada del acantilado, descendiendo como un cangrejo que busca una grieta en la que ocultarse.

Fue a medio camino donde lo encontró, tan incrustado por medio siglo de tierra, barro seco y guijarros que al principio creyó que no era más que una piedra elíptica. Pero cuando lo desprendió con el pie, vio el destello de lo que parecía un metal curvado que surgía del interior del propio objeto. Así que lo cogió.

No pudo examinarlo allí, en la pared del acantilado, así que lo subió a la cima sujetándolo entre la barbilla y el pecho. Allí, mientras Taboo olisqueaba el objeto entusiasmado, utilizó una navaja y, luego, los dedos para descubrir lo que la tierra había mantenido oculto durante tantos años.

¿Quién sabía cómo había acabado allí? Los nazis no se habían molestado en llevarse sus trastos cuando se dieron cuenta de que la guerra estaba perdida y que la invasión de Inglaterra no llegaría nunca. Simplemente se rindieron y, como los invasores derrotados que habían ocupado la isla antes que ellos, dejaron atrás todo aquello que consideraron inconveniente llevarse.

Al estar tan cerca de una torre de vigilancia que en su día habían ocupado soldados, no era de extrañar que sus desechos siguieran sin desenterrar. Si bien aquello no habría pertenecido a nadie, no cabía duda de que era algo que quizá los nazis habrían considerado útil si los aliados, las guerrillas o la resistencia hubieran conseguido desembarcar allí abajo.

Ahora, en la penumbra del lugar especial que él y el señor Guy habían compartido, Paul cogió la mochila. Había querido entregarle su descubrimiento al señor Ouseley en Moulin des Niaux, su primera contribución orgullosa en solitario. Pero ahora no podía hacerlo -no después de lo sucedido aquella mañana-, así que lo guardaría aquí, donde estaría a salvo.

Taboo levantó la cabeza y observó a Paul desabrochar las hebillas de la mochila. El chico metió la mano dentro y sacó la toalla vieja en la que había envuelto su tesoro. Como todos los buscadores de tesoros de la historia, abrió la toalla en la que había enrollado su descubrimiento para inspeccionarlo embelesado una última vez antes de guardarlo en un lugar seguro.

En realidad, la granada de mano seguramente no sería peligrosa, pensó Paul. El clima la habría maltratado a lo largo de los años antes de quedar enterrada en la tierra, y la anilla que en su día habría detonado el explosivo que llevaba dentro probablemente estaría oxidada y resultaría imposible moverla. Pero aun así, no era prudente llevarla consigo en la mochila. No necesitaba que ni el señor Guy ni nadie le dijeran que la prudencia sugería dejarla en un lugar donde nadie la encontrara por casualidad, sólo hasta que decidiera qué hacer con ella.

Dentro de la cámara secundaria del dolmen, donde se ocultaban ahora él y Taboo, estaba el escondite. El señor Guy también se lo había enseñado: una fisura natural entre dos de las piedras que componían la pared del dolmen. Originariamente no estaba allí, le había dicho el señor Guy. Pero el tiempo, el clima, los movimientos de tierra… Nada hecho por el hombre resiste del todo a la naturaleza.

El escondite estaba justo a un lado del catre y para los no iniciados parecía un mero hueco en las piedras y nada más. Pero si se deslizaba la mano bien adentro, se descubría un segundo hueco, más ancho, detrás de la piedra más próxima al catre: allí se encontraba el escondite donde podían guardarse los secretos y tesoros demasiado preciosos para la vista corriente.

“Enseñarte esto significa algo, Paul. Algo más importante que las palabras. Algo más importante que los pensamientos.”

Paul creía que en el escondite había suficiente espacio para la granada. Había metido la mano dentro otras veces, guiado por la mano del señor Guy y con sus palabras tranquilizadoras susurrándole al oído: “De momento no hay nada, no te tendería una fea trampa, príncipe”. Así que sabía que había sitio para dos puños cerrados, espacio más que suficiente para depositar la granada. Y la profundidad del escondite bastaba de sobra. Porque Paul no había logrado tocar el fondo por mucho que estiraba el brazo.

Apartó el catre de tijera hacia un lado y dejó la caja de madera con su vela en el suelo, en el centro de la cámara. Taboo aulló frente a esta alteración de su espacio, pero Paul le dio una palmadita en la cabeza y le tocó cariñosamente la punta del hocico. No había nada de lo que preocuparse, dijo su gesto al perro. Aquí estaban a salvo. Ahora nadie lo conocía, sólo ellos dos.

Cogiendo la granada con cuidado, se tumbó en el frío suelo de piedra y deslizó el brazo en el interior de la estrecha fisura. Se ensanchaba unos quince centímetros desde la entrada, y aunque casi no podía ver el interior del escondrijo, sabía dónde se encontraba la segunda abertura por el tacto, así que no previo ningún problema para alojar la granada.

Pero sí lo había. A menos de diez centímetros dentro de la fisura había otra cosa. Primero notó que sus nudillos chocaban con algo, algo firme, que no se movía y que resultaba totalmente inesperado.

Paul soltó un grito ahogado y retiró la mano, pero tardó sólo un momento en darse cuenta de que, fuera lo que fuera, sin duda no estaba vivo, así que no había motivo para asustarse. Dejó la granada cuidadosamente sobre el catre y acercó la vela a la entrada de la fisura.

El problema era que no podía iluminar el hueco y mirar dentro a la vez. Así que volvió a tumbarse boca abajo y deslizó la mano, luego el brazo, de nuevo en el interior del escondite.

Sus dedos lo encontraron, algo firme pero maleable. No era duro, sino suave. Tenía forma de cilindro. Lo cogió y empezó a sacarlo.

“Éste es un lugar especial, un lugar de secretos, y ahora es nuestro, tuyo y mío. ¿Sabes guardar un secreto, Paul?”

Sabía. Claro que sabía. Sabía hacerlo más que bien. Porque mientras lo atraía hacia él, Paul comprendió exactamente qué era lo que el señor Guy había ocultado dentro del dolmen.

La isla, al fin y al cabo, era un paisaje de secretos, y el propio dolmen era un lugar secreto dentro de aquel paisaje mayor de cosas enterradas, cosas calladas y recuerdos que la gente deseaba olvidar. A Paul no le extrañó que, en las profundidades de las edades de una tierra que aún podía dar medallas, sables, balas y otros objetos con más de medio siglo de antigüedad, yaciera sepultado algo mucho más valioso, algo de la época de los corsarios o incluso más antiguo, pero algo precioso. Y lo que estaba sacando de la fisura era la clave para encontrar algo enterrado hacía muchísimo tiempo.

Había encontrado un último regalo del señor Guy, ese hombre que ya le había dado tanto.

– Énne rouelle dé faitot -dijo Ruth Brouard en respuesta a la pregunta de Margaret Chamberlain-. Se utiliza para los graneros, Margaret.

Margaret creyó que esta contestación era deliberadamente obtusa, muy típica de Ruth, quien nunca había llegado a caerle especialmente bien a pesar de haber tenido que vivir con la hermana de Guy durante todo el tiempo que estuvo casada con él. Ruth se había pegado demasiado a Guy, y una devoción tan grande entre hermanos era impropia. Olía a… Bueno, Margaret no quería ni pensar a qué olía. Sí, se daba cuenta de que estos hermanos en concreto -judíos como ella, pero judíos europeos durante la segunda guerra mundial, lo que les permitía en cierta medida un comportamiento extraño, eso no se lo discutía- habían perdido a toda su familia debido a la maldad implacable de los nazis y, por lo tanto, se habían visto obligados a serlo todo el uno para el otro desde muy pequeños. Pero el hecho de que en todos estos años Ruth nunca hubiera desarrollado una vida propia no sólo era cuestionable y previctoriano; era algo que, a los ojos de Margaret, la convertía en una mujer incompleta, en una especie de criatura inferior que había vivido a medias, y en la sombra, por si fuera poco.

Margaret decidió que tendría que tener paciencia.

– ¿Para los graneros? -dijo-. No acabo de entenderlo, querida. La piedra sería bastante pequeña para caberle en la boca a Guy, ¿no? -Vio que su cuñada se estremecía al oír aquella última pregunta, como si hablar de ello despertara sus fantasías más oscuras sobre cómo Guy había encontrado la muerte: retorciéndose en la playa, agarrándose en vano la garganta. Bueno, no podía remediarlo. Margaret necesitaba información e iba a obtenerla.

– ¿Qué uso tendría en un granero, Ruth?

Ruth levantó la vista de la labor con la que estaba ocupada cuando Margaret la localizó en el salón de desayuno. Era un lienzo enorme extendido sobre un marco de madera que a su vez descansaba sobre un atril ante el que estaba sentada Ruth, una figura menuda y delicada vestida con unos pantalones negros y una chaqueta negra muy amplia que en su día seguramente había pertenecido a Guy. Tenía las gafas redondas en la punta de la nariz y volvió a subírselas con su mano infantil.

– No se utiliza dentro del granero -le explicó-. Se pone en una anilla con las llaves del granero. Al menos, así se utilizaba en su día. Ahora quedan pocos graneros en Guernsey. Era para mantener a salvo los graneros de los duendes de las brujas. Protección, Margaret.

– Ah. Un amuleto, entonces.

– Sí.

– Entiendo. -Lo que pensó Margaret fue: “Qué ridículos estos isleños”. Amuletos para brujas, paparruchadas para hadas, fantasmas en las cimas de los acantilados, demonios al acecho: nunca había pensado que su ex marido fuera un hombre que se tragara esas tonterías-. ¿Te han enseñado la piedra? ¿ La reconociste? ¿Era de Guy? Sólo lo pregunto porque no me parece propio de él llevar encima amuletos o cosas por el estilo. Al menos, no del Guy que yo conocí. ¿Esperaba tener suerte en algún asunto?

“Con una mujer” fue lo que no añadió, aunque las dos sabían que la frase estaba allí. Aparte de los negocios -mundo en el que Guy Brouard había sido un rey Midas y no necesitaba suerte alguna-, el otro asunto que le había interesado era la búsqueda y conquista del sexo opuesto, algo que Margaret ignoró hasta que encontró unas bragas en el maletín de su marido, colocadas juguetonamente por la azafata de vuelo de Edimburgo a la que se follaba en secreto. Su matrimonio terminó en el instante en que Margaret encontró esas bragas en lugar del talonario que andaba buscando. Lo único que quedó durante los dos años siguientes fueron las reuniones de su abogado con el de él para negociar un trato que financiara el resto de su vida.

– El único asunto que ahora tenía entre manos era el museo de la guerra. -Ruth volvió a inclinarse sobre el marco que sujetaba la labor e introdujo la aguja expertamente por el diseño que había dibujado en ella-. Y para eso no llevaba amuleto. No le hacía falta, en realidad. Todo iba viento en popa, que yo sepa. -Volvió a alzar la mirada, con la aguja preparada para otra inmersión-. ¿Te habló del museo, Margaret? ¿Te lo ha contado Adrián?

Margaret no quería tocar el tema de Adrián con su cuñada ni con nadie, así que dijo:

– Sí. Sí. El museo. Por supuesto. Ya lo sabía.

Ruth sonrió, por dentro y afectuosamente al parecer.

– Estaba orgullosísimo de ser capaz de hacer algo por la isla, algo que perdurara, algo bueno y significativo.

A diferencia de su vida, pensó Margaret. Ella no estaba allí para escuchar elogios a Guy Brouard, patrón de todo y de todos. Sólo estaba allí para asegurarse de que, con su muerte, Guy Brouard se había erigido además en patrón de su único hijo varón.

– ¿Qué pasará ahora con sus planes? -preguntó.

– Supongo que todo depende del testamento -contestó Ruth. Parecía hablar con cautela. Demasiada cautela, pensó Margaret-. El testamento de Guy, quiero decir. Bueno, claro, ¿de quién si no? En realidad, todavía no me he reunido con su abogado.

– ¿Por qué no, querida? -preguntó Margaret.

– Supongo que porque hablar de su testamento hace que todo esto sea real, permanente. Lo estoy evitando.

– ¿Preferirías que hablara yo con su abogado…? Si hay que arreglar papeles, estaré encantada de ocuparme, querida.

– Gracias, Margaret. Eres muy amable por ofrecerte, pero debo ocuparme yo. Debo… y lo haré. Pronto. Cuando… Cuando sienta que es el momento adecuado de hacerlo.

– Sí -murmuró Margaret-. Por supuesto. -Observó que su cuñada pasaba la aguja por el lienzo y la fijaba en su sitio, lo que indicaba que ponía fin a su labor de momento. Intentó parecer la empatia personificada, pero por dentro se moría de impaciencia por saber cómo habría repartido exactamente su ex marido su inmensa fortuna. En concreto, quería saber de qué forma se había acordado de Adrián. Porque aunque en vida se negó a dar a su hijo el dinero que necesitaba para su nuevo negocio, no cabía duda de que la muerte de Guy reportaría unos beneficios a Adrián que no había conseguido en su vida. Y eso volvería a juntar a Carmel Fitzgerald y a Adrián, ¿verdad? Así que por fin vería a Adrián casado: un hombre normal que llevaba una vida normal sin más incidentes peculiares de los que preocuparse.

Ruth se había acercado a un pequeño escritorio, de donde cogió un marco de fotos delicado. Cubría la mitad de un relicario, que miró con nostalgia. Margaret vio que era ese tedioso regalo de despedida que Maman les había dado en el muelle. “Je vais conserver l'autre moitié, mes chéris. Nous le reconstituerons lorsque nous nous retrouverons.”

“Sí, sí -quería decir Margaret-. Ya sé que la echas de menos, maldita sea, pero tenemos asuntos entre manos.”

– Pero cuanto antes mejor, querida -dijo Margaret con delicadeza-. Deberías hablar con él. Es bastante importante.

Ruth dejó el marco, pero siguió mirándolo.

– Las cosas no van a cambiar hablando con nadie -dijo.

– Pero las aclarará.

– Si hay que aclarar algo.

– Necesitas saber cómo quería… Bueno, cuál era su voluntad. Tienes que saberlo. Con un patrimonio tan grande como el suyo, mujer prevenida vale por dos, Ruth. No me cabe la menor duda de que su abogado estará de acuerdo conmigo. ¿Te ha llamado el abogado, por cierto? Al fin y al cabo, él debe saber…

– Oh, sí. Lo sabe.

“¿Y bien?”, pensó Margaret. Pero dijo con dulzura:

– Entiendo. Sí. Bueno, todo a su tiempo, querida. Cuando te sientas preparada.

Que sería pronto, esperaba Margaret. No quería tener que quedarse en aquella isla infernal más tiempo del estrictamente necesario.

Ruth Brouard sabía una cosa sobre su cuñada. La presencia de Margaret en Le Reposoir no tenía nada que ver con su matrimonio fracasado con Guy ni con ninguna pena o arrepentimiento que pudiera sentir por cómo se habían separado ella y Guy, ni siquiera con el respeto que creyera apropiado mostrar ante este terrible fallecimiento. En efecto, el que aún no hubiera mostrado la más mínima curiosidad por quién había asesinado al hermano de Ruth indicaba dónde residía su verdadera pasión. En su mente, Guy tenía un dineral y ella pretendía llevarse su parte. Si no para ella, para Adrián.

“Zorra vengativa” la llamaba Guy. “Tiene un montón de médicos dispuestos a testificar que el chico es demasiado inestable para estar en otro lugar que no sea con su maldita madre, Ruth. Pero es ella la que está echando a perder al pobre chico. La última vez que lo vi, tenía urticaria. Urticaria. A su edad. Dios santo, está loca.”

Así había sido año tras año, con visitas en vacaciones interrumpidas o canceladas hasta que la única posibilidad que le quedó a Guy para ver a su hijo fue hacerlo ante la presencia vigilante de su ex mujer. “Monta guardia, maldita sea -se indignaba Guy-. Seguramente porque sabe que si no lo hiciera, le diría que se despegara de las faldas de su madre… utilizando un hacha si es necesario. A ese chico no le pasa nada que no puedan arreglar unos años en un colegio decente. Y no me refiero a uno de esos lugares con duchas frías por la mañana y azotes en el trasero. Hablo de un colegio moderno donde aprendería a ser autosuficiente, algo que no va a aprender mientras siga pegado a su lado como una lapa.”

Pero Guy no lo consiguió. El resultado fue el pobre Adrián tal como era ahora, con treinta y siete años y ni un solo talento o cualidad que pudieran definirlo. A menos que una sucesión ininterrumpida de fracasos en todo, desde deportes de equipo a relaciones con mujeres, pudiera considerarse un talento. Esos fracasos también podían atribuirse a la relación de Adrián con su madre. No hacía falta ser psicólogo para llegar a esta conclusión. Pero Margaret nunca lo vería así, para no tener que asumir ninguna clase de responsabilidad en los constantes problemas de su hijo. Dios santo, nunca lo reconocería

Así era Margaret. Era de esas mujeres que decían: “No es culpa mía, arréglatelas tú sólito”. Si no podías arreglártelas tú sólito, mejor cortabas toda relación.

Pobre querido Adrián, tener una madre como ella. Al fin y al cabo, que tuviera buenas intenciones no servía de nada, teniendo en cuenta el daño que acababa haciendo por el camino.

Ruth la observó, mientras Margaret fingía inspeccionar el único recuerdo que tenía de su madre, ese medio relicario roto para siempre. Era una mujer corpulenta, rubia, con el pelo bien recogido y llevaba unas gafas de sol en la cabeza… ¿en el gris mes de diciembre? ¡Qué insólito, ciertamente! Ruth no podía concebir que su hermano hubiera estado casado con aquella mujer, pero nunca había podido hacerlo. Nunca había logrado resignarse a la imagen de Margaret y Guy juntos como marido y mujer, no por el sexo que, naturalmente, formaba parte de la naturaleza humana y podía, en consecuencia, adaptarse a cualquier tipo de extraña pareja, sino por la parte emocional, la parte de compromiso, la parte que ella imaginaba -al no haber tenido nunca el privilegio de experimentarla- que era el terreno fértil en el que uno plantaba la semilla de la familia y el futuro.

Tal como se desarrollaron las cosas entre su hermano y Margaret, Ruth había acertado bastante al suponer que eran totalmente incompatibles. Si no hubieran tenido al pobre Adrián en un extraño momento de optimismo, seguramente habrían seguido caminos distintos tras poner fin a su matrimonio, la una agradecida por el dinero que había logrado excavar de las ruinas de su relación y el otro encantado de verla marchar con el dinero siempre que eso significara librarse de uno de sus peores errores. Pero como Adrián era una parte de la ecuación, Margaret no había caído en el olvido. Porque Guy quería a su hijo -aunque le frustrara-, y la existencia de Adrián convertía la de Margaret en un hecho inmutable. Hasta que uno de los dos muriera: Guy o la propia Margaret.

Pero ése era precisamente el tema en el que Ruth no quería pensar y del que no soportaba hablar, aunque sabía que no podría evitarlo indefinidamente.

Como si le leyera la mente, Margaret dejó el relicario sobre la mesa y dijo:

– Ruth, querida, no he podido sacarle ni diez palabras a Adrián sobre lo sucedido. No quiero ser morbosa, pero me gustaría entenderlo. El Guy que yo conocí no tuvo enemigos en su vida. Bueno, estaban sus mujeres, claro, y a las mujeres no nos gusta que nos dejen. Pero aunque hubiera hecho lo de siempre…

– Margaret, por favor -dijo Ruth.

– Espera -se apresuró a decir Margaret-. No podemos fingir, querida. No es el momento. Las dos sabemos cómo era. Pero lo que estoy diciendo es que una mujer, aunque la dejen, una mujer rara vez…, como venganza… Ya sabes qué quiero decir. Entonces, ¿quién…? A menos que esta vez fuera una mujer casada, ¿y el marido se enterara…? Aunque normalmente Guy evitaba a las casadas. -Margaret jugueteaba con uno de los tres pesados collares de oro que llevaba puestos, el que tenía un colgante. Era una perla, deforme y gigantesca, una excrecencia blanquecina que caía entre sus pechos como un pegote de puré de patatas petrificado.

– No tenía… -Ruth se preguntó por qué dolía tanto decirlo. Conocía a su hermano. Sabía cómo era: la suma de muchas partes buenas y sólo una oscura, dañina, peligrosa-. No tenía ninguna aventura. No había dejado a nadie.

– ¿Acaso no han detenido a una mujer, querida?

– Sí.

– ¿Y no estaban ella y Guy…?

– Por supuesto que no. Sólo llevaba aquí unos días. No tenía nada que ver con… nada.

Margaret ladeó la cabeza, y Ruth vio lo que estaba pensando. A Guy Brouard le bastaban unas pocas horas para conseguir sus propósitos cuando se trataba de sexo. Margaret estaba a punto de indagar en el tema. La expresión astuta en su rostro bastaba para transmitir que buscaba hacerlo de una forma que no sugiriera curiosidad morbosa ni la creencia de que su marido mujeriego al fin había recibido su merecido, sino compasión por el hecho de que Ruth hubiera perdido a su hermano, al que quería más que a su propia vida. Pero Ruth se salvó de tener que mantener esa conversación. Alguien llamó a la puerta abierta del salón de mañana con indecisión, y una voz temblorosa dijo:

– ¿Ruthie? Yo… ¿Molesto…?

Ruth y Margaret se volvieron y vieron a una tercera mujer en la puerta y, detrás de ella, a una adolescente desgarbada y alta que aún no estaba acostumbrada a su estatura.

– Anaïs -dijo Ruth-. No te he oído entrar.

– Hemos utilizado nuestra llave. -Anaïs la mostró en la palma de su mano, una sencilla declaración del lugar que ocupaba en la vida de Guy-. Esperaba que fuera… Oh, Ruth, no puedo creer… Aún… No puedo… -Rompió a llorar.

La chica situada detrás de ella apartó la mirada nerviosa, frotándose las manos en las perneras del pantalón. Ruth cruzó la sala y abrazó a Anaïs Abbott.

– Puedes utilizar la llave cuando quieras. Es lo que habría querido Guy.

Mientras Anais lloraba sobre su hombro, Ruth extendió la mano a la hija de quince años de la mujer. Jemima sonrió fugazmente -ella y Ruth siempre se habían llevado bien-, pero no se acercó, sino que miró detrás de Ruth a Margaret y luego a su madre.

– Mamá -dijo en voz baja, pero angustiada. A Jemima nunca le habían gustado este tipo de manifestaciones. Desde que Ruth la conocía, se había avergonzado en más de una ocasión de la tendencia de Anaïs a la exhibición pública de sus sentimientos.

Margaret carraspeó significativamente. Anaïs se separó de los brazos de Ruth y sacó un paquete de pañuelos del bolsillo de la chaqueta de su traje pantalón. Iba vestida de negro de los pies a la cabeza; un casquete cubría su pelo rubio rojizo que cuidaba con esmero.

Ruth hizo las presentaciones. Era una situación incómoda: ex mujer, amante actual, hija de amante actual. Anaïs y Margaret intercambiaron unos saludos educados y se estudiaron mutuamente de inmediato.

No podían ser más distintas. A Guy le gustaban las rubias -siempre le habían gustado-, pero aparte de eso, las dos mujeres no compartían más similitudes, salvo quizá su pasado, porque a decir verdad, a Guy también le habían gustado siempre las mujeres normales. Y no importaba qué educación hubieran recibido, cómo vistieran o se comportaran o hubieran aprendido a pronunciar las palabras. De vez en cuando Anaïs aún tenía algo de barrio obrero, y la madre de Margaret, mujer de la limpieza, aparecía en su hija cuando ella menos quería que se conociera esa parte de su historia.

Aparte de eso, sin embargo, eran el día y la noche. Margaret era alta, imponente, autoritaria y se arreglaba demasiado; Anaïs era menudita, delgada hasta el punto de maltratarse físicamente para seguir los cánones odiosos de la actualidad -al margen de los pechos patentemente artificiales y demasiado voluptuosos-, pero siempre vestía como una mujer que nunca se había puesto un solo complemento sin la aprobación de su espejo.

Margaret, naturalmente, no había ido hasta Guernsey para conocer, menos aún consolar o entretener, a una de las muchas amantes de su ex marido. Así que después de murmurar un digno aunque tremendamente falso “Encantada de conocerte”, le dijo a Ruth:

– Hablaremos más tarde, cielo. -Y abrazó a su cuñada, le dio dos besos en las mejillas y dijo-: Querida Ruth -como si quisiera que Anaïs Abbott supiera con este gesto inusitado y ligeramente inquietante que una de ellas ocupaba un lugar en esta familia y la otra no. Luego se fue, dejando tras de sí el rastro de Chanel N.° 5. Era demasiado temprano para llevar ese perfume, pensó Ruth. Pero Margaret no sería consciente de ello.

– Tendría que haber estado con él -dijo Anaïs en voz muy baja en cuanto la puerta se cerró detrás de Margaret-. Quería estar con él, Ruthie. Desde que pasó todo esto, no hago más que pensar que si hubiera pasado la noche aquí, habría bajado a la bahía por la mañana. A verlo, simplemente. Porque verlo era una alegría. Y… Oh, Dios mío, Dios mío, ¿por qué ha tenido que pasar esto?

“A mí” fue lo que no añadió. Pero Ruth no era estúpida. No había pasado toda la vida observando la manera como su hermano había iniciado, llevado y acabado sus enredos con las mujeres para no saber en qué punto se encontraba el eterno juego de seducción, desilusión y abandono que jugaba. Guy estaba a punto de romper con Anaïs Abbott cuando murió. Si Anaïs no lo sabía directamente, era probable que lo notara de algún modo.

– Ven -le dijo Ruth-. Sentémonos. ¿Le pido a Valerie un café? Jemima, ¿quieres algo, cielo?

– ¿Tienes algo para Biscuit? Está ahí fuera. Se ha quedado sin comida esta mañana y…

– Pato, cielo -la interrumpió su madre. La reprobación estaba más que clara al llamar a Jemima por el apodo de su infancia. Esas dos palabras decían todo lo que Anaïs callaba: las niñas pequeñas se preocupan por sus perros; las chicas se preocupan por los chicos-. El perro sobrevivirá. De hecho, habría sobrevivido la mar de bien si lo hubiéramos dejado en casa, que es donde debería estar. Ya te lo he dicho. No podemos esperar que Ruth…

– Lo siento. -Pareció que Jemima había hablado más enérgicamente de lo que pensaba que debía hacerlo delante de Ruth, porque agachó la cabeza de inmediato y empezó a toquetear con una mano la costura de sus elegantes pantalones de lana. La pobre no iba vestida como una adolescente normal. Se había encargado de ello un curso de verano en una escuela de modelos de Londres en combinación con la observancia de su madre; por no mencionar la intrusión de ésta en el armario de la niña. Iba vestida como una modelo del Vogue. Pero a pesar del tiempo dedicado a aprender a maquillarse, peinarse y desfilar por la pasarela, en realidad seguía siendo la desgarbada Jemima, Pato para su familia y patosa a los ojos del mundo por el mismo tipo de torpeza que sentiría un pato si lo soltaran en un entorno donde le impidieran nadar en el agua.

Ruth se compadeció de la chica.

– ¿Ese perrito tan dulce? -dijo-. Seguramente estará muy triste ahí fuera sin ti, Jemima. ¿Quieres entrarlo?

– Qué tontería -dijo Anaïs-. Está bien. Puede que esté sordo, pero tiene la vista y el olfato perfectamente. Sabe muy bien dónde está. Déjalo fuera.

– Sí. Claro. Pero ¿tal vez querría un poco de ternera picada? Y hay pastel de carne que sobró del almuerzo de ayer. Jemima, baja a la cocina y pídele a Valerie un poco de pastel. Puedes calentarlo en el microondas, si quieres.

Jemima alzó la cabeza, y su expresión reconfortó a Ruth más de lo que esperaba.

– ¿No pasa nada si…? -dijo la niña mirando a su madre.

Anaïs era lo suficientemente lista para saber cuándo ceder a un viento más fuerte del que ella misma podía levantar.

– Ruthie, qué buena eres. No queremos ocasionarte la más mínima molestia.

– Y no lo hacéis -dijo Ruth-. Anda, ve, Jemima. Déjanos charlar un rato a las chicas mayores.

Ruth no pretendía que la expresión “chicas mayores” resultara ofensiva; pero al marcharse Jemima, vio que sí lo había resultado. Con la edad que estaba dispuesta a anunciar -cuarenta y seis-, Anaïs podía ser hija de Ruth, en realidad. Sin duda lo parecía. Y se esforzaba al máximo para parecerlo. Porque sabía mejor que la mayoría de las mujeres que los hombres mayores se sentían atraídos por la juventud y la belleza femeninas del mismo modo que la juventud y la belleza femeninas se sentían atraídas por la fuente que proporcionaba los medios para mantenerlas. En cualquier caso, la edad no importaba. El aspecto y los recursos lo eran todo. Hablar de la edad, sin embargo, había sido una especie de metedura de pata. Pero Ruth no hizo nada para suavizar la incorrección. Estaba llorando la muerte de su hermano, por el amor de Dios. Podían disculparla.

Anaïs se acercó al marco de la labor. Examinó el diseño del último panel.

– ¿Qué número es éste?

– El quince, creo.

– ¿Y cuántos te quedan aún?

– Los necesarios para contar toda la historia.

– ¿Entera? ¿Incluso que Guy… al final? -Anaïs tenía los ojos rojos, pero no lloró más. Pareció utilizar su propia pregunta para introducir el motivo de su visita a Le Reposoir-. Ahora todo ha cambiado, Ruth. Estoy preocupada por ti. ¿Estás bien atendida?

Por un momento, Ruth pensó que se refería al cáncer y a cómo iba a enfrentarse a su muerte inminente.

– Creo que seré capaz de sobrellevarlo -dijo, pero la respuesta de Anaïs la sacó del error de pensar que la mujer había ido a ofrecerle protección, cuidados o simplemente apoyo durante los meses venideros.

– ¿Has leído el testamento, Ruthie? -dijo Anaïs. Y como si en el fondo supiera realmente lo vulgar que era aquella pregunta, añadió-: ¿Has podido asegurarte de que vas a estar bien atendida?

Ruth le contó a la amante de su hermano lo que le había contado a la ex mujer de su hermano. Se las arregló para transmitir la información con dignidad, pese a lo que quería decir sobre quién debería interesarse por el reparto de la fortuna de Guy y quién no.

– Ah. -La voz de Anaïs reflejaba su decepción. Que no hubiera una lectura del testamento sugería que no tendría la seguridad de cuándo, cómo o si iba a ser capaz de pagar los miles de tipos de formas que había elegido para conservarse joven desde que había conocido a Guy. También significaba que seguramente los lobos estarían diez pasos más cerca de la puerta de la impresionante casa que ocupaban ella y su hija al norte de la isla cerca de la bahía de Le Grand Havre. Ruth siempre había sospechado que Anaïs Abbott vivía por encima de sus posibilidades, fuera viuda de un financiero o no; y en cualquier caso, ¿quién sabía qué significaba eso: “Mi marido era financiero”, en estos días en que las acciones no valían nada una semana después de comprarlas y los mercados mundiales se asentaban en arenas movedizas? Naturalmente, podía ser un mago de las finanzas que multiplicaba el dinero de los demás como panes ante los pobres, o un corredor de Bolsa capaz de convertir cinco libras en cinco millones con el tiempo, la fe y los recursos suficientes. Pero, por otro lado, podía ser simplemente un empleado de Barclays cuyo seguro de vida había permitido a su apenada viuda moverse en círculos más elevados que aquellos en los que había nacido y entrado por matrimonio. Fuera lo que fuese, acceder a esos círculos y moverse en ellos requería dinero contante y sonante: para la casa, la ropa, el coche, las vacaciones…, por no mencionar esos pequeños imprevistos como la comida. Así que era razonable pensar que seguramente en estos momentos Anaïs Abbott se encontrara en una situación desesperada. Había realizado una inversión considerable en su relación con Guy. Para que esa inversión generara dividendos, se suponía que Guy tenía que vivir y estar dispuesto a casarse.

Aunque Ruth sintiera cierta aversión por Anaïs Abbott debido al plan maestro que creía que siempre había seguido, sabía que tenía que excusar como mínimo parte de sus maquinaciones. Porque Guy sí que le había inducido a creer en la posibilidad de una unión entre ellos, una unión legal, cogidos de la mano delante de un cura o unos minutos sonriendo y sonrojándose en Le Greffe. Era razonable que Anaïs hiciera ciertas suposiciones porque Guy había sido generoso. Ruth sabía que había sido él quien había mandado a Jemima a Londres y albergaba pocas dudas respecto a que también fuera la razón -económica o no- de que los pechos de Anaïs sobresalieran como dos firmes melones franceses perfectamente simétricos de un tórax demasiado pequeño para acomodarlos de manera natural. Pero ¿estaba todo pagado, o había facturas pendientes? Ésa era la cuestión. En un momento, Ruth tuvo la respuesta.

– Le echo de menos, Ruth -dijo Anaïs-. Era… Tú sabes que le quería, ¿verdad? Tú sabes cuánto le quería, ¿verdad?

Ruth asintió con la cabeza. El cáncer que se alimentaba de su columna vertebral comenzaba a exigir su atención. Asentir con la cabeza era lo único que podía hacer cuando aparecía el dolor e intentaba dominarlo.

– Él lo era todo para mí, Ruth. Mi pilar. Mi centro. -Anaïs agachó la cabeza. Unos rizos suaves escaparon de su casquete, y se posaron en su nuca como la caricia de un hombre-. Tenía una forma de enfrentarse a las cosas… Las sugerencias que hacía… Las cosas que hacía… ¿Sabías que fue idea suya que Jemima fuera a Londres al curso de modelo? Para que ganara seguridad en sí misma, decía. Era muy propio de Guy tan lleno de generosidad y amor.

Ruth volvió a asentir, atrapada por la garra del cáncer. Apretó los labios y reprimió un gruñido.

– No había nada que no hiciera por nosotros -dijo Anaïs-. El coche… Su mantenimiento… La piscina… Ahí estaba, ayudando, dando. Qué hombre tan maravilloso. Nunca conoceré a nadie tan… Se portó tan bien conmigo. ¿Y ahora sin él…? Siento que lo he perdido todo. ¿Te dijo que este año pagó los uniformes del colegio? Sé que no. No lo haría porque en eso consistía parte de su bondad, en proteger el orgullo de las personas a las que ayudaba. Incluso… Ruth, este hombre bueno, querido, incluso me daba una asignación mensual. “Significas más para mí de lo que nunca creía que significaría nadie, y quiero que tengas más de lo que puedas darte tú misma.” Se lo agradecí, Ruth, una y otra vez. Pero nunca llegué a agradecérselo bastante. Aun así, quería que supieras algunas de las cosas buenas que hizo, todo lo bueno que hizo por mí, para ayudarme, Ruth.

Sólo podría haber hecho más ostensible su petición garabateándola en la alfombra Wilton. Ruth se preguntó qué cotas de mal gusto iba a alcanzar su hermano con sus supuestas dolencias.

– Gracias por tu elegía, Anaïs -decidió decirle a la mujer-. Saber que sabías que era la bondad personificada… -”Y lo era, lo era”, gritó el corazón de Ruth-. Es un acto de bondad que hayas venido a decírmelo. Te estoy tremendamente agradecida. Eres muy buena.

Anaïs abrió la boca para hablar. Incluso tomó aire antes de darse cuenta, al parecer, de que no había nada más que decir. No podía pedirle dinero directamente en este momento sin parecer avariciosa y grosera. Aunque no le importara demasiado, seguramente no estaría dispuesta a dejar de fingir tan pronto que era una viuda independiente para quien era más importante tener una relación sólida que aquello que la financiaba. Llevaba fingiendo demasiado tiempo.

Así que mientras seguían sentadas en el salón de mañana, Anais Abbott no dijo nada más y Ruth tampoco. Al fin y al cabo, ¿qué más podían decirse en realidad?

Capítulo 7

En Londres, el tiempo siguió mejorando durante el día, y gracias a ello los Saint James y Cherokee River pudieron iniciar el viaje a Guernsey. Llegaron a última hora de la tarde, después de sobrevolar el aeropuerto y ver debajo de ellos, mientras anochecía, las estrechas carreteras como hilos grises de algodón desenrollándose caprichosamente, serpenteando por entre aldeas rocosas y campos pelados. El cristal de innumerables invernaderos atrapaba los últimos rayos de sol, y los árboles desnudos en los valles y las laderas marcaban las zonas donde los vientos y las tormentas atacaban con menos fiereza. Era un paisaje variado desde el aire: acantilados altos e imponentes al este y al sur de la isla que descendían hasta bahías tranquilas al oeste y el norte.

La isla estaba desierta en esta época del año. Los turistas llenarían la maraña de carreteras hacia finales de primavera y en verano, para dirigirse a las playas, los senderos de los acantilados o los puertos, explorar las iglesias, castillos y fuertes de Guernsey. Pasearían, nadarían, navegarían e irían en bici. Atestarían las calles y abarrotarían los hoteles. Pero en diciembre, tres tipos de personas ocupaban la isla del canal: los propios isleños atados al lugar por costumbre, tradición y amor; los exiliados fiscales resueltos a ocultar la mayor cantidad de su dinero posible a sus respectivos gobiernos; y los banqueros que trabajaban en Saint Peter Port y volaban a su casa en Inglaterra los fines de semana.

Fue a Saint Peter Port adonde se dirigieron los Saint James y Cherokee River. Era la ciudad más grande y donde se hallaba la sede del gobierno de la isla. También era donde se encontraba la comisaría central de la policía y donde el abogado de China River tenía su despacho.

Cherokee estuvo muy locuaz durante la mayor parte del viaje. Cambiaba de un tema a otro como si le aterrorizara lo que pudiera implicar el silencio entre ellos, y Saint James se preguntó si el torrente constante de conversación estaba diseñado para evitar que se plantearan la futilidad de la misión que habían emprendido. Si habían detenido y acusado a China River, habría pruebas para juzgarla por el crimen. Si esas pruebas no eran circunstanciales, Saint James sabía que poco o nada podría hacer para interpretarlas de modo distinto al de los expertos de la policía.

Pero mientras Cherokee continuaba su monólogo, empezó a parecer menos un acto para distraerles de sacar conclusiones sobre su objetivo y más una forma de vincularse a ellos. Saint James desempeñó el papel de observador, la tercera rueda de una bicicleta que avanzaba a trompicones hacia lo desconocido. Le pareció un viaje sumamente incómodo.

Cherokee habló casi todo el tiempo sobre su hermana. Chine -como la llamaba él- por fin había aprendido a hacer surf. ¿Lo sabía Debs? Su novio, Matt -¿llegó Debs a conocer a Matt? Seguro que sí, ¿no?-, bueno, por fin logró que se metiera en el mar… Vaya, que se adentrara lo suficiente, porque siempre le aterró encontrarse con un tiburón. Él le enseñó lo básico e hizo que practicara, y el día que por fin se puso de pie… Por fin entendió en qué consiste, lo entendió mentalmente. El zen del surf. Cherokee siempre quería que bajara a hacer surf a Huntington con él… en febrero o marzo, cuando las olas eran una pasada; pero no fue nunca porque para ella ir al condado de Orange significaba ir a ver a mamá, y Chine y mamá… Tenían una relación conflictiva. Eran demasiado distintas. Mamá siempre hacía algo mal. Como la última vez que Chine fue a pasar un fin de semana, haría más de dos años seguramente; armó un escándalo porque mamá no tenía vasos limpios. No es que Chine no pudiera lavar ella misma un vaso, pero mamá tendría que haberlos fregado antes porque fregar los vasos antes significaba algo, como “Te quiero” o “Bienvenida” o “Quiero que estés aquí”. En cualquier caso, Cherokee siempre intentaba mantenerse al margen cuando discutían. Las dos eran, ya sabéis, muy buena gente, mamá y Chine. Sólo que eran muy distintas. Sin embargo, siempre que Chine iba al cañón -Debs sabía que Cherokee vivía en el cañón, ¿verdad? ¿En Modjeska? ¿En el interior? ¿En esa cabana con los troncos delante?-, bueno, el caso era que cuando Chine iba a verle, Cherokee ponía vasos limpios por todas partes, en serie. No es que tuviera demasiados. Pero los que tenía… estaban por todas partes. Chine quería vasos limpios, y Cherokee le daba vasos limpios. Pero era extraño, ¿verdad?, las cosas que hacían explotar a la gente…

Durante todo el camino hasta Guernsey, Deborah escuchó compasivamente las divagaciones de Cherokee. Pasó por el recuerdo, la revelación y la explicación y, al cabo de una hora, Saint James tuvo la impresión de que además de la angustia natural que sentía el hombre por la situación de su hermana, también se sentía culpable. Si no hubiera insistido en que fuera con él, no estaría donde estaba en estos momentos. Era responsable al menos de eso. “A la gente le pasan cosas chungas” fue como lo expresó él, pero estaba claro que esta “cosa chunga” en particular no le habría sucedido a esta persona en concreto si Cherokee no hubiera querido que lo acompañara. Y él había querido que lo acompañara porque necesitaba que lo acompañara, explicó, porque, para empezar, era la única forma que tenía él de poder ir, y él había querido ir porque quería el dinero porque por fin tenía un trabajo en mente que creía poder desempeñar durante veinticinco años o más y necesitaba una entrada para financiarlo. Un pesquero, de eso se trataba, en resumidas cuentas. China River estaba entre rejas porque el capullo de su hermano quería comprar un pesquero.

– Pero tú no sabías lo que iba a pasar -protestó Deborah.

– Ya lo sé. Pero eso no hace que me sienta mejor. Tengo que sacarla de ahí, Debs. -Y ofreciéndoles una sonrisa seria a ella y luego a Saint James, añadió-: Gracias por ayudarme. No voy a poder pagároslo nunca.

Saint James quería decirle al hombre que su hermana todavía no estaba fuera de la cárcel y que había muchas posibilidades de que aunque se estableciera una fianza y la pagara, su libertad, llegados a ese punto, tan sólo se aplazaría temporalmente. Así que simplemente dijo:

– Haremos lo que podamos.

A lo que Cherokee respondió:

– Gracias. Sois los mejores.

A lo que Deborah dijo:

– Somos tus amigos, Cherokee.

En ese momento al hombre pareció embargarle la emoción, que cruzó su rostro un instante. Sólo logró asentir con la cabeza e hizo ese extraño gesto con el puño cerrado que los estadounidenses tendían a utilizar para indicar de todo, desde gratitud a conformidad política.

O quizá ahora lo utilizaba para otra cosa.

Saint James no podía apartar ese pensamiento de su cabeza. Y tampoco había sido realmente capaz de hacerlo desde el momento en que había mirado a la tribuna de espectadores de la sala número tres y había visto a su mujer y al americano allí arriba: hombro con hombro, Deborah murmurando algo a Cherokee, que la escuchaba con la cabeza agachada. Algo no iba bien en el mundo. Saint James lo creía a un nivel que no podía explicar. Así que la sensación de un tiempo fuera de quicio hizo que le resultara difícil ratificar la declaración de amistad de su mujer hacia el otro hombre. No dijo nada y, cuando Deborah le miró como preguntando por qué, él no le ofreció ninguna respuesta con la mirada. Aquello, lo sabía, no mejoraría las cosas entre ellos. Deborah seguía molesta con él por la conversación en Old Bailey.

Cuando llegaron a la ciudad, se hospedaron en Ann's Place, un antiguo edificio gubernamental que habían reconvertido en hotel hacía tiempo. Allí se separaron: Cherokee y Deborah fueron a la cárcel donde esperaban poder hablar con China en la sección de presos preventivos, y Saint James se dirigió a la comisaría de policía, donde quería localizar al inspector encargado de la investigación.

Seguía estando incómodo. Sabía muy bien que no debería estar allí, inmiscuyéndose en una investigación policial donde no sería bien recibido. Al menos en Inglaterra, había casos que podía mencionar si llamaba a un cuerpo policial para solicitar información. “¿Recuerdan el secuestro de Bowen?”, podía decir prácticamente en toda Inglaterra… “¿Y ese estrangulamiento en Cambridge el año pasado?” Si le daban la oportunidad de explicar quién era y buscar puntos en común con la policía, Saint James había descubierto que, por lo general, los policías del Reino Unido estaban dispuestos a compartir la información que tuvieran mientras no se vieran afectados por sus intentos de averiguar algo más. Pero aquí las cosas eran distintas, por lo que lograr la colaboración de la policía, o en su defecto conseguir que aprobaran a regañadientes que hablara con las personas relacionadas con el crimen, no dependería de refrescarles la memoria acerca de los casos en los que había trabajado o los juicios penales en los que había participado. Eso le situaba en un lugar en el que no quería estar, puesto que tendría que confiar en su habilidad menos desarrollada para ganarse el acceso a la comunidad de investigadores: la capacidad de conectar con otra persona.

Siguió la curva de Ann's Place, dado que desembocaba en Hospital Lane y más allá estaba la comisaría. Reflexionó acerca de la idea de conectar con los demás. Quizá, pensó, esa incapacidad suya creaba un abismo entre él y los otros; siempre el dichoso científico desapasionado, siempre introspectivo y pensativo, siempre considerando, sopesando y observando cuando las otras personas sólo se preocupaban de ser… Tal vez ahí residía también el origen de la inquietud que despertaba en él Cherokee River.

– ¡Sí que recuerdo el surf! -había dicho Deborah, cuyo rostro cambió un instante cuando le vino a la mente la experiencia compartida-. Fuimos los tres una vez… ¿Te acuerdas? ¿Dónde estábamos?

Cherokee se había quedado pensando antes de decir:

– Claro. Era Seal Beach, Debs. Más fácil que en Huntington, más protegido.

– Sí, sí. Seal Beach. Me hiciste meterme en el agua y me tambaleé en la tabla y no dejé de chillar por si chocaba contra el embarcadero.

– Algo que no hubiera pasado ni por asomo -dijo él-. Era imposible que te sostuvieras encima de la tabla el tiempo suficiente para chocar con nada, a menos que decidieras dormir encima.

Se rieron juntos, otro vínculo forjado, un instante natural entre dos personas cuando reconocían que existía una cadena común que conectaba el presente con el pasado.

Y así sucedía entre todas las personas que compartían cualquier tipo de historia, pensó Saint James. Así eran las cosas.

Cruzó la calle hasta la comisaría central de la policía de Guernsey. Se encontraba detrás de un muro imponente de una piedra con vetas de feldespato, y era un edificio en forma de “L” con cuatro hileras de ventanas en sus dos alas y la bandera de Guernsey ondeando en lo alto. Dentro, en la recepción, Saint James dio su nombre y tarjeta a un agente. ¿Sería posible, preguntó, hablar con el policía jefe encargado de la investigación del asesinato de Guy Brouard, o, si no, con el jefe de prensa?

El agente examinó la tarjeta. Su rostro indicaba que iban a realizarse algunas llamadas telefónicas al otro lado del canal para determinar exactamente quién era este científico forense que había aparecido por la puerta. Tanto mejor, porque si había que hacer alguna llamada, sería a la Met, a la fiscalía o a la universidad donde impartía clases Saint James, y si ése era el caso, tenía el terreno allanado.

Saint James estuvo veinte minutos esperando con impaciencia en recepción y leyó el tablón de anuncios media docena de veces. Pero fueron veinte minutos bien empleados, porque cuando pasaron, el inspector en jefe Louis Le Gallez salió personalmente para conducir a Saint James al centro de operaciones, una enorme capilla antigua con arcos estilo tudor en la que el equipo de ejercicio del departamento rivalizaba con archivadores, mesas de ordenador, tablones de anuncios y pizarras.

El inspector en jefe Le Gallez quería saber, naturalmente, qué interés tenía un científico forense de Londres en una investigación de asesinato en Guernsey que ya estaba cerrada.

– Tenemos al asesino -dijo, con los brazos cruzados sobre el pecho y una pierna colgando sobre la esquina de la mesa. Apoyó su peso, que era considerable para un hombre tan bajo, en el borde de la mesa y movió la tarjeta de Saint James adelante y atrás contra el lateral de su mano. Mostraba curiosidad más que cautela.

Saint James optó por ser totalmente sincero. El hermano de la acusada, comprensiblemente afectado por lo que le había ocurrido a su hermana, había pedido ayuda a Saint James después de no lograr que la embajada estadounidense intercediera por ella.

– La embajada estadounidense ha hecho lo que correspondía -respondió Le Gallez-. No sé qué más espera ese tipo. Él también fue sospechoso, por cierto. Pero la verdad es que lo fueron todos los que asistieron a la fiesta de Brouard. La noche antes de que la palmara. Media isla estaba allí. Y si eso no complicó terriblemente el asunto, nada lo complicó, créame.

Le Gallez tomó la iniciativa como si fuera plenamente consciente de hacia dónde pretendería dirigir Saint James la conversación a partir del comentario sobre la fiesta. Prosiguió diciendo que se había interrogado a todo el mundo que había estado en casa de los Brouard la noche antes del asesinato y que durante los días posteriores a la muerte de Guy Brouard no habían descubierto nada que alterara las sospechas iniciales de los investigadores: cualquiera que se hubiera escabullido de Le Reposoir como hicieron los River la mañana del asesinato era alguien a quien había que investigar.

– ¿Todos los demás invitados tenían coartada para la hora del asesinato? -preguntó Saint James.

Él no había insinuado eso, contestó Le Gallez. Pero en cuanto se acumularon las pruebas, lo que hacían el resto de personas la mañana que murió Guy Brouard no tenía nada que ver con el caso.

Lo que tenían contra China River era condenatorio, y Le Gallez pareció encantado de enumerarlo. Sus cuatro agentes de la escena del crimen habían examinado el lugar, y su patólogo forense había examinado el cuerpo. La señorita River había dejado una huella parcial en la escena: una pisada, parcialmente oculta por briznas de algas, había que reconocerlo; pero en las suelas de sus zapatos había incrustados granos de arena que se correspondían exactamente con la arena gruesa de la playa, y esos mismos zapatos se correspondían también con la huella parcial.

– Puede que estuviera allí en cualquier otro momento -dijo Saint James.

– Puede. Cierto. Conozco la historia. Brouard les dijo qué lugares visitar cuando no se los podía enseñar él mismo. Pero lo que no hizo fue enganchar un cabello de ella en la cremallera de la chaqueta del chándal que llevaba puesto cuando murió. Y tampoco apostaría a que se secó la cabeza con su abrigo.

– ¿Qué clase de abrigo?

– Uno negro, con un botón en el cuello y sin mangas.

– ¿Una capa?

– Con cabellos de Brouard, justo donde cabría esperar si uno lo rodeara con el brazo para inmovilizarlo. La muy estúpida no pensó en utilizar un cepillo para la ropa para limpiarla.

– El modo del asesinato… Es un poco insólito, ¿no le parece a usted? -dijo Saint James-. ¿La piedra? ¿Que se ahogara? Si no se la tragó por accidente…

– No es probable, maldita sea -dijo Le Gallez.

– … entonces alguien debió de metérsela en la garganta. Pero ¿cómo? ¿Cuándo? ¿En medio de un forcejeo? ¿Había indicios de lucha? ¿En la playa? ¿En su cuerpo? ¿En la señorita River cuando la detuvieron?

El inspector negó con la cabeza.

– No hubo lucha. Pero no fue necesaria. Por eso buscamos a una mujer desde el principio. -Se dirigió a una de las mesas y cogió un recipiente de plástico cuyo contenido echó en la palma de su mano. Lo tocó con el dedo y dijo-: Sí. Esto servirá. -Y cogió un paquete medio abierto de cigarrillos Polo. Sacó uno con el pulgar, lo levantó para que Saint James lo viera y dijo-: La piedra en cuestión es un poco más grande que esto. Tiene un agujero en el centro para introducirla en la anilla de un llavero. También tiene unos grabados en los lados. Observe. -Se metió el cigarrillo en la boca, lo colocó con la lengua contra la mejilla y dijo-: Se pueden pasar algo más que gérmenes con un beso en la boca, amigo.

Saint James comprendió la idea; sin embargo, tenía sus dudas. En su opinión, la teoría del investigador era tremendamente improbable.

– Pero tendría que hacer algo más que simplemente pasarle la piedra en la boca. Sí. Veo que es posible que ella la pusiera en la lengua de él si estaban besándose, pero sin duda no se la metió hasta la garganta. ¿Cómo pudo hacer eso?

– Sorpresa -replicó Le Gallez-. Le pilló desprevenido cuando le metió la piedra en la boca. Le puso una mano en la nuca mientras se besaban y él estaba en la posición correcta. Le puso la otra mano en la mejilla y, cuando él se apartó porque le pasó la piedra, ella lo inmovilizó con la parte interior del codo, lo inclinó hacia atrás y le agarró la garganta. Y la piedra bajó. El hombre estaba perdido.

– No le importará que le diga que es un poco improbable -dijo Saint James-. Sus fiscales no pueden esperar convencer a… ¿Aquí hay jurado?

– Eso no importa. La piedra no tiene que convencer a nadie -dijo Le Gallez-. Sólo es una teoría. Puede que ni siquiera salga en el juicio.

– ¿Por qué no?

Le Gallez esbozó una sonrisa.

– Porque tenemos un testigo, señor Saint James -dijo-. Y un testigo vale más que cien expertos y sus mil teorías, ya me entiende.

En la cárcel donde China estaba en prisión preventiva, Deborah y Cherokee se enteraron de que los hechos habían avanzado deprisa durante las veinticuatro horas transcurridas desde que el hermano había dejado la isla para buscar ayuda en Londres. El abogado de China había logrado que saliera bajo fianza y la había instalado en otro lugar. La administración penitenciaria sabía dónde, naturalmente, pero no se mostraron muy comunicativos con la información.

Deborah y Cherokee, por lo tanto, regresaron a Saint Peter Port, y cuando encontraron una cabina telefónica donde Vale Road se abría a una vista amplia de la bahía de Belle Greve, Cherokee se bajó del coche para llamar al abogado. Deborah observó a través del cristal de la cabina y vio que el hermano de China estaba comprensiblemente inquieto, golpeando el cristal con el puño mientras hablaba. Aunque no era una experta en leer los labios, Deborah pudo distinguir un “Eh, tío, escucha tú”, cuando Cherokee pronunció la frase. Su conversación duró tres o cuatro minutos, no lo suficiente para tranquilizar a Cherokee, pero sí para descubrir dónde había alojado a su hermana.

– La tiene en un apartamento en Saint Peter Port -informó Cherokee mientras volvía a subir al coche y arrancaba-, en uno de esos sitios que la gente alquila en verano. “Está encantada de estar allí”, ha dicho literalmente. Ya me explicarás que querrá decir eso.

– Un piso de veraneo -dijo Deborah-. Seguramente, estará vacío hasta la primavera.

– Sea como sea -dijo él-, podría haberme mandado un mensaje o algo. Yo estoy metido en esto, ¿sabes? Le he preguntado por qué no me ha informado de que iba a sacarla y me ha dicho… ¿Sabes qué me ha dicho? “La señorita River no me ha comentado que le dijera a nadie dónde estaba.” Como si quisiera esconderse.

Regresaron a Saint Peter Port, donde no fue tarea fácil encontrar los pisos de veraneo en los que habían instalado a China, a pesar de tener la dirección. La ciudad era un laberinto de vías de una dirección: calles estrechas que ascendían por la ladera desde el puerto y descendían en picado por una ciudad que existía desde mucho antes de que los coches se imaginaran siquiera. Deborah y Cherokee pasaron varias veces por casas georgianas y adosados Victorianos antes de dar por fin con los apartamentos Queen Margaret en la esquina de las calles Saumarez y Clifton, situados en la parte más alta de esta última. Era un lugar que ofrecería al turista el tipo de vistas que se pagan caras para disfrutar de la primavera y el verano: el puerto abajo, Castle Cornet claramente visible en su lengua de tierra, desde donde antaño protegía la ciudad de las invasiones y, en un día sin las nubes bajas de diciembre, parecería que la costa de Francia flotaba sobre el horizonte.

Ese día, sin embargo, a primera hora del anochecer, el canal era una masa cenicienta de paisaje líquido. Las luces brillaban en un puerto vacío de embarcaciones de recreo y, a lo lejos, el castillo parecía un grupo de piezas de un juego de construcción infantil, sostenidas caprichosamente sobre la palma de la mano de un padre.

El reto en los apartamentos Queen Margaret fue encontrar a alguien que pudiera indicarles el piso de China. Por fin localizaron a un hombre odorífero y sin afeitar en una habitación al fondo del complejo que, por lo demás, estaba desierto. Parecía actuar de conserje cuando no se dedicaba a lo que estaba haciendo ahora, que al parecer era jugar solo a un juego de mesa que consistía en colocar unas piedras negras brillantes en los huecos de una bandeja estrecha de madera.

– Esperen -les dijo cuando Cherokee y Deborah aparecieron en su habitación individual-. Sólo necesito… Maldita sea. El tío me ha ganado otra vez.

“El tío” parecía ser su oponente, que era él mismo, jugando desde el otro lado del tablero. Después de despejar las piedras de ese lado con un movimiento inexplicable, dijo:

– ¿En qué puedo ayudarlos?

Cuando le contaron que habían ido a ver a su única inquilina -porque era indudable que nadie más ocupaba alguna de las habitaciones de los apartamentos Queen Margaret en esta época del año-, el hombre fingió desconocer todo el asunto. Sólo cuando Cherokee le dijo que llamara al abogado de China dio muestras de que la mujer acusada de asesinato se hospedaba en el edificio. Y entonces lo único que hizo fue avanzar pesadamente hacia el teléfono y pulsar unos números. Cuando contestaron al otro lado, dijo:

– Hay alguien que dice que es su hermano… -Y mirando a Deborah añadió-: Viene con una pelirroja. -El hombre se quedó escuchando cinco segundos. Luego dijo-: Muy bien. -Y colgó con la información. Encontrarían a la persona que buscaban, les dijo, en el piso B en el ala este del edificio.

No estaba lejos. China salió a recibirlos a la puerta.

– Has venido -dijo simplemente, y avanzó directamente hacia los brazos abiertos de Deborah.

Ella la abrazó con firmeza.

– Claro que he venido -dijo-. Ojalá hubiera sabido desde el principio que estabas en Europa. ¿Por qué no me dijiste que venías? ¿Por qué no me llamaste? Oh, me alegro tanto de verte. -Pestañeó al notar el escozor detrás de los párpados, sorprendida por la avalancha de sentimientos que le decían lo mucho que había echado de menos a su amiga durante los años en que habían perdido el contacto.

– Siento que tengamos que vernos así. -China ofreció a Deborah una sonrisa fugaz. Estaba mucho más delgada de lo que Deborah la recordaba, y aunque llevaba el estupendo pelo rubio rojizo cortado a la moda, le caía sobre un rostro que parecía el de un vagabundo. Vestía una ropa que habría provocado que a su madre vegetariana le diera un infarto. Era todo prácticamente de cuero negro: los pantalones, el chaleco y los botines. El color acentuaba la palidez de su piel.

– Simón también ha venido -dijo Deborah-. Vamos a solucionar todo esto. No tienes de qué preocuparte.

China miró a su hermano, que había cerrado la puerta después de entrar todos. Se había dirigido al rincón del piso que servía de cocina, donde cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro como los hombres que desean estar en otro universo cuando las mujeres exhiben sus emociones.

– No pretendía que los trajeras contigo -le dijo China-. Sólo que te aconsejaran si te hacía falta. Pero… Me alegro de que lo hayas hecho, Cherokee. Gracias.

Cherokee asintió.

– ¿Necesitáis…? -dijo-. Quiero decir, puedo salir a dar un paseo o algo… ¿Tienes comida? Mirad, os diré qué haré: iré a buscar una tienda. -Salió del piso sin esperar a que su hermana le respondiera.

– Típico de hombres -dijo China cuando se marchó-. No pueden con las lágrimas.

– Y todavía no hemos soltado ninguna.

China se rio, un sonido que alegró el corazón de Deborah. No podía imaginarse cómo se sentiría, atrapada en un país que no era el suyo y acusada de asesinato. Así que si podía ayudar a su amiga a no pensar en el peligro al que se enfrentaba, quería hacerlo. Pero también quería tranquilizar a China respecto a la vinculación que aún sentía con ella.

– Te he echado de menos -le dijo-. Tendría que haberte escrito más.

– Tendrías que haber escrito, punto -contestó China-. Yo también te he echado de menos. -Llevó a Deborah a la cocina-. Voy a preparar un té. Me parece increíble lo mucho que me alegro de verte.

– No. Deja que me encargue yo, China -dijo Deborah-. No vas a ponerte a cuidar de mí. Voy a invertir los papeles. -Llevó a la otra mujer a una mesa situada debajo de una ventana que daba al este. Encima de la mesa, había una libreta y un bolígrafo. En la hoja de arriba estaban escritos, con la letra entrelazada de China que tan bien conocía, unas fechas y párrafos en mayúsculas.

– Tuviste una mala época-dijo China-. Significó mucho para mí hacer todo lo que estuvo en mi mano.

– Fue una época bastante patética -dijo Deborah-. No sé cómo me aguantaste.

– Estabas lejos de casa y tenías un gran problema e intentabas saber qué hacer. Yo era tu amiga. No tuve que aguantarte en ningún sentido. Sólo tuve que cuidarte. Y fue bastante fácil, a decir verdad.

Deborah sintió una oleada de cariño en su piel, una reacción que sabía que tenía dos orígenes claros. Nacía, en parte, del placer de una relación entre mujeres. Pero también tenía su raíz en un período de su pasado que le dolía revisar. China River había formado parte de esa época, asistiendo a Deborah en el sentido más literal durante esos momentos.

– Estoy tan… -dijo Deborah-. ¿Qué palabra puedo utilizar? ¿Contenta de verte? Dios santo, suena muy egocéntrico, ¿verdad? ¿Tú tienes problemas y yo me alegro de estar aquí? Soy una zorra egoísta.

– Eso no es cierto. -China pareció reflexionar antes de que su observación meditabunda desembocara en una sonrisa-. Además, la verdadera cuestión es: ¿puede una zorra ser egoísta?

– Bueno, ya conoces a las zorras -contestó Deborah-. Un rasguño en la patita y, de repente, todo es yo, yo, yo.

Las dos se rieron. Deborah entró en la pequeña cocina. Llenó el hervidor y lo enchufó. Encontró tazas, té, azúcar y leche. Uno de los dos armarios incluso contenía un paquete sin abrir de algo llamado Guernsey Gaché. Deborah rasgó el envoltorio y vio un pastelito con forma de ladrillo que parecía ser un cruce entre un pan de pasas y un plum-cake. Serviría.

China no dijo nada más hasta que Deborah colocó todo sobre la mesa. Entonces, sólo murmuró:

– Yo también te he echado de menos. -Deborah no lo habría oído si no hubiera estado esperando escucharlo atentamente.

Apretó el hombro de su amiga. Llevó a cabo el ritual de verter y adulterar el té. Sabía que la ceremonia probablemente no tendría el poder de consolarla durante mucho tiempo; pero había algo en el acto de sostener una taza de té, de cerrar la mano en torno a la vasija y permitir que el calor penetrara en ella que, para Deborah, siempre había tenido una especie de magia, como si las aguas del Leteo y no las hojas de una planta asiática hubieran creado lo que humeaba en su interior.

China pareció saber lo que pretendía Deborah, ya que cogió la taza y dijo:

– Los ingleses y su té.

– También tomamos café.

– En un momento así, no. -China sostuvo la taza tal como Deborah quería que lo hiciera, con la palma acomodada en torno a ella. Miró por la ventana, donde las luces de la ciudad habían comenzado a formar una paleta parpadeante de amarillos sobre carbón a medida que la última luz del día se sometía a la noche-. No me acostumbro a lo rápido que se hace de noche aquí.

– Es la época del año.

– Estoy tan acostumbrada al sol… -China sorbió el té y dejó la taza sobre la mesa. Con un tenedor, cogió un poco de Guernsey Gaché; pero en lugar de comérselo, dijo-: No obstante, supongo que tendré que acostumbrarme a la falta de sol. Voy a estar encerrada para siempre.

– Eso no va a pasar.

– Yo no fui. -China levantó la cabeza y miró fijamente a Deborah-. Yo no maté a ese hombre, Deborah.

Deborah sintió que se le removía el estómago al pensar que China podía creer que necesitaba que la convenciera de ello.

– Dios santo, claro que no. No he venido a comprobarlo por mí misma. Ni tampoco Simón.

– Pero tienen pruebas, ¿sabes? -dijo China-. Un cabello mío, mis zapatos, pisadas. Me siento como si estuviera en uno de esos sueños en los que intentas gritar pero nadie te oye porque en realidad no estás gritando porque no puedes gritar porque estás en un sueño. Es un pez que se muerde la cola. ¿Sabes qué quiero decir?

– Ojalá pudiera sacarte de esto. Lo haría si pudiera.

– Estaba en su ropa -dijo China-. El cabello. Un cabello mío. En su ropa, cuando lo encontraron. Y no sé cómo llegó allí. He tratado de recordar, pero no puedo explicarlo. -Señaló la libreta-. He anotado todos los días lo mejor que recuerdo. ¿Me abrazó en algún momento? Pero ¿por qué iba a abrazarme? Y si lo hizo, ¿por qué no me acuerdo? El abogado quiere que diga que había algo entre nosotros. Sexo no, dice. No vayas tan lejos. Pero sí que él lo buscaba, dice. Que él albergaba la esperanza de que habría sexo, algo entre nosotros que pudiera acabar en sexo: caricias, esas cosas. Pero no lo hubo y no puedo decir que sí. No es que me moleste mentir o algo así. Créeme, mentiría como una bellaca si sirviera de algo. Pero ¿quién va a apoyar esa historia? La gente me vio con él y jamás me tocó siquiera. Bueno, quizá el brazo o algo así, pero ya está. Así que si subo al estrado y digo que un cabello mío estaba en su cuerpo porque él… ¿qué? ¿Me abrazó? ¿Me besó? ¿Me acarició? ¿Qué? Sólo es mi palabra contra la palabra de todas las demás personas que se levantarán y dirán que ni me miró. Podríamos contraatacar haciendo subir a Cherokee al estrado, pero por nada del mundo voy a pedirle a mi hermano que mienta.

– Se muere por ayudarte.

China sacudió la cabeza en un gesto que parecía de resignación.

– Ha montado pequeños timos a lo largo de su vida. ¿Recuerdas esas reuniones de trueques en la feria? ¿Esos objetos indios con los que embaucaba a la gente todas las semanas? Puntas de flecha, fragmentos de cerámica, herramientas, cualquier cosa que se le ocurriera. Casi consiguió que creyera que eran de verdad.

– No estarás diciendo que Cherokee…

– No, no. Sólo quiero decir que tendría que habérmelo pensado dos veces, diez veces, en realidad, antes de acompañarle en este viaje. ¿Esas cosas que a él le parecen sencillas, sin compromisos, demasiado buenas para ser verdad, pero verdaderas al fin y al cabo…? Tendría que haber visto que había algo más que transportar simplemente los planos de un edificio al otro lado del océano. No que Cherokee tuviera algo en mente, sino que otra persona tramaba algo.

– Para utilizarte de chivo expiatorio -concluyó Deborah.

– Es lo único que se me ocurre.

– Eso significa que todo lo que pasó estaba planeado. Incluso traer a un estadounidense aquí para que cargara con la culpa.

– Dos estadounidenses -dijo China-. Así, si resultaba poco probable que uno fuera un sospechoso creíble, existía la posibilidad de que el otro sí lo fuera. Eso es lo que está pasando, y nosotros caímos de cuatro patas. Dos californianos estúpidos que ni siquiera habían estado nunca en Europa, y tú sabes que también estarían buscando eso. Un par de zoquetes inocentes que no tendrían ni idea de qué hacer si se veían metidos en un lío aquí. Y la pega es que en realidad yo no quería venir. Sabía que había gato encerrado. Pero siempre he sido absolutamente incapaz de decirle que no a mi hermano.

– Se siente fatal por todo lo que ha pasado.

– Siempre se siente fatal -dijo China-. Y luego yo me siento culpable. Necesita un descanso, me digo. Sé que él haría lo mismo por mí.

– Parece que también piensa que te estaba haciendo un favor, por lo de Matt, para alejarte un poco de las cosas por un tiempo. Me lo ha contado, por cierto: lo vuestro, que habéis roto. Lo siento mucho. Matt me caía bien.

China dio medio giro a su taza, mirándola fija e inquebrantablemente y durante tanto rato que Deborah pensó que quería evitar hablar del fin de su larga relación con Matt Whitecomb. Pero justo cuando Deborah iba a cambiar de tema, China habló.

– Al principio fue difícil. Trece años son muchos esperando a que un hombre decida si está preparado. Creo que a cierto nivel siempre supe que no iba a funcionar. Pero tardé todo ese tiempo en reunir el valor necesario para dejarle. Era la idea de estar sola lo que me mantenía aferrada a él. ¿Qué haré en Nochevieja? ¿Quién me mandará una tarjeta de San Valentín? ¿Dónde iré el cuatro de julio? Es increíble pensar cuántas parejas deben de seguir juntas sólo para tener a alguien con quien pasar las vacaciones. -China cogió su trozo del Guernsey Gáche y lo apartó estremeciéndose un poco-. No puedo comérmelo, lo siento. -Y luego añadió-: En cualquier caso, ahora mismo tengo cosas más importantes de las que preocuparme que Matt Whitecomb. Por qué me pasé los veinte intentando transformar un sexo fantástico en un matrimonio, una casa, una valla, un monovolumen, niños… Ya intentaré entenderlo cuando sea vieja. Ahora mismo… Es curioso cómo son las cosas. Si no estuviera aquí atrapada con una condena de cárcel acechándome, quizá no dejaría de preguntarme por qué tardé tanto tiempo en ver la verdad sobre Matt.

– ¿Cuál es esa verdad?

– Que está permanentemente asustado. Lo tenía ahí delante, pero me negaba a verlo. Si hablábamos de comprometernos más allá de pasar los fines de semana y las vacaciones juntos, salía corriendo. Un viaje de negocios repentino. Montañas de trabajo en casa. La necesidad de tomarse un descanso para pensarse las cosas. Rompimos tantas veces en trece años que la relación comenzaba a parecer una pesadilla recurrente. La relación, de hecho, empezaba a girar solamente en torno a la relación, ya me entiendes. Pasábamos horas hablando de por qué teníamos problemas, por qué yo quería una cosa y él otra, por qué él se alejaba y yo exigía más, por qué él se sentía agobiado y yo abandonada. ¿Qué problema tienen los hombres con el compromiso, por el amor de Dios? -China cogió la cucharilla y removió el té, un gesto que tenía que ver claramente con su inquietud y no con algo que hubiera que hacer. Miró a Deborah-. Pero no debería preguntártelo a ti, supongo. Los hombres, tú y el compromiso. Tú nunca has tenido ese problema, Debs.

Deborah no tuvo oportunidad de recordarle los hechos: que durante los tres años que había vivido en Estados Unidos había estado totalmente distanciada de Simón. Se oyó un golpeteo seco en la puerta que anunciaba el regreso de Cherokee. Llevaba una bolsa de viaje cruzada sobre el hombro.

La dejó en el suelo y declaró:

– Me largo de ese hotel, China. No voy a dejar que te quedes aquí sola por nada del mundo.

– Sólo hay una cama.

– Dormiré en el suelo. Necesitas que la familia esté contigo, así que aquí estoy.

Su tono decía: “Fait accompli”. La bolsa de viaje decía que su decisión no iba a discutirse.

China suspiró. No parecía contenta.

Saint James encontró el despacho del abogado de China en New Street, a poca distancia del Tribunal de Justicia. El inspector en jefe Le Gallez había llamado con antelación para informar al abogado de que tendría una visita, así que cuando Saint James se presentó a la secretaria del hombre, esperó menos de cinco minutos antes de que lo hicieran pasar al despacho del abogado.

Roger Holberry le indicó una de las tres sillas que rodeaban una pequeña mesa de reuniones. Los dos se sentaron, y Saint James expuso al abogado los hechos que el inspector en jefe Le Gallez había compartido con él. Saint James sabía que Holberry ya tendría conocimiento de estos hechos; pero necesitaba que el abogado le contara todo lo que Le Gallez había omitido durante su entrevista, y la única forma de conseguirlo era permitir que el otro hombre identificara las lagunas de la información para completarla.

Holberry pareció encantado de hacerlo. Le Gallez, le informó, le había comunicado las credenciales de Saint James por teléfono. El inspector en jefe no era un soldado feliz ahora que, al parecer, en el bando enemigo los refuerzos habían entrado en la batalla, pero era un hombre honrado y no tenía ninguna intención de frustrar sus esfuerzos por establecer la inocencia de China River.

– Ha dejado claro que no cree que vaya usted a ser muy útil -dijo Holberry-. Su caso es sólido. O eso cree él.

– ¿Qué pruebas forenses se han hallado en el cadáver?

– Sólo las que han podido recogerse hasta el momento. También restos de debajo de las uñas. Sólo las pruebas externas.

– ¿No hay pruebas toxicológicas? ¿Análisis de tejidos? ¿Examen de órganos?

– Es demasiado pronto para eso. Tenemos que mandarlo todo al Reino Unido y luego será cuestión de ponerse a la cola. Pero el modo del asesinato está claro. Le Gallez se lo habrá contado.

– La piedra, sí. -Saint James pasó a explicar que le había señalado a Le Gallez lo improbable que era que una mujer le hubiera metido una piedra en la garganta a alguien mayor que un niño-. Y si no hay indicios de lucha… ¿Qué hay en los restos de las uñas?

– Nada. Aparte de arena.

– ¿Y en otras partes del cuerpo? ¿Moratones, arañazos, contusiones? ¿Algo?

– Nada de nada -contestó Holberry-. Pero Le Gallez sabe que no tiene prácticamente nada. Basa todo el caso en el testigo. La hermana de Brouard vio algo. Dios sabe qué. Le Gallez aún no nos lo ha contado.

– ¿Pudo matarlo ella?

– Es posible, pero improbable. Todo aquel que los conoce coincide en afirmar que adoraba a la víctima. Estuvieron juntos, vivieron juntos, durante la mayor parte de su vida, quiero decir. Ella incluso trabajó para él cuando empezó el negocio.

– ¿De qué?

– Chateaux Brouard -dijo Holberry-. Ganaron un montón de dinero y vinieron a Guernsey cuando se jubilaron.

Chateaux Brouard, pensó Saint James. Había oído hablar de aquel grupo: una cadena de hoteles pequeños pero exclusivos habilitados en casas de campo por todo el Reino Unido. No había ostentación, tan sólo entornos históricos, antigüedades, buena comida y tranquilidad: la clase de lugares frecuentados por personas que buscaban intimidad y anonimato, perfectos para actores que necesitaban alejarse unos días de los medios y excelentes para políticos que tenían una aventura. La discreción era el mejor de los negocios, y los Chateaux Brouard eran la discreción personificada.

– Ha dicho que la hermana podría estar protegiendo a alguien -dijo Saint James-. ¿A quién?

– Al hijo, para empezar. Adrián. -Holberry le explicó que el hijo de Guy Brouard, de treinta y siete años, también era uno de los invitados a la casa la noche antes del asesinato. Después, dijo, había que tener en cuenta a los Duffy: Valerie y Kevin, quienes habían formado parte de la vida en Le Reposoir desde el día que Brouard había comprado la propiedad.

– Ruth Brouard podría mentir por cualquiera de ellos -señaló Holberry. Era conocida su lealtad para con las personas a las que quería. Y al menos los Duffy, había que decirlo, le devolvían el favor-. Estamos hablando de una pareja muy apreciada, Ruth y Guy Brouard. Él ha hecho infinidad de cosas buenas por la isla. Solía donar dinero a mansalva durante el invierno, y ella lleva muchos años colaborando con los samaritanos.

– Entonces, aparentemente son gente sin enemigos -observó Saint James.

– Lo peor para la defensa -dijo Holberry-. Pero aún no está todo perdido en ese frente.

Holberry parecía satisfecho. Aquello despertó el interés de Saint James.

– Ha descubierto algo.

– Varias cosas -dijo Holberry-. Podrían acabar en nada, pero vale la pena indagar y puedo asegurarle que desde el principio la policía no investigó en serio a nadie más aparte de a los River.

Pasó a describir la relación estrecha que Guy Brouard tenía con un chico de dieciséis años, un tal Paul Fielder, que vivía en lo que obviamente era la parte equivocada de la ciudad, una zona llamada Bouet. Brouard había conocido al chico a través de un programa local que emparejaba a adultos de la comunidad con adolescentes desfavorecidos de la escuela de secundaria. El AAPG -Adultos, Adolescentes y Profesores de Guernsey- había elegido a Paul Fielder para que Guy Brouard fuera su mentor, y Brouard había adoptado al chico más o menos, una circunstancia que podría no haber sido muy emocionante para los padres del muchacho o, en realidad, para el hijo natural de Brouard. En cualquier caso, podían haber estallado pasiones y entre esas pasiones la más baja de todas: los celos y lo que los celos podían empujar a hacer.

Luego estaba la fiesta que dio Guy Brouard la noche antes de morir, continuó Holberry. Todo el mundo sabía desde hacía semanas que iba a celebrarse, así que un asesino dispuesto a agredir a Brouard cuando no estuviera en plena forma -lo que sucedería después de estar de fiesta hasta la madrugada- pudo planear por adelantado cómo llevarlo a cabo exactamente y culpar a otro. Durante la fiesta, ¿qué dificultad supondría subir sin que lo vieran y colocar pruebas en la ropa y en las suelas de los zapatos o, mejor aún, llevar incluso esos zapatos a la bahía para dejar una pisada o dos que la policía pudiera encontrar más tarde? Sí, la fiesta y el asesinato estaban relacionados, expuso Holberry claramente, y estaban relacionados en más de un sentido.

– También hay que analizar minuciosamente todo este asunto del arquitecto del museo -dijo Holberry-. Fue inesperado y confuso, y cuando las cosas son inesperadas y confusas, la gente se irrita.

– Pero el arquitecto no estaba presente la noche del asesinato, ¿verdad? -preguntó Saint James-. Creía que estaba en Estados Unidos.

– Ese arquitecto no. Me refiero al arquitecto original, un tipo llamado Bertrand Debiere. Es de la isla y él, y todo el mundo en realidad, creía que su proyecto tenía que ser el elegido para el museo de Brouard. Bueno, ¿por qué no? Brouard tenía una maqueta y durante semanas no dejó de enseñársela a todo el mundo que se mostrara interesado y era la maqueta de Debiere, construida con sus propias manos. Así que cuando él, el tal Brouard, dijo que iba a dar una fiesta para anunciar el nombre del arquitecto que había elegido para el trabajo… -Holberry se encogió de hombros-. No se puede culpar a Debiere porque supusiera que él era el escogido.

– ¿Es vengativo?

– Quién sabe, la verdad. Cabría esperar que la policía local lo hubiera investigado más, pero el hombre es de Guernsey. Así que no es probable que vayan a por él.

– ¿Los americanos son más violentos por naturaleza? -preguntó Saint James-. ¿Tiroteos en los patios de los colegios, la pena capital, fácil acceso a las armas, etcétera, etcétera?

– No se trata tanto de eso como de la propia naturaleza del crimen. -Holberry miró la puerta cuando ésta se abrió con un crujido. Su secretaria entró en la sala, con una expresión que indicaba que se iba a casa: sostenía un fajo de papeles en una mano y un bolígrafo en la otra, y llevaba puesto el abrigo y el bolso colgado del brazo. Holberry cogió los documentos y comenzó a firmarlos mientras hablaba-. Hace años que no hay en la isla un asesinato planeado fríamente. Ni siquiera sabe nadie cuándo fue el último. No hay ningún policía que se acuerde, y eso es mucho tiempo. Ha habido crímenes pasionales, naturalmente. También muertes accidentales y suicidios. Pero ¿un asesinato premeditado? No ha habido ninguno en décadas. -El abogado acabó de firmar, entregó las cartas a su secretaria y le dio las buenas noches. Se levantó y fue a su mesa, donde empezó a revisar los papeles, algunos de los cuales metió en su maletín, que estaba sobre la silla. Dijo-: Dada la situación, por desgracia, la policía está predispuesta a creer que un habitante de Guernsey no sería capaz de cometer un crimen como éste.

– Entonces, ¿sospecha que hay otros además del arquitecto? -preguntó Saint James-. Me refiero a otros habitantes de Guernsey que tuvieran una razón para matar a Guy Brouard.

Holberry apartó los papeles mientras consideraba la pregunta. En el despacho exterior, la puerta se abrió y luego se cerró cuando se fue la secretaria.

– Creo -dijo con cautela Holberry- que queda mucho por indagar acerca de Guy Brouard y la gente de esta isla. Era como Papá Noel: una obra benéfica por aquí, otra por allí, un departamento del hospital y “¿Qué necesita? Vaya a ver al señor Brouard”. Era el mecenas de media docena de artistas (pintores, escultores, vidrieros, metalúrgicos) y pagaba la educación universitaria en Inglaterra a más de un chico de la isla. Así era él. Algunos lo consideraban un modo de recompensar a la comunidad que lo había acogido. Pero no me sorprendería descubrir que otros lo consideraban otra cosa.

– Cuando se desembolsa dinero, ¿se deben favores?

– Eso es. -Holberry cerró el maletín-. La gente tiende a esperar algo a cambio cuando da dinero, ¿verdad? Si seguimos el rastro del dinero de Brouard por la isla, creo que tarde o temprano sabremos qué.

Capítulo 8

A primera hora de la mañana, Frank Ouseley se encargó de que una de las granjeras de la Rué des Rocquettes bajara al valle a ver a su padre. No tenía pensado estar fuera de Moulin des Niaux más de tres horas, pero en realidad no sabía cuánto durarían el funeral, el entierro y la recepción. Era inconcebible que se ausentara durante cualquiera de las tareas del día. Pero dejar solo a su padre era demasiado arriesgado. Así que hizo unas llamadas hasta que encontró un alma caritativa que dijo que bajaría en bici una o dos veces “con algo dulce para el ancianito. A papá le gustan los caramelos, ¿verdad?”.

No era necesario, la tranquilizó Frank. Pero si realmente quería llevar un detalle a papá, tenía debilidad por cualquier cosa que llevara manzana.

¿Manzanas Fuji, Braeburn, Pippin?, preguntó la buena señora.

En realidad, no importaba.

A decir verdad, seguramente podría cocinar algo con unas sábanas y hacerlo pasar por un pastel de manzana. Su padre había comido peor en su época y había sobrevivido para convertirlo en un tema de conversación general. A Frank le parecía que a medida que el hombre se acercaba al final de su vida, hablaba más y más sobre el pasado lejano. Frank lo había aceptado bien varios años atrás cuando comenzó, puesto que, aparte de su interés por la guerra en general y la ocupación de Guernsey en particular, Graham Ouseley siempre había sido admirablemente reticente a hablar sobre sus propias heroicidades durante aquella terrible época. Había pasado la mayor parte de la juventud de su hijo evitando las preguntas personales diciendo: “No se trataba de mí, chico. Se trataba de todos nosotros”, y Frank había aprendido a valorar que su padre no necesitaba hinchar su ego con recuerdos en los que él jugaba un papel clave. Pero como si supiera que le llegaba la hora y deseara dejar un legado de remembranzas a su único hijo, Graham había empezado a dar detalles. En cuanto comenzó este proceso, pareció que las historias de la guerra que su padre era capaz de recordar no tenían fin.

Por la mañana, Graham había pronunciado un monólogo sobre la furgoneta-detectora, un vehículo que los nazis habían utilizado en la isla para encontrar los últimos transmisores de radio de onda corta que empleaban los ciudadanos para recabar información de los enemigos, en particular de franceses e ingleses.

– El último se enfrentó a los fusiles en Fort George -le informó Graham-. Era un pobre chico de Luxemburgo. Hay quien dice que lo descubrió la furgoneta-detectora, pero yo digo que lo delató un colaboracionista. Y los había, malditos sean: vendidos y espías. Traidores, Frank. Pusieron a gente frente a un puto pelotón de fusilamiento sin pestañear. Que se pudran en el infierno.

Después de eso, fue la “V” de victoria y todos los lugares en los que de forma no tan misteriosa apareció en la isla la vigesimoquinta letra del alfabeto -escrita con tiza, pintura y en el cemento todavía húmedo- para atormentar a los nazis.

Y al final fue la G.U.L.A. -Guernsey Unida y Libre de Alemanes-, la contribución personal de Graham Ouseley a una población en peligro. Esta hoja informativa clandestina lo llevó a pasar un año en la cárcel. Junto con tres isleños más, lograron distribuirla durante veintinueve meses antes de que la Gestapo llamara a la puerta de su casa.

– Me traicionaron -le dijo Graham a su hijo-, como a los receptores de onda corta. Así que no olvides esto jamás, Frank: Si se los pone a prueba, a los cobardes les da miedo cortarse. Siempre pasa lo mismo cuando se acercan tiempos difíciles. La gente señala si puede sacar algo. Pero al final conseguiremos que se retuerzan. Habrá costado, pero pagarán.

Frank dejó a su padre hablando extasiado sobre este tema, confiándolo al televisor mientras se acomodaba para ver el primero de los programas del día. Frank le dijo que la señora Petit pasaría a verle al cabo de una hora y le explicó a su padre que iba a encargarse de algunos negocios urgentes en Saint Peter Port. No dijo nada del funeral porque todavía no le había contado que Guy Brouard había muerto.

Por suerte, su padre no preguntó por la naturaleza del negocio. De repente, una sintonía dramática procedente de la tele captó su atención, y al cabo de un momento, Graham ya se había rendido al argumento que presentaba a dos mujeres, un hombre, una especie de terrier y la suegra maquinadora de alguien. Al ver aquello, Frank se despidió.

Como en la isla no había ninguna sinagoga porque la población judía era insignificante, y a pesar de que Guy Brouard no era miembro de ninguna religión cristiana, su servicio fúnebre tuvo lugar en la iglesia de la ciudad, situada a poca distancia del puerto de Saint Peter Port. De acuerdo con la importancia del fallecido y el afecto que despertaba entre sus conciudadanos de Guernsey, se consideró que la iglesia de Saint Martin -en cuya parroquia se encontraba Le Reposoir- era demasiado pequeña para recibir al número de dolientes que se esperaba. En efecto, Guy Brouard se había convertido en una persona tan querida para los isleños durante los casi diez años que había residido allí, que nada menos que siete ministros de Dios oficiaron su funeral.

Frank llegó justo a tiempo, lo cual fue casi un milagro teniendo en cuenta lo difícil que era aparcar en la ciudad. Pero la policía había reservado los dos aparcamientos de Albert Pier para los asistentes al funeral, y aunque Frank encontró un sitio en el extremo norte del muelle y caminó a paso rápido hasta la iglesia, logró entrar justo antes de que lo hicieran el ataúd y la familia.

Vio que Adrián Brouard se había erigido en doliente jefe. Era su derecho como hijo mayor de Guy y único hijo varón. Sin embargo, cualquier amigo de Guy Brouard sabía que la comunicación entre los dos hombres había sido inexistente durante, como mínimo, los últimos tres meses y que la comunicación previa a su distanciamiento se había caracterizado principalmente por una lucha de voluntades. La madre del joven debía de haber intercedido para que Adrián ocupara esa posición justo detrás del ataúd, concluyó Frank. Y para asegurarse de que permaneciera allí, ella se había colocado justo detrás de él. La pobre y menudita Ruth iba en tercer lugar y la seguían Anaïs Abbott y sus dos hijos, que se las habían arreglado de algún modo a fin de introducirse en la familia para aquella ocasión. Seguramente, las únicas personas a las que la propia Ruth había pedido que la acompañaran detrás del ataúd de su hermano eran los Duffy, pero la posición a la que habían sido relegados Valerie y Kevin -siguiendo a los Abbott- no les permitía ofrecerle ningún consuelo. Frank esperaba que fuera capaz de encontrar solaz en las personas que habían acudido a expresar su afecto hacia ella y su hermano: amigo y benefactor de tanta gente.

Durante la mayor parte de su vida, el propio Frank había evitado la amistad. Ya tenía suficiente con su padre. Desde el día en que su madre se ahogó en el embalse, se habían aferrado el uno al otro -padre e hijo-; y haber sido testigo de los esfuerzos de Graham por rescatar primero y revivir después a su esposa, y luego de la culpa terrible que había sentido por no ser lo bastante rápido primero o competente después, había unido a Frank a su padre de manera inextricable. A la edad de cuarenta años, Graham Ouseley ya había sufrido demasiado dolor y pena y, de niño, Frank decidió encargarse de poner fin a ambos. Había dedicado la mayor parte de su vida a esa campaña, y cuando apareció Guy Brouard, la posibilidad de forjar una amistad con otro hombre por primera vez se presentó ante él como la manzana de la serpiente. Le había dado un mordisco como un hambriento, sin recordar ni una sola vez que bastaba un único mordisco para condenarse.

El funeral se hizo eterno. Cada ministro tuvo que pronunciar su sermón además del panegírico, tres folios mecanografiados que Adrián Brouard leyó torpemente. Los asistentes cantaron himnos apropiados para la ocasión, y una solista escondida en algún lugar del coro alzó su voz en una despedida operística.

Luego acabó, al menos la primera parte. El sepelio y la recepción venían después; los dos estaban programados en Le Reposoir.

La procesión hasta la finca fue impresionante. Cubrió todo el muelle, desde Albert Pier hasta más allá de Victoria Marina.

Subió despacio serpenteando por Le Val des Terres detrás de los gruesos árboles desnudos en invierno que flanqueaban la ladera abrupta. De ahí, siguió por la carretera de salida de la ciudad, que dividía la riqueza de Fort George al este, con sus casas modernas protegidas detrás de arbustos y verjas eléctricas, y las viviendas comunes al oeste: calles y avenidas densamente edificadas en el siglo XIX, viviendas apareadas de estilo georgiano y regencia, así como adosados que habían envejecido muy mal.

Justo antes de que Saint Peter Port diera paso a Saint Martin, el cortejo fúnebre giró hacia el este. Los coches pasaron por debajo de los árboles, por una carretera estrecha que desembocaba en un camino aún más estrecho. Flanqueando uno de los lados había un muro alto de piedra. Al otro lado se alzaba un terraplén en el que crecía un seto nudoso y torcido en el frío de diciembre.

Una abertura en el muro dejaba espacio a dos puertas de hierro. Estaban abiertas, y el coche fúnebre entró en los amplios jardines de Le Reposoir. El cortejo lo siguió. Frank estaba en él. Aparcó a un lado del sendero de entrada y se dirigió junto a todos los demás hacia la mansión.

Al cabo de diez pasos, su soledad terminó. Una voz a su lado dijo:

– Esto lo cambia todo.

Alzó la mirada y vio que Bertrand Debiere estaba con él.

El arquitecto parecía estar enganchado a las pastillas para adelgazar. Aunque siempre había estado demasiado delgado para su gran estatura, parecía haber perdido seis kilos desde la noche de la fiesta en Le Reposoir. Tenía filamentos carmesíes entrecruzados en el blanco de los ojos, y los pómulos -siempre prominentes, en cualquier caso- parecían surgir de su cara como huevos de gallina que intentaban escapar de debajo de su piel.

– Nobby -dijo Frank saludándole con la cabeza. Utilizó el apodo del arquitecto sin pensarlo. Había sido alumno suyo de historia años atrás en la escuela moderna de secundaria y nunca se había acostumbrado a ser ceremonioso con la gente a quien había dado clase-. No te he visto en el servicio.

Debiere no pareció molesto porque Frank hubiera usado su apodo. Como sus íntimos nunca le habían llamado de otra forma, seguramente ni se había dado cuenta.

– ¿No estás de acuerdo? -dijo.

– ¿Con qué?

– Con la idea original. Con mi idea. Imagino que ahora tendremos que volver a ella. Sin Guy, no podemos esperar que Ruth se encargue. No creo que tenga ni idea de este tipo de edificios y me figuro que no querrá aprender. ¿Y tú?

– Ah. El museo -dijo Frank.

– Seguirá adelante. Es lo que habría querido Guy. Pero en cuanto al proyecto, tendremos que cambiarlo. Hablé con él al respecto, pero seguramente ya lo sabrás, ¿no? Sé que Guy y tú erais uña y carne, así que probablemente te contó que lo abordé. Esa noche, ya sabes. Solos los dos. Después de los fuegos artificiales. Estudié el dibujo y vi (bueno, ¿quién con unos conocimientos mínimos de arquitectura no lo sabría?) que este tipo de California no había entendido nada. Qué se puede esperar de alguien que hizo el proyecto sin ver el lugar, ¿no? Se dejó llevar bastante por su ego, en mi opinión. Yo no habría hecho algo así, y se lo dije a Guy. Sé que estaba empezando a convencerlo, Frank.

Nobby hablaba con impaciencia. Frank lo miró mientras seguían la procesión que se encaminaba hacia el lado oeste de la casa. No contestó, aunque vio que Nobby se moría de ganas de que lo hiciera. El brillo tenue en el labio superior lo traicionó.

El arquitecto continuó:

– Todas esas ventanas, Frank. Como si en Saint Saviour hubiera una vista espectacular que tuviéramos que admirar, o algo. Habría sabido que no la había si hubiera venido a ver el lugar, eso para empezar. Y piensa en lo que va a pasar con la calefacción, con todos esos grandes ventanales. Costará una fortuna mantener el lugar abierto en temporada baja cuando haga mal tiempo. Supongo que querrás que esté abierto en temporada baja, ¿no? Si es un museo más para la isla que para los turistas, tiene que estar abierto cuando la gente de aquí pueda ir, algo que es probable que ni siquiera intente en pleno verano cuando esté abarrotado. ¿No te parece?

Frank sabía que tenía que decir algo porque guardar silencio en esa situación sería extraño, así que dijo:

– No empieces la casa por el tejado, Nobby. Es hora de relajarse, supongo.

– Pero tú eres mi aliado, ¿verdad? -preguntó Nobby-. F-Frank, ¿estás de-de mi parte en esto?

El tartamudeo repentino indicaba su nivel de ansiedad. Le pasaba lo mismo cuando estaba en el colegio, cuando le preguntaban en clase y era incapaz de decir la lección. Su problema en el habla siempre había hecho que Nobby pareciera más vulnerable que los otros chicos, lo que era conmovedor, pero al mismo tiempo le delataba, extirpándole la capacidad que tenían otras personas de disimular lo que sentían.

– No es cuestión de aliados y enemigos, Nobby -dijo Frank-. Todo este asunto -y señaló la casa con la cabeza para indicar lo que había sucedido en su interior, las decisiones tomadas y los sueños destruidos- no tiene nada que ver conmigo. No tenía los medios para implicarme. Al menos, no de la forma que tú crees que podría haberme implicado.

– Pe-pero se había decidido por mí. Frank, tú sabes que se había decidido por mí, por mi proyecto, mis planos. Y… es-escucha. Te-tengo que conseguir ese en-en-encargo. -Escupió la última palabra. La cara le brillaba por el esfuerzo. Había subido el tono de voz, y varias de las personas que caminaban hacia la tumba los miraron.

Frank se separó de la procesión y se llevó a Nobby con él. Estaban portando el ataúd por el lateral del pabellón acristalado y en dirección al jardín de esculturas situado al noroeste de la casa. Al verlo, Guy se dio cuenta de que una tumba en aquel lugar sería más que apropiada: Guy rodeado en la muerte por los artistas a los que había auspiciado en vida.

Cogiéndolo del brazo, Frank condujo a Nobby a un lado del pabellón, lejos de la vista de los que se dirigían al entierro.

– Es demasiado pronto para hablar de esto -le contestó a su ex alumno-. Si no hay una asignación en el testamento, entonces…

– En el testamento no se designa a ningún arquitecto -dijo Nobby-. De eso puedes estar seguro. -Se secó la cara con un pañuelo, y este movimiento pareció ayudarle a controlar de nuevo su discurso-. Si hubiera tenido tiempo suficiente para replantearse las cosas, Guy habría cambiado a los planos de Guernsey, créeme, Frank. Sabes que era leal a la isla. La idea de que hubiera escogido a un arquitecto que no era de Guernsey es ridícula. Al final se habría dado cuenta. Así que ahora sólo es cuestión de sentarnos y preparar una razón coherente sobre por qué hay que cambiar la elección del arquitecto, y no puede ser difícil, ¿verdad? Diez minutos con los planos y podría señalar todos los problemas de su proyecto. Hay más aparte de las ventanas, Frank. Este americano ni siquiera comprendió la esencia de la colección.

– Pero Guy ya tomó la decisión -dijo Frank-. Alterarla sería faltar a su memoria, Nobby. No, no digas nada. Escúchame un momento. Sé que estás decepcionado. Sé que no te gusta la elección de Guy. Pero era su decisión y ahora a nosotros nos corresponde aceptarla.

– Guy está muerto. -Nobby acompañó cada sílaba con un puñetazo contra la palma de su mano mientras las pronunciaba-. Así que decidiera lo que decidiese sobre cómo tenía que ser el lugar, ahora podemos construir el museo como nosotros creamos conveniente, y como creamos práctico y apropiado. Éste es tu proyecto, Frank. Siempre ha sido tu proyecto. Tú tienes los objetos de la exposición. Guy sólo quería proporcionarte un lugar donde exhibirlos.

Era muy persuasivo pese a su aspecto y discurso singulares. En cualquier otra circunstancia, Frank se habría dejado influir por la forma de pensar de Nobby. Pero en la situación actual, tenía que mantenerse firme. Se armaría una buena si no lo hacía.

– No puedo ayudarte, Nobby -dijo-. Lo siento.

– Pero podrías hablar con Ruth. Ella te escucharía.

– Puede ser, pero la verdad es que no sabría qué decirle.

– Yo te prepararía antes, te diría las palabras.

– Si las tienes, debes decirlas tú.

– Pero no me escuchará. No igual que a ti.

Frank abrió las manos, vacías, y dijo:

– Lo siento. Nobby, lo siento. ¿Qué más puedo decir?

Nobby pareció desinflarse ante la pérdida de su última esperanza.

– Puedes decir que lo sientes tanto que harás algo para cambiar las cosas. Pero supongo que es pedirte demasiado, Frank.

En realidad, era demasiado poco, pensó Frank. Estaban donde estaban ahora porque las cosas habían cambiado.

Saint James vio que dos hombres abandonaban la procesión que se dirigía al lugar del sepelio. Reconoció la intensidad de su conversación y decidió averiguar sus identidades. De momento, sin embargo, siguió al resto del cortejo hasta la tumba.

Deborah caminaba a su lado. Su silencio durante toda la mañana le decía que aún estaba resentida por la conversación del desayuno, uno de esos enfrentamientos sin sentido en los que sólo una persona comprende claramente el tema de la discusión. Por desgracia, esa persona no era él. Él había comentado si era acertado que Deborah solamente pidiera champiñones y tomates asados, mientras que ella parecía estar revisando toda su historia juntos. Al menos, es lo que acabó suponiendo al escuchar que su mujer le acusaba de “manipularme en todos los sentidos, Simón, como si fuera totalmente incapaz de llevar a cabo una sola acción por mi cuenta. Bueno, pues ya estoy harta. Soy una persona adulta, y me gustaría que comenzaras a tratarme como tal”.

La había mirado parpadeando y luego miró la carta, preguntándose cómo habían pasado de una discusión sobre proteínas a una acusación de dominación despiadada.

– ¿De qué estás hablando, Deborah? -había dicho como un tonto.

Y el que Simón no hubiera seguido su lógica los llevó rumbo al desastre.

Pero el desastre sólo existió a los ojos de Saint James. A los de ella, era claramente un momento en el que por fin se revelaban verdades sospechadas, pero innombrables, sobre su matrimonio. Simón esperaba que Deborah compartiera una o dos con él en el coche mientras iban al funeral y luego al entierro. Pero no lo hizo, así que confió en que el paso de las horas apaciguara la situación.

– Ése debe de ser el hijo -murmuró ahora Deborah. Estaban al final del cortejo fúnebre en una cuesta suave que subía hasta un muro. Tras el muro crecía un jardín, separado del resto de la finca. Los senderos serpenteaban caprichosamente, a través de arbustos bien recortados y parterres, por debajo de árboles que ahora estaban pelados pero que se habían plantado cuidadosamente para dar sombra a los bancos de cemento y los estanques poco profundos. En medio de todo aquello, se alzaban esculturas modernas: una figura de granito en posición fetal; un elfo cobrizo -salpicado de verdín- que posaba debajo de las hojas de una palmera; tres doncellas en bronce con una estela de algas detrás de ellas; una ninfa del mar de mármol que salía del estanque. En este marco, en lo alto de cinco escalones, se abría un terraplén. En el extremo más alejado, había una pérgola con parras trepadoras que daba refugio a un solo banco. Era aquí en el terraplén donde se había cavado la tumba, quizá para que las futuras generaciones pudieran contemplar el jardín a la vez que pensaban en el lugar en el que descansaba eternamente el hombre que lo había creado.

Saint James vio que ya habían bajado el ataúd y se habían rezado las últimas plegarias de despedida. Una mujer rubia, que llevaba unas gafas de sol inapropiadas como si estuviera en un entierro de Hollywood, instaba a un hombre que tenía al lado a dar un paso adelante. Primero verbalmente y, cuando aquello no funcionó, le dio un pequeño empujón hacia la tumba. Junto a ésta, había un montículo de tierra en el que estaba clavada una pala con cintas negras colgadas. Saint James coincidió con Deborah: debía de ser el hijo, Adrián Brouard, el único presente en la casa la noche antes de que asesinaran a su padre, además de su tía y los hermanos River.

Brouard torció el gesto. Apartó a su madre y se acercó al montículo de tierra. Con el más absoluto silencio de la multitud que rodeaba la tumba, llenó la pala de tierra y la echó sobre el ataúd. El ruido de la tierra golpeando la madera resonó como el eco de una puerta cerrándose.

La acción de Adrián Brouard fue imitada por una mujer menuda tan pequeñita que desde detrás bien podría haberse confundido con un chico preadolescente. Con solemnidad, le entregó la pala a la madre de Adrián Brouard, que también echó tierra sobre el ataúd. Cuando iba a devolver la pala al montículo junto a la tumba, otra mujer más se adelantó y cogió el mango antes de que la rubia de gafas de sol lo soltara.

Aquella escena levantó un murmullo entre los asistentes, y Saint James examinó más detenidamente a la mujer. No pudo verla muy bien, puesto que llevaba un sombrero negro del tamaño de un parasol aproximadamente; pero tenía una figura asombrosa a la que sacaba el máximo partido con un elegante traje gris marengo. Aportó su granito de arena con la pala y se la entregó a una adolescente desgarbada, de hombros curvos y tobillos frágiles que calzaba zapatos de plataforma. La chica echó la tierra en la tumba e intentó dar la pala a un chico que tendría más o menos su edad y que por altura, color de piel y físico general parecía su hermano. Pero en lugar de contribuir al ritual, el chico se dio la vuelta bruscamente y se marchó abriéndose paso entre las personas más próximas a la tumba. Se oyó un segundo murmullo.

– ¿De qué va todo esto? -preguntó Deborah en voz baja.

– Habrá que investigarlo -dijo Saint James. Vio la oportunidad que le ofrecía la acción del adolescente. Dijo-: ¿Te sientes cómoda interrogándole tú, Deborah, o prefieres volver con China?

Simón aún no había ido a conocer a la amiga de Deborah y no estaba seguro de si quería hacerlo, aunque no sabría decir concretamente las razones de su reticencia. Sin embargo, sabía que era inevitable que se vieran, por lo que se dijo que quería tener algo esperanzador que comunicarle cuando por fin los presentaran. Mientras tanto, sin embargo, quería que Deborah tuviera la libertad de estar con su amiga. Hoy todavía no lo había hecho, y era indudable que la americana y su hermano estarían preguntándose qué intentaban conseguir sus amigos londinenses.

Cherokee los había llamado aquella mañana, loco por saber qué le había contado la policía a Saint James. En su lado del hilo telefónico, su voz sonaba muy alegre mientras Simón le relataba lo poco que había que relatar, y por su actitud era evidente que el hombre llamaba delante de su hermana. Al final de la conversación, Cherokee comunicó su intención de asistir al funeral. Se mantuvo firme en su deseo de formar parte de lo que él llamaba “la acción” y, sólo cuando Saint James señaló con tacto que su presencia podría proporcionar una distracción innecesaria que permitiría al verdadero asesino camuflarse entre la multitud, accedió a regañadientes a no ir. Sin embargo, les dijo que estaría esperando a escuchar lo que fueran capaces de averiguar. China también estaría esperando.

– Puedes ir con ella, si quieres -le dijo Saint James a su mujer-. Yo me quedaré por aquí husmeando un rato. Puedo encontrar a alguien que me lleve a la ciudad. No creo que haya ningún problema.

– No he venido a Guernsey a quedarme sentada al lado de China y cogerla de la mano -contestó Deborah.

– Ya lo sé. Razón por la cual…

Ella lo interrumpió antes de que pudiera acabar la frase.

– Iré a ver qué tiene que decir el chico, Simón.

Saint James la observó alejarse a grandes zancadas en busca del chaval. Suspiró y se preguntó por qué comunicarse con las mujeres -en particular con su esposa- consistía a menudo en hablar de una cosa mientras se intentaba leer el trasfondo de otra. Y pensó en cómo iba a afectar su incapacidad de interpretar con exactitud a las mujeres a su rendimiento en Guernsey, donde aumentaba la sensación de que las circunstancias que rodeaban la vida y la muerte de Guy Brouard estaban plagadas de mujeres significativas.

Cuando Margaret Chamberlain vio que el hombre cojo se acercaba a Ruth hacia el final de la recepción, supo que no era un miembro legítimo del grupo de personas que habían asistido al funeral y al entierro. Primeramente, no había hablado con su cuñada en el lugar del sepelio como todos los demás. Además, estuvo paseándose durante toda la recepción de estancia en estancia de un modo que sugería especulación. Al principio, Margaret pensó que se trataba de una especie de ladrón, a pesar de la cojera y el aparato ortopédico en la pierna; pero cuando por fin se presentó a Ruth -hasta el punto de darle su tarjeta-, se dio cuenta de que se trataba de algo completamente distinto. Ese algo tenía que ver con la muerte de Guy. Y si no, con el reparto de su fortuna, que por fin conocerían en cuanto se marchara el último de los asistentes al entierro.

Ruth no había querido ver antes al abogado de Guy. Era como si fuera consciente de que había malas noticias e intentara ahorrar a todo el mundo tener que escucharlas. A todo el mundo o a alguien, pensó Margaret con astucia. La única pregunta era a quién.

Si era la decepción de Adrián la que esperaba posponer, definitivamente iba a armarse una buena. Arrastraría a su cuñada a los tribunales y sacaría todos los trapos sucios si Guy había desheredado a su único hijo. Oh, sabía que Ruth se desharía en excusas si eso era lo que había hecho el padre de Adrián. Pero que se atrevieran a acusarla de menoscabar la relación entre padre e hijo, que se atrevieran a intentar ni que fuera una vez responsabilizarla de la pérdida de Adrián… Se montaría la de Dios es Cristo cuando se pusiera a enumerar las razones por las que los había mantenido separados. Todas y cada una de esas razones tenían un nombre y un título, aunque no era exactamente el tipo de títulos que redimían los pecados de uno a los ojos de la gente: Danielle, la azafata de vuelo; Stephanie, la bailarina de estriptis; MaryAnn, la peluquera canina; Lucy, la camarera de piso.

Ellas eran las razones por las que Margaret había alejado a su hijo de su padre. ¿Qué clase de ejemplo iba a darle al chico?, podía demandar tranquilamente a cualquiera que le preguntara. ¿Qué clase de modelo tenía el deber de proporcionarle a un chaval impresionable de ocho, diez, quince años? Si su padre tenía una vida que convertía en inadecuadas las visitas largas de su hijo, ¿era culpa del niño? ¿Y ahora tenían que privarle de lo que le correspondía por sangre porque la cadena de amantes de su padre a lo largo de los años no se hubiera roto?

No. Margaret estaba en su derecho de mantenerlos bien alejados, condenados sólo a visitas rápidas o interrumpidas. Al fin y al cabo, Adrián era un niño sensible. Debía protegerle con su amor de madre, no exponerle a los excesos de su padre.

Contempló ahora a su hijo mientras paseaba cerca del vestíbulo de piedra, donde se llevaba a cabo la recepción posterior al entierro, al calor de dos chimeneas encendidas en cada extremo de la estancia. Intentaba acercarse a la puerta, bien para escapar o bien para escabullirse al comedor donde había un bufé enorme sobre una espléndida mesa de caoba. Margaret frunció el ceño. Aquello no podía ser. Tendría que estar relacionándose. En lugar de arrastrarse por la pared como un insecto, tendría que estar haciendo algo para comportarse como el vástago del hombre más rico que habían conocido las islas del canal. Por el amor de Dios, ¿cómo podía esperar que su vida fuera más de lo que era -limitada y descrita por la casa de su madre en Saint Albans- si no mostraba ningún interés?

Margaret se abrió paso entre los invitados que quedaban e interceptó a su hijo en la puerta del pasillo que llevaba al comedor. Entrelazó el brazo en el de su hijo, no hizo caso de su intento de zafarse y le dijo con una sonrisa:

– Vaya, aquí estás, cariño. Sabía que alguien podría decirme qué gente me queda por conocer. No se puede esperar conocer a todo el mundo, naturalmente. Pero seguro que hay gente importante a la que debería conocer para tener en cuenta en el futuro.

– ¿Qué futuro? -Adrián puso la mano sobre la de su madre para retirarla, pero ella le cogió los dedos, los apretó y siguió sonriendo como si su hijo no intentara escapar.

– El tuyo, por supuesto. Hay que empezar a cerciorarse de que está asegurado.

– ¿En serio, madre? ¿Y cómo piensas hacerlo?

– Hablando con éste y con aquél -dijo como quien no quiere la cosa-. Es asombrosa la influencia que se puede ejercer en cuanto se conoce a la persona adecuada. Ese caballero con el ceño fruncido, por ejemplo, ¿quién es?

En lugar de responder, Adrián empezó a apartarse de su madre. Pero ella tenía la ventaja de la estatura respecto a él -así como del peso- y lo retuvo donde estaba.

– ¿Cielo? -le preguntó alegremente-. ¿El caballero? ¿El de los parches en los codos? ¿El atractivo y sobrealimentado estilo Heathcliff?

Adrián lanzó una mirada rápida al hombre.

– Es uno de los artistas de papá. Esto está lleno de ellos. Están todos aquí para hacerle la pelota a Ruth por si se lleva la mayor parte del pastel.

– ¿Cuando deberían estar haciéndote la pelota a ti? Qué extraño -dijo Margaret.

Adrián la miró de un modo que Margaret no quiso interpretar.

– Créeme. Nadie es tan estúpido.

– ¿Respecto de qué?

– Respecto de a quién ha dejado papá su dinero. Saben que no habría…

– Cariño, eso no importa. A quién quería dejar su dinero y quién acabará quedándoselo podrían ser dos cosas muy distintas. Sabio es el hombre que se da cuenta de ello y actúa en consecuencia.

– ¿Y sabia es también la mujer, madre?

Había odio en su voz. Margaret no entendía qué había hecho para merecer que su hijo le hablara en ese tono.

– Si estamos hablando de los últimos escarceos de tu padre con esa tal señora Abbott, creo que podemos decir sin temor a equivocarnos que…

– Sabemos muy bien que no estamos hablando de eso, maldita sea.

– … dada la inclinación de tu padre por mujeres más jóvenes…

– Sí. Ya basta, madre. ¿Quieres hacer el favor de escuchar lo que estás diciendo por una vez?

Margaret calló, confundida. Repasó sus últimas palabras.

– ¿Qué estaba diciendo? ¿Sobre qué?

– Sobre papá. Sobre las mujeres de papá. Sobre las mujeres más jóvenes. Piensa, ¿vale? Estoy seguro de que sabrás juntar las piezas.

– ¿Qué piezas, cariño? Sinceramente, no sé…

– ”Llévala a que conozca a tu padre para que vea, cariño” -recitó lacónicamente su hijo-. “Ninguna mujer se alejará de eso.” Porque ella comenzaba a tener dudas sobre mí y tú lo viste, ¿verdad? Sabe Dios que quizá incluso lo esperabas. Creías que si ella era consciente del dineral que había en perspectiva si jugaba bien sus cartas, decidiría quedarse conmigo. Como si yo fuera a quererla entonces, joder. Como si la quisiera ahora, coño.

Margaret notó que un viento gélido le helaba el cuello.

– ¿Estás diciendo…? -Pero sabía que sí. Miró a su alrededor. Se quedó con la sonrisa petrificada. Se llevó a su hijo del vestíbulo. Cruzaron el pasillo, el comedor y llegaron a la antecocina, donde cerró la puerta. No le gustaba pensar hacia dónde iba aquella conversación. No quería pensar hacia dónde iba aquella conversación. Y menos aún le gustaba o quería pensar lo que podía implicar sobre el pasado reciente. Pero no podía parar la fuerza de las cosas que ella misma había puesto en marcha, así que habló.

– ¿Qué me estás diciendo, Adrián? -Apoyó la espalda en la puerta de la antecocina para que no pudiera escapar. El murmullo de voces al otro lado les decía que la habitación estaba ocupada. Y Adrián había comenzado a temblar (su mirada empezaba a estar desenfocada), lo que anunciaba un estado que no querría que presenciaran unos desconocidos. Cuando no respondió enseguida, Margaret repitió la pregunta. Esta vez habló más dulcemente porque, pese a que le hacía perder los nervios, vio su sufrimiento-. ¿Qué pasó, Adrián?

– Ya lo sabes -contestó sin ánimo-. Lo conocías, así que ya sabes el resto.

Margaret se llevó las manos a la cara.

– No -dijo-. No puedo creerlo… -Le apretó más fuerte-. Eras su hijo. Habría puesto el límite ahí. Por esa razón. Porque eras su hijo.

– Como si eso importara. -Adrián se apartó de ella bruscamente-. Como que tú fueras su mujer. Tampoco le importó demasiado.

– Pero ¿Guy y Carmel? ¿Carmel Fitzgerald? ¿Carmel, que nunca tuvo ni diez palabras divertidas que decirle a nadie y que seguramente no distinguiría un comentario inteligente de…? -Margaret se calló. Apartó la mirada.

– Genial. Así que era perfecta para mí -dijo Adrián-. No estaba acostumbrada a nadie inteligente, así que era una chica fácil.

– No quería decir eso. No es lo que estaba pensando. Es una chica estupenda. Vosotros dos juntos…

– ¿Qué importa lo que estuvieras pensando? Es la verdad. Él lo vio. Iba a ser fácil. Papá lo vio y tuvo que dar el paso. Porque, madre, ¿acaso dejaba alguna vez un pedazo de tierra sin arar cuando lo tenía ahí delante suplicándole…? -Se le rompió la voz.

Al otro lado, en el comedor, el tintineo de platos y cubiertos sugería que la recepción estaba acabándose y que los responsables del cáterin comenzaban a recoger la comida. Margaret miró hacia la puerta detrás de su hijo y supo que los interrumpirían en cuestión de minutos. No podía soportar pensar que lo vieran así, con la cara grasienta y los labios agrietados y temblorosos. Había regresado a la infancia en un instante, y ella volvía a ser la mujer que siempre había sido, su madre, atrapada entre tener que decirle que se controlara antes de que alguien lo viera comportándose como un mocoso y estrecharle contra su pecho para consolarle mientras prometía vengarse de sus enemigos.

Pero fue pensar en la venganza lo que provocó que, rápidamente, Margaret viera a Adrián como el hombre que era en la actualidad, no como el niño que había sido en su día. Y el escalofrío que sintió en el cuello se transformó en escarcha en la sangre al plantearse qué formas podía haber adoptado la venganza en Guernsey.

El pomo de la puerta vibró detrás de su hijo, y ésta se abrió y le golpeó en la espalda. Una mujer de pelo gris asomó la cabeza, vio la cara rígida de Margaret y dijo:

– Oh, lo siento. -Y desapareció. Pero su intrusión fue señal suficiente. Margaret sacó a su hijo de la habitación.

Lo condujo arriba y luego a su cuarto, agradecida de que Ruth la hubiera instalado en el ala oeste de la casa, lejos de la habitación de ella y de la de Guy. Allí, ella y su hijo tendrían intimidad, que era lo que necesitaban.

Sentó a Adrián en el taburete del tocador y cogió una botella de whisky de malta de su maleta. Ruth tenía fama de ser tacaña con la bebida, y Margaret dio las gracias a Dios por ello porque, de lo contrario, no habría venido aprovisionada. Se sirvió dos dedos generosos y se los bebió de un trago, luego volvió a llenar el vaso y se lo dio a su hijo.

– Yo no…

– Bebe. Te tranquilizará. -Margaret esperó a que su hijo la obedeciera. El apuró el vaso y luego lo sostuvo relajadamente entre las manos. Entonces ella dijo-: ¿Estás seguro, Adrián? Le gustaba coquetear. Ya lo sabes. Puede que sólo fuera eso. ¿Los viste juntos? ¿Tú…? -Detestaba preguntar los detalles truculentos, pero necesitaba hechos.

– No me hizo falta verlos. Después estuvo distinta conmigo. Me lo imaginé.

– ¿Hablaste con él? ¿Le acusaste?

– Claro que sí. ¿Por quién me tomas?

– ¿Y qué te dijo?

– Lo negó. Pero le obligué a…

– ¿Le obligaste? -Apenas podía respirar.

– Mentí. Le dije que ella me lo había confesado. Así que él también confesó.

– ¿Y luego?

– Nada. Carmel y yo volvimos a Inglaterra. Ya conoces el resto.

– Dios mío, ¿y por qué has vuelto, entonces? -le preguntó-. Se tiró a tu prometida delante de tus narices. ¿Por qué has…?

– Alguien me insistió para que viniera, como tal vez recuerdes -dijo Adrián-. ¿Qué me dijiste? ¿Que estaría muy contento de verme?

– Pero si lo hubiera sabido, nunca te habría sugerido, menos aún insistido… Adrián, por el amor de Dios. ¿Por qué no me constaste lo que había pasado?

– Porque decidí utilizarlo -dijo-. Si no podía convencerle con la razón de que me diera el préstamo que necesitaba, pensé que con la culpa sí lo conseguiría. Sólo que olvidé que papá era inmune a la culpa. Era inmune a todo. -Luego sonrió. Y, en ese instante, el escalofrío transformado en escarcha se convirtió en hielo en la sangre de Margaret cuando su hijo dijo-: Bueno, a prácticamente todo, parece ser.

Capítulo 9

Deborah Saint James siguió al adolescente a cierta distancia. No era su fuerte comenzar conversaciones con desconocidos, pero no iba a marcharse de allí sin intentarlo al menos. Sabía que su reticencia no hacía más que confirmar los temores de su marido respecto a que viajara sola a Guernsey para ocuparse de las dificultades de China, puesto que al parecer la presencia de Cherokee no contaba para Simón. Así que en las presentes circunstancias estaba doblemente resuelta a no dejarse vencer por su reticencia natural.

El chico no sabía que le estaba siguiendo. No parecía que tuviera en mente ningún destino en concreto. Primero se abrió paso a empujones entre la multitud presente en el jardín de las esculturas y luego cruzó el fresco césped oval situado detrás del pabellón acristalado en un extremo de la casa. Junto a este césped, saltó entre dos rododendros altos y recogió una rama fina de un castaño que crecía cerca de un grupo de tres edificios anexos. Al llegar allí, el chico giró de repente hacia el este, donde, a lo lejos y a través de los árboles, Deborah vio un muro de piedra que daba a unos campos y prados. Pero en lugar de ir en esa dirección -el modo más seguro de dejar atrás el funeral y todo lo que conllevaba-, comenzó a recorrer el sendero de guijarros que regresaba de nuevo a la casa. Mientras andaba, utilizaba bruscamente la rama como una vara contra los arbustos que crecían exuberantes a lo largo del camino. Éste bordeaba una serie de jardines meticulosamente cuidados al este de la casa; pero tampoco entró en ninguno, sino que siguió avanzando por entre los árboles que había detrás de los arbustos y aceleró el paso cuando, al parecer, oyó que alguien se acercaba a uno de los coches aparcados en esa zona.

Allí, Deborah lo perdió momentáneamente. Cerca de los árboles no llegaba mucha luz y el chico vestía de marrón oscuro de los pies a la cabeza, así que era difícil verlo. Pero ella aceleró el paso en la dirección que había visto que tomaba y lo alcanzó en un sendero que bajaba hacia un prado. Hacia la mitad de éste, se alzaba el tejado de lo que parecía una casa de té japonesa detrás de unos arces delicados y una valla de madera de adorno engrasada para mantener su brillante color original, e intensamente acentuada en rojo y negro. Vio que se trataba de otro jardín más de la finca.

El chico cruzó un delicado puente de madera que describía una curva sobre una depresión en el terreno. Lanzó la rama, retomó el camino por unas piedras y se dirigió a grandes zancadas hacia una puerta festoneada en la valla. La abrió de un golpe y desapareció dentro. La puerta se cerró silenciosamente tras él.

Deborah lo siguió deprisa y cruzó el puente que se extendía sobre un pequeño barranco en el que habían colocado unas piedras grises teniendo sumo cuidado con lo que crecía alrededor. Se acercó a la puerta y vio lo que no había visto antes: una placa de bronce clavada en la madera. “Á la mémoire de Miriam et Benjamín Brouard, assassinés par les Nazis á Auschwitz. Nous n'oublierons jamáis.-” Deborah leyó las palabras y reconoció las suficientes como para saber que el jardín estaba dedicado a la memoria de alguien.

Abrió la puerta a un mundo que era distinto a lo que había visto hasta entonces en los jardines de Le Reposoir. Aquí las plantas y los árboles lozanos y exuberantes estaban castigados. Imperaba en él un orden austero, puesto que habían podado la mayor parte del follaje de los árboles y los arbustos estaban recortados con diseños formales. Eran agradables a la vista y se unían unos con otros siguiendo un dibujo que hacía que la mirada recorriera el perímetro del jardín hacia otro puente arqueado, que se extendía sobre un gran estanque serpenteante en el que crecían nenúfares. Justo detrás estaba la casa de té cuyo tejado Deborah había vislumbrado desde el otro lado de la valla. Tenía puertas de pergamino al estilo de los edificios privados japoneses, y una de ellas estaba abierta.

Deborah siguió el sendero que rodeaba el perímetro del jardín y cruzó el puente. Debajo de ella, vio unas carpas grandes de colores nadando mientras delante de ella se revelaba el interior de la casa de té. La puerta abierta mostraba un suelo cubierto de alfombras tradicionales y una sola habitación amueblada con una mesa baja de ébano con almohadones alrededor.

Un porche profundo recorría el ancho de la casa de té; dos escalones daban acceso a él desde el sendero de gravilla que continuaba alrededor del propio jardín. Deborah subió los escalones, pero no se molestó en hacerlo subrepticiamente. Era mejor ser otro invitado más al funeral que daba un paseo, pensó, que alguien que seguía a un chico que probablemente no quería entablar ninguna conversación.

El chaval estaba arrodillado frente a un armario de teca empotrado en la pared, en el extremo más alejado de la casa de té. Lo había abierto y estaba tirando de una bolsa pesada. Mientras Deborah observaba, el chico la extrajo con dificultad, la abrió y hurgó dentro. Sacó un recipiente de plástico. Entonces se dio la vuelta y vio a Deborah observándolo. La miró abiertamente y sin el más mínimo reparo. Entonces se levantó y pasó a su lado, salió al porche y de allí se dirigió al estanque.

Al pasar, Deborah vio que el recipiente de plástico contenía pequeñas bolitas redondas. El chico las llevó al borde del agua, donde se sentó en una roca lisa gris, cogió un puñado y las tiró a los peces. Al instante, el agua se convirtió en un bullicio de actividad multicolor.

– ¿Te importa si miro? -preguntó Deborah.

El chico dijo que no con la cabeza. Deborah vio que rondaría los diecisiete años, tenía la cara marcada por un acné severo y se ruborizó aún más cuando se sentó a su lado en la roca. Se quedó mirando los peces un momento: sus bocas glotonas mordisqueaban el agua, el instinto les hacía saltar ante cualquier movimiento en la superficie. Qué suerte la suya, pensó Deborah, estar en ese entorno seguro, protegido, donde lo que se movía en la superficie en realidad era comida y no un cebo.

– No me gustan demasiado los funerales -dijo ella-. Creo que es porque los conocí muy pronto. Mi madre murió cuando yo tenía siete años, y siempre que asisto a un funeral, lo recuerdo todo de nuevo.

El chico no dijo nada, pero su proceso de echar comida al agua se ralentizó ligeramente. Deborah se animó y siguió.

– Sin embargo, es curioso, porque no me afectó demasiado cuando sucedió. La gente seguramente diría que es porque no lo comprendía, pero no era así, ¿sabes? Sabía perfectamente qué significaba que alguien muriera. Se iba y no volvería a verlo. Tal vez estaría con los ángeles y con Dios; pero, en cualquier caso, estaría en un lugar al que yo tardaría mucho, mucho tiempo en ir. Así que sí sabía qué significaba. Lo que pasaba es que no entendía qué implicaba. Eso no lo asumí hasta mucho después, cuando esas cosas que en teoría pasan entre madre e hija no pasaron entre yo y…, bueno, entre yo y nadie.

El chico siguió sin decir nada. Pero dejó de dar de comer a los peces y contempló el agua mientras éstos continuaban peleándose por las bolitas. Le recordaron a Deborah a la gente que hace cola cuando llega el autobús y lo que en su momento era todo orden se convierte en una masa de codos, rodillas y paraguas entrando todos a la vez.

– Murió hace casi veinte años, y todavía me pregunto cómo podría haber sido. Mi padre nunca volvió a casarse y no tengo más familia y a veces me parece que sería maravilloso formar parte de algo mayor que nosotros dos. Entonces también me pregunto cómo habrían sido mi padre y mi madre si hubieran tenido más hijos. Ella sólo tenía treinta y dos años cuando murió; a mí me parecían muchos cuando yo tenía siete años, pero ahora veo que todavía tenía muchos años por delante para tener más hijos. Ojalá los hubiera tenido.

Entonces, el chico la miró. Ella se apartó el pelo de la cara.

– Lo siento. ¿Me estoy enrollando? A veces lo hago.

– ¿Quieres probar? -El chico le tendió el recipiente de plástico.

– Me encantaría. Sí. Gracias -dijo Deborah. Metió la mano en las bolitas. Avanzó hasta el borde de la roca y dejó que la comida cayera de sus dedos al agua. Los peces acudieron al instante, apartándose unos a otros en su ansia por comer-. Hacen que parezca que el agua está hirviendo. Debe de haber cientos.

– Ciento veintitrés. -El chico hablaba en voz baja (Deborah vio que tenía que esforzarse para oírle) y tenía la mirada clavada en el estanque-. Tiene muchos porque los pájaros los cazan. Pájaros muy grandes. A veces alguna gaviota, pero por lo general no son lo bastante fuertes o rápidos. Y los peces son listos. Se esconden. Por eso las rocas están colocadas tan lejos del borde del estanque: para que puedan esconderse cuando aparecen los pájaros.

– Hay que pensar en todo, supongo -dijo Deborah-. Este lugar es increíble, ¿verdad? Estaba dando un paseo, necesitaba alejarme del entierro y, de repente, he visto el tejado de la casa de té y la valla y me ha parecido que sería un lugar tranquilo. Apacible, ya sabes. Así que he entrado.

– No mientas. -El chico dejó el recipiente de las bolitas entre ellos como si dibujara una línea en la arena-. Te he visto.

– ¿Me has…?

– Me estabas siguiendo. Te he visto en los establos.

– Ah. -Deborah se reprendió por haber sido tan descuidada y haberse delatado, más aún por haber demostrado que su marido tenía razón. Pero no estaba todo perdido, como sin duda le manifestaría Simón, y estaba decidida a probarlo-. He visto lo que ha pasado durante el entierro -admitió-, cuando te dieron la pala. Parecías… Bueno, como yo también perdí a alguien, hace años, lo reconozco, he pensado que quizá querrías… Me doy cuenta de que es muy arrogante por mi parte. Pero perder a alguien es difícil. A veces hablar ayuda.

El chico cogió el recipiente de plástico y echó la mitad del contenido directamente en el agua, que estalló en una actividad febril.

– No necesito hablar de nada -dijo el chaval-. Y menos de él.

Deborah aguzó el oído.

– ¿El señor Brouard era…? Sería bastante mayor para ser tu padre, pero como estabas con la familia… ¿Era tu abuelo, quizá? -Esperó a que el chico dijera más. Si tenía paciencia, creía que acabaría saliendo lo que estuviera carcomiéndole por dentro. Amablemente, dijo-: Soy Deborah Saint James, por cierto. He venido desde Londres.

– ¿Para el funeral?

– Sí. Ya te he dicho que no me gustan demasiado los funerales; ¿pero a quién le gustan?

El chico resopló.

– A mi madre. A ella se le dan bien los funerales. Tiene práctica.

Deborah tuvo la sensatez suficiente para no comentar nada al respecto. Esperó a que el chico se explicara, cosa que hizo, aunque indirectamente.

Le contó que se llamaba Stephen Abbott y dijo:

– Yo también tenía siete años. Se perdió en un resplandor blanco. ¿Sabes lo que es?

Deborah dijo que no con la cabeza.

– Es cuando baja una nube, o la niebla, o lo que sea. Pero es muy peligroso y no puedes distinguir por dónde sigue la montaña y no ves las pistas de esquí, así que no sabes cómo bajar. Lo único que ves es blanco por todas partes: la nieve y el aire. Y te pierdes. Y a veces… -Volvió la cara-. A veces, te mueres.

– ¿Es lo que le pasó a tu padre? -preguntó Deborah-. Lo siento, Stephen. Qué forma más horrible de perder a alguien a quien quieres.

– Ella dijo que sabría bajar. “Es un experto. Sabe lo que hay que hacer. Los esquiadores experimentados siempre encuentran el camino”, dijo. Pero tardó demasiado y entonces empezó a nevar, una tormenta de nieve de verdad, y él estaba a kilómetros de donde debería estar. Cuando por fin lo encontraron, habían pasado dos días; había intentado salir de allí caminando y se había roto una pierna. Y entonces dijeron… Dijeron que si hubieran llegado sólo seis horas antes… -Golpeó con el puño el resto de las bolitas, que saltaron del recipiente y cayeron sobre la roca-. Tal vez habría vivido. Pero a ella no le habría gustado demasiado.

– ¿Por qué no?

– No habría podido coleccionar novios.

– Ah. -Deborah vio cómo encajaban las cosas. Un niño pierde a su querido padre y luego ve que su madre pasa de un hombre al siguiente, tal vez empujada por un dolor que no puede afrontar, tal vez en un intento frenético de sustituir lo que ha perdido. Pero Deborah también vio lo que debía de parecerle a ese niño: como si, para empezar, su madre no hubiera querido nunca a su padre.

– Entonces, ¿el señor Brouard era uno de esos novios? -dijo ella-. ¿Por eso tu madre estaba con la familia esta mañana? Ésa era tu madre, ¿verdad? ¿La mujer que quería que cogieras la pala?

– Sí -contestó-. Era ella, sí. -Apartó las bolitas que había tirado a su alrededor. Fueron cayendo al agua una a una, como las creencias desechadas de un niño desilusionado-. Estúpida -murmuró-. Estúpida de mierda.

– Por querer que formaras parte de…

– Se cree tan inteligente -la interrumpió-. Se cree que es tan buena en la cama… Ábrete de piernas, mamá, y serán tus marionetas. Aún no ha funcionado, pero si lo haces el tiempo suficiente, puede que al final lo consigas, maldita sea. -Stephen se levantó y cogió el recipiente. Regresó a la casa de té y entró. De nuevo, Deborah lo siguió.

Desde la puerta, le dijo:

– A veces las personas hacen cosas cuando echan muchísimo de menos a alguien, Stephen. En apariencia, lo que hacen es irracional. Insensible, ya sabes. O incluso malicioso. Pero si podemos ver más allá de lo que parece, si intentamos entender la razón que hay detrás…

– Empezó justo después de que él muriera, ¿vale? -Stephen metió la bolsa de comida para peces en el armario. Cerró la puerta de un golpe-. Con uno de los monitores de la patrulla de esquí, sólo que entonces yo no sabía qué ocurría. No lo entendí hasta que estábamos en Palm Beach y, para entonces, ya habíamos vivido en Milán y en París y siempre había un hombre, ¿entiendes?, siempre había… Por eso estamos aquí ahora, ¿lo captas? Porque el último estaba en Londres y no consiguió que se casara con ella, y cada vez está más desesperada porque si se queda sin dinero y no hay nadie, ¿qué cono va a hacer entonces?

El pobre chico rompió a llorar. Eran unos sollozos esforzados, humillantes. A Deborah le dio lástima el chico, y cruzó la casa de té para acudir a su lado.

– Siéntate aquí. Por favor, Stephen, siéntate -le dijo.

– La odio -dijo él-. La odio de verdad. Zorra asquerosa. Es tan estúpida que ni siquiera ve… -No pudo continuar, pues el llanto se lo impidió.

Deborah lo instó a sentarse en uno de los almohadones. El chico se dejó caer sobre él de rodillas, con la cabeza agachada sobre el pecho y el cuerpo respirando agitadamente.

Deborah no le tocó, aunque quería hacerlo. Diecisiete años, desesperación absoluta. Sabía cómo se sentía: el sol se pone, la noche no acaba nunca y te invade la desesperanza.

– Te parece odio porque es muy fuerte -dijo-. Pero no es odio. Es algo muy distinto. La otra cara del amor, supongo. El odio destruye. Pero ¿esto…? Esto, lo que sientes… No haría daño a nadie. Así que no es odio. De verdad.

– Pero la has visto -contestó entre sollozos-. Has visto cómo es.

– Sólo es una mujer, Stephen.

– ¡No! Es más que eso. Ya has visto lo que ha hecho.

Al oír aquello, el cerebro de Deborah se puso alerta.

– ¿Lo que ha hecho? -repitió.

– Ahora es demasiado mayor. No puede asumirlo. Y es incapaz de ver… Y yo no puedo decírselo. ¿Cómo puedo decírselo?

– ¿Decirle qué?

– Que es demasiado tarde para todo esto. Que no la quiere. Que ni siquiera la desea. Que puede hacer lo que quiera para cambiarlo, pero que nada va a funcionar, ni el sexo, ni pasar por el quirófano, nada. Le había perdido y era demasiado estúpida para verlo, joder. Pero tendría que haberlo visto. ¿Por qué no lo vio? ¿Por qué seguiría haciendo cosas para aparentar ser mejor? ¿Para intentar que él la deseara cuando ya no era así?

Deborah asimiló esta información detenidamente. Al mismo tiempo, reflexionó sobre todo lo que el chico le había dicho antes. Lo que implicaban las palabras era evidente: Guy Brouard había dejado a su madre. La conclusión lógica era que la había dejado por otra persona. Pero la verdad del asunto también podía ser que el hombre la hubiera dejado por otra cosa. Si Brouard no quería seguir con la señora Abbott, tenían que descubrir qué era lo que quería.

Paul Fielder llegó a Le Reposoir sudado, sucio y jadeando, con la mochilla torcida sobre la espalda. Aunque creía que era demasiado tarde, había pedaleado desde Bouet a la iglesia de la ciudad, volando por el paseo marítimo como si los cuatro jinetes del Apocalipsis le pisaran los talones. Cabía la posibilidad, pensó, de que el funeral del señor Guy se hubiera retrasado por alguna razón. Si así era, aún podría asistir al menos a una parte del mismo.

Pero el hecho de que no hubiera coches en el extremo norte ni en los aparcamientos del muelle le dijo que el plan de Billy había resultado. Su hermano mayor había logrado impedir que Paul asistiera al funeral de su único amigo.

Paul sabía que había sido Billy quien había roto su bicicleta. En cuanto salió y la vio -la rueda trasera rajada y la cadena tirada en el barro-, reconoció la repugnante mano de su hermano tras aquella travesura. Soltó un grito ahogado y entró furioso en casa, donde su hermano estaba comiendo pan frito y bebiendo una taza de té sentado a la mesa de la cocina. Tenía un cigarrillo encendido en un cenicero a su lado y otro olvidado que humeaba en el escurridor encima del fregadero. Fingía ver un programa de entrevistas en la tele mientras su hermanita pequeña jugaba con un paquete de harina en el suelo, pero la verdad era que estaba esperando a que Paul irrumpiera en la casa y se enfrentara a él de un modo u otro para que pudieran pelearse.

Paul lo vio nada más entrar. La sonrisita de Billy lo delató.

Hubo un tiempo en el que habría llamado a sus padres. Hubo un tiempo en el que incluso se habría abalanzado sobre su hermano ciegamente sin tener en cuenta las diferencias de tamaño y fuerza. Pero ese tiempo había pasado. El viejo mercado de carne -una parte integrante del orgulloso complejo antiguo de edificaciones con columnatas que integraban Market Square en Saint Peter Port- había cerrado sus puertas para siempre y había acabado con la fuente de ingresos de su familia. Ahora su madre trabajaba de cajera en un Boots en High Street, registrando las compras, mientras que su padre había entrado en una cuadrilla que realizaba obras en las carreteras, donde los días eran largos y el trabajo, atroz. Ninguno de los dos se encontraba ahora en casa para ayudarle, y aunque no fuera así, Paul no iba a cargarles con más problemas. En cuanto a enfrentarse a Billy, sabía que a veces su hermano era lento, pero no estúpido. Enfrentarse a Billy era lo que Billy quería. Lo quería desde hacía meses y se había esforzado mucho para que sucediera. Se moría de ganas por agredir a alguien y no le importaba quién fuera.

Paul apenas le miró. Corrió hacia el armario situado debajo del fregadero de la cocina y sacó la caja de herramientas de su padre.

Billy le siguió afuera, desatendiendo a su hermana, que se quedó en el suelo de la cocina con las manos metidas en el paquete de harina. Otros dos hermanos suyos estaban peleándose en el piso de arriba. Se suponía que Billy tenía que llevarlos al colegio. Pero Billy nunca hacía muchas de las cosas que se suponía que tenía que hacer, sino que se pasaba los días en el jardín trasero lleno de malas hierbas, lanzando peniques a las latas de cerveza que se bebía desde que se levantaba hasta que se acostaba.

– Oh -dijo Billy fingiendo preocupación cuando se le iluminaron los ojos al ver la bici de Paul estropeada-. ¿Qué diablos ha pasado, Paulie? Alguien la ha tomado con tu bici, ¿no?

Paul no le hizo caso y se sentó en el suelo. Comenzó quitando primero la rueda. Taboo, que había montado guardia junto a la bici, la olisqueó con recelo, y un aullido salió desde lo más profundo de su garganta. Paul paró y llevó al perro a una farola cercana. Lo ató y le señaló el suelo donde quería que se tumbara. Taboo le obedeció, pero era evidente que no le gustó. No se fiaba ni un pelo del hermano de Paul, y Paul sabía que el perro habría preferido mil veces quedarse a su lado.

– ¿Tienes que ir a algún sitio? -le preguntó Billy-. Y se te ha estropeado la bici. Qué mala suerte. Cómo es la gente.

Paul no quería llorar porque sabía que las lágrimas proporcionarían a su hermano más formas de atormentarle. Era cierto que las lágrimas le darían menos satisfacción que derrotar a Paul en una pelea brutal, pero seguiría siendo mejor que nada y Paul prefería infinitamente no darle nada a Billy. Había aprendido hacía tiempo que su hermano no tenía corazón y menos aún conciencia. Vivía para martirizar a los demás. Era la única contribución que podía hacer a la familia.

Así que Paul no le hizo caso, y a Billy no le gustó. Se apoyó en la casa y encendió otro cigarrillo más.

“Ojalá se te pudran los pulmones”, pensó Paul, pero no lo dijo. Simplemente comenzó a reparar la vieja rueda gastada, cogiendo los trozos de goma y el pegamento y extendiéndolos sobre el tajo.

– A ver, déjame adivinar adonde podría ir mi hermanito pequeño esta mañana -dijo Billy pensativamente, dando caladas al pitillo-. ¿Va a ir a ver a mamá al Boots? ¿A llevarle a papá el almuerzo a la carretera? Hum. Creo que no. Va demasiado elegante. De hecho, ¿de dónde ha sacado esa camisa? ¿De mi armario? Mejor que no. Porque robarme significaría castigo. Tal vez debería mirarla mejor, para asegurarme.

Paul no reaccionó. Sabía que su hermano era un matón cobarde. Sólo tenía las agallas de atacar cuando creía que sus víctimas se sentían intimidadas. Como se sentían sus padres, pensó Paul desconsolado. Vivía en su casa como un inquilino moroso mes tras mes porque tenían miedo de lo que podía hacer si le echaban.

Antes Paul era como ellos, miraba a su hermano mientras cogía las cosas de la familia para venderlas en mercadillos y pagarse así la cerveza y el tabaco. Pero eso era antes de que apareciera el señor Guy, que siempre parecía saber lo que pasaba en el corazón de Paul y siempre parecía capaz de hablar de ello sin sermonearle o exigirle nada o esperar algo a cambio, aparte de compañerismo.

“Tú sólo céntrate en lo que es importante, mi príncipe. ¿El resto? Si no forma parte de tus sueños, olvídalo.”

Ésa era la razón por la que podía reparar la bicicleta mientras su hermano se burlaba de él, retándole a pelear o a llorar. Paul bloqueó sus oídos y se concentró. Una rueda que remendar, una cadena que limpiar.

Podría haber cogido el autobús para ir a la ciudad, pero no se le ocurrió hasta que tuvo arreglada la bici y estaba a medio camino de la iglesia. En ese punto, sin embargo, ya no se reprendió por ser tan imbécil. Deseaba tanto estar presente en la despedida del señor Guy que lo único que pensó, cuando se encontró un autobús avanzando lentamente por la ruta norte número cinco y le recordó que podría haberlo cogido, fue lo fácil que sería ponerse delante del vehículo y terminar con todo.

Fue entonces cuando por fin rompió a llorar, por pura frustración y desesperación. Lloró por el presente, en el que todos sus objetivos parecían frustrarse, y por el futuro, que parecía funesto y vacío.

A pesar de ver que no quedaba ni un solo coche cerca de la iglesia, se colocó bien la mochila en la espalda y entró de todas formas. Primero, sin embargo, cogió a Taboo. Entró al perro con él, pese a saber que era del todo improcedente. Pero no le importó. El señor Guy también era amigo de Taboo y, de todas formas, no iba a dejar al animal fuera en la plaza sin entender qué estaba ocurriendo. Así que lo llevó dentro, donde el aroma de las flores y de las velas encendidas seguía flotando en el aire y aún había una pancarta que decía Requiescat in pace colgada a la derecha del pulpito. Pero aquéllas eran las únicas señales de que se había celebrado un funeral en la iglesia de Saint Peter Port. Tras recorrer el pasillo central e intentar fingir que había sido uno de los asistentes, Paul salió del edificio y regresó a donde había dejado la bici. Se dirigió al sur hacia Le Reposoir.

Aquella mañana se había puesto la que en teoría era la mejor ropa que tenía, y deseó no haber salido huyendo de Valerie Duffy el día anterior cuando la mujer le ofreció una de las viejas camisas de Kevin. Por consiguiente, lo único que tenía eran unos pantalones negros con manchas de lejía, un único par de zapatos destrozados y una camisa de franela que su padre solía ponerse los días más fríos en el interior del mercado de carne. Alrededor del cuello de la camisa, se había atado una corbata de punto que también era de su padre. Y encima de todo, llevaba el anorak rojo de su madre. Tenía un aspecto espantoso, y lo sabía, pero era lo más que pudo hacer.

Cuando llegó a la finca Brouard, toda la ropa que vestía estaba sucia o sudada. Por este motivo, empujó la bici detrás de un camelio enorme que había justo tras el muro, salió del sendero de entrada y caminó hacia la casa pasando por debajo de los árboles en lugar de cruzar a campo través. Taboo trotaba a su lado.

Delante, Paul vio que salía gente de la casa con cuentagotas y, mientras se detenía para intentar ver qué pasaba, se percató de que el coche fúnebre que había llevado el ataúd del señor Guy se aproximaba a él, que estaba medio escondido en la parte este del sendero, pasaba lentamente a su lado y cruzaba la verja para emprender el viaje de regreso a la ciudad. Paul lo siguió con la mirada antes de volverse hacia la casa y comprender que también se había perdido el entierro. Se lo había perdido todo.

Sintió de inmediato que se le tensaba e hinchaba todo el cuerpo, mientras algo intentaba escapar de él con la misma fiereza con la que él trataba de contenerlo. Se quitó la mochila y se la colocó en el pecho, e intentó creer que lo que había compartido con el señor Guy no había desaparecido en un momento, sino que se había santificado, bendecido para siempre a través de un mensaje que el señor Guy había dejado.

“Éste, mi príncipe, es un lugar especial, un lugar tuyo y mío. ¿Se te da bien guardar secretos, Paul?”

Mejor que bien, prometió Paul Fielder. Mejor que oír los insultos de su hermano sin escucharlos. Mejor que soportar el fuego abrasador de esta pérdida sin desintegrarse por completo. En realidad, se le daba mejor que cualquier otra cosa.

Ruth Brouard llevó a Saint James al estudio de su hermano en el piso de arriba. Simón vio que se encontraba en el ala noroeste, que daba a un césped oval y al pabellón acristalado por un lado y, en el otro, a un semicírculo de edificaciones anexas que parecían ser unos viejos establos. Más allá, la finca seguía: más jardines, prados lejanos, campos y bosque. Saint James vio que las esculturas que comenzaban en el jardín cercado donde habían enterrado al hombre asesinado también se extendían al resto de la propiedad. Aquí y allá, una forma geométrica de mármol, bronce, granito o madera aparecía de entre los árboles y las plantas que crecían con libertad por el terreno.

– Su hermano era un mecenas del arte. -Saint James dio la espalda a la ventana mientras Ruth Brouard cerraba la puerta sin hacer ruido.

– Mi hermano era un mecenas de todo-contestó ella.

No tenía buen aspecto, determinó Saint James. Sus movimientos eran estudiados y su voz sonaba agotada. La mujer se dirigió a un sillón y se sentó. Detrás de las gafas, sus ojos se entrecerraron y un gesto de dolor habría asomado a su rostro si no hubiera procurado llevar una máscara.

En el centro de la habitación, había una mesa de nogal, encima de la cual descansaba la maqueta detallada de un edificio enclavado en un paisaje que comprendía la calzada de delante, el jardín de detrás e incluso los árboles y arbustos en miniatura que crecerían en los jardines. La maqueta era tan detallada que incluía puertas y ventanas y, a lo largo de la parte delantera, una mano experta había tallado cuidadosamente lo que al final se grabaría en la mampostería. En el friso decía: “Museo de la Guerra Graham Ouseley”.

– Graham Ouseley. -Saint James se alejó de la maqueta. Era bajo al estilo de un bunker, salvo por la entrada, que ascendía de manera espectacular como si fuera un diseño de Le Corbusier.

– Sí -murmuró Ruth-. Es un hombre de Guernsey. Bastante mayor. Tiene unos noventa años. Es un héroe local de la ocupación. -No le explicó nada más, pero era evidente que estaba a la espera. Había leído el nombre y la profesión de Saint James en la tarjeta que le había entregado y había accedido de inmediato a hablar con él. Pero, obviamente, iba a esperar a ver qué quería antes de ofrecerle más información de forma voluntaria.

– ¿Esta es la propuesta del arquitecto local? -preguntó Saint James-. Tengo entendido que construyó una maqueta para su hermano.

– Sí -le dijo Ruth-. La hizo un hombre de Saint Peter Port, pero al final Guy no eligió su proyecto.

– Me pregunto por qué. Parece idóneo, ¿verdad?

– No tengo ni idea. Mi hermano no me lo dijo.

– El arquitecto de aquí debió de llevarse un disgusto. Parece haber invertido mucho trabajo. -Saint James se inclinó sobre la maqueta otra vez.

Ruth Brouard cambió de posición en su asiento, moviendo el torso como si buscara una posición más cómoda, se ajustó las gafas y cruzó las pequeñas manos sobre su regazo.

– Señor Saint James -dijo-, ¿en qué puedo ayudarle? Ha dicho que venía por la muerte de Guy. Como es usted forense… ¿Tiene que darme alguna noticia? ¿Por eso está aquí? Me dijeron que se harían más exámenes de sus órganos. -Titubeó, por lo difícil que le suponía, al parecer, hablar de su hermano en partes en lugar de como un todo. Bajó la cabeza y al cabo de un momento prosiguió diciendo-: Me dijeron que harían exámenes de los órganos y tejidos de mi hermano, también otras cosas; en Inglaterra, me dijeron. Como usted es de Londres, tal vez haya venido a darme información. Aunque si han descubierto algo, algo inesperado, el señor Le Gallez habría venido a decírmelo en persona, ¿verdad?

– Él sabe que estoy aquí, pero no vengo de su parte -le dijo Saint James. Entonces le explicó con cuidado la misión que le había traído a Guernsey. Acabó diciendo-: El abogado de la señorita River me dijo que usted era la testigo en cuyo testimonio basa el caso el inspector en jefe Le Gallez. He venido a preguntarle por ese testimonio.

Ruth apartó la mirada.

– La señorita River -dijo.

– Tengo entendido que ella y su hermano se hospedaron aquí varios días antes del asesinato.

– ¿Y ella le ha pedido que la ayude a eludir la culpa de lo que le sucedió a Guy?

– Aún no la he visto -dijo Saint James-. No he hablado con ella.

– Entonces, ¿por qué…?

– Mi mujer y ella son viejas amigas.

– Y su mujer no cree que su vieja amiga haya asesinado a mi hermano.

– Está el tema del móvil -dijo Saint James-. ¿La señorita River y su hermano llegaron a conocerse bien? ¿Existe alguna posibilidad de que lo conociera de antes? Por lo que dice el hermano de ella, parece que no; pero podría ser que él no lo supiera. ¿Y usted?

– Si ella ha estado alguna vez en Inglaterra, es posible. Pudo conocer a Guy allí. Pero sólo allí. Guy nunca ha estado en Estados Unidos, que yo sepa.

– ¿Que usted sepa?

– Podría haber ido alguna vez y no decírmelo, pero no veo por qué, o cuándo. Si estuvo, sería hace tiempo. Desde que estamos aquí, en Guernsey, no. Me lo habría dicho. En los últimos nueve años, cuando viajó, que fue en contadas ocasiones a partir de que se jubilara, siempre me dijo dónde podía localizarle. Era bueno en ese sentido. Era bueno en muchos sentidos, en realidad.

– ¿Nadie tenía un motivo para matarle? ¿Nadie aparte de China River, quien también parece no tener motivo alguno?

– No puedo explicarlo.

Saint James se apartó de la maqueta del museo, se acercó a Ruth Brouard y se sentó en el segundo sillón. Una pequeña mesa redonda los separaba. En ésta había una fotografía, y Saint James la cogió: una familia judía numerosa sentada alrededor de una mesa, los hombres con kipás, sus mujeres de pie detrás de ellos, con unos libros abiertos en las manos. Entre ellos había dos chavales, una niña y un niño. La niña llevaba gafas; el niño, tirantes rayados. Presidiendo la mesa estaba el patriarca, posicionado para partir en pedazos un gran matzo. Detrás del hombre, en un aparador, había un centro de mesa de plata y unas velas encendidas, cada una de las cuales emitía un resplandor alargado sobre un cuadro colgado en la pared, mientras que a su lado tenía a una mujer que obviamente era su esposa y que tenía la cabeza ladeada hacia él.

– ¿Es su familia? -le dijo a Ruth Brouard.

– Vivíamos en París -contestó-. Antes de Auschwitz.

– Lo lamento.

– Créame. No puede lamentarlo bastante.

Saint James estuvo de acuerdo.

– Nadie puede.

Pareció que, de algún modo, aquel reconocimiento por su parte satisfizo a Ruth Brouard, del mismo modo, quizá, que la delicadeza con la que dejó la fotografía sobre la mesa, porque la mujer miró la maqueta en el centro de la estancia y habló en voz baja y sin rencor.

– Sólo puedo contarle lo que vi aquella mañana, señor Saint James. Sólo puedo contarle lo que hice. Me acerqué a la ventana de mi habitación y vi que Guy salía de casa. Cuando llegó a los árboles y accedió al sendero de la entrada, ella empezó a seguirle. La vi.

– ¿Está segura de que era China River?

– Al principio no -contestó-. Venga. Se lo enseñaré.

Ruth lo condujo por el pasillo oscuro en el que colgaban grabados antiguos de la mansión. A poca distancia de la escalera, abrió una puerta y guió a Saint James al interior de lo que obviamente era su cuarto: amueblado con sencillez pero bien decorado con antigüedades robustas y un tapiz bordado enorme. Lo configuraban diversas escenas, que se combinaban para contar una única historia al estilo de los tapices que precedieron a los libros. Esta historia en particular trataba de una huida: una fuga en mitad de la noche mientras se aproximaba un ejército enemigo, un viaje apresurado hacia la costa, una travesía en un mar picado, un desembarco entre desconocidos. Sólo dos de los personajes representados eran los mismos en todas las escenas: una niña y un niño.

Ruth Brouard fue al alféizar poco profundo de una ventana y corrió las cortinas finas que colgaban sobre el cristal.

– Venga -le dijo a Saint James-. Mire.

Saint James se acercó y vio que la ventana daba a la parte delantera de la casa. Abajo, el sendero rodeaba una parcela de tierra plantada con hierba y arbustos. Más allá, el césped se abría hasta una casita lejana. Un grupo denso de árboles crecía alrededor de este edificio y se extendía a lo largo del sendero y hacia la casa principal.

Su hermano había salido por la puerta de entrada como de costumbre, le contó Ruth Brouard a Saint James. Mientras observaba, Guy cruzó el césped hacia la casita y desapareció entre los árboles. China River salió de esos árboles y empezó a seguirle. Estaba a plena vista. Iba vestida de negro. Llevaba su capa con la capucha puesta, pero Ruth sabía que era China.

Saint James quiso saber por qué. Parecía evidente que cualquiera podría haberse hecho con la capa de China. Su propia naturaleza la hacía adecuada tanto para un hombre como para una mujer. Y la capucha no le sugería a la señora Brouard que…

– No me fié sólo de eso, señor Saint James -le dijo Ruth Brouard-. Me pareció extraño que siguiera a Guy a esa hora de la mañana porque no parecía haber ningún motivo. Me pareció inquietante. Pensé que podría haberme equivocado con lo que había visto, así que fui al cuarto de la mujer. No estaba.

– ¿Quizá estaba en otra parte de la casa?

– Lo comprobé todo: el baño, la cocina, el estudio de Guy, el salón, la galería de arriba. No estaba aquí dentro, señor Saint James, porque estaba siguiendo a mi hermano.

– ¿Llevaba puestas las gafas cuando la vio fuera junto a los árboles?

– Por eso fui a mirar por la casa -dijo Ruth-. Porque no las llevaba cuando miré por la ventana. Me pareció que era ella; he aprendido a distinguir bien los tamaños y las formas, pero quería asegurarme.

– ¿Por qué? ¿Sospechaba algo de ella o de otra persona?

Ruth corrió de nuevo los visillos. Pasó la mano por el fino material. Mientras lo hacía, dijo:

– ¿De otra persona? No. No. Por supuesto que no. -Pero el que hablara mientras se ocupaba de las cortinas instó a Saint James a continuar.

– ¿Quién más había en la casa en ese momento, señora Brouard?

– El hermano de la chica, yo… y Adrián, el hijo de Guy.

– ¿Qué relación tenía Adrián con su padre?

– Buena. Espléndida. No se veían mucho. Su madre se encargó de ello hace tiempo. Pero cuando se veían, eran muy cariñosos. Tenían sus diferencias, naturalmente. ¿Qué padre e hijo no las tienen? Pero no eran graves, nada que no pudiera arreglarse.

– ¿Está segura de eso?

– Por supuesto que lo estoy. Adrián es… Es un buen chico, pero ha tenido una vida difícil. Los quería a los dos, pero le obligaron a elegir. Esas cosas crean malentendidos. Crean distanciamiento. Y no es justo. -Pareció notar un trasfondo en su propia voz y respiró hondo como para controlarlo-. Se querían como se quieren padres e hijos cuando ninguno de los dos puede comprender al otro.

– ¿Adonde cree que puede llevar esa clase de amor?

– Al asesinato no. Eso se lo aseguro.

– Usted quiere a su sobrino -observó Saint James.

– Los parientes consanguíneos significan más para mí que para la mayoría de la gente -dijo-, por razones obvias.

Saint James asintió con la cabeza. Vio la verdad que encerraba aquello. También vio otra realidad, pero no le hacía falta explorarla con ella en esos momentos.

– Me gustaría ver el camino que siguió su hermano para bajar a la bahía donde nadó aquella mañana, señora Brouard -dijo.

– La encontrará al este de la casita del encargado -contestó ella-. Llamaré a los Duffy y les diré que le he dado permiso para ir allí.

– ¿Es una bahía privada?

– No, la bahía no. Pero si pasa por delante de su casa, Kevin se preguntará qué está haciendo. Es muy protector con nosotros, igual que su mujer.

Pero no lo suficiente, pensó Saint James.

Capítulo 10

Saint James se encontró de nuevo con Deborah cuando su mujer salía de debajo de los castaños que flanqueaban el sendero de entrada a la casa. Rápidamente, ella le relató su encuentro en el jardín japonés, indicándole dónde estaba señalando al sureste y los árboles espesos. Parecía haber olvidado su enfado anterior, lo cual agradeció, y aquello le recordó una vez más las palabras que había utilizado su suegro para describir a Deborah cuando Saint James -en un acto divertido y, esperó, de formalidad antigua y entrañable- le pidió su mano.

– Debs es pelirroja, así que no te hagas ilusiones, hijo -había dicho Joseph Cotter-. Te echará broncas como no has visto nunca en tu vida, pero al menos se le pasará en un abrir y cerrar de ojos.

Simón descubrió que Deborah había hecho un buen trabajo con el chico. A pesar de su reticencia, su carácter compasivo le daba una habilidad con las personas que a él siempre le había faltado. Era algo que favorecía a la profesión que había elegido, pues la gente estaba más dispuesta a posar para que le sacaran fotografías si sabía que la persona que estaba detrás de la cámara compartía una humanidad común con ella. Y el éxito de Deborah con Stephen Abbott subrayaba el hecho de que, en esta situación, iban a necesitar algo más que técnica y habilidad en el laboratorio.

– Así que esa otra mujer que se adelantó para coger la pala -concluyó Deborah-, la del sombrero enorme, al parecer era la novia actual, no un familiar. Aunque parece que esperaba llegar a formar parte de la familia.

– ”Ya has visto lo que ha hecho” -murmuró Saint James-. ¿Qué opinas tú de esa frase, cariño?

– Lo que ha hecho para resultar atractiva, supongo -dijo Deborah-. Me he fijado en que… Bueno, era difícil no fijarse, ¿no? Y por aquí no se ven muchas, no como en Estados Unidos, donde los pechos grandes parecen ser una especie de… fijación nacional, supongo.

– ¿No interpretas que haya hecho otra cosa? -preguntó Saint James-. ¿Como eliminar a su amante cuando se fue con otra mujer?

– ¿Por qué haría eso si esperaba casarse con él?

– Tal vez necesitara deshacerse de él.

– ¿Por qué?

– Obsesión, celos, ira que sólo puede sofocarse de un modo, o quizá algo más simple. Quizá la recordaba en el testamento y necesitaba eliminarle antes de que Brouard tuviera oportunidad de cambiarlo a favor de otra persona.

– Pero eso no soluciona el problema que ya tenemos -observó Deborah-. ¿Cómo pudo una mujer, cualquier mujer, meter una piedra en la garganta de Guy Brouard, Simón?

– Volveremos al beso del inspector en jefe Le Gallez -dijo Saint James-, por muy improbable que sea. “Le había perdido.” ¿Hay otra mujer?

– China no -afirmó Deborah.

Saint James captó la determinación de su mujer.

– Estás bastante segura, entonces.

– Me contó que acaba de romper con Matt. Le ha querido durante años, desde los diecisiete. No entiendo cómo podría tener una relación con otro hombre después de eso.

Saint James sabía que aquello los llevaba a un terreno delicado, un terreno que ocupaban la propia Deborah y también China River. No habían pasado tantos años desde que Deborah le había dejado y encontrado otro amante. Que nunca hubieran hablado de lo deprisa que había iniciado su relación con Tommy Lynley no significaba que no se debiera a la pena y la creciente vulnerabilidad que había sentido.

– Pero ahora sería más vulnerable que nunca, ¿verdad? -dijo Simón-. ¿No es posible que necesitara tener un lío para reafirmarse, algo que Brouard se tomara más en serio que ella?

– Ella no es así.

– Pero supongamos…

– Vale. Supongámoslo. Pero ella no lo mató, Simón. Tienes que reconocer que necesitaría tener un móvil.

Estaba de acuerdo. Pero también creía que una idea preconcebida de inocencia era igual de peligrosa que una idea preconcebida de culpabilidad. Así que cuando le contó lo que le había dicho Ruth Brouard, concluyó prudentemente:

– Buscó a China por el resto de la casa. No la encontró en ningún sitio.

– Eso es lo que dice Ruth Brouard -señaló Deborah, razonablemente-. Podría mentir.

– En efecto, podría mentir. Los River no eran los únicos invitados en la casa. Adrián Brouard también estaba.

– ¿Tenía motivos para matar a su padre?

– Es algo que no podemos descartar.

– Ruth Brouard es pariente consanguínea suya -dijo Deborah-. Y dada su historia (sus padres, el Holocausto), yo diría que es probable que hiciera todo lo posible para proteger a un familiar, ¿ no te parece?

– Sí.

Iban caminando por el sendero en dirección a la carretera, y Saint James la condujo a través de los árboles hacia el camino que Ruth Brouard le había dicho que llevaba a la bahía donde su hermano nadaba todos los días. Pasaron por delante de la casita de piedra que había visto antes, y observó que dos de las ventanas de la vivienda daban al sendero. Le habían informado de que era donde vivían los encargados, y los Duffy, concluyó Saint James, podían tener algo que añadir a la historia que ya le había contado Ruth Brouard.

El sendero se volvía más frío y húmedo a medida que se adentraba entre los árboles. La fecundidad natural de la tierra o la determinación del hombre habían creado un follaje impresionante que ocultaba el camino al resto de la finca. Junto al sendero, florecían los rododendros. Entre ellos, media docena de distintas variedades de heléchos desplegaban sus hojas. El suelo estaba esponjoso por las hojas descompuestas caídas en otoño y, arriba, las ramas desnudas de los castaños en invierno hablaban del túnel verde que creaban en verano. El silencio era absoluto, salvo por el sonido de sus pisadas.

Sin embargo, el silencio no duró. Cuando Saint James tendió la mano a su mujer para ayudarla a saltar un charco, un perrito desaliñado salió de entre los arbustos, ladrándoles.

– ¡Dios santo! -Deborah se llevó un susto y luego se rio-. Oh, qué guapo es, ¿verdad? Ven, perrito. No te haremos daño.

Le extendió la mano. Al hacerlo, un chico con una chaqueta roja salió corriendo por donde había aparecido el perro y cogió al animal en brazos.

– Lo siento -dijo Saint James con una sonrisa-. Parece que hemos asustado a tu perro.

El chico no dijo nada. Miró a Deborah y luego a Saint James mientras el perro seguía ladrando protectoramente.

– La señora Brouard nos ha dicho que por aquí se llegaba a la bahía -dijo Saint James-. ¿Hemos cogido el desvío que no era?

El chico siguió sin decir nada. Tenía un aspecto desarreglado, el pelo graso pegado al cuero cabelludo y la cara sucia. Las manos que sostenían al perro estaban mugrientas, y los pantalones negros que llevaba tenían grasa incrustada en una rodilla. Retrocedió varios pasos.

– No te habremos asustado a ti también, ¿verdad? -le preguntó Deborah-. Pensábamos que no habría…

Su voz se apagó cuando el chico se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Llevaba una mochila andrajosa en la espalda, que rebotaba como un saco de patatas.

– ¿Quién diablos…? -murmuró Deborah.

Saint James también se lo preguntaba.

– Habrá que investigarlo.

Llegaron a la carretera tras cruzar una verja en el muro a cierta distancia del sendero. Allí vieron que los coches del entierro se habían ido, por lo que el camino estaba despejado y encontraron fácilmente la bajada a la bahía, a unos cien metros de la entrada a la finca Brouard.

Esta pendiente estaba entre un sendero y una vereda -más ancha que el primero, pero demasiado estrecha para tomarla por la segunda- y serpenteaba sobre sí misma numerosas veces mientras descendía vertiginosamente hacia el agua. La flanqueaban paredes de roca y bosque, además de un riachuelo que chapoteaba por las piedras desiguales de la base do la pared. Aquí no había ni casas ni cabañas, sólo un hotel cerrado, por ser temporada baja, rodeado de árboles y enclavado en una depresión de la ladera, y con los postigos cerrados en rodas las ventanas.

Abajo, a lo lejos, se veía el canal de la Mancha, moteado por los pocos rayos de sol que eran capaces de atravesar el denso manto de nubes. Acompañando a aquella vista, llegaban los gritos de las gaviotas. Planeaban entre los afloramientos de granito de la cima de los acantilados, que penetraban en la bahía y le daban su forma de herradura. Aquí, los tojos y las uvas de gato crecían en tranquila abundancia, y allí donde la tierra era más honda, matorrales enredados de ramas huesudas marcaban los lugares donde en primavera florecerían los endrinos y las zarzas.

Al pie de la carretera, un pequeño aparcamiento dibujaba una huella en el paisaje. No había ningún coche, ni tampoco parecía probable que fuera a haberlo en esta época del año. Era el lugar perfecto para darse un baño privado o para cualquier actividad que requiriera ausencia de testigos.

Un rompeolas tallado en piedra protegía el aparcamiento de la erosión de la marea, y a un lado del mismo una pasarela bajaba hasta el agua. Algas muertas y semimuertas la cubrían densamente, justo el tipo de vegetación que en otra época del año estaría infestada de moscas y mosquitos. Sin embargo, nada se movía o arrastraba en ella en pleno diciembre, y Saint James y Deborah pudieron cruzarla y acceder a la playa. El agua chocaba en ella rítmicamente, marcando un pulso suave contra la arena gruesa y las piedras.

– No hay viento -observó Saint James mientras contemplaba la entrada de la bahía a cierta distancia de donde se encontraban-. Por eso es un buen lugar para nadar.

– Pero hace un frío horrible -dijo Deborah-. No entiendo cómo podía bañarse en diciembre. Es increíble, ¿no te parece?

– Hay personas a quienes les gustan los extremos -dijo Saint James-. Echemos un vistazo.

– ¿Qué buscamos exactamente?

– Algo que se le haya escapado a la policía.

Les resultó bastante fácil encontrar el lugar exacto del asesinato: las señales de una escena del crimen seguían allí en la forma de una cinta amarilla de la policía, dos botes de carretes del fotógrafo de la policía y una gota de yeso blanco que se había derramado cuando sacaron el molde de una pisada. Saint James y Deborah partieron de este punto y empezaron a trabajar codo con codo ampliando cada vez más la circunferencia a su alrededor.

El proceso era lento. Con los ojos clavados en el suelo, giraban sobre sus talones, levantando las piedras más grandes que encontraban, apartando con cuidado las algas, tamizando la arena con los dedos. Se pasaron una hora así, examinando la pequeña playa, y encontraron la tapa de un tarro de papilla para bebés, un lazo descolorido, una botella vacía de Evian y setenta y ocho peniques en monedas.

Cuando llegaron al rompeolas, Saint James sugirió que comenzaran por extremos opuestos y trabajaran acercándose el uno al otro. Cuando se encontraran, dijo, seguirían avanzando; de este modo los dos habrían inspeccionado por separado todo el largo de la pared.

Tenían que ir con cuidado, porque aquí las piedras eran más pesadas y abundaban las grietas en las que podían caer cosas. Pero aunque los dos caminaron a paso de tortuga, se encontraron en el centro con las manos vacías.

– Esto no es muy esperanzador -señaló Deborah.

– No -reconoció Saint James-. Pero siempre ha sido sólo una posibilidad. -Se apoyó un momento en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada puesta en el canal. Pensó en las mentiras, las que se cuentan y las que se creen. A veces, lo sabía, la gente que las contaba y la que se las creía era la misma. Si uno contaba algo el tiempo suficiente, acababa creyéndoselo.

– Estás preocupado, ¿verdad? -dijo Deborah-. Si no encontramos nada…

Simón la rodeó con el brazo y le dio un beso en la sien.

– Sigamos mirando -le dijo, pero no comentó nada de lo que parecía una obviedad: encontrar algo podría ser más condenatorio incluso que tener la desgracia de no encontrar nada en absoluto.

Continuaron como cangrejos recorriendo la pared, Saint James ligeramente más impedido por el aparato ortopédico de la pierna, lo que a él le dificultaba más que a su mujer avanzar por las piedras más grandes. Tal vez fue ésa la razón por la que, unos quince minutos después de comenzar la parte final de la búsqueda, fue Deborah quien soltó el grito de júbilo, que señalaba el descubrimiento de algo que hasta entonces había pasado desapercibido.

– ¡Aquí! -gritó-. Simón, ven a ver.

Saint James se dio la vuelta y vio que su mujer había llegado al final del rompeolas, donde la pasarela descendía hasta el agua. Estaba señalando la esquina donde se unían el rompiente y la pasarela y, cuando Saint James avanzó en su dirección, ella se agachó para mirar mejor lo que había encontrado.

– ¿Qué es? -preguntó al llegar a su lado.

– Algo metálico -dijo ella-. No he querido cogerlo.

– ¿Está muy profundo? -preguntó Saint James.

– A menos de treinta centímetros, diría yo -contestó-. Si quieres que lo…

– Toma. -Y le dio un pañuelo.

Para alcanzar el objeto, tuvo que meter la pierna en una abertura irregular, y lo hizo con entusiasmo. Se agachó lo suficiente para coger y rescatar lo que había visto desde arriba.

Resultó ser un anillo. Deborah lo sacó y lo dejó protegido por el pañuelo en la palma de la mano de Saint James para que lo inspeccionara.

Parecía de bronce y, por el tamaño, de hombre. Y por el tamaño del adorno también parecía de hombre. Tenía una calavera y dos huesos cruzados. Encima de la calavera estaban los números 39/40 y, debajo, cuatro palabras grabadas en alemán. Saint James entrecerró los ojos para distinguirlas: “Die Festung im Westen”.

– Algo de la guerra -murmuró Deborah mientras lo examinaba ella misma-. Pero no puede llevar aquí todos estos años.

– No. Por el estado en el que está, no parece.

– ¿Entonces…?

Saint James lo envolvió en el pañuelo, pero dejó el anillo en la mano de Deborah.

– Tienen que examinarlo -dijo-. Le Gallez querrá sacarle huellas. No habrá demasiado, pero incluso una huella parcial podría ayudar.

– ¿Cómo pueden no haberlo visto? -preguntó Deborah, y Saint James vio que no esperaba ninguna respuesta.

Aun así, dijo:

– Hasta la fecha, al inspector en jefe Le Gallez le basta con el testimonio de una anciana que no llevaba puestas las gafas. Creo que es seguro concluir que no está buscando tan detenidamente como podría pruebas que pudieran refutar lo que le ha dicho Ruth Brouard.

Deborah examinó el pequeño bulto blanco en su mano y luego miró a su marido.

– Esto podría ser una prueba -dijo-, junto con el cabello que encontraron, la pisada que tienen y los testigos que podrían estar mintiendo sobre lo que vieron. Esto podría cambiarlo todo, ¿verdad, Simón?

– Así es -dijo.

Margaret Chamberlain se felicitó por haber insistido en que se leyera el testamento justo después de la recepción del funeral.

– Llama al abogado, Ruth -le había dicho antes-. Dile que venga después del entierro.

Y cuando Ruth le dijo que el abogado de Guy iba a estar presente de todas formas -otro colega aburrido del hombre a quien tendrían que buscar asiento en el funeral-, pensó que era perfecto. Así tenía que ser. Por si su cuñada intentaba frustrar sus planes, Margaret había arrinconado al hombre mientras se metía un sandwich de cangrejo en la boca. La señora Brouard, le informó, quería que se leyera el testamento inmediatamente después de que el último de los asistentes se fuera de la recepción. Había traído el papeleo, ¿verdad? ¿Sí? Bien. ¿Y supondría algún problema repasar los detalles en cuanto tuvieran la intimidad para hacerlo? ¿No? Bien.

Así que ahora estaban todos reunidos. Pero Margaret no estaba contenta con los integrantes del grupo.

Evidentemente Ruth había echo algo más que llamar al abogado porque Margaret le había insistido. También se había asegurado de que una colección ominosa de individuos estuviera presente para escuchar las observaciones del hombre. Aquello sólo podía significar una cosa: que Ruth conocía los detalles del testamento y que éstos favorecían también a personas que no eran miembros de la familia. ¿Por qué si no se le había ocurrido invitar a unas personas prácticamente desconocidas para que acompañaran a la familia en una ocasión tan especial? E independientemente del cariño con el que Ruth los saludaba y acomodaba en el salón, eran desconocidos, que se definían -según el modo de pensar de Margaret- como gente que no estaba emparentada por sangre ni por matrimonio con el fallecido.

Anaïs Abbott y su hija estaban allí, la primera tan maquillada como el día anterior y la segunda igual de desgarbada y con los hombros igual de caídos. Lo único distinto en ellas era la ropa. Anaïs se las había ingeniado para embutirse en un traje negro cuya falda se curvaba alrededor de su pequeño trasero como el papel de celofán en un melón, mientras que Jemima se había puesto una torera que vestía con la misma gracia que un basurero llevaría un frac. Al parecer, el hijo hosco había desaparecido porque, mientras la gente se reunía en el salón de arriba, debajo de otra más de las aburridas representaciones bordadas de Ruth sobre la vida de un desplazado -al parecer, ésta tenía que ver con criarse en un orfanato…, como si ella hubiera sido el único niño que había tenido que pasar por aquello tras la guerra-, Anaïs no dejó de retorcerse las manos y de decirle a todo aquel que quisiera escucharla que “Stephen se ha marchado… Está desconsolado…”, y entonces volvían a llenársele los ojos de lágrimas en un despliegue irritante de eterna devoción por el fallecido.

Junto con los Abbott, estaban presentes los Duffy. Kevin -gerente de la finca, jardinero, encargado del mantenimiento de Le Reposoir y, al parecer, de lo que Guy necesitara en cada momento- estaba separado de todos junto a una ventana, donde observaba los jardines, cumpliendo con lo que evidentemente era su política de no hacer más que gruñirle a todo el mundo. Su mujer Valerie estaba sentada sola con las manos juntas sobre el regazo. Miraba alternativamente a su marido, a Ruth y al abogado mientras éste abría su maletín. En todo caso, parecía absolutamente desconcertada de estar incluida en esa ceremonia.

Y luego estaba Frank. A Margaret se lo habían presentado después del entierro. Frank Ouseley, le habían dicho, eterno soltero y gran amigo de Guy. Prácticamente su alma gemela, a decir verdad. Habían descubierto una pasión mutua por las cosas relacionadas con la guerra y gracias a ello habían establecido un vínculo afectivo, lo cual bastaba para que Margaret observara al hombre con recelo. Había sabido que él era quien estaba detrás del absurdo proyecto del museo. Él era la razón de que los millones de Guy, sabía Dios cuántos, tomaran una dirección que no era la de su hijo. A Margaret el hombre le pareció especialmente repugnante con un traje de tweed que le sentaba mal y fundas en los dientes frontales. También era rollizo, lo cual era otro punto en su contra. Las barrigas significaban glotonería, lo que significaba codicia.

Y en esos momentos estaba hablando con Adrián, que obviamente no tenía el sentido común de reconocer a un adversario cuando lo tenía delante respirando el mismo aire. Si las cosas se desarrollaban como Margaret comenzaba a temer en los siguientes treinta minutos más o menos, era muy posible que ella y su hijo tuvieran un desacuerdo legal con ese hombre regordete. Como mínimo, Adrián podría tener la sensatez de darse cuenta y guardar las distancias.

Margaret suspiró. Observó a su hijo y advirtió por primera vez lo mucho que se parecía a su padre. También vio que Adrián se esforzaba mucho por minimizar ese parecido: se rapaba el pelo para que los rizos de Guy no aparecieran, vestía mal y lucía un afeitado apurado para evitar la barba pulcramente recortada de Guy. Pero no podía hacer nada con los ojos, que eran igualitos a los de su padre: ojos seductores, los llamaban, sensuales y de párpados caídos. Y no podía hacer nada con su piel, más morena que la del inglés medio.

Se acercó a donde estaba su hijo, junto a la chimenea con el amigo de su padre. Entrelazó el brazo en el de él.

– Ven a sentarte conmigo, cariño -le dijo a Adrián-. ¿Puedo robárselo, señor Ouseley?

No hizo falta que Frank Ouseley respondiera porque Ruth había cerrado la puerta del salón, lo que indicaba que todas las partes relevantes estaban presentes. Margaret condujo a Adrián a un sofá que formaba parte de un grupo de asientos próximo a la mesa en la que el abogado de Guy -un hombre larguirucho llamado Dominic Forrest- había colocado sus papeles.

A Margaret no se le pasó por alto que todo el mundo intentaba fingir no estar a la expectativa. También su hijo, a quien había tenido que convencer para que asistiera a la reunión. Estaba sentado de cualquier manera, con el semblante inexpresivo y el cuerpo en una posición que declaraba lo poco que le importaba escuchar lo que su padre había previsto hacer con su dinero.

A Margaret le daba igual aquella actitud porque a ella sí le importaba. Así que cuando Dominic Forrest se puso las gafas de media luna y se aclaró la garganta, le dedicó toda su atención. El hombre se había asegurado de que Margaret supiera que aquella lectura formal del testamento era sumamente irregular. Era mucho mejor que los beneficiarios conocieran su herencia en un entorno privado que les permitiera asimilar la información y formular las preguntas que pudieran tener sin que se revelara lo delicado de su situación a individuos que no tenían ningún interés en su bienestar personal.

Margaret sabía que la traducción de aquella jerga legal era que el señor Forrest habría preferido reunirse con cada beneficiario por separado para cobrarle a cada uno individualmente. Qué repugnante.

Ruth estaba sentada al borde de un sillón Reina Ana cerca de Valerie. Kevin Duffy permaneció junto a la ventana, y Frank, junto a la chimenea. Anaïs Abbott y su hija se sentaron en un confidente mientras una se retorcía las manos y la otra intentaba colocar sus piernas de jirafa en algún lugar donde no molestaran demasiado.

El señor Forrest tomó asiento y sacudió los papeles con un movimiento de muñeca. La última voluntad y testamento del señor Brouard, comenzó, estaba escrito, firmado y atestiguado el dos de octubre del presente año. Era un documento sencillo.

A Margaret no le gustaba demasiado cómo se estaban desarrollando las cosas. Se armó de valor para escuchar unas noticias que, potencialmente, eran menos que buenas. Al final, resultó que había sido una actitud sensata por su parte, porque el señor Forrest enseguida reveló que toda la fortuna de Guy consistía en una única cuenta corriente y una cartera de valores. La cuenta y la cartera, conforme a las leyes de sucesión de los estados de Guernsey -significara lo que significase eso-, iban a dividirse en dos partes. La primera, una vez más conforme a las leyes de sucesión de los estados de Guernsey, iba a repartirse en partes iguales entre los tres hijos de Guy. En cuanto a la segunda parte, una mitad iría a parar a Paul Fielder y la otra, a Cynthia Moullin.

De Ruth, querida hermana y compañera durante toda la vida del fallecido, no se hacía mención alguna. Pero teniendo en cuenta las propiedades de Guy en Inglaterra, Francia, España y las Seychelles, teniendo en cuenta sus sociedades internacionales, acciones, bonos, obras de arte -por no mencionar la propia Le Reposoir-, a los cuales no se hacía referencia alguna en el testamento, no resultaba difícil ver de qué manera Guy Brouard había dejado claros sus sentimientos por sus hijos mientras se ocupaba simultáneamente de su hermana. Santo cielo, pensó Margaret débilmente. Debía de haberle dejado todo en vida a Ruth.

La conclusión de la lectura del señor Forrest fue recibida con un silencio que al principio fue de asombro y que sólo Margaret transformó lentamente en ira. Lo primero que pensó fue que Ruth había orquestado todo aquello para humillarla. Ella nunca le había caído bien a Ruth. Nunca, nunca, nunca, nunca le había caído bien. Y durante los años en que Margaret había mantenido a su hijo alejado de Guy, no cabía duda de que Ruth había desarrollado verdadero odio por ella. Qué auténtico placer le proporcionaría este momento en el que presenciaba cómo Margaret Chamberlain se llevaba su merecido: no sólo había recibido un duro golpe al saber que el patrimonio de Guy no era el que parecía, sino que también había visto que su hijo recibía una parte menor de ese patrimonio que dos absolutos desconocidos llamados Fielder y Moullin.

Margaret se giró hacia su cuñada, dispuesta a batallar. Pero vio en el rostro de Ruth una verdad que no quería creer. Estaba tan pálida que tenía los labios blancos, su expresión ilustraba mejor que nada que el testamento de su hermano no era el que había esperado. Pero había más información que ésa contenida en la expresión de Ruth y en su invitación a los demás a escuchar la lectura del testamento. En efecto, esos dos hechos llevaron a Margaret a una conclusión ineluctable: Ruth no sólo conocía la existencia de un testamento anterior, sino que también conocía el contenido del mismo.

¿Por qué si no invitar a la amante más reciente de Guy? ¿Y a Frank Ouseley? ¿Y a los Duffy? Sólo podía haber una razón: Ruth los había invitado de buena fe porque en su momento Guy les había dejado un legado.

Un legado, pensó Margaret. El legado de Adrián. El legado de su hijo. Al darse cuenta de lo que había ocurrido en realidad, le pareció que un fino velo rojo le tapaba la vista. Que su hijo Adrián no recibiera lo que le correspondía… Que fuera eliminado, de hecho, del testamento de su padre, pese a los tejemanejes increíbles de Guy para que pareciera que no… Que lo colocaran en la posición humillante de recibir menos que dos personas -Fielder y Moullin, fueran quienes fuesen- que aparentemente no tenían ninguna relación con Guy… Que, obviamente, la gran mayoría de las posesiones de su padre ya se hubieran repartido… Que, por lo tanto, no recibiera literalmente nada del hombre que le había dado la vida y luego lo había abandonado sin luchar y luego, al parecer, no había sentido nada por ese abandono y luego había sellado el rechazo que implicaba ese abandono tirándose a la novia de su hijo cuando la novia estaba a punto -sí, a punto- de adoptar el compromiso que hubiera cambiado su vida para siempre y lo hubiera convertido en una persona completa al fin… Era inconcebible. El acto en sí mismo era inmoral. Y alguien iba a pagar por ello.

Margaret no sabía cómo ni quién. Pero estaba decidida a poner las cosas en orden.

Eso significaba, primero, quitar el dinero a los dos completos desconocidos a quienes su ex marido había dejado su herencia. ¿Y quiénes eran? ¿Dónde estaban? Y lo más importante, ¿qué relación tenían con Guy?

Había dos personas que, evidentemente, conocían la respuesta a estas preguntas. Dominic Forrest era una de ellas; el abogado estaba guardando sus papeles en el maletín y comentando no sé qué sobre peritos contables y extractos bancarios y corredores de bolsa y cosas por el estilo. Y la otra era Ruth; la hermana se había acercado a Anaïs Abbott y le murmuraba algo al oído. Margaret sabía que era improbable que Forrest soltara más información de la que les había dado durante la lectura del testamento. Pero Ruth, como cuñada suya y -lo que era crucial- tía de Adrián, que había sido utilizado miserablemente por su padre… Sí, Ruth se mostraría comunicativa con los hechos cuando la abordara correctamente.

Margaret se dio cuenta de que, a su lado, Adrián estaba temblando, y volvió en sí bruscamente. Había estado tan absorta en sus pensamientos sobre qué iba a hacer ahora, que ni siquiera había considerado el impacto que aquel momento estaría teniendo seguramente en su hijo. Dios sabía que la relación de Adrián con su padre había sido difícil, puesto que Guy prefirió descaradamente coleccionar relaciones sexuales antes que crear un vínculo estrecho con su hijo mayor. Pero que lo trataran así era cruel, mucho más cruel que tener una vida sin influencia paterna. Y ahora sufría por ello.

Así que se volvió hacia él, dispuesta a decirle que aquello no era el final de nada, dispuesta a señalar que había vías legales, recursos, formas de arreglar o manipular o amenazar, pero en cualquier caso, formas de conseguir lo que uno quería, así que no tenía que preocuparse ni tenía que creer que los términos del testamento de su progenitor significaban más que un momento de locura de su padre inspirado por Dios sabía qué… Estaba dispuesta a decírselo, dispuesta a pasarle el brazo alrededor del hombro, dispuesta a levantarle el ánimo y traspasarle su fuerza. Pero vio que nada de eso sería necesario.

Adrián no lloraba. Ni siquiera estaba ensimismado.

El hijo de Margaret se reía en silencio.

Valerie Duffy había vivido la lectura del testamento con preocupación por más de un motivo, y la conclusión del acto sólo mitigó una de sus preocupaciones. Le angustiaba perder su casa y su sustento, algo que había temido que sucediera tras la muerte de Guy Brouard. Pero el hecho de que en el testamento no se mencionara Le Reposoir sugería que ya se había tratado el tema de la finca en otro momento, y Valerie tenía bastante claro a quién se había asignado ahora su cuidado y titularidad. Eso significaba que ella y Kevin no se quedarían en la calle sin trabajo inmediatamente, lo cual era un alivio enorme.

Sin embargo, el resto de las preocupaciones de Valerie persistieron. Estaban relacionadas con la taciturnidad natural de Kevin, que, por lo general, no la inquietaba, pero que ahora la tenía desconcertada.

Ella y su marido cruzaron los jardines de Le Reposoir, dejando la mansión tras ellos, en dirección a su casa. Valerie había visto la variedad de reacciones en los rostros de las personas reunidas en el salón y leído en cada uno de ellos sus esperanzas truncadas. Anaïs Abbott confiaba en la exhumación económica de la tumba que se había cavado ella misma al intentar conservar a su hombre. Frank Ouseley preveía un legado suficientemente cuantioso para construir un monumento a su padre. Margaret Chamberlain esperaba que su hijo recibiera suficiente dinero para que se marchara para siempre de su casa. ¿Y Kevin…? Bueno, era evidente que Kevin estaba pensando en muchas cosas, la mayoría de las cuales no tenían nada que ver con testamentos ni legados, así que había entrado en el salón sin la desventaja de un lienzo lleno en el que había pintado sus aspiraciones.

Lo miró, sólo una ojeada rápida mientras caminaba a su lado. Sabía que a su marido no le parecería natural que no hiciera ningún comentario, pero Valerie quería ser prudente respecto a cuanto decía. Había cosas de las que uno no soportaba hablar.

– ¿Crees que tendríamos que llamar a Henry, entonces? -le preguntó por fin a su marido.

Kevin se aflojó la corbata y se desabrochó el botón de arriba de la camisa. No estaba acostumbrado al tipo de ropa que la mayoría de los hombres lleva con comodidad.

– Supongo que lo sabrá pronto. Seguro que a la hora de cenar media isla ya se habrá enterado.

Valerie esperó a que siguiera hablando, pero no dijo nada más. Quería sentirse aliviada, pero el que no la mirara le decía que tenía la cabeza en otra parte.

– Pero me pregunto cómo reaccionará -dijo Valerie.

– ¿En serio, cariño? -le preguntó Kevin.

Lo dijo en voz baja, así que Valerie apenas le oyó, pero le bastó el tono para estremecerse.

– ¿Por qué me preguntas eso, Kev? -dijo con la esperanza de que se viera obligado a hablar.

– Lo que la gente dice que hará y lo que acaba haciendo en realidad a veces son cosas distintas, ¿verdad? -Kevin la miró.

El estremecimiento de Valerie se convirtió en un escalofrío permanente. Notó que le subía por las piernas y le atravesaba el estómago, donde se enroscó como un gato pelado y se acomodó allí, pidiéndole que hiciera algo al respecto. Esperó a que su marido introdujera el tema obvio en que seguramente estarían pensando todos los presentes en el salón o del que estarían hablando con otra persona. Como no lo hizo, dijo:

– Henry estaba en el funeral, Kev. ¿Has hablado con él? También ha venido al entierro, y a la recepción. ¿Le has visto? Supongo que eso significa que él y el señor Brouard fueron amigos hasta el final. Lo cual es bueno, creo. Porque sería terrible que el señor Brouard hubiera muerto enfadado con alguien, y en particular con Henry. Henry no querría que una fisura en su amistad atormentara su conciencia, ¿verdad?

– No -dijo Kevin-. Una conciencia atormentada es algo repugnante. No te deja dormir por las noches. Hace que te resulte difícil pensar en otra cosa que no sea lo que hiciste para tener mala conciencia. -Dejó de caminar, y Valerie también se detuvo. Se quedaron parados en el césped. Sopló una ráfaga de viento repentina procedente del canal que llevaba consigo el aire salado y también el recuerdo de lo que había sucedido en la bahía.

– ¿Tú crees, Val -dijo Kevin después de treinta segundos eternos en los que Valerie no contestó a su comentario-, que a Henry le va a sorprender el testamento?

Ella apartó la mirada, sabiendo que los ojos de Kevin seguían clavados en ella y que intentaba hacerla hablar. Normalmente su marido podía sonsacarle lo que fuera, porque a pesar de los veintisiete años que llevaban casados, le quería igual que el primer día, cuando desnudó su cuerpo deseoso y amó ese cuerpo con el suyo. Conocía el valor verdadero que suponía tener este tipo de celebración con un hombre, y el miedo a perderlo la empujaba a hablar y pedir perdón a Kevin por lo que había hecho, a pesar de haber prometido no hacerlo nunca por el infierno que desataría si lo hacía.

Pero la fuerza de la mirada de Kevin sobre ella no bastó. La llevó al borde, pero no pudo lanzarla a la destrucción. Se quedó callada, lo cual le obligó a continuar.

– No veo por qué no iba a sorprenderle, ¿tú sí? Todo esto es tan raro, que pide a gritos preguntas y respuestas. Y si no pregunta él… -Kevin miró en dirección al estanque de los patos, donde el pequeño cementerio albergaba los cuerpos rotos de aquellos pájaros inocentes-. Para un hombre hay demasiadas cosas que significan poder y, cuando le arrebatan ese poder, no lo lleva bien. Porque no puede reírse como si no le importara, ¿comprendes? No puede decir: “Bueno, no significaba tanto, ¿verdad?”. No si un hombre sabe cuál es su poder. Y tampoco si lo ha perdido.

Valerie hizo que Kevin siguiera caminando, resuelta a no dejarse atrapar por la mirada de su marido, clavada en una cajita como una mariposa cazada, con la etiqueta “mujer rechazada” debajo.

– ¿Crees que es eso lo que pasó, Kev? ¿Que alguien perdió su poder? ¿Crees que se trata de eso?

– No lo sé -contestó él-. ¿Y tú?

Una mujer tímida habría dicho: “¿Por qué debería…?”, pero el último atributo que poseía Valerie era ser tímida. Sabía exactamente por qué su marido le hacía esa pregunta y sabía adonde los conduciría si le contestaba directamente: a examinar las promesas hechas y discutir las explicaciones planteadas.

Pero más allá de las cosas que Valerie no quería tratar en ninguna conversación con su marido, estaban sus propios sentimientos, que ahora también debía tener en cuenta. Porque no era fácil vivir sabiendo que seguramente eras responsable de la muerte de un buen hombre. Seguir con tu vida cotidiana con eso en la cabeza ya era complicado. Tener que enfrentarse a que alguien más aparte de ti conociera tu responsabilidad convertía el peso en insufrible. Así que no podía hacerse nada salvo eludir el tema y no hablar claro. A Valerie le parecía que cualquier movimiento que hiciera supondría una pérdida, un corto viaje en el largo camino de los pactos rotos y las responsabilidades no asumidas.

Deseaba más que nada en el mundo poder dar marcha atrás en el tiempo. Pero no podía hacerlo. Así que siguió caminando con decisión hacia la casa, donde al menos los dos tenían trabajo que hacer, algo para alejar la mente del abismo que crecía rápidamente entre ellos.

– ¿Has visto a ese hombre hablando con la señora Brouard -le preguntó Valerie a su marido-, el hombre de la pierna mala? Ha subido con él arriba. Nunca lo había visto por aquí, así que me preguntaba… ¿Podría ser su médico? No se encuentra bien. Ya lo sabes, ¿verdad, Kev? Ha intentado ocultarlo, pero ahora está peor. Ojalá hablara de ello. Así podría ayudarla más. Entiendo que no dijera una palabra mientras él estaba vivo; no querría preocuparle, ¿no? Pero ahora que no está… Podríamos hacer mucho por ella, tú y yo, Kev. Si nos dejara.

Salieron del césped y cruzaron una sección del sendero que rodeaba su casa. Se acercaron a la puerta, con Valerie delante. Habría entrado directamente y colgado el abrigo y empezado con su trabajo, pero la siguiente frase de Kevin se lo impidió.

– ¿Cuándo vas a dejar de mentirme, Val?

Las palabras encerraban justo el tipo de pregunta que tendría que haber respondido en alguna otra ocasión. Implicaban tantas cosas sobre la naturaleza cambiante de su relación, que en cualquier otra circunstancia el único modo de refutar esa deducción habría sido darle a su marido lo que le pedía. Pero en la situación actual, Valerie no tuvo que hacerlo porque, mientras Kevin hablaba, el mismo hombre al que se había referido hacía un momento apareció por entre los arbustos que marcaban el camino a la bahía.

Lo acompañaba una mujer pelirroja. Los dos vieron a los Duffy y, tras intercambiar unas palabras rápidas entre ellos, se acercaron inmediatamente. El hombre dijo que se llamaba Simón Saint James y presentó a la mujer, que era su esposa, Deborah. Habían venido de Londres para asistir al funeral, les explicó, y preguntó a los Duffy si podía hablar con ellos.

El más reciente de los analgésicos -al que su oncólogo había llamado “la última cosa” que iban a probar- ya no tenía el poder de mitigar el dolor brutal que Ruth sentía en los huesos. Había llegado el momento en que, obviamente, había que pasar a las grandes dosis de morfina, pero se trataba del momento físico. El momento mental, definido por el instante en que admitiera la derrota de sus esfuerzos por controlar el modo en que acabaría su vida, aún no había llegado. Hasta que lo hiciera, Ruth estaba decidida a seguir adelante como si la enfermedad no estuviera destrozándole el cuerpo como un ejército de vikingos invasores que había perdido a su líder.

Se había despertado aquella mañana con una agonía intensa que no disminuyó a lo largo del día. A primera hora, había estado tan concentrada en llevar a cabo las obligaciones para con su hermano, su familia, sus amigos y la comunidad, que pudo olvidar el dominio que ejercía el dolor en la mayor parte de su cuerpo. Pero a medida que la gente se despedía, cada vez le resultó más difícil no hacer caso a aquello que intentaba llamar su atención de una forma tan vehemente. La lectura del testamento había ofrecido a Ruth una distracción momentánea de la enfermedad. Lo que siguió a la lectura del testamento continuó proporcionándosela.

Afortunada y sorprendentemente, el intercambio de palabras que mantuvo con Margaret fue breve.

– Me ocuparé del resto de este lío después -afirmó su cuñada, con la expresión de una mujer en presencia de carne rancia, su cuerpo tenso por la rabia-. Por ahora, quiero saber quién diablos son.

Ruth sabía que se refería a los dos beneficiarios del testamento de Guy que no eran sus hijos. Le dio a Margaret la información que quería y observó cómo se marchaba rápidamente de la estancia para iniciar una batalla que Ruth sabía muy bien que iba a ser de lo más incierta.

Aquello dejó a Ruth con los demás. Sorprendentemente, Frank Ouseley estaba tranquilo. Cuando se acercó a él para ofrecerle una explicación nerviosa y decirle que seguro que podrían hacer algo porque Guy había expresado con claridad sus sentimientos respecto al museo de la guerra, Frank contestó:

– No te preocupes, Ruth. -Y se despidió de ella sin el más mínimo rencor. Pero estaría decepcionado, teniendo en cuenta el tiempo y el esfuerzo que él y Guy habían dedicado al proyecto de la isla, así que antes de que se marchara, Ruth le dijo que no pensara que la situación era desesperada, que ella estaba convencida de que algo podría hacerse para que sus sueños pudieran cumplirse. Guy sabía lo mucho que significaba el proyecto para Frank y sin duda tenía pensado… Pero no pudo decir más. No podía traicionar a su hermano ni sus deseos porque aún no comprendía lo que había hecho o por qué lo había hecho.

Frank tomó su mano en las suyas y le dijo:

– Ya habrá tiempo para pensar en todo esto más tarde. No te preocupes por eso ahora.

Luego se marchó, dejándola que se ocupara de Anais.

“Estado de choque” era la expresión que le vino a la mente a Ruth cuando por fin se quedó a solas con la novia de su hermano. Anaïs estaba paralizada en el mismo confidente que había ocupado durante la lectura del testamento que había hecho Dominic Forrest; no había cambiado de posición y la única diferencia era que ahora estaba sentada allí sola. La pobre Jemima estaba tan impaciente por marcharse, que cuando Ruth murmuró: “Quizá encuentres a Stephen por los jardines, cielo…”, uno de sus grandes pies quedó atrapado en el borde de una otomana y casi tropezó con una mesa pequeña debido a las prisas por irse. Era una actitud comprensible. Jemima conocía bastante bien a su madre y seguramente preveía lo que se le iba a pedir en forma de devoción filial durante las próximas semanas. Anaïs necesitaría una confidente y un chivo expiatorio. El tiempo diría qué papel iba a jugar su larguirucha hija.

Así que ahora Ruth y Anaïs estaban solas y Anaïs tiraba del borde de un pequeño cojín del confidente. Ruth no sabía qué decirle. Su hermano había sido un hombre bueno y generoso a pesar de sus debilidades y anteriormente había recordado a Anaïs Abbott y sus hijos en su testamento de un modo que habría aliviado su angustia con creces. En efecto, así se había comportado Guy con sus mujeres. Cada vez que tenía una novia nueva durante un período superior a tres meses, cambiaba su testamento para reflejar hasta qué punto él y ella estaban entregados el uno al otro. Ruth lo sabía porque Guy siempre había sentido la necesidad de compartir con ella el contenido de su testamento. A excepción de este último y más reciente documento, Ruth los había leído en presencia de Guy y de su abogado, porque Guy siempre había querido asegurarse de que Ruth comprendía cómo quería que se repartiera su dinero.

El último testamento que Ruth había leído había sido redactado unos seis meses después de que su hermano iniciara su relación con Anaïs Abbott, poco después de que regresaran de Cerdeña, donde al parecer habían hecho poco más aparte de explorar todas las variantes de lo que un hombre y una mujer podían hacerse el uno al otro con sus respectivos cuerpos. Guy había regresado de ese viaje con la mirada vidriosa y le había dicho: “Es la definitiva, Ruth”, y esta creencia optimista había quedado reflejada en su testamento. Esa era la razón por la que Ruth le había pedido a Anaïs que estuviera presente, y por la expresión de su rostro vio que Anaïs creía que Ruth lo había hecho por maldad.

Ruth no sabía qué sería peor ahora mismo: permitir que Anaïs creyera que abrigaba tal deseo de herirla que permitiría que se truncaran todas sus esperanzas en público, o decirle que había un testamento anterior en el que las cuatrocientas mil libras que le dejaba Guy habrían sido la respuesta a su dilema actual. Tendría que ser la primera alternativa, decidió Ruth. Porque aunque no quería ser la destinataria de la antipatía de nadie, decirle a Anaïs que existía un testamento anterior probablemente supondría tener que hablar de por qué Guy lo había cambiado.

Ruth se sentó en el confidente.

– Anaïs, lo lamento muchísimo -dijo-. No sé qué más decir.

Anaïs volvió la cabeza como si recuperara lentamente la conciencia.

– Si quería dejar su dinero a unos adolescentes -dijo-, ¿por qué no a los míos: Jemima, Stephen? ¿Acaso solamente pretendía…? -Apretó el cojín contra su estómago-. ¿Por qué me ha hecho esto, Ruth?

Ruth no sabía qué explicación dar. Anaïs ya estaba bastante destrozada en este momento. Parecía inhumano destrozarla aún más.

– Creo que tenía que ver con el hecho de que Guy hubiera perdido a sus propios hijos, cielo. Por culpa de sus madres. Por los divorcios. Creo que veía a estos otros chicos como una forma de volver a ser padre cuando ya no podía ser un padre para los suyos.

– ¿Y los míos no eran suficiente para él? -preguntó Anaïs-. ¿Mi Jemima? ¿Mi Stephen? ¿Eran menos importantes? Es tan incoherente que esos dos chicos prácticamente desconocidos…

– Para Guy no lo eran -la corrigió Ruth-. Conocía a Paul Fielder y a Cynthia Moullin desde hacía años. -”Más años que a ti, más años que a tus hijos, quiso añadir”, pero no lo hizo porque necesitaba que esta conversación terminara antes de que se adentraran en un terreno que no pudiera cubrir. Dijo-: Ya conoces el AAPG, Anaïs. Ya sabes lo implicado que estaba Guy en su papel de mentor.

– Y se introdujeron en su vida, ¿verdad? Siempre con la esperanza… Se introdujeron en ella, vinieron aquí y echaron un buen vistazo y vieron que si jugaban bien sus cartas, tendrían la posibilidad de que les dejara algo. Eso es. Es lo que pasó. Eso es. -Tiró el cojín a un lado.

Ruth escuchó y observó. Le maravilló la capacidad de Anaïs para autoengañarse. Estuvo tentada de decir: “¿Y no es lo mismo que pretendías tú, querida? ¿Acaso te ataste a un hombre casi veinticinco años mayor que tú por devoción ciega? Me parece que no, Anaïs”. Pero en lugar de eso, dijo:

– Creo que confiaba en que Jemima y Stephen tendrían una buena vida bajo tu protección. Pero los otros dos… No tenían las mismas ventajas con las que tus hijos han sido bendecidos. Quería ayudarlos.

– ¿Y yo? ¿Qué tenía pensado para mí?

“Ah -pensó Ruth-. Ahora hemos llegado a la verdadera cuestión.” Pero no estaba dispuesta a responder a la pregunta de Anaïs.

– Lo siento muchísimo, querida -fue lo único que dijo.

A lo que Anaïs respondió:

– Oh, sí, imagino que sí. -Miró a su alrededor como si se hubiera despertado del todo, asimilando el entorno como si lo viera por primera vez. Recogió sus pertenencias y se levantó.

Se dirigió hacia la puerta. Pero allí se detuvo y se dio la vuelta hacia Ruth-. Me hizo promesas -dijo-. Me dijo cosas, Ruth. ¿Me mintió?

Ruth respondió lo único que consideraba seguro contestarle a la otra mujer:

– Me consta que mi hermano nunca mentía.

Y nunca lo había hecho, ni una sola vez, a ella no. “Sois forte -le había dicho-. Ne crains rien. Je reviendrai te chercher, petite soeur.” Y había hecho honor a esa promesa: volvió a buscarla al orfanato, donde la había enviado un país atribulado para el que dos niños refugiados de Francia significaban sólo dos bocas más que alimentar, dos hogares más que encontrar, dos futuros más que dependían de que aparecieran unos padres agradecidos que fueran a buscarlos. Cuando esos padres no vinieron y el mundo entero conoció la gran barbaridad de lo que había ocurrido en los campos, Guy había aparecido. Había jurado vehementemente, superando su propio terror, que cela n'a d'importance, d'ailleurs rien n'a d'importance para mitigar el miedo de su hermana. Se había pasado la vida demostrando que podían sobrevivir sin padres -incluso sin amigos si era necesario- en una tierra que no habían reclamado para sí, sino que les habían impuesto. Por tanto, Ruth nunca vio ni nunca había visto a su hermano como un mentiroso, a pesar de saber que tuvo que serlo, que tuvo que crear una red virtual de engaños para traicionar a dos esposas y a un montón de amantes mientras pasaba de una mujer a otra.

Cuando Anaïs se marchó, Ruth reflexionó sobre el tema. Lo ponderó a la luz de las actividades de Guy en los últimos meses. Se dio cuenta de que si le había mentido aunque fuera por omisión -como había sucedido con el nuevo testamento del que desconocía su existencia-, también podía haberle mentido respecto a otras cosas.

Se levantó y fue al estudio de Guy.

Capítulo 11

– Y está segura de lo que vio esa mañana? -preguntó Saint James-. ¿ Qué hora era cuando la chica pasó por delante de su casa?

– Poco antes de las siete -contestó Valerie Duffy.

– No era completamente de día, entonces.

– No. Pero me había acercado a la ventana.

– ¿Por qué?

La mujer se encogió de hombros.

– El té de la mañana. Kevin aún no se había levantado… Simplemente estaba allí, organizando el día en mi cabeza, como hace la gente.

Estaban en el salón de la casa de los Duffy, adonde Valerie los había conducido mientras Kevin desaparecía en la cocina unos minutos para poner agua a hervir para un té. Se quedaron sentados hasta que regresó a la sala de techo bajo, entre estanterías con álbumes de fotos, libros de arte enormes y todos los vídeos de la hermana Wendy. Supondría un gran esfuerzo para aquella estancia acoger a cuatro personas, en el mejor de los casos. Con más libros amontonados en el suelo y varias pilas de cajas de cartón a lo largo de las paredes -por no mencionar las numerosas fotos familiares que había por todas partes-, la presencia humana resultaba abrumadora, igual que la prueba -si hacía falta alguna- de la sorprendente formación de Kevin Duffy. No era de esperar que el encargado-manitas de la finca estuviera licenciado en historia del arte, y tal vez aquélla fuera la razón por la que, además de fotos familiares, en las paredes también colgaban los títulos universitarios de Kevin y varios retratos del licenciado mucho más joven y sin su esposa.

– Los padres de Kev creían que la finalidad de la educación es la educación en sí misma -había dicho Valerie como respondiendo a una pregunta obvia y tácita-. No creían que tuviera que desembocar necesariamente en un trabajo.

Ninguno de los Duffy cuestionó la llegada de Saint James o su derecho a hacer preguntas sobre la muerte de Guy Brouard. Después de explicarles a qué se dedicaba y entregarles su tarjeta para que la examinaran, estuvieron dispuestos a hablar con él. Tampoco preguntaron por qué le acompañaba su mujer, y Saint James no dijo nada para señalar que la presunta asesina inculpada era una buena amiga de Deborah.

Valerie les contó que, por lo general, se levantaba a las seis y media de la mañana para prepararle el desayuno a Kevin antes de dirigirse a la mansión y ocuparse de la comida de los Brouard. Al señor Brouard, les explicó, le gustaba tomar un desayuno caliente cuando volvía de la bahía, así que esa mañana en particular se levantó a la hora habitual, a pesar de haberse acostado tarde la noche anterior. El señor Brouard le había comentado que iría a nadar como hacía siempre y, fiel a su palabra, pasó por delante de la ventana mientras ella estaba allí de pie con su té. Menos de medio minuto después, vio una figura con una capa oscura que le seguía.

– ¿La capa tenía capucha? -quiso saber Saint James.

– Sí.

– ¿Y la persona en cuestión llevaba la capucha puesta o no?

– Puesta -dijo Valerie Duffy. Pero aquello no le había impedido verle la cara, porque había pasado bastante cerca de la luz que salía de la ventana, lo que le había facilitado distinguirla.

– Era la chica americana -dijo Valerie-. Estoy segura. Vi su pelo un momento.

– ¿No había nadie más que fuera aproximadamente de su misma estatura? -preguntó Saint James.

– Nadie más -contestó Valerie.

– ¿Ninguna otra rubia? -intervino Deborah.

Valerie les aseguró que había visto a China River. Y no le causó sorpresa, les dijo. China River y el señor Brouard habían sido uña y carne durante la estancia de ella en Le Reposoir. El señor Brouard siempre andaba conquistando a las mujeres, naturalmente, pero con la mujer americana las cosas fueron deprisa incluso para él.

Saint James vio que su esposa fruncía el ceño al oír aquello, y él también tenía sus dudas respecto a aceptar las palabras de Valerie Duffy. Había algo desconcertante en la tranquilidad de sus respuestas. Y había algo más que no podían obviar en la forma como evitaba mirar a su marido.

Deborah fue la que preguntó educadamente:

– ¿Usted llegó a ver algo de todo esto, señor Duffy?

Kevin Duffy permanecía en silencio entre las sombras. Estaba apoyado en una de las estanterías con la corbata aflojada, y su rostro moreno era impenetrable.

– Por lo general, Val se levanta antes que yo -dijo secamente.

Por lo tanto, supuso Saint James, tenían que entender que no había visto nada. Sin embargo, le preguntó:

– ¿Y ese día en particular?

– Lo mismo de siempre -contestó Kevin Duffy.

– ¿Uña y carne en qué sentido? -preguntó Deborah a Valerie, y cuando la otra mujer la miró sin comprender, se explicó-: Ha dicho que China River y el señor Brouard eran uña y carne. Me preguntaba en qué sentido.

– Salían por ahí. A ella le gustaba bastante la finca y quería fotografiarla. El quería mirar. Y luego la llevó por la isla. Mostró mucho interés por enseñarle el lugar.

– ¿Qué hay de su hermano? -preguntó Deborah-. ¿No los acompañaba?

– A veces sí; otras se quedaba por aquí, o salía solo. A ella, la chica americana, parecía gustarle que fuera así. Así estaban solos los dos, ella y el señor Brouard. Pero no me sorprendió nada. Se le daban bien las mujeres.

– Pero el señor Brouard ya tenía pareja, ¿no? -preguntó Deborah-. La señora Abbott.

– Siempre tenía pareja y no siempre durante mucho tiempo. La señora Abbott sólo era la última. Entonces apareció la americana.

– ¿Había alguien más? -preguntó Saint James.

Por algún motivo, el aire pareció espesarse momentáneamente con esta pregunta. Kevin Duffy cambió de posición, y Valerie se alisó la falda con un movimiento deliberado.

– Nadie que yo sepa -contestó.

Saint James y Deborah se miraron. Saint James vio en el rostro de su mujer el reconocimiento de que la investigación tenía que tomar otra dirección, y él no discrepaba. Sin embargo, no podían obviar el hecho de que tenían delante a otro testigo que aseguraba haber visto a China River siguiendo a Guy Brouard hacia la bahía, y un testigo mucho más creíble que Ruth Brouard, teniendo en cuenta la distancia insignificante que separaba la casa del sendero de la bahía.

– ¿Le ha contado algo de todo esto al inspector en jefe Le Gallez? -le preguntó a Valerie.

– Se lo he contado todo.

Saint James se preguntó qué significaba, si significaba algo, que ni Le Gallez ni el abogado de China River le hubieran comunicado aquella información.

– Hemos encontrado algo que tal vez pueda identificar -le dijo, y sacó de su bolsillo el pañuelo en el que había envuelto el anillo que Deborah había recogido de entre las rocas. Desdobló el tejido y le ofreció el anillo primero a Valerie y luego a Kevin Duffy. Ninguno de los dos reaccionó al verlo.

– Parece de la guerra -dijo Kevin-. De la ocupación. Una especie de anillo, supongo. Calavera y dos huesos cruzados. Los he visto antes.

– ¿Anillos así? -preguntó Deborah.

– Me refería a la calavera y los huesos cruzados -contestó Kevin. Lanzó una mirada a su mujer-. ¿Conoces a alguien que tenga uno, Val?

Ella negó con la cabeza mientras examinaba el anillo en la palma de Saint James.

– Es un recuerdo, ¿verdad? -le dijo a su marido, y luego a Saint James o a Deborah-: Por la isla hay muchas cosas de éstas. Podría haber salido de cualquier parte.

– ¿Por ejemplo? -preguntó Saint James.

– De tiendas de antigüedades militares, por ejemplo -dijo Valerie-. De la colección privada de alguien, tal vez.

– O del dedo de algún gamberro -señaló Kevin Duffy-. ¿La calavera y los huesos cruzados? Es lo típico que un gamberro del Frente Nacional iría enseñando a sus colegas. Para sentirse como un verdadero hombre, ya sabe. Pero es demasiado grande, no se dio cuenta y se le cayó.

– ¿Podría haber salido de algún otro sitio? -preguntó Saint James.

Los Duffy lo pensaron. Se lanzaron otra mirada. Valerie fue quien dijo lenta y pensativamente:

– No se me ocurre ninguno.

Al entrar con su coche en Fort Road, Frank Ouseley sintió que iba a tener un ataque de asma. No estaba lejos de Le Reposoir y, como en realidad no había estado expuesto a nada que pudiera alterarle los bronquios, tuvo que llegar a la conclusión de que estaba reaccionando por adelantado a la conversación que se disponía a mantener.

Ni siquiera se trataba de un diálogo necesario. Frank no tenía ninguna responsabilidad en cómo había pensado repartir Guy Brouard su dinero en el caso de morir, ya que el hombre nunca le había pedido consejo al respecto. Así que él no tenía por qué encargarse de dar malas noticias a nadie, puesto que dentro de pocos días el contenido del testamento sin duda iba a ser de dominio público, dada la naturaleza de los chismorreos en una isla. Pero todavía sentía una lealtad que tenía sus raíces en sus años de profesor. Sin embargo, no le entusiasmaba lo que tenía que hacer, y la tensión que notaba en el pecho era un reflejo de ello.

Cuando se detuvo en la casa de Fort Road, cogió el inhalador de la guantera y lo utilizó. Esperó un momento hasta que cesó la tensión y entonces vio que, en medio del prado al otro lado de la calle, un hombre alto y delgado y dos niños jugaban a fútbol en el césped. A ninguno se le daba demasiado bien.

Frank se bajó del coche y salió a un viento suave y frío. Se puso el abrigo con dificultad y cruzó al prado. Los árboles que flanqueaban el extremo opuesto estaban bastante pelados en esta zona más alta y expuesta de la isla. Recortadas en el cielo gris, sus ramas se movían como los brazos de un suplicante, y los pájaros se apiñaban en ellas como si observaran a los que jugaban a fútbol.

Frank intentó preparar sus primeras palabras a medida que se acercaba a Bertrand Debiere y sus hijos. Al principio Nobby no lo vio; tanto mejor, porque Frank sabía que seguramente su rostro transmitía lo que su lengua era reacia a revelar.

Los dos niños estaban exultantes de alegría por acaparar toda la atención de su padre. La cara de Nobby, tan a menudo marcada por la angustia, estaba momentáneamente relajada mientras jugaba con ellos, chutando la pelota suavemente en su dirección y dándoles ánimos cuando los niños intentaban devolvérsela. Frank sabía que el mayor tenía seis años; llegaría a ser tan alto como su padre y seguramente igual de desgarbado. El menor sólo tenía cuatro años y era alegre, corría en círculos y agitaba los brazos cuando el balón iba hacia su hermano. Se llamaban Bertrand y Norman, seguramente no eran los mejores nombres para unos niños en esta época; pero no serían conscientes de ello hasta que lo aprendieran en el colegio y comenzaran a suplicar tener un apodo que indicara una aceptación mayor que la que su padre había recibido a manos de sus compañeros de estudios.

Frank se dio cuenta de que, en gran parte, ésa era la razón por la que había ido a visitar a su ex alumno: la adolescencia de Nobby había sido complicada, y él no había hecho todo lo posible para allanarle el camino.

Bertrand hijo fue el primero en verle. Se detuvo a punto de chutar y miró a Frank, con el gorro amarillo de punto calado en la cabeza de forma que le cubría todo el pelo y sólo se le veían los ojos. Por su lado, Norman utilizó el momento para tirarse al suelo y rodar por la hierba como un perro sin atar.

– ¡Lluvia, lluvia, lluvia! -gritó por alguna razón y agitó las piernas en el aire.

Nobby se dio la vuelta hacia la dirección en la que miraba su hijo mayor. Al ver a Frank, cogió la pelota que por fin Bertrand hijo había logrado chutar y se la lanzó de nuevo diciendo:

– Vigila a tu hermano pequeño, Bert. -Y fue a reunirse con Frank mientras Bertrand hijo se tiraba de inmediato encima de su hermano y empezaba a hacerle cosquillas por el cuello.

Nobby saludó a Frank con la cabeza y dijo:

– Se les dan los deportes tan bien como a mí. Norman promete algo, aunque tiene la concentración de un mosquito. Pero son buenos chavales, en especial en el colegio. Bert suma y lee de maravilla. Es demasiado pronto para ver cómo le irá a Norman.

Frank sabía que aquel dato significaría mucho para Nobby, que había tenido que cargar con problemas de aprendizaje y con el hecho de que sus padres creyeran que esos problemas se debían a que era el único hijo varón -y, por lo tanto, tenía un desarrollo más lento- en una familia de chicas.

– Lo han heredado de su madre. Qué suerte tienen -dijo Nobby-. Bert -gritó-, no seas tan bruto.

– Vale, papá -contestó el niño.

Frank vio que Nobby se hinchaba de orgullo al escuchar aquellas palabras, pero sobre todo al oír “papá”, una palabra que sabía que para Nobby Debiere lo significaba todo. Precisamente porque su familia era el centro de su universo, Nobby se encontraba ahora en esta situación. Hacía tiempo que sus necesidades -reales e imaginadas- eran primordiales para él.

Aparte de las palabras sobre sus hijos, el arquitecto no le dijo nada más mientras se acercaba a él. En cuando se alejó de los niños, su rostro se endureció, como si se armara de valor para lo que sabía que se avecinaba, y en sus ojos brilló una animosidad expectante. Frank vio que deseaba empezar diciéndole que él no podía responsabilizarse de ningún modo de las decisiones que Nobby había tomado impulsivamente, pero el hecho era que sí sentía un cierto grado de responsabilidad. Y sabía que nacía de la incapacidad de haber sido más amigo de aquel hombre cuando tan sólo era un chico sentado en su pupitre en el aula y los otros se metían con él porque era demasiado lento y demasiado raro.

– Vengo de Le Reposoir, Nobby -le dijo-. Ya se ha leído el testamento.

Nobby esperó, en silencio. Un músculo se movió en su mejilla.

– Creo que ha sido la madre de Adrián quien ha insistido en que se leyera -continuó Frank-. Parece participar en un drama que el resto de nosotros desconocemos.

– ¿Y? -dijo Nobby. Se las arregló para aparentar indiferencia, pero Frank sabía que no era lo que sentía.

– Es un poco raro, me temo. No es tan sencillo como cabría esperar, mirándolo bien. -Frank pasó a explicar los términos simples del testamento: la cuenta corriente, la cartera de valores, Adrián Brouard y sus hermanas, los dos adolescentes de la isla.

Nobby frunció el ceño.

– Pero ¿qué ha hecho con…? El patrimonio debe de ser enorme. Tiene que haber más que una cuenta y una cartera de valores. ¿Cómo se las ha ingeniado?

– Ruth -dijo Frank.

– No puede haberle dejado Le Reposoir a ella.

– No. Claro que no. La ley se lo habría impedido. Dejársela a ella era imposible.

– ¿Entonces?

– No lo sé. Habrá hecho alguna maniobra legal. Encontraría alguna. Y Ruth aprobaría lo que él quisiera.

Al oír aquello, Nobby sintió que se le distendía un poco la columna y se le relajaban los párpados.

– Eso es bueno, ¿no? Ruth conoce cuáles eran sus planes, qué quería que se hiciera. Seguirá adelante con el proyecto. Cuando empiece, no habrá problema para sentarse con ella y echar un vistazo a los dibujos y planos de California, para que vea que Guy escogió el peor proyecto posible: totalmente inadecuado para el lugar, por no mencionar para esta zona del planeta. No tiene el mantenimiento más económico precisamente. En cuanto a los gastos del edificio…

– Nobby -le interrumpió Frank-. No es tan sencillo.

Detrás de él, uno de los niños chilló, y Nobby se dio la vuelta y vio que Bertrand hijo se había quitado el gorro de punto y se lo estaba colocando en la cara a su hermano pequeño.

– Bert, basta -gritó Nobby con dureza-. Si no sabes jugar, tendrás que quedarte dentro con mamá.

– Pero yo sólo…

– ¡Bertrand!

El niño le quitó el gorro a su hermano y se puso a chutar la pelota por el césped. Norman salió a perseguirle. Nobby los observó un momento antes de centrarse de nuevo en Frank. Su expresión, de la que había desaparecido un alivio demasiado breve, ahora mostraba recelo.

– ¿No es tan sencillo? -preguntó-. ¿Por qué, Frank? ¿Qué podría ser más sencillo? No estarás diciendo que te gustó el diseño del americano, ¿verdad? ¿Más que el mío?

– No digo eso. No.

– ¿Entonces?

– Es lo que se da a entender en el testamento.

– Pero acabas de decir que Ruth… -Las facciones de Nobby volvieron a endurecerse, una mirada que Frank recordó de su adolescencia, esa rabia que sentía cuando era un joven entre muchos, el solitario que no conoció la amistad que podría haber facilitado el camino o, al menos, hacerlo menos solitario-. Entonces, ¿qué se da a entender en el testamento?

Frank había pensado en ello. Se lo había planteado desde todos los puntos de vista durante el trayecto de Le Reposoir a Fort Road. Si Guy Brouard hubiera querido que el proyecto del museo siguiera adelante, lo habría reflejado en el testamento. Independientemente de cómo o cuándo hubiera repartido el resto de su patrimonio, habría dejado un legado adecuado destinado al museo de la guerra. No lo había hecho, y para Frank aquello dejaba claro cuál era su última voluntad.

Le contó lo que pensaba a Nobby Debiere, quien escuchó con una expresión de creciente incredulidad.

– ¿Te has vuelto loco? -le preguntó Nobby cuando Frank acabó su comentario-. Entonces, ¿a qué venían la fiesta, el gran anuncio, el champán y los fuegos artificiales, la exhibición memorable de ese maldito alzado?

– No sé explicarlo. Sólo puedo analizar los hechos que tenemos.

– Una parte de los hechos es lo que pasó esa noche, Frank. Y lo que dijo. Y cómo actuó.

– Sí, pero ¿qué dijo en realidad? -insistió Frank-. ¿Habló de poner los cimientos, de fechas de finalización? ¿No es extraño que no dijera nada de todo eso? Creo que sólo hay una razón.

– ¿Cuál?

– No tenía intención de construir el museo.

Nobby se quedó mirando a Frank mientras sus hijos retozaban en el césped detrás de él. A lo lejos, desde la dirección de Fort George, una figura con un chándal azul corría por el césped con un perro atado a una correa. Soltó al animal y éste trotó libremente, con las orejas saltando mientras corría hacia los arboles. Los hijos de Nobby gritaron alegres, pero su padre no se volvió como antes, sino que miró detrás de Frank hacia las casas de Fort Road y, en particular, a la suya: una construcción amarilla grande de bordes blancos, con un jardín detrás para que jugaran los niños. Frank sabía que en el interior, Caroline Debiere seguramente estaría trabajando en su novela, la novela soñada durante tanto tiempo que Nobby había insistido en que escribiera, y por la que había dejado su trabajo como articulista de Architectural Review, que era la profesión que ejercía encantada antes de que ella y Nobby se conocieran y diseñaran para ellos una colección de sueños que se habían frustrado con la cruda realidad que acarreaba la muerte de Guy Brouard.

La piel de Nobby se tiñó de rojo mientras asimilaba las palabras de Frank y lo que implicaban.

– No te-tenía in-in-intención… ¿Nunca? ¿Qu-quieres dedecir que el muy ca-cabrón…? -Se calló. Intentó calmarse, pero no pareció conseguirlo.

Frank le ayudó.

– No quiero decir que nos tomara el pelo. Pero sí que creo que cambió de opinión, por algún motivo. Creo que es lo que pasó.

– ¿Qu-qué hay de la fiesta, entonces?

– No lo sé.

– Qu-qué… -Nobby cerró los ojos con fuerza. Hizo una mueca. Pronunció la palabra “justo” tres veces, como si fuera un conjuro que lo liberaría de su desgracia y, cuando volvió a hablar, su tartamudeo estaba controlado. Repitió-: ¿Qué hay del gran anuncio, Frank? ¿Y del dibujo? Lo sacó. Tú estabas allí. Se lo enseñó a todo el mundo. Él… Dios mío. ¿Por qué lo hizo?

– No lo sé. No sabría decir. No lo entiendo.

Entonces Nobby lo miró detenidamente. Retrocedió un paso como para examinar mejor a Frank, con los ojos entrecerrados y las facciones más pálidas que nunca.

– Es una broma, ¿verdad? -dijo-. Igual que antes.

– ¿Una broma?

– Tú y Brouard os reís de mí. Tú y los chicos no tuvisteis suficiente entonces, ¿verdad? “No meta a Nobby en nuestro grupo, señor Ouseley. Se levantará delante de la clase a decir la lección y quedaremos todos fatal.”

– No seas ridículo. ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?

– Claro. Ya entiendo cómo lo hicisteis. Dale esperanzas y luego arrebátaselas. Deja que crea que el encargo es suyo y luego fastídiale los planes. Las normas son las mismas. Sólo que el juego es distinto.

– Nobby -dijo Frank-, escúchate. ¿Realmente crees que Guy organizó esto, que organizó todo esto, por el simple placer de humillarte?

– Sí -dijo.

– Qué tontería. ¿Por qué?

– Porque le gustaba. Porque le daba la vidilla que perdió cuando vendió su negocio. Porque le daba poder.

– Eso no tiene sentido.

– ¿No? Pues mira a su hijo. Mira a Anaïs, pobre estúpida. Y si lo prefieres, Frank, mírate a ti.

“Tenemos que hacer algo al respecto, Frank. Lo ves, ¿verdad?”

Frank apartó la mirada. Notó la tensión, la tensión, la tensión. Sin embargo, una vez más, no había nada en el aire que pudiera obstruir su respiración.

– Me dijo: “Te he ayudado hasta donde he podido” -dijo Nobby en voz baja-. Me dijo: “Te he echado una mano, hijo. Me temo que no puedes esperar más. Y, sin duda, no para siempre, amigo mío”. Pero me lo había prometido, ¿entiendes? Me hizo creer… -Nobby parpadeó con furia y giró la cabeza. Se metió las manos en los bolsillos desanimado. Repitió-: Me hizo creer…

– Sí -murmuró Frank-. Se le daba bien hacer creer.

Saint James y su mujer se separaron a poca distancia de la casa de los Duffy. Ruth Brouard había llamado por teléfono hacia el final de su entrevista, por lo que Saint James le entregó a Deborah el anillo que habían encontrado en la playa. Él volvería a la mansión para encontrarse con la señora Brouard, y Deborah, por su lado, llevaría el anillo envuelto en el pañuelo al inspector en jefe Le Gallez para una posible identificación. Era improbable que encontraran una huella aprovechable, teniendo en cuenta el diseño de la pieza. Pero siempre existía la posibilidad. Puesto que Saint James no tenía el material para examinarlo -por no mencionar la jurisdicción necesaria-, Le Gallez tendría que ocuparse.

– Volveré por mi cuenta y nos encontraremos más tarde en el hotel -le dijo Saint James a su mujer. Luego la miró con seriedad y dijo-: ¿Llevas bien todo esto, Deborah?

No se refería a la misión que le había asignado, sino a lo que habían averiguado por los Duffy, en particular por Valerie, que estaba completamente convencida de haber visto a China River siguiendo a Guy Brouard hasta la bahía.

– Tal vez tenga una razón para querer que creamos que había algo entre China y Guy -dijo-. Si sabía camelarse a las mujeres, ¿por qué motivo no podría haberlo hecho también con Valerie?

– Es mayor que las demás.

– Mayor que China. Pero no es mucho mayor que Anaïs Abbott. Unos años, calculo yo. Y aun así tendrá… ¿qué? ¿Veinte años menos que Guy Brouard?

Saint James no podía descartarlo, aunque a sus oídos Deborah pareciera demasiado ansiosa por convencerse. Sin embargo, dijo:

– Le Gallez no nos ha contado todo lo que sabe. Es lógico. Para él soy un desconocido y, aunque no lo fuera, las cosas no funcionan así, el inspector en jefe no abre sus archivos a alguien que normalmente formaría parte del otro bando de una investigación de asesinato. Y yo no soy ni eso. Soy un desconocido que ha venido sin las credenciales adecuadas y en realidad tampoco pinto nada en todo esto.

– Así que crees que hay más: una razón, una conexión, en alguna parte, entre Guy Brouard y China. Simón, yo no lo creo.

Saint James la miró con cariño y pensó en todas las maneras en que la amaba y en todas las maneras en que quería protegerla continuamente. Pero sabía que debía decirle la verdad, así que dijo:

– Sí, cariño. Creo que puede haberla.

Deborah frunció el ceño. Miró detrás de Simón, al lugar en que el sendero de la bahía desaparecía entre unos rododendros densos.

– No puedo creerlo -dijo-. Aunque estuviera muy vulnerable. Por Matt. Ya sabes. Cuando pasan estas cosas, este tipo de rupturas entre hombres y mujeres, tiene que pasar un tiempo, Simón. Una mujer necesita sentir que hay algo más entre ella y el hombre que viene después. No quiere creer que sólo es…, bueno, que sólo es sexo… -Un remolino carmesí se extendió por su cuello y le tiñó las mejillas.

Saint James quiso decir: “Ése fue tu caso, Deborah”. Sabía que, sin darse cuenta, su mujer estaba haciendo el mayor cumplido posible a su amor: le estaba diciendo que no le había resultado fácil estar con Tommy Lynley después de él. Pero no todas las mujeres eran como Deborah. Sabía que algunas necesitarían sentirse reafirmadas mediante la seducción inmediatamente después de terminar una relación larga. Saber que un hombre aún las deseaba sería más importante que saber que ese hombre las amaba. Pero no podía decirlo. Había demasiadas conexiones con el amor que Deborah sintió por Lynley. Había demasiadas implicaciones en su propia amistad con aquel hombre. Así que dijo:

– No descartaremos nada, hasta que sepamos más.

– Sí, haremos eso -dijo ella.

– ¿Nos vemos luego?

– En el hotel.

Saint James le dio un beso breve, luego dos más. La boca de Deborah era suave y su mano le tocó la mejilla y él quiso quedarse con ella aun sabiendo que no podía.

– En la comisaría pregunta por Le Gallez -le dijo-. No le entregues el anillo a nadie más.

– Por supuesto -contestó ella.

Simón volvió a la casa.

Deborah le observó. El aparato ortopédico de la pierna dificultaba lo que, de lo contrario, habría sido una gracia y belleza naturales. Quiso llamarle y explicarle que su forma de conocer a China River nacía de un problema que él no podía entender, que era una forma de forjar una amistad que hacía que dos mujeres se comprendieran a la perfección. Había historias entre mujeres, quería decirle a su marido, que establecían una forma de verdad que no podía destruirse ni negarse nunca, que nunca necesitaba una explicación extensa. La verdad simplemente era, y de qué manera funcionara cada mujer dentro de esa verdad era algo que se fijaba si la amistad era verdadera. Pero ¿cómo explicar eso a un hombre? Y no a cualquier hombre, sino a su marido, que durante más de una década había vivido esforzándose por superar la verdad de su propia discapacidad -por no decir negarla-, tratándola como una mera bagatela cuando ella sabía los estragos que había causado durante la mayor parte de su juventud.

Era imposible. Sólo podía hacer lo que estuviera en su mano para demostrarle que la China River que ella conocía no se habría entregado fácilmente a la seducción, que no habría asesinado a nadie.

Se marchó de la finca y condujo hasta Saint Peter Port, serpenteando hacia la ciudad por la larga pendiente boscosa de Le Val des Terres, y salió justo encima de Havelet Bay. Había algunos peatones en el paseo marítimo. En la calle que descurría por encima de la ladera, las entidades bancadas por las que eran famosas las islas del canal bullirían de actividad en cualquier época del año; pero aquí prácticamente no había señales de vida: no había ningún exiliado fiscal tomando el sol en sus veleros ni ningún turista sacando fotografías del castillo o la ciudad.

Deborah aparcó cerca de su hotel en Ann's Place, a menos de un minuto a pie de la comisaría de policía situada tras el alto muro de piedra del hospital Lañe. Después de apagar el motor, se quedó sentada en el coche un momento. Tenía una hora como mínimo -seguramente más- antes de que Simón regresara de Le Reposoir. Decidió utilizarla alterando ligeramente los planes que su marido había diseñado para ella.

En Saint Peter Port nada se encontraba demasiado lejos de nada. Todo estaba a menos de veinte minutos andando y, en el centro de la ciudad -definido irregularmente por un óvalo deforme de calles que comenzaba en Vauvert y describía una curva en el sentido contrario a las agujas del reloj para acabar en Grange Road-, el tiempo que se invertía para llegar de un punto a otro era la mitad. Sin embargo, como la ciudad existía desde mucho antes de que se inventara el transporte motorizado, las calles apenas tenían la anchura de un coche y describían una curva alrededor de la colina sobre la que había crecido Saint Peter Port, desplegándose sin ton ni son, expandiéndose hacia arriba desde el viejo puerto.

Deborah recorrió estas calles para llegar a los apartamentos Queen Margaret. Pero cuando llegó y llamó a la puerta, vio que no había nadie en el piso de China, lo que resultó frustrante. Deshizo el camino hasta la parte delantera del edificio y pensó qué hacer.

Comprendió que China podía estar en cualquier parte. Podía estar reunida con su abogado, fichando en comisaría, haciendo ejercicio o caminando por las calles. Pero seguramente su hermano estaría con ella, así que Deborah decidió ver si podía encontrarlos. Iría en dirección a la comisaría. Descendería hacia High Street y luego seguiría el camino que al final la llevaría de nuevo al hotel.

Al otro lado de la calle de los apartamentos Queen Margaret, unas escaleras describían un sendero que bajaba por la colina hacia el puerto. Deborah se dirigió a ellas, penetró entre los muros altos y los edificios de piedra y emergió al final en una de las partes más antiguas de la ciudad, donde en un lado de la calle había un edificio de piedra rojiza que en su día había sido magnífico y en el otro una serie de entradas arqueadas de tiendas que vendían flores, regalos y fruta.

El magnífico edificio antiguo tenía ventanas altas y el interior estaba oscuro; parecía abandonado y no había ninguna luz encendida a pesar de que el día era gris. Sin embargo, una parte seguía activa, pues al parecer quedaban algunos tenderetes. Estaban detrás de una puerta azul ancha y gastada que se abría en Market Street a un interior grande y tenebroso. Deborah cruzó hacia esta entrada.

Primero la asaltó un olor inconfundible: la sangre y la carne de una carnicería. En aparadores de cristal se exhibían chuletas y costillas y carnes picadas, pero quedaban muy pocos puestos en lo que en su día, obviamente, había sido un mercado de carne próspero. Aunque el edificio, con su herraje y enlucido decorativo, habría despertado el interés de fotógrafa de China, Deborah sabía que el olor a animal muerto habría espantado enseguida a los River, así que no le sorprendió no encontrarlos allí. Sin embargo, comprobó el resto del edificio para asegurarse, describiendo una ruta a través de un almacén tristemente abandonado en un lugar que en su día había albergado docenas de pequeños negocios prósperos. En una parte central del gran vestíbulo, donde el techo era alto y sus pisadas resonaban de manera inquietante, había una hilera de puestos cerrados, y en uno de ellos estaban escritas las palabras “Safeway, cabrones”, que expresaban los sentimientos de al menos uno de los comerciantes que habían perdido su medio de vida a manos de una cadena de supermercados que, al parecer, había abierto sus puertas en la ciudad.

Al final del mercado de carne, Deborah encontró un puesto de frutas y verduras que aún aguantaba abierto y, detrás, volvía a estar la calle. Se paró a comprar unos lirios de invernadero antes de salir del edificio y detenerse a examinar las otras tiendas que había fuera.

En los arcos de enfrente, vio no sólo los pequeños negocios, sino también a todo el mundo que compraba en ellos, ya que había poca gente. Ni China ni Cherokee se hallaban entre la clientela, así que Deborah se preguntó en qué otro lugar podían estar.

Vio su respuesta justo al lado de las escaleras que había bajado. Un pequeño supermercado rezaba “Cooperativa de las Islas del Canal”, algo que parecía que podría atraer a los River, quienes, a pesar de las bromas, seguían siendo hijos de una madre vegetariana.

Deborah cruzó la calle hacia la tienda y entró. Los oyó enseguida porque el supermercado era pequeño, aunque estaba atestado de estanterías altas que no dejaban ver a los clientes desde los ventanales.

– No quiero nada -decía China con impaciencia-. Si no puedo comer, no puedo comer. ¿Tú podrías comer si estuvieras en mi situación?

– Tiene que haber algo -contestó Cherokee-. Mira. ¿Qué tal una sopa?

– Odio la sopa de lata.

– Pero antes la hacías para cenar.

– Razón de más. ¿Tú querrías algo que te lo recordara? Vivíamos en moteles, Cherokee, lo que es peor que vivir en una caravana.

Deborah giró por la esquina del pasillo y los encontró delante de un pequeño expositor de Campbell's. Cherokee tenía una lata de sopa de tomate en una mano y un paquete de lentejas en la otra. China llevaba una cesta de alambre colgada del brazo. De momento, sólo contenía una barra de pan, un paquete de espaguetis y un bote de salsa de tomate

– ¡Debs! -La sonrisa de Cherokee era en parte un saludo, en parte una expresión de alivio-. Necesito una aliada. No quiere comer.

– Estoy comiendo. -China parecía agotada, más que el día anterior. Tenía unas ojeras terribles. Había intentado disimularlas con maquillaje, pero no había logrado eliminarlas-. Cooperativa de las Islas del Canal. Creía que habría alimentos naturales. Pero… -Hizo un gesto de impotencia señalando la tienda.

Al parecer, los únicos productos frescos que tenía la cooperativa eran huevos, queso, carne preenvasada y pan. Todo lo demás estaba enlatado o congelado. Decepcionante para alguien acostumbrado a curiosear por los mercados de comida orgánica de California.

– Cherokee tiene razón -dijo Deborah-. Tienes que comer.

– No se hable más. -Cherokee comenzó a meter productos en la cesta de alambre sin prestar mucha atención a lo que elegía.

China parecía demasiado abatida para discutir. Al cabo de unos minutos, la compra estaba hecha.

Fuera, Cherokee se mostró impaciente por escuchar un informe sobre lo que había deparado el día hasta el momento para los Saint James. Deborah sugirió que regresaran al piso antes de tener esa conversación, pero China dijo:

– Dios mío, no. Acabo de salir. Demos un paseo.

Así que bajaron al puerto y cruzaron al más largo de los muelles. Llegaba hasta Havelet Bay y se extendía hasta la lengua de tierra en la que se erigía Castle Cornet, centinela del puerto. Siguieron caminando pasada la fortificación, hasta el final, trazando una pequeña curva hasta las aguas del canal.

Y al final del muelle, fue China quien sacó el tema.

– La cosa está mal, ¿verdad? -le dijo a Deborah-. Te lo veo en la cara. Será mejor que lo sueltes ya. -Y a pesar de sus palabras, se volvió a mirar el agua, esa gran masa gris que se agitaba debajo de ellos. No muy lejos, otra isla (¿Sark? ¿Alderney?, se preguntó Deborah) se elevaba como un gigante descansando entre la niebla.

– ¿Qué tienes, Debs? -Cherokee dejó en el suelo las bolsas del supermercado y cogió a su hermana del brazo.

China se apartó de él. Parecía estar preparándose para lo peor. Deborah estaba decidida a describir la situación en un tono positivo. Pero no encontraba nada positivo que comunicar y, aunque lo hubiera habido, sabía que debía relatarles los hechos a sus amigos.

Así que les contó a los River lo que ella y Simón habían logrado descubrir con sus conversaciones en Le Reposoir. Como China no era estúpida, vio la dirección lógica que tomarían los pensamientos de cualquier persona razonable en cuanto quedara claro que no sólo había pasado tiempo con Guy Brouard, sino que también había sido vista -aparentemente y por más de una persona- siguiendo al hombre la mañana en que fue asesinado.

– Crees que tenía un lío con él, ¿verdad, Deborah? -dijo-. Bueno. Esto es genial. -Su voz encerraba una mezcla de animadversión y desesperación.

– En realidad, yo…

– ¿Y por qué no? Todo el mundo debe de pensarlo. Unas horas a solas con él, un par de días… Y era asquerosamente rico, claro. Follamos como locos.

Deborah parpadeó al oír aquel término tan crudo. No era nada propio de la China que había conocido, siempre la más romántica de las dos, enamorada de un hombre durante años, contenta con su futuro de color rosa.

China continuó:

– No me importó que tuviera edad para ser mi abuelo. No, había dinero de por medio. No importa a quién te folles cuando puedes sacar dinero del trabajito, ¿no?

– ¡Chine! -protestó Cherokee-. Dios santo.

Cuando su hermano habló, China pareció darse cuenta de lo que había dicho. Más aún, pareció comprender de repente de qué modo podía aplicarse aquello a la vida de Deborah, porque dijo rápidamente:

– Dios mío, Deborah. Lo siento.

– No pasa nada -dijo Deborah.

– No quería… No estaba pensando en ti y… Ya sabes.

Tommy, pensó Deborah. China quería decir que no había pensado en Tommy ni en el dinero de Tommy. Nunca había importado, pero siempre había estado allí, sólo una de las miles de cosas que parecían tan buenas desde fuera cuando los otros no sabían cómo se sentía una por dentro.

– No pasa nada. Ya lo sé -dijo.

– Es sólo que… -dijo China- ¿De verdad crees que yo…? ¿Con él? ¿Lo crees?

– Sólo te está diciendo lo que sabe, Chine -dijo Cherokee-. Necesitamos saber lo que piensa todo el mundo, ¿no?

China se giró hacia él.

– Escucha, Cherokee. Cállate. No sabes lo que estás… Dios mío, olvídalo. Sólo cállate, ¿vale?

– Sólo intento…

– Bueno, pues deja de intentar. Y deja de revolotear a mi alrededor. No puedo ni respirar. No puedo dar un paso sin que me sigas.

– Mira. Nadie quiere que pases por esto -le dijo Cherokee.

Ella soltó una carcajada que se quebró, pero contuvo el sollozo llevándose un puño a la boca.

– ¿Estás loco o qué? -le preguntó-. Todo el mundo quiere que pase por esto. Necesitan un chivo expiatorio. Yo soy la persona ideal.

– Sí, bueno, por eso ahora tenemos amigos aquí. -Cherokee lanzó una sonrisa a Deborah y luego señaló con la cabeza los lirios que traía-. Amigos con flores. ¿Dónde las has comprado, Debs?

– En el mercado. -Impulsivamente, se las tendió a China-. Ese piso necesita un poco de alegría, creo yo.

China miró las flores, luego al rostro de Deborah.

– Creo que eres la mejor amiga que he tenido nunca -le dijo.

– Me alegro.

China cogió las flores. Su expresión se suavizó al mirarlas.

– Cherokee, déjanos un rato solas, ¿vale? -dijo entonces.

Cherokee miró a su hermana y luego a Deborah y dijo:

– Claro. Las pondré en agua. -Recogió las dos bolsas de la compra y se colocó las flores debajo del brazo.

– Hasta luego, entonces -le dijo a Deborah, y le lanzó una mirada que decía “buena suerte” tan claramente como si hubiera pronunciado las palabras.

Regresó por el muelle. China le observó.

– Sé que tiene buenas intenciones. Sé que está preocupado. Pero tenerlo aquí es peor. Como si tuviera que lidiar con él además de con toda esta situación. -Se abrazó el cuerpo, y en ese momento Deborah vio que sólo llevaba un suéter para protegerse del frío. Su capa aún la tendría la policía, naturalmente. Y esa capa era el quid de la cuestión.

– ¿Dónde dejaste tu capa esa noche? -le dijo Deborah.

Antes de contestar, China examinó el agua un momento.

– ¿La noche de la fiesta? Estaría en mi cuarto. No estuve pendiente. Llevaba todo el día entrando y saliendo; pero debí de subirla en algún momento porque, cuando nos preparamos para marcharnos aquella mañana, estaba… Estoy bastante segura de que estaba en una silla. Junto a la ventana.

– ¿No recuerdas haberla dejado allí?

China negó con la cabeza.

– Seguramente fue un gesto automático. La llevaba puesta, me la quité, la dejé. Nunca he sido una maniática del orden. Ya lo sabes.

– ¿Así que alguien pudo cogerla, utilizarla aquella mañana cuando Guy Brouard bajó a la bahía y luego devolverla?

– Supongo. Pero no veo cómo. O cuándo, siquiera.

– ¿Estaba ahí cuando te fuiste a dormir?

– Puede que sí. -Frunció el ceño-. Pero no lo sé.

– Valerie Duffy jura que te vio siguiéndole, China. -Deborah lo dijo tan delicadamente como pudo-. Ruth Brouard afirma también que te buscó por toda la casa en cuanto vio a alguien desde la ventana que pensó que eras tú.

– ¿Las crees?

– No se trata de lo que yo crea -dijo Deborah-. Se trata de si pudo pasar algo antes para que a la policía le parezca razonable lo que ellas dicen.

– ¿Pasar algo?

– Entre tú y Guy Brouard.

– Ya estamos otra vez.

– No es lo que yo creo. Es lo que la policía…

– Olvídalo -la interrumpió China-. Ven conmigo.

China retrocedió por el muelle. En el paseo marítimo, cruzó sin mirar siquiera si venían coches. Pasó por entre algunos autobuses que esperaban en la estación y trazó una ruta en zigzag hasta Constitution Steps, que dibujaban un signo de interrogación invertido en el lateral de una de las colinas. Estas escaleras -como las que Deborah había bajado hasta el mercado- las llevaron a Clifton Street y a los apartamentos Queen Margaret. China se dirigió por la parte de atrás al piso B. No volvió a pronunciar palabra hasta que estuvo dentro y sentada a una pequeña mesa de la cocina.

– Toma. Lee esto -dijo entonces-. Si es la única forma de conseguir que me creas, puedes comprobar todos los detalles escabrosos si quieres.

– China, sí que te creo -contestó Deborah-. No hace falta que…

– No me digas lo que hace falta -dijo China con insistencia-. Crees que existe la posibilidad de que esté mintiendo.

– Mintiendo no.

– De acuerdo. Que malinterpretara algo. Pero te digo que no pude malinterpretar nada. Y nadie pudo malinterpretar nada porque no pasó nada. No hubo nada entre Guy Brouard y yo, ni entre otra persona y yo. Así que te pido que lo leas tú misma. Para que te asegures. -Le puso en la mano la libreta en la que había escrito su informe sobre los días que había pasado en Le Reposoir.

– Te creo -dijo Deborah.

– Lee -fue la respuesta de China.

Deborah vio que su amiga sólo quedaría satisfecha si leía lo que había anotado. Se sentó a la mesa y cogió la libreta mientras China se acercaba a la encimera, donde Cherokee había dejado las bolsas de la compra y las flores antes de salir para otro lado.

China había sido muy meticulosa, vio Deborah cuando comenzó a leer el documento de su amiga. También demostraba tener una memoria admirable. Parecía haber registrado todas las interacciones con los Brouard y, cuando no había estado con Guy Brouard o su hermana o con los dos juntos, también lo resoñaba. Al parecer, ese tiempo lo pasó con Cherokee y a menudo sola mientras fotografiaba la finca.

Había documentado dónde habían tenido lugar todas las interacciones durante su estancia en Le Reposoir. Por lo tanto, era posible seguir la pista de sus movimientos, lo cual era perfecto porque sin duda alguien podría confirmarlos. Había escrito:

Sala de estar, mirando fotografías históricas de L. R. Presentes: Guy, Ruth, Cherokee y Paul F.

A continuación, figuraban la hora y el día. Y seguía así:

Comedor, almuerzo con Guy, Ruth, Cherokee, Frank O. y Paul F. AA entra después, a la hora del postre, con Pato y Stephen. Miradas asesinas hacia mí. Muchas miradas asesinas hacia Paul F.

Estudio, con Guy, Frank O. y Cherokee, hablamos del futuro museo. Frank O. se marcha. Cherokee se va con él para conocer a su padre y ver el molino de agua. Guy y yo nos quedamos. Ruth entra con AA. Pato está fuera con Stephen y Paul F.

Galería, en lo alto de la casa con Guy. Guy me enseña orgulloso unas fotos, posando para la cámara. Aparece Adrián. Acaba de llegar. Nos presentan.

Jardines, Guy y yo. Hablamos de fotografiar el lugar. Hablamos de Architectural Digest. Hablamos de hacer las cosas por si acaso. Vemos los edificios y los distintos jardines. Echamos comida a las carpas koi.

Habitación de Cherokee, él y yo. Hablamos de si nos quedamos o nos marchamos.

Había seguido escribiendo, elaborando lo que parecía ser un informe obstinado y detallado de lo que había sucedido durante los días precedentes a la muerte de Guy Brouard. Deborah lo leyó todo e intentó buscar momentos clave que alguien hubiera presenciado y utilizado para provocar la situación actual de China.

– ¿Quién es Paul R? -preguntó Deborah.

China se lo explicó: era un protegido de Guy Brouard. Era una especie de padrino suyo. ¿Los británicos tenían padrinos como en Estados Unidos? ¿Un hombre mayor que se hace cargo de un joven que carece de un modelo de comportamiento decente? Esa era la relación entre Guy Brouard y Paul Fielder. El chico nunca decía más de diez palabras seguidas. Sólo miraba a Guy con ojos de cordero degollado y le seguía a todas partes como un perrito.

– ¿Cuántos años tiene el chico?

– Es un adolescente. Es bastante pobre, por la ropa que lleva. Y la bici. Venía casi todos los días con esa carraca, más óxido que otra cosa. Siempre era bienvenido. Su perro también.

El chico, la ropa, el perro. La descripción encajaba con el adolescente con el que ella y Simón habían tropezado de camino a la bahía.

– ¿Estaba en la fiesta? -preguntó Deborah.

– ¿Cuándo?, ¿la noche antes? -Cuando Deborah asintió con la cabeza, China dijo-: Claro. Estaba todo el mundo. Era el acontecimiento social de la temporada o algo así, por lo que pudimos ver.

– ¿Cuántas personas?

China lo pensó.

– ¿Trescientas? Más o menos.

– ¿Todas en un mismo sitio?

– No exactamente. A ver, no era una de esas fiestas abiertas a todo el mundo, pero la gente iba paseándose de un sitio a otro toda la noche. Los del cáterin entraban y salían de la cocina. Había cuatro barras. No era un caos, pero no creo que nadie estuviera pendiente de adonde iba la gente.

– Así que alguien pudo coger la capa -dijo Deborah.

– Supongo. Pero estaba allí cuando la necesité, Debs, cuando Cherokee y yo nos fuimos a la mañana siguiente.

– ¿No visteis a nadie cuando os marchasteis?

– Ni a un alma.

Entonces, se quedaron calladas. China guardó el contenido de las bolsas del supermercado en la minúscula nevera y en el único armario. Buscó algo en donde colocar las flores y por fin se decidió por un cazo. Deborah la observó y meditó sobre cómo preguntar lo que tenía que preguntar, cómo plantear la cuestión sin que su amiga interpretara que desconfiaba de ella o no la apoyaba. Ya tenía suficientes problemas.

– Antes -dijo Deborah-, en uno de los días anteriores, quiero decir, ¿acompañaste a Guy Brouard en su baño matutino? ¿Quizá sólo para verle?

China negó con la cabeza.

– Sabía que iba a nadar a la bahía. Todos le admiraban por ello. Agua fría, por la mañana temprano, la época del año. Creo que le gustaba el respeto que infundía en la gente el que fuera a nadar todos los días. Pero nunca fui a verle.

– ¿Iba alguien?

– Creo que su novia, por cómo hablaba la gente. Del tipo: “Anaïs, ¿no puedes hacer algo para que este hombre entre en razón?”. Y ella: “Ya lo intento cuando voy”.

– ¿Y pudo ir con él esa mañana?

– Si se hubiera quedado a dormir. Pero no sé si se quedó. No se quedó ningún día mientras nosotros, Cherokee y yo, estuvimos aquí.

– Pero ¿se quedaba a veces?

– Lo dejó bastante claro. Me refiero a que se aseguró de que yo lo supiera. Así que es posible que se quedara la noche de la fiesta, pero no creo.

Que China se negara a presentar lo poco que sabía de un modo que pudiera dirigir las sospechas hacia otra persona era algo que a Deborah le resultaba reconfortante. Hablaba de un carácter mucho más fuerte que el suyo.

– China, creo que la policía habría podido abrir muchas vías de investigación en este caso.

– ¿Eso crees? ¿En serio?

– Sí.

Al oír aquello, China pareció desprenderse de algo grande y sin identificar que había llevado dentro desde el momento en que Deborah se había encontrado con ella y su hermano en el supermercado.

– Gracias, Debs -dijo.

– No tienes por qué darme las gracias.

– Sí, sí que tengo que dártelas. Por venir. Por ser mi amiga. Sin ti y Simón, sería víctima de cualquiera. ¿Conoceré a Simón? Me gustaría.

– Claro que le conocerás -dijo Deborah-. Él lo está deseando.

China regresó a la mesa y cogió la libreta. La estudió un momento, como si reflexionara sobre algo, luego se la tendió tan impulsivamente como Deborah le había dado los lirios en el muelle.

– Dásela -le dijo. Dile que la repase a conciencia. Pídele que me interrogue siempre que quiera y tantas veces como crea necesario. Dile que llegue a la verdad.

Deborah cogió el documento y prometió entregárselo a su marido.

Se marchó del piso más animada. Fuera, rodeó el edificio, donde encontró a Cherokee apoyado en una reja al otro lado de la calle y delante de un hotel de vacaciones cerrado en invierno. Llevaba subido el cuello de la chaqueta para resguardarse del frío y bebía una taza de algo humeante mientras observaba los apartamentos Queen Margaret como un policía secreto. Se separó de la reja cuando vio a Deborah y cruzó para acercarse.

– ¿Qué tal ha ido? -preguntó-. ¿Todo bien? Ha estado nerviosa todo el día.

– Está bien -dijo Deborah-, pero un poco preocupada.

– Quiero hacer algo, pero no me deja. Lo intento, y ella pierde los estribos. Creo que no debería estar sola, así que estoy con ella y le digo que deberíamos salir a dar una vuelta en coche o un paseo o jugar a las cartas o ver la CNN y ver qué está pasando en casa. Pero ella se pone histérica.

– Está asustada. Creo que no quiere que sepas hasta qué punto.

– Soy su hermano.

– Pues quizá es por eso.

Cherokee se quedó pensando en aquello, apuró lo que quedaba de la taza y luego la estrujó entre sus dedos.

– Siempre era ella la que cuidaba de mí -dijo-. Cuando éramos pequeños, cuando mamá…, bueno, era mamá. Las protestas, las causas. No siempre, pero cuando alguien necesitaba a una persona dispuesta a atarse a una secuoya o llevar una pancarta por algo, allí estaba ella. Chine fue la fuerte durante semanas enteras, no yo.

– Te sientes en deuda con ella.

– Mucho, sí. Quiero ayudarla.

Deborah pensó en la necesidad que tenía Cherokee frente a la situación en la que estaban. Miró la hora y decidió que tenían tiempo.

– Ven conmigo -dijo-. Hay algo que puedes hacer.

Capítulo 12

Saint James vio que el salón de desayuno de la mansión estaba decorado con un tambor enorme similar a los que se utilizaban para hacer tapices. Pero en su lugar, lo que al parecer mostraba este objeto era un bordado a una escala inimaginable. Ruth Brouard no dijo nada mientras Simón observaba el tambor y el material parecido a un lienzo extendido sobre él y, después, miraba una pieza acabada colgada en una de las paredes de la estancia, un bordado parecido al que había visto antes en el cuarto de la mujer.

El enorme bordado parecía describir la caída de Francia durante la segunda guerra mundial, advirtió Saint James: la historia empezaba con la línea Maginot y terminaba con una mujer haciendo las maletas. Dos chavales miraban a la mujer -un niño y una niña-, mientras que detrás de ellos había un anciano con barba con un chai de oración y un libro abierto en la mano y una mujer de su misma edad, que lloraba y parecía consolar a un hombre que tal vez era su hijo.

– Es extraordinario -dijo Saint James.

Ruth Brouard dejó encima de un escritorio un sobre de papel manila que tenía en la mano cuando le abrió la puerta.

– Es terapéutico -dijo- y mucho más barato que el psicoanálisis.

– ¿Cuánto tardó?

– Ocho años. Pero entonces no iba tan deprisa. No me hacía falta.

Saint James se quedó mirándola. Podía ver la enfermedad en sus movimientos demasiado cuidadosos y en la tensión de su rostro. Pero era reacio a ponerle nombre e incluso a mencionarlo, puesto que la mujer parecía muy decidida a seguir fingiendo vitalidad.

– ¿Cuántos tiene pensado hacer? -le preguntó, centrando su atención en la labor inacabada extendida sobre el marco.

– Los que haga falta para contar toda la historia -contestó ella-. Éste -dijo señalando la pared con la cabeza- fue el primero. Es un poco rudimentario, pero he ido mejorando.

– Cuenta una historia importante.

– Eso creo. ¿Qué le pasó a usted? Sé que es de mala educación preguntar, pero a mi edad ya no me fijo en todas esas normas sociales. Espero que no le moleste.

Se habría molestado si la pregunta se la hubiera hecho otra persona. Pero viniendo de ella, parecía existir una capacidad de comprensión que sustituía a la curiosidad morbosa y la convertía en un espíritu análogo. Quizá, pensó Saint James, porque era evidente que estaba muriéndose.

– Un accidente de coche -dijo.

– ¿Cuándo sucedió?

– Yo tenía veinticuatro años.

– Vaya. Lo siento.

– No lo sienta. Los dos íbamos borrachos.

– ¿Usted y la chica?

– No, un viejo amigo del colegio.

– Que era quien conducía, imagino. Y no se hizo ni un rasguño.

Saint James sonrió.

– ¿Es usted bruja, señora Brouard?

Ella le devolvió la sonrisa.

– Ojalá lo fuera. He realizado más de un hechizo a lo largo de los años.

– ¿A algún hombre?

– A mi hermano. -Giró la silla de respaldo recto del escritorio para ponerla de cara a la habitación y se sentó, ayudándose con una mano en el asiento. Le indicó a Saint James que ocupara un sillón que había cerca. Él se sentó y esperó a que la anciana le contara por qué había querido verle una segunda vez.

Lo dejó claro enseguida. Le preguntó si sabía algo el señor Saint James sobre las leyes de sucesión en la isla de Guernsey, o si estaba al tanto de las restricciones que este derecho imponía sobre el reparto del dinero y las propiedades de alguien después de su muerte. Era un sistema bastante complejo, dijo; tenía sus raíces en el derecho consuetudinario normando. Su característica principal era que los bienes familiares se conservaban dentro de la familia, y su marca distintiva era que no existía la posibilidad de desheredar a un hijo, díscolo o no. Los hijos tenían el derecho a heredar una parte determinada del patrimonio, independientemente de cómo estuvieran las relaciones con sus padres.

– Había muchas cosas de las islas del canal que a mi hermano le gustaban -le contó Ruth Brouard a Saint James-: el clima, el ambiente, el fuerte sentido de comunidad; naturalmente, la ley tributaria y el acceso a buenos bancos. Pero a Guy no le gustaba que un sistema legal le dijera cómo tenía que repartir su patrimonio después de morir.

– Comprensible -dijo Saint James.

– Así que buscó un modo de eludirlo, una artimaña legal. Y lo encontró, como habría predicho cualquiera que le conoció.

Antes de trasladarse a la isla, le explicó Ruth Brouard, su hermano le había cedido todas sus propiedades. Él se quedó con una única cuenta corriente, en la que ingresó una suma importante de dinero que sabía que no sólo podría invertir sino que le permitiría vivir bastante holgadamente. Pero puso todas sus posesiones -las propiedades, los bonos, las otras cuentas, los negocios- a nombre de Ruth. Sólo hubo una condición: que cuando estuvieran en Guernsey, ella accedería a firmar un testamento que él y un abogado redactarían por ella. Como Ruth no tenía ni marido ni hijos, a su muerte podría repartir como quisiera su patrimonio y, de este modo, su hermano podría hacer con el suyo lo que quisiera, puesto que Ruth redactaría un testamento guiado por él. Era una forma inteligente de eludir la ley.

– Verá, durante años, a mi hermano le impidieron ver a sus dos hijas menores -explicó Ruth-. No entendía por qué le obligaban a dejar una fortuna a las dos chicas simplemente por haberlas engendrado, que es lo que le exigían las leyes de sucesión de la isla. Las había ayudado económicamente hasta que fueron mayores de edad. Las había mandado a los mejores colegios, moviendo los hilos para que una entrara en Cambridge y la otra en la Sorbona. A cambio, no recibió nada, ni siquiera las gracias. Así que dijo basta y buscó una forma de dar algo a esas otras personas de su vida que tanto le habían aportado cuando sus propios hijos habían sido incapaces. Devoción, a eso me refiero. Amistad, aceptación y amor. Podía mostrarse generoso con ellos, con estas personas, tal como él deseaba, pero sólo si lo filtraba todo a través de mí. Y es lo que hicimos.

– ¿Y su hijo?

– ¿Adrián?

– ¿Su hermano también quería excluirle?

– Él no quería excluir del todo a nadie. Sólo quería rebajar la cantidad que la ley exigía que les dejara.

– ¿Quién sabía todo esto? -preguntó Saint James.

– Que yo sepa, sólo Guy, Dominic Forrest, que es su abogado, y yo. -Entonces cogió el sobre de papel manila, pero no abrió los cierres metálicos, sino que lo dejó sobre su regazo y pasó las manos por encima mientras seguía hablando-. Accedí a ello en parte para que Guy se quedara tranquilo. Era tremendamente infeliz por el tipo de relación que sus esposas fomentaron que tuviera con sus hijos, así que pensé: “¿Por qué no? ¿Por qué no voy a permitirle recordar a esas personas que han enriquecido su vida cuando su propia familia no ha querido acercarse a él?”. Verá, no imaginé… -Dudó, cruzó las manos con cuidado, como si se planteara cuánto revelar. Entonces pareció tomar una decisión mirando el sobre, porque prosiguió-: No imaginé sobrevivir a mi hermano. Pensé que cuando al fin le contara lo de mi… mi situación física, muy probablemente sugeriría que reescribiéramos mi testamento y que tal vez se lo dejara todo a él. Entonces la ley volvería a poner trabas a su propio testamento, pero creo que habría preferido eso a quedarse sólo con una cuenta corriente, algunas inversiones y ningún modo de reabastecerlas en caso de necesitarlo.

– Sí, comprendo -dijo Saint James-. Comprendo sus intenciones. Pero entiendo que las cosas no salieron así.

– No llegué a contarle mi… situación. A veces le sorprendía mirándome y pensaba: “Lo sabe”. Pero nunca dijo nada, y yo tampoco. Me decía a mí misma: “Mañana. Mañana se lo contaré”. Pero no lo hice.

– Así que cuando murió repentinamente…

– Había expectativas.

– ¿Y ahora?

– Es comprensible que haya resentimientos.

Saint James asintió con la cabeza. Miró el gran tapiz de la pared, que describía una parte fundamental de sus vidas. Vio que la madre que hacía las maletas estaba llorando, que los niños se abrazaban asustados. Por una ventana, los tanques nazis cruzaban un prado distante y una división de tropas marchaba por una calle estrecha.

– Imagino que no me habrá llamado para que le aconseje qué tiene que hacer -dijo Simón-. Algo me dice que ya lo sabe.

– A mi hermano se lo debo todo, y soy una mujer que paga sus deudas. Conque sí. No le he pedido que viniera para decirme qué hacer con mi testamento ahora que Guy ha muerto. En absoluto.

– Entonces, señora Brouard, ¿puedo preguntarle…? ¿En qué puedo ayudarla?

– Hasta hoy -dijo ella- he conocido con exactitud los términos de los testamentos de Guy.

– ¿Testamentos, en plural?

– Lo reescribía más frecuentemente que la mayoría de la gente. Siempre que redactaba uno nuevo, concertaba una reunión conmigo y su abogado para que yo conociera cuáles iban a ser los términos del nuevo testamento. Era bueno en ese sentido y siempre fue coherente. El día que había que firmarlo y atestiguarlo, íbamos al despacho del señor Forrest. Repasábamos el papeleo, veíamos si había que realizar cambios en mi testamento a consecuencia de los cambios en el suyo, firmábamos y atestiguábamos todos los documentos y, después, nos íbamos a comer.

– Pero supongo que esto no fue lo que sucedió con este último testamento.

– No.

– Quizá no le dio tiempo -sugirió Saint James-. Es evidente que no esperaba morir.

– Este último testamento fue redactado en octubre, señor Saint James. Hace más de dos meses. No he salido de la isla en todo este tiempo. Y Guy tampoco ha… Tampoco salió. Para que este último testamento fuera legal, tuvo que ir a Saint Peter Port a firmar los papeles. El que no me llevara con él sugiere que no quería que supiera lo que planeaba hacer.

– ¿Qué era?

– Eliminar a Anaïs Abbott, Frank Ouseley y a los Duffy del testamento. Lo mantuvo en secreto. Cuando me di cuenta, comprendí que era posible que también me hubiera ocultado otras cosas.

Saint James se percató de que ya habían llegado al tema: la razón por la que le había pedido que se vieran otra vez. Ruth Brouard abrió los cierres del sobre que tenía en el regazo. Sacó el contenido y, entre los papeles, Saint James vio el pasaporte de Guy Brouard, que fue lo primero que la hermana del hombre le entregó.

– Éste fue su primer secreto -dijo-. Mire el último sello, el más reciente.

Saint James pasó las hojas del librito y encontró las marcas de inmigración pertinentes. Vio que, a diferencia de lo que le había dicho Ruth Brouard ese mismo día en su anterior conversación, su hermano había entrado en el estado de California en el mes de marzo, por el aeropuerto internacional de Los Angeles.

– ¿No se lo contó? -le preguntó Saint James.

– Por supuesto que no. De lo contrario, se lo habría dicho. -Entonces le entregó un fajo de documentos. Saint James vio que eran recibos de tarjetas de crédito, facturas de hotel y recibos de restaurantes y de empresas de alquiler de coches. Guy Brouard se había hospedado cinco noches en el Hilton de una ciudad llamada Irvine. Allí había comido en un lugar llamado Il Fornaio, además de en Scott's Seafood en Costa Mesa, y en Citrus Grille en Orange. Se había reunido con un tal William Kiefer, un abogado, y había guardado la tarjeta de visita de éste junto con una factura de un despacho de arquitectos llamado Southby, Strange, Willows y Ward. En la parte inferior de este documento había escrito “Jim Ward” junto con “móvil” y el número de teléfono correspondiente.

– Parece ser que se encargó de los preparativos para el museo personalmente -observó Saint James-. Encaja con lo que sabemos sobre sus planes.

– Sí -dijo Ruth-. Pero no me lo contó. No me dijo ni una palabra sobre este viaje. ¿No ve lo que eso significa?

La pregunta de Ruth encerraba un trasfondo siniestro, pero Saint James sólo vio que la información significaba que su hermano tal vez había querido tener un poco de intimidad. Era posible que se hubiera llevado a alguien con él y que no quisiera que su hermana lo supiera. Pero cuando Ruth continuó, Simón se dio cuenta de que los nuevos datos que había encontrado no la desconcertaban, sino que confirmaban lo que ya creía.

– California, señor Saint James -dijo-. Ella vive en California. Así que tenía que haberla conocido antes de que viniera a Guernsey. Vino aquí con todo planeado.

– Entiendo. Se refiere a la señorita River. Pero ella no vive en esa zona de California -señaló Saint James-. Es de Santa Bárbara.

– ¿A qué distancia puede estar?

Saint James frunció el ceño. En realidad no lo sabía, puesto que nunca había estado en California y no conocía en absoluto sus ciudades a excepción de Los Ángeles y San Francisco, que, sabía, se encontraban más o menos en extremos opuestos del estado. Sin embargo, sí sabía que era un lugar extenso, conectado por una red incomprensible de autopistas que, por lo general, estaban colapsadas de coches. Deborah sería quien podría opinar sobre si era factible o no que Guy Brouard hubiera ido hasta Santa Bárbara durante su estancia en California. Cuando vivió allí, viajó mucho, no sólo con Tommy, sino también con China.

China. Aquel pensamiento despertó el recuerdo de cuando su mujer le había hablado de las visitas que había hecho a la madre de China, también al hermano. Una ciudad con nombre de color, había dicho: Orange. Hogar del Citrus Grille, cuyo recibo Guy Brouard había guardado entre sus papeles. Y Cherokee River -no su hermana- vivía en esa zona. Así pues, ¿hasta qué punto era improbable que fuera Cherokee River, y no China, quien hubiera conocido a Guy Brouard antes de ir a Guernsey?

Saint James pensó en las implicaciones de aquello y le dijo a Ruth:

– ¿En qué parte de la casa se quedaron los River durante las noches que estuvieron con ustedes?

– En el segundo piso.

– ¿Adonde daban sus habitaciones?

– A la parte delantera, al sur.

– ¿Tenían una buena vista del sendero, de los árboles que lo flanquean, de la casa de los Duffy?

– Sí. ¿Por qué?

– ¿Por qué fue a la ventana esa mañana, señora Brouard? Cuando vio a esa figura siguiendo a su hermano, ¿por qué se acercó a mirar? ¿Lo hacía normalmente?

Ruth consideró la pregunta.

– Por lo general -dijo lentamente al fin-, no estaba levantada cuando Guy salía de casa. Así que creo que debió… -Estaba pensativa. Cruzó las manos delgadas encima del sobre de papel manila, y Saint James vio que tenía la piel muy fina, como un pañuelo de papel extendido sobre sus huesos-. De hecho, oí un ruido, señor Saint James. Me despertó, me asusté un poco porque pensé que aún era de noche y que había alguien merodeando por la casa. Pero cuando miré el reloj, vi que era casi la hora en que Guy iba a nadar. Me quedé escuchando unos momentos y entonces le oí en su cuarto. Así que supuse que el ruido había sido él. -Vio la dirección que estaba tomando Saint James y dijo-: Pero podría haber sido otra persona, ¿no es así? No Guy, sino alguien que ya estuviera levantado, alguien a punto de salir en dirección a los árboles.

– Eso parece -dijo Saint James.

– Y las dos habitaciones, las habitaciones de los River, están encima de la mía -dijo-, en el piso de arriba. Entonces, ve usted…

– Es posible -dijo Saint James. Pero veía más que eso. Veía de qué modo podía considerarse la información de manera parcial y obviar el resto. Así que dijo-: ¿Y dónde se alojaba Adrián?

– Él no pudo…

– ¿Conocía la situación de los testamentos, del suyo y del de su hermano?

– Señor Saint James, se lo aseguro. Él no pudo… Créame, él no…

– Suponiendo que conociera las leyes de la isla y suponiendo que no supiera lo que había hecho su padre para excluirle de recibir una fortuna, creería que iba a heredar… ¿cuánto?

– O bien una mitad de todo el patrimonio de Guy a repartir en tres partes iguales con sus hermanas… -dijo Ruth con evidente reticencia.

– ¿O una tercera parte de todo si su padre hubiera dejado el patrimonio entero solamente a sus hijos?

– Sí, pero…

– Una fortuna considerable -señaló Saint James.

– Sí, sí. Pero tiene que creerme, Adrián no le habría hecho ni un rasguño a su padre por nada del mundo, y menos por una herencia, desde luego.

– Entonces, ¿Adrián tiene dinero propio?

Ruth no respondió. Sobre una repisa, un reloj hacía tic tac, y el ruido sonó más fuerte, como una bomba que va a estallar. Su silencio fue respuesta suficiente para Saint James.

– ¿Qué hay de su testamento, señora Brouard? -le preguntó-. ¿Qué acuerdo tenía con su hermano? ¿Cómo quería él que distribuyera el patrimonio que estaba a su nombre?

Ruth se lamió el labio inferior. Tenía la lengua casi tan pálida como el resto del cuerpo.

– Adrián es un chico con problemas, señor Saint James -dijo-. Durante la mayor parte de su vida, ha estado en medio de un tira y afloja entre sus padres. El matrimonio de ellos acabó mal, y Margaret convirtió a Adrián en el instrumento de su venganza. No sirvió de nada que volviera a casarse y se casara bien (Margaret siempre se casa bien, verá), seguía existiendo el hecho de que Guy la traicionara y que ella no lo supiera antes, no fuera bastante lista para sorprenderle in fraganti, que es lo que más deseaba ella, creo: mi hermano con alguna mujer en la cama y Margaret encontrándolos como si fuera una de las Furias. Pero no pasó. Sólo hubo una especie de descubrimiento sórdido… Ni siquiera sé cómo fue. Y no pudo superarlo, no pudo olvidarlo. Tuvo que hacer sufrir a Guy todo lo posible por haberla humillado. Adrián fue el arma que utilizó. Y que a uno lo utilicen así… Un árbol no puede crecer fuerte si se está siempre hurgando en sus raíces. Pero Adrián no es un asesino.

– Entonces, ¿usted se lo ha dejado todo para compensarle?

Ruth había estado mirándose las manos, pero, al oír aquello, alzó la cabeza.

– No. He hecho lo que quería mi hermano.

– ¿Que era?

Le Reposoir, le explicó, se donaría al pueblo de Guernsey para su uso y disfrute, con un fondo fiduciario que cubriría el mantenimiento de los jardines, los edificios y los muebles. El resto -las propiedades en España, Francia e Inglaterra; las acciones y los bonos; las cuentas corrientes, y todas las pertenencias personales que no se hubieran utilizado a su muerte para amueblar la mansión o decorar los jardines de la finca- se vendería y lo que se recaudara con esta venta serviría para financiar el fondo infinitamente.

– Accedí porque era lo que él quería -dijo Ruth Brouard-. Me prometió que se acordaría de sus hijos en su testamento, y así ha sido. No de un modo tan generoso como si las cosas hubieran sido normales, naturalmente. Pero se ha acordado de ellos de todas formas.

– ¿Cómo?

– Utilizó la opción que le permitía dividir su patrimonio en dos. Sus tres hijos se han llevado la primera mitad, dividida a partes iguales entre ellos. La segunda mitad es para dos jóvenes, dos adolescentes de Guernsey.

– Les ha dejado más de lo que recibirán sus propios hijos.

– Yo… Sí -dijo-. Supongo que así es.

– ¿Quiénes son estos adolescentes?

Le contó que se llamaban Paul Fielder y Cynthia Moullin. Su hermano, dijo, era su mentor. Conoció al chico a través de un programa de patrocinio de la escuela de secundaria de la isla. A la chica la conoció a través de su padre, Henry Moullin, un vidriero que había construido el pabellón acristalado y cambiado las ventanas en Le Reposoir.

– Las familias son bastante pobres, en especial los Fielder -concluyó Ruth-. Guy lo sabría y, como le caían bien los chicos, querría hacer algo por ellos, algo que sus propios padres nunca serían capaces de hacer.

– Pero ¿por qué querría ocultárselo a usted, si es lo que hizo? -preguntó Saint James.

– No lo sé -dijo-. No lo entiendo.

– ¿No habría estado usted de acuerdo?

– Tal vez le habría dicho que iba a causar muchos problemas.

– Dentro de su propia familia.

– Y en las de los chicos. Tanto Paul como Cynthia tienen hermanos.

– ¿Que no son recordados en el testamento de su hermano?

– Que no son recordados en el testamento de mi hermano. Así que uno recibiría un legado y los otros no… Le habría dicho que existía la posibilidad de provocar una fractura en sus familias.

– ¿Él la habría escuchado, señora Brouard?

Ella negó con la cabeza. Parecía infinitamente triste.

– Ése era el punto débil de mi hermano -le dijo-. Guy nunca escuchaba a nadie.

Margaret Chamberlain se vio en un apuro para recordar un momento en el que hubiera estado tan furiosa y hubiera sentido una necesidad tan apremiante de hacer algo respecto a su furia. Creía que era posible que hubiera estado igual de encolerizada el día que sus sospechas acerca de las aventuras amorosas de Guy dejaron de ser sospechas y se convirtieron en una realidad palpable que le sentó como un puñetazo en el estómago. Pero ese día quedaba tan lejos y habían sucedido tantas cosas en los años transcurridos -tres matrimonios más y tres hijos más, para ser concretos-, que ese momento se había transformado en un recuerdo deslustrado al que, por lo general, no sacaba brillo porque, igual que la plata antigua y pasada de moda, ya no lo utilizaba. Sin embargo, creía que lo que la consumía por dentro era similar a esa anterior provocación. ¿Y no era irónico que la semilla de lo que la consumió entonces y lo que la consumía ahora tuviera el mismo origen?

Cuando se sentía así, por lo general, le costaba trabajo decidir qué frente quería atacar primero. Sabía que tenía que hablar con Ruth, puesto que las provisiones del testamento de Guy eran tan absolutamente extrañas que sólo podían tener una explicación y Margaret estaba dispuesta a apostar su vida a que esa explicación se deletreaba R-U-T-H. Sin embargo, más allá de Ruth, la mitad de lo que pretendía ser todo el patrimonio de Guy tenía dos beneficiarios. Por nada en el mundo Margaret Chamberlain pensaba quedarse mirando cómo dos don nadie -que no estaban emparentados con Guy ni siquiera por la gotita más minúscula de sangre- se marchaban con más dinero que el propio hijo de ese cabrón.

Adrián no la ayudó demasiado con la información. Se había retirado a su dormitorio, y cuando lo abordó allí, exigiendo saber más de lo que Ruth estuvo dispuesta a divulgar sobre quién, dónde y por qué, sólo había dicho:

– Son unos chavales que miraban a papá como él creía que tenía que mirarle la carne de su carne. Nosotros no quisimos colaborar. Ellos estuvieron encantados. Eso es papá para ti, ¿no? Siempre recompensaba la devoción.

– ¿Dónde están? ¿Dónde puedo encontrarlos?

– Él vive en Bouet -contestó-. No sé dónde. Es una especie de barrio de viviendas de protección oficial. Podría estar en cualquier parte.

– ¿Y la otra?

Eso era mucho más fácil. Los Moullin vivían en La Corbiére, al suroeste del aeropuerto, en una parroquia llamada Forest. Vivían en la casa más delirante de la isla. La gente la llamaba la Casa de las Conchas, y si uno estaba por los alrededores de La Corbiére, era imposible que no la viera.

– Bien. Vamos -le dijo Margaret a su hijo.

En ese momento, Adrián dejó muy claro que él no iba a ninguna parte.

– ¿Qué crees que vas a conseguir?

– Voy a que se enteren de con quién están tratando. Voy a dejar claro que si esperan robarte lo que te corresponde…

– No te molestes. -Adrián no paraba de fumar, se paseaba por la habitación, arriba y abajo por la alfombra persa como si estuviera resuelto a crear una depresión en ella-. Es lo que quería papá. Es su última… Ya sabes… La gran bofetada de despedida.

– Deja de regodearte en todo esto, Adrián. -No pudo remediarlo. Era demasiado tener que plantearse el hecho de que su hijo estuviera totalmente dispuesto a aceptar una derrota humillante sólo porque su padre así lo había decidido-. Aquí intervienen más factores que los deseos de tu padre. Están tus derechos como hijo suyo. Si quieres, también están los derechos de tus hermanas, y no me digas que JoAnna Brouard se quedará con los brazos cruzados cuando se entere de cómo ha tratado tu padre a sus hijas. Esto podría demorarse años en los tribunales si no hacemos algo. Así que primero nos enfrentaremos a esos dos beneficiarios. Y luego nos enfrentaremos a Ruth.

Adrián caminó hacia la cómoda, alterando su ruta por una vez, gracias a Dios. Apagó el cigarrillo aplastándolo en un cenicero que aportaba al dormitorio el noventa por ciento de su mal olor. Se encendió otro de inmediato.

– Yo no voy a ningún lado -le dijo-. Me quedo al margen, madre.

Margaret se negó a creerlo, al menos como condición permanente. Se dijo que Adrián simplemente estaba deprimido, Se sentía humillado. Estaba de luto; no por Guy, por supuesto, sino por Carmel, a quien había perdido a manos de Guy. Que Dios castigara su alma por traicionar a su propio, su único, hijo de ese modo tan inimitable suyo, el judas redomado. Pero se trataba de la misma Carmel que volvería corriendo y suplicando que Adrián la perdonara en cuanto ocupara el lugar que le correspondía a la cabeza de la fortuna de su padre. A Margaret no le cabía la menor duda.

– Muy bien -dijo Margaret, y Adrián no preguntó nada más mientras su madre hurgaba en sus cosas. No protestó cuando le cogió las llaves del coche de la chaqueta que había dejado en el asiento de la silla-. De acuerdo -añadió ella-. Quédate al margen de momento. -Y se marchó.

En la guantera del Range Rover, encontró un mapa de la isla, de esos que reparten las empresas de alquiler de coches, en los que sus locales están perfectamente señalados y todo lo demás se desvanece en la ilegibilidad. Pero como la empresa de alquiler de coches estaba en el aeropuerto y La Corbiére no estaba lejos de allí, pudo localizar la aldea con exactitud cerca de la orilla sur de la isla, en un sendero que no parecía más ancho que el bigote de un gato.

Aceleró el motor como expresión de sus sentimientos y arrancó. ¿Qué dificultad podía tener, se dijo, retroceder por la ruta del aeropuerto y luego aventurarse a girar a la izquierda en la Rué de la Villiaze? No era estúpida. Podía leer los letreros de las calles. No se perdería.

Aquella creencia, naturalmente, presuponía que hubiera letreros en las calles. Margaret pronto descubrió que una parte de la naturaleza caprichosa de la isla residía en el modo en que estaban ocultas las señales: por lo general, a la altura de la cintura y detrás de unas hiedras. También descubrió enseguida que había que saber a qué parroquia se iba para no acabar en medio de Saint Peter Port, que, como Roma, era adonde, al parecer, llevaban todos los caminos.

Se había equivocado cuatro veces de salida y estaba sudada y nerviosa y, cuando por fin encontró el aeropuerto, pasó por delante de la Rué de la Villiaze sin darse cuenta, de tan pequeña que era la calle. Margaret estaba acostumbrada a Inglaterra, donde las carreteras principales parecían carreteras principales. En el mapa, la calle era roja, así que en su cabeza constaba de al menos dos carriles bien delimitados, por no mencionar un gran letrero que indicaría que había encontrado lo que buscaba. Por desgracia, se encontró rumbo a una intersección triangular en el centro de la isla, marcada por una iglesia medio escondida en una depresión del terreno, antes de plantearse que tal vez había ido demasiado lejos. Entonces se detuvo en lo que en teoría era el arcén, examinó el mapa y vio -cada vez más irritada-, que se había pasado de largo y que tendría que intentarlo de nuevo.

Fue entonces cuando finalmente maldijo a su hijo. Si no fuera tan idiota, tan patético… Pero no, no. Cierto, habría sido más práctico que la hubiera acompañado, haber tenido la capacidad de conducir directamente hasta su destino sin equivocarse de salida media docena de veces. Pero Adrián tenía que recuperarse del golpe que había supuesto el testamento de su padre -el maldito, maldito, maldito testamento de su padre-, y si quería tomarse una hora para hacerlo, adelante, pensó Margaret. Podía arreglárselas sola.

Sin embargo, se preguntó si aquello era, en parte, lo que le había sucedido a Carmel Fitzgerald: otro momento más para darse cuenta de que habría veces en que tendría que arreglárselas sola, en que Adrián se encerraría en su cuarto, o algo peor. Sabía Dios que Guy podía hundir a cualquiera que tuviera un carácter sensible, incluso lograr que se despreciara a sí mismo, y si era lo que le había pasado a Adrián mientras él y Carmel se alojaban en Le Reposoir, qué habría pensado la joven, cuan vulnerable pudo ser a las insinuaciones de un hombre que estaba como pez en el agua, tan viril y tan malditamente capaz. Muy vulnerable, pensó Margaret. Y, sin duda, Guy lo había visto y había actuado en consecuencia sin ningún tipo de remordimiento.

No obstante, iba a pagar por lo que había hecho. No podía pagarlo en vida. Pero lo pagaría ahora.

Tan ensimismada estaba Margaret en esta determinación que casi volvió a pasar de largo la Rué de la Villiaze. Pero en el último momento vio un sendero estrecho a la derecha en las inmediaciones del aeropuerto. Lo cogió ciegamente y se descubrió pasando por delante de un pub y luego un hotel y luego por la campiña, entre altos bancos y arbustos detrás de los cuales había granjas y campos en barbecho. A su alrededor, comenzaron a surgir carreteras secundarias que más bien parecían senderos de tractores, y justo cuando decidió probar con alguno de éstos con la esperanza de que la llevara a algún lugar identificable, llegó a un cruce en la carretera y encontró el milagro de un poste indicador que señalaba hacia la derecha y a La Corbiére.

Margaret dio las gracias al dios de la conducción que la había guiado hasta este punto y entró en un sendero que no podía distinguirse de los otros. Si hubiera aparecido algún coche de frente, uno de los dos tendría que haber reculado hasta el principio del camino; pero la suerte no la abandonó y no vio ningún otro vehículo por la ruta que pasaba por delante de una granja encalada y dos casitas de piedra de color carne.

Lo que vio en una curva pronunciada era la Casa de las Conchas. Como había sugerido Adrián, sólo un ciego no la habría visto. El edificio era de estuco amarillo. Las conchas a las que debía el nombre decoraban el camino de entrada, remataban el muro divisorio y plagaban el gran jardín delantero.

Era la decoración más hortera que Margaret recordaba haber visto, parecía la colección de un loco. Caracolas, conchas de orejas de mar, de vieiras y algún abulón de vez en cuando formaban los arriates. También alineaban los parterres, donde más conchas -pegadas a las ramas, los brotes y el metal flexible- cercaban las flores. En medio del césped, se alzaban las paredes de un estanque poco profundo, con conchas incrustadas, que proporcionaba un medio de vida a los peces de colores, que no tenían conchas, gracias a Dios. Pero alrededor de este estanque había pedestales con conchas incrustadas, en los que ídolos de conchas posaban para ser adorados. En dos mesas grandes plegables con conchas y sus sillas correspondientes con conchas había dos juegos de té con conchas y marisco en los platos de sandwich. Y en el muro frontal había un parque de bomberos, un colegio, un granero y una iglesia en miniatura, todo de un blanco reluciente por los moluscos que habían dado su vida para crearlos. Aquello, pensó Margaret mientras se bajaba del Range Rover, bastaba para no volver a probar la bullabesa en la vida.

Se estremeció ante aquel monumento a la vulgaridad. Le traía muchos recuerdos desagradables: veraneos en la costa de Essex durante la infancia, el acento vulgar, las patatas fritas grasientas, la piel blanca enrojecida para proclamar al mundo que se había ahorrado el dinero suficiente para ir de vacaciones a la playa.

Margaret apartó ese pensamiento, la imagen de sus padres en las escaleras de una cabana alquilada en la playa, abrazados, con la botella de cerveza en la mano. Sus besos babosos y luego las risitas de su madre y lo que seguía a esas risitas.

Basta, pensó Margaret. Avanzó con decisión por el camino de entrada. Gritó un “hola” confiado, luego una segunda vez y una tercera. Nadie salió de la casa. Sin embargo, había herramientas de jardinería expuestas en el camino delantero, aunque sabía Dios para qué estaban en este entorno. No obstante, sugerían que en casa había alguien y que estaba trabajando en el jardín, así que se acercó a la puerta de entrada. Mientras lo hacía, apareció un hombre de detrás de la casa con una pala. Iba mugriento con unos vaqueros azules tan sucios que podrían tenerse en pie por sí solos si no los llevara puestos. A pesar del frío, no lo protegía ninguna chaqueta, sino tan sólo una camisa de trabajo azul descolorida en la que alguien había bordado en rojo “Cristales Moullin”. El hombre había llevado la indiferencia climática hasta los pies, puesto que sólo calzaba unas sandalias, aunque también llevaba calcetines. Sin embargo, éstos lucían más de un agujero y el dedo gordo derecho sobresalía por uno de ellos.

Vio a Margaret y se detuvo, pero no dijo nada. A ella le sorprendió reconocerle: era el Heathcliff sobrealimentado que había visto en la recepción del funeral de Guy. De cerca, vio que la oscuridad de su piel se debía a que tenía la cara tan curtida que parecía cuero sin enjabonar. El hombre la miraba con ojos hostiles y tenía las manos cubiertas de cortes curados y otros sin curar. Margaret pudo sentirse intimidada por el nivel de animadversión que desprendía el hombre, pero ya sentía la suya propia y, aunque no hubiera sido así, ella no era una mujer que se alarmara fácilmente.

– Estoy buscando a Cynthia Moullin -le dijo tan agradablemente como pudo-. ¿Puede decirme dónde podría encontrarla, por favor?

– ¿Por qué? -El hombre llevó la pala al césped, donde empezó a cavar alrededor de la base de uno de los árboles.

Margaret se puso furiosa. Estaba acostumbrada a que cuando la gente escuchaba su voz -sabía Dios que había pasado años desarrollándola-, se asustaba.

– Creo que la respuesta es que sí o que no -dijo-. ¿Puede ayudarme a encontrarla o no? ¿Tiene algún problema para comprenderme?

– Tengo un problema para que me importe una cosa u otra. -Tenía un acento tan fuertemente influenciado por lo que Margaret supuso que era el dialecto de la isla, que parecía salido de una película de época.

– Necesito hablar con ella -dijo-. Es esencial que hable con ella. Mi hijo me ha dicho que vive en este lugar. -Intentó que “este lugar” no sonara como “este vertedero”, pero decidió que se la podía perdonar si no lo conseguía-. Pero si se ha equivocado, le agradecería que me lo dijera. Y estaré encantada de dejar de darle la lata. -Y es que no quería quedarse más tiempo del necesario con aquel hombre que parecía tener el pelo sucio y lleno de piojos.

– ¿Su hijo? ¿Quién es? -le preguntó.

– Adrián Brouard. Guy Brouard era su padre. Supongo que sabe quién es Guy Brouard, ¿verdad? Le he visto en la recepción de su funeral.

Estas últimas observaciones parecieron captar su atención, porque dejó de cavar y miró a Margaret de arriba abajo, tras lo cual cruzó el césped en silencio hasta el porche, donde cogió un cubo. Contenía una especie de bolitas que llevó al árbol y echó generosamente en la zanja que había cavado alrededor del tronco. Dejó el cubo en el suelo y avanzó al siguiente árbol, donde se puso a cavar.

– A ver -dijo Margaret-, estoy buscando a Cynthia Moullin. Me gustaría hablar con ella de inmediato, así que si sabe dónde puedo encontrarla… Vive aquí, ¿no? ¿Esto es la Casa de las Conchas? -Era la pregunta más absurda que podía hacer, pensó Margaret. Si aquélla no era la Casa de las Conchas, una pesadilla mayor la esperaba en algún lado, y eso le parecía difícil de creer.

– Así que usted es la primera -dijo el hombre señalándola con la cabeza-. Siempre me había preguntado cómo sería la primera. Dice mucho de un hombre la primera, ¿sabe? Explica por qué tomó el camino que tomó con las demás.

Margaret se esforzó por descifrar su acento. Entendió una de cada cuatro o cinco palabras y pudo llegar a la conclusión de que el bruto se refería de un modo menos que halagador a su vida sexual con Guy. No iba a consentirlo. Ella controlaría la conversación. Los hombres siempre lo reducían todo al mete-saca si podían. Creían que era una maniobra eficaz para aturullar a cualquier mujer con la que hablaban. Pero Margaret Chamberlain no era cualquier mujer. Y estaba poniendo sus ideas en orden para dejárselo claro cuando sonó un móvil y el tipo se vio obligado a sacarlo del bolsillo, abrir la tapa y revelar el fraude.

– Henry Moullin -dijo al teléfono y escuchó durante casi un minuto. Y, luego, con una voz totalmente distinta de la que había utilizado para entretener a Margaret, dijo-: Primero tengo que tomar las medidas del lugar, señora. Es imposible decirle cuánto tiempo me llevará esa clase de proyecto hasta que vea con qué estoy trabajando. -Volvió a escuchar y enseguida sacó una libreta negra de otro bolsillo. En ella, anotó una cita con alguien y dijo-: Por supuesto. Encantado de hacerlo, señora Félix. -Se guardó el teléfono en el bolsillo y miró a Margaret como si no hubiera intentado engatusarla para que creyera que era un esquilador de ovejas de las afueras de Casterbridge.

– Vaya, ahora que hemos aclarado eso, tal vez me conteste a la pregunta y me diga dónde puedo encontrar a Cynthia Moullin -dijo Margaret con cortesía a pesar de todo-. Usted es su padre, ¿no?

El hombre no estaba arrepentido ni tampoco avergonzado.

– Cyn no está aquí, señora Brouard -dijo.

– Chamberlain -le corrigió Margaret-. ¿Dónde está? Es imprescindible que hable con ella enseguida.

– No es posible -dijo-. Se ha ido a Alderney, a ayudar a su abuela.

– ¿Y la abuela no tiene teléfono?

– Cuando funciona, sí.

– Entiendo. Bueno, tal vez sea mejor así, señor Moullin. Usted y yo podemos solucionar esto, y ella no tiene por qué saber nada. Tampoco se llevará una decepción.

Moullin sacó de su bolsillo un tubo de alguna especie de pomada y se puso un poco en la palma. La miró mientras se untaba el preparado sobre los muchos cortes que tenía en las manos, como si no le importara lo más mínimo que también estuviera extendiéndose tierra del jardín.

– Será mejor que me diga qué quiere -dijo, y había en su actitud una franqueza masculina que era a la vez desconcertante y un tanto excitante. A Margaret le vino la imagen extraña de ella con aquel hombre, una relación puramente animal que no habría creído posible plantearse. Moullin dio un paso en su dirección, y ella retrocedió en un acto reflejo. Los labios de él se movieron como si aquello le divirtiera. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Margaret. Se sintió como un personaje de una novela romántica mala, a un instante del éxtasis.

Eso bastó para enfurecerla y le permitió dominar la situación.

– Se trata de algo que seguramente podremos resolver entre nosotros, señor Moullin. No creo que quiera verse envuelto en una batalla legal prolongada. ¿Me equivoco?

– ¿Una batalla legal por qué?

– Por los términos del testamento de mi ex marido.

Un brillo en los ojos desveló un interés mayor. Margaret lo vio y se dio cuenta de que un arreglo quizá funcionaría: acordar una suma inferior para evitar tener que gastarlo todo en abogados -o como los llamaran aquí- que alargarían el proceso en los tribunales durante años como si se tratara del juicio de los Jarndyce.

– No voy a mentirle, señor Moullin -le dijo-. Mi marido ha dejado una fortuna considerable a su hija en su testamento. Mi hijo, el hijo mayor de Guy y su único heredero varón, como sabrá, ha recibido mucho menos. Estoy convencida de que coincidirá conmigo en que se ha cometido una gran injusticia. Así que me gustaría arreglarlo sin recurrir a los tribunales.

Margaret no había pensado antes en la reacción que podría tener el hombre al conocer que su hija había recibido una herencia. De hecho, no le había importado demasiado cuál sería su reacción. Sólo había pensado en solucionar como pudiera aquella situación en beneficio de Adrián. Una persona razonable vería las cosas igual que ella cuando las expusiera matizándolas con alusiones a futuros litigios.

Al principio, Henry Moullin no dijo nada. Se dio la vuelta y se puso a cavar de nuevo. Sin embargo, su respiración era distinta. Era áspera y el ritmo era más rápido que antes. Pisó la pala y la introdujo en la tierra. Una, dos, tres veces. Mientras lo hacía, la nuca pasó del color del cuero sin enjabonar a un rojo tan intenso que Margaret Chamberlain temió que le diera un ataque allí mismo.

– Mi hija, maldita sea -dijo entonces, y dejó de cavar. Cogió el cubo de bolitas. Las echó en la segunda zanja sin fijarse en que se amontonaban y se derramaban por los lados-. ¿Se cree que puede…? -dijo-. Ni de coña… -Y antes de que Margaret pudiera decir otra palabra, antes de que pudiera simpatizar, aunque de manera artificial, con la angustia evidente que sentía el hombre porque Guy se había inmiscuido en su capacidad de mantener económicamente a su propia hija, Henry Moullin volvió a coger la pala. Sin embargo, esta vez se dio la vuelta hacia ella. La levantó y avanzó.

Margaret gritó, encogiéndose, odiándose por encogerse, odiándole por hacer que se encogiera, y buscó una escapatoria rápida. Pero su única opción de huir era saltar hacia la estación de bomberos de conchas, la chaise longue de conchas, la mesa plegable de conchas o -como si fuera un saltador de longitud- el estanque con conchas incrustadas. Sin embargo, cuando empezó a dirigirse hacia la chaise longue, Henry Moullin pasó a su lado y fue hacia la estación de bomberos de conchas. La golpeó ciegamente.

– Maldita sea.

Los fragmentos salieron volando en todas direcciones. La redujo a escombros con tres golpes brutales. Siguió con el granero y luego con la escuela, mientras Margaret observaba, atemorizada por el poder de su furia.

Moullin no dijo nada más. Se lanzó de una creación de conchas extravagante a la siguiente: la escuela, la mesa plegable, las sillas, el estanque, el jardín de flores artificiales de conchas. Nada parecía agotarle. No paró hasta recorrer todo el sendero que llevaba de la entrada a la puerta. Y una vez allí, arrojó la pala contra la casa amarilla. Por muy poco, no chocó contra una de las ventanas enrejadas y acabó aterrizando en el sendero con un ruido estrepitoso.

El hombre jadeaba. Algunos de los cortes en las manos se habían vuelto a abrir. Se había hecho tajos nuevos con los fragmentos de las conchas y el hormigón que las unía. Los vaqueros sucios estaban blancos por el polvo, y cuando se limpió las manos en ellos, la sangre dibujó rayas finas sobre el blanco.

– ¡No! -dijo Margaret sin pensarlo siquiera-. No permita que le haga esto, Henry Moullin.

Él se quedó mirándola, respirando con dificultad, parpadeando como si aquello fuera a aclararle la cabeza. Se había liberado de toda la agresividad. Miró a su alrededor, a los destrozos que había ocasionado en la parte delantera de su casa, y dijo:

– El muy cabrón ya tenía dos.

Las niñas de JoAnna, pensó Margaret. Guy tenía hijas propias. Había tenido y perdido la oportunidad que le habían ofrecido de hacer de padre. Pero no se había tomado esa pérdida a la ligera, así que había sustituido a sus hijos abandonados por otros que sería mucho más probable que hicieran la vista gorda ante los defectos que eran tan patentes para los de su propia sangre. Porque eran pobres, y él era rico. El dinero compraba amor y lealtad allí donde podía hacerlo.

– Tiene que curarse las manos -dijo Margaret-. Se ha hecho cortes. Están sangrando. No, no las restriegue…

Pero el hombre lo hizo igualmente, añadiendo más rayas al polvo y la suciedad de los vaqueros y, cuando aquello no fue suficiente, también se las limpió en la camisa de trabajo llena de polvo.

– No queremos su maldito dinero -dijo-. No lo necesitamos. Por nosotros, puede prenderle fuego en Trinity Square.

Margaret pensó que podría haberlo dicho desde el principio y ahorrarles a los dos una escena aterradora, por no mencionar que también podría haber salvado el jardín.

– Me alegro mucho de oír eso, señor Moullin. Es justo que Adrián…

– Pero es el dinero de Cyn, ¿no? -continuó Henry Moullin, truncando sus esperanzas con la misma eficacia con la que había reducido a añicos las creaciones de conchas y cemento que los rodeaban-. Si Cyn quiere la recompensa… -Caminó hacia donde estaba la pala en el camino que llevaba a la puerta. La recogió. Hizo lo mismo con un rastrillo y un recogedor. Sin embargo, cuando los tuvo en la mano, miró a su alrededor, como si no estuviera seguro de qué había estado haciendo con ellos.

Miró a Margaret, y ésta vio que sus ojos estaban llenos de dolor.

– Venía aquí -dijo-. Yo iba allí. Trabajábamos codo con codo. Y me decía: “Eres un gran artista, Henry. No estás hecho para construir invernaderos toda la vida”. Me decía: “Escapa, aléjate de esto, amigo. Yo creo en ti. Te ayudaré un poco. Deja que te contrate. Quien nada arriesga no gana una mierda”. Y yo le creí, ¿sabe? Quería hacerlo, dejar esto de aquí. Lo quería por mis hijas, sí, por mis hijas. Pero también por mí. ¿Qué pecado hay en eso?

– Ninguno -dijo Margaret-. Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, ¿verdad? Yo también lo quiero. Por eso estoy aquí, por Adrián, mi hijo y el de Guy. Por lo que le ha hecho. Le ha engañado y quitado lo que le correspondía, señor Moullin. Ve lo mal que está eso, ¿verdad?

– Nos engañó a todos -dijo Henry Moullin-. A su ex marido se le daba bien engañar. Se pasó años burlándose de nosotros, esperando el momento oportuno. Nuestro querido señor Brouard no era un hombre que se saltara las leyes. La moral sí, eso sí. Lo apropiado y lo correcto. Nos tenía a todos comiendo de su mano, y nosotros no sabíamos que estaba envenenada.

– ¿No quiere contribuir a arreglarlo? -dijo Margaret-. Usted puede, y lo sabe. Puede hablar con su hija, puede explicárselo. No le pediríamos a Cynthia que renunciara a todo el dinero que le ha dejado. Sólo querríamos igualar las cosas, reflejar quién es familia de Guy y quién no.

– ¿Es eso lo que quiere? -dijo Henry Moullin-. ¿Cree que eso equilibrará las cosas? Es usted igual que él, ¿verdad, señora? Cree que el dinero compensa cualquier pecado. Pero no es así, y nunca lo será.

– Entonces, ¿no hablará con ella? ¿No se lo explicará? ¿Vamos a tener que llevar esto a otro nivel?

– No lo entiende, ¿verdad? -le preguntó Henry Moullin-. Nadie va a hablar con mi hija. Nadie va a explicar nada.

Se dio la vuelta y se marchó con las herramientas por donde había aparecido con la pala hacía tan sólo unos minutos. Desapareció detrás de la casa.

Margaret se quedó allí un momento, inmóvil en el sendero, y por primera vez en su vida vio que se había quedado sin respuesta. Se sentía casi abrumada por la fuerza del odio que Henry Moullin había dejado tras él. Era como una corriente que la empujaba hacia una marea de la que prácticamente no había esperanza de escapar.

Donde menos esperaba encontrarla, sintió una afinidad con aquel hombre desaliñado. Comprendía por lo que estaba pasando. Tus hijos eran tus hijos, y a nadie le pertenecían del mismo modo que a ti. No eran lo mismo que un esposo, unos padres, unos hermanos, una pareja, un amigo. Los hijos nacían de tu cuerpo y de tu alma. Ningún intruso podía romper fácilmente ese vínculo creado a partir de ese tipo de sustancia.

No obstante, ¿si un intruso lo intentaba o, Dios no lo quisiera, lo conseguía…?

Nadie sabía mejor que Margaret Chamberlain hasta dónde podía llegar alguien para preservar la relación que tenía con su hijo.

Capítulo 13

Cuando Saint James regresó a Saint Peter Port, pasó primero por el hotel, pero la habitación estaba vacía y su mujer no había dejado ningún mensaje en recepción. Así que fue a la comisaría de policía, donde interrumpió al inspector en jefe Le Gallez mientras devoraba una baguete de ensalada de gambas. El inspector lo condujo a su despacho y le ofreció un trozo de bocadillo (que Saint James rechazó) y un café (que Saint James aceptó). También le ofreció galletas digestivas de chocolate; pero como parecía que el baño se hubiera derretido y solidificado demasiadas veces, Saint James declinó la invitación y se las arregló sólo con el café.

Informó a Le Gallez sobre los testamentos de los Brouard, el del hermano y el de la hermana. Le Gallez escuchó mientras masticaba, y tomó notas en una libreta que cogió de una bandeja de plástico de su mesa. Mientras Saint James hablaba, vio que el inspector subrayaba “Fielder” y “Moullin”, y añadía un signo de interrogación junto al segundo nombre. Le Gallez interrumpió el torrente de información para explicar que conocía la relación del fallecido con Paul Fielder, pero que Cynthia Moullin era un nombre nuevo para él. También anotó los datos de los testamentos de los Brouard y escuchó con educación mientras Saint James planteaba una teoría que había contemplado de regreso a la ciudad.

El testamento anterior que Ruth Brouard conocía recordaba a personas que se habían borrado del documento más reciente: Anaïs Abbott, Frank Ouseley y Kevin y Valerie Duffy, además de los hijos de Guy Brouard, tal como exigía la ley. Dada la situación, Ruth había pedido a esas personas que estuvieran presentes en la lectura del testamento. Si cualquiera de estos beneficiarios, señaló Saint James a Le Gallez, conocía el testamento anterior, tenía un móvil claro para cargarse a Guy Brouard, con la esperanza de recoger antes y no después lo que les legaba.

– ¿Fielder y Moullin no figuraban en el testamento anterior? -preguntó Le Gallez.

– Ella no los ha mencionado -contestó Saint James-, y como ninguno de los dos estaba presente cuando se ha leído el testamento esta tarde, creo que podemos concluir sin temor a equivocarnos que los legados que han recibido han sido una sorpresa para la señora Brouard.

– ¿Y para ellos? -preguntó Le Gallez-. Puede que Brouard se lo contara. Lo cual los coloca en la lista porque también tendrían un móvil. ¿No le parece?

– Imagino que es posible. -No creía que fuera probable, teniendo en cuenta que los dos eran adolescentes, pero agradecía cualquier cosa que indicara que Le Gallez contemplaba, al menos de momento, algo más que la presunta culpabilidad de China River.

Al ver que el inspector tenía una forma de pensar más abierta que antes, Saint James detestaba hacer algo que pudiera recordar a Le Gallez su opinión anterior; pero sabía que su conciencia nunca se quedaría tranquila si no era totalmente sincero con el otro hombre.

– Por otro lado…

Saint James era reacio a continuar -parecía que la lealtad hacia su mujer exigía una lealtad similar hacia sus amigos- y, a pesar de saber cómo reaccionaría probablemente el inspector a aquella información, le entregó el material que Ruth Brouard le había dado durante su última conversación. El inspector hojeó el pasaporte de Guy Brouard primero y luego repasó los recibos de la tarjeta de crédito y las facturas. Dedicó un momento a examinar el recibo del Citrus Grille, golpeándolo con el lápiz mientras daba otro mordisco al bocadillo. Después de pensar, giró la silla y cogió una carpeta de papel manila. La abrió por un fajo de notas mecanografiadas que fue pasando hasta que, al parecer, encontró lo que buscaba.

– Códigos postales -le dijo a Saint James-. Los dos comienzan por nueve dos. Nueve dos ocho y nueve dos seis.

– Uno es el de Cherokee River, imagino.

– ¿Ya lo sabía?

– Sé que vive por la zona que Brouard visitó.

– El segundo código es el de él -dijo Le Gallez-. El nueve dos seis. El otro es el de este restaurante: el Citrus Grille. ¿Qué le sugiere esto?

– Que Guy Brouard y Cherokee River pasaron algún tiempo en el mismo condado.

– ¿Nada más, entonces?

– ¿Qué más puede sugerir? California es un estado grande. Seguramente sus condados también son grandes. No sé si se puede extrapolar, a partir de unos códigos postales, que Brouard y River se conocieron antes de que River viniera a la isla con su hermana.

– ¿ No le parece mucha coincidencia, algo sospechosamente casual?

– Sí, en el caso de que sólo dispusiéramos de los datos que tenemos ahora aquí delante: el pasaporte, los recibos y la dirección de Cherokee River. Pero un abogado, sin duda con un código postal similar, contrató a River para que entregara unos planos arquitectónicos en Guernsey. Así que parece razonable suponer que Guy Brouard estuvo en California para reunirse con ese abogado, y con el arquitecto, quien seguramente también tendrá un código postal similar, y no para reunirse con Cherokee River. Imagino que no se conocieron hasta que River y su hermana llegaron a Le Reposoir.

– No obstante, ¿estará de acuerdo en que no podemos descartarlo?

– Diría que no podemos descartar nada.

Saint James sabía que eso incluía el anillo que él y Deborah habían encontrado en la bahía. Le preguntó al inspector en jefe Le Gallez por él, por la posibilidad de que hubiera huellas, o al menos una huella parcial que pudiera ser útil a la policía. Señaló que el estado del anillo sugería que no había estado en la playa durante un largo período de tiempo. Pero sin duda el inspector ya habría llegado a esa conclusión cuando lo había examinado.

Le Gallez dejó a un lado el bocadillo y se limpió los dedos con una servilleta de papel. Levantó una taza de café a la que no había hecho caso mientras comía y la sostuvo en la mano antes de hablar. Las dos palabras que dijo hicieron que a Saint Jumes se le cayera el alma a los pies.

– ¿Qué anillo?

De bronce, latón, algún metal de poca ley, le dijo Saint James. Tenía una calavera y dos huesos cruzados con los números treinta y nueve barra cuarenta en la frente de la calavera, junto con una inscripción en alemán. Había mandado a alguien a la comisaría con las instrucciones de que se lo entregara personalmente al inspector en jefe Le Gallez.

No añadió que su esposa era la mensajera, porque intentaba tranquilizarse para escuchar lo inevitable de la boca del inspector en jefe. Ya se estaba preguntando qué significaba lo inevitable, aunque creía que conocía la respuesta.

– No lo he visto -le dijo Le Gallez, y descolgó el teléfono y llamó a recepción para asegurarse de que el anillo no estaba esperando abajo. Habló con el agente de guardia y le describió el anillo como había hecho Saint James. Gruñó cuando el policía contestó y miró a Simón mientras escuchaba extensamente un relato acerca de un tema u otro. Al final, dijo-: Bueno, pues súbemelo, hombre. -Aquello hizo que Saint James volviera a respirar tranquilo. Le Gallez continuó-: Por el amor de Dios, Jerry. No es a mí a quien tienes que venir refunfuñando por el maldito fax. Soluciónalo y termínalo de una vez, ¿de acuerdo? -Y colgó el teléfono con violencia y una palabrota. Cuando volvió a dirigirse a Saint James, puso fin a su tranquilidad por segunda vez en tres minutos.

– No hay anillo. ¿Me habla de él?

– Será un malentendido. -O un accidente de coche, quiso añadir Saint James, aunque sabía que era imposible, puesto que había cogido el mismo camino de regreso que habría tomado su mujer y no había ni un faro roto en la carretera que sugiriera que un accidente de tráfico había impedido a Deborah cumplir con su encargo. Y en la isla la gente no conducía tan deprisa para tener un accidente. Un choque sin importancia quizá, los parachoques aplastados y los guardabarros abollados. Pero eso sería todo. Ni siquiera eso le habría impedido llevar el anillo a Le Gallez como le había indicado.

– Un malentendido. -Ahora Le Gallez habló con mucha menos afabilidad-. Sí. Comprendo, señor Saint James. Ha habido un malentendido. -Alzó la vista cuando una figura apareció en la puerta, un agente de uniforme que llevaba unos papeles en la mano. Le Gallez le indicó que se fuera. Se levantó de su asiento y cerró la puerta del despacho. Miró a Saint James con los brazos cruzados sobre el pecho. Dijo-: No me importa demasiado que fisgonee, señor Saint James. Estamos en un país libre y bla, bla, bla, y si quiere hablar con alguien y a esa persona no le importa, por mí no hay problema. Pero cuando empieza usted a jugar con pruebas, la situación cambia completamente.

– Lo entiendo. Yo…

– Creo que no. Usted ha venido aquí con un objetivo, y si cree que no me doy cuenta y que no veo adonde nos puede llevar eso, será mejor que se replantee las cosas. Bien, quiero ese anillo. Y lo quiero ya. Ya nos ocuparemos después de dónde ha estado desde que lo cogió de la playa. Y de por qué lo cogió, por cierto. Porque usted sabe perfectamente qué tendría que haber hecho. ¿Me he expresado con claridad?

Saint James no había recibido una reprimenda desde que era adolescente, y la experiencia -tan parecida a un tirón de orejas de un director de colegio enfurecido- no era agradable. Estaba avergonzado porque sabía que se lo tenía bien merecido. Pero eso no hacía que aquel mal trago fuera menos aleccionador, ni tampoco suavizaba el revés que supondría aquel momento para su reputación si no era capaz de controlar la situación rápidamente.

– No estoy seguro de qué ha pasado -dijo-. Pero le presento mis más sinceras disculpas. El anillo…

– No quiero sus malditas disculpas -gritó Le Gallez-. Quiero el anillo.

– Lo tendrá enseguida.

– Más vale que así sea, señor Saint James. -El inspector se apartó de la puerta y la abrió.

Saint James no recordaba que lo hubieran despachado nunca con tan pocos miramientos. Salió al vestíbulo, donde el agente de uniforme esperaba con los papeles en la mano. El hombre apartó la mirada, como si se sintiera violento, y entró a toda prisa en el despacho del inspector.

Le Gallez cerró la puerta de un portazo. Pero no antes de espetarle, a modo de comentario de despedida: -Maldito tullido.

Deborah vio que prácticamente todos los anticuarios de Guernsey estaban en Saint Peter Port. Como cabría esperar, se encontraban en la parte más vieja de la ciudad, no lejos del puerto. Sin embargo, en lugar de visitarlos todos, le sugirió a Cherokee que comenzaran llamando por teléfono. Así que volvieron sobre sus pasos hasta el mercado y de allí cruzaron a la iglesia. La cabina que necesitaban estaba a un lado, y mientras Cherokee esperaba y la observaba con seriedad, Deborah metió las monedas en el teléfono y llamó a las tiendas de antigüedades hasta que pudo aislar aquellas que vendían artículos militares. Parecía lógico comenzar por allí e ir ampliando la investigación si lo creían necesario.

Al final, resultó que en la ciudad sólo había dos tiendas que tenían objetos militares entre su mercancía. Las dos se encontraban en Mili Street, una calle peatonal adoquinada que ascendía por una ladera desde el mercado de carne y que, prudentemente, estaba cerrada al tráfico. Aunque un coche tampoco podría haber pasado por la calle sin correr el riesgo de arañar los edificios por ambos lados, pensó Deborah cuando la localizaron. Le recordó al Shambles de York: era un poco más ancha, pero también evocaba un pasado en el que el medio de transporte eran los coches de caballos.

Las tiendas pequeñas de Mili Street reflejaban un período más sencillo, definido por una decoración sobria y ventanas y puertas austeras. Ocupaban edificios que bien podrían haber sido casas, con tres plantas elegantes, buhardillas y chimeneas alineadas como si fueran escolares esperando en los tejados.

Había poca gente por la zona, que estaba a cierta distancia de los importantes distritos comercial y bancario de High Street y su prolongación, Le Pollet. En realidad, mientras ella y Cherokee buscaban el primer nombre y dirección que había garabateado en el dorso de un cheque, a Deborah le pareció que incluso el más optimista de los comerciantes tendría muchas probabilidades de fracasar si abriera una tienda en esa zona.

Muchos de los edificios estaban desocupados, con letreros de “Se alquila” o “En venta” en sus ventanas. Cuando localizaron la primera de las dos tiendas que buscaban, en el escaparate colgaba un cartel de “Se traspasa” que parecía haber cambiado de manos de un propietario a otro durante bastante tiempo.

Antigüedades John Steven Mitchell ofrecía pocos objetos militares de interés. Quizá debido a su cierre inmediato, la tienda contaba únicamente con un expositor con contenido de origen militar. Eran medallas, aunque las acompañaban tres dagas, cinco pistolas y dos gorras de la Wehrmacht. Si bien a Deborah le pareció una exposición decepcionante, decidió que como todo en aquel caso tenía un origen alemán, las cosas podían ser más esperanzadoras de lo que parecían en realidad.

Ella y Cherokee estaban inclinados sobre el expositor, examinando la mercancía, cuando el propietario de la tienda -probablemente el propio John Steven Mitchell- salió a su encuentro. Al parecer, le habían interrumpido mientras fregaba los platos después de comer, si el delantal manchado y las manos mojadas servían de indicio. Les ofreció su ayuda con simpatía mientras se secaba las manos con un paño desagradablemente sucio.

Deborah sacó el anillo que ella y Simón habían encontrado en la playa, procurando no tocarlo, y le pidió a John Steven Mitchell que tampoco lo tocara. Le preguntó si reconocía el anillo y si podía decirles algo sobre él.

Mitchell cogió unas gafas de encima de la caja y se inclinó sobre el anillo, que estaba en el expositor de objetos militares donde Deborah lo había dejado. También cogió una lupa y examinó la inscripción en la frente de la calavera.

– Baluarte occidental -murmuró-. Treinta y nueve, cuarenta. -Calló como considerando sus propias palabras-. Es la traducción de “die Festung im Westen”. Y el año… En realidad, podría tratarse de un recuerdo de alguna clase de construcción defensiva. Pero podría ser una referencia metafórica al ataque contra Dinamarca. Por otro lado, la calavera y los huesos cruzados eran propios de las Waffen-SS, así que también está esa conexión.

– Pero ¿no pertenece a la ocupación? -preguntó Deborah.

– Pudieron dejarlo entonces, cuando los alemanes se rindieron a los aliados. Pero no estaría directamente relacionado con la ocupación. Las fechas no coinciden. Y el término “die Festung im Westen” no tiene ningún significado aquí.

– ¿Por qué? -Cherokee no había apartado la vista del anillo mientras Mitchell lo examinaba, pero ahora la alzó.

– Por lo que implica -respondió Mitchell-. Construyeron túneles, naturalmente. Fortificaciones, emplazamientos de artillería, torres de observación, hospitales, de todo. Incluso un ferrocarril. Pero no un verdadero baluarte. Y aunque lo hubieran hecho, esto conmemora algo ocurrido un año antes de que comenzara la ocupación. -Se inclinó una segunda vez sobre el anillo con la lupa-. En realidad, nunca había visto nada parecido. ¿Se están planteando venderlo?

Deborah le dijo que no. Sólo trataban de averiguar de dónde había salido, puesto que por su estado era obvio que no había estado al aire libre desde 1945. Las tiendas de antigüedades parecían el lugar lógico donde empezar a recabar información.

– Entiendo -dijo Mitchell. Bueno, si era información lo que querían, sería aconsejable que hablaran con los Potter, justo calle arriba. Antigüedades Potter y Potter, Jeanne y Mark, madre e hijo, les aclaró. Ella era experta en porcelana y no podría ayudarlos demasiado. Pero había pocas cosas sobre el ejército alemán en la segunda guerra mundial que él no conociera.

Rápidamente, Deborah y Cherokee volvían a estar en Mili Street, esta vez subiendo la calle, pasando por delante de una abertura oscura entre dos edificios llamada Back Lañe. Justo después de este callejón, encontraron Potter y Potter. A diferencia de la tienda anterior, ésta parecía un negocio viable.

Al entrar, vieron que la madre Potter estaba en la tienda. Estaba sentada en una mecedora con unas pantuflas en los pies, apoyados sobre un cojín mullido, y centraba su atención en la pantalla de un televisor no mayor que una caja de zapatos. Estaba viendo una película: Audrey Hepburn y Albert Finney circulaban por el campo en un MG antiguo. Un coche no muy distinto al de Simón, pudo observar Deborah, y por primera vez desde que había tomado la decisión de pasar de largo de la comisaría de policía para buscar a China River, sintió una punzada. Era como si algo le remordiera la conciencia, un hilo que podría desenredarse si se tiraba de él con demasiada fuerza. No podía llamarlo culpa exactamente, porque sabía que no había nada por lo que sentirse culpable. Pero se trataba, sin duda, de algo desagradable, un malestar psíquico del que quería deshacerse. Se preguntó por qué lo sentía. Qué exasperante era estar haciendo algo importante y que otra cosa intentara irracionalmente llamar tu atención.

Vio que Cherokee había encontrado la sección de objetos militares de la tienda, que era considerable. A diferencia de Antigüedades John Steven Mitchell, Potter y Potter ofrecía de todo, desde máscaras de gas antiguas a servilleteros nazis. Incluso tenían en venta un arma antiaérea, junto con un proyector de cine antiguo y una película llamada Eine gute Sache. Cherokee había ido directo a un expositor con baldas eléctricas que subían y bajaban alternativamente sobre un tambor giratorio que se accionaba con un botón. Allí, los Potter exhibían medallas, chapas e insignias de uniformes militares. El hermano de China estaba examinando todas las baldas. Los golpeteos que daba en el suelo con el pie transmitían su determinación por encontrar algo que pudiera ser útil para la situación de su hermana.

La madre Potter dejó a Audrey y Albert. Era una mujer rolliza y tenía los ojos saltones típicos de los problemas de tiroides, pero miró a Deborah con cordialidad cuando habló.

– ¿Puedo ayudarla, querida?

– ¿Con algún objeto militar?

– Tendrá que hablar con Mark. -La mujer se dirigió sin hacer ruido hacia la puerta entrecerrada, que, al abrirla, reveló una escalera. Caminaba como si necesitara un recambio de cadera y se ayudaba de cualquier cosa que encontrara a su paso. Llamó a su hijo al piso de arriba, y la voz incorpórea de éste contestó. La mujer le dijo que había clientes abajo y que tendría que dejar el ordenador de momento-. Internet -le dijo a Deborah en confianza-. Creo que es igual de malo que la heroína, sí, señor.

Mark Potter bajó las escaleras ruidosamente, y no tenía aspecto de ser adicto a nada. A pesar de la época del año, estaba muy moreno y sus movimientos irradiaban vitalidad.

Quiso saber qué podía hacer por ellos, qué estaban buscando. Recibía artículos nuevos constantemente -”La gente muere, pero sus colecciones perduran, tanto mejor para el resto de nosotros, en mi opinión”-, así que si buscaban algo que él no tenía, era bastante probable que pudiera conseguírselo.

Deborah volvió a sacar el anillo. A Mark Potter se le iluminó la cara cuando lo vio.

– ¡Otro! -gritó-. ¡Es extraordinario! Sólo he visto uno igual en todos los años que llevo en el negocio. Y ahora otro. ¿ De dónde lo ha sacado?

Jeanne Potter se reunió con su hijo al otro lado de la vitrina, donde Deborah había colocado el anillo pidiendo, como en la otra tienda, que no lo tocaran.

– Es igual que el que vendiste, ¿verdad, cariño? -dijo la mujer. Y luego a Deborah-: Lo tuvimos durante muchísimo tiempo. Era un poco deprimente, igual que éste. Nunca pensé que lo venderíamos. Este tipo de cosas no gustan a todo el mundo, ¿verdad?

– ¿Lo vendieron hace poco? -preguntó Deborah.

Los Potter se miraron.

– ¿Cuánto hará…? -dijo ella.

– ¿Diez días? -dijo él-. ¿Dos semanas, quizá?

– ¿Sabe quién lo compró? -preguntó Cherokee-. ¿Lo recuerda?

– Sí, claro -dijo Mark Potter.

– Claro, cariño -dijo su madre con una sonrisa-. Tú siempre fijándote.

– No es eso, y lo sabes. -Potter sonrió-. Deja de fastidiarme, vieja estúpida. -Entonces se dirigió a Deborah-. Una mujer americana. Me acuerdo porque no vienen muchos americanos a Guernsey, y ninguno en esta época del año. ¿Y por qué iban a venir? Tienen lugares más importantes en mente para visitar que las islas del canal, ¿verdad?

A su lado, Deborah oyó que Cherokee respiraba hondo.

– ¿Está seguro de que era americana?

– Una mujer de California. Oí el acento y le pregunté. Mamá también lo hizo.

Jeanne Potter asintió.

– Hablamos de estrellas de cine -dijo-. Yo no he estado nunca, pero siempre he creído que si vivías en California, las veías paseando por la calle. Ella dijo que no, que no era así.

– Harrison Ford -dijo Mark Potter-. No seas mentirosilla, mamá.

Ella se rio y se puso nerviosa.

– Pues sigue tú, anda -dijo, y luego le comentó a Deborah-: Me gusta bastante Harrison. Esa pequeña cicatriz que tiene en la barbilla tiene algo muy viril.

– Qué traviesa -le dijo Mark-. ¿Qué habría pensado papá?

– ¿Qué aspecto tenía la mujer americana? -le interrumpió Cherokee, esperanzado-. ¿Lo recuerda?

Resultó que no la vieron muy bien. Llevaba la cabeza cubierta con algo -Mark creía que era un pañuelo; su madre creía que era una capucha- que le tapaba el pelo y le caía sobre la frente. Como dentro de la tienda no había mucha luz, y como probablemente ese día llovía… No podían añadir mucho más sobre su aspecto. Sin embargo, iba vestida toda de negro, si eso servía de ayuda. Y llevaba unos pantalones de cuero, recordó Jeanne Potter. Se acordaba bien de los pantalones. Era justo el tipo de ropa que le habría gustado llevar a esa edad si entonces hubiera existido y hubiera tenido el tipo para ponérsela, que no era el caso.

Deborah no miró a Cherokee, pero no le hacía falta. Le había dicho dónde habían encontrado Simón y ella el anillo, así que sabía que estaba abatido por aquella nueva información. Sin embargo, el hermano de China intentó reponerse lo mejor que pudo, porque preguntó a los Potter si había algún otro lugar en la isla de donde pudiera haber salido un anillo como aquél.

Los Potter consideraron la pregunta y, al final, fue Mark quien respondió. Sólo había un lugar, les informó, de donde podría haber salido otro anillo como aquél. Mencionó el nombre, y cuando lo hizo, su madre secundó la idea de inmediato.

En Talbot Valley, dijo Mark, vivía un gran coleccionista de cachivaches de la guerra. Tenía más artículos que el resto de la isla junta.

Se llamaba Frank Ouseley, añadió Jeanne Potter, y vivía con su padre en un lugar llamado Moulin des Niaux.

Hablar con Nobby Debiere sobre el posible fin de los planes para construir un museo no había sido fácil para Frank. Sin embargo, lo había hecho por un sentido de la obligación para con el hombre al que había fallado en tantos sentidos cuando era adolescente. Ahora tendría que hablar con su padre. También le debía mucho a Graham Ouseley, pero era una locura pensar que podía fingir eternamente que sus sueños estaban cristalizando al final de la calle de la iglesia de Saint Saviour, como esperaba su padre.

Naturalmente, aún podía hablar con Ruth sobre el proyecto, o, en realidad, con Adrián Brouard, sus hermanas -siempre que pudiera encontrarlas- y también con Paul Fielder y Cynthia Moullin. El abogado no había mencionado la cantidad que llegarían a heredar estas personas, puesto que estaría en manos de banqueros, corredores de bolsa y peritos contables. Pero tenía que ser una cantidad enorme porque era imposible creer que Guy se hubiera ocupado de Le Reposoir, su contenido y sus otras propiedades sin asegu