/ Language: Español / Genre:detective

La justicia de los inocentes

Elizabeth George

Aclamado como `el rey de la sordidez`, el editor de prensa Dennis Luxford está acostumbrado a desentrañar los pecados y escándalos de la gente que se encuentra en posiciones expuestas. Pero cuando abre una carta dirigida a él en su periódico, `The Source`(`El Manantial`), descubre que alguien más destaca en desentrañar secretos tan bien como él. A través de esta carta se le informa que Charlotte Bowen, de diez años, ha sido raptada, y si Luxford no admite públicamente su paternidad, ella morirá. Pero la existencia de Charlotte es el secreto más ferozmente guardado de Luxford, y reconocerla como su hija arrojará a más de una vida y una carrera al caos. Además no únicamente la reputación de Luxford está en juego: también la reputación y la carrera de la madre de Charlotte. Se trata de la subsecretaría de Estado del Ministerio del Interior, uno de los cargos más considerados y con bastantes posibilidades de ser la próxima Margaret Thatcher. Sabiendo que su futuro político cuelga de un hilo, Eve Bowen no acepta que Luxford dañe su carrera publicando la historia o llamando a la policía. Así que el editor acude al científico forense Simon St. James para que le ayude. Se trata de un caso que a St. James llena de inquietud, en el que ninguno de los protagonistas del drama parecen reaccionar tal como se espera, considerando la gravedad de la situación. Entonces tiene lugar la tragedia, y New Scotland Yard se ve involucrado. Pronto el Detective Inspector Thomas Lynley se da cuenta que el caso tiene tentáculos en Londres y en todo el país, y debe simultáneamente investigar el asesinato y la misteriosa desaparición de Charlotte. Mientras, su compañera, la sargento Detective Barbara Havers, lleva a cabo su propia investigación intentando dar un empuje a su carrera, intentando evitar una solución desalentadora y peligrosa que nadie conoce.

Elizabeth George

La justicia de los inocentes

Inspector Lynley 8

Título original: In the Presence of the Enemy (1996)

PRIMERA PARTE

1

Charlotte Bowen pensó que estaba muerta. Abrió los ojos al frío y la oscuridad. El frío estaba debajo de ella y le causaba la misma sensación que el suelo del jardín de su madre, donde el grifo exterior goteaba sin cesar y formaba una mancha de humedad verde y olorosa. La oscuridad era omnipresente. La negrura la envolvía como una manta gruesa, y Charlotte forzó la vista para disolverla, para forjar de la nada infinita una forma capaz de desmentir que no estaba en una tumba. Al principio no se movió. No extendió las manos y los pies porque no quería tocar los lados del ataúd, porque no quería saber que la muerte era así, cuando ella había creído que habría santos, ángeles y luz, y que los ángeles tocarían arpas sentados en columpios.

Charlotte se esforzó por oír algo, pero no había nada que oír. Olió, pero no había nada que oler, salvo la envoltura de moho que la rodeaba, como huelen las piedras viejas cuando el musgo ha crecido sobre ellas. Tragó saliva y saboreó el vago regusto de zumo de manzana. Y el sabor fue suficiente para que recordara.

El le había ofrecido zumo de manzana, ¿verdad? Le había dado una botella sobre cuyo tapón destellaban diminutas gotas de humedad. Le había sonreído y apretado el hombro.

– No has de preocuparte, Lottie -había dicho-. A tu madre no le gustaría.

Mamá. La causa de todo. ¿Dónde estaba su madre? ¿Qué le había pasado? ¿Y Lottie? ¿Qué le había pasado a Lottie?

– Ha ocurrido un accidente -había dicho él-. Voy a llevarte con tu madre.

– ¿Dónde? -había preguntado ella-. ¿Dónde está mamá? -Y después en voz más alta, porque de repente sentía el estómago como si fuera líquido y no le gustaba la forma en que la miraba aquel hombre-: ¡Dígame dónde está mi madre! ¡Dígamelo! ¡Ahora mismo!

– No te preocupes -había dicho él mientras miraba alrededor. Al igual que a mamá, le molestaban sus ruidos-. Tranquilízate, Lottie. Está en una casa de seguridad del gobierno. ¿Sabes lo que eso significa?

Charlotte había negado con la cabeza. Al fin y al cabo, sólo tenía diez años, y la mayoría de funciones del gobierno constituían un misterio para ella. Lo único que sabía era que estar en el gobierno significaba que su madre se iba de casa antes de las siete de la mañana y, por lo general, no volvía hasta después de que ella se había acostado. Su madre iba a su oficina de Parliament Square. Asistía a sus reuniones en el Ministerio del Interior. Iba a la Cámara de los Comunes. Los viernes por la tarde atendía las consultas de los votantes de Marylebone, mientras Lottie hacía los deberes, alejada de la habitación de paredes amarillas donde el comité ejecutivo del distrito electoral se reunía.

– Pórtate bien -decía su madre cuando Charlotte llegaba del colegio cada viernes por la tarde, y ladeaba significativamente la cabeza en dirección a la habitación de paredes amarillas-. No quiero oírte rechistar hasta que nos marchemos. ¿Está claro?

– Sí, mamá.

Y entonces su madre sonreía.

– Dame un beso -decía-. Y un abrazo. También quiero un abrazo.

Dejaba de conversar con el cura de la parroquia, el verdulero paquistaní de Edgware Road, el maestro de la escuela o cualquiera que deseara diez preciosos minutos de su tiempo de diputada. Rodeaba a Lottie con sus brazos rígidos y después le daba una palmada en el trasero.

– Ya puedes marcharte -decía, y se volvía hacia su visitante-. Niños -decía con una risita.

Los viernes eran el mejor día de la semana. Después de la reunión consultiva, Lottie y su madre volvían a casa en coche y Lottie le contaba cómo había ido la semana. La madre escuchaba, asentía y a veces palmeaba la rodilla de Lottie, pero siempre mantenía los ojos clavados en el camino, por encima de la cabeza del conductor.

– Mamá -decía Lottie con un suspiro de mártir, en un intento inútil de apartar la atención de su madre de Marylebone High Street. Al fin y al cabo, su madre no tenía por qué mirar la calle. No era ella quien conducía el coche-. Te estoy hablando. ¿Qué estás mirando?

– Problemas, Charlotte. Estoy mirando que no surjan problemas. Tú deberías hacer lo mismo.

Por lo visto, los problemas habían surgido. Pero ¿una casa de seguridad del gobierno? ¿Qué era, exactamente? ¿Un lugar donde esconderse si tiraban una bomba?

– ¿Vamos a la casa de seguridad? -había preguntado. Bebió el zumo de manzana a toda prisa. Era un poco raro, poco dulce, pero lo tomó todo porque sabía que era descortés ser ingrata con un adulto.

– Ahí vamos -dijo el hombre-. A la casa de seguridad. Tu mamá nos está esperando.

Era lo único que recordaba bien. Las cosas se habían complicado a partir de entonces. Sus párpados se habían ido cerrando mientras cruzaban Londres, y al cabo de unos minutos tuvo la impresión de que no podía levantar la cabeza. En el fondo de su mente le parecía recordar que una voz agradable había dicho:

– Buena chica, Lottie. Echa un sueñecito.

Una mano le había quitado las gafas con delicadeza.

Al pensar en esto, Lottie se llevó poco a poco las manos a la cara en la oscuridad, lo más cerca posible de su cuerpo para no tener que tocar los lados del ataúd en que yacía. Sus dedos tocaron la barbilla. Treparon lentamente por sus mejillas, como una araña. Siguieron por el puente de la nariz. Las gafas habían desaparecido.

A oscuras daba igual, por supuesto. No obstante, si las luces se encendían… Pero ¿cómo iba a haber luces en un ataúd?

Lottie respiró hondo. Otra vez. Y otra. «¿Cuánto aire queda? -se preguntó-. ¿Cuánto tiempo antes de…? ¿Y por qué? ¿Por qué?»

Notó que su garganta se tensaba y su pecho ardía. Notó que los ojos le escocían. «No debes llorar -pensó-, no debes llorar. No debes permitir que nadie vea…» Claro que no había nada que ver, ¿verdad? Nada, excepto la interminable negrura que ponía un nudo en su garganta, que le quemaba el pecho, que le escocía los ojos. No debía llorar, pensó Lottie. No debía llorar. No, no.

Rodney Aronson apoyó su trasero de timbal sobre el antepecho de la ventana, en la oficina del director, y notó que las antiguas persianas de rejas arañaban la espalda de su chaqueta sahariana. Rebuscó en un bolsillo el resto de su barra de nueces Cadbury y desenvolvió el papel de plata con la dedicación de un paleontólogo que quitara la tierra de los restos sepultados de un hombre primitivo.

Al otro lado de la habitación, sentado a la mesa de conferencias, Dennis Luxford parecía completamente relajado en lo que Rodney llamaba el Sillón de la Autoridad. Con una sonrisa triangular en su rostro de elfo, el director estaba escuchando el informe final del día sobre lo que Fleet Street había bautizado la semana pasada como la Rumba del Chapero. El informe había sido escrito con considerable entusiasmo por el mejor reportero investigador de la plantilla del Source. Mitchell Corsico tenía veintitrés años (un joven propenso a la tontería de vestir vaqueros), con el instinto de un sabueso y la trémula sensibilidad de una barracuda. Era justo lo que necesitaban en el clima actual de pecadillos parlamentarios, indignación pública y escándalos sexuales.

– Según la declaración de esta tarde -estaba diciendo Corsico-, nuestro estimado parlamentario de East Norfolk declaró que su electorado le apoya como un solo hombre. Es inocente hasta que se demuestre lo contrario y todos los etcéteras al uso. El leal presidente del partido afirma que todo el escándalo es culpa de la prensa canallesca, que intenta de nuevo socavar al gobierno. -Repasó sus notas, como si buscara la cita apropiada. La encontró, se encasquetó mejor el Stetson, adoptó una pose estoica y recitó-: No es ningún secreto que los medios de comunicación están empeñados en derribar al gobierno. Este asunto del chapero no es más que otro intento de Fleet Street de decidir la dirección del debate parlamentario. Pero si los medios de comunicación desean destruir al gobierno, se encontrarán con un oponente más que sobrado para plantar cara, desde Downing Street al palacio de Westminster, pasando por Whitehall. -Corsico cerró el cuaderno y lo embutió en el bolsillo posterior de sus gastados tejanos-. Noble sentimiento, ¿no creéis?

Luxford echó la silla hacia atrás y enlazó las manos sobre su estómago plano. Cuarenta y seis años de edad, con el cuerpo de un adolescente y una abundante masa de cabello rubio. «Hay que practicarle la eutanasia», pensó Rodney con amargura. Sería un acto de misericordia hacia sus colegas en general, y hacia Rodney en particular, impedir que siguiera deslumbrándoles con su elegancia.

– No necesitamos derribar al gobierno -dijo Luxford-. Bastará con que nos sentemos a ver cómo se derriban ellos mismos. -Acarició con aire indolente sus tirantes de seda-. ¿El señor Larnsey todavía se aferra a su versión?

– Como un percebe -contestó Corsico-. Nuestro estimado parlamentario de East Norfolk ha reiterado su anterior declaración sobre lo que él llama «mi infortunada e incomprendida presencia en un automóvil detrás de la estación de Paddington el pasado jueves por la noche». Estaba reuniendo datos para el Comité Electo sobre Consumo de Drogas y Prostitución, insiste.

– ¿Existe un Comité Electo sobre Consumo de Drogas y Prostitución? -preguntó Luxford.

– Si no existiera, ya puedes apostar a que el gobierno crearía uno de inmediato.

Luxford reclinó la cabeza sobre sus manos enlazadas e imprimió un grado más de retroceso a la butaca. Su aspecto delataba el placer que le proporcionaban los últimos acontecimientos. En el período actual de control conservador sobre las riendas del gobierno, los periódicos de la nación habían desenmascarado a parlamentarios con amantes, a parlamentarios con hijos ilegítimos, a parlamentarios con prostitutas de lujo, a parlamentarios dedicados al onanismo, a parlamentarios mezclados en negocios de bienes raíces y a parlamentarios relacionados de manera dudosa con la industria, pero esto era nuevo: un parlamentario conservador sorprendido en un delito más que flagrante, entre los brazos de un chapero de dieciséis años, detrás de la estación de Paddington. Era la materia de que estaban hechos los sueños sobre tiradas desorbitadas, y Rodney pudo ver que Luxford estaba calculando mentalmente el aumento de sueldo que recibiría cuando se hiciera balance y afloraran los beneficios. Los acontecimientos actuales estaban permitiendo que cumpliera su promesa de elevar la tirada del Source al primer puesto. Era un bastardo afortunado, maldito fuera su podrido corazón. Desde el punto de vista de Rodney, no era el único periodista de Londres capaz de hincar su escalpelo en una oportunidad inesperada y extraer una historia de ella, como un sabueso con una liebre. No era el único guerrero de Fleet Street.

– Dentro de tres días, el primer ministro le abandonará a su suerte -predijo Luxford. Miró a Rodney-. ¿Tú qué opinas? -Yo diría que tres días es demasiado, Den.

Rodney sonrió para sus adentros al ver la expresión de Luxford. El director odiaba los diminutivos de su nombre.

Luxford meditó la respuesta de Rodney con los ojos entornados. «No es tonto, nuestro Luxford -pensó Rodney-. No ha llegado a donde está por hacer caso omiso de las puñaladas por la espalda.» Luxford devolvió su atención al reportero.

– ¿Qué tienes a continuación?

Corsico enumeró con los dedos.

– La mujer del parlamentario Larnsey juró ayer que apoyaría a su hombre, pero una fuente me ha dicho que se marcha de casa esta noche. Necesitaré un fotógrafo para captar el instante.

– Rod se encargará de eso -dijo Luxford sin mirar a Rodney-. ¿Qué más?

– La Asociación Conservadora de East Norfolk se reúne esta noche para discutir la «viabilidad política» de su parlamentario. Alguien de la asociación me ha llamado para decirme que van a pedir a Larnsey la dimisión.

– ¿Algo más?

– Estamos esperando algún comentario del primer ministro. Ah, sí. Una cosa más. Una llamada telefónica anónima afirmó que a Larnsey siempre le habían gustado los chicos, incluso en el colegio. Su mujer fue una tapadera desde el día de la boda.

– ¿Y el chapero?

– De momento está escondido. En casa de sus padres, en South Lambeth.

– ¿Hablará? ¿Lo harán sus padres?

– Estoy en ello.

Luxford bajó más su butaca.

– Perfecto -dijo, y añadió con su sonrisa triangular-: Sigue trabajando así, Mitch.

Corsico hizo un saludo burlón con el Stetson y se encaminó hacia la salida. Llegó a la puerta cuando la abría la secretaria de Luxford, sesenta años de edad y cargada con dos montones de cartas, que llevó hasta la mesa de conferencias y dejó ante el director del Source. El montón uno estaba abierto y fue depositado a la izquierda de Luxford. El montón dos estaba cerrado, con indicaciones de «Personal», «Confidencial» o «A la atención del director», y las cartas fueron colocadas a la derecha de Luxford, después de lo cual la secretaria cogió el abrecartas que había sobre el escritorio del director y lo dejó sobre la mesa de conferencias, a cinco centímetros exactos de las cartas sin abrir. También fue a buscar la papelera y la situó junto a la silla de Luxford.

– ¿Algo más, señor Luxford? -Su pregunta deferente de cada noche antes de marcharse a casa.

«Una mamada, señorita Wallace -contestó en silencio Rodney-. De rodillas, mujer. Y gime mientras lo haces.» Lanzó una risita involuntaria al pensar en la señorita Wallace (ataviada como siempre con su conjunto de tweed y sus perlas) de rodillas y entre los muslos de Luxford. Para disimular su diversión privada, bajó la cabeza para examinar el resto de su Cadbury.

Luxford estaba ojeando las cartas sin abrir.

– Telefonee a mi mujer antes de irse -dijo a su secretaria-. Esta noche no llegaré más tarde de las ocho.

La señorita Wallace asintió y se marchó en silencio, caminando sobre la alfombra gris hasta la puerta con sus zapatos de suela de crepé. A solas por primera vez aquel día con el director del Source, Rodney bajó su trasero del antepecho de la ventana, mientras Luxford cogía el abrecartas y empezaba con los sobres de su derecha. Rodney nunca había comprendido la predilección de Luxford por abrir en persona aquel tipo de cartas. Teniendo en cuenta la tendencia política del periódico (lo más a la izquierda posible del centro sin que pudieran llamarles rojos, comunistas, ojeras u otros apelativos aún menos agradables), una carta con la indicación de «personal» podía ser una bomba. Sería mejor para el director del periódico que la señorita Wallace corriera el peligro de perder los dedos, las manos o un ojo, que saltar con los dos pies en la trampa. Luxford no lo veía del mismo modo, por supuesto. No era que se preocupara por los posibles peligros arrostrados por la señorita Wallace. Afirmaba que el trabajo de un director era tornar la medida de la reacción del público a su periódico. El Source, declaraba, no iba a alcanzar el número uno en tirada si su director mandaba sus tropas desde la retaguardia. Ningún director merecedor del pan que comía perdía el contacto con el público.

Rodney vio que Luxford inspeccionaba la primera carta. Resopló, la convirtió en una bola y la tiró a la papelera. Abrió la segunda y la examinó a toda prisa. Rió, y la envió a reunirse con la primera. Había leído la tercera, cuarta y quinta, y estaba abriendo la sexta, cuando dijo con tono ausente, que Rodney sabía deliberado:

– ¿Sí, Rod? ¿Pasa algo por tu cabeza?

Lo que pasaba por la cabeza de Rodney estaba relacionado con el cargo que Luxford ocupaba: Señor de los Poderosos, im primátur, capitoste, prefecto mayor y, por lo demás, venerable director del Source. Le habían apartado a codazos del ascenso que tanto merecía, tan sólo seis meses antes, en favor de Luxford, y el presidente con cara de cerdo le había comunicado con su voz untuosa que «carecía de los instintos necesarios» para efectuar el tipo de cambios en el Source que transformarían el periódico. «¿Qué clase de instintos?», había preguntado educadamente cuando el presidente del diario le dio la noticia. «Los instintos de un asesino -había contestado el presidente-. Luxford los tiene a puñados. Mire lo que hizo por el Globe.»

Lo que había hecho por el Globe fue coger un periódico languidecente, dedicado casi en exclusiva a chismes sobre estrellas de cine y acarameladas historias sobre la familia real, y transformarlo en el diario más vendido del país. Pero no lo había hecho mediante el expediente de ennoblecerlo. Estaba demasiado en sintonía con los tiempos para eso. Lo había logrado apelando a los más bajos instintos de los lectores de periódicos, ofreciéndoles una dieta diaria de escándalos, escapadas sexuales de políticos, hipocresías en el seno de la Iglesia anglicana, y la ostensible y muy ocasional caballerosidad del hombre de la calle. El resultado fue un auténtico festín de emociones fuertes para los lectores de Luxford, millones de los cuales soltaban cada mañana sus treinta y cinco peniques, como si sólo el director del Source (y no la plantilla, ni Rodney, que tenía tanto cerebro y cinco años más de experiencia que Luxford) tuviera la clave de su satisfacción. Y mientras la rata inmunda se refocilaba en su creciente éxito, los demás periódicos de Londres pugnaban por no quedar descolgados de la carrera. Todos se frotaban la nariz y decían. «Bésame el culo» cada vez que el gobierno amenazaba con imponerles ciertos controles básicos. Pero la vox populi no pinchaba ni cortaba en Westminster, sobre todo cuando la prensa sacudía al primer ministro cada vez que un parlamentario tory contribuía a subrayar la cada vez más patente hipocresía del Partido Conservador.

No era que ver naufragar a la nave capitana tory constituyera un espectáculo doloroso para Rodney Aronson. Había votado laborista (o a les demócratas liberales, en el peor de los casos) desde que tenía edad para votar. Pensar que los laboristas iban a beneficiarse del actual clima de inquietud política era muy gratificante para él. En otras circunstancias, Rodney habría disfrutado del espectáculo diario de conferencias de prensa, indignadas llamadas telefónicas, exigencias de elecciones anticipadas y las lúgubres predicciones sobre el resultado de las elecciones locales que se celebrarían al cabo de pocas semanas. Sin embargo, en las actuales circunstancias, con Luxford al timón, donde era muy probable que se quedara indefinidamente, obstruyendo la ascensión de Rodney hasta la cima, Rodney estaba irritado. Se decía que su malestar se debía a que era superior como periodista, pero la verdad era que estaba celoso.

Trabajaba en el Source desde los dieciséis años, había ido ascendiendo desde chico de los recados hasta su actual puesto de subredactor jefe (el segundo en la cadena de mando) a base de fuerza de voluntad, fuerza de carácter y fuerza de talento. Le debían el cargo supremo, y todo el mundo lo sabía, incluido Luxford, y por eso el redactor jefe le estaba mirando, leía su mente como el zorro que era, y esperaba a que contestara. «No tienes los instintos de un asesino», le habían dicho. Sí. De acuerdo. Bien, todo el mundo comprendería la verdad muy pronto.

– ¿Pasa algo por tu cabeza, Rod? -repitió Luxford antes de bajar la vista de nuevo hacia su correspondencia.

«Tu puesto», pensó Rodney, pero dijo en voz alta:

– Este asunto del chapero. Creo que ha llegado el momento de abandonarlo.

– ¿Por qué?

– Está anticuado. Llevamos con esa historia desde el viernes. Ayer y hoy han sido meras repeticiones de los acontecimientos del domingo y el lunes. Sé que Corsico sigue la pista de algo más, pero hasta que lo consiga creo que hemos de tomarnos un descanso.

Luxford dejó a un lado la carta número seis y se tiró de sus largas patillas (marca de la casa), en lo que Rodney consideraba una falsa demostración del esquema «director-considera-la-opinión-del-subordinado». Cogió el sobre número siete e introdujo el abrecartas bajo la solapa. Se mantuvo en aquella postura mientras contestaba.

– Es el propio gobierno quien se ha colocado en esta situación. El primer ministro nos entregó su Compromiso con los Valores Británicos Básicos, incluido en el manifiesto del partido, ¿no es cierto? Hace sólo dos años, ¿no? Sólo estamos explorando lo que el Compromiso con los Valores Británicos Básicos significa en apariencia para los tories. Papá y Mamá Verdulero, junto con Tío Zapatero y Abuelo Pensionista pensaron que significaba un retorno a la decencia y al Dios salve a la reina en los cines después de la película. Nuestros parlamentarios tories parece que no opinan lo mismo.

– De acuerdo -dijo Rodney-, pero no querrás que demos la impresión de intentar derribar al gobierno con una descripción interminable de lo que un parlamentario medio imbécil hace con la polla en sus ratos libres, ¿verdad? Joder, tenemos mucha mierda más para utilizar contra los tories. ¿Por qué no…?

– ¿Desarrollamos una conciencia moral en la hora undécima? -Luxford enarcó una ceja sarcástica y volvió a su carta. Abrió el sobre y extrajo el papel doblado del interior-. No me lo esperaba de ti, Rod.

Rodney sintió arder las mejillas.

– Sólo estoy diciendo que, si vamos a apuntar la artillería pesada contra el gobierno, tal vez deberíamos empezar por dirigir el fuego hacia algo más sustancial que los polvos en horas libres de los miembros del Parlamento. Hace años que los periódicos se dedican a eso, ¿y adónde nos ha conducido? Esos cabrones siguen en el poder.

– Me atrevería a decir que nuestros lectores opinan que servimos bien a sus intereses. ¿Cuáles me dijiste que eran las últimas cifras de tirada?

Era el truco habitual de Luxford. Nunca hacia ese tipo de preguntas sin saber la respuesta. Como para subrayarlo, devolvió su atención a la carta que tenía en su mano.

– No digo que debamos prescindir de los recurrentes polvos extramaritales. Sé que es nuestro pan de cada día. Pero si exprimimos la historia hasta que parezca…

Rodney advirtió que Luxford no le escuchaba. Contemplaba con ceño la carta que sostenía. Se tiró de las patillas, pero esta vez la acción y la reflexión eran auténticas. Rodney estaba seguro.

– ¿Ocurre algo, Den? -preguntó esperanzado, aunque cuidó mucho de no revelarlo en su tono.

La mano que sujetaba la carta la estrujó.

– Chorradas -dijo Luxford, Arrojó la carta a la papelera, con las demás. Cogió la siguiente y la abrió-. Gilipolleces. El populacho descerebrado habla. -Leyó la nueva carta-. Nos diferenciamos en eso -dijo-. Por lo visto, tú consideras que nuestros lectores pueden ser educados. Yo los veo tal como son, Rod, sucios e incultos. Hay que darle masticadas sus opiniones, como si fueran gachas. -Luxford apartó su silla de la mesa de conferencias-. ¿Hay algo más esta noche? De lo contrario, he de contestar a una docena de llamadas y volver a casa con mi familia.

«Hay tu cargo -pensó Rodney de nuevo-. Es lo que se me debe por veintidós años de lealtad a este periodicucho.»

– No, Den -dijo-. No hay nada más. De momento, quiero decir.

Arrojó el envoltorio del Cadbury junto con las cartas desechadas del director y se encaminó a la puerta.

– Rod -dijo Luxford cuando Rodney abrió la puerta. Este se volvió-. Llevas chocolate en la barba.

Luxford sonreía cuando Rodney salió.

Pero su sonrisa se desvaneció en el instante en que el otro hombre se fue. Dennis Luxford giró en su silla hacia la papelera. Sacó la carta. La desarrugó sobre la mesa de conferencias y volvió leerla. Estaba compuesta por una palabra de saludo y una sola frase, v no tenía nada que ver con chaperos, automóviles o el parlamentario Sinclair Larnsey: «Luxford: Utiliza la primera plana: para reconocer a tu primogénita y Charlotte quedará en libertad.»

Luxford contempló el mensaje, mientras el corazón le palpitaba en los oídos. Pasó revista a una serie de posibles remitentes, pero eran tan improbables que sólo pudo llegar a una conclusión: la carta tenía que ser un farol. De todos modos, tomó la precaución de examinar la basura restante sin alterar el orden en que había desechado el correo del día. Rescató el sobre que acompañaba a la carta y lo examinó. Parte del matasellos formaba una luna en tres cuartos junto al sello de primera clase. Estaba borroso, pero lo bastante legible para ver que la carta había sido puesta en el correo de Londres.

Luxford se reclinó en la butaca. Leyó de nuevo las nueve primeras palabras. «Utiliza la primera plana para reconocer a tu primogénita.» Charlotte, pensó.

Durante los últimos diez años sólo se había permitido pensar en Charlotte una vez al mes, una admisión de paternidad que duraba un cuarto de hora y había conseguido mantener oculta a todo el mundo, incluida la madre de Charlotte. El resto del tiempo, la existencia de la niña quedaba relegada al fondo de su memoria. Nunca había hablado de ella a nadie. Algunos días lograba olvidar por completo que era padre de más de un hijo.

Recogió el sobre y la carta, se dirigió hacia la ventana, miró hacia Farrington Street y escuchó el ruido apagado del tráfico.

Sabía que alguien, alguien muy cercano, agazapado en Fleet Sreet, tal vez en Wapping, o en aquella lejana torre de cristal de la Isla de los Perros, estaba esperando a que efectuara un falso movimiento. Alguien (consciente de que una historia sin la menor relación con acontecimientos actuales puede adquirir preponderancia en la prensa y saciar el apetito del público que aguarla una especial caída en desgracia) esperaba que dejara un rastro inadvertido en reacción a la carta y, gracias a ese rastro, establecer un vínculo entre la madre de Charlotte y él…

Cuando lo hiciera, la prensa daría saltitos de alegría. Un periódico revelaría la historia. El resto le seguiría. Y tanto él comola madre de Charlotte pagarían su error. El castigo de ella consistiría en ser puesta en la picota y una veloz pérdida de poder político; el suyo seria sería una pérdida más personal.

Advirtió con sarcasmo que a ese alguien le estaba saliendo el tiro por la culata. Si el gobierno no corriera el riesgo de salir perdiendo todavía más, en el caso de que se descubriera la verdad sobre Charlotte, Luxford habría apostado a que la carta había sido enviada desde el número 10 de Downing Street en un gesto de venganza insidiosa. Pero el gobierno tenía tanto interes en mantener oculta la verdad sobre Charlotte como el propio Luxford. Y si el gobierno no estaba implicado en el envio de la carta y su amenazador mensaje, cabía pensar que se tratara de otro clase de enemigo.

Y los ternía a montones. De todos los sectores. Ansiosos, pacientes, confiados en que acabaría por traicionarse.

Dennis Luxford había jugado durante demasiado tiempo a investigar a los demas para hacer un falso movimiento. No había cambiado la tendencia descendente del Source mediante el expediente de evitar los métodos utilizados por tos periodistas para descubrir la verdad. Por lo tanto, decidió tirar la carta a la papelera, olvidarla y dar cancha a sus enemigos para jugar. Si recibía otra, también la tiraría.

Arrugó la carta por segunda vez y se volvió para arrojarla con las demás. Entonces se fijó en la correspondencia que su secretaria ya había abierto y apilado. Consideró la posibilidad de que hubiera una segunda carta, no dirigida a él en persona, sino enviada sin instrucciones específicas para que cualquiera pudiera abrirla, o enviada a Mitch Corsico, o a uno de los otros periodistas que solían seguir el néctar de la corrupción sexual. Esta segunda carta no estaría redactada de una forma tan oscura: se mencionarían nombres, fechas y lugares, y no se andarían con rodeos.

Podía evitarlo. Bastaría con una llamada telefónica y una respuesta a las únicas preguntas posibles en aquel momento. «¿Se lo has dicho a alguien, Eve, en algún momento de los últimos diez años? ¿Has hablado de nosotros?» Si no lo había hecho, la carta sólo era un intento de ponerle nervioso, y como tal se podía desechar. Si ella había hablado, debía saber que los dos iban a sufrir un asedio encarnizado.

2

Tras haber preparado a su público, Deborah St. James alineó tres grandes fotografías en blanco y negro sobre una de las mesas del laboratorio de su marido. Ajustó las luces fluorescentes y retrocedió para esperar el juicio de su marido y de su compañera de trabajo, lady Helen Clyde. Hacía cuatro meses que experimentaba con aquella nueva serie de fotografías, y si bien estaba satisfecha con los resultados, también sentía cada vez más la necesidad de efectuar una auténtica contribución económica a su hogar. Quería que la contribución fuera continuada, no limitada a los encargos esporádicos que hasta el momento había conseguido gracias a llamar a las puertas de agencias de publicidad, agencias de talentos, revistas, servicios por cable de noticias y editores. Durante los últimos años, desde que había concluido su preparación, Deborah había empezado a experimentar la sensación de que pasaba la mayor parte del tiempo arrastrando su carpeta de un extremo a otro de Londres, cuando lo único que deseaba era que sus fotografías fuesen arte puro. Desde Stieglitz a Mapplethorpe, otros lo habían conseguido. ¿Por qué no ella?

Deborah apretó las palmas y esperó a que su marido o Helen Clyde hablaran. Habían estado enfrascados en examinar la transcripción de una declaración forense que Simon había prestado quince días antes sobre explosivos de plástico, y su intención era continuar con un análisis de marcas de herramientas hechas con el metal que rodeaba el pomo de una puerta, en un intento de reunir pruebas para la defensa en un inminente juicio por asesinato.

No obstante, accedieron de buen grado a tomarse un descanso, Habían trabajado desde las nueve de la mañana, con sólo una pausa para comer y otra para cenar, y por lo que Deborah podía ver ahora, a las nueve y media de la noche, Helen al menos estaba más que dispuesta a dar por concluida su jornada laboral.

Simon estaba inclinado sobre una fotografía de un rapado del Frente Nacional. Helen estudiaba a una muchacha antillana que sostenía una enorme bandera del Reino Unido. Tanto el rapado como la chica estaban colocados delante de un fondillo portatil que Deborah había confeccionado con grandes triángulos de lienzos pintados,

Como ni Simon ni Helen hablaban, ella rompió el silencio.

Quiero que las fotografías posean una personalidad específica. No quiero objetivar el tema como hacía antes. Yo controlo el fondo, que es el lienzo en el que estuve trabajando en el jardín el pasado febrero, ¿te acuerdas, Simon? El o ella no pueden falsearse, porque la velocidad de la película es demasiado lenta y el sujeto no puede sostener el artificio durante el tiempo necesario para lograr la exposición adecuada. Bien, ¿qué opináis?

Se dijo que no importaba lo que pensaran. Su nuevo planteamiento le parecía importante, y no pensaba abandonarlo, pero que alguien independiente dijera que el trabajo era tan bueno como ella creía le serviría de ayuda. Aunque esa persona fuera su marido, la menos propensa a encontrar defectos en su trabajo.

Simon se alejó del rapado, esquivó a Helen, que aún seguía examinando a la muchacha de la bandera, y pasó a la tercera foto, un rastafari con un impresionante chal de lentejuelas que cubría su agujereada camiseta.

– ¿Dónde las has tomado, Deborah?

– En Covent Garden, cerca del museo del teatro. Me gustaría hacer las próximas en la iglesia de San Botolph. Los sin hogar, ya sabes.

Vio que Helen continuaba hacia otra fotografía y se prohibió morderse el pulgar. Helen levantó la vista por fin.

– Creo que son maravillosas.

– ¿De veras? O sea, ¿crees…? Son bastante diferentes, ¿verdad? Lo que quería… o sea,… estoy utilizando una Polaroid de cincuenta por sesenta, y he dejado las marcas de los dientes de engranaje, y también las marcas de los productos químicos en las impresiones, porque quiero que anuncien que son fotografías. Son la realidad artificial, en tanto que los sujetos son la verdad. Al menos… bueno, eso me gustaría pensar… -Deborah se llevó la mano al pelo y apartó un mechón cobrizo de su cara. Las palabras la ponían en un aprieto. Siempre le había pasado. Suspiró-. Esto es lo que intento…

Su marido le rodeó la espalda con el brazo y la besó ruidosamente en un lado de la cabeza.

– Un trabajo estupendo -dijo-. ¿Cuántas has tomado?

– Oh, docenas. Cientos. Bien, tal vez cientos no pero sí muchas. Acabo de empezar a hacer estas copias en tamaño grande. Lo que deseo en realidad es que sean lo bastante buenas para exhibirlas… en una galería, quiero decir. Como arte. Porque, bueno, al fin y al cabo son arte y…

Su voz enmudeció cuando captó movimiento por el rabillo del ojo. Se volvió hacia la puerta del laboratorio y vio que su padre (miembro desde hacía muchísimo tiempo de una u otra rama de la familia St. James) había subido en silencio al último piso de la casa de Cheyne Row.

– Señor St. James -dijo Joseph Cotter, que insistía en no utilizar jamás el nombre de pila de Simon, ni siquiera después de casarse con Deborah. Nunca se había adaptado por completo al hecho de que su hija se hubiera casado con el joven patrón de su padre-. Tiene visitas. Las he conducido al estudio.

– ¿Visitas? -preguntó Deborah-. No he oído… ¿Ha sonado el timbre de la puerta, papá?

– Estos visitantes no necesitan el timbre -contestó Cotter. Entró en el laboratorio y contempló las fotografías de Deborah con el entrecejo fruncido-. Qué tío más feo -dijo, en referencia al rufián del Frente Nacional-. Es David -explicó al marido de Deborah-. Ha venido con un amiguete, vestido con tirantes de fantasía y zapatos relucientes.

¿David? -preguntó Deborah-. ¿David St. James? ¿Aquí, en Londres?

– En esta misma casa subrayó Cotter-. Va hecho una piltrafa, como siempre. Dónde compra su ropa es un misterio para mí. Oxfam, supongo. (¿Querrán todos café? Esos dos tienen pinta de agradecerlo.

Deborah ya estaba bajando la escalera.

– David -llamó.

– Café, sí -dijo su marido-, y conociendo a mi hermano, será mejor que saques también el resto de aquel pastel de chocolate. Dejémoslo por hoy -dijo a Helen-. ¿Ya te marchas?

– Deja que antes diga hola a David.

Helen apagó los fluorescentes y siguió a St. James hasta la escalera, que el hombre bajó con cuidado a causa de la abrazadera sujeta a su pierna izquierda. Cotter salió a continuación.

La puerta del estudio estaba abierta.

– ¿Qué haces aquí, David? -preguntó Deborah en el interior-. ¿Por qué no has telefoneado? No les habrá pasado nada a Sylvie o a los niños, imagino.

David dio un beso en la mejilla a su cuñada.

– Bien. Están bien, Deb. Todos están bien. He venido a la ciudad para dar una conferencia sobre el Euromercado. Dennis me localizó allí. Ah, aquí está Simon. Dennis Luxford, mi hermano Simon. Mi cuñada. Y Helen Clyde. ¿Cómo estás, Helen? Han pasado años, ¿verdad?

– Desde el último día de San Esteban -contestó Helen-. En casa de tus padres, pero había tanta gente que perdono tu falta de memoria.

– Supongo que pasé toda la tarde poniéndome las botas en la mesa del buffet.

David palmeó con ambas manos su panza, el único rasgo que le diferenciaba de su hermano menor. Por lo demás, St. James y él eran, como todos los St. James, muy similares en apariencia, y compartían el mismo pelo negro rizado, la misma estatura, las mismas facciones angulosas y los mismos ojos de un color que nunca acababa de decidirse entre el gris y el azul. Iba vestido como Cotter lo había descrito: de una forma estrafalaria. Desde sus sandalias Birkenstock y calcetines a rombos, hasta su chaqueta de tweed y el polo, David era el eclecticismo personificado, la desesperación de toda su familia. Era un genio en los negocios y había cuadruplicado los beneficios de la compañía naviera desde la jubilación de su padre, pero nadie daría un centavo por él.

– Necesito tu ayuda. -David eligió una de las butacas de cuero próximas a la chimenea. Con la seguridad de un hombre que manda una legión de empleados, indicó a todo el mundo que se sentara-. Más concretamente, Dennis necesita tu ayuda. Por eso hemos venido.

– ¿Qué tipo de ayuda?

St. James observó al hombre que acompañaba a su hermano. Se había situado más o menos fuera de la luz directa, cerca de la pared en la que Deborah colgaba una exposición cambiante de sus fotografías. St. James vio que Luxford era un hombre muy atractivo, de mediana edad y estatura modesta, cuya elegante chaqueta cruzada azul, corbata de seda y pantalón color cervato sugerían un petimetre, pero cuyo rostro exhibía una expresión de tibia desconfianza que, en aquel momento, parecía mezclarse con la incredulidad. St. James sabía el motivo, aunque nunca lo recordaba sin una momentánea depresión. Dennis Luxford necesitaba ayuda, pero no esperaba poder recibirla de un lisiado. St. James quiso decir «Sólo es la pierna, señor Luxford. Mi intelecto sigue funcionando como siempre.» En cambio, esperó a que el otro hombre hablara, mientras Helen y Deborah se acomodaban en el sofá y la otomana.

A Luxford no pareció gustarle que las mujeres fueran a presenciar la entrevista.

– Se trata de un asunto personal -dijo-. Extremadamente confidencial. No quiero…

David St. James intervino.

– Son las tres personas del país menos susceptibles de vender tu historia a los medios de comunicación, Dennis. Me atrevería a decir que ni siquiera saben quién eres. ¿Lo sabéis? Da igual. Ya veo por vuestra cara que no.

Siguió explicando que Luxford y él habían ido juntos a la Universidad de Lancaster, adversarios en los debates y compañeros de borracheras después de los exámenes. Habían continuado en contacto después de la universidad, siempre informados sobre sus respectivas carreras triunfales.

– Dennis es escritor -dijo David-. El mejor escritor que he conocido, si vamos a eso.

Había venido a Londres para dejar su impronta en la literatura, pero había acabado metido en el periodismo y decidió quedarse en él. Había empezado como corresponsal político del Guardian. Actualmente era director.

– ¿Del Guardian? -preguntó St. James.

– Del Source -dijo Luxord, con una mirada que les retaba a todos a hacer comentarios. Empezar en el Guardian y terminar en el Source no era un ascenso celestial, pero Luxford, por lo visto, no deseaba ser juzgado.

David no pareció darse cuenta de su mirada. Asintió en dirección a Luxford.

– Tomó el mando del Source hace seis meses, Simon, después de convertir al Globe en número uno. Fue el director más joven de la historia de la Fleet Street cuando tomó las riendas del Globo, además del de mayor éxito. Y aún lo es. Hasta el Sunday Times lo admitió. Se explayaron mucho sobre él en el dominical. ¿Cuándo fue, Dennis?

Luxford hizo caso omiso de la pregunta, al parecer irritado por las alabanzas de David. Por unos momentos dio la impresión de que rumiaba.

– No -dijo por fin a David-. Esto no va a funcionar. Es demasiado peligroso. No tendría que haber venido.

Deborah se removió.

– Nos marchamos -dijo-. ¿Vamos, Helen?

Pero St. James estaba estudiando al periodista y algo en él (¿tal vez su sutil habilidad para manipular la situación?) le impulsó a decir:

– Helen trabajaba para mí, señor Luxford. Si necesita mi ayuda, ella va incluida en el lote, aunque no lo parezca en este momento comparto la mayor parte de mi trabajo con mi mujer.

– Entiendo.

Luxford hizo ademán de marcharse.

David St. James le indicó con un gesto que volviera.

– Vas a tener que confiar en alguien -dijo, y se volvió hacia su hermano-. El problema es que tenemos una carrera tory en el punto de mira.

– Pensaba que eso debería complacerle -dijo St. James a Luxford-. El Source nunca ha ocultado sus tendencias políticas.

– Se trata de una carrera tory bastante especial -dijo David-. Díselo, Dennis. El puede ayudarte. Será él o un extraño que carezca de la ética de Simon. También puedes decantarte por la policía, y ya conoces las consecuencias.

Mientras Dennis Luxford consideraba sus alternativas, Cotter entró con el café y el pastel de chocolate. Dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar, delante de Helen, y miró hacia la puerta, donde una pequeña dachshund de pelaje largo contemplaba esperanzada la actividad.

– Tú -dijo Cotter-. Peach ¿No te dije que te quedaras en la cocina? -La perra meneó la cola y ladró-. Le gusta el chocolate -explicó Cotter.

– Le gusta todo -corrigió Deborah.

Fue pasando las tazas a medida que Helen las servía. Cotter recogió del suelo a la perra y se encaminó hacia la parte posterior de la casa. Al cabo de un momento lo oyeron subir por la escalera.

– ¿Leche y azúcar, señor Luxford? -preguntó Deborah, como si éste no hubiera cuestionado su integridad unos minutos antes-. ¿Quiere también un poco de pastel? Lo ha preparado mi padre. Es un cocinero extraordinario.

Luxford la miró como si supiera que la decisión de compartir el pan con ellos (en este caso el pastel) equivaldría a cruzar una línea que él prefería evitar, pero aceptó de todos modos. Se acercó al sofá, se sentó en el borde y meditó mientras Deborah y Helen continuaban pasando a los demás pastel y café. El hombre habló por fin.

– De acuerdo. Sé que tengo pocas alternativas.

Introdujo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y dejó al descubierto los llamativos tirantes que tanto habían impresionado a Cotter. Extrajo un sobre y lo entregó a St. James con la explicación de que lo había recibido en el correo de la tarde.

St. James lo examinó antes de sacar su contenido. Leyó el breve mensaje. Luego fue hasta su mesa y rebuscó en el cajón lateral. Sacó una funda de plástico en la que introdujo el trozo de papel.

– ¿Alguien más ha tocado esto?

– Sólo usted y yo.

– Bien. -St. James pasó la funda a Helen-. Charlotte -dijo a Luxford-. ¿Quién es? ¿Y quién es su primogénito?

– Ella. Charlotte. Ha sido secuestrada.

– ¿No ha telefoneado a las autoridades?

– No podemos llamar a la policía, si se refiere a eso. No podemos correr el riesgo de la menor publicidad.

– No habrá publicidad -repuso St. James-. El procedimiento exige que los secuestros se lleven en el más absoluto secreto. Usted ha de saberlo, ¿no? Supongo que como periodista…

– Sé muy bien que la policía mantiene al corriente a los periódicos con breves informes diarios cuando se trata de un rapto -replicó Luxford-Todas las partes están de acuerdo en que nada saldrá a la luz hasta que la víctima sea devuelta a la familia.

– Entonces, ¿cuál es el problema, señor Luxford?

– La identidad de la víctima.

– Su hija.

– Sí. Y la hija de Eve Bowen.

Helen miró a St. James a los ojos cuando le devolvió la carta del secuestrador. Vio que sus cejas se enarcaban.

– ¿Eve Bowen? -dijo Deborah-. No conozco bien… ¿Simon? ¿Tú sabes…?

Eve Bowen, explicó David, era la subsecretaria de estado del Ministerio del Interior, uno de los altos cargos más importantes del gobierno conservador. Era una advenediza que, con sorprendente rapidez, había ascendido hasta convertirse en la siguiente Margaret Thatcher. Era diputada por Marylebone, y era de Marylebone de donde su hija, al parecer, había desaparecido.

– Cuando recibí esto con el correo -Luxford indicó la carta-, telefoneé a Eve al instante. La verdad, pensé que era un farol. Pensé que alguien había relacionado nuestros nombres. Pensé que alguien intentaba hacerme reaccionar de una forma que traicionara nuestra pasada relación. Pensé que alguien necesitaba una prueba de que Eve y yo estamos relacionados mediante Charlotte, que un imaginario secuestro de Charlotte más mi reacción ante él sería la prueba que necesitaba.

– ¿Para qué desearía alguien una prueba de su relación con Eve Bowen? -preguntó Helen.

– Para vender la historia a los medios de comunicación. No necesito decirle el eco que despertaría en la prensa la noticia de que yo, entre todos los hombres, soy el padre de la única hija de Eve Bowen. Sobre todo, después de la forma en que ella… -Dio la impresión de que buscaba un eufemismo que se le resistía.

St. James concluyó el pensamiento sin recurrir a una forma más agradable de expresarlo.

– ¿La forma en que ella ha utilizado en el pasado el hecho de que su hija sea ilegítima para conseguir sus objetivos?

– Lo ha convertido en su estandarte -admitió Luxford-. Ya puede imaginar el tratamiento que le daría la prensa si llegara a saberse que el gran pecado pasional de Eve Bowen implicaba a alguien como yo.

St. James lo imaginó muy bien. Desde hacía mucho tiempo, la diputada por Marylebone se había descrito como una mujer perdida que había expiado sus pecados, que había rechazado el aborto como solución que reflejaba la erosión de los valores sociales, que estaba haciendo lo que debía por su hija bastarda. El que su hija fuera ilegítima, así como el hecho de que Eve Bowen nunca hubiese revelado la identidad del padre, explicaba en parte que hubiera sido elegida al Parlamento. Abrazaba públicamente la moralidad, la religión, los valores básicos, la unidad familiar, la devoción a la monarquía y al país. Defendía todo cuanto el Source ridiculizaba de los políticos conservadores.

– La historia le ha ido de perlas -dijo St. James-. Una política que admite en público sus defectos. Es difícil que un elector se resista. Por no hablar de un primer ministro ansioso por apuntalar su gobierno con mujeres. Por cierto, ¿sabe que han raptado a la niña?

– Ningún miembro del gobierno lo sabe.

– ¿Está seguro de que la han secuestrado? -St. James indicó la carta que reposaba sobre su rodilla-. Utiliza mayúsculas. Podría haberla escrito un niño. ¿Existe alguna posibilidad de que Charlotte esté detrás de todo esto? ¿Sabe que su padre es usted? ¿Podría ser una forma de forzar a su madre a que hable?

– Claro que no. Santo Dios, sólo tiene diez años. Eve nunca se lo ha dicho.

– ¿Está seguro?

– Claro que no estoy seguro. Sólo repito lo que Eve me ha comentado.

– ¿Usted no se lo ha dicho a nadie? ¿Está casado? ¿Lo sabe su mujer?

– No se lo he dicho a nadie -respondió con firmeza Luxford, sin contestar a las otras dos preguntas-. Eve dice que ella tampoco, pero se le habrá escapado algo en algún momento… alguna referencia, algún comentario casual. Debió de decir algo a alguien que le tiene inquina.

– ¿Y nadie le tiene inquina a usted?

Los ojos oscuros de Helen eran candorosos y su expresión plácida, como implicando que no tenía ni idea de que la filosofía fundamental del Source era desenterrar a toda prisa la mierda y publicarla cuanto antes.

– La mitad del país, diría yo -admitió Luxford-, pero si corre la voz de que soy el padre del hijo ilegítimo de Eve Bowen, no me arruinará profesionalmente. Durante un tiempo seré el hazmerreír de todo el mundo, considerando mi postura política, pero poco más. Eve es quien se encuentra en la posición más vulnerable.

– Entonces, ¿por qué le enviaron la carta?

– Los dos recibimos una. La mía llegó por correo. La suya estaba esperando en su casa, y había sido entregada en mano en algún momento del día, según su ama de llaves.

St. James volvió a examinar el sobre de la carta de Luxford. Estaba matasellado dos días antes.

– ¿Cuándo desapareció Charlotte? -preguntó.

– Esta tarde. Entre Blandford Street y Devonshire Place Mews.

– ¿Han pedido rescate?

– Sólo exigen que se anuncie públicamente la paternidad de Charlotte.

– Que usted no desea reconocer.

– Yo sí. Preferiría que no, me causaría dificultades, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es Eve la que no quiere ni oír hablar de ello.

– ¿La ha visto?

– He hablado con ella. Después telefoneé a David. Recordaba que tenía un hermano… Sabía que usted se ocupaba de investigaciones criminales, o al menos que lo había hecho. Pensé que podría ayudarme.

St. James meneó la cabeza y devolvió la carta y el sobre a Luxford.

– Este asunto no es de mi competencia. Podría llevarlo con discreción…

– Escúcheme. -Luxford no había tocado el pastel ni el café, pero ahora extendió la mano hacia la taza. Bebió un poco y la devolvió al platillo. Un poco de café se derramó y manchó sus dedos. No hizo nada por limpiarlos-. Usted no sabe cómo trabajan los periódicos. Primero, los polis irán a casa de Eve y nadie se enterará, cierto. Pero necesitarán hablar con ella más de una vez, y no querrán esperarla una hora cuando esté recluida en Marylebone. Por lo tanto, irán a verla al Ministerio del Interior, porque queda bastante cerca de Scotland Yard, y bien sabe Dios que este secuestro se convertirá en un caso para Scotland Yard, a menos que hagamos algo por evitarlo.

– Scotland Yard y el Ministerio del Interior son culo y mierda -señaló St. James-. Usted ya lo sabe. Aunque no fuera el caso, los investigadores no irían a verla uniformados.

– ¿De veras cree que hace falta el uniforme? -preguntó Luxford-. No hay un periodista que no reconozca a un poli en cuanto lo ve. Por tanto, un poli aparece en el Ministerio del Interior y pide ver a la subsecretaria de Estado. Un corresponsal de uno de los periódicos le ve. Alguien del ministerio es sobornable, una secretaria, un archivista, un conserje, un funcionario de quinta fila con demasiadas deudas. No sé cómo, pero ocurrirá. Alguien habla con el corresponsal, y la atención del periódico se concentra en Eve Bowen. ¿Quién es esta mujer?, empieza por preguntar el periódico. ¿Qué sucede para que la policía vaya a verla? ¿Quién es el padre de su hija, por cierto? Sólo es cuestión de tiempo que el rastro de Charlotte les conduzca hasta mí.

– Es improbable, si no se lo ha dicho a nadie -dijo St. James.

– Da igual lo que haya dicho o no -replicó Luxford-. La cuestión estriba en lo que ha dicho Eve. Ella afirma que no, pero tiene que haberlo hecho. Alguien lo sabe y está al acecho. Pedir la intervención de la policía, justo lo que el secuestrador espera que hagamos, es el billete para que la historia llegue a la prensa. Si eso ocurre, Eve está acabada. Tendrá que dimitir del cargo y estoy seguro de que perderá su escaño, de propina. Si no ahora, en las siguientes elecciones.

– A menos que despierte la compasión del público, en cuyo caso todo este asunto también favorece sus intereses.

– Ese comentario es muy desagradable -dijo Luxford-. ¿Qué está insinuando? Es la madre de Charlotte, por el amor de Dios.

Deborah se volvió hacia su marido. Estaba sentada en la otomana, delante de su butaca. Acarició su pierna buena y se puso en pie.

– ¿Podemos hablar un momento, Simon? -le preguntó.

St. James vio que se había ruborizado y se arrepintió de haber permitido que asistiera a la entrevista. En cuanto había salido a colación el tema de la niña, tendría que haberla enviado fuera de la sala con algún pretexto. Los niños, y su incapacidad de engendrarlos, eran su punto vulnerable.

La siguió hasta el comedor. Ella se detuvo junto a la mesa con las manos a la espalda, apoyadas sobre la madera pulida.

– Sé lo que estás pensando -dijo-, pero no es eso. No hace falta que me protejas.

– No quiero meterme en esto, Deborah. Es demasiado peligroso. Si le pasa algo a la niña, no quiero cargarlo sobre mi conciencia.

– No parece el típico caso de secuestro. No exigen dinero, sólo publicidad. Sin amenazas de muerte. Si tú no les ayudas, sabes que acudirán a otra persona.

– O irán a la policía, que es lo que tendrían que haber hecho en primer lugar.

– Pero tú ya has hecho trabajos como éste antes. Y Helen también. Hace bastante tiempo, sí, pero los hiciste, y muy bien. St. James no contestó. Sabía qué debía hacer: lo que ya había hecho. Decir a Luxford que no quería saber nada del caso. Pero Deborah le estaba mirando, y en su rostro se reflejaba la fe absoluta que tenía en él de que iba a hacer lo correcto, lo prudente, en caso necesario.

– Puedes fijar un límite de tiempo -razonó Deborah-. Puedes… ¿Y si le dices que le concederás… un día? ¿Dos? Para encontrar una pista. Para hablar con gente que conoce a la niña. Para… No sé. Para hacer algo. Si haces eso, al menos sabrás que la investigación se lleva como es debido. Y eso es lo que quieres, ¿no? Asegurarte de que todo se lleva bien.

St. James acarició su mejilla. Tenía la piel caliente. Sus ojos se le antojaron demasiado grandes. Parecía poco más que una niña, pese a sus veinticinco años. No tendría que haberle dejado escuchar la historia de Luxford, pensó de nuevo. Tendría que haberla enviado a trabajar en sus fotografías. Tendría que haber insistido. Tendría que… St. James cambió de parecer con brusquedad. Deborah tenía razón. Siempre quería protegerla. Tenía la obsesión de protegerla. Era el lastre de su matrimonio, la mayor desventaja de ser once años mayor que ella y conocerla desde su nacimiento.

– Te necesitan -dijo Deborah-. Creo que deberías ayudarles. Al menos habla con la madre y escucha lo que tenga que decir. Podrías hacerlo esta noche. Helen y tú podéis ir a verla.

Estrechó la mano que aún acariciaba su mejilla.

– No puedo prometer dos días -dijo St. James.

– Eso da igual, siempre que intervengas. ¿Lo harás? Sé que no te arrepentirás.

«Ya estoy arrepentido», pensó St. James, pero asintió.

Dennis Luxford tenía mucho tiempo para ordenar sus pensamientos antes de volver a su hogar. Vivía en Highgate, a considerable distancia del domicilio de St. James en dirección norte, cerca del río a su paso por Chelsea. Mientras conducía su Porsche por el tráfico, serenó sus pensamientos y construyó una coartada que su mujer fuera incapaz de atravesar, o al menos en eso confiaba.

Le había telefoneado después de hablar con Eve. El tiempo calculado de llegada había cambiado, explicó. «Lo siento, queri da. Ha surgido algo. Tengo un fotógrafo en SouthLambeth a la espera de que el chapero de Larnsey salga de casa de sus padres. Tengo a un periodista preparado para cuando el chico haga la declaración. Estamos reteniendo las rotativas lo máximo posible para incluirlo en la edición matutina. He de quedarme aquí. ¿He estropeado tus planes para esta noche?»

Fiona dijo que no. Estaba leyendo a Leo cuando el teléfono sonó, o mejor dicho, leyendo con Leo, porque nadie leía a Leo cuando Leo quería leer. Había elegido Giotto, confesó Fiona con un suspiro. Otra vez. Ojalá se hubiera interesado por otro período del arte. «Leer sobre pinturas religiosas me produce un sopor brutal.»

«Es bueno para su alma», había contestado Luxford con un tono que intentaba ser irónico, pero en realidad estaba pensando: a su edad, ¿no debería estar leyendo historias de dinosaurios? ¿Sobre constelaciones? ¿Sobre cazadores en Africa? ¿Sobre serpientes y ranas? ¿Por qué demonios leía un niño de ocho años obras sobre un pintor del siglo xiv? ¿Por qué le alentaba su madre?

Estaban demasiado unidos, pensó Luxford no por primera vez. Leo y su madre compartían la misma alma. El muchacho saldría muy beneficiado cuando lo enviaran por fin al colegio Baverstock el trimestre de otoño. A Leo no le hacía gracia la idea. A Fiona aún menos, pero Luxford sabía que les iría bien a los dos. ¿Acaso Baverstock no le había hecho un hombre? ¿No le había encarrilado? ¿No había llegado a ser lo que era gracias a la escuela privada?

Desterró el pensamiento de lo que era hoy, aquella noche, en aquel preciso momento. Tenía que borrar el recuerdo de la carta y todo lo que se había derivado de ella. Era la única forma de mantener la compostura.

De todos modos, los pensamientos lamían como pequeñas olas las barreras que había erigido para contenerlos, y el tema central de los pensamientos era la conversación sostenida con Eve. No hablaba con ella desde que le había comunicado su embarazo, tantos años antes, cinco meses exactos después del congreso tory donde se habían conocido, aunque no era del todo exacto, porque la había conocido en la universidad, y la había encontrado atractiva, aunque consideraba repulsivas sus ideas políticas. Cuando la vio en Blackpool entre los peces gordos del Partido Conservador (trajes grises, cabellos grises y, por lo general, caras grises), la atracción había sido la misma, al igual que la repulsión. No obstante, en aquel tiempo eran compañeros de profesión (él llevaba dos años al mando del Globe, y ella era corresponsal política del Daily Telegraph), y tuvieron ocasión, cuando cenaron y bebieron entre sus compañeros, de polemizar acerca del aparente dominio absoluto de los conservadores sobre las riendas del poder. La dialéctica de las mentes condujo a la dialéctica de los cuerpos. No una vez, porque, para una vez, habría excusa, cuando menos. «Achácalo al exceso de bebida y al exceso de calenturas, y olvídalo por favor.» En cambio, la relación se desarrolló febrilmente a lo largo de todo el congreso. El resultado fue Charlotte.

¿En qué estaría pensando?, se preguntó Luxford. Cuando tuvo lugar el congreso ya hacía un año que conocía a Fiona, sabía que tenía la intención de casarse con ella, se había propuesto ganar su confianza y su corazón, por no hablar de su voluptuoso cuerpo, y a la menor oportunidad la había cagado. Pero no del todo, porque Eve no sólo no había querido casarse con él, sino que no había querido ni oír hablar de la idea cuando él se ofreció como un caballero a desposarla, en cuanto supo que estaba embarazada. Eve estaba decidida a triunfar en política. Casarse con Dennis Luxford no entraba en sus planes.

– Dios mío -dijo-. ¿De veras crees que me ataría al Rey de las Sabandijas sólo para que conste el apellido de un hombre en la partida de nacimiento de mi hijo? Debes de estar más loco de lo que sugieren tus ideas políticas.

Y así se habían separado. En los años posteriores, mientras Eve trepaba, Dennis se dijo en ocasiones que ella había logrado algo en que él había fracasado: llevar a cabo una operación quirúrgica en su memoria y amputar el apéndice colgante de su pasado.

No era el caso, como descubrió cuando le telefoneó. La existencia de Charlotte no lo permitía.

– ¿Qué quieres? -preguntó Eve cuando consiguió localizarla por fin en la Cámara de los Comunes-. ¿Por qué me llamas? -Hablaba en voz baja y seria. Se oían voces de fondo.

– He de hablar contigo dijo Luxford.

– La verdad, no me apetece en absoluto.

– Es sobre Charlotte.

Oyó que su respiración se convertía en un siseo, pero su voz no cambió.

– No tiene nada que ver contigo, y lo sabes.

– Evelyn -la apremió-, sé que mi llamada es inesperada. -Y notablemente inoportuna.

– Lo siento. Ya oigo que no estás sola. ¿Puedes conseguir un teléfono privado?

– No tengo la intención…

– He recibido una carta acusadora.

No me sorprende. Pensaba que a estarías acostumbrado a cartas acusadoras.

– Alguien lo sabe.

– ¿Qué?

– Lo nuestro. Lo de Charlotte.

Aquello pareció desconcertarla, al menos momentáneamente. Al principio guardó silencio. Luxford creyó oír que tamborileaba con un dedo sobre el auricular.

– Tonterías -dijo de repente.

– Escucha. Haz el favor de escuchar. -Dennis leyó el breve mensaje. Después de oírlo, ella no dijo nada. Al fondo, un hombre lanzó una risotada-. Dice primogénito. Alguien lo sabe. ¿Se lo has contado a alguien?

– ¿Liberada? ¿Que Charlotte será liberada? -Siguió otro silencio. Luxford casi pudo oír funcionar los engranajes de su mente, mientras Eve calculaba los daños en potencia que podía sufrir su credibilidad y meditaba sobre el alcance del desastre político-. Dame tu número -dijo por fin-. Te llamaré luego.

Cumplió su palabra, pero era una Eve diferente.

– Dennis, maldita sea tu estampa dijo-. ¿Qué has hecho?

Ni llantos, ni terror, ni histeria maternal, ni golpes de pecho, ni rabia. Sólo aquellas ocho palabras. Y el fin de las esperanzas de que alguien se estuviera echando un farol. Nadie se estaba echando un farol sobre nada, al parecer. Charlotte había desaparecido. Alguien la retenía, alguien (o alguien que había contratado a alguien) que sabía la verdad.

Tenía que ocultar aquella verdad a Fiona. Ella se había impuesto la sagrada misión de no ocultarle nada durante sus diez años de matrimonio. No cabía pensar en lo que sería de la confianza mutua si ella descubría el único secreto que él le había escondido. Ya era bastante grave que fuera padre de una hija a la que nunca había visto. Fiona se lo podría perdonar. Pero haber engendrado aquella hija cuando estaba enfrascado en la caza y captura de la propia Fiona, en la pugna por establecer un vínculo con ella… A partir de aquel momento, consideraría todo lo que sucediera entre ellos como una u otra variación de su falsedad. Y la falsedad era algo que ella nunca perdonaría.

Luxford dobló desde Highgate Road. Siguió la curva de Milifield Lane a lo largo de Hampstead Heath, donde pequeñas luces oscilantes que se movían por el sendero contiguo a los estanques le dijeron que los ciclistas aún seguían disfrutando del clima de mayo, pese a la hora y la oscuridad. Aminoró la velocidad cuando el muro de ladrillo que limitaba su propiedad emergió de un seto de ligustro y acebo. Se internó entre las columnas y ascendió por el camino particular hasta la villa que era su hogar desde hacía ocho años.

Fiona estaba en el jardín. Desde lejos, Luxford vio el movimiento de su bata blanca de muselina, recortada contra el fondo negro y esmeralda de los helechos, y fue a su encuentro. Siguió la disposición caprichosa de las losas de piedra. Las suelas de sus zapatos rozaron las ortigas que ya estaban perladas por el rocío nocturno. Si su mujer había oído el ruido del coche, no lo demostró. Caminaba hacia el árbol más grande del jardín, un carpe en forma de paraguas bajo el cual descansaba un banco de madera, colocado al borde del estanque.

Estaba aovillada en el banco cuando él llegó a su lado, con sus interminables piernas de modelo y pies bien formados ocultos bajo los pliegues de su bata. Llevaba el pelo sujeto en la nuca, y lo primero que hizo Luxford, después de besarla con ternura, fue liberarlo para que cayera sobre sus pechos. Sintió por ella lo mismo de siempre, una mezcla de adoración, deseo y asombro por el hecho de que aquella criatura celestial fuera su mujer.

Agradeció la oscuridad, que facilitaba la tarea de aquel primer encuentro. También agradecía que ella hubiera preferido salir, porque el jardín (la joya de la corona de su vida doméstica, como ella lo llamaba) le proporcionaba los medios de distraerla.

– ¿No tienes frío? -preguntó-. ¿Quieres mi chaqueta?

– Hace una noche espléndida -contestó ella-. No soportaba estar dentro. ¿Crees que tendremos un verano horrible si hace un tiempo tan bueno en mayo?

– Suele ser la regla.

Un pez rompió la superficie del estanque y su aleta caudal sacudió un lirio de agua.

– Es una regla injusta -dijo Fiona-. Las primaveras deberían comportar una promesa que el verano cumpliera. -Indicó un grupo de abedules jóvenes que crecían en un hueco, a unos veinte metros de donde estaban sentados-. Los ruiseñores han vuelto este año, y hay una familia de pratícolas que Leo y yo vimos esta tarde. Dimos de comer a las ardillas. Querido, hay que enseñar a Leo que no debe dar de comer en la mano a las ardillas. Se lo he repetido miles de veces. El dice que la rabia no existe en Inglaterra, y se niega a pensar en el peligro en que pone al animal por acostumbrarle demasiado al contacto humano. ¿Se lo volverás a decir?

Si iba a hablar con Leo de algo, pensó Luxford, no sería de ardillas. La curiosidad por los animales era típica de los niños, gracias a Dios.

Fiona continuó. Luxford se dio cuenta de que hablaba con cautela, lo cual le inquietó de momento, hasta que comprendió a dónde quería llegar su mujer.

– Volvió a hablar de Bwerstock, querido. Parece que se resiste a ir. ¿No te has dado cuenta? Le he explicado que fue tu colegio, y que le gustará ser un ex baverniano como su padre. Dice que no, que la idea no le atrae, y que da igual, porque ni el abuelo ni tío Jack son ex bavernianos y no les ha ido nada mal en la vida.

– Ya hemos hablado de esto, Fiona.

– Pues claro, querido. Una y otra vez. Sólo quiero contarte lo que Leo dijo, para que estés preparado por la mañana. Ha dicho que lo hablaría contigo durante el desayuno, de hombre a hombre, siempre que estés levantado antes de que marche al colegio. Le dije que esta noche llegarías tarde. Escucha, querido. Es el ruiseñor. Qué encanto. ¿Has conseguido el artículo, por cierto?

Luxford casi se cayó del banco. Había hablado en voz muy baja. Estaba disfrutando la caricia de su pelo sobre la palma de su mano, tratando de identificar el perfume que llevaba, pensando en la última vez que habían hecho el amor al aire libre, y casi pasó por alto la delicada transición, aquel cambio de conversación tan femenino.

– No -dijo, y dijo la verdad, contento de poder hacerlo-. El chapero sigue escondido. Empezamos a imprimir sin él.

– Es una pena que hayas desperdiciado la noche por nada, supongo.

– Un tercio de mi trabajo consiste en esperar por nada. Otro tercio es decidir qué irá en lugar de nada en la primera plana de mañana. Rodney ha sugerido que dejemos descansar la historia. Tuvimos una discusión al respecto esta tarde.

– Te ha telefoneado esta noche. Tal vez era por eso. Le dije que aún estabas en la oficina. Te telefoneó allí, pero no pudo localizarte. Tu línea privada no contestaba. Fue a eso de las ocho y media. Supuse que habías salido a comer algo.

– Pues así fue. ¿A las ocho v media?

– Eso dijo.

– Creo que fui a comer un bocadillo más o menos a esa hora.

Luxford se removió en el banco. Se sentía pegajoso e incómodo. Nunca había mentido a su mujer, aparte de aquella lejana mentira sobre el insoportable aburrimiento del fatídico congreso tory en Blackpool. Y por entonces Fiona no era su mujer, ¿verdad? Suspiró y sacó un guijarro de debajo de su cuerpo. Utilizó el pulgar para arrojarlo al estanque. Vio que la superficie del agua se agitaba cuando el pez se precipitó hacia el punto con la esperanza de capturar un gusano.

– Deberíamos marcharnos de vacaciones -dijo-. Al sur de Francia. Alquilar un coche y recorrer Provenza. Alquilar una casa durante un mes. ¿Qué te parece? ¿Este verano?

Fiona rió quedamente. Luxford sintió su mano fría en la nuca. Los dedos se hundieron en su cabello.

¿Cuándo te has ausentado un mes del periódico? Te morirías de aburrimiento al cabo de una semana, por no hablar de los tormentos que te causaría pensar en Rodney Aronson lamiendo los zapatos a todo el mundo, desde el presidente a las mujeres de la limpieza. Quiere conseguir tu puesto, ya sabes.

«Sí pensó Luxford, ésa es la intención de Rodney Aronson.» Controlaba cada movimiento y decisión de Luxford desde que había llegado al Source, a la espera del error que podría comunicar al presidente para asegurar su futuro. Si la existencia de Charlotte Bowen podía considerarse ese único error… Pero no había ninguna posibilidad de que Rodney supiera lo de Charlotte. Absolutamente ninguna.

– Estás muy callado observó Fiona.

– ¿Te sientes cansado?

– Sólo pensaba.

– ¿En qué?

– En la última vez que hicimos el amor en el jardín. No me acuerdo cuándo fue. Sólo recuerdo que llovía.

– En septiembre pasado.

Luxford la miró.

– ¿Te acuerdas?

Allí, junto a los abedules, donde la hierba está más crecida. Tomamos vino y queso. Pusimos música dentro de casa. Sacamos aquella manta vieja del maletero de tu coche.

– ¿De veras?

– Sí.

Fiona tenía un aspecto maravilloso a la luz de la luna. Parecía la obra de arte que era. Sus labios gruesos eran sugerentes, su garganta un arco que suplicaba sus besos, su cuerpo escultural una tentación sin palabras.

– Esa manta sigue en el maletero dijo Luxford.

Los labios gruesos se curvaron.

– Pues ve a buscarla- dijo Fiona.

3

Eve Bowen, subsecretaria de Estado para el Ministerio del Interior y parlamentaria por Marylebone desde hacía seis años, vivía en Devonshire Place Mews, una calle londinense adoquinada en forma de gancho, flanqueada por antiguos establos y garajes reconvertidos en viviendas desde hacía mucho tiempo. Su casa se alzaba en el extremo noreste de la calle, un impresionante edificio de doble extensión que los demás, que consistía en tres plantas de pizarra, madera blanca y ladrillo, con una terraza en el tejado de la que colgaban festones de hiedra.

St. James había hablado con la diputada antes de abandonar Chelsea. Luxford había hecho una llamada.

He encontrado a alguien, Evelyn se limitó a decir. Has de hablar con él.

Tendió el teléfono a St. James sin esperar respuesta. La conversación de St. James con la parlamentaria había sido breve. Iría a verla de inmediato. Le acompañaría un ayudante. ¿Deseaba la subsecretaria informarle de algo antes de su llegada?

La respuesta de la mujer había sido una brusca pregunta,

– ¿De qué conoce a Luxford?

– A través de mi hermano.

– ¿Quién es?

– Un hombre de negocios que ha venido a la ciudad para asistir a una conferencia. Desde Southampton.

– ¿Tiene alguna cuenta pendiente?

– ¿Con el gobierno? ¿Con el Ministerio del Interior?

– Lo dudo.

– De acuerdo. -Recitó su dirección y concluyó con unas frases crípticas-. Mantenga a Luxford alejado de esto. Si cuando llegue le parece que alguien está vigilando la casa, pase de largo y ya nos encontraremos en otro momento. ¿Está claro?

Lo estaba. Un cuarto de hora después de que Dennis Luxford se hubiera marchado, St. James y Helen Clyde iniciaron su viaje en dirección a Marylebone. Pasaban unos minutos de las once cuando salieron de la calle mayor y entraron en Devonshire Place Mews, y después de recorrer toda la longitud de la calle para comprobar que nadie acechaba en la vecindad, St. James detuvo su viejo MG delante de la casa de Eve Bowen.

La luz del porche estaba encendida sobre la puerta. Dentro, otra luz dibujaba franjas irregulares sobre las coloridas cortinas de las ventanas delanteras de la planta baja. Cuando llamaron al timbre, sonaron de inmediato veloces pasos sobre una entrada de mármol o losas. Un pestillo fue retirado y la puerta se abrió.

– ¿Señor St. James? -preguntó Eve Bowen.

Se alejó de la luz en cuanto cayó sobre ella, y cuando St. James y Helen estuvieron dentro de la casa, cerró la puerta con llave y pestillo.

– Por aquí -dijo, y les condujo hacia la derecha, sobre baldosas de terracota, hasta una sala de estar donde un maletín estaba abierto sobre una mesilla auxiliar, al lado de una butaca, y revelaba carpetas de papel manita, páginas mecanografiadas, recortes de periódicos, mensajes telefónicos, documentos v folletos. Eve Bowen lo cerró sin molestarse en guardar su contenido. Cogió una botella de vino, la vació y se sirvió más vino blanco de una botella que descansaba en un cubo sobre el suelo-. Me interesa saber cuánto dinero le paga por esta pantomima.

St. James se quedó estupefacto.

– ¿Perdón?

– Luxford está detrás de todo esto, por supuesto, pero veo por su expresión que aún no le ha comunicado el hecho. Muy listo. La mujer tomó asiento en la butaca donde, al parecer, estaba sentada antes de su llegada e indicó que se acomodaran en un sofá y unas butacas que semejaban enormes almohadones de color ocre cosidos entre sí. Apoyó la copa sobre su regazo y utilizó ambas manos para sujetarla contra la falda de su traje negro a rayas. Al verlo, St. James recordó haber leído una entrevista con la diputada, poco después de haber sido nombrada por el gobierno subsecretaria de Estado para el Ministerio del Interior. Había afirmado que jamás llamaría la atención sobre sí misma de la forma que lo hacían sus colegas femeninas de la Cámara de los Comunes. No veía la necesidad de emperifollarse de escarlata para distinguirse de los hombres. Para ello ya tenía su cerebro.

– Dennis Luxford es un hombre sin conciencia -dijo de repente. Sus palabras eran secas, cortantes como el cristal-. Es el maestro que dirige esta orquesta concreta. Oh, directamente no, por supuesto. Me atrevería a decir que raptar a niñas de diez años en plena calle sobrepasa su propensión al embuste, pero no se equivoque, le esta tomando el pelo, e intenta hacer lo mismo conmigo. No lo permitiré.

– ¿Por qué cree que está implicado?

St. James se sentó en el sofá y descubrió que era más cómodo de lo que suponía, pese a su aspecto amorfo. Adaptó su pierna mala a una posición más fácil. Helen se quedó donde estaba, de pie al lado de la chimenea, cerca de una colección de trofeos exhibidos en un hueco, un lugar ideal desde el que podía observar a la señora Bowen con disimulo.

– Porque sólo hay dos personas en la tierra que conocen la identidad del padre de mi hija. Yo soy una de ellas. Dennis Luxford es la otra.

– ¿Su hija no lo sabe?

– Claro que no. Nunca. Es imposible que haya descubierto la identidad de su padre.

– ¿Sus padres? ¿Su familia?

– Nadie, señor St.James, salvo Dennis y yo. -Tomó un sorbo de vino- El objetivo de su pasquín es derribar al gobierno. En el momento actual cuenta con las circunstancias apropiadas para aplastar al Partido Conservador de una vez por todas. Es lo que intenta hacer.

– No comprendo su lógica.

– Es bastante conveniente, ¿no le parece? La desaparición de mi hija. Una supuesta nota de secuestro en posesión de Luxford.

Una exigencia de publicidad en la nota. Y todo a continuación de los embustes sobre Sinclair Larnsey y un chico menor de edad en Paddington.

– El señor Luxford no se comporta como un hombre que estuviera fingiendo un secuestro para que los periódicos lo explotaran -adujo St. James.

– No hable en plural -replicó la mujer-, sino en singular. No va a permitir que la competencia le pise su mejor historia.

– Parece tan interesado como usted en que este asunto se lleve con el mayor sigilo.

– ¿Es usted un estudioso del comportamiento humano, señor St. James, aparte de sus otros talentos?

– Creo prudente analizar a la gente que me pide ayuda, antes de acceder.

– Muy perspicaz. Cuando tengamos más tiempo, quizá le pida asesoramiento.

Dejó la copa de vino junto al maletín. Se quitó las gafas redondas de carey y frotó los cristales contra el brazo de la butaca, como para limpiarlas y estudiar a St. James al mismo tiempo. La montura de carey era del mismo tono que su cabello, cortado estilo paje, y cuando se caló de nuevo las gafas, rozaron el borde del largo flequillo que le cubría las cejas.

– Déjeme hacerle una pregunta. ¿No le parece extraño que el señor Luxford recibiera la nota del secuestro por correo?

– Desde luego que no -contestó, St. James. Fue matasellada ayer, y es posible que la depositaran en el correo anteayer. -Mientras mi hija estaba sana y salva en casa. Si examinamos los hechos, podemos concluir que tenemos a un secuestrador muy seguro del éxito de su empresa cuando envía la carta.

– 0 a un secuestrador consciente de que dará igual si fracasa, porque en ese caso la carta no obrará efecto en su destinatario. Si el secuestrador y el destinatario de la carta son la misma persona. 0 si el secuestrador ha sido contratado por el destinatario de la carta.

– Se ha dado cuenta.

– No había pasado por alto el matasellos, señora Bowen. No acepto sin más lo que me dicen. Estoy dispuesto a creer que Dennis Luxford pueda estar detrás de esto. Y también estoy dispuesto a creer que usted lo está.

La boca de la mujer se curvó por un instante. Asintió con brusquedad.

– Vaya vaya -dijo-. No es tan lacayo de Luxford como él supone, ¿verdad? Creo que servirá.

Se levantó de la butaca y se acercó a una escultura de bronce trapezoidal que se erguía sobre un pedestal, entre las dos ventanas del frente. Ladeó la escultura y extrajo de debajo un sobre que entregó a St. James cuando volvió a su butaca.

– Esto fue entregado durante el día de hoy. Entre la una y las tres de esta tarde, más o menos. Mi ama de llaves, la señora Maguire, que ya se ha marchado, la encontró cuando volvió de su visita diaria a su corredor de apuestas hípicas. La puso con el resto del correo, ya que va a mi nombre, y no volvió a pensar en ella hasta que le telefoneé a las siete para preguntar sobre Charlotte, después de la llamada de Dennis Luxford.

St. James examinó el sobre. Era blanco, barato, de los que se pueden comprar en casi cualquier sitio, desde Boot's a la papelería de la esquina. Se puso unos guantes de goma y extrajo el contenido del sobre. Desdobló la única hoja y la depositó en otra funda de plástico que había traído de casa. Se quitó los guantes y leyó el breve mensaje. «Eve Bowen: Si quieres saber qué ha sido de Lottie, telefonea a su padre.»

– Lottie -dijo St. James. -Se hace llamar así.

– ¿Cómo la llama Luxford?

Eve Bowen no cejó en su creencia de que Luxford estaba implicado.

– El nombre no sería imposible de descubrir, señor St. James. Es evidente que alguien lo ha descubierto. 0 ya lo sabía.

St. James enseñó la carta a Helen, que la leyó antes de hablar.

– Ha dicho que telefoneó a la señora Maguire a las siete de la tarde, señora Bowen. Su hija ya debía llevar varias horas desaparecida. ¿No lo advirtió la señora Maguire?

– Lo advirtió.

– ¿Y no la puso sobre aviso?

La mujer efectuó una mínima alteración en su postura. Exhaló una especie de suspiro.

– Durante el año pasado, desde que estoy en el Ministerio del Interior, Charlotte se portó mal varias veces. La señora Maguire sabe que debe ocuparse de las travesuras de Charlotee sin molestarme cuando estoy trabajando. Pensó que se trataba de otro ejemplo de mal comportamiento.

– ¿Por qué?

– Porque los miércoles por la tarde tiene clase de música, un acontecimiento que no entusiasma precisamente a Charlotte. Se arrastra hacia ella cada semana, y casi todos los miércoles por la tarde amenaza con arrojarse o arrojar su flauta por una alcantarilla. Cuando no apareció nada más terminar su clase, la señora Maguire supuso que había vuelto a las andadas. No fue hasta las seis que empezó a telefonear para saber si Charlotte había ido a casa de alguna compañera de escuela en lugar de ir a clase.

– Entonces va sola a clase, ¿verdad?

Por lo visto, la parlamentaria captó la muda pero inevitable pregunta oculta tras las palabras de Helen: ¿iba una niña de diez años sola por las calles de Londres?

– Los niños se desplazan en grupo actualmente -contestó-, por si no se ha dado cuenta. Es improbable que Charlotte estuviera sola. Y en esos casos, la señora Maguire procura acompañarla.

– ¿Procura?

Helen no había pasado por alto la palabra.

– A Charlotte no le gusta ir acompañada por una irlandesa gorda aficionada a llevar pantalones abolsados y jerséis raídos por la polilla. Además, ¿estamos aquí para hablar de cómo cuido a mi hija o de su paradero?

St. James intuyó más que vio la reacción de Helen ante aquellas palabras. La atmósfera parecía impregnada por una mezcla de la indignación de una mujer y la incredulidad de la otra. Ninguno de ambos sentimientos les ayudarían a localizar a la niña. Decidió intervenir.

– Cuando descubrió que Charlotte no había ido a casa de ninguna compañera de colegio, ¿la señora Maguire siguió sin llamarla?

– Dejé bien clara cuál era su responsabilidad hacia mi hija después de un incidente que ocurrió el mes pasado.

– ¿Qué clase de incidente?

– La típica exhibición de cabezonería. -La parlamentaria bebió otro sorbo de vino-. Charlotte se había escondido en la sala de calderas de Santa Bernadette, su escuela primaria, en Blandford Street, porque no quería ir a su sesión de psicoterapia. Tiene una a la semana, sabe que ha de ir, pero una vez al mes o así se empeña en no colaborar. Es lo que pasó en esa ocasión. La señora Maguire me telefoneó presa del pánico cuando Charlotte no apareció a tiempo de que la acompañara a su cita. Tuve que abandonar mi oficina para convencerla. Después de eso, la señora Maguire y yo nos sentamos y dejé muy claro cuáles eran sus responsabilidades respecto a mi hija. Y hasta qué horas se extendían esas responsabilidades.

Helen parecía cada vez más perpleja por la forma en que la subsecretaria cuidaba de su hija. Dio la impresión de que iba a enzarzarse en otra discusión, pero St. James la disuadió. Era absurdo poner aún más a la defensiva a la diputada, al menos de momento.

– ¿Dónde tenía la clase de música?

Eve Bowen le dijo que la casa no quedaba lejos de Santa Bernadette, en una zona llamada Cross Keys Close, cerca de Marylebone High Street. Charlotte iba a pie cada miércoles después de terminar las clases. El profesor era un hombre llamado Damien Chambers.

– ¿Su hija ha ido hoy a clase?

Había ido. La primera persona a la que telefoneó la señora Maguire cuando inició sus pesquisas, a las seis de la tarde, fue al señor Chambers. Según el profesor, la niña había llegado y marchado a las horas habituales.

– Tendremos que hablar con ese hombre -indicó St. James-. Es probable que quiera saber el motivo de nuestras preguntas. ¿Ha pensado en eso, y en sus consecuencias?

Al parecer, Eve Bowen ya había aceptado la realidad de que ni siquiera una investigación privada sobre la desaparición de su hija podía llevarse a cabo sin interrogar a las personas que la habían visto por última vez. Y éstas se preguntarían sin duda por qué un tullido y su acompañante femenina iban husmeando los movimientos de la niña. Era inevitable. La curiosidad de los interrogados podía conducirles a enviar alguna sugerencia intrigante a cualquier periódico, pero se trataba de un riesgo que la madre de Charlotte parecía dispuesta a correr.

– Tal como la estamos llevando, la historia se reduce a meras especulaciones -dijo-. Sólo es definitiva cuando interviene la policía.

– Las especulaciones pueden desembocar en una tempestad -respondió St. James-. Ha de llamar a la policía, señora Bowen. Si no a las autoridades locales, a Scotland Yard. Supongo que, dado su cargo, tiene suficiente influencia.

– Tengo influencia, y no quiero a la policía. Eso está fuera de cuestión. -Su expresión era inflexible.

Helen y él podían seguir discutiendo con ella un cuarto de hora más, pero St. James adivinó que sus esfuerzos serían inútiles. Encontrar a la niña (y encontrarla deprisa) era lo esencial. Pidió la descripción de la niña, tal como había salido aquella mañana, y también una fotografía. Eve Bowen les dijo que no había visto a su hija aquella mañana, porque siempre se iba de casa antes de que Charlotte despertara. Llevaba su uniforme escolar, naturalmente. Arriba había una fotografía de la niña con el uniforme. Salió de la sala para ir a buscarla y la oyeron subir por la escalera.

– Esto es más que extraño, Simon -dijo Helen en voz baja cuando estuvieron solos-. A juzgar por su forma de comportarse, casi se podría pensar… -Vaciló y se cruzó de brazos-. ¿No crees que su reacción es bastante antinatural?

St. James se levantó y fue a examinar los trofeos. Llevaban el nombre de Eve Bowen y eran premios de adiestramiento de caballos. Parecía lógico que tal actividad le hubiera granjeado una docena de primeros puestos. Se preguntó si su equipo político respondía a sus señas tan bien como los caballos.

– Cree que Luxford está detrás de esto, Helen. Su intención no sería causar daño a la niña, sino crispar los nervios de la madre. Al parecer no está dispuesta a dejarse crispar los nervios.

– De todos modos, lo normal sería que, en privado, mostrara alguna fisura.

– Es una política. Jugará con las cartas apretadas contra el pecho.

– Pero estamos hablando de su hija. ¿Por qué anda sola por las calles? ¿Qué ha estado haciendo su madre desde las siete de la mañana hasta ahora? -Helen señaló la mesa, el maletín, la documentación que sobresalía de él-. Me parece increíble que la madre de una niña secuestrada, con independencia de quién la haya secuestrado, sea capaz de mantener su mente concentrada en el trabajo. No es natural, ¿verdad? Nada de esto es normal.

– Estoy de acuerdo, pero ella sabe muy bien la opinión que nos vamos a forjar. No ha llegado donde ha llegado en tan poco tiempo sin saber por adelantado qué aspecto tendrán las cosas.

St. James examinó una serie de fotografías que se erguían en filas irregulares entre tres plantas que descansaban sobre una mesa estrecha de cromo y cristal. Reparó en una foto de Eve Bowen con el primer ministro, otra de Eve Bowen con el ministro del Interior, y una tercera de Eve Bowen en una hilera de personas, frente a la cual la princesa real parecía estar distribuyendo saludos a una escasa concurrencia de agentes de policía.

– Las cosas -replicó Helen con delicada ironía a la palabra que St. James había elegido- me parecen de lo más frío, si quieres saber mi opinión.

Una llave giró en la cerradura de la puerta de la calle mientras Helen estaba hablando. La puerta se abrió y cerró. El pestillo sonó de nuevo. Sonaron pasos sobre las baldosas y un hombre apareció en la puerta de la sala de estar. Medía casi un metro ochenta de estatura, y era de hombros estrechos y delgado. Sus ojos color té miraron a St. James y Helen. Parecía cansado, y su cabello de color roble viejo estaba desordenado como el de un muchacho. Se lo mesó y por fin habló.

– Hola -dijo-. ¿Dónde está Eve?

– Arriba -contestó St. James-. Ha ido a buscar una fotografía.

– ¿Una fotografía?

Miró a Helen y después a St. James. Dio la impresión de que leía algo en sus expresiones, porque su tono cambió de una indiferencia cordial a una cautela instantánea.

– ¿Qué sucede?

Hizo la pregunta con un timbre agresivo, sugerente de que estaba acostumbrado a ser respondido al instante y con deferencia. Ni siquiera los subsecretarios del gobierno recibían a invitados cerca de la medianoche sin un motivo grave.

– ¿Eve? -llamó en dirección a la escalera-. ¿Ha pasado algo? -preguntó a St. James-. ¿Eve está bien? ¿El primer ministro…?

– Alex.

Eve Bowen habló, situada fuera del ángulo de visión de St. James, mientras bajaba la escalera a toda prisa.

– ¿Qué pasa? -le preguntó Alex.

La mujer presentó a Helen y St. James para eludir la pregunta.

– Mi marido, Alexander Stone -dijo.

St. James no recordaba haber leído que la subsecretaria estuviera casada, pero cuando Eve Bowen presentó a su marido, comprendió que debía haberlo hecho y archivado la información en algún rincón polvoriento de su memoria, pues no consideraba probable haber olvidado por completo que Alexander Stone era el marido de la subsecretaria. Stone era uno de los principales empresarios del país. Su interés particular eran los restaurantes, y era el dueño de, como mínimo, una docena de establecimientos de primera categoría desde Hammersmith a Holburn. Era un chef excepcional, un muchacho de Newcastle que había logrado desprenderse hacía tiempo de su acento campesino en el curso de su admirable trayectoria desde pastelero en el hotel Brown a restaurador de éxito. De hecho, Stone era el ideal personificado del Partido Conservador: sin ventajas sociales ni educativas (y sin la ayuda gubernamental, desde luego), había triunfado. Era el posibilismo encarnado y un empresario sin parangón. En suma, era el marido ideal de una parlamentaria tory.

– Ha pasado algo -le explicó Eve Bowen y apoyó una mano en su brazo-. Me temo que no es muy agradable, Alex.

De nuevo, Stone paseó su mirada entre St. James y Helen. St. James intentaba digerir la información de que Eve Bowen aún no había informado a su marido del secuestro de su hija. Observó que a Helen le pasaba lo mismo. Los rostros de ambos proporcionaban abundante material de estudio, y Alexander Stone los examinó un momento, mientras su cara palidecía.

– Papá -dijo-. ¿Ha muerto? ¿El corazón?

– No es tu padre, Alex. Charlotte ha desaparecido. El hombre clavó la vista en su mujer.

– Charlotte -repitió como atontado-. Charlotte. Charlie. ¿Qué…?

– La han secuestrado.

El hombre aparentó desconcierto.

– ¿Qué? ¿Cuándo? ¿Que está…?

– Esta tarde. Después de la clase de música.

El hombre se llevó una mano al cabello revuelto, que desordenó aún más.

– Joder, Eve. ¿Qué coño pasa? ¿Por qué no me llamaste? He estado en el Couscous desde las dos. Lo sabías. ¿Por qué no me has telefoneado?

– No lo supe hasta las siete. Las cosas han sucedido a demasiada velocidad.

– Usted es de la policía -dijo Stone a St. James.

– Nada de policía -replicó su mujer.

Stone se volvió hacia ella.

– ¿Has perdido la razón? ¿Qué coño…?

– Alex. -La voz de la parlamentaria sonó grave y autoritaria-. ¿Quieres esperar en la cocina? ¿Nos prepararás algo de cenar? Dentro de un momento te lo explicaré.

– ¿Explicar qué? ¿Qué cojones está pasando? ¿Quiénes son estas personas? Quiero respuestas, Eve.

– Y las tendrás. -Ella le tocó el brazo de nuevo-. Por favor, deja que termine aquí. Por favor.

– No intentes desembarazarte de mí como si fuera uno de tus malditos lameculos.

– Créeme, Alex, no lo estoy haciendo. Deja que termine aquí. Stone se soltó de ella.

– ¡Mierda! -rugió.

Cruzó a grandes zancadas la sala de estar, atravesó el comedor que había al otro lado y pasó por las puertas batientes que seguramente conducían a la cocina.

Eve Bowen contempló la ruta que había seguido su marido. Al otro lado de las puertas batientes, alacenas se abrieron y cerraron con violencia, ollas tintinearon sobre encimeras y corrió el agua. La mujer entregó la fotografía a St. James.

– Esta es Charlotte.

– Necesitaré su horario semanal. Una lista de sus amigas. Direcciones de los sitios a que suele ir.

La mujer asintió, aunque era evidente que su mente se encontraba en la cocina, con su marido.

– Por supuesto -dijo. Volvió a su butaca y cogió papel y lápiz.

El cabello cayó hacia adelante y ocultó su cara.

Helen fue quien hizo la pregunta.

– ¿Por qué no telefoneó a su marido, señora Bowen? Cuando supo que Charlotte había desaparecido, ¿por qué no telefoneó? Eve Bowen alzó la cabeza. Parecía muy serena, como si hubiera empleado el tiempo de cruzar la sala en controlar todas las emociones que pudieran traicionarla.

– No quería convertirle en otra víctima de Dennis Luxford-dijo-. Me parece que ya hay suficientes.

Alexander Stone trabajaba con furia. Vertió un poco de vino tinto en la mezcla de aceite de oliva, tomates cortados, cebollas, perejil y ajo. Bajó el gas y se alejó de su encimera de diseño en dirección a la tabla de cortar, donde fileteó una docena de champiñones. Los metió en un cuenco y los llevó a la encimera. Una olla grande de agua estaba empezando a hervir. Enviaba vapor al techo en forma de penachos translúcidos, lo cual le llevó a pensar en Charlotte de repente, indefensa. Plumas de pájaros fantasma, las habría llamado, para luego arrastrar su taburete hasta le encimera y charlar mientras él trabajaba.

Santo cielo, pensó.

Cerró el puño y lo descargó con fuerza sobre el muslo. Notó que le escocían los ojos y se dijo que era la reacción de sus lentillas al calor del fuego y al olor acre de las cebollas y el ajo que hervían. Después se llamó mentiroso, dejó lo que estaba haciendo y agachó la cabeza. Respiraba como un corredor de fondo, y trató de calmarse. Se enfrentó a la verdad. Aún no estaba en posesión de todos los datos, y hasta que los tuviera estaba desperdiciando energía preciosa en rabia. Lo cual no le serviría de nada. Ni a Charlie.

«Exacto -pensó-. Sí. Bien. Vamos a lo nuestro. Vamos a esperar. Vamos a ver.»

Se apartó de la encimera. Sacó del congelador un paquete de fettucine. Lo había desenvuelto por completo y ya estaba preparado para echarlo al agua hirviente, cuando se dio cuenta de que no notaba su frialdad en la palma. Vertió la pasta con tal rapidez en la olla que un géiser de agua se elevó y cayó sobre su piel. Esto sí lo pudo notar, y se apartó con un salto instintivo de la encimera, como si fuera un novato en la cocina.

– Hostia -susurró-. Joder. La hostia.

Se acercó al calendario que colgaba en la pared, contiguo al teléfono. Quería asegurarse. Siempre existía la posibilidad de que no hubiera apuntado su agenda semanal, que no hubiera dejado los nombres de los restaurantes a cuyos chefs y camareros supervisaba ese día, que no hubiera dejado escrito su paradero para que la señora Maguire, Charlie o su mujer pudieran localizarle si se presentaba una emergencia… Pero allí estaba, en el cuadrado del miércoles: «Couscous.» Al igual que el día anterior llevaba escrito «Sceptre» encima. Al igual que mañana tenía «Demoiselle». Lo cual significaba que no había excusas. Lo cual significaba que ella contaba con los datos. Lo cual significaba que podía dar rienda suelta a su rabia, golpear las alacenas con los puños, tirar al suelo vasos y platos, arrojar los cubiertos contra las paredes, derribar la nevera y patear su contenido…

– Se han marchado.

Giró en redondo. Eve estaba en la puerta. Se quitó las gafas y las limpió con el forro de seda negra de su chaqueta.

– No tenías que preparar nada -dijo, y señaló la encimera con la cabeza-. La señora Maguire nos habrá dejado algo. Siempre lo hace para…

Calló y se caló las gafas.

«Para Charlotte.» No diría aquellas dos palabras porque no quería pronunciar el nombre de su hija. Pronunciar el nombre de su hija proporcionaría a Stone un pretexto antes de que ella estuviera preparada. Y Eve era una maldita política que sabía jugar con ventaja.

Como si él no estuviera preparando la cena, Eve se encaminó hacia la nevera. Alex vio que sacaba dos platos tapados que él ya había inspeccionado, los llevaba hasta la encimera y desenvolvía la oferta de la señora Maguire para el miércoles por la noche, consistente en macarrones gratinados, panaché de verduras y patatas hervidas espolvoreadas con un poco de paprika.

– Dios -dijo, y contempló los grumos de queso cheddar que salpicaban la masa empastada de macarrones.

– Yo dejo algo para Charlie cada día -dijo Stone-. Sólo ha de calentarlo, pero no lo hace. «Nombres raros para porquerías», lo llama.

– ¿Y esto no es una porquería?

Eve vertió el contenido de los dos platos en el fregadero. Giró el interruptor y dejó que el eliminador de basuras se encargara de ello. El agua corrió y corrió, y Alex observó que ella miraba el proceso, a sabiendas de que estaba empleando el tiempo para preparar su estrategia de cara a la conversación. Tenía la cabeza gacha y los hombros hundidos, con el cuello al descubierto. Era blanco y vulnerable, y suplicaba clemencia. Pero no se la iba a conceder. Se acercó a ella, cerró el eliminador y giró el grifo. La cogió por el brazo para volverla hacia él. Estaba rígida al contacto. Dejó caer la mano.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

– Lo que ya te he dicho. Desapareció cuando volvía a casa de su clase de música.

– ¿Maguire no iba con ella?

– Por lo visto no.

– Maldita sea, Eve. Ya lo hemos discutido otras veces. Si podemos confiar en ella para…

– Pensó que Charlotte estaba con unas amigas.

– Pensó. Vaya si pensó. -Experimentó de nuevo la necesidad de golpear. Si el ama de llaves hubiera estado presente, se habría lanzado sobre su garganta-. ¿Por qué? -preguntó con aspereza-. Sólo dime por qué.

Eve evitó fingir no comprender. Se volvió y se cogió los codos con las manos. Era una postura que le aislaba de él con más eficacia que si se hubiera alejado hasta el otro extremo de la cocina.

– Alex, tenía que pensar lo que debía hacer.

Alex sintió gratitud por el hecho de que, al menos, no insistía en su anterior mentira de que todo había sucedido con demasiada rapidez, que no había tiempo. De todos modos, era una gratitud inapreciable, como una semilla caída en suelo estéril.

– ¿Qué había que pensar, exactamente? -preguntó con calma deliberada. A mí me parece un simple problema de cuatro pasos. -Utilizó el pulgar y tres dedos para enumerar cada paso-. Charlie ha sido secuestrada. Me telefoneas al restaurante. Voy a buscarte a la oficina. Vamos a la policía.

– No es tan sencillo.

– Parece que te quedaste atascada en el paso uno. ¿No es así? -La expresión de Eve no cambió. Aún expresaba aquella absoluta sangre fría tan esencial en su profesión, una tranquilidad que estaba acabando con la de Alex a marchas forzadas-. Maldita sea. ¿No es así, Eve?

– ¿Quieres que te lo explique?

– Quiero que me digas quién coño era esa gente que estaba en la sala de estar. Quiero que me digas por qué coño no has llamado a la policía. Quiero que me expliques, y en diez palabras o menos, Eve, por qué no te pareció importante comunicarme que mi hija…

– Hijastra, Alex.

¡Mierda! Por lo tanto, de haber sido su padre, el proveedor del jodido esperma, según tu definición, habría merecido una llamada para informarme de su desaparición. ¿Estoy en lo cierto?

– No del todo. El padre de Charlotte ya lo sabe. Es quien me telefoneó para darme la noticia. Creo que es el responsable del secuestro.

El agua de la pasta eligió aquel momento para hervir, derramarse por los costados de la olla y caer sobre el fogón. Con la sensación de estar hundido hasta la cintura en gachas, Alex fue a la encimera y se dedicó a remover el agua, bajar el fuego, levantar la olla y colocar el difusor en otra posición, mientras no dejaba de oír en ningún momento «El padre de Charlotte, el padre de Charlotte, el padre de Charlotte». Dejó el tenedor de madera en su sujetador con todo cuidado, antes de volverse hacia su mujer. Era de piel clara, pero a la luz de la cocina parecía blanca como la cera.

– El padre de Charlie -dijo.

– Dice haber recibido una nota de los secuestradores. Yo también he recibido una.

Alex vio cómo sus dedos se tensaban alrededor de los codos.

Por el gesto, pensó que se preparaba para una lucha mental o emocional y comprendió que lo peor aún estaba por venir.

– Continúa -dijo con voz tensa.

– ¿No quieres ocuparte de tu pasta?

– No tengo demasiado apetito. ¿Y tú?

Eve meneó la cabeza, pero le dejó un momento y volvió a la sala de estar. Durante ese tiempo Alex removió el agua y la pasta, y se preguntó cuándo volvería a tener hambre. Eve regresó con una botella de vino y dos copas. Las sirvió en el bar que prolongaba la encimera. Deslizó una de las copas en su dirección.

Alex se dio cuenta de que Eve no iba a decir nada a menos que la obligara. Le contaría todo lo demás (lo sucedido a Charlie, a qué hora del día, y exactamente cómo y con qué palabras lo había averiguado), pero no diría el nombre a menos que insistiera. En los siete años que la conocía, en sus seis años de matrimonio, la identidad del padre de Charlie era un secreto que jamás había revelado. A Alex no le había parecido justo presionarla. El padre de Charlotte, fuera quien fuera, era parte del pasado de Eve. Alex sólo deseaba ser parte de su presente y su futuro.

– ¿Por qué la ha secuestrado?

Ella contestó sin demostrar el menor sentimiento, un mero recitado de las conclusiones a las que había llegado.

– Porque quiere que el público sepa de quién es el padre. Porque quiere enfangar más a los tories. Porque si el gobierno sigue padeciendo escándalos sexuales que erosionan la fe del público en las autoridades elegidas, el primer ministro se verá obligado a convocar elecciones generales y los tories las perderán. Eso es lo que quiere.

Alex asimiló las palabras que más le habían impresionado y le revelaban más sobre lo que ella había mantenido oculto durante tantos años.

– ¿Escándalos sexuales? Los labios de Eve se curvaron en una sonrisa carente de alegría.

– Escándalos sexuales.

– ¿Quién es, Eve?

– Dennis Luxford.

El nombre no significaba nada para él. Años de vivir atemorizado, años de formularse la misma pregunta, años de especulaciones, años de cálculos, y el nombre no significaba absolutamente nada. Comprendió que ella se había dado cuenta del detalle. Eve emitió una risita sardónica, dirigida a ella misma, y se dirigió a la pequeña mesa de la cocina, situada ante una ventana salediza que daba al jardín posterior. Había un revistero de roten junto a una de las sillas, donde la señora Maguire guardaba el material de lectura de baja estofa que la distraía durante sus tareas diarias. Eve extrajo un periódico, lo llevó al bar y lo dejó ante Alex.

Su cabecera era un fondo rojo llamativo sobre el que se leía en letras amarillas The Source! Bajo la cabecera, siete centímetros y medio de titulares chillaban «Parlamentario cae en trampa amorosa». El titular iba acompañado de dos fotografías en color, una de Sinclair Larnsey, parlamentario por East Norfolk, cuando salía con semblante sombrío de un edificio en compañía de un caballero anciano que caminaba con un bastón, sobre el cual se había impreso «Presidente de la Asociación de la Circunspección Electoral». La otra era de un Citroén magenta, bajo el cual se leía «El nido de amor móvil de Sinclair Larnsey». El resto de la primera plana estaba dedicada a «Gane unas vacaciones de ensueño» (página 11), «Desayune con su estrella favorita» (página 8) y «Empieza el juicio del asesinato del críquet» (página 29).

Alex contempló el periódico con el entrecejo fruncido. Resultaba hortera y repugnante, como sin duda era su intención, e imaginó que vendía miles de ejemplares, pues debía distraer a las personas que cada día tenían que desplazarse de un sitio a otro para ir a trabajar. Su propia grosería hablaba del impacto que debía tener en la opinión pública. La que leía aquel tipo de basura, de todos modos, aparte de gente como la señora Maguire, no se podía describir como una fuerza intelectual de primera magnitud.

Eve volvió hacia el revistero. Extrajo tres ejemplares más del periódico y los dejó con cuidado sobre el bar ante él. «¡Diputado detenido en una redada antivicio!» ocupaba toda una primera plana. «¡Parlamentario toro aficionado a los menores!» decoraba otra. «Sofoco real: ¿quién calienta la cama de la princesa por las noches?» saltaba desde la tercera.

– No lo entiendo -dijo Alex-. Tu caso es diferente de éstos.

¿Con qué van a crucificarte los periódicos? Cometiste un error quedaste embarazada. Tuviste una hija. La educaste, cuidaste y seguiste tu vida. No hay historia.

– No lo entiendes.

– ¿Qué he de entender?

– Dermis Luxford. Este es su periódico, Alex. El padre de Charlotte es el director de este periódico, y era director de otro tan repulsivo como éste cuando tuvimos nuestro pequeño… -Parpadeó varias veces y, por un momento, Alex pensó que iba a perder la compostura-. Esto es lo que hacía, desenterrar los chismes más salaces que podía encontrar, difamar a quien deseaba humillar, cuando echamos una cana al aire en Blackpool.

Alex apartó los ojos y miró los periódicos. Se dijo que si no la había oído bien, no tendría que creerla. Eve hizo un movimiento, Alex alzó la vista y vio que había cogido su copa para levantarla como si brindara, cosa que no hizo.

– Ahí estaba Eve Bowen -dijo-, futura parlamentaria tory, futura subsecretaria, futura primer ministro, la ultraconservadora, Dioesmifundamento, moralizante periodista, jugando a la bestia de dos cabezas con el Rey de los sapos. Dios mío, qué bien se lo pasarán los diarios con esta historia. Y será la primera de la serie.

Alex buscó algo que decir, lo cual era difícil, porque en aquel momento sólo era capaz de sentir la capa de hielo que empezaba a atenazar su corazón. Hasta sus palabras sonaron amortiguadas. -En aquel entonces no eras miembro del parlamento.

– Una sutil distinción que el público procurará pasar por alto, te lo aseguro. El público obtendrá un gran placer al imaginarnos encontrándonos a escondidas en el hotel de Blackpool, liquidando a toda prisa nuestras tareas periodísticas, yo abierta de piernas en una cama del hotel, ardiendo en deseos de que Luxford me penetrara con su poderoso miembro. Y luego, a la mañana siguiente, bien arreglada para volver a parecer Miss Inexpugnable de cara a mis colegas. Y viviendo con ese secreto durante tantos años, actuando como si considerara moralmente reprensible todo lo que ese hombre defiende.

Alex la miró fijamente. Examinó las facciones que había mirado durante los últimos siete años: el cabello impecable, los ojos color avellana claro, la barbilla demasiado afilada, el labio superior demasiado delgado. «Esta es mi mujer -pensó-. Esta es la mujer a la que amo. Con ella soy muy diferente de la persona que soy con los demás. ¿De veras la conozco?»

– ¿Y no es verdad? -preguntó como atontado.

Los ojos de Eve se nublaron. Cuando habló, su voz sonó extrañamente distante.

– ¿Cómo puedes preguntarme eso, Alex?

– Porque quiero saber. Tengo derecho a saber.

– ¿Saber qué?

– Quién coño eres.

Eve no contestó. Sostuvo su mirada durante largo rato, y luego sacó la olla de los fogones y la dejó en el fregadero, donde vertió los fettuccine en un colador. Utilizó un tenedor para levantar unos cuantos.

– La pasta se te ha pasado, Alex -musitó-. No acostumbras a cometer este tipo de errores.

– Contéstame.

– Creo que ya lo he hecho.

– El error fue el embarazo -insistió él-, no la elección de pareja. Ya sabías lo que era cuando te acostaste con él. Tenías que saberlo.

– Sí, lo sabía. ¿Quieres que te diga que me daba igual?

– Quiero que me digas la verdad.

– Muy bien. Me dio igual. Quería acostarme con él.

– ¿Por qué?

– Sedujo mi mente, cosa que la mavoría de hombres no se molestan en intentar cuando quieren seducir a una mujer. Alex se aferró a aquella palabra porque lo necesitaba.

– Te sedujo. -La primera vez. Después no. Fue mutuo.

– Así que te lo tiraste más de una vez. La palabra no consiguió amedrentarla, como Alex deseaba.

– Me lo tiré durante todo el congreso. Cada noche. Y casi todas las mañanas.

– Magnífico. Alex reunió los periódicos y los devolvió al revistero. Se acercó a los fogones y cogió la sartén de salsa. La vertió en el fregadero y vio cómo desaparecía por el eliminador de basuras. Eve continuaba de pie junto al escurridero. Sentía su proximidad, pero era incapaz de mirarla. Tenía la sensación de que su mente había recibido un golpe mortal.

– Así que ha secuestrado a Charlie -fue lo único que consiguió decir-. Luxford.

– El lo ha organizado. Y si reconoce públicamente el hecho de que es su padre, en la primera plana de su periódico, la devolverán.

– ¿Por qué no has llamado a la policía?

– Porque intento plantar cara a su farol.

– ¿Utilizando a Charlie?

– ¿Qué quieres decir?

Al menos, aquello podía sentirlo, y se regodeó en la sensación.

– ¿Dónde la retiene, Eve? ¿Sabe ella lo que está pasando? ¿Tiene hambre? ¿Tiene frío? ¿Está aterrorizada? Un desconocido la secuestró en la calle, y a ti lo único que te importa es salvar tu reputación, ganar la partida y plantar cara al farol de ese bastardo de Luxford.

– No conviertas esto en un referéndum sobre la maternidad-repuso ella en voz baja-. Cometí una equivocación y he pagado por ella. Aún estoy pagando. Pagaré hasta que me muera.

– Estamos hablando de una niña, no de un error de discernimiento. Una niña de diez años.

– Y mi intención es encontrarla, pero a mi manera. Me pudriré en el infierno antes de hacerlo a la suya. Hojea este periódico si no sabes descifrar lo que quiere de mí, Alex. Y antes de que me condenes por mi gigantesco egoísmo, pregúntate qué efecto causaría en Charlotte permitir la publicación en los periódicos de un bonito escándalo sexual.

Lo sabía, por supuesto. Una de las mayores pesadillas de la vida política era la repentina aparición de un esqueleto que se creía apaciblemente enterrado desde mucho tiempo atrás. Una vez el esqueleto se sacudía el polvo de sus huesos quebradizos y aparecía en público, conseguía que cada acción, comentario e intención de su poseedor pareciera sospechosa. Su presencia (aunque sólo colgara en la periferia de la vida actual de su propietario exigía que se examinaran las motivaciones, se colocaran bajo un microscopio los comentarios, se siguieran los pasos, se analizaran las cartas, se diseccionaran los discursos, y todo lo demás se husmeara en profundidad para tratar de detectar el aroma de la hipocresía. Y este escrutinio no terminaba con el propietario del esqueleto. Alcanzaba a todos los miembros de la familia, cuyos nombres y vidas eran arrastrados por el barro del derecho del público, concedido por Dios, a ser informado. Parnell lo había descubierto. Profumo también. Yeo y Ashby habían experimentado el escalpelo del escrutinio que cortaba la carne de lo que consideraban su vida privada. Como ninguno de sus predecesores en el Parlamento, ni de la mismísima Corona, ella tampoco estaba a salvo del ridículo público. Eve sabía que ella no sería una excepción, sobre todo a ojos de un hombre como Luxford, azuzado por los demonios de las cifras de venta y su odio personal hacia el Partido Conservador.

Alex se sentía abrumado por las cargas. Su cuerpo exigía acción, su mente suplicaba comprensión y su corazón pedía volar. Estaba atrapado entre la aversión y la compasión, y se sentía desgarrado por la batalla de aquel antagonismo en su interior. Buscó la compasión, siquiera por un momento.

– ¿Quiénes eran? -preguntó, y movió la barbilla en dirección a la sala de estar-. El hombre y la mujer.

Adivinó al ver su cara que Eve creía haber vencido.

– Él trabajó en otro tiempo para Scotland Yard. Ella es… No lo sé. Le ayuda en alguna forma.

– ¿Confías en que puedan manejar la situación?

– Sí.

– ¿Por qué?

– Porque cuando me pidió que le diera un horario de las actividades de Charlotte, me obligó a hacerlo dos veces. Una por escrito. La otra por ordenador.

– No te entiendo.

– Él tiene las dos notas del secuestro, Alex. La que recibí yo y la que recibió Dennis. Quiere examinar mi caligrafía. Quiere compararla con la caligrafía de las notas. Cree que yo puedo estar implicada. No confía en nadie. Lo cual significa que podemos confiar en él, me parece.

– A eso de las cinco y cinco -dijo Damien Chambers. Hablaba con las inconfundibles vocales marcadas de su Belfast nativo-. A veces se queda más rato. Sabe que no doy otra clase hasta las siete, de modo que a veces se queda un poco más. Le gusta que toque el silbato mientras ella toca las cucharas, pero hoy quería marcharse enseguida. Y lo hizo. A las cinco y cinco.

Embutió con tres largos dedos algunas hebras de cabello color melocotón en la larga coleta que había sujetado con una goma en la nuca. Aguardó la siguiente pregunta de St. James.

Habían sacado de la cama al profesor de música de Charlotte, pero no se había quejado de la intrusión.

– ¿Desaparecida? -se había limitado a decir-. ¿Que Lottie Bowen ha desaparecido? ¡Coño!

Se había excusado un momento para subir a toda prisa la escalera. El agua empezó a manar en una bañera. Una puerta se abrió y se cerró. Transcurrió un minuto. La puerta se abrió y cerró de nuevo. El agua dejó de oírse. Bajó a reunirse con ellos. Llevaba una bata larga roja a cuadros sin nada debajo. Revelaba los tobillos, blancos como el hueso, al igual que el resto de su persona. Se había calzado zapatillas de piel.

Damien Chambers vivía en una de las casas diminutas de Cross Keys Close, un laberinto de pasadizos adoquinados con farolas antiguas y una atmósfera dudosa, que alentaba a mirar hacia atrás y apresurar el paso. St. James y Helen no habían conseguido entrar en coche en la zona, (el MG no cabía, y aunque lo hubiera hecho no había sitio para dar la vuelta), de modo que lo dejaron en Bulstrode Place, al lado de la calle mayor, y se orientaron por el laberinto de pasajes hasta encontrar el número 12, donde vivía el profesor de música de Charlotte.

Estaban sentados en su sala de estar, apenas mayor que un compartimiento de un vagón de tren anticuado. Una espineta compartía el limitado espacio con un teclado eléctrico, un violoncelo, dos violines, un arpa, un trombón, una mandolina, un dulcémele, dos atriles de música ladeados y media docena de bolas de polvo, del tamaño aproximado de ratas de alcantarilla. St. James y Helen utilizaron el banco del piano para sentarse. Damien Chambers lo hizo en el borde de una silla metálica. Encajó las manos en las axilas, una postura que le hacía parecer más diminuto de su metro sesenta.

– Quería aprender a tocar la tuba -dijo-. Le gustaba su forma. Decía que las tubas parecían orejas de elefante doradas. No son de oro, por supuesto, sino de latón, pero Lottie no presta atención a los detalles. Podría haberle enseñado a tocar la tuba, sé tocar casi todo, pero su madre no quiso. Dijo que primero violín, cosa que intentamos durante seis meses, hasta que los chirridos enloquecieron a sus padres. Después dijo que piano, pero no tenían sitio en casa para poner un piano y Lottie se negó a practicarlo en su colegio. Entonces cambiamos a la flauta. Pequeña, portátil y no hace mucho ruido. Hace casi un año que estamos en ello. No es muy buena, porque no practica. Además, su mejor amiga, una niña llamada Breta, detesta escuchar y siempre quiere jugar con ella.

St. James buscó en el bolsillo la lista que Eve Bowen le había dado. La recorrió con la mirada.

– Breta -dijo.

El nombre no constaba en la lista. Y tampoco, constató con sorpresa, ninguno que no perteneciera a los adultos con quienes Charlotte se relacionaba, anotados por profesión: profesor de baile, psicoterapeuta, director de coro, profesor de música. Frunció el entrecejo.

– Sí, Breta. No sé su apellido, pero es una bribona de cuidado, según Lottie, de modo que no le será difícil localizarla si quiere hablar con ella. Birlan dulces juntas. Atormentan a los pensionistas. Se cuelan en las oficinas de corredores de apuestas, donde no deberían estar. Se cuelan en los cines. ¿No saben nada de Breta? ¿La señora Bowen no le habló de ella?

Hundió más las manos en las axilas. Como resultado, sus hombros se hundieron. Damien Chambers debía de tener unos treinta años, pero en aquella postura parecía más un contemporáneo de Charlotte que un hombre lo bastante mayor para ser su padre.

– ¿Qué llevaba cuando se marchó esta tarde? -preguntó St. James.

– ¿Qué llevaba? Su ropa. ¿Qué quiere que llevara? Aquí no se sacó nada. Ni siquiera la chaquetilla de punto. ¿Por qué iba a hacerlo?

St. James notó la mirada inquieta que Helen le dirigía. Enseñó a Chambers la fotografía que Eve Bowen les había dado.

– Sí -dijo el profesor de música-. Es lo que siempre llevaba. Su uniforme del colegio. Un color espantoso ese verde, ¿verdad?

Parece musgo. A ella no le gustaba mucho. Ahora lleva el pelo más corto que en la foto. Se lo cortó el sábado pasado. Un poco como los Beatles en sus primeros tiempos, si sabe a qué me refiero. Como un chico. Hoy se estaba quejando al respecto. Dijo que parecía un chico. Dijo que quería pintarse los labios y ponerse pendientes, para que la gente se diera cuenta de que era una niña. Dijo que Cito, como llamaba a su padrastro, pero supongo que eso ya lo sabrá, ¿no? Viene de Papacito. Está estudiando español. Pues Cito le había dicho que el lápiz de labios y los pendientes no servían de gran cosa para definir la sexualidad de quien los lleva, pero imagino que no entendió a qué se refería. La semana pasada birló a su madre un lápiz de labios. Vino a clase con los labios pintados. Parecía un payaso, porque se lo había puesto sin mirarse en el espejo y se le había salido un poco. Le dije que subiera al lavabo y se mirara en el espejo, para que viera el desastre. Tosió y se cubrió la boca con la mano, que devolvió de inmediato a la axila, y empezó a dar golpecitos en el suelo con el pie-. Es la única vez que estuvo arriba, desde luego.

Cuando Helen se puso en tensión a su lado, St. James contempló al profesor de música y reflexionó sobre los posibles motivos de su agitación, incluido el que le había impulsado a correr escaleras arriba cuando llegaron.

– Esta otra niña, Breta, ¿venía con Charlotte a clase?

– Casi siempre.

– ¿Hoy?

– Sí. Al menos Lottie dijo que Breta la había acompañado.

– ¿Usted la vio?

– No la dejaba entrar. Demasiada distracción. La hago esperar en el pub Prince Albert. Se queda cerca de esas mesas que hay en la acera. En Bulstrode Place, en la esquina.

– ¿Estuvo hoy allí?

– Lottie dijo que la estaba esperando, por eso quiso marcharse tan deprisa. Es el único lugar donde puede esperar. -Chambers tenía aspecto pensativo y tironeó del labio con los dientes-. No me sorprendería que Breta estuviera detrás de todo esto, ¿sabe? Me refiero a la fuga de Lottie. Porque se ha fugado, ¿verdad? Usted dijo que había desaparecido, pero no supondrá que hay… cómo lo diría?, una especie de juego sucio. -Hizo una mueca al pronunciar las dos últimas palabras. Su pie golpeteó con más furia.

Helen se inclinó hacia adelante. La habitación era tan diminuta que los tres casi se tocaban las rodillas. Aprovechó la proximidad para apoyar los dedos con suavidad sobre la rodilla derecha de Chambers. El hombre inmovilizó el pie al instante.

– Lo siento -dijo-. Estoy nervioso. Salta a la vista.

– Sí -dijo Helen-. Ya lo veo. ¿Por qué?

– Me deja en mal lugar, ¿no? Todo esto de Lottie. Puede que haya sido la última persona en verla. Eso no es bueno.

– Aún no sabemos quién fue la última persona que la vio -observó St. james.

– Y si sale en los periódicos… -Chambers se encogió aún más-.

Doy clases de música a niños. Si se hace público que uno de mis alumnos ha desaparecido después de una clase, puede perjudicarme. Preferiría que no sucediera. Vivo muy tranquilo aquí, y quiero que siga así.

Era lógico, admitió St, James. El modus vivendi de Chambers estaba en juego, y tanto su presencia como sus preguntas sobre Charlotte ilustraban el escaso dominio de la situación que tenía Chambers. No obstante, la reacción a su visita se le antojaba exagerada.

St. James explicó a Chambers que el secuestrador de Charlotte (suponiendo que la hubieran secuestrado, que no se hubiera escondido en casa de alguna amiga) tenía que conocer el camino que seguía al salir de su clase de música para volver a casa.

Chambers se mostró de acuerdo, pero el colegio de Charlotte estaba muy cerca de la casa de Chambers, y sólo había una forma de entrar v salir de la vecindad, el camino que habían tomado St. James y Helen, de modo que descubrir el de Lottie habría sido muy sencillo para cualquiera.

– ¿Ha observado que alguien rondara por las cercanías en los últimos días? -preguntó St. James.

Dio la impresión de que Chambers iba a contestar que sí, al menos para alejar de sí el foco de atención, pero dijo que no, en absoluto. Siempre había los policías que patrullaban a pie por la zona (era imposible no fijarse en ellos) y algún turista despistado que había acabado en Marylebone en lugar de Regent's Park. Pero aparte de ellos y los personajes habituales, como el cartero, los barrenderos y los trabajadores que iban a comer al Prince Albert, no había reparado en ningún extraño. Por otra parte, no salía mucho, de modo que el señor St. James haría bien en preguntar a los vecinos cercanos. Alguien tendría que haber visto algo, ¿no? ¿Cómo podía desaparecer una niña sin que nadie reparara en algo extraño? Si es que había desaparecido. Porque podría estar con Breta. Podría ser otra de las jugarretas de Breta.

– Pero hay algo más -dijo Helen con una voz vibrante de simpatía-, ¿verdad, señor Chambers? ¿No hay algo más que quiere contarnos?

El hombre paseó la vista entre Helen y St. James.

– Hay alguien en la casa con usted, ¿verdad? -preguntó St. James-. Alguien con quien corrió a hablar cuando llegamos.

Damien Chambers enrojeció hasta adquirir el color de una ciruela.

– No tiene nada que ver con esto -dijo-. Lo juro.

Se llamaba Rachel, les dijo en voz baja. Rachel Mounbatten. Ningún parentesco, por supuesto. Tocaba el violín en la Filarmónica. Hacía muchos meses que se conocían. Habían salido a cenar. El la había invitado a una copa, ella pareció contenta de aceptar, y cuando la había invitado a subir a su habitación… Era la primera vez que estaban juntos de aquella manera. Quería que todo fuera perfecto. Entonces sonó la llamada a la puerta. Y ahora, esto. -Rachel es… bueno, no exactamente libre -explicó-. Pensó que era su marido quien llamaba a la puerta. ¿Quieren que la haga bajar? Prefiero que no. Creo que estropearía nuestra relación, pero iré a buscarla, si quieren. No es que la utilice de coartada o algo por el estilo. Quiero decir, si hace falta una coartada, pero no es eso, ¿verdad?

Y debido a Rachel, prosiguió, quería quedarse al margen de lo que hubiera sucedido a Charlotte. Sabía que sonaba fatal y no era que no estuviera preocupado por el paradero de la niña, pero la relación con Rachel era importantísima para él… Esperaba que lo comprendieran.

– Cada vez resulta más curioso, Simon -dijo Helen, mientras volvían hacia el coche de St. James-. La madre se comporta de una forma extraña. El señor Chambers se comporta de una forma extraña. ¿Nos están utilizando?

– ¿Para qué?

– No lo sé. -Helen subió al MG y guardó silencio hasta que St. James encendió el motor-. Nadie se comporta como cabría esperar. Eve Bowen, cuya hija ha desaparecido en plena calle, no quiere que la policía intervenga, pese a que, teniendo en cuenta su cargo en el Ministerio del Interior, podría contar con lo mejor de Scotland Yard sin que nadie se enterara. Dennis Luxford, quien debería afanarse por seguir la historia, no quiere saber nada del asunto. Damien Chambers, con una amante en el piso de arriba, a la que no tenía la menor intención de presentarnos, tiene miedo de que le relacionen con la desaparición de una niña de diez años. Si es que se trata de una desaparición. Porque puede que no lo sea. Quizá todos y cada uno saben dónde está Charlotte. Tal vez por eso Eve Bowen parecía tan serena y Damien Chambers tan angustiado, cuando lo contrario en ambos casos sería lo lógico.

St. James guió el coche en dirección a Wigmore Street. Giró hacia Hyde Park sin contestar.

– No querías aceptar esto, ¿verdad? -prosiguió Helen.

– No tengo experiencia en estos asuntos, Helen. Soy un científico forense, no un detective privado. Dame manchas de sangre o huellas dactilares y obtendrás media docena de respuestas a tus preguntas. Pero con algo como esto, estoy fuera de mi campo.

– Entonces, ¿por qué…? -Le miró. St. James notó que le estaba leyendo la cara con su habitual perspicacia-. Deborah.

– Le dije que hablaría con Eve Bowen y que la animaría a llamar a la policía.

– Lo hiciste -dijo Helen. Eludieron el tráfico congestionado de Marble Arch y entraron en Park Lane, con su curva de hoteles iluminados-. ¿Qué haremos ahora?

– Hay dos posibilidades. 0 nos encargamos nosotros hasta que Eve Bowen se derrumbe, o acudimos a Scotland Yard sin su aprobación. -Desvió la vista hacia ella-. No he de decirte lo fácil que sería esto último.

Ella sostuvo su mirada. -Deja que lo piense.

Helen se quitó los zapatos después de cerrar la puerta del edificio donde vivía. «Misericordia», susurró cuando notó la dulce sensación de sus pies liberados de la agonizante servidumbre al dios de la moda. Los recogió, cruzó la entrada de mármol y subió la escalera hasta su piso, seis habitaciones en la primera planta de un edificio de la última época victoriana, con un salón que daba al rectángulo verde que era la plaza Onslow de South Kensington. Desde la calle había visto una luz encendida en el salón. Como no había temporizador, y como no la había encendido por la mañana, antes de salir hacia el laboratorio de Simon, el brillo que se filtraba por las cortinas de la puerta del balcón la informó de que tenía un visitante. Sólo podía ser una persona.

Titubeó ante la puerta, con la llave en la mano. Reflexionó sobre las palabras de Simon. La verdad era que sería muy fácil solicitar la intervención de Scotland Yard sin el conocimiento o la aprobación de Eve Bowen, sobre todo porque un inspector detective del DIC del Yard la estaba esperando en aquel momento tras la maciza puerta de roble.

Bastaría con una palabra a Tommy. Él tomaría la iniciativa a partir de aquel mismo instante. Se ocuparía de que se adoptaran todas las medidas pertinentes: teléfonos pinchados donde el Yard considerara necesario, investigaciones de los antecedentes de todas las personas remotamente relacionadas con la ministra, el editor del Source y su hija, un análisis minucioso de las dos cartas recibidas, un ejército de detectives que recorrieran las calles de Marylebond por la mañana, interrogatorio de posibles testigos de la desaparición de la niña, y registro de cada centímetro cuadrado del municipio en busca de una pista que explicara lo sucedido a Charlotte Bowen aquel día. Se tomarían huellas y se enviarían a la Oficina Nacional de Huellas Dactilares. Se introducirían descripciones de Charlotte en el ONC. Se concedería máxima prioridad al caso, y se le asignarían los mejores agentes. Probablemente Tommy no intervendría para nada. Sin duda el caso se destinaría a gente mucho más poderosa que él en Scotland Yard. En cuanto se supiera que la hija de Eve Bowen había desaparecido, la búsqueda de la niña le sería quitada de las manos.

Lo cual significaría, por supuesto, que el Yard seguiría procedimientos establecidos. Lo que a su vez significaría que los medios de comunicación serían informados.

Helen contempló la llave con el ceño fruncido. Si pudiera confiar en que Tommy y sólo Tommy fuese el agente de policía que interviniera… Pero no podía confiar, ¿verdad?

Lo llamó por su nombre cuando abrió la puerta.

– Estoy aquí, Helen -contestó él.

Helen siguió el sonido de su voz hasta la cocina, donde le encontró de pie ante la tostadora, arremangado hasta los codos, con el cuello de la camisa desabotonado y sin corbata, y un tarro de Marmite abierto y preparado sobre la encimera. Sostenía un fajo de papeles. Los estaba leyendo a la luz de la cocina, que arrancaba destellos de su cabello rubio. Miró por encima de las gafas cuando Helen dejó caer los zapatos al suelo.

– Llegas tarde -dijo Lynley. Dejó los papeles sobre la encimera y las gafas encima-. Casi pensaba que no ibas a venir.

– No será eso tu cena, ¿verdad?

Helen dejó caer el bolso sobre la mesa, inspeccionó el correo del día, sacó una carta de su hermana Iris y se acercó a Tommy. Éste posó la mano bajo su cabello de la forma habitual (su mano cálida apoyada contra la nuca) y la besó. Primero en la boca, después en la frente, y luego en la boca otra vez. La estrechó contra su costado mientras esperaba su tostada. Helen abrió la carta.

– No lo es, ¿verdad? -dijo. Lynley no contestó-. Tommy, dime que no vas a cenar sólo eso. Eres un hombre de lo más exasperante. ¿Por qué no comes?

Lynley apretó la boca contra su cabeza.

– Pierdo la noción del tiempo. -Parecía cansado-. He pasado casi todo el día y parte de la noche con los fiscales de la Corona encargados del caso Fleming. Se ha tomado declaración a todas las partes implicadas, se han presentado los cargos, los abogados han formulado sus exigencias, se han solicitado informes y se han organizado conferencias de prensa. Me olvidé.

– ¿De comer? ¿Cómo es posible? ¿No te das cuenta de que tienes hambre?

– Son cosas que se olvidan, Helen.

– ¡Uf! A mí no se me olvidan.

– Y bien que lo sé.

Su tostada emergió con un saltito. La cogió con un tenedor y extendió Marmite sobre ella. Se apoyó contra la encimera y probó un bocado.

– Santo Dios -dijo, con aparente sorpresa-, esto es espantoso. No puedo creer que comiera tantas en Oxford.

– El sabor es diferente cuando se tienen veinte años. Si tuvieras a mano una botella de vino barato, te sentirías transportado a tu juventud.

Helen desdobló la carta.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Lynley.

Helen leyó unas cuantas líneas y recitó los hechos.

– Este año han nacido muchos terneros en el rancho. Gran alegría por haber sobrevivido a otro invierno de Montana. Las notas del colegio de Jonathan no son lo que deberían ser, y con respecto a si deberían internarlo en un colegio de Inglaterra, definitivamente no. La visita de mamá fue un éxito, gracias a que Daphne impidió que se sacaran los ojos mutuamente. ¿Cuándo iré a visitarles? Puedo invitarte a ti también, por lo que parece, ahora que las cosas, como dice ella, son oficiales. Y pregunta cuándo será la boda, porque necesita seguir una dieta durante tres meses, como mínimo, para atreverse a que la vean en público.

Helen dobló la carta y la guardó en su sobre. Efectuó un resumen de la extensa rapsodia de su hermana sobre el compromiso de Helen con Thomas Lynley, octavo conde de Asherton, con el enérgico subrayado «al fin al fin al fin», sus docenas de signos de admiración y sus obscenas especulaciones sobre cómo iba a ser su vida en el futuro con, como decía Iris, Lynley en vereda.

– Eso es todo.

Me refería a esta noche -dijo Tommy después de engullir la tostada-. ¿Qué ha pasado?

– ¿Esta noche?

Helen procuró aparentar indiferencia, pero sólo logró algo que le sonó como un precario equilibrio entre sandez y culpabilidad. La cara de Tommy se alteró apenas. Helen intentó convencerse de que parecía más confuso que suspicaz.

– Unas horas muy tardías para trabajar -subrayó, pero sus ojos pardos eran escrutadores.

Para huir de su escrutinio, Helen cogió un cazo y dedicó un momento a llenarlo de agua y ponerlo a calentar. Luego sacó la lata de té del aparador y depositó una cucharada en una tetera de porcelana.

– Un día horrible -dijo mientras continuaba con los preparativos del té-. Marcas de herramientas en metal. He estado inclinada sobre microscopios hasta pensar que me iba a quedar ciega, pero ya conoces a Simon. ¿Por qué parar a las ocho de la noche, cuando quedan cuatro horas más para trabajar, antes de derrumbarte a causa del cansancio? Conseguí arrancarle dos colaciones, pero sólo porque Deborah estaba en casa. En lo tocante a comer es tan atroz como tú. ¿Qué les pasa a los hombres de mi vida? ¿Por qué sienten aversión hacia la comida?

Notó que Tommy la observaba mientras devolvía la lata al aparador. Cogió dos tazas, las dejó sobre sus respectivos platillos y sacó dos cucharas de un cajón.

– Deborah ha hecho unos retratos maravillosos -dijo-. Quería traerte uno, pero me olvidé. Da igual. Ya lo haré mañana.

– ¿Mañana trabajas otra vez?

– Temo que nos quedan muchas horas. Días, probablemente. ¿Por qué? ¿Habías pensado en algo?

– Pensaba en Cornualles, cuando liquide este asunto de Fleming.

El corazón de Helen aleteó al pensar en Cornualles, el sol, la brisa del mar y la compañía de Tommy, cuando su mente no estaba ocupada en el trabajo.

– Eso suena fabuloso, cariño.

– ¿Puedes escaparte?

– ¿Cuándo?

– Mañana por la noche. Tal vez pasado. Helen no veía cómo, y tampoco veía cómo decirle a Tommy que no sabía cómo. Su trabajo para Simon era esporádico, a lo sumo, e incluso cuando sus plazos iban a expirar, debía prestar testimonio en un juicio, dar una conferencia o preparar un curso para la universidad, Simon era el más tratable de los patronos (si es que podía llamarle patrón) en lo tocante a la presencia de Helen en el laboratorio. Durante los últimos años habían adoptado la costumbre de trabajar juntos. Nunca había existido un acuerdo formal. Por lo tanto, no podía aducir que Simon protestaría si quería marcharse unos días a Cornualles. Nunca protestaría en circunstancias normales, y Tommy lo sabía muy bien.

Claro que las circunstancias no eran normales. Porque en ese caso no estaría en la cocina esperando con impaciencia a que el agua hirviera, para así retrasar un poco más la invención de una variación sobre la verdad que no fuera una mentira descarada. Porque sabía que él sabría que estaba mintiendo y se preguntaría por qué. Porque el pasado de ella era casi tan agitado como el de Tommy, y cuando los amantes empiezan a buscar evasivas (amantes en posesión de pasados enmarañados, que por desgracia se excluyen mutuamente), existe por lo general un motivo enraiza do en uno de sus pasados, que se ha colado de forma inesperada en su presente compartido. ¿No era ése el caso? ¿No era eso lo que Tommy pensaría?

«Oh, Señor», pensó Helen. La cabeza le daba vueltas. ¿Es que el agua no iba a hervir nunca?

– Necesitaré medio día para repasar los libros de la propiedad en cuanto lleguemos -dijo Tommy-, pero después tendremos todo el tiempo a nuestra disposición. Podrías pasar ese medio día con mi madre, ¿no crees?

Pues claro que sí. No había visto a lady Asherton desde que (como diría Iris) las «cosas» con Tommy habían adquirido carácter oficial. Habían hablado por teléfono y ambas coincidían en que había mucho que hablar sobre el futuro. Tenía la oportunidad en sus manos, sólo que no podía escaparse. Al día siguiente no, desde luego, ni tampoco al otro, casi con toda probabilidad.

Ahora, había llegado el momento de contar la verdad a Tommy. «Hay un asunto sin importancia que estamos investigando, cariño. Simon y yo. ¿Quieres saber qué? Nada, en realidad una minucia. Nada que deba preocuparte. De veras.»

Otra mentira. Mentira tras mentira. Un lío terrible.

Helen lanzó una mirada esperanzada al cazo. Como en respuesta a sus plegarias, empezó a despedir vapor, y Helen se apresuró a preparar el té.

– … y creo que tiene la intención de bajar a Cornualles lo antes posible para celebrarlo -estaba diciendo Tommy-. Creo que fue idea de tía Augusta. Cualquier excusa es buena para organizar una fiesta.

– ¿Tía Augusta? -preguntó Helen-. ¿De qué estás hablando, Tommy? -Lo dijo antes de comprender que Tommy estaba hablando de su compromiso, mientras ella pensaba en la mejor forma de mentirle-. Lo siento, querido. Me he distraído un momento. Estaba pensando en tu madre.

Vertió agua en la tetera, la agitó vigorosamente y se acercó a la nevera en busca de la leche.

Tommy calló mientras Helen depositaba la tetera y todo lo demás sobre una bandeja de madera.

– Vamos a derrumbarnos en el salón, querido -dijo-. Temo que el Lapsang Souchong se me ha terminado. Tendrás que conformarte con Earl Grey.

– ¿Qué pasa, Helen? -preguntó Tommy.

«Maldita sea», pensó ella.

– ¿A qué te refieres?

– No soy idiota. ¿Algo te preocupa?

Helen suspiró y buscó una variación de la verdad.

– Son los nervios -dijo-. Lo siento. -«No dejes que te haga más preguntas», pensó-. Es el cambio ocurrido entre nosotros. Haber llegado a una decisión definitiva. Preguntarse si la vida va a funcionar.

– ¿Te ha entrado miedo de casarte conmigo?

– No -sonrió-, no tengo el menor miedo. Pero tengo los pies molidos. No sé en qué estaría pensando cuando compré esos zapatos, Tommy. Verde bosque, el color perfecto para combinar con este traje, y una agonía absoluta. A eso de las dos ya me había hecho una idea bastante aproximada de cómo es la parte inferior de una crucifixión. Ven a darme un masaje, ¿quieres? Cuéntame cómo te ha ido el día.

Tommy no mordió el anzuelo. Helen lo adivinó por la forma en que la estaba observando. Le dedicó su mejor mirada de inspector detective, y no iba a salir ilesa del escrutinio. Dio media vuelta y se encaminó hacia el salón.

– ¿Has concluido ya el caso Fleming? -preguntó mientras servía el té, en referencia a la investigación que había ocupado la mayor parte del tiempo de Tommy durante las pasadas semanas.

Tardó en reunirse con ella, y cuando lo hizo no se acercó al sofá donde ella tenía el té preparado, sino a una lámpara de pie, que encendió, después a una lámpara de mesa contigua al sofá, y luego a otra situada al lado de una butaca. No paró hasta eliminar todas las sombras.

Tampoco se sentó a su lado, sino que eligió una butaca desde la cual podía verle la cara y estudiarla con facilidad, como Helen bien sabía. Lo hizo mientras Helen cogía su taza y bebía un sorbo de té.

Sabía que iba a insistir en averiguar la verdad. Iba a decir «Qué está pasando en realidad, Helen», y «Haz el favor de no decirme más mentiras porque siempre sé cuando alguien me miente debido a los años que llevo viéndomelas con mentirosos del mayor calibre y me gustaría pensar que la mujer con la que voy a casarme no es uno de ellos, de modo que si no te importa vamos a aclarar las cosas ahora mismo porque abrigo sospechas sobre ti y sobre nosotros y hasta que esas sospechas sean desechadas no veo cómo podremos seguir adelante juntos».

Pero dijo algo muy diferente, con las manos enlazadas entre las rodillas, sin tocar el té, el rostro grave y la voz… ¿Parecía vacilante?

– Sé que a veces presiono demasiado, Helen. Mi única excusa es que siempre tengo prisa acerca de lo nuestro. Es como si creyera que no tenemos bastante tiempo y hemos de proceder sin más dilaciones. Hoy. Esta noche. Inmediatamente. Siempre me siento así respecto a ti.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

– Presionar… No te entiendo.

– Tendría que haber llamado para decirte que estaría aquí cuando llegaras a casa. No pensé en hacerlo. Bajó la vista hacia sus manos. Dio la impresión de que adoptaba un tono más ligero-. Escucha, cariño, no pasa nada si esta noche prefieres… -Alzó la cabeza. Respiró hondo y exhaló una bocanada de aire-. joder, Helen, ¿prefieres estar sola esta noche?

Desde el sofá, Helen le observó y noto que se ablandaba de cien maneras diferentes. Era una sensación bastante parecida a hundirse en arenas movedizas, si bien su naturaleza insistía en que debía hacer algo para liberarse, su corazón le dijo que no era posible. Siempre se había resistido a las cualidades de Tommy que habían animado a otras a considerarle una pieza perfecta en la caza del matrimonio. Por lo general, era insensible a su atractivo. Su fortuna no le interesaba. Su naturaleza apasionada le resultaba, en ocasiones, molesta. Su ardor era halagador, pero lo había visto dirigido a suficientes mujeres en el pasado para dudar de su veracidad. Si bien era cierto que su inteligencia le atraía, tenía acceso a otros hombres tan rápidos, listos y capaces como Tommy. Pero esto… Helen carecía de armas para combatirlo. Rodeada por un mundo de murallas almenadas, la vulnerabilidad de un hombre podía con ella.

Se levantó del sofá. Caminó hacia Tommy y se arrodilló junto a su butaca. Le miró a la cara.

– Sola -dijo en voz baja- es lo último que quiero estar.

Esta vez la despertó una luz. A causa del resplandor que cegaba sus ojos, Charlotte pensó que era la Santísima Trinidad derramando Gracia sobre ella. Recordó cómo había explicado la hermana Agnetis la Trinidad durante la clase de religión en Santa Bernadette: dibujó un triángulo, escribió en cada esquina El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo, y después utilizó su tiza amarilla especial para crear gigantescos rayos de sol que brotaban de los lados del triángulo. Sólo que no eran rayos de sol, explicó la hermana Agnetis. Era la Gracia. La Gracia era el estado perfecto que se debía alcanzar para ir al cielo.

Lottie parpadeó para defenderse de la incandescencia blanca. Tenía que ser la Santísima Trinidad, decidió, porque flotaba y daba vueltas en el aire como Dios. Y, desde la oscuridad, una voz habló, como Dios a Moisés en la zarza ardiente.

Come esto.

El brillo se suavizó y apareció una mano. Un cuenco de hojalata tintineó junto a la cabeza de Lottie. Después, la luz descendió a su nivel y siseó, como aire que escapara de un neumático. La luz arrancó un ruido metálico del suelo. Lottie se encogió para no quemarse. Consiguió alejarse lo bastante para distinguir que su fuego llevaba un sombrero y estaba montado sobre un pedestal. Un farolillo. No era la Trinidad. Lo cual debía significar que aún no estaba muerta.

Una figura se adentró en el haz de luz, vestida de negro y distorsionada a sus ojos, como en un espejo de feria.

– ¿Dónde están mis gafas? -preguntó Lottie con la boca reseca-. No tengo las gafas. Las necesito. No veo bien sin ellas.

– No las necesitas a oscuras.

– No estoy a oscuras. Has traído luz, así que dame mis gafas. Quiero mis gafas. Si no me las das, me chivaré.

Tendrás las gafas a su debido tiempo.

Un tintineo cuando dejó algo en el suelo. Alto y tubular. Rojo. Un termo, pensó Lottie. El hombre desenroscó el tapón y vertió líquido en el cuenco. Aromático. Caliente. El estómago de Lottie gruñó.

– ¿Dónde está mi mamá? -preguntó-. Dijiste que estaba en una casa de reposo. Dijiste que me ibas a llevar con ella. Lo dijiste, pero esto no es una casa de reposo. ¿Dónde está? ¿Dónde está?

Cállate.

– Gritaré si quiero. ¡Mamá! ¡Mamá!

Quiso ponerse en pie.

Una mano surgió de la oscuridad y tapó su boca; los dedos se hundieron como garras en sus mejillas. La mano la arrojó al suelo. Cayó de rodillas y el borde rugoso de algo que parecía piedra la hirió.

¡Mamá! gritó cuando la mano la liberó. ¡Ma…!

La mano enmudeció su voz y hundió su cabeza en la sopa. La sopa estaba caliente. Quemaba. Cerró los ojos con fuerza. Tosió. Pataleó. Sus manos golpearon los brazos del hombre.

¿Vas a callarte ahora, Lottie? siseó el hombre en su oído.

La niña asintió. El hombre se levantó. Gotas de sopa resbalaron de la cara de Lottie y cayeron sobre la pechera del uniforme. Tosió. Se secó la cara con el brazo de la chaquetilla.

Hacía frío en aquel lugar. El viento se colaba por algún sitio, pero cuando miró alrededor descubrió que no podía ver más allá del círculo de luz proyectado por el farol. Del hombre sólo veía una bota, una rodilla doblada y las manos. Se alejó de éstas. Cogieron el termo y vertieron más sopa en el cuenco.

– Si gritas nadie te oirá.

– Entonces, ¿por qué me haces callar?

– Porque no me gustan las niñas gritonas.

Con el zapato empujó el cuenco en su dirección.

– He de ir al lavabo.

– Después. Come eso.

– ¿Es veneno?

– Exacto. Te necesito muerta tanto como un balazo en el pie. Come.

La niña miró alrededor.

– No tengo cuchara.

– Hace un momento no la necesitaste, ¿verdad? Come.

Se apartó más de la luz. Lottie oyó un siseo y vio la llama de una cerilla. El hombre estaba inclinado sobre ella, y cuando se volvió, vio el extremo encendido de un cigarrillo.

– ¿Dónde está mi mamá?

Alzó el cuenco mientras hacía la pregunta. La sopa era de verduras, como la que preparaba la señora Maguire. La niña estaba hambrienta v la bebió, utilizando los dedos para llevarse las verduras a la boca.

– ¿Dónde está mi mamá? repitió.

– Sigue comiendo.

Le miró mientras levantaba el cuenco. Sólo era una sombra, y sin sus gafas era una sombra muy borrosa.

– ¿Qué miras? ¿No puedes mirar a otra parte?

Lottie bajó la vista. Era inútil tratar de verle. Sólo distinguía su contorno. Una cabeza, dos hombros, dos brazos, dos piernas. Procuraba mantenerse apartado de la luz.

Entonces se le ocurrió que la habían secuestrado. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, tan violento que la sopa se derramó del cuenco. Resbaló por su mano y cayó en la falda de su uniforme. ¿Qué pasaba cuando secuestraban a la gente?, se preguntó. Intentó recordar. Todo era cuestión de dinero, ¿verdad? Y te escondían en algún sitio hasta que alguien pagaba. Sólo que mamá no tenía mucho dinero. Pero Cito sí.

– ¿Quiere dinero de mi papá? preguntó.

El hombre resopló.

– Lo que quiero de tu papá no tiene nada que ver con el dinero.

– Pero me ha secuestrado, ¿verdad? Porque no creo que esto sea una casa de reposo y no creo que mi mamá esté aquí. Y si esto no es una casa de reposo y mi mamá no está aquí, entonces es que usted me ha secuestrado porque quiere dinero. ¿No? Porque de lo contrario…

Recordó a la hermana Agnetis, mientras paseaba de un lado a otro de la parte delantera del aula y contaba la historia de santa María Goretti, que había muerto por preservar su pureza. ¿A santa María Goretti la habían secuestrado también? ¿No había empezado igual la espantosa historia, cuando alguien se la llevaba por la fuerza, alguien ansioso por mancillar su Precioso Templo del Espíritu Santo? Lottie dejó con cuidado el cuenco en el suelo. Tenía las manos pringosas, y las secó en la falda de su mandil. No sabía muy bien cómo se mancillaba el Precioso Templo del Espíritu Santo, pero si estaba relacionado con el hecho de que un extraño te diera sopa de verduras, en ese caso debía negarse a tomarla.

– Ya he comido bastante -dijo-. Muchas gracias -recordó añadir.

– Cómela toda.

– No quiero más.

– He dicho que comas. Hasta la última gota. ¿Me has oído?

Avanzó y vertió el resto del termo en el cuenco. Pequeñas cuentas amarillas moteaban el caldo. Convergieron hasta formar un círculo, como el collar de un hada.

– ¿Necesitas ayuda?

A Lottie no le gustaba mucho su voz. Sabía a qué se refería. Le hundiría la cara de nuevo en la sopa. Sujetaría su cabeza hasta que se ahogara o comiera. Pensó que no le gustaría mucho ahogarse, de modo que cogió el cuenco. Dios la perdonaría si tomaba la sopa, ¿verdad?

Cuando terminó, dejó el cuenco en el suelo.

– He de ir al lavabo -dijo.

El hombre arrojó algo al círculo de luz. Otro cuenco, pero más profundo y grueso, con un aro de margaritas pintadas y un labio curvo alrededor del borde, como la boca de un pulpo. La niña lo miró, confusa.

– No quiero más sopa. Ya he comido la que me has dado. Quiero ir al lavabo.

– Pues ve. ¿No sabes qué es esto?

Quería que lo hiciera en el cuenco, lo cual significaba que debería hacerlo delante de él. Quería que se bajara las bragas, se agachara y meara, y él la miraría v escucharía todo el rato. Como hacía la señora Maguire en casa. Se quedaba al otro lado de la puerta y decía: «¿Has tenido un movimiento esta mañana, cariño?»

– No puedo -dijo-. Delante de ti no.

– Pues no lo llagas.

El hombre retiró el orinal. Y a continuación también el termo, el cuenco y el farol. La luz se apagó. Lottie notó que algo mullido aterrizaba a su lado. Lanzó un grito y se apartó. Un chorro de aire frío pasó sobre ella, como fantasmas salidos de un cementerio. Después oyó el ruido de la puerta al cerrarse y supo que estaba sola.

Tanteó con la mano en el suelo. Le había lanzado una manta. Olía mal y era áspera al tacto, pero la cogió, la apretó contra su estómago y trató de no pensar en que la entrega de la manta tal vez significaba una larga estancia en aquel lugar oscuro.

– Pero he de ir al lavabo -lloriqueó. Sintió un nudo en la garganta v una opresión en el pecho. «No, no, pensó. No debo, no debo»-. He de ir al lavabo.

Se sentó en el suelo. Sus labios temblaban y las lágrimas surgían a borbotones de sus ojos. Apretó una mano contra la boca y cerró los ojos. Tragó saliva e intentó empujar el nudo de su garganta hacia el estómago.

«Piensa en cosas alegres», diría su madre.

Por lo tanto, pensó en Breta. Hasta dijo su nombre en voz alta. Lo susurró.

– Breta. Mi mejor amiga, Breta.

Porque Breta era el pensamiento más alegre. Estar con Breta, contar cuentos, gastar bromas…

Se preguntó qué haría Breta en su lugar. En aquella oscuridad, ¿qué haría Breta?

«Primero mear», pensó Lottie. Breta mearía. Diría: «Usted me ha metido en este agujero oscuro, señor, pero no puede obligarme a hacer lo que usted diga. Así que voy a mear. Aquí mismo, ahora mismo. No en un orinal, sino en el suelo.»

El suelo. Tendría que haber adivinado que no era un ataúd, pensó Lottie, porque tenía suelo. Un suelo duro como roca. Sólo que…

Palpó el mismo suelo al que el hombre la había tirado, el mismo suelo con que se había dañado la rodilla. Esto sería lo primero que Breta habría hecho de haber despertado en la oscuridad.

Breta habría intentado deducir dónde estaba. Nunca se habría quedado quieta y llorado como un bebé.

Lottie sorbió por la nariz y dejó que sus dedos tantearan el suelo. Era un poco rugoso y por eso se había hecho un corte en la rodilla. Siguió la rugosidad, que tenía forma de rectángulo. Había otro rectángulo al lado del primero. Y otro.

– Ladrillos -susurró. Breta se habría sentido orgullosa de ella.

Lottie pensó en un suelo hecho de ladrillos y qué le revelaría un suelo hecho de ladrillos sobre el lugar donde estaba. Comprendió que, si se movía mucho, podría herirse. Podría tropezar, caer, precipitarse de cabeza en un pozo. Podría…

«¿Un pozo en la oscuridad? -se habría preguntado Breta. No lo creo, Lottie.›»

Continuó tanteando el suelo a gatas, hasta que sus dedos tropezaron con madera. Su superficie era áspera y astillada, con cabezas de clavos, frías y diminutas. Palpó bordes y esquinas. Sus dedos subieron por los lados. Una caja, decidió. Más de una. Un grupo.

Cuando se levantó tropezó con un tipo de superficie diferente. Era suave y curva, y cuando la sondeó con los nudillos, se movió con un sonido líquido y desigual. Un sonido familiar que le recordó el agua salada y la arena, momentos felices a la orilla del mar.

– Un cubo de plástico dijo, orgullosa de sí misma. Ni Breta lo habría hecho mejor.

Oyó como un chapoteo en el interior y bajó la cabeza para oler. No olía a nada, Hundió los dedos en el líquido y se los llevó a la lengua.

– Agua -dijo-. Un cubo de agua.

Supo al instante qué haría Breta. Diría: «Bien, he de mear, Lot», y utilizaría el cubo.

Lottie lo hizo. Vertió el agua del cubo en el suelo, se bajó las bragas y se agachó sobre el cubo. El chorro cálido de pipí manó de su cuerpo. Se apoyó sobre el borde del cubo y apretó la cabeza contra las rodillas. Le dolía una rodilla, donde el ladrillo la había cortado. Lamió el punto doloroso notó sabor a sangre. De pronto se sintió cansada y muy sola. Todos los pensamientos sobre Breta se desvanecieron como pompas de jabón.

– Quiero a mamá -susurró,

Aun así, supo exactamente qué diría Breta.

«¿Has pensado alguna vez que tal vez mamá no te quiera?»

5

St. james dejó a Helen y a Deborah en Marylebone High Street, frente a una tienda llamada Comestibles Pumpkin, donde una anciana que sujetaba con una correa a un impaciente foxterrier investigaba en canastos de fresas. Helen y Deborah, provistas de la foto de Charlotte Boiven, recorrerían las zonas circundantes a la Escuela Primaria de Santa Bernadette, en Blandford Street, la diminuta casa de Damien Chambers, en Cross Keys Close, y Devonshire Place Mews, cerca del final de la calle mayor. Su propósito era doble. Buscarían a alguien que hubiera visto a Charlotte la tarde anterior. Detallarían todas las rutas posibles que la niña hubiera podido tomar desde la escuela a la casa de Chambers, y desde la casa de Chambers a la suya. Su objetivo era Charlotte. El objetivo de St. James era la amiga de Charlotte, Breta.

Mucho después de que hubiera dejado a Helen en su piso y de que Deborah se hubiera acostado, St. james había vagado por la casa, inquieto. Comenzó por el estudio, donde sacó libros al azar de las estanterías, mientras bebía dos coñacs y fingía leer. De allí pasó a la cocina, donde se preparó una taza de Ovaltine (que no bebió) y dedicó diez minutos a lanzar una pelota de tenis desde la escalera a la puerta trasera, para regocijo canino de Reacia. Subió por la escalera hasta su habitación y contempló dormir a su mujer. Por fin, subió al laboratorio. Las fotografías de Deborah seguían esparcidas sobre la mesa de trabajo, donde las había dejado antes, y a la luz del techo estudió la foto de la chiquilla antillana sosteniendo la bandera inglesa. No podía tener más de diez años, decidió, La edad de Charlotte Bowen.

St. James devolvió las fotos al cuarto oscuro de Deborah y buscó los forros de plástico en que había colocado las notas recibidas por Eve Bowen y Dermis Luxford. Junto a las notas dejó la lista impresa que Eve Bowen le había dado. Encendió tres lámparas de alta intensidad y cogió una lupa. Estudió las dos notas y la lista.

Se concentró en las coincidencias. Como no había palabras comunes, tenía que basarse en las letras comunes. La f, la doble t, la q,

la letra más segura para los análisis y desentrañar códigos, la e.

La cruceta de la f en la nota de Luxford coincidía exactamente con la de la f en la de Bowen: en ambos casos, la cruceta se utilizaba para enlazar con la letra que seguía a la f El mismo estilo de cruceta se había empleado en la doble t de Charlotte y en la de Lottie. La q de ambas cartas quedaba sola, sin ningún nexo con las letras que la seguían. Por otra parte, la curva inferior de la e siempre enlazaba con la letra siguiente, mientras que la curva inicial no estaba unida en ningún caso a la precedente. El estilo general de ambas notas oscilaba entre la letra de imprenta y la cursiva, como un paso intermedio entre ambas. Incluso para un ojo inexperto que examinara superficialmente ambas notas, estaba claro que habían sido trazados por la misma mano.

Alzó la lista de Eve Bowen y buscó la clase de similitudes sutiles que incluso una persona empeñada en disimular su caligrafía fracasaría en evitar. Formar una letra es una actividad tan inconsciente que, sin prestar atención a cada trazo de la pluma o el lápiz, alguien que intenta disimular su caligrafía está condenado a cometer un error involuntario. Era lo que St. James buscaba: el bucle característico de una l, el punto de inicio de una a o una o, el nacimiento de la curva de una r, el espaciado similar entre dos letras, una uniformidad en la manera en que la pluma o el lápiz se alzaban al final de una palabra, antes de empezar otra.

Sr. James examinó cada letra por separado con la lupa. Midió el espacio entre las palabras, así como la anchura y altura de las letras. Lo hizo con las dos notas del secuestro y con la lista de Eve Bowen. El resultado fue el mismo: las notas habían sido escritas por la misma mano, pero la mano no pertenecía a Eve Bowen.

St. James se irguió en su taburete y pensó en qué dirección lógica iba a encaminarle aquel análisis de muestras de escritura. Si Eve Bowen le había dicho la verdad (que Dennis Luxford era la única persona enterada de la identidad del padre natural de Charlotte), el siguiente paso razonable sería conseguir una muestra de la caligrafía de Luxford. No obstante, emprender semejante viaje por el laberinto de la quirografía se le antojaba una excesiva pérdida de tiempo. Porque si Dennis Luxford estaba detrás de la desaparición de Charlotte (con su experiencia periodística y sus conocimientos del funcionamiento de la policía), no habría sido tan idiota para escribir a pluma las notas en que anunciaba su secuestro.

Y aquello era lo que St. James encontraba tan extraño. Aquélla era la causa de su inquietud: que alguien hubiera escrito las notas a mano, No las habían escrito a máquina ni las habían compuesto con letras recortadas de periódicos o revistas. La circunstancia sugería dos posibilidades: el secuestrador no esperaba que le cogieran, o no esperaba que le castigaran cuando se arrojara luz sobre la verdad del secuestro.

Fuera como fuese, la persona que había raptado a Charlotte Bowen era alguien que conocía al dedillo los movimientos de la niña, o que había dedicado bastante tiempo a estudiarlos antes del secuestro. En el primer caso, un miembro de la familia tenía que estar implicado, aunque fuera de manera remota. En el segundo, existía la posibilidad de que el secuestrador previamente la hubiera seguido, y una persona que sigue a otra acaba por llamar la atención. La persona más susceptible de fijarse era la propia Charlotte, o su amiga Breta. Con Breta en mente, Sr. James condujo en dirección norte hasta Devonshire Place Mews, después de dejar a su mujer y a Helen Clyde en Marylebone High Street.

Un coro cantaba a capella detrás de la puerta de Eve Bowen. Cuando tocó el timbre, St. James oyó el típico canto masculino que se escucha en monasterios o catedrales. En respuesta a su llamada, los cánticos enmudecieron con brusquedad. Un momento después, la puerta se abrió.

Esperaba encontrarse con Eve Bowen o su marido, pero ante él se erguía una mujer de cara colorada en forma de pera. Llevaba un abultado jersey naranja sobre unos pantalones púrpura, abolsados en las rodillas.

No quiero suscripciones se apresuró a decir la mujer, ni testigos de Jehová, ni lecturas del Libro de los Mormones, gracias,

Su acento era tan pronunciado como si acabara de llegar de la campiña irlandesa.

St. James, basándose en la descripción de la parlamentaria, dedujo que era la señora Maguire, el ama de llaves. Antes de que pudiera cerrar la puerta, se identificó y preguntó por Eve Bowen.

El tono de la señora Maguire adoptó al instante una serena intensidad.

¿Usted es el caballero que investiga lo de Charlotte?

St. James asintió. El ama de llaves se apresuró a apartarse de la puerta y le condujo a la sala de estar, donde un Sanctus sombrío surgía de un magnetófono a bajo volumen. El aparato descansaba al lado de una mesita auxiliar, sobre la cual se había montado un altar improvisado. Dos velas encendidas parpadeaban a cada lado de un crucifijo, flanqueadas a su vez por una estatuilla de la Virgen con sus astilladas manos extendidas, y otra de un santo barbudo con un chal verde sobre un hábito azafrán. Al ver el altar, St. James se volvió hacia la señora Maguire y observó que en la mano derecha sostenía un rosario.

Esta mañana voy a rezar todos los misterios dijo la señora Maguire, y movió la cabeza en dirección al altar. De gozo, de dolor y de gloria, los tres. Estaré de rodillas hasta terminar mi contribución, por pequeña que sea, al regreso de Charlotte. Rezo a san Judas y a la Virgen. Uno de ellos se hará cargo de este asunto.

Al parecer, no se había dado cuenta de que ya no estaba de rodillas. Se acercó al magnetófono y pulsó un botón. El cántico cesó.

– Como no puedo ir a la iglesia, me hice una en casa. El Señor lo comprende.

Besó el crucifijo que colgaba al extremo del rosario y dejó las cuentas con fervor a los pies enfundados en sandalias de san judas. Dedicó un momento a arreglarlas, de forma que no se tocaran, y dejó el crucifijo de cara arriba.

– Ella no está dijo a St. James.

– ¿La señora Bowen no está en casa?

– El señor Alex tampoco.

– ¿Han salido en busca de Charlotte?

La señora Maguire tocó el crucifijo con sus dedos regordetes. Daba la impresión de que estaba buscando la respuesta más favorable entre una docena. Al parecer, abandonó la búsqueda, porque contestó con un lacónico «No».

– Entonces, ¿dónde…?

– Él ha ido a uno de sus restaurantes. Ella ha ido a la Cámara de los Comunes. El señor se habría quedado en casa, pero ella quiere que todo parezca lo más normal posible. Por eso estoy aquí y no arrodillada en la iglesia de San Lucas, donde me gustaría estar, rezando el rosario ante el Sagrado Corazón. Dio la impresión de que esperaba la sorpresa de St. James ante aquella reacción tan fría frente a la desaparición de Charlotte, porque se apresuró a continuar. Las apariencias engañan, joven. La señora Eve me telefoneó a la una y cuarto de la madrugada. Yo no estaba dormida, y ella ni siquiera había intentado dormir, Dios la proteja. Me dijo que usted iba a investigar este terrible asunto, y que mientras lo hiciera, los demás, el señor Alex, ella y yo, tendríamos que mantener la calma y la normalidad. Por el bien de Charlotte. Y aquí estoy, Y ella, Dios la asista, ha ido a trabajar e intentar fingir que su única preocupación en el mundo es lograr la aprobación de otra ley contra el IRA.

El interés de St. James se avivó de inmediato.

– ¿La señora Bowen trabaja en la legislación referida al IRA?

Desde el primer momento. En cuanto entró en el Ministerio del Interior, hace dos años, se metió hasta el cuello en antiterrorismo por aquí, antiposesión de Semtex por allí, y enmiendas para aumentar las penas de prisión para los miembros del IRA. Claro que siempre ha habido una solución más sencilla que darle vueltas al tema en la Cámara de los Comunes.

Allí había algo en que pensar, comprendió St. James: legislación relacionada con el IRA. Una parlamentaria de alto nivel no podía mantener en secreto su postura política ante la problemática, ni tampoco le interesaría. Esto (además de la irlandesa implicada, siquiera de forma periférica, en su vida cotidiana y en la vida de su hija) era algo a tener en cuenta, en el caso de que Breta no pudiera prestarles la ayuda que necesitaban para localizar a Charlotte.

La señora Maguire movió la mano en la dirección que Alex Stone había tomado la noche anterior al abandonar la sala de estar.

– Si quiere hablar, será mejor que me ocupe de mis cosas mientras lo hace. Tal vez si actúo con normalidad me lo acabe por creer.

Cruzaron el comedor y entraron en una cocina de diseño. Un estuche de caoba que contenía cubertería de plata estaba abierto sobre una encimera. A su lado había una jarra con líquido limpia-metales y un montón de trapos ennegrecidos.

– Un jueves normal -dijo la señora Maguire-. No entiendo cómo mantiene la serenidad la señora Eve, pero si ella es capaz de hacerlo, yo también. -Quitó la tapa de la jarra y la dejó sobre la encimera de granito. Sus labios esbozaron una mueca. Recogió una cuña verde de líquido en un trapo-. Es sólo una niña -musitó-. Dios mío, ayúdanos. Es sólo una niña.

St. James se sentó ante el bar que se extendía desde la encimera. Contempló a la señora Maguire mientras aplicaba con vigor el líquido a un cucharón.

– ¿Cuándo vio por última vez a Charlotte? -preguntó.

– Ayer por la mañana. La acompañé a Santa Bernadette, como siempre.

– ¿Todas las mañanas?

– Las mañanas que el señor Alex no la acompaña. No es que la acompañe, en cualquier caso, sino que la persigo. Sólo para comprobar que llega a la escuela y no termina en otro sitio.

– ¿Ha hecho novillos en otras ocasiones?

– De muy pequeña. No le gusta Santa Bernadette. Preferiría un colegio público, pero la señora Eve no está de acuerdo.

– ¿La señora Bowen es católica?

– Ella siempre santifica las fiestas como es debido, pero no es católica. Va todos los domingos a San Marylebone.

– Es curioso que buscara un colegio de monjas para su hija. -Cree que Charlie necesita disciplina, y si una niña necesita disciplina, no hay como un colegio católico.

– ¿Usted qué opina?

La señora Maguire clavó la vista en la cuchara. Aplicó el pulgar a la parte hueca.

– ¿Qué opino?

– ¿Charlotte necesita disciplina?

– Un niño educado con mano firme no necesita disciplina, señor St. James. ¿No fue ése el caso de mis cinco hijos? ¿No fue ése el caso de mis hermanos y hermanas? Dieciocho éramos, dormíamos en tres habitaciones en County Kerry, y nunca hizo falta un azote en el trasero para ponernos en vereda. Pero los tiempos han cambiado, y no soy yo quien va a tirar la primera piedra contra las atenciones maternales dispensadas por una gallarda mujer que cedió a un momento de flaqueza humana. El Señor perdona nuestros pecados, y hace mucho tiempo que perdonó los de ella. Además, algunas cosas son naturales para una mujer. Otras no.

– ¿Qué cosas?

La señora Maguire se concentró en sacar brillo al cucharón. Pasó una uña por el mango.

– La señora Eve hace lo que puede -dijo-. Hace lo que puede y siempre lo ha hecho.

– ¿Desde cuándo trabaja para ella?

– Desde que Charlie tenía seis semanas. No paraba de llorar, como si Dios la hubiera enviado a la tierra para poner a prueba la paciencia de su madre. No se calmó hasta que aprendió a hablar.

– ¿Y su paciencia?

– Criar cinco hijos me enseñó a tener paciencia. Los berrinches de Charlie no eran nada nuevo para mí.

– ¿Qué me dice del padre de Charlie? -St. James introdujo la pregunta con facilidad-. ¿Cómo la trataba?

– ¿El señor Alex?

– Me refiero al padre natural de Charlotte.

– No conozco a ese malvado. ¿Ha dado alguna señal de vida desde que engendró a su hija? No. Ni una vez. Así lo prefiere, dice la señora Eve. Incluso ahora. Piense en ello. Bendito Jesús, qué daño le hizo ese monstruo. -La señora Maguire se llevó un enorme pañuelo a la cara. Se enjugó un ojo y luego el otro-. Lo siento.

Me siento tan impotente… Sentada aquí, como si no hubiera pasado nada. Sé que es mejor así. Sé que hay que hacerlo por el bien de Charlie, pero es enloquecedor. Verdaderamente enloquecedor.

St. James la vio coger un tenedor y disponerse a hacer su trabajo como Eve Bowen le había ordenado, pero daba la impresión de que su corazón estaba en otra parte, y sus labios temblaban mientras aplicaba líquido abrillantador a los cubiertos. La emoción de la mujer parecía auténtica, pero St. James sabía que su experiencia se basaba en el estudio de las pruebas, no en la evaluación de testigos y sospechosos en potencia. Retornó el tema de los paseos matutinos y preguntó a la mujer si recordaba haber visto a alguien en la calle, alguien que hubiera podido vigilar a Charlotte, alguien que diera que sospechar.

La mujer contempló un momento el estuche antes de contestar. No se había fijado en nadie en particular, dijo por fin. Pero caminaban por la calle mayor, y siempre había gente por allí. Repartidores, profesionales camino de su trabajo, tenderos que iniciaban la jornada, corredores y ciclistas, gente que se apresuraba para coger el autobús o el metro. No se había fijado. Ni se le había pasado por la cabeza. Sólo tenía ojos para Charlie y su misión consistía en llevarla a la escuela. Pensaba en el trabajo que la esperaba, en la cena de Charlie y… Que Dios la perdonara por no haber estado alerta, por no estar ojo avizor a las acechanzas del demonio, por no vigilar a Charlie como habría debido, porque le pagaban por vigilar y confiaban en que lo hiciera, como…

La señora Maguire dejó caer el cubierto y el abrillantador. Sacó un pañuelo de la manga y se sonó ruidosamente.

Señor, no permitas que ni un pelo de su cabeza sufra daño. Intentaremos comprender tu intención en este asunto. Llegaremos a comprender el significado de tu intención.

St. James se preguntó qué significado podía tener la desaparición de una niña, aparte del simple terror de su desaparición. Consideraba que la religión no explicaba los misterios, las crueldades o las inconsistencias de la vida.

– Antes de su desaparición dijo, parece que Charlotte estaba en compañía de una amiga. ¿Qué puede decirme sobre una niña llamada Breta?

Poca cosa y poco bueno. Es una bribona, fruto de una familia rota. Por lo que Charlie decía, me dio la impresión de que su madre está más interesada en ir a bailar a discotecas que en controlar las idas y venidas de Breta. Esa niña no ha hecho ningún bien a Charlie.

¿Bribona en qué sentido?

Siempre tramando travesuras. Siempre quiere que Charlie sea su cómplice.

Breta era un diablillo. Robaba dulces a los vendedores de Baker Street, se colaba en el museo de Madame Tussaud, escribía sus iniciales con rotulador en el metro.

¿Es compañera de clase de Charlotte?

Lo era. La señora Eve y el señor Alex organizaban hasta tal punto los días y las noches de Charlie, que su única oportunidad de hacer amigas era en Santa Bernadette.

¿Cuándo tendría tiempo la cría de estar con ella, si no?-preguntó la señora Maguire. Siguió contestando a las preguntas de St. James. No sabía el apellido de la niña y no la conocía, pero apostaba a que los padres eran extranjeros. Y sin trabajo-añadió. Bailando toda la noche, durmiendo todo el día, y aprovechándose de la ayuda del gobierno con descaro.

St. James pensó en la inquietante extrañeza de aquel nuevo dato sobre la joven vida de Charlotee Bowen. En su caso concreto, su familia sabía los nombres, direcciones, teléfonos, y quizá el grupo sanguíneo, de todos sus amigos de la infancia y sus padres. Cuando había protestado por aquel escrutinio, su madre le había dicho que tales inspecciones y conformidades formaban parte de su trabajo como guardianes. ¿Cómo hacían ese trabajo Eve Bowen y Alexander Stone en la vida de Charlotte? se preguntó.

Dio la impresión de que la señora Maguire leía su mente.

– Hay que mantener ocupada a Charlie, señor St. james – dijo-. La señora Eve se encarga de eso. La niña va a clases de baile los lunes después de la escuela, al psicólogo los martes, a clase de música los miércoles, a actividades deportivas los jueves. El viernes va directamente por la tarde a la oficina electoral de la señora Eve. No hay tiempo para amistades como no sea en la escuela, y eso bajo la supervisión de las hermanas, de manera que no hay peligro. Al menos en teoría.

– Entonces, ¿cuándo juega Charlotte con esa niña?

– Cuando puede robar un momento. En la escuela. Antes de sus obligaciones. Los niños siempre encuentran tiempo para sus amigos.

– ¿Los fines de semana?

Charlie pasaba los fines de semana con sus padres, explicó la señora Maguire. 0 con ambos, o con el señor Alex en alguno de sus restaurantes, o con la señora Eve en la oficina de Parliament Square.

– Los fines de semana son para la familia -sentenció, y su tono sugirió la rigidez de la norma. Prosiguió, corno si adivinara los pensamientos de St. James-. Están ocupados. Tendrían que conocer a las amigas de Charlie y saber lo que hace cuando no está con ellos. No siempre lo hacen, y así son las cosas. Dios les perdone, porque no veo cómo podrán perdonarse a sí mismos.

La Escuela Convento de Santa Bernadette se alzaba en Blandford Street, a escasa distancia del extremo oeste de la calle mayor y tal vez a medio kilómetro de Devonshire Place Mews. La escuela, cuatro pisos de ladrillo con cruces que hacían las veces de remates en sus gabletes, y una estatua de la santa homónima en un nicho situado sobre el amplio porche delantero, estaba dirigida por las Hermanas de los Santos Mártires. Las Hermanas eran un grupo de mujeres cuya edad media rondaba los setenta años. Llevaban gruesos hábitos negros, cuentas de rosario de madera alrededor de la cintura, pecheras blancas y tocas que recordaban a cisnes decapitados. Mantenían la escuela tan limpia como cálices pulimentados. Las ventanas centelleaban, las paredes inmaculadas parecían el interior de una buena alma cristiana, los suelos de linóleo gris brillaban, y el aire olía a líquido de pulir y desinfectante. Si la atmósfera de limpieza indicaba algo, el diablo no podía abrigar esperanzas de abrirse camino entre los habitantes de aquella escuela.

Después de una breve conversación con la directora de la escuela, una monja llamada hermana María de la Pasión, que escuchó con las manos enlazadas piadosamente bajo la pechera y sus penetrantes ojos negros clavados en la cara de St. James le condujeron escaleras arriba hasta el segundo piso, donde siguió a la hermana María de la Pasión por un silencioso corredor, tras cuyas puertas cerradas se fomentaba la causa de la más seria erudición. La hermana María de la Pasión llamó una vez a la penúltima puerta antes de entrar. La clase, unas veinticinco jovencitas sentadas en filas ordenadas, se puso en pie con un crujido de sillas. Las niñas sostenían plumas y reglas y corearon «¡Buenos días, hermana!», y la monja asintió bruscamente con la cabeza. Las chicas se sentaron en silencio y continuaron con sus ocupaciones, que parecían consistir en efectuar meticulosos diagramas de frases. Sus dedos y pulgares estaban manchados de tinta, a causa de las plumas y las reglas que utilizaban para subrayar las líneas gramaticales correctas.

La hermana María de la Pasión sostuvo una breve conversación en voz baja con una monja que salió a recibirla, con la cojera de alguien que había recibido en fecha reciente una prótesis de cadera. Tenía la cara de un melocotón seco y llevaba gafas gruesas sin montura. Después de un tenso intercambio de palabras, la segunda monja asintió y se dirigió a St. James. Se reunió con él en el pasillo y cerró la puerta a su espalda, mientras la hermana María de la Pasión la sustituía.

– Soy la hermana Agnetis -dijo-. La hermana María de la Pasión me ha explicado que está aquí a causa de Charlotte Bowen.

– Ha desaparecido.

La monja se humedeció los labios. Sus dedos buscaron las cuentas de su cintura, que colgaban hasta las rodillas.

– No me sorprende -dijo.

– ¿Por qué, hermana?

– Busca llamar la atención. En el aula, en el refectorio, en el recreo, en las oraciones. Será otro de sus trucos para convertirse en el centro de las preocupaciones de todo el mundo. No es la primera vez.

– ¿Está diciendo que Charlotte se ha fugado otras veces? -Ha procurado destacarse en otras ocasiones. La semana pasada trajo los cosméticos de su madre a la escuela y se pintó en el lavabo durante la hora de comer. Parecía un payaso cuando entró en clase, pero ésa era su intención. Todo el mundo que va al circo quiere ver a los payasos. ¿No es cierto? -La hermana Agnetis hizo una pausa para investigar en los cavernosos abismos de su bolsillo. Extrajo un arrugado pañuelo de papel y se enjugó las comisuras de la boca para secar la saliva que había salido proyectada mientras hablaba-. No puede estarse quieta ni veinte minutos en su pupitre. Hojea los libros, introduce los dedos en la jaula del hámster, agita las huchas…

– ¿Las huchas?

– Dinero para las misiones -explicó la hermana Agnetis, y reanudó el hilo de sus pensamientos-. Quería ser la presidenta de la clase, y cuando las niñas votaron a otra, se puso histérica y tuvieron que expulsarla por el resto de la tarde. No comprende la necesidad de la limpieza en su persona y en su trabajo, no sigue las normas que le disgustan, y en lo tocante a estudios religiosos anuncia que, como no es católica, no tiene por qué asistir. Este es el resultado, me atrevería a decir, de aceptar a alumnas no católicas. No lo decidí yo, por supuesto. Estamos aquí para servir a la comunidad. -Devolvió el pañuelo al bolsillo y, al igual que la hermana María de la Pasión, enlazó las manos bajo la pechera. Como St. James dedicó unos momentos a asimilar su información y analizar lo que añadía a cuanto ya sabía acerca de Charlotte, la monja prosiguió-. Seguramente estará pensando que juzgo con mucha dureza a la chiquilla, pero estoy segura de que su madre confirmará la naturaleza díscola de la niña. Ha venido más de una vez para dar conferencias.

– ¿La señora Bowen?

– Hablé con ella el miércoles pasado sobre el tema de los cosméticos, y puedo decirle que castigó a la niña con severidad, tal como debía, por llevarse pertenencias de su madre sin permiso.

– ¿De qué manera la castigó?

Las manos de la hermana Agnetis surgieron de debajo de la pechera con un ademán indicativo de que estaban vacías de información.

– Fuera cual fuera el castigo, bastó para que la niña se sosegara por el resto de la semana. El lunes volvió a la normalidad, por supuesto.

– ¿Difícil?

– Como ya he dicho, volvió a la normalidad.

– Tal vez sus compañeras de clase alientan los períodos difíciles de Charlotte -sugirió St. James.

La hermana Agnetis recibió sus palabras como una afrenta personal.

– Me distingo por imponer disciplina, señor -dijo.

St. James procuró tranquilizarla.

– Me refería en concreto a una amiga de la escuela. Existen bastantes posibilidades de que sepa dónde está Charlotte, o que haya visto algo cuando volvía a casa que nos dé una idea de su paradero. He venido a hablar con esa niña. Se llama Breta.

– ¿Breta? -La hermana Agnetis frunció sus escasas cejas. Se acercó a la pequeña ventana de la puerta del aula v miró al interior, como si buscara a la niña-. No hay ninguna Breta en mi clase.

– Yo diría que es un apodo -sugirió St. James.

Vuelta a la ventana. Dedicó a la clase otro escrutinio. -Sanpaolo, tal vez. Brittany Sanpaolo.

– ¿Puedo hablar con ella?

La hermana Agnetis fue a buscar a la niña, una chiquilla hosca de diez años, cuyo uniforme se tensaba con dificultades sobre un cuerpo rechoncho. Llevaba el cabello demasiado corto para su cara de luna, y cuando habló su aparato de ortodoncia brilló.

Dejó muy claros sus sentimientos.

– ¿Lottie Bowen? -dijo con tono incrédulo-. No es amiga mía. De ninguna manera. Me da ganas de vomitar. -Dirigió una fugaz mirada a la hermana Agnetis-. Lo siento, hermana.

– Bien -dijo la monja-. Ahora responde a las preguntas de este señor.

Poco pudo decir Brittanv a St. James. Y lo dijo como si estuviera esperando desde el primer trimestre la oportunidad de despacharse a gusto sobre Charlotte. Lottie Bowen se burlaba de las demás estudiantes, contó Brittany. Se burlaba de su pelo, de sus caras, de las contestaciones que daban en clase, de su peso, de sus voces. Sobre todo, creyó percibir St. James, se burlaba de Brittany Sanpaolo. Dio gracias mentalmente con sarcasmo a la hermana Agnetis por haberle soltado a aquella niña tan desagradable, y ya estaba a punto de interrumpir la letanía de los pecados de Charlotte Bowen («Lottie siempre se pavonea de su madre, de las vacaciones que hace con sus padres y de los regalos que le hacen»), cuando comenzó lo que debía ser la traca final de sus comentarios con el hecho de que Lottie no caía bien a nadie; nadie quería comer con ella, ni la quería como compañera ni como amiga… excepto la tonta de Brigitta Walters, y todo el mundo sabía por qué se pegaba a Lottie.

– ¿Brigitta? -preguntó St. James.

Un progreso, al menos. Brigitta se parecía a Breta en el modo en que un niño pronunciaría defectuosamente el nombre de un hermano mayor.

Brigitta estaba en la clase de la hermana Vicente de Paúl, les informó Brittany. Charlotte y ella cantaban en el coro de la escuela.

Bastaron cinco minutos para descubrir, por boca de la hermana Vicente de Paúl (ochenta años y algo sorda), que Brigitta Walters no había ido a la escuela aquel día. Ninguna llamada de sus padres para informar sobre su enfermedad, pero ¿no era la regla habitual de los padres en nuestros días? Demasiado ocupados para telefonear, para implicarse en la vida de sus hijos, y para ser corteses, demasiado ocupados para…

St. James se apresuró a dar las gracias a la hermana Vicente de Paúl. Huyó a toda prisa, con la dirección y el número de teléfono de Brigitta Walters en el bolsillo.

Al parecer había adelantado algo.

6

– ¿Qué tenemos para mañana?

Dennis Luxford señaló con el dedo a Sarah Happleshort, su directora de noticias. La mujer empujó el chicle con la lengua hacia un lado de la boca y levantó sus notas.

Alrededor de la mesa, el resto de los directores aguardaban el final de su conferencia diaria. La reunión servía para decidir el contenido del Source del día siguiente, cómo se hilarían los artículos y para saber la decisión de Luxford sobre la primera plana. Deportes había luchado por conceder más espacio a la selección de críquet inglesa, una sugerencia acogida con sorna, pese al reciente fallecimiento del mejor bateador inglés. En comparación con la rumba del chapero, la muerte por asfixia de un eminente jugador de críquet era pecata minuta, independientemente de quién hubiera sido detenido y acusado del asesinato. Además, la noticia era agua pasada y no procuraba la diversión de los intentos de los tories por paliar los perjuicios ocasionados por Sinclair Larnsey, el chapero con quien le habían pillado y el Citroén de ventanas cubiertas de vapor («El muy mamón ni siquiera compra productos ingleses»), dijo Sarah Happleshort con inquina), donde en teoría la pareja estaba «discutiendo los peligros de la tentación» cuando fue interrumpida por la policía.

Sarah utilizó un lápiz para señalar los temas de su lista.

– Larnsey se ha reunido con el comité de su distrito electoral. Aún no hay nada concreto, pero una fuente de confianza nos ha informado que ha solicitado retirarse. Parece que East Norfolk está dispuesto a soportar las rechiflas ocasionales. Todo es perdonable a la luz de la caridad cristiana, pero al parecer han puesto como límite la debilidad humana que incluye hombres casados, chicos adolescentes, automóviles cerrados, e intercambio de fluidos corporales y dinero. Por lo visto, la cuestión crucial que se debate en el comité es si están dispuestos a forzar una elección complementaria mientras la popularidad del diputado esté a la baja. Si no, dará la impresión de que no les importa el compromiso con los valores ingleses básicos. Si tiran adelante, perderán el escaño a manos de los laboristas, y lo saben.

– Política, como de costumbre rezongó el director de Deportes.

– La historia ya está cansando -añadió Rodney Aronson.

Luxford no les hizo caso. El director de Deportes imprimiría su artículo sobre críquet, pese al cambio actual de acontecimientos, y Rodney tenía sus propias obsesiones, que no tenían nada que ver con el polvo acumulado sobre una noticia. Había estado observando a Luxford toda la tarde, como un científico que estudiara una ameba en proceso de división, y Luxford estaba seguro de que el escrutinio tenía poco que ver con el contenido de la siguiente edición del Source, y sí mucho con las especulaciones acerca de los motivos de Luxford para no haber comido en todo el día, para haberse sobresaltado más de una vez cuando sonaba el teléfono, para haberse apoderado de la primera entrega de correo del día y examinado las cartas con demasiada concentración.

– El chapero ha hecho su reverencia al público -continuó Sarah Happleshort-, por mediación de su padre. La declaración: «Daffey lamenta profundamente los problemas del señor Larnsey. Daffey opina que es un tipo bastante agradable.»

– ¿Daffy? -preguntó con incredulidad el responsable de Fotografías-. ¿Larnsey se ha tirado a un chapero llamado Daffy?

– Tal vez grazna cuando se corre -dijo el director de Negocios. Carcajadas generalizadas. Sarah continuó.

– No obstante, tenemos una cita del muchacho que tal vez nos interese utilizar como introducción. -Se volvió hacia Deportes, que estaba tomando aliento para defender una vez más a su jugador de críquet asfixiado-. Vamos, Will, sé realista. Nos tiramos seis días con la muerte de Flelning en primera página. La historia ya huele. Pero esto… Imagínatela con una foto. Daffy habla a la prensa. Se le pregunta acerca de su estilo de vida. ¿Qué se siente al hacerlo en coches con hombres de edad madura? El dice: «Es una manera de ganarse la vida, ¿no?» Ese es nuestro titular. Con un comentario apropiado en la página seis sobre lo que los tories, mediante la mala administración del gobierno y la economía, han hecho a los jóvenes. Rodney puede escribirlo.

– Encantado en cualquier otra circunstancia -dijo Rodnev, magnánimo-, pero en este caso debería ser obra de Dennis. Su pluma es mucho más venenosa que la mía, y los tories se merecen una zurra del maestro, ¿Qué dices, Den? ¿Te sientes con ánimos? -Compuso una expresión de preocupación cuando añadió-: Hoy pareces un poco alicaído. ¿Algún problema?

Luxford obsequió a Rodney con un escrutinio de cinco segundos. Lo que Rodney quería decir era «¿Perdiendo los estribos, Den? ¿Te estás acojonando?», pero carecía del valor para ser tan franco. Luxford se preguntó si tendría bastante mierda acumulada para despedir a aquel gusano, tal como se merecía. Lo dudaba. Rodney era demasiado listo.

– Larnsey ocupa la primera página -dijo Luxford-. Publicad la foto del chapero. Enviadme una copia de los titulares con la foto antes de imprimir. El críquet que vuelva a los deportes.

Repasó el resto de los artículos sin consultar sus notas. Negocios, política, noticias del mundo, crónica negra. Habría podido mirar su libreta sin perder el respeto de los redactores, pero quería que Rodney viera y recordara quién sujetaba las riendas del Source.

Terminó la reunión con el habitual arrastrar de pies, mientras Deportes gruñía algo acerca de la «decencia humana básica» y Fotos gritaba hacia la sala de redacción «¿Dónde está Dixon? Necesito una foto de Daffy», entre rechiflas y graznidos. Sarah Happleshort recogió sus papeles, mientras bromeaba con Política y Crónica Negra. Los tres se encaminaron hacia la puerta, donde se apartaron para dejar pasar a la secretaria de Luxford.

– Una llamada telefónica, señor Luxford -dijo la señorita Wallace-. Le dije antes que usted estaba en una reunión e intenté que me diera su número, pero no me lo dio. Ha telefoneado dos veces. Le tengo en la línea.

– ¿Quién es? -preguntó Luxford.

– No me lo ha dicho. Sólo que quiere hablar con usted sobre… el chaval. -Eliminó la expresión turbada de su cara mediante el expediente de agitar la mano delante de ella, como si el aire estuviera plagado de mosquitos-. Es la expresión que utilizó, señor Luxford. Supongo que se refiere al joven que… la otra noche en la estación de tren…

Enrojeció. No por primera vez, Dennis Luxford se preguntó cómo había sobrevivido la señorita Wallace en el Source durante tanto tiempo. La había heredado de su antecesor, quien se había reído mucho a expensas de su delicada sensibilidad.

– Le dije que Mitch Corsico era el reportero que estaba trabajando en el reportaje pero, según él, está seguro de que usted no quiere que hable con Corsico.

– ¿Quieres que me ocupe yo, Den? -preguntó Rodney-. No nos interesa que cualquier don nadie llame y quiera charlar con el director.

Pero Luxford sintió que su estómago se tensaba cuando pensó en la posibilidad que encerraban las palabras «quiere hablar sobre el chaval».

– Ya contesto yo -dijo-. Páseme la llamada.

La señorita Wallace volvió a su mesa para hacerlo.

– Den, estás sentando un precedente -dijo Rodney-. Leer sus cartas es una cosa, pero recibir sus llamadas…

El teléfono sonó.

– Agradezco el consejo, Rod -dijo Luxford mientras se acercaba a su mesa para contestar.

Existía una posibilidad de que la señorita Wallace no se hubiera equivocado en su presunción, de que el hombre tuviera información sobre el chapero, de que la llamada no fuera otra cosa que una intrusión en una jornada agotadora. Descolgó el auricular.

– Luxford -dijo.

– ¿Dónde estaba el artículo, Luxford? -preguntó un hombre-. Voy a matarla si no publicas esa historia.

Gracias a anular una reunión y aplazar otra, Eve Bowen logró llegar a Harrod's a las cinco. Había dejado que su ayudante político hiciera juegos malabares con su agenda. Hizo llamadas telefónicas a diestro y siniestro, dando disculpas y excusas creíbles, y dirigió miradas inquisitivas en su dirección cuando Eve ordenó que trajeran su coche al instante. Podría haber ido a pie desde Parliament Square hasta el Ministerio del Interior, y Joel Woodward lo sabía. Por lo tanto, también sabía que el brusco «Ha surgido algo. Anula la reunión de las cuatro v media» no tenía nada que ver con asuntos relacionados con el gobierno.

Joel se haría preguntas, por supuesto. Su ayudante político manifestaba una curiosidad inquietante por su vida privada, pero no haría preguntas a las que ella debiera responder con complicadas mentiras. Tampoco compartiría con otras personas las sospechas que abrigaba sobre la llamada telefónica que Eve había recibido. Cuando volviera se limitaría a preguntar «¿Ha ido bien la reunión?», y trataría de leer en su respuesta el grado de veracidad. Cabía la posibilidad de que hiciera unas cuantas llamadas para verificar sus movimientos, en busca de inconsistencias entre uno y otro, pero se guardaría las conclusiones. Era la encarnación de «Por la Reina y por la Patria», por no mencionar «Por el Patrón», y le gustaba demasiado la dudosa importancia de su trabajo para ponerlo en peligro si la disgustaba. Para Joel Woodward era mejor no saberlo todo (en una situación en que el silencio y un significativo gesto de cabeza dirigido a mortales inferiores telegrafiaban su intimidad con los asuntos de la subsecretaria del Ministerio del Interior) que verse relegado a un puesto en que no sabría nada de nada, con lo cual debería confiar sólo en su intelecto y habilidad para establecerse en la jerarquía administrativa.

En cuanto a su chófer, su trabajo era conducir, y estaba muy acostumbrado a llevarla en un solo día a lugares tan dispares como Bethnal Green, Mayfair y la prisión de Holloway. Apenas concedería importancia a la orden de llevarla a Harrod's.

La dejó en la entrada de Hans Crescent. A su «Veinte minutos, Fred», el hombre respondió con un gruñido simiesco. Entró por las puertas de bronce, donde guardias de seguridad vigilaban la aparición de terroristas decididos a perturbar el flujo de los negocios, y se encaminó a las escaleras mecánicas. Pese a la hora avanzada de la tarde, las escaleras estaban repletas de compradores, y se encontró embutida entre tres mujeres cubiertas por purdah de la cabeza a los pies, y una horda de alemanes cargados con bolsas de compra.

En la cuarta planta, se abrió paso entre chándales, trajes de baño, chicas con sombrero de paja y rastafaris hasta el departamento de diseñadores exclusivos, donde, tras un despliegue de tejanos negros, tops negros, chaquetas bolero negras, chalecos negros y boinas negras, la cafetería Way Inn atendía a la clientela del departamento.

Vio que Dennis Luxford ya había llegado y se había procurado una mesa de superficie gris, situada en una esquina oculta en parte por una gruesa columna amarilla. Estaba bebiendo de vaso largo y espumoso, y fingía leer el menú.

Eve no le veía desde la tarde en que había averiguado que estaba embarazada. Sus pasos habrían podido cruzarse en los años transcurridos, sobre todo desde que ella se adentró en la vida pública, pero se había ocupado de que no sucediera. Parecía que él se había sentido igualmente feliz de mantener las distancias, y como su cargo de director, primero en el Globe, y después en el Source, no imponía que se codeara con políticos si no le apetecía, nunca había vuelto a presentarse en un congreso por y o en otro acontecimiento donde hubieran podido coincidir.

Comprobó que había cambiado muy poco. El mismo pelo abundante color arena, las mismas ropas elegantes, la misma figura esbelta, las mismas patillas demasiado largas. Incluso (se levantó cuando ella llegó a la mesa) la misma cicatriz que cruzaba parte de su barbilla, recuerdo de una pelea en el dormitorio del Colegio Masculino Baverstock, durante el primer mes de su estancia. Habían comparado sus respectivas cicatrices faciales entre los estallidos sexuales que tenían lugar en su habitación del hotel de Blackpool, más de diez años antes. Ella había querido saber por qué no se dejaba barba para disimularla. El había querido saber por qué se había dejado crecer en exceso el flequillo para ocultar la suya, que partía su ceja derecha.

– Dennis -dijo a modo de saludo, sin hacer caso de la mano que él extendía.

Movió el vaso de Dermis hacia el lado opuesto de la mesa, pera que fuera él, y no ella, quien estuviera de cara al interior de los grandes almacenes. Depositó su maletín en el suelo y se sentó en el lugar que Luxford había ocupado.

– Te concedo diez minutos. -Apartó el menú a un lado-. Un café solo -dijo al camarero cuando apareció. Se volvió hacia Dennis-. Si has apostado a un fotógrafo para captar este tierno momento entre nosotros para la edición de mañana, dudo que pueda sacar algo más que mi nuca, y como no tengo la intención de salir de aquí en tu compañía, no existirá otra oportunidad de que tus lectores sepan que hay una relación entre ambos.

Observó que sus palabras parecían desconcertar a Dermis, un ejemplo más de su extraordinario talento para el disimulo.

– Por el amor de Dios, Evelyn -dijo-, no te he telefoneado para eso.

– Haz el favor de no insultar mi inteligencia. Los dos sabemos tu filiación política. Te encantaría derribar al gobierno, pero ¿no crees que estás corriendo un peligro susceptible de destruir tu carrera, si llegara a saberse tu relación con Charlotte?

– Dije desde el primer momento que admitiría públicamente ser su padre si es necesario para…

– No estoy hablando de esa relación, Dennis. La historia pasada no es tan interesante como los acontecimientos de la actualidad. Tú lo sabes mejor que nadie. No, estoy hablando de una relación más reciente que engendrar a mi hija.

Concedió un énfasis especial a la palabra «engendrar» y se reclinó en su silla cuando le trajeron el cafe. El camarero preguntó a Dennis si quería otra Perrier, y Dennis asintió. Luego estudió a Eve. Su expresión era de perplejidad, pero no hizo comentarios hasta que estuvieron solos de nuevo con sus bebidas, unos dos minutos más tarde.

– No existe una relación más reciente entre Charlotte y yo -dijo.

Eve revolvió el café con aire pensativo y le observó a su vez. Tuvo la impresión de que había aparecido una línea de sudor en el nacimiento de su pelo. Se preguntó por la causa: ¿el esfuerzo de disimular, o la tensión de interpretar la escena con éxito, antes de imprimir la edición de mañana de su repulsivo periódico?

– Temo que sí hay una relación más reciente -replicó-. Me gustaría informarte de que tu plan no resultará como imaginabas. Puedes retener a Charlotte como rehén tanto tiempo como quieras con la intención de manipularme, Dennis, pero el desenlace de esta situación no va a cambiar: tendrás que devolverla, y yo me encargaré de que te acusen de secuestro. Lo cual, diría yo, no servirá de mucho para mejorar tu carrera o tu reputación, aunque reconozco que aumentará las ventas del periódico que ya no dirigirás.

Dennis tenía los ojos clavados en los suyos, de modo que Eve vio la rápida dilatación de sus pupilas. No cabía duda de que intentaba descubrir hasta qué punto se estaba echando un farol.

– ¿Estás loca? -dijo-. Yo no tengo a Charlotte. No la retengo ni la he secuestrado. Ni siquiera sé…

Risas procedentes de la mesa vecina le interrumpieron. Tres mujeres cargadas con bolsas se habían sentado. Discutían a voz en cuello los méritos de las tartas de fruta sobre el pastel de limón, como reconstituyente ideal para el agotamiento subsiguiente a una tarde en Harrod's.

Dennis se inclinó y habló con voz tensa.

– Evelyn, maldita sea, será mejor que me escuches. Esto es real. Real. Yo no tengo a Charlotte. No tengo ni idea de dónde está, pero alguien sí, y me llamó por teléfono hace una hora y media.

– Eso dices tú.

– Y así fue. Por el amor de Dios, ¿para qué iba a inventar esta historia? -Cogió la servilleta y la estrujó. Habló en voz más baja-. Limítate a escucharme, ¿de acuerdo?

Echó un vistazo a la mesa de al lado, donde las compradoras se habían decantado por el pastel de limón. Se volvió hacia Eve. Ocultó sus palabras y su cara al restaurante y sus ocupantes, y dio la impresión momentánea (muy bien hecho, pensó Eve) de que consideraba tan importante como ella que nadie se enterara de su encuentro. Relató su supuesta conversación con el secuestrador.

– Dijo que quería ver la historia publicada en el periódico de mañana. Dijo: «Quiero la verdad sobre su primogénita en el diario, Luxford. La quiero en primera página. Quiero que sea usted quien cuente toda la historia, sin dejar nada. Sobre todo el nombre de la madre. Quiero leer su nombre y toda la jodida historia.» Yo le contesté que era imposible. Le dije que tendría que hablar contigo antes, que yo no era la única persona implicada, que había que pensar también en los sentimientos de la madre.

– Muy bondadoso de tu parte. Siempre tuviste muy en cuenta los sentimientos de los demás.

Eve se sirvió más café y añadió azúcar.

– No mordió el anzuelo -dijo Luxford, sin hacer caso de su pulla-. Preguntó cuándo me había preocupado por los sentimientos de la madre.

– Muy comprensivo de su parte.

– Escucha, maldita sea. Dijo: «¿Cuándo te preocupaste por mamá, Luxford? ¿Cuando hiciste lo que hiciste? ¿Cuando dijiste "Hablemos"? Hablar. Menuda broma, cerdo.» Y eso me hizo pensar… Evelyn, ha de ser alguien que estuvo en el congreso de Blackpool. Tú y yo hablamos allí. Así empezó.

– Sé muy bien cómo empezó -replicó ella con frialdad.

– Pensamos que éramos discretos, pero debimos equivocarnos en algo. Y alguien ha estado esperando el momento propicio desde entonces.

– ¿Para?

– Para acabar contigo. Escucha. -Dennis movió la silla hacia ella. Eve consiguió reprimir el impulso de apartar la suya-. A pesar de lo que pienses sobre mis intenciones, el secuestro de Charlotte no tiene como objetivo derribar al gobierno.

– ¿Cómo puedes decir eso, cuando a tu periódico se le hace la boca agua con lo de Sinclair Larnsey?

– Porque esta situación no se parece ni remotamente a la de Profumo. Sí, el caso Larnsey hace que el gobierno parezca idiota con su compromiso con los valores británicos básicos, pero existen pocas posibilidades de que el gobierno caiga. Ni por Larnsey ni por ti. Estamos hablando de pecadillos sexuales. No se trata de un diputado que ha mentido al Parlamento. No hay espías rusos implicados. No es un complot. Es algo personal. Algo personal contigo y con tu carrera. Tienes que entenderlo.

Extendió la mano sobre la mesa impulsivamente. Cerró los dedos alrededor del brazo de Eve. Ella sintió el calor de sus dedos, que ascendió al instante por sus venas hasta quemar su garganta.

– Quítame la mano de encima, por favor -dijo sin mirarle. Como Luxford no movió la mano, le miró-. Dennis, he dicho…

– Te he oído. -Luxford no se ¿Por qué me odias tanto?

– No seas ridículo. Para odiarte tendría que pararme a pensar en ti. Cosa que no hago.

– Mientes.

– Quítame la mano del brazo antes de que te arroje el café a la cara.

– Me ofrecí a casarme contigo, Evelyn. Tú te negaste.

– No me cuentes mi historia. Me la sé de memoria.

– En ese caso, no puede ser porque no nos casáramos. Debe ser porque sabías que yo no te quería. ¿Ofendió tus principios puritanos? ¿Aún dura? ¿Saber que fuiste mi debilidad sexual? ¿Haberte acostado con un hombre que, en el fondo, sólo quería follarte? ¿O el acto en sí no fue una ofensa tan grande como el placer que lo acompañó? Tu placer, por cierto. El mío está implícito en la existencia de Charlotte.

Eve sintió ganas de abofetearle. De no haber estado en un lugar público, lo habría hecho. Su palma ansiaba entrar en contacto con la cara de Luxford.

– Eres despreciable -dijo.

Luxford apartó la mano.

– ¿Por qué? ¿Por tocarte entonces? ¿O por tocarte ahora?

– Tú no me tocas. Nunca pudiste.

– Te engañas, Eve.

– ¿Cómo te atreves…?

– ¿A qué? ¿A decir la verdad? Hicimos lo que hicimos, y los dos disfrutamos. No reescribas la historia porque prefieres no afrontarla. Tampoco me culpes por haberte proporcionado el único buen rato que habrás tenido en tu vida.

Eve empujó la taza de café hacia el centro de la mesa. Luxford se anticipó a sus intenciones y se puso de pie. Dejó caer un billete de diez libras junto a su vaso de agua.

– Este tipo quiere la historia en el periódico de mañana -dijo-. Quiere toda la historia, de pe a pa, en primera plana. Yo estoy dispuesto a escribirla. Puedo retener las rotativas hasta las nueve de la noche. Si decides tomarte esto en serio, ya sabes dónde encontrarme.

– El tamaño de tu ego siempre fue el menos atrayente de tus atributos personales, Dennis.

– Y el tuyo fue la desesperada necesidad de decir siempre la última palabra, pero no puedes dominar esta situación. Será mejor que lo comprendas antes de que sea demasiado tarde. Al fin y al cabo, hay otra vida en juego además de la tuya.

Dio media vuelta y se marchó.

Eve sintió tensos los músculos de su cuello y hombros y los masajeó. Dennis Luxford encarnaba todo cuanto despreciaba en los hombres, y aquel encuentro sólo había servido para reforzar aquella certeza. Pero ella no se había abierto camino hasta su actual posición a base de someterse a los intentos de dominación masculinos. No estaba dispuesta a capitular. Podía intentar manipularla con notas de secuestro apócrifas, con llamadas telefónicas ficticias, con exhibiciones ampulosas de preocupación paternal aún más ampulosa. Podía intentar pulsar las cuerdas del instinto maternal, que debía considerar intrínseco a la naturaleza femenina. Podía fingir indignación, sinceridad o perspicacia política. Pero nada de ello podía obviar el hecho de que el Source, después de seis meses bajo la batuta de Dennis Luxford, había hecho todo lo posible por humillar al gobierno y defender la causa de la oposición. Lo sabía tan bien como había logrado implicar a su hija, que Eve Bowen se levantaría en público, confesaría sus pecados pasados, destruiría su carrera y permitiría que otra persona fuera conducida a la hoguera en que la prensa intentaba quemar al gobierno… Nada podía ser más ridículo.

En el fondo, el asunto giraba en torno a su periódico. Giraba en torno a las guerras de tirada, posicionamiento político, ingresos por publicidad y reputación editorial. Ella no era más que un peón en las maniobras por aumentar o conservar el poder que Dennis Luxford estaba orquestando. Su único error había sido dar por sentado que Eve Bowen se dejaría colocar en la posición del tablero que a él le apeteciera.

Era un cerdo. Siempre había sido un cerdo.

Eve se levantó y recogió su maletín. Se dirigió hacia la salida de la cafetería. Hacía mucho rato que Dennis se había marchado, de modo que no temía que alguien relacionara su presencia en Harrod's con la del periodista. Una pena para él, pensó. Nada iba a funcionar como había planeado.

Rodney Aronson no daba crédito a sus ojos. Se había agazapado detrás de los colgadores de ropa y los expositores de sombreros negros desde que Luxford había entrado en la cafetería. No había visto llegar a la mujer, apartado durante medio minuto de su puesto de observación por un sudoroso empleado que empujaba un colgador de chaquetas cruzadas negras con grandes botones plateados. Mientras intentaba verla mejor, una vez Mr. Sudores consiguió disponer dos colgadores de pantalones a su gusto, sólo había logrado divisar una espalda esbelta embutida en una chaqueta a medida y una suave cascada de color hoja de haya otoñal. Había intentado ver más, pero sin éxito. No podía correr el riesgo de atraer la atención de Luxford.

Una cosa había sido observar que el cuerpo de Luxford se tensaba cuando sonó el teléfono, ver que su silla giraba en redondo para ocultar el rostro, ser despedido con un sumario «Ocúpate del editorial sobre el chapero, Rodney», jugar al gato y ver al ratón Luxford salir y parar un taxi en Ludgate Circus, seguirle en otro taxi como un detective de un film noir de serie B. Todo habían sido actividades excusables, siguiendo la consigna de «no olvidar jamás los intereses del lector». Pero esto… esto era peligroso. La intensidad de la conversación entre el director del Source y Pelo Hoja de Haya sugería algo más que una entrevista profesional, algo que podía traducirse al presidente del Source como una traición a los intereses del periódico. Eso era lo que Rodney andaba buscando, por supuesto. Una oportunidad de desbancar a Luxford y asumir el puesto que le correspondía por derecho, al frente de la reunión informativa cada día. El encuentro que estaba presenciando (lástima de la distancia que debía mantener) tenía todas las características de una cita amorosa: las cabezas inclinadas una hacia la otra, los hombros encorvados para resguardar conversaciones en susurros, el movimiento de la silla de Luxford hacia la de ella, aquel tierno y breve momento de contacto físico (la mano sobre el brazo en lugar de la mano debajo de la falda), y el detalle más inconfundible: llegar por separado y marcharse de la misma manera. No cabía duda. El viejo Den estaba poniendo cuernos a su mujer.

«Debe de creerse totalmente a salvo», pensó Rodney. Siguió a la mujer a prudente distancia y la examinó. Tenía buenas piernas y un culito apetecible, y el resto debía de ser tan decente como insinuaba el severo corte de su vestido. Pero no olvidemos que, todo lo contrario de Rodney, al viejo Den le esperaba en casa, para satisfacer sus necesidades nocturnas, la maravillosa Fiona. Aquella diosa decoraba el hogar de Dennis Luxford. La fabulosa Fiona. La que había sido bautizada Pómulos, en referencia a los más famosos huesos faciales que habían adornado la portada de una revista. Con Fiona a mano en casa (y la imaginación calenturienta de Rodney recreaba el estado del atuendo, el estado de ánimo y el estado de impaciencia con que la etérea hechicera Fiona recibía a su señor y dueño cuando regresaba cada noche de Fleet Street), ¿qué demonios hacía el taladro de Luxford horadando a otra?

Para Rodney carecía de lógica que un hombre pudiera engañar a una mujer como Fiona, que un hombre quisiera engañar a una mujer como Fiona. No obstante, sostener un tórrido romance a escondidas, cuando uno estaba casado con Pómulos, explicaba la reciente preocupación de Luxford, el dudoso estado de sus nervios y su misteriosa desaparición de anoche. No se encontraba en casa, según le había dicho la espectacular esposa. No estaba en el trabajo, según los fisgones de la sala de redacción. No estaba en el coche, según su teléfono inalámbrico. En aquel momento, Rodney había aceptado la idea de que Luxford se había escapado a cenar, pero ahora sabía que, si se había escapado a algún sitio, lo había hecho con Pelo Hoja de Haya.

Por otra parte, su cara le sonaba, aunque era incapaz de colgarle un nombre. Era alguien, una abogada o miembro de alguna empresa importante.

Se acercó más a ella cuando faltaba poco para las escaleras mecánicas. Sólo había visto una vez su cara cuando salió de la cafetería. Todo lo demás había sido de espaldas. Si conseguía inspeccionarla durante un minuto, estaba seguro de que recordaría su nombre. Pero era imposible: o se precipitaba delante de ella en la escalera mecánica, y luego subía a contracorriente para verla cara a cara, o no había manera. Tendría que conformarse con seguirla, con la esperanza de que algo la descubriera.

Bajó directamente a la planta baja entre una manada de compradores que, como ella, se encaminaban hacia las salidas. Eran como un flujo de lava de bolsas de compra verdes. Farfullaban en una docena de idiomas y gesticulaban para subrayar sus palabras. Recordó por segunda vez aquel día (la primera había sido cuando siguió a Luxford) por qué nunca iba a Harrod's.

Debido a la hora, la planta baja era una masa apretada de clientes que se abrían paso hacia las puertas. Cuando Pelo Hoja de Haya salió con ellos, Rodney rezó para que se dirigiera hacia la estación de metro de Knightsbridge. Era cierto que su forma de vestir sugería limusinas, taxis o un coche propio, pero la esperanza es lo último que se pierde. Porque si cogía el metro, no le perdería la pista. Bastaría con seguirla hasta su casa y su identidad sería una simple cuestión de minutos.

Sus esperanzas se disiparon cuando salió a la calle diez segundos después que ella. Escudriñó la acera en busca del color de su cabello, entre las hordas que doblaban la esquina de Basil Street hacia la estación de Kinghtsbridge. La vio, y al principio pensó que le iba a hacer el favor de bajar al metro, pero cuando giró por Hans Crescent, vio que caminaba a grandes zancadas hacia un Rover negro, del cual salió un chófer vestido con un traje oscuro. La mujer se volvió en dirección a Rodney cuando entró en el asiento trasero, y él vio su cara por un instante.

Memorizó la cara: el cabello liso que la enmarcaba, las gafas de concha, el labio inferior grueso, la barbilla afilada. Llevaba ropas v un maletín que proclamaba poder, y caminaba con un paso decidido que también proclamaba poder. Nunca habría imaginado que un bastardo como Dermis Luxford eligiría aquel tipo de mujer para poner los cuernos a su esposa. Por otra parte, no cabía duda de que debía proporcionar cierta satisfacción primitiva, de cavernícola, rendir sobre el colchón a una mujer semejante. A Rodney no le gustaba el tipo dominante, pero seguro que Luxford (un tipo dominante) consideraría un auténtico afrodisíaco el desafío de ablandarla primero, seducirla a continuación, y emplearla después. Bien, ¿quién era ella?

Vio que el coche se zambullía en el torrente de tráfico vespertino. Cogió su coche y lo siguió. Cuando pasó a su lado, Rodney dedicó su atención al pasajero, al chófer y, por fin, al propio coche. Fue entonces cuando vio la matrícula y, más importante aún, las últimas tres letras de la matrícula. Sus ojos se desorbitaron: formaban parte de una serie, lo cual convertía al Rover en parte de una flota de coches. Y él había merodeado lo suficiente por Westminster para saber de dónde era esa flota. Su boca esbozó una sonrisa de felicidad, y se oyó graznar.

Cuando el coche dobló la esquina, su imagen perduró en la mente de Rodney. Así como la interpretación de aquella imagen.

La matrícula era del gobierno, lo cual significaba que el Rover pertenecía al gobierno. Así pues, Pelo Hoja de Haya era un miembro del gobierno. Y eso significaba (y Rodney no pudo contener un grito de júbilo cuando pensó en ello) que Dennis Luxford, supuesto simpatizante del Partido Laborista, director de un diario laborista, se estaba tirando al enemigo.

7

Cuando St. James comunicó al ayudante político de Eve Bowen que esperaría el regreso de la diputada, recibió a cambio una mirada de desaprobación, con nariz arrugada incluida.

– Como quiera -dijo el hombre-. Siéntese allí.

No obstante, su expresión implicaba que la presencia de St. James era algo parecido a un gas tóxico que emanara de la calefacción central del despacho. Siguió atendiendo sus asuntos con el aire del hombre que intenta demostrar la carga que una visita imprevista va a significar para todo el mundo. Había mucho de que ocuparse, desde llamadas telefónicas a los faxes, desde los archivos hasta un gigantesco calendario que colgaba de la pared. Mientras le miraba, St. James le recordó el Conejo Blanco de Alicia, si bien su apariencia física sugería más el asta de una bandera del cual colgara un estandarte bulboso de cabello color Guinness.

El joven se levantó en cuanto Eve Bowen entró en el despacho, unos veinte minutos después de la llegada de St. James.

– Ya iba a enviar a los sabuesos en su busca -dijo mientras cerraba la puerta; extendió la mano hacia el maletín y recogió un puñado de mensajes telefónicos mientras continuaba-. La reunión del comité se ha suspendido hasta mañana. El debate de los Comunes empieza esta noche a las ocho. La delegación de Aduanas quiere programar una comida, no una cena. La Universidad de Lancaster quiere que en junio hable ante la Asociación de Mujeres Conservadoras. Y el señor Harvie pregunta si tiene la intención de darle una respuesta sobre la pregunta de Salisbury antes de que termine la siguiente década: «¿Necesitamos en realidad otra prisión, y ha de ser en mi distrito electoral?»

Eve Bowen le arrebató los mensajes.

– No creo que me haya olvidado de leer en las dos últimas horas, Joel. ¿No podrías estar haciendo algo más productivo?

Un destello de cólera cruzó el rostro del ayudante.

– Virginia se ha marchado y no volverá hasta mañana, señora Bowen -dijo muy serio-. Pensé que era mejor, ya que este caballero deseaba esperar su regreso, no dejar solo el despacho.

Al oírle, Eve Bowen levantó la vista de los mensajes y vio a St. James.

– Ve a cenar -dijo a Joel sin mirarlo-. No te necesitaré antes de las ocho. Sígame, por favor -indicó a St. James, y le guió hasta su despacho.

Un escritorio de madera estaba encarado a la puerta. Eve Bowen se dirigió al aparador que había detrás y se sirvió un vaso de agua de una botella. Rebuscó en el cajón de su escritorio, sacó un tubo de aspirinas y dejó caer cuatro en la mano. Después de tomarlas, se derrumbó en la butaca de cuero verde y se quitó las gafas.

– ¿Y bien? -preguntó.

St. James le refirió primero lo que Helen y Deborah habían logrado descubrir después de pasar el día en Marylebone. Se había encontrado con ellas a las cinco en el pub Raising Sun. Y ellas, al igual que él, se habían sentido satisfechas, pues la información que habían reunido empezaba a conformar una pauta que tal vez fuera la pista capaz de conducirles hasta Charlotte Bowen.

Gracias a la fotografía, la niña había sido reconocida en más de una tienda. «Una criatura muy habladora» o «Menuda cotorra» era la opinión general sobre ella. Si bien nadie sabía su nombre, los que la habían reconocido habían confirmado, con bastante certidumbre, cuándo la habían visto por última vez. Y California Pizza, en Blandfold Street, además de Chimes Music Shop, en la calle mayor, y Gulden Hind Fish and Chips, en Marylebone Lane, lo habían hecho con toda exactitud. En el caso de la pizzería y la tienda de discos, Charlotte había ido en compañía de otra niña de Santa Bernadette, una niña con despreocupada propensión a permitir que Charlotte Bowen derrochara billetes de cinco libras en ella: pizzas y coca-colas en el primer local, discos compactos en el segundo. Había sucedido el lunes y el martes respectivamente, antes de la desaparición de Charlotte, En el Gulden Flind (la tienda más cercana a la casa del profesor de música y, en consecuencia, la tienda más cercana al posible lugar del secuestro) descubrieron que la niña lo visitaba cada miércoles. Ese día, empujaba un puñado de monedas pegajosas sobre el mostrador y siempre compraba lo mismo: una bolsa de patatas fritas y una coca-cola. Regaba las patatas con suficiente vinagre como para hacer bizquear a un ser de gustos más refinados, y se las llevaba para comerlas en la calle. Al ser interrogado, el propietario de la tienda rumió la posibilidad de que Charlotte fuera acompañada por otra niña cuando efectuaba sus compras. Al principio dijo que no, después que sí, después que quizá, y después declaró que no podía decirlo con seguridad, porque la tienda era uno de los objetivos favoritos de los «pequeños demonios» cuando salían ele los colegios próximos, y en los tiempos actuales ya no se podía distinguir a los chicos de las chicas, y mucho menos quién era quién.

No obstante, gracias a la pizzeria y a la tienda de discos, Helen y Deborah habían obtenido una descripción ele la niña que acompañaba a Charlotte las tardes anteriores a su desaparición. Tenía el cabello muy rizado, utilizaba gorras de color fucsia o, según la ocasión, cintas para la cabeza fosforescentes, era muy pecosa y se comía las uñas hasta la raíz. Al igual que Charlotte, llevaba el uniforme escolar de Santa Bernadette.

– ¿Quién es? -preguntó Eve Bowen-. ¿Por qué está con Charlotte cuando ésta tiene que estar en la clase de baile o con su psicólogo?

Cabía la posibilidad, dijo St. James, de que Charlotte disfrutara de su compañía antes de la actividad propia de cada tarde. Ambas tiendas confirmaban que las niñas habían pasado en la media hora posterior a la última clase. La niña en cuestión se llamaba Brigitta Walters. ¿Eve Bowen la conocía?

La diputada dijo que no. No conocía a la niña. Dijo que tenía muy pocas oportunidades de estar con Charlotte, así que cuando le quedaba tiempo libre, prefería pasarlo con su hija a solas, o con su marido y su hija, pero no en compañía de las amigas de su hija.

– Entonces, supongo que tampoco conoce a Breta -dijo St. James.

– ¿Breta?

Contó lo que sabía sobre la amiga de Charlotte.

– Al principio pensé que Brigitta y Breta eran la misma persona, pues el señor Chambers nos dijo que Breta suele acompañar a Charlotte a su clase de música de los miércoles.

– ¿ Y no son la misma?

En respuesta, St. James explicó su entrevista con Brigitta, que estaba confinada en su cama a causa de un feroz resfriado, en su casa de Wimpole Street. Se había entrevistado con la niña bajo la vigilancia de su abuela, una anciana de cabello encrespado, que se sentó en un rincón de la habitación como una casera suspicaz. En cuanto entró en el dormitorio de la niña, supo que aquélla era la acompañante anónima de Charlotte en California Pizza y en Chimes Music Shop. Aunque su cabello no hubiera sido tan rizado como vellocino recién cortado, aunque su cinta para la cabeza de un verde fosforescente no la hubiera delatado, se estaba mordisqueando las uñas como si le fuera la vida en ello, y sólo paró cuando tuvo que contestar a sus preguntas.

El había pensado que encontrar a Breta significaba el fin de su búsqueda, pero la niña no era Breta y Breta no era su apodo. Ella no tenía apodos, le informó. De hecho, se llamaba como su tía abuela, que era sueca y vivía en Estocolmo con su cuarto marido, siete galgos y montones de dinero. Más dinero del que Lottie Bowen tendría nunca, añadió. Brigitta iba a ver a su tía abuela cada verano, junto con la abuela. Y allí tenía la foto de la tía, si quería verla.

St. James había preguntado a la niña si conocía a Breta. Ya lo creo que sí. Era la amiga de Lottie que iba a una de las escuelas estatales de Marylebone, le confió con una mirada significativa en dirección a su abuela, donde tenían profesores normales que vestían como seres humanos, no viejas damas que babeaban cuando hablaban.

– ¿Tiene idea de qué escuela puede ser? -preguntó St. James.

La mujer meditó.

– Podría ser la escuela Geoffrev Shenkling -contestó.

Era una escuela primaria sita en Crawford Place, no lejos de Edgware Road. La diputada pensaba que era un sitio probable donde St. James encontraría a Breta, porque Charlotte había deseado matricularse en ella.

– Prefería ir allí antes que a Santa Bernadette. Aún quiere, de hecho. No me cabe duda de que se mete en algunos líos a propósito para que la expulsen de Santa Bernadette, y así tendré que enviarla a Shenkling.

– La hermana Agnetis me dijo que Charlotte montó una pequeña escena cuando se llevó sus cosméticos a la escuela.

– Siempre revuelve en mis artículos de maquillaje. Y si no, en mis ropas.

– ¿Se pelean por esa causa?

La diputada se frotó los párpados con el índice y el pulgar, como si urgiera a su dolor de cabeza a desaparecer. Se caló de nuevo las gafas.

– No es la niña más fácil de disciplinar. Da la impresión de que nunca ha sentido la necesidad de complacer o de ser buena.

– La hermana Agnetis me dijo que Charlotte fue castigada por coger su maquillaje. De hecho, utilizó la expresión «castigada severamente».

Eve Bowen le miró sin pestañear antes de responder.

– No hago caso omiso cuando mi hija me desobedece, señor St. James.

– ¿Cómo suele reaccionar a los castigos?

– Por lo general se enfurruña. Pero después vuelve a ser desobediente.

– ¿Ha escapado alguna vez, o ha amenazado con escaparse?

– Me he fijado en su alianza. ¿Tiene hijos? ¿No? Bien, si los tuviera sabría que la amenaza más común proferida por un niño contra su padre cuando se le castiga por un acto de desafío es «Voy a escapar, y luego te arrepentirás. Ya lo verás».

– ¿Cómo pudo conocer Charlotte a esa otra niña, Breta?

La diputada se puso en pie y caminó hacia la ventana, con las manos acunando los codos.

– Adivino por dónde van sus tiros, naturalmente. Charlotte revela a Breta que su madre la maltrata, sin duda el calificativo que mi hija daría a cinco azotes en el trasero administrados, por cierto, la tercera vez que robó mi lápiz de labios. Breta sugiere que las dos den a mamá un pequeño susto. Así que se escapan y esperan a que mamá aprenda la lección.

– Es una posibilidad a tener en cuenta. Los niños suelen reaccionar sin comprender del todo la forma en que su comportamiento afectará a sus padres.

– Los niños no actúan así a menudo. Actúan así siempre. -Contempló Parliament Square, que se extendía bajo ellos. Alzó los ojos y aparentó reflexionar sobre la arquitectura gótica del palacio de Westminster-. Si la otra niña va a la escuela Shenkling -dijo sin volverse-, Charlotte debió conocerla en la oficina de mi distrito electoral. Va allí cada viernes por la tarde. Es probable que Breta viniera a mi consulta con sus padres y se escabullera mientras hablábamos. Si asomó la cabeza en la sala de conferencias, debió ver a Charlotte haciendo los deberes. -Se volvió de la ventana-. Pero esto no tiene nada que ver con Breta, sea quien sea. Charlotte no está con Breta.

– Aun así, he de hablar con ella. Es muy posible que nos dé una descripción de la persona que ha secuestrado a Charlotte. Puede que le viera ayer por la tarde. 0 antes, si estaba siguiendo a su hija.

– No necesita encontrar a Breta para obtener una descripción del secuestrador. Ya tiene la descripción, puesto que le conoció ayer: Dennis Luxford.

Sin apartarse de la ventana, enmarcada por el cielo del anochecer, le refirió su encuentro con Luxford. Contó la historia de Luxford acerca de la llamada telefónica del secuestrador. Le contó la amenaza contra la vida de Charlotte y la exigencia de que la historia de su nacimiento, con nombres, fechas y lugares, se publicara en la primera página del Source del día siguiente, escrita por el propio Dennis Luxford.

Cuando St. James oyó que la vida de la niña estaba amenazada, todas sus alarmas mentales se dispararon.

– Esto lo cambia todo -dijo con firmeza-. La niña está en peligro. Debemos…

– Tonterías. Dermis Luxford quiere que yo piense que está en peligro.

– Se equivoca, señora Bowen. Vamos a telefonear a la policía ahora mismo.

La mujer volvió hacia el aparador. Se sirvió otro vaso de agua, lo bebió y le miró fijamente.

– Señor St. James, olvídelo -dijo con absoluta calma-. Me gustaría recordarle que no me costaría nada obstruir una innecesaria investigación policial en este asunto. Es tan fácil como hacer una llamada telefónica. Y si piensa que no puedo o no quiero hacerlo debido a mi cargo en el Ministerio del Interior, entonces es que no comprende nada sobre quién ejerce el poder y dónde.

Una sensación de estupor se apoderó de St. James. No había creído que tal falta de sentido común fuera posible en cualquier hombre o mujer atrapado en semejantes circunstancias, pero cuando la mujer retomó el hilo anterior de su conversación, no sólo reconoció la realidad de la situación; también comprendió que sólo se abría un camino ante él. Se maldijo por haberse dejado implicar en aquel lío horroroso.

Como si hubiera compartido sus procesos mentales y la conclusión a la que había llegado, Eve Bowen dijo:

– Ya puede imaginar lo que la publicación de esa historia beneficiaría a la tirada y los ingresos por publicidad del señor Luxford. El hecho de que sea uno de los principales implicados en la historia apenas afectará negativamente a la venta de periódicos. Al contrario, es probable que su implicación aumente las ventas, y él lo sabe. Oh, le molestará un poco que le hayan pillado, pero Charlotte es, al fin y al cabo, la prueba viviente de su virilidad, y convendrá conmigo en que los hombres suelen ser tímidos como niños sólo momentáneamente cuando se hacen públicas sus proezas sexuales. En nuestra sociedad, es la mujer quien sale peor parada cuando se revela en público que es una pecadora.

– Pero todo el mundo sabe que Charlotte es ilegítima.

– La paternidad es el misterio. Y es su paternidad, y lo que será considerada como una elección hipócrita y desafortunada de amante, lo que constituirá mi pecado. Porque pese a lo que usted piense, todo esto tiene que ver con la política, señor St. James. No es una cuestión de vida o muerte. No es una cuestión de moralidad. Pese a que no soy una figura política de gran relieve, como el primer ministro, el ministro del Interior o el ministro de Hacienda, la publicación de esta historia, a renglón seguido de Sinclair Larnsey y su chapero, me costará la carrera. Sí, de momento seguiré siendo la parlamentaria por Marylebone. En un distrito electoral donde empecé con sólo ochocientos votos de mayoría, no me pedirán que dimita y fuerce así una elección complementaria, pero existen muchas posibilidades de que mi comité me apee en las siguientes elecciones generales. Aunque no fuera ése el caso, y aunque el gobierno logre sobrevivir a este último golpe, ¿a qué nivel de poder político cree que podré alzarme, después de que se haya hecho público mi desliz con Dennis Luxford? No estarnos hablando de una situación en que sostuve un largo romance, en la que mi débil corazón femenino anhelaba a un hombre al que adoraba pero no podía poseer, en la que fui seducida como la Tess del jodido D'Urbervilles. Estamos hablando de sexo puro y duro. Con el enemigo público número uno del Partido Conservador. Bien, señor St. James, ¿de veras cree que el primer ministro me va a recompensar por ello? Convendrá conmigo en que, publicada en primera página, será una historia sabrosísima.

St. James observó que la mujer, por fin, estaba preocupada. Cuando apartó las manos de los codos el tiempo justo de ajustarse las gafas sobre la nariz, sus manos temblaban. Paseó la vista por el despacho y dio la impresión de que veía en su colección de libretas, carpetas, informes, cartas, fotografías y alabanzas enmarcadas los límites recién definidos de su vida política.

– Es un monstruo -dijo-. El único motivo de que no haya publicado antes la historia es que no era la ocasión adecuada. Pero ahora sí lo es, con Larnsey y el chapero.

– Ha habido otros escándalos sexuales durante los últimos diez años -señaló St. James-. Es difícil creer que Luxford haya esperado hasta ahora.

– Mire las encuestas, señor St. James. El nivel de popularidad del primer ministro nunca había estado tan bajo. Un periódico laborista no podría pedir un momento mejor para machacar a los tories y confiar contra toda esperanza en que la paliza será suficiente para hundir al gobierno. Y yo seré considerada responsable de esa paliza, se lo aseguro.

– Pero si Luxford está detrás de esto -insistió St. James-, él también lo arriesga todo. Se juega ir a la cárcel por secuestro si somos capaces de reunir pruebas que conduzcan hasta él.

– Es un periodista -replicó la mujer-. Se lo juegan todo por una historia.

El destello de una bata amarilla en la puerta del laboratorio llamó la atención de St. James, que levantó la vista. Deborah le estaba mirando, al abrigo de la oscuridad del pasillo.

– ¿Vienes a la cama? -preguntó-. Anoche te acostaste tardísimo. ¿Vas a volver a quedarte?

St. James dejó la lupa sobre el forro de plástico que contenía la nota de secuestro enviada a Dennis Luxford. Se estiró en el taburete y dio un respingo, porque sus músculos se habían agarrotado después de tanto rato en la misma posición. Deborah frunció el entrecejo cuando su marido se dispuso a masajearse el cuello. Se acercó a él y le apartó las manos con dulzura. Movió a un lado su pelo demasiado largo, depositó un beso cariñoso en su nuca y se ocupó del masaje. St. James se reclinó v dejó que calmara sus dolores.

– Lirios -murmuró, cuando los músculos empezaron a relajarse.

– ¿Qué?

– Tu perfume. Me gusta.

– Es bueno, sobre todo si es capaz de arrastrarte a la cama a una hora decente.

St. James besó su palma.

– Puede conseguirlo, y a cualquier hora.

– De todos modos, podríamos hacer esto con mayor comodidad en el dormitorio.

– Podríamos hacer muchas cosas con mayor comodidad en el dormitorio -contestó St. James-. ¿Te sugiero unas cuantas? Deborah rió y rodeó su cintura con los brazos. Le apretó contra su cuerpo.

– ¿En qué estás trabajando? -preguntó-. Has estado muy callado durante la cena. Papá preguntó después si había dejado de gustarte repentinamente su pato a la naranja. Le dije que, mientras siga haciendo pato a la naranja con pollo, no habrá problema. Patos y conejos, ya sabes, le dije. Simon nunca hincará el diente en un pato o en un conejo. 0 en un ciervo. Papá no lo entiende, pero nunca ha sentido tu debilidad por Donald, Tambor y Bambi.

– Demasiado Walt Disney de niño.

– Hummm. Sí. Aún no me he recuperado de la muerte de la madre de Bambi.

St. James soltó una risita.

– No me lo recuerdes. Tuve que sacarte llorando del cine. Ni siquiera un helado te calmó. Si te hubieras quedado hasta el final de la película, habrías visto que termina bien.

– Pero es que llovía sobre mojado, mi amor. En aquel tiempo.

– Lo comprendí más tarde. Menos de un año después de que tu madre muriera… ¿Qué le pasó a mi cerebro? En aquella época pensé: Llevaré a la pequeña Deborah a ver esta bonita película el día de su cumpleaños; yo la vi a su edad y me gustó mucho. Pensé que tu padre pediría mi cabeza cuando le expliqué por qué estabas tan triste.

– Te ha perdonado por completo. Como yo. Lo que pasa es que siempre se te ocurrían extrañas ideas sobre cómo celebrar mi cumpleaños. Ir a ver momias, la cámara de los Horrores de Madame Tussaud, ver a la mamá de Bambi muerta a tiros.

– Eso habla con elocuencia sobre mi capacidad de tratar con niños. Tal vez es mejor que no hayamos… -Se interrumpió. Cogió las manos de Deborah y las retuvo antes de que ella pudiera retirarlas-. Lo siento.

Como ella no contestó, St. James se volvió hacia ella. Tenía el aspecto de estar masticando sus palabras, como si probara su sabor y su esencia.

– Lo siento -repitió.

– ¿Lo has dicho en serio?

– No. Hablaba por hablar, sin pensar. He bajado la guardia.

– No quiero que subas la guardia conmigo. -Ella retrocedió un paso. Sus manos, que sólo un momento antes habían confortado su cuerpo, retorcieron el nudo del cinturón de la bata-. Quiero que te comportes como eres. Quiero que digas lo que piensas. ¿Por qué no dejas de intentar protegerme de eso?

Pensó en la pregunta de Deborah. ¿Por qué la gente ocultaba sus pensamientos a los demás? ¿Por qué cuidaba su lenguaje? ¿Qué temía? La pérdida, por supuesto. Eso era lo que todo el mundo temía, aunque todos procuraban sobrevivir a la pérdida cuando irrumpía en su vida. Deborah lo sabía mejor que nadie.

Tendió la mano hacia ella y notó su resistencia.

– Deborah, por favor -dijo; ella se acercó-. Deseo lo que tú deseas, pero al contrario de ti, no lo deseo más que nada en el mundo. Lo que más deseo eres tú. Cada vez que pierdes un bebé, pierdo parte de ti. No quise seguir por ese camino porque sabía cómo acabaría. Y si bien podía soportar perder una parte de ti, no podría soportar perderte por completo. Eso, mi amor, es la verdad desnuda. Tú quieres hijos a cualquier precio. Yo no. Para mí, algunos precios son demasiado altos.

Los ojos de Deborah se llenaron de lágrimas, y St. James pensó con desesperación en la inminencia de precipitarse por la espiral de otra dolorosa discusión con su mujer, una discusión que podría prolongarse hasta el amanecer, sin llegar a ninguna solución, sin aportarles paz, y provocar otra larga depresión en Deborah. Pero ella le sorprendió, como sucedía con frecuencia.

– Gracias -susurró, y se enjugó los ojos con la manga de la bata-. Eres el hombre más adorable del mundo.

– No me siento particularmente adorable esta noche.

– No, ya lo veo. Tienes algo en la cabeza desde que llegaste a casa, ¿verdad? ¿Qué es?

– Una creciente sensación de inquietud.

– ¿Charlotte Bowen?

Le contó su conversación con la madre de la niña y le habló de la amenaza contra la vida de Charlotte. Vio que la preocupación hacía mella en su mujer cuando se llevó una mano a los labios.

– Estoy en una encrucijada -explicó-. Si alguien ha de encontrar a la niña, soy yo.

– ¿No deberíamos llamar a Tommy?

– Es inútil. Gracias a su cargo en el Ministerio del Interior, Eve Bowen podría dilatar una investigación policial hasta el fin de los tiempos. Me dejó muy claro que lo haría.

– ¿Qué podemos hacer?

– Eve Bowen tiene razón y hay que continuar pese a todo.

– ¿Crees que tiene razón?

– No sé qué pensar.

Los hombros de Deborah se hundieron.

– Oh, Simon. Oh, Dios. Todo es por mi culpa, ¿verdad?

St. James no podía negar que se había implicado en el caso a causa de sus ruegos, pero sabía que había poco que ganar y mucho que perder si culpaba a Deborah o a sí mismo.

– Desde un punto de vista racional -dijo-, veo que hemos progresado un poco. Conocemos la ruta que Charlotte tomó para volver a casa desde la escuela o desde su clase de música. Sabemos en qué tiendas paraba. Hemos localizado a una de sus compañeras y tenemos una buena pista de la otra, pero no sé muy bien hacia dónde vamos.

– ¿Por eso estás estudiando las notas otra vez?

– Las estoy estudiando porque no se me ocurre otra cosa que hacer en este momento. Eso me gusta aún menos que sentirme inquieto por lo que he hecho durante el día.

Apagó las dos lámparas de alta intensidad que iluminaban la mesa del laboratorio y sólo dejó las luces del techo.

– Así deberá sentirse Tommy cuando está metido en una investigación -comentó Deborah.

– Normal, porque es un detective. Tiene la paciencia exigida para reunir datos, ordenarlos y dejar que las pruebas encajen. Yo no tengo esa paciencia, y dudo que pueda desarrollarla a estas alturas. -St. James recogió las fundas de plástico y la otra muestra caligráfica. Las devolvió a lo alto del archivador contiguo a la puerta-. Si esto es un secuestro auténtico y no lo que Eve Bowen se empecina en creer, una treta amañada por Dennis Luxford para perjudicar al gobierno y beneficiar a su periódico, es urgente llegar al fondo de todo, y parece que sólo yo me he dado cuenta.

– Tuve la impresión de que Dennis Luxford también era consciente.

– Pero es tan inflexible como ella respecto a la forma de manejar el caso. Es lo que más me molesta de este embrollo. Y no me gusta que me molesten. No me gusta la distracción. Lo enturbia todo. Lo cual aún me gusta menos, porque suelo tener las cosas tan claras como el aire de Suiza.

– Porque balas, cabellos y huellas dactilares no pueden discutir contigo -señaló Deborah-. No tienen ningún punto de vista que expresar.

– Estoy acostumbrado a tratar con cosas, no con personas. Las cosas colaboran, se colocan bajo el microscopio o en el interior de un cromatógrafo. Las personas no.

– Pero el método parece evidente en este punto, ¿no?

– ¿El método?

– El método de proceder. Debemos investigar en la escuela Shenkling, y en esos edificios de George Street.

– ¿Qué edificios?

– Helen y yo te lo comentarnos esta tarde, Simon. En el pub. ¿No te acuerdas?

Entonces lo recordó. Una hilera de edificios abandonados no lejos de la escuela de Santa Bernadette y de la casa de Damien Chambers. Helen y Deborah se habían explayado al respecto con entusiasmo mientras tomaban el té. Estaban cerca del posible punto de secuestro, en un lugar muy conveniente respecto a la casa de la niña y, al mismo tiempo, eran demasiado ruinosos y lúgubres en apariencia para que los peatones se acercaran. Sin embargo, para alguien que buscara un escondrijo, eran perfectos como posible elemento en el rompecabezas de la desaparición de Charlotte. No los habían incluido en su investigación de aquel día, sino que los habían dejado para el siguiente, cuando los explorarían con más facilidad provistas de tejanos, bambas, sudaderas y linternas. St. James suspiró disgustado al comprender que se había olvidado de los edificios.

– Otra razón para que no pueda aspirar a convertirme en un buen detective privado -dijo.

– Otra dirección en la que investigar.

– No me siento mejor por saberlo.

Deborah cogió su mano.

– Yo confío en ti.

Pero su voz traicionó la angustia que sentía por la llegada de otro día en que la vida de una niña seguiría en peligro.

Charlotte despertó del sueño, tal como ascendía nadando hasta el barco en Fermain Bay cuando iba de vacaciones a Guernsey. Al contrario que en las vacaciones de verano en Guernsey, despertó en la oscuridad.

Sentía la boca estropajosa y los ojos como pegotearlos con cola. La cabeza le pesaba más que la bolsa de harina que utilizaba la señora Maguire cuando preparaba sus bollos. Sus manos estaban tan cansadas que apenas podían aferrar la lana maloliente de la manta para ceñirla más a su cuerpo tembloroso. «Me siento muy cansada -pensó, y casi a punto de oír a su abuela diciendo a su abuelo-: "Peter, ven a echar un vistazo a la niña. Creo que está enferma."»

Primero se había mareado y luego sus piernas habían empezado a temblar. No había querido sentarse en el suelo de ladrillo, y había intentado volver hacia las cajas para sentarse encima, pero se había despistado y tropezado con la manta abandonada en el suelo. Se había olvidado de la manta. Sus extremos estaban empapados del agua derramada del cubo, cuando lo utilizó para orinar.

Al pensar en aquella agua, Lottie intentó tragar saliva. Si no la hubiera tirado, tendría algo de beber. Era imposible saber cuándo le darían agua, zumo de manzana, o un poco de sopa para disolver el estropajo de su boca.

Era culpa de Breta. La mente de Lottie pugnó por aferrarse a aquella idea, antes que hundirse en la negrura de nuevo. Todo era culpa de Breta. Tirar el agua habría sido la típica reacción de Breta. Era algo desagradable, algo poco meditado.

Breta siempre pensaba que lo sabía todo. Siempre decía «Quieres que sea tu mejor amiga, ¿verdad?» Y cuando Breta decía «Haz esto, Lottie Bowen» o «Haz eso ahora», ella obedecía. Porque era especial ser la mejor amiga de alguien. Ser la mejor amiga significaba ser invitada a las fiestas de cumpleaños, alguien con quien jugar, risitas por la noche cuando dormían juntas, postales en vacaciones y secretos compartidos. Lottie deseaba una «mejor amiga» más que nada en el mundo. Por lo tanto, siempre hacía lo posible por conseguir una.

Pero tal vez Breta no hubiera tirado el agua del cubo. Tal vez hubiera orinado delante del hombre, en la boca del pulpo que había dejado en el suelo, orinado y reído en su cara mientras lo hacía. 0 tal vez hubiera buscado un sustituto después de que se hubiera marchado. 0 tal vez no se habría preocupado de utilizar algo. Quizá se habría acuclillado junto a las cajas de madera y orinado. Si Lottie hubiera hecho algo por el estilo, ahora podría beber agua. Quizá era agua sucia, nauseabunda. Pero al menos disolvería el estropajo de su boca.

– Frío -murmuró-. Sed.

Breta preguntaría por qué seguía tirada en el suelo, si tenía frío y sed. Breta diría: «Esto no es un camping. Lottie. ¿Por qué te comportas así? ¿Por qué eres tan dócil?»

Lottie sabía qué haría Breta. Se pondría en pie y exploraría la habitación. Encontraría la puerta por la que había entrado el hombre y saldría. Gritaría. Chillaría. Aporrearía la puerta. Se esforzaría en llamar la atención de alguien.

Lottie sintió que los ojos se le cerraban. Estaban demasiado cansados para combatir la negrura que la rodeaba. No había nada que ver. Había oído los sonidos que indicaban que la habían encerrado. No había escapatoria.

Cosa que Breta nunca creería. Diría: «¿Que no hay escapatoria? No seas boba. El hombre entró y luego salió. Encuentra la puerta y fuérzala. No te quedes ahí lloriqueando.»

«No lloriqueo», pensó Lottie. A lo cual contestaría Breta: «Sí, estás lloriqueando. Eres un bebé.»

– No soy un bebé.

«¿No? Pues demuéstralo. Demuéstralo, Lottie Bowen.»

Demuéstralo. Así conseguía Breta siempre lo que deseaba. «Demuestra que no eres un bebé, demuestra que quieres ser mi amiga, demuestra que me prefieres a todas las demás, demuestra que sabes guardar un secreto. Demuestra, demuestra, demuestra, demuestra. Vierte todas las sales de baño en la bañera y deja que corra el agua, hasta que parezca nieve. Coge el mejor lápiz de labios de tu madre y píntate en la escuela. Tira las bragas por el váter y ve todo el día sin ellas. Roba ese Tweix para mí… no, roba dos. Porque las mejores amigas se hacen esos favores mutuos. Así son las mejores amigas. ¿No quieres ser la mejor amiga de alguien?»

Lottie, sí. Lo anhelaba. Y Breta tenía amigas. Breta tenía docenas y docenas de amigas. Si Lottie quería tener amigas también, tendría que imitar a Breta. Eso le había dicho Breta desde el primer momento.

Lottie apoyó las manos sobre los ladrillos y se levantó. Un intenso mareo la invadió al instante. Levantó las rodillas para que sólo sus pies y su trasero tocaran el suelo. Cuando el mareo pasó, se puso en pie. Se tambaleó, pero no cavó.

Ya de pie, no supo qué hacer. Dio un paso vacilante en la negrura, con los dedos extendidos como antenas de insecto. Temblaba de frío. Contó los pasos. Recorrió unos centímetros.

¿Qué era aquel lugar?, se preguntó. No era una cueva. Estaba oscuro como una cueva, pero una cueva no tenía suelo de ladrillos ni puerta. ¿Qué era? ¿Dónde estaba?

Con las manos extendidas, tocó una pared. Las formas y la textura le resultaron familiares. Ladrillos, comprendió. Arrastró los pies a lo largo de la pared como un topo. Sus manos se movían sobre la superficie, primero hacia arriba y luego hacia bajo. Buscaba una ventana (las paredes suelen tener ventanas, ¿verdad?), una ventana entablillada con una grieta por la que mirar.

«No habrá ventanas, Lottie -habría dicho Breta mientras Lottie tanteaba e investigaba-. Habrías visto rendijas de luz por las grietas, y no hay rendijas de luz, de manera que no hay ventana y te estás comportando como una boba.»

Breta tenía razón, pero Lottie encontró la puerta. La madera estaba arañada y olía a moho. Tanteó arriba y abajo y encontró el pomo. Lo giró sin resultado. Golpeó con los puños y gritó.

– ¡Déjame salir! ¡Mamá! ¡Mamá!

No hubo respuesta. Aplicó el oído a la madera, pero no oyó nada. Aporreó la puerta otra vez. Por el ruido de sus golpes, dedujo que la puerta era muy gruesa, como la de una iglesia.

¿Una iglesia? ¿Estaba en la cripta de una iglesia? ¿Donde guardaban cadáveres? Breta se habría reído. Habría hecho ruidos de fantasma y corrido por la habitación con una sábana en la cabeza.

Lottie se encogió al pensar en cadáveres y fantasmas. Prosiguió su exploración. «Salir, salir, salir -pensó-. He de salir.» Continuó pegada a la pared hasta que se dio un golpe en la rodilla herida. Dio un respingo, pero no gimió ni lloró. En cambio, extendió los dedos para ver qué la había golpeado. Más madera, pero no tan áspera como la de las cajas. Sus dedos corrieron por encima. Tenía el tacto de una tabla y dos palmos de anchura. Encima había otra tabla de la misma anchura. Debajo una tercera. Una cuarta parecía ascender en diagonal por la pared, pegada a los ladrillos…

Escalones, pensó.

Empezó a subirlos. Eran muy empinados. Parecía más una escalera de mano que una normal. Tuvo que utilizar las manos y los pies. Mientras ascendía, recordó el día que había ido de excursión a Greenwich y al Cutty Sarle, y que subió al barco por una escalera como ésa. Pero no estaba en un barco, ¿verdad? ¿Un barco hecho de ladrillos? Se hundiría como una piedra. No flotaría ni un segundo. Además, si estaba en un barco, ¿por qué no sentía el mar bajo ella? ¿No se mecería el suelo? ¿No oiría el crujido de los palos y olería el aire salado? ¿No…?

Su cabeza chocó contra el techo. Lanzó un aullido de sorpresa y se agachó. Pensó en escaleras que conducían a techos, en lugar de a rellanos, donde uno podía llamar a una puerta, y comprendió que las escaleras no ascendían hasta un techo sin un propósito. Tenía que haber una puerta, tal vez una trampilla, como en el establo del abuelo, que tenía una escalerilla para subir al henil.

Su palma tanteó en busca del techo. Terminó su ascensión con mayor cautela. Sus dedos recorrieron el techo, alejándose de la pared. Encontró lo que parecía la esquina de una trampilla, practicada en la madera. Después, otra esquina. Alejó las manos con la intención de localizar el centro. Entonces, dio un empujón. No muy fuerte, porque sentía los brazos hormigueantes y raros, pero un empujón al fin y al cabo.

La trampilla cedía. Descansó y dio otro empujón. La puerta era pesada, como si un peso descansara sobre ella para que no pudiera salir, para que se estuviera quieta, para que no molestara a nadie. Como siempre. Perdió los estribos.

– ¡Mamá! -gritó-. Mamá, ¿estás ahí? ¡Mamá! ¡Mamá!

Ninguna respuesta. Empujó de nuevo. Después, se agachó y utilizó la espalda y los hombros. Empujó tres veces con todas sus fuerzas, gruñendo como la señora Maguire cuando movía la nevera para limpiar detrás del aparato. La trampilla se abrió con un rujido.

El mareo y la debilidad se esfumaron al instante. Lo había conseguido, lo había conseguido sin ayuda. Sin que Breta le dijera cómo hacerlo.

Trepó a la cámara que había encima. Era oscura como la de abajo, pero no tanto. A un metro de distancia, lo que parecía un rectángulo de ébano borroso estaba enmarcado por un débil resplandor grisáceo. Avanzó hacia el rectángulo y descubrió que era una ventana encastada, cegada con tablas, pero no lo suficiente para que no se filtrara luz por los bordes. Aquello explicaba el brillo grisáceo: la oscuridad de la noche en el exterior, rota por la luna y las estrellas, en contraste con el sólido muro de tinieblas que había dentro.

En las sombras, y con la ayuda de la luz grisácea, Lottie pudo distinguir formas, incluso sin gafas. Un poste se alzaba en el centro de la habitación. Era como el poste de mayor adornado con flores que había visto una vez en el prado del pueblo cercano a la granja de su abuelo, sólo que mucho más grueso. Encima, una viga ancha cruzaba la habitación, y sobre aquella viga, apenas visible en la oscuridad, colgaba a un lado lo que parecía una enorme rueda, parecida a un platillo volante. El poste ascendía hasta encontrarse con la rueda y se extendía aún más allá, hasta desaparecer en la negrura.

Lottie se acercó al poste y lo tocó. Era frío. Su tacto no recordaba a la madera, sino al metal. Un metal rugoso, como si fuera viejo y oxidado. Tocó una materia pringosa alrededor de su base.

Miró hacia arriba y forzó la vista para intentar distinguir la rueda. Daba la impresión de que tenía grandes dientes tallados en su interior, como un engranaje gigantesco. Un poste de mayo y una rueda dentada, pensó. Curvó el brazo alrededor del poste y meditó sobre lo que había encontrado.

En una ocasión había visto el interior de un reloj, el de la sala de estar de su abuela, curvo como la forma de una ola. Tío Jonathan lo había regalado a la abuela por su cumpleaños, pero no funcionaba bien porque era muy antiguo. El abuelo lo había desmontado sobre la mesa de la cocina. Estaba hecho de ruedas encajadas en otras ruedas, las cuales, en combinación con las primeras, lo hacían funcionar. Todas aquellas ruedecillas tenían la misma forma que ésta, con dientes.

Un reloj, decidió. Un reloj gigante. Intentó oír el tictac. No oyó nada. Las ruedas no se movían. Roto, pensó. Como el reloj de la abuela. Sólo que era muy grande comparado con aquél. Un reloj de iglesia, quizá. El reloj de una torre que se alzaba con orgullo en el centro de una plaza. 0 el reloj de un castillo.

Pensar en castillos la arrastró en otra dirección, hacia mazmorras y estancias iluminadas con antorchas, llenas de dientes de engranajes y engranajes, ruedas dentadas y escarpias. Hacia prisioneros que chillaban y carceleros enmascarados que les arrancaban confesiones.

Tortura, pensó Lottie. Y el poste grueso que aferraba v el reloj gigantesco adquirieron un nuevo significado. Dejó caer el brazo y se alejó del poste. Sintió que sus piernas flaqueaban. Tal vez sería mejor no hacer más averiguaciones.

De repente, una corriente de aire se elevó del suelo y remolineó alrededor de sus rodillas. Después, un golpe sordo, que pareció rebotar en las paredes de la habitación de abajo. El frío dio paso al silencio, seguido por un arañazo metálico.

Lottie vio que el cuadrado del suelo por el que había subido estaba iluminado por una luz que se movía de un lado a otro. Después, oyó los sonidos de alguien que se movía.

– ¿Dónde…? -dijo la voz de un hombre, y las cajas de madera empezaron a entrechocar.

Pensaba que se había escapado, comprendió Lottie. Lo cual significaba que existía una forma de escapar. Y si conseguía ocultarle que había encontrado y subido la escalera, si podía ocultarle que había localizado la trampilla, cuando saliera en su busca descubriría aquella ruta de escape y huiría de verdad.

Cruzó la habitación a toda prisa y bajó la trampilla con sigilo. Se sentó sobre ella y confió en que su peso bastaría para impedir que el hombre la levantara.

Vio que la luz aumentaba de intensidad a través de las grietas del suelo. Oyó los pesados pasos del hombre en la escalera. Contuvo el aliento. La trampilla se alzó medio centímetro. Se bajó, volvió a levantarse otro medio centímetro.

– Mierda -dijo el hombre-. Mierda.

La trampilla volvió a su sitio. Lottie le oyó bajar la escalera. La luz se apagó con un chasquido. La puerta se abrió, y después se cerró con estrépito. Luego se hizo el silencio.

Lottie tuvo ganas de aplaudir y gritar. Olvidó el estropajo de su garganta y levantó la trampilla. Breta no lo habría hecho mejor. Breta no le habría engañado tan bien. De hecho, Breta le habría golpeado en la cara con el cubo y huido como una exhalación, pero Breta nunca habría pensado en burlarle, en hacerle creer que ya había escapado.

La habitación de abajo estaba a oscuras, pero la oscuridad ya no asustaba a Lottie, porque sabía que todo iba a acabar muy pronto. Bajó la escalera a tientas y se encaminó hacia las cajas de madera. Esa era la ruta de escape, por supuesto. Las cajas ocultaban una abertura del tamaño de Lottie.

La niña apoyó el hombro contra la primera. ¿A que Breta se sorprendería al enterarse de su aventura? ¿A que Cito se asombra-ría del triunfo de Lottie? ¿A que mamá estaría orgullosa de saber que su hija había…?

Un súbito ruido metálico.

Luz que se precipitó sobre ella como un puño.

Lottie giró en redondo, con las manos apretadas contra la boca.

– Papá es quien te va a sacar de aquí, Lottie -dijo el hombre-. Tú no lo conseguirás sola.

Lottie forzó la vista. El hombre se fundía con la negrura. No podía verle, sólo su forma detrás de la luz. Dejó caer las manos a los costados.

– Saldré -dijo-. Ya lo verás. Y cuando lo haga, te arrepentirás. Mi mamá está en el gobierno. Mete a la gente en la cárcel. Les encierra en ella y tira la llave, y eso es lo que te pasará a ti. Ya lo verás.

– ¿Eso es lo que va a pasar, Lottie? No, creo que no. No si papá dice la verdad, como debería. Papá es un fenómeno. Es un tipo de primera, pero nadie lo sabe, y ahora tiene la oportunidad de demostrarlo al mundo entero. Puede contar la historia verdadera y salvar a su retoño.

– ¿Qué historia? -preguntó Lottie-. Cito no cuenta historias. La señora Maguire sí. Las inventa.

– Bien, vas a ayudar a papá a inventar una. Ven aquí, Lottie.

– No. Tengo sed y quiero algo de beber.

El hombre dejó algo en el suelo. Su pie lo empujó hacia la luz. El termo alto y rojo. Lottie avanzó con avidez hacia él.

– Así me gusta -dijo el hombre-, pero después de que ayudes a papá con su historia.

– Nunca te ayudaré.

– ¿No? -Agitó una bolsa de papel que escondía de la luz-. Pastel de carne. Zumo de manzana frío y pastel de carne caliente.

El estropajo había regresado, compacto como antes en el paladar y hasta la garganta. Y su estómago estaba vacío, de lo cual no había sido consciente hasta ahora, pero cuando el hombre había mencionado el pastel de carne, sus tripas resonaron como una campana.

Lottie sabía que debería darle la espalda y decir que se fuera, y si no hubiera tenido tanta sed, si su garganta hubiera sido capaz de tragar, si su estómago no hubiera empezado a crujir, si no hubiera olido el pastel, lo habría hecho sin la menor duda. Se le habría reído en la cara. Habría bailado un zapateado. Habría chillado y aullado. Pero el zumo de manzana frío y dulce, después de la comida…

Avanzó hacia la luz, en dirección al hombre. Muy bien. Le iba a dar una lección. No tenía miedo.

– ¿Qué debo hacer? -preguntó.

El hombre rió.

– Cuánta amabilidad -dijo.

Pasaba de las diez de la mañana cuando Alexander Stone rodó hasta el borde de la enorme cama y miró su despertador digital. Contempló los números rojos con incredulidad y, cuando su significado se abrió paso por fin en su cerebro, dijo «Joder». No había despertado cuando el despertador de Eve había sonado en su mesilla de noche a las cinco, como de costumbre. Casi dos tercios de una botella de vodka (trasegada entre las nueve y las once y media de la noche) lo habían conseguido.

Se había sentado en la cocina para beber, a la pequeña mesa cuadrada en el rincón de la chimenea que daba al jardín. Había mezclado el primer vaso de vodka con zumo de naranja, pero después la había tomado a palo seco. Llevaba viviendo veinticuatro horas en lo que empezaba a llamar La Verdad Al Fin, y entre saber la verdad, preguntarse si la verdad tenía algo que ver con el paradero de Charlotte, como Eve creía a pies juntillas, y tratar de no pensar en lo que las acciones y reacciones de su mujer implicaban sobre aquella verdad, se sentía como paralizado. Deseaba acción, pero no tenía idea de qué clase de acción se requería. Demasiadas preguntas se agolpaban en su cabeza. No había nadie en casa que pudiera contestarlas. Eve estaría en los Comunes, liada con un debate hasta pasada la medianoche. Y había decidido beber. Beber para emborracharse. En aquel momento se le había antojado el único medio de borrar la información sin la cual habría vivido muy tranquilo hasta el fin de sus días.

Luxford, pensó. Dennis Jodido Luxford. Ni siquiera sabía quién era ese bastardo antes del miércoles por la noche, pero desde aquel momento la intrusión de Luxford en sus vidas dominaba sus pensamientos.

Se incorporó con cautela. Sus tripas protestaron por el cambio de postura. Tuvo la impresión de que los muebles del dormitorio ondulaban, en parte debido al vodka que su cuerpo aún no había absorbido, y en parte como resultado de no haberse puesto todavía las lentillas.

Cogió su bata y se levantó. Contuvo las náuseas y se encaminó al cuarto de baño, donde abrió los grifos. Contempló su imagen en el espejo. La imagen era borrosa sin las lentillas, pero sus detalles sobresalientes se veían con bastante claridad: ojos inyectados en sangre, cara demacrada, piel fláccida, alentado por diez horas de inconsciencia inducida por el alcohol. Parecía mierda seca, pensó.

Mojó una y otra vez su piel con agua. Se secó la cara, se puso las lentillas y buscó los útiles de afeitar. Procuró no hacer caso de las náuseas y el dolor de cabeza, concentrándose en el afeitado.

Vagos sonidos se oían abajo (sonidos que recordaban los cánticos monacales), pero eran muy apagados. Eve habría dicho a la señora Maguire que hiciera el menor ruido posible. «El señor Stone no se encontraba bien anoche -habría dicho antes de salir de casa, poco antes del amanecer-. Necesita dormir. No quiero que nadie le moleste.» Y la señora Maguire habría obedecido, como todo el mundo cuando Eve Bowen daba una de sus órdenes implícitas.

– Es absurdo que hables con Dennis -le había dicho-. Sólo yo debo ocuparme de este asunto.

– Como padre de Charlie durante los últimos seis años, creo que he de decir algo a ese bastardo.

– Resucitar el pasado no servirá de nada, Alex.

Otra orden implícita. Manténte alejado de Luxford. Manténte alejado de esa parte de mi vida.

Alex no era el tipo de hombre que se mantenía alejado de nada. No había triunfado en los negocios dejando que otros planearan las estrategias y lucharan por él. Después de pasar la noche de la desaparición de Charlotte tendido en la cama, con los ojos clavados en el techo y su mente saltando de plan en plan, había ido a trabajar el día anterior para tranquilizar a Eve, para fingir la normalidad que ella parecía tan ansiosa de preservar. Pero a las nueve de la noche ya había tenido suficiente. Decidió que no pasaría otro día inútil sin poner en acción alguno de sus planes. Telefoneó a la oficina de Eve e insistió en que su untuoso ayudante le transmitiera un mensaje a la Cámara de los Comunes.

– Hágalo ya -dijo a Woodward, cuando el ayudante empezó a recitar una sarta de excusas encaminadas a disuadirle-. Pronto. Emergencia. ¿Comprendido?

Ella le había telefoneado por fin a las diez y media, y por su voz parecía que Luxford se había rendido y Charlotte ya estaba en casa.

– Alex, ¿qué ha pasado? -preguntó.

– Nada nuevo.

– Entonces, ¿por qué me llamas? -preguntó en otro tono, el cual, junto con la bebida, le puso en el disparador.

– Porque nuestra hija ha desaparecido -dijo con deliberada cortesía-. Porque me he pasado todo el día en una jodida pantomima de normalidad, como de costumbre. Porque no he hablado contigo desde esta mañana y me gustaría saber qué coño está pasando. ¿Te parece bien, Eve?

Se la imaginó mirando hacia atrás, porque bajó la voz un poco más.

– Alex, te llamo desde los Comunes. ¿Comprendes lo que eso significa?

– Chulea a tus colegas. No lo intentes conmigo.

– Créeme, éste no es el momento ni el lugar…

– Podrías haberme telefoneado tú, por cierto. En cualquier momento del maldito día. Lo cual habría solucionado el delicado problema de tener que llamarme desde la Cámara de los Jodidos Comunes. Donde, por supuesto, cualquiera podría estar escuchando. Eso es lo que te preocupa, ¿verdad, Eve?

– ¿Has estado bebiendo?

– ¿Dónde está mi hija?

– No puedo hablar de eso en este momento.

– ¿Quieres que me presente ahí? Siempre podrías comunicarme las últimas noticias sobre la desaparición de Charlotte en presencia de un periodista del vestíbulo. Eso redundaría en una buena prensa, ¿verdad? Claro, joder, me había olvidado. Prensa es justo lo que no deseas, ¿verdad?

– No me hagas esto, Alex. Sé que estás disgustado, tienes buenos motivos…

– Eres muy comprensiva.

– … pero has de comprender que la única manera de solucionar esto es…

– A la manera de Eve Bowen. Dime, ¿hasta cuándo vas a permitir que Luxford te presione?

– Me he reunido con él. Conoce mi postura.

Los dedos de Alex se cerraron alrededor del cable del teléfono como si fuera el cuello de Luxford.

– Cuándo te has reunido con él?

– Esta tarde.

– ¿Y?

– No tiene la intención de devolverla. De momento. Pero tendrá que hacerlo tarde o temprano, porque le he dejado claro que no pienso seguir su juego. ¿De acuerdo, Alex? ¿Te he contado lo suficiente?

Era obvio que quería colgar y regresar a los Comunes. A un debate, una votación u otra oportunidad de demostrar con qué facilidad podía aplastar a un oponente.

– Quiero hablar con ese bastardo.

– No servirá de nada. Manténte al margen de esto. Alex. Prométeme que lo harás. Por favor.

– No pienso aguantar otro día como el de hoy. Toda esa mierda de fingimientos. Con Charlie retenida en algún sitio… No pienso hacerlo.

– De acuerdo. No lo hagas. Pero no te acerques a Luxford.

– ¿Por qué? -No pudo reprimir la pregunta. Al fin y al cabo, estaba en la raíz de todo-. ¿Le quieres a solas? ¿Todo para ti? ¿Como en Blackpool, Eve?

– Ese comentario es muy desagradable. Voy a finalizar esta conversación. Ya hablaremos cuando estés sobrio. Por la mañana. Y había colgado el teléfono. Y él había bebido vodka hasta que el suelo de la cocina empezó a ladearse. Después, subió por la escalera, tambaleante, y se desplomó sobre la cama. En algún momento de la noche, ella debió quitarle los pantalones, la camisa y los zapatos, porque sólo llevaba calzoncillos y calcetines cuando se arrastró fuera de la cama.

Engulló cinco aspirinas y volvió al dormitorio. Se vistió poco a poco, a la espera de que las aspirinas obraran algún efecto en la tormenta que azotaba las paredes de su cráneo. Afortunadamente había aplazado su conversación matutina con Eve, ya que en su estado actual no habría sido rival para ella. Debía admitir que Eve había demostrado una misericordia muy poco usual al dejarle dormir la mona, en lugar de despertarle y obligarle a entablar la conversación que tanto había deseado sostener con ella. Le habría hecho polvo con tres o cuatro frases sin utilizar ni una cuarta parte de su potencia cerebral. Se preguntó qué indicaba sobre Eve (y sobre el estado de su matrimonio) el hecho de que ella se hubiera marchado sin una demostración de soberanía. Después se preguntó por qué se estaba preguntando por el estado de su matrimonio, cuando nunca había sucedido. No obstante, ya sabía la respuesta y, pese a su intento de apartarla de su mente, cuando bajó la escalera, la vio sobre la mesa: el ejemplar del Source seguía donde lo había dejado la señora Maguire.

Qué raro, pensó Alex. La señora Maguire traía a casa aquella mierda cada día desde tiempo inmemorial, pero nunca le había echado un vistazo hasta el miércoles por la noche, cuando Eve llamó su atención sobre el periódico. Bueno, había echado alguna mirada casual cuando envolvía los posos de café con papel de periódico. Se preguntó, burlón, cuántas neuronas de la señora Maguire se fundían cuando lo leía a diario.

Ahora, el periódico parecía atraerle como un imán. Hizo caso omiso de su cuerpo, que exigía café caliente, se acercó a la mesa y miró el periódico.

«Es una forma de ganarse la vida, ¿no?» se leía en primera plana, paralelo a la fotografía de un adolescente vestido de cuero púrpura. El chico había sido captado cuando salía de una casa adosada y bajaba por el camino privado. Sonreía a la cámara como si ya supiera el titular que acompañaría a la foto. Se llamaba Daffy Dukane, y el periódico le etiquetaba como el chapero sorprendido en un automóvil con Sinclair Larnsey, diputado por East Norfolk. El pie de la fotografía insinuaba que las circunstancias de Daffy Dukane (desventajas educativas, paro crónico, incluido en las estadísticas de personas imposibles de emplear) le habían obligado a vender sus favores como medio de supervivencia. El lector que deseara pasar a la página cuatro encontraría un editorial que despellejaba al gobierno culpable de haber empujado a miles de adolescentes hacia aquel trance. «Este es el resultado», se titulaba el editorial. Cuando Alex vio que lo firmaba alguien llamado Rodney Aronson, no Dennis Luxford, pasó de largo. Porque era a Dennis Luxford a quien deseaba conocer, y por motivos más profundos que su filiación política.

Como había dicho Eve: follaban cada noche y también cada mañana. Y no porque el muy cabrón la hubiera seducido, sino porque ella lo había deseado, le había deseado. Se habían entregado al folleteo como monos, y a ella le había importado un pepino quién era Luxford y qué defendía, pues sólo deseaba su cuerpo.

Alex pasó las páginas. No admitió lo que estaba buscando, pero lo buscó de todos modos. Repasó el periódico de principio a fin y, cuando terminó, sacó del revistero de roten todos los demás ejemplares del Source que la señora Maguire había traído a casa.

Podía imaginar la habitación del hotel, sus cortinas color naranja y sus muebles funcionales de imitación de roble, el desorden enloquecedor que producía Eve allá donde iba: maletín, papeles, revistas, cosméticos, zapatos en el suelo, secador sobre la cómoda, montones de toallas empapadas. Pudo imaginar un carrito del servicio de habitaciones con los restos de una comida esparcidos. Gracias a la luz que había dejado encendida en el cuarto de baño, pudo imaginar la cama y sus sábanas arrugadas. Incluso pudo imaginarla a ella, porque sabía (tenía años de experiencia en la materia) que tendría las rodillas levantadas, las piernas enlazadas alrededor de su torso, las manos en su cabello o en su espalda, y llegaría al orgasmo con una rapidez asombrosa, con un gritito de placer, mientras decía querido, no, para, es demasiado… y eso fue todo cuanto pudo imaginar.

Disgustado, arrojó el fajo de periódicos al suelo. «Esto tiene que ver con Charlie -se dijo, y trató de meter aquella información en su cabeza-. Esto no tiene que ver con Eve. Esto no tiene que ver con hace once años, cuando yo no la conocía, cuando ignoraba su existencia, cuando sus actos y relaciones no eran asunto mío, cuando quién y qué era…» Pero ésa era la cuestión, ¿no? Quién y qué había sido su mujer en otro tiempo, quién y qué era ahora.

Alex fue a buscar café. Lo bebió de pie ante el fregadero, solo y sin azúcar. Una distracción muy conveniente, aunque momentánea, de sus tortuosos pensamientos. Pero en cuanto lo bebió, después de escaldarse el paladar y la garganta, volvió a ella.

¿La conocía?, se preguntó. ¿Era posible conocerla? Al fin y al cabo era una política. Estaba acostumbrada a las exigencias camaleónicas de su carrera.

Pensó en esa carrera y en sus implicaciones. Había ingresado en la Asociación Conservadora de Marylebone, donde se habían conocido. Había trabajado para el partido a su lado. Había demostrado sus méritos tan a menudo y de una forma tan abrumadora que, rompiendo la tradición, el comité del distrito electoral le pidió que pusiera su nombre en la lista de candidatos. No había tenido que proponerlo ella. El había asistido a su entrevista, antes de ser seleccionada como candidata conservadora por Marylebone. Había escuchado su apasionada defensa de los ideales del partido. El mismo había compartido sus enérgicos puntos de vista sobre los valores familiares, la incalculable importancia de la pequeña y mediana empresa, los aspectos perjudiciales de la ayuda gubernamental, pero nunca habría podido expresar sus puntos de vista tan bien como ella. Daba la impresión de que sabía lo que iba a preguntarle el comité del distrito electoral aun antes de que lo decidieran. Habló de la necesidad de devolver la seguridad a las calles por la noche. Explicó sus planes para aumentar la mayoría del partido en Marylebone. Delineó las formas en que podía prestar apoyo al primer ministro. Tenía algo provocativo que decir acerca del cuidado de las esposas maltratadas, la educación sexual en los colegios, el aborto, el cumplimiento de las penas de prisión, el cuidado de los ancianos y los enfermos, los impuestos, los gastos y formas innovadoras de hacer campaña. Era rápida e inteligente, e impresionó al comité por su dominio de los datos. Alex sabía que no le había resultado difícil, por eso se preguntó: ¿Hablaba en serio? ¿Era sincera?

Y se preguntó qué le molestaba más: que Eve no fuera lo que aparentaba, o que hubiera dejado de lado sus principios para echar un polvo con alguien que defendía todo lo contrario que ella.

Porque ésa era la verdad sobre Luxford. No dirigiría aquel periodicucho si defendiera otras cosas. Su ideología política estaba clara. Lo que quedaba por descubrir era la naturaleza física del hombre. Porque descubrir su naturaleza física equivaldría a comprender. Y comprender era esencial si querían llegar al fondo del…

Exacto. Alex sonrió con sorna. Se felicitó por su absoluta degradación. En menos de treinta y seis horas, el ser racional que era había logrado convertirse en un hotentote. Lo que había empezado como pura desesperación por recuperar a su hija había dejado paso a una necesidad primaria de encontrar y borrar del mapa al anterior macho de su pareja sexual. Encontrar a Luxford para comprender era una mentira como una catedral. Alex quería verle para molerle a golpes. Y no por Charlie, no por lo que estaba haciendo a Charlie, sino por Eve.

Alex comprendió que nunca había preguntado a su mujer la identidad del padre de Charlie porque nunca había querido saberlo. Saber exigía reaccionar a ese saber. Y la reacción a ese saber en particular era lo que deseaba evitar.

– Mierda -susurró.

Se inclinó sobre el fregadero, con una mano a cada lado. Tal vez, como su mujer, debería ir a trabajar. Al menos, el trabajo le distraería. En casa no había nada, salvo sus pensamientos. Y eran enloquecedores.

Tenía que salir. Tenía que hacer algo.

Bebió otra taza de té. Su cabeza había dejado pie martillarle, las náuseas empezaban a desaparecer. Tomó conciencia del cantico monacal que había oído al despertar, caminó hacia su origen, que parecía ser la sala de estar.

La señora Maguire estaba arrodillada ante la mesita auxiliar, donde había colocado una cruz y algunas estatuas y velas. Tenía los ojos cerrados. Sus labios se movían en silencio. Cada diez segundos exactos, deslizaba otra cuenta del rosario entre sus dedos, y entretanto las lágrimas brotaban de sus ojos. Resbalaron por sus redondas mejillas y cayeron sobre el jersey, donde dos manchas húmedas en sus enormes pechos le revelaron que llevaba llorando mucho rato.

El cántico surgía de un magnetófono, y unas solemnes voces masculinas entonaban las palabras miserere nobis una y otra vez. Alex no sabía latín, así que no podía traducir las palabras, pero sonaban muy apropiadas a la situación. Consiguieron que se serenara.

Podía actuar y lo haría. Aquello no tenía nada que ver con Eve, ni con Luxford ni con lo sucedido entre ellos ni con la razón. Tenía que ver con Charlie, que no podía comprender la batalla que se desarrollaba entre sus padres. Y él podía hacer algo con relación a Charlie.

Cuando su hijo salió de la consulta del dentista, Dennis Luxford esperó un momento para hacer sonar la bocina. El sol de la mañana bañaba a su hijo, y la brisa agitaba su cabello rubio. Miró a derecha e izquierda, y arrugas de perplejidad aparecieron en su frente. Esperaba ver el Mercedes de Fiona, aparcado a tres edificios de distancia de la consulta del señor Wilcot, donde le había dejado una hora antes. Lo que no esperaba era descubrir que su padre había decidido comer con él a solas antes de devolverle a su escuela de Highgate.

– Yo iré a buscarle -había dicho Luxford a Fiona cuando su mujer estaba a punto de salir de casa para ir a recoger a su hijo v acompañarle a la escuela. Le miró con expresión dubitativa-. Dijiste que quería hablar conmigo, querida. Sobre Baverstock, ¿recuerdas?

– Eso fue ayer por la mañana -replicó Fiona.

No había reproche en sus palabras. No estaba enfadada porque se hubiera levantado demasiado tarde para conversar con su hijo durante el desayuno. Tampoco lo estaba porque anoche hubiera llegado pasada la medianoche. No tenía ni idea de que había esperado en vano hasta pasadas las once un mensaje de Eve Bowen, dándole permiso para contar la verdad sobre Charlotte en la primera página. Para Fiona, lo de anoche había sido otra intrusión necesaria en sus vidas, debido al trabajo de Luxford. Sabía que sus horarios eran imprevisibles, y sólo le estaba ofreciendo los hechos, como siempre: Leo había manifestado la intención de hablar con su padre dos días antes. Había planeado la conversación para la mañana del día anterior. Fiona no estaba segura de que aún quisiera hablar con su padre. Tenía buenos motivos para pensar así. Leo era tan variable como el clima inglés.

Luxford hizo sonar la bocina. Leo se giró en su dirección y su cabello salió disparado hacia adelante (el sol encendió sus extremos como un halo). Una sonrisa iluminó su rostro, una sonrisa encantadora, muy parecida a la de su madre, y siempre que la veía el corazón de Luxford se estrangulaba en el momento exacto en que su mente ordenaba a Leo que se endureciera, cambiara, caminara con los puños apretados y pensara como un gamberro. Naturalmente, Luxford no deseaba que su hijo fuera un gamberro, pero si conseguía que pensara como uno (incluso como la décima parte de uno), su manera de enfrentarse a la vida no sería tan preocupante.

Leo saludó con la mano. Se colgó la mochila a la espalda, dio un pequeño brinco y caminó con aire alegre en dirección a su padre. Luxford observó que los faldones de su camisa blanca colgaban fuera de los pantalones, por debajo de su jersey azul marino de uniforme. A Leo le gustaba el aspecto de aquel desaliño. La falta de interés en el aseo personal no formaba parte del carácter de Leo, pero sí de cualquier niño normal.

Leo subió al Porsche.

– ¡Papi! -dijo, y se corrigió de inmediato-. Hola, papá. Estaba buscando a mamá. Dijo que estaría en la panadería. Allí. Apuntó un dedo en aquella dirección.

Luxford aprovechó la oportunidad para echar un vistazo a las manos de Leo. Estaban perfectamente limpias, con las uñas cortadas, sin suciedad debajo de ellas. Luxford catalogó aquella información junto con todo lo demás que le preocupaba de su hijo. Se sentía impaciente al respecto. ¿Dónde estaba la suciedad, las costras, los arañazos? Maldición, estaba mirando las manos de Fiona, de dedos largos y ahusados, y uñas ovaladas, con medias lunas perfectas en las cutículas. ¿Había transmitido algo de su material genético a su hijo?, se preguntó Luxford. ¿Por qué la similitud en la apariencia debía acarrear también una similitud en todo lo demás? Leo iba a heredar incluso la altura esbelta de su madre, no el cuerpo fornido de Luxford, y Luxford había dedicado muchas horas a pensar qué uso haría Leo de su cuerpo. Quería pensar en su hijo como en un corredor de fondo, un corredor de vallas, un saltador de altura, un saltador de distancia, un saltador de pértiga. No quería pensar en su hijo como Leo pensaba de sí mismo: un bailarín.

– Tommy Tune es muy alto -había señalado Fiona cuando Luxford dijo no a un par de zapatos de claqué que Leo quería para su cumpleaños-¿Y Fred Astaire no era alto, querido?

– Esa no es la cuestión -replicó Luxford con los dientes apretados-. Por el amor de Dios, Leo no será bailarín, y no va a tener zapatos de claqué.

De modo que Leo había tomado la iniciativa. Pegó con cola peniques en las punteras y los tacones de su mejor par de zapatos y bailó claqué enérgicamente sobre las losas de la cocina. Fiona había calificado aquel comportamiento de ingenioso. Luxford lo había llamado destructivo y desobediente, y confinó dos semanas a Leo en su habitación como castigo. A Leo no le importó demasiado el castigo. Se quedó muy contento en su habitación, leyó sus libros de arte, cuidó de sus pinzones y reordenó las fotografías de los bailarines que admiraba.

– Al menos es baile moderno -señaló Fiona-. No es que quiera estudiar ballet.

– Ni hablar, y es mi última palabra -dijo Luxford, e investigó que el Colegio Masculino Baverstock no hubiera añadido baile (claqué o el que fuera) a su plan de estudios desde que había sido alumno.

– Íbamos a tomar pastas de té -dijo Leo-. Mamá y yo. Después del dentista. Tengo toda la boca entumecida. Supongo que no habría disfrutado mucho comiéndolas. ¿Mi boca no te parece peculiar, papá? Siento una sensación muy rara.

– Tu boca está bien -dijo Luxford-. He pensado que podríamos ir a comer, si puedes saltarte otra hora de escuela y si no sientes molestias en la boca.

Leo sonrió.

– ¡Chachi pirulí! -Se retorció en su asiento y cogió el cinturón de seguridad-. El señor Poner quiere que cante un solo el día de los Padres. Me lo dijo ayer. ¿Te lo contó mamá? Será un aleluya. -Volvió a enderezarse-. De hecho, no es un solo, porque el resto del coro también catará, pero hay una parte en la que cantaré solo durante un minuto entero. Supongo que eso se considera un solo, ¿verdad?

Luxford tuvo ganas de preguntar a su hijo si podría hacer otra cosa el día de los Padres, como preparar un proyecto científico o pronunciar un discurso en el que exhortara a sus compañeros a la rebelión política, pero se mordió la lengua y puso en marcha el coche.

– Me encantará escucharte -dijo-. Siempre quise estar en el coro de Baverstock -mintió-. Tienen uno muy bueno, pero yo desafinaba. Si cantaba algo, siempre sonaba como piedras agitadas en un cubo.

– ¿De veras? -Leo olfateaba las mentiras con una desconcertante perspicacia, también heredada de su madre-. Qué curioso. Nunca habría supuesto que querías estar en un coro, papá.

– ¿Por qué no?

Luxford miró a su hijo. Leo apretaba los dedos con delicadeza sobre su labio superior, intentaba descubrir el grado de entumecimiento de su boca.

– Supongo que el dentista podría machacarte el labio y no te darías cuenta -dijo el niño con aire pensativo-. Supongo que podrías comértelo, y tampoco te darías cuenta. Que brillante, ¿verdad? -Y entonces, como su madre, el inesperado cambio de conversación, como si quisiera coger por sorpresa al oyente-. Deberías pensar que estar en el coro era de maricas, ¿verdad, papá?

Luxford no estaba dispuesto a que le distrajera del tema de conversación elegido por él. Tampoco iba a permitir que su hijo convirtiera la conversación en un análisis de su padre. Ya tenía bastante con Fiona.

– ¿Te he dicho que Baverstock tiene una escuela de navegación en canoa? Eso no existía en mis tiempos. Practican en la piscina, porque son canoas individuales, y una vez al año hacen una expedición al Loira. -¿Había captado un destello de interés en la cara de Leo? Luxford decidió que sí y continuó-. Lo de las canoas es una de las actividades extraescolares. Fabrican sus propias canoas, y durante las vacaciones de Pascua se van una semana de acampada y practican deportes de riesgo. Escalada, ala delta, tiro al blanco, primeros auxilios. Esa clase de cosas.

Leo bajó la cabeza. El cinturón de seguridad había arrugado su jersey. Estaba acariciando la hebilla del cinturón de seguridad.

– Te va a gustar más de lo que piensas -dijo Luxford, buscando un tono que indicara su fe en la completa colaboración de Leo. Giró en lo alto de Highgate Hill y se dirigió hacia la calle mayor-. ¿Dónde comemos?

Leo se encogió de hombros. Luxford vio que se estaba mordisqueando el labio.

– No hagas eso, Leo -dijo-. Mientras esté entumecido, no.

Dio la impresión de que Leo se hundía más en el asiento.

Como su hijo no sugería nada, Luxford escogió al azar. Encajó el Porsche en un hueco cercano a una cafetería de aspecto elegante, en Pond Square. Guió a Leo al interior, sin hacer caso de que el habitual paso decidido de su hijo se hubiera transformado en una marcha lenta y exánime. Le dijo que se sentara a una mesa, le acercó una carta de color marfil laminada y leyó en voz alta los platos especiales del día escritos en la pizarra iluminada.

– ¿Qué querrás? -preguntó.

Leo volvió a encogerse de hombros. Dejó la carta sobre la mesa, apoyó la mejilla en la palma y golpeó una pata de la mesa con el tacón del zapato. Suspiró y dio vueltas al jarrón que había en el centro de la mesa con la otra mano. Reordenó el ramo de flores blancas y las hojas para que se vieran desde todos los ángulos. Lo hizo como sin darse cuenta, una actividad innata que ponía los pelos de punta a su padre y destruía su paciencia.

– ¡Leo! -La voz de Luxford había perdido su afabilidad paternal.

Leo apartó enseguida los dedos del jarrón. Alzó la carta y fingió estudiarla.

– Sólo me estaba preguntando… -dijo en voz baja, con la barbilla adelantada para dar a entender que se lo preguntaba a sí mismo.

– ¿Qué? -preguntó Luxford.

– Nada.

El pie golpeó la pata de nuevo.

– Me interesa. ¿Qué?

Leo señaló las flores con un gesto.

– Por qué la lunaria de mamá tiene flores más pequeñas que éstas.

Luxford dejó su carta con cuidado. Paseó la vista desde las flores (cuyo nombre no habría sido capaz de pronunciar ni bajo amenaza de muerte) hasta su cargante hijo. El Colegio Masculino Baverstock era lo que necesitaba, sin duda. Cuanto antes mejor. Sin ella, en un año más las excentricidades de Leo ya no tendrían remedio. ¿Cómo demonios sabía las cosas que sabía? Fiona hablaba de ellas, cierto, pero Luxford sabía que su mujer no daba clases a Leo sobre las maravillas de la botánica, ni le alentaba a devorar libros o admirar a Fred Astaire.

– Dennis, no te entiendo -había dicho Fiona más de una vez por las noches, mucho después de que Leo se hubiera acostado-. Tiene su propia personalidad, y es una personalidad adorable. ¿Por qué intentas convertirle en ti?

Pero Luxford no intentaba convertir a Leo en una versión en miniatura de sí mismo, sino en una versión en miniatura del futuro adulto Leo. No quería ni pensar en que el Leo actual fuera una forma larval del futuro Leo. El chico sólo necesitaba consejo, una mano firme y unos años de interno en un colegio.

Cuando la camarera vino a tomar nota, Luxford pidió el plato especial de ternera. Leo se estremeció.

– Son vacas pequeñitas, papá -dijo, y escogió queso fresco y emparedado de piña-. Con patatas fritas -añadió, y dijo a su padre en una típica exhibición de sinceridad-: Cargan un extra.

– Estupendo -replicó Luxford.

Pidieron las bebidas, y cuando la camarera se fue, los dos contemplaron la lunaria que Leo había reordenado.

Era temprano para comer (faltaba poco para las doce) y tenían casi todo el restaurante para ellos solos. Sólo había dos mesas más ocupadas, al otro extremo del local y protegidas por árboles plantados en macetas, de modo que no tenían grandes posibilidades de distracción. Mejor, decidió Luxford, porque debían entablar su conversación.

Hizo la primera maniobra.

– Leo, sé que no te hace nada feliz ir a Baverstock. Tu madre me lo ha dicho. Has de saber que yo no tomaría una decisión como ésta si no pensara que es lo mejor para ti. Fue mi colegio, ya lo sabes. Hizo maravillas por mí. Me moldeó, me proporcionó firmeza moral, confianza en mí mismo. Hará lo mismo por ti.

Leo siguió la dirección que Fiona había predicho. Su pie golpeó rítmicamente la pata de la silla mientras hablaba.

– El abuelo no fue allí. Tío Jack tampoco.

– Bien. De acuerdo. Pero quiero más para ti de lo que ellos tienen.

– ¿Qué tiene de malo la tienda y el aeropuerto?

Era una pregunta inocente, formulada con voz inocente y serena, pero Luxford no estaba dispuesto a enzarzarse en una discusión sobre la tienda de electrodomésticos de su padre ni sobre el empleo de su hermano en la seguridad de Heathrow. A Leo le habría gustado, pues habría centrado la conversación en otra persona y tal vez provocado un giro completo si jugaba sus cartas con habilidad. Pero en aquel momento Leo no detentaba el control.

– Es un privilegio ir a un colegio como Baverstock.

– Tú siempre dices que los privilegios son tonterías -objetó Leo.

– No me refiero a esa clase de privilegios. Quiero decir que poder ir a un colegio como Baverstock no se puede rechazar así como así, puesto que cualquier muchacho en su sano juicio ocuparía sin vacilar tu plaza.

Luxford vio que su hijo jugueteaba con el cuchillo y el tenedor, balanceando la hoja del primero entre los dientes del otro. No habría podido parecer menos impresionado por el privilegio que su padre intentaba explicarle. Luxford continuó.

– La enseñanza es soberbia, y puesta al día. Trabajarás con ordenadores y aprenderás ciencia avanzada. Tienen un centro de actividades técnicas donde se puede construir de todo… si tienes cabeza para eso.

– No quiero ir.

– Harás docenas de amigos, y al cabo de un año te gustará tanto que ni siquiera querrás volver a casa durante las vacaciones.

– Soy demasiado pequeño -dijo Leo.

– No seas absurdo. Casi doblas en tamaño a otros chicos de tu edad, y cuando vayas allí en otoño serás quince centímetros más alto que cualquiera de tu curso. ¿De qué tienes miedo? ¿De que te chuleen? ¿Es eso?

– Soy demasiado pequeño -insistió Leo. Se reclino en la silla y contempló la escultura que había hecho con el cuchillo y el tenedor.

– Leo, ya he dicho que tu tamaño…

– Sólo tengo ocho años -replicó el niño. Miró a su padre con aquellos ojos azules (el muy cabroncete hasta tenía los ojos de Fiona) anegados en lágrimas.

– No llores, por el amor de Dios -dijo Luxford. Lo cual, por supuesto, provocó que las compuertas se abrieran-. ¡Leo! -Pronunció su nombre con la mandíbula tensa-. ¡Leo, por el amor de Dios!

El muchacho bajó la cabeza hasta la mesa. Sus hombros se estremecieron.

– Basta -siseó Luxford-. Enderézate. Ahora mismo. Leo intentó controlarse, pero terminó sollozando.

– No… p… puedo. Papá, no… puedo.

La camarera eligió aquel momento para llegar con la comida.

– ¿Quiere que…? -dijo-. ¿El chico está…? -Se detuvo vacilante a tres pasos de la mesa, con un plato en cada mano y una expresión de simpatía en la cara-. Oh, pobre pequeño -dijo como si arrullara a un pájaro-. ¿Le traigo algo especial?

«Firmeza moral -pensó Luxford-, pero dudo que esté en la carta.»

– Está bien -dijo-. Leo, aquí tienes tu comida. Enderézate.

Leo alzó la cabeza. Su cara parecía moteada, como piel de fresa. Su nariz había empezado a moquear. Exhaló un suspiro. Luxford sacó su pañuelo y se lo pasó.

– Suénate -dijo-, y luego come.

– A lo mejor le agrada un dulce -dijo la camarera-. ¿Te apetece, cariño? ¡Qué cara más bonita! -dijo en voz baja a Luxford-. Parece uno de esos ángeles pintados.

– Gracias -dijo Luxford-, pero es todo cuanto necesita en este momento.

¿Y después de aquel momento? Luxford no lo sabía. Cogió el cuchillo y el tenedor y troceó la ternera. Leo dibujó desconsolados garabatos con ketchup sobre su montaña de patatas fritas. Dejó el frasco y contempló el plato, con los labios temblorosos. Se avecinaban más lágrimas.

– Come, Leo -dijo Luxford mientras masticaba la ternera que, para su sorpresa, estaba absolutamente deliciosa, fuera de vaca pequeñita inocente o no.

– No tengo hambre. Me noto la boca rara.

– Leo, he dicho que comas.

Leo sorbió por la nariz y ensartó una sola patata, de la que mordió un pedazo minúsculo que procedió a masticar. Luxford pinchó más ternera y miró a su hijo. Leo dio un segundo mordisquito a la patata, y después un tercero aún más pequeño. Siempre había sido un artista en traslucir desafío mediante un acto de aparente obediencia. Luxford sabía que podía obligarle a comer como era debido, pero no quería otra ronda de lágrimas en público.

– Leo -dijo.

– Estoy comiendo.

Leo cogió la mitad del emparedado y lo sostuvo de tal forma que la tercera parte del queso y la piña resbalaron entre las rebanadas de pan y cayeron sobre la mesa.

– Oh -dijo.

– Te estás portando como un… -Luxford buscó la palabra mientras oía la voz razonable de su mujer que decía. «Se está portando como un niño porque es un niño, Dennis. ¿Por qué esperas que sea lo que no puede ser, si sólo tiene ocho años? El no espera nada irracional por tu parte.»

Leo recogió con los dedos el queso y la piña y los puso sobre las patatas. Vertió más ketchup sobre la mezcla y la revolvió con el dedo índice. Intentaba poner a prueba a su padre, y éste lo sa bía. No necesitaba leer alguno de los libros de psicología de Fiona para saberlo. Tampoco tenía la intención de que le pusiera a prueba.

– Sé que te asusta marcharte lejos -dijo. Cuando los labios del niño empezaron a temblar de nuevo, se apresuró a añadir-: Es normal, Leo, pero Baverstock no está tan lejos. Sólo queda a ciento veinte kilómetros de casa.

Leyó en la cara del niño que «sólo queda a ciento veinte kilómetros» equivalía a la distancia de la Tierra a Marte, con su madre en un planeta y él en otro. Luxford sabía que, dijera lo que dijese, nada iba a alterar el hecho de que cuando Leo fuera a Baverstock, Fiona no iría con él.

– Tendrás que confiar en mí, hijo -dijo por fin-. Algunas cosas se hacen con la mejor de las intenciones, y ésta es una de ellas, créeme. Ahora, come.

Dedicó toda su atención a la comida, y sus gestos dieron a entender que la discusión había terminado, pero no había ido como él pretendía, y la solitaria lágrima que resbalaba por la mejilla de Leo le reveló que había metido la pata. Fiona se lo confirmaría por la noche.

Suspiró. Le dolían los hombros, una manifestación física de todo lo que debía soportar en aquel momento. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. No podía lidiar al mismo tiempo con Leo, Fiona, las patéticas bellaquerías de Sinclair Larnsey, Eve, lo que estuviera tramando Rod Aronson, cartas anónimas, llamadas telefónicas amenazadoras y, sobre todo, la desaparición de Charlotte.

Había intentado apartar de su mente a la niña y lo había logrado durante casi toda la mañana, diciéndose que el pecado de la inacción recaería sobre la cabeza de Evelyn si algo le pasaba a Charlotte. El no era parte de su vida (por expreso deseo de su madre), y nada de lo que hiciera cambiaría la situación. No era responsable de lo ocurrido a la niña. Aunque en realidad sí lo era. De la única y más profunda manera, era totalmente responsable de Charlotte, y lo sabía.

La noche anterior se había sentado ante su escritorio con la mirada clavada en el teléfono.

– Vamos, Evelyn. Telefonéame -repitió una y otra vez, hasta que ya no pudo retener más las rotativas.

Había escrito la historia. Los nombres, las fechas y los lugares estaban incluidos. Sólo necesitaba una llamada telefónica de ella, y la historia se publicaría en la primera página, donde su secuestrador la quería, y Charlotte quedaría en libertad y volvería a casa. Pero la llamada telefónica no se había producido. El periódico había salido con la historia del chapero en primera plana. Y ahora, Luxford esperaba que la tormenta se desatase.

Intentó decirse que el secuestrador se limitaría a llevar la historia a otro periódico, y la elección más lógica era el Globe. No obstante, en el momento en que casi había logrado convencerse de que el muy bastardo sólo buscaba publicidad, oyó de nuevo la voz al otro extremo de la línea. «La mataré si no publicas la historia.» Y no sabía qué parte del mensaje adquiría preponderancia en la mente del secuestrador: la amenaza de matar, la exigencia de sacar a la luz la historia, o la condición de que la historia se publicara en el periódico de Luxford.

El no publicar la historia suponía un farol que, de entrada, no tenía derecho a suponer. El hecho de que Evelyn hiciera lo mismo no mitigaba su angustia. Había dejado claro en Harrod's que le consideraba responsable de la desaparición de Charlotte, daba por sentado que él se estaba tirando un farol, convencida de que nunca levantaría la mano para hacer daño a su propia hija.

Sólo se le ocurría una solución. Tenía que cambiar la convicción de Evelyn. Tenía que hacer frente a sus pautas mentales y obligarla a comprender que no era el hombre que ella pensaba.

Pero no sabía cómo hacerlo.

9

Helen Clyde no recordaba cuándo había oído por primera vez la expresión «encontrar una mina de oro». Debió de ser en algún diálogo de las películas de detectives americanos que veía con su padre durante sus años de formación. Su padre era un fanático de los detectives privados más duros e inflexibles. Cuando no estaba enfrascado en alguna de sus piruetas financieras, leía a Raymond Chandler y Dashiell Hammett, a la espera de que la siguiente película de Humphrey Bogart fuera emitida por enésima vez por televisión. Prefería a Humphrey Bogart por encima de todos. En ocasiones desesperadas, cuando Sam Spade y Philip Marlowe se habían ausentado de la BBC para una misión, el padre de Helen tenía que conformarse con sus pálidos alter egos de los últimos años. De ahí debía venir «encontrar una mina de oro», una semilla del diálogo plantada en su mente durante las interminables horas pasadas ante las imágenes en movimiento procedentes del tubo de rayos catódicos. La semilla floreció por completo durante sus esfuerzos matutinos en los alrededores de Cross Keys Close, en Marylebone. Y una mina de oro fue lo que encontró cuando interrogó al habitante del número 4.

En casa de St. James, a las nueve y media de la mañana, habían dividido el trabajo en tres partes. St. James seguiría la pista de Breta, a partir de la escuela Geoffrey Shenkling. Deborah recogería una muestra de la caligrafía de Dennis Luxford para eliminarle como posible autor de las notas de secuestro. Helen interrogaría a los vecinos de Cross Keys Close para averiguar si alguien había merodeado por la zona en los días previos a la desaparición de Charlotte.

– Lo de Luxford es casi innecesario -dijo St. James-. No puedo creer que escribiera la nota él mismo, si raptó a la niña, pero hemos de eliminarle de facto. De modo que, amor mío, si no te importa acercarte al Source…

Deborah enrojeció.

– Dios mío, Simon. Soy terrible para estas cosas. Ya lo sabes. ¿Qué demonios voy a decirle?

– La verdad -replicó St. James.

Deborah no parecía muy convencida. Toda su experiencia en aquellos asuntos se reducía, de momento, a un contacto de forzar una puerta en compañía de Helen, cuatro años atrás, y aun en ese caso Helen había tomado la iniciativa y pedido a Deborah que la siguiera como un soldadito obediente.

– Piensa en Miss Marple, querida -dijo Helen-. O en Tuppence. Piensa en Tuppence. O en Harriet Vane.

Por fin, Deborah decidió llevarse las cámaras, como un impermeable que la protegiera del tiempo inclemente de lo desconocido.

– Al fin y al cabo, es la redacción de un periódico -explicó angustiada, temiendo que St. James y Helen la obligaran a salir de Chelsea desarmada-. No me sentiré tan violenta si me llevo las cámaras. No pareceré fuera de lugar. Allí también habrá fotógrafos, ¿verdad? Montones de fotógrafos. ¿En la redacción de un periódico? Claro que sí. Por supuesto.

– De incógnito -exclamó Helen-. Eso es, querida. Así me gusta. Nadie que te vea se fijará en ti, y al señor Luxford le gustará tanto el detalle que colaborará en todo. Deborah, has nacido para esto.

Deborah había lanzado una risita. Había recogido las cámaras y marchado. St. James y Helen habían hecho lo mismo.

Desde que la había dejado en la esquina de Marylebone High Street con Marylebone Lane, para luego dirigirse hacia Edgware Road, Helen había estado haciendo preguntas. Había empezado en los comercios de Marylebone Lane, y ceñía sus preguntas a la desaparición de una niña cuya fotografía enseñaba brevemente una vez, pero cuyo nombre callaba. Helen había depositado todas sus esperanzas en el propietario del Golden Hind Fish and Chips Shop. Como Charlotte siempre pasaba por allí los miércoles antes de la clase de música, ¿qué mejor lugar para alguien donde esperarla y vigilarla, sentado a una de las cinco mesas de patas inestables? Había una ideal a tal efecto, encajada en una esquina detrás de una máquina tragaperras, pero desde la cual se podía ver a cualquiera que pasara por Marylebone Lane.

Sin embargo, el propietario de la tienda, pese a las frases de aliento de Helen, que las murmuraba como si fueran mantras, tipo «Pudo haber sido un hombre, o una mujer, o ser alguien a quien usted no hubiera visto nunca», meneó la cabeza y siguió llenando de aceite vegetal una de sus espaciosas cubas de cocinar. Puede que hubiera alguien nuevo merodeando, dijo, pero ¿cómo iba a saberlo? Su tienda siempre estaba llena, gracias a Dios en los tiempos que corrían, y si un desconocido entraba para zamparse un buen trozo de bacalao, él podía pensar que era uno de los ejecutivos de Bulstrode Place. Ahí debería preguntar, en cualquier caso. Los edificios donde trabajaban tenían ventanas panorámicas que daban a la calle. Más de una vez había visto a una secretaria o a un empleado mirar por la ventana, en lugar de ocuparse de su trabajo. Por eso todo el país se estaba yendo al carajo. La ética del trabajo ya no existía. Demasiadas fiestas en el ramo bancario. Todo el mundo con la mano extendida, a ver si el gobierno le dejaba algo en la palma. Cuando tomó aliento para explayarse sobre el tema, Helen se apresuró a darle las gracias y le dejó la tarjeta de St. James. Si por casualidad recordaba algo…

Los negocios situados a espaldas de Bulstrode Place ocuparon varias horas de su tiempo. Tuvo que echar mano de todos sus recursos, apelar a una combinación de persuasión y engaño para salvar el obstáculo de recepcionistas y personal de seguridad, con el fin de acceder a alguien que tuviera un despacho o una mesa cerca de las ventanas que daban a Bulstrode Place y Marylebone Lane. Una vez más, no obtuvo nada de provecho, salvo una dudosa oferta de empleo para un trabajo más que dudoso de un ejecutivo lujurioso.

La cosa no mejoró en el pub Prince Albert, donde el cantinero acogió su pregunta con una carcajada incrédula.

– ¿Alguien merodeando? ¿Alguien que pareciese fuera de lugar? -rió-Cariño, estamos en Londres. Los holgazanes son mi negocio. ¿Qué parece fuera de lugar en estos tiempos? A menos que alguien entrara babeando sangre como un vampiro, no me daría cuenta. Y hasta es posible que ni en ese caso, teniendo en cuenta los tiempos que corren. Mi única pregunta es si tienen dinero para pagar sus copas.

Después, inició su penosa andadura por Cross Keys Close. Nunca había estado en un barrio de Londres que le recordara tanto las andanzas de Jack el Destripador. Incluso a pleno día, la zona le ponía los pelos de punta. Altos edificios se alzaban a cada lado de estrechas callejuelas, de modo que sólo algún ocasional rayo de sol penetraba en la oscuridad, silueteaba una hilera de tejados y formaba un charco caprichoso frente a alguna puerta afortunada. No había nadie en la zona, lo cual sugería la posibilidad de que la presencia de un extraño llamara la atención, pero tampoco había nadie en la mayoría de las ratoneras que pasaban por viviendas.

Evitó la casa de Damien Chambers, si bien tomó nota de la música de teclado eléctrico que se oía tras la puerta cerrada. Se concentró en los vecinos del profesor de música e investigó en ambos lados de la angosta calle adoquinada. Sus únicos acompañantes eran dos gatos (uno de color jengibre y otro atigrado, al parecer aquejado de un hambre ancestral) y un pequeño ser peludo de hocico puntiagudo. Se deslizaba sobre unas patas diminutas a lo largo de la fachada de un edificio. Su presencia le reveló que cuanto más breve fuera su estancia en la zona, mejor.

Helen exhibió la fotografía de Charlotte y explicó su desaparición. Eludió contestar preguntas obvias como ¿quién es? o ¿la niña vive por aquí?, y fue al grano una vez finalizados los preliminares: es muy posible que la niña hubiese sido secuestrada. ¿Habían visto a alguien rondar por allí ¿Alguien sospechoso? ¿Alguien que se entretuviera demasiado rato?

En el número 1 y el 3, dos mujeres cuyos televisores rugían el mismo programa de entrevistas, recibió la misma información que Simon y ella habían recibido de Damien Chambers el miércoles por la noche: el lechero, el cartero y el repartidor eran las únicas personas que habían visto en las callejuelas. Del número 6 al 9 recibió miradas inexpresivas. De media docena más no recibió nada, porque no había nadie en casa. Y entonces le tocó el gordo en el número 5.

Cuando llamó a la puerta, pensó que estaba bien encaminada. Miró hacia arriba por casualidad (de la misma manera que había paseado la vista alrededor mientras recorría el laberinto de callejuelas) y vio una cara enjuta que la observaba subrepticiamente por una rendija de las cortinas desde la única ventana de un primer piso. Alzó una mano a modo de saludo y trató de aparentar la mayor inocencia.

– ¿Puedo hablar un momento con usted, por favor? -dijo, y vio que los ojos se entornaban.

Le dedicó una sonrisa alentadora. La cara desapareció. Llamó otra vez. Transcurrió casi un minuto, y entonces la puerta se abrió unos centímetros.

– Muchas gracias -dijo Helen-. Sólo será un momento. Buscó en el bolso la foto de Charlotte.

Los ojos de la cara enjuta la miraron con cautela. Helen no estaba segura de si pertenecían a un hombre o una mujer, puesto que iba vestido de una forma asexuada, con un chándal verde y zapatillas.

– ¿Qué quiere? -preguntó Cara Enjuta.

Helen sacó la foto y explicó la desaparición de Charlotte. Cara Enjuta cogió la foto con una mano manchada por la edad y la sostuvo entre unos dedos de uñas rojo brillante. Aquello, al menos, zanjaba la cuestión del sexo, a menos que se tratara de un travestido anciano.

– Posiblemente ha desaparecido de Cross Keys Close -dijo Helen.

– Estamos tratando de averiguar si alguien estuvo merodeando por la zona la semana pasada.

– Pewman llamó a la policía -dijo la mujer, y devolvió la fotografía a Helen. Se secó la nariz con el dorso de la mano y movió la cabeza en dirección al número 4, en la acera opuesta-. Pewman -repitió-. No fui yo.

– ¿A la policía? ¿Cuándo?

La mujer se encogió de hombros.

– Había un vagabundo a principios de semana. Ya sabe, esos tipos que hurgan los cubos de la basura en busca de comida. A Pewman no le gustan. Bueno, a ninguno de nosotros, pero fue Pewman quien llamó a la policía.

Helen asimiló la información. Habló con rapidez, antes de que la mujer decidiera que ya había hablado bastante y cerrara la puerta.

– ¿Está diciendo que había un vagabundo en el barrio, señora…?

Esperó a poder adjudicar un nombre a la mujer, una indicación de la creciente cordialidad y confianza que nacía entre ellas. Enjuta no pensaba lo mismo. Se pasó la lengua por los dientes y dedicó a Helen una mirada esclarecedora de que entre ambas la amistad era imposible. Helen continuó.

– ¿Ese vagabundo estuvo aquí varios días? Y Pewman… ¿el señor Pewman? ¿Llamó a la policía?

– El agente le ahuyentó. -Sonrió. Helen vio sus dientes y se prometió visitar a su dentista con mayor regularidad-. Yo lo vi. El vagabundo cayó dentro del cubo de la basura, protestando de la brutalidad policial. Pero lo hizo Pewman. Llamó a la policía. Pregúntele a él.

– ¿Puede describir al…?

– Hummm. Ya lo creo. Era apuesto. Un tipo serio. Cabello oscuro, como un casco. Muy agradable y pulcro. Labios gruesos. Daba sensación de autoridad.

– Oh, querida, lo siento -dijo Helen, y consiguió que su voz aún sonara cordial y paciente-. Me refería al vagabundo, no al policía.

– Ah, ése. -La mujer se enjugó la nariz de nuevo-. Iba vestido de marrón, como los soldados.

– ¿Caqui?

– Eso. Todo arrugado, como si hubiera dormido vestido. Botas pesadas, sin cordones. Mochila… una de esas cosas grandes.

– ¿Un macuto?

– Eso es. Exacto.

La descripción coincidía con la de unos diez mil hombres que vagaban a la sazón por Londres. Helen insistió.

– ¿Le llamó la atención algo en especial? Una característica física. Su cabello, por ejemplo. Su cara, su cuerpo…

Se había equivocado de pregunta. La mujer sonrió y dedicó a Helen otra exhibición de sus dientes.

– Miraba al poli más que a él. El poli tenía un bonito culito. Me gustan los hombres con el culo prieto, ¿y a usted?

– Desde luego. Soy una apasionada de los traseros masculinos prietos. En cuanto al otro hombre…

La mujer sólo se había fijado en su pelo.

– Bastante canoso. Le salía a mechones pringosos por debajo de una gorra de punto. La gorra… -Hurgó con una uña entre dos dientes mientras pensaba-. Color azul marino. Pewman telefoneó a la bofia cuando empezó a rebuscar en su cubo de basura. Pewman sabrá describir su aspecto mejor que yo.

Pewman lo sabía, gracias a Dios. Y estaba en casa, aún más gracias a Dios. Escritor de guiones, explicó, y Helen le había sorprendido en mitad de una frase, de manera que si no le importaba…

Helen se refirió al vagabundo sin más explicaciones.

– Ah, sí -dijo Pewman-, me acuerdo de él.

Proporcionó a Helen una descripción que la maravilló de sus dotes de observación. El hombre tenía entre cincuenta y sesenta años, mediría un metro setenta y cinco, tenía la cara morena y arrugada, como si hubiera tomado mucho el sol, los labios agrietados y blancos a causa de la piel muerta, las manos encallecidas, cubiertas de cortes en el dorso, y llevaba los pantalones sujetos mediante una cinta marrón pasada por las presillas del pantalón.

– Y llevaba un zapato con alzas -concluyó Pewman.

– ¿Con alzas?

– Sí, una suela era más gruesa que la otra. ¿Polio en la infancia, tal vez? -Lanzó un carcajada infantil cuando observó el estupor de Helen ante sus dotes de observación-. Soy escritor -dijo a modo de explicación-. Parecía un buen personaje, así que escribí su descripción cuando le vi rebuscando en la basura. Nunca se sabe cuándo algo puede ser útil.

– Usted telefoneó a la policía, según su vecina, la señora… Helen señaló hacia el lado opuesto de la calle, donde se fijó en que su conversación era espiada desde una rendija en las cortinas.

– ¿Yo? -El hombre meneó la cabeza-. No. Pobre desgraciado. Nunca habría llamado a la bofia para denunciarle. No había gran cosa en mi cubo de la basura, podía hacer con ella lo que le diera la gana. Debió de ser otro vecino, tal vez la señorita Schickel, del número diez. -Puso los ojos en blanco y ladeó la cabeza en dirección al diez, más abajo del callejón-. Es una de esas personas que se han hecho a sí mismas, ¿sabe usted? Sobrevivió a los bombardeos alemanes, etcétera. No soportan a los pobres. Debió de decirle al pobre diablo que se largara, y como no lo hizo, telefoneó a la bofia. No paró de telefonear hasta que vinieron y le apalizaron.

– ¿Vio cómo le apalizaban?

No lo había visto, dijo el hombre. Sólo había visto que hurgaba en la basura. No sabía con exactitud cuánto tiempo había merodeado por la zona, pero sabía que más de un día. Pese a su falta de tolerancia por el prójimo caído en desgracia, era improbable que la señora Schickel hubiera llamado a la policía por una sola incursión en su basura.

¿Sabía el día exacto en que habían apalizado al vagabundo?

Pensó un momento, mientras jugueteaba con un lápiz. Luego dijo que habría sido un par de días antes. Tal vez el miércoles. Sí, el miércoles, sin duda, porque su madre le había telefoneado el miércoles, y mientras hablaba con ella había mirado por la ventana y visto al pobre diablo. No había visto al hombre desde entonces, ahora que lo pensaba.

Fue en aquel momento cuando Helen pensó en aquella expresión detectivesca. Había encontrado un buen filón, por fin. La pista era sólida.

La existencia de una pista palió en parte la frustración de St. James. Con la bendición de la directora de la escuela Geoffrey Shenkling, había hablado con todas las niñas en posesión de un nombre que se pareciera remotamente al apodo de Breta. Había interrogado a Albertas, Brudgets, Elizabeths, Berthes, Bebettes, Ritas y Brittanys de entre ocho y doce años, de todas las razas, credos y caracteres posibles. Algunas eran tímidas. Otras estaban asustadas. Otras eran deslenguadas. Y otras estaban encantadas de salir de la clase. Pero ninguna conocía a Charlotte Bowen, ya como Charlotte, Lottie o Charlie. Y ninguna había ido a la consulta del viernes por la tarde de Eve Bowen, ya con un padre, un tutor o una amiga. St. James se había marchado de la escuela con una lista de las niñas que se habían ausentado aquel día y sus números de teléfono, con la sensación de que la escuela Shenkling era un callejón sin salida.

– Si ése es el caso, tendremos que investigar en todas las escuelas de Marylebone -dijo St. James-, mientras el tiempo sigue pasando. Lo cual favorece al secuestrador, por supuesto. Mira, Helen, si dos fuentes diferentes no nos hubieran confirmado que Breta es una amiga de Charlotte, apostaría a que Damien Chambers la había inventado el miércoles por la noche para deshacerse de nosotros.

– El que mencionara a Breta nos dio una dirección que seguir, ¿no? -observó Helen con aire pensativo.

Se habían reunido en el pub Rising Sun de la calle mayor, donde St. James estaba reflexionando inclinado sobre una Guinnes y Helen recuperaba fuerzas con una copa de vino blanco. Habían llegado durante el período de tranquilidad que se extiende entre la hora de comer y la de cenar. Aparte del cantinero, que estaba limpiando y guardando vasos en los estantes, tenían todo el bar para ellos dos.

– No me dirás que consiguió convencer a la señora Maguire y a Brigitta Walters de que confirmaran su historia sobre Breta, ¿verdad? ¿Por qué lo iban a hacer?

– La señora Maguire es irlandesa, ¿no? ¿Y Damien Chambers? Su acento era irlandés, sin duda.

– De Belfast -apuntó St. James.

– Tal vez comparten un interés común.

St. James pensó de nuevo en el cargo que ocupaba Eve Bowen en el Ministerio del Interior y la alusión de la señora Maguire al interés especial de la diputada: apretar los tornillos al IRA. Sacudió la cabeza.

– Eso no explica lo que dijo Brigitta Walters. ¿Cómo encaja en el esquema? ¿Por qué iba a contar la misma historia sobre Breta, si no era cierta?

– Tal vez nos hemos concentrado demasiado en buscar a Breta -dijo Helen-. Hemos deducido que es una amiga de la escuela o del barrio. Puede que Charlotte hubiera conocido a la niña en otro sitio. Un grupo de la parroquia, una escuela dominical, un coro…

– Nadie nos ha hablado de eso.

– ¿Niñas exploradoras?

– Nos lo habrían dicho.

– ¿Y su clase de baile? No hemos investigado sus clases de baile, y nos han hablado de ellas más de una vez.

No las habían investigado. Y era una posibilidad. También habían dejado de lado a su psicólogo. Había que seguir ambas pistas; era posible que contuvieran la clave que andaban buscando. ¿Por qué se resistían tanto a seguirlas?, se preguntó St. James. Pero ya sabía la respuesta. Engarfió los dedos y sintió que sus uñas se clavaban en la palma.

– Quiero dejar esto, Helen -dijo.

– No nos está facilitando la vida, ¿verdad?

St. James la miró un momento.

– ¿Se lo has dicho?

– ¿A Tommy? No. -Helen suspiró-. Me hizo preguntas, naturalmente. Sabe que estoy preocupada por algo, pero de momento he conseguido convencerle de que son nervios prematrimoniales.

– No le hará gracia que le mientas.

– De hecho no le he mentido. Tengo nervios prematrimoniales. Aún no estoy convencida.

– ¿Sobre Tommy?

– Sobre casarme con Tommy. Sobre casarme con quien sea. Todo eso de «hasta que la muerte nos separe» me pone frenética. ¿Cómo puedo jurar amor eterno a un hombre, cuando ni siquiera puedo ser fiel un mes a un par de pendientes? -Apartó la copa, como para dar por zanjado el tema-. Pero he averiguado algo que nos alegrará el día.

Se lanzó a la explicación, y ésta consiguió atenuar la frustración de St. James. La presencia del vagabundo en Cross Keys Close era la primera información que encajaba con otra información que ya poseían.

– Los edificios abandonados de George Street -dijo St. James con tono pensativo, después de meditar unos momentos sobre la información de Helen-. Deborah me habló de ellos anoche.

– Por supuesto -dijo Helen-. Serían el refugio perfecto para un vagabundo, ¿verdad?

– Serían perfectos para algo, desde luego -contestó St. James, y vació su vaso-. Vamos a trabajar.

Deborah se estaba impacientando. Había empezado el día esperando dos horas a Dennis Luxford en la recepción del Source, y su única distracción consistía en ver ir y venir a los periodistas.

Cada media hora, iba a preguntar al mostrador, pero la respuesta a su pregunta siempre era la misma: el señor Luxford aún no ha llegado. Y no, era muy improbable que entrara por detrás. Cuando insistió en que la recepcionista telefoneara al despacho de Dennis Luxford para comprobar que el director aún no había llegado, la joven lo había hecho con la desgana propia de una adolescente.

– ¿Está ahí? -preguntó por teléfono la recepcionista.

Su placa decía que se llamaba Charity, un nombre muy poco apropiado, en opinión de Deborah.

Una hora después del almuerzo, Deborah salió del edificio en busca de alimento. Lo encontró en un bar cercano a St. Bride Street, donde un plato de penne al arrabiatta, varias rodajas de pan de ajo y una copa de vino tinto no hicieron gran cosa por su aliento pero sí mucho por su estado de ánimo. Volvió a encaminarse, con cámaras y todo, hacia Farrington Street.

Esta vez, otra persona estaba esperando a Dennis Luxford, tal como Charity la informó.

– ¿Ha vuelto? No se arredra fácilmente, ¿verdad? Bien, únase a la multitud.

Deborah descubrió que entre los muchos talentos de Charity se encontraba la hipérbole. La multitud consistía en un solo hombre. Estaba sentado en el borde de un sofá de la recepción. Cada vez que alguien salía por las puertas giratorias, daba la impresión de que iba a ponerse en pie de un salto.

Deborah le saludó con afabilidad. El hombre frunció el entrecejo y se subió la manga de la camisa con brusquedad para consultar su reloj. Después se encaminó con presteza hacia el mostrador e intercambió algunas palabras airadas con Charity.

– Eh, tranquilo -dijo la joven-. No tengo motivos para mentirle, ¿verdad?

En ese momento Dennis Luxford entró por la puerta principal.

Deborah se puso en pie.

– ¿Lo ve? -dijo Charity-. Señor Luxford -llamó.

El hombre que estaba esperando al director giró en redondo.

– ¿Luxford? -preguntó.

Éste compuso una expresión de cautela. El tono de la voz no sugería que se tratara de una visita amigable. Lanzó un vistazo hacia el guardia de seguridad apostado cerca de la puerta, y éste empezó a acercarse.

– Soy Alexander Stone -dijo el hombre-. El marido de Eve. Luxford le examinó y después movió apenas la cabeza en dirección al guardia, indicándole que podía retirarse.

– Sígame -dijo, y se volvió hacia los ascensores. Fue entonces cuando vio a Deborah.

Deborah comprendió al instante que se había metido en un buen lío. Santo Dios, era el marido de Eve Bowen quien estaba esperando a Luxford, el marido de Eve Bowen, quien, por lo que le habían dicho, no sabía que Dennis Luxford era el padre de la hija de Eve Bowen. Y aquí estaba, con una expresión tal de auto-control que Deborah comprendió al instante que le habían contado la verdad y aún la estaba digiriendo. Lo cual significaba que podía hacer y decir cualquier cosa, montar una escena o recurrir a la violencia. Era lo que llamaban una furia desatada. Y el hado miserable, por no mencionar las instrucciones de su marido, la habían colocado en una posición que tal vez la obligaría a vérselas con él.

No sólo deseó que el suelo la tragara, sino también la tierra.

¿Dónde saldría si se le tragaba la tierra? ¿En China? ¿En el Himalaya? ¿En Bangladesh?

Luxford echó una mirada de curiosidad a la bolsa de su cámara.

– ¿Qué es eso? -preguntó-. ¿Trae alguna noticia?

– Luxford, quiero hablar con usted -dijo Stone.

– Y lo hará -contestó Luxford sin volverse-. Venga a mi despacho -dijo a Deborah.

Stone no estaba dispuesto a quedarse en el vestíbulo. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, les siguió. El guardia de seguridad se dispuso a intervenir. Luxford levantó una mano.

– No pasa nada, Jerry.

Pulsó el botón del piso once y los tres quedaron solos en el ascensor.

– ¿Y bien? -dijo Luxford a Deborah.

Ella se preguntó qué decir: «Necesito una muestra de su caligrafía, para que mi marido pueda comprobar que no es usted el secuestrador» sería suficiente para que Alexander Stone se arrojara al cuello de Luxford. Proyectaba suficiente antipatía para sugerir que la discreción se imponía.

– Simon me pidió que pasara -dijo-. Hay un pequeño detalle que quiere solventar.

Por lo visto, Stone se dio cuenta de que la presencia de Deborah estaba relacionada con la desaparición de su hijastra.

– ¿Qué sabe usted? -preguntó con brusquedad-. ¿Qué han descubierto? ¿Por qué coño no nos han informado de lo que está pasando?

– Simon habló con su mujer ayer por la tarde -dijo Deborah, confusa-. ¿No se lo ha dicho? -Bien, era evidente que no se lo había dicho, tonta, se reprendió Deborah-. De hecho -continuó, con la esperanza de que su voz sonara segura y firme-, le hizo un informe completo de cómo está la situación en su oficina. Quiero decir que fue a su oficina. El informe no era sobre el local.

Maravilloso, pensó. Perfectamente profesional. Se mordisqueó el labio superior. Cualquier cosa con tal de evitar echarse a temblar.

Las puertas del ascensor se abrieron en el quinto piso y dos hombres y una mujer entraron, lo cual ahorró a Deborah hundirse en más arenas movedizas verbales. Los recién llegados hablaban de política.

– Según fuentes de confianza -dijo la mujer en voz baja-, no, de veras -añadió, cuando los hombres lanzaron una risita-. Estaba cenando en Downing Street, y mientras tomaban las copas el diputado dijo a alguien que al público le da igual quién se tire a quién, siempre que los impuestos no suban. Todo es sotto voce, pero si Mitch puede obtener la confirmación…

– Pam -dijo Luxford. La mujer se volvió hacia él-. Más tarde.

La mujer desvió la vista hacia los acompañantes de Luxford. Hizo una pequeña mueca de disculpa por su indiscreción. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, se encaminó a la sala de redacción.

Luxford guió a Deborah y Alexander Stone hacia su despacho, al fondo de la sala de redacción y a la izquierda de los ascensores. Un grupo provisto de libretas y papeles rodeaba el escritorio de su secretaria, y cuando Luxford se acercó, un hombre rechoncho con chaqueta sahariana se adelantó.

– ¿Den? ¿Qué…? -Dirigió una mirada a Deborah y Stone, pero sobre todo a la bolsa de la cámara de Deborah, que dio la impresión de considerar como algún tipo de presagio-. Estaba a punto de empezar la reunión sin ti.

– Retrásala una hora -contestó Luxford.

– ¿Es prudente, Den? ¿Podemos permitirnos otro retraso? El de anoche ya fue bastante malo, pero…

Luxford indicó a Deborah y Stone que entraran en su despacho. Giró sobre sus talones.

– Estoy ocupado, Rodney -dijo-. Celebraremos la reunión dentro de una hora. Si la edición se retrasa, el mundo no se terminará. ¿Está claro?

– Eso significará otro día de pagar horas extras.

– Sí. Otro día. -Luxford cerró la puerta-. Bien -dijo a Deborah.

– Escúcheme, bastardo -intervino Stone.

Cortó el paso de Luxford hacia el escritorio. Deborah observó que era diez centímetros más alto que el director del Source, pero los dos hombres aparentaban ser igual de fornidos. Luxford no parecía un tipo que se arredrara ante un intento de intimidación.

– Señor Luxford -dijo Deborah-. De hecho es una pura formalidad, pero necesito…

– ¿Qué ha hecho con ella? -preguntó Stone-. ¿Qué ha hecho con Charlie?

Luxford ni siquiera pestañeó.

– Evelyn ha llegado a una conclusión equivocada. Es evidente que no fui capaz de convencerla, pero tal vez pueda convencerle a usted. Siéntese.

– No me diga…

– De acuerdo. Quédese de pie si quiere, pero apártese de mi camino. No estoy acostumbrado a hablar en las narices de la gente, y no pienso acostumbrarme ahora.

Stone no retrocedió. Apenas unos centímetros separaban a ambos hombres. Un músculo se agitó en la mandíbula de Stone. Luxford, en respuesta, se puso en tensión, pero habló con voz serena.

– Escuche, señor Stone. Yo no tengo a Charlotte.

– No intente decirme que alguien como usted sería incapaz de secuestrar a una niña de diez años.

– Pues no lo haré, pero le diré esto: usted no tiene ni idea de cómo es alguien como yo, y por desgracia no tengo tiempo para arrojar luz sobre el tema.

Stone señaló la pared contigua. Una hilera de primeras planas enmarcadas colgaban de ella. Plasmaban algunas de las historias más sensacionalistas del Source, desde un ménage trois entablado entre tres estrellas famosas por su rectitud, de un drama televisivo sobre la posguerra titulado, para rechifla del periódico, «Ningún hogar como éste», hasta la revelación de unas llamadas telefónicas efectuadas por la princesa de Gales desde un teléfono inalámbrico.

– No necesito que arroje más luz -dijo Stone-. Su patética excusa para ejercer el periodismo es muy clara.

– De acuerdo. -Luxford consultó su reloj-. Eso debería bastar para abreviar nuestra conversación. ¿Para qué ha venido? Vayamos al grano, porque tengo trabajo que hacer y he de hablar con la señora St. James.

Deborah, que había dejado el estuche de la cámara sobre un sofá beige pegado a la pared, aprovechó la oportunidad que Luxford le brindaba.

– Sí -dijo-. Exacto. Voy a necesitar…

– Tipos como usted se esconden -Stone avanzó un paso hacia Luxford con aire agresivo- detrás de sus trabajos, de sus secretarias y de sus voces engoladas de colegio privado, pero quiero que salga a campo abierto.

– Ya he dicho a Evelyn que ardo en deseos de salir a campo abierto. Si no ha considerado oportuno aclarárselo, no sé qué puedo hacer al respecto.

– Deje a Eve al margen.

Luxford enarcó una ceja por una fracción de segundo.

– Perdone, señor Stone -dijo, y lo esquivó para acercarse a su escritorio.

– Señor Luxford, si puedo… -dijo Deborah, esperanzada. Stone cogió el brazo de Luxford.

– ¿Dónde está Charlie? -le espetó.

Luxford clavó los ojos en las rígidas facciones de Stone.

– Suélteme -dijo con voz serena-. Y le recomiendo que no haga nada de lo que pueda arrepentirse. Yo no he secuestrado a Charlotte, y no tengo ni idea de dónde está. Como ya expliqué a Evelyn ayer por la tarde, no tengo motivos para desear que nuestra pasada relación salga a relucir en la prensa. Tengo una mujer y un hijo que no saben nada sobre la existencia de Charlotte, y créame, me gustaría que todo siguiera igual, pese a lo que usted y su mujer piensen. Si usted y Evelyn hablaran con más frecuencia, tal vez sabría…

Stone aumentó la fuerza de su presa sobre el brazo de Luxford y lo sacudió con violencia. Deborah vio que el periodista entornaba los ojos.

– Esto no tiene nada que ver con Eve. No mezcle a Eve.

– Ya está mezclada, ¿verdad? Estamos hablando de su hija.

– Y de la suya. -Stone pronunció las palabras como una maldición. Soltó el brazo de Luxford. El periodista fue hacia el escritorio-. ¿Qué clase de hombre engendra un hijo y huye de esa realidad, Luxford? ¿Qué clase de hombre no acepta las responsabilidades de su pasado?

Luxford pulsó un botón del ordenador y recogió un puñado de mensajes. Los hojeó a toda prisa, los dejó a un lado, e hizo lo mismo con una pila de cartas sin abrir. Alzó un sobre acolchado que había bajo las cartas y levantó la vista para hablar.

– Y es el pasado lo que más le preocupa, ¿no? -preguntó-. No el presente.

– ¿Qué coño…?

– Sí. El coño. Eso es. Dígame, señor Stone, ¿qué es lo que más le preocupa esta tarde? ¿La desaparición de Charlotte o el que me follara a su mujer?

Stone se lanzó hacia adelante. Deborah hizo lo mismo, asombrada por la rapidez de su reacción. Stone se inclinó sobre el escritorio y extendió las manos para agarrar a Luxford. Deborah le cogió el brazo izquierdo y lo apartó de un tirón.

Stone se giró hacia ella. Estaba claro que había olvidado su presencia. Cerró el puño y se dispuso a atizarla. Deborah intentó apartarse, pero no fue lo bastante rápida. El puñetazo la alcanzó con fuerza en un lado de la cabeza y cayó al suelo.

Deborah oyó maldiciones por encima del zumbido de sus oídos.

– ¡Llamen a un guardia de seguridad! -oyó ladrar a Luxford-. ¡Ahora mismo!

Vio pies y la parte inferior de unos pantalones.

– Oh, Jesús -oyó decir a Stone-. Joder.

Sintió una mano en su espalda y otra sobre su brazo.

– No -dijo-. Estoy bien. De veras. Estoy muy… No es nada… La puerta del despacho se abrió.

– ¿Den? -dijo otra voz masculina-. ¿Den? Dios mío, si puedo… -¡Lárgate de aquí!

La puerta se cerró.

Deborah consiguió sentarse. Vio que era Stone quien la ayudaba. Su cara había adquirido el color de la masa del pan.

– Lo siento -dijo el hombre-. No quería… Jesús, ¿qué ocurre?

– Apártese -dijo Luxford-. Mierda, le he dicho que se aparte. -Levantó a Deborah, la condujo hasta el sofá y se arrodilló a su lado para examinar su cara. Contestó a la pregunta de Stone-. Lo que ocurre es una agresión.

Deborah levantó una mano para detener las palabras.

– No. Por favor. Me… me interpuse. El no sabía…

– No sabe una mierda -replicó Luxford-. Déjeme echarle un vistazo. ¿Se ha golpeado en la cabeza? -Apoyó los dedos en su cabello y los movió con suavidad sobre su cráneo-. ¿Le duele en algún sitio?

Deborah negó con la cabeza. Estaba más conmocionada que dolorida, aunque supuso que más tarde le dolería. También estaba avergonzada. Detestaba ser el centro de atención (fundirse en un segundo plano era más su estilo), y su espontánea reacción al repentino brinco de Stone la había lanzado directamente al punto donde no quería estar. Aprovechó el momento para decir lo que debía decir, convencida de que Alexander Stone no perdería los estribos por segunda vez en menos de cinco minutos.

– De hecho, he venido a buscar una muestra de su caligrafía -dijo al director del Source-. Es una pura formalidad, pero Simon quiere… bueno, echarle un vistazo.

Luxford asintió con brusquedad. No parecía disgustado.

– Por supuesto -dijo-. Tendría que haber pensado en darle una muestra la otra noche. ¿Está segura de que se encuentra bien?

Deborah asintió y le dedicó una sonrisa, que esperó fuera convincente. Luxford se puso en pie. Deborah vio que Stone había retrocedido hasta una mesa de conferencias, situada al fondo del despacho. Se había sentado en una silla y se cogía la cabeza entre las manos.

Luxford cogió una hoja de papel y se puso a escribir. La puerta del despacho se abrió.

– ¿Algún problema, señor Luxford? -preguntó el guarda de seguridad.

Luxford levantó la vista y se tomó un momento para examinar a Stone antes de contestar.

– No te alejes, Jerry. Ya te avisaré si te necesito. -El guarda se marchó-. Tendría que haberle echado del edificio -dijo Luxford a Stone-. Y lo haré, créame, si no está dispuesto a escuchar.

Stone no levantó la cabeza.

– Escucharé.

– Bien. Métase en la cabeza que alguien tiene a Charlotte y amenaza su vida, alguien que quiere hacer pública la verdad sobre Evelyn y yo. Ignoro quién es ese alguien y no sé por qué ha esperado hasta ahora para hacer su jugada, pero lo cierto es que está en ello. Podemos colaborar, pedir la intervención de la policía, o suponer que se está echando un farol. Yo, por mi parte, no creo que se trate de un farol. Tal como lo veo, tiene dos alternativas, Stone. Volver a casa y convencer a su mujer de que la cosa va muy en serio, o seguirle la corriente y arrostrar las consecuencias.

– He mordido el anzuelo -dijo Stone en voz casi inaudible y lanzó una carcajada apagada y sardónica.

– ¿Qué?

– He mordido el anzuelo que me ha lanzado. -Levantó la cabeza-. ¿Verdad?

La expresión de Luxford era de incredulidad.

– Señor Stone -dijo Deborah-, ha de comprender que…

– No malgaste palabras -la interrumpió Luxford. Devolvió su atención al sobre acolchado que sostenía. Estaba cerrado con grapas, y lo abrió de un tirón-. No tenemos nada más que decir, señor Stone. ¿Sabrá salir solo, o necesita que le acompañen?

Sin aguardar la respuesta, contempló el contenido del sobre. Deborah vio que tragaba saliva.

Se levantó, todavía vacilante.

– ¿Señor Luxford? -dijo-. No lo toque -añadió, cuando vio el contenido del sobre.

Era una pequeña grabadora.

10

Rodney Aronson tenía un ojo puesto en la pantalla de su ordenador y el otro en la puerta del despacho de Luxford, una hazaña nada desdeñable, porque su despacho estaba al otro lado de la sala de redacción, y el espacio intermedio estaba ocupado por mesas, archivadores, terminales de ordenador y los periodistas del Source, que no paraban de moverse. Los restantes miembros del comité de redacción se habían dedicado a otras responsabilidades en cuanto Luxford aplazó la conferencia durante una hora. Si consideraban extraña la orden del director, ninguno lo dijo. Pero Rodney se había quedado. Había echado un buen vistazo al hombre que estaba con Luxford, y había algo en su expresión de hostilidad apenas controlada que impulsó a Rodney a merodear en las cercanías del cubículo de la señorita Wallace, compulsivamente limpio, por si algo interesante ocurría.

Y algo había ocurrido, pero cuando Rodney reaccionó al ruido de voces alzadas y cuerpos caídos, abriendo la puerta del despacho del director en una clara muestra de su constante preocupación por la seguridad de Luxford, lo ultimo que esperaba ver era a la pelirroja espatarrada en el suelo. El señor Hostilidad estaba inclinado sobre ella, lo cual sugería que había sido él quien la había dejado en tal postura. ¿Qué demonios estaba pasando? Una vez Luxford (siempre la gratitud personificada) le echó con cajas destempladas de su despacho, Rodney meditó sobre las posibilidades. Pelirroja era una fotógrafa, sin duda. No había otra explicación para el estuche de la cámara que llevaba. Habría venido para vender fotografías al periódico. El Source solía comprar fotos a independientes, y no era raro que un fotógrafo apareciera con un montón de instantáneas, embarazosas en potencia, de una u otra figura notable, de un miembro de la familia real en alguna situación poco ejemplarizante, o de una figura política inmortalizada en alguna parranda nada digna. Pero los fotógrafos independientes que traían fotos para vender no las entregaban al director del periódico, al que ni siquiera veían, sino que se entrevistaban con el director gráfico o con alguno de sus ayudantes.

Por lo tanto, ¿qué significaba que Luxford concediera audiencia a Pelirroja en su despacho? No, tampoco era eso, ¿verdad? Luxford había arrastrado a Pelirroja hasta su despacho. Y Luxford procuró que nadie tuviera oportunidad de hablar con ella, ni con el señor Hostilidad, a ese respecto. ¿Quién coño era aquel tipo?

Como Hostilidad había dejado fuera de combate a la pelirroja, Rodney sólo podía suponer que el hombre estaba decidido a impedir que sus fotos salieran en el periódico. Lo cual sugería que era alguien. Pero ¿quién? No parecía alguien especial. Lo cual sugería que salía en las fotos con un alguien cuyo honor había que proteger.

Un pensamiento encantador. Tal vez los días de la caballerosidad no habían muerto del todo. Lo cual hacía pensar en por qué el señor Hostilidad había derribado a la mujer. En puridad, tendría que haber derribado a Luxford.

Rodney no había dejado de vigilar al querido Den desde la cita en Harrod's. Había pasado la noche anterior en el Source, donde había visto a Luxford muy nervioso, dejándose caer por su despacho cada hora, o emitiendo ruiditos de angustia cuando las rotativas iban a imprimir la edición de la mañana. Luxford le dijo dos veces que se fuera a casa, pero Rodney se quedó, a la búsqueda de alguna indicación que explicara los motivos de Luxford para retrasar la impresión hasta el máximo. Su deber era vigilar que todo marchara como era debido, ¿no? Si Luxford se estaba derrumbando como aparentaba, alguien tenía que estar preparado para barrer los despojos cuando ocurriera.

Rodney decidió que el retraso estaba relacionado con el encuentro en Harrod's, y que había malinterpretado el significado del encuentro. Si bien al principio había asumido que Luxford se estaba tirando a la mujer, luego tuvo que cambiar de parecer, cuando el retraso en la impresión se produjo inmediatamente a continuación de la cita.

Estaba relacionada con la historia, por supuesto. Lo cual (dejando aparte aquel tierno momento de contacto físico en la cafetería) era mucho más lógico que un lío amoroso. Al fin y al cabo, Luxford tenía acceso nocturno (aparte de matutino y vespertino) a los encantos esculturales de la fabulosa Fiona. La mujer de Harrod's estaba pasable, pero no era nada en comparación con Fiona la Chupona.

Además, estaba en el gobierno, lo cual aumentaba las posibilidades de que hubiera una historia que contar. Si tal era el caso, tendría relación con los peces más gordos: el ministro de Hacienda, el ministro del Interior, tal vez el propio primer ministro. Las historias más sabrosas solían involucrar el folleteo de mandamases con mandapocos, sobre todo si secretos pertenecientes a la seguridad nacional iban incluidos en el lote de los encuentros pre o post coito. Era lógico suponer que un miembro femenino del gobierno, con su naturaleza feminista ardiendo de indignación por la descarada explotación de sus hermanas, hubiera decidido chivarse. Pero si iba a dar el soplo sobre alguien importante, si quería asegurar su inmunidad y anonimato, y si era capaz de ponerse en contacto con el director de un periódico, ¿por qué no le había llevado la historia directamente?

Claro. ¿No estaba Luxford tecleando en su ordenador cuando Rodney regresó de Harrod's el día anterior? ¿Por qué habría retenido las rotativas, si no para esperar obtener información? Luxford no era idiota. No publicaría una revelación sobre los desvaríos sexuales de alguien sin dos confirmaciones independientes, como mínimo. Como la fuente era femenina, probablemente era una mujer desdeñada, y Luxford era un periodista demasiado sagaz para dejarse embaucar por la sed de venganza de alguien. Por eso esperó. Y como la mujer no pudo conseguir a nadie que confirmara sus acusaciones, decidió olvidarlo todo.

Lo cual no contestaba a la pregunta de quién demonios era la mujer.

Desde que había vuelto de Harrod's, Rodney había empleado su tiempo libre en repasar minuciosamente los ejemplares atrasados del Source, en busca de una pista que le facilitara la identidad de la mujer. Si era miembro del gobierno, habría algún artículo que la mencionara. Había abandonado el proyecto a las once y media de la noche anterior, pero había vuelto a la carga por la mañana. Poco antes de mediodía, mientras examinaba el informe de Corsico sobre las últimas novedades en la rumba del chapero (Larnsey había celebrado una larga reunión con el primer ministro; no hizo comentarios al salir del Número Diez; Daffy Dukane había contratado a un agente para que negociara las condiciones de una entrevista en exclusiva, pero iba a resultar cara), Rodney se había fijado en un comentario de Corsico sobre «llevar a cabo alguna investigación en la biblioteca», y se había dado una palmada en la frente. ¿Qué coño estaba haciendo repasando ejemplares atrasados del periódico en busca de una pista, cuando para descubrir la identidad de la mujer de Harrod's le bastaba con bajar tres pisos hasta la biblioteca y hojear la Guía del Times de la Cámara de los Comunes, para comprobar que la fuente de Luxford era en verdad una diputada, y no un funcionario con acceso a un coche gubernamental?

Y allí estaba ella, sonriendo desde la página 357, con sus gafas demasiado grandes y su flequillo demasiado largo. Eve Bowen, parlamentaria de Marylebone y subsecretaria del Ministerio del Interior. Rodney lanzó un silbido de admiración. No estaba nada mal, pero ahora estaba clarísimo que Luxford no se había citado con ella por su atractivo físico.

Bowen ocupaba un destacado cargo del Ministerio del Interior. Eso significaba que frecuentaba con regularidad a personas de la mayor importancia. Lo que estaba ofreciendo a Luxford debía de ser oro puro, pensó Rodney. Pero ¿cómo cojones iba a descubrirlo, para pasar la información al presidente, en una maniobra que consagraría a Rodney como sabueso despiadado, director sagaz y fiel confidente de los poderosos? Aparte de leer en la mente de Luxford el código secreto que le facilitaría el acceso al ordenador de Luxford, donde con suerte tal vez encontrara el artículo que el director había escrito la noche anterior, Rodney no tenía ni idea. No obstante, había progresado al descubrir la identidad de Eve Bowen, y debía regocijarse por ello.

Su identidad era un primer paso seguro. Con eso para empezar, Rodney sabía que podría invocar algunas deudas que varios corresponsales en el Parlamento habían contraído con él. Podría hablar por teléfono con uno o más de ellos, a ver qué desenterraba. Tendría que ir con cuidado. Lo último que deseaba era poner a otro periódico en la pista de la historia que el Source estaba a punto de revelar. Pero manejado con tacto, relacionando de alguna manera su curiosidad con acontecimientos actuales y tal vez revelando la intención del periódico de examinar el papel de las mujeres en el Parlamento, incluso llegando a afirmar que deseaba conocer la reacción femenina a la reciente bajada de pantalones del diputado, seguro que podría descubrir un detalle que no significara nada para un corresponsal político pero sí mucho para Rodney, que conocía la reunión secreta de Bowen con Luxford y que, por tanto, sabría interpretar una aberración en el comportamiento de la mujer que otros pasarían por alto.

Sí. Aquélla era la respuesta. Extendió la mano hacia su Filo-fax. Sarah Happleshort apareció en la puerta de su despacho, desenvolviendo una barra de chicle Wrigley.

– A la palestra -dijo-. Ha nacido una estrella.

Rodney la miró sin comprender, sus pensamientos ocupados en sopesar cuál de los corresponsales políticos se plegaría mejor a sus deseos.

– El sueño del actor suplente se ha convertido en realidad. -Sarah apuntó con el codo en dirección al despacho de Luxford-. Dennis ha tenido una emergencia. Se marcha y ya no vuelve. Tú tomas el mando. ¿Quieres que el comité de redacción se reúna aquí, o utilizamos su despacho?

Rodney parpadeó. Comprendió las palabras de Sarah. Ahora el manto del poder reposaba sobre sus hombros, y dedicó un momento a saborear el placer. Después se esforzó por aparentar la preocupación pertinente.

– ¿Una emergencia? ¿Algún problema familiar? ¿Su mujer? ¿Su hijo?

– No lo sé. Se fue con el hombre y la mujer que llegaron con él. ¿Sabes quiénes son? ¿No? Hummm. -Miró hacia la sala de redacción y siguió hablando con tono pensativo-. Supongo que algo ha pasado. ¿Qué dirías tú?

Lo último que deseaba Rodney era que Happleshort olfateara el asunto.

– Digo que hemos de sacar un periódico. Nos encontraremos en el despacho de Den. Reúne a los demás. Dame diez minutos.

Cuando la mujer se marchó para cumplir sus órdenes (y cómo le gustaba pensarlo en aquellos términos excelsos), Rodney volvió a su Filofax. Lo hojeó a toda prisa. Diez minutos, pensó, era tiempo más que suficiente para hacer la llamada telefónica que aseguraría su futuro.

Lo que Helen y Deborah le habían descrito como edificios abandonados eran en realidad edificios en proceso de abandono, descubrió St. James. Se hallaban en George Street, a escasa distancia de un restaurante japonés de aspecto ostentoso, que poseía el raro lujo de un aparcamiento en la parte posterior. St. James y Helen dejaron el MG en él.

George Street era una calle típica del Londres moderno, una calle que ofrecía de todo, desde la presencia digna del United Bank of Kuwait hasta inmuebles abandonados a la espera de que alguien invirtiera en su futuro. Los inmuebles hacia los que Helen y él se dirigieron habían sido en otro tiempo tiendas con tres plantas de pisos encima. Los escaparates y puertas de cristal de la planta baja habían sido sustituidos por hojas de metal sobre las cuales se habían claveteado franjas diagonales de tablas. Sin embargo, las ventanas situadas sobre el nivel de la calle no estaban entabladas ni rotas, lo cual provocaba que los pisos de encima de las tiendas fueran apetecibles para los squatters.

– No hay forma de entrar por delante -dijo Helen, mientras St. James examinaba los edificios.

– Tal como los han tapiado, no. Tampoco creo que nadie quisiera correr el riesgo de entrar por delante. La calle está demasiado transitada. Hay riesgo de que alguien vea, recuerde y telefonee a las autoridades.

– ¿Telefonee…? -Helen miró a St. James y, debido al nerviosismo, dijo atropelladamente-: Simon, ¿no creerás que Charlotte está en alguno de estos edificios?

St. James contemplaba los inmuebles con el entrecejo fruncido. No respondió hasta que ella dijo su nombre y repitió las preguntas.

– Hemos de hablar con él, Helen -se limitó a decir-. Si existe.

– ¿Con el vagabundo? Dos personas diferentes dijeron que le habían visto en Cross Keys Close. ¿Cómo no va a existir?

– Estoy de acuerdo en que vieron a alguien, pero ¿no captaste algo raro en la descripción del señor Pewman?

– Sólo que lo describiera con tal lujo de detalles.

– Eso es. ¿No era una descripción muy tópica de un vagabundo? El macuto, la ropa caqui, la gorra de punto, el pelo, la cara curtida por la intemperie. Sobre todo la cara. La cara memorable.

El rostro de Helen se iluminó.

– ¿Quieres decir que el hombre iba disfrazado?

– ¿Qué mejor manera de vigilar la zona durante días?

– Pues claro. Tienes razón. Podía hurgar en los cubos de la basura y vigilar los movimientos de Charlotte al mismo tiempo. Pero no pudo secuestrar a Charlotte vestido así, ¿verdad? La habría aterrorizado. Habría provocado una escena que alguien recordaría. Cuando conoció a fondo sus idas y venidas, dejó el disfraz y la secuestró, ¿verdad?

– Pero necesitaría un lugar donde cambiarse sin que le vieran. Para convertirse en un vagabundo, y luego quitarse el disfraz cuando llegó el momento de secuestrar a Charlotte.

– Los edificios abandonados.

– Es una posibilidad. ¿Vamos a echar un vistazo?

Si bien los squatters estaban protegidos por ciertas leyes, había que seguir un procedimiento para evitar ser acusado de entrar por la fuerza en una propiedad privada. Un squatter debía cambiar las cerraduras de las puertas y poner un letrero en el que declaraba su intención de ocupar una residencia abandonada. También debía hacerlo antes de que la policía interviniera. No obstante, alguien que no deseara llamar la atención de la policía no se apropiaría de los derechos sobre un piso o edificio de la manera típica. Al contrario, llevaría a cabo la operación de la forma más subrepticia posible y accedería al edificio por medios menos convencionales.

– Probemos por detrás -dijo St. James.

La hilera de edificios estaba limitada en cada extremo por una callejuela. St. James y Helen escogieron la más próxima y la siguieron hasta una placita cuadrada. Un lado de la plaza estaba ocupado por un aparcamiento de varios pisos, dos lados por la parte posterior de edificios pertenecientes a otras calles, y un lado por los jardines traseros de los inmuebles de George Street. Estos jardines traseros estaban vallados por al menos seis metros de ladrillos tiznados, coronados por la vida vegetal capaz de florecer sin los cuidados de un jardinero. A menos que un squatter viniera preparado con equipo de escalada para saltar el muro, el único sitio por donde entrar parecía el extremo más cercano a la callejuela.

Allí, dos cancelas de madera que no estaban cerradas con llave se abrían a un pequeño patio encerrado entre muros de ladrillo, uno de cuyos lados consistía en el alto muro de uno de los jardines traseros. El patio estaba lleno de restos abandonados de anteriores habitantes del edificio: colchones de muelles, cubos de basura, una manguera, un cochecillo antiguo de niño, una escalerilla rota.

La escalerilla parecía prometedora. St. James la sacó de debajo de un colchón, pero la madera estaba podrida y los escalones (los que aún existían) no tenían aspecto de aguantar el peso de un niño, y mucho menos el de un adulto. St. James la desechó y se fijó en una carretilla abandonada y vacía. Descansaba detrás de una de las cancelas de madera.

– Tiene ruedas -observó Helen-. ¿Probamos?

– Creo que sí.

La carretilla estaba oxidada. No parecía que las ruedas fueran a girar, pero cuando St. James y Helen se colocaron uno a cada lado y empezaron a empujarla hacia el muro del jardín, comprobaron que rodaba con facilidad, como si la hubieran engrasado con aquel propósito.

Una vez situada, St. James comprendió que la carretilla proporcionaba un medio para saltar el muro. Probó la resistencia de los lados de metal y la tapa. Parecían fuertes. Entonces, vio que Helen le miraba con el entrecejo fruncido, como inquieta. Sabía lo que estaba pensando: «No es la actividad más adecuada para un hombre en tu estado, Simon.» Sin embargo, no lo dijo. No quería correr el riesgo de herirle al recordarle su defecto físico.

– Es la única forma de entrar -respondió a su tácita preocupación-. Me las arreglaré, Helen.

– ¿Cómo vas a saltar el muro desde el otro lado?

– En el edificio habrá algo que pueda utilizar. Si no, tendrás que ir a buscar ayuda. -Helen no parecía muy convencida-. Es la única forma.

Ella pensó unos momentos, pareció aceptar la idea y se rindió.

– Al menos deja que te ayude a saltar. ¿De acuerdo?

St. James calculó la altura del muro y la altura de la carretilla. Aceptó la modificación de su plan. Subió con dificultad a la carretilla, ayudado por el impulso de su cuerpo, que había ido en aumento con el curso de los años, desde que la mitad inferior había quedado mermada. Una vez encima, se volvió hacia Helen y tiró de ella hacia arriba. Desde donde estaban, podían alcanzar la parte superior del muro, aunque no podían ver por encima. St. James se dio cuenta de que Helen tenía razón. Iba a necesitar su ayuda.

Juntó las manos para que apoyara los pies.

– Tú primero -dijo-. Necesitaré tu ayuda para llegar arriba.

La impulsó hacia lo alto. Helen se agarró al borde del muro y se sentó a horcajadas encima con un resoplido. Una vez estuvo aposentada, dedicó un momento a examinar la parte trasera del edificio y su jardín.

– Teníamos razón -dijo.

– ¿En qué?

– Alguien ha estado aquí. -Su voz vibró con la emoción de la caza-. Hay un aparador viejo apoyado junto a la parte interior del muro, para poder entrar y salir con facilidad. Ven a echar un vistazo. -Extendió la mano hacia él-. También hay una silla para bajar del aparador. Y hasta hay un sendero practicado entre las malas hierbas. A mí me parece reciente.

St. James, con la mano derecha apoyada sobre el muro y la izquierda cogida a la de Helen, se izó hasta su lado. No fue tarea fácil, pese a la seguridad con que había hablado unos momentos antes. Una pierna muerta embutida en una abrazadera, por ligera que fuera, no facilitaba su vida. Tenía la frente empapada de sudor cuando logró por fin su objetivo.

No obstante, comprendió a qué se refería Helen. Parecía que habían arrastrado el aparador (lo bastante estropeado para dar la impresión de que llevaba años en el jardín trasero, incluso cuando el edificio aún estaba ocupado) desde debajo de una ventana, y así se había creado el sendero entre las malas hierbas que Helen había observado. Y parecía reciente, en efecto. En los lugares donde atravesaba matorrales, los extremos rotos de las ramas aún no habían adquirido el tono marronoso debido a las inclemencias del tiempo.

– Una mina de oro -murmuró Helen.

– ¿Qué?

Ella sonrió.

– Nada. Si utilizamos el aparador, podremos bajar sin problemas. ¿Te acompaño?

St. James asintió. Helen bajó hasta el aparador, y de allí a la silla. St. James la siguió.

El jardín era poco más que un cuadrado de seis metros de lado e invadido por malas hierbas, hiedra y retama. Este último arbusto había florecido, al parecer, por puro descuido. Una hoguera de capullos amarillos ardía como un sol en tres lados del perímetro el jardín y junto a la puerta posterior del edificio.

Descubrieron que era una puerta de seguridad, una sola pieza de acero cortada para encajar en el marco y clavada a la madera. No había pomo que girar ni goznes que quitar. La única forma de entrar era arrancarla.

Sin embargo, las ventanas posteriores de la planta baja no eran tan firmes. Si bien estaban entablilladas por dentro, los cristales estaban rotos, y tras una rápida inspección St. James descubrió que una de las tablas estaba lo bastante suelta para que alguien pudiera entrar y salir con facilidad. Helen fue a buscar la silla mientras él arrancaba la tabla.

– Con la puerta cerrada a cal y canto -dijo Helen-, cabe preguntarse por qué los propietarios no se esforzaron más con las ventanas.

St. James utilizó la silla para alzarse hasta el antepecho.

– Tal vez pensaron que la puerta bastaría para desanimar a cualquiera. No se me ocurre que alguien utilice habitualmente esta ventana como medio de entrar y salir.

– Pero si es sólo un medio temporal… -dijo Helen con aire pensativo-. Es perfecta, ¿verdad?

– Lo es.

Descubrió que la ventana daba a lo que parecía un almacén del negocio que ocupara la planta baja del edificio. Contenía aparadores, estanterías y un suelo de linóleo polvoriento, sobre el cual distinguió, pese a la tenue luz, huellas de pisadas.

St. James bajó de la ventana al suelo, esperó a que Helen se reuniera con él y sacó una linterna del bolsillo. La dirigió hacia el sendero de pisadas, que se alejaba hacia la parte delantera del edificio.

El aire del almacén estaba impregnado de olor a moho y madera podrida. Mientras recorrían con cautela un corredor que conducía a la parte delantera, percibieron nuevos olores: el hedor fétido de excrementos y orina procedentes de un lavabo con un retrete cuya cadena no se había tirado en mucho tiempo, el olor penetrante a yeso de los agujeros abiertos a patadas en las pare-des del pasillo, el olor dulzón y nauseabundo del cadáver descompuesto de una rata que yacía al pie de la escalera, donde el almacén se encontraba con la tienda.

Las pisadas no entraban en la tienda, negra como boca de lobo a causa de que ventanas y puerta estaban cubiertas por planchas metálicas, sino que, ascendían por la escalera. Antes de subir, St. James iluminó con la linterna la habitación que servía de tienda. No había nada que ver, salvo un revistero volcado, un viejo arcón congelador sin tapa, una colección de periódicos amarillentos y media docena de cajas de cartón aplastadas.

St. James y Helen se volvieron hacia la escalera y siguieron las pisadas. Helen se apartó de la rata muerta con un estremecimiento y estrujó el brazo de St. James.

– Señor, ¿son ratones eso que se mueve en las paredes? -susurró.

– Ratas, más bien.

– Cuesta imaginar que alguien se haya instalado aquí.

– No es el Savoy -admitió St. James.

Subió al primer piso, donde las ventanas sin tablas dejaban que el sol del atardecer iluminara las habitaciones.

Daba la impresión de que había un piso en cada una de las plantas superiores. Las pisadas que seguían, que parecían subir y bajar constantemente la escalera, les condujeron hasta el piso de la primera planta, donde un vistazo al interior les mostró poco más que una habitación con graffiti pintados en las paredes (entre los que destacaba «Mata policías de dos en dos», en grandes letras azules rodeadas de jeroglíficos sólo comprensibles para otros compañeros de profesión) y una alfombra naranja destrozada. Había poco más útil en aquel piso, aparte de un increíble despliegue de colillas de cigarrillos, paquetes de cigarrillos arrugados, botellas vacías, latas de cerveza, así como bolsas y vasos de comida rápida. Un agujero bostezante en el techo les reveló que habían robado la instalación de la luz.

La segunda planta era muy parecida. Sólo variaba la pintura utilizada por los artistas del graffiti. El color era rojo, lo cual había inspirado a los pintores a utilizar una imaginería más sangrienta, además de sus jeroglíficos. Dibujos de policías destripados acompañaban al lema «Mata policías de dos en dos». La alfombra también estaba destrozada y sembrada de basura. Un sofá y una butaca colocados a cada lado de la puerta de la cocina mostraban agujeros provocados por quemaduras, y uno era lo bastante grande como para pensar que se había encendido un fuego auténtico.

Las pisadas continuaban hacia lo alto del edificio. Entraron en el último piso, donde la alfombra que quedaba llamó su atención. Como en los otros dos pisos, era naranja, y si bien había sido apartada de las paredes en otra época, la habían devuelto a su sitio en fecha más reciente. No estaba rota, pero se veían manchas antiguas de diversos tonos que sugerían de todo, desde vino tinto a orina de perro.

Como en los otros dos pisos, la puerta estaba abierta, pero aún colgaba de sus goznes. Además, había una aldaba de candado clavada en su parte exterior, la bisagra sobre el marco de la puerta, y la armella sobre la propia puerta. St. James examinó la bisagra con aire pensativo, mientras Helen entraba en la habitación. La aldaba parecía nueva, estaba limpia y carecía de marcas.

Se reunió con Helen en el interior del piso. La aldaba sugería un candado complementario, y fue en su busca. Observó que, al contrario que en los dos pisos que ya habían visto, aquél estaba libre de basura, aunque sus paredes exhibían graffiti no muy diferentes de los otros. El candado no estaba en el suelo, ni sobre las estanterías, ni en la biblioteca metálica clavada a una pared, de forma que entró en la cocina para ver si lo encontraba allí.

Buscó en cajones y alacenas, y encontró una taza de hojalata, un tenedor con los dientes doblados, algunos clavos sueltos y dos potes sucios. Caía agua del grifo al fregadero de la cocina, y lo abrió. Observó que el agua salía limpia, ni turbia ni marronosa, como habría sucedido de haber permanecido retenida en tuberías oxidadas durante uno o dos años.

Volvió a la sala de estar cuando Helen salía del dormitorio. Tenía la cara iluminada de alegría.

– Simon, ¿te has dado cuenta…?

– Sí. Alguien ha estado aquí. Y no sólo para merodear, sino para quedarse.

– Tenías razón respecto a lo del vagabundo.

– Podría ser una coincidencia.

– No lo creo. -Helen señaló hacia atrás-. Han limpiado el espejo del cuarto de baño. No del todo, pero sí una parte lo bastante grande para verse en él. -Al parecer esperaba una reacción de St. James, porque cuando no se produjo, continuó con impaciencia-: Habría necesitado un espejo para disfrazarse de vagabundo, ¿no?

Era una posibilidad, pero St. James se resistía a aceptar, con tan pocas pruebas, que habían localizado el escondite del vagabundo a la primera. Se acercó a la ventana de la sala de estar. Estaba bastante sucia, pero uno de los cuatro cristales cuadrados había sido limpiado con esmero.

St. James miró por el cristal. Pensó en el contraste entre aquel piso y los otros, en las huellas de pisadas, en la aldaba de candado y en la insinuación de que se había utilizado recientemente un candado en la puerta del piso. Estaba claro que nadie habitaba aquel piso de manera permanente, como lo testimoniaba la ausencia de muebles, utensilios de cocina y comida, pero alguien había pernoctado allí no hacía mucho… La restitución de la alfombra, el agua en las cañerías, la ausencia de basura, todo conducía hacia aquella conclusión.

– Estoy de acuerdo en que alguien ha estado aquí -dijo a Helen mientras miraba por el cristal limpio de la ventana.

La ventana daba a George Street, y en determinado ángulo se alineaba con la entrada al aparcamiento del restaurante japonés, donde había dejado el MG. Cambió de posición para mirar en aquella dirección.

– Pero en cuanto a si se trata de nuestro vagabundo, Helen, no podría… -Se interrumpió y forzó la vista para distinguir mejor lo que había al otro lado del aparcamiento, una calle al norte. No podía ser, pensó. Era casi imposible, pero allí estaba.

– ¿Qué pasa? -preguntó Helen.

La hizo acercarse a la ventana y la puso delante de él. Movió la cabeza hacia el restaurante japonés y apoyó las manos sobre sus hombros.

– ¿Ves el restaurante y el aparcamiento que hay detrás?

– Sí. ¿Por qué?

– Mira más allá del aparcamiento. ¿Ves la otra calle?

– Claro que la veo. Tengo tan buena vista como tú.

– ¿Y el edificio que hay al otro lado de la calle?

– ¿Cuál, el de ladrillo? ¿El de la escalinata? Veo las puertas delanteras y algunas ventanas. -Se volvió hacia él-. ¿Por qué? ¿Qué es?

– Blandford Street, Helen. Y desde esta ventana, la única limpia de todo el piso, recuerda, se ve con toda claridad la Escuela de Santa Bernadette.

Helen abrió los ojos como platos y se volvió hacia la ventana.

– ¡Simon! -exclamó.

Después de dejar a Helen en Onslow Square, St. James encontró un hueco para el MG en Lordship Place y utilizó el hombro para abrir la cancela deteriorada por la intemperie que daba acceso al jardín trasero de su casa de Cheyne Row. Descubrió a Cotter atareado en la cocina. Limpiaba patatas nuevas en el fregadero con Peach sentada a sus pies, siempre confiada en recibir algún obsequio comestible. La perra miró en dirección a St. James y agitó la cola a modo de saludo, pero consideraba más prometedora su posición actual, a los pies de Cotter. El gato, un animal grande y gris llamado Alaska, que doblaba en tamaño al dachshund enano, estaba arrellanado sobre el antepecho de la ventana que había encima del fregadero, y recibió a St. James con la típica displicencia felina. El extremo de su cola se alzó y cayó, tras lo cual volvió al estado de semisomnolencia que le caracterizaba.

– Ya era hora, si quiere saber mi opinión -dijo Cotter a St. Ja-mes, mientras atacaba un punto negro de una patata.

St. James echó un vistazo al reloj de esfera oxidada colgado encima de los fogones. Aún no era la hora de la cena.

– ¿Algún problema? -preguntó.

Cotter carraspeó y señaló la escalera con el mondapatatas.

– Deb ha venido con dos tipos. Llevan más de una hora en casa. Dos, diría yo. Han tomado té, jerez y luego más té y más jerez. Uno de ellos quiso marcharse, pero Deb no se lo permitió. Le están esperando.

– ¿Quiénes son?

St. James se acercó al fregadero, cogió un par de trozos de zanahoria y los comió.

– Eso es para cenar -le advirtió Cotter. Arrojó una patata al agua y cogió otra-. Uno de ellos es el tipo de la otra noche. El que vino con David.

– ¿Dennis Luxford?

– El otro, no lo sé. Parece un cartucho de dinamita a punto de estallar. Se las han tenido, los dos tíos, desde que llegaron. Ya sabe, hablan entre dientes como si quisieran ser educados, pero sólo porque Deb no abandona la sala ni un momento y no les deja atizarse como desearían.

St. James se llevó otro trozo de zanahoria a la boca y subió la escalera, mientras se preguntaba en qué lío habría metido a su mujer al pedirle que fuera a buscar una muestra de la caligrafía de Luxford. Le había parecido una tarea exenta de complicaciones. ¿Qué habría pasado?

No tardó en descubrirlo cuando les encontró en el estudio, junto con los restos del té y el jerez. Luxford estaba hablando con alguien por teléfono en el escritorio de St. James, Deborah se estaba frotando los nudillos de una mano con los dedos de la otra, nerviosa, y el tercer hombre, Alexander Stone, estaba mirando a Luxford con un odio tan indisimulado que St. James se preguntó cómo habría logrado Deborah controlarle.

Deborah se puso en pie cuando le vio.

– Simon. Gracias a Dios, mi amor -dijo con un fervor que reveló su inquietud.

– No, no doy mi aprobación -estaba diciendo Luxford con voz tensa-. Reténlo hasta que te llame… No es una decisión opinable, Rod. ¿Está claro, o he de describirte las consecuencias de incumplirla?

– Por fin -dijo Alexander Stone, en apariencia a Deborah-. Ponga eso para que Luxford quede retratado de una vez.

Deborah se apresuró a informar a St. James. Cuando Luxford concluyó la conversación, colgando con brusquedad el auricular, Deborah se acercó al escritorio para coger un sobre acolchado.

– El señor Luxford recibió esto esta tarde -dijo a su marido.

– Sea más precisa, si no le importa -dijo Stone-. Eso estaba sobre el escritorio de Luxford esta tarde. Cualquiera pudo dejarlo allí. En cualquier momento.

– No empecemos otra vez -intervino Luxford-. Mi secretaria se lo explicó, señor Stone. Un mensajero lo entregó a la una de la tarde.

– Un mensajero que usted pudo contratar.

– Por el amor de Dios.

Luxford parecía monumentalmente cansado.

– No lo tocamos. -Deborah tendió el sobre a su marido y vio que éste miraba la grabadora que contenía-. Pero la pusimos cuando vimos lo que era. Utilicé un lápiz sin afilar para apretar el play. La parte de madera, no la de la goma. -Se ruborizó al añadir esta explicación-. ¿Hice bien? -preguntó en voz baja-. No estaba segura, pero pensé que debíamos saber si la grabación estaba relacionada con el caso.

– Bien hecho -dijo St. James.

Buscó los guantes de látex en el bolsillo, se los puso, sacó la grabadora del sobre y reprodujo el mensaje.

Se oyó una voz chillona de niña.

«Cito…»

– Jesús.

Stone se volvió hacia las estanterías y sacó un volumen al azar.

«Este hombre dice que tú puedes sacarme de aquí. Dice que debes contar una historia a todo el mundo. Dice que eres un tipo estupendo y nadie lo sabe y que debes decir la verdad para que todo el mundo lo sepa. Si cuentas la historia que debes, dice que me salvarás, Cito.»

Stone se llevó un puño a la frente. Agachó la cabeza. Se oyó un clic apenas audible, y la voz continuó:

«Cito, he tenido que grabar esta cinta para que me diera un poco de zumo, porque tenía mucha sed. -Otro leve clic-. ¿Sabes qué historia has de contar? Yo le dije que tú no cuentas historias. Le dije que es la señora Maguire la que cuenta historias, pero él dice que tú ya sabes qué historia has de contar. -Otro clic-. Sólo tengo una manta, y no tengo lavabo. Pero hay ladrillos. -Clic-. Un poste de mayo.» Clic.

La cinta terminó bruscamente.

– ¿Es la voz de Charlotte? -preguntó St. James.

– Luxford, cabrón -dijo Stone a modo de respuesta, hablando con las estanterías-. Voy a matarle antes de que hayamos acabado.

St. James alzó una mano para impedir que Luxford replicara. Reprodujo la cinta por segunda vez y luego dijo:

– Está claro que la han montado, pero de forma inexperta.

– ¿Y qué? -preguntó Stone-. Sabemos quién lo hizo.

– Existen dos posibilidades -continuó St. James-. 0 el secuestrador carece de acceso al equipo apropiado, o le da igual que sepamos que ha sido montada.

– ¿Los ladrillos y el poste de mayo? -preguntó Deborah.

– Lo ha dejado para confundirnos, diría yo. Charlotte cree que está dando a su padrastro una pista sobre su paradero, pero el secuestrador sabe que la pista no servirá de nada. Porque ella no está donde cree. Damien Chambers me dijo que le llama Cito -dijo a Stone.

Stone asintió, sin dejar de mirar las estanterías.

– Como le habla a usted, es evidente que el secuestrador aún no le ha dicho quién es su verdadero padre. Podemos suponer que sólo le proporcionó el contenido básico del mensaje que debía grabar: su padre ha de confesar la verdad en público para obtener su libertad. Charlotte cree que es usted quien ha de decir la verdad, no el señor Luxford.

Stone volvió a colocar en su sitio el volumen que había sacado.

– No me diga que se ha tragado esta bola -dijo a St. James con incredulidad.

– De momento asumiré que la cinta es auténtica -repuso St. James-. Usted ha reconocido que es la voz de Charlotte.

– Pues claro que lo es. El la tiene retenida en algún sitio. La ha obligado a grabar la cinta y ahora hemos de bailar a su son. Maldita sea. Fíjese en el sobre si no me cree. Su nombre, el nombre del periódico y la calle. Nada más. Sin sellos y sin matasellos. Nada.

– Si un mensajero lo entregó, no eran necesarios.

– Tampoco si lo «entregó» él mismo. 0 silo entregó su cómplice. -Stone se acercó al sofá-. Mírele. Haga el jodido favor de mirarle. Sabe quién es. Sabe lo que es y lo que quiere.

– Quiero el bienestar de Charlotte -dijo Luxford.

– Lo que quiere es su jodida historia. Su historia. La de Eve.

– Vamos arriba, por favor -intervino St. James-. Al laboratorio. Te has comportado como una heroína, mi amor -dijo en voz baja a su mujer-. Gracias.

Ella le dedicó una sonrisa trémula y salió de la habitación, aliviada.

St. James cogió la grabadora, el sobre y la muestra de caligrafía de Luxford. Los otros dos hombres le siguieron. La tensión entre ellos era palpable. St. James, que la sentía como una niebla espesa, se maravilló de que Deborah hubiera conseguido retener durante tanto rato la evidente necesidad de ambos hombres de enzarzarse a puñetazos.

– ¿Qué significa todo esto? -preguntó Stone.

– Quiero eliminar algunas de mis preocupaciones -contestó St. James.

Encendió las luces del techo del laboratorio y se acercó a uno de los aparadores metálicos grises, del cual sacó un tampón y media docena de tarjetas blancas gruesas. Las dejó sobre una mesa de trabajo y depositó a su lado un tarro de polvos, un cepillo grande y la linterna que llevaba en el bolsillo.

– Usted primero, por favor -dijo a Dennis Luxford, que estaba apoyado contra la jamba de la puerta del laboratorio, mientras Alexander Stone paseaba entre las mesas de trabajo y contemplaba con ceño la confusión de aparatos-. Después, el señor Stone.

– ¿Qué? -preguntó Stone.

– Huellas dactilares. Mera formalidad, pero me gustaría desecharlas de una vez. Señor Luxford…

Dennis Luxford dirigió a Stone una larga mirada antes de acercarse a la mesa y permitir a St. James que le tomara las huellas. Era una mirada que comunicaba su total colaboración y que no tenía nada que ocultar.

– Señor Stone… -dijo St. James.

– ¿Por qué coño…?

– Como ya ha dicho -comentó Luxford mientras secaba la tinta de sus dedos-, estamos eliminando algunas de sus preocupaciones.

– Mierda -siseó Stone, pero se adelantó y permitió que le tomaran las huellas.

Una vez hecho, St. James se volvió hacia la grabadora y la examinó a la luz de la linterna, en busca de huellas que aparecieran sin más inclinándola en el ángulo apropiado. Luego extrajo la cinta e hizo lo mismo, pero la luz no reveló nada.

Mientras los otros dos hombres le observaban desde lados opuestos de la mesa, hundió el cepillo en el polvo (lo había elegido rojo para que contrastara con el negro de la grabadora) y espolvoreó el aparato.

– Lo han limpiado a fondo -comentó cuando ninguna huella se hizo visible bajo el polvo.

Repitió el proceso con la diminuta cinta. Nada.

– Entonces, ¿qué preocupaciones de mierda estamos eliminando? -preguntó Stone-. No es idiota. No habrá dejado sus huellas en ninguna parte.

St. James asintió con un sonido gutural.

– Ya hemos dado cuenta de la primera preocupación, ¿verdad? Ha quedado claro que no es idiota.

Dio la vuelta a la grabadora. Abrió la tapa del compartimiento de las pilas, la sacó y dejó sobre la mesa. Después, con ayuda de un escalpelo, quitó también las pilas y las depositó sobre una hoja de papel en blanco. Cogió la linterna y la dirigió hacia el lado posterior de la tapa y sobre las dos pilas. Sonrió.

– Al menos no es del todo idiota -dijo-, pero nadie piensa en todo.

– ¿Huellas? -preguntó Luxford.

– Una muy nítida en la parte posterior de la tapa. Algunas parciales en las pilas.

Utilizó de nuevo el polvo. Sus acompañantes guardaron silencio mientras trabajaba. Cepilló con cuidado en la dirección del flujo de la huella y sopló un poco para eliminar el exceso de polvo. Mantuvo la vista clavada en las huellas mientras extendía la mano hacia la cinta presurizada. Sabía que sería fácil trabajar con el dorso de la tapa. Las pilas resultarían más difíciles.

Apretó con cuidado la cinta sobre las huellas, procurando que no dejaran bolsas de aire. Después apretó con más fuerza y presionó con el pulgar sobre la tapa del compartimiento y con la goma de un lápiz sobre las pilas. Levantó la cinta con un solo movimiento y después apretó las huellas sobre las otras tarjetas que había sacado del aparador. Las etiquetó.

Indicó la huella que había proporcionado el dorso de la tapa. Llamó la atención sobre las ondas y el hecho de que se ondularan hacia arriba y hacia dentro.

– Huella del pulgar derecho -dijo-. Las otras, las de las pilas, son más difíciles de concretar porque son parciales. Yo diría que son del índice y el pulgar.

A continuación, St. James las comparó con las de Stone. Utilizó una lupa, más para impresionar que por otra cosa, porque estaba claro que no eran suyas. Siguió con las de Luxford, y obtuvo el mismo resultado. Los verticilos de los tres pulgares (el de Stone, el de Luxford y el de la huella de la grabadora) eran diferentes por completo, uno plano, uno accidental, y el tercero de doble lazo.

Stone pareció leer la conclusión de St. James en su cara.

– No sé de qué se sorprende. No está solo en esto. Es imposible.

St. James no contestó y se limitó a coger la muestra de la caligrafía de Luxford para compararla con las notas que Eve Bowen y él habían recibido. Estudió con parsimonia las letras, los espacios que las separaban, las pequeñas peculiaridades. Una vez más, no advirtió ninguna similitud.

Levantó la cabeza.

– Señor Stone, quiero que entre en razón, porque usted es la única persona capaz de convencer a su mujer. Si la grabación no le ha convencido de la urgencia de…

– ¡Hostia divina! -La voz de Stone expresaba más estupor que indignación-. También le ha engañado a usted. No me sorprende. Al fin y al cabo, fue quien le contrató. ¿Qué podíamos esperar, sino que apoyara sus afirmaciones de inocencia?

– Por el amor de Dios, Stone, entre en razón -dijo Luxford.

– Desde luego que he entrado -replicó Stone-. Usted ardía en deseos de destruir a mi mujer y ya ha encontrado el medio, así como personas que le ayuden en su empresa. Todo esto -agitó el pulgar para abarcar la habitación- forma parte del complot.

– Si cree eso, vaya a la policía -dijo St. James.

– Por supuesto. -Stone sonrió con una mueca-. Lo han montado para que ése sea nuestro último recurso. Y todos sabemos a qué nos llevará acudir a la policía. Directamente a los periódicos. Directamente a donde Luxford nos quiere. Todo esto, las notas, la grabación, las huellas dactilares, no es más que una parte de la senda que debemos seguir, la que nos conduce a ponernos en manos de Luxford. Eve y yo no lo haremos.

– ¿Aun estando en juego la vida de Charlotte? -dijo Luxford-. Por los clavos de Cristo, tendría que haberse dado cuenta ya de que no puede correr el riesgo de que un maníaco la mate.

Stone giró en su dirección y Luxford se aprestó para el combate.

– Escúcheme, señor Stone -dijo St. James-. Si el señor Luxford quisiera despistarnos, no habría dispuesto que alguien dejara una huella en el interior de la grabadora. Habría encargado que la llenaran de huellas. Esa huella dejada en la grabadora, así como las de las pilas, nos dicen que el secuestrador cometió un sencillo error. No compró pilas nuevas cuando quiso que Charlotte grabara el mensaje. Se limitó a probar las que ya había en el aparato y olvidó que, al ponerlas por primera vez, había dejado sus huellas en ellas y en el dorso de la tapa. Eso fue lo que sucedió. Utilizó guantes para el resto. Limpió la cinta y la grabadora. Apuesto a que si buscamos huellas en las notas de secuestro, cosa que podemos hacer, aunque nos llevará más tiempo del que considero necesario, sólo encontraremos las del señor Luxford y las mías en la de él, y sólo las de su mujer en la de ella. Lo cual no nos conducirá a nada, nos retrasará aún más y, tanto si le gusta como si no, aumentará el peligro que pesa sobre su hijastra. No estoy sugiriendo que anime a su mujer a dejar que el señor Luxford publique su historia en el periódico, sino que anime a su mujer a telefonear a las autoridades.

– Es lo mismo -dijo Stone.

Luxford pareció a punto de estallar. Descargó el puño sobre la mesa.

– He tenido diez años para destruir a su mujer -dijo-. Diez malditos años, en que habría podido abofetearla en la primera plana de dos periódicos diferentes y humillarla hasta extremos inconcebibles. Pero no lo he hecho. ¿Se ha preguntado por qué?

– No era el momento adecuado.

– ¿Me ha oído? Ha dicho que sabe lo que soy. Muy bien, sabe lo que soy. Soy un hombre sin escrúpulos. No necesito esperar el momento adecuado. Si hubiera querido publicar la historia de mi relación con Eve, lo habría hecho sin pensarlo dos veces. No me merece ningún respeto. Sus ideas políticas me repugnan. Sé lo que es ella, y créame, me gustaría dejarla como un trapo delante de todo el mundo. Pero no lo he hecho. Lo he deseado muchas veces, pero no lo he hecho. Piense, joder. Pregúntese por qué.

– ¿Para qué iba a manchar su propia reputación, si podía evitarlo?

– Fue por otra persona.

– ¿De veras? ¿Por quién?

– Por el amor de Dios. Por mi hija. Porque Charlotte es mi hija.

Luxford hizo una pausa, como si esperara a que el cerebro de Stone asimilara la información. En el momento que transcurrió antes de que Luxford volviera a hablar, St. James advirtió un sutil cambio en Stone: un leve hundimiento de hombros, la curvatura de los dedos, como si desearan agarrar algo inasible.

– Si hubiera querido hacer daño a Evelyn -dijo Luxford con voz más serena-, habría acabado hiriendo a Charlotte. ¿Por qué habría querido perjudicar a mi propia hija, sabiendo que es mi hija? Yo vivo en el mundo que he creado, señor Stone. Créame, sé que la publicidad rebotaría en Evelyn y golpearía a la niña.

– Esas fueron las palabras de Evelyn -repuso Stone con voz apagada-. No hará ningún movimiento porque quiere proteger a Charlie.

Dio la impresión de que Luxford iba a rebatir aquel punto, pero cambió de idea.

– Entonces, ha de convencerla de que haga un movimiento. Cualquiera. Es la única forma.

Stone apoyó los nudillos sobre la mesa. Los movió de un lado a otro y siguió el movimiento con los ojos.

– Ojalá hubiera un dios capaz de decirme lo que debo hacer -musitó para sí, con la vista clavada en la mano.

Los demás no dijeron nada. En la calle se oyeron los gritos de un niño:

– ¡Mentiroso! ¡Carasucia! ¡Dijiste que lo harías y no lo hiciste, y me voy a chivar! ¡Por éstas!

Stone respiró hondo, tragó saliva y alzó la cabeza.

– Déjeme utilizar su teléfono -dijo a St. James.

11

Cuando el señor Czvanek marchó de la oficina de Eve Bowen, en apariencia estaba satisfecho de que su diputada local le hubiera escuchado, comprendido y jurado hacer algo respecto a su queja sobre la reciente apertura de una sala de videojuegos justo debajo de su piso de Praed Street. Era un lugar ya bastante ruidoso debido a la presencia del tráfico, su proximidad a la estación de Paddington y las andanzas nocturnas de chaperos y prostitutas que la policía ignoraba, pese a las frecuentes llamadas telefónicas del señor Czvanek. Este, que vivía con su anciana madre, su mujer y sus hijos en tres habitaciones desde las que esperaba construir una vida mejor, estaba perdiendo sus sueños a marchas forzadas, por no mencionar su paciencia.

– Acudo a usted como última esperanza de mi familia, señora Parlamento -dijo en su deficiente inglés-. Mis vecinos dicen que hable a diputada para conseguir ayuda. Mi familia, no nos importa la calle, ni los coches, pero mis pequeños, no es bueno que crezcan viendo el pecado por todas partes. Esas personas que se venden en la calle. Esos jóvenes con sus cigarrillos y sus drogas en la sala de videojuegos. Esto no bueno para mis hijos. Mis vecinos dicen que usted puede cambiar situación. Usted puede hacer… -Se esforzó por encontrar la palabra, y mientras tanto retorció el dobladillo de la pernera izquierda del pantalón, apoyada sobre la rodilla derecha. No había parado de hacerlo durante casi toda la entrevista. Estaba bastante deshilachado cuando llegó a la conclusión de sus comentarios-. Usted puede hacer que expulsen a los malos. Así mis hijos crecerán sanos. Es el sueño de todo padre, la manera en que crecen los hijos. ¿Usted tiene hijos, señora Parlamento? -Cogió la fotografía políticamente correcta de Eve, Alex y Charlotte, que se miraban con semblante alegre y devoto. Dejó una huella dactilar del tamaño de una cuchara en el marco de plata-. ¿Ésta es su familia? ¿Su hija? Así, usted me comprende.

Eve había emitido los ruiditos y las observaciones pertinentes. Había explicado la naturaleza del comité que estaba estudiando el problema de aumentar la vigilancia policial en la zona. Se había extendido sobre el hecho de que Praed Street era un centro comercial tanto como de vicio, y si bien podía garantizar que se tomarían más medidas enérgicas contra los mercaderes de carne de la zona, no podía, por desgracia, controlar los locales que flanqueaban la calle, puesto que ésta estaba destinada a tales establecimientos. En consecuencia, el salón de videojuegos seguiría siendo su vecino, a menos que la falta de interés obligara a cerrarlo. Podía prometer, no obstante, que la policía del barrio efectuaría inspecciones periódicas del salón, con el fin de incautar droga, confiscar bebidas ilegales y expulsar a los menores de edad después de las horas permitidas. Dijo que vivir en grandes ciudades siempre exigía llegar a ciertos compromisos. En la vida del señor Czvanek, el salón de videojuegos iba a ser uno de ellos, al menos de momento.

El hombre pareció quedar satisfecho. Se levantó y sonrió.

– Qué gran país éste -dijo-. Un hombre como yo ver a la señora Parlamento. Sólo entrar, sentarme y ver a la señora Parlamento en persona. Una gran cosa ésta.

Eve había estrechado la mano del hombre como siempre estrechaba las de sus votantes cuando acudían a su consulta: embutiéndola entre las suyas. Cuando la puerta se cerró, llamó por el interfono a su secretaria.

– Concédeme unos minutos, Nuala -dijo-. ¿Cuántos más?

– Seis -contestó Nuala en voz baja desde la oficina exterior-. El señor Woodward ha vuelto a telefonear. Ha dicho que es muy urgente. Ha dicho que le telefonee en cuanto pueda.

– ¿Qué quería?

– Se lo pregunté, señora Bowen. -La voz de Nuala indicaba lo poco que le gustaba la propensión de Joel Woodward a jugar a los espías, ocultando información como si la seguridad nacional estuviera en juego cada vez que debía comunicar un mensaje-. ¿Quiere que le llame?

– Primero veré a los demás electores. Dentro de un rato.

Eve se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Estaba en la oficina de la asociación de electores desde las tres. Era su consulta normal de los viernes por la tarde, pero nada había sido normal, excepto el goteo de electores y la reunión programada con el presidente de la asociación. En lugar de tomar la iniciativa en cada entrevista, con una respuesta preparada para cada pregunta y solicitud, se había dado cuenta de que su atención derivaba. Más de una vez, con el pretexto de tomar notas, había pedido que le repitieran puntos e hicieran aclaraciones. Si bien era un procedimiento normal para un diputado que se reunía con los electores en la consulta del fin de semana, no era el procedimiento normal de Eve Bowen. Se enorgullecía de su capacidad memorística y de la prodigiosa agilidad de su mente. Que ahora encontrara dificultades en reunirse con los electores, cuyos problemas habría debido asimilar, catalogar y solucionar sin apenas gasto de energía mental, le reveló el peligro de dejar al descubierto la fisura que estaba decidida a ocultar como fuera.

Lo que exigía la desaparición de Charlotte era continuar la rutina. Hasta el momento lo había conseguido, pero la tensión estaba empezando a afectarla. Y el hecho de que se sintiera afectada la inquietaba más que la desaparición de Charlotte. Sólo habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde el secuestro de su hija, pero Eve sabía que para ganar aquella batalla a Dennis Luxford tenía que mentalizarse para un asedio prolongado. La única forma de lograrlo era concentrarse por completo en la tarea que tenía entre manos.

Por ese motivo no había devuelto las llamadas de Joel Woodward. No podía correr el riesgo de que su ayudante político la sacara de sus casillas más de lo que ya estaba.

Salió por la puerta lateral de la oficina, la que daba al pasillo que conducía a la parte posterior del edificio. Se encerró en el lavabo y lavó sus palmas del apretón de manos untuoso del señor Czvanek. Se aplicó una fina capa de maquillaje bajo los ojos y un lápiz rosa sobre su labio superior. Sacudió un pelo de la chaqueta. Enderezó el cuello de la blusa. Retrocedió un paso, se miró en el espejo y juzgó su apariencia. Normal, decidió. Salvo por los nervios, que estaban crispados desde que había marchado de su oficina de Parliament Square.

El encuentro con la periodista no había significado nada. Menos que nada, mejor dicho. Los diputados estaban acostumbrados a los periodistas, tanto políticos como otros, cada día de la semana. Querían respuestas rápidas a sus preguntas, entrevistas, información básica, la confirmación de una historia. Estaban por todas partes, en el vestíbulo de los Comunes, yendo y viniendo por el Ministerio del Interior y Whitehall, merodeando con ojo avizor a posibles actividades en Parliament Square. No era nada raro que un periodista la abordara cuando cruzaba el vestíbulo camino de su coche, ya con una hora de retraso sobre su cita de los viernes en la oficina electoral de Marylebone. Lo raro había sido todo lo posterior al acercamiento inicial.

Se llamaba Tarp. Diana Tarp, dijo, aunque Eve podía leerlo muy bien en el pase de prensa que llevaba colgado alrededor del cuello. Representaba al Globe y quería concertar una entrevista con la subsecretaria de Estado. Lo antes posible, si la señora Bowen no tenía inconveniente.

Eve se había quedado tan sorprendida por aquel abordaje frontal que se detuvo a pocos metros de la puerta, por donde pudo ver su Rover y el chófer que esperaban en el bordillo.

– Perdón -dijo, y continuó antes de que Diana Tarp pudiera responder-. Si desea una entrevista, señorita Tarp, le sugiero que telefonee a mi oficina y no me aborde como una prostituta callejera. Disculpe, por favor.

– De hecho -dijo Diana Tarp en voz baja cuando pasó a su lado-, pensé que se sentiría agradecida por un acercamiento más íntimo, en lugar de obligarme a hablar con el personal de su oficina.

Eve se había vuelto hacia la puerta, pero aminoró el paso y se detuvo.

– ¿Qué?

La periodista la miró sin pestañear.

– Ya sabe cómo trabajan las oficinas, señora Bowen. Un periodista telefonea, pero no deja un mensaje preciso. Cinco minutos después, la mitad de los empleados ya se han enterado. Cinco minutos más, y el resto del personal se está preguntando por qué. Pensé que quería evitar eso. Que se enteraran y especularan, quiero decir.

Eve sintió un escalofrío, seguido de una cólera tan brutal que, por un momento, prefirió no hablar. Pasó el maletín de una mano a la otra y consultó su reloj, mientras ordenaba a su sangre que no le subiera a la cara.

– Temo que no tengo tiempo para usted en este momento, señorita… -dijo por fin, y miró la identificación de la mujer.

– Tarp. Diana Tarp -contestó la periodista, y su voz reveló a Eve que no estaba impresionada ni convencida por su actuación.

– Sí. Bien, si no desea concertar una cita por mediación de mi oficina, señora Tarp, déme una tarjeta y le telefonearé cuando pueda. Es lo único que puedo hacer. En este momento, ya llego con retraso a mi consulta.

Al cabo de un momento, durante el cual se examinaron como oponentes en potencia, Diana Tarp le entregó una tarjeta, pero no apartó los ojos de Eve mientras la extraía del bolsillo de la chaqueta.

– Espero tener noticias suyas -dijo.

Ya en el asiento trasero del Rover, mientras circulaban hacia Marylebone, Eve examinó la tarjeta. Llevaba el nombre de la mujer, su dirección, su teléfono del trabajo, su teléfono de la oficina, su busca y su fax. Si había una historia que escuchar, Diana Tarp estaba disponible en cualquier momento.

Eve rompió lentamente la tarjeta por la mitad, luego en cuartos, y después en octavos. Cuando la hubo reducido al tamaño de confeti, esparció los pedazos sobre la palma de su mano y, cuando el Rover frenó ante la oficina de la asociación de electores, los dejó caer en el arroyo, donde un riachuelo de agua color bronce corría en dirección a una alcantarilla. «Adiós, Diana Tarp», pensó Eve.

No había sido nada, concluyó. El método de la periodista había sido raro, pero tal vez era su estilo. Cabía la posibilidad de que estuviera trabajando en un reportaje sobre el número creciente de mujeres en el Parlamento, o sobre la necesidad de que hubiera más mujeres en el gabinete ministerial. 0 que estuviera investigando cualquiera de una docena de parcelas responsabilidad del Ministerio del Interior. Tal vez deseaba saber si se iban a producir cambios en la política de inmigración, en la política centralizadora, en la reforma de las cárceles. Tal vez quería discutir la postura del gobierno sobre la distribución de refugiados, o sobre la tendencia hacia un alto el fuego permanente con el IRA. Puede que quisiera escarbar en algún aspecto especialmente desagradable del MI5. Podía ser cualquier cosa, o no ser nada. Lo que la había inquietado era el momento elegido por aquella periodista.

Eve se caló las gafas de nuevo y ajustó su cabello para que el flequillo cubriera la cicatriz.

– Miembro del Parlamento -dijo a su imagen del espejo-. Subsecretaria de Estado.

Cuando hubo afirmado aquellos elementos de su personalidad, regresó a su oficina y llamó al siguiente elector.

Aquella entrevista (una retorcida conversación con una madre soltera de tres hijos, con un cuarto en camino, y que había venido para protestar por su actual posición en la lista de viviendas municipales) fue interrumpida por Nuala. Esta vez no llamó por el interfono. Llamó con discreción a la puerta y la abrió, mientras la señorita Peggy Hornfisher continuaba su perorata.

– ¿Es culpa mía que todos tengan el mismo padre? ¿Por qué me descalifica esa circunstancia? Si me acostara con regimientos enteros y produjera hijos sin preocuparme de quiénes eran sus padres, estaría en el primer puesto de la lista, y las dos lo sabemos. Y no me diga que hable con los concejales. He estado hablando por los codos con los concejales. Hable usted con ellos. Para eso la voté. ¿no?

El «Disculpe, señora Bowen» de Nuala evitó a Eve explicar los puntos más delicados de la cualificación y distribución de las viviendas municipales a la señorita Hornfisher. El hecho de que Nuala la hubiera interrumpido en persona sugería que un asunto exigía su atención inmediata.

Eve fue hacia la puerta y salió con Nuala.

– Su marido acaba de telefonear -dijo la secretaria.

– ¿Por qué no me lo has pasado?

– No quiso que le pasara. Dijo que fuera a casa ahora mismo. Él va de camino y quiere que se reúnan allí de inmediato. Eso es todo.

Nuala se removió inquieta sobre sus pies. Había hablado otras veces con Alex. Sabía que no era propio de él darle una orden sin hablar con ella personalmente.

– No dijo nada más.

Eve experimentó una punzada de pánico, pero se aferró a lo que Alex se había aferrado el miércoles por la noche.

– Su padre no se encuentra bien -dijo con perfecta sangre fría, y volvió a su oficina.

Presentó sus excusas a la señorita Hornfisher, seguidas de unas cuantas promesas, y empezó a guardar sus cosas en el maletín, mientras la señorita Hornfisher salía del despacho. Intentó mantener la compostura, aunque su mente saltaba de un pensamiento a otro. Era Charlotte. Alex había telefoneado por Charlotte. De lo contrario, no habría dicho que fuera a casa. Por lo tanto, había noticias. Luxford se había rendido. Eve se había mantenido firme, se había negado a ceder, la interpretación de Luxford no la había conmovido y no había cedido terreno, le había enseñado quién tenía más coraje, le había…

El teléfono sonó y ella lo descolgó bruscamente.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Es Joel Woodward otra vez -dijo Nuala.

– Ahora no puedo hablar con él.

– Dice que es muy urgente, señora Bowen.

– Oh, maldita sea, pásamelo -dijo, y al cabo de un momento oyó la voz de Joel.

– ¡Mierda! -dijo con inusual insubordinación-. ¿Por qué no ha contestado a mis llamadas?

– ¿Con quién te crees que estás hablando, Joel?

– Sé muy bien con quién estoy hablando. Y sé otra cosa. Algo raro está pasando, y creo que le interesaría saber qué es.

St. James acompañó a Luxford y Stone. El tráfico del viernes por la noche era infernal. El mes de mayo, el principio de la temporada más pródiga en turistas, las prisas por llegar al teatro. Todos aquellos elementos se combinaban para atascar las calles.

St. James fue en el coche de Luxford, y siguieron al de Stone. Luxford utilizó el teléfono de su coche para llamar a su mujer y avisarle que llegaría tarde. No dijo por qué.

– Fiona no sabe nada de esto -confesó a St. James-. No sé cómo decírselo. Dios, qué lío. -Tenía la vista clavada en el coche que les precedía, las manos en la parte inferior del volante-. ¿Cree que estoy implicado en esto? ¿En lo sucedido a Charlotte?

– Lo que yo crea carece de importancia, señor Luxford.

– ¿Lamenta haberse visto mezclado?

– Sí.

– ¿Por qué lo hizo?

St. James miró por la ventanilla. Estaban pasando junto a Hyde Park. A través de los huecos abiertos entre los grandes plataneros vio gente que aún paseaba por los senderos a la pálida luz del atardecer. Con perros sujetos por correas. Cogidos del brazo. Con bebés en carritos. Vio a una joven lanzar a un niño hacia arriba, el tipo de juego que los niños disfrutan.

– Es demasiado complicado de explicar, me temo.

Agradeció en silencio a Luxford que no insistiera más.

Cuando llegaron a Marylebone, la señora Maguire se estaba marchando, con una mochila amarilla colgada de un hombro y una bolsa de plástico en la mano. Habló con Alexander Stone mientras Luxford aparcaba más abajo. Cuando llegaron a la puerta, la mujer ya había desaparecido.

– Eve está en casa -dijo Stone-. Déjenme entrar primero.

Esperaron fuera. Pasaba algún coche por Marylebone High Street. Oyeron murmullos de conversación procedentes del Devonshire Arms, en la esquina. Aparte de eso, la calle estaba en silencio.

Transcurrieron varios minutos antes de que la puerta se abriera.

– Entren -dijo Stone.

Eve Bowen les esperaba en la sala de estar. Se encontraba de pie junto a la escultura bajo la cual había guardado la nota del secuestrador dos días antes. Parecía poseída por la serenidad de un guerrero antes de un combate cuerpo a cuerpo. Era la viva imagen del tipo de equilibrio que pretende intimidar.

– Ponga la cinta -dijo.

St. James lo hizo. El rostro de Eve no se alteró cuando la voz aguda de Charlotte sonó, aunque St. James la vio tragar saliva cuando la niña dijo: «Cito, he tenido que grabar esta cinta para que me diera un poco de zumo, porque tenía mucha sed.»

– Gracias por la información -dijo Eve a Luxford cuando la cinta terminó-. Ya puedes marcharte.

La mano de Luxford se adelantó como si quisiera tocarla, pero estaban en extremos opuestos de la sala.

– Evelyn…

– Vete.

– Eve -dijo Stone-, llamaremos a la policía. No hace falta que le sigamos el juego. No necesita publicar la historia.

– No -dijo Eve con voz tan inflexible como su rostro.

St. James se dio cuenta de que no había quitado los ojos de Luxford desde que habían entrado en la sala. Se comportaban como actores en un escenario. Cada uno había ocupado un lugar del que ninguno se movía: Luxford junto a la chimenea, Eve frente a él, separados por la longitud de la sala, Stone al lado de la entrada al comedor, St. James junto al sofá. Era el que estaba más cerca de ella y trató de leer sus pensamientos, pero los ocultaba como un gato cauteloso.

– Señora Bowen -dijo en voz baja, como cuando alguien habla para mantener la calma a toda costa-, hoy hemos hecho progresos.

– ¿Como cuáles?

Siguió mirando a Luxford. Como si su mirada fuera un desafío, el hombre la sostuvo.

St. James le habló del vagabundo, de que dos residentes de Cross Keys Close le habían visto, y del policía que había expulsado al vagabundo.

– Uno de los agentes de la comisaría de Marylebone recordará al hombre y su descripción -dijo-. Si les telefonea, los detectives iniciarán la investigación con algo sólido. Tendrán una buena pista.

– No -repitió la mujer-. No te esfuerces, Dennis. No lo conseguirás.

Estaba comunicando algo a Luxford con sus palabras, algo más que su negativa a actuar. St. James no pudo adivinar qué era, pero le pareció que Luxford sí. Vio que los labios del periodista se entreabrían, pero no contestó.

– Creo que no nos queda otra alternativa, Eve -dijo Stone-. Bien sabe Dios que no quiero pasar por esto, pero Luxford piensa…

La mirada de Eve le silenció, tan veloz como una bala. Traición, le comunicó, traición, traición.

– Tú también -dijo.

– No. Nunca. Yo estoy de tu lado, Eve.

Ella sonrió apenas.

– Entonces entérate de esto. -Volvió a mirar a Luxford-. Esta tarde, una periodista me pidió una entrevista inmediata. Muy conveniente, dadas las circunstancias, ¿no crees?

– Eso no significa nada -dijo Luxford-. Por el amor de Dios, Evelyn, eres una subsecretaria de Estado. Debes recibir miles de solicitudes de entrevistas.

– Lo antes posible, dijo -continuó Eve, como si Luxford no hubiera hablado-. No quería mencionarlo a ninguno de mis subordinados, dijo, porque tal vez yo no querría que lo supieran.

– ¿Era de mi periódico? -preguntó Luxford.

– No serías tan imbécil, pero es de tu ex periódico. Me parece fascinante.

– Pura coincidencia. Has de comprenderlo.

– Lo habría hecho, de no ser por el resto.

– ¿Qué? -preguntó Stone-. Eve, ¿qué está pasando?

– Cinco periodistas han llamado desde las tres y media de esta tarde. Joel cogió las llamadas. Sospechan que está pasando algo, me dijo, todos quieren hablar conmigo, y Joel preguntó si sé cuál es el motivo de su interés, cómo quiero que maneje este asunto y a qué viene ese repentino interés.

– No, Evelyn -se apresuró a hablar Luxford-. No se lo he dicho a nadie. Eso no tiene nada que ver…

– Fuera de mi casa, bastardo -masculló Eve-. Moriré antes que ceder a tus exigencias.

St. James habló con Luxford en la calle, al lado de su coche. El director del Source era la última persona en el mundo por la que habría creído sentir pena, pero ahora la sintió. El hombre parecía destrozado. Manchas de humedad habían aparecido en su elegante camisa azul. Su cuerpo olía a sudor.

– ¿Qué haremos ahora? -preguntó con voz temblorosa. -Volveré a hablar con ella.

– No tenernos tiempo.

– Hablaré con ella ahora.

– No dará su brazo a torcer.

Desvió la vista hacia la casa, pero sólo vieron que se habían encendido más luces en la sala de estar y otra en una habitación de arriba.

– Tendría que haber abortado -siguió Luxford-. Hace tantos años. No sé por qué no lo hizo. Quizá pensaba que necesitaba un motivo concreto para odiarme.

– ¿Por?

– Por seducirla. 0 conseguir que deseara ser seducida. Supongo que es esto último. Para algunas personas es aterrador cuando aprenden a desear.

– Lo es. -St. James tocó el techo del coche de Luxford-. Váyase a casa. Veré qué puedo hacer.

– Nada -predijo Luxford.

– No obstante, lo intentaré.

Esperó a que Luxford se hubiera alejado para volver a la casa. Stone abrió la puerta.

– Creo que ya es hora de que lo deje -dijo-. Eve ya ha sufrido bastante. Jesús, cuando pienso que casi me creí su comedia, me dan ganas de derribar las paredes a puñetazos.

– Yo no estoy de parte de nadie, señor Stone -contestó St. James-. Déjeme hablar con su mujer. Aún no he terminado de contarle lo que debe saber sobre la investigación de hoy. Tiene derecho a saber esa información. Estará de acuerdo conmigo.

Stone meditó sobre las palabras de St. James con los ojos entornados. Como Luxford, parecía destrozado. Pero Eve Bowen no tenía ese aspecto, recordó St. James. Parecía dispuesta a combatir otros quince asaltos y salir victoriosa.

Stone asintió y retrocedió para dejarle pasar. Subió la escalera con paso cansino, mientras St. James esperaba en la sala de estar y trataba de pensar qué iba a decir, y cómo conseguir que la mujer se pusiera en acción antes de que fuera demasiado tarde. Observó que, en lugar del altar que la señora Maguire había erigido, un tablero de ajedrez descansaba sobre la mesita auxiliar. Las piezas no eran las tradicionales. St. James cogió los reyes enfrentados. Harold Wilson era uno y Margaret Thatcher el otro. Los devolvió a su sitio con cuidado.

– Le ha convencido de que se preocupa por Eve, ¿verdad?

St. James levantó la vista y vio a Eve Bowen en el umbral de la puerta. Su marido estaba detrás de ella, con una mano bajo su codo.

– No es cierto. Nunca ha visto a la niña. Cualquiera pensaría que, en diez años, lo habría intentado alguna vez. Yo no lo habría permitido, por supuesto.

– Tal vez él lo sabía.

– Tal vez.

La mujer entró en la sala. Se sentó en la misma silla que había elegido el miércoles por la noche, y la luz de la lámpara de mesa reveló la serenidad de su rostro.

– Es un hipócrita magistral, señor St. James. Lo sé mejor que nadie. Quiere hacerle pensar que estoy amargada por nuestra relación y su desenlace. Quiere que considere mi comportamiento como una reacción al momento de debilidad que me hizo caer víctima de su plétora de encantos hace tantos años. Y mientras su atención se concentra en mí y en mi rechazo a reconocer la supuesta honradez de Dennis Luxford, él moverá sus piezas entre bambalinas y provocará que nuestra angustia vaya en aumento. -Apoyó la cabeza contra el respaldo de la butaca y cerró los ojos-. La cinta es un toque elegante. Hasta yo me lo habría creído, si no supiera que es incapaz de detenerse ante nada.

– Era la voz de su hija.

– Oh, sí. Era Charlotte.

St. James caminó hacia el sofá. Su pierna mala le pesaba una tonelada y la espalda le dolía debido al esfuerzo de izar su cuerpo sobre muros de ladrillo. Para que su aflicción fuera completa, sólo necesitaba una de sus migrañas. Había que tomar una decisión, y la misma reticencia que sentía a tirar de su cuerpo con cada movimiento le dijo cuán necesario era que la tomara.

– Le diré lo que sé en este momento.

– Y luego dejará que nos las arreglemos solos.

– Sí. En buena conciencia, no puedo seguir con esto.

– Entonces, le cree.

– Sí, señora Bowen. No me cae muy bien y no me entusiasma lo que defiende. Creo que su periódico debería ser borrado de la faz de la tierra. Pero le creo.

– ¿Por qué?

– Porque, como él ha dicho, podría haber aireado la historia hace diez años, cuando usted se presentó al Parlamento por primera vez. Carece de motivos para airear la historia ahora. Excepto para salvar a su hija.

– Su progenie, señor St. James. Su hija no. Charlotte es hija de Alex. -Abrió los ojos y movió la cabeza hacia él sin levantarla del respaldo-Usted no entiende de política, ¿verdad?

– ¿Al nivel de usted? No, supongo que no.

– Bien, esto es política, señor St. James. Como dije desde un principio, todo esto es un asunto político.

– No lo creo.

– Lo sé. Por eso hemos llegado a un callejón sin salida. -Hizo un ademán cansado en su dirección-. De acuerdo. Cuéntenos el resto de los hechos. Y después se irá. Nosotros decidiremos lo que se debe hacer y usted podrá lavarse las manos.

Alexander Stone se dirigió a la butaca que hacía juego con el sofá, junto a la chimenea y frente a su mujer. Se sentó en el borde, con los codos apoyados sobre las rodillas, la cabeza gacha, los ojos clavados en los zapatos.

Liberado de una responsabilidad que no había querido asumir desde el primer momento, St. James no se sentía nada liberado. Al contrario, se sentía agobiado por un peso más tremendo y más aterrador. Intentó desechar la sensación. No tenía ninguna obligación, se dijo, pero aun así notaba el tremendo esfuerzo que le costaba desprenderse de ella.

– Tal como hablamos, fui a la escuela Shenkling. -Vio que Alexander Stone levantaba la cabeza-. Hablé con las niñas de entre ocho y doce años. La niña que estamos buscando no estaba allí. Tengo una lista de las ausentes de hoy, por si quiere telefonearlas.

– ¿Qué significa todo esto? -preguntó Stone.

– Una amiga de Charlotte -explicó su mujer, mientras St. James le pasaba la lista.

– El profesor de música de Charlotte… -dijo St. James. -Chambers -dijo Stone.

– Sí, Damien Chambers. Nos dijo que Charlotte solía acudir en compañía de otra niña a sus clases de música de los miércoles. Por lo visto, esta niña fue también con Charlotte el pasado miércoles. La hemos buscado con la esperanza de que pueda decirnos algo sobre lo ocurrido esa tarde. Hasta el momento, no hemos podido localizarla.

– Pero la descripción del vagabundo nos proporciona algo -dijo Eve Bowen.

– Sí, y si podemos encontrar a la niña y nos confirma la descripción, incluso confirmar que el vagabundo estaba de vuelta en la zona a la hora que Charlotte entró en su clase de música, tendrá algo más sólido que proporcionar a las autoridades.

– ¿Dónde más podría estar, aparte de Santa Bernadette y la escuela Shenkling? -preguntó Eve Bowen.

– En otra escuela de Marylebone. También existen otras posibilidades. Su clase de baile, por ejemplo. Alguien del barrio. Una niña que se visita con el mismo psicoterapeuta. Tiene que estar en algún sitio.

Eve Bowen asintió. Se llevó los dedos a la sien en un gesto pensativo.

– No lo había pensado antes, pero este nombre… ¿Está seguro de que estamos buscando a una niña?

– El nombre es poco común, pero todas las personas con las que he hablado dicen que es una niña.

Alexander Stone intervino.

– ¿Un nombre poco común? ¿Quién es? ¿Por qué no es alguien a quien conozcamos?

– La señora Maguire la conoce, o al menos conoce su existencia. Así como el señor Chambers y, como mínimo, una compañera de Charlotte en Santa Bernadette. Por lo visto, es una niña a la que Charlotte ve a escondidas.

– ¿Quién es?

– Se llama Breta -dijo Eve Bowen a su marido-. ¿La conoces, Alex?

– ¿Breta?

Alexander Stone se puso en pie. Se acercó a la chimenea y cogió una fotografía de una niña de pocos años en un columpio. Él estaba detrás del columpio y sonreía a la cámara.

– Dios mío -dijo-. Jesús.

– ¿Qué pasa? -preguntó Eve.

– ¿Ha pasado estos dos días buscando a Breta? -preguntó Stone a St. James con voz cansina.

– En gran parte sí. Hasta que recibimos la información sobre el vagabundo, era la única pista que teníamos.

– Bien, esperemos que su información sobre el vagabundo sea más fiable que la información sobre Breta. -Stone lanzó una carcajada de desesperación y dejó la fotografía boca abajo sobre la repisa de la chimenea-. Brillante. -Miró a su mujer, y luego desvió la vista-. ¿Dónde has estado, Eve? ¿Dónde cojones has estado? ¿Vives en esta casa o sólo vienes de visita?

– ¿De qué estás hablando?

– Estoy hablando de Charlie. Estoy hablando de Breta. Estoy hablando del hecho de que tu hija, mi hija, nuestra hija, Eve, no tiene una sola amiga en el mundo y tú ni siquiera lo sabes.

St. James sintió que corría hielo por sus venas cuando lo que Stone había dicho y su posible significado empezaron a aglutinarse inexorablemente. Vio que Eve Bowen había perdido por un momento un vestigio de su aire de fría tranquilidad.

– ¿A qué te refieres? -preguntó.

– A la verdad -replicó Stone. Rió de nuevo, pero esta vez la carcajada rozó la histeria-. Breta no es nadie, Eve. Nadie. Breta no es real. Tu detective privado se ha pasado dos días peinando Marylebone en busca de la amiga imaginaria de Charlotte.

12

– Breta -susurró Charlotte-. Breta, mi mejor amiga.

Sentía los labios agrietados y la boca como llena de migas de pan rancio. Por lo tanto, supo que Breta no la oiría y, peor aún, que no contestaría.

Le dolía todo el cuerpo. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que había grabado la cinta para Cito, pero le parecían días y meses y años. Le parecía una eternidad.

Tenía hambre y sed. Sentía los ojos como si tuviera una nube apretada contra los párpados y que llenara el resto de su cabeza. No recordaba cuándo había estado tan cansada, y si no hubiera sentido el cuerpo tan entumecido, y las piernas y brazos tan pesados, habría experimentado algo más que un poco de angustia por el hecho de que el estómago había empezado a dolerle, debido al tiempo transcurrido desde el pastel de carne y el zumo de manzana. Pero aún podía saborearlos si pasaba la lengua por el paladar.

Un pinchazo atravesó su estómago. Sin levantarse de la manta mojada, alzó las rodillas y se ovilló, lo cual estiró la manta unos centímetros y la dejó expuesta al aire húmedo de su oscura prisión.

– Frío -murmuró con sus labios agrietados, y se ciñó la chaqueta de punto alrededor del cuerpo. Puso una mano entre las piernas para calentarla. Embutió la otra en el bolsillo de la chaqueta.

Entonces, le tocó dentro del bolsillo, y sus ojos se abrieron a la oscuridad mientras se preguntaba cómo había podido olvidarse del pequeño Widgie. Qué mala amiga era, pensó, ansiosa por hablar con Breta, mientras Widgie había sufrido todo el tiempo frío, angustia, hambre y sed, al igual que Lottie.

– Lo siento, Widgie -murmuró, y cerró los dedos sobre el bulto de arcilla que, como Cito le había explicado con todo detalle, había sido cocido, vidriado e introducido mucho tiempo atrás en un bombón sorpresa de Navidad para deleite de un niño que había vivido décadas y décadas antes del nacimiento de Charlotee. Palpó las púas del lomo de Widgie y el punto de un extremo que hacía las veces de hocico. Cito y ella lo habían visto un día en una tienda de Camden Passage, entre un despliegue de otras figurillas similares, cuando habían ido a buscar algo especial para mamá como regalo del día de la Madre.

– ¡Un erizo, un erizo! -había chillado Lottie, con el dedo apuntado al minúsculo ser-. ¡Cito, es como la señora Tiggy-Winkle!

– No exactamente, Charlie -había dicho Cito.

Lo cual era cierto porque, al contrario que la señora Tiggy-Winkle, el erizo en cuestión no llevaba enaguas a rayas, gorra o vestido. No llevaba nada de nada, excepto sus púas y su preciosa cara de erizo. Pese a su falta de atuendo, seguía siendo un erizo, y éstos eran los animalitos favoritos de Lottie. Cito se lo había comprado y ofrecido en la palma de la mano, y ella lo había llevado en el bolsillo desde entonces, como un amuleto de la suerte, fuera a donde fuera. ¿Cómo había podido olvidarse de Widgie, cuando había estado con ella todo el tiempo?

Lottie lo sacó del bolsillo para apretarlo contra su cara. Al sentir su contacto la embargó una enorme tristeza. Estaba frío, como hielo. Tendría que haberle dado calor. Tendría que haberlo cuidado. Dependía de ella, y le había fallado.

Tanteó en la oscuridad en busca de una esquina de la manta sobre la cual estaba tendida, y enrolló al erizo en su interior.

– Abrígate, Widgie -dijo con labios que apenas podía mover, tan agrietados estaban-. No te preocupes. Pronto regresaremos a casa.

Porque irían a casa. Sabía que Cito contaría la historia que el secuestrador quería, y así terminaría la pesadilla. No más oscuridad. No más frío. No más ladrillos como cama y cubo como retrete. Sólo esperaba que Cito pidiera ayuda a la señora Maguire antes de contar la historia. No era muy bueno contando historias, y siempre empezaban igual: «Érase una vez una bruja malvada, fea y perversa, y una princesita muy hermosa de cabello castaño corto y gafas…» Si el secuestrador quería una historia diferente, Cito necesitaría la ayuda de la señora Maguire.

Lottie intentó calcular cuánto tiempo había pasado desde que había grabado la cinta para Cito, cuánto tiempo tardaría Cito en inventar una historia después de oír la cinta. Intentó decidir qué clase de historia complacería al secuestrador, y se preguntó cómo le haría llegar Cito la historia. ¿La contaría en la grabadora como ella? ¿Se la contaría por teléfono?

Estaba demasiado cansada para pensar en respuestas a sus preguntas, demasiado cansada incluso para suponer qué respuestas podrían ser. Con una mano metida en el bolsillo de la chaqueta, la otra encajada entre sus piernas y las rodillas alzadas para que el estómago no le doliera, cerró los ojos y pensó en dormir. Porque estaba muy cansada, horriblemente cansada…

Luz y sonido se abatieron sobre ella al mismo tiempo. Llegaron como un rayo, sólo que al revés. Primero un furioso chasquido y un retumbar desesperado, y después destellos rojos y brillantes sobre sus párpados. Lottie abrió los ojos.

Lanzó una exclamación ahogada ante aquella luz que hería sus ojos. Esta vez no era la incandescencia regulada de la linterna, sino auténtica luz del sol. Penetraba por una puerta de la pared, y por un segundo no hubo nada más. Sólo la luz, tan brillante, tan difícil de mirar. Se sintió como un topo. Se encogió, apretó los ojos, lanzó un grito y se aovilló como una bola.

Entonces, con sus ojos entornados le vio de pie en el umbral de la puerta, con la luz que le iluminaba por detrás. Distinguió en el triángulo de sus piernas los colores azul y verde, y pensó en la luz del día, el cielo y los árboles, pero no supo decir qué era, porque no llevaba las gafas.

– Necesito mis gafas -musitó.

– No -dijo el hombre-. No necesitas tus gafas.

– Pero yo…

– ¡Cierra el pico!

Lottie se acurrucó en su manta. Vio la silueta del hombre, pero la luz de detrás (tan brillante, tan furiosa, como si descara devorarla) le impidió distinguir nada más. Excepto sus manos. Llevaba guantes. En una de sus manos sostenía un termo rojo y en la otra algo que parecía un tubo. Los ojos de Lottie se clavaron en el termo. Frío, dulce y líquido. Pero en lugar de destapar el termo y darle de beber, el hombre tiró el tubo sobre los ladrillos que había encima de su cabeza. Forzó la vista y vio que era un periódico.

– Papá no ha dicho la verdad -dijo el hombre-. Papá no ha dicho ni palabra. ¿No es una pena, Lottie?

Había algo en su voz… Lottie sintió cosquillas en los ojos y un nudo en el estómago.

– Intenté decírtelo -murmuró-. Lo intenté. Cito no sabe contar bien historias.

– Y eso es un problema, ¿eh? Pero da igual, porque sólo necesita un poco de estímulo. Se lo vamos a dar, tú y yo. ¿Estás dispuesta?

– Intenté decirle… -Lottie trató de tragar saliva. Extendió una mano hacia el termo-. Tengo sed.

Quiso levantar la cabeza de los ladrillos, quiso correr hacia la luz que había detrás del hombre, pero no lo consiguió. No tenía fuerzas para nada. Notó que resbalaban lágrimas por las comisuras de sus ojos.

«Qué niña», habría dicho Breta.

El hombre cerró la puerta con el pie, pero no llegó a encajarse. Quedó una franja de luz, indicando a Lottie dónde estaba. Una franja de luz que le indicaba en qué dirección correr.

Pero le dolía demasiado el cuerpo. Apenas podía moverse. Tenía hambre, sed y cansancio. Además, estaba a tres pasos de distancia, y el hombre salvaría en menos de un segundo aquellos pasos, y ella estaba viendo sus zapatos y la parte inferior de sus pantalones.

El hombre se arrodilló y ella retrocedió. Notó un bulto detrás de su cabeza y comprendió que había rodado sin querer sobre Widgie. «Pobre Widgie -pensó-. No he sido muy buena con Widgie.» Se apartó de él.

– Así está mejor -dijo el hombre-. Cuando no peleas, es mejor. Como a través de una nube, lo vio destapar el termo. -Mis gafas -dijo-. ¿Puedes darme mis gafas?

– Para esto no necesitas gafas.

El hombre deslizó la mano izquierda bajo su cuello y alzó su cabeza.

– Papá tendría que haber publicado la historia -dijo. Aumentó la presa de los dedos. Tiraron de su pelo-. Papá tendría que haber obedecido.

– Por favor… -Lottie sintió que temblaba por dentro. Sus pies empezaron a agitarse. Sus manos arañaron el suelo-. Me haces daño -dijo-. No… Mi mamá…

– No -dijo el hombre-. Esto no va a hacerte daño. Ni una pizca. Ya lo verás. ¿Estás preparada para beber?

La sujetaba con firmeza, pero Lottie se sintió más animada. No tenía intención de hacerle daño.

Sin embargo, en lugar de verter zumo en el tapón del termo, en lugar de alzar aquel tapón en forma de vaso hasta su boca, agarró su cuello con más fuerza, echó su cabeza hacia atrás y colocó el termo encima de su boca. Empezó a verter.

– Traga -murmuró-. Tienes sed. Traga. Te sentará bien. Lottie tosió. Escupió. Engulló el líquido. Estaba frío, pero no era zumo.

– No es… -dijo.

– ¿Zumo? Esta vez no. Pero está fresco, ¿no? Date prisa. Bébelo todo.

Lottie se resistió, pero él se limitó a agarrarla con más fuerza. La niña comprendió que el camino a la libertad consistía en obedecerle. Bebió y tragó. Él vertió y vertió.

Y antes de que se diera cuenta, Lottie estaba flotando. Vio a la hermana Agnetis. Vio a la señora Maguire. Vio a mamá, a Cito y Fermaine Bay. Y entonces la oscuridad regresó.

SEGUNDA PARTE

13

Eran las 17.55 cuando el agente detective Robin Payne recibió la llamada que estaba esperando, tres semanas después de terminar su curso de preparación, dos semanas después de su nombramiento oficial de agente detective, y menos de veinticuatro horas después de haber decidido que la única forma de aliviar su angustia (pánico al escenario, lo llamaban) era telefonear a su nuevo sargento detective a casa y solicitar que le incluyera en el primer caso que apareciera.

– Estás muy ansioso por ser el chico favorito de alguien, ¿verdad? -le había preguntado con sarcasmo el sargento Stanley-. Quieres llegar a comisionado antes de los treinta, ¿eh?

– Sólo quiero utilizar mis habilidades, sargento.

– Tus habilidades, ¿eh? -se había burlado el otro-. Créeme, hijo, tendrás muchas oportunidades de utilizar tus habilidades, sean las que sean, antes de que hayamos acabado contigo. Maldecirás el día en que te apuntaste al DIC.

Robin lo dudaba, pero buscó en su pasado alguna explicación que el sargento pudiera comprender y aceptar.

– Mi madre me enseñó a superarme constantemente.

– Te quedan años para hacer eso.

– Lo sé. De todos modos, ¿lo hará, señor?

– ¿Qué haré, renacuajo?

– Dejarme participar en el primer caso que se presente.

– Hummm. Tal vez. Ya lo veremos -había sido la respuesta del sargento.

Y cuando más tarde llamó para complacer su solicitud, dijo: -Vamos a ver cómo te las compones, detective.

Cuando dejó atrás la estrecha calle mayor de Wootton Cross, Robin admitió que su desesperada solicitud de ser asignado al primer caso que se presentara tal vez no había sido la mejor de las ideas. Su estómago estaba tensado con firmeza alrededor de seis bocadillos resecos que había engullido en la fiesta de compromiso de su madre (por suerte, la llamada telefónica del sargento Stanley le había salvado de presenciar el lamentable espectáculo de su madre y su corpulento y calvo prometido en el acto de babearse mutuamente), y en aquel momento parecía concentrado en empujar hacia arriba aquellos emparedados y expulsarlos al exterior. ¿Qué pensaría el sargento Stanley sobre aquel detective pardillo, si Robin vomitaba cuando viera el cadáver?

En efecto, se dirigía a ver un cadáver, según Stanley, el cadáver de una niña que había sido encontrado en la orilla del canal Kennet y Avon.

– Justo al otro lado de Allington -le había informado Stanley-. Hay una senda que corre junto a Manor Farm. Atraviesa los campos, y luego se desvía al sudoeste, hacia un puente. El cuerpo está allí.

– Conozco el lugar.

Robin no había vivido en el campo durante sus veintinueve años sin cubrir su cupo de paseos por él. Desde muy pequeño, pasear por el campo había sido su único y mejor medio de escapar de su madre y su asma. Bastaba con oír el nombre de un lugar de la campiña (Kitchen Barrow Hill, Witch Plantation, Stone Pit, Furze Knoll) para que una imagen mental de aquel sitio se le apareciera. Intuición geográfica perfecta, lo había llamado uno de sus profesores cuando iba al colegio. «Tienes futuro en la topografía, la cartografía, la geografía, la geología.» Pero nada de aquello le había interesado. Quería ser policía. Quería deshacer entuertos. De hecho, sentía pasión por deshacer entuertos.

– Puedo estar ahí en veinte minutos -había dicho a su sargento-. No ocurrirá nada antes de que yo llegue, ¿verdad? -había preguntado con angustia-. ¿No extraerá conclusiones ni nada por el estilo?

Stanley había resoplado.

– Si hubiera solucionado el caso cuando llegaras, me lo callaría. ¿Has dicho veinte minutos?

– Puedo hacerlo en menos.

– No te mates, renacuajo. Es un cadáver, no un incendio.

Sin embargo, Robin había recorrido la distancia en un cuarto de hora, primero hacia Marlborough, para desviarse a continuación hacia el noroeste, una vez pasada la oficina de Correos del pueblo, donde tomó la carretera rural que dividía las exuberantes tierras de labranza, las colinas y la miríada de túmulos, montículos y otros lugares prehistóricos que constituían el valle de Wootton. Siempre había considerado el valle un lugar apacible, su primera elección para huir de las tribulaciones inherentes, en ocasiones, a vivir con una madre inválida. Así se sentía en aquel atardecer de mayo, cuando la brisa agitaba los campos de heno y su madre inválida estaba a punto de independizarse. Sam Corey no era el marido adecuado para ella (veinte años demasiado mayor, todo palmaditas en el culo, besuqueos en el cuello, guiños obscenos y oscuros comentarios acerca de dar saltitos sobre el colchón «cuando te pille a solas, perita en dulce») y Robin no comprendía qué veía en él su madre. Pero había sonreído cuando tocaba sonreír, y levantado su copa para brindar por la feliz pareja con champán barato. Al oír el teléfono, había huido y tratado de alejar de su mente las extravagancias a que aquel par se dedicaría cuando cerrara la puerta. A nadie le hacía gracia pensar en su madre retozando con un amante, sobre todo con aquel amante. No era agradable.

El caserío de Allington estaba situado en una curva de la carretera, como el extremo saliente de un codo. Consistía en dos granjas cuyas casas, establos y edificios anexos eran las construcciones más significativas de la zona. Un prado hacía las veces de frontera de la aldea, y en él pacía un rebaño de vacas, con las ubres hinchadas de leche. Robin bordeó el prado y atajó por Manor Farm, donde una mujer de aspecto hosco ahuyentaba a tres niños en dirección a una casa con techo de paja.

El sendero que el sargento Stanley había descrito a Robin no era más que una pista. Pasaba por delante de dos casas de tejados rojos y efectuaba una limpia incisión entre los campos. Con la anchura exacta de un tractor, presentaba rodadas de neumáticos y por su centro corría una vena de hierba. Alambradas a cada lado de la pista servían para encerrar los campos, todos cultivados v en los que crecía el trigo hasta una altura de treinta centímetros.

El coche de Robin traqueteó por la pista. El puente distaba casi dos kilómetros. Condujo con cariño el Escort, y confió en que la suspensión no sufriera daños irreversibles.

Más adelante la pista efectuaba la ligera ascensión que indicaba su paso por encima del puente de Allington. A cada lado del puente había vehículos aparcados sobre la franja de ortigas blancas que servían de límite. Había tres coches de la policía, una furgoneta y una motocicleta azul Ariel, el medio de transporte favorito del sargento Stanley.

Robin frenó detrás de un coche patrulla. Al oeste del puente, agentes uniformados (a cuyo grupo había pertenecido él hasta hacía poco) caminaban a cada lado del canal, uno con los ojos fijos en el sendero peatonal que bordeaba la orilla sur del canal, mientras el otro se abría paso meticulosamente entre la espesa vegetación del lado opuesto, a cinco metros de distancia. Un fotógrafo estaba terminando su trabajo detrás de un cañaveral, en tanto el patólogo forense aguardaba sin impacientarse muy cerca, las manos enfundadas en guantes blancos y un maletín de piel negra a los pies. Aparte del cloqueo de patos y cercetas que anadeaban en el canal, nadie hacía el menor ruido. Robin se preguntó si era respeto por la muerte o sólo la concentración de unos profesionales en su trabajo. Restregó las palmas contra los pan-talones para secarse el sudor. Tragó saliva, ordenó a su estómago que se calmara y salió del coche para enfrentarse a su primer asesinato. Aunque nadie lo había calificado aún de asesinato, se recordó. Stanley se había limitado a decir «Tenemos el cadáver de un niño», y si iba a ser clasificado o no como asesinato dependía de los forenses.

Robin vio que el sargento estaba trabajando en el puente. Hablaba con una pareja joven, que se cogían mutuamente de la cintura, como si necesitaran darse calor. No era de extrañar, puesto que ninguno de los dos llevaba puesto más que unos trocitos de tela: la mujer, tres triángulos negros del tamaño de una palma a modo de traje de baño; el hombre, pantalones cortos blancos. Era obvio que la pareja había llegado en la barca que estaba amarrada en el canal, al este del cañaveral. Las palabras «recién casados» escritas con espuma de afeitar en las ventanas de la barca indicaban qué estaban haciendo en la zona. Navegar por el canal era una actividad muy popular en primavera y verano, así como pasear por el camino de sirga, visitar los lagos y dormir al aire libre desde Reading hasta Bath.

Stanley levantó la vista cuando Robin se acercó. Cerró su libreta y la guardó en el bolsillo trasero de sus vaqueros. -Quédense aquí -dijo a la pareja.

Rebuscó en su chaqueta de cuero y extrajo un paquete de Embassy, que ofreció a Robin. Los dos encendieron cigarrillos.

– Por aquí -dijo Stanley.

Guió a Robin hasta la pendiente que descendía al camino de sirga. Sujetó el cigarrillo entre el índice y el pulgar y habló como era su costumbre, por un lado de la boca, como si cada frase fuera un secreto entre él y el oyente.

– Recién casados. -Resopló y con el cigarrillo señaló la barca. Alquilaron eso, y considerando que es un poco temprano para detenerse a pasar la noche, y que no hay ningún paisaje especial en los alrededores, ya imagino qué tenían en mente cuando decidieron parar, ¿no? -Siguió con la vista fija en la barca-. Echale un vistazo, renacuajo. Me refiero a la chica, no a la barca. La chica.

Robin lo hizo. La parte inferior del bikini no le cubría el trasero, sino que consistía en una indecente tira de tela que desaparecía entres sus firmes nalgas doradas. El joven había posado la mano sobre una de las nalgas con aire de propietario. Robin oyó a Stanley inspirar entre dientes.

– Hora de ejercer las prerrogativas matrimoniales, diría yo. No me importaría darle un buen meneo a esa polluela. Loado sea Dios, menudo culo tiene. ¿Y tú, renacuajo?

– ¿Yo?

– ¿No se lo darías?

Robin supo que iba a ruborizarse, y agachó la cabeza para ocultarlo. Hundió la punta del zapato en el suelo y sacudió la ceniza del cigarrillo en lugar de contestar.

– Esto es lo que ha pasado -continuó Stanley, hablando por un lado de la boca-. Paran para echar un polvete. Por quinta vez hoy, pero qué coño, son recién casados. El sale para amarrar la barca, con las manos temblorosas y la polla enhiesta como un periscopio en busca del enemigo. Encuentra un lugar donde clavar la estaca para amarrar la barca (la ves al final de la línea, ¿verdad?), pero cuando está en plena faena encuentra el cadáver del niño. Culo Bronceado y él corren como alma que lleva el diablo hasta Manor Farm y llaman a la policía desde allí. Ahora se mueren de ganas por marcharse, y los dos sabemos por qué, ¿verdad?

– No pensará que tuvieron algo que ver…

– ¿Con esto? -El sargento negó con la cabeza-. Pero tienen mucho que hacer el uno con el otro. Ni siquiera encontrar un cadáver apaga las hogueras de algunas personas, si sabes a qué me refiero. -Tiró el cigarrillo en dirección a los patos, que siseó al entrar en contacto con el agua. Uno de los patos lo engulló. Stanley sonrió-. Carroñeros -dijo- Vámonos. Ha llegado tu momento. Pareces pálido, chaval. No irás a hacer un número, ¿verdad?

No, le tranquilizó Robin. No iba a vomitar. Estaba nervioso, nada más. Meter la pata en presencia de su superior era lo último que deseaba hacer, y el temor a meter la pata le había puesto los nervios de punta. Quiso explicarlo a Stanley, y también expresarle su gratitud por haberle asignado el caso, pero se abstuvo. No era necesario ponerse en entredicho en aquel momento, y expresar la gratitud en aquellas circunstancias no parecía el comportamiento adecuado de un agente detective.

Stanley llamó a la pareja que había descubierto el cadáver.

– Ustedes dos, no se alejen. Aún no hemos terminado. -Guió a Robin por el camino de sirga-. Bien. Vamos a ver si tu azotea está bien surtida. -Señaló a los agentes que inspeccionaban cada lado del canal-. Es probable que sea un ejercicio inútil. ¿Por qué?

Robin observó a los agentes. Eran ordenados, silenciosos y andaban al mismo paso. Estaban concentrados en su trabajo y no se permitían distracciones.

– ¿Inútil? -repitió. Para ganar tiempo, dedicó un momento a apagar el cigarrillo contra la suela del zapato. Guardó la colilla en el bolsillo-. Bueno, no van a encontrar huellas de pisadas, si es lo que andan buscando. Demasiada hierba en el camino de sirga, demasiadas flores silvestres y malas hierbas en la orilla. Pero… -Vaciló, y se preguntó si daría la impresión de que iba a corregir lo que parecía una conclusión apresurada de su sargento. Decidió correr el riesgo-. Pero podrían encontrar otras cosas, aparte de pisadas. Si es que se trata de un asesinato. ¿Lo es, señor?

Stanley no hizo caso de la pregunta. Entornó los ojos y se llevó otro cigarrillo a la boca.

– ¿Como qué? -preguntó.

– ¿Si es un asesinato? Cualquier cosa. Fibras, colillas de cigarrillo, un arma, una etiqueta, unos cabellos enredados, un casquillo de bala. Cualquier cosa.

Stanley encendió el cigarrillo con un mechero de plástico. Tenía la forma de una mujer agachada que se aferraba los tobillos. La llama brotaba por el culo.

– Estupendo -dijo Stanley. Robin no supo si el sargento se refería a su contestación o al encendedor.

Stanley salió al camino de sirga y Robin le siguió. Se dirigieron en dirección al cañaveral. El patólogo jefe estaba subiendo la orilla del canal por entre una maraña amarillenta de saxífragas doradas y prímulas. Barro y algas se adherían a sus botas. Dos patólogos forenses más esperaban, con sus maletines abiertos. A su lado, una bolsa para cadáveres estaba tirada sobre el camino de sirga, preparada para su utilización.

– ¿Y bien? -preguntó Stanley al patólogo.

Por lo visto, había acudido al lugar de los hechos desde un partido de tenis, porque llevaba un conjunto blanco y una cinta alrededor de la cabeza, un conjunto que desentonaba patéticamente con sus botas negras altas hasta la rodilla.

– Tenemos unas arrugas bastantes pronunciadas en las dos manos y en la planta de un pie -dijo-. El cuerpo ha estado en el agua durante dieciocho horas. Veinticuatro, a lo sumo.

Stanley asintió.

– Ve a echar un vistazo, chaval -dijo a Robin y sonrió al patólogo-. Nuestro Robin todavía es virgen, Bill. Cinco libras a que nos dedica un arcoiris en tecnicolor.

Una expresión de desagrado cruzó la cara del patólogo. Se reunió con ellos en el camino de sirga.

– Dudo que te marees -dijo en voz baja a Robin-. Tiene los ojos abiertos, lo cual siempre es inquietante, pero aún no hay señales de descomposición.

Robin asintió. Respiró hondo y cuadró los hombros. Todo el mundo le estaba mirando (el sargento, el patólogo, los agentes, el fotógrafo y los biólogos), pero estaba decidido a no hacer gala de otra cosa que indiferencia profesional.

Descendió por la orilla del canal entre una profusión de flores silvestres. Tuvo la impresión de que el silencio que le rodeaba se intensificaba, aumentaba su sensibilidad hacia los ruidos emitidos por su cuerpo: el sonido ronco de la respiración, el martilleo del corazón, el crujido de los zapatos cuando aplastaban flores y malas hierbas. El barro se pegoteó a la suela de sus zapatos cuando llegó a las cañas. Las bordeó.

El cuerpo yacía justo detrás de ellas. Primero, Robin vio un pie fuera del agua y encajado entre las cañas, como si hubieran amarrado al niño por algún motivo, después el otro pie, que estaba en el agua con la planta arrugada, como había dicho el patólogo. Sus ojos recorrieron las piernas hasta las nalgas, y de allí hasta la cabeza. Estaba vuelta de lado, con los ojos entreabiertos y muy congestionados. El cabello castaño corto flotaba como alejándose de la cabeza, ondulaba con suavidad sobre la superficie del agua, y mientras Robin contemplaba el cadáver y se devanaba los sesos en busca de la pregunta correcta (a sabiendas de que la sabía, a sabiendas de que un instinto arraigado le haría formular esa pregunta indicadora de que funcionaba con el piloto automático), vio un fugaz destello plateado en la boca entreabierta del niño cuando un pez se introdujo en ella.

Sintió que la cabeza le daba vueltas y las manos pegajosas. Por suerte, su mente reaccionó. Apartó los ojos del cuerpo, encontró la pregunta correcta y la formuló sin que su voz se quebrara.

– ¿Chico o chica?

– Traigan la bolsa -dijo el patólogo a modo de respuesta.

Se reunió con Robin al borde del canal. Uno de los agentes bajó la cremallera de la bolsa. Otros dos, provistos de botas de goma, entraron en el agua. Cuando el patólogo asintió, alzaron el cadáver.

– Chica -dijo cuando su pubis desprovisto de vello quedó expuesto.

Los agentes trasladaron el cuerpo desde el canal a la bolsa, pero antes de subir la cremallera, el patólogo se arrodilló al lado de la niña. Apretó su pecho y una espuma compuesta de burbujas blancas no muy diferentes de las producidas por el jabón surgió por una fosa nasal.

– Ahogada -dijo.

– Entonces, ¿no es un asesinato? -preguntó Robin a Stanley.

– Dímelo tú, chaval. -Stanley se encogió de hombros-. ¿Cuáles son las posibilidades?

Cuando se llevaron el cuerpo y los biólogos forenses descendieron a la orilla con sus frascos y bolsas, Robin meditó sobre la pregunta y sus respuestas plausibles. Se fijó en la barca de los recién casados.

– ¿Estaba de vacaciones? -preguntó-. ¿Se cayó de una barca? Stanley asintió, como si estuviera considerando la hipótesis.

– No se han recibido denuncias de niños desaparecidos.

– ¿Empujada desde una barca? Un empujón rápido no dejaría marcas en el cuerpo.

– Bien pensado -reconoció Stanley-. Eso lo convierte en asesinato. ¿Qué más?

– ¿Un niño de la zona? ¿Tal vez de Allington? ¿De All Cannings? Desde All Cannings se pueden atravesar los campos y llegar hasta aquí.

– El mismo problema de antes.

– ¿Ninguna denuncia por desaparición?

– Exacto. ¿Qué más?

Stanley esperó. No parecía nada impaciente.

Robin puso en palabras la hipótesis final, una contradicción de su primera conclusión.

– ¿Víctima de un crimen, pues? ¿La han…? -Cambió su peso de un pie a otro y buscó un eufemismo-. ¿La han… bueno, manoseado, señor?

Stanley enarcó una ceja en señal de interés. Robin se apresuró a continuar.

– Supongo que sería posible, ¿no? Sólo que no parecía… en el cuerpo… superficialmente… -Se dijo que debía ir al grano. Carraspeó-. Podría ser una violación, sólo que no había señales superficiales de violencia en el cuerpo.

– Un corte en la rodilla -dijo el patólogo desde el camino de sirga-. Algún morado alrededor de la boca y el cuello. Un par de quemaduras cicatrizadas en las mejillas y la barbilla. Primer grado.

– Aun así… -empezó Robin.

– Hay más de una forma de violación -señaló Stanley.

– Ya lo imagino… -Pensó qué dirección debía tomar-. Parece que no tenemos gran cosa, ¿eh?

– ¿Y cuando no se tiene gran cosa?

La respuesta era evidente.

– Hay que esperar a la autopsia.

Stanley se llevó un dedo a la ceja, como felicitándole.

– ¿Cuándo? -preguntó al patólogo.

– Tendré los análisis preliminares mañana. A media mañana. Suponiendo que no reciba más llamadas. -Se despidió de Stanley y Robin con un gesto de cabeza-. Vamos a cargarla -dijo a los agentes, y siguió al cadáver hasta la furgoneta.

Robin les siguió con la mirada. La joven pareja seguía esperando en el puente. Cuando el pequeño cadáver pasó ante ellos, la chica hundió la cabeza en el pecho de su marido. Este la apretó contra sí, una mano en su pelo y la otra en el trasero. Robin desvió la vista.

– ¿Qué hacemos ahora? -le preguntó Stanley.

Robin meditó.

– Hay que saber quién era.

– Antes de eso.

– ¿Antes? Tomamos declaración a la pareja y se la hacemos firmar. Después comprobamos la lista de personas desaparecidas. Si no ha desaparecido nadie en los alrededores, es posible que se haya avisado de su desaparición desde otro sitio, y que ya esté incluida en la lista del ordenador.

Stanley subió la cremallera de su chaqueta de cuero y palmeó los bolsillos de los vaqueros. Sacó un llavero y le dio vueltas en la mano.

– ¿Y antes de eso? -preguntó.

Robin se quedó desconcertado. Miró hacia el canal como buscando inspiración. Podía sugerir que lo dragaran, pero ¿para qué? Stanley se apiadó de él.

– Antes de la declaración y antes de la lista de personas desaparecidas, hemos de lidiar con ésos.

Apuntó el pulgar en dirección al puente.

Un coche polvoriento acababa de detenerse. Una mujer con una libreta y un hombre con una cámara bajaron. Robin vio que corrían hacia los recién casados. Intercambiaron unas palabras, que la mujer apuntó. El fotógrafo empezó su trabajo.

– ¿Periodistas? -preguntó Robin-. ¿Cómo demonios se han enterado tan pronto?

– Al menos no es la televisión -contestó Stanley-. Todavía. Se alejó para lidiar con ellos.

Dennis Luxford acarició con los dedos la mejilla enrojecida de Leo. Estaba mojada de lágrimas. Ajustó las mantas alrededor de los hombros de su hijo y notó una punzada, en parte de culpabilidad y en parte de impaciencia. ¿Por qué el chico tenía que complicar siempre tanto las cosas?, se preguntó.

Luxford murmuró su nombre. Alisó el brillante pelo de Leo y se sentó en el borde de su cama. 0 estaba dormido como un tronco, o fingía mejor de lo que Luxford pensaba. En cualquier caso, no estaba disponible para continuar discutiendo con su padre. Lo cual era mejor, considerando cómo terminaban las discusiones entre ambos.

Luxford suspiró. Pensó en la palabra «hijo» y en lo que aquellas dos simples sílabas implicaban sobre responsabilidad, consejo, amor ciego y esperanza secreta. Se preguntó por qué había dado siempre por supuesto que sería un padre modélico y por qué había pensado siempre en la paternidad en términos de recompensas. Ser padre se le antojaba una obligación interminable. Era un deber que duraba toda la vida, y que le exigía una reserva de perspicacia para enfrentarse a la batalla interminable con sus deseos personales, además de poner a prueba sus escasas reservas de paciencia. Era demasiado para que un hombre lo soportara. ¿Cómo lo lograban otros hombres?, se preguntó Luxford.

Al menos, sabía una parte de la respuesta. Otros hombres no tenían hijos como Leo. Un vistazo al dormitorio de Leo, combinado con el recuerdo de su propia habitación y la de su hermano cuando tenían la edad de Leo, bastaba para Luxford. Fotografías de películas en blanco y negro: desde Fred y Ginger en traje de etiqueta, hasta Gene, Debbie v Donald cantando y bailando bajo la lluvia. Un montón de libros de arte sobre un sencillo escritorio de pino, al lado un cuaderno de dibujo con el esbozo de un ángel arrodillado, cuyo halo perfecto y alas plegadas lo definían como un ejemplo primoroso de los frescos del siglo xiv. Una jaula de pinzones: agua limpia, alpiste limpio, papel limpio en el suelo. Una biblioteca con volúmenes de tapa dura ordenados por autores, desde Dahl a Dickens. Y en un rincón, un baúl de madera con bisagras de hierro negras, en cuyo interior, como bien sabía Luxford, se acumulaban olvidados un bate de críquet, una raqueta de tenis, una pelota de fútbol, patines en línea, un juego de química, una colección de soldados de juguete y un par de aquellas cosas parecidas a pijamas que llevaban los expertos en kárate.

– Leo -dijo en voz baja-, ¿qué voy a hacer contigo?

«Nada -le habría dicho Fiona con firmeza-. Nada en absoluto. Está bien. Está perfecto. El problema es tuyo.»

Luxford apartó de su mente el diagnóstico de Fiona. Se agachó, rozó con los labios la mejilla de su hijo y apagó la luz de la mesita de noche. Se quedó sentado en la cama hasta que la oscuridad de la habitación se fundió en su vista con la luz del exterior que se filtraba por las cortinas corridas. Cuando pudo ver las formas de los muebles y las líneas de los marcos negros de las fotos clavadas en la pared, salió de la habitación.

Encontró a su mujer en la cocina. Estaba de pie ante la encimera, llenando el molinillo de café. En cuanto el pie de Luxford pisó las losas del suelo, conectó el molinillo.

Luxford esperó, Fiona vertió agua en una máquina expreso. La enchufó. Introdujo el café recién molido en el filtro, lo aplastó como si fuera tabaco y conectó el aparato. Una luz ambar se encendió del aparato empezó a zumbar, Ella no se movió, a la espera de que saliera el café, de espaldas a su marido.

Luxford reconoció los signos. Comprendía los mensajes no verbalizados que una mujer comunicaba mediante la sencilla estrategia de mostrar a un hombre la nuca en lugar de la cara, pero aun así se acercó a ella. Apoyó las manos en sus hombros y apartó su pelo a un lado. Besó su cuello. Tal vez, pensó, podrían fingir.

– Eso te va a desvelar -murmuró.

– Ya me va bien. Esta noche no tengo la menor intención de dormir.

No añadió «contigo», pero Luxford no necesitaba las palabras para conocer su estado de ánimo. Lo notaba en la resistencia de sus músculos bajo los dedos. Dejó caer las manos.

Fiona fue a buscar una taza y la colocó bajo una de las dos espitas del aparato. Un hilo de café expreso empezó a manar del filtro.

– Fiona. -Esperó a que le mirara. No lo hizo. Estaba concentrada en el café-. Lo siento. No quería disgustarle. No quería que las cosas llegaran tan lejos.

– Entonces, ¿qué querías?

– Quería que habláramos. Intenté hablar con él cuando comimos el viernes, pero no llegamos a ningún sitio. Pensé que si lo intentaba, estando los tres juntos, solucionaríamos el problema sin que Leo montara una escena.

– Y no puedes soportarlo, ¿verdad?

Fiona sacó un cartón de leche de la nevera. Vertió una medida meticulosa en una jarrita de acero inoxidable. Volvió a la cafetera v dejó la jarra sobre la encimera.

– Dios nos libre de que un niño de ocho anos monte una escena, ¿verdad, Dennis?

Realizó un ajuste en un lado del aparato y comenzó a calentar la leche. Giró la jarra con furia. El aire caliente siseó. La leche espumeó.

– Eso no es justo. No es tarea fácil aconsejar a un niño que considera todo intento de entablar una conversación como una invitación a la histeria.

– No es un histérico.

Fiona dejó la jarra de leche sobre la encimera.

– Fiona.

– No lo es.

Luxford se preguntó cómo lo llamaría su mujer: cinco minutos de comentarios cuidadosamente preparados sobre las ventajas del Colegio Masculino Baverstock habían provocado que Leo se disolviera en lágrimas como si fuera un terrón de azúcar y su padre el agua caliente. Lágrimas como heraldo de los sollozos. Sollozos que dieron paso a aullidos. Aullidos como precursores del pataleo sobre el suelo y los puñetazos a los almohadones del sofá. ¿Qué era histeria, sino aquella enloquecedora reacción ante la adversidad, tan propia de Leo?

Baverstock se la quitaría, y ése era el principal motivo de que Luxford estuviera decidido a arrancar a Leo del ambiente en que Fiona le tenía envuelto como en un capullo, para catapultarle hacia un mundo más duro. Tarde o temprano, tendría que hacer frente a ese mundo. ¿Qué beneficios le reportaba al niño continuar evitando lo que tanto necesitaba para su formación?

Luxford había elegido el momento perfecto para hablar del tema. Los tres juntitos, la feliz familia reunida en el comedor para compartir la cena. Había el plato favorito de Leo, pollo tikka, que el niño había devorado con fruición mientras charlaba acerca de un documental de la BBC sobre lirones, del cual, al parecer, ha- bía tomado extensas notas.

– ¿Crees que podríamos construirles un hábitat en el jardín, mamá? -preguntó-. Suelen preferir los edificios antiguos, desvanes y los espacios encajados entre paredes, pero son muy bonitos, y creo que si les construyéramos un hábitat apropiado, en uno o dos años…

Entonces, Luxford decidió que había llegado el momento de clarificar de una vez por todas dónde residiría Leo en esos uno o dos años de los que estaba hablando.

– No sabía que te interesaran las ciencias naturales -dijo-. ¿Has pensado en estudiar veterinaria?

La boca de Leo formó la palabra «veterinaria». Fiona miró a Luxford, que decidió hacer caso omiso de la crítica contenida en su expresión. Continuó.

– La veterinaria es una carrera estupenda, pero requiere cierta experiencia previa con animales. Y vas a tener esa experiencia en cantidades industriales. De hecho, estarás muy por encima de los demás aspirantes cuando estés listo para ir a la universidad. Lo que más te gustará de Baverstock es lo que ellos llaman la granja modelo. ¿Te lo había dicho? -No dio a Leo oportunidad de contestar-. Te lo voy a contar.

Y empezó su monólogo, un himno a las glorias del cuidado de los animales. De hecho, sabía poca cosa de la granja modelo del colegio, pero lo que no sabía lo embelleció sin el menor rubor: atardeceres soleados en las colinas surcados por la brisa, los placeres de ayudar a parir ovejas, los retos de las vacas, criar el ganado, castrar sementales. Lirones no, por supuesto, al menos auténticos no. Pero en los edificios anexos, los establos, tal vez en los desvanes de los dormitorios, cabía la posibilidad de encontrar algún otro animalito curioso.

– La granja modelo -concluyó- es una de las sociedades, no una asignatura oficial, pero gracias a ella tendrás la suerte de convivir con animales, que a la larga puede conducirte a una carrera para toda la vida.

Cuando había empezado a hablar, la mirada de Leo se había desviado de la cara de su padre al borde de su vaso de leche. La fijó allí y el resto de su cuerpo adquirió una inmovilidad ominosa, excepto por un pie que golpeaba rítmicamente la pata de la silla, cada vez más fuerte. Como cuando Fiona le presentaba su nuca, la mirada fija de Leo, los pataleos y los silencios eran señales de advertencia, pero también constituían un motivo de irritación para su padre. Maldita sea, pensó. Otros niños iban al internado cada año. Hacían su baúl, metían comida en su fiambrera, seleccionaban un recuerdo favorito del hogar y partían. Tal vez sentían cosquillas en el estómago, pero mostraban valentía en la cara. Convencidos de que sus padres sabían qué era mejor para ellos y, sobre todo, sin exhibiciones histriónicas. A lo cual conducía, como bien sabía Luxford, aquellos golpecitos en la silla, tan inevitablemente como la puesta de sol anuncia la noche.

Probó la capacidad del pensamiento positivo.

– Imagina los nuevos amigos que harás, Leo -dijo.

– Tengo amigos -contesto Leo a su vaso de leche, con aquel irritante acento de moda que imitaba el ingles norteamericano. Por suerte, la escuela privada pronto acabaría también con aquello.

– Piensa en las sólidas amistades que vas a entablar. Durarán toda tu vida. ¿Te he dicho ya a cuántos de mis ex compañeros veo cada año? ¿Te he dicho hasta qué punto se preocupan mutuamente de sus respectivas carreras, y la influencia que ejercen?

– Mama no fue a la escuela privada. Mama se quedo en casa fue a la escuela pública. Mamá siguió una carrera.

– Por supuesto, y estupenda, pero…

Dios, no estaría pensando el crío en convertirse en modelo como su madre,;verdad? La danza como profesión ya era bastante horrible, pero ¿la moda? ¿La moda? Recorrer una pasarela con la pelvis echada hacia adelante, un codo proyectado hacia fuera, una camisa desabotonada y meneando las caderas, todo el cuerpo una invitación implícita a ser contemplado como objeto. Era una idea impensable. Leo estaba tan preparado para aquella clase de vida como él para irse a la luna. Pero si insistía… Luxford se esforzó por controlar su colérica imaginación.

– Para las mujeres es diferente, Leo -dijo con afabilidad-. Su papel en la vida es diferente, porque su educación es diferente. Tú necesitas una educación masculina, no femenina. Porque vas a vivir en un mundo de hombres, no de mujeres. ¿No es así? -No hubo respuesta-. ¿No es así, Leo?

Luxford observó que Fiona tenía los ojos clavados en él. Se estaba adentrando en terreno peligroso, una auténtica ciénaga, y si continuaba avanzando corría peligro de hundirse hasta el cuello, De todos modos, aceptó el riesgo. El problema iba a solucionarse, y aquella misma noche.

– Un mundo de hombres exige rasgos de carácter que se desarrollan mejor en la escuela privada, Leo. Fibra moral, recursos interiores, pensamiento rápido, talento para el liderazgo, capacidad de tomar decisiones, autoconocunlieno, sentido de la historia. Eso es lo que quiero para ti, y créeme, cuando hayas terminado en Baverstock me darás las gracias. Dirás: Papi, no puedo creer que me resistiera a ir a Baverstock. Gracias por insistir en que era por mi bien, cuando yo no sabía…»

– No quiero -dijo Leo.

Luxford optó por no hacer caso del abierto desafío. Aquello era impropio de Leo, y cabía la posibilidad de que nos hubiera sido su intención rebelarse abiertamente.

– Iremos de visita antes de que empiece el curso y le echaremos un vistazo. De esa manera tendrás ventaja sobre los demás chicos cuando lleguen. Les podrás hacer de guía. ¿No te parece estupendo?

– No quiero,

Este segundo «no quiero» fue mas fuerte y obstinado que el primero. Era la llamarada que precedía al bombardeo, una bengala que se disparaba al aire para iluminar el blanco de las bombas.

Luxford trato de conservar la calma.

– Iras, Leo. Temo que la decisión ya ha sido tomada y, por lo tanto, no admite más discusiones. Es natural sentirse reticente, incluso asustado. Como ya he dicho antes, la mayoría de la gente recibe los cambios con cierto nerviosismo, pero en cuanto te hayas adaptado…

– No -dijo Leo-. ¡No, no y no!

Leo.

– ¡No iré!

Apartó la silla de la mesa y se levantó, a punto de entregarse a su habitual histrionismo.

– Pon la silla en su sitio.

– He terminado.

– Pero yo no. Y hasta que te dé permiso…

– ¡Mamá!

La llamada de socorro a Fiona (y lo que implicaba sobre la naturaleza de su relación) logró que un destello rojizo cruzara los ojos de Luxford. Cogió la muñeca de su hijo tiró de él hacia la mesa.

– Estarás sentado hasta que te diga que has terminado. ¿Entendido?

Leo chilló.

– Dennis -dijo Fiona.

– Y tú no te metas.

– ¡Mama!

– ¡Dennis! Suéltale. Le estás haciendo daño.

Las palabras de Fiona fueron como una invitación. Leo empezó a llorar, después a aullar y luego a sollozar. Y lo que había sido una conversación se transformó en una pelea, que concluyó cuando un Leo que chillaba, pataleaba y daba puñetazos fue conducido y encerrado en su habitación, donde, en consideración a sus preciosas pertenencias, era muy improbable que se entregara a otro ejercicio que golpearse la cabeza contra las almohadas de la cama. Cosa que, al parecer, hizo hasta quedar exhausto.

Luxford y su mujer cenaron en silencio y despejaron la cocina. Luxford leyó el resto del Sunday Times, mientras Fiona aprovechaba la escasa luz para trabajar en las cercanías del estanque del jardín. No entró en la casa hasta las nueve y media, cuando él la oyó ducharse y luego subió a ver a Leo, encontrándole dormido. Entonces se preguntó por enésima vez cómo iba a solucionar la discordia que afectaba a su hogar sin imponer su autoridad y comportarse como el típico paterfamilias al que tanto despreciaba.

Fiona se sirvió una taza de leche caliente. Siempre se quejaba del precio exorbitante que pedían por un tercio de taza de expreso y dos tercios de espuma con la consistencia del diente de león, de modo que se preparaba un café con leche en lugar de un capuchino. Vertió tres cucharadas de espuma encima y le añadió canela. Después sacó el filtro del aparato con cuidado y lo dejó en el fregadero también con cuidado.

Todos sus movimientos comunicaban: «No quiero hablar del asunto.»

Un idiota habría continuado como si tal cosa. Un hombre más prudente habría hecho caso de las señales. Luxford decidió imitar a Feste.(El bufón de La noche de la epifanía, de W. Shakespeare.)

– Leo necesita el cambio, Fiona -dijo-. Necesita un entorno que le exija más, una atmósfera que le proporcione firmeza moral, el trato cotidiano con chicos de buena familia y ambiente decente. De Baverstock sólo obtendrá beneficios. Tienes que comprenderlo.

Fiona levantó la taza y bebió. Con una servilletita cuadrada se enjugó la espuma que orlaba su labio superior. Se apoyó contra la encimera, sin tomarse la molestia de desplazarse a un lugar más cómodo, como él habría hecho para sostener aquella conversación, cosa que Fiona sabía muy bien.

Sostuvo la taza a la altura del pecho y examinó la espuma coronada de canela.

– Qué hipócrita eres -dijo a la espuma-. Siempre has defendido la igualdad, ¿verdad? Para demostrar tu creencia en la igualdad llegaste hasta el punto de casarte con la hija de una sórdida familia…

– Basta ya…

– … del sur de Londres. Del otro lado del río. La hija de un fontanero y una sirvienta de hotel. Donde la gente dice váter en lugar de retrete y nadie que escucha sufre un ataque de apoplejía ni sabe para qué debería tener uno. ¿Cómo lograste rebajarte hasta tal punto? ¿Cómo fue posible, cuando creías en realidad que necesitabas codearte con buenas familias de ambiente decente? ¿O lo hiciste por el reto que significaba?

– Fiona, mi decisión no tiene nada que ver con las clases sociales.

– Tus desagradables escuelas tienen todo que ver con las clases sociales. Todo que ver con conocer a la gente correcta y entablar las relaciones correctas y aprender el acento correcto y procurar que el atuendo, la posición, las actividades sociales, la elección de carrera y la actitud hacia todo el mundo reciban las máximas calificaciones. Porque Dios ayuda a las personas que intentan prosperar en la vida con la sola ayuda del talento y las credenciales de su valía como hombre.

Había empleado muy bien sus armas. Las heridas eran más certeras debido al hecho de que las utilizaba con rara frecuencia. Todos los que peleaban en trincheras eran así, y Luxford lo sabía. Esperaban su oportunidad, esquivaban las balas enemigas y hacían creer a sus oponentes que contaban con armas insignificantes.

– Quiero lo mejor para Leo -dijo Luxford con cierta tirantez-. Necesita que le encarrilen. Baverstock lo conseguirá. Lamento que no lo veas así.

Fiona levantó la vista y le miró a la cara.

– Lo que quieres es que Leo cambie. Te preocupa porque parece… Supongo que tú elegirías la palabra excéntrico, ¿verdad, Dennis? En lugar de la palabra que en realidad piensas.

– Quiero que aclare sus ideas. Aquí no lo conseguirá.

– Tiene muchas ideas, pero tú no las apruebas. Y me pregunto por qué.

Bebió el café.

Luxford notó que los dedos de la advertencia se deslizaban por su espina dorsal. Reconocer su presencia, sin embargo, equivaldría a acobardarse.

– No juegues conmigo a la psicóloga aficionada. Lee esa basura si quieres. Yo no me opongo y a ti parece gustarte, pero te agradecería que no aplicaras tus diagnósticos a nuestra relación.

– Estás aterrorizado, ¿verdad? A Leo le gusta bailar, le gustan los pájaros, le gustan los animalitos, le gusta cantar en el coro de la escuela y le gusta el arte medieval. ¿Cómo puedes interpretar tales horrores en tu hijo? ¿El fruto de tu entrepierna va a convertirse en un sarasa? Y si ése es el caso, ¿no será un colegio masculino el peor ambiente para él? ¿O es lo contrario, porque la primera vez que los chicos mayores enseñen a Leo qué pasa cuando los hombres se desnudan juntos, retrocederá horrorizado y toda tendencia aberrante huirá de su mente por miedo?

Luxford la miró fijamente. Ella le devolvió la mirada. Luxford se preguntó qué leía en su cara y si adivinaba la tensión de su cuerpo y la velocidad con que la sangre fluía hacia sus extremidades. De su expresión sólo dedujo que le estaba escudriñando.

– Supongo que, gracias a tus lecturas, sabrás que algunas cosas no pueden anularse.

– ¿Las preferencias sexuales? Claro que no. 0 si anulan, sólo es por cierto tiempo. Pero ¿y la otra? Puede anularse definitivamente.

– ¿Qué otra?

– El artista. El alma del artista. Haces todo lo que puedes por destruir a Leo. Empiezo a preguntarme cuándo perdiste la tuya.

Fiona salió de la cocina. Luxford oyó que sus sandalias de piel pisaban silenciosamente el suelo de madera. Iba en dirección a la sala de estar. Desde la ventana de la cocina vio encenderse una luz en aquella ala de la casa. Mientras miraba, Fiona se acercó a la ventana y corrió la cortina.

Luxford desvió la vista, pero al hacerlo se encontró cara a cara con sus sueños irrealizados. Ganarse la vida con la literatura era lo que había deseado, dejar su huella en el mundo de las letras, convertirse en un Pepys' del siglo xx. Sabía manejar las palabras y las ideas eran instintivas. Pero su matrimonio le había adormecido. La semana pasada David St. James le había presentado como «el mejor escritor que he conocido». ¿A qué le había conducido el matrimonio?

Le había conducido a ser realista, a llevar comida a casa, a construir un techo sobre su cabeza. También le había conducido al exquisito placer de detener el poder, pero eso era secundario. Lo principal había sido madurar. Como todo el mundo hacía, como todo el mundo debía, incluido Leo.

Luxford decidió que Fiona y él aún no habían concluido la conversación. Si insistía en jugar a la psicoanalista, no se negaría a examinar sus motivos en lo tocante a su hijo. Un escrutinio decente aclararía su comportamiento hacia Leo. Un período de estudio también arrojaría luz sobre el hecho de que se interpusiera entre los deseos de Leo y la sabiduría de su padre.

Fue en su busca, preparado para otra confrontación verbal. Oyó la televisión. Vio la oscuridad cambiante y las imágenes luminosas que parpadeaban en la pared. Aminoró el paso. Su decisión de aclarar las cosas con su mujer vaciló. Debía estar más disgustada de lo que él suponía. Fiona nunca encendía el televisor, a menos que quisiera calmar su mente agitada.

Se acercó a la puerta. Vio a Fiona ovillada en un rincón del sofá, abrazando una almohada sobre el estómago para consolarse. Cuando la vio, sus ansias de lucha se disiparon aún más. Y desaparecieron por completo cuando ella habló sin mirarle. -No quiero que vaya. No le hagas esto, querido. No es justo.

Luxford advirtió que el telediario de la noche ya había empezado. La cara del presentador dio paso a una vista aérea de la campiña. La pantalla mostró un río dividido en dos partes por puentes, campos parcelados, coches aparcados en un estrecho camino.

– Los chicos son moldeables -dijo a su mujer. Se acercó al sofá y se quedó detrás. Tocó su hombro-. Es natural que quieras retenerlo, Fi. Lo que no es natural es ceder al impulso cuando lo mejor para él es que tenga nuevas experiencias.

– Es demasiado joven para nuevas experiencias.

– Le irá bien.

– ¿Y si no?

– ¿Por qué no tomarnos las cosas tal como vengan? -Tengo miedo por él.

– Porque eres su madre. -Luxford cambió de posición, se sentó a su lado, apartó la almohada y la estrechó entre sus brazos. Besó su boca, que sabía a canela-. ¿No podemos formar un frente unido, al menos hasta ver cómo va?

– A veces pienso que intentas destruir todo lo que tiene de especial.

– Si es especial y real, no podrá ser destruido.

Ella volvió la cabeza para mirarle.

– ¿De veras lo crees?

– Todo lo que fui sigue vivo en mí -dijo Luxford, indiferente a si decía la verdad o mentía, sólo para acabar de una vez con la rencilla-. Todo lo que sea especial seguirá vivo en Leo, si es fuerte y real.

– Los niños de ocho años no tendrían que pasar por pruebas tan duras.

– Hay que poner a prueba su temple. Si es fuerte, resistirá. -¿Por eso quieres que padezca esta experiencia? ¿Para poner a prueba su determinación de ser quien es?

Luxford la miró a los ojos y mintió sin el menor remordimiento:

– Exactamente por eso.

La atrajo hacia él y dedicó su atención al televisor. En la pantalla apareció una reportera hablando por un micrófono. Una tranquila extensión de agua corría detrás de ella. Desde el aire parecía un río, pero en realidad era:

«… el canal Kennet y Avon -dijo la joven-, donde esta tarde el cadáver de una niña no identificada, de entre seis y diez años de edad, fue descubierto por los señores Esteban Marquedas, una pareja de recién casados que navegaban en barca desde Reading hasta Bath. Aunque las circunstancias de la muerte parecen sospechosas, aún no se ha decidido si debe calificarse como asesinato, suicidio o accidente. Fuentes de la policía han revelado que el DIC local se ha personado en el lugar de los hechos, y en este momento se está utilizando el Ordenador Nacional de Policía para intentar establecer la identidad de la niña. Se solicita a todas las personas que puedan aportar alguna información que telefoneen a la policía de Amesford.»

El número de teléfono salió impreso en la parte inferior de la pantalla y la joven concluyó dando su nombre y las siglas de su cadena, tras lo cual se volvió y miró hacia el canal con una expresión de solemnidad que debió considerar apropiada para la ocasión.

Fiona le estaba diciendo algo, pero Luxford no oyó sus palabras. En cambio, estaba oyendo la voz de un hombre que decía «La mataré, Luxford, si no publicas la historia», que se imponía a la voz de Eve diciendo «Moriré antes que ceder a tus deseos», apagada a su vez por su voz interior, que repetía los hechos que acababa de escuchar en el telediario.

Se puso en pie con brusquedad. Fiona le llamó por su nombre. Luxford sacudió la cabeza y trató de inventar una explicación.

– Maldita sea -fue lo único que se le ocurrió-. Olvidé informar a Rodney sobre la reunión de mañana.

Fue en busca del teléfono más alejado de la sala de estar y de Fiona.

14

Eran las cinco de la tarde siguiente cuando el inspector Thomas Lynley fue informado sobre el cadáver del canal. Acababa de regresar a Scotland Yard, tras finalizar una nueva entrevista con los fiscales de la Corona. Nunca le gustaba investigar asesinatos de personas famosas, y el caso que los fiscales estaban preparando para el juicio, el de un jugador de la selección nacional de críquet muerto por asfixia, le había colocado en primera plana más a menudo de lo que prefería. Sin embargo, el interés de los medios de comunicación se iba enfriando a medida que el caso empezaba a ser encauzado hacia el sistema judicial. Era improbable que el interés volviera a despertarse hasta que se celebrara el juicio. En consecuencia, tenía la impresión de estar quitándose de encima un peso que le había agobiado durante semanas.

Había ido a su despacho para poner un poco de orden. Durante la última investigación, su caos había adquirido proporciones gigantescas. Además de los informes, notas, transcripciones de entrevistas, documentación relativa al lugar de los hechos y la colección de periódicos que se habían integrado en el método utilizado para llevar el caso, la sala de incidencias había sido desmantelada poco después de la detención de la culpable, y le habían entregado toda una colección de planos, gráficas, horarios, hojas impresas por ordenador, grabaciones telefónicas, expedientes y otros datos para que los separara, ordenara y enviara a los departamentos correspondientes. Estaba decidido a terminar antes de marcharse.

Sin embargo, al llegar a su despacho descubrió que alguien había decidido ayudarle en aquella hercúlea empresa. Su sargento detective, Barbara Havers, estaba sentada con las piernas cruzadas ante una pila de carpetas, con un cigarrillo colgando de los labios. Examinaba con los ojos entornados a causa del humo un informe grapado que descansaba abierto sobre su regazo.

– ¿Cómo va a hacerlo, señor? -preguntó sin alzar la vista-. Llevo trabajando una hora, y sea cual sea su método, carece de sentido para mí. Éste es mi primer cigarrillo, por cierto. Tenía que hacer algo para calmar mis nervios. Bien, déme una pista. ¿Cuál es su método? ¿Hay pilas que guardar, pilas que enviar y pilas que tirar? ¿Qué?

– De momento sólo pilas -dijo Lynley. Se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de su silla-. Pensé que iba a marcharse a casa. ¿No tenía que ir a Greenford?

– Sí, pero llegaré cuando llegue. No hay prisa, ya sabe.

En efecto. La madre de la sargento estaba internada en Greenford, una residencia privada cuya propietaria cuidaba a ancianos, enfermos y, como en el caso de la madre de Havers, personas con trastornos mentales. Havers peregrinaba a verla con tanta frecuencia como le permitía su irregular horario de trabajo, pero por lo que Lynley había conseguido deducir a partir de seis meses de comentarios lacónicos de Havers acerca de sus visitas, siempre era un enigma si su madre la reconocería.

Dio una profunda calada al cigarrillo antes de aplastarlo contra el costado de la papelera metálica, en deferencia a los deseos tácitos de Lynley, y lo arrojó dentro. Gateó entre un mar de carpetas y cogió su abultado bolso de lona. Rebuscó en su interior y extrajo una variedad de pertenencias, de entre las cuales seleccionó un paquete aplastado de chicle Juicy Fruit. Desenvolvió dos barras y se las llevó a la boca.

– ¿Cómo dejó que degenerara hasta tales extremos?

Hizo un gesto que abarcó el despacho y se apoyó contra la pared. Balanceó el talón izquierdo sobre la punta del pie derecho y admiró sus zapatos. Llevaba bambas rojas altas hasta el tobillo. En combinación con sus pantalones azul marino, eran toda una declaración sobre la moda.

– «La anarquía en estado puro se ha desatado sobre el mundo» -dijo Lynley en respuesta a su pregunta.

– Más bien parece que se ha desatado sobre este despacho -contestó Havers.

– Supongo que las cosas se me fueron de la mano -continuó Lynley, y añadió con una sonrisa-: Pero al menos no se desmadraron. Lo cual significa, supongo, que el centro resistirá.

El rostro de Havers se contrajo (cejas arrugadas, boca fruncida, barbilla elevada hacia la nariz), mientras analizaba las palabras en busca de su significado.

– ¿Qué cómo dónde y cuándo, señor?

– Poesía. -Se acercó a su despacho e inspeccionó con aire lúgubre el montón de carpetas de papel manda, libros, planos, v documentos que lo invadían-, «Las cosas se desmoronan / el centro no puede resistir / la anarquía en estado puro se ha desatado sobre el mundo.» Es parte de un poema.

– Ah, un poema maravilloso. ¿Le he dicho alguna vez cuánto agradezco sus esfuerzos por elevar mi conciencia cultural? ¿Era Shakespeare?

– Yeats.

– Incluso mejor. Me gusta que mis alusiones literarias sean oscuras. Volvamos al tema que nos ocupa. ¿Qué vamos a hacer con todo esto?

– Rezar para que se declare un incendio.

Un discreto carraspeo atrajo la atención de los dos hacia la puerta del despacho. En ella se erguía una visión ataviada con un traje cruzado de un rosa subido, con un cuello de seda crema cuyos encajes caían en cascada desde la garganta. Un camafeo antiguo descansaba en el centro de los encajes. Todo cuanto necesitaba la secretaria del superintendente para completar el conjunto era un sombrero de ala ancha, y sería un miembro de la nobleza, a punto de partir hacia Ascot.

– Qué pena da esto, inspector Lynley, -Dorothea Harriman meneó la cabeza con melancolía al contemplar el estado del despacho-. Debe aspirar a un ascenso. Sólo el superintendente Webberly podría superar este desastre. Aunque podría conseguirlo con menos material.

– ¿Te importa echar una mano, Dee? -preguntó Havers desde el suelo.

Harriman levantó una, con las uñas manicuradas a la perfección.

– Otros deberes me llaman, sargento detective. A ustedes también. Sir David Hillier quiere verles.

Havers se golpeó la cabeza contra la pared.

– El pelotón de fusilamiento -gruñó.

– Ha tenido peores ideas -dijo Lynley.

Sir David Hillier acababa de ser ascendido a subcomisionado. Las últimas dos trifulcas de Lynley con Hillier habían recorrido el camino incierto que separa la insubordinación de la guerra abierta. El motivo por el que Hillier les llamaba ahora no debía de ser agradable.

– El superintendente Webberly está con él -añadió Harriman, tal vez para darles ánimo-. Sé de muy buena tinta que han pasado la última hora a puerta cerrada con el más VIP de todos los VIPs: sir Richard Hepton. Vino a pie y se fue a pie. ¿Qué os parece?

– Como el Ministerio del Interior está a cinco minutos a pie de aquí, no me parece nada -dijo Lynley-. ¿Por qué?

– ¿El ministro del Interior, presentarse en Scotland Yard y encerrarse con sir David durante una hora?

– Ha de ser masoquista -sugirió Havers.

– A mitad de la reunión, llamaron al superintendente Webberly y hablaron con él durante media hora más. Después, sir Richard se marchó. Y luego, sir David y el superintendente Webberly me pidieron que viniera a buscarles. Están esperando. Arriba.

Arriba significaba en el nuevo despacho del subcomisionado sir David Hillier, al cual se había trasladado a la velocidad de la luz en cuanto su ascenso fue oficial. Gozaba de una vista deprimente de la estación de Battersea Power, y sus paredes aún no estaban adornadas con la plétora de fotografías que documentaban la carrera triunfal de Hillier, aunque ya estaban colocadas sobre el suelo, como si alguien estuviera decidiendo la disposición más halagadora. En el centro había una ampliación de sir David en el momento de ser nombrado caballero. Estaba arrodillado, con las manos enlazadas ante él y la cabeza gacha. Nunca había parecido más humilde.

Aquella tarde, el hombre vestía un traje gris hecho a medida que hacía juego con su mata de pelo. Estaba sentado detrás de su escritorio, del tamaño aproximado de un campo de fútbol, con las manos enlazadas sobre un secante forrado de piel, de tal forma que su anillo de sello destellaba a las luces del techo. Al lado del secante, colocado en el ángulo preciso, había una libreta amarilla cubierta con la letra florida de la que proyectaba confianza en sí mismo.

El superintendente Webberly (superior inmediato de Lynley) estaba sentado incómodamente en el borde de una silla de diseño ultramoderno, de las que gustaban a Hillier. Sostenía un puro envuelto y le daba vueltas entre el índice y el pulgar. Parecía un oso, con su traje de tweed de puños gastados.

– El cuerpo de una niña fue encontrado anoche en Wiltshire -dijo Hillier a Lynley sin más preámbulos-. Diez años. Era la hija de la subsecretaria de Interior. El primer ministro quiere que el Yard se ocupe de la investigación. El ministro del Interior también. Yo he sugerido que fuera usted.

Las sospechas de Lynley se despertaron de inmediato. Hillier nunca le recomendaba para un caso, a menos que guardara algo desagradable en la manga. Observó que Havers también experimentaba recelos, porque le dirigió una veloz mirada, como si vigilara su reacción. Al parecer, Hillier se dio cuenta de sus dudas, porque continuó con las siguientes palabras:

– Sé que ha habido mala sangre entre nosotros desde hace dieciocho meses, inspector, pero la culpa ha sido de los dos.

Lynley levantó la vista, dispuesto a cuestionar aquel «los dos». Hillier también pareció darse cuenta.

– Puede que haya sido más culpa mía. Todos obedecemos órdenes cuando debemos. Yo no soy diferente de usted a ese respecto. Me gustaría olvidar el pasado. ¿Puede hacerlo usted?

– Si me asigna a un caso, colaboraré -dijo Lynley-. Señor -añadió.

– Tendrá que hacer algo más que colaborar, inspector. Tendrá que reunirse conmigo cuando se lo pida, con el fin de tener informes preparados para el primer ministro y el ministro del Interior. Lo cual significa que no podrá retener información como en el pasado.

– David -advirtió Webberly. «Has metido la pata», implicaba su tono.

– Creo que he sido sincero con los hechos tal como yo los he conocido -dijo Lynley a Hillier.

– Ha sido sincero cuando le he exprimido -replicó Hillier-, pero esta vez no quiero exprimirle. Todo el mundo examinará la investigación bajo el microscopio, desde el primer ministro a los diputados tories. No podemos permitirnos el lujo de fracasar como equipo. Si lo hacemos, rodarán cabezas.

– Comprendo lo que hay en juego, señor -dijo Lynley.

Lo que estaba en juego era todo, puesto que el Ministerio del Interior era responsable de las acciones de New Scotland Yard.

– Bien. Me alegro. Entonces, entérese de esto. Hace menos de una hora, el ministro del Interior me ordenó emplear en el caso lo mejor que tengo. Le elegí a usted. -Era lo más cerca que Hillier había estado de hacerle un cumplido-. ¿Me he expresado con claridad? -añadió, por si Lynley no había captado el homenaje oblicuo que el subcomisionado estaba rindiendo al talento de su subordinado.

– Perfectamente -contestó Lynley.

Hillier asintió y empezó a recitar los detalles. La hija de Eve Bowen, subsecretaria de Interior, había sido secuestrada el miércoles anterior, al parecer durante el trayecto entre su clase de música y su casa de Marylebone. Al cabo de una horas habían sido entregadas notas del secuestrador. Se habían hecho exigencias y se había grabado una cinta con la voz de la niña.

– ¿Rescate? -preguntó Lynley, en referencia a las exigencias.

Hillier negó con la cabeza. El secuestrador quería que el padre natural de la niña asumiera la paternidad públicamente. El padre de la niña no quiso hacerlo porque la madre no se lo permitió. Cuatro días después de la primera petición, la niña había sido encontrada ahogada.

– ¿Asesinada?

– Aún no hay pruebas concluyentes -dijo Webberly-, pero es probable.

Hillier abrió un cajón del escritorio y extrajo un expediente, que entregó a Lynley. Contenía, además del informe de la policía, las fotografías oficiales del cadáver. Lynley las examinó y se fijó en el nombre de la niña, Charlotte Bowen, y en el número del caso, impreso en el dorso de cada una. En el cuerpo no había señales de violencia. Al parecer, se trataba de un accidente. Excepto por un detalle.

– No sale espuma de las fosas nasales -dijo, y pasó las fotos a su sargento.

– Según el DIC local, el patólogo extrajo espuma de los pulmones, pero sólo después de hacer presión sobre el pecho -explicó Webberly.

– Un giro interesante.

– Desde luego.

– Esto es lo que queremos -interrumpió Hillier, impaciente.

No era ningún secreto para los demás que no sentía ningún interés especial para las pruebas halladas en el lugar de los hechos, las declaraciones de los testigos, la comprobación de las coartadas, ni en la recogida y análisis de datos. Su principal fascinación residía en la política policial, y aquel caso en particular prometía un contacto inusitado con dicha política.

– Esto es lo que queremos -repitió-. Alguien del Yard en todos los niveles de la investigación, en todos los lugares y en todo momento.

– Esto es una patata caliente -observó Havers.

– Al ministro del Interior le da igual que los tiernos sentimientos de alguien puedan resultar heridos, sargento. Quiere que nos impliquemos en cada parcela de la investigación, y así será. Tendremos a alguien en Wiltshire que se ocupe de ese extremo del caso, alguien en el frente de Londres, y alguien coordinado con el Ministerio del Interior y Downing Street. Si algún agente tiene problemas con el dispositivo, será sustituido por otro.

Lynley devolvió las fotografías a su sargento.

– ¿Qué nos ha facilitado la policía de Marylebone hasta el momento? -preguntó a Hillier.

– Nada.

Lynley paseó la vista de Hillier a Webberly, y observó que este último había clavado de repente los ojos en el suelo.

– ¿Nada? -dijo-. ¿Quién es nuestro enlace en la comisaría de la localidad?

– No hay enlace. La policía de la localidad no se ha visto implicada.

– Pero ha dicho que la niña desapareció el miércoles pasado.

– Sí, pero la familia no denunció el hecho.

Lynley intentó asimilar la información. Habían transcurrido cinco días desde la desaparición de la niña. Según Hillier y Webberly, uno de los padres había recibido llamadas telefónicas. Se habían planteado exigencias. La niña en cuestión sólo tenía diez años. Y ahora estaba muerta.

– ¿Están locos? ¿Con qué clase de gente estamos tratando? Su hija desaparece y no hacen nada por…

– No fue exactamente así, Tommy. -Webberly levantó la cabeza-. Intentaron obtener ayuda. Consiguieron a alguien de inmediato, el miércoles pasado por la noche. Sólo que no era de la policía.

La expresión de Webberly puso en tensión a Lynley. Tuvo la impresión de que, dejando aparte que Hillier hubiera reconocido su talento, estaba a punto de descubrir por qué le habían asignado el caso.

– ¿Quién fue? -preguntó.

Webberly exhaló un suspiro y guardó el puro en el bolsillo de la chaqueta.

– Temo que es aquí donde las cosas se complican -dijo.

Lynley orientó el Bentley en dirección al Támesis. Aferraba con fuerza el volante. No sabía qué pensar sobre lo que acababa de averiguar, y estaba intentando por todos los medios reprimir sus reacciones. «Llega allí -razonó-. Llega allí de una pieza y haz tus preguntas, para así comprender.»

Havers le había seguido cuando Lynley atravesaba a grandes zancadas el aparcamiento subterráneo.

– Escúcheme, señor -dijo, y por fin le había cogido del brazo cuando él prosiguió sin contestar, abismado en sus pensamientos. No había podido detenerle, de modo que plantó su cuerpo rechoncho delante de él-. Escuche. Será mejor que no vaya ahora. Antes tranquilícese. Hable con Eve Bowen. Escuche lo que tenga que contar.

Había mirado a la sargento, perplejo por su comportamiento. -Estoy perfectamente tranquilo, sargento. Diríjase a Wiltshire y haga su trabajo. Y déjeme hacer el mío.

¿Perfectamente tranquilo? Y una mierda. Está a punto de perder los estribos, y lo sabe. Si Bowen le contrató para buscar a su hija, cosa que Webberly dijo no hace más de quince minutos, las actividades de Simon desde aquel momento fueron actividades profesionales.

– Estoy de acuerdo. Por eso quiero que me informe. Me parece el lugar más lógico por donde empezar.

– Deje de mentirse. Usted no persigue los hechos, sino la venganza. Está escrito en su cara.

Lynley pensó que la mujer se había vuelto loca.

– No sea absurda. ¿De qué he de vengarme?

– Ya lo sabe. Tendría que haberse visto la cara cuando Webberly explicó en qué había estado ocupado todo el mundo desde el pasado miércoles. Palideció hasta los labios, y aún no se ha recuperado.

– Tonterías.

– ¿Sí? Escuche, conozco a Simon. Usted también. ¿Qué cree que hizo? ¿Imagina que estuvo tocándose la entrepierna, a la espera de que la niña apareciera muerta en la campiña? ¿Eso es lo que piensa?

– Ha ocurrido la muerte de una niña -contestó Lynley con tono razonable-. Convendrá conmigo en que esa muerte habría podido evitarse si Simon, por no mencionar a Helen, hubiera tenido la perspicacia de implicar a la policía desde el primer momento.

Havers apretó los labios. Su expresión decía «Te he pillado». -Es eso, ¿verdad? -dijo-. Eso es lo que en el fondo le molesta.

– ¿Me molesta?

– Es Helen, no Simon. Ni siquiera esta muerte. Helen estaba metida en el asunto hasta sus pendientes de dieciocho quilates y usted no lo sabía, ¿verdad? ¿Tengo razón, inspector? Por eso va a casa de Simon.

– Havers, tengo cosas que hacer. Haga el favor de apartarse de mi camino. Porque si no lo hace ahora mismo, se encontrará asignada a otro caso.

– Estupendo. Miéntase. Y mientras tanto, haga prevalecer su rango y termine de una vez.

– Creo que acabo de terminar. Como ésta es su primera oportunidad de estar al mando de una parte de la investigación, sugiero que considere sus opciones con prudencia antes de forzarme a actuar.

Havers frunció el labio superior. Meneó la cabeza.

– Mierda -dijo-. Cuando quiere, se comporta como un auténtico gilipollas.

Lynley subió al Bentley y lo puso en marcha con un innecesario pero gratificante bramido. Al cabo de un momento había salido del aparcamiento subterráneo y aceleraba en dirección a Victoria Street. Su mente trataba de implicarse en el proceso de iniciar una investigación, pero estaba trabada en combate con su corazón, el cual, como Havers había afirmado (maldita fuera su intuición), estaba concentrado en Helen. Porque Helen le había mentido de forma deliberada el miércoles por la noche. Toda su cháchara frívola sobre sus nervios, sobre el matrimonio, sobre su futuro común, era una mera excusa inventada para ocultar sus actividades con Simon. Y el resultado de aquella mentira y aquellas actividades había sido la muerte de una niña.

Pisó el acelerador y al poco se encontró atrapado entre ocho autocares cargados de turistas, que intentaban escapar de las inmediaciones de la abadía de Westminster. Entonces cayó en la cuenta de que, considerando la hora, tendría que haber tomado una ruta diferente hacia el río. Tal como estaban las cosas, tenía mucho tiempo para meditar sobre la conducta incomprensible de sus amigos y sobre a dónde había conducido aquella conducta. Por fin, se libró de la congestión que atenazaba los alrededores de Parliament Square y se desvió al sur, hacia Chelsea.

El tráfico era denso. Procuró colocarse detrás de taxis y autobuses. Al ver los cables y las torres esbeltas del Albert Bridge, dobló por la media luna de Cheyne Walk, y desde allí llegó a Cheyne Row. Encajó el Bentley en un hueco situado al final de la abarrotada callecita y cogió el expediente de la muerte de Charlotte Bowen. Volvió en dirección al río, hacia la casa alta de ladrillo ámbar que se alzaba en la esquina de Cheyne Row y Lordship Place. Reinaba un absoluto silencio en el barrio, que le sentó como un bálsamo momentáneo. Respiró hondo. «Muy bien -pensó-, mantén el control. Has venido para recabar datos, y eso es todo. Es el lugar más lógico por donde empezar, y nada de lo que estás haciendo podría describirse como perder los estribos.» La recomendación de su sargento de que viera primero a Eve Bowen no era más que un reflejo de su inexperiencia. Era absurdo ver antes a Eve Bowen, cuando en aquella casa había la información que necesitaba para poner en marcha su investigación. Esa era la verdad. Cualquier insinuación de que estaba buscando venganza y mintiéndose a sí mismo era desatinada. ¿Verdad? Verdad.

Hizo sonar la aldaba de la puerta. Al cabo de un momento llamó también al timbre. Oyó los ladridos del perro y sonar el teléfono.

– Santo Dios -dijo la voz de Deborah-. Todo el mundo a la vez. ¡Voy a abrir la puerta! -gritó-. ¿Puedes ocuparte del teléfono?

Deborah apareció en el umbral descalza y con unos vaqueros cortados a la altura del muslo, con harina en las manos y la camiseta negra espolvoreada de blanco. Su cara se iluminó cuando le vio.

– ¡Tommy! Santo cielo. Estábamos hablando de ti hace cinco minutos.

– He de ver a Helen y Simon.

La sonrisa de Deborah se desvaneció. Le conocía muy bien. Advirtió en el tono (pese a su esfuerzo por hablar sin énfasis) que algo no iba bien.

– En la cocina. En el laboratorio. 0 sea, Helen está en la cocina y Simon en el laboratorio. Papá y yo le estábamos enseñando… Tommy, ¿es que…? ¿Ha pasado algo?

– ¿Quieres ir a buscar a Simon?

Deborah subió a toda prisa la escalera que llevaba al último piso de la casa. Lynley se dirigió hacia la parte posterior. Una escalera descendía a la cocina. Oyó la risa de Helen y la voz de Cotter.

– Bien, el secreto está en la clara del huevo -decía Cotter-. Es lo que les da su color marrón y el lustre. Pero primero hay que partir los huevos. Hay que hacer una incisión firme y limpia en la cáscara, así. Utilice la cáscara de esta forma para pasar la yema de una a otra hasta separar la clara.

– ¿Es así de sencillo? -preguntó Helen-. Señor, es de una facilidad asombrosa. Hasta un idiota podría hacerlo. Hasta yo podría.

– Es sencillo. Inténtelo.

Lynley bajó por la escalera. Cotter y Helen estaban uno a cada lado de la mesa situada en el centro de la cocina. Helen iba envuelta en un enorme delantal blanco, y Cotter arremangado hasta los codos. Entre ellos había cuencos, bandejas de horno, cajas de pasas, bolsas de harina y otros ingredientes. Helen estaba partiendo un huevo en uno de los cuencos más pequeños. Las bandejas de horno contenían los frutos de su labor: montoncillos circulares de masa con pasas, con la circunferencia de tazas de té.

La pequeña dachshund de los St. James fue la primera en ver a Lynley. Estaba lamiendo el suelo alrededor de Helen, pero quizá al intuir su presencia levantó la cabeza y lanzó un ladrido.

Helen alzó los ojos, sosteniendo en cada mano la mitad de una cáscara de huevo. Al igual que Deborah su rostro se iluminó con una sonrisa.

– ¡Tommy! Hola. Imagina lo imposible. He hecho bollos.

– Debemos hablar.

– En este momento no puedo. Me van a enseñar a poner el toque final a mi obra de arte, en cuanto termine de separar este huevo, y parece que me sale bastante bien, como sin duda Cotter ratificará.

Sin embargo, Cotter había leído con bastante precisión la expresión de Lynley.

– Ya terminaré yo. En un periquete. Falta muy poco. Vaya con lord Asherton.

– Tonterías -repuso Helen.

– Helen -dijo Lynley.

– No puedo abandonar mi creacion en el momento de la verdad. He llegado hasta aquí y quiero acabar. Tommy me esperará. ¿Verdad, querido?

El término crispó sus nervios.

– Charlotte Bowen ha muerto -dijo.

Las manos de Helen quedaron suspendidas en el aire, sujetando todavía las cáscaras de huevo. Las bajó.

– Oh, Dios -dijo.

Cotter, consciente de la atmósfera que se respiraba entre ambos, recogió a la perrita del suelo y agarró la correa que colgaba de un gancho cerca de la puerta trasera. Se fue sin decir palabra. Al cabo de un momento, la cancel de Lordship Place se abrió con un crujido v volvió a cerrarse.

– ¿Qué pensabas que estabas haciendo? -preguntó Lynley- Dímelo, Helen. Por favor.

– Qué ha pasado?

– Acabo de decírtelo. La niña ha muerto.

– ¿Cómo? ¿Cuándo?

– No importa cómo o cuándo. Lo que importa es que podría haberse salvado. Que esto podría no haber sucedido. Podría estar de regreso con su familia ahora mismo, si hubierais tenido el sentido común de informar a la policía.

Helen retrocedió un poco y habló con voz desmayada.

– Eso no es justo, nos pidieron ayuda. No querían avisar ala policía.

– Helen, me da igual lo que os pidieran. Me da igual quién lo pidió. La vida de una niña estaba en peligro, y esa vida ya no existe. La niña se ahogó en el canal de Kennet y Avon, y su cuerpo quedó abandonado para que se pudriera entre las cañas. Así que…

– Tommy… -St. james habló desde la escalera. Deborah estaba detrás de él-. Hemos comprendido el mensaje.

– ¿Sabes lo que ha pasado? -preguntó Lynley.

– Barbara Havers acaba de telefonearme.

Bajó con torpeza hasta la cocina. Deborah le siguió. Tenía la cara del color de la harina que manchaba su camiseta. St. James y ella se colocaron al lado de Helen, al otro lado de la mesa y enfrente de Lynley.

– Lo siento -dijo St. James en voz baja-. No quería que terminara así. Supongo que ya lo sabes.

– Entonces, ¿por qué no hiciste algo para impedirlo?

– Lo intenté.

– ¿Qué intentaste?

– Hablar con los dos, la madre y el padre. Hacerles entrar en razón. Convencerles de que llamaran a la policía.

– Pero no rechazaste el encargo, para obligarles a actuar de otro modo. Eso no lo intentaste.

– Al principio no. No lo hice. He de admitirlo. Ninguno de nosotros lo rechazamos al principio.

– ¿Ninguno de…?

Lynley desvió la vista hacia Deborah. Retorcía entre sus manos la parte inferior de la camiseta. Parecía muy desdichada. Comprendió lo que las palabras de St. James le habían dicho, lo cual agravaba su pecado cien mil veces.

– ¿Deborah? -dijo-. ¿Deborah intervino en este desastre? Santo Dios, ¿os habéis vuelto locos todos? Con un esfuerzo, puedo comprender que Helen interviniera, porque al menos tiene una mínima experiencia gracias a trabajar contigo. Pero ¿Deborah? ¿Deborah? Vale tanto para enredarse en la investigación de un secuestro como el perro de la familia.

– Tommy -dijo Helen.

– ¿Quién más? -preguntó Lynley-. ¿Quién más participó? ¿Qué me dices de Cotter? ¿El también? ¿O sólo bastó con vosotros tres, cretinos, para acabar con la vida de Charlotte Bowen?

– Tommy, ya has hablado bastante -dijo St. James.

– No, y dudo que alguna vez acabe. Los tres sois responsables, y me gustaría que vierais exactamente de qué sois responsables.

Abrió la carpeta que había traído del coche.

– Aquí no -dijo St. James.

– ¿No? ¿Es mejor no ver el desenlace de la situación? -Lynley arrojó una fotografía sobre la mesa. Aterrizó justo delante de Deborah-. Echad un vistazo. Tal vez prefiráis memorizarla, por si decidís matar a más niños.

Deborah se llevó el puño a la boca, pero no fue suficiente para ahogar su grito. St. James la apartó con rudeza de la mesa.

– Fuera de aquí, Tommy -dijo.

– No será tan fácil.

– ¡Tommy!

Helen extendió una mano hacia él.

– Quiero saber lo que sabes -dijo Lynley a St. James-. Quiero hasta la última pizca de información que tengas. Quiero todos los detalles, y que Dios te ayude, Simon, si te olvidas de incluir un solo dato.

St. James había abrazado a su mujer.

– Ahora no -dijo lentamente-. Hablo en serio. Vete.

– No me iré hasta obtener lo que he venido a buscar.

– Creo que ya lo tienes -replicó St. James.

– Díselo -dijo Deborah, con la boca apretada contra el hombro de su marido-. Por favor, Simon. Díselo. Por favor.

Lynley vio que St. James sopesaba con cuidado las alternativas.

– Llévate a Deborah arriba -dijo por fin a Helen.

– Que se quede aquí -dijo Lynley.

– Helen -dijo St. James.

Pasó un segundo antes de que Helen decidiera.

– Ven conmigo, Deborah -dijo-. ¿Vas a detenernos? -preguntó a Lynley-. Eres lo bastante mayor para hacerlo, y la verdad, me pregunto si la idea de pegar a dos mujeres te detendrá. Pareces decidido a todo.

Pasó junto a él, con el brazo sobre los hombros de Deborah. Subieron por la escalera y cerraron la puerta a sus espaldas.

St. James estaba mirando la fotografía. Lynley vio que un músculo se agitaba sin control en su mandíbula. A lo lejos, oyó ladrar a la perra y el grito de Cotter. Por fin, St. James levantó la vista.

– Esto ha sido imperdonable -dijo.

Si bien Lynley sabía a qué se refería St. James, eligió a propósito malinterpretar sus palabras.

– Estoy de acuerdo -replicó-. Ha sido imperdonable. Ahora, cuéntame lo que sabes.

Se observaron unos instantes, separados por la mesa. Transcurrió un largo momento durante el cual Lynley se preguntó si su amigo iba a proporcionarle la información o a vengarse con su silencio. Pasó medio minuto, y St. James empezó a hablar.

Contó toda la historia sin levantar la vista. Refirió a Lyney todo lo sucedido durante cada día transcurrido desde la desaparición de Charlotte Bowen. Relató los hechos. Enumeró las evidencias. Explicó los pasos que había dado y el porqué. Identifico a los actores y analizó a cada uno. Cuando hubo terminado, con la vista clavada en la fotografía, dijo:

– No hay nada más. Ahora puedes irte, Tommy.

Lynley comprendió que había llegado el momento de ceder.

– Simon…

Pero St. James le interrumpió.

– Vete -dijo.

Lynley lo hizo.

La puerta del estudio, antes abierta, estaba cerrada, y Lynley adivinó que Helen había conducido a Deborah a la habitación. Entró sin llamar.

Deborah estaba sentada en la otomana, con los brazos cruzados sobre el estómago y los hombros hundidos. Helen se había sentado delante de ella, en el sofá. Sostenía una copa en la mano.

– Toma un poco más, Deborah -estaba diciendo.

– Creo que va he bebido suficiente -contestó Deborah.

Lynley pronunció el nombre de Helen. En respuesta, el cuerpo de Deborah giró en dirección contraria a la puerta. Helen dejó la copa sobre la mesita auxiliar, rozó la rodilla de Deborah y se acercó a Lynley. Señaló hacia el corredor y cerró la puerta a su espalda.

– Perdí los estribos -dijo Lynley-. Lo siento.

Helen le dedicó una pálida sonrisa.

– No, no lo sientes, pero espero que estés satisfecho. -Maldita sea, Helen. Escúchame.

– Dime una cosa. Antes de marcharte, ¿deseas desollarnos por alguna otra cosa? Porque lamentaría mucho verte marchar sin haber satisfecho todos tus deseos de castigar, humillar y pontificar.

– No tienes derecho a indignarte, Helen.

– Al igual que tú no tenías derecho a sentenciar.

– Alguien ha muerto.

– No es culpa nuestra. Y me niego, Tommv, me niego a agachar la cabeza, postrarme de hinojos y suplicar tu pacato perdón. No he hecho nada malo. Ni Simon. Ni Deborah.

– Aparte de mentir.

– ¿Mentir?

– Podrías haberme dicho la verdad el miércoles por la noche, Yo pregunté y tú mentiste.

Helen se llevó las manos al cuello. A la tenue luz del pasillo, dio la impresión de que sus ojos adquirían un tono aún más oscuro.

– Dios mío -dijo-. Eres un maldito fariseo. No puedo creer,… -Su mano se cerró en puño-. Esto no tiene nada que ver con Charlotte Bowen, ¿verdad? Has venido aquí y vomitado basura como una cañería de cloaca por mí. Porque decidí ocultarte algo. Porque no te dije algo que, de entrada, no tenías derecho a saber.

– ¿Te has vuelto loca? Una niña ha muerto… muerto, Helen, y creo que te das cuenta de lo que eso significa. ¿A qué viene hablarme de derechos? Nadie tiene derechos cuando una vida está en peligro, salvo la persona que lo corre.

– Excepto tú. Excepto Tomas Lynley. Excepto el exquisito lord Asherton. A eso te refieres, a tus sacrosantos derechos, y en este caso concreto al derecho a saber. Pero no a saber sobre Charlotte, porque la niña sólo es el síntoma, no la enfermedad.

– No conviertas esto en un reflejo de nosotros.

– No necesito convertirlo. Lo veo con toda claridad.

– ¿De veras? Entonces entérate del resto. Si me hubieras informado, la niña tal vez estaría viva y en su casa. Habría salido bien librada del secuestro y no habría terminado flotando en un canal.

– ¿Sólo porque yo te hubiera dicho la verdad?

– Habría sido un estupendo principio.

– No era una alternativa.

– Era la única alternativa que habría podido salvar su vida. -¿Sí? -Helen retrocedió y le miró con una expresión que Lynley sólo pudo interpretar corno compasiva-. Esto va a sorprenderte, Tommy, y casi detesto ser yo quien te informe, considerando que te va a sentar como un tiro: no eres omnipotente y, pese a tu propensión a interpretar el papel, no eres Dios. Ahora, si me perdonas, me gustaría ver si Deborah se encuentra bien.

Extendió la mano hacia el pomo de la puerta del estudio.

– No hemos terminado -dijo Lynley.

– Puede que tú no, pero yo sí. Por completo.

Le dejó mirando los paneles oscuros de la puerta. Lynley clavó la vista en ellos. Procuró controlar el irresistible impulso de patear la madera y descubrió que, en algún momento de la conversación, había cerrado los puños con la necesidad de golpear. Ahora sentía dicha necesidad, el deseo de estrellar su puño contra una pared o una ventana, de sentir dolor tanto como causarlo.

Se obligó a alejarse del estudio y caminar hasta la puerta de la calle. Una vez fuera, se obligó a respirar.

Casi pudo escuchar el análisis que la sargento Havers efectuaría de la conversación con sus amigos: «Buen trabajo, inspector. Hasta he tomado notas. Acusar, insultar y enemistarse con todos. Un método brillante de asegurarse su colaboración.»

Pero ¿qué otra cosa habría debido hacer? ¿Felicitarles por su inepta intervención? ¿Informarles con delicadeza del fallecimiento de la niña? ¿Utilizar esa palabra necia e inocua, «fallecimiento», para procurar que no se sintieran como deberían sentirse en aquel momento, responsables?

«Hicieron lo que pudieron -habría dicho Havers-. Ya ha oído el informe de Simon. Siguieron todas las pistas. Siguieron los movimientos de la niña durante el miércoles. Enseñaron su fotografía por todo Marylebone. Hablaron con la gente que la había visto por última vez. ¿Qué más habría hecho usted, inspector?»

Investigar los antecedentes de todos los implicados. Pinchar líneas telefónicas. Enviar a una docena de agentes detectives a Marylebone. Entregar la foto de la niña a los telediarios y solicitar al público que informaran si la habían visto. Introducir su nombre y descripción en el ONP. Y sólo para empezar.

«¿Y si los padres no hubieran accedido a sus planes? -habría preguntado Havers-. ¿Qué habría hecho, inspector? ¿Qué habría hecho si le hubieran atado de pies y manos como a Simon?»

No habrían podido atar de pies y manos a Lynley. Nadie llamaba a la policía, denunciaba un delito y luego decidía la manera en que la policía debía investigarlo. St. James, si no Helen y Deborah, lo sabía. Desde el primer momento habrían podido llevar a cabo una investigación muy diferente de la que habían emprendido. Y todos lo sabían.

Pero habían dado su palabra…

Lynley oía las argumentaciones de Havers, pero cada vez eran más tenues. Y la última era la más tenue. Su palabra no contaba nada en comparación con la vida de un niño.

Lynley bajó los peldaños hasta la acera. Notó el alivio que surgía de saber que estaba en lo cierto. Volvió hacia el Bentley, y lo estaba abriendo cuando oyó una voz que le llamaba.

St. James se dirigía hacia él. Lynley observó que su expresión era indescifrable, y cuando llegó al coche se limitó a tenderle un sobre de papel manila.

– Supongo que esto te interesará -dijo.

– ¿Qué es?

– Una fotografía escolar de Charlotte. Las notas del secuestrador. Las huellas dactilares de la grabadora y las que tomé a Luxford y Stone.

Lynley asintió y aceptó el material. Al hacerlo, descubrió que, pese a su creencia en la justicia inherente del reproche que había dirigido a sus amigos y a la mujer amada, se sentía incómodo ante la deliberada cortesía de St. James y todo cuanto aquélla implicaba. La incomodidad le irritaba, y le recordó que sus obligaciones en la vida eran a menudo complicadas y sobrepasaban los límites de su trabajo.

Desvió la vista hacia el extremo de la calle, donde Cheyney Row formaba un saliente en cuyo recodo se alzaba una vieja casa de ladrillo que necesitaba urgentes reparaciones. Podría haber costado una fortuna si alguien se hubiera preocupado de remozarla. Tal como estaba, era casi inhabitable.

– Maldita sea, Simon -suspiró-. ¿Qué querías que hiciera?

– Tener un poco de fe, supongo.

Lynley se volvió hacia él, pero antes de que pudiera contestar al comentario, St. James prosiguió, de nuevo con un tono de mera adhesión a un protocolo obligado por la anterior exigencia de Lynley de obtener información.

– Había olvidado una cosa. Webberly se ha equivocado. La policía de Marylebone intervino de forma tangencial. Un agente expulsó a un vagabundo de Cross Keys Glose el mismo día que Charlotee Bowen fue secuestrada.

– ¿Un vagabundo?

– Es posible que habitara en unos edificios abandonados de Blandford Street. Será mejor que hables con él.

– Entiendo. ¿Eso es todo?

– No. Helen y yo pensamos que tal vez no fuera un vagabundo.

– Si no era un vagabundo, ¿qué era?

– Alguien que no quería ser reconocido. Alguien disfrazado.

15

Rodney Aronson quitó el envoltorio de la barra de KitKat. Rompió un trozo y se lo llevó a la boca. Complacido, guió la lengua en una exploración de los deliciosos nódulos y hendeduras creados por la ingeniosa conjunción de semillas de cacao y nueces. El KitKat de la tarde, cuya ingesta había aplazado Rodney hasta que ya no pudo desoír la monstruosa necesidad que sentía su cuerpo de chocolate, fue casi suficiente para apartar de su mente a Dennis Luxford. Pero sólo casi.

Luxford, sentado a la mesa de conferencias de su despacho, estaba enfrascado en el examen de dos pruebas diferentes de la primera plana del día siguiente, que Rodney acababa de entregarle, a petición de Luxford. Mientras las estudiaba, el director del Source acariciaba con el pulgar derecho la cicatriz mellada de su barbilla, mientras el pulgar izquierdo seguía la forma del bíceps bajo la camisa blanca. Era la imagen perfecta de la contemplación, pero la información que Rodney Aronson había recabado durante los últimos días le impelía a preguntarse hasta qué punto estaba fingiendo Luxford para despistarle.

La verdad era que el director del Source ignoraba que Rodney le estaba siguiendo los pasos como un sabueso, de forma que su abstracción en las dos pruebas podía ser auténtica. Aun así, la misma existencia de las dos primeras planas ponía en cuestión los motivos de Luxford. Ya no podía defender que la historia de Larnsey y el chapero estaba en el candelero y merecía ocupar la primera página. Sobre todo desde que la noticia de la muerte de la hija de Bowen resonaba en los cañones de Fleet Street, a partir del momento en que el Ministerio del Interior había emitido por la tarde una declaración oficial.

Rodney aún veía las cejas enarcadas y las mandíbulas desencajadas de sus colegas durante la reunión de trabajo, cuando Luxford había anunciado lo que deseaba, pese a la noticia de la muerte de Bowen: una prueba de primera plana con una foto del año anterior de Daffy Dufane en téte-á-téte con el diputado Larnsey, que un tipo del departamento de fotografía había logrado desenterrar tras una prolongada excavación arqueológica en los archivos fotográficos del periódico. Tal vez como reacción directa al rugido de incrédula protesta de sus colegas, Luxford había ordenado a continuación la confección de otra prueba de primera plana, ésta con una fotografía de la subsecretaria de Interior, una fotografía que fuera espontánea y captara a Bowen camino de un sitio a otro. No quería una fotografía de estudio ni una publicitaria, y no estaba dispuesto a publicar ninguna de las dos, relacionándola con la muerte de Charlotte Bowen, en la primera página de su periódico. Quería una foto reciente, una foto de hoy. Y si no podían obtenerla antes de que el periódico fuera a la imprenta, seguirían con Sinclair Larnsey y Daffy Dufane para el periódico del día siguiente, y relegaría la historia de Bowen a las páginas interiores.

– Pero ése es el plato fuerte -había protestado Sarah Happleworth-. Larnsey es agua pasada. ¿Qué más da de dónde salga la foto de Bowen? Tendremos que utilizar una foto escolar de la niña, y no será reciente. ¿A quién coño le importa cómo sea la de la madre?

– A mí -replicó Luxford-. A nuestros lectores. Al presidente. Si queréis publicar la historia, conseguid la foto apropiada.

Luxford intentaba ponerles obstáculos, sospechó Rodney, ya que nadie aparecería con una foto actual antes de la hora del cierre.

Pero se equivocaba, porque a las cinco y media de aquella tarde, Eve Bowen se había escurrido por una puerta lateral del Ministerio del Interior, y el Source, que tenía destacados fotógrafos de plantilla e independientes en todos los lugares posibles donde la subsecretaria pudiera asomar el morro (desde Downing Street a su gimnasio), había logrado captarla con la solícita mano del ministro del Interior guiándola por el codo hacia un coche que aguardaba.

Era una foto limpia y clara. No tenía aspecto de madre afligida, desde luego (sin pañuelo bordado de encajes apretado contra sus ojos, sin gafas oscuras que ocultaran los ojos enrojecidos), pero nadie podría discutir que era la mujer del momento. Si bien por la expresión de Dennis Luxford, parecía que no lo fuera.

– ¿Hay una copia impresa por ordenador del resto? -preguntó Luxford tras leer los cuatro breves párrafos apretujados en el espacio sobrante, una vez colocado el titular, que rezaba «¡Hija de importante diputada encontrada muerta!», en una combinación de colores garantizada para trasladar periódicos del vendedor al cliente con tanta rapidez como pudieran cambiar de manos treinta y cinco peniques. No admitía comparación con «Larnsey & Daffy en tiempos más felices», el titular alternativo.

Rodney rescató el resto del artículo de entre un fajo de papeles que había llevado. Era un borrador que había aconsejado imprimir a Happleworth por si el director lo solicitaba. Luxford lo leyó.

– Es sólido -dijo Rodney-. Empezamos con la declaración oficial y desarrollamos a partir de ahí. Confirmaciones de todo. Más información en perspectiva.

Luxford levantó la cabeza.

– ¿Qué clase de información? -preguntó.

Rodney observó que los ojos de Luxford estaban inyectados en sangre. Bajo ellos, la carne era color ciruela. Se preparó para vigilar hasta el más leve matiz que se le escapara al director.

– La información que la poli y Bowen estén ocultando -dijo, y se encogió de hombros.

Luxford dejó la copia junto a la prueba de la primera plana. Rodney trató de interpretar la precisión de sus movimientos. ¿Estaba ganando tiempo? ¿Diseñando una estrategia? ¿Tomando una decisión? Esperó a que Luxford formulara la siguiente pregunta lógica: ¿por qué crees que están ocultando información? Pero la pregunta no llegó.

– Analiza los hechos, Den -dijo Rodney-. La niña vive en Londres, pero fue encontrada muerta en Wiltshire, y hasta ahí llega la declaración oficial del Ministerio del Interior, ademas de «misteriosas circunstancias» y «a la espera de los resultados de la autopsia». Bien, no sé cómo interpretas tú esa basura, pero yo creo que huele a podrido.

– ¿Qué propones hacer?

– Que Corsico se ponga a trabajar en ello, cosa que ya me he tomado la libertad de pedirle -se apresuró a añadir Rodney-. Está fuera. Llegó cuando iba a traerte las pruebas. ¿Quieres que…? -Rodney utilizó el brazo para indicar su deseo de que Mitch Corsico se reuniera con ellos-Ya ha hecho todo cuanto podía sobre el caso Larnsey -señaló Rodney-. Me pareció una pena no utilizar su talento para lo que va a ser un reportaje mucho más importante. ¿No estás de acuerdo?

Imprimió a la última palabra un tono afable, lleno de ansiedad por perseguir la noticia. ¿Cómo no iba a estar de acuerdo Luxford?

– Que entre -dijo Luxford. Se hundió en su butaca y se frotó la sien con el índice y el pulgar.

– De acuerdo.

Rodney se llevó otro trozo de KitKat a la boca y lo empujó hacia el hueco de la mejilla para disolver el chocolate e introducirlo poco a poco en su organismo, como una inyección intravenosa. Abrió la puerta del despacho.

– Mitch, muchacho, ven aquí. Cuéntale a papá la noticia.

Mitch Corsico se subió los tejanos, que siempre llevaba sin cinturón, y tiró el corazón de una manzana a la papelera cercana al escritorio de la señorita Wallace. Recogió su chaqueta de pana, extrajo una arrugada libreta del bolsillo y atravesó el cubículo de la señorita Wallace con sus botas de vaquero.

– Creo que tenemos algo bueno para mañana, y puedo garantizar que de momento sólo nosotros lo hemos conseguido. ¿Podemos retener las prensas?

– Para ti, hijo mío, lo que quieras -dijo Rodney-. ¿Es sobre el caso Bowen?

– Ni más ni menos -contestó Corsico.

Rodney cerró la puerta detrás del joven reportero. Corsico se sentó al lado de Luxford.

– Esto apesta -dijo, y apuntó el índice a las primeras planas de prueba y el borrador del reportaje Bowen-. Sólo nos dieron un dato mínimo, el cadáver en Wiltshire, y cuando pedimos más información, nos dieron largas con el consabido «¿es que no tienen decencia?» Tuvimos que pelarnos el culo para obtener los demás detalles, que no se molestaron en compartir. La edad de la niña, su escuela, el estado del cuerpo, el lugar exacto donde fue encontrado. Todo tuvimos que descubrirlo nosotros. ¿Te lo dijo Sarah?

– Sólo nos dio el reportaje terminado, el cual, debo añadir, es lo más bueno que has hecho en tu vida.

Rodney se acercó al escritorio de Luxford y aposentó su muslo sobre una esquina. Era curioso el vigor que proporcionaban los conocimientos ocultos. Llevaba trabajando diez horas, y se sentía con ánimos para continuar otras diez.

– Ponnos al corriente -dijo-. Mitch me ha contado algo que querremos publicar mañana, además de esto -explicó a Luxford.

Señaló la prueba de portada con Bowen, proyectando confianza sobre la inminente decisión del director acerca de cuál de las dos pruebas sería la definitiva.

Luxford no tenía poder de elección sobre el tema, como Rodney bien sabía. Tal vez había ganado tiempo en la reunión de redacción al pedir dos pruebas y una foto actual de la Bowen, que consideraba imposible de obtener, pero ahora estaba atrapado. Era el director del periódico, pero debía rendir cuentas al presidente, y éste esperaba que el Source publicara el reportaje Bowen en primera página. Alguien pagaría las consecuencias en caso de que se decorara la primera página con el botarate de Larnsey en lugar de la Bowen, y ése sería Luxford.

A Rodney le resultaba intrigante especular sobre el motivo de que Luxford estuviera aplazando su decisión sobre la primera plana. Era especialmente intrigante a la luz de la cita de Luxford en Harrod's con uno de los principales protagonistas de la historia. ¿Hasta qué punto era una coincidencia el que se hubiera encontrado en secreto con Eve Bowen, sólo tres días antes de que su hija hubiera sido encontrada muerta? ¿Cómo encajaba esa cita con todo lo sucedido a continuación, con que Den retuviera las prensas hasta el último momento con el más vago de los pretextos, con la visita de la fotógrafa pelirroja y el desconocido que la había noqueado, con que Den saliera corriendo apenas transcurridos diez minutos del incidente, y ahora esta muerte…? Rodney había dedicado casi todo el fin de semana a reflexionar sobre la cuestión de qué estaba tramando Luxford, y cuando la historia de la Bowen salió a la luz, la asignó a Corsico de inmediato, a sabiendas de que si había mierda en algún sitio, Mitch era la persona adecuada para revolcarse en ella.

Sonrió a Corsico.

– Explícate.

Corsico se quitó el sombrero Stetson. Miró a Luxford como si esperara una directriz más oficial. Luxford asintió con semblante cansado.

– Muy bien. Primero, mamá da el consentimiento a la oficina de prensa de la policía de Wiltshire. Sin comentarios de momento, aparte de los detalles básicos: quién descubrió el cadáver, a qué hora, dónde, su estado, etcétera. Bowen y su marido identificaron el cuerpo alrededor de la medianoche, en Amesford. Aquí es donde las cosas empiezan a ponerse interesantes.

Trasladó el chicle de una mejilla a otra, como preparándose para una charla agradable. Luxford clavó los ojos en el reportero y no los movió. Corsico continuó.

– Pregunté a la oficina de prensa los datos preliminares habituales. El nombre del agente responsable de la investigación, la hora de la autopsia, la identidad del patólogo, el cálculo inicial sobre la hora de la muerte. Sin comentarios. Están soltando la información con cuentagotas.

– Esa noticia no basta para retener las rotativas -comentó Luxford.

– Sí, lo sé. Les gusta jugar con nosotros. Es la lucha por la dominación. Sin embargo, tengo un soplón de confianza en la comisaría de Whitechapel y…

– ¿Qué tiene que ver Whitechapel con todo esto? -Para subrayar su irritación, Luxford echó un vistazo a su reloj.

– Directamente nada, pero espere. Telefoneé y le pedí que mirara en el ONP qué datos había sobre la niña, pero, y aquí es donde las cosas empiezan a complicarse, en el ordenador de la policía no había informes.

– ¿Qué clase de informes?

– Sobre el hallazgo del cadáver.

– ¿Y esto es lo que consideras tan importante? ¿Por eso debo parar las rotativas? Tal vez la policía aún no lo haya introducido.

– Es una posibilidad, pero tampoco había informes sobre la desaparición de la niña. Pese a que, y Whitechapel tuvo que pulsar algunas teclas para descubrirlo, el cuerpo llevaba en el agua unas dieciocho horas.

– Bonito detalle -dijo Rodney. Dirigió una mirada calculadora a Luxford-. Me pregunto qué significa eso. ¿Qué opinas, Den?

Luxford no hizo caso de la pregunta. Se llevó los nudillos a la barbilla y la apoyó sobre ellos. Rodney intentó escudriñar su expresión. Parecía aburrido, pero sus ojos traslucían cautela. Rodney asintió en dirección a Corsico para indicar que continuara.

Corsico ahondó en el tema.

– Al principio pensé que carecía de importancia el hecho de que nadie hubiera denunciado la desaparición de la niña. Al fin y al cabo, era fin de semana. Tal vez alguien se había confundido. Los padres pensaban que la niña estaba con los abuelos, los abuelos pensaban que estaba con los tíos. La niña había quedado en dormir en casa de una amiga. No obstante, pensé que valía la pena verificarlo. Y descubrí que tenía razón. -Corsico abrió su libreta. Cayeron varias hojas al suelo. Las recogió y guardó en el bolsillo de sus vaqueros-. Hay una irlandesa que trabaja para Bowen. Una señora gorda que lleva pantalones abolsados, llamada Patty Maguire. Ella y yo sostuvimos una charla un cuarto de hora después de que el Ministerio del Interior anunciara la muerte de la niña.

– ¿En casa de la diputada?

– Fui el primero en llegar allí.

– Este es mi chico -murmuró Rodney.

Corsico bajó la vista con modestia y fingió estudiar la libreta. Luego continuó.

– Le llevé flores. Rodney sonrió.

– Muy ingenioso.

– ¿Y bien? -dijo Luxford.

– Estaba rezando de rodillas en la sala de estar, y cuando le dije que estaría más que complacido en compartir sus oraciones, que no duraron menos de tres cuartos de hora, os lo aseguro, tomamos una taza de té en la cocina y desembuchó de plano. -Movió la silla para quedar de cara a Luxford-. La niña desapareció el miércoles pasado, señor Luxford. Se supone que la raptaron en plena calle, probablemente algún pervertido. Pero la diputada y su marido no avisaron a la bofia. ¿Qué le parece?

Rodney lanzó un silbido de asombro. Ni siquiera él estaba preparado para aquello. Se acercó a la puerta y la abrió, dispuesto a llamar a Sarah Happieworth para volver a componer la primera plana.

– Qué haces, Rodnev? -preguntó Luxford.

– Llamar a Sarah. Hay que moverse.

– Cierra esa puerta.

– Pero Den…

– He dicho que cierres la puerta. Siéntate.

Rodney sintió que le hervía la sangre. Era el tono que le ofendía, aquella maldita confianza de Luxford en que todas sus órdenes serían obedecidas.

– Tenemos una historia sólida entre manos -dijo Rodney-. ¿Existe algún motivo para que quieras retenerla?

– ¿Qué confirmación has obtenido de todo esto? -preguntó Luxford a Corsico.

– ¿Confirmación? He estado hablando con la maldita ama de llaves. ¿Quién podría saber mejor que la niña fue raptada y los padres no llamaron a la policía?

– ¿Tienes alguna confirmación? -repitió Luxfort.

– ¡Den! -exclamó Rodney, convencido de que Luxtord mataría la historia, a menos que Corsico tuviera los datos atados y bien atados.

Pero Corsico continuó.

– Hablé con alguien en tres comisarías de la zona de Marylebone: Albany Street, Creenberry Street y Wigmore Street. No existe constancia de que alguien denunciara la desaparición de una niña.

– Esto es dinamita -susurró Rodney con ganas de graznar pero se contuvo. Corsico prosiguió.

– Me pareció absurdo. ¿Qué padres no telefonearían a la policía si su hijo desaparece? -Ladeó la silla y contestó a su propia pregunta-: Pensé que tal vez los padres querían deshacerse le ella.

Luxford continuó inexpresivo. Rodney silbó por lo bajo.

– En consecuencia, pensé que podríamos sacarle un cuerpo a la competencia si investigaba un poco más. Y eso hice.

– Sigue -le animó Rodney al ver que la historia empezaba a tomar forma.

– Descubrí que el marido de la Bowen, un pelma llamado Alexander Stone, no es el padre de la niña.

– Eso es cosa sabida -señaló Luxford-. Cualquiera que siga la política te lo podría haber dicho, Mitchell.

– ¿Sí? Bien, para mí era nuevo, y representaba un giro interesante. Cuando se produce un giro, me gusta saber a dónde conduce. Fui a Santa Catalina y examiné el certificado de nacimiento para ver quién era el padre, porque pensé que tarde o temprano tendríamos que entrevistarle, ¿no? El padre afligido por la muerte y todo eso.

Cogió su chaqueta de algodón, metió una mano en el bolsillo y extrajo una hoja de papel doblada, que desdobló, alisó sobre la mesa y entregó a Luxford.

Rodney esperó, casi sin atreverse a respirar. Luxford examinó el papel y alzó la cabeza.

– ¿Y bien?

– Bien ¿qué? -preguntó Rodney.

– No consta el nombre del padre -explicó Corsico.

– Ya lo veo -dijo Luxford-, pero como Bowen nunca ha revelado su identidad, no me sorprende en absoluto.

– Puede que no sea sorprendente, pero sí una posible relación y, sobre todo, una forma de hilar la historia.

Luxford devolvió la copia del certificado a Corsico De paso, dio la impresión de examinar al joven reportero como si se tratara de una criatura que era incapaz de identificar.

– ¿Adónde quieres ir a parar con todo esto?

– ¿Sin nombre del padre en la partida de nacimiento? ¿Sin informar a la policía de la desaparición de la niña? La cuestión es el ocultamiento de información, señor Luxford. Es el tema principal, el tema del nacimiento de la pobre niña al principio, el tema de su muerte al final. Para empezar, podemos hilar la historia alrededor de esa pauta. Si lo hacemos, y un editorial sobre la naturaleza insidiosa de los secretos de familia iría de coña, créame, hasta un zoquete sería capaz de desenterrar los misterios desagradables de la diputada Bowen. Porque si Larnsey y el chapero nos han dado la medida de lo que el público desea, en cuanto hilemos esta historia alrededor de la tendencia de Bowen a ocultar información crucial, todos sus enemigos nos inundarán de datos que nos llevarán a donde queremos.

– ¿Y dónde es eso?

– Pues la culpabilidad. Apuesto a que es la definitiva información que está ocultando. -Corsico intentó domeñar su pelo, pero fue imposible-. La única explicación lógica es que ella sabe quién secuestró a la niña. 0 eso, o ella planeó el secuestro. Son las dos únicas explicaciones de que no llamara a la policía al instante. La única explicación razonable, además. Bien, si relacionamos esa información con el hecho de que nunca ha revelado la identidad del papi de la niña en todos estos años… bien, creo que ya sabe a dónde quiero ir a parar, ¿verdad?

– Pues no, la verdad.

Las antenas de Rodney brincaron de inmediato. Ya había oído antes aquel tono de Luxford. Educado, imperturbable. Luxford estaba soltando cuerda. Si seguía así, Corsico la agarraría, haría un lazo alrededor de su cuello y se colgaría. Y con él, el reportaje.

– Hasta el momento -intervino con tono esperanzado-, una sólida muestra de investigación periodística. Mitch no va a precipitarse, desde luego, y confirmará todos los datos. ¿Correcto?

Pero Corsico no captó la indirecta.

– Escuche, apuesto veinticinco libras a que existe una relación entre la desaparición de la niña y el padre. Y si empezamos a escarbar en el pasado de la Bowen, apuesto otros veinticinco a que la encontramos.

Rodney pidió en silencio a Corsico que parara de hablar. Intentó hacerle una señal para que cerrara el pico, pero el impulsivo reportero estaba concentrado en aclarar su razonamiento. Al fin y al cabo, a Luxford siempre le había gustado su forma de trabajar. ¿Qué motivos tenía Corsico para pensar que ahora no era así? Iban tras la cabeza de otro tory. ¿Acaso no habían satisfecho a Luxford hasta el momento sus esfuerzos por hundir a los tories?

– ¿Cree que sería difícil descubrir la relación? -siguió Corsico-. Tenemos la fecha de nacimiento de la niña. Retrocedemos nueve meses y empezarnos a husmear en el pasado de Eve Bowen, para ver qué hacía entonces. Ya he empezado. -Pasó dos páginas de la libreta y leyó un momento-. Sí. Aquí. El Daily Telegraph. En aquella época era corresponsal política del Daily Telegraph. Ése es nuestro punto de partida.

– ¿Y hacia dónde vamos?

– Aún no lo sé, pero le diré lo que pienso.

– Hazlo, por favor.

– Pienso que se estaba tirando a un pez gordo del Partido Conservador para introducirse en alguna lista de candidatos de una circunscripción electoral. Estamos hablando del ministro de Economía, el ministro del Interior, el ministro de Asuntos Exteriores. Alguien por el estilo. Su recompensa fue un escaño en el Parlamento. Sólo tenemos que averiguar a quién se estaba cepillando. Una vez lo sepamos, el resto consiste en plantar la tienda de campaña ante su puerta hasta que esté dispuesto a hablar con nosotros. Y ésa será la relación que estamos buscando entre esto -agitó en el aire la partida de nacimiento- y la muerte de la niña.

– Charlotte -dijo Luxford.

– ¿Eh?

– La niña en cuestión. Se llamaba Charlotte.

– Ah, sí. Charlotte.

Corsico lo anotó en su libreta.

Luxford apoyó los dedos sobre la prueba de portada y la enderezó para alinearla con su escritorio. En el silencio que siguió, los ruidos procedentes de la sala de redacción aumentaron de volumen repentinamente. Timbres de teléfono, risas, un grito.

– ¡Mierda! ¡Que alguien me ayude! ¡Me muero por un cigarrillo!

Hablaban de la muerte, pensó Rodney. Vio lo que se avecinaba con tanta claridad como la siguiente barra de KitKat que pensaba zamparse en cuanto la reunión terminara. Lo único que no veía era cómo se las iba a ingeniar Luxford. Entonces, el director le iluminó.

– Esperaba algo mejor de ti -dijo a Corsico.

Corsico dejó de escribir, sin mover el lápiz.

– ¿Qué?-dijo.

– Un informe mejor.

– ¿Por qué? ¿Qué…?

– Un trabajo mejor que este cuento de nadas que te has inventado, Mitchell.

– Espera un momento, Den -intervino Rodney.

– No -replicó Luxford-. Espera tú. Los dos esperáis. No estamos hablando de un miembro de la masa ley-y-orden que sigue bovina-mente todos los dictados e instrucciones. Estamos hablando de un parlamentario. No sólo un parlamentario, sino un alto cargo del gobierno. ¿Esperas que crea por un instante que un alto cargo una jodida subsecretaria de Estado, por el amor de Dios, telefonee a la comisaría del barrio para informar que su hija ha desaparecido, cuando puede recorrer un pasillo y pedir al ministro del interior que se encargue del problema? ¿Cuando puede exigir discreción? ¿Cuándo puede llevarlo con el mayor sigilo posible gracias a un gobierno de mierda, que ha convertido el secretismo en su lema? Podría convertir este caso en la primera prioridad de Scotland Yard y ninguna comisaría del país se enteraría, ¿Por qué coño crees que alguna comisaría de Marylebone recibiría la denuncia? ¿Debo creerme que tenemos un reportaje de primera plana con el cual nos cargaremos a Eve Bowen porque no telefoneó al agente de la esquina? -Apartó la silla y se puso en pie-. ¿Que clase de periodismo es éste? Sal de aquí, Corsico, y no vuelvas hasta que tengas un reportaje decente.

Corsico cogió la copia de la partida de nacimiento. -¿Y esto,…?

– ¿Qué pasa con esto? -preguntó Luxford-. Es una partida de nacimiento sin apellido. Debe haber doscientas mil iguales, y ninguna constituye una noticia. Cuando el ministro del Interior o el comisionado de policía declaren en público que no hicieron nada para investigar la desaparición de la niña antes de su muerte, podremos retener las rotativas. Entretanto, no me hagas perder el tiempo.

Corsico intentó hablar pero Rodney levantó una mano para callarle. No podía creer que Luxford llegaría hasta el extremo de utilizar aquella burda excusa para matar el reportaje, por más que lo deseara. Pero tenía que asegurarse.

– Muy bien -dijo-. Mitchell, empezaremos de cero. Volveremos a confirmarlo todo. Por triplicado. -Se apresuró a continuar antes de que Luxford pudiera oponerse-. ¿Cuál será la primera plana de mañana, Dennis?

– Seguiremos con el artículo sobre la Bowen tal como está. Sin cambios. Nada sobre la ausencia de denuncias imaginarias a la policía.

– Mierda -siseó Corsico-. Mi historia es sólida. Lo sé.

– Tu historia es basura -replicó Luxford.

– Eso es…

– Trabajaremos en ello, Den.

Rodney cogió a Corsico por la axila y lo sacó a toda prisa del despacho. Cerró la puerta a sus espaldas.

– ¿Qué coño pasa? -preguntó Corsico-. Mi material es excelente. Tú lo sabes. Yo lo sé. Toda esa bazofia sobre… Escucha, si no lo publicamos, otros lo harán. Venga, Rodney. Joder, tendría que haber vendido el reportaje al Globe. Esto es una noticia de rabiosa actualidad. Y nadie la tiene, excepto nosotros. Maldita sea, debería…

– Sigue trabajando en ella -dijo Rodney en voz baja, y dirigió una mirada significativa a la puerta del despacho de Luxford.

– ¿Qué? ¿Se supone que debo convencer al comisionado de policía de que hable conmigo sobre un parlamentario? No me jodas.

– No. Olvídale. Sigue la pista.

– ¿La pista?

– Crees que existe una relación, ¿verdad? La niña, la partida de nacimiento, todo eso.

Corsico cuadró los hombros y enderezó la espalda. Si hubiera llevado corbata se habría ajustado el nudo.

– Sí -dijo-. No la perseguiría si no existiera.

– Entonces descubre la jodida relación y tráemela.

– Y luego, ¿qué? Luxford…

– Al infierno con Luxford. Consigue la historia. Yo me ocuparé del resto.

Corsico echó un vistazo a la puerta del director.

– Es una historia del copón -dijo, pero se le notaba dudoso por primera vez.

Rodney le apretó el hombro.

– Lo es -dijo-. Persíguela, escríbela y dámela.

– ¿Y después?

– Yo la manejaré adecuadamente, Mitch.

Dennis Luxford pulsó el botón que encendía el monitor de su terminal y se dejó caer en la butaca. Las cifras del monitor empezaron a destellar, pero sus ojos no las vieron. Encender el ordenador era una simple excusa para hacer algo. Podía encenderlo y fingir un ávido examen de su galimatías, en el caso de que alguien entrara de repente en su despacho y esperara ver al director del Source enfrascado en la investigación de una historia que, en aquel momento, tendría a todos los reporteros de Londres husmeando los entretelones de la vida de Eve Bowen. Mitch Corsico sólo era uno más.

Luxford sabía que su escena de indignación no había convencido ni a Mitch Corsico ni a Rodney Aronson. Durante todos los años que había dirigido el Globe y luego el Source, nunca había puesto obstáculos a un reportaje que prometía tanto como el hecho de que la diputada Bowen no hubiera denunciado a la policía el secuestro de su hija. Se prestaba para torpedear la línea de flotación de los tories. Tendría que sentirse entusiasmado por las agradables oportunidades que la historia presentaba. Tendría que estar ansioso por convertir el secretismo de Evelyn en una acusación, inteligente y sentenciosa, contra todo el partido tory, con su recuperación de los valores británicos básicos, uno de los cuales debía ser sin duda la familia. Y cuando la familia estaba amenazada de la forma más odiosa, mediante el secuestro de una niña, una sobresaliente figura tory no había acudido a las autoridades competentes para que buscaran a la criatura. Era una oportunidad de oro para retratar una vez más a los tories como los hipócritas que eran. Pero no sólo no había cazado al vuelo aquella oportunidad, sino que había hecho lo imposible por perderla.

Luxford sabía que, a lo sumo, sólo había ganado un poco de tiempo. Que Corsico hubiera obtenido la partida de nacimiento con tal rapidez, que hubiera forjado un plan sensato para excavar en el pasado de Evelyn, reveló a Luxford la imposibilidad de seguir ocultando el secreto del nacimiento de Charlotte, ahora que había muerto. Mitchell Corsico poseía el tipo de iniciativa que él, Luxford, había esgrimido en otro tiempo. El instinto del muchacho para despejar de obstáculos el camino de la verdad era asombroso, y su habilidad para engatusar a la gente con el fin de que le contara aquella verdad era loable. Luxford podía obstaculizar sus progresos a base de imponerle restricciones, sembrando conjeturas sobre el ministro del Interior y New Scotland Yard, y ordenando al muchacho que las verificara. Pero lo que no podía hacer era despedirle para detener sus progresos. Sólo serviría para que cogiera sus notas, su Filofax y su olfato para las noticias, y se ofreciera a la competencia, el Globe casi seguro. Y el Globe carecía de las razones de Luxford para abortar un reportaje que desnudaría la verdad.

Charlotte. Dios, pensó Luxford, nunca la había visto. Sólo había visto las fotos propagandísticas, cuando Evelyn se presentó al Parlamento, la candidata posando en su hogar con su devota y sonriente familia al lado. Y nada más. Incluso entonces se había limitado a dedicarles la mirada desdeñosa que reservaba para todos los candidatos que se presentaban a unas elecciones generales. En realidad no había mirado a la niña, no se había tomado la molestia de examinarla. Era de él, y lo único que sabía de ella era su nombre. Y ahora, que había muerto.

El domingo por la noche había telefoneado a Marylebone desde su dormitorio. Cuando oyó la voz de Evelyn, habló con tono tenso.

– Pon el telediario, Evelyn. Han encontrado un cadáver. -Dios mío -contestó ella-. Eres un monstruo. No te detendrás ante nada con tal de doblegar mi voluntad, ¿verdad?

– No! Escúchame. Ha sido en Wiltshire. Una niña muerta. No saben quién es. Piden información. Evelyn…

Ella había colgado. No habían hablado desde entonces.

Una parte de él decía que Evelyn merecía lo peor. Merecía una reprimenda en público. Merecía que salieran a la luz todos los detalles sobre la génesis de Charlotee, su vida, su desaparición y su muerte, para que sus conciudadanos la juzgaran. Y merecía, como resultado, perder su cargo. No obstante, otra parte de él se negaba a participar en su defenestración, porque quería creer que, fueran cuales fuesen sus pecados, los había pagado en su totalidad con la muerte de su hija.

No la había amado aquellos días en Blackpool más de lo que ella le había amado a él. Su experiencia común no había sido otra cosa que una relación corporal, su concupiscencia sobrealimentada por el hecho de que eran polos opuestos. No tenían nada en común, excepto su habilidad para debatir sus puntos de vista opuestos y su deseo de resultar vencedores en cada polémica en que se enzarzaban. Ella tenía una mente ágil y una gran confianza en sí misma. El, un espadachín de la palabra, no la había intimidado en lo más mínimo. Sus disputas solían concluir en tablas, pero él estaba acostumbrado a diezmar a sus enemigos por completo, y al no lograr rendirla con palabras había buscado otros medios. Era lo bastante joven y estúpido para creer todavía que la sumisión de una mujer en la cama era una declaración de supremacía masculina. Cuando hubo terminado con ella, henchido de orgullo por lo que había obtenido y cómo, esperaba ojos radiantes, una sonrisa adormilada, seguido de una delicada y femenina rendición, tras la cual ella le permitiría reinar.

El hecho de que ella no se hubiera rendido en absoluto después de la seducción, el que hubiera actuado como si no hubiera pasado nada entre ellos, el que su ingenio estuviera, si cabe, más aguzado que nunca, sólo sirvió para enfurecerle y desearla aún más. Una vez en la cama, había pensado, no existía simetría ni igualdad entre ellos. En la cama, había pensado, la conquista sería suya. Los hombres dominan, creía, y las mujeres se sometían. Pero Evelyn no. Nada de lo que hizo ni nada de lo que juró que sentiría había socavado su serenidad. El coito sólo fue otro campo de batalla para ambos, en que el arma era el placer en lugar de las palabras.

Lo peor fue que ella supo en todo momento sus intenciones. Y cuando se corrió por última vez, la última marrana, a toda prisa porque los dos tenían que coger trenes y cumplir objetivos, ella levantó la cabeza de Luxford, mojada aún de sus fluidos, y dijo:

– No me siento rebajada, Dennis. De ninguna manera. Ni si quiera por esto.

Se sintió avergonzado de que una vida inocente hubiera nacido de aquella cópula carente de amor. Tal indiferencia sintió por las consecuencias de haberla sojuzgado de la única manera posible, que no se había molestado en tomar ninguna precaución, ni se había preocupado de que ella las hubiera tomado. Ni siquiera había pensado en lo que estaban haciendo en términos de crear una vida. Sólo lo había considerado un paso que debía darse para demostrar a Evelyn, y sobre todo a sí mismo, quién ostentaba la supremacía.

No había querido a su hija. Había calmado los escasos remordimientos de conciencia «haciéndose cargo del asunto», de forma que nunca se sintiera afectado por ninguna de las dos. Por lo tanto, no debería sentir nada ahora, aparte de amargura y estupefacción por la obstinación de Evelyn, que había costado una vida humana.

Pero la verdad era que sentía mucho más que amargura y estupefacción. Se sentía atenazado por la culpabilidad, la rabia, la angustia y el remordimiento. Porque si bien era responsable de la vida de una niña que nunca había intentado ver, sabía muy bien que también era responsable de la muerte de una niña que nunca llegaría a conocer. Nada podría cambiar aquella realidad. Nada.

Acercó el teclado del ordenador hacia él, como atontado. Accedió a la historia que habría salvado la vida de Charlotee. Leyó la primera línea: «Cuando tenía treinta y seis años, dejé a una mujer embarazada.» En el silencio de su despacho -interrumpido por los ruidos que procedían del periódico para el que le habían contratado con el fin de resucitarlo de la nada-, recitó la conclusión de la sórdida historia: «Cuando tenía cuarenta y siete, maté a mi hija.»

16

Cuando Lynley llegó a Devonshire Place Mews, comprobó que Hillier ya había complacido las exigencias del ministro del Interior y dispuesto una operación eficaz. Se habían colocado vallas a la entrada de los callejones. Estaban custodiadas por un agente de policía, mientras que otro vigilaba la puerta principal de la casa de Eve Bowen.

Detrás de las vallas, y ocupando Marylebone High Street, los medios de comunicación se agolpaban en el crepúsculo. Estaban representados por varios equipos de televisión, dedicados a colocar luces para filmar a sus reporteros, periodistas que ladraban preguntas al policía más cercano, y fotógrafos que esperaban, inasequibles al desaliento, la oportunidad de tomar fotos a cualquiera relacionado con el caso.

Cuando Lynley paró el Bentley para enseñar su identificación al guardia de la valla, los reporteros se precipitaron hacia el coche. Dispararon decenas de preguntas a la vez. ¿Se calificaba la muerte