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Licenciado en asesinato

Elizabeth George

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…

Elizabeth George

Licenciado en asesinato

Serie Policiaca, 03

Título original: Well-schooled in Murder

Primera edición en esta colección: marzo, 1997

© 1990, Susan Elizabeth George

© de la traducción, Eduardo G. Murillo

Para Peter, que quería escribir.

Timshel

He disparado mi flecha contra la casa y herido a mi hermano.

Hamlet

NOTA DE LA AUTORA

Aunque en Inglaterra existen muchos colegios privados, Bredgar Chambers es producto de mi imaginación y no debe confundirse con ninguna institución educativa.

Sin embargo, agradezco la colaboración de algunos colegios, rectores, profesores y estudiantes, que me ayudaron a reunir la información que me proporcionó el material de base para el libro. Debo dar las gracias en especial a Christopher y Kate Evans, del colegio Dauntsey de Somerset, y a Christopher Robbins, del mismo; a Robin Macnaghten, del colegio masculino Sherbone de Dorset; a Richard y Caroline Schoon Tracy, del colegio Allhallows de Devon, así como a John Stubbs y Andy Penman, en cuyas clases intervine; a Simon y Kate Watson del colegio Hurtspierpoint de Sussex; a Richard Poulton, del hospital de Jesucristo de West Sussex; a la señorita Marshall, del colegio Eton de Berkshire y, sobre todo, a los estudiantes que me abrieron sus vidas con una franqueza tan cautivadora: Bertrand, Jeremy, Jane, Matt, Ben, Chas y Bruce. El tiempo pasado en Inglaterra con estas personas enriqueció mi comprensión del sistema educativo privado más que cualquier otra investigación llevada a cabo por mí.

En Estados Unidos, doy las gracias a Fred VonLohmann por su generosidad al encargarse de las investigaciones preliminares en la Universidad de Stanford; a Blair Maffris, Michael Stephany, Hiro Mori, Art Brown y Lynn Harding por responder a mis preguntas sobre diversos temas, y a los criminalistas de Santa Bárbara Stephen Cooper y Phil Pelzel, que me abrieron sus laboratorios con suma amabilidad.

Mi mayor agradecimiento es para mi marido, Ira Toibin, por la paciencia demostrada, y a Deborah Schneider, que ha sido mi gran apoyo.

Capítulo 1

El jardín posterior de la casa situada en el paseo inferior de Hammersmith estaba adaptado para acometer tareas artísticas. Seis caballetes desvencijados de aserrar sustentaban tres planchas de pino nudoso que se utilizaban como lugar de trabajo y sostenían, como mínimo, una docena de esculturas de piedra en diversas fases de terminación. Un armario mellado de metal, cercano al muro del jardín, contenía las herramientas del artista: taladros, escoplos, cedazos, limas, gubias, esmeril y una colección de papel de lija en diversas fases de abrasión. Un trapo manchado de pintura, que olía fuertemente a trementina, formaba un bulto irregular bajo una silla medio rota.

Era un jardín a prueba de distracciones. Amurallado contra la curiosidad de los vecinos, también se hallaba protegido de los insistentes ruidos, en su mayoría mecánicos, del tráfico fluvial, de la autopista del Oeste y del puente Hammersmith. De hecho, los altos muros del jardín estaban construidos con tal habilidad, y se había elegido tan bien la ubicación de la casa en la alameda, que sólo el vuelo de alguna ocasional ave acuática quebraba el completo silencio del lugar.

Tanta protección no carecía de una desventaja. Como las brisas procedentes del río jamás conseguían atravesar los muros, una pátina de polvo desprendido al tallar la piedra lo cubría todo: la pequeña extensión oblonga de césped mortecino, los alelíes púrpuras que la bordeaban, el cuadrado de baldosas que hacían las veces de terraza, los antepechos de las ventanas y el tejado inclinado del edificio. Incluso una fina capa de polvillo gris se había adherido al artista como una segunda piel.

Pero esta empecinada suciedad no molestaba a Kevin Whateley. Con los años se había acostumbrado a ella por completo y, por otra parte, cuando trabajaba en el jardín no reparaba en su existencia. Éste era su refugio, un lugar de éxtasis creativo en el que no hacían falta ni comodidad ni limpieza. Una vez entregado a la llamada de su arte, Kevin hacía caso omiso de pequeñas molestias.

En este momento se hallaba entregado a la fase final de pulido. Tenía en gran consideración su obra actual, un desnudo femenino yaciente, esculpido en mármol, con la cabeza apoyada en una almohada, el torso girado, con la pierna derecha sobre la izquierda, y el arco ininterrumpido de la cadera y el muslo que terminaba en la rodilla. Recorrió con la mano el brazo, las nalgas y el muslo, buscando rugosidades, y asintió con satisfacción al sentir la textura de la piedra, como seda fría, bajo sus dedos.

– Pareces embobado, Kev. Creo que nunca te he visto sonreírme de esta manera.

Kevin rió entre dientes, se enderezó y miró a su esposa, de pie en la puerta de la casa. Se secó las manos con un paño de cocina descolorido y, al reír, se ahondaron las arrugas que rodeaban sus ojos.

– Pues ven aquí y pruébalo, muchacha. La última vez no me prestaste atención.

– Estás loco, Kev, de veras -repuso Patsy Whateley, pero su marido advirtió el rubor de satisfacción que aparecía en sus mejillas.

– Conque loco, ¿eh? no recuerdo que dijeras eso esta mañana. Fuiste tú la que se montó encima de un tío a las seis en punto, ¿verdad?

– ¡Kev!

Ella lanzó una carcajada y Kevin le dirigió una sonrisa, estudiando sus rasgos queridos y familiares, admitiendo el hecho de que, a pesar de haberse teñido el cabello durante una temporada para mantener una apariencia juvenil, su rostro y su figura correspondían a una mujer de edad madura; el primero estaba surcado de arrugas, y tanto la mandíbula como la barbilla habían perdido su firmeza. La segunda se había rellenado en determinados lugares, donde en otro tiempo aparecían las curvas más deliciosas.

– Estás pensando, ¿verdad, Kev? Lo veo en tu cara. ¿Qué piensas?

– Marranadas, muchacha, capaces de sonrojarte.

– Es por culpa de esas tallas, ¿no? ¡Mirando mujeres desnudas un domingo por la mañana! Es indecente.

– Lo que siento por ti sí es indecente, cariño. Acércate, no me hagas perder el tiempo en fruslerías. Yo sé cómo eres en realidad.

– Se ha vuelto loco -anunció Patsy al cielo.

– Loco como a ti te gusta -cruzó el jardín en dirección a la casa, abrazó a su esposa y la besó sonoramente.

– ¡Dios santo, Kevin, sabes a arena! -protestó Patsy cuando él la liberó. Una línea de polvillo gris manchaba su sien, otra se destacaba sobre su seno izquierdo. Se sacudió la ropa, murmurando para sí exasperada, pero cuando levantó la vista y su marido sonrió, la expresión de Patsy se suavizó-. Medio loco. Como siempre.

Él le guiñó un ojo y continuó trabajando. Patsy siguió mirándole desde la puerta.

Kevin sacó del armario metálico la piedra pómez pulverizada que empleaba para preparar el mármol antes de agregar su firma a la pieza concluida. La mezcló con agua y la distribuyó generosamente sobre el desnudo yaciente, aplicándolo a la piedra. Concentró su atención en las piernas, el estómago, los senos y los pies, trabajando el rostro con suma delicadeza.

Oyó que su mujer se removía inquieta en el umbral de la puerta. Observó que estaba mirando el reloj de hojalata rojo de la cocina, que colgaba sobre el horno.

– Las diez y media -dijo Patsy con preocupación.

Fingía hablar para sí, pero la falsa indiferencia no engañó a Kevin.

– Vamos, Pats -la tranquilizó-. No exageres. Te veo venir. Olvídalo, ¿quieres? El chico llamará en cuanto pueda.

– Las diez y media -repitió ella, sin hacerle caso-. Matt dijo que volverían a la hora de la comunión, Kev, y la comunión habrá acabado a las diez. Ya son y media. ¿Por qué no nos ha llamado?

– Estará ocupado deshaciendo las maletas. Ha de preparar los deberes, explicar lo divertido que ha sido el fin de semana, y almorzar después con los demás chicos. De modo que se ha olvidado de llamar a su mami, pero lo hará a la una. Ya lo verás. No te preocupes, cariño.

Kevin sabía que pedirle a su mujer que no se preocupara por su hijo era tan eficaz como pedirle al Támesis que dejara de fluir cada día, considerando que el cauce pasaba a pocos pasos de su puerta. Llevaba doce años y medio brindándole variaciones sobre el mismo tema, pero no servía de nada. Patsy se preocupaba por todos los detalles relativos a la vida de Matthew. Por la armonía de sus prendas de vestir, por quién le cortaba el pelo y cuidaba de su dentadura, por el brillo de sus zapatos y la longitud de sus pantalones, por los amigos que escogía y las aficiones que practicaba. Releía todas las cartas que escribía desde el colegio hasta aprendérselas de memoria, y si no la llamaba una vez a la semana se ponía tan nerviosa que nada podía calmarla, excepto el propio Matthew. Siempre solía hacerlo, por lo que la ausencia de llamadas telefónicas después de su fin de semana en las Costwolds era aún más incomprensible, pero Kevin no estaba dispuesto a admitirlo delante de su esposa.

«Adolescentes -pensó-. No se puede evitar, Pats. El chico se está haciendo mayor.»

La respuesta de Patsy sorprendió a su marido, que no se consideraba tan transparente.

– Sé lo que piensas, Kev. Se está haciendo mayor. No quiere que su mamá le dé la paliza todo el tiempo. Es verdad, y lo sé.

– ¿Y bien? -la animó.

– Esperaré un poco más antes de llamar al colegio.

Kevin sabía que no podía pedirle más.

– Ésa es mi chica -replicó, y volvió a su escultura.

Durante la hora siguiente se permitió el lujo de sumirse por completo en las delicias de su arte, perdiendo el sentido del tiempo. Como de costumbre, lo que le rodeaba quedaba reducido a la insignificancia, y la existencia se limitaba a la sensación directa del mármol cobrando vida bajo sus manos.

Su mujer tuvo que llamarlo dos veces antes de arrancarle del mundo crepuscular en que habitaba siempre que su musa le atraía a él. Había vuelto a la puerta, pero vio que esta vez, en lugar del paño de cocina, llevaba un bolso de vinilo negro. Se había puesto sus zapatos negros nuevos y su mejor chaqueta de lana azul marino. En el ojal se había prendido descuidadamente un reluciente broche de bisutería. Una esbelta leona con una pata alzada, a punto de atacar. Sus ojos eran como dos diminutas manchas verdes.

– Está en la enfermería -pronunció la última palabra con tono de pánico incipiente.

Kevin parpadeó, deslumbrado por la danza de luz emanada de la leona.

– ¿La enfermería? -repitió.

– ¡Nuestro Matt está en la enfermería, Kev! Ha pasado allí todo el fin de semana. Acabo de llamar al colegio. Ni siquiera fue a casa de los Morant. ¡Está enfermo! El hijo de los Morant no sabía nada. ¡No le ha visto desde la comida del viernes!

– ¿Qué estás tramando, muchacha? -preguntó Kevin con astucia. Conocía muy bien la respuesta, pero necesitaba un momento para pensar en la mejor manera de detenerla.

– ¡Mattie está enfermo! ¡Nuestro hijo! Dios sabe lo que habrá ocurrido. Bien, ¿vas a venir conmigo al colegio o piensas quedarte todo el día aquí, con las manos metidas en la descarada entrepierna de esa mujer?

Kevin se apresuró a apartar las manos de la ofensiva parte anatómica de la escultura. Se las limpió en los costados de sus téjanos de trabajo, añadiendo pasta blanca abrasiva al polvo y la tierra que ya jalonaban las costuras.

– Calma, Pats -dijo-. Piensa un momento.

– ¿Pensar? ¡Mattie está enfermo! Querrá estar con su madre.

– ¿Tú crees, cariño?

Patsy meditó sobre esta idea, apretando los labios como si intentara contener las palabras. Sus dedos anchos y chatos torturaban la hebilla del bolso, abriéndola y cerrándola sin cesar. A juzgar por lo que Kevin veía, el bolso estaba vacío. Con las prisas, Patsy se había olvidado de meter algo, calderilla, un peine, una polvera, cualquier cosa.

Kevin sacó un trozo de paño del bolsillo y procedió a frotar la escultura.

– Piensa, Pats. Ningún chico quiere que mamá vaya volando al colegio porque tiene un poco de gripe. Es muy posible que le moleste, ¿no? Ruborizado hasta las orejas porque mamá ha hecho acto de presencia, como si necesitara que le cambiaran los pañales y sólo ella pudiera hacerlo.

– ¿Estás diciendo que lo deje correr? -Patsy agitó el bolso en su dirección, para subrayar sus palabras-. ¿Como si me trajera sin cuidado el bienestar de mi hijo?

– No digo que lo dejes correr.

– Pues ¿qué?

Kevin convirtió el paño en un pequeño y pulcro cuadrado.

– Reflexionemos. ¿Qué te ha dicho la responsable de la enfermería cuando has llamado?

Patsy bajó los ojos. Kevin sabía lo que la reacción implicaba y rió por lo bajo.

– Hay una enfermera de guardia en el colegio y no la has llamado, ¿verdad, Patsy? ¡Mattie ha tropezado con una piedra y su mamá sale corriendo hacia West Sussex sin molestarse en llamar primero para averiguar lo sucedido! ¿Qué va a ser de la gente como tú, muchacha?

El rubor ascendió por el cuello de Patsy hasta sus mejillas.

– Llamaré ahora -consiguió articular con dignidad, dirigiéndose hacia el teléfono de la cocina.

Kevin la oyó marcar el número. Un momento después escuchó su voz. Al instante siguiente la oyó colgar el auricular. Gritó una sola vez, un sollozo aterrorizado que Kevin reconoció como su nombre. Arrojó el paño al suelo y entró corriendo en la casa.

Al principio pensó que su mujer sufría un ataque. Tenía el rostro gris y sus labios sugerían que contenía un aullido de dolor con gran esfuerzo de voluntad. Cuando se volvió al oír los pasos de su marido, éste vio que una mirada extraviada alumbraba sus ojos.

– No está allí. Mattie ha desaparecido. No estaba en la enfermería. ¡Ni siquiera está en el colegio!

Kevin luchó por comprender el horror que aquellas pocas palabras implicaban, pero sólo pudo repetirlas.

– ¿Mattie, desaparecido?

Su mujer parecía petrificada.

– Desde el viernes a mediodía.

De repente, aquel inmenso lapso que se extendía entre el viernes y el domingo se transformó en terreno abonado para el tipo de imágenes indecibles a las que todo padre se enfrenta cuando descubre la desaparición de su amado hijo. Rapto, abusos deshonestos, sectas religiosas, trata de blancas, sadismo, asesinato. Patsy se estremeció y experimentó náuseas. Una leve película de sudor cubría su piel.

Al darse cuenta, y temiendo que se desmayara, sufriera un infarto y cayera muerta en el acto, Kevin la aferró, por los hombros para proporcionarle el único consuelo posible.

– Iremos al colegio, cariño. Encontraremos a nuestro chico, te lo prometo. Iremos ahora mismo.

– ¡Mattie!

El nombre se elevó como una plegaria.

Kevin se dijo que las plegarias no eran necesarias en ese momento, que Mattie había hecho novillos, que su ausencia del colegio tenía una explicación razonable, de la que se reirían los tres juntos dentro de nada. No obstante, mientras pensaba esto, un temblor malsano agitó el cuerpo de Patsy. De nuevo pronunció con tono suplicante el nombre de su hijo. Contra todo motivo, Kevin se descubrió confiando en que algún dios estuviera escuchando a su mujer.

La sargento detective Barbara Havers hojeó su contribución al informe conjunto por última vez y decidió que estaba satisfecha con el resultado del trabajo efectuado durante el fin de semana. Grapó las quince tediosas páginas, empujó la silla hacia atrás y fue en busca de su inmediato superior, el inspector Thomas Lynley.

Estaba donde le había dejado poco después de mediodía, solo en su despacho, la cabeza rubia apoyada en una mano y concentrado en su parte del informe, esparcido sobre el escritorio. El sol de aquel domingo por la tarde arrojaba largas sombras sobre las paredes y el suelo, y resultaba casi imposible descifrar el texto mecanografiado sin ayuda de luz artificial. Como las gafas para leer de Lynley se habían deslizado hacia el extremo de su nariz, Barbara entró sin hacer ruido, convencida de que el inspector se había dormido.

Lo cual no la habría sorprendido. Lynley había trabajado como un poseso durante los últimos dos meses. Su presencia en el Yard había sido tan incesante (requiriendo a menudo la reacia presencia de la sargento), que los otros detectives de la división ya le habían bautizado como Mr. Ubicuo.

– Vete a casa, chaval -rugía el inspector MacPherson cuando le veía en un pasillo, en una reunión o en el comedor de oficiales-. Nos estás desacreditando a los demás. ¿Aspiras a un puesto superior? No podrás dormirte en los laureles de un ascenso si la palmas de un infarto.

Lynley reía con su habitual afabilidad y esquivaba la razón oculta tras los sesenta días de labor febril. No obstante, Barbara sabía por qué se quedaba en el trabajo hasta muy entrada la noche, por qué se presentaba voluntario a las guardias, por qué sustituía a otros oficiales en cuanto se lo pedían. La postal que descansaba en este momento junto al borde del escritorio lo explicaba todo. La cogió.

Databa de cinco días atrás, provenía del mar Jónico y el largo viaje a través de Europa la había arrugado considerablemente. Representaba una curiosa procesión de portadores de incienso, oficiantes que empuñaban cetros y sacerdotes de la iglesia ortodoxa griega, barbudos y ataviados con hábitos dorados, que cargaban a hombros una silla de manos incrustada de joyas y protegida con cristales por los lados. Los restos de San Spiridón descansaban en la silla. Apoyaba su cabeza amortajada contra el cristal, como si en lugar de llevar más de mil años muerto estuviera simplemente dormido. Barbara volvió la postal y leyó con todo descaro el contenido. Habría adivinado el tono del mensaje sin necesidad de leerlo.

Querido Tommy: ¡Imagina tus pobres restos acarreados por las calles de Corfú cuatro veces al año! Por Dios, te hace pensar en la sabiduría de dedicar tu vida a la santidad, ¿verdad? Te agradará saber que he rendido tributo a mi desarrollo intelectual con un peregrinaje al templo de Júpiter en Casíope. Me atrevería a decir que apruebas una empresa tan digna de Chaucer.

H.

Barbara sabía que la postal era la décima que lady Helen Clyde enviaba a Lynley en los dos últimos meses. Todas las anteriores eran iguales: un comentario cordial y divertido sobre algún aspecto de la vida en Grecia, puntuando los desplazamientos de lady Helen por el país en lo que parecía un viaje interminable iniciado en enero, pocos días después de que Lynley le pidiera que se casara con él. La respuesta de la joven había sido un no definitivo, y las postales, que no enviaba a la casa de Lynley en Eaton Terrace, sino a Scotland Yard, subrayaban su determinación de permanecer insensible a las demandas de su corazón.

Que Lynley pensaba cada día, si no cada hora, en Helen Clyde, que la deseaba, que la quería con una firmísima intensidad, eran los hechos agazapados tras la infinita capacidad del inspector para aceptar nuevas misiones sin rechistar. Cualquier cosa con tal de tener bajo control a los aullantes sabuesos de la soledad, pensó Barbara. Cualquier cosa con tal de impedir que el dolor de vivir sin Helen creciera como un tumor en su interior.

Barbara dejó la postal en su sitio, retrocedió unos pasos e introdujo expertamente su parte del informe en la bandeja. El consiguiente movimiento de aire removió los papeles del escritorio y los arrojó al suelo, despertando a Lynley. Se agitó, hizo una mueca al ver que le habían descubierto durmiendo, se frotó la nuca y se quitó las gafas.

Barbara se dejó caer en la silla contigua al escritorio, suspiró y se manoseó el corto cabello con inconsciente energía, consiguiendo enderezarlo como las púas de un cepillo.

– Oh, sí -dijo-. ¿Escuchas las macizas campanadas de Escocia llamándote, muchacho? Dime que sí.

Lynley reprimió un bostezo y contestó:

– ¿Escocia, Havers? ¿Qué demonios…?

– Sí, aquellas diminutas y macizas campanas, que te llaman de regreso al país de la malta. Aquellos benditos y ahumados tragos de fuego líquido…

Lynley irguió su larguirucho cuerpo y se puso a ordenar los papeles.

– Ah, Escocia. ¿Debo imaginar, sargento, que este viaje sentimental al país de sir Walter Scott es una indicación de que todavía no ha bebido su ración semanal de alcohol?

Ella sonrió y dejó de lado a Robert Burns.

– Vámonos al King's Arms, inspector. Dos de MacCallan y cantaremos a dúo Corning Through the Rye. No querrá perdérselo. Tengo una voz de mezzosoprano que arrancará lágrimas de sus adorables ojos pardos.

Lynley se limpió las gafas, las ajustó sobre la nariz y comenzó a examinar el trabajo de Havers.

– Su invitación me halaga, no piense lo contrario. La oportunidad de oírla gorjear me conmueve el corazón, pero hoy tenemos entre nosotros a alguien cuya cartera no ha vaciado con tanta regularidad como la mía. ¿Por dónde anda el agente Nkata? No le he visto aquí esta tarde.

– Está de servicio.

– Qué pena. Me temo que no está de suerte. Prometí a Webberly que le entregaría este informe mañana por la mañana.

Barbara sintió una punzada de exasperación. Había rechazado su invitación con más habilidad de la empleada por ella para formularla. Pero le quedaban más armas, de modo que utilizó la primera.

– Se lo prometió a Webberly para mañana por la mañana, pero usted y yo sabemos que no lo necesita hasta la semana que viene. Déjese de historias, señor. ¿No cree que ya es hora de volver al país de los vivos?

– Havers…

Lynley no alteró su postura. Ni siquiera levantó la vista de los papeles. Su tono contenía una advertencia implícita. Era una delimitación de fronteras, una declaración de superioridad en la cadena de mando. Barbara había trabajado con él durante el tiempo suficiente para saber qué quería decir cuando pronunciaba su apellido con estudiada neutralidad. Estaba penetrando en zona prohibida. Su presencia era indeseada y no sería admitida sin lucha.

Bien, pensó con resignación. Sin embargo, no pudo reprimir una última incursión en las regiones protegidas de su vida privada.

Señaló la postal con un movimiento de la cabeza.

– Nuestra Helen no le está dando muchas esperanzas, ¿verdad?

Lynley levantó la cabeza y dejó caer el informe, pero el agudo timbre del teléfono impidió que replicara. Lynley descolgó el auricular y oyó la voz de una recepcionista del Yard, que trabajaba en el hostil vestíbulo de mármol gris y negro.

– Un visitante aquí abajo -anunció la voz adenoidal sin más preliminares-. Un tipo llamado John Corntel pregunta por el inspector Asherton. Es usted, supongo. No sé por qué alguna gente es incapaz de recordar un nombre… incluso cuando al tío en cuestión le da por ensartar nombres como si fuera de sangre real y espera que en recepción los sepan todos y los reconozcan.

Lynley interrumpió el rosario de quejas.

– ¿Corntel? La sargento Havers bajará a buscarle.

Lynley colgó, enmudeciendo la voz de mártir que le preguntaba cómo le gustaría que le llamara la semana siguiente. ¿Lynley, Asherton, o por algún otro polvoriento título familiar que le apeteciera emplear durante un mes o dos? Havers, anticipándose a sus deseos por lo que había oído de la conversación, ya se dirigía hacia el ascensor.

Lynley la vio salir. Sus pantalones de mezclilla ondeaban alrededor de sus piernas achaparradas, y del codo de su raído jersey de Aran colgaba, como una polilla, un trozo de papel. Pensó en la inesperada visita de Corntel; un fantasma del pasado, sin duda.

Habían sido compañeros de colegio en Eton. Corntel era becario del King's, uno de la élite. Lynley recordó que, en aquellos días, Corntel era toda una figura entre los alumnos de último curso. Un joven alto y triste, muy melancólico, favorecido con un cabello color sepia y un conjunto de facciones aristocráticas, similares a las que Antoine Jean Gros había adjudicado a Napoleón en sus románticos lienzos. Como si deseara amoldarse al tipo físico, Corntel se había preparado para obtener matrícula de honor en literatura, música y arte. Lynley ignoraba lo que había sido de él después de Eton.

Con esta imagen mental de John Corntel, parte de la historia de Lynley, éste se levantó, no sin cierta sorpresa, para saludar al hombre que entró en su despacho menos de cinco minutos después, precedido por la sargento Havers. Sólo la altura (un metro ochenta y cinco, igual que Lynley) permanecía inalterada, pero la estructura que en otro tiempo le había permitido erguirse tan alto y seguro de sí mismo, un prometedor becario en el mundo privilegiado de Eton, tenía ahora los hombros redondeados, como para protegerle de un posible contacto físico. Además, los rizos de la juventud habían dado paso a un cabello muy corto y salpicado de un gris prematuro. Aquella milagrosa amalgama de hueso, piel, contorno y color que había dado como resultado un rostro en el que sensualidad e inteligencia se daban la mano, estaba teñida ahora de una palidez que solía asociarse con las habitaciones de los enfermos, y la piel parecía estirarse sobre los huesos. Sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre.

Tenía que haber una explicación para el cambio sufrido por Corntel en los diecisiete años transcurridos desde la última vez que Lynley le había visto. La gente no experimenta alteraciones tan drásticas sin una causa concreta. En este caso, daba la impresión de que el fuego o el hielo hubieran destruido el núcleo del hombre, aniquilando la sustancia interior, y avanzaran ahora para diezmar el resto.

– Lynley Asherton. No sabía qué apellido utilizar -dijo Corntel, inseguro, pero la timidez parecía estudiada, como si hubiera decidido presentarse así con mucha anticipación. Le tendió la mano. Estaba caliente, como febril.

– No suelo usar el título. Sólo Lynley.

– Un título siempre es útil. En el colegio te llamábamos el Vizconde de la vacilación, ¿verdad? ¿De dónde salió? No me acuerdo.

Lynley prefería no contestar. Agitaba recuerdos que asaltaban las regiones protegidas de la psique con pasmosa facilidad.

– Vizconde Vacennes.

– Eso es. El título secundario. Uno de los placeres de ser el hijo mayor de un conde.

– Dudoso placer, a lo sumo.

– Tal vez.

Lynley observó que los ojos del hombre recorrían el despacho, tomando nota de los ficheros, los estantes y los libros que sostenían, el caos general de su escritorio, los dos grabados del suroeste de Estados Unidos. Se posaron en la única fotografía del despacho, y Lynley esperó a que el otro hombre hiciera algún comentario sobre su tema. Corntel y Lynley habían estado en Eton con Simon Allcourt St. James, y como la foto databa de trece años atrás, Corntel reconocería sin duda el rostro jubiloso de aquel joven jugador de criquet de cabello enmarañado, congelado en el tiempo, capturado en aquella alegría pura y exuberante de la juventud, con los pantalones rotos y sucios, un jersey arremangado por encima de los codos y una raya de mugre en el brazo. Estaba apoyado en un bate de criquet, riendo de buena gana. Tres años antes de que Lynley le lisiara.

– St. James -Corntel asintió-. Hace siglos que no pienso en él. Dios mío, cómo pasa el tiempo, ¿verdad?

– Desde luego -Lynley continuó estudiando con curiosidad a su antiguo compañero de colegio, notando la forma en que su sonrisa destellaba y desaparecía, notando cómo sus manos se hundían en los bolsillos de la chaqueta y los palpaba, como si quisiera asegurarse de la presencia de un objeto que tenía la intención de extraer.

La sargento Havers abrió las luces para disipar la oscuridad del anochecer. Miró a Lynley. ¿Me quedo o me voy?, preguntaron sus ojos. Él le indicó con la cabeza una de las sillas. La joven se sentó, rebuscó en el bolsillo del pantalón, sacó un paquete de cigarrillos y lo agitó.

– ¿Quiere uno? -ofreció a Corntel-. El inspector aquí presente ha decidido abandonar un vicio más, maldito sea su mojigato deseo de impedir la contaminación del aire, y detesto fumar sola.

A Corntel pareció sorprenderle que Havers siguiera en la habitación, pero aceptó su invitación y sacó un encendedor.

– Sí, gracias -sus ojos se desplazaron hacia Lynley y luego los apartó. Con la mano derecha hizo rodar el cigarrillo sobre la palma izquierda. Se mordió un momento el labio inferior-. He venido a pedirte ayuda -dijo de pronto-. Te ruego que hagas algo, Tommy. Tengo graves problemas.

Capítulo 2

– Un chico ha desaparecido del colegio, y en mi condición de director de su residencia soy el responsable de lo que le ha ocurrido. Dios mío, si algo ha…

Corntel se expresaba con laconismo, fumando entre frases dispersas. Era director de residencia y jefe del departamento de inglés en Bredgar Chambers, un colegio privado asentado en una ondulación del terreno que separa Crawley de Horsham, en West Sussex, a poco más de una hora en coche de Londres. El chico en cuestión (trece años, alumno de tercer año y nuevo en el colegio) era de Hammersmith. La situación aparentaba ser una complicada estratagema orquestada por el muchacho para disfrutar de un fin de semana en plena libertad. Sólo que algo había ido mal, como fuera y donde fuera, y el chico había desaparecido desde hacía más de cuarenta y ocho horas.

– Es posible que se haya dado a la fuga -Corntel se frotó los ojos-. Tommy, yo tendría que haberme dado cuenta de que algo atormentaba al chico. Tendría que haberlo sabido. Eso es parte de mi trabajo. Obviamente, si estaba decidido a huir del colegio, si ha sido desdichado todos estos meses sin que yo lo notara… Dios del cielo, los padres llegaron al colegio histéricos, dio la casualidad de que un miembro de la junta de gobierno estaba presente, y el director se ha pasado toda la tarde intentando mantener en la ignorancia a la policía local, intentando calmar a los padres y tratando de averiguar quién vio al chico por última vez y por qué, sobre todo por qué, huyó sin decir palabra. No sé qué decir, cómo excusarme… cómo reparar el error cometido o buscar la solución al problema -se mesó el corto cabello e intentó forzar una sonrisa, pero fracasó-. Al principio no supe a quién acudir. Después pensé en ti. Me pareció una solución inspirada. Después de todo, tú y yo fuimos compañeros en Eton, y… Vaya, como un idiota, ni siquiera pienso de una forma coherente.

– Este asunto es competencia de la policía de West Sussex -contestó Lynley-. si es que se trata de un asunto policial. ¿Por qué no les habéis llamado, John?

– Tenemos un grupo en el campus, llamado los Voluntarios de Bredgar, un nombre verdaderamente absurdo, y le están buscando, suponiendo que no se haya ido muy lejos, o que algo le ocurrió en las cercanías. El rector tomó la decisión de no llamar a la policía. Él y yo hablamos. Le dije que tenía un contacto en el Yard.

Lynley se imaginó con bastante precisión los detalles de la situación de Corntel. Más allá de su legítima preocupación por el muchacho, su trabajo, y tal vez toda su carrera, dependía de que le encontraran con rapidez y sin un rasguño. Una cosa era que un niño sintiera nostalgia de su hogar, incluso que intentara ir a ver a sus padres o a los antiguos amigos, y fuera interceptado a escasa distancia (y poco rato después) de la escuela, pero esto era muy serio. Según los escasos detalles que Corntel había proporcionado, el muchacho había sido visto por última vez el viernes por la tarde, y nadie se había preguntado por su paradero desde entonces. En cuanto a la distancia que habría logrado recorrer desde aquel momento… La situación era más que grave para Corntel. Era el preludio de un desastre profesional. La decisión de asegurar al rector que se haría cargo del problema rápido, discreta y eficazmente era de una lógica aplastante.

Por desgracia, Lynley no podía hacer nada. Scotland Yard no aceptaba casos de esta forma, y no interfería en la jurisdicción de la policía de un condado sin una petición formal del responsable regional. Por lo tanto, el viaje de Corntel a Londres era una pérdida de tiempo, y cuanto antes volviera al colegio para poner el caso en manos de las autoridades competentes, mejor. Lynley intentó persuadirle de esto, reuniendo tantos datos dispersos como le fue posible, decidido a utilizarlos para conducir a Corntel a la inevitable conclusión de que era preciso implicar a la policía local.

– ¿Qué ocurrió exactamente? -preguntó.

La sargento Havers, reaccionando como un autómata ante la pregunta de su superior, buscó una libreta de espiral en el escritorio de Lynley y empezó a tomar nota de preguntas y respuestas con su habitual competencia. El humo del cigarrillo le irritó los ojos. Tosió, aplastó el pitillo con la suela del zapato y lo arrojó a la papelera.

– El chico, Matthew Whateley, tenía permiso este fin de semana para ir a casa de otro estudiante, Harry Morant. La familia Morant posee una casa de campo en Lower Slaughter, y había preparado una fiesta para celebrar el cumpleaños de Harry. Estaban invitados cinco chicos, seis incluyendo a Harry. Tenían permiso de sus padres. Todo estaba en orden. Matthew era uno de ellos.

– ¿Quiénes son los Morant?

– Una familia aristocrática. Los tres hijos mayores han pasado por Bredgar Chambers. Una hermana está en el sexto inferior. En los dos últimos cursos aceptamos chicas -añadió sin que viniera a cuento-. Sexto inferior y superior femeninos. Me parece que Matthew debió de acobardarse. Quiero decir, por la familia, los Morant, no por aceptar chicas en el colegio.

– No lo entiendo. ¿Qué tiene que ver la familia con eso?

Corntel se removió en su silla y miró a la sargento Havers. Lynley adivinó en el nervioso movimiento de sus ojos lo que diría a continuación. Corntel había captado el acento de clase obrera de Havers. Si presentaba a los Morant como origen del problema (y, como Corntel había afirmado, era una familia aristocrática), Matthew, al igual que Havers, procedía de una extracción social muy diferente.

– Creo que Matthew se acobardó -prosiguió Corntel-. Es un chico de ciudad y acude por primera vez a un colegio privado. Siempre había ido a escuelas públicas. Siempre ha vivido en su casa. Ahora que se ha mezclado con un tipo distinto de gente… Bien, hace falta tiempo. Es difícil adaptarse -extendió la mano, con la palma hacia arriba, como solicitando mutua comprensión-. Ya sabes a qué me refiero.

Lynley vio que Havers alzaba la cabeza con brusquedad y entornaba los ojos al comprender la implicación que encerraban las palabras de Corntel. Sabía muy bien que siempre había llevado sus orígenes humildes como una especie de armadura.

– ¿Cuándo se advirtió la ausencia de Matthew? Supongo que los chicos tenían que reunirse en un lugar determinado antes de salir para pasar el fin de semana juntos. ¿No preguntaron dónde estaba? ¿No te informaron cuando no apareció?

– Imaginaron que sabían dónde estaba. El viernes por la tarde había partidos, y el viaje a Lower Slaughter estaba previsto para después. Todos los chicos juegan en el mismo equipo de hockey. Matthew no se presentó para el partido, pero nadie se extrañó porque el entrenador de hockey de tercer curso, Cowfrey Pitt, uno de nuestros profesores, recibió una nota de la enfermería, diciendo que Matthew se encontraba indispuesto y no acudiría al partido. Al saber la noticia, los chicos asumieron que tampoco iría a pasar el fin de semana fuera. Parecía lógico en aquel momento.

– ¿Qué clase de nota era?

– Una nota de dispensa, un simple impreso normal de la enfermería con el nombre de Matthew escrito en él. Con franqueza, tengo la impresión de que Matthew lo planeó todo por anticipado. Obtuvo permiso de su casa para abandonar el campus y fingió que iría a casa de los Morant. Al mismo tiempo, se hizo con una hoja de dispensa, informando que estaba indispuesto en la enfermería. Como era falsa, yo no recibí copia. Pensé que Matthew se había ido a casa de los Morant. Éstos, entretanto, pensarían que se había quedado en el colegio. Así, podría pasar el fin de semana a su aire. ¡Y eso es exactamente lo que hizo el pequeño pillastre!

– ¿No verificaste su paradero?

Corntel se inclinó y apagó el cigarrillo. El movimiento fue inseguro y cayó ceniza sobre el escritorio de Lynley.

– Pensé que estaba con los Morant.

– ¿Y el entrenador de hockey, Cowfrey Pitt, no te informó que había ido a la enfermería?

– Cowfrey dio por sentado que la enfermería me lo comunicaría. Es lo que suele hacerse. Si me hubieran dicho que Matthew estaba enfermo habría ido a verle. Claro que habría ido.

Las enérgicas protestas de Corntel, cada vez más vehementes, no dejaban de ser curiosas.

– Hay un responsable del edificio en que vivía, ¿no? ¿Qué estuvo haciendo durante ese tiempo? ¿Pasó el fin de semana en el colegio?

– Sí, Brian Byrne. Uno de los mayores. Un prefecto. Casi todos los mayores estaban de permiso… al menos los que se habían ido a un torneo de hockey en el norte… Pero él estaba allí, en la casa. Creía que Matthew estaba con los Morant. No hizo más comprobaciones que yo. Tampoco tenía por qué hacerlas. La responsabilidad de las comprobaciones me competía a mí, no a Brian. No endilgaré las culpas a mi prefecto. No lo haré.

Corntel dotó a su afirmación de una fuerza peculiar, como a sus anteriores protestas. Parecía necesitar asumir la culpa de lo ocurrido. Lynley sabía que sólo había una explicación para tal necesidad. Si Corntel quería culparse, era porque lo merecía.

– Debía saber que estaría fuera de su ambiente con los Morant. Debía presentirlo -dijo Corntel.

– Pareces muy seguro de eso.

– Era un estudiante becado -por lo visto, Corntel creía que ese dato lo explicaba todo. No obstante, agregó-. Un buen chico. Muy trabajador.

– ¿Le apreciaban los demás estudiantes? -como Corntel vaciló, Lynley añadió-. Al fin y al cabo, si le invitaron a pasar el fin de semana en casa de uno, parece razonable concluir que era apreciado.

– Sí, claro, sólo que… ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de que tenía problemas? No lo sé. Era muy reservado. Siempre parecía enfrascado en sus deberes. Nunca tuvo el menor problema, ni tampoco mencionó ninguno. Sus padres demostraron una gran perspicacia al permitirle salir este fin de semana. Su padre, en la carta que me escribió concediendo el permiso, decía: «Es estupendo que Mattie se abra más al exterior». Mattie. Así le llamaban.

– ¿Dónde están sus padres ahora?

El rostro de Corntel reflejó tristeza.

– No lo sé. Tal vez en el colegio, o en casa, aguardando noticias. Si el rector no ha logrado impedírselo, puede que hayan acudido a la policía.

– ¿Cuenta Bredgar Chambers con una fuerza de policía local?

– Hay un agente en Cissbury, el pueblo más próximo, pero estamos bajo la jurisdicción de la policía de Horsham -sonrió con aire sombrío-. Tú dirías que está dentro de su territorio, ¿no?

– Sí, pero temo que no dentro del mío.

Corntel hundió más los hombros al oírle.

– Estoy seguro de que puedes hacer algo, Tommy. Poner alguna maquinaria en acción.

– ¿Una maquinaria discreta?

– Sí, exacto. Como quieras decirlo. Sé que es un favor personal. No tengo derecho a pedirte nada, pero, por el amor de Dios, acuérdate de Eton.

Estaba apelando a su lealtad, a los viejos lazos escolares. Daba por sentado que existía una devoción hacia las llamadas del pasado. El policía Lynley deseó disuadirle con la mayor rudeza posible, pero el muchacho que había compartido los días de colegio con Corntel no estaba tan muerto como Lynley deseaba.

– Si ha huido, tal vez con la intención de venir a Londres, habrá necesitado un medio de transporte, ¿no? ¿Hay trenes, autopistas o carreteras principales cerca del colegio?

Corntel pareció entender que estas palabras simbolizaban una mano tendida en su ayuda. Respondió sin la menor vacilación, ansioso de cooperar.

– No estamos muy cerca de nada útil, Tommy, por eso los padres se sienten seguros cuando envían a sus hijos al colegio. Está aislado. Llegar es muy fácil. No hay nada alrededor que pueda despistar. Matthew tendría que haber andado mucho para huir sin apuros. No podía arriesgarse a hacer autostop muy cerca del colegio, porque habría corrido el peligro, casi seguro, de que alguien del colegio, un profesor, un trabajador o el portero, circularan en coche por las cercanías, le viera y le condujera de vuelta al redil.

– Por lo tanto, es probable que ni siquiera haya llegado a la carretera.

– Lo dudo. Tendría que haber atravesado los campos, el bosque de St. Leonard y el pueblo de Crawley para llegar a la M23, donde se encontraría a salvo. Nadie sospecharía que venía de Bredgar Chambers. Pensarían que se trataba de un niño cualquiera.

– El bosque de St. Leonard -dijo Lynley, pensativo-. Lo más probable es que continúe allí, ¿no? Tal vez extraviado. Hambriento.

– Dos noches al raso en pleno marzo. Frío, hipotermia, inanición, una pierna rota, una mala caída, el cuello roto -Corntel recitó la lista con tono amargo.

– La inanición sólo se produce después de tres días -respondió Lynley. Se abstuvo de añadir que todo lo demás cabía dentro de lo posible-. ¿Es un chico grande, fuerte?

Corntel meneó la cabeza.

– No. Es muy pequeño para su edad. Huesos delicados, extremadamente frágil, rostro de facciones regulares -hizo una pausa, enfocando los ojos en una imagen que los demás no podían ver-. Cabello oscuro, ojos oscuros, manos de dedos largos, piel perfecta… Una piel adorable.

Havers dio unos golpecitos sobre el bloc con un lápiz. Miró a Lynley. Corntel, al darse cuenta, dejó de hablar y se ruborizó levemente.

Lynley apartó la silla del escritorio y fijó la vista en uno de los dos grabados que colgaban de la pared. En él, una mujer india vaciaba una cesta de pimientos sobre una manta. Era un muestrario de colores vibrantes. El velo de cabello negro, el rojo intenso de las verduras, el terciopelo cobrizo de su piel, el vestido púrpura, el fondo rosa y azul que indicaba la hora del crepúsculo.

Sabía que la belleza siempre brindaba su forma particular de seducción.

– ¿Has traído alguna foto del chico? -preguntó Lynley-. ¿Puedes darnos una descripción precisa? -pensó que la última pregunta era innecesaria.

– Sí, desde luego. Las dos cosas.

Lynley rara vez había captado un alivio semejante.

– Si se las das a la sargento, veremos qué podemos hacer. Quizá ya lo han detenido en Crawley y está demasiado asustado para decir su nombre, o aún más cerca de Londres. Nunca se sabe.

– Pensé… Confiaba en que me ayudarías. Ya he… -Corntel rebuscó en el bolsillo interior del abrigo, sacando una foto y una hoja mecanografiada. Tuvo el detalle de mostrarse avergonzado, pues ambas implicaban que había dado por sentada la colaboración de Lynley.

El detective las cogió con gesto fatigado. Corntel había confiado de verdad en su hombre. El antiguo Vizconde de la Vacilación no iba a abandonar a un compañero de colegio.

Barbara Havers leyó la descripción que Corntel les había entregado. Estudió la foto del muchacho, mientras Lynley vaciaba el cenicero que Corntel y ella habían logrado llenar durante la entrevista. Lo limpió cuidadosamente con un pañuelo de papel.

– Dios mío, se está poniendo insoportable con el tema de fumar, inspector -se quejó Barbara-. ¿Quiere que me ponga una S escarlata en el pecho? [1]

– En absoluto, pero o limpio el cenicero o acabaré lamiéndolo con desesperación. En cualquier caso, me complace vivir en un ambiente limpio. Sólo lo justo, me temo -levantó la vista y sonrió.

Havers consiguió reír, a pesar de su exasperación.

– ¿Por qué dejó de fumar? ¿Por qué no quiere avanzar con más rapidez hacia la tumba, como el resto de nosotros? Cuantos más seamos, más reiremos, ya conoce el dicho popular.

Lynley no contestó. Sus ojos se desviaron hacia la postal apoyada contra una taza de café sobre el escritorio. Barbara lo supo al instante. Lady Helen Clyde no fumaba. Tal vez, cuando regresara, encontraría más aceptable a un hombre que había dejado de fumar.

– ¿De veras piensa que la situación cambiará por eso, inspector?

La respuesta de Lynley soslayó por completo la pregunta de Barbara.

– Si el chico se ha fugado, no me sorprendería que apareciera dentro de unos días. Tal vez en Crawley, o en la ciudad. Pero si no aparece, por fuerte que le parezca, cabe la posibilidad de que su cuerpo sí. Me pregunto si estarán preparados para esa eventualidad.

Barbara le dio vuelta hábilmente a sus palabras.

– ¿Hay alguien que alguna vez esté preparado para lo peor, inspector?

«Baña de lluvia mis raíces. Baña de lluvia mis raíces.», mientras aquellas cinco palabras martilleaban en su cerebro como una melodía persistente, Deborah St. James estaba sentada en su Austin, los ojos clavados en la puerta del cementerio de la iglesia de St. Giles, situado en las afueras de la ciudad de Stoke Poges. No miraba nada en particular, sólo intentaba contar cuántas veces había recitado no sólo aquellas palabras finales, sino todo el soneto de Hopkins, durante el último mes. Empezaba cada día con él y lo había convertido en la fuerza que la catapultaba de camas y habitaciones de hotel hacia el coche, sin abandonarla ni un momento mientras tomaba fotos como un autómata. Dejando aparte el resuelto recitado matutino de aquellas catorce líneas de súplicas, no sabía cuántas veces, a lo largo del día, lo repetía, siempre que una visión o un sonido inesperados la sorprendían, abriéndose paso entre sus defensas y alterando su tranquilidad.

Comprendió por qué había recordado las líneas en ese momento. La iglesia de St. Giles era la última etapa de su odisea fotográfica de cuatro semanas. Al finalizar la tarde regresaría a Londres, evitando la M4, más rápida, y eligiendo la A4, plagada de señales de tráfico, embotellamientos en los alrededores de Heathrow y riadas de suburbios ennegrecidos por el hollín y el gris del invierno desfalleciente, pero que le proporcionaría la bendición adicional de alargar el viaje. Ese era el elemento crucial. Aún ignoraba cómo afrontar su culminación. Aún ignoraba cómo mirar cara a cara a Simon.

Eones atrás, cuando había aceptado el encargo de fotografiar una selección de hitos literarios del país, lo había planeado de forma que Stoke Podges, donde Thomas Grey compuso «Elegía escrita en el cementerio de una iglesia», viniera a continuación de Tintagel y Glastonbury, concluyendo su mes de trabajo a pocos kilómetros de su casa. Sin embargo, Tintagel y Glastonbury, hechizados por los ineludibles recuerdos del rey Arturo y Ginebra, de su desgraciado destino y su amor estéril, no habían hecho más que intensificar la melancolía con que había empezado el viaje. Hoy, en el curso de la última tarde, aquella melancolía desgarraba su corazón, poniendo al desnudo su herida más dolorosa.

No quería pensar en ello. Abrió la puerta del coche, cogió la cámara y el trípode, y se encaminó hacia la puerta del cementerio. Observó que se hallaba dividido en dos secciones y que, en mitad de un sendero curvo de hormigón, había otra puerta y un segundo cementerio.

Pese a la época, finales de marzo, el aire era frío, como si impidiera de forma deliberada la llegada de la primavera. Los pájaros trinaban de vez en cuando desde los árboles, pero el cementerio se hallaba en un silencio sólo roto por el zumbido apagado de los aviones que aterrizaban o despegaban de Heathrow. Daba la impresión de que Thomas Grey había elegido el lugar ideal para componer su poema y dormir el sueño eterno.

Deborah cerró la primera puerta a su espalda y caminó por el sendero, flanqueado de rosales. De ellos empezaban a nacer prietos brotes, ramas delgadas y hojas tiernas, pero esta regeneración primaveral contrastaba con la zona en que los árboles crecían. Nadie cuidaba este cementerio exterior. Hierba sin cortar, piedras caídas al azar, formando extraños ángulos.

Deborah pasó bajo la segunda puerta. Estaba más ornamentada que la primera y, tal vez con la esperanza de alejar a los gamberros de la delicada greca de roble que reseguía la línea del dintel (o incluso del cementerio y la iglesia), contaba con un proyector sujeto a una viga. Una protección inútil, por cuanto el foco estaba roto y el suelo sembrado de cristales.

Una vez en el cementerio interior, Deborah buscó la tumba de Thomas Grey, su última responsabilidad fotográfica. Sin embargo, casi al instante, mientras procedía a una veloz inspección de los monumentos y las lápidas, vio un rastro de plumas.

Parecía obra de un adivino, una repulsiva colección de plumas color ceniza. En contraste con la hierba impoluta, semejaban diminutas volutas de humo que, en lugar de elevarse y desaparecer en el cielo, hubieran adquirido sustancia. No obstante, el número de plumas y la inequívoca violencia con que estaban diseminadas, sugería una desesperada lucha por la vida. Deborah recorrió el corto tramo que la separaba del contendiente derrotado.

El cadáver del ave se encontraba a unos setenta centímetros de la valla de tejo que separaba ambos cementerios. Deborah se quedó rígida al verlo. Aunque sabía lo que iba a ver, la brutalidad de aquella muerte la abrumó de una pena tan intensa y tan absolutamente absurda, se dijo, que las lágrimas nublaron por un instante su visión. Todo cuanto quedaba del ave era una frágil caja torácica empapada de sangre, cubierta de una coraza de plumón manchada, insustancial e inadecuada. Faltaba la cabeza. Habían cercenado las patas y las garras. El animal podía haber sido un pichón o una paloma, pero ahora no era más que una carcasa, en otro tiempo habitada por una vida fugaz.

Cuan breve. Con cuánta rapidez se extinguía.

– ¡No!

Deborah sintió la angustia que crecía en su interior y supo que carecía de la voluntad necesaria para rechazarla. Se obligó a pensar en otra cosa… en enterrar el ave, en ahuyentar a las escurridizas hormigas del borde dentado de una costilla rota, pero el esfuerzo fue en vano. El soneto de Hopkins, susurrado de súbito frente a la creciente oleada de tristeza, era una armadura insuficiente. Así que lloró, contemplando la imagen desdibujada del ave muerta, rezando para deshacerse pronto de sus penas.

Durante cuatro semanas, el trabajo había obrado los efectos de un calmante. Se aferró a él, apartándose del ave y sujetando su equipo con manos repentinamente frías.

El trabajo exigía una serie de fotografías que plasmaran el fragmento literario que las había inspirado. Desde finales de febrero, Deborah había explorado el Yorkshire de las Brontë, embelesándose ante Ponde Hall y High Whitens. Había preparado cámara y trípode para un examen a la luz de la luna de la abadía de Tintern. Había fotografiado las Cobb y, en especial, los Dientes de la Abuela, desde donde Louisa Musgrove efectuó su salto fatal. Había vagado por la palestra de Ashby de la Zouch, tomado asiento en las gradas, contemplado las idas y venidas en la sala de bombear de Bath, paseado por las calles de Dorchester, buscando la lenta mano del destino que había destruido a Michael Henchard, y experimentado el hechizo de Hill Top Farm.

En cada caso, tanto el lugar en sí como sus investigaciones en la literatura que había generado, fueron motivo de inspiración para su cámara. Sin embargo, mientras paseaba la vista por este último lugar y divisaba las dos estructuras que, a juzgar por su proximidad a la iglesia, debían ser las tumbas que había venido a inspeccionar, sintió una punzada de irritación. ¿Cómo demonios iba a lograr que algo tan excesivamente mundano pareciera atractivo?, pensó.

Los sepulcros eran idénticos, construidos de ladrillo y rematada la parte superior con losas de piedra cubiertas de líquenes. El único detalle decorativo lo habían aportado doscientos años de visitantes, que habían grabado sus nombres en los ladrillos. Deborah suspiró, dio un paso atrás y examinó la iglesia.

Carecía de excelencias artísticas. El edificio luchaba consigo mismo, dos períodos arquitectónicos diferentes se habían fusionado para formar un todo. Sencillas ventanas Tudor del siglo XV, encastadas en un muro de ladrillos rojos descoloridos, coexistían con la estructura perpendicular de una ventana de arco de punto cercana, encajada en la creta y el pedernal más antiguos del presbiterio normando. El efecto ni siquiera podía calificarse de pintoresco.

Deborah frunció el ceño.

– Qué desastre -murmuró.

Extrajo del estuche de la cámara el tosco manuscrito del libro que ilustrarían sus fotografías, esparció unas páginas sobre la tumba de Thomas Grey y pasó varios minutos leyendo no sólo la «Elegía escrita en el cementerio de una iglesia», sino también la interpretación del poema proporcionada por el rector de Cambridge a quien pertenecía el manuscrito. Sus ojos se detuvieron pensativamente, con creciente comprensión, en la undécima estancia del poema, demorándose en ella.

¿Puede urna historiada o fiesta jubilosa
llamar de vuelta a su mansión al ánima efímera?
¿Puede la voz del honor estimular al polvo silencioso,
o la lisonja aplacar el duro y frío oído de la muerte?

o la lisonja aplacar el duro y frío oído de la muerte?

o la lisonja aplacar el duro y frío oído de la muerte?

Levantó la vista, viendo la tumba como Grey pretendía que la viera, sabiendo que sus fotos debían reflejar la sencillez de la vida que el poeta trataba de exaltar con sus palabras. Apartó los papeles y dispuso el trípode.

No se trataba de nada exquisito ni inteligente; sólo fotografías que empleaban luz y oscuridad, ángulo y profundidad para plasmar la inocencia y belleza de un anochecer en la campiña. Se esforzó por capturar la humildad del entorno donde dormían los rudos antepasados del villorrio en que había nacido Grey, completando su catálogo de impresiones con una foto del tejo bajo el cual, obviamente, el poeta había escrito los versos.

Cuando terminó, se apartó de su equipo y miró hacia el este, hacia Londres. Ya no había nada que la retuviera. Ya no tenía excusas para seguir alejada de su hogar. Pero necesitaba prepararse antes de enfrentarse a su marido. Pensó que tal vez lo lograría en el interior de la iglesia.

Se sintió martirizada al ver la pieza central de la nave, aquel objeto sobre el que había posado los ojos en cuanto cerró la puerta a sus espaldas. Era una pila bautismal octogonal de mármol, empequeñecida bajo el techo arqueado de madera. A cada lado de la pila había complicadas entalladuras, y dos altos candeleros de peltre se erguían detrás, aguardando el momento de ser encendidos para la ceremonia que daría otro hijo a la Cristiandad.

Deborah se acercó a la pila y tocó el suave roble que la cubría. Imaginó por un instante al niño en sus brazos, la tierna presión de la cabeza contra su pecho. Oyó su grito de indignación cuando vertieron el agua sobre su frente deliciosa e indefensa. Sintió el tacto de la diminuta y frágil mano que se aferraba sobre su dedo. Fingió creer que ella no había (por cuarta vez en dieciocho meses) abortado el hijo de Simon. Fingió creer que no había estado en el hospital, que la última conversación con su médico nunca había tenido lugar. Pero las palabras del hombre se entrometieron. No podía escapar.

– Un aborto no elimina necesariamente la posibilidad de futuros embarazos sin problemas, Deborah, aunque sí en algunos casos. Dices que ocurrió hace más de seis años. Pudo haber complicaciones. Desgarros, cosas por el estilo. No lo sabremos con seguridad hasta que efectuemos algunas pruebas, de modo que si tú y tu marido queréis de verdad…

– ¡No!

El rostro del médico había expresado una inmediata comprensión.

– ¿Es que Simon no lo sabe?

– Yo sólo tenía dieciocho años. Vivía en Estados Unidos. Él no… Él no puede…

Incluso ahora se tambaleó al pensar en ello. Se aferró al borde de un banco, presa del pánico, abrió la puertecilla y se dejó caer en el asiento.

«Nunca tendrás otro hijo -se dijo, con un cruel deseo de infligirse el máximo dolor posible-. Una vez pudiste tenerlo. Pudiste sentir aquella frágil vida tomar forma en el interior de tu cuerpo, pero la destruiste, la desechaste, la arrojaste. Ahora, lo pagas. Ahora, eres castigada con la única moneda que puedes comprender. Nunca tendrás un hijo de Simon. Tal vez otra mujer. Otra mujer podría, pero la fusión de tu cuerpo y tu amor con los de Simon no producirá un hijo. Nunca sucederá. No lo conseguirás.»

Miró los colchoncillos de encaje para arrodillarse que colgaban en el respaldo del banco. Cada uno tenía una cruz en el centro, cada uno la invitaba a prosternarse ante el Señor para mitigar una desesperación sin límites. Los libros de salmos azules y rojos que olían a polvo le ofrecían cánticos de alabanza y acción de gracias. Polvorientas coronas de amapolas hechas de seda pendían al otro extremo de la iglesia. A pesar de la distancia, Deborah leyó sin dificultad los letreros que había al pie de cada una. «Niñas guías exploradoras», «Niñas exploradoras», «Guardabosques de Stoke Poges». No obtuvo el menor consuelo.

Salió del banco y avanzó hacia la barandilla del altar. También contenía un mensaje, escrito con letras amarillas sobre el almohadillado azul que cubría las piedras: «Venid a mí los que estáis atribulados y oprimidos y yo os aliviaré.»

«Aliviar -pensó con amargura-. Pero no cambiar, curar, ni perdonar. Aquí no encontraré milagros ni agua de Lourdes para purificarme, ni imposición de manos, ni absolución.» Salió de la iglesia.

El sol comenzaba a declinar. Deborah recogió su equipo y regresó por el sendero hacia el coche. En la puerta del cementerio se volvió para mirar por última vez la iglesia, como si le fuera a proporcionar la tranquilidad espiritual que anhelaba. El sol poniente arrojaba los rayos finales de luz agonizante, como una aureola, un telón de fondo para los árboles situados detrás de la iglesia y la torre normanda almenada que alojaba las campanas.

En otro tiempo, y sin pensarlo dos veces, habría tomado una foto, capturando el lento cambio en el color del cielo, a medida que la muerte del día intensificaba el ocaso. Sin embargo, en este momento sólo podía presenciar el desvanecimiento de la belleza de la luz, sabiendo que ya no era posible dilatar más el regreso al hogar y al amor incondicional y confiado de Simon.

En el sendero, cerca de sus pies, dos ardillas se disputaban acaloradamente un trozo de comida. Cada una estaba decidida a salir victoriosa. Ambas se escabulleron por el costado de una trabajada tumba de mármol, situada en el linde del cementerio, y corretearon hacia el muro de pedernal, alto hasta la cintura, que separaba las tierras de la iglesia del campo trasero de una granja, oculta tras varias coníferas de recias ramas. Las ardillas se subieron al muro y pelearon por su presa, en una confusión de zarpas, patitas y dientes, hasta que la preciada comida cayó al suelo.

Era la distracción que Deborah necesitaba.

– ¡Basta ya! -gritó-. ¡No peleéis más!

Se acercó a los dos animales, que al verla venir saltaron por encima del muro y treparon a los árboles.

– Bueno, al menos eso es mejor que pelear, ¿no? -dijo, mirando las ramas que se proyectaban sobre el cementerio-. Portaos bien. Pelear no es de buena educación. Ni siquiera es el lugar adecuado.

Una de las ardillas se había refugiado en la articulación formada por una rama y el tronco del árbol. La otra había desaparecido. La que se había quedado contemplaba a Deborah con ojillos brillantes desde su refugio. Al cabo de un momento, sintiéndose segura, procedió a asearse, frotándose la cara con las zarpas como si tuviera ganas de echar una siesta.

– Yo de ti no me sentiría tan segura -le advirtió Deborah-. Ese fanfarrón estará esperando una buena oportunidad de saltarte encima. ¿Dónde crees que se ha metido?

Buscó a la otra ardilla, recorriendo las ramas con los ojos infructuosamente y bajándolos al cabo de un momento.

– No creo que sea tan lista como para…

Su voz enmudeció. La boca se le secó, las palabras huyeron y los pensamientos se disolvieron.

El cuerpo desnudo de un niño yacía bajo el árbol.

Capítulo 3

El horror la inmovilizó, como si una lanza de hierro se hubiera introducido por su espina dorsal. Los detalles se intensificaron por la fuerza de la conmoción.

Deborah notó que sus labios se abrían, notó que un torrente de aire distendía sus pulmones con una fuerza sobrehumana. Sólo un chillido de terror podría expulsar el aire, antes de que sus pulmones estallasen.

Pero no podía gritar y, aunque lo hiciera, nadie la oiría.

– Oh, Dios mío -susurró. Y después, inútilmente-. Simon…

Luego, aunque no quería hacerlo, miró, las manos apretadas en puños y los músculos tensos, dispuesta a salir corriendo si era necesario, o cuando se sintiera capaz.

El niño yacía en parte sobre su estómago, al otro lado del muro de pedernal, en un lecho de plantas trepadoras que aún no habían florecido. A juzgar por la longitud y el corte de pelo parecía un chico. Estaba muerto.

Aún en el supuesto de que Deborah hubiera sido lo bastante tonta o histérica para creer que sólo estaba dormido, resultaría imposible explicar por qué se encontraba durmiendo a la intemperie y completamente desnudo en aquel frío anochecer. ¿Y por qué bajo un árbol, en un bosquecillo de pinos, donde la temperatura era todavía más baja que expuesto a los últimos rayos del sol? ¿Y por qué iba a dormir en esa postura forzada, con el peso del cuerpo descargado sobre la cadera derecha, las piernas extendidas, el brazo derecho torcido de una manera extraña y doblado bajo él, y la cabeza vuelta hacia la izquierda, con las tres cuartas partes hundidas en la tierra, entre las plantas? Su piel estaba casi roja, y eso indicaba calor, vida, pulso, flujo sanguíneo…

Las ardillas reanudaron su disputa. Bajaron corriendo del árbol que las había cobijado y saltaron sobre la forma inerte cercana al tronco. La diminuta garra de la más atrevida se clavó en el muslo izquierdo del niño, quedándose enganchada. El animalillo lanzó salvajes chillidos y se agitó frenéticamente para liberarse. La proximidad de su perseguidora le proporcionó las fuerzas necesarias para escapar. La piel del niño se rasgó. El animal desapareció.

Deborah vio que no brotaba sangre de la pequeña herida provocada por la garra. Eso la extrañó por un momento, hasta recordar que los muertos no sangraban. Sólo los vivos disfrutaban de ese placer.

Gritó por fin y giró sobre sus talones, pero cada impresión se había grabado con tanta viveza en ella que, para el caso, habría dado lo mismo que siguiera mirando eternamente. Una hoja prendida en el cabello de color nogal; una cicatriz en forma de media luna sobre la rótula izquierda; una marca de nacimiento que recordaba a una pera en la base de la columna vertebral y, a lo largo de las partes visibles del costado izquierdo del cuerpo, extrañas magulladuras en la piel, como si el chico hubiera sido arrastrado sobre ese lado.

Podría estar durmiendo. Debería estar durmiendo, pero hasta el breve vistazo de Deborah, desde una distancia de dos metros, revelaba las expresivas erosiones en las muñecas y los tobillos: manchas blancas y peladas de carne muerta sobre un fondo rojo e inflamado. Sabía lo que eso significaba. También intuía el significado de las quemaduras circulares uniformes localizadas en la sensible parte interna de los brazos.

No estaba dormido. La muerte no le había sorprendido de una forma suave.

– ¡Dios mío, Dios mío! -gritó Deborah.

Sus palabras le proporcionaron una súbita e inesperada energía y corrió hacia el aparcamiento.

Simon Allcourt St. James detuvo el coche junto a la cinta policial dispuesta a la entrada del aparcamiento de la iglesia de St. Giles. Los faros delanteros iluminaron por un momento el rostro de un joven y desgarbado agente de policía que se hallaba de guardia. Parecía un aditamento innecesario, pues aunque la iglesia no estaba aislada por completo, las casas próximas se encontraban a cierta distancia, y no se había formado ningún grupo de curiosos en la carretera.

Pero era domingo, recordó St. James. Se celebrarían las vísperas dentro de una hora. Alguien debería presentarse para despedir a los fieles.

Distinguió en el estrecho sendero que conducía al aparcamiento un arco de luces, indicando el lugar donde la policía había dispuesto la sala de atestados. Un potente destello azul irrumpía en la iluminación blanca con un ritmo fijo y palpitante. Alguien había permitido que el faro de un coche policial continuara girando, olvidado, en el techo del vehículo.

St. James apagó el motor del MG y soltó el embrague. Salió del coche con movimientos torpes. Su pierna izquierda, sujeta por una abrazadera, se posó en un ángulo irritante que le hizo perder el equilibro por un instante. El joven agente le miró con fijeza, y la expresión de su rostro delató que no sabía si acudir en su ayuda u ordenarle que se alejara. Se decantó por esto último. Conectaba más con su lógica.

– No puede quedarse aquí, señor -dijo-. Se está llevando a cabo una investigación policial.

– Lo sé, agente. He venido a buscar a mi mujer. Su superior me llamó. Ella encontró el cadáver.

– Entonces usted debe de ser el señor St. James. Lo siento, señor -el agente examinó al otro hombre con descaro, como si eso le permitiera verificar su identidad-. No le reconocí -como St. James no contestó, el joven pareció sentirse obligado a proseguir-. Le vi la semana pasada en un telediario, pero usted no…

– Por supuesto -le interrumpió St. James. Sabía de antemano las palabras que venían a continuación: «En el telediario, usted no parecía lisiado.» Claro que no. De pie en la escalera del Old Bailey, respondiendo a preguntas sobre el uso reciente de huellas dactilares genéticas en un tribunal, ¿por qué iba a parecer lisiado? La cámara enfocaba su cara, no realizaba un estudio sobre el daño que el destino había infligido a su cuerpo.

– ¿Está mi mujer por aquí?

El agente señaló al otro lado de la carretera.

– Está en aquella casa. Desde allí nos llamó.

St. James le dio las gracias con un movimiento de la cabeza y cruzó la carretera. La casa en cuestión se alzaba a escasa distancia, tras dos puertas de hierro forjado que se abrían en un muro de ladrillo. Era un edificio vulgar, de techo acanalado, garaje con capacidad para tres coches y cortinas blancas, todas con el mismo dibujo, en las ventanas. En lugar de jardín tenía un amplio sendero privado que bordeaba un montículo, el cual, junto con el muro, resguardaba la casa de la carretera. La puerta principal consistía en una sola hoja de cristal opaco, montada en un marco de madera blanca.

Cuando St. James tocó el timbre, una agente le abrió la puerta. Le dirigió a la sala de estar, situada en la parte posterior de la casa, donde se hallaban sentadas cuatro personas en sillas cubiertas de calicó y en un sofá, alrededor de una mesilla de café.

St. James se detuvo en el umbral. La escena que se desplegaba ante sus ojos era una especie de cuadro, consistente en dos hombres y dos mujeres enfrascados en una pacífica confrontación. Los hombres, pese a no vestir uniforme, no podían disimular su condición de policías. Estaban inclinados hacia adelante, uno con un cuaderno y el otro con la mano extendida, como para dar mayor énfasis a una observación. Las mujeres guardaban silencio e intercambiaban miradas, como esperando más preguntas.

Una de ellas era una muchacha que no tendría más de diecisiete años. Llevaba un albornoz informe, con un puño manchado de chocolate, y gruesos pantalones de lana que le venían grandes y tenían los bajos cubiertos de polvo. Era pequeña, excesivamente pálida y tenía los labios agrietados, como si hubieran estado expuestos al viento o el sol. No carecía de atractivos; era de aspecto dulce, aunque insignificante. Comparada con su tenue belleza, Deborah era como el fuego, con su masa de cabello llameante y la piel marfileña.

Si bien St. James había deseado varias veces reunirse con su esposa en el transcurso del viaje, Deborah se había negado a que se encontraran en Yorkshire y Bath, de modo que no la veía desde hacía un mes. Sólo había hablado con ella por teléfono, conversaciones que, a medida que pasaban las semanas, habían sido cada vez más tensas y difíciles de concluir. Sus palabras vacilantes habían revelado en todo momento a St. James hasta qué punto sufría por el hijo perdido, pero ella le impedía hablar del tema, diciendo «No, por favor» cuando lo intentaba. Cuando la vio, absorbiendo su presencia como si ésta bastara para vincularla de nuevo a él, se dio cuenta de que nunca había comprendido, hasta ese momento, el terrible riesgo que comportaba entregar su amor a Deborah.

Ella alzó la mirada y le vio. Sonrió, pero Simon leyó en sus ojos la pena que la embargaba. Nunca habían logrado mentirle.

– Simon.

Los demás miraron en su dirección. Entró en la sala, se encaminó hacia la silla de su mujer y le acarició el luminoso cabello. Deseaba besarla, abrazarla, infundirle energías, pero se limitó a decir:

– ¿Te encuentras bien?

– Por supuesto. No sé por qué te han telefoneado. Puedo volver sola a Londres.

– El inspector me dijo que no tenías muy buen aspecto cuando llegó aquí.

– El susto, supongo, pero ya estoy bien.

Su apariencia desmentía estas palabras. Habían aparecido círculos oscuros bajo sus ojos y las ropas colgaban flojamente sobre su cuerpo, testimonio del peso que había perdido en las cuatro últimas semanas. Al advertirlo, St. James experimentó una punzada de temor.

– Sólo un minuto más, señora St. James, y podrá marcharse.

El policía de mayor edad, probablemente un sargento al que le habían asignado las investigaciones preliminares, dedicó su atención a la muchacha.

– Señorita Feld… ¿Puedo llamarla Cecilia?

La chica asintió con expresión recelosa, como si la petición de tutearla encerrara una trampa.

– Me parece que has estado enferma, ¿verdad?

– ¿Enferma? -preguntó, como sin darse cuenta de que ir vestida de aquella forma a las seis de la tarde sólo podía indicar mala salud-. Yo… No, no estoy enferma. No he estado enferma. Un poco de gripe, tal vez, pero enferma no, se lo aseguro.

– En ese caso, repasaremos por última vez tus declaraciones -dijo el policía-. Sólo para asegurarnos de que hemos anotado correctamente todos los datos, ¿de acuerdo? -trató de darle a sus palabras el tono de una pregunta, pero nadie dudó acerca de lo que se avecinaba.

El aspecto general de Cecilia traslucía que le iba a ser imposible soportar otro tira y afloja con la policía. Parecía agotada, rendida. Cruzó los brazos y bajó la cabeza para examinarlos, como si su presencia la sorprendiera. Su mano derecha empezó a moverse sobre su codo izquierdo; arriba, abajo, alrededor, como parodiando una caricia.

– Creo que no puedo ayudarles más de lo que he hecho -quiso aparentar paciencia, pero todo el mundo percibió su esfuerzo-. La casa está alejada de la carretera, como han podido comprobar por ustedes mismos. No he oído nada. No oigo nada desde hace días. Y no he visto nada, por descontado. Nada sospechoso. Ni la menor insinuación de que un niño… un niño… -no pudo continuar. Su mano dejó de acariciar el codo por un momento, y luego prosiguió.

El segundo policía escribía aplicadamente con un lápiz. Si ya había anotado estas declaraciones de la muchacha, no dio muestras de haberlas oído antes.

– Sin embargo, comprenderás por qué necesitamos preguntarte esto -dijo el sargento-. Tu casa es la más próxima a la iglesia. Si alguien tuvo la ocasión de ver u oír los movimientos del asesino, ésa eres tú. O tus padres. ¿Dices que no están aquí ahora?

– Son mis padres adoptivos -corrigió la chica-. El señor y la señora Streader. Están en Londres. Volverán esta noche.

– ¿Estuvieron aquí el viernes y el sábado?

La muchacha desvió la vista hacia la repisa de la chimenea, donde descansaban una serie de fotos. Tres eran de adultos, tal vez los hijos de los Streader.

– Se fueron a Londres ayer por la mañana. Han pasado el fin de semana ayudando a su hija a instalarse en su nuevo piso.

– Debes de sentirte muy sola aquí, ¿verdad?

– Justo como me gusta estar, sargento -replicó ella-. Era una contestación extrañamente adulta, que implicaba más aceptación apática de un hecho que seguridad.

El desánimo que encerraba la respuesta impulsó a St. James a preguntarse por la presencia de la chica en esa casa. Era bastante confortable, equipada para vivir a gusto, al margen de las modas. Los muebles de la sala eran de buena calidad; una gruesa alfombra de lana cubría el suelo, y las paredes estaban decoradas con acuarelas. La chimenea de piedra sostenía una cesta de flores de seda, dispuestas con más entusiasmo que sentido artístico. Había un televisor grande y un vídeo en el estante inferior. Montones de libros y revistas se veían por todas partes, suficientes para distraer el tiempo libre de cualquiera. Sin embargo, la chica había admitido que era una extraña, aunque las fotos lo desmintieran, y la apatía con que hablaba daba a entender que era una extraña en cualquier parte.

– Pero oyes los ruidos de la carretera, ¿no es cierto? -insistió el sargento-. Desde aquí se pueden oír los coches que pasan.

Todos escucharon para verificar el hecho. Como en respuesta, un camión rugió a su paso.

– Ni siquiera te das cuenta -replicó la muchacha-. Las calles siempre están llenas de coches.

– Ya lo creo -sonrió el sargento.

– Usted insinúa que hubo un coche implicado en el caso. ¿Cómo lo sabe? Ha dicho que el cadáver de ese chico estaba en un campo, detrás de la iglesia. Me parece que pudo llegar allí de diversas maneras, y yo, o los Streader, o cualquier otro vecino, no me habría dado cuenta aunque hubiera estado vigilando todo el fin de semana.

– ¿De diversas maneras? -preguntó el sargento con tono afable, interesado por el comentario.

– A través del campo de atrás, aprovechando la granja, o a través del campo de Grey, muy próximo a la iglesia.

– ¿Reparó en algo que refuerce esta teoría, señora St. James? -preguntó el sargento.

– ¿Yo? -Deborah parecía aturdida-. No, pero tampoco busqué nada. No pensé. Vine para fotografiar el cementerio y estaba preocupada. Sólo me acuerdo del cuerpo. Y de la postura. Tirado allí como un saco de harina.

– Sí, tirado.

El sargento se miró las manos y no dijo nada más. El estómago de alguien emitió un gruñido, y aunque el otro policía no levantó la cabeza pareció avergonzado. Como si el ruido le hubiera recordado dónde estaban, qué hacían y cuánto tiempo le habían dedicado, el sargento se puso en pie. Los demás le imitaron.

– Mañana tendremos preparadas sus declaraciones para que las firmen -dijo el sargento a las mujeres. Se despidió con un movimiento de la cabeza y se marchó.

Su compañero le siguió. La puerta se cerró al cabo de un momento.

St. James miró a su esposa y comprendió que Deborah no quería dejar sola a Cecilia, como si la hora anterior las hubiera unido de una forma misteriosa.

– Yo… Muchas gracias -le dijo Deborah. Llevada por un impulso, quiso coger la mano de la muchacha, pero ésta se apartó bruscamente, como movida por un acto reflejo. Pareció arrepentirse al instante. Deborah siguió hablando-. Por lo visto, te he causado un sinfín de problemas al venir a utilizar tu teléfono.

– Ésta es la casa más cercana -contestó Cecilia-. Nos habrían interrogado igualmente, como a la mayoría de los vecinos. Usted no tuvo la culpa.

– Tal vez. Sí. Bien, gracias, en cualquier caso. Quizá puedas descansar un poco ahora.

St. James observó que la chica tragaba saliva y se protegía el cuerpo con los brazos.

– Descansar -repitió, como si nunca hubiera pensado en ello.

Salieron de la casa, cruzaron el camino particular y se dirigieron a la carretera. St. James se dio cuenta de que su mujer caminaba separada de él por un metro de distancia. Su largo cabello impedía que le viera la cara. Pensó en decir algo. Por primera vez desde que estaban casados se sentía alejado de ella, como si el mes de ausencia hubiera levantado entre ambos una barrera infranqueable.

– Deborah, mi amor -sus palabras la detuvieron junto a la puerta de hierro forjado. Deborah extendió una mano y aferró un barrote-. Deja que comparta tu dolor.

– Lo peor fue encontrarle de aquella manera. Nadie espera ver el cadáver desnudo de un niño debajo de un árbol.

– No estoy hablando del cementerio, y lo sabes muy bien -Deborah apartó el rostro. Levantó la mano como para hacerle callar, pero luego la dejó caer a un costado. Fue un movimiento falto de fuerza, y St. James sintió remordimientos por haberle permitido marcharse sola tan poco tiempo después de perder el niño. Por más que se obstinara en cumplir su contrato, tenía que haber insistido en que alargara la convalecencia. Le tocó el hombro y rozó su cabello con la mano-. Mi amor, sólo tienes veinticuatro años. Nos queda mucho tiempo por delante. El médico…

– No quiero… -soltó el barrote de hierro forjado y cruzó la calle a toda prisa. Él la alcanzó junto al coche-. Por favor, Simon, por favor. No puedo. No insistas.

– Sé lo que te pasa, Deborah, ¿no lo entiendes?

– Por favor.

Escuchó sus sollozos. Hicieron mella en su determinación, como siempre.

– Bien, deja que te lleve a casa. Volveremos a buscar tu coche mañana.

– No -ella se irguió y le dirigió una sonrisa temblorosa-. Estoy bien. Hemos de convencer a la policía de que me deje llegar al Austin. Mañana estaremos demasiado ocupados para volver aquí.

– No me gusta la idea…

– Estoy bien. De veras.

Simon se dio cuenta de que ella deseaba mantenerse alejada de él. Tras un mes de separación, consideraba que la continua necesidad de aislamiento que demostraba Deborah constituía la peor consecuencia del golpe sufrido.

– Si tan segura estás… -era una mera formalidad por su parte.

– Lo estoy. Por completo.

El agente, que miraba en dirección a la iglesia para desentenderse de su conversación, se volvió y les indicó con un gesto que podían acercarse. Se internaron por el sendero, guiados en la oscuridad por las luces dispuestas en las cercanías de la sala de atestados, un remolque policial alrededor del cual los analistas de la policía guardaban bolsas con pruebas en sus maletines. Un hombre corpulento salió del remolque cuando St. James y su mujer llegaron al coche de Deborah. Les vio, levantó una mano al reconocerles y se acercó a ellos.

– Inspector Canerone -anunció a St. James-. Nos conocimos en Brasil hace unos ocho meses, cuando dio una conferencia sobre la recuperación de residuos acelerantes.

– Un tema forense muy árido -contestó St. James, dándole la mano-. ¿Consiguió mantenerse despierto?

– Por los pelos -sonrió el hombre-. Por aquí no hay muchos incendios premeditados.

– Sólo ese desastre -St. James indicó el cementerio con un movimiento de la cabeza.

El inspector suspiró. El cansancio había formado bolsas negro azuladas bajo sus ojos, y daba la impresión de que el peso de su carne era excesivo para su esqueleto.

– Pobre criatura -respondió-. Nunca he conseguido acostumbrarme a los asesinatos de niños.

– ¿Se trata de un asesinato, pues?

– Eso parece, aunque existen algunas incongruencias importantes. Han ido a introducirle en la bolsa. ¿Quiere echar un vistazo rápido?

Lo último que deseaba St. James, ahora que por fin tenía cerca a Deborah, era echar un vistazo (rápido, atento o indiferente) al cadáver que ella había encontrado. Sin embargo, la ciencia forense era su especialidad, y él una autoridad nacional en la materia. No podía declinar la invitación con la excusa de que, siendo domingo por la noche, tenía cosas mejores que hacer, si bien la excusa era verdadera en ese momento.

– Ve, Simon -estaba diciendo Deborah-. Yo me adelantaré. Ha sido espantoso y quiero volver a casa cuanto antes.

– Nos veremos a la hora de cenar -le pareció la respuesta adecuada.

– ¿Cenar? -Deborah hizo un ademán de disculpa-. No creo que ninguno de los dos estemos muy hambrientos después de esto. ¿Quieres que prepare algo ligero?

– Algo ligero. Sí, estupendo -pensó que se estaba convirtiendo en piedra. La vio entrar en el coche y advirtió que la luz interior brillaba sobre su cabello como oro sobre cobre, sobre su piel como el sol sobre la crema. Ella cerró la puerta, encendió el motor y se marchó. Simon apartó sus ojos del Austin-. ¿Dónde está el cadáver? -preguntó a Canerone.

– Acompáñeme.

St. James siguió al inspector al campo de Grey, contiguo al cementerio. En un extremo, el monumento al poeta se cernía en las tinieblas. El terreno, cubierto de rastrojos, auguraba la llegada de la primavera. La tierra desprendía un intenso y embriagador aroma a humus. Al cabo de un mes, bulliría de vida.

– No hemos encontrado huellas de pisadas -explicó Canerone, mientras se dirigía a una alambrada, tras la cual se alzaba una valla que delimitaba el campo. Se había practicado un paso para que la policía accediera al segundo campo, donde yacía el cadáver-. Da la impresión de que el asesino atravesó el cementerio con el cuerpo a cuestas y lo arrojó por encima del muro. No hay otro acceso.

– ¿Desde la granja? -St. James indicó las luces de una casa que se alzaba al otro lado del campo.

– Tampoco hay huellas de pisadas, y los tres perros de la propiedad montarían un cirio de mil demonios si alguien se acercara.

St. James examinó el bosquecillo al que se acercaban. Distinguió luces más abajo. Oyó la conversación de los policías que todavía montaban guardia. Alguien rió. Como tantos otros profesionales, los policías de Slough estaban inmunizados contra la presencia de la muerte violenta.

Sin embargo, Canerone se mostró muy susceptible ante los comentarios.

– Perdone, señor St. James -dijo, adelantándose hacia el grupo de hombres congregados bajo un árbol. Les habló en tono vehemente durante un momento. Regresó después, con el rostro impasible. Demasiado apegado al trabajo, pensó St. James-. Todo arreglado. Acompáñeme, por favor.

Los hombres retrocedieron para dejar que St. James viera el cuerpo. A pocos metros, el fotógrafo de la policía estaba sacando el carrete de la cámara. Se interrumpió, miró y guardó el equipo en la bolsa que tenía a sus pies.

St. James se preguntó qué esperaban de él. Aparte de la autopsia, todos sabían que no quedaba nada más por hacer. No era un místico, ni tampoco un mago. No poseía poderes especiales, aparte de su laboratorio. Para colmo, ni siquiera deseaba estar allí en este momento, en ese campo frío y oscuro, mientras el viento nocturno agitaba su cabello y él se inclinaba para examinar el cadáver de un muchacho al que no conocía. Era absurdo pensar que, si inspeccionaba con detenimiento la espantosa escena, desvelaría la verdad oculta tras la muerte del niño. Lo único que le importaba en ese instante era Deborah, que se había ausentado durante un mes, que al marcharse era su mujer y, al volver, una completa desconocida, aunque lo peor era el estado de su corazón, desgarrado por la preocupación y la soledad.

De todos modos, echó un vistazo al cadáver. El color de la piel sugería una infección de la sangre, e incluso una muerte accidental. Sin embargo, el estado del cuerpo contradecía esta conclusión. Como había dicho Canerone, existían contradicciones que sólo la autopsia explicaría. Por este motivo, St. James accedió a decir algo obvio, algo que cualquier inspector novato sería capaz de adivinar. Las marcas que recorrían la pierna izquierda del muchacho eran suficientemente explícitas.

– Movieron el cadáver poco después de su muerte.

Canerone, de pie junto a él, asintió con la cabeza.

– Me preocupa más lo que sucedió antes de su muerte, señor St. James. Fue torturado.

Capítulo 4

Lynley abrió su viejo y mellado reloj de bolsillo, vio que eran las ocho menos cuarto y admitió que no podía alargar su jornada mucho más. La sargento Havers ya se había marchado, el informe conjunto estaba preparado para ser presentado al superintendente Webberly y, a menos que algo retrasara su partida, tendría que volver a casa.

Reconocía sin ambages que deseaba evitarlo. Durante los dos últimos meses ya no consideraba su casa un refugio o una escapatoria, sino que se había transformado en un adversario insidioso, que dejaba los recuerdos al desnudo en cuanto traspasaba la puerta.

Había vivido muchos años sin reflexionar sobre lo que lady Helen Clyde significaba en su existencia. Siempre había estado presente, invadiendo su biblioteca y llevándose montones de novelas policiacas que quería leer, apareciendo en la puerta a las siete y media de la mañana para desayunar, mientras le hacía partícipe de lo que pensaba hacer durante el día, divirtiéndole con desternillantes anécdotas acerca de su trabajo en el laboratorio forense de St. James («Santo Dios, querido Tommy, ese animal se dedicó a diseccionar un hígado mientras tomábamos el té»), acompañándole a la mansión familiar de Cornualles, cabalgando por los campos y dándole un sentido a su vida.

Todas las habitaciones de la casa le recordaban, de alguna manera, a Helen. Salvo su dormitorio. Porque Helen no había sido su amante sino su amiga, y en cuanto advirtió que él la deseaba como algo más que compañera y confidente, le abandonó.

Habría sido más conveniente despreciarla por huir. Habría sido más fácil enredarse con otra mujer y distraerse con la nueva relación. El problema no residía en que escasearan las voluntarias, sino en que sólo deseaba a Helen, con un anhelo que sobrepasaba el ansia de saborear la calidez de su piel, enredar los dedos en su cabello, o sentir que el cuerpo de la joven se arqueaba de placer bajo el suyo. Quería que existiera una unión entre ellos, más allá de la momentánea posesión sexual. Mientras se le negara dicha posesión, continuaría alejado de su casa, enfrascado en el trabajo, forzado a llenar las horas con cualquier cosa que le impidiera pensar en lady Helen Clyde.

No obstante, en momentos como ése, cuando el final del día le sorprendía con las defensas bajas, sus pensamientos volvían a ella de forma instintiva, como aves silvestres que buscaran un refugio conocido para pasar la noche. En cualquier caso, el recuerdo de Helen no le servía de protección, sino sólo para ahondar en la herida de su pérdida.

Cogió una vez más la postal, releyó las alegres palabras que ya se sabía de memoria y trató de creer que contenían una declaración de amor y entrega implícita, que surgiría a la luz tras varios minutos de reflexión. Pero era incapaz de mentirse a sí mismo. El mensaje era muy claro. Ella quería tiempo. Quería distancia. Lynley trastornaba su delicado equilibrio.

Desalentado, introdujo la postal en el bolsillo de la chaqueta y afrontó la inevitable realidad de tener que volver a casa. Mientras se levantaba, sus ojos se posaron en la foto de Matthew Whateley que John Corntel había dejado. Lynley la cogió.

Era un muchacho muy atractivo, de cabello oscuro, piel de color almendra y ojos tan oscuros que podrían describirse como negros. Corntel había dicho que el chico tenía trece años y cursaba tercer año en Bredgar Chambers. Parecía mucho más joven, y sus rasgos eran tan delicados como los de una chica.

Lynley sintió un estremecimiento de disgusto mientras examinaba la foto. Llevaba el tiempo suficiente en la policía como para entender qué podía significar la desaparición de un muchacho tan encantador.

Echar un vistazo al ordenador sólo le llevaría un momento. Como todas las fuerzas policiacas de Inglaterra y Gales estaban enlazadas con el ordenador central, si Matthew había sido localizado en algún sitio (muerto, vivo o reacio a identificarse), el ordenador proporcionaría una descripción completa, confiando en que otra fuerza de policía pudiera identificarle. Valía la pena probarlo.

Una sola persona se encargaba de la sala de ordenadores a esa hora, un agente perteneciente a la brigada de robos, que Lynley reconoció al instante, aunque no recordó su nombre. Se saludaron con un movimiento de la cabeza, sin intercambiar palabra. Lynley se dirigió a una consola.

Como no confiaba en encontrar nada relativo al chico de Bredgar Chambers tan pronto después de su desaparición, miró la pantalla distraído, tras teclear los datos adecuados, y casi pasó por alto el informe suministrado por la policía de Slough: el cuerpo de un muchacho, de cabello y ojos castaños, entre nueve y doce años, en las cercanías de la iglesia de St. Giles, en Stoke Poges. Causa de la muerte, desconocida hasta el momento. Identidad, desconocida. Cicatriz de diez centímetros sobre la rótula izquierda. Marca de nacimiento bajo la columna vertebral. Un metro treinta y cinco centímetros de estatura. Peso aproximado, treinta y ocho kilos. Encontrado a las 17.05 horas.

Las líneas pasaban ante los ojos de Lynley sin que éste, absorto en sus pensamientos, les hiciera caso, hasta que reparó en el nombre de la persona que había descubierto el cuerpo, al final del informe. Contuvo el aliento, estupefacto, cuando Deborah St. James, Cheyne Row, Chelsea, apareció en el monitor.

En la iglesia de St. Giles, el inspector Canerone consultó su reloj. Habían pasado tres horas desde el descubrimiento del cuerpo. Intentó no pensar en ello.

Creía que, después de dieciocho años en el cuerpo, debería haberse inmunizado contra la muerte. Debería contemplar un cadáver con cierta indiferencia, considerándolo un simple trabajo y no un ser humano que había encontrado un violento fin.

Después de su último caso, creía haber alcanzado el equilibrio que buscaba entre el despego profesional y la indignación humana. En aquel momento no le costó mucho autoconvencerse. El cuerpo de un conocido proxeneta, tendido al pie de la inmunda escalera de un edificio de apartamentos, no era lo más adecuado para inspirarle profundas reflexiones acerca de la inhumanidad del hombre hacia el hombre, sobre todo cuando una parte de él el sentencioso puritano que habitaba en su interior creía que el proxeneta había recibido lo que se merecía desde hacía mucho tiempo. Cuando se agachó por primera vez junto al cadáver, vio la cuerda alrededor de su cuello y no experimentó la menor emoción, logró convencerse de que había alcanzado por fin la impecable objetividad que tanto deseaba.

Sin embargo, la objetividad se había desintegrado esta noche, a marchas forzadas. Canerone sabía por qué. El niño se parecía muchísimo a su hijo. Durante un espantoso momento llegó a pensar que era Gerald; por su mente desfiló una serie de acontecimientos imposibles, empezando por la decisión de Gerald de negarse a vivir con su madre y su nuevo marido en Bristol, y terminando con su muerte. Las piezas encajaron a la perfección en la mente de Canerone. Su hijo había llamado al piso y, al no obtener respuesta, había corrido a buscar a su padre en Slough. Le habían recogido al borde de la carretera, mantenido prisionero en algún lugar y torturado para que alguien gozara de unos minutos de sádico placer. Cuando la tortura finalizó, o quizá antes, había muerto solo, asustado y abandonado. Por supuesto, cuando Canerone examinó con más detenimiento el cadáver vio que no era el de Gerald, pero la terrorífica posibilidad de que hubiera podido ser su hijo destruyó la indiferencia con que, en su opinión, debía realizar su trabajo. Ahora se enfrentaba a las consecuencias de aquel momento que había pulverizado sus defensas.

Veía a su hijo en escasas ocasiones, diciéndose que un fin de semana de vez en cuando era cuanto podía robar a su trabajo. Pero no era cierto y ahora debía hacerle frente, ahora que los analistas de la policía se habían marchado, el médico de la fuerza había acompañado el cadáver al hospital y una solitaria agente en período de pruebas esperaba ante el escritorio a que le diera permiso para irse. La verdad era que veía a su hijo muy poco porque ya no soportaba verle. Cuando le veía, aun en el ambiente más inocuo, tenía que aceptar lo que había perdido, y aceptar esto equivalía a asumir la vaciedad que presidía su vida, ahora que su familia le había abandonado.

A lo largo de los años había visto desmoronarse muchos matrimonios de policías, pero jamás pensó que el suyo sucumbiría a los horarios irregulares, el peso del trabajo y las noches en blanco inherentes a la vida de un detective. Cuando comprendió por primera vez la infelicidad de su esposa se decantó por ignorarla, diciéndose que era una mujer difícil, que si él tenía paciencia todo se arreglaría, que ella había tenido mucha suerte al casarse con él, porque, con su carácter, ¿quién la iba a soportar? Varios hombres, por lo visto, y uno se casó con ella, llevándola a Bristol y llevándose también a Gerald.

Canerone se sirvió una taza de café. Parecía muy fuerte. Sabía que estaría despierto la mitad de la noche si lo bebía. Dio un breve sorbo, haciendo una mueca al notar el sabor amargo. El niño del cementerio ocupaba por entero su mente y su corazón. Le habían atado con apretados nudos las muñecas y los tobillos, le habían quemado el cuerpo, le habían dejado tirado como si fuera basura. Era tan parecido a Gerald…

Canerone se estremeció. Ni siquiera sabía qué debía hacerse primero para que la justicia vengara la muerte del muchacho. Esta apatía profesional le aconsejó que dejara el caso en manos de otro detective, pero ignoraba cómo hacerlo. Carecía de autoridad para ello.

Sonó el teléfono. Desde donde estaba, cerca de la puerta, escuchó lo que decía su agente.

– Sí, un niño… No, no sabemos de dónde procede. Da la impresión de que dejaron tirado el cuerpo, sin más… No parece que fuera debido al frío. Le habían atado… No, de momento no tenemos la menor idea sobre quién… -vaciló y frunció el entrecejo-. Le pasaré al inspector. Está aquí.

Canerone se volvió. La agente le tendió el teléfono, y con él la salvación.

– Es el inspector Lynley -dijo la joven-. De Scotland Yard.

El lugar más cercano a casa de los Whateley al que Lynley pudo acceder fue la calle Queen Caroline. Aparcó ilegalmente el coche en el único espacio disponible, bloqueando la mitad del sendero privado de un edificio de apartamentos, y apoyó su identificación policial contra el volante. A ambos lados de la calle se alzaba una sombría colección de viviendas construidas durante la posguerra; edificios oficiales de hormigón color hongo alternaban con otros edificios de ladrillo pardo sucio. Todos tristes, atestados e inhóspitos, carecían de elementos decorativos.

Pese a ser las diez de la noche de un domingo, continuos ruidos atronaban las calles del vecindario y resonaban en los edificios. Coches y camiones rugían en el paso a desnivel. Más tráfico recorría el puente de Hammersmith. Se oían gritos que despertaban ecos en los patios de los apartamentos, seguidos por ladridos de perros.

Lynley caminó hacia el final de la calle y bajó al malecón. La marea estaba alta y el agua brillaba en la oscuridad como frío raso negro, pero el humo de los tubos de escape que provenía del puente se imponía al vago aroma vivificante que desprendía el río.

Lynley encontró la casa de los Whateley tras avanzar unos cientos de metros por la avenida Inferior, un obstinado recordatorio del pasado de Hammersmith. Se trataba de una antigua casa de pescadores sin restaurar, de paredes enjalbegadas, delgadas franjas de madera tallada negra y ventanas de gablete que se alzaban del tejado.

Se accedía a la casa por medio de un túnel, que servía de frontera entre el hogar de los Whateley y la taberna vecina. El pasaje era estrecho, de pavimento irregular y perfumado por el aroma a levadura de la cerveza. Mientras avanzaba hacia la puerta, la cabeza de Lynley rozó las toscas vigas que cruzaban en todas direcciones el techo bajo del túnel.

Hasta el momento todo había seguido la rutina policial de costumbre. La llamada telefónica de Lynley a la sala de atestados de Stoke Podges había logrado que Kevin Whateley identificara el cadáver de su hijo menos de una hora después. Lynley sugirió que Scotland Yard coordinara las investigaciones sobre la muerte del muchacho, puesto que se hallaba implicada más de una fuerza policial: la de West Sussex, pues Matthew Whateley había sido visto vivo por última vez en Bredgar Chambers, y la de Buckinghamshire, donde su cuerpo había sido encontrado cerca de la iglesia de St. Giles. Una vez aprobó el inspector Canerone este plan de acción (con mucha mayor colaboración de la que se daba cuando alguien de la policía metropolitana proponía invadir el terreno de otra fuerza), sólo bastaba para asegurarle a Lynley otro caso que le mantendría ocupado durante días o semanas hasta solucionarlo la aprobación de su superior, el superintendente Webberly. Éste, apartado de su programa de televisión favorito, escuchó el veloz recitado que efectuó Lynley de los hechos, accedió a su propuesta y regresó de inmediato al canal 1 de la BBC.

La sargento Havers fue la única persona que manifestó su disgusto por verse implicada en un nuevo caso, pero su desagrado, por el momento, no tenía remedio.

Lynley llamó a la puerta descolorida. Estaba hundida en la pared y su dintel se combaba como si soportara el peso de todo el edificio. Como nadie respondió, buscó un timbre, no lo encontró y volvió a llamar con más fuerza. Oyó que una llave giraba en la cerradura y se retiraban los pestillos. Se encontró cara a cara con el padre del muchacho.

Hasta aquel instante, la muerte de Matthew Whateley sólo representaba para Lynley un medio para escapar de sus problemas y llenar el vacío. Confrontado ahora con el sufrimiento reflejado en el rostro de Kevin Whateley, Lynley se sintió avergonzado por el egoísmo básico de sus motivaciones. Aquí estaba el auténtico vacío. En comparación, la soledad y el dolor que él experimentaba eran ridículos.

– ¿El señor Whateley? -le enseñó sus credenciales-. Thomas Lynley, del DIC [2] de Scotland Yard.

Los ojos de Whateley no se movieron para examinar la placa. Tampoco dio la impresión de haber escuchado a Lynley. Al mirarle, Lynley comprendió que habría llegado hacía poco de identificar el cuerpo de su hijo, pues llevaba una raída gorra de lana y, bajo su delgado abrigo de tweed, asomaba un traje marrón, arrugado a la altura de las rodillas.

Su rostro indicó a Lynley que hacía frente a la pérdida a base de negarla. Controlaba rígidamente los músculos. Sus ojos grises parecían deslumbrados, como piedras sin pulir.

– ¿Puedo entrar, señor Whateley? Necesito hacerle algunas preguntas. Sé que es muy tarde, pero cuanto antes obtenga la información…

– ¿Qué más da? La información no me devolverá a Mattie.

– Tiene razón, pero logrará que se haga justicia, aunque sé que la justicia será una pobre compensación a cambio de su hijo. Créame. Lo sé muy bien.

– ¿Kev? -una voz de mujer llamó desde el piso de arriba. Sonó débil, como bajo los efectos de un sedante. Los ojos de Whateley se desviaron hacia allí, pero ésa fue la única indicación de que la había oído. No se movió del umbral de la puerta.

– ¿Alguien va a pasar la noche con ustedes? -preguntó Lynley.

– No queremos a nadie -replicó Whateley-. Pats y yo nos bastamos.

– ¿Kev? -la voz de la mujer sonó más cerca, y se oyeron pasos sobre los peldaños en algún punto detrás de la puerta.

– ¿Quién es?

Whateley volvió la cabeza para mirar a la mujer que Lynley no podía ver.

– La policía. Un tipo de Scotland Yard.

– Déjale entrar -Whateley no se movió-. Kev, déjale entrar.

La mano de la mujer abrió la puerta por completo y Lynley tuvo la oportunidad de ver a Patsy Whateley por primera vez. Calculó que la madre del muchacho tendría cerca de cincuenta años. Era una mujer vulgar que, aun afligida por el dolor, pasaría inadvertida en una multitud. En ese momento de su vida nadie le hubiera prestado ni un momento de atención, a pesar de la efímera belleza de que había gozado en su juventud. Los años habían conferido un aspecto más rotundo a su figura, y parecía más sólida de lo que debía ser. Su cabello era muy oscuro, de ese negro exagerado que no es obra de la naturaleza, sino de aplicar tintes baratos, y caía de forma irregular alrededor de su cráneo. La bata de nailon estaba arrugada, adornada con dragones chinos que se enmarañaban sobre su seno y descendían hasta las caderas. Las zapatillas verdes que, obviamente, habían sido escogidas en un fallido intento de hacer juego con los dragones, daban fe de que la bata, a pesar de sus chillones adornos, era una prenda que tenía cierto significado para Patsy Whateley.

– Entre -la mujer alargó la mano hacia el cinturón de la bata-. Debo tener un aspecto… No me he preocupado de nada desde…

– Por favor, señora Whateley, no se preocupe.

Lynley deseó borrar sus palabras. ¿Acaso pensaba la pobre mujer que él esperaba encontrar a la madre de un niño recién asesinado vestida de alta costura?, se preguntó. La idea era absurda, pero cuando la vio alisando un pliegue, supuso que ella comparaba su apariencia con la de él, como si la elegante presencia de Lynley dejara en ridículo a la suya. Se sintió muy incómodo y deseó haber pensado en traer a la sargento Havers. Su procedencia de clase obrera y su atavío de poca calidad habrían allanado las dificultades que provocaban su acento de clase alta y sus prendas de Savile Row.

La puerta conducía directamente a la sala de estar de la casa. Sus escasos muebles consistían en un tresillo, un aparador de conglomerado con superficie de fórmica, una sola butaca sin brazos tapizada a cuadros marrones y amarillos, y una larga estantería que corría bajo las ventanas delanteras. Sostenía dos colecciones muy dispares, una de esculturas de piedra, y otra de tazas de té, ambas muy reveladoras.

Como cualquier colección de arte, las esculturas de piedra revelaban los gustos de alguien. Mujeres desnudas tendidas en posturas insólitas, con los pechos apuntando al aire; parejas entrelazadas y arqueadas en un remedo de la pasión; hombres desnudos explorando los cuerpos de mujeres desnudas, que recibían esta atención con la cabeza echada hacia atrás, como extasiadas. «El rapto de las sabinas», pensó Lynley, sólo que las mujeres parecían suplicar el secuestro.

Las tazas de té exhibidas en el mismo estante llevaban inscripciones que las identificaban como recuerdos. Procedentes de sitios de veraneo esparcidos por todo el país, todas ostentaban una escena que acreditaban su lugar de origen. Letras doradas ahorraban trabajo a la memoria. Lynley leyó algunas inscripciones desde donde se hallaba, junto a la puerta: Blackpool, Weston-SuperMare, Ilfracombe, Skegness. Otros estaban vueltos de cara a la pared, pero adivinó su origen gracias a las escenas pintadas. El puente de la Torre, el castillo de Edimburgo, Salisbury, Stonehenge. Sin duda representaban lugares que los Whateley habían visitado con su hijo, lugares cuya asociación les causaría un traicionero dolor, cuando menos se lo esperasen, durante los años venideros, pues tal era la naturaleza de la muerte súbita.

– Siéntese, por favor… inspector, ¿no? -Patsy señaló el sofá con un movimiento de cabeza.

– Sí. Thomas Lynley.

El sofá, de vinilo azul, estaba protegido por un viejo cobertor rosa. Patsy Whateley lo quitó y procedió a doblarlo lentamente, procurando que las esquinas coincidiesen y alisando las arrugas. Lynley se sentó.

Patsy Whateley le imitó. Escogió la butaca y comprobó que la bata se mantuviera impecable. Su marido se quedó de pie, junto a la chimenea de piedra. Ésta albergaba un fuego eléctrico, pero el hombre no lo encendió, aunque hacía bastante frío en la habitación.

– Puedo volver por la mañana -dijo Lynley-. Pero me pareció más indicado empezar a trabajar cuanto antes.

– Sí -aprobó Patsy-. Cuanto antes. Mattie… Quiero saber. Debo saber -su marido no dijo nada. Tenía los sombríos ojos fijos en la foto del chico que ocupaba un lugar de honor sobre la repisa. Matthew, que sonreía como cualquier estudiante nuevo de tercer año, había sido fotografiado llevando su uniforme: jersey amarillo, chaqueta cruzada azul, pantalones grises, zapatos negros-. Kev… -continuó Patsy, vacilante. Estaba claro que deseaba contar con la colaboración de su marido, y todavía más que él no tenía la menor intención de complacerla.

– Scotland Yard se ocupará del caso -explicó Lynley-. Ya he hablado con John Corntel, el director de la residencia de Matthew.

– Bastardo -dijo Kevin Whateley de sopetón.

Patsy se enderezó en su silla, sin apartar los ojos de Lynley. Sin embargo, aferró con la mano un pliegue de la bata.

– El señor Corntel. Mattie vivía en la residencia Erebus. El señor Corntel era el director. En Bredgar Chambers. Sí.

– A juzgar por lo que me contó el señor Corntel -siguió Lynley-. Da la impresión de que Matthew tal vez quisiera un poco de libertad este pasado fin de semana.

– No -replicó Patsy.

Lynley esperaba la negativa automática. Continuó como si no la hubiera oído.

– Parece que se hizo con una dispensa, un papel de la enfermería certificando que estaba indispuesto y no podía jugar en el partido de hockey del viernes por la tarde. Por lo visto, el colegio piensa que quizá se sentía desplazado y que aprovechó la oportunidad de la supuesta visita a casa de los Morant y la dispensa para escaparse, incluso para venir a Londres sin que nadie se enterase. Creen que hizo autostop y alguien le recogió en la carretera.

Patsy miró a su marido, como aguardando a que interviniese. Los labios del hombre se movieron convulsivamente, pero no dijo nada.

– No puede ser, inspector -dijo Patsy-. Nuestro Mattie no era así.

– ¿Cómo se sentía en el colegio?

Los ojos de Patsy buscaron de nuevo a su marido. Esta vez, sus miradas se cruzaron un momento, pero el hombre la desvió enseguida. Se quitó la gorra de visera y la retorció entre sus manos. Lynley vio que eran manos fuertes, de peón, cortadas en varios puntos.

– Mattie se sentía bien en el colegio -dijo Patsy.

– ¿Era feliz allí?

– Muy feliz. Había ganado una beca. La beca de la Junta de Gobierno. Sabía lo que significaba ir a un colegio bueno.

– El año pasado iba a la escuela del pueblo, ¿No es posible que añorase a sus antiguos compañeros?

– En absoluto. Mattie adoraba Bredgar Chambers. Conocía la importancia de una buena educación. Era su gran oportunidad. No la habría desperdiciado por añorar a los antiguos compañeros de aquí. Los veía durante las vacaciones.

– ¿Tal vez algún vecino en concreto?

Lynley observó la reacción de Kevin Whateley a la pregunta, un veloz e incontrolado movimiento de su cabeza en dirección a las ventanas.

– ¿Señor Whateley?

El hombre no dijo nada. Lynley esperó. Patsy Whateley habló.

– Kev, estás pensando en Yvonnen, ¿verdad? Yvonnen Livesley -explicó a Lynley-. De la calle Queen Caroline. Mattie y ella fueron compañeros en la escuela primaria. Jugaban juntos, pero eran simples juegos de niños, inspector. Yvonnen no significaba nada más para Mattie. Y además… -Parpadeó y se calló.

– Es negra -terminó su marido.

– ¿Ivonne Livesley es negra? -quiso clarificar Lynley.

Kevin Whateley asintió con la cabeza, como si el color de la piel de Ivonne fuera la prueba definitiva que apoyara la afirmación de que Matthew no se iría de la escuela ilegalmente. Era una postura difícil de sostener, máxime si habían crecido juntos, máxime si eran, como afirmaba la madre del muchacho, compañeros.

– ¿Les sugirió algo últimamente que Matthew era infeliz en el colegio? No me refiero a que fuera infeliz todo el año, sino en las últimas semanas, a causa de algo que ustedes desconocieran. A veces, los niños se callan cosas que no desean confesar a sus padres. No tiene nada que ver con la relación que existe entre padres e hijos. Es algo que suele ocurrir -pensó en sus días escolares, cuando fingía que todo marchaba bien. Nunca había hablado de ello a nadie, y mucho menos a sus padres.

Ninguno de los Whateley respondió. Kevin examinaba el forro de la gorra. Patsy contemplaba su regazo con el ceño fruncido. Lynley advirtió que la mujer había empezado a temblar, de modo que prefirió hablarle a ella.

– No es culpa de ustedes que Matthew huyera del colegio, señora Whateley. Ustedes no son responsables. Si experimentó la necesidad de huir…

– Tenía que ir allí. Nosotros juramos… Oh, Kev, está muerto y nosotros lo hicimos. ¡Tú sabes que nosotros lo hicimos!

El rostro del hombre reaccionó ante las palabras de su esposa, pero, en lugar de dirigirse hacia ella, miró a Lynley.

– El chico estaba callado como un muerto desde hacía cuatro o cinco meses -hablaba con voz tensa-. Durante las últimas vacaciones le sorprendí tres o cuatro veces mirando al río desde la ventana de su dormitorio, como si estuviera en trance, pero no me dijo nada. No solía comportarse así -Kevin miró a su mujer, la cual intentaba mantener la apariencia de cortesía que, por lo visto, consideraba apropiada-. Nosotros lo hicimos, Pats. Nosotros lo hicimos.

Barbara Havers contempló la fachada de su casa de Acton y tomó nota mentalmente de todas las modificaciones que precisaba el edificio para convertirse en un lugar más habitable. Era un ejercicio que practicaba cada noche. Siempre se demoraba en los aspectos más fáciles de resolver. Las ventanas estaban asquerosas. Sólo Dios sabía cuándo se habían limpiado por última vez, pero no le costaría demasiado solucionarlo con un poco de tiempo, una escalera y la energía suficiente para hacer bien el trabajo. Era preciso fregar los ladrillos. Cincuenta o más años de hollín y mugre habían impregnado la superficie porosa, dejando una desagradable pátina que abarcaba todos los tonos del negro. Las molduras de las ventanas, del tejado y de la puerta habían perdido hasta la última gota de pintura desde hacía tiempo inmemorial. Se estremeció al pensar cuánto tardaría en devolver a su primitiva condición aquella ingenua decoración. Los tubos de desagüe que descendían por un lado de la casa estaban oxidados por dentro y filtraban el agua de lluvia como cedazos. Tendrían que cambiarse por unos nuevos, al igual que el jardín delantero, que no era un jardín sino un cuadrado de tierra recubierto de hormigón en el que aparcaba su Mini. Su estado de corrosión hacía juego con el entorno.

Completada su inspección, salió del coche y entró en la casa. Ruidos y olores la asaltaron. La televisión vociferaba desde la sala de estar, mientras comida cocinada de cualquier manera, moho, madera podrida, cuerpos sucios y vejez batallaban entre sí para ser el olor predominante.

Barbara dejó su bolso sobre la insegura mesa de roten, junto a la puerta. Colgó el abrigo al lado de los demás, en la hilera de ganchos clavados debajo de la escalera, y se encaminó hacia la sala de estar, situada en la parte posterior de la casa.

– ¿Cariño? -su madre la llamó desde arriba, en tono quejumbroso. Barbara se detuvo y levantó la vista.

La señora Havers estaba en el peldaño superior, ataviada únicamente con un delgado camisón de algodón, los pies descalzos y el cabello despeinado. La luz del dormitorio, que la iluminaba desde atrás, destacaba cada ángulo de su cuerpo esquelético a través del tejido. Los ojos de Barbara se abrieron de par en par ante aquella visión.

– No estás vestida, mamá -dijo-. No te has vestido en todo el día -se sintió muy deprimida mientras pronunciaba las palabras. ¿Cuánto tiempo más podría conservar el empleo y seguir cuidando de dos padres que se habían convertido en niños?, se preguntó.

La señora Havers le dedicó una sonrisa vaga. Recorrió el camisón con las manos, como para confirmarlo. Se mordió los labios.

– Me he olvidado -contestó-. Estaba mirando mis álbumes… Oh, cariño, deseaba pasar más tiempo en Suiza, ¿sabes? Debo de haberme olvidado de… ¿Me visto ahora, cariño?

Considerando la hora, parecía un derroche de energías inútil. Barbara suspiró y se apretó las sienes con los nudillos para ahuyentar el dolor de cabeza.

– No, no vale la pena, mamá. Casi es hora de que te vayas a la cama, ¿no?

– Podría vestirme en tu honor, y así vigilas si lo hago bien.

– Siempre lo haces bien, mamá. ¿Por qué no te bañas?

La señora Havers arrugó el entrecejo ante esta idea.

– ¿Bañarme?

– Sí, pero controlando el agua. No dejes que se desborde esta vez. Subiré dentro de un momento.

– ¿Me ayudarás, cielo? Si quieres, te contaré mis opiniones sobre Argentina, mi próximo lugar de destino. ¿Hablan español allí? Creo que deberemos aprender un poco más de español antes de ir. Me gusta comunicarme con los nativos. Buenos días, señorita. ¿Cómo se llama? [3] Me acuerdo porque lo decían en la tele. No es suficiente, pero no está mal para empezar. Suponiendo que hablen español en Argentina. Tal vez hablen portugués. En algún sitio hablan portugués.

Barbara sabía que su madre podía continuar desvariando durante una hora o más. Solía hacerlo, y en ocasiones entraba en su cuarto a las dos o a las tres de la madrugada para conversar sin ton ni son, ignorando las súplicas de Barbara en el sentido de que volviera a la cama.

– El baño -le recordó Barbara-. Voy a ver a papá.

– Papá se encuentra bien hoy, cariño. Qué hombre. Muy bien. Ve a verlo por ti misma.

Dicho esto, la señora Havers desapareció. El agua empezó a correr en la bañera al cabo de un momento. Barbara esperó por si su madre descuidaba la bañera, pero, al parecer, la idea de vigilar el agua había quedado implantada firmemente en su cerebro y permanecería en su sitio durante unos cuantos minutos, al menos. Barbara se dirigió a la sala de estar.

Su padre ocupaba su butaca habitual, contemplando el habitual programa de los domingos por la noche. Casi todo el suelo estaba cubierto de los periódicos que había tirado tras leerlos por encima. Al menos, era más predecible que su madre. Vivía conforme a una rutina.

Barbara le contempló desde la puerta. Hizo abstracción del estruendo producido por un anuncio de chocolates Cadbury y se concentró en el sonido acuoso de su respiración. Era más trabajosa desde hacía dos semanas. El oxígeno que le suministraban los omnipresentes tubos ya no parecía suficiente.

Jimmy Havers, como si intuyera la presencia de su hija, se ladeó en su vieja butaca de orejas.

– Barbie.

Como siempre, sonrió a modo de saludo, exhibiendo sus dientes rotos y ennegrecidos. Por una vez, Barbara no reparó en este detalle, ni en el cabello grasiento y maloliente. Advirtió que tenía mal color. Sus mejillas ya no estaban sonrosadas, y las uñas habían adquirido un tono azul grisáceo. No necesitó cruzar la sala para ver que las venas de sus brazos parecían haber desaparecido.

Se acercó al carrito que sostenía el depósito, junto a la silla, y ajustó el flujo de oxígeno.

– Mañana por la mañana hemos de ir al médico, ¿verdad, papá?

El hombre asintió con la cabeza.

– Mañana a las nueve y media. Tendremos que levantarnos con los pájaros, Barbie.

– Sí, con los pájaros…

Barbara, por un instante, se preguntó cómo lograría llegar puntual a la cita si tenía que arrastrar a sus padres. Lo temía desde hacía semanas. Era inconcebible dejar sola en casa a su madre mientras iba al médico con su padre. Cualquier cosa podía ocurrir si dejaba sin vigilancia a la señora Havers por más de diez minutos. Sin embargo, la idea de lidiar con los dos al mismo tiempo le resultaba insoportable: el suministro de oxígeno de su padre, su virtual inmovilidad, contrastaba con la tendencia de su madre a vagar y perderse en la cueva de cristal de su locura. ¿Cómo iba a hacerlo?

Barbara sabía que había llegado el momento de pedir ayuda, y no la de una asistente social bien intencionada que se pasara un rato para ver si la casa seguía en pie, sino alguien que se quedara de forma permanente, alguien de confianza. Alguien que se tomara interés por sus padres.

Era imposible. No lo lograría. Lo único que podía hacer era seguir improvisando. El pensamiento la asfixiaba, un vistazo de pesadilla a un futuro sin esperanza ni fin.

Cuando el teléfono sonó, entró en la cocina para contestar y trató de no deprimirse más cuando vio los platos del desayuno sin lavar y los restos de huevo desperdigados sobre la mesa. Era Linley quien llamaba.

– Tenemos un asesinato entre manos, sargento -anunció-. Necesito que se reúna conmigo mañana en casa de St. James a las siete y media.

Barbara sabía que, si solicitaba a Linley unas horas de permiso, se las concedería de inmediato. Como jamás le había revelado la verdad sobre las circunstancias de su vida familiar, el número de horas que había pasado trabajando durante las últimas semanas equivalían a varios días de libertad. Él lo sabía. Ni siquiera pondría objeciones a la solicitud. Barbara se preguntó qué la impedía obrar así, pero mientras se hacía esta pregunta adivinó la verdad. Un nuevo caso por la mañana prometía, como mínimo, una tregua momentánea en la inevitable lucha con sus padres, en el interminable trayecto hacia la consulta del médico, en la ansiosa espera en la antesala mientras intentaba mantener a raya a su madre, como si fuera un niño travieso de dos años. Un nuevo caso eliminaba la necesidad de tener que pasar por todo eso. Era una licencia para huir, un permiso para postergar.

– ¿Havers? -estaba diciendo Lynley-. ¿Me ha oído?

Ahora era el momento de formular su petición, de explicarle la situación, de manifestar que necesitaba unas horas, tal vez un día, para dedicarlas a asuntos familiares. Él lo comprendería. Todo cuanto ella necesitaba decir era «necesito unas horas de permiso». Pero no podía hacerlo.

– En casa de St. James a las siete y media -repitió-. Lo he oído, señor.

Lynley colgó. Barbara también. Intentó profundizar en sus sentimientos, darle un nombre a aquello que, lentamente, penetraba en sus venas. Quería llamarlo vergüenza. Sabía que era liberación.

Fue a decirle a su padre que era necesario aplazar la cita con el médico a otro día.

Kevin Whateley no se dirigió al Royal Plantagenet, la taberna que había al lado de su casa, sino que recorrió el malecón, dejó atrás el triángulo de hierba donde Matthew y él habían aprendido a manejar sus aviones de control remoto, y entró en una taberna más antigua, erigida en una lengua de tierra que se internaba como un dedo torcido en el Támesis.

Había elegido La Paloma Azul a propósito. En el Royal Plantagenet, pese a estar tan próximo a su casa, sólo habría conseguido olvidar durante unos cinco minutos. La Paloma Azul no se lo iba a permitir.

Se sentó a una mesa que dominaba el río. Indiferente a la baja temperatura nocturna, alguien había salido a pescar en una barca, y las luces se movían al compás del movimiento de las aguas. Kevin contempló la escena, dejando que en su memoria apareciera la imagen de Matthew corriendo por el mismo muelle, cayendo, hiriéndose en una rodilla, reincorporándose sin un quejido, ni siquiera cuando la sangre manó de la herida, ni siquiera cuando le dieron los puntos más tarde. Era un crío valiente, siempre lo había sido.

Kevin apartó los ojos del muelle y los fijó en la mesa de caoba. Estaba cubierta de posavasos con anuncios de cervezas, Watney's, Guinness y Smith's. Kevin, con mucho cuidado, los apiló, los volvió a apilar, los desplegó como naipes y los apiló una vez más. Notó que le costaba respirar. Sabía que necesitaba aspirar más aire, pero eso le haría perder los estribos un instante. Y no lo iba a hacer. Porque si perdía el control, ignoraba cómo lo recuperaría. De modo que pasaría sin aire. Esperó.

No sabía si el hombre al que buscaba entraría en la taberna a esta hora tan avanzada de un domingo por la noche, cuando faltaban pocos minutos para cerrar. De hecho, tampoco sabía si el hombre continuaba siendo cliente del local. Años atrás acudía de manera regular, cuando Patsy trabajaba largas horas detrás de la barra, antes de que lograra el empleo en un hotel de South Kensington.

«Por el bien de Matthew -había dicho cuando lo aceptó, a pesar de que la paga era inferior a la de La Paloma Azul-. A ningún chico le gusta decirle a sus amigos que su mamá es una camarera.»

«La verdad es que no», corroboró Kevin.

Decidieron educar a su hijo como debe ser. Tendría más oportunidades que ellos. Recibiría una educación sólida y la posibilidad de hacer algo grande en la vida. Al fin y al cabo, se lo debían, y lo sabían. Era el milagro de sus vidas. Era su hijo adorado. Era el vínculo que les unía. Era la materialización en carne y hueso de todos sus sueños, sueños pisoteados y destruidos sobre aquella mesa-camilla de acero inoxidable que había en la sala de autopsias donde Kevin había identificado el cadáver.

Habían cubierto a Matthew con una especie de tela verde reglamentaria, las absurdas palabras lavandería lewiston estampadas en el frente, como si fueran a introducirlo en una lavadora. Aunque el callado y comprensivo sargento de policía había dejado el rostro al descubierto, el gesto era innecesario. Durante el proceso de traslado del cuerpo de un lugar a otro, el pie izquierdo se había salido de la tela, y Kevin supo al instante que estaba mirando a su hijo.

Resultaba curioso pensar que se podía conocer tan bien el cuerpo de un hijo, que tan sólo mirar un pie podía provocar un sufrimiento tan espantoso. Había bastado. De todos modos, había cumplido con su deber y efectuado una inspección rutinaria del resto del cuerpo.

Kevin reflexionó al ver el rostro de Matthew, despojado de su color por la mano imparcial de la muerte. Le habían dicho una vez que el rostro de la gente refleja la forma en que ha muerto. Ahora sabía que no era cierto. El cuerpo de Matthew llevaba las huellas de la brutalidad y la violencia, pero el rostro era sereno. Podría haber estado dormido.

Kevin se oyó preguntar lo imposible, lo ridículo, lo risible.

– ¿Está seguro de que el chico está muerto?

El sargento bajó la tela para cubrir el rostro de Matthew.

– Por completo. Lo siento.

Lo siento. ¿Qué sabía él de Matthew para sentir su muerte? ¿Qué sabía de la vía de tren que habían empalmado juntos en el sótano, o de los edificios que habían construido para erigir los tres pueblos que atravesaban los trenes? ¿Cómo iba a saber que Matthew había insistido en que cada edificio se ajustara a la escala precisa, y que no fueran construidos de plástico, sino de materiales auténticos? ¿Qué sabía él de los años que habían tardado en terminarlo, o de las horas de placer que les había proporcionado su obra? No lo sabía. No podía saberlo. Sólo podía mascullar palabras de compasión que olvidaría en cuanto Matthew fuera enterrado.

Aquel cuerpo diminuto sobre la mesa-camilla de acero inoxidable. Esperando el bisturí que desgarraría cada músculo y tejido, que extraería órganos para ser examinados, que buscaría, exploraría e investigaría sin descanso hasta descubrir la causa de la muerte. ¿Y qué más daba? Dar un nombre a su muerte no le devolvería la vida. Matthew Whateley. Trece años. Fallecido.

Kevin sintió que un sollozo se estrangulaba en su pecho. Lo combatió. Como desde una gran distancia, oyó que sonaba la hora de cerrar la taberna, y salió a la noche como un sonámbulo.

Se dirigió hacia su casa. Frente a él, junto a la pared del malecón, distinguió un cubo de basura verde, y se acercó a él con movimientos torpes. Los domingueros lo habían llenado de envases y botellas, latas vacías y periódicos, una cometa rota.

«¡Déjame, papá, déjame! ¡Déjame hacerla volar! ¡Déjame!»

– ¡Matt!

La palabra desgarró el cuerpo de Kevin, como si parte de su espíritu se debatiera por liberarse. Se inclinó y sintió el borde del cubo bajo sus manos.

«¡Déjame hacerla volar! ¡Sé hacerlo! ¡Papá, sé hacerlo, sé hacerlo!»

Los dedos de Kevin se aferraron y arañaron el cubo. Lo alzó, lo tiró sobre el pavimento, se arrojó sobre él, lo golpeó con los puños, lo pateó, lanzó su cabeza sobre las partes metálicas.

Notó que sus nudillos se cuarteaban. Sus pies se enredaban en los desperdicios malolientes. La sangre que manaba de su frente enturbió sus ojos.

Pero no lloró.

Capítulo 5

Deborah St. James logró conciliar el sueño poco después de las tres y cuarto. Se despertó minutos antes de las seis y media, y notó que el cuerpo le dolía a causa de la rígida tensión a que lo había sometido para mantenerse alejada de su marido durante la noche.

El sol de la mañana creaba un resplandor crepuscular en la habitación. Se posaba sobre los muebles, transformando el metal y el esmalte de los tiradores en oro rojizo. Bañaba las fotografías, formando alrededor de cada una un aura visible de luz. Expulsaba las sombras y definía formas que la noche desdibujaba.

Esa misma luz arrojaba un tenue rayo diagonal sobre la forma de Simon, iluminando la mano derecha que yacía, inmóvil, entre ambos. Mientras Deborah la miraba, los dedos se cerraron sobre la palma y después se extendieron. Estaba despierto.

Tan sólo seis semanas atrás, ella se habría deslizado en sus brazos al advertir ese movimiento. Habría sentido las manos de Simon recorrer todo su cuerpo, y la boca del hombre que la amaba habría saboreado la aurora en su piel. Le habría oído murmurar amor mío, mientras se inclinaba sobre él y dejaba que su pelo se derramara como una madeja sobre el pecho de Simon. Habría visto su sonrisa cuando él tocaba su abdomen y susurraba un buenos días al ser que crecía en su interior. Y cuando hicieran el amor en aquella hora temprana, no sería tanto fruto de la pasión como de la afirmación y la alegría.

Su cuerpo le anhelaba, sus nervios a flor de piel ansiaban ser calmados por las caricias del hombre. Se volvió para mirarle, y descubrió que él lo estaba haciendo. Ignoraba desde cuándo, pero mientras sus ojos se encontraban, Deborah comprendió hasta qué punto su pasado estaba destruyendo cualquier posible futuro con su marido.

No había pensado así en aquel tiempo. Dieciocho años de edad, embarazada, una estudiante sola en un país extranjero. Tener un niño en aquellas circunstancias habría sido algo más que un inconveniente irritante al que uno se acaba adaptando. Habría sido una imposibilidad, un completo desastre. Aún más, habría dado al traste con su vida profesional antes de que empezara. En aquel tiempo, su profesión era algo fundamental para ella. Deborah y su padre habían ahorrado durante muchos años para que la joven se matriculara en un colegio de Estados Unidos y obtuviera, al cabo de tres años, el máster en fotografía que tanto codiciaba. Tirarlo todo por la borda para tener un niño era inconcebible. Ni siquiera había contemplado la posibilidad. Tampoco había pensado que un aborto rebotaría contra las paredes del resto de su vida.

No la abandonaba ni un día. El recuerdo de las implacables luces, la punzada de la aguja, la explicación del raspado y succión que seguirían a continuación, la hemorragia residual, el intento de olvidar. Lo había logrado, con notable éxito, durante años. Pero ahora, los recuerdos la dominaban en cada momento de su existencia, pues por más que intentara convencerse de que sus continuos y fallidos embarazos no tenían nada que ver con el aborto de seis años antes, en el fondo continuaba creyendo que existía una relación. Dios a veces aplacaba la mano del castigo, pero era de forma transitoria. A la postre, el pecador siempre expiaba sus culpas.

Aquel nonato habría cumplido cinco años el próximo septiembre. Habría correteado por la casa, provocando un gran alboroto, como todos los niños pequeños. Habría jugado en el jardín, fastidiado al gato, tirado de las orejas al perro. Se habría rasguñado la rodilla y pedido que le leyeran un cuento. Podría haber existido. Podría haber sido suyo.

Pero, independientemente de los inconvenientes que habría causado a su carrera, su nacimiento habría significado el fin de su relación con Simon. El mero conocimiento de aquel breve embarazo abrumaría de dolor a su marido. Había aceptado todo lo referente a su pasado, pero no aceptaría eso. No podía hacerlo.

Simon se agitó y se incorporó sobre un codo. Extendió la mano y acarició las cejas y el mentón de Deborah.

– ¿Te sientes mejor? -sus palabras eran tiernas, su contacto una fuente de dolor insoportable.

– Sí, mucho mejor -la mentira, comparada con las demás, carecía de importancia.

– Te he echado mucho de menos, mi amor -los dedos de Simon tocaron su mejilla, sus hombros, su garganta. Rozaron suavemente sus labios antes de que se inclinara para besarla.

Deseaba atraerle hacia ella. Deseaba entreabrir los labios. Deseaba acariciarle y excitarle. Se moría de ganas.

Las lágrimas afluyeron a sus ojos. Volvió la cabeza para que él no las viera, pero no actuó con la suficiente rapidez.

– Deborah -su tono sugería una gran aflicción.

Ella meneó la cabeza, sin pronunciar palabra.

– Oh, Dios mío, es demasiado pronto. Lo siento. Perdóname, Deborah, por favor.

La tocó por última vez antes de apartarse y coger las muletas apoyadas contra la pared, cerca de la cama. Giró sobre sus pies, alcanzó la bata y se la puso con movimientos torpes, dificultados por la lesión.

En diferentes circunstancias, ella le habría ayudado a ponérsela, pero Deborah consideró en este momento que una acción semejante parecería una declaración de devoción que él pensaría falsa. Se quedó donde estaba y contempló su penoso progreso hacia el cuarto de baño. La fuerza con que aferraba las muletas hizo palidecer sus nudillos. Su cara reflejaba una desolación infinita.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Deborah empezó a llorar, y las lágrimas le proporcionaron la única lluvia que había bañado sus raíces durante los pasados seis meses.

Sus días de convivencia siempre habían poseído una uniformidad que Deborah atesoraba en el fondo de su corazón. Cuando ella no estaba ausente, realizando un encargo fotográfico, se encerraba en el cuarto oscuro, preparando la carpeta de presentación. El extenso laboratorio forense de Simon, contiguo al reducido cubículo de Deborah, ocupaba casi toda la planta superior de la casa. Cuando no estaba en los tribunales, pronunciando una conferencia, o entrevistándose con abogados y sus clientes, se hallaba en el laboratorio, como ahora, al igual que ella se encontraba en el cuarto oscuro con la puerta entreabierta, intentando centrar su interés en el trabajo que la nueva colección de fotos suponía. La única diferencia con cualquier otra jornada laboral residía en la distancia que ella había impuesto entre ellos, y en todo cuanto debía decirse y se había postergado.

Reinaba tal silencio en la casa que el timbre de la puerta sonó como una vajilla de cristal al romperse.

– ¿Quién demonios…? -murmuró Deborah. Después, oyó la voz afable y conocida, seguida por rápidos pasos en la escalera.

– Cuando anoche vi el nombre de Deborah en la pantalla del ordenador no me lo pude creer -decía Lynley al padre de Deborah-. Menudo regreso al hogar.

– La chica se disgustó un poco -fue la cortés respuesta de Cotter.

Al oírla, Deborah agradeció por una vez que su padre adoptara el papel de criado siempre que alguien venía a casa. «La chica se disgustó un poco» era información suficiente para contestar a un comentario casual de Lynley. Incidía en la realidad y servía de réplica al mismo tiempo.

Cotter entró en el laboratorio, imbuido todavía de su papel de criado.

– Lord Asherton ha venido a verle, señor St. James.

– A ver a Deborah, en concreto, si está disponible -añadió Lynley.

– Lo está -aseguró Cotter.

Deborah se arrepintió de no haber encendido la luz exterior del cuarto oscuro para indicar que no la molestaran. Ver a alguien para entablar una conversación amistosa se le antojaba insufrible en este momento. Ver a Lynley y exponerse, siquiera por un instante, a su intuición para percibir estados de ánimo, era mucho peor. Pero no podía escapar. Su padre había cabeceado en su dirección antes de dejarles, y Lynley ya se había internado lo suficiente en el laboratorio para ver que la puerta del cuarto oscuro estaba abierta. Observó que Simon se encontraba examinando una serie de huellas dactilares en un rincón del laboratorio.

– Has madrugado mucho -dijo, a modo de saludo.

Los ojos de Lynley recorrieron la habitación y se detuvieron en el reloj de pared.

– ¿No ha llegado Havers todavía? -preguntó-. Siempre es puntual.

– ¿Puntual para qué, Tommy?

– Un caso nuevo. Necesito hablar con Deb sobre lo de anoche. Contigo también, si tuviste la oportunidad de ver el cadáver.

Deborah comprendió que no había forma de soslayarlo. Salió del cuarto oscuro. Sabía que tenía un aspecto terrible, con el pelo tirado hacia atrás de cualquier manera, la tez mortecina y los ojos carentes de vida, pero no estaba preparada para la rapidez con que Lynley efectuó su escrutinio, mirando alternativamente a Simon y a ella. Antes de que pudiera hablar, Deborah se lo impidió, acercándose para saludarle de la forma habitual, con un beso en la mejilla.

– Hola, Tommy -sonrió-. Mira qué aspecto más horroroso tengo. Encuentro un cadáver y me vengo abajo. Me parece que no sobreviviría ni un día en tu trabajo.

Él aceptó la mentira, aunque sus ojos la advirtieron de que no la creía. Al fin y al cabo, sabía que había estado en el hospital menos de dos semanas antes de iniciar su viaje.

– Me han pedido que me haga cargo de la investigación -explicó-. Cuéntame con todo detalle cómo descubriste el cadáver.

Los tres se sentaron a una de las mesas, subidos en altos taburetes y apoyando los brazos entre los microscopios, frascos y portaobjetos. Deborah repitió, casi palabra por palabra, lo que había relatado la noche anterior a la policía de Slough: estaba tomando fotos, entró en la iglesia, vio a las ardillas que se peleaban y encontró al niño.

– ¿Advertiste algo extraño en el cementerio? -preguntó Lynley-. ¿Algo raro, aunque no pareciera guardar relación con el crimen?

El ave. Por supuesto, el ave. Parecía una tontería contárselo, y tampoco deseaba resucitar los sentimientos que la habían invadido ayer.

Lynley leyó en su rostro que había dado en el clavo.

– Dímelo.

Deborah miró a su marido, que la observaba con semblante grave.

– Es ridículo, Tommy -intentó conferir frivolidad a sus palabras, pero sólo lo logró a medias-. Sólo un ave muerta.

– ¿Qué clase de ave?

– No lo sé. La cabeza… Bien, no tenía cabeza. Y le habían cortado las garras. Había restos de plumas por todas partes. Sentí pena por el pobre animal. Tendría que haberlo enterrado -experimentó de nuevo la emoción del día anterior, odiándose por permitir que aflorara-. Vi sus costillas. Estaban rotas, cubiertas de sangre y… No era como si un animal más grande hubiera buscado comida. Parecía puro deporte. Deporte, ¿te lo imaginas? Y… Oh, esto es tan ridículo. Es posible que no tenga nada que ver. Algún gato haciendo de las suyas. Estaba pasada la puerta del segundo cementerio, así que cuando entré… -titubeó, sorprendida por algo que no había recordado hasta este momento.

– ¿Viste algo más?

Deborah asintió con la cabeza.

– Supongo que la policía de Slough ya te lo habrá dicho, pues no creo que lo pasaran por alto, pero hay una luz de seguridad justo en el interior de la puerta del segundo cementerio. Estaba rota. Debía de ser reciente, porque había cristales esparcidos por todas partes, apartados a un lado.

– Eso explicaría cómo el asesino introdujo el cadáver en el cementerio -observó Lynley.

– Llegó en coche al aparcamiento, eliminó las luces de seguridad, llevó el cuerpo hacia el muro y lo tiró bajo los árboles -añadió St. James.

– ¿Y para qué tantas complicaciones y elegir ese preciso lugar? -preguntó Deborah-. Si era una cuestión de elección.

– ¿Qué otra cosa podía ser? La iglesia está aislada del resto del mundo. Se llega por un camino que sale de una carretera vecinal. No se puede llegar por azar.

– Si el chico era de los alrededores, el asesino también pudo ser un hombre de los alrededores -sugirió St. James-. Conocería la iglesia.

Lynley negó con la cabeza.

– El chico era de Hammersmith. Vivía en un colegio de West Sussex, Bredgar Chambers.

– ¿Se dio a la fuga?

– Tal vez. Sea como sea, parece que movieron el cuerpo después de morir.

– Sí, ya me di cuenta.

– ¿Y lo demás? -preguntó Lynley-. ¿Examinaste el cadáver a fondo, St. James?

– Sólo de manera superficial, a lo sumo.

– Pero ¿viste…? -Lynley vaciló y miró a Deborah-. Anoche hablé por teléfono con Canerone.

– Imagino que te contó lo de las quemaduras. Sí, yo también las vi.

Lynley frunció el ceño. Hizo girar un tubo de ensayo vacío, inquieto.

– En Slough tienen trabajo atrasado, y Canerone supone que los resultados de la autopsia no se sabrán hasta dentro de uno o dos días, pero el examen preliminar sacó a relucir la extensión de las quemaduras.

– Hechas con cigarrillos, diría yo. Eso me parecieron.

– En la cara interna de los brazos, la parte superior de los muslos, los testículos y el interior de la nariz.

– Santo Dios -murmuró Deborah. Se sintió débil, a punto de desmayarse.

– Tenemos entre manos un componente de perversión sexual, St. James, aún más evidente si consideramos el atractivo físico de Matthew Whateley -apartó toda la fila de tubos de ensayo y se puso en pie-. Nunca entenderé la muerte de un niño, ya lo sabéis. Con tantos millones de personas desesperadas por tener uno, siempre parece que… -se interrumpió con brusquedad, palideciendo-. Vaya, lo siento. Qué tontería…

Deborah le calló con sus propias palabras, pronunciadas sin pensar, sin exigir una respuesta.

– ¿Por dónde empezarás un caso de estas características, Tommy?

Lynley pareció aliviado por su intervención.

– Por Bredgar Chambers, en cuanto Havers aparezca.

Como en respuesta, el timbre de la puerta sonó por segunda vez aquella mañana.

Enclavado en una extensión de cien hectáreas, arrebatadas en parte al bosque de St. Leonard, Bredgar Chambers parecía ser el entorno ideal para un buen estudiante. No existía la menor distracción externa. Cissbury, el pueblo más próximo, se hallaba a un kilómetro de distancia, y consistía simplemente en un puñado de casas, una oficina de correos y una taberna. Había que recorrer ocho kilómetros para encontrar una carretera importante, y el tráfico de los senderos vecinales cercano era casi inexistente. Aunque había varias casas aisladas en la vecindad, la mayoría de sus habitantes eran jubilados, a los que traía sin cuidado la vida del colegio. Estaba rodeado por amplios campos, colinas onduladas, varias granjas y extensos bosques. Dejando aparte el estímulo combinado del aire siempre puro y el sempiterno cielo azul, no había nada más. Por ello, el colegio estaba en condiciones de prometer a los confiados padres que sus hijos vivirían una existencia monástica, mediante la cual se les inculcaría educación, buenos modales, moralidad y sentimientos religiosos.

Pese a ello, Bredgar Chambers no era un lugar ascético. Un exceso de belleza lo impedía. Se accedía al colegio por medio de un largo y sinuoso sendero, que dejaba atrás la pulcra casa del portero y se curvaba bajo hayas y fresnos centenarios, cubiertos de espesas manchas verdes que presagiaban la llegada de la primavera. Extensiones de césped muy bien cuidado, interrumpidas por bosquecillos de abetos, pinos y piceas, bordeaban el sendero, alargándose hasta los muros de pedernal que limitaban oficialmente el territorio del colegio. Los edificios no eran los típicos de una comarca en la que se empleaba el pedernal desmenuzado en la construcción. Estaban hechos de piedra de Ham color de miel, que recibía su nombre del pueblo de Somerset en donde se extraía, y el tejado era de pizarra. Carecían de hiedra y, a la luz del sol, sus paredes de sillería parecían rezumar un calor palpable.

Lynley intuyó la desaprobación de la sargento Havers en cuanto dejaron atrás la casa del conserje. Barbara no tardó mucho rato en verbalizarla.

– Encantador -comentó, aplastando su cigarrillo. Fumaba como una posesa desde que habían salido de la ciudad. El interior del Bentley olía como si se hubiera producido una explosión-. Siempre quise ver adónde enviaban los ricos papanatas a sus retoños para que aprendieran a decir pater. Pijos de mierda.

– Imagino que debe ser un poco más espartano por dentro, Havers -replicó él-. Todos estos sitios son iguales.

– Oh, sí, claro.

Lynley aparcó frente al edificio principal del colegio. La puerta estaba abierta y enmarcaba el exquisito panorama de un patio cuadrangular cubierto de hierba. Debía ser el de mayor importancia, a juzgar por la estatua erigida en el centro. A pesar de la distancia, Lynley reconoció el perfil majestuoso de Enrique Tudor, conde de Richmond, más tarde Enrique VII y fundador putativo de Bredgar Chambers.

Aunque eran cerca de las nueve, no se veía a nadie, algo extraño teniendo en cuenta que el colegio albergaba a seiscientos estudiantes. Al salir del coche, no obstante, escucharon las notas de un órgano, seguidas por la obertura de A Mighty Fortress Is Our God, interpretada por un coro muy competente.

– La capilla -explicó Lynley.

– Ni siquiera es domingo -murmuró Havers.

– Estoy seguro de que exponernos a la oración no corromperá nuestra secular sensibilidad, sargento. Acompáñeme, y trate de adoptar un aspecto devoto, por favor.

– Muy bien, inspector. Me sale de coña.

Siguieron el sonido del órgano y los cánticos a través de la puerta principal del colegio, desembocando en un vestíbulo empedrado con adoquines del cual surgía la capilla. Abarcaba la mitad de la parte oriental del patio. Entraron en silencio. Los cánticos prosiguieron.

Lynley observó que era la típica capilla de los colegios privados diseminados por el país, con bancos encarados al pasillo central, imitando el estilo del King's College de Cambridge. Havers y él se quedaron en el extremo sur del edificio, entre dos capillas más pequeñas destinadas a otros usos.

A su izquierda estaba la capilla de los Caídos, chapada en madera de nogal. Sobre los paneles se había grabado el sombrío recuento de lo que Bredgar Chambers había perdido por causa de dos brutales guerras mundiales, y encima de los nombres de los muchachos caídos en combate destacaba el epígrafe Per mortes eorum vivimus. Lynley leyó las palabras, desechando el piadoso consuelo que, en teoría, se desprendía de tan simplista aceptación. ¿Cómo podía alguien quitar importancia a la muerte deduciendo que, si otros se beneficiaban de ella, por violenta y odiosa que hubiera sido, perpetuaba un bien intrínseco? Nunca había sido capaz de hacerlo, ni tampoco aceptaba el amor de su país hacia la nobleza de tales sacrificios. Dio media vuelta y se alejó.

Sin embargo, la segunda capilla abundaba en el mismo tema. La parte derecha de la pequeña cámara estaba igualmente dedicada al fallecimiento de estudiantes, pero Lynley advirtió que no era la guerra la causante de sus muertes prematuras, pues las placas conmemorativas indicaban la duración de sus cortas vidas, y todos eran demasiado jóvenes para ser soldados.

Entró. La luz de las velas oscilaba sobre un altar cubierto de lino, rodeando a un ángel de piedra que lo presidía. Al ver su rostro delicado, se sintió conmovido al instante por una poderosa imagen, que no se le aparecía desde hacía años. En ella, volvía a ser aquel muchacho de dieciséis años que se arrodillaba en la diminuta capilla católica de Eton, encajada a la izquierda del altar principal. Había rezado allí por su padre, consolado por la presencia de cuatro altísimos arcángeles dorados que protegían cada esquina de la capilla. Aunque no era católico, aquellos fieros ángeles, las velas y el altar le hacían sentirse, de alguna manera, cercano a un Dios que iba a escucharle. Así que rezaba en ella día tras día, y sus plegarias fueron atendidas. Y de qué forma. El recuerdo era como una herida. Buscó una distracción y la encontró en el mayor memorial del recinto. Procedió a examinarlo con innecesaria minuciosidad.

«Edward Hsu. Bien amado estudiante. 1957-1975.» Al contrario que los demás monumentos conmemorativos dedicados a muchachos (y a dos muchachas) y carentes por completo de detalles, éste incluía la foto del chico muerto, un hermoso chino. Las palabras «bien amado estudiante» fascinaron a Lynley, pues daban a entender que algún profesor del muchacho era el responsable de un tributo tan afectuoso. Lynley pensó de inmediato en John Corntel, pero desechó la idea. Corntel no daría clases aquí en 1975.

– Usted debe de ser de Scotland Yard.

Lynley se giró en redondo al oír las palabras casi susurradas. Un hombre ataviado con una toga negra se erguía en la puerta de la capilla pequeña.

– Alan Lockwood -dijo el desconocido-. Soy el rector de Bredgar. -se adelantó y extendió su mano.

Lynley siempre se fijaba en los apretones de manos. El de Lockwood fue firme. Sus ojos se desviaron hacia la sargento Havers, pero si le sorprendió que el compañero de Lynley fuera una mujer, procuró no demostrarlo. Lynley se encargó de las presentaciones.

Vio que Havers se había dejado caer en un pequeño banco situado al final de la capilla, aguardando instrucciones. Sin molestarse en disimular lo que estaba haciendo, sometió a un detenido examen al rector de Bredgar Chambers.

El propio Lynley advirtió los detalles que su sargento memorizaría y comentaría más tarde. Lockwood aparentaba unos cuarenta y pico años. A pesar de que su estatura era normal, su cuerpo adoptaba una posición que tenía como objetivo erguirse sobre los demás. Su complicada indumentaria servía para subrayar la sensación de dominación que deseaba proyectar, pues su toga académica estaba ribeteada de rojo púrpura, y llevaba bajo el brazo una muceta. El traje de corte impecable, la camisa de un blanco inmaculado, el perfecto nudo de la corbata, todo en él evocaba a un hombre que daba órdenes sin esperar la menor objeción. Sin embargo, el efecto resultante, incluyendo el apretón de manos, parecía ensayado, como si Lockwood hubiera investigado en el tema de «cómo llegar a ser un buen rector», amoldándose a una imagen que no concordaba con su carácter.

Havers, en la parte posterior de la capilla, rebuscó en el bolsillo lateral de su chaqueta verde de lana, sacó el cuaderno de notas y lo abrió. Sonrió con absoluta hipocresía.

Lockwood se volvió hacia Lynley.

– Un mal asunto -dijo con solemnidad-. Me alivia sobremanera que Scotland Yard haya intervenido. Querrá hablar, sin duda, con los profesores del chico, con John Corntel de nuevo, con Cowfrey Pitt, nuestro entrenador de hockey de tercer año, tal vez con Judith Laughland, la responsable de la enfermería. Y con los niños. También con Harry Morant. Es el chico con el que Matthew iba a pasar el fin de semana, en teoría. Yo diría que Morant conocía a Matthew mejor que nadie. Estaban muy unidos, tengo entendido.

– Me gustaría empezar por el dormitorio de Matthew -dijo Lynley.

Lockwood se ajustó el cuello de la camisa, subiéndolo un poco más sobre el cuello, que aún conservaba marcas del afeitado.

– Su habitación. Sí. Muy lógico.

– ¿Alan? -murmuró una mujer, insegura, desde el exterior de la capilla-. El oficio va a terminar. ¿Quieres…?

Lockwood se excusó y desapareció en dirección a la capilla principal. Escucharon su voz al cabo de un momento, extrañamente distorsionada sin micrófono, indicando a los estudiantes que volvieran a las aulas. Se produjo un arrastrar de pies general, aunque en silencio, cuando los estudiantes salieron para dar inicio a su nueva jornada escolar.

Lockwood regresó, acompañado por una mujer vestida de forma práctica y sencilla, con falda, camisa y chaqueta. Era achaparrada, de aspecto limpio, facciones bonitas y cabello cano peinado con elegancia.

– Kathleen, mi esposa -Lockwood le quitó un hilo del hombro y, antes de que ella pudiera responder a la presentación, continuó hablando, tras una veloz consulta a su reloj para apoyar sus palabras-. Tengo una cita con un padre justo dentro de un cuarto de hora. Kathleen les presentará a Chas Quilter. Es el prefecto superior de este año. Hijo de sir Francis Quilter. Habrá oído hablar de él, sin duda.

– No, lo siento.

Kathleen Lockwood sonrió. Su sonrisa era encantadora, pero sugería cansancio y robaba energía a su rostro.

– El doctor Quilter -explicó-. Es un especialista de cirugía estética. Ejerce en Londres.

– Ah. Con domicilio en la calle Harley, sin duda, y los mejores secretos de dos o más docenas de mujeres de la alta sociedad bajo su escalpelo.

– Sí -dijo Alan Lockwood, sin corroborar nada en particular-. Ya he hablado con Chas. Estará a su disposición todo el tiempo que haga falta. Kathleen les acompañará. Chas acaba de entrar en la sacristía con el resto del coro. Cuando les haya enseñado el colegio, tal vez usted y yo, y la sargento, por supuesto, podamos charlar un poco. Más tarde.

Lynley no creyó necesario restar autoridad al rector en esta coyuntura. Si para el hombre era importante aparentar que controlaba la investigación, le permitiría de muy buena gana abrigar tal ilusión.

– Desde luego -contestó-. Su ayuda es inapreciable.

– Haremos todo cuanto esté en nuestras manos -Lockwood dedicó a su mujer una momentánea atención-. Encárgate de los hors d'oeuvres de esta tarde, Kate. Procura que sean mejor que los de la última vez, por favor.

Tras estas palabras, Lockwood alzó una mano, aunque habría sido difícil adivinar si en gesto de bendición o de despedida, y se marchó.

– Apenas tuve oportunidad de hablar ayer con los padres de ese pobre chico -murmuró Kathleen Lockwood, cuando su marido se alejó-. Estuvieron aquí por la tarde, cuando aún pensábamos que Matthew se había fugado. Después, se fueron. Cuando nos enteramos de que habían encontrado el cadáver del muchacho… -se acarició la línea de la barbilla con los nudillos y clavó la vista en el suelo-. Vamos a ver a Chas. Síganme, por favor. Hemos de atravesar la capilla.

Les guió hacia el pasillo central, desde el cual se apreciaba en toda su magnitud la belleza etérea de la capilla. Como el pasillo corría de norte a sur, los ventanales daban al este, y el sol de la mañana brillaba sobre los vitrales medievales, arrojando charcos de color sobre los bancos y el suelo de piedra desgastada. Paneles de madera, de aspecto ahumado, cubrían las paredes hasta la altura de las ventanas y, en lo alto, la bóveda de abanico desplegaba una serie de relieves muy detallados. Las velas encendidas para el oficio se habían apagado hacía poco, y su intenso aroma flotaba en el aire, mezclado con el perfume de las flores que flanqueaban el pasillo a intervalos.

Kathleen Lockwood caminó hacia el altar. Detrás de él, un retablo de mármol tallado formaba un tríptico en bajorrelieve, cuyos tres paneles plasmaban a Abraham detenido en el acto de asesinar a Isaac, a Adán y Eva expulsados del Edén por un arcángel inflexible y, en el centro, a María llorando a los pies del Cristo crucificado. Más flores engalanaban el altar, junto con seis velas y un crucifijo. El conjunto parecía excesivo; tanta exhibición de fervor religioso resultaba de mal gusto.

– Yo misma me ocupo de las floreas -comentó Kathleen-. Tenemos un invernadero, de modo que el altar está todo el año adornado con flores.

Parecía un dudoso privilegio.

El presbiterio daba directamente a la sacristía. En este momento se hallaba invadida por los integrantes del coro, unos cuarenta muchachos que estaban procediendo a quitarse las sotanas y sobrepellices, colgándolos de los numerosos ganchos de la pared.

Ningún estudiante pareció sorprendido cuando la señora Lockwood entró acompañada de Lynley y Havers en la estancia. Las conversaciones prosiguieron, jalonadas por los gritos de alegría que suelen lanzar los jóvenes cuando están particularmente satisfechos consigo mismos. La actividad parecía conducirse con la normalidad acostumbrada. La única indicación de interés o preocupación por la presencia de los desconocidos fue una voz, surgida de un sitio indeterminado, que pronunció un nombre en tono admonitorio.

– Chas.

A continuación, las conversaciones se extinguieron poco a poco. Los estudiantes intercambiaron furtivas miradas entre sí. Lynley advirtió que sus edades abarcaban todo el abanico del colegio, desde los más jóvenes de tercer curso, de doce y trece años, hasta los mayores de sexto superior, alrededor de los dieciocho años. No había chicas. Tampoco se hallaba presente ningún profesor.

– Chas Quilter -dijo Kathleen, insegura.

– Estoy aquí, señora Lockwood.

Un muchacho, por cuyo rostro valdría la pena morir, se adelantó.

Capítulo 6

La primera reacción de Lynley ante el aspecto físico del muchacho fue pensar que se merecía un nombre más fastuoso que Chas. Rafael o Gabriel le vinieron a la mente de inmediato. Forzando las cosas, Miguel Ángel le sentaría a la perfección, porque Chas Quilter parecía un ángel de dieciocho años.

Casi todo en él sugería una perfección celestial. Tenía el cabello rubio y, aunque corto, recubría su cabeza con los bucles que suelen verse en los querubines que pueblan las pinturas del Renacimiento. Sin embargo, sus facciones no reflejaban la amorfa falta de carácter inherente a aquellas criaturas angélicas plasmadas en los lienzos del siglo XVI. Parecían salidos de una escultura, tal era su pureza y definición: frente ancha, mandíbula firme, nariz bien dibujada, mentón cuadrado y una tez sin mácula, con una nota de color sobre sus mejillas. Medía un metro ochenta de estatura, con el cuerpo de un atleta y la gracia de un bailarín. La única imperfección humana que parecía aquejarle era la necesidad de llevar gafas, que devolvió a su sitio cuando resbalaron por la nariz.

– Ustedes deben de ser de la policía -se estaba poniendo la chaqueta cruzada azul del colegio. En el bolsillo izquierdo superior se destacaba el emblema de Bredgar Chambers, un blasón tripartito, consistente en un pequeño rastrillo, una corona que flotaba sobre una rama de espino, y dos rosas entrelazadas, una roja y otra blanca, todos ellos símbolos estimados por el fundador del colegio-. El rector me ha pedido que le enseñe las instalaciones. Me alegro de poder ayudarles -Chas sonrió y continuó con una franqueza desarmante-. De paso, me libraré de las clases de mañana.

Los demás chicos se pusieron las chaquetas, como si hubieran esperado a ver cómo el prefecto superior se las arreglaba con la policía. Satisfechos en apariencia de la actuación de Chas, se prepararon para marcharse. Cogieron los libros de texto de los bancos alineados frente a las paredes de la sacristía y, al cabo de pocos momentos, salieron por otra puerta que conducía a una habitación contigua. Sus voces resonaron, se abrió una tercera puerta y los sonidos se desvanecieron por completo.

Chas Quilter parecía sentirse muy a gusto entre adultos. No demostró el nerviosismo tan típico de los adolescentes en su comportamiento, no se removió inquieto, no adoptó posturas torpes, no intentó entablar conversación.

– Supongo que primero desean ver el colegio. Será mejor que vayamos por aquí -tras despedirse con un movimiento de cabeza de la señora Lockwood, Chas les guió hacia la puerta por la que habían salido los demás estudiantes.

Se abría a una sala de actos vacía, abandonada a juzgar por su aspecto, que olía a cerrado y al polvo adherido a las desastradas cortinas de terciopelo que colgaban del proscenio de un pequeño escenario. Cruzaron el rayado suelo de parquet y salieron por otra puerta al claustro, la parte más antigua del colegio. Ventanas ojivales sin cristales les proporcionaron una amplia vista del patio cuadrangular, con sus cuatro esquinas cubiertas de césped, sus cuatro senderos empedrados con guijarros que se entrecruzaban, la estatua de Enrique Tudor en el centro y, en la esquina más próxima a la capilla, un campanario coronado por una aguja cubierta de suciedad.

– Ésta es la sección de humanidades -dijo Chas, mientras caminaba. Levantó una mano para saludar a tres chicos y una chica que venían en dirección contraria. Sus pasos resonaban sobre el suelo de piedra-. Habéis llegado tarde por quinta vez y os han castigado sin salir durante dos semanas, ¿a que sí?

– Que te den por el culo, Chas -fue la respuesta.

El muchacho sonrió, indiferente, sin prestar atención.

– Los chicos mayores no respetan al prefecto superior -explicó a Lynley, como si no esperase contestación a esta suave autor recriminación. Se limitó a continuar su camino, deteniéndose ante una ventana para explicar la distribución del patio.

Se componía de cuatro edificios. Chas los señaló de uno en uno y definió su función. Toda la estructura este contenía la capilla, a un lado de la entrada principal al colegio, y al otro las oficinas administrativas del tesorero, el conserje y las secretarias, además del estudio del rector y la sala del consejo, compartida por la junta de gobierno y los prefectos del colegio. El edificio sur albergaba la biblioteca, la gran aula que se había utilizado cuando Bredgar Chambers admitió a sus primeros cuarenta y cuatro alumnos, el salón de descanso de los profesores, dónde los docentes comían y recibían el correo, y la cocina. El edificio oeste daba cabida al comedor de los alumnos y a una serie de aulas de humanidades, y el edificio norte, que ahora recorrían, era la sede del departamento de música. Sobre sus cabezas, en la primera planta de todos los cuatro edificios, conectados entre sí por un laberinto de pasillos y portales, se encontraban las aulas destinadas en exclusiva a inglés, ciencias sociales, arte e idiomas.

– Todo lo demás está apartado del patio principal -explicó Chas-. Aulas de teatro y danza, el centro técnico, el edificio de matemáticas, el edificio de ciencias, el pabellón deportivo y la enfermería.

– ¿Y las residencias de los chicos y las chicas?

Chas hizo una mueca y se frotó la sien derecha con la muñeca, como si necesitara disciplinar su cabello.

– Separadas por el patio. Las chicas en la parte sur, los chicos en la norte.

– ¿Qué pasa si ambos sexos se encuentran a escondidas? -preguntó Lynley, interesado en saber cómo las modernas escuelas privadas, en su intento de abrir las puertas a una política de admisiones más liberal, surcaban las aguas traicioneras de la educación mixta.

Los ojos de Chas parpadearon tras sus gafas de montura dorada.

– Supongo que ya lo sabe, señor, o lo adivina. Expulsión. Sin hacer preguntas, por lo general.

– Una sentencia bastante severa -observó Havers.

– Pero difunde el mensaje, ¿no? «El bredgardiano de pura cepa no se libra a conductas sexuales desencaminadas de ningún tipo» -citó Chas con solemnidad-. Página veintitrés del reglamento. La primera página que todo el mundo mira y se salta. Un mero espejismo -sonrió, abrió una puerta y entraron en un pasillo corto, de aspecto más reciente que el resto del edificio-. Iremos por el pabellón de deportes. Es un atajo a la residencia Erebus, donde está el dormitorio de Matthew.

Su entrada en el pabellón deportivo, que parecía muy nuevo, provocó una inoportuna suspensión de la clase de gimnasia que tenía lugar en un trampolín, en el extremo oeste del edificio. El pequeño grupo de alumnos, compuesto por chicos muy jóvenes, se volvió como un solo hombre y les miraron sin hablar. Era decididamente extraño. Lo más normal sería que murmuraran entre sí, se dieran codazos o empellones. Al fin y al cabo, eran niños. Ninguno aparentaba más de trece años. Si alguno de ellos poseía aquella enérgica inquietud tan típica de su edad, no lo demostró. En lugar de ello, clavaron sus ojos en Lynley. Su profesor, un joven vestido con pantalones cortos de gimnasia y jersey, dijo: «Chicos, chicos», pero no le hicieron caso. Lynley casi se imaginó el suspiro de alivio colectivo que lanzaron cuando Havers y él siguieron a Chas Quilter fuera del pabellón y salieron a la sección norte del colegio.

Un sendero de guijarros les condujo más allá del edificio de matemáticas, serpenteó entre el césped, atravesó un pequeño pero encantador bosquecillo de abedules y les depositó en la entrada de alumnos de la residencia Erebus. Como los demás edificios del colegio, Erebus estaba construida con piedra de Ham color miel. Como los demás, el techo era de pizarra y carecía de plantas trepadoras, a excepción de una sola clemátide que colgaba sobre una puerta cerrada en el extremo este del edificio.

– Aquéllas son las dependencias privadas -dijo Chas, siguiendo la dirección de la mirada de Lynley-. Los aposentos del señor Corntel. El alojamiento de los alumnos de tercero está por aquí. -Abrió la puerta y entró.

Para Lynley fue como volver al pasado. Se encontraban en un vestíbulo diferente del que tenía su residencia de Eton, pero los olores eran idénticos. Leche derramada que se había agriado y nunca se había limpiado, tostadas quemadas, olvidadas en la cocina privada de alguien, ropas tiesas de suciedad y que desprendían un repugnante hedor a sudor, y calor emanado del radiador. Estos olores se habían adherido de forma permanente a las molduras, los suelos y el techo. Incluso cuando los muchachos abandonaran la residencia los fines de semana o durante las vacaciones, el olor permanecería.

Que Erebus era una de las residencias más antiguas lo atestiguaba la entrada, chapada de suelo a techo con madera de roble dorada, que en otro tiempo había sido lustrosa. La capa dorada se había ennegrecido con los años, y generaciones de escolares, incapaces de apreciar algo simplemente por su antigüedad, habían contribuido en gran medida a eliminar su brillo. La madera estaba astillada, rota y maltratada.

Los muebles de la entrada, aunque escasos, no se hallaban en mejores condiciones. Una larga y estrecha mesa de refectorio, sobre la cual, al parecer, se depositaba la correspondencia, estaba apoyada contra una pared y exhibía las cicatrices producidas por generaciones de baúles, maletas, cajas de galletas, libros de texto y paquetes enviados desde casa, tirados descuidadamente sobre ella. Muy cerca había dos butacas rellenas, ambas manchadas y sin cojines. Entre ellas, colgaba en la pared un teléfono de monedas; multitud de nombres y números estaban garrapateados en la madera que lo rodeaba. El único elemento de la entrada que podía calificarse remotamente de decorativo era el estandarte de la residencia, que alguien, con buen sentido, había protegido con cristal. También había conocido días mejores, pues se había reducido casi a la transparencia y su imagen no se podía distinguir.

– Se supone que representa a Erebus -explicó Chas, mientras Lynley y Havers examinaban el estandarte en su lugar de honor-. La oscuridad primigenia que surgió del Caos. El hermano de la noche. El padre del día y del cielo. Es imposible deducirlo del estandarte. Está horriblemente descolorido.

– ¿Estudias clásicas? -preguntó Lynley.

– Química, biología e inglés. Todos hemos de saber el significado de los nombres de las residencias. Forma parte de la tradición.

– ¿Cuáles son las demás residencias?

– Mopsus, Ion, Calchus, Eirene y Galatea.

– Una selección interesante, considerando la cantidad de alusiones mitológicas que se pueden elegir. Las dos últimas son para chicas, supongo.

– Sí. Yo estoy en Ion.

– El hijo de Creusa y Apolo. Una historia interesante.

Las gafas de Chas resbalaron sobre su nariz. Las enderezó y sonrió.

– Los de tercer grado viven arriba. La escalera está por aquí -continuó adelante, seguido por Lynley y Havers.

No había nadie en la primera planta del edificio. Recorrieron un estrecho pasillo, cuyo desgastado suelo era de un linóleo marrón. Las paredes estaban pintadas de un verde institucional cubierto de suciedad. Sólo olía a sudor y a humedad. A la altura del techo, tuberías de agua corrían a lo largo del pasillo, bajaban por la pared y desaparecían por un agujero practicado en el suelo. El pasillo estaba flanqueado por puertas. Ninguna tenía cerradura, pero todas estaban cerradas.

Chas se detuvo ante la tercera puerta de la izquierda y llamó una vez.

– Quilter -anunció, entreabriéndola un poco. Echó un rápido vistazo al interior, exclamó «Jesús» y se volvió hacia Lynley y Havers. Su expresión les indicó que algo andaba mal. Hizo lo que pudo por disimular su momentánea turbación, alzando la mano en un ademán de disculpa-. Ésta es. Lo siento muchísimo. Cuesta creer que cuatro chicos puedan… Bien, véanlo por ustedes mismos.

Lynley y Havers entraron. Chas se quedó en la puerta.

Una gran confusión reinaba en el cuarto: libros y revistas tirados por todas partes, papeles diseminados sobre el suelo, cubos de basura sin vaciar, camas deshechas, aparadores abiertos, cajones llenos hasta rebosar, ropas esparcidas en tres de los cuatro compartimientos. O bien se había efectuado un apresurado registro hacía poco, o el prefecto de la residencia responsable de que los muchachos mantuvieran el orden no hacía nada para que respetaran las ordenanzas.

Lynley reflexionó sobre cuál de las dos posibilidades era más verosímil. Mientras tanto, vio que Chas salía del dormitorio, le oyó abrir y cerrar puertas, oyó sus murmullos de incredulidad y supo la respuesta.

– ¿Sabemos cómo se llama el prefecto de la residencia, sargento?

Havers abrió su cuaderno, leyó y continuó pasando las páginas.

– John Corntel dijo que era… Ya lo tengo. Brian Byrne. ¿Es el responsable de esto, señor?

– Yo más bien diría el irresponsable. A ver si encontramos algo.

El dormitorio estaba dividido en dos compartimientos, definidos cada uno por tabiques de conglomerado pintados de blanco y que se alzaban a un metro y medio del suelo, proporcionando cierto grado de intimidad. El muy limitado espacio del compartimiento contenía una cama, con dos cajones practicados en el armazón inferior, un armario con el nombre del ocupante del compartimiento fijado con celo, y cualquier decoración mural que el muchacho eligiera para afirmar su propiedad.

Resultaba intrigante comprobar la diferencia entre lo que Matthew Whateley había clavado en sus paredes y lo que habían escogido los otros chicos. En el compartimiento que pertenecía a un tal Wedge colgaba una colección de carteles de música rock, que revelaba unas aficiones musicales bastante eclécticas. U2, los Eurythmics, El muro de Pink Floyd, Prince, coexistían con añejas fotografías de los Beatles, los Byrds, y Peter, Paul and Mary. En el compartimiento de Arlen, bellezas en trajes de baño muy sugerentes posaban con languidez, rodeadas de arena, o caminaban a grandes zancadas sobre las dunas, como amazonas, arqueándose para marcar sus duros pezones, salpicadas por espuma de las olas, en una explícita referencia freudiana. Smythe-Andrews, el ocupante del tercer nicho, había coleccionado fotogramas de las escenas más espeluznantes de Alien, que plasmaban el final violento de los protagonistas con todo lujo de detalles, incluyendo los estómagos despanzurrados. También aparecía el propio monstruo, una combinación de sierra de cadena, mantis religiosa y el ser que surgía del aparato del científico en La mosca.

El cuarto compartimiento, junto a la ventana, pertenecía a Matthew Whateley. Había elegido como decoración fotos de locomotoras (a vapor, Diesel y eléctricas), pertenecientes a varios países. Lynley las contempló con curiosidad. Estaban dispuestas en pulcras filas sobre la cama. En una de ellas se había escrito «chu-chú, puf-puf», una extraña inscripción para un chico crecido.

– Menos maduro que los demás niños -dijo Havers, desde el centro de la habitación-. Todo lo demás parece típico de un chico normal de trece años.

– Suponiendo que a los trece años haya alguien normal -replicó Lynley.

– Muy cierto. ¿Qué colgaba en su habitación a los trece años, inspector?

Lynley se puso las gafas para examinar las ropas de Matthew.

– Reproducciones de la primera época del Renacimiento. Tenía una juvenil devoción por Fra Angélico.

– Váyase a tomar por el culo -rió ella.

– ¿Duda de mí, sargento?

– Por completo.

– Ah. Bien, venga a ver qué deduce de todo esto.

Barbara se reunió con él en los apretados confines del compartimiento de Matthew, donde Lynley había abierto el armario. Como todo lo demás, estaba hecho de conglomerado, pintado de blanco y, en consonancia con la atmósfera monacal de Bredgar Chambers, sólo contenía dos anaqueles y ocho colgadores para las prendas de vestir. En los primeros había tres camisas blancas limpias, cuatro suéteres de diversos colores, tres jerséis y un montón de camisetas. De los segundos colgaban pantalones para el colegio y de deporte. En el suelo del armario había zapatos de vestir, bambas y zapatos de deporte. Las prendas que utilizaba para jugar en el equipo formaban un confuso montón.

Lynley observó que Havers tomaba nota de todo y llegaba a una conclusión.

– El uniforme del colegio no está aquí. Eso quiere decir que si huyó, lo hizo vestido con él.

– Muy extraño, ¿no cree? -indicó Lynley-. Huir, desafiando claramente el reglamento del colegio, llevando algo que le identificaría al instante como alumno de Bredgar Chambers. ¿Por qué supone que lo haría?

Havers frunció el ceño y se humedeció el labio inferior.

– Recibió un mensaje inesperado… Hay un teléfono en la entrada, ¿no? Cualquiera pudo haberle llamado. Sintió la necesidad de largarse cuanto antes, sin más dilación.

– Es una posibilidad -admitió Lynley-. Sólo que tener en su poder una hoja de dispensa para no jugar a hockey aquella tarde parece sugerir que lo había planeado.

– Sí, tiene razón -Havers sacó unos pantalones del armario y los examinó con aire ausente-. En tal caso, yo pensaría que deseaba ser visto. Deseaba que le cogieran. Tal vez se puso el uniforme para que le identificaran.

– ¿Para que la persona con la que se iba a encontrar supiera quién era?

– Tiene sentido, ¿no?

Lynley registró los cajones que había debajo de la cama. Mientras lo hacía, vio que Chas Quilter volvía al dormitorio. Entró y permaneció de pie, vigilante, con las manos en los bolsillos. Lynley le ignoró de momento, fascinado por lo que los cajones revelaban acerca de Matthew Whateley y, sobre todo, acerca de su madre.

– Havers -dijo Lynley-. Acérqueme unos pantalones y un suéter, por favor. Cualquiera servirá.

Ella obedeció y Lynley los extendió sobre la cama. Sacó unos calcetines a juego del cajón y retrocedió, examinando el conjunto que había creado.

– Ella puso el nombre en todo -dijo Havers-. Tal como sin duda exige el colegio, pero observe qué más hizo por el muchacho -dio la vuelta a un calcetín, descubriendo los números 3, 4 y 7 cosidos en el tejido. Cogió los pantalones, y en la parte interna del cinturón, junto con el nombre del chico, había el número 3. También vio el 3 en el cuello del suéter. Otro par de pantalones estaba marcado con un 7.

– ¿Cosió los números para que supiera conjuntar las prendas? -preguntó Havers con desagrado-. Me pone la piel de gallina, señor. Trenes en las paredes e instrucciones de mamá en la ropa.

– Eso nos dice algo, ¿verdad?

– Me dice que Matthew Whateley debía de ser tan bueno como reprimido. Suponiendo que fuera consciente de ello. ¿Fue idea de sus padres que viniera a este lugar, inspector?

– Eso parece.

– Querían que el pequeño Matt estuviera a la altura de los pisaverdes que encontraría en su nuevo colegio. No debía cometer errores, si quería alcanzar el éxito social, empezando a los trece años con las ropas numeradas para que se vistiera correctamente. No me extraña que se largara.

Lynley estaba pensativo, meditando sobre los números. Devolvió las prendas a su sitio y pidió al prefecto superior que verificara si la indumentaria exigida para el colegio se hallaba presente en el armario de Matthew Whateley. Chas se acercó e indicó que, a excepción del uniforme, todo estaba allí. Lynley cerró el armario y los cajones.

– Aquí no se puede estudiar. ¿Hay alguna sala en el edificio donde los chicos puedan preparar las clases?

Chas asintió. Parecía incómodo y, tal vez, como representante del colegio, ansioso por excusar el caótico estado en que había encontrado el dormitorio. Como otras personas que Lynley había conocido durante sus años de policía, Chas alivió la tensión que le embargaba por medio de una momentánea locuacidad, proporcionando información que no le habían pedido, pero que era, en sí misma, reveladora.

– Si le interesa verla, hay una sala en el pasillo, señor. En cada planta de la residencia viven, como mínimo, de tres a cinco chicos mayores. Son de sexto superior, y se supone que entienden la necesidad del orden y se encargan de que los chicos más pequeños lo mantengan. También se supone que el prefecto de la residencia se ocupa de que los chicos mayores bajo su mando vigilen los dormitorios que les han sido asignados. Y las salas de estudio -sonrió sin ganas-. Dios sabe en qué condiciones encontraremos la sala de estudios.

– Da la impresión de que el sistema se haya venido un poco abajo en la residencia Erebus -concluyó Lynley.

Mientras seguían a Chas Quilter hasta un segundo pasillo, tras atravesar una puerta, Lynley admitió la única conclusión a la que se podía llegar, basándose en la información que Chas les acababa de suministrar. De hecho, los chicos mayores eran responsables de que los chicos más pequeños mantuvieran la disciplina. De hecho, el prefecto de la residencia era responsable de que los chicos mayores cumplieran su cometido. Pero el prefecto superior, Chas Quilter en persona, era responsable de que todo el esquema funcionara a la perfección. Si el esquema no funcionaba, había muchas posibilidades de que Chas Quilter fuera el origen del problema.

Chas, que se había adelantado unos metros, abrió una puerta.

– Los chicos de Erebus que cursan tercero preparan las clases aquí -dijo-. Cada uno tiene un escritorio y un estante. Nosotros les llamamos «pesebres».

La sala de estudios no presentaba mejores condiciones que el dormitorio y, al igual que en la entrada a la residencia Erebus, se adivinaba el peso de los años. Vagos olores flotaban en el aire: un trozo olvidado de comida descompuesta, un bote de cola abierto, ropas apresuradamente desechadas que necesitaban un lavado. El suelo de madera dura, carente de alfombra, estaba manchado de tinta y, en algunos puntos, de grasa, allí donde había caído comida introducida contraviniendo las reglas. Las paredes estaban chapadas de pino nudoso oscuro, y los huecos que no estaban cubiertos de carteles mostraban profundas estrías. Lo mismo pasaba con las zonas de estudio, los pesebres, como Chas los había llamado. Estaban dispuestas a lo largo de las cuatro paredes de la sala y era evidente que el tiempo se había ensañado con ellas.

Se parecían mucho a bancos de iglesia de respaldo alto, con asientos de madera sin acolchar de un metro veinte de largo. Estos asientos se hallaban encarados a un estante ancho, bajo el cual un solo cajón hacía las veces de escritorio. Encima había dos estantes más estrechos para colocar los libros. Como en el dormitorio, cada estudiante había intentado dotar de personalidad al pesebre. Postales, fotografías y pegatinas de vivos colores cubrían la superficie de cada uno, y cuando un ocupante anterior había dejado una huella demasiado permanente, el actual propietario se había limitado a arrancarla, dejando marcas de goma y papel, de forma que aparecía una mano desprovista de cuerpo por aquí, parte de un rostro por allí, letras de una palabra, la rueda de un vehículo. Por todas partes, inquietos dedos de trece años habían atacado una madera que tenía siglos de edad. Por todas partes, cuerpos jóvenes habían desprendido el barniz, y grandes manchas pálidas se habían abierto paso a través de la laca oscura y protectora.

El pesebre de Matthew Whateley, al igual que el compartimiento de su dormitorio, no estaba decorado como el de los demás chicos. Ni carteles de rock and roll, ni estrellas de cine, ni núbiles jovencitas en atavíos sugerentes, ni codiciados automóviles, ni fotografías que plasmaban proezas atléticas. Nada de nada, a excepción de una instantánea de dos niños acuclillados, manchados de barro, a orillas del Támesis, en la fase de marea baja, con el puente de Hammersmith al fondo. Uno de los niños era un sonriente Matthew, que hundía en el barro un palo largo y curvo. El otro era una risueña chica negra descalza, cuyo cabello le caía sobre los hombros en docenas de hermosas trenzas sujetas con abalorios. Ivonne Livesley, pensó Lynley, la amiguita de Matthew. Examinó la foto y puso de nuevo en entredicho la afirmación de Kevin Whateley, en el sentido de que Matthew no había huido de la escuela para ver a la muchacha. Era encantadora.

Entregó la foto a la sargento Havers, que la guardó en su cuaderno sin una palabra. Lynley se caló las gafas e inspeccionó los libros de texto de Matthew. Las materias académicas de costumbre, que englobaban inglés, matemáticas, geografía, historia, biología, química y, en consonancia con el espíritu del colegio, religión.

Sobre el escritorio había un deber de matemáticas sin terminar y, al lado, tres cuadernos de espiral. Lynley dio la mitad a Havers y se quedó la otra. Se sentó en el pesebre de Matthew, bastante estrecho para un hombre de su estatura, mientras Havers desaparecía en el de delante. Chas se acercó a la ventana, la abrió y miró al exterior.

Afuera, una voz gritó y otra respondió. Varios chicos rieron. Sin embargo, en la sala de estudios sólo se oía el sonido de los libros que se abrían, las páginas que se pasaban y los cuadernos que se inspeccionaban. Un trabajo tedioso, concienzudo, absolutamente necesario.

– Aquí hay algo, señor -dijo Havers. Le tendió por encima del pesebre una libreta de espiral. Contenía una especie de carta, obviamente un borrador, pues se había tachado varias palabras para sustituirlas por otras más precisas.

Lynley la leyó.

Querida Jeanne (tachado) Jean: Me gustaría darte las gracias por la cena del pasado jueves. No debes preocuparte porque llegara muy tarde, porque sé que el chico que me vio no dirá nada. ¡Sigo creyendo (tachado) pensando que podría ganar a tu padre al ajedrez si me diera más tiempo para pensar los movimientos! No entiendo cómo logra anticiparse tanto, pero la próxima vez lo haré mejor. Muchísimas gracias de nuevo.

Lynley se quitó las gafas y miró hacia la ventana donde Chas Quilter seguía manteniendo las distancias.

– Matthew escribió una carta a una chica llamada Jean -dijo-. Con la que cenó un martes, pero no hay forma de adivinar qué martes, porque la carta no lleva fecha. ¿Sabes quién puede ser esa tal Jean?

Chas frunció el ceño. Tardó bastante en contestar y, cuando lo hizo, excusó su tardanza.

– Intentaba recordar los nombres de las esposas de los profesores. Lo más probable es que sea una de ellas.

– No parece muy probable que se tuteara con una de las esposas, ¿no crees? ¿O es lo normal aquí?

Chas admitió que no y se disculpó con un encogimiento de hombros.

– También dice que volvió tarde y que un chico le vio, pero que no dirá nada. ¿Cómo lo interpretas?

– Que salió después del toque de queda.

– ¿No se trata de algo que el prefecto de la residencia debería saber?

Chas parecía inquieto. Se miró las puntas de los zapatos antes de responder.

– Debería. Sí. Las camas suelen inspeccionarse todas las noches.

– ¿Suelen?

– Siempre. Cada noche.

– Por lo tanto, alguien, uno de los chicos mayores o el prefecto de la residencia, tendría que haber informado sobre la ausencia de Matthew, si no se encontraba en su dormitorio después del toque de queda. ¿No es cierto?

Chas vaciló de forma muy acusada.

– Sí, alguien debería haber advertido que no estaba en Erebus.

No mencionó de quién era la culpa, pero Lynley no pasó por alto el hecho de que, tanto John Corntel como Chas Quilter ahora, parecían decididos a proteger al prefecto de la residencia Erebus, Brian Byrne.

John Corntel sabía que la policía estaba en el colegio. Todo el mundo lo sabía. Aunque no hubiera visto a Lynley entrar en la capilla aquella mañana, habría reparado en el Bentley plateado aparcado en el camino privado y, en consecuencia, sumado dos y dos. La policía no solía llegar en medios de transporte tan fastuosos, pero la mayoría de los policías tampoco llevaban una segunda vida como condes.

En el salón de descanso de los profesores, situado en el lado sur del patio, Corntel contemplaba las últimas gotas de café que caían en su taza. Intentó expulsar de su mente todas las imágenes que amenazaban con quebrar la frágil serenidad que había logrado conservar a lo largo del día. Su mente bullía de «si al menos…». Si al menos hubiera telefoneado a los Morant para asegurarse de que Matthew se encontraba entre los invitados de su hijo; si al menos hubiera pensado en acompañar al niño personalmente; si al menos hubiera hablado con Brian Byrne para asegurarse de que Brian había pasado revista a todos los chicos; si al menos hubiera visitado el dormitorio con más frecuencia, en lugar de dejarlo en manos de los chicos mayores; si al menos no hubiera estado preocupado… mortificado… con la sensación de estar atrapado, desnudo, absolutamente humillado…

Sobre la mesa, aparte de la cafetera, quedaban los restos del desayuno de los profesores, una bandeja de plata que contenía tres filas de tostadas frías, huevos gelatinosos, cinco lonjas de bacón cuya grasa desprendía un brillo iridiscente, cereales, un cuenco lleno de pomelo en almíbar y una fuente de plátanos. Corntel cerró los ojos ante semejante visión, sintió que su estómago se revolvía y suplicó a su cuerpo que colaborase. No recordaba la última vez que había comido algo sólido. Tal vez el viernes por la noche había tomado algo, pero, desde entonces, nada. Le había resultado imposible.

Levantó la cabeza para mirar por la ventana. Al otro lado de una extensión de césped vio a los alumnos que trabajaban en un aula del centro técnico, perforando, machacando y cincelando, demostración práctica de la filosofía de Bredgar Chambers, en el sentido de que debía estimularse rigurosamente el ansia creativa de todo niño. El centro, construido menos de diez años atrás, había motivado agrias controversias en el campus. Los enseñantes estaban divididos en cuanto a la conveniencia de un lugar así para Bredgar Chambers. Algunos aducían que proporcionaba a los alumnos una necesaria liberación de las energías reprimidas por un entorno puramente académico. Otros afirmaban que las actividades deportivas y sociales de las tardes permitían esa liberación, mientras que un centro técnico sólo hacía que estimular un «elemento de distorsión» a la hora de que los padres se decantasen por el colegio. Corntel sonrió con sarcasmo al pensar en esto. La mera presencia de un edificio en el que los alumnos jugaban con madera, fibra de vidrio, metal y aparatos electrónicos apenas había alterado una política no escrita de admisiones aplicada durante quinientos años y apoyada por todos los rectores. El programa del colegio defendía, en teoría, un enfoque igualitario de la educación. La realidad era muy diferente, o al menos lo había sido hasta la llegada de Matthew Whateley.

Corntel no deseaba pensar en el muchacho. Le apartó de su mente. Sin embargo, en lugar de Matthew -como si estuviera allí para agitar un dedo recriminador ante los errores de Corntel-. Apareció su padre, rector de uno de los colegios privados más prestigiosos del país, enraizado en la tradición y entregado en cuerpo y alma a la delimitación de fronteras. En él no había centros técnicos.

– ¡Director de residencia! -había rugido su aprobación Patrick Corntel por teléfono, como si, en lugar de estar hablando desde una distancia inferior a ciento cincuenta kilómetros, lo hicieran desde países lejanos-. ¡Así se hace, Johnny! ¡Director de residencia y jefe del departamento de Inglés! ¡Por Cristo! El próximo paso es subdirector, muchacho. Concédete un par de años más. ¡No te pudras en el puesto!

«No te pudras en el puesto» era el credo que había definido la carrera de su padre, empujándole sin descanso de un colegio a otro durante veinte años hasta lograr lo que ansiaba, el puesto de rector, el puesto que también deseaba para su hijo.

– No cedas ni un milímetro, Johnny. Cuando esté dispuesto a jubilarme, quiero que tú me sustituyas aquí, en Summerston, pero has de prepararte, muchacho. Has de acumular un buen historial, así que empieza a mirar, empieza a husmear. El próximo paso es subdirector, ¿me has oído? Subdirector. Mantendré los oídos alerta, y si me entero de algo…

Corntel había replicado, obediente, «sí, padre, subdirector, lo que tú digas». Era más fácil que discutir, y mucho más fácil que decir la verdad. Director de Erebus era lo máximo que iba a conseguir. Jefe del departamento de Inglés era el pináculo de su carrera. La necesidad de demostrar su valía ante él mismo o los demás no le acuciaba. Otras necesidades le acuciaban. Y no eran las mismas.

– ¿Saldando deudas, John?

Corntel se sobresaltó al oír una voz tan cercana y levantó la vista, descubriendo que Cowfrey Pitt, el profesor de alemán y jefe del departamento de idiomas, había entrado mientras él meditaba. El aspecto de Pitt era espantoso. Tenía el cabello cubierto de caspa, no se había afeitado bien, ni tampoco había eliminado el vello que brotaba como una mala hierba de su fosa nasal derecha. Llevaba descosida la costura de una manga y no se había limpiado las manchas de tiza que decoraban su traje gris.

– ¿Cómo dices? -Corntel añadió azúcar y leche al café.

Pitt se inclinó y habló en voz baja y amistosa, como si compartieran un secreto.

– He dicho, «¿saldando viejas deudas?». El tipo ese de Scotland Yard es un antiguo compañero de colegio, ¿no?

Corntel retrocedió un paso, dedicando su atención a la bandeja de huevos, como si tuviera la intención de coger uno.

– Las noticias vuelan -contestó.

– Ayer te largaste a Londres. Pregunté por qué. Te guardaré el secreto, no te preocupes -Pitt cogió una tostada y la mordisqueó. Se apoyó en la mesa y sonrió a su colega.

– ¿Me guardarás el secreto? Creo que no te entiendo.

– Vamos, vamos, John. No te hagas el inocente conmigo. El chico estaba bajo tu responsabilidad, ¿no?

– Al igual que las chicas de la residencia Galatea son responsabilidad tuya -dijo Corntel-. Pero yo diría que no tardas en absolverte de toda culpa cuando se meten en líos, ¿verdad?

– Te revuelves como gato panza arriba, por lo que veo -sonrió Pitt.

Se secó los dedos en la toga y eligió otra tostada y una lonja de bacón. Sus ojos se posaron en los huevos, como si desfalleciera de hambre. Corntel se dio cuenta y, a pesar del desagrado que sentía por el profesor de alemán, experimentó una fugaz e involuntaria compasión. Sabía que Pitt nunca entraba en la sala de los maestros cuando se servía el desayuno, cuando la comida estaba caliente. Era una cuestión de orgullo. Entrar en la sala de los maestros en busca de comida caliente significaría admitir abiertamente que la vida en los aposentos privados de la residencia Galatea era tan intolerable para Pitt que se sentía incapaz de desayunar allí. Y Pitt no quería admitirlo, como tampoco quería admitir que su esposa continuaba en la cama en este momento, dormida profundamente, tras su parranda habitual de los domingos por la noche. La compasión de Corntel se disipó en cuanto Pitt continuó hablando.

– Supongo que todo esto te está jodiendo de mala manera, John. Cuentas con mi apoyo, desde luego, pero, al fin y al cabo, ¿no pensaste en llamar a los Morant para verificar que los seis chicos invitados habían llegado sanos y salvos? Es el procedimiento habitual. Al menos, en mi caso.

– No pensé…

– ¿Y por qué no fuiste a la enfermería? Un chico se siente indispuesto y ni siquiera se te ocurrió pasarte y ponerle la mano en la frente. ¿O es que -sonrió Pitt- estabas demasiado ocupado, poniendo la mano en otro sitio?

Una repentina furia hizo trizas la serenidad forzada de Corntel.

– Sabes muy bien que la enfermería no me dijo ni palabra. Pero a ti sí, ¿verdad? ¿Qué hiciste cuando encontraste la hoja de dispensa de Matthew Whateley en tu casillero? Ibas a arbitrar el partido de hockey el viernes por la tarde, ¿no? ¿Fuiste a ver qué le ocurría, Cowfrey, o pasaste de todo, aceptando la dispensa sin más ni más?

Pitt ni se inmutó.

– No me digas que necesitas echarme las culpas -sus ojos verde grisáceos, de reptil, se desviaron de Corntel para tomar rápida nota de quién había en la sala. Estaba desierta, pero, pese a ello, bajó la voz en tono confidencial-. Ambos sabemos quién era el responsable de Matthew, ¿verdad, John? Puedes decir a la policía que yo vi la hoja de dispensa y no hice nada por comprobar su autenticidad. Te doy permiso, de hecho, pero no creo que tenga nada que ver con el crimen. ¿Y tú?

– ¿Te atreves a insinuar que…?

Una sonrisa iluminó el rostro de Pitt cuando miró más allá del hombro izquierdo de Corntel.

– Buenos días, señor rector.

Corntel se volvió y vio que Alan Lockwood contemplaba su intercambio de palabras desde el umbral de la puerta. Les miró de arriba abajo antes de acercarse, con un aleteo de la toga.

– Procure mejorar su apariencia, señor Pitt -dijo Lockwood, consultando un horario que sacó del bolsillo de la chaqueta-. Tiene clase dentro de media hora. Le queda tiempo suficiente para asearse. ¿No se ha dado cuenta de que parece un vagabundo? La policía ha llegado al campus. Es posible que la junta de gobierno se reúna antes de mediodía, y ya tengo bastantes problemas como para preocuparme por la falta de interés de mis profesores por su aseo personal. Haga algo. ¿Está claro?

La expresión de Pitt se endureció.

– Perfectamente -contestó.

Alan Lockwood se marchó, despidiéndose con un movimiento de cabeza.

– Pobre diablo -murmuró Pitt-. Menudo ejemplo de rector que nos da nuestro Alan. Qué magnífica demostración de poder. Qué hombre. Qué Dios. Pero rasca un poco en la superficie y verás quién ejerce el control. El pequeño Matt Whateley lo demostró.

– ¿De qué estás hablando, Cowfrey? -la cólera de Corntel dio paso a la irritación, aunque comprendió demasiado tarde que había caído de nuevo en las garras de Pitt.

– ¿De qué estoy hablando? -repitió Pitt, con una sonrisa artificial-. Vaya, vaya, estás fuera de juego, ¿eh, Johnny? ¿En qué has estado tan ocupado que no te has enterado de las últimas habladurías del colegio? ¿Debería saber algo de tu vida privada, o tal vez debería adivinarlo?

La cólera regresó. Corntel se marchó.

Capítulo 7

Lynley decidió reunirse con los tres compañeros de cuarto de Matthew Whateley en el dormitorio que habían compartido. Cuando Chas Quilter les hizo entrar, cada uno se dirigió de inmediato a su propio compartimiento, como animales que trataran de ponerse a salvo. Dio la impresión de que procuraban no intercambiar miradas, pero dos no tardaron en clavar la vista en el prefecto superior, que les siguió al interior de la habitación y se quedó de pie, como antes, cerca de la puerta.

Al observar el contraste entre Chas y los muchachos, Lynley comprendió que había olvidado los grandes cambios que tienen lugar entre los trece y los dieciocho años. Chas se había desarrollado por completo, era un hombre mientras que los muchachos todavía poseían la blandura de la niñez: mejillas redondeadas, piel sedosa, barbillas indefinidas. La forma en que se habían sentado, cada uno en el borde de su cama, sugería cautela, y Lynley supuso que estaba más relacionada con la presencia del prefecto superior que de la policía. La presencia física de Chas bastaba para intimidar a chicos cinco años menores que él. La importancia del cargo que ocupaba en el colegio no contribuía a suavizar la situación.

– Sargento -dijo Lynley a Havers, que había abierto como un autómata su cuaderno, de cara al inminente interrogatorio-. ¿Quiere hacer el favor de terminar la inspección del colegio por mí? Interior y exterior -vio que la boca de Barbara iba a pronunciar una automática referencia al procedimiento policial y legal, pero se apresuró a interrumpirla-. Encárguese de que Chas le enseñe todo, por favor.

Havers le entendió al instante y procuró que la expresión de su cara no la traicionara. Asintió con la cabeza y acompañó al prefecto fuera de su habitación, dejando solo a Lynley con Wedge, Arlens y Smythe-Andrews. Les examinó con detenimiento. Eran chicos apuestos, vestidos impecablemente con pantalones grises, camisas de un blanco inmaculado, suéteres amarillos y corbatas a rayas azules y amarillas. Wedge parecía el más seguro de los tres. En cuanto el prefecto superior se marchó, dejó de contemplar el descolorido linóleo del suelo. Parecía confiado y dispuesto a conversar, como si su colección de carteles de rock and roll le prestara apoyo. Los otros dos parecían apocados. Arlens concentraba toda su atención en la bañista acariciada por las olas, en tanto Smythe-Andrews se removía inquieto en su cama, taladrando el tacón del zapato con la punta de un lápiz.

– Por lo visto, Matthew Whateley se fugó del colegio -dijo Lynley, sentándose en el borde de la cama que Matthew ocupaba. Se inclinó hacia ellos, los brazos apoyados en sus piernas y las manos enlazadas frente a él, como una estatua que simbolizara la serenidad-. ¿Tenéis alguna idea del motivo?

Los muchachos intercambiaron miradas furtivas.

– ¿Cómo era? -preguntó Lynley-. ¿Wedge?

– Un tío cojonudo -respondió Wedge, clavando la mirada en el rostro de Lynley, como si este detalle bastara para confirmar su aseveración-. Matt era un tío legal.

– Sabes que ha muerto, por lo tanto.

– Todo el colegio sabe que ha muerto, señor.

– ¿Cómo lo supisteis?

– Nos enteramos esta mañana durante el desayuno, señor.

– ¿Quién os lo dijo?

Wedge se pellizcó la palma.

– No lo sé. Se propagó por la mesa. «Matt ha muerto. Whateley ha muerto. Un chico de Erebus ha muerto.» No sé quién empezó.

– ¿Te sorprendió?

– Pensé que era una broma.

Lynley miró a los otros chicos.

– ¿Vosotros también pensasteis que era una broma?

Auspiciados por Wedge, ambos asintieron con solemnidad. Wedge volvió a hablar.

– Son cosas que nadie se espera.

– Pero Matthew no aparecía desde el viernes. Tenía que haberle pasado algo. No debió de ser tan sorprendente.

Arlens se mordió la uña del dedo índice.

– Iba a pasar el fin de semana con Harry Morant, señor, y otros chicos de la residencia Calchus… Harry vive ahí, señor. Pensamos que Matt se había ido con ellos a las Costwolds. Tenía permiso. Todo el mundo sabía… -Arlens vaciló, como si hubiera hablado demasiado. Bajó la cabeza y siguió mordiéndose la uña.

– Todo el mundo sabía qué -preguntó Lynley.

Wedge tomó la iniciativa. Habló con sorprendente paciencia.

– Todo el mundo sabía que Harry Morant se iba a pasar el fin de semana a su casa con cinco chicos. Harry lo anunció como un gran acontecimiento a todos, como si fuera algo especial y sólo invitara a un reducido grupo de elegidos. Harry es así -concluyó sagazmente Wedge-. Le hace sentirse importante.

Lynley observó que Smythe-Andrews aguijoneaba sin cesar su zapato. Su expresión era hosca.

– ¿Todos los demás chicos que iban a pasar el fin de semana eran de Calchus? ¿Cómo es que Matthew les conocía tan bien?

Al principio, ninguno de los muchachos respondió, pero tampoco pudieron ocultar que la respuesta a la pregunta era sencilla y directa, que todos la sabían y que se resistían a revelarla. Lynley pensó en su entrevista con los padres de Matthew, y en sus repetidas afirmaciones de que su hijo se hallaba a gusto en Bredgar Chambers.

– ¿Matthew era feliz aquí? -reparó en que Smythe-Andrews cesaba bruscamente de mover el lápiz.

– ¿Y quién es feliz aquí? -replicó el muchacho-. Estamos aquí porque nuestros padres nos enviaron. Matt no era diferente.

– Pues yo creo que sí, ¿no te parece? -dijo Lynley. Tampoco obtuvo respuesta esta vez, pero vio que Arlens y Wedge intercambiaban una breve mirada-. Fijaos en lo que colgó en sus paredes.

– Era un tío legal -protestó Wedge.

– ¿Y se fugó?

– Era muy suyo -dijo Arlens.

– Era diferente -observó Lynley.

– Los chicos no replicaron. Su decidida reserva era como un asentimiento. Matthew Whateley había sido diferente, pero Lynley intuyó que la diferencia sobrepasaba con mucho las fotos colgadas en la pared. Derivaba de su entorno social, del barrio donde había pasado su niñez, de su acento, de sus méritos, de los amigos que elegía. El chico estaba fuera de lugar en este ambiente, y todos lo sabían.

Concentró su atención en Arlens.

– ¿A qué te referías cuando has dicho que era muy suyo?

– Sólo que… Bueno, las tradiciones no le importaban.

– ¿Qué clase de tradiciones?

– Cosas que hacemos. Ya sabe, cosas. Cosas del colegio.

– ¿Cosas del colegio?

Wedge, que parecía exasperado, miró a Arlens con el entrecejo fruncido.

– Tonterías, señor, como que todo el mundo graba su nombre en el campanario. Se supone que está cerrado con llave, pero la cerradura se rompió hace siglos, y todo el mundo…, los chicos, las chicas no, sube y graba su nombre en la pared de dentro. Y también echa una calada, si le apetece.

La información suministrada por Wedge pareció soltar la lengua de Arlens.

– Y busca hongos mágicos -añadió con una sonrisa.

– ¿Hay drogas en el colegio?

Arlens se encogió de hombros, tal vez apaciguado por su involuntaria admisión. Lynley interpretó el gesto como una negativa, y continuó.

– Pero has dicho hongos mágicos.

Wedge tomó de nuevo la iniciativa de la conversación.

– Es un juego. Consiste en salir de noche con una linterna y una manta sobre la cabeza para coger hongos mágicos. Nunca comemos. No creo que nadie haya comido jamás, pero a la basca le gusta guardarlos.

– Matt no estaba interesado en ese tipo de cosas.

– ¿Estaba por encima?

– No le interesaba, sencillamente.

– Le interesaba la Sociedad de Trenes a Escala -aclaró Arlens.

Los demás chicos le miraron. Por lo visto, interesarse en trenes a escala era un poco infantil para este grupo.

– Y las clases -indicó Wedge-. Se tomaba muy en serio todo lo relativo al colegio.

– Y a sus trenes -insistió Arlens.

– ¿Conocisteis alguna vez a sus padres? -preguntó Lynley.

Se produjo un arrastrar de pies y una agitación en las camas muy elocuente, en este sentido.

– Hay un día dedicado a la visita de los padres, ¿verdad? ¿Les conocisteis?

Smythe-Andrews habló sin levantar la vista de su zapato.

– La madre de Matt trabajaba en una taberna. Su padre talla lápidas en las afueras de Londres. Matt no lo ocultaba, como harían otros chicos. No le importaba. Era como si quisiera que todos lo supieran.

Al oír las palabras y observar la reacción de los muchachos, Lynley se preguntó si los colegios habían cambiado un ápice. Se preguntó, de hecho, si su sociedad había cambiado. En este nuevo siglo de las luces, todo el mundo pregonaba de boquilla el fin de las barreras de clase, pero ¿hasta qué punto eran sinceras aquellas declaraciones de igualdad, en una civilización que había juzgado durante generaciones la valía de un hombre por su acento, su cuna, la antigüedad de su dinero, los clubs a los que pertenecía y las personas a las que llamaba amigos? ¿En qué pensaban los padres de Matthew Whateley cuando enviaron a su hijo a un colegio como Bredgar Chambers, aunque fuera becado?

– Matthew estaba escribiendo una carta a una chica llamada Jean. ¿Sabéis quién es? Había cenado con ella.

Los chicos negaron con la cabeza al unísono. Su confusión parecía auténtica. Lynley sacó su reloj de cadena, consultó la hora y les hizo una pregunta final.

– Los padres de Matthew no creen que se fugara del colegio. ¿Vosotros sí?

Fue Smythe-Andrews quien contestó en nombre de todos. Lanzó una sola carcajada, que sonó a caballo entre un aullido y un sollozo.

– Todos nos fugaríamos de este lugar si tuviéramos las pelotas necesarias -dijo con amargura-. U otro sitio adónde ir.

– ¿Matthew tenía un sitio al que ir?

– Eso parece.

– Tal vez sólo se lo imaginó. Tal vez pensó que huía hacia la salvación, cuando en realidad huía hacia su muerte. Le ataron de pies y manos. Y también le torturaron. Lo que él consideraba su salvación, resultó ser en realidad…

Se escuchó un golpe sordo en uno de los compartimientos. Arlens había perdido el conocimiento y caído al suelo.

Era la hora de historia. Harry Morant sabía que debía asistir a la clase, máxime cuando formaba parte de un grupo que iba a exponer esta misma mañana. Le echarían en falta. Ordenarían que se le buscara. A Harry le traía sin cuidado. Todo le traía sin cuidado ya. Matthew Whateley estaba muerto. Las cosas habían cambiado. El peso del poder había variado. Lo había perdido todo. Tras meses de terror, se había sentido increíblemente a salvo durante una temporada. Durante tres breves semanas había sabido lo que significaba caer dormido sin el temor a ser despertado brutalmente, a ser arrancado de la cama y arrojado al suelo, a aquella suave voz que mascullaba «¿Quieres un buen revolcón, maricona? ¿Quieres un revolcón? ¿Quieres un revolcón?», a aquellas veloces bofetadas en la cara, que jamás dejaban señal, a aquellas manos, que aferraban, apretaban y pellizcaban su cuerpo, a ser conducido por un oscuro pasillo hasta el lavabo, donde ardía una vela y un váter hedía a excrementos y orina y la voz decía «esta noche te vas a lavar con mierda… ¿Todavía quieres ser descarado?». Y a ser zambullido después en la repulsiva mezcla, intentando contener los chillidos, intentando contener los vómitos, y fracasando por igual en ambas empresas.

Harry no podía comprender por qué le habían elegido a él, pues había hecho todo cuanto era de esperar en Bredgar Chambers. Sus hermanos mayores habían ido al colegio y le habían explicado de antemano a Harry lo que debía hacer para encajar bien. Lo había hecho todo. Había subido a la parte más elevada del campanario, por aquella claustrofóbica escalera de caracol, y había grabado su nombre en la pared. Había aprendido a fumar, aunque no le gustaba mucho, y obedecido a todos los prefectos que se habían dirigido a él. Había seguido las reglas, intentado permanecer en el anonimato, y abstenido de denunciar a otro alumno, por grave que fuera el insulto. No había servido de nada. Le habían escogido. Ahora, todo volvería a empezar. Sólo de pensarlo, un sollozo atenazó su garganta. Luchó por rechazar las lágrimas.

El aire era fresco, pese a lo avanzado de la mañana. El sol brillaba, pero apenas aliviaba el frío. Daba la impresión de que el lugar en donde estaba sentado Harry, un banco de hormigón situado en un rincón del jardín amurallado que se encontraba a medio camino entre el colegio y la casa del rector, hacía un frío especial, como si las estatuas de bronce y mármol que se erguían entre los macizos de rosas contribuyeran de alguna forma a levantar el aire glacial. Tembló y se encogió, hasta casi doblarse en dos.

Había observado la llegada de la policía, había estado en la sacristía con el resto del coro cuando la señora Lockwood entró con ellos y les presentó a Chas Quilter. Al principio no pensó que eran policías, pues su aspecto no cuadraba con lo que había estado esperando, desde que a la hora del desayuno había corrido la voz de la muerte de Matthew Whateley y de que New Scotland Yard iba a venir al colegio. Harry nunca había visto a un detective, nunca había experimentado en vivo los misterios y rituales asociados con aquellas tres palabras, New Scotland Yard. Por lo tanto, se había hecho una rebuscada idea del aspecto y actuación de la policía metropolitana, basada sobre todo en libros y telefilms. Aquellos detectives no encajaban en el molde que él había creado en su honor.

Para empezar, el hombre era demasiado alto, demasiado guapo, demasiado acicalado, demasiado espléndidamente vestido. Su voz era demasiado suave, y el corte del traje indicaba que no llevaba armas. La mujer que le acompañaba no era mucho mejor. Era demasiado baja, demasiado fea, demasiado gorda, demasiado desaliñada. No iba a confiar en ninguno de ambos. Ni por un momento. En absoluto. El hombre le escucharía desde su glacial envergadura y la mujer le miraría con sus ojillos porcinos y él hablaría y hablaría y se esforzaría por hacerles comprender lo que sabía y cómo lo sabía y por qué había ocurrido todo y quién era el responsable y…

Todo era una excusa. Estaba buscando excusas. Se moría de ganas por encontrar excusas. Necesitaba un motivo para mantener la boca cerrada. Decidir que no eran los detectives adecuados era una razón tan buena como otra cualquiera. Y se aferraría a ella. No llevaban pistolas. No le ayudarían. Ni siquiera le creerían. Escucharían, tomarían notas, seguirían su camino y dejarían que él afrontara las consecuencias. Completamente solo. Sin el respaldo de Matthew, nunca más.

Se negó con obstinación a pensar en Matthew. Pensar en Matthew equivalía a pensar en lo que le debía. Pensar en lo que le debía equivalía a pensar en lo que era justo y honorable y debía hacerse ahora. Pensar en ello equivalía a precipitarse en un horror sin fin. Porque lo que debía hacerse era decir la verdad, y Harry sabía a lo que se arriesgaba si la decía. La alternativa era sencilla. Morir o callar. Sólo tenía trece años. No tenía otra elección.

– … esculturas y rosas, sobre todo. Tiene muy pocos años de antigüedad, si les apetece verlo.

– Sí, echaremos un vistazo.

Harry se encogió al escuchar las voces que se aproximaban y se estremeció al oír el ruido que hacía al abrirse la puerta de madera. Buscó un lugar para esconderse, preso de pánico, pero nada podía impedir que le descubrieran. Sintió que lágrimas de impotencia quemaban sus ojos cuando la mujer detective y Chas Quilter entraron en el jardín de las esculturas. Ambos se detuvieron en seco al verle.

Lynley se reunió con la sargento Havers en el centro del patio cuadrangular, donde desafiando abiertamente la regla de que los adultos tenían que dar buen ejemplo a los alumnos en un entorno académico, la mujer fumaba un cigarrillo mientras tomaba notas. Enrique VII, que se cernía sobre ella, parecía contemplarla con aire de reproche.

– ¿Se ha dado cuenta de que nuestro Enrique mira hacia el norte? -preguntó Lynley, acercándose a los peldaños situados debajo de la estatua-. La entrada principal del colegio da al este, pero él ni tan sólo mira en esa dirección.

Havers echó un rápido vistazo a la estatua.

– Tal vez quiera ofrecer su mejor perfil a la entrada -dijo Barbara.

Lynley negó con la cabeza.

– Quiere recordarnos su momento de gloria, de modo que mira al norte, en dirección a Bosworth Field.

– Ah. Muerte y traición. El fin de Ricardo III. ¿Por qué me olvido siempre de que usted es de York, inspector? Nunca me da una verdadera oportunidad de borrarlo de mi mente. ¿Escupe sobre la tumba de Enrique siempre que se deja caer por la abadía?

– Religiosamente -sonrió él-. Es uno de mis escasos placeres.

Havers asintió con aspecto pensativo.

– Un hombre ha de gozar de sus placeres donde pueda.

– ¿Averiguó algo útil mientras estaba con Chas?

Havers aplastó su cigarrillo en la base de la estatua.

– Por más que deteste admitirlo, usted tenía razón en lo referente al estado del colegio. Por fuera, es estupendo. Hierba verde, arbustos bien cortados, árboles hermosos, edificios limpios, ventanas resplandecientes. Todo magnífico. Pero por dentro es como Erebus. Maltratado y estropeado. Excepto los edificios recientes, el teatro, el centro técnico y las residencias femeninas, en la parte sur del colegio, todo es viejo, inspector. Las aulas también. Y el edificio de ciencias parece que no haya cambiado mucho desde los tiempos de Darwin -giró la cabeza para englobar el patio-. Y entonces, ¿por qué los nobles finolis envían aquí a sus retoños? Mi escuela integrada estaba en mejor forma que esto. Al menos, era más moderna.

– La mística, Havers.

– ¿Las ataduras de la vieja escuela?

– Eso también. De tal palo, tal astilla.

– ¿Yo sufro, tú sufres?

– Algo así -sonrió Lynley.

– ¿Le ha gustado Eton, señor? -preguntó ella con perspicacia.

La pregunta le pilló desprevenido. No se trataba de Eton. Eton, con sus bellos edificios y sus ricas tradiciones, no tenía capacidad de infligir heridas. No era el momento de su vida apropiado para sacarle de casa, así de sencillo. No era el momento de ser apartado de una familia en crisis y de un padre devorado por la enfermedad.

– Como a todos -contestó-. ¿Qué más ha observado, aparte del estado del colegio?

Dio la impresión de que Havers iba a seguir hablando de Eton, pero no fue así.

– Tienen algo a lo que llaman club social de sexto, formado por los mayores. Es un edificio anexo a la residencia Ion, donde vive Chas Quilter, y los estudiantes acuden allí para beber durante los fines de semana.

– ¿Qué estudiantes?

– Sólo es para los de sexto superior, pero tuve la impresión de que se exige una especie de rito iniciático, pues Chas me dijo que algunos estudiantes no pertenecen al club. Dijo que no habían seguido los pasos para convertirse en miembros.

– ¿El pertenece al club?

– Imagino que sí, considerando que es el prefecto superior. Hay que reforzar las grandes tradiciones del colegio.

– ¿El rito de iniciación es una de esas tradiciones?

– Por lo visto. Le pregunté qué se necesitaba para llegar a ser miembro. Se puso colorado y dijo que era menester hacer «toda clase de chorradas» delante de los compañeros. En cualquier caso, parece que hay que beber bastante. Los estudiantes sólo tienen dos vales de bebida a la semana, pero como otros estudiantes se encargan de repartir los vales y apuntar las copas que cada individuo toma, la cosa se descontrola. Me parece que se pasan bastante durante las fiestas de los viernes por la noche.

– ¿Y Chas no hace nada por controlar la situación?

– No lo entiendo, con toda franqueza. Es su trabajo, ¿verdad? ¿Para qué ser prefecto superior, si no va a hacerlo?

– La respuesta es fácil, Havers. Ser nombrado prefecto es bueno para el expediente académico de un estudiante. Me atrevería a decir que las universidades no se molestan en investigar qué clase de prefecto era el estudiante. Les basta con saber que lo fue, y a partir de ahí hacen sus deducciones.

– Pero ¿cómo llegó a ser prefecto? Si no tuviera dotes de líder, ¿el rector lo habría sabido?

– Demostrar dotes de líder cuando no se es prefecto es mucho más fácil que demostrarlas cuando se es. Es una situación bastante comprometida. La gente cambia cuando está sometida a presiones. Tal vez a Chas le ocurrió eso.

– O tal vez el rector encontró a Chas demasiado atractivo para dejarle escapar -comentó Havers, con su acostumbrada aspereza-. Supongo que pasan cantidad de tiempo a solas, ¿no cree? -Lynley la traspasó con la mirada, pero ella se defendió-. No estoy ciega, inspector. Es un chico muy guapo. Lockwood no sería el primero en rendirse ante una cara bonita.

– Muy cierto. ¿Qué más ha descubierto?

– He hablado con Judith Laughland, la persona que se hace cargo de la enfermería.

– Cuénteme.

Havers llevaba trabajando con Lynley el tiempo suficiente para saber cuánto le gustaban los detalles; así que, en primer lugar, describió a la enfermera: unos treinta y cinco años de edad, cabello castaño, ojos grises, una marca de nacimiento grande en el cuello, bajo la oreja derecha, que intentaba ocultar peinándose el cabello hacia adelante y subiéndose el cuello de la camisa. Sonreía mucho y se acicalaba inconscientemente mientras hablaba, alisándose el pelo, jugando con los botones de la blusa y tocándose la pierna para asegurarse de que las medias seguían en su sitio.

Lynley hizo hincapié en las últimas descripciones.

– ¿Como si estuviera flirteando? ¿Con quién? ¿Chas estaba presente?

– Me dio la impresión de que actúa así con todos los hombres, señor, no sólo con Chas, porque mientras estábamos allí apareció un chico mayor, quejándose de dolor de garganta. Ella se puso a reír, bromeó y dijo algo así como «no puedes estar lejos de mí, ¿eh?». Cuando le introdujo el termómetro en la boca, le acarició el pelo y la mejilla.

– ¿Conclusión?

Havers adoptó una expresión pensativa.

– No creo que se liara con ningún chico; al fin y al cabo tiene casi veinte años más que ellos, pero pienso que necesita sus adulaciones y su admiración.

– ¿Casada?

– Los chicos la llamaron señora Laughland, pero no lleva anillo de casada. Yo diría que divorciada. Lleva aquí tres años, y apostaría a que llegó justo después del divorcio. Se ha dedicado de lleno a empezar una nueva vida y necesita tener la seguridad de que todavía atrae a los hombres. Ya sabe usted de qué va el rollo.

No era la primera vez que ambos entraban en contacto con aquellos subproductos de la separación y la disolución. Ambos habían sido testigos de la soledad inicial, el pánico provocado por el pensamiento de pasar el resto de la vida sin compañía, el creciente temor y la necesidad de aplacarlo con una fachada de alegría, la inmediata dedicación a una actividad frenética. Estas reacciones ante la pérdida no sólo eran exclusivas del mundo femenino.

– ¿Sabe algo de las hojas de dispensa? -preguntó Lynley.

– Las guarda en el cajón de su escritorio, pero no está cerrado con llave, y no hay vigilancia en la enfermería.

– ¿Pudo Matthew acceder a ellas?

– No me extrañaría, sobre todo si ella estaba distraída en aquel momento. Si un chico de sexto superior se encontraba en la sala cuando Matthew entró a coger la hoja, yo diría que ella estaría distraída, a juzgar por su comportamiento de hoy.

– ¿Le mencionó el tema?

– Le pregunté cómo funcionaba el sistema. Al parecer, cuando un estudiante se siente indispuesto y no puede acudir a los partidos de la tarde, va a la enfermería y Judith Laughland le examina; le toma la temperatura, o lo que haga falta y, si está enfermo de verdad, le entrega la hoja de dispensa. Si necesita ser ingresado, ella encarga a otro estudiante que entregue la hoja al profesor responsable de las actividades, o que la deposite en su casillero. De lo contrario, el propio estudiante enfermo coge la hoja de dispensa, se la da al maestro y se mete en la cama.

– ¿Lleva una lista de los que solicitan dispensa?

Havers asintió con la cabeza.

– Matthew no pidió una el viernes, señor. No consta en el registro. Había solicitado dispensa en dos ocasiones anteriores. Me parece que pudo quedarse la última, que pidió hace unas tres semanas, y esperó la oportunidad de poder huir. Eso me recuerda una cosa: Harry Morant. Chas y yo nos topamos con él hace unos minutos en el jardín de las esculturas. Trató de rehuirnos.

– ¿Habló con él?

– Todo lo que pude. No me miró a la cara. Monosílabos por respuesta.

– ¿Y?

– Matthew y él pertenecían a la Sociedad de Trenes a Escala. Así llegaron a ser compañeros de cuarto.

– ¿Amigos íntimos?

– No sé decirle, pero me dio la impresión de que Harry admiraba muchísimo a Matthew -titubeó, frunció el entrecejo y pareció buscar las palabras precisas.

– ¿Sargento?

– Creo que sabe por qué Matthew se fugó. Y arde en deseos de hacer lo mismo.

Lynley enarcó una ceja.

– Eso cambia un poco las cosas.

– ¿Por qué?

– Las diferencias de clase quedan eliminadas. Si Harry era desdichado… y Matthew era desdichado, y Smythe-Andrews era desdichado… -Alzó los ojos hacia Enrique VII, tan seguro de sí mismo, tan absolutamente confiado en que podría alterar el curso de la historia de un país.

– ¿Señor?

– Creo que ya es hora de conversar con el rector.

El estudio de Alan Lockwood, al igual que la capilla, estaba orientado hacia el este y, al igual que la capilla, contenía elementos pensados para impresionar. Un amplio mirador, abierto de par en par a pesar del frío, proporcionaba espacio suficiente para una gran mesa de conferencias de caoba, seis sillas cubiertas de terciopelo y un candelabro plateado rococó que iluminaba la pulida madera. Enfrente, una chimenea decorada con losas de porcelana azules y blancas cobijaba un fuego auténtico, en lugar del habitual simulacro eléctrico. Sobre ella colgaba el retrato inidentificable de un joven renacentista, tal vez obra de Holbein, y muy cerca había otro segundo retrato, muy poco halagador, de Enrique VII. Estanterías de libros protegidas con cristales ocupaban dos paredes de la habitación, y una tercera exhibía fotografías que abarcaban la historia reciente del colegio. Una alfombra Wilton, de intensos tonos azules y dorados, cubría el suelo. Cuando Lynley y Havers entraron en la habitación, Alan Lockwood se levantó de su escritorio, avanzó sobre la alfombra y les dio la bienvenida. Se había quitado la toga, que colgaba en la parte interior de la puerta. Tenía un aspecto extrañamente incompleto sin ella.

– Supongo que todo el mundo se ha mostrado cooperativo, ¿verdad? -preguntó, indicándoles la mesa de conferencias con un ademán y sentándose en una silla que le permitía dar la espalda a la ventana, de manera que la potente luz oscurecía su rostro. Como si no percibiera el frío reinante en esta parte del estudio, no hizo el menor esfuerzo por cerrar las ventanas.

– Mucho -contestó Lynley-. En especial su prefecto superior. Gracias por haberle designado a él.

Lockwood sonrió con auténtica cordialidad.

– Chas. Un chico estupendo, ¿verdad? Único. Apreciado por todo el mundo, sin excepción.

– ¿Respetado?

– No sólo por los estudiantes, sino también por los profesores. Nombrarle prefecto fue la decisión más sencilla de mi vida. Chas fue recomendado por todos sus profesores al final del año pasado.

– Parece un chico excelente.

– Demasiado empeñado en triunfar, pero después del desastre que ocasionó aquí su hermano mayor, creo que Chas se ha propuesto lavar el buen nombre de la familia. Muy típico de él, expiar las culpas de Preston.

– ¿La oveja negra de la familia?

Lockwood se llevó la mano al cuello, pero la dejó caer antes de que entrara en contacto con la piel.

– Un canalla, me temo. Oprobio y decepción. Fue expulsado el año pasado por robar. Le concedimos la oportunidad de renunciar voluntariamente a continuar en el colegio; al fin y al cabo, su padre es sir Francis Quilter, y nos avenimos a ciertas concesiones. Sin embargo, se negó a marcharse e insistió en que se demostraran las acusaciones vertidas sobre él -Lockwood se ajustó la corbata, y prosiguió hablando en tono compungido-. Preston era un cleptómano, inspector. No fue difícil probar las acusaciones. En cualquier caso, cuando nos dejó, se marchó a vivir a Escocia con unos parientes. Creo que se dedica a recolectar turba. Por lo tanto, las esperanzas de la familia, y el orgullo, imagino, descansan sobre los hombros de Chas.

– Un peso considerable.

– Para un chico de su capacidad, no. Chas será cirujano como su padre, como lo habría sido Preston, si hubiera mantenido alejadas sus manos de las propiedades ajenas. Fue la expulsión de Bredgar Chambers que me ha dolido más. Se han producido otras, por supuesto, pero ésa fue la peor.

– ¿Y usted lleva aquí…?

– Cuatro años.

– ¿Y antes?

Lockwood abrió y cerró la boca. Entornó los ojos, meditando sobre el suave cambio que Lynley había imprimido a sus preguntas.

– Trabajaba en la enseñanza pública. ¿Puedo preguntarle qué tiene que ver esto con su investigación, inspector?

Lynley se encogió de hombros.

– Me gusta conocer a la gente con la que trabajo -replicó, aún sabiendo que Lockwood no creía ni aceptaba la insulsa respuesta. ¿Cómo iba a hacerlo, con la sargento Havers sentada estoicamente a la mesa, tomando nota de cada una de sus palabras?

– Entiendo. Ahora que ya ha obtenido esta información, tal vez me permita solicitarle otra a cambio.

– Si puedo, lo haré.

– Estupendo. Ha estado aquí toda la mañana. Ha hablado con los estudiantes. Ha visto el colegio. Tengo entendido que su sargento ha ido a la enfermería para interrogar a la señora Laughland. ¿Existe algún motivo para que, pasado todo este tiempo, nadie se haya dedicado a rastrear las carreteras en busca del conductor que recogió a un niño y después lo asesinó?

– Una pregunta muy lúcida -concedió Lynley con afabilidad. La sargento Havers continuó escribiendo en su rincón de la mesa. Ambos interpretaban en perfecta conjunción los papeles de la contradicción y la concesión, un juego orquestado para mantener al sospechoso algo desconcertado. Habían obrado de la misma forma cientos de veces durante los últimos dieciocho meses de su asociación. A estas alturas, ya lo hacían sin pensar-. El problema, a mi entender, es que Bredgar Chambers es una zona bastante aislada. Por eso me pregunto hasta qué punto es verosímil que un chico de trece años consiguiera que alguien le recogiera haciendo autostop.

– Tuvo que ser así, inspector. No estará insinuando que llegó a pie hasta Stoke Poges, ¿verdad?

– Sólo estoy insinuando la posibilidad de que Matthew no hiciera autostop. De que, en realidad, alguien le estuviera esperando. De que conociera al conductor. En este caso, considero que aprovechamos más el tiempo investigando aquí que en otro sitio.

El rostro de Alan Lockwood se tiñó de púrpura.

– ¿Está insinuando que alguien del colegio…? Usted sabe tan bien como yo que la muerte de ese chico, aunque muy lamentable, no está relacionada directamente con este colegio.

– Me temo que no he podido llegar a esa conclusión.

– Se fugó, inspector. Se las arregló con mucha inteligencia para simular que estaba en dos sitios al mismo tiempo. Después, se fugó para reunirse con sus amigos de Londres. Es una desgracia que ocurriera, pero ocurrió. Quebrantó las reglas del colegio, y nada puede remediar ese hecho. No es culpa del colegio, y no tengo intención de asumir esa culpa.

– Los empleados tienen aquí sus coches, y también hay vehículos del colegio para el transporte de estudiantes, ¿no es cierto?

– ¿Los empleados? -estalló Lockwood-. ¿Uno de los profesores del muchacho?

– No necesariamente -contestó Lynley, impertérrito, y esperó a que el rector comprendiera lo que quería decir. Cuando vio que Lockwood lo había hecho, prosiguió como si fuera necesario aclarar su afirmación-. Aquí hay otros trabajadores que no son profesores, amas de llaves, conserjes y cocineros, por no mencionar a las esposas de todos los docentes que viven en el campus. Están los alumnos…

– Está loco -dijo Lockwood, abrumado-. El cadáver del chico fue encontrado el domingo por la noche. Había desaparecido el viernes. Lo único lógico es pensar que recorrió un larguísimo camino a pie antes de que le recogieran.

– Quizá. Sin embargo, llevaba el uniforme del colegio cuando se fue. Eso indica que no tenía miedo de que le reconocieran y le devolvieran aquí.

– Puede que se abriera camino a través de los campos, las acequias y el bosque hasta alejarse lo suficiente. El chico no era idiota. Vino aquí gracias a una beca. No estamos hablando de un muchacho carente de sentido común, inspector.

– Esa beca me interesa. ¿Cuándo, exactamente, se fijó el colegio en Matthew?

Lockwood se levantó de la mesa, se acercó escritorio y volvió con un expediente que hojeó un momento antes de contestar.

– Sus padres le reservaron una plaza cuando tenía ocho meses de edad -el rector levantó la vista, como si aguardase una conclusión de Lynley que denigrara todavía más la reputación del colegio-. Es el procedimiento que se suele seguir en los colegios privados, inspector, aunque usted ya lo sabe. Eton, ¿verdad?

Lynley hizo caso omiso de la pregunta.

– ¿Y la beca?

– Todos los futuros alumnos de tercero reciben información sobre las becas que ofrecemos. Esta beca en particular se concede a los niños que auguran un brillante porvenir en los estudios y sufren dificultades económicas.

– ¿Cómo se selecciona el alumno?

– Un miembro de la junta de gobierno presenta la solicitud. Mi decisión final se basa en la recomendación de la junta.

– Entiendo. ¿Quién propuso el nombre de Matthew Whateley?

Lockwood vaciló.

– Inspector, algunas cosas son materia…

Lynley levantó una mano.

– Nunca en una investigación de asesinato, me temo.

Se produjo un instante de indecisión. La sargento Havers dejó de escribir y levantó la vista, con el lápiz en el aire.

Los ojos de Lockwood se clavaron en los de Lynley durante diez segundos, y luego descendieron.

– Giles Byrne propuso el nombre de Matthew para la beca -dijo Lockwood-. Habrá oído hablar de él, sin duda.

Así era. Giles Byrne, el brillante analista de los males políticos, sociales y económicos del país. El de la lengua afilada y el ingenio vivo. Un graduado de la facultad de Económicas de Londres que dirigía un programa de radió en la BBC, durante el cual despedazaba a cualquiera que se sometiera a la entrevista. Era una noticia interesante, pero lo era mucho más la relación establecida por Lynley en cuanto oyó el apellido.

– Byrne. Así que el prefecto de la residencia Erebus… Brian Byrne…

– Sí. Es el hijo de Giles Byrne.

Capítulo 8

Emilia Bond nunca se sentía a gusto los días que debía dar clase de química a los alumnos de sexto superior nada más terminar de comer. En el curso de los dos años que llevaba en Bredgar Chambers, había solicitado con frecuencia al rector que le cambiara el horario, a fin de que los alumnos de sexto superior dieran clase con ella por la mañana. Después de comer, explicaba pacientemente, no se concentran bien. Sus cuerpos están dedicados a la digestión. El flujo de sangre que acude al cerebro es insuficiente. ¿Cómo pueden entregarse a fórmulas y experimentos, si una función biológica básica del cuerpo se lo impide?

El rector siempre la escuchaba con falsa simpatía, siempre afirmaba que procuraría remediarlo, y siempre dejaba las cosas exactamente igual que antes. Era exasperante, al igual que su sonrisa, hipócrita y paternal. No ocultaba el hecho de que desaprobaba por completo su presencia en Bredgar Chambers. Con veinticinco años de edad, era la única profesora del equipo docente, y el rector solía actuar como si su presencia fuera a ejercer una influencia perversa en los muchachos con los que trataba. No le importaba que hubiera en el campus noventa chicas entre los dos cursos de sexto, que bastaban para provocar un considerable alboroto. El que Emilia formara parte del equipo parecía convertirla en un tipo de mujer mucho más peligroso.

Era una idea muy poco creíble. Sabía muy bien que un chico de dieciocho años no la iba a convertir en su objeto del deseo. En conjunto, resultaba bastante atractiva, tal vez un poco corpulenta para su estatura, pero de ninguna manera gorda. Hacía demasiado ejercicio para que la gordura constituyera un problema, aunque sabía que, en cuanto dejara de jugar al tenis, hacer excursiones a pie, nadar, jugar al golf, correr e ir en bicicleta, su cuerpo respondería a la falta de atenciones hinchándose como un globo. Sin embargo, ese mismo ejercicio que salvaba su cuerpo perjudicaba el resto de su físico. Era muy rubia. La constante exposición al sol había producido una abundante aparición de pecas sobre su nariz. La constante exposición al viento, si bien conservaba el color natural de sus mejillas, imponía un corte de pelo infantil y, desde su punto de vista, absolutamente desastroso, muy corto y espigado, y tan rubio que era casi blanco. Por lo tanto, era improbable que algún muchacho del colegio la mirase de otra forma que con afecto fraternal. Su maldición consistía en ser la hermana mayor universal, siempre con un consejo en los labios y una amigable palmadita en la espalda. Odiaba ese papel, aunque continuaba interpretándolo con todo el mundo.

Sin embargo, no lo había interpretado con John Corntel. Emilia sentía que un malestar se abría paso en su interior cuando pensaba en John, y trataba de concentrarse en otra cosa. El esfuerzo era inútil. Él se introducía tenazmente en sus pensamientos, obligándola a meditar en el camino que había recorrido desde que eran colegas y conocidos, diecinueve meses atrás, hasta lo que eran ahora. ¿Y qué eran?, se preguntaba. ¿Amigos? ¿Amantes? ¿Dos individuos sin ninguna otra relación, que se entregaban a un momento de debilidad física? ¿O, lo más probable, una broma cósmica, una burla monumental de un sonriente Dios?

Le gustaba creer que todo había empezado entre los dos de una manera inocente, sin más intención por su parte que trabar amistad con un hombre enfermizamente tímido. Pero, desde el principio, para ser sincera, había visto en John Corntel la posibilidad de llegar a casa para estar con lo que deseaba de verdad. Su amistad con él representaba un primer eslabón en la cadena marido, familia, seguridad. De modo que, si bien se había dicho de entrada que sólo quería ayudarle a sentirse menos violento cuando estaba cerca de las mujeres, la verdad era que sólo quería que se sintiera menos violento cuanto estaba con ella. El bienestar reencontrado en presencia de una mujer conduciría, en opinión de Emilia, a una relación más permanente.

Lo que no había sospechado, tras lanzarse con toda sangre fría a capturar a un hombre y asegurar su futuro, era que también se enamoraría de él, que iba a preocuparse tanto por todos sus pensamientos, su dolor, su confusión, su pasado, su futuro. Enamorarse de él había sido todo un acto de seducción. Hasta que no se encontró hundida hasta el cuello, no se dio cuenta de lo que le había ocurrido. Cuando por fin comprendió la intensidad de sus sentimientos por John, cuando por fin se decidió a actuar en consecuencia, de aquella manera directa tan típica de ella, todo se derrumbó de la forma más horrible e irreparable.

«No era el hombre que yo pensaba.» Rió interiormente de la facilidad con que había llegado a esa conclusión. Sería muy conveniente romper con John Corntel cuanto antes. Un error. Un deplorable malentendido. «Pensé que tú… y tú pensaste que yo… oh, olvidémoslo… volvamos a ser amigos como antes…»

Pero era imposible. Costaba mucho pasar del amor a la amistad. No era como apagar las luces. A pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, sus lágrimas de horror, la mortificación de John, sabía que aún le amaba y le deseaba, aunque ya no le comprendía.

La puerta del laboratorio se abrió, interrumpiendo sus pensamientos. Levantó la vista desde el estrado donde se hallaba y vio que Chas Quilter entraba en clase, con un cuaderno y un libro bajo el brazo. Sonrió, a modo de disculpa por llegar tarde.

– Estaba…

– Lo sé. En este momento nos estamos concentrando en los tres problemas apuntados en la pizarra. Procura seguirnos.

El chico asintió y ocupó su lugar acostumbrado en la segunda mesa. Sólo había ocho estudiantes presentes en aquel momento, tres chicas y cinco chicos, y en cuanto Chas abrió su libreta, dos de ellos susurraron su nombre en tono perentorio.

– ¿Qué querían saber? -preguntó uno.

– ¿Cómo ha ido? -dijo el otro-. ¿Son fáciles de…?

– Estamos en clase -interrumpió Emilia, que les había oído-. Prestad atención. Todos.

Hubo un instante de sorprendidas quejas, pero a Emilia no le importó. Había consideraciones que sobrepasaban la simple curiosidad, y la primera consideración era el muchacho sentado a la derecha de Chas Quilter.

Brian Byrne era en gran parte responsable de lo que le había sucedido a Matthew Whateley. Era el prefecto de Erebus, el responsable de que la residencia funcionara, de que los chicos se adaptaran a la vida del colegio, de que se cumplieran las normas, se mantuviera la disciplina y se aplicaran los castigos, en caso de necesidad.

Pero Brian Byrne había fallado en algún momento, y Emilia veía que el peso de aquel fracaso se reflejaba en la postura de sus hombros, en sus ojos caídos, en el tic que desviaba la comisura derecha de su boca, como una especie de parálisis.

Brian se enfrentaría al peor de los castigos como resultado de la muerte de Matthew Whateley. Los reproches que se auto dirigiría ya serían enérgicos, pero no peores que los de su padre, hirientes y escogidos con notable crueldad. Giles Byrne sabía muy bien cómo denigrar a la gente, sabía exactamente qué armas utilizar. Sabía, en especial, encontrar todos los puntos débiles de la armadura patéticamente insignificante de su hijo. Emilia le había visto en acción el día de los padres del último trimestre, recorriendo con los ojos el trabajo de historia de Brian, exhibido junto con los demás trabajos y proyectos en el claustro este. Byrne apenas le había dedicado un minuto de examen.

– Diez páginas, ¿eh? -comentó, y luego frunció el entrecejo-. Creo que deberías mejorar la letra, si quieres ir a la universidad algún día, Brian.

Después, siguió caminando, frío e indiferente, como abrumado por un aburrimiento monstruoso. Como miembro de la junta de gobierno, no podía demostrar un interés mayor por el trabajo de su hijo que por el de los demás alumnos.

Emilia, que paseaba por el claustro, había visto la expresión que asomó al rostro de Brian, una mezcla de dolor, rechazo y vergüenza. Iba a acercarse para consolarle, cuando Chas Quilter salió de la capilla. El semblante de Brian se transformó al instante. Se puso a hablar enseguida con Chas, riendo, y le siguió en dirección al comedor.

Chas había sido muy bueno con Brian. Su amistad había servido para que Brian se mostrara mucho más extrovertido, accediendo a un mundo de estudiantes más seguros y confiados. Sin embargo, mientras Emilia observaba ahora a ambos, que tenían los ojos clavados en sus respectivos apuntes, se preguntó si el error de Brian influiría en su amistad con Chas. Desprestigiaba a Chas como prefecto superior. Desprestigiaba a todo el colegio.

En última instancia, también desprestigiaba a su padre. Pasara lo que pasase, Brian tenía las de perder.

Era terriblemente injusto, pensó Emilia.

La puerta del laboratorio se abrió por segunda vez aquella mañana. Emilia sintió que sus músculos se tensaban en una reacción automática, huir o luchar. Era la policía.

Cuando entraron en el laboratorio de química, Lynley comprobó que la sargento Havers no había exagerado al afirmar que el edificio y sus aulas no habían experimentado cambios significativos desde los tiempos de Darwin. El laboratorio no era un ejemplo de modernidad científica. Tuberías de gas corrían a lo largo del techo, había grietas en el suelo de parquet, la iluminación era insuficiente, y la pizarra estaba tan gastada que los problemas escritos en ella parecían fundirse con los fantasmas de cientos de problemas que yacían bajo ellos.

Los ocho alumnos presentes se sentaban en taburetes de madera imposiblemente altos y trabajaban en mesas blancas desportilladas; tenían la superficie de pino agujereada. Sobre las mesas había pequeñas vasijas rectangulares de porcelana, quemadores de hierro oxidados y machos de cobre. A un lado de la zona de trabajo, y alineados frente a una pared, había armarios encristalados, llenos de cilindros graduados, pipetas, frascos, cubetas y un notable surtido de botellas tapadas con corchos, que contenían productos químicos y llevaban etiquetas escritas a mano. Sobre estos armarios había probetas altas, dispuestas sobre pedestales de madera, preparadas para mezclar productos químicos gota a gota. La mezcla se realizaba en la cámara de humos dispuesta sobre una mesa situada al otro lado de la sala; se trataba de una estructura de caoba y vidrio demasiado antigua, provista de un ventilador oxidado que no servía para nada.

Todo el laboratorio tendría que haberse vaciado años antes. El que no se hubiera modernizado daba cuenta de la situación económica del colegio. También hablaba de las múltiples presiones a las que hacía frente Alan Lockwood para lograr que el colegio funcionara, para alentar nuevas solicitudes y, de alguna manera, para conseguir los fondos necesarios para poner al día los servicios.

Como si reconociera la censura implícita en la observación de Lynley, la profesora se dirigió hacia la cámara de humos y bajó la ventanilla delantera. Una tenue capa de residuos oscurecía el cristal. Se volvió hacia los alumnos, que habían dejado de trabajar, uno tras otro, para mirar a Lynley y Harvers.

– Hay que terminar los problemas -anunció, caminando hacia la puerta-. Soy Emilia Bond, la profesora de química. ¿En qué puedo ayudarles?

Habló con tono firme, con seguridad, pero Lynley no dejó de advertir un frenético latido en su garganta.

– Inspector Lynley, sargento Havers, del DIC de Scotland Yard -respondió él, aunque el comportamiento de la mujer revelaba que la presentación era innecesaria. Emilia Bond sabía muy bien quiénes eran y, sin duda, para qué habían venido al laboratorio-. Nos gustaría charlar con uno de sus alumnos, si es posible, Brian Byrne.

Todos los ojos, excepto los de la profesora, se volvieron al instante hacia el chico sentado al lado de Chas. En lugar de levantar la vista, siguió concentrando su atención en el cuaderno abierto frente a él, con el lápiz suspendido en el aire, inmóvil.

– Bri -murmuró Chas Quilter.

El chico alzó la cabeza.

Lynley sabía que Brian Byrne, estudiante de sexto superior, tendría diecisiete o dieciocho años, pero parecía muchísimo más viejo y joven al mismo tiempo. La juventud provenía de un rostro redondeado, que carecía de los rasgos definidos, la piel tensa, o las arrugas incipientes alrededor de la boca y los ojos que presagiaban la inminencia de la edad adulta en sus compañeros. Por otra parte, la madurez procedía del perfil del cabello y el físico, que se combinaban de una manera extraña. Empezaba a tener entradas, y probablemente se quedaría calvo antes de los treinta años. Su cuerpo era musculoso, como el de un luchador, desarrollado a fuerza de utilizar las pesas.

Emilia Bond habló cuando Brian empezó a descender del taburete. Movió el cuerpo un poco, como interponiendo una barrera inconsciente entre Brian y la policía.

– ¿Es necesario, inspector? Falta menos de media hora para que termine la clase. ¿No puede esperar?

– Me temo que no -contestó Lynley.

Examinó por última vez el aula. Tres chicas, dos atractivas, de piernas largas y pelo largo, y una tercera que parecía una rata atemorizada. Cinco chicos, tres guapos y robustos, uno con gafas, pinta de empollón y espalda algo encorvada, y Brian Byrne, que no encajaba en ninguna de las dos categorías.

Brian se acercó a la puerta. Lynley dio las gracias a Emilia Bond.

– Si nos acompañas a tu habitación -le dijo a Brian-. Creo que podremos hablar en privado.

– Por aquí -se limitó a responder el muchacho, y les precedió por el pasillo hasta salir del edificio.

La residencia Erebus se encontraba justo enfrente del edificio de Ciencias. La residencia Mopsus estaba al este, Calchus al oeste y, detrás, Ion, la sede del club social de sexto. Recorrieron un sendero, cruzaron un tramo de pavimento, que aprovechaban coches, camionetas y furgonetas para realizar las entregas de material a los edificios, y entraron en Erebus por la misma puerta que habían utilizado unas horas antes.

La habitación de Brian estaba en la planta baja, contigua a la puerta que daba acceso a los aposentos privados de John Corntel, el director de la residencia. Como las demás habitaciones del edificio, la de Brian no estaba cerrada con llave. La abrió y dejó pasar a Lynley y Havers.

La habitación era la típica de muchos colegios. El folleto del colegio la describía, eufemísticamente, como «dormitorio y sala de estar», apoyándose en la presencia de una cama individual, una silla, un escritorio y tres estantes para libros, además del habitual armario de conglomerado y una pequeña cómoda. La verdad era que se reducía a poco más que una celda, con una sola ventana batiente emplomada, que tenía un cristal roto. Un calcetín negro servía para tapar la brecha y proteger del frío. La atmósfera olía a lana húmeda.

Brian cerró la puerta a su espalda sin hablar. Descargó el peso de su cuerpo sobre un pie y luego sobre el otro, hundió una mano en el bolsillo del pantalón y esperó, haciendo sonar monedas o llaves.

Lynley no tenía prisa en empezar el interrogatorio. Examinó la decoración del dormitorio, mientras la sargento Havers tomaba asiento en la cama, se quitaba la chaqueta y sacaba su cuaderno.

En las paredes sólo había unas cuantas fotos pegadas. Eran de equipos de atletismo del colegio, el primero de rugby, el primero de criquet y el primero de tenis. Brian no aparecía en ninguna, pero Lynley no tardó en observar el nexo que unía las fotografías, Chas Quilter. El prefecto superior también era el tema central de una cuarta foto, esta vez con una chica al lado, que le rodeaba con los brazos y apoyaba la cabeza en su pecho. El viento revolvía el cabello de la muchacha y empujaba nubes brillantes a través del cielo. Una novia sin duda, pensó Lynley. Resultaba extraño encontrar una foto semejante en el cuarto de otro chico.

Lynley separó la silla del escritorio y le indicó a Brian que se sentara. Él permaneció de pie, apoyado en la pared, cerca de la ventana. Desde ella, sólo se veía un trozo de césped, un aliso que empezaba a florecer y la puerta lateral de Calchus.

– ¿Qué hay que hacer para ser miembro del club social de sexto? -preguntó Lynley.

La pregunta sorprendió al muchacho. Sus ojos, de un tono indefinido entre azul y gris, se oscurecieron al tiempo que las pupilas se dilataban. No respondió.

– ¿La iniciación? -insistió Lynley.

Brian torció la boca.

– ¿Qué tiene eso que ver con…?

– ¿La muerte de Matthew Whateley? -sonrió Lynley-. De momento, nada en absoluto. Simple curiosidad. Me preguntaba si los colegios habían cambiado mucho desde que yo estuve en Eton.

– El señor Corntel fue a Eton.

– Fuimos compañeros de clase.

– ¿Fueron compañeros de clase? -Los ojos de Brian se desviaron hacia la foto de Chas.

– Amigos íntimos en un tiempo, aunque luego los años nos separaron. No es la circunstancia más apropiada para renovar una vieja amistad, ¿verdad?

– Lo peor es tener que renovarla -dijo Brian-. Los buenos amigos siempre deberían seguir siendo buenos amigos.

– ¿Cómo tú y Chas?

– Es mi mejor amigo -reconoció-. Iremos juntos a Cambridge en octubre. Si nos aceptan. Chas, seguro. Saca buenas notas y aprobará el examen de entrada en la universidad el trimestre próximo.

– ¿Y tú?

Brian levantó una mano y la agitó de un lado a otro.

– No estoy seguro. Tengo una buena mollera, pero no siempre la utilizo tan bien como podría -parecía la evaluación de un adulto, el análisis que se enviaría a casa de unos padres.

– Supongo que tu padre podría ayudarte a entrar en Cambridge.

– Si quisiera su ayuda, pero resulta que no.

– Entiendo -la determinación de lograrlo por sus propios medios, sin la considerable influencia que un hombre de la reputación de Giles Byrne podía ejercer, era admirable-. ¿Y la iniciación al club social?

– Cuatro pintas de cerveza y… -enrojeció-… Ser pasado por salsa, señor.

Lynley desconocía la expresión. Pidió una explicación y Brian continuó, lanzando una desmañada carcajada.

– Ya sabe. Ponerse salsa picante, o un ungüento muy fuerte, en el… ya sabe-. Desvió los ojos hacia Havers incómodo.

– Entiendo. ¿Eso es ser pasado por salsa? Me parece bastante incómodo. ¿Eres miembro del club? ¿Has superado la iniciación?

– Más o menos. Quiero decir que la superé, pero me puse fatal. En cualquier caso, soy del club -frunció el entrecejo, como sí comprendiera lo que acababa de hacer, al admitir la existencia de la iniciación-. ¿Le pidió el rector que lo averiguara, señor?

– No. Simple curiosidad -sonrió Lynley.

– Se supone que no hacemos este tipo de cosas, pero ya sabe usted cómo son los colegios. En especial éste. No hay muchas cosas que hacer.

– ¿Qué hacen los miembros de club social cuando se reúnen?

– Fiestas. Los viernes por la noche, generalmente.

– ¿Todos los alumnos de sexto superior son miembros del club?

– No, sólo los que quieren.

– ¿Qué hacen los demás?

– Son los perdedores. Quedan aislados. No tienen amigos, ya sabe.

– ¿Hubo una fiesta el pasado viernes por la noche?

– Hay fiesta todos los viernes por la noche. Sin embargo, ésa fue menos concurrida. Muchos de sexto superior se habían marchado a pasar el fin de semana fuera, al igual que los de sexto inferior y quinto. Había un torneo de hockey en el norte.

– ¿Tú no quisiste ir?

– Demasiados deberes, y un examen que debía preparar para esta mañana.

– Sí, me acuerdo bien de cómo es eso. ¿Te impidió la fiesta de sexto superior que se celebró el viernes por la noche ocuparte de los chicos de Erebus? -mientras formulaba la pregunta, Lynley se detestó por la facilidad con que había atraído al muchacho hacia este punto. No se trataba de una cuestión de ingenio; le había bastado con admitir un pasado y una experiencia similares para crear un vínculo, utilizando cada pregunta para ir despojando a Brian de la coraza protectora que todo el mundo, culpable o inocente, se ponía cuando la policía le interrogaba.

– Regresé a las once -Brian se puso en guardia con esta respuesta-. No pasé revista. Me fui a la cama.

– Cuando te marchaste del club, ¿seguían allí los demás chicos de sexto superior?

– Algunos.

– ¿Permanecieron todo el rato en la fiesta? ¿Alguno se ausentó durante la velada?

Brian no era idiota. Su expresión reveló a Lynley que, aunque tarde, se había dado cuenta de la dirección que tomaban las preguntas.

– Clive Pritchard entró y salió -dijo, tras un momento de vacilación-. Es un tío de Calchus.

– ¿Un prefecto?

Brian parecía irónicamente divertido.

– No es carne de prefecto, si sabe a qué me refiero.

– ¿Y Chas? ¿Estuvo en la fiesta?

– Sí.

– ¿Todo el rato?

Un momento para pensar, para recordar, para decidirse entre la verdad o el engaño.

– Sí. Todo el rato -el espasmo que agitó su labio le traicionó.

– ¿Estás seguro? ¿Se quedó Chas todo el rato? ¿Estaba allí cuando te marchaste?

– Estaba allí, sí. ¿Dónde, si no?

– No lo sé. Trato de averiguar lo que ocurrió en el colegio el viernes, cuando Matthew Whateley desapareció.

Los ojos de Brian se nublaron.

– ¿Cree que Chas tuvo algo que ver con ello?¿Porqué?

– Si Matthew se fugó, es que tenía razones para hacerlo, ¿no?

– ¿Y piensa que Chas era el motivo? Lo siento, señor, pero eso es una chorrada.

– Tal vez, por eso te pregunto si Chas estuvo en el club social toda la noche. Si fue así, difícilmente pudo ver a Matthew Whateley.

– Estuvo. Estuvo allí. Le vi en todo momento. No le quité la vista de encima ni un instante. Estuvo conmigo la mayor parte del tiempo. Y cuando no estuvo… -Brian se interrumpió bruscamente. Cerró el puño derecho. Apretó los labios hasta que se le pusieron blancos.

– Así que se fue -dijo Lynley.

– ¡No! Es que le llamaron por teléfono varias veces. Quizá tres, no me acuerdo. Alguien vino a buscarle, se fue a Ion, donde está el teléfono, y recibió la llamada, pero no se ausentó el tiempo suficiente para hacer algo.

– ¿Cuánto tiempo estuvo fuera?

– No lo sé. Cinco, diez minutos, como máximo. ¿Qué podría haber hecho en ese rato? Nada. ¿Y qué más da? Ninguna de las llamadas se produjo antes de las nueve, y todo el mundo sabe que Matthew Whateley se fugó por la tarde.

Lynley vio que el muchacho estaba perdiendo el control y aprovechó la situación.

– ¿Por qué se fugó Matthew? ¿Qué le pasó en el colegio? Tú y yo sabemos que en los colegios, detrás de las puertas cerradas, suceden cosas que el rector y los profesores desconocen, o que prefieren ignorar. ¿Qué ocurrió?

– Nada. No encajaba, sencillamente. Era diferente. Todo el mundo se lo dirá. Todo el mundo lo sabía. Nunca se hizo a la idea de que los compañeros son importantes… Más que importantes, lo más importante… Para él, lo eran las clases, los deberes y prepararse para la universidad, nada más.

– Así que tú le conocías.

– Conozco a todos los chicos de Erebus. Es mi trabajo, ¿no?

– Y, a excepción del viernes pasado, ¿haces bien tu trabajo?

Su cara se tensó.

– Sí.

– Tu padre propuso a Matthew para la beca de la junta de gobierno. ¿Lo sabías?

– Sí.

– ¿Qué te pareció?

– ¿Por qué iba a tener una opinión? Cada año propone a un estudiante para la beca. Este año ganó su protegido. ¿Y qué?

– Tal vez eso te impidió facilitar la integración de Matthew en el colegio. Era de un medio social diferente al de la mayoría de los chicos, después de todo. Te habría costado un poco que se sintiera a gusto aquí.

– Lo que usted está diciendo, en realidad, es que yo estaba celoso de Matthew por el interés que mi padre había demostrado hacia él, y que no moví un dedo para facilitar su adaptación. De hecho, se las hice pasar tan putas desde el primer momento que al final no pudo aguantarlo, se fugó y murió como resultado. ¿No es eso? -Brian meneó la cabeza-. Si me dedicara a molestar a todos los chicos por los que mi padre se interesa, no daría abasto. Está buscando otro Eddie Hsu, inspector. No descansará hasta que lo encuentre.

– ¿Eddie Hsu?

– Un antiguo bredgariano que mi padre apadrinó -Brian sonrió, con una expresión de amargo placer-. Hasta que se suicidó. En 1975. Justo antes del examen de entrada en la universidad. ¿No ha visto en la capilla el memorial que mi padre dedicó a Eddie? Es difícil pasarlo por alto: «Eddie Hsu… Bienamado estudiante.» Mi padre busca un sustituto desde entonces. Papá es como el rey Midas, sólo que todo cuanto toca muere.

Sonó un fuerte golpe en la puerta.

– ¡Byrne! ¡Vamos a ello! ¡Vamos!

Lynley no reconoció la voz. Dio permiso a Brian con un cabeceo.

– Únete a la fiesta, Clive -dijo el muchacho.

– Eh, tío, vamos a… -el chico se quedó petrificado al ver a Havers y a Lynley, pero se recobró enseguida y saludó-. ¡Oh, oh! Aquí tenemos a la pasma, si no me equivoco. Al fin te han echado el guante, ¿eh, Bri? -Giró sobre sus talones.

– Clive Pritchard -dijo Brian, a modo de introducción-. El mejor espécimen de Calchus.

Clive sonrió. Su ojo izquierdo estaba un poco más bajo que el derecho, y el párpado se cerraba con cierta pereza. Combinado con la sonrisa, daba la sensación de que estaba un poco borracho.

– Ya lo sabes, tío -no prestó más atención a la policía-. Hemos de estar en el campo dentro de diez minutos, tío, y ni siquiera te has cambiado. ¿Qué pasa contigo? He apostado cinco libras a que machacamos a Ion y Mopsus, y tú aquí sentado, dando cháchara a la poli.

Clive no iba vestido con el uniforme del colegio, sino con un chándal azul y un jersey a rayas amarillas y blancas. Ambos eran muy ajustados, destacando su figura delgada y fuerte, aunque no musculosa. Parecía un esgrimista y se movía con agilidad, como un esgrimista.

– No sé si… -Brian miró a Lynley con aire interrogativo.

– Ya tenemos bastante información por ahora -replicó Lynley-. Puedes irte.

Cuando el sargento Havers se levantó y avanzó hacia la puerta, Brian abrió su aparador y sacó un chándal, zapatillas de gimnasia y un jersey azul y blanco que escogió entre los tres que colgaban de los ganchos.

– Ése no, Bri -dijo Clive-. Me parece que te estás agilipollando, ¿eh? Hoy vamos de amarillo, a menos que quieras unirte al equipo de Ion. Ya sé que tú y Quilter sois como culo y mierda, pero sé un poco leal a la residencia, ¿vale?

Brian, como idiotizado, miró las prendas que sostenía. Frunció el entrecejo. Se quedó inmóvil. Clive, con un gruñido de impaciencia, le quitó de las manos el jersey, sacó del aparador el amarillo y blanco y se lo tendió.

– No puedes estar con Quilter esta tarde, cariñín. Venga, coge tu equipo. Cámbiate en el pabellón deportivo. Hay unos cuantos pavos esperando recibir una paliza. Ya no queda tiempo para preocuparse por ellos. Con un palo de hockey en la mano soy la hostia. ¿No te lo había dicho? Ion y Mopsus son los pecadores, y van a recibir su castigo, al estilo Pritchard -Clive hizo ademán de patear las espinillas de Brian.

Brian fingió una mueca de dolor y sonrió.

– Vamos a ello -dijo, y permitió que Clive le sacara a rastras de la habitación.

Lynley les vio marchar. No pasó por alto el hecho de que ninguno de los dos le miró a los ojos cuando se fueron.

Capítulo 9

– Repasemos lo que tenemos -dijo Lynley.

En respuesta, la sargento Havers encendió un cigarrillo, se acomodó en su silla y cogió la tónica Schweppes que tenía frente a ella.

Se encontraban en el bar público La Espada y la Jarretera, una pequeña y estrecha taberna de Cissbury, un pueblecito situado a un kilómetro de Bredgar Chambers, al que se accedía mediante una angosta carretera vecinal. La Espada y la Jarretera ya había demostrado ser una elección inspirada para mantener una charla, antes de volver a Londres. Considerando su cercanía al colegio, Lynley había enseñado al dueño la foto de Matthew Whateley, sin esperar que le reconociera. Por eso, se quedó algo sorprendido cuando el hombre asintió con la cabeza.

– Sí, Matt Whateley -dijo, sin la menor vacilación.

– ¿Conoce al chico?

– Sí. Suele Venir con el coronel Bonnamy y su hija. Viven a unos dos kilómetros del pueblo.

– ¿Su hija?

– Jeannie. Viene con Matt, dos veces por semana en ocasiones. Se paran a veces cuando acompaña al chico en coche al colegio.

– ¿Son parientes del chico?

– No -empujó la Schweppes sobre la barra, seguida de un vaso con dos cubitos de hielo. Abrió un aparador, rebuscó un rato y sacó una tetera metálica abollada, en la que dejó caer tres bolsas de té de aspecto desolador-. Todo tenía que ver con la Brigada de Bredgar. Así les llamo yo. Benefactores. Matt era uno de ellos, pero no tan malo como los demás -desapareció por una puerta situada a la izquierda del bar y volvió un momento después con un cazo humeante. Vertió el agua caliente en la tetera, hundió las bolsas de té cinco veces, y las sacó-. ¿Leche?

– No, gracias. ¿Qué clase de benefactores?

– El colegio les llama los Voluntarios de Bredgar. Yo les llamo benefactores. Visitan el hospital, hacen trabajos en el pueblo, ayudan en el bosque. Ese tipo de cosas. Chicos y chicas eligen los trabajos voluntarios que les apetece hacer. Matt escogió visitar. Le asignaron al coronel Bonnamy. El coronel también es un buen hombre. Matt lo visitaba muy a menudo, diría yo. Se ganaba sus galones charlando con el coronel Bonnamy.

La identidad de la mujer a la que Matthew había escrito la carta, Jean, llenaba una parte del rompecabezas. La hija del coronel. Además, la conversación del tabernero revelaba que la desaparición y muerte de Matthew eran hechos que Bredgar Chambers había logrado mantener ocultos. Alan Lockwood se sentiría aliviado al saberlo, sin duda.

Ahora, Lynley y Havers estaban sentados a una pequeña mesa cercana a una ventana, casi cubierta de madreselva que aún no había florecido. Las hojas teñían de verde el sol que se filtraba por la enredadera y penetraba en la taberna. Lynley agitó su té con aire pensativo, mientras la sargento Havers leía sus primeras notas. Bostezó, se pasó los dedos por el pelo y descansó la mejilla en su mano.

Mientras Lynley la observaba, pensó en que había llegado a depender de Havers como acompañante, y en la ironía que encerraba la situación. Al principio, había creído que era la persona menos adecuada para encajar con él. Era quisquillosa, proclive a las discusiones y a perder los estribos, y amargamente consciente del abismo que les esperaba, una diferencia insalvable en razón de la cuna, la clase, el dinero y la experiencia. No podían ser más antitéticos. Havers luchaba con feroz determinación para alejarse de la barriada de clase obrera radicada en un mugriento suburbio de Londres, mientras él se movía con igual desenvoltura por su casa de Cornualles, la mansión de Belgravia o el despacho de New Scotland Yard. Pero el origen social no era la mayor de sus diferencias. Sus conceptos de la vida y la humanidad ocupaban asimismo confines opuestos del espectro. Los de Havers eran radicales, carentes de compasión, suspicaces, basados en la desconfianza inspirada por un mundo que no le había dado nada. Los de Lynley hundían sus raíces en la compasión, enriquecida por la comprensión, y se basaban casi por completo en la culpa que le espoleaba a buscar, aprender, expiar, redimir y rectificar. Sonrió al pensar en la sagacidad demostrada por el superintendente Webberly al emparejarles, al porfiar en que no se rompiera su asociación ni en momentos que, para Lynley, constituían una situación imposible, que sólo podía empeorar.

Havers dio una calada a su cigarrillo y lo dejó colgando de los labios, mientras empezaba a hablar parapetada tras la nube de humo gris.

– Señor, ¿conoce muy bien al director de la residencia, John Corntel?

– Éramos compañeros de clase, Havers. ¿Hasta qué punto llegan a conocerse los compañeros de clase? ¿Por qué?

La mujer dejó caer el cuaderno sobre la mesa y golpeó una página para dar énfasis a sus palabras.

– Cuando ayer vino al Yard, dijo que Brian Byrne se encontraba en Erebus el viernes por la noche. Pero el propio Brian nos ha dicho que estaba en el club de sexto, en la residencia Ion, y que no volvió a Erebus hasta las once. Eso quiere decir que John Corntel nos mintió. ¿Por qué nos mintió sobre algo tan fácil de verificar?

– Tal vez Brian le dijo que estuvo en la residencia.

– ¿Y por qué lo hizo, si cualquier alumno de sexto que asistiera a la fiesta del viernes por la noche podría testimoniar que estuvo allí?

– Suponiendo que un alumno accediera a eso, Havers. Me temo que se precipita en sus conclusiones.

– ¿Por qué?

Lynley meditó sobre la explicación de las peculiares reglas de honor que regían el comportamiento de los alumnos en un colegio privado.

– Porque no suele ocurrir -contestó-. En un colegio como éste, los alumnos no conceden su lealtad principal a un código de conducta o a un conjunto de normas, sino a sus compañeros. Por lo general, nadie se chiva… Nadie va contando que otro ha quebrantado las reglas.

– Pero esta tarde, Brian Byrne se chivó un poco sobre Chas, ¿no? Dijo que Chas se había ausentado de la fiesta para recibir varias llamadas telefónicas.

– No constituye una violación de las normas del colegio. Y, al fin y al cabo, yo le empujé hacia esa admisión -volvió al punto anterior que Havers había planteado-. ¿Qué insinúa sobre John Corntel? -Havers apagó el cigarrillo, alargó la mano hacia el paquete para coger otro, pero abandonó la idea cuando Lynley la reprendió-. Por el amor de Dios, sargento. Tenga piedad, se lo ruego.

La mujer apartó el paquete.

– Lo siento. Si Corntel pensó que Brian Byrne estuvo cumpliendo su cometido en Erebus aquella noche, me parece que sólo pudo llegar a esa conclusión de dos maneras, o Brian se lo dijo, lo cual carece de sentido, porque el propio Brian admitió sin coacciones que acudió a la fiesta, o Corntel no se hallaba en la residencia y asumió que Brian sí.

– ¿Dónde encaja John Corntel en este rompecabezas?

Havers se mordió la parte interna del labio inferior. Respondió con cautela.

– Había algo extraño en la forma que utilizó ayer para describirnos a Matthew, señor. Algo…

– ¿Relacionado con la añoranza, con la seducción?

– Yo diría que sí. ¿Y usted?

– Tal vez. Parece que Matthew era un niño muy guapo. Explíqueme el papel desempeñado por John Corntel.

– Matthew quiere huir de la escuela. Corntel tiene un coche. Le ayuda a conseguirlo. ¿No apuntaba usted en esa dirección cuando hablamos con el rector?

Lynley contempló el cenicero que descansaba sobre la mesa. El humo acre del tabaco quemado era como el canto de una sirena, fascinante, embrujador, imposible de resistir… Empujó el cenicero hacia la ventana.

– Da la impresión de que alguien le ayudó a escapar. Tal vez Corntel. Tal vez otra persona.

Havers frunció el ceño, pasó las páginas de la libreta y se detuvo para leer.

– ¿Por qué quería Matthew largarse? Era diferente, de clase obrera. ¿Cómo iba a entenderse con estos capullos? Y no se entendió, ¿verdad? Se acojonó al pensar que iba a casa de los Morant, a pasar un fin de semana codeándose con esa gente en una casa de campo. Falsificó una hoja de dispensa y puso pies en polvorosa para no enfrentarse al hecho de que los Morant adivinarían que era diferente de los demás chicos cuando les sometieran a examen. Eso es lo que me pareció después de escuchar a John Corntel ayer. Y comprendo muy bien por qué Matthew se sentía de esta manera. Como un espécimen, o un caso de caridad. Sin embargo, este Harry Morant con el que iba a pasar el fin de semana… Es un chico de clase alta, señor, y está claro que tiene tantas ganas de largarse como Matthew, clase alta o no. ¿Por qué?

Lynley recordó las amargas palabras de Smythe-Andrews acerca del colegio. Pensó en el significado del desmayo de Arlen.

– Puede que estuviera atemorizado.

¿Cómo le llamaban? Apalear a la plebe. Asegurarse de que los chicos recién llegados no adquirieran descaro, no se hicieran una idea equivocada sobre su ínfimo lugar en la jerarquía del colegio. Hace años que todos los colegios penalizaban las intimidaciones. La expulsión era el precio que pagaba el culpable, si era descubierto atormentando a un alumno después de recibir la primera advertencia.

– Matthew se fuga para escapar de una paliza -dijo Havers-. Se pone en las manos de alguien de confianza, y descubre que esa persona es aún peor que el torturador, es… ¿Qué? ¿Un pervertido sexual? Santo Dios, me pone enferma. Pobre muchacho.

– Hay otros detalles que conviene investigar, Havers. No parece que la familia tenga mucho dinero. Kevin Whateley talla lápidas, su mujer trabaja en un hotel. Para que Matthew entrara en el colegio tuvieron que atraer la atención de Giles Byrne. Giles Byrne conocía a Matthew…

– Y ha estado buscando un sustituto del tal Edward Hsu, a juzgar por lo que Brian nos dijo. No creerá usted que un miembro de la junta de gobierno… -Havers cogió el paquete de cigarrillos y, dirigiendo una mirada de disculpa a Lynley, encendió uno-. Una cosa es segura -repasó de nuevo sus notas. El papel crujió. Al otro lado de la sala, el tabernero estaba limpiando la barra con un trapo de aspecto grasiento-. John Corntel nos dijo ayer que un miembro de la junta de gobierno se hallaba en el colegio cuando los señores Whateley llegaron. ¿Cree que pudo ser Giles Byrne?

– Es fácil de averiguar, ¿no?

– Si fue Giles Byrne, quién sabe la idea oculta que abrigaba cuando propuso a Matthew para la beca, señor. ¿Y por qué se suicidó Edward Hsu, justo antes de los exámenes de ingreso en la universidad? ¿Le hizo Giles Byrne proposiciones? ¿Le sedujo? ¿Se ha pasado los catorce últimos años buscando otro pedazo de carne tierna que llevarse a la boca? -miró a Lynley a los ojos-. ¿Qué ponía en aquella foto del tren que hay en el dormitorio de Matthew?

– «Chu-chú, puf-puf.»

– Inspector, ¿no pensará que Matthew era el amante de algún chico? ¡Sólo tenía trece años! ¿Se tiene conciencia de las tendencias sexuales a los trece años?

– Tal vez sí, tal vez no. Tal vez no le concedieran otra elección.

– Dios santo -sonó como una plegaria.

Lynley pensó en la conversación que había mantenido la noche anterior con Kevin Whateley.

– El padre de Matthew me contó que durante los últimos meses se había mostrado retraído, introvertido, como si estuviera en trance. Algo le hacía sufrir, sin duda, pero no quiso hablar de eso.

– Con su padre no, pero sí con alguien.

– Por lo que usted me ha dicho, es posible que haya hablado con Harry Morant.

– Es posible, pero no creo que el joven Harry tenga la menor intención de revelarnos algo.

– Todavía no. Yo diría que necesita tiempo para pensar. Tiempo para decidir en quién puede confiar. No va a cometer el mismo error de Matthew.

– ¿Sabe él quién mató a Matthew, señor?

– Puede que no, pero sabe algo. Apostaría por ello.

– Entonces, ¿por qué no ha querido hablar hoy con él?

– No está preparado, sargento. Harry necesita un poco de tiempo.

Harry llevaba veinte minutos esperando en la oficina del conserje, situada en el lado este del patio cuadrangular. Estaba sentado en la única silla de la habitación, sin hablar. Las puntas de los zapatos apenas rozaban el suelo de piedra. Tenía los brazos pegados a la silla, y los ojos clavados en el tablero que había detrás del rayado mostrador de madera. Del tablero colgaban una serie de llaves, de los edificios, de las residencias, de las aulas, y el sol del atardecer que penetraba por la ventana arrancaba de ellas reflejos broncíneos, plateados y dorados. El conserje estaba ante su escritorio, detrás del mostrador, separando la correspondencia. Su uniforme le proporcionaba un aspecto vagamente militar. Todo el mundo sabía que el uniforme era un mero artificio. El conserje de un edificio no necesitaba ir vestido como un pensionista de Chelsea [4], pero ello contribuía a revestir de un aire de dignidad a la forma en que el conserje ejecutaba sus tareas. Por lo tanto, nadie protestaba.

Para Harry, no obstante, el uniforme era un obstáculo que creaba una distancia entre el conserje y el resto del mundo, aunque no podía describir con palabras esta sensación. Sólo sabía que el conserje mantenía a raya a todo el mundo con su tono militar, su porte militar y, sobre todo, su atavío militar. En aquel momento, Harry no necesitaba que nadie le mantuviera a raya. Necesitaba a alguien. Necesitaba un confidente.

Pero no podía ser este hombre, que hizo una pausa en su trabajo de clasificar la correspondencia y se sonó ruidosamente con un pañuelo arrugado. No querría.

Se abrió la puerta de la oficina y la secretaria del rector asomó la cabeza. Escrutó la habitación con mirada miope, como si la persona que buscara estuviera sentada sobre un estante o colgada entre las llaves. Al descubrir que no era así, bajó los ojos hacia Harry.

– Señor Morant -dijo, pronunciando su nombre con glacial indiferencia-. El rector le recibirá ahora.

Harry obligó a sus manos a despegarse de la silla. Siguió a la figura alta y flaca de la mujer por un oscuro pasillo que olía a café, hasta entrar en el estudio del rector.

– Harry Morant, señor rector -dijo la mujer antes de marcharse, y cerró la puerta a su espalda.

Harry se sintió desorientado al pisar la alfombra azul. Nunca había estado en el despacho del rector, y como sabía por qué se encontraba en ella, no se molestó en examinar la estancia. El castigo estaba asegurado. Un bofetón. Un palmetazo. Algún tipo de paliza. Sólo quería terminar cuanto antes, a ser posible sin lágrimas, y largarse.

Vio que el rector no vestía su toga, y tardó un momento en decidir si le había visto alguna vez de tal guisa. Concluyó que no, aunque, pensándolo bien, el espectáculo del señor Lockwood atizándole con la toga revoloteando alrededor de sus brazos y piernas sería más bien grotesco. Sería absurdo. Por eso se la había quitado.

– Morant -daba la impresión de que el rector hablaba desde muy lejos. Estaba de pie detrás de su escritorio, pero, para el caso, bien habría podido encontrarse en la luna-. Siéntese.

Había varias sillas en el estudio. Seis en torno a la mesa de conferencias; otras dos frente al escritorio del rector. Harry no sabía cuál debía elegir, de modo que siguió donde estaba.

Nunca había estado tan cerca del rector. Pese a estar separados por una enorme alfombra, dos sillas y el amplio escritorio, Harry distinguía detalles, y lo que veía no le gustaba. La sombra de la barba que ya volvía a apuntar dotaba a la piel del rector de un tono negro azulado. El cuello, erizado de granos, recordaba a Harry la piel de un perro mal depilado que había visto en la ventana de un restaurante chino de Londres. Sus fosas nasales se dilataban cada vez que inhalaba, como un toro a punto de cargar. Sus ojos se desplazaban de Harry a la ventana y de la ventana a Harry, como si sospechara la presencia de un micrófono oculto bajo el antepecho exterior.

Al observar todo esto, Harry reunió fuerzas para soportar la entrevista, para no decir nada, para no revelar nada y, sobre todo, para no llorar. Llorar siempre empeoraba las cosas.

– Siéntese -repitió el rector. Abrió la mano en dirección a la mesa de conferencias. Harry eligió una silla. Sus pies, de nuevo, no le llegaban al suelo. El señor Lockwood apartó una silla de la mesa y le dio vuelta para encararse a Harry. Se sentó. Cruzó las piernas, procurando no deformar la raya de los pantalones-. Hoy no ha ido a clase, Morant.

– No, señor -una respuesta bastante fácil, pronunciada sin apartar los ojos de los zapatos del señor Lockwood. Tenía una costra de barro en el empeine izquierdo. Harry se preguntó si el rector conocería su existencia.

– ¿Tenía miedo a un examen?

– No, señor.

– ¿Un trabajo o informe que debía presentar?

La exposición de historia. Había más que preparado su parte. No tenía nada que ver con su ausencia. De todos modos, parecía el elemento lógico que explicaría su comportamiento. ¿Le pegaría muy fuerte el rector por tal motivo?

– Una exposición de historia, señor.

– Entiendo. ¿No la había preparado?

– No tanto como debería, señor -Harry prosiguió en tono vehemente-. Sé que me he portado mal. Ha de azotarme, ¿verdad?

– ¿Azotarle? ¿En qué está pensando, Morant? En este colegio no azotamos a los chicos. ¿De dónde ha sacado esa idea?

– Pensé que… Recibí el mensaje de que usted deseaba verme, señor. El prefecto superior fue quien me encontró en el jardín de las esculturas. Pensé que eso significaría…

– ¿Que el prefecto superior iba a denunciarle para que yo le diera una paliza? ¿Cree que eso es propio de Chas Quilter, Morant?

Harry no contestó. Sintió un escozor en la parte posterior de las rodillas. Sabía cuál era la respuesta pertinente, pero no podía obligar a sus labios a formar la palabra, ni él podía pronunciarla. El rector continuó.

– Chas Quilter me dijo que le había encontrado en el jardín. Dijo que usted parecía terriblemente preocupado. Es por Matthew Whateley, ¿verdad?

Harry oyó la pregunta y supo que el nombre de Matthew no podía aflorar a sus labios de ningún modo. Sabía que si lo pronunciaba una vez, si permitía que Matthew accediera a su conciencia, las compuertas se abrirían y todo se derramaría. Después, sólo quedaría el olvido. Lo sabía. Lo creía. Era la única realidad de su vida en este momento.

El rector seguía hablando. Intentaba por todos los medios mostrarse tranquilizador, pero Harry ya conocía aquella falsa compasión. Notó la urgencia soterrada bajo las palabras del señor Lockwood, tal como la había notado en sus padres cuando trataban de ser comprensivos, sabiendo que iban a llegar un cuarto de hora tarde al partido de golf.

– Usted y Matthew eran amigos, ¿verdad? -preguntó el rector.

– Éramos miembros de la Sociedad de Trenes a Escala.

– Pero él era un amigo especial de usted, ¿no? Lo bastante especial como para que fuera invitado a su fiesta de cumpleaños con los demás chicos el pasado fin de semana. No parece que fuera tan sólo un simple compañero.

– Supongo. Éramos amigos.

– Los amigos hablan entre sí, imagino. ¿Verdad?

Harry sintió que el escozor se desplazaba de las rodillas a la columna vertebral. Comprendió adónde conducía la conversación. Intentó evitarlo.

– Matt no hablaba mucho, ni siquiera durante las actividades de la tarde.

– Pero usted le conocía, á pesar de esto, lo bastante para querer que fuera a su casa y conociera a sus padres, a sus hermanos y a sus hermanas…

– Bueno… Sí… Era… Harry se removió inquieto. Su determinación flaqueaba. Tal vez pudiera contarle la verdad al rector. No sería grave. No le costaría mucho-. Me ayudaba. Así nos hicimos amigos.

El señor Lockwood se inclinó hacia él.

– Usted sabe algo, ¿verdad, Morant? Matthew Whateley le contó algo. ¿Por qué se fugó? -Harry notó el aliento del rector en su cara. Olía a una mezcla de desayuno y café. Era caliente.

«¿Quieres un revolcón, maricona? ¿Quieres un revolcón? ¿Quieres un revolcón?» Harry se puso en tensión para escapar al recuerdo.

– Sabe algo, ¿verdad? ¿Verdad, muchacho?

«¿Quieres un revolcón, maricona? ¿Quieres un revolcón? ¿Quieres un revolcón?»

Harry se reclinó contra el respaldo de la silla. No podía. No quería. Contestó al rector con las únicas palabras posibles.

– No, señor. Ojalá.

Lynley y Havers llegaron a Hammersmith a las cinco y media. Un viento frío soplaba desde el Támesis, esparciendo las páginas mojadas de un periódico sobre el pavimento. Una fotografía húmeda de la duquesa de York estaba tirada en la cuneta; la huella de un neumático ondulaba su mejilla derecha. A su alrededor, los ruidos del vecindario aumentaban y disminuían de intensidad como el flujo de la marea, y el olor omnipresente de los vapores de escape que expulsaba el tráfico de la hora punta desde el paso elevado fumigaban la calle. La oscuridad caía a toda prisa, y mientras caminaban en dirección al río, las luces del puente de Hammersmith se encendieron, iluminando la superficie inmóvil del agua.

Descendieron los peldaños que conducían al malecón sin hablar. Se subieron el cuello de los abrigos, aguantaron la acometida del viento y caminaron hacia la casa de pescadores contigua a la taberna Royal Plantagenet. Las cortinas estaban corridas, pero la luz de una lámpara brillaba sobre la tela como un charco de ámbar. Entraron por el túnel que separaba la casa de la taberna, y Lynley llamó con los nudillos a la puerta. Al contrario que la noche anterior, enseguida se oyeron pasos y la puerta se abrió. Patsy Whateley apareció ante ellos.

Vestía la misma bata de nailon, con su cortejo de dragones demoníacos. Calzaba las mismas zapatillas verdes y llevaba el cabello desgreñado, sujeto inexpertamente para apartarlo de la cara con un cordón, en otros tiempos blanco y ahora de un tono grisáceo. Cuando les vio, alzó una mano como para alisarse el pelo o subirse el cuello desbocado de la bata. Sus dedos y palmas estaban cubiertos de harina.

– Galletas -dijo-. A Mattie le gustaban las galletas. Después de las vacaciones se llevaba un montón al colegio en una caja. Las que más le gustaban eran las de jengibre. Yo estaba…, hoy… -se miró las manos y se las frotó. Una fina lluvia de polvo cayó al suelo-. Kev fue a trabajar esta mañana. Yo no pude. Me pareció tan definitivo. Pensé que si hacía las galletas… de alguna manera, como por obra de un milagro, Matthew aparecería en la casa para comérselas. Ya no estaría muerto, ni perdido irremediablemente, sino vivo de nuevo. Y en casa con su madre, donde debía estar. Lynley lo comprendió.

Presentó a la sargento Havers.

– ¿Podemos entrar, señora Whateley?

La mujer parpadeó.

– Estaba distraída, ¿verdad? -Se apartó de la puerta, arrastrando los pies.

El aroma de las galletas recién salidas del horno llenaba la sala de estar, con las fragancias combinadas de canela, jengibre, nuez moscada y azúcar. Lynley se dirigió a la estufa eléctrica y la encendió. Zumbó débilmente, a medida que las barras cobraban vida.

– Se está haciendo tarde, ¿verdad? -observó Patsy-. Imagino que no habrán tomado el té. Les prepararé algo. Y las galletas… He hecho demasiadas para Kev y para mí. Cojan algunas. ¿Les gusta el jengibre?

Lynley deseaba decirle que no se preocupara, pero sabía que la mujer estaba decidida a seguir un camino que la mantuviera alejada del inevitable proceso del dolor el máximo tiempo posible. No contestó, y ella se encaminó al estante donde guardaba las tazas de té.

– ¿Ha estado alguna vez en St. Ives? -preguntó Patsy, acariciando el asa de una taza.

– Crecí no muy lejos de St. Ives -dijo Lynley.

– ¿Es usted de Cornualles?

– En cierta manera.

– Entonces, le pondré la taza de St. Ives. Y para la sargento… Stonehenge. Sí, Stonehenge le irá muy bien. ¿Ha estado allí, sargento?

– Una vez, en un viaje del colegio -dijo Havers.

Patsy cogió las dos tazas y sus platos. Frunció el entrecejo.

– No sé por qué han vallado Stonehenge. Hace años se podía caminar por la llanura hasta llegar a las rocas. Tan silenciosas. Sólo se oía el viento. Sin embargo, cuando llevamos a Mattie, sólo pudimos verlas desde lejos. Alguien dijo que una vez al mes se permite andar entre las rocas. Teníamos la intención de volver con Mattie para que lo hiciera. Pensamos que había mucho tiempo. No sabíamos… -alzó la cabeza-. El té -entró en la cocina, situada en la parte posterior de la casa, por una puerta abierta.

– La ayudaré -dijo Havers, siguiéndola.

Lynley, a solas en la sala de estar, se acercó a la estantería que corría bajo las ventanas del frente. Vio dos nuevas esculturas que se habían añadido a la colección Eran muy diferentes de los desnudos entre los que se erguían.

Ambas eran de mármol y, mientras las examinaba recordó la teoría de Miguel Ángel, referente a que el objeto que iba a ser creado de la piedra se hallaba, simplemente, prisionero en el interior de la roca, y el artista se limitaba a cumplir un papel de libertador. Recordó haber visto en Florencia una escultura semejante. Se trataba de una pieza inacabada, en la que la cabeza y el torso de un hombre parecían retorcerse para liberarse del mármol. Estas dos obras que tenía ante él eran muy semejantes, salvo por el detalle de que las figuras que emergían estaban pulidas y alisadas, para sugerir un acabado final, en tanto el resto de la piedra seguía en su estado original.

En la base de cada escultura se habían pegado pequeños letreros rectangulares, y Lynley leyó lo que se había escrito con mano insegura. Nautilus en una y Madre e hijo en la otra. Nautilus estaba tallada en mármol rosa oscuro, y la concha del molusco que surgía de la piedra dibujaba una lenta y suave curva, aparentemente sin principio ni fin. Para Madre e hijo se había empleado mármol blanco, dos cabezas que se tocaban, la insinuación de un hombro, la forma confusa de un solo brazo que abarcaba y protegía. Cada una era una metáfora, una sugerencia de realidad, un susurro antes que un grito estridente.

Lynley no podía creer que el creador de los desnudos hubiera dado un salto cualitativo de tal envergadura en su arte. Se inclinó, tocó la fría curva de la concha y distinguió las iniciales talladas en la base de la piedra, M. W. Miró los desnudos, y vio K. W. tallado en ellos. Padre e hijo no podían poseer un concepto del arte más diferente.

– Ésos son de Mattie. No me refiero a los desnudos, sino a los otros.

Lynley se volvió. Patsy Whateley le observaba desde la puerta de la cocina. Detrás de ella, una tetera emitía un silbido agudo, y también se oía a la sargento Havers, que vigilaba el té.

– Son muy bonitos -contestó él.

Las zapatillas de Patsy resonaron sobre la delgada alfombra cuando se reunió con Lynley ante la estantería. Lynley percibió los penetrantes olores de su cuerpo sin lavar, y se preguntó, en un arranque irracional de cólera, qué clase de hombre era Kevin Whateley, capaz de dejar que su mujer pasara sola el primer día de total agonía.

– No están terminados -murmuró ella, mirando con ternura el conjunto de madre e hijo-. Kev los trajo anoche. Estaban en el jardín, con las demás obras de Kev. Matt las empezó el pasado verano. No sé por qué no las acabó. Era impropio de él dejar a medias las cosas. Siempre procuraba terminarlas. No descansaba hasta conseguirlo. Así era Mattie. Podía estar de pie la mitad de la noche, enfrascado en uno u otro proyecto. Siempre prometía irse a la cama en un periquete. «En un periquete, mamá», me decía, pero yo le oía moviéndose por su habitación hasta la una y media de la mañana. De todos modos, no sé por qué dejó éstas sin terminar. Habrían quedado muy bonitas. No tan realistas como las de Kev, pero igualmente bonitas.

Mientras Patsy hablaba, la sargento Havers salió de la cocina con una bandeja de plástico que depositó sobre la mesilla de café, sostenida por patas metálicas, que había frente al sofá. Entre la tetera, las tazas y los platillos había un plato con las galletas de jengibre prometidas. A juzgar por su aspecto, formaban parte de una remesa que se había dejado demasiado rato en el horno. Las marcas de sus bordes indicaban que se habían cortado las partes quemadas con un cuchillo.

La sargento Havers sirvió el líquido, todos se sentaron y pasaron los siguientes instantes contemplando el té. Mientras lo hacían, se oyeron pasos pesados que se adentraban en el túnel y se detenían frente a la puerta. Una llave se insertó en la cerradura y Kevin Whateley entró. Se quedó inmóvil al ver a la policía.

Iba muy sucio. El polvo cubría su escaso cabello y se introducía en las arrugas de la cara, cuello y manos. El sudor producido por el esfuerzo había esparcido sobre la piel manchas irregulares. Vestía pantalones téjanos, chaqueta de dril y botas de trabajo. Todas las prendas se veían también muy sucias. Al verle, Lynley recordó que Smythe-Andrews le había dicho que la profesión de Kevin Whateley era tallador de lápidas. Parecía inconcebible que Whateley hubiera logrado consagrarse a un trabajo semejante en un día como el de hoy.

– ¿Y bien? -dijo el hombre, después de cerrar la puerta-. ¿Qué han venido a decirnos?

Cuando Whateley dio un paso adelante y entró en el círculo de luz, Lynley observó que se había hecho un corte en la frente. El polvo se había introducido en la herida, que debería vendarse cuanto antes.

– Usted mencionó ayer que le habían concedido una beca a Matthew para ir a Bredgar Chambers -dijo-. El señor Lockwood nos dijo que un miembro de la junta de gobierno, un hombre llamado Giles Byrne, propuso a Matthew. ¿Es eso correcto?

Kevin atravesó la sala y cogió una galleta. Sus dedos dejaron un rastro de suciedad en el plato. No miró a su mujer.

– Es verdad -contestó.

– Me he estado preguntando por qué eligieron Bredgar Chambers, en lugar de otro tipo de colegio. El señor Lockwood indicó que ustedes habían reservado una plaza para Matthew cuando tenía ocho meses. Bredgar Chambers es bastante conocido, por supuesto, pero no es Winchester o Harrow. O Rugby. Es la clase de colegio al que los padres envían a sus hijos para continuar una tradición familiar, pero no parece el tipo de colegio que se elige al azar, sin haber investigado antes un poco. O sin haber recibido una solicitud en ese sentido.

– El señor Byrne lo recomendó -dijo Patsy.

– ¿Le conocían antes de inscribir a Matthew en el colegio?

– Le conocíamos -dijo Kevin, lacónico. Se acercó a la chimenea y concentró su atención en la estrecha repisa, sobre la cual descansaba un jarrón verde opaco, carente de flores.

– En la taberna -añadió Patsy. Tenía los ojos clavados en la espalda de su marido, solicitando ayuda en silencio. Él siguió sin hacerle caso.

– ¿La taberna?

– En la que trabajaba como camarera. Antes de Matthew -explicó-. Me cambié a un hotel de South Ken. No quería… -alisó la tela de la bata. El movimiento provocó que uno de los dragones se agitara de forma amenazadora-. La madre de Mattie no podía trabajar de camarera. Quería hacer lo mejor por él. Quería que tuviera más oportunidades que yo.

– Así que conoció a Giles Byrne en la taberna. ¿Era una taberna del barrio? ¿La de al lado?

– Bajando un poco por el paseo. Un lugar llamado La Paloma Azul. El señor Byrne solía venir cada noche. Es posible que aún lo haga. No entro allí desde hace siglos.

– No va -dijo Kevin-. Al menos, anoche no fue.

– ¿Fue a verle a la taberna anoche?

– Sí. Estuvo en Bredgar ayer por la tarde, cuando Mattie aún no había aparecido.

Parecía insólito que un miembro de la junta de gobierno estuviera en el colegio un domingo por la tarde.

– Le telefoneamos, inspector -dijo Patsy Whateley, como si hubiera leído sus pensamientos.

– Siempre se tomó mucho interés por Mattie -daba la impresión de que Kevin estaba defendiendo su decisión de llamar a un miembro de la junta de gobierno-. Así evitaríamos que el rector nos diera largas. Nos encontramos con él allí. Para lo que sirvió… Todo el mundo insistía en que Mattie se había fugado. Y todos les echaban las culpas a los otros. Y nadie quiso llamar a la policía. Maricones de mierda.

– Kev… -Patsy consiguió que su nombre sonara como una disculpa.

Whateley se volvió para mirar a su mujer.

– ¿Cómo quieres que les llame? El muy arrogante señor Lockwood y el holgazán de Corntel. ¿Debí darles las gracias por haber perdido a nuestro Mattie, muchacha? ¿Es eso lo que quieres? Es lo más correcto, ¿verdad, Pats?

– Oh, Kev…

– ¡Está muerto! ¡Maldita sea, el chico está muerto! ¿Y aún esperas que dé las gracias a mis superiores por ocuparse de ello? ¡Para que, entretanto, te dediques a hacer galletas para los cabrones de la policía, que pasan un huevo de Mattie o de nosotros! Para ellos no es más que un cadáver. ¿Es que no lo comprendes?

El rostro de Patsy se contrajo al escuchar las palabras de su marido.

– A Mattie le encantan las galletas -consiguió articular-. Sobre todo las de jengibre.

Kevin lanzó un chillido. Se apartó de un salto de la chimenea, abrió la puerta de la casa y se marchó. Havers cruzó la sala en silencio y cerró la puerta.

Patsy Whateley, hundida en la butaca a cuadros pardos y amarillos, retorció el cinturón de la bata, que se había abierto y dejaba al descubierto un muslo carnoso, surcado de venas azules.

Lynley consideró indecente permanecer allí un momento más, sabiendo que sería un acto de piedad dejar solos a los Whateley. Sin embargo, tenía que averiguar más cosas y no tenía mucho tiempo para hacerlo. Lynley sabía que estaba obedeciendo una norma fundamental e implacable de la policía. Cuanto antes se reúne la información sobre un crimen, más posibilidades existen de resolverlo. No había tiempo que perder, ni tiempo que conceder, ni tiempo para suavizar el camino sembrado de espinas que estaban recorriendo los Whateley. Se despreció por ello, pero continuó insistiendo.

– Giles Byrne era cliente asiduo de La Paloma Azul. ¿Vive aquí, en Hammersmith?

Patsy asintió.

– En Rivercourt Road, muy cerca de la taberna.

– ¿Está lejos de aquí?

– Un breve paseo.

– ¿Se conocían bien? ¿Y sus hijos? ¿Se conocían Matthew y Brian antes de que Matthew fuera a Bredgar Chambers?

– ¿Brian? -dio la impresión de que se esforzaba por relacionar el nombre con algún recuerdo-. Es el hijo del señor Byrne, ¿verdad? Me acuerdo de él. Vive con su madre desde hace años. El señor Byrne está divorciado.

– ¿Cabe la posibilidad de que Matthew sirviera de sustituto al hijo de Giles Byrne?

– No se me ocurre cómo. El señor Byrne apenas había visto a Mattie. Es posible que se encontraran en el parque, si había salido a pasear y Mattie estaba jugando allí. Mattie solía ir, pero no recuerdo que mencionara nunca al señor Byrne.

– Brian nos dijo que su padre apadrinó en cierta ocasión a un chico llamado Edward Hsu. Dijo que su padre buscaba un sustituto de Edward Hsu desde 1975. ¿Sabe qué quiere decir eso? ¿Pudo ser Matthew el sustituto de un chico al que Giles Byrne apreciaba mucho?

Patsy reaccionó a la pregunta con un movimiento infinitesimal que Lynley habría pasado por alto de no estar mirándole las manos. Estas aferraron la bata, y después aflojaron su presa.

– Mattie no veía al señor Byrne, inspector, por lo que yo sé. Tampoco me lo dijo.

Su tono indicaba convencimiento, pero Lynley sabía que los niños no les cuentan todo a sus padres. Reflexionó sobre el cambio experimentado en el comportamiento del muchacho, del que Kevin Whateley les había informado. Tenía que existir una explicación. No se producen cambios sin un motivo.

Sólo quedaba un aspecto por tratar con Patsy Whateley, y Lynley lo sacó a colación con delicadeza, consciente del dolor que causaría a la mujer.

– Señora Whateley, sé que le resulta muy difícil aceptarlo, pero da la impresión de que Matthew se fugó de la escuela, o al menos que quería fugarse para llegar a un acuerdo con alguien que… vaciló, preguntándose por qué le costaba tanto ir al grano. Havers se encargó por él.

– Alguien que le asesinó -dijo en voz baja.

– No puedo creerlo -replicó Patsy Whateley, volviéndose hacia Havers-. Mattie no se fugaría del colegio.

– Pero si tuviera problemas, si le estuvieran atormentando…

– ¿Atormentando? -giró la cabeza en dirección a Lynley-. ¿A qué se refiere?

– Usted le veía durante las vacaciones. ¿Advirtió moretones, o algún tipo de marcas?

– ¿Moretones? No, claro que no. ¡Claro que no! ¿Cree que si alguien le estuviera haciendo la vida imposible no se lo diría a su mamá? ¿No cree que confiaría en su mamá?

– Tal vez no, sobre todo si sabía cuán importante era para usted que continuara en Bredgar Chambers. Tal vez no haya querido decepcionarla.

– ¡No! -la palabra implicaba algo más que una simple negativa-. ¿Por qué querría alguien atormentar a mi Mattie? Era un buen chico, un chico tranquilo. No se perdía una clase. Obedecía las normas. ¡Explíqueme por qué alguien atormentaría a Matt!

Porque no encajaba, pensó Lynley. Porque no quería seguir las tradiciones. Porque no estaba hecho para encajar en el molde. Y, sin embargo, las diferencias de clase de Matthew Whateley no explicaban todo lo que ocurría en Bredgar Chambers. Lynley lo había observado en los ojos de Smythe-Andrews, en el desmayo de Arlen, en la negativa de Harry Morant a acudir a clase. Todos estaban asustados. Pero, al contrario que Matthew, no lo bastante como para escaparse.

La estrecha casa de ladrillo de Rivercourt Road estaba a oscuras. Pese a la clara indicación de que no había nadie, Kevin Whateley entró como una fiera por el portal, subió los peldaños y golpeó la puerta con la aldaba metálica. Supo que era un esfuerzo inútil en el mismo momento, pero siguió golpeando. El ruido aumentó de intensidad y resonó en la calle.

Quería ver a Giles Byrne. Quería verle esta noche. Quería increpar, zaherir, insultar y martirizar al único hombre responsable de la muerte de Mattie. Kevin cerró el puño y lo descargó sobre la puerta.

– ¡Byrne! -gritó-. ¡Sal fuera, cabrón! Sal, maldito seas. ¡Abre la puerta! ¡Maricón! ¡Maricón de mierda! ¿Me oyes, Byrne? ¡Abre la puerta!

Un estrecho rayo de luz iluminó el pavimento de la acera opuesta, cuando una puerta se abrió con cautela y alguien se asomó.

– Cállese -gritó una voz.

– ¡Váyase a tomar por el culo! -aulló Kevin. La puerta se cerró al instante.

A ambos lados del porche había dos grandes jarrones de cerámica. Como nadie respondió desde el interior de la casa a los gritos de Byrne, éste reparó en ellos. Cogió uno, lo empujó y cayó sobre los limpios escalones. Tierra y hojas se esparcieron sobre las losas. El jarrón se rompió en mil pedazos sobre el inmaculado camino particular.

– ¡Byrne! -chilló Kevin. El nombre se entremezcló con una carcajada-. ¿Ves lo que estoy haciendo, Byrne? ¿Qué te parece, tío? ¿Quieres otra ración?

Se precipitó sobre el segundo jarrón, lo agarró por el borde saliente y lo arrojó contra la puerta blanca. La madera se astilló. Se le metió tierra en los ojos. Fragmentos de cerámica hirieron su rostro.

– ¿Tienes bastante? -gritó Kevin.

Se dio cuenta de que estaba jadeando, de que el pecho le dolía como si le clavaran una lanza.

– ¡Byrne! -resolló-. Maldito seas… Byrne…

Se desplomó sobre el peldaño superior, cubierto de tierra. Un fragmento afilado de jarrón se le clavó en el muslo. Sentía la cabeza pesada y los hombros le dolían. Su visión era borrosa, aunque lo bastante clara para ver que un joven delgado había salido de la casa de al lado, caminaba por la acera y miraba por encima de los arbustos de piracanta que hacían las veces de frontera entre ambas propiedades.

– ¿Te encuentras bien, tío? -preguntó.

Kevin luchó por respirar.

– Sí, muy bien -contestó.

Se puso en pie, tosió y se tambaleó entre los restos dispersos hacia el portal. Lo dejó abierto y se dirigió hacia el río y la avenida Superior. Frente a él, las ramas de un enorme castaño se silueteaban contra el cielo nocturno. Kevin parpadeó al ver el árbol.

«¡Sé subirme! ¡Mira! ¡Mírame, papá!»

«Baja de ahí, Mattie. Te romperás el cuello, hijo, o te caerás al río.»

«¿Al río? ¡Me encantaría! ¡Me gustaría muchísimo!»

«Mamá no pensaría igual, ¿verdad? Venga, baja, y no digas más tonterías.»

Y bajó, sin correr el menor peligro, puesto que sólo había trepado hasta la primera rama, pero más a salvo ahora, con los pies sobre la tierra.

Kevin apartó sus ojos del árbol y caminó despacio hacia La Paloma Azul y el parque que se extendía a corta distancia de la taberna. Intentó no mirar nada mientras andaba. Intentó olvidar dónde estaba. Intentó no darse cuenta de que cada paso que daba le acercaba más a otra parte del barrio que le recordaría a Mattie. En especial el río.

Al igual que las pocas casas sin restaurar que quedaban a orillas del Támesis, la suya también contaba con un paso que conducía al agua, reliquia de una forma de vivir extinguida desde hacía mucho tiempo, cuando los pescadores lo utilizaban para acceder con facilidad a su sustento. Se hallaba en el extremo más alejado del sótano: una puerta que conducía a un túnel y unos escalones que bajaban desde el malecón al río. ¿Cuántas veces había prohibido a Mattie que abriera aquella puerta? ¿Cuántas veces le había explicado los peligros de caer por aquellos gastados escalones de piedra?

Tantas como le había aconsejado cruzar con cuidado la calle, mantenerse alejado de la Great West Road, evitar el muro que separaba la avenida Inferior del río, protegerse los ojos con gafas antes de que empezara a aplicar el taladro a la piedra, alejar la radio del baño. Eran advertencias cariñosas, formuladas con paciencia, pensadas para evitar cualquier daño al chico.

Sin embargo, mientras pronunciaba estas tiernas advertencias, el peligro real acechaba, aguardando su momento. Por más que había amado a su hijo, Kevin no había comprendido cuál era el peligro. Le habían inducido a creer que no existía; Giles Byrne le había convencido. Patsy y él habían caído en las redes de la lógica, la sabiduría y la experiencia superior del hombre. Que el infierno se lo lleve.

A Mattie no le gustaba Bredgar Chambers. Había suplicado repetidas veces que no le enviaran allí. Pero lo habían hecho, de todos modos, y Kevin se dijo que la resistencia del niño a abandonar Hammersmith era una señal inequívoca de que debía apartar al muchacho de las faldas de su madre. Bien, ya le habían apartado, ¿no? Mattie ya no seguiría apegado a su madre nunca más. Ni por asomo. Mattie. A Kevin le escocían los ojos, le dolía la garganta. Su pecho parecía a punto de estallar. Luchó contra todo ello.

«¿Me darás una piedra para que la vaya tallando, papá? Se me ha ocurrido una idea para una pieza y… Te lo enseñaré. He empezado a trabajar un poquito.»

¿Cómo era posible que estuviera muerto? ¿Cómo era posible que aquella bulliciosa y tierna vida se hubiera extinguido? ¿Cómo iban a sobrevivir sin Mattie?

– ¡Eeeeh, tío, parece que te hayas revolcado con los cerdos!

La voz ebria le devolvió a la realidad. Un hombre estaba derrumbado en un banco, a la orilla del río, bebiendo de una botella envuelta en una bolsa de papel. Dirigió una sonrisa maliciosa a Kevin.

– ¡Cerdito! -entonó el borracho-. ¡Cerdito, cerdito, cerdito, cerdito! -lanzó una carcajada y agitó la bolsa en el aire.

– Vete a tomar por el culo -replicó Kevin, pero las palabras temblaron.

– ¡Oooooh, cerdito llorón! -respondió el borracho-. ¡Cerdito llorón, cerdito llorón! ¡Llora porque lleva los pantalones cubiertos de barro!

– Hijo de la gran…

– ¡Oooooh, estoy asustado! ¡Tiemblo de miedo! Asustado del cerdito llorón llorón. ¿Por qué lloramos, cerdito? ¿Hemos perdido nuestra hembra? ¿Hemos perdido a nuestro cochinillo? ¿Hemos perdido nuestro…?

Kevin se abalanzó sobre el hombre, con los dedos lanzados hacia su garganta.

– ¡Bastardo de mierda! ¡Cierra la boca! -chilló, golpeándole la cara. Sintió que se rompían los huesos y que sus nudillos chocaban contra dientes.

El contacto y el dolor obraron como un bálsamo. Y cuando la rodilla del borracho se hundió salvajemente en la entrepierna de Kevin y un terrible dolor sacudió todo su cuerpo, todavía fue mejor. Soltó su presa y cayó al suelo. El borracho se puso en pie, tambaleante, propinó una patada a las costillas de Kevin y huyó en dirección a la taberna. Kevin se quedó inmóvil. Le dolía todo el cuerpo y su corazón martilleaba.

Pero no lloró.

Capítulo 10

Deborah St. James estaba ovillada en la desgastada butaca de cuero que había al lado de la chimenea, en el estudio de su marido. Aunque sus manos sostenían unas pruebas fotográficas y una lupa, su atención se concentraba en las llamas azules y doradas que lamían los troncos. Una copa de coñac descansaba en la mesa de al lado, pero aparte de aspirar su aroma intenso y vinoso, no se había sentido con fuerzas de tocar la bebida.

Después de la visita matutina de Lynley, había pasado sola casi todo el día. Simon se había ido a una reunión poco antes de comer, de allí a un compromiso en el instituto de Chelsea, de allí a una sesión con un equipo de abogados que preparaban la defensa de un acusado en un caso de asesinato. No había querido acudir a ninguna de las citas, y estaba cancelando subrepticiamente la primera cuando ella le sorprendió haciéndolo y se lo impidió, sabiendo muy bien que estaba dejando de lado su trabajo para quedarse en casa, por si ella le necesitaba.

Deborah había reaccionado con irritación, insistiendo en que no era una niña, en que dejara de mimarla. La irritación era un disfraz que adoptaba para ocultar hasta qué punto necesitaba aliviar su confusión interior, alivio que sólo alcanzaría cuando le dijera la verdad. Un día habían prometido que fundarían los cimientos de su matrimonio sobre la verdad. Ella había accedido con despreocupación, creyendo que un pequeño y desagradable secreto del pasado no sería suficiente para destruir lo que habían erigido entre ambos. Sin embargo, ya estaba ocurriendo, y esta mañana, al ver la dolida confusión con la que Simon acogía sus palabras, había detectado las primeras fisuras inconfundibles en su relación.

Se despidió de una forma dolorosamente remota. Se asomó a la puerta de su cuarto oscuro, ataviado con el traje azul marino, el ingobernable cabello rizado resbalando sobre el cuello de la camisa, el maletín en una mano, y apenas dijo nada.

– Me voy, Deborah. Creo que no llegaré a tiempo para la cena, si la reunión de las cinco es como la que tuve con el abogado de Dobson.

– De acuerdo. Sí.

«Amor mío», quiso añadir, pero el abismo abierto entre ellos se había ensanchado demasiado. De no ser por ello, se habría abalanzado sobre él, cepillado innecesariamente los hombros de la chaqueta, alisado su cabello, sonreído al sentir que sus brazos la rodeaban de manera automática, levantado la boca para recibir su beso. Sus manos la habrían acariciado, y su respuesta habría sido cariñosa y veloz. En otro tiempo, en circunstancias diferentes. Ahora, sólo la distancia le permitía protegerle, y la cercanía de Simon era el único acicate, y el más peligroso, que la impedía a hablar con él.

Oyó que se cerraba la puerta de un coche en la calle, y se acercó a la ventana. A pesar de todo, esperaba que fuera Simon, aunque sabía que, probablemente, no lo sería. No lo era. Vio el Bentley plateado aparcado junto a la acera y a Lynley subiendo los cinco peldaños que conducían a la puerta. Fue a abrirla. Su aspecto denotaba cansancio. Finas arrugas cercaban las comisuras de su boca.

– ¿Has cenado, Tommy? -le preguntó, mientras él colgaba el abrigo en el perchero del vestíbulo-. ¿Le digo a papá que te prepare algo? No será ninguna molestia, y creo que ya es hora de que tu…

Vaciló cuando él se volvió a mirarla. Le conocía demasiado bien para que lograra ocultarle la honda impresión que le causaban los asesinatos. Lo leyó en sus ojos, en la postura de sus hombros, en la expresión de abatimiento que reflejaba su cara.

Entraron en el estudio y Lynley se sirvió un poco de whisky en el bar.

– Sé que un caso como éste debe de ser terrible para ti. Ojalá hubiera algo… He estado dándole vueltas en la cabeza. Tiene que haber un detalle que no consiga recordar… Algo que te sirva de ayuda… Debería acordarme. No paro de decírmelo.

Él apuró la bebida y devolvió el vaso de cristal a su bandeja. Golpeteó el borde sin descanso.

– Simon no está -continuó ella-. Uno de esos días de incesantes reuniones, me temo. No sé cuándo volverá. Tommy, ¿estás seguro de que no tienes hambre? Papá está en la cocina. Sólo tardará un momento…

– ¿Qué te pasa, Deb?

Era una pregunta inesperada, formulada con afecto. Su tierna presión socavó sus defensas, y Deborah sintió que el frío dedo del pánico la tocaba. Lo más importante era no decir nada.

– Estaba examinando mis pruebas del viaje. -Como para conferir veracidad a sus palabras, volvió a la butaca, se sentó y cogió las fotos una vez más-. Mientras tiraba las pruebas, me pregunté si te servirían de algo, Tommy. Me refiero a las fotos de Stoke Poges. Las demás no. Estoy segura de que la abadía de Tintern no te interesa.

El que Lynley mantuviera sus ojos fijos en ella no contribuyó a tranquilizarla. El detective acercó la otomana de Simon a la butaca de Deborah y se sentó. La joven cogió su copa de coñac y se decidió a beber. El licor quemó su garganta como fuego.

– Quería decirte cuánto lo sentí -dijo Lynley-. Pero no tuve ocasión. Estabas en el hospital. Luego me enteré de que te habías marchado de viaje. Sé lo que el niño significaba para ti, Deb. Para los dos.

Ella sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Él no lo sabía. Nunca lo sabría.

– Por favor, Tommy -acertó a murmurar.

Las dos palabras, en apariencia, bastaron. Al cabo de un momento, Lynley cogió las fotos y sacó las gafas del bolsillo de la chaqueta. Utilizó la lupa de Deborah para indicar una foto.

– Stoke Poges. La iglesia de St. Giles. El problema reside en que Bredgar Chambers se halla en West Sussex, justo a mitad de camino entre Horsham y Crawley. Por más que te estrujes la imaginación, no hay una línea recta que lo una con Stoke Poges y ese cementerio. Por lo tanto, el asesino tuvo que elegirlo a propósito. ¿Por qué?

Deborah meditó sobre la pregunta. Tal vez había algo, después de todo…

Fue al escritorio y buscó la copia del tosco manuscrito del libro que sus fotografías ilustrarían.

– Espera un momento… Recuerdo… -Cogió el manuscrito, se sentó y pasó las páginas hasta localizar el poema de Thomas Grey. Examinó las estancias, lanzó una exclamación y tendió el manuscrito a Lynley-. Mira el epitafio -dijo-. La primera parte.

El detective leyó las cuatro primeras líneas en voz alta.

Aquí descansa su cabeza sobre el regazo de la Tierra.
Un joven que desconoció la fortuna y la fama:
la ciencia de la razón no desaprobó su humilde cuna,
y la Melancolía le marcó con su estigma.

Lynley miró a Deborah.

– Cuesta creerlo -dijo-. Ni siquiera estoy seguro de querer creerlo.

– ¿Cómo encajan las líneas con el muchacho?

– A la perfección. -Lynley se quitó las gafas y contempló el fuego-. Todo está ahí, línea por línea, Deb. La cabeza de Matthew estaba apoyada en la tierra cuando le encontraste, ¿verdad? No gozó de fama ni fortuna, desde luego. Su cuna fue humilde…, más que humilde, me atrevería a decir. En los últimos meses se volvió hosco, melancólico. Su padre lo describió como si estuviera en trance. Poco comunicativo.

Deborah experimentó un estremecimiento de temor.

– Eso quiere decir que se eligió Stoke Poges a propósito.

– Por alguien que tenía un vehículo, alguien a quien Matthew conocía, alguien con un interés pervertido por los niños, alguien que conocía bien el poema.

– ¿Sabes quién es?

– Me parece que no quiero saberlo. -Se levantó de la otomana, caminó hasta la ventana y regresó. Se desplazó de nuevo hasta la ventana. Apoyó la mano en el antepecho y miró la calle.

– ¿Qué sucederá ahora?

– La autopsia nos proporcionará más datos. Fibras, cabellos, restos de algún tipo nos explicarán dónde estuvo Matthew desde el viernes por la tarde hasta el domingo. No le mataron en aquel cementerio. Lo tiraron allí. Por lo tanto, durante veinticuatro horas, o más, estuvo prisionero en algún sitio. La autopsia nos dará una idea de dónde. Y una causa definitiva de la muerte. Cuando tengamos eso, sabremos qué dirección tomar.

– ¿Es que ahora vas a ciegas? Por lo que estás diciendo…

– ¡Aún no lo tengo claro! No puedo detener a alguien basándome en un poema, la propiedad de un coche, un puesto de confianza en el colegio y la curiosa forma de describirme a un niño, dejando aparte el ser jefe del departamento de Inglés, y, por añadidura, profesor de literatura.

– Así que sabes algo -dijo Deborah-. Tommy, ¿es alguien a quien tú…? -Leyó la respuesta en su cara-. Debe de ser espantoso para ti. Horrible.

– No lo sé. Es la verdad. Carece de motivos claros.

– ¿Exceptuando la curiosa forma de describir a un niño? -Deborah cogió las fotografías y eligió sus palabras con sumo cuidado-. Le habían atado. Me di cuenta. Tenía erosiones, puntos en que la piel se veía escoriada y en carne viva. Y las quemaduras… Tommy, es el peor tipo de motivo. ¿Por qué tienes miedo de hacerle frente?

Él se giró en redondo.

– ¿Por qué tienes miedo tú? -preguntó.

Las palabras destruyeron la frágil serenidad que Deborah había logrado reunir durante los breves minutos de conversación. Sintió que su piel palidecía.

– Dímelo -insistió Lynley-. Deborah, por el amor de Dios, ¿crees que estoy ciego?

Ella meneó la cabeza. Claro que no estaba ciego. Veía demasiado. Ésa siempre había sido la raíz del problema. Él continuó.

– Vi cómo los dos actuabais esta mañana. Como extraños. Peor que extraños.

Ella siguió en silencio. Deseaba que dejara de hablar, pero Lynley no cejó.

– Estás apartando a Simon del dolor, ¿verdad, Deborah? Crees que no lamenta la pérdida, o al menos que su pena no tiene comparación con la tuya. Así que le apartas. Apartas a todo el mundo. Quieres sufrir sola, ¿eh? Como si fuera culpa tuya. Como si necesitaras un castigo.

Ella intuyó que su rostro la traicionaba y supo que debía cambiar de conversación. Buscó, en vano, una forma.

El perro empezó a ladrar en algún rincón de la casa, excitados aullidos que, por lo general, equivalían a pedir un premio por algún truco realizado. En respuesta, Deborah oyó las carcajadas de su padre.

Lynley se alejó de la ventana y se dirigió hacia la pared del otro lado, donde se exhibían las fotografías de la joven. Deborah le vio estudiar una pequeña foto en blanco y negro, una de sus primeras tentativas, efectuada poco después de que cumpliera catorce años. En la instantánea, Simon estaba tendido sobre un plegatín en el jardín, cubierto con una manta de lana, las muletas a un lado. Ladeaba la cabeza hacia la izquierda y, aunque tenía los ojos cerrados, su cara revelaba una gran desesperación.

– ¿No te has preguntado nunca por qué ha dejado que siga colgada aquí? -dijo Lynley-. Podría haberla quitado. Podía haber insistido en que la reemplazaras por otra cosa, algo más alegre, algo amable.

– Algo falso.

– Pero él no lo hará, ¿verdad? ¿Te has preguntado por qué?

Ella lo intuía. Ella lo sabía. Se hallaba en el núcleo de lo que amaba en su marido. No era la fuerza física, ni virtudes espirituales, ni una rectitud inflexible e implacable, sino una disposición a aceptar, una capacidad para continuar, una determinación de seguir luchando. Aquellas virtudes le habían hablado con elocuencia desde el primer instante de su convivencia.

«Es irónico que los dos hayamos terminado igual», pensó. Tullidos. En el caso de Simon, al menos, él no tuvo control sobre el coche, o el accidente. Pero ella sí tuvo perfecto control. Ella tomó la decisión de mutilarse, porque en aquel tiempo le había parecido más sencillo, porque resultaba conveniente para su vida.

– Estoy tullida -dijo.

Lynley rechazó la palabra y las implicaciones que tenía en su vida.

– Eso es una tontería, Deb. No sabes lo que es eso. No puedes saberlo.

Pero ella lo sabía.

Cuando Lynley llegó a casa, encontró el correo en su lugar acostumbrado de la biblioteca, en la esquina superior izquierda de su escritorio, aplastado bajo el peso de una lupa de gran tamaño que Helen le había regalado en broma años antes, cuando le ascendieron a inspector detective.

– La suerte está echada, querido Lynley -había anunciado, dejando caer un enorme paquete, envuelto en papel de alegres colores, sobre su escritorio. Dentro estaba la lupa, así como una pipa de espuma de mar y una gorra de cazador.

Él rió al ver los objetos, y también al verla a ella. Su presencia siempre desencadenaba idéntica reacción.

Había pasado mucho tiempo sin definir con claridad lo que él era y lo que él sentía cuando se hallaba en compañía de Helen Clyde. No existía aparente necesidad de admitir lo obvio. Con ella, daba lo mejor de sí: ingenioso, locuaz, inteligente, vivaz. Ella, de alguna manera, había logrado engendrar en su interior todo lo bueno. Si conocía la ternura, se debía a que ella se esforzaba por comunicarse con él cuando se sentía abatido. Si conocía la compasión, era porque ella había puesto al descubierto la profunda bondad que albergaba en su interior. Si conocía la honestidad, era porque ella se negaba a aceptar algo inferior, de él o de ella misma. Si seguía de una pieza, tras haberse reconciliado con el pasado y ansioso de enfrentarse al futuro, Helen le había proporcionado la energía necesaria para ello.

Lo que no le había dado era paciencia. Lo que no le había dado era su capacidad de vivir un solo día a la vez, permitiendo que las posibilidades de la vida nacieran y se desarrollaran. Él la deseaba (ahora, hoy, esta noche) de todas las maneras concebibles, deseaba poseer sin tregua su cuerpo y su espíritu. Ardía en deseos de poseerla, y dos meses de separación no había mitigado un ápice la intensidad de ese deseo.

«Malgastar el espíritu en un derroche de ignominia…» Pero la lujuria no era la piedra angular de sus sentimientos hacia Helen. Nunca lo había sido.

Lynley cogió el correo y se dirigió a la mesa de palisandro donde guardaba sus botellas. Se sirvió un whisky y echó un vistazo a los sobres, buscando, como había hecho durante los dos últimos meses sin pensar, uno que llevara un curioso matasellos de Grecia. No había ninguno. En su lugar encontró facturas, circulares, anuncios de espectáculos, una carta de sus abogados, otra de su madre y una tercera de su banco.

Volvió al escritorio, abrió la carta de su madre y leyó la frívola cháchara que encubría su cariñoso intento de apartarle de la soledad. Dos yeguas estaban a punto de parir; tres terneros habían nacido prematuramente, pero el veterinario los había examinado y estaban bien; los Pendyke estaban perforando un pozo nuevo en su granja; su hermano Peter se estaba restableciendo de la gripe; la tía Augusta les había visitado durante tres insoportables días. ¿Cómo estás, querido Tommy? Te hemos visto muy poco desde enero. ¿Por qué no vienes a pasar un fin de semana? Trae alguna amiga…

Alguien venía por el pasillo que corría frente a la biblioteca, tarareando una briosa versión de una de las canciones más populares de Los miserables. Denton pensó Lynley. Su criado era un gran aficionado al teatro londinense. La puerta se abrió, rozando suavemente la gruesa alfombra. El tarareo llegó a un punto dramático y enmudeció de súbito cuando Denton entró en la habitación y vio a Lynley sentado detrás de su escritorio.

– Lo siento -dijo Denton con una sonrisa de confusión-. No sabía que estaba en casa.

– No pretenderás abandonarme por las tablas, ¿verdad, Denton?

El joven lanzó una carcajada y se cepilló la manga de la chaqueta.

– Ni por asomo. ¿Ha cenado?

– No, aún no.

Dentón meneó la cabeza.

– ¿Las diez menos cuarto, señor, y todavía no ha cenado?

– Estuve ocupado y me olvidé de todo.

Denton no parecía muy convencido. Sus ojos se posaron sobre el correo. Como él lo había dejado en la biblioteca, no cabía duda de que sabía qué cartas había y cuáles no. Sin embargo, no dijo nada, aunque preguntó a su señoría si deseaba tortilla, sopa, o una ensalada de jamón.

– Una tortilla me va bien, Denton. Gracias -contestó Lynley. No tenía hambre, pero picar algo mantendría una apariencia de normalidad.

Denton pareció complacido. Se dispuso a salir, cuando, por lo visto, recordó por qué había entrado en la biblioteca. Sacó un papel doblado del bolsillo.

– Iba a dejar esto sobre su escritorio. Recibió una llamada del Yard poco después de las nueve.

– ¿Qué clase de llamada?

– Un mensaje dirigido a usted del que alguien tomó nota, pero pensó que era mejor comunicárselo antes de mañana. El conserje de Bredgar Chambers intentaba localizarle. Se trata de un tipo llamado Frank Orten. Por lo visto, salió al campus para quemar basura y encontró un uniforme escolar abandonado. Una chaqueta cruzada, pantalones, camisa, corbata. Hasta los zapatos. El conjunto completo. Pensó que tal vez a usted le gustaría ir a echar un vistazo. Afirma estar seguro de que son las ropas del muchacho muerto.

Capítulo 1 1

Frank Orten vivía en una casita de forma asimétrica, nada más pasadas las puertas del colegio. Un amplio mirador, al que un plátano proporcionaba sombra, se proyectaba hacia el camino privado del colegio. Había una ventana abierta al aire de la mañana. De ella surgía el tenaz berrido de un niño. Fue lo primero que oyeron Lynley y Havers cuando salieron del coche y se acercaron a la entrada de la casita.

Frank Orten abrió la puerta antes incluso de que tocaran el timbre, como si les estuviera esperando. Ya iba vestido para el trabajo, con su uniforme cuasi militar, confeccionado con los colores del colegio. Su porte era muy severo, y sus ojos efectuaron un rápido examen de los recién llegados.

– Inspector, sargento. -Asintió enérgicamente con la cabeza, dando su aprobación, y movió la cabeza en dirección a una desordenada sala de estar que había a su izquierda-. Entren.

Les guió sin esperar contestación y se plantó ante una austera chimenea de piedra, sobre la cual colgaba un espejo de marco dorado, viejo y deslustrado. Reflejaba la nuca de Orten, así como los candelabros metálicos situados al otro lado de la sala, que arrojaban manchas apaisadas de luz sobre las paredes, si bien no lograban dispersar la penumbra creada por la orientación al norte de la sala y su única ventana batiente.

– Hay un poco de follón esta mañana. -Orten indicó con el pulgar los continuos sollozos que surgían de una puerta entreabierta, a la derecha de la entrada-. Los críos de mi hija están pasando unos días conmigo.

Una voz tranquilizadora de mujer trataba de apaciguar la tormenta, pero los chillidos del niño, contraatacados por las coléricas acusaciones de otro, alcanzaron tonos de histeria.

– Un momento, por favor -dijo Orten, dejándoles para ir a mediar en la refriega-. Elaine, ¿puedes hacerle…? -La puerta se cerró detrás de él.

– Pequeños placeres domésticos -comentó Havers, acercándose a la ventana para examinar tres plantas, excesivamente verdosas, que descansaban sobre un arcón. Acarició una hoja con aire de suficiencia-. Plástico -anunció, sacudiéndose el polvo de los dedos.

– Hummm. -Lynley estudiaba la sala. El mobiliario consistía en un pesado sofá con dos butacas a juego, tapizadas de un color a medio camino entre el pardo y el gris, varias mesas que sostenían lámparas, de pantallas torcidas, y adornos de tipo militar en las paredes. Colgaban sobre el sofá, dos mapas y una mención, pero los marcos estaban cubiertos de polvo, y una telaraña oscilaba entre ellos. Había juguetes diseminados por el suelo, así como ejemplares de Country Life, de páginas arrugadas y pegajosas, como si las revistas se hubieran utilizado a modo de esterillas bajo los platos. El conjunto daba a entender que ninguna mujer compartía la vida de Frank Orten en la casita.

No obstante, cuando Orten regresó a la sala de estar, una mujer de edad madura le siguió. El conserje la presentó como señorita Elaine Roly, haciendo hincapié en señorita, y añadió que era el ama de llaves de la residencia Erebus, como si esta información bastara para explicar su presencia en la casa a esta hora de la mañana.

– Frank no es capaz de arreglárselas solo con los nietos -aclaró Elaine Roly, frotándose las manos en la parte delantera del vestido, como si buscara arrugas-. ¿Me marcho, Frank? Parece que ya se han tranquilizado. Envíales a Erebus dentro de un rato, si quieres.

– Quédate. -Orten parecía estar acostumbrado a expresarse en órdenes monosílabas, acostumbrado también a ser obedecido.

Elaine no se hizo de rogar y se sentó junto a la ventana, como sin darse cuenta de que la luz lechosa que bañaba la silla iluminaba su figura de una manera muy poco favorecedora. Parecía austera y monocroma al mismo tiempo, con el aspecto de una cuáquera, como surgida de la pluma de Charlotte Brontë. Llevaba un sencillo vestido gris, con un amplio cuello de encaje. Los zapatos eran negros, de suela arrugada y serios. Unos pequeños pendientes constituían su único adorno, y se había peinado el cabello castaño, que empezaba a teñirse de gris, hacia atrás, recogiéndolo en la nuca con un pasador, al estilo de otro siglo. La nariz, sin embargo, era graciosa y bien proporcionada, y la sonrisa que dirigió a Lynley y Havers desprendía auténtica calidez.

– ¿Ya han tomado café? -preguntó, volviéndose en su silla-. Frank, ¿quieres qué…?

– No hace falta -replicó Orten.

Se tocó el galón cosido en la solapa de la chaqueta. Lynley advirtió que estaba rozada en aquel punto, como si Orten repitiera el gesto a menudo.

– El mensaje que recibí anoche indicaba que ha encontrado algunas prendas -le dijo Lynley-. ¿Las ha guardado en casa?

Orten no estaba preparado para un ataque tan directo.

– Diecisiete años, inspector. -Su tono sugirió que iba a enfrascarse en una introducción. Lynley vio que la sargento Havers movía los hombros, impaciente, pero luego se acomodó en el sofá, donde abrió su cuaderno y pasó las páginas, haciendo más ruido del necesario. Orten prosiguió-. He sido conserje del colegio durante diecisiete años. Nunca había ocurrido nada igual. Ninguna desaparición. Ningún asesinato. Nada de nada. Todo ha ido bien en Bredgar Chambers. Es el mejor. No hay duda.

– Sin embargo, han muerto otros estudiantes. Así lo atestigua la capilla.

– Murieron, sí, pero ¿asesinados? Nunca. Es de mal agüero, inspector. -Hizo una pausa-. No puedo decir que esté sorprendido.

Lynley se decantó por no profundizar en la insinuación.

– De todos modos, el suicidio de un estudiante también es de mal agüero.

La mano de Orten se dirigió al emblema del colegio, bordado en amarillo sobre el bolsillo superior de la chaqueta. Acarició la corona que flotaba sobre la rama de espino. Un hilo dorado descosido amenazaba con destruir todo el dibujo.

– ¿Suicidio? -preguntó-. ¿Quiere decir que Matthew Whatley se suicidó?

– En absoluto. Hablaba de otro estudiante. Si lleva aquí diecisiete años, le habrá conocido. Edward Hsu.

Orten y Elaine Roly intercambiaron una mirada. Lynley no supo si su reacción implicaba sorpresa o consternación.

– Tiene que haber conocido a Edward Hsu. ¿Y usted, señorita Roly? ¿Le conoció? ¿Desde cuándo trabaja en el colegio?

Elaine Roly se humedeció los labios.

– Este mes hará veinticuatro años, señor. Empecé como pinche de cocina. Trabajé como camarera en el salón de los profesores. Me fui abriendo camino. He sido el ama de llaves de Erebus durante los últimos dieciocho años, y me siento orgullosa de ello.

– ¿Residía Edward Hsu en Erebus?

– Sí. Edward estaba en Erebus.

– Tengo entendido que era protegido de Giles Byrne.

– El señor Byrne daba clases particulares a Edward durante las vacaciones. Lo ha hecho durante muchos años. Siempre elige a un chico de Erebus para echarle una mano. Él mismo vivió en Erebus, y le gusta hacer algo por la residencia cuando le es posible. El señor Byrne es un hombre excelente.

– Amigo íntimo de Edward Hsu, según me dijo Brian Byrne.

– Imagino que Brian se acordará de Edward.

– Usted debe de trabajar estrechamente con Brian, puesto que es el prefecto de Erebus.

– ¿Estrechamente? -Su respuesta fue estudiad-. No, yo no lo llamaría estrechamente.

– Pero como él es el prefecto de la residencia y usted el ama de llaves…

– Brian es un poco difícil -le interrumpió ella-. Un poco complicado. Demasiado apegado a… -Vaciló. Los niños iniciaron otro escándalo en la habitación de al lado, menos violento, pero que prometía alcanzar cotas similares-. Los prefectos de las residencias necesitan valerse por sí mismos, inspector.

– ¿No es el caso de Brian?

– Los prefectos de las residencias no deberían ser chicos necesitados.

– Necesitados de qué?

– De amistad. De aceptación. De ser apreciados. Un prefecto de esas características nunca funciona bien. Ni nunca funcionará. ¿Cómo puede un muchacho imponer disciplina a chicos más jóvenes si se empeña en ser apreciado por todos y cada uno? Ése es Brian. Si hubiera dependido de mí, no le habría nombrado prefecto.

– El hecho de que Brian Byrne fuera elegido prefecto, ¿indica que contaba con el apoyo decidido de alguien?

– No indica nada. -Orten cortó el aire con la mano-. Sólo quién es su padre, y qué hace el rector cuando la junta de gobierno le ordena que salte.

Un objeto de porcelana se estrelló en el suelo de la habitación contigua. Un aullido sonó a continuación. Elaine Roly se puso en pie.

– Ya me encargo yo, Frank -dijo, y se marchó.

Orten volvió a hablar en cuanto la puerta se cerró.

– Elaine trabaja mucho. John Corntel no tiene ni idea de la clase de ama de llaves que tiene en esa mujer. Pero ustedes han venido por esas prendas, no para hablar de John Corntel. Venga conmigo.

Salieron de la casa y recorrieron unos cincuenta metros del camino principal hasta llegar a un sendero secundario, bordeado de abundantes tilos, que se desviaba a la derecha. Orten marchaba en cabeza, con la gorra azul calada sobre la frente. Caminaban en silencio. Havers releía su cuaderno, subrayando algunos puntos con vagos gruñidos, mientras Lynley, a su lado, andaba con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y pensaba en las declaraciones de Frank Orten y Elaine Roly.

La estructura de cualquier institución la convertía en un lugar donde gente de todos los niveles se disputaba la parcela de poder que creía tener a su alcance. Sucedía aquí igual que en el Yard. Si bien parecía razonable pensar que el rector de un colegio ejercía la mayor influencia, las palabras de Orten sugerían lo contrario. La junta de gobierno (y cualquier investigación de la junta conduciría inexorablemente a Giles Byrne) aparentaba decantar de manera decisiva la balanza del poder. Matthew Whateley tenía que encajar en alguna parte del conjunto. Lynley estaba seguro. Al fin y al cabo, le habían elegido para la beca de la junta, tal vez contra los deseos del rector. Le habían asignado la residencia Erebus, donde el propio Byrne había estudiado. Como Edward Hsu. Una pauta rudimentaria empezaba a dibujarse.

El inconfundible olor acre del humo se hizo más pronunciado cuando llegaron a una bifurcación del sendero. Frank Orten se desvió de nuevo a la derecha, pero Lynley se detuvo, escudriñando unos edificios que se alzaban a corta distancia, y a los que se accedía por el ramal desechado. Reconoció la parte posterior del edificio de ciencias y las cuatro residencias masculinas. Calchus era la más próxima.

– Lo que quiere está por aquí, inspector -se impacientó Orten.

El ramal derecho medía unos veinticinco metros de largo, y concluía abruptamente en un amplio cobertizo sin puerta. Albergaba tres minibuses, un pequeño tractor, una camioneta con la parte trasera descubierta y cuatro bicicletas, tres de las cuales tenían las ruedas deshinchadas. Sólo el techo y las paredes protegían a los vehículos del colegio de las inclemencias del tiempo, pues las ventanas carecían de cristales, y las puertas, si las había tenido alguna vez, ya no existían. Era una estructura despojada de todo atractivo.

– La infraestructura está muy abandonada en los últimos tiempos -dijo Orten-. Todo fachada por fuera, pero todo aquello que no dejan ver a los padres es una mierda.

– El colegio está muy descuidado -observó Lynley-. Ayer nos dimos cuenta.

– Pero no el teatro, ni el pabellón deportivo, ni la capilla, o ese precioso jardín de esculturas que a la gente le gusta tanto, ni todo aquello que dejan ver el día de los padres. La cuestión es que no descienda el número de inscripciones. -Lanzó una carcajada sardónica.

– Al parecer, el colegio tiene problemas económicos.

– Ha puesto el dedo en la llaga.

Orten se detuvo y miró hacia el oeste. La capilla iluminada por el sol de la mañana, se divisaba entre los tilos. El sonido hueco de una campana convocaba a los rezos matutinos. Parecía un canto fúnebre. Orten reemprendió la marcha, meneando la cabeza.

– En otros tiempos -dijo-. Bredgar era el mejor de todos. Los alumnos salían hacia Cambridge, o hacia Oxford, a la velocidad del rayo.

– ¿Ha cambiado eso?

– Ya lo creo, pero no soy el más indicado para hablar de ello -sonrió con amargura-. Los conserjes saben cuál es su lugar, inspector. El rector se encarga de recordármelo muy a menudo.

Sin esperar la respuesta, Orten se desvió del sendero pavimentado que bordeaba el cobertizo de los vehículos, rodeó la esquina del edificio y les condujo al terreno donde se quemaba la basura del colegio. Toda la zona olía a humo, cenizas húmedas, malas hierbas quemadas y otros desperdicios. Los olores emanaban de un montón de restos de forma cónica. Al lado se veía una carretilla verde, con las prendas en cuestión tiradas dentro.

– Me pareció mejor dejarlas donde estaban -dijo Orten-. Lo más cerca posible del fuego.

Lynley examinó la tierra. Formaba una masa compacta, cubierta de hierbas rotas y pisoteadas. Las huellas de pisadas que observó eran demasiado vagas para extraerles alguna utilidad: la punta de un zapato, un talón, parte de una suela. No había nada de interés.

– Eche un vistazo, señor -dijo la sargento Havers desde el lado de la pila más próximo al cobertizo de los vehículos. Había encendido un cigarrillo, y lo usó para indicar el suelo-. Eso es una huella decente. ¿De mujer?

Lynley se reunió con ella y se agachó para examinar la huella. Se hallaba en la zona más blanda, cerca del fuego, donde una capa de cenizas había formado un lecho de barro. Vio que se trataba de una zapatilla de gimnasia, un calzado típico de todos los habitantes del campus, probablemente.

– Puede que sea de una mujer -admitió-. O de uno de los chicos más jóvenes.

– O de uno mayor que tenga el pie pequeño -suspiró Havers-. ¿Dónde está Holmes cuando usted le necesita? Se arrastraría por el barro y resolvería el caso en un cuarto de hora.

– Repórtese, sargento.

Mientras Havers continuaba examinando la zona, Lynley se dedicó a las prendas amontonadas en la carretilla. Frank Orten, a su lado, miraba hacia el cobertizo. Su casa se alzaba al otro lado de una amplia extensión de campo abierto.

Lynley buscó sus gafas, se las caló y sacó del bolsillo varias bolsas de plástico dobladas. Se puso guantes de látex, aunque sabía que se trataba de una precaución innecesaria. A estas alturas, se habrían introducido tantos contaminantes en las ropas, después de un tiempo en la pila de basura, seguido de una noche en la carretilla, que era ridículo pensar que el equipo forense encontrara alguna prueba.

Había siete prendas. La parte exterior estaba chamuscada y cubierta de suciedad. Lynley examinó primero la chaqueta. No llevaba etiqueta con el nombre, pero los hilos que colgaban del cuello indicaban que había sido arrancada. Lo mismo sucedía con los pantalones y la camisa. Levantó la vista cuando llegó a la corbata y descubrió debajo el par de zapatos.

– ¿Cómo encontró todo esto? -preguntó a Frank Orten.

Los ojos de Orten se desviaron rápidamente hacia él, preparando la respuesta.

– Quemo la basura los sábados por la tarde. Siempre lo hago. Siempre me aseguro de que el fuego esté apagado, antes de dedicarme a otras cosas. El sábado por la noche me di cuenta de que se había reavivado. Vine a echar un vistazo.

Lynley se irguió poco a poco.

– ¿El sábado por la noche? -repitió-. ¿El sábado por la noche?

– Ya ha tenido tiempo de sobra para hacerlo. Un poco más no mejorará lo que pretenda contarnos. Fíjese en esto.

Sostenía en la palma un solo calcetín, vuelto del revés, y señaló la etiqueta cosida. Estaba muy ennegrecida por el fuego, pero el número 4 aún era legible.

– Entonces son de Matthew Whateley -dijo Havers-. Pero ¿dónde está el otro calcetín?

– O se quemó en la pila de basura antes de que Orten llegara, o estará tirado por las cercanías, si tenemos suerte.

Havers miró a Lynley mientras éste guardaba cada prenda en una bolsa.

– Tenemos entre manos un caso completamente diferente, ¿verdad, señor?

– En parte, sí. Toda la ropa de Matthew está controlada. Prendas de estar por casa, prendas deportivas, prendas del colegio. A menos que queramos dar por sentado que, por extraños motivos, abandonó el campus desnudo un viernes por la tarde, tendremos que llegar a la conclusión de que no abandonó el campus por voluntad propia. Alguien se lo llevó a escondidas.

– ¿Vivo o muerto?

– Aún no lo sabemos.

– Pero usted tiene una sospecha, ¿no?

– Sí, tengo una sospecha. Muerto, Havers.

Ella asintió con la cabeza y expulsó el aire con semblante sombrío.

– Por lo tanto, no se fugó.

– No da esa impresión, pero si no huyó de algo, hay un montón de preguntas sin respuesta en este momento. Su padre dijo que había cambiado de unos meses a esta parte, que se mostraba taciturno. Tenemos a Harry Morant y el motivo por el que no quiso hablar con usted. Además, piense en el comportamiento de Wedge, Arlens y Smythe-Andrews cuando les interrogué. -Lynley recogió las bolsas y le pasó dos a Havers. Se quitó las gafas y los guantes de látex-. La cuestión es, si Matthew Whateley no huyó del colegio el viernes pasado por la tarde, ¿qué sucedió en realidad?

– ¿Por dónde empezamos? -preguntó Havers.

Lynley miró hacia la casita del conserje.

– Creo que Frank Orten ya ha tenido bastante tiempo para calmarse.

En lugar de utilizar el sendero, volvieron a la casa bordeando los cien metros de campo abierto que separaban el huerto, el garaje y la casa del conserje del cobertizo de los vehículos y el vertedero. De esta manera, desembocaron en un limpio sendero de ladrillo, entre el huerto y el garaje, que les condujo a la puerta posterior de la casa. Elaine Roly les abrió la puerta de la cocina.

Al contrario que la sala de estar, parecía haberse beneficiado de una reciente limpieza, pues los dinteles de las puertas estaban inmaculados, colgaban cortinas limpias en la ventana y los únicos platos del fregadero eran, obviamente, los del desayuno. Olor a grasa de bacón flotaba en el aire. Procedía de una sartén en la que se freía una rebanada de pan.

Elaine Roly cerró el quemador, pinchó con un tenedor el pan frito y lo depositó en un plato que ya albergaba dos huevos escalfados.

– Está allí, inspector -dijo, indicando que la siguieran al comedor.

Era donde los niños se habían peleado antes, y donde continuaban haciéndolo, uno desde una silla alta que golpeaba insistentemente con una taza de hojalata, y el otro desde un rincón del comedor. Pateaba la alfombra y se machacaba la frente con los puños, sin dejar de aullar «¡No, no, no!». Ninguno aparentaba tener más de cuatro años.

Frank Orten estaba inclinado sobre la silla, intentando secar con un trapo húmedo los últimos restos de desayuno esparcidos sobre la cara de su nieto menor.

– Cómete los huevos, Frank -dijo Elaine Roly-. Ni siquiera has tocado el café. Yo me encargaré de los pequeños. Ya es hora de que se laven un poco.

Sin añadir nada más, alzó a uno del suelo y al otro de la silla. El mayor se aferró al cuello de encaje de su vestido, pero ella ignoró con estoicismo sus dedos pringosos y sacó a los dos niños del comedor.

Orten apartó una silla de la mesa, se sentó y despachó en un abrir y cerrar de ojos los huevos y el pan. Lynley y Havers se sentaron sin decir nada, hasta que el conserje empujó el plato a un lado y bebió un poco de café.

– ¿A qué hora se dio cuenta de que el fuego se había reavivado? -preguntó Lynley.

– A las tres y veinte de la madrugada. -Orten alzó su taza de café, que llevaba pintada en alegres colores la palabra «Abuelito»-. Eché un vistazo al reloj antes de acercarme a la ventana.

– ¿Le había despertado algo?

– No podía dormir, inspector. Insomnio.

– ¿No oyó ningún ruido?

– Nada, pero olí el humo y me acerqué a la ventana. Vi el resplandor. Pensé que el fuego se había vuelto a encender, así que fui a mirar.

– ¿Iba vestido?

Vaciló durante una fracción de segundo, en apariencia sin motivo.

– Me vestí -dijo, y continuó sin necesidad de que le alentaran-. Salí por la parte de atrás y atravesé el campo, en lugar de coger el sendero. Llegué allí y vi que surgían llamas. Malditos idiotas, pensé. Alguna broma pesada de los mayores, sin pensar en el peligro que provocan si se levanta viento. Cogí una pala y la utilicé para apagar el fuego.

– ¿Hay luces afuera que se puedan encender en caso de necesidad?

– En la fachada del cobertizo, pero estaban apagadas y no hay luces al lado. Estaba oscuro. Ya se lo dije antes, inspector. En aquel momento no vi las ropas. Mi principal preocupación era apagar el fuego.

– ¿Vio a alguien, observó algo extraño, aparte del fuego?

– Sólo el fuego.

– ¿No le resultó extraño que las luces del cobertizo estuvieran apagadas? ¿No se dejan abiertas por la noche?

– Por lo general, sí.

– ¿Qué opina de eso?

Orten miró hacia la cocina, como si pudiera ver a través de las paredes una respuesta en el cobertizo de los vehículos.

– Supongo que si los chicos querían hacer una de las suyas, apagaron las luces para que no les vieran.

– ¿Y ahora, sabiendo ya que no era una broma pesada?

Orten alzó una mano y la dejó caer sobre la mesa. El gesto indicaba que aceptaba lo evidente.

– Lo mismo, inspector. Alguien que no deseaba ser visto.

– Pero no un bromista, sino un asesino -dijo Lynley con aire pensativo. Orten no replicó. Cogió la gorra, que descansaba sobre la mesa como un adorno. Las letras B.C. decoraban la parte delantera, amarillo sobre fondo azul, pero estaban manchadas en algunos puntos y necesitaban un lavado para recuperar su color original. Lleva muchos años en el colegio, señor Orten -siguió Lynley-. Es probable que lo conozca mejor que nadie. Matthew Whateley desapareció el viernes por la tarde. Su cadáver no fue encontrado hasta el domingo por la noche. Tenemos buenas razones para creer que lo abandonaron en Stoke Poges el viernes o el sábado por la noche. Como tenemos las ropas del muchacho, y como su cuerpo estaba desnudo cuando se encontró, podemos concluir que estaba desnudo cuando le sacaron del colegio, y que lo hicieron después de oscurecer. La cuestión es dónde estuvo desde que desapareció el viernes, después de comer, hasta que lo sacaron.

Lynley esperó a ver cómo reaccionaba Orten a su invitación implícita a que participara en la investigación. El conserje miró a Lynley y después a Havers, y se apartó unos centímetros de la mesa. El movimiento le proporcionó, no sólo distancia física, sino también cierto misterioso grado de distancia psicológica.

Sin embargo, respondió con bastante franqueza.

– Supongo que hay zonas en el almacén. Un ala detrás de la cocina, cerca de la sala de los profesores. Hay más en el centro técnico. Más en el teatro. Desvanes en las residencias. Habitaciones para guardar los baúles. Pero todo está cerrado con llave.

– ¿Quién guarda las llaves?

– Los profesores tienen algunas.

– ¿Y las llevan encima?

Los ojos de Orten centellearon un momento.

– No siempre, sobre todo si han de llevar muchas en los bolsillos de los pantalones.

– Qué hacen con ellas, pues?

– Por lo general, las cuelgan en sus casilleros, que están nada más salir de la sala de profesores.

– Ya, pero ésas no serán las únicas llaves de los edificios y las residencias. Tiene que haber duplicados por si se pierden. Incluso llaves maestras.

Orten asintió, pero como si su cabeza hiciera de manera automática lo que su mente trataba de impedirle.

– Tengo un juego de todas las llaves del colegio en mi oficina del patio cuadrangular, pero está cerrada con llave, por si piensa que alguien pudo entrar y cogerlas.

– ¿Incluso ahora, por ejemplo? ¿Está cerrada con llave ahora?

– Imagino que la secretaria del rector la habrá abierto. Lo hace cuando llega antes que yo.

– De modo que ella también tiene una llave.

– Exacto, pero no estará insinuando que el chico fue secuestrado por la secretaria del rector, ¿verdad? Y si no fue ella, ¿quién va a entrar en pleno día cuando yo no estoy para coger algunas llaves, sin tener ni idea de qué llave abre cada puerta? No creo que le sirviera de mucho. Las llaves que guardo en mi despacho están marcadas con una sola palabra. Teatro. Técnico. Matemáticas. Ciencias. Cocina. No hay forma de saber qué habitación de un edificio abre la llave. Hay que mirar mi libro de claves. Por lo tanto, si alguien cogió unas llaves, las cogió de los casilleros que hay en la entrada a la sala de los maestros. Y como también está cerrada con llave, la única persona que pudo efectuar el robo fue uno de los profesores.

– U otra persona que tenga acceso a la sala de los profesores -observó Lynley.

Orten replicó de una manera que implicaba una enorme incredulidad sobre sus propias palabras.

– El rector. Los pinches. Las esposas. ¿Quién más?

El conserje. Lynley no lo dijo, pero comprobó que tampoco era preciso. Las mejillas de Orten se habían cubierto de rubor cuando aún no había terminado de enumerar las posibilidades.

Lynley y Havers se detuvieron junto al Bentley, ella para encender un cigarrillo y Lynley para mirarla con el ceño fruncido al observar su movimiento. Ella levantó la vista, reparó en su expresión y le amonestó con un ademán.

– No hace falta que lo diga -le advirtió-. Sabe que está ardiendo en deseos de quitármelo de la boca y fumarlo hasta el filtro. Al menos, soy sincera respecto a mis vicios.

– Los exhibe -replicó él-. Los retransmite al mundo entero. ¿La palabra virtud forma parte de su vocabulario, sargento?

– La eliminé, acompañada de autocontrol.

– Tendría que haberlo imaginado.

Miró el camino principal, que se curvaba suavemente a la derecha bajo una gigantesca haya, y desde allí al sendero secundario que conducía al cobertizo de los vehículos, a las residencias masculinas y al edificio de ciencias. Meditaba sobre la información que Frank Orten les había proporcionado.

– ¿Qué pasa? -preguntó Havers.

Lynley se apoyó en el coche, se acarició la mandíbula con aire pensativo y trató de ignorar el aroma a tabaco.

– Es viernes por la tarde. Usted ha secuestrado a Matthew Whateley. ¿Dónde le escondería, sargento?

Ella tiró la ceniza sobre la acera y la removió con su desgastada abarca.

– Depende de lo que quisiera hacer con él, y cómo.

– Continúe.

– Si quisiera entretenerme sexualmente con él, como le gustaría al pederasta o pedófilo del colegio, le llevaría a un lugar donde no tuviera la menor posibilidad de ser oído si no disfrutaba tanto de la actividad como yo.

– ¿Por ejemplo?

Havers examinó el terreno circundante mientras contestaba.

– Viernes por la tarde. Todos los chicos están en el campo de deportes. Se están jugando partidos. Es después de comer, así que me mantendría alejada de la cocina, donde las criadas están lavando los platos. Los chicos entrarán y saldrán de las residencias. Las chicas de Galatea y Eirene también. Me encaminaría a una zona de almacén. Tal vez al teatro, o a los edificios de ciencias o matemáticas.

– ¿Pero no a los edificios del patio principal?

– Demasiado cerca del ala administrativa. A menos que…

– Siga.

– La capilla. La sacristía. La sala de actos contigua.

– Demasiado arriesgado para el tipo de encuentro que usted tiene en mente.

– Supongo que sí, pero digamos que es un tipo de encuentro diferente. Digamos que sólo me propongo asustar un poco al chico. Por una apuesta. Para gastarle una broma. En ese caso, le llevaría a un lugar diferente. No tendría que estar tan aislado. Bastaría con que le produjera miedo.

– ¿Por ejemplo?

– El tejado del campanario. Es perfecto si le asustan las alturas.

– Pero difícil de controlar si se resiste, ¿no?

– Si se le persuadiera de seguir a alguien en quien confía, alguien a quien admira, o que no despierta su temor, accedería sin problemas. Podrían mandárselo. Podría pensar que le han dado una orden que debe obedecer, sin saber que la persona que se la ha dado tiene planeado algo muy distinto para cuando lleguen a su destino.

– Ese es el punto, ¿eh? El destino. Chas Quilter le enseñó ayer el colegio. ¿Se ha hecho una idea de su distribución?

– Bastante.

– Pues dedíquese a husmear. Intente encontrar un lugar donde habrían podido esconderle unas horas con el mayor secreto, sin que nadie se diera cuenta.

– ¿Pensando en un pedófilo?

– En lo que sea, sargento. Voy a buscar a John Corntel.

Ella tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó.

– ¿Estaban relacionados esos dos pensamientos? -le preguntó ella.

– Espero que no -contestó Lynley, viéndola alejarse por el camino principal.

Regresó al sendero secundario que le conduciría a Erebus y a los aposentos privados de John Corntel. Apenas había llegado a la bifurcación, cuando oyó que alguien gritaba su nombre. Se volvió y vio que Elaine Roly corría hacia él, arreglándose el cuello de encaje de su vestido mientras se ponía una rebeca negra. Grandes manchas de agua oscurecían el vestido.

– Estaba intentando bañar a los pequeños -explicó, pasando la mano sobre las manchas como si bastara para secarlas-. Me temo que soy un poco torpe con niños tan pequeños. Me las arreglo mejor cuando son un poco mayores.

– Como hace en Erebus -dijo Lynley.

– Sí, exacto. ¿Se dirige allí ahora? Le acompañaré, si no le importa.

Al principio, Lynley no dijo nada, esperando a que ella explicara por qué le había llamado. Su propósito, desde luego, no tenía nada que ver con un súbito deseo de pasear por el sendero en compañía. Tiró de los botones de la rebeca, como si quisiera asegurarse de que estaban bien cosidos. Suspiró.

– Frank no le habló de su hija, inspector -dijo por fin-. Usted pensará que le está ocultando algo. Me he dado cuenta de que es lo bastante inteligente para saber cuándo alguien no es del todo sincero con usted.

– Pensé que había lagunas en su relato.

– Y las hay, pero están relacionadas con el orgullo. Y su trabajo. Quiere proteger su empleo. Es comprensible, ¿no? El rector no suele perdonar una ausencia en horas de trabajo, aunque se trate de una emergencia grave. -La mujer hablaba atropelladamente.

– ¿El sábado por la noche?

– El no estaba mintiendo, pero no se lo contó todo. Sin embargo, es un buen hombre. Frank es un hombre excelente. No está implicado en la desaparición de Matthew.

Lynley vio a los alumnos que salían de la capilla a través de los árboles que bordeaban el sendero. Algunos traspasaron las puertas del colegio y se dirigieron al sur, hacia el teatro y el centro técnico. Hablaban y reían. Mientras les contemplaba, Lynley pensó que la muerte de un compañero tendría que haberles afectado más, tendría que haberles moderado, tendría que haberles revelado la brevedad del tiempo de que disponían. Sin embargo, no era así. Los jóvenes no podían ser de otra manera. Siempre estaban convencidos de ser inmortales.

– Frank está divorciado, inspector -dijo Elaine Roly-. No creo que se lo haya dicho. A juzgar por lo poco que me ha contado, no fue una situación agradable. Mientras se hallaba destinado en Gibraltar, su mujer se lió con un oficial. Frank era un poco ingenuo en aquel tiempo. Jamás sospechó nada, hasta que ella solicitó el divorcio. Se volvió un amargado. Abandonó el ejército, dejó a sus dos hijas con su mujer en Gibraltar, y regresó a Inglaterra. Vino directamente a Bredgar Chambers.

– ¿Cuánto hace?

– Diecisiete años, como le dijo antes. Las chicas ya son mayores, por supuesto. Una vive en España, pero la otra, la menor, Sarah, vive en Tinsley Green, al otro lado de Crawley. Siempre se ha metido en problemas. Dos matrimonios, dos divorcios. Bastante aficionada al alcohol y a las drogas. Frank dice que la culpa es de él, porque la abandonó a ella y a su hermana. No cesa de atormentarse por ello. Sarah telefoneó a Frank el sábado por la noche. Él oyó que los niños lloraban. Ella también lloraba, y le habló de suicidarse. Muy típico de Sarah. Se había peleado con su actual novio, me parece. -Elaine Roly tocó levemente el brazo de Lynley para dar mayor énfasis a sus palabras-. Frank fue a ver a su hija el sábado, inspector. Estaba de servicio. No pensó en decirle al rector adónde iba. Tal vez no quiso, porque ya había estado con ella el martes, que es su día libre, y quizá el rector le habría reprendido por ausentarse otra noche del colegio. Bien, Frank recibió la llamada, se asustó y se marchó. Menos mal.

– ¿Por qué?

– Porque cuando llegó a Tinsley Green, Sarah estaba inconsciente. La llevó al hospital justo a tiempo.

La información explicaba las reticencias de Orten por la mañana, pero, a pesar de que podía verificar el relato de Elaine Roly mediante varias llamadas telefónicas, Lynley comprendió que el ama de llaves de Erebus había añadido, sin darse cuenta, otro sesgo a los acontecimientos ocurridos en Bredgar Chambers el pasado fin de semana. Pues Tinsley Green se hallaba a menos de cuatro kilómetros de la M23 y del gran sistema de autopistas que conducían a Stoke Poges.

– ¿Han estado los niños con él desde el sábado por la noche?

Elaine reveló más detalles inadvertidamente.

– No exactamente. Después de pedir una ambulancia, me llamó desde la casa de Sarah para pedirme que fuera a buscar a los niños, que había dejado con la vecina de su hija. Es una anciana que quiere mucho a Sarah, pero no le podía pedir que cuidara a los niños toda la noche. Fui a por ellos y se quedaron en mi piso de Erebus hasta el domingo por la tarde.

– ¿Fue usted a Tinsley Green?

– Sí, en efecto.

– ¿Cómo llegó allí?

– En mi coche. El rector no… -añadió apresuradamente-. El señor Corntel lo sabía. Fui a sus aposentos. Le lo conté todo. El señor Corntel es un hombre estupendo, y me dio permiso para irme al instante, siempre que el prefecto y los chicos mayores lo supieran, por si tenían que atender a alguno de los pequeños que me necesitara. En mi opinión, atribuir una responsabilidad más a Brian Byrne no es una buena idea, pero como se trataba de una emergencia… -Se encogió de hombros, como lamentándolo.

– Por lo que me cuenta, su salida del campus no era ningún secreto. ¿Cómo pretendía el señor Orten ocultar al rector su viaje a Tinsley Green, si usted había dado tanta publicidad al suyo?

– Frank no pretendía mantenerlo en secreto, inspector. Se lo iba a decir al señor Lockwood en cuanto le fuera posible. Todavía quiere hacerlo, pero, cuando Matthew Whateley desapareció, no le parecieron el momento y el lugar oportunos para confesar que se había ausentado unas horas. Supongo que estará de acuerdo conmigo.

Lynley no quiso confirmar su suposición.

– Cuando el sábado por la noche, la madrugada del domingo, en realidad, advirtió que el fuego del vertedero se había reavivado, imagino que acababa de llegar de Tinsley Green.

– Sí, pero no quiso decírselo, por todo lo que ha ocurrido… Al señor Lockwood no le gusta que la gente falte al trabajo, y está muy nervioso en estos momentos. Dentro de unos días, cuando Frank lo considere oportuno, se lo dirá.

– ¿A qué hora se marchó usted a Tinsley Green?

– No estoy segura. Después de las nueve y media. Quizá un poco más tarde.

– ¿Y qué hora volvió?

– Eso sí lo sé. A las once y cuarenta.

– ¿Regresó directamente desde allí?

Los dedos de la mujer treparon desde su pecho a la garganta y acariciaron el cuello de encaje. La formalidad de su respuesta indicó que captaba el significado y la sospecha agazapados tras las preguntas de Lynley.

– Vine directamente. Me paré a poner gasolina, pero eso es normal, ¿no?

– ¿Y el viernes por la tarde? ¿El viernes por la noche?

No cabía duda de que Elaine Roly consideraba las preguntas un insulto.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó con frialdad.

– ¿Dónde estuvo usted?

– Por la tarde, lavando ropa en Erebus. Por la noche, viendo la televisión en mi piso.

– ¿Sola?

– Completamente sola, inspector.

– Ya. -Lynley se detuvo para examinar el edificio frente al que pasaban. Sobre la puerta estaba tallado Residencia Calchus-. Les han dado nombres muy extraños a las residencias -observó-. Calchus, el que persuadió a Agamenón de que sacrificara a su propia hija a cambio de viento favorable. El heraldo de la muerte.

Elaine Roly tardó unos momentos en contestar. Habló de nuevo con voz cordial, como si hubiera tomado la decisión de pasar por alto las insultantes preguntas anteriores de Lynley.

– Heraldo de la muerte o no, Calchus murió de mortificación cuando Mopsus demostró que era mejor hombre.

– ¿Siempre se aprende una lección cuando se mira cualquier lugar de Bredgar Chambers?

– Es parte de la filosofía del colegio. Ha funcionado bien.

– Sin embargo, creo que me sentiría más feliz en Erebus que en Calchus. Prefiero las tinieblas primordiales al heraldo de la muerte. Dice que lleva aquí diecisiete años.

– Sí.

– ¿Desde cuándo es John Corntel director de la residencia?

– Éste es su primer año. Y el señor Corntel ha hecho un buen trabajo. Y habría seguido haciéndolo de no ser por… -Se interrumpió. Lynley la miró y vio que su rostro se había calmado.

– ¿De no ser porque Matthew Whateley apareció en escena? -preguntó.

Ella meneó la cabeza.

– Matt, no. El señor Corntel estaba haciendo un buen trabajo con Matt, con todos los chicos, hasta que empezó a descuidar la atención. -Pronunció la última palabra como si fuera una abominación, y no necesitó estímulos para continuar-. La señorita Bond. Le echó el ojo al señor Corntel desde el primer día que llegó al campus, el año pasado. Lo noté en cuanto la vi. El es carne de matrimonio, en lo que a ella respecta, y tiene la intención de cazarle. No lo dude. Esa pequeña bruja quiere ponerle del revés. Y ya lo ha conseguido, si quiere que le diga la verdad.

– Pero usted ha dicho que, a pesar de Emilia Bond, el señor Corntel ha logrado hacer un buen trabajo. ¿Tuvo problemas con Matthew?

– Ninguno.

– ¿Conocía usted a Matthew?

– Conozco a todos mis muchachos, señor. Soy el ama de llaves. Hago mi trabajo.

– ¿Puede contarme algo especial sobre Matthew, algo que usted observó y los demás pasaron por alto?

La mujer reflexionó sólo un momento antes de contestar.

– Los colores, supongo. Todas esas etiquetas que su mamá le cosía para ayudarle a elegir el color de sus ropas.

– ¿Los números de las prendas? Ya me di cuenta. Tiene que haberse preocupado mucho por su apariencia para tomarse tantas molestias. Imagino que la mayoría de los chicos ni siquiera se fijan en lo que se ponen. ¿Seguía Matthew las directrices de su madre cuando se vestía?

El ama de llaves le miró con cierta sorpresa.

– Tenía que hacerlo, inspector. No distinguía los colores.

– ¿No distinguía…?

– Lo llaman daltonismo. No distinguía bien los colores, sobre todo los colores del colegio. Le causaban enormes problemas. Su mamá me lo dijo el día de los padres del primer trimestre. Le preocupaba que las etiquetas se descosieran al lavar las ropas, porque Matthew no sabría qué ponerse por la mañana. Es evidente que utilizaron durante años el sistema numérico en su casa, sin que nadie se enterase.

– ¿Alguien del colegio se dio cuenta?

– Sólo yo, me parece. Quizá los chicos del dormitorio de Matthew, si veían cómo se vestía por las mañanas.

Y si era así… El problema del chico con los colores podía ser origen de penosas burlas, más hirientes cuanto más disfrazadas de camaradería se produjeran. Un detalle más que diferenciaba a Matthew Whateley de sus compañeros. «Una diferencia demasiado pequeña para provocar un asesinato», pensó Lynley.

Capítulo 12

– John, hemos de hablar. Ya lo sabes. No podemos seguir evitándonos indefinidamente. No puedo soportarlo.

John Corntel no quiso levantar la vista. No quiso responder a la presión de la mano de Emilia sobre su hombro. Estaba sentado en la capilla erigida en memoria de los estudiantes muertos y no se había movido desde que el servicio matutino había terminado, confiando en que su inmovilidad le aportaría un simulacro de paz interior. Vana esperanza. Antes al contrario, sentía un entumecimiento que parecía nacer en sus entrañas, y no tenía nada que ver con la atmósfera gélida de la capilla. No respondió a las palabras de Emilia. Dejó que sus ojos vagaran desde el ángel de mármol que flotaba sobre el altar hacia los sentidos memoriales alineados frente a las paredes. «Bien amado estudiante -leyó-. Edward Hsu, bien amado estudiante.» Era milagroso leer aquellas palabras, reconocer en ellas la relación que podía existir entre dos personas, cuando una quería enseñar y la otra aprender. Pensó que si hubiera amado más a sus estudiantes, si les hubiera dedicado la devoción que había dirigido, estúpidamente, a otras cosas, no se encontraría ahora tan confuso.

– Sé que no tienes clases hasta las diez, John. Hemos de hablar.

Corntel comprendió que no había forma de evitarlo. Esta confrontación final con Emilia se avecinaba desde hacía días. Se habría conformado con demorarla un poco, para tener más tiempo de poner en orden los pensamientos y las palabras que servirían para explicarle lo inexplicable. En una semana, había logrado reunir las energías necesarias para sostener la conversación sin flaquear. Sin embargo, sabía que debería haberse dado cuenta antes de que Emilia no era la clase de mujer que aguardaría, pacientemente, a que él fuera en su busca.

– Ahora no podemos hablar en ningún sitio -le dijo-. No podemos hablar aquí.

– En ese caso, daremos un paseo. No hay nadie en el campo de deportes a esta hora de la mañana, y nadie nos escuchará.

Parecía firme y decidida, pero cuando Corntel la miró, de pie junto al banco en el que estaba sentado, ataviada con su vestido negro de talla demasiado grande, vio que el color natural de su cara había desaparecido, que sus ojos estaban inyectados en sangre, que tenía bolsas bajo ellos. Al observarlo, sintió por primera vez en varios días algo exterior a él, una vaga punzada de solidaridad que, por un momento, atravesó su armadura de desesperación. Después, la sensación se disipó y les dejó como antes, separados por un abismo que las palabras no bastaban para salvar. Ella era tan joven… tan joven. ¿Por qué no se había dado cuenta todavía?

– Ven conmigo, John -dijo Emilia-. Ven conmigo, por favor.

Supuso que le debía, como mínimo, una breve conversación. Tal vez era ridículo suponer que unos días más de preparación, unos días más de esquivarla, lograrían suavizar el dolor de su último encuentro.

– Muy bien -contestó, y se puso en pie.

Salieron de la capilla, cruzaron el patio cuadrangular dejaron atrás la estatua de Enrique Tudor, saludaron a los profesores y a algún alumno ocasional, y atravesaron las puertas que daban al oeste.

Corntel comprobó que Emilia, como de costumbre, tenía razón. Aparte de un jardinero que podaba la hierba bajo el tronco de un castaño que se alzaba al borde del campo deportivo, no había nadie más. Quería que la conversación resultara fácil para ambos, pero, desde tiempo inmemorial, su maldición particular consistía en ser incapaz de entablar una conversación sensata con una mujer. Se esforzó por pensar en una pregunta, un comentario, cualquier cosa. No se le ocurrió nada. Ella fue la primera en hablar, pero sus palabras no suavizaron la tensión que existía entre los dos, si bien habría sucedido lo contrario si las hubiera dirigido a otra clase de hombre.

– Te quiero, John. No soporto ver lo que te estás haciendo. -Caminaba con la cabeza gacha, los ojos clavados en el suelo, en la hierba que hollaban sus pies. Su cabello pálido y lacio le recordó a Corntel el cristal hilado que su madre traía a casa por Navidad para convertir en nubes que disponía alrededor de los ángeles colgados de un trozo retorcido de madera.

– No -repuso él-. No vale la pena. No me lo merezco. Ahora ya lo sabes.

– Eso pensé al principio -corroboró ella-. Me dije que me habías engañado durante un año, que fingías ser un hombre diferente por completo del… viernes por la noche. Pero no he conseguido convencerme de ello, John, por más que lo he intentado. Te quiero.

– No.

– Sé lo que estás pensando, que creo que tú mataste a Matthew Whateley. Al fin y al cabo, encaja. ¿Qué podría encajar mejor? Pero no creo que le mataras, John. Ni siquiera creo que le tocaras. De hecho -le miró y sonrió con ternura-, no estoy segura de que fueras consciente de su existencia. Siempre has sido un poco distraído.

Trataba de aliviar el abatimiento y la tensión, pero sus palabras sonaban a falso.

– Da igual -dijo Corntel-. Yo era responsable de Matthew. Es como si yo le hubiera matado. En cuanto la policía descubra ciertas cosas horribles sobre mí, me costará mucho convencerles de mi inocencia.

– Por mí no lo sabrán, te lo juro.

– No hagas promesas que tal vez sean imposibles de cumplir. Thomas Lynley no es idiota. No tardará en hablar contigo, Em.

Habían llegado al centro del campo de deportes. Emilia dejó de caminar y se plantó frente a él. Una leve brisa agitó su cabello.

– ¿No crees que es lo bastante inteligente para comprender que, si fuiste a Londres a solicitar su ayuda, no eres el principal responsable de la desaparición de Matthew? Independientemente de lo que descubra sobre ti, no es fácil que olvide eso, ¿verdad?

– Al contrario, ¿qué mejor coartada? El asesino, para revestirse de inocencia, pide la ayuda de la policía. No tengo la menor duda de que Thomas ya se ha topado con comportamientos semejantes. Ten por seguro que no me ha borrado de su lista de sospechosos por el simple hecho de que fuimos compañeros de colegio. Matthew Whateley fue torturado, Emilia. Torturado.

Ella le cogió por el brazo.

– ¿Va a creer que tú sacaste al muchacho del campus, que le torturaste, asesinaste, abandonaste el cadáver en el cementerio de una iglesia y volviste al colegio, sin que se te moviera ni un cabello de sitio, tan carente de escrúpulos que fuiste capaz de ir a la policía a solicitar su ayuda? ¿Eso piensas?

Él miró la mano de la mujer, tan pequeña y blanca comparada con el negro de su toga.

– Tú sabes que sería posible, ¿verdad?

– ¡No! Fuiste curioso, John. Nada más. No demuestra nada. El único motivo por el que piensas así es que yo me asusté. Fui muy tonta. Actué como una idiota. No sabía qué hacer.

– No me conocías. Por completo, no. Hasta el viernes por la noche. Bien, ahora ya sabes lo peor, ¿verdad? ¿Cómo quieres que llamemos a esto que tú sabes, Emilia? ¿Enfermedad, perversión? ¿Cómo?

– No lo sé, ni me importa. No tiene nada que ver con Matthew Whateley. Aún más, no tiene nada que ver con nosotros.

Corntel captó la convicción con que hablaba y la admiró por ello, aunque sabía muy bien que nunca más habría un nosotros. Dudaba de que hubiera existido alguna vez. Admiró, como siempre, su franqueza directa. Admiró sus deseos de arriesgarse por él, de arrinconar el orgullo e incluso el sentido común por el bien de lo que ella creía amor. Aún así, sabía que si el amor entre ellos hubiera sido posible (y ella era la mujer que más cerca había estado de lograrlo), habría muerto el viernes. Por más que ahora mintiera al respecto, sintiéndose perdida y necesitada de reconquistar un poco de la amistad que les había unido, su rostro había reflejado la verdad el viernes por la noche. El amor entre un hombre y una mujer no siempre muere poco a poco. A veces, se extingue en un instante. Iba a decírselo en estos términos, pero no tuvo la oportunidad.

– John -dijo ella-. El inspector Lynley se dirige hacia aquí.

Los estudiantes de arte dramático estaban trabajando en el diseño de maquillajes. Habían iniciado el proyecto la semana anterior, en una aula situada en la parte oeste del teatro, y ahora se hallaban diseminados por los cuatro camerinos del complejo, creando una realidad artística a partir de ideas escritas, preparándose para la evaluación crítica del profesor de teatro.

Chas Quilter se encontraba entre ellos, sintiéndose, como de costumbre, algo en desacuerdo con el nivel de entusiasmo y placer con que los demás estudiantes acogían, por lo general, cualquier tarea. Hoy se sentía más frustrado de lo habitual, pues manipular estuches de maquillaje, experimentar con pelucas y barbas, o probar el efecto de un tono concreto de sombra de ojo había estimulado al grupo hasta producir una excitación general que él, simplemente, no podía compartir. De todos modos, comprendía su dedicación al trabajo y su alegría al concluirlo, aunque él no sentía lo mismo. Al fin y al cabo, estaban estudiando arte dramático como parte de su preparación para los exámenes de ingreso en la universidad, decididos a abrirse camino desde las facultades a los escenarios londinenses. Él, por su parte, había elegido teatro como una asignatura opcional, una forma de mantenerle ocupado durante su último año en Bredgar Chambers. Para él, las clases suponían un método de olvidar. Casi siempre había funcionado, pero hoy no ocurría lo mismo.

El motivo era Clive Pritchard. Chas y él compartían un camerino, por culpa del orden alfabético de sus apellidos, y no había un tercero para aliviar el efecto devastador de la repelente personalidad de Clive.

Su maquillaje constituía la más poderosa ilustración de su naturaleza. Mientras los otros alumnos, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del profesor de teatro, habían escogido personajes de las tragedias isabelinas para pintar sus rostros, Clive se había internado en un mundo de su propia invención, transformándose en un cruce entre Quasimodo y el Fantasma de la Ópera. El primero le había dado la oportunidad de exhibir un pendiente repugnantemente largo que colgaba del agujero practicado en su lóbulo en octubre, mediante una aguja de tapicería.

Chas recordaba el incidente, ocurrido en el club social de sexto superior. Clive bebía whisky de una botella que había robado en casa de su abuela, a mediados del primer trimestre. A medida que iba bebiendo, se mostraba más ruidoso, más engreído y más beligerante. Su conducta intentaba atraer la atención general y, al no conseguirlo gracias a fanfarronadas relativas a un tatuaje que se había hecho en la parte interna del brazo durante las recientes vacaciones, con ayuda de un cortaplumas y tinta china, cautivó la atención del público con una exhibición más realista de su propensión a la automutilación. Había montado el espectáculo de antemano, pues no era fácil encontrar una aguja de tapicería entre los pertrechos de un estudiante. Clive extrajo una y la utilizó en sí mismo sin pestañear. Chas recordó la visión de la fina y curva aguja hundiéndose en el lóbulo de Clive y saliendo por el otro lado. No sabía que una oreja podía sangrar tanto. Una chica se desmayó. Dos se marearon. Clive sonrió y sonrió durante todo el proceso, sonriendo como un demente.

– Bien, ya está. ¿Te gusta? -Clive se dio media vuelta y exhibió su obra: una peluca de pelo ralo, dientes podridos, un postizo de carne hinchada y putrefacta bajo el ojo derecho y pequeños corchos que ensanchaban sus fosas nasales hasta dimensiones esqueléticas-. Esto es mucho mejor que tu Hamlet amariconado, Quilter. Admítelo.

Chas no tuvo que admitir lo evidente. Había escogido Hamlet por la facilidad del maquillaje. Requería una transformación muy sencilla, y el color de su piel resultaba bastante aceptable para encarnar al príncipe danés. Lo que había hecho en su cara no implicaba arte ni talento, pero le daba igual. No se había entregado de corazón al ejercicio. Hacía meses que no se entregaba de corazón a nada.

Clive bailó como un boxeador.

– Vamos, Quilter, admítelo. Este careto bastará para que las tías de Galatea se mueran del susto al verme.

Y cuando lo hagan… -Rió y echó hacia adelante la pelvis-. Hacerlo con una tía cuando está inconsciente es un poco necrofílico. No hay nada como eso, Quilter. Pero tú ya lo sabes, ¿verdad?

La mente de Chas procuró hacer caso omiso de las palabras. Se alegró de que Clive no se dirigiera a él por su nombre. Era un signo positivo, y le revelaba que, a pesar de todo, no estaba perdido por completo.

– Puedo dar un buen susto con esto, ¿eh, Quilter? -estaba preguntando Clive. Lo demostró recorriendo la habitación de puntillas, agachándose bajo las mesas de maquillaje, lanzando miradas furtivas a los espejos, agitando una fila de vestidos colgados frente a él y apartándolos de su vista con un manotazo-. Atravesaré el campus. Está oscuro, ¿lo ves? -Cogió una capa del perchero, se la ciñó sobre los hombros y actuó a tenor de la escena que describió-. Podría ir a Galatea para echar un vistazo al viejo Cow Pitt y a su mujer, pero no es eso lo que tengo en mente esta noche. No, esta noche no. -Sonrió. Tenía los colmillos largos, lobunos-. Esta noche quiero espiar al rector. Descubrir la verdad. ¿Es verdad que Lockwood folla vestido de pies a cabeza? ¿Se folla a su mujer, o prefiere a un delicioso conejito de tercero? ¿Escoge una chica diferente de Galatea o Eirene cada noche de la semana? ¿Mientras se las tira como un perro le dicen «¡Oooh, oooh, rector, me encanta cuando me la metes hasta el fondo! ¡Qué hombre!»? Averiguaré de una vez por todas lo que ocurre, Quilter. Y si levantan la vista mientras aúllan y jadean y ven mi cara en la ventana, si ven esta jeta, no sabrán quién les está mirando, ¿verdad? ¡Gritarán como posesos y sabrán que les han pillado por fin!

Apartó la capa a un lado con un revoloteo y se quedó con las piernas separadas, los brazos en jarras y la cabeza echada hacia atrás.

La puerta del camerino se abrió, ahorrándole a Chas la respuesta. Brian Byrne entró. Clive se abalanzó aullando sobre él y retrocedió con una carcajada, al observar el sobresalto de Brian.

– ¡Por Dios! ¡Si vieras la cara que has puesto! -Clive volvió a ceñirse la capa y adoptó una pose-. ¿Qué opinas, Bri?

Brian meneó la cabeza poco a poco y una sonrisa de admiración se dibujó en su cara.

– Asombroso -contestó.

– ¿Por qué no estás en clase, cariñín?

Clive se acercó al espejo y ensayó una serie de miradas ceñudas.

– Estoy en la enfermería -dijo Brian-. Tengo un terrible dolor de cabeza.

– Ah, ¿sobando a nuestra querida señora Laughland, hijo?

– No más que tú, me atrevería a decir.

– No más que nadie. -Clive le dedicó un guiño lascivo y volvió su atención a Chas-. Salvo, tal vez, el joven Quilter, aquí presente. Consagrado al celibato, ¿verdad, tío? Dando buen ejemplo a todos los tíos y tías, como debe hacer un buen prefecto. -Se tiró con fuerza de la piel de debajo de los ojos, sin demostrar dolor-. Demasiado tarde, ¿no crees? Vivimos en un auténtico antro de iniquidad.

Chas bajó la vista hacia la caja de maquillaje que había sobre la mesa, debajo del espejo. Los colores giraron ante sus ojos: una paleta de sombra de ojos, un estuche abierto de colorete, dos tubos de maquillaje. Todo perdió definición por un momento.

– Menuda movida que me marqué el sábado por la noche, Bri -continuó Clive-. Tendrías que haber estado conmigo y echado tú también un polvo. Un conejito llamado Sharon que iba a Cissbury. La encontré en la puerta de la taberna, le bajé las bragas y le enseñé lo que es bueno. «¡Oooh, cariño!», gritaba, «¡Oooh, sí, sí, sí!». Ésa es la marcha que les va. En el suelo, sobre la tierra, y aún pedía más a grito pelado. -Ejecutó un paso de danza-. ¡Daría cualquier cosa por un pito!

Brian sonrió, introdujo la mano en su chaqueta y sacó un paquete de cigarrillos.

– Toma. Puedes quedártelos.

– Joder, Bri! ¡Gracias!

Chas encontró la voz.

– Haz el favor de no fumar aquí.

– ¿Por qué no? ¿Me denunciarás? ¿Te chivarás a Lockwood?

– Utiliza tu sentido común, si tienes.

Clive se puso rígido. Abrió la boca para hablar, pero Brian intervino.

– Él tiene razón, Clive. Guárdatelos para más tarde, ¿vale?

Clive miró con semblante sombrío a Chas, y luego a Brian.

– Sí, de acuerdo. Me voy, pues. Gracias, Bri. Por los pitos. Ya sabes.

Salió del camerino. Al cabo de un momento, Brian y Chas le oyeron llamar a varios alumnos de teatro que se habían congregado en el escenario. Las chicas chillaron como era de esperar ante su presencia. El maquillaje, evidentemente, había cosechado un rotundo éxito.

Chas se llevó el puño a los labios. Cerró los ojos. Sintió que una oleada de náuseas le invadía.

– ¿Cómo puedes soportarle? -preguntó.

Brian acercó un taburete y se sentó. Se encogió de hombros y sonrió con afabilidad.

– No es tan malo como parece. Mucha fachada. Has de comprenderle.

– No quiero comprenderle.

Brian rozó el hombro de la camisa de Chas.

– Polvo -explicó-. Tienes polvo por todas partes, hasta en los bajos de los pantalones. Deja que te lo quite.

Chas se puso en pie con brusquedad y se apartó.

– Falta poco para las vacaciones -dijo Brian-. ¿Ya has decidido si vendrás conmigo a Londres? Mamá se ha ido a Italia con uno de sus ligues, así que tendremos la casa para nosotros solos.

Tenía que haber una excusa aceptable, pensó Chas. Tenía que haber una razón. No podía encontrar una. Cualquiera supondría rechazo, que engendraría irritación a su vez. No podía correr ese riesgo. Pasó revista a una serie de pensamientos, cada vez más difíciles de controlar.

– Brian -consiguió articular por fin-. Hemos de hablar. Aquí no, ni ahora, pero hemos de hablar. Quiero decir, hablar en serio. Has de comprender algunas cosas.

Brian abrió los ojos de par en par.

– ¿Hablar? De acuerdo. Por supuesto. Donde quieras y cuando quieras.

Chas se frotó sus manos húmedas contra los pantalones.

– Hemos de hablar -repitió.

Brian se levantó y aferró a Chas por el hombro.

– Hablaremos -contestó-. ¿Para qué, si no, están los amigos?

Emilia Bond se ofreció para buscar a alguien que sustituyera a John Corntel en la clase de inglés que debía dar a los alumnos de quinto a las diez de la mañana. Lynley y el profesor de inglés volvieron a los aposentos privados de la residencia Erebus. En lugar de entrar por la puerta principal que utilizaban los muchachos, lo hicieron por la secundaria, situada en el extremo oeste del edificio. Una placa de metal, grabada con las palabras director de la residencia, colgaba sobre ella.

La vivienda sorprendió a Lynley. Entrar en ella fue como retroceder al período de la posguerra, cuando los muebles debían parecer «sensatos». Pesados sofás y butacas con fundas en los brazos; mesas de arce desprovistas de la menor gracia; lámparas cuyas pantallas carecían de distinción; cuadros de flores enmarcados en las paredes. No cabía duda de que todas las piezas estaban ejecutadas con destreza, pero el conjunto sugería antigüedad, como si las habitaciones hubieran sido decoradas por ancianas, preocupadas tan sólo de proyectar una imagen de corrección.

En el estudio de Corntel se repetía el mismo tema, con un escritorio achaparrado, un tresillo gigantesco cubierto de cretona floreada y una mesa baja sobre la que descansaban un jarro de cerámica y un cenicero repleto, que llenaba la habitación del olor a tabaco quemado. Este último objeto parecía ser una de las dos contribuciones que Corntel había aportado a la decoración de su hogar. La otra era su colección de libros, que ocupaba mucho espacio. Estaban colocados en estanterías, amontonados bajo el escritorio, apretujados en pequeños huecos que había a cada lado de una chimenea sin decorar.

Corntel descorrió las cortinas, que cubrían en parte las ventanas. Lynley observó que desde el estudio se veía la residencia Calchus y, a menos de seis metros de la ventana, corría un sendero entre ambos edificios. De poca intimidad se gozaría en esta habitación con las cortinas descorridas.

– ¿Café? -preguntó Corntel, señalando un aparador empotrado en la pared-. Si quieres probarlo, tengo una cafetera exprés.

– Gracias.

Mientras observaba al otro hombre preparar el café, Lynley recordó las palabras de Elaine Roly: «Esa bruja quiere volverle del revés. Y ya lo ha hecho, si quiere que le diga la verdad.» Aplicó las afirmaciones de la mujer al estado actual de John Corntel, preguntándose si existía una relación entre las palabras del ama de llaves y el aspecto del director de la residencia.

Nunca había visto a un hombre protegerse con una coraza tan tenue. Las emociones estallaban justo debajo de la superficie. Se evidenciaban también en sus ojos, que se negaban a entrar en contacto con los de Lynley, en sus manos, que atenazaban los objetos con torpeza, como si recibieran órdenes incorrectas del cerebro, en sus palabras, que no lograba modular, en sus hombros, que se hundían como una concha a su alrededor. Costaba creer que Corntel padeciera una ansiedad tan mal disimulada por el amor de una mujer, correspondido o no. La forma en que Emilia Bond había mirado al hombre cuando Lynley les había encontrado en el campo de deportes sugería que, si el amor dirigía la vanguardia que asaltaba las murallas de la paz de Corntel, era correspondido. Si tal era el caso, el problema consistía en identificar el elemento crucial que afligía el corazón de John Corntel. Lynley pensó que lo reconocía muy bien. Es fácil reconocer los síntomas de la enfermedad en un hermano de sufrimientos.

– ¿Cómo se llama aquel chico de Eton que era especialista en burlar al profesor de guardia? -preguntó Lynley-. Ya sabes a quién me refiero. Siempre sabía exactamente cuál iba a ser la rutina, no importa a quién le tocara el turno de noche o de fin de semana… Cuándo se harían las rondas, cuándo se comprobarían las puertas, cuándo se realizaría una visita sorpresa a la residencia. ¿Te acuerdas de él?

Corntel encajó la cazoleta en la máquina exprés.

– Rowton. Decía que tenía percepción extrasensorial.

– Debía de ser verdad -rió Lynley-. Siempre acertaba, ¿verdad?

– Tanto talento malgastado en entrar a escondidas en Windsor para cepillarse un felpudo. ¿Lo sabías? Al final, la dejó embarazada.

– Sólo recuerdo que todos los demás chicos le perseguían para que adivinase los exámenes. Si tenía percepción extrasensorial, maldita sea, ¿por qué no la utilizaba para saber lo que el viejo Jervy iba a poner en el examen de historia del martes siguiente?

– ¿Cómo lo explicaba siempre Rowton? -sonrió Corntel-. «No funciona así, tíos. Sólo adivino lo que esos tipos hacen, o van a hacer, pero no lo que piensan.» Alguien le respondió diciendo que, si adivinaba lo que iban a hacer, también tenía que adivinar los exámenes, porque escribir un examen es hacer algo, al fin y al cabo.

– Y la contestación de Rowton, si no recuerdo mal, fue realizar una minuciosa descripción de cómo Jervy redactaba el examen, completada con detalles de la irrupción de la señora Jervy en plena faena, luciendo una minifalda de Mary Quant y botas blancas de vinilo.

– Y nada más -rió Corntel-. La señora Jervy siempre vestía con cinco o seis años de retraso, ¿verdad? Señor, cómo nos divertía Rowton con sus historias. Hace años que no pienso en él. ¿Cómo te ha venido a la cabeza?

– Me lo ha sugerido la idea del profesor de guardia. Me estaba preguntando quién fue el profesor de guardia este fin de semana. Me estaba preguntando si serías tú.

Corntel ajustó la cafetera. El vapor empezó a sisear y el café a fluir. No contestó a las observaciones de Lynley hasta que hubo servido dos tazas a medio llenar. Las depositó sobre una bandeja de hojalata, junto con la leche y el azúcar, y la colocó sobre la mesa. Apartó el cenicero a un lado, pero no lo vació.

– Eres muy listo, Tommy. No me esperaba esta salida. ¿Siempre has sido tan hábil en el trabajo policial?

Lynley cogió una taza de café y la llevó hasta una de las butacas. Corntel le siguió. Apartó una guitarra (Lynley observó que tenía dos cuerdas rotas) y se sentó en el sofá. Dejó su tasa sobre la mesa.

– Matthew Whateley era un chico de esta residencia -replicó Lynley-. Tú eres el responsable de su bienestar. El pasado fin de semana, de alguna manera, se te fue de las manos. Eso es verdad, ¿no? Sin embargo, algo me dice que lo que sientes ante esta situación supera la responsabilidad inherente a tu cargo de director de la residencia. Por eso me pregunté si también eras el profesor de guardia este fin de semana, responsable de la seguridad de todo el colegio.

Las manos de Corntel colgaban fláccidamente entre sus piernas. Parecía absolutamente indefenso.

– Sí. Ahora ya sabes lo peor. Sí.

– Deduzco que no patrullaste por el terreno.

– ¿Me creerás si te digo que me olvidé? -miró a Lynley a los ojos-. Me olvidé. No me tocaba este fin de semana. Le cambié el turno a Cowfrey Pitt hace unas semanas y me olvidé.

– ¿Cowfrey Pitt?

– El profesor de alemán. Director de la residencia femenina Galatea.

– ¿Por qué quiso cambiarlo? ¿Fue idea tuya?

– De él. No sé por qué. No se lo pregunté. De todos modos, tampoco me importaba. Siempre estoy aquí, excepto durante las vacaciones, e incluso a veces… No querrás oír esto. Ahora ya lo sabes todo. Me olvidé de patrullar. No me pareció tan mal en aquel momento. La mayoría de los niños se habían ido. Tenían permiso. Había un torneo de hockey. No obstante, si hubiera cumplido mi deber, tal vez habría sorprendido a Matthew Whateley intentando escapar, lo sé. En cualquier caso, no patrullé. Eso es todo.

– ¿Cuántas veces hay que patrullar por el colegio durante un fin de semana?

– Tres veces el viernes por la noche y seis el sábado, lo mismo que el domingo.

– ¿En horas fijas?

– No, claro que no. Patrullar no tendría sentido si los alumnos supieran exactamente a qué hora apareces.

– ¿Todos los estudiantes saben quién es el profesor de guardia?

– Lo saben todos los prefectos. Se les da una lista cada mes. Informan al profesor de guardia si algo va mal, así que han de saber quién es.

– ¿Sabían que Cowfrey Pitt y tú habíais cambiado el turno?

– El rector tuvo que decírselo. El cambio se comunicó a su despacho, como dictan las normas. -Corntel se inclinó hacia adelante, apoyando la frente en una mano-. Lockwood ignora que no patrullé, Tommy. Está buscando un chivo expiatorio. Ha de encontrar uno, o las culpas recaerán sobre él.

Lynley evitó mencionar a Alan Lockwood.

– No me queda otra alternativa que formularte la pregunta siguiente, John. No patrullaste por el colegio el viernes por la noche. Tampoco lo hiciste el sábado. ¿En qué estabas ocupado, y dónde?

– Aquí. Te lo juro.

– ¿Alguien puede corroborarlo?

La cafetera exprés lanzó un chorro de vapor. Corntel la desconectó. Se quedó en aquel rincón de la habitación, con la cabeza gacha y las manos curvadas alrededor del recipiente de vidrio.

– ¿Emilia Bond? -preguntó Lynley.

Un sonido, primo lejano de un sollozo, brotó de los labios de John Corntel.

– Soy patético. Qué pensarás de mí. Tengo treinta y cinco años. Ella, veinticinco. Esto carece de sentido, y todavía más de futuro. Yo no soy lo que ella piensa. No soy lo que ella desea. No lo comprende. No quiere comprender.

– ¿Estuviste con ella el viernes por la noche, y también el sábado?

– Eso es lo peor. Parte del viernes y parte del sábado, pero toda la noche no. Ella no te podrá ayudar. No le hagas preguntas. No la mezcles en esto. La situación entre nosotros ya es bastante mala.

Corntel hablaba con insistencia. El tono de su voz era suplicatorio. Al oírle, Lynley pensó en el castigo que recibiría el director de una residencia si Alan Lockwood averiguaba que una mujer había pasado parte de la noche en su alojamiento. Luego, pensó en el deseo evidenciado por Corntel de no mezclar a Emilia en la situación. Al fin y al cabo, ya no estaban en el siglo XIX, ni Emilia Bond era una mujer cuya virtud necesitara protegerse a costa del futuro profesional de un hombre. Tampoco iba a enfrentarse a la perdición eterna por pasar unas discretas horas en compañía de aquél. Había algo más, algo que trascendía la presencia de la mujer en los aposentos de Corntel. Lynley presentía esa probabilidad, como un peligro evidente y real. Buscó una forma de sacar a la luz lo que el profesor ocultaba. La única esperanza de que Corntel le hablara con franqueza residía en él hecho de que estaban solos. Nadie tomaba notas. El interrogatorio mantenía la apariencia de una conversación entre dos viejos amigos.

– Me da la impresión de que os habéis peleado -dijo Lynley-. La señorita Roly deplora el impacto que Emilia ha causado en tu vida.

Corntel levantó la cabeza.

– Elaine está preocupada. Ha sido la reina de Erebus durante muchos años. El último director también era soltero, y ella no puede soportar el pensamiento de que la mujer de un director usurpe su autoridad. Debí decirle que no tenía motivos para preocuparse. No existe la menor posibilidad de matrimonio en este caso. -Hundió los hombros. Volvió a mirar a Lynley. Tenía los ojos enrojecidos-. No hay relación entre lo que le ha ocurrido a Matthew Whateley y Emilia. Ella no conocía al muchacho.

– Pero ¿admites que ella estuvo aquí, en esta casa?

– Conmigo. Eso es todo.

– Sin embargo, conoce a otros chicos de Erebus. Brian Byrne, por ejemplo, estudia química con ella. Le vi en el laboratorio ayer por la tarde. Y es el prefecto de tu residencia.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– No estoy seguro, John. Tal vez nada. Tal vez todo. Me dijiste que Brian estuvo en la residencia el viernes por la noche. El propio Brian me confesó que había pasado casi toda la noche en el club social de sexto.

– Pensé que estaba aquí. No lo comprobé.

– ¿Ni siquiera más tarde, después de que Emilia se marchara?

– Estaba disgustado. No pensé en nada. No me preocupé de nada después de que se fuera.

– ¿Sabes si Emilia abandonó el edificio? ¿La viste salir?

El rostro de Corntel, ya teñido de un tono ceniciento, pareció perder aún más color cuando comprendió el significado de la pregunta.

– Santo Dios, no estarás insinuando que Emilia…

– Ayer intentó proteger del interrogatorio al prefecto de tu residencia, John. ¿Qué debo pensar?

– Es su estilo. No cree que nadie sea capaz de hacer el mal. Ni siquiera lo entiende. No es capaz de pensar… -se interrumpió de nuevo con brusquedad.

– ¿No es capaz de pensar…? -le urgió Lynley.

Corntel regresó lentamente al sofá y se quedó mirándolo, como dudando entre seguir de pie o sentarse. Alargó la mano hacia un punto raído del brazo.

– ¿Cómo vas a entenderlo? -preguntó con voz monótona-. El vizconde de Vacennes. El conde de Asherton. ¿Alguna vez has fracasado en algo?

La injusticia de sus palabras, su monstruosa inexactitud, hirió a Lynley en lo más hondo. La sorpresa le redujo al silencio. Por primera vez desde que había empezado la entrevista, anheló la presencia de la sargento Havers, por su habilidad y empeño en poner freno a los sentimientos y ahondar sin piedad en la verdad.

– Es verdad, ¿no? -estaba preguntando Corntel con amargura.

Lynley recobró la voz.

– Nada más lejos, me temo, pero no puedo esperar que tú lo sepas, John, mediando una distancia de diecisiete años.

– No lo creo.

– Tu incredulidad no altera la verdad.

Los ojos de Corntel se desviaron de él. Después, le miró de nuevo. Un temblor convulso agitó su cuerpo.

– Empezamos el año pasado, como simples amigos -dijo-. Nunca me he entendido bien con las mujeres, pero con Emilia era diferente. Me resultaba fácil hablar con ella. Escuchaba. Siempre tenía los ojos clavados en mi cara. Nunca me había pasado con ninguna mujer. Siempre parecían perseguir algo. Hablaban conmigo, sí, pero con la mente concentrada en otra cosa; al poco rato de iniciar la conversación, era incapaz de pensar en decirles algo que retuviera su atención. Pero Emilia… -Adoptó una expresión reflexiva, menos tensa-. Imagino que si Emilia perseguía algo, era mi alma. Creo que no deseaba otra cosa que conocerme a fondo. Incluso nos escribimos durante las vacaciones. Me resulta más fácil expresarme por escrito, mostrarme cómo soy en realidad. En mi caso es así, desde luego. Le escribía y hablaba con ella. Sobre mi padre, sobre la novela que tanto deseo escribir y probablemente nunca escribiré, sobre la música que me gusta, sobre cosas que parecen importantes en mi vida, aunque no sobre todas. Sólo las que me hacen parecer bueno. Incluso ahora pienso que si le hubiera contado todo, todos esos pequeños desagradables secretos íntimos que solemos ocultar, no me habría querido.

– Los pequeños secretos desagradables carecen de toda importancia, excepto en el amor.

– No, eso no es cierto. -Corntel hablaba en tono resignado, aunque sin autocompasión, considerando lo que vino a continuación-. No es verdad, Tommy. Bueno, tal vez sí en tu caso. Tienes muchas más cosas que ofrecer a una mujer que yo. En mi caso, cuando la mente, el espíritu y el cuerpo han demostrado su total insuficiencia, no queda mucho más.

Lynley recordó al muchacho que corría por el patio de Eton sacándole una cabeza de ventaja a los demás, un becado de una fundación real a quien se auguraba un brillante porvenir.

– Me cuesta creerlo -contestó.

Corntel pareció leerle la mente.

– ¿De veras? ¿Tan espléndida ha sido mi actuación? ¿Voy a enterrar algunos de tus fantasmas?

– Si te sirve de algo. Si quieres.

– Nada me sirve. No quiero. Pero Emilia no tiene nada que ver con la muerte de Matthew Whateley, y si enterrar fantasmas es la única forma de convencerte, que así sea. -Apartó sus ojos desolados-. Ella estuvo aquí el viernes por la noche. Debí comprender al instante por qué había venido y qué deseaba, pero no lo hice, no con bastante rapidez para controlar la situación y evitarnos a ambos tristeza y amargura.

– Supongo que vino para hacer el amor contigo.

– Tengo treinta y cinco años. Treinta y cinco años. ¿Sabes lo que eso significa?

Lynley comprendió la única relación posible y la verbalizó.

– ¿Nunca has hecho el amor con una mujer?

– Treinta y cinco. Qué patético, pueril y obsceno.

– Nada de eso. Un simple hecho.

– Fue desastroso. Intenta imaginar los detalles, para que no los tenga que pormenorizar. ¿Me harás ese favor? Después, me sentí humillado. Ella estaba disgustada. Lloraba, pero trataba de echarse la culpa. Créeme, Tommy, en su estado de ánimo sólo podía volver a su alojamiento. No la vi salir de Erebus, pero no se me ocurre por qué habría hecho algo diferente.

– ¿Dónde se aloja?

– Es preceptora de la residencia Galatea.

– ¿Cowfrey Pitt podría corroborar sus idas y venidas?

– Si no me crees, sí, pregúntale a Cowfrey, aunque el alojamiento de Emilia no está cerca de los aposentos privados. Es posible que Cowfrey no tenga idea de dónde estaba ella.

– ¿Y el sábado por la noche? ¿Volvió aquí otra vez?

Corntel asintió con la cabeza.

– Intentó arreglar las cosas. Intentó… ¿Cómo es posible volver a ser amigos después de una escena como aquella, Tommy? ¿Cómo es posible recuperar lo que veinte minutos de infructuosos esfuerzos en una cama ha destruido por completo? Por eso volvió. Por eso me olvidé de mis deberes como profesor de guardia este fin de semana. Por eso no supe que Matthew Whateley había huido. Porque no pude comportarme como un hombre la primera vez en mi vida que tuve la oportunidad.

«Matthew Whateley había huido.» Era la segunda vez que Corntel lo decía, y el error sólo se explicaba de dos maneras: o no sabía nada sobre las ropas que Frank Orten había encontrado en el vertedero, o se aferraba a la historia oficial, hasta que la policía estableciera una nueva.

Capítulo 13

Eran las once en punto cuando Lynley se encontró con la sargento Havers en lo que Bredgar Chambers denominaba el Aula Magna, situada en el lado sur del cuadrilátero principal. Era la primera dependencia que había existido en el campus, una sala de paredes blancas, revestimientos de roble y una bóveda muy trabajada. En la pared sur se habían practicado ventanas a gran altura, y bajo ellas colgaban los retratos de todos los rectores que habían pasado por el colegio, desde que Charles Lovell-Howard tomara las riendas de la autoridad en 1489.

La sala estaba vacía en aquel momento; un vago olor pulposo a madera húmeda impregnaba la atmósfera. Cuando cerraron la puerta a sus espaldas, la sargento Havers caminó hacia las ventanas y recorrió la hilera de retratos, siguiendo la historia del colegio hasta llegar a Alan Lockwood.

– Tan sólo veintiún rectores en quinientos años -se maravilló-. Da la impresión de que venían para quedarse. Fíjese en éste, señor. ¡El tipo que precedió a Lockwood fue rector durante cuarenta y dos años!

Lynley se reunió con ella.

– Eso explica en parte la necesidad de Lockwood de mantener en secreto el asesinato de Matthew Whateley, ¿no? Me pregunto si otros muchachos fueron asesinados bajo el mandato de anteriores rectores.

– Es una idea, pero murieron chicos bajo el mandato de todos ellos, ¿no es cierto? Y también chicas. El memorial de la capilla es una amplia prueba de ello.

– Exacto, pero una muerte súbita e inesperada ocasionada por la guerra o la enfermedad es otra cosa, Havers. Es difícil imputarle las culpas a alguien. Sin embargo, un asesinato es muy diferente. Se busca un culpable. Se debe buscar.

Mientras hablaban, se oyeron voces fuera de la sala. Docenas de pasos resonaron en una escalera. Lynley abrió su reloj de cadena.

– El recreo de la mañana, imagino. ¿Qué ha descubierto en sus andanzas por el colegio? -Levantó la vista y observó que la sargento Havers estaba mirando por la ventana, con el entrecejo fruncido-. ¿Havers?

La mujer se agitó.

– Estaba pensando.

– ¿Y?

– Nada. Lo que usted decía sobre la culpa. Me pregunto quién carga con las culpas cuando un estudiante se suicida.

– ¿Edward Hsu?

– Bien amado estudiante.

– Yo también me he preguntado sobre él. Sobre el interés que Giles Byrne le demostraba. Sobre su muerte. Pero si Matthew Whateley fue asesinado en este colegio el pasado viernes, o incluso el pasado sábado, ¿cómo podemos culpar a Giles Byrne? A menos, por supuesto, que estuviera aquí. Es dudoso, pero vale la pena investigarlo.

– Quizá no fue él, señor.

– ¿Quién? ¿Brian Byrne? Si apunta en esa dirección, destruye la primera relación que está intentando establecer, sargento. Edward Hsu se suicidó en 1975. Brian Byrne tendría unos cinco años en aquel tiempo. ¿Está culpando de un suicidio a un niño de cinco años?

– No lo sé -suspiró ella-. Pero sigo dándole vueltas a lo que Brian dijo acerca de su padre.

– Combine eso con el conocimiento de que detesta a su padre. ¿No le dio la impresión de que Brian se sentiría muy satisfecho dejando en ridículo a Giles Byrne, a la menor oportunidad? Y nosotros se la dimos ayer, ¿verdad?

– Supongo que sí.

Havers recorrió el largo de la sala hasta el estrado del extremo este, sobre el cual se había tallado un bajorrelieve que describía con gran lujo de detalles a Enrique VII a lomos de un caballo enjaezado, preparado para cargar. Debajo había una mesa de refectorio y sillas. Havers apartó una y se dejó caer en ella, extendiendo las piernas.

Lynley tomó asiento a su lado.

– Estamos buscando un sitio donde Matthew Whateley pudo ser confinado desde el viernes por la tarde hasta el viernes por la noche, o hasta el sábado por la noche, del cual se llevaron al muchacho o a su cadáver. ¿Qué ha encontrado?

– Poca cosa. Despensas junto a la cocina, que hemos de descartar, pues desapareció después de comer y habría demasiada gente trajinando en esa zona. Hay dos lavabos que ya no parecen utilizarse. Están asquerosos por dentro, y las tazas están rotas.

– ¿Alguna huella de haber sido utilizados recientemente?

– Yo no vi ninguna. Si el chico estuvo allí, el secuestrador hizo desaparecer todas las señales.

– ¿Algo más?

– Habitaciones para guardar baúles en todas las residencias, pero cerradas con llave y sólo los directores de las residencias y las amas de llaves las tienen. También hay desvanes encima de las habitaciones para secar la ropa, en todas las residencias, pero asegurados con candado. Como en el caso anterior, las llaves están en poder de los directores de la residencia y las amas de llaves. Trasteros en el edificio de ciencias y un enorme depósito de agua sobre el acuario, donde podrían haber ahogado a Matthew Whateley, aunque no retenerle durante mucho tiempo, a menos que le ataran y amordazaran y su asesino supiera que nadie aparecería durante el resto de la tarde. Además de esto, el teatro tiene camerinos y trasteros detrás del escenario, y una cabina de iluminación encima. Si no se había previsto ninguna actuación y si alguien tenía acceso, imagino que el teatro es el lugar ideal. Había alumnos allí esta mañana. Por cierto, vi a nuestro Chas Quilter. Por su aspecto, parecía como si Yorick hubiera regresado de entre los muertos y no le hiciera ninguna gracia la perspectiva. Sin embargo, estaba vacío el viernes después de la comida, y es un lugar idóneo para que hubieran ocultado en él a Matthew Whateley, considerando sobre todo que está lejos de los campos de deportes donde se habían congregado los estudiantes.

– ¿Y cómo se puede acceder, sargento? Tengo la impresión de que el teatro, abarrotado de carteles, equipo, trajes y todo eso, ha de ser uno de los edificios mejor vigilados del colegio.

– Oh, estaría cerrado con llave, desde luego, pero eso no representa ningún problema. Lo investigué antes de empezar. Frank Orten nos dijo que las llaves se guardan en dos sitios; en su oficina y en los casilleros que hay fuera de la sala de descanso de los profesores. Su oficina no está cerrada con llave durante el día, y si Orten estaba ausente, cualquiera pudo entrar sin que nadie le viera, coger las llaves que llevaran la etiqueta «teatro» y confiar en su suerte. Y si de día es arriesgado realizar una maniobra semejante, una tarjeta de crédito o cualquier objeto de plástico similar basta por la noche para entrar en la oficina en menos de quince segundos. Su seguridad es patética. Me parece imposible que no les hayan robado hasta la camisa.

– ¿Qué sabe de los casilleros que hay al salir de la sala de descanso de los profesores?

– Peor aún. Frank Orten nos dijo que la sala de descanso está cerrada con llave, que sólo los profesores y las mujeres de la limpieza tienen llaves, ¿verdad? Bien, esta mañana no estaba cerrada. Entré sin el menor problema. Y los casilleros no sólo llevan una etiqueta con el nombre del profesor, sino que de la mitad, como mínimo, cuelga la llave. Basta con saber qué profesor utiliza determinada llave, y después colarse en la sala de descanso y ya está.

– Estamos como al principio. Todo el mundo tuvo acceso. Todo el mundo tuvo la oportunidad.

– ¿De qué?

– De secuestrar a Matthew después de comer y esconderle en algún sitio hasta poder disponer de él libremente. Pero ¿quién no tuvo la oportunidad? -Lynley reflexionó sobre la pregunta. Algo que John Corntel había dicho aguijoneó su memoria-. Vamos a buscar a Cowfrey Pitt.

Aunque el recreo de la mañana aún no había terminado, el profesor de alemán no se hallaba con los demás profesores en la sala de descanso. Lynley y Havers le localizaron en su aula de la primera planta, en el lado oeste del patio cuadrangular. Estaba escribiendo con letra apenas legible en la pizarra, trazando descuidados signos en diversos sitios, como una modalidad privada de código Morse. Cuando Lynley pronunció su nombre, siguió escribiendo y no se volvió hasta haber concluido el trabajo a plena satisfacción. Ilustró este punto retrocediendo, examinándolo con aire crítico, borrando algunas palabras y reescribiéndolas con escasa mejora. Luego, dedicó su atención a los visitantes.

– Ustedes son de la policía -dijo-. No se molesten en presentarse, su reputación les ha precedido. Tengo clase dentro de diez minutos.

Proporcionó la información con indiferencia, limpiándose manchas de yeso diseminadas sobre la manga de su toga. El gesto implicaba una falta total de interés por su apariencia, pues el color de la toga era más gris que negro, y los hombros estaban cubiertos de caspa y polvo.

La sargento Havers cerró la puerta y se quedó cerca de ella. Dirigió una mirada a Pitt que logró ser al mismo tiempo indiferente y expresiva. Comunicó al profesor de alemán que, si bien su clase empezaba dentro de diez minutos, la iniciaría cuando la policía lo considerase apropiado, pero no antes.

– No tardaremos mucho -dijo Lynley a Pitt-. Clarificaremos unos cuantos puntos y nos iremos.

– Un grupo de sexto superior aparecerá de un momento a otro, ¿saben? -Pitt dio la noticia como si bastara para determinar la duración del interrogatorio que iba a padecer. La sargento Havers se apoyó contra la pared, insinuando que no tenía prisa por marcharse. Al observar su actitud, Pitt continuó-. Bien, clarifique, inspector, clarifique. Hágalo, por favor. No permita que yo se lo impida.

Lynley caminó hacia la ventana. El aula daba al patio cuadrangular, y frente a ella se alzaba el campanario. La altura del tejado constituía una tentación que, sin duda, ningún alumno de Bredgar deseoso de demostrar su valor podía resistir.

– ¿Qué puede decirme acerca de la hoja de dispensa que permitió a Matthew Whateley librarse del partido de hockey del viernes por la tarde?

Pitt no se movió de detrás de su escritorio. Apoyó los nudillos sobre la superficie. Se veían agrietados y doloridos.

– Muy poco. Era un formulario de la enfermería y llevaba su nombre escrito. Nada más.

– ¿Sin firma?

– ¿Se refiere a la de Judith Laughland? Sin ninguna firma.

– ¿Es normal recibir una hoja de dispensa con el nombre del chico, pero sin la firma de la responsable de la enfermería que verifique su autenticidad?

Pitt se removió inquieto. Levantó una mano hacia su cabello grasiento. Se tiró de un mechón que se rizaba alrededor de su oreja izquierda.

– No. Suele firmarlas todas.

– Suele, pero ésa no iba firmada.

– Es lo que he dicho, inspector.

– No hizo nada para comprobar su autenticidad, ¿verdad?

– Exacto. No la verifiqué.

– ¿Por qué no, señor Pitt?

– No tuve tiempo. Iba a llegar con retraso al partido. Ni siquiera le presté atención. Matthew Whateley ya se había excusado de algunos partidos. La última vez fue hace tres semanas, de hecho. Si pensé en algo cuando vi la nueva dispensa, fue que había vuelto a utilizar el viejo truco y que iría a verle después, pero se me olvidó. Si eso es un delito, deténgame.

– ¿Qué ocurrió hace tres semanas?

– Me trajo en persona una hoja de dispensa, firmada por la señorita Laughland. Si quiere que le dé mi opinión, era falsa. Trataba de fingirse enfermo y hasta tosió para demostrar su autenticidad, pero si la señorita Laughland cayó en la trampa, ¿quién era yo para protestar? Le dejé marchar.

– ¿Adónde?

– A la cama, supongo. A su cuarto, o a la sala de estudio. No tengo ni idea. No le seguí.

– Yo, en su lugar, habría sospechado al ver una segunda hoja de dispensa tan pronto después de la otra, señor Pitt. Sobre todo si ésta no iba firmada y la anterior sí.

– Pues yo no. Así de claro. Le eché un vistazo y la tiré a la papelera. -Pitt cogió un trozo de tiza de su escritorio. La hizo rodar sobre su palma, guiándolo con el pulgar. Un timbre sonó en el exterior. Anunciaba que faltaban cinco minutos para la clase siguiente.

– Ha dicho que iba a llegar con retraso, pero era después de comer, ¿no es cierto? ¿Se había alejado del campus?

– Fui a Galatea. Me había… -Suspiró, pero parecía tenso, más a la defensiva que derrotado-. Muy bien. Si quiere saberlo, me había peleado con mi mujer. Perdí la noción del tiempo. El único motivo por el que me paré en mi casilla y vi la hoja fue que iba cargado con un montón de papeles a mi aula. Vi la hora en el campanario y comprendí que no tendría tiempo de llevarlos a mi aula y volver al campo de deportes antes de que los chicos empezaran a destrozar el césped.

– ¿Por unos cuantos minutos de retraso? ¿Habría sido un delito, señor Pitt, dejarlo todo y correr hacia el campo?

– Un delito espantoso para Lockwood, sobre todo en mis circunstancias, casado con una mujer muy aficionada a la botella. ¿Quiere que me exprese con mayor claridad, inspector? Tenía demasiados problemas en la cabeza para preocuparme por Matthew Whateley.

Los alumnos se llamaban entre sí en el pasillo. La sargento Havers no se había apartado de la puerta. Pitt la miró y tiró la tiza sobre el escritorio.

– Tengo una clase -insistió.

– Me parece que el señor Lockwood y usted no se llevan muy bien -contestó Lynley con placidez. Observó la reacción de Pitt en los músculos que rodeaban sus ojos.

– Lockwood está buscando una excusa para despedirme, porque no encajo en sus proyectos para Bredgar Chambers. La está buscando desde el momento en que nos conocimos.

– Sin éxito, por lo visto.

– Su principal problema es que, a pesar de mi mujer y de mi apariencia, soy un buen profesor, y el número de mis alumnos que superan los exámenes de ingreso en la universidad lo demuestra. Así que no puede deshacerse de mí. Y es consciente de que sé más cosas sobre él que la mayoría de los profesores. -La última frase de Pitt era una clara invitación a profundizar en el tema. Lynley le siguió la corriente.

– ¿Por ejemplo?

– Conozco sus antecedentes, inspector. Hice cuanto pude por averiguarlos. Él quiere despedirme, y yo no tengo la menor intención de rendirme sin luchar. Por lo tanto, me guardo un par de datos en la manga por si la junta de gobierno decide poner en entredicho mi aptitud.

Pitt era un experto en proporcionar información para lograr un efecto máximo. Lynley no dudó de que empleaba el mismo método para tratar con superiores y colegas. No facilitaba el trato con él.

– Señor Pitt -indicó Lynley-, tiene una clase a esta hora, como ha dicho antes. Terminaremos esta entrevista antes si va al grano.

– No hay grano que valga, inspector. Sé todo sobre la actuación mediocre de Lockwood en la Universidad de Sussex, sobre su interesante convivencia con tres jovencitas antes de casarse con Kate, sobre su trabajo en la última escuela pública, desde la cual sus colegas le enviaron a Coventry, porque siempre que se pasaban de la raya les denunciaba para escalar puestos. Al rector le encantaría expulsarme, inspector, si estuviera seguro de que no iba a contarle a la junta de gobierno todo lo que sé sobre él.

– Al parecer, ha descubierto muchos trapos sucios.

– Voy a conferencias. Me reúno con otros profesores. Ellos hablan. Yo escucho. Yo siempre escucho.

– De todos modos, este colegio tiene bastante prestigio. ¿Cómo logró Lockwood ser nombrado rector, si su pasado es tan negro como usted lo pinta?

– Manipulando algunos datos. Pisoteando a los débiles. Lamiéndole el culo a la gente que podía ayudarle en su carrera. Por un precio, desde luego.

– ¿Giles Byrne?

El rostro de Pitt expresó aprobación.

– Es usted rápido. Bravo. ¿Por qué cree que le concedieron a Matthew Whateley la beca de la junta de gobierno? No porque fuera el mejor o el más brillante. No lo era. Era normal. Un chico excelente, pero nada del otro mundo. Eso es todo. Había media docena de candidatos más merecedores de la beca. La decisión dependía del rector, pero Giles Byrne quería a Matthew Whateley. Matthew fue elegido quid pro quo. De paso, Byrne demostró a los demás miembros de la junta de gobierno la magnitud de su poder. Él es así, ¿sabe? Bueno, todos somos iguales. El poder es una droga. Cuanto más tienes, más quieres.

El aforismo podía aplicarse a la vida de Pitt. El conocimiento era poder, y durante los últimos minutos había exhibido el suficiente para denigrar al rector de todas las formas posibles, como si mancillar la reputación del hombre repercutiera en beneficio de la suya, como si centrar la conversación en Lockwood eliminara la posibilidad de que invadieran una parcela más cercana y sensible.

– Usted intercambió guardias de fin de semana con John Corntel -señaló Lynley-. ¿Por qué?

– Mi mujer quería ver una obra de teatro en Crowley. Yo quería complacerla, y le pedí a John que cambiáramos el turno.

Para alejarla de la botella, sin duda, pensó Lynley.

– ¿Qué obra fueron a ver? -preguntó en voz alta.

– Un compromiso comprometido. -Pitt sonrió ante la ironía del título-. Sé que es una obra antigua, pero aún no la habíamos visto.

– ¿El viernes o el sábado por la noche?

– El viernes.

– ¿Y el sábado?

– El sábado, nada. Nos quedamos en casa por la noche. Vimos la televisión. Leímos. Hasta intentamos entablar una conversación.

– ¿Vio a Emilia Bond el viernes o el sábado?

La cuestión acicateó el interés de Pitt. Ladeó la cabeza.

– Por la noche, no. La vi durante el día, por supuesto. Vive en la residencia Galatea. Es difícil no toparse con ella, pero no la vi ninguna de ambas noches. Según recuerdo, su puerta estaba cerrada cuando entré en el edificio. -Al observar que la expresión de Lynley cambiaba, Pitt prosiguió-. Cuido de mis niñas, inspector. Al fin y al cabo, soy el director de la residencia. Para ser sincero, vale la pena no quitarles el ojo de encima.

– Ah, ¿sí?

Pitt enrojeció.

– No me refería a eso.

– Pues explíqueme a qué se refería.

Un estallido de carcajadas en el pasillo les indicó que los alumnos de Pitt empezaban a impacientarse. Ni Lynley ni Havers se movieron un milímetro.

– Causan problemas innecesarios en el campus, inspector. Provocación. Tentación. Ya he visto a dos expulsadas el año pasado por conducta licenciosa, una de ellas con un jardinero, aunque le parezca mentira, y otra se marchó con todo sigilo, afligida por el tipo de desgracia que sus padres etiquetaron eufemísticamente de «traslado a otro colegio». -Lanzó una especie de carcajada-. Y eso es tan sólo en Galatea. Dios sabe lo que ocurrirá en Eirene.

– Tal vez sea debido a que no haya una directora, sino un director -apuntó Lynley-. Ha de ser difícil vigilar a las chicas si deben respetarse ciertas normas de intimidad.

– No sería difícil si Emilia Bond realizara su trabajo con más empeño, pero como no puedo confiar en ella, lo hago yo mismo.

– ¿De qué modo?

Pitt se encrespó visiblemente.

– No estoy interesado en las quinceañeras, inspector. ¿Qué tiene que ver todo esto con la muerte de Matthew Whateley? Sólo le trataba durante los partidos. ¿Por qué no se va a otro sitio y habla con alguien que pueda decirle algo valioso, inspector? Yo no soy la persona adecuada. Los tres estamos perdiendo el tiempo. Sé muy poco sobre el trabajo policial, pero me da la impresión de que debería buscar a alguien aficionado a tontear con jovencitos. No soy su hombre, francamente. Y tampoco sé quién es. Me conformo con decirle… -Frunció el entrecejo de repente.

– ¿Señor Pitt? -preguntó Lynley.

– Bonnamy.

– He oído el nombre. Matthew iba a visitarle. Como Voluntario de Bredgar, era el trabajo que tenía asignado. ¿Por qué le ha mencionado?

– Soy el responsable de los Voluntarios. Conozco a ese hombre. Antes de que llegara Matthew, ningún alumno había sobrevivido a la primera visita. A Bonnamy le gustó Matthew desde el primer momento.

– ¿Está insinuando que el coronel Bonnamy es el hombre al que le gusta tontear con jovencitos?

Pitt sacudió la cabeza con brusquedad.

– No; pero si alguien del colegio perseguía a Matthew en ese sentido, el chico sólo se lo habría confesado al coronel Bonnamy.

Se trataba de una posibilidad bastante cierta, admitió Lynley. Sin embargo, tampoco pasaba por alto que Pitt había alzado varias pantallas de humo durante la conversación, en forma de alusiones a Alan Lockwood, referencias a Giles Byrne, críticas a Emilia Bond y, ahora, la amistad del coronel Bonnamy con el muchacho asesinado. Se daba de nuevo en Bredgar Chambers excesiva información en el curso de un interrogatorio, como si fingir colaboración pudiera borrar la huella indeleble de la culpa.

Lynley miró a la sargento Havers, que aún custodiaba la puerta.

– Déjeles entrar, sargento -dijo.

Ella abrió la puerta. Entraron a la vez cuatro alumnos, tres chicos y una chica. No miraron ni al profesor ni a los detectives, sino que dirigieron miradas furtivas al pasillo, acompañadas de sonrisas maliciosas. Una segunda chica se dispuso a entrar en el aula, pero una figura deforme y encorvada, que llevaba una capa negra y un espantoso maquillaje, se apoderó de ella, levantándola del suelo, y la inmovilizó en el umbral.

– ¡Asilo! -rugió la aparición, aferrando a la chica que se debatía entre sus brazos-. ¡Esmeralda! ¡Asilo! -Avanzó tres pasos, tambaleándose, y cayó de rodillas sin soltar a la muchacha.

Los demás alumnos se rieron cuando el muchacho inclinó la cabeza, hundió el rostro en el cuello de la chica y besó sonoramente sus labios, dejando restos de maquillaje en su piel y en el jersey.

– ¡Suéltame! -chilló ella.

Cowfrey Pitt intervino.

– Ya es suficiente, señor Pritchard. Hemos disfrutado considerablemente. Ha conseguido que nos sintamos agradecidos porque la película fuera muda.

Clive Pritchard aflojó su presa y la chica cayó al suelo. Era baja, carente de atractivos, de facciones afiladas y huesudas, y su rostro cubierto de acné. Lynley la reconoció de su visita del día anterior a la clase de química de Emilia Bond.

– ¡Pequeño…! -La muchacha se estiró el jersey amarillo-. ¡Mira lo que has conseguido! ¡Tendré que lavármelo!

– Te ha encantado -respondió Clive-. Nunca habías estado tan cerca de un hombre, ¿verdad?

Ella se puso en pie de un salto.

– Debería…

– Basta. -Pitt no necesitó alzar la voz. Su tono ominoso fue suficiente-. Pritchard, quítese ese ridículo maquillaje. Le doy diez minutos para hacerlo, más ocho páginas de traducción para mañana por este fascinante espectáculo con que nos ha regalado. Daphne, puedes ir a asearte.

– ¿Eso es todo? -gritó Daphne, cerrando los puños, torciendo el rostro de tal manera que sus ojos desaparecieron-. ¿Ocho páginas de traducción? ¿Ese va a ser su castigo? ¿Cree que lo hará? -No esperó respuesta-. ¡Aléjate de mí, bastardo! -siseó cuando pasó junto a Clive.

Lynley miró a la sargento Havers, pero comprendió que no hacía falta darle indicaciones subrepticias. Se había hecho cargo de la situación y ya estaba siguiendo a la muchacha.

Barbara Havers no solía sentir escrúpulos por utilizar un momento de trastorno emotivo para aprovechar la coyuntura en beneficio de un caso. Sin embargo, mientras seguía a Daphne por el pasillo y una corta escalera hasta entrar en un lavabo, notó cierta resistencia en su interior. Sabía el motivo. Le gustara o no, deseaba evitar todo daño a aquella adolescente poco desarrollada, de cabello sucio, gestos torpes y pecho hundido. Aunque no se parecían físicamente, ambas eran inadaptadas. Procedían de diferentes medios sociales, como adivinó Barbara por el acento de la chica, pero el aislamiento que padecían en sus respectivos medios era idéntico.

Barbara vio desde la puerta que la chica abría el agua de un lavabo. La habitación olía a desinfectante. Hacía mucho frío. En el borde del lavabo había una pequeña pastilla verde de jabón. Daphne se enjabonó las manos, hizo una mueca y se frotó la mancha que el maquillaje había dejado en su cuello.

– Bastardo -masculló al espejo con los puños crispados-. Asqueroso bastardo.

Barbara se acercó a ella y le tendió un pañuelo doblado.

– Utiliza éste -dijo.

– Gracias -dijo la chica. Lo cogió y se secó la piel.

– ¿Siempre se comporta así?

– Más o menos. Patético, ¿no? Todo con tal de llamar la atención.

– ¿La atención de quién?

Daphne mojó el pañuelo y lo frotó contra el jersey.

– De cualquiera. Le odio. Bastardo. -Parpadeó rápidamente.

– ¿Te acosa muy a menudo?

– Clive acosa a todo el mundo, pero me prefiere a mí porque sabe que yo no… Tonto del culo. Canalla. Se cree que es la hostia.

– Conozco el tipo. Un regalo de Dios.

– Finge que todo es para divertirse, una broma que yo no le sigo como hacen los demás, pero lo que ellos no saben es que cuando se pone encima de mí en el suelo, me aprieta contra su… para que pueda notar lo grande que… -Se mordió su labio tembloroso-. A él le excita. ¡Me pone de malhumor! -Se inclinó sobre el lavabo. Su cabello pegajoso y lacio le ocultó el rostro.

Barbara comprendió la dinámica de la relación con bastante facilidad. El verdugo y su víctima.

– ¿Por qué no le denuncias?

– ¿A quién?

Formuló la pregunta con amargura, ofreciendo una oportunidad con dos sencillas palabras. Barbara la aprovechó, procurando hablar con indiferencia.

– No lo sé. Yo no fui a un colegio como éste, pero si no quieres que un adulto se entere, aunque no entiendo por qué te incomoda tanto, seguro que otro alumno… quizá alguno con influencia…

– ¿Se refiere a Chas Quilter, nuestro piadoso prefecto superior, nuestro ejemplo paradigmático? ¡No me haga reír! Aquí, todos son iguales. Forman un frente común. Cumplen su papel. Chas no es distinto. Es peor.

– ¿Peor que Clive? Me cuesta creerlo.

– Ni hablar. Ni hablar. La hipocresía siempre es peor que la ignorancia. -Daphne se pasó los dedos por el cabello.

Barbara experimentó una punzada de excitación, pero habló con cautela.

– ¿Hipocresía?

No obtuvo éxito. Al oír la pregunta, la chica se replegó. Incluso ahora, la llamada a la lealtad era más fuerte que la sed de venganza. Dobló el pañuelo y se lo dio a Barbara.

– Gracias -dijo-. El jersey no tiene remedio, pero he podido quitarme el maquillaje de la piel.

Su respuesta a la pregunta de Barbara hizo inútil cualquier otro subterfugio. No había nada que perder si atacaba con una pregunta directa.

– Estás en la clase de química de sexto superior que da la señorita Bond, ¿verdad?

– Sí.

– Vives en…

– Galatea.

– Ella es la preceptora de la residencia. La debes conocer bastante bien.

– Imagino que como las demás alumnas.

– ¿Quieres decir como Chas, o como Brian Byrne?

El nuevo enfoque del interrogatorio pareció sorprender a Daphne.

– No tengo ni idea. La señora Bond es amable con todo el mundo, ¿no?

– La debes de ver mucho en la residencia, puesto que es la preceptora.

– Sí. Bueno, no. Yo… No lo sé. La veo de vez en cuando. No pienso en ello.

– ¿Y el fin de semana pasado?

La comprensión alumbró en el rostro de la muchacha. Desvió la vista hacia la puerta.

– El señor Pitt me está esperando. Muchas gracias por el pañuelo.

Barbara la dejó marchar, y se quedó para reflexionar sobre la única información que parecía viable: el comentario de Daphne sobre Chas Quilter y la hipocresía. Que el prefecto superior no era lo que aparentaba había sido evidente desde el primer momento que entraron en la residencia Erebus y vieron el desorden que reinaba en ella. Incluso antes, un comentario sin importancia lanzado por un chico que pasaba «Que te den por el culo, Quilter» hablaba de una especie de cáncer que corroía tanto la autoridad del prefecto como el cargo que ejercía en el colegio. Pero ese cáncer carecía de una clara definición. Había que ver si guardaba alguna relación con la muerte de Matthew Whateley.

El coronel Andrew Bonnamy y su hija vivían a un kilómetro del pueblo de Cissbuy, en una casa que formaba parte de un grupo de cinco, ocultas en parte del sendero que las bordeaba por un seto particular, necesitado de un urgente podado. Como los demás edificios, la casa de Bonnamy era pequeña, de madera combinada con argamasa y juncos, encalada pero con señales visibles de su antigüedad. Las grietas corrían sobre su superficie como fallas geológicas, trepando desde los cimientos hasta el techo, al que prestaban su sombra castaños altos y angulosos, cuyas ramas se doblaban hasta rozar las tejas.

Cuando Lynley y Havers entraron en el breve camino privado situado a un lado de la casa, vieron que una mujer bajaba por una pendiente hacia un huerto. Vestía una falda de dril descolorida, una chaqueta azul marino con la cremallera subida hasta el cuello y unos pesados zapatones. Cargaba a la espalda una bolsa de basura, y con la otra mano sostenía unas tijeras de podar y un rastrillo. Cuando se acercó a ellos, vieron que su cara estaba manchada de polvo. También observaron que acababa de llorar, pues las lágrimas habían dejado regueros en su piel. Aparentaba unos cuarenta años de edad.

Al ver a Lynley y Havers dejó caer la bolsa de basura junto a una pila de leña y caminó hacia ellos, sin soltar las tijeras y el rastrillo. Lynley se dio cuenta de que no utilizaba guantes para protegerse las manos, que estaban muy sucias. La mugre dibujaba medias lunas bajo sus uñas.

Lynley extrajo sus credenciales y se presentó, haciendo lo propio con Havers.

– ¿Es usted Jean Bonnamy? -preguntó-. Hemos venido para hablar con usted y su padre acerca de Matthew Whateley.

Ella asintió con la cabeza. Su garganta no consiguió evitar que emitiera un sonido, a pesar de sus denodados esfuerzos. Recordaba a un plañido.

– Esta mañana dejé un mensaje en el colegio, diciendo que llegaría tarde a recogerle. Me pusieron con el señor Lockwood. Él me lo contó todo. Matt siempre venía a vernos los martes. Venía a ver a mi padre. Supongo que a mí también, aunque yo nunca lo tuve presente. Hasta hoy. -Miró las herramientas que transportaba. Fragmentos de tierra y ramas rotas se habían quedado adheridos al rastrillo-. Tan repentino. Tan inesperado. Me resulta insoportable pensar que haya muerto tan joven.

Lynley comprendió al instante el tipo de información que Alan Lockwood había proporcionado a Jean Bonnamy.

– Matthew Whateley fue asesinado.

La mujer alzó la cabeza con brusquedad. Intentó y no consiguió repetir la palabra.

– ¿Cuándo? -logró articular por fin.

– El viernes o el sábado, probablemente. No lo sabremos con seguridad hasta conocer los resultados de la autopsia.

Aturdida, apoyó el rastrillo contra el tronco de un castaño, tiró las tijeras de podar al lado y buscó ella también la solidez del árbol.

– El señor Lockwood no… -Su voz adoptó un tono apremiante, teñido de irritación-. ¿Por qué no me lo dijo?

Era una pregunta ambigua, con una docena de explicaciones diferentes. Lynley no quiso ahondar en ella.

– ¿Qué le dijo? -preguntó.

– Prácticamente nada. Que Matthew había muerto. Que el colegio esperaba saber los detalles. Se me sacó de encima por teléfono, diciendo que volvería a llamarme en cuanto pudiera darme un «informe completo». También dijo que me comunicaría el lugar y fecha del funeral, para que papá y yo acudiéramos. -Un torrente de lágrimas anegó sus ojos-. ¿Asesinado? Era un niño tan encantador. -Se frotó el rostro húmedo con la manga de su chaqueta. La tela se ensució-. Voy hecha un asco -dijo al darse cuenta y ver sus manos tiznadas-. Tenía que trabajar. Tenía que hacer algo. Papá no quiere hablar. Está… Tuve que salir de casa, siquiera por unos minutos. El huerto requiere cuidados. Me pareció oportuno que los dos estuviéramos un rato a solas, pero él aún no sabe lo peor. ¿Cómo voy a decírselo?

– Ha de saberlo. Es importante que lo sepa. Necesitamos hablar con él acerca del chico, y no podremos hacerlo hasta que sepa la verdad.

– Tengo miedo de que eso le mate. No. Sé que está pensando en la ridiculez y dramatismo de esa afirmación, pero mi padre no está bien, inspector. ¿Se lo dijeron en el colegio?

– Sólo me dijeron que Matthew, como Voluntario de Bredgar, le visitaba.

– Sufrió una apoplejía hace diez años en Hong Kong, cuando estaba en el ejército. Abandonó el servicio activo, y como mi madre ya había muerto, vino a vivir conmigo aquí. Ha tenido tres ataques más desde entonces, inspector. En todos se creyó que iba a morir, pero no fue así. Y yo… Hemos vivido juntos durante tanto tiempo que no soporto la idea de que algo… -Carraspeó.

– Si sabe que el chico ha muerto, ya sabe lo peor, ¿no cree? -preguntó la sargento Havers, con su habitual franqueza.

Jean Bonnamy pareció darse cuenta de que Havers decía la verdad, pues al cabo de unos momentos asintió lentamente.

– Déjenme hablar antes con él -dijo-. ¿Les importa esperar aquí un instante?

Lynley accedió. La mujer se marchó, subiendo por una rampa de madera hasta la entrada de la parte superior de la casa.

– ¿Durante cuánto tiempo cree que Lockwood pretende ocultar lo sucedido? -preguntó Havers a Lynley, cuando se quedaron solos.

– Todo el que pueda, sin duda.

– Se está comportando de una manera irracional. Tarde o temprano, los periódicos publicarán la noticia, si no lo han hecho ya. Tenemos a un chico de trece años que fue encontrado desnudo, asesinado, torturado, en un cementerio que se halla a kilómetros de distancia de su casa y del colegio. Tenemos una historia que apunta hacia la perversión, la homosexualidad, el sadismo, el rapto y Dios sabe cuántas cosas más. ¿Cómo demonios piensa Lockwood que logrará controlar la situación?

– Creo que no le preocupa tanto que la historia salga a la luz, como que Bredgar Chambers sea mencionado. Si pudiera mantener al colegio al margen, no me cabe duda de que sería el primero en pregonar la noticia desde la esquina más próxima. Pero como no puede hacerlo sin implicar al colegio, su única posibilidad es ocultar la verdad a todos los que no están directamente involucrados.

– ¿Todo por la primorosa reputación del colegio? -se burló Havers.

– Y por la suya. «Ojos que no ven…», Havers. Lockwood no es idiota. Sabe que su futuro depende en gran parte de su nombre y su reputación. Ambos están inextricablemente ligados a Bredgar Chambers.

– ¿Y si da la casualidad de que alguien a quien Lockwood otorgó un puesto de confianza es nuestro asesino…?

– Entonces, imagino que pasará un mal rato intentando explicar a la junta de gobierno cómo cometió un error tan grave.

– ¿Y le despedirán? ¿Será el primer rector de Bredgar Chambers que no muera con las botas puestas?

Lynley sonrió con ironía.

– En una palabra, sargento.

Jean Bonnamy les llamó desde lo alto de la rampa.

– Ya estamos preparados, inspector.

Si el estilo del edificio no indicaba la edad de la casa, sí lo hacía la cocina en que entraron. El techo era bajo y de forma peculiar; las ventanas, sin cortinas, se hallaban encastadas en muros de treinta centímetros de espesor. Era como retroceder en el tiempo, a un período en que la vida no era cómoda ni fácil. Lynley tuvo la impresión de que Jean Bonnamy lo prefería así. El aroma a sopa de verduras que surgía de una gran olla parecía confirmar este hecho. La mujer removió la mezcla con una cuchara de madera ennegrecida por la edad, antes de conducirles a una sala de estar a la que se accedía por una puerta baja.

Era sin duda el lugar favorito de su padre, pues lo llenaban recuerdos de su vida en Hong Kong, representados por fotografías de juncos en un puerto al anochecer, una amplia colección de jade tallado y otra de marfil, una antigua silla de manos con cortinas laterales de brocado grueso y descolorido. Incluso la chimenea de amplia boca ocupaba un lugar en la decoración de la sala, pues sostenía un dragón, un monstruo con cabeza de cartón piedra y cuerpo de seda roja, al estilo de los que suelen desfilar por las calles de las ciudades durante el Año Nuevo chino.

A pesar del extenso muestrario de objetos, que le daban aspecto de museo, la sala olía sobre todo a perro, y el culpable, un perdiguero negro como el carbón, de hocico grisáceo y ojos húmedos, estaba tendido sobre una manta frente a una estufa eléctrica. Se limitó a levantar la cabeza poco a poco cuando Lynley y Havers entraron en la sala.

El coronel Bonnamy estaba sentado en una silla de ruedas al lado del perro, dando la espalda a la puerta. Delante tenía una mesa baja de cerezo, sobre la cual se desplegaban piezas de ajedrez, indicando que se estaba jugando una partida. No se veía ni rastro del contrincante.

– Ha llegado el inspector, papá -dijo Jean Bonnamy-. Y la sargento.

– Que el diablo se los lleve -replicó el coronel Bonnamy. Hablaba con perfecta claridad, sin que el ataque hubiera dejado secuelas.

Su hija se acercó a la silla de ruedas y la cogió por los asideros.

– Lo sé, papá -dijo con ternura, girando la silla. Procuró no tocar la mesa sobre la que descansaban las piezas de ajedrez.

Aunque Jean Bonnamy les había hablado de los ataques de su padre, no les había preparado para los estragos causados por la apoplejía. Aunque su salud no estuviera deteriorada, habría presentado un aspecto poco reconfortante. Grandes mechones de pelo gris brotaban de sus orejas. Enormes manchas oscuras, semejantes a costras, cubrían su cabeza calva. La nariz era bulbosa, y en su fosa nasal izquierda crecía una verruga deforme.

La persistente mala salud había exacerbado su desagradable apariencia. Los ataques habían afectado la parte izquierda de su cuerpo; los músculos faciales se contorsionaban en una mueca permanente y su mano izquierda se había quedado inmovilizada en una garra, de uñas recorridas por cutículas. A pesar de la estufa eléctrica que calentaba la habitación, llevaba zapatos gruesos, camisa de franela y pantalones de lana. Se cubría las rodillas con una manta de angora.

– Inspector, sargento, siéntense, por favor -dijo Jean Bonnamy.

Apartó un montón de revistas de un sofá protegido por una funda y acercó la silla de ruedas a la policía.

Había un taburete de ratán al otro lado de la mesa de ajedrez, y lo cogió para sentarse junto a su padre, apoyando una mano en la silla de ruedas. Se había lavado después de trabajar en el huerto, y la proximidad de su mano a la garra blanquecina de su padre la dotaba de un aspecto desaliñado y vivaz al mismo tiempo.

– ¿Cómo se entra en contacto con los Voluntarios de Bredgar? -preguntó Lynley-. Por lo que me dijo en el colegio el señor Pitt, Matthew no fue el primer Voluntario que vino a visitarle.

– El primero con un poco de sentido común -murmuró el coronel Bonnamy. Tosió y aferró la silla con su mano buena. Su brazo derecho tembló.

– Papá es un poco cascarrabias cuando le da la gana -dijo su hija-. No lo niegues, papá. Ya sabes que es verdad. Me pareció una buena idea proporcionarle otra compañía que no fuera la mía. Me enteré de la existencia de los Voluntarios por el tablón de anuncios de la iglesia, así que telefoneé al colegio y llegué a un acuerdo. Fue durante el cuarto trimestre del año pasado.

– Todos eran idiotas, hasta que llegó Matt -añadió su padre, con la cabeza inclinada hacia adelante y los ojos clavados en el regazo.

– Probamos seis o siete, de todas las edades. Chicos y chicas. Ninguno funcionó, excepto Matt. Papá y él se entendieron desde el primer momento.

– Hoy. -La voz del coronel se endureció-. Tenía que venir hoy, Jeannie. Las piezas están como las dejamos el martes pasado. Igual que las dejamos. Y ustedes dicen que -alzó la cabeza con visible esfuerzo y miró a Lynley. Sus ojos eran grises y transparentaban inteligencia-. Ha sido asesinado. ¿Asesinado?

– Sí. Lo siento. -Lynley adelantó el cuerpo. A su lado, la sargento Havers pasaba las páginas del cuaderno-. Le encontraron en Stoke Poges, coronel Bonnamy. Su cuerpo estaba desnudo, con muestras de haber sido torturado. Sin embargo, sus ropas seguían en el colegio.

El coronel no tardó en asimilar los datos.

– Algún profesor. Algún marica con cara de santo. Eso es lo que tiene en mente, ¿no?

– No sabemos qué pensar. En principio, se creyó que Matthew había intentado escapar haciendo autostop, y fue recogido por alguien que le torturó por placer y después le asesinó, una vez terminada la diversión.

– Un chico como él no habría escapado. Matt Whateley era un luchador. -Removió la manta que tapaba sus rodillas. Su hija se la ajustó alrededor de las piernas-. En aquel colegio no están acostumbrados a ese tipo de luchadores, pero, en cualquier caso, lo era.

– ¿Qué clase de luchador?

El coronel Bonnamy señaló su sien.

– De los que combaten con el cerebro.

– Parece que usted conocía al chico mejor que la mayoría -dijo Lynley-. ¿Le hizo alguna confesión?

– No necesitaba hacerlas. Yo lo adivinaba todo.

– Pero, como ha dicho antes, usted tenía la impresión de que combatía con su cerebro.

– Ajedrez -replicó el coronel.

Jean Bonnamy, pensando que la respuesta de su padre no clarificaba la descripción del muchacho, intervino.

– Papá enseñó a Matt a jugar al ajedrez. Nunca se rendía, por más difícil que le resultara aprender, por más veces que papá le ganara. Creo que ni siquiera se sentía desalentado. Entraba en casa todos los martes por la tarde, preparaba el tablero y empezaban otra partida.

– Un luchador -repitió su padre.

– ¿Le habló alguna vez del colegio, de las clases, los amigos o los profesores?

– No. Sólo decía que sus notas eran buenas.

– Papá insistía en saber sus notas -añadió Jean Bonnamy-. Los dos hablamos con él sobre lo que quería hacer cuando fuera mayor.

– Saqué la impresión de que sus padres deseaban algo de tipo tradicional -dijo el coronel-. Aunque Matt no hablaba mucho acerca de ellos. Pienso que le empujaban hacia la ciencia, las leyes, la arquitectura o las finanzas. Muy típico de su mentalidad. Una carrera de ese calibre dignifica el honor de toda la familia. Mamá, papá, los abuelos, todos. Sin embargo, el pequeño Matt era un artista nato. Y de eso hablaba. Cuando hablaba del colegio o del futuro, hablaba de arte.

– Papá le alentaba -dijo Jean Bonnamy-. Matt le prometió que algún día le regalaría una de sus esculturas.

– Un chico ha de ser lo que quiere ser, no lo que sus padres deciden sin contar con sus deseos. Estas familias siempre hacen lo mismo. Lo he visto cientos de veces. Respeto total hacia los padres. Sometimiento absoluto de la personalidad. Has de llegar a ser lo que ellos te han dicho. Cásate con quien te han dicho que te cases. Forma parte de su cultura. No hay forma de evitarlo, a menos que, por supuesto, el niño cuente con un consejero que le ayude a superar la desaprobación de sus padres, una vez decidido el camino que quiere seguir.

Mientras escuchaba, Lynley empezó a comprender que, aunque la idea pareciera incongruente y a pesar de la luz que el coronel Bonnamy estaba arrojando sobre la vida y muerte de Matthew Whateley, el caso iba a complicarse mucho más de lo que suponía al principio. A medida que el coronel hablaba, su nerviosismo fue aumentando.

– Al menos, Matt tenía la ventaja de que sólo uno de sus progenitores estaba obsesionado por el tema del honor familiar y la maldita tradición relacionada con él.

– ¿Sólo un progenitor?

El coronel asintió con la cabeza.

– La madre. No la conozco, pero el apellido Whateley no da a entender que su padre sea chino. Por lo tanto, supongo que es su madre. Nunca hablamos del tema. Imaginaba que Matt ya tenía bastante con ser un mestizo en ese elegante colegio para hablar de ello cuando no estaba allí.

Lynley percibió el movimiento de la sargento Havers en el sofá. Él también ardía en deseos de ponerse en pie de un salto, cruzar la sala y abrir de par en par puertas y ventanas. No hizo nada de todo esto. Se esforzó en recordar las fotos que había visto del muchacho, recreando el cabello oscuro, la piel de color almendra, los rasgos delicados, los ojos casi negros. Los ojos… Ojos que no eran chinos, sino bien redondos y perfectamente dibujados. Tal vez galeses, incluso españoles, pero chinos no, desde luego. Era imposible. No tenía sentido.

– Usted no sabía que Matthew era mestizo, inspector -dijo Jean Bonnamy lentamente.

Lynley sacudió la cabeza, más en señal de confusión que de negación.

– ¿Tienen una foto del chico que les visitaba?

La mujer se levantó.

– Voy a buscarla.

– Si buscan un asesino -dijo el coronel, cuando ella salió de la sala-. Mi opinión es que deberían empezar por los racistas, el tipo de gente que no soporta estar cerca de alguien un poco diferente. Gente ignorante, gente que destruye lo que es incapaz de comprender.

Lynley oyó las palabras, pero sólo podía pensar en la imposibilidad de que Matthew Whateley fuera diferente de lo que se les había presentado desde el primer momento: el hijo de Kevin y Patsy Whateley, vástago de una familia de clase obrera, beneficiario de una beca, entusiasta de los trenes en miniatura.

Jean Bonnamy volvió con la fotografía y se la entregó a Lynley. Éste la examinó y miró a Havers.

– El mismo chico -dijo, volviendo a mirarla. Plasmaba a Matthew y al coronel encorvados sobre el tablero de ajedrez. La mano de Matthew estaba extendida, como si le hubieran sorprendido en el momento de mover una pieza, pero su rostro se hallaba girado hacia la cámara, y sonreía de la misma forma que Lynley había visto en la fotografía tomada a orillas del Támesis en compañía de Yvonnen Livesly, su amiga de Hammersmith.

– He conocido a los padres de Matthew -dijo Lynley al coronel-. Ninguno es chino.

El coronel no aparentó sorpresa o desconcierto ante la noticia.

– El niño era mestizo -repuso con convicción-. Viví treinta y cinco años en Hong Kong. Reconozco a un niño mestizo en cuanto lo veo. Para ustedes, Matt parecía occidental, pero para alguien que haya vivido en Oriente, el muchacho era medio chino. -Sus ojos tristes se desplazaron hacia la chimenea y se detuvieron en la cabeza del llamativo dragón-. A cierta gente le gusta destruir lo que no puede comprender, como se aplasta una araña con el tacón del zapato. Eso es lo que usted debe buscar. Ese tipo de fealdad. Ese tipo de odio, que habla de la supremacía de una Inglaterra blanca y predica el desprecio a todos los demás. Investigue en ese colegio. Me atrevería a decir que allí lo encontrará.

Demasiadas cosas en qué pensar, demasiados datos que evaluar, pero aún era necesario aclarar algunos puntos, en especial lo que Lynley consideraba la verdad acerca de la familia de Matthew Whateley.

– ¿Le habló Matthew de esto alguna vez? ¿Sobre los orígenes de su familia, sobre si existían prejuicios en el colegio, sobre problemas con algún profesor, estudiante o miembro de la plantilla?

El coronel negó con la cabeza.

– Sólo hablaba de sus notas, y cuando yo se lo preguntaba. No hablaba del colegio para nada.

– No te olvides del lema, papá -intervino Jean Bonnamy. Regresó a su taburete y habló a Lynley-. Matthew había visto el lema del colegio en alguna parte… En la capilla, o en la biblioteca. No me acuerdo, pero a él le sorprendió mucho.

– No he visto el lema -dijo Lynley-. ¿Cuál es?

– No sé qué significa en latín, pero alguien se lo tradujo y nos lo dijo -contestó Jean Bonnamy-. Tenía algo que ver con el honor. Él estaba…

– Me había olvidado, Jeannie -interrumpió el coronel con aire pensativo-. «Que el honor sea nuestro sostén y nuestro guía.» Ésas eran las palabras exactas. Le fascinaban. Quería pasar toda la tarde hablando sobre su significado. Honor sit et baculum et ferula.

– Un tema de conversación curioso para un niño de trece años -comentó la sargento Havers.

– Para ese chico, no -replicó el coronel-. Llevaba el honor en la sangre. Es el núcleo de su cultura.

Lynley deseaba evitar este tipo de discusiones.

– ¿Cuándo tuvo lugar esta conversación? ¿Cómo siguió?

El coronel pidió ayuda a su hija con una mirada.

– ¿Cuándo, Jeannie?

– Hará un mes, más o menos. En el colegio, durante una clase de historia, había hablado acerca de… lady Jane Grey, eso es, que murió en nombre de sus creencias, en nombre de la religión. Sí, estoy segura. Recuerdo que Matt te preguntó si creías que el honor exigía hacer lo debido. Tú le preguntaste quién le había metido esa idea en la cabeza. Él dijo que lady Jane Grey y su decisión de morir antes que aceptar el deshonor de renunciar a su religión.

– Quería saber qué era más importante para nosotros, un código de honor o un código de conducta -asintió el coronel.

– Tú contestaste que no había diferencia entre ambos, ¿verdad?

– Exacto, pero Matt no estuvo de acuerdo. -El coronel miró la foto que Lynley había devuelto a Jean Bonnamy-. Era su parte occidental la que hablaba, aunque su sangre china le decía que eran exactamente lo mismo.

Lynley sintió una punzada de irritación ante las continuas referencias a un linaje cuya existencia carecía de confirmación.

– Sin embargo, usted nunca le comentó que él era chino, a pesar de su evidente amor por esa civilización.

– Como tampoco se me ocurriría comentarle a usted su ascendencia noruega, de la que ha heredado su hermoso cabello, inspector. Todos tenemos una parte de otra cultura, ¿verdad? Algunas personas están más cercanas a esa otra cultura que usted y yo, pero todos procedemos de otra fuente. Aceptar esto es aceptar la vida. Los que la destruyen son aquellos incapaces de aceptarlo. Es lo único que puedo decirle.

El coronel dio por finalizada la entrevista de esta manera, y Lynley se dio cuenta de la tensión a que le había sometido la conversación. Sus miembros temblaban. Los párpados le pesaban de cansancio. No tenía sentido insistir en obtener más información. Se puso en pie, dio las gracias al anciano y, acompañado de la sargento Havers, siguió a Jean Bonnamy por el mismo camino que habían recorrido al entrar. Ninguno de los tres habló hasta que llegaron al camino particular.

– Permítame hacerle una pregunta, señorita Bonnamy -dijo Lynley-. No quiero causarle dolor, pero sí comprender por qué su padre cree que Matthew Whateley era chino. Su padre ha sufrido cuatro ataques. No habrá salido indemne de ellos.

La mujer desvió la vista hacia el seto privado. Tres pájaros chapoteaban alegremente en un charco de agua que había en la base.

– ¿Son imaginaciones suyas? -Preguntó Jean con una sonrisa-. Ojalá pudiera facilitarle las cosas, inspector. Se las facilitaría si le diera la razón, ¿verdad? Pero no puedo. Viví en Hong Kong hasta los veinte años. En cuanto Matthew Whateley puso el pie en nuestra casa, el pasado septiembre, supe sin lugar a dudas que era un niño mestizo. Por lo tanto, el hecho no tiene nada que ver con la mente de mi padre o su plena posesión de facultades. Porque aunque él no la tenga, no importa. Yo sí. -Se rascó la suciedad adherida a las arrugas de sus palmas-. Ojalá pudiera cambiar algunas cosas, inspector.

– ¿Por ejemplo?

Ella se encogió de hombros. Sus labios temblaron, pero se controló y habló con calma.

– Cuando le acompañé al colegio el pasado martes por la noche, era tarde. Dejé atrás la casa del conserje para llevarle directamente a la puerta de Erebus. Sin embargo, me hizo parar en el camino que va al cobertizo de los vehículos, porque allí me sería más fácil dar la vuelta. Dijo que iría a pie hasta la residencia. Pensaba en todo. Matthew era así.

– ¿Fue la última vez que le vio?

Ella asintió y prosiguió, como si sus palabras pudieran exorcizar la pena.

– Salió del coche y empezó a caminar. Entonces, un minibús apareció en el sendero y sus faros iluminaron a Matthew. Me acuerdo muy bien porque oyó al autobús y se volvió. Se despidió de mí agitando la mano. Y sonrió. -Se secó los ojos-. La sonrisa de Matthew era adorable, inspector. Cuando la vi en su rostro el martes por la noche, me di cuenta de cuánto había llegado a quererle. Ojalá se lo hubiera dicho.

– Encontramos el borrador de una carta dirigida a usted entre las pertenencias de Matthew. ¿La recibió? -Lynley sacó de su bolsillo la hoja de papel y se la tendió.

Ella la leyó, asintió y se la devolvió.

– Sí, recibí una nota como ésta el viernes. Siempre que venía a cenar con nosotros escribía una nota dando las gracias. Siempre.

– Menciona a un chico que le vio. Es evidente que usted le acompañó al colegio después del toque de queda.

– Papá y él se enfrascaron en una larguísima partida y perdimos la noción del tiempo. Telefoneé a Matthew el miércoles para asegurarme de que no había tenido problemas. Dijo que uno de los chicos mayores le había visto.

– ¿Le había denunciado al rector?

– No, desde luego. Todavía no. Creo que Matthew quería hablar con él, de todos modos, para explicarle dónde había estado.

– ¿Cabía la posibilidad de que le aplicaran medidas disciplinarias por llegar tarde, a pesar de que había estado con ustedes?

– Eso parece. Se supone que los estudiantes han de responsabilizarse de llegar al campus a tiempo, sean cuales sean las circunstancias. Eso demuestra madurez, imagino.

– ¿Qué castigo se le habría infligido a Matthew si le hubieran descubierto después del toque de queda?

– Le habrían confinado en la residencia durante una semana. Quizá una reprimenda. No se me ocurre otra cosa.

– ¿Y el otro chico?

Jean Bonnamy frunció el entrecejo.

– ¿El otro chico?

– El que vio a Matthew.

– No lo entiendo.

Era un giro de las circunstancias que Lynley no había visto hasta aquel momento. Hasta entonces, sólo tenía en cuenta el hecho de que el prefecto de la residencia de Matthew, Brian Byrne, no había informado sobre la desaparición de un chico después de comprobar que todos estuvieran en la cama. Ahora, reparaba en una nueva perspectiva del caso. Si Matthew Whateley había llegado el martes por la noche después del toque de queda, no había sido el único.

Capítulo 14

– ¡Esto sabe a serrín, inspector! Es impresentable. Es de la semana pasada, como mínimo. ¡Bocadillos recién hechos! ¡Ja! Deberían meter a ese tipo en chirona por engañar al público. -Migas del bocadillo de queso cubrían la pechera del suéter marrón. La sargento Havers las barrió de un manotazo, esparciéndolas generosamente por el piso del coche de Lynley, que protestó en vano. Ella se encogió de hombros-. Pudimos parar. Pudimos entrar en aquella taberna. No creo que nos acusaran de abandono del servicio por sentarnos a comer durante quince minutos.

Lynley inspeccionó su elección, rosbif y tomate; ambos se veían demasiado verdes para consumirlos sin peligro.

– Me pareció una buena idea en aquel momento -dijo.

– Además -se creció Havers, después de oír a Lynley-. ¿Qué motivo tenemos para volver corriendo al colegio? De momento, trabajar en este apasionante caso es como caminar sobre arenas movedizas. Ya nos llegan hasta el cuello. Sólo nos hace falta un detalle más que nos conduzca a otro callejón sin salida, y se acabó. Ahogados.

– Demasiadas metáforas, Havers.

– Dígame usted lo que tenemos -se encrespó ella-. Empezamos con diferencias de clase. Matt Whateley se fugó porque no encajaba con los niños finolis del colegio. Después, decidimos que le estaban atemorizando y que se largó por miedo a un tío duro que le estaba poniendo contra las cuerdas. Después, nos decantamos por la homosexualidad y la perversión sexual. Y ahora jugueteamos con la discriminación racial, dejando de lado el hecho de que alguien llegó después del toque de queda. Ya tenemos un estupendo motivo para cometer el crimen. -Sacó los cigarrillos y encendió uno con aire desafiante. Lynley bajó la ventanilla-. Ya no sé adónde nos lleva esta mierda, y estoy llegando a un punto en que tampoco sé dónde coño hemos estado.

– Los Bonnamy se confundieron, ¿verdad?

Havers exhaló el humo.

– Chino. ¿Chino? Es imposible, inspector. Ambos lo sabemos. Tenemos a un anciano enfermo con una imaginación desbordante y nostálgico de Hong Kong. Y, en la misma casa, una hija solitaria y solterona de mente calenturienta. Ven a un niño de cabello oscuro que les recuerda el pasado y, sin hacerse más preguntas, dan por sentado que es medio chino.

– Exagera un poco, pero hay otros datos que debemos tener en cuenta, sargento.

– ¿Cuáles?

– Los Bonnamy no conocen a Giles Byrne. No saben que, tiempo atrás, mimó a un estudiante chino del colegio, Edward Hsu. ¿Es una mera coincidencia que, por arte de magia, nos aseguraran que Matthew Whateley era mitad chino?

– ¿Está diciendo que el hecho de que Matthew fuera chino, aceptando de momento que sea cierto, aunque yo no me lo trago, motivó que Giles Byrne se sintiera atraído por él?

– Es una idea, ¿no? ¿No le parece peculiar que tanto Edward Hsu como Matthew Whateley hayan muerto? Dos estudiantes relacionados con Giles Byrne, pero también dos estudiantes chinos.

– Si quiere aceptar que Matthew Whateley era chino. Y si lo era, ¿quién era? ¿El hijo de Patsy Whateley, el resultado de una relación que su marido desconoce? ¿El hijo de Kevin Whateley, aceptado y amado por la santa Patsy? ¿Quién era? ¿Cuál es su historia?

– Es lo que deberemos averiguar. Sólo los Whateley nos lo pueden decir.

Giró para adentrarse en el camino particular del colegio. Elaine Roly estaba en la casa del conserje intentando introducir al nieto menor de Frank Orten en un cochecillo antiguo de niño, mientras su hermano, incontrolado de momento, tiraba guijarros contra el mirador de la casa. El ruido del coche al pasar no logró que Elaine Roly levantara la vista.

– Yo diría que esos dos se bastan y sobran para alejarla de Frank Orten indefinidamente -comentó Havers, aplastando el cigarrillo en el cenicero-. ¿Cree que va detrás de él, inspector?

– Tal vez, pero si hemos de juzgar por lo que vimos esta mañana, él no parece animarla demasiado, ¿verdad?

– Bueno -empezó Havers, y Lynley comprendió por su tono que le había proporcionado sin querer la oportunidad de arremeter contra él-. En lo tocante al amor, algunas personas no necesitan muchos ánimos para quedarse colgadas, ¿no cree?

Lynley no hizo caso de la pregunta y aceleró. Aparcaron frente al colegio. Cuando entraron en el vestíbulo principal, vieron que la puerta de la capilla estaba abierta y que el coro se había congregado en la nave. Los chicos, en lugar de las sotanas y sobrepellices que les habían dotado el día anterior de un aspecto angelical, vestían el uniforme del colegio. Estaban enfrascados en un ensayo, pues en medio de lo que Lynley reconoció como uno de los coros del Mesías, el director de la escolanía les interrumpió con impaciencia, tocó tres notas separadas en una flauta y les obligó a empezar de nuevo.

– Se están preparando para Pascua, ¿eh? -Dijo la sargento Havers-. Dadas las circunstancias, es demasiado para mí. Glorias, aleluyas y un crío asesinado ante sus propias narices.

– Aunque no por el director del coro, lo más seguro -repuso Lynley. Mientras contemplaba el ensayo, sus ojos buscaron y localizaron al prefecto superior.

Chas Quilter se encontraba en la última fila. Lynley le observó, preguntándose por qué el prefecto le había provocado una punzada de recelo desde el momento en que le conoció.

– Vamos con el solo del señor Quilter -dijo el director del coro, interrumpiendo otra vez a los chicos-. ¿Lo tiene, Quilter?

Lynley dio media vuelta.

– Vamos en busca del señor Lockwood, Havers.

Dos puertas situadas en la parte del vestíbulo opuesta a la capilla permitían el acceso al ala administrativa de Bredgar Chambers. Una conducía a la oficina del conserje, y la otra a un pasillo decorado con trofeos ganados por los equipos de atletismo del colegio. Lo recorrieron hasta llegar al estudio del rector, donde la secretaria de Alan Lockwood estaba trabajando con un ordenador. Al verles, se puso en pie con una presteza que sugería más una huida que una bienvenida. Se oía el murmullo de una conversación tras una puerta cerrada, al otro lado de la antesala.

– Vienen a hablar con el rector -anunció la secretaria-. En este momento está reunido. Hagan el favor de esperarle en su estudio. -Pasó frente a ellos sin decir nada más, abrió la puerta del estudio de Lockwood y les indicó con un gesto que entraran-. No sé cuánto tardará el rector -fue su glacial comentario final antes de dejarles.

– Una chica simpática -comentó Havers cuando estuvieron solos-. Se sabe las instrucciones de pe a pa, ¿verdad? Alfombra roja y todo eso.

Lynley aprovechó la oportunidad para examinar las fotografías y dibujos que documentaban la historia del colegio en una pared del estudio. La sargento Havers le imitó.

Las fotos abarcaban los últimos ciento cincuenta años. Descoloridos daguerrotipos representaban los primeros registros gráficos. A lo largo de las décadas, los escolares se congregaban bajo la estatua de Enrique Tudor, formaban impecables filas delante del colegio, avanzaban en columna por los campos de deportes, circulaban en carros de gruesas ruedas por el camino particular. Iban uniformados, limpios y sonrientes, del primero al último.

– ¿Observa un detalle similar en todas ellas, sargento?

– No aparecen chicas hasta hace poco. Demos gracias a Dios por la segunda mitad del siglo veinte.

– Sí, en efecto. Pero hay algo más.

Havers pasó de una foto a otra, acariciándose la barbilla.

– Las minorías raciales -comentó-. ¿Dónde están?

– Alguna cara de vez en cuando. Hace doscientos años era normal, pero bastante raro desde hace unos diez.

– ¿Volvernos a la discriminación?

– No creo que podamos descartarla todavía, Havers.

– Supongo que siempre es una posibilidad. ¿Por qué no probarla?

Se volvieron cuando la puerta del estudio se abrió, pero no fue Alan Lockwood quien entró en la habitación, sino su mujer. Iba cargada con un gran ramo de flores, dispuesto en un cuenco de porcelana sin vidriar bastante vulgar.

No aminoró el paso cuando vio a Lynley y a Havers. Les dirigió una sonrisa fugaz, movió la cabeza a modo de saludo y llevó las flores hasta la mesa encajada en el hueco creado por el amplio mirador.

– Las he preparado para la sala del consejo -explicó con tono afable-. Las flores dan a una habitación un aire mucho más cálido, y como Alan se reúne con los padres allí, pensé que las flores… -Volvió a colocar tres nardos. Su dulce fragancia impregnó la atmósfera-. Me temo que no las tuve preparadas a tiempo. La reunión ha empezado hace rato, así que las he traído aquí. -Apartó a un lado el candelabro situado en el centro de la mesa-. Es excesivo, ¿no les parece? El candelabro y las flores. -Frunció el entrecejo, paseó la mirada por la habitación y depositó el candelabro sobre la repisa de la chimenea. Ocultó en parte el retrato de Holbein. Satisfecha en apariencia con este arreglo, asintió con la cabeza y tiró hacia atrás un mechón de cabello gris que le caía sobre la frente-. Preparo todas las flores del colegio. Las saco de nuestro jardín de invierno. Creo que ya se lo había dicho, ¿verdad? A veces me olvido de lo que digo y de lo que no. Alan afirma que es el primer signo de senilidad.

– No creo -sonrió Lynley-. Lo que pasa es que hay muchas cosas que recordar. Imagino que habla con docenas de personas al día. Eso es mucho.

– Sí, por supuesto.

La mujer se acercó al escritorio de su marido y, sin que hiciera ninguna falta, enderezó una pila de carpetas que había encima, para empezar perfectamente enderezada. La actividad dio a entender que había entrado en el estudio con un propósito diferente al de colocar las flores.

– Trabaja tanto y se agota hasta tal punto que no siempre piensa antes de hablar, inspector. La irritación provoca que suelte exabruptos, como ese comentario sobre la senilidad. Sin embargo, mi Alan es un buen hombre. Un hombre muy bueno. Decente. Respetable. -Encontró un lápiz encajado entre dos carpetas y lo puso al lado de una pluma-. La gente no aprecia a Alan tanto como se merece. La gente no sabe lo que hace entre bastidores, y él tampoco lo dice. No es su estilo. Ahora está al otro lado de la antesala, reunido con cuatro parejas de padres cuyos hijos podrían ir a Eton o a Harrow. A Rugby. A Westminster. Pero él les convencerá de elegir Bredgar. Siempre lo hace.

– Debe de ser la faceta más angustiosa del trabajo de rector -señaló Lynley-. Procurar que el nivel de matriculaciones se mantenga estable.

– Para Alan representa mucho más que eso -replicó ella-. Está decidido a que el colegio vuelva a ser igual que después de la guerra. Esa es su misión. Antes de que Alan llegara, la matriculación era baja. Los resultados de los exámenes habían bajado de calidad, en especial los de ingreso en la universidad. Tiene la intención de remediarlo, y ya ha empezado. El nuevo teatro fue idea suya, inspector. Una forma de atraer más estudiantes al colegio. Bueno, al tipo adecuado de estudiantes, por supuesto.

– ¿Matthew Whateley pertenecía al tipo adecuado de estudiante?

– Le di clases de violín. Antes de Bredgar, yo tocaba en la Filarmónica de Londres. Supongo que usted no lo sabía. Nadie lo sabe, de hecho. No me parecía correcto comentarlo a las mujeres de los profesores, pero al final cambié de idea, porque ser esposa de un rector requiere cierto esfuerzo para estar a la altura. Y Alan me necesitaba, al igual que nuestros hijos, por supuesto. Tenemos dos niños pequeños que van a la escuela primaria. ¿No les ha hablado Alan de ellos? Ahora toco con la orquesta de Bredgar, y doy algunas clases particulares. No es lo mismo -sonrió con tristeza-. Pero algo es algo. No pierdo el contacto.

Lynley no pasó por alto el hecho de que la mujer había eludido su pregunta.

– ¿Veía a Matthew con frecuencia?

– Una vez a la semana. No practicaba tanto como debía, pero eso es muy típico de los chicos, ¿verdad? De todos modos, me atrevería a afirmar que esperaba más de un becario.

– No era una beca de música sino escolar, ¿verdad?

– Sí, pero siempre se espera que un estudiante becado se aplique más, inspector. En realidad, Matthew no era el candidato más brillante para la beca.

– ¿Conocía a los demás aspirantes?

– No exactamente, sólo lo que Alan mencionó durante la cena. Siempre dijo que Matthew no colmaba todas las esperanzas de Bredgar Chambers. Claro que no fue culpa de Alan, ni tampoco que Matthew fuera elegido para la beca, así que tampoco hay que imputarle la culpa de su muerte, ¿verdad? Él creyó que debía…

– Kathleen.

Lynley y Havers se giraron en redondo y vieron que Alan Lockwood había entrado en la habitación. Se hallaba de pie en el umbral, el rostro ceniciento.

Al oírle, Kathleen Lockwood cerró la boca poco a poco y tragó saliva.

– Alan. -Movió una mano temblorosa en dirección a la mesa-. Te he traído flores. Creí que las tendría a tiempo para la reunión, pero no pude, así que las he dejado aquí.

– Gracias. -Se colocó a un lado de la puerta, transmitiendo un claro mensaje.

Su mujer lo comprendió y, sin mirar ni a Lynley ni a Havers, salió del estudio. Lockwood cerró la puerta y se encaró con los detectives. Les concedió un frío y calculador escrutinio, antes de dirigirse hacia su escritorio y quedarse de pie detrás, sabiendo que, permaneciendo erguido, proyectaba una imagen de autoridad y confianza.

– Me he enterado de que su sargento ha pasado casi toda la mañana merodeando por el colegio, inspector -dijo Lockwood, pronunciando cada sílaba con sequedad-. Me gustaría saber por qué. En este colegio hay seiscientos alumnos, inspector, sin contar los miembros de la plantilla. ¿De veras cree que este chico fue secuestrado, retenido, asesinado y que, a continuación, su cuerpo desnudo fue sacado fuera del colegio sin que nadie se diera cuenta de nada? Es lo más ridículo que he escuchado en mi vida.

– Si considera las circunstancias implicadas en la desaparición, no -dijo Lynley-. Fuera cual fuese el método de transporte, parece razonable concluir que se realizó en plena noche, cuando todo el mundo dormía. Además, sucedió durante un fin de semana. ¿Cuántos estudiantes se hallaban ausentes? ¿Cuántos habían acudido al torneo de hockey del que me han hablado? ¿Cuántos se quedaron aquí? ¿Cuántos miembros de la plantilla estaban en el colegio? Los dos sabemos lo desierto que se queda un colegio durante los fines de semana, señor Lockwood. Ahora, sabiendo que Matthew estuvo aquí, vamos a comenzar el interrogatorio de la plantilla. La policía local vendrá a tal efecto.

– No es necesario, inspector. Si es preciso interrogar a la plantilla, yo mismo lo haré.

La respuesta de Lynley aclaró al máximo el lugar de Lockwood en la investigación.

– ¿Dónde estuvo usted el viernes por la noche, señor rector?

Las fosas nasales de Lockwood se ensancharon.

– ¿Debo suponer que soy un sospechoso? No me cabe duda de que usted tiene un motivo sólido que esgrimir.

– Cuando se empieza una investigación por asesinato, todo el mundo es sospechoso. ¿Dónde estuvo usted el viernes por la noche?

– Aquí, en el estudio. Trabajando en un informe para la junta de gobierno.

– ¿Hasta qué hora?

– No lo sé. No me fijé.

– ¿Y cuando terminó su trabajo?

– Me marché a casa.

– ¿Echó un vistazo a alguna residencia, de camino?

– ¿Para qué?

– Para ir a su casa ha de pasar frente a las residencias femeninas, Galatea y Eirene, ¿no es cierto? Es razonable preguntarse si echó una ojeada.

– Razonable para usted, tal vez, pero no para mí. Y un viernes por la noche, no, desde luego. Como usted ha dicho, son las residencias femeninas. No se me ocurriría pasearme por ellas de noche.

– Pero podría entrar si quisiera. A nadie le extrañaría verle.

– Tengo cosas mejores que hacer que vigilar a los directores de las residencias. Ellos hacen su trabajo y yo el mío.

– ¿Qué me dice de la residencia Ion, donde está el club social de sexto? Los alumnos mayores que no se marchan del colegio se reúnen en él los viernes, ¿no? ¿Nunca les hace una visita?

– Los alumnos se vigilan mutuamente. No necesitan que yo haga de policía. Usted lo sabe tan bien como yo. Para eso se instituyó el sistema de prefectos.

– ¿Confía en sus prefectos, pues?

– Por completo. Absolutamente. Nunca me han dado un motivo de duda.

– ¿Qué opina de Brian Byrne?

Lockwood movió los hombros con impaciencia.

– Ya hemos comentado este tema anteriormente, inspector. Brian no me ha dado ningún motivo para lamentar que fuera nombrado prefecto.

– Al parecer, Elaine Roly piensa que está demasiado necesitado para ser un prefecto eficaz.

– ¿Necesitado? ¿Qué demonios…?

– Necesitado de amistad y aprobación. No es el más idóneo para controlar a los demás chicos.

Lockwood pareció divertido.

– Aquí se juntan el hambre y las ganas de comer. Si hay alguien necesitado de amistad y aprobación, yo diría que el ama de llaves Roly va en cabeza de la lista. Es Roly quien emplea casi todo su tiempo libre en intentar ganarse el afecto de Frank Orten, como si ese viejo misógino fuera a mirar a otra mujer después de que su mujer le pegó el salto. En cuanto a Brian Byrne, llegó a prefecto por la vía habitual. Un miembro del equipo docente le propuso.

– ¿Quién?

– Temo que no lo recuerdo.

Lockwood extendió la mano y tocó un lirio que formaba parte del ramo preparado por su mujer. Recorrió el tallo con los dedos. Al observarlo, Lynley se quedó maravillado por la forma en que el cuerpo revelaba la verdad, a pesar de que la mente intentara mentir.

– ¿Se considera a su mujer un miembro de la plantilla? -preguntó-. Al fin y al cabo, toca en la orquesta del colegio. Da clases de música. Aunque no le paguen por ello, seguro que ocupa un puesto honorario en la plantilla. Seguro que influye en las decisiones. Decisiones como…

La flor se desgajó de su tallo.

– Muy bien. Kathleen propuso a Brian. Yo le pedí que lo hiciera. Giles Byrne quería que su hijo fuera prefecto. ¿Es eso lo que quería saber? No tiene ninguna relación con la muerte de Matthew Whateley.

– ¿Quiso Giles Byrne que su hijo fuera prefecto de alguna residencia en particular?

– Erebus. No es ningún delito. Es la antigua residencia de Byrne. Considero lógico su deseo de que su hijo viviera en ella.

– Da la impresión de que el señor Byrne está relacionado de diversas formas con Erebus, ¿verdad? -Insistió Lynley-. Vivió allí. Su hijo vive allí. Matthew Whateley, a quien propuso para una beca, vivió allí. Y tiempo atrás, Edward Hsu también vivió allí. ¿Qué sabe de las relaciones que sostenía Byrne con él?

– Sólo que era profesor particular del muchacho y que mandó colocar el memorial de la capilla. Apreciaba mucho a Edward Hsu, pero eso sucedió mucho antes de que yo llegara.

– ¿Y el suicidio de Edward Hsu?

Lockwood no consiguió ocultar su irritación.

– ¿Está insinuando que existe alguna relación? Edward Hsu murió en 1975.

– Lo sé. ¿Sabe cómo murió?

– Todo el mundo lo sabe. Entró en el campanario, subió al tejado de la capilla y se arrojó al vacío.

– ¿Por qué?

– No lo sé.

– ¿Conserva el expediente del chico?

– No entiendo qué importancia…

– Me gustaría verlo, rector.

Lockwood se levantó de la silla con furia. Salió del estudio sin decir palabra y llamó a su secretaria. Cuando volvió, llevaba una carpeta de papel manila abierta sobre la palma de su mano izquierda. Había muy pocas páginas en su interior, y Lockwood las leyó por encima a toda prisa, deteniéndose para examinar una carta escrita en papel cebolla.

– Edward Hsu vino al colegio desde Hong Kong -dijo-. Sus padres todavía vivían en esa ciudad en 1982, de acuerdo con esta carta. Habían pensado instituir una beca en su memoria, pero todo quedó en nada, naturalmente -Lockwood siguió leyendo-. Enviaron a Edward a Inglaterra para que se educara en el país, igual que su padre. Los resultados de su examen de entrada fueron altos. Por lo visto, era un estudiante muy dotado. Habría triunfado en la vida, pero no consiguió llegar más allá de sus pruebas de ingreso en la universidad. No consta nada más, pero estoy seguro de que querrá comprobarlo personalmente.

Lockwood le entregó la carpeta. En grandes letras rojas se había escrito diagonalmente fallecido. Lynley leyó el escaso material, sin encontrar nada más que una foto de Edward Hsu cuando entró en Bredgar Chambers, a los trece años de edad. Levantó la cabeza. Lockwood le estaba observando.

– ¿No hay ninguna nota indicando por qué el chico se suicidó? -preguntó Lynley.

– No, que yo sepa.

– Me fijé en las fotografías que adornaban sus paredes. Reparé en que había muy pocas de niños pertenecientes a las minorías raciales.

Los ojos de Lockwood se desviaron hacia las fotografías, y después volvieron a Lynley. Su expresión era indescifrable. No dijo nada.

– ¿Ha pensado alguna vez en las implicaciones del suicidio de Edward Hsu? -preguntó Lynley.

– El que sólo un estudiante chino se haya suicidado en quinientos años de historia del colegio no significa nada para mí. Tampoco veo ninguna relación entre esa muerte y la de Matthew Whateley. Si usted la ve, le agradecería que me la indicara. A menos que, por supuesto, saque a relucir de nuevo a Giles Byrne y a su relación con ambos muchachos. En ese caso, también debería relacionarla con Elaine Roly, y con Frank Orten, y con todos los que trabajaban en el colegio en 1975.

– ¿Trabajaba Cowfrey Pitt en aquel tiempo?

– Sí.

– ¿Ya existían los Voluntarios de Bredgar?

– Sí. ¿Qué demonios tiene eso que ver con…?

Lynley le impidió continuar.

– Su mujer nos habló largamente sobre los esfuerzos que ha llevado a cabo usted para aumentar el número de matriculaciones, rector, y para mejorar los resultados de los exámenes. Sin embargo, para conseguir un alto nivel de resultados tendrá que haber seleccionado con mucho cuidado a los estudiantes que ingresaban, mediante una beca u otros conductos, ¿verdad?

Lockwood se frotó con la palma de la mano una herida producida en el cuello con la navaja de afeitar.

– Tiene una irritante manía de enfocar indirectamente ciertos temas, inspector. Un comportamiento que no me esperaba en un policía. ¿Por qué no me pregunta lo que tiene ganas de preguntarme, y se deja de subterfugios?

– Sólo me estaba preguntando -sonrió Lynley-. Si Giles Byrne exigió el pago de una deuda que no entraba en los planes que usted tenía para el colegio. Si tenía la intención de enviar la mayor cantidad de estudiantes posible a Oxford o Cambridge, o al menos más estudiantes de los que habían sido enviados desde la guerra, no le haría ninguna gracia que le impusieran a un estudiante poco dotado.

– Nadie me impuso a Matthew Whateley. Fue elegido, mediante un procedimiento justo en el que participó toda la junta de gobierno.

– ¿Y Giles Byrne en particular?

Lockwood empezó a perder los estribos.

– Escuche -siseó-. Usted dirige la investigación, pero yo dirijo la escuela. ¿Está claro?

Lynley se levantó. Havers le imitó, guardando el cuaderno en su bolso. Lynley se detuvo en la puerta del estudio.

– Dígame una cosa, rector. ¿Sabía que John Corntel y Cowfrey Pitt habían intercambiado sus guardias de fin de semana?

– Sí. ¿Representa algún problema?

– ¿Quién más lo sabía?

– Todo el mundo. No es ningún secreto. El nombre del profesor de guardia se anuncia en la puerta del comedor y en la sala de reuniones de los maestros.

– Ya. Gracias.

– ¿Qué tiene eso que ver con todo lo demás?

– Tal vez todo. Tal vez nada. -Lynley se despidió con un movimiento de la cabeza y salió de la habitación, seguido de Havers.

No hablaron hasta que estuvieron fuera del edificio. Se detuvieron cerca del coche de Lynley, en el camino particular. Ocho estorninos pasaron sobre sus cabezas, cortando el aire de la tarde con su aleteo. Se posaron en la mayor de las dos hayas que se erguían como centinelas a cada lado del sendero que conducía a los terrenos del colegio. Lynley observó sus evoluciones.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Havers.

Lynley dejó de contemplar a las aves.

– Investigar el origen de Matthew Whateley, sea cual sea. Necesitamos averiguarlo con toda certeza antes de proseguir.

– El aspecto de la discriminación, en ese caso -dijo ella, mirando de reojo el tejado de la capilla-. ¿Supone que por ese motivo Edward Hsu se suicidó, señor?

– Al igual que la provocación, el racismo es bastante insidioso, ¿no? Un chico solo, lejos de su familia, encerrado en un ambiente que le resulta extraño, en el que no se encuentra tan a gusto como quisiera.

– Más o menos, como Matthew Whateley, ¿verdad?

– En efecto, sargento. Eso es lo que me preocupa.

– ¿No estará pensando que Matthew Whateley se suicidó y que todo es una especie de complicada farsa que intenta simular un asesinato?

– No lo sé. Necesitamos el resultado de la autopsia de Slough, que el inspector Canerone nos facilitará. Los resultados preliminares nos revelarán algo, nos indicarán la dirección a seguir.

– ¿Y hasta entonces?

– Haremos lo que podamos. Vamos a ver qué nos cuentan los Whateley sobre su hijo.

Como de costumbre, Harry Morant fue el último chico en colgar sus ropas de deporte en la habitación de Calchus que se destinaba a secarlas. Siempre se quedaba rezagado cuando terminaban los partidos para no tener que mezclarse con los demás en la habitación.

No le molestaba el barullo que provocaban los demás muchachos, sino el olor a sudor y ropa sucia. La temperatura de la habitación, similar a la de una sauna, producto de las cañerías de agua caliente que corrían horizontalmente a lo largo de una pared, intensificaba este olor. Si Harry esperaba a que los demás chicos acabaran de utilizar la pequeña habitación, podía inhalar una profunda bocanada de aire antes de entrar, precipitarse al interior para colgar las ropas y la toalla de una cañería y salir corriendo, sin tener que respirar el hedor que un ama de llaves había calificado en cierta ocasión, con arrobo, de «puro aroma a chico». Siempre tardaba más de la cuenta en ducharse, cambiarse de ropa y dirigirse a la esquina suroeste del edificio, donde la habitación para secar la ropa estaba oculta a la vista de los que pasaban.

Caminaba con parsimonia en esa dirección, sosteniendo en una mano sus útiles de hockey y la toalla. Los pies le pesaban y los hombros le dolían. Sentía un hueco en el pecho que parecía ensancharse a cada hora que pasaba. Algo en su interior le devoraba sin cesar, excavando el hueco, y a Harry le parecía completamente razonable que le continuara devorando hasta que el miedo, la pena y la responsabilidad perforaran su carne, convirtiéndole en un cadáver desangrado. Recordó vagamente haber leído algo sobre un asesino estadounidense que, cuando le sentenciaron a morir en la silla eléctrica, dijo al juez que había pronunciado la sentencia: «No pueden matarme. Ya estoy muerto.» Harry empezaba a sentirse de la misma manera.

Al principio, no había sido así. El miedo le había cerrado la boca, pues no había tardado mucho en circular el rumor entre los alumnos de tercero que Matthew Whateley había sido torturado antes de morir. Como Harry no era muy valiente, el terror de enfrentarse a un destino similar había bastado para asegurar que no diría nada a nadie. Sin embargo, el dolor había reemplazado sin tardanza al miedo, engendrado por el conocimiento de que él había jugado un papel fundamental en el drama protagonizado por su amigo, engendrado por el recuerdo de la determinación de Matthew de poner remedio a la pesadilla en que se había convertido la vida de Harry en Bredgar Chambers. Por culpa de este conocimiento, el sentido de la responsabilidad le desgarraba, devorando su corazón y su conciencia al mismo tiempo. Combinado con el temor y la aflicción, bastaba para que Harry deseara poner fin a todo. Por eso, cada vez se sentía más identificado con aquel asesino estadounidense de ojos llameantes, lo cual le procuraba una especié de alivio. Si ya estaba muerto, nada podía hacerle daño.

Respiró hondo al llegar al final del pasillo, dejó escapar el aire y abrió la puerta de la habitación donde se secaban las ropas. El calor de las tuberías se alzó ante él como una muralla. Entró en la habitación poco a poco.

Era del tamaño de una alacena, con paredes de argamasa manchadas, suelo de linóleo gris y un techo ocupado en su mayor parte por una trampilla cerrada con candado, sobre la cual un estudiante, que había subido por la oxidada escalera metálica, había pegado numerosos chicles que formaban las letras «f-o-l-l-a», y el principio de una «r». Una bombilla desnuda situada sobre la puerta iluminaba la habitación, y Harry vio a esta escasa luz no sólo el reducido espacio que quedaba entre las tuberías de agua para colgar sus prendas, sino también muchas otras ropas que habían sido tiradas de cualquier manera en la habitación, y que ahora formaban pilas, impregnadas de sudor en el suelo. Al ama de llaves no le haría ninguna gracia, ni al prefecto de la residencia. Si no se ponía orden en la habitación, todos serían castigados.

Harry suspiró, inhaló una bocanada de aire fétido y caliente, se estremeció cuando recogió el montón de prendas más próximo y empezó a colgarlas de las tuberías para que se secaran. Tenían un tacto viscoso en sus manos, y cierta subrepticia pegajosidad perturbó sus recuerdos. Era como si, nuevamente, en este momento desgajado, apretara el puño contra el jersey empapado de sudor que cubría el pecho que le aprisionaba contra el suelo en la oscuridad.

«¿Quieres un revolcón, maricona, quieres un revolcón, quieres un revolcón?»

Harry lanzó un grito. Quería escapar, y tiró las ropas sobre las tuberías con la mayor rapidez posible.

«¿Quieres un revolcón, maricona, quieres un revolcón, quieres un revolcón?»

Aferró la prenda que sujetaba. Nadie le iba a rescatar de esto, ni ahora ni nunca. Hablara o no, el resultado sería el mismo. Era inevitable. Estaba escrito.

Miró sus manos, que habían empezado a estrujar y retorcer un calcetín azul marino. Al contrario que las demás prendas, estaba completamente seco, y sus dedos tiraron con fuerza de él, tocando un trozo de algodón cosido a la lana. Harry lo examinó. En la etiqueta de algodón estaba escrito el número 4.

Lo contempló fijamente. Era difícil ocultar secretos en un lugar como Bredgar Chambers. Por la mañana había oído, como todo el mundo, que las ropas de Matthew Whateley habían sido encontradas en el vertedero, cerca de la casa del conserje, parcialmente quemadas. Harry comprendió ahora que no las habían encontrado todas. En el vertedero no estaba todo.

Tragó saliva. Tenía la garganta seca. Aquí había algo. Algo. No era sospechoso. No era significativo. Ni siquiera era peligroso. No exactamente. Pero era algo. Tal vez suficiente para llenar el hueco de su pecho. Tal vez suficiente para desprenderse de la culpabilidad y la pena.

Miró furtivamente la puerta abierta. El pasillo estaba desierto. Los chicos estaban haciendo los deberes. Le quedaba poco tiempo antes de que el prefecto de la residencia viniera en su busca, preguntándose por qué no se hallaba con los demás en la sala de estar. Harry se sentó en el suelo, se desanudó el zapato, se quitó un calcetín y lo cambió por el de Matthew. Era de un tono diferente al suyo, así que lo recubrió con éste. Su zapato, como resultado, le vino un poco estrecho, pero carecía de importancia. El calcetín de Matthew se encontraba a salvo.

Ahora, sólo debía decidir en quién confiar.

Capítulo 15

Cuando Patsy Whateley abrió la puerta y Lynley vio que continuaba llevando la bata amarilla con su masa de dragones, se preguntó por qué no había relacionado antes la bata con lo que los Bonnamy le habían contado sobre Matthew. El diseño de la prenda era obviamente chino, lo cual daba momentáneo crédito, aunque injustificado, a todo lo que los Bonnamy habían afirmado.

Patsy Whateley les miró algunos momentos como si no entendiera nada. Anochecía, la luz se desvanecía velozmente, y como las cortinas de la casa estaban corridas y no había lámparas encendidas en la sala de estar, las sombras envolvían a la mujer, ocultando sus facciones. Abrió la puerta de par en par y se situó de modo que taponaba la brecha, los brazos caídos a los costados. Su bata se abrió, revelando parte de un seno, que sobresalía de su pecho como un saco de harina medio vacío. Iba descalza.

La sargento Havers fue la primera en hablar, entrando en la casa al mismo tiempo.

– ¿Está sola, señora Whateley? ¿Qué ha hecho con sus zapatillas? Permítame que la ayude.

Lynley la siguió y cerró la puerta. Captó al instante el repugnante olor a pescado que desprendía el cuerpo sin lavar de Patsy Whateley. Mientras la sargento Havers hacía lo posible por arreglar la inadecuada vestimenta de la mujer, encontrando por fin una de sus zapatillas cerca de la silla, Lynley se encargó de abrir las luces y una ventana del frente, con la esperanza de disipar el intenso hedor.

La sargento Havers hablaba a Patsy Whateley mientras ceñía el cinturón alrededor del grueso talle de la mujer.

– ¿Quiere que llamemos a alguien, señora Whateley? ¿Tiene parientes cerca? ¿Su marido está trabajando?

Patsy no respondió. Lynley la observó a la luz, reparando en la piel áspera que rodeaba sus ojos, en la palidez del rostro, en las grandes manchas circulares debajo de las axilas. Los movimientos de la mujer eran lentos. Lynley entró en la cocina.

No la habían limpiado ni ordenado desde que Patsy Whateley horneara las galletas el día anterior. Las galletas estaban diseminadas sobre la encimera, entre los cacharros donde la pasta se había endurecido, hasta formar montones irregulares. Se veían utensilios por todas partes; cucharas, recipientes, espátulas, tazas, hojas de papel de plata y un robot de cocina. Descansaban sobre la encimera, sobre la mesa, sobre los fogones y en el fregadero, que estaba en parte lleno de agua sucia.

Lynley encontró la tetera en precario equilibrio sobre un quemador y la llevó hasta el fregadero. La sargento Havers vino en su ayuda.

– Yo lo haré, señor -dijo-. Quizá encuentre algo de comer para esa mujer. Supongo que no ha comido nada desde el domingo por la mañana.

– ¿Dónde está el marido de esa mujer? -se oyó preguntar Lynley. Notó que la sargento Havers le miraba.

– Cada persona hace frente a la pérdida de maneras diferentes.

– Pero no en soledad -le espetó el detective-. No debería dejarla sola.

Havers cerró el grifo.

– En el fondo, inspector, todos estamos solos, alimentando la vana ilusión de que no es así. -Puso la tetera sobre los fogones y echó un vistazo a la nevera-. Hay un poco de queso, y también algunos tomates. Intentaré preparar algo.

Lynley la dejó y volvió a la sala de estar, donde Patsy Whateley se había derrumbado en la butaca. Vio al otro lado de la estufa la segunda zapatilla, la cogió, se arrodilló frente a ella y se la puso en su pie sucio. Un enorme pesar le invadió cuando le sujetó el talón y sintió la superficie dura y rugosa de su piel.

Cuando se levantó, la mujer habló con voz ronca, como si articular las palabras le supusiera un esfuerzo infinito.

– La policía no quiere devolverme a Mattie. Hoy les llamé. No nos lo quieren devolver, y ni siquiera podremos enterrarle.

Lynley se sentó en el sofá. El cobertor yacía en el suelo.

– Les devolverán a Matthew en cuanto hayan terminado la autopsia -le dijo-. Si tienen trabajo acumulado, tal vez tarden algunos días. Algunas pruebas exigen cierto tiempo.

Patsy se tiró de la manga de la bata. Una salpicadura de pasta de galletas se había secado sobre la tela.

– Todo da igual, ¿verdad? Mattie está muerto. Todo lo demás carece de importancia.

– Señora Whateley. -Lynley nunca se había sentido tan inútil. Buscó palabras de consuelo, pero sólo se le ocurrió darle una información que le aportaría un alivio insignificante-. Usted tenía razón acerca de Matthew.

– ¿Razón? -La mujer se humedeció los labios resecos y agrietados.

– Esta mañana encontramos sus ropas del colegio. Estamos bastante seguros de que murió en Bredgar Chambers. Usted tenía razón. No se fugó.

La información pareció proporcionar a la mujer cierto consuelo, pues cabeceó y miró la foto del muchacho que descansaba sobre el aparador del comedor.

– Supe desde el primer momento que Mattie no se había fugado, ¿verdad? No le educamos para que huyera si las cosas iban mal. Matt hacía frente a los problemas. No entiendo por qué alguien quiso matar a mi chico.

Ésta era la pregunta que habían venido a plantear en Hammersmith. Lynley pensó en alguna forma de hacerlo. Paseó la mirada por la habitación, deteniéndose en la estantería que corría bajo las ventanas del frente y que sostenía las tazas de recuerdo y las esculturas de mármol. Vio que habían quitado Nautilus, pero Madre e hijo se erguía junto a una mujer desnuda, retorcida en una extraña postura, con la espalda arqueada y los pechos apuntando al cielo. Vio que la madre y el niño estaban unidos en piedra por la curva del brazo de la madre, una conjunción eterna, indestructible e infinita. Hizo la pregunta sin apartar los ojos de la escultura.

– ¿Tiene hermanos, señora Whateley?

– Cuatro hermanos y una hermana.

– ¿Tiene alguno de ellos dificultad para reconocer los colores, como Matthew?

– No. ¿Por qué? -preguntó la mujer, perpleja.

La sargento Havers salió de la cocina, cargada con una bandeja en la que había dispuesto dos bocadillos de queso con tomate, una taza de té y tres galletas de jengibre. La colocó frente a Patsy Whateley y la obligó a coger un cuarto de bocadillo. Lynley esperó a que Patsy empezara a comer antes de proseguir.

– La imposibilidad de diferenciar los colores es una característica de orden genético. La madre la transmite a sus hijos. Matthew tendría que haber heredado la deficiencia de usted, su madre.

– Matthew reconocía los colores -protestó débilmente Patsy-. Sólo tenía problemas con algunos.

– Azul y amarillo -reconoció Lynley-. Los colores de Bredgar Chambers. -La guió hasta el punto central-. Para que usted fuera portadora de una característica hereditaria, en este caso la incapacidad de diferenciar el azul del amarillo, su madre también tendría que haber sido portadora. Por lo tanto, es improbable que sus cuatro hermanos se hubieran librado de la deficiencia, porque es una mutación genética, algo que se transmite mediante los cromosomas al concebir un hijo.

– ¿Qué tiene esto que ver con la muerte de Mattie?

– Tiene más que ver con su vida que con su muerte -dijo Lynley con suavidad-. Da a entender que Matthew no era su hijo natural.

La mano de Patsy aún sostenía el bocadillo, pero dejó caer el brazo sobre el regazo. Un trozo de tomate cayó y manchó de rojo su bata amarilla.

– Él no lo sabía. Mattie no lo sabía. -Se puso en pie con brusquedad, tirando el bocadillo al suelo. Se acercó a la foto de Matthew y volvió con ella a la butaca. Mientras hablaba, no apartaba los ojos de ella, aferrando el marco-. Mattie era nuestro hijo. Nuestro hijo auténtico. Nunca nos importó que naciera de otra persona. No nos importó nada. Nunca. Fue nuestro desde los seis meses de edad. Era un bebé buenísimo. Mattie era un amor.

– ¿Qué sabe de su origen, de sus padres naturales?

– Muy poco. Sólo que uno de los padres era chino. Pero eso nos daba igual a Kev y a mí. Mattie era nuestro hijo, desde el primer momento.

– ¿Ustedes no podían tener hijos?

– Kev no puede tener hijos. Lo intentamos durante años. Yo quería probar ese método artificial, pero Kev dijo que no, no quería que yo portara el hijo de otro hombre, independientemente del método. Intentamos adoptar uno, año tras año, pero no nos dejaron. -Levantó la vista y apoyó la foto en el regazo-. A Kev le costaba encontrar un trabajo duradero en aquellos días. Aunque lo hubiera conseguido, los que se encargaban de las adopciones no consideraban a una camarera adecuada para ser madre.

Lynley comprendió que el rompecabezas se iba completando y formuló la siguiente pregunta, aunque se trataba de una mera formalidad y ya sabía cuál sería la respuesta. Las circunstancias habían conspirado durante los dos últimos días para prepararle a escucharla de cien maneras diferentes.

– ¿Cómo logró adoptar a Matthew?

– El señor Byrne, Giles Byrne, lo solucionó.

Patsy Whateley describió la historia de su relación con Giles Byrne: las visitas regulares del hombre, que vivía en su cercana mansión de Rivercourt Road, a La Paloma Azul, sus conversaciones nocturnas con la camarera, su atenta escucha de los problemas de Patsy con las agencias de adopción, que rechazaban todas sus solicitudes, y su oferta de conseguirle un niño, si no le importaba el hecho de que fuera mestizo.

– Fuimos al despacho de un abogado de Lincoln's Inn. El niño estaba allí. El señor Byrne lo había traído. Firmamos los documentos y llevamos a Mattie a casa.

– ¿Eso fue todo? -Preguntó Lynley-. ¿No pagaron nada?

– ¿Quiere decir que si compramos a nuestro hijo? -Preguntó Patsy Whateley, horrorizada-. ¡No! Lo único que hicimos fue firmar unos papeles, y firmar otros cuando la adopción fue oficial. Mattie fue nuestro verdadero hijo desde el primer momento. Nunca le tratamos de otra manera.

– ¿Estaba enterado de su característica racial?

– No. Nunca supo que había sido adoptado. Era nuestro verdadero hijo. Nuestro verdadero hijo, inspector.

– ¿No sabían quiénes eran sus padres naturales?

– Ni Kev ni yo necesitábamos saberlo, ni nos importaba. El señor Byrne sólo dijo que conocía la existencia de un niño que podía ser nuestro. Eso es lo único que contaba. Todo lo que tuvimos que hacer fue prometer que educaríamos al chico de forma que pudiera acceder a una vida mejor que Hammersmith. Eso fue lo que nos pidió el señor Byrne. Eso fue todo.

– ¿Una vida mejor que Hammersmith? ¿Qué quería decir exactamente el señor Byrne?

– El colegio, inspector. Para quedarnos con él, tuvimos que prometer que enviaríamos a Mattie a Bredgar Chambers, el antiguo colegio del señor Byrne.

– Tal vez la inclinación del señor Byrne por todo lo chino incluyera también a las mujeres -comentó la sargento Havers cuando doblaron la curva de la avenida Superior y desembocaron en Rivercourt Road-. Sabemos que estaba muy encariñado con Edward Hsu. Quizá estaba también muy encariñado con alguna mujer china. Extremadamente encariñado, si sabe á qué me refiero.

– No he descartado la posibilidad de que sea el padre natural de Matthew -respondió Lynley.

– No creo que lo admita ante nosotros durante un cordial téte a téte, inspector, sobre todo si ha logrado guardarlo en secreto durante tantos años. Al fin y al cabo, es una figura pública muy conocida. El espacio de charlas en la BBC, los comentarios políticos, la columna en el periódico. Las cosas se le pondrían feas si un hijo ilegítimo saliera a la luz, ¿verdad? Sobre todo si se tratara de un niño mestizo al que abandonó. Sobre todo si la madre era muchísimo más joven que nuestro Giles. Sobre todo si éste arruinó su vida.

– No podremos estar seguros de nada, Havers, hasta ver qué clase de vínculo, si lo hay, estamos forjando entre la ascendencia de Matthew Whateley y su asesinato.

La casa de Byrne se hallaba a escasa distancia de la avenida Superior y del río. Era un edificio Victoriano de tres plantas, construido de ladrillo, sin otro mérito arquitectónico que su pasión por la simetría. Esta pasión se expresaba en la repetición de ventanas, dos por planta, en la equilibrada ornamentación de la fachada y en el diseño de la puerta principal, en la que aldaba, ranura del correo y tirador se alineaban uno sobre otro, con paneles hundidos a cada lado. Lynley observó que la puerta había sufrido daños recientemente, porque la madera estaba hendida en varios sitios y la pintura blanca presentaba manchas de tierra.

La oscuridad aumentaba a cada momento, y brillaban luces en las habitaciones del frente, tanto en la planta baja como más arriba. Cuando Lynley y Havers llamaron a la puerta, ésta se abrió al cabo de unos instantes. No les recibió Giles Byrne, sino una bella paquistaní de unos treinta años de edad. Llevaba un caftán de seda color marfil y un collar de oro. Unos pasadores apartaban su cabello oscuro de la cara, y sus pendientes dorados centellearon a la luz del vestíbulo. No se trataba, obviamente, de una criada.

– ¿Qué desean? -preguntó con voz suave y agradable, como un instrumento musical.

Lynley sacó su credencial, que ella examinó.

– ¿Está el señor Byrne?

– Por supuesto. -La mujer retrocedió y les indicó con un gesto que entraran. El ademán provocó que la manga del caftán resbalara hacia atrás, revelando su piel oscura y suave-. Si son tan amables de esperarle en la sala de estar, inspector, iré a buscarle. Sírvanse una copa, por favor. -Sonrió. Sus dientes eran pequeños, muy blancos-. Si están de servicio, no se lo contaré a nadie. Les ruego que me disculpen. Giles está trabajando en la biblioteca. -Se marchó, subiendo velozmente la escalera.

– Nuestro señor Byrne no se lo monta nada mal en el campo del amor y la compañía -murmuró Havers cuando estuvieron a solas-. Tal vez le esté dando clases particulares. Él ama la educación. Nuestro Giles es un auténtico pedagogo.

Lynley la atravesó con una mirada y le indicó con la cabeza que entrara en la sala de estar, a la izquierda de la puerta principal. Daba a Rivercourt Road y el mobiliario era cómodo, aunque no ostentoso, compuesto de piezas de buena calidad que soportarían el paso del tiempo y el uso. El color predominante era el verde, presente en el pálido limón de las paredes, en el musgo de los dos sofás y las tres butacas, en el intenso hoja de verano de la alfombra, que de tan espesa ahogaba sus pasos. Una serie de fotos descansaban sobre el piano de nogal situado cerca de la ventana. Lynley se acercó a examinarlas, mientras esperaban la llegada de Giles Byrne.

Las fotos daban fe del toque especial que Byrne aplicaba a su trabajo como anfitrión de un programa de charlas políticas en la BBC. Posaba en ellas con una sucesión de figuras destacadas, que representaban todo el abanico ideológico, desde Margaret Thatcher a Neil Kinnock, desde un envejecido Harold Macmillan al reverendo Ian Paisley y una ceñuda Bernadette Devlin, desde tres secretarios de Estado norteamericanos sucesivos a un antiguo presidente. A su lado, Byrne siempre parecía igual: sardónico, algo divertido, jamás apegado o adicto a alguien. El que Byrne fuera capaz de ocultar sus ideas políticas influía decisivamente en su éxito como entrevistador de la BBC. Atacaba un problema o un personaje público desde todos los ángulos, sin adoptar el papel de abogado en ningún caso. Era un hombre cuyo ácido ingenio y lengua viperina habían hecho trizas a muchos presuntuosos peces gordos de la política.

– Edward Hsu -estaba diciendo la sargento Havers con tono pensativo.

Lynley observó que la mujer se había acercado a la chimenea, sobre la cual colgaban dos acuarelas, sendas vistas del Támesis. Poseían la delicadeza de trazo y el detallismo etéreo propios de la pintura oriental. En una, árboles, orillas y helechos surgían de la niebla a ras del suelo y parecían flotar sin el menor esfuerzo, al igual que la barcaza cercana en el agua, a la luz del amanecer. En el otro, tres mujeres, ataviadas con prendas de tonos pastel, se refugiaban de una súbita lluvia bajo el porche de una casa situada junto al río, dejando abandonada la cesta de la merienda. Ambos cuadros llevaban por firma «E. Hsu».

– Excelentes obras -comentó Havers. Cogió una pequeña foto que descansaba sobre la repisa, entre los dos cuadros-. Este debe de ser Edward Hsu. Se le ve un poco menos serio que en la foto de la capilla. -Sus ojos inspeccionaron la habitación varias veces. Volvió a mirar la foto y frunció el ceño-. Inspector, aquí hay algo extraño -dijo poco a poco.

Lynley se reunió con ella y cogió la fotografía. Edward Hsu y un jovencísimo Brian Byrne posaban sonrientes en una barca. El lugar parecía ser el lago Serpentine de Hyde Park. Brian estaba sentado entre las piernas de Edward. Apoyaba sus manitas sobre las de Edward, que sujetaban los remos.

– ¿Extraño? -preguntó Lynley.

Havers devolvió la foto a su sitio y se acercó a un buró de cedro que se hallaba al otro lado de la sala, sobre el cual había una copia de la misma foto de Matthew Whateley que habían visto en casa de sus padres. Havers la cogió.

– Tenemos una foto de Edward Hsu. Tenemos una foto de Matthew Whateley. Tenemos -indicó el piano con un ademán-. Media docena de peces gordos. Pero sólo una foto de Brian Byrne, con Edward Hsu en la barca. ¿Cuántos años debía de tener Brian entonces? ¿Tres, cuatro?

– Casi cinco.

Las dos palabras sonaron en la puerta. Giles Byrne estaba de pie, observándoles. La paquistaní, que se encontraba en el vestíbulo detrás de él, semejaba un estudio de luz y sombras gracias a su caftán.

– No es ningún secreto que Brian y yo estamos muy alejados -comentó Byrne, entrando en la sala. Caminaba con parsimonia. Parecía muy cansado-. Él lo ha querido así, no yo. -Dedicó un momento de atención a su acompañante-. No hace falta que te quedes, Rhena. Has de preparar un escrito para el juicio de la semana que viene, ¿verdad?

– Me gustaría quedarme, querido -replicó ella, atravesando la sala en silencio y sentándose en el sofá. Se quitó un delicado par de sandalias y dobló las piernas bajo el cuerpo. Cuatro brazaletes de oro muy finos resbalaron por su brazo. Clavó la mirada en Byrne y no la apartó.

– Como gustes. -El hombre se acercó a una mesilla de ruedas sobre la cual habían botellas de cristal tallado, vasos y un cubo con hielo-. ¿Les apetece una copa? -preguntó a Lynley y a Havers. Cuando los dos rechazaron la invitación, Byrne preparó un whisky puro para él y un combinado para la mujer. Al terminar, conectó el gas de la chimenea, ajustó la llama y transportó las dos bebidas hasta el sofá, donde se sentó al lado de su compañera.

Si se demoró en estas actividades para ganar tiempo, ordenar sus pensamientos, reunir fuerzas o demostrar que iba a controlar la entrevista, también proporcionó a Lynley una buena oportunidad de examinar al hombre. Sabía que Byrne tenía más de cincuenta años. No poseía ninguna belleza física; su apariencia, al contrario, se caracterizaba por curiosas peculiaridades, como si fuera una caricatura de sí mismo. Estaba casi calvo, con una franja de cabello ralo pegoteada a la coronilla y un solitario mechón que resbalaba sobre su frente. La nariz era demasiado larga, la boca y los ojos demasiado pequeños y, de la frente a la barbilla, su cara se estrechaba hasta el punto de adoptar la forma de un triángulo invertido. Era muy alto y delgado, y aunque sus ropas parecían caras, de tweed hecho a mano, si Lynley no se equivocaba, le colgaban como un saco. Sus largos brazos sobresalían de la chaqueta, resaltando las grandes manos de nudillos pronunciados y piel pálida, en particular los dedos, manchados de nicotina.

Cuando Lynley y Havers se sentaron, Byrne tosió como si padeciera un catarro. Se tapó la boca con un pañuelo y encendió un cigarrillo. Rhena cogió un cenicero de la mesa próxima al sofá y lo sostuvo en su mano derecha, posando la izquierda sobre el muslo de Byrne.

– Sabrá sin duda que hemos venido a verle para hablar sobre Matthew Whateley -empezó Lynley-. Su nombre ha aparecido como un tema recurrente en todas las fases de la investigación. Sabemos que Matthew fue adoptado, sabemos que usted arregló la adopción, sabemos que Matthew era medio chino. Lo que no sabemos…

La tos de Byrne interrumpió las palabras de Lynley. El hombre respondió con brusquedad después de controlar el acceso.

– ¿Qué tiene que ver todo esto con el dato fundamental de que Matthew está muerto? Un niño ha sido asesinado brutalmente. Dios sabe qué clase de pedófilo anda suelto, y usted se dedica a investigar en la genealogía del chico, como si alguno de sus antepasados fuera el responsable. No tiene sentido.

Lynley conocía de sobra los métodos de Byrne y comprendió la trampa. Colocaba al oponente a la defensiva y le bombardeaba con una serie de comentarios a los que, en su opinión, debía dar una respuesta competente. Lynley sabía que, si intentaba entrar en liza con alguno de los comentarios, Byrne le barrería como el hábil espadachín verbal que era, pulverizando sus respuestas con desafíos a su credibilidad y consistencia.

– No sé qué tiene que ver con el asesinato de Matthew -contestó-. Eso es lo que he venido a descubrir. Admito que mi curiosidad se despertó ayer, cuando averigüé que usted fue muy amigo de un estudiante chino que se suicidó. Y aún se despertó más cuando averigüé que, catorce años después de ese suicidio, usted propuso a otro estudiante, medio chino, para una beca, careciendo por otra parte de las cualificaciones óptimas. Y ese estudiante también terminó muerto. Francamente, señor Byrne, en los últimos dos días me he topado con demasiadas coincidencias que, de alguna forma, han de estar relacionadas. Tal vez usted podría aclararme algunos puntos oscuros.

Byrne respondió parapetado tras el humo del cigarrillo, que se elevaba hacia el techo.

– Los hechos que rodean el nacimiento de Matthew Whateley no tienen nada que ver con su muerte, inspector, pero se los contaré, si tanto despiertan su interés. -Hizo una pausa y tiró la ceniza en el cenicero, echando otra calada antes de continuar. Su voz era rasposa-. Supe de la existencia de Matthew Whateley porque conocía, y quería, a su padre: Edward Hsu. -Byrne sonrió como si leyera la reacción en el rostro de Lynley-. No cabe duda de que usted pensaba que yo era el padre, un hombre con una fatal proclividad hacia todo lo chino. Lamento que la verdad le cause una decepción. Matthew Whateley no era hijo mío. Sólo tengo uno. Usted ya le conoce.

– ¿Y la madre de Matthew Whateley?

Byrne hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un paquete de Dunhill y encendió un segundo cigarrillo con la colilla medio apagada del primero. Después, aplastó éste en el cenicero y tosió.

– Fue una situación particularmente desagradable, inspector. La madre de Matthew no era una adolescente pura y virginal de la que Edward se hubiera enamorado. Considerando la dedicación exclusiva del chico a sus estudios, un romance con una muchacha de dieciséis o diecisiete años era improbable, como mínimo. Al contrario, la madre fue una mujer mayor que sedujo al chico. Yo diría que por la emoción de la conquista o la gratificación de saber que aún era deseable, o la tremenda satisfacción que proporciona al ego ser poseída por un hombre más joven. Elija la posibilidad que más le guste. Yo tengo bastante con suponer que fue una de ésas.

– ¿Conocía usted a la mujer?

– Sólo averigüé lo que conseguí sonsacarle a Edward.

– ¿Qué fue?

Byrne bebió su whisky. Rhena permanecía inmóvil a su lado. Unos momentos antes había clavado la vista en la mano posada sobre la pierna del hombre, y no la había apartado de allí.

– Los hechos escuetos. Ella le invitó a tomar el té varias veces. Se interesó en su bienestar. Así empezó todo. Terminó en el dormitorio. Imagino que para la mujer supuso una experiencia muy lujuriosa iniciar a un ser inocente en los ritos de la pasión. Y un gran triunfo ser deseada por un adolescente a las puertas de la edad adulta. Supongo que hizo lo posible por no quedar embarazada de él, pero cuando esto sucedió, utilizó su estado en un fallido intento de sacar dinero a la familia de Eddie. Extorsión. Chantaje. Llámelo como quiera.

– ¿Por eso se suicidó?

– Se suicidó porque creía que le expulsarían del colegio si se descubría la verdad. Las normas sobre el libertinaje sexual son muy explícitas. De todos modos, aunque éste no fuera el caso, Eddie creía que había mancillado el buen nombre de su familia. Le habían enviado al extranjero para ser educado a costa de grandes sacrificios, que él había echado a perder.

– ¿Cómo sabe tantas cosas, señor Byrne?

– Di clases particulares a Eddie de inglés escrito desde cuarto curso. Pasaba en mi casa casi todas las vacaciones. Le conocía bien. Le tenía mucho aprecio. Comprendí que se sentía deprimido en los últimos meses de sexto superior, y no descansé hasta que me contó toda la historia.

– ¿Le reveló la identidad de la mujer?

Byrne negó con la cabeza.

– Eddie consideraba que la postura más honorable era mantener la boca cerrada acerca del tema.

– Me cuesta entender que no comprendiera, o que nadie le dijera, que era mucho más deshonroso quitarse la vida -comentó Lynley-. Sobre todo en una situación de la que no era por completo responsable.

Byrne conservó la calma, a pesar de las acusaciones implícitas en las palabras de Lynley.

– No pretendo discutir de cultura oriental con usted, inspector, o con quien sea. Me limitaré a exponerle los hechos. Esta mujer -subrayó la palabra-. Pudo abortar sin que Eddie se enterara, pero como quería dinero comunicó al chico que, si él era incapaz de decirle la verdad a su familia, ella lo haría, o hablaría con el rector para asegurarse de que Eddie cumpliera su deber como hombre. Tal amenaza conducía irremediablemente a la desgracia y al deshonor.

– Tenían que existir circunstancias atenuantes, incluso en Bredgar Chambers -repuso Lynley.

– Yo se las expliqué. Le dije que toda la culpa no era suya, que no había violado a aquella mujer, que ella le había seducido, que el rector lo tendría en cuenta. Sin embargo, Eddie no pudo ni quiso ver más allá de lo que se había hecho a sí mismo, de lo que había hecho a su familia, al colegio. Era incapaz de estudiar. Era incapaz de trabajar. Lo que yo decía no servía para nada. Creo que decidió matarse cuando supo que ella se había quedado embarazada. Estaba esperando la oportunidad.

– ¿Dejó alguna nota?

– No.

– Por lo tanto, usted es el único que sabe la verdad.

– Sé lo que él me contó. No di publicidad a su historia.

– ¿Ni a los padres del muchacho? ¿No les dijo que iban a tener un nieto?

La respuesta de Byrne estuvo teñida de desagrado.

– Por supuesto que no. Decírselo habría despojado de más sentido todavía a la muerte de Eddie. Murió para protegerles de saber algo que, en su opinión, les iba a herir. Callarme respetó su deseo de protegerles. Era lo mínimo que podía hacer.

– Pero hizo algo más que eso, ¿verdad? Siguió la pista del niño. ¿Cómo lo encontró?

Byrne alargó su vaso vacío a Rhena, que lo dejó sobre la mesa.

– Lo único que me reveló sobre la mujer fue que se había trasladado a Exeter para tener el niño. Contraté a alguien para que le siguiera los pasos. No fue difícil. Al fin y al cabo, Exeter no es muy grande.

– ¿Y la mujer?

– Jamás averigüé el nombre. Tampoco deseaba saberlo. En cuanto descubrí que había entregado al niño para que lo adoptaran, me desentendí por completo de aquella puta.

– ¿Trabajaba en el colegio?

– En el colegio, en el pueblo, en la zona. Es lo único que sé. Después de morir Eddie, mi única preocupación fue remediar el desastre en lo posible, procurando que su hijo llevara una vida decente. Conocí a los Whateley y tomé las medidas pertinentes para que adoptaran al niño.

En cualquier caso, había un problema por resolver, una brecha en la historia de Byrne que no era posible pasar por alto.

– Estoy seguro de que había mucha gente con más posibilidades que los Whateley de adoptar un niño. ¿Cómo logró pasarles la mano por la cara?

– ¿Un niño mestizo? -Rió despectivamente Byrne-. Sabrá sin duda que el número de personas que desean niños mestizos no se extiende hasta el infinito.

– Aunque así fuera en aquel tiempo, imagino que usted ejerció su influencia para que los Whateley se quedaran con el niño.

Byrne encendió un tercer cigarrillo con la colilla del segundo, Rhena cogió éste de entre sus dedos y lo apagó en el cenicero.

– Lo admito, y no me arrepiento. Eran buenas personas, trabajadoras, sin pretensiones.

– ¿Personas a las que no les importó permitir que usted manejara las riendas de la vida de Matthew?

– Si eso significa permitirme que tomara decisiones cruciales respecto a la educación y el futuro del chico, sí, dieron su consentimiento. Al fin y al cabo, querían lo mejor para él. Se sentían muy agradecidos por tenerle. Todos salimos ganando con el compromiso. Yo vigilaba la educación del hijo de Eddie. Los Whateley tenían por fin el hijo que tanto anhelaban. Matthew fue a parar a una familia que le adoraba, y podía aspirar a un futuro que trascendía los límites de esa familia. Nadie perdió.

– Excepto Matthew. Excepto los Whateley.

Byrne se inclinó hacia adelante con un veloz y colérico movimiento.

– ¿Cree que la muerte de este chico no me ha afectado?

– ¿Su hijo Brian conoce las circunstancias que rodearon el nacimiento de Matthew Whateley?

Byrne pareció sorprenderse.

– No; sólo que Eddie se suicidó. Y tardó muchos años en saberlo.

– Brian no vive con usted durante las vacaciones, ¿verdad?

El rostro de Giles Byrne se mantuvo impasible.

– Antes vivía conmigo, pero cuando fue al colegio decidió que prefería pasar las vacaciones con su madre, en Knightsbridge. Es algo más elegante que Hammersmith.

– La elegancia no suele dictar las preferencias de un adolescente por el lugar donde vivir. Yo diría que preferiría estar con su padre.

– Otra clase de chico tal vez sí, inspector, pero Brian no. Mi hijo y yo nos distanciamos hace casi cinco años, cuando entró en Bredgar Chambers y descubrió que yo no iba a consentir sus constantes lloriqueos acerca del colegio.

– ¿Qué clase de lloriqueos? ¿Le atormentaban?

– Le gastaron novatadas, como a todo el mundo, pero no pudo soportarlas y quiso volver a casa. Quería que le rescataran. Telefoneaba cada noche. Al final, dejé de contestar sus llamadas. Ni siquiera consideré la idea de sacarle del colegio, y eso le sentó mal, de modo que acudió a su madre. Imagino que lo consideró una forma de castigarme, pero tampoco solucionó su problema. Lo último que Pamela deseaba era un chico de trece años deambulando por su piso. Accedió de mala gana a que pasara con ella las vacaciones, pero el resto del tiempo se quedaría en el colegio. Le veo allí de vez en cuando, pero en ningún otro sitio.

La aspereza mal disimulada en las palabras de Byrne impulsó a Lynley a preguntarle cuánto tiempo pasaba con Matthew Whateley y si Brian conocía el profundo interés de Byrne por el muchacho.

La fulminante respuesta de Byrne indicó que comprendía muy bien las implicaciones de las preguntas.

– ¿Está insinuando que Brian asesinó a Matthew por celos de mi relación con el chico, como un sustituto de mi propio hijo? -No aguardó contestación-. Vi a Matthew en muy pocas ocasiones… En el parque, o junto al río, donde jugaba. Sus padres me tenían informado de los progresos del muchacho en el colegio, y yo le entrevisté como parte del proceso seguido para que ingresara en Bredgar Chambers gracias a la beca de la junta de gobierno. Hasta ahí llegaba mi relación con él. Hice cuanto pude por él, en memoria de mi cariño hacia Edward. Y no niego que le tuviera cariño a Edward. Era un alumno brillante, merecedor del cariño de cualquiera. Era como un hijo. Más que un hijo, sobre todo, más que el que tengo ahora. Pero está muerto, y no le reemplacé por Matthew. Lo que hice por Matthew, lo hice en memoria de Edward.

– ¿Y por Brian?

Byrne apretó los labios.

– He hecho lo que he podido. Lo que él me ha dejado hacer.

– ¿Como influir para que le nombraran prefecto de una residencia?

– No lo niego. Pensé que la experiencia sería beneficiosa. Toqué los resortes adecuados. Necesita que conste en su expediente, si quiere ir a la universidad.

– Él confía en ir a Cambridge. ¿Lo sabía usted?

Byrne negó con la cabeza.

– No intercambiamos confidencias. Es obvio que no me considera el más comprensivo de los padres.

Ni tampoco el modelo más accesible, pensó Lynley. Dejando aparte la falta de belleza física, ¿cómo puede soñar un hijo en competir con un padre que posea la experiencia, la reputación y los logros de Giles Byrne, por no mencionar su inexplicable éxito con, como mínimo, una hermosa mujer?

– ¿Qué papel jugó en que Alan Lockwood fuera nombrado para el cargo que ocupa en el colegio? -preguntó Lynley, intrigado.

– Presioné a la junta de gobierno para que le ofreciera el puesto -admitió Byrne-. Se necesitaba sangre nueva. Lockwood la tenía.

– Imagino que su presencia le proporciona mucha más autoridad en la junta de gobierno, tal vez más poder del que tendría en caso contrario.

– Es la esencia de cualquier sistema político, inspector. El poder.

– Y a usted le gusta, supongo.

Byrne sacó el paquete de cigarrillos y encendió otro.

– No se engañe acerca del poder, inspector. A todo el mundo le gusta.

La lluvia arreció cuando Kevin Whateley pasó bajo el puente de Hammersmith y desembocó en la avenida Inferior. El día había amenazado con chubascos desde la mañana, y el aire estaba cargado de humedad. Sin embargo, las gotas esporádicas que suelen presagiar una tormenta no habían empezado a mojar a los peatones y al pavimento hasta que, a las cinco y media, Kevin salió del metro y vagó hacia el río. Ni siquiera entonces dio la impresión de que el tiempo iba a empeorar, pero cuando se internó en la calle Queen Caroline el viento cobró virulencia, las nubes cubrieron el cielo y, a los pocos momentos, un prodigioso aguacero cubrió calzadas y aceras con una fina capa de agua.

Kevin salió del refugio que le proporcionaba el puente y levantó la cara hacia la lluvia. Provenía del noreste, transportaba el frío de los implacables vientos del mar del Norte y se clavaba como alfileres de hielo en su piel agrietada y curtida por la intemperie. El dolor era agradable.

Cargaba bajo el brazo una losa de mármol rosa veteada de crema. La había visto el día anterior por la mañana, apoyada en un enorme bloque de granito, destinada a una lápida que sería erigida en la pequeña iglesia cercana al castillo de Hever. No le había quitado el ojo en todo el día, decidido a encontrar el momento adecuado para llevársela sin que nadie se diera cuenta. Durante muchos años se había llevado a casa fragmentos descartados de mausoleos. La mayoría de sus esculturas procedían de piezas o fragmentos estropeados por el manejo descuidado de un taladro o el resbalón de un escoplo. Esta, no obstante, era la primera vez que se apoderaba de una piedra en perfectas condiciones. Si le hubieran sorprendido en el acto, le habría costado su trabajo. El peligro aún subsistía, si se demostraba que el mármol había desaparecido, después de registrar el polvoriento cobertizo y el patio de trabajo. Pero a Kevin ya no le importaba que le despidieran. Había trabajado muchos años tallando lápidas sólo por Mattie. Por su bien, por su futuro. Ahora que ya no estaba, ¿qué más daba si su padre continuaba trabajando o no?

El mármol se volvió resbaladizo con la lluvia. Kevin lo apretó con más fuerza bajo el brazo. Las altas y negras farolas de la calle astillaban la oscuridad con una luz que las gotas de lluvia difractaban como prismas. Pasó bajo ellas, pisando los charcos con sus pesadas botas, indiferente al frío, indiferente al agua que empapaba su cabeza y hombros y reptaba bajo sus ropas. Estaba calado de pies a cabeza cuando llegó a la puerta de su casa.

No estaba cerrada con llave, ni asegurada con el cerrojo. Kevin, sin soltar el mármol, aplicó el hombro a la puerta y entró en la casa. Vio que su mujer estaba sentada en la vieja butaca, con la foto de Mattie en el regazo y la vista clavada en ella. Ni siquiera alzó los ojos cuando él entró. En la mesilla de café había un plato con unos bocadillos mordisqueados y tres galletas de jengibre. Al verlas, una oleada de ira sacudió a Kevin. Que aún pudiera pensar en comer… Que aún quisiera prepararse un bocadillo… Amargas palabras de censura se formaron en su garganta, pero se obligó a ahogarlas.

– Kev…

No tenía sentido que su voz sonara tan débil. Ya se había cuidado bien de reponer sus fuerzas, todo el día arriba y abajo con bocadillos. Pasó frente a su mujer sin hablar y se dirigió a la escalera, al otro lado de la chimenea.

– Kev…

Sus pies provocaron un ruido sordo en la madera desnuda. Sus ropas empapadas chorreaban agua por todas partes. De pronto, el mármol resbaló y arañó la pared, pero él continuó subiendo hasta la segunda planta, hasta el dormitorio de Matthew, una pequeña habitación situada bajo los aleros, con una sola ventana de gablete por la que se filtraba la luz procedente del malecón y caía sobre la escultura Nautilus, que Kevin había trasladado a esta habitación la noche antes, colocándola sobre la cómoda de Matthew. No sabía por qué lo había hecho, pero consideraba que la habitación, ahora que Matthew ya no estaba, debía acomodarse lo máximo posible a los gustos del chico. Subir el Nautilus era el primer paso, al que seguían otros.

Bajó la losa de mármol hasta el suelo y la apoyó contra la cómoda. Se irguió, se encaró con el Nautilus de nuevo y tocó la piedra. Recorrió con el pulgar la curva de la concha y cerró los ojos al sentir el contacto de la suave y fría superficie. Palpó toda la forma del molusco, reconociendo la diferencia entre la concha terminada y el mármol toscamente trabajado que lo rodeaba.

«Será como un fósil, papá. Fíjate en esta foto. Como algo que se desentierra, o te encuentras empotrado en la pared de un acantilado. ¿Qué opinas? ¿Te parece una buena idea? ¿Me darás un trozo de piedra para hacerlo?»

Podía oír su voz, tan cariñosa, tan clara. Era como si el chico estuviera con él en la habitación, como si nunca se hubiera marchado de Hammersmith. Tan cerca de él. Mattie se encontraba tan cerca.

Kevin aferró los tiradores del cajón superior y lo abrió. Sus manos temblaban. Consiguió impedirlo asiendo con fuerza el cajón, pero no logró aplacar su respiración entrecortada. La lluvia golpeaba contra el tejado de la casa y se filtraba por las tuberías de desagüe. Durante unos segundos se concentró en estos sonidos, borrando todo lo demás de su mente. Luchó por recuperar el control y salió triunfante al enfocar su atención en una leve corriente de aire que se introducía por debajo de la ventana cerrada y enfriaba su nuca.

Tanteó ciegamente los escasos objetos que contenía el cajón. Los sacó, los examinó, los dobló y volvió a doblar, alisó las arrugas. Todo era viejo, fuera de uso, inadecuado o impropio para el colegio. Tres deshilachados jerséis que Mattie utilizaba cuando paseaba por las orillas del Támesis; dos pares de calzoncillos cuya goma elástica se había aflojado; una señal de ferrocarril en miniatura; un viejo par de calcetines; un cinturón de vinilo barato; una gorra de punto deformada. Las manos de Kevin se demoraron en esta última prenda, tirando de los bordes de lana. Se imaginó sin esfuerzo a Mattie tocado con ella, inclinada sobre la frente, las cejas ocultas y la nariz fruncida por el roce de la lana contra su piel. Sería en invierno, cuando el viento aullaba desde el río y golpeaba las paredes, pero ellos saldrían sin temor, ellos dos solos, arropados en sus chaquetones de marinero, en dirección al muelle.

«¡Papá! ¡Papá! ¡Cojamos un barco!»

«¿Con este tiempo? Tú estás loco, chaval.»

«¡No, hagámoslo! ¡Di que sí, papá! ¡Di que sí!»

Kevin se apretó los ojos cerrados, como si así pudiera enmudecer aquella voz alegre que sonaba en sus oídos, superponiéndose a la lluvia, el viento y el torrente de agua que se precipitaba por las tuberías. Se apartó con movimientos rígidos de la cómoda y se acercó a la cama de Matthew. Se sentó en el borde, sin pensar en sus ropas mojadas, cogió la almohada y la apretó contra su cara. Respiró hondamente contra ella, deseando captar el olor de su hijo, pero tanto la funda de la almohada como las sábanas se habían lavado, y si olían a algo era a limones, un residuo aromático del detergente que Patsy utilizaba.

Kevin experimentó una oleada de resentimiento. Era como si Patsy hubiera intuido que su hijo iba a morir y se hubiera esforzado en tenerlo todo a punto, lavando la ropa de cama, barriendo la habitación y guardando sus prendas de vestir en los cajones. ¡Maldita fuera la obsesión de la mujer por mantener la vida limpia y ordenada! De no haberse preocupado tanto por la limpieza de todas las cosas, incluido Mattie, quedaría algo del chico en la habitación, siquiera una sombra de su olor. Maldita mujer.

– ¿Kev?

Se hallaba de pie en la puerta, un espectro deforme embutido en una bata arrugada. El borde era irregular, y se alzaba sobre una rodilla. La parte delantera cedía bajo el peso de los pechos y quedaba abierta. La seda estaba salpicada de manchas. No parecía la misma prenda que Matthew le había regalado la pasada Navidad.

«El coronel Bonnamy y Jean dijeron que te sentaría bien, mamá. Dijeron que te gustaría mucho. ¿Te gusta? ¿Te gusta, mamá? También te he comprado estas enaguas, pero no sé si hacen juego con los dragones.»

Kevin buscó en su interior una dureza que fuera impenetrable a la memoria. El chico estaba muerto. Muerto. Nada podría devolvérselo.

Vio que su esposa entraba en la habitación con paso vacilante.

– La policía vino otra vez -dijo.

– ¿Y qué? -Kevin notó la cólera que embargaba su voz.

– Mattie no se escapó, Kev.

Kevin pensó discernir cierto alivio en sus palabras, una leve suspensión del dolor. No podía creer que una información tan ínfima cambiara el hecho de que su hijo estaba muerto, y que ella lo aceptara. No había huido del colegio. No había ido de visita a casa de unos amigos. Estaba muerto. Desaparecido. Ausente para siempre.

– ¿Me has oído, Kev? Mattie no…

– ¡Maldita seas, mujer! ¿Crees que me importa? ¿En qué cambia lo sucedido?

Ella retrocedió, pero continuó hablando.

– Le dijimos a la policía que no se había escapado, ¿verdad? Teníamos razón, Kev. Mattie no se fugó. Nuestro Matt nunca haría eso. -Avanzó otro paso. Sus zapatillas produjeron ruidos sordos sobre el piso de madera-. Encontraron sus ropas en el colegio. Creen que seguía allí cuando… cuando…

Los músculos de Kevin se contrajeron. Su pecho se tensó. Una enorme presión martilleaba su cerebro.

– La policía sabe todo acerca de Matt. Lo adivinaron al saber que no distinguía los colores. Saben que… Saben que no era nuestro, Kev. Les dije cómo había llegado a ser nuestro hijo. Les hablé del señor Byrne, de…

– ¿Que no era nuestro? -estalló él-. ¿Que no era nuestro? Si no era nuestro, ¿de quién era, mujer? El nacimiento de Matt no les importa una mierda. ¿Me has oído, Pats? ¡No les importa una puta mierda!

– Pero necesitan saber todo lo que…

– ¡No necesitan saber nada! ¿Para qué? El chico ha muerto. ¡Nunca volverá! Haga lo que haga la policía, la situación no va a cambiar en nada. ¿Me has oído? En nada.

– Han de averiguar quién le asesinó, Kev. Han de hacerlo.

– ¡Eso no le devolverá a la vida! Maldita sea, ¿no lo entiendes? ¿Has perdido el poco sentido común que tenías? ¡Maldita imbécil! ¡Imbécil!

La mujer emitió un grito inarticulado, el quejido de un animal inocente al ser golpeado.

– Quería ayudar.

– ¿Ayudar? Joder, mujer, ¿querías ayudar?

Kevin estrujó la almohada. Sus manos sucias dibujaron manchas oscuras sobre la tela blanca, al igual que sus téjanos sobre el cubrecama.

– Estás ensuciando la cama de Mattie -dijo la mujer, con voz quejumbrosa, de anciana-. Tendré que lavarlo todo otra vez.

– ¿Por qué? -preguntó Kevin, alzando la cabeza. Como ella no contestó, el hombre empezó a gritar, presa de una violencia incontenible-. ¿Por qué, Pats? ¿Por qué?

Patsy, en lugar de responder, retrocedió hacia la puerta. Se llevó la mano a la nuca, un gesto que su marido reconoció al instante, un preámbulo a fingir confusión, un preámbulo a la huida. Se negó a permitirlo.

– Te he hecho una pregunta. Contéstame.

Ella le miró. En las sombras, sus ojos parecían oscuras depresiones formadas en su rostro, indescifrables, carentes de sentimiento y profundidad. Que estuviera de pie ante él, hablando de ropa de cama sucia, que hasta se atreviera a hablar de lavarla, que preparara bocadillos, que bebiera té, que hablara con la policía… mientras el cuerpo de su hijo yacía en el depósito de Slough, aguardando la disección, ofreciendo su belleza al bisturí…

– Contéstame, mujer.

Ella se dio la vuelta para marcharse. Kevin se levantó de la cama como una exhalación, cruzó la habitación en tres zancadas, la agarró del brazo y la obligó a mirarle.

– No me dejes con la palabra en la boca cuando te hablo. No lo vuelvas a hacer nunca más. No lo vuelvas a hacer nunca.

Ella se soltó de un tirón.

– ¡Déjame en paz! -Brotó saliva de sus labios-. Estás loco, Kevin. Enfermo, loco y…

El hombre la abofeteó con la palma de la mano. Patsy gritó, luchando para liberarse de su presa.

– ¡No! No te…

El volvió a golpearla, esta vez con el puño, sintiendo el brutal contacto de sus nudillos contra la mandíbula de su mujer. La cabeza de Patsy salió disparada hacia atrás. Habría caído al suelo, de no ser porque él siguió aferrándola por el brazo.

Patsy emitió un único grito.

– ¡Kev!

Kevin la empujó contra la pared y arremetió con la cabeza contra su pecho, golpeando salvajemente sus costillas. Le abrió la bata, descargó puñetazos contra sus muslos, pellizcó sus pechos.

Estremeció el aire con las maldiciones más soeces que se le ocurrieron. Pero no lloró.

Capítulo 16

En lugar de utilizar el aparcamiento subterráneo, Lynley frenó ante la puerta giratoria que permitía el acceso a la zona de recepción de New Scotland Yard. Las secretarias y funcionarios rezagados, terminada la jornada, se dirigían hacia la entrada de la estación de St. Jame's Park, al otro lado de la calle. La sargento Havers suspiró al verles marchar y abrir los paraguas para protegerse de la lluvia.

– Si hubiera tenido el sentido común de elegir una carrera diferente, llevaría un estilo de vida que me permitiría comer en horas normales -dijo Havers.

– Pero no experimentaría la satisfacción psicológica que proporciona la emoción de la caza.

– Ésa fue mi reacción ante Giles Byrne, aunque emoción es una palabra que no hace justicia a la sensación. ¿Conviene conmigo en que es la única persona que sabe por qué se suicidó Edward Hsu?

– No. Hay otra, sargento.

– ¿Quién?

– La madre natural de Matthew.

– En el caso de que se crea esa historia.

– ¿Alguna razón en contra?

– Estaba sentada a su lado en el sofá, inspector. Le daba un apretón o una palmadita cuando la cosa se ponía fea. Rhena. ¿No se llamaba así? No me diga que a nuestro Giles no le gustan las mujeres exóticas. En cuanto a por qué les gusta a ellas… Ni se me ocurre. Podríamos deducir que Edward Hsu tenía una hermana, una prima o una persona especial que entabló una amistad excesiva con nuestro Giles, y cuando éste se lo montó con ella e hizo a nuestro Matthew, la abandonó. Al saber que su dios protector tenía los pies de barro, Eddie se largó, saltando desde el tejado de la iglesia.

– Su teoría contiene elementos decididamente primorosos, Havers, como un cruce entre una tragedia griega y un auto sacramental medieval. El único problema que me plantea es el de la credibilidad. ¿Cree de veras que el chico se suicidó después de descubrir la fatal imperfección de Giles? Llámese infidelidad, falta de moralidad, incapacidad de cumplir el deber prescrito, o como quiera.

– Era una idea. Yo de usted no la desecharía, señor. Fíjese en mis palabras. Nuestro Giles no nos dijo la verdad, ni por asomo. Y apuesto a que la pequeña Rhena lo sabía. El podía mentir como un bellaco y salir tan campante, pero ella no nos miró ni una sola vez mientras el hombre hablaba. ¿Se dio cuenta?

Lynley asintió y alargó la mano hacia la manecilla del coche.

– Curioso, ¿verdad?

– ¿Qué le parece si verificamos su historia de Exeter? ¿Cuántos hospitales aceptarán mujeres embarazadas? El nacimiento debió de registrarse, ¿no? Seríamos idiotas si aceptáramos la historia de Byrne por su cara bonita.

– Tiene razón. -Lynley abrió la puerta del coche-. Encargue del asunto al agente Nkata, Havers. Entretanto, iremos a ver si la policía de Slough ha dicho algo.

Corrieron bajo la lluvia y entraron en la zona de recepción de New Scotland Yard. Dos recepcionistas de paisano estaban hablando con el agente uniformado que se hallaba de pie ante la barrera que separaba la sala de espera para el público del mundo custodiado en el que se realizaba el trabajo policial. Apoyaba las manos en el letrero metálico que exigía, en letras negras, la presentación de credenciales y pases oficiales. Mientras Lynley y Havers sacaban sus identificaciones, una de las recepcionistas habló.

– Tiene una visita, inspector. Le espera desde las cuatro y media.

Señaló hacia la pared en la que estaba colgado el manuscrito iluminado que exaltaba en cada página un servicio distinguido de un oficial.

En una de las sillas de cromo y vinilo situadas bajo el memorial estaba sentada una colegiala, todavía de uniforme, con un cartapacio arrimado contra su costado y sujeto con un brazo, como si temiera que se lo fueran a robar. Contemplaba la llama eterna que ardía al otro lado del vestíbulo.

Lynley había oído hablar de ella, la había visto en la foto que tenía Matthew Whateley en su pesebre de Bredgar Chambers, pero no estaba preparado para la realidad de que aparentaba bastantes más de sus trece años. Era de piel tostada, ojos casi negros y facciones perfectamente esculpidas. Yvonnen Livesley, pensó Lynley, la antigua compañera de Matthew en Hammersmith.

Cuando cruzó el vestíbulo, se detuvo ante la muchacha y se presentó, ella le examinó sin el menor disimulo.

– Identifíquese, por favor -dijo Yvonnen-. Lynley sacó su tarjeta y ella la leyó. Sus grandes ojos se desplazaron desde el carnet al rostro de su propietario. Se puso en pie y cabeceó satisfecha. Docenas de abalorios que adornaban unas trenzas repiquetearon al unísono-. Tengo algo para usted, inspector. Es de Matt.

Ya en el despacho de Lynley, Yvonnen acercó una silla al escritorio. Apartó un montón de cartas para colocar el cartapacio.

– No he sabido lo de Matt hasta esta mañana -empezó-. Un tío del colegio lo supo por su madre, que lo había sabido por su hermana, que conoce a la tía de Matt. Cuando me enteré… -Jugueteó unos momentos con el nudo del cartapacio-. Quise volver a casa al instante para coger esto, pero la directora no me dio permiso. Ni siquiera cuando le dije que era un asunto concerniente a la policía. Se lo tomó como una broma. -Desató el nudo, abrió el cartapacio y depositó una cinta de audio sobre el escritorio de Lynley-. Esto es lo que usted quiere. Aquí está el maldito bastardo que le mató.

Dicho esto, se sentó y aguardó la reacción de Lynley. La sargento Havers cerró la puerta del despacho y se sentó en la segunda silla.

Lynley cogió la cinta.

– ¿Qué es esto?

Yvonnen asintió con brusquedad, como si la pregunta indicara que había superado una prueba de su propia invención. Cruzó las piernas y se apartó el pelo. Los abalorios oscilaron rítmicamente. Introdujo la mano en el cartapacio y extrajo una pequeña grabadora.

– Matt me envió la cinta hace tres semanas -explicó-. También adjuntó una nota, pidiéndome que la guardara en el lugar más seguro que pudiera encontrar. Me decía que no se lo contara a nadie, que no dijera que la tenía, ni siquiera que él me había hablado de esto. Decía que era un duplicado de otra que tenía en el colegio, y que me lo explicaría todo cuando nos viéramos. Eso es todo. La escuché una vez, pero no… No lo entendí. Hasta saber lo que le había ocurrido a Matt. Escuche.

Cogió la cinta de las manos de Lynley y la introdujo en la grabadora. La voz de un chico gritaba… una palabra indescifrable. A continuación seguía un gruñido, un ruido sordo y el sonido apagado de un golpe, como si un cuerpo cayera sobre un suelo desnudo y le golpearan varias veces seguidas contra él. Un segundo grito era ahogado. Después, alguien empezaba a hablar, un siniestro susurro teñido de maligna perversidad.