/ / Language: Español / Genre:detective

Memoria Traidora

Elizabeth George

Intrigada por el silencio que se había originado a sus espaldas, lentamente, la mujer comenzó a darse la vuelta. De pronto, una luz brillante cegó sus ojos, dejándola inmóvil, en medio de la calle, como suele sucederle a las presas indefensas. En milésimas de segundo, el estrepitoso rugir de un motor y el chirriar de unos neumáticos le congelaron la sangre y le hicieron ver que no tendría escapatoria. Cuando el coche la derribó, su cuerpo y la misteriosa fotografía que llevaba en sus manos salieron disparados hacia el gélido aire de la noche londinense. Sin duda, se había tratado de un asesinato. Y de una frialdad estremecedora, como pudo constatar poco después la policía, cuando descubrió que el conductor no sólo la había atropellado, sino que había dado marcha atrás para pasar sobre su cuerpo inerte para rematarla. El problema era que, a partir de ahí, las pistas, más que apuntar hacia un asesino en el presente, parecían perderse en un confuso laberinto de crímenes, mentiras, culpas y castigos que habían rodeado la extraña muerte de una niña, hacía más de dos décadas. Como si se tratara de una máquina del tiempo, el suceso se había encargado de reabrir un lejano misterio que, por errores y debilidades humanas, nunca se había terminado de cerrar. La única verdad, si es que cabía encontrar alguna certeza, tenía que yacer en un antiguo y terrible secreto. Un secreto guardado, oculto y quizá perdido en alguna suerte de su memoria traidora.

Elizabeth George

Memoria Traidora

11º Serie Linley

Para la otra chica Jones,

donde quiera que esté.

¡Hijo mío Absalón;

hijo mío, hijo mío Absalón!

¡Ojalá hubiera muerto

yo en tu lugar, Absalón, hijo mío,

hijo mío!

Segundo Libro de Samuel

19:1

Agradecimientos

Nunca podría haber completado un proyecto de esta envergadura en el tiempo del que disponía sin la contribución y la ayuda de diversas personas, tanto de los Estados Unidos como de Inglaterra.

En Inglaterra, me gustaría expresar mi gratitud a Louise Davies, directora de Norland College, por haberme permitido observar a las niñeras en prácticas y por darme información previa sobre la vida profesional de las mismas; a Godfrey Carey, abogado, Joanna Corner, abogada, y Charlotte Bircher del Colegio de Formación de Abogados, ya que todos ellos contribuyeron en gran medida a que comprendiera la jurisprudencia británica; a la hermana Mary O'Gorman del convento de la Asunción en Kensington Square por permitirme el acceso al convento y a la capilla, y por proporcionarme dos décadas de información sobre la plaza en sí; al comisario jefe Paul Scotney de la Policía Metropolitana (Comisaría de Belgravia) por ayudarme con los procedimientos policiales y por demostrarme una vez más que el público que más perdona entre mis lectores se encuentra entre las filas de la policía británica; al inspector jefe Pip Lane, que siempre ha actuado con generosidad como intermediario entre la policía local y yo; a John Oliver y Maggie Newton de la prisión de Holloway por la información sobre el sistema penal de Inglaterra; a Swati Gamble por todo lo que va desde los horarios de autobuses hasta la localización de hospitales con departamentos de urgencias; a JoAnn Goodwin del Daily Mail por ayudarme con las leyes que se ocupan de la cobertura periodística de las investigaciones de asesinato y de los juicios; a Sue Fletcher por prestarme generosamente los servicios del beneficioso Swati Gamble; y a mi agente, Stephanie Cabot, de la agencia William Morris, para quien no existe ningún obstáculo imposible de superar.

En los Estados Unidos, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a Amy Sims de la Filarmónica del condado de Orange, quien se tomó la molestia de asegurarse de que yo fuera capaz de escribir sobre el violín con un nivel adecuado de exactitud; a Cynthia Faisst, que me permitió asistir a algunas clases de violín; al doctor Gordon Globus, que me ayudó a comprender mejor la amnesia psicogénica y los protocolos terapéuticos; al doctor Tom Ruben y al doctor Robert Greenburg, que me proporcionaron información médica siempre que la necesité, y a mis alumnos de escritura creativa, que escucharon los primeros capítulos de la novela y cuya opinión me fue de gran ayuda.

Estoy especialmente en deuda con mi maravillosa ayudante, Dannielle Azoulay, sin la que habría sido incapaz de redactar el borrador de esta larga novela en diez meses. La ayuda de Dannielle en todas las áreas -desde hacer las investigaciones necesarias hasta ocuparse de los recados- fue completamente crucial para mi bienestar y mi salud y, en consecuencia, quiero expresarle mis más efusivas gracias.

Por último, quiero darle las gracias, como siempre, a mi editora -Kate Miciak -con la que trabajo desde hace tiempo y que siempre me formuló las mejores preguntas sobre los cambios más complicados del argumento; a mi agente literario de los Estados Unidos -Robert Gottlieb de Trident Media- que me representa con energía y creatividad; a mi colega Don McQuinn, que cortésmente se ofreció a escuchar todos mis miedos y dudas; y a Tom McCabe, que tuvo la gentileza de bajarse del tren creativo siempre que fue necesario.

MAIDA VALE, LONDRES

«Las mujeres gordas son capaces de todo. Las mujeres gordas son capaces de todo. Las mujeres gordas son capaces de todo, de todo, y de todo.»

A medida que se dirigía hacia el coche, Katie Waddington repetía el constante mantra al compás de sus torpes pasos. Pronunciaba las palabras mentalmente en vez de hacerlo en voz alta, no porque estuviera sola y tuviera miedo de parecer un poco chiflada, sino porque decirlas en voz alta le supondría un esfuerzo mucho mayor para sus cansados pulmones, que ya tenían bastante con lo que habían de soportar. Lo mismo le sucedía con el corazón, que según su médico de cabecera no estaba diseñado para bombear sangre por unas arterias que cada vez se encontraban más repletas de grasa.

El médico, al contemplarla, veía pliegues de gordura, dos grandes mamas que le caían de los hombros cual pesados sacos de harina, un estómago que le colgaba para cubrirle el pubis y una piel agrietada por la celulitis. Su esqueleto tenía que soportar tanto peso que podría pasar un año entero sin comer y vivir de sus propias reservas; además, si el médico estaba en lo cierto, la grasa había empezado a invadir sus órganos vitales. Cada vez que Katie acudía a la consulta, el médico insistía en que si no hacía algo por rebajar sus excesos en la mesa, acabaría por morirse.

– Te fallará el corazón o sufrirás una apoplejía -le dijo mientras negaba con la cabeza-. Escoge tu propio veneno. Tu estado requiere que tomes medidas de inmediato, y éstas, evidentemente, excluyen cualquier alimento que pueda convertirse en tejido adiposo. ¿Lo comprendes?

¿Cómo no lo iba a entender? Estaban hablando de su cuerpo y, además, era imposible que una persona del tamaño de un hipopótamo ataviada con un traje chaqueta no se diera cuenta de ello cada vez que le surgiera la oportunidad de contemplarse en el espejo.

No obstante, la pura verdad era que su médico de cabecera era la única persona en la vida de Katie que había tenido serias dificultades a la hora de aceptarla como la mujer gorda que desde la infancia había estado destinada a ser. Ya que la gente que le importaba la aceptaba tal y como era, carecía de toda motivación para adelgazar los ochenta kilos que el médico le había recomendado perder.

Si alguna vez Katie hubiera dudado que vivía inmersa en una sociedad de gente cada vez más obsesionada por tener un cuerpo bronceado y escultural, sus dudas se habrían disipado y habría reafirmado su propia valía esa misma noche, al igual que todos los lunes, miércoles y viernes, en los que sus grupos de terapia sexual se reunían de siete a diez. La gente con problemas sexuales que vivía en Londres o alrededores acudía a esas sesiones en busca de consuelo y de soluciones. Katie Waddington -que había convertido el estudio de la sexualidad humana en la pasión de su vida-era la responsable de dirigir las sesiones: se examinaba la libido, se analizaba minuciosamente la erotomanía y las fobias; la gente se confesaba culpable de frigidez, ninfomanía, satirismo, travestismo y fetichismo. Asimismo, se animaba a la gente a tener fantasías eróticas y se le fomentaba la imaginación sexual.

«Ha salvado nuestro matrimonio», le decían con efusión. O la vida, o la salud mental o, a menudo, la carrera profesional.

El lema de Katie era que el sexo era un negocio, y el hecho de que ella llevara veinte años dedicándose a ello, de que tuviera unos seis mil clientes satisfechos y una lista de espera de doscientas personas corroboraba esa verdad.

Así pues, se encaminaba hacia el coche en un estado de ánimo que oscilaba entre el orgullo y el éxtasis más absoluto. Por mucho que ella pudiera ser anorgásmica, ¿quién se iba a enterar mientras fuera capaz de lograr de forma reiterada que los demás tuvieran unos orgasmos tan estupendos? Y, después de todo, eso era precisamente lo que el público quería: liberarse sexualmente cuando surgiera la ocasión, pero sin sentirse culpable.

¿Quién les ayudaba a conseguirlo? Una gorda.

¿Quién los absolvía de la vergüenza de sus deseos? Una gorda.

¿Quién les enseñaba a hacer todas esas cosas que iban desde estimular las zonas erógenas hasta fingir pasión a la espera de que ésta retornara? Una mujer de Canterbury, ridícula y gorda a más no poder. Ella y nadie más que ella.

Eso era más importante que contar calorías. Si Katie Waddington estaba destinada a morir gorda, entonces sería así como moriría.

Era una noche fría, de esas que tanto le gustaban. El otoño había llegado por fin a la ciudad después de un verano abrasador, y a medida que Katie avanzaba con dificultad a través de la oscuridad, revivió, tal y como siempre hacía, los temas más importantes que se habían comentado esa noche.

Lágrimas. Sí, siempre había lágrimas, además de retorcimientos de manos, rubores, tartamudeos y mucho sudor. No obstante, también solía haber momentos especiales, momentos decisivos que hacían que el hecho de escuchar durante horas repetitivos detalles personales valiera la pena.

Esa noche el momento lo habían propiciado Félix y Dolores (apellido desconocido), que se habían apuntado a las sesiones con el claro propósito de «recobrar la magia de su matrimonio» después de haberse pasado dos años -y de haberse gastado veinte mil libras-examinando, por separado, su sexualidad. Hacía tiempo que Félix había admitido que buscaba satisfacción fuera del reino de sus promesas maritales, y Dolores había confesado sin rubor que disfrutaba mucho más con su vibrador mientras contemplaba una fotografía de Laurence Olivier caracterizado como Heathcliff que de los abrazos de su marido. Sin embargo, esa noche, cuando Félix empezó a reflexionar en voz alta sobre los motivos que podían hacer que el culo desnudo de su mujer le recordara a su madre en sus últimos años, las mujeres de mediana edad del grupo pensaron que eso era demasiado y empezaron a insultarle con una violencia tal que la misma Dolores se levantó apasionadamente para defender a su marido. Según parece, Dolores anegó la aversión que su marido sentía por su trasero con el agua bendita de sus propias lágrimas; al momento, marido y mujer se abrazaron, se besaron en los labios y gritaron al unísono: «Han salvado nuestro matrimonio», al final de la sesión.

Katie reconocía que lo único que había hecho era propiciarles un público. De todos modos, eso era lo que en verdad quería cierto tipo de gente: una oportunidad para humillarse a sí mismos o a sus seres queridos delante de otros, y así propiciar una situación de la que poder rescatar a sus seres amados o ser rescatados por éstos.

Ocuparse de los problemas sexuales de los británicos era una verdadera mina de oro, y Katie se consideraba de lo más astuta por haberse dado cuenta de eso.

Bostezó largamente y notó cómo le gruñían las tripas. Una jornada laboral larga y provechosa bien se merecía una buena cena, seguida de un baño y una cinta de vídeo. Prefería las películas antiguas por los matices románticos que tenían. Un fundido en negro en los momentos importantes la estimulaba mucho más que un primer plano de ciertas partes corporales acompañado de una banda sonora repleta de respiraciones entrecortadas. Vería Sucedió una noche: Clark, Claudette, y la exquisita tensión que se creaba entre ellos.

«Eso era lo que faltaba en la mayoría de las relaciones -pensó Katie por milésima vez ese mes-: tensión sexual. Ya no hay lugar para la imaginación en las relaciones de pareja. El mundo se ha convertido en un lugar en el que todo se sabe, todo se cuenta y todo se fotografía; por lo tanto, ya no existe la posibilidad de disfrutar de antemano ni de mantener nada en secreto.»

No obstante, no tenía motivos para quejarse. El estado del mundo la estaba haciendo rica y, por muy gorda que estuviera, nadie la desairaba cuando veía la casa en que vivía, la ropa que llevaba, las joyas que compraba o el coche que conducía.

Se estaba acercando a ese coche precisamente, al lugar en el que lo había dejado por la mañana: un aparcamiento privado que estaba al otro lado de la calle junto a la clínica en la que pasaba sus días. Mientras se detenía en la acera para cruzar, se percató de que respirar le costaba más de lo habitual. Apoyó la mano en una farola y sintió cómo el corazón pugnaba por seguir funcionando.

Quizá debería considerar el programa de pérdida de peso que le había sugerido el médico, pensó. Sin embargo, tan sólo un segundo después, descartó la idea. ¿Para qué estaba la vida sino para disfrutarla?

Una ligera brisa se levantó y le apartó el pelo del rostro. Sintió cómo le refrescaba la nuca. Lo único que necesitaba era descansar un momento. Cuando recobrara el aliento, se sentiría tan bien como de costumbre.

Permaneció en pie y escuchó el silencioso barrio. Era comercial y residencial a la vez: constaba de pequeños negocios que ya estaban cerrados a esas horas y de casas que ya hacía tiempo que se habían convertido en pisos, y en cuyas ventanas ya se habían corrido las cortinas para protegerse de la noche.

«¡Qué extraño!», pensó. Nunca se había dado cuenta de la tranquilidad y del vacío que reinaba en esas calles cuando ya había caído la noche. Miró a su alrededor y se percató de que en un lugar como aquél podría suceder cualquier cosa -tanto buena como mala-y que si alguien llegaba a presenciarlo sería tan solo fruto de la casualidad.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Más le valdría seguir avanzando. Bajó de la acera y empezó a cruzar.

No vio el coche del final de la calle hasta que éste encendió las luces y la cegó. Se precipitó hacia ella emitiendo un sonido parecido al bramido de un toro.

Intentó avanzar a toda velocidad, pero el coche se abalanzó sobre ella. Era evidente que estaba demasiado gorda para esquivarlo a tiempo.

GIDEON

16 de agosto

Me gustaría empezar diciendo que creo que este ejercicio va a ser una pérdida de tiempo y, tal y como intenté explicarle ayer, si hay algo que no me sobra en este momento es precisamente tiempo. Si quería que confiara en la eficacia de esta actividad, me podría haber explicado el paradigma sobre el que, según parece, se basa para definir el concepto de «tratamiento» en su libro. ¿Qué importancia tiene el tipo de papel que use? ¿O qué clase de libreta? ¿O qué bolígrafo o lápiz utilice? ¿Qué más da dónde me encuentre al escribir estas tonterías que me ha pedido que escriba? ¿No le basta que haya aceptado tomar parte en este experimento? No importa. No me conteste. Ya sé lo que me respondería: «¿De dónde viene toda esa ira, Gideon? ¿Qué hay detrás de todo eso? ¿Qué le viene a la memoria?».

Nada. ¿No lo ve? No recuerdo nada en absoluto. Por eso mismo he venido.

«¿Nada? -me preguntará-. ¿Nada de nada? ¿Está seguro de que está en lo cierto? Después de todo, sabe cómo se llama y, según parece, también reconoce a su padre; recuerda el lugar en el que vive, cómo se gana la vida y a sus compañeros más cercanos. Por lo tanto, cuando dice que no recuerda nada, debe querer decir que no recuerda…»

Nada que sea importante para mí. De acuerdo. Lo diré. No recuerdo nada que considere de importancia. ¿Es eso lo que quiere oír? ¿Cree que usted y yo deberíamos hacer hincapié en ese pequeño detalle desagradable de mi carácter para ver qué quiero decir con esa afirmación?

No obstante, en vez de responderme a esas dos preguntas, me dirá que empezaremos por escribir todo lo que recordemos, al margen de que sea o no importante. Pero cuando diga «empezaremos», en realidad querrá decir que yo empezaré por escribir, y que lo que yo anote será lo que yo recuerde, porque tal y como expresó de forma sucinta con su voz objetiva e intocable de psiquiatra: «Lo que recordamos suele ser la clave de lo que hemos elegido olvidar».

Elegido. Supongo que ha seleccionado la palabra de forma deliberada. Quería que reaccionara. Ya se lo explicaré, debería pensar. Ya le explicaré a esa pequeña arpía todo lo que recuerde.

De todos modos, ¿cuántos años tiene, doctora Rose? Dice que tiene treinta años, pero yo no me lo creo. Sospecho que ni siquiera tiene mi edad y, lo que es peor, parece una niña de doce años. ¿Cómo quiere que confíe en usted? ¿De verdad piensa que será capaz de sustituir a su padre? A propósito, fue a él a quien accedí a ver. ¿Se lo comenté la primera vez que nos vimos? Creo que no. Me dio demasiada lástima. La única razón por la que decidí quedarme al entrar en la consulta, y verla a usted en vez de a su padre, fue porque me pareció de lo más patética, allí sentada, vestida de negro de pies a cabeza, como si con esa vestimenta pudiera parecer lo bastante competente para resolver las crisis mentales de la gente.

«¿Mentales? -me pregunta, pronunciando la palabra como si fuera un tren fuera de control-. ¿Que ha decidido aceptar las conclusiones del neurólogo? ¿Eso le satisface? ¿Que no le hace falta que le hagan más pruebas para estar convencido? Eso está muy bien, Gideon. Es un paso adelante muy importante. Si está convencido de que no hay ninguna explicación fisiológica para lo que está experimentando, entonces el trabajo que vamos a realizar juntos será más fácil.»

¡Qué bien habla, doctora Rose! Tiene una voz de terciopelo. Lo que debería haber hecho era darme la vuelta y volver a casa tan pronto como abrió la boca. Sin embargo, no lo hice porque me manipuló para que me quedara con todas esas tonterías de que «visto de negro porque mi marido ha muerto». Quería evocar mi compasión, ¿no es verdad? Fraguar una amistad con el paciente, tal y como le han dicho que haga. Ganar su confianza. Hacerle «sugerible».

«¿Dónde está el doctor Rose?», le pregunto al entrar en la oficina.

«Yo soy el doctor Rose -me responde-. La doctora Alison Rose. ¿Tal vez esperaba encontrar a mi padre? Sufrió una apoplejía hace ocho meses. Se está recuperando, pero le va a llevar su tiempo; como aún no está en condiciones de volver a tratar a sus pacientes, yo me hago cargo de su clientela.»

Y ahí empieza todo: me cuenta las razones que la indujeron a volver a Londres, lo mucho que echa de menos la ciudad de Boston, pero que en cierta manera ya está contenta porque los recuerdos de allí son demasiado dolorosos. Me cuenta que es por él, por su marido. Llega a tal extremo que incluso me dice su nombre: Tim Freeman. Y la enfermedad que padecía: cáncer de colon. Y la edad que tenía cuando murió: treinta y siete años. Y los motivos que les habían llevado a posponer el tener hijos, porque cuando se casaron usted aún iba a la facultad de Medicina, y que cuando llegó el momento de replantearse la cuestión de la reproducción, él ya estaba luchando por su vida, y usted junto a él, y que en esa batalla ya no quedaba sitio para un hijo.

Y yo, doctora Rose, sentí lástima por usted. Por lo tanto, me quedé. Como consecuencia de eso, estoy aquí sentado en la primera planta, junto a una ventana que da a Chalcot Square. Escribo todas estas sandeces con un bolígrafo para que luego no pueda borrar nada, tal y como me ha ordenado. Uso una libreta de hojas sueltas para poder añadir más información, en caso de que, más tarde, recuerde algo más de forma milagrosa. Lo que no hago es precisamente lo que debería estar haciendo, y lo que el mundo entero espera que haga: permanecer al lado de Raphael Robson y hacer que desaparezca ese vacío infernal y omnipresente de las notas.

«¿Raphael Robson?», me preguntará. «Hábleme de él», me dirá.

Esta mañana me he puesto leche en el café y ahora estoy pagando por ello, doctora Rose. El estómago me arde. Las llamas me están lamiendo el intestino. El fuego avanza hacia arriba, pero no en mi interior. Sucede todo lo contrario, pero siempre tengo la misma sensación. Es una simple dilatación del estómago y del intestino, me asegura mi médico de cabecera. «Flato», me reza, como si me estuviera dando una bendición médica. Es un curandero y un charlatán, un matasanos de cuarta categoría. Tengo algo maligno devorándome las tripas y él insiste en que son flatulencias.

«Hábleme de Raphael Robson», repetirá.

«¿Por qué? -le preguntaré-. ¿Por qué quiere que le hable de él?»

«Porque es un tema por el que empezar. Su mente le ha dictado por dónde comenzar. Es así como funciona el proceso.»

«No obstante, Raphael no es el principio de la historia -le replicaré-. El principio se remonta a veinticinco años atrás, a una Peabody House [1] de Kensington Square.»

17 de agosto

Ahí es donde vivía. No en una de las Peabody Houses, sino en la casa de mis abuelos, en el lado sur de la plaza. Hace mucho tiempo que las Peabody Houses ya no existen y, según lo que vi la última vez que fui, han sido reemplazadas por dos restaurantes y una boutique. Aun con todo, recuerdo muy bien esas casas y cómo mi padre las empleó para inventar la Leyenda de Gideon.

Así es mi padre, siempre dispuesto a usar cualquier cosa que tenga a mano, si ésta puede llevarle adonde él quiere ir. En esa época, estaba muy inquieto, siempre lleno de ideas. Ahora me doy cuenta de que casi todas sus ideas eran meros intentos para tratar de disipar el miedo que mi abuelo sentía por él, ya que, según mi abuelo, el hecho de que mi padre no hubiera podido crearse una reputación en el ejército presagiaba que fracasaría en cualquier otro campo. Supongo que mi padre sabía lo que mi abuelo pensaba de él. Después de todo, mi abuelo no era el tipo de hombre que se guardara las opiniones para sí mismo.

Mi abuelo nunca se había vuelto a encontrar bien después de la guerra, y supongo que ésa era la razón por la que vivíamos con él y con la abuela. Los japoneses le habían tenido prisionero en Birmania durante dos años, y nunca se había recuperado del todo. Me imagino que el hecho de ser prisionero había desencadenado algo en su interior que, en otras circunstancias, habría permanecido latente. Pero, en todo caso, lo único que jamás me contaron sobre la situación era que mi abuelo padecía «episodios» que requerían que se lo llevaran de vez en cuando a pasar «unas bonitas vacaciones en el campo». Soy incapaz de recordar detalles concretos de estos episodios ya que mi abuelo murió cuando yo tenía diez años. Lo único que recuerdo es que siempre empezaban con unos sonidos violentos y aterradores, seguidos por los lloros de mi abuela y por los gritos de mi abuelo que decía: «No eres hijo mío», mirando a mi padre mientras se lo llevaban por la fuerza.

«¿Se lo llevaban? -me pregunta-. ¿Quiénes?»

Yo les llamaba los duendes. Tenían la misma apariencia que la gente normal, pero sus cuerpos estaban habitados por ladrones de almas. Mi padre siempre les dejaba entrar en casa, pero mi abuela solía recibirles en las escaleras, con lágrimas en los ojos. Siempre pasaban por delante de ella sin pronunciar palabra porque todo lo que tenían que decir había sido dicho más de una vez. Como ve, ya hacía muchos años que venían a buscar a mi abuelo. Desde mucho antes de que yo naciera. Desde mucho antes de que los observara desde la balaustrada de la escalera, asustado y agachado cual pequeño sapo.

Sí. Antes de que me lo pregunte, recuerdo ese miedo. También recuerdo más cosas. Recuerdo que alguien me apartaba de la balaustrada, separándome los dedos uno a uno para que dejara de asirla y me pudieran alejar de ella.

«¿Raphael Robson? -va a preguntarme, ¿no es así?-. ¿Es aquí donde aparece Raphael Robson?»

Pero no. Eso pasó años antes de que apareciera Raphael Robson. Raphael vino después de las Peabody Houses.

«Así pues, volvemos a la Peabody House», me dice.

«Sí. A la casa y a la Leyenda de Gideon.»

19 de agosto

¿Recuerdo la Peabody House? ¿O tan sólo he inventado los detalles para completar el esbozo que me dio mi padre? Si fuera incapaz de recordar a qué olía la casa, pensaría que simplemente estaba jugando a un juego según las reglas de mi padre para poder evocar la Peabody House en mi cerebro en momentos como éste. No obstante, ya que el olor a lejía puede transportarme de nuevo a la Peabody House en un instante, sé que la base de la historia es verdadera, por mucho que pueda haber sido adornada a lo largo de los años por mi padre, por mi agente, o por los periodistas que hayan hablado con ellos. Para serle franco, he dejado de hacerme preguntas sobre la Peabody House. Siempre digo: «Eso ya es agua pasada. A ver si esta vez podemos aportar información nueva».

Pero los periodistas siempre quieren que sus historias tengan gancho y, ya que mi padre les ha ordenado con firmeza que sólo mi carrera profesional puede ser motivo de entrevista, ¿qué mejor gancho puede haber que el que mi padre creó a partir de un simple paseo por los jardines de Kensington Square?

Tengo tres años y me acompaña mi abuelo. Voy sentado en un triciclo y avanzo con dificultad alrededor del sendero que delimita el jardín; mientras tanto, mi abuelo está sentado en esa especie de templo griego que sirve de cobijo junto a la verja de hierro forjado. Se ha traído un periódico, pero no lo está leyendo; en vez de eso, escucha música procedente de uno de los edificios que tiene a su espalda.

Me dice con un tono de voz muy bajo:

– Eso se llama concierto, Gideon. Es un concierto de Paganini en re mayor. Escucha.

Me hace señas para que vaya a su lado. Se sienta en un extremo del banco, y yo permanezco de pie junto a él mientras me pasa el brazo por los hombros. Escucho.

En un instante sé que eso es lo que quiero hacer. A los tres años sé lo que nunca he dejado de creer: «Escuchar es ser, pero tocar es vivir».

Insisto en que nos marchemos del jardín de inmediato. Mi abuelo tiene las manos artríticas y le cuesta abrir la verja. Le pido que se apresure «antes de que sea demasiado tarde».

– Demasiado tarde ¿para qué? -me pregunta con cariño.

Le cojo de la mano y se lo enseño.

Le llevo hasta Peabody House, al lugar de donde proviene la música. En un momento estamos dentro; acaban de limpiar el suelo de linóleo y los ojos nos pican a causa del aire impregnado de olor a lejía.

Arriba, en la primera planta, encontramos el origen del concierto de Paganini. Una de las grandes salas es la vivienda de la señorita Rosemary Orr, jubilada desde hace mucho tiempo de la Filarmónica de Londres. Permanece de pie delante de un gran espejo de pared, y tiene un violín debajo de la barbilla y un arco en la mano. Sin embargo, no toca. Escucha una grabación de Paganini con los ojos cerrados y con la mano que sostiene el arco bajada, mientras las lágrimas cubren sus mejillas y la madera del instrumento.

– ¡Va a estropearlo! -le advierto a mi abuelo.

Al oírlo, la señorita Orr sale de su estupor, se sobresalta, y sin duda se pregunta cómo puede ser que un anciano caballero artrítico y un mocoso hayan ido a parar a la puerta de sus aposentos.

No obstante, no tiene tiempo de expresar su consternación, porque me dirijo hacia ella, le cojo el instrumento de las manos y empiezo a tocar.

No muy bien, evidentemente, porque ¿quién se iba a creer que un niño de tres años sin educación musical, por mucho talento que pudiera tener, iba a coger un violín y a tocar el Concierto en re Mayor de Paganini después de haberlo oído una sola vez? Pero la materia prima está dentro de mí -el oído, el sentido innato del ritmo, la pasión-y la señorita Orr lo ve e insiste en que le permitan dar clases a ese niño prodigio.

Así pues, se convierte en mi primera profesora de violín. Sigo con ella hasta que tengo cuatro años y medio, momento en el que se decide que mi talento requiere un tipo de educación menos convencional.

Ésta es la Leyenda de Gideon, doctora Rose. ¿Conoce el violín lo bastante para ver en qué punto se convierte en fantasía?

Hemos conseguido promulgar la leyenda a base de llamarla leyenda, tomándonosla a risa incluso cuando la contamos. Solemos decir que son tonterías y cosas por el estilo, pero siempre lo hacemos con una sonrisa sugestiva. La señorita Orr hace mucho tiempo que murió y, por lo tanto, no puede rebatir la historia. Después de la señorita Orr vino Raphael Robson, que tiene muy pocas posibilidades de saber la verdad.

Aquí tiene la verdad, doctora Rose, porque a pesar de lo que pueda pensar por la reacción que he tenido respecto a este ejercicio que he acordado hacer, estoy interesado en contarle la verdad.

Ese día de verano me encuentro en el jardín de Kensington Square con un grupo de niños. Estamos realizando unas actividades que han organizado las monjas de una escuela cercana. El grupo está formado por los niños de la plaza, y lo dirigen tres estudiantes universitarios que viven en un hostal que hay detrás de la escuela. Uno de los tres monitores nos viene a recoger a casa cada día, para luego llevarnos cogidos de la mano al jardín central, en el que, por un módico precio, se espera que aprendamos las habilidades sociales que se aprenden al jugar en grupo. Eso nos será útil cuando vayamos a la escuela primaria. O, como mínimo, ésa es la idea. Los estudiantes universitarios nos entretienen con juegos, trabajos manuales y ejercicio. Una vez que estamos ocupados en la tarea que nos hayan asignado ese día, se van -sin que nuestros padres lo sepan-a esa especie de templo griego y empiezan a chismorrear y a fumar.

Ese día en especial está previsto que vayamos en bicicleta, aunque en realidad sólo me limito a ir en triciclo alrededor del sendero que rodea el jardín. Mientras pedaleo con dificultad por la parte posterior del pequeño jardín, un niño de mi edad -a pesar de que no recuerdo su nombre-se saca la colita y se pone a orinar encima del césped. Sobreviene una crisis y después de pegarle una gran reprimenda al malhechor, lo mandan directo a casa.

En ese momento empieza la música; los dos estudiantes que siguen allí después de haber mandado al niño a casa no tienen ni la más remota idea de lo que estamos escuchando. No obstante, yo quiero dirigirme hacia ese sonido e insisto con una firmeza tan poco habitual que uno de los estudiantes -creo que es una chica italiana, porque a pesar de tener un corazón muy grande no habla muy bien inglés-me dice que me ayudará a averiguar de dónde procede el sonido. Y así lo hacemos hasta que llegamos a Peabody House y a la señorita Orr.

Cuando la estudiante y yo entramos en la sala de estar, la señorita Orr no está ni tocando, ni haciendo ver que toca ni llorando. Sencillamente está dando clases de música. Después me entero de que siempre finaliza sus clases poniendo una obra musical en el tocadiscos para que su alumno la escuche. Ese día suena el concierto de Brahms.

Desea saber si me gusta la música.

No tengo respuesta. No sé si me gusta ni si lo que siento es afición o cualquier otra cosa. Lo único que sé es que quiero ser capaz de producir esos sonidos. Pero soy tímido y no digo nada, y lo único que consigo hacer es esconderme detrás de las piernas de la chica italiana hasta que ésta me coge de la mano, pide disculpas con su inglés chapurreado y me lleva de nuevo al jardín.

Eso es la realidad.

Estoy seguro de que quiere saber cómo puede ser que esos comienzos tan poco propicios en el mundo musical se convirtieran en la Leyenda de Gideon. En otras palabras, cómo puede ser que el arma desechada y -¿cómo podríamos explicarlo?-destinada a acumular depósitos de cal en una cueva se convirtiera en Excalibur, en la Espada de la Piedra. Sólo puedo hacer conjeturas, ya que la leyenda es una invención de mi padre, no mía.

Al final del día, los monitores llevaron a los niños a sus respectivas casas y entregaron a los padres unos informes sobre los progresos y el comportamiento de sus hijos. ¿Para qué iban los padres a gastarse el dinero sino para recibir indicios diarios y esperanzadores de que sus hijos estaban alcanzando un nivel adecuado de madurez social?

Sólo Dios sabe qué consecuencias tuvo el hecho de que el niño sacara la colita en público en vez de haberlo hecho en privado. En mi caso, la estudiante italiana les informó de mi encuentro con Rosemary Orr.

Supongo que todo eso debió de ocurrir en la sala de estar, mientras mi abuela presidía la mesa del té de la tarde que siempre preparaba para el abuelo, envolviéndole de ese modo en un halo de normalidad para protegerle de la aparición de un nuevo episodio. Quizá mi padre también estuviera allí, o tal vez estuviera James el Inquilino, que había alquilado una de las habitaciones vacías de la cuarta planta de la casa y que nos ayudaba a llegar a final de mes.

Supongo que habrían invitado a la estudiante italiana -aunque ahora pienso que bien podría haber sido griega, española o portuguesa- a tomar el té con la familia, lo cual le habría dado la oportunidad de relatar nuestro encuentro con Rosemary Orr.

Diría: «El pequeño quiere saber de dónde procede la música que estamos escuchando y, por lo tanto, le seguimos el rastro…».

«Creo que quiere decir "oyendo" y "averiguamos su procedencia"», replica el inquilino. Tal y como ya he dicho, se llama James, y muchas veces he oído al abuelo quejarse de que su inglés es «demasiado perfecto para ser verdadero» y que, en consecuencia, debe de ser un espía. De todos modos, me gusta escucharle. Las palabras brotan de la boca de James el Inquilino como si fueran naranjas rechonchas, jugosas y redondas. Él no es así, a excepción de sus mejillas, que son rosadas y que aún se vuelven más rojas cuando se da cuenta de que alguien le está prestando atención. «Continúe -le dice a la estudiante italiana-española-griega-portuguesa-. No me haga caso.»

Ella sonríe, porque el inquilino le cae bien. Supongo que le gustaría que le ayudara con el inglés, y que le gustaría hacerse amiga suya.

No tengo amigos -a pesar de los niños del grupo-, pero no soy consciente de su ausencia porque tengo a mi familia y disfruto de su amor. A diferencia de la mayoría de niños de tres años, no llevo una existencia separada de la de los adultos, lo cual implicaría: comer solo, que una niñera o cualquier otra persona encargada de cuidar niños me entretuviera y me mostrara la vida, hacer apariciones periódicas en el seno de la familia, o pasar el rato hasta que me pudieran mandar a la escuela. En vez de eso, soy parte del mundo de los adultos con los que vivo. Veo y oigo muchas cosas de las que pasan en mi casa y, aunque a veces no recuerde los eventos, sí que recuerdo la impresión que han dejado en mí.

Así pues, recuerdo esto: cómo contaban la historia de la música de violín y cómo el abuelo interrumpió la historia y se extendió en alabanzas de Paganini. Durante años, la abuela utilizó la música para calmar a su marido cuando éste estaba a punto de sufrir un episodio y cuando aún había posibilidades de que se produjera. Él hablaba de quiebros y de la técnica del arco, de vibrato y glisando con una aparente autoridad, aunque ahora sé que tan sólo era una ilusión. Habla con una enorme grandilocuencia, como si tocara en la orquesta y la dirigiera. Nadie le interrumpe o está en desacuerdo con él cuando, mirándome, le dice a todo el mundo: «Este niño tocará», como si Dios le hubiera ordenado que me guiara.

Papá lo oye, le confiere una significación que no comparte con nadie, y dispone de inmediato todo lo necesario.

Así es como empiezo a recibir clases de violín de la señorita Rosemary Orr. A partir de esas clases y de los informes del grupo infantil, mi padre empieza a crear la leyenda de Gideon que he tenido que soportar toda la vida como si fuera una condena.

«¿Por qué hizo que la historia girara en torno al abuelo? -sin duda me preguntará-. ¿Por qué no se centró en los personajes principales y dejó unos cuantos detalles sueltos? ¿No le preocupaba que alguien se presentara de repente, rebatiera la historia y contara la verdad?»

Le responderé de la única forma que soy capaz, doctora Rose: «Tendrá que preguntárselo a mi padre».

21 de agosto

Recuerdo mis primeras clases con Rosemary Orr: cómo mi impaciencia choca con su obsesión por los detalles minuciosos. «Encuentra la postura, estimado Gideon. Encuentra la postura», me dice. Y con un violín de dieciseisavo entre la barbilla y el hombro -porque en aquella época ése era el instrumento más pequeño que se podía conseguir-soporto las continuas correcciones que la señorita Orr hace de mi postura. Me arquea los dedos sobre el diapasón; me hace tensar la muñeca izquierda; me coge del hombro para que mueva bien el arco; me endereza la espalda y usa un largo puntero para darme golpecitos en la entrepierna cuando quiere que cambie de postura. Mientras toco -cuando por fin me permite hacerlo-su voz no cesa de sonar entre las escalas y los arpegios que al principio me hace tocar. «Espalda recta, hombros caídos, Gideon querido. El pulgar bajo esta parte del arco, no bajo la parte plateada, por favor, y no lo pongas a un lado. Todo el brazo hace el movimiento ascendente del arco. Son golpes largos e independientes. ¡No, no! Estás usando la parte corpulenta de los dedos, querido.» Continuamente me hace tocar una nota y me prepara para la siguiente. Vamos haciendo este ejercicio sin parar hasta que está satisfecha y todas las partes corporales que son extensiones de la mano derecha -es decir, la muñeca, el codo, el brazo y el omoplato- se mueven al compás del arco cual eje y rueda, y todo el cuerpo hace que el arco se mueva en la dirección correcta.

Aprendo que los dedos deben moverse independientemente uno del otro. Aprendo a encontrar ese punto de equilibrio en el diapasón que luego permitirá que mis dedos se muevan con rapidez, como si volaran en el aire, de una posición a otra de las cuerdas. Aprendo a escuchar y a distinguir el tono vibrante de mi instrumento. Aprendo a mover el arco arriba y abajo, el justo medio, staccato y legato, sul tasto y sul ponticello.

En resumen, aprendo método, teoría y principios, pero lo que no aprendo es lo que anhelo aprender: cómo quebrar el espíritu para producir el sonido.

Continúo con la señorita Rosemary Orr los dieciocho meses siguientes, pero pronto me canso de los ejercicios monótonos que ocupan mi tiempo. No eran ejercicios repetitivos lo que precisamente oí saliendo de su ventana ese día que estaba en la plaza, y despotrico cada vez que tengo que hacerlos. Oigo como la señorita Orr se excusa ante mi padre: «Después de todo, es un niño muy pequeño. No es de extrañar, pues, que a su edad el interés no le haya durado mucho tiempo». Sin embargo, mi padre -que en ese momento ya tiene dos trabajos para poder mantener a la familia de Kensington Square- no ha asistido a las clases que recibo tres veces por semana y, por lo tanto, es incapaz de comprender cómo me está desangrando la música que amo.

Mi abuelo, no obstante, ha permanecido junto a mí, ya que durante los dieciocho meses que he ido a clase con la señorita Orr no ha sufrido nada parecido a un episodio. Así pues, me ha llevado a clase, me ha escuchado desde una esquina de la sala, y si además tenemos en cuenta que ha observado la forma y el contenido de las clases con sus penetrantes ojos y que está sediento de Paganini, ha llegado a la conclusión de que el talento prodigioso de su nieto está siendo retenido, y que no está siendo educado por la bienintencionada Rosemary Orr.

«Quiere hacer música, maldita sea -le grita mi abuelo a mi padre cuando hablan del tema-. El niño es un artista de verdad, Dick, y si eres incapaz de ver lo que tienes delante de tus mismísimas narices, ni tienes cerebro ni eres hijo mío. ¿Alimentarías a un purasangre con comida para cerdos? Creo que no, Richard.»

Quizá mi padre acabe cooperando por miedo, miedo a que mi abuelo sufra otro episodio si él no consiente en su plan. Además, mi abuelo se encarga bien pronto de hacerlo manifiesto: vivimos en Kensington, no muy lejos del Royal College of Music, y es allí donde podrán encontrar a un profesor de violín adecuado para su nieto Gideon.

Así es como mi abuelo se convierte en mi salvador y en el portavoz de mis sueños ocultos. Así es como Raphael Robson entra en mi vida.

22 de agosto

Tengo cuatro años y seis meses de edad, y aunque ahora sé que en aquella época Raphael debía de tener tan sólo unos treinta años, para mí es una figura distante y temible, y que disfruta de mi obediencia más absoluta desde el primer momento en que nos conocemos.

No es una figura agradable de ver. Suda copiosamente. Le veo el cráneo a través de su pelo ralo de bebé. Tiene la piel del mismo tono blanquecino que los peces de río y está llena de manchas por haber pasado demasiado tiempo al sol. Pero cuando Raphael coge el violín y empieza a tocar para mí -porque es así como nos presentamos-la apariencia que pueda tener pierde toda importancia, y me convierto en barro para que me pueda moldear. Escoge el Concierto en mi Menor de Mendelssohn, y entrega su cuerpo entero a la música.

No toca notas, sino que existe entre los sonidos. Los fuegos artificiales de alegro que produce con su instrumento me hipnotizan. En un instante se ha transformado. Ya no es el hombre sudoroso con manchas en la piel y que toma pastillas para la tos, sino Merlín, y quiero su magia para mí.

Me doy cuenta de que Raphael no enseña ningún método, y cuando habla con mi abuelo le dice: «Es tarea del violinista desarrollar su propio método». Improvisa ejercicios para mí. Él me guía y yo le sigo. «Aprovecha la ocasión -me ordena mientras deja de tocar y observa cómo lo hago-. Enriquece ese vibrato. No tengas miedo de hacer portamento, Gideon. Deslízalo. Haz que fluya. Desrízalo.»

Así es como empiezo mi verdadera vida de violinista, doctora Rose, porque todo lo que aconteció con la señorita Orr era tan sólo un preludio. Al principio recibo tres clases a la semana, luego cuatro, y después cinco. Cada clase dura tres horas. Primero voy al despacho de Raphael, ubicado en el Royal College of Music, y mi abuelo y yo cogemos el autobús en Kensington High Street. Pero el hecho de que mi abuelo tenga que esperar tantas horas a que yo acabe las clases supone un problema; además, todo el mundo teme que, tarde o temprano, mi abuelo sufra otro episodio sin que mi abuela esté presente para poder ayudarle. Así pues, a la larga, se dispone que Raphael Robson venga a casa.

El coste, evidentemente, es enorme. Uno no puede pedirle a un violinista del calibre de Raphael que dedique su tiempo de profesor a un joven alumno sin recompensarle por el viaje, por las horas que ha dejado de enseñar a otros alumnos, y por el tiempo que cada vez me dedicará más a mí. Después de todo, el hombre no puede vivir del amor que siente por la música. Y aunque Raphael no tiene que mantener a ninguna familia, sí que tiene que alimentarse y pagar el alquiler; por lo tanto, debe conseguirse el dinero de una forma u otra para que Raphael no tenga necesidad de reducir la cantidad de horas que me dedica.

Mi padre ya tiene dos trabajos. Mi abuelo recibe una pequeña pensión de un gobierno que se siente agradecido por el sacrificio de su salud mental en época de guerra, y con el objetivo de conservar esa salud mis abuelos nunca se han trasladado a barrios más baratos y difíciles en la época de posguerra. Han reducido los gastos al mínimo, han alquilado habitaciones a inquilinos, y han compartido con mi padre los gastos y el trabajo que acarrea llevar una casa de esas dimensiones. Pero no tenían previsto tener un niño prodigio en la familia -así es como mi abuelo se empeña en llamarme-ni habían calculado los gastos que supondría educar a ese niño prodigio para que pudiera desarrollar su potencial.

No se lo pongo fácil. Cada vez que Raphael sugiere que hagamos alguna otra clase, que pasemos una, dos o tres horas más con nuestros instrumentos, expreso con entusiasmo hasta qué punto necesito esas clases de más. Ven cómo prospero bajo la tutela de Raphael: cuando entra en casa, yo ya estoy a punto, con el instrumento en una mano y el arco en la otra.

Así pues, se tiene que buscar una solución para que yo pueda recibir mis clases, y mi madre es la que se encarga de hacerlo.

Capítulo 1

Fue la promesa de una caricia -reservada para él, pero dada a otro-lo que hizo que Ted Wiley saliera esa noche. Lo había visto desde la ventana y, aunque no se había propuesto espiar, lo había hecho de todos modos. La hora: pasaban unos pocos minutos de la una. El lugar: Friday Street, Henley-on-Thames, a tan sólo unos cuarenta y cinco metros del río, y delante de la casa de ella, de la que habían salido hacía un momento, teniendo que agachar la cabeza para no chocarse con un dintel que habían colocado en el edificio siglos atrás, cuando hombres y mujeres eran más bajos y sus vidas estaban mejor definidas.

A Ted Wiley le gustaba eso: que los papeles estuvieran claros. A ella no le gustaba. Si Ted aún no había comprendido hasta entonces que sería difícil calificar a Eugenie de su mujer y colocarla en la categoría adecuada de su vida, Ted, sin lugar a dudas, se percató de ello cuando les vio a los dos -a Eugenie y a ese extraño delgaducho- abrazados en la acera.

«Es un escándalo -pensó-. Eugenie quiere que lo vea. Quiere que vea cómo lo abraza, cómo tuerce la palma de la mano para describir la forma de su mejilla mientras él se aleja. ¡Que Dios la maldiga! Quiere que lo vea.»

Era evidente que aquello era un sofisma, y si el abrazo y la caricia se hubieran producido a una hora más razonable, Ted se hubiera disuadido a sí mismo del siniestro rumbo que su mente había empezado a coger. Habría pensado: «No puede significar nada si está en medio de la calle, en público, bajo los rayos de luz de la ventana de su propia sala de estar, bajo la luz de otoño y delante de Dios, de todo el mundo y, principalmente, de mí… El hecho de que toque a un extraño no debe de tener ninguna importancia porque sabe con qué facilidad puedo verla…». Pero en vez de pensar todo eso, lo que implicaba que un hombre saliera de casa de una mujer a la una de la madrugada llenó la cabeza de Ted cual gas nocivo, cuyo volumen no cesó de aumentar en los siete días siguientes en los que él -ansioso e interpretando cualquier gesto y matiz esperaba que ella le dijera: «Ted, ¿te he contado que mi hermano -o mi primo o mi padre o mi tío o el arquitecto homosexual que va a construir otra habitación en lo alto de la casa- pasó un momento a hablar conmigo la otra noche? No paró de hablar hasta altas horas de la madrugada y pensé que nunca iba a marcharse. A propósito, quizá nos vieras delante de la puerta de mi casa si estabas escondido tras las cortinas de la ventana, tal y como te ha dado por hacer últimamente». Excepto que, evidentemente, no había ningún hermano ni primo ni tío ni padre de los que Ted conociera la existencia, y si había algún arquitecto homosexual, Eugenie todavía no se lo había contado.

Lo único que le había oído decir, con nervios en el estómago, era que tenía que contarle algo importante. Cuando le había preguntado de qué se trataba y había pensado que le gustaría que se lo contara de inmediato, por mucho que le supusiera un golpe mortal, ella le había respondido: «Pronto. Aún no estoy preparada para confesarte mis pecados». Le había acariciado la mejilla con la palma de la mano. Sí, sí, de la misma forma. La misma caricia.

Así pues, a las nueve en punto de una noche lluviosa de noviembre, Ted Wiley le puso el collar a su viejo perro perdiguero y decidió que le iría bien un paseo. Le dijo al perro -cuya artritis y aversión a la lluvia hacía que no fuera el más colaborador de los paseantes-que llegarían hasta el final de Friday Street, que avanzarían unos metros más allá por Albert Road, y que si por casualidad se encontraban a Eugenie saliendo del Club para Mayores de 6o Años -donde el Comité de Gala de la Fiesta de Nochevieja aún estaba reunido para decidir el menú de los festejos venideros- sería simplemente eso: una coincidencia y una oportunidad casual para hablar un rato. Era obvio que todos los perros necesitaban dar un paseo antes de ir a dormir. Nadie podía discutírselo ni acusarle de nada.

El perro -bautizado ridículamente, aunque con cariño, con el nombre de Bebé Precioso por la difunta esposa de Ted, y llamado BP por éste-se detuvo ante la puerta y parpadeó mientras contemplaba la calle; la lluvia de otoño caía a ráfagas continuas que presagiaban una tormenta larga y fría. Empezó a ponerse en posición de cuclillas, y habría conseguido sentarse en esa posición si Ted no le hubiera arrastrado hasta la acera con la desesperación de un hombre que no piensa permitir que le frustren los planes.

«Vamos, BP», le ordenó, a medida que tiraba de la correa para que el collar le tensara el cuello. El perro reconoció tanto el tono como el gesto. Con un suspiro bronquítico que llenó el húmedo aire de la noche con una ráfaga de aliento perruno, el perro avanzó, desconsolado y con dificultad, hacia la lluvia.

El tiempo era horroroso, pero él no podía hacer nada por cambiarlo. Además, el viejo perro necesitaba un paseo. Se había vuelto muy perezoso en los cinco años que habían pasado desde la muerte de su dueña, y Ted no había hecho mucho para que se mantuviera en forma. Bien, eso estaba a punto de cambiar. Le había prometido a Connie que cuidaría del perro, y así lo haría, con un nuevo régimen que empezaría esa misma noche. «Se ha acabado eso de ir husmeando en el jardín trasero antes de ir a dormir, amigo mío -le dijo en silencio a BP-. A partir de ahora, paseos y nada más.»

Comprobó dos veces que la puerta de la librería estuviera bien cerrada, y se ajustó el cuello de su vieja chaqueta impermeabilizada para protegerse de la humedad y del frío. Tan pronto como salió por la puerta y la primera salpicadura de agua le mojó el cuello, cayó en la cuenta de que debería de haber cogido un paraguas. Una gorra de visera no le protegía lo suficiente, por muy bien que le quedara. «Pero ¿por qué demonios se preocupaba de lo que le quedaba bien?», pensó. ¡Por todos los santos! Si un día de esos alguien consiguiera penetrar en su mente, lo único que encontraría sería telas de araña y madera podrida a la deriva.

Ted carraspeó, escupió en el suelo y empezó a darse ánimos a sí mismo a medida que él y el perro avanzaban con dificultad por delante del edificio de Infantería de Marina, en cuyo tejado una alcantarilla rota despedía agua de lluvia formando un penacho plateado. Era un buen partido, se dijo a sí mismo. Comandante Ted Wiley, retirado del ejército y viudo después de cuarenta y dos años de feliz matrimonio; era un buen partido para cualquier mujer. En Henley-on-Thames, ¿no eran tan escasos los buenos hombres como los diamantes en bruto? Así era. ¿Y no eran aún más escasos los hombres que no tuvieran repugnantes pelos en la nariz, cejas excesivamente pobladas y abundante pelo en las orejas? Sí, y otra vez sí. ¿No era verdad que los hombres limpios, en plenas facultades mentales, con una salud excelente, diestros en la cocina, y dispuestos a amar a sus mujeres eran tan poco frecuentes en la ciudad que cada vez que se dignaban a hacer acto de presencia en una reunión social eran víctimas de algo parecido a una locura colectiva?

¡Y tanto que lo eran! Además, él era uno de ellos. Todo el mundo lo sabía.

Eugenie incluida, se recordó a sí mismo.

¿No le había dicho en más de una ocasión: «Eres un buen hombre, Ted Wiley»? Sí, lo había hecho.

¿No había pasado los tres últimos años aceptando con gusto su compañía y disfrutando de ella? Sí, lo había hecho.

¿No había sonreído, no se había sonrojado y había apartado la mirada el día que fueron a visitar a su madre a la residencia de ancianos Quiet Pines cuando oyó que ésta declaraba con su característico tono de voz irritante y arrogante: «Me gustaría veros casados antes de morir. ¿Me habéis entendido?»? Sí, sí y sí. Lo había hecho.

Entonces, ¿qué significaba una caricia en el rostro de un extraño comparado con todo esto? ¿Por qué no se lo podía borrar de la mente, como si se le hubiera convertido en algo permanente y no en lo que en realidad era: un recuerdo desagradable que ni siquiera habría tenido si no hubiera empezado a observar, a preguntar, a espiar, a querer saber, a insistir en atrancar las escotillas de su vida, como si no fuera su propia vida, sino un buque de vela que pudiera perder el cargamento si no estaba alerta?

Eugenie era la respuesta a todo eso: Eugenie, cuyo cuerpo sumamente delgado pedía protección; cuyo bonito pelo -muy canoso pero con bellos mechones grises-pedía ser liberado de los pasadores que lo sujetaban; cuyos vidriosos ojos pasaban del azul al verde y al gris y de nuevo al azul, pero siempre cautelosos; cuya modesta, pero provocativa feminidad, despertaba en Ted un interés en la ingle que le incitaba a llevar a cabo una acción que había sido incapaz de hacer desde la muerte de Connie; Eugenie era la respuesta.

Él era el hombre adecuado para Eugenie: el hombre que la protegería y que la devolvería a la vida, porque todas aquellas cosas que habían quedado por decir durante esos tres años demostraban hasta qué punto Eugenie se había estado negando a sí misma la posibilidad de relacionarse con hombres. Aun así, esa negativa se había manifestado abiertamente la primera vez que él la había invitado a tomar una copa de jerez en el Catherine Wheel.

«¿Por qué hace años que no sale con ningún hombre?», se había preguntado Ted Wiley al ver la reacción de aturdimiento que había tenido al oír su invitación.

Ahora quizá lo supiera. Tenía secretos para él, eso era. «Tengo que contarte algo importante, Ted. Pecados por confesar», le había dicho. Pecados.

Bien, no se le ocurría un momento mejor que el presente para oír lo que Eugenie tenía que contarle.

Ted esperó a que el semáforo del final de Friday Street cambiara de color, con BP temblando junto a él. Duke Street era la carretera principal en dirección a Reading o Marlow y, como tal, estaba repleta de todo tipo de vehículos que cruzaban la ciudad con estruendo. Una noche lluviosa como ésa no hacía que el tráfico disminuyera, ya que, tristemente, la sociedad cada vez confiaba más en los coches y, lo que era peor, estaba deseosa de llevar un estilo de vida que implicara trabajar en la ciudad y vivir en el campo. En consecuencia, incluso a las nueve de la noche, coches y camiones avanzaban entre los charcos de la carretera mojada, mientras sus faros formaban abanicos de colores rojizos que se reflejaban en las ventanas y en los remansos de agua estancada.

«Demasiada gente yendo a demasiados sitios», pensó Ted de mal humor. Demasiada gente que no tiene la más remota idea de por qué se toma la vida con tanta prisa.

El semáforo cambió de color; Ted cruzó la calle y recorrió la pequeña distancia que lo separaba de Grey Road con BP avanzando a trompicones junto a él. A pesar de que no habían andado ni siquiera cuatrocientos metros, el viejo perro no paraba de jadear, por lo que Ted se detuvo junto a la entrada de Antigüedades Mirabelle para que el pobre perro pudiera recobrar el aliento. Le tranquilizó diciéndole que estaban a punto de llegar y que estaba seguro de que era capaz de avanzar unos metros más hasta llegar a Albert Road.

Un aparcamiento hacía las funciones de patio del Club para Mayores de 6o Años, una organización que se ocupaba de las necesidades sociales de la comunidad, cada vez mayor, de jubilados de Henley. Allí trabajaba Eugenie de directora, y allí la había conocido Ted después de haberse mudado a la ciudad cuando ya no podía soportar vivir en Maidstone a causa de los recuerdos de la prolongada agonía de su esposa.

– ¡Comandante Wiley, qué maravilla! También vive en Friday Street -le había dicho Eugenie mientras repasaba su solicitud de ingreso-. Usted y yo somos vecinos. Yo estoy en el número sesenta y cinco. ¿Conoce la casa rosa? ¿Doll Cottage? Pues yo hace años que vivo allí, y usted debe de…

– En la librería -le había respondido-. Al otro lado de la calle. Sí, el piso está justo encima. No tenía ni idea… Quiero decir que no la había visto por allí.

– Siempre me marcho temprano y regreso tarde. No obstante, conozco la librería. He estado ahí muchas veces. Como mínimo, cuando su madre se encargaba de ella. Antes de la apoplejía, quiero decir. Ahora ya se encuentra bien. ¡Estupendo! Cada vez está mejor, ¿no es verdad?

En un principio pensó que Eugenie se lo estaba preguntando, pero luego se dio cuenta de que en realidad sólo estaba afirmando la información que ya sabía. También se percató de que ya la había visto antes: en la residencia de ancianos Quiet Pines, a la que Ted iba tres veces a la semana para visitar a su madre. Eugenie trabajaba de voluntaria por las mañanas y los pacientes se referían a ella como a «nuestro ángel». O, por lo menos, eso era lo que le había dicho su madre un día que miraban juntos cómo Eugenie entraba en una de las diminutas habitaciones con un pañal para adultos doblado por encima de la muñeca.

– No tiene ningún familiar aquí, y la residencia no le paga ni un penique, Ted.

– Entonces, ¿por qué? -había querido saber Ted-. ¿Por qué?

«Secretos -pensaba ahora-. Secretos y aguas tranquilas.»

Se quedó mirando al perro, que se había agachado junto a él, fuera del alcance de la lluvia y dispuesto a dormir siempre que se le presentara la oportunidad. «Venga, BP. Ya no queda mucho», le había dicho mientras observaba la calle a través de los árboles pelados y se daba cuenta de que tampoco les quedaba mucho tiempo.

Desde donde él y el perro se resguardaban de la lluvia, vio cómo los miembros del Comité de Gala de Nochevieja salían del club. Mientras los miembros del Comité abrían sus paraguas y pisaban los charcos como si fueran aficionados a la cuerda floja, se iban dando las buenas noches con una alegría tal que hacía pensar que habían conseguido ponerse de acuerdo en el menú. Seguro que Eugenie estaba satisfecha. Si estaba satisfecha no cabía ninguna duda de que se sentiría efusiva y de que estaría dispuesta a hablar con él.

Ted cruzó la calle, impaciente por encontrarse con ella, con el perro perdiguero tras él. Llegó a la pequeña pared que separaba la acera del aparcamiento en el preciso instante en que el último de los miembros se alejaba en su coche. Las luces del club se apagaron y la puerta de entrada quedó bañada en sombras. Un momento después, Eugenie en persona se adentró en la vaporosa penumbra que había entre el edificio y el aparcamiento, intentando abrir un paraguas negro. Ted abrió la boca para pronunciar su nombre, para vocear una cordial salutación y para ofrecerse personalmente a escoltarla hasta casa. «No son horas para que una mujer encantadora vaya sola por la calle, querida. ¿Le gustaría cogerse del brazo de un ferviente admirador? Me temo que con perro incluido. BP y yo hemos salido para hacer el último reconocimiento de la ciudad.»

Podría haber dicho todo esto, y de hecho estaba cogiendo aire para hacerlo cuando de repente lo oyó. Una voz de hombre llamó a Eugenie, y ésta se volvió hacia la izquierda. Ted miró en la lejanía y vio a una figura que salía de un turismo de color oscuro. A pesar de estar iluminado por una de las farolas que estaban esparcidas por el aparcamiento, se hallaba prácticamente en la oscuridad. No obstante, la forma de la cabeza y esa nariz de gaviota fueron suficiente para indicarle que el visitante de la una de la mañana había regresado a la ciudad.

El extraño se acercó a Eugenie. Ella no se movió. En el cambio de luz, Ted pudo ver que se trataba de un hombre mayor -quizá debía de tener la misma edad que él-, con el pelo totalmente cano, peinado hacia atrás y cayéndole hasta el cuello doblado de un Burberry.

Empezaron a hablar. Él le cogió el paraguas, lo sostuvo por encima de ellos y le habló con urgencia. Debía de ser unos veinte centímetros más alto que Eugenie; por lo tanto, tenía que agacharse para hablarle. Ella alzó el rostro para oírle mejor. Ted hizo un esfuerzo por oír lo que decía, pero sólo consiguió oír: «Tienes que hacerlo, ¿mis rodillas, Eugenie?», y por fin, en voz alta: «Por qué no quieres darte cuenta de que…», frase que Eugenie interrumpió susurrando algo con dulzura y colocándole la mano en el brazo. «¿Y tú me dices eso?», fueron las últimas palabras del hombre que Ted consiguió oír antes de que el extraño apartara la mano de Eugenie con brusquedad, le lanzara el paraguas encima y se dirigiera ofendido hacia el coche. En ese momento, Ted exhaló una bocanada de alivio en el frío aire de la noche.

Fue una liberación momentánea. Eugenie siguió al extraño y lo detuvo en el instante en que éste abría con fuerza la puerta del vehículo. Ella continuó hablando, a pesar de que la puerta los separaba. Sin embargo, su oyente apartó el rostro y gritó: «¡No, no!». Entonces Eugenie alargó la mano e intentó acariciarle la mejilla. Parecía que quisiera acercarlo hacia ella, sin tener en cuenta la puerta que los separaba cual escudo.

En realidad, esa puerta era tan eficaz como un escudo, ya que el extraño escapó a todas las caricias que Eugenie quería prodigarle. Se sentó con rapidez, cerró la puerta de golpe y al poner el motor en marcha hizo tanto ruido que el sonido retumbó en los edificios de las tres esquinas del aparcamiento.

Eugenie se apartó. El coche dio marcha atrás. Las marchas rechinaban cual animal que está siendo descuartizado. Los neumáticos giraban con dificultad sobre el suelo mojado. El caucho entró en contacto con el asfalto y emitió un sonido parecido al desespero.

Otro rugido y el coche se dirigía a toda velocidad hacia la salida. Apenas a seis metros de distancia de donde Ted los observaba al abrigo de un árbol resinoso, el Audi -ya que ahora se encontraba lo bastante cerca para que Ted pudiera distinguir los círculos cuádruples del capó-se desvió con brusquedad hacia la calle, parándose tan sólo un breve momento para ver si había coches en la carretera. Antes de que el Audi girara a la izquierda con rumbo a Duke Street y de que luego virara hacia la derecha con dirección a Reading Road, Ted sólo tuvo tiempo de vislumbrar un rostro retorcido por la emoción. Ted lo siguió con la mirada, intentando descubrir el número de matrícula e intentando determinar si había escogido un mal momento para encontrarse con Eugenie.

Sin embargo, no le quedaba mucho tiempo para decidir si regresaba a casa o hacía ver que acababa de llegar. Eugenie se encontraría con él dentro de treinta segundos o menos.

Observó el perro, que había aprovechado la oportunidad para tumbarse bajo el árbol resinoso, donde yacía hecho un ovillo, con la manifiesta y martirizada resolución de dormir bajo la lluvia. Ted se cuestionó hasta qué punto podría intentar convencer a BP para que empezara a moverse y poder salir de allí antes de que Eugenie llegara al extremo del aparcamiento. La verdad es que no lo veía muy probable. Por lo tanto, le haría creer a Eugenie que él y el perro acababan de llegar.

Se puso recto y tiró de la correa. Pero, mientras lo hacía, cayó en la cuenta de que Eugenie no se dirigía hacia él, sino que avanzaba en dirección contraria, hacia una calle peatonal entre edificios que llevaba a Market Place. ¿Adónde diablos iba?

Ted se apresuró tras ella; iba a una velocidad que BP no tenía ningún interés en seguir, pero no le quedaba más remedio, a no ser que quisiera correr el riesgo de morir estrangulado. Delante de él, Eugenie era una oscura figura: el impermeable negro, las botas negras y el paraguas negro hacían que Eugenie no fuera fácil de seguir en una noche lluviosa.

Giró a la derecha en Market Place, y Ted se preguntó por segunda vez adónde iría. A esas horas las tiendas ya estaban cerradas, y Eugenie no solía ir de bares sola.

Ted tuvo que soportar un momento de agonía mientras BP hacía sus necesidades junto a un bordillo. La enorme vejiga de BP era toda una leyenda, y Ted estaba convencido de que mientras esperara a que BP vaciara esa charca de orina humeante en la acera, perdería de vista a Eugenie en Market Place Mews o en Market Lane cuando ésta empezara a ir calle abajo. Pero después de un vistazo rápido a ambos lados de la calle vio que ella seguía por el mismo camino, en dirección al río. Después de pasar por Duke Street, cruzó hasta Hart Street, y en ese momento Ted empezó a pensar que sencillamente estaba regresando a casa por el camino más largo a pesar del mal tiempo que hacía. Pero luego se encaminó hacia las puertas de St. Mary the Virgin, cuya hermosa torre almenada formaba parte de la espectacular vista desde el río por la que Henley era tan famosa.

No obstante, Eugenie no había ido hasta allí para admirar las vistas, ya que entró en la iglesia a toda velocidad.

«¡Maldita sea!», refunfuñó Ted. ¿Qué iba a hacer ahora? En verdad, no podía entrar en la iglesia con el perro. Y esperarla bajo la lluvia tampoco le parecía una idea muy atrayente. Aunque atara al perro a una farola y se uniera a ella en sus oraciones -si es que había ido hasta allí para rezar-tampoco podría hacerle creer que había sido un encuentro fortuito, ya que pasaban de las nueve de la noche y a esas horas no había servicio religioso. Y aunque hubiera habido misa, Eugenie sabía que él no era muy aficionado a ir a la iglesia. Por lo tanto, ¿qué podía hacer a excepción de dar la vuelta y regresar a casa como un idiota enfermo de amor? Continuamente recordaba el momento del aparcamiento en el que ella le había acariciado de nuevo; otra vez esa caricia…

Ted sacudió la cabeza con energía. No podía seguir así. Por muy malo que fuera, tenía que saberlo. Debía averiguarlo esa misma noche.

A la izquierda de la iglesia, el cementerio formaba una especie de triángulo de plantas empapadas y que quedaba dividido por un sendero que conducía a una hilera de viejas casas de beneficencia cuyas ventanas titilaban radiantemente en la oscuridad. Ted llevó a BP en esa dirección y decidió que iba a aprovechar el tiempo que Eugenie permaneciera dentro de la iglesia para ordenar las ideas y preparar lo que le iba a decir.

«Mira este perro, gordo como un cerdo -le diría-. Hemos empezado un nuevo plan de adelgazamiento. El veterinario dice que si sigue así le fallará el corazón, así que aquí estamos y aquí estaremos cada noche a partir de hoy, salvando los obstáculos de la ciudad. ¿Podemos regresar a casa juntos? Porque vas a casa, ¿verdad? Estás dispuesta a hablar, ¿no es así? ¿Podríamos hablar bien pronto? Porque no sé cuánto tiempo podré resistir preguntándome qué quieres contarme.»

El problema estaba en que él había decidido por ella, en que él había tomado esa decisión sin saber si ella también lo había hecho. En los cinco años que habían pasado desde la muerte de Connie, nunca había tenido que perseguir a una mujer dado que las mujeres ya se habían encargado de perseguirle a él. Y aunque eso le hubiera mostrado lo poco que le gustaba que le persiguieran -era una maldición porque ¿cuándo se habían vuelto las mujeres tan condenadamente agresivas?, se preguntaba- y aunque lo que había resultado de esas persecuciones era casi siempre una presión para actuar en unas circunstancias que siempre le habían desanimado, debía confesar que se había sentido muy halagado al averiguar que el viejo chico aún tenía el don y que, además, estaba muy solicitado.

Pero Eugenie no le pedía nada, y eso hacía que Ted se preguntara si era lo bastante hombre para las demás mujeres -aunque de forma superficial-, pero si no lo era para Eugenie, por el motivo que fuera.

¡Maldición! ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué se sentía como un adolescente que nunca ha tenido relaciones sexuales? Decidió que era debido a los fracasos que había tenido con otras mujeres, pero que nunca había tenido con Connie.

– Deberías ver a un doctor y contarle ese pequeño problema que tienes -le había dicho la piraña esa de Georgia Ramsbottom mientras apartaba su flaco cuerpo de su cama y se ponía la bata de franela-. No es normal, Ted, y menos para un hombre de tu edad. ¿Cuántos años tienes? ¿Sesenta? De verdad que no es normal.

«Sesenta y ocho -pensó-. Y con un trozo de carne entre las piernas que permanecía inerte a pesar de las ayudas más apasionadas.»

Sin embargo, eso sucedía porque le perseguían. Si tan sólo le hubieran permitido hacer lo que la naturaleza dicta al hombre -es decir, ser el cazador y no la presa-entonces todo habría funcionado con normalidad. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Necesitaba saberlo.

Un repentino movimiento en uno de los cuadrados de luz de las casas de beneficencia atrajo su atención. Ted echó un vistazo en esa dirección y vio que alguien había entrado en la habitación. Era una mujer, y mientras Ted la observaba con curiosidad, se sorprendió al ver que la mujer había empezado a quitarse el suéter rojo que llevaba, pasándoselo por la cabeza y dejándolo caer al suelo.

Miró a ambos lados de la calle. Sintió que las mejillas le ardían, a pesar de que estaba lloviendo a cántaros. Era extraño que algunas personas no supieran cómo funcionaba una ventana iluminada por la noche. Como no podían ver el exterior, se imaginaban que nadie les podía ver a ellos. Los niños también eran así. Ted tuvo que enseñar a sus tres hijas a correr las cortinas antes de desvestirse. Pero si nadie enseñaba a los niños a hacerlo… le parecía raro que cierta gente no lo supiera.

Le echó una mirada furtiva. La mujer se había quitado el sujetador. Ted tragó saliva. A pesar de ir atado, BP había comenzado a husmear la hierba que bordeaba el sendero del cementerio y, de forma inocente, se dirigía hacia las casas de beneficencia.

«Suelta la correa. No irá lejos.» Pero en vez de hacerlo, Ted le siguió con la correa entrelazada entre los dedos.

La mujer de la ventana empezó a peinarse. Cada vez que se pasaba el peine los pechos le subían y le bajaban. Tenía los pezones tensos, con profundas aureolas color castaño a su alrededor. Al verlos, Ted clavó los ojos en esos pechos como si fueran lo que había estado esperando toda la noche y todas las noches anteriores a ésa; Ted sintió el incipiente deseo en su ser, y después el gratificante torrente de sangre seguido del latido de la vida.

Suspiró. No le pasaba nada. Nada en absoluto. El problema radicaba en que se había sentido perseguido. Perseguir -y después pedir y obtener-era la única solución.

Estiró la correa de BP para que éste no siguiera avanzando. Se sentó a observar la mujer de la ventana y a esperar a su Eugenie.

En la capilla de St. Mary the Virgin, Eugenie no rezó, sino que esperó. Hacía años que no cruzaba el umbral de un edificio de culto, y la única razón por la que lo había hecho esa noche era para librarse de la conversación que le había prometido a Ted.

Sabía que la estaba siguiendo. No era la primera vez que había salido del club para encontrarse con la silueta de Ted bajo los árboles de la calle, pero era la primera vez que no estaba dispuesta a hablar con él. Así pues, aunque lo podría haber hecho, no se había dirigido hacia Ted en un momento en que habría tenido que explicarle lo que acababa de presenciar en el aparcamiento. En vez de hacerlo, se encaminó hacia Market Place sin tener ni la más mínima idea de adónde se dirigía.

Cuando sus ojos se posaron en la iglesia, decidió entrar y adoptar una actitud de súplica. Durante los primeros cinco minutos que permaneció en la capilla, incluso se arrodilló en uno de los polvorientos cojines, contempló la estatua de la Virgen y esperó a que las familiares palabras de devoción acudieran a su mente. Sin embargo, no lo consiguió. Tenía la cabeza llena de demasiados obstáculos para poder rezar: viejas discusiones y acusaciones, viejas fidelidades y pecados perpetrados en su nombre, contratiempos actuales con sus respectivas implicaciones, consecuencias futuras si en ese momento cometía un error.

En el pasado, había dado suficientes pasos en falso para arruinar la vida de muchísimas personas. Hacía ya mucho tiempo que había aprendido que llevar a cabo una acción era como tirar una piedra en aguas tranquilas: los círculos concéntricos que forma la piedra pueden atenuarse, pero siguen existiendo.

Cuando Eugenie vio que era incapaz de rezar, se puso en pie. Se sentó con los pies sobre el suelo y se dedicó a examinar el rostro de la estatua. «No lo perdiste por propia elección, ¿verdad? -le preguntó a la Virgen en voz baja-. Entonces, ¿cómo puedo pedirte que me comprendas? Y aunque lo entendieras, ¿qué mediación te puedo pedir que hagas por mí? No puedes hacer que el tiempo retroceda. No puedes deshacer lo que ya está hecho, ¿verdad? No puedes devolver la vida a lo que está muerto y desaparecido, porque si pudieras, ya lo habrías hecho para ahorrarte la tortura de Su asesinato.

«Aunque nunca dicen que fue un asesinato, ¿no es verdad? Dicen que fue un sacrificio por una causa más grande. Es dar la vida por algo mucho más importante que la vida en sí. Como si algo pudiera ser…»

Eugenie apoyó los codos en los muslos y descansó la frente sobre las palmas de las manos. Si tenía que creer lo que su antigua religión le enseñó a creer, entonces la Virgen María habría sabido desde un buen principio lo que se esperaba de ella. Habría comprendido perfectamente que el niño que estaba criando le sería arrancado de este mundo cuando éste estuviera en la flor de la vida. Vilipendiado, apaleado, ultrajado y sacrificado, moriría ignominiosamente y ella estaría allí para presenciarlo. La fe sería la única seguridad que tendría de que Su muerte significaría algo mucho más trascendente de lo que implicaba que le escupieran a la cara y que lo clavaran en una cruz entre dos vulgares criminales. Porque, aunque la tradición religiosa cuenta que se le apareció un ángel para comunicarle los acontecimientos venideros, ¿quién podría en verdad hacer un esfuerzo mental tan grande para comprenderlo?

Así pues, tuvo que confiar en su fe ciega de que en alguna parte existía algo más grande. No en vida ni en vida de los nietos que nunca tendría. Pero allí. En alguna parte. Bastante real. Allí.

Evidentemente, todavía no había sucedido. Dos mil brutales años después, la humanidad aún estaba esperando que llegara el salvador. ¿Qué debía de pensar la Virgen María, observante y expectante desde su trono en las alturas? ¿Cómo empezó a valorar los beneficios en función del coste?

Durante años los periódicos habían servido para decirle a Eugenie que los beneficios -lo bueno-inclinaba la balanza en contra del precio que ella misma había pagado. Pero ahora ya no estaba tan segura. La Bondad Suprema que había creído servir amenazaba con desintegrarse ante ella, cual alfombra tejida cuyo constante deshilachamiento hace que el trabajo que supuso hacerla parezca una burla y ella era la única que podía poner fin a esa desintegración, si se decidía a hacerlo.

El problema era Ted. No se había propuesto intimar con él. Durante mucho tiempo no se había permitido a sí misma acercarse a nadie lo suficiente para poder fomentar intimidades de ninguna clase. Y que en ese momento se sintiera capaz -por no decir que se lo merecía-de establecer contacto con otro ser humano le parecía una forma de orgullo desmesurado que la destrozaría. Aun así, quería intimar con él de todas maneras, como si él fuera el analgésico frente una enfermedad que no se atrevía a designar.

Por lo tanto, se sentó en la iglesia. En parte, porque no quería enfrentarse con Ted Wiley todavía, antes de allanar el camino. En parte, porque aún no poseía las palabras para allanarlo.

«Dime lo que tengo que hacer, Dios -rogó-. Dime lo que tengo que decir.»

Pero Dios permaneció igual de silencioso que en los últimos años. Eugenie metió unas monedas en el platillo y salió de la iglesia.

En la calle, aún llovía sin parar. Abrió el paraguas y se encaminó hacia el río. Mientras se acercaba a la esquina, el viento empezó a arreciar; en el preciso instante en que se detenía para protegerse del viento, éste arremetió con una fuerza inusitada y le dejó el paraguas del revés.

– Déjame que te ayude, Eugenie.

Se dio la vuelta y vio a Ted, con el viejo perro empapado junto a él, el agua goteándole por la nariz y la barbilla. Su chaqueta impermeabilizada brillaba por la humedad, y tenía la gorra pegada a la cabeza.

– ¡Ted! -Fingió e hizo ver que estaba sorprendida-. ¡Pero si estás empapado! ¡Y el pobre BP! ¿Qué haces aquí con tu encantador perro?

Arregló el paraguas y lo sostuvo sobre ambos. Ella le cogió del brazo.

– Hemos empezado un nuevo programa de ejercicios -le contó-. Subimos hasta Market Place, bajamos hasta el jardín de la iglesia, y regresamos a casa cuatro veces al día. ¿Qué haces tú aquí? No acabarás de salir de la iglesia, ¿verdad?

«Sabes que acabo de hacerlo -quería decirle-. Lo que no sabes es el porqué.» Pero en vez de eso, le dijo dulcemente:

– Descansando un poco después de la reunión del Comité. ¿Te acuerdas del Comité de Nochevieja? Les he puesto una fecha límite para que decidan el menú. Como ya debes de saber, se han de pedir muchas cosas, y no podemos tener al abastecedor esperando hasta que ellos se pongan de acuerdo, ¿no crees?

– ¿Te diriges hacia casa?

– Sí.

– ¿Puedo…?

– Ya sabes que sí.

Qué ridículo era: estaban manteniendo una conversación trivial, cuando la cantidad de cosas importantes que tenían que decirse permanecían silenciadas.

«No confías en mí, Ted, ¿no es verdad? ¿Por qué no confías en mí? ¿Cómo podemos fomentar nuestro amor si no nos basamos en la confianza? Sé que estás preocupado porque aún no te he contado lo que te dije que te iba a contar, pero ¿por qué no te conformas por el momento con el hecho de que quiera hacerlo?»

No obstante, en ese momento no podía correr el riesgo de decirle nada. Se lo debía a vínculos más antiguos que los que sentía hacia Ted; por lo tanto, quería ordenar sus ideas antes de expresarlas.

Estuvieron hablando de cosas banales mientras se dirigían hacia el río: cómo les había ido el día, quién había entrado en la librería y cómo le iba a su madre en la residencia. Él estaba efusivo y animado. Ella se mostraba amable, aunque un poco reservada.

– ¿Cansada? -le preguntó cuando llegaron a la puerta de su casa.

– Un poco -admitió-. Ha sido un día muy largo.

Mientras le daba el paraguas, le dijo:

– Entonces no te entretendré más. -Pero su colorado rostro tenía tal gesto de impaciencia que sabía que estaba esperando a que le preguntara si quería entrar a tomar un coñac antes de irse a dormir.

Fue el aprecio que sentía hacia él lo que le hizo contarle la verdad.

– Tengo que ir a Londres, Ted.

– ¿A primera hora de la mañana?

– No, esta misma noche. Tengo una cita.

– ¿Una cita? Con esta lluvia tardarás más de una hora… ¿Has dicho una cita?

– Sí.

– ¿Qué clase de…? Eugenie… -Soltó un bufido. Eugenie oyó que maldecía en voz baja. Y parece ser que BP también lo hizo, porque el viejo perro levantó la cabeza y se quedó mirando a Ted con un gesto de sorpresa. El pobre perro estaba empapado. Como mínimo, gracias a Dios, tenía el pelaje tan grueso como el de un mamut-. Déjame que te lleve -dijo Ted por fin.

– No creo que sea muy buena idea.

– Pero…

Le puso la mano en el brazo para detenerlo, y luego la levantó para tocarle la mejilla, pero él se echó atrás y ella apartó la mano.

– ¿Estás libre mañana por la noche? -le preguntó-. ¿Quieres que quedemos para cenar?

– Ya sabes que sí.

– Entonces cenemos juntos. Aquí mismo. Mañana podremos hablar, si quieres.

Se la quedó mirando con la intención -ella lo sabía- de leer sus pensamientos, pero sin lograrlo. «Ni siquiera lo intentes -quería decirle-. He ensayado demasiado para un papel dramático que tú aún no comprendes.»

Ella lo observó fijamente, a la espera de su respuesta. La luz de la sala de estar se filtró a través de la ventana y reveló un rostro marcado por la edad y por preocupaciones que él no se atrevía a nombrar. Le estaba agradecida porque él no le contaba sus miedos más profundos. El hecho de no saber lo que le asustaba a él le daba el coraje para luchar contra todo lo que le asustaba a ella misma.

Entonces se quitó la gorra, un gesto de humildad que nunca en la vida le hubiera pedido que hiciera. Al hacerlo, su grueso pelo gris quedó expuesto a la lluvia y borró la diminuta sombra que le había ocultado la rubicunda piel de la nariz. Le hacía aparentar lo que era: un hombre mayor. Le hizo sentir lo que ella era en realidad: una mujer que no merecía el amor de un hombre tan bueno.

– Eugenie -dijo-, si crees que no puedes decirme que tú… que tú y yo… que no somos… -Volvió la cabeza hacia la librería del otro lado de la calle.

– No estoy pensando nada -le respondió-. Sólo pienso en Londres y en el viaje en coche hasta allí. Además está lloviendo. No obstante, iré con cuidado. No tienes de qué preocuparte.

Durante un momento pareció satisfecho y tal vez un poco aliviado por la seguridad que parecía transmitir.

– Eres el mundo para mí -le dijo simplemente-. ¿Lo sabes, Eugenie? Eres el mundo entero, y casi todo el día me comporto como un idiota, pero yo…

– Ya lo sé -replicó ella-. Ya lo sé. Mañana hablaremos.

– De acuerdo, entonces. -La besó de una forma extraña; se dio un golpe en la cabeza con la punta del paraguas y lo tiró a un lado.

La lluvia le caía a raudales sobre el rostro. Un coche pasó a toda velocidad por Friday Street. Sintió cómo el agua de los neumáticos le salpicaba los zapatos.

Ted se dio la vuelta y le gritó al vehículo:

– ¡Eh! ¡A ver si conducimos un poco mejor!

– No pasa nada -le replicó-. No es nada, de verdad, Ted.

Se volvió hacia ella y le dijo:

– ¡Maldita sea! ¿No era ese…? -Se detuvo.

– ¿Qué? -preguntó-. ¿Quién?

– Nadie. Nada. -Hizo levantar al perro para que recorriera los pocos metros que faltaban hasta su casa-. Entonces, ¿hablaremos? ¿Mañana? ¿Después de cenar?

– Sí, hablaremos -respondió ella-. Hay mucho de qué hablar.

Tenía pocos preparativos por hacer. Se lavó la cara y se cepilló los dientes. Se peinó y se cubrió la cabeza con un pañuelo azul marino. Se protegió los labios con un pintalabios incoloro y se puso el forro de invierno bajo el impermeable para protegerse del frío. Aparcar en Londres siempre era difícil, y no sabía cuánto tiempo tendría que andar en el frío aire de tormenta antes de llegar a su destino.

Bajó las estrechas escaleras con el impermeable puesto y con un bolso de mano colgándole del brazo. Entró en la cocina y cogió una fotografía enmarcada en un sencillo marco de madera. Era una de las muchísimas fotografías que había esparcidas por toda la casa. Antes de escoger, las había puesto en fila sobre la mesa como si fueran soldados, y allí seguían las restantes.

Abrazó el marco a la altura del pecho. Luego se adentró en la noche.

Tenía el coche aparcado en un patio cubierto, un lugar por el que pagaba cada mes y que estaba calle abajo. El patio estaba detrás de unas vallas eléctricas que habían sido inteligentemente diseñadas para que parecieran formar parte de los edificios con entramados de madera que había a ambos lados. Eso le daba sensación de seguridad, y a Eugenie le gustaba la seguridad. Le gustaba la sensación de seguridad que le daban las vallas y las cerraduras.

Una vez dentro del coche -un Polo de segunda mano cuyo ventilador sonaba como la ruidosa respiración de un asmático en fase terminal-dejó cuidadosamente la foto enmarcada sobre el asiento del copiloto y puso el motor en marcha. Se había preparado con antelación para ese viaje a Londres. Había comprobado el aceite y los neumáticos, y también había llenado el depósito de gasolina tan pronto como se había enterado de la fecha y el lugar. Había sucedido más tarde de lo esperado y, en un principio, se había negado, ya que se había dado cuenta de que tenía que ser a las once menos cuarto de la noche y no de la mañana. Pero de nada le serviría protestar y, además, lo sabía; por lo tanto, consintió. Su visión nocturna no era tan buena como antes, pero ya se las arreglaría.

Sin embargo, no había contado con la lluvia. A medida que salía de las afueras de Henley y que se dirigía al noroeste con rumbo a Marlow, se encontró asiendo y agarrando el volante, medio ciega por los faros de los coches que se acercaban y asustada por la forma en la que la persistente lluvia difractaba la luz en fragmentos que acribillaban el limpiaparabrisas con laceraciones ópticas.

Las cosas no mejoraron en la autopista, ya que coches y camiones lanzaban tales ráfagas de agua que el limpiaparabrisas del Polo apenas daba abasto. Las líneas de los carriles prácticamente habían desaparecido bajo el agua estancada, y las que eran visibles pasaban de parecerle serpientes retorciéndose de dolor a líneas que se movían a un lado y que se aproximaban a un carril totalmente diferente.

Hasta que no llegó a la zona de Wormwood Scrubs no se atrevió a relajar la tensión con la que asía el volante. Incluso entonces, no respiró con tranquilidad hasta que hubo salido del resbaladizo y empapado río de cemento en el que se había convertido la autopista, y hasta que no empezó a dirigirse hacia el norte en las proximidades de Maida Hill.

Tan pronto como pudo, se detuvo ante una tintorería que ya tenía las luces apagadas. Una vez allí, exhaló tal cantidad de aire que parecía que lo hubiera estado reteniendo desde que había salido de Duke Street en Henley.

Revolvió el bolso en busca de las indicaciones que se había apuntado después de consultar el callejero de Londres. Aunque había conseguido salir ilesa de la autopista, aún le quedaba una cuarta parte del viaje a través de las laberínticas calles de Londres.

En las mejores circunstancias, la ciudad era un laberinto. Por la noche, se convertía en un laberinto mal iluminado, además de tener una escasez irrisoria de señales. Pero de noche y bajo la lluvia era un infierno. Después de intentarlo tres veces, sólo consiguió llegar hasta el Campo de Deportes de Paddington. Sabiamente, cada vez que se perdía, regresaba por el mismo camino que había ido, como si fuera un taxista empeñado en descubrir dónde había cometido el primer error.

Eran casi las once y veinte cuando encontró la calle que había estado buscando al norte de Londres. Pasó otros siete minutos desesperantes dando vueltas hasta que encontró un sitio en el que aparcar.

Abrazó de nuevo la foto enmarcada, cogió el paraguas del asiento trasero del coche, y salió. La lluvia había disminuido, pero el viento aún arreciaba con fuerza. Las pocas hojas que quedaban en los árboles otoñales estaban siendo arrastradas por el aire y acababan por caer en el suelo, en la calle y en los coches aparcados.

La casa que buscaba estaba en el número treinta y dos, y Eugenie cayó en la cuenta de que debía de estar en el extremo de la calle y en la otra acera. Caminó unos veinte metros por la acera. A esas horas de la noche la mayoría de las casas por las que pasaba tenían las luces apagadas, y como si ya no estuviera lo bastante nerviosa acerca de la conversación que estaba a punto de tener, su estado de ansiedad se vio acrecentado por la oscuridad y por lo que su activa imaginación le decía que podía haber oculto en los alrededores. Así pues, decidió ir con cuidado, porque así era como debía ir una mujer sola, en una ciudad y en una noche lluviosa de finales de otoño. Se aventuró a bajar de la acera y siguió avanzando por el centro de la calle, ya que así tendría tiempo de prepararse en caso de que alguien deseara atacarla.

Pensó que era poco probable, pues era un barrio respetable. Con todo, sabía lo importante que era la precaución, por lo que se sintió aliviada cuando vio la luz de unos faros que le indicaban que un coche había doblado la esquina a su espalda. Avanzaba poco a poco, al igual que había hecho ella, y hacía lo mismo que ella había hecho, es decir, buscar lo más preciado de la ciudad: un sitio donde aparcar. Se dio la vuelta, se echó hacia atrás y esperó a que el coche pasara por delante de ella. Pero mientras lo hacía, el coche se apartó y le hizo señales con las luces para indicarle que pasara.

«¡Ah! Se había equivocado», pensó mientras se volvía a poner el paraguas sobre el hombro y seguía avanzando. El coche no buscaba aparcamiento, sino que estaba esperando a que alguien saliera de la casa ante la que se encontraba. Cuando llegó a esta conclusión, se dio la vuelta y echó un vistazo hacia atrás; como si el conductor desconocido le hubiera estado leyendo los pensamientos, el conductor de repente tocó la bocina una vez, como un padre que estuviera llamando a un hijo sordo.

Eugenie siguió andando. A medida que avanzaba iba contando los números de las casas. Vio el número diez y el número doce. Cuando apenas había avanzado seis casas desde donde había aparcado el coche, la uniforme luz que tenía tras ella cambió de posición; después se apagó por completo.

«¡Qué raro!», pensó. Uno no puede dejar el coche aparcado en medio de la calle así como así. Y mientras lo pensaba, empezó a darse la vuelta. Tal como fueron las cosas, ése no fue el peor de sus errores.

De repente vio una luz brillante. La cegó al instante. Incapaz de ver, se quedó inmóvil, tal y como a menudo hacen las presas.

Un motor sonó con estrépito y el chirriar de neumáticos se oyó por toda la calzada.

Cuando el coche la derribó, su cuerpo salió disparado hacia arriba, con los brazos completamente abiertos, y la fotografía enmarcada salió volando cual cohete en el aire frío de la noche.

Capítulo 2

J.W Pitchley, alias Hombre Lengua, había pasado una noche estupenda. Se había saltado la regla número uno -nunca sugerir encontrarse con ninguna mujer con la que hubiera practicado cibersexo- pero le había salido muy bien, y le había demostrado una vez más que sus instintos para escoger fruta madura (que era más jugosa por haber pasado tanto tiempo ignorada en el árbol) estaban tan afilados como un instrumento quirúrgico.

Sin embargo, la humildad y la honradez le obligaban a admitir que no se había arriesgado mucho. Cualquier mujer que se hiciera llamar Bragas Cremosas dejaba muy claro lo que quería, y si hubiera abrigado alguna duda, el hecho de correrse cinco veces en sus calzoncillos Calvin Klein sin tener que menearse el miembro ni una sola vez en los cinco encuentros cibernéticos que tuvieron, le habría tranquilizado. A diferencia de las otras cuatro ciberamantes que tenía, cuyas habilidades ortográficas eran muy a menudo tan limitadas como su imaginación, Bragas Cremosas tenía una capacidad imaginativa que le agotaba el cerebro y una habilidad natural para expresar sus fantasías que le ponían la polla cual caña de pescar tan pronto como se conectaba a la red.

«Aquí Cremosa -le escribía-. ¿Estás a punto, Lengua?»

¡Ah, sí! ¡Y tanto! Siempre lo estaba.

Así pues, en esa ocasión había sido él el que había tomado la iniciativa, en vez de esperar a que lo hiciera su compañera cibernética. Eso era muy poco habitual en él. Normalmente les seguía el juego, y siempre estaba al otro lado de la línea cuando alguna de sus amantes quería acción, pero nunca se había aventurado a encontrarse con ellas, a no ser que éstas se lo sugirieran. Siguiendo estas normas, había conseguido que veintisiete encuentros en la super autopista de la información se convirtieran en veintisiete citas muy gratificantes en el Motel Comfort Inn de Cromwell Road; éste se encontraba a una distancia muy prudente de su barrio y, además, de noche lo vigilaba un caballero asiático cuya memoria para recordar las caras no era nada comparada con la pasión que tenía por ver videos de las antiguas obras de teatro de la BBC. Había sido víctima de una broma cibernética una sola vez: una ocasión en la que había aceptado encontrarse con una amante llamada Házmelo con Dureza, y en la que había acabado encontrándose con dos niños de doce años con la cara llena de granos y vestidos como los hermanos Kray. Sin embargo, no le importó mucho, ya que se los quitó de encima con bastante rapidez y con la certeza de que no volverían a hacer ese tipo de travesuras.

Pero Bragas Cremosas lo tenía bien obsesionado. «¿Estás a punto?» Desde un buen principio se había estado preguntando si sería capaz de hacer en persona lo mismo que hacía con palabras.

Siempre se trataba de eso, ¿no es verdad? Anticipar, fantasear y conseguir una respuesta era parte de la diversión.

Le había costado mucho convencer a Bragas Cremosas para que se vieran. Con esa mujer, se había atrevido a hacer licencias descriptivas nuevas y vertiginosas. Para conseguir más ideas respecto a lo carnal, se había pasado seis horas durante una quincena examinando los artículos de placer expuestos en las tiendas de Brewer Street. Y cuando finalmente se dio cuenta de que se pasaba el viaje diario al centro de la ciudad imaginándose con lujuria a sus dos cuerpos saciados y entrelazados de modo inextricable sobre la colcha de horribles colores de una cama del Motel Comfort Inn -en vez de leer el Financial Times, que era el elemento esencial de su carrera profesional- supo que tenía que pasar a la acción.

«¿Lo quieres de verdad? -le había escrito por fin-. ¿Estás a punto para un encuentro?»

Lo estaba.

Hizo la misma sugerencia que siempre hacía cuando una amante cibernética insistía en verle: ir a tomar unas copas al Valley of Kings, un sitio muy fácil de encontrar y que estaba muy cerca del Sainsbury's de Cromwell Road. Podía llegar hasta allí en coche, en taxi, en autobús o en metro. Y si al verse por primera vez no se gustaban… ningún problema, se tomaban un martini rápido en el bar y tan amigos.

El Valley of Kings tenía la misma calidad impagable que el Comfort Inn. Al igual que la gran mayoría de negocios en el sector de servicios de Londres, los camareros apenas hablaban inglés y todos los ingleses les parecían iguales. Había llevado a sus veintisiete amantes cibernéticas al Valley of Kings sin que el dueño, ni los camareros ni el barman mostraran el menor indicio de que lo conocían; por lo tanto, estaba seguro de que también podría llevar allí a Bragas Cremosas sin que ninguno de los empleados le traicionara.

Supo quién era en el mismo instante en que se acercó a la barra del restaurante que olía a azafrán. Una vez más se sentía satisfecho de haber adivinado quién era y cómo sería. Debía de tener como mínimo cincuenta y cinco años, iba muy aseada y llevaba la cantidad correcta de perfume; no era una putilla de esas que van a ver lo que pillan. No era una guarra del Mile End que intentara mejorar su posición ni tampoco una tía del norte recién llegada a la capital con la esperanza de encontrar un tipo que le solucionara la vida. Era exactamente lo que había supuesto que sería: una divorciada solitaria cuyos hijos ya habían crecido y que se enfrentaba con la perspectiva de que la llamaran abuela diez años antes de lo que habría deseado. Estaba ansiosa por demostrarse a sí misma que aún tenía un poco de atractivo sexual, a pesar de las arrugas y de la incipiente papada. Las razones que él podía tener para escogerla, a pesar de que se llevaban doce años de diferencia, no tenían ninguna importancia. Estaba contento de poder confirmarle que aún poseía encanto.

Esa confirmación sucedió en la habitación 109, en la primera planta, a unos noventa metros del estruendo del tráfico. El ruido de la calle -siempre lo decía en voz baja antes de cerrar la puerta con llave-eliminaba la posibilidad de quedarse a pasar la noche. De hecho, sería imposible para cualquier persona con un oído normal dormir en una habitación que diera a Cromwell Road. Y, como pasar la noche con una amante cibernética era lo último que le gustaría hacer, el hecho de ser capaz de decir «Dios mío, qué estrépito» en un momento u otro a menudo le servía de preludio para poder salir de la situación como un caballero.

Todo había sucedido según lo previsto: las bebidas habían llevado a la confesión de una atracción física y, por lo tanto, se habían ido paseando hasta el Comfort Inn, donde un acoplamiento enérgico había acarreado satisfacción mutua. En persona, Bragas Cremosas -cuyo nombre verdadero se negó a revelar-era tan sólo un poco menos imaginativa que en el teclado. Cuando hubieron acabado de probar todas las permutaciones sexuales, posiciones y posibilidades, se apartaron uno del otro, cubiertos de sudor y otros fluidos corporales, y se dispusieron a oír el estruendo de los camiones que iban arriba y debajo de la carretera.

– ¡Dios mío, qué ruido! -refunfuñó-. Debería haber elegido un sitio mejor. No podremos dormir.

– ¡Ah! -respondió ella-. No te preocupes. De todos modos, no me puedo quedar.

– ¿No? -dijo él con una expresión de disgusto. Sonrió y añadió-: No contaba con ello. Después de todo, cabía la posibilidad de que tú y yo no hubiéramos conectado en persona del mismo modo que en la red, ¿sabes?

Eso ya lo sabía. Pero mientras regresaba a casa en coche se preguntaba: «¿Qué pasará a continuación?». Lo habían estado haciendo con intensidad durante dos horas enteras, y los dos habían disfrutado muchísimo. Se habían separado con promesas por ambos lados de «seguir en contacto», pero había tenido la ligera sensación de que el abrazo de despedida de Bragas Cremosas desmentía sus palabras y que el sentido común requería que se mantuviera alejado de ella durante un tiempo.

Y eso es precisamente lo que decidió hacer al final, después de un trayecto en coche, largo y sin rumbo bajo la lluvia, con el objetivo de reducir la tensión sexual.

A medida que llegaba a su calle, soltó un bostezo. Dormiría plácidamente después de los esfuerzos de la noche. No había nada como practicar sexo enérgico con una persona casi desconocida y de avanzada edad para disponerse al sueño.

Miró de soslayo a través del cristal a medida que el limpiaparabrisas lo adormecía con su ritmo constante. Subió la cuesta y puso el intermitente para girar hacia el camino de entrada -más por costumbre que por necesidad-y cuando estaba pensando cuánto tiempo pasaría antes de que Mujer Fogosa y Cómeme le propusieran encontrarse en persona, vio un montón de ropa empapada junto a un Calibra último modelo.

Suspiró. ¿No era verdad que la sociedad se estaba desmoronando? Bajo una delgada capa de piel, los seres humanos se estaban convirtiendo en cerdos. Después de todo, ¿para qué tenía que molestarse uno en ir hasta Oxfam a dejar sus trastos si, en realidad, podía dejarlos en medio de la calle? Era patético.

Cuando estaba a punto de pasar por delante, le llamó la atención una luz blanca entre las ropas mojadas. Echó un vistazo. ¿Un calcetín empapado de lluvia? ¿Una bufanda hecha jirones? ¿Una pobre colección de bragas de mujer? ¿Qué era?

Pero entonces lo vio. Apretó el freno con violencia.

Se dio cuenta de que el blanco resplandor era una mano, una muñeca y un trozo de brazo que sobresalía de un abrigo negro.

«Debe de ser parte de un maniquí -se dijo a sí mismo con decisión para apaciguar los latidos de su corazón-. Debe de ser la broma de alguien que tiene un cerebro de mosquito. De todos modos, es demasiado pequeño para ser una persona. Tampoco veo ni las piernas ni la cabeza. Sólo ese brazo.»

Sin embargo, bajó la ventanilla, a pesar de esas conclusiones tan reconfortantes. La lluvia le salpicó en la cara, y examinó de cerca el cuerpo sin forma que yacía en el suelo. Luego vio el resto.

Había piernas y también una cabeza. En un primer momento, cuando lo había divisado a través de la ventanilla empapada de lluvia, no lo había visto porque la cabeza estaba inclinada dentro del abrigo, como si estuviera rezando, y las piernas estaban ocultas bajo el Calibra.

«Un ataque al corazón -pensó, aunque lo que veían sus ojos no se lo confirmaba-. Aneurisma. Apoplejía.»

Pero ¿qué hacían esas piernas bajo el coche? La única explicación lógica para eso era que…

Cogió el móvil y llamó a la policía.

El cuerpo del comisario Eric Leach mostraba todos los síntomas de la gripe. Le dolía en todas las partes posibles. Le sudaba la cabeza, el rostro y el pecho. Tenía escalofríos. Debería haber llamado para decir que estaba enfermo tan pronto como había notado lo mal que se encontraba. Debería haberse metido en la cama. Si lo hubiera hecho, habría matado dos pájaros de un tiro: habría recuperado el sueño que había perdido mientras intentaba reorganizar su vida después del divorcio, y habría tenido una excusa cuando el teléfono sonó a medianoche. Pero en vez de eso, ahí estaba él sacando por la fuerza a su temblante culo de una casa mal amueblada para llevarlo al frío, al viento y a la lluvia, lo que, sin lugar a dudas, suponía arriesgarse a pillar una neumonía doble.

«Vive y aprende -pensaba el comisario Leach con hastío-. ¡La próxima vez que te cases, sigue casado, joder!»

Vio las intermitentes luces azules de los coches policía en el momento en que doblaba la esquina. Eran casi las doce y veinte de la noche, pero por la luz que había en la empinada calle que tenía frente a él, bien podría decirse que eran las doce del mediodía. Alguien había colocado focos, y a éstos se sumaban las rápidas luces del fotógrafo del equipo forense.

La frenética actividad que había delante de todas esas casas había reunido a una gran colección de curiosos, aunque no podían acercarse gracias al cordón policial que habían dispuesto a ambos lados de la calle. Barreras y más cordón policial bloqueaban la entrada a la calle desde los dos extremos. Detrás, ya se habían reunido un montón de fotógrafos de prensa, esos vampiros de las ondas radiofónicas que no cesaban de sintonizar la frecuencia del Departamento de Policía de Londres, con la esperanza de averiguar si había sangre fresca en alguna parte.

El comisario Leach sacó un Strepsil del paquete con los dedos. Aparcó el coche detrás de una ambulancia, en la que los responsables, ataviados con impermeables de pies a cabeza, pasaban el rato apoyados en el parachoques delantero, bebiendo café de la tapa de un termo de una forma tan relajada que quedaba bien claro qué servicios se iban a necesitar. Leach les saludó mientras encorvaba los hombros para protegerse de la lluvia. Mostró su tarjeta de identificación al policía joven y desgarbado que se ocupaba de mantener a los periodistas a raya, atravesó la barrera y se acercó a la colección de profesionales que estaban reunidos en torno a un turismo aparcado en medio de la calle.

Oyó fragmentos de conversaciones vecinales a medida que subía la cuesta con dificultad. La mayoría eran pronunciadas con ese tono reverencial tan característico de los que entienden hasta qué punto puede ser imparcial el autor de un crimen cuando está a punto de perpetrar una fechoría. Pero también oyó alguna queja malintencionada sobre la confusión que se creaba cuando una muerte repentina se producía en medio de la calle y se requería presencia judicial. Y cuando oyó una de esas quejas en ese tono de superioridad y de arrogancia que Leach tanto odiaba, éste dio media vuelta. Se encaminó poco a poco hacia el origen del griterío y consiguió oír un fragmento de la frase: «… y que a uno le despierten sin tener motivo aparente que no sea el de satisfacer las preferencias más ruines de los fotógrafos de la prensa amarilla…». La persona que hablaba tenía un aspecto horripilante, con el pelo parecido a un casco, y que seguramente había invertido todos los ahorros de su vida en una operación de cirugía plástica que necesitaba un repaso. Cuando estaba diciendo «… y si con los impuestos municipales que pagamos no nos pueden proteger de este tipo de cosas…», Leach la interrumpió y le dijo al policía más cercano:

– ¡Que hagan callar a esa zorra! ¡Mátenla, si es necesario! -Y siguió con su camino.

En ese momento, la acción del lugar del crimen se centraba alrededor del patólogo del equipo forense. Bajo una improvisada protección de láminas de politeno, llevaba una extraña mezcla de traje de lana, botas de goma y ropa impermeable de marca. Estaba acabando el reconocimiento preliminar del cuerpo, y Leach tuvo suficiente con un vistazo para saber que se trataba de un travestido o de una mujer de edad indeterminada, mal mutilada. Tenía los huesos faciales aplastados; la sangre brotaba del agujero en el que antes había habido una oreja; la piel en carne viva de la cabeza mostraba las partes en las que el pelo le había sido arrancado; la cabeza colgaba de forma natural, pero con una torsión muy forzada. Era el tipo de cosa que uno necesitaba ver cuando ya estaba mareado por la fiebre.

El patólogo -el doctor Olav Grotsin-apoyó las manos en los muslos y se puso en pie. Se quitó los guantes de látex, se los lanzó a un ayudante y vio que Leach tenía la intención de olvidarse de su precaria salud y de ayudar en lo que fuera posible desde el lugar en el que se encontraba, es decir, a poco menos de un metro de distancia del cadáver.

– Tiene un aspecto horrible -le dijo Grotsin a Leach.

– ¿Qué tenemos?

– Mujer. Llevaba una hora muerta cuando llegué aquí. Dos, como máximo.

– ¿Está seguro?

– ¿De qué? ¿De la hora o del sexo?

– Del sexo.

– Tiene pechos, viejos pero los tiene. Por lo que respecta al resto, no quería cortarle las bragas en medio de la calle. Supongo que puede esperar hasta mañana.

– ¿Qué ha sucedido?

– La han atropellado y se han dado a la fuga. Tiene lesiones internas. Me atrevería a decir que tiene roto todo lo que podría tener.

– ¡Mierda! -exclamó Leach, pasando por delante de Grotsin para agacharse junto al cadáver. Yacía a pocos centímetros de la puerta del conductor del Calibra, de lado y de espaldas a la calle. Tenía un brazo retorcido tras la espalda y las piernas estaban ocultas bajo el chasis de un Vauxhall. Leach cayó en la cuenta de que el Vauxhall estaba sin mancha, pero eso apenas le sorprendió. No podía imaginarse que un conductor pudiera estar tan desesperado por encontrar aparcamiento que fuera capaz de atropellar a alguien para conseguirlo. Buscó marcas de neumático en el cadáver y en el oscuro impermeable que llevaba.

– Tiene el brazo dislocado -le iba diciendo Grotsin-. Tiene las dos piernas rotas. También he encontrado un poco de algodón azucarado. Dele la vuelta a la cabeza y lo verá.

– ¿No lo ha hecho desaparecer la lluvia?

– La cabeza estaba protegida bajo el coche.

«Protegida es una palabra muy rara para definirlo», pensó Leach. La pobre mujer estaba muerta, fuera quien fuera. La espuma rosa de los pulmones bien podría indicar que no murió en el acto, pero eso no les serviría de mucha ayuda, y menos a la desventurada víctima. A no ser, evidentemente, que alguien se le hubiera acercado mientras aún seguía con vida y hubiera conseguido oír algunas palabras importantes mientras yacía moribunda en la calle.

Leach se puso en pie y preguntó:

– ¿Quién llamó para notificarlo?

– Ese hombre de ahí, señor -respondió la ayudante de Grotsin mientras señalaba con la cabeza al otro lado de la calle.

Leach se dio cuenta, por primera vez, de que había un Porsche Boxter aparcado en doble fila con las luces de emergencia encendidas. Había un policía a cada lado del coche, y un poco más allá se encontraba un hombre de mediana edad que llevaba una trenca y que estaba bajo un paraguas a rayas; alternaba su ansiosa mirada del Porsche al cuerpo mutilado que yacía unos metros más atrás.

Leach se encaminó hacia el deportivo para examinarlo. Sería un trabajo muy fácil si el conductor, el vehículo y la víctima formaran una tríada perfecta allí mismo, pero incluso cuando se encaminaba hacia el coche, Leach sabía que eso era muy poco probable. Grotsin no hubiera dicho que la habían atropellado y que se habían dado a la fuga, si sólo la primera acción era pertinente.

Con todo, observó el Boxter minuciosamente. Se plantó delante del coche y examinó la parte delantera y la carrocería. Desde allí se dirigió hacia los neumáticos y los inspeccionó uno por uno. Se tendió en el suelo mojado y revisó la parte inferior del Porsche. Cuando hubo finalizado, ordenó que confiscaran el coche para que pudieran examinarlo los del Departamento de Homicidios.

– ¿Cómo? Seguro que no hace falta -se quejó el señor Trenca-. Me paré, ¿no es verdad? Tan pronto como vi… Además, lo comuniqué a la policía. Seguro que entiende que…

– Es pura rutina. -Leach se acercó al hombre en el instante en que un policía le ofrecía una taza de café-. Se lo devolverán muy pronto. ¿Cómo se llama?

– Pitchley -respondió el hombre-. J.W Pitchley. Pero, mire, es un coche muy caro, y no entiendo por qué… ¡Santo Cielo! Si la hubiera atropellado, el coche tendría alguna marca.

– ¿Cómo sabe que es una mujer?

Pitchley parecía nervioso.

– Supongo que pensé que… Me acerqué al cadáver. Después de llamar a la policía, salí del coche y fui hasta allí para ver si podía hacer algo. Podría haber estado viva.

– Pero no lo estaba, ¿verdad?

– De hecho, no lo sé. No… Bien, lo único que vi es que estaba inconsciente. No decía nada. Quizá respirara. Pero sabía que no debía tocar nada… -Tomó un sorbo de café. Salía vapor de la taza.

– Está en un estado lamentable. Nuestro patólogo ha llegado a la conclusión de que era una mujer porque tenía pechos. ¿Qué hizo?

Pitchley parecía horrorizado al oír lo que estaba insinuando. Se quedó mirando el suelo, como si tuviera miedo de que el grupo de curiosos que había a su alrededor pudieran oír la conversación que estaba manteniendo con el detective y llegar a conclusiones erróneas.

– Nada -respondió en voz baja-. ¡Dios mío! ¡No he hecho nada! Es evidente que vi que llevaba una falda debajo del abrigo. Además, tiene el pelo más largo que el de un hombre…

– Allí donde no se lo han arrancado.

Pitchley hizo una mueca, pero prosiguió:

– Cuando vi la falda, supuse que se trataba de una mujer. Eso es todo.

– ¿Es ahí mismo donde estaba tendida? ¿Justo al lado del Vauxhall?

– Sí, ahí mismo. Ni la toqué ni la moví.

– ¿Vio a alguien en la calle? ¿En la acera? ¿En el porche? ¿En alguna ventana? ¿En algún sitio?

– No. No vi a nadie. Simplemente pasaba en coche por la calle. No había nadie a excepción de ella, y ni siquiera la habría visto si no hubiera sido porque la blancura del brazo o de la mano… me llamó la atención. Eso es todo.

– ¿Iba solo en el coche?

– Sí. Claro que iba solo. Vivo solo. Un poco más arriba en esta misma calle.

Leach se preguntó por qué le estaba dando tanta información.

– ¿De dónde venía, señor Pitchley? -le preguntó.

– De South Kensington. Estaba… cenando con una amiga.

– ¿Cómo se llama esa amiga?

– ¿Me está acusando de algo? -Pitchley parecía más bien aturdido que preocupado-. Porque si el hecho de llamar a la policía cuando uno encuentra un cadáver es motivo de sospecha, entonces solicito la presencia de mi abogado… ¡Eh! ¿Podría apartarse de mi coche, por favor? -Eso último se lo dijo a un policía moreno que formaba parte del equipo encargado de buscar huellas dactilares.

Más policías empezaron a peinar la zona alrededor de Pitchley y Leach, y de entre todo ese grupo apareció una mujer policía que sostenía un bolso con las manos enfundadas en unos guantes de látex. Se encaminó hacia Leach, y éste se puso sus propios guantes y, después de pedirle a Pitchley que diera su nombre y dirección al policía que custodiaba el coche, se alejó. Se reunió con la mujer policía en medio de la calle y le cogió el bolso de las manos.

– ¿Dónde estaba?

– Unos diez metros más allá. Debajo de un Montego. Las llaves y la cartera están dentro. También está el carné de identidad y el de conducir.

– ¿Es de aquí?

– De Henley-on-Thames -respondió la agente de policía.

Leach abrió la cremallera del bolso, buscó las llaves y se las entregó a la mujer policía.

– Compruebe si son de alguno de los coches aparcados por aquí -le ordenó, y mientras ella se alejaba para hacerlo, él sacó la cartera y la abrió para buscar el carné de identidad.

En un principio leyó el nombre sin relacionarlo con nada. Más tarde se preguntó cómo había sido capaz de no reconocerlo al instante. Pero la verdad es que se sentía como un zurullo aplastado de caballo, y hasta que no leyó el carné de donante de órganos y su nombre escrito en el talonario no se dio cuenta de quién era en realidad.

Apartó la mirada del bolso y la dirigió hacia el cuerpo aplastado que yacía en medio de la calle como si fuera un desecho. Y mientras empezaba a temblar, exclamó:

– ¡Dios, Eugenie! ¡Santo Cielo, Eugenie!

En el otro extremo de la ciudad, la agente Barbara Havers cantaba junto con sus compañeros y se preguntaba cuántas estrofas más de «porque es un chico excelente» tendría que soportar antes de poder escapar. No estaba preocupada por la hora. Cierto, la una de la mañana significaba que ya no podría hacer su cura de sueño, pero teniendo en cuenta que aunque hiciera de Bella Durmiente su aspecto general tampoco iba a mejorar tanto, sabía y aceptaba que si conseguía dormir cuatro horas, sería muy afortunada. Más bien estaba preocupada por el motivo de la fiesta, ya que no entendía por qué ella y sus compañeros de New Scotland Yard llevaban más de cinco horas en una casa abarrotada y calurosa de Stamford Brook.

Sabía que veinticinco años de matrimonio era algo que merecía ser celebrado. Podía contar con los dedos de una mano las parejas que conocía que habían conseguido esa gesta de longevidad conyugal, y ni siquiera tendría que usar el dedo pulgar. Pero había algo en esa pareja en particular que no le acababa de cuadrar, y desde el primer momento que entró en esa sala -papel crep amarillo y globos verdes intentaban por todos los medios ocultar cierto mal gusto que tenía mucho más que ver con la indiferencia que con la pobreza- había sido incapaz de desprenderse de la sensación de que los invitados de honor y demás personas allí reunidas formaban parte de un drama doméstico en el que a ella -Barbara Havers-no le habían asignado ningún papel.

Al principio se dijo a sí misma que esa sensación de desconexión era debida a que estaba de fiesta con sus superiores: uno de ellos le había salvado el cuello de la horca hacía casi tres meses, y otro había estado dispuesto a tirar de la cuerda. Después pensó que esa incomodidad era motivada por el hecho de haber ido a la fiesta en su estado normal -es decir, sola-mientras que todo el mundo había llevado acompañante, incluido Winston Nkata , su compañero y agente favorito, que se hacía acompañar de su madre, una mujer imponente que medía metro ochenta y cinco y que iba vestida con los colores caribeños de su tierra natal. Por último, decidió que ese malestar era producido por el hecho de celebrar el matrimonio de otros. «Soy una vaca celosa. Eso es lo que soy», se dijo Barbara a sí misma no sin cierto enojo.

Pero ni siquiera esa explicación podría resistir un examen demasiado profundo, porque en circunstancias normales Barbara no era una persona muy dada a sentir envidia. Era verdad que a su alrededor veía un montón de razones para sentir esa ineficaz emoción. Se encontraba entre una multitud de parejas que no paraban de hablar -maridos con sus mujeres, padres con sus hijos, amantes con sus compañeros- mientras que ella no tenía ni marido ni compañero ni hijos; además, no había ni una sola perspectiva en el horizonte que indicara que esa situación iba a cambiar. Pero después de haberse dedicado a inspeccionar todo lo que había en el bufé libre en busca de alguna distracción comestible, tal y como hacía siempre que tenía ese estado de ánimo, se enardeció pensando en la libertad que le aportaba su condición de persona soltera y desechó cualquier emoción perturbadora que amenazara con arruinarle la tranquilidad de espíritu.

Con todo, no se sentía lo alegre que sabía que debería sentirse en una fiesta de aniversario, y cuando los invitados de honor asieron, con las manos estrechadas, un cuchillo descomunal y empezaron a atacar un pastel que estaba decorado con rosas, hiedra, corazones entrelazados, y las palabras FELICES BODAS DE PLATA, MALCOLM & FRANCES, Barbara empezó a mirar de reojo a la multitud para ver si había alguien, aparte de ella, que estuviera prestando más atención al reloj que a los momentos finales de la celebración. No vio a nadie. Todo el mundo sin excepción tenía la mirada puesta en el comisario jefe Malcolm Webberly y en la mujer que llevaba veinticinco años enamorada de él, la formidable Frances.

Esa noche fue la primera vez que Barbara vio a la mujer del comisario jefe Webberly y, mientras observaba cómo la mujer ponía un tenedor con un trozo de pastel en la boca de su esposo y cómo ella aceptaba gustosamente el que le ofrecía su marido, Barbara cayó en la cuenta de que había pasado la noche entera evitando pensar en Frances Webberly. Las había presentado Miranda, la hija de Webberly en su papel de anfitriona, y habían mantenido el tipo de conversación educada que siempre se tiene con la esposa de un compañero de trabajo: «¿Cuántos años hace que conoce a Malcolm? ¿Le parece difícil trabajar en un ambiente en el que hay tantos hombres con los que luchar? ¿Qué le hizo entrar en el Departamento de Homicidios?». Aun así, a lo largo de toda esa conversación, Barbara se había muerto de ganas de escapar de Frances, a pesar de que la mujer le había hablado con amabilidad y de que la había mirado dulcemente con sus ojos de caracol.

Barbara llegó a la conclusión de que quizá fuera por eso. Tal vez el origen de su intranquilidad estuviera en los ojos de Frances Webberly y en lo que se escondía tras ellos: emoción, preocupación, la sensación de que algo no era como debía ser.

No obstante, Barbara era incapaz de saber qué era. Por lo tanto, dedicó sus energías a lo que esperaba con ahínco que fueran los últimos momentos de la celebración, y aplaudió con el resto de invitados mientras cantaban… «y siempre lo será».

– ¡Cuéntanos cómo lo has hecho! -gritó alguien entre la multitud en el instante en que Miranda Webberly se acercaba al pastel para ayudar a sus padres.

– Pues no teniendo ninguna expectativa -respondió Frances Webberly con rapidez mientras cogía a su marido del brazo con ambas manos-. Lo tuve que aprender muy pronto, ¿no es verdad, cariño? Y ya está bien, porque la única cosa que he ganado con este matrimonio, aparte de mi Malcolm, claro está, son los catorce kilos que nunca he llegado a perder después de dar a luz a Randie.

Los invitados se unieron a su alegre risa. Miranda simplemente agachó la cabeza y siguió cortando el pastel.

– ¡No me parece un mal negocio! -espetó Helen, la mujer del agente Thomas Lynley. Acababa de coger un plato de pastel de las manos de Miranda y le dio un golpecito amistoso en el hombro.

– ¡Exacto! -exclamó el comisario jefe Webberly-. Tenemos la mejor hija del mundo.

– Evidentemente tienes razón -añadió Frances mientras le dedicaba una sonrisa a Helen-. Sin Randie, no sería nadie. Pero ya verás, condesa, llegará un momento en que ese delgado cuerpo que tienes empezará a hincharse y en que los tobillos se te abultarán. Entonces entenderás de lo que estoy hablando. Lady Hillier, ¿querría un poco de pastel?

«Eso era lo que no le cuadraba -pensó Barbara-: Condesa y Lady.»

Al mencionar esos títulos en público, Frances Webberly no estaba haciendo lo correcto. Helen Lynley nunca usaba su título -su marido era conde además de ser inspector, pero antes se dejaría torturar que mencionar ese hecho, y su mujer era igual de reticente-, y aunque lady Hillier fuera en verdad la esposa del subjefe de policía sir David Hillier -que estaría dispuesto a dejarse torturar antes que fracasar en el intento de hacer público su título a la gente que lo rodeaba-, era a la vez la hermana de Frances Webberly y, al usar su título, cosa que había estado haciendo la noche entera, parecía estar esforzándose en subrayar unas diferencias sociales que, de otro modo, podrían haber pasado inadvertidas.

«Todo es muy extraño -pensó Barbara-. Muy raro. Muy… fuera de tono.»

Se dirigió hacia Helen Lynley. Barbara tenía la sensación de que la simple palabra condesa había erigido un sutil muro entre Helen y el resto de invitados y, en consecuencia, la mujer estaba sola comiéndose el pastel. Su marido no parecía darse cuenta -muy típico de los hombres-ya que estaba enfrascado en una conversación con dos de sus colegas: el inspector Angus MacPherson, que intentaba superar sus problemas de obesidad comiéndose un trozo de pastel del tamaño de una caja de zapatos, y John Stewart, que estaba disponiendo de forma compulsiva las migas de su propio pastel de tal manera que parecía la bandera del Reino Unido. Así pues, Barbara se fue al rescate de Helen.

– ¿Está su alteza contenta de las festividades de la noche? -le preguntó en voz baja cuando estuvo junto a Helen-, ¿O tal vez no ha recibido suficientes atenciones?

– Compórtate, Barbara -replicó Helen, aunque sonrió al decirlo.

– No puedo. Tengo que mantener mi reputación. -Barbara aceptó un trozo de pastel y empezó a comérselo con alegría-. ¿No se le ha ocurrido pensar, delgada condesa, que quizá debería intentar tener una apariencia tan obesa como todas nosotras? ¿Ha considerado la posibilidad de llevar rayas horizontales?

– Acabo de comprar papel a rayas para empapelar la habitación de los invitados -respondió Helen con seriedad-. El único problema es que son verticales, pero supongo que me lo podría poner de lado.

– Se lo debe a sus compañeras. Cuando hay una mujer que mantiene el peso ideal, todas las demás parecemos elefantes.

– Me temo que no podré mantenerlo por mucho tiempo -apuntó Helen.

– Bien, yo no estaría tan segura porque… -Barbara se dio cuenta de repente de lo que Helen le estaba diciendo. Sorprendida, se quedó mirando a Helen y vio que ésta sonreía con una timidez inusitada en ella.

– ¡Por todos los santos! -exclamó Barbara-. Helen, ¿es verdad que estás…? ¿Tú y el inspector? ¡Ostras! ¡Eso sí que es una buena noticia! -Observó a Lynley en el otro extremo de la habitación; tenía la rubia cabeza inclinada para poder oír algo que le estaba diciendo Angus MacPherson-. El inspector no nos ha dicho nada.

– Nos hemos enterado esta semana. De hecho, nadie lo sabe todavía. Nos pareció mejor así.

– Sí, claro -asintió Barbara, pero no sabía qué pensar sobre el hecho de que Helen Lynley se lo hubiera contado a ella. Sintió que un cariño repentino la invadía y notó unas pulsaciones rápidas en la parte trasera de la garganta-. ¡Santo Cielo! Bien, no te preocupes, Helen. Mamá no se lo contará a nadie hasta que no le den permiso. -Cuando se dio cuenta de la broma poco agraciada, Helen también lo hizo, y ambas se rieron.

En ese momento Barbara vio que la camarera salía de la cocina de puntillas y se acercaba al comedor con un teléfono inalámbrico en la mano.

– Lo siento. Una llamada para el comisario jefe -anunció, deshaciéndose en disculpas, como si de hecho hubiera podido hacer algo por evitarlo.

– Seguro que pasa algo -murmuró el inspector Angus MacPherson.

– ¿A estas horas? -preguntó Frances Webberly con ansiedad-. Malcolm, por el amor de Dios, ahora no puedes…

Se produjo un murmullo de comprensión entre los invitados. Todos ellos sabían -de primera o segunda mano- lo que podía significar una llamada a la una de la mañana. Webberly también lo sabía.

– Así son las cosas, Fran. -Le puso la mano en el hombro mientras se disponía a responder al teléfono.

El inspector Thomas Lynley no se sorprendió lo más mínimo cuando el comisario jefe se excusó de la fiesta y subió las escaleras con el auricular del inalámbrico pegado a la oreja. Lo que sí le sorprendió, no obstante, fue que su superior tardara tanto en regresar. Como mínimo habían pasado unos veinte minutos, tiempo en el que los invitados del comisario jefe habían acabado sus pasteles y sus cafés y habían empezado a despedirse para irse a sus respectivas casas. Frances Webberly, que iba echando miradas reprobatorias a la escalera, protestó. Les dijo que todavía no podían marcharse y que, como mínimo, podían esperar a que Malcolm pudiera darles las gracias por haber asistido a su fiesta de las bodas de plata. ¿No podían esperar a que bajara Malcolm?

No añadió lo que nunca estaría dispuesta a admitir. Si los invitados se marchaban antes de que su marido finalizara su conversación telefónica, la cortesía la obligaría a salir al jardín delantero para despedirse de la gente que había ido hasta allí para celebrar sus veinticinco años de matrimonio. Y lo que hacía mucho tiempo que Malcolm Webberly y sus compañeros de trabajo no comentaban era el hecho de que Frances no había salido de casa desde hacía más de diez años.

«Fobias -le había explicado Webberly a Lynley la única vez que habían hablado de su mujer-. Empezó con pequeños detalles de los que no me percaté. Cuando fueron lo bastante importantes para que yo me diera cuenta, ya se pasaba el día encerrada en el dormitorio. Envuelta en una manta, ¿te lo puedes creer? ¡Qué Dios me perdone!»

«Los secretos con los que viven los hombres», pensó Lynley mientras contemplaba cómo Frances se movía entre los invitados. En su alegría había cierto nerviosismo que nadie podía obviar, un indicio típico de la gente resuelta y ansiosa por disfrutar de las cosas. A Randie le hubiera gustado organizar una fiesta sorpresa para el aniversario de sus padres en un restaurante de la zona, ya que habrían tenido más espacio e incluso una pista de baile para los invitados. Pero eso no había sido posible a causa del estado de Frances y, por lo tanto, habían tenido que conformarse con la vieja casa de familia de Stamford Brook.

Finalmente, Webberly bajó por las escaleras en el momento en que los invitados se estaban despidiendo, acompañados hasta la puerta por Randie, que mantenía un brazo alrededor de la cintura de su madre. Fue un gesto muy bonito de su parte. Servía un doble propósito, porque le daba seguridad a Frances y también evitaba que ésta se alejara a toda prisa de la puerta.

– ¿Ya se marchan? -gritó Webberly desde las escaleras, en las que acababa de encender un cigarro que enviaba una nube azul hacia el techo-. ¡La noche es joven!

– La noche se ha convertido en día -le replicó Laura Hillier mientras le acariciaba la mejilla a su sobrina y se despedía-. Ha sido una fiesta estupenda, Randie. Has hecho que tus padres estén orgullosos de ti. -Cogió a su esposo de la mano y se adentraron en la noche; la lluvia que había estado cayendo con insistencia toda la tarde había, por fin, parado.

La partida del subjefe de policía Hillier había dado permiso al resto de los invitados para que se fueran, y así lo hicieron, Lynley incluido. Cuando esperaba a que el abrigo de su mujer fuera desenterrado de algún lugar del primer piso, Webberly se acercó a la puerta de la sala de estar y le dijo en voz baja:

– Tommy, ¿serías tan amable de quedarte un momento?

El rostro del subjefe de policía expresaba tal preocupación que Lynley no pudo más que murmurar:

– Por supuesto.

Su esposa, que estaba junto a él, dijo:

– Frances, ¿tienes las fotos de la boda a mano? No dejaré que Tommy me lleve a casa hasta que no te haya visto en tu día de gloria.

Lynley le lanzó a Helen una mirada de agradecimiento. Diez minutos más tarde, ya se habían marchado todos los demás invitados. Mientras Helen se ocupaba de distraer a Frances Webberly y Miranda ayudaba a la camarera a quitar los platos y las bandejas de la mesa, Lynley y Webberly se retiraron al estudio, una habitación estrecha que apenas tenía espacio para el escritorio, el sillón y las estanterías que la amueblaban.

Quizás en deferencia a los hábitos abstemios de Lynley, Webberly se acercó a la ventana y, después de un gran esfuerzo, consiguió abrirla para que saliera el humo del cigarro. Un frío aire de otoño, cargado de humedad, penetró en la habitación.

– Siéntate, Tommy. -Webberly permaneció en pie, junto a la ventana, donde la débil luz del techo hacía que casi permaneciera en sombras.

Lynley esperó a que Webberly hablara. No obstante, el subjefe de policía se mordía el labio inferior, como si las palabras que deseaba decir se encontraran allí y necesitara probarlas para pronunciarlas con fluidez.

Fuera, se oía el chirriar discordante del cambio de marchas de un coche, mientras que dentro se oía el ruido de los armarios de cocina al cerrarse. Esos ruidos parecieron animarle a hablar, ya que dejó los pensamientos a un lado y dijo:

– El del teléfono era un tipo llamado Leach. Antes trabajábamos juntos. Hacía años que no hablaba con él. Es una pena perder el contacto de esta manera. Son cosas que pasan, aunque no entiendo el porqué.

Lynley sabía que el subjefe no le había pedido que se quedara para oírle hablar de la melancolía que le suponía la pérdida de una amistad. Las dos menos cuarto de la madrugada no era la mejor hora para hablar de antiguos compañeros de trabajo. Con todo, y con la intención de darle una oportunidad a su superior para que confiara en él, Lynley le preguntó:

– ¿Sigue Leach en la policía, señor? Creo que no le conozco.

– Trabaja en el Departamento de Policía de Northwest London -contestó Webberly-. Trabajamos juntos hace veinte años.

– ¡Ah! -Lynley se quedó pensativo. En esa época Webberly debía de tener treinta y cinco años, lo que quiere decir que se refería a los años que pasó en Kensington-. ¿En el Departamento de Investigación Criminal? -le preguntó.

– Era mi sargento. Ahora está en Hampstead, dirigiendo el Departamento de Homicidios. Eric Leach. Un buen hombre. Muy bueno.

Lynley observó a Webberly con atención: el pelo, color paja y fino, le caía de forma desordenada por encima de la frente; sus características mejillas sonrosadas se habían vuelto pálidas, el cuello le sostenía la cabeza de tal forma que indicaba que soportaba demasiada presión en los hombros. Todo su aspecto sugería una única explicación: malas noticias. Y una sola razón: la llamada telefónica.

Webberly se despabiló, pero no se movió de las sombras.

– Está trabajando en un caso de atropellamiento y fuga en West Hamstead, Tommy. Por eso me ha llamado. Sucedió a eso de las diez o las once de la noche. La víctima es una mujer. -Webberly hizo una pausa, como si esperara que Lynley le diera algún tipo de respuesta, pero vio que Lynley tan sólo se limitaba a asentir con la cabeza. Desgraciadamente, esos casos sucedían con una frecuencia alarmante en una ciudad en la que los extranjeros a menudo olvidaban en qué lado de la carretera tenían que conducir o a qué lado debían mirar si iban a pie. Webberly se quedó mirando la punta del cigarro y se aclaró la voz-. La brigada de Leach, que está estudiando el caso, cree que alguien la golpeó con el coche y que luego la atropello a propósito. También piensan que después salió del coche, arrastró el cuerpo a un lado y se marchó.

– ¡Santo Cielo! -susurró Lynley con reverencia.

– Encontraron su bolso en los alrededores. Dentro estaban las llaves del coche y el carné de identidad. Su coche no estaba muy lejos; de hecho, estaba aparcado en la misma calle. Dentro del coche encontraron un mapa callejero de Londres con indicaciones claras para llegar a la calle en la que fue atropellada. También había una dirección: el número treinta y dos de Crediton Hill.

– ¿Quién vive ahí?

– El mismo hombre que encontró el cadáver, Tommy. El mismo tipo que casualmente conducía calle arriba una hora después de que fuera asesinada.

– ¿Estaba en casa esperando a la víctima? ¿Tenían una cita?

– Que nosotros sepamos, no, pero tampoco hemos averiguado muchas cosas. Leach me ha contado que cuando le dijeron al cabrón ese que la mujer tenía su dirección apuntada dentro del coche, éste se quedó como si se hubiera tragado una cebolla. Lo único que dijo fue: «No. Eso es imposible», y llamó a su abogado de inmediato. Estaba en su derecho, evidentemente. Pero les pareció muy sospechoso que reaccionara así al saber que la víctima de un asesinato llevara apuntada su dirección dentro del coche.

Aún así, Lynley no llegaba a entender por qué Leach había llamado a Webberly a la una de la madrugada para explicarle el caso de atropellamiento y fuga y la extraña forma en que había sido descubierto; tampoco entendía por qué le estaba relatando la conversación telefónica que había mantenido.

– Señor, ¿el comisario se siente desbordado por algún motivo? ¿Hay algún problema con el Departamento de Homicidios de Hampstead?

– ¿Que por qué me llamó? Y lo que es más importante, ¿por qué se lo estoy contando? -Webberly no esperó a oír la respuesta antes de sentarse en la silla del escritorio y decir-: Es por la víctima, Tommy. Se trata de Eugenie Davies y quiero que investigues el caso. Quiero mover el cielo y la tierra, y el infierno si es necesario, para llegar al fondo de la cuestión.

Webberly comprendió de inmediato que Lynley no sabía de quién le estaba hablando.

Lynley frunció el ceño y preguntó:

– ¿Eugenie Davies? ¿Quién era?

– ¿Cuántos años tienes, Tommy?

– Treinta y siete, señor.

Webberly exhaló un suspiro y contestó:

– Entonces supongo que eres demasiado joven para acordarte.

GIDEON

23 de agosto

No me ha gustado la forma en la que me ha formulado la pregunta, doctora Rose. El tono que ha usado y lo que implicaba me ha ofendido. No intente convencerme de que no había ninguna implicación, porque no soy tan tonto. Ni tampoco haga ninguna referencia al «significado real» que se esconde tras un paciente sacando conclusiones de sus propias palabras. Sé lo que oí, sé lo que sucedió, y se lo puedo resumir en una sola frase: ha leído lo que he escrito, y como ha visto que faltaba algo, se ha puesto a hacer preguntas sobre eso como si fuera un abogado criminalista con una mente tan cerrada que ya no sirve para nada.

Déjeme que le repita lo que dije en nuestra sesión: no mencioné a mi madre hasta la última frase porque me estaba esforzando en realizar la tarea que me había asignado, que era precisamente escribir lo que recordara, y yo fui escribiendo las cosas tal y como me venían a la memoria. No la recordé antes, antes de que Raphael Robson se convirtiera virtualmente en mi compañero y en mi profesor a jornada completa.

«Pero sí que recordó a la chica esa italiana-griega-portuguesa-española», me comenta de esa forma plácida, calmada e insufriblemente tranquila tan típica de usted.

Sí, así es. ¿Y eso qué quiere decir? ¿Que tengo una afinidad hasta ahora desconocida con las chicas portuguesas-italianas-españolas-griegas, causada por un agradecimiento no reconocido hacia una joven sin nombre que sin saberlo me condujo a la fama? ¿Se trata de eso, señora Rose?

Ya veo. No tiene respuesta. Mantiene una distancia de seguridad, ahí sentada en el sillón de su padre, y fija sus patéticos ojos en mí, y se supone que yo debo enfrentarme a esta distancia como si fuera el Bósforo esperando a que me zambulla. Me sugieren que me sumerja en las aguas de la veracidad. ¡Como si no le estuviera diciendo la verdad!

Estaba allí. Claro que mi madre estaba allí. Y si mencioné a la chica italiana en vez de a mi madre, fue por la simple razón de que la chica italiana -¿por qué soy incapaz de recordar su maldito nombre, por el amor de Dios?-formaba parte de la Leyenda de Gideon, a diferencia de mi madre. Y pensaba que me había ordenado que escribiera todo lo que recordara, empezando por el primer recuerdo que me viniera a la cabeza. Si eso no es lo que me pidió que hiciera, y en vez de eso deseaba que yo inventara los detalles más destacados de una niñez que es ficción en su mayor parte, pero que lo ha sido de una forma tan segura y antiséptica que usted puede identificar y etiquetar lo que quiera y donde quiera…

«Claro que estoy enfadado», le digo antes de que lo sugiera. Porque no entiendo lo que tiene que ver mi madre, un análisis de mi madre, o una conversación superficial sobre mi madre con lo que aconteció en Wigmore Hall. Ésa es la razón por la que he venido a verla, doctora Rose. No lo olvidemos. He aceptado tomar parte en este proceso porque cuando me encontraba en el escenario de Wigmore Hall, delante de un público que había pagado grandes sumas de dinero para beneficiar al Conservatorio de East London -que es mi propia sociedad benéfica, le recuerdo-, me subí al estrado, me coloqué el violín sobre el hombro, cogí el arco, flexioné los dedos de la mano izquierda como de costumbre, saludé con la cabeza al pianista y al chelista… y fui incapaz de tocar. ¡Por todos los santos! ¿Sabe lo que significa eso?

No sentí terror de estar en un escenario, doctora Rose. No tuve un bloqueo temporal a causa de una obra musical, que, a propósito, llevaba más de dos semanas ensayando. Fue una pérdida de habilidad total, absoluta, completa y humillante. No sólo la música se había borrado de mi cerebro, sino que había olvidado cómo tocar, por no decirle que también me había olvidado de cómo vivir. Me sentí como si nunca hubiera sostenido un violín con las manos, después de haber pasado los últimos veintiún años de mi vida tocando en público.

Sherrill empezó a tocar el Alegro, y yo lo oí sin reconocerlo en lo más mínimo. Y cuando se suponía que tenía que unirme al piano y al violonchelo: nada. No sabía ni qué tenía que hacer ni cuándo. Era la encarnación del hijo de Lot, si éste y no la esposa del hombre se hubiera dado la vuelta y hubiera presenciado la destrucción.

Sherrill intentó que no se notara. Hizo todo lo que pudo. Improvisó, que Dios le ayude, con Beethoven. Se las arregló para que yo pudiera empezar de nuevo. Pero tampoco pasó nada. Un silencio similar al vacío, mientras que ese mismo silencio retumbaba en mi cabeza cual huracán.

Así pues, bajé del estrado. Caminé, a ciegas, temblando, como un autómata. Papá se reunió conmigo en la Sala Verde, llorando. «¿Qué? Gideon. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué?», con Raphael tras él, a tan sólo un paso.

Le entregué el instrumento a Raphael y me desvanecí. Sólo recuerdo que todo me daba vueltas y que mi padre me decía: «Es a causa de esa chica, ¿verdad? ¡Maldita sea! ¡Domínate! ¡Tienes obligaciones!».

Sherrill, que había bajado del estrado tras de mí, me preguntaba: «¿Gid? ¿Qué te ha pasado? ¿Te has quedado en blanco? ¡Mierda! ¡Son cosas que pasan!».

Mientras Raphael dejaba el violín sobre la mesa, dijo: «Sabía que esto sucedería tarde o temprano». Al igual que la mayoría de la gente, pensaba en sí mismo, en todas las innumerables veces que había sido incapaz de tocar en público, como su padre y el padre de éste. Todos los miembros de su familia tienen carreras brillantes en el mundo de la música, salvo el pobre y sudoroso Raphael, y supongo que había estado esperando ese momento en secreto, esperando a que el desastre me aconteciera y así poder ser hermanos oficiales en la miseria. Él fue el que me advirtió que no tomara parte en el frenesí que se produjo en mi vida profesional después de mi primer concierto en público, cuando todavía tenía siete años. Es obvio que ahora piensa que están empezando a aparecer las consecuencias de ese frenesí.

Pero no eran nervios lo que sentía en la Sala Verde, doctora Rose. Tampoco eran nervios lo que había sentido antes, cuando estaba delante de todo ese público que llenaba la sala. Era una especie de bloqueo, que ahora siento irrevocable y completo. Y lo que es extraño es que, aunque era capaz de oír las voces de todos ellos -la de mi padre, la de Raphael, la de Sherrill-con bastante claridad, lo único que alcanzaba a ver delante de mí era una blanca luz que brillaba en una puerta completamente azul.

¿Estoy sufriendo un episodio? ¿Un episodio como los del abuelo que se pueden curar yendo a una bonita y tranquila casa de campo? Por favor, dígamelo, porque la música no es a lo que me dedico, la música es lo que soy, y si no la tengo -el sonido y su absoluta caballerosidad-me convertiré en una cascara vacía.

Por lo tanto, ¿qué importancia puede tener que no hablara de mi madre cuando le conté mi iniciación a la música? Fue una omisión lógica, y debería concederle la importancia que se merece. «Pero omitirla ahora sería deliberado», me dice. «Cuénteme cosas de su madre, Gideon», me ruega.

25 de agosto

Trabajaba. Fue una presencia constante durante mis primeros cuatro años de vida, pero cuando se hizo evidente que tenía un hijo de talento excepcional y que debía ser cultivado, lo cual no sólo iba a suponer una gran cantidad de tiempo sino también de dinero, aceptó un trabajo para poder ayudar con los gastos. Me pusieron al cuidado de mi abuela -cuando no estaba tocando el instrumento, recibiendo lecciones de Raphael, escuchando las grabaciones que había traído para mí o asistiendo a conciertos con él-, pero mi vida había cambiado de una forma tan radical desde que oyera por primera vez esa música en Kensington Square que apenas notaba su ausencia. Sin embargo, antes de eso la acompañaba -creo que a diario- a la misa matinal.

Se había hecho amiga de una monja de la escuela religiosa, y entre las dos decidieron que mi madre podría asistir a la misa diaria que hacían para las hermanas. Mi madre se había convertido al catolicismo. Pero como su padre era pastor anglicano, ahora me pregunto hasta qué punto su conversión tuvo algo que ver con la devoción a un dogma diferente o en qué medida tan sólo quería llevarle la contraria a su padre. Por lo que tengo entendido, no era una persona muy agradable. No recuerdo nada más de él.

Mi madre no era como él, pero para mí es una figura en la sombra, ya que nos abandonó. Cuando debía de tener unos nueve o diez años -no lo recuerdo con exactitud- un día regresé a casa después de una gira de conciertos por Austria y me encontré con que mi madre se había ido de Kensington Square, sin dejar ninguna dirección. Se había llevado toda la ropa que tenía, todos sus libros y unas cuantas fotografías de familia. Y así se fue, como un ladrón figurativo en medio de la noche. A excepción de que, según me contaron, se marchó de día. Llamó a un taxi, se fue sin dejar ni una nota ni una dirección, y nunca más he vuelto a tener noticias de ella.

Mi padre estaba conmigo en Austria -papá siempre viajaba conmigo y Raphael también nos acompañaba a veces-, así pues, sabía tan poco como yo del paradero de mi madre y de los motivos que le habían llevado a marcharse. Lo único que sé es que cuando llegamos a casa, el abuelo sufría un episodio, mi abuela lloraba en las escaleras y Calvin el Inquilino intentaba encontrar el número de teléfono adecuado sin que nadie le ayudara.

«¿Calvin el Inquilino? -me pregunta-. ¿Qué había pasado con el inquilino anterior? Se llamaba James, ¿no?»

Sí. Se había marchado el año anterior, o dos años antes. No lo recuerdo. Durante un tiempo tuvimos varios inquilinos. Teníamos que hacerlo para llegar a final de mes, como ya le he comentado.

«¿Los recuerda a todos?», quiere saber.

No. Supongo que a aquellos que fueron más relevantes. Recuerdo a Calvin porque se encontraba allí el día que me enteré de que mi madre nos había dejado. A James lo recuerdo porque estaba presente el día que empezó todo.

«¿Todo?», me preguntará.

Sí. El violín. Las clases. La señorita Orr. Todo.

26 de agosto

Asocio a todo el mundo con la música. Cuando pienso en Rosemary Orr, pienso en Brahms, en el concierto que tocaba la primera vez que la conocí. Cuando pienso en Raphael, es el concierto de Mendelssohn. Papá es Bach, la Sonata para solo de violín en sol menor. El abuelo siempre será Paganini. El Capricho 24 siempre fue su favorito. «Todas esas notas -solía maravillarse-. Todas esas notas tan perfectas.»

«¿Y su madre? -me pregunta-. ¿Qué me tiene que decir de ella? ¿Con qué obra musical la asocia?»

Es interesante notar que soy incapaz de asociarla con ninguna pieza musical, tal y como hago con los demás. No estoy seguro del porqué. ¿Una forma de negación, tal vez? ¿Represión de las emociones? No lo sé. La psiquiatra es usted. Explíquemelo.

A propósito, aún lo sigo haciendo. Todavía asocio una persona a una obra musical. Sherrill, por ejemplo, es la Rapsodia de Bartok, que es la primera pieza que tocamos juntos en público hace años en St. Martin's in the Fields. Nunca la hemos vuelto a tocar desde entonces y eso que éramos adolescentes -el niño americano y el niño inglés juntos causaban muy buen efecto, créame-, pero cada vez que piense en él, siempre será Bartok. Así es cómo me funciona la mente.

Y lo mismo me sucede con gente que no tiene ninguna afición por la música. Libby, por ejemplo. ¿Le he hablado de Libby? Libby, la Inquilina. Sí, al igual que James, Calvin y todos los demás, a excepción de que ella pertenece al presente, no al pasado, ya que vive en la planta baja de mi casa de Chalcot Square.

No había pensado en alquilarla hasta que un día se presentó en mi casa, con un contrato de grabación que mi agente había decidido que se tenía que firmar de inmediato. Trabaja de mensajera, y no me enteré de que era una chica hasta que me entregó los papeles, se quitó el casco y, mientras miraba los contratos con aprobación, me dijo: «No se moleste, ¿de acuerdo? Pero tengo que preguntárselo. ¿Es cantante de rock o algo similar?», con ese estilo tan excesivamente casual y amistoso tan característico de los californianos.

– No. Soy violinista -le respondí.

– ¡No puede ser! -exclamó.

– Pues lo es -repliqué.

Al oírlo se quedó tan desconcertada que pensé que estaba ante una idiota congénita.

Nunca firmo contratos si antes no los he leído -al margen de lo que mi agente pueda decir sobre mi falta de confianza en su sabiduría-, y en vez de tener a esa pobre pilluela -porque eso es lo que me pareció entonces-esperando en las escaleras delanteras mientras yo leía el documento, le pedí que entrara y subimos al primer piso, donde tengo la sala de música que da a la plaza.

– ¡Caramba! Lo siento. Es alguien importante, ¿verdad? -me preguntó mientras subíamos, ya que había visto las portadas de los discos compactos en las escaleras-. ¡Me siento como una tonta!

– No tiene por qué -le respondí, y entré en la sala de música con ella pegada a los talones, y con la cabeza enterrada entre cláusulas de acompañantes, derechos de autor y fechas de conciertos.

– ¡Esto es estupendo! -gritó mientras me dirigía hacia el sillón de la ventana en el que ahora me encuentro escribiéndole estas notas, doctora Rose-. ¿Quién es ese chico con el que está en la fotografía? El chico que lleva muletas. ¡Ostras! Mírese. Parece que tenga usted siete años.

¡Santo Cielo! Quizá sea el mejor violinista del mundo y esta chica es tan ignorante como un tubo de pasta dentífrica.

– Itzhak Perlman -le contesté-. Y en esa época yo tenía seis años, no siete.

– ¡Caramba! ¿De verdad tocó con él cuando sólo tenía seis años?

– Muy poco. Pero fue lo bastante amable para escucharme una tarde que se encontraba en Londres.

– ¡Qué emocionante!

Mientras yo leía, ella continuó dando vueltas por la sala y profiriendo exclamaciones con su limitado vocabulario. Disfrutó mucho -o eso me pareció-observando el primer instrumento que tuve, ese violín de dieciseisavo que tengo expuesto en una mesilla de la sala de música. Allí también guardo el Guarneri, el violín que uso ahora. Lo tenía en la funda, pero la funda estaba abierta porque cuando Libby llegó con los contratos, yo estaba en medio de mi ensayo matinal. Obviamente desconocedora de la infracción que estaba perpetrando, se agachó con naturalidad y tiró de la cuerda del mi.

Bien podría haber disparado un tiro en medio de la sala. Me puse en pie de un salto y grité:

– No toques ese violín. -Se asustó tanto que parecía una niña a la que acabaran de pegar.

– ¡Ostras! -exclamó, y se alejó del instrumento con las manos en la espalda y los ojos llenándosele de lágrimas. Después se apartó con una expresión de desconcierto.

Dejé mi contrato a un lado y le dije:

– Mira, lo siento. No quería ser grosero, pero ese instrumento tiene más de doscientos cincuenta años de antigüedad. Lo trato con mucho cuidado y normalmente no permito que nadie…

Se dio la vuelta y me dijo adiós con la mano. Respiró varias veces antes de mover la cabeza con ahínco, lo que hizo que el pelo se le despeinara -¿le he comentado que tiene el pelo rizado? De color castaño y muy rizado-y luego se frotó los ojos. Se volvió hacia mí y me dijo:

– Lo siento mucho. No debería haberlo tocado, pero lo he hecho sin pensar. Ha hecho bien en reñirme, de verdad. No sé, pero por un instante me pareció tan Rock que me dejé llevar.

Expresiones de otro planeta.

– ¿Tan Rock? -le pregunté.

– Rock Peters -respondió-. Antiguamente conocido como Rocco Petrocelli y ahora mi ex marido. Bien, lo de ex es un decir, porque el dinero lo tiene él y no está haciendo nada por ayudarme a que me establezca por mi cuenta, que digamos.

Pensaba que parecía demasiado joven para estar casada con nadie, pero resultó que, a pesar de su apariencia y de su encantadora gordura tan característica de las adolescentes, tenía veintitrés años y que llevaba dos años casada con el irascible Rock. Sin embargo, en ese momento simplemente dije:

– ¡Ah!

– Tiene, entre otras cosas, un carácter explosivo, además de no saber que la monogamia suele formar parte de la vida matrimonial. Nunca sabía cuándo se iba a poner hecho un energúmeno. Por lo tanto, después de dos años de ser presa del miedo, lo dejé.

– ¡Lo siento!

Debo admitir que me sentí incómodo cuando me relató esos detalles personales. Y no porque no esté acostumbrado a ese tipo de confidencias. Esa tendencia a la confesión y al arrepentimiento me parece común a todos los americanos que he conocido, como si de alguna manera hubieran aprendido a contar sus intimidades con la misma naturalidad que saludan su bandera. Pero estar acostumbrado a algo no es lo mismo que aceptarlo con gusto. Porque, después de todo, ¿qué puede hacer uno con la información personal de los demás?

Siguió contándome la historia. Ella quería el divorcio, pero él no. Seguían viviendo juntos porque ella no podía permitirse el lujo de pagarse un piso. Cada vez que estaba a punto de conseguir la cantidad de dinero que necesitaba, él simplemente le retenía el salario hasta que ella se había gastado el último penique que había conseguido ahorrar.

– Lo que no entiendo de ningún modo es por qué quiere que siga con él. Toda su vida está regida por el instinto de la manada. Así pues, ¿qué sentido tiene?

Él era -según me explicó- un mujeriego sin igual, partidario de la teoría de que varios grupos de mujeres -la manada, ¿comprende?-deberían ser dominadas y atendidas por un único varón.

– Pero el problema radica que, a sus ojos, todo el sexo femenino es la manada. Y tiene que follárselas a todas para hacer que se sientan felices. -Después se tapó la boca con la mano-. ¡Lo siento! -Luego hizo una mueca-. De todas maneras, míreme, realmente me estoy yendo del pico. ¿Ya ha firmado los papeles?

No lo había hecho. Ni siquiera había tenido la oportunidad de leerlos. Le dije que los firmaría si no le importaba esperar. Se fue a un rincón y se sentó.

Los leí. Hice una llamada para aclarar una cláusula. Firmé los contratos y se los devolví. Se los metió en la bolsa, me dio las gracias y, mirándome con la cabeza ladeada, me preguntó:

– ¿Me puede hacer un favor?

– ¿Cuál?

Cambió el peso de lado y pareció sentirse incómoda. Pero hizo un esfuerzo por continuar y la admiré por ello.

– ¿Le importaría…? Bien, yo nunca he visto a nadie tocando el violín. ¿Le importaría tocarme una canción?

Una canción. No cabía duda de que era una filistea. Pero incluso los filisteos pueden aprender y, además, lo había pedido con educación. ¿Qué daño podía hacerle? De todos modos, había estado ensayando la Sonata para violín de Bartok y le toqué un fragmento de la Melodía, de la forma en que siempre la toco: poniendo la música delante de mí, delante de ella, delante de todo. Cuando tocaba el final del movimiento, incluso me había olvidado de su presencia. Seguí con el Presto, oyendo como siempre las instrucciones de Raphael. «Tócala como si fuera una invitación al baile, Gideon. Siente su ligereza. Haz que brille como si fuera una luz.»

Cuando acabé, me percaté abruptamente de su presencia.

– ¡Ostras, ostras, ostras! Es un músico excelente, ¿no es así?

Cuando me volví hacia ella me di cuenta que había empezado a llorar en algún momento de mi actuación, ya que tenía las mejillas húmedas y estaba buscando -supongo-algo con que secarse su rezumante nariz. Estaba satisfecho de haberla emocionado con Bartok, y aún más satisfecho de ver que había tenido razón al pensar que podía educarla. Y me imagino que ése fue el motivo que me llevó a pedirle que se uniera a mí en mi habitual taza de café de media mañana. Hacía un bonito día; por lo tanto, nos la tomamos en el jardín, donde, bajo la glorieta, había estado construyendo una de mis cometas la tarde anterior.

Aún no le he contado nada de mis cometas, ¿verdad, doctora Rose? De hecho, no son nada especial. Son cosas que hago cuando siento la necesidad de descansar de la música. Las hago volar desde Primrose Hill.

Sí, ya veo que está intentando encontrar una explicación. ¿Qué significado tiene en la historia y en el momento actual del paciente que éste construya y haga volar cometas? La mente inconsciente se manifiesta en todas nuestras acciones. Lo único que tiene que hacer la mente consciente es averiguar el significado que se esconde tras esas acciones y esforzarse por darle una forma comprensible.

Cometas. Aire. Libertad. Pero, libertad, ¿de qué? ¿Qué necesidad tengo de ser libre si tengo una vida llena, rica y completa? Déjeme que le complique la madeja que se ha empeñado en desenmarañar diciéndole que también me dedico a practicar el vuelo libre. No con los planeadores esos con los que uno salta desde la cima de una montaña observando cómo se los llevan las corrientes de aire, sino los planeadores que uno mismo pilota desde el aire remolcado por una avioneta y saltando para encontrar esas mismas corrientes.

Mi padre piensa que es una afición de lo más terrible. De hecho, se ha convertido en un tema tan conflictivo que ni siquiera hablamos de ello. Cuando por fin cayó en la cuenta de que ya no era capaz de tener ninguna influencia sobre mí con respecto a las actividades que puedo hacer en las pocas horas libres que tengo, me dijo: «¡Me lavo las manos, Gideon!»,y ese tema se convirtió en tabú para nosotros.

«Parece peligroso», me advierte.

«No más que la vida», le respondo.

Después me pregunta: «¿Qué es lo que le atrae de ese deporte? ¿El silencio? ¿Las habilidades técnicas de algo que es totalmente diferente de la profesión que ha elegido? ¿O tan sólo busca una forma de evasión, Gideon? ¿O tal vez los riesgos que comporta?».

Y yo le replico que también es peligroso escarbar demasiado para encontrar el significado de algo que tiene una explicación muy sencilla: de niño, una vez que mi talento fue evidente, nunca se me permitió hacer nada que pudiera poner en peligro mis manos. Diseñar y crear cometas, practicar vuelo libre… Mis manos no están expuestas a ningún peligro.

«Sin embargo, es consciente de que son actividades relacionadas con el cielo, ¿no es verdad, Gideon?», me pregunta.

Lo único que veo es que el cielo es azul. Azul como esa puerta. Esa puerta tan azul, azul y azul.

GIDEON

28 de agosto

Hice todo lo que me sugirió, doctora Rose, y no tengo nada que contarle, excepto que me sentí un completo estúpido. Quizás el experimento hubiera salido de otra forma si yo hubiera cooperado y lo hubiera llevado a cabo en su consulta, tal y como me pidió, pero no me concentraba en lo que me decía y, además, me parecía absurdo. Más absurdo incluso que pasarme horas escribiendo estas notas, en vez de estar practicando con mi instrumento, como solía hacer. Tal y como deseo hacer. Pero aún no lo he tocado.

«¿Por qué?»

No haga preguntas obvias, doctora Rose. Se ha acabado. ¿No se da cuenta de lo que significa? La música se ha acabado.

Papá ha estado aquí esta mañana. Acaba de marcharse. Pasó a visitarme para ver si había mejorado -entiéndase por si había tocado de nuevo-, aunque fue lo bastante bueno para no hacerme la pregunta directamente. Aun así, no tenía ninguna necesidad de hacérmela, ya que el Guarneri estaba en la misma posición en la que él lo había dejado el día que me trajo a casa desde el Wigmore Hall. Ni siquiera he tenido el valor de tocar la funda.

«¿Por qué?», me pregunta.

Ya sabe la respuesta. Porque en este momento me falta valor. Si no puedo tocar, si el don, el oído, el talento, la genialidad, o como quiera llamarlo, ha desaparecido de mí, en parte o en su totalidad, ¿cómo puedo existir? No cómo puedo continuar, doctora Rose, sino cómo puedo existir. ¿Cómo puedo existir si la esencia de lo que soy y de lo que he sido en los últimos veinticinco años radica y está definida por mi música?

«Entonces analicemos la música en sí misma -me dice-. Si todas las personas de su vida están en verdad relacionadas, de un modo u otro, con su música, quizá deberíamos hacer un examen más profundo de su música, ya que ésta puede ser la llave que nos ayude a abrir la puerta de sus preocupaciones.»

Me río y le pregunto: «¿Esa metáfora le ha salido así como así?».

Y usted me mira con sus penetrantes ojos. Se niega a hablar de frivolidades. Me dice: «Esa pieza de Bartok sobre la que estaba escribiendo… la sonata para violín… ¿es la que asocia con Libby?».

Sí, la asocio con Libby. Pero ella no tiene nada que ver con mi problema actual. Se lo puedo asegurar.

A propósito, mi padre ha visto mi libreta. Cuando vino a visitarme la encontró junto al asiento de la ventana. Y antes de que me lo pregunte, no estaba fisgoneando. Mi padre puede llegar a ser un cabrón pesado e insoportable, pero no es ningún espía. Simplemente se ha pasado los veinticinco años de su vida potenciando la carrera profesional de su único hijo, y le gustaría ver que mi carrera sigue a flote en vez de ver cómo se va al traste.

Único hijo, pero no por mucho tiempo. En estas últimas semanas me había olvidado de ello. Debemos tener en cuenta a Jill. No me puedo ni imaginar tener un nuevo hermano o hermana a mi edad, y mucho menos una madrastra ni siquiera diez años mayor que yo. Pero estamos en la época de las familias flexibles, y la sabiduría sugiere que uno se adapte a la nueva definición de esposa, por no hablar de la de padre, madre o hermanos.

Pero sí, me parece un poco extraño que mi padre haya formado una nueva familia. No es que esperara que fuera un hombre solo y divorciado para el resto de su vida. Sólo que después de casi veinte años en los que, que yo sepa, nunca tuvo una cita -y mucho menos el tipo de relación que pudiera sugerir el tipo de intimidad física que engendra niños-, la verdad es que me ha cogido por sorpresa.

Conocí a Jill en la BBC, el día en que vi las primeras imágenes del documental que habían grabado en el Conservatorio East London. Eso fue hace muchos años, un poco antes de que produjera esa maravillosa adaptación de Remedios Desesperados -a propósito, ¿la vio? Es muy aficionada a Thomas Hardy-y por aquel entonces trabajaba en la sección de documentales, o como lo llamen. Me imagino que papá también la conoció en esa época, pero no recuerdo haberlos visto nunca juntos y tampoco sé en qué momento empezaron a verse habitualmente. Lo que sí recuerdo es que una vez papá me invitó a cenar a su casa y que ella estaba en la cocina, removiendo algo que había en el fuego, y aunque me sorprendió verla allí, sencillamente supuse que estaba allí porque había traído la copia final del documental para que la viéramos. Me imagino que eso podría haber sido el comienzo de su relación. Ahora que lo pienso, después de esa cena papá cada vez tenía menos tiempo para mí. Por lo tanto, quizá todo empezara esa noche. Pero como Jill y papá nunca vivieron juntos -aunque papá dice que están haciendo todos los preparativos para mudarse juntos antes de que nazca el bebé-, nunca tuve ningún motivo para imaginarme que había algo entre ellos.

«Y ahora que lo sabe -me pregunta-, ¿cómo se siente? ¿Cuándo se enteró de su relación y de lo del bebé? ¿Y dónde?»

Ya veo por dónde va. Pero debo decirle que no creo que nos ayude mucho a resolver mi caso.

Me enteré de la relación de mi padre con Jill hace unos pocos meses; no fue el día del concierto de Wigmore Hall y, de hecho, ni siquiera pasó ni en la misma semana ni el mismo mes del concierto. Ni tampoco había una puerta azul a la vista cuando me dijeron lo de mi futura hermanastra. ¿Ve? Sabía adónde quería llegar, ¿no es verdad?

«No obstante, ¿cómo se sintió? -insiste en preguntarme-. Al saber que su padre iba a formar una segunda familia después de tantos años…»

«No era la segunda familia -le replico con prontitud-. Era la tercera.»

«¿La tercera?» Revisa las notas que ha estado apuntando durante nuestras sesiones y no encuentra ninguna referencia a una familia anterior a mi nacimiento. Pero hubo una familia y un fruto de esa unión, una niña que murió de pequeña.

Se llamaba Virginia, pero no sé con exactitud cómo ni cuándo murió, ni cuánto tiempo pasó entre su muerte y la separación de mi padre con esa mujer; ni siquiera sé quién era. De hecho, sólo tengo conocimiento de su existencia -y del primer matrimonio de mi padre-porque mi abuelo lo dijo a gritos durante uno de sus episodios. Era una de esas maldiciones del tipo «no eres hijo mío» que profería cuando se lo llevaban de casa por la fuerza. Excepto que en esa ocasión afirmó que no podía ser hijo suyo porque sólo era capaz de engendrar gente rara. Y supongo que alguien me dio una explicación precipitada -¿me la dio mi madre o ya se había ido por aquel entonces?-, porque supongo que me imaginé que cuando el abuelo hablaba de gente rara se estaba refiriendo a mí. Me figuro que Virginia murió porque debía de padecer alguna enfermedad, quizá hereditaria. Pero, de hecho, no sé de qué murió, ya que quienquiera que fuera que me hablara de la existencia de Virginia no lo sabía o no me lo quería decir, y porque nunca se volvió a hablar de ese asunto.

«¿Nunca más?», me pregunta.

Ya sabe cómo son las cosas, doctora. Los niños no suelen hablar de temas que asocian con caos, alboroto o discusiones. Aprenden a una edad bastante temprana las consecuencias que acarrea mencionar un tema que más vale olvidar. Me figuro que a partir de esto puede sacar sus propias conclusiones: como yo sólo prestaba atención a mi violín, una vez me hube asegurado el cariño de mi abuelo, me olvidé del tema.

Sin embargo, el tema de la puerta azul es algo totalmente diferente. Tal y como le dije cuando empezamos, he hecho exactamente lo que me pidió que hiciera y del mismo modo que intentamos hacerlo en su consulta. Recreé la puerta en mi mente: azul de Prusia con un aro plateado en el centro que hacía de tirador; dos cerraduras, creo, del mismo color plateado que el aro; y tal vez el número de la casa o del piso escrito sobre el tirador.

Dejé la habitación a oscuras, me estiré en la cama, cerré los ojos y visualicé esa puerta: visualicé cómo me acercaba a ella, cómo mi mano asía el aro que hacía de tirador y cómo metía la llave en la cerradura, primero la de abajo con una de esas anticuadas llaves de grandes dientes que se pueden duplicar con facilidad, y después la de arriba, que era moderna, segura y a prueba de ladrones. Una vez que hube abierto las cerraduras, apoyé el hombro en la puerta, le di un ligero empujón y… Nada. Absolutamente nada.

Ahí dentro no hay nada, doctora Rose. Tengo la mente en blanco. Quiere hacer saltos interpretativos a partir de lo que yo encuentre tras esa puerta o del color del que esté pintada o del hecho de que tenga dos cerraduras en vez de una, o de que un aro haga de tirador -«¿es posible que esté huyendo de sus compromisos?», se pregunta-mientras yo me inspiro en este ejercicio para acabar diciéndole que no sirve de nada. No he averiguado nada. No hay nada demoníaco que esté al acecho tras esa puerta. No conduce a ninguna habitación que alcance a recordar, simplemente está al final de la escalera como…

«Escalera -dice con prontitud-. Así pues, hay una escalera.»

Sí. Una escalera. Ambos sabemos que eso significa subir, elevarse, ascender, hacer todo lo posible por salir de esta trampa… ¿Y qué?

Mis garabatos le indican el grado de agitación que padezco, ¿verdad? «Acepte el miedo -me dice-. No le hará daño, Gideon. Los sentimientos no le matarán. No está solo.»

«Nunca había pensado que lo estaba -le replico-. No afirme cosas que yo nunca he dicho, doctora Rose.»

2 de septiembre

Libby ha estado aquí. Sabe que algo va mal porque hace días que no oye el violín y, normalmente, cuando ensayo, lo oye sin parar. Ése es el principal motivo por el que no alquilé el piso de la planta baja después de que se marcharan los inquilinos anteriores. Contemplé la posibilidad de hacerlo cuando compré la casa de Chalcot Square y me trasladé allí, pero no quería la distracción de un inquilino entrando y saliendo -aunque fuera por una puerta diferente-ni tampoco quería limitar mis horas de ensayo teniendo que preocuparme por otra gente. Le conté todo eso a Libby cuando estaba a punto de marcharse ese día. Ya se había abrochado la cremallera de su chaqueta de piel, se había puesto el casco ante la puerta principal, y al reparar en el piso vacío de la planta baja a través de la verja de hierro forjado, me preguntó: «¿Está en alquiler?».

Le expliqué por qué estaba vacío. Le conté que una joven pareja vivía en ese piso cuando compré el edificio. Y que como no eran capaces de acostumbrarse a oír el violín a altas horas de la noche, pronto se marcharon.

Inclinó la cabeza y me preguntó: «A propósito, ¿cuántos años tiene? ¿Siempre habla de ese modo? Cuando me estaba mostrando las cometas, hablaba con normalidad. ¿Qué ha pasado? ¿Tiene algo que ver con el hecho de ser inglés o algo así? Tan pronto como pone un pie fuera de casa, empieza a hablar como Henry James».

«Él no era inglés», le repliqué.

«Bien, lo siento. -Empezó a abrocharse la correa del casco, pero parecía un poco contrariada porque tenía problemas para hacerlo-. Aprobé los exámenes del instituto porque me leía las Cliff Notes [2], colega, y, por lo tanto, no distingo a Henry James de Sid Vicious. De hecho, ni siquiera sé por qué lo he mencionado a él. Y si nos ponemos así, tampoco sé por qué me ha venido Sid Vicious a la memoria.»

«¿Quién es Sid Vicious?», le pregunté con solemnidad. Se me quedó mirando fijamente y exclamó: «¡Venga, hombre! Seguro que estás bromeando».

«Sí», le respondí.

Después se rió. Bien, más que una risa parecía un grito. Me asió del brazo y empezó «Mira que…» con un grado tan excesivo de familiaridad que me sentí estupefacto y encantado a la vez. Me ofrecí a enseñarle el piso de la planta baja.

«¿Por qué?», me pregunta.

Porque me había preguntado sobre el piso y yo quería mostrárselo, y supongo que quería disfrutar de su compañía durante un rato. ¡Era tan poco inglesa!

«No le he preguntado por qué le enseñó el piso, Gideon -me replica-. Lo que quiero saber es por qué me está contando cosas de Libby.»

Porque ha estado aquí. Acaba de irse.

«Ella es importante para usted, ¿verdad?»

No lo sé.

3 de septiembre

«Libertad -me dice-. Dios, ¿no te parece horroroso? Mis padres fueron hippies antes de convertirse en unos yuppies, lo cual sucedió antes de que mi padre ganara mil millones de dólares en Silicon Valley. Sabes lo que es Silicon Valley, ¿verdad?»

Nos dirigimos hacia la cima de Primrose Hill. Llevo una de mis cometas. Libby me ha convencido para que la hagamos volar al caer la tarde (en algún momento del año pasado). Debería estar ensayando, ya que debo hacer una grabación de Paganini -se trata del Concierto Número dos para Violín-con la Filarmónica antes de tres semanas, y el Allegro maestoso me ha causado más de un problema. Libby acaba de llegar a casa después de tener una discusión con el desagradable Rock acerca de un dinero que le había retenido de nuevo, y me contó lo que él le había respondido al pedírselo. El gilipollas le había dicho: «¡Vete a freír espárragos y déjame en paz!». Pensé que sí, que tenía razón y que debería salir a que me diera el aire. Además, Gideon, trabajas demasiado.

Llevo ensayando más de seis horas, dos sesiones de tres horas con un pequeño descanso de una hora al mediodía que he aprovechado para ir paseando hasta Regent's Park; por lo tanto, estoy de acuerdo con el plan. Le dejo escoger cometa y elige una de varias capas que requiere una velocidad precisa de viento para mostrar todo lo que puede hacer.

Nos ponemos en camino. Seguimos la curva de Chalcot Crescent -Libby, que según parece prefiere el Londres decadente al Londres modernizado, vuelve a criticar con dureza a los burgueses-, cruzamos Regent's Park Road y llegamos al parque; desde allí, empezamos a subir la colina.

«Demasiado viento -le digo, y lo hago a gritos porque las ráfagas de viento golpean la cometa y el nailon me da en la cara-. Esta cometa necesita condiciones perfectas. Dudo que ni siquiera consigamos alzarla.»

Ése resulta ser el caso, para decepción de Libby, ya que tiene ganas de maldecir a Rock. El canalla amenaza con decirle al responsable, quienquiera que sea -va moviendo la mano en dirección a Westminster, por lo cual me figuro que debe de estar hablando del gobierno-, que nunca estuvieron casados de verdad. Físicamente casados, quiere decir, ya que no lo hicieron. Y que todo es una mierda que no me puedo llegar a imaginar.

«¿Qué sucedería si él le contara al gobierno que nunca estuvisteis casados?»

«Pero sí que lo estábamos. De hecho, aún lo estamos. ¡Ostras! ¡Me saca de quicio!»

Parece ser que tiene miedo de que su situación legal se vea afectada si su marido se sale con la suya. Y como se ha trasladado de un piso indudablemente insalubre -así es como me lo imagino- a la planta baja de un edificio de Chalcot Square, él tiene miedo de perderla para siempre, lo cual no parece desear a pesar de sus constantes aventuras amorosas. Por lo tanto, acababan de tener otra discusión, que él había finalizado mandándola a freír espárragos.

Como no puedo complacerla con lo de la cometa, decido invitarla a tomar un café. Entonces me dice de qué nombre es diminutivo Libby: Libertad.

«Hippies -vuelve a decir de sus padres-. Querían que sus hijos tuvieran nombres diferentes -lo dice haciendo ver que da una calada a un porro imaginario de marihuana-, y el de mi hermana todavía es peor: Igualdad, ¿te lo puedes creer? La llaman Igu. Si hubieran tenido otra hija, la habrían llamado…»

«Fraternidad», respondo.

«¡Veo que lo has entendido! -me contesta-. Pero debería estar muy contenta de que escogieran nombres abstractos. ¡Ostras! Podría ser mucho peor. Podría llamarme Árbol.»

Me reí y añadí: «O quizás un tipo de árbol: pino, roble o sauce».

«Sauce Neale. El nombre perfecto para pasar inadvertida.» Manosea los sobres de azúcar hasta que encuentra uno de sacarina. Me entero de que siempre está a dieta y de que su intento de tener un cuerpo perfecto ha sido «el único contratiempo que ha sufrido en su tranquila existencia». Tira la sacarina en su café con leche descremada. «¿Qué me dices de ti, Gid?»

«¿De mí?»

«De tus padres, ¿cómo son? Estoy convencida de que no eran hippies.»

Como puede ver, aún no conoce a mi padre, a pesar de que él la vio desde la sala de música a finales de una tarde en la que ella regresaba del trabajo y aparcaba su Suzuki en el lugar habitual: en la acera, junto a las escaleras que conducen al piso de la planta baja. Había hecho rugir el motor dos o tres veces, tal y como acostumbraba, y había armado tal jaleo que había llamado la atención de mi padre. Mi padre se acercó a la ventana, la vio y exclamó: «¡Santo Cielo! Hay un motorista infernal que está encadenando su motocicleta a la verja de entrada, Gideon. Ven a ver». Dicho esto, abrió la ventana.

«Es Libby Neale. No pasa nada, papá. Vive aquí.»

Se dio la vuelta poco a poco de la ventana y exclamó: «¿Qué? ¿Eso es una mujer? ¿Vive aquí?».

«En el piso de la planta baja. Decidí alquilarlo. ¿No te lo había dicho?»

No se lo había contado. No obstante, no le había dicho nada de Libby ni del piso por ningún motivo en concreto; sencillamente, era un tema que no había aparecido en la conversación. Papá y yo hablamos a diario, pero nuestras conversaciones siempre giran en torno a nuestras preocupaciones profesionales: futuros conciertos, alguna gira que debe de estar organizando, sesiones de grabación que no han salido bien, entrevistas o apariciones en público. Lo prueba el hecho de que no supe nada de su relación con Jill hasta que llegó un punto en que no hablar de ella era más extraño que hacerlo. Después de todo, la repentina aparición de una mujer en un estado avanzado de embarazo en la vida de uno requiere algún tipo de explicación. Pero por otra parte, nunca hemos tenido una estrecha relación paternofilial. Desde mi infancia, ambos hemos estado absortos en mi carrera musical, y esa concentración por ambas partes ha excluido la posibilidad -o tal vez obviado la necesidad-de tener esa clase de intimidad que parece ser tan importante entre la gente de hoy en día.

No me malinterprete. En ningún momento he lamentado la clase de relación que existe entre mi padre y yo. Es sólida y verdadera, y aunque no sea el tipo de vínculo que nos haga desear subir juntos al Himalaya o recorrer el Nilo en barca, es una relación que me fortalece y que me ayuda. A decir verdad, doctora Rose, si no hubiera sido por mi padre, nunca habría podido llegar al lugar al que he llegado.

4 de septiembre

No. No me pillará con eso.

«¿Dónde está hoy, Gideon?», me pregunta con dulzura.

Pero me niego a participar. Mi padre no juega ningún papel en esto, sea lo que sea. Mi padre no tiene ninguna culpa de que yo ni siquiera sea capaz de sostener el violín. Me niego a convertirme en uno de esos bobos quejicas que echan la culpa a sus padres de todos sus problemas. La vida de mi padre fue muy dura, y él hizo todo lo que pudo.

«¿Dura? ¿En qué sentido?», quiere saber.

Bien, ¿puede imaginarse tener un padre como mi abuelo? ¿Que te mandaran a la escuela a los seis años? ¿Crecer con una dosis permanente de episodios psicóticos cuando estás en casa? ¿Y siempre tener la certeza de que no hay ninguna esperanza de estar a la altura de lo que se espera de ti por mucho que lo intentes, porque, en primer lugar, eres adoptado y tu padre nunca permitirá que lo olvides? No. Papá ha hecho todo lo posible por ser el mejor de los padres. Y, como hijo, se ha comportado mejor que la mayoría.

«¿Mejor que usted mismo?», me pregunta.

Eso se lo tendrá que preguntar a mi padre.

«Pero ¿qué opinión tiene de usted mismo como hijo, Gideon? ¿Qué es lo primero que le viene a la mente?»

«Decepción», le respondo.

«¿Siente que ha decepcionado a su padre?»

«No, sé que no debo, pero tal vez lo haga.»

«¿Le ha hecho saber lo importante que es para él que no le decepcione?»

«Ni una sola vez. Jamás. Pero…»

«¿Pero?»

Libby no le cae bien. De algún modo sabía que no le gustaría o, como mínimo, que no aprobaría que viviera abajo. Sabía que la consideraría una distracción en potencia, o lo que es peor, un impedimento a mi trabajo.

«Era la razón por la que dijo: "Se trata de esa chica, ¿no es verdad?" el día que sufrió la amnesia temporal en el Wigmore Hall. La culpó a ella de inmediato, ¿no es así?»

«Sí.»

«¿Por qué?»

«No es que él no quiera que esté con alguien. ¿Por qué debería hacerlo? La familia lo es todo para mi padre. Pero mi familia desaparecerá muy pronto si no me caso un día de éstos y tengo mis propios hijos.»

«Pero hay un bebé en camino, ¿no es verdad? La familia continuará de todas maneras, al margen de lo que usted haga.»

«Eso es verdad.»

«Por lo tanto, él puede desaprobar cualquier mujer de su vida sin temer a que usted se tome esa desaprobación a pecho y a que no se case. ¿No es así, Gideon?»

«No. No pienso seguir con esto. No se trata de mi padre. Si Libby no le cae bien es porque está preocupado por la influencia que pueda tener sobre mi música. Y tiene todo el derecho del mundo a estar preocupado. Libby es incapaz de distinguir una taza de un cuchillo de cocina.»

«¿Le interrumpe cuando trabaja?»

«No.»

«¿Le molesta? ¿Ignora su necesidad de estar solo? ¿Le pide hacer cosas durante el tiempo que tiene reservado para la música?»

«Nunca.»

«Usted mismo dijo que era una filistea. ¿Ha notado que se sienta orgullosa de su propia ignorancia?»

«No.»

«A pesar de todo eso, no le cae bien a su padre.»

Mire, es por mi propio bien. Nunca ha hecho nada que no fuera por mi bien. Estoy aquí gracias a él, doctora Rose. Cuando comprendió lo que me había sucedido en Wigmore Hall, no me dijo «espabílate», «cálmate» o «ahí delante tienes un público que ha pagado para verte». Lo único que le dijo a Raphael fue «está enfermo, haz el favor de excusarnos» y me sacó de allí a toda prisa. Me llevó a casa, me metió en la cama y estuvo sentado junto a mí la noche entera. «Saldremos de ésta, Gideon. De momento, intenta dormir.»

Le pidió a Raphael que buscara ayuda. Raphael sabía el buen trabajo que su padre había hecho con artistas bloqueados, doctora Rose. Y vine a usted. Lo hice porque mi padre quiere que pueda disfrutar de mi música.

5 de septiembre

Nadie más lo sabe. Sólo nosotros tres: Papá, Raphael y yo. Ni siquiera mi agente sabe muy bien lo que está ocurriendo. Según los consejos de un médico, ha divulgado la noticia de que se trata de agotamiento.

Supongo que la interpretación que se le ha dado a esa historia debe de ser alguna que otra versión de El Artista Resentido, pero no me importa. Prefiero que la gente piense que bajé del estrado porque no me gustaba la iluminación del escenario a que la verdad llegue a oídos del público.

«¿De qué verdad me habla?», me pregunta.

«¿Hay más de una?», le respondo.

«Sin duda -dice-: Existe la verdad de lo que le sucedió y existe la verdad del porqué. Lo que le ha pasado se llama amnesia psicogénica, Gideon. Nuestras sesiones tienen como objetivo averiguar por qué la padece.»

«¿Está intentando decirme que hasta que no sepamos por qué sufro esta…? ¿Cómo lo ha llamado?»

«Amnesia psicogénica. Es como la parálisis histérica o la ceguera: una parte de usted que siempre ha funcionado, en este caso su memoria musical, si quiere llamarlo así, simplemente deja de hacerlo. Hasta que no sepamos por qué está experimentando este problema, no podremos hacer nada por cambiarlo.»

Me pregunto si sabe hasta qué punto odio oír eso, doctora Rose. Me lo cuenta con gran amabilidad, pero me sigo sintiendo como un bicho raro. Y sí, sí. Ya sé cómo esa palabra resuena en mi pasado, no hace falta que me lo recuerde. Aún puedo oír cómo mi abuelo le gritaba a mi padre cuando se lo llevaban por la fuerza, y aún sigo designándome así cada día. «Bicho raro, bicho raro, bicho raro», me digo a mí mismo. Que acaben con el bicho raro. Que despachen al bicho raro.

«¿Es eso lo que es?», me pregunta.

¿Qué más podría ser? Nunca monté en bicicleta, ni jugué al rugby ni al criquet, jamás golpeé una pelota de tenis, y ni siquiera fui a la escuela. Tenía un abuelo dado a los ataques psicóticos, una madre que habría sido más feliz siendo monja de clausura y que, por lo que me han contado, acabó en un convento, un padre que trabajó el doble de lo normal hasta que yo me establecí profesionalmente, y un profesor de violín que me llevaba de las giras a los estudios de grabación y que no me perdía de vista. Me mimaban, me cuidaban y me adoraban, doctora Rose. En estas circunstancias, ¿qué más podría haber sido salvo un bicho raro con buena fe?

¿Le extraña que haya sufrido varias úlceras? ¿Que vomite sin parar antes de una actuación? ¿Que mi cerebro a veces retumbe como si me lo aporrearan con un martillo? ¿Que haga más de seis años que no he estado con una mujer? ¿Que incluso cuando era capaz de llevarme una mujer a la cama, no había ni intimidad ni alegría ni pasión en el acto, sino la mera necesidad de acabar lo antes posible, de descargar mis necesidades y de que se fuera a casa?

¿Y qué puede ser la suma de todo esto, doctora Rose, sino un bicho raro de lo más genuino?

7 de septiembre

Esta mañana Libby me ha preguntado si me pasaba algo. Ha venido al piso de arriba con su vestimenta habitual de días de fiesta -peto vaquero, camiseta y botas de montaña-y parecía estar a punto de irse a pasear porque llevaba el walkman que suele llevarse cada vez que se va a dar uno de esos largos paseos con el propósito de adelgazar. Yo me encontraba en el sillón que hay junto a la ventana, garabateando estas notas, cuando entró y vio que la estaba mirando. Se dirigió hacia mí.

Me contó que estaba probando una nueva dieta. Ella la llama la Dieta Anti-Blanca. «He probado la Dieta Mayonesa, la Dieta de la Sopa de Col, la Dieta de Zonas, la Dieta de Nueva York, la Dieta No Sé Qué No sé Cuantos. Ninguna me ha funcionado; por lo tanto, he decidido probar ésta.» Me cuenta que esta última consiste en comer todo lo que uno quiera mientras que no sea blanco. La comida que ha sido alterada artificialmente con colorantes también cuenta como blanca.

Me he dado cuenta de que está obsesionada por el peso, y eso es un misterio para mí. Que yo sepa, no está gorda, pero debo admitir que es difícil de ver porque siempre va vestida de cuero por su trabajo de mensajera o con su peto. No parece que tenga más ropa que esa. Aunque pueda parecer un poco gorda a los ojos de otra gente -y no me malinterprete porque a mí no me lo parece-, seguramente se debe al hecho de tener la cara redonda. ¿No es verdad que si uno tiene la cara redonda parece que esté gordo? Se lo digo, pero no le consuela en lo más mínimo. «Vivimos en una época esquelética -me dice-. Tienes suerte de tener una constitución delgada.»

Nunca le he contado el precio que he tenido que pagar para tener esa apariencia de demacrado que ella parece admirar tanto. En vez de eso le digo: «Las mujeres están demasiado obsesionadas por el peso. Estás estupendamente».

Una vez que le dije eso, me respondió: «Si estoy tan estupenda, ¿por qué no me invitas a salir?».

Y así fue como empezamos a vernos. ¡Qué expresión más rara eso de «vernos», como si fuéramos incapaces de ver a otra persona hasta que estuviéramos involucrados socialmente. Esa expresión no me gusta demasiado, porque tiene cierto sabor a eufemismo en un contexto innecesario. Por otro lado, lo de las «citas» me parece un poco adolescente. Y aunque no fuera así, tampoco definiría muy bien lo que estamos haciendo.

«Así pues, ¿qué es lo que hace con Liberty Neale?», desea saber.

Cuando en realidad lo que querría preguntar es: «¿Duerme con ella, Gideon? ¿Es la mujer que ha sido capaz de derretir el hielo que ha tenido en las venas estos últimos años?».

Supongo que eso depende de lo que usted entienda por dormir con alguien, doctora Rose. Y ya está usando otro eufemismo. ¿Por qué usamos la palabra «dormir» cuando dormir es la última cosa que queremos hacer cuando nos metemos en la cama con alguien del sexo contrario?

Pero sí, dormimos juntos. De vez en cuando. Con eso quiero decir que dormimos, no que follamos. Ninguno de los dos está preparado para nada más.

«¿Cómo llegaron a esa situación?», me preguntará.

Fue una progresión natural. Una vez me preparó la cena al final de un día especialmente agotador en el que había estado ensayando para un concierto en el Barbican. Me quedé dormido en su cama, ya que habíamos estado sentados allí escuchando una grabación. Me tapó con una manta y se tumbó junto a mí, y así permanecimos hasta la mañana siguiente. De vez en cuando dormimos juntos. Supongo que nos debe de parecer un consuelo a los dos.

«Reconfortante», me replicará.

Si con eso quiere decir que me gusta que esté, sí, es reconfortante.

«Eso es precisamente lo que no tuvo en su infancia, Gideon -señalará-. Si todo el mundo estaba tan obsesionado con su crecimiento artístico, es bastante probable que otras necesidades más importantes pasaran inadvertidas y, por lo tanto, insatisfechas.»

Doctora Rose, insisto en que acepte lo que le digo: tuve unos buenos padres. Tal y como ya le he dicho, mi padre trabajó como un burro para poder llegar a final de mes. Cuando se hizo patente que yo tenía el potencial, el talento y el deseo de ser… digamos lo que soy hoy en día, mi madre buscó un trabajo para poder ayudar con los gastos. Y si no veía a mis padres tan a menudo como me hubiera gustado a causa de todo esto, tenía a Raphael a mi lado casi todo el día, y si él no estaba, tenía a Sarah-Jane.

«¿Quién era?», me pregunta.

Sarah-Jane Beckett. De hecho, no sabría muy bien cómo llamarla. Institutriz es una palabra demasiado anticuada, y Sarah-Jane me habría dejado las cosas bien claras de inmediato si alguna vez hubiera osado llamarla así. Por lo tanto, supongo que debería decir que fue mi maestra. Como ya le he contado, una vez que quedó claro que tenía talento, nunca fui a la escuela porque los horarios eran incompatibles con las clases de violín. Así pues, contrataron a Sarah-Jane para que me instruyera. Cuando no estaba con Raphael, estaba con ella. Y como teníamos que encajar las horas de clase donde y como podíamos, vivía con nosotros. De hecho, vivió con nosotros durante muchos años. Debió de llegar cuando yo tenía cinco o seis años -tan pronto como mis padres se dieron cuenta de que sería imposible educarme del modo tradicional- y se quedó con nosotros hasta que yo cumplí los dieciséis, época en la que ya había completado mi educación y en la que mi horario de conciertos, grabaciones, ensayos y períodos de pruebas excluía la posibilidad de seguir estudiando. Pero hasta entonces, Sarah-Jane me dio clases a diario.

«¿La consideraba una especie de madre?», me preguntará.

Siempre, siempre saca el tema de mi madre. ¿Está buscando algún tipo de relación edípica, doctora Rose? ¿Qué le parece un complejo de Edipo por resolver? La madre se va al trabajo cuando el niño tiene cinco años, y éste por tanto se ve incapaz de llevar a cabo su deseo inconsciente de tirarse sobre ella. Después la madre desaparece cuando el niño tiene ocho o nueve años, quizá diez, los que sean, porque ni lo recuerdo ni me importa, y nunca más se volvió a saber de ella.

No obstante, recuerdo su silencio. ¡Qué extraño! Me acaba de venir a la mente. El silencio de mi madre. Recuerdo que una noche me desperté y que ella estaba en la cama conmigo. Me abrazaba con tanta fuerza que casi no podía respirar. Se me hacía muy difícil porque me rodeaba con los brazos y me cogía la cabeza como si… No importa. No lo recuerdo.

«¿Cómo le cogía la cabeza, Gideon?»

«No lo recuerdo. Lo único que sé es que me costaba respirar y que sentía su caluroso aliento en la cara.»

«¿Caluroso aliento?»

«Era tan sólo una sensación. Deseaba escapar de donde estaba.»

«¿Escapar de ella?»

«No. Tan sólo escapar. De hecho, deseaba correr. Aunque todo esto podría ser un sueño, ya que sucedió hace muchos años.»

«¿Sucedió más de una vez?», me preguntará.

Ya veo adónde quiere ir a parar, pero no le voy a seguir el juego, porque me niego a hacer ver que recuerdo lo que usted parece querer que yo recuerde. Los hechos son éstos: mi madre está junto a mí en la cama, me sostiene en sus brazos, hace calor y huelo su perfume. También siento un peso en la mejilla. Siento ese peso. Es cargante, pero inmóvil, y huele a perfume. Es extraño que recuerde ese olor. Soy incapaz de decirle qué era -me refiero al perfume, doctora Rose-, pero estoy convencido de que si lo oliera de nuevo lo reconocería de inmediato y que, además, me recordaría a mi madre.

«Supongo que le sostenía entre sus pechos -me dirá-. Por eso sentía un peso y el olor a perfume. ¿La habitación estaba a oscuras o había luz?»

«No lo recuerdo. Sólo me acuerdo del calor, del peso y del olor. Y del silencio.»

«¿Ha estado en la misma posición con alguna otra persona? ¿Con Libby, tal vez? ¿O con quien fuera que precediera a Libby?»

¡No! ¡Por el amor de Dios! Además, no se trata de analizar a mi madre. Ya lo sé. Sí. Soy consciente de que el hecho de que mi madre me/nos abandonara es de una gran importancia. No soy idiota, doctora Rose. Regreso a casa de Austria, mi madre ha desaparecido, nunca jamás vuelvo a verla, nunca más le oigo la voz ni vuelvo a leer ni una sola frase dirigida a mí escrita con su letra… Sí, sí, ya sé de qué va: es algo muy grave. Y como nunca más volví a tener noticias de ella, también me doy cuenta de la relación lógica que debí hacer de niño: era culpa mía. Tal vez hiciera esa relación cuando tenía ocho, nueve o los años que fuera que tenía cuando ella se marchó, pero no recuerdo haberla hecho y ni siquiera la hago ahora. Se marchó. Fin de la historia.

«¿Qué quiere decir con eso de "fin de la historia"?», me pregunta.

Pues simplemente eso. Nunca hablábamos de ella. O, como mínimo, yo nunca hablaba de ella. Si mis abuelos y mi padre lo hacían, o si Raphael o Sarah-Jane o James el Inquilino…

«¿Aún seguía allí cuando su madre se marchó?»

Sí… ¿O ya se había ido? Sí. No podía haber estado allí. Era Calvin, ¿no es verdad? Era Calvin el Inquilino el que intentaba llamar para pedir ayuda en medio del episodio del abuelo después de que mi madre nos abandonara… James se había largado hacía mucho tiempo.

«¿Largado? -me preguntará con asombro-. Esa palabra implica que había algún secreto -me dirá-. ¿Había algo extraño en el hecho de que James el Inquilino se marchara?»

Hay secretos en todas partes. Silencio y secretos. O, como mínimo, eso es lo que parece. Entro en una habitación y se hace el silencio, y sé que han estado hablando de mi madre. No me permiten que hable de ella.

«¿Qué pasa si lo hace?»

«No lo sé porque nunca me he saltado esa norma.»

«¿Por qué no?»

La música es lo más importante para mí. Tengo mi música. Aún la sigo teniendo. Mi padre, mis abuelos, Sarah-Jane, Raphael, incluso Calvin el Inquilino, tienen mi música.

«Esa norma de no poder preguntar nada sobre su madre, ¿se la han dictado explícitamente o es algo que se imagina?»

Debe de ser… No lo sé. No está en casa para darnos la bienvenida cuando regresamos de Austria. Se ha ido, pero nadie lo acepta. Cualquier indicio de ella en la casa ha desaparecido y, por lo tanto, da la impresión de que nunca vivió aquí. Nadie dice nada. No me hacen creer que se ha ido de viaje a alguna parte. Tampoco hacen ver que ha muerto de repente. Ni siquiera dejan entrever la posibilidad de que se haya fugado con otro hombre. Se comportan como si nunca hubiera existido. Y la vida sigue.

«¿Nunca preguntó nada?»

«Supongo que debía saber que ella era uno de los temas de los que nunca se hablaba.»

«¿Uno? ¿Había otros?»

Tal vez no la echara de menos. De hecho, no recuerdo haberlo hecho. Ni siquiera recuerdo muy bien el aspecto que tenía, salvo que tenía el pelo rubio y que solía cubrírselo con pañuelos de esos que normalmente lleva la Reina. Pero supongo que eso debía pasar cuando iba a la iglesia. Y sí, recuerdo haber estado con ella en la iglesia. La recuerdo llorando. La recuerdo llorando en una de esas misas matinales, con todas las monjas alineadas en los primeros bancos de esa capilla que tienen en Kensington Square. Las monjas están al otro lado de esa especie de pantalla que hay junto al crucifijo, aunque, en realidad, más que una pantalla parece una verja; la usan como separación entre ellas y el resto del público, salvo que en esas misas matinales no hay nadie para hacer de público. Sólo estamos mi madre y yo. Las monjas están delante, sentadas en esos bancos especiales y diciendo sus oraciones; una de ellas va vestida a la forma antigua, con el hábito, mientras que las demás van vestidas de calle, aunque con sencillez y con una cruz sobre el pecho. Durante la misa, mi madre se arrodilla, siempre lo hace, y apoya la cabeza en las manos. Llora sin parar. Y yo no sé qué hacer.

«¿Por qué llora?», es evidente que me preguntará.

Parece ser que siempre llora. Una de las monjas -la que lleva el hábito-se acerca a mi madre después de la comunión pero antes de que acabe la misa y nos lleva a ambos a una especie de sala de estar que hay en la capilla de al lado; una vez allí, la monja y mi madre hablan. Se sientan en una esquina de la habitación. Yo me encuentro en la otra esquina, en la más alejada, donde me han dicho que me siente y que me ponga a leer el libro que me han dado. Sin embargo, yo estoy impaciente por volver a casa, porque Raphael me ha ordenado que haga una serie de ejercicios de perfeccionamiento y, si los hago bien, me llevará al Festival Hall como recompensa. Un concierto. Tocará Ilya Kaler. Aún no tiene ni veinte años y ya ha ganado el Gran Premio del Concurso Paganini de Genova, y quiero oírle porque tengo la intención de llegar a ser más grande que Ilya Kaler.

«¿Cuántos años tiene entonces?», me pregunta.

Unos seis años. Como mucho, siete. Y estoy impaciente por volver a casa. Por lo tanto, me alejo de mi rincón, me acerco a mi madre, le estiro de la manga y le digo: «Mamá, me aburro», porque ésa es la forma que tengo de comunicarme con ella. No le digo: «Mamá, tengo que ir a practicar los ejercicios de Raphael», sino que le digo: «Me aburro y es tu deber de madre hacer algo para evitarlo». Pero sor Cecilia -sí, así se llama, he recordado su nombre- me suelta la mano de la manga de mi madre, me conduce de nuevo a mi rincón y me dice: «Estarás aquí sentado hasta que te llamemos, Gideon, y no me vengas con tonterías», y me quedo sorprendido porque nunca me habían hablado de ese modo. Después de todo, soy un niño prodigio. Soy -si se puede decir así- el más especial de toda la gente que me rodea.

Supongo que la sorpresa que me causó que una mujer vestida con un hábito me riñera de ese modo fue lo que hizo que me quedara quieto en mi rincón un rato más; mientras tanto, sor Cecilia y mi madre hablaban muy juntas en su esquina de la sala. Luego empiezo a darle patadas a una estantería para divertirme, pero le doy con demasiada fuerza y algunos libros empiezan a caer al suelo; también se cae una estatua de la Virgen María y se hace añicos sobre el suelo de linóleo. Mi madre y yo nos marchamos al cabo de un rato.

Esa misma mañana me luzco en mis clases. Raphael me lleva al Concierto, tal y como me había prometido. Lo ha organizado todo para que conozca a Ilya Kaler, y me llevo el violín para tocar con él. Kaler es fantástico, pero yo sé que llegaré más lejos que él. Incluso entonces, lo sé.

«¿Qué sucede con su madre?», me pregunta.

«Se pasa casi todo el día en el piso de arriba.»

«¿En el dormitorio?»

«No. No. En el cuarto de los niños.»

«¿En el cuarto de los niños? ¿Por qué?»

Y sé la respuesta. Sé la respuesta. ¿Dónde ha estado todos estos años? ¿Por qué me he acordado ahora de repente? Mi madre está con Sonia.

8 de septiembre

Tengo lagunas, doctora Rose. Están en mi cerebro como si fueran una serie de lienzos pintados por un artista, pero incompletos y coloreados sólo en negro.

Sonia forma parte de uno de esos lienzos. Ahora me acuerdo de su existencia. Había una Sonia, y era mi hermana pequeña. Murió a una edad muy temprana. También me acuerdo de eso.

Supongo que ésa es la razón por la que mi madre lloraba tanto en las misas matinales. Y la muerte de Sonia debe de haber sido otro de los temas de los que no hablábamos. Hablar de su muerte habría significado hurgar en la llaga del terrible dolor que sentía mi madre, y me imagino que queríamos evitarle ese sufrimiento.

He intentado formarme una imagen de Sonia, pero nada. Sólo el lienzo negro. Cada vez que intento evocarla participando en alguno de los eventos familiares -Navidades, por ejemplo, o Guy Fawkes Night [3], o el viaje anual en taxi con la abuela hasta Fortnum y Mason para celebrar la comida de aniversario en la Fuente… no recuerdo nada en absoluto. Ni siquiera recuerdo el día que murió. Ni tampoco el funeral. Sólo recuerdo el hecho de que murió porque de repente ya no estaba con nosotros.

«Igual que su madre, ¿no es verdad, Gideon?»

No. Esto es diferente. Debe de ser diferente porque lo siento diferente. Lo único que sé con certeza es que era mi hermana y que murió joven. En cambio, mi madre se fue. Lo que no sé es si se marchó inmediatamente después de que Sonia muriera o si pasaron meses o años. Pero, ¿por qué? ¿Por qué soy incapaz de acordarme de mi hermana? ¿Qué le sucedió? ¿De qué mueren los niños: cáncer, leucemia, fibrosis quística, escarlatina, gripe, neumonía… de qué más?

«Según lo que me ha contado es el segundo niño de su familia que murió joven.»

«¿Qué? ¿Qué quiere decir? ¿El segundo niño?»

«El segundo hijo que se le ha muerto a su padre, Gideon. Me contó lo de Virginia…»

Los niños mueren, doctora Rose. Son cosas que pasan. Todos los días de la semana. Los niños se ponen enfermos. Los niños mueren.

Capítulo 3

– No llego a entender cómo se las ha podido arreglar la encargada del suministro de comidas, ¿y tú? -preguntó Frances Webberly-. Está claro que esta cocina es suficientemente grande para nosotros. Supongo que aunque tuviéramos lavaplatos o microondas tampoco los usaríamos. Pero los encargados del avituallamiento… están acostumbrados a todas las comodidades modernas, ¿no crees? ¡Qué sorpresa se debe de haber llevado esa pobre mujer al llegar y ver que aún vivíamos prácticamente en la Edad Media!

Malcolm Webberly, que estaba sentado a la mesa, no hizo ningún comentario. Había oído las palabras intencionadamente alegres de su esposa, pero tenía la cabeza en otra parte. A fin de evitar una conversación potencial que no quería entablar con nadie, se dispuso a cepillar los zapatos en la cocina. Supuso que Frances, que le conocía desde hacía más de treinta años y que, en consecuencia, sabía perfectamente la aversión que tenía por hacer dos cosas a la vez, lo vería ocupado en su humilde tarea y lo dejaría en paz.

Sentía un gran deseo de que le dejaran solo. Lo había estado deseando desde el preciso instante en que Eric Leach le había dicho: «Male, siento mucho llamarte tan tarde, pero tengo algo que contarte». Después le había puesto al corriente de los detalles de la muerte de Eugenie Davies. Necesitaba estar solo durante un rato para poner en orden sus sentimientos, y aunque una noche en vela junto a una esposa que roncaba ligeramente le había dado un buen número de horas para analizar cómo le habían afectado las palabras «atropellamiento y fuga», cayó en la cuenta de que lo único que había sido capaz de hacer era imaginarse a Eugenie Davies tal y como la había visto por última vez: el viento del río sacudiéndole la melena rubia y resplandeciente. Se había cubierto la cabeza con un pañuelo tan pronto como había salido de su casa, pero el pañuelo se le había aflojado durante el paseo; se lo había quitado, lo había doblado de nuevo, y en el momento en que intentaba ponérselo en la cabeza, el viento le había alborotado los mechones de pelo que le colgaban por encima de los hombros.

Él le había dicho con rapidez: «¿Por qué no te dejas el pelo suelto? El reflejo de la luz en el pelo hace que parezcas…». ¿Qué? ¿Bella?, se había preguntado. Pero en todos los años que hacía que él la conocía, ella nunca había sido una gran belleza. ¿Joven? Hacía más de diez años que ambos habían dejado de estar en la flor de la vida. Se figuró que la palabra que buscaba era, en realidad, tranquila. El reflejo del sol en el pelo hacía que pareciera tener una aureola alrededor de la cabeza, y eso le recordó a un serafín que hablaba de paz. Sin embargo, a medida que esos pensamientos le venían a la cabeza, cayó en la cuenta de que nunca había visto a Eugenie Davies en paz consigo misma y que en ese momento -a pesar del engaño de la aureola creado por la luz y el viento- aún no había encontrado la paz que tanto anhelaba.

Sin poder apartar esos pensamientos de la mente, Webberly untaba los zapatos diligentemente con betún. Mientras lo hacía, se percató de que su mujer aún le estaba hablando:

– … hizo un trabajo estupendo. Pero gracias a Dios que ya era de noche cuando llegó la pobre mujer, porque sólo Dios sabe cómo habría podido trabajar si hubiera podido ver con claridad cómo tenemos el jardín.- Frances se rió con tristeza-. No pararé hasta conseguir un estanque y unos cuantos lirios, le dije ayer por la noche a nuestra estimada lady Hillier. De hecho, ella y sir David están contemplando la posibilidad de instalar un jacuzzi en el invernadero. ¿Lo sabías? Yo le respondí que un jacuzzi en el invernadero me parecía muy buena idea y que estaba muy bien si era eso lo que querían, pero por lo que a mí respectaba, un pequeño estanque era lo que siempre había deseado. «Y un día lo tendremos», le declaré. «Si Malcolm dice que lo tendremos, así será.» Evidentemente, tendremos que avisar a alguien para que arranque las malas hierbas y para que se lleve el viejo cortacésped del jardín, pero eso no se lo dije a nuestra querida lady Hillier…

«Tu hermana Laura», pensó Webberly.

– …ya que tampoco habría comprendido de qué le estaba hablando. Ha tenido jardinero desde hace… no recuerdo cuánto tiempo hace. Pero cuando llegue el momento y tengamos el dinero, tú y yo tendremos nuestro pequeño estanque, ¿no es verdad?

– Eso espero -respondió Webberly.

Frances se relajó tras la mesa de la pequeña y abarrotada cocina y contempló el jardín desde la ventana. Se había pasado tanto rato allí en los últimos diez años que había dejado la marca del zapato en el suelo de linóleo, y había surcos en forma de dedo en la repisa de la ventana en la que se había pasado tantas horas agarrada a la madera. «¿Qué debía de pensar mientras permanecía allí hora tras hora cada día de la semana? -se preguntaba su marido-. ¿Qué intentaba hacer? ¿Por qué no lo conseguía?» Un momento más tarde obtuvo su respuesta:

– Hace un día bastante bueno -le informó-. Radio Uno ha afirmado que esta tarde volverá a llover, pero creo que se han equivocado. ¿Sabes? Creo que esta mañana voy a salir al jardín para trabajar un poco.

Webberly levantó los ojos. Frances, que según parece se dio cuenta de que él la estaba mirando, se dio la vuelta, y con una mano todavía en la repisa y la otra asiendo con fuerza la solapa de la bata, le dijo:

– Creo que hoy soy capaz de hacerlo. Malcolm, creo que hoy seré capaz.

¿Cuántas veces le había dicho eso mismo con anterioridad?, se preguntó Webberly. ¿Cien? ¿Mil? Y siempre con la misma proporción de esperanza y engaño. Malcolm, voy a trabajar en el jardín, esta tarde voy a ir paseando hasta las tiendas, no cabía duda de que se sentaría en un banco de Prebend Gardens o que llevaría a Alfíe a dar un paseo o que probaría el nuevo salón de belleza del que hablaban tan bien… tantas intenciones buenas y honestas que se convertían en nada en el último momento, cuando la puerta principal se alzaba implacable ante Frances y, por mucho que lo intentara y Dios sabe que lo hacía, ni siquiera podía levantar la mano derecha lo suficiente para asir el tirador de la puerta.

– Franje… -le dijo Webberly.

Le interrumpió con ansiedad:

– La fiesta lo ha cambiado todo. El hecho de que nuestros amigos hayan venido a casa… que hayamos estado acompañados por ellos. Me siento bien… todo lo bien que puedo estar.

La presencia de Miranda junto a la puerta de la cocina le ahorró a Webberly tener que responder. Con un «¡Ah, estáis aquí!», dejó la maleta y una pesada mochila en el suelo y se dirigió hacia los fogones, donde Afile -el pastor alemán de la familia- se estaba atiborrando de los restos de la fiesta. Le hizo una caricia enérgica entre las orejas, y como respuesta el perro se tumbó en el suelo y le ofreció el estómago para que le siguiera acariciando. Ella entendió lo que quería y, por lo tanto, se detuvo para besarle en la frente y el perro le correspondió con un babeante beso.

– ¡Cariño, eso es totalmente antihigiénico! -le advirtió Frances.

– Eso es amor de perro -le replicó Miranda-. Y, según dicen, es el más puro de todos, ¿no es verdad, Alfie?

Alfie bostezó.

Miranda se dio la vuelta y les dijo a sus padres:

– Me voy, pues. La semana que viene tengo que entregar dos trabajos.

– ¿Tan pronto? -Webberly dejó los zapatos a un lado-. No has estado en casa ni cuarenta y ocho horas. Cambridge puede esperar un día más, ¿no?

– El deber me llama, papá. Además, tengo dos exámenes. Aún quieres que me intente sacar la licenciatura, ¿verdad?

– Entonces, espera un poco. Si te esperas a que acabe de cepillar estos zapatos, te llevo a la estación de King's Cross.

– No hace falta. Cogeré el metro.

– Entonces te llevo a la parada de metro.

– Papá -dijo con un paciente tono de voz. Situaciones como ésas se habían repetido a menudo en los veintidós años que tenía y, por lo tanto, ya estaba acostumbrada a las vueltas que tenía que dar-. Un poco de ejercicio me sentará bien. Explícaselo, mamá.

– Pero y si empieza a llover cuando… -protestó Webberly.

– ¡Santo cielo, Malcolm, no se derretirá!

Pero sí que lo hacen, contestó Webberly en silencio. Se derriten, se rompen y desaparecen en un instante. Y cuando lo hacen siempre es lo último que uno espera que suceda. Con todo, sabía que era de sabios retirarse en una situación en la que dos mujeres se habían aliado contra él; así pues, dijo:

– Entonces te acompaño un trozo a pie. Alf necesita su paseo matinal, Randie.

En ese preciso instante Miranda estaba a punto de expresar su disconformidad sobre el hecho de que un padre escoltara a una hija a plena luz del día, como si ésta fuera incapaz de cruzar un paso cebra por sus propios medios.

– ¿Mamá?

Miranda miró a su madre en busca de ayuda, y ésta, encogiéndose de hombros, le replicó:

– No has sacado a pasear a Alfie, ¿verdad, cariño?

Miranda se rindió con cierto tono de afable irritación:

– Está bien, acompáñame, pesado. Pero no pienso esperarme a que acabes de sacar brillo a los zapatos.

– Ya me encargaré yo de los zapatos -anunció Frances.

Webberly cogió la correa del perro y salió de casa tras su hija. Una vez fuera, Alfie sacó una pelota de tenis de entre los arbustos. Cuando Webberly lo sacaba a pasear siempre hacían la misma ruta: pasearían hasta Prebend Gardens, allí su dueño le quitaría la correa del collar y le lanzaría la pelota de tenis sobre la hierba, con lo cual Alfie echaría a correr tras ella, se negaría a devolvérsela y correría como un loco por los alrededores durante un cuarto de hora, como mínimo.

– No sé quién tiene menos imaginación -espetó Miranda mientras observaba cómo el perro jadeaba entre las hortensias-: el perro o tú. Mírale, papá. Sabe lo que vais a hacer. Es consciente de que no le espera ninguna sorpresa.

– A los perros les gusta la rutina -le replicó Webberly a su hija mientras Alfie salía triunfante con una pelota vieja y peluda entre los dientes.

– A los perros, sí. Pero ¿y a ti? ¡Por el amor de Dios! ¿Siempre lo llevas a los mismos jardines?

– Es una especie de paseo meditativo que hago dos veces al día -le contestó-. Por la mañana y por la noche. ¿No te parece bien?

– Paseo meditativo -se burló-. Papá, eres un mentirosillo. De verdad.

Después de atravesar la verja delantera, giraron a la derecha y siguieron al perro hasta el final de Palgrave Street, donde hizo el esperado giro a la izquierda que les llevaría hasta Stamford Brook Road y a Prebend Gardens, que estaban al otro lado de la calle.

– Fue una buena fiesta -afirmó Miranda mientras cogía a su padre del brazo-. Creo que mamá se lo pasó bien. Además, nadie dijo nada… ni se preguntó… bien, como mínimo, a mí no…

– Sí, estuvo bien -asintió Webberly, presionando el brazo a un lado para acercarla más a él-. Tu madre se lo pasó tan bien que esta mañana me estaba diciendo que quería salir al jardín a trabajar. -Sintió cómo su hija le miraba, pero él siguió con la mirada al frente.

– No lo hará -replicó Miranda-. Sabes que no lo hará. Papá, ¿por qué no insistes para que vuelva a ese médico? Hay soluciones para la gente como mamá.

– No puedo obligarla a hacer más de lo que hace.

– No, pero podrías… -Miranda suspiró-. No sé. Hacer algo. Algo. No comprendo por qué nunca has adoptado una actitud firme con mamá. En serio.

– ¿En qué estás pensando?

– No sé, si ella pensara que estás dispuesto… bien, si le dijeras: «Hasta aquí hemos llegado, Frances, ya no puedo más. Quiero que vuelvas a ese psiquiatra, sino…».

– Si no, ¿qué?

Webberly sintió que su hija se desanimaba:

– Es eso, ¿verdad? Ya sé que nunca la dejarías. Sí, claro, si lo hicieras, ¿cómo podrías seguir viviendo? Sin embargo, debe de haber algo que tú, nosotros, aún no hayamos pensado. -Y entonces, como para ahorrarle la molestia de tener que responder, se percató de que Alfie estaba observando un gato con demasiado interés. Cogió la correa de manos de su padre, le dio una sacudida y le dijo:

– Ni lo sueñes, Alfie.

Cuando llegaron a la esquina, cruzaron la calle y se despidieron con cariño. Miranda se dirigió hacia la izquierda, lo que la conduciría a la parada de metro de Stamford Brook, y Webberly siguió caminando a lo largo de la verde verja de hierro que marcaba el límite de la parte este de Prebend Gardens.

Al cruzar la verja de hierro forjado, Webberly soltó al perro de la correa y le arrebató la pelota de tenis de entre los dientes. La lanzó todo lo lejos que pudo por encima de la hierba y observó cómo Alfie corría tras ella. Cuando Alfie consiguió coger la pelota, hizo lo que era habitual: se alejó corriendo hasta el extremo más lejano del jardín y empezó a corretear alrededor del parque. Webberly contempló cómo avanzaba de un banco a un arbusto, de un árbol a un sendero, pero él permaneció en el mismo sitio por el que habían entrado; tan sólo se desplazó hasta el negro banco desportillado que estaba muy cerca del tablón de anuncios en el que colgaba la información sobre los eventos venideros de la comunidad.

De hecho, los leyó sin asimilarlos: fiestas de Navidades, ferias de antigüedades, subastas de coches. Se sintió satisfecho al ver que el número de teléfono de la comisaría local de policía estaba en un lugar destacado y que el comité responsable de organizar un programa de Vigilancia Vecinal iba a reunirse en el sótano de una de las iglesias. Vio todo eso, pero después se habría sentido incapaz de dar fe de ello. Porque a pesar de que había visto los seis o siete trozos de papel que colgaban tras el cristal del tablón de anuncios y de que se había tomado la molestia de leerlos uno por uno, lo que en realidad veía era a Frances junto a la ventana de la cocina, mientras que su hija le decía con amabilidad y con una fe ciega en él: «Sé que nunca la abandonarás. ¿Cómo podrías hacer algo así?». Esa última frase le resonaba en el cerebro cual eco con un elevado grado de ironía.

Abandonar a Frances habría sido lo último que se le habría ocurrido la noche en que recibió una llamada para que fuera a Kensington Square. La llamada le había llegado a través de la comisaría de Earl's Court Road, donde hacía poco le habían ascendido a inspector y donde le habían asignado un nuevo sargento -Eric Leach-de compañero. Leach fue el que condujo el coche por Kensington High Street, que por aquel entonces estaba un poco menos abarrotado de coches que en la actualidad. Como Leach era nuevo en el distrito se pasaron de largo y acabaron dando la vuelta por Thackeray Street -que tiene ese aire de aldea en medio de una gran ciudad- y llegaron a la plaza desde la parte sudeste. Eso hizo que fueran a parar directamente delante de la casa que buscaban: un edificio Victoriano de ladrillo rojo con un medallón blanco en la parte superior del aguilón en el que estaba escrita la fecha de construcción: 1879. Era relativamente nuevo, si se tenía en cuenta que el edificio más antiguo de la zona se había erigido unos doscientos años antes.

Un coche patrulla, que había llegado al escenario del crimen al mismo tiempo que la ambulancia, seguía aparcado en la acera, a pesar de que ya no tenía las luces encendidas. El equipo médico ya hacía un buen rato que se había ido, al igual que los vecinos, que sin duda se habían acercado hasta el lugar de los hechos, tal y como suelen hacer cada vez que se oyen las sirenas de la policía en una zona residencial.

Webberly abrió la puerta de golpe y se encaminó hacia la casa. Junto a una superficie enlosada que tenía un jardín central, se erigía una pequeña tapia de ladrillo que estaba coronada por una valla negra de hierro forjado. También había un cerezo de adorno que, como era habitual en esa época del año, cubría el suelo de flores róseas.

La puerta principal estaba cerrada, pero seguro que alguien les había estado esperando, porque tan pronto como Webberly pisó el primer escalón, la puerta se abrió de golpe y el policía uniformado que les había llamado a la comisaría les hizo entrar en la casa. Parecía abatido. Les contó que era la primera vez que investigaba la muerte de un niño. Había llegado después de la ambulancia.

– Tenía dos años -les anunció en un sepulcral tono de voz-. El padre le ha hecho la respiración boca a boca y el equipo médico ha hecho todo lo que estaba en sus manos. -Movió la cabeza de un lado a otro, apesadumbrado-. No pudieron hacer nada. Ya estaba muerta. Lo siento, señor, pero es que tengo un bebé en casa y uno no puede dejar de pensar que…

– No pasa nada, hijo -le tranquilizó Webberly-. Yo también tengo un hijo pequeño. -No hacía falta que le recordaran lo breve que era la vida y lo alerta que debían estar los padres para evitar que cualquier contratiempo acabara con la vida de sus hijos. Su hija Miranda acababa de cumplir dos años.

– ¿Dónde ha sucedido? -preguntó Webberly.

– En el cuarto de baño. En el del piso de arriba. Pero ¿no le gustaría hablar con…? La familia está en la sala de estar.

Webberly no necesitaba que ningún policía joven le dijera lo que tenía que hacer, pero como en ese momento estaba desconcertado, no tenía ningún sentido intentar aclarárselo. En vez de eso, miró a Leach y le dijo:

– Diles que enseguida iremos a hablar con ellos. Después… -Movió la cabeza hacia las escaleras y se dirigió al policía-. Enséñemelo. -Lo siguió por una escalera que giraba alrededor de un pequeño roble del que colgaban con frondosidad las hojas de un helecho.

El cuarto de baño de los niños estaba en la segunda planta de la casa, junto a la habitación de los niños, un lavabo y un dormitorio que pertenecía al otro niño de la familia. Los padres y los abuelos tenían sus habitaciones en la primera planta. El piso de arriba estaba ocupado por la niñera, un inquilino y por una mujer que… bien, el policía se figuró que debía de ser la institutriz, aunque la familia no la llamaba así.

– Les da clases a los niños -explicó el policía-. Bien, supongo que sólo al mayor.

A Webberly le sorprendió que tuvieran una institutriz en esos tiempos y para niños tan pequeños; luego entró en el cuarto de baño en el que había sucedido la tragedia. Leach, después de haber cumplido con sus obligaciones en el piso de abajo, se unió a él. El policía volvió a su puesto, junto a la puerta principal.

Los dos detectives inspeccionaron el cuarto de baño con pesimismo. Era un lugar demasiado trivial para que la muerte hiciera acto de presencia de un modo tan repentino. Aun así, sucedía con tanta frecuencia que Webberly se preguntó cuándo la gente entendería por fin que no podían dejar a los niños solos ni un minuto siempre que estuvieran cerca de dos centímetros de agua.

No obstante, en la bañera había más de dos centímetros de agua. Como mínimo había veinticinco; ya se había enfriado y en la superficie flotaban un barco de plástico y cinco patitos amarillos e inmóviles. Una pastilla de jabón descansaba en el fondo, junto al desagüe, y una bandeja de baño de acero inoxidable, con desgastadas puntas de goma, cubría la bañera de punta a punta y contenía una manopla, un peine y una esponja. Todo parecía normal. Pero también se intuía que tanto el pánico como la tragedia habían estado presentes en el cuarto de baño.

A un lado, había un toallero volcado en el suelo. La alfombrilla, empapada, yacía arrugada bajo el lavabo. Una papelera de mimbre estaba boca abajo. Sobre las blancas baldosas se veían las huellas del equipo medicalizado que evidentemente no se habría preocupado en lo más mínimo de dejar el cuarto limpio y ordenado mientras intentaban reanimar al niño.

Webberly podía imaginarse la escena como si hubiera estado allí mismo, porque en realidad había presenciado algo parecido cuando iba de uniforme: los del equipo medicalizado no habrían dado muestras de pánico, sino que habrían irradiado una calma intensa, inhumana e impersonal; le habrían comprobado el pulso y la respiración, y si las pupilas reaccionaban; habrían iniciado la reanimación cardiopulmonar de inmediato. Enseguida habrían sabido que estaba muerta, pero no se lo habrían dicho a nadie porque su trabajo consistía en hacer vivir a la gente, costara lo que costara, pero no habrían dejado de intentarlo y la habrían llevado a toda velocidad hacia el hospital, sin dejar de intentar reanimarla, porque siempre cabía la posibilidad de que la vida pudiera resurgir de nuevo del leve indicio que quedaba cuando el alma abandonaba el cuerpo.

Webberly usó un bolígrafo para poner la papelera de mimbre en pie, y le echó un vistazo. Seis pañuelos de papel arrugados, medio metro de hilo dental y un tubo vacío de pasta de dientes.

– Inspecciona el botiquín, Eric -le dijo a Leach, mientras él se iba a analizar la bañera. Observó con detalle cada uno de los lados, los grifos y el desagüe, la cal que lo bordeaba y el agua. Nada.

– Hay aspirinas para niños, jarabe para la tos y unas cuantas recetas. Cinco, señor -añadió Leach.

– ¿Para quién?

– Para Sonia Davies.

– Apunte los nombres de los medicamentos. Precinte el cuarto de baño. Me voy a hablar con la familia.

Pero en la sala de estar no sólo se encontró con la familia, porque en la casa vivía mucha más gente; además, cuando la tragedia acaeció, interrumpiendo su rutina de cada noche, en la casa había mucha más gente que la que allí vivía. En realidad, la sala de estar parecía estar abarrotada de gente, a pesar de que sólo había nueve personas presentes: ocho adultos y un niño con un atractivo mechón de pelo medio rubio medio blanco sobre la frente. Con el rostro pálido como la tiza, permanecía entre los protectores brazos de un hombre mayor que, según me imaginé, debía de ser su abuelo; éste llevaba una corbata -tenía todo el aspecto de ser el recuerdo de una universidad o de un club-que el chico asía y entrelazaba con los dedos.

Nadie hablaba. Estaban muy conmocionados y daba la impresión de que se mantenían en grupo para poder prestarse toda la ayuda que fuera posible. Casi toda la ayuda se la dedicaban a la madre, sentada en un rincón de la sala, una mujer que debía de tener -al igual que Webberly- unos treinta años. Era de complexión pálida, y sus grandes ojos estaban como idos, viendo una y otra vez lo que una madre nunca debería llegar a ver: el lánguido cuerpo de su hija en manos de unos extraños que pugnaban por salvarle la vida.

Cuando Webberly se dio a conocer, uno de los dos hombres que permanecía junto a la madre se alzó y dijo que era Richard Davies, el padre de la niña que habían llevado al hospital. El motivo de que usara ese eufemismo se puso de manifiesto cuando miró en dirección al niño, su hijo. Muy sabiamente, no quería hablar de la muerte de su hija delante de su hermano.

– Mi mujer y yo hemos estado en el hospital. Nos han dicho que…

Al oírlo, una joven -que estaba sentada en el sofá al lado de un hombre de su misma edad que le rodeaba los hombros con los brazos-empezó a llorar. Era el tipo de llanto horrible y gutural que se acaba convirtiendo en los sollozos típicos de la histeria.

– No la he dejado sola -imploraba, y a pesar de sus lamentos Webberly se percató de que tenía un fuerte acento alemán-. Juro por Dios Todopoderoso que no la he dejado sola ni un minuto.

Evidentemente, eso planteaba la pregunta de cómo había muerto.

Debía interrogarles a todos, pero no a la vez.

– ¿Era la encargada de vigilar a la niña? -le preguntó Webberly a la chica alemana.

En ese momento, la madre exclamó:

– ¡Yo soy la culpable de todo!

– ¡Eugenie! -gritó Richard Davies.

El otro hombre que estaba junto a ella, con el rostro resplandeciente a causa de la pátina de sudor que lo cubría, dijo:

– ¡Eugenie, haz el favor de no hablar así!

– Todos sabemos de quién es la culpa -espetó el abuelo.

– ¡No, no, no! ¡No la he dejado! -gimoteaba la chica alemana mientras que su compañero la sostenía entre sus brazos y le decía: «¡Todo va bien!», aunque era obvio que no era verdad.

Había dos personas que no decían nada: una mujer mayor que no apartaba los ojos del abuelo y una mujer pelirroja que llevaba una bonita falda tableada y que observaba a la mujer alemana con abierta aversión.

Demasiada gente. Demasiadas emociones. Una confusión cada vez mayor. Webberly les ordenó a todos, a excepción de los padres, que salieran de la sala, pero que no se marcharan de la casa. También insistió en que alguien se quedara con el niño pequeño.

– Ya me encargaré yo de eso -anunció la mujer pelirroja, obviamente la «institutriz» que había mencionado el joven agente-. ¡Vamos, Gideon! ¡A ver cómo van esas matemáticas!

– Pero tengo que ensayar -protestó el niño, mirando con seriedad de un adulto a otro-. Raphael me ha dicho que…

– Muy bien, Gideon. Vete con Sarah-Jane. -El hombre con la cara cubierta de sudor se apartó de la madre y se agachó junto al niño-. Ahora no tienes que preocuparte por tu música. Ve con Sarah-Jane, ¿de acuerdo?

– ¡Vamos, chico!

El abuelo se puso en pie, con el niño entre sus brazos. El resto del grupo fue saliendo tras él hasta que sólo quedaron en la sala los padres de la niña muerta.

Incluso ahora, en el jardín de Stamford Brook, mientras Alfie ladraba a los pájaros, perseguía ardillas y esperaba a que su dueño le llamara de nuevo junto a él, incluso ahora en el parque, Webberly podía ver a Eugenie Davies tal y como la había visto esa lejana noche.

Ataviada simplemente con unos pantalones grises y una blusa azul claro, no se movió ni un centímetro. No le miraba ni a él ni a su marido. Sólo repetía: «¡Dios mío! ¿Qué será de nosotros?». E incluso entonces hablaba para ella, no para los hombres.

– Hemos estado en el hospital -dijo el marido, dirigiéndose a Webberly en vez de responderle a ella-. No pudieron hacer nada. No nos lo dijeron aquí, en casa. No lo hicieron.

– No -asintió Webberly-. Eso no les corresponde a ellos. Lo dejan para los médicos.

– Sin embargo, lo sabían. Mientras estaban aquí. Lo sabían, ¿verdad?

– Supongo que sí. Lo siento.

Ninguno de los dos lloraba. Lo harían más tarde, cuando se dieran cuenta de que la pesadilla que estaban experimentando en ese momento era más bien una realidad que tendrían que soportar el resto de sus vidas. Pero en ese momento estaban paralizados por el dolor: el pánico inicial, la crisis de la rápida intervención, la invasión de extraños en su casa, la espera agonizante en la sala de un hospital, la actitud de un doctor cuya expresión, sin lugar a dudas, lo decía todo.

– Nos dijeron que después la dejarían ir… bien, el cadáver, quiero decir -explicó el marido-. Insistieron en que no nos la podíamos llevar ni hacer preparativos… ¿Por qué?

Eugenie bajó la cabeza. Una lágrima cayó en sus entrelazadas manos.

Webberly se acercó una silla para estar a la misma altura que Eugenie, y le indicó a Richard Davies que hiciera lo mismo; éste se sentó junto a su mujer y la cogió de la mano. Webberly se lo explicó lo mejor que pudo: cuando acontecía una muerte inesperada, cuando moría alguien que no estaba bajo los cuidados de un médico y que pudiera firmar el certificado de defunción, cuando alguien moría de accidente -ahogado, por ejemplo-, la ley dictaba que se tenía que practicar una autopsia.

– ¿Me está diciendo que la desmenuzarán? ¿Que la abrirán en canal? -preguntó Eugenie mientras alzaba la vista.

Webberly, intentando esquivar la pregunta, respondió:

– Determinarán las causas exactas de su muerte.

– Pero la causa ya la sabemos -replicó Richard Davies-. Estaba… por Dios… estaba en la bañera. Después oímos los gritos, los lamentos de las mujeres. Corrí hacia arriba en el instante en que James bajaba a toda prisa…

– ¿James?

– Se aloja con nosotros. Estaba en su habitación y bajó corriendo.

– ¿Dónde estaban todos los demás?

Richard miró a su mujer como si esperara que ésta respondiera. Negó con la cabeza y sólo dijo:

– La abuela y yo estábamos en la cocina, empezando a preparar la cena. Era la hora del baño de Sonia y… -Vaciló un momento, como si al pronunciar el nombre de su hija se hiciera más real aquello que no soportaba pensar.

– ¿No sabe dónde estaban todos los demás?

– Papá y yo estábamos en su sala de estar -respondió Richard Davies-. Estábamos mirando ese… Dios… ese partido de fútbol estúpido e infernal. De hecho, estábamos viendo el fútbol mientras que Sosy se ahogaba en el piso de arriba.

Creo que el hecho de oír el diminutivo de su hija fue lo que hizo que Eugenie se desmoronara. Empezó a llorar a moco tendido.

Richard Davies, atrapado en su propio dolor y desesperación, no cogió a su mujer entre sus brazos, tal y como a Webberly le hubiera gustado que hiciera. Sólo pronunció su nombre y le dijo inútilmente que todo iba bien, que la niña estaba con Dios y que éste la quería tanto como ellos. Y que Eugenie, más que nadie, lo sabía, ¿verdad? Porque su fe en Dios y en su bondad era total.

«¡Vaya manera más fría de consolarla!», pensó Webberly.

– Señor y señora Davies, me gustaría hablar con los demás -dijo Webberly. Y mirando a Eugenie, añadió:

– Necesitará un médico. Más valdría que fuera a llamarlo.

Mientras Webberly hablaba, se abrió la puerta de la sala de estar y apareció el sargento Leach. Asintió con la cabeza para indicarle que había acabado la lista y que había sellado el cuarto de baño. Webberly le indicó que dispusiera la sala de estar de tal modo que pudieran interrogar a los residentes de la casa.

– Gracias por su ayuda, inspector -dijo Eugenie.

«Gracias por su ayuda.» Webberly pensaba en esas palabras mientras avanzaba con dificultad. ¡Qué curioso era que tan sólo cuatro palabras pronunciadas con un tono de voz de infelicidad hubieran conseguido cambiarle la vida: había pasado de detective a caballero errante en el transcurso de un simple segundo!

Mientras llamaba a Alfie se decía a sí mismo que había sido a causa del tipo de madre que era. La clase de madre que Frances -que Dios la perdone- nunca habría podido ser. ¿Cómo era posible no admirarlo? ¿Cómo era posible no desear ayudar a una madre así?

– Alfie, ¡ven! -gritó mientras el pastor alemán perseguía a un terrier que llevaba un Frisbee en la boca-. ¡Venga, vamos a casa! ¡No te ataré!

El perro, que parecía haber entendido esa última promesa, se dirigió hacia Webberly a toda velocidad. Parecía haber disfrutado mucho corriendo por el parque, ya que los costados le palpitaban y la lengua le colgaba. Webberly asintió en dirección a la verja y el perro se encaminó hacia allí; luego se sentó obedientemente, sin apartar los ojos de los bolsillos de Webberly a la espera de una recompensa por haberse portado tan bien.

– Tendrás que esperar hasta que lleguemos a casa -exclamó Webberly, y después analizó sus propias palabras.

En realidad, la vida era así, ¿verdad? Al final del día y durante muchos años, todo lo que era de alguna importancia en el pequeño y triste mundo de Webberly siempre se veía pospuesto al momento de llegar a casa.

Lynley cayó en la cuenta de que Helen ni siquiera había bebido un sorbo de té. Helen había cambiado de posición en la cama y observaba cómo Lynley se hacía un lío con el nudo de la corbata mientras la miraba por el espejo.

– Así pues, se trata de alguien que Malcolm Webberly conocía -comentó-. ¡Qué mal lo debe de estar pasando! ¡Y enterarse precisamente cuando estaba celebrando las bodas de plata!

– No creo que la conociera muy bien -replicó Lynley-. Era una de las personas implicadas en el primer caso que resolvió como inspector en Kensington.

– Eso sucedió hace muchos años. Debió de ser alguien que le impresionara mucho.

– Supongo que sí.

Lynley no le quería explicar los motivos. En realidad, no quería contarle nada relacionado con esa lejana muerte que Webberly investigó. Que un niño se ahogara ya era bastante terrible en sí mismo, pero en la nueva situación en la que se encontraban en ese momento de su vida, Lynley pensó que debería ser delicado y discreto, ya que su mujer estaba esperando un hijo.

«Estamos esperando un hijo -se corrigió a sí mismo-, un hijo al que nunca le pasará nada malo.» El hecho de discutir el daño que había padecido otro niño le parecía tentar a la suerte. O, como mínimo, eso era lo que Lynley se repetía a sí mismo mientras se vestía.

En la cama, Helen se dio la vuelta y se puso de espaldas a él, con las piernas levantadas y con un almohadón junto al estómago.

– ¡Dios! -se lamentó.

Lynley se le acercó, se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo castaño.

– Ni siquiera has probado el té. ¿Te gustaría que te trajera otra cosa?

– Lo que de verdad me gustaría es encontrarme bien.

– ¿Qué dice la doctora?

– En ese aspecto es un pozo de sabiduría: «Me pasé los cuatro primeros meses de cada embarazo pegada a la taza del váter. Se le pasará, señora Lynley. Así son las cosas».

– ¿Y hasta entonces?

– Supongo que tendré que resignarme y no pensar en comida.

Lynley la observó con cariño: la curva de la mejilla y la forma de la oreja se asemejaban a un caparazón. Sin embargo, tenía la piel de un ligero color verdoso, y la forma de asir la almohada parecía indicar que estaba a punto de sentirse mareada otra vez.

– Ojalá pudiera ponerme en tu lugar, Helen.

Se rió tenuemente y replicó:

– Ése es el típico comentario que hacen los hombres cuando se sienten culpables y cuando tienen la certeza de que lo último que desearían hacer en esta vida sería traer un bebé al mundo. -Alargó la mano para acariciarle la suya-. Sin embargo, te agradezco la intención. ¿Ya te vas? Desayunarás, ¿verdad, Tommy?

Le aseguró que comería algo. De hecho, sabía que no tenía escapatoria. Si Helen no insistía lo bastante para que comiera, entonces Charlie Denton -criado, mayordomo, cocinero, asistente, aspirante a actor, seductor impenitente, o cualquier otra cosa que eligiera llamarse ese día en concreto-atrancaría la puerta hasta que Lynley hubiera devorado un plato de cualquier cosa.

– ¿Y tú? -le preguntó a su esposa-. ¿Qué planes tienes? ¿Vas a ir a trabajar?

– Francamente, preferiría no ir; de hecho, me gustaría permanecer quieta durante las próximas treinta y dos semanas.

– ¿Quieres que llame a Simon?

– No. Tiene que resolver el asunto ese de la acrilamida. Necesitan los resultados de aquí a dos días.

– Ya lo entiendo. Pero ¿le eres indispensable?

Simon Allcourt-St. James era médico forense, un experto cuya especialidad le llevaba con regularidad a la tribuna de los testigos para confirmar las pruebas del Fiscal del Estado o para reforzar la postura de la defensa. En este ejemplo en particular, estaba trabajando en un caso civil en el que el pleito implicaba determinar qué cantidad de acrilamida absorbida a través de la piel podía considerarse una dosis tóxica.

– Me gustaría pensar que sí -respondió-. Pero, de todos modos… -Se la quedó mirando mientras esbozaba una sonrisa-. Me gustaría contarle la noticia. A propósito, ayer por la noche se lo dije a Barbara.

– ¡Ah!

– ¡Ah, Tommy! ¿Qué se supone que quieres decir con eso?

Lynley se levantó de la cama. Se dirigió hacia el armario, donde el espejo de la puerta le mostró lo mal que se había anudado la corbata. Deshizo el nudo y empezó de nuevo.

– Le dijiste a Barbara que no lo sabe nadie más, ¿verdad, Helen?

Hizo todo lo que pudo por incorporarse. No obstante, le costaba un gran esfuerzo y se tumbó de nuevo.

– Sí, se lo dije. Y como ella ya lo sabe, pensaba que también podríamos…

– Preferiría no hacerlo todavía.

El nudo de la corbata estaba peor que la primera vez. Lynley desistió en el intento, echó la culpa al tejido y se fue a buscar otra. Sabía que Helen le estaba observando y que esperaba que le diera una explicación lógica que justificara su decisión.

– Ya sé que es pura superstición, cariño. Pero si guardamos el secreto, habrá menos probabilidades de que ocurra algo malo. Ya sé que es una estupidez. Sin embargo, es lo que creo. Había pensado no decir nada a nadie hasta que… bien, hasta que se notara.

– Hasta que se notara -repitió la frase pensativamente-. ¿Estás preocupado?

– Sí. Preocupado. Asustado. Nervioso. Inquieto. Y a menudo, confundido. Sí, creo que eso define cómo me siento.

– Te quiero, cariño -le dijo con una sonrisa.

Esa sonrisa requería una confesión. Se la debía.

– Has de pensar en Deborah. Simon será capaz de hacer frente a esa noticia, pero Deborah se sentirá muy mal cuando se entere de que estás embarazada.

Deborah era la esposa de Simon, una mujer joven que había sufrido tantos abortos que parecía un acto deliberado de crueldad mencionar un embarazo sin complicaciones delante de ella. No es que no fuera a mostrar su alegría por la pareja. Y en cierto modo seguro que se alegraría, pero en lo más profundo de su ser, allí donde abrigaba sus propias esperanzas, sentiría cómo el hierro candente del fracaso le abrasaba la piel de sus sueños, y esa piel ya había sido quemada demasiadas veces.

– Tommy -dijo Helen con dulzura-. Deborah se enterará tarde o temprano. ¿No crees que le dolerá cuando de repente me vea llevando ropa de embarazada sin que nosotros le hayamos contado que estamos esperando un hijo? En ese momento sabrá por qué no se lo hemos contado. ¿No crees que eso le dolerá aún más?

– No estoy diciendo que lo mantengamos en secreto mucho tiempo -replicó Lynley-. Sólo una temporadita, Helen. Para que tengamos suerte, más que por Deborah. ¿Harías eso por mí?

Helen lo observó del mismo modo que él la había estado observando a ella. Notaba cómo se impacientaba mientras ella lo estudiaba, pero no se movió, a la espera de una respuesta.

– ¿Estás contento de que vayamos a tener un hijo, cariño? ¿Te hace realmente feliz?

– Helen, estoy encantado.

Sin embargo, incluso cuando pronunciaba esas palabras, Lynley se preguntaba por qué no se sentía así. Se preguntaba por qué tenía la sensación de que estaba cumpliendo con una obligación que ya había pospuesto durante mucho tiempo.

Capítulo 4

Cuando Richard entró en el piso, Jill Foster estaba gruñendo a causa de la última serie de ejercicios pélvicos que su instructora prenatal le había mandado hacer. Tenía un aspecto más ojeroso de lo que ella se había imaginado, y no le gustó la sensación que eso le provocó. Hacía dieciséis años que Richard se había divorciado de Eugenie. Jill creía que la identificación del cadáver de su ex mujer debería ser considerado como una actividad molesta que un buen ciudadano lleva a cabo para intentar ayudar a la policía.

Gladys, la instructora prenatal, a la que Jill veía como una mezcla de atleta olímpica y de nazi deportiva, le decía:

– ¡Diez más, Jill! ¡Venga, sigue! Cuando estés dando a luz me lo agradecerás, cariño.

– No puedo -protestó Jill.

– ¡Tonterías! Olvídate de que estás cansada. Piensa en el vestido. Al final me darás las gracias. ¡Venga, diez más!

El vestido en cuestión era un traje de boda, un diseño de Knightsbridge que había costado una pequeña fortuna y que colgaba de la puerta de la sala de estar. Jill lo había colgado allí para sentirse inspirada cada vez que le entraran ganas de comer o cuando la nazi deportiva la hiciera sentir sudorosa, desgraciada e incómoda. «Te voy a mandar a Gladys Smiley, querida -le había dicho la madre de Jill tan pronto como se había enterado de que iba a tener un nieto-. Es la mejor instructora prenatal de todo el sur de Inglaterra, Londres incluido, no creas. Casi siempre está ocupada, pero conseguiré que te haga un hueco. El ejercicio es vital. El ejercicio y la dieta, evidentemente.»

Jill había decidido cooperar con su madre, no porque Dora Foster fuera su madre, sino porque había traído al mundo sin ningún problema quinientos bebés que habían nacido en casa. Por lo tanto, sabía de qué hablaba.

Gladys empezó a contar hasta diez. Jill sudaba como un caballo de carreras y se sentía como una cerda, pero consiguió dedicarle una alegre sonrisa a Richard. Desde un principio había estado en contra de lo que él llamaba «la absurdidad única» de Gladys Smiley, y todavía se oponía con firmeza a la idea de que Dora Foster trajera al mundo a su primera nieta en la casa familiar de Wiltshire. Pero como Jill había consentido en lo de la boda -aceptando un enfoque más moderno de convivencia postnatal en vez de lo que ella habría querido en realidad: noviazgo, boda y niños, en ese orden-, sabía que Richard al final cedería a sus deseos. Después de todo, era ella la que iba a dar a luz. Y si ella quería que su madre la asistiera en el parto -su madre, que tenía más de treinta años de experiencia en eso-, entonces así serían las cosas. «Todavía no eres mi marido, cariño -le decía Jill alegremente cada vez que él protestaba-. Aún no he dicho ni una sola palabra delante de nadie con respecto a que te amaré, respetaré y obedeceré.»

Tenía razón y lo sabía. Él también lo sabía y, por lo tanto, ella acabaría saliéndose con la suya.

– Siete… ocho… nueve… diez… ¡Eso es! -gritó Gladys-. Has hecho un trabajo excelente. Si sigues con los ejercicios, tu hija saldrá en un santiamén. ¡Y ya verá si no lo hace! -Le entregó una toalla a Jill y le hizo un gesto de asentimiento a Richard, que permanecía de pie junto a la puerta, con una expresión de tristeza-. Ya han decidido el nombre, ¿verdad?

– Catherine Ann -dijo Jill con decisión mientras Richard decía con igual firmeza:

– Cara Ann.

Gladys miró a uno, después a otro, y concluyó:

– Sí, bien. Sigue trabajando así, Jilly. Te veré pasado mañana, ¿de acuerdo? ¿A la misma hora?

– ¡Humm! -Jill permaneció en el suelo mientras Richard acompañaba a Gladys hasta la puerta. Cuando él regresó a la sala de estar, Jill aún seguía allí, sintiéndose como una ballena embarrancada.

– Cariño, nunca permitiré que una hija mía se llame Cara. Sería el hazmerreír de todos mis amigos. ¡Cara! Sinceramente, Richard, estamos hablando de una niña, no del personaje de una novela.

En una situación normal, habría discutido. Le habría dicho: «Catherine es un nombre demasiado vulgar, y si no va a llamarse Cara, entonces tampoco se llamará Catherine; por lo tanto, tendremos que llegar a un acuerdo y buscar un nombre que nos guste a los dos». Eso es lo que habían estado haciendo desde el día que se conocieron, ya que ambos tuvieron que transigir cuando ella le explicó los detalles sobre el documental que la BBC estaba haciendo sobre su hijo. «Puedes hablar con Gideon sobre su música -le había dicho Richard Davies durante las negociaciones del contrato-. Puedes hacerle las preguntas que quieras sobre el violín. Pero mi hijo no habla de su vida privada ni de su historia con los medios de comunicación, e insisto en que eso quede muy claro.»

«Porque no tiene vida privada», pensaba Jill ahora. Y por lo que respectaba a su historia se podía resumir en una sola palabra: violín. Gideon era música y la música era Gideon. Siempre había sido así y siempre lo sería.

Por otra parte, Richard era pura electricidad. A ella le gustaba poner su inteligencia a prueba y luchar por sus ideas. Lo encontraba estimulante y excitante, a pesar de la diferencia de edad que los separaba. ¡Discutir con un hombre era un afrodisíaco tan potente! Y, de hecho, había habido muy pocos hombres en la vida de Jill que quisieran discutir. Especialmente los ingleses, que tendían a adoptar una actitud de agresividad pasiva al primer indicio de pelea.

Sin embargo, discutir no era lo que más le apetecía a Richard en ese momento: discutir por el nombre de su hija, por la ubicación del piso que aún tenían que comprar, por el color del papel que pondrían en las paredes una vez que el piso fuera de ellos, o por el tamaño y la fecha de su futura boda. Todos ésos habían sido temas de discusión en peleas anteriores, pero Jill se dio cuenta de que Richard no tenía suficiente energía para una discusión acalorada.

Su pálido rostro indicaba por lo que había tenido que pasar durante las últimas horas, y aunque su obsesión con el nombre de Cara parecía mucho más seria de lo que ella se habría imaginado cuando lo mencionó por primera vez cinco meses atrás, Jill deseaba mostrarse comprensiva con sus experiencias recientes. Por muchas ganas que tuviera de decirle «¿Qué demonios te pasa? Por el amor de Dios, Richard, esa horrible mujer te abandonó hace casi veinte años», sabía que lo que tenía que decirle era «¿Lo has pasado muy mal, cariño? ¿Te encuentras bien?», en el más cariñoso de los tonos.

Richard se dirigió hacia el sofá y se sentó. Su escoliosis se hacía mucho más evidente por el abatimiento de los hombros.

– No pude confirmarlo.

Jill frunció el ceño y preguntó:

– Que no pudiste confirmar… ¿el qué, cariño?

– Eugenie. Fui incapaz de decirles si esa mujer era en verdad Eugenie.

– ¿Tanto había cambiado? -preguntó en voz baja-. Supongo que no es tan raro, Richard. Hacía mucho tiempo que no la habías visto. Y quizá tuviera una mala época y…

Richard negó con la cabeza. Se pasó dos dedos por las cejas y se las frotó.

– No se trata de eso, y aunque hubiera sido así tampoco les podría haber dicho nada.

– ¿De qué se trata, pues?

– Estaba muy magullada. Supongo que, aunque hubieran sabido lo que sucedió exactamente, tampoco me lo habrían dicho. Parecía como si un camión le hubiera pasado por encima. Estaba… estaba mutilada, Jill.

– ¡Santo Cielo! -Jill hizo un esfuerzo por sentarse. Apoyó una mano en la rodilla. Eso podía poner pálido a cualquiera-. Richard, lo siento mucho. Debes de haberlo pasado muy mal.

– Primero me enseñaron una fotografía, lo cual fue de agradecer. Pero al ver que era incapaz de identificarla a partir de la foto, me enseñaron el cadáver. Me preguntaron si tenía algunas marcas que pudieran identificarla. Pero yo no lo recordaba. -Su voz era monótona, como una vieja moneda de cobre-. Lo único que fui capaz de decirles fue el nombre del dentista al que iba hace veinte años, imagínate. Sin embargo, no pude recordar si tenía alguna marca de nacimiento que pudiera ayudar a la policía a determinar si era Eugenie, mi mujer.

«Ex mujer -deseaba decir Jill. Una mala madre. Una mujer egoísta que abandonó a un niño que tú tuviste que criar solo. Solo, Richard. No lo olvidemos.»

– Pero podía recordar el nombre de ese maldito dentista -repetía-. Y sólo porque también es el mío.

– ¿Qué piensan hacer?

– Usar los rayos X para asegurarse de que es Eugenie.

– ¿Tú qué crees?

Levantó la mirada. Parecía muy cansado. Con una sensación de culpa poco habitual, Jill pensó lo poco que debía de dormir en ese sofá y lo amable y considerado que estaba siendo al pasar la noche en su casa ahora que ya se estaba acercando el momento. Como Richard ya había tenido dos hijos -a pesar de que sólo uno de ellos seguía con vida-, Jill no se había podido llegar a imaginar que Richard se preocuparía de su salud como lo había estado haciendo durante el embarazo. Pero desde el momento en que su estómago había empezado a hincharse y que sus pechos habían comenzado a aumentar de tamaño, él la había tratado con una ternura que le había parecido bastante conmovedora. Hacía que ella le abriera su corazón y que se sintieran más unidos. Esa familia que estaban creando era algo que Jill anhelaba. Era lo que había deseado y soñado tener, algo que no había encontrado entre los hombres de su edad.

– Lo que estaba pensando -dijo Richard en respuesta a su pregunta-es que la probabilidad de que Eugenie haya seguido yendo al mismo dentista desde que nos separamos…

– Desde que te abandonó -le corrigió Jill en voz baja.

– …es bastante remota.

– Lo que todavía no entiendo es cómo te relacionaron con ella. Ni cómo consiguieron dar contigo.

Richard cambió de posición en el sofá. Delante de él, sobre el robusto sofá otomano que servía de mesa auxiliar, ojeó el último número de Radio Times. La portada mostraba una dentuda actriz americana que estaba dispuesta a imitar lo que sin duda sería un acento inglés muy imperfecto, con el objetivo de poder interpretar el papel de Jane Eyre en otra resurrección de ese melodrama Victoriano tan epónimo y tan poco convincente. «Precisamente Jane Eyre -pensó Jill con desdén-, la que fomentó en los débiles cerebros de más de cien años de lectoras influenciables, la estúpida creencia de que un hombre con un pasado más malo que la tiña podría ser redimido por el amor de una mujer decente. ¡Qué disparate!»

Richard no le respondía.

– Richard, no lo comprendo. ¿Por qué te relacionaron con Eugenie? Soy consciente de que debió de conservar tu apellido, pero Davies es demasiado común para que alguien pueda deducir que tú y ella estuvisteis casados.

– Uno de los policías que se ocupa de la investigación -respondió Richard- sabía quién era, ya que se había encargado del caso de… -Distraído, apartó la revista Radio Times de encima del montón. La revista de abajo mostraba a la mismísima Jill ataviada con ropa moderna entre el reparto caracterizado de su triunfante producción de Remedios desesperados, filmada a las pocas semanas de la separación de Jill y Jonathon Stewart, cuyas promesas apasionadas de dejar a su mujer «una vez que nuestro Steph haya acabado los estudios en Oxford, cariño», habían demostrado ser tan verdaderas como su formalidad en la cama. Dos semanas después de que «nuestro Steph» sostuviera el título entre sus sucias manos Jonathon se había inventado otra excusa que consistía en ayudar a su desgraciada hija «a que se instalara en su nuevo piso de Lancaster, cariño». Tres días más tarde, Jill había dado por acabada la relación y se había entregado en cuerpo y alma a la producción de Remedios desesperados, cuyo título no podía haber sido más apropiado para el estado de ánimo en el que se encontraba.

– ¿Del caso? -preguntó Jill.

Un momento después se dio cuenta de qué caso estaban hablando. El caso, por supuesto, el único que importaba. El caso que le había roto el corazón, destrozado su matrimonio y afectado a los últimos veinte años de su vida.

– Sí, supongo que es normal que la policía lo recordara.

– Uno de los detectives se había ocupado del caso. Por lo tanto, cuando vio su nombre en el carné de conducir, se puso en contacto conmigo.

– Sí, ya lo entiendo. -Consiguió ponerse de rodillas y tocarle sus encorvados hombros-. Déjame que te prepare algo. ¿Té? ¿Café?

– Creo que un coñac me sentaría bien.

Jill alzó una ceja, pero como él estaba mirando la revista, no se dio cuenta. Deseaba decirle: «¿A estas horas? No creo, cariño», pero se puso en pie y se fue a la cocina, de donde sacó una botella de Courvoisier de uno de los aseados armarios y vertió dos cucharadas exactas de coñac, la cantidad adecuada para devolverle las fuerzas.

Richard entró en la cocina y cogió el vaso sin hacer ni un comentario. Bebió un sorbo y removió el líquido que quedaba en el vaso.

– No me puedo quitar de la cabeza lo que he visto.

A Jill, eso ya le pareció demasiado. De acuerdo, la mujer estaba muerta. Sí, había muerto de un modo espantoso, y era una lástima. Seguro que tener que contemplar su descuartizado cuerpo había sido muy doloroso. Pero Richard no había tenido noticias de su ex mujer en los últimos veinte años; por lo tanto, ¿por qué le afectaba tanto su muerte? A no ser que aún sintiera algo por ella… o que no le hubiera contado la verdad sobre la ruptura de su matrimonio y sobre lo que había hecho con el cadáver.

– Sé que lo estás pasando muy mal -le dijo Jill con cariño mientras le acariciaba el antebrazo-. Pero, de hecho, no la has visto en todos estos años, ¿verdad?

Parpadeó. Los dedos de Jill se tensaron, sin que ésta pudiera hacer nada por evitarlo. «No dejes que esto se convierta en una situación parecida a la de Jonathon -le dijo en silencio-. Richard, si me mientes ahora, pondré fin a nuestra relación. No pienso volver a vivir en un mundo de fantasía.»

– No, no la he visto -le respondió-. Pero hacía poco que había hablado con ella. De hecho, este último mes hablamos varias veces. -Pareció sentir la creciente tensión de Jill al oírlo, ya que prosiguió con rapidez-. Me llamó para preguntar por Gideon. Había leído en los periódicos lo que le había sucedido en Wigmore Hall. Cuando vio que Gideon no conseguía recuperarse, me llamó para preguntar cómo estaba. No te lo he contado porque… bien, de hecho no lo sé. En ese momento no me pareció tan importante. Además, no quería que nada te trastornara en estas últimas semanas… de embarazo. No me parecía justo.

– ¡Esto es indignante! -Jill sintió una oleada de ira justificada.

– Lo siento -aclaró Richard-. Sólo hablamos durante cinco minutos… diez minutos, como máximo, cada vez que llamó. No pensé que…

– Creo que no me has entendido -le interrumpió-. Lo que me parece indignante no es que no me lo hayas contado, sino que te llamara. Que se atreviera a llamarte por teléfono, Richard. Que pudiera salir de tu vida, y de la vida de Gideon, por el amor de Dios, y que después de leer algo en el periódico te llamara porque sentía curiosidad por saber lo que le había pasado a Gideon en una actuación. ¡Qué descaro!

Richard no respondió nada. Simplemente removía el coñac del vaso y observaba la delgada pátina que dejaba en los lados. «Debía de haber algo más», decidió Jill.

– Richard, ¿qué pasa? Hay algo que no me quieres contar, ¿verdad?

Una vez más sintió cómo sufría al ver que un hombre con el que estaba tan íntimamente ligada no era todo lo franco que ella esperaba que fuera. «Qué extraño -pensó-que una relación humillante y desastrosa tuviera el potencial de afectar a cualquier otra relación posterior.»

– Richard, dímelo. ¿Hay algo más?

– Gideon -dijo Richard-. No llegué a contarle que su madre había estado llamando para preguntar por él. No sabía qué decirle, Jill. No es que pidiera verlo, ya que no tenía ninguna intención de hacerlo. ¿Qué sentido habría tenido decírselo? Pero ahora está muerta y él debe saberlo, y tengo miedo de que cuando se entere aún se sienta peor.

– Sí, ya veo lo que quieres decir.

«¿Se encuentra bien?», quería saber Jill.

– ¿Por qué no toca, Richard? -le preguntó-. ¿Cuántos conciertos ha tenido que anular? ¿Por qué? ¿Por qué?

«¿Qué intentaba averiguar?», pensó Richard.

– Me llamó unas doce veces durante estas últimas dos semanas -le confesó Richard-. Ahí estaba esa voz del pasado de la que creía haberme recuperado… -Se quedó en silencio.

Jill sintió un estremecimiento. Le empezaba en los tobillos y le recorría el cuerpo hasta llegarle al corazón.

– ¿Del que creías haberte recuperado? -le preguntó con pies de plomo, intentando dejar de pensar lo que no podía soportar pensar, pero las palabras le retumbaban en la cabeza: «Aún la ama. Lo abandonó. Desapareció de su vida. Pero él la siguió amando. Se metió en mi cama. Unió su cuerpo con el mío. Pero no había dejado de querer a Eugenie».

No era de extrañar que nunca se hubiera vuelto a casar. La única pregunta era: ¿Por qué iba a hacerlo ahora?

El maldito hombre le leyó la mente. O tal vez el rostro. O quizás él también sintió un estremecimiento, ya que dijo:

– Porque tardé demasiado tiempo en encontrarte, Jill. Porque te quiero. Porque, a mi edad, nunca pensé que sería capaz de volver a enamorarme. Cada mañana cuando me despierto, aunque sea en ese horrible sofá, doy gracias a Dios por el milagro de que me quieras. Eugenie es una parte lejana de mi pasado. No permitamos que forme parte de nuestro futuro.

Y la verdad era, como Jill sabía muy bien, que ambos tenían pasado. No eran ningunos adolescentes; por lo tanto, no podían esperar que el otro entrara en su nueva vida sin traumas. Al fin y al cabo, el futuro era lo único que importaba. Su futuro y el futuro del bebé. Catherine Ann.

Era muy fácil acceder a Henley-on-Thames desde Londres, especialmente cuando el tráfico de la mañana sólo creaba atascos en la autopista en dirección contraria. Así pues, el inspector Lynley y la agente Barbara Havers salían de Marlow en dirección sur, camino a Henley, tan sólo una hora después de haber abandonado el centro de coordinación de Eric Leach en Hampstead.

El comisario Leach, que luchaba por no sucumbir ante un resfriado o una gripe, les había presentado a una brigada de detectives que, aunque un poco reticentes a tener gente del Nuevo Departamento de Scotland Yard entre ellos, también parecían dispuestos a aceptar su colaboración en un trabajo que, de hecho, incluía una serie de violaciones en Hampstead Heath y un incendio provocado en la magnífica casa de campo de una actriz ya entrada en años que ostentaba un título y una buena reputación.

Primero Leach les dio todos los detalles de los resultados preliminares de la autopsia, análisis de restos de sangre, tejidos y órganos, que sumaban una gran cantidad de heridas en un cuerpo que finalmente fue identificado, gracias al informe de la dentadura, como perteneciente a una tal Eugenie Davies, de sesenta y dos años de edad. Al principio les dijeron las fracturas que había sufrido: cuarta y quinta vértebra cervical, fémur izquierdo, cubito, radio, clavícula derecha y las costillas quinta y sexta. Después comentaron las rupturas internas: hígado, bazo y riñones. Se había determinado que la muerte había sido producida por una hemorragia interna masiva y por los golpes, y que había muerto entre las diez y las doce de la noche. Se estaba realizando un análisis de los indicios de pruebas que se habían encontrado en el cuerpo.

– Debieron de arrastrarla unos quince metros -dijo Leach a los detectives que estaban reunidos en el centro de coordinación entre ordenadores, pizarras, archivadores, fotocopiadoras y fotografías-. Según el médico forense la atropellaron, como mínimo, dos veces, quizá tres, tal y como indican las contusiones del cuerpo y las marcas del impermeable.

El comentario fue acogido con un murmullo general. Alguien dijo: «Un barrio estupendo», con cierta dosis de ironía.

Leach corrigió el malentendido del agente:

– McKnight, tenemos motivos para pensar que el daño lo hizo un único coche, no tres. Actuaremos según esa teoría hasta que Lambeth nos diga lo contrario. El primer golpe la hizo caer al suelo. Cuando ya estaba sobre ella, la atropello en marcha atrás, y luego volvió a pasarle por encima.

Antes de continuar, Leach señaló varias fotografías que colgaban de una pizarra. Mostraban cómo estaba la calle tras el caso de atropellamiento y fuga. Señaló una en particular que mostraba un trozo de asfalto fotografiado entre dos conos de tráfico color naranja, y una hilera de coches aparcados al fondo.

– Según parece, el primer impacto se produjo aquí. Y el cuerpo fue a parar a ese cuadrado que señala el centro de la calle. -Había otra serie de conos de tráfico, además de un gran trozo de calle tapado con celo-. La lluvia se encargó de borrar los rastros de sangre que habría habido donde aterrizó el cuerpo. Pero no llovía lo bastante para borrar toda la sangre del lugar, del tejido y de los fragmentos de huesos. Sin embargo, el cuerpo no se encuentra en el mismo sitio que el tejido y los huesos, sino que se halla junto al Vauxhall que está aparcado en la acera. ¿Se dan cuenta de que el cuerpo está un poco metido bajo el coche? Creemos que nuestro conductor, después de haberla derribado y atropellado dos veces, salió del coche, arrastró la mujer a un lado y se alejó.

– ¿No cabe la posibilidad de que la arrastrara con las ruedas del coche? ¿O con las de un camión? -La pregunta la hizo un agente que comía fideos ruidosamente de una taza de plástico-. ¿Por qué descartamos esa posibilidad?

– Es lo que hemos deducido a partir de las pocas huellas de neumático que hemos podido conseguir -le informó Leach mientras cogía la taza de café que había dejado sobre una mesa cercana repleta de archivos y de hojas impresas. Se le veía un poco más tenso de lo que Lynley se había imaginado cuando se dio a conocer en su oficina cuarenta minutos antes. Lynley lo interpretó como una buena señal de lo que iba a ser trabajar con el comisario.

– Sin embargo, ¿por qué no pudieron ser tres coches diferentes? -preguntó otro agente-. El primer conductor la tumba al suelo y se marcha porque está asustado. Como va vestida de negro, los otros dos conductores no ven que está echada en la calle y la atropellan antes de poder darse cuenta de lo que ha sucedido.

Leach tomó un sorbo de café, negó con la cabeza y respondió:

– No creo que encuentre mucha gente dispuesta a creer que en este barrio pueda haber tres ciudadanos desalmados capaces de atropellar a la misma persona, la misma noche, y sin que ninguno de ellos avise a la policía. En el lugar del crimen no hay nada que justifique cómo demonios la mitad del cuerpo fue a parar debajo de ese Vauxhall. Eso sólo tiene una explicación posible, Potashnik, y esa razón es la que explica nuestra presencia aquí.

Hubo un murmullo de aprobación.

– Me apostaría cualquier cosa a que el tipo que estamos buscando es el mismísimo conductor que llamó a la policía -gritó alguien desde el final de la sala.

– Pitchley no nos dijo casi nada y enseguida solicitó la presencia de su abogado -asintió Leach-, y eso es muy sospechoso, tiene razón. Pero creo que aún tiene que contarnos muchas cosas y que el coche será lo que le hará hablar, no se equivoque.

– A cualquiera que le confiscaran un Boxter sería capaz de cantar Dios salve a la reina si se lo pidieran -remarcó un agente de la fila de delante.

– En eso confío -admitió Leach-. No estoy diciendo que fuera el conductor que la atropelló por primera vez, pero tampoco he dicho que no lo fuera. Pero al margen de lo que sucediera, no recuperará su Porsche hasta que no nos diga por qué esa mujer tenía apuntada su dirección. Si para conseguir que nos dé esa información tenemos que requisarle el coche, pues bien, eso es lo que haremos durante el tiempo que haga falta. Bien…

A continuación, Leach les indicó lo que tenían que hacer; por lo tanto, casi todos sus hombres tuvieron que ir a la calle en la que había acontecido el caso de atropellamiento y fuga. La calle constaba de una hilera de casas -algunas eran antiguas industrias modernizadas y otras casas particulares-y los agentes tenían que conseguir que la gente de esa zona les contara todo lo que habían visto, oído, olido o soñado la noche anterior. A otros agentes se les ordenó que fueran al laboratorio forense: tenían que averiguar los progresos que se habían llevado a cabo en el examen del coche de Eugenie Davies, a otros se les asignó que reunieran toda la información posible con respecto a las pruebas encontradas en el cadáver, y aún había otro equipo encargado de contrastar las pruebas del cuerpo con el Boxter que la policía había confiscado. Ese mismo grupo sería el responsable de examinar todas las marcas de neumáticos de esa calle de West Hampstead, del cuerpo y de la ropa de Eugenie Davies. A otro grupo de agentes -el más numeroso- se le asignó la tarea de buscar un coche que tuviera la parte delantera abollada. «Garajes, aparcamientos, empresas de alquiler de coches, calles, antiguas caballerizas, áreas de descanso de la autopista…», les había dicho Leach. Es imposible atropellar a una mujer en la calle y que el coche quede intacto.

– Eso excluye al Boxter de la lista -apuntó una mujer policía.

– El hecho de tener el Boxter confiscado nos ayudará a sacarle información a nuestro hombre -contestó Leach-. Lo que no sabemos es si ese Pitchley tiene algún otro coche. Y eso no deberíamos olvidarlo.

La reunión llegó a su fin, y Leach se reunió en privado con Lynley y Havers en su oficina. En su calidad de superior, les dio las instrucciones de tal modo que daba a entender que no sólo se trataba de un simple caso de asesinato, como si eso fuera poco. Sin embargo, no les dijo de qué más se podía tratar. Se limitó a entregarles la dirección de Eugenie Davies en Henley-on-Thames y a decirles que empezaran por allí. Les indicó que suponía que tenían experiencia suficiente para saber qué tenían que hacer con la información que encontraran.

– ¿Qué demonios quería decir con eso? -preguntó Barbara mientras entraban en Bell Street de Henley-on-Thames, donde los niños hacían sus ejercicios matinales en el patio de una escuela-. ¿Y por qué nos ha mandado aquí mientras que todos los demás están investigando las calles que van de West Hampstead al río? No lo entiendo.

– Webberly quiere que investiguemos este caso. Hillier ha dado su aprobación.

– ¿Y tú crees que eso es un motivo suficiente para que hagamos un rastreo tan exhaustivo?

Lynley no discrepó. Hillier no había mostrado ninguna preferencia por ninguno de ellos. Además, el estado de ánimo en el que se encontraba Webberly la noche anterior, a pesar de sugerir unas cuantas cosas, tampoco le aclaraba nada.

– Espero solucionar todo esto bien pronto, Havers. ¿Cuál era la dirección?

– El número sesenta y cinco de Friday Street -contestó, y luego echó un vistazo al mapa-. Gire a la izquierda, señor.

El número sesenta y cinco resultó ser un edificio a una manzana de distancia del río Támesis. Estaba en una calle agradable que constaba de casas particulares, de la consulta de un veterinario, de una librería, de una clínica dental y del Edificio de Infantería de Marina. Era la casa más pequeña que Lynley jamás hubiera visto, a excepción del diminuto piso que su compañera de trabajo tenía en Londres y que sólo consideraba adecuado para el Bilbo Bolsón de El señor de los anillos y para nadie más. Estaba pintado de rosa y tenía dos plantas, y una buhardilla si uno tenía en cuenta la minúscula ventana que había en el tejado. Convenientemente, tenía una placa de esmalte que rezaba LA CASA DE MUÑECAS.

Lynley aparcó no muy lejos de la casa, delante de la librería que había al otro lado de la calle. Sacó el juego de llaves de la mujer muerta del bolsillo y Havers aprovechó la oportunidad para encenderse un cigarrillo y fortalecerse la sangre con un poco de nicotina.

– ¿Cuándo vas a dejar ese vicio espantoso? -le preguntó mientras comprobaba si había sistema de alarma y metía la llave en la cerradura.

Havers inspiró profundamente y le dedicó la más exasperante de las sonrisas provocada por el placer de fumar.

– Escúchale -dijo mirando al cielo-. Es posible que exista algo más odioso que un ex fumador, pero no sabría decirte qué puede ser. ¿Algún aficionado a la pornografía infantil que se convierte al cristianismo el día que lo arrestan? ¿Un conservador con conciencia social, tal vez? Humm. No, no es lo mismo.

Lynley soltó una risita y le sugirió:

– Apágalo antes de entrar, agente.

– Nunca se me habría ocurrido entrar con el cigarrillo. -Lanzó el cigarrillo por encima del hombro después de haberle dado tres caladas.

Linley abrió la puerta y les recibió una sala de estar. Parecía tan grande como un carro de la compra, y estaba amueblada con una simplicidad casi monástica y con el característico gusto de los que compran lo peor de las tiendas de segunda mano.

– ¡Y yo que creía que había conseguido tener el piso más gris del mundo! -comentó Havers.

Lynley pensó que era una buena descripción. Los muebles eran de la época de la posguerra, hechos, por lo tanto, en un momento en que la reconstrucción de todo lo que había sido destruido por las bombas era mucho más importante que la decoración de interiores. Contra una pared había un raído sofá gris junto a un sillón a juego de un color igualmente repugnante. Formaban una pequeña zona de descanso alrededor de una mesa auxiliar de madera clara que tenía las esquinas rotas y que alguien había intentado arreglar sin éxito. A las tres lámparas que había en la sala se le habían caído las borlas de la pantalla; dos de ellas estaban torcidas y la tercera tenía una gran quemadura que podría haber estado de cara a la pared pero que no lo estaba. Nada decoraba las paredes, a excepción de una gran lámina sobre el sofá: representaba un niño poco agraciado de la época victoriana que estrechaba un conejo entre sus brazos. A ambos lados de la diminuta chimenea había libros en unas estanterías empotradas, pero estaban muy desordenados y daba la impresión de que alguien se hubiera llevado unos cuantos.

– No cabe duda de que era pobre como una rata -dijo Havers después de inspeccionar la sala.

Lynley se percató de que Havers -con las manos enfundadas en unos guantes de látex-ojeaba las revistas de la mesa auxiliar y las desparramaba; incluso Lynley desde las estanterías cayó en la cuenta de que todas ellas tenían unas portadas que indicaban que llevaban allí muchos años.

Havers entró en la cocina que había detrás de la sala de estar mientras Lynley examinaba las estanterías.

– ¡He encontrado un aparato moderno! -gritó Havers-. ¡Tiene contestador automático, inspector! La luz parpadea.

– Ponlo en marcha -le dijo Lynley.

La primera voz incorpórea sonó en la cocina mientras Lynley se sacaba las gafas del bolsillo de la chaqueta para examinar de cerca los pocos libros que quedaban en las estanterías empotradas.

Una voz grave y sonora de hombre dijo: «Eugenie. Soy Ian -en el momento en que Lynley cogía un libro titulado La pequeña flor y lo abría para darse cuenta de que se trataba de la biografía de una santa católica llamada Teresa: una mujer francesa, procedente de una familia con muchas hijas, una monja de clausura, sufrió una muerte temprana de lo que sea que se muere uno al vivir en una celda sin calefacción en Francia en pleno invierno-. Siento habernos peleado -proseguía la voz desde la cocina-. Me llamarás, ¿verdad? Hazlo, por favor. Llevo el móvil», a lo que seguía un número de teléfono con un prefijo reconocible.

– Ya lo tengo -gritó Havers desde la cocina.

– Es un número Cellnet -dijo Lynley mientras cogía el siguiente libro y una voz, esta vez de mujer, dejaba su mensaje: «Eugenie, soy Lynn. Muchas gracias por la llamada, querida. Cuando llamaste había salido a dar un paseo. Fue muy amable por tu parte. En realidad, no esperaba que… Bien. Sí. De momento hago lo que puedo. Gracias por preguntar. Si me llamas, te lo contaré. Pero supongo que sabes por lo que estoy pasando».

Lynley cayó en la cuenta de que se trataba de otra biografía. Esta era de una santa llamada Clara, una discípula de la primera época de san Francisco de Asís, que regaló todas sus posesiones, fundó una orden de monjas, vivió una vida de castidad y murió en la pobreza. Cogió un tercer libro.

«Eugenie -otra voz de hombre llegaba desde la cocina, pero ésta sonaba turbada y obviamente conocía muy bien a la mujer muerta, ya que no dijo de quién se trataba-. Necesito hablar contigo. He tenido que volver a llamar. Sé que estás ahí, así que haz el favor de contestar el teléfono… Eugenie, coge el maldito teléfono… -un suspiro-: ¿De verdad piensas que estoy satisfecho de cómo han ido las cosas? ¿Cómo podría estarlo? Ponte al teléfono, Eugenie… -un silencio fue seguido de otro suspiro-. Muy bien. De acuerdo. Si es eso lo que quieres… olvidarnos del pasado y continuar como si nada. Yo haré lo mismo», se oyó que colgaban el teléfono.

– Parece algo por donde empezar -dijo Barbara a gritos.

– Marca 1471 al final de los mensajes y reza para que tengamos suerte.

El tercer libro era la vida detallada de santa Teresa de Ávila, y una rápida ojeada a la portada le sirvió para ver que iba de lo mismo: conventos, pobreza y una muerte desagradable. Lynley lo leyó y frunció el ceño con seriedad.

Otra voz de hombre -que tampoco dijo su nombre-empezó a oírse desde el contestador automático de la cocina. «¡Hola, querida! ¿Aún estás durmiendo o ya has salido? Te llamo por lo de esta noche. ¿A qué hora quedamos? Si te va bien, traeré una botella de vino tino. Llámame… Tengo muchas ganas de verte, Eugenie.»

– ¡Debe de ser él! -exclamó Havers-. ¿Tienes los dedos cruzados, inspector?

– Metafóricamente -contestó al tiempo que Havers marcaba 1471 para averiguar quién había llamado por última vez a casa de Eugenie Davies.

Mientras lo hacía, Lynley vio que todos los demás libros de las estanterías también eran biografías de santas católicas, todas mujeres. Ninguna había sido publicada recientemente, y casi todas tenían, como mínimo, treinta años; incluso había algunas que habían sido publicadas antes de la Segunda Guerra Mundial. Once libros tenían el nombre de Eugenie Victoria Staines escrito en las hojas de guarda con una letra juvenil; cuatro tenían el sello del Convento de la Inmaculada Concepción, y otros cinco tenían la inscripción A Eugenie, con cariño, de Cecilia. De uno de este último grupo de libros -la vida de alguien llamada santa Rita- cayó un pequeño sobre. No había ni matasellos ni dirección, tan sólo una hoja de papel fechada hacía diecinueve años y escrita con una letra muy bonita:

Estimada Eugenie:

Debes hacer un esfuerzo por no caer en la desesperación. Nadie puede entender los caminos del Señor. Lo único que podemos hacer es pasar las pruebas que Él ha escogido para nosotros, con la certeza de que siempre hay un propósito tras ellas aunque ahora no lo entendamos. Pero tarde o temprano, estimada amiga, lo comprenderemos. Debes creerlo. Te echamos mucho de menos en las misas matinales y confiamos volver a verte pronto. Con el amor de Cristo y el mío, Eugenie,

CECILIA

Lynley volvió a poner la hoja de papel dentro del sobre y cerró el libro de golpe.

– Convento de la Inmaculada Concepción, Havers -gritó.

– ¿Me está sugiriendo que debería cambiar de vida, señor?

– Sólo si te apetece. De momento, apunta el nombre para buscar la dirección del convento. Queremos ver a alguien que se llama Cecilia y, si aún sigue viva, creo que la encontraremos allí.

– De acuerdo.

Lynley se unió a ella en la cocina. La simplicidad de la sala de estar se repetía allí. Por la apariencia de las cosas, bien podría decirse que la cocina no había sido renovada en muchas generaciones, y el único electrodoméstico que podría calificarse de moderno era la nevera, a pesar de que debía de tener unos quince años.

El contestador automático estaba encima de una estrecha encimera de madera. A un lado había un soporte de cartón piedra que contenía varios sobres. Lynley los cogió mientras Havers se dirigía hacia una pequeña mesa y dos sillas que estaban apoyadas en una de las paredes. A Lynley le llamó la atención que la mesa no estuviera dispuesta para comer, sino para algo parecido a una exposición: tres hileras rectas de cuatro fotografías enmarcadas estaban sobre la mesa como si esperaran pasar una inspección. Con los sobres en la mano, Lynley se acercó a Havers y le preguntó:

– ¿Crees que son sus hijos?

Todas las fotografías eran de las mismas personas: dos niños que eran cada vez más mayores en las fotografías. Empezaban con un niño pequeño -de unos cinco o seis años de edad- que sostenía a un bebé que en las siguientes fotografías resultaba ser una niña pequeña. De la primera a la última, el niño parecía impaciente por agradar, los ojos abiertos y una sonrisa tan amplia y ansiosa que no había ni un solo diente que no estuviera a la vista. La niña pequeña, en cambio, ni siquiera parecía darse cuenta de que la estaba enfocando una cámara. Miraba a la derecha y a la izquierda, hacia arriba y hacia abajo. Una sola vez, en la que su hermano le acariciaba la mejilla, alguien consiguió hacerla mirar a la cámara.

– ¿No ves nada extraño en esa niña? -preguntó Havers con su brusquedad habitual-. Es la niña que murió, ¿no es verdad? La niña de la que le habló el inspector. Es ella, ¿verdad?

– Necesitaremos que nos lo confirme alguien -respondió-. Podría ser otra persona. Una sobrina o una nieta.

– Pero ¿tú qué crees?

– Creo que tienes, razón -contestó-. Creo que es la niña que murió.

«Que se ahogó -pensó-, que se ahogó en lo que podría haber parecido un simple accidente pero que se convirtió en algo mucho más grave.»

Debían de haber hecho la fotografía poco antes de que muriera. Webberly le había contado que la niña había muerto cuando tenía dos años, pero a Lynley no le pareció mucho menor que eso en la fotografía. Sin embargo, mientras examinaba la fotografía, Lynley cayó en la cuenta de que Webberly no se lo había contado todo.

Sentía cómo subía la guardia y cómo crecían sus sospechas.

No le gustó ninguna de esas dos sensaciones.

Capítulo 5

El comandante Ted Wiley no estaba pensando en la policía precisamente cuando el Bentley plateado aparcó delante de su librería. Estaba junto a la caja registradora, cobrando a una joven ama de casa que llevaba un bebé dormido en un cochecito. En vez de fijarse en la presencia de un coche lujoso en Friday Street en una época del año en que no se celebraban regatas, se dedicó a darle conversación a la joven mamá. Había comprado cuatro libros de Roald Dahl y, como estaba claro que ella no los iba a leer, supuso que era una de los pocas madres modernas que comprendían la importancia de animar a los niños a leer. Ése, además de los malignos peligros del tabaco, era uno de los temas de conversación favoritos de Ted. Él y su mujer les habían leído a sus tres hijas -tampoco es que hubiera habido una amplia gama de actividades nocturnas para niños en aquella época en Rodesia-, pero a él le gustaba pensar que el hecho de que él y Connie las hubieran introducido al mundo de la lectura a una edad tan temprana había tenido como consecuencia que respetaran la palabra escrita y que hubieran decidido ir a universidades de primera categoría.

Así pues, ver a una joven madre cargada de libros infantiles era algo que le complacía. Quería saber si a ella le habían leído de pequeña. ¿Cuáles eran sus favoritos? ¿No era extraordinaria la rapidez con la que los niños se aficionaban a una historia que les habían leído y que además quisieran que se la repitieran una y otra vez?

Por lo tanto, Ted sólo vio el Bentley por el rabillo del ojo. Se limitó a pensar que tenía un buen motor. Cuando los ocupantes salieron del coche y se dirigieron hacia casa de Eugenie Davies, él se despidió con amabilidad de su clienta y se acercó a la ventana para observarlos.

Formaban una extraña pareja. El hombre era alto, de constitución atlética, rubio y admirablemente vestido con uno de esos trajes que, al igual que el buen vino, mejoran con el tiempo. Su compañera llevaba zapatillas rojas, pantalones negros y una enorme chaqueta de lana azul marino que le llegaba hasta las rodillas. La mujer se encendió un cigarrillo tan pronto como salió del coche, lo que provocó que Ted hiciera una mueca de desaprobación -estaba convencido de que los fabricantes de tabaco del mundo entero arderían eternamente en una sección del infierno especialmente diseñada para ellos-, pero el hombre se dirigió de inmediato hacia la puerta de Eugenie.

Ted esperó a que llamara a la puerta, pero no lo hizo. Mientras su compañera chupaba el cigarrillo como si su vida dependiera de ello, el hombre examinó un objeto que llevaba en la mano y que resultó ser la llave de la puerta principal de Eugenie, ya que la introdujo en la cerradura y, después de hacerle un comentario a su compañera, ambos entraron en la casa.

Al verlo, Ted se quedó paralizado de pies a cabeza. Primero ese extraño a la una de la madrugada, después el encuentro de la noche anterior entre Eugenie y ese mismo hombre en el aparcamiento, y ahora esos dos desconocidos que tenían la llave de su casa… Ted sabía que tenía que ir hacia allí enseguida.

Echó un vistazo alrededor de la tienda para ver si alguien tenía intención de comprar. Había dos posibles clientes: el viejo señor Horsham -a Ted le gustaba llamarle viejo porque para él era un alivio que hubiera alguien activo que fuera mucho mayor que él- había sacado un tomo sobre Egipto de la estantería, y parecía estar pesándolo en vez de examinándolo. La señora Dilday estaba, como de costumbre, leyendo otro capítulo de un libro que no tenía ninguna intención de comprar. Parte de su ritual diario consistía en escoger un libro de éxito, llevarlo como quien no quiere la cosa a la parte trasera de la librería -donde estaban los sillones-, leer uno o dos capítulos, marcar hasta donde había leído con el recibo de la compra y esconder el libro entre volúmenes de segunda mano de Salman Rushdie, donde nadie se daría cuenta a juzgar por los gustos del ciudadano medio de Henley.

Durante casi veinte minutos, Ted esperó a que esos dos clientes potenciales salieran de la tienda y así poder inventar una excusa para poder ir al otro lado de la calle. Cuando por fin el viejo Horsham le compró el libro de Egipto por una suma considerable de dinero, le dijo: «Estuve allí durante la guerra», mientras le entregaba dos billetes de veinte libras que sacó de una cartera que parecía lo bastante vieja para haber presenciado la guerra con él; después Ted depositó sus esperanzas en la señora Dilday. No obstante, se dio cuenta de que con ella sería inútil. Estaba cómodamente instalada en su sillón favorito y además se había traído un termo de té. Se servía el té y se lo bebía, y leía con la misma tranquilidad que si estuviera en su propia casa.

Ted deseaba decirle que las librerías públicas tenían una razón de ser. Pero en vez de eso se dedicó a observarla, a mandarle mensajes mentales para que se fuera de inmediato, y a mirar por la ventana para ver si veía algún indicio que pudiera indicarle quién era la gente que estaba en casa de Eugenie.

Mientras estaba visualizando que la señora Dilday le compraba la novela y salía de su tienda para leerla, sonó el teléfono. Sin apartar la mirada de casa de Eugenie, Ted tanteó el teléfono en busca del auricular y lo contestó al quinto timbre.

– Librería Wiley's -dijo.

– ¿Con quién hablo, por favor? -preguntó una mujer.

– Con el comandante Ted Wiley. Retirado. ¿Quién llama?

– ¿Es usted la única persona que utiliza esta línea, señor?

– ¿Cómo…? ¿Llaman desde la telefónica? ¿Hay algún problema?

– Su número de teléfono consta en el registro del 1471 como la última llamada que se realizó a la casa desde la que estoy llamando. Pertenece a una mujer llamada Eugenie Davies.

– Así es. La he llamado esta mañana -respondió Ted, intentando mantener un tono de voz lo más calmado posible-. Hemos quedado para cenar juntos esta noche. -Después, aunque ya se imaginaba la respuesta, se vio obligado a preguntar-: ¿Ha sucedido algo? ¿Algo va mal? ¿Quién es usted?

La mujer tapó el auricular al otro lado de la línea mientras le preguntaba algo a otra persona de la habitación.

– Soy una agente del Departamento Metropolitano de Policía, señor.

Metropolitano… eso significaba Londres. De repente, Ted se lo imaginó de nuevo: Eugenie conduciendo hacia Londres la noche anterior con la lluvia cayendo con fuerza sobre el techo del Polo y el agua de los neumáticos formando arcos sobre la carretera.

Con todo, preguntó:

– ¿Del Departamento de Policía de Londres?

– Correcto -le respondió la mujer-. ¿Dónde se encuentra ahora, señor?

– Delante de la casa de Eugenie. Tengo una librería…

Otra consulta. Después le preguntó:

– ¿Le importaría venir hasta aquí, señor? Nos gustaría hacerle una o dos preguntas.

– ¿Le ha sucedido…? -Ted apenas tenía fuerzas para pronunciar las palabras, pero tenía que hacerlo. Además, seguro que la policía esperaría oírlas-. ¿Le ha sucedido algo a Eugenie?

– Si le resulta más fácil, podemos pasar por la librería.

– No, no. Estaré allí dentro de un minuto. Primero tengo que cerrar, pero…

– De acuerdo, comandante Wiley. Aún estaremos aquí un buen rato.

Ted se encaminó hacia la parte de atrás y le dijo a la señora Dilday que una emergencia le obligaba a cerrar la librería durante unos momentos.

– ¡Santo Cielo! Espero que no sea su madre -le dijo, ya que ésa era la emergencia más lógica: la muerte de su madre, a pesar de que a sus ochenta y nueve años no había empezado a practicar boxeo porque había sufrido una apoplejía.

– No, no, lo único que pasa es que me tengo que ocupar de unos asuntos…

Se lo quedó mirando fijamente, pero aceptó esa excusa tan imprecisa. Nervioso a más no poder, Ted esperó a que se acabara el té, a que se pusiera el abrigo de lana y los guantes y -sin la menor intención de ocultar sus acciones-a que colocara la novela que estaba leyendo detrás de una edición de Los Versos Satánicos.

Cuando por fin se hubo marchado, Ted subió las escaleras a toda prisa para ir a su casa. Se percató de que el corazón le latía con violencia y de que se sentía un poco mareado. Esa sensación de mareo le hizo oír voces; eran tan reales que sin siquiera pensarlo se dio la vuelta, anticipando una presencia que no estaba allí.

Primero oyó de nuevo la voz de la mujer: «Departamento Metropolitano de Policía. Nos gustaría hacerle una o dos preguntas…». Después a Eugenie: «Mañana hablaremos. ¡Tengo tantas cosas que contarte!». Y luego, sin motivo, los susurros de Connie procedentes de la mismísima tumba; Connie, que le conocía como nadie lo había llegado a conocer: «Eres un buen partido para cualquier persona que esté viva, Ted Wiley».

«¿Por qué ahora? -se preguntó-. ¿Por qué Connie me habla ahora?»

Pero no hubo respuesta, sólo la pregunta. Y también lo que tenía que oír y afrontar al otro lado de la calle.

Mientras Lynley examinaba las cartas que había cogido del soporte de cartón piedra, Barbara Havers subió por la escalera más estrecha que jamás hubiera visto, y que conducía a la primera planta de una diminuta casa. Dos dormitorios muy pequeños y un cuarto de baño anticuado daban a un rellano que no era mucho más grande que la cabeza de un alfiler. Ambas habitaciones tenían la misma simplicidad monástica rayana en la pobreza que empezaba en la sala de estar. La primera habitación tenía tres muebles: una cama individual cubierta por una sencilla colcha, una cómoda y una mesita de noche en la que había otra lámpara sin pantalla. La segunda habitación había sido convertida en una sala de coser y tenía, aparte de un contestador automático, el único aparato remotamente moderno de todo el edificio: una máquina de coser nueva, junto a la que había un considerable montón de ropa diminuta. Barbara la inspeccionó y vio que se trataba de ropa de muñecas, diseñada primorosamente y con muchos detalles que iban desde bordados hasta pieles falsas. No había ninguna muñeca en la sala de coser ni tampoco en la habitación contigua.

Barbara inspeccionó primero la cómoda, donde encontró lo que le pareció una humilde cantidad de prendas, a pesar de que ella tampoco estaba muy interesada en la ropa: bragas raídas, sujetadores igualmente gastados, unos cuantos jerséis y una pequeña colección de medias. No había ningún armario en el dormitorio; por lo tanto, los pocos pantalones, faldas y vestidos que la mujer había tenido estaban cuidadosamente doblados en uno de los cajones de la cómoda.

Entre los pantalones y las faldas, en la parte trasera del cajón, Barbara vio un fardo de cartas. Las sacó, quitó la goma elástica, las colocó sobre la cama individual y vio que todas habían sido escritas con la misma letra. Al verla, parpadeó. Tardó un momento en comprender que, de hecho, reconocía esos garabatos firmes y oscuros.

Los sobres tenían matasellos que se remontaban diecisiete años atrás. Cayó en la cuenta de que el más reciente había sido mandado hacía más de diez años. Lo cogió y sacó el contenido.

La llamaba «Eugenie, cariño mío». Le decía que no sabía por dónde empezar. Le decía todas esas cosas que suelen decir los hombres cuando reivindican la decisión que siempre han considerado cierta: ella nunca debía cuestionar que la amaba más que a su vida; que debía saber, recordar y albergar en su corazón el hecho de que las horas que habían pasado juntos le habían hecho sentir vivo -maravillosamente y verdaderamente vivo, cariño mío- por primera vez en muchos años; en realidad, el tacto de su piel bajo sus dedos había sido como seda líquida extendida a la velocidad del rayo…

Al leer esas frases de estilo tan hinchado, Barbara se quedó con los ojos en blanco. Dejó la carta y se detuvo un momento para reaccionar y, más importante aún, para entender lo que implicaba. «¿Deberías seguir leyendo, Barb?», se preguntó. Si seguía leyendo, tendría la sensación de hacer algo incorrecto. Si no lo hacía, creería estar actuando de modo poco profesional.

Cogió la carta de nuevo. Le contaba que había regresado a casa con la intención de contárselo todo a su mujer. Le había faltado valor en el momento de la verdad -Barbara se estremeció al ver que intentaba copiar a Shakespeare-y pensaba en ella constantemente para que le diera fuerzas para propinar un golpe mortal a una mujer buena y decente. Pero la había encontrado enferma, querida Eugenie, enferma de tal manera que no se lo podía explicar en una simple carta, pero que se lo explicaría, que se lo contaría con todo detalle cuando se vieran al día siguiente. Que eso no quería decir que al final no iban a estar juntos, Eugenie cariño mío. Que tampoco quería decir que no tenían futuro. Sobre todo, que no quería decir que todo lo que había pasado entre ellos no tenía ninguna importancia, ya que ése no era el caso.

Había finalizado con un: «Espérame, te lo suplico. Vendré a ti, cariño». Y lo había firmado con el garabato que Barbara había visto durante tantos años en notas, postales de Navidades, cartas de departamento e informes.

Como mínimo ahora ya sabía lo que se había celebrado en la fiesta de Webberly, pensó mientras volvía a meter la carta dentro del sobre. Toda esa alegría para conmemorar veinticinco años de engaños.

– ¿Havers? -Lynley estaba junto a la puerta, con las gafas deslizándose sobre la nariz y con una tarjeta de felicitación en la mano-. Aquí hay algo que encaja con uno de los mensajes telefónicos. ¿Qué has encontrado?

– Intercambiémoslo -le sugirió, y le entregó el sobre a cambio de lo que él tenía.

La tarjeta era de alguien llamado Lynn; el sobre tenía matasellos de Londres, pero no había remite. El mensaje era simple:

Muchísimas gracias por la ofrenda floral, estimada Eugenie, y por tu presencia, que significó mucho para mí. La vida sigue, ya lo sé, pero, evidentemente, nunca será lo mismo. Con cariño,

LYNN

Barbara se fijó en la fecha: había pasado una semana. Estaba de acuerdo con Lynley. Por el tema del que hablaba, parecía la misma mujer que había dejado un mensaje en el contestador.

– ¡Maldita sea! -Esa fue la reacción de Lynley ante la carta que Barbara le acababa de entregar. Señaló las otras cartas que estaban encima de la cama de Eugenie Davies-¿Y ésas?

– Todas son de él, inspector, o por lo menos los sobres están escritos por él.

Barbara observó la serie de reacciones que cruzaron el rostro de Lynley. Sabía que su superior y ella debían de estar pensando lo mismo: ¿Sabía Webberly que esas cartas -tan comprometedoras y potencialmente peligrosas para él-estaban en casa de Eugenie Davies? ¿Había temido o se había imaginado que estarían allí? Y, en cualquier caso, ¿lo había dispuesto todo para que Lynley -y por extensión Havers-trabajaran en el caso para poder intervenir si las circunstancias lo requerían?

– ¿Crees que Leach sabe algo de las cartas? -preguntó Barbara.

– Llamó a Webberly tan pronto como encontraron el carné de identidad de Eugenie. A la una de la mañana, Havers. ¿Qué le hace pensar?

– Y nos ha ordenado precisamente a nosotros que vengamos a Henley. -Barbara cogió la carta que Lynley le devolvía-. Entonces, ¿qué deberíamos hacer, señor?

Lynley se dirigió hacia la ventana. Barbara le observó mientras él contemplaba la calle. Esperaba que le diera una respuesta oficial. Su pregunta había sido puro trámite.

– Nos las llevaremos -contestó.

Barbara se puso en pie y dijo:

– De acuerdo. Tiene bolsas para guardar pruebas en el maletero, ¿no es verdad? Iré a buscarlas…

– De ese modo no -replicó Lynley.

– ¿Qué? -preguntó Barbara-, Pero si acaba de decir que…

– Sí, que nos las llevaremos. -Se dio la vuelta y siguió mirando por la ventana.

Barbara se lo quedó mirando. No quería pensar lo que le estaba sugiriendo. «Nos las llevaremos.» En ningún momento había dicho que las pondrían en bolsas y que las presentarían como pruebas. Ni que tuviera cuidado con ellas. Ni que las entregarían al equipo forense para encontrar posibles huellas, las huellas de alguien que podría haberlas encontrado, leído, haberse consumido de celos a pesar de los años que habían pasado, alguien que habría querido vengarse…

– Un momento, inspector -replicó-. ¿Me está intentando decir…?

Pero fue incapaz de finalizar la frase.

En el piso de abajo, alguien llamaba a la puerta.

Lynley abrió la puerta y se encontró con un caballero mayor, ataviado con una chaqueta impermeabilizada y una gorra con visera; tenía las manos en los bolsillos. Su rubicundo rostro estaba repleto de marcas de vasos capilares rotos y tenía la nariz de ese color rosáceo que suele volverse morado con el paso de los años. Pero fueron los ojos lo que más le llamaron la atención a Lynley. Eran azules, intensos y desconfiados.

Se presentó como el comandante Ted Wiley, retirado del ejército.

– Alguien de la policía… Supongo que usted debe de ser uno de ellos. Recibí una llamada…

Lynley le pidió que entrara. Se presentó y después presentó a Havers, que bajaba por las escaleras a medida que Wiley se movía con desconfianza por la sala. El caballero miró a su alrededor, observó las escaleras y después alzó los ojos hacia el techo como si estuviera dispuesto a averiguar qué había estado haciendo Barbara Havers en el piso de arriba o qué había encontrado.

– ¿Qué ha sucedido? -Wiley no se quitó ni el gorro ni la chaqueta.

– ¿Es amigo de la señora Davies? -preguntó Lynley.

El hombre no respondió de inmediato. Parecía estar decidiendo qué quería decir la palabra amigo con respecto a su relación con Eugenie Davies. Al final, mirando a Lynley, a Havers y de nuevo a Lynley, dijo:

– Debe de haberle pasado algo; si no fuera así, no estarían aquí.

– Fue usted el que dejó el último mensaje en el contestador, ¿verdad? ¿Era usted el hombre que hablaba de lo que iban a hacer esta noche? -preguntó Barbara desde las escaleras.

– Habíamos… -Wiley pareció darse cuenta de que hablaba en pasado y cambió de tiempo-. Hemos quedado para cenar juntos esta noche. Me dijo que… Usted es del Departamento de Policía de Londres y ella fue allí ayer por la noche. Seguro que le ha sucedido algo. Por favor, dígamelo.

– Siéntese, comandante Wiley -le sugirió Lynley. El hombre no parecía débil, pero como no sabía si sufría del corazón o si tenía la tensión alta, decidió no correr riesgos con alguien al que le tenía que dar una mala noticia.

– Ayer por la noche llovió mucho -afirmó Wiley, más para sí mismo que para Lynley o Havers-. Le dije que no debería conducir bajo la lluvia. Y menos de noche. Conducir de noche ya es bastante peligroso, pero si llueve es mucho peor.

Havers recorrió los pocos centímetros que le separaban de Wiley y le cogió del brazo.

– Siéntese, comandante -insistió.

– ¿Es grave? -preguntó.

– Me temo que sí -respondió Lynley.

– ¿En la autopista? Le dije que fuera con cuidado. Me dijo que no me preocupara y que ya hablaríamos. Esta misma noche. Tenía ganas de hablar. -No les hablaba a ellos, sino a la mesa auxiliar que había delante del sofá en el que Havers le había obligado a sentarse. Se sentó junto a él, en uno de los extremos.

Lynley, sentado en el sillón, le dijo poco a poco:

– Siento decirle que Eugenie Davies murió ayer por la noche.

Wiley movió la cabeza hacia Lynley con un movimiento que parecía de cámara lenta.

– La autopista -repitió-. La lluvia. Yo no quería que fuera.

Por el momento, Lynley no le negó que había tenido un accidente de coche. Las noticias de la mañana de la BBC habían contado que había habido un caso de atropellamiento y fuga, pero no habían mencionado el nombre de Eugenie Davies porque en ese momento el cadáver aún no había sido identificado y aún se tenía que avisar a los familiares.

– Entonces, ¿se marchó de noche? -le preguntó Lynley-. ¿Qué hora era?

– Creo que las nueve y media -respondió Wiley como un autómata-. Quizá las diez. Veníamos paseando desde St. Mary the Virgin…

– ¿De la misa de la tarde? -Havers había sacado la libreta y estaba apuntando toda la información.

– No, no -contestó Wiley-. No había misa. Ella había ido para… rezar. De hecho, no sé el motivo… -En ese momento se quitó la gorra, como si se encontrara en la iglesia. La sostuvo con ambas manos-. No entré con ella, ya que iba con mi perro. Con BP, así se llama. La esperamos en el patio de la iglesia.

– ¿Bajo la lluvia? -preguntó Lynley.

Wiley retorció la gorra con las manos y respondió:

– A los perros no les importa la lluvia. Y era la hora de su último paseo. El último paseo de BP.

– ¿Podría decirnos por qué tenía que ir a Londres? -le preguntó Lynley.

Wiley, que retorcía la gorra de nuevo, respondió:

– Me dijo que tenía una cita.

– ¿Con quién? ¿Dónde?

– No lo sé. Me aseguró que hablaríamos hoy por la noche.

– ¿Sobre la cita?

– No lo sé. Por el amor de Dios, no lo sé. -Se le quebró la voz, pero Ted Wiley no había estado en el ejército en balde; por lo tanto, en un instante recuperó el control de sí mismo-. ¿Cómo sucedió? ¿Dónde? ¿Perdió el control del coche? ¿Chocó contra un camión?

Lynley se lo explicó, pero sólo dándole los detalles necesarios para que supiera dónde y cómo había muerto. En ningún momento usó la palabra asesinato. Wiley tampoco les interrumpió para preguntarles por qué la policía de Londres estaba registrando las pertenencias de una mujer que, en realidad, sólo había sido víctima de un simple caso de atropellamiento y fuga.

No obstante, un momento después de que Lynley acabara su explicación, Wiley lo comprendió. Pareció darse cuenta de repente de que cuando él llegó, Havers estaba bajando las escaleras con las manos enfundadas con guantes de látex. Lo relacionó con el hecho de que hubieran llamado al 1471 desde el teléfono de Eugenie. También pensó en lo que le habían dicho sobre el contestador automático de Eugenie.

– Es imposible que haya sido un accidente -aseguró-. Porque, ¿qué necesidad tendrían ustedes dos de venir desde Londres…? -Sus ojos se posaron en otra cosa, tal vez en alguien, una visión en la distancia que pareció forzarle a decir-: El tipo del aparcamiento ayer por la noche. No es ningún accidente, ¿verdad? -Después se puso en pie.

Havers también se levantó y le instó a que se sentara de nuevo. Colaboró, pero algo había cambiado en él, como si un propósito desconocido hubiera empezado a consumirle. Pasó de retorcer la gorra a golpearla contra la palma de la mano. Como si estuviera dando órdenes a un subordinado, dijo:

– Cuénteme lo que le sucedió a Eugenie.

No parecía que hubiera mucho riesgo de que sufriera un ataque al corazón o una apoplejía; por lo tanto, Lynley le contó que él y Havers trabajaban para el Departamento de Homicidios, y dejaron que él sacara sus propias conclusiones.

– Cuéntenos lo del hombre del aparcamiento -le instó Lynley. Wiley lo hizo sin vacilar.

Había ido paseando hasta el Club de Mayores de 6o Años, donde trabajaba Eugenie. Fue a buscar a Eugenie con BP para acompañarla a casa bajo la lluvia. Cuando llegó allí, vio que estaba discutiendo con un hombre. No era un hombre del pueblo, era de Brighton.

– ¿Se lo contó ella misma? -le preguntó Lynley.

Wiley negó con la cabeza. Había conseguido divisar la matrícula mientras el coche se alejaba a toda velocidad. Había sido incapaz de verla entera, pero había visto las letras: ADY.

– Estaba preocupado por ella, ya que hacía días que se comportaba de un modo muy extraño. Por lo tanto, consulté las letras en la guía de matrículas. Averigüé que ADY pertenece a Brighton. Era un Audi, azul marino u oscuro. Era muy difícil de ver en la oscuridad.

– ¿Suele tener la guía a mano? -le preguntó Havers-. Me refiero a la guía de matrículas. ¿Es uno de sus pasatiempos o algo así?

– Está en la librería, en la sección de viajes. Vendo algún ejemplar de vez en cuando. Normalmente la compra gente que les quiere dar a sus hijos algo con lo que entretenerse en el coche, o cosas de ese estilo.

– ¡Ajá!

Lynley sabía lo que significaba un ajá de Havers. Observaba a Wiley con curiosidad.

– ¿Intercedió en el altercado que se produjo entre la señora Davies y ese hombre, señor Wiley?

– Llegué al aparcamiento al final de la discusión. Sólo alcancé a oír unas cuantas palabras que él gritaba. Entró en el coche y se alejó antes de que yo tuviera tiempo de decir nada. Eso es lo que pasó.

– Según la señora Davies, ¿quién era ese hombre?

– No se lo pregunté.

Lynley y Havers intercambiaron una mirada.

– ¿Por qué no? -le preguntó Havers.

– Como ya les he dicho, hacía unos cuantos días que se comportaba de una forma muy rara. Supuse que algo le rondaba por la cabeza y… -Wiley volvió los ojos hacia la gorra y pareció sorprendido de ver que aún estaba en sus manos. Se la metió en el bolsillo-. No me gusta entrometerme en lo ajeno. Decidí esperar a que ella me contara lo que fuera que deseara explicarme.

– ¿Había visto a ese hombre con anterioridad?

Wiley les contestó que no, que no conocía a ese hombre. Que no lo había visto antes y que era incapaz de reconocerlo, pero que si querían una descripción, podría dársela, ya que lo había observado con atención. Cuando ellos le respondieron que la querían, él se la dio: edad aproximada, altura, pelo cano, una gran nariz de halcón.

– La llamó por su nombre -concluyó Wiley-. Se conocían. -Eso era lo que él suponía a partir de lo que había visto en el aparcamiento: Eugenie le había acariciado el rostro, pero él le había apartado la mano.

– Con todo, no le preguntó quién era -apuntó Lynley-. ¿Por qué, comandante Wiley?

– De algún modo, me pareció… demasiado personal. Pensé que me lo diría cuando estuviera preparada. Si es que él tenía alguna importancia.

– Le dijo que tenía algo que contarle, ¿no es verdad? -le preguntó Havers.

Wiley asintió con la cabeza, exhaló aire poco a poco y contestó:

– Así es. Me dijo que me confesaría sus pecados.

– Pecados -repitió Havers.

Lynley se inclinó hacia delante y no llegó a ver la significativa mirada que le estaba lanzando Havers.

– ¿Podemos deducir de todo esto que usted y la señora Davies tenían una relación íntima, comandante Wiley? ¿Eran amigos? ¿Amantes? ¿Prometidos?

Wiley pareció sentirse incómodo con la pregunta. Cambió de posición en el sofá y declaró:

– Hacía tres años que nos veíamos con regularidad. Quería ser respetuoso con ella, a diferencia de esos tipos de hoy en día que sólo piensan en una cosa. Estaba dispuesto a esperar. Finalmente me dijo que estaba preparada, pero que antes quería hablar conmigo.

– Y eso es lo que se supone que iba a suceder esta noche -concluyó Havers-. Ésa es la razón por la que la llamó.

Así era.

Lynley le pidió que les acompañara a la cocina. Le dijo que había otras voces en el contestador de Eugenie Davies, y ya que el comandante Ted Wiley llevaba más de tres años saliendo con la mujer muerta -al margen del tipo de relación que mantuvieran-, seguro que podría ayudarlos a identificarlas.

Una vez en la cocina, Wiley se quedó de pie junto a la mesa y observó las fotografías de los dos niños. Fue a coger una, pero se detuvo, ya que se imaginó que Lynley y Havers debían de llevar guantes por algún motivo. Mientras Havers preparaba el contestador automático para escuchar los mensajes de nuevo, Lynley le preguntó:

– ¿Son los hijos de la señora Davies, comandante Wiley?

– Su hijo y su hija -respondió Wiley-. Sí, son sus hijos. Sonia murió hace unos cuantos años. Y el chico… no se veían. Hacía mucho tiempo que Eugenie y su hijo se habían distanciado. Parece ser que tuvieron algún tipo de discusión hace mucho tiempo. Nunca me hablaba de él, salvo para contarme que no se veían.

– ¿Y de Sonia? ¿Le habló la señora Davies alguna vez de Sonia?

– Sólo me dijo que había muerto de pequeña, pero… -Wiley se aclaró la voz y se alejó de la mesa como si quisiera distanciarse de lo que estaba a punto de decir-. Bien, mírela. No es de extrañar que muriera tan joven. Suele… pasar.

Lynley frunció el ceño, sin entender por qué Wiley parecía desconocer un caso que apareció en todos los periódicos de aquella época.

– ¿Se encontraba en este país hace veinte años, comandante Wiley?

– No, estaba… -Wiley pareció hacer un retroceso mental hacia el pasado, ordenando los años que había pasado en activo en el ejército. Dijo que entonces se encontraba en las islas Malvinas, pero luego dijo que de eso hacía más tiempo y que quizás estuviera en Rodesia o en lo que quedara de Rodesia…-. ¿Por qué?

– ¿La señora Davies nunca le contó que Sonia fue asesinada?

Enmudecido, Wiley volvió a mirar las fotografías.

– No me contó… No me dijo nada de… No, ni siquiera… ¡Santo Cielo! -Se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un pañuelo, pero no lo usó-. Esta colección de fotografías no suele estar sobre la mesa, ¿saben? ¿Las han puesto ustedes aquí?

– Aquí es donde las encontramos -le informó Lynley.

– Deberían estar repartidas por toda la casa. En la sala de estar. En el piso de arriba. Aquí. Así es como estaban. -Sacó una de las dos sillas de debajo de la mesa y se dejó caer con pesadez.

En ese momento parecía bastante cansado, pero le hizo un gesto de asentimiento a Havers, que se encontraba junto al contestador automático.

Lynley observó al comandante mientras éste escuchaba los mensajes. Intentó adivinar la reacción que tendría Wiley cuando escuchara las voces de otros dos hombres en el contestador. Por el tono que usaban y por lo que decían era obvio que ambos tenían algún tipo de relación con Eugenie Davies. Pero si Wiley había llegado a esa misma conclusión y eso le había afligido, no se vio ningún indicio en un rostro que era demasiado rojizo para saber si se había sonrojado.

Al final de los mensajes, Lynley le preguntó:

– ¿Ha reconocido a alguien?

– A Lynn -respondió-. Eugenie me lo contó. La hija de una amiga suya llamada Lynn se murió de repente, y ella asistió al funeral. Me dijo que cuando se enteró de que la niña había muerto, sabía cómo se sentiría Lynn y que quería darle el pésame.

– ¿Cuándo se enteró de que había muerto? -preguntó Havers-. ¿Quién se lo dijo?

Wiley no lo sabía. No se le había ocurrido preguntárselo.

– Supongo que Lynn, sea quien sea esa mujer, la llamó por teléfono.

– ¿Sabe dónde se celebró el funeral?

Negó con la cabeza y añadió:

– Se fue a pasar el día fuera.

– ¿Cuándo fue?

– El martes pasado. Le pregunté si quería que la acompañara. Sabiendo cómo son los funerales, pensé que le gustaría ir acompañada. Pero me dijo que ella y Lynn tenían que hablar de ciertas cosas.

«Necesito verla», le había dicho. No sabía nada más.

– ¿Que necesitaba verla? -preguntó Lynley-. ¿Fue eso lo que le dijo?

– Sí, eso fue exactamente lo que me dijo.

«Necesitaba -pensó Lynley-. No que quisiera verla, sino que necesitaba hacerlo.» Pensó en la palabra y en todo lo que implicaba. Sabía que la necesidad normalmente iba seguida de acción.

No obstante, ¿era ése el caso en esa cocina de Henley en la que, según parecía, colisionaban varias necesidades? Eugenie Davies había sentido la necesidad de confesarle sus pecados al comandante Wiley. Un hombre no identificado necesitaba hablar con Eugenie, tal y como oyeron en el contestador automático. Y Ted Wiley necesitaba… ¿qué era exactamente?

Lynley le pidió a Havers que volviera a poner los mensajes, y se preguntó si el ligero cambio de postura de Wiley -había colocado los brazos más cercanos al cuerpo-era un indicio de que estaba recuperando fuerzas. Mantuvo los ojos clavados en el comandante una vez más mientras esos dos hombres expresaban la necesidad de ver a Eugenie.

«He tenido que volver a llamar -declaró una voz-. Eugenie, necesito hablar contigo.»

Ahí estaba otra vez: la palabra necesitar. ¿Qué haría un hombre con una necesidad tan apremiante?

«Si pudieras, ¿cómo me lo harías?»

El Hombre Lengua leyó la pregunta de Mujer Fogosa sin su habitual deseo de gratificación. Hacía semanas que le daba vueltas a ese momento, a pesar de que en un principio se había equivocado al creer que estaría preparado para ella mucho antes de que para Bragas Cremosas. Eso demostraba que no se podían juzgar los resultados a partir de la habilidad de alguien en involucrarse en conversaciones cibernéticas sugerentes. Mujer Fogosa había empezado muy fuerte en el terreno de la descripción, pero se había desanimado con rapidez cuando las conversaciones habían pasado de girar en torno a polvos imaginarios entre celebridades (había demostrado una habilidad sorprendente al relatar un encuentro apasionado entre una estrella del rock con el pelo púrpura y el monarca de su país) a girar en torno a polvos imaginarios en los que ella participaba. En verdad, el Hombre Lengua había pensado durante cierto tiempo que la había perdido del todo, ya que la había forzado demasiado pronto y le había dicho demasiadas cosas. Incluso había contemplado la posibilidad de seguir con otra -Cómeme-y estaba a punto de hacerlo cuando Mujer Fogosa apareció de nuevo en el ciberespacio. Era evidente que había necesitado tiempo para pensar. Pero ahora sabía lo que quería. Así pues: «Si pudieras, ¿cómo me lo harías?».

Hombre Lengua pensó en la pregunta y cayó en la cuenta de que no le apasionaba la idea de tener otro encuentro intenso medio anónimo después del que había tenido. De todas maneras, estaba haciendo todo lo posible por olvidar ese último encuentro y todo lo que había sucedido a continuación: las luces intermitentes, las barreras que bloqueaban ambos lados de su calle, que la sospecha recayera sobre él, que confiscaran el Boxter -¡malditos policías!- para llevar a cabo una inspección policial. No obstante, decidió que lo había llevado bastante bien. Sí. Se había portado como un profesional.

Hombre Lengua pensó que los policías de Londres no estaban acostumbrados a encontrarse con gente que reaccionara de modo inteligente. En el mismo momento en que empezaban a hacer preguntas, esperaban que la gente se acobardara y lo aceptara todo sin protestar. Pensaban que Juan Ciudadano Medio, ansioso por demostrar que no tenía nada que ocultar, entraría de inmediato al coche patrulla y que dejaría que lo llevaran allí donde la policía quisiera. Por lo tanto, cuando la policía decía: «Tendríamos que hacerle unas cuantas preguntas. ¿Le importaría acompañarnos un momento a comisaría?», la mayoría de la gente asentía sin pensárselo dos veces, dando por sentado que debían tener cierta inmunidad ante un sistema legal en el que cualquiera con dos dedos de frente sabía que los no iniciados empezarían a ser tratados sin miramientos en menos de cinco minutos.

Sin embargo, Hombre Lengua era cualquier cosa salvo un miembro de los no iniciados. Sabía lo que podía suceder si uno cooperaba, y estaba convencido de que cumplir con los deberes de ciudadano era sinónimo de demostrar la propia inocencia. ¡Y unos cojones! Por lo tanto, cuando la policía le comunicó que habían encontrado su dirección dentro del coche de la víctima y le preguntó si le podían hacer unas preguntas, Hombre Lengua ya sabía adónde le iba a llevar el coche patrulla, y en menos de un minuto ya tenía a su abogado al teléfono.

Eso que a Jake Azoff no le había hecho ninguna gracia que lo sacaran de la cama a medianoche. Y eso que él se quejó para sus adentros de «los abogados de oficio y de lo que les pagaba el Gobierno». Pero Hombre Lengua no estaba dispuesto en lo más mínimo a colocar su futuro -y mucho menos su presente- en las manos de un abogado de oficio. Cierto, no le habría costado ni un duro, pero el abogado de oficio tampoco tenía ningún interés en su futuro, mientras que Azoff-con el que mantenía una complicada relación que implicaba acciones, bonos, fondos mutualistas y similares- sí que lo tenía. Además, ¿para qué le pagaba a Azoff sino para que le sirviera de asesor legal cuando lo necesitara?

No obstante, Hombre Lengua estaba preocupado. Era evidente. Podía mentirse a sí mismo, podía intentar distraerse, llamar al trabajo para decir que estaba enfermo, conectarse a la red durante horas para disfrutar de fantasías pornográficas con completos extraños. Pero su cuerpo era incapaz de buscar evasivas cuando se trataba de ansiedad no reconocida. El hecho de que no tuviera ninguna reacción física al «si pudieras, ¿cómo me lo harías?», lo decía todo.

«No lo olvidarías en mucho tiempo», tecleó.

«Hoy te noto un poco tímido. Venga. Cuéntamelo», escribió ella.

«¿Cómo?», se preguntó. Sí, ése era el problema: ¿Cómo? Intentó relajarse y dejar vagar la mente. Solía hacerlo muy bien. De hecho, era un maestro. Seguro que ella era igual a todas las demás: mayor y en busca de un indicio que le demostrara que aún tenía lo que hacía falta.

«¿Dónde quieres que te ponga la lengua?», tecleó con la intención de que ella continuara.

«No es justo. ¿Eres sólo pura palabrería?», le respondió.

Hombre Lengua pensó que ese día ni siquiera tenía ganas de hablar, y que ella lo descubriría bien pronto si seguían en esa línea. Había llegado la hora de hacer enfadar a Mujer Fogosa. Necesitaba una pausa hasta que se ordenara las ideas.

«Si es eso lo que piensas, nena», escribió. Luego se desconectó. Que reflexionara sobre eso durante uno o dos días.

Antes de alejarse del teclado, comprobó cómo iba la Bolsa. Giró la silla, salió del estudio y bajó a la cocina, donde el jarro de cristal de la cafetera le ofrecía una última taza de café. Se sirvió una taza y saboreó el café tal y como le gustaba: fuerte, negro y amargo. Como la vida misma, decidió.

Se rió sin ganas. Las últimas doce horas estaban cargadas de ironía, y estaba convencido de que si lo pensaba durante bastante tiempo, descubriría en qué consistía esa ironía. Pero pensar en ello era lo último que deseaba hacer en ese momento. Con el Departamento de Homicidios de Hampstead pisándole los talones, sabía que tenía que guardar la compostura. Ese era el secreto de la vida: compostura. Ante la adversidad, ante el éxito, ante…

Se oyó un golpecito en la ventana de la cocina. Hombre Lengua, nervioso, se asomó por la ventana y vio a dos hombres mal vestidos y sin afeitar en medio de su jardín trasero. Habían venido desde el parque que recorría casi todos los jardines traseros de Crediton Hill en la parte este de la calle. Como no había ninguna valla que separara su propiedad del parque, los visitantes no habían encontrado obstáculo alguno para acceder a su casa. Tendría que hacer algo por solucionarlo.

Los dos hombres le vieron y se dieron un codazo a la vez. Uno de ellos gritó: «Abre la puerta, Jay. Hace mucho tiempo que no nos vemos». Y el otro, con una sonrisa exasperante, añadió: «Te estamos haciendo un favor entrando por la puerta de atrás».

Hombre Lengua profirió una maldición. Primero un cadáver en la calle, después le confiscan el Boxter, y por último los policías le ponen bajo vigilancia. Y ahora esto. Uno siempre debía prever que las cosas podían empeorar, se dijo a sí mismo mientras se dirigía hacia el comedor y abría las puertaventanas.

– ¡Robbie, Brent! -les dijo a modo de saludo, con la misma naturalidad que si los hubiera visto la semana anterior. En la calle hacía frío y, en consecuencia, iban encorvados, daban patadas al suelo y desprendían vapor como si fueran dos toros esperando en el ruedo-. ¿Qué hacéis por aquí?

– ¿Nos vas a dejar entrar? -le preguntó Robbie-. No hace muy buen día para quedarse en el jardín.

Hombre Lengua suspiró. Tenía la impresión de que cada vez que daba un paso adelante sucedía algo que le hacía retroceder dos pasos.

– ¿De qué se trata esta vez? -les preguntó, aunque en realidad quería decir: «¿Cómo me habéis encontrado?».

Brent hizo una mueca y respondió:

– De la misma forma que siempre, Jay. -Como mínimo, tuvo la decencia de parecer incómodo y de cambiar los pies de sitio.

Robbie, en cambio, era el peligroso. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Sería capaz de tirar a su abuela de un tren en marcha si supiera que con ello iba a ganar algo, y Hombre Lengua sabía que lo último que podía esperar de él era consideración, respeto o benevolencia.

– La calle está cortada. -Robbie inclinó la cabeza en dirección al final de la calle-. ¿Ha sucedido algo?

– Ayer por la noche atropellaron a una mujer.

– ¡Ah! -Pero el modo en que Robbie pronunció esa palabra daba a entender que no le estaba contando nada nuevo-. ¿Es ése el motivo por el que hoy no has ido a trabajar?

– A veces trabajo desde casa. Ya te lo he dicho.

– Sí, es posible. Pero ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? -No mencionó lo que flotaba tácito en el aire: el tiempo que había transcurrido desde que lo llamara por última vez y las dificultades que habían tenido que pasar para conseguir su dirección-. En tu oficina me han dicho que hoy has tenido que cancelar una reunión porque has llamado diciendo que tenías gripe. ¿O era un resfriado? ¿Te acuerdas, Brent?

– ¿Has hablado de mí…? -Hombre Lengua se detuvo. Después de todo, Robbie esperaba que reaccionara así-. Creía que lo habíamos dejado muy claro. Te pedí que no hablaras con nadie que no fuera yo cuando llamaras al trabajo. Puedes usar la línea privada. No tienes ninguna necesidad de hablar con mi secretaria.

– Pides muchas cosas -apuntó Robbie-. ¿No es verdad, Brent? -Esas últimas palabras tenían la clara intención de recordarle al otro hombre, que era menos inteligente, de qué lado estaba.

– De acuerdo. ¿Nos vas a dejar entrar o qué, Jay? -preguntó Brent-. Aquí fuera hace frío.

Robbie, como quien no quiere la cosa, añadió:

– Hay tres periodistas de la prensa amarilla al final de la calle. ¿Lo sabías, Jay? ¿Qué ha pasado?

Hombre Lengua maldijo en silencio y se alejó de la puerta. Los dos hombres se rieron, se chocaron las manos con torpeza, atravesaron el jardín y empezaron a subir las escaleras.

– Hay un limpiabarros junto a la puerta. Usadlo -les ordenó Hombre Lengua.

La lluvia de la noche anterior había encharcado el suelo que había debajo de los árboles que separaban las casas del parque. Robbie y Brent lo habían atravesado como si estuvieran en una granja de cerdos.

– Aquí dentro tengo una alfombra oriental que no está nada mal.

– Quítate los zapatos, Brent -le dijo Robbie servicialmente-. ¿Qué te parece, Jay? Vamos a dejar nuestras botas cubiertas de barro en la entrada. Brent y yo sabemos cómo ser buenos invitados.

– Los buenos invitados esperan a que los inviten.

– No me gustaría tener que participar en ese tipo de ceremonia.

Ambos hombres entraron, y pareció que ocupaban toda la sala. Eran enormes, y aunque nunca habían utilizado su corpulencia para intimidarle, sabía que no dudarían en hacer uso de su fuerza cuando quisieran obligarle a hacer algo.

– ¿Por qué están esos periodistas ahí afuera? -preguntó Robbie-. Por lo que sé, ese tipo de periodistas sólo meten la nariz si alguien les llama para contarles un notición.

– Eso es -asintió Brent mientras se agachaba ante la vitrina de la porcelana para ver si iba bien peinado-. Un notición, Jay. -Le dio un golpe a la puerta de la vitrina.

– Es muy antigua. Trátala con cuidado, ¿de acuerdo?

– Ver a todos esos tipos al final de la calle nos asustó un poco -declaró Robbie-. Por lo tanto, Brent y yo intercambiamos unas palabras con ellos, ¿no es verdad, Brent?

– Sí, unas cuantas palabras. -Brent abrió la puerta y sacó una taza de porcelana-. ¡Qué bonita! También es antigua, ¿verdad, Jay?

– ¡Vamos, Brent!

– Te ha hecho una pregunta, Jay.

– De acuerdo. Lo es. Es de principios del siglo xix. Si tienes intención de romperla, hazlo rápido y ahórrame el sufrimiento, ¿de acuerdo?

Robbie soltó una risita. Brent hizo una mueca y puso la taza en su sitio. Cerró la puerta con el mismo cuidado que un neurocirujano tendría si tuviera que reponer un trozo de cráneo.

– Uno de los periodistas nos contó que la policía está muy interesada en una persona de esta calle -declaró Robbie-. Nos dijo que alguien de la policía le sopló que la muerta llevaba una dirección apuntada dentro del coche. Sin embargo, no nos quiso decir de quién se trataba. Pensaba que podíamos ser de la competencia.

«Me parecería muy poco probable», pensó Hombre Lengua. Pero anticipó el rumbo que estaban tomando las cosas e hizo todo lo que pudo por prepararse para la conversación que se avecinaba.

– Es increíble lo que pueden llegar a averiguar los de la prensa sensacionalista -declaró Robbie-si alguien no les para los pies.

– Sí, es sorprendente -asintió Brent. Después, como si sólo hubiera estado interpretando el papel de su compañero y no el suyo propio, añadió-: Rolling Suds necesita unos arreglos.

– ¡Pero si no hace ni seis meses que lo arreglé!

– De acuerdo. Pero eso fue en primavera. Ahora estamos en temporada baja. Además, está la cuestión esa de… bien, ya sabes a lo que me refiero. -Brent le lanzó una mirada a Robbie.

En ese momento las piezas encajaron.

– Habéis perdido dinero, ¿no es así? -les preguntó Hombre Lengua-. ¿De qué se trata esta vez? ¿Caballos? ¿Perros? ¿Cartas? No tengo ninguna intención de…

– ¡Eh, tú! ¡Escúchanos! -Robbie dio un paso adelante como si quisiera mostrarle lo diferentes que eran de tamaño-. Estás en deuda con nosotros, colega. ¿Quién te ayudó? ¿Quién se encargó de cerrarle la boca a cualquier hijo de vecino que te criticara a tus espaldas? A Brent le rompieron el brazo por tu culpa y yo…

– Ya sé lo que pasó, Rob.

– Muy bien. Pues ahora vas a oír el final de la historia, ¿vale? Necesitamos dinero, y lo necesitamos hoy; por lo tanto, si tienes algún problema más vale que nos lo cuentes.

Hombre Lengua miró a uno y a otro, y vio que el futuro se desenrollaba ante él cual alfombra interminable de dibujos repetitivos. Aunque lo vendiera todo, se mudara de casa, empezara de nuevo y cambiara de trabajo… aun así, le encontraban. Y cuando lo hacían, siempre utilizaban esas estrategias que les habían funcionado tan bien en estos últimos años. Las cosas iban a ir de ese modo. Creían que estaba en deuda con ellos. Y nunca lo iban a olvidar.

– ¿Cuánto necesitáis? -les preguntó en tono de hastío.

Robbie puso su precio. Brent parpadeó e hizo una mueca.

Hombre Lengua cogió el talonario y garabateó la cantidad. Luego les acompañó hasta el mismo lugar por el que habían entrado: a la puerta del comedor y al jardín trasero. Les observó hasta que desaparecieron bajo las peladas ramas de los plátanos del final del parque. Después se dirigió hacia el teléfono.

Cuando Jake Azoff contestó al otro lado de la línea, Hombre Lengua, al respirar, tuvo la sensación de que le clavaban un puñal en el corazón.

– Rob y Brent me han encontrado -le explicó a su abogado-. Dile a la policía que hablaré.

GIDEON

10 de septiembre

No comprendo por qué se niega a recetarme algo. Es médico, ¿cierto? ¿O es que el hecho de que me recete algo para la migraña demostrará que es una charlatana? Y, por favor, no me vuelva a repetir ese comentario aburrido sobre los medicamentos psicotrópicos. No estamos hablando de antidepresivos, doctora Rose. Ni de antipsicóticos, tranquilizantes, sedantes o anfetaminas. Sencillamente estamos hablando de analgésicos. Porque lo único que me pasa es que me duele la cabeza.

Libby está intentando ayudarme. Antes ha estado aquí y me ha encontrado en el mismo lugar en el que he pasado toda la mañana: en mi dormitorio, con las cortinas corridas y con una botella de Harveys Bristol Cream bajo el brazo cual osito de peluche. Se sentó en el borde de la cama, me quitó la botella de debajo del brazo, y me dijo:

– Si tienes intención de ponerte ciego con esto, en menos de una hora habrás echado la papa.

Solté un gemido. Lo último que necesitaba oír en ese momento era ese lenguaje tan extraño y gráfico que utilizaba.

– Mi cabeza -le dije.

– ¡Qué pena! -respondió-. Pero la bebida sólo conseguirá empeorar las cosas. A ver si puedo ayudarte.

Me puso las manos sobre la cabeza. Las yemas de los dedos, que descansaban ligeramente sobre mi sien, estaban frías y trazaban pequeños círculos, círculos pequeños y frescos que disminuían las palpitaciones de mis venas. Sentía como mi cuerpo se relajaba con sus caricias, y tuve la impresión de que podría dormirme con facilidad mientras ella siguiera sentada y callada junto a mí. Cambió de posición, se tumbó junto a mí y me colocó la mano sobre la mejilla. El mismo suave tacto de su fresca piel. -Estás ardiendo-me advirtió.

– Es por el dolor de cabeza -musité.

Giró la mano para que mi mejilla sintiera sus dedos. Fríos, estaban deliciosamente fríos.

– Me sienta bien. Gracias, Libby -añadí. Le cogí la mano, le besé los dedos y los volví a colocar sobre mi mejilla.

– ¿Gideon…? -preguntó.

– ¿Humm? -respondí.

– No importa. -Pero al oír mi respuesta, suspiró y prosiguió-. ¿Alguna vez piensas en… nosotros? Quiero decir, hacia dónde vamos y todo eso.

No respondí. Creo que con las mujeres siempre pasa lo mismo. Ese pronombre plural y la búsqueda de la confirmación: el hecho de pensar en nosotros corrobora que existe un nosotros.

– ¿Te das cuentas del tiempo que hemos pasado juntos? -me preguntó.

– Muchísimo.

– ¡Ostras! Si incluso hemos dormido juntos.

También me he percatado de que las mujeres tienen un poder especial para ver lo que es obvio.

– ¿Crees que deberíamos continuar? ¿Crees que estamos preparados para la siguiente etapa? Lo que te quiero decir es que yo estoy totalmente preparada. Muy preparada para lo que venga a continuación. ¿Y tú?

Mientras hablaba, levantó la pierna y la puso sobre mi nalga, me cubrió el pecho con sus brazos y ladeó la cadera -fue tan sólo un ligero movimiento-para presionar su pubis contra mi cuerpo.

Y, de repente, estoy con Beth, de vuelta en ese momento de la relación en el que se espera que algo suceda entre un hombre y una mujer, pero en el que no pasa nada. Como mínimo, a mí no. Con Beth la siguiente etapa significaba un compromiso permanente. Después de todo, éramos amantes desde hacía once meses.

Ella es el contacto entre el Conservatorio East London y las escuelas de las cuales provienen los alumnos. Antes era profesora de música, y también es violonchelista. Es perfecta para el Conservatorio, ya que habla el lenguaje de los instrumentos, el lenguaje de la música y, lo que es más importante, el lenguaje de los niños.

Al principio no me doy cuenta de su presencia. No hasta el día que tenemos que hablar con el padre de una niña que se ha fugado de casa y que busca en el Conservatorio una protección que no se le puede dar. Averiguamos que el novio de su madre le ha prohibido que siga ensayando, ya que éste tiene otros planes en mente para la niña. Ésta casi se ha convertido en una especie de sirviente en su miserable casa. Pero ese casi viene definido por los favores sexuales que le han ordenado que les haga a ambos.

Beth actúa con justicia con esa excusa patética de pareja humana. Está hecha una furia. No espera a que la policía ni los de Servicios Sociales se ocupen del caso, ya que no confía en ninguno de ellos. Se ocupa de todo en persona: se pone en contacto con un detective privado y se reúne con la pareja para dejarles bien claro qué les sucederá si la niña sufre algún daño. Y para estar segura de que lo entienden, les define daño en los mismísimos términos callejeros a los que están acostumbrados.

No estoy allí para presenciarlo, pero me lo cuenta más de un profesor. La ferocidad de su entrega hacia esa estudiante me conmueve. Quizá siento nostalgia. Tal vez cierto reconocimiento.

En cualquier caso, la busco. Empezamos a salir juntos de la forma más natural que me pueda imaginar. Durante un año todo va bien.

No obstante, después, tal y como suele suceder, me dice que quiere más. Ya sé que es lógico. Pensar en dar el siguiente paso es razonable tanto para el hombre como para la mujer, pero supongo que más para la mujer porque debe tener en cuenta su propia biología.

Cuando surge el tema de lo que va a suceder a continuación, sé que debería desear lo que viene después de esas declaraciones de amor que nos hemos profesado. Me doy cuenta de que nada permanece inalterable para siempre y de que es un engaño imaginar que ambos estaremos eternamente contentos como simples compañeros de trabajo y amantes apasionados. Aun con todo, cuando saca el tema del matrimonio y de los hijos, noto que me distancio. Al principio evito el tema, y cuando las excusas de ensayos, prácticas, sesiones de grabación y apariciones en público ya no me sirven, caigo en la cuenta de que el distanciamiento que siento es mucho mayor, y que no sólo ha provocado que no quiera un futuro con Beth, sino tampoco un presente. No puedo estar con ella como estaba antes. No siento pasión alguna y no la deseo. Al principio me esfuerzo por intentarlo, pero fuera lo que fuera que hubiéramos sentido -deseo, pasión, cariño, lealtad-, había dejado de existir.

Discutimos sin parar, que es precisamente lo que debe de suceder cuando un hombre y una mujer intentan mantener una relación que ya ha sido dañada. Durante esas discusiones, nos desgastamos tanto que lo que teníamos pasa a ser un recuerdo tan lejano que somos incapaces de olvidarnos de la discordia de nuestro presente para localizar la armonía que definía nuestro pasado. Y se acaba. Nos separamos. Encuentra otro hombre con el que se casa veintisiete meses y una semana más tarde. Yo sigo igual que ahora.

Por lo tanto, cuando Libby me habló de pasar a la siguiente etapa, sentí escalofríos. Con todo, sabía que era inevitable mantener una conversación de ese tipo con una mujer, siempre que permitiera que una mujer entrara en mi vida.

Los debería empezaron a atormentarme la mente. No debería haberle enseñado el piso de la planta baja. No debería habérselo alquilado. No debería haberla invitado a tomar un café. No debería haberla llevado a comer, ni haber escuchado ese concierto en su aparato de música, ni haber ido a Primrose Hill para hacer volar la cometa, ni haberla llevado a hacer vuelo libre, ni haber comido en su mesa, ni haberme dormido con su cuerpo junto al mío ni haber permitido que su camisa de dormir se levantara accidentalmente y que su culo desnudo, suave y cálido, descansara sobre mi fláccido pene.

Esa flaccidez debería habérselo dicho todo. Esa flaccidez inmutable, indiferente y poco entusiasta. Pero no lo hizo. Y si lo hizo, no deseó llegar a la conclusión que implicaba ese trozo exánime de piel.

– Me siento bien, teniéndote aquí a mi lado -le dije.

– Aún podríamos estar mejor y disfrutar más -respondió ella. Y movió la cadera tres veces de ese modo que inconscientemente hace que los hombres normales quieran penetrarlas.

Pero yo, como todos sabemos, no soy un hombre normal.

Sabía que, como mínimo, se suponía que debería desear el acto, aunque no deseara a la mujer en sí misma. No obstante, no lo deseaba. Nada se removía dentro de mí salvo, quizás, el hielo. Lo único que se apoderó de mí fue una quietud, una sombra y esa sensación incorpórea de estar fuera de mí mismo, más allá de mí mismo, despreciando esa lamentable excusa para un hombre y preguntándome qué haría falta, por el amor de Dios, para mover a ese cabrón.

– ¿Qué te pasa, Gideon? -me preguntó Libby, acariciando mi cálida mejilla con su fría mano de nuevo. Luego se quedó quieta en la cama junto a mí. Sin embargo, no se fue, y el miedo a que un movimiento precipitado de mi parte pudiera darle una idea equivocada hizo que yo también permaneciera inmóvil.

– He ido al médico. Me han hecho un montón de pruebas. No han encontrado ninguna explicación. Son cosas que pasan.

– No te estoy hablando de la migraña, Gid.

– Entonces, ¿de qué?

– ¿Por qué has dejado de tocar? Siempre tocabas. Eres muy disciplinado. Tres horas por la mañana y tres horas por la tarde. He visto el coche de Rafe cada día en la plaza; por lo tanto, sé que ha estado aquí, pero no os he oído tocar a ninguno de los dos.

Rafe. Tiene esa tendencia americana de poner motes a todo el mundo. Raphael pasó a ser Rafe la primera vez que lo vio. Si quieren saber lo que pienso, ese nombre no le pega para nada, pero a él no parece molestarle.

Y ha estado aquí cada día, tal y como ha explicado ella. A veces durante una hora, otras veces durante dos o tres. Normalmente se pasea de un lado a otro mientras yo me siento junto a la ventana y escribo. Suda, se seca la frente y el cuello con un pañuelo, me lanza miradas inquietas y, sin duda, hace una proyección de nuestro futuro que implica que mi estado de ansiedad da fin prematuramente a una carrera musical que habría sido brillante y en la que su reputación como mi Rasputín musical se ve arruinada. Se ve a sí mismo como una nota al pie de página en la historia, una nota tan diminuta que requerirá lupa para ser leída.

Ha depositado en mí sus esperanzas de ser inmortal. Ahí ha estado él durante cincuenta años, un hombre incapaz siquiera de llegar al nivel de primer violín, a pesar de su talento y de todos sus esfuerzos, condenado por un embalse de miedo al escenario que ha abierto sus compuertas en una inundación de terror cuando ha tenido la oportunidad de hacer una audición. El hombre es un músico fantástico en una familia de músicos igualmente fantásticos. Sin embargo, a diferencia de los demás -todos tocan en una orquesta u otra, incluso su hermana que hace más de veinte años que toca la guitarra eléctrica en una banda hippie llamada Fuego de Estrellas Niqueladas-sólo ha sobresalido transmitiendo su talento artístico a los demás. Las actuaciones en público lo han derrotado.

Yo he sido su petición a la fama y el medio por el cual ha atraído -cual flautista de Hamelin- a prometedores niños prodigio y a sus padres durante más de veinte años. Sin embargo, todo eso deberá ser sacrificado si no consigo comprender lo que me pasa en la cabeza. Y aunque Raphael no se haya preocupado ni una sola vez de averiguar qué pasa en su cabeza -no puede ser normal que un hombre se tenga que cambiar la camisa tres veces y el traje cada día a causa del sudor-, yo tengo que dedicar todas las horas del día a averiguar qué pasa en la mía.

Raphael, tal y como le he dicho, es la persona que me sugirió que viniera a usted, doctora Rose. O, como mínimo, la persona que me recomendó a su padre, después de que los neurólogos decidieran que no tengo ninguna lesión física. Por lo tanto, tiene un doble interés en que me recupere: no sólo se ha preocupado de que usted se ocupe de mí, lo que me haría estar en deuda con él si usted y yo consiguiéramos superar mi problema, sino que mi carrera prolongada de violinista supondría su carrera prolongada como musa. Así pues, a Raphael le encantaría verme recuperado.

Cree que estoy siendo cínico, ¿verdad, doctora Rose? Una nueva arruga en la manta de mi carácter. Pero recuerde que he sufrido a Raphael durante muchos años, y que sé lo que piensa y lo que se propone hacer seguramente mejor que él.

Por ejemplo, sé que mi padre le desagrada. Y sé que papá le habría despedido un montón de veces a lo largo de todos estos años si el estilo de enseñanza de Raphael -que permite que el alumno desarrolle su propio método en vez de imponerle un método preestablecido- no hubiera sido exactamente lo que me ha hecho prosperar.

«¿Por qué a Raphael le cae mal su padre?», me pregunta con curiosidad, no muy segura de que esa animosidad que se tienen sea la causa de mi problema actual.

No tengo respuesta para esa pregunta, doctora Rose, o, como mínimo, ninguna respuesta que sea clara y completa a la vez. Pero supongo que tiene algo que ver con mi madre.

«¿Raphael Robson y su madre?», me aclara, y me mira tan fijamente que me pregunto qué pepita de oro le acabo de ofrecer.

Así pues, escarbo en mi mente. Intento averiguar qué hay. Procuro hacer una conexión lógica después de examinar todo lo que he conseguido sacar a la luz hasta este momento, porque el hecho de haber puesto esas palabras juntas -Raphael Robson y mi madre-ha removido algo en mi interior, doctora Rose. Siento que un desasosiego me recorre las tripas. He masticado y tragado algo podrido, y noto cómo las consecuencias me irritan.

¿Qué he desenterrado sin darme cuenta? Mi madre ha sido la razón por la que a Raphael Robson le ha caído mal mi padre durante más de veinte años. Sí, siento que hay algo de verdad en todo esto. Pero ¿por qué?

Tal vez me sugerirá que me remonte a una época en que estuvieran todos juntos. Raphael y mi madre. El lienzo está ahí, ese maldito lienzo oscuro está presente, pero la pintura hace mucho tiempo que se ha borrado.

Sin embargo, me recuerda que he relacionado los dos nombres: el de mi madre y el de Raphael Robson. Si yo he relacionado esos nombres, debe de haber alguna otra conexión, aunque sólo sea en el inconsciente.

«Usted piensa en ellos como pareja -me dice-. ¿Se los puede imaginar juntos?»

«¿Imaginar? ¿Juntos?» La idea me parece ridicula.

«¿Qué es lo que le parece ridículo, Gideon? -me pregunta-. ¿Lo de imaginárselos o lo de juntos?»

Y ya sé lo que pretende con esas dos alternativas. No crea que no me he dado cuenta. Tengo que escoger entre los conflictos de Edipo y la escena principal. Eso es lo que intenta, ¿verdad, doctora Rose? El pequeño Gideon no puede soportar el hecho de que su profesor de música a le béguin pour sa mère. O, lo que es peor, el pequeño Gideon presenció a sa mere et l'amoureux de sa mère in fraganti, y l'amoureux de sa mère era Raphael Robson.

«¿Por qué me paso al francés? -me preguntará-. ¿Por qué no lo ha dicho en inglés? ¿Qué siente al decirlo en inglés, Gideon?»

Absurdo. Ridículo. Indignante. ¿Raphael Robson y mi madre de amantes? ¡Qué idea tan absurda! ¿Cómo podría haber soportado su sudor? Incluso hace veinte años sudaba lo bastante para regar todo el jardín.

12 de septiembre

El jardín. Flores. Dios. He recordado esas flores, doctora Rose. A Raphael Robson entrando en casa con un enorme ramo de flores. Son para mi madre y ella se encuentra en casa; por lo tanto, es de noche o ese día no ha ido a trabajar.

«¿Está enferma?», me pregunta.

No lo sé, pero veo las flores. Docenas de ellas. Son diferentes; de hecho, hay tantas clases diferentes que soy incapaz de nombrarlas. Es el ramo más grande que jamás haya visto y sí, sí, debe de estar enferma porque Raphael lleva las flores a la cocina y él mismo las coloca en una serie de jarrones que mi abuela le da. Pero la abuela no puede quedarse para ayudarle con las flores porque, por la razón que sea, debe ir a vigilar al abuelo. Durante muchos días no hemos podido perder de vista al abuelo, pero no sé por qué.

«¿Un episodio? -me pregunta-. ¿Está sufriendo un episodio psicótico, Gideon?»

No lo sé. Lo único que tengo claro es que todo el mundo se comporta de un modo extraño. Mi madre está enferma. Mi abuelo está encerrado en el piso de arriba y la música está puesta todo el día para calmarle. Sarah-Jane Beckett no para de reunirse con James el Inquilino en una de las esquinas y, si me acerco demasiado a ellos, tensa los labios y me dice que me vaya a hacer los deberes, a pesar de que hace tanto tiempo que nadie me da clase que es imposible que tenga deberes por hacer. He pillado a la abuela llorando en las escaleras. He oído a papá gritar en alguna parte: creo que detrás de una puerta cerrada. Sor Cecilia ha venido a vernos y la he visto hablando con Raphael en el piso de arriba. También veo todas esas flores. Raphael y las flores. Montones de flores que ni siquiera soy capaz de nombrar.

Las lleva a la cocina y a mí me ordena que lo espere en la sala de estar, donde me ha dejado un ejercicio para que practique. Incluso hoy en día recuerdo ese ejercicio. Son escalas. Escalas. Lo que más odio y lo que considero demasiado fácil para mí. Me niego a hacerlo. Le doy una patada al atril. Grito que me aburro, me aburro y me aburro con esa estúpida música y que no pienso tocar ni una nota más. Exijo la tele. Exijo leche y galletas. Exijo.

Sarah-Jane aparece de inmediato y me dice -me acuerdo perfectamente de lo que me dice, doctora Rose, porque nunca me habían dicho nada similar-: «Ya no eres el centro del mundo. Haz el favor de comportarte».

«¿Ya no eres el centro del mundo? -medita-. Por lo tanto, eso debió de suceder después de que Sonia naciera.»

«Supongo que sí, doctora Rose.»

«¿Puede establecer alguna conexión?»

«¿Qué clase de conexión?»

«Raphael Robson, las flores, su abuela llorando, Sarah-Jane Beckett y James el Inquilino cotilleando…»

No he dicho que estuvieran cotilleando. Sólo hablan, con las cabezas juntas. ¿Compartiendo un secreto, tal vez? Me pregunto. ¿Son amantes?

Sí, sí, doctora Rose, ya veo que volvemos al tema de los amantes.

No hace falta que me lo repita. Ya sé lo que pretende con este proceso inexorable que nos lleva a mi madre y a Raphael. Ya sé adónde nos va a llevar ese proceso si examinamos todos los indicios con calma racional. Los indicios son los siguientes: Raphael con esas flores, la abuela llorando y papá gritando, sor Cecilia intentando prestar ayuda, Sarah-Jane y el inquilino riéndose disimuladamente en un rincón… Ya veo adónde nos lleva todo esto, doctora Rose.

«Entonces, ¿qué le impide decirlo?», me pregunta mientras me mira con esos tristes ojos sombríos y sinceros.

«Nada me lo impide, salvo la incertidumbre.»

«Si lo dice, será capaz de ver lo que siente, si encaja.»

De acuerdo, entonces. De acuerdo. Raphael Robson ha dejado embarazada a mi madre y juntos han tenido a esa niña, Sonia. Mi padre se da cuenta de que le han puesto los cuernos -Dios mío, ¿de dónde he sacado esa palabra? Tengo la sensación de estar participando en un drama de la época jacobea- y el griterío que se oye tras la puerta cerrada es la expresión de su ira. El abuelo lo oye, ata cabos, enfurece y sufre otro episodio. La abuela llora por el caos que se está produciendo entre mi padre y mi madre y por la posibilidad de que el abuelo padezca otro episodio. Sarah-Jane y el inquilino sienten una gran curiosidad por saber lo que pasa. Han avisado a sor Cecilia para que intente reconciliar a mis padres, pero papá no soporta vivir en la misma casa con alguien que le recuerda constantemente la infidelidad de mamá y exige que se lleven al niño, que lo den en adopción o algo así. Mamá no puede soportar la idea de que eso ocurra y llora en su habitación.

«¿Y Raphael?», me pregunta.

Es el padre orgulloso, ¿verdad? El que lleva flores, tal y como suelen hacer los padres.

«¿Qué reacción le provoca?», quiere saber.

La verdad es que me entran ganas de ducharme. Y no porque me imagine a mi madre entre «el rancio sudor de un lecho deshecho» -y perdóneme esa alusión tan obvia-, sino por él. Por Raphael. Sí, veo que podía haber amado a mi madre y odiado a mi padre por poseer lo que él quería para sí mismo. Pero que mi madre hubiera correspondido a su amor… que hubiera contemplado la posibilidad de llevarse ese cuerpo sudoroso y permanentemente quemado por el sol a su cama o donde fuera que hicieran el acto… Me parece un pensamiento imposible de creer.

No obstante, me recuerda que los niños siempre ven la sexualidad de sus padres como algo repugnante. Esa es la razón por la que el hecho de presenciar un coito…

Yo no presencié ningún coito, doctora Rose. Ni entre mi madre y Raphael, ni entre Sarah-Jane Beckett y el inquilino, ni entre mis abuelos, ni entre mi padre y quien sea. Ninguno.

«¿Mi padre y quien sea? -me pregunta con rapidez-. ¿Quién es "quien sea"? ¿De dónde ha salido eso de "quien sea"?»

¡Por el amor de Dios! No lo sé. No lo sé.

15 de septiembre

Esta tarde he ido a verle, doctora Rose. Desde que desenterramos el recuerdo de Sonia y recordé a Raphael y esas obscenas flores, y el caos de la casa de Kensington Square, he sentido la necesidad de hablar con mi padre. Así pues, me dirigí a South Kensington y lo encontré en el jardín que hay al lado de Braemar Mansions, que es donde ha vivido estos últimos años. Se encontraba en el pequeño invernadero que ha requisado del resto de habitantes del edificio, y estaba haciendo lo que suele hacer en su tiempo libre. Estaba agachado junto a sus pequeñas camelias híbridas, examinando las hojas con una lupa, buscando intrusos entomológicos o incipientes capullos. No estoy seguro del todo. Sueña con cultivar unas flores dignas del Festival de Flores de Chelsea. Lo bastante dignas para ganar un premio, mejor dicho. No conseguirlo sería una pérdida de tiempo.

Le vi en el invernadero desde la calle, pero como no tengo llave de la puerta del jardín, entré por el edificio. Papá vive en el piso de la primera planta que hay al final del rellano, y como vi que la puerta estaba entreabierta, me dirigí hasta allí con la intención de cerrarla. Sin embargo, me encontré a Jill en la mesa de papá, trabajando con su portátil y con los pies sobre un cojín que se había traído de la sala de estar.

Intercambiamos unas cuantas frases graciosas -al fin y al cabo, ¿qué se le puede decir a la novia joven y embarazada del padre de uno?- y me dijo lo que ya sabía: que mi padre estaba en el jardín. «Está dando de comer al resto de sus hijos», me dijo con una de esas largas miradas de sufrimiento que indican exasperación. Pero ese día la frase «el resto de sus hijos» me pareció cargada de significado y no me la podía sacar de la cabeza mientras salía de la casa.

Caí en la cuenta de que antes no me había percatado de algo que se me hizo obvio mientras recorría el piso. Las paredes, la superficie de las cómodas, los manteles de las mesas y las estanterías anunciaban un hecho franco y sencillo que nunca me había pasado por la cabeza, y de ese hecho fue de lo primero que hablé al entrar en el invernadero, porque me pareció que si era capaz de arrancarle una respuesta sincera a mi padre, me sería más fácil comprenderlo.

«¿Arrancar? -Le ha sorprendido que usara esa palabra, ¿no es así? Le ha chocado la palabra y todo lo que implica-. Así pues, ¿su padre no es sincero?», -me pregunta.

«Nunca me lo había planteado. Pero ahora empiezo a hacerlo.»

«¿Qué es lo que quiere entender? -me pregunta-. Si consigue arrancarle la verdad a su padre, ¿qué es lo que comprendería?»

«Lo que me ha sucedido.»

«¿Tiene algo que ver con su padre?»

Me gustaría pensar que no.

Cuando entré en el invernadero, no levantó la vista, y pensé que su cuerpo había empezado a amoldarse a su trabajo actual: el de estar agachado junto a plantas pequeñas. Su escoliosis parece haber empeorado a lo largo de estos últimos años, y aunque sólo tiene sesenta y dos años, me parece mayor debido a su creciente curvatura. Mientras le miraba, me preguntaba cómo Jill Foster -casi treinta años más joven que él-se había sentido atraída hacia él. El mecanismo que hace que los humanos se acerquen sigue siendo un misterio para mí.

– ¿Por qué no hay fotografías de Sonia en tu casa, papá? -le pregunté. Pensé que un ataque frontal inesperado daría mejores resultados-. Tienes fotografías mías desde todos los ángulos y de todas las edades, con y sin violín; sin embargo, no tienes ni una de Sonia, ¿por qué?

Entonces sí que levantó la vista, pero creo que intentaba ganar tiempo, ya que sacó un pañuelo del bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros y lo usó para limpiar su lupa. Dobló el pañuelo, guardó la lupa en una bolsa de gamuza y dejó la bolsa sobre una estantería del final del invernadero en la que guarda sus herramientas de jardinería.

– También te deseo muy buenas tardes -me dijo-. Espero que por lo menos hayas saludado a Jill. ¿Aún está delante del ordenador?

– Sí, en la cocina.

– ¡Ah! El guión cinematográfico avanza muy despacio. Está escribiendo el guión de Hermosos y malditos. ¿Te lo había contado? Me parece demasiado ambicioso proponer otra obra de Fitzgerald a la BBC, pero está empeñada en demostrar que una novela americana sobre americanos en América puede llegar a ser aceptable para una audiencia británica. Ya veremos. ¿Cómo está tu propia americana últimamente?

Así es como llama a Libby. No tiene otro nombre para ella que no sea el de «tu americana», aunque a veces la llama «tu pequeña americana» o «tu encantadora americana». La llama especialmente así cuando comete algún error social, lo que hace con un fervor casi religioso. Libby no soporta los formalismos, y papá aún no le ha perdonado que le llamara por el nombre de pila el día que los presenté. Ni tampoco ha olvidado cómo reaccionó al enterarse del embarazo de Jill. «¡Hostia! ¿Te has tirado a una tía de treinta años? Bien hecho, Richard.» Jill tiene más de treinta, evidentemente, pero eso es un asunto de poca importancia comparado con el hecho de que Libby mencionara la gran diferencia de edad que los separa.

– Está bien -le respondí.

– ¿Aún sigue dando vueltas por Londres con su motocicleta?

– Sí, todavía trabaja de mensajera, si es eso lo que quieres saber.

– ¿Cómo prefiere a Tartini [4] últimamente? ¿Sola o acompañada?

Se quitó las gafas, cruzó los brazos y se me quedó mirando de ese modo tan característico de él. Esa mirada que decía: «Si no te calmas, tendrás que vértelas conmigo».

Esa mirada ha conseguido desanimarme en más de una ocasión, y combinada con sus comentarios sobre Libby, supongo que debería haberme hecho desistir. Pero el hecho de que una hermana hubiera aparecido de repente en mi mente me daba la fuerza suficiente para afrontar cualquier intento de ofuscación que se propusiera.

– Me había olvidado de Sonia -le dije-. No tan sólo de la forma en que murió, sino de su misma existencia. Me había olvidado totalmente de que una vez tuve una hermana. Es como si alguien me hubiera puesto una goma en el cerebro y la hubiera borrado, papá.

– ¿Es a eso a lo que has venido, entonces? ¿A preguntarme lo de las fotografías?

– A preguntarte cosas sobre ella. ¿Por qué no tienes ninguna foto suya?

– Buscas algo siniestro en el hecho que no tenga fotografías de ella.

– Tienes fotografías mías. Tienes una exposición completa del abuelo. Tienes fotos de Jill. Incluso de Raphael.

– Posando con Szeryng. Él no tiene ninguna importancia.

– Sí, de acuerdo. Pero eso no responde a mi pregunta. ¿Por qué no hay ninguna de Sonia?

Me observó durante sus buenos cinco segundos antes de moverse. Y aún entonces sólo se dio la vuelta y empezó a limpiar el banco sobre el que había estado trabajando. Cogió una escoba y la usó para barrer las hojas sueltas y los restos de tierra; luego lo depositó en un cubo que cogió del suelo. Una vez que hubo acabado, cerró la bolsa de tierra, tapó una botella de fertilizante y puso las herramientas de jardinería en sus respectivos rincones. Limpió las herramientas una por una antes de guardarlas. Finalmente, se quitó el pesado delantal verde que llevaba cuando trabajaba con sus camelias, salió del invernadero y se dirigió hacia el jardín.

Hay un banco en uno de los extremos y se encaminó hacia allí. Está debajo de un castaño, la ruina de mi padre desde hace mucho tiempo.

– ¡Maldita sea! Hay demasiada sombra -se queja siempre-. ¿Cómo demonios va a crecer en la sombra?

Sin embargo, ese día pareció agradecer un poco de sombra. Se sentó e hizo una mueca de dolor, como si le doliera la espalda, lo cual era bastante probable debido al estado de su columna. Pero no quería preguntarle nada de eso. Ya había evitado mi pregunta durante bastante tiempo.

– Papá, ¿por qué no hay…? -le pregunté.

– Me lo preguntas por esa doctora, ¿verdad? Esa mujer… ¿Cómo se llama?

– Ya lo sabes. Doctora Rose.

– ¡Mierda! -musitó, levantándose del banco. Pensé que estaba dispuesto a volver a su casa de mal humor antes que hablar de un tema del que estaba claro que no quería hablar, pero se arrodilló y empezó a arrancar malas hierbas de uno de los parterres que teníamos ante nosotros-. Si por mí fuera, confiscaría todos los trozos de tierra de los vecinos que no se ocupan de ellos como es debido. ¡Mira toda esa porquería!

No había para tanto. Era cierto que el exceso de agua había hecho que saliera moho y musgo entre las piedras de una de las esquinas, y que las malas hierbas se entrelazaban con una enorme fucsia que necesitaba que la podaran. Pero había cierta belleza en el estado natural del jardín, ya que la pila central para pájaros estaba recubierta de hiedra y las piedras del camino yacían bajo el verdor.

– A mí me gusta -le repliqué.

Papá soltó un bufido de desaprobación. Continuó arrancando malas hierbas y lanzándolas por encima del hombro a un camino de grava.

– ¿Ya has cogido el Guarnerius? -me preguntó. Llama al violín de ese modo; siempre lo ha hecho. Yo prefiero designarlo por el nombre del fabricante, pero papá confunde el nombre del fabricante con el del instrumento, como si Guarneri no tuviera nada más que hacer.

– No, no lo he hecho.

Se apoyó en los talones y exclamó:

– ¡Estupendo! ¡De verdad! Los grandes planes han quedado reducidos a nada, ¿no es verdad? Cuéntame. ¿Qué ganamos con todo esto? ¿Con qué maravillosas ventajas estáis siendo bendecidos mientras tu maravillosa doctora y tú desenterráis el pasado? Nuestro problema está en el presente, Gideon. Creo que no hace falta que te lo repita.

– Ella lo llama amnesia psicogénica. Dice que…

– ¡Tonterías! Tuviste un problema de nervios. Y todavía lo sigues teniendo. Son cosas que pasan. Pregúntaselo a quien quieras. ¡Por el amor de Dios! ¿Cuántos años estuvo Rubinstein sin tocar? ¿Diez? ¿Doce? ¿Y crees que se pasó todos esos años garabateando en una libreta? Espero que no.

– No perdió la habilidad de tocar -le expliqué a mi padre-. Tan sólo tenía miedo de tocar.

– Tú no sabes si la has perdido, ¿verdad? Si todavía no has cogido el Guarnerius, ¿cómo vas a saber lo que has perdido o lo que temes haber perdido? Cualquier persona con un poco de sentido común te diría que lo que estás sufriendo se llama cobardía: pura y simple. Y el hecho de que tu doctora aún no haya mencionado esa palabra… -Se puso a arrancar malas hierbas de nuevo-. ¡Tonterías!

– Tú querías que fuera a verla -le recordé-. Cuando Raphael lo sugirió, te pareció una buena idea.

– Pensaba que aprenderías a enfrentarte con tu miedo. Creí que era eso lo que te enseñaría. Y, a propósito, si hubiera sabido que en la silla del doctor iba a estar sentada una condenada mujer, me lo hubiera pensado dos veces antes de llevarte hasta allí para que te pusieras a llorar sobre su hombro…

– Yo no…

– Todo esto viene de esa chica, de esa maldita y condenada chica. -Al pronunciar la última palabra, estiró con fuerza de una hierba que estaba enredada y al hacerlo arrancó de raíz uno de los lirios. Maldijo y empezó a escarbar la tierra alrededor de la planta como si quisiera reparar el daño-. Así es como piensan los americanos, Gideon, y espero que te des cuenta. Eso es lo que sucede cuando uno se relaciona con un montón de vagos a los que les han puesto la vida en bandeja. No conocen nada más que el ocio y acaban culpando a sus padres de su falta de disciplina. Ella te ha contagiado esa manía de criticar a los demás, hijo. De aquí a poco tiempo se encargará de organizar debates para hablar de tu enfermedad.

– Eres muy injusto con Libby. Ella no tiene nada que ver con todo esto.

– Te encontrabas perfectamente hasta que entró en tu vida.

– No ha sucedido nada entre nosotros que pueda ser causa de problemas.

– Te acuestas con ella, ¿verdad?

– Papá…

– ¿Echas buenos polvos? -Al hacerme esa última pregunta miró por encima del hombro, y supongo que debió darse cuenta de que prefería mantenerlo en secreto. Al verlo, me dijo irónicamente-: Sí, claro, pero ella no es la causa de tu problema. Ya entiendo. Bien, dime, ¿cuándo cree la doctora Rose que será el momento propicio para que vuelvas a coger el violín?

– No hemos hablado de eso.

Se puso en pie de un salto y exclamó:

– ¡Eso es fantástico! La has visto… ¿cuánto? ¿Tres veces por semana durante cuántas semanas? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Y aún no habéis tenido ocasión de hablar del problema? ¿No lo encuentras un poco raro?

– El violín… el hecho de tocar…

– Querrás decir el de no tocar.

– Sí. De acuerdo. El hecho de no tocar el violín es un síntoma, papá. No es una enfermedad.

– Ve y díselo a los de París, Londres y Roma.

– Haré esos conciertos.

– Si sigues por ese camino, no lo creo.

– Pensaba que querías que la viera. Le pediste a Raphael…

– Le pedí a Raphael que nos ayudara. Que te ayudara a recuperarte. Que te ayudara a coger el violín. Que te ayudara a regresar a la sala de conciertos. Dime, sólo dímelo, júramelo, tranquilízame, cualquier cosa, que es eso lo que conseguirás yendo a esa doctora. Porque, en esta cuestión, estoy de tu parte, hijo. Estoy de tu parte.

– No te lo puedo jurar -le repliqué, a sabiendas de que mi voz reflejaba toda la derrota que sentía-. No sé qué beneficios saco de ir a verla, papá.

Se secó las manos en los lados de los vaqueros y le oí maldecir en un bajo tono de voz que parecía estar teñido de angustia.

– ¡Ven conmigo! -me indicó.

Lo seguí. Entramos de nuevo en el edificio, subimos por las escaleras y llegamos a su piso. Jill había hecho té y levantó la taza como diciendo: «¿Quieres, Gideon? ¿Cariño?», a medida que entrábamos en la cocina. Le di las gracias y le dije que no, pero papá no le respondió. El rostro de Jill se nubló, tal y como siempre sucede cuando papá la ignora: no como si se sintiera dolida, sino como si comparara su comportamiento con algún decálogo secreto de comportamiento apropiado que ella hubiera desarrollado en su mente.

Papá siguió avanzando, inconsciente de lo que pasaba. Entró en lo que yo llamo la Habitación del Abuelo, donde guarda una extraña, aunque interesante, colección de recuerdos: cualquier cosa, desde mechones de pelo del abuelo de cuando era niño guardados en una caja de plata hasta cartas escritas por su comandante en jefe en la guerra que elogiaban su comportamiento mientras estuvo preso en Birmania. A veces tenía la sensación de que papá se había pasado los mejores años de su vida intentando hacernos creer que su padre era una persona normal o un hombre extraordinario, en vez de aceptar lo que era en realidad: una mente desgastada que se había pasado más de cuarenta años haciendo equilibrios para no caer en la locura por razones que nunca nadie mencionó.

Cerró la puerta a nuestra espalda. Al principio pensé que me había llevado a esa habitación para recitar alguna especie de panegírico al abuelo. Notaba cómo me iba poniendo nervioso al ver que sólo intentaba, una vez más, esquivar una conversación como Dios manda.

«¿Se había comportado así con anterioridad?», me preguntará. Es una pregunta lógica.

Y yo tendré que responderle que sí, que sí, que antes ya se había comportado de ese modo. Hasta hace poco no me había dado cuenta. De hecho, no había sentido necesidad de hacerlo, ya que la música era lo más importante en nuestra relación y de lo único que hablábamos. Sesiones prácticas con Raphael, ensayos en el Conservatorio East London, sesiones de grabación, apariciones en público, conciertos, giras… Mi música siempre nos mantenía ocupados. Y como yo estaba tan ocupado con la música, cualquier pregunta o tema que hiciera o deseara comentar era fácilmente olvidado si me hacían pensar en mi música. «¿Cómo llevas las piezas de Stravinski? ¿Y las de Bach? ¿Todavía tienes problemas con El Archiduque?» ¡Santo Cielo! ¡El Archiduque! Siempre me causaba problemas. Esa pieza es mi cruz. Mi batalla personal. De hecho, es la pieza que había decidido tocar en Wigmore Hall. Fue la primera vez que intenté tocar esa pieza en público, pero fui incapaz de hacerlo.

¿Se da cuenta de con qué facilidad me olvido de todo lo demás cuando hablo de música, doctora Rose? En aquella época me distraía yo solo, así que ya se puede imaginar lo fácil que le debía resultar a mi padre hacerme cambiar de tema.

Sin embargo, esa tarde no había nada que pudiera distraer mi atención, y supongo que papá se dio cuenta, porque ni siquiera hizo el mínimo intento de obsequiarme con una historia de las valerosas proezas del abuelo durante su cautiverio ni de conmoverme con relatos de su valiente batalla contra un horroroso estado mental que estaba arraigado en lo más profundo de su cerebro. En vez de hacerlo, cerró la puerta a nuestra espalda, con la intención de tener un poco de intimidad.

– Esperas que te cuente algo desagradable, ¿verdad? -me preguntó-. Después de todo, ¿no es eso lo que siempre persiguen los psiquiatras?

– Intento recordar -le repliqué-. Es lo único que deseo.

– ¿Y de qué modo crees que el hecho de recordar a Sonia te va a ayudar con tu instrumento? ¿Te lo ha explicado tu doctora Rose?

No lo ha hecho, ¿verdad, doctora Rose? Lo único que me ha dicho es que empezaremos con lo que recuerde. Tengo que escribir todo lo que me venga a la memoria, pero no me ha explicado cómo esos ejercicios conseguirán desenmarañar sea lo que sea que está bloqueando mi habilidad para tocar.

¿Qué tiene que ver Sonia con el hecho de que yo toque? Debía de ser un bebé cuando murió. Porque estoy seguro de que recordaría una hermana más mayor, una niña que hablara y caminara, que jugara en la sala de estar, que se dedicara a apilar montones de barro en el jardín trasero conmigo. Lo recordaría.

– La doctora Rose lo denomina amnesia psicogénica -le expliqué.

– Psico… ¿qué?

Se lo expliqué tal y como me lo había explicado usted a mí. Acabé diciéndole: «Ya que no hay ninguna causa física que explique la pérdida de memoria, y ya sabes que los neurólogos lo han dejado muy claro, la causa debe estar en otra parte. En la psique, papá. No en el cerebro».

– ¡Todo eso es una tontería! -espetó, pero me di cuenta que esas palabras eran una mera fanfarronada. Se sentó en un sillón y se quedó mirando al vacío.

– Muy bien. -Yo también me senté, delante del viejo escritorio de tapa rodadera que pertenecía a la abuela. Hice lo que nunca antes me había planteado hacer, ya que no me había parecido necesario. Le cogí la palabra-. De acuerdo, papá, lo acepto. Es una tontería. Entonces, ¿qué hago? Porque si lo único que tengo son nervios y miedo, entonces debería ser capaz de tocar solo, ¿no crees? ¿Sin nadie delante? Y más aún cuando supiera que Libby no se encontraba en casa, porque así tendría la certeza absoluta de que nadie me podía estar escuchando. Según tú, en esas circunstancias debería ser capaz de tocar, ¿no es verdad? Pero si ni siquiera puedo tocar un simple arpegio, ¿quién tiene razón?

Se me quedó mirando y me preguntó:

– ¿Lo has intentado?

– ¿No lo entiendes? No he necesitado hacerlo. No me hace falta intentarlo porque ya sé lo que va a suceder.

Entonces movió la cabeza hacia el otro lado. Parecía mirar en su interior, y mientras lo hacía, me percaté del silencio del piso y del exterior, ni la más mínima brisa soplaba para hacer susurrar las hojas de los árboles. Cuando por fin habló, fue para decir:

– Nadie conoce el dolor de tener hijos hasta que los tiene. Parece que será sencillo, pero nunca lo es.

No le respondí. ¿Hablaba de mí? ¿De Sonia? ¿O de otra, de esa niña de un matrimonio lejano que había muerto hacía mucho tiempo, esa niña llamada Virginia de la que nunca me había hablado?

– Les das la vida y sabes que harías cualquier cosa por protegerlos, Gideon -añadió-. Así es como funciona.

Asentí con la cabeza, pero aún no me miraba; por lo tanto, le dije:

– Sí. -No sé muy bien lo que estaba afirmando, pero tenía que decir algo y eso es lo que dije. Me pareció suficiente.

– A veces uno fracasa, aunque no tenga intención de hacerlo. Uno ni siquiera contempla la posibilidad de fracasar. Pero sucede. Viene de cualquier parte, te coge por sorpresa y antes de que tengas tiempo de detenerte, o siquiera de reaccionar, por muy inútil que pueda resultar, ya lo tienes encima. El fracaso.

Entonces me miró a los ojos, y la mirada que me lanzó estaba tan llena de sufrimiento que tuve ganas de echarme atrás y de ahorrarle lo que fuera que le estaba causando tanto dolor. ¿No había sufrido suficiente teniendo una infancia, una adolescencia y una edad adulta caracterizada por el dolor de tener un padre cuyas dolencias habían puesto a prueba su paciencia y habían agotado sus reservas de cariño? ¿Tenía ahora que cargar con un hijo que parecía ir por el mismo camino? Quería echarme atrás. Deseaba ahorrarle ese sufrimiento. Pero deseaba mi música con más afán. Sin mi música me siento vacío. Por lo tanto, no dije nada. Dejé que el silencio permaneciera entre nosotros cual guante. Y cuando mi padre ya no pudo soportar la visión de ese guante invisible, lo recogió.

Se puso en pie y se me acercó, y por un momento pensé que iba a acariciarme. Sin embargo, se detuvo ante el escritorio de mi abuela. Sacó una pequeña llave del llavero y la insertó en el cajón de en medio. Sacó una ordenada pila de papeles y se los llevó al sillón.

Habíamos llegado a alguna parte, y yo era consciente del drama y de la importancia del momento, como si hubiéramos cruzado una frontera que nunca habíamos admitido que existía. Mientras ojeaba los papeles, sentí que se me revolvía el estómago. Vi esa media luna resplandeciente que siempre anuncia que voy a tener dolor de cabeza.

– No tengo ninguna fotografía de Sonia por una razón muy simple -respondió-. Si lo hubieras pensado con detenimiento, y sé que si no hubieras estado tan afligido lo habrías hecho, tú mismo habrías adivinado la respuesta. Tu madre se llevó las fotografías cuando nos abandonó, Gideon. Se las llevó todas, salvo ésta.

Sacó una fotografía de un sobre manoseado. Me la entregó. Y por un instante me di cuenta de que no quería que me la diera, de tanta importancia que Sonia había cobrado de repente.

Adivinó mis dudas y me dijo:

– Cógela, Gideon. Es lo único que me queda de ella.

Así pues, la cogí, sin apenas atreverme a imaginar lo que iba a ver, pero temiendo a la vez lo que vería de todas formas. Tragué saliva y cobré ánimo para hacerlo. Miré.

En la fotografía vi lo siguiente: un bebé entre los brazos de una mujer que no reconocía. Estaban sentadas al sol en el jardín trasero de la casa de Kensington Square, sobre una tumbona a rayas. La sombra de la mujer cubría el rostro de Sonia, pero el suyo propio estaba en pleno sol. Era joven y rubia. Tenía rasgos aguileños. Era muy hermosa.

– No… ¿Quién es? -le pregunté a mi padre.

– Es Katja -respondió-. Es Katja Wolff, Gideon.

GIDEON

20 de septiembre

Esto es lo que me he estado preguntando desde que papá me enseñó esa fotografía: si mi madre se llevó todas las fotografías de Sonia que había en la casa, ¿por qué no se llevó ésa? ¿Fue porque el rostro de Sonia estaba tan cubierto de sombras que podría haber parecido cualquier bebé y, por lo tanto, no era entrañable para mi madre? ¿Una fotografía a la que no podría aferrarse en su dolor… si fue el dolor en verdad lo que hizo que nos abandonara? ¿O fue porque Katjia Wolff también salía en la fotografía? ¿O fue porque mi madre no conocía la existencia de esa fotografía? Porque, como podrá imaginarse, lo único que no puedo saber de esa fotografía -que ahora tengo en mi posesión y que le enseñaré la próxima vez que nos veamos- es quién la hizo.

¿Por qué papá guardaba esa fotografía en particular, una fotografía en la que la figura principal no es su hija, su propia hija que murió, sino una joven sonriente y rubia que no es su mujer, que nunca lo fue y que no era la madre de ese bebé?

Le pedí a papá que me contara cosas de Katja Wolff, ya que hacerlo me pareció de lo más natural. Me respondió que era la niñera de Sonia. Me contó que era una chica alemana con muy pocos conocimientos de inglés. Había huido, con dramatismo y temeridad, de Berlín Este a Berlín Oeste en un globo que ella y su novio habían construido en secreto; esa hazaña le había dado cierta notoriedad.

¿Conoce la historia de la que le estoy hablando, doctora Rose? Quizá no. En esa época, debía de tener menos de diez años y supongo que debía de vivir en… ¿dónde? ¿En los Estados Unidos?

Yo, que vivía en Inglaterra, mucho más cerca del lugar de los hechos, no lo recuerdo. Pero papá me contó que en ese momento fue una gran noticia, ya que Katja y su novio no intentaron cruzar desde algún lugar apartado, desde el que hubiera sido un poco más seguro pasar del este al oeste, sino que salieron desde el mismísimo centro de Berlín. El chico no lo consiguió, pues la policía de la frontera lo cogió. No obstante, Katja consiguió escapar. Así es como consiguió sus quince minutos de fama y como se convirtió en una abanderada de la libertad. Noticias en la televisión, titulares de primera página, reportajes en las revistas, entrevistas de radio. Al final consiguió que la invitaran a vivir a Inglaterra.

A medida que mi padre me contaba todo esto, yo lo escuchaba con atención y lo observaba de cerca. Buscaba indicios y significados ocultos, e intenté hacer inferencias, asociaciones y deducciones. Porque, incluso ahora, en la situación en la que me encuentro -sentado en la sala de música de Chalcot Square con el Guarneri a cuatro metros de distancia, fuera de su funda al menos, y ya sabe Dios que eso es un gran progreso, doctora Rose, aunque sea incapaz de levantar el violín hasta la altura de los hombros-, aún hay preguntas que temo hacerle a mi padre.

«¿Qué tipo de preguntas?», me pregunta.

Preguntas como éstas, preguntas que me vienen a la mente sin hacer el más mínimo esfuerzo: ¿quién hizo la fotografía de Sonia y Katja? ¿Por qué mi madre se llevó todas las fotografías salvo ésa? ¿Conocía su existencia? De hecho, ¿de verdad se llevó las otras fotografías o simplemente las destruyó? Y, lo que es más importante, ¿por qué mi padre nunca me había hablado de ellas? ¿Por qué nunca me habló de Sonia ni de Katja ni de mi madre?

Es obvio que no había olvidado que existían. Después de todo, cuando saqué el tema de Sonia me enseñó la fotografía y, por el estado en que se encontraba, juraría por Dios que la había mirado más de un centenar de veces. ¿Por qué ese silencio?

«A veces la gente evita hablar de ciertos temas -me dice-. Elude hablar de algunas cosas porque les resultan demasiado dolorosas.»

¿Como Sonia? ¿Su muerte? ¿Mi madre? ¿El hecho de que nos abandonara? ¿Las fotografías?

¿Katja Wolff, quizá?

No obstante, ¿qué daño puede hacerle a papá hablar de Katja Wolff? A no ser que sea por la razón más obvia.

«Que es…»

Quiere que lo diga, ¿no es así, doctora Rose? Desea que lo escriba. Quiere que piense en ello mientras estoy aquí sentado delante de esta página, para que pueda ponderar qué hay de verdadero y de falso en ello. Pero ¿qué demonios voy a conseguir con todo eso? Sostiene a mi hermana entre sus brazos, la mece por debajo de sus pechos, con la mirada tranquila y la faz serena. Lleva uno de los hombros al descubierto porque lleva un vestido o una camiseta con las tiras demasiado sueltas, y ese vestido o esa camiseta es de colores alegres, de colores extraños, hay demasiado amarillo, naranja, verde y azul. Ese hombro desnudo parece suave y redondeado y, sí, de acuerdo, es una invitación, y tendría que estar ciego para no darme cuenta de que si es un hombre el que está haciendo la fotografía de Katja, y que si ese hombre es mi padre -pero también podría ser Raphael o James el Inquilino o mi abuelo o el jardinero o el cartero o cualquier hombre, porque está espléndida, hermosa y seductora, e incluso yo, un desastre con problemas de erección que debe parecer una insignificancia a cualquier hombre sano, puedo darme cuenta de quién es, de lo que es y de cómo está ofreciendo lo que está ofreciendo-, entonces tiene alguna relación con ella, y tengo una idea bastante clara del tipo de relación que pueden tener.

«Escriba sobre ella -me ordena-. Escriba sobre Katja. Llene una página entera con su nombre si eso es lo que le hace falta y observe adónde le lleva todo eso, Gideon. Pregúntele a su padre si le puede enseñar otras fotografías: fotografías de familia, fotografías sin importancia, fotografías de las vacaciones, de las celebraciones, de las fiestas, de las reuniones, de las cenas, cualquier cosa. Obsérvelas con atención. Fíjese quién sale en ellas. Interprete sus gestos.»

«¿Que busque a Katja?», le pregunto.

«Interprete todo lo que vea.»

21 de septiembre

Papá me cuenta que yo casi tenía seis años cuando Sonia nació. Estaba a punto de cumplir los ochos cuando murió. Le llamé por teléfono y le hice esas dos preguntas a la vez. ¿No está orgullosa de mí, doctora Rose? Cogí el toro por los mismísimos cuernos.

Cuando le pregunté cómo había muerto Sonia, papá me respondió: «Se ahogó, hijo». Daba la impresión de que le había costado un gran esfuerzo y de que su voz procedía de un lugar distante. Al hacerle esas preguntas, sentía cómo me iba poniendo nervioso, pero eso no me impidió continuar. Le pregunté cuántos años tenía cuando murió: «Dos años». Y el nerviosismo de su voz me indicó que había sido lo bastante mayor no sólo para haber tenido un lugar permanente en su corazón, sino también para haber dejado una marca imborrable en su alma.

El sonido de ese nerviosismo y la comprensión que lo acompañaba me explicaron muchas cosas de mi padre: que se hubiera dedicado a mí en cuerpo y alma durante mi niñez, su obstinación en que tuviera, viera y experimentara lo mejor, el hecho de que me protegiera tanto cuando empecé mi carrera en público, el recelo que sentía hacia cualquier persona que se me acercara demasiado y me pudiera hacer daño. Al haber perdido un hijo -no, Dios mío, había perdido dos, porque Virginia también había muerto de niña-, no estaba dispuesto a perder otro.

Así pues, comprendo por fin por qué ha estado tan próximo a mí, por qué ha estado tan involucrado y por qué ha seguido mi vida y mi carrera profesional desde tan cerca. Yo había expresado en voz alta lo que deseaba desde una edad muy temprana -mi violín y mi música- y él había hecho todo lo posible por asegurarse de que el único hijo que le quedaba tuviera dado lo que quería, como si el hecho de darme los medios para conseguirlo pudiera, de alguna manera, garantizar mi longevidad. Así que aceptó dos trabajos y también puso a mi madre a trabajar. Contrató a Raphael y lo dispuso todo para que yo pudiera estudiar en casa.

Salvo que todo eso ocurrió antes de Sonia, ¿verdad? No podía haber sido el resultado de la muerte de Sonia. Porque, si tenemos en cuenta lo que me dijo, ella nació cuando yo tenía seis años y, por lo tanto, en esa época Raphael Robson y Sarah-Jane Beckett ya estaban instalados en casa. Y James el Inquilino también debía de haber estado allí. Katja Wolff, en su papel de niñera de Sonia, debería de haberse unido a ese grupo tan establecido. Esto es lo que debió de suceder: un grupo constituido se vio obligado a aceptar a una extraña; una intrusa, si así lo prefiere. Además, extranjera, pero no una extranjera cualquiera, sino una alemana. Relativamente famosa, sí. Pero extranjera de todos modos: nuestro enemigo en época de guerra, el abuelo para siempre prisionero de esa guerra.

Por lo tanto, Sarah-Jane Beckett y James el Inquilino cuchichean de ella en ese rincón de la cocina; no están hablando en voz baja de mi madre ni de Raphael ni de las flores. Están hablando mal de ella porque Sarah-Jane es así, siempre lo ha sido, y le gusta cotillear. La critica porque está celosa, ya que Katja es delgada, hermosa y seductora, mientras que Sarah-Jane Beckett -la corta melena pelirroja le brota del cuero cabelludo cual casquete y su cuerpo no es muy diferente al mío-se da cuenta de que los hombres de la casa miran a Katja, especialmente James el Inquilino, que ayuda a Katja con su inglés y que se ríe cada vez que ella, con un estremecimiento, dice: «Mein Gott, mi cadáver aún no está acostumbrado a que en este país llueva tanto», en vez de decir mi cuerpo. Cuando le preguntan si quiere una taza de té, ella responde: «Sí, sin que nadie me obligue y dando mis más efusivas gracias», y ellos, los hombres, se ríen, pero es una risa provocada por un encantamiento. Mi padre, Raphael, James el Inquilino, incluso mi abuelo.

Y yo recuerdo todo eso, doctora Rose. Lo recuerdo.

22 de septiembre

¿Dónde ha estado Katja Wolff todos estos años? ¿Enterrada con Sonia? ¿Enterrada a causa de Sonia, tal vez? ¿A causa de Sonia? Le sorprende que haya usado esa palabra, ¿verdad?

«¿Por qué a causa de, Gideon?»

A causa de su muerte. Si Katja era la niñera de Sonia y ésta murió a los dos años de edad, entonces Katja abandonaría la casa, ¿no cree? Yo no necesitaba ninguna niñera porque Raphael y Sarah-Jane ya se ocupaban de mí. Así pues, Katja se habría marchado a los dos años de su llegada -quizás antes-y eso debe explicar que me hubiera olvidado de ella. Después de todo, en aquel entonces yo sólo tenía ocho años y no era mi niñera, sino la de Sonia y, en consecuencia, no creo que me hubiera relacionado mucho con ella. Yo sólo me preocupaba de mi música, y si no estaba ocupado con el violín, lo estaba con las clases. Ya había empezado a hacer mis primeras actuaciones en público y, por lo tanto, me habían ofrecido la posibilidad de estudiar en Juilliard durante un año. Imagíneselo, Juilliard. ¿Cuántos años debía de tener? ¿Siete? ¿Ocho?

«El futuro virtuoso», me llamaban.

Pero yo deseaba que simplemente me denominaran «el virtuoso».

23 de septiembre

Tal y como fueron las cosas, y a pesar del honor y lo que podía significar para mi desarrollo como músico internacional, no fui a Juilliard. Debido a la historia del lugar, mucha gente tres veces más mayor que yo hubiera dado cualquier cosa por tener esa oportunidad, por disfrutar de las innumerables posibilidades que hubieran surgido de esa extraordinaria experiencia de valor incalculable… Pero no hay dinero, y aunque lo hubiera, soy demasiado joven para irme tan lejos, y no digamos para vivir allí solo. Y como mi familia no se puede trasladar allí en masa, pierdo la oportunidad.

En masa. Sí. De alguna manera soy consciente de que sólo seré capaz de ir a Juilliard si vamos en masa, al margen de que haya o no dinero. Por lo tanto, digo: «Papá, por favor, déjame ir, debo ir, quiero ir a Nueva York», porque incluso entonces sé lo que puede significar para mi presente y para mi futuro. Papá me responde: «Gideon, ya sabes que no podemos ir. No puedes estar allí solo, y tampoco podemos ir todos juntos». Evidentemente, quiero saber el porqué. Por qué, por qué, por qué no puedo conseguir lo que quiero si hasta ese momento siempre lo he hecho. Me dice -lo recuerdo muy bien-: «Gideon, el mundo vendrá a ti. Te lo prometo, hijo. Te lo juro».

Pero está claro que no podemos ir a Nueva York.

Por alguna razón lo sé incluso cuando lo pido una y otra vez, incluso cuando imploro, suplico y me comporto peor que nunca, cuando le pego patadas al atril, cuando me lanzo contra la entrañable mesa de media luna de mi abuela y rompo dos de las patas… incluso entonces sé que no habrá Juilliard al margen de lo que haga. No iré a la Meca de la Música, ni solo, ni con mi familia, ni con uno de mis padres, ni acompañado de Raphael, ni con Sarah-Jane pegada a mis talones en calidad de sombra o de protectora.

«Lo sabe -me señala-. Lo sabe antes de pedirlo, mientras lo pide, lo sabe a pesar de todo lo que hace por cambiar… ¿qué, Gideon? ¿Qué intenta cambiar?»

La realidad, evidentemente. Y sí, doctora Rose, sé que esa respuesta no nos lleva a ninguna parte. ¿Cuál es la realidad que ya entiendo a los siete u ocho años?

Parece ser ésta: no somos una familia rica. Sí, claro, vivimos en un barrio que no sólo indica dinero, sino que también lo requiere, pero la familia ha poseído esa casa durante generaciones y la única razón por la que la familia aún sigue teniéndola es los inquilinos, los dos trabajos de papá, el hecho de que mi madre trabaje y la pensión miserable que mi abuelo recibe del gobierno. Pero nunca hablamos de dinero. Hablar de dinero es como hablar de funciones corporales en medio de la cena. Aun así, sé que no iré a Juilliard, y a pesar de que lo sé, siento una tensión en mi interior. Empieza en los brazos, continúa por el estómago, sube por la garganta hasta que grito y grito, y recuerdo lo que grito: «Es porque ella está aquí». Y en ese momento empiezo a dar patadas, a dar golpes y a lanzarme contra objetos. Fue entonces, doctora Rose.

«¿Por qué ella está aquí?»

Ella, obviamente, debe de ser Katja.

26 de septiembre

Papá ha estado aquí otra vez. Estuvo aquí durante dos horas y fue sustituido por Raphael. Querían que pareciera que no estaban haciendo turnos en un velatorio; por lo tanto, pasé, como mínimo, cinco minutos solo desde que papá se marchó hasta que Raphael llegó. Pero lo que no saben es que les vi desde la ventana. Raphael se acercó a Chalcot Square desde Chalcot Road, y papá lo detuvo en medio del jardín. Permanecieron a ambos lados de uno de los bancos y hablaron. Bien, papá habló y Raphael lo escuchó. Asentía con la cabeza y hacía lo que suele hacer: pasarse los dedos de derecha a izquierda por encima del cuero cabelludo para peinarse el poco pelo que le quedaba. Papá estaba colérico. Lo adiviné por la forma con la que gesticulaba, con una mano a la altura del pecho y cerrada como si fuera un puñetazo reprimido. No me hacía ninguna falta interpretar lo demás, porque ya sabía de qué iba.

Había venido en son de paz, con la intención de no mencionar nada que tuviera que ver con mi música.

– Sentía la necesidad de alejarme de ella durante un rato -suspiró-. He llegado a la conclusión de que todas las mujeres del mundo se comportan de forma similar durante los últimos meses de embarazo.

– Así pues, Jill se ha instalado en tu casa -le pregunté.

– No hay que tentar a la suerte.

Era su forma de decir que estaban siguiendo su plan inicial: primero tener el bebé, después buscar un piso, y casarse cuando hubieran solucionado del todo las dos primeras cuestiones. En la actualidad está de moda que las parejas funcionen así, y Jill es una fiel partidaria de la moda. Sin embargo, a veces me pregunto cómo se siente papá con esa situación tan diferente a sus matrimonios anteriores. Estoy convencido de que en el fondo es muy tradicional, y que para él no hay nada más importante que la familia y una sola manera de formarla. Al enterarse de que Jill estaba embarazada, no me lo puedo imaginar haciendo otra cosa que no fuera arrodillarse ante ella y pedirle la mano. De hecho, eso es lo que hizo con su primera mujer, aunque él no sabe que me lo contó el abuelo. La conoció cuando estaba de permiso en el ejército -la carrera profesional que deseaba, a propósito-, la dejó embarazada y se casó con ella. El hecho de que no haya seguido el mismo procedimiento con Jill me muestra que están haciendo las cosas a la manera de Jill.

– Ahora duerme cuando puede -me respondió-. Es lo que siempre sucede durante las últimas seis semanas más o menos. Se sienten tan incómodas que si el bebé decide estar despierto desde la medianoche hasta las cinco de la mañana -hizo un gesto con la mano para indicar que no era tan grave-, a uno se le presenta la oportunidad de hacer lo que había estado esperando toda la vida: leer Guerra y paz en la cama.

– ¿Te has instalado en su casa?

– Sí, duermo en el sofá.

– No es muy bueno para tu espalda, papá.

– No hace falta que me lo recuerdes.

– ¿Ya habéis decidido el nombre?

– Yo aún quiero que se llame Cara.

– Jill desea… -Y el significado de ese nombre me vino a la cabeza tan de repente que apenas pude continuar, aunque me obligué a seguir-: Sigue empeñada en ponerle Catherine, ¿verdad?

Mi padre y yo nos miramos a los ojos, y ella estaba entre nosotros, como si no hubiera dejado de ser esa chica corpórea, directa y eternamente encantadora de la fotografía. A pesar de que me sudaban las manos y de que mi estómago empezaba a sentir los primeros indicios de un estremecimiento, le pregunté:

– Sin embargo, si al bebé le ponéis el nombre de Catherine, te recordaría a Katja, ¿no es verdad?

Su respuesta consistió en ponerse en pie y en hacer café, lo cual hizo muy poco a poco. Me dijo que no entendía cómo podía comprar judías enlatadas, ya que habían perdido toda sus propiedades, y prosiguió extendiéndose sobre cómo el hecho de que hubieran puesto una nueva cafetería de la cadena Starbucks -la habían abierto en Gloucester Road, no muy lejos de Braemar Mansions-había afectado al ambiente de su barrio.

Mientras hacía todo esto, mi dolor de estómago había empezado a desplazarse lentamente con la intención, como ya era habitual, de destrozarme los intestinos. Le escuché a medida que dejaba el tema de Starbucks y empezaba a hablar de la americanización de la cultura global, y apreté el brazo con fuerza contra la parte inferior de mi vientre, deseoso de que el dolor parara y de volver a sentirme bien, porque si eso no sucedía, papá habría vuelto a ganar.

Le permití que agotara el tema de los Estados Unidos: grandes empresas internacionales que dominaban el mundo de los negocios, megalómanos de Hollywood que determinaban las formas de arte cinematográfico, salarios astronómicos y opciones de compra de acciones totalmente escandalosas que se convertían en el parámetro que medía el éxito del capitalismo. Cuando llegó al final de su discurso -que se hizo evidente por el hecho de que los sorbos de café se hacían cada vez más frecuentes-, repetí la frase, salvo que esa vez no la formulé en forma de pregunta:

– El nombre de Catherine te recordaría a Katja.

Vertió el poco café que le quedaba por el desagüe. Se dirigió a pasos largos hacia la sala de música. Mientras lo hacía, me decía: «Por el amor de Dios, enséñamelo, Gideon. ¿Son ésos los únicos progresos que has hecho?».

Había visto el Guarneri dentro de la funda y, aunque ésta estaba abierta, de algún modo supo que ni siquiera había intentado tocarlo. Lo sacó de la funda, y la ausencia de ese respeto con el que siempre había tratado el violín en el pasado me mostró lo enfadado -o nervioso, irritado, enfurecido, asustado, preocupado, no lo sé muy bien- que estaba. Me entregó el instrumento, con los dedos alrededor del mástil, y las fantásticas cuerdas surgían de entre sus dedos cual esperanza enrollada alrededor de una promesa tácita. Me dijo: «Toma. Cógelo. Muéstrame dónde estamos. Enséñame exactamente lo que has conseguido después de pasar varias semanas desenterrando los restos del pasado, Gideon. Una nota me basta. Una escala. Un arpegio. O, por milagro, porque algo me dice que si en este momento lo consiguieras sería un milagro, un movimiento de un concierto de tu propia elección. Cualquiera. ¿Te parece demasiado difícil? ¿Qué te parece un pequeño bis?».

El fuego se apoderó de mí, pero se convirtió en un único trozo de carbón. Un calor blanquecino, un calor plateado, incandescente, y me atravesaba el cuerpo como si fuera ácido.

Sí, sí, ya entiendo lo que me ha hecho mi padre, doctora Rose.

No hace falta que me lo explique. Ya veo lo que ha hecho. Pero en ese momento sólo fui capaz de decir: «No puedo. No me obligues a hacerlo. No puedo», como un niño de nueve años al que le han pedido que toque una pieza que es incapaz de tocar.

Papá prosiguió: «Quizás es demasiado fácil para ti, Gideon. Un insulto para tu talento. Así pues, empecemos con El Archiduque, ¿de acuerdo?».

Empecemos con El Archiduque. El ácido me corroyó por dentro, y después de que el dolor me hubiera destrozado las vísceras y me hubiera inutilizado, lo único que me quedaba era un sentimiento de culpa. Todo era culpa mía. Así fue como reaccioné. Beth fue la encargada de decidir el programa para el concierto del Wigmore Hall, y me dijo: «¿Qué te parece El Archiduque, Gideon?», con la inocencia más absoluta. Y como fue Beth la que hizo la sugerencia, ella que ya había experimentado mis fracasos en un terreno mucho más íntimo, fui incapaz de decirle: «Olvídalo. Esa pieza da mala suerte».

Los artistas creen que hay piezas que traen mala suerte. La palabra Macbeth pronunciada dentro de un teatro tiene su equivalente en cualquier otra faceta del arte. Por lo tanto, si le hubiera dicho, tal y como había deseado hacer, que El Archiduque me daba mala suerte, Beth lo habría comprendido, a pesar del modo en que acabamos nuestra relación. Y a Sherrill no le habría importado lo más mínimo lo que hubiéramos tocado. Hubiera dicho, con ese estilo americano de no-me-importa-en-lo-más-mínimo tan característico de él que usaba para ocultar un gran talento: «Sólo tenéis que decirme dónde está el teclado, chicos», y la cuestión no habría tenido mayor importancia. Por lo tanto, la decisión estaba en mis manos y no hice nada por cambiar las cosas. La culpa es sólo mía.

Papá me encontró donde me había escondido al darme cuenta que era incapaz de enfrentarme con el reto que me había propuesto: en el cobertizo del jardín, donde dibujo y fabrico mis cometas. Eso es precisamente lo que estaba haciendo en ese momento -dibujando- y se acercó a mí, el Guarneri dentro de su funda y la funda dentro de casa.

– Tú eres la música, Gideon -me dijo-. Eso es para lo que vales. Eso es lo que deseo.

– Eso es lo que estamos intentando conseguir -le respondí.

– Hacerlo de ese modo es una tontería -me replicó-. ¡Anotando recuerdos en una libreta y echando una cabezadita en el sofá de una psiquiatra tres veces a la semana!

– No me tumbo en un sofá.

– Ya sabes lo que quiero decir. -Colocó la mano sobre el esbozo que estaba dibujando para obligarme a prestarle atención-. Sólo podemos mantener a la gente a raya durante cierto tiempo, Gideon. Lo estamos haciendo, de hecho, Joanne está haciendo un excelente trabajo, pero llegará un momento en el que incluso una agente como Joanne, por muy leal que sea, empezará a preguntar qué quiere decir exactamente el término agotamiento, en un caso en que ese mismo agotamiento no muestra ningún signo de mejoría. Cuando eso suceda, o tendré que contarle la verdad o tendré que inventarme una historia para que pueda contar a la gente, y eso sólo empeorará las cosas.

– Papá -le repuse-, es una locura pensar que el público que lee la prensa sensacionalista tenga ningún interés en saber…

– No estoy hablando de la prensa sensacionalista. De acuerdo. Cuando una estrella del rock desaparece de la escena, los periodistas empiezan a indagar todos sus trapos sucios sin parar, con la esperanza de encontrar algo que les pueda explicar el porqué. Éste no es nuestro caso ni lo que nos concierne. Lo que me preocupa es el mundo en el que vivimos, con una programación de conciertos prevista para los próximos veinticinco meses, Gideon, como bien sabes, y con llamadas telefónicas, diarias, no te creas, de directores de orquesta que preguntan por el estado de tu salud. Lo que es, como también sabes, un eufemismo para preguntar si has vuelto a tocar. «¿Se ha recuperado del agotamiento?» significa: «¿Rompemos el contrato o seguimos con el programa establecido?». -Mientras decía todo esto, papá iba acercando el dibujo hacia él, y aunque sus dedos habían empezado a manchar las líneas que esbozaban las dos partes inferiores de la cometa, ni le dije nada ni le interrumpí-. Bien, lo que te pido es algo muy sencillo: entra en casa, sube a la sala de música y coge el violín. No lo hagas por mí, porque esto nunca tuvo nada que ver conmigo y nunca lo tendrá. Hazlo por ti mismo.

– No puedo.

– Iré contigo. Permaneceré junto a ti. Te sostendré o haré lo que me pidas. Pero tienes que hacerlo.

Nos miramos fijamente, doctora Rose. Sentía cómo deseaba que saliera de ese cobertizo en el que hacía mis cometas, que atravesara el jardín y que entrara en la casa.

– Hasta que no cojas el violín y lo intentes, Gideon, no sabrás si has hecho algún progreso con ella.

Se estaba refiriendo a usted, doctora Rose. Aludía a todas esas horas durante las cuales he estado escribiendo. Se refería a esa revisión del pasado a la que nos estamos dedicando y en la que, según parece, él estaba dispuesto a ayudarme… sólo con que le demostrara que, como mínimo, era capaz de coger el violín y rozar las cuerdas con el arco.

Así pues, no dije nada, pero salí del cobertizo y me dirigí hacia la casa. Una vez en la sala de música, no me dirigí al asiento de la ventana en el que he anotado todos mis recuerdos, sino a la funda del violín. Ahí estaba el Guarneri, con la superficie y los rebordes relucientes, el depositario de doscientos cincuenta años de música reluciendo a través de las cavidades del Fa, de los lados y de las clavijas.

Puedo hacerlo. Veinticinco años no desaparecen en un instante. Todo lo que he aprendido, todo lo que sé, todo el talento innato que siempre he poseído puede estar escondido y enterrado bajo un desprendimiento de tierras que todavía no he logrado identificar, pero está ahí.

Papá permaneció junto a mí. Mientras yo cogía el Guarneri, él me puso la mano sobre el hombro. Me susurró: «No te dejaré, hijo. Todo irá bien. Estoy aquí».

Y en ese preciso instante, el teléfono empezó a sonar.

Los dedos de papá se tensaron sobre mi hombro como un reflejo. «Olvídate», me dijo haciendo referencia al teléfono. Y como eso era precisamente lo que había estado haciendo durante las últimas semanas, no tuve ningún problema por complacerle.

Pero fue la voz de Jill la que sonó en el contestador. Cuando dijo: «Gideon, ¿está Richard todavía ahí? Tengo que hablar con él. ¿Ya se ha marchado? Por favor, coge el teléfono», papá y yo reaccionamos de la misma manera. Dijimos al unísono: «El bebé», y papá se dirigió a toda prisa hacia el teléfono.

«Aún estoy aquí -le respondió-. ¿Te encuentras bien, cariño?», y después se dispuso a escuchar.

No hubo ni un solo ni un solo no en su respuesta. Papá se volvió hacia mí y le preguntó: «¿Qué tipo de llamada?». Escuchó otra larga respuesta y por fin exclamó: «Jill… Jill… Ya basta. ¿Por qué demonios contestaste el teléfono?».

Una vez más le respondió largamente. Cuando hubo acabado, papá prosiguió: «¡Espera! ¡No seas tonta! Te estás poniendo muy nerviosa… y no me puedes hacer responsable de una llamada que yo no he hecho y que todavía no hemos identificado… -El rostro se le oscureció de repente, ya que ella parecía haberle interrumpido-. ¡Por el amor de Dios, Jill! ¡Escúchate a ti misma! ¡Te estás comportando de un modo totalmente irracional!». El tono de voz en el que pronunció esas últimas palabras indicaba -como había podido comprobar personalmente-que iba a zanjar un tema del que no quería seguir hablando. Era un tono glacial, autoritario, de superioridad y de alguien que domina la situación.

Pero Jill no era el tipo de persona que se dejaba convencer con facilidad. La escuchó de nuevo. Estaba de espaldas a mí, pero notaba cómo cada vez estaba más tenso. Pasó casi un minuto antes de que volviera a hablar de nuevo.

«Ahora mismo voy hacia casa -le respondió con brusquedad-. No pienso discutir estas cosas por teléfono.»

Entonces colgó, y me pareció que la dejaba con la palabra en la boca. Se dio la vuelta y, contemplando el Guarneri, exclamó: «¡De momento tenemos que dejarlo!».

«¿Va todo bien en casa?», le pregunté.

«Nada va bien en ninguna parte», fue su única respuesta.

26 de septiembre, 23.30

El hecho de que había sido incapaz de tocar para él fue sin duda lo que mi padre le contó a Raphael en la plaza después de salir de mi casa, porque cuando Raphael vino a verme tres minutos después de que se despidieran, lo llevaba escrito en el rostro. Dirigió la mirada al Guarneri encerrado dentro de su funda.

– No puedo -le confesé.

– Él cree que no quieres.

Raphael tocó el instrumento con suavidad. Era el tipo de caricia que podría haber ofrecido a una mujer, si alguna vez una mujer lo hubiera considerado objeto de atracción sexual. Sin embargo, por lo que yo sabía, eso nunca había sucedido. De hecho, mientras lo observaba, tenía la sensación de que yo, y mi violín, habíamos evitado que llevara una vida totalmente solitaria.

Como si quisiera corroborar mis pensamientos, Raphael declaró:

– Esta situación no puede continuar, Gideon.

– ¿Y si lo hace? -le pregunté.

– No continuará. Es imposible.

– Así pues, estás de su parte, ¿no es verdad? ¿Te pidió en la calle -hice un gesto de asentimiento hacia la ventana- que me rogaras que tocara para ti?

Raphael contempló la plaza desde la ventana, los árboles cuyas hojas estaban empezando a cambiar de color, revistiéndose con los colores de principios de otoño.

– No -respondió-. No me ha pedido que te obligue a tocar. Hoy no. Me atrevería a decir que tenía la mente ocupada con otros asuntos.

No sabía si creerle, teniendo en cuenta la ira que había presenciado en mi padre mientras hablaba con Raphael. Pero aproveché la idea de «otros asuntos» para cambiar de tema.

– ¿Por qué nos abandonó mi madre? -le pregunté-. ¿Fue a causa de Katja Wolff?

– Ése no es un tema del que debamos hablar nosotros -replicó Raphael.

– Me he acordado de Sonia -le dije.

Asió el picaporte de la ventana, y pensé que tenía intención de abrirla para dejar que entrara aire fresco o para salir al estrecho balcón. No obstante, no hizo ninguna de las dos cosas. Se limitó a manosear el picaporte en vano, y mientras lo observaba caí en la cuenta de cómo ese simple gesto decía tanto sobre la falta de relación que habíamos tenido que no implicara al violín.

– He recordado a Sonia, Raphael -le repetí-. He recordado a Sonia. Y también a Katja Wolff. ¿Por qué nunca me habían hablado de ellas?

Parecía afligido, y pensé que quería eludir tener que darme una respuesta. Pero en el preciso instante en que me disponía a aceptar su silencio, me contestó:

– Por lo que le sucedió a Sonia.

– ¿Qué? ¿Qué le pasó?

Al responder, su voz mostraba cierto tono de asombro:

– De hecho, no te acuerdas, ¿verdad? Siempre pensé que nunca hablabas de ello porque los demás tampoco lo hacíamos. Pero lo que pasa es que no lo recuerdas.

Negué con la cabeza, y la vergüenza de esa confesión me recorrió el cuerpo. Era mi hermana, y yo no era capaz de recordar nada de ella, doctora Rose. Ni siquiera recordaba que hubiera existido hasta que usted y yo empezamos este proceso. ¿Puede empezar a imaginarse cómo me siento?

Raphael continuó, excusando con gran delicadeza el tremendo egoísmo que había causado que mi hermana pequeña se me borrara de la mente.

– Por aquel entonces aún no habías cumplido los ocho años, ¿no es así? Además, después del juicio nunca volvimos a hablar del tema. Apenas lo comentamos durante el juicio, y decidimos no volver a hablar de ello cuando éste hubiera acabado. Incluso tu madre estuvo de acuerdo, a pesar de que estaba deshecha por todo lo que había sucedido. Sí. Entiendo que puedas haberlo borrado de la mente.

A pesar de que tenía la boca seca, le pregunté:

– Papá me contó que Sonia se había ahogado. ¿Por qué se celebró un juicio? ¿A quién juzgaron? ¿Por qué motivo?

– ¿Tu padre no te ha contado nada más?

– Lo único que me ha dicho es que Sonia se ahogó. Parecía tan… Tuve la sensación de que el hecho de contarme cómo murió le haría sufrir demasiado. No quise preguntarle nada más. Pero… ¿un juicio? Eso debe significar… ¿un juicio?

Raphael asintió con la cabeza, y todas las posibilidades que había considerado hasta ese momento se me amontonaron de golpe en la mente, antes de que Raphael prosiguiera: Virginia murió de pequeña, el abuelo sufría episodios, mi madre no paraba de llorar en su dormitorio, alguien ha hecho una fotografía en el jardín, sor Cecilia está en el vestíbulo, papá grita, y yo estoy en la sala de estar, pegando patadas a las patas del sofá, echando mi atril por el suelo, declarando con violencia y desafío que no pienso tocar esas escalas infantiles.

– Katja Wolff mató a tu hermana, Gideon -me explicó Raphael-. La ahogó en la bañera.

28 de septiembre

No me quiso contar nada más. Sencillamente se encerró en sí mismo o se aisló o como sea que se llame lo que hace la gente cuando ha alcanzado el límite de lo que pueden llegar a decir. Cuando pregunté: «¿Ahogada? ¿Deliberadamente? ¿Cuándo? ¿Por qué?», y sentí que la aprehensión que acompañaba esas palabras me recorría la columna vertebral cual fríos dedos, me respondió: «No te puedo contar más. Pregúntaselo a tu padre».

Mi padre. Se sienta en un extremo de la cama y me observa; yo tengo miedo.

«¿De qué? -me pregunta-. ¿Cuántos años tienes?»

«Debo de ser pequeño, porque me parece muy grande, como un gigante, cuando de hecho ahora medimos más o menos lo mismo. Me pone la mano sobre el hombro…»

«¿Te conforta la caricia?»

«No, no, me aparto de él.»

«¿Te habla?»

Al principio, no. Simplemente se sienta junto a mí. Pero un instante después, me coloca las manos sobre los hombros, como si esperara que me levantara y deseara que me mantuviera quieto para que pudiera escucharle. Así pues, eso es lo que hago. Sigo allí tumbado, nos miramos, y por fin empieza a hablar:

– Tú estás a salvo, Gideon -me asegura-. Tú estás a salvo.

«¿De qué le está hablando? -me pregunta-. ¿Había tenido pesadillas? ¿Era ésa la razón por la que estaba allí? ¿O había algo más? ¿Algo relacionado con Katja Wolff, tal vez? ¿Está a salvo de ella? ¿O todo eso se remonta a un tiempo más lejano, Gideon, a una época anterior a la llegada de Katja?»

Había venido gente a casa. Eso sí que lo recuerdo. Me mandaron a mi habitación en compañía de Sarah-Jane Beckett, y no paraba de decir cosas en voz baja que en teoría yo no debía oír. Anda de un lado a otro de la habitación, habla, y se estira las uñas como si quisiera arrancárselas. No deja de repetir: «Lo sabía. Lo veía venir. ¡Maldita hija de puta!», y yo sé que eso son palabrotas, y estoy sorprendido y asustado porque sé que Sarah-Jane Beckett no acostumbra a usar ese tipo de vocabulario. «Se creía que no nos enteraríamos. Pensaba que no nos daríamos cuenta.»

«¿Darse cuenta de qué?»

No lo sé.

Oigo pasos y a alguien llorando desde mi dormitorio. «¡Aquí! ¡Aquí!», apenas alcanzo a reconocer la voz de mi padre, ya que está teñida de miedo. Entre sus gritos, oigo a mi madre, que dice: «¡Richard! ¡Dios mío! ¡Richard! ¡Richard!». El abuelo está furioso, la abuela no cesa de lamentarse, y alguien no para de gritar: «¡Que limpien el cuarto! ¡Que limpien el cuarto!». No reconozco esa última voz, y cuando Sarah-Jane la oye, deja de moverse de un lado a otro y de murmurar, y se detiene, con la cabeza agachada, junto a la puerta.

También oigo otras voces, voces de extraños. Una hace una serie de preguntas rápidas que empiezan por cómo.

Se oyen más pasos, un movimiento constante, cajas metálicas de herramientas que golpean el suelo, un hombre que da órdenes en un tono muy brusco, otras voces nerviosas de hombre que responden, y entre todo ese ruido se oye a alguien gritar: «¡No! ¡No he dejado sola!».

Ésa debe de ser Katja, porque dice «no he dejado» en vez de «no la he dejado», que es lo que podría decir alguien que no domina muy bien la lengua en un momento de pánico. Y cuando lo dice, y lo dice llorando, Sarah-Jane Beckett pone la mano sobre el tirador de la puerta y dice: «¡Serás zorra!».

Creo que quiere salir al pasillo, de donde proviene todo ese jaleo, pero no lo hace. Se vuelve hacia la cama, desde donde la estoy observando, y me dice: «Supongo que de momento no me iré».

«¿Iré, Gideon? ¿Tenía que ir a alguna parte? ¿Había llegado el momento de que cogiera sus vacaciones anuales?»

«No. No creo que se esté refiriendo a eso. En cierta manera, pienso que hace referencia al hecho de marcharse para siempre.»

«¿Tal vez la hubieran despedido?»

No me parece lógico. Si la habían despedido por incompetencia, por falta de honradez o por cualquier otro tipo de maldad, ¿qué tiene que ver la muerte de Sonia con el hecho de que siguiera siendo mi maestra? Que es precisamente lo que sucede, doctora Rose: Sarah-Jane Beckett sigue siendo mi maestra hasta que tengo dieciséis años, momento en el que se casa y se traslada a Cheltenham. Por lo tanto, tenía intención de marcharse por otro motivo, un motivo que dejó de existir con la muerte de Sonia.

«¿Insinúa que Sarah-Jane Beckett planeaba marcharse a causa de Sonia?»

Eso es lo que parece, ¿no cree? Sin embargo, no se me ocurre ninguna razón.

Capítulo 6

Doll Cottage tenía un desván, y eso fue lo último que inspeccionaron la agente Havers y su superior en la casa de Eugenie Davies. Era una buhardilla diminuta metida entre los aleros. Se llegaba a ella a través de un ventanuco que había en el techo justo delante del cuarto de baño. Una vez que estuvieron dentro, no les quedó más remedio que avanzar a gatas sobre un suelo totalmente limpio, lo que sugería que alguien lo visitaba con regularidad, para limpiarlo o para inspeccionar los contenidos de ese pequeño cuarto.

– ¿Qué opinas? -le preguntó Barbara mientras Lynley estiraba una cuerda que estaba sujeta a una bombilla del techo. Un cono de luz amarilla resplandeció sobre él, proyectando sombras sobre su frente y ocultándole los ojos-.Wiley ha dicho que ella quería contarle algo, pero en realidad lo único que tendría que hacer es actuar con rapidez y con inteligencia antes de la fecha límite que le hemos puesto, y ya está.

– ¿Es ésa tu forma enrevesada de decir que el comandante Wiley tenía motivos para matarla? -le preguntó Lynley-. Aquí no hay ni una sola telaraña, Havers.

– Ya me he dado cuenta. Ni tampoco hay ni una mota de polvo.

Lynley pasó la mano por encima de un baúl de madera que había junto a un montón de grandes cajas de cartón. Tenía un pasador por pestillo, y como no había cerradura, levantó la tapa y examinó el interior mientras Barbara se arrastraba hacia la primera de las cajas.

– Tres pacientes años de esfuerzos, con la esperanza de conseguir un tipo de relación que implicaba mucho más de lo que ella le podía ofrecer. Ella, a regañadientes, le confiesa que nunca podrá haber nada más serio entre ellos porque… -comenta Lynley.

– … porque existe un tipo que conduce un Audi azul marino, o negro, con el que acaba de pelearse en un aparcamiento.

– Es posible. Frustrado, la sigue hasta Londres, me refiero al comandante Wiley, claro está, y la atropella. Sí. Supongo que podría haber sucedido de ese modo.

– Sin embargo, no lo crees probable.

– Creo que aún es demasiado pronto para saberlo. ¿Qué tenemos por aquí?

Barbara, después de examinar el contenido de la caja que había abierto, respondió:

– Ropa.

– ¿De Eugenie?

Barbara levantó la primera prenda y la sostuvo en alto: un peto de pana de niño pequeño, rosa y con flores amarillas bordadas. Entonces contestó:

– Supongo que es de su hija.

Siguió escarbando y sacó un montón de ropa: vestidos, jerséis, pijamas, pantalones cortos, camisetas, peleles, zapatos y calcetines. Todo era del mismo estilo: los colores y los dibujos indicaban que esas prendas habían sido usadas para vestir a la niña que había sido asesinada. Barbara lo metió de nuevo en la caja y se volvió hacia la siguiente caja en el instante en que Lynley sacaba el contenido del baúl de madera. La segunda caja contenía lo que parecía la ropa de cama y todos los demás objetos que se usan para la cuna de un bebé. Contenía sábanas de Peter Rabbit cuidadosamente dobladas, un móvil musical, un peluche muy gastado de Jemima Puddleduck, otros seis animales de peluche muy nuevos, lo cual sugería que al bebé no le habían gustado tanto como el de Jemima, y la almohadilla que solía ponerse alrededor de la cuna para evitar que los niños se dieran golpes contra la pared.

La tercera caja contenía accesorios de baño: cualquier cosa desde patos de goma a un albornoz diminuto. Cuando Barbara estaba a punto de comentar lo macabro que le parecía haber guardado todos esos objetos -teniendo en cuenta cómo había muerto la niña-, oyó que Lynley decía:

– Esto parece interesante, Havers.

Levantó los ojos y vio que se había puesto las gafas y que estaba sosteniendo un montón de artículos de periódico. Ya estaba leyendo con atención el primero. A su lado, en el suelo, había apilado los demás contenidos del baúl, que consistían en una colección de periódicos y revistas, y cinco álbumes de piel que podían ser usados tanto para fotografías como para recortes.

– ¿Qué has encontrado? -le preguntó.

– Tiene una verdadera biblioteca virtual sobre Gideon.

– ¿La ha sacado de los periódicos? ¿Es famoso por algún motivo?

– Toca el violín. -Dejó a un lado el artículo de revista que estaba leyendo-. Se trata de Gideon Davies, Havers.

Barbara se apoyó en los talones. Mientras sostenía un guante para lavar con forma de gato, le preguntó:

– ¿Debería desmayarme al enterarme de esa noticia?

– ¿No sabes quién es…? No importa -respondió Linley-. Es culpa mía. Había olvidado que la música clásica no es lo tuyo. En cambio, si fuera el guitarrista de Rotting Teeth…

– ¿Noto cierto desprecio hacia mis gustos musicales?

– …o cualquier otro grupo de ese estilo, seguro que lo habrías reconocido de inmediato.

– De acuerdo -asintió Barbara-. ¿Quién es ese tipo cuando está en la ducha de su casa?

Lynley se lo explicó: un virtuoso del violín, un antiguo niño prodigio, el poseedor de una gran reputación mundial por haber hecho su debut profesional antes de tener diez años.

– Según parece, su madre guardó todo lo que tenía que ver con su carrera profesional.

– ¿A pesar de que no se veían nunca? -preguntó Havers-. Eso me sugiere que ese distanciamiento fue propiciado por él mismo, o tal vez por el padre.

– Eso parece -asintió Lynley a medida que revisaba el material-. Esto es un verdadero tesoro escondido. Especialmente todo lo que recopiló desde su última actuación en público, incluida la prensa sensacionalista.

– Bien, si es famoso…

Barbara extrajo una caja más pequeña de entre los artículos de baño. La abrió y encontró una colección de recetas, todas extendidas para la misma persona: Sonia Davies.

– No, más bien fue algún tipo de fiasco -puntualizó Lynley-. Era una pieza musical para un trío. Ya me acuerdo, sucedió en Wigmore Hall. Se negó a tocar. Abandonó el escenario al principio de la actuación y nunca más ha vuelto a tocar en público desde entonces.

– ¿Quizá se le cruzaran los cables?

– Es posible.

– ¿Pánico a tocar en público?

– Es una posibilidad. -Lynley sostuvo los periódicos en alto: tanto los de prensa amarilla como los de calidad-. Parece ser que ha guardado todos los artículos que hablaban de él, por muy pequeños que fueran.

– Bien, era su madre. ¿Qué hay en los álbumes?

Lynley abrió el primer álbum mientras Barbara se acercaba a mirar. Había más recortes guardados dentro de los álbumes de piel. Estos iban acompañados de programas de conciertos, fotografías publicitarias y folletos de una organización llamada East London Conservatory.

– Me pregunto qué pudo causar que se distanciaran tanto -comentó Barbara, en vista de todo aquello.

– Es una buena pregunta -contestó Lynley.

Continuaron examinando los contenidos de las cajas y del baúl y se dieron cuenta de que todo lo que había guardaba relación con Gideon o Sonia Davies. Daba la sensación, pensó Barbara, de que Eugenie Davies no hubiera existido antes del nacimiento de sus hijos. Y que, al perderlos, también hubiera dejado de existir. Salvo que, evidentemente, sólo había perdido a uno.

– Supongo que tendremos que ir a hablar con Gideon -advirtió Barbara.

– Ya está en la lista -contestó Lynley.

Lo volvieron a colocar todo en su sitio y regresaron al piso de abajo. Lynley cerró el ventanuco.

– Coge las cartas del dormitorio, Havers. Vayamos al Club para Mayores de 6o Años. Quizá podamos averiguar algo más.

Una vez en la calle, subieron por Friday Street, en dirección contraria al río, pasaron por delante de la librería de Wiley, y Barbara se dio cuenta de que el comandante Ted Wiley no hizo ningún esfuerzo por disimular. Estaba de pie tras una colección de libros de fotografías, mirándoles a través del escaparate. En el momento que pasaban por delante de él, Wiley se llevó un pañuelo a la cara. ¿Estaba llorando? ¿Haciendo ver que lloraba? ¿O simplemente sonándose la nariz? Barbara no pudo evitar preguntárselo. Tres años era una espera demasiado larga para un compromiso, sobre todo si al final se iba a pique.

Friday Street era una amalgama de comercios y de casas residenciales. Desembocaba en Duke Street, donde la tienda de música Henley exhibía una colección de violines y de violas -además de una guitarra, de una mandolina y de un banjo-en el escaparate.

– Espera un momento, Barbara -le dijo Lynley, mientras se detenía a mirar los instrumentos.

Barbara aprovechó la oportunidad para encenderse un cigarrillo, y también los miró con espíritu de colaboración, preguntándose qué se suponía que ella y Lynley debían ver.

– ¿Qué? ¿QUÉ? -le preguntó a Lynley al cabo de un rato cuando vio que los seguía observando mientras, meditabundo, se tocaba la barbilla.

– Es igual que Menuhin -respondió-. El principio de sus respectivas carreras está lleno de semejanzas. Pero me pregunto si la familia también se parece. Menuhin disfrutó de la dedicación total de sus padres desde un principio. Si Gideon no…

– Menu… ¿quién?

– Otro niño prodigio, Havers -contestó Lynley mientras se daba la vuelta hacia ella. Cruzó los brazos, cambió el peso de pierna, con la intención, según parecía, de darle una conferencia sobre el tema-. Es algo a tener en cuenta. ¿Qué sucede con la vida propia de los padres cuando averiguan que han traído un genio al mundo? Toda una serie de responsabilidades, totalmente diferentes de las que tienen que asumir los padres de los niños normales, recae sobre ellos. Si a las responsabilidades que implican los niños normales les añadimos las que requieren un niño fuera de lo corriente…

– Estás pensando en Sonia, ¿no es verdad? -preguntó Havers.

– Sí. Esas responsabilidades son igualmente absorbentes, agotadoras y difíciles, pero de un modo diferente.

– No obstante, ¿son igual de satisfactorias para los padres? Y si no lo son, ¿cómo se las arreglan? ¿Y cómo afecta a su vida en pareja?

Lynley asintió con la cabeza, observando los violines de nuevo. Teniendo en cuenta sus palabras, Barbara se preguntaba hasta qué punto estaba pensando en su propio futuro mientras observaba los instrumentos. Aún no le había dicho nada sobre la conversación que había mantenido con su mujer la noche anterior. Ahora no le parecía el momento oportuno para hacerlo. Pero, por otra parte, le había propiciado una oportunidad difícil de ignorar. ¿Y no le iría bien tener una amiga a quien contarle todas las preocupaciones que fueran surgiendo durante los meses que Helen estuviera embarazada? No era probable que tuviera intención de comentárselas a su mujer.

– ¿Preocupado, señor? -le preguntó; siguió fumando su Player con un poco de aprehensión porque, aunque llevaban más de tres años trabajando juntos, rara vez se aventuraban a hablar de su vida privada.

– ¿Preocupada, Havers?

Espiró el humo por la comisura de los labios, con el buen propósito de no echárselo a la cara cuando Lynley se diera la vuelta hacia ella.

– Ayer por la noche Helen me contó lo del… ya sabe a lo que me refiero. Supongo que eso implica ciertas preocupaciones. Todo el mundo las tiene en algún momento. Lo que le quiero decir es que… -Se apartó el pelo y se abrochó el botón superior de su chaqueta de lana, y se lo desabrochó de inmediato al ver que le oprimía.

– ¡Ah! ¡El bebé! ¡Sí, claro! -contestó él.

– Supongo que en algunos momentos uno debe de estar asustado.

– Sí, en ciertos momentos -respondió sin alterarse-. Prosigamos. -Dobló la esquina de la tienda de música y puso fin a la conversación.

«¡Vaya respuesta más extraña!», pensó Barbara. Una reacción muy rara. Se dio cuenta de lo estereotípica que había esperado que fuera su reacción ante su inminente paternidad. Procedía de una familia distinguida, tenía un título -por muy anacrónico que pudiera parecer- y poseía una finca familiar que había heredado cuando apenas había cumplido los veinte años. ¿No era de esperar que trajera al mundo un heredero poco después de su matrimonio? ¿No debería de estar encantado de haber cumplido con su deber a los pocos meses de haber dado el paso decisivo?

Barbara frunció el ceño, lanzó la colilla al suelo y ésta fue a aterrizar en un charco que había en la acera. «¡Cuántas cosas ignora una de los hombres!», pensó.

El Club para Mayores de 6o Años era un edificio modesto que estaba ubicado en uno de los extremos del aparcamiento de Albert Road. Cuando entraron, Barbara y Lynley fueron inmediatamente saludados por una mujer pelirroja de grandes dientes; ésta llevaba un vestido transparente con dibujos de flores que era mucho más adecuado para una fiesta al aire libre en un día soleado que para el día gris de noviembre que hacía. Les mostró sus espantosas perlas bucales y se presentó como Georgia Ramsbottom, secretaria del Club, «por voto unánime por quinto año consecutivo». ¿Podía serles de ayuda? ¿Quizá sus padres se mostraban poco dispuestos a informarse sobre las amenidades del Club? ¿O tal vez su madre había enviudado hacía poco? ¿O quizá su padre intentara aceptar la muerte de su querida esposa?

– A veces nuestros jubilados -era evidente que ella no se consideraba uno de ellos, a pesar de su piel resplandeciente y tersa que indicaba los grandes esfuerzos que hacía para retardar el proceso de envejecimiento-se sienten poco inclinados a cambiar cosas en su vida, ¿no es verdad?

– Eso no sólo sucede con los jubilados -respondió Lynley con amabilidad mientras le mostraba el carné y hacía las presentaciones.

– ¡Oh! ¡Santo Cielo! ¡Lo siento! No sé por qué me imaginé que… -Georgia Ramsbottom bajó la voz-. ¿De la policía? No creo que pueda ayudarles en nada. Como ven, a mí sólo me han elegido.

– Pero durante cinco años consecutivos -apuntó Barbara amablemente-. ¡Felicidades!

– ¿Hay algo que…? Entonces, supongo que querrán hablar con la directora, ¿no es verdad? Aún no ha llegado. No entiendo por qué, salvo que Eugenie siempre tiene asuntos importantes por resolver; pero puedo llamarla a casa, si no les importa esperar un momento en la sala de juegos.

Señaló la misma puerta por la que ella había aparecido para darles la bienvenida. Más allá de la puerta se veía gente sentada en pequeñas mesas: grupos de cuatro jugando a cartas, grupos de dos jugando al ajedrez o a las damas, y una persona sola jugando al solitario Paciencia, aunque con muy poca, si uno se dejaba guiar por los frecuentes «¡a la mierda!» que profería. La secretaria se dirigió hacia una oficina cerrada, en cuya puerta estaba pintada la palabra DIRECTORA sobre un cristal translúcido.

– Entraré un momento en su oficina y la llamaré.

– ¿Está hablando de la señora Davies? -preguntó Lynley.

– Sí, por supuesto, de Eugenie Davies. Normalmente está aquí, a excepción de las temporadas que pasa en las residencias para ancianos. Nuestra Eugenie es muy buena. Muy generosa. Un ejemplo perfecto de… -Parecía incapaz de acabar la metáfora; por lo tanto, cambió de tema-. Pero si la buscan a ella, ya lo deben de saber… quiero decir, la buena reputación que tiene por las buenas obras que hace. Porque si no lo saben…

– Me temo que está muerta -espetó Lynley.

– ¡Muerta! -repitió Georgia Ramsbottom un momento después mientras les miraba fijamente como si no lo comprendiera-. ¿Eugenie? ¿Eugenie Davies? ¿Muerta?

– Sí, murió en Londres ayer por la noche.

– ¿En Londres? ¿Estaba…? ¿Qué le sucedió? ¡Dios mío! ¿Lo sabe Teddy? -Georgia miró rápidamente hacia la puerta por la que acababan de pasar Lynley y Barbara. Su rostro indicaba que deseaba salir corriendo para comunicarle las malas noticias al comandante Ted Wiley con toda urgencia-. Él y Eugenie -dijo con rapidez y en voz baja, como si temiera que los jugadores de cartas de la sala contigua pudieran prestar atención a algo que no fueran sus partidas-. Estaban… Bien, evidentemente, ninguno de los dos lo anunció en público, pero Eugenie era así, ¿no es verdad? Muy discreta. No era una persona muy dada a contarle a cualquiera los detalles más íntimos de su vida. Pero cuando uno los veía juntos, era evidente que Ted estaba loco por ella. Yo, más que nadie, me sentí muy contenta por los dos, porque aunque Ted y yo siempre íbamos juntos cuando él llegó a Henley, yo ya había llegado a la conclusión de que Ted no acababa de ser el hombre que yo quería, y cuando se lo pasé a Eugenie, no podría haberme sentido más feliz al ver que congeniaban. Química. Eso era precisamente lo que había entre ellos, y lo que nunca hubo entre Ted y yo. Ya saben cómo son esas cosas. -Les enseñó los dientes de nuevo-. ¡Pobre Ted! ¡Pobre cariño mío! ¡Es un encanto! Es una de las personas más queridas del club.

– Ya sabe lo de la señora Davies -le informó Lynley-. Hemos hablado con él.

– Pobre hombre. Primero su mujer y después esto. ¡Dios mío! -Suspiró-. ¡Santo Cielo! Tendré que decírselo a todo el mundo.

Por un instante, Barbara se preguntó hasta qué punto iba a disfrutar haciéndolo.

– Si pudiéramos entrar en su oficina… -Lynley señaló la oficina con una inclinación de cabeza.

– Sí, por supuesto -respondió Georgia Ramsbottom-. No debería estar cerrada con llave. Normalmente no lo está. El teléfono está ahí adentro, y si Eugenie no está aquí, alguien tiene que entrar para contestar. Es normal, porque algunos de nuestros miembros tienen a sus cónyuges en residencias para ancianos y una llamada telefónica podría significar… -Fue bajando el tono de voz a propósito. Giró el tirador, abrió la puerta de un golpe y les indicó que pasaran.

– Si no les importa, me gustaría preguntarles…

Una vez dentro, Lynley se mostró indeciso. Se volvió hacia la mujer en el instante en que Barbara entraba, se dirigía hacia el único escritorio de la oficina y se dejaba caer en la silla. Sobre la mesa había una agenda; Barbara la cogió en el momento en que Lynley decía:

– ¿Sí?

– ¿Estaba Ted…? ¿Está…? -Se esforzaba por conseguir un tono fúnebre-. ¿Está muy conmovido, inspector? Somos tan buenos amigos, que creo que debería llamarle de inmediato. ¿O quizá debería visitarle y ofrecerle unas palabras de consuelo?

«¡Por el amor de Dios!», pensó Barbara. El cadáver aún estaba caliente. Pero, evidentemente, cuando un hombre quedaba libre no había tiempo que perder. Mientras Lynley pronunciaba todos esos sonidos correctos y educados para darle a entender que sólo un amigo podía saber si era mejor llamarle por teléfono o ir a verle, y mientras Georgia Ramsbottom se encerraba en su mundo para pensárselo, Barbara se dedicó a examinar la agenda de Eugenie Davies. Vio que la directora del club social se mantenía ocupada con reuniones del comité que guardaban relación con los eventos del club, con visitas a lugares llamados Quiet Pines, River View y The Willows, que, según parecía, debían de ser residencias para ancianos, con citas con el comandante Wiley -marcadas con un Ted escrito sobre una determinada hora-, o con una serie de citas concertadas en lugares con nombres de pub o de hotel. Estas últimas aparecían de forma regular a lo largo de todo el año. No coincidían ni en el día ni en la semana, pero aparecían, como mínimo, una vez al mes. Le pareció curioso que las citas no tan sólo estuvieran apuntadas en los meses previos del año y en el mes en el que se encontraban, sino también en toda la agenda, que incluía los primeros seis meses del año siguiente. Barbara se lo comentó a Lynley mientras éste empezaba a leer una agenda de teléfonos que había sacado del cajón superior de la derecha del escritorio.

– Parecen citas importantes -apuntó.

– ¿Para ir de pub en pub? -preguntó Barbara-. ¿Para escribir reseñas de hoteles? No lo creo. Escucha: Catherine Wheel, King's Head, Fox and Glove, Claridges… No creo que se trate de eso. ¿Qué te sugiere? Quizá fueran citas amorosas.

– ¿Sólo aparece un hotel?

– No, hay más. Aquí está el Astoria y el Lords of the Manor. También sale Le Meridien. Algunos están en el centro de la ciudad y otros en las afueras. Se veía con alguien, inspector, y me apuesto lo que quiera que no se trataba de Wiley.

– Llame a los hoteles y averigüe si alguna vez reservó una habitación.

– ¡Qué labor tan estimulante!

– Es uno de los cometidos más importantes de nuestro oficio.

Mientras hacía las llamadas, Barbara examinó las demás cosas que había sobre el escritorio de Eugenie Davies. Los otros cajones contenían material de oficina: tarjetas de visita, sobres y papel de escribir, celo y grapas, gomas elásticas, tijeras, lápices y bolígrafos. Los archivos contenían contratos realizados con empresas suministradoras de productos alimenticios, mobiliario, ordenadores y fotocopiadoras. Cuando Barbara consiguió averiguar que en el primer hotel no constaba que Eugenie Davies hubiera pasado ninguna noche allí, ya había llegado a la conclusión que en el escritorio no había nada de índole personal.

Se fijó en la superficie del escritorio a medida que Lynley se agachaba junto a un ordenador que estaba en la modalidad de reiniciar. Ahondó en la bandeja de entrada de la mujer muerta. Lynley penetró en su mundo cibernético.

Barbara se dio cuenta de que, al igual que los hoteles, la bandeja de entrada tampoco era ninguna fuente fascinante de información. Contenía tres solicitudes para apuntarse en el club -todas ellas de mujeres de unos setenta años que acababan de enviudar-, además de lo que parecían ser los borradores de las notas informativas sobre futuras actividades. Barbara, al ver lo que el club tenía previsto para sus miembros, silbó en voz baja. Debido a la proximidad de las vacaciones, los jubilados habían programado una colección admirable de eventos. Había de todo, desde un viaje en autocar a Bath para asistir a una cena y a una representación navideña hasta una fiesta de Fin de Año. Fiestas, cenas, bailes, excursiones para el día de San Esteban y misas a medianoche estaban previstas para una multitud de mayores de sesenta años que ciertamente hacían todo lo posible por disfrutar de la edad de oro.

A su espalda, Barbara oyó el runrún y los bips del ordenador de Eugenie Davies. Se puso en pie y se dirigió hacia el único archivador mientras Lynley se sentaba junto a la mesa y giraba la silla para quedar de cara al ordenador. El archivador tenía cerradura, pero estaba abierto; por lo tanto, Barbara abrió el primer cajón y empezó a hojear los archivos. Parecía que casi todo se trataba de correspondencia con otras organizaciones para jubilados del Reino Unido. Sin embargo, también había documentos que versaban sobre la Seguridad Social, sobre un programa de viaje y estudios llamado Eider Hostel, sobre temas geriátricos desde el Alzheimer hasta la osteoporosis, y sobre temas legales referentes a testamentos, fideicomisos e inversiones. Había una carpeta manila que contenía la correspondencia de los hijos de los miembros del club. La mayoría eran cartas de agradecimiento y elogios de lo que el club estaba haciendo para sacar a Mamá y Papá de su cascara. Algunos se cuestionaban la devoción que Mamá y Papá sentían por una organización que no tenía nada que ver con la familia más próxima. Barbara sacó este último grupo de la carpeta y lo depositó sobre el escritorio. Quizás algún familiar se había sentido demasiado preocupado por el afecto que Papá y Mamá le tenían a la directora del club, por no decir nada de las consecuencias que ese afecto podría acarrear. Comprobó que ninguna de las cartas estuviera firmada por Wiley. No había ninguna, pero eso no quería decir que el comandante no tuviera ninguna hija que le hubiera mandado una carta a Eugenie.

Una de las carpetas tenía un interés especial, ya que estaba llena de fotografías del club realizadas en distintas ocasiones. Mientras Barbara las iba hojeando, se dio cuenta de que el comandante Wiley aparecía con frecuencia en las fotografías y que normalmente iba acompañado de una mujer que se le colgaba del brazo, que le rodeaba los hombros o que se le sentaba en el regazo. Georgia Ramsbottom. Estimado Teddy. «Por supuesto», pensó Barbara. Comenzó a decir «inspector», en el preciso instante en que Lynley anunció:

– Aquí hay algo, Havers.

Fotografías en mano, se dirigió hacia el ordenador. Vio que se había conectado a Internet y que el correo electrónico de Eugenie Davies aparecía en pantalla.

– ¿No tenía contraseña? -le preguntó Barbara mientras le entregaba las fotografías.

– Sí -respondió-, pero fue bastante fácil de adivinar, teniendo en cuenta la situación.

– ¿El nombre de algún hijo? -preguntó Barbara.

– Sonia -contestó-. ¡Maldita sea!

– ¿Qué pasa?

– Aquí no hay nada.

– ¿No hay ningún mensaje que sea una amenaza de muerte? ¿No hay detalles de un posible viaje a Hampstead? ¿No hay ninguna invitación para ir a Le Meridien?

– Nada de nada. -Lynley observó la pantalla de cerca-. ¿Cómo se localiza el correo electrónico, Havers? ¿Podría tener antiguos mensajes escondidos por alguna parte?

– ¿Me lo pregunta a mí? ¡Si aún no me he acabado de habituar al móvil!

– Tenemos que encontrarlos. Si existen, claro está.

– Tendremos que llevárnoslo, señor -precisó Barbara-. Me refiero al ordenador, señor. Seguro que habrá alguien en Londres que pueda ayudarnos.

– Sí, es verdad -respondió Lynley. Examinó las fotografías que le acababa de entregar, pero no pareció que les dedicara demasiada atención.

– Georgia Ramsbottom -advirtió Barbara-. Parece ser que hubo un momento en que ella y Teddy estaban muy unidos.

– ¿Mujeres de sesenta años atropellándose en la carretera? -preguntó Lynley.

– Sólo es una posibilidad -replicó Barbara-. Me pregunto si su coche estará abollado.

– No sé por qué, pero lo dudo -contestó Lynley.

– Sin embargo, deberíamos comprobarlo. No creo que podamos…

– Sí, sí, le echaremos un vistazo. Seguro que está en el aparcamiento. -Sin embargo, lo dijo sin tomárselo en serio, y a Barbara no le gustó mucho ver que dejaba las fotografías de lado y que volvía al ordenador, sumido en sus propios pensamientos. Cerró el correo de Eugenie Davies, apagó el ordenador y se dispuso a desenchufarlo-. Veamos qué páginas consultó la señora Davies en Internet. Es imposible conectarse sin dejar rastro.

«Bragas Cremosas.» El comisario Eric Leach mantuvo el rostro impasible. Hacía más de veintiséis años que trabajaba de policía y ya hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que, en su oficio, tan sólo un majadero optimista podía llegar a la conclusión de que ya había visto todo lo que había por ver de sus compañeros de raza humana. Pero, en realidad, eso era algo digno de anotación.

– ¿Ha dicho «bragas cremosas», señor Pitchley?

Se encontraban en una de las salas de interrogatorios de la comisaría de policía: J.W. Pitchley, su abogado -un hombre diminuto llamado Jacob Azoff, que tenía unos pelos en la nariz que se asemejaban a un plumero y una gran mancha de café que le decoraba la corbata-, un agente llamado Stanwood, y Leach en persona, que hacía el interrogatorio y que se tragaba pastillas para el constipado con la misma facilidad que si de caramelos se tratara, preguntándose con amargura cuánto tiempo tardaría su sistema inmunitario en ponerse a la altura de la vida que tenía que llevar. Una noche yendo de bar en bar y se había convertido en caldo de cultivo para todos los virus conocidos por la humanidad.

El abogado de Pitchley le había llamado aún no hacía dos horas. Azoff le había informado brevemente de que su cliente deseaba hacer unas declaraciones a la policía. Y quería asegurarse de que sus declaraciones serían confidenciales, sólo entre los chicos, tratadas con discreción y santificadas con agua bendita. En resumen, que Pitchley no quería que la prensa se enterara de su nombre, y si existía la más mínima posibilidad de que la prensa consiguiera su nombre… etcétera, etcétera, etcétera. Aburridísimo.

– No es la primera vez que pasa por esto -dijo Azoff con un tono de voz de superioridad-. Por lo tanto, si conseguimos llegar a un acuerdo preliminar con respecto a la confidencialidad de su conversación, comisario Leach, creo que tenemos en nuestras manos a un hombre que hará todo lo posible por ayudarle en sus investigaciones.

Así pues, Pitchley y su abogado fueron a comisaría, les hicieron entrar por la puerta trasera como si fueran colaboradores secretos, les obsequiaron con los refrescos que pidieron -«zumo de naranja natural y agua con gas con hielo y un poco de lima, pero que no sea limón, gracias»- y se instalaron cómodamente en la mesa de entrevistas en la que Leach había presionado el botón de grabar, y había recitado el día, la hora y los nombres de los presentes.

La historia de Pitchley no había cambiado en nada de lo que había dicho la noche anterior, pero estaba dando muchos más detalles sobre los lugares y sobre lo que había estado haciendo, y estaba siendo mucho más explícito con los nombres. Por desgracia, aparte de los apodos que sus compañeras usaban durante sus encuentros amorosos en el Comfort Inn, fue incapaz de proporcionar el nombre verdadero de nadie que pudiera corroborar su historia.

Así pues, como era de esperar, Leach le preguntó:

– Señor Pitchley, ¿qué le hace pensar que podremos seguirle la pista a esa mujer si ni siquiera quiso decírselo al hombre que se la estaba follando…

– Nunca usamos esa palabra -replicó Pitchley, un poco ofendido.

– …y cómo puede esperar que se muestre comunicativa con la policía? ¿El hecho de que ocultara su nombre no le sugiere nada?

– Siempre…

– ¿No le sugiere que no desea que la reconozcan en situaciones que no se lleven a cabo a través de Internet?

– Sólo es parte del juego que nosotros…

– Y si no desea que la localicen, ¿no le sugiere que debe de vivir con alguien, como, por ejemplo, un marido, que no vería con muy buenos ojos a un tipo que, por cierto, se ha dedicado a revolcarse desnudo con su mujer, y que se presentara en la puerta de su casa con flores y bombones con la esperanza de que confirmara su coartada?

Pitchley cada vez se estaba poniendo más rojo. Pero también hay que decir que Leach se mostraba cada vez más incrédulo. Después de muchas vacilaciones, el hombre había confesado ser un casanova cibernético que a menudo seducía a mujeres entradas en años, pero que nunca le decían su nombre ni tampoco sabían el suyo. Pitchley afirmó que era incapaz de recordar la cantidad de mujeres con las que se había citado desde el nacimiento del correo electrónico y de los chats, y desde luego no podía acordarse de los nombres cibernéticos de todas ellas, pero podía jurar sobre un montón de ochenta y cinco libros religiosos que Leach escogiera, que una vez que habían acordado citarse, él siempre seguía el mismo procedimiento: copas y cena en The Vailey of Kings de South Kensington, seguido de varias horas de intercambio sexual atlético y creativo en el Comfort Inn de Cromwell Road.

– Por lo tanto, ¿lo reconocerían en el restaurante o en el hotel? -le preguntó Leach.

Pitchley sintió cierta tristeza al admitir que eso podría representar un pequeño problema. Los camareros de The Vailey of Kings eran extranjeros. El recepcionista nocturno del Comfort Inn también lo era. Y los extranjeros a menudo tenían ciertas dificultades para recordar una cara inglesa, ¿no era verdad? Porque los extranjeros…

– Dos terceras partes de los habitantes de Londres son extranjeros -le interrumpió Leach-. Si no nos propone algo más convincente que lo que nos ha estado contando hasta ahora, señor Pitchley, todo esto será una pérdida de tiempo.

– Me gustaría recordarle, comisario Leach, que el señor Pitchley ha venido a la comisaría por voluntad propia -recalcó Jake Azoff a esas alturas de la conversación. Él había sido el que se había pedido el zumo de naranja, y Leach se percató de que un trozo de pulpa le colgaba del bigote cual excremento de pájaro mal teñido-. Quizá si mostrara un poco más de educación, mi cliente se mostraría más dispuesto a colaborar.

– Supongo que el señor Pitchley ha venido hasta la comisaría porque tiene algo que contarme que no me explicó ayer por la noche -replicó Leach-. De momento, lo único que estamos haciendo es darle vueltas a lo mismo, y lo que está consiguiendo es complicar aún más la ya embarullada situación de su cliente.

– No comprendo cómo puede haber llegado a esa conclusión -respondió Azoff, ofendido por la implicación.

– ¿No lo entiende? Permítame que se lo explique. A no ser que haya estado soñando, el señor Pitchley nos ha informado de que su pasatiempo favorito consiste en usar Internet para ponerse en contacto con mujeres mayores de cincuenta años; es decir, para ligárselas y conseguir llevárselas a la cama. También nos ha contado que ha tenido mucho éxito en este campo, tanto que ni siquiera es capaz de recordar cuántas mujeres han disfrutado de sus talentos eróticos. ¿Me equivoco, señor Pitchley?

Pitchley cambió de posición en la silla y tomó un trago de agua. Aún tenía la cara sonrojada, y el pelo -del color del polvo y con una raya en medio que hacía que se le formaran dos especies de alas a cada lado-le cubría la cara cada vez que asentía. Mantenía la cabeza baja. Porque se sentía violento o arrepentido, porque estaba turbado… ¿Quién demonios lo podía saber?

– Bien. Continuemos. Tenemos a una mujer mayor que ha sido atropellada por un vehículo en la calle del señor Pitchley, a unas cuantas casas de distancia de la suya. Va y resulta que esa mujer tiene apuntada la dirección del señor Pitchley. ¿Eso qué le sugiere?

– Yo no sacaría ninguna conclusión -contestó Azoff.

– Es normal, pero mi trabajo consiste en llegar a conclusiones. Y la conclusión a la que llego es que esa mujer se dirigía hacia la casa del señor Pitchley.

– Nunca hemos reconocido que el señor Pitchley conociera a la mujer en cuestión o que estuviera esperándola.

– Y si en verdad iba a verle, el señor Pitchley nos ha dado una razón excelente con sus propias palabras. -Leach hizo hincapié en su argumento inclinándose hacia delante para poder ver mejor a Pitchley bajo su mata de cabello-. Tenía más o menos la edad de las mujeres que le gustan: sesenta y dos años. Tenía un bonito cuerpo, eso es, claro está, antes de que el coche la destrozara; estaba divorciada y no se había vuelto a casar. No tenía hijos en casa. Me pregunto si se había comprado un ordenador. Algo que le sirviera para pasar el rato en las noches que se encontrara sola en Henley.

– ¡Eso es imposible! -exclamó Pitchley-. Nunca saben dónde vivo. Nunca saben dónde encontrarme después de… una vez que hemos… bien, después que nos hayamos marchado de Cromwell Road.

– Simplemente se las folla y se marcha -sentenció Leach-. Eso está muy bien. Sin embargo, ¿qué sucedería si una de ellas decidiera que no le gustaba ese plan? ¿Qué pasaría si una de ellas le hubiera seguido hasta casa? No ayer por la noche, evidentemente, sino cualquier otro día. ¿Si le hubiera seguido, se hubiera apuntado dónde vivía y hubiera esperado el momento propicio en que usted hubiera dejado de llamarla?

– No lo hizo. Es imposible.

– ¿Por qué no?

– Porque nunca voy directamente a casa. Cuando salimos del hotel, doy vueltas en coche durante media hora como mínimo, a veces durante una hora, para asegurarme de que no… -Se detuvo y consiguió tener una expresión relativamente abatida por la confesión que estaba haciendo-… doy vueltas en coche para tener la certeza de que… no me siguen.

– Muy inteligente de su parte -comentó Leach con ironía.

– Ya sé lo mal que suena. Ya sé que me hace quedar como una mierda. Y si eso es lo que soy, lo acepto. Pero no soy el tipo de hombre que atropellaría a una mujer en medio de la calle, y lo debe de saber muy bien si ha examinado mi coche y ha aprovechado la oportunidad para darse una vuelta por Londres sin mi permiso. Me gustaría que me devolvieran el coche, inspector Leach.

– ¿Es eso lo que le gustaría?

– Pues sí. Usted quería información y yo se la he dado. Le he dicho dónde estaba ayer por la noche, por qué y con quién.

– Con Bragas Cremosas.

– De acuerdo. Me volveré a poner en contacto con ella. La convenceré para que venga a comisaría, si es eso lo que quiere.

– Puede hacerlo y lo hará -asintió Leach-. Sin embargo, creo que debe saber que eso no será de mucha ayuda.

– ¿Por qué no? ¡No puedo haber estado en dos lugares a la vez!

– Cierto. Pero aunque la señorita Bragas Cremosas, o quizá sea la señora Bragas Cremosas -Leach no pudo ocultar su sonrisa y tampoco hizo nada por intentarlo-, corrobore su historia, hay una parte en la que no puede serle de ayuda, ¿no es verdad? No podrá decirnos dónde estuvo durante esa hora o esa media hora después de haberse despedido de ella. Y si está a punto de decirme que quizá se dedicara a seguirle, entonces volverá a estar en terreno peligroso. Porque si le siguió, existe la posibilidad de que Eugenie Davies, después de un revolcón similar en Cromwell Road, hiciera lo mismo.

Pitchley se apartó con brusquedad de la mesa, y lo hizo con tanta fuerza que la silla chirrió cual sirena al caer al suelo.

– ¿Quién? -Tenía la voz ronca, como si fuera un trozo de papel de lija que intentara hablar-. ¿Quién ha dicho que era?

– La mujer muerta se llamaba Eugenie Davies. -Incluso al pronunciar esas palabras, el comisario Leach se percató de la nueva realidad que expresaba el rostro de Pitchley-. ¿La conoce? ¿La conoce por ese nombre? ¿La conoce, señor Pitchley?

– ¡Oh, Dios mío! ¡Por todos los santos! -gimió Pitchley.

En un instante, Azoff le preguntó a su cliente:

– ¿Necesitas cinco minutos?

El sospechoso ni siquiera tuvo que responder, porque alguien llamó a la puerta de la sala de interrogatorios. Una agente de policía asomó la cabeza y le dijo a Leach:

– El inspector Lynley al teléfono, señor. ¿Se lo paso ahora o un poco más tarde?

– Volveré dentro de cinco minutos -dijo secamente a Pitchley y a Azoff. Cogió sus papeles y les dejó solos.

Aunque lo pareciera, la vida no era un continuo de acontecimientos. De hecho, era un tiovivo. En la niñez, uno se montaba en un caballito galopante y comenzaba un viaje durante el cual se suponía que las circunstancias irían cambiando a medida que avanzara el viaje. Pero la verdad de la vida era que consistía en una repetición interminable de lo que uno ya había experimentado… dando vueltas y más vueltas sobre ese caballito. Y a no ser que uno hiciera frente a los retos que uno deseara superar a lo largo del camino, esos retos aparecían una y otra vez de una forma u otra hasta el fin de nuestros días. Si J.W. Pitchley aún no había suscrito esa opinión, ahora se había convertido en su más fiel partidario.

Se encontraba de pie en las escaleras de la Comisaría de Policía de Hampstead con su abogado, y escuchaba el solemne discurso que Jake Azoff le estaba pronunciando. Era un soliloquio sobre el tema de confianza y veracidad entre un cliente y su abogado. Al final le dijo:

– ¿De verdad crees que habría venido hasta aquí si hubiera sabido lo que me ocultabas, imbécil? Me has hecho quedar como a un idiota, y ¿cómo crees que eso afecta mi credibilidad con la policía?

Pitchley deseaba decirle que la situación actual no tenía nada que ver con él, pero ni siquiera se molestó en hacerlo. No pronunció palabra, lo que causó que Azoff le preguntara:

– Así pues, ¿cómo le gustaría que le llamara, señor? -El señor no era indicio de nada que no fuera desprecio, pero le dio cierto colorido-. Durante el poco tiempo que queda de nuestra relación legal, ¿cómo debo llamarle, Pitchley o Pitchford?

– Pitchley es totalmente legal -respondió J.W. Pitchley-. No hay nada sospechoso en el hecho de que cambiara de apellido, Jake.

– Quizá tengas razón -replicó Azoff-, pero quiero una explicación detallada por escrito encima de mi escritorio antes de las seis de la tarde: me la mandas por fax, por mensajero, por correo electrónico o por paloma mensajera, me da igual. Y después veremos qué sucederá con nuestra relación profesional.

J.W. Pitchley, también conocido por James Pitchford, alias Hombre Lengua para sus amigas cibernéticas, asintió servicialmente, a pesar de que sabía que Jake Azoff tan sólo estaba tratando de impresionarle. El historial de Azoff demostraba que su habilidad para administrar dinero era tan desastrosa que sería incapaz de sobrevivir ni un solo mes sin que nadie le aconsejara en qué invertir; además, Pitchley-Pitchford-Hombre Lengua hacía tantos años que se ocupaba de sus inversiones y con una pericia tan grande en el juego de manos que era el departamento financiero, que entregarle el control a un gurú fiscal menos competente sería como poner a Azoff en manos de Hacienda, y el abogado se mostraba comprensiblemente reacio a que eso sucediera. Pero Azoff necesitaba descargar su Furia, y J.W. Pitchley -antes conocido como James PitchFord y actualmente alias Hombre Lengua-en realidad no podía culparle de eso. Por lo tanto, le dijo:

– Eso mismo haré, Jake. Siento que te haya sorprendido tanto.

Y observó cómo Azoff le contestaba enojado, cómo se subía el cuello del abrigo para protegerse del helado viento y cómo se alejaba calle abajo.

Pitchley, que no tenía acceso a su coche y que no había recibido ninguna invitación por parte de Azoff para llevarle hasta Crediton Hill, partió desconsolado hacia la estación de tren de Hampstead Heath, preparándose para soportar los insalubres abrazos. «Por lo menos no tengo que coger el metro», se dijo a sí mismo. Y, por lo menos, hacía más de una semana que no se había producido ningún choque violento entre líneas de ferrocarril rivales que luchaban por conseguir el Diploma de Máxima Incompetencia.

Subió por Downshire Hill, giró hacia la derecha y llegó a la Alameda de Keats; delante de la casa y biblioteca del poeta que le daba nombre, una mujer de mediana edad salía de unos parterres inundados, con una gran bolsa en la mano derecha cuyo peso le lastimaba el hombro. Pitchley-Pitchford aminoró la marcha cuando ella giró hacia la derecha para encaminarse en la misma dirección que él. En otro momento de su vida habría ido a ayudarla a toda prisa. Después de todo, era lo que se esperaba de un caballero.

Pitchley-Pitchford se percató de que tenía los tobillos demasiado gruesos, pero el resto de su cuerpo encajaba con el tipo de mujeres que le gustaban: un poco deterioradas, ligeramente despeinadas, y con ese aire académico y preocupado que sugería no sólo un buen nivel de inteligencia, sino también esa especie de falta de confianza sexual que siempre le parecía tan estimulante. Las mujeres con las que chateaba siempre resultaban ser así, y ése era el motivo que le impulsaba a conectarse a Internet, a pesar de su sentido común, por no decir nada de la amenaza de las enfermedades de transmisión sexual. Además, si tenía en cuenta lo que acababa de sufrir en la comisaría de policía de Hampstead, aunque la mejor parte de su mente le estaba sermoneando sobre la estupidez de futuros encuentros con mujeres cuyos nombres no habían tenido ninguna importancia hasta ese momento, la otra parte de su mente -su cerebro de reptil-no había aprendido la lección ni había sentido la más mínima turbación respecto al futuro. «Hay cosas más importantes a tener en cuenta que un simple encuentro con la policía», declaró James, el del cerebelo de lagartija. Como, por ejemplo, explayarse en el placer infinito que uno podía dar y recibir con los orificios individuales de la anatomía femenina.

No obstante, esa especie de fantasía adolescente era una locura tremenda. Lo que no era una fantasía era la muerte de Eugenie Davies en Crediton Hill; Eugenie Davies, la mujer que llevaba apuntada su dirección.

Cuando conoció a Eugenie, él se llamaba James Pitchford, tenía veinticinco años, había pasado tres años en la universidad y vivía en una habitación con derecho a cocina en Hammersmith que era del tamaño de una uña. El año que pasó en esa habitación alquilada le dio la posibilidad de acceder a la academia que necesitaba, en la que por una suma exorbitante de dinero que tardó meses en reunir, adquirió conocimientos de su lengua materna adecuados para el mundo de los negocios, para fines académicos, para la vida social y para poder acobardar a los porteros de hoteles de categoría.

Desde allí, había conseguido, no sin muchas dificultades, su primer trabajo en el centro de Londres, y le había parecido muy oportuno tener una dirección que fuera céntrica. Y como nunca invitaba a sus compañeros de oficina a casa para tomar unas copas ni para cenar ni para cualquier otra cosa, ellos no tenían modo de averiguar que las cartas, los documentos y las invitaciones para fiestas que le enviaban a una dirección del elegante barrio de Kensington llegaban, en realidad, a una habitación que ocupaba en el cuarto piso, que era aún más pequeña que la que había alquilado en Hammersmith.

El hecho de vivir en una habitación tan pequeña en aquella época no le había supuesto un gran esfuerzo, ya que no sólo la dirección era respetable, sino que también había hecho nuevas amistades. En el tiempo que había pasado desde que viviera en Kensington Square, J.W Pitchley había aprendido a no pensar en los habitantes de esa casa. Sin embargo, James Pitchford, que había disfrutado mucho en su compañía y que había conseguido reinventarse con gran habilidad, apenas había podido vivir ni un solo momento sin pensar en un miembro u otro de la casa. Especialmente en Katja.

«¿Puedes ayudar hablar inglés, por favor? -le había preguntado-. Sólo estar aquí un año. No aprendo tanto como quiero. Le estaría muy agradecida.» Su forma encantadora de pronunciar uve en vez de uve doble al hablar, compensaba en cierta manera el hecho de que se hubiera esforzado tanto en pronunciar las haches.

Consintió en ayudarla porque se lo había pedido con mucho entusiasmo. Aceptó ayudarla porque -aunque ella no podía saberlo y él estaría dispuesto a morir antes de contárselo- eran de la misma calaña. Su huida de Alemania oriental -a pesar de que había sido más dramática y temeraria-reflejaba una huida que él mismo había protagonizado. Además, aunque sus motivos eran diferentes, el origen de sus preocupaciones era el mismo.

Él y Katja hablaban la misma lengua, y si él podía ayudarla a mejorar su dominio de la lengua con algo tan simple como con ejercicios de gramática y pronunciación, estaría encantado de hacerlo.

Se reunían en su tiempo libre, cuando Sonia estaba dormida o con su familia. Usaban una u otra habitación, ya que ambos tenían una mesa que era lo bastante grande para los libros con los que Katja hacía sus ejercicios de gramática y para el magnetófono que usaba para los de pronunciación. Se esforzaba mucho por mejorar la dicción, la articulación y la pronunciación. Se complacía en intentar aprender una lengua que le era tan extraña como la mismísima comida inglesa. De hecho, era esa obstinación lo que había hecho que James Pitchford empezara a admirar a Katja Wolff. Esa audacia total que le había hecho cruzar el muro de Berlín era algo tan heroico que sólo sentía deseos de imitarla.

«Conseguiré hacerme merecedor de tu afecto», le decía James en voz baja mientras descifraban los misterios de los verbos irregulares. Mientras la luz de la mesa le reflejaba el pelo rubio y suave, él se imaginaba acariciándolo, pasándole los dedos, acariciándole el pecho desnudo después de haberse abrazado.

Sobre la cómoda que había al otro lado de la habitación, el interfono interrumpía sus ensueños con la misma frecuencia que les permitía soñarlos. Llegaban los gemidos del bebé desde dos pisos más abajo, y Katja tenía que interrumpir sus clases nocturnas.

«No debe de ser nada importante», solía decirle, porque si lo era, el poco tiempo que podían pasar juntos llegaría a su fin. Porque si los gemidos de Sonia Davies se convertían en llanto, había muchas posibilidades de que surgieran problemas.

«Es la pequeña. Debo irme», solía decirle Katja.

«¡Espera un momento!», aprovechaba la oportunidad para cogerla de la mano.

«No puedo, James. Si empieza a llorar y la señora Davies la oye y se entera de que no estoy con ella… Ya sabes cómo es. Además, es mi trabajo.»

«¿Trabajo?», pensó. Más bien parecía una servidumbre absoluta. Tenía que trabajar durante muchas horas y sus obligaciones nunca acababan. Cuidar de una niña que estaba enferma tan a menudo requería algo más que los esfuerzos de una joven mujer que apenas tenía experiencia.

James Pitchford se daba perfecta cuenta de eso, aunque sólo tuviera veinticinco años. Sonia Davies necesitaba una enfermera profesional. Por qué no la tenía era uno de los misterios de Kensington Square. Sin embargo, no estaba en posición de resolver ese misterio. Necesitaba pasar inadvertido y no hacerse notar demasiado.

Con todo, cada vez que Katja interrumpía sus clases para ir a atender a la niña a toda prisa, cada vez que la oía saltar de la cama en medio de la noche y bajar las escaleras corriendo para ocuparse de ella, cada vez que volvía del trabajo y se encontraba a Katja dándole de comer, bañándola, intentando distraerla con cualquier cosa, solía pensar: «Esa pobre criatura tiene familia, ¿no es así? ¿Qué está haciendo por cuidar de ella?».

Y le parecía que la respuesta era muy simple. Dejaban que Katja se ocupara de Sonia Davies, para que todos los demás miembros de la familia pudieran girar en torno a Gideon.

Pitchford se preguntaba si podía culparlos por ello. Y si pudiera, ¿tenían otra elección? Los Davies se habían lanzado a educar a Gideon mucho antes de que naciera Sonia, ¿no era eso verdad? Ya se habían comprometido a llevar a cabo una acción, tal y como demostraba la presencia de Raphael Robson y de Sarah-Jane Beckett en su mundo.

Pitchley-Pitchford entró en la estación y metió la cantidad adecuada de monedas en la máquina sin dejar de pensar en Robson y en Beckett. Mientras avanzaba hacia el andén, cayó en la cuenta de que hacía muchos años que no había pensado en ellos. Era normal que se hubiera olvidado de Robson, porque, al fin y al cabo, el profesor de violín no vivía con ellos. Pero le parecía extraño que ni siquiera hubiera pensado en Sarah-Jane Beckett en todos esos años. Después de todo, había sido una presencia importante en la casa.

«Encuentro que mi posición aquí es de lo más adecuada -le había dicho una vez al poco tiempo de su llegada, con ese estilo previctoriano tan peculiar que usaba cuando potenciaba su papel de institutriz-. Por muy difícil que pueda resultar a veces, Gideon es un alumno excelente, y me siento muy honrada de que me hayan elegido a mí, de entre otras diecinueve candidatas, para ocuparme de su educación.» Hacía poco que había llegado a la casa, y le habían adjudicado un dormitorio cercano al suyo entre los aleros del piso superior de la vivienda. Tendrían que compartir un cuarto de baño del tamaño de un alfiler. No había bañera, tan sólo una ducha en la que un hombre de constitución normal apenas podía darse la vuelta. Se había dado cuenta de eso el mismo día que se mudó, y lo miró con desaprobación, pero se limitó a soltar un suspiro con la resignación propia de una mártir.

«No suelo lavar la ropa en el cuarto de baño -le había informado-. Y me gustaría que usted también se abstuviera de hacerlo. Si nos respetamos en estos pequeños detalles, me atrevería a decir que nos llevaremos bastante bien. ¿De dónde es, James? No acabo de adivinar su procedencia. A menudo reconozco los acentos sin ningún problema. La señora Davies, por ejemplo, se crió en Hampshire. ¿Lo había notado? Me cae bastante bien. Y el señor Davies también. Pero el abuelo parece un poco… Bien. No me gusta criticar, pero…» Se dio un suave golpe en la sien con un dedo y alzó los ojos hacia el techo.

Loco era la palabra que James habría utilizado en otro momento de su vida, pero se limitó a decir: «Sí, es un poco raro, ¿verdad? Pero si se esfuerza por no verlo demasiado a menudo, se dará cuenta que es bastante inofensivo».

Así pues, durante un poco más de un año vivieron en armonía y con ganas de cooperar. Cada día, James se iba a trabajar al centro mientras que Richard y Eugenie Davies acudían a sus respectivos puestos de trabajo. La generación mayor se quedaba en casa: el abuelo se ocupaba del jardín y la abuela llevaba la casa. Raphael Robson se encargaba de dar clases de violín a Gideon. Sarah-Jane Beckett le daba clases de todo, desde literatura hasta geología.

«Es maravilloso trabajar con un genio -le había confesado-. Ese niño es como una esponja, James. Sería fácil suponer que no podría sobresalir en nada que no fuera la música, pero ése no es el caso. Cuando lo comparo con el alumno que tuve el primer año que llegué al norte de Londres… -Una vez más, y como siempre, usaba la mirada para expresar el resto. El norte de Londres, donde vivía la escoria de la sociedad. Le había contado que la mitad de sus alumnos eran negros, y que la otra mitad, había hecho una pausa para impresionarle, eran irlandeses-. No es que quiera calumniar a las minorías, pero hay límites respecto a lo que uno quiere soportar en la carrera profesional que ha escogido, ¿no cree?»

Cuando Sarah-Jane no estaba con Gideon, pasaba el rato con James. Una vez le había preguntado si quería ir con ella a tomar algo al Greyhound o si prefería ir al cine. «Como amigos», le había aclarado. Sin embargo, en esas salidas de «amigos», a menudo Sarah apretaba la pierna contra la suya en la oscuridad a medida que el celuloide proyectaba las imágenes en la pantalla, o le cogía del brazo cuando entraban en el pub, y le recorría los bíceps, el hombro y la muñeca con la mano de tal manera que cuando sus dedos se tocaban parecía de lo más natural que se cogieran de la mano y que siguieran así una vez que estuvieran sentados.

«Cuéntame cosas de tu familia, James -le incitaba-. Cuéntame. Quiero saber todos los detalles.»

Así pues, se inventaba historias para ella, y ya hacía tiempo que inventar historias se había convertido en una de sus especialidades. Se sentía halagado por la atención que ella -una mujer educada de uno de los condados más adinerados de los alrededores de Londres- estaba dispuesta a mostrarle. Siguiendo sus propios consejos, se había mantenido aislado durante tantos años que el interés que Sarah-Jane Beckett demostraba hacia él le había despertado un afán de compañía que había mantenido reprimido a lo largo de casi toda su vida.

Sin embargo, ella no era el tipo de compañera que andaba buscando. Y aunque mientras pasaba esas noches con Sarah-Jane no hubiera podido decir qué tipo de compañera buscaba, la verdad es que no sentía ningún estremecimiento especial cuando le rozaba la pierna, y tampoco deseaba ningún tipo de contacto que fuera más allá del de las palmas de las manos.

Entonces llegó Katja Wolff, y con ella la situación cambió. No obstante, no había en el mundo dos personas que pudieran ser más diferentes que ellos dos.

Capítulo 7

– Quizás había quedado con su ex marido -precisó el comisario Leach respecto al hombre que Ted Wiley había visto en el aparcamiento del Club para Mayores de 6o Años-. El divorcio no implica un adiós para toda la vida. Créanme. Se llama Richard Davies. Averigüen su paradero.

– También podría ser la tercera voz masculina que oímos en el contestador -añadió Lynley.

– ¿Podría repetirme lo que decía esa voz?

Barbara Havers leyó el mensaje de sus notas:

– Parecía enfadado. -Barbara, distraída, empezó a golpear el papel con el bolígrafo-. ¿Saben? Estoy empezando a creer que nuestra Eugenie se dedicaba a enemistar a sus amigos masculinos.

– ¿Se refiere a ese otro tipo…Wiley? -le preguntó Leach.

– Es posible -apuntó Havers-. De momento, hemos oído tres voces masculinas en su contestador automático. Sabemos que, según lo que nos ha contado Wiley, estuvo discutiendo con un hombre en el aparcamiento. También sabemos que deseaba hablar con Wiley, que tenía algo que contarle, algo que él consideraba muy importante… -Havers se detuvo y miró a Lynley.

Sabía lo que estaba pensando y lo que quería decir: «También tenemos las cartas que escribía a un hombre casado y un ordenador con acceso a Internet». Era evidente que Barbara esperaba a que Lynley le diera permiso para proseguir, pero él se mantuvo en silencio; por lo tanto, terminó diciendo sin convicción:

– Si quieren saber lo que pienso, creo que deberíamos interrogar a todos los hombres que la conocían.

Leach hizo un gesto de asentimiento y añadió:

– Entonces, empiecen por Richard Davies. Consigan toda la información que puedan.

Se encontraban en la sala de incidentes, donde todos los agentes informaban sobre las actividades que les habían sido asignadas. Después de que Lynley llamara al comisario mientras regresaba a la ciudad, Leach había asignado más hombres al Departamento de Informática de la Policía Nacional, con el fin de que averiguaran el paradero de todos los Audis azul marino o negros cuya matrícula acabara con las letras ADY. Había asignado un agente a British Telecom para que redactara una lista de todas las llamadas que se habían recibido y que se habían hecho desde Doll Cottage, y había destinado otro a Cellnet para que averiguara el número del móvil desde el cual se había realizado una llamada a casa de Eugenie Davies.

De toda la información que habían reunido ese día, sólo el agente encargado del equipo forense había aportado un dato útil. Habían encontrado partículas diminutas de pintura en la ropa de la mujer muerta. También habían encontrado más de esas partículas en el cadáver, especialmente alrededor de los miembros mutilados.

– Están analizando la pintura -declaró Leach-. Una vez que hayan acabado, quizá podamos saber la marca del coche que la atropello. Pero eso llevará su tiempo. Ya saben cómo van las cosas.

– ¿Saben de qué color es la pintura? -preguntó Lynley

– Negra.

– ¿De qué color es el Boxter que han confiscado?

– Por lo que respecta a… -Leach ordenó a sus hombres que continuaran con su trabajo y se dirigió hacia la oficina-. Es de color plateado y está limpio. Tampoco esperaba que ese hombre, por muy forrado que esté, fuera a atropellar a una mujer con un motor que es más caro que la casa de mi madre. No obstante, el coche sigue confiscado, ya que eso nos está ayudando a obtener información.

Se detuvo delante de una máquina de café y metió unas cuantas monedas. Un líquido viscoso empezó a gotear lastimosamente en un vaso de plástico.

– ¿Quiere? -le preguntó Leach mientras le ofrecía el vaso.

Havers aceptó, aunque pareció arrepentirse de su decisión tan pronto como lo probó. Lynley fue más sabio y rechazó la oferta. Leach se preparó un café para él y les condujo hacia la oficina; cerró la puerta tras ellos con el codo. El teléfono estaba sonando y gritó «Leach» mientras dejaba el café sobre la mesa, se aposentaba en la silla y les indicaba a Lynley y a Havers que hicieran lo mismo. «Hola cariño -respondió a medida que se le iluminaba el rostro-. No… no… ¿cómo dices? -Se volvió hacia los dos detectives-. Esme, en este momento no puedo hablar, pero déjame que te diga que nadie ha dicho nada de volver a casarse, ¿de acuerdo?… Sí, muy bien. Ya hablaremos más tarde, cariño.» Dejó el teléfono sobre la base y exclamó:

– ¡Hijos! ¡Divorcio! ¡Una verdadera pesadilla!

Lynley y Havers profirieron muestras de comprensión. Leach tomó un sorbo de café y no hizo ninguna referencia a la llamada.

– Nuestro amigo Pitchley ha pasado por aquí esta mañana con su abogado para hablar un rato. -Les puso al día de todo lo que el hombre de Crediton Hill les había contado: que no sólo reconocía el nombre de la víctima del caso de atropellamiento y fuga, sino que la conocía y que vivía en su casa cuando la hija de la mencionada víctima fue asesinada-. Se ha cambiado el nombre de Pitchford a Pitchley por razones que no quiso explicar. Me gustaría pensar que habría descubierto su identidad tarde o temprano, pero han pasado veinte años desde que lo vi por última vez y ha llovido mucho desde entonces.

– No es de extrañar que no lo reconociera -apuntó Lynley.

– Sin embargo, ahora que sé quién es, debo decirles que hay algo que no me acaba de cuadrar en este asunto, al margen de que el Boxter sea suyo. Hay algo del tamaño de un dinosaurio que le ronda por la cabeza. Lo noto.

– ¿Se le consideró sospechoso de la muerte de la niña? -preguntó Lynley. Se percató de que Havers había pasado una hoja de la libreta y que anotaba toda la información en un papel que parecía tener manchas de salsa marrón.

– Al principio no se consideró que nadie fuera sospechoso. Hasta que no se leyeron todos los informes, parecía un caso de negligencia. Ya saben a lo que me refiero: una idiota rematada se va a contestar el teléfono mientras la niña está en la bañera. La criatura intenta coger un patito de goma. Se resbala, se da un golpe en la nuca y el resto ya se lo pueden imaginar. Un evento desafortunado y trágico, pero esas cosas pasan. -Leach sorbió un poco más de café y cogió un documento de encima de la mesa que usó para gesticular-. Sin embargo, cuando llegó el informe del forense, vimos que había moratones y fracturas de las que nadie podía dar cuenta; por lo tanto, todo el mundo se convirtió en sospechoso. Enseguida se supo que había sido la niñera. ¡Estaba hecha una buena pieza! Me puedo haber olvidado de la cara de Pitchford, pero a esa vaca alemana… no hay la más mínima posibilidad de que la olvide. Esa mujer era más fría que el hielo. Sólo nos permitió que le hiciéramos una entrevista, una, no se crean, sobre el bebé que murió estando a su cargo, y ya no dijo nada más. Ni al Departamento de Investigación Criminal ni a su abogado. A nadie. Se tomó su derecho a guardar silencio a rajatabla. Ni tampoco vertió jamás una lágrima. Pero ¿qué más se podía esperar de una alemana? La familia estaba como loca por ajustar cuentas con ella.

Por el rabillo del ojo, Lynley vio cómo Havers iba golpeando el papel con el bolígrafo. Se volvió hacia ella y vio que observaba a Leach con los ojos entornados. No era el tipo de mujer que acostumbrara a soportar ningún tipo de intolerancia -desde la xenofobia a la misoginia-y sabía que estaba a punto de hacer un comentario que no complacería al comisario en lo más mínimo. Por lo tanto, intercedió y dijo:

– Así pues, la procedencia de la chica fue un factor negativo para ella.

– Fue su maldito carácter alemán lo que la perjudicó.

– «Lucharemos contra ellos en las playas» -murmuró Havers.

Lynley le lanzó una mirada y ella se la devolvió.

O bien Leach no la oyó o bien optó por ignorarla, y Lynley se sintió agradecido. Lo último que necesitaban era discutir entre ellos a causa de las diferencias de opinión sobre lo que era políticamente correcto.

El comisario se reclinó en la silla y les preguntó:

– ¿No encontraron nada más aparte de la agenda y de los mensajes telefónicos?

– Encontramos una postal de una mujer llamada Lynn, pero de momento no nos parece que guarde ninguna relación con el caso -respondió Lynley-. Según parece, su hija murió y la señora Davies asistió al funeral.

– ¿No encontraron correspondencia? -preguntó Leach-. ¿Cartas, facturas o similares?

– No -contestó Lynley sin mirar a Havers-. No encontramos correspondencia. Sin embargo, hallamos un baúl repleto de material relacionado con su hijo: periódicos, revistas y programas de conciertos. El comandante Wiley nos contó que Gideon y la señora Davies no se veían, pero por la colección de recortes que guardaba, llegamos a la conclusión de que la señora Davies no era la causante de ese distanciamiento.

– ¿Creen que fue el hijo? -preguntó Leach.

– O quizás el padre.

– Eso nos lleva otra vez a la discusión del aparcamiento.

– Sí. Es posible.

Leach apuró la bebida y estrujó el vaso de plástico.

– No obstante, ¿no les parece extraño haber encontrado tan poca información en la mismísima casa de la víctima?

– Era un lugar con cierto aire monástico, señor.

Leach observó a Lynley, y éste se fijó en Leach. Barbara Havers no paraba de garabatear en su libreta. Durante un momento nadie dijo nada. Lynley esperaba que el comisario le diera la información que quería. Leach no lo hizo. Se limitó a decir:

– Entonces, vayan a interrogar a Davies. No creo que sea muy difícil averiguar su paradero.

El plan ya estaba decidido y ya les habían asignado su quehacer, y con toda rapidez Lynley y Havers se encontraron de nuevo en la calle rumbo a sus respectivos coches. Havers se encendió un cigarrillo y le preguntó:

– ¿Qué piensas hacer con esas cartas, inspector?

Lynley sabía perfectamente a qué cartas se refería.

– Se las devolveré a Webberly -respondió-cuando llegue el momento.

– Si se las devolvemos… -Havers dio una larga calada y exhaló el humo en un arranque de frustración-. Si se corre la voz de que las has cogido del escenario del crimen y de que no las has entregado… mejor dicho, que las hemos cogido y que no las hemos entregado… ¡Maldita sea! ¿Te das cuenta de la situación en la que nos encontraremos, inspector? Y, además, está el ordenador ese. ¿Por qué no le has dicho lo del ordenador a Leach?

– Se lo diré, Havers -respondió Lynley-, cuando sepa con exactitud lo que contiene.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó Barbara-. Eso es ocultar…

– Escucha, Barbara. En este momento sólo hay una manera de que el hecho de que tengamos el ordenador y las cartas se haga público, y sabes muy bien a lo que me estoy refiriendo. -La miró fijamente y esperó a que atara cabos.

Le cambió la expresión de la cara al responder:

– No soy ninguna chivata, inspector. -Él se dio cuenta de lo mucho que Barbara se había ofendido.

– Ese es el motivo por el que trabajo contigo, Barbara -añadió mientras desactivaba el sistema de seguridad del Bentley. Abrió la puerta antes de volver a dirigirle la palabra, y por encima del techo le dijo-: Si me han asignado este caso para proteger a Webberly, quiero saberlo y que me lo digan a la cara y sin rodeos. ¿No te parece?

– Lo que me parece es que no quiero meterme en líos -le respondió Havers-. Uno de nosotros dos fue degradado hace dos meses, y si la memoria no me falla, no fuiste tú precisamente. -Tenía el rostro pálido, y observaba a Lynley con una expresión que no era propia de la beligerante agente con la que hacía años que trabajaba. En los últimos cinco meses había sufrido una derrota tanto profesional como psicológica, y Lynley cayó en la cuenta de que de él dependía que no sufriera otra.

– Havers, ¿preferirías dejar el caso? No hay ningún problema. Una llamada telefónica y…

– No quiero dejarlo.

– Pero podría convertirse en un caso complicado. De hecho, ya lo es. Entiendo perfectamente que puedas…

– No digas tonterías. No pienso dejarlo, inspector. Tan sólo quiero que hagamos las cosas con cuidado.

– Ya lo hacemos -le aseguró Lynley-. Las cartas de Webberly no guardan ninguna relación con el caso.

– Espero que tengas razón -le contestó Havers. Se apartó del Bentley-. Así pues, sigamos. ¿Qué nos toca hacer a continuación?

Lynley pensó en lo que Barbara le acababa de decir y consideró durante un momento cuál sería la mejor manera de enfocar lo que les habían acabado de asignar.

– Barbara, tienes todo el aspecto de necesitar ayuda espiritual -le dijo-. Averigua la dirección del convento de la Inmaculada Concepción.

– ¿Y tú qué piensas hacer?

– Seguiré el consejo de nuestro comisario. Iré a ver a Richard Davies. Si no ha pasado mucho tiempo desde que hablara con su ex mujer o la viera, quizá sepa lo que ésta le quería confesar a Wiley

– Tal vez quisiera hablarle de él -apuntó Barbara Havers.

– Es una posibilidad -contestó Lynley.

Cuando Jill Foster era una estudiante de quince años, nunca había tenido dificultad alguna para hacer todos los deberes que le mandaban en clase. Había leído todo Shakespeare (antes de los veinte), había recorrido Irlanda de punta a punta en autostop (a los veintiuno), había estudiado dos carreras en Cambridge (antes de cumplir los veintidós), había viajado sola por la India (a los veintitrés), había explorado el río Amazonas (a los veintiséis), había bajado el Nilo en canoa (a los veintisiete), estaba escribiendo un estudio definitivo sobre Proust (todavía en proceso), estaba adaptando las novelas de F. Scott Fitzgerald para la televisión (también en proceso)…

Jill Foster nunca había experimentado el menor incidente a lo largo de su vida, ni en el ámbito deportivo ni en el intelectual.

Sin embargo, en su vida personal había sufrido muchas más dificultades. Se había propuesto casarse y tener hijos antes de cumplir los treinta y cinco, pero le había parecido más difícil de lo que en un principio se había imaginado, ya que su propósito implicaba la cooperación entusiasta de otra persona. Había deseado casarse y tener hijos, y en ese orden. Sí, estaba muy de moda vivir con alguien. Uno de cada tres cantantes, estrellas de cine o atletas profesionales eran una prueba fehaciente de ello, y se les felicitaba a diario en la prensa sensacionalista por su fútil habilidad de reproducirse, como si el acto de reproducción en sí mismo precisara de un talento especial que tan sólo ellos tenían. No obstante, Jill no era el tipo de mujer que se dejara influenciar con facilidad por cualquier cosa que pareciera estar en boga, especialmente por lo que respectaba a su Lista Personal de Logros. Uno no conseguía lo que quería tomando atajos que no eran más que meras modas pasajeras.

Las secuelas de la relación que había mantenido con Jonathon le habían minado durante un tiempo la confianza que tenía en sus propias habilidades para llevar a cabo sus objetivos maritales y maternales. Pero entonces Richard había aparecido en su vida, y pronto se dio cuenta de que podría conseguir lo que hasta entonces le había sido negado. En el mundo de sus abuelos -incluso en el de sus padres- haberse convertido en amante de Richard antes de llegar a un compromiso formal habría sido considerado algo tanto temerario como ruinoso. De hecho, seguro que en la actualidad aún existían más de una docena de columnistas de consultas sentimentales cuyo consejo -teniendo en cuenta lo que se proponía Jill- habría sido esperar el anillo, las campanas de la iglesia y el confeti antes de embarcarse en ningún tipo de intimidad con el novio en cuestión, o, como mínimo, haber utilizado lo que en términos eufemísticos se designaba «precauciones», hasta que el trato quedara firmado, sellado y registrado tal y como era costumbre. Pero el hecho de que Richard hubiera ido tras ella después de que Jonathon se negara a dejar a su mujer constituía una fase de su vida que era halagüeña y esencial a la vez. El deseo que él sentía por ella había causado que ella le deseara de igual forma, y estaba muy satisfecha de sus sentimientos, ya que, después de Jonathon, había empezado a preguntarse si alguna vez volvería a ser capaz de sentir esa pasión desenfrenada -diferente a cualquier pasión-por otro hombre.

Además, Jill había reparado en que esa pasión estaba estrechamente ligada al hecho de la fecundación. Quizás hubiera sido consecuencia de la naciente certeza de que le quedaban muy pocos años para ser madre, pero cada vez que ella y Richard hacían el amor en esos primeros meses, su cuerpo se había esforzado por atraerlo hasta lo más profundo de su ser, como si el mero hecho de aproximarse más a él pudiera garantizar que su contacto físico engendraría un hijo.

Así pues, había hecho las cosas al revés, pero ¿qué importaba? Estaban contentos de estar juntos, y Richard se le entregaba totalmente.

Aun con todo, a veces tenía sus dudas, producidas por el recuerdo de las promesas y las mentiras de Jonathon. Y, a pesar de que cada vez que le surgían esas dudas se repetía a sí misma que esos dos hombres eran totalmente diferentes, había momentos en que un gesto de preocupación en el rostro de Richard o un silencio en medio de una discusión desencadenaba en su interior un sinfín de preocupaciones; cuando eso ocurría, tenía que hacer un gran esfuerzo para convencerse de que ese desasosiego era innecesario e irreal.

«Aunque Richard y yo no llegáramos a casarnos -se repetía a sí misma en los peores momentos-, Catherine y yo estaríamos perfectamente. ¡Por el amor de Dios! Siempre puedo recurrir a mi carrera profesional. Además, ya hace mucho tiempo que ha pasado la época en la que las madres solteras se consideraban parias de la sociedad.»

«Pero, de hecho, eso no era lo más importante», le razonaba un alma que solía hacer planes con mucha antelación. «Lo más importante era el matrimonio, el marido y la familia, que a su modo de ver estaba formada por padre, madre e hijo.»

Así pues, le dijo dulcemente a Richard con esa idea en la mente:

– Cariño, si lo vieras, estoy convencida de que te gustaría.

Se encontraban en el coche de Richard e iban de Shepherd's Hush a South Kensington para reunirse con el agente inmobiliario encargado de tasar el piso de Richard. Según la mentalidad de Jill, estaban avanzando en la dirección correcta porque era obvio que, cuando naciera la niña, no podrían vivir en famille en Braemar Mansions. No tenían suficiente espacio.

Se sentía satisfecha en secreto porque Richard había manifestado su intención de casarse con ella, pero no alcanzaba a entender por qué no podían dar el paso siguiente e ir a ver una casa idónea -totalmente reformada-que ella había encontrado en Harrow. El hecho de que fueran a mirarla no implicaba que tuvieran que comprarla, por el amor de Dios. Y como ella aún no había puesto su piso a la venta -cuando ella lo había sugerido, Richard le había respondido: «No nos vayamos a quedar sin casa los dos a la vez»-, había muy pocas probabilidades de que ir a ver una casa en venta implicara que la fueran a comprar ese mismo día.

– Te daría una idea de lo que tengo pensado para nosotros -le dijo-. Y si cuando la veas no te gusta, como mínimo sabremos de inmediato que no es lo que quieres y podré adaptarme a tus gustos.

Era obvio que no tenía ninguna intención de hacerlo. Simplemente tendría que actuar de una forma prudente y sutil para conseguir convencerle.

– No tengo ninguna necesidad de verla para saber lo que tienes en mente, cariño -le respondió Richard mientras avanzaban con dificultad a través de un tráfico que, teniendo en cuenta la hora del día, no era tan denso como de costumbre-. Comodidades modernas, doble cristal en las ventanas, moqueta y un gran jardín tanto en la parte delantera como en la trasera. -Se volvió hacia ella y le sonrió con ternura-. Si me dices que no es verdad, te invito a cenar.

– Tendrás que invitarme de todas formas -le respondió-. Si tengo que permanecer en pie mientras cocino, se me pondrán las piernas como dos jamones.

– Dime que me he equivocado respecto a la casa.

– Ya sabes que has acertado. -Se rió. Le acarició con cariño, y le pasó los dedos por encima de la sien, totalmente cubierta de pelo cano-. Y no empieces a sermonearme, si es eso lo que piensas hacer, ¿de acuerdo? No he hecho ningún esfuerzo por encontrarla. El agente inmobiliario simplemente me llevó hasta Harrow.

– Tal y como debería ser -respondió Richard. Le acarició el estómago, enorme a más no poder, la piel tirante cual timbal-. ¿Estás despierta, Cara Ann?

«Catherine Ann», le corrigió pacientemente, pero no en voz alta. En cierta manera, se había recuperado del desasosiego con el que había llegado al piso de Shepherd's Bush esa misma mañana. No había necesidad de hacerlo enfadar de nuevo. Aunque era poco probable que una discusión sobre el nombre de su futura hija pudiera causar un cataclismo emocional, creía que lo que Richard había tenido que sufrir bien merecía su comprensión.

«Ya no amaba a esa mujer», se repitió a sí misma. Después de todo, hacía muchos años que estaban divorciados. Se había alterado tanto porque había sufrido un sobresalto muy desagradable al contemplar el cadáver ensangrentado de alguien con quien una vez había compartido la vida. Eso podía consternar a cualquiera, ¿o no? Si le hubieran pedido que identificara el cuerpo mutilado de Jonathon Stewart, ¿no habría ella reaccionado de la misma manera?

Con esas ideas en mente, decidió que podrían llegar a un acuerdo con respecto a la casa de Harrow. Estaba segura de que su obstinación haría que él se comprometiera. Haciendo una concesión, le dijo:

– De acuerdo. Hoy no iremos a Harrow. No obstante, Richard, ¿estás de acuerdo con lo de las comodidades modernas?

– ¿Con que tengamos cañerías decentes y doble cristal en las ventanas? -le preguntó-. ¿Moqueta, lavavajillas y todo lo demás? Me atrevo a decir que puedo vivir con todo eso, siempre que tú también estés, las dos, claro está. -Le dedicó una sonrisa, pero ella todavía notó cierta profundidad en sus ojos, una especie de pesar por lo que podría haber sido.

«Sin embargo, no es posible que todavía ame a Eugenie -pensó con insistencia-. No es posible y no puede, porque aunque la amara, está muerta. Está muerta.»

– Richard -prosiguió-, he estado pensando en los pisos, en el tuyo y en el mío. ¿Cuál crees que deberíamos vender primero?

Frenó para detenerse en un semáforo cerca de la estación de Notting Hill, donde una desagradable multitud ataviada con la ropa negra tan característica de Londres obstruía las calles y las ensuciaba con su parte de basura.

– Creía que todo eso ya estaba decidido.

– Sí, es verdad, pero he estado pensando…

– ¿Qué? -Parecía andar con pies de plomo.

– Bien, creo que mi piso se vendería más fácilmente, eso es todo: lo he reformado y modernizado de arriba abajo, el edificio es muy elegante y el barrio es inmejorable. Además, es de propiedad absoluta. Supongo que nos daría suficiente dinero para poder invertirlo en la casa sin que tengamos que esperar a vender los dos pisos antes de que tengamos una casa para todos.

– Pero… si ya habíamos tomado una decisión -replicó Richard-. Y el agente inmobiliario está a punto de llegar…

– Seguro que podemos aplazar la cita. Podemos decirle que hemos cambiado de opinión. Cariño, seamos francos. Tu piso ha quedado anticuado. Es más viejo que Matusalén. Además, le quedan menos de cincuenta años de arrendamiento. El edificio no está mal del todo, si los propietarios se decidieran a arreglarlo, pero pasarán meses antes de que puedas venderlo. Mientras que el mío… Seguro que te das cuenta de lo diferentes que podrían ser las cosas.

El semáforo se puso en verde y continuaron avanzando entre el tráfico. Richard no pronunció ni una palabra hasta que giró por el paraíso de tiendas de antigüedades que era Kensington Church Street.

– Meses. Sí, de acuerdo. Tal vez tarde meses en vender mi piso. ¿Qué problema hay? De todas maneras, no podrás cambiarte de casa en los próximos seis meses.

– Pero…

– Sería imposible en el estado en que te encuentras, Jill. Peor aún, sería una tortura y podría ser peligroso. -Giró delante de la iglesia Carmelita y continuó avanzando entre autobuses y taxis hacia Palace Gate y South Kensington. Continuó calle arriba y dobló la esquina en Cornwall Gardens-. ¿Estás nerviosa, cariño? Apenas has dicho nada sobre el hecho de tener un hijo. Y yo últimamente he estado bastante preocupado, primero Gideon, ahora este… este otro asunto, y no te he cuidado como debería. Soy consciente de ello.

– Richard, entiendo tu preocupación por Gideon. No quiero que pienses que…

– Lo único que pienso es que te adoro, que vamos a tener un hijo y que vamos a establecer nuestra vida juntos. Y si deseas que pase más tiempo contigo en Shepherd's Bush ahora que casi estás a punto de salir de cuentas, estaré encantado de hacerlo.

– Ya pasas todas las noches conmigo. No te puedo pedir nada más, ¿no crees?

Dio marcha atrás y aparcó a unos veinticinco metros de Braemar Mansions, apagó el motor y se volvió hacia ella:

– Me puedes pedir lo que quieras, Jill. Y si te hace feliz poner tu piso a la venta antes que el mío, entonces también me hace feliz a mí. Pero no quiero tener nada que ver con un traslado de casa hasta que hayas dado a luz y te hayas recuperado de ello, y dudo mucho que tu madre esté en desacuerdo conmigo.

Ni siquiera Jill podía estar en desacuerdo. Sabía que a su madre le daría un ataque si la veía empaquetando todas sus pertenencias y yendo de un sitio a otro que no fuera de la cocina al lavabo antes de que hubieran pasado tres meses desde el parto. «El nacimiento de un hijo hace que el cuerpo de la madre sufra un trauma, cariño -le habría dicho Dora Foster-. Mímate. Quizá sea la única oportunidad que tengas de hacerlo.»

– ¿Bien? -le preguntó Richard sonriéndole con dulzura-. ¿Qué me contestas?

– ¡Eres tan horriblemente lógico y razonable! ¿Cómo quieres que discuta contigo? Tienes razón en lo que has dicho.

Se inclinó hacia ella, la besó y le dijo:

– Eres afable incluso en los momentos de derrota. Y si no me equivoco -señaló el antiguo edificio eduardiano mientras daba la vuelta al coche y la ayudaba a bajar-, nuestro agente inmobiliario es muy puntual. Y creo que eso es muy buena señal.

Jill esperó que así fuera. Un hombre alto y rubio estaba subiendo las escaleras de la entrada principal de Braemar Mansions, y a medida que Jill y Richard se acercaban, observó la hilera de timbres y apretó el que parecía ser el de Richard.

– Nos está buscando a nosotros, ¿verdad? -gritó Richard.

El hombre se dio la vuelta y le preguntó:

– ¿El señor Davies?

– Sí.

– Thomas Lynley -le contestó-. Del Nuevo Departamento de Scotland Yard.

Lynley, al presentarse, solía fijarse en las reacciones de la gente que no esperaba su visita, y eso mismo es lo que hizo a medida que el hombre y la mujer de la acera se detenían antes de empezar a subir las escaleras de un edificio venido a menos situado en el extremo oeste de Cornwall Gardens.

La mujer seguramente sería delgada en circunstancias normales, pero en ese momento estaba hinchada debido al embarazo. Los tobillos, por ejemplo, eran del tamaño de una pelota de tenis, y le hacían resaltar excesivamente los pies, que ya eran grandes y desproporcionados con su altura. Andaba bamboleándose de un lado a otro como si quisiera mantener el equilibrio.

Davies, en cambio, andaba encorvado, y no había duda que esa curvatura empeoraría a medida que se hiciera mayor. Su pelo había perdido el color original -bermejo o rubio, no era fácil de adivinar- y lo llevaba peinado hacia atrás sin hacer ningún esfuerzo por ocultar su finura.

Tanto Davies como la mujer parecieron sorprendidos cuando Lynley se presentó, quizá la mujer un poco más porque se quedó mirando a Davies, y le dijo: «¿Richard? ¿Scotland Yard?», como si necesitara su protección o se preguntara por qué la policía había ido a verles.

– ¿Se trata de… -preguntó Davies, pero no continuó, probablemente porque se dio cuenta de que las escaleras principales no eran el mejor lugar para entablar una conversación con un agente de policía-. Entre. Estábamos esperando a un agente inmobiliario. Nos ha sorprendido mucho verle a usted aquí. A propósito, ésta es mi prometida.

Prosiguió diciendo que se llamaba Jill Foster. Debía de tener unos treinta años -era sencilla, pero tenía una piel muy bonita y el pelo, del color de las pasas de Corinto, le llegaba hasta debajo de las orejas-y, al verla, Lynley se había imaginado que debía de ser una de las hijas de Davies o quizás una sobrina. Le hizo un gesto de asentimiento, sin pasar por alto la tensión con la que asía el brazo de Davies.

Davies les hizo entrar en el edificio y subió las escaleras hasta un piso de la primera planta. Tenía una sala de estar que daba a la calle, un oscuro rectángulo interrumpido por una ventana que en ese momento tenía las cortinas corridas. Davies, que se disponía a abrir las cortinas, le dijo a su prometida:

– Siéntate, cariño. Pon los pies en alto. -Luego se volvió hacia Lynley-. ¿Le apetece tomar algo? ¿Té? ¿Café? Estamos esperando a un agente inmobiliario, tal y como ya le he dicho, y no pasará mucho tiempo antes de que llegue.

Lynley les aseguró que su visita no sería muy larga, y aceptó una taza de té para poder ganar tiempo y echar un vistazo a la confusión de pertenencias que atestaba la sala de estar. Éstas consistían en fotografías caseras de escenas al aire libre, innumerables fotografías del virtuoso hijo de Davies, y una colección de bastones tallados a mano que estaban dispuestos en círculo sobre la chimenea, al estilo en que se exhiben las armas en los castillos escoceses. También había un exceso de muebles de antes de la guerra, montones de periódicos y revistas, y un despliegue de otros recuerdos relacionados con la carrera de violinista de su hijo.

– Richard lo guarda todo -le dijo Jill Foster a Lynley mientras sesentaba con cuidado sobre una silla que requería que la tapizaran y la rellenaran de nuevo, ya que mechones de lo que parecían trozos de algodón amarillentos salían disparados como si fueran las primeras flores de primavera-. Debería ver las otras habitaciones.

Lynley cogió una fotografía del violinista de cuando era niño. Estaba de pie instrumento en mano, mirando atentamente a lord Menuhin, que también le miraba con el instrumento en la mano y le sonreía con ternura.

– ¿Gideon? -preguntó Lynley.

– El irrepetible, el inimitable -respondió Jill Foster.

Lynley la observó. Ella le sonrió, quizá para borrar la amargura de sus palabras, y añadió:

– La alegría de Richard. El centro de su vida. Es comprensible, pero a veces es agotador.

– Supongo que sí. ¿Cuánto tiempo hace que conoce al señor Davies?

Con un gruñido y un esfuerzo por levantarse, exclamó:

– ¡Ostras! ¡Esto es incomodísimo! -Se levantó del sillón que había escogido, se sentó en el sofá, levantó las piernas y se puso un cojín bajo los pies-. ¡Santo Cielo! ¡Aún me quedan dos semanas! Empiezo a comprender por qué lo llaman «salir de cuentas». -Apoyó la espalda en otro cojín. Ambos estaban tan gastados como el mobiliario-. Hace tres años.

– ¿Está contento de volver a ser padre?

– Sí -contestó Jill-. Y eso que la mayoría de hombres de su edad ya son abuelos. Pero sí, a pesar de su edad, está contento.

Lynley sonrió, y anunció:

– Mi mujer también está embarazada.

La expresión del rostro de Jill cambió ligeramente; una conexión se había establecido entre ellos.

– ¿De verdad? ¿Será el primero, inspector?

Lynley asintió con la cabeza y respondió:

– Debería seguir el ejemplo del señor Davies. Parece encantado.

Jill sonrió y le miró de buen humor.

– Es igual que una clueca: «No subas la escalera demasiado rápido, Jill. No uses transporte público. No conduzcas si hay mucho tráfico. No. Sencillamente no conduzcas, cariño. No salgas a pasear sin que nadie te acompañe. No bebas nada que tenga cafeína. Llévate el móvil a todas partes. Evita las multitudes, el humo del tabaco y los conservantes». La lista es interminable.

– Está preocupado por usted.

– Sí, es bastante halagador, pero a veces me entran ganas de encerrarle dentro de un armario.

– ¿Tuvo la oportunidad de hablar con su ex mujer? Del embarazo, me refiero.

– ¿Con Eugenie? No. Nunca llegamos a conocernos. Ex esposas y esposas actuales. Bien, en mi caso, futura esposa. A veces pienso que es de sabios mantenerlas aparte, ¿no cree?

En ese momento Richard Davies volvió a entrar en la sala; llevaba una bandeja de plástico en la que había una taza y un platillo de té, una jarra de leche y un cuenco con terrones de azúcar. Le preguntó a su prometida:

– Cariño, tú no querías té, ¿verdad?

Jill le respondió que no. Richard se sentó junto a ella y, después de dejar el té de Lynley sobre la mesita que había al lado del sillón en el que Jill se había sentado al principio, levantó los doloridos e hinchados pies de Jill y los colocó sobre su regazo.

– ¿Qué podemos hacer por usted, inspector? -le preguntó.

Lynley sacó una libreta del bolsillo de la chaqueta. Le pareció una pregunta interesante. De hecho, el comportamiento de toda la familia Davies le parecía interesante. Era incapaz de recordar la última vez que le habían ofrecido una taza de té de bienvenida después de presentarse en una casa sin avisar y de darse a conocer. La reacción normal a una visita inesperada de la policía solía implicar sospecha, alarma y ansiedad, por mucho que intentara ocultarlo la persona que recibía la visita.

Davies, como si respondiera a lo que Lynley estaba pensando, dijo:

– Supongo que ha venido por lo de Eugenie. No he podido ser de gran ayuda cuando sus colegas de Hampstead me han pedido que… bien, que la identificara. Hacía años que no veía a Eugenie y las heridas… -Levantó las manos de debajo de los pies de su prometida e hizo un gesto de impotencia.

– Sí -respondió Lynley-. He venido a hablar de la señora Davies.

En ese momento Richard Davies miró a su prometida y le preguntó:

– ¿No preferirías acostarte un rato, Jill? Ya te avisaré cuando llegue el agente inmobiliario.

– Estoy bien -le replicó-. Comparto tu vida, Richard.

Le apretó la pierna y se volvió hacia Lynley.

– Si ha venido hasta aquí, entonces es que era Eugenie. Habría sido demasiado optimista pensar que otra persona tuviera su documentación.

– Era la señora Davies -le confirmó Lynley-. Lo siento.

Davies hizo un gesto de asentimiento, pero no parecía afligido.

– Han pasado casi veinte años desde que la viera por última vez. Siento mucho que haya sufrido ese accidente, pero la pérdida, nuestro divorcio, sucedió hace mucho tiempo. He tenido muchos años para recuperarme de su muerte, si entiende lo que le quiero decir.

Lynley lo entendía perfectamente. Si Davies hubiera estado lamentando su pérdida desde entonces, eso implicaría una devoción digna de la antigua diosa romana Victoria o una obsesión enfermiza, y ambas cosas venían a ser lo mismo. Sin embargo, Davies tenía una idea equivocada que hacía falta corregir.

– Me temo que no fue un accidente. Su ex mujer fue asesinada, señor Davies.

Jill Foster se incorporó y dejó caer el cojín en el que apoyaba la espalda; luego exclamó:

– Pero no… Richard, ¿no me dijiste que había…?

Richard Davies se quedó mirando a Lynley fijamente, las pupilas cada vez más dilatadas.

– Me dijeron que era una caso de atropellamiento y fuga -precisó Davies.

Lynley se lo explicó. La información que le habían dado era incompleta porque aún no habían recibido el informe del médico forense. Un examen inicial del cuerpo de la mujer muerta -por no decir nada del lugar en el que había sido encontrada- les había hecho concluir que había sido atropellada por alguien que se había dado a la fuga. Sin embargo, un examen más detallado había revelado que la habían atropellado más de una vez, que alguien había movido el cadáver de sitio, y que las marcas de neumático que habían encontrado en el cuerpo y en la ropa indicaban que todo había sido realizado por el mismo coche. Por lo tanto, el conductor del coche era un asesino, y la muerte no podía ser considerada accidente, sino homicidio.

– ¡Santo Cielo! -Jill alargó la mano para coger la de Richard Davies, pero éste no se la cogió. Parecía haberse adentrado en sí mismo, aturdido, en un lugar oscuro del que ella no podía sacarle.

– Pero ni siquiera me insinuaron que… -Se quedó mirando al vacío, murmurando-. ¡Dios mío! La situación no podría ser peor. -Se volvió hacia Lynley-. Tendré que decírselo a Gideon. ¿Me permitirá que sea yo el que se lo cuente a mi propio hijo? Hace meses que no se encuentra bien. Es incapaz de tocar. La noticia podría provocar… ¿Dejará que sea yo el que se lo cuente? Aún no habrá salido en los periódicos, ¿verdad? ¿En el Evening Standard? No saldrá publicado antes de que se lo cuente a Gideon, ¿verdad?

– Eso es asunto de la oficina de prensa -respondió Lynley-. Pero no publicarán la noticia hasta que haya sido notificada a los familiares. Y usted nos puede ser de ayuda con eso. Aparte de Gideon, ¿hay otros miembros en la familia?

– Los hermanos de Eugenie, pero sólo Dios sabe dónde pueden estar. Sus padres estaban vivos hace veinte años, pero quizás hayan muerto. Frank y Lesley Staines. Frank era cura anglicano, puede empezar por él e intentar averiguar su paradero a través de la iglesia.

– ¿Y los hermanos?

– Tenía uno más pequeño y uno mayor que ella. Douglas e Ian. Una vez más, no sabría decirle si están vivos o muertos. Cuando conocí a Eugenie, ésta hacía tiempo que no veía a ningún miembro de su familia, y no los vio ni una sola vez durante el tiempo en que estuvimos casados.

– Intentaremos encontrarlos. -Lynley cogió la taza de la que colgaba una bolsa de té Typhoo de uno de los lados. La quitó y vertió una nube de leche-. ¿Y usted, señor Davies? ¿Cuándo fue la última vez que vio a su ex mujer?

– Cuando nos divorciamos. Debe de hacer unos dieciséis años. Tuvimos que firmar ciertos papeles, y fue entonces cuando la vi.

– ¿Y desde entonces?

– Nada. Sin embargo, había hablado con ella hace poco.

Lynley dejó la taza y le preguntó:

– ¿Cuándo?

– Me había estado llamando con regularidad para preguntarme por Gideon. Se había enterado de que no estaba bien. Supongo que fue… -Se volvió hacia su prometida-. ¿Cuándo tuvo lugar ese concierto horroroso, cariño?

Jill Foster lo miró tan fijamente que era obvio que él sabía perfectamente el día que se había hecho ese concierto.

– El treinta de julio, ¿no?

– Sí, eso es. -Se volvió hacia Lynley-. Eugenie empezó a llamar poco tiempo después. No recuerdo cuándo fue exactamente. Quizás alrededor del quince de agosto. Desde entonces estuvimos en contacto.

– ¿Cuándo habló con ella por última vez?

– ¿Algún día de la semana pasada? No lo recuerdo con exactitud. No se me ocurrió anotarlo. Llamó aquí y dejó un mensaje. Le devolví la llamada. No había mucho que contarle; por lo tanto, la conversación fue breve. Gideon, le agradecería mucho que mantuviera en secreto lo que voy a contarle, inspector, padece pánico agudo a tocar en público. Hemos dicho a todo el mundo que se trata de agotamiento, pero eso es una especie de eufemismo. Eugenie no se lo creyó, y supongo que el público no se lo creerá durante mucho más tiempo.

– ¿No visitó a su hijo? ¿No se puso en contacto con él?

– Si lo hizo, Gideon no me lo ha contado. Y me sorprendería mucho, inspector, porque Gideon y yo estamos muy unidos.

La prometida de Davies bajó los ojos. Lynley pensó que tal vez esa devoción entre hijo y padre sólo existiera por una parte, que tal vez sólo fuera instigada por Richard Davies.

– Tenemos la certeza de que su mujer se dirigía a ver a un hombre que vive en Hampstead. Llevaba su dirección apuntada. Se llama J.W. Pitchley, pero es posible que le conozca por su nombre anterior, James Pitchford.

Davies dejó de acariciar los pies de Jill Foster con las manos. Se quedó más quieto que una escultura en tamaño natural de Rodin.

– ¿Le recuerda? -le preguntó Lynley.

– Sí, le recuerdo. Pero… -Se volvió de nuevo hacia su prometida-. Cariño, ¿estás segura de que no quieres acostarte un rato?

La expresión de su rostro evidenció de modo inconfundible sus intenciones: en ese momento no habría nadie capaz de convencerla de que se fuera a descansar a la cama.

– Olvidarme de alguien de esa época de mi vida habría sido prácticamente imposible, inspector. Usted tampoco lo habría hecho si la hubiera vivido. James vivió con nosotros unos cuantos años antes de que Sonia, nuestra hija… -Dejó la frase inacabada e hizo un gesto con los dedos como para explicar el resto.

– ¿Sabe si su ex mujer seguía en contacto con este hombre? Le hemos entrevistado, pero lo niega. No obstante, ¿le habló de él su ex mujer durante alguna de sus conversaciones telefónicas?

Davies negó con la cabeza y contestó:

– Nunca hablamos de ningún tema que no guardara relación con Gideon o con su salud.

– ¿Jamás le contó nada de su familia, de la vida que llevaba en Henley-on-Thames, o de los amigos que había hecho allí? ¿O de posibles amantes?

– Nunca me contó nada de eso, inspector. Eugenie y yo no nos separamos en las mejores circunstancias. Un día se marchó de casa y eso fue todo. No hubo explicaciones ni discusiones ni excusas. Un día estaba allí, al día siguiente ya se había ido, y cuatro años más tarde sus abogados se pusieron en contacto conmigo. Así pues, nuestra relación no se caracterizaba precisamente por la amabilidad. Debo admitir que no me entusiasmó demasiado recibir noticias suyas.

– ¿Le parece probable que estuviera saliendo con otro hombre cuando se marchó? ¿Con alguien que pudiera haber entrado de nuevo en su vida?

– ¿Se refiere a Pitches?

– Pitchley -le corrigió Lynley-. Sí. ¿Cree que podría haber estado liada con Pitchley cuando éste se hacía llamar James Pitchford?

Davies pensó en ello y respondió:

– Era mucho más joven que Eugenie, tal vez unos quince años. ¿O sólo diez? Pero Eugenie era una mujer atractiva; por lo tanto, supongo que puede que hubiera algo entre ellos. Permítame que le sirva otro té, inspector.

Lynley aceptó el ofrecimiento. Davies apartó las piernas de Jill Foster con cuidado, se levantó y se dirigió hacia la cocina. El sonido del agua les indicó que había tenido que esperar uno o dos minutos a que hirviera el agua de la tetera. Lynley se preguntó sobre el tiempo que eso le habría hecho ganar. ¿Por qué quería y necesitaba ese tiempo? Era cierto que la noticia le había cogido por sorpresa y que por la mañana ya había tenido que afrontar una experiencia desagradable; además, Davies pertenecía a una generación para la que cualquier exteriorización de los sentimientos equivalía a pasearse por Picadilly Circus con el torso desnudo. Asimismo, su prometida observaba con atención cada una de sus reacciones; por lo tanto, el hombre tenía motivos para querer estar un rato solo y recobrar la calma. Pero, aun así…

Richard Davies regresó a la sala, pero esa vez también llevaba un vaso de zumo de naranja. Se lo entregó a su prometida y le dijo:

– Te hacen falta vitaminas, Jill.

Lynley cogió su taza de té, le dio las gracias y prosiguió:

– Su mujer salía con un hombre en Henley-on-Thames, un hombre llamado Wiley. ¿Le habló de él durante alguna de sus conversaciones?

– No -contestó Davies-. De verdad, inspector, nos limitábamos a hablar de Gideon.

– El comandante Wiley nos contó que Gideon y su madre estaban un poco distanciados.

– ¿De verdad? -le preguntó Davies-. Yo no lo definiría así. Eugenie se marchó un día y nunca más regresó. Si quiere llamarlo distanciamiento, supongo que puede hacerlo. Pero yo más bien lo llamaría abandono.

– ¿Qué sabe de sus pecados? -preguntó Lynley.

– ¿Cómo dice?

– Le dijo al comandante Wiley que deseaba confesarle algo. Quizá se estaba refiriendo al hecho de haber abandonado a su hijo y a su marido. A propósito, nunca llegó a hacer su confesión. O, como mínimo, eso es lo que nos ha contado el comandante Wiley.

– ¿Cree que ese Wiley…?

– En este momento sólo estamos recogiendo información, señor Davies. ¿Le gustaría añadir algo más a lo que ya me ha dicho? ¿Hay algo que su ex mujer le dijera que en ese momento no le pareciera importante pero que ahora…?

– Cresswell-White -respondió Davies en un tono casi meditativo; sin embargo, cuando repitió el nombre lo hizo con mucha más convicción-: Sí, existía un tal Cresswell-White. Recibí una carta de él, y supongo que Eugenie también debía de haber recibido una.

– ¿Y Cresswell-White es…?

– Seguro que también recibió una carta de él, porque cuando dejan en libertad a los asesinos, tienen por costumbre informar a las familias. Por lo menos, eso era lo que ponía en mi carta.

– ¿Asesinos? -preguntó Lynley-. ¿Ha tenido noticias del asesino de su hija?

A modo de respuesta, Richard Davies abandonó la sala, recorrió un corto pasillo y entró en una habitación. A continuación se oyó el ruido de cajones y de armarios abriéndose y cerrándose. Cuando volvió, llevaba un sobre de tamaño legal que le entregó a Lynley. Contenía una carta de un tal don Bertram Cresswell-White, abogado de categoría superior y demás títulos, y había sido enviada desde el número cinco de Paper Buildings, Temple, Londres. Informaba al señor Richard Davies de que la prisión de su Majestad de Holloway dejaría en libertad condicional a la señora Katja Wolff en la fecha que se indicaba a continuación. Si la mencionada señora Katja Wolff hostigaba, amenazaba o establecía cualquier tipo de contacto con el señor Davies, éste debía informar de inmediato al señor Cresswell-White, abogado de categoría superior.

Lynley leyó la carta y prestó especial atención a la fecha: doce semanas antes de que Eugenie Davies muriera.

– ¿Ha intentado ponerse en contacto con usted? -le preguntó.

– No -respondió Davies-. Créame, si lo hubiera hecho, le juro por Dios que habría… -Dejó de fanfarronear, lo que indicaba que ya no era el hombre que había sido-. ¿Cree que es posible que localizara a Eugenie?

– ¿La señora Davies no le comentó nada?

– No.

– ¿Cree que se lo habría contado si la hubiera visto?

Davies movió la cabeza a uno y otro lado, no porque quisiera negarlo, sino porque estaba confundido. Después respondió:

– No lo sé. En cierta época sí que lo habría hecho. Claro que me lo habría contado. Pero después de tanto tiempo… No lo sé, inspector.

– ¿Puedo quedarme con esta carta?

– Por supuesto. ¿La buscará, inspector?

– Haré que uno de mis hombres la encuentre.

Lynley prosiguió con el resto de sus preguntas, y de ellas sólo consiguió averiguar la identidad de la tal Cecilia que le había escrito una nota a Eugenie Davies: se llama sor Cecilia Mahoney, la amiga íntima de Eugenie Davies en el convento de la Inmaculada Concepción. El convento estaba ubicado en la misma Kensington Square, donde la familia Davies había vivido hacía mucho tiempo.

– Eugenie se había convertido al catolicismo -dijo Richard Davies-. Odiaba a su padre; cuando no estaba sermoneando desde el pulpito, se comportaba como un maníaco furioso, y le pareció la mejor forma de vengarse de él por una niñez horrible. Por lo menos, eso es lo que Eugenie me contó.

– ¿Sus hijos fueron bautizados por la Iglesia católica? -preguntó Lynley.

– Sólo si Eugenie y Cecilia lo hicieron en secreto, ya que a mi padre le habría dado un ataque. -Davies sonrió con cariño-. En cierto modo, era un padre de familia bastante tiránico.

«¿Y usted ha seguido su ejemplo a pesar de esa amabilidad que ahora muestra? -se preguntó Lynley-. Sin embargo, eso nos lo tendrá que decir Gideon.»

GIDEON

1 de octubre

¿Adónde nos va a llevar todo esto, doctora Rose? Ahora me pide que piense tanto en mis sueños como en mis recuerdos, y yo me pregunto si sabe lo que está haciendo. Me pide que anote todos los pensamientos que me vengan a la cabeza, que deje de preocuparme por la forma en que se relacionan y si nos pueden llevar a algo, o si podrían ser la llave que encajaría en la cerradura de mi mente, y a mí se me está agotando la paciencia.

Papá me dice que el trabajo que realizó en Nueva York consistía principalmente en ayudar a gente con trastornos alimentarios. Está haciendo sus propias indagaciones -sólo tuvo que hacer unas cuantas llamadas a los Estados Unidos-, ya que como no está viendo ningún progreso, ha empezado a preguntarse cuánto tiempo quiero seguir dedicando a desenterrar el pasado en vez de ocuparme del presente.

– ¡Por el amor de Dios! No está acostumbrada a trabajar con músicos -me ha dicho hoy mismo-. Ni siquiera trata a otros artistas. Así pues, puedes continuar llenándole la cartera de dinero sin obtener nada a cambio, que es lo único que ha sucedido hasta este momento, Gideon, o puedes probar otra cosa.

– ¿Como por ejemplo…? -le he preguntado.

– Si todavía sigues pensando que la respuesta está en la psiquiatría, por lo menos inténtalo con alguien que sepa darle el tratamiento adecuado al problema. Y tu problema es el violín, Gideon, no lo que recuerdes o no sobre el pasado.

– Raphael me lo contó -le he confesado.

– ¿El qué?

– Que Katjia Wolff ahogó a Sonia.

En ese momento se produjo un silencio, y como estábamos hablando por teléfono y no en persona, sólo pude adivinar la expresión de su rostro. Seguro que la cara se le habría endurecido a medida que se le tensaban los músculos, y los ojos se le habrían vuelto opacos. Aunque Raphael sólo me hubiera contado eso, al hacerlo había incumplido un acuerdo que se había establecido hacía más de veinte años. Seguro que a papá no le ha hecho ninguna gracia.

– ¿Qué sucedió? -le he preguntado.

– No pienso hablar de eso.

– Ésa es la razón por la que mamá se marchó, ¿no es verdad?

– Ya te he dicho que…

– Nada. No me has dicho nada. Si de verdad tienes tantas ganas de ayudarme, ¿por qué no me ayudas con esto?

– ¡Porque esto no tiene nada que ver con tu problema, joder! Además, el hecho de sacarlo todo a luz, de diseccionar cada matiz y de meditar sobre todo ello ad infinitum es una forma estupenda de evitar los temas verdaderamente importantes, Gideon.

– Estoy haciendo todo lo que puedo.

– ¡Y una mierda! Estás bailando a su ritmo como si fueras un pobre maricón.

– Estás siendo muy injusto conmigo.

– Lo que es injusto es que te pidan que te hagas a un lado y que observes cómo tu hijo arruina su vida. Lo que es injusto es haber vivido exclusivamente para tu hijo durante más de un cuarto de siglo para que éste pueda convertirse en el músico que desea ser, y todo para acabar viendo cómo se desmorona la primera vez que sufre un contratiempo. Lo que es injusto es haber forjado poco a poco un tipo de relación que nunca habría podido tener con mi propio padre, para que después te pidan que te apartes y observes cómo el amor y la confianza que han depositado en ti todos estos años es transferida a una psiquiatra, cuya única recomendación es que ha sido capaz de subir al Machu Pichu sin que la hayan tenido que llevar en brazos hasta la cima.

– ¡Por el amor de Dios! ¡Sí que has hecho indagaciones!

– Las suficientes para saber que has estado perdiendo el tiempo. ¡Maldita sea, Gideon! -Pero al pronunciar esas palabras su tono de voz no sugería dureza-. ¿Lo has intentado, como mínimo?

Se refería al violín, evidentemente. Eso era lo único que necesitaba saber. Era como si para él no fuera más que una máquina capaz de producir música.

Al ver que no respondía, me dijo con bastante acierto:

– ¿No te das cuenta de que esto podría ser simplemente un bloqueo pasajero? Tal vez sólo tengas una conexión suelta en tu cerebro. Pero como nunca has tenido el más mínimo percance en tu carrera, has sido presa del pánico. ¡Coge el violín, por el amor de Dios! Hazlo por ti mismo antes de que sea demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde para qué?

– Para superar el miedo. No permitas que te debilite. No te explayes tanto en ese miedo.

Al final, sus palabras no me parecieron ilógicas, sino que me parecieron indicar una acción que era a la vez razonable y sólida. Tal vez estuviera haciendo una montaña de un grano de arena, y usara una «enfermedad del espíritu» inventada para cubrirme la herida que había sufrido mi orgullo profesional.

Así pues, cogí el Guarneri, doctora Rose. Gracias a ese optimismo, puse el hombro en posición. Me concedí el placer de no leer la partitura -y para mitigar la presión que supondría tocar de memoria, escogí una pieza de Mendelssohn que había tocado un millón de veces-y me di cuenta de que mi cuerpo tenía la posición adecuada, tal y como me habría dicho la señorita Orr. Incluso podía oírla: «El cuerpo recto, los hombros caídos. Acompaña el arco con todo el brazo. Sólo tienes que mover las yemas de los dedos».

Lo oía todo, pero no logré hacer nada. El arco me saltaba por encima de las cuerdas, y mis dedos golpeaban la cuerda de tripa con la misma delicadeza que un carnicero adobaría a un cerdo.

«Son nervios -pensé-. Sólo es cuestión de nervios.»

Por lo tanto, lo intenté de nuevo, pero el sonido aún fue mucho peor. Eso fue lo único que fui capaz de producir: sonido, doctora Rose. Ni siquiera fui capaz de hacer nada que se asemejara a la música. Y por lo que respecta al hecho de tocar a Mendelssohn… bien podría haber intentado hacer un aterrizaje en la luna desde la sala de música, tan imposible era la tarea que me había propuesto.

«¿Cómo se sintió al intentarlo?», me preguntará.

«¿Cómo se sintió al cerrar el ataúd de Tim Freeman?», le contestaré. Marido, compañero, víctima del cáncer, y todo lo demás que era para usted, doctora Rose. ¿Qué sintió cuando su marido murió? Porque esto es como una muerte para mí, y si va a haber una resurrección, lo que necesito saber es cómo se producirá desenterrando el pasado y anotando todos mis malditos sueños. Dígamelo, por favor. ¡Por el amor de Dios! ¡Dígamelo!

2 de octubre

No se lo conté a papá.

«¿Por qué?», me pregunta.

«Porque fui incapaz de afrontarlo.»

«Afrontar ¿el qué?»

Supongo que su decepción. Cómo le afectaría saber que soy incapaz de hacer lo que él quiere que haga. Ha organizado su vida entera alrededor de la mía, y yo he organizado la mía en función de la música. En este preciso instante los dos estamos precipitándonos hacia el olvido, y me parece un acto de consideración que sólo uno de nosotros lo sepa.

Cuando metí el Guarneri de nuevo en la funda, tomé una decisión. Salí de casa.

Sin embargo, me encontré con Libby en las escaleras de la entrada. Estaba sentada junto a la barandilla con una bolsa abierta de dulces sobre el regazo. No parecía que se los estuviera comiendo, aunque sí que daba la sensación de estar contemplando la posibilidad de hacerlo.

Me pregunté cuánto tiempo debía de llevar ahí sentada, y cuando habló, obtuve mi respuesta.

– Te he oído. -Se puso en pie, se quedó mirando la bolsa y después la metió deprisa en el enorme bolsillo delantero de su peto-. Ése es el problema que tienes, ¿verdad, Gideon? Ése es el motivo por el que hace tiempo que no tocas. ¿Por qué no me lo dijiste? Creía que éramos amigos.

– Y lo somos.

– Es imposible.

– Posible es.

Sin siquiera sonreír, añadió:

– Los amigos se ayudan entre sí.

– No me puedes ayudar en esto. Ni siquiera sé lo que me pasa, Libby.

Se quedó mirando la plaza con una expresión de desolación.

– ¡Mierda! ¿Qué estamos haciendo, Gid? ¿Por qué vamos a hacer volar tus cometas? ¿Y el vuelo libre? ¿Por qué demonios dormimos juntos? Si ni siquiera eres capaz de contarme…

La conversación era una reconstrucción de cientos de discusiones que había tenido con Beth, aunque el tema era un poco diferente. Con ella, siempre era: «Gideon, si ya ni siquiera somos capaces de hacer el amor…».

Con Libby las cosas no habían ido lo bastante lejos para que eso se convirtiera en una tema de discusión, y me sentía contento de ello. La escuché hasta el final, pero no tenía nada que responderle. Cuando acabó de hablar y se dio cuenta de que no le respondería, me siguió hasta el coche y exclamó:

– ¡Eh! ¡Espera un momento! Te estoy hablando. Espera un momento. Espera. -Me cogió del brazo.

– Tengo que irme -le respondí.

– ¿Adónde?

– A Victoria.

– ¿Por qué?

– Libby…

– De acuerdo. -Tan pronto como abrí el coche, se metió dentro-. Entonces voy contigo.

Para librarme de ella, la tendría que haber sacado a rastras del coche. Además, por la inclinación de su mandíbula y por la frialdad de sus ojos supe que ofrecería una gran resistencia. No tenía suficiente energía para hacerlo; por lo tanto, puse el coche en marcha y partimos hacia Victoria.

La Asociación de Prensa tiene sus oficinas a la vuelta de la esquina de la Estación de Victoria en Vauxhall Bridge Road, y allí es donde fuimos. Por el camino, Libby sacó la bolsa de dulces y empezó a comérselos.

– ¿No estabas haciendo la Dieta Anti-Blanca? -le pregunté.

– Estos dulces son rosas y verdes, por si no te habías dado cuenta.

– Una vez me dijiste que todo lo que tiene colorantes artificiales cuenta como blanco -le recordé.

– Yo digo muchas cosas. -Arrojó la bolsa de plástico contra su regazo y pareció haber tomado una decisión-. Quiero saber cuánto tiempo hace. Y más te vale ser totalmente sincero conmigo.

– ¿Cuánto tiempo hace de qué?

– Que no tocas. O que tocas de ese modo. Dímelo. Así de simple. ¿Cuánto tiempo hace? -Después cambió de tema con rapidez, como a menudo solía hacer-. No importa. Debería haberme dado cuenta antes. Es por culpa del cabrón de Rock.

– No creo que podamos echarle la culpa a tu marido…

– Ex marido, por favor.

– Aún no lo es.

– Pero falta muy poco.

– De acuerdo, pero no podemos culparle de…

– ¡Y mira que llega a ser odioso!

– … que yo esté pasando una mala época.

– No te estaba hablando de eso -lo dijo en un tono de irritación-. No eres la única persona sobre la faz de la tierra, Gideon. Te estaba hablando de mí. Me habría dado cuenta de lo que te sucedía, si no hubiera estado tan nerviosa por lo de Rock.

Pero apenas oí lo que me contó sobre su marido, porque aún me sentía herido por sus palabras: «No eres la única persona sobre la faz de la tierra, Gideon». Hacían eco de lo que Sarah-Jane Beckett me había dicho años atrás: «Ya no eres el centro del universo». Era incapaz de ver a Libby dentro del coche porque sólo podía ver a Sarah-Jane Beckett. Aún puedo verla, puedo ver cómo sus ojos me miraban fijamente, cómo inclinaba su rostro hacia mí. Era un rostro pálido, con los ojos entornados junto a una hilera de pestañas achaparradas.

«¿De qué le está hablando cuando le dice eso?», me pregunta.

Sí, de acuerdo. Eso es lo importante.

Me estoy portando mal cuando ella me está vigilando. No le ha quedado más remedio que decidir cuál sería mi castigo: me ha dado un tremendo rapapolvo, estilo Sarah-Jane. Hay una caja de madera dentro del armario del abuelo y me he metido dentro. Está llena de cera para botas negras, de betún y de trapos, y lo he usado todo como si fueran pinturas. Me he dedicado a ensuciar las paredes del pasillo del primer piso con betún marrón y con cera para botas. «Aburrido, aburrido, aburrido», he pensado mientras echaba a perder el papel de la pared y me limpiaba las manos en las cortinas. Pero, en verdad, no estoy aburrido, y Sarah-Jane lo sabe. No lo he hecho por esa razón.

«¿Sabe por qué lo hizo?», me pregunta.

No estoy seguro del todo. Pero creo que estoy enfadado y que tengo miedo. Sí, está claro que estoy enfadado y tengo muchísimo miedo.

Veo el brillo de sus ojos cuando le cuento esto, doctora Rose. Ahora empezamos a ir a alguna parte. Ira y miedo. Emoción. Pasión. Algo, gracias a Dios, con lo que poder empezar a trabajar.

Pero tengo pocas cosas que añadir. Sólo esto: cuando Libby dijo «No eres la única persona sobre la faz de la tierra, Gideon», es evidente que sentí miedo. No obstante, era un miedo diferente al que siento cuando temo no poder volver a tocar mi instrumento nunca más. Era un miedo que no parecía guardar relación alguna con la conversación que estábamos teniendo. Aun así, lo sentí con una exaltación tan repentina que me vi gritando «No» a Libby, pero en ningún momento sentí que me estaba dirigiendo a ella.

«¿Y de qué tenía miedo?», me cuestiona.

Habría pensado que era evidente.

3 de octubre

Nos mandaron al archivo de periódicos, un trastero en el que hay una cantidad interminable de recortes de periódico. Están archivados en carpetas de papel manila y catalogados por temas a lo largo de unas estanterías correderas. ¿Conoce el sitio del que le estoy hablando? Los lectores de periódico se pasan el día allí, absortos en el estudio de los periódicos más importantes, recortando e identificando historias que luego pasan a formar parte de la colección de la biblioteca. Al lado hay una mesa y una fotocopiadora para uso de los miembros del público que deseen realizar algún tipo de investigación.

Le dije a un chico mal vestido y de pelo largo lo que estaba buscando. «Deberías haber llamado antes -me replicó-. Como mínimo, tardaré veinte minutos en encontrarlo. Ese material no lo guardamos aquí.»

Yo le dije que esperaríamos, pero me di cuenta de que estaba tan nervioso que apenas pude permanecer en la biblioteca una vez que el chico se hubo marchado para iniciar su búsqueda. Era incapaz de respirar, y enseguida me di cuenta de que sudaba tanto como Raphael. Le dije a Libby que necesitaba un poco de aire fresco. Me siguió hasta Vauxhall Bridge Road. No obstante, allí fuera tampoco podía respirar.

– Es por el tráfico -le dije a Libby-. Por la contaminación.

Me encontré jadeando cual corredor exhausto. Y entonces mi víscera entró en acción: se me cerró el estómago y se me soltaron los intestinos, con la amenaza de hacer una humillante explosión en medio de la calle.

– Tienes un aspecto terrible, Gid -sentenció Libby.

– No, no, no. Estoy bien -repliqué.

– Si tú estás bien, yo soy la Virgen María -contestó-. Ven aquí. Sal de en medio de la acera.

Me llevó a una cafetería que había a la vuelta de la esquina y me hizo sentar en una mesa.

– No te muevas, a no ser que… te vayas a desmayar, ¿de acuerdo? Si eso sucede, apoya la cabeza… en alguna parte. ¿Dónde se supone que debes poner la cabeza? ¿Entre las piernas? -Se dirigió hacia la barra y regresó con un zumo de naranja-. ¿Cuánto tiempo hace que no has comido nada?

Y yo -pecador y cobarde rematado- le dejé creer lo que quería creer:

– No lo recuerdo con exactitud. -Me bebí el zumo de naranja como si fuera un elixir que pudiera devolverme todo lo que había perdido hasta entonces.

«¿Perdido?», repetirá, atenta a cualquier movimiento.

«Sí. Todo lo que he perdido: mi música, Beth, mi madre, una infancia, recuerdos que otra gente dan por sentados.»

«¿Sonia? -me preguntará-. ¿También Sonia? ¿Le gustaría recordarla si pudiera, Gideon?»

«Sí, por supuesto -es mi respuesta-. Pero una Sonia diferente.»

Esa respuesta me paraliza, porque contiene cierto grado de remordimiento por lo que había olvidado sobre mi hermana.

3 de octubre, 18.00

Cuando fui capaz de controlar mis furiosos intestinos y de respirar con normalidad, Libby y yo regresamos a la biblioteca. Cinco enormes sobres de papel manila nos esperaban, repletos de recortes de periódico de hace más de veinte años. Estaban mal recortados y muy manoseados; olían a rancio, y estaban descoloridos por el paso del tiempo.

Mientras Libby se iba a buscar otra silla para poder sentarse junto a mí, yo cogí el primer sobre y lo abrí.

Lo primero que vi fue: LA NIÑERA ASESINA HA SIDO CONDENADA, con el convencimiento implícito de que los titulares de periódico habían cambiado muy poco en las dos últimas décadas. Las palabras iban acompañadas de una fotografía, y ahí delante la tenía, la asesina de mi hermana. Parecía que hubieran hecho la fotografía al principio del proceso legal, ya que no la habían fotografiado ni en el Tribunal Penal ni en la prisión, sino en Earl's Court Road mientras salía de la comisaría de policía de Kensington en compañía de un hombre achaparrado y ataviado en un traje que le quedaba muy mal. A su espalda, parcialmente oscurecido por la puerta, había un hombre que no habría sido capaz de reconocer si no fuera porque conocía su forma, su tamaño y su apariencia general debido a casi veinticinco años de clases diarias de violín: Raphael Robson. Me di cuenta de la presencia de esos dos hombres -supuse que el primero debía de ser el abogado de Katja Wolff-, pero fue en Katja en quien me fijé.

Las cosas habían cambiado mucho para ella desde el día soleado en que le hicieron la foto en el jardín trasero. Evidentemente, para la primera había posado, mientras que ésta era una instantánea hecha con las prisas frenéticas necesarias para poder hacer una fotografía en el breve momento en que una figura de interés periodístico sale de un edificio y entra en un vehículo que se la lleva a toda velocidad. Lo que evidenciaba la fotografía era que la notoriedad pública -como mínimo de ese tipo- no le había sentado bien a Katja Wolff. Estaba delgada y parecía enferma. Y mientras que en la fotografía del jardín sonreía a la cámara feliz y abiertamente, en ésta intentaba ocultar el rostro. El fotógrafo se debía de haber acercado bastante a ella, ya que no parecía granulada, tal y como sucede con las fotos que han sido hechas con teleobjetivo. De hecho, hasta el más mínimo detalle del rostro de Katjia Wolff parecía severamente enfatizado.

Tenía la boca muy cerrada y, por lo tanto, los labios se le veían demasiado delgados. Las ojeras parecían morados de media luna. Sus rasgos aquilinos se habían endurecido por una pérdida importante de peso. Tenía los brazos tensos, y allí donde la blusa le formaba una V, su clavícula se asemejaba al borde de una tabla.

Leí el artículo y averigüé que el presidente del Tribunal Supremo, el señor John Wilkes, había condenado, en función de su cargo, a Katjia Wolff, y que había hecho una recomendación poco habitual al Ministerio del Interior, diciéndole que bajo ninguna circunstancia Katja Wolff cumpliera menos de veinte años de condena. Según el corresponsal, que evidentemente había presenciado el juicio, la acusada se puso en pie tan pronto como oyó la sentencia y solicitó que la dejaran hablar. «Déjenme que les cuente lo que sucedió», dijo según palabras del corresponsal. Pero el hecho de que quisiera hablar en ese momento -después de haber mantenido su derecho al silencio no sólo en el juicio, sino también durante la investigación del caso-tenía resabios de pánico y de querer llegar a un acuerdo; por lo tanto, se consideró que era demasiado tarde.

«Nosotros sabemos lo que sucedió -declaró más tarde a la prensa el señor Bertram Cresswell-White, abogado del Estado-. Nos lo contó la policía, la misma familia, el laboratorio del equipo forense y los propios amigos de la señorita Wolff. En unas circunstancias que cada vez eran más difíciles, con la intención de descargar su cólera por una situación en la que sentía que la estaban tratando injustamente, y ya que tenía la oportunidad de librar al mundo de una niña que de todas maneras era imperfecta, conscientemente y con la intención de herir a la familia Davies, empujó a Sonia Davies bajo el agua en su propia bañera y la sostuvo allí, a pesar de los esfuerzos patéticos de la niña, hasta que se ahogó. En ese momento, la señorita Wolff dio la alarma. Esto es lo que sucedió. Esto es lo que se demostró. Y ésta es la razón por la que el señor Wilkes, presidente del Tribunal Supremo, ha dictado sentencia, tal y como la ley lo requiere.»

«Cumplirá veinte años de condena, papá.» Sí, sí. Eso es lo que le dice al abuelo cuando mi padre entra en la habitación en la que estamos esperando la noticia: el abuelo, la abuela y yo. Lo recuerdo. Estamos en el salón, sentados en el sofá, yo en el medio. Y sí, mi madre también está, y está llorando. Como siempre, según me parece, no sólo desde que murió Sonia, sino desde que nació.

Se supone que un nacimiento ha de ser motivo de alegría, pero el de Sonia no lo fue. Por fin me di cuenta de ello mientras hojeaba los primeros recortes y leía el segundo -la continuación de la historia de la primera página- que había debajo. Allí descubrí una fotografía de la víctima, y para mi vergüenza vi lo que había olvidado o lo que había borrado de mi mente a propósito sobre mi hermana pequeña durante más de dos décadas.

Lo que había olvidado fue lo primero que Libby notó y comentó cuando se unió a mí con la otra silla, a medida que la arrastraba tras ella y entraba de nuevo en el archivo de periódicos. Evidentemente no sabía que se trataba de la fotografía de mi hermana, ya que no le había contado por qué quería ir a la Asociación de Prensa. Me había oído pedir recortes sobre el juicio de Katja Wolff, pero no sabía nada más.

Libby se sentó junto a la mesa, se volvió ligeramente hacia mí, cogió la fotografía y me preguntó:

– ¿A ver qué has encontrado?

Al verlo, comentó:

– Tiene el síndrome de Down, ¿verdad? ¿Quién es?

– Mi hermana.

– ¿De verdad? Si nunca me habías dicho que… -Alzó los ojos de la fotografía y me miró. Continuó con cautela, o escogiendo las palabras o hasta qué punto quería llegar con lo que implicaban-. ¿Te sentías… avergonzado de ella, o algo así? Lo que te quiero decir es que… ¡Ostras! Tenía el síndrome de Down, no es para tanto.

– O algo así -repetí-. Avergonzado o algo así. Algo despreciable. Algo ruin.

– ¿Qué me respondes?

– No me acordaba de ella ni de nada de esto. -Hice un gesto para señalar los archivos-. No recordaba nada. Tenía ocho años, alguien ahogó a mi hermana…

«¿Ahogó?»

La cogí del brazo para evitar que siguiera mirando los recortes. No necesitaba todo ese material de la biblioteca para saber quién era. Créame, mi vergüenza ya era tan grande que no hacía falta expresarla en público.

– Mira -le dije a Libby con brusquedad-. Tú misma. Era incapaz de recordarla, Libby. Era incapaz de recordar su característica más importante.

– ¿Por qué? -me preguntó.

– Porque yo no quería.

3 de octubre, 22.30

Esperaba que saltara de alegría con el triunfo del guerrero al oír esa confesión, doctora Rose, pero no dice nada. Simplemente se limita a observarme, y aunque se ha entrenado para que sus rasgos no delaten nada, tiene poco poder para controlar la luz que aparece en sus ojos, por muy impenetrables que sean. Vuelvo a ver ese brillo por un instante, y me dice que quiere oír lo que me acabo de decir a mí mismo.

Era incapaz de recordar a mi hermana porque no quería recordarla. Así deben de ser las cosas. Cuando no queremos recordar, optamos por olvidar. Salvo que a veces no es la verdad lo que no necesitamos recordar. Y, en otros casos, nos dicen que olvidemos.

No obstante, esto es lo que creo: los episodios de mi abuelo eran el Tema Tabú por Excelencia en Kensington Square, y aún así los recuerdo con toda claridad. Recuerdo perfectamente lo que los causaba, la música que mi abuela utilizaba con la intención de evitar que se produjeran, su existencia y el caos que les seguía, y las secuelas durante las que las lágrimas abundaban a medida que los enfermeros se lo llevaban al campo para poder librarle de ellos. Con todo, nunca hablábamos de esos episodios. Por lo tanto, ¿por qué me acuerdo de mi abuelo y de sus episodios, y no de mi hermana?

«Su abuelo tiene más importancia en su vida que su hermana -me dice, a causa de la música. Interpreta el papel principal en el drama de su historia musical, a pesar de que una parte de su papel se produzca en la ficción que es la Leyenda de Gideon Davies. Reprimir su recuerdo, tal y como parece haber reprimido el de Sonia…»

«¿Reprimir? ¿Por qué reprimir? ¿Está de acuerdo con el hecho de que no me acordaba de mi hermana porque yo no quería, doctora Rose?»

«La represión no es una elección consciente -me dice con un tono de voz tranquilo, compasivo y sosegado-. Está asociada a un estado emocional, psicológico o físico demasiado difícil de soportar, Gideon. Por ejemplo, si de niños hemos presenciado algo terrible o incomprensible para nosotros, el acto sexual entre nuestros padres lo ilustraría muy bien, lo eliminamos de nuestro conocimiento consciente porque a esa edad no tenemos las herramientas para hacer frente a lo que hemos visto, o para asimilarlo de un modo que tenga sentido para nosotros. Incluso de adultos, la gente que sufre accidentes horribles normalmente no tiene recuerdos de la catástrofe, por el simple hecho de que es horrible. No elegimos de forma consciente borrar un recuerdo de nuestra mente, Gideon. Sencillamente lo hacemos. La represión es la forma que tenemos de protegernos a nosotros mismos. Es el modo en que nuestra mente se protege a sí misma de algo que aún no está preparada para afrontar.»

Entonces, ¿qué -qué- es lo que aún no estoy preparado para afrontar de mi hermana, doctora Rose? Sin embargo, me acordé de Sonia, ¿no es verdad? Cuando estaba escribiendo sobre mi madre, me acordé de ella. Tan sólo había reprimido un detalle sobre ella. No sabía que tenía síndrome de Down hasta que vi esa fotografía.

Por lo tanto, el hecho de que lo fuera debe de tener importancia en todo esto, ¿no cree? Debe de tenerla, porque es el único detalle que no pude recordar por mí mismo. Fui incapaz de desenterrarlo. Nada me llevó a hacerlo.

«Tampoco fue capaz de recordar a Katja Wolff», me replica.

Así pues, Katja Wolff guarda relación con el hecho de que Sonia tuviera síndrome de Down, ¿no es verdad, doctora Rose? No puede ser de otra manera.

5 de octubre

Después de ver la fotografía de mi hermana y de oír a Libby pronunciar lo que yo era incapaz de decir, me sentía incapaz de seguir en la biblioteca. Tenía cinco sobres delante de mí, que contenían información detallada de lo que le había sucedido a mi familia veinte años atrás. Sin lugar a dudas, dentro de esos sobres también habría averiguado todos los nombres importantes de la gente que se había ocupado de la investigación y de los procedimientos legales que se habían hecho a continuación. Pero después de ver la fotografía de Sonia, me di cuenta de que no podía seguir leyendo, porque al ver esa fotografía visualicé a mi hermana debajo del agua: moviendo su redonda cabeza de un lado para otro y con los ojos -esos ojos que incluso en una fotografía de periódico mostraban que había nacido con una anomalía-totalmente salidos porque no podían evitar mirar a su asesino. La persona que la está obligando a permanecer bajo el agua es alguien en quien confía, alguien que ama, alguien de quien depende y a quien necesita; por lo tanto, no llega a entenderlo. Sólo tiene dos años, y aunque hubiera sido una niña normal, tampoco habría comprendido lo que estaba sucediendo. Sin embargo, no es normal. No nació normal. Y nada de lo que ha sucedido durante los dos años de su corta existencia ha sido normal.

Anormalidad. Anormalidad que conduce a una crisis. Se trata de eso, doctora Rose. Hemos ido dando tumbos de una crisis a otra con mi hermana. Mi madre llora durante la misa de la mañana, y la hermana Cecilia sabe que necesita ayuda. No es que sólo necesite ayuda para enfrentarse con el hecho de que ha dado a luz una niña que es diferente, imperfecta, rara, fuera de lo corriente o como quiera llamarla, sino que también necesita ayuda práctica para cuidar de ella. Porque a pesar de la presencia de un niño prodigio y de otro incapacitado por un defecto de nacimiento, la vida debe continuar, lo que implica que la abuela debe seguir cuidando del abuelo, que papá debe seguir acudiendo a sus dos trabajos como antes, que yo debo continuar con el violín, y que mi madre tiene que trabajar.

El gasto lógico que se puede suprimir es el violín y todo lo que comporta: absolver a Raphael Robson de sus obligaciones, despedir a Sarah-Jane Beckett en su papel de maestra interna y mandarme a la escuela. Con la enorme cantidad de dinero que se ahorraría con estas medidas simples y oportunas, mi madre se podría quedar en casa con Sonia, podría ocuparse de sus crecientes necesidades, y cuidarla durante las enfermedades que no cesaban de aparecer.

No obstante, hacer ese cambio es inconcebible para todo el mundo, porque a los seis años y medio de edad ya he hecho mi debut en público, y negarle al mundo el don de mi música parece un acto de mezquindad extrema. No obstante, fue un tema que mis padres y mis abuelos discutieron. Sí. Ahora lo recuerdo. Mamá y papá están hablando en el salón y el abuelo entra vociferando: «El niño es un genio, un maldito genio», les grita. La abuela también está allí, porque oigo su ansioso «Jack, Jack», y me la imagino escabullándose hacia el tocadiscos y poniendo con rapidez una pieza de Paganini para apaciguar la bestia que se esconde bajo la camisa de franela del abuelo. «Ya está dando conciertos, maldita sea -grita el abuelo-. Si queréis que deje la música, tendréis que pasar por encima de mi cadáver. Por una vez en tu vida, por una sola maldita vez, Dick, ¿me harás el favor de tomar la decisión correcta?»

Esta discusión no incluye ni a Raphael ni a Sarah-Jane. Su futuro, al igual que el mío, está en juego, pero tienen tanto derecho a opinar como yo; es decir, ninguno. La disputa sigue durante horas y días durante la convalecencia del embarazo de mi madre, y tanto la discusión como las dificultades de la convalecencia de mi madre se ven exacerbadas por las crisis de salud que Sonia experimenta.

«Han llevado al bebé al médico… al hospital… a urgencias.» A nuestro alrededor hay una sensación generalizada de tensión, urgencia y miedo que jamás se había sentido en la casa. Todo el mundo está tan ansioso que la situación puede explotar en cualquier momento. La pregunta siempre planea en el aire: «¿Qué pasará a continuación?».

Crisis. La gente está fuera casi todo el tiempo. Hay momentos en los que parece que no haya nadie en casa. Solamente Raphael y yo. O Sarah-Jane y yo. Todos los demás están con Sonia.

«¿Por qué? -me pregunta-. ¿Qué tipo de crisis sufrió Sonia?»

Sólo recuerdo: «Dice que se reunirá con nosotros en el hospital. Gideon, ve a tu habitación», y el sonido de los débiles lamentos de Sonia; oigo cómo esos lamentos se desvanecen a medida que la llevan abajo y la sacan al frío de la noche.

Voy a su dormitorio; está al lado del mío. Es el cuarto de los niños. Han dejado una luz encendida, y hay una especie de máquina junto a su cuna y unas correas que la mantienen atada mientras duerme. Hay una lámpara que da vueltas encima de una cómoda, la misma lámpara que recuerdo haber observado tantas y tantas veces mientras estaba tumbado en la cuna, en esa misma cuna. Veo las marcas que dejé al morder la barandilla y veo los cromos del Arca de Noé que solía contemplar. Me meto en la cuna, y aunque ya tengo seis años y medio, me acurruco y espero a ver lo que sucederá.

¿Y qué sucede?

Después de un tiempo, regresan, tal y como siempre hacen, con medicinas, con el nombre de un doctor que tienen que ver por la mañana, con una prescripción conductual o con una dieta nueva que tiene que seguir. A veces Sonia está en casa, pero otras veces tiene que quedarse en el hospital.

Ésa es la razón por la que mi madre llora en misa. Y sí, eso es de lo que debían de estar hablando mi madre y sor Cecilia el día que fuimos al convento, que tiré la estantería y que rompí la estatua de la virgen. Esa monja sólo habla en susurros, y supongo que lo hace para consolar a mi madre, que debe de sentir… ¿qué? Culpa, porque ha dado a luz una niña que sufre una enfermedad tras otra; ansiedad, porque «¿qué puede suceder a continuación?» está siempre presente; ira, por las injusticias de la vida; y un agotamiento total por intentar hacer frente a todo.

De toda esta tierra fértil y turbulenta debe de surgir la idea de que necesitan una niñera. Una niñera sería la solución a todos los problemas. Papá podría continuar con sus dos trabajos, mamá podría volver al suyo, Raphael y Sarah-Jane podrían continuar enseñándome, y la niñera podría ayudar a cuidar a Sonia. James el Inquilino estaría allí para aportarles un dinero extra, y quizá también pudieran aceptar a otro inquilino. Así pues, Katja Wolff viene a casa. Pero resulta que no es una niñera cualificada. No ha asistido a ningún curso de especialización ni a ninguna universidad para obtener un certificado de cuidados infantiles. Sin embargo, es educada, servicial, cariñosa, agradecida y -alguien tiene que decirlo-cobra poco. Le encantan los niños y necesita el trabajo. Además, la familia Davies necesita ayuda.

6 de octubre

Fui a ver a papá esa misma noche. Si alguien tiene la llave antiamnésica que estoy intentando encontrar, ése es mi padre.

Le encontré en el piso de Jill; de hecho, estaba en la mismísima escalera de entrada al edificio. Estaban en medio de una de esas discusiones educadas pero tensas que suelen tener las parejas enamoradas cada vez que uno de ellos tiene deseos razonables que entran en conflicto. Ésa, al parecer, consistía en decidir si Jill -ya se acercaba la fecha del parto-debía seguir conduciendo por Londres o no.

Papá le decía: «Es peligroso e irresponsable. Ese coche es un trasto. ¡Por el amor de Dios! Ya llamaré a un taxi para que venga a buscarte o te llevaré yo mismo».

Y Jill le respondía: «¿Te importaría dejar de tratarme como si fuera un objeto de cristal? Cuando te pones así, ni siquiera soy capaz de respirar».

Ella se dispuso a entrar en el edificio, pero él la cogió del brazo. Papá le suplicó: «Cariño, por favor». Era obvio que sufría por ella.

Lo comprendí. Mi padre no había tenido muy buena suerte con los hijos. Virginia, muerta. Sonia, muerta. Dos de tres no era una proporción que pudiera dar a un hombre tranquilidad de espíritu.

En beneficio suyo, debo decir que ella también pareció darse cuenta. Un poco más tranquila, le dijo: «Te estás comportando como un tonto», pero creo que una parte de ella valoraba que mi padre se preocupara tanto por su bienestar. Entonces me vio de pie junto a la acera, dudando entre irme sin que me vieran y avanzar hacia delante con un cordial saludo que intentara mostrar un grado de afabilidad que no sentía. Jill exclamó:

– ¡Hola! Cariño, ha venido Gideon.

Papá se dio la vuelta, la soltó del brazo, y eso le permitió ir a abrir la puerta principal e invitarnos a pasar.

El piso de Jill tiene todas las comodidades modernas; está en un edificio antiguo que fue derribado por un constructor inteligente que se dedicó a reformar totalmente el interior. Está enmoquetado de arriba abajo, cacerolas de cobre cuelgan del techo de la cocina, tiene electrodomésticos relucientes que funcionan, y pinturas que parecen desear escaparse de los lienzos y hacer algo dudoso en el suelo. En resumen, un piso perfecto para Jill. Me pregunto cómo mi padre podrá hacer frente a sus preferencias decorativas cuando por fin empiecen a vivir juntos. Aunque, de hecho, ya es como si vivieran juntos. Los cuidados que mi padre le depara a Jill se han convertido en algo casi obsesivo.

Como su paranoia sobre el bebé aumentaba cada día que pasaba, me pregunté si debería sacar el tema de Sonia. Mi cuerpo me decía que no: caí en la cuenta de que la cabeza había empezado a dolerme un poco, y el estómago me ardía, pero lo hacía de un modo que me decía que no lo podía atribuir a nada más que a los nervios.

– Tengo trabajo por hacer, así que ya os arreglaréis vosotros solos -dijo Jill-. No has venido a verme a mí, ¿verdad?

Supongo que se me debería haber ocurrido ir a ver a Jill de vez en cuando, sobre todo porque es mi futura madrastra, por muy extraño que me parezca. No obstante, por la forma de formular la pregunta supe de inmediato que tan sólo quería obtener una respuesta y que no estaba sugiriendo nada, tal y como suelen hacer muchas mujeres.

– Hay una o dos cosas que… -dije.

– Muy bien. Estaré en el estudio. -Y se fue en esa dirección.

Cuando papá y yo nos quedamos solos, nos trasladamos a la cocina. Papá puso la impresionante cafetera de Jill en medio de la encimera, fue a buscar unos cuantos granos de café y los puso dentro. La cafetera -al igual que el piso-es muy propia de Jill. Es una máquina sorprendente capaz de hacer una taza de cualquier cosa en menos de un minuto: café, capuchino, café exprés, café con leche. Calienta la leche, hace hervir agua, y supongo que si uno programara la máquina, fregaría los platos, haría la colada y pasaría el aspirador. Papá solía burlarse del aparato, pero me di cuenta de que lo usaba como un profesional.

Sacó dos tazas pequeñas con sus respectivos platillos. Encontró un limón en un cuenco que había junto al fregadero. Cuando empecé a hablar, estaba buscando el cuchillo adecuado para hacer unas cuantas raspaduras para cada uno.

– Papá, he visto una fotografía de Sonia. Es decir, una fotografía mejor que la que me enseñaste. Una fotografía de un periódico de la época del juicio.

Giró un disco de la cafetera, sustituyó un pitorro individual por uno doble que sacó de un cajón y puso las dos tazas en el lugar adecuado. Apretó un botón. Se oyó un suave zumbido. Se concentró de nuevo en el limón e hizo una raja curvilínea que sería digna del jefe de cocina del Savoy.

– Ya veo -fue lo único que respondió. Empezó a hacer una segunda raja.

– ¿Por qué nadie me lo contó? -pregunté.

– ¿El qué?

– Ya lo sabes. Lo del juicio. La forma en que Sonia murió. Todo. ¿Por qué no hablamos de ello?

Negó con la cabeza. Había acabado de hacer la segunda espiral de limón -era tan perfecta como la primera-y cuando el café exprés estuvo a punto, dejó caer una espiral en cada taza y me pasó la mía.

– ¿Salimos? -me preguntó, inclinando la cabeza en dirección a una sala de estar que daba a una terraza desde la cual se divisaban edificios de una época similar.

Con el día tan gris que hacía, la terraza no prometía ser muy cómoda. Pero ofrecía mucha más intimidad, y como eso era precisamente lo que quería, lo seguí hasta allí.

Tal y como me había imaginado, estábamos totalmente solos. Las otras terrazas del edificio estaban vacías. El mobiliario de jardín de Jill ya estaba cubierto, pero papá quitó la funda de plástico de dos de las sillas y nos sentamos. Apoyó su café en la rodilla y se subió la cremallera del anorak.

– No guardé los periódicos. Ni siquiera los leí. Lo que más deseaba era olvidar. Me imagino que debe parecer una abominación para los expertos en salud mental de hoy en día. ¿No se supone que debemos sumirnos en los recuerdos hasta que no podamos soportar el hedor? Pero en mi época eso no estaba de moda, Gideon. Lo viví, los días, las semanas y los meses que duró, pero cuando acabó, lo único que quería era olvidar que había sucedido.

– ¿Mamá también se sentía así?

Alzó la taza. Bebió de ella, pero mientras lo hacía no dejó de observarme, y respondió:

– No sé cómo se sentía tu madre. No podíamos hablar de ello. Ninguno de nosotros podía hacerlo. Hablar de ello significaba vivirlo de nuevo, y haberlo vivido una vez ya era bastante horrible.

– Ahora necesito hablar de eso.

– ¿Es otra de las excelentes recomendaciones de tu doctora Rose? Si te interesa saberlo, a Sonia le encantaba el violín. Mejor dicho, te amaba a ti y al violín. Hablaba muy poco, los niños que tienen síndrome de Down tardan mucho en hablar, pero sabía decir tu nombre.

Fue como si me hubiera puesto el dedo en la llaga, una incisión delicada, pero directa al corazón.

– Papá…

Me interrumpió y respondió:

– Tienes razón. Ha sido un golpe bajo por mi parte.

– ¿Por qué nadie hablaba de ella después? ¿Después del… juicio?

Formulé la pregunta, pero la respuesta era obvia: nunca hablábamos de nada malo. El abuelo se enfurecía como un maníaco de forma periódica; se lo llevaban con dificultad, lo arrastraban, lo obligaban a salir en medio de la noche o por la mañana o en el calor de la tarde, y tardaba semanas en regresar, pero nunca mencionábamos ese hecho. Mi madre desapareció un día, llevándose no tan sólo todo lo que poseía, sino cualquier cosa que recordara que había formado parte de la familia, y nosotros no nos dedicamos a discutir dónde podría estar ni por qué. Y ahí estaba yo sentado en la terraza de la amante de mi padre, preguntándome por qué nunca hablábamos de la vida o de la muerte de Sonia, cuando siempre habíamos sido un grupo de gente que no hablaba de nada: nada doloroso, nada desgarrador, nada horrible, nada penoso.

– Queríamos olvidar que había sucedido.

– ¿Olvidar que mi madre había existido? ¿Olvidar que Sonia había existido?

Se me quedó mirando y yo vi esa opacidad de sus ojos, esa expresión que siempre había definido muy bien un territorio cuyo paisaje estaba formado de hielo, vientos cortantes y cielos interminables de color grisáceo.

– Estás siendo injusto -replicó-. Creo que ya sabes de lo que estoy hablando.

– Pero ni siquiera pronunciar su nombre. En todos estos años. Delante de mí. Que nunca dijerais las palabras tu hermana…

– ¿Crees que eso habría servido de algo? ¿Piensas que habrías ganado algo si el asesinato de Sonia hubiera formado parte del tejido cotidiano de nuestras vidas? ¿Es ésa la conclusión a la que has llegado?

– Lo que no llego a entender es que…

Bebió lo que le quedaba de café y dejó la taza en el suelo de la terraza, junto a la pata de la silla. Tenía el rostro tan gris como el pelo, y éste le caía hacia atrás desde la frente, tal y como hace el mío, con la misma clapa en el centro, y la misma muesca cual fiordo a ambos lados.

– A tu hermana la ahogaron en la bañera. La ahogó una chica alemana que habíamos contratado.

– Ya lo sé…

– Nada. Eso es lo que sabes. Sabes lo que puedes haber leído en los periódicos, pero no sabes lo que era estar allí. No sabes que Sonia fue asesinada porque cada vez era más difícil de cuidar y porque esa chica alemana…

«Katja Wolff», pensé. ¿Por qué se niega a pronunciar su nombre?

– … estaba embarazada.

Embarazada. La palabra tuvo el mismo efecto que si alguien hubiera chasqueado los dedos delante de mis narices. La palabra me transportó al mundo de mi padre, a lo que había vivido, y a lo que las circunstancias actuales le pedían que volviera a vivir. Recordé la fotografía en la que Katja Wolff sonreía distraídamente a la cámara en el jardín de Kensington Square con Sonia entre sus brazos. Recordé la fotografía en la que salía de la comisaría de policía, delgada como un palo, con una apariencia enfermiza y con las facciones agudizadas por una pérdida excesiva de peso. Embarazada.

– En la fotografía no parecía que estuviera embarazada -murmuré, y aparté la mirada hacia una de las otras terrazas en la que, según me di cuenta, un perro pastor inglés nos observaba con curiosidad. Cuando se dio cuenta de que le miraba, se apoyó sobre las patas traseras y puso las delanteras sobre la barandilla de hierro que rodeaba la terraza. Empezó a ladrar. El sonido me hizo estremecer. Le habían extraído las cuerdas vocales y lo único que quedaba era un gañido esperanzador pero patético, que sólo era aire, músculo y crueldad en su mayor parte. Me hizo sentir enfermo.

– ¿Qué fotografía? -preguntó papá. Y supongo que después debió de darse cuenta de que estaba hablando de una fotografía que había visto en el periódico-. No se le notaba. Estuvo gravemente enferma al principio de su embarazo; por lo tanto, en vez de ganar peso, lo perdió. Al principio nos percatamos de que había dejado de comer, de que no tenía buen aspecto, y pensamos que se trataba de una riña de enamorados. Ella y el Inquilino…

– ¿Te refieres a James?

– Sí, a James. Estaban muy unidos. Obviamente, mucho más unidos de lo que habíamos supuesto en un principio. Cuando ella tenía tiempo libre, a él le gustaba ayudarla con su inglés. Nosotros no tuvimos ninguna objeción hasta el día en que nos enteramos que estaba embarazada.

– ¿Qué sucedió después?

– Le dijimos que tendría que irse. Aquello no era una residencia para madres solteras, y que necesitábamos a alguien que se ocupara de Sonia, no de ella misma: de su enfermedad, de sus dificultades, de su estado, o como quieras llamarlo. No la echamos a la calle y ni siquiera le dijimos que tenía que marcharse de inmediato. Pero que tendría que irse tan pronto como encontrara otro… sitio, trabajo. No obstante, eso supondría que tendría que alejarse de James, y se desmoronó.

– ¿Desmoronó?

– Lágrimas, ira, histeria. No podía soportarlo todo: estaba embarazada, estaba siempre enferma a causa del embarazo, tenía la perspectiva de quedarse sin trabajo, y además estaba tu hermana. En aquella época Sonia había salido del hospital. Necesitaba cuidados continuos. La chica alemana se desmoronó.

– Lo recuerdo.

– ¿Qué?

Noté la reticencia que había tras esa pregunta, el conflicto que mi padre sentía entre su deseo de poner fin a unos recuerdos que le resultaban dolorosos y las ganas de liberar al hijo que amaba de su prisión mental.

– Crisis. Recuerdo que llevaban a Sonia al médico, al hospital… y a otros lugares.

Se arrellanó en la silla y, al igual que yo, observó al perro que nos reclamaba atención.

– No hay lugar para las criaturas con necesidades complicadas. -Pero no pude adivinar si se estaba refiriendo al animal, a él mismo, a mí o a mi hermana-. Primero fue el corazón. Se trataba de un defecto atrioseptal. No pasó mucho tiempo antes de que, fue poco después de que naciera, nos percatáramos de que había problemas, ya que tenía un color de piel y un pulso irregular. Así pues, la operaron, y pensamos: «Bien, el problema ya está solucionado». Pero después fue el estómago: estenosis duodenal. Nos dijeron que era una enfermedad muy frecuente entre los niños que tenían síndrome de Down. Como si el hecho de tener síndrome de Down tuviera la misma importancia para la pobre criatura que tener un ojo bizco. La operaron de nuevo. Después de todo eso, malformación del recto. «¡Qué extraño! Esta niña en particular parece ser uno de los casos más graves de entre la gente que padece el síndrome. Tiene demasiados problemas. A ver si podemos operarla otra vez.» Y otra vez. Y otra vez. Después tuvimos que ponerle un aparato para la sordera. Y frascos de medicinas. Y, evidentemente, lo único que podíamos hacer era esperar que fuera feliz al ver que le invadirían, examinarían y reorganizarían el cuerpo hasta que todo estuviera arreglado.

– Papá…

Quería ahorrarle el resto de la historia. Me había contado suficiente. Ya había sufrido bastante: no sólo había vivido su sufrimiento, sino también su muerte. Y antes de que muriera, tendría que haber soportado su propio dolor, el de mi madre y, sin duda, el de sus padres…

Antes de poder acabar lo que le quería decir, oí a mi abuelo de nuevo. Sentí que me faltaba el aire, como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago, pero tenía que preguntárselo.

– Papá, ¿cómo hizo frente el abuelo a todo esto?

– ¿Hacer frente? Ni siquiera asistió al juicio. Él…

– No me refiero al juicio, sino a Sonia. El hecho de que fuera… así.

Le oigo perfectamente, doctora Rose. Le oigo aullar como siempre aullaba, como si fuera el rey Lear, a pesar de que la tormenta que rugía a su alrededor no estaba en los páramos, sino en su propia mente. «Monstruos -gritaba-. Sólo sois capaces de darme monstruos.» La saliva le cae por las comisuras de los labios, y aunque mi abuela le coge del brazo y murmura su nombre, no oye nada que no sea el viento, la lluvia y el retronar de su cabeza.

– Tu abuelo era un hombre atormentado, Gideon -dijo papá-. Pero era bueno y era un gran hombre. Sus demonios eran feroces, pero también lo era la batalla que libraba contra ellos.

– ¿La quería? -le pregunté-. ¿La sostenía entre sus brazos? ¿Jugaba con ella? ¿La consideraba su nieta?

– Sonia casi siempre estaba enferma. Era muy frágil.

– Así pues, no lo hacía, ¿verdad? -le pregunté a mi padre-. No hacía nada… de eso.

Papá no respondió. En vez de hacerlo, se puso en pie y se dirigió hacia la barandilla. El perro pastor inglés ladraba, pero sus ladridos apenas eran perceptibles, y daba zarpazos a su propia barandilla con una impaciencia que era obvia y patética a la vez.

– ¿Por qué les hacen eso a los animales? -preguntó papá-. ¡Por el amor de Dios, es antinatural! Si la gente desea tener animales domésticos, debería tener espacio para ellos. Y si no es así, más les valdría librarse de ellos.

– No vas a responderme, ¿verdad? -le pregunté-. No piensas decirme nada sobre la relación entre el abuelo y Sonia.

– Tu abuelo era tu abuelo -me contestó mi padre. Y ya no me contó nada más.

Capítulo 8

Liberty Neale sabía que si hubiera tenido la suerte de conocer a Rock Peters en algún lugar de México y de casarse allí con él, no se encontraría en la situación actual, ya que podría haberse divorciado del canalla en un instante y así poner fin a la relación. Pero no, no le había conocido en México. Ni siquiera había estado allí. Había ido a Inglaterra porque las lenguas extranjeras se le habían dado muy mal en el instituto, y porque Inglaterra era el lugar más parecido a California que conocía en el que la gente hablara una lengua que ella comprendía. Canadá apenas contaba.

Habría preferido ir a Francia -le encantaban los cruasanes, aunque cuanto menos pensara en ellos mucho mejor-, pero unos cuantos días en Londres le habían proporcionado un abanico mucho más amplio de experiencias gastronómicas de lo que en un principio se había imaginado; por lo tanto, se las había arreglado para instalarse, lejos del alcance de sus padres y, lo que era más importante, a miles de kilómetros de distancia de ese ejemplo viviente de perfección humana que era su hermana mayor. Equality Neale era alta, delgada, inteligente, elocuente y asquerosamente buena en todo lo que hacía. Además, la habían elegido Reina de la fiesta de antiguos alumnos del Instituto Los Altos, y eso era más que suficiente para hacer que cualquiera deseara irse a toda prisa a cualquier otra zona horaria. Así pues, alejarse de Ali había sido la prioridad número uno, y Londres había hecho que eso fuera posible.

Pero en Londres Libby había conocido a Rock Peters. En Londres se había casado con ese granuja. Y en Londres -donde aún no había conseguido nada parecido a un permiso de trabajo ni a una tarjeta de residencia permanente a pesar de su matrimonio-estaba a merced de Rock, mientras que en México habría sido «que te den por culo, Jack», y al margen de que hubiera tenido o no dinero, habría podido alejarse de él. Aun así, tampoco habría tenido el dinero para hacerlo, pero eso tampoco habría sido tan importante porque el pulgar hablaba una lengua universal, y a ella no le daba ningún miedo ponerse en medio de la carretera y usarlo. Y eso era algo que no podía hacer desde Londres, ya que cruzar el Atlántico en autostop para alejarse de Rock no parecía posible.

Rock la tenía… bien cogida por las pelotas, hablando en sentido figurado. Quería permanecer en Inglaterra porque no deseaba regresar a casa y admitir su derrota, teniendo en cuenta, además, que todas las cartas que llegaban desde California rebosaban de explicaciones del último éxito de Ali. Pero para seguir en Inglaterra necesitaba dinero. Y para conseguir dinero necesitaba a Rock. Cierto, podría haber ganado más libras de forma mucho más ilegal de lo que ya estaba haciendo, pero si la hubieran cogido, entonces la habrían deportado, y eso habría significado vuelta a Los Altos Hills, vuelta a papá y mamá, y vuelta a «¿Por qué no vas a trabajar para Ali durante una temporada, Lib? En el ámbito de relaciones públicas podrías… bla, bla, bla». Libby se repetía a sí misma que nada en el mundo la haría volver junto a su hermana.

Por lo tanto, cada vez que Rock quería algo, ella era prácticamente su esclava. Ése era el motivo por el que Libby seguía follando con ese desalmado cada vez que se lo pedía, unas dos o tres veces a la semana. Siempre que podía lo evitaba; solía decirle que tenía que hacer un reparto y que como ella era la más fiable de las mensajeras, ¿qué remedio le quedaba sino hacerlo? No obstante, eso no acostumbraba a funcionar porque cuando Rock quería sexo, lo quería de verdad, y de todas maneras nunca tardaba mucho tiempo en coger el tren hasta la agencia.

Eso mismo había sucedido aquel día en el tugurio de Bermondsey que había sobre la tienda de comestibles; desde allí, si se concentraba en el tráfico de la calle, siempre había podido evitar oír a Rock gruñéndole al oído cual cerdo estreñido. Como era habitual, después de estar con él se había sentido tan enfadada que le habían entrado ganas de cortarle el pene con una sierra. Como eso no era posible, se había ido a su clase de claqué.

Había bailado como una posesa, arrastrando los pies, avanzando de un lado a otro, agitando los brazos y correteando hasta que estuvo empapada de sudor. La profesora no paraba de gritarle: «¿Qué haces allí?» al son de On the Sunny Side of the Street, pero Libby no le hacía ningún caso. A Libby no le importaba si seguía el ritmo, si estaba en la posición correcta o si estaba en el mismo hemisferio que sus compañeros de clase. Lo único que le interesaba era hacer algo físico, algo rápido, algo que le requiriera tanta energía que no tuviera más remedio que olvidarse de Rock Peters.

Si no lo hacía, acabaría delante de la nevera más cercana, y después de unos seis millones de calorías, se habría recuperado del chantaje de Rock.

– Míralo de este modo, Lib -le decía cuando ya habían acabado y ella yacía debajo de él, derrotada de nuevo-. ¡Donde las dan las toman! Y perdona la expresión. -Le dedicaba esa sonrisa que antes le había parecido tan seductora y que ahora ya había aprendido a reconocer como la muestra de desprecio que en realidad era-. Tú me ayudas a mí y yo te ayudo a ti. Además, el violinista ese de poca monta no te está dando ningún placer, ¿no es verdad? Sé perfectamente cuando una tía va bien follada, y tú tienes toda la pinta de no haber echado un buen polvo desde hace más de un año.

– Tienes razón, cabronazo -solía contestarle-. Imagínate el porqué. Además, no es un violinista de poca monta. Es un verdadero profesional.

– ¡Oh! ¡Disculpa mi ignorancia! -le replicaba.

Y a Rocco Petrocelli no le importaba lo más mínimo que Libby no valorara su habilidad como amante. Al fin y al cabo, para él el éxito en la cama significaba llegar a correrse. Si su compañera llegaba a disfrutar, debía de ser a causa de la propia estimulación o de la coincidencia.

Libby salió de la escuela de baile de mejor humor, con los leotardos y los zapatos de claqué metidos en la mochila. Se había cambiado de ropa y se había puesto el atuendo de cuero que solía llevar cuando trabajaba de mensajera. Con el casco debajo del brazo, avanzó a grandes pasos hacia la motocicleta Suzuki y usó el pedal de arranque en vez del encendido eléctrico, para poder imaginarse que le estaba dando un puntapié a Rock en toda la cara.

El tráfico estaba en pleno atasco -¿había algún momento en que no lo estuviera?-, pero ella ya llevaba suficiente tiempo conduciendo la moto para saber qué calles secundarias coger y cómo pasar entre los coches y las camionetas de reparto cuando el tráfico estaba totalmente paralizado. Tenía un walkman que solía llevar cuando tenía que hacer repartos; llevaba el aparato dentro de un bolsillo interior de su chaqueta de cuero, y el casco hacía que los auriculares se mantuvieran en su sitio. Le gustaba la música pop, le gustaba alta, y normalmente cantaba mientras la oía, porque la combinación de la música resonándole en los tímpanos con la de su propia voz cantando a grito pelado hacía que olvidara las cosas desagradables que aún pudieran quedarle en el cerebro.

No obstante, ese día no usó el walkman. El claqué había borrado la imagen del cuerpo peludo de Rock despachurrado sobre ella y de su polla color salami colgándole entre las piernas. Y lo otro que le quedaba en la cabeza era algo en lo que deseaba pensar.

Rock tenía razón: aún no había conseguido llevarse a Gideon Davies a la cama -a la cama propiamente dicha-y no se podía imaginar el porqué. Parecía gustarle estar con ella, y parecía normal en todo lo que no guardara relación con el sexo. Sin embargo, en todo el tiempo que hacía que vivía en el piso de abajo y que salía con él, nunca habían ido más allá de esa primera noche en la que se habían quedado dormidos en su cama escuchando un CD. Eso había sido todo lo que había sucedido sexualmente hablando.

Al principio, había pensado que el tipo era homosexual y que a ella le había dejado de funcionar el radar a causa de haber estado tanto tiempo con Rock. Pero no se comportaba como un homosexual, no iba a los bares de ambiente de Londres, ni tampoco parecía invitar a hombres más jóvenes o más mayores o pervertidos a su casa. Los únicos que iban a verlo eran su padre -que la odiaba profundamente y que se ponía de lo más tenso cada vez que su hijo y ella respiraban el mismo aire durante más de cinco segundos- y Rafe Robson, que revoloteaba alrededor de Gideon día y noche, como si de urticaria se tratara. Hacía tiempo que Libby había llegado a la conclusión de que no había nada extraño en Gideon que no pudiera solucionar una relación como Dios manda… ¡Si pudiera alejarle de sus guardianes durante una temporada!

Después de abandonar el South Bank, donde se hacían sus clases de claqué, y después de haber conseguido atravesar el centro a pesar del denso tráfico, y de haber subido por Pentonville Road, Libby optó por pasar a toda velocidad por las calles menos frecuentadas de Camden Town, y así evitar la aglomeración de coches, taxis, autobuses y camiones que siempre formaban unos tremendos atascos en cualquier calle que estuviera cerca de la Estación de King's Cross. En consecuencia, la ruta que eligió para llegar a Chalcot Square no fue la más directa, pero le gustaba y eso era lo único que le importaba a Libby. No le importaba tener más tiempo para planear cómo quería abordar a Gideon, porque, al fin y al cabo, podría acabar en ruptura. Según ella, Gideon Davies tenía que ser algo más que un simple hombre que tocara el violín desde que le quitaron los pañales. Sí, estaba muy bien que fuera un músico de tanta categoría, pero también era una persona. Y esa persona era mu