/ / Language: Español / Genre:detective

Pago Sangriento

Elizabeth George

En la gran mansión escocesa de Westerbrae, una compañía teatral londinense se reúne para la lectura de una controvertida nueva obra. Pero, al finalizar la velada, la bella dramaturga aparece brutalmente asesinada en su cama, y el inspector Thomas Lynley se ve inmediatamente enredado en un crimen cuyo origen está en las complicadas obligaciones del amor y las consecuencias de la traición. Con la finalidad de alejar a la prensa el máximo tiempo posible, dada la notoriedad de los principales sospechosos, Lynley y la sargento Havers viajan hacia el aislado lugar. Entre sus sospechosos: el más poderoso productor teatral de Gran Bretaña, dos de las estrellas más queridas del país, y la mujer a la que Lynley ama. Para Lynley, la investigación requiere toda la delicadeza que pueda reunir, y ello le forzará a enfrentarse también con un dilema personal. Presente en Westerbrae la noche del asesinato estaba Helen Clyde, una mujer con la cual Lynley está compartiendo una complicada relación y una amistad duradera que ha evolucionado hacia el amor. El hecho de que ella ocupara la habitación contigua a la de la víctima, no puede ser pasado por alto. El hecho de que ella no la ocupara sola, no puede ser ignorado. Luchando para superar los celos que amenazan con enturbiar su juicio y las emociones que podrían llevarle a cometer errores fatales, Lynley se descubre a sí mismo envuelto en escándalos familiares, feroces rivalidades teatrales, y terribles revelaciones. Cuando la vida ocupe más poderosamente sus pensamientos que la muerte, la cuestión será si podrá atravesar la peligrosa línea que existe entre la fría objetividad de un investigador profesional y la furia confusa de un enamorado. En la mansión, los motivos se ocultan profundamente. Indignada por lo que ella ve como encubrimiento de un asesino de alta categoría social, la sargento Bárbara Havers, arriesgando su carrera y cuestionando su profunda lealtad profesional, empieza por su cuenta una búsqueda de los secretos que guardan no sólo una familia, sino dos, y que se mantienen en el silencio.

Elizabeth George

Pago Sangriento

Serie Lynley, 02

Título original: Payment in Blood

© 1989, Susan Elizabeth George

© de la traducción, Eduardo G. Murillo

Cuando una mujer frágil enloquece y descubre demasiado tarde que los hombres traicionan, ¡qué consuelo calmará su melancolía!, ¿qué arte lavará su pecado? El único arte que encubrirá su culpa, y ocultará su vergüenza ante los demás, que abatirá de arrepentimiento a su amante y acongojará su alma… es morir.

OLIVER GOLDSMITH

Capítulo 1

Gowan Kilbride, de dieciséis años, nunca había sido aficionado a madrugar. Mientras vivió en casa de sus padres, cada mañana salía de la cama rezongando, informando a todo aquel que le escuchaba, con sus gruñidos y peculiares quejas, de lo poco que le gustaban las tareas domésticas. Por tanto, cuando para recuperarse de su pena Francesca Gerrard, viuda desde hacía poco tiempo y propietaria de la mayor finca de la región, decidió convertir su gran mansión escocesa en un hotel en el campo, Gowan se presentó ante ella, justo el hombre que la mujer necesitaría para atender las mesas, oficiar tras el mostrador y supervisar a las jovencitas casaderas que sin duda entrarían a trabajar como chicas de servicio o doncellas.

Quimeras ilusorias, como pronto descubrió Gowan. Apenas llevaba una semana empleado en Westerbrae cuando comprendió que las tareas a realizar en aquella majestuosa casa de granito iban a ser orquestadas por un escuálido contingente de cuatro personas: la propia señora Gerrard, una cocinera de edad madura con un exceso de vello sobre el labio superior, Gowan y Mary Agnes Campbell, una muchacha de diecisiete años recién llegada de Inverness.

El trabajo de Gowan poseía todo el atractivo derivado de su posición en la jerarquía del hotel, es decir, virtualmente ninguno. Era un factótum, un hombre para todas las estaciones y fatigas, ya fuera trabajando las tierras de la extensa finca, barriendo los suelos, pintando las paredes, reparando la vieja caldera dos veces por semana, o aplicando papel pintado nuevo para adecentar las habitaciones de los futuros huéspedes. Una experiencia humillante para un chico que siempre se había considerado el nuevo James Bond. Tan sólo la deliciosa presencia de Mary Agnes Campbell, venida a la finca para ayudar a poner la casa en orden antes de recibir a los primeros clientes, mitigaba las penurias de la vida en Westerbrae.

Transcurrido apenas un mes de trabajo al lado de Mary Agnes, levantarse por la mañana ya no era un fastidio, pues cuanto antes salía disparado de su habitación, antes tenía Gowan oportunidad de verla, de hablar con ella, de captar su perfume embriagador cuando pasaba junto a él. De hecho, en sólo tres meses todos sus sueños anteriores de beber martinis con vodka (agitados, no revueltos) y mostrar una marcada preferencia por las pistolas italianas de culata delgada se habían desvanecido por completo, reemplazados por la esperanza de ser recompensado con una luminosa sonrisa de Mary Agnes, con la visión de sus bonitas piernas, con la esperanza atormentadora, exasperante y adolescente de acariciar la turgencia de sus adorables pechos en cualquier pasillo.

Todo ello había parecido muy posible, incluso muy razonable, hasta la llegada a Westerbrae de los primeros y auténticos huéspedes: un grupo de actores de Londres que había acudido el día anterior con su productor, su director y una pléyade de acompañantes para poner a punto su nueva producción. Combinada con lo que Gowan había descubierto por la mañana en la biblioteca, la presencia de estas luminarias londinenses alejaba progresivamente su sueño de felicidad con Mary Agnes. Por eso, cuando sacó la arrugada hoja de papel con el membrete de Westerbrae de la papelera de la biblioteca, fue en busca de Mary Agnes y la encontró sola en la cavernosa cocina, agrupando las bandejas en que subiría el té de la mañana a las habitaciones.

La cocina se había convertido desde hacía tiempo en el refugio favorito de Gowan, sobre todo porque, al contrario del resto de la casa, no había sido invadida, modificada o estropeada. No había necesidad de adecuarla a los gustos y predilecciones de los futuros huéspedes. No se les ocurriría bajar para probar una salchicha o hablar sobre el punto exacto de la carne.

De modo que habían dejado la cocina en paz, tal como Gowan la recordaba de su infancia. El viejo suelo de baldosas rojo mate y crema oscuro todavía parecía un enorme tablero de damas. Hileras de resplandecientes sartenes pendían de espeteras de roble adosadas a una pared; los utensilios de hierro parecían sombras borrosas que resbalaban sobre la agrietada superficie de cerámica. Un cuádruple escurreplatos de pino sostenía los platos utilizados habitualmente en la casa. Debajo, un tendedero triangular vacilaba bajo el peso de trapos de cocina. Los antepechos de las ventanas estaban ocupados por jardineras de barro, en las que crecían extrañas plantas tropicales de grandes hojas palmeadas (plantas que, lógicamente, tendrían que haberse agostado bajo las gélidas adversidades de un invierno escocés, pero que, contra todo pronóstico, medraban al calor de la estancia).

Sin embargo, en aquel momento no hacía calor. Cuando Gowan entró eran casi las siete, y la enorme estufa apoyada contra una pared aún no había derrotado al frío aire de la mañana. Una gran olla humeaba sobre uno de los quemadores. A través de las ventanas de travesaños. Gowan comprobó que la fuerte nevada de la noche había esculpido suavemente los prados que descendían ondulantes hacia el Loch Achiemore. En otra ocasión habría admirado el espectáculo, pero ahora la justa indignación le impedía ver otra cosa que no fuera la sílfide de piel inmaculada que se hallaba de pie ante la mesa situada en el centro de la cocina, cubriendo las bandejas con manteles de lino.

– Explícame esto, Mary Agnes Campbell.

El rostro de Gowan enrojeció hasta casi igualar el color de su cabello, y sus pecas se oscurecieron perceptiblemente. Alargó la hoja de papel desechada, ocultando con su ancho y calloso pulgar el membrete estampado de Westerbrae.

Mary Agnes dirigió sus inocentes ojos azules hacia el papel, dedicándole una mirada superficial. Indiferente, entró en el cuarto de la vajilla y empezó a sacar teteras, tazas y platillos de las estanterías. Actuaba como si no hubiera sido ella la que hubiera escrito «Señora de Jeremy Irons, Mary Agnes Irons, Mary Irons, Mary y Jeremy Irons, Mary y Jeremy Irons y familia» con letra torpe e irregular.

– ¿Qué es eso? -preguntó, echando hacia atrás su cabellera negra como el ébano.

El movimiento, que pretendía ser afectado, consiguió que la gorrita blanca asentada gallardamente sobre sus rizos resbalara sobre un ojo. Parecía un atractivo pirata.

Lo cual formaba parte del problema. En toda su vida la sangre de Gowan nunca había hervido por una mujer como lo hacía por Mary Agnes Campbell. Había crecido en Hillview Farm, uno de los terrenos arrendados de Westerbrae, y nada en su existencia (aire puro, ganado, cinco hermanos y hermanas, navegar en bote por el lago) le había preparado para el efecto que Mary Agnes le causaba cada vez que estaba en su compañía. Sólo el sueño de hacerla suya algún día impedía que perdiera la razón.

Un sueño que no consideraba imposible por completo, pese a la existencia de Jeremy Irons, cuyo hermoso rostro y ojos sentimentales, recortados de innumerables revistas de cine, adornaban las paredes de la habitación de Mary Agnes, situada en el pasillo inferior noroeste de la gran casa. Después de todo, era típico de las chicas adorar lo inalcanzable, ¿verdad? Al menos eso intentaba decirle cada día la señora Gerrard a Gowan, cuando éste descargaba en ella el peso que agobiaba su corazón, mientras la mujer supervisaba su pericia cada vez mayor en servir vino sin derramar la mayor parte sobre el mantel.

Hasta ahí todo bien, mientras lo inalcanzable continuara siendo inalcanzable. Pero ahora, con la casa llena de actores de Londres, Gowan sabía muy bien que Mary Agnes empezaba a ver a Jeremy Irons al alcance de su mano. No cabía duda de que alguna de estas personas le conocería, se lo presentaría, y la naturaleza seguiría su curso… El papel que sostenía Gowan en la mano reforzaba esta creencia, una clara indicación de las esperanzas que Mary Agnes depositaba en el futuro.

– ¿Qué es eso? -repitió él con incredulidad-. ¡Se te ha caído en la biblioteca, eso es lo que es!

Mary Agnes se lo arrebató de la mano y lo guardó en el bolsillo del delantal.

– Gracias por devolvérmelo, mozo -replicó.

La tranquilidad de Mary Agnes le enfureció.

– ¿No piensas darme ninguna explicación?

– Estaba practicando, Gowan.

– ¿Practicando? -el fuego acumulado en su interior hacía hervir su sangre-. ¿Y de qué te va a servir «Jeremy Irons» para lo que estabas practicando? En todo el maldito papel. ¡Es un hombre casado!

– ¿Casado? -el rostro de Mary Agnes palideció.

Colocó los platillos unos sobre otros. La porcelana chirrió de forma desagradable.

Gowan se arrepintió al instante de sus impulsivas palabras. No tenía ni idea de si Jeremy Irons estaba casado, pero se sentía desesperado al pensar que Mary Agnes soñaba por las noches con el actor, acostada en su cama, mientras en la habitación de al lado Gowan anhelaba fervientemente besarla en los labios. Era execrable. Era injusto. Lo pagaría caro.

Pero cuando vio temblar sus labios se reprendió por su estupidez. Si no iba con cuidado, acabaría odiándole a él, no a Jeremy Irons. Y no lo podría soportar.

– Bueno, Mary, no sé si está casado -admitió Gowan.

Mary Agnes suspiró, reunió la vajilla y volvió a la cocina. Gowan la siguió como un perrito faldero. La joven alineó las teteras sobre las bandejas, vertió té en cada una, estiró los paños de lino y dispuso los cubiertos de plata sin dejar de moverse, ignorándole de forma deliberada. Gowan, anonadado, cavilaba qué decir para congraciarse de nuevo con ella. Observó cómo se inclinaba para colocar la leche y el azúcar. Sus generosos senos tensaban el suave vestido de lana.

– ¿Te he contado que remé hasta Tomb's Isle? -graznó.

No era un tema de conversación precisamente estimulante. Tomb's Isle era un túmulo de tierra salpicado de árboles que se erguía a unos cuatrocientos metros en el interior de Loch Achiemore. Rematado por un curioso edificio que, desde lejos, parecía una extravagancia victoriana, era el lugar donde reposaba Phillip Gerrard, el marido recientemente fallecido de la actual propietaria de Westerbrae. Remar hasta allí no constituía una proeza atlética para un chico como Gowan, acostumbrado al trabajo pesado.

Tampoco iba a impresionar a Mary Agnes, que tal vez lo había hecho también, así que buscó una manera de interesarla más en la historia.

– ¿Sabes lo de la isla, Mary?

Mary Agnes se encogió de hombros, colocando las tazas sobre los platillos. Sin embargo, sus ojos se desviaron hacia él un instante, enardeciéndole bastante para dotar de elocuencia a su relato.

– ¿No te has enterado? Caramba, Mary, todos los del pueblo saben que cuando hay luna llena la señora Francesca Gerrard sale casi desnuda a la ventana de su cuarto y suplica al señor Phillip que vuelva con ella. Desde Tomb's Isle, donde está enterrado.

Eso consiguió atraer la atención de Mary Agnes. Dejó de trajinar con las bandejas, se apoyó contra la mesa, cruzó los brazos y se dispuso a escuchar.

– No me creo ni una palabra -le advirtió, pero su tono sugería todo lo contrario, y no se molestó en disimular una sonrisa traviesa.

– Tampoco yo lo hice, chica, así que salí a remar durante la última luna llena -Gowan aguardó ansiosamente su reacción. La sonrisa se hizo más amplia. Los ojos centellearon. Alentado, prosiguió-. ¡Ay, qué espectáculo el de la señora Gerrard! ¡Desnuda en la ventana! ¡Los brazos extendidos! ¡Dios santo, y aquellas tetazas colgándole hasta la cintura! ¡Qué visión tan espantosa! ¡No me sorprende que el viejo señor Phillip siga tan quietecito en su tumba! -Gowan dirigió una ardiente mirada a los bellos atributos de Mary Agnes-. ¡Sin duda es cierto que un hombre puede hacer cualquier cosa cuando ve unos pechos bonitos!

Mary Agnes ignoró la torpe indirecta y siguió disponiendo las bandejas del té, desinteresándose de sus esfuerzos narrativos con frases poco alentadoras.

– Vuelve a tu trabajo, Gowan. ¿Esta mañana no ibas a echarle un vistazo a la caldera? Anoche resoplaba como mi abuela.

Ante la fría respuesta de la muchacha, el corazón le dio un vuelco. Estaba seguro de que la historia sobre la señora Gerrard iba a excitar la imaginación de Mary Agnes, quizá hasta el punto de pedirle que la llevara a remar por el lago la próxima luna llena. Hundió sus hombros y se dirigió arrastrando los pies hacia la trascocina, donde se hallaba la renqueante caldera.

Mary Agnes, como apiadándose de él, habló de nuevo.

– Pero por mucho que la señora Gerrard quiera, el señor Phillip no volverá con ella, mozo.

Gowan se detuvo en seco.

– ¿Por qué?

– «Que mi cuerpo no yazca en esta tierra maldita de Westerbrae» -citó Mary Agnes con brío-. Eso dice el testamento del señor Phillip Gerrard. Me lo dijo la propia señora Gerrard. Por tanto, si tu historia es verdadera, se pasará toda la vida en la ventana intentando atraerle de nuevo a su lado. No va a caminar sobre las aguas como Jesús. Tetazas o no, Gowan Kilbride.

Finalizó su comentario con una risita y se acercó a la tetera para empezar a preparar el té de la mañana. Y cuando volvió a la mesa para verter el agua, pasó tan cerca de él, casi rozándole, que la sangre del joven empezó a hervir otra vez.

Contando a la señora Gerrard, debían servirse diez bandejas de té, Mary Agnes estaba decidida a hacerlo sin tropezar, derramar una gota o turbarse si entraba en la habitación de un caballero que se estuviera vistiendo. O algo peor.

Había ensayado repetidas veces su debut como camarera de hotel. «Buenos días. Hace un día espléndido», y avanzar con rapidez hacia la mesa para depositar la bandeja, procurando en todo momento desviar la vista de la cama. «Por si acaso», se había reído Gowan.

Atravesó el cuarto de la vajilla, el comedor en penumbras por las cortinas y salió al enorme vestíbulo de entrada de Westerbrae. Al igual que la escalera del extremo más alejado, el vestíbulo no estaba alfombrado, y las paredes habían sido chapadas en roble ennegrecido por el humo. Una araña del siglo XVIII colgaba del techo, y sus lágrimas captaban y difractaban un suave rayo de luz procedente de la lámpara colocada sobre el mostrador de recepción, que Gowan encendía cada mañana a primera hora. El aire olía a aceite, serrín y a un rastro residual de trementina, dando cuenta de los esfuerzos que realizaba la señora Gerrard para redecorar y transformar su vieja casa en un hotel.

Sin embargo, un aroma peculiar predominaba por encima de los demás olores, el producto de la súbita e inexplicable llamarada de pasión de anoche. Gowan acababa de entrar en el gran vestíbulo, portando una bandeja con vasos y cinco botellas de licores destinados a los invitados, cuando la señora Gerrard salió precipitadamente de su pequeña sala de estar, sollozando como una niña. El resultado de la inopinada colisión entre ambos había sido la caída de Gowan al suelo, creando un revoltijo de cristal de Waterford astillado y un charco de alcohol bastante considerable, que se extendía desde la puerta de la salita de estar hasta el mostrador de recepción. A Gowan le había costado casi una hora limpiar el estropicio (maldiciendo de forma melodramática cada vez que Mary Agnes pasaba cerca), y en todo el rato la gente no había cesado de ir y venir, gritar, llorar, subir las escaleras e invadir todos los pasillos.

Mary Agnes no había conseguido averiguar todavía el motivo de tanta excitación. Sólo sabía que la compañía de actores había entrado en la sala de estar con la señora Gerrard para leer un manuscrito, pero su encuentro se disolvió al cabo de quince minutos, convirtiéndose en algo apenas mejor que un furioso altercado, con rotura de vitrina incluida, por no mencionar el desastre de los licores y las copas, como prueba palpable. Mary Agnes atravesó el vestíbulo en dirección a la escalera, subiendo con todo cuidado y tratando de que sus pies no produjeran el menor ruido sobre la madera desnuda. Un conjunto de llaves de la casa, que pendían pretenciosamente de su cadera derecha, alentaban su confianza.

– Llama primero con suavidad -le había indicado la señora Gerrard-. Si no hay respuesta, abre la puerta, utilizando la llave maestra si es preciso, y deja la bandeja sobre la mesa. Abre las cortinas y di que hace un día espléndido.

– ¿Y si no es un día espléndido? -había preguntado con picardía Mary Agnes.

– Finge que lo es.

Mary Agnes llegó al final de la escalera, respiró hondo para serenarse y escrutó la fila de puertas cerradas. La primera pertenecía a lady Helen Clyde y, aunque Mary Agnes había visto la noche anterior a lady Helen ayudar a Gowan a recoger el licor derramado en el vestíbulo, todavía no se sentía con ánimos para servir su primera bandeja de té matutino a la hija de un conde. Existían demasiadas posibilidades de cometer un error. Siguió adelante, pues, eligiendo la segunda habitación, cuya ocupante probablemente no repararía en unas gotas de té derramadas sobre su servilleta de lino.

No hubo respuesta a su llamada. La puerta estaba cerrada con llave. Mary Agnes frunció el ceño, apoyó la bandeja en una cadera y rebuscó entre las llaves hasta encontrar la que abría todos los dormitorios. Abrió la puerta y entró, intentando recordar las frases ensayadas.

Descubrió que la habitación se hallaba terriblemente fría, muy oscura y en absoluto silencio, cuando lo más normal sería escuchar, como mínimo, el suave siseo del radiador en marcha. Quizá la única ocupante de la habitación había decidido meterse en la cama sin conectarlo. O tal vez, sonrió para sí Mary Agnes, no estaba sola en la cama, sino en compañía de un caballero bajo el edredón. Mary Agnes ahogó una risita.

Caminó hacia la mesa situada bajo la ventana, depositó la bandeja y descorrió las cortinas, tal como la señora Gerrard la había instruido. Apenas despuntaba el alba y el sol no era más que una astilla incandescente sobre las brumosas colinas que se alzaban más allá del Loch Achiemore. El lago arrojaba destellos plateados, y sobre su brillante superficie sedosa se reflejaban como en un espejo las colinas, el cielo y el bosque cercano. Había pocas nubes, fragmentos desgajados como volutas de humo. Prometía ser un hermoso día, muy diferente del anterior, azotado por la lluvia y el viento.

– Espléndido -comentó alegremente Mary Agnes-. Buenos días.

Giró sobre sí misma, elevó los hombros para dirigirse hacia la puerta y se detuvo.

Algo iba mal. Tal vez el aire, demasiado quieto, como si la habitación hubiera inhalado una rápida bocanada, o el olor que transportaba, intenso y empalagoso, que le recordaba vagamente el aroma que se desprendía cuando su madre picaba carne, o la forma que adoptaba el cubrecama, como tirado hacia arriba presurosamente, o la total ausencia de movimientos bajo él. Como si nadie se agitara. Como si nadie respirase…

Mary Agnes sintió que el vello de la nuca se le erizaba y se quedó paralizada.

– ¿Señorita? -susurró. Y luego otra vez, en voz más alta, por si la mujer estuviera completamente dormida-. ¿Señorita?

No hubo respuesta.

Mary Agnes dio un paso, vacilando. Tenía las manos heladas, los dedos rígidos, pero se obligó a tender el brazo. Tocó el borde de la cama.

– ¿Señorita? -la tercera llamada no obtuvo más respuesta que las anteriores.

Sus dedos, como con voluntad propia, se cerraron sobre el edredón y empezaron a apartarlo de la figura que había debajo. La manta, humedecida con ese frío que cala hasta los huesos, producto de las violentas tormentas invernales, se resistió, y luego cayó al suelo. Y entonces Mary Agnes vio que el horror poseía vida propia.

La mujer yacía sobre su costado derecho como congelada; su boca era un rictus en medio del charco de sangre que rodeaba su cabeza y hombros. Tenía un brazo extendido, con la palma de la mano hacia arriba, como si suplicara. El otro estaba encajado entre sus piernas, como si buscara calor. Su largo cabello negro era omnipresente. Se desparramaba sobre la almohada como las alas de un cuervo, se enroscaba alrededor de su brazo, absorbía su sangre hasta convertirse en una masa pulposa. Ya había comenzado a coagularse, y los glóbulos carmesíes ribeteados de negro parecían burbujas petrificadas de una poción infernal. Y la mujer se hallaba inmovilizada en el centro del cuadro, como un insecto en su vitrina, empalada por la daga de mango de cuerno que atravesaba el lado izquierdo de su cuello hasta clavarse en el colchón.

Capítulo 2

El inspector Thomas Lynley recibió el mensaje poco antes de las diez de aquella mañana. Había ido a Castle Sennen Farm para echar una ojeada al nuevo ganado, y regresaba en el Land Rover de la finca, cuando su hermano salió a su encuentro, llamándole a gritos desde el caballo bayo que montaba, y cuyo aliento se transformaba en vapor al salir de las amplias fosas nasales. Hacía mucho frío, mucho más de lo normal en Cornualles incluso en esta época del año, y los ojos de Lynley se entornaron a la defensiva cuando bajó la ventanilla del Rover.

– Tienes un mensaje de Londres -chilló Peter Lynley, sujetando las riendas expectante. La yegua sacudió la cabeza, acercándose de forma deliberada al muro de piedra que servía de frontera entre el campo y la carretera-. El superintendente Webberly. No sé qué sobre el Departamento de Investigación Criminal de Strathclyde. Quiere que le telefonees en cuanto puedas.

– ¿Eso es todo?

La yegua describió un círculo, como si intentara desembarazarse del peso que la agobiaba, y Peter reaccionó ante el desafío a su autoridad con una carcajada. Forcejearon unos instantes, cada uno decidido a dominar al otro, pero Peter controlaba las riendas con una mano que sabía instintivamente refrenar al caballo sin humillarlo. La fustigó para que diera la vuelta en el campo de rastrojos, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo previamente para dar la vuelta, y adelantó el pecho hacia el muro coronado de escarcha.

– Hodge cogió la llamada -sonrió Peter-. Ya sabes el rollo «Scotland Yard llama a su señoría. ¿Voy yo o va usted?» -rezumaba desaprobación por todos los poros de su cuerpo mientras hablaba.

– Aquí no ha cambiado nada -fue la respuesta de Lynley. El viejo mayordomo, que llevaba treinta años al servicio de la familia, se había negado a condescender durante los últimos doce con lo que él llamaba «el capricho de su señoría», como si en el momento menos pensado Lynley fuera a recobrar la razón, ver la luz y empezar a vivir de acuerdo con su posición, tal como Hodge esperaba con todas sus fuerzas… en Cornualles, en Howenstow, lo más lejos posible de New Scotland Yard-. ¿Qué le dijo Hodge?

– Que estabas ocupado recibiendo agasajos de tus inquilinos, lo más seguro. Ya sabes, «Su señoría está recorriendo las tierras en este momento» -Peter imitó a la perfección el tono fúnebre del mayordomo. Ambos hermanos lanzaron una carcajada-. ¿Quieres volver a caballo? Irás más deprisa que en el Rover.

– No, gracias. Me temo que le he cogido mucho apego a mi cuello.

Lynley puso el vehículo en marcha con estrépito. La yegua, asustada, reculó y saltó a un lado, sin hacer caso de bocado, riendas ni talones en su deseo de alejarse. Los cascos golpearon contra las rocas, y el relincho se transformó en un chillido de miedo. Lynley no dijo nada al ver que su hermano luchaba con el animal, sabiendo que era inútil rogarle que tuviera cuidado. Lo que más atraía a Peter de los caballos era la inminencia del peligro y la posibilidad de romperse un hueso al ejecutar un falso movimiento.

Como era de esperar, Peter echó la cabeza hacia atrás, ebrio de alegría. Había venido sin sombrero, y su cabello, pegado al cráneo como una gorra dorada, brillaba a la luz del sol invernal. Sus manos estaban curtidas por el trabajo, y su piel conservaba el bronceado incluso en invierno, tostada por los meses que pasaba trabajando bajo el sol del suroeste. Al mirarle, Lynley experimentó la sensación de que, en lugar de diez años, era varias décadas mayor que su hermano.

– ¡Ánimo, Saffron! -gritó Peter. Espoleó a la yegua lejos del muro y, despidiéndose con la mano, se alejó por el campo a todo galope. Llegaría a Howenstow mucho antes que su hermano.

Cuando caballo y jinete desaparecieron entre un grupo de sicómoros, al otro extremo del campo, Lynley hundió el pie en el acelerador, maldijo exasperado cuando no le entró la marcha y avanzó a trompicones por el estrecho sendero.

Lynley llamó a Londres desde el pequeño gabinete contiguo al salón. Era su santuario personal, construido sobre el porche de la casa familiar y amueblado a principios de siglo por su abuelo, un hombre que sabía muy bien cómo hacer la vida soportable. Un escritorio de caoba más pequeño de lo normal estaba situado entre dos estrechas ventanas. Las estanterías sostenían una serie de libros humorísticos y varias décadas encuadernadas de Punch. Un reloj de bronce dorado hacía tictac sobre la repisa de la chimenea, cerca de la cual había una acogedora butaca para leer. Siempre había sido un lugar reconfortante al final de un día agotador.

Lynley observó por la ventana el frondoso jardín, mientras esperaba que la secretaria de Webberly localizara al superintendente, preguntándose qué hacían ambos en New Scotland Yard un fin de semana de invierno. Vio a su madre, una figura alta y delgada embutida en un grueso chaquetón de marino. Se cubría el pelo de color arena con una gorra norteamericana de béisbol. Estaba discutiendo con uno de los jardineros, y este hecho le impedía darse cuenta de que su perdiguero jugueteaba con uno de sus guantes, que había caído, y lo estaba tratando como a un tentempié de media mañana. Lynley sonrió cuando su madre reparó en lo que hacía el perro. Dio un grito y recuperó el guante.

Cuando la voz crepitó al otro lado de la línea, sonó como si Webberly hubiera venido corriendo.

– Tenemos una situación difícil entre manos -le anunció el superintendente sin más preámbulos-. Gente de Drury Lane, un cadáver y la policía local actuando como si se hubiera desencadenado la peste bubónica. Solicitaron la ayuda de su DIC local, Strathclyde, pero Strathclyde no le pondrá las manos encima. Es nuestro.

– ¿Strathclyde? -repitió Lynley, confuso-. Eso está en Escocia.

Lo que decía era bien conocido por su superior. Escocia contaba con su propia fuerza de policía. Casi nunca pedían ayuda al Yard. Incluso en ese caso, las complejidades de las leyes escocesas dificultaban el trabajo de la policía londinense, y le imposibilitaba participar en ulteriores procedimientos judiciales. Algo no encajaba. Lynley empezó a sospechar, pero se abstuvo de hacer comentarios.

– ¿No tenía otra persona a mano este fin de semana? -sabía que Webberly le proporcionaría los restantes detalles como respuesta a su pregunta. Era la cuarta vez en cinco meses que interrumpía un permiso de Lynley.

– Lo sé, lo sé -respondió Webberly con brusquedad-. Pero no había otro remedio. Ya lo arreglaremos cuando todo haya acabado.

– ¿El qué?

– Un lío de mil demonios. -la voz de Webberly se alejó cuando alguien se puso a hablar en su oficina de Londres, concisamente y desde una distancia considerable.

Lynley reconoció al retumbante barítono. Era sir David Hillier, el inspector jefe. Algo grave había sucedido. Mientras escuchaba, esforzándose en captar las palabras de Hillier, los dos hombres debieron de llegar a una decisión, porque Webberly le habló en un tono más confidencial, como si la línea estuviera intervenida y temiera que alguien le escuchara.

– Como ya le he dicho, se trata de una situación difícil. Stuart Rintoul, lord Stinhurst, está mezclado. ¿Le conoce?

– Stinhurst. ¿El productor?

– El mismo. El Midas de los escenarios.

El epíteto hizo sonreír a Lynley. Muy apropiado. Lord Stinhurst había alcanzado su reputación en el teatro londinense a base de financiar un espectáculo triunfal tras otro. Además de ser un hombre con un gran olfato para los gustos del público, y predispuesto a correr enormes riesgos con su dinero, poseía una habilidad singular para reconocer nuevos talentos y seleccionar obras premiadas entre las bazofias que aterrizaban cada día en su escritorio. Su último desafío, como sabía cualquiera que leyera el Times, había sido la adquisición y renovación del abandonado teatro Agincourt de Londres, proyecto en el que lord Stinhurst había invertido más de un millón de libras. El nuevo Agincourt se inauguraría dentro de dos meses, y su éxito estaba asegurado. Teniendo en cuenta lo poco que faltaba, a Lynley le pareció inconcebible que Stinhurst se hubiera marchado de Londres, aunque sólo fuera para tomarse unas cortas vacaciones. Era un perfeccionista obsesivo, un hombre entrado en los setenta y que no descansaba desde hacía años. Eso formaba parte de su leyenda. Por tanto, ¿qué estaba haciendo en Escocia?

Webberly prosiguió, como respondiendo a las preguntas no formuladas de Lynley.

– En apariencia, Stinhurst llevó al grupo allí para trabajar en una obra que pretendía triunfar por todo lo alto en la ciudad cuando el Agincourt abriera sus puertas. Hay un periodista con ellos, un tipo del Times. Creo que es un crítico de teatro. Según parece, ha estado informando sobre el asunto del Agincourt día a día, pero, por lo que me han dicho esta mañana, en estos momentos daría cualquier cosa por hacerse con un teléfono antes de que lleguemos allí y le amordacemos.

– ¿Por qué? -preguntó Lynley, sabiendo que Webberly se había reservado lo más jugoso para el final.

– Porque Joanna Ellacourt y Robert Gabriel van a ser las estrellas de la nueva producción de lord Stinhurst. Y también están en Escocia.

Lynley no pudo reprimir un suave silbido de sorpresa. Joanna Ellacourt y Robert Gabriel. La crema del teatro, los dos actores más solicitados del país en la actualidad. Durante sus años de asociación, Ellacourt y Gabriel habían electrizado los escenarios interpretando desde Shakespeare a Stoppard, pasando por O'Neill. Aunque trabajaban con igual frecuencia juntos que separados, la magia sólo se producía cuando salían a escena como pareja. Y, después, los calificativos de los periódicos siempre eran los mismos, química, ingenio, altísima tensión sexual que hasta el público advertía. Lynley recordó que su encuentro más reciente había sido en Ótelo, una producción de Haymarket que había atraído a muchedumbres durante meses antes de finalizar tres semanas atrás.

– ¿A quién han asesinado? -preguntó Lynley.

– A la autora de la nueva obra. Una chica prometedora, sin duda. Se llamaba… -se oyó un roce de papeles- Joy Sinclair. -Webberly emitió un sonido gutural, preludio habitual a una mala noticia-. Me temo que movieron el cuerpo.

– ¡Maldita sea! -murmuró Lynley-. Modificaría el escenario del crimen, dificultando más su tarea.

– Lo sé, lo sé, pero ya no se puede hacer nada, ¿verdad? En cualquier caso, la sargento Havers se encontrará con usted en Heathrow. Tienen dos billetes en el avión de la una a Edimburgo.

– Havers no sirve para esto, señor. Necesitaré a St. James si han movido el cuerpo.

– St. James ya no pertenece al Yard, inspector. No puedo solucionarlo, dada la urgencia del caso. Si necesita a un especialista forense, llévese a uno de nuestros hombres, pero no a St. James.

Lynley estaba preparado para poner objeciones a esa decisión, intuyendo por qué le habían encargado el caso a él y no a algún detective que estuviera de guardia el fin de semana. Stuart Rintoul, barón de Stinhurst, era sospechoso del asesinato, pero el Yard deseaba que la presencia del octavo barón de Asherton, el propio Lynley, garantizara un trato diplomático, hablando con el sospechoso de igual a igual, sondeando la verdad con delicadeza. Todo eso estaba muy bien, pero en lo que a Lynley concernía, si Webberly pretendía saltarse alegremente la lista de facción para orquestar un encuentro entre los lores Stinhurst y Asherton, él no estaba dispuesto a complicar más su trabajo llevándose a la sargento Barbara Havers, que no desaprovecharía la oportunidad de ser la primera de su promoción en aplicarle las esposas a un barón.

En opinión de la sargento Havers, los grandes problemas de la vida, desde la crisis económica hasta el aumento de enfermedades de transmisión sexual, nacían del sistema de clases, maduros y en sazón, un poco como Atenea de la cabeza de Zeus. De hecho, era el tema en que discrepaban con más encono, así como los cimientos, edificio y florón de todas las batallas verbales que Lynley había sostenido con ella durante los quince meses que llevaban de compañeros.

– Este caso no es el más apropiado para las peculiares características de Havers -razonó Lynley-. Toda su objetividad se irá al carajo en cuanto se entere de que lord Stinhurst está implicado.

– Ya ha superado esas cosas. Y si no, ya es hora de que lo haga si quiere llegar a algún sitio con usted.

Lynley se encogió de hombros al pensar que tal vez el superintendente estuviera insinuando que la sargento Havers y él estaban destinados a ser un equipo permanente, unidos en un matrimonio de carreras del que nunca podría escapar. Buscó una forma de utilizar la decisión de su superior respecto a Havers como parte de un compromiso adecuado a sus necesidades. La encontró apoyándose en un comentario anterior.

– Respeto su decisión, señor, pero en cuanto a las complicaciones resultantes de haber movido el cadáver, St. James tiene más experiencia en el análisis de los escenarios de un crimen que cualquiera de la plantilla. Usted sabe mejor que yo que fue nuestro mejor hombre en el pasado y…

– Nuestro mejor hombre en el presente. Conozco el rollo, inspector, pero tenemos un problema de tiempo. No es posible darle a St. James… -un ladrido del inspector jefe Hillier le interrumpió, pero algo, sin duda la mano de Webberly sobre el auricular, impidió oír el resto de la conversación-. De acuerdo. St. James ha recibido la aprobación. Póngase en movimiento, vaya allí y encárguese de resolver el lío. -tosió, carraspeó y concluyó-. Todo esto no me hace más feliz que a usted, Tommy.

Webberly colgó al instante, sin conceder más tiempo para discusiones o preguntas. Sólo entonces se tomó un momento Lynley para meditar sobre dos curiosos detalles de la conversación. El superintendente no le había contado prácticamente nada del crimen, y era la primera vez en sus doce años de asociación que le llamaba por su nombre de pila. Desde luego un extraño motivo para inquietarse, pero por un instante Lynley se preguntó qué se ocultaba tras el asesinato de Escocia.

Cuando salió del gabinete y del salón, rumbo a sus aposentos del ala este de Howenstow, el nombre llamó por fin la atención de Lynley. Joy Sinclair. Lo había visto en alguna parte. Y no hacía mucho tiempo. Se detuvo en el pasillo junto a una vitrina y miró sin ver el cuenco de porcelana que había encima. Sinclair, Sinclair. Parecía tan conocido, tan al alcance de su mano. El delicado dibujo del cuenco, azul sobre blanco, se convirtió en una mancha, y las figuras se sobrepusieron, cruzaron, invirtieron…

Se invirtieron. De atrás adelante. Jugar con las palabras. No era Joy Sinclair lo que había visto, sino Sinclair's Joy, el júbilo de Sinclair, un titular del dominical de un periódico, la clásica inversión del tipo a qué somos listos, seguida de la engañosa frase «Una Diana con Oscuridad y lanzada hacia éxitos mayores.»

Recordó que el titular le había sugerido la imagen de una atleta ciega camino de los juegos olímpicos. Y, dejando aparte el hecho de que había leído el artículo hasta descubrir que no se trataba de una atleta, sino de una autora teatral cuya primera obra había sido bien acogida por críticos y espectadores ávidos de una bocanada de aire fresco, y cuya segunda obra inauguraría el teatro Agincourt, no había averiguado nada más. Porque una llamada de Scotland Yard le había conducido a Hyde Park y al cadáver desnudo de una niña de cinco años, oculto entre los arbustos situados bajo el puente del Serpentine.

Era lógico que no hubiera recordado a la Sinclair hasta este momento. La visión desoladora de Megan Walsham, saber cuánto había sufrido antes de morir, había borrado cualquier otro pensamiento de su mente durante semanas. Vivió día a día poseído por la furia, durmiendo, comiendo y bebiendo su necesidad de encontrar al asesino de Megan, hasta que arrestó al tío materno de la niña, y luego tuvo que revelar a la desolada madre quién era el responsable de la violación, mutilación y asesinato de su hija menor.

En realidad acababa de cerrar el caso, agotado por los largos días y las noches aún más largas, deseando vivamente un descanso, una purificación espiritual que lavara la obscenidad del crimen y la crueldad de su alma.

Pero no iba a ser posible. Al menos ni aquí ni ahora. Suspiró, tamborileó los dedos en la vitrina y fue a hacer la maleta.

El detective Kevin Lonan detestaba beber té en un recipiente. Siempre le provocaba una repulsiva imagen que le recordaba la espuma del baño. Por esa razón, cuando las circunstancias le obligaban a servirse su anhelado té vespertino de un mellado termo, resucitado de un rincón polvoriento del DIC de Strathclyde, sólo tomaba un sorbo antes de arrojar el resto a la insignificante franja asfaltada que hacía las veces de aeródromo local. Esbozó una mueca, se secó la boca con el dorso de la mano y se frotó los brazos para mejorar la circulación. Hoy el sol había salido y brillaba como una falsa promesa de primavera sobre los abombados amontonamientos de nieve, pero la temperatura continuaba a bastantes grados bajo cero. Y el espeso banco de nubes que venía desde el norte auguraba otra tormenta. Si el grupo de Scotland Yard se proponía aparecer, mejor que lo hiciera rápido como el rayo, pensó Lonan de mal humor.

Como en respuesta, la rítmica vibración de unas alas giratorias cortó el aire desde el este. Poco después, se divisó un helicóptero de la Real Policía Escocesa. Describió un círculo alrededor de la bahía de Ard-mucknish, inspeccionando el terreno en busca del lugar más apropiado y después se posó sobre un cuadrado de asfalto que una asmática máquina quitanieves había despejado media hora antes. Las aspas continuaron girando, levantando pequeños chorros de nieve de las masas que bordeaban el aeródromo. El ruido, daba dentera.

Una figura menuda y regordeta, embozada como una momia de pies a cabeza con algo que parecía una vieja alfombra de color pardo, abrió la puerta del acompañante. La sargento Barbara Havers, decidió Lonan. Dejó caer la escalerilla como si lanzara una escala de cuerdas por el costado de una cabaña de troncos, arrojó tres maletas que chocaron contra el suelo con un golpe sordo y luego saltó. Un hombre la siguió. Era muy alto, muy rubio, llevaba la cabeza expuesta al frío, un abrigo de cachemira bien cortado, bufanda y guantes, su única concesión a la temperatura glacial. Debía de ser el inspector Lynley, pensó Lonan, en quien el DIC de Strathclyde estaba particularmente interesado en este momento, considerando que su llegada había sido manipulada por Londres de principio a fin. Lonan vio que intercambiaba unas breves palabras con el otro oficial. La mujer indicó con un gesto la furgoneta, y Lonan supuso que irían a su encuentro, pero en lugar de ello se volvieron hacia la escalerilla, donde una tercera persona se las componía para descender poco a poco, entorpecida y dificultada por la pesada abrazadera que llevaba sobre la pierna izquierda. Como el rubio, no usaba sombrero, y su cabello negro (rizado, demasiado largo y de todo punto ingobernable) azotaba su pálido rostro. Sus rasgos eran afilados, excesivamente angulosos. Tenía el aspecto de un hombre que jamás pasaba por alto un detalle.

Ante esta aparición inesperada, el detective Lonan masculló en silencio unas palabras de estupor, y se preguntó si la noticia habría llegado a oídos del inspector Macaskin. Londres enviaba artillería pesada, el científico forense Simon Allcourt-St. James. El detective se apartó de la furgoneta y avanzó con paso decidido hacia el helicóptero, donde los recién llegados estaban devolviendo la escalerilla al interior y recogiendo el equipaje.

– ¿Ha pensado en el hecho de que mi maleta podía contener algo frágil, Havers? -preguntó Lynley.

– Así que se trae bebida estando de servicio, ¿eh? -fue la acida respuesta-. Si ha cogido whisky de casa, peor para usted. Es como llevarse carbón a Newcastle, ¿no cree?

– Suena como si hubiera esperado meses para utilizar esa frase. -Lynley dio las gracias al piloto con un ademán y un gesto mientras Lonan se acercaba.

– Le oí hablar una vez en Glasgow -dijo sin preámbulos Lonan, estrechando la mano de St. James. Lonan percibió lo fina que era incluso a través del guante, aunque aferraba la suya con sorprendente fuerza-. Fue una conferencia sobre los asesinatos de Cradley.

– Ah, sí. Puso a un hombre entre rejas basándose en su vello púbico -murmuró la sargento Havers.

– Lo que es, como mínimo, metafóricamente falso -añadió Lynley.

Era obvio que St. James estaba acostumbrado a los duelos verbales de sus compañeros, porque se limitó a sonreír y dijo:

– Estuvimos de suerte al descubrirlo. Dios sabe que sólo contábamos con unas irreconocibles marcas de dientes en el cadáver.

Lonan ansiaba comentar todas las quijotescas tortuosidades de aquel caso con el hombre que, cuatro años antes, las había desvelado ante un estupefacto jurado. Sin embargo, cuando ya se disponía a dar una demostración de su aguda perspicacia, se acordó del inspector Macaskin, que aguardaba su llegada en la comisaría, armado de su proverbial y tensa impaciencia.

– La furgoneta está allí -dijo, dejando para otro momento su ingenioso comentario sobre la deformación de marcas de dientes conservadas en carne sumergida en formol.

Señaló con un gesto de la cabeza el vehículo policial y, mientras los visitantes lo miraban, los rasgos de Lonan expresaron una muda disculpa. No había pensado que vendrían tres, ni que St. James sería uno de ellos. De haberlo sabido, habría insistido en irles a buscar con un medio de transporte más adecuado, quizá el nuevo Volvo del inspector Macaskin, que contaba con asientos delanteros y traseros y una calefacción que funcionaba. El vehículo hacia el que les guiaba tenía sólo dos asientos delanteros, reventados hasta el punto de dejar al descubierto el relleno y los muelles, y una única silla plegable, encajada en la parte posterior entre dos equipos de análisis, tres trozos de cuerda, varias piezas dobladas de tela alquitranada, una escalerilla, una caja de herramientas y un montón de trapos grasientos. Era un engorro. De todos modos, si el trío de Londres se dio cuenta, no hizo el menor comentario. Se colocaron de una forma lógica, con St. James delante y los otros dos atrás. Lynley ocupó la silla, ante la insistencia de la sargento Havers.

– No querría por nada del mundo que se ensuciara su bonito abrigo -dijo la mujer antes de dejarse caer sobre la tela alquitranada. A continuación, desenrolló unos centímetros de la bufanda que le protegía la cara.

Lorian aprovechó la oportunidad para echar un vistazo a la sargento Havers. «Estilo hogareño», pensó, inspeccionando sus facciones regordetas, cejas espesas y mejillas redondas. Era evidente que no se había ganado el derecho a estar en compañía tan eminente gracias a su físico. Decidió que debía de ser una especie de wunderkind [1] de la criminología, y consideró seriamente la posibilidad de vigilar todos sus movimientos.

– Gracias, Havers -le respondió con placidez Lynley-. Dios sabe que una mancha de grasa me reduciría a la inutilidad más completa en menos de un minuto.

– Pues celebrémoslo con un cilindrín -resopló Havers.

Lynley sacó una pitillera de oro, y se la tendió junto con un encendedor de plata. A Lonan el corazón le dio un vuelco. «Fumadores», pensó, y se resignó a una sesión de ojos escocidos y pulmones obstruidos. Sin embargo, Havers no encendió el cigarrillo, porque St. James, al oír la conversación, abrió su ventanilla y dejó entrar una corriente de aire helado que le golpeó en plena cara.

– Vale, ya sé de qué va la película -refunfuñó Havers. Se metió en el bolsillo seis cigarrillos, impávida, y devolvió la pitillera a Lynley-. ¿Siempre ha sido tan sutil St. James?

– Desde el día en que nació -replicó Lynley.

Lonan puso en marcha la furgoneta con una sacudida, y se dirigieron hacia la oficina del DIC de Oban.

Una única energía regía la vida del inspector Ian Macaskin, del DIC de Strathclyde: el orgullo. Adoptaba una serie de formas diversas e independientes entre sí. La primera era de tipo familiar. Le gustaba informar a la gente de que había superado todas las circunstancias adversas. Casado a los veinte años con una chica de diecisiete, su matrimonio duraba ya veintisiete años, había criado dos hijos, y los había visto terminar la universidad y encauzar sus carreras, uno como veterinario y el otro como biólogo marino. Después, había el orgullo físico. Medía un metro setenta y cinco y pesaba lo mismo que cuando era un policía de veinte años. Conservaba su cuerpo en perfecta forma gracias a remar por el canal de Kerrera todas las noches de verano, y realizando un esfuerzo equivalente durante el invierno en la máquina de remar que tenía en el salón. Aunque su cabello había encanecido por completo hacía diez años, todavía era espeso, y brillaba como plata bajo los fluorescentes de la comisaría de policía. Y esta misma comisaría era su último motivo de orgullo. A lo largo de su carrera, nunca había cerrado un caso sin detener a un sospechoso, y dilapidaba considerables energías en asegurarse de que sus hombres pudieran decir lo mismo de ellos. Dirigía una rigurosa unidad de investigaciones cuyos oficiales pasaban revista a cada detalle como sabuesos tras la pista de un zorro. La energía nerviosa personificada se mordía las uñas hasta las raíces, y combatía esta mala costumbre chupando pastillas de menta, mascando chicle o devorando bolsas de patatas fritas. El inspector Macaskin no recibió al grupo de Londres en su despacho, sino en la sala de conferencias, un cubículo de tres por cuatro y medio, muebles incómodos, luz inadecuada y escasa ventilación. La había elegido a propósito.

No le gustaba nada cómo había empezado el caso. A Macaskin le gustaba clasificar, le gustaba poner cada cosa en su sitio, sin líos ni errores. Cada persona implicada debía interpretar el papel asignado. Las víctimas mueren, la policía interroga, los sospechosos responden y los chicos del laboratorio reúnen pruebas. No obstante, y sin contar a la víctima, por fortuna fallecida, los sospechosos interrogaban y la policía contestaba desde el primer momento. En cuanto a pruebas, la cosa era muy diferente.

– Explíqueme eso de nuevo -la apacible voz del inspector Lynley contenía un tono implacable, y Macaskin adivinó que Lynley no había sido informado de las peculiares circunstancias que rodeaban su asignación al caso. Estupendo. El detalle decantó las simpatías de Macaskin por el detective de Scotland Yard en el acto.

Todos se habían quitado los abrigos y tomado asiento alrededor de la mesa de pino, excepto Lynley, que seguía de pie, las manos en los bolsillos y un destello amenazador acechando en sus ojos.

A Macaskin le complació repasar la historia de nuevo.

– Apenas hacía treinta minutos que había llegado a Westerbrae esta mañana cuando recibí un mensaje para que telefoneara a mi gente del DIC. El jefe de policía me informó de que Scotland Yard se iba a encargar del caso. Eso es todo. No le saqué ni una palabra más. Sólo instrucciones de dejar algunos hombres en la casa, volver aquí y esperarles. Según creo, un sabihondo de su organización decidió que ésta sería una operación del Yard. Se lo comunicó a nuestro jefe de policía y, para guardar las formas, colaboramos con una «llamada de auxilio». Ustedes son el resultado.

Lynley y St. James intercambiaron una mirada inescrutable.

– Pero ¿por qué movieron el cuerpo? -le preguntó éste.

– Parte de la orden -contestó Macaskin-. Muy extraño, si me permiten decirlo. Sellar las habitaciones, coger el equipaje y traerla para la autopsia después de que nuestro médico forense nos concediera el honor habitual de proclamarla muerta in situ.

– Un ejercicio de divide y vencerás -comentó la sargento Havers.

– Eso parece, ¿verdad? -replicó Lynley-. Strath-clyde se encarga de las pruebas materiales, Londres de los sospechosos. Y si alguien, donde sea, tiene suerte y no logramos comunicarnos de la forma apropiada, lo barre todo bajo la alfombra más cercana.

– ¿La alfombra de quién?

– Sí, ésa es la cuestión, ¿no? -Lynley bajó la vista hacia la mesa de conferencias y contempló las manchas que una miríada de tazas de café habían grabado sobre su superficie-. ¿Qué sucedió exactamente? -preguntó a Macaskin.

– La chica, Mary Agnes Campbell, descubrió el cadáver a las seis cincuenta de esta mañana. Llegamos allí a las nueve.

– ¿Casi dos horas?

– La tormenta de anoche cortó las carreteras, inspector -contestó Lonan-. Westerbrae se halla a ocho kilómetros del pueblo más cercano, y aún no habían despejado ninguna carretera.

– ¿Por qué, en nombre de Dios, vino un grupo desde Londres a una localidad tan remota?

– Francesca Gerrard, una señora viuda, propietaria de Westerbrae, es la hermana de lord Stinhurst -explicó Macaskin-. Es evidente que había forjado grandes planes para convertir su finca en un elegante hotel en el campo. Domina el lago Achiemore, y supongo que lo veía como el lugar romántico de vacaciones por excelencia, un refugio para recién casados, ya sabe -hizo una mueca, decidió que se expresaba como un agente de publicidad y no como un policía, y concluyó precipitadamente-. Lo ha redecorado un poco y, a juzgar por lo que he averiguado esta mañana, Stinhurst trajo a su gente para darle a su hermana la posibilidad de entrenarse antes de abrir al público.

– ¿Qué sabe de la víctima, Joy Sinclair? ¿Ha descubierto algo sobre ella?

Macaskin se cruzó de brazos, frunció el entrecejo y deseó haber recabado más información del grupo de Westerbrae antes de que le ordenaran marcharse.

– Muy poco. Es la autora de la obra que iban a empezar este fin de semana. Una dama que ha escrito algunas cosas, según me dijo Vinney.

– ¿Vinney?

– Un periodista. Jeremy Vinney, crítico de teatro del Times. Parece que tenía bastante intimidad con la Sinclair, y en mi opinión estaba más afectado por su muerte que todos los demás. Muy extraño, también, si se paran a pensarlo.

– ¿Por qué?

– Porque su hermana también se encuentra allí, pero mientras Vinney no paraba de exigir una detención a cada minuto, Irene Sinclair no tenía nada que decir. Ni siquiera preguntó cómo habían asesinado a su hermana. Ni le importaba, si quieren mi opinión.

– Muy extraño -comentó Lynley.

– ¿Ha dicho que hay más de una habitación implicada en el caso? -intervino St. James.

Macaskin asintió con la cabeza. Se acercó a una segunda mesa, apoyada contra la pared, y recogió varias carpetas y un rollo de papel que desplegó sobre la mesa, revelando un más que preciso plano de la casa. Era extraordinariamente detallado, considerando las prisas que le habían impuesto en Westerbrae por la mañana, y sonrió con auténtico placer ante su obra concluida. Sujetó los extremos con las carpetas para que no se doblara y señaló la parte derecha.

– La habitación de la víctima está en el lado este de la casa -abrió una carpeta y echó un vistazo a sus notas antes de proseguir-. A un lado de la suya se hallaba la habitación correspondiente a Joanna Ellacourt y a su marido… David Sydeham. Al otro había una joven… Aquí está. Lady Helen Clyde. Es la segunda habitación que hemos sellado -alzó la vista y vio la sorpresa reflejada en los rostros de los tres-. ¿Conocen a esta gente?

– Sólo a lady Helen Clyde. Trabaja conmigo -respondió St. James, y miró a Lynley-. ¿Sabías que Helen iba a marcharse a Escocia, Tommy? Creí que pensaba irse a Cornualles contigo.

– Se excusó del viaje el lunes por la noche, así que me fui solo -Lynley contempló el plano de la casa, tocándolo, meditativo, con los dedos-. ¿Por qué han sellado la habitación de Helen?

– Colinda con la habitación de la víctima -contestó Macaskin.

– Menuda suerte -sonrió St. James-. Alojar a nuestra Helen justo al lado de un asesinato. Queremos hablar con ella enseguida.

Macaskin frunció el entrecejo y se inclinó hacia adelante, interponiéndose entre los dos hombres para llamar su atención con una intrusión física antes de proseguir con una verbal.

– Inspector, acerca de lady Helen Clyde… -algo en su voz interrumpió la conversación entre los dos hombres. Se miraron con preocupación mientras Macaskin añadía, sombrío-. Acerca de su habitación…

– ¿Cuál es el problema?

– Parece que fue el medio de acceso.

Lynley intentaba comprender todavía qué estaba haciendo Helen con un grupo de actores en Escocia cuando el inspector Macaskin les comunicó la nueva información.

– ¿Qué le hace pensar esto? -preguntó por fin, aunque su mente estaba centrada en su última conversación con Helen, sostenida menos de una semana atrás en su biblioteca de Londres. Llevaba el más adorable vestido de lana color jade, había probado su nuevo jerez español (riendo y charlando con su habitual alegría) y se había marchado a toda prisa para ir a cenar con alguien. «¿Quién?», se preguntó ahora. Ella no se lo había dicho. El no se lo había preguntado.

Se dio cuenta de que Macaskin le observaba como un hombre que tenía cosas en la cabeza y esperaba la oportunidad apropiada para sacarlas fuera.

– Porque la habitación de la víctima que da al pasillo estaba cerrada con llave -le replicó Macaskin-. Cuando Mary Agnes intentó despertarla sin éxito esta mañana, tuvo que utilizar la llave maestra…

– ¿Dónde las guardan?

– En la oficina. -Macaskin señaló el plano-. Planta baja, ala noroeste. Abrió la puerta y encontró el cadáver.

– ¿Quién tiene acceso a las llaves maestras? ¿Hay otro juego?

– Sólo existe un juego, que maneja únicamente Francesca Gerrard y la chica, Mary Agnes. Estaban cerradas bajo llave en el último cajón del escritorio de la señora Gerrard. Sólo ella y la Campbell tienen la llave que lo abre.

– ¿Nadie más? -preguntó Lynley.

Macaskin contempló el plano con aire pensativo, recorriendo con los ojos el pasillo noroeste inferior. Formaba parte de un cuadrilátero, tal vez una ampliación del edificio primitivo, y nacía en el gran vestíbulo, no lejos de la escalera. Señaló con el dedo la primera habitación del pasillo.

– Aquí duerme Gowan Kilbride -dijo-. Una especie de criado para todo. Podría haberse apoderado de las llaves de haber sabido dónde estaban.

– ¿Lo sabía?

– Es posible. Creo que las tareas de Gowan no le obligan a trabajar en las plantas superiores de la casa, de modo que no necesita las llaves maestras, pero podría conocer su paradero si Mary Agnes le hubiera dicho dónde encontrarlas.

– ¿Es posible que lo haya hecho?

– Quizá -Macaskin se encogió de hombros-. Son adolescentes, ¿no? Los adolescentes intentan a veces impresionarse mutuamente con toda clase de tonterías, particularmente si existe una atracción entre ellos.

– ¿Dijo Mary Agnes si esta mañana las llaves estaban en su sitio habitual? ¿Las habían tocado?

– En apariencia no, pues el escritorio estaba cerrado con llave como de costumbre, pero tampoco es probable que la chica hubiera reparado en el detalle. Abrió el escritorio y buscó las llaves en el cajón. No sabe si estaban en el lugar exacto donde las dejó, porque la última vez que las guardó en el escritorio se limitó a tirarlas dentro.

Lynley se quedó maravillado de la cantidad de información reunida por Macaskin en el escaso tiempo que había pasado en la casa. Su respeto por el hombre aumentó.

– Toda esa gente se conocía de antes, ¿no? En tal caso, ¿por qué estaba cerrada con llave la puerta de Joy Sinclair?

– Anoche se armó un cirio -apuntó Lonan desde su silla de la esquina.

– ¿Una discusión? ¿Sobre qué?

Macaskin dirigió a su oficial una mirada de reproche, tal vez por haberse permitido hablar en términos coloquiales, algo que, evidentemente, no esperaba de sus hombres.

– Es todo cuanto le arrancamos a Gowan Kilbride esta mañana -dijo con tono de disculpa-. Antes de que la señora Gerrard le intimidase con la orden de esperar a Scotland Yard. Parece que hubo una disputa general, que se rompieron algunos platos y que hubo un accidente en el gran vestíbulo con derrame de licores incluidos. Uno de mis hombres encontró trozos de porcelana y cristal en la basura. Algo de Waterford también. Da la impresión de que se produjo una bonita pelea.

– ¿También Helen estuvo mezclada? -St. James no esperó respuesta-. ¿Ella conoce bien a toda esa gente, Tommy?

Lynley meneó la cabeza lentamente.

– Ni siquiera sabía que les conocía.

– ¿No te dijo…?

– Rehusó ir a Cornualles porque tenía otros planes, St. James. No me explicó cuáles eran. Y yo no se lo pregunté. -Lynley levantó la mirada y vio que la expresión de Macaskin cambiaba, un súbito movimiento, casi imperceptible, de sus ojos y labios-. ¿Qué ocurre?

Macaskin pareció concederse tiempo para pensar antes de coger uña carpeta, abrirla y sacar una hoja de papel. No era un informe, sino un mensaje del tipo que emplea un profesional para comunicar algo a otro «sólo para sus ojos».

– Huellas dactilares -explicó-. En la llave que cerraba la puerta que comunicaba las habitaciones de Helen Clyde y de la víctima -como si supiera que estaba haciendo equilibrios para no traspasar la finísima línea que separaba las órdenes de su jefe, relativas a ceder toda iniciativa al Yard, y proporcionar a un colega cuanta ayuda pudiera, Macaskin añadió-. Le agradeceré que no mencione en su informe haberlo oído de mis labios, pero en cuanto comprendimos que la puerta entre esas dos habitaciones era nuestra ruta de acceso, trajimos la llave aquí para analizarla a escondidas, y comparar las huellas impresas en ella con las que obtuvimos de los vasos de agua que había en las demás habitaciones.

– ¿En las demás habitaciones? -preguntó Lynley-. Entonces, ¿no hay huellas de Helen en la llave?

Macaskin meneó la cabeza. Cuando habló, lo hizo en un tono muy reservado:

– No. Pertenecen al director de la obra. Un gales, un tipo llamado Rhys Davies-Jones.

– Eso quiere decir que Helen y Davies-Jones intercambiaron las habitaciones anoche -dijo Lynley al cabo de unos segundos.

La sargento Havers, frente a él, dio un respingo, pero no le miró. En lugar de ello, recorrió el borde de la mesa con un dedo gordezuelo y clavó la mirada en St. James.

– Inspector… -empezó con cautela.

Pero Macaskin le interrumpió.

– No. Según Mary Agnes Campbell, nadie pasó la noche en la habitación de Davies-Jones.

– Entonces, ¿dónde demonios pasó Helen…? -Lynley se interrumpió, sintiendo que algo desagradable se apoderaba de él, como el asalto de una enfermedad que se filtrara bajo su piel-. Oh, lo siento. No sé en qué estaba pensando -miró fijamente el plano.

Mientras lo hacía, oyó que la sargento Havers mascullaba una maldición. La mujer introdujo la mano en el bolsillo y sacó los seis cigarrillos que le había cogido en la furgoneta. Uno estaba roto; lo tiró y escogió otro.

– Fume, señor -musitó.

Un cigarrillo no iba a mejorar la situación, pensó Lynley. «No tienes autoridad sobre Helen -se dijo con rudeza-. Sólo amistad, sólo historia, sólo años de risas compartidas. Y nada más.» Era su compañera de diversiones, su confidente, su amiga. Pero no su amante. Se habían comportado con excesiva cautela, con excesivas precauciones, siempre en guardia para evitar complicaciones.

– ¿Han iniciado la autopsia? -preguntó a Macaskin.

Esta era, sin duda, la pregunta que el escocés había esperado desde su llegada. Con un ademán majestuoso, como el de un ilusionista sobre el escenario, cogió una carpeta, extrajo varias copias de un informe impecablemente presentado y se las pasó, haciendo hincapié en el detalle más pertinente: la víctima había sido apuñalada con una daga de las Highlande, [2] de cuarenta y cinco centímetros de largo, que le había atravesado el cuello y seccionado la arteria carótida. Se había desangrado hasta morir.

– Sin embargo, todavía no hemos completado la autopsia -añadió con pesar Macaskin.

– ¿Podría haber hecho algún ruido? -le preguntó Lynley a St. James.

– Con este tipo de herida, no. Como máximo, balbuceos, diría yo. Nadie la habría oído -sus ojos resbalaron sobre la página-. ¿Han realizado un análisis de drogas? -preguntó a Macaskin.

El inspector estaba preparado.

– Página tres. Negativo. Estaba limpia. Ni barbitúricos, ni anfetaminas ni toxinas.

– ¿Han fijado la hora de la muerte entre las dos y las seis?

– En principio. Aún no hemos analizado los intestinos, pero nuestros hombres han encontrado fibras en la herida. Cuero y piel de conejo.

– ¿El asesino llevaba guantes?

– Eso creemos, pero no fueron encontrados y no tuvimos tiempo de buscar nada más. Nos ordenaron volver aquí. Sólo podemos afirmar que la piel y el cuero no pertenecen al arma. De hecho, el arma no nos sirvió de nada. Habían limpiado el mango.

La sargento Havers pasó las páginas de la copia de su informe y lo dejó sobre la mesa.

– Una daga de cuarenta y cinco centímetros -dijo lentamente-. ¿Dónde se puede encontrar?

– ¿En Escocia? -a Macaskin pareció sorprenderle su ignorancia-. En todas las casas, diría yo. Hubo un tiempo en que ningún escocés salía a la calle sin una daga ceñida al cinto. En esta casa en concreto -señaló el comedor en el plano-. hay toda una panoplia en la pared. Empuñaduras talladas a mano, puntas aguzadas como espadines. Auténticas piezas de museo. Creemos que el arma del crimen fue escogida de entre ellas de la panoplia.

– Según su plano, ¿dónde duerme Mary Agnes?

– En una habitación del pasillo noroeste, entre el cuarto de Gowan y la oficina de la señora Gerrard.

St. James tomaba notas en el margen de su informe mientras el inspector hablaba.

– ¿Se movió la víctima? -preguntó-. La herida no fue instantáneamente fatal. ¿Encontraron pruebas de que intentara buscar ayuda?

Macaskin se humedeció los labios y negó con un gesto de la cabeza.

– No pudo ocurrir. Imposible.

– ¿Por qué?

Macaskin abrió la última carpeta y extrajo una serie de fotos.

– El puñal la clavó al colchón -contestó con brusquedad-. Me temo que no pudo hacer el menor movimiento -dejó caer las fotos sobre la mesa. Eran grandes, de dos y medio por tres, y en colores brillantes.

Lynley las cogió. Estaba acostumbrado a contemplar la muerte. La había visto manifestarse de todas las formas imaginables a lo largo de sus años en el Yard. Pero nunca la había visto materializarse con tal estudiada brutalidad.

El asesino había clavado la daga hasta la empuñadura, como impulsado por una furia atávica que no se conformaba con la mera eliminación de Joy Sinclair. Yacía con los ojos abiertos, pero la mirada fija de la muerte había alterado y oscurecido su color. Mientras miraba a la mujer, Lynley se preguntó cuánto tiempo habría sobrevivido con el puñal clavado en su garganta. Se preguntó si habría comprendido lo que le ocurría en el instante que tardó el asesino en asestar el golpe. ¿Había perdido el sentido al instante, o había yacido impotente, aguardando la inconsciencia y la muerte?

Era un crimen horrible, un crimen de cuya brutalidad eran testimonios el empapado colchón que sorbía la sangre de la mujer, su mano extendida suplicando una ayuda que nunca llegaría, sus labios entreabiertos y el grito mudo. No hay delito más execrable que el asesinato, pensó Lynley. Contamina y envenena, y la vida que toca, siquiera de refilón, nunca vuelve a ser como antes.

Pasó las fotografías a St. James y miró a Macaskin.

– Bien -dijo-, ¿qué le parece si examinamos la intrigante cuestión de qué ocurrió en Westerbrae entre las seis cincuenta, cuando Mary Agnes Campbell descubrió el cadáver, y las siete y diez, cuando alguien consiguió por fin llamar a la policía?

Capítulo 3

La carretera que llevaba a Westerbrae estaba en pésimas condiciones. En verano resultaría bastante difícil superar sus badenes, baches, subidas empinadas a los páramos y descensos veloces a los valles. En invierno era una tortura. Incluso con Lonan al volante del Land Rover del DIC de Strathclyde, bien equipado para maniobrar en condiciones peligrosas, no llegaron a la casa hasta que fue casi de noche; salieron del bosque y patinaron sobre una placa de hielo en la curva final, lo que hizo que Lonan y Macaskin blasfemaran al unísono. Como resultado, Lonan recorrió los últimos cuarenta metros a paso de caracol, y apagó el motor por fin con una expresión de alivio.

Frente a ellos, el edificio se cernía como una pesadilla gótica en medio del paisaje, completamente a oscuras y en un silencio mortal. Construido de granito gris. El estilo de los pabellones de caza pre victorianos, proyectaba alas, escupía chimeneas y conseguía parecer amenazador a pesar de la nieve que se amontonaba sobre el tejado como crema fresca cuajada. Contaba con peculiares gabletes escalonados, moldeados en bloques de granito más pequeños que se apilaban de forma también escalonada. Detrás de uno de ellos, un curioso apéndice arquitectónico que consistía en una torre con techo de pizarra estaba encajado en el estribo de dos alas de la casa; sus profundas ventanas carecían de cortinas y no se hallaban iluminadas. Un pórtico blanco con columnas dóricas resguardaba la entrada principal y, por encima de él, los girones de una enredadera deshojada hacían heroicos esfuerzos por trepar al tejado. Toda la estructura combinaba las extravagancias de tres períodos arquitectónicos y, como mínimo, de otras tantas culturas. Y, mientras Lynley lo contemplaba, pensó que carecía del atractivo que Macaskin le auguraba como nido de amor.

El sendero en que aparcaron estaba bien estriado y acanalado, prueba de los numerosos vehículos que lo habían transitado a lo largo del día. Sin embargo, Westerbrae parecía desierto. Incluso la nieve que lo rodeaba se veía prístina e intocada sobre el césped y la pendiente que bajaba hasta el lago.

Por un momento nadie se movió. Luego, Macaskin echó una mirada al grupo de Londres, abrió la puerta y el aire frío les agredió. Era glacial. Salieron del vehículo a regañadientes.

Un viento desagradable agitaba el agua a corta distancia, un recordatorio implacable de que Loch Achiemore y Westerbrae se hallaban muy al norte. Soplaba desde el Ártico, aguijoneando las mejillas, perforando los pulmones y trayendo consigo el aroma de los pinos cercanos y el débil olor de los fuegos que ardían en los alrededores. Se encogieron para protegerse y recorrieron el sendero a toda prisa. Macaskin llamó a la puerta con los nudillos.

Uno de los hombres que desde la mañana se habían quedado en la casa les abrió. Era un policía pecoso de manos inusualmente grandes y cuerpo musculoso y voluminoso que tensaba los botones de su uniforme. Sostenía una bandeja cargada de esos emparedados insustanciales que suelen decorar los platos a la hora del té y masticaba con fruición, como un enorme niño abandonado que no ha visto comida en muchos días y es posible que no la vuelva a ver hasta pasados otros tantos. Les indicó que se dirigieran hacia el gran vestíbulo y cerró la puerta con estrépito mientras tragaba.

– La cocinera llegó hace treinta minutos -explicó apresuradamente a Macaskin, que le observaba con los labios apretados en señal de desaprobación-. Ahora iba a llevarles esto. No creo que resistan mucho rato más sin comer.

La expresión de Macaskin enmudeció al hombre. Y la consternación tiñó sus mejillas. Apoyó el peso de su cuerpo sobre un pie y luego sobre el otro, como sin decidirse a dar más explicaciones a su superior.

– ¿Dónde están?

La mirada de Lynley abarcó la totalidad del vestíbulo, fijándose en las molduras talladas a mano de las paredes y la inmensa araña apagada. El piso estaba desnudo, recién barnizado, y estropeado por una amplia mancha todavía más reciente que lo cubría casi por completo y empapaba como melaza una pared. Todas las puertas que conducían fuera del vestíbulo se hallaban cerradas, y la única luz provenía del mostrador de recepción, encajado bajo las escaleras. Por lo visto, el policía lo había utilizado como puesto de guardia durante el día, porque estaba sembrado de tazas de té y revistas.

– En la biblioteca -contestó Macaskin. Sus ojos escrutaron con suspicacia al policía, como si la cortesía de proporcionar comida a los sospechosos hubiera derivado en otras cortesías que lamentaría durante el resto de su vida-. ¿Han permanecido allí desde que nos marchamos esta mañana?

– Sí -respondió el policía, sonriente-. Salvo breves visitas al lavabo del pasillo noreste. Dos minutos, la puerta sin cerrar, yo o William esperando a un lado. Siguió hablando mientras Macaskin guiaba-. Hay una señora en camisón.

Se trataba, como no tardó en descubrir Lynley, de una descripción del estado anímico de lady Helen Clyde. Cuando el inspector Macaskin abrió la puerta de la biblioteca, fue la primera en levantarse; lo que bullera en la caldera oculta de su autocontrol estaba a punto de estallar. Avanzó tres pasos, y sus zapatillas no hicieron el menor ruido al deslizarse sobre lo que parecía -pero no podía ser- una alfombra Aubusson.

– Ahora, escúcheme. Insisto absolutamente… -la furia que impregnaba sus palabras se transformó en mudo estupor cuando vio a los recién llegados.

Pese a lo que había pensado sentir cuando viera por primera vez a lady Helen, Lynley no se hallaba preparado para la ternura. Sin embargo, una inesperada oleada le abrumó. Tenía un aspecto tan patético… Llevaba un sobretodo de hombre sobre el camisón, y zapatillas. Se había subido los puños, pero no se podía hacer nada con la longitud de la prenda o sus amplios hombros, de modo que colgaba sobre ella como un saco hasta la altura de los tobillos. Su suave pelo castaño estaba despeinado, no se había maquillado y, a la escasa luz de la estancia, parecía uno de los chicos de Fagin, [3] todos de doce años y precisando un rescate urgente.

«Es la primera vez que se queda sin saber qué decir», pensó Lynley, y le dijo a Helen con sequedad:

– Siempre sabías cómo vestirte para una ocasión.

– Tommy -replicó lady Helen. Se llevó una mano al cabello, un gesto motivado más en la confusión que en la sorpresa-. No estás en Cornualles -añadió inútilmente.

– Es cierto. No estoy en Cornualles.

El breve intercambio verbal provocó una furiosa actividad en los ocupantes de la biblioteca. Se encontraban diseminados por la estancia, sentados cerca del fuego, de pie junto al bar, o congregados en una serie de butacas bajo las estanterías para libros protegidas por cristales, pero de pronto todos empezaron a moverse y a gritar a la vez. Llegaban voces de todas direcciones, pero no exigiendo una respuesta, sino como desahogo de la furia contenida. Un gran tumulto se produjo al instante.

– Informaré a mi abogado…

– La policía nos ha tenido encerrados…

– … ¡Del comportamiento más ultrajante que jamás he presenciado!

– Se suponía que vivimos en un país civ…

– …¡No me extraña que el país se haya ido al carajo!

Indiferente a su cólera, Lynley paseó la mirada sobre ellos y efectuó un rápido examen de la estancia. Las pesadas cortinas de color rosa estaban corridas, y sólo se habían encendido dos lámparas, pero le bastaba para estudiar a la compañía mientras sus miembros continuaban vociferando exigencias, que continuó ignorando.

Reconoció a los principales actores del drama, sobre todo por su relativa proximidad a la principal protagonista y fuerza dominante en la habitación: la primera actriz de Inglaterra, Joanna Ellacourt. Estaba de pie junto al bar, una gélida belleza rubia cuyo jersey de angora blanco y pantalones de lana a juego parecían dar énfasis al desdén con que había recibido la llegada de la policía. Como si deseara colmar algún deseo de la mujer, se erguía a su lado un hombre de mayor edad, musculoso, de espesas pestañas y recio cabello gris… Sin duda su marido, David Sydeham. Al otro lado, a sólo dos pasos de distancia, su pareja en tantas obras dedicó de nuevo su atención a la copa que estaba tomando. Robert Gabriel no manifestaba el menor interés por los recién llegados, ni en ser visto hasta haberse fortalecido adecuadamente para el encuentro. Delante de Gabriel, después de levantarse con celeridad de un sofá, Stuart Rintoul, lord Stinhurst, observaba a Lynley con interés, como si abrigara la intención de incluirle en alguna futura producción.

En la biblioteca había otras personas, cuya identidad Lynley sólo podía adivinar, dos mujeres de cierta edad cerca del fuego, probablemente la esposa de lord Stinhurst y su hermana, Francesca Gerrard. Un hombre rechoncho, de unos treinta años, cara de pocos amigos, prendas nuevas de tweed, seguramente el periodista Jeremy Vinney, compartía un canapé con una mujer de edad madura con aspecto de solterona, muy poco atractiva, inverosímilmente mal vestida, y cuya extrema delgadez, ya que no su parecido, indicaba que debía ser la hija de lord Stinhurst. Los dos adolescentes empleados en el hotel se hallaban juntos en el extremo más alejado de la habitación. En una silla baja, casi oculta por las sombras, se sentaba una mujer de cabello negro y hoyuelos en las mejillas, que miró a Lynley con rostro inquieto; aparentaba reprimir con firmeza una intensa emoción que no afloraba a la superficie. Irene Sinclair, pensó Lynley, la hermana de la víctima.

Pero ninguna de estas personas era la que Lynley buscaba, y repasó al grupo hasta encontrar al director de la obra, reconociéndole por la tez olivácea, el cabello negro y los ojos oscuros de los galeses. Rhys Davies-Jones estaba de pie junto a la silla que lady Helen acababa de abandonar. Se había movido al mismo tiempo que ella, como para impedirle que se enfrentara sola a la policía. Se detuvo, sin embargo, cuando resultó evidente para todos que este policía en particular no era un extraño para lady Helen Clyde.

Lynley miró a Davies-Jones desde el otro extremo de la habitación y a través del abismo creado por la oposición entre sus culturas, sintiendo que se apoderaba de él una aversión tan potente como una enfermedad física. «El amante de Helen -pensó, y después reforzó la frase para convencerse de la desagradable inmutabilidad del hecho-. Éste es el amante de Helen.»

Parecía el hombre menos apropiado para el papel. El gales era, como mínimo, diez años mayor que Helen, nervudo y fuerte como sus antepasados celtas, de cabello rizado que empezaba a encanecer en las sienes y rostro esbelto curtido por la intemperie. Como sus antepasados, no era ni alto ni atractivo. Sus facciones eran afiladas y duras, pero Lynley no podía negar que su aspecto indicaba inteligencia y carácter fuerte, virtudes que Helen reconocía y valoraba por encima de las demás.

– Sargento Havers -la voz de Lynley se impuso a las continuas protestas, eliminándolas en el acto-. Acompañe a lady Helen a su habitación para que se vista. ¿Dónde están las llaves?

Una joven se acercó, los ojos abiertos de par en par y la cara pálida. Mary Agnes Campbell, la que había descubierto el cadáver. Sostenía una bandeja de plata sobre la que alguien había depositado todas las llaves del hotel, pero sus manos temblaban, y tanto la bandeja como su contenido tintineaban en tono discorde. Los ojos de Lynley tomaron nota del hecho y luego se desviaron hacia la compañía congregada.

– Cerré con llave todas las habitaciones y requisé las llaves inmediatamente después de que ella… de que el cuerpo fuera descubierto esta mañana -Lord Stinhurst volvió a su lugar junto al fuego, un sofá que compartía con una de las mujeres mayores. La mano de ésta aferró la suya, y sus dedos se entrelazaron-. No estoy seguro de cómo se debe proceder en un caso como éste, pero me pareció lo más apropiado -concluyó Stinhurst, a modo de explicación.

Como la expresión de Lynley dio a entender que no recibía la noticia con agrado, Macaskin intervino.

– Todos estaban en el salón cuando llegamos por la mañana. Su señoría nos hizo el favor de encerrarles.

– Qué inapreciable colaboración la de lord Stinhurst -la sargento Havers habló con una voz tan cortés que sonó como el acero.

– Busca tu llave, Helen -dijo Lynley. Los ojos de la joven no se habían apartado de su rostro desde la primera vez que él le había dirigido la palabra. Lynley sentía su mirada cálida sobre su piel, como una caricia-. El resto de ustedes dispóngase a sufrir más incomodidades durante un rato.

Lady Helen intentó responder entre el cúmulo de protestas que provocó esta observación, pero Joanna Ellacourt se ganó la atención de todos atravesando la habitación en dirección a Lynley. Dominaba la escena y caminaba como una mujer que sabía aprovechar las ocasiones. Su largo y suelto cabello se movía sobre sus hombros como seda iluminada por el sol.

– Inspector -murmuró, avanzando con elegancia hacia la puerta-. Tengo la sensación de que puedo rogarle… si no es demasiado. Le estaría infinitamente agradecida si me concediera unos momentos de soledad. Donde sea. Fuera de aquí. Tal vez en mi habitación, pero si no es posible, en cualquier habitación. Donde quiera. Me basta una silla para sentarme, reflexionar y serenarme de nuevo. Sólo cinco minutos. Si fuera tan amable de permitírmelo, quedaría en deuda con usted. Después de un día tan espantoso.

Una interpretación irreprochable, Blance Dubois [4] en Escocia. Pero Lynley no tenía la menor intención de encarnar a su caballero de Dallas.

– Lo siento. Me temo que deberá confiar en la gentileza de algún extraño que no sea yo. Busca tu llave, Helen -repitió por segunda vez.

Lady Helen hizo un gesto que Lynley reconoció, el preludio de empezar a hablar. Se dio la vuelta.

– Nos encontrará en la habitación de la Sinclair -dijo a Havers-. Avíseme cuando esté vestida. Agente Lonan, encárguese de que los demás sigan aquí por ahora.

Voces airadas se elevaron de nuevo. Lynley las ignoró y salió de la biblioteca. St. James y Macaskin le siguieron.

Barbara Havers se sintió muy complacida de quedarse a solas con aquel grupo de sofisticados sospechosos, tan distintos de los que solían encontrarse en una investigación criminal, y extraer sus propias conclusiones sobre su culpabilidad potencial. Tuvo tiempo de hacerlo cuando lady Helen volvió junto a Rhys Davies-Jones e intercambió con él unas palabras en voz baja, inaudibles debido al estrépito de imprecaciones y protestas que siguió a la marcha de Lynley.

Eran tal para cual, decidió Barbara. Finos, atildados, divinamente perfectos. A excepción de lady Helen, podrían posar para un anuncio publicitario de cómo vestirse para un asesinato, y de cómo actuar cuando llega la policía, justa indignación, exigir a voces un abogado, comentarios desagradables. Hasta el momento, colmaban todas sus expectativas.

No cabía duda de que en cualquier momento uno de ellos mencionaría una estrecha relación con un parlamentario, una amistad íntima con la señora Thatcher o una figura notable en su árbol genealógico. Todos eran iguales, pisaverdes y peces gordos.

Todos, excepto aquella mujer de rostro comprimido que había logrado acurrucarse con bastante holgura en el canapé, como un bulto deforme, lo más lejos posible del hombre que lo compartía con ella. Elizabeth Rintoul, pensó Barbara, lady Elizabeth Rintoul, para ser exactos. La única hija de lord Stinhurst.

Se comportaba como si el hombre sentado a su lado fuera portador de una enfermedad particularmente virulenta. Encogida en una esquina del sofá, se ceñía una chaqueta de lana azul marino hasta el cuello y apretaba los brazos con fuerza, dolorosamente, a sus costados. Sus pies estaban plantados en el suelo, embutidos en el tipo de zapatos de suela plana, sencillos y de color negro, a los que suele calificarse de «sensatos». Surgían como manchas angulosas de aceite de su fea falda gris de franela. Se veía muy deshilachada. No participaba en las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor pero algo en su postura sugería que sus frágiles huecos estaban a punto de quebrarse.

– Elizabeth, querida -murmuró la mujer sentada frente a ella. Exhibía la sonrisa expresiva y contemporizadora que se dirige a los niños habituados a comportarse mal delante de las visitas. Barbara llegó a la conclusión de que se trataba de su madre, la propia lady Stinhurst en persona, ataviada con un conjunto de color cervato, los tobillos cruzados elegantemente y los brazos doblados sobre el regazo-. Tal vez convendría llenar de nuevo el vaso del señor Vinney.

Los ojos insípidos de Elizabeth Rintoul se desviaron hacia su madre.

– Tal vez -respondió, consiguiendo que las palabras sonaran como una estupidez.

Lady Stinhurst insistió, lanzando una mirada suplicante a su marido, como en demanda de auxilio. Su voz era dulce y vacilante, como la de una dama soltera, poco acostumbrada a tratar con niños. Se llevó con nerviosismo una mano al cabello, expertamente teñido y peinado de forma que disimulara su avanzada edad.

– Sabes, querida, como llevamos tanto tiempo sentadas tengo la impresión de que el señor Vinney no ha tomado nada desde las dos y media.

Más que una insinuación, era una abierta sugerencia. El bar estaba justo enfrente de ellas y Elizabeth debía atender al señor Vinney como una virgen a su primer admirador. Las directrices eran muy claras, pero Elizabeth no estaba dispuesta a seguirlas. En lugar de ello, el desdén asomó a su rostro, y bajó los ojos hacia la revista que sostenía sobre el regazo. Masculló una respuesta impropia de una dama, consistente en una sola palabra. No había forma de que su madre pudiera malinterpretarla o pasarla por alto.

Barbara observó la breve confrontación con cierta curiosidad. Lady Elizabeth rebasaba con bastante generosidad los treinta años, probablemente acercándose a los cuarenta, una edad poco apropiada para necesitar estímulos de mamá en relación a los hombres. Sin embargo, mamá creía firmemente que debía estimularla. De hecho, pese a la manifiesta hostilidad de Elizabeth, un movimiento de lady Stinhurst indicó bien a las claras que deseaba empujar a su hija a los brazos del señor Vinney.

Resultaba evidente que Jeremy Vinney rechazaba tal posibilidad. El periodista del Times, pese a estar sentado junto a Elizabeth, hacía lo posible por ignorar la conversación. Sondeó su pipa con un utensilio de acero inoxidable, y procuró escuchar con todo descaro lo que Joanna Ellacourt estaba diciendo al otro lado de, la estancia. La mujer se hallaba irritada y no lo disimulaba.

– Nos ha tomado el pelo a todos de una forma asombrosa, ¿verdad? ¡Cómo se ha divertido! ¡Se ha reído a costa nuestra! -la actriz dirigió una mirada severa a Irene Sinclair, que seguía sentada lejos de los otros, como si la muerte de su hermana hubiera servido para que su presencia fuera mal acogida-. ¿Ya quién creéis que beneficia el pequeño cambio en la obra que nos reveló anoche? ¿A mí? ¡Ni por el forro! Bien, no lo voy a tolerar, David. Estoy decidida, no lo pienso tolerar bajo ningún concepto.

David Sydeham respondió a su esposa en tono conciliador.

– No hay nada decidido todavía, Jo, y mucho menos ahora. Al cambiar ella la obra, es muy posible que el contrato quedara anulado.

– Tú crees que el contrato está anulado, pero no lo tienes aquí, ¿verdad? No podemos echarle un vistazo, ¿verdad? No tienes la menor idea de si ha quedado anulado. ¿Y esperas que me crea, aceptando tu palabra después de todo lo que ha ocurrido, que un simple cambio en los personajes anulará el contrato? Perdonarás mi incredulidad, ¿verdad? Perdonarás que me ría a carcajadas, y prepárame otra ginebra. Ahora.

Sydeham, en silencio, hizo un gesto con la cabeza a Roben Gabriel, que empujó una botella de Beefeater en su dirección. Sólo quedaba un tercio de su contenido. Sydeham sirvió un vaso a su esposa y devolvió la botella a Gabriel, que la agarró y murmuró entre risas:

– No te veo y, sin embargo, todavía te veo… Ven, deja que te abrace -Gabriel miró de reojo a Joanna y se sirvió otra copa-. Dulces sombras de tus miembros, Jo, mi amor. ¿No fue eso lo que dijimos la primera vez? Ummm, no, quizá no -consiguió que sonara más como un encuentro sexual que como una representación de Macbeth.

Algunas de sus compañeras habían suspirado por el apuesto Gabriel de quince años atrás, cual nuevo Peter Pan, pero Barbara nunca había comprendido en qué residía su atractivo. Ni tampoco, en apariencia, Joanna Ellacourt. Ésta le dedicó una sonrisa asesina.

– Querido -respondió-. ¿Cómo voy a olvidarme? Te saltaste diez líneas en mitad del segundo acto, y tuve que arrastrarte hasta el final. Con toda franqueza, llevo diecisiete años esperando que aquellos populosos mares se tiñan de encarnado.

– Puta del West End -proclamó Gabriel con una carcajada-. No esperaba menos de ti.

– Estás borracho.

Lo cual era bastante cierto. Como en respuesta, Francesca Gerrard se levantó vacilante del sofá que compartía con su hermano, lord Stinhurst. Daba la impresión de que quería controlar la situación, quizá actuar como la propietaria de un hotel, si bien eligió una forma bastante absurda de planteárselo a Barbara.

– Si pudiéramos tomar un poco de café… -su mano aleteó hacia una colección de cuentas de colores que llevaba sobre el pecho como una cota de malla. El contacto pareció darle coraje. Su voz adoptó un tono más autoritario-. Nos gustaría tomar café. ¿Se encargará de ello? -como Barbara no respondió, se volvió hacia lord Stinhurst-. Stuart…

– Le estaríamos muy agradecidos si nos diera permiso para hacer una cafetera -dijo el hombre-. Despejará a algunos miembros del grupo.

Barbara reflexionó complacida en las escasas oportunidades que volvería a tener de poner a un barón en su sitio.

– Lo siento -replicó con acritud-. Venga conmigo, por favor -indicó a lady Helen-. Creo que el inspector desea verla en primer lugar.

Lady Helen Clyde se sintió bastante aturdida cuando atravesó con pasos torpes la biblioteca. Se dijo que era debido a la falta de comida, al interminable y asombroso día, a la atroz incomodidad de estar sentada hora tras hora en camisón en una habitación que oscilaba entre el frío más espantoso y la pura claustrofobia. Al llegar a la puerta, se ciñó el sobretodo con la mayor dignidad que pudo reunir y salió al vestíbulo. La sargento Havers caminaba como una sombra detrás de ella.

– ¿Estás bien, Helen?

Lady Helen agradeció el hecho de que St. James la hubiera esperado. Se hallaba junto a la puerta, oculto por las sombras. Lynley y Macaskin ya habían desaparecido escaleras arriba.

Se alisó el pelo con la mano en un intento de adecentarlo, pero desechó el esfuerzo con una leve y triste sonrisa.

– ¿Te imaginas lo que es pasar todo un día en una habitación llena de individuos que tienen línea directa con Tespis? [5] -preguntó a St. James-. Desde las siete y media de la mañana hemos recorrido toda la gama de reacciones posibles, desde la histeria a la paranoia pasando por la aflicción. Si quieres que te diga la verdad, al mediodía habría vendido mi alma por una de las pistolas de Hedda Gabler [6] -alzó el sobretodo hasta el cuello y lo cerró sobre la garganta, conteniendo un estremecimiento-. Pero sí, estoy bien. Al menos, eso creo -sus ojos se fijaron en la escalera y se posaron luego sobre St. James-. ¿Qué le pasa a Tommy?

Detrás de ella, sin que lady Helen lo advirtiera la sargento Havers se movió con inexplicable brusquedad. Reparó en que St. James tardaba en responder, quitándose unas motas de polvo inexistentes del pantalón. Cuando habló, lo hizo formulando a su vez otra pregunta.

– ¿Qué demonios estás haciendo aquí, Helen?

La joven miró la puerta cerrada de la biblioteca.

– Rhys me invitó. Iba a dirigir la nueva producción de lord Stinhurst que inaugurará el teatro Agincourt, y este fin de semana iba a hacerse un ensayo… una especie de lectura preliminar de la obra.

– ¿Rhys? -repitió St. James.

– Rhys Davies-Jones. ¿No te acuerdas de él? Mi hermana le veía a menudo. Hace años, antes de que él… -Lady Helen se retorció un botón del sobretodo, vacilante, sin saber cuánto debía revelar-. Ha trabajado en teatros de provincias durante los dos últimos años. Iba a ser su primera producción en Londres desde… La tempestad de Shakespeare. Hace cuatro años. Fuimos juntos. Supongo que te acordarás -comprobó que así era.

– Dios mío -dijo St. James con cierto respeto-. ¿Era el mismo Davies-Jones? Lo había olvidado por completo.

Lady Helen se preguntó cómo era posible, porque se trataba de algo que nunca olvidaría, aquella espantosa, noche en el teatro cuando Rhys Davies-Jones, el director, había subido al escenario y todo el mundo se dio cuenta de que casi deliraba. Había arruinado públicamente su carrera con una venganza, apartando a empujones a los actores, sin distinción de sexos, y persiguiendo demonios que sólo él veía. Lady Helen aún lo retenía en su imaginación, el escenario, el alboroto, el desastre que había causado a los otros y a sí mismo. Durante el parlamento del cuarto acto había interrumpido, completamente borracho, las hermosas palabras, borrando de un manotazo su pasado y su futuro en un instante, sin dejar rastro.

– Después de aquello pasó cuatro meses en el hospital. Ahora está muy… recuperado. El mes pasado me topé con él en Brompton Road. Cenamos y… bueno, nos hemos visto bastante desde entonces.

– Para trabajar con Stinhurst, la Ellacourt y Gabriel debe de haberse recuperado por completo. Una compañía soberbia para…

– ¿Un hombre de su reputación? -Lady Helen, frunciendo el entrecejo, clavó la vista en el suelo, tocando delicadamente con la zapatilla una de las espigas que mantenían fija la madera-. Supongo que sí, pero Joy Sinclair era su prima. Estaban muy unidos, y creo que ella intentó darle una segunda oportunidad en el teatro de Londres. Su influencia fue decisiva para que lord Stinhurst le ofreciera el contrato a Rhys.

– ¿Tenía influencia sobre Stinhurst?

– Tengo la impresión de que Joy ejercía su influencia sobre todo el mundo.

– ¿Qué quieres decir?

Lady Helen titubeó. No era una mujer proclive a decir cosas que pudieran denigrar a los demás, ni siquiera en un caso de asesinato. Hacerlo iba en contra de sus principios, incluso con St. James, un hombre en quien siempre se podía confiar. Le dio a regañadientes la respuesta que esperaba, dirigiendo antes una rápida mirada a la sargento Havers para leer en su rostro su grado de discreción.

– Según parece tuvo un lío con Robert Gabriel el año pasado. Ayer por la tarde se pelearon horriblemente por ese motivo. Gabriel quería que Joy le dijera a su ex esposa que sólo se habían acostado una vez. Joy se negó… Bueno, la discusión iba a degenerar hacia la violencia cuando Rhys irrumpió en la habitación de Joy para terminarla.

– No lo entiendo. -St. James parecía perplejo-. ¿Conocía Joy Sinclair a la esposa de Robert Gabriel? ¿Sabía que estaba casado?

– Oh, sí. Robert Gabriel estuvo casado durante diecinueve años con Irene Sinclair, la hermana de Joy.

El inspector Macaskin abrió la puerta para que Lynley y St. James entraran en la habitación de Joy Sinclair. Tanteó en busca del interruptor de la luz y dos sinuosas lámparas de bronce, colgadas del techo, iluminaron aquella profusión de contradicciones. Era una bonita habitación, comprobó Lynley, tanto que parecía más apropiada para la estrella de la obra que para la autora. Estaba amueblada con una cama imperial victoriana y un conjunto del siglo XIX que consistía en una cómoda, armario ropero y sillas, y empapelada en tonos verdes y amarillos. Una descolorida alfombra Axminster cubría el suelo de roble, y las viejas tablas crujían al pisarlas.

Pero, al mismo tiempo, la habitación había sido el escenario de un crimen brutal, y el aire helado contenía un rico efluvio de sangre y destrucción. La cama constituía la pieza principal, con su retorcida confusión de manchas de sangre y su única cuchillada, que describía con elocuencia el modo en que había muerto la mujer. Los tres hombres, tras ajustarse guantes de látex, se aproximaron con cierta precaución; Lynley paseó su mirada por la habitación, Macaskin se guardó en el bolsillo las llaves maestras de Francesca Gerrard y St. James inspeccionó el horrísono catafalco como si pudiera revelarle la identidad del autor.

Mientras los otros dos observaban, St. James sacó una pequeña regla plegable, se inclinó sobre la cama y tanteó delicadamente la perforación del centro. El colchón era muy peculiar, relleno de lana a la manera de una almohada, para acomodarse y amoldarse a los hombros, caderas y región lumbar. Y, además, como virtud adicional, se había ajustado alrededor del arma asesina, reproduciendo a la perfección la dirección de entrada.

– Una puñalada -dijo St. James a los demás sin volver la cabeza-. Con la mano derecha y desde el lado izquierdo de la cama.

– ¿Pudo ser una mujer? -preguntó Macaskin.

– Si el puñal estaba lo bastante afilado -respondió St. James-. No haría falta mucha fuerza para atravesar el cuello de una mujer. Podría haberlo hecho otra mujer, pero ¿por qué cuesta tanto imaginar a una mujer cometiendo un crimen semejante?

Los ojos de Macaskin no se apartaban de la inmensa mancha que cubría el colchón, todavía húmeda.

– Afilado, sí. Condenadamente afilado -dijo con tono sombrío-. ¿Un asesino cubierto de sangre?

– No necesariamente. Creo que debió mancharse de sangre la mano y el brazo derechos, pero sí lo hizo con rapidez y se protegió con las sábanas quizá sólo salió con una o dos manchas. Si no se dejó ganar por el pánico, pudo limpiarlas fácilmente con una de las sábanas, y esa mancha se mezcló con la sangre resultante de la herida.

– ¿Y sus ropas?

James examinó las dos almohadas, las puso sobre una silla y apartó la sábana superior con sumo cuidado.

– Tal vez el asesino no llevaba ropas -señalo-. Sería mucho más fácil cometer el crimen desnudo, volver después a su habitación y lavarse la sangre con agua y jabón. Si sólo había uno, para empezar.

– Muy arriesgado, ¿no cree? -preguntó Macaskin-. Por no mencionar el frío de mil demonios.

St. James se demoró en comparar el agujero de la sábana con el del colchón.

– Todo el crimen entrañaba un riesgo. Cabía la posibilidad de que Joy Sinclair estuviera despierta y chillara como una posesa.

– Supongamos que estaba dormida -comentó Lynley. Se había acercado al tocador, situado junto a la ventana. Un revoltijo de objetos atestaba la superficie: maquillajes, cepillos para el pelo, secadores para el pelo, gasas y una serie de joyas entre las que había tres anillos, cinco brazaletes de plata y dos collares de cuentas de colores. En el suelo se veía un pendiente de oro en forma de aro.

– St. James -dijo Lynley, sin apartar la mirada del suelo-. Cuando tú y Deborah vais a un hotel, ¿cerráis la puerta con llave?

– Al instante -sonrió el aludido-. Pero creo que es el resultado de vivir en la misma casa con el suegro. Unos pocos días alejados de él y nos convertimos en depravados incorregibles, lamento decirlo. ¿Por qué?

– ¿Dónde dejáis la llave?

St. James miró a Lynley y a continuación la puerta.

– En la cerradura, por lo general.

– Sí. -Lynley cogió la llave de la puerta por la anilla metálica que unía la llave con la etiqueta de plástico identificadora-. Casi todo el mundo lo hace. Entonces, ¿por qué supones que Joy Sinclair cerró la puerta con llave y la dejó sobre el tocador?

– Anoche se produjo una discusión, ¿verdad? Estuvo mezclada en ella. Quizá estaba distraída o disgustada cuando entró. Es posible que haya cerrado la puerta y tirado la llave sobre el tocador en un arranque de nervios.

– Es posible, o puede que no fuera ella quien cerrara la puerta. Tal vez no entró sola, sino acompañada de alguien que se encargó de cerrarla mientras ella esperaba en la cama -Lynley se fijó en que el inspector Macaskin se pellizcaba el labio-. ¿No está de acuerdo? -le preguntó.

Macaskin se mordisqueó el pulgar un momento antes de dejar caer la mano con desagrado, como si hubiera subido hasta su boca por voluntad propia.

– En lo que respecta a lo de estar acompañada, no. Creo que no.

Lynley devolvió la llave al tocador y abrió las puertas del armario ropero. Las ropas colgaban al azar, los zapatos estaban tirados al fondo, unos téjanos formaban un confuso montón sobre el suelo y una maleta medio abierta revelaba medias y sujetadores.

Lynley examinó las prendas y se volvió hacia Macaskin.

– ¿Por qué no? -le preguntó, mientras St. James atravesaba la habitación en dirección a la cómoda y empezaba a registrarla.

– Por lo que llevaba puesto -explicó Macaskin-. En las fotografías del DIC no se ve muy bien, pero llevaba la parte superior de un pijama masculino.

– ¿No demuestra eso claramente que había alguien con ella?

– Usted cree que llevaba el pijama del tipo que vino a verla. No puedo estar de acuerdo.

– ¿Por qué no? -Lynley cerró la puerta del armario ropero y se apoyó en él, sin dejar de mirar a Macaskin.

– Seamos realistas, pues -Macaskin empezó con la seguridad de un conferenciante que ha reflexionado profundamente sobre el tema de su charla-. ¿Un hombre que va a seducir a una mujer se dirige a su habitación con un pijama viejo? El que llevaba era delgado, lavado muchas veces y descosido en los codos por varios puntos. Yo diría que tendría unos seis o siete años de antigüedad, tal vez más. No es exactamente lo que un hombre utilizaría o, pongamos por caso, dejaría como recuerdo a una mujer para que lo llevara después de una noche de amor.

– Ahora que lo ha descrito -dijo Lynley con aire pensativo-. Parece más un talismán, ¿no?

– En efecto -la aprobación de Lynley dio ánimos a Macaskin para abundar en su teoría. Recorrió a pasitos la distancia que separaba la cama del tocador, y de allí siguió hasta el armario ropero, dando énfasis a sus palabras con movimientos de las manos-. Suponiendo que siempre le había pertenecido y no se lo había dado ningún hombre. ¿Esperaría a su amante con su peor pijama? No me lo puedo creer.

– Estoy de acuerdo -dijo St. James desde la cómoda-. Y considerando que no existen señales de lucha, hemos de concluir que, aun en el caso de que estuviera despierta cuando el asesino entró, si se trataba de alguien a quien dejó entrar para charlar un rato, sí estaba dormida cuando le atravesó la garganta con el puñal.

– O tal vez no estaba dormida -dijo Lynley-. Sino cogida por sorpresa por alguien en quien confiaba. Y, en tal caso, ¿no habría cerrado la puerta con llave?

– No necesariamente -señaló Macaskin-. Pudo haberla cerrado el asesino, matarla y…

– Volver a la habitación de Helen -terminó Lynley con frialdad. Movió la cabeza en dirección a St. James-. Por Dios…

– Todavía no -replicó St. James.

Se reunieron ante una pequeña mesa cubierta de revistas, al lado de la ventana, e inspeccionaron la habitación por separado. Lynley hojeó por encima las revistas, St. James levantó la tapa de la tetera que había quedado sobre la abandonada bandeja del desayuno, examinando la película transparente que se había formado en el líquido, y Macaskin golpeaba rítmicamente un lápiz contra la puntera del zapato.

– Hay dos lapsos de tiempo -dijo St. James-. Veinte minutos o más entre el descubrimiento del cadáver y la llamada a la policía. Luego, casi dos horas entre la llamada a la policía y su llegada aquí -dirigió su atención a Macaskin-. ¿Sus técnicos no tuvieron tiempo de escudriñar la habitación por completo antes de que se les ordenara volver a la comisaría?

– Es cierto.

– Si quiere, puede llamarles ahora para que vengan a concluir su trabajo, aunque temo que el esfuerzo no servirá de mucho. Durante el tiempo transcurrido pueden haberse sembrado muchas huellas falsas.

– O eliminado -indicó Macaskin-. Y sólo contamos con la palabra de lord Stinhurst de que cerró todas las habitaciones con llave y nos esperó sin hacer nada más.

Este comentario final recordó algo a Lynley. Se levantó y examinó en silencio la cómoda, el armario ropero y el tocador. Los otros dos le miraron sorprendidos mientras abría puertas y cajones y registraba detrás de los muebles.

– La obra -dijo-. Vinieron aquí para trabajar en una obra, ¿no? Joy Sinclair era la autora. ¿Dónde está? ¿Por qué no hay notas? ¿Dónde están todas las copias?

Macaskin se puso en pie de un brinco.

– Yo me encargo de ello -dijo, y desapareció al instante.

Mientras la puerta se cerraba detrás de él, se abrió una segunda puerta.

– Ya estamos preparadas -dijo la sargento Havers desde la habitación de lady Helen.

Lynley miró a St. James y se quitó los guantes.

– No soy el menos interesado en esto -admitió.

Lady Helen nunca se había parado a pensar en lo mucho que dependía su confianza en sí misma del baño diario. Al ver prohibido este lujo tan sencillo, se sintió consumida ridículamente por una necesidad de bañarse que fue frustrada por la sargento Havers con un simple «lo siento, debo quedarme con usted y no creo que tenga ganas de que le rasque la espalda». Como resultado, su incomodidad aumentó, como una mujer obligada a llevar una piel ajena.

Al final había llegado a un pacto sobre el maquillaje, si bien componerse la cara bajo el ojo vigilante de la sargento Havers incomodó a lady Helen; parecía un maniquí de escaparate. Esta sensación se agudizó mientras se vestía, cogiendo lo primero que le caía en la mano, sin pararse a mirar qué era o cómo le sentaba. Sólo se enteró del frío movimiento de la seda y del roce de la lana, pero no tenía ni idea de qué prendas eran, ni si combinaban entre sí o formaban un pastel de colores que arruinaba su apariencia.

Y todo el rato oía a St. James, Lynley y al inspector Macaskin en la habitación de al lado. No hablaban en voz alta, pero les oía con facilidad. Se preguntó qué demonios les diría cuando la interrogaran, como sin duda harían, sobre cómo se las había arreglado para no haber oído nada de lo sucedido durante la noche. Todavía estaba sopesando las respuestas cuando la sargento Havers abrió la puerta, dando paso a St. James y a Lynley.

– Estoy hecha una facha, Tommy -dijo con una alegre sonrisa, volviéndose hacia ellos-. Me has de jurar por todos los dioses de la moda que nunca le contarás a nadie haberme visto en camisón y zapatillas a las cuatro de la tarde.

Lynley, sin contestar, se detuvo junto a una butaca. Era de respaldo alto, forrada a juego con el papel de la habitación (rosa sobre crema) y situada en un ángulo a un metro de la puerta. Daba la impresión de que la estaba examinando sin ningún motivo en particular y con toda minuciosidad. Al momento se inclinó y cogió de detrás una corbata negra de hombre que dejó sobre el respaldo de la butaca con resuelta deliberación. Después de lanzar una última mirada a la habitación, hizo una señal con la cabeza a la sargento Havers, que abrió su cuaderno de notas. Ante todo esto, el caudal de alegres comentarios preliminares que lady Helen había desplegado para abrir una brecha en la reticencia profesional demostrada por Lynley en la biblioteca, se secó de repente. Él llevaba la voz cantante. Lady Helen comprendió al cabo de un instante cómo se proponía hacerlo.

– Siéntate, Helen. A la mesa, por favor -añadió, antes de que eligiera otro lugar.

La mesa, al igual que en la habitación de Joy Sinclair, se hallaba colocada bajo la ventana. Las cortinas estaban descorridas. Había oscurecido con mucha rapidez, y el cristal reflejaba destellos fantasmales y rayos dorados de la lámpara que descansaba sobre la mesilla de noche, apoyada contra la pared opuesta. La escarcha formaba una tela de araña en la parte exterior de la ventana, y lady Helen supo que si posaba la mano sobre el cristal, el frío se la quemaría, como una capa de hielo.

Se acercó a una de las butacas. Eran piezas del siglo XVIII, tapizadas con una tela que, sin embargo, aún no había perdido el color. Reproducía una escena mitológica. Lady Helen sabía que, si se esforzaba un poco, identificaría al joven y a la mujer con aspecto de ninfa que se abrazaban en el paisaje pastoril, y que también Lynley podía hacerlo, pero no se habría atrevido a afirmar si se trataba de Paris, ansioso por recibir la recompensa prometida después de hacer justicia, o Eco consumiéndose por Narciso. De todos modos, en aquel momento le era absolutamente indiferente.

Lynley se reunió con ella ante la mesa. Sus ojos se posaron sobre los reveladores objetos que la cubrían: una botella de coñac, un cenicero lleno de colillas y un plato con naranjas; una estaba parcialmente pelada, aunque luego había sido desechada, pero todavía rezumaba un débil aroma cítrico. Se fijó en todo ello mientras la sargento Havers acercaba el taburete del tocador para sentarse y St. James describía un lento círculo por la habitación.

Lady Helen había visto trabajar a St. James cientos de veces. Sabía que difícilmente se le escapaba un detalle, pero, contemplando aquella rutina familiar centrada esta vez en ella, sintió que los músculos se le tensaban al verle examinar de manera superficial la parte superior de la cómoda y el tocador, el armario ropero y el suelo. Era como una violación, y cuando él alzó el cobertor de la cama deshecha y recorrió las sábanas con mirada escrutadora, perdió el control.

– Por Dios, Simon, ¿es absolutamente necesario que hagas eso?

Nadie respondió, pero el silencio fue muy elocuente y, combinado con haber estado encerrada bajo llave durante nueve horas, como un delincuente común, y estar sentada allí mientras se proponían interrogarla con la mayor imparcialidad, como si los tres no estuvieran unidos por años de amistad y sufrimientos, le provocó una furia que creció en su interior como un tumor. Luchó contra ella con éxito parcial. Sus ojos se clavaron de nuevo en Lynley, tratando de ignorar los ruidos que hacía St. James al moverse por la habitación, a sus espaldas.

– Háblanos de la disputa que tuvo lugar anoche.

A juzgar por su actitud, lady Helen esperaba que la primera pregunta de Lynley se refiriese al dormitorio. Este comienzo inesperado la cogió por sorpresa, desarmándola momentáneamente, como sin duda había sido la intención de Lynley.

– Ojalá pudiera. Lo único que sé es que se originó en la obra que Joy Sinclair estaba escribiendo. Lord Stinhurst y ella tuvieron una pelea terrible por ese motivo. Joanna Ellacourt también estaba furiosa.

– ¿Por qué?

– Según pude deducir, la obra que Joy Sinclair trajo para el ensayo del fin de semana era muy diferente de la contratada para representarse en Londres. Durante la cena ella anunció que había efectuado unos pequeños retoques, pero resultó evidente que los cambios eran mucho más importantes de lo que la gente se esperaba. Continuaba girando en torno a un asesinato, pero apenas quedaba nada del original. De ahí surgió la discusión.

– ¿Cuándo ocurrió?

– Nos habíamos reunido en la sala de estar para proceder a la lectura de la obra. No habían pasado ni cinco minutos cuando estalló la disputa. Fue muy extraño, Tommy. Apenas se había iniciado cuando Francesca, la hermana de lord Stinhurst, se puso en pie de un salto, como si hubiera sufrido la conmoción más espantosa de su vida. Empezó a chillar a lord Stinhurst, diciendo algo como «¡No, Stuart, detenla!», y después intentó marcharse de la sala, pero se confundió o se equivocó de camino, porque retrocedió directamente hacia una gran vitrina y la rompió en mil pedazos. No entiendo cómo se las arregló para no dejarse la piel a tiras en el choque, pero no lo hizo.

– ¿Qué hacían los demás?

Lady Helen describió el comportamiento de cada persona como mejor pudo: Robert Gabriel miró a Stuart Rintoul, lord Stinhurst, esperando sin duda que pusiese en cintura a Joy o que acudiera en auxilio de su hermana; Irene Sinclair palideció intensamente a medida que la situación se agravaba; Joanna Ellacourt arrojó al suelo su copia de la obra y salió de la sala hecha una furia, seguida un momento después por su marido, David Sydeham; desde el otro extremo de la mesa de nogal Joy Sinclair sonreía a lord Stinhurst, y esa sonrisa pareció encolerizarle sobremanera, porque se levantó de un brinco, la agarró por el brazo y la arrastró hacia una salita contigua, cerrando la puerta de un golpe detrás de ellos.

– Y Elizabeth Rintoul salió detrás de su tía Francesca -concluyó lady Helen-. Daba la impresión de que… No es fácil de precisar, pero es posible que estuviera llorando, lo que no concuerda con su carácter.

– ¿Por qué?

– No lo sé. Por su aspecto se diría que renunció a llorar hace mucho tiempo. Creo que ha renunciado a muchas cosas. A Joy Sinclair, entre ellas. Según me dijo Rhys, eran amigas íntimas.

– No has mencionado lo que hizo él después de la lectura -señaló Lynley. Sin darle tiempo a responder, formuló otra pregunta-. ¿Hubo alguien más implicado en la disputa, además de Stinhurst y Joy Sinclair?

– Sólo Stinhurst y Joy. Oí sus voces desde la salita.

– ¿Gritaban?

– Joy un poco, pero a Stinhurst casi no se le oía. No parece la clase de hombre que tenga que elevar la voz para conseguir que le escuchen, ¿verdad? Lo único que oí con claridad fue a Joy gritando como una histérica sobre alguien llamado Alee. Dijo que Alee lo sabía y que lord Stinhurst le mató por ello.

Lady Helen oyó que la sargento Havers, sentada a su lado, respiraba hondo, dirigiendo a continuación una mirada especulativa a Lynley. Lady Helen comprendió su significado al instante y se apresuró a decir:

– Seguro que fue una frase metafórica, Tommy, un poco como «Si haces eso, matarás a tu madre». Ya sabes lo que quiero decir. De todos modos, lord Stinhurst no respondió. Se marchó, afirmando más o menos que, en cuanto a él, Joy estaba acabada, o algo por el estilo.

– ¿Y después?

– Joy y Stinhurst subieron al primer piso. Por separado. Los dos tenían un aspecto espantoso, como si ninguno hubiera salido vencedor de la disputa y ambos desearan que nunca se hubiera producido. Jeremy Vinney intentó decirle algo a Joy cuando ella salió al vestíbulo, pero no quiso hablar. Es posible que estuviera llorando, pero no estoy segura.

– ¿Adonde fuiste a continuación, Helen? -Lynley inspeccionaba el cenicero, las numerosas colillas y la capa de ceniza gris y negra que teñía de luto la superficie de la mesa.

– Oí a alguien en el salón y fui a ver.

– ¿Quién era?

Lady Helen sopesó la posibilidad de mentir, intentando describirse como impulsada por la curiosidad, merodeando por la casa como una juvenil señorita Marple. En lugar de ello, se decantó por la verdad.

– Lo cierto, Tommy, es que yo andaba buscando a Rhys.

– Ah. ¿Había desaparecido?

El tono de Lynley le encrespó.

– Todo el mundo había desaparecido -vio que St. James había finalizado su escrutinio de la habitación, sentándose en una butaca próxima a la puerta y reclinándose en ella para seguir la conversación. Lady Helen sabía que no iba a tomar notas, pero que recordaría cada palabra.

– ¿Se hallaba Davies-Jones en el salón?

– No. Era lady Stinhurst, Marguerite Rintoul. Y también estaba Jeremy Vinney. Quizá había husmeado una historia que deseaba escribir para su periódico, porque me dio la impresión de que intentaba interrogarla sobre lo ocurrido. Sin el menor éxito. También hablé con ella porque…, francamente, parecía atontada. Hablamos un momento y, aunque parezca extraño, me dijo algo muy similar a lo que Francesca le había dicho antes a lord Stinhurst en la sala de estar.

– ¿A Joy?

– O tal vez a Elizabeth, su hija. Yo acababa de mencionar a Elizabeth. Creo recordar que le dije «¿Quiere que vaya a buscar a Elizabeth?»

Mientras hablaba, con la sensación de ser una sospechosa en potencia interrogada por la policía, lady Helen tomó conciencia de otros sonidos que se producían en la casa: el ininterrumpido garrapateo del lápiz de la sargento Havers sobre su bloc, puertas que se abrían al otro extremo del pasillo, la voz de Macaskin dirigiendo el registro, y abajo, en la biblioteca, dominando el abrir y cerrar de puertas, gritos airados. Dos hombres. No pudo identificarles.

– ¿A qué hora te retiraste anoche a tu habitación, Helen?

– Debían de ser las doce y media. No me fijé.

– ¿Qué hiciste al llegar?

– Me desnudé, me metí en la cama y leí un rato.

– ¿Y después?

Lady Helen no respondió de inmediato. Contemplaba el rostro de Lynley con toda libertad, puesto que él no la miraba a los ojos. Sus facciones en reposo siempre habían combinado toda la belleza clásica posible en un hombre, pero, mientras hacía las preguntas, lady Helen advirtió que aquellas mismas facciones empezaban a adoptar una hosca impenetrabilidad que jamás había visto y de la que ni siquiera sospechaba su existencia. Ante tal certidumbre, lady Helen se sintió separada de él por primera vez en su larga y estrecha amistad; tendió una mano hacia él con el deseo de salvar el abismo que les separaba, no con la intención de tocarle, sino remedando un contacto que, en apariencia, no le sería permitido. Como él no respondiera con nada que pudiera tomarse como una señal de aceptación, experimentó el impulso de hablar con sinceridad.

– Pareces terriblemente enfadado, Tommy. Dime qué te pasa, por favor.

El puño derecho de Lynley se abrió y cerró con un movimiento tan rápido que pareció un reflejo.

– ¿Desde cuándo fumas?

Lady Helen advirtió que la sargento Havers cesaba bruscamente de escribir. Vio que St. James se removía en la butaca. Y supo que, por el motivo que fuera, su pregunta había permitido a Lynley tomar una decisión, saltando de la rutina policial a un terreno nuevo, un terreno que no estaba gobernado por los manuales, códigos y procedimientos que conformaban los rígidos límites de su trabajo.

– Ya sabes que no fumo -la joven retiró la mano.

– ¿Qué oíste anoche? Joy Sinclair fue asesinada entre las dos y las seis de la madrugada.

– Me temo que nada. Soplaba un viento terrible que hacía vibrar las ventanas. Debió de ahogar todo ruido procedente de su habitación, si es que lo hubo.

– Y, aunque no hubiera soplado viento, no estabas sola, ¿verdad? Estabas entretenida, diría yo.

– Tienes razón. No estaba sola -vio que Lynley apretaba la boca, sin abandonar su inmovilidad total.

– ¿A qué hora vino Davies-Jones a tu habitación?

– A la una.

– ¿Y a qué hora se fue?

– Un poco después de las cinco.

– Miraste el reloj.

– El me despertó. Estaba vestido. Le pregunté la hora y me la dijo.

– ¿Y entre la una y las cinco, Helen?

Una oleada de incredulidad asaltó a lady Helen.

– ¿Qué quieres saber exactamente?

– Quiero saber qué ocurrió en esta habitación entre la una y las cinco, exactamente, para utilizar tus propias palabras -su voz era glacial.

A pesar de la tristeza que le produjo la pregunta, la brutal intrusión en su vida que significaba y la suposición implícita de que iba a responder de buena gana, lady Helen advirtió que la sargento Havers abría la boca de par en par. No obstante, la cerró enseguida cuando Lynley le dirigió una fría mirada.

– ¿Por qué me lo preguntas?

– ¿Necesitas un abogado para que te explique con todo detalle lo que puedo y no puedo preguntar en la investigación de un asesinato? Podemos telefonear a uno si lo juzgas conveniente.

«Aquél no era su amigo», pensó lady Helen, desolada. Aquél no era su compañero de risas durante más de una década. Era un Tommy al que no conocía, un hombre al que no podía responder de forma racional. Ante su presencia, un tumulto de emociones se disputaban la prioridad: cólera, angustia, aflicción. Lady Helen sintió que le asaltaban en tropel, no de una en una, sino todas a la vez. Se apoderaron de ella con fuerza implacable, y cuando fue capaz de hablar intentó desesperadamente aparentar indiferencia.

– Rhys me trajo coñac -señaló la botella que había sobre la mesa-. Charlamos.

– ¿Bebiste?

– No, ya había bebido antes. No quería más.

– ¿Bebió él?

– No. Él… no puede beber.

– Dígale a los hombres de Macaskin que analicen la botella -indicó Lynley a Havers.

Lady Helen captó el pensamiento subyacente a la orden.

– ¡Aún está por abrir!

– No, me temo que no -Lynley cogió el lápiz de Havers y lo aplicó al papel de aluminio que recubría el tapón de la botella. Saltó sin esfuerzo, como si lo hubieran quitado y vuelto a poner para simular que la botella no se había abierto.

Lady Helen se sintió desfallecer.

– ¿Qué estás diciendo? ¿Qué Rhys trajo algo para drogarme durante el fin de semana para asesinar cómodamente a Joy Sinclair, a su propia prima, por el amor de Dios, y utilizarme después como coartada? ¿Es eso lo que piensas?

– Has dicho que charlasteis, Helen. ¿Debo entender que, tras negarte a beber lo que contenga esta botella, pasasteis el resto de la noche en amena conversación?

Lady Helen se enfureció ante la negativa de Lynley a responder su pregunta, por su rígido apego a las formalidades del interrogatorio policial cuando servía a sus necesidades, y por su caprichosa decisión de culpar a un hombre y manipular los hechos a tal fin. Cuidadosa, deliberadamente, asignando a cada sílaba su lugar en la balanza con la que medía la gravedad de lo que Tommy estaba haciendo a su amistad, replicó:

– No, claro que hubo mucho más. Me hizo el amor. Dormimos. Y después, mucho más tarde, yo le hice el amor.

Lynley no demostró la menor reacción ante sus palabras. De súbito, el olor a tabaco quemado que surgía del cenicero se hizo intolerable. Lady Helen deseó arrojarlo lejos de su vista. Deseó lanzarlo a la cara de Lynley.

– ¿Eso es todo? -preguntó él-. ¿No te dejó en toda la noche? ¿No salió de la cama?

Era demasiado rápido para ella, y no pudo evitar que la respuesta se transparentara en su rostro.

– Ya veo que sí -prosiguió Lynley-. Salió de la cama. ¿A qué hora, por favor, Helen?

Ella se miró las manos.

– No lo sé.

– ¿Estabas dormida?

– Sí.

– ¿Qué te despertó?

– Un ruido. Creo que fue una cerilla. Él estaba fumando, de pie junto a la mesa.

– ¿Vestido?

– No.

– ¿Simplemente fumando?

– Sí -contestó tras vacilar un momento-. Fumando, sí.

– Pero reparaste en algo más, ¿verdad?

– No, es que… -le estaba arrancando las palabras. Le estaba obligando a decir cosas que debían permanecer calladas.

– ¿Qué era? ¿Notaste algo extraño en él?

– No. No. -entonces, los ojos de Lynley, astutos, pardos, insistentes, se clavaron en los suyos-. Me acerqué a él y tenía la piel húmeda.

– ¿Húmeda? ¿Se había bañado?

– No. Salada. Estaba… sus hombros… sudado. Y hacía mucho frío.

Lynley miró maquinalmente la habitación de Joy Sinclair. Lady Helen continuó.

– ¿No lo entiendes, Tommy? Era el coñac. Quería beber. Estaba desesperado. Es como una enfermedad. No tenía nada que ver con Joy.

Era como si no hablara, porque Lynley sólo tenía un pensamiento fijo.

– ¿Cuántos cigarrillos fumó, Helen?

– Cinco, seis. Los que ves aquí.

Lady Helen adivinó que Lynley estaba haciendo sus propios cálculos. Si Rhys Davies-Jones había empleado su tiempo en fumar los seis cigarrillos que se veían aplastados en el cenicero, y ella no se había despertado hasta que él se puso a fumar el último, ¿qué más pudo hacer? Carecía de importancia el hecho de que ella supiera con toda exactitud cómo había pasado el tiempo mientras ella dormía: luchando contra legiones de demonios y espectros que le arrastraban hacia la botella de coñac como a un sediento. En opinión de Lynley, había aprovechado el tiempo para abrir la puerta, asesinar a su prima y regresar, sudando de terror. Lady Helen adivinó todo esto en el silencio sepulcral que siguió a su frase.

– Quería un trago -se limitó a decir-. Pero no puede beber. Así que fumó. Eso es todo.

– Entiendo. ¿Debo deducir que es un alcohólico?

Se le hizo un nudo en la garganta. «No es más que una palabra -hubiera dicho Rhys con su dulce sonrisa-. Una palabra sola carece de poder, Helen.»

– Sí.

– De modo que salió de la cama sin que te despertaras. Fumó cinco o seis cigarrillos sin que te despertaras -insistió Lynley.

– Pero tú deseas añadir que abrió la puerta para asesinar a Joy Sinclair sin que yo me despertara, ¿verdad?

– Sus huellas están en la llave, Helen.

– ¡Claro que lo están! ¡No me cabe duda! Cerró la puerta antes de llevarme a la cama. ¿Vas a decirme que formaba parte de su plan asegurarse de que le viera cerrar la puerta con llave para luego justificar lo de sus huellas dactilares? ¿Es eso lo que has maquinado?

– Eres tú la que maquinas, ¿no?

– ¡Eso es repugnante! -replicó lady Helen con voz temblorosa.

– Dormías cuando se levantó de la cama, dormías mientras se fumaba un cigarrillo tras otro. ¿Intentas aducir ahora que en realidad tienes el sueño ligero y que te habrías dado cuenta de si Davies-Jones salía de tu habitación?

– ¡Me habría dado cuenta!

– ¿St. James? -preguntó Lynley sin volverse.

Estas dos únicas palabras consiguieron trastocar el delicado equilibrio de la situación.

Lady Helen se puso en pie como impulsada por un resorte. La silla cayó al suelo. Su mano golpeó brutalmente el rostro de Lynley con un movimiento veloz como el rayo, impulsado por la furia.

– ¡Asqueroso bastardo! -gritó la joven, dirigiéndose hacia la puerta.

– Quédate ahí -ordenó Lynley.

Ella giró sobre sus talones y le plantó cara.

– Deténgame, inspector -salió de la habitación, cerrando la puerta con estrépito.

St. James la siguió de inmediato.

Capítulo 4

Barbara Havers cerró su bloc con un movimiento estudiado que le dio tiempo para pensar. Frente a ella, Lynley buscaba algo en el bolsillo interior de su chaqueta. Sus manos no temblaban, pese a que la marca de la bofetada todavía no había desaparecido de su cara. Sacó la pitillera y el encendedor, utilizó ambos y se los tendió a Barbara, que le invitó, naciendo vina mueca y aplastando el cigarrillo tras la primera bocanada.

Barbara no era una mujer que dedicara mucho tiempo a analizar sus emociones, pero ahora lo hizo, y con cierta confusión comprendió que había deseado intervenir en lo que acababa de ocurrir. Todas las preguntas de Lynley se habían mantenido dentro de la ortodoxia de los procedimientos policiales, por supuesto, pero la manera de formularlas y las repulsivas insinuaciones contenidas en su tono habían conseguido que Barbara desease entrar en combate como adalid de lady Helen. No comprendía por qué. Por ello reflexionó, aprovechando el respiro momentáneo que le concedía la brusca partida de lady Helen, y halló la respuesta en la cordialidad que la joven le había demostrado de muy diversas formas en los meses que llevaba trabajando con Lynley.

– Creo, inspector -dijo Barbara, recorriendo con el pulgar una arruga de la tapa del bloc-. Que se ha pasado un poco de la raya.

– Ahora no es momento para discutir sobre los procedimientos -replicó Lynley con voz bastante desapasionada, aunque Barbara captó su férreo control.

– No tiene nada que ver con los procedimientos, ¿no cree? Tiene que ver con la buena educación. Ha tratado a Helen como a una mujerzuela, y si va a responderme que se comportó como una mujerzuela, le sugiero que se pare a pensar en uno o dos asuntillos de su agitado pasado y se pregunte qué pasaría si surgieran en un interrogatorio similar al que usted la ha sometido.

Lynley dio una calada a su cigarrillo, pero lo apagó en el cenicero, como si le desagradara el sabor. Mientras lo hacía, un movimiento brusco de su mano provocó que cayera ceniza sobre el puño de su camisa. Ambos se quedaron mirando el contraste del polvillo negro sobre el blanco del tejido.

– Helen tuvo la desgracia de estar donde no debía cuando no debía -replicó Lynley-. No había forma de soslayar el hecho, Havers. No puedo darle un trato especial porque sea amiga mía.

– ¿De veras? Bien, me fascinará comprobar que se aplica el mismo principio cuando los dos colegas se reúnan para una conversación confidencial.

– ¿De qué está hablando?

– Los lores Asherton y Stinhurst reunidos en amigable charla. Ardo en deseos de verle tratar a Stuart Rintoul con la misma mano de hierro que ha utilizado con Helen Clyde. De igual a igual, de compadre a compadre, de etoniano a etoniano. [7] ¿No funciona así? Pero, como usted ha dicho, nada de eso reparará el hecho de que lord Stinhurst tuvo la desgracia de estar donde no debía cuando no debía -le conocía lo bastante para saber que su furia se iba a desencadenar.

– ¿Y qué quiere que haga exactamente, sargento? ¿Ignorar los hechos? -Lynley empezó a enumerarlos con frialdad-. La puerta de Joy que da al pasillo está cerrada con llave. Las llaves maestras son inaccesibles, a todos los efectos y propósitos. Las huellas digitales de Davies-Jones se encuentran en la llave de la única puerta que permite el acceso a la habitación. Tenemos un período de tiempo indeterminado, puesto que Helen estaba dormida. Todo ello sin considerar todavía dónde estuvo Davies-Jones hasta la una de la madrugada, cuando se presentó ante la puerta de Helen, o por qué le adjudicaron a Helen, de entre toda esa gente, esta habitación. Muy conveniente, si tenemos en cuenta que un hombre aparece aquí en mitad de la noche para seducir a Helen mientras asesinan a su prima en la habitación de al lado. ¿No?

– Y eso es lo que duele, ¿verdad? Seducción, no asesinato.

Lynley cogió la pitillera y el encendedor, los guardó en el bolsillo y se levantó sin responder. Barbara, no obstante, se abstuvo de insistir. Una respuesta carecía de sentido cuando sabía muy bien que su testarudez tenía propensión a abandonarle en momentos de crisis personal. Y la verdad era que, desde el instante en que Barbara había visto a lady Helen en la biblioteca, así como la cara de Lynley al verla avanzar por la estancia hacia él con aquel ridículo sobretodo que le colgaba calamitosamente hasta los tobillos, había sabido que la situación podía desencadenar en él una crisis personal de considerables proporciones.

El inspector Macaskin apareció en la puerta del dormitorio. La furia se traslucía en sus facciones. Tenía la cara colorada, los ojos se le salían de las órbitas y la piel como tensa.

– No hay ningún ejemplar de la obra en la casa, inspector -anunció-. Parece ser que nuestro buen lord Stinhurst los quemó todos.

– Bien por el finolis -murmuró Barbara, mirando al techo.

En el pasillo inferior norte, un lado del cuadrilátero que rodeaba un patio en el que la nieve alcanzaba la altura de las ventanas emplomadas, una puerta daba acceso a los terrenos de la finca. A un lado de esta puerta, Francesca Gerrard había habilitado una zona de almacenamiento en la que se acumulaban botas Wellington desechadas, aparejos de pesca, herramientas oxidadas de jardinería, impermeables, sombreros, abrigos y bufandas. Lady Helen se arrodilló en el suelo frente a este amasijo, tirando a un lado una bota tras otra, buscando furiosamente la pareja de la que se había puesto. Oyó el inconfundible sonido de los torpes pasos de St. James bajando por la escalera, y rebuscó como enloquecida entre botas de agua y cestas de pesca, decidida a abandonar la casa antes de que St. James la encontrara.

Sin embargo, la perversa intuición que siempre le había permitido adivinar sus pensamientos antes de que la joven los hiciera conscientes le condujo sin titubeos en su dirección. Lady Helen oyó su pesada respiración, provocada por el rápido descenso de los peldaños, y no necesitó levantar la vista para saber que su rostro estaría contraído por la irritación que le causaba la debilidad de su cuerpo. Sintió el roce de su mano sobre el hombro y se apartó con un gesto brusco.

– Me voy -dijo lady Helen.

– No puedes. Hace demasiado frío. Además, me ha costado mucho seguirte a oscuras, y quiero hablar contigo.

– Creo que no tenemos nada que decirnos, ¿verdad? Ya has disfrutado del espectáculo. ¿O acaso querías rematar la jugada?

Alzó la mirada y leyó la reacción ante sus palabras en el repentino oscurecimiento de aquellos ojos azules, pero, en lugar de alegrarse por su capacidad de herirle, se sintió derrotada al instante. Cesó en su búsqueda y se puso de pie, con una bota puesta y la otra colgando inútilmente de su mano. St. James extendió el brazo y sus dedos fríos y ásperos se cerraron sobre los de la joven.

– Me sentí como una puta -susurró. Tenía los ojos secos y enrojecidos, pero el momento de llorar ya había pasado-. Nunca le perdonaré.

– No te lo voy a pedir. No he venido para excusar a Tommy, sino sólo para decirte que hoy le han dado de lleno en la cara con varias verdades mayúsculas. Por desgracia, no estaba preparado para asumirlas, pero será él quien te dé las explicaciones pertinentes. Cuando pueda.

Lady Helen pellizcaba con aire desolado la bota que sostenía. Era negra, y la viscosa suciedad que tiznaba el reborde intensificaba su negrura.

– ¿Habrías respondido a su pregunta? -preguntó ella con brusquedad.

St. James sonrió. Su rostro anguloso y poco atractivo se iluminó.

– Ya sabes que siempre he envidiado tu capacidad para dormir sin que nada te despierte, Helen, llueva, truene o se incendie la casa. Me pasaba horas tendido a tu lado, completamente despierto, maldiciéndote sin cesar por tener una conciencia tan limpia que nada se interponía en tu sueño. Solía pensar que, si hacía desfilar por la habitación a la caballería real, no te enterarías. Pero tienes razón, no le habría contestado. Existen algunas cosas, a pesar de todo lo sucedido, que sólo nos pertenecen a los dos. Con toda franqueza, ésa es una de ellas.

Lady Helen sintió que, ahora sí, las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Parpadeó, desvió la mirada y trató de encontrar la voz. St. James no esperó a que lo hiciera, sino que la llevó con dulzura hacia un estrecho banco de patas astilladas que se apoyaba contra una pared. Varios abrigos colgaban de unas perchas sobre él. Cogió dos, cubrió con uno los hombros de la joven y con el otro se protegió del frío que invadía la zona de almacenamiento.

– Dejando aparte las modificaciones que Joy introdujo en la obra, ¿observaste algo más que pudiera provocar la disputa de anoche?

Lady Helen repasó en su mente las horas que había pasado con el grupo antes del altercado en la sala de estar.

– No estoy segura, pero creo que todo el mundo tenía los nervios de punta.

– ¿Quién en particular?

– Joanna Ellacourt, al menos. Mientras tomábamos un aperitivo, me di cuenta de que ya estaba un poco agitada sólo de pensar que la obra escrita por Joy podía ser el vehículo que resucitara la carrera de su hermana.

– Eso la habría molestado bastante, ¿no?

Lady Helen asintió.

– Además de inaugurar el nuevo teatro Agincourt, la producción festejaría el vigésimo aniversario de Joanna sobre las tablas; se suponía que el centro de atención iba a ser ella, no Irene Sinclair. Sin embargo, tuve la impresión de que ella no lo pensaba así -Lady Helen describió la breve escena que había presenciado anoche en el salón, cuando la compañía se había reunido antes de la cena-. Lord Stinhurst se hallaba de pie cerca del piano en compañía de Rhys Davies-Jones, examinando los bocetos del vestuario, cuando Joanna Ellacourt se les unió, deslizándose por la habitación en un deslumbrante vestido, casi inexistente hasta la cintura, que daba al traste con las ideas preconcebidas sobre cómo vestirse para cenar. Cogió los dibujos para estudiarlos por su cuenta, y su rostro reveló al instante el efecto que le producían.

– A Joanna no le gustaron los trajes de Irene Sinclair -conjeturó St. James.

– Afirmó que todos le daban a Irene el aspecto de… una vampiresa. Arrugó los bocetos, le dijo a lord Stinhurst que los responsables del vestuario tendrían que volver a diseñarlo si quería que ella actuara en la obra, y los tiró al fuego. Estaba lívida por completo, y pienso que en cuanto empezó a leer la obra en la sala de estar comprendió que los cambios introducidos por Joy confirmaban sus peores presentimientos; por eso arrojó al suelo la copia y se marchó. En cuanto a Joy… Bueno, no pude evitar la sensación de que disfrutaba con el escándalo que había organizado.

– ¿Qué clase de persona era, Helen?

Una pregunta difícil de responder. Físicamente, Joy Sinclair había sido impresionante. No era hermosa, explicó lady Helen; parecía una gitana, de piel olivácea, ojos negros y rasgos propios de una moneda romana, bien cincelados, con el sello inconfundible de la inteligencia y la energía. Era una mujer que irradiaba sensualidad y vida. Incluso el gesto rápido e impaciente de quitarse un pendiente de la oreja podía transformarse en un movimiento cargado de promesas.

– ¿Promesas para quién? -preguntó St. James.

– Es difícil decirlo, pero creo que Jeremy Vinney era el hombre más interesado de los presentes. Saltó como un rayo para ir a su encuentro en cuanto la vio entrar en el salón, fue la última en llegar, y no se movió de su lado en toda la cena.

– ¿Eran amantes?

– Ella se comportó como si sólo fueran amigos. Él dijo que había intentado localizarla por teléfono la semana pasada, y que le había dejado una docena de mensajes en el contestador automático. Ella rió y dijo que lamentaba muchísimo haberle tenido abandonado, pero que ni siquiera escuchaba los mensajes grabados porque llevaba seis meses de retraso en un libro comprometido con su editor, de modo que no quería sentirse culpable escuchando mensajes interesados en los avances del libro.

– ¿Un libro? -preguntó St. James-. ¿Estaba escribiendo al mismo tiempo un libro y una obra de teatro?

– Era increíble, ¿verdad? -Lady Helen rió con pesar-. Y pensar que me considero diligente si consigo contestar una carta a los cinco meses de recibirla.

– Me da la impresión de que era una mujer capaz de despertar celos.

– Tal vez, pero a mí me parece que se enemistaba con la gente sin darse cuenta. -Lady Helen le contó los despreocupados comentarios de Joy durante el aperitivo, relativos a un cuadro de Reingale que colgaba sobre la chimenea del salón. Plasmaba a una mujer del período de la Regencia [8] vestida de blanco, rodeada de sus dos hijos y un terrier que jugueteaba con una pelota-. Dijo que jamás había olvidado aquel cuadro, que de niña, cuando visitaba Westerbrae, le gustaba imaginarse como aquella mujer de Reingale, feliz, segura y admirada, con dos hijos perfectos que la adoraban. Añadió algo como, qué más se podía pedir y qué vueltas da la vida. Su hermana estaba sentada justo debajo del cuadro mientras ella hablaba, y recuerdo que Irene enrojeció horriblemente, como si le hubiera salido un sarpullido desde el cuello a la cabeza.

– ¿Por qué?

– Bueno, Irene había sido todo eso en otro tiempo, al fin y al cabo. Feliz y segura, con un marido y dos hijos. Luego llegó Joy y lo destruyó todo.

– ¿Cómo puedes estar segura de que Irene Sinclair reaccionó ante lo que su hermana decía? -preguntó St. James, escéptico.

– No puedo, por supuesto. Ya lo sé. Sin embargo, cuando Joy y Jeremy estaban hablando durante la cena, y Joy hacía toda clase de comentarios divertidos sobre su nuevo libro, entreteniendo a toda la mesa con historias sobre un hombre al que intentaba entrevistar en los Fens, [9] Irene… -Lady Helen vaciló. Le resultaba difícil expresar con palabras el escalofriante efecto que el comportamiento de Irene Sinclair le había producido-. Irene estaba sentada muy quieta, mirando las velas que había sobre la mesa, y entonces… fue espantoso, Simon. Se clavó el tenedor en el pulgar. Pero no creo que sintiera nada en absoluto.

St. James examinó sus zapatos. Se habían ensuciado con barro seco del sendero, y se agachó para limpiarlos.

– En ese caso, Joanna Ellacourt debió equivocarse sobre el papel de Irene en la versión alterada de la obra. ¿Por qué iba a escribir Joy Sinclair para su hermana si no dejaba de incordiarla a la menor ocasión?

– Como ya te he dicho, creo que lo hacía involuntariamente. En cuanto a la obra, quizá Joy se sintiera culpable. Después de todo, había destruido el matrimonio de su hermana. No podía devolvérselo, pero podía restituirle su carrera.

– ¿En una obra con Robert Gabriel? ¿Después del divorcio tormentoso que Joy había ayudado a provocar? ¿No te parece un poco sádico?

– No, si nadie en Londres quería darle una oportunidad a Irene, Simon. Es evidente que ha estado fuera de circulación durante bastantes años. Podía ser su última oportunidad de volver a los escenarios.

– Háblame de la obra.

Según recordaba lady Helen, la descripción que hizo Joy Sinclair de la nueva versión, antes de que los actores la leyeran, había sido deliberadamente provocativa. Cuando Francesca Gerrard se interesó por la obra, Joy dedicó una amplia sonrisa a toda la mesa y dijo: «Se desarrolla en una casa muy parecida a ésta. En pleno invierno, cuando el hielo recubre la carretera, no se ve ni un alma en kilómetros a la redonda y no existe posibilidad de escapatoria. Trata de una familia. Y de un hombre que muere, y de la gente que debía matarle. Y por qué. Especialmente por qué.» Lady Helen supuso que, a continuación, se oirían aullidos de lobos.

– Parece que intentaba enviarle un mensaje a alguien.

– ¿Verdad que sí? Y luego, cuando nos reunimos todos en la sala de estar y empezó a enumerar los cambios de la trama, dijo algo muy similar.

La trama giraba en torno a una familia y a su abortada celebración de Noche Vieja. Según Joy, el hermano mayor era un hombre consumido por un terrible secreto, un secreto que estaba a punto de destruir la vida de todos.

– Y entonces empezaron a leer -siguió lady Helen-. Ojalá hubiera prestado más atención a lo que leían, pero hacía tanto calor en la sala de estar, como una olla de agua hirviendo, que apenas seguí lo que decían. Lo único que recuerdo con toda certeza es que, justo antes de que Francesca Gerrard se volviera un poco loca, el hermano mayor de la historia, papel que leía lord Stinhurst por no haber sido adjudicado todavía, acababa de recibir una llamada telefónica. Llegaba a la conclusión de que debía marcharse cuanto antes, y añadía que después de veintisiete años no estaba dispuesto a convertirse en otro vasallo. Estoy bastante segura de que ésas fueron las palabras. Y entonces fue cuando Francesca Gerrard saltó de la silla y todo se vino abajo.

– ¿Vasallo? -repitió St. James.

– Qué extraño, ¿verdad? Como la obra no tenía nada que ver con el feudalismo, pensé que era algo de tipo vanguardista, y que en aquel momento estaba demasiado espesa para entenderlo.

– ¿Y los demás lo entendieron?

– Lord Stinhurst, su mujer, Francesca Gerrard y Elizabeth, sí, rotundamente. No obstante, creo que todos los demás, dejando aparte su irritación por los cambios de última hora en la obra, estaban tan confundidos como yo -sin darse cuenta, lady Helen rodeó con sus dedos el copete de la bota que sostenía-. En suma, tuve la impresión de que la obra pretendía servir a un noble propósito sin conseguirlo. Un noble propósito que incluía a todos. Trataba de rendir tributo a Stinhurst por conseguir la reapertura del renovado Agincourt, de celebrar el aniversario de Joanna Ellacourt en los escenarios, de lograr el regreso de Irene Sinclair al teatro, y por último de que Rhys volviera a dirigir una obra importante en Londres. Quizá Joy también tenía la intención de hacer algo por Jeremy Vinney. Alguien mencionó que había empezado como actor antes de dedicarse a la crítica y, francamente, aparte de seguir la historia del Agincourt, no parecen existir motivos de peso para que acudiera a la lectura. Así que ya ves -concluyó con una urgencia que no pudo ocultar-. ¿No parece razonable que cualquiera de esas personas haya asesinado a Joy?

St. James le sonrió de todo corazón.

– Sobre todo Rhys -sus palabras sonaron singularmente suaves.

Lady Helen le miró a los ojos, leyó el cariño y la compasión que ocultaban, sintió que no podía soportarlo y apartó la vista. Aun así, sabía que era la única persona del mundo que la comprendía, y por ello siguió hablando.

– Mi noche con Rhys. Fue… la primera vez en años que me sentía tan amada, Simon. Por lo que soy, por mis defectos y virtudes, por mi pasado y mi futuro. No me había pasado con un hombre desde… -titubeó y concluyó lo que necesitaba decir-. Desde que me pasó contigo. Jamás esperé que se repitiera. Iba a ser mi castigo por lo sucedido entre nosotros hace tantos años. Me lo merecía.

St. James movió la cabeza con brusquedad, pero no respondió.

– Si te concentras, Helen -dijo al cabo de un momento-. ¿Estás segura de que anoche no oíste nada?

Lady Helen respondió a la pregunta con otra.

– ¿Estuviste atento a otra cosa que no fuera ella la primera vez que hiciste el amor con Deborah?

– Tienes razón, por supuesto. En lo que a mí respecta, la casa se hubiera podido quemar hasta los cimientos. Me daba igual -se levantó, devolvió la chaqueta al gancho y le alargó la mano. Cuando ella se la dio, frunció el entrecejo.

– Dios mío, ¿qué te has hecho?

– ¿Hecho?

– Mira tu mano, Helen.

Ella bajó los ojos y vio sus dedos manchados de sangre, ennegrecida debajo de las uñas. Sus ojos se abrieron de par en par.

– ¿Dónde…? Yo no…

Vio más sangre en un costado de su falda, tiñendo la lana de color pardo. Buscó la fuente, examinó la bota que había sostenido y la recogió, inspeccionando la sustancia pegajosa que recubría el copete, negro sobre negro a la escasa luz que había allí.

Se la tendió a St. James sin pronunciar palabra.

Él dio vuelta a la bota sobre el banco, la golpeó contra la madera y surgió un guante, otrora de cuero y piel, pero ahora una simple masa pulposa empapada en la sangre de Joy Sinclair. Todavía húmeda, todavía visible.

La sala de estar de Westerbrae, situada a un lado de la amplia escalera señorial y la mitad de grande que la biblioteca, se le antojó a Lynley un lugar extraño para reunir a un grupo numeroso de personas. Sin embargo, aún estaba preparada para la lectura de la obra de Joy Sinclair, mediante una disposición concéntrica de mesas y sillas para los actores en el centro de la estancia y puntos de observación periféricos a lo largo de las paredes para los demás. Incluso los olores daban fe de la aciaga reunión de la noche anterior: tabaco, cerillas quemadas, posos de café y coñac.

Cuando lord Stinhurst entró custodiado por el ojo vigilante de la sargento Havers, Lynley le indicó que se sentara en una incómoda silla cercana a la chimenea. Ardía un fuego que atenuaba el frío de la habitación. Fuera, los analistas del DIC de Strathclyde anunciaron su llegada con un estrépito inusual.

Stinhurst aceptó la silla, cruzó las piernas, enfundadas en impolutos pantalones, y rechazó un cigarrillo. Iba vestido impecablemente, la personificación de un fin de semana en el campo. Sin embargo, pese a sus movimientos seguros, los de un hombre acostumbrado al escenario, acostumbrado a ser observado por cientos de personas a la vez, parecía físicamente consumido. Lynley no supo si atribuirlo al cansancio o al esfuerzo de mantener unidas a las mujeres de su familia durante la crisis. Pese a todo, aprovechó la oportunidad de examinar al hombre mientras la sargento Havers echaba un vistazo a las páginas de su cuaderno.

Cary Grant, pensó Lynley, como resumen final de la apariencia general de Stinhurst, y la comparación le gustó. Aunque el productor tenía más de setenta años, su rostro no había perdido un ápice de su extraordinaria belleza y energía juveniles, y su cabello, iluminado de soslayo por la suave luz de la habitación, poseía diversas tonalidades plateadas y continuaba siendo abundante. El cuerpo de Stinhurst, sin un gramo de carne superfluo, desmentía el término vejez, y era la prueba viviente de que el trabajo incesante constituía la clave de la juventud.

Con todo, bajo aquella perfección agradable y superficial, Lynley presintió avasalladoras pasiones reprimidas, y decidió que el control era la llave que permitía comprender a Stinhurst. Daba la impresión de ser un experto en ejercitarlo; sobre su cuerpo, sobre sus emociones, sobre su mente. Esta se hallaba en plena posesión de sus facultades y, en opinión de Lynley, era perfectamente capaz de decidir la mejor forma de manipular una montaña de pruebas. En aquel momento lord Stinhurst sólo manifestaba una señal de agitación ante el inminente interrogatorio: apretaba el pulgar y el índice de su mano derecha con espasmos violentos y repetidos. Bajo las uñas la piel palidecía y enrojecía a medida que la circulación se interrumpía y renovaba. Lynley consideró interesante el gesto, y se preguntó si el cuerpo de Stinhurst continuaría revelando su creciente tensión.

– Se parece mucho a su padre -dijo Stinhurst-. Aunque supongo que está harto de oírlo.

Lynley advirtió que la sargento Havers levantaba la cabeza con un gesto brusco.

– Dado mi trabajo, no es así -replicó-. Quisiera saber por qué quemó las copias de la obra de Joy Sinclair.

Stinhurst no demostró el menor desconcierto ante el rechazo de Lynley a aceptar un vínculo entre ambos.

– A solas, por favor -dijo.

Havers, aferrando el lápiz con más firmeza, miró con los ojos entornados de desprecio al hombre que pretendía expulsarla con modales altaneros. Esperó la respuesta de Lynley y dibujó una breve y satisfecha sonrisa cuando la oyó.

– Eso no es posible.

Havers se reclinó en su silla. Stinhurst no se movió. De hecho, ni siquiera la había mirado antes de exigir que saliera.

– Debo insistir, Thomas -se limitó a decir.

El uso del nombre propio actuó como un estímulo que recordó a Lynley el airado desafío de la sargento, en el sentido de tratar a lord Stinhurst con mano de hierro, pero también la inquietud que había sentido cuando le asignaron el caso. Le puso completamente en guardia.

– Me temo que eso no está incluido entre sus derechos.

– ¿Mis… derechos? -Stinhurst le dedicó la sonrisa de un jugador de cartas que tiene una mano insuperable-. Toda esta fantasía de que debo hablar contigo, Thomas, no es más que eso, una fantasía. Nuestro sistema legal no funciona así. Tú y yo lo sabemos. O la sargento se va, o esperamos a que llegue de Londres mi abogado.

Era como si Stinhurst estuviera regañando con suavidad a un niño díscolo, pero tras sus palabras asomaba la pura realidad. Lynley vislumbró las alternativas en el tiempo que tardó en escuchar sus palabras, un minueto legal con el abogado del hombre o un compromiso momentáneo que tal vez le permitiera obtener a cambio alguna verdad. Tenía que hacerlo.

– Salga, sargento -le dijo, sin apartar la vista del hombre.

– Inspector… -empezó ella, casi sin contenerse.

– Hable con Gowan Kilbride y Mary Agnes Campbell -prosiguió Lynley-. Ahorraremos tiempo.

Havers, extremadamente tensa, respiró hondo.

– ¿Puedo hablar con usted, por favor?

Lynley asintió, la siguió hasta el gran vestíbulo y cerró la puerta detrás de ellos. Havers echó una rápida mirada a derecha e izquierda, por si alguien escuchaba. Cuando habló, su voz fue un susurro rabioso y colérico.

– ¿Qué demonios está haciendo, inspector? No puede interrogarle a solas. Hablemos de ese procedimiento que tanto le ha gustado restregarme por la cara durante los últimos quince meses.

Su apasionada diatriba no hizo mella en Lynley.

– En lo que a mí concierne, sargento, Webberly tiró el procedimiento por la ventana cuando nos implicó en este caso sin una petición formal del DIC de Strathclyde. No pienso perder el tiempo atormentándome por ello.

– ¡Pero ha de tener un testigo! ¡Alguien ha de tomar notas! ¿De qué sirve interrogarle si no queda constancia escrita para ser utilizada en contra…? -La comprensión asomó de repente a su rostro-. A menos que, por supuesto, sepa desde ya que hará todo lo posible por creer cada jodida palabra que su delicada señoría diga.

Lynley había trabajado lo suficiente con la sargento para saber cuándo una escaramuza estaba a punto de transformarse en una batalla verbal, de modo que la cortó derechamente.

– En algún momento, Barbara, tendrá que decidir si un factor incontrolable, como la cuna de una persona, basta para desconfiar de ella.

– ¿Qué quiere decir? ¿Se supone que debo confiar en Stinhurst? Ha destruido un montón de pruebas, está metido hasta las cejas en un asesinato y se niega a cooperar. ¿Y encima he de confiar en él?

– No estaba hablando de Stinhurst. Estaba hablando de mí.

Havers le miró, incapaz de hablar. Lynley se volvió hacia la puerta, apoyó la mano sobre el pomo y se detuvo.

– Quiero que hable con Gowan y Mary Agnes. Quiero que tome notas. Quiero que sean precisas. Que la ayude el agente Lonan. ¿Está claro?

– Perfectamente… señor. -Cerró su bloc con brusquedad y se marchó.

Cuando Lynley entró de nuevo en la sala de estar, observó que Stinhurst se había adaptado a las nuevas condiciones, sus hombros y espalda se veían más relajados que antes. De repente, parecía menos firme y mucho más vulnerable. Sus ojos, color niebla, enfocaron a Lynley. Eran impenetrables.

– Gracias, Thomas.

Aquel veloz cambio de personaje, pasando como un camaleón de la altivez a la gratitud, recordó con toda claridad a Lynley que el fluido vital de Stinhurst no corría por sus venas, sino por los pasillos del teatro.

– Hablemos de los libretos.

– Este asesinato no tiene nada que ver con la obra de Joy Sinclair -Lord Stinhurst no prestaba atención a Lynley, sino a la destrozada vitrina que se hallaba cerca de la puerta. Se puso en pie y fue hacia ella, tomando la cabeza desprendida de una pastora de Dresde del montón de porcelana rota que se acumulaba sobre el estante inferior. Volvió a sentarse, sosteniéndola en la mano-. No creo que Francie se haya dado cuenta todavía de que anoche rompió esta valiosa pieza. Será un golpe para ella. Nuestro hermano mayor se la regaló. Estaban muy unidos.

Lynley no estaba dispuesto a dejarse distraer por la historia familiar del hombre.

– Si Mary Agnes Campbell encontró el cadáver a las seis cincuenta de la mañana, ¿por qué la policía no recibió su llamada hasta las siete y diez? ¿Por qué tardó veinte minutos en telefonear para pedir ayuda?

– Hasta ahora no me había dado cuenta de que pasaron veinte minutos -replicó Stinhurst.

Lynley se preguntó cuánto tiempo habría ensayado la respuesta. Era muy hábil, el tipo de no-respuesta a la que es imposible añadir un comentario o una acusación.

– Entonces, ¿por qué no me explica exactamente qué sucedió esta mañana? -preguntó con deliberada cortesía-. Quizá, de esa forma, podamos reconstruir los veinte minutos.

– Mary Agnes encontró el… a Joy. Acudió de inmediato a mi hermana, Francesca. Francesca vino a buscarme -Lord Stinhurst pareció intuir lo que iba a decir Lynley, porque añadió-. Mi hermana estaba aterrorizada, sobrecogida. Creo que ni había pensado en llamar a la policía. Siempre había dependido de su marido Phillip para hacerse cargo de las situaciones desagradables. Habiendo enviudado, se limitó a depositar esa dependencia en mí. No es nada anormal, Thomas.

– ¿Y eso es todo?

Los ojos de Stinhurst estaban fijos en la cabeza de porcelana que sostenía con delicadeza entre sus manos.

– Le dije a Mary Agnes que reuniera a todo el mundo en el salón.

– ¿Colaboraron?

– Estaban conmocionados -Stinhurst levantó la vista-. Nadie espera que un miembro de su grupo sea apuñalado en el cuello durante la noche -Lynley enarcó una ceja. Stinhurst se explicó-. Eché un vistazo al cadáver cuando cerré su puerta con llave por la mañana.

– Se mostró muy sereno para ser la primera vez que veía un cadáver.

– Creo que es necesario mantenerse sereno cuando hay un asesino en las cercanías.

– ¿Está seguro? ¿No se le ocurrió que el asesino podía ser ajeno a la casa?

– El pueblo más próximo se encuentra a ocho kilómetros. La policía tardó casi dos horas en llegar. ¿De veras se imagina a alguien viniendo con raquetas o esquíes para matar a Joy durante la noche?

– ¿Desde dónde llamó a la policía?

– Desde el despacho de mi hermana.

– ¿Cuánto tiempo estuvo allí?

– Cinco minutos. Tal vez menos.

– ¿Sólo hizo esa llamada?

La pregunta tomó por sorpresa a Stinhurst.

– No. Telefoneé a mi secretaria, a su apartamento de Londres.

– ¿Por qué?

– Quise informarla de la… situación. Quería que cancelara mis compromisos del domingo por la noche y el lunes.

– Muy previsor. Sin embargo, ¿no le parece raro pensar antes que nada en sus asuntos personales después de descubrir que un miembro de su compañía ha sido asesinado?

– No puedo evitar que dé una mala impresión. Lo hice y punto.

– ¿Qué compromisos quería cancelar?

– No lo sé. Mi secretaria se encarga de mi agenda. Me limito a realizar las actividades diarias que ella me indica -concluyó con un gesto de impaciencia, como si necesitara defenderse-. Suelo ausentarme de mi oficina. De esa manera es más fácil.

Pese a todo, pensó Lynley, Stinhurst no tenía el aspecto de ser un hombre que precisara rodear su vida de elementos que la hicieran más sencilla y llevadera. Por tanto, las dos últimas afirmaciones parecían falsas y evasivas. Lynley se preguntó por qué se le habían escapado a Stinhurst.

– ¿Cómo encaja Jeremy Vinney en sus planes para el fin de semana?

Fue la segunda pregunta que pillaba desprevenido a Stinhurst, aunque esta vez su vacilación pareció deberse más a una reflexión que a una evasiva.

– Joy quería que viniera -respondió al cabo de un momento-. Ella le habló de la lectura que íbamos a hacer. Vinney estaba siguiendo la reapertura del Agincourt en una serie de artículos para el Times. Supongo que consideró este fin de semana una prolongación natural de esos artículos. Me telefoneó para preguntarme si podía venir. Creí que la posibilidad de una buena prensa antes de la inauguración no nos perjudicaría. En cualquier caso, Joy y él parecían conocerse muy bien. Ella insistió en que viniera.

– ¿Por qué quería que viniera? Es un crítico de arte, ¿no? ¿Por qué deseaba que conociera su obra en un momento tan prematuro del proceso de producción? ¿Acaso era su amante?

– Tal vez. Los hombres siempre encontraron a Joy tremendamente atractiva. Jeremy Vinney no iba a ser el primero.

– Quizá su interés se centraba tan sólo en el libreto. ¿Por qué lo quemó?

El tono de Lynley dio a entender que responder a esa pregunta era inevitable. El rostro de Stinhurst reflejó un paciente reconocimiento del hecho.

– Quemar los libretos no tuvo nada que ver con la muerte de Joy, Thomas. La obra, tal como había quedado, no se iba a producir. Una vez retirado mi apoyo, cosa que hice anoche, habría muerto por sí misma.

– Muerto. Ha elegido una palabra interesante. Bien ¿por qué quemó los libretos?

Stinhurst no contestó. Clavó los ojos en el fuego. Era obvio que luchaba por tomar una decisión, y esa lucha se hacía patente en sus facciones. Pese a todo, los puntos principales del conflicto que todavía no se habían clarificado eran qué fuerzas opuestas se enfrentaban y qué suponía la victoria.

– Los libretos -repitió Lynley, implacable.

El cuerpo de Stinhurst efectuó un movimiento convulso muy similar a un estremecimiento.

– Los quemé a causa del tema que Joy había escogido. La obra giraba en torno a mi esposa Marguerite. Y a su relación amorosa con mi hermano mayor. Y a la hija que tuvieron hace treinta y seis años. Elizabeth.

Capítulo 5

Gowan Kilbride padecía un nuevo tipo de agonía. Empezó en el momento en que el agente Lonan abrió la puerta de la biblioteca y anunció que la policía de Londres quería hablar con Mary Agnes. Se intensificó cuando Mary Agnes se levantó, demostrando una indisimulada avidez por el encuentro. Y alcanzó su cénit al darse cuenta de que llevaba quince minutos alejada de su vista y de su decidida (aunque muy poco adecuada) protección. Peor aún, se encontraba ahora bajo la segura, muy adecuada y decididamente masculina protección de Scotland Yard.

Y ésa era la fuente del problema.

En cuanto el grupo de policías llegados de Londres y en particular el detective alto y rubio que parecía llevar la voz cantante salió de la biblioteca después del breve intercambio de palabras con lady Helen Clyde, Mary Agnes se volvió hacia Gowan con los ojos encendidos.

– Es divino -suspiró ella.

Un comentario de mal agüero, pero Gowan, loco de amor, se empeñó en proseguir la conversación.

– ¿Divino? -preguntó irritado.

– ¡Ese policía! -y Mary Agnes se puso a catalogar, extasiada, las virtudes del inspector Lynley. Gowan experimentó la sensación de que se las tatuaban en el cerebro. El cabello de Anthony Andrews, la nariz de Charles Dance, los ojos de Ben Cross y la sonrisa de Sting. Daba igual que el inspector no se hubiera molestado en sonreír ni una sola vez. Mary Agnes era perfectamente capaz de completar los detalles en caso necesario.

Ya había sido bastante malo competir sin éxito con Jeremy Irons, pero Gowan comprendía ahora que se las tenía que ver con toda la plana mayor del teatro británico, resumida en un solo hombre. Hizo rechinar los dientes con amargura y se retorció de angustia.

Estaba sentado en una silla forrada de cretona que, después de tantas horas, se le antojaba una incómoda segunda piel. A su lado, el apreciadísimo Cary Glob de la señora Gerrard (que ésta había apartado con todo cuidado al cuarto de hora de comenzado el encierro) descansaba sobre un pedestal dorado imposiblemente adornado. Gowan lo miró de mal humor. Tenía ganas de patearlo. Mejor aún, tenía ganas de arrojarlo por la ventana. Sentía unos enormes deseos de escapar.

Intentó acallar su necesidad obligándose a admirar los encantos de la biblioteca, pero no descubrió ninguno. Los octágonos de yeso blanco del techo necesitaban una capa de pintura, como también los florilegios que adornaban sus centros. El humo procedente de la chimenea y los cigarrillos los habían ido deteriorando a lo largo de los años, y lo que parecían sombras oscuras en los rincones y grietas de la ornamentación no era más que hollín, la clase de mugre que prometía dos atroces semanas o más de trabajo en los meses venideros. Las estanterías, por su parte, presagiaban más calamidades. Contenían cientos, tal vez incluso miles, de volúmenes encuadernados en piel, y detrás de los cristales todos olían a polvo y desuso. Más trabajo de limpiar y secar y restaurar y… ¿Dónde estaba Mary Agnes? Tenía que encontrarla. Tenía que salir.

Cerca de él, la voz de una mujer se elevó en un quejumbroso lamento.

– ¡Por favor, Dios mío! ¡No puedo soportarlo ni un momento más!

Durante las últimas semanas Gowan había desarrollado una leve antipatía hacia los actores en general, pero en el curso de las nueve horas anteriores había llegado a detestar cordialmente a este grupo en particular.

– David, no aguanto más. ¿No puedes hacer algo para sacarnos de aquí? -Joanna Ellacourt se estrujaba las manos mientras hablaba a su marido, sin dejar de fumar y caminar.

Gowan pensó que la mujer no había parado de hacerlo en todo el día. La biblioteca olía como un vertedero humeante gracias a ella. Y era interesante advertir que había alcanzado su actual estado de agitación nerviosa cuando lady Helen Clyde regresó a la habitación, ofreciendo la posibilidad de que la atención general se desviase de la gran diva.

Los ojos entornados de David Sydeham siguieron la esbelta figura de su esposa desde su sillón de orejas.

– ¿Qué quieres que haga, Jo? ¿Tirar abajo la puerta y golpear al agente en la cabeza? Estamos a su merced, mi bella.

– Siéntate, Jo, querida -Robert Gabriel extendió hacia ella una mano, invitándola a reunirse con él en el sofá situado cerca de la chimenea. Los carbones habían ardido hasta transformarse en pequeños bultos grisáceos moteados de rosa-. Lo único que vas a conseguir es crisparnos los nervios, justo lo que la policía desea que hagas, y que, de hecho, hagamos todos. Facilitará su trabajo.

– Y me atrevería a decir que tú estás decidido a todo lo contrario -apuntó Jeremy Vinney.

El temperamento de Gabriel afloró.

– ¿Qué cojones quieres decir?

Vinney, sin hacerle caso, encendió una cerilla y la aplicó a su pipa.

– ¡Te he hecho una pregunta!

– Y a mí no me da la gana responderla.

– Tú, miserable…

– Todos sabemos que Gabriel tuvo ayer una trifulca con Joy -razonó Rhys Davies-Jones. Estaba sentado lo más lejos posible del bar, en una silla cercana a la ventana cuyas cortinas se habían descorrido poco antes. La noche tenebrosa bostezaba a través del cristal-. No creo que ninguno de nosotros necesitemos hacer veladas referencias al asunto, confiando en que la policía caiga en la cuenta.

– ¿Caiga en la cuenta? -la voz de Gabriel expresó toda su ira contenida-. Es muy amable por tu parte hacer recaer la culpa sobre mí, Rhys, pero temo que no colará. De ninguna manera.

– ¡Como! ¿Tienes una coartada? -preguntó David Sydeham-. Tal como veo las cosas, Gabriel, eres una de las pocas personas que tienen todos los números. A menos que, por supuesto, te saques de la manga una segunda acompañante con la que pasaste la noche -rió con sarcasmo-. ¿Qué me dices de la chiquilla? ¿Estará contando ahora Mary Agnes los prodigios de tu técnica? Seguro que tiene a los polis en ascuas. Una íntima descripción de lo que significa para una mujer recibirte entre sus piernas. ¿Acaso la obra de Joy nos iba a revelar tales maravillas anoche?

Gabriel se puso en pie como impulsado por un resorte, golpeándose contra una lámpara de pie metálica.

– ¡Debería…!

– ¡Basta! -Joanna Ellacourt se tapó los oídos-. ¡No lo soporto! ¡Basta!

Era demasiado tarde. El rápido intercambio de palabras había golpeado a Gowan como un puñetazo. Atravesó en cuatro zancadas la habitación, agarró a Gabriel con furia y le obligó a girarse.

– ¡Maldita sea! -chilló-. ¿Te has follado a Mary Agnes?

Pero la respuesta ya no le interesaba. Al ver la cara de Gabriel, Gowan no necesitó la respuesta. Ambos eran de la misma envergadura, pero la furia del muchacho aumentó su fuerza. Se encrespó en su interior. Derribó de un solo puñetazo a Gabriel y se lanzó sobre él, agarrándole el cuello con una mano mientras la otra descargaba aviesos y bien dirigidos golpes sobre su cara.

– ¿Qué le hiciste a Mary Agnes? -rugió Gowan sin dejar de pegarle.

– ¡Dios Santo!

– ¡Detenedle!

La frágil serenidad el leve barniz de la urbanidad se desintegró. Un perverso estremecimiento recorrió los cuerpos. Gritos roncos llenaron de tensión la atmósfera. Vasos de cristal se estrellaron en la chimenea. Muebles indefensos fueron pateados y apartados a un lado. El brazo de Gowan rodeó el cuello de Gabriel, y arrastró al hombre, que jadeaba y sollozaba, hacia el fuego.

– ¡Dímelo! -Gowan inclinó el hermoso rostro de Gabriel, ahora retorcido de vapor, sobre el guardafuegos, a escasos centímetros de los carbones incandescentes-. ¡Dímelo, bastardo!

– ¡Rhys! -Irene Sinclair se acurrucó en su butaca, el rostro ceniciento-. ¡Detenle! ¡Detenle!

Davies-Jones y Sydeham saltaron sobre los muebles derribados, dejando atrás a las figuras petrificadas de lady Stinhurst y Francesca Gerrard, encogidas como dos versiones diferentes de la mujer de Lot. Se abalanzaron sobre Gowan y Gabriel, tratando inútilmente de separarlos. La pasión que impulsaba a Gowan hacía su presa indestructible.

– No le creas, Gowan -susurró Davies-Jones al oído del muchacho. Le sujetó con fuerza por el hombro, obligándole a recobrar la razón-. No pierdas la cabeza por tan poca cosa. Suéltale, chico. Ya basta.

Las palabras, así como la comprensión total que entrañaban, consiguieron de alguna manera hacer mella en la furia de Gowan. Liberó a Robert Gabriel, se deshizo de Davies-Jones y se desplomó en el suelo, jadeando entre espasmos.

Se daba cuenta, por descontado, de la gravedad de los hechos, de que perdería su trabajo, y a Mary Agnes, por ese motivo. Sin embargo, a pesar de su reacción desorbitada, el tormento de amar sin ser amado en contrapartida le hacía inmune a la amenaza, indiferente al impacto que podía causar en los demás, deseoso tan sólo de devolver la herida que le habían infligido.

– ¡Lo sé todo! ¡Se lo diré a la policía y pagarás tus culpas!

– ¡Gowan! -gritó Francesca Gerrard, horrorizada.

– Cierra la boca, chico -dijo Davies-Jones-. No cometas la estupidez de hablar así, habiendo un asesino en la habitación.

Elizabeth Rintoul no se había movido ni un momento durante el altercado. Ahora se agitó, como si despertara de un sueño profundo.

– No. No está aquí. Papá se ha ido a la sala de estar, ¿verdad?

– Me da la impresión de que ves a Marguerite como es ahora, una mujer de sesenta y nueve años a la que muy pronto se le agotarán las fuerzas. Pero a los treinta y cuatro, cuando todo esto ocurrió, era adorable. Llena de vida. Y muy ansiosa… Muy ansiosa de vivir.

Lord Stinhurst, inquieto, se había trasladado a otra silla, lejos de la luz. Estaba inclinado hacia adelante, los brazos apoyados en las rodillas, y examinaba la alfombra floreada mientras hablaba, como si leyera respuestas en los mudos arabescos. Hablaba con voz átona, la voz de un hombre que recitaba sin permitirse la menor emoción.

– Mi hermano Geoffrey y ella se enamoraron poco después de la guerra.

Lynley no dijo nada, pero se preguntó cómo, pese a los treinta y seis años de distancia en el tiempo, podía hablar un hombre de un acto de infidelidad tan monstruoso casi sin emoción. Esta falta de emoción hablaba de un hombre muerto por dentro, que ya no podía soportar que le tocaran, que perseguía en cuerpo y alma el éxito en su carrera para no tener que enfrentarse a la agonía de su vida privada.

– Geoff había recibido numerosas condecoraciones. Regresó de la guerra como un héroe. No culpo a Marguerite por sentirse atraída hacia él. Todo el mundo lo estaba. Tenía algo… algo especial -Lord Stinhurst hizo una pausa. Sus manos se buscaron y apretaron con fuerza.

– ¿Sirvió usted también en la guerra? -le preguntó Lynley.

– Sí, pero no como Geoffrey, no con su aptitud, ni con su devoción. Mi hermano era como una hoguera. Ardía como una llama. Y, como el fuego, atraía a criaturas inferiores, más débiles que él. Mariposas. Marguerite fue una de ellas. Elizabeth fue concebida durante un viaje que Marguerite hizo sola a casa de mi familia, en Somerset. Ocurrió en verano. Yo me ausenté durante dos meses, viajando de pueblo en pueblo para dirigir un teatro regional. Marguerite deseaba acompañarme, pero, con toda franqueza, pensé que sería una carga para mí, que debería… distraerla. Pensé que sería un estorbo -no se molestaba en disimular su auto desprecio-. Mi mujer no era idiota, Thomas, ni tampoco lo es ahora, por cierto. Comprendió que la idea no me hacía gracia, y dejó de insistir en acompañarme. Debí darme cuenta de lo que aquello significaba, pero estaba demasiado sumergido en el teatro para comprender que Marguerite había hecho sus propios planes. No supe entonces que se iba con Geoffrey. Sólo supe al terminar el verano que estaba embarazada. Nunca me dijo de quién era la niña.

Que lady Stinhurst se hubiera negado a dar esta información a su marido no sorprendió a Lynley, pero que Stinhurst, sabiendo la verdad, hubiera aceptado continuar con el matrimonio carecía de sentido.

– ¿Por qué no se divorció de ella? A pesar del escándalo, habría conseguido cierta tranquilidad espiritual.

– Por Alee, nuestro hijo. Como acabas de decir, nuestro divorcio habría provocado un escándalo que, bien lo sabe Dios, habría ocupado las primeras planas de todos los periódicos durante meses. No podía, ni quería, permitir que Alee padeciera esa tortura. Significaba demasiado para mí. Más que mi matrimonio, supongo.

– Joy le acusó anoche de matar a Alee.

Una fatigada sonrisa, que implicaba tristeza y resignación a partes iguales, afloró a los labios de Stinhurst.

– Alee… Mi hijo estaba en la RAF. Su avión se estrelló durante un vuelo de pruebas sobre las islas Orkney en 1978. En el… -Stinhurst parpadeó y cambió de postura-. En el mar del Norte.

– ¿Joy lo sabía?

– Por supuesto. Estaba enamorada de Alee. Querían casarse. Su muerte la destrozó.

– ¿Se oponía usted al matrimonio?

– No me entusiasmaba, pero tampoco me oponía abiertamente. Me limité a sugerir que esperaran hasta que Alee terminara su período militar.

Se trataba, evidentemente, de una extraña elección de palabras.

– ¿Terminara su período?

– Todos los hombres de mi familia han pasado por el ejército. Es una tradición que ha perdurado durante trescientos años, yo no deseaba que mi hijo fuera el primer Rintoul en quebrantarla -por primera vez, la voz de Rintoul dejó traslucir cierta emoción-. Pero Alee no quería hacerlo, Thomas. Quería estudiar Historia, casarse con Joy, escribir y quizá dar clases en una universidad. Y yo, estúpido patriota que demostraba más apego a mi árbol genealógico que a mi propio hijo, no le dejé en paz hasta convencerle de que cumpliera su deber. Escogió las Reales Fuerzas Aéreas. Estoy convencido de que así pensaba evitar conflictos -Stinhurst alzó la vista y comentó, como si defendiera a su hijo-. No le amedrentaba el peligro, sencillamente no toleraba la guerra. Una reacción muy natural por parte de un historiador honesto.

– ¿Conocía Alee la relación entre su madre y su tío?

Stinhurst volvió a bajar la cabeza. La conversación parecía envejecerle, agotar sus fuerzas. Un cambio notable en un hombre que, por otro lado, se veía tan juvenil.

– Pensaba y esperaba que no, pero ahora sé, por lo que dijo Joy anoche, que sí lo sabía.

De nada habían servido los años desperdiciados, toda la pantomima destinada a proteger a Alee. Las siguientes palabras de Stinhurst confirmaron los pensamientos de Lynley.

– Siempre me he comportado como un hombre civilizado. No estaba dispuesto a comportarme con Marguerite como Chillingsworth con Hester Prynne, [10] de modo que interpretamos la pantomima de que Elizabeth era mi hija hasta la Noche Vieja de 1962.

– ¿Qué ocurrió?

– Descubrí la verdad. Fue un comentario casual, un desliz verbal que ubicó a mi hermano Geoffrey en Somerset y no en Londres, donde había pasado oficialmente aquel verano. Entonces lo supe, pero supongo que siempre había sospechado algo similar.

Stinhurst se interrumpió bruscamente. Caminó hacia la chimenea, tiró varios trozos de carbón al fuego y contempló cómo las llamas los devoraban. Lynley aguardó, preguntándose si con aquella actividad el hombre pretendía reprimir sus emociones o encubrir su pasado.

– Hubo… Temo que tuvo lugar una terrible pelea. No fue una discusión, sino un enfrentamiento físico. Sucedió aquí, en Westerbrae. Phillip Gerrard, el marido de mi hermana, puso fin a ella, pero Geoffrey se llevó la peor parte. Se marchó poco después de la medianoche.

– ¿Estaba en condiciones de marcharse?

– En aquel momento pensé que sí. Dios sabe que no hice nada por impedirlo. Marguerite lo intentó, pero él no soportaba su cercanía. Se deshizo de ella como enloquecido, y apenas pasados cinco minutos se mató en la pendiente que hay justo al bajar de Hillview Farm. Se rompió el cuello. Murió… quemado.

Se quedaron en silencio. Un trozo de carbón cayó al suelo y lamió el borde de la alfombra. El olor acre de la lana quemada llenó el aire. Stinhurst empujó la brasa hacia el hogar y concluyó su relato.

– Joy Sinclair se hallaba en Westerbrae aquella noche. Había venido de vacaciones. Elizabeth y ella se habían hecho amigas en la universidad. Debió de escuchar fragmentos de la discusión y sumar dos y dos. Dios sabe que tenía la obsesión de corregir los entuertos. ¿Qué mejor forma de vengarse de mí por causar involuntariamente la muerte de Alee?

– Eso sucedió hace diez años. ¿Por qué esperó tanto tiempo para vengarse?

– ¿Quién era Joy Sinclair hace diez años? ¿Cómo habría podido vengarse entonces, cuando era una mujer de veinticinco que iniciaba su carrera? ¿Quién la habría creído? No era nadie, pero ahora, una autora galardonada, con fama de ser puntillosa… Ahora contaría con un público que la escuchara. Actuó con enorme inteligencia, escribiendo una obra en Londres pero trayendo otra diferente a Westerbrae. Nadie se enteró hasta que empezamos a leerla anoche, con un periodista presente para tomar nota de los detalles más escabrosos. No se llegó tan lejos como Joy deseaba, desde luego. La reacción de Francesca interrumpió la lectura antes de que asomaran a la luz los peores detalles de nuestra sórdida saga familiar. Y ahora, también la obra se ha interrumpido para siempre.

La resuelta indicación de culpabilidad que contenían las palabras del hombre asombró a Lynley. ¿Comprendía Stinhurst hasta qué punto le denigraban?

– Comprenderá que al quemar esos libretos se ha perjudicado muchísimo -dijo.

La mirada de Stinhurst vagó por el fuego durante unos momentos. Una sombra resbaló sobre su frente y oscureció su mejilla.

– Ya no hay nada que hacer, Thomas. Tenía que proteger a Marguerite y a Elizabeth. Les debía eso, al menos. En especial a Elizabeth. Son mi familia -sus ojos rebosantes de dolor se clavaron en los de Lynley-. Pensaba que ibas a comprender más que nadie lo que una familia significa para un hombre.

Lo peor era que lo comprendía. Por completo.

Por primera vez, Lynley se fijó en el papel Briar Rose que cubría las paredes de la sala de estar. Era el mismo papel que cubría el cuarto de su madre en Howenstow, el mismo papel que sin duda cubría las paredes de habitaciones, saloncitos y salones de incontables mansiones esparcidas por todo el país. Databa de la última época victoriana y tenía humorísticos dibujos de rosas amarillas combatiendo con hojas que, por obra del humo y el tiempo, se veían más grises que verdes.

Sin necesidad de mirarla, Lynley habría podido cerrar los ojos y describir el resto de la habitación, de tan parecida a la de su madre en Cornualles: una chimenea de hierro, mármol y roble, dos piezas de porcelana en cada extremo de la repisa, un reloj largo y estrecho de nogal en una esquina, una pequeña vitrina de libros especialmente apreciados. Y siempre las fotografías, sobre una mesa de caoba centrada en el alféizar de la ventana.

Incluso en ellas advertía las similitudes. La historia gráfica de ambas familias era, en verdad, muy genérica.

Por lo tanto, comprendía. Dios, cómo comprendía. Los intereses de la familia, la obligación y la devoción por haber nacido con una mezcla específica de sangre en las venas, habían obsesionado a Lynley durante la mayor parte de sus treinta y cuatro años. Los lazos de la sangre le constreñían, coartaban sus deseos; le encadenaban a la tradición y exigían su adhesión a una forma de vida claustrofóbica. Pero no había escapatoria. Pues aunque se renunciara a los títulos y a la tierra, nunca se podía renunciar a las raíces. Nunca se podía renunciar a la sangre.

El comedor de Westerbrae ofrecía el tipo de iluminación capaz de rejuvenecer diez años a cualquiera. Tal efecto se conseguía mediante los focos de luz adosados a las paredes, complementados con candelabros distribuidos a igual distancia sobre la pulida superficie de la larga mesa de caoba. Barbara Havers se hallaba de pie en un extremo, examinando el plano del inspector Macaskin, que tenía desplegado frente a ella. Lo comparaba con sus notas, los ojos irritados por el humo del cigarrillo que sostenía entre los labios y cuya ceniza se alargaba asombrosamente, como si intentara batir un récord mundial. Cerca, silbando Memories con la convicción apasionada que habría enorgullecido a Betty Buckley, uno de los técnicos de Macaskin trataba de descubrir huellas en el círculo decorativo de dagas escocesas que colgaban en la pared sobre el bufete. Pertenecían a una panoplia más grande de alabardas, mosquetes y hachas de Lochaber, todas armas potencialmente mortíferas.

Mientras contemplaba con ojos estrábicos el plano, Barbara intentaba conciliar lo que Gowan Kilbride le había contado con lo que ella deseaba creer sobre los detalles del caso. No le resultaba fácil. Exigía demasiado a su credulidad. Se sintió aliviada cuando el sonido de unos pasos en el vestíbulo le dio una excusa para dedicar su atención a otra cosa.

Levantó la vista, y la ceniza del cigarrillo cayó sobre la pechera de su jersey de cuello cisne. Se la sacudió, irritada, dejando una mancha gris que recordaba la huella de un pulgar.

Lynley entró. Pasó junto al técnico y señaló otra puerta más alejada con un movimiento de cabeza. Barbara tomó su cuaderno y le siguió, atravesando el cálido comedor y la habitación de la vajilla, hasta la cocina, perfumada por el olor de la carne sazonada con romero y los tomates al horno preparados con algún tipo de salsa. Una mujer muy ocupada trajinaba ante una mesa central, cortando patatas en láminas muy finas con un cuchillo de aspecto temible. Vestía de blanco de pies a cabeza y, de hecho, parecía más un científico que una cocinera.

– La gente ha de cenar -explicó secamente cuando vio a Barbara y Lynley, aunque esgrimía el instrumento como dispuesta a vender cara su vida.

Barbara oyó que Lynley murmuraba una respuesta culinaria apropiada antes de seguir caminando, guiándola hacia una puerta situada en el extremo opuesto de la cocina. Un breve tramo de tres peldaños descendía hasta la trascocina. Se trataba de una habitación angosta y muy poco iluminada, si bien combinaba las virtudes de la intimidad y el calor, emanado de una vieja y enorme caldera que resollaba ruidosamente en una esquina y derramaba agua rojiza sobre el suelo de baldosas resquebrajadas. La atmósfera recordaba a la de un baño turco, enriquecida con un efluvio casi imperceptible de moho y madera húmeda. Detrás de la caldera, la escalera trasera conducía al piso superior de la casa.

– ¿Qué han dicho de interesante Gowan y Mary Agnes? -preguntó Lynley en cuanto cerró la puerta.

Barbara se acercó al fregadero, apagó el cigarrillo bajo el grifo y lo tiró a la basura. Se apartó el corto cabello castaño de las orejas y se entretuvo en sacarse un trozo de tabaco de la lengua antes de dedicar su atención al cuaderno de notas. Estaba disgustada con Lynley y preocupada por el hecho de que todavía no comprendía la causa. No sabía si era por expulsarla de la sala de estar o por la presumible reacción que provocarían sus notas. Fuera cual fuese el origen de su irritación, era como una astilla clavada en la piel, que le dolería hasta extraerla.

– Gowan -anunció, apoyándose contra la encimera de madera combada. La habían lavado hacía poco, y la humedad se filtró a través de sus ropas. Cambió de sitio-. Parece que tuvo una desagradable reyerta con Gabriel en la biblioteca antes de que nos encontráramos. Cabe la posibilidad de que eso haya dado alas a su lengua.

– ¿Qué clase de reyerta?

– Una rápida pendencia de la que nuestro delicado señor Gabriel salió malparado. Gowan hizo lo imposible para informarme cumplidamente, así como de la discusión que oyó sin querer ayer por la tarde entre Gabriel y Joy Sinclair. Parece que habían tenido un lío, y Gabriel estaba empeñado en que Joy le dijera a su ex esposa, Irene Sinclair, o sea, la hermana de Joy, que sólo se habían ido a la cama una vez.

– ¿Por qué?

– Tengo la impresión de que Robert Gabriel desea que Irene Sinclair vuelva con él, y pensaba que Joy podría contribuir a la reconciliación si le decía a Irene que lo suyo se limitó a un solo encuentro. Pero Joy se negó. Dijo que no quería mentir.

– ¿Mentir?

– Sí -contestó Barbara-. Es evidente que lo suyo no se limitó a un solo encuentro, porque, según Gowan, cuando Joy rehusó colaborar, Gabriel dijo algo como… -consultó sus notas-: «Pequeña hipócrita. Me has estado jodiendo en los peores tugurios de Londres durante todo un año y ahora me vienes con que no quieres decir mentiras.» Y continuaron discutiendo hasta que Gabriel, por fin, se abalanzó sobre ella. La había tirado al suelo cuando Rhys Davies-Jones consiguió entrar y separarles. Gowan estaba subiendo el equipaje de alguien al piso de arriba cuando todo esto sucedió. Lo presenció casi todo porque Davies-Jones dejó la puerta abierta cuando entró como una tromba en la habitación de Joy.

– ¿Q0ué provocó la pelea de Gowan y Gabriel en la biblioteca?

– Un comentario, creo que de Sydeham, acerca de Mary Agnes Campbell, alusivo a que sería la coartada de Gabriel para lo de anoche.

– ¿Qué hay de cierto en ello?

Barbara reflexionó unos momentos sobre la pregunta antes de contestar.

– Es difícil decirlo. Mary Agnes parece fascinada por el teatro. Es atractiva, tiene un bonito cuerpo… -Barbara movió la cabeza-. Inspector, ese hombre debe de ser veinticinco años mayor que ella. Comprendo que le apeteciera tontear con ella, pero no comprendo el que ella aceptara la idea. A menos que, por supuesto… -repasó las posibilidades, asombrada de encontrar una que encajara.

– ¿Havers?

– ¿Hummm? Bien, es posible que considerase que Gabriel era su billete para una vida nueva, ya conoce la historia: chica deslumbrada por el estrellato conoce a actor de éxito, intuye la clase de vida que puede ofrecerle y se entrega a él con la esperanza de que la llevará consigo cuando se vaya.

– ¿La interrogó al respecto?

– No pude. Me enteré de la pelea entre Gowan y Gabriel después de hablar con Mary Agnes. Todavía no la he vuelto a ver.

A causa de lo que Gowan había dicho, pensó Havers, a causa de lo que, estaba segura, haría Lynley con la información suministrada por el muchacho.

Él pareció leer su mente.

– ¿Le dijo algo Gowan sobre lo que pasó anoche?

– Vio bastante de lo que sucedió después de interrumpirse la lectura, porque tuvo que limpiar los licores derramados en el vestíbulo cuando Francesca Gerrard tropezó con él al salir de la sala de estar. Tardó casi una hora. Aun con la ayuda de Helen, por cierto.

– ¿Y? -se limitó a preguntar Lynley, sin hacer caso de la referencia final.

Barbara sabía lo que Lynley quería, pero se demoró un poco, centrando la atención en los actores secundarios del drama, cuyas idas y venidas recordaba Gowan con asombrosa precisión. Lady Stinhurst, vestida de negro, vagando sin rumbo entre el salón, el comedor, la sala de estar y el vestíbulo hasta que, pasada la medianoche, su marido bajó del piso de arriba a buscarla; Jeremy Vinney buscando excusas para seguir a lady Stinhurst, murmurando preguntas que ella ignoraba de plano; Joanna Ellacourt, paseando arriba y abajo del pasillo, presa del furor tras una violenta discusión con su marido; Irene Sinclair y Robert Gabriel atrincherándose en la biblioteca. La casa se había sumido en una calma relativa pasadas las doce y media.

– Pero imagino que eso no es todo lo que vio Gowan -dijo Lynley con su habitual perspicacia.

Barbara se mordió la parte interna del labio inferior.

– No, eso no es todo. Más tarde, después de irse a la cama, oyó pisadas en el pasillo, frente a su puerta. Está justo en la esquina donde el ala inferior noroeste se encuentra con el vestíbulo. No recuerda muy bien la hora, excepto que eran pasadas las doce y media. Cree que cerca de la una. Debido a los acontecimientos de la noche, se le despertó la curiosidad, así que saltó de la cama, abrió un poco la puerta y escuchó.

– ¿Y?

– Más pisadas. Y una puerta se abrió y se cerró. -Barbara no tenía muchas ganas de contar el resto del relato de Gowan, y sabía que su rostro reflejaba tal resistencia. Sin embargo, reunió paciencia y completó la historia, describiendo cómo había abandonado Gowan su habitación, llegado al extremo del pasillo y echado una ojeada al gran vestíbulo. Estaba oscuro, pues había apagado las luces tan sólo unos minutos antes, pero las luces exteriores de la finca proporcionaban una débil iluminación.

La expresión de Lynley se transformó al instante, y Barbara supo que había adivinado lo que venía a continuación.

– Vio a Davies-Jones -dijo el detective.

– Sí, pero salía de la biblioteca, no del comedor donde están las dagas, inspector. Llevaba una botella. Debía de ser el coñac que subió a Helen -esperó a que Lynley sugiriese lo inevitable, la conclusión la que ella también había llegado. Un desplazamiento para procurarse una daga del comedor era en todos los sentidos tan útil como el de procurarse coñac de la biblioteca, a unos nueve metros de distancia. Y seguía gravitando el hecho de que la puerta de Joy Sinclair que daba al pasillo estaba cerrada.

– ¿Qué más? -se limitó a preguntar Lynley.

– Nada. Davies-Jones subió las escaleras.

Lynley asintió con aspecto sombrío.

– Hagámoslo nosotros también.

Guió a Barbara hacia la escalera, sin alfombra, iluminada únicamente por dos bombillas desnudas y desprovista de toda decoración. Les condujo al ala oeste de la casa.

– ¿Y Mary Agnes? -le preguntó Lynley mientras subían.

– No oyó nada durante la noche, según la declaración que le tomé antes del lío con Gabriel. Sólo el viento, dijo. Claro que también pudo oírlo desde la habitación de Gabriel. Sin embargo, hay un punto muy curioso, que tal vez le convenga saber -aguardó a que Lynley se detuviese y se volviese hacia ella desde el peldaño superior. Junto a su mano izquierda, una mancha que recordaba el contorno de Australia deslucía la pared. Parecía producto de la humedad-. Nada más encontrar el cadáver por la mañana, Mary Agnes fue en busca de Francesca Gerrard. Ambas se dirigieron a la habitación de lord Stinhurst. Entró en el cuarto de Joy, salió un momento después y ordenó a Mary Agnes que volviera a su habitación y esperase las instrucciones de la señora Gerrard.

– No acabo de entenderlo muy bien, sargento.

– La cuestión estriba en que Francesca Gerrard tardó veinte minutos en ir a buscar a Mary Agnes. Y sólo entonces lord Stinhurst le dijo a Mary Agnes que despertara a los demás y les reuniera en el salón. Entretanto, hizo algunas llamadas desde la oficina de Francesca… Se halla junto al dormitorio de Mary Agnes, por lo que pudo oír su voz. Además, inspector, lord Stinhurst recibió dos llamadas.

Como Lynley no reaccionara ante esta información, Barbara sintió que una nueva oleada de irritación la invadía.

– Señor, no se habrá olvidado de lord Stinhurst, ¿verdad? Ya sabe quién es, el hombre que en este momento debería estar camino de la comisaría por destrucción de pruebas, obstrucción a la justicia y asesinato.

– Eso es un tanto prematuro -señaló Lynley.

Su calma agudizó la irritación de Barbara.

– ¿De veras? ¿Y cuándo ha llegado a tan sabia decisión?

– Hasta el momento no he oído nada convincente respecto a la culpabilidad de lord Stinhurst -la voz de Lynley era un modelo de paciencia-. Pero, aunque lo hubiera hecho, no pienso detener a un hombre por haber quemado unos cuantos libretos.

– ¿Cómo? -exclamó Barbara con voz estridente-. Ya ha tomado la decisión sobre Stinhurst, ¿verdad? Basada en una conversación con un hombre que pasó los diez primeros años de su carrera sobre el jodido escenario y sin duda ha realizado su mejor interpretación aquí esta noche, ¡dándole falsas explicaciones! Fantástico, inspector. ¡Un trabajo policial del que puede estar orgulloso!

– Havers -dijo Lynley con tranquilidad-. No se exceda.

Estaba apelando a la jerarquía. Barbara comprendió la advertencia. Sabía que debía ceder, pero no podía hacerlo en un momento en que la razón estaba de su parte.

– ¿Qué le dijo para convencerle de su inocencia, inspector? ¿Qué papá y él fueron compañeros de universidad en Eton? ¿Que le gustaría verle más por el club de Londres? ¿O, mejor aún, que destruir pruebas no tuvo nada que ver con el asesinato y que puede confiar en que le está diciendo la verdad, porque es una persona muy noble, como usted?

– El asunto no termina ahí -dijo Lynley-. Y no estoy dispuesto a discutirlo…

– ¿Con gente como yo? ¡Qué estupidez!

– Déjese de resquemores y tal vez descubrirá que es una persona en quien se puede confiar -le espetó Lynley. Giró sobre sus talones y se quedó inmóvil.

Barbara sabía que él se había arrepentido enseguida de su arrebato. Ella le había provocado, empujado a que se encolerizara, como devolviéndole la humillación de antes, cuando la había hecho salir de la sala de estar. Ahora, sin embargo, comprendía lo poco que había avanzado en su estima con este tipo de comportamiento manipulador.

– Lo siento -dijo al cabo de un momento, apesadumbrada-. Perdí los estribos, inspector. Me he excedido. Una vez más.

Lynley tardó un poco en responder. Estaban de pie en la escalera, atrapados por una tensión que parecía dolorosamente inmutable, cada uno inmerso en un misterio diferente. Lynley dio la impresión de sobreponerse con un gran esfuerzo.

– Se hace un arresto en virtud de pruebas, Barbara.

Ella asintió, agotada.

– Lo sé, señor, pero pienso… -Él no querría oírlo.

La odiaría, pero Barbara se arriesgó -Pienso que hace caso omiso de lo obvio para ir directamente hacia Davies-Jones, no en virtud de las pruebas, sino en virtud de otra cosa que… quizá no se atreve a admitir.

– Ése no es el caso -replicó Lynley, y continuó subiendo las escaleras.

Al llegar al final, Barbara le fue indicando a quiénes correspondían las habitaciones a medida que pasaban delante de ellas, la de Gabriel era la más próxima a la escalera posterior, después venía la de Vinney, la de Elizabeth Rintoul y la de Irene Sinclair. Frente a esta última se encontraba la de Rhys Davies-Jones, donde el corredor oeste doblaba a la derecha, se ensanchaba y conducía al cuerpo principal de la casa. Todas las puertas de aquella zona estaban cerradas con llave y mientras caminaban por el pasillo, en cuyas paredes colgaban cuadros que plasmaban varias generaciones de ceñudos antepasados Gerrard, y candelabros delicadamente trabajados que arrojaban a intervalos semicírculos de luz sobre los pálidos muros, St. James salió a su encuentro, tendiendo a Lynley una bolsa de plástico.

– Helen y yo encontramos esto metido en una de las botas que hay abajo -dijo-. David Sydeham afirma que es suyo.

Capítulo 6

David Sydeham no parecía la clase de hombre con el que una mujer de la fama y reputación de Joanna Ellacourt pudiera seguir casada tras casi dos décadas. Lynley conocía la versión romántica de su relación, la típica bobada sentimental que la prensa amarilla proporcionaba a sus fieles para que la leyeran durante los descansos. La historia de cómo un agente teatral de veintinueve años, procedente del interior del país e hijo de un clérigo, sin otras virtudes que una buena presencia y una fe inquebrantable en sí mismo, había descubierto a una muchacha de Nottingham de diecinueve años interpretando a una Celia de cabello revuelto en un teatro de mala muerte; cómo la había persuadido de que probara suerte con él, rescatándola del sombrío entorno de la clase obrera en que había nacido; cómo le había facilitado lecciones de arte dramático y declamación; cómo había mimado su carrera paso a paso hasta que se transformó, como él sabía desde hacía mucho tiempo, en la actriz más solicitada del país.

Veinte años después, Sydeham todavía se conservaba apuesto y sensual, pero se trataba de una apostura deteriorada y de una sensualidad dilapidada demasiado a menudo, con desafortunadas consecuencias. Su piel mostraba incipientes señales de disipación. Afloraba un exceso de papada bajo la barbilla y una marcada hinchazón en las manos y la cara. Sydeham no había tenido oportunidad de afeitarse por la mañana, al igual que los demás hombres presentes en Westerbrae, y por este motivo aún parecía más ajado. Una barba crecida ensombrecía su cara, acentuando las ojeras que asomaban bajo sus ojos de espesos párpados. No obstante, se había vestido con un notable instinto para ofrecer su mejor aspecto. Aunque tenía el cuerpo de un toro, lo embutía en una chaqueta, camisa y pantalones cortados, sin duda alguna, a su medida. Proclamaban la abundancia de dinero, así como el reloj de pulsera y el anillo de sello, que destelló a la luz del fuego cuando tomó asiento en la sala de estar. Lynley observó que no elegía una silla de respaldo duro, sino una confortable butaca protegida por las penumbras de la periferia.

– Creo que no acabo de entender muy bien cuál era su función aquí este fin de semana-dijo Lynley mientras la sargento Havers cerraba la puerta y se sentaba a la mesa.

– ¿No será mi función en general? -el rostro de Sydeham no se había alterado un ápice.

Era un punto interesante.

– Como quiera.

– Me ocupo de la carrera de mi esposa. Reviso sus contratos, tomo nota de sus compromisos, evito que le molesten cuando está sometida a mucha presión. Leo sus libretos, le ayudo con los diálogos, administro su dinero -Sydeham pareció percibir un cambio en la expresión de Lynley-. Sí, administro su dinero -repitió-. Lo invierto. Soy un mantenido, inspector -acompañó este último comentario con una sonrisa carente de todo humor. Parecía bastante susceptible en lo concerniente a las desigualdades superficiales de la relación con su esposa.

– ¿Conocía bien a Joy Sinclair?

– ¿Quiere decir que si la maté? Conocí a esa mujer a las siete y media. A Joanna no le gustaban nada los cambios introducidos por Joy en la obra. Generalmente, negocio las mejoras con los autores. No los mato si no me gusta lo que han escrito.

– ¿Por qué no le gustaba a su esposa el libreto?

– Joanna había sospechado desde el primer momento que Joy intentaba crear un vehículo para el regreso de su hermana a los escenarios. A expensas de Joanna. El nombre de Joanna atraería a crítica y público, pero la interpretación de Irene Sinclair se destacaría en primer plano. Ése era el temor de Jo. Cuando vio el libreto revisado, concluyó rápidamente que lo peor se había confirmado -Sydeham se encogió poco a poco de hombros, alzando al mismo tiempo los brazos, al estilo gales-. Yo… Tuvimos una seria discusión sobre el tema después de la lectura.

– ¿Qué clase de discusión?

– La clase de discusión que tienen todos los matrimonios. El típico mira en lo que me has metido. Joanna estaba decidida a no seguir con la obra.

– El problema ha sido solucionado de forma muy satisfactoria para ella, ¿verdad? -señaló Lynley.

Sydeham arrugó la nariz.

– Mi esposa no mató a Joy Sinclair, inspector. Ni yo tampoco. Matar a Joy no habría puesto fin a nuestro problema real -desvió la vista bruscamente de Lynley y Havers, clavando la mirada en la fila de fotografías con marco de plata dispuestas sobre la mesa situada bajo la ventana de la sala de estar.

Lynley comprendió que el comentario era un cebo y decidió tragarlo.

– ¿Su problema real?

Sydeham volvió la cabeza hacia ellos.

– Robert Gabriel -dijo con amargura-. Robert Follador Gabriel.

Lynley había aprendido años antes que en un interrogatorio el silencio es una herramienta tan útil como una pregunta formulada. La tensión que casi siempre se producía a continuación era una forma de dependencia, una de las pocas ventajas de portar una credencial de la policía. Por tanto, no dijo nada, dejando que Sydeham se abandonara a más revelaciones. Lo que hizo casi de inmediato.

– Gabriel ha perseguido a Joanna durante años. Se considera una especie de cruce entre Casanova y Lotario, aunque nunca hizo mella en Jo, a pesar de sus esfuerzos. Ella no puede soportar a ese tipo. Nunca ha podido.

Esta información asombró a Lynley, considerando la reputación que tenían la Ellacourt y Gabriel de elevar la temperatura del escenario. Sydeham captó su reacción, pues sonrió como asintiendo y prosiguió:

– Mi esposa es una gran actriz, inspector. Siempre lo fue. Pero desde que Gabriel no paró de meterle la mano por debajo de la falda durante la última temporada de Ótelo, y ella terminó con él. Por desgracia, no me dijo lo muy decidida que estaba a no volver a actuar con él hasta que fue demasiado tarde. Yo ya había llegado a un acuerdo con Stinhurst para esta nueva producción. Y me encargué en persona de que Gabriel tuviera un papel en ella.

– ¿Por qué?

– Negocios. Gabriel y Ellacourt poseen química. El público paga para ver esa química. Pensé que Joanna se las apañaría bien si tenía que actuar de nuevo con Gabriel. Lo hizo en Ótelo, le mordió como un tiburón en pleno escenario cuando aprovechó un beso para meterle la lengua en la boca, y se rió como una loca a continuación. Pensé que una obra más con Gabriel no la sacaría de sus casillas, pero le mentí como un idiota cuando descubrí que no lo podía ver ni en pintura, diciéndole que Stinhurst había insistido en que Gabriel participara en la nueva obra. Por desgracia, Gabriel reveló anoche que había sido yo quien le metió en la obra. Eso contribuyó al enfado de Joanna.

– ¿Y ya dan por seguro que la obra no se representará?

– La muerte de Joy -dijo Sydeham, con impaciencia mal disimulada-. No anula el hecho de que Joanna haya firmado un contrato con Stinhurst para actuar en una obra, y lo mismo se puede aplicar a Gabriel. Y a Irene Sinclair, por cierto. Por tanto, Jo trabajará con ambos, tanto si le gusta como si no. Sospecho que Stinhurst los llevará de nuevo a Londres y empezará a poner en marcha otra producción lo antes posible. En definitiva, si hubiera querido ayudar a Joanna, o poner fin a nuestro enfrentamiento, me las habría arreglado para eliminar a Stinhurst o a Gabriel. La muerte de Joy, ha paralizado la obra de Joy. Créame, no hice nada para beneficiarme de Joy.

– ¿Y para beneficiarse usted? Sydeham dirigió a Lynley una larga mirada calculadora.

– No entiendo cómo podría beneficiarme hiriendo a Joy, inspector.

Lynley admitió que decía la verdad. -¿Cuándo llevó puestos los guantes por última vez?

Al parecer, Sydeham deseaba proseguir la anterior conversación. Sin embargo, se mostró de lo más cooperativo,

– Me parece que ayer por la tarde, cuando llegamos. Francesca me pidió que firmara el libro de registro, y debí quitarme los guantes para hacerlo. No sé qué hice con ellos después, francamente. No recuerdo si me los volví a poner, pero lo más probable es que los guardara en el bolsillo de mi abrigo.

– ¿Fue ésa la última vez que los vio? ¿No los echó de menos?

– No los necesitaba. Ni Joanna ni yo volvimos a salir, y yo no necesitaba llevarlos dentro de la casa. Ni siquiera supe que los había perdido hasta que su hombre me los trajo a la biblioteca hace unos minutos. Es posible que el otro esté en el bolsillo del abrigo, o sobre el mostrador de la recepción, donde los dejé. No me acuerdo.

– ¿Sargento? -Lynley le hizo un gesto a Havers, que se levantó, salió de la habitación y volvió al cabo de un momento con el segundo guante.

– Lo encontramos en el suelo, entre el mostrador de la recepción y la pared -dijo Havers, dejándolo sobre la mesa.

Los tres dedicaron un momento a examinar el guante. El cuero era de primera calidad, cálido y confortable, y llevaba las iníciales DS grabadas en la parte interna de la muñeca con una letra muy florida. El débil perfume a jabón para limpiar pieles hablaba de un reciente lavado, pero no quedaba ni rastro del antiséptico.

– ¿Quién estaba en la recepción cuando ustedes llegaron? -preguntó Lynley-.

El rostro de Sydeham adoptó la expresión reflexiva de quien intenta ubicar en el lugar correcto personas y acontecimientos que, en su momento, consideró intrascendentes.

– Francesca Gerrard -dijo lentamente-. Jeremy Vinney se asomó a la puerta del salón y nos saludó -hizo una pausa. Movía las manos mientras hablaba, ilustrando en el aire la posición de cada persona frente a él, en un proceso de visualización-. El muchacho. Gowan estaba allí. Tal vez no en el primer momento, pero no tardó mucho porque tomó nuestro equipaje y nos guió a nuestras habitaciones, y… No estoy muy seguro, pero creo haber visto a Elizabeth Rintoul, la hija de Stinhurst, entrar en una de las habitaciones del pasillo que partía del recibidor. En cualquier caso, alguien andaba por allí.

Lynley y Havers intercambiaron una mirada suspicaz. Lynley dirigió la atención de Sydeham hacia el plano de la casa que Havers había traído a la sala de estar. Estaba desplegado sobre la mesa central, cerca del guante de Sydeham.

– ¿Cuál era la habitación?

Sydeham echó hacia atrás la silla, se acercó a la mesa y recorrió el plano con los ojos. Lo examinó a conciencia antes de responder.

– No sabría decirle. Apenas la vi, como si intentara pasar desapercibida. Supuse que era Elizabeth porque ése es su estilo. Me inclino por esta última habitación -señaló la oficina.

Lynley consideró las implicaciones. Las llaves maestras se guardaban en la oficina. Macaskin había dicho que permanecían bajo llave en el escritorio, pero después había señalado que tal vez Gowan Kilbride también tuviera acceso a ellas. De ser así, cabía la posibilidad de que el escritorio sólo se cerrara con llave en ocasiones, olvidándolo en otras. No sería de extrañar que, al llegar un grupo tan numeroso, el escritorio no estuviera cerrado y cualquiera hubiera podido apoderarse de las llaves, tanto los que preparaban las habitaciones como los que conocían la existencia de la oficina: Elizabeth Rintoul, su madre, su padre, incluso la propia Joy Sinclair.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Joy?

Sydeham desplazó el peso de su cuerpo de un pie al otro. Daba la impresión de querer volver a su butaca. Lynley decidió que le quería de pie.

– Un rato después de la lectura, quizá a las once y media. Tal vez más tarde. No me fijé muy bien en la hora.

– ¿Dónde?

– En el pasillo de arriba. Se dirigía a su habitación -Sydeham pareció incómodo por un momento, pero prosiguió-. Como ya le he dicho antes, tuve una discusión con Joanna acerca de la obra. Salió como una furia de la lectura, y la encontré en la galería. Intercambiamos algunas palabras desagradables. No me gusta discutir con mi esposa. Después me sentí deprimido, así que fui a la biblioteca a buscar una botella de whisky. Fue entonces cuando vi a Joy.

– ¿Habló con ella?

– Por su aspecto no tenía el menor deseo de hablar con nadie. Me llevé el whisky a mi habitación y bebí unos tragos… Bueno, tal vez cuatro o cinco. Luego me quedé dormido.

– ¿Dónde estuvo su esposa durante todo ese rato?

Los ojos de Sydeham se desviaron hacia la chimenea. Sus manos se hundieron automáticamente en los bolsillos de su chaqueta gris de tweed, tal vez buscando sin éxito un cigarrillo para calmar sus nervios. Ésta era la pregunta, sin duda, que había confiado en eludir.

– No lo sé. Se marchó de la galería. No sé adonde fue.

– No lo sabe -repitió Lynley con cautela.

– Exacto. Escuche, aprendí hace muchos años que conviene dejar sola a Joanna cuando está de mal humor, y anoche estaba de muy mal humor. Y eso es lo que hice. Tomé unas copas, me quedé dormido, inconsciente, llámelo como quiera. No sé dónde estuvo. Sólo puedo decirle que cuando desperté esta mañana, cuando la chica llamó a la puerta y balbuceó que nos vistiéramos y bajáramos al salón, Joanna estaba en la cama, a mi lado -Sydeham advirtió que Havers escribía sin cesar-. Joanna estaba disgustada, pero conmigo. Con nadie más. Desde hace un tiempo, las cosas van… un poco mal entre nosotros. Quería estar lejos de mí. Estaba encolerizada.

– ¿Pero volvió a su habitación?

– Claro que sí.

– ¿A qué hora? ¿Al cabo de una hora, de dos, de tres?

– No lo sé.

– El ruido que hizo al entrar en la habitación tuvo que despertarle.

– ¿Desde cuándo no duerme una curda, inspector? -la voz de Sydeham adquirió un timbre de impaciencia-. Perdone la expresión, pero habría sido como despertar a un muerto.

– ¿No oyó nada? -insistió Lynley-. ¿El viento, voces? ¿Nada de nada?

– Ya se lo he dicho.

– ¿Ningún sonido procedente de la habitación de Joy Sinclair? Estaba al otro lado de la suya. Me cuesta creer que una mujer muera sin hacer el menor sonido, o que su esposa entrara y saliera del cuarto sin que usted se apercibiera. ¿Qué otras cosas pueden haber ocurrido sin que usted se diera cuenta?

Sydeham miró con acritud a Lynley y a Havers.

– Si acusa de esto a Jo, ¿por qué no también a mí? Estuve solo parte de la noche, ¿no? Ese es su problema, ¿verdad? Porque, salvo Stinhurst, nos pasó a todos los demás.

Lynley ignoró la cólera que asomaba tras las palabras de Sydeham.

– Hábleme de la biblioteca.

La brusca desviación del interrogatorio no alteró la expresión de Sydeham.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Había alguien allí cuando fue por el whisky?

– Sólo Gabriel.

– ¿Qué estaba haciendo?

– Lo mismo que yo iba a hacer. Beber. Ginebra a juzgar por el olor. Sin duda acechando cualquiera con faldas, lo que fuera.

Lynley advirtió el lúgubre tono de Sydeham.

– No le cae muy bien Robert Gabriel. ¿Se debe tan sólo a las insinuaciones que le ha hecho a su esposa o existen otros motivos?

– Gabriel no cae bien a nadie de los aquí reunidos, inspector. No le cae bien a nadie, en general. Sé le aguanta porque es un magnífico actor, pero francamente no acabo de entender por qué no le asesinaron a él en lugar de a Joy Sinclair. Lo estaba pidiendo a gritos.

Una interesante observación, pensó Lynley, aunque todavía era más interesante el hecho de que Sydeham no había contestado a la pregunta.

Al parecer, el inspector Macaskin y la cocinera de Westebian han decidido trasladar el conflicto en ciernes a la sala de estar. Ambos llegaron a la puerta al mismo tiempo, portando dos mensajes diferentes. Macaskin insistió en hablar primero, mientras la cocinera vestida de blanco remoloneaba en segundo plano, retorciéndose las manos como si cada momento desperdiciado amenazara con arruinar un soufflé que estuviera preparando.

Macaskin miró de pies a cabeza a David Sydeham cuando éste pasó por su lado en dirección al pasillo.

– Hemos hecho todo lo debido -le dijo a Lynley-. Se han tomado las huellas de todo el cuarto. Las habitaciones de Clyde y Sinclair están selladas, y los técnicos han terminado. A propósito, las manchas están limpias. No hay sangre en ningún sitio.

– Un asesinato limpio, de no ser por el guante.

– Mi hombre se encargará de ello -Macaskin señaló la biblioteca con un movimiento de cabeza y prosiguió-. ¿Los suelto? La cocinera dice que ha preparado la cena, y han pedido que les permitamos ducharse.

Lynley comprendió que la petición desagradaba a Macaskin. El escocés no estaba acostumbrado a entregar las riendas de una investigación a otro oficial y, mientras hablaba, los lóbulos de sus orejas enrojecieron, destacándose contra el fino cabello gris.

Como si captara un mensaje secreto en las palabras de Macaskin, la cocinera se lanzó al ataque.

– No pueden prohibirles que coman. No es justo -sin duda abrigaba la sospecha de que el modus operandi de la policía consistiría en poner a todo el grupo a pan y agua hasta encontrar al asesino-. He preparado algo. Sólo han comido un bocadillo en todo el día, inspector, al contrario que la policía -subrayó-. A juzgar por el aspecto de la cocina, no han parado de tragar desde la mañana.

Lynley abrió su reloj de bolsillo y se sorprendió al ver la hora que era. La hora del almuerzo, pero carecía de sentido prohibir al grupo que recibiera una comida decente, y se desplazase por la casa con relativa libertad bajo vigilancia, pues los técnicos ya habían terminado su trabajo. Dio su aprobación.

– Nosotros nos Vamos -dijo Macaskin-. Dejaré al oficial Lonan con usted y yo volveré por la mañana. Tengo un hombre preparado para conducir a Stinhurst a la comisaría.

– Se quedará aquí.

Macaskin abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y se saltó el protocolo lo justo para decir:

– En cuanto a esos libretos, inspector…

– Yo me ocuparé -replicó Lynley con firmeza-. Quemar pruebas no es un crimen. Abordaremos el tema cuando llegue el momento -vio que la sargento Havers retrocedía, como si deseara distanciarse de lo que consideraba una decisión equivocada.

Por su parte, Macaskin pareció considerar la posibilidad de rebatir el punto, pero lo dejó correr. Su despedida oficial no pudo ser más brusca.

– Hemos puesto sus cosas en el ala noreste. Dormirá con St. James. Al lado del nuevo cuarto de Helen Clyde.

La cocinera, que se había quedado en el umbral de la puerta, ansiosa por resolver la disputa culinaria que la había traído a la sala de estar, no estaba interesada en las maniobras políticas ni en las disposiciones que se habían tomado para alojar a los policías.

– Veinte minutos, inspector -giró sobre sus talones-. Sean puntuales.

Era una excelente conclusión. Y así lo entendió Macaskin.

La mayoría del grupo, liberado por fin de su largo confinamiento en la biblioteca, se hallaba congregado todavía en el vestíbulo de entrada cuando Lynley pidió a Joanna Ellacourt que le acompañara a la sala de estar. Su petición, formulada apenas concluida la entrevista con su marido, dejó al reducido grupo sin aliento, como si aguardara la respuesta de la actriz. A fin de cuentas, era una falsa petición, pues ninguno de ellos era tan tonto como para creer que se trataba de una invitación, a la que Joanna podía negarse si así lo deseaba. Sin embargo, dio la impresión de que consideraba tal posibilidad, dudando entre la negativa rotunda y la colaboración hostil. Venció esta última actitud, por cuanto al aproximarse a la puerta de la sala de estar, Joanna dio rienda suelta al mal humor que sentía tras un día de confinamiento; pasó por delante de Lynley y Havers sin dignarse dirigirles ni una palabra, y se sentó en la silla ubicada junto a la chimenea que Sydeham había evitado y Stinhurst aceptó a regañadientes. Una elección intrigante, tal vez movida por la decisión de encarar el interrogatorio con la mayor franqueza posible o al deseo de situarse en un punto donde el efecto de la luz que arrojaban las llamas sobre su piel y cabello distrajeran a un observador inepto en un momento crucial. Joanna Ellacourt sabía cómo jugar con el público.

A Lynley le costaba creer que estuviera cercana a los cuarenta años. Parecía diez más joven, como mínimo, y a la luz indulgente del fuego que bañaba su piel de un tono dorado translúcido, Lynley recordó su primera visión del Descanso de Diana de Francois Boucher, pues el brillo espléndido de la piel de Joanna era el mismo, como también las delicadas sombras de color sobre sus mejillas y la frágil curva de su oreja, que reveló al echarse el pelo hacia atrás. Era increíblemente bella, y si sus ojos hubieran sido castaños en lugar de azules, podría haber sido la modelo del cuadro de Boucher.

«No me extraña que Gabriel la acose», pensó Lynley. Le ofreció un cigarrillo que ella aceptó. La mano de la actriz se cerró sobre la suya para que la llama del encendedor no se moviera, con dedos largos, muy fríos y adornados con varios anillos de diamantes. Fue un movimiento teatral, intencionadamente seductor.

– ¿Por qué discutió con su esposo anoche? -preguntó el detective.

Joanna arqueó una ceja impoluta y dedicó un momento a examinar de pies a cabeza a la sargento Havers, como si tasara la desaliñada falda y el jersey manchado de hollín de la policía.

– Porque estoy harta de ser el objeto del deseo de Robert Gabriel durante los últimos seis meses -respondió con franqueza, haciendo una pausa como si aguardase la reacción, un gesto de simpatía, tal vez, o de desagrado. Cuando resultó evidente que no se iba a producir, se vio obligada a proseguir su relato, con voz algo tensa-. Tenía una bonita erección cada noche durante la última escena de Ótelo, inspector. Cuando se suponía que debía estrangularme, empezaba a sobarme en la cama como un quinceañero que acabara de descubrir las delicias de tener esa salchichita entre las piernas. Me las tuve con él. Pensé que David lo había comprendido, pero en apariencia no fue así. Firmó un nuevo contrato, obligándome a trabajar con Gabriel de nuevo.

– Discutieron sobre la nueva obra.

– Discutimos de todo. La nueva obra sólo fue un detalle más.

– También se opuso al papel de Irene Sinclair.

Joanna hizo caer la ceniza del cigarrillo en la chimenea.

– Desde mi punto de vista, mi marido manipuló este asunto con inusitada estupidez. Me puso en la tesitura de seguir ahuyentando a Gabriel durante los próximos doce meses, tratando de impedir al mismo tiempo que la ex esposa de Gabriel me pisoteara para acceder a su nueva y celestial carrera. No quiero mentirle, inspector. No lamento en absoluto que la obra de Joy se haya terminado. Si quiere, puede decir que es un reconocimiento evidente de culpabilidad, pero no estoy dispuesta a sentarme aquí y fingir que deploro la muerte de una mujer a la que apenas conocía. Supongo que eso también me convierte en sospechosa, pero no puedo impedirlo.

– Su marido ha dicho que usted estuvo ausente del dormitorio durante parte de la noche.

– ¿Y que tuve, por tanto, la posibilidad de liquidar a Joy? Sí, imagino que da esa impresión.

– ¿Adonde fue después de la discusión en la galería?

– Primero a nuestra habitación.

– ¿A qué hora?

– Poco después de las once, me parece, pero no me quedé allí. Sabía que David volvería, arrepentido y deseoso de arreglar las cosas de la forma habitual. Yo no quería saber nada de él ni de sus disculpas, así que me marché a la sala de música, contigua a la galería. Tiene un gramófono vetusto y algunos discos todavía más antiguos. Puse temas de comedias musicales. A propósito, parece que Francesca Gerrard es una gran admiradora de Ethel Merman.

– ¿La oyó alguien?

– ¿Quiere usted decir para corroborar mis palabras? -movió la cabeza, como indiferente al hecho de que su coartada careciera de toda credibilidad-. La sala de música se encuentra aislada en el pasillo noreste. Dudo que alguien me oyera, a menos que Elizabeth se dedicara a su deporte favorito, fisgonear tras las puertas. Es una gran experta.

Lynley dejó pasar la alusión.

– ¿Quién estaba en la recepción cuando llegó ayer?

Joanna jugueteó con unos mechones de su cabello iluminado por el fuego.

– Aparte de Francesca, no recuerdo a nadie en particular -frunció el entrecejo con aire pensativo-. Excepto a Jeremy Vinney. Se acercó al salón y dijo unas palabras. Me acuerdo bien.

– Es curioso que la presencia de Vinney haya quedado grabada en su mente.

– En absoluto. Hace años representó un pequeño papel en una obra que hice en Norwich. Cuando le vi ayer, pensé que tenía tanta pinta de actor ahora como entonces, es decir, ninguna. Siempre tuvo el aspecto de alguien que acaba de olvidar quince líneas y no sabe qué hacer para enmendar el error. Ni siquiera sabía improvisar. Pobre hombre. Me temo que el teatro no es lo suyo, pero está loco por interpretar un papel importante.

– ¿A qué hora volvió anoche a su cuarto?

– No estoy segura, no me fijé. No tengo la costumbre de hacerlo. Puse discos hasta que me calmé lo suficiente -miró el fuego. Su serenidad imperturbable se alteró un poco mientras recorría con la mano la raya bien marcada de sus pantalones-. No, no es cierto del todo, ¿verdad? Quería asegurarme de encontrar a David dormido. Supongo que deseaba guardar las apariencias, pero cuando lo pienso ahora no entiendo por qué le di la oportunidad de guardar las apariencias.

– ¿Guardar las apariencias? -inquirió Lynley.

Joanna sonrió sin motivo aparente. Parecía una treta, una forma de concentrar automáticamente la atención del público en su belleza, no en la calidad de su interpretación.

– David está muy equivocado sobre este asunto del contrato con Robert Gabriel, inspector. Si yo hubiera vuelto más pronto, habría querido limar nuestras diferencias, pero… -Apartó la vista de nuevo, pasándose la punta de la lengua por los labios, como si necesitara ganar tiempo-. Lo siento. Creo que, después de todo, no puedo decírselo. Qué tonta, ¿verdad? Supongo que hasta podría detenerme, pero hay ciertas cosas… Sé que David no se lo ha contado, pero no podía volver a nuestra habitación hasta que estuviera dormido. No podía, así de sencillo. Compréndalo, por favor.

Lynley sabía que estaba pidiendo permiso para dejar de hablar, pero no dijo nada, a la espera de que continuase. Lo hizo sin mover la cabeza, dando varias caladas al cigarrillo antes de aplastarlo.

– David habría querido hacerlo, pero no puede desde hace… casi dos meses. Lo habría intentado, de todos modos, pensando que me lo debía. Y si fracasaba, todo habría empeorado entre nosotros. Por eso me mantuve alejada de la habitación hasta que pensé que se habría dormido. Y así fue. Y me alegré.

Se trataba, sin duda, de una información fascinante. Aún hacía más difícil de entender la larga duración del matrimonio Ellacourt-Sydeham. Como reconociendo este hecho, Joanna Ellacourt habló de nuevo, ahora con voz dura, desprovista de emoción o pesar.

– David es mi historia, inspector. No me avergüenza admitir que él me hizo lo que soy. Durante veinte años ha sido mi mayor ayuda, mi mayor crítico, mi mejor amigo. No se tira todo eso por la borda porque la vida te reporte algún pequeño inconveniente de vez en cuando.

Su frase final era la declaración de lealtad matrimonial más elocuente que Lynley había oído en su vida. Sin embargo, le costaba olvidar la definición que David Sydeham había hecho de su esposa. Era, en efecto, una gran actriz.

El dormitorio de Francesca Gerrard estaba situado en la esquina más alejada del pasillo superior noreste, en el punto donde el zaguán se estrechaba y una vieja arpa en desuso, cubierta de cualquier manera, arrojaba una sombra sobre la pared que recordaba el perfil de Quasimodo. Aquí no colgaban retratos, ni tapices que atenuaran el frío, ni se veían señales inequívocas de bienestar y seguridad. Sólo yeso monocromático, resquebrajado por el tiempo en finas líneas, y una delgada alfombra que cubría el piso.

Elizabeth Rintoul, mirando rápidamente hacia atrás, se deslizó por el zaguán y se detuvo ante la puerta de su tía, escuchando con atención. Oyó un murmullo de voces procedente del pasillo superior oeste, pero ningún sonido en el interior de la habitación. Golpeteó la madera con las uñas, un movimiento nervioso que recordaba el picoteo de los pájaros. Nadie le invitó a entrar. Llamó de nuevo.

– ¿Tía Francie? -lo máximo que podía permitirse era un susurro. No obtuvo respuesta.

Sabía que su tía estaba dentro, la había visto caminar por el pasillo apenas pasados cinco minutos de que la policía terminara de abrir todas las habitaciones. Probó el pomo y giró, resbaladizo bajo su mano sudorosa.

El aire del interior olía a perfume rancio, polvos para la cara de un dulzor sofocante, analgésicos picantes y colonia barata. Los muebles del cuarto estaban a la altura de la decoración pobre y monótona del pasillo: una cama estrecha, un armario ropero, una cómoda y un espejo de cuerpo entero que arrojaba extraños reflejos verdes, distorsionando las frentes hasta transformarlas en bulbos y empequeñeciendo las barbillas en exceso.

Su tía no había utilizado siempre esta habitación como dormitorio. Sólo después de la muerte de su esposo se mudó a esta parte de la casa, como si la incomodidad y la falta de elegancia formaran parte del luto. En aquel momento parecía rendir homenaje al difunto, pues se hallaba sentada muy erguida en el borde de la cama, absorta en una fotografía de estudio de su esposo que colgaba en la pared, el único adorno de la habitación. Era una fotografía solemne, que no plasmaba al tío Phillip que Elizabeth recordaba de su niñez, sino al hombre melancólico en que se había transformado. Después de la Noche Vieja. Después de tío Geoffrey.

Elizabeth cerró la puerta en silencio, pero el roce del pestillo contra la madera provocó que su tía diera un sofocado y plañidero respingo. Se levantó al instante de la cama, giró sobre sus talones y alzó las manos engarfiadas frente a ella en un gesto defensivo.

Elizabeth se puso rígida. Era asombroso que un gesto tan simple le devolviera un recuerdo reprimido y que creía olvidado. Una chica de dieciséis años se dirige despreocupadamente a la cuadra de la casa de Somerset; ve que las cocineras se acuclillan para mirar por una fisura en la pared de piedra del edificio, aprovechando que la argamasa se ha desprendido; oye que le susurran «Ven a ver a unos mariquitas, cariño»; no sabe lo que eso quiere decir, pero está ansiosa, siempre tan patéticamente ansioso, de hacer amigas; se agacha frente al agujero y ve a dos mozos de cuadras; sus ropas están amontonadas sobre un banco; uno está a cuatro patas y el otro retrocede, empuja y resuella detrás de él y sus cuerpos brillan de un sudor que reluce como aceite; se aparta asustada y oye que las chicas ahogan una carcajada. Se ríen de ella. De su inocencia y ciega ingenuidad. Y entonces desea golpearlas, herirlas, arrancarles los ojos. Con ese mismo gesto de la tía Francie.

– ¡Elizabeth! -Francesca bajó los brazos. Su cuerpo se distendió-. Me has dado un susto de muerte, querida.

Elizabeth miró preocupada a su tía, temerosa de enfrentarse a otros recuerdos que un gesto fortuito pudiera conjurar. Vio que Francesca había empezado a prepararse para la cena, cuando la foto de su marido la sumió en la ensoñación que Elizabeth había interrumpido. Se miraba en el espejo mientras se cepillaba el ralo cabello gris. Sonrió a Elizabeth, pero sus labios temblaron y desmintieron la sensación de tranquilidad que se esforzaba en proyectar.

– De niña solía mirarme en el espejo sin ver mi cara. La gente dice que es imposible, pero yo lo logré. Puedo peinarme, maquillarme, ponerme los pendientes, cualquier cosa. Y nunca veo lo fea que soy.

Elizabeth no se molestó en contradecirla. Contradecirla sería insultarla, porque su tía decía la verdad. Era fea y siempre lo había sido, escarnecida por una larga cara de caballo, dientes prominentes y una barbilla muy pequeña. Poseía un cuerpo larguirucho; era toda brazos, piernas y codos. Todas las maldiciones genéticas de la familia Rintoul habían recaído sobre ella.

Elizabeth solía pensar que su tía llevaba siempre tantas joyas de fantasía a causa de su fealdad, como si pretendiera desviar la atención de los notorios defectos que afligían su persona.

– No debes preocuparte, Elizabeth -le estaba diciendo Francesca con dulzura-. Sus intenciones son buenas. Sus intenciones son muy buenas. No debes preocuparte tanto.

A Elizabeth se le hizo un nudo en la garganta. Qué bien la conocía su tía. Cuán grande había sido siempre su comprensión.

– Sírvele al señor Vinney una copa, querida… Su vaso está casi vacío -imitó con amargura la voz reservada de su madre-. Quise morir. A pesar de la policía, a pesar de Joy. Ella no puede parar. Nunca parará. Nunca se terminará.

– Ella quiere tu felicidad, querida. Ella la enfoca en el matrimonio -dijo la tía.

– ¿Te refieres a uno como el suyo? -sus palabras tenían cierta acidez.

Su tía frunció el entrecejo. Dejó el cepillo sobre la cómoda y se pasó el peine entre los mechones.

– ¿Te he enseñado las fotos que Gowan me dio? -preguntó con tono alegre, abriendo el cajón superior, que rechinó y se resistió-. Pobre chico. Vio una revista con esas típicas fotos de antes y después, y decidió que debíamos hacer una colección de la casa. De cada habitación a medida que se vayan renovando. Luego, cuando todo esté terminado, podríamos exhibirlas en el salón, o tal vez le interesaran a un historiador, o las podríamos utilizar para… -forcejeó el cajón, pero la humedad del invierno había hinchado la madera.

Elizabeth la contemplaba en silencio. Era el sempiterno estilo de la familia: preguntas no respondidas, secretos y frases inacabadas. Todos eran conspiradores que se confabulaban para ignorar el pasado como si no existiera. Su padre, su madre, tío Geoffrey y el abuelo. Y ahora la tía Francie. También ella consagraba su lealtad a los lazos de sangre.

No tenía sentido permanecer en la habitación ni un segundo más. Entre ellas sólo quedaba por decir una cosa. Elizabeth reunió fuerzas para ello.

– Tía Francie. Por favor.

Francesca levantó la vista. Todavía aferraba el cajón, todavía tiraba de él infructuosamente, sin darse cuenta de que sólo conseguía subrayar su inutilidad.

– Quería que lo supieras… -balbuceó Elizabeth-. Necesitas saberlo. Yo… temo que anoche fracasé en mi propósito.

Francesca soltó por fin el cajón y preguntó:

– ¿En qué sentido, querida?

– Es que… no estaba sola. Ni siquiera estaba en su habitación. Así que no pude hablar con ella, no pude darle tu mensaje.

– No importa, querida. Hiciste todo lo que pudiste, ¿no?

– ¡No! ¡Por favor!

La voz de su tía, como siempre, expresaba compasión, expresaba la comprensión de saber lo que uno siente cuando carece de aptitudes, talento o esperanza. Enfrentada a esta aceptación incondicional, Elizabeth sintió que lágrimas infructuosas se agolpaban en sus ojos. No soportaba sollozar, ni de pena ni de dolor, de modo que se dio la vuelta y salió de la habitación.

– ¡Mierda de aparato!

Gowan Kilbride acababa de sobrepasar los límites de su capacidad para sobrevivir a una afrenta tras otra. Lo sucedido en la biblioteca ya había sido bastante malo, pero después había empeorado con la convicción, que la chica no había admitido ni negado, de que Mary Agnes había permitido a Robert Gabriel las libertades que a Gowan le estaban vedadas. Y ahora, para colmo, la señora Gerrard le había enviado a la trascocina con la orden de arreglar la cochambrosa caldera que no había funcionado como era debido en cincuenta años… Era más de lo que una persona podía aguantar.

Con una maldición arrojó al suelo la llave de tuercas, que astilló una vieja baldosa, rebotó y fue a parar bajo los ardientes tubos de la infernal caldera.

– ¡Maldición, maldición y maldición! -gritó Gowan con ira creciente.

Se agachó, tanteó con la mano y se quemó inmediatamente con el metal de la caldera.

– ¡Maldita sea! -aulló, echándose a un lado y contemplando el viejo aparato como si fuera un ser vivo rebosante de maldad.

Lo pateó dos veces, ciego de ira. Pensó en Roben Gabriel con Mary Agnes y le asestó una tercera patada, consiguiendo desprender uno de los tubos oxidados. Un chorro de agua salió disparado, describiendo un arco siseante.

– ¡Mierda! -barbotó Gowan-. ¡Quémate y púdrete y que los gusanos coman tus entrañas!

Tomó un trapo del fregadero y lo enrolló alrededor del tubo para aferrarlo sin hacerse daño. Se tendió sobre el pecho, debatiéndose con el rebelde tubo y maldiciendo el chorro caliente que golpeaba su cara y su cabello. Con una mano se esforzó en colocar el tubo en su sitio, mientras con la otra buscaba la llave que había soltado, localizándola por fin arrinconada contra la pared opuesta. Se arrastró por el suelo milímetro a milímetro, acercándose a la herramienta. Sus dedos se hallaban a escasos centímetros cuando, de súbito, toda la trascocina se sumió en la oscuridad. Gowan entendió que, para redondear la jornada, la bombilla de la habitación se había fundido. La única luz provenía de la propia caldera, un débil e inútil destello rojizo que le deslumbraba por completo. El golpe definitivo.

– ¡Maldito pedazo de chatarra! -chilló-. ¡Engendro piojoso! ¡Cacho de mierda!

Y entonces, de pronto, supo que no estaba solo.

– ¿Quién hay ahí? ¡Venga a ayudarme!

No hubo respuesta.

– ¡Aquí! ¡En el suelo!

Tampoco hubo respuesta.

Volvió la cabeza pero no consiguió ver nada en la oscuridad. Iba a gritar de nuevo, y esta vez más alto, porque los pelos de su nuca se le habían empezado a erizar de consternación, cuando se produjo un veloz movimiento en su dirección. Sonó como si media docena de personas se precipitaran al mismo tiempo hacia él.

– Oiga…

Un golpe le enmudeció. Una mano le agarró por el cuello y aplastó su cabeza contra el suelo. El dolor estremeció sus sienes. Sus dedos soltaron el trozo de tubo y el agua golpeó directamente contra su cara, cegándole, chamuscándole, abrasándole la piel. Luchó con todas sus fuerzas por liberarse, pero fue empujado sin misericordia contra el tubo al rojo vivo; el chorro de agua se infiltró en sus ropas, levantando ampollas en su pecho, estómago y piernas. Las prendas eran de lana, y se ciñeron a su cuerpo como una lapa, y el líquido quemó su piel como si fuera ácido.

– ¡Aghhhh…!

Trató de gritar, invadido por la agonía, el terror y la confusión, pero una rodilla se clavó sobre sus riñones y la mano que le agarraba por el cabello hizo girar su cabeza, hasta que su frente, nariz y barbilla se hundieron en el charco de agua hirviente que se había formado sobre las baldosas.

Sintió que el puente de su nariz se rompía, sintió que la piel se le desprendía del rostro. Y justo cuando empezaba a comprender que su invisible asaltante intentaba ahogarle en menos de tres centímetros de agua, oyó el inconfundible snick del metal sobre las baldosas. El cuchillo se clavó en su espalda apenas un segundo después.

La luz se volvió a encender.

Alguien subió las escaleras a toda prisa.

Capítulo 7

– Creo que el punto más importante es si te crees la historia de Stinhurst -dijo St. James a Lynley.

Se hallaban en el dormitorio que compartían, situado en la confluencia del ala noroeste de la casa con el cuerpo principal. Era una habitación pequeña, con muebles de madera de haya y pino. El dibujo del empapelado consistía en enredaderas sobre un fondo azul pálido. La atmósfera conservaba un vago olor medicinal a limpiador y desinfectante, desagradable aunque no agobiante. Lynley podía ver desde la ventana el ala oeste, donde Irene Sinclair paseaba arriba y abajo de la habitación sin cesar, con un vestido colgado del brazo como si no se decidiera a ponérselo o a olvidar el asunto por completo. Su rostro, un óvalo blanco enmarcado por el cabello negro, como un estudio sobre la fuerza del contraste, carecía de color. Lynley corrió la cortina y, al volverse, vio que su amigo se estaba cambiando para bajar a cenar.

Asistía a un desmañado ritual, empeorado porque el suegro de St. James no se hallaba presente para prestarle ayuda, empeorado porque la necesidad de requerir ayuda para algo tan elemental tenía su origen en una noche de borrachera y descuido del propio Lynley. Le contempló, deseoso de ofrecerle su colaboración pero sabiendo que su ofrecimiento sería rechazado con gentileza. La abrazadera de la pierna estaba al descubierto y los zapatos desanudados, pero el rostro de St. James reflejaba una indiferencia total, como si diez años antes no hubiera sido un hombre ágil y atlético.

– Lo que Stinhurst me dijo sonaba a cierto, St. James. No es la clase de cuento que uno se inventa para librarse de una acusación de asesinato, ¿verdad? ¿Qué iba a ganar desacreditando a su mujer? En cualquier caso, las cosas se le han puesto más negras. Él mismo se ha adjudicado un excelente motivo para el crimen.

– Y que no puede ser verificado -señaló St. James con suavidad-. A menos que se lo preguntes a la propia lady Stinhurst. Y algo me dice que Stinhurst te considera demasiado caballero para hacer eso.

– Lo haré, por supuesto. Si es necesario.

St. James dejó caer un zapato al suelo y empezó a ajustarse la abrazadera a otro.

– Dejemos a un lado que haya adivinado tu posible reacción, Tommy. Supongamos por un momento que su historia sea cierta. Sería muy inteligente por su parte, ¿verdad?, subrayar tan obviamente su móvil para cometer el crimen. De ese modo no necesitas rastrearlo, no necesitas fortalecer tus sospechas cuando lo descubras. Llevado al extremo, ni siquiera necesitas ya sospechar de él como culpable, porque desde el primer momento ha sido completamente sincero contigo. Listo, ¿eh? Demasiado listo. ¿Y qué mejor manera de justificar una necesidad crucial de destruir pruebas que autorizando la presencia en Westerbrae de Jeremy Vinney, un hombre que no dudaría en seguir la pista de cualquier historia escabrosa después del asesinato de Joy?

– Estás dando a entender que Stinhurst sabía de antemano que los retoques de la obra sacarían a la luz la relación entre su esposa y su hermano, pero eso no concuerda con que a Helen le dieran la habitación contigua a la de Joy, o con que la puerta del pasillo estuviera cerrada, o con que las huellas de Davies-Jones se encontraran en la llave.

– Si te pones así, Tommy -se limitó a señalar St. James-. Podríamos decir que tampoco concuerda con el hecho de que Sydeham estuviera solo parte de la noche. Y también su esposa, por cierto. Cualquiera de los dos tuvo la oportunidad de matarla.

– La oportunidad, tal vez. Parece que todo el mundo tuvo la oportunidad, pero el problema es el móvil. Por no mencionar el hecho de que la puerta de Joy estaba cerrada con llave, de modo que el asesino entró mediante las llaves maestras o desde la habitación de Helen. Siempre volvemos a lo mismo, ya lo ves.

– También Stinhurst pudo tomar las llaves, ¿no? Él mismo te dijo que había estado antes aquí,

– Al igual que su esposa, su hija y Joy. Cualquiera pudo tomarlas Waves, St. James. Hasta David Sydeham, si bajó al pasillo por la tarde para ver en qué habitación había desaparecido Elizabeth Rintoul cuando les vio llegar a él y a Joanna. Pero eso sería exagerar las cosas, ¿no crees? ¿Por qué iba a sentir curiosidad por descubrir el escondite de Elizabeth Rintoul? Más aún, ¿por qué iba a matar Sydeham a Joy Sinclair? ¿Para ahorrarle a su mujer una obra con Robert Gabriel? No concuerda. En teoría, un férreo contrato la obliga a actuar con Gabriel quiera o no quiera. Matar a Joy no solucionaría nada.

– Volvemos al mismo punto, ¿te das cuenta? La muerte de Joy solamente parece beneficiar a una persona: Stuart Rintoul, lord Stinhurst. Ahora que está muerta, la obra que prometía ser tan embarazosa para él ya no se representará. Nadie la producirá. Lo tiene mal, Tommy. No entiendo por qué dejas de lado ese motivo.

– En cuanto a eso…

Alguien llamó a la puerta. Lynley la abrió y se encontró al agente Lonan en el pasillo, que traía un bolso de señora envuelto en plástico. Lo sostenía frente a él con las dos manos, muy tieso, como un mayordomo que presentara una bandeja de canapés en dudoso estado.

– Es de la Sinclair -explicó el agente-. El inspector pensó que a usted le gustaría echar un vistazo al contenido antes de que el laboratorio lo analice para detectar huellas.

Lynley lo tomó, lo dejó sobre la cama y se ajustó los guantes de látex que St. James, sin decir palabra, había sacado de la maleta que tenía a sus pies.

– ¿Dónde lo encontraron?

– En el salón -contestó Lonan-. Al pie de la ventana y detrás de las cortinas.

Lynley le dirigió una mirada penetrante.

– ¿Estaba escondido?

– Parecía que lo hubiera tirado allí como hizo con el resto de sus cosas en la habitación.

Lynley abrió la cremallera del plástico y dejó caer el bolso sobre la cama. Los otros dos hombres le contemplaron con curiosidad mientras lo abría y desparramaba su contenido, que incluía una interesante colección de objetos. Lynley los fue separando poco a poco, dividiéndolos en dos grupos. En uno colocó los comunes a cientos de miles de bolsos que colgaban del brazo de cientos de miles de mujeres: llaves sujetas a una anilla metálica, dos bolígrafos baratos, un paquete de Wrigleys, una caja de cerillas y un par de gafas oscuras guardadas en un estuche de piel.

El resto del contenido fue a parar al segundo grupo, demostrando que, como muchas mujeres, Joy Sinclair había impreso a un objeto tan mundano como un bolso negro el sello singular de su personalidad. Lynley hojeó primero su talonario de cheques, examinando las entradas en busca de algo anormal, sin encontrar nada. Por lo visto, a la mujer le traía sin cuidado el estado de sus finanzas, pues hacía por lo menos seis semanas que no lo llevaba al corriente. El billetero, que contenía cerca de cien libras en billetes de diverso valor, explicaba esta indiferencia financiera. Sin embargo, ni el talonario ni el billetero retuvieron la atención de Lynley en cuanto sus ojos cayeron sobre los dos últimos objetos que Joy Sinclair llevaba consigo: una agenda y una pequeña grabadora, del tamaño de una mano.

La agenda era nueva y sus páginas apenas habían sido utilizadas. El fin de semana en Westerbrae estaba indicado con grandes letras, así como un almuerzo con Jeremy Vinney que se remontaba a dos semanas atrás. Había referencias a una fiesta con gente del teatro, una cita con el dentista, una especie de aniversario y tres citas señaladas con la inscripción «Upper Grosvenor Street», todas tachadas como si ninguna hubiera tenido lugar. Lynley volvió la página del mes siguiente, no encontró nada y siguió adelante. Las palabras «P. Green» ocupaban toda la semana, y «capítulos 1-3» la semana siguiente. No había nada más, salvo una referencia al «Cumpleaños S» anotada en el día 25.

– Agente -dijo Lynley con aire pensativo-. Me gustaría quedarme con esto. El contenido, la bolsa no. ¿Quiere consultarlo con Macaskin antes de que se largue?

El agente asintió y se marchó. Lynley esperó a que la puerta se cerrase para volverse hacia la cama, tomar la grabadora y conectarla, echando una mirada a St. James.

Tenía una voz encantadora, ronca y melodiosa. Era potente, seductora, con esa sensualidad involuntaria que algunas mujeres consideran una bendición y otras una maldición. El sonido era discontinuo y los ruidos de fondo diferentes, tráfico, el metro, un breve estruendo de música, como si Joy extrajera la grabadora del bolso para almacenar una idea súbita dondequiera se le ocurriese.

«Intentar sacarme de encima a Edna al menos durante dos días. No hay nada que informar. Quizá crea que he tenido la gripe… ¡Aquel pingüino! Antes le gustaban los pingüinos. Será perfecto… Por el amor de Dios, que mamá no se vuelva a olvidar de Sally este año… John Darrow tenía la mejor opinión de Hannah hasta que las circunstancias le obligaron a tener la peor… Buscar billetes y un lugar decente donde quedarse. Esta vez llevar un abrigo más grueso… Jeremy. Jeremy. Dios, ¿por qué me pone tan nerviosa? No es una proposición para toda la vida… Estaba oscuro, y aunque la tormenta… Fantástico, Joy. ¿Por qué no te limitas a seguir con una noche oscura y tormentosa y envías a la mierda la creatividad de una vez por todas…? Recuerda aquel olor peculiar: verduras podridas y objetos que el río arrastró después de la última tormenta… El sonido de las ranas y las bombas de agua y la interminable llanura… ¿Por qué no le pregunto a Rhys la mejor forma de abordarle? Sabe tratar a la gente. Me podrá ayudar… Rhys quiere…»

Lynley desconectó la grabadora. Levantó los ojos y vio que St. James le estaba mirando. Para ganar tiempo antes de que lo inevitable sucediera entre ellos, Lynley reunió los artículos y los introdujo en una bolsa de plástico que St. James había sacado de su maleta. La cerró y la acercó a la cómoda.

– ¿Por qué no has interrogado todavía a Davies-Jones? -preguntó St. James.

Lynley caminó hacia su maleta, que descansaba sobre un banco al pie de la cama, la abrió y sacó la ropa que pensaba ponerse para la cena, meditando sobre la pregunta de su amigo. Sería muy fácil decir que las circunstancias iníciales no le habían permitido interrogar al gales, que hasta el momento el caso se desarrollaba dentro de una lógica y que había seguido intuitivamente esa lógica para ver hasta dónde le conducía. Esa explicación contenía algo de verdad, pero, más allá de ella, Lynley reconocía una realidad suplementaria y desagradable. Luchaba con la necesidad de evitar el enfrentamiento, una necesidad con la que aún no había llegado a un acuerdo, tan extraña le resultaba.

Oía los movimientos ágiles, enérgicos y eficientes de Helen en la habitación de al lado. Los había oído miles de veces a lo largo de los años, los había oído sin darse cuenta. Los sonidos, ahora, se habían amplificado, como si pretendieran imprimirse para siempre en su conciencia.

– No quiero herirle -dijo por fin.

St. James estaba sujetando la abrazadera a un zapato negro. Hizo una pausa, el zapato en una mano y la abrazadera en la otra. Su cara, por lo general inexpresiva, reflejaba sorpresa.

– Tienes una forma muy extraña de demostrarlo, Tommy.

– Ya hablas como Havers. ¿Qué quieres que haga? Helen está decidida a no ver lo obvio. ¿Debo aclararle los hechos ahora, o me muerdo la lengua y dejo que se comprometa más con ese hombre, permitiendo que sufra una espantosa decepción cuando descubra que la ha utilizado?

– Si la ha utilizado -apostilló St. James.

Lynley se puso una camisa limpia, abrochó los botones con disimulado nerviosismo y se anudó la corbata.

– ¿Sí? Entonces, ¿para qué crees que la visitó anoche en su habitación?

Su pregunta no recibió respuesta. Lynley sentía la mirada de su amigo clavada en su cara. Sus dedos lucharon con el lío en que había convertido la corbata -¡Maldita sea! -murmuró con rabia.

Al oír la llamada, lady Helen abrió la puerta, esperando encontrar en el pasillo a la sargento Havers, a Lynley o a St. James, dispuestos a escoltarla hasta el comedor como si fuera la principal sospechosa o una testigo clave que necesitara protección policial. Sin embargo, era Rhys. No dijo nada, vacilante, como si no estuviera seguro del recibimiento que le dispensarían. Pero, cuando lady Helen sonrió, entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda.

Se miraron como amantes culpables, ansiosos por encontrarse a escondidas. La necesidad de tranquilidad, de sigilo, de unión manifiesta, acentuaba la sensibilidad, acentuaba el deseo, acentuaba y fortalecía el reciente lazo creado entre ellos. Cuando él extendió los brazos, lady Helen buscó refugio en ellos sin dudarlo ni un momento.

Henchido de deseo, sin pronunciar una palabra, él la besó en la frente, en los párpados, en las mejillas y, por fin, en la boca. Los labios de Helen se abrieron en respuesta y le aferró con más fuerza, como si su presencia pudiera borrar las cosas horribles sucedidas durante el día. Ella sintió que todo el cuerpo de Rhys se apretaba contra el suyo, provocando una dulce agonía, y empezó a temblar, invadida por una oleada de deseo inesperada y turbadora. Se derramó sobre ella por sorpresa y recorrió su sangre como fuego líquido. Sepultó su rostro en el hombro de Rhys, y las manos de éste la acariciaron con posesiva sabiduría.

– Cariño, cariño -susurró Rhys. No dijo nada más, porque al oír sus palabras Helen movió la cabeza y buscó su boca de nuevo-. Te he echado de menos, pequeña -murmuró al cabo de un momento-. Pero creo que ya te habrás dado cuenta.

Lady Helen le alisó las sienes plateadas y sonrió, experimentando cierto alivio sin saber bien por qué.

– ¿De dónde ha sacado un perverso gales ese acento tan típico de Escocia?

Rhys torció la boca, se puso rígido y lady Helen adivinó, antes de que él contestara, que había hecho una pregunta inoportuna.

– Del hospital -contestó él.

– Oh, Dios mío, lo siento mucho. No pensé…

Rhys meneó la cabeza, la apretó más contra él y apoyó la mejilla en su cabello.

– No te lo he contado todo, ¿verdad, Helen? Creo que no me apetece que lo sepas.

– Pues no…

– No. El hospital estaba en las afueras de Portree, en Skye. En pleno invierno. Mar gris, cielo gris, tierra gris. Las barcas zarpaban hacia tierra firme, y yo deseaba encontrarme a bordo de una de ellas. Solía pensar que Skye me llevaría a beber sin cesar. Esos lugares ponen a prueba tu valor más que ninguno. La única forma de sobrevivir era echar tragos a escondidas de una botella de whisky o confiar en la pericia de los escoceses. Elegí los escoceses. Eso, al menos, era lo que me aconsejaba mi compañero de cuarto, que se negaba a hablar de otra cosa. -Pasó los dedos por su cabello, apenas la sombra de una caricia, insegura y vacilante-. Helen, por el amor de Dios. Por favor. No quiero que te apiades de mí.

«Era su estilo», pensó ella. El estilo de siempre. Debía ponerle fin, eliminar todas las expresiones absurdas de compasión que se interponían entre él y el resto del mundo. La compasión le ponía en desventaja, prisionero de una enfermedad incurable. Ella asumió su dolor.

– ¿Cómo puedes creer que me apiado de ti? ¿Piensas que lo de anoche sucedió por ese motivo?

– Tengo cuarenta y dos años -suspiró entrecortadamente Rhys-. ¿Lo sabes, Helen? ¿Sabes que soy quince años mayor que tú? ¿O son más, Dios mío?

– Doce años.

– Estuve casado cuando tenía veintidós. Toria tenía diecinueve. Ambos éramos unos tontos que pensábamos convertirnos en el siguiente prodigio del West End.

– No lo sabía.

– Ella me abandonó. Hice una gira de invierno por Norfolk y Suffolk. Dos meses allí, un mes aquí. Vivía en habitaciones mugrientas y hoteles malolientes. Hacer abstracción de ello no era tan malo, porque servía para comer y comprar ropa a los niños. Cuando volví a Londres, ella se había marchado, había regresado a su casa de Australia. Mamá, papá y la seguridad. Algo más que un trozo de pan en la mesa. Zapatos en los pies. -La tristeza asomaba a sus ojos.

– ¿Cuánto tiempo estuviste casado?

– Sólo cinco años. Lo bastante, me temo, para que Toria averiguara lo peor de mí.

– No digas…

– Sí. Sólo he visto a mis hijos una vez durante los últimos quince años. Ahora ya son adolescentes, un chico y una chica que ni siquiera me conocen. Y lo peor es que fue por mi culpa. Toria no se largó porque yo fracasara en el teatro, aunque Dios sabe que mis posibilidades de éxito eran muy remotas. Se largó porque yo era un alcohólico. Todavía lo soy. Un alcohólico, Helen. No debes olvidarlo nunca. No dejaré que lo olvides.

Ella repitió lo que Rhys había dicho una noche que paseaban por la orilla de Hyde Park.

– Bien, sólo es una palabra, ¿verdad? Sólo posee la fuerza que nosotros queremos darle.

Rhys movió la cabeza. Helen notaba los violentos latidos de su corazón.

– ¿Ya te han interrogado? -preguntó ella.

– No -rodeó con sus fríos dedos la nuca de la joven, y habló sobre su cabeza con cautela, como si eligiera cada palabra deliberadamente-. Creen que yo la maté, ¿verdad, Helen?

Los brazos de ella le aferraron como poseídos de voluntad propia, proporcionándole la respuesta. Rhys continuó:

– He estado pensando en cómo creen que lo hice. Vine a tu habitación, traje coñac para emborracharte, te hice el amor como maniobra de distracción y después apuñalé a mi prima. Aún falta el móvil, por supuesto, pero no creo que tarden en encontrarlo.

– El coñac estaba abierto -susurró lady Helen.

– ¿Piensan que le puse algo? Santo Dios. ¿Y tú? ¿También lo crees? ¿Crees que vine con la intención de drogarte y Juego asesinar a mi prima?

– Claro que no -Lady Helen levantó los ojos y vio en su rostro una mezcla de cansancio y tristeza, mitigada por el alivio.

– Cuando salí de la cama, la abrí -dijo-. Me moría de ganas de beber, estaba desesperado, pero entonces te despertaste. Te acercaste a mí. Y, con toda franqueza, descubrí que te deseaba más a ti.

– No hace falta que me lo digas.

– Me faltó muy poco para echar un trago. No me había sentido así desde hacía meses. Si no hubieras estado allí…

– No importa. Estaba allí. Y ahora también.

Desde la habitación de al lado les llegó la voz alterada de Lynley, primero, y después el plácido murmullo de St. James. Ambos escucharon. Rhys habló.

– Tus lealtades van a ser puestas brutalmente a prueba, Helen. Lo sabes, ¿verdad? Y, aún en el caso de que te presenten verdades irrefutables, vas a tener que decidir por ti misma por qué vine a tu habitación anoche, por qué quise estar contigo, por qué te hice el amor. Y, sobre todo, qué hice mientras dormías.

– No necesito decidir. En lo que a mí respecta, sólo existe una explicación.

Los ojos de Rhys se ensombrecieron.

– Pero hay dos. La tuya y la mía. Y tú lo sabes.

Cuando St. James y Lynley entraron en el salón, comprendieron enseguida que iba a resultar una cena de lo más desagradable. El grupo se había dispuesto sobre la alfombra oriental del modo más elocuente para expresar el desagrado que les causaba cenar en compañía de New Scotland Yard.

Joanna Ellacourt había elegido un lugar destacado. Casi derrumbada sobre un sofá de palisandro cerca del hogar, obsequió a los recién llegados con una mirada glacial antes de volverse, tomar un sorbo de lo que parecía un jarabe de color rosa coronado de blanco, y posó su mirada sobre la chimenea Jorge II, como si necesitara memorizar las pilastras verde pálido. Los demás se habían congregado a su alrededor en tresillos y sillas; su inconexa conversación cesó en cuanto los dos hombres entraron.

Lynley paseó la mirada por el grupo, fijándose en que faltaban algunos miembros, especialmente en que dos de los ausentes eran lady Helen y Rhys Davies-Jones. El sargento Lonan se hallaba sentado en el otro extremo de la habitación ante un carrito de bebidas, como un ángel guardián, mirando con fijeza a los reunidos, como a la espera de que uno o varios cometieran un nuevo acto de violencia. Lynley y St. James se acercaron a él.

– ¿Dónde están los otros? -preguntó Lynley.

– Aún no han bajado -replicó Lonan-. La señora acaba de llegar sola.

Lynley vio que la señora en cuestión era la hija de lord Stinhurst, Elizabeth Rintoul, que caminaba hacia el carrito de bebidas como una mujer que se dirigiera al patíbulo. Al contrario que Joanna Ellacourt, ataviada con un vestido ajustado de raso para la cena, como si se tratara de un acontecimiento social de primerísimo orden, Elizabeth llevaba una falda de tweed color tostado y un voluminoso jersey verde, adornado con tres agujeros de polilla que dibujaban un triángulo isósceles sobre su hombro izquierdo. Ambas prendas se veían decididamente viejas y le sentaban mal.

Lynley sabía que tenía treinta y cinco años, pero parecía mucho mayor, como una mujer que se acercara a la edad madura de la peor manera posible. Se había teñido el cabello, tal vez en un intento infructuoso de darle un tono rubio rojizo, con una sombra artificial de color castaño, que había adquirido un lustre de latón. La rígida permanente formaba una pantalla desde detrás de la cual podía observar el rumbo. Tanto el color como el estilo sugerían una elección realizada a partir de una fotografía de revista, sin tener en cuenta las exigencias de sus rasgos o la forma de su cara. Era muy delgada, de facciones puntiagudas y su labio superior empezaba a desarrollar las arrugas de la edad.

Cruzó la habitación con la inquietud reflejada en su cara descolorida. Estrujaba su falda con una mano. No se molestó en presentarse, ni en formalidades preliminares. Estaba claro que había esperado más de doce horas para formular su pregunta y no estaba dispuesta a demorarla ni un solo momento más. Sin embargo, no miró a Lynley cuando habló. Sus ojos (maquillados inexpertamente con una peculiar sombra aguamarina) se limitaron a establecer contacto resbalando sobre su rostro, y a partir de ese instante permanecieron clavados en la pared que había frente a ella, como si se dirigieran al cuadro que colgaba allí.

– ¿Tiene el collar? -preguntó con rigidez.

– ¿Perdón?

Elizabeth extendió la mano sobre su falda.

– El collar de perlas de mi tía. Se lo di a Joy anoche. ¿Está en su habitación?

Se elevó un murmullo del grupo reunido ante la chimenea, y Francesca Gerrard se puso de pie. Se acercó a Elizabeth y la tomó por el codo, intentando llevarla hacia los demás sin mirar a los policías.

– Está bien, Elizabeth -murmuró-. De veras. Está bien.

Elizabeth se apartó con brusquedad.

– No está bien, tía Francie. En primer lugar, yo no quería dárselo a Joy. Sabía que no resultaría. Ahora que ha muerto, quiero recuperarlo -seguía sin mirar a nadie. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y el maquillaje contribuía a acentuar el efecto.

– ¿Había perlas en la habitación? -preguntó Lynley a St. James.

Éste negó con la cabeza.

– Pero yo le di el collar. Todavía no estaba en su habitación. Se había ido a… Por eso le pedí a él que… -Elizabeth se interrumpió, pero su cara no cesaba de agitarse. Sus ojos buscaron y localizaron a Jeremy Vinney-. No se lo diste, ¿verdad? Dijiste que lo harías, pero no fue así. ¿Qué has hecho con el collar?

El vaso de gintonic que sujetaba Vinney se quedó a medio camino de sus labios. Sus dedos, demasiado gordezuelos y velludos, lo aferraron con fuerza. Resultaba claro que la acusación le pillaba por sorpresa.

– Claro que se lo di. No seas absurda.

– ¡Estás mintiendo! -chilló Elizabeth-. ¡Dijiste que no quería hablar con nadie, y te lo guardaste en el bolsillo! ¡Os oí a los dos en tu habitación, ya lo sabes!

¡Sé lo que ibas buscando, pero cuando ella no te dejó la seguiste hasta su habitación! ¡Estabas encolerizado! ¡Tú la mataste! ¡Y después robaste las perlas!

Vinney se levantó con agilidad, a pesar de su gordura. Intentó apartar de un empujón a David Sydeham, que le agarró por el brazo.

– ¡Arpía reprimida! ¡Estabas tan celosa de ella que quizá la mataste! Siempre fisgoneando, escuchando detrás de las puertas. Es lo máximo que has conseguido, ¿no?

– Por el amor de Dios, Vinney…

– ¿Qué estabas haciendo con ella? -el color subió a las mejillas de Elizabeth. Sus labios se retorcieron en una mueca despectiva-. ¿Confiabas en obtener jugos creativos extrayéndoselos a ella? ¿La olisqueabas como todos los hombres que hay aquí?

– ¡Elizabeth! -suplicó débilmente Francesca.

– ¡Porque yo sé a qué fuiste! ¡Sé lo que tú ibas buscando!

– Está loca -murmuró Joanna con desagrado.

Lady Stinhurst, al oír sus palabras, no pudo reprimirse y espetó una réplica a la actriz.

– ¡No digas eso! ¡Ni te atrevas! Estás ahí sentada como una Cleopatra envejecida que necesita hombres para…

– ¡Marguerite! -La voz de su marido retumbó.

Logró que todos se callaran, nerviosos e inseguros.

Unos pasos en la escalera y el vestíbulo rompieron la tensión. Un momento después entraron los restantes miembros del grupo: la sargento Havers, lady Helen, Rhys Davies-Jones. Robert Gabriel apareció un minuto más tarde.

Sus ojos saltaron del tenso grupo reunido junto a la chimenea a los congregados cerca del carrito de bebidas, y por fin a Elizabeth y Vinney, a punto de llegar a las manos. Era un momento ideal para un actor, y supo aprovecharlo.

– Aja -sonrió alegremente-. Hemos caído todos en la cuneta, ¿verdad? Me pregunto quién estará mirando las estrellas.

– Elizabeth no, desde luego -replicó Joanna Ellacourt, volviendo a su bebida.

Lynley vio por el rabillo del ojo que Davies-Jones guiaba a lady Helen hacia el carrito de bebidas y le servía un jerez seco. «Hasta conoce sus costumbres», pensó desconsolado, y decidió que ya estaba harto de todo el grupo.

– Hablemos de las perlas -dijo-. Francesca Gerrard tocó el collar de cuentas baratas que llevaba. Eran de color castaño rojizo; desentonaban de una forma exagerada con el verde de su blusa. Agachó la cabeza, se cubrió la boca con una mano nerviosa, como si intentara ocultar sus dientes prominentes, y habló con una educada vacilación, como si las reglas de urbanidad desautorizasen esa intromisión.

– Yo… Es por mi culpa, inspector. Me temo que anoche le pedí a Elizabeth que le ofreciese las perlas a Joy. No son muy caras, desde luego, pero pensé que si necesitaba dinero…

– Ah, entiendo. Un soborno.

Los ojos de Francesca Gerrard se desviaron hacia lord Stinhurst.

– Stuart, ¿querrás…? -Las palabras quedaron flotando en el aire. Su hermano no contestó-. Sí. Pensé que tal vez accedería a retirar la obra.

– Dile cuánto valen las perlas -insistió Elizabeth con denuedo-. ¡Díselo!

Francesca hizo un delicado mohín de disgusto, revelando que no estaba acostumbrada a discutir tales asuntos en público.

– Eran un regalo de bodas que me hizo Phillip. Mi marido. Eran… perfectamente iguales y…

– Se hallaban valoradas en más de ocho mil libras -estalló Elizabeth.

– Siempre tuve la intención de pasárselas a mi hija, por supuesto, pero como no tuvimos hijos…

– Irían a parar a manos de nuestra querida Elizabeth -concluyó Vinney, triunfante-. ¿Quién tuvo mejores motivos para agenciárselas del cuarto de Joy? ¡Puta asquerosa! ¡Muy inteligente lo de acusarme a mí!

Elizabeth hizo un precipitado gesto en dirección a Vinney, pero su padre se levantó, interponiéndose entre los dos. Iba a repetirse por segunda vez la misma escena cuando Mary Agnes Campbell apareció de improviso en la puerta, vacilante, los ojos abiertos de par en par, tocándose las puntas del cabello con los dedos. Francesca le habló en un esfuerzo por aplacar los ánimos.

– ¿La cena, Mary Agnes? -preguntó con un hilo de voz.

Mary Agnes paseó la vista por la habitación.

– ¿Gowan? -respondió-. ¿No está con ustedes? ¿Tampoco con la policía? La cocinera le busca… -Su voz se quebró-. ¿No le han visto?

Lynley miró a St. James y a Havers. A los tres les vino a la mente por un momento lo impensable. Los tres se movieron a la vez.

– Encárguese de que nadie abandone la habitación -ordenó Lynley al agente Lonan.

Se lanzaron en direcciones diferentes. Havers subió por la escalera, St. James bajó al pasillo inferior noreste y Lynley atravesó el comedor, la habitación de la vajilla y entró como una tromba en la cocina. La cocinera, con una olla humeante en la mano, le miró sorprendida. Un chorro aromático de caldo se derramó por un costado. Lynley oyó que Havers corría por el pasillo oeste del piso superior. Abría las puertas a empellones y gritaba el nombre del muchacho.

Lynley se plantó ante la puerta de la trascocina en siete pasos. El pomo giró en su mano, pero la puerta no se abrió. Algo bloqueaba el paso.

– ¡Havers! -gritó, cada vez más angustiado por la ausencia de respuesta-. ¡Havers, maldita sea!

Entonces oyó que bajaba como un rayo por la escalera posterior, oyó que se detenía, oyó su grito de incredulidad, oyó el extraño sonido del agua, como un niño que chapoteara en un charco. Transcurrieron segundos preciosos. Y entonces oyó la voz de Havers, como quien traga una dosis de jarabe amargo que pensaba eludir.

– ¡Gowan! ¡Demonios! -¡Havers, por el amor de Dios…! Algo fue arrastrado y la puerta se abrió unos centímetros. Lynley se zambulló en el calor, en el vapor y en el corazón de la maldad.

Gowan, la espalda teñida y manchada de color carmesí, había quedado tendido de bruces sobre el último peldaño de la trascocina, tal vez en un esfuerzo por escapar de la habitación y del agua hirviente que brotaba de la caldera y se mezclaba con la derramada en el suelo. Formaba una capa de varios centímetros de profundidad, y Havers avanzó chapoteando en busca de la válvula de emergencia que cortaría la inundación. Cuando la encontró, la habitación se sumió en un pavoroso silencio que rompió la voz de la cocinera desde el otro lado de la puerta.

– ¿Está ahí Gowan? ¿Está ahí el chico? -Y estalló en sollozos que retumbaron como un instrumento musical contra las paredes de la cocina.

Otro sonido vibró en el aire caliente cuando por fin se calló. Gowan respiraba. Estaba vivo.

Lynley volvió al muchacho hacia él. Su cara y su cuello eran una masa rojiza y arrugada de carne hervida. La camisa y los pantalones se habían fundido con su cuerpo.

– ¡Gowan! -gritó Lynley-. ¡Havers, llame a una ambulancia! ¡Busque a St. James! -Ella no se movió-. ¡Maldita sea, Havers! ¡Haga lo que le digo!

Pero su vista estaba clavada en la cara del muchacho. Lynley vio que los ojos de Gowan empezaban a vidriarse y comprendió lo que significaba.

– ¡Gowan! ¡No!

Por un momento pareció que Gowan intentaba desesperadamente responder al grito, aceptar la llamada que le rescataba de la oscuridad. Tomó aliento con un estertor ahogado.

– No… vi…

– ¿Qué? -le instó Lynley-. ¿No viste qué?

Havers se inclinó hacia adelante.

– ¿A quién? Gowan, ¿a quién?

Los ojos del muchacho la buscaron con un enorme esfuerzo, pero no dijo nada más. Su cuerpo se estremeció y después se quedó inmóvil.

Lynley se dio cuenta de que había aferrado la camisa de Gowan en un frenético intento de infundir vida a su cuerpo torturado. Le soltó, dejando que el cadáver descansara sobre el peldaño, y experimentó una monstruosa sensación de ultraje. Empezó como un aullido que se enroscó en el interior de sus músculos, tejidos y órganos, clamando por salir. Pensó en la vida destruida, en las generaciones de vida arrebatadas sin piedad, en el muchacho que había hecho… ¿qué? ¿Qué crimen, qué observación casual, qué conocimiento había pagado?

Le quemaban los ojos y su corazón latía violentamente, y durante un momento prefirió ignorar que la sargento Havers le estaba hablando. Su voz se quebró de dolor.

– ¡Se sacó ese maldito trasto! ¡Dios mío, inspector, debió sacárselo él mismo!

Lynley vio que se había acercado a la caldera. Estaba arrodillada en el suelo, indiferente al agua, con un trozo de toalla en la mano. Lo utilizó para levantar algo del charco y Lynley observó que era un cuchillo de cocina, el mismo cuchillo que había visto en las manos de la cocinera de Westerbrae tan sólo unas pocas horas antes.

Capítulo 8

Como no había suficiente espacio en la trascocina, el inspector Macaskin se dedicó a pasear por la cocina. Recorrió con la mano izquierda la mesa que ocupaba el centro de la estancia; se mordía los dedos de la derecha con maligna concentración. Sus ojos se trasladaron desde las ventanas que reflejaban su propia imagen hasta la puerta cerrada que conducía al comedor, desde donde oía el llanto ingobernable de una mujer y la voz encolerizada de un hombre. Los padres de Gowan Kilbride, llegados de Hillview Farm, se hallaban reunidos con Lynley y descargaban sobre él sin piedad la furia de su dolor. En el piso superior, encerrados de nuevo bajo llave, los sospechosos esperaban a que la policía les llamase. «De nuevo», pensó Macaskin. Se maldijo en voz alta, atormentado por la convicción de que Gowan Kilbride seguiría vivo si no hubiera insinuado que les dejaran salir de la biblioteca para cenar.

Macaskin giró sobre sus talones cuando la puerta de la trascocina se abrió y St. James salió, acompañado del médico forense de Strathclyde. Corrió a su encuentro. Detrás de ellos, vio que dos técnicos continuaban trabajando en la pequeña habitación, haciendo lo que podían para recoger las pruebas que no habían sido destruidas por el agua y el vapor.

– Hasta que se haya efectuado una autopsia completa, me inclino por la rama derecha de la arteria pulmonar -murmuró el médico a Macaskin. Se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo de la chaqueta.

Macaskin le dirigió una mirada interrogativa a St. James.

– Es posible que se trate del mismo asesino -dijo St. James, asintiendo con la cabeza-. Con la mano derecha. Una puñalada.

– ¿Hombre o mujer?

– Yo diría que un hombre, pero no descartaría la posibilidad de que sea una mujer.

– En todo caso, sea quien fuere posee una fuerza considerable.

– O experimenta potentes descargas de adrenalina. Podría haberlo hecho una mujer motivada.

– ¿Motivada?

– Rabia ciega, pánico, miedo.

Macaskin se mordió con demasiada violencia un dedo, y el sabor de la sangre acudió a sus labios.

– ¿Pero quién? ¿Quién? -preguntó inútilmente.

Cuando Lynley abrió la puerta de la habitación de Robert Gabriel, encontró al hombre sentado como un prisionero solitario en su celda. Había escogido la silla más incómoda del cuarto, y se hallaba inclinado, los brazos apoyados sobre las piernas y las manos bien manicuradas colgando.

Lynley había visto a Gabriel en escena, y recordaba con especial admiración su interpretación de Hamlet cuatro temporadas atrás, pero el hombre que tenía delante era muy diferente del actor que había subyugado al público con la psique torturada de un príncipe danés. A pesar de que no rebasaba en mucho los cuarenta, el aspecto de Gabriel empezaba a deteriorarse. Tenía bolsas bajo los ojos y una capa de grasa permanente se había establecido alrededor de su cintura. Llevaba el pelo bien cortado y peinado, pero la laca que lo moldeaba al estilo moderno no conseguía disimular que raleaba; parecía artificial, como si acentuara el color con algún producto. Sobre su coronilla empezaba a formarse una pequeña pero creciente tonsura. Vestido a la moda juvenil, Gabriel se decantaba por camisas y pantalones de un color y textura que parecían más apropiados para pasar un verano en Miami que un invierno en Escocia. Existían contradicciones, síntomas de inestabilidad en un hombre del que cabía esperar confianza en sí mismo y serenidad.

Lynley indicó con un gesto de la cabeza a Havers que se acomodara en una segunda silla, en tanto él permanecía de pie. Eligió un punto cercano a una hermosa cómoda de madera dura, desde el que podía observar a sus anchas el rostro de Gabriel.

– Hábleme de Gowan -dijo.

La sargento pasó las páginas de su bloc.

– Siempre pensé que mi madre hablaba como la policía -fue la cansada respuesta de Gabriel-. Veo que estaba en lo cierto -se frotó la nuca como para desentumecerla, se enderezó en la silla y tomó el reloj despertador de la mesilla de noche.

»Me lo regaló mi hijo. Fíjense en este objeto absurdo. Ni siquiera marca ya la hora exacta, pero no he sido capaz de tirarlo a la basura. Es lo que yo llamo devoción paternal. Mamá diría que es complejo de culpa.

– Tuvieron una discusión en la biblioteca a última hora de la tarde.

– Es cierto -rió despectivamente Gabriel-. Según parece, Gowan creía que me había dedicado a saborear un par de buenas cualidades de Mary Agnes. No le gustó nada.

– ¿Lo hizo usted?

– Por Dios, ahora me recuerda a mi ex esposa.

– Vaya. Sin embargo, no ha respondido a mi pregunta.

– Hablé con la chica -le replicó Gabriel-. Eso es todo.

– ¿Cuándo?

– No lo sé. Ayer, en algún momento. Al poco de llegar. Yo estaba deshaciendo las maletas cuando llamó a la puerta, en teoría para entregarme toallas limpias que no necesitaba. Se quedó a charlar el rato suficiente para descubrir si yo conocía a alguno de los actores que se disputan encarnizadamente el primer puesto de su lista de maridos idóneos. -Gabriel aguardó con aire beligerante, pero continuó al no producirse una nueva pregunta-. ¡Está bien, está bien! Puede que la haya sobado un poco, es probable que la besara. No lo sé. -¿Puede que la haya sobado? ¿No sabe si la besó? -No le prestaba atención, inspector. Ignoraba que debería dar cuenta de todos mis segundos a la policía de Londres.

– Habla como si sobar y besar fueran actos reflejos -señaló Lynley con impasible cortesía-. ¿Qué necesita para recordar su comportamiento? ¿Seducción completa, intento de violación?

– ¡Está bien! ¡Ella se moría de ganas! Pero no maté al chico después.

– ¿Después de qué?

Gabriel tuvo la lucidez de parecer, al menos, inquieto.

– Dios mío, sólo la magreé. Quizá le metí la mano debajo de la falda, pero no me la llevé a la cama.

– Entonces no, al menos.

– ¡De ninguna manera! ¡Pregúnteselo a ella! Le dirá lo mismo que yo -se apretó los dedos contra las sienes, buscando alivio al dolor. Su cara, contusionada tras la escaramuza con Gowan, reflejaba agotamiento-. Escuche, no sabía que Gowan tenía el ojo puesto en la chica. Ni siquiera le había visto. No sabía que existía. En lo que a mí concierne, podía quedarse con la chica. Por Dios, si ni siquiera protestó. Le hubiera resultado difícil, porque estaba haciendo todo lo posible por disfrutar.

Un cierto orgullo, el que suelen exhibir los hombres aficionados a comentar sus conquistas sexuales, vibraba en la última frase del actor. Por pueril que la supuesta seducción parezca a los demás, el que habla siempre satisface algún deseo indefinido. Lynley se preguntó cuál era el de Gabriel.

– Hábleme de anoche -dijo.

– No tengo nada que decir. Tomé una copa en la biblioteca. Hablé con Irene. Después me fui a la cama.

– ¿Solo?

– Sí, aunque no lo crea. No me fui con Mary Agnes, ni con otra.

– Lo cual le deja sin coartada, ¿no?

– ¿Y para qué necesito yo una coartada, inspector? ¿Por qué querría asesinar a Joy? Está bien, tuve un lío con ella. Admito que mi matrimonio se fue a pique por su culpa, pero de haber querido matarla, lo hubiera hecho el año pasado, cuando Irene se enteró y pidió el divorcio. ¿Por qué esperar hasta ahora?

– Joy no quiso colaborar en el plan que usted tenía, el plan para reconciliarse con su esposa, ¿verdad? Quizá sabía que Irene volvería con usted si Joy le decía que sólo se habían acostado una vez. Sólo una vez, no incesantemente durante un año. Pero Joy no tenía la menor intención de mentir en su beneficio.

– ¿Y la maté por eso? ¿Cuándo? ¿Cómo? Todo el mundo en esta casa sabía que su puerta estaba cerrada con llave. ¿Qué hice, pues? ¿Esconderme en su armario y esperar a que se durmiera o, mejor aún, entrar y salir de puntillas por la habitación de Helen Clyde, confiando en que no se diera cuenta?

Lynley se negó a dejarse arrastrar hacia una discusión a gritos.

– Esta noche, cuando salió de la biblioteca, ¿adonde fue?

– Vine aquí.

– ¿Inmediatamente?

– Por supuesto. Quería ducharme. Me sentía fatal.

– ¿Qué escaleras utilizó?

– ¿Qué quiere decir? -Gabriel parpadeó-. ¿Qué otras escaleras hay? Utilicé las del vestíbulo.

– ¿No utilizó las que hay al lado mismo de esta habitación? ¿Las escaleras posteriores que conducen a la trascocina?

– No tenía ni idea de que existieran. No suelo merodear por las casas buscando rutas secundarias de acceso a mí cuarto, inspector.

Su respuesta era muy inteligente, e imposible de verificar si nadie le había visto en la trascocina o la cocina durante las últimas veinticuatro horas. Aunque, sin duda, Mary Agnes había utilizado las escaleras cuando trabajaba en esta planta. Y el hombre no era sordo, ni tampoco las paredes eran tan espesas como para ahogar las pisadas.

Lynley tuvo la impresión de que Robert Gabriel había cometido su primera equivocación. Reflexionó, preguntándose qué otras mentiras habría dicho.

El inspector Macaskin asomó la cabeza por la puerta. Su expresión era tranquila, pero las cuatro palabras que pronunció contenían una nota de triunfo.

– Hemos encontrado las perlas. Esa Gerrard las tuvo todo el tiempo -explicó Macaskin-. Se las entregó a mis hombres sin rechistar en cuanto entraron a registrar la habitación. La he llevado a la sala de estar.

En algún momento posterior a su encuentro precedente, Francesca Gerrard había decidido ataviarse con una escalofriante colección de bisutería. Siete collares de cuentas, cuyos colores variaban desde el marfil al ónice, hacían compañía a los de color castaño rojizo, y lucía una serie de brazaletes metálicos que, al moverse, sonaban como si fuera encadenada. Pendientes de plástico en forma de disco, a rayas de un púrpura y negro violentos, colgaban de sus orejas. Con todo, la chillona exhibición no parecía producto de la excentricidad o el despiste, sino que sustituían de manera harto discutible a las cenizas que las mujeres de otros tiempos derramaban sobre sus cabezas al morir alguien.

Era evidente que Francesca Gerrard estaba sufriendo. Sollozaba, balanceándose lentamente de un lado a otro, sentada ante una mesa en el centro de la estancia, con un brazo apretado contra la cintura y un puño cerrado entre las cejas. Las lágrimas no eran fingidas. Lynley había visto bastantes padecimientos, y sabía cuándo se enfrentaba a uno auténtico.

– Tráigale algo -indicó a Havers-. Whisky, coñac, jerez, cualquier cosa. Lo encontrará en la biblioteca.

Havers obedeció y volvió un momento después con una botella y varios vasos. Vertió un poco de whisky en uno de ellos. Su aroma vibró en el aire como un sonido.

Havers, con una delicadeza inusual en ella, puso el vaso en la mano de Francesca.

– Beba un poco, por favor. Sólo para serenarse.

– ¡No puedo, no puedo! -sin embargo, dejó que la sargento Havers subiera el vaso hasta sus labios. Tragó con una mueca, tosió, y volvió a beber-. Él era… -dijo entrecortadamente-. Me gustaba fingir que era mi hijo. No he tenido hijos. Gowan… Ha muerto por mi culpa. Le pedí que trabajara para mí. Él no quería. Quería ir a Londres. Quería ser como James Bond. Tenía sus sueños. Y ahora está muerto, y yo soy la culpable.

Los que se encontraban en la habitación, como temerosos de hacer un movimiento brusco, se sentaron subrepticiamente: Havers y Lynley ante la mesa. St. James y Macaskin fuera del ángulo visual de Francesca.

– La culpabilidad va unida a la muerte -dijo Lynley en voz baja-. Yo soy tan responsable de lo sucedido a Gowan como el que más. Y no pienso olvidarlo.

Francesca levantó la vista, sorprendida. No esperaba semejante admisión por parte de la policía.

– Siento que he perdido una parte de mí. Es como si… No, no sé explicarlo -su voz se quebró en un sollozo y de repente enmudeció.

«La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad.» [11] Lynley lo comprendía mucho mejor que Francesca Gerrard, pues durante años se había expuesto a las formas más variadas y horribles de la muerte.

– Descubrirá que, en un caso como éste, la pena se entierra cuando se hace justicia. Enseguida no, por supuesto, pero en su momento sí.

– Y usted me necesita para eso. Sí, lo comprendo -se enderezó, sacó un arrugado pañuelo de papel del bolsillo, se sonó la nariz y tomó un vacilante sorbo de whisky. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez. Un reguero bajó por sus mejillas hasta los labios.

– ¿Cómo es que el collar estaba en su habitación? -preguntó Lynley.

La sargento Havers empuñó el lápiz.

Francesca titubeó. Entreabrió la boca en dos ocasiones antes de reunir fuerzas para hablar.

– Lo recuperé anoche. Me habría gustado decírselo antes, en el salón. Quería hacerlo, pero cuando Elizabeth y el señor Vinney empezaron a… No supe qué hacer. Todo sucedió con tal celeridad… Y entonces Gowan… -El nombre la hizo vacilar, como un corredor que tropieza y no consigue recuperar el equilibrio.

– Sí, ya sé. ¿Fue a la habitación de Joy para recuperar el collar o se lo trajo ella?

– Fui a su habitación. Estaba en la cómoda, al lado de la puerta. Supongo que me arrepentí de habérselo dado.

– ¿Lo recuperó sin más? ¿No hubo discusiones?

Francesca movió la cabeza.

– Imposible. Estaba dormida.

– ¿La vio? ¿Entró en su habitación? ¿Estaba la puerta cerrada sin llave?

– No. Fui sin mis llaves porque pensé que no estaría cerrada. Todo el mundo se conocía, a fin de cuentas. No había razón para cerrar las puertas con llave, pero la suya lo estaba, y volví a la oficina a buscar las llaves maestras.

– ¿No estaba la llave metida por el otro lado de la cerradura?

– No… -Francesca arrugó el entrecejo-. Imposible, porque no habría podido abrir con la mía.

– Cuéntenos exactamente lo que usted hizo, señora Gerrard.

Francesca no se hizo de rogar y describió la ruta desde su dormitorio al de Joy, donde descubrió que la puerta estaba cerrada con llave; desde el cuarto de Joy al suyo, donde tomó de la cómoda la llave del escritorio; desde su habitación a la oficina, donde tomó las llaves maestras del cajón inferior del escritorio; de su oficina al cuarto de Joy, donde abrió la puerta en silencio, vio el collar a la luz del pasillo, lo tomó y volvió a cerrar la puerta; del cuarto de Joy a su oficina, para devolver las llaves; y de su oficina a su habitación, donde colocó de nuevo el collar en el joyero.

– ¿Qué hora era? -preguntó Lynley.

– Las tres y cuarto.

– ¿En punto?

Asintió con la cabeza y prosiguió sus explicaciones.

– No sé si alguna vez se ha dejado llevar por un impulso del que después se ha arrepentido, inspector, pero yo me arrepentí de separarme de las perlas en cuanto Elizabeth se las llevó a Joy. Me tendí en la cama, intentando decidir qué hacer. No quería pelearme con Joy, no quería agobiar a mi hermano con otra carga. Así que… Bien, supongo que las robé, ¿no? Y sé que eran las tres y cuarto porque estaba en la cama despierta y mirando el reloj; ésa era la hora que señalaba cuando por fin decidí hacer algo para recobrar mi collar.

– Ha dicho que Joy estaba dormida. ¿La vio? ¿La oyó respirar?

– La habitación se hallaba completamente a oscuras. Yo… debí suponer que estaba dormida. No se movió ni habló. Ella… -sus ojos se abrieron de par en par-. ¿Quiere decir que ya estaba muerta?

– ¿La vio en la habitación?

– ¿Quiere decir en la cama? No, la cama no se veía. La puerta se interponía y sólo la abrí unos centímetros. Pensé, por supuesto…

– ¿Estaba cerrado con llave el escritorio?

– Oh, sí. Siempre lo está.

– ¿Quién tiene llaves del mueble?

– Yo tengo una, y Mary Agnes la otra.

– ¿Es posible que alguien la viera yendo de su habitación a la de Joy, a la oficina, o durante cualquiera de los dos trayectos?

– No vi a nadie, aunque supongo… -meneó la cabeza-. No lo sé.

– Pero debió de pasar por delante de varias habitaciones durante esos trayectos, ¿no?

– Claro, alguien hubiera podido verme en el corredor principal de haber estado allí, pero me hubiera dado cuenta, o habría oído una puerta al abrirse.

Lynley fue a reunirse con Macaskin, que ya se había levantado y examinaba el plano, desplegado sobre la mesa desde el interrogatorio de David Sydeham. Además de las habitaciones de lady Helen y Joy Sinclair, otras cuatro daban al pasillo principal: la de Joanna Ellacourt y David Sydeham, la de lord Stinhurst y su esposa, la que Rhys Davies-Jones no había utilizado y la de Irene Sinclair, en la confluencia del pasillo principal con el ala oeste de la casa.

– Creo que ésa nos dice la verdad -murmuró Macaskin a Lynley mientras estudiaban el plano-. Habría oído o visto algo, habría advertido que alguien la espiaba.

– Señora Gerrard -preguntó Lynley sin volverse-. ¿Está absolutamente segura de que anoche la habitación de Joy Sinclair estaba cerrada con llave?

– Por supuesto. Pensé en enviarle una nota con el té de esta mañana, diciéndole que me devolviera el collar. Quizá debería haberlo hecho. Pero…

– ¿Y devolvió sus llaves al escritorio?

– Sí. ¿Por qué sigue haciéndome preguntas sobre la puerta?

– ¿Volvió a cerrar el escritorio?

– Sí, sé que lo hice. Siempre lo hago.

Lynley dio la espalda a la mesa, sin alejarse de ella, los ojos fijos en Francesca.

– ¿Puede decirme por qué le tocó a Helen Clyde la habitación contigua a la de Joy Sinclair? ¿Fue pura coincidencia?

La mano de Francesca ascendió hasta sus cuentas, un movimiento automático que acompañaba sus pensamientos.

– ¿Helen Clyde? -repitió-. ¿No fue Stuart quien sugirió…? No, no fue así, ¿verdad? Mary Agnes atendió la llamada de Londres. Lo recuerdo porque la ortografía de Mary es un poco fonética, y el nombre que había escrito me resultaba desconocido. Me vi obligada a pedirle que me lo dijera.

– ¿El nombre?

– Sí. Ella había escrito «Joyce Encare», que carecía de sentido hasta que lo dijo de viva voz: «Joy Sinclair.»

– ¿Joy le telefoneó?

– Sí, y yo le devolví la llamada. Eso fue… Debió de ser el lunes por la noche. Me pidió que pusiera a Helen Clyde en la habitación contigua a la suya.

– ¿Joy le pidió eso? ¿Se refirió a Helen por su nombre?

Francesca vaciló. Bajó los ojos hacia el plano de la casa y después los clavó en Lynley.

– No, por el nombre no. Sólo dijo que su primo traía una invitada y si podía darle a esa invitada la habitación contigua a la suya. Supuse que debía de estar enterada… -enmudeció cuando Lynley se apartó de la mesa.

El detective miró sucesivamente a Macaskin, Havers y St. James. No tenía sentido continuar retrasando el momento.

– Veré a Davies-Jones ahora -dijo Lynley.

Rhys Davies-Jones no dio muestras de arredrarse ante la presencia de la policía, a pesar de que el agente Lonan le había seguido como una mala reputación desde su habitación a la sala de estar, sin perderle de vista ni un solo momento. El gales evaluó a St. James, Macaskin, Lynley y Havers con una mirada directa, la mirada premeditada de un hombre empeñado en demostrar que no tenía nada que ocultar. «Un caballo oscuro del que nunca se había sospechado…» Lynley le indicó con un gesto de la cabeza que se sentara a la mesa.

– Hábleme de anoche -dijo.

La única reacción visible de Davies-Jones fue apartar la botella de su ángulo de visión. Recorrió con la punta de los dedos un paquete de Players que había sacado del bolsillo de la chaqueta, pero no encendió ninguno.

– ¿Sobre qué, exactamente?

– Sobre sus huellas dactilares en la llave de la puerta que comunicaba las habitaciones de Helen y Joy, sobre el coñac que le llevó a Helen, sobre dónde estuvo hasta la una de la mañana, cuando se presentó en el cuarto de Helen.

Davies-Jones no reaccionó ni ante las palabras ni ante la corriente de hostilidad que se adivinaba tras ellas. Respondió con toda franqueza.

– Le llevé coñac porque quería verla, inspector. Fue una estupidez, una triquiñuela de adolescente para quedarme en su habitación unos minutos.

– Tengo entendido que le salió muy bien.

Davies-Jones no respondió. Lynley comprendió que tenía la intención de hablar lo menos posible. Y se sintió igualmente decidido a arrancarle hasta el último átomo de verdad.

– ¿Por qué estaban sus huellas dactilares en la llave?

– Cerré con llave la puerta, ambas puertas para ser exacto. Deseaba intimidad.

– ¿Entró en su habitación con una botella de coñac y cerró las dos puertas? Una confesión flagrante de sus intenciones, ¿no es cierto?

El cuerpo de Davies-Jones se tensó por una fracción de segundo.

– No fue así como ocurrió.

– En ese caso, dígame cómo ocurrió.

– Hablamos durante un rato de la lectura. Se suponía que la obra de Joy me iba a devolver al teatro londinense después de mí… problema, de modo que estaba bastante disgustado por el giro que habían dado las cosas. Tenía muy claro que mi prima no nos había reunido aquí para dar el visto bueno a las revisiones de Su obra, sino para algo muy distinto. Ser utilizado como un peón en una especie de venganza que Joy tramaba contra Stinhurst me enfureció. Así que Helen y yo intercambiamos opiniones. Sobre la lectura. Sobre lo que yo iba a hacer de ahí en adelante. Después, cuando iba. a marcharme, Helen me pidió que pasara la noche con ella. Por eso cerré las puertas con llave. -Davies-Jones miró sin vacilar a los ojos de Lynley. Una leve sonrisa distendió sus labios-. No esperaba que hubiera ocurrido así, ¿verdad, inspector?

Lynley no respondió. Acercó la botella de whisky, quitó el tapón y se sirvió un poco. El licor ejerció un efecto beneficioso en su cuerpo. Dejó a propósito el vaso sin vaciar sobre la mesa, entre ellos. Davies-Jones apartó la vista, pero Lynley no dejó de observar los tensos movimientos de la cabeza y el cuello, que revelaban su ansia.

– Tengo entendido que desapareció justo después de la lectura, y que no volvió a aparecer hasta la una de la mañana. ¿Qué hizo durante ese rato? ¿Fueron noventa minutos, casi dos horas?

– Fui a dar un paseo -contestó Davies-Jones.

Si hubiera respondido que había ido a nadar al lago, Lynley no se habría mostrado más sorprendido.

– ¿Bajo una tormenta de nieve? ¿Fue a pasear estando a Dios sabe cuántos grados bajo cero?

– Considero que un paseo es un excelente sustituto de la botella, inspector -se limitó a decir Davies-Jones-. Anoche hubiera preferido la botella, con toda franqueza, pero un paseo me pareció una alternativa más inteligente.

– ¿Adonde fue?

– Por la carretera de Hillview Farm.

– ¿Vio a alguien? ¿Habló con alguien?

– No; de manera que nadie puede confirmar mis dichos. Lo comprendo muy bien. Sin embargo, eso es lo que hice.

– Por tanto, también comprenderá que, desde mi punto de vista, pudo utilizar el tiempo de muchas otras formas.

Davies-Jones mordió el cebo.

– ¿Como cuáles?

– Como apoderarse de lo que necesitaba para asesinar a su prima.

– Sí, supongo que pude hacerlo -sonrió desdeñosamente el escocés-. Bajo por la escalera trasera, atravieso la trascocina y la cocina, penetro en el comedor y tomo la daga sin que nadie me vea. El guante de Sydeham representa un problema, pero no dudo de que usted me explicará cómo me las arreglé para tomarlo sin que él se diera cuenta.

– Da la impresión de que conoce bastante bien la disposición de la casa -señaló Lynley.

– Así es. Dediqué las primeras horas de la tarde a examinarla. Me interesa la arquitectura, pero no lo considero un delito.

Lynley dio vueltas al vaso de whisky con aire pensativo.

– ¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?

– Yo diría que eso no es de su incumbencia, inspector.

– Todo lo relacionado con este caso es de mi incumbencia. ¿Cuánto tiempo pasó en el hospital a causa de su problema alcohólico?

– Cuatro meses -respondió Rhys, impávido.

– ¿Era un hospital privado?

– Sí.

– Debió de costarle mucho dinero.

– ¿Qué quiere decir, que apuñalé a mi prima para costearme las facturas con su dinero?

– ¿Joy tenía dinero?

– Claro que tenía dinero. Mucho dinero. Y ya puede estar tranquilo, porque no me ha legado nada.

– ¿Conocía, pues, los términos del testamento? La presión, la cercanía del alcohol y la encerrona a la que había sido arrastrado le hicieron reaccionar.

– ¡Sí, maldita sea! Ha dejado hasta la última libra a Irene y sus hijos. Eso no es lo que quería escuchar, ¿verdad, inspector? -aplastó con rabia el cigarrillo en el cenicero.

Lynley aprovechó la oportunidad que le ofrecía la cólera del hombre.

– El lunes pasado, Joy le pidió a Francesca Gerrafd que le diera a Helen Clyde la habitación contigua a la suya. ¿Sabe algo de eso?

– Que Helen… -Davies-Jones alargó la mano hacia sus cigarrillos, pero luego los apartó-. No. No se lo puedo explicar.

– ¿Puede explicarme cómo supo que Helen vendría, con usted este fin de semana?

– Debí decírselo. Es probable que lo hiciera.

– ¿Insinuó que le gustaría conocer a Helen? Un buen método sería pidiendo que las pusieran en habitaciones contiguas, ¿no?

– ¿Como colegialas? Una treta bastante burda para preparar un crimen, ¿no cree?

– Estoy ansioso por oír sus explicaciones.

– No se me ocurre ninguna, inspector. Pero yo diría que a Joy le interesaba Helen como amortiguador; alguien sin un interés específico en la producción, alguien que no iba a llamar a su puerta para hablar de los cambios en el argumento y la puesta en escena. Los actores son así. No le conceden un momento de respiro al autor.

– Por tanto, usted le habló de Helen. Usted le planteó la idea.

– No hice nada por el estilo. Me ha pedido una explicación. No puedo darle una mejor.

– Sí, por supuesto, excepto que no concuerda con el hecho de que la otra habitación contigua a la de Joy estaba ocupada por Joanna Ellacourt, que no era, precisamente, un amortiguador. ¿Cómo lo explica?

– Me es imposible. No tengo la menor idea de lo que Joy tramaba. Quizá ni ella misma lo sabía. Quizá no signifique nada y usted vaya buscando significados por todas partes.

Lynley asintió con la cabeza, indiferente a la colérica implicación.

– ¿Adonde fue esta noche cuando todo el mundo salió de la biblioteca?

– A mi habitación.

– ¿Qué hizo?

– Me duché y me cambié.

– ¿Y después?

Los ojos de Davies-Jones se desviaron hacia la botella de whisky. No se oía nada, salvo el ruido producido por uno de los ocupantes de la habitación. Era Macaskin, que sacaba un paquete de chicles del bolsillo.

– Fui a la habitación de Helen.

– ¿Otra vez?

– ¿Qué diablos insinúa? -Davies-Jones alzó la cabeza con brusquedad.

– Me parece que está bastante claro. Esa chica le ha proporcionado varias coartadas excelentes, ¿no? Primero anoche, y ahora también.

Davies-Jones le miró con incredulidad antes de estallar en carcajadas.

– Dios mío, es increíble. ¿Cree que Helen es imbécil? ¿Cree que es tan ingenua como para hacer eso por un hombre, no una vez sino dos? ¿En veinticuatro horas? ¿Por qué clase de mujer la toma?

– Sé perfectamente la clase de mujer que es Helen -respondió Lynley-. Absolutamente vulnerable a un hombre que proclama una debilidad que tan sólo ella puede curar. Utilizó ese truco, ¿verdad?, y se la llevó a la cama. Si ahora la hago bajar, descubriré sin lugar a dudas que lo de esta tarde ha sido otra variación sobre el emotivo tema de anoche.

– Y usted no puede soportar ese pensamiento, ¿verdad? Está tan enfermo de celos que dejó de ser objetivo en cuanto supo que me había acostado con ella. Enfréntese a los hechos, inspector, no los manipule para colgarme el muerto, puesto que tiene demasiado miedo para plantarme cara de otra forma.

Lynley se revolvió en su silla, pero Macaskin y Havers se levantaron al instante, consiguiendo que recuperase la cordura.

– Sacadle de aquí -dijo.

Barbara Havers esperó a que Macaskin condujera a Davies-Jones fuera de la habitación. Cuando estuvo segura de que se hallaban en completa intimidad, dirigió una larga y suplicante mirada a St. James. Éste se sentó con ellos a la mesa; Lynley había sacado sus gafas de leer y examinaba las notas de Barbara. Los vasos, los platos de comida a medio consumir, los ceniceros rebosantes y los cuadernos de notas diseminados proporcionaban a la estancia un aspecto de frenética actividad. El aire olía como si una infección lo habitase.

– Señor.

Lynley levantó la cabeza y Barbara vio con pena que parecía exhausto, exprimido por un rodillo de su propia invención.

– Echemos un vistazo a lo que tenemos -sugirió ella.

Lynley miró por encima de las gafas a Barbara, y después a St. James.

– Tenemos una puerta cerrada con llave -respondió con tono sereno-. Tenemos a Francesca Gerrard cerrándola con la única llave disponible, sin contar la que hay dentro de la habitación, sobre el tocador. Tenemos a un hombre en la habitación de al lado que puede entrar con toda facilidad. Ahora vamos a buscar un móvil.

«No», pensó Barbara débilmente. Habló con voz serena e imparcial.

– Ha de admitir que Helen y Joy fueron a parar a cuartos contiguos por casualidad. Ese hombre no pudo saberlo de antemano.

– ¿No? ¿Un hombre con un interés declarado por la arquitectura? Hay casas con habitaciones adyacentes esparcidas por todo el país. No es preciso un título universitario para adivinar que aquí había dos. O que Joy, después de pedir específicamente una habitación cerca de Helen, sería instalada en una de ellas. Imagino que nadie más telefoneó a Francesca Gerrard con peticiones de esa naturaleza.

– Tal como están las cosas por ahora, inspector -insistió Barbara-. La propia Francesca pudo asesinar a Joy. Estuvo en su habitación. Lo ha admitido. También pudo darle la llave a su hermano y dejar que él hiciera el trabajo.

– No hay manera de quitarle de la cabeza a lord Stinhurst, ¿verdad?

– No, no es eso.

– Ya que insiste en Stinhurst, ¿qué me dice de la muerte de Gowan? ¿Por qué le asesinó Stinhurst?

– No estoy afirmando que sea Stinhurst, señor -dijo Barbara, intentando contener la impaciencia, los nervios y su necesidad de proclamar a gritos el móvil de Stinhurst hasta que Lynley se viera obligado a aceptarlo-. En cuanto a eso, también pudo hacerlo Irene Sinclair, o Sydeham y la Ellacourt, puesto que ambos estuvieron solos. O Jeremy Vinney. Joy estuvo en su habitación un rato antes. Elizabeth nos lo dijo. Por lo que sabemos hasta el momento, deseaba a Joy, fue rechazado de plano, fue a su habitación y la mató en un acceso de ira.

– ¿Y cómo cerró la puerta con llave cuando salió?

– No lo sé. Quizá salió por la ventana.

– ¿En plena tormenta, Havers? Todavía lo está poniendo más difícil que yo -Lynley dejó caer las notas de Havers sobre la mesa, se quitó las gafas y se frotó los ojos.

– Sé que Davies-Jones pudo entrar, inspector. También sé que tuvo la oportunidad. Sin embargo, la obra de Joy Sinclair iba a resucitar su carrera, ¿no? El que Stinhurst retirase su apoyo a la obra no significaba para él que la obra no fuera a representarse. Podía financiarla otra persona. Por todo ello, tengo la impresión de que es la única persona de la casa con un motivo sólido para desear que la mujer siguiera viva.

– No -intervino St. James-. Hay otra, ya que habíamos de resucitar carreras agonizantes. Su hermana Irene.

– Me preguntaba cuánto tardaría en venir a verme.

Irene Sinclair se apartó de la puerta, caminó hacia su cama y se sentó, los hombros hundidos. En consonancia con lo avanzado de la hora se había cambiado para irse a dormir, y sus ropas, al igual que ella, eran comedidas: zapatillas de suela plana, bata de franela azul marino y, asomando por debajo, el cuello alto de un camisón blanco que se alzaba y descendía al compás de su respiración. Sin embargo, había algo extrañamente impersonal en dichas prendas. Eran útiles, sin duda, aunque se adherían con rigidez a una norma de recato asumido; eran frías hasta la exageración, como concebidas y moldeadas para mantener a raya la vida. Lynley se preguntó si la mujer rondaría alguna vez por la casa en téjanos y jersey viejos. Le pareció muy improbable.

El parecido con su hermana era notable. A pesar de que sólo había visto a Joy en fotografías tomadas después de muerta, Lynley reconoció en Irene los rasgos que había compartido con su hermana, rasgos inalterados por los cinco o seis años de edad que las separaban: pómulos salientes, frente amplia, mandíbula levemente cuadrada. Calculó que rebasaría apenas los cuarenta. Era una mujer escultural, con el tipo de cuerpo que las demás mujeres envidian y la mayoría de los hombres sueña con llevarse a la cama. Poseía un rostro digno de Medea y cabello negro que empezaba a encanecer en la parte izquierda de la frente. Cualquier mujer más insegura se lo habría teñido mucho tiempo antes. Lynley se preguntó si el pensamiento había cruzado por la mente de Irene. La observó en silencio. ¿Por qué demonios habría sentido Robert Gabriel la necesidad de descarriarse?

– Alguien le habrá dicho ya que mi hermana y mi marido tuvieron una aventura el año pasado, inspector -dijo la mujer en voz baja-. No es ningún secreto, de modo que no lamento su muerte como debería, como seguramente haré en algún momento. Ocurre que cuando dos personas a las que quieres destrozan tu vida, es difícil perdonar y olvidar. Joy no necesitaba a Robert. Yo sí. Me lo arrebató. Y todavía me duele cuando lo pienso, incluso ahora.

– ¿Había terminado esa aventura? -le preguntó Lynley.

Irene desvió su atención del lápiz de Havers y la dirigió hacia el suelo.

– Sí -la palabra poseía el aroma característico de una mentira, y prosiguió enseguida, como para ocultar el hecho-. Supe incluso cuándo empezó. Una de esas cenas en que la gente bebe demasiado y dice cosas que, de otra forma, no diría. Aquella noche, Joy declaró a los cuatro vientos que nunca había tenido a un hombre capaz de satisfacerla con un solo polvo. Estaba claro que Robert se lo iba a tomar como un desafío personal a resolver lo antes posible. A veces, lo que más me duele es que Joy no amaba a Robert. Nunca quiso a nadie después de que Alee Rintoul muriera.

– Rintoul se ha convertido en un tema recurrente esta noche. ¿Llegaron a estar comprometidos?

– De manera informal. La muerte de Alee cambió a Joy.

– ¿En qué forma?

– ¿Cómo se lo podría explicar? Fue como una llamarada, una explosión de rabia. Fue como si Joy decidiera consagrarse a la venganza después de morir Alee. Pero no para darse satisfacción, sino para destruirse y arrastrarnos a cuantos pudiera en su locura. Una enfermedad se apoderó de ella. Iba de hombre en hombre, uno detrás de otro, inspector. Los devoraba, odiosa y rapazmente. Como si ninguno pudiera hacerle olvidar a Alee y les desafiara de uno en uno a intentarlo.

Lynley se acercó a la cama y depositó los objetos encontrados en el bolso de Joy sobre la colcha. Irene los examinó sin demostrar el menor interés.

– ¿Eran de ella? -preguntó.

Lynley le tendió primero la agenda de Joy. Irene no parecía muy dispuesta a tomarla, como si encerrara una información a la que no deseaba acceder. Pese a todo, identificó cuantas anotaciones pudo: citas con un editor en Upper Grosvenor Street, el cumpleaños de Sally, la hija de Irene, el plazo que se había impuesto Joy para terminar tres capítulos de un libro.

Lynley señaló el nombre escrito a lo largo de toda una semana: «P. Green.»

– ¿Alguien nuevo en su vida?

– ¿Peter, Paul, Philip? No lo sé, inspector. Quizá fuera a marcharse de fin de semana con alguien, pero no sabría decirle. No nos hablábamos muy a menudo. Y cuando lo hacíamos, era sobre todo de negocios. No creo que me hubiera revelado la existencia de un nuevo hombre en su vida, aunque no me sorprendería saber que lo había. Habría sido más que típico en ella. Se lo aseguro -Irene, afligida, tocó con la punta de los dedos algunos objetos: la cartera, la caja de cerillas, los chicles, las llaves. No añadió nada más.

Sin apartar la vista de ella, Lynley apretó el botón de la pequeña grabadora. Irene se encogió apenas al oír la voz de su hermana. El aparato fue desgranando alegres comentarios, exclamaciones vehementes, planes para el futuro. Mientras escuchaba de nuevo a Joy Sinclair, Lynley no pudo evitar el pensamiento de que no parecía una mujer obsesionada por destruir a nadie. A mitad de la cinta, Irene se cubrió los ojos con la mano y bajó la cabeza.

– ¿Le sugiere algo lo que ha oído? -le preguntó Lynley.

Irene sacudió la cabeza con énfasis; una segunda y patente mentira.

Lynley aguardó. Irene intentaba desembarazarse de él, replegándose sobre sí misma física y emocionalmente, consumiéndose mediante un deliberado acto de voluntad.

– No puede enterrarla así, Irene -dijo el detective en voz baja-. Sé que lo desea, y comprendo la razón, pero sabe que si lo intenta su recuerdo la torturará para siempre -vio que se apretaba la cabeza con los dedos-. No ha de perdonarle por lo que le hizo, pero tampoco llegue al extremo de hacer algo que nunca se pueda perdonar.

– No puedo ayudarle -replicó Irene con voz alterada-. No lamento la muerte de mi hermana. ¿Cómo puedo ayudarle, si ni siquiera puedo ayudarme a mí misma?

– Puede ayudar diciéndome algo sobre esta cinta.

Sin piedad, sin escrúpulos, odiándose por hacerlo al mismo tiempo que lo reconocía como parte de su deber, Lynley puso la cinta por segunda vez. Irene no dijo nada cuando terminó. Lynley rebobinó la cinta y la puso de nuevo. Y otra vez.

La voz de Joy alimentaba la impresión de que había una cuarta persona en la habitación. Instaba. Reía. Acosaba. Suplicaba. Y rompió la resistencia de su hermana cuando sus palabras grabadas repitieron por quinta vez: «Por el amor de Dios, que mamá no se vuelva a olvidar de Sally este año.»

Irene se apoderó de la grabadora, manipuló los botones con torpeza hasta conseguir pararla y la arrojó sobre la cama, como si tocarla le contaminara.

– ¡La única razón por la que mi madre se acordaba del cumpleaños de mi hija es porque Joy se lo recordaba! -gritó. El dolor se reflejaba en su rostro, pero tenía los ojos secos-. ¡Y aun así la odiaba! ¡Odiaba a mi hermana cada minuto y deseaba que muriera! ¡Pero así no! ¡Oh, Dios mío, así no! ¿Sabe lo que es desear sobre todas las cosas que una persona muera, y que de repente ocurra, como si una deidad burlona escuchara tus deseos y sólo concediera los más absurdos?

Santo Dios, el poder de unas simples palabras. Él lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Desde la oportuna muerte del amante de su madre en Cornualles, lo sabía de una forma que Irene Sinclair jamás confiaría en comprender.

– Da la impresión de que algo de lo que dice formara parte de una nueva obra. ¿Reconoce el lugar que describe? ¿La vegetación corrompida, el sonido de las ranas y las bombas de agua, la llanura?

– No.

– ¿Las circunstancias de la tormenta de invierno?

– ¡No!

– ¿El hombre que menciona, John Darrow?

El cabello de Irene describió un arco cuando apartó la cabeza.

– John Darrow -dijo Lynley, alertado por el brusco movimiento-. Ha reconocido el nombre.

– Joy habló de él anoche, durante la cena. Dijo algo acerca de invitar a cenar a un hombre melancólico llamado John Darrow.

– ¿Un nuevo romance?

– No, no lo creo. Alguien, creo que lady Stinhurst, le preguntó sobre su nuevo libro. Salió a relucir John Darrow. Joy reía como siempre, pormenorizando las dificultades que le planteaba el manuscrito; dijo que estaba intentando conseguir cierta información que necesitaba. Implicaba a ese John Darrow. Pienso que debe de estar relacionado con el libro.

– ¿El libro? ¿Se refiere a otra obra de teatro?

– ¿Obra? -el rostro de Irene se ensombreció-. No, lo ha entendido mal, inspector. Aparte de una primera pieza de hace seis años y la nueva obra para lord Stinhurst, mi hermana no escribía para el teatro. Escribía libros. Empezó como periodista, pero luego se dedicó al ensayo. Todos sus libros trataban sobre crímenes. Crímenes reales. Asesinatos, sobre todo. ¿No lo sabía?

«Asesinatos, sobre todo. Crímenes reales.» Por supuesto. Lynley se quedó mirando la pequeña grabadora, sin terminar de creerse que le hubieran ofrecido con tanta facilidad la pieza que faltaba al rompecabezas móvil medios oportunidad. Sin embargo, ya tenía lo que buscaba, lo que instintivamente sabía que encontraría. El móvil del asesinato. Todavía oscuro, a la espera de que los detalles le dieran una explicación coherente.

Y la conexión se hallaba también en la cinta, en las últimas palabras de Joy Sinclair: «¿Por qué no le pregunto a Rhys la mejor forma de abordarle? Sabe tratar a la gente.»

Lynley devolvió los objetos de Joy al bolso, sintiéndose más animado y, al mismo tiempo, encolerizado por lo que había ocurrido la noche anterior y por el precio que debería pagar para que la justicia se cumpliera.

Cuando Havers ya había salido al pasillo, las últimas palabras de Irene Sinclair le inmovilizaron en el umbral de la puerta. La mujer se encontraba de pie cerca de la cama, respaldada por el inofensivo papel pintado y rodeada por aquel dormitorio en que no faltaba el menor detalle. Una habitación confortable, que no la exponía a ningún riesgo, no lanzaba desafíos, no exigía nada. Parecía atrapada en su interior.

– En cuanto a esas cerillas, inspector -dijo-. Joy no fumaba.

Marguerite Rintoul, condesa de Stinhurst, apagó la luz del dormitorio. El gesto no nacía del deseo de dormir, pues sabía muy bien que el sueño le estaba negado. Era un último vestigio de vanidad femenina. La oscuridad ocultaba las arrugas que empezaban a socavar su piel. Gracias a ella se sentía protegida. Ya no era la matrona rechoncha de senos, en otro tiempo hermosos, que le caían casi hasta la cintura, de brillante cabello castaño producto de las manipulaciones y teñidos ejecutados por la mejor peluquera de Knightsbridge, de manos manicuradas que exhibían las manchas propias de la edad y ya no acariciaban absolutamente nada.

Dejó la novela sobre la mesilla de noche, de modo que la chillona portada se alineara con la delicada incrustación metálica embutida en la madera. Incluso en la oscuridad, el título del libro la miraba con lascivia: Salvaje pasión de verano. Tan patéticamente obvio, se dijo. Y también tan inútil.

Desvió la vista hacia el otro extremo de la habitación, donde su marido estaba sentado en un sillón de orejas junto a la ventana, absorto en la noche, en la débil luz de las estrellas que se filtraba a través de las nubes, en las amorfas sombras y formas que bailaban sobre la nieve. Lord Stinhurst estaba vestido, al igual que ella, sentada en la cama, apoyada contra la cabecera, cubiertas las piernas con una manta de lana. Se encontraba a menos de tres metros de él, pero les separaba un abismo de veinticinco años de secretos y silencios. Había llegado el momento de terminar con ello.

La sola idea de llevarlo a la práctica paralizaba a lady Stinhurst. Siempre pensaba en el aliento que aspiraba como el aliento que le permitiría por fin hablar, pero su educación, su pasado y su medio social conspiraban para estrangularla. Su forma de vivir no la había preparado para un sencillo acto de enfrentamiento.

Sabía que hablar ahora con su marido equivalía a arriesgarlo todo, a adentrarse en lo desconocido, a la posibilidad de estrellarse contra el muro insuperable de décadas de silencio. Por haber intentado antes tales vías de comunicación, sabía lo poco que cabía esperar de sus esfuerzos y el horrible peso que significaría su fracaso. Aun así, había sonado la hora.

Deslizó las piernas sobre el costado de la cama. Un mareo momentáneo le sorprendió al erguirse, pero pasó enseguida. Caminó poco a poco hacia la ventana, consciente de repente del frío que hacía en la habitación y de la desagradable tirantez de su estómago. Un sabor amargo le subió a la boca.

– Stuart -Lord Stinhurst no se movió. Su esposa eligió las palabras con todo cuidado-. Debes hablar con Elizabeth. Debes contárselo todo. Debes hacerlo.

– Según Joy, ya lo sabe. Como también lo sabía Alee.

Como siempre, las últimas palabras cayeron como una pesada cortina entre los dos, como puñetazos descargados sobre el corazón de lady Stinhurst. Aún le veía con toda nitidez, vivo, sensible, dolorosamente joven, marchando al encuentro de la terrorífica muerte destinada a Icaro, pero no fundiéndose, sino quemándose en el cielo. «No estamos destinados a sobrevivir a nuestros hijos -pensó-. Alee no, ahora no.» Había amado a su hijo, le había amado devota e instintivamente, pero invocar su recuerdo, como una herida en carne viva infligida a ambos que el tiempo sólo conseguía emponzoñar, siempre había sido uno de los métodos preferidos por su marido para poner fin a una conversación desagradable. Y siempre surtía efecto. Pero esta noche no.

– Sabe lo de Geoffrey, sí, pero no lo sabe todo. Aquella noche escuchó la discusión. Stuart, Elizabeth escuchó la pelea -Lady Stinhurst se interrumpió, anhelando una respuesta, anhelando una señal indicadora de que podía continuar sin temor. El guardó silencio. La mujer insistió-. Has hablado con Francesca esta mañana, ¿no es cierto? ¿Te ha contado la conversación que tuvo anoche con Elizabeth, después de la lectura?

– No.

– Pues yo lo haré. Elizabeth te vio marchar aquella noche, Stuart. Alec y Joy también te vieron. Todos estaban mirando desde una ventana de arriba -la voz de lady Stinhurst flaqueó, pero se obligó a seguir-. Ya sabes cómo son los niños. Ven algo, oyen algo, y se imaginan el resto. Querido, Francesca dijo que Elizabeth está convencida de que mataste a Geoffrey. Por lo visto, lo cree desde… desde la noche en que ocurrió.

Stinhurst no contestó. No se percibía ningún cambio en él, ni en el ritmo de su respiración, ni en su postura erguida, ni en la mirada fija en los terrenos nevados de Westerbrae. Su esposa, vacilante, apoyó los dedos sobre su hombro. Él se apartó. Ella dejó caer la mano.

– Stuart, por favor -Lady Stinhurst se odió por el temblor que agitaba sus palabras, pero ya no podía detenerlas-. Debes decirle la verdad. ¡Se ha pasado veinticinco años creyendo que eres un asesino! No puedes permitir que esto continúe. ¡No puedes hacerlo, Dios mío!

Stinhurst no la miró. Habló en voz muy baja.

– No.

Ella se resistió a creerle.

– ¡No asesinaste a tu hermano! ¡Ni siquiera fuiste el responsable! Hiciste lo que estuvo en tus manos…

– ¿Cómo puedo destruir los únicos recuerdos agradables que tiene Elizabeth? Al fin y al cabo, tiene muy pocos. Deja que los conserve, por el amor de Dios.

– ¿A costa de su amor por ti? ¡No! ¡No lo permitiré!

– Lo harás -su voz era implacable, revestida de la autoridad incuestionable que lady Stinhurst nunca había desobedecido. Pues desobedecer equivalía a salirse del papel interpretado durante toda su vida: hija, esposa, madre. Y nada más. Sostenía el concepto de que sólo existía un vacío más allá de las estrechas fronteras erigidas por aquellos que gobernaban su vida. Su marido habló de nuevo-. Vete a la cama. Estás cansada. Y necesitas dormir.

Como siempre, lady Stinhurst hizo lo que le mandaban.

Eran más de las dos de la mañana cuando el inspector Macaskin se marchó, prometiendo telefonear en cuanto tuviera los informes del forense y de las autopsias. Barbara Havers le vio partir y fue a reunirse en la sala de estar con Lynley y St. James. Estaban sentados a la mesa, con los objetos encontrados en el bolso de Joy Sinclair esparcidos frente a ellos. La grabadora sonaba de nuevo, y la voz de Joy desgranaba los fragmentos de mensajes que Barbara ya se sabía de memoria. Al oírlos ahora, se dio cuenta de que la grabación había adquirido la cualidad de una pesadilla repetitiva, y Lynley la de un hombre obsesionado. Sus ráfagas de intuición no parecían servirle para dar forma a la brumosa imagen de la ecuación crimen-móvil-culpable, sino que llevaban el sello de la invención, del intento de encontrar y acotar la culpabilidad allí donde sólo podía existir gracias a un enorme esfuerzo de imaginación. Barbara, por primera vez en aquel interminable y horrible día, empezó a sentirse inquieta. A lo largo de los meses que habían trabajado juntos, Barbara había llegado a comprender que, pese a su fachada y sofisticación externas, pese a sus tics de clase alta que ella tanto detestaba, Lynley seguía siendo el mejor inspector detective con el que había trabajado. Con todo, Barbara sabía por intuición Que estaba cimentando el caso sobre arenas movedizas. Se sentó y tomó la caja de cerillas que Joy Sinclair llevaba en el bolso para examinarla.

Llevaba una curiosa inscripción, sólo tres palabras: Wine's the Plough. El apostrofe era un vaso de cerveza invertido. «Original -pensó Barbara-. El tipo de recuerdo divertido que una toma, arroja dentro del bolso y olvida.» De todos modos, sabía que sólo era cuestión de tiempo que Lynley se aferrara a la caja como una prueba destinada a reforzar la culpabilidad de Davies-Jones. Porque Irene Sinclair había dicho que su hermana no fumaba. Y todos eran testigos de que Davies-Jones sí fumaba.

– Necesitamos pruebas materiales, Tommy -estaba diciendo St. James-. Sabes tan bien como yo que lo demás son puras conjeturas. Hasta las huellas dactilares de Davies-Jones en la llave pueden ser explicadas a partir de la declaración de Helen.

– Lo sé -replicó Lynley-. Pero hemos de esperar al informe forense del DIC de Strathclyde.

– Faltan unos cuantos días, como mínimo.

Lynley prosiguió como si su amigo no hubiera hablado.

– Estoy seguro de que descubriremos alguna prueba. Un cabello, una fibra. Sabes tan bien como yo que cometer el crimen perfecto es imposible.

– Aun así, si Davies-Jones estuvo previamente en la habitación de Joy, tal como Gowan declaró, ¿qué ganas encontrando un cabello o una fibra de su abrigo? Además, sabes tan bien como yo que el escenario del crimen se desnaturalizó al mover el cadáver, y no hay abogado en todo el país que no lo sepa también. En lo que a mí respecta, insisto en que es preciso descubrir el móvil. Las pruebas serán demasiado endebles. Sólo un móvil puede darles fuerza.

– Por eso me voy a Hampstead mañana. Tengo el presentimiento de que en el piso de Joy Sinclair se hallan las piezas del rompecabezas, dispuestas a encajar.

Barbara no daba crédito a sus oídos. Marcharse tan pronto era una insensatez.

– ¿Y Gowan, señor? Se olvida de lo que intentó decirnos. Dijo que no vio a nadie. Y luego me dijo que la única persona a la que vio anoche fue Davies-Jones. ¿No cree que estaba tratando de modificar su declaración?

– No terminó la frase, Havers -replicó Lynley-. Dijo dos palabras, no vi. ¿No vio a quién? ¿No vio qué? ¿A Davies-Jones? ¿Al coñac que en teoría llevaba? Esperaba verle con algo en la mano porque salió de la biblioteca. Imaginaba que sería licor, un libro. ¿Y si sólo creyó ver lo que vio? ¿Y si más tarde se dio cuenta de que vio algo muy diferente, el arma del crimen?

– Pero ¿y si no vio a Davies-Jones y trataba de decírnoslo? ¿Y si vio a otra persona vestida como Davies-Jones, tal vez con su abrigo? Habría podido ser cualquiera.

– ¿Por qué está tan decidida a demostrar que ese hombre es inocente? -le interrumpió Lynley con brusquedad.

Por el tono rudo Barbara adivinó la dirección que tomaban sus pensamientos, pero no estaba dispuesta a arrojar el guante.

– ¿Por qué está usted tan decidido a demostrar que es culpable?

Lynley agrupó las pertenencias de Joy.

– Busco al culpable, Havers. Es mi trabajo. Y creo que en Hampstead se hallan las pruebas. Esté preparada a las ocho y media.

Se dirigió hacia la puerta. Los ojos de Barbara suplicaron a St. James que mediara en un terreno inaccesible para ella, en que los lazos de la amistad eran más fuertes que la lógica y las leyes que gobiernan una investigación policial.

– ¿Estás seguro de que es prudente regresar a Londres mañana? -preguntó lentamente St. James-. Hay que pensar en la encuesta…

Lynley se volvió en el umbral de la puerta, el rostro oculto por las sombras del cavernoso vestíbulo.

– Como profesionales, Havers y yo no podemos declarar en Escocia. Macaskin se encargará de ello. En cuanto a los demás, anotaremos sus direcciones. No van a abandonar el país, puesto que el teatro londinense es su medio de subsistencia.

Se marchó sin añadir nada más. Barbara luchó por recobrar la voz.

– Creo que Webberly va a pedir su cabeza. ¿No puede detenerle?

– Lo único que puedo hacer es intentar razonar con él, Barbara. Tommy no es idiota. Su intuición casi nunca le engaña. Si cree que se encuentra tras la pista de algo, hemos de esperar a ver lo que descubre.

A pesar de la seguridad de St. James, Barbara tenía la garganta seca.

– ¿Existe la posibilidad de que Webberly le aparte del caso?

– Depende de cómo vayan las cosas.

Algo en su tono de reserva le dijo a Barbara cuanto deseaba saber.

– Piensa que está equivocado, ¿verdad? Usted también cree que es lord Stinhurst, ¿no? Por el amor de Dios, ¿qué le está pasando? ¿Qué le ha ocurrido, Simon?

St. James tomó la botella de whisky.

– Helen -se limitó a contestar.

Con la llave en la mano, Lynley vaciló ante la puerta de Helen. Eran las dos y media. Ya estaría dormida, y su intrusión no sería recibida de buen grado. Pero necesitaba verla. Y no se engañaba sobre el propósito de su visita. No tenía nada que ver con el trabajo policial. Llamó una vez, abrió la puerta y entró.

Lady Helen estaba levantada. Caminó hacia él, pero se detuvo al reconocerle. Lynley cerró la puerta. Al principio no dijo nada, contentándose con tomar nota de los detalles de la habitación y esforzándose en comprender su significado.

La cama estaba hecha; y la colcha amarilla y blanca, subida por encima de las almohadas. Los zapatos, negros y livianos, se hallaban colocados junto al lecho. Eran la única prenda de vestir que se había quitado, aparte de las joyas, alineadas sobre la mesilla de noche: unos pendientes de oro, una fina cadena y un delicado brazalete. Al fijarse en este último objeto, Lynley pensó durante un doloroso momento en sus pequeñas muñecas, que un objeto así podía rodear con tanta facilidad. No había nada más que ver en la habitación, salvo un armario ropero, dos sillas y un tocador, en cuyo espejo se reflejaban ambos, enfrentados como dos enemigos mortales que se hubieran topado por casualidad, carentes de la energía o la fuerza de voluntad necesarias para luchar de nuevo.

Lynley pasó junto a ella y se acercó a la ventana. El ala oeste de la casa se hundía en la oscuridad. Dispersas franjas de luz se recortaban contra el negro de las cortinas que no habían sido corridas del todo, en las habitaciones donde otros aguardaban, como Helen, el nuevo día. Lynley corrió las cortinas.

– ¿Qué haces? -preguntó Helen con voz cautelosa.

– Aquí dentro hace demasiado frío, Helen.

Tocó el radiador, sintió su calor apenas perceptible y se asomó al pasillo para dar instrucciones al joven agente apostado en lo alto de la escalera.

– ¿Quiere hacer el favor de buscar una estufa eléctrica?

El hombre asintió. Lynley cerró la puerta y se encaró con Helen. La distancia que les separaba parecía enorme. La hostilidad se palpaba en el aire.

– ¿Por qué me has encerrado aquí, Tommy? ¿Sospechas que puedo hacer daño a alguien?

– Claro que no. Todos están encerrados. Por la mañana habrá terminado todo.

Había un libro en el suelo, cerca de una silla. Lynley lo recogió. Era una novela de misterio, plagada de curiosas notas al margen, muy típicas de Helen: flechas, signos de exclamación, frases subrayadas y comentarios. No permitía jamás que un autor la engañara, convencida de que podía resolver cualquier enigma literario mucho antes que Lynley. Por ello, había tomado la costumbre desde casi diez años antes de enviarle los libros que desechaba. «Lee éste, querido Tommy. Seguro que no descubres la solución.»

El súbito recuerdo le abrumó de pena, desolación y soledad. Lo que venía a decir, además, sólo serviría para empeorar sus relaciones, pero sabía que debía hablar con ella, fuera cual fuese el resultado.

– Helen, no soporto ver lo que estás haciendo. Intentas hacer lo mismo que con St. James, pero cambiando el desenlace. No quiero que lo hagas.

– No sé de qué hablas. Esto no tiene nada que ver con Simon -Lady Helen no se había movido de donde estaba, al otro lado de la habitación, como si avanzar hacia él supusiera de alguna forma rendirse. Jamás lo haría.

Lynley creyó distinguir una pequeña moradura cerca de su garganta, donde el cuello de la camisa descendía hacia sus pechos. Sin embargo, cuando ella movió la cabeza, la moradura desapareció; un efecto de la luz, un producto de su enfermiza imaginación.

– Claro que sí. ¿O no te has fijado en lo mucho que se parece a St. James? Si cambias el defecto, incluso su alcoholismo reproduce a St. James. Sólo que esta vez no le dejarás plantado, ¿verdad? No te sentirás aliviada cuando intente darte la patada.

Lady Helen desvió la mirada. Abrió los labios y volvió a cerrarlos. Lynley comprendió que le permitía estos momentos de mortificación, que no haría nada por defenderse. El castigo de Lynley consistiría en no comprender por completo qué le había arrastrado hacia el gales, y le obligaría a basarse en suposiciones que ella nunca confirmaría. Aceptó esta realidad con creciente angustia. Aun así, deseaba tocarla, apenas un contacto, un momento de ternura.

– Te conozco, Helen, y sé que la culpa se alimenta de sí misma. ¿Quién puede saberlo mejor que yo? Yo lisié a St. James, pero siempre has creído que tu pecado fue peor, ¿no? Porque en tu interior, donde no tenías por qué admitirlo, todos estos años te has sentido aliviada de que él rompiera vuestro compromiso, porque de esa forma no te viste forzada a vivir con un hombre imposibilitado de hacer ciertas cosas que, en aquel tiempo, te parecían absurdamente importantes, como esquiar, nadar, bailar, ir de excursión, pasárselo de maravilla.

– Vete al infierno -su voz era apenas un susurro. Le miró a los ojos, pálida. Era una advertencia. Él la ignoró, sin poderse contener.

– Durante diez años te has sentido torturada por dejar a St. James, y ahora has visto la oportunidad de arreglarlo todo, de hacer las paces contigo misma, por dejarle convalecer solo en Suiza, por alejarte de él cuando más te necesitaba, por renunciar a un matrimonio que parecía conllevar más responsabilidades que alegrías. Te redimirás gracias a Davies-Jones, ¿verdad? Piensas convertirle en un hombre nuevo, cómo pudiste hacer, y no hiciste, con St. James. Entonces podrás perdonarte por fin. Es eso, ¿no? Así lo conseguirás.

– Creo que ya has hablado bastante -le dijo ella.

– No -Lynley buscaba palabras que le hicieran mella. Era esencial que lo comprendiera-. Bajo la superficie no se parece en nada a St. James. Escúchame, Helen, por favor. Davies-Jones no es un hombre al que conozcas íntimamente, por dentro y por fuera, desde los dieciocho años. Para ti es casi un extraño, alguien a quien no conoces en realidad.

– ¿Un asesino, en otras palabras?

– Sí, si te empeñas.

Ella retrocedió ante la contundencia de su respuesta, pero la pasión de su réplica dotó de energía a su esbelto cuerpo. Los músculos de la cara y el cuello se le tensaron, al igual que en la imaginación de Lynley los que cubrían las suaves mangas de su blusa.

– ¿Me consideras tan cegada por el amor, el remordimiento o la culpabilidad, o lo que sea, que no puedo ver lo que es tan obvio para ti? -Helen ladeó la cabeza con brusquedad hacia la puerta, hacia la casa que se extendía detrás de ella, hacia la habitación que había ocupado y lo que había ocurrido en su interior-. ¿Cuándo llevó a cabo el asesinato, exactamente? Salió de la casa después de la lectura. No volvió hasta la una.

– Eso dijo en su declaración.

– Me estás diciendo que me mintió, Tommy, pero yo que no lo hizo. Sé que sale a pasear cuando necesita beber. Me lo dijo en Londres. Yo le acompañé a pasear junto al lago después de que interrumpiera la disputa entre Joy Sinclair y Gabriel ayer por la tarde.

– ¿Y no te das cuenta de lo listo que fue, haciéndolo para que le creyeras cuando te dijo que anoche había salido a pasear? Necesitaba tu compasión, Helen, para que le dejaras quedarse en tu habitación. Una idea excelente decir que había salido para reprimir su necesidad de beber. No te habría dado tanta pena de haberse presentado nada más terminada la lectura, ¿verdad?

– ¿Quieres que me crea en serio que Rhys asesinó a su prima mientras yo dormía, que después volvió a mi cuarto y me hizo el amor por segunda vez? Es completamente absurdo.

– ¿Por qué?

– Porque yo le conozco.

– Te has ido a la cama con él, Helen. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que conocer a un hombre es más complicado que compartir una cama durante unas cuantas horas apasionadas, por agradables que sean.

La herida infligida por aquellas palabras sólo se reveló en los ojos oscuros de la joven. Cuando habló, lo hizo con acida ironía.

– Eliges muy bien las palabras. Te felicito. Hacen daño.

Lynley sintió que el corazón le daba un vuelco.

– ¡No quiero hacerte daño! Dios santo, ¿es que no lo comprendes? ¿No comprendes que intento evitar que te hieran? Lamento lo que ha sucedido. Lamento la forma estúpida en que te traté ayer, pero eso no cambia lo ocurrido anoche. Davies-Jones te utilizó para poder llegar a Joy, Helen. Te utilizó otra vez después de encargarse de Gowan esta noche. Piensa seguirte utilizando a menos que yo lo impida. Y ésa es mi intención. Tanto si me ayudas como si no.

Helen se llevó la mano a la garganta y aferró el cuello de la blusa.

– ¿Ayudarte? Dios mío, antes prefiero morir.

Sus palabras y la amargura de su tono cayeron sobre Lynley como un mazazo. Iba a responder, pero no tuvo ocasión porque el agente llegó con una estufa eléctrica para resguardar a Helen del frío durante el resto de la noche.

Capítulo 9

Barbara Havers se detuvo en el amplio sendero, antes de entrar en la casa. La nieve caída durante la noche no era muy abundante, insuficiente para cortar las carreteras. Pese a ello, no era cómodo ni fácil caminar por los terrenos de la finca. Con todo, después de una noche de insomnio, se había despertado al alba para pasear por la nieve, decidida a terminar con la confusión de lealtades que le atormentaba.

La lógica indicaba a Barbara que su responsabilidad fundamental la debía a New Scotland Yard. Plegarse en este momento a los procedimientos, a las disposiciones judiciales y a las reglas del Cuerpo le daría más posibilidades de ascender cuando se produjera una vacante de inspector. Al fin y al cabo, se había examinado el mes pasado (y juraría que esta vez había aprobado) y los cuatro últimos cursos en el centro de entrenamiento los había saldado con las máximas calificaciones. Si jugaba sus cartas con prudencia, no encontraría mejor oportunidad de promocionarse.

Thomas Lynley le estaba poniendo las cosas difíciles. Barbara había compartido con él prácticamente todas sus horas de trabajo durante los quince meses precedentes, y no olvidaba las cualidades que le habían convertido en un soberbio miembro del Cuerpo, un hombre que había ascendido de agente a inspector detective, pasando por sargento, en sus primeros cinco años de servicios. Era perspicaz e intuitivo, dotado de humor y compasión, y apreciado por sus colegas. Además, el superintendente Webberly había depositado su confianza en él. Barbara sabía que tenía mucha suerte de trabajar con Lynley, sabía que debía creer en él a pies juntillas. Lynley aguantaba sus arranques de mal humor, escuchaba con estoicismo sus desvaríos, incluso cuando dirigía sus ataques más virulentos contra él y, a pesar de todo, la animaba a pensar por su cuenta, a ofrecerle sus opiniones, a mostrar su desacuerdo sin ambages. No se parecía a ningún otro oficial que ella hubiera conocido. Estaba en deuda con él, y no sólo por haberle reintegrado al DIC después de que la retirasen de la patrulla uniformada quince meses atrás.

Y ahora se veía en la disyuntiva de decidir a quién debía su lealtad, a Lynley o al ascenso en su carrera. Pues durante su paseo matinal por los bosques había descubierto por casualidad algo que sin duda formaba parte del rompecabezas, y debía decidir lo que iba a hacer con ello. Más aún, decidiera lo que decidiese, debía comprender exactamente qué significaba.

La gélida pureza del aire aguijoneaba a Barbara en la nariz, la garganta, las orejas y los ojos, pero respiró hondo cinco o seis veces. El brillante reflejo del sol sobre la nieve le hizo parpadear. Atravesó con dificultades el sendero, plantó sus pies con firmeza en los peldaños de piedra y entró en el enorme vestíbulo de Westerbrae.

Eran cerca de las ocho. Había movimiento en la casa; pasos en el corredor superior y el sonido de llaves que giraban en sus cerraduras. El olor a bacón y el profundo aroma a café prestaban normalidad a la mañana, como si los acontecimientos de treinta y dos horas antes pertenecieran a una pesadilla. Un suave murmullo de voces se filtraba desde el salón. Al entrar, Barbara vio a lady Helen y a St. James sentados en el extremo este de la estancia, bañados por la luz del sol, compartiendo café y conversación. Estaban solos. Mientras hablaban les observaba, St. James sacudió la cabeza y posó un momento su mano sobre el hombro de lady 11 cien. Fue un gesto de infinita ternura, de comprensión, una ratificación sin palabras de la amistad que les unía y les hacía más fuertes, más capacitados juntos que por separado.

Al contemplar la escena, Barbara pensó en lo fácil que resultaba tomar una decisión a la luz de la amistad. Entre Lynley y su carrera no había elección posible. Su carrera no existiría sin él. Atravesó la sala para reunirse ion ellos.

Ambos tenían el aspecto de no haber dormido en i oda la noche. Las arrugas de St. James se veían más profundas que de costumbre. La suave piel de lady Helen parecía frágil, como una gardenia que fuera a marchitarse al menor roce. St. James empezó a ponerse en pie para saludar a Barbara, pero ésta rechazó el gesto de cortesía con un movimiento de la mano.

– ¿Puede acompañarme fuera? -preguntó-. He descubierto algo en el bosque que tal vez le interese ver.

El rostro de St. James reflejó el temor de no poder caminar por la nieve resbaladiza. Barbara se apresuró a tranquilizarle.

– Una parte del camino es de ladrillos, y yo que he practicado un sendero en el bosque mientras andaba. Sólo está a unos sesenta metros.

– ¿Qué es? -preguntó lady Helen.

– Una tumba -contestó Barbara.

Habían plantado el bosque al sur del sendero que daba la vuelta a la gran mansión. No se trataba del tipo de arboleda que crecía espontáneamente en aquella región de Escocia, sembrada de páramos. Había robles ingleses y sésiles, hayas, nogales y sicómoros mezclados con pinos. Una estrecha senda discurría entre ellos, señalizada mediante círculos de pintura amarilla en los troncos de los árboles.

En el aire reinaba ese silencio sobrenatural que nace del aislamiento producido por la nieve al depositarse sobre las ramas y la tierra. El viento estaba en calma y, a pesar de que el motor de un coche interrumpió por un momento la quietud, se desvaneció enseguida. Sólo se oía el incesante rumor de las aguas del lago, que se hallaba a unos veinte metros a su izquierda, al final de la pendiente. Caminar no era fácil, y aunque la sargento Havers había practicado una senda rudimentaria a través del bosque, la nieve era espesa y el terreno irregular, poco apropiado para un hombre que ya tenía bastantes dificultades en superficies llanas y secas.

Tardaron quince minutos en recorrer un trayecto que, en circunstancias normales, sólo les habría insumido cuatro. A pesar de que Helen le prestaba el apoyo de su brazo, St. James tenía el rostro cubierto de sudor cuando por fin Havers les desvió por una bifurcación que ascendía a través de un soto hasta una loma. El exuberante follaje del verano probablemente ocultaba la loma y la bifurcación a la vista de cualquiera que viniera por el sendero principal de la casa, pero en invierno las hortensias que habrían exhibido una profusión de flores rosas y azules, y los nogales que habrían creado una pantalla protectora verdosa, estaban desnudas, permitiendo acceder a la cumbre de la loma. La zona medía unos ocho metros cuadrados y estaba delimitada por una valla de hierro cubierta de nieve, disimulando de esta forma que la valla había sucumbido mucho tiempo atrás a la herrumbre.

– ¿Qué demonios hace esta tumba aquí? -dijo Helen-. ¿Hay alguna iglesia por aquí cerca?

Havers señaló hacia el sur, siguiendo la dirección del sendero principal.

– Hay una capilla clausurada y un panteón familiar no muy lejos, y un antiguo muelle en el lago, justo debajo. Parece que iban en barca a los entierros.

– Como los vikingos -comentó St. James con aire ausente-. ¿Qué hay aquí, Barbara? -abrió la portezuela y dio un respingo cuando el metal chirrió. Sobre la nieve se veían huellas de pisadas.

– Eché un vistazo -explicó Barbara-. También fui a ver la capilla familiar. Cuando me topé con esto en el camino de vuelta sentí curiosidad. Vayan a verlo y díganme qué opinan.

Mientras Havers esperaba en la puerta, St. James y lady Helen se acercaron a la solitaria lápida, que se erguía en la nieve como un augurio gris. La rama desnuda de un olmo rozaba su extremo superior. La piedra no era tan antigua como las que solían encontrarse en sepulturas similares por todo el país. Sin embargo, estaba muy abandonada, a juzgar por los restos negruzcos de líquenes que devoraban la talla, y St. James supuso que, en pleno verano, perifollo y malas hierbas crecerían a sus anchas en el recinto. Con todo, las letras grabadas sobre la piedra eran legibles, aunque estaban algo borradas por la intemperie y el descuido.

Geoffrey Rintoul, vizconde Corleagh 1914-1963

Examinaron en silencio la solitaria tumba. Un trozo compacto de nieve cayó de la rama y se desintegró contra la piedra.

– ¿Es el hermano mayor de lord Stinhurst? -preguntó lady Helen.

– Eso parece -contestó Havers-. Muy curioso, ¿verdad?

– ¿Por qué? -Los ojos de St. James exploraron el recinto, buscando más tumbas.

No había ninguna.

– Porque la casa familiar está en Somerset, ¿no?

– En efecto. -St. James sabía que Havers le estaba escrutando, sabía que intentaba averiguar cuánto le había contado Lynley de su conversación privada con lord Stinhurst. Trató de fingir desinterés.

– Entonces, ¿qué hace Geoffrey enterrado aquí? ¿Por qué no está en Somerset?

– Creo que murió aquí -respondió St. James.

– Sabe tan bien como yo que los nobles entierran a los suyos en cementerios familiares, Simon. ¿Por qué no hicieron lo mismo con este cuerpo? Si me va a decir que no les fue posible, ¿por qué no le enterraron en el cementerio de los Gerrard, unos cientos de metros más adelante?

St. James escogió las palabras con cuidado.

– Tal vez amaba este lugar, Barbara. Es tranquilo, y en verano ha de ser muy hermoso, con el lago a sus pies. No se me ocurre otra cosa.

– ¿Ni siquiera considerando que este hombre, Geoffrey Rintoul, era el hermano mayor de Stinhurst y, por tanto, el legítimo lord Stinhurst?

St. James arqueó las cejas con aire burlón.

– No estará insinuando que lord Stinhurst asesinó a su hermano para quedarse con el título… Porque, en ese caso, si deseaba encubrir el crimen, lo más sensato habría sido llevar el cadáver a casa y enterrarlo con las debidas pompa y circunstancia en Somerset.

Lady Helen había escuchado el intercambio de réplicas sin intervenir, pero habló cuando se mencionó la cuestión del entierro.

– Aquí hay algo extraño, Simon. El marido de Francesca Gerrard, Phillip, tampoco está enterrado en el cementerio familiar, sino en una pequeña isla del lago, a poca distancia de la orilla. Vi la isla desde la ventana de mi cuarto nada más llegar, y cuando le comenté a Mary Agnes que había visto una tumba de lo más extravagante, me contó la historia. Según la muchacha, Phillip, el marido de Francesca Gerrard, insistió en ser enterrado allí. Insistió, Simon. Así lo estableció en su testamento. Creo que forma parte del folclore local, porque Gowan me dijo exactamente lo mismo apenas un cuarto de hora después, cuando me subió las maletas.

– Pues ya está -indicó Havers-. Algo muy extraño sucede en estas dos familias. No puede aducir que aquí hay un cementerio familiar de los Rintoul, porque no existen más tumbas. Además, los Rintoul ni siquiera son escoceses. No enterrarían aquí a un miembro de su familia a menos que…

– Se vieran obligados -murmuró lady Helen.

– O lo desearan así -concluyó triunfalmente Havers. Atravesó el recinto y se plantó frente a St. James-. El inspector Lynley le habló del interrogatorio de lord Stinhurst, ¿no?, le contó todo cuanto dijo Stinhurst. ¿Qué ocurre?

St. James consideró por un momento la posibilidad de mentir a Havers. También consideró la posibilidad de decirle la cruda verdad: que Lynley se lo había dicho de forma confidencial y no era asunto de ella. Sin embargo, tenía el presentimiento de que Havers no les había arrastrado a esta excursión para intentar culpar a Stuart Rintoul, lord Stinhurst, de los asesinatos perpetrados los dos últimos días. No le habría costado nada insistir en que el propio Lynley examinara la solitaria tumba, aduciendo su cojera. El hecho de que Havers no hubiera procedido de esta manera le sugería a St. James dos cosas: o estaba reuniendo pruebas por su cuenta para intentar destacarse y denigrar a Lynley ante sus superiores de Scotland Yard, o buscaba su ayuda para impedir que Lynley cometiera una grave equivocación.

Havers le dio la espalda y se alejó.

– Muy bien. No debí preguntárselo. Usted es su amigo, Simon. Claro que se lo contó. -Se caló la gorra con rudeza para que le cubriera la frente y las orejas y miró con tristeza hacia el lago.

St. James decidió que merecía saber la verdad. Merecía el tributo de la confianza de alguien y la oportunidad de demostrar que era digna de ella. Le contó la historia de lord Stinhurst tal como Lynley se la había relatado.

Havers le escuchó, arrancando un par de hierbas muertas de la valla mientras St. James desgranaba la tortuosa saga de amor y traición que concluyó con la muerte de Geoffrey Rintoul. Entornó los ojos, deslumbrados por el brillo de la nieve sobre el sol, y los clavó en la sepultura. Cuando St. James terminó, le hizo una sola pregunta.

– ¿Lo cree?

– No se me ocurre por qué un hombre de la posición de lord Stinhurst iba a difamar a su esposa delante de un desconocido. Ni siquiera para salvar su piel -añadió, anticipándose a los reparos de Havers.

– ¿Demasiado noble para ello? -preguntó ella en tono cortante.

– No. Demasiado orgulloso.

– Pues si es una cuestión de orgullo, como dice usted, una cuestión de guardar las apariencias, ¿no habría guardado las apariencias al ciento por ciento?

– ¿Qué quiere decir?

– Si lord Stinhurst quería fingir que todo era status quo, Simon -intervino lady Helen-. ¿No habría enterrado a Geoffrey en Somerset, además de mantener vivo su matrimonio durante todos estos años? De hecho, me parece que enterrar a su hermano en el panteón familiar le habría resultado a la larga menos doloroso que seguir casado durante treinta y seis años con una mujer que le había engañado con su propio hermano.

La típica clarividencia de Helen. St. James tuvo que admitirlo para sus adentros, aunque no lo manifestó. No quería hacerlo, evidentemente, pero la sargento Havers pareció leerlo en su rostro.

– Ayúdame a descubrir el secreto de la familia Rintoul, por favor -dijo con desesperación-. Simon, te juro que Stinhurst oculta algo. Y creo que el inspector Lynley ha renunciado a averiguarlo. Quizá por orden del Yard. No lo sé.

St. James, atrapado entre la confianza de Lynley y la inalterable convicción de Barbara en la culpabilidad de Stinhurst, vaciló, pensando en las dificultades que iba a crearse si le ayudaba.

– No será fácil. Si Tommy averigua que te has puesto a investigar por tu cuenta, Barbara, lo pagarás caro. Insubordinación.

– El DIC te echará -añadió lady Helen en voz baja-. Volverás a la calle.

– ¿Creéis que no lo sé? -el rostro de Havers, aunque pálido, reflejaba resolución-. ¿A quién van a echar si descubren que se han encubierto ciertas cosas? Podrían salir a la luz gracias a los esfuerzos de algún periodista, Jeremy Vinney, por ejemplo. De esta forma, si sólo yo investigo a Stinhurst, el inspector queda protegido. Todo el mundo supondrá que me ordenó hacerlo.

– Te preocupa Tommy, ¿verdad?

Havers eludió la repentina pregunta de lady Helen.

– Me paso el tiempo odiando a ese odioso petimetre -respondió-. Pero si le despiden no será por culpa de un idiota como Stinhurst.

La ferocidad de su réplica hizo sonreír a St. James.

– Te ayudaré -dijo-. Puede valer la pena.

Solamente había un ocupante en el comedor cuando Lynley entró, a pesar de que sobre el amplio bufete de nogal se habían dispuesto varios escalfadores, de los que emanaban olores típicos del desayuno, desde arenques ahumados a huevos. Elizabeth Rintoul daba la espalda a la puerta y no se volvió para ver quién se reunía con ella para desayunar, como indiferente al sonido de las pisadas. Clavó el tenedor en la única salchicha de su plato y le dio vueltas, examinando el serpenteante reguero de grasa que dejaba en el plato. Lynley se proveyó de una taza de café y una tostada fría, y se sentó a la mesa.

Supuso que la mujer se había vestido para el viaje de regreso a Londres con sus padres. Sin embargo, al igual que sus prendas de la noche anterior, la falda negra y el jersey de punto gris le venían anchos, y aunque llevaba medias de malla negra a juego, una pequeña carrera en el tobillo amenazaba con expandirse a medida que avanzara el día. Sobre el respaldo de la silla colgaba una curiosa capa de color azul noche, larga hasta los pies, el tipo de prenda estilo Sarah Woodruff ideal para impresionar a la concurrencia del Cobb. No encajaba en absoluto con la personalidad de Elizabeth.

En cuanto Lynley se sentó frente a ella, resultó evidente que no deseaba pasar un rato con él. Empujó hacia atrás la silla, impertérrita, y empezó a levantarse.

– Me han dado a entender que Joy Sinclair mantuvo relaciones con su hermano Alee durante un tiempo -observó Lynley, como si la mujer no se hubiera movido.

Los ojos de Elizabeth no se apartaron del plato. Volvió a sentarse y empezó a cortar la salchicha en finas láminas, sin probar bocado. Sus manos eran extraordinariamente grandes, incluso para una mujer de su envergadura, protuberantes y carentes de gracia en sus nudillos. Lynley advirtió que estaban surcados de profundos arañazos. Databan de hacía varios días.

– Gatos -dijo Elizabeth con voz casi hosca. Lynley decidió no responder a la evasiva palabra, y ella prosiguió-. Me está mirando las manos. Mis gatos me arañaron. No les gusta que se les interrumpa cuando copulan, pero prefiero que ciertas actividades no se desarrollen en mi cama.

Un comentario cuyo doble sentido inconsciente era muy revelador. Lynley se preguntó qué conclusiones extraería un analista.

– ¿Deseaba que Joy se casara con su hermano?

– Ahora ya no importa, ¿verdad? Alee murió hace años.

– ¿Cómo se conocieron?

– Joy y yo íbamos juntas a la escuela. A veces pasaba las vacaciones entre trimestres en mi casa. Y Alee estaba allí.

– ¿Y se enrollaron?

Elizabeth levantó bruscamente la cabeza. Lynley se maravilló de que un rostro de mujer pudiera resultar tan desprovisto de expresión. Parecía una máscara pintada con mano inexperta.

– Joy se enrollaba con todos los hombres, inspector. Era su don especial. Mi hermano fue uno más de una larguísima lista de predecesores.

– Sin embargo, tengo la impresión de que le tomó más en serio que a los demás.

– Por supuesto. ¿Por qué no? Alee le declaraba su amor con frecuencia, como un perfecto imbécil, al mismo tiempo que le masajeaba su ego. ¿Y cuántos más podían ofrecerle la promesa de llegar a ser condesa de Stinhurst cuando papá falleciera? -Elizabeth hizo un dibujo en el plato con los trozos de salchicha.

– ¿Se vio alterada su amistad por la relación que Joy sostenía con su hermano?

La mujer lanzó una carcajada similar a una ráfaga de viento furioso.

– Nuestra amistad venía determinada por Alee, inspector. Una vez muerto, yo dejé de serle útil a Joy Sinclair. De hecho, sólo volví a verla una vez después de los funerales de Alee. Luego desapareció sin dejar rastro.

– Hasta este fin de semana.

– Sí. Hasta el actual fin de semana. Así era nuestra amistad.

– ¿Tiene por costumbre acompañar a sus padres en viajes relacionados con el teatro?

– De ninguna manera, pero aprecio a mi tía. Era una oportunidad de verla. Por eso vine -una desagradable sonrisa cruzó la boca de Elizabeth, hizo estremecer su nariz y desapareció-. No hay que olvidar, por supuesto, el plan de mamá para enrollarme con Jeremy Vinney. Y no podía desengañar su esperanza de que este fin de semana, por fin, iban a desflorar mi rosa, si la metáfora no le parece excesiva.

Lynley ignoró la insinuación.

– Su familia conoce a Vinney desde hace mucho tiempo -concluyó.

– ¿Mucho tiempo? Conoce a papá desde el principio de los tiempos, a ambos lados de las candilejas. Hace años, en provincias, se vanagloriaba de ser el sucesor de Olivier, pero papá le puso las peras a cuarto, de modo que Vinney se dedicó a la crítica de teatro, donde sigue todavía, machacando alegremente cada año todas las obras que puede. Pero esta nueva obra… Bueno, mi padre le tenía mucho cariño. La reapertura del Agincourt y todo eso. Supongo que mis padres querían que viniera para asegurarse buenas críticas. Ya sabe a qué me refiero, sólo en el caso de que Vinney decidiera aceptar un… soborno muy poco apetecible, digamos -señaló su cuerpo con un brusco movimiento de la mano-. Mi persona a cambio de un comentario favorable en el Times. Satisfaría las necesidades de mis padres, ¿entiende? El deseo de mi madre de colocarme por fin. El deseo de mi padre de conquistar Londres.

Había vuelto con toda deliberación al tema anterior, pese a los esfuerzos de Lynley por llevar la conversación hacia otros derroteros. El accedió a seguirle la corriente.

– ¿Por eso fue a la habitación de Jeremy Vinney la noche que Joy murió?

Elizabeth levantó la cabeza.

– ¡Claro que no! Ese enano baboso con dedos como salchichas peludas -clavó el tenedor en el plato-. Por mí, Joy podía quedarse con ese monstruo. Pienso que es patético, siempre haciendo la pelota a la gente del teatro, confiando en que su cercanía le proporcionará el talento del que careció para triunfar en el escenario hace años. ¡Patético! -la súbita explosión de rabia pareció desconcertarla. Como para negarlo, desvió la mirada y dijo-. Bueno, quizá por eso mamá le consideró un candidato idóneo para mí. Dos burbujas patéticas derivando juntas hacia el ocaso. Dios, qué imagen tan romántica.

– Pero fue a su habitación…

– Buscaba a Joy, por culpa de tía Francie y sus jodidas perlas. Ahora que lo pienso, es probable que mamá y tía Francie lo hubieran planeado de antemano. Joy habría salido como un rayo de la habitación, contentísima con su nueva adquisición, y me habría dejado sola con Vinney. Estoy segura de que mamá ya había acudido a su habitación con pétalos de flores y agua bendita; tan sólo faltaba el acto en sí. Qué pena. Tantos esfuerzos para nada.

– Parece muy segura de lo que sucedió entre ellos en la habitación de Vinney. Tengo mis dudas. ¿Vio a Joy? ¿Está segura de que se hallaba con él? ¿Está segura de que no era otra persona?

– Yo… -Elizabeth se interrumpió. Jugueteó con el cuchillo y el tenedor-. Claro que era Joy. Les oí, ¿no?

– Pero no la vio.

– ¡Oí su voz!

– ¿Susurrando? ¿Murmurando? Era tarde. Hablaría en voz baja, ¿verdad?

– ¡Era Joy! ¿Quién, si no? ¿Y qué otra cosa podían estar haciendo a medianoche, inspector? ¿Leer poesía? Créame, cuando Joy iba a la habitación de un hombre era con una única idea en su mente. Lo sé.

– ¿Hacía eso con Alee cuando le visitaba en su casa?

Elizabeth apretó los labios. Devolvió la atención a su plato.

– Dígame qué hizo cuando salió de la lectura la otra noche.

Elizabeth dibujó un triángulo perfecto con los trozos de salchicha. Después empezó a cortar los trozos circulares por la mitad. Lo hizo poco a poco y con gran concentración. Pasó un momento antes de que respondiera.

– Fui a ver a mi tía. Estaba disgustada. Quería consolarla.

– Le tiene mucho cariño.

– Parece sorprendido, inspector, como si fuera un milagro que apreciase a alguien. ¿No es cierto? -ante la negativa de Lynley a seguirle la corriente, la mujer soltó el cuchillo y el tenedor, empujó la silla hacia atrás y le miró desafiante-. Acompañé a tía Francie a su habitación. Le apliqué una compresa en la frente. Charlamos.

– ¿Sobre qué?

Elizabeth sonrió por última vez, pero fue una reacción que inexplicablemente pareció conjugar la diversión con la idea de haber vencido a un enemigo.

– Sobre «El viento entre los sauces», si tanto le interesa. Conoce la historia, ¿no? El sapo, el tejón, la rata y el topo -se puso en pie, se puso la capa sobre los hombros-. Bien, inspector, si no desea nada más, tengo muchas cosas que hacer esta mañana.

Y se marchó. Lynley oyó el eco de sus carcajadas en el vestíbulo.

Irene Sinclair acababa de saber la noticia cuando Roben Gabriel la localizó en lo que Francesca Gerrard, con franco optimismo, llamaba la sala de juegos. La habitación, situada tras la última puerta del pasillo inferior noreste, y casi oculta detrás de una pila de prendas en desuso, estaba completamente aislada y, una vez dentro, Irene agradeció el olor a moho y madera podrida, así como la acumulación de polvo y mugre. Era obvio que la renovación de la casa aún no había llegado a ese lejano rincón. Irene se alegró.

Una antigua mesa de billar ocupaba el centro de la habitación. El tapete estaba arrugado; las redecillas de los agujeros faltaban o estaban rotas. Había un estante con tacos de billar adosado a la pared. Irene los acarició con aire ausente mientras avanzaba hacia la ventana, desprovista de cortinas, lo que contribuía a acentuar la sensación de frío. Como no llevaba abrigo, se abrazó el cuerpo y se frotó los brazos con las manos, friccionando con fuerza las mangas de lana del vestido, experimentando una especie de dolor.

Poco había que ver desde la ventana, salvo un bosquecillo de alisos desnudos, más allá de los cuales despuntaba el techo de pizarra de un cobertizo para guardar barcas, que parecía brotar de un altozano como una excrecencia triangular. Era una ilusión óptica, inducida por el ángulo de la ventana y la altura del montículo. Irene reflexionó sobre la idea y las ilusiones que alentaba.

– Por el amor de Dios, Renie, te he buscado por todas partes. ¿Qué estás haciendo aquí?

Robert Gabriel cruzó la habitación en dirección a ella. Había entrado sin hacer ruido, consiguiendo cerrar la puerta combada en silencio. Llevaba puesto el abrigo y trató de explicar tal circunstancia.

– Estaba a punto de salir e iniciar una búsqueda -cubrió los hombros de Irene con el abrigo.

Era un gesto mínimo, pero Irene experimentó una clara repulsión a su tacto. Estaba tan cerca que podía oler su colonia y el último vestigio de café que el dentífrico no había eliminado. Se sintió enferma.

Gabriel no dio señales de advertirlo.

– Nos dejan marchar. ¿Sabes si han detenido a alguien?

– No. Ninguna detención. Todavía no -respondió ella, sin decidirse a mirarle.

– Hemos de estar disponibles para la encuesta, por supuesto será una terrible molestia ir y venir de Londres, pero siempre es mejor que quedarse en esta nevera. El agua caliente se ha terminado, y no es probable que reparen esa vieja caldera hasta dentro de tres días. Es demasiado para el cuerpo, ¿no?

– Te oí -dijo ella en un susurro, breve y desesperado. Sabía que él la estaba mirando.

– ¿Me oíste?

– Te oí, Robert. Te oí con ella la otra noche.

– Irene, ¿qué…?

– Tranquilo, no se lo diré a la policía. Nunca lo haría, ¿verdad? Imagino que por eso me buscabas, para asegurarte de que mi orgullo me mantendrá en silencio.

– ¡No! Ni siquiera sé de qué estás hablando. Estoy aquí porque quiero llevarte de vuelta a Londres. No quiero que te marches sola. No tiene sentido…

– Esto es lo más divertido -le interrumpió Irene con acritud-. La verdad es que vine por ti. Robert, pensaba que estaba en condiciones de volver contigo, que Dios me perdone. Incluso… -Su voz se quebró y, avergonzada, se apartó de él, como si de esta forma pudiera recuperar el dominio de sí misma-. Incluso te traje una fotografía de nuestro James. ¿Sabes que este año hizo el papel de Mercucio en la escuela? Puse en un doble marco una fotografía de James y otra de ti. ¿Te acuerdas de aquella foto que te hiciste vestido de Mercucio, hace muchos años? No os parecéis mucho, porque James ha heredado mi color de piel, pero creí que te gustaría tener las fotos. Sobre todo por James. No, me estoy mintiendo. Y juré anoche que dejaría de hacerlo. Quise traerte las fotos porque te odiaba y te quería y la otra noche, cuando estábamos juntos en la biblioteca, por un momento pensé que existía una oportunidad de…

– Renie, por el amor de Dios…

– ;No! ¡Os oí! ¡Hampstead otra vez! ¡Hasta el último detalle! Y dicen que la vida no se repite, ¿eh? ¡Qué burla tan repugnante! Sólo me hacía falta abrir la puerta para encontrarte por segunda vez poseyendo a mi hermana. Como el año pasado, con la única diferencia de que esta vez estaba sola. Al menos, nuestros hijos se habrían ahorrado el espectáculo de ver a su padre sudando, jadeando y gimiendo sobre su adorada tía Joy.

– Eso no es…

– ¿Lo que pienso? -Irene sintió que su rostro se anegaba en lágrimas. La irritaban, porque significaban que él todavía era capaz de reducirla a ese estado-. No quiero escucharte, Robert. Ya estoy harta de mentiras brillantes. Basta ya de «Sólo ocurrió una vez». Basta ya.

– ¿Crees que maté a tu hermana? -Gabriel la tomó por el brazo. Tenía el rostro desencajado, tal vez por falta de sueño, tal vez por la culpa.

Ella emitió una carcajada ronca y se soltó.

– ¿Matarla? No, no es tu estilo. Muerta, Joy no te servía de nada, ¿verdad? Al fin y al cabo, follar con cadáveres no es tu especialidad.

– ¡Eso no ocurrió!

– Entonces, ¿qué oí?

– ¡No sé lo que oíste! ¡No sé a quién oíste! Cualquiera podría haber estado con ella.

– ¿En tu habitación?

– En mi… -Sus ojos se agrandaron a causa del pánico-. ¡Renie, por el amor de Dios, no estarás pensando eso!

Ella se desprendió del abrigo, y una nube de polvo se levantó del suelo cuando cayó.

– Lo peor no es saber que siempre has sido un repugnante mentiroso, Robert, sino darme cuenta de que yo también he llegado a lo mismo. Que Dios me ayude. Pensaba que si Joy moría me vería libre de mi dolor. Ahora creo que sólo me liberaré cuando tú mueras también.

– ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es lo que quieres?

– Con todo mi corazón -Irene sonrió con amargura-. ¡Dios mío! ¡Con todo mi corazón!

Él dio un paso atrás, alejándose del abrigo en el suelo interpuesto entre ambos. Tenía el rostro ceniciento.

– Así sea, mi amor -susurró.

Lynley encontró a Jeremy Vinney en el sendero privado, metiendo su equipaje en el maletero de un Morris alquilado. Vinney se protegía del frío con abrigo, guantes y bufanda; su aliento se condensaba en el aire. El sol bañaba de un brillo rosado su frente abombada, produciendo la sorprendente impresión de que sudaba. Era el primero en marcharse, advirtió Lynley. Una reacción muy extraña para un periodista. Lynley caminó hacia él. Sus pasos resonaron sobre la grava y el hielo.

– Parece que tiene prisa por marcharse -comentó Lynley.

El periodista señaló la casa con un movimiento de cabeza. Sombras oscuras cubrían como tinta los muros de piedra.

– El lugar no invita a quedarse. -Cerró el maletero de un golpe y comprobó que estuviera bien asegurado. Se le cayeron las llaves de la mano y carraspeó mientras se agachaba para recogerlas. Cuando finalmente miró a Lynley, reveló una cara en que el dolor asomaba sutilmente, como sucede cuando se ha sobrevivido a un duro golpe y se empieza a calibrar la inmensidad de la pérdida en relación a la infinitud del tiempo.

– De todos modos, me imaginaba que un periodista sería el último en marcharse -dijo Lynley.

Vinney emitió una breve y áspera carcajada, que parecía guiada por voluntad propia, punitiva y cruel.

– ¿Entusiasmado tras escribir un artículo en el propio escenario del crimen? ¿Ansioso de conseguir un buen espacio en la portada, por no mencionar el nombre en caracteres destacados y un título nobiliario por haber resuelto el caso sin ayuda de nadie? ¿Eso es lo que piensa, inspector?

Lynley respondió a la pregunta con otra.

– ¿Por qué vino aquí este fin de semana, señor Vinney? Todos pueden explicar su presencia más o menos satisfactoriamente, pero no se puede decir lo mismo de usted. ¿Sería tan amable de iluminarme un poco?

– ¿Acaso nuestra atractiva Elizabeth no le ofreció anoche un buen retrato? Estaba ansioso por llevarme a Joy a la cama, o mejor aún, me dedicaba a extraer sustancia de su cerebro para aupar mi carrera. Elija lo que prefiera.

– Prefiero la realidad, con toda franqueza.

Vinney tragó saliva. Parecía desconcertado, como si no esperase ecuanimidad de un policía. Tal vez insistencia belicosa en pos de la verdad, o un dedo hundido de forma provocadora en su pecho.

– Era amiga mía, inspector. Probablemente mi mejor amiga. A veces creo que era mi única amiga. Y ahora ha muerto -miró con ojos apagados la calma superficie del lago, a lo lejos-. Pero la gente no comprende la amistad entre hombre y mujer, ¿verdad? Prefiere extraer conclusiones. Prefiere degradarla.

La tristeza del hombre no conmovió a Lynley. Sin embargo, advirtió que Vinney había soslayado su pregunta.

– ¿Vino aquí gracias a Joy? Sé que usted telefoneó a Stinhurst, pero fue ella quien allanó las dificultades, ¿no? ¿Fue idea de Joy? -Vinney asintió-. ¿Por qué?

– Dijo que estaba preocupada por la reacción de Stinhurst y los actores ante los cambios introducidos en la obra. Quería tener un amigo a su lado para que le prestara su apoyo moral, en caso de que las cosas se complicaran. Llevo siguiendo la reapertura del Agincourt desde hace meses. Me pareció razonable solicitar que me invitaran al ensayo de la obra antes del estreno. Por eso vine. Para darle mí apoyo, tal como me lo pidió. Sólo que al final no pude ayudarla, ¿verdad? Para el caso, podía haber venido sola.

– Tenía apuntado su nombre en la agenda.

– No me sorprende. Solíamos comer juntos a menudo desde hace años.

– Durante esos encuentros, ¿le dijo algo sobre este fin de semana, cómo iba a ser, qué se esperaba?

– Sólo que se trataba de una lectura y que podría escribir una interesante historia.

– ¿Se refería a la obra?

Vinney tardó un poco en contestar. Parecía mirar al infinito. Respondió con aire pensativo, como si le diera vueltas a una idea que hasta entonces no había tomado en consideración.

– Joy me dijo que fuera pensando en escribir un artículo sobre la obra, centrado en las estrellas, el argumento, tal vez la estructura que había ideado. Venir aquí me daría una idea sobre la futura escenificación. Ya sé que en Londres habría conseguido la información con toda facilidad. Nos vemos, veíamos, con mucha frecuencia. Por lo tanto, ¿es posible que estuviera preocupada por la posibilidad de que le ocurriera algo, inspector? Santo Dios, ¿es posible que confiara en mí para descubrir la verdad?

Lynley no hizo comentarios sobre la aparente desconfianza del hombre hacia la capacidad de la policía para establecer la verdad, ni tampoco sobre la egocéntrica convicción de que un solo periodista lo lograra. De todos modos, reparó en que el comentario de Vinney coincidía de manera asombrosa con la opinión de lord Stinhurst acerca de su presencia.

– ¿Quiere decir que estaba preocupada por su seguridad?

– No dijo eso -admitió Vinney con honestidad-. Y no se comportaba como si estuviera preocupada.

– ¿Por qué fue a la habitación de usted la otra noche?

– Dijo que estaba demasiado excitada para dormir. Tuvo problemas con Stinhurst y se marchó a su cuarto, pero se sentía nerviosa y vino al mío. Para charlar.

– ¿A qué hora?

– Un poco después de las doce, tal vez a y cuarto.

– ¿De qué habló?

– Antes que nada, de la obra. Estaba empeñada en que se iba a representar, con Stinhurst o sin él. Y después se explayó sobre Alec Rintoul, y Robert Gabriel, e Irene. Se sentía destrozada por todo lo que le había pasado a Irene, ya sabe. Ella… deseaba con toda su alma que su hermana volviera con Gabriel. Por eso impuso a Irene en la obra. Pensó que si se veían a menudo, la naturaleza seguiría su curso. Dijo que deseaba el perdón de Irene, y sabía que no podía conseguirlo. Pero, sobre todo, creo que deseaba perdonarse a sí misma, y no lo lograría mientras Gabriel y su hermana continuaran separados.

Había desgranado el relato con soltura y aparente sinceridad, pero el instinto de Lynley le decía que la visita nocturna de Joy a la habitación de Vinney entrañaba algo más.

– A juzgar por sus palabras, se diría que era una santa.

Vinney negó con la cabeza.

– No era una santa, pero sí una buena amiga.

– ¿A qué hora llegó Elizabeth Rintoul a su habitación con el collar?

Vinney despejó de nieve el techo del Morris antes de contestar.

– Poco después de que Joy viniera. Yo… Joy no quiso hablar con ella. Imaginó que quería montarle otra escena por la obra, así que no le dejé entrar. Sólo abrí un poco la puerta, para que no atisbara dentro. Como no le permití pasar, pensó que Joy estaba en mi cama. Muy típico de ella. A Elizabeth le resulta imposible concebir que dos personas de sexos opuestos sean sólo amigas. Para ella, conversar con un hombre es un modo de acceder a algún tipo de relación sexual. Me parece lamentable.

– ¿Cuándo se marchó Joy de su habitación?

– Poco antes de la una.

– ¿Alguien la vio salir?

– No había nadie rondando. Creo que nadie la vio, a menos que Elizabeth estuviera espiando desde la puerta de su dormitorio, o tal vez Gabriel. Mi habitación estaba entre las suyas.

– ¿Acompañó a Joy a su habitación?

– No. ¿Por qué?

– Cabe la posibilidad de que no fuera directamente a ella si, como usted ha dicho, pensaba que no lograría conciliar el sueño.

– ¿Adonde iría, si no? -la comprensión se reflejó en su cara-. ¿A encontrarse con alguien? No. Ninguna de esas personas le interesaba.

– Si, como ha dicho antes, Joy Sinclair sólo era su amiga, ¿cómo puede estar seguro de que no compartía algo más que amistad con otra persona, con alguno de los hombres presentes este fin de semana? O quizá con alguna mujer.

El rostro de Vinney se ensombreció ante la segunda insinuación. Parpadeó y desvió la vista.

– Entre nosotros no existían mentiras, inspector. Ella lo sabía todo. Yo lo sabía todo. Estoy seguro de que me habría contado… -se interrumpió, suspiró y se frotó la frente con su mano enguantada-. ¿Puedo irme? No hay nada más que decir. Joy era mi amiga. Y ahora está muerta -Vinney lo dijo como si existiera una relación entre las dos últimas frases.

Lyniey se preguntó si la habría. Intrigado por el hombre y su relación con Joy Sinclair, decidió cambiar de tema.

– ¿Puede decirme algo sobre un individuo llamado John Darrow?

Vinney dejó caer la mano.

– ¿Darrow? -repitió, desconcertado-. Nada. ¿Debería saber quién es?

– Joy le conocía, sin duda alguna. Irene dijo que le mencionó en la cena, tal vez en relación con su nuevo libro. ¿Puede decirme algo sobre eso? -Lynley escrutó el rostro de Vinney, esperando percibir una chispa de reconocimiento en el hombre con quien Joy Sinclair lo había compartido todo.

– Nada -pareció azorado por esta aparente contradicción con lo que antes había afirmado-. No hablaba de su trabajo. Nunca.

– Entiendo -Lynley asintió con aire pensativo. El periodista desplazó el peso de su cuerpo de un pie al otro. Sus manos jugueteaban con las llaves-. ¿Sabía que Joy llevaba una grabadora en el bolso?

– La utilizaba cuando una idea le venía a la cabeza. Ya lo sabía.

– Le nombra a usted en un pasaje, preguntándose por qué la ponía tan nerviosa. ¿Por qué diría eso?

– ¿Que yo la ponía nerviosa? -alzó la voz, incrédulo.

– «Jeremy. Jeremy. Dios, ¿por qué me pone tan nerviosa? No es una proposición para toda la vida.» Ésas fueron sus palabras. ¿Puede explicármelas?

El rostro de Lynley parecía tranquilo, pero la inquietud de sus ojos le traicionaba.

– No. No puedo. No se me ocurre qué quiso decir. No manteníamos esa clase de amistad. Por mi parte no, al menos. En absoluto.

Seis negativas. Lynley ya conocía lo bastante bien al hombre para darse cuenta de que sus últimos comentarios tenían como objetivo desviar la conversación. Vinney no era un buen embustero, pero sí un experto en aprovechar el momento y utilizarlo con inteligencia. Acababa de hacerlo. Pero ¿por qué?

– No le retendré más, señor Vinney -concluyó Lynley-. Estará ansioso por volver a Londres.

Dio la impresión de que Vinney deseara añadir algo más, pero subió al Morris y puso el motor en marcha. El coche produjo el sonido vibrante que delata a un motor poco animado a trabajar, pero después tosió y cobró vida, liberando gases espasmódicamente. Vinney bajó el cristal de la ventanilla, mientras los parabrisas se esforzaban en eliminar la nieve.

– Era mi amiga, inspector. Sólo eso. Nada más.

Dio la vuelta con el coche. Los neumáticos giraron como enloquecidos sobre una placa de hielo antes de pisar el terreno más seguro de grava. Se dirigió por el sendero privado hacia la carretera.

Lynley siguió el coche con la mirada, intrigado por la obsesión del hombre en repetir aquel último comentario, como si contuviera un significado implícito que la minuciosa inspección de un detective descubriría al instante. Por alguna razón, acaso debida a la lejana presencia de Inverness, le devolvió a Eton y a un apasionado debate de quinto curso sobre las obsesiones y pulsiones evidenciadas por Macbeth, aquel remordimiento de conciencia que espoleaba sus atormentadas referencias a dormir una vez ejecutado su acto. «¿Qué necesidad no ha colmado todavía este hombre, a pesar de haber perpetrado con éxito el acto mediante el cual pensaba alcanzar la felicidad?» El profesor de literatura paseaba por la clase sin cesar de formular la pregunta, eligiendo al azar a cualquier alumno para que valorase, evaluara, especulara o defendiera. «Las necesidades impulsan a las pulsiones. ¿Qué necesidad? ¿Qué necesidad?» Una excelente pregunta, decidió Lynley.

Buscó su pitillera y se dispuso a volver sobre sus pasos, cuando la sargento Havers y St. James aparecieron por la esquina de la casa. La nieve se había adherido a los bajos de sus pantalones, como si hubieran chapoteado en ella. Lady Helen les seguía a corta distancia.

Los cuatro se miraron sin decir palabra durante un embarazoso momento. Lynley fue el primero en hablar.

– Havers, ¿quiere hacer el favor de llamar al Yard? Informe a Webberly de que regresamos a Londres esta misma mañana.

Havers asintió con la cabeza y desapareció por la puerta principal. St. James la imitó, dirigiendo una rápida mirada a lady Helen.

– ¿Vendrás con nosotros, Helen? -preguntó Lynley cuando se quedaron solos. Devolvió la pitillera al bolsillo sin abrirla-. El viaje te resultará más breve. Un helicóptero nos espera cerca de Oban.

– No puedo, Tommy. Ya lo sabes.

Sus palabras no eran rudas, pero sí terminantes. Parecía que ya no tenían nada más que decirse, pero Lynley luchó por romper su reserva, aunque fuera de manera imprecisa o insignificante. No podía permitir que se separasen así, y con estas mismas palabras lo expresó, antes de que el sentido común, el orgullo o las convenciones sociales se lo impidieran.

– No puedo soportar que te separes de mí así, Helen.

Un rayo de sol la iluminó. Jugueteó con sus cabellos, dándoles el color de coñac viejo y noble. Por un momento, sus adorables ojos oscuros transparentaron una enigmática emoción. Después se desvaneció.

– Debo irme -dijo ella en voz baja. Pasó junto a él y entró en la casa.

«Es como la muerte -pensó Lynley-. Pero sin un entierro digno, sin un período de luto, sin un término a las lamentaciones.»

En su desordenado despacho de Londres, el superintendente Malcolm Webberly colgó el teléfono.

– Era Havers -dijo.

Hizo el gesto habitual de pasarse la mano derecha por el escaso cabello rubio y tirar de él con fuerza, como para dar ánimos a su calvicie incipiente.

Sir David Hillier, el inspector jefe, no se movió de la ventana junto a la que llevaba de pie el último cuarto de hora. Sus ojos contemplaban con placidez la apretada serie de edificios que componían el perfil de la ciudad. Como siempre, iba impecablemente vestido, y su postura delataba al hombre acostumbrado al éxito, acostumbrado a sortear con elegancia los traicioneros mares del poder político.

– ¿Y bien? -preguntó.

– Ya vuelven.

– ¿Eso es todo?

– No. Según Havers, seguirán una pista que les conduce a Hampstead. Por lo visto, la Sinclair trabajaba en un libro allí. En su casa.

La cabeza de Hillier se volvió poco a poco, pero como el sol estaba detrás de él su rostro permaneció en la sombra.

– ¿Un libro? ¿Además de la obra?

– Havers no ha sido muy explícita. Sin embargo, tengo la impresión de que Lynley está muy interesado en eso, empeñado en seguir el rastro.

– Demos gracias a Dios por la notable intuición creativa del inspector Lynley -sonrió fríamente Hillier.

– Es mi mejor hombre -repuso con amargura Webberly.

– Y obedecerá las órdenes, por supuesto. Al igual que tú. -Hillier volvió a contemplar la ciudad.

Capítulo 10

Eran las dos y media cuando Lynley y Havers llegaron por fin a la pequeña casa de Joy Sinclair. El edificio de ladrillo blanco, situado en el elegante barrio londinense de Hampstead, era el postrer testimonio del éxito de la autora. La ventana del frente, protegida por cortinas transparentes de color marfil, daba a un jardín en el que crecían pulidos macizos de rosas, jazmines «estrella dormida» y espléndidas camelias. La hiedra brotaba de dos maceteros y cubría la fachada y las paredes de la casa, en especial cerca de la puerta, cuyo estrecho frontón escalonado casi desaparecía bajo las exuberantes hojas de venas broncíneas. Aunque la casa se hallaba frente a Flask Walk, se accedía al jardín por Back Lane, una angosta avenida empedrada con adoquines que ascendía hacia Heath Street, a una manzana de distancia, de tráfico lento y casi silencioso.

Lynley, seguido por Havers, abrió el candado del portalón de hierro forjado y avanzó por el sendero de lajas. No hacía viento, pero el aire era frío, y un pálido sol invernal arrancaba destellos del farol metálico que había a la izquierda de la puerta y de la brillante ranura para el correo situada en el centro.

– No está mal la choza -comentó Havers con envidiosa admiración-. El básico jardín vallado, el básico farol del siglo diecinueve, la básica calle sombreada por árboles con los muy básicos BMW aparcados en ella. -Señaló la casa con el pulgar-. Le habrá costado una fortuna.

– Por lo que dijo Davies-Jones sobre los términos de su testamento, tengo la impresión de que podía permitírselo -replicó Lynley-. Abrió la puerta e indicó a Havers que entrara.

Se encontraron en una pequeña antesala, con baldosas de mármol y desprovista de muebles. Las cartas introducidas por la ranura de la puerta estaban tiradas por el suelo. Se trataba del correo habitual en un autor de éxito: cinco circulares, una factura de la electricidad, once cartas dirigidas a Joy y que habían llegado por medio de su editor, una factura del teléfono, cierto número de sobres pequeños que parecían invitaciones, y varios otros de tamaño comercial con remitentes muy diversos. Lynley se los tendió a Havers.

– Eche un vistazo, sargento.

Ella los tomó y se adentraron en la casa, accediendo por una puerta de cristal opaco a un largo pasillo. Dos puertas se abrían en la pared de la izquierda, y la derecha quedaba interrumpida por una escalera. Al final del corredor, las sombras de la tarde oscurecían lo que parecía ser la cocina.

Lynley y Havers entraron primero en la sala de estar. Tres chorros oblicuos que penetraban por una amplia ventana sobresaliente bañaban la estancia de una difusa luz dorada, deslizándose por una alfombra de color hongo que tenía el aspecto y el olor de haber sido colocada recientemente. Muy poco más revelaba la personalidad de la propietaria de la casa, a excepción de las sillas de asiento bajo agrupadas alrededor de mesas altas, que señalaban cierta inclinación por el diseño moderno. Los gustos artísticos de Joy Sinclair terminaban de confirmarlo. Tres óleos al estilo de Jackson Pollock estaban apoyados contra una pared, a la espera de ser colgados, y sobre una de las mesas se erguía una escultura angular de mármol, de tema indefinido.

En la pared este, puertas dobles comunicaban con el comedor, apenas amueblado, con la misma tendencia al ascetismo elegante del diseño moderno. Lynley se acercó a las cuatro puertas cristaleras que había detrás de la mesa, frunciendo el ceño ante la sencillez de sus cerraduras y la facilidad con que el más inexperto ladrón entraría. La verdad era que Joy Sinclair no poseía objetos de gran valor, admitió, a menos que el mercado del mueble escandinavo estuviera en su apogeo o que los cuadros de la sala de estar fueran auténticos.

La sargento Havers se sentó a la mesa, extendió el correo delante de sí y se humedeció los labios con aire pensativo, empezando a abrir las cartas.

– Una chica popular. Aquí habrá una docena de invitaciones.

– Hummm. -Lynley se asomó al jardín trasero, cercado por muros de ladrillo. Era un cuadrado de superficie justa para dar cabida a un fresno, un círculo pequeño a su alrededor para plantar flores y un pedazo de césped cubierto por una fina capa de nieve. El detective entró en la cocina.

Detectó en ella el mismo persistente anonimato que en las otras dos habitaciones. Una larga fila de armarios blancos interrumpidos por aparatos negros, una reluciente mesa de pino, con dos sillas, apoyada contra una pared, manchas brillantes de color distribuidas estratégicamente por la estancia: un almohadón rojo aquí, una tetera azul allí, un delantal amarillo colgado de una percha detrás de la puerta. Lynley se apoyó en la encimera y paseó la vista a su alrededor. Las casas siempre revelaban algo acerca de sus propietarios, pero ésta poseía una artificialidad deliberada, algo creado por un interiorista al que una mujer por completo desinteresada en su entorno personal había concedido manga ancha. El resultado era una obra de buen gusto, moderadamente lograda. Pero no le revelaba nada.

– ¡Una factura del teléfono horripilante! -Gritó Havers desde el comedor-. Da la impresión de que se pasaba la mayor parte del tiempo charlando con media docena de tíos dispersos por todo el mundo. Parece que pidió una copia de sus llamadas.

– ¿Como cuáles?

– Siete llamadas a Nueva York, cuatro a Somerset, seis a Gales y… déjeme ver… diez a Suffolk. Todas muy breves, excepto dos más largas.

– ¿Hechas a la misma hora? ¿Seguidas?

– No, a lo largo de cinco días. El mes pasado. Intercaladas entre las llamadas a Gales.

– Investigue todos los números. -Lynley se dirigió hacia las escaleras mientras Havers abría otro sobre.

– Aquí hay algo, señor. «Joy, no has respondido a ninguna de mis cartas o llamadas telefónicas. Espero tener noticias tuyas antes del viernes, o de lo contrario pondré el asunto en manos de nuestra asesoría legal. Edna.»

Lynley se detuvo, ya con un pie sobre el primer peldaño.

– ¿Su editora?

– La redactora jefe. Y escrito en papel de la editorial. Huele a problemas, ¿no?

Lynley meditó en informaciones previas: la referencia en la cinta grabada a sacarse de encima a Edna, las citas fallidas en Upper Grosvenor Street que constaban en la agenda.

– Telefonee a la editorial, sargento. Averigüe lo que pueda. Después haga lo mismo con las llamadas de larga distancia. Voy arriba.

Si la personalidad de Joy Sinclair parecía estar ausente de la planta baja, su presencia se manifestó con caótico abandono en cuanto Lynley llegó al final de la escalera. Allí se hallaba el centro neurálgico del edificio, una mezcolanza ecléctica de posesiones personales coleccionadas y atesoradas. Joy Sinclair se encontraba en todas partes, en las fotos que cubrían las paredes del estrecho pasillo, en un armario rebosante de toda clase de objetos, desde lencería a brochas para pintar, en la cortina de ropa interior tendida en el cuarto de baño, incluso en el aire, que conservaba un débil aroma a sales de baño y perfume.

Lynley entró en el dormitorio. Consistía en un aluvión de almohadas multicolores, muebles de caña rotos y prendas de vestir. Sobre la mesa próxima a la cama sin hacer había una foto que el detective examinó brevemente. Un joven delgado y de aspecto sensible estaba de pie junto a una fuente en el Gran Patio del Trinity College de Cambridge. Lynley reparó en las entradas del cabello, reconoció algo familiar en el conjunto de cabeza y hombros. Alee Rintoul, imaginó, y dejó la foto en su sitio. Prosiguió hacia la parte delantera de la casa. El estudio de Joy no era muy diferente de las demás habitaciones y, tras echar una rápida ojeada, Lynley se preguntó cómo podía alguien dar a luz un libro en una atmósfera tan desordenada.

Pasó por encima de una pila de manuscritos, cerca de la puerta, y caminó hacia dos mapas colgados de la pared sobre un procesador de textos. El primer mapa era grande, un plano regional oficial del tipo que los libreros venden a los turistas que desean realizar un recorrido minucioso de una zona concreta del país. Era de Suffolk, aunque incluía partes de Cambridgeshire y Norfolk. Lynley comprendió que Joy lo había empleado para algún tipo de investigación, a juzgar por el círculo rojo que rodeaba el nombre de un pueblo y la gran X trazada a unos cinco centímetros de distancia, no lejos de Mildenhall Fen. Lynley se puso las gafas para ver mejor. «Porthill Green», leyó debajo del círculo rojo.

Y después, al cabo de un momento, estableció la relación «P. Green» en la agenda de Joy. No era una persona, sino un lugar.

Había más círculos en otros puntos del plano: Cambridge, Norwich, Ipswich, Bury St. Edmunds. Las carreteras que comunicaban estas poblaciones con Porthill Green estaban marcadas, así como la que unía Porthill Green con la X cercana a Mildenhall Fen. Lynley consideró las implicaciones que se derivaban del plano, mientras oía en el piso de abajo a la sargento Havers haciendo una llamada tras otra, murmurando por lo bajo de vez en cuando si una respuesta no le complacía, debía esperar más de la cuenta o el número comunicaba.

Lynley fijó la vista en el segundo plano de la pared. Era un dibujo hecho a lápiz de un pueblo cuyos edificios eran similares a los de cualquier lugar de Inglaterra. Estaban identificados de forma genérica como «iglesia», «verdulería», «taberna», «casa», «gasolinera». El plano no le aportó nada nuevo, a menos que se tratase de un somero bosquejo de Porthill Green. Si tal era el caso, sólo indicaría el interés de Joy en el lugar, pero no el motivo ni lo que había hecho allí en caso que lo hubiera visitado.

Lynley centró su atención en el escritorio. Reinaba el mismo desorden confuso que en el resto de la habitación, del tipo cuyo causante sabe exactamente dónde está cada cosa, pero que desconcierta a cualquier otra persona. Libros, planos, blocs y papeles cubrían la superficie, junto con una taza de té sucia, varias estilográficas, una grapadora y un tubo de pomada antiinflamatoria para músculos fatigados. Lo examinó durante varios minutos, mientras la voz de Havers proseguía hilvanando conversaciones.

Lynley llegó a la conclusión de que debía existir cierta lógica en aquel batiburrillo, y no tardó en descubrirla. Aunque el conjunto de los materiales amontonados carecía de un sentido preciso, al tomar los elementos por separado se detectaba un hilo racional. Había una pila de libros que parecían ser obras de consulta: tres textos de psicología relativos a la depresión y al suicidio, y dos libros de texto sobre las operaciones de la policía británica. Otra pila consistía en una colección de artículos periodísticos que detallaban toda clase de muertes. Una tercera pila agrupaba una colección de folletos y opúsculos que describían diversas regiones del país. Una última pila se componía de corresponderá, un nutrido grupo de cartas que, probablemente, no habían obtenido respuesta.

Las examinó, dejando a un lado las cartas de los admiradores, confiando en que su intuición le guiaría hasta algo significativo. Lo encontró al cabo de trece cartas.

Era una breve nota de unas nueve líneas enviada por la editora de Joy Sinclair: «¿Cuándo podremos ver el primer borrador de “La horca es demasiado buena”, llevas seis meses de retraso y tu contrato estipula…»

De repente, todo lo que había sobre el escritorio de Joy empezó a cobrar coherencia. Los textos sobre el suicidio, las operaciones de la policía, los artículos sobre las muertes, el título del nuevo libro. Lynley experimentó la oleada de excitación que siempre le asaltaba cuando sabía que seguía la pista correcta.

Se volvió hacia el ordenador. Vio que tenía dos discos insertados, el del programa y el que contendría el trabajo de Joy.

– Havers -aulló-. ¿Qué sabe de ordenadores?

– Un momento -contestó ella-. He de… -Su voz bajó de tono cuando se puso a hablar por teléfono.

Lynley, impaciente, conectó el aparato. Al cabo de un momento aparecieron directrices en la pantalla. Era mucho más sencillo de lo que había imaginado. Sólo había pasado un minuto cuando ya estaba contemplando la copia de La horca es demasiado buena.

Por desgracia, el total del manuscrito (seis meses de retraso y sin duda el motivo de su disputa con la editorial) se reducía a una sola frase: «Hannah decidió matarse la noche del 26 de marzo de 1973.» Eso era todo.

Lynley buscó en vano algo más, aprovechando todas las directrices que el ordenador le ofrecía, pero no había nada. O la obra había sido borrada, o Joy sólo había escrito aquella única frase. «No me extraña que la editora eche espuma por la boca y hable de entablar acciones legales», pensó Lynley.

Desconectó el aparato y volvió a concentrarse en el escritorio. Pasó los diez minutos siguientes intentando encontrar algo más en el material desperdigado. Decepcionado, se dedicó a registrar los cuatro cajones del archivo. Iba por el segundo cuando Havers entró en la habitación.

– ¿Alguna cosa? -preguntó.

– Un libro titulado La horca es demasiado buena, una mujer llamada Hannah que decidió suicidarse y un lugar llamado Porthill Green, P. Green, diría yo. ¿Y usted?

– Empezaba a abrigar la sospecha de que nadie trabaja en Nueva York antes del mediodía, pero conseguí averiguar que el número de Nueva York es el de un agente literario.

– ¿Y los demás?

– La llamada de Somerset fue a casa de Stinhurst.

– ¿Y la carta de Edna? ¿Ha telefoneado a la editorial?

– Joy les vendió una propuesta a principios del año pasado. Quería hacer algo diferente de su tema habitual, el criminal y la víctima, centrándose en el tema del suicidio, sus motivos y sus efectos posteriores. El editor compró la propuesta… Siempre había cumplido los plazos, pero ahí se terminó. No les entregó ni una palabra. Le han estado persiguiendo durante meses. De hecho, han reaccionado ante su muerte como si cada noche hubieran rezado para que se produjera.

– ¿Y los otros números?

– El número de Suffolk es muy interesante. Respondió un chico. Parecía un adolescente, pero no tenía ni idea de quién era Joy Sinclair o para qué les iba a llamar.

– ¿Qué tiene de interesante, pues?

– El nombre del chico, inspector. Teddy Darrow. El nombre de su padre es John. Y habló conmigo desde una taberna llamada Wine's the Plough. Y esa taberna está justo en medio de Porthill Green.

Lynley sonrió y experimentó el entusiasmo que nace de la confirmación.

– Dios mío, Havers, a veces pienso que formamos un equipo invencible. Estamos en el buen camino. ¿Se da cuenta?

Havers no respondió. Estaba echando una ojeada al material acumulado sobre el escritorio.

– De modo que hemos encontrado al John Darrow del que Joy hablaba durante la cena y en la grabación -musitó Lynley-. Ya tenemos la explicación para la referencia en su agenda a «P. Green». Ya tenemos el motivo para que llevase esa caja de cerillas en su bolso… Debió de estar en la taberna. Y ahora hemos de buscar la relación entre el libro de Joy y John Darrow, entre John Darrow y Westerbrae. -Miró fijamente a Havers-. Pero hubo otra serie de llamadas, ¿verdad? A Gales.

Lynley vio que Havers hojeaba los recortes de periódico como si necesitara escudriñar cada uno de ellos. Sin embargo, no daba la impresión de que los estuviera leyendo.

– Eran a Llanbister. A una mujer llamada Anghared Mynach.

– ¿Por qué Joy la telefoneó?

Havers vaciló de nuevo.

– Buscaba a alguien, señor.

Lynley entornó los ojos. Cerró el cajón cuyo contenido estaba examinando.

– ¿A quién?

Havers frunció el entrecejo.

– A Rhys Davies-Jones. Anghared Mynach es su hermana. Estaba viviendo con ella.

Barbara leyó en el rostro de Lynley que asimilaba rápidamente una serie de ideas. Sabía muy bien qué conjunto de hechos estaba combinando en su mente: el nombre de John Darrow, mencionado durante la cena la noche que Joy Sinclair fue asesinada; la referencia a Rhys Davies-Jones en la cinta grabada por Joy; las diez llamadas telefónicas a Porthill Green, y las seis intercaladas a Gales. Seis llamadas a Rhys Davies-Jones.

Barbara, para evitar una discusión sobre el particular, se acercó a la pila de manuscritos amontonados cerca de la puerta del estudio. Empezó a hojearlos con curiosidad, advirtiendo el gran interés de Joy en el asesinato y la muerte: un esbozo para un estudio sobre el Destripador de Yorkshire, un artículo inacabado sobre Crippen, al menos sesenta páginas sobre la muerte de lord Mounbatten, las galeradas encuadernadas de un libro titulado El cuchillo se clava una vez y tres zafias ediciones de otro libro titulado Muerte en la oscuridad. Pero faltaba algo.

Barbara centró su atención en el escritorio, mientras Lynley se enfrascaba de nuevo en el archivo. La sargento abrió el cajón superior. Joy guardaba en él los discos del ordenador, clasificados en dos largas filas. Una etiqueta en la esquina superior derecha indicaba el tema. Barbara leyó los títulos. Mientras lo hacía, la confirmación de sus sospechas fue creciendo en su interior. El segundo y tercer cajones contenían hojas de papel, sobres, cintas para las impresoras, grapas, papel carbón antiguo, cinta magnética, tijeras. Pero no lo que estaba buscando. Nada que se le pareciera.

Barbara se dirigió al archivo cuando Lynley se desplazó hacia las estanterías.

– Ya lo he registrado, sargento -dijo Lynley.

Barbara buscó una excusa.

– Una corazonada, señor. Sólo tardaré un momento.

La verdad es que tardó casi una hora, y a esas alturas Lynley ya se había guardado en el bolsillo las solapas del último libro de Joy Sinclair, había vuelto al dormitorio y pasado a registrar el armario que había al final de la escalera. Barbara le oía rebuscar sistemáticamente entre su contenido. Pasaban de las cuatro cuando la sargento terminó de investigar en el archivo y descansó un momento, satisfecha con la validez de su hipótesis. Ahora debía decidir si se lo contaba a Lynley o callaba hasta recabar más datos, datos que él no podría rechazar.

¿Por qué Lynley no había caído en la cuenta?, se preguntó. ¿Cómo era posible que lo hubiera pasado por alto? Ante la ausencia de pruebas palpables, sólo veía lo que quería ver, lo que necesitaba ver, una pista que condujera directamente a la culpabilidad de Rhys Davies-Jones.

Esta culpabilidad le seducía hasta tal punto que se había convertido para Lynley en una eficaz cortina de humo, capaz de ocultar el único detalle crucial en el que no había reparado. Joy Sinclair se había dedicado a escribir una obra para Stuart Rintoul, lord Stinhurst. Y no había ni una referencia a ella en todo el estudio. Ni un borrador, ni un esbozo, ni una lista de personajes, ni un trozo de papel.

Alguien había registrado la casa antes que ellos.

– La dejaré en Acton, sargento -dijo Lynley cuando salieron.

Se dirigió hacia su coche, un Bentley plateado alrededor del cual se había congregado un pequeño grupo de admiradores infantiles, que miraban por las ventanillas y deslizaban sus manos sucias por las brillantes aletas.

– Mañana saldremos temprano hacia Porthill Green. ¿Qué le parece las siete y media?

– Estupendo, señor, pero no hace falta que pase por Acton. Tomaré el metro. Está justo en la esquina de Heath Street con el paso elevado.

Lynley paró y se volvió hacia ella.

– No sea ridícula, Barbara. Tardará una eternidad. Un transbordo y Dios sabe cuántas estaciones. Suba al coche.

Barbara lo interpretó como la orden que era y buscó una manera de negarse sin irritarle. No podía desperdiciar el tiempo que Lynley tardaría en acompañarle a su casa. Pese a lo que él pensara, su jornada laboral aún no había concluido.

Se aferró a la primera excusa que le vino a la cabeza, haciendo caso omiso de lo que él pudiera pensar.

– La verdad, señor, es que tengo una cita. -Y luego, sabiendo que la idea era ridícula, procuró que sonara menos absurda-. Bueno, no exactamente una cita. Conocí a alguien y pensamos… Bueno, que podríamos ir a cenar y a ver la película que acaban de estrenar en el Odeon. -Se estremeció ante este último alarde de creatividad y rezó para que se acabara de estrenar una película en el Odeon, o que, de lo contrario, él no lo supiera.

– Oh, entiendo. ¿Le conozco?

«Mierda», pensó Barbara.

– No, es un tipo que conocí la semana pasada. En el supermercado, para ser exacta. Nuestros carritos chocaron entre las frutas en almíbar y los tés.

– Suena como si una relación importante fuera a dar comienzo. ¿La dejo en el metro?

– No, iré caminando. Nos veremos mañana, señor.

Lynley asintió y se encaminó hacia el coche. Los excitados niños que lo habían estado admirando le rodearon al instante.

– ¿Es suyo el coche, señor?

– ¿Cuánto cuesta?

– ¿Los asientos están forrados de piel?

– ¿Me deja conducirlo?

Barbara oyó la risa de Lynley y vio que se apoyaba contra el coche, cruzaba los brazos y se enfrascaba en animada conversación con el grupo. «Es increíble -pensó ella-. Ha dormido sólo tres horas en las últimas treinta y tres, se enfrenta al hecho de que la mitad de su mundo se está cayendo a trozos, y todavía tiene paciencia para escuchar a los niños.» Al contemplarle con ellos (imaginando que, a pesar de la distancia, podía distinguir las arrugas que se formaban alrededor de sus ojos al reír y el músculo estriado que torcía su sonrisa), se sintió intrigada por lo que sería capaz de hacer para proteger la carrera y la integridad de un hombre semejante.

«Cualquier cosa», decidió, y empezó a caminar hacia el metro.

Nevaba cuando Barbara llegó a casa de St. James, en la calle Cheyne Row de Chelsea, a las ocho de la noche. A la luz dorada de las farolas, los copos de nieve parecían astillas de ámbar que cayeran flotando sobre el pavimento, los coches y el intrincado hierro forjado de los balcones y las verjas. El chubasco era suave en comparación con las tormentas invernales, pero sin embargo bastaba para congestionar el tráfico del Enbankment, a una manzana de distancia. Se había mitigado considerablemente el habitual fragor de la circulación, y algún bocinazo ocasional, producto de los nervios, explicaba el porqué.

Joseph Cotter, que en la vida de St. James ejercía el doble papel de criado y suegro, abrió la puerta a Barbara. Era un hombre calvo que, según los cálculos de la sargento, no sobrepasaba los cincuenta años, de corta estatura y robusto, tan poco parecido a su alta y esbelta hija que, durante algún tiempo después de conocer a Deborah St. James, Barbara ni siquiera sospechó el parentesco que la unía con este hombre. Transportaba un servicio de café en una bandeja de plata, y hacía cuanto podía para no tropezar con un perro salchicha de pelo largo y un rechoncho gato gris que, desde el suelo, solicitaban sus atenciones. Los tres arrojaban sombras grotescas sobre la chapa de madera oscura que forraba la pared.

– ¡Largo, Peach! ¡Alaska! -dijo, antes de volver su cara rubicunda para saludar a Barbara. Los animales retrocedieron la respetable distancia de quince centímetros-. Entre, señorita… Sargento. El señor St. James está en el estudio. -Examinó a Barbara con ojo crítico-. ¿Todavía no ha comido, jovencita? Ese par acaba de terminar. Le prepararé algo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Acepta?

– Gracias, señor Cotter. Cualquier cosa me irá bien. Me temo que no he probado bocado desde esta mañana.

Cotter meneó la cabeza. -Policía. -dijo con breve y elocuente desaprobación-. Espere aquí, señorita. Le prepararé algo bueno.

Golpeó una vez a la puerta que había al pie de la escalera y entró sin aguardar respuesta. Barbara le siguió hasta el interior del estudio de St. James, una habitación con estanterías abarrotadas de libros que llegaban hasta el techo, montones de fotografías y toda clase de fetiches intelectuales; era uno de los lugares más agradables de la casa.

Ardía un fuego en la chimenea, y los olores combinados del cuero y el coñac producían un aroma agradable, muy parecido al que imperaba en los clubes de caballeros. St. James ocupaba una silla cerca del hogar, la pierna apoyada en una gastada otomana y, frente a él, lady Helen Clyde se hallaba acuclillada en una esquina del sofá. Estaban sentados en silencio, como un matrimonio anciano o un par de amigos demasiado íntimos para necesitar el vínculo de la conversación.

– Ha llegado la sargento, señor St. James -anunció Cotter, depositando el café sobre una mesita baja situada frente al fuego. Las llamas arrancaron destellos de la porcelana y se reflejaron como oro líquido sobre la bandeja-. No ha comido en todo el día, de modo que me ocuparé de ello al instante si se sirven ustedes mismos el café.

– Creo que nos las arreglaremos sin molestarle más que dos o tres veces, Cotter. ¿Será tan amable de cortar otro trozo de pastel de chocolate para lady Helen, si queda? Se muere de ganas, pero ya sabe cómo es. Demasiado bien educada para pedir más.

– Miente como siempre -interrumpió lady Helen-. En realidad es para él, pero sabe que usted le expresará su desaprobación.

Cotter les miró alternativamente, sin dejarse engañar por su intercambio verbal.

– Dos trozos de pastel de chocolate -dijo significativamente-. Y también cena para la sargento. -Se marchó, haciendo revolotear el brazo de su chaqueta negra.

– Pareces acabada -le dijo St. James a Barbara cuando Cotter desapareció.

– Todos parecemos acabados -recalcó lady Helen-. ¿Café, Barbara?

– Diez tazas, como mínimo -contestó. Se quitó el abrigo y la capucha, los dejó caer sobre el sofá y se acercó al fuego para restablecer la circulación de sus dedos entumecidos-. Está nevando.

Lady Helen se encogió de hombros.

– Después de este último fin de semana, son las dos últimas palabras que deseo oír. -Tendió a St. James una taza de café y sirvió dos más-. Espero que tu día haya sido más productivo que el mío, Barbara. Después de pasarme cinco horas investigando el pasado de Geoffrey Rintoul, me siento como si trabajara para uno de esos comités del Vaticano que recomiendan candidatos para la canonización -sonrió a St. James-. ¿Soportarás escucharlo de nuevo?

– Ardo en deseos. Me permitirá examinar mi dudoso pasado y sentirme convenientemente culpable.

– Como debería ser. -Lady Helen regresó al sofá, sacudiéndose unos mechones de pelo que resbalaban sobre sus mejillas. Se quitó los zapatos, dobló las piernas bajo el cuerpo y bebió un poco de café.

Barbara observó que ni siquiera el agotamiento alteraba su gracia. Confiada en sí misma. Absolutamente a sus anchas. Estar en su presencia suponía siempre el ejercicio de sentirse desgarbada y carente de todo atractivo. Al observar la elegancia natural de la joven, Barbara se preguntó cómo podía la esposa de St. James tolerar con tanta placidez que su marido y lady Helen trabajaran codo con codo tres días a la semana en su laboratorio forense, situado en la última planta de la casa.

Lady Helen tomó su bolso y sacó un pequeño bloc negro.

– Después de pasar varias horas con Debrett y Burke y La nobleza provinciana, por no mencionar una charla telefónica de cuarenta minutos con mi padre, que lo sabe todo sobre cualquiera que posea un título, he conseguido trazar un notable retrato de nuestro Geoffrey Rintoul. Veamos. -Abrió el bloc y paseó la vista por la primera página-. Nació el 23 de noviembre de 1914. Su padre fue Francis Rintoul, decimocuarto conde de Stinhurst, y su madre Astrid Selvers, una norteamericana que fue presentada en sociedad al estilo de los Vanderbilt y que, por lo visto, tuvo la audacia de morir en 1924, dejando a Francis con tres niños a los que criar. Así lo hizo, y con gran éxito, si tenemos en cuenta los logros alcanzados por Geoffrey.

– ¿No volvió a casarse?

– Nunca. Tampoco parece que mantuviera asuntillos discretos, pero da la impresión de que la escasa inclinación sexual sea una norma de la familia, como enseguida comprenderás.

– ¿Cómo es posible, considerando la aventura de Geoffrey con su cuñada?

– Una posible incongruencia -admitió St. James.

– Geoffrey se educó en Harrow y Cambridge -prosiguió lady Helen-. Graduado en Cambridge en 1936 con nota sobresaliente en economía y honores diversos en lingüística y oratoria, y así por los siglos de los siglos. Sin embargo, no llamó la atención de nadie hasta octubre de 1942, en que se reveló como el hombre más asombroso. Estaba combatiendo con Montgomery el vigésimo segundo día de la batalla de El Alamein, en el norte de África.

– ¿Su grado?

– Capitán. Iba en un tanque. Por lo visto, durante uno de los peores días de combate, su tanque fue alcanzado e incendiado por una granada alemana. Geoffrey consiguió sacar a dos hombres heridos y arrastrarles casi dos kilómetros hasta ponerles a salvo. A pesar de que también él estaba herido. Fue condecorado con la Cruz de la Victoria.

– No es la clase de hombre que te esperas encontrar enterrado en una tumba solitaria, desde luego -comentó Barbara.

– Y aún hay más -añadió lady Helen-. A petición propia, y pese a la gravedad de sus heridas, suficiente para mantenerle fuera de combate hasta el final de la guerra, fue a parar al frente aliado de los Balcanes. Churchill intentaba conservar cierta influencia británica en la zona, ante la potencial superioridad rusa, y Geoffrey era, evidentemente, un hombre leal a Churchill de pies a cabeza. Cuando regresó a la patria, obtuvo un empleo en Whitehall, dependiente del Ministerio de Defensa.

– Me sorprende que un hombre así no acabara en el Parlamento.

– Se lo pidieron muchas veces. Pero no quiso.

– ¿Y nunca se casó?

– No.

St. James se removió en su silla y lady Helen tendió la mano para detenerle. Se levantó y le sirvió una segunda taza de café sin decir palabra. Se limitó a fruncir el ceño cuando él se sirvió una más que generosa ración de azúcar, y retiró el azucarero de su alcance después de la quinta cucharada.

– ¿Era homosexual? -preguntó Barbara.

– De serlo, también era la discreción personificada. Puede aplicarse a cualquier otra relación que haya mantenido. Ni el menor rastro de escándalo. Nada de nada.

– ¿Ni siquiera nada que le relacione con la esposa de lord Stinhurst, Marguerite Rintoul?

– Absolutamente nada.

– Demasiado bueno para ser cierto -observó St. James-. ¿Qué has averiguado, Barbara?

Ya iba a sacar el bloc del bolsillo, cuando Cotter entró con la comida prometida: pastel para St. James y lady Helen, y una bandeja con carnes frías, quesos y pan para Barbara. Acompañada de un tercer trozo de pastel que redondeaba su cena improvisada. Le dio las gracias con una sonrisa. Cotter le guiñó un ojo, comprobó el nivel de la cafetera y desapareció por la puerta. Sus pasos resonaron en la escalera del vestíbulo.

– Primero come -aconsejó lady Helen-. Me temo que con ese trozo de pastel delante de mí no atendería a lo que dijeras. Continuaremos cuando termines de cenar.

Barbara agradeció la comprensión delicadamente velada tan típica de lady Helen, y cayó como un buitre sobre la comida, devorando tres trozos de carne y dos enormes tajadas de queso, como un prisionero de guerra. Por fin, con el pastel y otra taza de café delante, sacó el cuaderno de notas.

– Me pasé unas cuantas horas fisgando en la biblioteca pública, y lo único que pude averiguar es que no hubo nada de extraño en la muerte de Geoffrey. Lo saqué casi todo de artículos periodísticos sobre la encuesta. Se desató una tormenta espantosa la noche que murió en Westerbrae, para ser exacta en las primeras horas de la madrugada del uno de enero del sesenta y tres.

– Muy plausible, si tenemos en cuenta el tiempo que ha hecho este fin de semana -observó lady Helen.

– Según el oficial que dirigió la investigación, un tal inspector Glencalvie, el tramo de la carretera donde ocurrió el accidente estaba cubierto por una placa de hielo. Rintoul perdió el control en la pendiente, saltó por encima de la cuneta y dio varias vueltas de campana.

– ¿No salió despedido?

– Por lo visto no, pero se rompió el cuello y su cuerpo se quemó.

Lady Helen se volvió hacia St. James.

– Eso podría significar que…

– En nuestros días ya no es posible cambiar un cadáver por otro, Helen. Sin duda le identificaron por las placas dentales y los rayos X. ¿Hubo algún testigo del accidente, Barbara?

– Lo más parecido a un testigo fue el propietario de Hillview Farm. Oyó el choque y fue el primero en llegar al lugar.

– ¿Quién es?

– Hugh Kilbride, el padre de Gowan. -Meditaron sobre esta información durante un momento. El fuego crepitó y chisporroteó cuando las llamas alcanzaron un grueso nudo de savia-. Por eso sigo pensando -prosiguió Barbara lentamente-. En lo que quería decir Gowan con aquellas dos palabras, «no vi». Al principio creí que existía una relación con la muerte de Joy, pero quizá no sea así. Quizá se refería a algo que su padre le dijo, un secreto que guardaba.

– Es una posibilidad, qué duda cabe.

– Y hay algo más.

Les contó el registro que había llevado a cabo en casa de Joy Sinclair, haciendo hincapié en la ausencia de materiales relacionados con la obra que estaba escribiendo para lord Stinhurst.

El interés de St. James aumentó.

– ¿Había señales de que hubieran entrado por la fuerza en la casa?

– No vi ninguna.

– ¿Es posible que alguien más tuviera llaves? -preguntó lady Helen-. No encaja, ¿verdad? Toda la gente interesada en la obra se encontraba en Westerbrae, de modo que nadie pudo… A menos que alguien volviera a Londres a toda prisa y lograra sacar algo del estudio antes de que vosotros llegarais. Aunque tampoco parece verosímil, ni siquiera posible. Además, ¿quién podría tener una llave?

– Irene, supongo. Robert Gabriel. Quizá incluso… -Barbara vaciló.

– ¿Rhys? -preguntó lady Helen.

Havers experimentó cierta desazón. Adivinó lo que la joven quería decir por la forma en que pronunció el nombre.

– Es posible. En la factura del teléfono de Joy constaban varias llamadas a Rhys, intercaladas con otras a un lugar llamado Porthill Green. -Su lealtad a Lynley le impidió añadir nada más. El hielo sobre el que caminaba en esta investigación ya era bastante resbaladizo para proporcionarle a lady Helen una información que podía pasar a otra persona, deliberadamente o no.

Por su parte, lady Helen no necesitó oír más.

– Y Tommy piensa que Porthill Green proporciona algún móvil a Rhys para asesinar. Por supuesto. Está buscando un móvil. Me dijo más o menos lo mismo.

– Sin embargo, nada de esto nos acerca ni un paso a comprender la obra de Joy. -St. James miró a Barbara-. «Vasallo.» ¿Significa algo para ti?

– Feudalismo. ¿Puede significar otra cosa? -Havers frunció el entrecejo.

– Tiene que estar relacionado con todo esto -replicó lady Helen-. Es la única parte de la obra que se me quedó grabada.

– ¿Por qué?

– Porque sólo tuvo sentido para la familia de Geoffrey Rintoul. Todos reaccionaron cuando oyeron al personaje decir que no estaba dispuesto a convertirse en otro vasallo, como si fuera una palabra en clave que sólo ellos comprendieran.

– ¿Y qué vamos a hacer? -suspiró Barbara.

Ni St. James ni lady Helen le respondieron. Se sumieron en una silenciosa meditación de varios minutos que fue interrumpida por el sonido de la puerta al abrirse y la voz bien timbrada de una joven.

– Papá, ya estoy aquí, absolutamente congelada y muerta de hambre. Comeré lo que sea, hasta filete y pastel de riñones, así que ya comprenderás lo desesperada que vengo. -Subrayó lo dicho con una alegre carcajada.

La voz de Cotter respondió con severidad desde el piso de arriba:

– Tu marido se ha comido hasta el último mendrugo de la casa, cariño. Eso te enseñará a dejar abandonado al pobre hombre durante tantas horas. ¿Adónde irá a parar el mundo?

– ¿Simon? ¿Ha llegado tan pronto a casa? -Sonaron pasos apresurados en el pasillo, la puerta del estudio se abrió de golpe y Deborah St. James apareció en el umbral.

– Mi vida, ¿no habrás…? -Se interrumpió al ver a las otras mujeres. Desvió los ojos hacia su marido y se quitó la boina de color crema, que liberó una masa indisciplinada de cabello rojo cobrizo. Iba vestida con elegancia (abrigo de lana color marfil sobre un traje gris) y cargaba con una enorme cámara, protegida por un estuche metálico, que depositó cerca de la puerta-. He ido a hacer una boda. Creía que no iba a escaparme de la fiesta. ¿Habéis vuelto de Escocia tan pronto? ¿Qué ha ocurrido?

Una sonrisa iluminó la cara de St. James. Tendió la mano y su mujer se aproximó.

– Sé exactamente por qué me casé contigo, Deborah -dijo, besándola con ternura y revolviendo su cabello-. ¡Fotografías!

– Y yo que pensaba que estabas loco por mi perfume -replicó ella.

– Ni por asomo. -St. James se levantó de la silla y caminó hacia el escritorio. Rebuscó en un amplio cajón y sacó una guía telefónica.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó lady Helen. Deborah acaba de responder a la pregunta de Barbara. ¿Qué vamos a hacer? Buscar fotografías. -Tomó el teléfono-. Y si existen, Jeremy Vinney es el único hombre que puede conseguirlas.

Capítulo 11

Porthill Green era un pueblo que parecía haber brotado, como una protuberancia anormal, de las tierras ricas en turba de los East Anglian Fens. El pueblo, cercano al centro del imaginario triángulo formado por las ciudades de Brandon, Mildenhall y Ely, pertenecientes a Suffolk y Cambridgeshire, era poco más que el cruce de tres, estrechan carreteras que serpenteaban, a través de campos de remolachas y atravesaban canales, gracias a puentes apenas más anchos que un coche. Se asentaba en un paisaje dominado por tonos gris, pardo y verde, debidos respectivamente al melancólico cielo invernal, los campos arcillosos moteados de nieve en algunos puntos, y la abundante vegetación que bordeaba las carreteras.

El pueblo carecía de grandes atractivos. La calle principal se componía de nueve edificios de pedernal descantillado y cuatro de yeso, enmaderados a medias como si un borracho se hubiera encargado de la tarea. Los locales comerciales anunciaban su condición mediante letreros de pintura desportillada y ennegrecida. Una solitaria gasolinera, que parecía fabricada en su mayor parte de orín y vidrio, se alzaba como un centinela en las afueras del pueblo. Y al final de la calle principal, señalado por una cruz céltica erosionada por el clima, se veía un círculo de nieve sucia bajo el cual, sin duda, crecía la hierba de la que el pueblo tomaba su nombre.

Lynley aparcó allí, pues la hierba se hallaba frente a Wine's the Plough, un edificio desvencijado que no se diferenciaba en nada de los demás. Los examinó mientras la sargento Havers, a su lado, se abrochaba el abrigo hasta la barbilla y tomaba el bloc y el bolso…

Lynley observó que, en su momento, la taberna se había llamado simplemente The Plough, y que se habían añadido las palabras Wines y Liquors, una a cada lado. La última se había desprendido mucho tiempo atrás, dejando una mancha oscura sobre la pared, pero la forma de las palabras todavía era legible. En lugar de volver a colocar Liquors, o aprovechar la ocasión para pintar de nuevo el edificio, se había añadido un apostrofe a la primera palabra mediante una jarra de hojalata embutida en la pared. De esta forma el edificio había sido bautizado por segunda vez, sin duda para regocijo de alguien.

– Es el mismo pueblo, sargento -dijo Lynley tras un somero examen a través del parabrisas.

Aparte de un perro que olfateaba un seto irregular, el lugar bien podía estar abandonado.

– ¿Cuál, señor?

– El del dibujo que había en el estudio de Joy Sinclair. La gasolinera, la verdulería. Allí está la casa con el jardín, detrás de la iglesia. Había estado aquí lo suficiente para familiarizarse con el lugar. Estoy seguro de que alguien se acordará de ella. Encárguese mientras yo charlo un poco con John Darrow.

– Siempre me toca caminar -refunfuñó ella.

– Después de lo de anoche, le irá bien para despejarse.

– ¿Lo de anoche? -preguntó ella, estupefacta. -La cena, la película. El chico del supermercado.

– Ah, eso. -Havers se revolvió en el asiento-. Créame, es mejor olvidarlo, señor. -Salió del coche, dejando entrar una ráfaga de aire que transportaba débiles olores a mar, peces muertos y desperdicios podridos, y se lanzó hacia el primer edificio, desapareciendo tras la estropeada puerta negra.

Habían tardado menos de dos horas en llegar desde Londres, y a Lynley no le sorprendió encontrar la puerta de Wine's the Plough cerrada. Era demasiado temprano para abrir la taberna. Dio la vuelta al edificio y vio que encima había una especie de piso, pero la observación no le sirvió de nada. Las fláccidas cortinas formaban una barrera que sus ojos escrutadores no podían atravesar. No se veía a nadie, y ningún automóvil o motocicleta indicaba que el edificio perteneciera a alguien. Sin embargo, cuando Lynley escudriñó por las sucias ventanas de la taberna, el hueco de una tablilla que faltaba en uno de los postigos reveló una luz que brillaba a través de una puerta lejana; probablemente conducía a las escaleras de la bodega.

Regresó a la puerta y llamó con los nudillos. Al cabo de unos momentos, unos fuertes pasos se encaminaron hacia la puerta.

– No está abierto -dijo la áspera voz de un hombre.

– ¿Señor Darrow?

– Sí.

– ¿Quiere abrir la puerta, por favor?

– ¿Qué desea?

– Scotland Yard.

Sus palabras obtuvieron una leve respuesta. La puerta se abrió unos quince o veinte centímetros.

– Aquí todo está en orden. -Ojos del tamaño y forma de avellanas, de un color pardo echado a perder por el amarillo, bajaron hacia la placa que Lynley sostenía.

– ¿Puedo entrar?

Darrow no levantó la vista mientras reflexionaba en la petición y en las escasas respuestas que le permitía.

– No es sobre Teddy, ¿verdad?

– ¿Su hijo? No tiene nada que ver con él.

El hombre abrió del todo la puerta, aparentemente satisfecho, se echó hacia atrás y dejó entrar a Lynley en la taberna. Era un establecimiento humilde, acorde con el pueblo al que servía. Su única decoración parecía ser una variedad de letreros apagados situados detrás y por encima de la barra de formica, que identificaban los licores disponibles. Había muy pocos muebles: media docena de mesas pequeñas rodeadas de taburetes y un banco que corría bajo las ventanas del frente. Estaba acolchado, pero el sol había transformado el rojo original en un rosa oxidado. Exhibía una abundante colección de manchas. En el aire flotaba un intenso olor a quemado, una combinación de humo de cigarrillos, fuego apagado en un hogar ennegrecido y ventanas que llevaban cerradas demasiado tiempo para protegerse del invierno.

Darrow se situó detrás de la barra, tal vez en un intento de tratar a Lynley como a un cliente, a pesar de la hora y la placa que le identificaba como policía. Por su parte, Lynley siguió el mismo ejemplo, aunque significaba permanecer de pie cuando hubiera preferido conducir la conversación sentado a una mesa.

Darrow, un hombre de aspecto brutal, que emanaba un decidido aire a violencia reprimida, frisaría en los cuarenta y cinco años. Tenía la complexión de un boxeador, cuadrado, de largos y potentes miembros, ancho de pecho y unas orejas incongruentemente pequeñas y bien formadas que se aplastaban contra su cráneo. Sus ropas armonizaban con su aspecto. Sugerían a un hombre que podía realizar la metamorfosis de cantinero en camorrista en un abrir y cerrar de ojos. Llevaba una camisa de lana, cuyas mangas subidas revelaban unos brazos hirsutos, y pantalones anchos para facilitar los movimientos. Al contemplarle, Lynley dudó de que se produjeran batallas campales en Wine's the Plough si el propio Darrow no las provocaba.

Guardaba en el bolsillo las solapas de Muerte en la oscuridad, que se había llevado del estudio de Joy Sinclair. Las sacó de forma que el sonriente rostro de la autora quedara boca arriba.

– ¿Conoce a esta mujer? -preguntó.

Los ojos de Darrow brillaron significativamente.

– La conozco. ¿Y qué?

– La asesinaron hace tres noches.

– Hace tres noches estaba aquí -replicó Darrow con seguridad-. El sábado es el día que vienen más clientes. Cualquiera del pueblo se lo dirá.

No era la reacción que Lynley esperaba. Sorpresa, confusión o reserva, pero no una declaración automática de inocencia. Como mínimo, era extraño.

– Ella vino a verle -afirmó Lynley-. El mes pasado llamó por lo menos diez veces a la taberna.

– ¿Y qué?

– Confío en que usted me lo diga.

El tabernero pareció calibrar el tono sereno de Lynley. Que su exhibición de hosca beligerancia no produjera la menor reacción en el detective de Londres parecía desconcertarle.

– Yo no quería saber nada de ella -dijo-. Quería escribir un libro impertinente.

– ¿Sobre Hannah?

Los músculos del rostro de Darrow se tensaron.

– Sí, sobre Hannah. -Se dirigió a una botella invertida de Bushmill's Etiqueta Negra y empujó la espita con un vaso. Bebió el whisky de dos o tres lentos tragos, dando la espalda a Lynley-. ¿Quiere uno? -preguntó, sirviéndose otro.

– No.

El hombre asintió y volvió a beber.

– Apareció como surgida de la nada. Traía un montón de recortes de periódico sobre los libros que había escrito, me habló de los premios que había recibido y… Yo qué sé. Se imaginaba que le iba a contar todo lo de Hannah y que, encima, le daría las gracias por su atención. Bueno, no quise. No se lo permití. Y no iba a permitir que mi Teddy se viera mezclado en toda esa mierda. Como si no hubiera bastante con que su madre se matara y las mujeres del pueblo propagaran habladurías hasta que tuvo diez años. No podía permitir que la historia se repitiera, que lo sacara todo a la luz otra vez. torturando al chico.

– ¿Hannah era su esposa?

– Sí. Mi esposa.

– ¿Cómo se enteró Joy Sinclair de su existencia?

– Dijo que había pasado nueve o diez meses estudiando suicidios, hasta que encontró uno que le pareció interesante. El de Hannah. Dijo que le saltó a la vista. -Su voz era amarga-. ¿Se da cuenta, tío? Le saltó a la vista. Han no era una persona para ella, sino un trozo de carne. Le contesté que se fuera al infierno. Tal que así.

– Diez llamadas telefónicas dan a entender que era bastante persistente.

– Me daba igual -resopló Darrow-. No iba a conseguir nada. Teddy era demasiado pequeño para saber lo que ocurrió, así que no pudo hablar con él. Y a mí no iba a sonsacarme nada.

– ¿Debo entender que sin su cooperación no habría podido escribir el libro?

– Sí. Ni libro ni nada. Y así seguirá siendo.

– ¿Vino sola a verle?

– Sí.

– ¿Nunca vino acompañada? ¿No la esperaba nadie en el coche?

Darrow entornó los ojos, intrigado. Los desvió un instante hacia las ventanas.

– ¿Qué quiere decir?

A Lynley le pareció una pregunta muy directa. Se preguntó si Darrow trataba de contemporizar.

– ¿Vino con algún amigo?

– Siempre lo hizo sola.

– Su mujer se suicidó en 1973, ¿verdad? ¿Le explicó alguna vez Joy Sinclair por qué estaba tan interesada en un suicidio tan lejano en el tiempo?

El rostro de Darrow se ensombreció. Un rictus de asco deformó sus labios.

– Le gustaba lo de la silla, inspector. Tuvo la cara dura de decírmelo. Le gustaba lo de la jodida silla.

– ¿La silla?

– Exacto. Han perdió un zapato cuando hizo volcar la silla de una patada. Y a esa tía le encantaba el detalle. Lo calificó de… conmovedor. -Se sirvió otra ración de Bushmill's-. Perdone usted, pero me importa una mierda quién mató a esa puta.

St. James y su mujer se hallaban en el último piso de su casa, dedicados a sus respectivos quehaceres: St. James en el laboratorio forense y Deborah en la habitación de revelado anexa. La puerta de comunicación estaba abierta. Y St. James, por puro placer, dedicó unos momentos a contemplar a su esposa, levantando la vista del informe que preparaba para la defensa de un juicio cercano. Deborah examinaba con el ceño fruncido una colección de sus fotografías. Tenía un lápiz encajado detrás de la oreja y el rizado cabello recogido hacia atrás mediante una serie de horquillas. La luz del techo formaba un halo alrededor de su cabeza, pero las sombras ocultaban la mayor parte de su cuerpo.

– Atroz. Patético -murmuró, escribiendo algo en el reverso de una foto y tirando otra al cubo de la basura que había a sus pies-. Maldita luz… Por Dios, Deborah, ¿dónde aprendiste los elementos básicos de la composición? Dios mío, ésta es todavía peor.

St. James lanzó una carcajada. Deborah le miró.

– Lo siento -dijo-. ¿Te he distraído?

– Tú siempre me distraes, mi amor. Demasiado, me temo, sobre todo cuando he estado separado de ti veinticuatro horas o más.

Las mejillas de la joven se ruborizaron un poco.

– Bueno, después de un año me alegro de que todavía exista una sombra de romanticismo entre nosotros Yo… Es una tontería, pero ¿de veras pasaste sólo una noche en Escocia? Te he echado de menos, Simon. He descubierto que ya no me gusta ir a la cama sin ti. -El rubor se acentuó cuando St. James se levantó del alto taburete y salió del laboratorio para reunirse con ella en la semioscuridad de la habitación de revelado-. No, mi amor… Lo que quería decir… Simon, así no podremos terminar el trabajo -simuló protestar cuando él la tomó entre sus brazos.

– Bueno, terminaremos otras cosas, ¿no crees? -rió él en voz baja antes de besarla-. Dios. Sí. Cosas mucho más importantes -murmuró al cabo de un momento.

Se separaron con aire de culpabilidad cuando sonó la voz de Cotter. Subía por la escalera, hablando en voz mucho más alta de lo habitual.

– ¡Están ahí arriba! -gritó-. Trabajando en el laboratorio, supongo. Deb revela sus fotos y el señor St. James pergeña algún informe. Justo ahí arriba. Apenas hay que subir. Llegaremos en un instante.

Pronunció esta última frase con voz todavía más potente. Deborah se echó a reír al oírle.

– Nunca sé si mi padre me asombra o me divierte -Susurró-. ¿Cómo puede saber siempre lo que estamos haciendo?

– Observa la forma en que te miro y ya tiene bastante. Tu padre sabe exactamente lo que pasa por mi cabeza. -St. James se reintegró a su laboratorio. Estaba redactando su informe cuando Cotter apareció en la puerta, seguido de Jeremy Vinney.

– Aquí lo tiene -anunció Cotter-. Una subidita de nada, ¿verdad? -Miró a un lado y a otro como para asegurarse de que no había sorprendido al matrimonio in flagrante delicto.

Vinney no demostró la menor sorpresa ante la estentórea manera con que Cotter había pregonado su llegada. En lugar de ello, se adelantó con una carpeta de papel manila en la mano. En su rostro grueso se adivinaban señales de fatiga, y la barbilla se veía mal afeitada. Todavía no se había desprendido del abrigo.

– Creo que tengo lo que necesita -dijo a St. James, en tanto Cotter, antes de salir, respondía con un cariñoso fruncimiento de ceño a la traviesa sonrisa de su hija-. Hasta puede que más. El compañero que cubrió la encuesta sobre Geoffrey Rintoul en el sesenta y tres es ahora uno de nuestros principales redactores titulares, así que esta mañana entramos a saco en sus archivos y obtuvimos tres fotografías y una serie de notas antiguas. Como están escritas a lápiz apenas son legibles, pero tal vez podríamos sacar algo en claro. -Miró a St. James como intentando adivinar sus intenciones-. ¿Mató Stinhurst a Joy? ¿Es eso lo que quiere averiguar?

La pregunta era una conclusión lógica a todo cuanto había sucedido previamente, y muy razonable en un periodista, pero St. James comprendió lo que implicaba. Vinney interpretaba un triple papel en el drama acaecido en Westerbrae, como periodista, amigo de la difunta y sospechoso. Le interesaba sobremanera eliminar el último a los ojos de la policía, y procurar que las sospechas recayeran sobre otro. Y tras la exhibición de franca colaboración periodística, ¿quién mejor que St. James, amigo personal de Lynley, para encargarse de ello? Éste respondió con cautela.

– Lo único que nos intriga de la muerte de Geoffrey Rintoul es un pequeño detalle.

Si la vaguedad de la respuesta decepcionó al periodista, procuró no demostrarlo.

– Ah, entiendo. -Se quitó el abrigo y St. James le presentó a su mujer. Vinney depositó la carpeta sobre la mesa del laboratorio, y sacó el contenido, un rollo de papeles y tres fotos viejas-. Las notas sobre la encuesta son muy completas -dijo con tono profesional-. Nuestro hombre confiaba en que le concedieran un buen espacio al artículo, considerando el distinguido pasado de Geoffrey Rintoul, así que cuidó mucho los detalles. Creo que puede confiar en su precisión.

Las notas estaban escritas en papel amarillo, lo que no contribuía precisamente a facilitar la lectura.

– Dice algo sobre una discusión -observó St. James, mirando las notas por encima.

Vinney acercó un taburete a la mesa.

– El testimonio de la familia en la encuesta fue muy sincero. El viejo lord Stinhurst, Francis Rintoul, padre del actual conde, dijo que había tenido lugar una acalorada disputa antes de que Geoffrey Rintoul se marchara aquella Noche Vieja.

– ¿Una disputa? ¿Acerca de qué?

– Por lo visto, acerca de una riña que amenazaba con ahondar en la historia de la familia.

Esto se acercaba mucho a lo que Lynley le había contado sobre su conversación con el actual barón, pero a St. James le costaba creer que el anterior lord Stinhurst hubiera aireado en la encuesta el triángulo amoroso de sus dos hijos. La lealtad a la familia se lo habría impedido.

– ¿Entró en detalles?

– Sí. -Vinney indicó la parte central de la página-. Por lo visto, Geoffrey tenía muchas ganas de volver a Londres y decidió marcharse aquella misma noche, a pesar de la tormenta. Su padre aseguró que se había opuesto a su partida, a causa del tiempo, porque apenas le había visto en los últimos seis meses y deseaba retenerle en la casa mientras pudiera. Es evidente que sus relaciones no eran cordiales, y el viejo conde contemplaba la reunión de Año Nuevo como una forma de hacer las paces.

– ¿Qué problema les enfrentaba?

– Averigüé que el conde se había enfadado mucho con Geoffrey por no casarse. Deseaba que Geoffrey escuchara la llamada del deber y tomara las riendas de la casa ancestral. Supongo que, en cualquier caso, ése era el meollo del problema. -Vinney estudió las notas antes de proseguir en tono comedido, como si hubiera comprendido la importancia de demostrar imparcialidad a la hora de referirse a la familia Rintoul-. Tengo la impresión de que el viejo estaba acostumbrado a imponer su voluntad. Por eso, cuando Geoffrey decidió regresar a Londres, su padre perdió los estribos y la discusión adquirió más virulencia.

– ¿Existe algún indicio de por qué Geoffrey quería volver a Londres? ¿Por una amiga que su padre no aprobaba, o por su relación con un hombre que deseaba mantener en secreto?

Se produjo una extraña e inexplicable pausa, como si Vinney intentara descifrar en las palabras de St. James un significado subyacente. El periodista carraspeó.

– No hay nada en ese sentido. Nadie confesó jamás una relación reprobable con él. Piense en la prensa. De haber estado alguien liado a escondidas con Geoffrey Rintoul, él o ella habría salido a la luz después de su muerte y vendido la historia por un buen puñado de dinero. Dios sabe que era corriente a principios de los sesenta; parecía que la mitad de los ministros del gobierno estuvieran liados con prostitutas. Recuerde el escándalo de Christine Keeler y John Profumo. Hizo tambalear a los conservadores. Por tanto, si Geoffrey Rintoul hubiera mantenido relaciones con alguien, él o ella se habría limitado a seguir los pasos de la Keeler.

– Hay algo en lo que está diciendo, ¿se da cuenta? Quizá más de lo que imaginamos. John Profumo era ministro de la Guerra. Geoffrey Rintoul trabajaba para el Ministerio de Defensa. Tanto la muerte de Geoffrey Rintoul como la encuesta subsiguiente tuvieron lugar en enero, el mismo mes que las relaciones sexuales de John Profumo fueron aireadas por la prensa. ¿Existirá una conexión entre esa gente y Geoffrey Rintoul que no conseguimos establecer?

El empleo del plural pareció enardecer a Vinney.

– Me gustaría pensarlo así, pero si Rintoul hubiera estado enrollado con una prostituta, ¿por qué mantuvo la boca cerrada, si los periódicos hubieran pagado una fortuna por cualquier historia jugosa que implicara a alguien del gobierno?

– ¿Una mujer casada?

Volvían de nuevo a la historia de Geoffrey Rintoul acerca de su mujer y su hermano. St. James decidió dejarla a un lado.

– ¿Y el testimonio de los demás?

– Todos confirmaron lo que había dicho el conde sobre la discusión, el enfado de Geoffrey y el accidente en la carretera. Sin embargo, hubo algo peculiar. El cuerpo se quemó, y tuvieron que pedir a Londres radiografías y placas dentales para proceder a la identificación oficial. El médico de Geoffrey, un hombre llamado sir Andrew Higgins, las trajo en persona. Hizo el examen junto con el patólogo de Strathclyde.

– Poco habitual, pero no increíble.

– No es eso. -Vinney movió la cabeza-. Sir Andrew era amigo del padre de Geoffrey desde la adolescencia. Fueron juntos a Harrow y a Cambridge. Eran socios del mismo club de Londres. Murió en 1970.

St. James extrajo sus propias conclusiones de esta nueva revelación. Cabía la posibilidad de que sir Andrew hubiera ocultado lo que necesitaba ser ocultado. Cabía la posibilidad de que hubiera sacado a la luz sólo lo que era preciso que saliera a la luz. No obstante, considerando todas las informaciones dispersas, el punto al que St. James concedía mayor relevancia era la época: enero de 1963, pero no sabía por qué. Tomó las fotografías.

La primera reproducía a un grupo de personas vestidas de negro que se disponía a entrar en una serie de limusinas aparcadas. St. James reconoció a la mayoría. Francesca Gerrard tomaba del brazo a un caballero de edad madura, seguramente su marido; Stuart y Marguerite Rintoul se inclinaban para hablar con dos niños aturdidos, sin duda Elizabeth y su hermano mayor, Alee. Al fondo, los rostros borrosos, varias personas conversaban en círculo en las escaleras del edificio. La segunda foto mostraba el lugar del accidente y la franja de tierra quemada. Junto a él se hallaba un granjero vestido con prendas toscas, acompañado de un perro pastor. Hugh Kilbride, supuso St. James, el padre de Gowan, la primera persona que llegó al lugar de los hechos. La última foto era de un grupo saliendo de un edificio en el que probablemente se había realizado la encuesta. St. James volvió a reconocer a la gente que había visto en Westerbrae, pero la foto contenía varias caras desconocidas.

– ¿Quiénes son estas personas? ¿Las conoce?

– Sir Andrew Higgins está justo detrás del viejo conde de Stinhurst. -Vinney iba señalando con el dedo mientras hablaba-. El abogado de la familia es el que está a su lado. Supongo que ya conoce a los demás.

– Salvo a este hombre. ¿Quién es? -El hombre en cuestión estaba detrás y a la derecha del viejo conde de Stinhurst, con la cabeza ladeada para hablar con Stuart Rintoul, que le escuchaba con ceño mientras se acariciaba la barbilla.

– No lo sé -dijo Vinney-. Tal vez lo sepa el que hizo las fotos, pero no pensé en preguntárselo. ¿Me las vuelvo a llevar y lo intento?

St. James reflexionó por unos momentos.

– Tal vez -respondió lentamente, y luego se volvió hacia el cuarto oscuro-. Deborah, ¿quieres echar un vistazo a estas fotos, por favor? -Su esposa se acercó a la mesa y miró las instantáneas por encima del hombro de St. James. Éste le concedió unos instantes para que las juzgara-. ¿Puedes hacer una serie de ampliaciones de esta última, fotos individuales de cada persona, sobre todo de las caras?

– Saldrán muy granulosas, desde luego. No serán de muy buena calidad, pero sí reconocibles. ¿Empiezo ya?

– Sí, por favor. -St. James miró a Vinney-. Veremos qué nos dice nuestro actual lord Stinhurst sobre éstas.

La policía de Mildenhall se había encargado de la investigación sobre el suicidio de Hannah Darrow. Raymond Plater, el oficial que la dirigió, era ahora el jefe de policía de la ciudad. Se trataba de un hombre que se había acomodado a la autoridad como a un traje utilizado durante muchos años. Por ello, no le hizo la menor gracia que Scotland Yard llamara a su puerta para hablar sobre un caso cerrado quince años antes.

– Me acuerdo muy bien -dijo, guiando a Lynley y Havers hacia su bien amueblado despacho. Ajustó las persianas con orgullo de propietario, descolgó el teléfono, marcó un número de tres cifras y dijo:

– Soy Plater. Tráigame el expediente de Darrow, Hannah, por favor. D-a-r-r-o-w. Estará en 1973… Un caso cerrado… Perfecto. -Acercó la silla giratoria a una mesa situada detrás del escritorio y preguntó sin volverse-. ¿Café?

Los dos aceptaron la invitación. Plater hizo los honores con una cafetera de aspecto eficiente, tendiéndoles tazas humeantes junto con leche y azúcar. Bebió con satisfacción, pero al mismo tiempo con una delicadeza notable para un hombre tan enérgico y de rasgos tan feroces. Su rostro, de mandíbula implacable y límpidos ojos nórdicos, recordaba a los rudos vikingos de quienes, sin duda, era descendiente.

– No son los primeros en venir a hacer preguntas sobre esa Darrow -dijo, reclinándose en la silla.

– La escritora Joy Sinclair estuvo aquí -respondió Lynley. Al ver que Plater movía bruscamente la cabeza, añadió-. La asesinaron este fin de semana en Escocia.

El jefe de policía ajustó su posición, demostrando interés.

– ¿Existe alguna relación?

– Tan sólo una intuición, por ahora. ¿Vino a verle sola la Sinclair?

– Sí. Era muy persistente. Llegó sin concertar cita, y como no era miembro del Cuerpo la hice esperar un rato -Plater sonrió-. Unas dos horas, creo recordar, pero aguantó impertérrita, de modo que la recibí. Eso fue… a principios del mes pasado.

– ¿Qué quería?

– Conversación, sobre todo. Echar un vistazo al expediente de la Darrow. En circunstancias normales, no se lo habría dejado ver a nadie, pero traía dos cartas de presentación, una de un jefe de policía de Gales con el que había trabajado en un libro, y otra de un subjefe de detectives del sur. De Devon, tal vez. Además, des- plegó una lista de credenciales impresionante, al menos dos Dagas de Plata [12] entre ellas, que no necesitó exhibir para convencerme de que venía por un asunto serio.

Un joven agente llamó con deferencia a la puerta, entregó a su jefe una gruesa carpeta y se marchó al instante. Plater abrió la carpeta y extrajo una serie de fotografías.

Eran de la clase que la policía solía tomar en el escenario de los hechos, en un ascético blanco y negro, aunque plasmaban la muerte con morbosa atención a los detalles, llegando al extremo de incluir la sombra alargada que proyectaba el cuerpo colgado de Hannah Darrow. No había mucho más que ver. La habitación, que carecía de muebles, tenía un techo abierto de vigas, un suelo de tablas anchas pero muy estropeadas y toscas paredes de madera. Parecían estar curvadas, y su única decoración consistía en ventanillas de cuatro cristales. Una silla sencilla con asiento de mimbre estaba caída junto al cadáver; el zapato perdido descansaba contra un escalón. La mujer no había empleado cuerda, sino lo que parecía una bufanda de color oscuro, sujeta a un gancho del techo. La cabeza colgaba hacia adelante, y el largo cabello rubio ocultaba la espantosa mueca de su cara.

Lynley examinó las fotos una a una, sintiendo una punzada de incertidumbre. Se las pasó a Havers y observó cómo las estudiaba, pero la sargento se las devolvió a Plater sin el menor comentario.

– ¿Dónde se tomaron las fotografías? -preguntó al jefe de policía.

– La encontraron en un molino de Mildenhall Fen, a unos dos kilómetros del pueblo.

– ¿Sigue allí el molino?

Plater movió la cabeza.

– Me temo que lo demolieron hace tres o cuatro años. No creo que le sirviera de mucho verlo, aunque -agregó con tono reflexivo-. La Sinclair también quería verlo.

– ¿De veras? -preguntó Lynley con aire pensativo. Pensó en esa petición y en lo que John Darrow le había dicho: Joy había tardado diez meses en encontrar la muerte sobre la que quería escribir-. ¿Está absolutamente seguro de que fue un suicidio?

En respuesta, Plater rebuscó en la carpeta y sacó una hoja de bloc. Rota por varias partes, aún se veían las señales de que había sido arrugada y después alisada entre varios papeles. Lynley leyó las pocas palabras, escritas con letra infantil y redonda, utilizando diminutos círculos en lugar de puntos.

Debo irme, ya es hora… Hay un árbol muerto, pero sigue oscilando al viento como los demás. Por eso creo que si muero, de alguna forma seguiré existiendo.

Adiós, querido.

– Muy concisa -comentó Plater.

– ¿Dónde la encontraron?

– En su casa, sobre la mesa de la cocina. Con la pluma al lado, inspector.

– ¿Quién la encontró?

– Su marido. Evidentemente, ella debía estar aquella noche en la taberna, ayudándole. Como no aparecía, el hombre subió al piso. Vio la nota, se asustó y salió corriendo a buscarla. Al no encontrarla, volvió, cerró la taberna y reunió a un grupo de hombres para hacer una batida. La encontraron en el molino -Plater consultó el expediente-. Poco después de medianoche.

– ¿Quién la encontró?

– Su marido. Acompañado -añadió, al ver que Lynley se apresuraba a preguntarle-. Por dos tipos del pueblo que no eran muy amigos suyos. -Plater sonrió con cierta afabilidad-. Supongo que estará pensando lo mismo que todos pensamos al principio, inspector. Que Darrow llevó a su esposa al molino, la colgó y escribió la nota. Investigamos esa posibilidad. La nota era auténtica. Nuestros calígrafos lo verificaron. Y, aunque había huellas de los dos en el papel, tanto de Hannah como de su marido, la explicación es muy sencilla. Él tomó la nota de la mesa de la cocina, donde ella la había dejado. Un comportamiento muy poco cuestionable, dadas las circunstancias. Además, Hannah Darrow se proveyó de mucho peso aquella noche para asegurarse de no fallar. Se puso dos abrigos de lana y dos jerséis gruesos. Y no me diga que su marido la invitó a dar un paseo nocturno vestida así.

El teatro Agincourt estaba encajado entre dos edificios mucho más grandes, en una calle estrecha que partía de la avenida Shaftesbury. A la izquierda se hallaba el hotel Royal Standard, custodiado por un portero uniformado que escrutaba con el ceño fruncido a peatones y tráfico por igual. A la derecha estaba el Museo de Historia del Teatro; el escaparate exhibía una deslumbrante colección de trajes isabelinos, armas y utilería. Emparedado entre ambos, el Agincourt presentaba un aspecto de descuido y deterioro que desaparecía en cuanto se cruzaban sus puertas.

Cuando lady Helen entró poco antes de mediodía, se detuvo sorprendida. La última vez que había visto una obra en este lugar el edificio estaba en manos de otro propietario y, aunque su antiguo interior sombríamente Victoriano poseía cierto encanto dickensiano, la renovación impulsada por Stinhurst era impresionante.

Había leído algo en los periódicos, por supuesto, pero no estaba preparada para una metamorfosis semejante. Stinhurst había concedido total libertad a arquitectos y diseñadores para que procedieran a la mejora del teatro. Siguiendo una filosofía del interiorismo que no se paraba en barras, habían transformado el edificio de arriba a abajo, logrando luz y espacio mediante la creación de una entrada que daba acceso a tres pisos de galerías abiertas, y mediante el uso de colores que contrastaban fuertemente con la fachada tiznada de hollín. Ante aquel derroche de creatividad que había cambiado el teatro, lady Helen olvidó un poco los nervios que le producía su inminente entrevista.

Había repasado una y otra vez los detalles con St. James y Havers hasta casi las doce de la noche. Los tres habían examinado todos los problemas inherentes a esta visita en concreto. Como Havers no podía acudir al teatro sin que Lynley lo supiera, ni llevar a cabo la misión de forma oficial, recordó que lady Helen o St. James se las ingeniarían para que la secretaria de lord Stinhurst hablara sobre las llamadas telefónicas que, según su patrón, había hecho en su nombre la mañana que fue encontrado el cadáver de Joy Sinclair.

La discusión concluyó con el consenso de que lady Helen era la más apropiada de los tres para despertar la confianza de alguien. Todo ello parecía muy razonable a medianoche, incluso un poco halagador, según el punto de vista, pero ahora que las oficinas del Agincourt se encontraban a sólo diez pasos de distancia y la secretaria de Stinhurst aguardaba, sin saberlo, en un despacho, la seguridad de lady Helen se debilitaba por momentos.

– ¡Helen! ¿Has venido para participar en la nueva pelea?

Rhys Davies-Jones estaba de pie en la puerta del anfiteatro con una taza en la mano. Lady Helen sonrió y se reunió con él en el bar, donde el café hervía ruidosamente y desprendía un intenso aroma, en especial a achicoria.

– El peor café del mundo -reconoció Davies-Jones-. Pero uno se acostumbra al cabo de un tiempo. ¿Quieres un poco? -Ella negó y Rhys llenó su taza. El líquido era negro, como aceite lubricante usado en exceso.

– ¿Qué nueva pelea?

– Quizá «pelea» no sea la palabra más precisa -admitió Rhys-. Se trata más bien de maniobras políticas ejecutadas por nuestros estimados actores para conseguir el mejor papel en la nueva producción de Stinhurst. La única dificultad reside en que todavía no se ha elegido la obra. Ya te puedes imaginar las intrigas que se han tejido durante las dos últimas horas.

– ¿Nueva producción? ¿Quieres decir que lord Stinhurst pretende seguir adelante después de lo que les pasó a Joy y a Gowan?

– No tiene otra elección, Helen. Todos hemos firmado un contrato con él. El teatro debe abrir antes de ocho semanas. Si no hay obra nueva, perderá hasta la camisa. La verdad es que no está muy contento, y aún lo estará menos cuando la prensa caiga sobre él y le atosigue con lo de Joy. No entiendo por qué los medios de comunicación no se han hecho eco de la noticia. -Apoyó suavemente su mano sobre la de Helen-. Por eso has venido, ¿verdad?

La joven no había pensado que le vería, no había reflexionado sobre lo que le diría en ese caso. Respondió lo primero que le vino a la cabeza, sin pararse a pensar en por qué le mentía.

– La verdad es que no. Estaba cerca, pensé que estarías aquí y decidí pasarme.

Los ojos de Rhys, que no se apartaban de ella un instante, manifestaron claramente que consideraba ridícula su historia. No era la clase de hombre al que agradaran las lisonjas de una mujer atractiva, ni ella la clase de mujer propensa a hacerlo. Rhys lo sabía muy bien.

– Estupendo. Sí, entiendo. -Estudió su café, se pasó la taza de una mano a la otra. Esta vez habló con un tono distinto, ligero e indiferente a propósito-. Entremos en el anfiteatro. No hay mucho qué ver, porque no hemos hecho nada, pero trifulcas no han faltado, Joanna ha estado acosando toda la mañana a David Sydeham con una lista interminable de quejas, y Gabriel ha procurado apaciguarlos. Ha conseguido enemistarse con casi todo el mundo, en particular con Irene. Es posible que el encuentro termine en una refriega, pero no deja de ser divertido. ¿Te unes a nosotros?

Lady Helen sabía que no podía negarse, después de la excusa que se había inventado para justificar su presencia en el teatro. Le siguió al anfiteatro en penumbra y se sentó en la última fila. Rhys le dedicó una sonrisa gentil y caminó hacia el escenario, brillantemente iluminado, donde los actores, lord Stinhurst y otras personas se habían congregado alrededor de una mesa, discutiendo en voz alta.

– Rhys, ¿nos veremos esta noche? -le preguntó ella antes de que se alejara.

Era en parte arrepentimiento y en parte deseo, pero ignoraba qué pesaba más en su ánimo. Sólo sabía que era incapaz de separarse de él después de haberle mentido.

– Lo siento pero no puedo, Helen. Tengo una cita con Stuart… con lord Stinhurst para hablar sobre la nueva obra.

– Oh. Sí, por supuesto. No lo había pensado. Quizá en otro momento…

– ¿Mañana por la noche? Quedemos para cenar, si estás libre. Si te apetece.

– Yo… Sí, sí me apetece. De veras.

Las sombras ocultaban el rostro de Rhys. Lady Helen sólo oía sus palabras, la frágil ternura que enmascaraban. El timbre de su voz delataba el esfuerzo que le costaba hablar.

– Helen, me he despertado esta mañana sabiendo con total certidumbre que te quiero. Te quiero muchísimo. Que Dios me perdone, pero creo que es el momento más terrorífico de mi vida.

– Rhys…

– No, por favor. Dímelo mañana. -Se volvió con decisión, avanzó por el pasillo, subió los escalones y se reunió con los demás.

Lady Helen se obligó a mantener la vista fija en el escenario, pero sus pensamientos se obstinaban en reflexionar sobre la lealtad. Se daba cuenta de que este encuentro con Rhys había constituido una prueba de su devoción hacia él, y de que había fracasado miserablemente. Se preguntó si este momentáneo fracaso significaba lo peor, si en el fondo de su corazón albergaba dudas sobre lo que Rhys había hecho dos noches antes, mientras ella dormía en Westerbrae. Sólo pensar en ello la destrozaba. Se despreció a sí misma.

Se levantó, regresó al vestíbulo y se acercó a las puertas de la oficina. Desechó valerse de engaños. Expondría la verdad a la secretaria de Stinhurst.

Apelar a la honestidad sería, en este caso, una sabia decisión.

– Es la silla, Havers -repitió Lynley por cuarta o quinta vez.

El frío de la tarde aumentaba a cada minuto. Un viento gélido soplaba desde las marismas y azotaba los Fens, carentes de bosques o colinas que mitigaran su violencia. Lynley tomó el camino de vuelta a Porthill Green justo cuando Barbara concluía su tercer examen de las fotos del suicidio y las guardaba en el expediente de la señora Darrow, que el jefe de policía Plater les había prestado.

Negó el hecho para sus adentros. En su opinión, el caso que Lynley estaba construyendo era algo más que tenue; prácticamente, no existía.

– No entiendo cómo puede extraer una conclusión mirando la fotografía de una silla -dijo.

– Pues mírela otra vez. Si ella se colgó, ¿cómo es posible que la silla esté caída de lado Es imposible. Pudo darle una patada en el respaldo, o incluso ponerla de costado e igualmente darle una patada en el respaldo; en ambos casos, la silla habría caído sobre el respaldo, no de lado. La silla sólo habría caído de esta manera si Hannah Darrow hubiera metido el pie en el hueco que hay entre el asiento y el respaldo, intentando tirarla.

– Pudo suceder. Perdió un zapato -recordó Barbara.

– Cierto, pero perdió el zapato derecho, Havers. Si mira otra vez, comprobará que la silla está caída a su izquierda.

Barbara comprendió que Lynley estaba decidido a imponerle su punto de vista. Parecía inútil protestar, pero se sintió impulsada a discutir.

– Por lo tanto, está diciendo que Joy Sinclair fue a dar con un crimen mientras intentaba escribir un libro sobre un suicidio. ¿Cómo? ¿Cómo es posible que, de entre todos los suicidios del país, fuera a tropezar con uno que era un asesinato? Santo Dios, ¿tiene idea de cuáles son las posibilidades de que esto ocurra?

– Antes que nada, Havers, considere por qué se sintió atraída por la historia de Hannah Darrow. Piense en los aspectos peculiares que la diferencian de otras similares. El lugar: los Fens. Un sistema de canales, inundaciones periódicas, tierras reclamadas por el mar. Todas las características naturales que han inspirado a mucha gente, desde Dickens a Dorothy Sayers. ¿Cómo lo describió Joy en la cinta? «El sonido de ranas y bombas de agua, la llanura interminable.» Después, el lugar del suicidio: un viejo molino abandonado. Su extraña indumentaria: dos abrigos de lana sobre dos jerséis de lana. Y, para concluir, la incongruencia que debió sorprender a Joy en cuanto vio las fotos de la policía: la posición de la silla.

– Si es una incongruencia, ¿cómo explica el hecho de que Plater la pasara por alto durante la investigación? No parece tan torpe como un Lestrade cualquiera.

– Cuando Plater llegó al lugar de los hechos, todos los hombres de la taberna que habían ido en busca de Hannah estaban convencidos de que se trataba de un suicidio. Y cuando la encontraron y llamaron a la policía, informaron de un suicidio. Plater iba predispuesto a creer en lo que vio cuando llegó al molino. Perdió la objetividad antes de ver el cadáver. Además, le proporcionaron la prueba palpable de que Hannah Darrow quería suicidarse cuando se marchó de su casa: la nota.

– Sin embargo, Plater dijo que era auténtica.

– Claro que es auténtica. Estoy seguro de que es su letra.

– Entonces, ¿cómo explica…?

– Por el amor de Dios, Havers, fíjese bien. ¿Hay una sola palabra mal escrita? ¿Falta algún signo de puntuación?

Barbara sacó la nota, echó un vistazo y se volvió hacia Lynley.

– ¿Está intentando decir que Hannah Darrow la copió de algo? ¿Por qué? ¿Estaba mejorando su letra, sólo para sacudirse el aburrimiento? Vivir en Porthill Green no parece muy estimulante, pero me cuesta imaginar a una chica de pueblo haciendo prácticas de escritura para pasar el rato. Y, aunque lo hiciera, ¿puede rebatir que Darrow encontró la nota en otro sitio y comprendió cómo podría utilizarla? ¿Que la puso sobre la mesa de la cocina y… mató a su esposa? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Cómo consiguió que se pusiera aquella ropa? Y si lo arregló todo sin levantar las sospechas de nadie, ¿cómo demonios está relacionado con Westerbrae y la muerte de Joy Sinclair?

– Por las llamadas telefónicas. Gales y Suffolk sin parar. Joy Sinclair le contó inocentemente a su primo Rhys Davies-Jones sus problemas con John Darrow, por no mencionar sus crecientes sospechas sobre la muerte de Hannah. Y Davies-Jones esperó su ocasión, le sugirió a Joy que procurase ocupar una habitación contigua a la de Helen y la liquidó en cuanto tuvo oportunidad.

Barbara le escuchaba, incrédula. Comprendió una vez más que estaba manipulando los hechos expertamente para poder detener a Davies-Jones.

– ¿Por qué? -preguntó exasperada.

– Porque existe una relación entre Darrow y Davies-Jones… Todavía no sé cuál es. Quizá una vieja amistad o una deuda pendiente. Quizá un conocido en común. Sea cual fuere, no tardaremos en descubrirla.

Capítulo 12

Faltaban pocos minutos para que Wine's the Plough cerrara, cuando Havers y Lynley entraron. John Darrow no ocultó el desagrado que le provocaba verles.

– Voy a cerrar -ladró.

Lynley hizo caso omiso de la negativa implícita del hombre a hablar con ellos. Se acercó a la barra, abrió el expediente y sacó la nota en que Hannah Darrow anunciaba su suicidio. Havers, a su lado, preparó el bloc. Darrow contempló los preparativos con semblante hostil.

– Hábleme de esto -pidió Lynley a Darrow, pasándole la nota.

El hombre le dedicó un momento de hosca y superficial atención, pero no dijo nada. En lugar de ello, empezó a recoger las jarras de cerveza alineadas sobre la barra, introduciéndolas con furia en una jofaina llena de agua turbia.

– ¿Qué estudios poseía su esposa, señor Darrow? ¿Terminó la escuela? ¿Fue a la universidad, o se auto educó? ¿Fue una gran lectora, tal vez?

El ceñudo rostro de Darrow reveló que intentaba descifrar alguna posible trampa en aquellas palabras de Lynley, pero no encontró ninguna.

– A Hannah no le gustaban los libros. Se cansó de la escuela a los quince años.

– Entiendo. Sin embargo, estaba interesada en los Fens, ¿verdad? La vida de la plantas y todo eso.

Los labios del hombre dibujaron una rápida mueca de desdén.

– ¿Qué quiere de mí, inglés? [13] Hable y lárguese.

– En la nota escribe sobre los árboles, sobre un árbol que murió pero el viento todavía mece. Poético, ¿no cree? Incluso para ser una nota de suicidio. ¿Qué significa esta nota en realidad, Darrow? ¿Cuándo la escribió su mujer? ¿Por qué? ¿Dónde la encontró usted? -No hubo respuesta. Darrow continuó lavando vasos sin decir palabra. Tintinearon y arañaron violentamente la jofaina de metal-. Usted se fue de la taberna la noche que murió. ¿Por qué?

– Fui a buscarla. Subí al piso y encontré eso en la cocina -Darrow indicó la nota con un brusco movimiento de cabeza-. Luego salí a buscarla.

– ¿Por dónde?

– Por el pueblo.

– ¿Llamando a las puertas, mirando en los cobertizos, registrando las casas?

– No. No se iba a matar en casa de alguien, ¿verdad?

– ¿Estaba seguro de que iba a matarse?

– ¡Ahí lo pone!

– Cierto. ¿Dónde la buscó?

– Por todas partes. No me acuerdo. Han pasado quince años. No me fijé en aquel momento. Y ahora el asunto está enterrado. ¿Se entera, tío? Enterrado.

– Estaba enterrado. Y muy bien, diría yo, hasta que Joy Sinclair apareció y empezó a exhumarlo. Y da la impresión de que alguien no lo vio con buenos ojos. ¿Por qué le telefoneó tantas veces, Darrow? ¿Qué quería esa chica? Darrow sacó los brazos del agua y los abatió airadamente sobre la barra.

– ¡Ya se lo he dicho! Esa puta quería hablar de Hannah, pero yo no. No quería que removiera el pasado y se entrometiera en nuestras vidas. Todo terminó y seguirá así, maldita sea. Ahora salga de aquí o haga un jodido arresto.

Lynley miró serenamente al hombre, sin responder, y la implicación latente en la última frase de Darrow se hizo más abrumadora a cada momento. El rostro del tabernero se tiñó de púrpura y las venas de sus brazos parecieron hincharse.

– Un arresto -repitió Lynley-. Me extraña que sugiera esto, señor Darrow. ¿Por qué diablos querría yo arrestar a alguien por un suicidio? Aunque los dos sabemos que no fue un suicidio, ¿verdad? Creo que la equivocación de Joy Sinclair fue decirle que tampoco a ella se lo parecía.

– ¡Largo! -chilló Darrow.

Lynley guardó los papeles en la carpeta sin darse prisa.

– Volveremos -dijo.

A las cuatro de aquella misma tarde, la compañía reunida en el teatro Agincourt había escogido un autor para la inauguración del teatro, tras siete horas de discusiones y negociaciones: Tennessee Williams. La obra que se iba a reponer era todavía objeto de polémica.

Desde el fondo del anfiteatro St. James observaba a la compañía congregada sobre el escenario. Habían reducido las posibilidades a tres y, en opinión de St. James, la balanza se inclinaba en favor de Joanna Ellacourt. Se oponía con tesón a Un tranvía llamado Deseo; su aversión había aumentado tras un rápido cálculo del tiempo que Irene Sinclair ocuparía en la escena si, por incongruente que fuera, interpretaba el papel de Stella. No parecían existir dudas en cuanto al de Blanche Dubois.

Lord Stinhurst había desplegado una notable dosis de paciencia durante el cuarto de hora que St. James llevaba observando. En un arranque de magnanimidad poco frecuente, había permitido al director y a todos los actores, técnicos y empleados expresar su opinión sobre la crisis a que se enfrentaba la compañía y la urgente necesidad de impulsar la nueva producción lo antes posible. Se puso en pie y entrelazó los dedos tras la espalda.

– Mañana les comunicaré mi decisión. La reunión ya ha durado bastante. Nos volveremos a encontrar por la mañana, a las nueve y media. Vengan preparados para la lectura.

– ¿Alguna pista, Stuart? -preguntó Joanna Ellacourt, estirándose lánguidamente mientras se reclinaba en la silla; su cabello se desparramó como un resplandeciente velo dorado a la luz. Robert Gabriel, sentado a su lado, lo acarició con los dedos.

– Ninguna, me temo -replicó lord Stinhurst-. Aún no he tomado la decisión.

Joanna le sonrió y rechazó con un movimiento del hombro la mano de Gabriel.

– Dime qué puedo hacer para convencerte de que decidas a mi favor, querido.

Gabriel emitió una breve carcajada gutural.

– Tómale la palabra, Stuart. Dios sabe que nuestra querida Jo domina el arte de la persuasión.

Nadie respondió al comentario, rico en implicaciones. Nadie se movió, salvo David Sydeham, que levantó poco a poco la cabeza del libreto que estaba examinando y clavó los ojos en el otro hombre. Una franca hostilidad se transparentaba en su rostro, pero Gabriel no pareció darse por aludido.

Rhys Davies-Jones dejó caer su libreto.

– Eres un idiota -dijo a Gabriel cansinamente.

– Y pensar que nunca creí que Rhys y yo coincidiríamos en algo -añadió Joanna.

Irene Sinclair apartó su silla de la mesa, que raspó desagradablemente el suelo del escenario.

– Muy bien. Me marcho -dijo con buenos modos antes de dirigirse hacia la salida por el pasillo central del teatro.

Sin embargo, St. James observó que luchaba por controlar su expresión cuando pasó junto a él, y se preguntó cómo y por qué había soportado estar casada con Robert Gabriel.

Mientras los demás actores, técnicos y empleados empezaban a desaparecer entre bastidores, St. James se levantó y caminó hacia la parte delantera del anfiteatro. No era muy grande, de un aforo limitado a unas quinientas personas, y el humo de los cigarrillos formaba una neblina grisácea que flotaba sobre el escenario. Subió los escalones.

– ¿Tiene un momento, lord Stinhurst?

Stinhurst conversaba en voz baja con un joven delgado que escribía con profunda concentración en un cuaderno.

– Encárguese de hacer las copias necesarias para la lectura de mañana -dijo Stinhurst a modo de conclusión. Sólo entonces levantó la vista.

– De modo que les mintió cuando dijo que aún no había tomado una decisión -observó St. James.

– ¡Ya no necesitamos tanta luz, Donald! -exclamó, en lugar de responder.

El escenario quedó sumido en sombras cavernosas.

Sólo la mesa siguió iluminada. Stinhurst tomó asiento, sacó la pipa y el tabaco y los dejó delante de sí.

– A veces es más fácil mentir -admitió-. Me temo que es una de las costumbres que adopta un productor al cabo de un tiempo. Si en alguna ocasión se hubiera visto mezclado en una lucha a muerte entre egos creativos, comprendería lo que quiero decir.

– Parece un grupo particularmente explosivo.

– Es comprensible. Lo han pasado muy mal estos últimos tres días. -Stinhurst llenó su pipa. Tenía los hombros rígidos, en marcado contraste con el cansancio de su rostro y su voz-. Imagino que no se trata de una visita de cortesía, señor St. James.

St. James le tendió las ampliaciones que Deborah había hecho de las fotos tomadas en la encuesta sobre la muerte de Geoffrey Rintoul. En cada fotografía aparecía un solo rostro y, a veces, parte de un torso, pero nada más, ninguna indicación de que los retratados hubieran formado parte de un grupo. Deborah había tomado todas las precauciones necesarias al respecto.

– ¿Quiere hacer el favor de identificar a estas personas? -solicitó St. James.

Stinhurst examinó una a una las instantáneas, olvidándose de su pipa. St. James observó la acusada vacilación de sus movimientos, y se preguntó si el productor iba a cooperar. Stinhurst debía de saber de sobra que no estaba obligado a revelar nada. Sin embargo, también parecía saber cómo interpretaría Lynley su negativa a responder, si llegaba a enterarse. St. James confiaba en que Stinhurst le creyera enviado en misión más o menos oficial por el propio Lynley. Después de un detenido examen, el hombre alineó las fotos frente a él y las fue señalando con un dedo mientras hablaba.

– Mi padre. El marido de mi hermana, Phillip Gerrard. Mi hermana, Francesca. Mi mujer, Marguerite. El abogado de mi padre… Murió hace unos años y no recuerdo su nombre. Nuestro médico de cabecera. Yo.

Stinhurst había omitido al hombre cuya identidad necesitaban. St. James señaló la foto que seguía a la de su hermana.

– ¿Y este hombre de perfil?

– No lo sé. -Stinhurst frunció el ceño-. Ni siquiera sé si le he visto antes.

– Qué extraño.

– ¿Por qué?

– Porque en la foto original de la que se han extraído éstas, se encuentra hablando con usted. Y, por alguna razón, usted aparece en la foto como si le conociera muy bien.

– Vaya. Es posible que fuera así en aquel tiempo, pero la encuesta sobre mi hermano tuvo lugar hace veinticinco años, y no esperará que me acuerde de todos los que estuvieron en ella.

– Tiene razón -replicó St. James, meditando sobre el fascinante dato de que en ningún momento había mencionado la procedencia de las fotos.

Stinhurst se puso en pie.

– Si eso es todo, señor St. James, aún me quedan muchas cosas por hacer antes de terminar mi jornada.

No miró las fotos mientras hablaba, recogía la pipa y el tabaco, y se disponía a marchar. Una reacción muy poco verosímil, como si apartara los ojos de ellas para no permitir que su rostro revelara más de lo que deseaba decir. Una cosa era cierta, concluyó St. James: lord Stinhurst sabía exactamente quién era el hombre de la foto.

Ciertos tipos de iluminación se niegan a mentir sobre el ineluctable e implacable proceso de envejecimiento. Son despiadados, capaces de poner al descubierto los desperfectos y desnudar la verdad. La luz del sol, los brutales fluorescentes de los establecimientos comerciales, los focos sin filtros usados para filmar, perpetran las mayores atrocidades. La mesa para maquillarse que tenía Joanna Ellacourt en su camerino también parecía poseer esta clase de iluminación. Al menos hoy.

La atmósfera era muy fría, tal como ella deseaba para conservar frescas las flores que le enviaban sus admiradores antes de las representaciones. Ahora no había flores. El aire conservaba aquella combinación de olores común a todos los camerinos por los que había pasado: el aroma mixto de crema, astringente y loción que abarrotaban la mesa. Joanna apenas era consciente de este perfume mientras contemplaba su reflejo, impávida, y obligaba a sus ojos a tomar nota de todos los heraldos que anunciaban la inminencia de la madurez: las arrugas incipientes que descendían desde la nariz a la barbilla, la delicada trama de líneas que cernían sus ojos, el primer círculo de hendiduras que amenazaban su cuello, preludio de los posteriores que jamás podría disfrazar.

Dibujó una sonrisa semiburlona al pensar que había soslayado casi todo lo que constituía las arenas movedizas psicológicas de su vida; la desastrada casa familiar de cinco habitaciones en Nottingham, la visión de su padre, mecánico en paro, sentado cada día ante la ventana, hosco y sin afeitar, las quejas que su madre profería a causa del frío que se colaba sin cesar por las ventanas mal ajustadas, el televisor en blanco y negro de mandos rotos y volumen incontrolable, el futuro que todas sus hermanas habían elegido, repitiendo la historia de sus padres: una interminable y agobiante producción de bebés a intervalos de dieciocho meses. Había escapado a todo ello, pero no podía escapar al proceso de lenta descomposición que aguarda a todo ser humano.

Como tantas criaturas egocéntricas cuya belleza se adueña del escenario, la pantalla y las portadas de innumerables revistas, había creído durante un tiempo que podría esquivarla. De hecho, había llegado a convencerse de que lo haría. David siempre se lo había tolerado.

Su marido significaba algo más que su liberación de las miserias de Nottingham. David había sido la única verdad inmutable en un mundo veleidoso en que la fama es efímera, en que la exaltación de un nuevo talento por parte de los críticos podía significar la ruina de una actriz consagrada que había entregado su vida a la escena. David era consciente de ello, sabía cuánto le asustaba, y había aplacado sus temores por medio de su constante apoyo y cariño, a pesar de los berrinches, las exigencias y los flirteos de Joanna. Hasta que la obra de Joy Sinclair entró en juego, provocando cambios irrevocables entre ellos.

Clavó los ojos en su reflejo, sin verlo, y sintió que la cólera se apoderaba de ella otra vez. El fuego que le había consumido el sábado por la noche en Westerbrae con aquella sed de venganza irracional se había transformado en una llama candente, capaz de encender su pasión fundamental a la menor provocación.

David la había traicionado. Se obligó a pensar en ello una y otra vez, pese a que las décadas de intimidad compartida salían a la superficie y exigían que le perdonara. Nunca lo haría.

David sabía que aquel Ótelo debía ser su última actuación con Robert Gabriel. Sabía que le repugnaban los acosos a que Gabriel la sometía, aderezados con encuentros fortuitos, movimientos casuales de su mano que le rozaban los pezones, apasionados besos en el escenario frente a un numeroso público que los consideraba parte del espectáculo, lisonjas privadas de doble sentido que hacían referencia a las proezas sexuales del actor.

– Te guste o no, Gabriel y tú poseéis magia cuando actuáis juntos en el escenario -había dicho David.

Ni el menor indicio de celos ni de preocupación. Joanna siempre se había preguntado por qué. Hasta ahora.

Él le había mentido sobre la obra de Joy Sinclair, diciéndole que la participación de Robert Gabriel era idea de Stinhurst, diciéndole que no había manera de eliminar a Gabriel del reparto. Pero ella sabía la verdad, aunque no fuera capaz de enfrentarse a lo que implicaba. Insistir en la defenestración de Gabriel significaría una disminución en los ingresos del espectáculo, que repercutiría de igual forma en su porcentaje…, en el porcentaje de David. Y a David le gustaba el dinero. Le gustaban sus zapatos Lobb, su Rolls, su casa en Regent's Park, su casa en el campo, sus ropas de Savile Row. Con tal de mantener esto, no importaba que su esposa se viera obligada a rechazar los sudorosos avances de Robert Gabriel durante un año más. Al fin y al cabo, llevaba más de una década haciéndolo.

Cuando la puerta del camerino se abrió, Joanna no se molestó en volverse, porque el espejo de la mesa le proporcionaba una perspectiva perfecta de la puerta. Incluso de no ser así, sabía muy bien quién había entrado. Después de todo, había tenido veinte años para reconocer los movimientos de su marido: sus pasos firmes, el frotar de una cerilla cuando encendía un cigarrillo, el roce de la tela contra su piel cuando se vestía, la lenta relajación de sus músculos cuando se acostaba para dormir. Podía identificarlos a todos y cada uno; formaban parte de la personalidad de David.

Pero no estaba de humor para tener en cuenta esos detalles, de modo que tomó el cepillo y las horquillas, apartó el estuche de pintura a un lado y empezó a peinarse, contando las pasadas de uno a cien, como si cada una la alejara de la larga historia que compartía con David Sydeham.

Él no dijo nada cuando entró en el camerino. Se limitó a caminar hacia la silla, como siempre hacía, pero esta vez se quedó en pie, guardando silencio hasta que Joanna terminó de peinarse, dejó el cepillo sobre la mesa y se volvió para mirarle inexpresivamente.

– Supongo que podré descansar con más tranquilidad si me dices por qué lo hiciste -dijo él.

Lady Helen llegó a casa de St. James poco antes de las seis. Se sentía desanimada y abatida. Ni siquiera una bandeja cargada de panecillos recién hechos, nata, té y emparedados consiguió animarla.

– Creo que un jerez te sentaría de maravilla -observó St. James cuando la joven se quitó el abrigo y los guantes.

Lady Helen rebuscó en el bolso su bloc.

– Eso es exactamente lo que necesito -reconoció con pesadumbre.

– ¿No ha habido suerte? -preguntó Deborah.

Estaba sentada en la otomana situada a la derecha del hogar, deslizando de vez en cuando un trozo de panecillo a Peach, el diminuto perro salchicha que esperaba pacientemente a sus pies, probando a intervalos el sabor de su tobillo con una lengua delicada de color rosa. No muy lejos, el gran gato Alaska estaba ovillado sobre un montón de papeles, en el centro del escritorio de St. James. Aunque tenía los ojos entornados, ni siquiera se movió cuando lady Helen entró.

– Tampoco es eso -replicó, aceptando complacida el vaso de jerez que St. James le ofreció-. Tengo la información que deseábamos, pero…

– No sirve para ayudar a Rhys -adivinó St. James.

Ella le dedicó una sonrisa vacilante. Sus palabras le dolieron hasta extremos inconcebibles y, al sentirse abrumada por la desdicha, tomó conciencia de la enorme importancia que había concedido a la entrevista con la secretaria de lord Stinhurst, en el sentido de que dejaría libre de toda sospecha a Rhys.

– No, no sirve para ayudar a Rhys. Me temo que no sirve para gran cosa.

– Cuéntanos -dijo St. James.

En realidad no había mucho que contar. La secretaria de lord Stinhurst accedió de buena gana a explayarse sobre las llamadas telefónicas que había hecho en nombre de su jefe, en cuanto comprendió que eran esenciales para exonerarle de cualquier complicidad en la muerte de Joy Sinclair. Habló con toda franqueza a lady Helen, llegando a enseñarle el bloc donde había apuntado el mensaje que Stinhurst le había dictado para repetir a todo aquel que le llamara. Era directo y conciso: «Un accidente inesperado me retiene en Escocia. Le llamaré en cuanto me sea posible.»

Sólo una llamada había merecido un mensaje diferente. Aunque era decididamente peculiar, no contenía indicios de culpabilidad: «El resurgir me obliga a posponer por segunda vez en este mes nuestra cita. Lo siento muchísimo. Telefonéeme a Westerbrae si le supone algún problema.»

– ¿El resurgir? -repitió St. James-. Una palabra muy extraña. ¿Estás segura al respecto, Helen?

– Completamente. La secretaria de Stinhurst había tomado nota por escrito.

– ¿Algún término teatral? -sugirió Deborah.

St. James se sentó con dificultades en la silla contigua. Lady Helen se trasladó a la otomana para permitirle extender la pierna.

– ¿A quién iba dirigido este último mensaje, Helen?

– A sir Kenneth Willingate -respondió la joven tras consultar sus notas.

– ¿Un amigo, un colega?

– No estoy segura -lady Helen vaciló, intentando decidir la mejor forma de exponer el dato restante para que St. James apreciase su peculiaridad.

Sabía que era un detalle trivial, pero también sabía que se aferraba a él con la esperanza de que libraría de sospechas a Rhys.

– Quizá me estoy agarrando a un clavo ardiendo, Simon -continuó con toda sinceridad-. Pero hay algo que me intriga de la última llamada. Todas las demás se hicieron para cancelar citas que Stinhurst había fijado para los dos o tres días siguientes. La secretaria se limitó a leerme los nombres que constaban en la agenda de Stinhurst. Sin embargo, la llamada a Willingate no tenía nada que ver con esta agenda. El nombre ni siquiera estaba escrito. Por tanto, o bien era una cita que Stinhurst había acordado por su cuenta, sin decírselo a la secretaria…

– O no se trataba de una cita -terminó Deborah.

– Sólo hay una forma de saberlo -indicó St. James-. Arrancarle la información a Stinhurst, o interrogar a Willingate. De todos modos me temo que no podemos seguir adelante sin involucrar a Tommy. Tendremos que darle la escasa información obtenida y dejar que extraiga sus propias conclusiones.

– ¡Ya sabes que Tommy no se dará por vencido! -protestó lady Helen-. Quiere atrapar a Rhys, reunir cuantos datos le parezcan plausibles para detenerle. ¡Es lo único que le importa en este momento! ¿No tuviste bastante con la demostración del pasado fin de semana? Además, si le involucras, descubrirá que Barbara se ha puesto a investigar por su cuenta… con nuestra ayuda, Simon. No puedes exponerla así.

– Helen, no puedes hacer ambas cosas a la vez -suspiró St. James-. No puedes protegerles a los dos al mismo tiempo. Hay que tomar una decisión. ¿Te arriesgas a sacrificar a Barbara Havers, o sacrificas a Rhys?

– No sacrifico a ninguno.

St. James movió la cabeza.

– Sé lo que sientes, pero temo que no saldrá bien.

Cuando Barbara entró en el estudio, precedida por Cotter, sintió al instante la tensión que reinaba en ella. Un brusco silencio, seguido por un rápido estallido de saludos, reveló la incomodidad de los otros tres ocupantes. La atmósfera estaba cargada de electricidad.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

Formaban un grupo de personas honradas, se vio forzada a admitir.

– Simon piensa que no podemos continuar adelante sin Tommy. -Lady Helen le explicó a continuación el singular mensaje telefónico que Stinhurst había enviado a sir Kenneth Willingate.

– Carecemos de autoridad para irrumpir en la vida de estas personas e interrogarles, Barbara -señaló St. James cuando lady Helen finalizó-. Y sabes que no tienen ninguna obligación de hablar con nosotros. Por tanto, a menos que Tommy tome la iniciativa, me temo que hemos llegado a un callejón sin salida.

Barbara reflexionó. Sabía muy bien que Lynley no tenía la menor intención de abandonar la pista galesa. Era demasiado incitadora. Consideraría una pérdida de tiempo ocuparse de un incomprensible mensaje telefónico dirigido a un londinense desconocido llamado Willingate. Sobre todo, pensó con resignación, teniendo en cuenta que era lord Stinhurst quien lo había enviado. Los otros tenían razón. Habían llegado a un callejón sin salida. Sin embargo, si no conseguía convencerles de seguir adelante prescindiendo de Lynley, Stinhurst se les escurriría de las manos sin el menor rasguño.

– Sabemos que si Tommy descubre que has investigado el caso desde otra perspectiva sin su permiso…

– Eso no me importa -replicó Barbara con brusquedad, sorprendida al descubrir que era cierto.

– Podrían suspenderte temporalmente, devolverte a la patrulla uniformada, o incluso expulsarte.

– Eso no importa ahora. Lo que importa es que me he pasado todo el día persiguiendo fantasmas en Gales, sin la menor esperanza de sacar nada en claro, pero nosotros sí que estamos en algo, y no pienso dejarlo correr porque alguien me vaya a plantar un uniforme de nuevo, o expulsarme, o lo que sea. Si hay que decírselo, se lo diremos. Todo. -Les plantó cara a los tres-. ¿Lo hacemos ahora?

A pesar de su decisión, los demás vacilaron.

– ¿No quieres reflexionarlo? -preguntó lady Helen.

– No necesito reflexionarlo -replicó Barbara con acritud-. Escuchad, yo vi a Gowan morir. Se sacó un cuchillo de la espalda y se arrastró por el suelo de la trascocina, intentando conseguir ayuda. Su piel parecía carne hervida. Tenía la nariz rota, los labios partidos. Quiero encontrar al que hizo eso a un chico de dieciséis años, y si me cuesta el empleo perseguir al asesino, será un precio muy bajo, en lo que a mí concierne. ¿Quién viene conmigo?

Voces sonoras en el pasillo impidieron que hubiera respuesta. La puerta se abrió y apareció Jeremy Vinney, seguido de Cotter. Venía sin aliento, congestionado. Llevaba los pantalones empapados hasta las rodillas, y sus manos estaban blancas de frío.

– No encontré un taxi -jadeó-. He venido corriendo desde Sloane Square, pues temía no encontrarles. -Se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el sofá-. He descubierto quién era el tío de la fotografía. Tenía que decírselo cuanto antes. Su apellido es Willingate.

– ¿Kenneth?

– El mismo. -Vinney se agachó con las manos sobre las rodillas, tratando de recuperar el aliento-. Eso no es todo. Lo interesante no reside en quién es el tipo, sino en lo que es. -Esbozó una fugaz sonrisa-. No sé lo que era en 1963. Pero ahora es el jefe del MI5.

Capítulo 13

Nadie en la habitación dejó de comprender las numerosas implicaciones que entrañaban las palabras de Jeremy Vinney. MI5: Inteligencia Militar, sección cinco. La oficina de contraespionaje británico. Todos comprendieron de repente por qué Jeremy Vinney se había apresurado a venir, convencido de que era portador de información vital para el caso. Si antes era un sospechoso, este nuevo giro le dejaría al margen por completo.

– Hay algo más -prosiguió-. Nuestra conversación de esta mañana sobre el caso Profumo-Keeler me intrigó, de modo que busqué en el archivo algún artículo que aludiera a una posible conexión entre su historia y la muerte de Geoffrey Rintoul. Pensé que quizá Rintoul estuviera liado con una prostituta y tuviera prisa para volver a Londres la noche que se mató.

– La historia de Profumo y Keeler pertenece a otra época -comentó Deborah-. Ahora, un escándalo de ese tipo no perjudicaría la reputación de una familia.

Lady Helen se mostró de acuerdo, aunque algo a regañadientes.

– Hay algo de cierto en lo que dice, Simon. ¿Crees que alguien asesinaría a Joy, destruiría los libretos y asesinaría a Gowan, sólo porque Geoffrey Rintoul se entendía con una prostituta hace veinticinco años? Me parece un móvil poco verosímil.

– Depende del cargo que ocupe el hombre en cuestión -replicó St. James-. Piensa en el caso Profumo, por ejemplo. Era ministro de la Guerra y mantenía relaciones con Christine Keeler, una prostituta que también salía con un hombre llamado Yevgeni Ivanov.

– Que era agregado de la embajada soviética, si bien se dijo que pertenecía al servicio de inteligencia ruso -añadió Vinney-. Al ser interrogada por la policía sobre un tema muy diferente, Christine Keeler confesó voluntariamente que le habían pedido descubrir, por medio de John Profumo, la fecha en que los norteamericanos pasarían a Alemania occidental ciertos secretos atómicos.

– Una persona encantadora -comentó lady Helen.

– Se filtró a la prensa, como tal vez pretendía la Keeler, y las cosas se pusieron feas para Profumo.

– Y también para el gobierno -dijo Havers.

Vinney asintió con la cabeza.

– El Partido Laborista exigió que la relación de Profumo con la Keeler se debatiera en la Cámara de los Comunes, mientras el Partido Liberal pedía la dimisión del primer ministro.

– ¿Por qué? -preguntó Deborah.

– Afirmaron que el primer ministro, como jefe de los servicios secretos, o bien conocía los detalles de la relación de Profumo con la prostituta y trataba de ocultarlos, o bien era culpable de incompetencia y negligencia. Sin embargo, la verdad es que tal vez el primer ministro presintiera que no podría sobrevivir a otro caso grave que implicara la dimisión de uno de sus ministros, como ocurriría con toda seguridad si se examinaba a fondo la conducta de Profumo. Así que prefirió correr el riesgo y confiar en que no saliera a la luz nada que perjudicase a Profumo. Si el asunto se hacía público a los pocos meses del caso Vassall, el primer ministro se hubiera visto obligado a dimitir.

– ¿Vassall? -El cuerpo de lady Helen se puso en tensión. Se inclinó hacia adelante, pálida.

Vinney la miró, perplejo ante su reacción.

– William Vassall. Fue sentenciado a prisión en octubre del sesenta y dos. Era un funcionario del Almirantazgo que espiaba para los rusos.

– Dios mío. ¡Dios mío! -exclamó lady Helen. Se levantó de la silla y se volvió hacia St. James-. ¡Simon, es la línea de la obra que trastornó a todos los Rintoul! «Otro vasallo.» [14] El personaje se marchaba a Londres a toda prisa. Decía que no se iba a convertir en otro vasallo. Supieron lo que significaba en cuanto lo oyeron. ¡Lo supieron! ¡Francesca, Elizabeth, lord y lady Stinhurst! ¡Todos lo supieron! ¡No se trataba de una relación con una prostituta, no era nada por el estilo!

St. James ya se estaba alzando de la silla.

– Tommy no pasará de esto, Helen.

– ¿De qué? -exclamó Deborah.

– De Geoffrey Rintoul, mi amor. Otro Vassall. Me huelo que Geoffrey Rintoul era un topo soviético. Y creo que todos los miembros de su familia y buena parte del gobierno parecían saberlo.

Lynley había dejado abiertas de par en par las puertas que comunicaban el comedor y el salón para poder escuchar la música del estéreo mientras cenaba. No se había sentido muy atraído por la comida en los últimos días. La tónica de esta noche era la misma. Por ello, dejó intacto casi todo el cordero y se entregó a la pasión de una sinfonía de Beethoven que surgía de la estancia contigua. Se apartó de la mesa y se reclinó en la silla con las piernas extendidas.

Durante las últimas veinticuatro horas había evitado pensar en las consecuencias que le acarrearían a Helen Clyde el caso que estaba forjando contra Rhys Davies-Jones. Avanzando de dato en dato con obstinada resolución, había conseguido apartar por completo a Helen de su mente. Pero ahora venía a importunarle.

Comprendía su resistencia a creer en la culpabilidad de Davies-Jones. Después de todo, mantenía relaciones con él. Pero ¿cómo reaccionaría cuando se enfrentara a la evidencia, irrefutable y demostrada por una serie de datos, de que había sido utilizada a sangre fría para facilitar un asesinato? ¿Cómo iba a protegerla del daño que esa revelación causaría en su vida? Al pensar en todo eso, Lynley descubrió que ya no podía ocultarse el hecho de que añoraba terriblemente a Helen, y de que la perdería para siempre si continuaba la persecución de Davies-Jones hasta su lógica conclusión.

– ¿Señor? -El mayordomo estaba de pie en el umbral, vacilante, frotando la punta de su zapato izquierdo contra la parte posterior de la pierna derecha, como si necesitara mejorar su ya inmaculada apariencia. Se pasó una mano por el impecable peinado.

«Beau Brummel de Eaton Terrace», pensó Lynley.

– ¿Denton? -le animó, antes de que el joven siguiera acicalándose el cabello hasta el fin de los tiempos.

– Lady Helen Clyde le aguarda en la antesala, señor. Con el señor St. James y la sargento Havers. -La expresión de Denton era un modelo de imperturbabilidad, conducta que sin duda consideraba apropiada para la ocasión. Sin embargo, en su tono se transparentaba una sorpresa considerable, y Lynley se preguntó hasta qué punto conocía Denton, al modo omnisciente de los criados, los detalles de su desavenencia con lady Helen. Al fin y al cabo, sostenía relaciones bastante serias con la Caroline, doncella de lady Helen desde hacía tres años.

– Bien, no les haga quedarse de pie en el vestíbulo -dijo Lynley.

– ¿El salón, tal vez? -inquirió solícitamente Denton, demasiado solícitamente para el gusto de Lynley.

Se levantó, asintió con la cabeza y pensó irritado: «No creo que quieran hablar conmigo en la cocina.»

Le esperaban formando un grupo compacto en un extremo del salón, bajo el retrato del padre de Lynley, y hablaban en susurros que la música tapaba. La entrada del detective interrumpió la conversación. Y entonces, como si su presencia fuera un estímulo, empezaron a quitarse abrigos, sombreros, guantes y bufandas, como si quisieran ganar tiempo. Lynley apagó el estéreo, guardó el disco en su funda y se volvió hacia ellos, intrigado. Su timidez le resultaba extraña.

– Hemos obtenido una información que te conviene saber, Tommy -dijo St. James, como repitiendo de memoria unas palabras aprendidas.

– ¿Qué clase de información?

– Se refiere a lord Stinhurst.

Los ojos de Lynley se posaron sobre la sargento Havers. Ella sostuvo su mirada.

– ¿Ha tomado parte en esto, sargento?

– Sí, señor.

– La iniciativa fue mía, Tommy -dijo St. James, antes de que Lynley pudiera hablar-. Barbara encontró la tumba de Geoffrey Rintoul en los terrenos de Westerbrae, y me la enseñó. Nos pareció que valía la pena investigar el detalle.

Lynley mantuvo la calma con un esfuerzo.

– ¿Por qué?

– Por el testamento de Phillip Gerrard -intervino lady Helen, sin poderse contenerse-. El marido de Francesca. Dijo que no permitiría que le enterrasen en la tierra de Westerbrae. Por las llamadas telefónicas que hizo lord Stinhurst la mañana del crimen. No fueron sólo para aplazar sus citas, Tommy. Por…

Lynley miró a St. James, sintiendo que la traición le golpeaba desde el ángulo más inopinado.

– Dios mío. Les has contado mi conversación con Stinhurst.

St. James tuvo la discreción de bajar la vista.

– Lo siento, de veras. Pensé que no tenía elección.

– No tenías elección -repitió Lynley, incrédulo.

Lady Helen dio un paso vacilante hacia él con la mano tendida.

– Por favor, Tommy, sé cómo te sientes, como si todos nos hubiéramos confabulado en tu contra, pero no es así. Escucha, te lo ruego.

La compasión de Helen era lo último que Lynley podía soportar en este momento. Le devolvió el golpe con crueldad, sin pensarlo dos veces.

– Creo que todos sabemos perfectamente cuáles son tus intereses, Helen. Considerando tu implicación en el caso, eres la persona menos adecuada para valorar objetivamente la verdad.

Lady Helen dejó caer la mano. El dolor se reflejó en su rostro.

– Ni tú tampoco, Tommy, para ser sinceros -dijo St. James, con voz fría. Hizo una pausa y cambió de tono, pero tan implacable como antes-. Lord Stinhurst te mintió sobre su esposa y su hija, de principio a fin. Cabe la posibilidad de que Scotland Yard supiera lo que planeaba y le diera su bendición. El Yard te escogió a propósito para encargarte del caso porque eras la persona más idónea para creer lo que Stinhurst te dijera. Su hermano y su mujer nunca mantuvieron relaciones, Tommy. Ahora, ¿quieres enterarte de los hechos, o prefieres que nos lo montemos por nuestra cuenta?

Lynley experimentó la sensación de que sus huesos se convertían en hielo.

– ¿De qué demonios estás hablando?

St. James se acercó a una silla.

– Eso es lo que hemos venido a contarte, pero creo que con un coñac en la mano nos sentiremos todos más cómodos.

Mientras St. James resumía la información obtenida sobre Geoffrey Rintoul, Barbara Havers observaba a Lynley, tomando nota de sus reacciones. Sabía que se resistiría a aceptar los hechos, considerando el privilegiado entorno social de Rintoul, tan parecido al del propio Lynley. Iba a desechar todos los datos y conjeturas, impulsado por su educación de clase alta. Y el policía que había en el interior de Barbara sabía que algunos datos eran insustanciales. La cruda realidad era que si Geoffrey Rintoul había sido en verdad un topo soviético, infiltrado desde hacía años en la sensible esfera del Ministerio de Defensa, la única manera de corroborarlo sería si su hermano Stuart lo admitía ante ellos.

Lo ideal sería tener acceso a un ordenador del MI5. Hasta un archivo sobre Geoffrey Rintoul registrado como «inaccesible» demostraría que el hombre había sido sometido a investigación por la oficina de contraespionaje. Sólo que no tenían acceso a un ordenador de ese tipo y a ninguna fuente del MI5. Ni siquiera la División Especial de Scotland Yard les serviría de ayuda si el Yard había autorizado la invención de lord Stinhurst relativa a la muerte de su hermano en Escocia. Todo dependía de que Lynley pudiera dejar a un lado sus prejuicios contra Rhys Davies-Jones. Todo dependía de que pudiera enfrentarse a la verdad sin ambages. Pues quien tenía más motivos para desear la muerte de Joy Sinclair no era Davies-Jones, sino lord Stinhurst.

Habiéndole proporcionado su propia hermana la llave de la habitación en la que dormía Joy Sinclair, había asesinado a la mujer cuya obra (hábilmente alterada sin su conocimiento) amenazaba con revelar el secreto más oculto de su familia.

– Por tanto, cuando Stinhurst oyó la palabra «vasallo» en la obra de Joy, descubrió al instante a qué se refería -concluyó St. James-. Piensa, Tommy, en que el ambiente en que se desenvolvía Geoffrey Rintoul favoreció que se convirtiera en espía de los rusos. Fue a Cambridge en los años treinta. Sabemos que en ese período se reclutaron muchos agentes soviéticos. Rintoul estudiaba económicas, un punto más a su favor para que abonara las teorías de Marx. Piensa en su comportamiento durante la guerra. Pedir que le destinaran a los Balcanes le permitió entrar en contacto con los rusos. No me extrañaría descubrir que su enlace también se encontraba en los Balcanes. No me cabe duda de que en aquella época recibió la orden más importante: infiltrarse en el Ministerio de Defensa. Sólo Dios sabe los importantísimos datos que llegó a proporcionar a los rusos.

Nadie dijo nada cuando St. James terminó de hablar. Toda su atención se concentraba en Lynley. Estaban sentados bajo el retrato del decimoséptimo conde de Asherton y, mientras le observaban, Lynley levantó la vista hacia la efigie de su padre, como si le pidiera consejo. Su expresión era impenetrable.

– Repíteme el mensaje de Stinhurst a Willingate -dijo por fin.

– Decía que el resurgir le obligaba a cancelar su cita con Willingate por segunda vez en el mes. Y que llamara a Westerbrae si le representaba algún problema.

– Comprendimos el mensaje en cuanto supimos quién es Willingate -continuó Barbara. Sentía la necesidad de convencerle-. Parecía comunicarle a Willingate que había salido a la luz por segunda vez el hecho de que Geoffrey Rintoul había sido un topo; la primera vez fue la Noche Vieja de 1962. Por tanto, Willingate debía telefonearle a Westerbrae para ayudarle a solucionar el problema, que consistía en la muerte de Joy Sinclair y en la obra que desvelaba todos los detalles del deshonroso pasado de Geoffrey.

Lo cierto es que lord Stinhurst no podía telefonear a Willingate en persona. Investigar las llamadas efectuadas a Westerbrae le habría puesto al descubierto, así que encargó la llamada a su secretaria. Ella hizo el resto. Willingate, entendiendo el mensaje, le telefoneó a él, señor. Dos veces, diría yo. Mary Agnes me dijo que se habían recibido dos llamadas, ¿recuerda? Willingate tuvo que ser el autor. Una para averiguar lo que ocurría, y la segunda para decirle a Stinhurst que había conseguido ponerse de acuerdo con Scotland Yard.

– Recuerda, también -dijo St. James-. Que, según el inspector Macaskin, el DIC de Strathclyde no pidió ayuda al Yard en ningún momento. Lo más probable es que Willingate se encargara de todo, telefoneando a algún pez gordo del Yard para que impulsara la investigación e informara a Stinhurst de quién sería el oficial al mando. No cabe duda, Tommy, de que Stinhurst estaba al tanto de tu llegada. Tuvo todo el día para inventarse la historia que tú, un noble como él, te creerías sin la menor dificultad. Tenía que ser una historia íntima, una historia que tú, caballerosamente, no osarías repetir a nadie. Fue muy inteligente por su parte cargar a su esposa con una hija ilegítima, pero no calculó que me lo contarías, ni que yo, con muy escasa caballerosidad, traicionaría tu confianza. Lo cual lamento muy de veras. Indudablemente, en otras circunstancias, no lo habría hecho. Espero que me creas.

La última frase de St. James sonó a modo de conclusión. Sin embargo, Lynley se limitó a tomar la botella de coñac. Se sirvió un poco más y la pasó a St. James, con mano firme y rostro inexpresivo. Afuera, una bocina sonó dos veces en Eaton Terrace. Un grito respondió desde una casa cercana.

Barbara intervino de nuevo, impulsada por la necesidad de obligarle a tomar una postura concreta.

– La pregunta a la que intentábamos responder mientras veníamos hacia aquí, señor, es por qué el gobierno tomaría cartas ahora en un asunto como éste, Y la respuesta parece ser que, en 1963, ocultaron las actividades de Rintoul, basándose probablemente en el Acta de Secretos Oficiales, a fin de ahorrar al primer ministro el mal trago de que se descubriera a un espía ruso en los círculos del poder, pasado tan poco tiempo del caso Vassall y el escándalo Profumo. Como Geoffrey Rintoul estaba muerto, ya no podía causar el menor daño al Ministerio de Defensa. Sólo podía perjudicar al primer ministro si se filtraba información acerca de sus actividades. Lo impidieron, y ahora, por lo visto, prefieren que tampoco salga a la luz. Creo que sería bastante embarazoso para ellos, o tal vez estén en deuda con la familia Rintoul y la paguen así. En cualquier caso, han vuelto a echar tierra por encima. Sólo que… -Barbara se interrumpió, preguntándose cómo reaccionaría Lynley ante la conclusión, sabiendo que, pese a sus disputas y las diferencias casi insuperables que les separaban, no era capaz de causarle aquel daño.

Lynley se anticipó.

– Yo lo he hecho por ellos -dijo con voz hueca-. Y Webberly lo sabía. Desde el principio.

Más allá del desaliento que expresaban sus palabras, Barbara adivinó lo que Lynley estaba pensando: que la situación demostraba su condición de objeto sacrificable para sus superiores, que su destitución, si llegaba a descubrirse que, aun inconscientemente, había intentado encubrir la supuesta culpabilidad de Stinhurst en un caso de asesinato, no significaría una auténtica pérdida para nadie. No importaba en absoluto que nada de esto fuera cierto. Barbara sabía que si alguien lo creía un solo momento, haría añicos su orgullo.

Durante los últimos quince meses le había apreciado, odiado y llegado a comprender, pero jamás había percibido que su medio aristocrático era una fuente de angustia para él, una carga familiar y sanguínea que conseguía soportar con discreta dignidad, incluso cuando deseaba librarse de ella.

– ¿Cómo pudo averiguar Joy Sinclair todo esto? -preguntó Lynley, sin que se alterase su rostro.

– El propio lord Stinhurst se lo dijo. Ella estaba allí la noche en que Geoffrey murió.

– Ni siquiera me di cuenta de que no había nada referente a la obra de Joy en su estudio -se reprochó Lynley-. Vaya, ¿qué clase de investigación policial es ésta?

– Los caballeros del MI5 no van dejando tarjetas de visita cuando registran una casa, Tommy -dijo St. James-. No había huellas del registro. No podías saber que habían entrado en el piso y, al fin y al cabo, no habíais ido a buscar información sobre la obra.

– A pesar de todo, no debería haber pasado por alto su ausencia -sonrió con tristeza a Barbara-. Buen trabajo, sargento. No sé qué hubiera sido de nosotros sin usted.

Las alabanzas de Lynley no alegraron a Barbara. Nunca había lamentado tanto estar en lo cierto.

– ¿Qué vamos a…? -vaciló, sin querer arrebatarle más autoridad.

– Iremos a por Stinhurst mañana por la mañana -dijo Lynley, poniéndose en pie-. Me gustaría pensar durante el resto de la noche lo que se debe hacer.

Barbara adivinó lo que en realidad quería decir: pensar en lo que él iba a hacer, sabiendo que Scotland Yard le había manipulado. Barbara quiso decir algo que suavizara el golpe. Quiso decirle que el plan para hacerle encubrir un asesinato había fracasado; ellos habían demostrado su superioridad. Sin embargo, sabía que Lynley detectaría la verdad oculta tras sus palabras: ella había demostrado su superioridad. Ella le había salvado de su obcecación.

Sin más que decir, los tres empezaron a ponerse abrigos, guantes, sombreros y bufandas. La atmósfera estaba preñada de palabras que necesitaban ser pronunciadas. Lynley se dedicó con parsimonia a colocar en su sitio la botella de coñac, reunir las copas sobre una bandeja y cerrar las luces del salón. Les siguió hasta el vestíbulo.

Lady Helen aguardaba cerca de la puerta, en un charco de luz. No había dicho nada durante una hora, pero ahora se dirigió a él, vacilante.

– Tommy…

– Nos encontraremos en el teatro a las nueve, sargento -dijo Lynley con brusquedad-. Que un agente la acompañe para arrestar a Stinhurst.

Si no hubiera comprendido ya la nula trascendencia de su triunfo para el caso, este breve intercambio habría bastado para que Barbara fuera plenamente consciente de ello. Vio el abismo abierto entre Lynley y lady Helen, sintió la dolorosa impasibilidad del detective como una herida física.

– Sí, señor -se limitó a responder, avanzando hacia la puerta.

– Tommy, no puedes seguir ignorándome -insistió lady Helen.

Lynley la miró entonces por primera vez desde que St. James había empezado a hablar en el salón.

– Estaba equivocado respecto a él, Helen, pero has de saber lo peor: yo quería tener razón. Les deseó buenas noches y se fue.

El miércoles amaneció bajo un cielo plomizo, el día más frío del invierno. La nieve que cubría el pavimento formaba una capa delgada y dura, sucia del hollín y los gases de los coches.

Cuando Lynley detuvo el automóvil frente al teatro Agincourt a las nueve menos cuarto, la sargento Havers ya estaba esperando, tapada hasta las cejas con el feo y habitual abrigo de color pardo, y acompañada de un joven agente. Lynley reparó con desagrado en que Havers se lo había pensado muy bien a la hora de seleccionar un agente, escogiendo al que menos impresionarían el título y la riqueza de Stinhurst: Winston Nkata. Cabecilla en otros tiempos de los Brixton Warriors, una de las bandas negras más violentas de la ciudad, Nkata, con sólo veinticinco años, aspiraba ahora a los puestos superiores del DIC, gracias a la paciente intercesión y constante amistad de tres testarudos oficiales de la División A7.

Dedicó a Lynley una de sus sonrisas incandescentes.

– Inspector -le dijo-. ¿Por qué no conduces nunca esa preciosidad por mi barrio? Nos encanta quemar ejemplares tan fantásticos.

– Avísame del próximo disturbio -le respondió Lynley con sequedad.

– Enviaremos invitaciones para el próximo disturbio, tío. Nos encargaremos de que todo el mundo pueda participar.

– Entiendo. Tráete tu propio ladrillo y todo eso.

El negro echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada estentórea, mientras Lynley se reunía con ellos en la acera.

– Me gustas, inspector. Dame la dirección de tu casa. Creo que voy a casarme con tu hermana.

– Eres demasiado bueno para ella, Nkata -sonrió Lynley-. Por no mencionar unos dieciséis años demasiado joven. No obstante, si esta mañana te portas bien, estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo satisfactorio. -Miró a Havers-. ¿Stinhurst ha llegado ya?

– Hace diez minutos. No nos vio -recalcó, antes de que él lo preguntara-. Estábamos tomando café al otro lado de la calle. Ha venido con su esposa, señor.

– Eso es lo que se llama un golpe de suerte. Vamos dentro.

El teatro bullía de actividad, como siempre que se pone en marcha una nueva obra. Las puertas del anfiteatro estaban abiertas; conversaciones y risas se mezclaban con el estrépito de los operarios que tomaban medidas para un decorado. Los ayudantes de producción corrían de un lado a otro con sujetapapeles en las manos y lápices detrás de la oreja. En un rincón, cerca del bar, un publicista y un diseñador trabajaban sobre una hoja de papel grande, en la que el último esbozaba viñetas publicitarias. Era un lugar de creatividad, pletórico de excitación, pero esta mañana Lynley no sintió el menor remordimiento de ser el instrumento que daría al traste con la alegría de todas aquellas personas. Como sería el caso cuando Stinhurst se encarase a su detención.

Se encaminaban ya hacia la puerta de las oficinas de producción, en el extremo opuesto del edificio, cuando lord Stinhurst salió por ella, en compañía de su mujer. Lady Stinhurst hablaba en tono agitado, retorciéndose el grueso anillo de diamantes que adornaba su dedo. Se inmovilizó por completo al ver a la policía.

Stinhurst se mostró cooperativo cuando Lynley le pidió que hablaran en privado.

– Ven a mi despacho. ¿Mi esposa ha de…? -Dejó la frase en suspenso, significativamente. Lynley, sin embargo, ya había decidido que la presencia de lady Stinhurst podría reportarle cierta ventaja. Una parte de él, la buena, pensó, quería dejarla en paz, se resistía a convertirla en un peón en el juego de la verdad y la mentira, pero su otra parte la necesitaba como instrumento de extorsión. Odiaba esa parte, aunque sabía que la iba a poner en juego.

– Me gustaría que lady Stinhurst nos acompañara -dijo.

Lynley y Havers se reunieron con lord Stinhurst y su esposa en la oficina del productor. Dejaron fuera al agente Nkata de guardia e indicaron a la secretaria de Stinhurst que sólo pasara las llamadas dirigidas a la policía. El despacho era muy parecido al hombre que lo ocupaba, fríamente decorado en negro y gris, amueblado con un escritorio de madera limpio hasta el extremo y sillones de orejas lujosamente tapizados. Un leve aroma a tabaco de pipa perfumaba el aire. De las paredes colgaban carteles, enmarcados con sumo gusto, procedentes de anteriores producciones de Stinhurst, testimonio de treinta años de éxitos: Enrique V, Londres; Las tres hermanas, Norwich; Rosencratz y Guildenstern están muertos, Keswick; Casa de muñecas, Londres; Vidas privadas, Exeter; Equus, Brighton; Amadeus, Londres. A un lado del despacho había una mesa de conferencias y sillas. Lynley se decantó por ese rincón, para no conceder a Stinhurst la comodidad y el privilegio de encarar a la policía desde el otro lado de su reluciente escritorio.

Mientras Havers buscaba su bloc, Lynley desplegó sobre la mesa en silencio las fotos de la encuesta y las ampliaciones que Deborah St. James había hecho. Si todo lo que St. James había dicho era cierto, no cabía duda de que Stinhurst había telefoneado a sir Kenneth Willingate el día anterior por la tarde. Se habría preparado para esta entrevista. Lynley había empleado su larga noche de insomnio en pasar revista con toda minuciosidad a las diversas formas de atajar una nueva sarta de bien elaboradas mentiras. Había comprendido por fin que Stinhurst tenía, como mínimo, un talón de Aquiles. Lynley lanzó su primer comentario en esa dirección.

– Jeremy Vinney conoce toda la historia, lord Stinhurst. Desconozco si piensa publicarla, pues todavía carece de pruebas concluyentes en que apoyarse, pero no me cabe la menor duda de que va a buscar tales pruebas. -Lynley ordenó las fotografías con deliberada atención-. Tiene tres opciones: contarme otra mentira, examinar en detalle la que inventó en mi honor el pasado fin de semana en Westerbrae, o decirme la verdad. Pero antes déjeme decirle que si de entrada me hubiera confesado la verdad acerca de su hermano, sólo habría trascendido a St. James, un hombre de mi plena confianza. Puesto que me mintió, y puesto que esa mentira no encaja con que su hermano esté enterrado en Escocia, la sargento Havers sabe lo de Geoffrey, al igual que St. James, lady Helen Clyde y Jeremy Vinney. Como lo sabrá todo el mundo que tenga acceso al informe que enviaré al Yard. -Lynley vio que Stinhurst desviaba la vista hacia su esposa-. ¿Qué hacemos, pues? -preguntó, reclinándose en la silla-. ¿Hablamos de aquel verano de hace treinta y seis años, cuando su hermano estuvo en Somerset mientras usted iba de gira por el país y su mujer…?

– Basta -dijo Stinhurst y sonrió con frialdad-. ¿Me devuelve la pelota? ¡Bravo!

Lady Stinhurst se retorció las manos sobre su regazo.

– Stuart, ¿qué sucede? ¿Qué les dijiste?

La pregunta llegaba en el momento oportuno. Lynley aguardó la respuesta del hombre. Después de escrutar larga y pensativamente a los policías, se volvió hacia su esposa y empezó a hablar, demostrando que era un maestro en cautivar y sorprender.

– Les dije que tú y Geoffrey erais amantes. Afirmé que Elizabeth era el fruto de vuestros amores, y que la obra de Joy Sinclair giraba en torno a vuestra relación. Les dije que ella había alterado la obra sin mi conocimiento para vengarse de nosotros por la muerte de Alee. Al menos, esa última parte era cierta, que Dios me perdone. Lo siento.

Lady Stinhurst continuó sentada en silencio, sin comprender; las palabras pugnaban por acudir a su boca. Un lado de su cara pareció hundirse a causa del esfuerzo.

– ¿Geoff? -consiguió articular por fin-. No habrás pensado que Geoffre y yo… ¡Dios mío, Stuart!

Stinhurst tendió la mano hacia su mujer, pero ésta lanzó un chillido involuntario y se apartó. Él se rindió en parte, posando la mano sobre la mesa, entre ambos. Sus dedos se engarfiaron hasta cerrarse sobre la palma.

– No, claro que no, pero necesitaba decirles algo. Necesitaba… Tenía que alejarles de Geoff.

– Necesitabas decirles… Pero si está muerto. -Su rostro expresó una creciente repulsión ante lo que su marido había hecho-. Geoff está muerto. Y yo no. ¡Yo no, Stuart! ¡Me hiciste pasar por una puta para proteger a un muerto! ¡Me sacrificaste! Santo Dios, ¿cómo pudiste hacerlo?

Stinhurst meneó la cabeza, esforzándose en encontrar las palabras precisas.

– No está muerto, ni mucho menos, sino vivo y en esta habitación. Perdóname si puedes. He sido un cobarde de principio a fin. Sólo trataba de protegerme a mí mismo.

– ¿De qué? ¡Tú no has hecho nada! ¡Stuart, por el amor de Dios, tú no hiciste nada aquella noche! ¿Cómo puedes decir…?

– Eso no es cierto. No me atreví a decírtelo.

– ¿A decirme qué? ¡Dímelo ahora!

Stinhurst contempló largamente a su esposa, como si intentara reunir fuerzas para examinar su cara.

– Yo fui el que denunció a Geoff al gobierno. Todos vosotros supisteis la verdad sobre él aquella Noche Vieja, pero yo… Yo sabía que era un agente ruso desde 1949, que Dios me perdone.

Stinhurst se mantenía completamente inmóvil mientras hablaba, tal vez en la creencia de que un solo gesto abriría las compuertas y la angustia acumulada durante treinta y nueve años saldría a borbotones. Hablaba con voz desapasionada. No derramaba ni una lágrima, a pesar de que sus ojos iban enrojeciendo progresivamente. Lynley se preguntó si Stinhurst todavía sería capaz de llorar, después de tantos años de farsa.

– Supe que Geoffrey era marxista desde que estuvimos en Cambridge. No lo ocultaba, y yo, francamente, lo tomé como una especie de broma, algo que desecharía al cabo de un tiempo. Y en caso de no hacerlo, pensé en lo cómico que resultaría un futuro conde de Stinhurst comprometido con la lucha de clases para alterar el curso de la historia. Lo que no sabía era que alguien había tomado buena nota de sus inclinaciones, y había sido seducido para dedicarse al espionaje cuando todavía era un estudiante.

– ¿Seducido? -preguntó Lynley.

– Es un proceso de seducción. Una combinación de lisonjas y engaños, capaz de convencer a un estudiante de que desempeña un papel importante en el esquema del cambio.

– ¿Cómo llegó a enterarse?

– Lo descubrí por pura casualidad, cuando nos reunimos todos en Somerset después de la guerra. Fue el fin de semana en que nació mi hijo Alee. Fui a buscar a Geoff después de ver a Marguerite y al niño. Era… -sonrió a su esposa por primera y única vez. El rostro de lady Stinhurst no manifestó la menor reacción-. Un hijo. Me sentía muy feliz. Quería que Geoff lo supiera. Salí a buscarle y le encontré en uno de nuestros escondites de la infancia, una casita abandonada en las colinas de Quantock. Por lo visto, consideraba que Somerset era un lugar seguro.

– ¿Estaba reunido con alguien?

Stinhurst asintió con la cabeza.

– En otro momento habría pensado que se trataba sólo de un labrador, pero días antes de aquel fin de semana había visto a Geoffrey en el estudio, trabajando con documentos del gobierno que llevaban el membrete de «confidencial». No le concedí importancia, pensé que se había traído trabajo a casa. Su maletín se hallaba sobre el escritorio, y estaba introduciendo un documento en un sobre de papel manila. Recuerdo que el sobre no era ni de la finca ni del gobierno. No pensé en nada de ello hasta que llegué a la casita y le vi pasar el mismo sobre al hombre con quien se había reunido. A menudo pienso que si hubiera llegado un minuto antes, o un minuto después, habría creído que su acompañante era un labriego de Somerset. Sin embargo, en cuanto vi que el sobre cambiaba de manos, adiviné lo peor. Por un momento me dije que era una mera coincidencia, que tal vez el sobre no fuera el mismo que yo había visto en el estudio. Pero, si sólo había sido testigo de un intercambio inocente de información, legal y honesto, ¿por qué tenía lugar en las colinas de Quantock, tan aisladas y desérticas?

– Si les descubriste, ¿cómo es que no hicieron algo para evitar que les delataras? -preguntó lady Stinhurst, asombrada.

– No sabían exactamente lo que había visto. Y, aunque lo supieran, yo me encontraba a salvo. Pese a todo, Geoff se habría opuesto a la eliminación de su propio hermano. Al fin y al cabo, era más hombre que yo.

– No digas eso. -Lady Stinhurst desvió la mirada.

– Me temo que es verdad.

– ¿Admitió sus actividades? -inquirió Lynley.

– Le interrogué en cuanto el otro hombre se marchó -respondió Stinhurst-. Lo admitió. No estaba avergonzado. Creía en la causa. Y yo… yo no sabía en lo que creía. Sólo sabía que era mi hermano. Le quería. Siempre le había querido. No podía traicionarle, aunque me asqueara lo que hacía. El habría sabido que yo era el delator, ¿entiende? Por eso no hice nada, pero me sentí torturado durante años.

– Supongo que encontró la oportunidad de actuar en 1962.

– El gobierno procesó a William Vassall en octubre; ya habían detenido y juzgado por espionaje a un físico italiano, Giuseppe Martelli, en septiembre. Pensé que si revelaba entonces las actividades de Geoff, después de tantos años de conocerlas, no se imaginaría que era yo quien le entregaba al gobierno. De modo que en noviembre relaté los hechos a las autoridades. Se puso en marcha un dispositivo de vigilancia. Confié y recé, con todo el corazón, para que Geoffrey se diera cuenta de que le vigilaban y escapara a la Unión Soviética. Casi lo consiguió.

– ¿Qué lo impidió?

Stinhurst apretó los puños al oír la pregunta, hasta que dedos y nudillos se pusieron blancos. Sonó el teléfono en la oficina exterior, seguido de una explosión de carcajadas. La sargento Havers cesó de escribir, dirigiendo una mirada interrogadora a Lynley.

– ¿Qué lo impidió? -repitió Lynley.

– Díselo, Stuart -murmuró lady Stinhurst-. Diles la verdad. Por una vez. Por fin.

Su marido se frotó los párpados. Su piel parecía gris.

– Mi padre -contestó-. Le mató.

Stinhurst empezó a pasear por la habitación, su alta y delgada figura erguida como un palo, salvo la cabeza, que inclinaba con la vista clavada en el suelo.

– Sucedió más o menos como plasmaba la obra de Joy. Hubo una llamada telefónica para Geoff, pero mi padre y yo entramos en la biblioteca sin que Geoff se diera cuenta y oímos parte de la conversación, oímos decirle que alguien debía ir a su piso a recoger el libro de claves o toda la organización se vendría abajo. Mi padre empezó a interrogarle. Geoff, siempre tan elocuente, siempre tan fácil de palabra, estaba frenético por marcharse cuanto antes. No tenía tiempo para perder en un interrogatorio. No pensaba con serenidad, no respondía a las preguntas con firmeza, así que mi padre adivinó la verdad. No era muy difícil después de la conversación que habíamos escuchado. Cuando mi padre comprendió que sus peores sospechas se confirmaban, perdió los estribos. Para él, era algo más que una traición. Significaba una traición a la familia, a una forma de vida. Creo que la necesidad de borrar aquella afrenta le dominó en un instante. Así que… -Stinhurst examinó desde el otro extremo del despacho los hermosos carteles que llenaban las paredes-. Mi padre fue tras él. Parecía un oso. Y yo… Dios mío, yo me limité a contemplar la escena. Petrificado. Inútil. Y desde entonces, Thomas, cada noche revivo el momento en que oí el cuello de Geoff romperse como la rama de un árbol.

– ¿También participó el marido de su hermana, Phillip Gerrard? -preguntó Lynley.

– Sí. No se encontraba en la biblioteca cuando Geoff colgó el teléfono, pero Francesca, Marguerite y él oyeron los gritos de mi padre y bajaron corriendo las escaleras. Irrumpieron en la habitación justo un momento después de que… todo hubiera terminado. Phillip se lanzó de inmediato hacia el teléfono, por supuesto, insistiendo en que debíamos llamar a la policía, pero nosotros… el resto de nosotros le disuadimos. El escándalo, un juicio, quizá papá encarcelado. Francesca se puso histérica sólo de pensarlo. Phillip opuso gran resistencia al principio, pero solo contra todos nosotros, sobre todo contra Francesca, ¿qué podía hacer? Nos ayudó a transportar el cuerpo… a Geoffrey… hasta el desvío que lleva a Hillview Farms y desciende hacia el pueblo de Kilparie. Nos llevamos únicamente el coche de Geoffrey, para dejar un solo par de huellas de neumáticos. -Esbozó una exquisita sonrisa de autoacusación-. Cuidamos todos los detalles. Hay un pronunciado declive que empieza en la bifurcación, con dos curvas seguidas, como una serpiente. Pusimos en marcha el motor y empujamos el coche. Habíamos colocado a Geoff en el asiento del conductor. El coche adquirió velocidad. En la primera curva se salió de la carretera, rompió la valla, cayó sobre la segunda curva y se estrelló en el terraplén. Se incendió. -Sacó un pañuelo blanco, un cuadrado perfecto de lino inmaculado, y se secó los ojos. Regresó a la mesa, pero no se sentó-. Después, volvimos andando a casa. La carretera estaba cubierta de hielo casi por completo, de modo que ni siquiera dejamos huellas. Nadie discutió jamás que no fuera un accidente. -Tocó con los dedos la foto de su padre, que seguía en el mismo sitio donde Lynley la había dejado.

– En ese caso, ¿por qué vino desde Londres sir Andrew Higgins para identificar el cadáver y testificar en la encuesta?

– Como medida de seguridad. Para que nadie notara nada extraño en las heridas de Geoff y levantara suspicacias sobre nuestra historia. Sir Andrew era el amigo más antiguo de mi padre. Se podía confiar en él.

– ¿Y cuál es el papel de Willingate? -continuó preguntando Lynley.

– Llegó a Westerbrae dos horas después del accidente. Venía para llevarse a Geoff a Londres e interrogarle. No cabe duda de que la llamada dirigida a mi hermano le advertía de su inminente llegada. Mi padre le contó la verdad a Willingate. Llegaron a un acuerdo. Sería un secreto oficial. Ahora que había muerto, el gobierno no deseaba que se conociera la existencia de un topo infiltrado en el Ministerio de Defensa desde hacía años. Mi padre tampoco quería que se supiera, ni enfrentarse a un juicio por asesinato. Se acordó apoyar la hipótesis del accidente, y los demás juramos guardar silencio. Todos cumplimos la promesa, pero Phillip Gerrard era un hombre decente. La idea de que había accedido a encubrir un asesinato le consumió hasta el fin de sus días.

– ¿Por eso no está enterrado en el suelo de Westerbrae?

– Creía que lo había maldecido.

– ¿Por qué está enterrado allí su hermano?

– Mi padre no deseaba que su cuerpo reposara en Somerset. Sólo conseguimos convencerle de enterrar a Geoff. -Stinhurst miró por fin a su esposa-. Todos padecimos las consecuencias de la traición de Geoffrey, ¿verdad, Mag? Pero tú y yo llevamos la peor parte. Perdimos a Alee. Perdimos a Elizabeth. Nos perdimos mutuamente.

– Geoff siempre se ha interpuesto entre nosotros -dijo la mujer lentamente-. Durante todos estos años. Siempre has actuado como si tú le hubieras matado, y no tu padre. Conseguiste que a veces llegara a dudarlo.

Stinhurst movió la cabeza, negándose a aceptar la exculpación.

– Lo hice, claro que lo hice. Aquella noche, en la biblioteca, no me decidí a separarles, no me decidí a detener a papá. Estaban en el suelo y… Geoff me miró. Maggie, fui la última persona que vio. Y lo último que supo fue que su único hermano iba a quedarse allí parado, sin hacer nada, viéndole morir. Para el caso, es como si yo le hubiera matado, efectivamente. Yo fui el responsable, a fin de cuentas.

«La traición, como la peste, se cobra mucha sangre.» Lynley pensó que la cita de Webster nunca le había parecido tan adecuada como ahora, porque la traición de Geoffrey Rintoul había provocado la destrucción de toda su familia. Y como la destrucción no se debilitaba, continuaba afectando a las vidas cercanas a los Rintoul: la de Joy Sinclair y la de Gowan Kilbride. Pero ahora se detendría.

Quedaba un detalle más por aclarar.

– ¿Por qué mezcló al MI5 este pasado fin de semana?

– Es lo único que se me ocurrió. Sabía que cualquier investigador acabaría centrándose en la obra que leímos la noche que Joy murió. Pensé, creí, que un detenido escrutinio de la obra sacaría a la luz todo lo que mi familia y el gobierno habían mantenido celosamente oculto durante veinticinco años. Cuando Willingate me telefoneó, se mostró de acuerdo en que era preciso destruir los libretos. Después se puso en contacto con tus compañeros de la División Especial, que a su vez contactaron con un comisionado del Met, y éste accedió a enviar a alguien, alguien especial, a Westerbrae.

Estas últimas palabras despertaron la amargura en Lynley, que inútilmente trató de combatirla. Se dijo que, de no ser por la presencia de Helen en Westerbrae y la demoledora revelación de su relación con Rhys Davies-Jones, habría penetrado en la red de mentiras tejida por Stinhurst, habría encontrado la tumba de Geoffrey Rintoul y extraído sus propias conclusiones sin la generosa ayuda de sus amigos. Por el momento, aferrarse a ese pensamiento era la única forma de conservar su autoestima.

– Voy a pedirle que haga una declaración completa en el Yard -dijo Lynley.

– Por supuesto -respondió Stinhurst, y la negación que siguió a su aceptación fue tan mecánica como inmediata-. Yo no maté a Joy Sinclair, Thomas. Te lo juro.

– No lo hizo. -El tono de lady Stinhurst era más resignado que perentorio. Lynley no replicó. La mujer prosiguió-. Si hubiera salido de la habitación aquella noche, me habría enterado, inspector.

Lady Stinhurst no podía haber elegido una razón que cuadrara menos con la convicción de Lynley. Éste se volvió hacia Havers.

– Llévese a lord Stinhurst para la declaración preliminar, sargento. Ocúpese de que lady Stinhurst vuelva a su casa.

– ¿Y usted, inspector? -preguntó Havers.

Lynley reflexionó sobre la pregunta, calculando el tiempo que necesitaba para asumir todo cuanto había sucedido.

– Yo iré directamente -dijo.

Lynley volvió a entrar en el edificio cuando el taxi que llevaba a lady Stinhurst a la casa familiar de Holland Park se puso en marcha, y lord Stinhurst salió del teatro Agincourt escoltado por la sargento Havers y el agente Nkata. No le hacía gracia la idea de toparse sin querer con Rhys Davies-Jones, y no cabía duda de que el hombre se hallaba en el interior. Aun así, algo le impedía demorarse, tal vez como una forma de expiación por los pecados que había cometido al sospechar de Davies-Jones como asesino, haciendo lo imposible para que Helen compartiera sus sospechas. Sobreponiendo la pasión a la razón, había escarbado en busca de datos que acusaran al gales, ignorando los que apuntaban en otras direcciones.

«Y todo porque pretendía ignorar de la manera más estúpida lo que Helen significaba en mi vida, hasta que fue demasiado tarde», pensó con ironía.

– No te esfuerces en consolarme -balbuceó una mujer desde el extremo opuesto del bar, fuera de su ángulo de visión-. He venido aquí para hablar de tú a tú. Me dijiste que debíamos hablar con el corazón en la mano. ¡Pues bien, adelante! ¡Hablemos, sin ambages, con el corazón en la mano, incluso sin pararnos en barras!

– Jo… -respondió David Sydeham.

– Ya no es un secreto que te quiero. Nunca lo fue. Te quiero desde que te rogué que me leyeras el nombre del ángel de piedra con tus dedos. Sí, este mal de amor se remonta hasta entonces, y jamás me ha abandonado. Y ésta es mi historia…

– Joanna, cierra el pico. ¡Te has saltado diez líneas, como mínimo!

– ¡No!

Las palabras de Sydeham y Joanna Ellacourt se abrieron paso hacia el cerebro de Lynley. Cruzó el vestíbulo, llegó al bar, le arrebató sin más preámbulos el libreto a Sydeham y recorrió la página en silencio hasta localizar el parlamento de Alma en Verano y humo. Como no llevaba gafas, vio las letras algo borrosas, pero lo bastante legibles. Y absolutamente diáfanas.

No te esfuerces en consolarme. He venido aquí para hablar de tú a tú. Me dijiste que debíamos hablar con el corazón en la mano. ¡Pues bien, adelante! ¡Hablemos sin ambages, con el corazón en la mano, incluso sin pararnos en barras! Ya no es un secreto que te quiero. Nunca lo fue. Te quiero desde que te rogué que me leyeras el nombre del ángel de piedra con tus dedos. Sí, recuerdo los largos atardeceres de nuestra infancia…

Por un momento Lynley había supuesto que Joanna Ellacourt no estaba utilizando las palabras escritas por Tennessee Williams, sino hablando con voz propia. Al igual que el joven agente Plater cuando leyó la nota de Hannah Darrow quince años antes en Porthillireen.

Capítulo 14

Un embotellamiento de tráfico provocó que llegara a Porthill Green pasada la una del mediodía, y ya las nubes se aglutinaban sobre el horizonte como enormes borlas de lana gris. Se estaba gestando una tormenta. Wine's the Plough aún no había cerrado, pero Lynley prefirió dirigirse a una cabina, inclinada precariamente en dirección al mar, que entrar en la taberna al instante y enfrentarse a John Darrow. Llamó a Scotland Yard. Sólo tardó unos momentos en escuchar la voz de la sargento Havers, y a juzgar por los ruidos de conversación y roce de platos que se oían de fondo, adivinó que le habían pasado la llamada al comedor de oficiales.

– Maldita sea, ¿qué le ha pasado? -preguntó ella, y a continuación suavizó la pregunta-. ¿Dónde está usted, señor? Le ha llamado el inspector Macaskin. Han terminado la autopsia de Sinclair y Gowan. Macaskin me encargó que le dijera que han fijado la muerte de la Sinclair entre las dos y las tres y cuarto. Añadió con muchos rodeos que no habían perturbado su sueño. Supongo que fue una forma elegante de comunicarme que no habían hallado señales de violación o coito. Dijo que el equipo forense aún no había terminado de analizar lo que sacaron de la habitación. Volverá a telefonear cuando hayan terminado.

Lynley bendijo la minuciosidad y las ganas de colaborar de Macaskin, que no se había dejado influenciar por la entrada en escena de Scotland Yard.

– Hemos tomado declaración a Stinhurst, y no he logrado que se contradijera ni una sola vez acerca de lo sucedido en Westerbrae el sábado por la noche, a pesar de que le he obligado a repetir la historia muchas veces -bufó Havers, malhumorada-. Su abogado acaba de llegar, el típico vejestorio relamido enviado por su esposa, puesto que su señoría no se ha rebajado a rogar a gentuza como yo o Nkata que le dejaran utilizar el teléfono. Le hemos encerrado en una de las salas de interrogatorio, pero a menos que alguien aparezca con pruebas de peso o un testigo bien untado, tendremos serios problemas. ¿Me puede decir, en nombre de Dios, dónde está usted?

– En Porthill Green -acalló sus protestas rápidamente-. Escuche, no voy a discutirle que Stinhurst está involucrado en la muerte de Joy, pero no pienso dejar en suspenso el asunto Darrow. No perdamos de vista el hecho de que la habitación de Joy Sinclair estaba cerrada con llave, Havers. Le guste o no, nuestra ruta de acceso se centra todavía en la habitación de Helen.

– Pero ya llegamos a la conclusión de que Francesca Gerrard podía haberle dado…

– La nota del suicidio de Hannah Darrow estaba copiada de una obra de teatro.

– ¿Una obra? ¿Qué obra?

Lynley dirigió su mirada hacia la taberna. El humo que brotaba de la chimenea se retorcía como una serpiente recortada contra el cielo.

– No lo sé, pero espero que John Darrow me lo aclare. Creo que nos lo va a decir.

– ¿Adónde nos llevará esto, inspector? ¿Qué voy a hacer con su preciosa señoría mientras usted corretea por los Fens?

– Hágale repetir su historia una vez más. En presencia de su abogado, si es preciso. Ya conoce la rutina, Havers. Prepárelo con Nkata. Altere las preguntas.

– ¿Y después?

– Déjelo en libertad.

– Inspector…

– Sabe tan bien como yo que de momento no podemos acusarle de nada. Tal vez destrucción de pruebas por quemar los libretos, pero nada más, salvo que su hermano fue espía de los rusos hace veinticinco años y que obstruyó la acción de la justicia al permitir la muerte de Geoffrey. De hecho, creo que detener a Stinhurst en este momento no reportaría ningún beneficio a nuestro caso. Además, sabe muy bien que su abogado exigirá que le acusemos de algo en concreto o le dejemos en libertad.

– Es posible que el equipo forense de Strathclyde nos proporcione más datos.

– Es posible. Y si eso ocurre, le detendremos otra vez. Por ahora hemos hecho todo lo que podíamos. ¿Queda claro?

– ¿Qué debo hacer en cuanto suelte a Stinhurst?

Lynley captó el matiz de irritación en su voz.

– Vaya a mi despacho, cierre la puerta, no reciba a nadie y espere mis noticias.

– ¿Y si Webberly pide un informe sobre nuestros progresos?

– Dígale que se vaya al infierno, tras informarle de que sabemos que la División Especial y el MI5 están involucrados en el caso.

Percibió la sonrisa involuntaria de Havers al otro extremo de la línea.

– Será un placer, señor. Como siempre he dicho, cuando el barco se hunde no importa hacer unos cuantos agujeros en la amura.

Cuando Lynley pidió un menú de labrador y una pinta de Guinnes, Darrow no pareció en absoluto propenso a tomar la nota. Sin embargo, la presencia de tres hombres de aspecto sombrío en el mostrador y de una anciana rumiando sus amarguras sobre un vaso de ginebra pareció disuadirle. Al cabo de cinco minutos, Lynley ocupaba una mesa cerca de la ventana, bregando con una generosa ración de quesos Stilton y Cheddar, cebollas en escabeche y pan de corteza dura.

Comió con parsimonia, indiferente a la curiosidad manifestada por las preguntas formuladas en voz baja por los demás clientes. Agricultores de las cercanías, sin duda, que no tardarían en volver al trabajo, dejando a John Darrow sin otra alternativa que afrontar el interrogatorio que hacía lo posible por evitar.

John Darrow mostró una inusitada cordialidad hacia aquellos hombres acodados en la barra al poco de llegar Lynley, como si ese cambio en su carácter les persuadiera a quedarse, contra su costumbre, un rato más. Estaban hablando a voz en grito sobre el equipo de fútbol de Newcastle, cuando la estentórea conversación fue interrumpida por un muchacho de unos dieciséis años que entró corriendo en la taberna para refugiarse del frío.

Lynley le había visto venir de la dirección de Mildenhall, conduciendo una vieja moto a la que el barro prestaba su color predominante. El muchacho, ataviado con pesadas botas de trabajo, téjanos y una vieja chaqueta de cuero, manchada generosamente de lo que parecía grasa, había aparcado frente a la taberna y había dedicado varios minutos a admirar el coche de Lynley, acariciando con la mano la esbelta línea del techo. Era corpulento como John Darrow, aunque pálido como su madre.

– ¿De quién es el bólido? -preguntó alegremente al entrar.

– Mío -respondió Lynley.

El muchacho caminó hacia él, apartándose el pelo de la frente con la típica espontaneidad de los jóvenes.

– Fantástico -dijo, mirando por la ventana con aire ausente-. Da la impresión de que mantenerlo cuesta un montón.

– Así es. Traga gasolina como si fuera el único sostén de la British Petroleum. Muchas veces pienso en adoptar tu medio de transporte, francamente.

– ¿Perdón?

Lynley señaló la calle con un movimiento de cabeza.

– Tu motocicleta.

– ¡Ah, eso! -El chico rió-. Menuda pieza. Me pegué un porrazo la semana pasada y ni siquiera se abolló. Usted ni lo hubiera advertido. Es tan vieja que…

– Tienes trabajo que hacer, Teddy -interrumpió John Darrow con brusquedad-. Encárgate de él.

Sus palabras sirvieron para interrumpir la conversación entre su hijo y el policía londinense, pero también para recordar a los demás la hora. Los agricultores depositaron sobre el mostrador monedas y billetes, y la vieja sentada junto al fuego emitió un fuerte ronquido y se despertó. Sólo Lynley y John Darrow siguieron en la taberna. Música de rock and roll y el estrépito de alacenas al abrir y cerrarse dieron cuenta de cómo hacía Teddy su trabajo.

– Ya no va al colegio -señaló Lynley.

Darrow movió la cabeza.

– Ha terminado. Es como su madre en eso. No le gustan mucho los libros.

– ¿Su esposa no leía?

– ¿Hannah? En su vida abrió un libro. No compró ni uno.

Lynley buscó los cigarrillos en su bolsillo, encendió uno con aire pensativo y abrió el expediente de Hannah Darrow, sacando la nota del suicidio.

– Muy extraño, ¿no le parece? ¿De dónde cree que la copió?

Darrow apretó los labios cuando reconoció el papel que Lynley le había enseñado en una ocasión anterior.

– No tengo nada que agregar sobre eso.

– Pues yo me temo que sí. -Lynley se reunió con el hombre en la barra, sin soltar la nota de Hannah-. Porque fue asesinada, señor Darrow, y sospecho que usted lo sabe desde hace quince años. Para serle sincero, le diré que, hasta esta mañana, pensaba que el asesino era usted. Ahora ya no estoy tan seguro, pero tengo la intención de quedarme aquí hasta que confiese la verdad. Joy Sinclair murió porque estaba muy cerca de averiguar lo que le había sucedido a su mujer. Si cree que vamos a dejar de lado esta muerte porque usted prefiere no decir nada sobre lo que pasó en este pueblo en 1973, olvídelo, a menos que le apetezca hacer una visita a Mildenhall y charlar con Plater, el jefe de policía. Los tres juntos, usted, Teddy y yo. Porque, si no quiere colaborar, estoy seguro de que su hijo se acuerda muy bien de su madre.

– ¡Deje al chico al margen! ¡No tiene nada que ver con esto! ¡Nunca lo ha sabido! ¡No puede saberlo!

– ¿Saber qué? -preguntó Lynley.

El tabernero jugaba con las asas de porcelana de las jarras, pero la cautela asomaba a su rostro.

– Escúcheme, Darrow. No sé lo que ocurrió, pero un chico de dieciséis años, la misma edad de su hijo, fue brutalmente asesinado porque se acercó demasiado al asesino. El mismo asesino que mató a su esposa, se lo juro. Y sé que fue asesinada. Ayúdeme antes de que muera alguien más, por el amor de Dios.

Darrow le miró, como negándose a creerle.

– ¿Un chico, dice?

Lynley presintió que las defensas de Darrow empezaban a desmoronarse. Aumentó la presión sin piedad.

– Un chico llamado Gowan Kilbride. El sueño de su vida era ir a Londres y convertirse en un nuevo James Bond, pero murió sobre los peldaños de una trascocina de Escocia, con la cara y el pecho chamuscados como carne asada y un cuchillo de cocina clavado en la espalda. Y si el asesino se dirige hacia aquí, intrigado por la información que Joy Sinclair le extrajo a usted… ¿Cómo va a proteger su vida o la de su hijo de un hombre o una mujer a los que ni siquiera conoce?

Darrow vacilaba ante el peso de lo que Lynley le exigía; volver al pasado, resucitarlo, revivirlo. A cambio de la esperanza de que su hijo y él se salvarían de un asesino que había asolado sus vidas tantos años antes.

Se humedeció los labios resecos con la lengua.

– Fue un hombre.

Darrow cerró con llave la puerta de la taberna y se acomodaron en una mesa junto al fuego. Trajo una botella de Old Bushmill's, la abrió y se sirvió un vaso. Bebió sin hablar durante un minuto, reuniendo fuerzas para hablar.

– Siguió a Hannah aquella noche, cuando salió del piso -conjeturó Lynley.

Darrow se secó la boca con el dorso de la muñeca.

– Sí. Tenía que echarnos una mano en la taberna, de modo que subí a buscarla y encontré una nota sobre la mesa de la cocina, sólo que no es la misma que tiene ahí, en el expediente. En aquélla decía que se largaba, que se iba con un figurón a Londres, para actuar en una obra de teatro.

Lynley sintió una punzada de satisfacción, una incipiente confirmación de que, pese a lo que afirmaban St. James, Helen, Barbara Havers y Stinhurst, su intuición no le había engañado.

– ¿Eso es todo lo que decía la nota?

Darrow meneó la cabeza, apesadumbrado, y bajó la vista hacia el vaso. El whisky olía fuertemente a malta.

– No. Me censuraba… como hombre. Y se extendía en comparaciones, para que me enterara bien de a qué se había dedicado y por qué se había decidido a marcharse. Quería un hombre de verdad, decía, uno que supiera cómo amar a una mujer, cómo complacerla en la cama. Yo nunca le había satisfecho, decía. Nunca, pero aquel tío… Describía cómo lo hacía, por si me venían ganas de tontear con alguna mujer en el futuro. Como si me estuviera haciendo un favor.

– ¿Cómo supo dónde encontrarla?

– La vi. Después de leer la nota me asomé a la ventana. Debía hacer uno o dos minutos que se había marchado del piso, porque la vi en el límite del pueblo, cargada con una gran maleta, en dirección al canal que atraviesa el marjal de Mildenhall.

– ¿Pensó enseguida en el molino?

– Sólo pensaba en echarle el guante a aquella puta y zurrarla de lo lindo, pero al cabo de un momento se me ocurrió que sería más divertido seguirla, sorprenderle con él y zurrarles a los dos.

– ¿Ella no se fijó en que usted la seguía?

– Estaba oscuro. Avancé por el otro lado del sendero, donde la vegetación es más frondosa. Ella se volvió dos o tres veces. Quizá pensara que la estaba siguiendo, pero continuó andando. Me llevaba cierta ventaja en la curva del canal, así que no vi la desviación al molino y seguí caminando unos… trescientos metros, más o menos. Cuando comprendí que la había perdido, imaginé adonde se había dirigido, pues no había muchas alternativas, de modo que di media vuelta y me encaminé a toda prisa hacia el molino. Encontré su maleta tirada a unos treinta metros.

– ¿La había dejado?

– Pesaba como un muerto. Supuse que al llegar al molino le diría al tipo que fuera a buscarla. Decidí esperar y agarrarle en el sendero. Después, me ocuparía de ella en el molino. -Darrow llenó su vaso por segunda vez y le pasó la botella a Lynley, que rehusó-. Pero nadie vino por la maleta. Esperé unos cinco minutos. Luego, avancé por el sendero para ver mejor. Aún no había llegado al claro cuando el tipo salió disparado del molino. Lo rodeó por un costado. Después oí que un coche arrancaba a toda prisa. Eso es todo.

– ¿Pudo verle?

– Demasiado oscuro. Yo estaba muy lejos. Seguí hacia el molino al cabo de un segundo. Y la encontré. -Dejó el vaso sobre la mesa-. Colgada.

– ¿Igual que en las fotos de la policía?

– Sí, excepto que sobresalía un trozo de papel de un bolsillo. Era la nota que entregué a la policía. Cuando la leí, comprendí que la habían escrito para simular un suicidio.

– Sí, pero no hubiera parecido un suicidio si hubiera dejado la maleta allí, en lugar de llevársela a casa.

– Sí. La puse arriba. Después empecé a gritar, utilizando la nota de su bolsillo. Quemé la otra.

A pesar de los padecimientos del hombre, Lynley experimentó cierta irritación. Una vida había sido arrebatada sin piedad, a sangre fría. Y esa muerte llevaba quince años sin ser vengada.

– ¿Por qué hizo todo eso? -preguntó asombrado-. ¿No deseaba que su asesino fuera entregado a la justicia?

La mirada de Darrow traicionó una irónica fatiga.

– No tiene ni idea de lo que es vivir en un poblacho como éste, ¿verdad, inglés? No tiene ni idea de lo que significa para un hombre que todos sus vecinos se enteren de que han liquidado a la calentorra de su mujer cuando se disponía a largarse con un macarra, que le trabajaba mejor la entrepierna. Y no liquidada por su marido, fíjese bien, cosa que todo el mundo habría comprendido, sino por el propio bastardo que se la estaba follando sin que el marido lo supiera. ¿No se da cuenta de que todo esto se habría aireado si llegan a descubrir que la habían asesinado? -Pese al tono incrédulo de sus palabras, Darrow siguió hablando, como para evitar la respuesta-. De esta forma, al menos, Teddy nunca sabrá qué clase de mujer era su madre. En lo que a mí concierne, Hannah se suicidó. Y la tranquilidad de espíritu de Teddy bien vale que el asesino siga en libertad.

– ¿Es mejor que su madre sea una suicida que su padre un cornudo? -preguntó Lynley.

Darrow descargó un sonoro puñetazo sobre la manchada mesa.

– ¡Sí! Porque ha vivido conmigo durante estos quince años. Es a mí a quien ha de mirar a la cara cada día. Y cuando lo hace, ve a un hombre, por Cristo, no a una maricona plañidera que no pudo retener a su esposa. ¿Cree que aquel tipo le ofrecía algo mejor? -Se sirvió más licor, derramándolo cuando la botella tropezó contra el vaso-. Le prometió profesores, clases particulares, un papel en una obra, pero cuando todo terminó, ¿qué pasión…?

– ¿Un papel en una obra? ¿Maestros, clases? ¿Cómo lo sabe? ¿Lo decía en su nota?

Darrow se giró con brusquedad hacia el fuego, sin responder. Entonces, Lynley comprendió por qué Joy Sinclair le había llamado por teléfono diez veces, qué buscaba con tanta insistencia al conversar con el hombre. No cabía duda de que, ofuscado por la irritación, le había revelado sin querer la fuente de información que tan desesperadamente necesitaba ella para escribir el libro.

– ¿Consta algo por escrito, Darrow? ¿Algún diario? -inquirió.

No hubo respuesta.

– ¡Por el amor de Dios, no se quede callado a estas alturas! ¿Sabe el nombre del asesino?

– No.

– Entonces, ¿qué sabe? ¿Cómo lo sabe?

– Diarios -dijo-. La tía siempre fue muy suya. Lo escribía todo. Estaban en su maleta. Con las demás cosas.

Lynley hizo un desesperado disparo al azar, sabiendo que si lo formulaba en forma de pregunta el hombre afirmaría que los había destruido años antes.

– Deme los diarios, Darrow. No puedo prometerle que Teddy jamás sabrá la verdad sobre su madre, pero le juro que no la sabrá por mí.

Darrow hundió la barbilla en el pecho.

– No puedo -murmuró.

– Sé que Joy Sinclair se lo restregó por la cara de nuevo -presionó Lynley-. Sé que le hizo daño, pero, por el amor de Dios, ¿merecía morir sola, con un puñal de cuarenta y cinco centímetros clavado en el cuello? ¿Quién merece esa clase de muerte? ¿Qué crimen cometido en la vida merece esa clase de muerte? Y Gowan. ¿Qué me dice del chico? No había hecho absolutamente nada, pero también murió. ¡Piense, Darrow! ¡No puede permitir que esos crímenes queden impunes!

Y de pronto se agotaron las palabras. Sólo cabía esperar a que el hombre se decidiera. El fuego chisporroteó. Una gruesa brasa se desprendió y rodó hasta chocar con la rejilla. Sobre sus cabezas, el hijo de Darrow continuaba dedicado a sus quehaceres. Después de una pausa angustiosa, el hombre levantó su pesada cabeza.

– Subamos al piso -dijo con voz monótona.

Se accedía al piso por una escalerilla exterior en la parte trasera del edificio. Bajo ella, un sendero de grava corría entre un descuidado jardín hasta un portal, más allá del cual se extendían los interminables campos, truncados únicamente por un árbol ocasional, un canal o la forma voluminosa de un molino recortado contra el horizonte. Ningún color destacaba bajo el cielo melancólico, y el aire transportaba, junto con su fuerte olor a turba, el testimonio de las generaciones de inundaciones y putrefacción que conformaban aquella desolada parte del país. A lo lejos, las bombas de drenaje salmodiaban rítmicamente su tu-tump.

John Darrow abrió la puerta de la cocina, cediendo el paso a Lynley. Teddy estaba a cuatro patas, provisto de útiles de barrer, examinando el interior de un mugriento y viejo horno.

El suelo que le rodeaba estaba húmedo y sucio. La radio que descansaba sobre una encimera transmitía la voz acatarrada de un cantante. Cuando entraron, Teddy levantó la vista, exhibiendo una sonrisa desarmante.

– Hemos esperado demasiado para arreglar este lío, papá. Valdría más la pena atacarlo con un escoplo. -Sonrió y se secó la cara con la mano, dejando un rastro mugriento desde el pómulo a la mandíbula.

– Ve abajo, chico -dijo Darrow, en tono afectuoso y brusco al mismo tiempo-. Encárgate de la taberna. El horno puede esperar.

El chico se mostró muy complacido. Se puso en pie de un salto y apagó la radio.

– Le daré un repaso cada día, ¿de acuerdo? Así estará limpio y reluciente para la Navidad. -Se despidió con la misma sonrisa y un ademán alegre.

– Guardo sus cosas en el desván -le dijo Darrow, cuando el chico se marchó-. Le agradecería que les echase un vistazo antes de que Teddy le sorprenda y quiera imitarle. Hace frío. El abrigo no le sobrará.

Atravesaron una sala de estar escasamente amueblada y un sombrío pasillo al que daban los dos dormitorios del piso. Al final del corredor, una abertura en el techo daba acceso al desván. Darrow empujó la trampilla hacia arriba y dejó caer una escalerilla metálica plegable, nueva a juzgar por su aspecto.

– Subo aquí de vez en cuando -dijo Darrow, como si leyera el pensamiento de Lynley-. Siempre que necesito recordar.

– ¿Recordar?

– Cuando deseo a una mujer -replicó el hombre con sequedad-. Entonces, hecho un vistazo a los diarios de Hannah. Se me pasan las ganas en un momento -se izó escaleras arriba.

El desván no se diferenciaba mucho de una tumba. Era silencioso, falto de ventilación y apenas menos frío que el exterior. Capas de polvo se aposentaban sobre cajas de cartón y baúles, y el menor movimiento levantaba nubes sofocantes hacia el techo. Era una habitación pequeña, que olía a alcanfor, ropas polvorientas y madera podrida. Un débil rayo de luz se filtraba por la única ventana, situada cerca del techo.

Darrow tiró de un cordel que colgaba del techo y una bombilla arrojó un cono de luz sobre el suelo. Señaló con un movimiento de cabeza dos baúles que flanqueaban la única silla de madera. Lynley advirtió que ni la silla ni los baúles mostraban señales de polvo. Se preguntó con cuánta frecuencia visitaba Darrow el sepulcro de su matrimonio.

– Sus cosas no están ordenadas -dijo el hombre-. No presté mucha atención a lo que hacía con ellas. La noche que murió metí la maleta lo más rápido que pude en su cómoda, antes de enviar al pueblo en su búsqueda. Luego, después del funeral, lo guardé todo en esos dos baúles.

– ¿Por qué llevaba su mujer dos abrigos y dos jerséis?

– Avaricia, inspector. No pudo meter nada más en la maleta. Si quería llevarse algo más, debía ponérselo o cargarlo. Supongo que ponérselo le pareció más sencillo. Hacía bastante frío. -Darrow sacó unas llaves del bolsillo y abrió los dos baúles-. Le dejaré a sus anchas. El diario que busca está encima del montón.

Cuando Darrow se marchó, Lynley se caló las gafas de leer. Sin embargo, no tomó enseguida los cinco diarios encuadernados que había sobre las ropas, sino que se puso a examinar sus otras pertenencias, para hacerse una idea de cómo era Hannah Darrow.

Las ropas, si bien de confección barata, aparentaban ser caras. Eran llamativas: jerséis adornados con abalorios, faldas ajustadas, vestidos cortos transparentes, pantalones de perneras estrechas, trasero amplio y cremallera delante. Al examinarlos, comprobó que la tela tiraba de los dientes metálicos. A la mujer le gustaba la ropa ajustada, amoldada al cuerpo.

Una caja grande de plástico rezumaba un extraño olor a grasa animal. Contenía diversas cremas y cosméticos baratos: un estuche de sombras para los ojos, media docena de tubos de un pintalabios muy oscuro, un rizador de pestañas, rímel, tres o cuatro tipos de loción, un paquete de algodón. En un bolsillo encontró una provisión de pastillas anticonceptivas suficiente para cinco meses. Parte de las píldoras había sido utilizada.

Una bolsa de una tienda de Norwich contenía ropa interior nueva, también hortera, del tipo que las chicas inexpertas consideran seductor: braguitas de encaje escarlata, negro o púrpura, complementadas con portaligas del mismo material y color; sujetadores transparentes que llegaban a la altura del pezón y adornados en puntos estratégicos con arcos coquetones, combinaciones largas hasta la cintura, dos camisones de idéntico diseño, cuya parte superior consistía en dos anchas tiras de raso entrecruzadas desde la cintura hasta los hombros, sin cubrir casi nada.

Debajo de la ropa había un montón de fotografías. Todas eran de Hannah, posando junto a una cerca, riendo sobre un caballo o sentada en una playa con el cabello revuelto por el viento. Tal vez eran fotos publicitarias, o acaso servían para confirmarle que era hermosa o para saber que existía.

Lynley tomó el diario. La cubierta estaba agrietada. Algunas páginas se habían pegado y la humedad había arrugado otras. Las hojeó con cuidado hasta llegar a la última anotación, a un tercio del principio. Fechada el 25 de marzo de 1973, estaba escrita con la misma letra infantil de la nota del suicidio, pero al contrario que ésta se hallaba plagada de faltas de ortografía y otros errores.

Está decidido. Me voy mañana por la noche. Anoche hablamos horas y horas hasta planearlo todo. Cuando terminamos, quise hacerle el amor, pero él dijo no tenemos mucho tiempo, Han, y por un momento pensé que a lo mejor se había enfadado porque hasta me apartó la mano pero luego sonrió con esa sonrisa suya derretidora y dijo cariño tendremos mucho tiempo para eso todas las noches de la semana cuando lleguemos a Londres. ¡Londres! ¡¡¡LONDRES!!! ¡Mañana a esta hora! Dice que tiene el piso preparado y que se ha encargado de todo. Se me hará insufrible la espera hasta mañana pensando en él. Cariño. ¡Cariño!

Lynley levantó la vista. Contempló la única ventana del desván y las motas de polvo que flotaban en el diminuto rectángulo de luz. No había considerado la posibilidad de que le conmovieran las palabras de una mujer muerta tantos años atrás, una mujer que se pintaba con colores llamativos, que se vestía con la vista puesta en la sensualidad, y que conseguía excitarse ante la idea de una nueva vida en la ciudad, un lugar que ella imaginaba henchido de promesas y sueños. Sus palabras le habían emocionado. Era como una planta sedienta de agua, alegre y optimista, que la pericia y atención de alguien hacía estremecer por primera vez. Pese a que se refería con torpeza a la sensualidad, escribía con una inocencia inconsciente. Hannah Darrow, inexperta en la vida, se había convertido en la víctima perfecta.

Siguió repasando el diario, buscando el punto en que empezaba su relación con el hombre no identificado. Lo encontró el 15 de enero de 1973 y, al leerlo, sintió que el fuego de la certidumbre comenzaba a arder en sus venas.

Me lo he pasado de muerte hoy en Norwich lo que cuesta creer después de la pelea con John. Mamá y yo fuimos de compras dijo que me levantaría el ánimo. Recogimos a tía Pammy y nos la llevamos también. (Había estado empinando el codo desde la mañana y olía a ginebra… era espantoso). A la hora de comer vimos un anuncio de teatro y Pammy dijo que nos merecíamos un extra y nos llevó a la obra, sobretodo creo porque quería dormir la mona lo que hizo con sonoros ronquidos hasta que el hombre de detrás dio una patada en la butaca. ¿Puedes creer que nunca había estado ante en una obra? Iba de una duquesa a la que ponían la mano de un hombre muerto y termina estrangulada y después todo el mundo se apuñala entre sí. Y un hombre no para de decir que es un lobo. Una obra estupenda. Y los vestidos era muy bonitos nunca había visto nada parecido todos aquellos trajes largos y pelucas. Las mujeres eran muy guapas y los hombres llevaban unos pantalones muy divertidos con bolsitas delante. Y al final le dieron flores a la señora que hacía de duquesa y la gente se levantó y aplaudió. Leí en el programa que van por todo el país haciendo obras. Qué divertido. Me dio ganas de hacer algo yo también. Odio estar encerrada en PGreen. A veces la taberna me da ganas de gritar. Y John siempre quiere hacerlo y yo no quiero. No he estado bien desde el niño pero él no me cree.

Luego seguía una semana en que la joven describía de mal humor su vida en el pueblo, la rutina de lavar ropa, atender al niño, hablar con su madre por teléfono cada día, limpiar el piso y trabajar en la taberna. Daba la impresión de que no tenía amigas. Parecía que sólo la televisión y el trabajo ocupaban su tiempo. Lynley encontró el 25 de enero el siguiente apunte interesante:

Ha pasado algo. Cuando lo pienso apenas me lo puedo creer. Mentí y le dije a John que sangraba otra vez y que tenía que ver al doctor. Un doctor nuevo de Norwich, un especialista, dije. Le dije que cenaría en casa de la tía Pammy para que no se preocupara si me retrasaba. ¡Mira que fui lista! ¡Quería ver otra vez la obra y aquellos trajes! No conseguí un buen asiento estaba muy atrás sin mis gafas y era otra obra. Un muermo con mucha gente hablando de casarse o separarse y aquellas tres señoras odiando a la mujer casada con su hermano. ¡Lo bueno es que eran los mismos actores! Y estaban muy diferentes de la otra obra. No sé cómo no se hacen un lio. Cuando termino, corrí a la puerta de atrás. Pensé que a lo mejor podía hablar con ellos o hacer que me firmaran el programa. Esperé una hora. Todos salieron en parejas o grupos. Sólo un tío iba suelto. No sé a quien interpretó porque como ya he dicho mi asiento estaba muy atrás pero quería que me firmara el programa y me puse nerviosa. ¡¡¡Y le seguí!!! No sé porque. Entró en un bar y pidió algo de comer y beber y le estuve mirando y al final me acerqué y le dije usted actúa en esa obra, ¿verdad? ¿Me firmará el programa? Así de claro. Bien guapo que era. Se quedó muy sorprendido y me invitó a sentarme y estuvimos hablando del teatro y dijo que llevaba en él un montón de años. Le dije que me había gustado mucho la obra de la duquesa y que los trajes eran preciosos. Y entonces dijo si quería volver al teatro y verlos de cerca. Dijo que no costaba nada y que incluso podría probarme alguno sino había nadie. ¡Y volvimos para allá! Había mucho espacio detrás del escenario. Yo no sabía que pensar. Todos aquellos camerinos, salas de espera y mesas llenas de carteles. ¡Y los decorados! ¡¡¡Estaban hechos de madera y parecían piedras!!! Entramos en un camerino y me enseñó aquella fila de trajes. ¡Eran de terciopelo! Nunca había tocado algo tan suave. Y entonces dijo si me los quería probar. Nadie se enterará. ¡¡¡Y lo hice!!! Pero cuando me lo quité se me enganchó el pelo y él me lo soltó y empezó a besarme en el cuello y a tocarme por todas partes. Y había aquel sofá en un rincón pero él dijo no, aquí mismo en el suelo y tiró todos los trajes y hicimos el amor sobre ellos. Después oímos la vos de una mujer en el teatro y yo me asusté mucho y él dijo me importa una mierda quien sea, Dios, no me importa, no me importa, y se rió y se me puso encima otra vez. ¡Y ni siquiera me hizo daño!!! ¡Yo estaba fría y caliente y me pasaban cosas por dentro y él volvió a reír y dijo tonta así es como debe ser! Llegué a casa pasada la medianoche pero John seguía en la taberna y no se enteró. Espero que no tenga ganas. Siempre me hace daño.

Los cinco días siguientes del diario se reducían a reflexiones sobre sus actividades sexuales en Norwich, el tipo de tontería melodramática que pasa por la cabeza de una joven la primera vez que un hombre la despierta plenamente a los placeres, que no a los deberes, de la carne. Sus pensamientos tomaron otra dirección al sexto día. Era el 31 de enero.

No se quedará allí para siempre. ¡La compañía está en gira y se marcha en marzo! No puedo soportar la idea. Le veré mañana. Intentaré conseguir la dirección de su casa. John me preguntó porque iba a Norwich otra vez y le dije que tenía que ver al doctor. Dije que me dolía mucho adentro y que el doctor dijo que no debía tocarme hasta que se me pasara. Quiso saber cuánto tiempo. ¿Qué tipo de dolor? Le dije cuando me lo haces me duele y el doctor dijo que eso no podía ser y que no volvieras a hacerlo hasta que el dolor se marchase. Le dije que no he estado bien desde que nació Teddy. No sé si me eré pero no me ha tocado a Dios gracias.

En la siguiente página informaba de su encuentro con su amante.

¡¡¡Me ha llevado a su habitación!!! Bueno, no es muy grande, un dormitorio cavernoso en una vieja casa cerca de la catedral. Apena tiene nada allí porque su auténtico hogar está en Londres. No entiendo porque ha escogido un lugar tan alejado del teatro. Dice que le gusta andar. Además, dijo con esa sonrisa tan suya, no necesitamos gran cosa, ¿verdad? Me desnudó nada más entrar por la puerta y la primera vez lo hicimos ¡¡¡de pie!!! Después le dije que sabía que se marchaba en marzo con la compañía. Le dije que yo pensaba servir para actriz. No parece difícil, podía hacerlo tan bien como aquellas señoras que había visto. Dijo que sí, que debía pensármelo, que podía encargarse de que me dieran clases y un profesor particular. Después dije que tenía hambre y que podíamos salir a comer algo. Y él dijo que también tenía hambre… ¡¡¡pero no de comida!!!

Por lo visto, Hannah no había visto al hombre en toda la semana siguiente, pero se pasaba el tiempo planeando su futuro con él. Se centraba en el teatro, mediante el cual se ataría a él y escaparía de Porthill Green. El 10 de febrero escribió brevemente acerca de sus planes.

Me quiere. Me lo ha dicho. Mamá diría que todos los hombres dicen lo mismo cuando se lo están pasando en grande contigo y que no debes confiar en ellos hasta que se han subido los pantalones. Pero este es diferente. Sé que lo dice en serio. He reflexionado y he llegado a la conclusión de que la mejor forma es unirme a la compañía. Al principio no me darán papeles importantes. No sé muy bien que hacer pero tengo buena memoria. Y si estoy con la compañía no tendremos que preocuparnos por estar separados. No quiero perderle. Le di el número para que me telefoneara al piso pero todavía no lo ha hecho. Sé que está ocupado pero si no me telefonea mañana iré a Norwich a verle. Esperaré cerca del teatro.

No había mención de su visita a Norwich hasta el 13 de febrero.

Han ocurrido muchas cosas. Fui a Norwich. Esperé y esperé fuera del teatro. Luego salió. Pero no iba solo. Iba con una de las señoras de la obra y otro hombre. Hablaban entre ellos como si estuvieran discutiendo. Le llamé por el nombre. Al principio no me oyó de modo que me acerqué y le toqué en el brazo. Todos se quedaron pasmados cuando lo hice. Entonces sonrió y dijo, hola no te había visto. ¿Has esperado mucho? Discúlpame un momento. El y la señora y el otro hombre fueron hacia un coche. La señora y el hombre subieron y se marcharon pero él volvió conmigo. Adiviné que estaba muy enfadado pero le dije ¿porque no me has presentado? Y él dijo que estás haciendo aquí sin avisarme de que ibas a venir? Y yo le dije y porque debería hacerlo te avergüenzas de mí? Y él dijo no seas idiota ¿no ves que intento meterte en la compañía? Pero no puedo precipitarme hasta que estés preparada. Son profesionales y no aceptarán a cualquiera que no sea profesional así que empieza portarte como si lo fueras. Y empecé a llorar. Entonces dijo maldita sea, Han, no hagas eso. Vamos. Y fuimos a su cuarto. Señor estuve allí hasta las dos de la mañana. Volví anteayer y dijo que estaba trabajando en una sesión de pruebas para mí pero que antes tenía que aprenderme una escena muy difícil de la obra. Confiaba en que fuera el papel de la duquesa pero era la otra. Dijo que me copiara la parte y me la aprendiera de memoria. Me pareció larguísima y le pregunté porque tenía que copiarla porque no me daba un libreto. Dijo que no habrían bastantes lo echarían de menos se enterarían y mi prueba ya no sería una sorpresa. Así que la copié. Pero no terminé y tendré que volver mañana. Hicimos el amor. Al principio él no quería, ¡pero se quedó muy contento cuando terminamos!!

Lynley no dejó de observar la excesiva parquedad de las últimas frases, y se preguntó si la joven se habría dado cuenta. Sin embargo, parecía demasiado empeñada en unirse a la compañía teatral y comenzar una nueva vida con otro hombre para darse cuenta de que hacer el amor se había convertido en una simple y deseada rutina.

La siguiente anotación llevaba fecha del 23 de febrero.

Teddy estuvo enfermo 5 días. Grave. John no dejó de insistir en ello hasta que creí que me pondría a gritar. Pero me escapé dos veces para terminar de copiar el viejo libreto. No sé porque no puedo tener uno pero él dice que se enterarían. Dice que me aprenda de memoria mi parte y que no me preocupe de cómo actuar. Dice que me enseñará. ¡¡¡Claro que me enseñará!!! Es un experto. De todos modos solo son 8 páginas. Así que voy a darle una sorpresa. ¡La interpretaré para él! Después ya no tendrá dudas sobre mí. A veces pienso que tiene dudas. Excepto cuando nos metemos en la cama. Sabe que estoy loca por él. Me cuesta un montón no desnudarle cuando estoy cerca de él. A él le gusta. Dice oh Dios Hannah ya sabes lo que me gusta ¿verdad? Lo sabes muy bien, mejor que nadie. Eres lo mejor del mundo. Entonces se olvida de lo que estamos ablando y lo hacemos.

Hannah había dedicado varias anotaciones posteriores a describir detalladamente sus relaciones sexuales. Esas páginas se veían muy manoseadas; se trataba sin duda de la sección que John Darrow releía cuando deseaba recordar a su esposa de la peor manera posible. Era meticulosa en las descripciones, no omitía nada y, al final, comparaba los atributos y la destreza de su marido con los de su amante. Una valoración brutal, que ningún hombre olvidaría con rapidez. Le dio una idea a Lynley de cómo debió ser su nota de despedida a John Darrow.

La penúltima anotación llevaba fecha del 23 de marzo.

He estado practicando toda la semana mientras John estaba en la taberna. Teddy me mira desde la cama y se ríe como un travieso cuando ve a su mamá pavoneándose como una dama rusa. Pero me lo he aprendido. Fue de lo más sencillo. Y dentro de 2 noches me voy a Norwich y decidiremos qué hacer y cuando pasaré la prueba. Apenas puedo esperar. Ahora mismo le tengo unas ganas locas. John me ha perseguido como un cerdo esta mañana. Dijo que habían pasado 2 meses desde que el doctor dijo que no debía hacerlo y que estaba harto de esperar a que le dijera que ya podía. Casi me puse enferma cuando me metió la lengua en la boca. Juro que sabía a mierda. Dijo es mejor ahora Hannah y me lo hizo con tanta fuerza que hice lo posible por no gritar. Cuando pienso que hasta hace 2 meses pensaba que las cosas eran así y que debía aguantarlo. Me rio ahora. He aprendido. Y he decidido decírselo a John antes de irme. Se lo merece después de lo de esta mañana. Sé que es un hombre. Se desmayaría si supiera lo que un hombre de verdad y yo hacemos en la cama. Dios, no sé si podré esperar 2 días más para verle. Le echo mucho de menos. Le quiero.

Lynley cerró el diario de un manotazo mientras los comentarios de Hannah Darrow encajaban en su mente, como un rompecabezas completado por fin. Pavoneándose como una dama rusa. Una obra sobre un hombre que se casa y cuyas hermanas odian a su esposa. Gente hablando sin cesar acerca de casarse o separarse. Y el cartel, grande como la vida, colgado en el despacho de lord Stinhurst: Las tres hermanas, Norwich. Vida y muerte de Hannah Darrow.

Empezó a registrar el resto de sus pertenencias, escarbando debajo de ropas, bolsos, guantes y joyas. No encontró lo que buscaba hasta que atacó el segundo baúl. En el fondo, sepultado bajo jerséis, zapatos y un álbum de recortes voluminoso, estaba el viejo programa teatral que había rezado para localizar, junto con las gafas de Hannah. Una diagonal separaba las dos obras que la compañía traía en el repertorio, los títulos impresos en letras austeras, blanco sobre fondo negro en la mitad superior y al revés en la inferior: La duquesa de Amalfi y Las tres hermanas.

Lynley, impaciente, pasó las páginas, buscando el reparto. Al verlo, clavó la vista en él como sin dar crédito a la obscena y burlona casualidad que había gobernado el reparto de los papeles. Porque, con la excepción de Irene Sinclair y el añadido de actores y actrices que no le interesaban en absoluto, todos los demás eran los mismos: Joanna Ellacourt, Robert Gabriel, Rhys Davies-Jones y para complicar más las cosas, Jeremy Vinney en un papel secundario, sin duda el canto del cisne de su breve carrera sobre los escenarios.

Lynley tiró el programa a un lado. Se levantó de la silla y empezó a pasear por la pequeña habitación, frotándose la frente. Debía de haber pasado por alto algún detalle en las escasas anotaciones de Hannah sobre su amante. Algo que revelaría su identidad de forma sesgada, algo que el propio Lynley ya había leído sin darse cuenta de lo que significaba. Volvió a la silla, tomó el diario y lo releyó de nuevo.

No lo localizó hasta la cuarta vez: «Dice que me enseñará a actuar. ¡¡¡Claro que me enseñará!!! Es un experto.» Las palabras implicaban dos únicas posibilidades: el director de la obra o el actor que intervenía en la escena de la que había sido copiada la «nota del suicidio» de Hannah. El director sería un experto en enseñar a una principiante los rudimentos de la interpretación. Un actor de la misma escena podría enseñarle fácilmente a interpretar el papel, puesto que llevaba varias semanas dando la réplica a su oponente.

Un rápido vistazo al programa informó a Lynley de que lord Stinhurst había sido el director. Concedió un punto a la intuición de la sargento Havers. Ahora, sólo quedaba averiguar a qué fragmento de Las tres hermanas pertenecía la «nota del suicidio» y quién interpretaba los papeles en la escena. Lynley se imaginó la escena. Hannah acudiendo al molino para encontrarse con su amante, guardadas en el bolsillo las ocho páginas que había copiado a mano para su prueba. Y el hombre que la asesinó, que robó aquellas ocho páginas, rasgó la parte que simularía ser la nota del suicidio y se llevó el resto, dejando su cuerpo colgado del techo.

Lynley cerró los baúles, apagó la luz y tomó los diarios y el programa. Encontró a Teddy en la sala de estar del piso, los pies apoyados en una mesilla de café barata y manchada de comida, devorando galletas en forma de pececillo de una caja de hojalata azul. El pequeño televisor en color transmitía un programa deportivo, saltos de esquí, al parecer. Al ver a Lynley, el chico se puso en pie de un salto y apagó el aparato.

– ¿Tienes algún libro de juegos por aquí? -preguntó Linley, aunque estaba casi seguro de la respuesta.

– ¿Libros de juegos? -repitió el chico, meneando la cabeza-. Ni uno. ¿Está seguro de que quiere un libro? Tenemos discos, y también revistas. -Mientras hablaba pareció comprender que Lynley no buscaba un medio de distracción-. Papá dice que usted es poli. Dice que no debo hablar con usted.

– Pues parece que no le estás haciendo mucho caso.

El chico hizo una mueca irónica y señaló con un movimiento de cabeza los diarios que Lynley apretaba bajo el brazo.

– Son de mamá, ¿verdad? Los he leído, ¿sabe? Papá se dejó las llaves una noche. Los he leído de cabo a rabo -osciló sobre sus pies, hundiendo la mano en un bolsillo de los téjanos-. No hablamos de eso. No creo que papá pueda. Si atrapa a ese tío, ¿me lo dirá?

Lynley vaciló. El chico volvió a hablar.

– Era mi madre. No era perfecta, no era una finolis, pero era mi madre. No me hizo ningún daño. Y no se suicidó.

– No. No lo hizo. -Lynley se dirigió hacia la puerta. Hizo una pausa y pensó en la forma de calmar la necesidad del muchacho-. Lee los periódicos, Teddy. Cuando cacemos al hombre que mató a Joy Sinclair, sabrás que es el hombre que buscas.

– ¿También le detendrá por lo de mi madre, inspector?

Lynley pensó por un momento en mentir para que el chico no tuviera que enfrentarse a otra cruda realidad, pero cuando escrutó su rostro cordial y ansioso supo que no sería capaz de hacerlo.

– Sólo si confiesa.

El chico asintió con un gesto infantil, aunque su mandíbula se tensó hasta palidecer.

– No existen pruebas, supongo -dijo con dolorosa y deliberada indiferencia.

– No existen pruebas. Pero es el mismo hombre, Teddy. Créeme.

El muchacho se volvió hacia el televisor.

– Me acuerdo un poco de ella, nada más. -Jugueteó con el mando sin encender el aparato-. Atrápele -dijo en voz baja.

En lugar de parar en Mildenhall y correr el riesgo de perder el tiempo buscando una biblioteca pública, Lynley prefirió seguir hasta Newmarket, donde sabía que había una. Una vez allí, sin embargo, pasó veinte minutos abriéndose paso entre el denso tráfico de la tarde e intentando localizar el edificio que buscaba, hasta las cinco y cuarto. Aparcó en un lugar prohibido, dejó su placa de identificación a plena vista, apoyada contra el volante, y confió en tener suerte. Consciente de que empezaba a nevar, sabiendo que, en consecuencia, cada minuto era precioso, subió las escaleras y entró en la biblioteca, con el programa teatral de Norwich doblado en un bolsillo del abrigo.

El edificio olía poderosamente a cera, papel viejo y a un sistema de calefacción central sometido a un esfuerzo excesivo. El local tenía ventanas altas, estantes oscuros, lámparas de mesa metálicas, equipadas con delgadas pantallas blancas, y un enorme mostrador de distribución en forma de U tras el cual un hombre bien vestido y de grandes gafas introducía datos en un ordenador, que parecía fuera de lugar en aquel ambiente anacrónico. Al menos, no hacía ruido.

Lynley se dirigió al fichero de autores y buscó Chejov. Al cabo de cinco minutos estaba sentado a una larga y baqueteada mesa, con un ejemplar de Las tres hermanas. Se puso a hojearlo, al principio leyendo sólo la primera línea de cada parlamento. A mitad de la obra comprendió que, a juzgar por la longitud de los parlamentos y la forma en que la nota del suicidio estaba rasgada, era posible que Hannah la hubiera copiado de la parte central de un parlamento. Comenzó de nuevo, más despacio, siempre consciente del mal tiempo, que retrasaría su llegada a Londres, consciente del tiempo que estaba pasando y de lo que podía estar ocurriendo en la ciudad durante su ausencia. Le costó casi media hora encontrar el parlamento, en la página décima del acto 4. Leyó las palabras una vez, y luego otra para asegurarse.

Cuántas cosas insignificantes, cuantas fruslerías adquirirán de repente, sin razón alguna, un sentido nuevo en tu vida. Te reirás de ellas como siempre has hecho, las considerarás triviales y seguirás adelante, con la sensación de que careces de poder para detenerte. ¡Oh, no hablemos de eso! Me siento alborozado, veo estos abetos, estos arces y abedules, como si fuera la primera vez, y ellos me miran con curiosidad y expectación. ¡Qué árboles tan hermosos y, en verdad, cuan henchidos de radiante vida deberían estar! Debo irme, ya es hora… Hay un árbol muerto, pero sigue oscilando al viento como los demás. Por eso creo que, si muero, de alguna forma seguiré existiendo. Adiós, querida… Los papeles que me diste están sobre mi mesa, debajo del calendario.

Quien hablaba no era una de las mujeres, como Lynley había pensado, sino un hombre. El barón Tuzenbach, conversando con Irina en los momentos finales de la obra. Lynley sacó el programa de Norwich del bolsillo, lo abrió por la página del reparto, recorrió con el dedo la lista y encontró lo que había temido y esperado ver. En aquel invierno de 1973, Rhys Davies-Jones había interpretado el papel de Tuzenbach, Joanna Ellacourt el de Irina, Jeremy Vinney el de Ferapont y Robert Gabriel el de Andrei.

Era, al fin, la confirmación que él tanto anhelaba. ¿Quién podía ser el hombre más apropiado para saber cómo manipular unas cuantas líneas, sino el hombre que las pronunciaba noche tras noche? El hombre en el que Helen confiaba. El hombre al que amaba y al que creía inocente;

Lynley colocó el libro en su estante y fue en busca de un teléfono.

Capítulo 15

Durante todo el día, lady Helen abrigó la sensación de que debería sentirse exultante. Al fin y al cabo, habían hecho lo que ella deseaba que hicieran. Habían demostrado que Tommy estaba equivocado. Al investigar los antecedentes familiares de lord Stinhurst, habían demostrado que casi todas las sospechas acumuladas contra Rhys Davies-Jones por las muertes de Joy Sinclair y Gowan Kilbride carecían de base. El curso del caso, por consiguiente, se había alterado. Debido a ello, cuando la sargento Havers telefoneó a St. James a mediodía, informándole de que habían detenido a lord Stinhurst para interrogarle, y que había admitido la verdad sobre los servicios prestados por su hermano a los rusos, lady Helen supo que debería sentirse invadida por una oleada de júbilo.

Salió de casa de St. James poco después de las dos, pasando el resto del día dedicada a disponer los preparativos para su velada con Rhys, una velada de amorosa celebración. Vagó por las calles de Knightsbridge durante horas, buscando el vestido que fuera el complemento perfecto a su estado de ánimo. Sólo que no tardó en comprender que no estaba muy segura acerca de su estado de ánimo. No estaba muy segura acerca de nada.

Al principio achacó su confusión al hecho de que lord Stinhurst no había admitido su implicación en los asesinatos de Joy Sinclair y Gowan Kilbride, pero sabía que no podría aferrarse durante mucho tiempo a esa mentira. Pues si el DIC de Strathclyde encontraba un cabello, una mancha de sangre o una huella dactilar que relacionara las muertes de Escocia con Stinhurst, debería enfrentarse al auténtico meollo de su confusión. Y el meollo no consistía en la culpabilidad de un hombre y la inocencia de otro. El meollo era Tommy, su rostro desesperado, sus palabras finales de la noche anterior.

De todos modos, sabía a ciencia cierta que no podía permitirse el lujo de sufrir por el dolor de Tommy. Porque Rhys era inocente. Inocente. Y ella se había aferrado con tanta tenacidad a esta creencia durante los pasados cuatro días que no podía pensar en otra cosa, no podía permitir que sus pensamientos volaran en otra dirección. Deseaba que Rhys quedara exonerado ante todo el mundo, deseaba que todo el mundo, y no sólo ella, le viera tal como era.

El taxi la dejó ante su piso de Onslow Square pasadas las siete. Caía una fuerte nevada. Ráfagas continuas y silenciosas, procedentes del este, se iban acumulando sobre la verja de hierro que protegía la hierba en el centro de la plaza. Cuando lady Helen salió al aire helado y sintió el suave aguijoneo de los copos sobre sus mejillas y párpados, se detuvo un momento para admirar el cambio que la nieve producía siempre en la ciudad. Después, temblando, recogió sus bolsas y corrió hacia los peldaños del edificio. Rebuscó las llaves en el bolso, pero antes de que las encontrara su doncella abrió la puerta, instándole a entrar.

Caroline Shepherd llevaba tres años con lady Helen, y a pesar de que era cinco más joven que su patrona, se entregaba con fervor a todos los asuntos de lady Helen. No perdió el tiempo en quejas cuando el frío aire de la noche revolvió su cabello negro mientras cerraba la puerta de un golpe.

– ¡Gracias a Dios! Estaba preocupada por usted. ¿Sabe que son más de las siete y que desde hace una hora lord Asherton no ha dejado de llamarle? Y también el señor St. James. Y esa sargento de Scotland Yard. El señor Davies-Jones la espera desde hace cuarenta minutos en el salón.

Lady Helen sólo prestó atención a sus últimas palabras. Tendió los paquetes a la joven y subió corriendo por las escaleras.

– Dios mío, ¿tanto me he retrasado? Rhys se estará preguntando qué me ha pasado. Y hoy es tu noche libre, ¿verdad? Lo siento, Caroline. ¿Llegarás con mucho retraso? ¿Has quedado con Denton esta noche? ¿Crees que me perdonará?

– Bastará con que yo le anime a hacerlo -sonrió Caroline-. Dejaré esto en su habitación y me iré.

Lady Helen y Caroline ocupaban el piso más grande del edificio, siete habitaciones en la primera planta, más un enorme salón que daba a la plaza. Las cortinas estaban descorridas. Rhys Davies-Jones se hallaba de pie ante las puertas correderas, que arrojaban luz sobre un pequeño balcón cubierto por una gruesa capa de nieve. Se volvió cuando lady Helen entró.

– Han retenido a lord Stinhurst en Scotland Yard durante casi todo el día -anunció el hombre, con el entrecejo fruncido.

Ella vaciló en el umbral de la puerta.

– Sí, lo sé.

– ¿Pensarán de veras qué…? No puedo creerlo, Helen. Conozco a Stuart desde hace años. No puede…

La joven se acercó a él.

– Hace años que conoces a toda esa gente, ¿no, Rhys? No obstante, uno de ellos la mató. Uno de ellos mató a Gowan.

– ¿Stuart? No. No puedo… Dios mío, ¿por qué? -preguntó con rabia.

Aunque las sombras ocultaban parte de su cuerpo y lady Helen no le veía con nitidez, captó en su voz una insistente súplica de confianza. Y ella confiaba en él, no cabía duda. Sin embargo, no se sintió con ánimos para revelarle los detalles concernientes a la familia de Stinhurst. Significaría poner al desnudo la humillación de Lynley, los errores de juicio en que había caído durante los últimos días, y por el bien de la larga amistad que la unía a Lynley, independientemente de que se hubiera truncado, no quería exponerle a las burlas de nadie, merecidas o no.

– He pensado en ti todo el día -respondió, apoyando la mano en el brazo de Rhys-. Tommy sabe que eres inocente. Yo no lo dudé ni un momento. Y ahora estamos juntos. ¿Qué importa todo lo demás?

Incluso mientras hablaba notó el cambio que se producía en el cuerpo de Rhys. Su tensión desapareció. Él la abrazó y su adorable sonrisa le iluminó el rostro.

– Oh, Dios, nada. Nada en absoluto, Helen. Sólo tú y yo. -La atrajo hacia sí y la besó, sin dejar de susurrar la palabra «amor». Los terrores de los días pasados habían terminado. Era hora de seguir adelante.

La llevó hacia el sofá situado frente al hogar, al otro lado del salón. La besó de nuevo, con más seguridad, preso de una pasión que competía con la de Helen. Al cabo de un largo rato, Rhys levantó la cabeza y recorrió con sus dedos la línea de la barbilla y el cuello de la joven.

– Esto es una locura, Helen. Vengo para llevarte a cenar y lo único que me viene a la cabeza es llevarte a la cama. Me avergüenza admitirlo. Será mejor que nos marchemos antes de que pierda todo interés en la cena.

Helen posó una mano sobre la mejilla de Rhys, sonriendo al sentir su calor.

El gesto provocó que Rhys, entre murmullos, se inclinara y comenzara a desabrocharle los botones de la blusa. Besó su garganta y hombros, rozó sus pechos con la punta de los dedos.

– Te quiero -susurró, y buscó su boca de nuevo.

El teléfono les interrumpió.

Se apartaron como si hubiera irrumpido un intruso, mirándose con aire de culpabilidad. Sonó cuatro veces más antes de que lady Helen recordara que Caroline, con un retraso de dos horas, se había marchado del piso. Estaban completamente solos.

Salió al vestíbulo, el corazón latiéndole todavía con violencia, y descolgó el teléfono a la novena llamada.

– Helen. Gracias a Dios. ¿Está Davies-Jones contigo?

Era Lynley.

La indisimulable ansiedad que asomaba en su voz petrificó a lady Helen. Su mente se nubló.

– ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? -Se dio cuenta de que hablaba entre susurros involuntariamente.

– En una cabina telefónica cerca de Bishop's Stortford. Hay un atasco en la Mil y todas las carreteras secundarias que he probado han sido cortadas por la nieve. No sé lo que tardaré en llegar a Londres. ¿Has hablado ya con Havers? ¿Sabes algo de St. James? Maldita sea, no me has respondido. ¿Está Davies-Jones contigo?

– Acabo de llegar a casa. ¿Ocurre algo malo?

– Contéstame. ¿Está contigo?

Rhys continuaba en el sofá del salón, aunque inclinado hacia el fuego, contemplando los últimos vestigios de las llamas. Lady Helen veía el juego de luces y sombras sobre los planos de su cara y su cabello rizado, pero era incapaz de hablar. Algo en la voz de Lynley se lo impedía.

El detective se puso a hablar con velocidad, dotando a sus palabras de una terrorífica y apasionada convicción,

– Escúchame, Helen. Había una chica. Hannah Darrow. La conoció cuando actuaba en Las tres hermanas en Norwich, a finales de enero de 1973. Mantuvieron relaciones. Ella estaba casada y tenía un hijo. La chica planeó dejar a su marido y al niño y empezar una nueva vida con Davies-Jones. Él la convenció de que iba a hacerle una prueba de actriz y de que practicara un fragmento que él había escogido. Creyó que después de la prueba se marcharían juntos a Londres, pero la noche de la huida él la mató, Helen. Después, la colgó del techo de un molino para que pareciera un suicidio.

– No. Stinhurst… -susurró lady Helen. -¡La muerte de Joy no tiene ninguna relación con Stinhurst! Iba a escribir un libro sobre Hannah Darrow, pero cometió el error de decírselo a Davies-Jones. Le telefoneó a Gales. La grabadora que encontramos en su bolso contenía un mensaje dirigido a ella misma, Helen, recordándose que debía preguntar a Davies-Jones cómo manejar a John Darrow, el marido de Hannah. ¿No te das cuenta? Supo desde el principio que Joy estaba escribiendo ese libro. Se enteró el mes pasado, y sugirió a Joy que te diesen la habitación contigua a la de ella, para asegurarse el acceso. Tengo a varios hombres buscándole desde las seis. ¡Ahora, por el amor de Dios, dime si está contigo, Helen!

Todas sus energías se habían aliado para impedirle hablar. Tenía los ojos irritados, la garganta seca, el estómago tenso como un cable. Y, por más que luchaba contra el vivido recuerdo, oía claramente la voz de Rhys, aquellas palabras de condenación que había pronunciado con tanta sencillez en Westerbrae. «Hice una gira de invierno por Norfolk y Suffolk… Cuando volví a Londres, ella se había marchado.»

– Hannah Darrow dejó un diario -decía Lynley con desesperación-. También guardaba el programa de la obra. He visto los dos, lo he leído todo. ¡Helen, querida, por favor, te estoy diciendo la verdad!

Lady Helen vio como entre brumas que Rhys se levantaba, se acercaba al fuego y tomaba el atizador. Miró en su dirección, con expresión grave. ¡No! Era imposible, absurdo. No se hallaba en peligro. Él no había matado a su prima. Era incapaz de matar a nadie. Pero Tommy seguía hablando. Rhys empezó a moverse.

– Le dijo que copiara una parte de la obra con su propia letra, y luego utilizó un fragmento de lo que había copiado como nota del suicidio. Las palabras… pertenecían