/ Language: Español / Genre:detective

Sin Testigos

Elizabeth George

En los últimos tres meses, ya son cuatro los cuerpos de jóvenes que la policía de Londres ha encontrado brutalmente mutilados, tras ser secuestrados y agredidos sexualmente. Ninguna de las tres primeras víctimas -chicos negros- ha podido ser identificada y New Scotland Yard ni siquiera había establecido relación entre las muertes hasta la aparición del último cadáver, un adolescente blanco intencionadamente dispuesto encima de una tumba. Ahora se sospecha que un asesino en serie está detrás de ellas. El caso cae en manos del comisario Thomas Lynley y su equipo. La investigación los conducirá a Coloso, una organización benéfica que se dedica a la reinserción de jóvenes problemáticos y marginales, y de la que podrían salir las víctimas del asesino en serie. Sin embargo, parece que Coloso esconde algo más que buenas intenciones y Lynley no sólo deberá lidiar con un complicado caso sino con la prensa y la opinión pública que no dudan en tildar a la policía de racista, ya que la mayoría de los chicos a los que Coloso ayuda son de raza negra.

Elizabeth George

Sin Testigos

Lynley 13

Titulo original: With no one as witness (2005)

Traducción: Escarlata Guillén

Para la señorita Audra Isadora, con amor.

Cuando miras al abismo, el abismo te mira a ti.

FRIEDRICH NIETZSCHE

Prólogo

A Kimmo Thorne, la Dietrich era la que más le gustaba: el pelo, las piernas, la boquilla, el sombrero de copa y el frac. Era lo que él llamaba «La más grande» y, en su opinión, era insuperable. Sí, podía ser la Garland si insistían. La Minnelli era fácil y, sin duda, estaba mejorando con la Streisand. Pero si le daban a elegir -y por lo general así era, ¿verdad?-, imitaba a la Dietrich. La sensual Marlene. Su chica número uno. Podía resucitar a los muertos cuando cantaba, ¿verdad, Marlene?, que a nadie le cupiera la menor duda.

Así que mantuvo la pose al final de la canción no porque el número lo requiriera, sino porque le encantaba cómo quedaba. La apoteosis de Falling in Love Again terminó y él permaneció inmóvil como una estatua de Marlene, con un pie en la silla, con su zapato de tacón, y la boquilla entre los dedos. La última nota se perdió en el silencio y contó hasta cinco -exultante con Marlene y consigo mismo porque ella era buena y él era bueno, era muy muy bueno en realidad- antes de moverse. Entonces, apagó el karaoke. Se quitó el sombrero y meneó el frac. Hizo una gran reverencia a su público de dos personas. Y la tía Sal y la abuela, siempre tan fieles ellas, reaccionaron apropiadamente, como sabía que harían.

– ¡Bravo! ¡Bravo, muchacho! -gritó la tía Sally.

– Ese es nuestro chico -dijo la abuela-. Talento puro, nuestro Kimmo. Espera a que mande las fotos a tu madre y a tu padre.

Eso sí que los haría venir corriendo, sin duda, pensó Kimmo con sarcasmo. Pero puso el pie sobre la silla una vez más, sabiendo que la abuela lo decía con buena intención, aunque tuviera los plomos un poco fundidos respecto a lo que creía sobre sus padres.

– Muévete hacia la derecha. Sácale el perfil bueno -le indicó la abuela a la tía Sally.

Y unos minutos después las fotografías estaban tomadas y el espectáculo había acabado.

– ¿Adonde vas esta noche? -Le preguntó la tía Sally a Kimmo mientras éste iba hacia su habitación-. ¿Estás saliendo con alguien especial, Kim?

No, pero no tenía por qué saberlo.

– Con Blinker -le dijo alegremente.

– Bueno, pues no os metáis en líos.

Kimmo le guiñó un ojo y entró en el cuarto.

– Nunca, nunca, tía -mintió. Cerró la puerta con cuidado y echó el pestillo.

Lo primero era ocuparse de la ropa de Marlene. Kimmo se desvistió y la colgó antes de sentarse al tocador. Ahí se miró detenidamente la cara y, por un momento, se planteó quitarse un poco de maquillaje. Pero al final desechó la idea encogiéndose de hombros y buscó en el armario ropa adecuada. Escogió una sudadera con capucha, las mallas que le gustaban y las botas planas de media caña de terciopelo. Le divertía la ambigüedad del conjunto. ¿Chico o chica?, se preguntaría quien lo observara. Pero sólo se sabría si hablaba. Porque su voz había cambiado al fin, y cuando abría la boca, salía la vibración grave.

Se puso la capucha de la sudadera y bajó las escaleras con aire despreocupado.

– Me voy -gritó a su abuela y a su tía mientras cogía la chaqueta que estaba colgada junto a la puerta.

– Adiós, tesoro -contestó la abuela.

– Ve con cuidado, tesoro -añadió la tía Sally.

Les lanzó un beso y ellas se lo devolvieron.

– Te queremos -dijeron ellas.

– Os quiero -dijo Kimmo a la vez.

Fuera, se abrochó la cremallera de la chaqueta y desató la bicicleta de la barandilla. La llevó hasta el ascensor, pulsó el botón y, mientras esperaba, comprobó las alforjas para asegurarse de que tenía todo lo que necesitaba. Había hecho una lista mental de la que iba tachando las herramientas: martillo de emergencia, guantes, destornillador, palanqueta, linterna de bolsillo, funda de almohada, una rosa roja. Le gustaba dejar esto último como tarjeta de visita. No se debería coger nada sin dejar algo a cambio.

Fuera, en la calle, la noche era fría y a Kimmo no le apetecía el paseo. Odiaba tener que ir en bicicleta y aún lo odiaba más cuando la temperatura rozaba los cero grados. Pero como ni la abuela ni la tía Sally tenían coche y como tampoco tenía carné de conducir que enseñarle a la poli con su sonrisa más encantadora si lo paraban, no le quedaba más remedio que pedalear. Ir en autobús era más o menos imposible.

La ruta lo llevó por Southwark Street hasta el tráfico denso de Blackfriars Road hasta que, serpenteando, llegó a los alrededores de Kennington Park. De ahí, con o sin tráfico, estaba a tiro de piedra de Clapham Common y su destino final: una vivienda de tres pisos de ladrillo rojo no adosada, lo cual era perfecto, que había observado detenidamente durante el último mes.

A estas alturas, conocía tan a fondo las idas y venidas de la familia que la habitaba que bien podría haber vivido allí él mismo. Sabía que tenían dos hijos. Mamá cubría su cupo de ejercicio yendo en bicicleta al trabajo, mientras que papá cogía el tren en Clapham Station. Tenían una au pair que se tomaba regularmente dos noches libres a la semana, y una de esas noches -siempre la misma- mamá, papá y los niños se marchaban juntos como una familia a… Kimmo no lo sabía. Suponía que iban a cenar a casa de la abuela, pero también podía ser perfectamente que asistieran a un servicio religioso largo, a una sesión con el terapeuta o a clases de yoga. La cuestión era que salían por la noche, hasta tarde, y que cuando volvían a casa, tenían que arrastrar indefectiblemente a los pequeños adentro porque se habían quedado dormidos en el coche. En cuanto a la au pair, las noches libres salía con otras dos chicas que trabajaban de lo mismo. Se alejaban juntas charlando en búlgaro o lo que fuera que hablaran, y en caso de regresar antes de que amaneciera, siempre era muy pasada la medianoche.

Las señales indicaban que esta casa en particular era propicia. Conducían el mayor Range Rover del mercado. Tenían un jardinero una vez a la semana. También tenían contratado un servicio de limpieza, y sus sábanas y fundas de almohada las lavaban, planchaba y devolvía un profesional. Esta casa en particular, había llegado a la conclusión Kimmo, estaba a punto y a la espera.

Lo que hacía que fuera todo tan bonito era la casa de al lado con su cartel de SE ALQUILA colgando alicaído de un poste situado junto a la calle. Lo que también hacía que fuera todo tan perfecto era el acceso fácil desde la parte trasera: un muro de ladrillo a lo largo de un erial.

Kimmo pedaleó hasta ese punto después de deslizarse por delante de la casa para asegurarse de que la familia se mantenía fiel a su estricto programa. Cruzó el erial dando botes y apoyó la bicicleta en el muro. Con la funda de almohada en la que llevaba las herramientas y la rosa, se subió de un salto al sillín de la bicicleta y, sin dificultad alguna, pasó al otro lado del muro.

El jardín trasero estaba más oscuro que boca de lobo, pero Kimmo había mirado antes por encima del muro y sabía lo que tenía delante. Justo debajo había un montoncito de abono y, más allá, un pequeño huerto de árboles frutales plantados en zigzag decoraba un césped muy bien cortado. A cada lado de éste, anchos parterres hacían de arriates. Uno rodeaba un cenador. El otro decoraba los alrededores de un cobertizo. Por último, en la distancia, justo delante de la casa había un patio de ladrillos irregulares donde el agua de la lluvia se acumulaba tras una tormenta y un alero del que colgaban luces de seguridad.

Se encendieron automáticamente cuando Kimmo se acercó. Les dio las gracias inclinando la cabeza. Las luces de seguridad, había decidido hacía mucho tiempo, tenían que ser la inspiración irónica de un ladrón puesto que, cuando se encendían, todo el mundo parecía suponer que sólo era un gato que había cruzado el jardín. Aún no había oído nunca que un vecino llamara a la poli porque había visto que se encendían unas luces. Por otro lado, había oído contar miles de historias a otros colegas ladrones sobre lo mucho que estas luces les habían facilitado el acceso a la parte trasera de una propiedad.

En este caso, las luces no significaban nada. Las ventanas oscuras y sin cortinas, junto con el cartel de SE ALQUILA, le decían que nadie habitaba la casa de la derecha, mientras que la de la izquierda no tenía ventanas en ese lado y tampoco un perro que llenara con sus ladridos el frío de la noche. Estaba fuera de peligro, que él supiera.

Una cristalera se abría al patio y Kimmo se dirigió hacia ella. Allí, un golpecito seco con el martillo de emergencia -adecuado para romper la ventanilla de un coche en un momento crítico- fue suficiente para darle acceso al pomo de la puerta. La abrió y entró. La alarma antirrobo se disparó como una sirena antiaérea.

El sonido era ensordecedor, pero Kimmo no hizo caso. Tenía cinco minutos -quizá más- hasta que sonara el teléfono y llamara la empresa de seguridad, con la esperanza de descubrir que la alarma se había disparado por error. Al no quedar satisfechos, recurrirían a los números de contacto que les habían dado. Cuando eso no bastara para poner fin al incesante chillido de la sirena, quizá llamaran a la policía que, a su vez, quizá aparecería para comprobar qué sucedía o no. Pero, en cualquier caso, para esa eventualidad faltaban aún veinte minutos, que eran diez minutos más de los que Kimmo necesitaba para conseguir lo que buscaba en aquella casa.

Era un especialista en aquel campo. Que los otros se quedaran con los portátiles, los reproductores de CD y DVD, los televisores, las joyas, las cámaras digitales, los PDA y los vídeos. El sólo buscaba una cosa en concreto en las casas que visitaba, y la ventaja que tenía esa cosa era que siempre estaba a plena vista y, por lo general, en las habitaciones comunes de una casa.

Kimmo iluminó el lugar con su linterna de bolsillo. Estaba en un comedor y allí no había nada que pudiera llevarse. Pero en el salón, enseguida vio cuatro premios brillando sobre un piano. Los cogió: marcos de plata que despojó de sus fotografías -había que ser considerado con ciertas cosas- antes de guardarlos con cuidado en la funda de almohada. Encontró otro en una de las mesas auxiliares y también se lo agenció antes de pasar a la parte delantera de la casa donde, cerca de la puerta, una mesa semicircular con un espejo encima exhibía dos marcos más junto a una cajita de porcelana y un jarrón con flores, que dejó donde estaban.

La experiencia le decía que había muchas probabilidades de encontrar el resto de lo que quería en el dormitorio principal, así que subió a toda prisa las escaleras mientras la alarma antirrobo seguía ululando. La habitación que buscaba estaba en la parte trasera del piso alto y daba al jardín y, justo después de encender la linterna para comprobar el contenido, el chillido de la alarma cesó de repente y el teléfono empezó a sonar.

Kimmo se detuvo en seco, con una mano en la linterna y la otra a medio camino de un marco en el que una pareja vestida de novios se besaba debajo de una rama de flores. Al cabo de un momento, el teléfono dejó de sonar tan repentinamente como la alarma y en el piso de abajo se encendió una luz y alguien dijo:

– ¿Hola? -Y luego-: No. Acabamos de entrar… Sí. Sí. Se ha disparado, pero no he podido… ¡Santo cielo! Gail, apártate del cristal.

Aquello bastó para que Kimmo supiera que la situación había dado un giro inesperado. No se quedó pensando en qué demonios hacía la familia en casa cuando se suponía que aún tenía que estar en casa de la abuela, en misa, en yoga, en terapia o donde diablos iban cuando se marchaban. Se lanzó hacia la ventana de la izquierda de la cama mientras, abajo, una mujer gritaba:

– ¡Ronald, hay alguien en casa!

A Kimmo no le hizo falta oír a Ronald subiendo a toda prisa las escaleras o a Gail gritando «¡No! ¡Detente!» para comprender que tenía que salir de allí volando. Intentó torpemente abrir la cerradura de la ventana de guillotina, la subió y salió con la funda de almohada justo cuando Ronald entraba como un bólido en la habitación armado con lo que parecía un tenedor para dar la vuelta a la carne en una barbacoa.

Kimmo saltó unos dos metros y medio y cayó estrepitosamente en el alero con un jadeo, maldiciendo que no hubiera una enredadera por la que pudiera escapar a lo Tarzán hacia la libertad. Oyó que Gail gritaba: «¡Está aquí! ¡Está aquí!», y que Ronald maldecía desde la ventana de arriba. Justo antes de que saliera pitando hacia el muro trasero de la propiedad, se volvió hacia la casa y ofreció una sonrisa y un saludo insolente a la mujer que estaba de pie en el comedor con un niño soñoliento y atemorizado en brazos y otro agarrado a sus pantalones.

Entonces se fue, con la funda de almohada rebotando en su espalda y una carcajada burbujeando en su interior, sólo lamentaba no haber podido dejar la rosa. Al llegar al muro, oyó que Ronald salía rugiendo del comedor, pero cuando el pobre hombre alcanzó el primer árbol, Kimmo ya había saltado el muro y se dirigía hacia el erial. En el momento en que llegara la policía -lo que podía pasar entre la hora siguiente y el mediodía de mañana-, estaría ya muy lejos y sería un recuerdo vago en la mente de la mujer: un rostro pintado debajo de la capucha de una sudadera.

Dios santo, ¡esto sí era vida! ¡Era lo mejor! Si el material del botín resultaba ser valioso, el viernes por la mañana sería unos cientos de libras más rico. ¿Podía ser mejor? ¿Sí? Kimmo no lo creía. Qué más daba que hubiera dicho que se reformaría durante un tiempo. No iba a tirar a la basura el tiempo que había dedicado a preparar aquel trabajo. Sería estúpido hacerlo, y si algo no era Kimmo Thorne, era estúpido.

Iba pedaleando quizá a kilómetro y medio de la casa en la que había entrado a robar cuando se dio cuenta de que alguien lo seguía. Había más tráfico en las calles – ¿cuándo no lo había en Londres?- y varios coches le habían pitado al adelantarle. Primero creyó que le pitaban como hacen los vehículos cuando quieren que los ciclistas se aparten, pero pronto vio que pitaban a un coche que avanzaba despacio justo detrás de él, un coche que se negaba a adelantarle.

Se puso un poco nervioso, y se preguntó si Ronald habría logrado de algún modo recomponerse y encontrarlo. Dobló por una calle secundaria para asegurarse de que no estaba equivocado en su creencia de que lo seguían, y vio claramente que los faros que tenía justo detrás también giraban. Estaba a punto de ponerse a pedalear con furia cuando oyó a su lado el ronroneo de un motor y que alguien pronunciaba su nombre con voz cordial.

– ¿Kimmo? ¿Eres tú? ¿Qué haces en esta parte de la ciudad?

Kimmo dejó de pedalear, aminoró y se volvió para ver quién le hablaba. Sonrió cuando se dio cuenta de quién era el conductor.

– Eso da igual -dijo-. ¿Qué haces tú aquí?

La otra persona le devolvió la sonrisa.

– Parece que te buscaba. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

Sería oportuno, si Ronald lo había visto marcharse en la bicicleta y si la policía respondía más deprisa de lo normal, pensó Kimmo. La verdad es que no quería estar por la calle. Aún le quedaban unos tres kilómetros, y hacía un frío glacial.

– Pero llevo la bicicleta -dijo.

La otra persona se río.

– Bueno, no hay problema si tú no quieres que lo haya.

Capítulo 1

La detective Barbara Havers se consideraba una persona afortunada: la entrada estaba libre. Había decidido realizar la compra semanal en coche en lugar de a pie, y eso siempre era arriesgado en una zona de la ciudad en la que cualquier persona que tuviera la suerte de encontrar un sitio para aparcar cerca de su casa se aferraba a él con la devoción de los recién redimidos a la fuente de su redención. Pero como sabía que tenía que comprar mucho y le estremecía la idea de volver penosamente bajo el frío desde el supermercado del barrio, optó por el transporte privado esperando lo mejor. Así que cuando se detuvo delante de la casa amarilla de estilo eduardiano tras la cual se encontraba su casita de una planta, ocupó el espacio de la entrada sin reparos. Escuchó cómo el motor de su Mini carraspeaba y se atragantaba al apagarlo y por decimoquinta vez aquel mes tomó nota mentalmente de llevar el coche a un mecánico que -rezaba por ello- no le pidiera un brazo, una pierna y su primer hijo para reparar lo que fuera que provocaba que eructara como un pensionista dispéptico.

Se bajó y echó el asiento hacia delante para coger la primera de las bolsas de plástico. Se colgó cuatro en los brazos y las estaba arrastrando fuera del coche cuando oyó que gritaban su nombre.

Alguien la llamaba.

– ¡Barbara! ¡Barbara! Mira lo que he encontrado en el armario.

Barbara se irguió y miró en la dirección de donde había salido la voz. Vio a la hija pequeña de su vecino sentada en el banco de madero curada que había delante del piso de la planta baja del edificio antiguo reformado. Se había quitado los zapatos y luchaba por ponerse unos patines en línea. «Parecen demasiado grandes», pensó Barbara. Hadiyyah sólo tenía ocho años, y no cabía duda de que los patines eran de adulto.

– Son de mamá -le informó Hadiyyah, como si le hubiera leído el pensamiento-. Los he encontrado en un armario, ya te lo he dicho. No me los he puesto nunca. Supongo que me quedarán grandes pero he metido paños de cocina dentro. Papá no lo sabe.

– ¿Lo de los paños? Hadiyyah se rió.

– ¡No! No sabe que los he encontrado.

– Quizá no debas utilizarlos.

– No estaban escondidos. Sólo estaban guardados. Hasta que mamá vuelva a casa, imagino. Está en…

– En Canadá, sí. -Barbara asintió-. Bueno, ten cuidado. A tu padre no le hará ni pizca de gracia si te caes y te abres la cabeza. ¿Tienes casco o algo así?

Hadiyyah bajó la cabeza, se miró los pies -un patín en uno y en el otro el calcetín- y lo pensó. – ¿Debo llevarlo?

– Por seguridad -le dijo Barbara-. Y también por respeto a los barrenderos. Así no quedan trocitos de cerebro esparcidos por la acera.

Hadiyyah puso los ojos en blanco. -Ya sé que lo dices en broma.

– Te juro que es verdad -dijo Barbara con la mano en el pecho-. ¿Y tu padre dónde está? ¿Hoy estás sola? -Abrió con el pie la verja que daba al camino de entrada a la casa y pensó en si debía hablar de nuevo con Taymullah Azhar sobre eso de dejar a su hija sola. Si bien era cierto que lo hacía en contadas ocasiones, Barbara le había dicho que estaría encantada de cuidar a Hadiyyah en su tiempo libre si Azhar tenía que reunirse con sus alumnos o supervisar alguna tarea en el laboratorio de la universidad. Hadiyyah era una niña sorprendentemente auto-suficiente pese a tener ocho años, pero al fin y al cabo seguía siendo eso: una niña de ocho años, y era más inocente que los críos de su edad, lo cual se debía en parte a una cultura que la protegía y también a la deserción de su madre inglesa, quien ya hacía casi un año que estaba «en Canadá».

– Ha ido a comprarme un regalo sorpresa -le informó Hadiyyah con toda naturalidad-. Cree que no lo sé, piensa que creo que ha ido a hacer un recado, pero sé qué está haciendo en verdad. Es porque se siente mal e imagina que yo me siento mal; no es así, pero quiere ayudarme a que me sienta mejor de todas formas. Así que ha dicho: «Voy a hacer un recado, kushi», y se supone que tengo que pensar que no es un regalo para mí. ¿Vienes del supermercado? ¿Puedo ayudarte, Barbara?

– Hay más bolsas en el coche si quieres ir a por ellas -le respondió Barbara.

Hadiyyah se bajó del banco y (con un patín puesto y otro no) se dirigió saltando hacia el Mini y sacó el resto de las bolsas. Barbara la esperó en la esquina de la casa.

– ¿Y a qué se debe la ocasión? -le preguntó Barbara cuando Hadiyyah se reunió con ella, subiendo y bajando sobre un patín.

Hadiyyah la siguió hasta el fondo de la propiedad donde, bajo una falsa acacia, la casita de Barbara (que parecía mucho más un cobertizo con delirios de grandeza) tenía trocitos de pintura verde descascarillada en un parterre estrecho necesitado de una siembra.

– ¿Eh? -preguntó Hadiyyah. Ahora que la tenía cerca, Barbara vio que la niña llevaba los cascos de un CD portátil alrededor del cuello y el propio aparato sujeto a la cintura de los vaqueros azules. Unas voces femeninas cantaban al son de una música indeterminada y metálica. Hadiyyah parecía no advertirlo.

– La sorpresa -dijo Barbara mientras abría la puerta de su casa-. Has dicho que tu padre había salido a comprarte una sorpresa.

– Ah, eso. -Hadiyyah entró con paso firme en la casa y dejó la carga sobre la mesa del comedor, donde el correo de varios días se mezclaba con cuatro ejemplares del Evening Standard, el cesto de la ropa sucia y una bolsa vacía de chuchos de crema. Todo aquello formaba un revoltijo poco atractivo que hizo fruncir el ceño significativamente a la pequeña, muy pulcra por lo general.

– No has ordenado tus cosas -la reprendió.

– Una observación muy perspicaz -murmuró Barbara-. ¿Qué hay de la sorpresa? Sé que no es tu cumpleaños.

Hadiyyah golpeó el suelo con el patín y pareció de pronto incómoda, una reacción totalmente insólita en ella. Barbara advirtió que hoy se había trenzado ella el pelo negro. La raya dibujaba una serie de zigzags, mientras que los lazos rojos al final de las trenzas estaban desiguales, uno dos centímetros más arriba que el otro.

– Bueno -dijo mientras Barbara comenzaba a vaciar la primera de las bolsas sobre la encimera de la cocina-, no me lo ha dicho exactamente, pero imagino que es porque lo ha llamado la señora Thompson.

Barbara reconoció el nombre de la maestra de Hadiyyah. Volvió la cabeza para mirar a la niña y levantó una ceja a modo de pregunta.

– Verás, hubo una merienda -le informó Hadiyyah-. Bueno, en realidad no era una merienda, pero lo llamaron así porque si hubieran dicho lo que era de verdad, todo el mundo se habría sentido demasiado avergonzado y nadie habría ido. Y querían que fuera todo el mundo.

– ¿Por qué? ¿Qué era en realidad?

Hadiyyah se apartó y comenzó a vaciar las bolsas que había traído del Mini. Informó a Barbara de que fue más bien un acto que una merienda, o más una reunión en realidad que un acto. Verás, la señora Thompson pidió a una mujer que fuera a hablarles de sus cuerpos y todas las niñas de la clase y todas sus mamas asistieron y después podían hacer preguntas y después de eso había naranjada y galletas y tarta. Así que la señora Thompson lo llamó merienda aunque en realidad nadie merendó. Hadiyyah, al no tener una mamá que pudiera acompañarla, se había abstenido de ir a la reunión. De ahí que la señora Thompson llamara a su padre porque, como había dicho, la intención era que todo el mundo asistiera.

– Papá dijo que habría ido -comentó Hadiyyah-. Pero habría sido terrible. Además, de todas formas Meagan Dobson ya me ha contado de qué hablaron. Cosas de chicas. Bebés. Chicos. La regla. -Puso cara de asco-. Ya sabes.

– Vale. Lo capto. -Barbara podía entender cómo debió de reaccionar Azhar a la llamada de la maestra. No conocía a nadie más orgulloso que el profesor pakistaní que tenía por vecino-. Bueno, amiguita, si alguna vez necesitas a una chica que haga de sustituta de tu madre -le dijo a Hadiyyah-, me ofrezco encantada.

– ¡Qué maravilla! -exclamó Hadiyyah. Por un momento, Barbara pensó que se refería a su ofrecimiento de actuar como madre sustituta, pero vio que su pequeña amiga sacaba un paquete de la bolsa de la compra: Chocotastic Pop Tarts-. ¿Son para desayunar? -preguntó Hadiyyah con un suspiro.

– La nutrición perfecta para la profesional que no descansa -le respondió Barbara-. Será nuestro pequeño secreto, ¿vale? Uno de tantos.

– ¿Y esto qué es? -Le preguntó de nuevo Hadiyyah como si no hubiera dicho nada-. Vaya, estupendo. ¡Barritas de helado de crema! Si fuera adulta, comería lo mismo que tú.

– Me gusta tocar todos los grupos de alimentos básicos -le explicó Barbara-. Chocolate, azúcares, grasas y tabaco. ¿Has encontrado los Players, por cierto?

– No debes fumar -le dijo Hadiyyah, que hurgó en una de las bolsas y sacó un cartón de cigarrillos-. Papá está intentando dejarlo. ¿Te lo había dicho? A mamá le encantará. Le pedía y pedía que lo dejara. «Hari, se te pondrán unos pulmones asquerosos si no lo dejas», le dice. Yo no fumo.

– Eso espero -dijo Barbara.

– Pero algunos chicos sí fuman. Se ponen en la esquina de la calle del colegio. Son chicos mayores. Y llevan la camisa por fuera de los pantalones, Barbara. Imagino que se creen que les queda muy guay, pero yo creo que están… -Frunció el ceño, pensativa-. Horrorosos -se decidió-. Absolutamente horrorosos.

– Los pavos reales y sus plumas -reconoció Barbara.

– ¿Eh?

– El macho de la especie, que quiere atraer a la hembra. Si no, ella no se fijaría en él. Es interesante, ¿verdad? Son los hombres los que deberían maquillarse.

– Papá estaría horroroso con los labios pintados, ¿verdad? -dijo Hadiyyah, riéndose.

– Tendría que espantarlas con la escoba.

– A mamá no le gustaría -observó Hadiyyah. Cogió cuatro latas de All Day Breakfast -la cena preferida de Barbara después de un día de trabajo más largo de lo habitual- y las llevó hacia el armario que había encima del fregadero.

– No. Imagino que no -reconoció Barbara-. Hadiyyah, ¿qué son esos alaridos horribles que te salen del cuello? -Le cogió las latas a la niña y señaló con la cabeza los auriculares, de los que no dejaba de salir una especie de música pop discutible.

– Nobanzi -dijo Hadiyyah oscuramente.

– ¿No qué?

– Nobanzi. Son geniales. Mira. -Del bolsillo de la chaqueta sacó la caja de plástico de un CD. En ella, tres anoréxicas de veintitantos años posaban vestidas con tops del tamaño de la generosidad de Scrooge y unos vaqueros azules tan estrechos que lo único que dejaban a la imaginación era cómo se las habían arreglado para meterse en ellos.

– Ah -dijo Barbara-. Modelos para nuestras jóvenes. Venga, dame. Déjame escucharlas.

Hadiyyah le dio encantada los auriculares, y Barbara se los puso. Cogió distraídamente un paquete de Players y lo agitó para sacar un cigarrillo, a pesar de la mueca de desaprobación de Hadiyyah. Encendió uno mientras lo que parecía el estribillo de una canción -si podía llamarse así- le agredió los oídos. Las Vandellas Nobanzi no eran de su gusto, estaba claro, con o sin Martha, decidió Barbara. Se oyó un estribillo de palabras ininteligibles. Un montón de gemidos orgásmicos de fondo parecieron sustituir tanto al bajo como a la batería.

Barbara se quitó los auriculares y se los devolvió. Dio una calada al pitillo y miró a Hadiyyah ladeando la cabeza con aire especulativo.

– ¿A que son geniales? -dijo la niña. Cogió la caja del CD y señaló a la chica del medio, que llevaba rastas de dos colores y tenía una pistola humeante tatuada en el pecho derecho-. Esta es Juno. Es mi preferida. Tiene una niña que se llama Nefertiti. ¿Verdad que es preciosa?

– Me lo has quitado de la boca. -Barbara hizo una bola con las bolsas vacías y las guardó en el armario de debajo del fregadero. Abrió el cajón de los cubiertos y al fondo encontró un bloc de notas adhesivas que, por lo general, empleaba para recordarse cosas importantes que debía hacer, como «Piensa en arreglarte las cejas mañana» o «Limpia este baño asqueroso». Esta vez, sin embargo, garabateó cuatro palabras.

– Ven conmigo -le dijo a su pequeña amiga-. Es momento de encargarnos de tu educación. -Y cogió el bolso de bandolera y llevó a Hadiyyah a la parte delantera de la casa, donde los zapatos de la niña descansaban debajo del banco situado en la zona empedrada que había justo por fuera de la puerta del piso de la planta baja. Barbara le dijo que se calzara mientras ella iba a pegar la nota en la pared.

– Sígueme. Tu padre ya está avisado -le dijo Barbara cuando Hadiyyah estuvo lista, y salieron de la propiedad en dirección a Chalk Farm Road.

– ¿Adonde vamos? -Preguntó Hadiyyah-. ¿De aventura?

– Deja que te pregunte algo. Asiente si alguno de estos nombres te resulta familiar. Buddy Holly. ¿No? Ritchie Valens. ¿No? The Big Bopper. ¿No? Elvis. Bueno, claro. Quién no conoce a Elvis, pero apenas cuenta. ¿Qué me dices de Chuck Berry? ¿Little Richard? ¿Jerry Lee Lewis? Great Balls of Fire. ¿Te suenan? Joder, pero ¿qué os enseñan en el colegio?

– No deberías decir palabrotas -dijo Hadiyyah.

Una vez en Chalk Farm Road, el paseo hasta su destino, el Virgin de Camden High Street, no era muy largo. Sin embargo, para llegar hasta allí, debían atravesar el distrito comercial, el cual, por lo que Barbara siempre había podido determinar, era distinto a cualquier otro barrio comercial de la ciudad: desde las tiendas hasta la calle, repleto de jóvenes de todos los colores, creencias y tipos de adorno corporal; inundado por una cacofonía atronadora de música que llegaba de todas las direcciones; perfumado por toda clase de olores, desde pachulí a fish and chips. Aquí, las tiendas tenían monigotes en los escaparates con forma de gatos grandísimos, el trasero gigantesco de un torso enfundado en unos vaqueros, botas enormes, el morro de un avión hacia abajo… Sólo vagamente tenían los monigotes algo que ver con los artículos que había dentro de las tiendas, ya que la mayoría estaban dedicadas a cualquier cosa negra y a muchas cosas de piel. Piel negra. Piel negra sintética. Visón negro sintético sobre piel negra sintética.

Barbara vio que Hadiyyah estaba asimilándolo todo con la expresión de una novata, el primer indicio de que la niña no había estado nunca en Camden High Street, a pesar de lo cerca que se encontraba de sus respectivas casas. Hadiyyah la seguía, con los ojos como platos, la boca abierta y el semblante embelesado. Barbara tenía que llevarla con la muchedumbre y apartarla de ella, con una mano en el hombro para asegurarse de que no se separaban en la aglomeración.

– Es estupendo, estupendo -musitó Hadiyyah, con las manos pegadas al pecho-. Oh, Barbara, esto es mucho mejor que una sorpresa.

– Me alegro de que te guste -dijo Barbara.

– ¿Vamos a entrar en las tiendas?

– Cuando me haya ocupado de tu educación.

La hizo entrar en la tienda de discos y la llevó a la sección de clásicos del rock and roll.

– Esto sí es música -le dijo Barbara-. A ver… ¿Por dónde te inicio? Bueno, en realidad no hay duda, ¿verdad? Porque al fin y al cabo, tenemos al Más Grande y luego están todos los demás. Así que… -Escudriñó la sección en busca de la H y luego por entre las H en busca de la única H que importaba. Examinó los recopilatorios, dándoles la vuelta para leer las canciones mientras a su lado Hadiyyah estudiaba las fotografías de Buddy Holly en las portadas de los CD.

– Tiene un aspecto un poco raro -comentó.

– Muérdete la lengua. Aquí. Éste servirá. Tiene Raining in my Heart, que te aseguro que hará que te desmayes, y Rave On, que hará que quieras ponerte a bailar sobre la encimera. Esto, amiguita, es rock and roll. La gente seguirá escuchando a Buddy Holly dentro de cien años, te lo aseguro. En cambio, Nobuki…

– Nobanzi -la corrigió Hadiyyah pacientemente.

– La semana que viene habrán desaparecido. Caerán en el olvido mientras que el Más Grande seguirá sonando toda la eternidad. Esto, amiguita, sí es música.

Hadiyyah no parecía muy segura.

– Lleva unas gafas muy raras -observó.

– Sí, ya. Pero era la moda. Lleva siglos muerto. Un accidente de avión, por culpa del mal tiempo. Intentaba regresar a casa con su esposa embarazada. «Demasiado joven, -pensó Barbara-. Demasiada prisa.»

– Qué triste. -Hadiyyah miró la fotografía de Buddy Holly con ojos despiertos.

Barbara pagó la compra y arrancó el envoltorio. Sacó el CD y sustituyó a Nobanzi por Buddy Holly.

– Regálate los oídos con esto -le dijo, y cuando la música empezó a sonar, condujo a Hadiyyah de nuevo a la calle.

Como le había prometido, Barbara la llevó a varias tiendas donde las modas locales y efímeras abarrotaban los percheros y colgaban de las paredes. Grupitos de adolescentes gastaban dinero como si acabara de anunciarse que se acercaba el fin del mundo, y se parecían tanto todos entre sí que Barbara miró a su compañera y rezó para que Hadiyyah siempre mantuviera el aire de ingenuidad que hacía que fuera un verdadero placer estar con ella. Barbara no podía imaginársela transformada en una adolescente londinense con prisa por cumplir los dieciocho, un móvil pegado a la oreja, pintalabios y sombra de ojos coloreándole el rostro, unos vaqueros esculpiendo su pequeño trasero y unas botas destrozándole los pies. Y en absoluto imaginaba al padre de la pequeña permitiéndole salir a la calle así vestida.

Por su parte, Hadiyyah lo asimiló todo como un niño en su primera visita a un parque de atracciones, mientras Buddy Holly llovía en su corazón. Hasta que llegaron a Chalk Farm Road, donde la multitud era, si cabe, aún más densa, chillona e iba más adornada que en las tiendas de abajo, Hadiyyah no se quitó los auriculares y habló.

– A partir de ahora, quiero volver aquí todas las semanas -anunció-. ¿Vendrás conmigo, Barbara? Podría ahorrar todo mi dinero y podríamos comer y entrar en todas las tiendas. Hoy no podemos porque tendría que estar en casa antes de que llegue papá. Se enfadará si sabe adonde hemos ido.

– ¿Sí? ¿Por qué?

– Pues porque tengo prohibido venir aquí -dijo Hadiyyah alegremente-. Papá dice que si alguna vez me ve en Camden High Street, me azotará hasta que no pueda sentarme. Tu nota no decía que veníamos aquí, ¿verdad?

Barbara maldijo para sus adentros. No había considerado las repercusiones de lo que para ella sólo era una excursión inocente a la tienda de discos. Por un momento, se sintió como si hubiera corrompido a los inocentes, pero se permitió sentirse aliviada al haber escrito una nota a Taymullah Azhar en la que sólo había empleado cuatro palabras, «La niña está conmigo», junto con su firma. Si pudiera confiar en la discreción de Hadiyyah… Aunque, por la emoción de la pequeña -pese a su intención de ocultar a su padre adonde había ido mientras éste hacía su recado-, Barbara tenía que admitir que era altamente improbable que fuera capaz de no contarle a Azhar lo bien que lo habían pasado en su aventura.

– No le he dicho exactamente dónde estaríamos -admitió Barbara.

– Oh, genial -dijo Hadiyyah-. Porque si lo supiera… No me gusta mucho que me azoten, Barbara. ¿Y a ti?

– ¿Crees que de verdad te…?

– Vaya, mira, mira -gritó Hadiyyah-. ¿Cómo se llama este sitio? Y huele de maravilla. ¿Están cocinando? ¿Podemos entrar?

«Este sitio» era el mercado de Camden Lock, al que habían llegado al ir camino a casa. Estaba a orillas del Grand Union Canal, y el aroma de los puestos de comida que había dentro las abordó en la acera. Dentro, y mezclándose con el sonido de la música raip que salía de una de las tiendas, podían distinguirse los ladridos de los vendedores de comida pregonando de todo, desde patatas asadas rellenas a pollo tikka másala.

– Barbara, ¿podemos entrar en este sitio? -Volvió a preguntar Hadiyyah-. Es tan especial. Y papá no lo sabrá nunca. No nos azotará. Te lo prometo, Barbara.

Barbara miró su rostro resplandeciente y supo que no podía negarle el simple placer de dar un paseo por el mercado. ¿Qué problema había, en realidad, en tomarse media hora más y fisgonear por entre las velas, el incienso, las camisetas y las bufandas? Podía distraer a Hadiyyah si pasaban cerca de la parafernalia de las drogas y los puestos de piercings. En cuanto al resto de lo que ofrecía el mercado de Camden Lock, era todo bastante inocente.

Barbara sonrió a su pequeña compañera.

– Qué diablos -dijo, encogiéndose de hombros-. Vamos.

Sin embargo, habían dado sólo dos pasos en la dirección deseada cuando a Barbara le sonó el móvil.

– Espera -le dijo Barbara a Hadiyyah y miró el número de llamada entrante. Cuando vio quién era, supo que era improbable que se tratara de una buena noticia.

– El juego está en marcha. -Era la voz del comisario en funciones, y encerraba una nota de tensión cuya fuente dejó clara al añadir-: Ve al despacho de Hillier en cuanto puedas.

– ¿Hillier? -Barbara se quedó mirando el móvil como si fuera un objeto extraño mientras Hadiyyah esperaba pacientemente a su lado, tocando con la punta del pie una grieta en la acera y observando la masa de gente que circulaba a su alrededor desplazándose de un mercado a otro-. No puede ser que el subinspector Hillier haya preguntado por mí.

– Tienes una hora -le dijo Lynley.

– Pero señor…

– El quería que fueran treinta minutos, pero lo hemos negociado. ¿Dónde estás?

– En el mercado de Camden Lock.

– ¿Puedes estar aquí dentro de una hora?

– Lo intentaré. -Barbara cerró la tapa del teléfono y lo guardó en el bolso-. Amiguita, tendremos que dejarlo para otro día -le dijo a la niña-. Me reclaman en Scotland Yard.

– ¿Por algo malo? -preguntó Hadiyyah.

– Quizá sí, quizá no.

Barbara esperaba que no. Esperaba que la reclamaran para poner fin a su periodo de castigo. Llevaba ya meses sufriendo la vergüenza del descenso de rango y cada vez que el nombre del subinspector sir David Hillier salía en la conversación no podía evitar anticipar el fin de lo que consideraba su ostracismo profesional.

Y ahora la requerían. La requerían en el despacho del subinspector Hillier. La requerían el propio Hillier y Lynley, quien Barbara sabía que había estado intercediendo para que le devolvieran el rango desde que se lo habían quitado.

Hadiyyah y ella volvieron casi trotando a Eton Villas. Se despidieron donde se dividía el camino de losa en la esquina de la casa. La niña le dijo adiós con la mano antes de colarse en el piso de la planta baja, donde Barbara vio que la nota que había dejado para el padre de la pequeña había desaparecido de la puerta. Concluyó que Azhar había regresado con la sorpresa para su hija, así que se dirigió a su casita para cambiarse deprisa de ropa.

La primera decisión que debía tomar -y rápido, porque ya habían pasado quince minutos de la hora que Lynley le había dicho que tenía después de volver corriendo de los mercados por Chalk Farm Road- era qué ponerse. Debía elegir algo que fuera profesional sin que delatara una estratagema obvia para ganarse la aprobación de Hillier. Unos pantalones y una chaqueta a juego conseguirían lo primero sin acercarse demasiado a lo segundo. Pantalones con chaqueta a juego, pues.

Los encontró donde los había dejado la última vez, hechos una bola, detrás del televisor. No recordaba con exactitud cómo habían llegado allí y los sacudió para examinar los daños. Ah, qué grande era el poliéster, pensó. Podías ser víctima de una estampida de búfalos y que no hubiera ni una sola arruga que lo evidenciara.

Empezó a ponerse el conjunto, si es que podía llamarse así. No se trataba tanto de hacer una declaración sobre moda como de ponerse unos pantalones y optar por una blusa que no tuviera demasiadas arrugas visibles. Se decidió por el calzado menos ofensivo que tenía -unos zapatos bajos de cuero gastados que se calzó en lugar de las botas deportivas rojas que prefería- y al cabo de cinco minutos cogía dos Chocotastic Pop Tarts. Los metió en el bolso de bandolera de camino a la puerta.

Fuera, quedaba pendiente la cuestión del transporte: coche, autobús o metro. Todas las opciones eran arriesgadas: el autobús tendría que avanzar lentamente por la arteria colapsada de Chalk Farm Road, el coche significaba tener que buscar atajos, y en cuanto al metro…, la línea de metro que pasaba por Chalk Farm era la Northern Line, famosa por la poca confianza que despertaba. En los mejores días, sólo la espera podía alargarse veinte minutos.

Barbara optó por el coche. Ideó una ruta que habría hecho justicia el propio Dédalo y logró llegar a Westminster con sólo once minutos y medio de retraso. Aun así, sabía que nada que no fuera puntualidad satisfaría a Hillier, así que dobló la esquina a toda prisa cuando llegó a Victoria Street y, en cuanto hubo aparcado, fue corriendo a los ascensores.

Se detuvo en la planta donde estaba el despacho temporal de Lynley, con la esperanza de que hubiera retenido a Hillier durante esos once minutos y medio extra que llevaba de retraso. Pero no lo había hecho, o al menos eso sugería su despacho vacío. Dorothea Harriman, la secretaria del departamento, le confirmó su conclusión.

– Está arriba con el subinspector, detective -le dijo-. Ha dicho que subiera y se reuniera con ellos. ¿Sabe que se le ha descosido el dobladillo de los pantalones?

– ¿Sí? Mierda -dijo Barbara.

– Tengo una aguja si quiere.

– No tengo tiempo, Dee. ¿Tienes un imperdible?

Dorothea fue hacia su mesa. Barbara sabía que era improbable que la mujer tuviera un imperdible. De hecho, Dee iba siempre tan perfecta que resultaba difícil imaginar que tuviera una aguja.

– No tengo ninguno, detective. Lo siento. Pero siempre le queda esto. -Le enseñó una grapadora.

– Adelante. Pero que sea rápido. Llego tarde -dijo Barbara.

– Lo sé. También se le está cayendo un botón del puño -observó Dorothea-. Y también… detective, tiene… ¿Eso del trasero es una pelusa?

– Oh, mierda, mierda -dijo Barbara-. Da igual. Tendrá que aceptarme tal como soy.

Y seguramente no sería con los brazos abiertos, pensó mientras pasaba al edificio de oficinas y cogía el ascensor para subir al despacho de Hillier. Llevaba cuatro años queriéndola echar, y sólo la intervención de terceras personas se lo había impedido.

La secretaria de Hillier, que siempre se refería a sí misma como Judi con i latina Macintosh, le dijo a Barbara que pasara directamente. Sir David, dijo, la estaba esperando. Llevaba esperando con el comisario en funciones Lynley unos cuantos minutos, añadió. Esbozó una sonrisa poco sincera y señaló la puerta.

Dentro, Barbara encontró a Hillier y Lynley terminando una conferencia con alguien que, a través de los altavoces del teléfono, hablaba de «prepararse para iniciar una campaña de lavado de imagen».

– Entonces, imagino que convocaremos una rueda de prensa -dijo Hillier-. Y tendrá que ser pronto, si no queremos que parezca que sólo lo hacemos para apaciguar a la prensa. ¿Para cuándo puedes organizarlo?

– Ahora mismo nos encargamos. ¿Hasta qué punto quieres involucrarte?

– Mucho. Y con el compañero adecuado cerca.

– Bien. Ya te llamaré, David.

«David y lavado de imagen», pensó Barbara. Era obvio que quien hablaba era un arrogante de la DAR

Hillier terminó la conversación y miró a Lynley.

– ¿Y bien? -dijo, y entonces vio a Barbara junto a la puerta-. ¿Dónde diablos se había metido, detective?

Al traste su oportunidad de hacerle la pelota, pensó Barbara.

– Lo siento, señor -dijo mientras Lynley giraba su silla-. Había un tráfico mortal.

– La vida es mortal -dijo Hillier-. Pero eso no nos impide vivirla.

Monarca absoluto de la maldita incongruencia, pensó Barbara. Miró a Lynley, quien levantó el índice aproximadamente un centímetro a modo de advertencia.

– Sí, señor -dijo Barbara, y se reunió con los dos policías en la mesa de conferencias a la que Lynley estaba sentado y hacia la que Hillier se había trasladado cuando había finalizado la conversación telefónica. Retiró una silla y se sentó en ella tan discretamente como pudo.

Barbara echó un vistazo a la mesa y vio cuatro grupos de fotografías que mostraban cuatro cadáveres. Desde su posición, parecían ser chicos jóvenes, adolescentes, tumbados boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho a la manera de las efigies de las tumbas. Parecerían dormidos si no tuvieran el rostro cianótico y marcas de ataduras alrededor del cuello.

Barbara torció la boca.

– Dios santo -dijo-. ¿Cuándo los han…?

– Durante los últimos tres meses -contestó Hillier.

– ¿Tres meses? Pero ¿por qué nadie me…? -Barbara miró a Hillier y luego a Lynley. Vio que parecía muy preocupado; Hillier, siempre el animal más político, se mostraba cauto-. No he oído ni el más mínimo rumor sobre esto. Ni leído una palabra en los periódicos. Ni visto ningún reportaje en la tele.

– Cuatro muertes. El mismo modus operandi. Todas las víctimas son jóvenes. Todas las víctimas son hombres.

– Por favor, intenta reducir el tono de presentador de informativos histérico de la televisión por cable -dijo Hillier.

Lynley cambió de posición en la silla. Miró a Barbara. Sus ojos marrones le decían que se mordiera la lengua y no dijera lo que todos pensaban hasta que lograran quedarse solos en algún lugar.

Muy bien, pensó Barbara, lo haría.

– ¿Quiénes son entonces? -preguntó con voz prudente y profesional.

– A, B, C y D. No tenemos ningún nombre.

– ¿Nadie ha denunciado su desaparición? ¿En tres meses?

– Evidentemente, es parte del problema -respondió Lynley.

– ¿Qué quiere decir? ¿Dónde los encontraron?

Hillier señaló una de las fotografías mientras hablaba.

– El primero… en Gunnersbury Park. El 10 de septiembre. Lo encontró a las ocho quince de la mañana un tipo que hacía footing y al que le entraron ganas de hacer pis. Dentro del parque hay un viejo jardín, tapiado en parte, no muy lejos de Gunnersbury Avenue. Parece que accedieron por allí. Hay dos entradas cerradas con tablas que dan justo a la calle.

– Pero no murió en el parque -observó Barbara, señalando con la cabeza la foto en la que se veía al chico tendido en decúbito supino sobre un lecho de hierbajos que crecían en la intersección de dos paredes de ladrillo. En las inmediaciones no había indicios de forcejeo. Tampoco había, en todo el fajo de fotografías correspondientes a aquella escena del crimen, fotos de las pruebas que uno espera encontrar en el lugar donde se ha producido un asesinato.

– No. No murió allí. Y éste tampoco. -Hillier cogió otra pila de fotografías. Aquí, el cuerpo de otro chico delgado estaba sobre el capó de un coche, colocado tan cuidadosamente como el primer muerto de Gunnersbury Park-. A éste lo encontraron en un aparcamiento de pago al final de Queensway. Cuatro semanas después.

– ¿Qué dice la brigada de homicidios de la zona? ¿Hay algo en las cámaras de circuito cerrado?

– El aparcamiento no tiene cámaras -Lynley respondió la pregunta de Barbara-. Hay un cartel que advierte de que «puede» haber cámaras en las instalaciones. Pero es todo. Se supone que con eso cubren la seguridad.

– Éste fue en Quaker Street -prosiguió Hillier, señalando un tercer grupo de fotografías-. En un almacén abandonado cerca de Brick Lane. El 25 de noviembre. Y éste… -cogió el cuarto fajo y se lo entregó a Barbara- es el último. Lo encontraron en Saint George's Gardens. Hoy.

Barbara echó un vistazo a las últimas fotos. En ellas, el cuerpo de un adolescente yacía desnudo sobre una tumba cubierta de líquenes. La propia tumba descansaba sobre un césped no muy lejos de un sendero sinuoso. Más allá, una pared de ladrillo cercaba no un cementerio -como esperaría uno ante la presencia de la tumba-, sino un jardín. Después de la pared parecía haber una calle de casas bajas y detrás, un bloque de pisos.

– ¿Saint George's Gardens? -preguntó Barbara-. ¿Dónde está eso?

– Cerca de Russell Square.

– ¿Quién encontró el cuerpo?

– El vigilante que abre el parque todos los días. Nuestro asesino accedió por la verja de Handel Street. Estaba debidamente cerrada con una cadena, pero la rompió con unas tenazas. Abrió, entró en un vehículo, depositó el cuerpo en la tumba y se marchó. Se detuvo a enrollar la cadena en la verja para que quien pasara por delante no lo advirtiera.

– ¿Hay huellas de neumáticos en el jardín?

– Dos bastante buenas. Están sacando los moldes.

– ¿Testigos? -Barbara señaló los pisos que flanqueaban el jardín justo detrás de la calle de casas bajas.

– Hay agentes de la comisaría de Theobald's Road realizando el interrogatorio puerta por puerta.

Barbara se acercó todas las fotografías y colocó las de las cuatro víctimas en fila. Apreció al momento las diferencias -todas las importantes- entre el último chico muerto y los tres primeros. Todos eran jóvenes adolescentes que habían sido asesinados de forma idéntica, pero al contrario que las tres primeras, la última víctima no sólo estaba desnuda sino que llevaba una cantidad abundante de maquillaje: pintalabios, sombra de ojos, delineador y rímel embadurnaban su rostro. Además, el asesino había marcado su cuerpo rajándolo del esternón a la cintura y dibujándole con sangre un extraño símbolo circular en la frente. Sin embargo, el detalle político potencialmente más delicado tenía que ver con la raza: sólo la última víctima era blanca. De las tres primeras, una era negra y las otras dos eran claramente mestizas: negro y asiático, quizá, negro y filipino, negro y una mezcla de sabe Dios qué.

Al ver esa última característica, Barbara entendió por qué ni las portadas de los periódicos ni las televisiones habían cubierto la historia y, lo peor de todo, por qué no había oído hablar del caso en New Scotland Yard. Levantó la cabeza.

– Racismo institucionalizado. Es lo que van a decir, ¿no es así? Nadie en todo Londres, en ninguna de las comisarías implicadas, ¿verdad?, se ha dado cuenta siquiera de que esto es obra de un asesino en serie. Nadie ha cambiado impresiones. Este chico… -Barbara levantó la fotografía del joven negro-, quizá denunciaron su desaparición en Peckham. Quizá en Kilburn. O en Lewisham. O en cualquier otro lado. Pero no se deshicieron de su cuerpo donde vivía y de donde desapareció, ¿verdad?, así que la pasma de su distrito determinó que se había largado de casa, lo dejaron ahí, y no compararon su caso con un asesinato del que se informó en la jurisdicción de otra comisaría. ¿Es eso lo que ha pasado?

– Te harás cargo de la necesidad de actuar con delicadeza y de inmediato -dijo Hillier.

– Asesinatos baratos que apenas valía la pena investigar, sólo por la raza de la víctima. Así describirán los tres primeros casos cuando la historia salga a la luz. Los tabloides, los informativos de televisión y radio, todos los medios, joder.

– Queremos estar un paso por delante de esa descripción. A decir verdad, los tabloides, los periódicos serios, la radio y los informativos de las televisiones, si hubieran sabido lo que está pasando y no se preocuparan sólo de perseguir escándalos relacionados con famosos, el Gobierno y la maldita familia real, podrían haber destapado esa historia ellos mismos y habernos crucificado en sus portadas. Tal como están las cosas, no podrán afirmar que se trata de racismo institucionalizado porque hayamos sido incapaces de ver lo que ellos podrían haber visto y no han visto. Ten la seguridad de que cuando los responsables de prensa de cada comisaría emitieron la noticia de que se había hallado un cadáver, los medios consideraron que la historia no interesaba por la víctima: otro chico negro muerto más. Una noticia que no interesa. No valía la pena informar de ella. Provocaba indiferencia.

– Con todos los respetos, señor -señaló Barbara-, eso no va a impedir que ahora se pongan a rajar.

– Ya lo veremos. Ah. -Hillier esbozó una gran sonrisa cuando la puerta de su despacho volvió a abrirse-. Aquí está el caballero que esperábamos. ¿Ya te han arreglado todo el papeleo, Winston? ¿Ya podemos llamarte oficialmente sargento Nkata?

Aquella pregunta fue un mazazo inesperado para Barbara. Miró a Lynley pero éste se había levantado para saludar a Winston Nkata, que se detuvo tras cruzar la puerta. A diferencia de ella, Nkata se había vestido con el cuidado que lo caracterizaba normalmente: era todo pulcritud. Ante su presencia -ante la presencia de todos ellos, en realidad-, Barbara se sintió como Cenicienta antes de recibir la visita del Hada Madrina. Se puso en pie. Estaba a punto de hacer lo peor para su carrera, pero no vio otra salida… excepto salir de ahí, y eso decidió hacer.

– Winnie. Genial. Felicidades. No lo sabía -le dijo a su compañero, y luego a los otros dos policías de rango superior-: Acabo de recordar que debía devolver una llamada.

Y se marchó.

El comisario en funciones Thomas Lynley sintió una inequívoca necesidad de seguir a Havers. Al mismo tiempo, reconoció que sería más sabio permanecer donde estaba. Sabía que, a la larga, seguramente el mejor favor que podía hacerle era que al menos uno de los dos siguiera teniendo buenas relaciones con el subinspector Hillier.

Lo cual, por desgracia, no era fácil. El estilo de dirigir del subinspector se situaba, por lo general, en la frontera entre el maquiavelismo y el despotismo, y las personas racionales lo evitaban, si podían. El superior inmediato de Lynley, Malcolm Webberly, que llevaba algún tiempo de baja, había intercedido en favor de Lynley y Havers desde el día en que les asignó su primer caso. Ahora que Webberly no estaba en New Scotland Yard, le correspondía a Lynley reconocer qué era lo más conveniente.

La situación actual ponía a prueba la determinación de Lynley para ser imparcial en sus relaciones con Hillier. Hacía justo un momento, el subinspector podría haberle comunicado fácilmente el ascenso de Winston Nkata: en el mismo momento en que se había negado a restituir a Barbara Havers en su cargo.

– Quiero que dirijas esta investigación, Lynley -le había dicho Hillier con brusquedad-. Comisario en funciones… No puedo dársela a nadie más. Malcolm habría querido que te encargaras tú, de todos modos, así que reúne al equipo que necesites.

Lynley había atribuido erróneamente el laconismo del subinspector a la aflicción. El comisario Malcolm Webberly era cuñado de Hillier, después de todo, y la víctima de un intento de asesinato. No cabía duda de que Hillier se preocupaba por cómo se recuperaba del atropello y fuga que casi lo había matado.

– ¿Cómo evoluciona el comisario, señor? -le preguntó por ese motivo.

– No es momento ahora para hablar de cómo evoluciona el comisario -fue la contestación de Hillier-. ¿Vas a hacerte cargo de la investigación, o debo pasársela a uno de tus compañeros?

– Me gustaría que Barbara Havers volviera a estar en mi equipo como sargento.

– Ya. Bueno, esto no es una mesa de negociaciones. O dices: «Sí, me pondré a trabajar enseguida, señor», o: «Lo siento, voy a tomarme unas largas vacaciones».

Así que Lynley no tuvo más remedio que quedarse con el «Sí, me pondré a trabajar enseguida» y sin la posibilidad de interceder por Havers. Pero ideó un plan rápido que suponía asignar a su compañera ciertos aspectos de la investigación que sin duda destacarían sus puntos fuertes. Seguro que, dentro de pocos meses, podría enmendar las injusticias que se habían cometido con Barbara desde el mes de junio pasado.

Luego, por supuesto, vio que Hillier le tenía reservada una sorpresa. Winston Nkata llegó -recién nombrado sargento, lo cual impedía que Havers fuera ascendida en un futuro próximo- y sin saber cuál iba a ser su papel en el drama que se desataría a continuación.

Lynley estaba furioso, pero se mantuvo impasible. Sentía curiosidad por ver cómo iba a negar Hillier lo obvio cuando designara a Nkata para ser su mano derecha. Porque Lynley no tenía ninguna duda de lo que pretendía el subinspector Hillier. Como los padres de Nkata eran uno jamaicano y el otro de Costa de Marfil, él era decidido, magnífica y apropiadamente negro. Y en cuanto saltara la noticia de que se habían producido una serie de asesinatos raciales que no se habían relacionado entre sí cuando debieron relacionarse, la comunidad negra iba a estallar. No era un Stephen Lawrence, sino tres. No había excusa que valiera excepto la más obvia, la que ya había planteado la propia Barbara Havers con su estilo habitual y políticamente incorrecto: racismo institucionalizado, consecuencia de que la policía no había perseguido enérgicamente a los asesinos de unos jóvenes mestizos y negros. Sólo eso.

Hillier estaba engrasando con cuidado la maquinaria. Indicó a Nkata que se sentara a la mesa de reuniones y lo puso al tanto de lo ocurrido. No mencionó la raza de las tres primeras víctimas, pero Winston Nkata no era estúpido.

– Así que tiene problemas -observó serenamente cuando Hillier acabó sus comentarios.

Hillier contestó con una calma estudiada.

– Tal como está la cosa, intentamos evitar los problemas.

– Y ahí es donde entro yo, ¿no?

– Por decirlo de algún modo.

– ¿Qué modo de decirlo es ése? -Preguntó Nkata-. ¿Cómo piensa mantener esto en secreto? No los asesinatos, quiero decir, sino que no se haya hecho nada al respecto.

Lynley controló sus ganas de sonreír. Ah, Winston, pensó. No le hacía la pelota a nadie.

– Se han llevado a cabo investigaciones en todas las jurisdicciones relevantes -fue la respuesta de Hillier-. Hay que reconocer que debió establecerse una relación entre los asesinatos y que no fue así. Por este motivo, Scotland Yard se ha hecho cargo del caso. He dado instrucciones al comisario en funciones Lynley para que organice un equipo. Quiero que tengas un papel destacado en él.

– Se refiere a un papel simbólico -dijo Nkata.

– Me refiero a un papel de mucha responsabilidad, crucial y…

– Visible -le interrumpió Nkata.

– Sí, de acuerdo. Un papel visible. -El rostro por lo general ya rubicundo de Hillier cada vez se enrojecía más. Era evidente que la reunión no se ajustaba al escenario que había preconcebido. Si le hubiera consultado previamente, Lynley le habría contado con mucho gusto que, como Winston Nkata había sido durante un tiempo el máximo asesor en las peleas de la banda de los Brixton Warriors y tenía las cicatrices que lo demostraban, era la última persona a la que no tomar en serio cuando uno concebía sus maquinaciones políticas. Así que Lynley se descubrió disfrutando del espectáculo que ofrecía el subinspector al no saber qué decir. Era evidente que había imaginado que aquel hombre negro saltaría de alegría ante la oportunidad de tener un papel importante en lo que sería una investigación prominente. Como la reacción no fue ésa, Hillier se encontró caminando por una cuerda floja entre la indignación que le producía que un subordinado cuestionara su autoridad y la corrección política de un inglés blanco ostensiblemente moderado que, en el fondo, estaba convencido de que pronto ríos de sangre correrían por las calles de Londres.

Lynley decidió dejar que lo discutieran solos.

– Le dejo para que le explique los matices del caso al sargento Nkata, señor. Habrá que organizar muchos detalles: cambiar a los hombres de sus turnos y cosas así. Quiero que Dee Harriman se ponga a ello enseguida. -Recogió los documentos y fotografías relevantes y le dijo a Nkata-: Estaré en mi despacho cuando acabes aquí, Winston.

– Sí -dijo Nkata-. Voy en cuanto hayamos leído la letra pequeña.

Lynley salió del despacho y logró contener la risa hasta que hubo avanzado cierta distancia por el pasillo. Sabía que a Hillier le habría costado soportar que Havers volviera a ser sargento. Pero Nkata iba a suponer todo un reto: orgulloso, inteligente, listo y rápido. Era un hombre en primer lugar, un hombre negro luego y, sólo por último, policía. Hillier, pensó Lynley, lo había entendido en el orden equivocado.

Después de cruzar al edificio Victoria, decidió bajar por las escaleras hasta su despacho y fue allí donde encontró a Barbara Havers. Estaba sentada en el último peldaño de las escaleras de abajo, fumando y toqueteando un hilo suelto del puño de su chaqueta.

– Está mal que hagas eso aquí. Lo sabes, ¿verdad? -Se sentó con ella en el escalón.

Barbara se quedó mirando el extremo reluciente del cigarrillo y luego volvió a llevárselo a los labios. Dio una calada con llamativa satisfacción.

– Quizá me echen.

– Havers…

– ¿Lo sabía? -le preguntó con brusquedad.

Lynley le concedió la cortesía de no fingir no haberla entendido.

– Por supuesto que no. Te lo habría dicho. Te habría mandado un mensaje antes de que llegaras. Algo. A mí también me ha cogido por sorpresa. Sin duda era lo que pretendía.

Barbara se encogió de hombros.

– Qué diablos. No es que Winnie no se lo merezca. Es bueno. Listo. Trabaja bien con todo el mundo.

– Aunque está poniendo a prueba a Hillier. Al menos cuando me he marchado.

– ¿Se ha dado cuenta de que lo quiere para aparentar? ¿Que es una cara negra para lucir en las ruedas de prensa? «Aquí no tenemos problemas con el color de la gente, miren todos: tenemos la prueba que lo demuestra.» Qué poco sutil es Hillier, por Dios.

– Winston está cinco o seis pasos por delante de Hillier, diría yo.

– Debería haberme quedado para verlo.

– Pues sí. Por lo menos habrías sido diplomática.

Barbara tiró al descansillo de abajo el cigarrillo, que rodó, se frenó al tocar la pared y despidió una columna de humo.

– ¿Cuándo he sido yo eso?

Lynley la miró de arriba abajo.

– Hoy, con ese conjunto, de hecho. Excepto por… -Se inclinó hacia delante y le miró los pies-. ¿Eso que llevas para sujetarte los pantalones son grapas, Barbara?

– Rápido, fácil y temporal. No me van los compromisos. Habría usado celo, pero Dee me ha recomendado esto. Aunque no he debido tomarme tantas molestias.

Lynley se levantó del escalón y alargó la mano para ayudarla a ponerse en pie.

– Aparte de las grapas, te has lucido.

– Sí. Así soy yo. Hoy en Scotland Yard, mañana en la pasarela -dijo Havers.

Bajaron al despacho temporal de Lynley. Dorothea Harriman acudió a la puerta en cuanto él y Havers empezaron a extender el material del caso sobre la mesa de reuniones.

– ¿Empiezo a llamarles para que vengan, comisario en funciones Lynley?

– La voz se corre entre las secretarias con tanta eficacia como siempre -observó Lynley-. Libera a Stewart de sus turnos para que dirija el centro de coordinación. Hale está en Escocia y MacPherson está metido en ese asunto de documentos falsificados, así que no los llames. Y mándame a Winston cuando baje de hablar con Hillier.

– El sargento Nkata, bien. -Harriman tomaba notas en un bloc con su competencia habitual.

– ¿Tú también sabes lo de Winnie? -le preguntó Havers, impresionada-. ¿Ya? ¿Tienes un soplón ahí arriba o qué, Dee?

– Cuidar los contactos debería ser el objetivo de todos los empleados diligentes de la policía -dijo Harriman hipócritamente.

– Pues cuida a alguien del otro lado del río -dijo Lynley-. Quiero todo el material forense que tenga el S07 sobre los casos más antiguos. Luego llama a los distritos policiales en los que se hallaron los cuerpos y consigue todos los informes y todas las declaraciones que tengas sobre los crímenes. Mientras tanto, tú, Havers, tendrás que consultar la base de datos de la policía. Llévate como mínimo a dos agentes de Stewart para que le ayuden y saca todos los informes sobre desaparecidos que se hayan archivado en los últimos tres meses de chicos de entre… -Miró las fotos-. Creo que entre doce y dieciséis años debería bastar. -Dio unos golpecitos con el dedo a la fotografía de la víctima más reciente, el chico que iba maquillado-. Y creo que para éste habrá que consultar con Antivicio. De hecho, es una de las vías que seguir con todos.

Havers verbalizó la dirección que estaban tomando sus pensamientos.

– Si eran chaperos, señor, chicos que se escaparon de casa y se metieron en la prostitución, digamos, quizá no haya ninguna denuncia de desaparición. Al menos, no en el mismo mes en que los asesinaron.

– Cierto -dijo Lynley-. Por eso trabajaremos hacia atrás en el tiempo si hace falta. Pero tenemos que empezar por algún sitio, así que por ahora lo dejaremos en tres meses.

Havers y Harriman se marcharon para ocuparse de sus tareas respectivas. Lynley se sentó a la mesa y buscó las gafas de lectura en el bolsillo de la chaqueta. Echó otro vistazo a las fotografías, dedicando la mayor parte del tiempo a las del último asesinato. Sabía que no podían describir con precisión la sobria atrocidad de aquel crimen tal como él mismo lo había visto aquella mañana.

Cuando llegó a Saint George's Gardens, en el área con forma de guadaña ya había una dotación de detectives, agentes de uniforme e investigadores de la escena del crimen. El patólogo forense aún estaba en la escena, bien abrigado con un anorak color mostaza para protegerse del día gris y frío, y el fotógrafo y el cámara de la policía acababan de terminar su trabajo. En el exterior de las altas puertas de hierro forjado del parque, empezaba a congregarse gente, y desde las ventanas de los edificios que había más allá del muro de ladrillo del parque y de la calle de casas bajas de detrás, más espectadores observaban la actividad que se desarrollaba: la búsqueda meticulosa y delicada de pruebas, el examen minucioso de una bicicleta abandonada cerca de una estatua de Minerva, la colección de objetos de plata desparramados por el suelo alrededor de la tumba.

Lynley no sabía qué esperar cuando mostró su identificación en la puerta y siguió el sendero que lo llevó hasta los profesionales. La llamada que había recibido había usado el término «posible asesinato en serie» y, por este motivo, mientras caminaba, se preparó para ver algo terrible: una carnicería al estilo de Jack el Destripador, quizá una decapitación o un descuartizamiento. Había supuesto que lo que presenciaría cuando llegara a ver la tumba en cuestión sería espantoso. Lo que no había imaginado era que sería siniestro.

Sin embargo, eso representaba para él el cadáver: algo siniestro, la mano izquierda del diablo. Era la impresión que le causaban siempre los crímenes rituales. Y no tenía ninguna duda de que este asesinato había sido un ritual.

La disposición a modo de efigie del cuerpo sirvió para reforzar esa deducción, pero también la marca de sangre en la frente: un círculo rudimentario atravesado por dos líneas, ambas con cruces arriba y abajo. Además, el elemento del taparrabos respaldaba aún más su conclusión: un trozo de tela con bordes de encaje sobre los genitales, un gesto que parecía encerrar cierta ternura.

Mientras Lynley se ponía los guantes de látex y se situaba a un lado de la tumba para observar más detenidamente el cuerpo, vio y conoció el resto de indicios que apuntaban a que el chico había sido sometido a algún tipo de rito arcano.

– ¿Qué tenemos? -le murmuró al patólogo forense, que se había quitado y guardado los guantes en el bolsillo.

– Hacia las dos de la mañana -respondió sucintamente-. Por estrangulación, como es obvio. Presenta heridas de incisión, todas infligidas después de la muerte. Un corte para la incisión principal que recorre el torso, sin vacilaciones. Luego… ¿Ve esta separación de aquí? ¿Justo en la zona del esternón? Parece como si nuestro carnicero hubiera metido las manos dentro y hubiera forzado una obertura mayor, como un curandero. No sabremos si falta algo hasta que le abramos nosotros mismos. Aunque no lo parece.

Lynley advirtió la inflexión que el patólogo había dado a la palabra «dentro». Miró rápidamente las manos entrelazadas de la víctima y los pies. Tenía todos los dedos.

– ¿Y en cuanto a la parte externa del cuerpo? ¿Falta algo?

– El ombligo. Se lo ha cortado. Mira.

– Dios santo.

– Sí. Ope tiene un caso peliagudo entre manos.

Opc resultó ser una mujer de pelo gris con orejeras rojas y mirones a juego. Se acercó a Lynley dando grandes zancadas tras hablar con un grupo de agentes de uniforme que, cuando el comisario llegó a la escena, estaban enfrascados en algún tipo de discusión. Se presentó como la inspectora jefe Opal Towers, de la comisaría de policía de Theobald's Road, en cuya jurisdicción se encontraban en aquellos momentos. Había echado un solo vistazo al cadáver y había llegado a la conclusión de que tenían a un asesino que «sin duda podría ser en serie». Había pensado erróneamente que el chico de la tumba era la desdichada primera víctima de alguien al que podrían identificar con rapidez y detener antes de que volviera a matar.

– Pero luego el agente Hartell, que está ahí -Ope señaló con la cabeza a un agente con cara de niño que mascaba chicle compulsivamente y los miraba con los ojos nerviosos de alguien que espera una reprimenda-, me dijo que había visto un asesinato parecido a éste hace un par de meses en Tower Hamlets cuando trabajaba en la comisaría de Brick Lane. He llamado a su ex jefe y hemos hablado un poco. Creemos que en ambos casos nos enfrentamos al mismo asesino.

En ese momento Lynley no había preguntado por qué la jefa de la comisaría había llamado a la policía metropolitana. Hasta que se reunió más tarde con Hillier no supo que había más víctimas. No sabía que tres pertenecían a minorías raciales. Y no sabía que la policía no había identificado a ninguna. Todo eso se lo contó luego Hillier. En Saint George's Gardens simplemente llegó a la conclusión de que necesitarían refuerzos y que alguien tendría que coordinar una investigación que iba a comprender un territorio con dos zonas de la ciudad radicalmente distintas: Brick Lane en Tower Hamlets era el centro de la comunidad bangladesí, y aún quedaba población de las Antillas, que había sido mayoría en el pasado, mientras que la zona de Saint Paneras donde Saint George's Gardens formaba un oasis verde entre distinguidas casas restauradas de estilo georgiano era decididamente monocromática, siendo el blanco el color en cuestión.

– ¿En qué punto de la investigación están en Brick Lane? -le preguntó a la inspectora Towers.

Ella meneó la cabeza y miró hacia las puertas de hierro forjado por las que había entrado Lynley. Este siguió su mirada y vio que empezaban a congregarse miembros de la prensa y la televisión, que se distinguían por las libretas, las grabadoras y las furgonetas de las que descargaban cámaras de vídeo. Un agente encargado de la prensa los dirigía hacia un lado.

– Según Hartell, Brick Lane no ha hecho una mierda, razón por la cual quiso marcharse de allí. Dice que es un problema endémico. Ahora bien, podría ser que tuviera un interés personal en manchar la reputación de su ex jefe, o podría ser que esos tipos se echaran a la bartola. En cualquier caso, tenemos que investigar. -Encorvó los hombros y se metió las manos enguantadas en los bolsillos del anorak. Señaló con la cabeza a la gente de la prensa-. Ni que decir tiene que esos de ahí van a hacer su agosto si se enteran de todo esto… Entre usted y yo, he pensado que sería mejor que pareciera que hay policías por todas partes rastreándolo todo.

Lynley la miró con cierto interés. Era evidente que no le interesaba la política, pero también estaba claro que era rápida de reflejos.

– Entonces, ¿está segura de lo que afirma el agente Hartell? -le pareció prudente preguntar a pesar de todo.

– Al principio no -admitió-. Pero me ha convencido bastante deprisa.

– ¿Cómo?

– No ha visto el cadáver tan de cerca como yo, pero me ha llevado aparte y me ha preguntado por las manos.

– ¿Las manos? ¿Qué pasa con las manos?

La inspectora lo miró.

– ¿No lo ha visto? Será mejor que venga conmigo, comisario.

Capítulo 2

A pesar de lo temprano que se despertó la mañana siguiente, Lynley vio que su mujer ya estaba levantada. La encontró en el lugar que iba a ser el cuarto de su hijo, donde el amarillo, el blanco y el verde eran los colores elegidos, una cuna y un cambiador constituían los muebles que les habían entregado por el momento, y fotografías recortadas de revistas y catálogos indicaban dónde iría colocado todo lo demás: un armario para guardar los juguetes aquí, una mecedora allí y una cómoda que todos los días movían del punto A al punto B. En su cuarto mes de embarazo, Helen no dejaba de cambiar de opinión sobre el cuarto de su hijo.

Estaba delante del cambiador, masajeándose la parte baja de la espalda. Lynley se acercó a ella y le apartó el pelo de la nuca para dejar un sitio desnudo para su beso. Ella se recostó en él.

– ¿Sabes, Tommy? Nunca imaginé que la paternidad inminente fuera un suceso tan político.

– ¿Eso crees? ¿Por qué?

Señaló la superficie del cambiador. Lynley vio que encima estaban los restos del envoltorio de un paquete. Era obvio que había llegado por correo el día anterior y Helen lo había abierto y había extendido el contenido sobre el cambiador. Consistía en prendas blancas para el bautizo de un bebé: faldón, chaquetita y gorrito. Lynley cogió el envoltorio postal de la caja. Vio el nombre y la dirección del remitente. Daphne Amalfini, leyó. Vivía en Italia: una de las cuatro hermanas de Helen.

– ¿Qué pasa? -dijo.

– Se están trazando las líneas de batalla. Detesto decírtelo, pero me temo que tendremos que posicionarnos pronto.

– Ah. Vale. ¿Supongo que esto…? -Lynley señaló la ropita recientemente desempaquetada.

– Sí. Lo manda Daphne. Con una nota bastante tierna, por cierto, pero está claro el mensaje que nos está enviando. Sabe que tu hermana debe de habernos enviado el traje de bautizo ancestral de la familia Lynley, al ser por ahora el único Lynley que va a reproducirse en la presente generación. Pero parece que Daphne piensa que cinco hermanas Clyde procreando como conejos es razón suficiente para que la ropa de la familia Clyde sea apropiada para el bautizo. No, no es eso. No es que sea apropiada para el bautizo. Más bien será el traje obligatorio para el bautizo. Todo esto es ridículo, lo sé, créeme, pero es de esos rollos familiares que acaba saliéndose de madre si no se sabe manejar correctamente. -Lo miró y le ofreció una sonrisa extravagante-. Es totalmente estúpido, ¿verdad? No puede compararse con lo que te enfrentas tú. ¿A qué hora llegaste anoche a casa? ¿Viste que te dejé la cena en la nevera?

– He pensado comérmela para desayunar, en realidad.

– ¿Pollo al ajillo para llevar?

– Bueno, quizá no.

– Entonces, ¿te gustaría aportar alguna sugerencia respecto a la ropa del bautizo? Y no sugieras que no bauticemos al niño, porque no quiero ser responsable de que a mi padre le dé un ataque.

Lynley pensó en la situación. Por un lado, la ropa de bautizo de su familia había guiado a la cristiandad a cinco generaciones de bebés Lynley, si no a seis, así que era una tradición usarlas.

Por otro lado, a decir verdad, empezaba a notarse que cinco o seis generaciones de bebés Lynley habían llevado esa ropa. Y aún por otro lado -imaginando que esta cuestión pudiera tener tres lados-, todos los niños de las cinco hermanas Clyde habían llevado la ropa más reciente de la familia Clyde y, por lo tanto, se estaba iniciando una tradición que sería bonito mantener. Así que… ¿Qué debían hacer?

Helen tenía razón. Era justo la clase de situación idiota que sacaba de quicio a todo el mundo. Hacía falta encontrar una solución diplomática.

– Podemos decir que Correos perdió los dos paquetes -propuso Lynley.

– No tenía ni idea de que fueras un cobarde moral. Tu hermana ya sabe que el suyo ha llegado y, de todos modos, yo miento fatal.

– Pues te dejo que idees una solución salomónica.

– Sería una buena posibilidad, ya que lo mencionas -observó Helen-. Cogemos las tijeras y cortamos con cuidado cada traje por la mitad. Luego aguja e hilo, y todo el mundo contento.

– E inauguramos otra tradición por si fuera poco.

Contemplaron los dos trajes de bautizo y luego se miraron. Helen tenía una mirada maliciosa. Lynley se rió.

– No nos atreveremos -dijo-. Encontrarás una solución, como sólo tú puedes hacerlo.

– ¿Dos bautizos, entonces?

– Vas por buen camino.

– ¿Y tú adonde vas? Te has levantado temprano. Nuestro Jasper Félix me ha despertado con sus ejercicios gimnásticos ahí dentro. ¿Tú qué excusa tienes?

– Me gustaría frenar a Hillier si puedo. El departamento de prensa va a convocar una reunión con los medios de comunicación, y Hillier quiere que Winston esté presente, justo a su lado. No podré convencerle de que no lo haga, pero al menos espero conseguir que sea discreto.

Mantuvo esa esperanza durante todo el trayecto hasta New Scotland Yard. Sin embargo, una vez allí, pronto vio que fuerzas superiores incluso al subinspector Hillier habían entrado en juego; Stephenson Deacon, jefe del departamento de prensa y hombre decidido a justificar su trabajo actual y posiblemente toda su carrera, había hecho grandes planes. Y lo hacía orquestando la primera reunión del subinspector con la prensa, que al parecer no sólo contaba con la presencia de Winston Nkata al lado de Hillier, sino también con una tarima delante de una lona con la bandera del Reino Unido cerca, drapeada ingeniosamente, así como informes detallados para la prensa con una cantidad mareante de desinformación. Al fondo de la sala de conferencias, alguien también había dispuesto una mesa que tenía toda la pinta de estar destinada a un refrigerio.

Lynley examinó todo esto con tristeza. Cualquier esperanza que albergara de convencer a Hillier para que enfocara el caso de un modo más sutil se había perdido del todo. Ahora, la Dirección de Asuntos Públicos estaba metida, y esa división de la policía metropolitana informaba no al subinspector Hillier sino a su superior, el ayudante del inspector jefe. Los subordinados -Lynley entre ellos- pasaban a ser una pieza más del vasto engranaje de las relaciones públicas. Lynley se dio cuenta de que lo mejor que podía hacer era proteger tanto como pudiera a Nkata de la atención de los medios.

El nuevo sargento ya estaba allí. Le habían dicho dónde sentarse cuando la rueda de prensa comenzara y qué decir si le hacían alguna pregunta. Lynley lo encontró echando humo en el pasillo. El acento caribeño, herencia de su madre antillana, siempre aparecía en momentos de estrés. La c se convertía en una s. «Socio» -pronunciado sosio- era la interjección elegida.

– No me metí en esto para ser un monito de feria -dijo Nkata-. Mi trabajo no consiste en que mi madre encienda la tele y vea mi careto en la pantalla. Ese cree que soy tonto, eso es lo que cree. Estoy aquí para decirle que no lo soy.

– Esto no lo decide Hillier -dijo Lynley, saludando con la cabeza a uno de los técnicos de sonido que entraba en la sala de conferencias-. Mantén la calma y aguántalo por el momento, Winnie. Será ventajoso para ti a largo plazo, dependiendo de lo que quieras hacer con tu carrera.

– Pero ya sabe por qué estoy aquí. Ya lo sabe, maldita sea.

– Atribúyeselo a Deacon -dijo Lynley-. El departamento de prensa es lo bastante cínico como para pensar que la gente llegará al instante a una conclusión predeterminada cuando te vea en la tarima codo con codo con un subinspector de la Met. En estos momentos, Deacon es lo bastante arrogante como para pensar que tu aparición acallará las especulaciones de la prensa. Pero nada de esto es un reflejo de ti, ni personal ni profesionalmente. Debes recordarlo para superar esto.

– ¿Sí? Pues no me lo creo, socio. Y si hay especulaciones en la calle, será por algo. ¿Cuántos muertos más harán falta? Que un negro mate a otro negro sigue siendo eso: delincuencia. Casi nadie quiere investigarlo. Y si al final resulta que es un blanco que mata a negros y no se le ha prestado la atención debida, ponerme a mí de mano derecha de Hillier cuando nosotros dos sabemos que no me habría ascendido si las circunstancias fueran distintas… -Nkata hizo una pausa para tomar aire mientras parecía buscar el discurso preciso para expresar sus observaciones.

– El asesinato como política -dijo Lynley-. Sí. Así es. ¿Es repugnante? Sin duda. ¿Es cínico? Sí. ¿Desagradable? Sí. ¿Maquiavélico? Sí. Pero al fin y al cabo, no quiere decir que tú no tengas que ser, o seas, un buen policía.

Entonces, Hillier salió de la sala. Parecía satisfecho con lo que fuera que Stephenson Deacon había preparado para la reunión informativa con la prensa.

– Compraremos como mínimo cuarenta y ocho horas en cuanto nos hayamos reunido con ellos -le dijo a Lynley y a Nkata-. Winston, recuerda tu parte.

Lynley esperó a ver cómo reaccionaba Winston. Dicho sea en su honor, sólo asintió con la cabeza de modo neutral. Pero cuando Hillier se marchó en dirección a los ascensores, le dijo a Lynley:

– Estamos hablando de críos. Críos muertos, socio. -Winston -dijo Lynley-, ya lo sé.

– ¿Qué está haciendo Hillier, entonces?

– Creo que está posicionando a los periódicos para que se den un batacazo.

Nkata miró hacia la dirección que había tomado Hillier.

– ¿Cómo va a conseguirlo?

– Esperando el tiempo suficiente a que expongan su parcialidad antes de hablar con ellos. Sabe que los periódicos se enterarán de que las víctimas anteriores eran negras y mestizas y que, cuando lo hagan, comenzarán a pedir nuestras cabezas. ¿Qué hacíamos? ¿Nos echamos a la bartola? Etcétera, etcétera. En ese punto, contraatacará preguntándose hipócritamente por qué ellos han tardado tanto en publicar lo que la poli sabía, y contó a la prensa desde el principio. Esta última muerte es portada de todos los periódicos. Es casi la primera noticia del telediario de la noche. Pero ¿y las demás?, preguntará. ¿Por qué no se las consideró historias de primera plana?

– Entonces, Hillier va a tomar la ofensiva -dijo Nkata.

– Por eso es bueno en lo suyo, la mayoría de las veces.

Nkata parecía indignado.

– Si los cuatro chicos asesinados en distintas zonas de la ciudad hubieran sido blancos, la colaboración entre las comisarías habría sido estrechísima desde el primer momento, joder.

– Seguramente.

– Entonces…

– No podemos corregir sus errores, Winston. Podemos despreciarlos e intentar cambiarlos para el futuro. Pero no podemos volver atrás y hacer que las cosas sean distintas.

– Podemos evitar que corran un tupido velo sobre el asunto.

– Podríamos defender esa causa. Sí. Estoy de acuerdo. -Y cuando Nkata comenzó a decir más, Lynley siguió hablando-: Pero mientras lo hacemos, un asesino seguirá matando. Así que, ¿qué ganamos? ¿Hemos resucitado a los muertos? ¿Llevado a alguien ante la justicia? Créeme, Winston, los periodistas se recuperarán pronto de las acusaciones de Hillier sobre que ellos han hecho peor las cosas y cuando eso pase, se le echarán encima como fieras. Mientras tanto, tenemos que ocuparnos como es debido de cuatro asesinatos y no seremos capaces de hacerlo si no contamos con la colaboración de esas mismas brigadas policiales a las que quieres acusar públicamente de racistas y corruptos. ¿Tiene sentido para ti?

Nkata pensó en ello.

– Quiero tener un papel de verdad en este caso -dijo al fin-. No pienso ser el chico de Hillier para las ruedas de prensa, socio.

– Lo entiendo y estoy de acuerdo -dijo Lynley-. Ahora eres sargento. Nadie va a olvidarlo. Pongámonos a trabajar.

A poca distancia del despacho de Lynley se había instalado el centro de coordinación, donde agentes de policía de uniforme estaban ya sentados a los ordenadores, registrando la información que entraba a petición de Lynley procedente de las jurisdicciones policiales donde se habían hallado los primeros cuerpos. Había tableros con fotografías de las escenas de los crímenes junto a un gran esquema con los nombres de los miembros del equipo y los números de identificación de las tareas que tenían asignadas. Los técnicos habían instalado tres vídeos para que alguien pudiera visionar todas las cintas relevantes de las cámaras de circuito cerrado -donde las hubiera y si las había- de todas las zonas donde aparecieron los cuerpos, por lo que el suelo estaba lleno de cables. Los teléfonos ya sonaban. Al mando, en aquel momento, estaba el antiguo compañero de Lynley, el detective John Stewart, y dos agentes. Aquél ya estaba sentado a una mesa organizando todo compulsivamente.

Cuando Lynley y Nkata entraron, Barbara Havers subrayaba hojas de datos con un rotulador amarillo. Junto al codo tenía un paquete abierto de pastelitos de mermelada de fresa Mr. Kipling y una taza de café, que se acabó con una mueca y las palabras «Mierda, está frío», tras lo cual miró con ansia un paquete de Players medio enterrado debajo de un fajo de listados.

– Ni se te ocurra -le dijo Lynley-. ¿Qué tienes de la Unidad de Protección Infantil?

Barbara dejó el rotulador y ejercitó los músculos de los hombros.

– No querrá que la prensa tenga acceso a este dato.

– Buen comienzo -comentó Lynley-. A por él, entonces.

– Repasando los últimos tres meses, el índice juvenil y Desaparecidos juntos registraron mil quinientos setenta y cuatro nombres.

– Mierda.

Lynley cogió las hojas de datos y las fue pasando con impaciencia. Al otro lado de la sala, el detective Stewart colgó el teléfono y acabó de tomar nota.

– Si quiere saber mi opinión -dijo Havers-, parece que las cosas no han cambiado mucho desde la última vez que la Unidad de Protección Infantil se enfrentó a la prensa por no tener actualizados sus sistemas. Cabría pensar que no querrían volver a quedar en ridículo.

– Pues sí -asintió Lynley.

Por norma, los nombres de los niños cuya desaparición se denunciaba se introducían en el sistema de inmediato. Pero, a menudo, cuando se encontraba al niño, su nombre no se borraba del sistema. Ni tampoco era eliminado necesariamente cuando el niño, que en un principio se creía desaparecido, acababa en un centro de menores o al cuidado de los servicios sociales. Era un caso de falta de coordinación, y ese tipo de ineficacia por parte de Desaparecidos había provocado que se atascara más de una investigación.

– Sé lo que significa esa cara -le dijo Havers a Lynley, pero es imposible que pueda hacerlo sola. ¿Más de mil quinientos nombres? Cuando los haya revisado todos, este tipo ya… -Señaló con la cabeza las fotografías colgadas en el tablero-. Ya se habrá cargado a otros siete.

– Tendrás ayuda -dijo Lynley-. ¿John? Que más agentes se pongan con esto -le dijo a Stewart-. Asigna la mitad de los teléfonos a comprobar si estos chicos han aparecido desde que desaparecieron, y que la otra mitad de los agentes mire si alguno de los cadáveres se corresponde con las descripciones del papeleo, cualquier dato remotamente posible que pueda permitirnos relacionar un nombre con un cuerpo. ¿Qué dice Antivicio del cadáver más reciente? ¿Ha dicho algo la comisaría de Theobald's Road sobre el chico de Saint George's Gardens? ¿Y la de King's Cross? ¿Y la de Tolpuddle Street?

El detective Stewart cogió una libreta.

– Según Antivicio, la descripción no coincide con ningún chico que se haya dedicado a la prostitución últimamente. Entre los habituales, no ha desaparecido nadie. De momento.

– Consulta también con las brigadas de antivicio de las comisarías donde se hallaron los otros cuerpos -le dijo Lynley a Havers-. A ver si encuentras una correspondencia con alguien cuya desaparición se denunciara allí. -Fue hacia el tablero, donde miró las fotos de la víctima más reciente. John Stewart se unió a él. Como siempre, el detective era una combinación de energía nerviosa y obsesión por los detalles. La libreta que llevaba estaba abierta por un esquema que había hecho utilizando varios colores cuyo significado sólo conocía él.

– ¿Qué nos han dicho los del otro lado del río? -le preguntó Lynley.

– Aún nada -dijo Stewart-. He consultado con Dee Harriman no hará ni diez minutos.

– Tienen que analizarnos el maquillaje que llevaba el chico, John. A ver si podemos averiguar el fabricante. Podría ser que nuestra víctima no se maquillara él mismo. Si así fuera y si el maquillaje no es de los que puede comprarse en todos los Boots de la ciudad, el punto de venta podría llevarnos en la dirección correcta. Mientras tanto, comprueba las salidas recientes de la cárcel y de los hospitales mentales. También de todos los centros de menores que haya en ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Ten presente que esto funciona en las dos direcciones.

– ¿En las dos direcciones? -Stewart levantó la vista de su escritura frenética.

– Nuestro asesino podría haber salido de uno. Pero también nuestras víctimas. Y hasta que tengamos identificados a los cuatro chicos, no sabremos exactamente a qué nos enfrentamos, excepto lo que ya es obvio.

– A un cabrón enfermo.

– Hay suficientes pruebas en el último cuerpo como para dar fe de ello -asintió Lynley. Su mirada se posó sobre esas pruebas justo al pronunciar aquellas palabras, como si se hubiera sentido atraído hacia ellas sin quererlo: la larga incisión post mórtem en el torso, el símbolo dibujado con sangre en la frente, el ombligo arrancado y lo que no vieron ni fotografiaron hasta que movieron el cuerpo por primera vez: las palmas de las manos quemadas tan a conciencia que la carne estaba negra.

Desvió la mirada hacia la lista de tareas que ya había asignado la larga noche anterior al crear el equipo: había hombres y mujeres llamando a las puertas de las inmediaciones de los lugares donde se habían hallado cada uno de los tres primeros cuerpos; también había agentes estudiando detenciones previas para ver si se había registrado algún delito menor que llevara el sello de una conducta agresiva que pudiera desembocar en asesinatos como los que ahora tenían entre manos. Todo eso estaba bien, pero también había que investigar el taparrabos que vestía el último cuerpo, ocuparse de la bicicleta y las piezas de plata que se habían dejado en la escena, triangular y analizar todas las escenas de los crímenes, comprobar a todos los delincuentes sexuales y sus coartadas y examinar el resto del país para ver si había asesinatos similares sin resolver. Sabían que ellos tenían cuatro, pero existía la posibilidad de que tuvieran catorce. O cuarenta.

En aquellos momentos, había dieciocho detectives y seis agentes trabajando en el caso, pero Lynley sabía sin género de dudas que iban a necesitar más. Sólo había un modo de conseguirlos.

A sir David Hillier, pensó Lynley con sarcasmo, la idea iba a encantarle y molestarle por igual. Estaría contentísimo de poder anunciar a la prensa que treinta agentes más trabajaban en el caso. Pero le fastidiaría muchísimo tener que autorizar las horas extras para todos ellos.

Sin embargo, aquélla era la suerte de Hillier en la vida. Así eran las desventajas de la «ambicicletaón».

La tarde siguiente, Lynley ya había recibido del S07 las autopsias completas de las tres primeras víctimas y la información preliminar post mórtem del asesinato más reciente. Sumó los datos a un grupo más de fotografías de las cuatro escenas del crimen.

Guardó el material en el maletín, se dirigió al coche y se marchó de Victoria Station envuelto en una neblina poco densa que venía del Támesis. El tráfico se detenía y avanzaba, pero cuando por fin llegó a Millbank, contempló el río… o lo que podía ver de él, que prácticamente sólo era el muro construido a lo largo de la acera y las viejas farolas de hierro que iluminaban la penumbra.

Giró a la derecha cuando llegó a Cheyne Walk, donde encontró un sitio para aparcar que dejó libre alguien que se iba del King's Head and Eight Bells al final de Cheyne Row. De ahí a la casa que había en la esquina de esa calle con Lordship Place había poco. Al cabo de cinco minutos tocaba el timbre.

Esperó el ladrido de un teckel de pelo largo muy protector, pero no lo oyó. Le abrió la puerta una mujer alta y pelirroja con unas tijeras en una mano y un ovillo de cinta amarilla en la otra. Se le iluminó el rostro cuando lo vio.

– ¡Tommy! -dijo Deborah St. James-. Llegas en el momento perfecto. Necesitaba ayuda y aquí estás.

Lynley entró en la casa, se quitó el abrigo y dejó el maletín junto al paragüero.

– ¿Qué clase de ayuda? ¿Dónde está Simón?

– Ya me está haciendo otra cosa. Y a los maridos no se les puede pedir mucha ayuda si no quieres que se larguen con la fulana de turno del pub.

Lynley sonrió.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Acompáñame.

Lo llevó al comedor, donde estaba encendida una vieja araña de bronce que colgaba sobre una mesa llena de materiales para envolver regalos.

Una gran caja estaba ya alegremente empaquetada, y parecía que Lynley había sorprendido a Deborah diseñando un complicado lazo para rematarla.

– Esto no es mi fuerte -dijo Lynley.

– Tranquilo, ya está todo planeado -le informó Deborah-. Sólo tendrás que pasarme el celo y presionar donde te indique. No puedes hacerlo mal. He empezado con el amarillo, pero quiero añadir verde y blanco.

– Son los colores que Helen ha escogido… -Lynley se detuvo-. ¿Es para ella? ¿Para nosotros, por casualidad?

– Qué vulgar eres, Tommy -dijo Deborah-. No pensaba que fueras de los que intentan sonsacar información sobre un regalo. Toma, coge el lazo. Voy a necesitar tres tiras de un metro cada una. ¿Qué tal el trabajo, por cierto? ¿Por eso has venido? Imagino que querías ver a Simón.

– Con Peach me bastará. ¿Dónde está?

– Paseando -dijo Deborah-. No le apetecía por el tiempo. La ha sacado papá, pero imagino que estarán peleando por ver quién pasea a quién. ¿No los has visto?

– Ni rastro.

– Entonces, será que Peach ha ganado. Imagino que estarán en el pub.

Lynley miró cómo Deborah enrollaba las tiras de cinta las unas con las otras. Estaba concentrada en su diseño, lo que le dio la oportunidad de concentrarse en ella, su ex amante, la mujer que debía haber sido su esposa. Se había encontrado cara a cara con un asesino hacía poco y aún no tenía curados del todo los puntos que le cosían la cara. Una cicatriz le recorría la mandíbula y, típico de Deborah (que siempre había sido una mujer carente de vanidad), no hacía nada por ocultarla.

Deborah levantó la cabeza y lo pilló observándola.

– ¿Qué? -dijo.

– Te quiero -le dijo Lynley con franqueza-. No igual que antes. Pero ahí está.

Sus rasgos se suavizaron.

– Yo también te quiero, Tommy. Hemos pasado a otro nivel, ¿verdad? Estamos en un territorio nuevo, pero aun así nos resulta familiar.

– Exactamente.

Entonces oyeron unos pasos en el pasillo, y su naturaleza irregular identificó al marido de Deborah, que apareció en la puerta del comedor con un fajo de grandes fotografías en las manos.

– Tommy, hola. No te he oído llegar -dijo.

– Peach no está -dijeron Deborah y Lynley a la vez y se echaron a reír afablemente.

– Sabía que ese perro servía para algo. -Simón St. James se acercó a la mesa y dejó las fotografías encima-. No ha sido una elección fácil -le dijo a su mujer

St. James se refería a las fotografías que, por lo que Lynley podía ver, tenían todas el mismo tema: un molino de viento en un paisaje formado por un campo, árboles y laderas al fondo y, en primer plano, una cabaña medio en ruinas.

– ¿Puedo…? -preguntó y, cuando Deborah asintió con la cabeza, miró las fotografías con más detenimiento. Vio que la exposición era un poco distinta en cada una, pero lo extraordinario era el modo en que el fotógrafo había logrado captar todas las variaciones de luces y sombras sin perder la definición de ningún tema.

– Me gusta esa en la que realzas la luz de la luna sobre las aspas del molino -le dijo St. James a su mujer.

– A mí también me parece la mejor. Gracias, cariño. Siempre eres mi mejor crítico. -Deborah acabó con el lazo y le pidió ayuda a Lynley con el celo. Cuando acabó, retrocedió unos pasos para admirar su trabajo, tras lo cual cogió un sobre sellado que estaba en un aparador y lo colocó en su sitio en el paquete. Se lo entregó a Lynley y le dijo-: Con todo nuestro cariño más sincero, Tommy.

Lynley sabía el camino que había recorrido Deborah para ser capaz de pronunciar esas palabras. Tener un hijo propio era algo que le había sido negado. No sería tarea fácil para ella celebrar la futura alegría de otra persona.

– Gracias. -Vio que la voz le salía más ronca de lo normal-. A los dos.

Hubo un momento de silencio entre ellos, que St. James rompió:

– Creo que esto merece una copa -dijo alegremente.

Deborah dijo que iría con ellos en cuanto hubiera arreglado el desorden del comedor. St. James condujo a Lynley a su estudio, que estaba al final del pasillo y daba a la calle. Lynley cogió el maletín de la entrada y en su lugar dejó el paquete envuelto. Cuando se reunió con su viejo amigo, St. James estaba en el mueble-bar que había debajo de la ventana, con una licorera en la mano.

– ¿Jerez? -le preguntó-. ¿O whisky?

– ¿Ya te has acabado el Lagavulin?

– Es demasiado difícil de conseguir. Me estoy controlando.

– Te echaré una mano.

St. James sirvió dos whiskys y añadió un jerez para Deborah, que dejó en el mueble-bar. Se acercó a Lynley, que estaba junto a la chimenea, y se acomodó en uno de los dos viejos sillones de piel que había a un lado del fuego, un movimiento difícil para él, debido al aparato ortopédico que llevaba hacía años en la pierna izquierda.

– He comprado el Evening Standard esta tarde. Parece un asunto desagradable, Tommy, si he leído bien entre líneas -le dijo.

– Así que sabes por qué he venido.

– ¿Quién trabaja contigo en el caso?

– Los sospechosos habituales. Ando tras una autorización para añadir gente al equipo. Hillier me la dará, a regañadientes, pero ¿qué otra opción le queda? Necesitaríamos cincuenta agentes, pero con suerte acabaremos teniendo treinta. ¿Nos ayudarás?

– ¿Esperas que Hillier autorice mi participación?

– Me da la sensación de que te recibirá con los brazos abiertos. Necesitamos tu pericia, Simón, y el departamento de prensa estará encantado con que Hillier anuncie a los medios la participación de un científico forense independiente. Simón Allcourt St. James, ex miembro de la policía metropolitana, ahora perito, profesor universitario, conferenciante, etcétera. Justo el tipo de cosa que sirve para recuperar la confianza de la gente. Pero no te sientas presionado.

– ¿Qué haría? Mis días de investigar escenas del crimen quedan lejos. Y Dios quiera que no tengáis más.

– Serías nuestro asesor. No voy a mentirte: afectará a todos tus otros trabajos. Pero intentaría consultarte lo mínimo.

– Déjame ver lo que tienes, entonces. ¿Has traído copias de todo?

Lynley abrió el maletín y le entregó lo que había conseguido antes de irse de Scotland Yard. St. James dejó los papeles a un lado y examinó las fotografías. Silbó silenciosamente:

– ¿No pensaron en un asesino en serie de inmediato? -le preguntó a Lynley cuando por fin levantó la cabeza.

– Veo que entiendes el problema.

– Pero todos tienen las marcas de un ritual. Sólo las manos quemadas…

– Sólo en las últimas tres víctimas.

– Aun así, con las similitudes que hay en la colocación de los cuerpos es como ir pregonando que se trata de asesinatos en serie.

– Respecto al último… – ¿el cuerpo de Saint George's Gardens?-, la jefa de la comisaría local lo catalogó de asesinato en serie al instante.

– ¿Y los demás?

– Cada cuerpo apareció en una jurisdicción distinta. En todos los casos, parece que la policía siguió los trámites de una investigación, pero también parece que no tuvieron ningún problema en calificarlas de muertes aisladas. Asesinatos relacionados con guerras entre bandas por la raza de las víctimas y por el estado de los cadáveres, marcados de algún modo con la firma de una banda, como advertencia para las otras.

– Eso son chorradas.

– No los excuso.

– Qué pesadilla para las relaciones públicas de la Met.

– Sí. ¿Nos ayudarás?

– ¿Puedes acercarme la lupa de la mesa? Está en el cajón de arriba.

Lynley lo hizo. Dentro de una bolsa de gamuza había una lupa, se la llevó a su amigo y lo observó mientras estudiaba las fotografías de los cadáveres con más detenimiento. Dedicó la mayor parte del tiempo al crimen más reciente y examinó largamente el rostro de la víctima antes de hablar. Incluso entonces, pareció que hablaba más consigo mismo que con Lynley.

– La incisión en el abdomen que presenta el último cuerpo es post mórtem, obviamente -dijo-. Pero ¿las quemaduras de las manos…?

– Se las hizo antes de que muriera -Lynley asintió.

– Es muy interesante, ¿verdad? -St. James alzó la vista un momento, pensativo, la mirada perdida en la ventana, antes de examinar la víctima número cuatro otra vez-. No es un experto manejando el cuchillo. No vaciló sobre dónde cortar, pero le sorprendió descubrir que no era fácil.

– Entonces no se trata de un estudiante de medicina ni de un médico.

– No lo creo.

– ¿Qué clase de instrumento usó?

– Le bastó con un cuchillo muy afilado. Un cuchillo de cocina, quizá. Eso y una fuerza considerable, dado todos los músculos abdominales afectados. Y crear esta abertura… No pudo ser fácil. Es bastante fuerte.

– Ha arrancado el ombligo, Simón. En el último cuerpo.

– Qué horror -admitió St. James-. Se diría que ha realizado la incisión sólo para obtener la sangre suficiente para hacerle la marca en la frente, pero arrancar el ombligo descarta esta teoría, ¿no crees? ¿Qué piensas de la marca de la frente, por cierto?

– Obviamente, es un símbolo.

– ¿La firma del asesino?

– Diría que sí, en parte. Pero es más que eso. Si todo el crimen forma parte de un ritual…

– Y es lo que parece, ¿verdad?

– Yo diría entonces que se trata de la parte final de la ceremonia. Un punto final antes de que muera la víctima.

– Entonces, está diciendo algo.

– Sin duda.

– Pero ¿a quién? ¿A la policía que no ha captado que un asesino en serie anda suelto? ¿A la víctima a la que acaba de someter a un juicio real a sangre y fuego? ¿A otra persona?

– Ésa es la cuestión, ¿no?

St. James asintió con la cabeza. Dejó las fotografías a un lado y cogió el whisky.

– Pues empezaré por ahí -dijo.

Capítulo 3

Cuando apagó el motor del coche aquella noche, Bárbara Havers se quedó dentro del Mini, escuchando desconsolada una vez más el motor renqueante. Apoyó la cabeza en el volante. Estaba hecha polvo. Era curioso pensar que pasar horas y horas frente al ordenador y hablando por teléfono fuera más agotador que patearse todo Londres en busca de testigos, sospechosos, informes y datos, pero así era. Había algo en tener que mirar fijamente una pantalla de ordenador, leer y subrayar listados y repetir el mismo monólogo telefónico a unos padres desesperados tras otros que hacía que echara de menos unas judías con tostadas -una lata de Heinz, lo último en comida para sentirse bien- y tumbarse después en el sofá con el mando a distancia en la mano. En pocas palabras, no había tenido ni un momento fácil en los dos primeros e interminables días de la investigación.

Primero estaba el tema de Winston Nkata. El sargento Winston Nkata. Una cosa era saber por qué Hillier había ascendido a su compañero justo en aquel momento, y otra distinta era darse cuenta de que, víctima o no de una maquinación política, Winston realmente se merecía el rango, y lo peor de todo era tener que trabajar con él a pesar de saberlo, y ver que él se sentía igual de incómodo que ella con la situación.

Si Winston fuera petulante, Bárbara sabría cómo llevarlo. Si fuera arrogante, se lo pasaría en grande cachondeándose de él. Si fuera ostensiblemente modesto, podría enfrentarse a ello de un modo satisfactoriamente mordaz. Pero Winston no se comportaba así; tan sólo era una versión más tranquila del Winston de siempre, una versión que ratificaba lo que Lynley había indicado: que Winnie no era estúpido; que sabía perfectamente qué intentaban Hillier y la DAP.

Así que al final, Barbara sintió lástima por su compañero y esa lástima le había inspirado a llevarle una taza de té cuando fue a buscarse una para ella.

– Felicidades por el ascenso, Winnie -le dijo mientras dejaba la taza a su lado.

Igual que los agentes asignados por el detective Stewart, Barbara había pasado dos días y dos tardes enfrentándose al abrumador número de informes de personas desaparecidas que había conseguido de la Unidad de Protección Infantil. Al final, Nkata había colaborado en la tarea. Habían logrado tachar de la lista un buen número de nombres en aquel tiempo: chicos que habían regresado a sus casas o se habían puesto en contacto con sus familias de algún modo para hacerles saber dónde se encontraban. Unos pocos -los esperados- estaban en la cárcel. A otros los habían localizado en centros de acogida. Pero había cientos y cientos que no habían aparecido, por lo que los detectives comenzaron a comparar las descripciones de los adolescentes desaparecidos con las descripciones de los cadáveres por identificar. Una parte del trabajo podía hacerse por ordenador. Otra había que hacerla a mano.

Tenían las fotografías y los informes de las autopsias de las tres primeras víctimas, y tanto los padres como los tutores de los chicos desaparecidos se mostraron, casi todos, muy dispuestos a colaborar. Al final, incluso lograron establecer una posible identidad, pero las probabilidades de que el chico desaparecido en cuestión fuera realmente uno de los cuerpos que tenían eran remotas.

Trece años, mitad negro, mitad filipino, cabeza rapada, nariz aplastada chata y caballete roto… Se llamaba Jared Salvatore y llevaba desaparecido dos meses. La denuncia la había puesto su hermano mayor -así constaba en los papeles-, quien había llamado a la poli desde la cárcel de Pentonville donde estaba encerrado por atraco a mano armada. En el informe no constaba cómo el hermano mayor había llegado a saber que el joven Jared había desaparecido.

Pero eso era todo. Por lo tanto, esclarecer las identidades de cada cuerpo a partir de la enorme cantidad de chicos desaparecidos que tenían iba a ser como buscar una aguja en un pajar, si no encontraban algo que relacionara entre sí a las víctimas de los asesinatos. Y teniendo en cuenta lo extenso que era el territorio donde se habían hallado los cuerpos, parecía poco probable que pudiera establecerse una conexión.

– Me largo, Winnie. ¿Tú te quedas, o qué? -le preguntó Barbara a Nkata cuando ya no pudo más (o al menos por ese día).

Nkata echó hacia atrás la silla y se frotó el cuello. -Me quedaré un rato más -contestó. Barbara asintió, pero no se marchó de inmediato. Le pareció que los dos tenían la necesidad de decir algo, aunque no estaba segura de qué. Nkata fue quien dio el paso.

– ¿Qué hacemos con todo esto, Barb? -Dejó el bolígrafo sobre un bloc de notas-. El tema es: ¿cómo nos comportamos? No podemos obviar la situación.

Barbara se sentó. Sobre la mesa, había un sujeta-clips magnético. Lo cogió y se puso a jugar con él.

– Creo que debemos hacer lo que hay que hacer. Imagino que el resto se solucionará solo. Winston asintió pensativamente.

– No me siento cómodo con todo esto. Sé por qué estoy aquí. Quiero que lo entiendas.

– Lo entiendo -dijo Barbara-. Pero no seas tan duro contigo mismo. Mereces…

– Hillier no sabe una mierda sobre lo que merezco -la interrumpió Nkata-. Por no mencionar a la DAR Ni antes, ni ahora, ni más adelante.

Barbara se quedó callada. No podía cuestionar algo que los dos sabían que era verdad.

– ¿Sabes, Winnie? -Dijo al final-. Los dos estamos más o menos en la misma posición.

– ¿Qué quieres decir? ¿Mujer policía y policía negro?

– No es eso. Se trata más bien de un tema de visión. En realidad, Hillier no nos ve a ninguno de los dos. Y puede aplicarse a todos los miembros de este equipo. No nos ve a ninguno, sólo ve cómo podemos ayudarlo o perjudicarlo. Nkata pensó en ello.

– Supongo que tienes razón.

– Así que nada de lo que diga o haga Hillier importa porque, al fin y al cabo, tenemos el mismo trabajo. La pregunta es: ¿estamos preparados para eso? Porque significa olvidarse de lo mucho que lo despreciamos y seguir con lo que mejor se nos da.

– Voto por eso -dijo Nkata-. Pero, Barbara, aun así mereces…

– Eh -le interrumpió-. Tú también.

Ahora bostezó abriendo mucho la boca y apoyó la espalda en la puerta recalcitrante del Mini. Había encontrado sitio para aparcar en Steeles Road, en la esquina con Eton Villas. Volvió caminado lentamente a la casa amarilla, encorvada para protegerse del viento frío que se había levantado a última hora de la tarde y siguió el sendero hasta su casa.

Dentro, encendió las luces, tiró el bolso de bandolera sobre la mesa y cogió la deseada lata de Heinz del armario. Sin miramientos vertió el contenido en una sartén. En otras circunstancias, hasta se habría comido las judías frías. Pero decidió que esa noche merecía un tratamiento completo. Metió el pan en la tostadora y sacó una Stella Artois de la nevera. Esa noche no le tocaba beber, pero había tenido un día complicado.

Mientras la comida se preparaba sola, fue a por el mando a distancia, que, como siempre, no encontró. Estaba buscando por entre las sábanas arrugadas del sofá-cama cuando alguien llamó a la puerta. Volvió la cabeza y vio por entre las persianas abiertas de la ventana dos formas imprecisas en el escalón de la entrada: una bastante pequeña, la otra más alta, las dos delgadas. Hadiyyah y su padre venían a visitarla.

Barbara abandonó la búsqueda del mando y abrió la puerta a sus vecinos.

– Justo a tiempo para un Especial Barbara -dijo-. Tengo dos tostadas, pero si os comportáis podemos dividirlas en tres trozos. -Abrió más la puerta para dejarles pasar, y volvió la cabeza para comprobar que había echado las bragas en el cesto de la ropa sucia en algún momento de las últimas cuarenta y ocho horas.

Como de costumbre, Taymullah Azhar sonrió cortésmente, pero con seriedad.

– No podemos quedarnos, Barbara. Será sólo un momento, si no te importa.

Sonó tan sombrío que Barbara miró con cautela al hombre y después a su hija. Hadiyyah tenía la cabeza gacha y las manos juntas detrás de la espalda. Algunos mechones de pelo se habían escapado de sus trenzas y le rozaban las mejillas, que estaban coloradas. Parecía que había llorado.

– ¿Qué pasa? ¿Algo va…? -Barbara sintió que se apoderaba de ella un terror procedente de una docena de fuentes distintas, ninguna de las cuales le importaba demasiado mencionar-. ¿Qué pasa, Azhar?

– ¿Hadiyyah? -dijo Azhar. Su hija lo miró implorante. El rostro del hombre permaneció implacable-. Hemos venido por una razón. Ya sabes cuál.

Haddiyah tragó saliva tan fuerte que Barbara la oyó. Se soltó las manos de la espalda y las extendió hacia ella. Tenía el CD de Bully Holly.

– Papá dice que tengo que devolvértelo, Barbara.

Ella lo cogió y miró a Azhar.

– Pero… Lo siento, pero ¿no está permitido o algo así? -Eso parecía improbable. Conocía un poco sus costumbres, y hacer regalos era una de ellas.

– ¿Y? -le dijo Azhar a su hija sin responder a la pregunta de Barbara-. Hay más, ¿verdad?

Hadiyyah bajó la cabeza de nuevo. Barbara vio que le temblaban los labios.

– Hadiyyah -dijo su padre-, no quiero pedirte…

– Mentí -soltó la niña-. Mentí a mi padre y lo ha descubierto y tengo que devolverte esto en consi… en con… en consecuencia. -Levantó la cabeza. Se había echado a llorar-. Pero gracias, porque me ha encantado. Sobre todo, me ha gustado Peggy Sue. -Entonces, giró sobre sus talones y se fue corriendo, hacia la parte delantera de la casa. Barbara la oyó sollozar. Miró a su vecino.

– Escucha, Azhar -dijo-. Es todo culpa mía. No tenía ni idea de que Hadiyyah no podía ir a Camden High Street. Y ella no sabía adonde íbamos cuando nos marchamos. Fue una especie de broma. Estaba escuchando un grupo de pop y yo me metí con ella y cuando ella se puso a decir lo bueno que era yo decidí enseñarle qué es el rock and roll de verdad y la llevé al Virgin pero no sabía que lo tenía prohibido y ella no sabía adonde íbamos. -Barbara se quedó sin respiración. Se sentía como una adolescente a la que han pillado volviendo a casa después del toque de queda. No le gustó mucho. Se tranquilizó y dijo-: Si hubiera sabido que le tenías prohibido ir a Camden High Street, jamás la habría llevado. Lo siento en el alma, Azhar. No me lo dijo enseguida.

– Y por ese motivo estoy enfadado con Hadiyyah -dijo Azhar-. Tendría que habértelo dicho.

– Pero ya te he contado que no sabía adonde íbamos hasta que llegamos.

– Y cuando llegasteis, ¿llevaba una venda en los ojos?

– Claro que no. Pero ya era demasiado tarde. No le di la oportunidad de decir nada precisamente.

– Haddiyah no debería necesitar que la invitaran a ser sincera.

– Vale, estoy de acuerdo. Pasó y no volverá a repetirse. Al menos deja que se quede con el CD.

Azhar apartó la mirada. Sus dedos oscuros -tan delgados que parecían de mujer- se movieron debajo de la chaqueta elegante hasta el bolsillo de su prístina camisa blanca. Tocaron algo y sacaron un paquete de cigarrillos. Cogió uno sacudiendo la cajetilla, pareció pensar qué hacer y luego le ofreció el paquete a Barbara. Ella lo consideró una buena señal. Sus dedos se rozaron al coger el cigarrillo, y Azhar encendió una cerilla que compartió con ella.

– Quiere que dejes de fumar -le dijo Barbara.

– Ella quiere muchas cosas. Como todos.

– Estás enfadado. Entra. Hablemos de ello.

Se quedó donde estaba.

– Azhar, escucha. Sé qué te preocupa, Camden High Street y todo eso. Pero no puedes protegerla de todo. Es imposible.

El negó con la cabeza.

– No busco protegerla de todo. Sólo quiero hacer lo correcto. Pero me doy cuenta de que no siempre sé qué lo es.

– Ir a Camden High Street no va a corromperla. Y Buddy Holly… -aquí Barbara hizo un ademán con el CD- tampoco va a corromperla.

– No es ni Camden High Street ni Buddy Holly lo que me preocupa -dijo Azhar-. Es la mentira, Barbara.

– De acuerdo. Lo entiendo. Pero sólo fue una mentira por omisión. Simplemente no me lo dijo cuando podría habérmelo dicho. O debería habérmelo dicho. O lo que sea.

– El tema no es ése.

– ¿Cuál es, entonces?

– Me ha mentido, Barbara.

– ¿Sí? ¿Sobre…?

– Y no voy a tolerarlo.

– Pero ¿cuándo? ¿Cuándo te ha mentido?

– Cuando le pregunté por el CD. Me dijo que se lo habías dado tú…

– Azhar, es verdad.

– Pero no incluyó la información sobre de dónde había salido. Eso se le escapó mientras hablaba de los CD en general. Sobre cuántos había para escoger en el Virgin.

– Maldita sea, Azhar, eso no es una mentira, ¿verdad?

– No. Pero negar con rotundidad haber ido al Virgin, sí. Y es algo que no voy a tolerar. Hadiyyah no empezará a hacerme eso. No empezará a mentir. No lo hará. A mí, no. -Su voz estaba tan controlada y tenía las facciones tan rígidas que Barbara se dio cuenta de que estaban hablando de algo más que del primer acto de manipulación por parte de su hija.

– De acuerdo -dijo-. Lo entiendo. Pero parece destrozada. Lo que sea que querías que viera, ya lo ha captado.

– Eso espero. Debe aprender que las decisiones que toma tienen consecuencias y debe aprenderlo desde pequeña.

– Estoy de acuerdo, pero… -Barbara dio una calada al cigarrillo antes de tirarlo al escalón de la entrada y apagarlo con el pie-. Me parece que hacer que admita su equivocación así, en público, ya es suficiente castigo. Creo que deberías dejar que se quedara con el CD.

– Ya he decidido las consecuencias.

– Pero puedes ceder, ¿no?

– Si cedes demasiado, acabas cayendo en tus propias contradicciones -dijo.

– ¿Qué pasa entonces? -le preguntó Barbara. Cuando no respondió, le dijo suavemente-: Que Hadiyyah mienta… En realidad el tema no es ése, ¿verdad, Azhar?

– No consentiré que empiece -contestó él, y retrocedió, dispuesto a marcharse. Añadió educadamente-: Ya te he apartado bastante de tu tostada. -Y regresó a la parte delantera de la finca.

Por mucho que hubiera hablado con Barbara Havers y que ésta le hubiera tranquilizado sobre el tema, Winston Nkata no se sentía cómodo con el rango de sargento. Había pensado que sí se sentiría mejor (eso era lo terrible), pero no, y a lo largo de casi toda su carrera esa comodidad que buscaba en su trabajo no se había materializado.

Cuando comenzó en la policía, eso no le ocurría. Pero al poco tiempo la realidad de ser un poli negro en un mundo dominado por hombres blancos empezó a calar. Al principio lo notó en la cantina, en las miradas que se posaban en él furtivamente y que luego se deslizaban hacia otra persona; luego lo percibió en las conversaciones, en cómo sus compañeros se volvían un poco más prudentes cuando se unía a ellos. Después, fue la forma en que lo saludaban: con un poquito más de cordialidad que la que dispensaban a los polis blancos cuando se sentaba con un grupo a una mesa. Odiaba ese esfuerzo deliberado que hacía la gente para parecer tolerante cuando le tenían cerca. El mero acto de tratarle diligentemente como uno de ellos hacía que sintiera que lo último que sería jamás era uno de ellos.

Al comienzo, se dijo a sí mismo que eso tampoco era lo que quería. Ya era bastante duro que por Loughborough Estate oyera que lo llamaban «mono de mierda». Sería mucho peor si al final acababa formando parte del establishment blanco. Aun así, no soportaba que su propia gente lo considerara un farsante. Si bien tenía presente la advertencia de su madre sobre «que un ignorante te llame burro no te convierte en un burro», le resultaba cada vez más complicado mantenerse en la dirección que quería seguir. En su barrio eso significaba ir y volver al piso de sus padres y a ningún sitio más. Si no, significaba ascender en su carrera.

– Tesoro, cielo -le había dicho su madre cuando la telefoneó para contarle la noticia de su ascenso-. No importa lo más mínimo por qué te han ascendido. Lo que importa es que lo han hecho y ahora el camino está abierto. Recórrelo. Y no mires atrás.

Pero no podía, así que siguió agobiándole que el subinspector Hillier se hubiera fijado en él de repente cuando antes sólo había sido para ese hombre una cara que veía al pasar y a la que no habría podido poner un nombre aunque su vida hubiera dependido de ello.

Sin embargo, había mucho de verdad en lo que su madre le había dicho. Recorrer el camino. Tenía que aprender a hacerlo. Y ese tema del camino se aplicaba a más de un aspecto de su vida. En eso se quedó pensando cuando Barb Havers se marchó.

Miró por última vez las fotografías de los chicos muertos antes de irse también de Scotland Yard. Lo hizo para recordarse que eran jóvenes -muy jóvenes- y que, como consecuencia de su origen racial, tenía obligaciones que iban más allá de simplemente llevar al asesino ante la justicia.

Abajo en el aparcamiento subterráneo, se quedó sentado un momento en su Ford Escort y pensó en esas obligaciones y lo que requerían: acción frente al miedo. Quería darse una bofetada por ser tan estúpido de tan siquiera sentir ese miedo. Tenía veintinueve años, por el amor de Dios. Era policía.

Sólo eso ya debería haber contado para algo, y en otras circunstancias así habría sido. Pero en esta situación ser poli no contaba para nada, porque no había profesión menos indicada para impresionar que ésa. Sin embargo, no podía evitar ser policía. También era un hombre, y hacía falta la presencia de un hombre.

Nkata se marchó por fin respirando hondo. Cruzó el río hacia el sur de Londres. Pero en lugar de dirigirse hacia su casa, rodeó la estructura curva de ladrillo del Oval y cogió Kennington Road en dirección a la estación de Kennington.

El metro mismo marcaba su destino y encontró sitio para aparcar cerca. Compró el Evening Standard en un quiosco de la calle, y aprovechó la actividad para reunir el valor suficiente y recorrer Braganza Street.

Al fondo, en un aparcamiento lleno de baches se alzaba Arnold House, parte de Doddington Grove Estate. Enfrente del edificio, un vivero crecía detrás de una alambrada, y Nkata decidió apoyarse en ella, con el periódico doblado bajo el brazo y la mirada clavada en el pasillo cubierto del tercer piso que llevaba al quinto apartamento por la izquierda.

No costaría tanto esfuerzo cruzar la calle y abrirse camino por el aparcamiento. Una vez allí, estaba bastante seguro de que el ascensor estaría disponible puesto que, la mayoría de las veces, el panel de seguridad que daba acceso al mismo estaba roto. ¿Qué problema había, entonces, en cruzar, abrirse paso, pulsar el botón y caminar hasta el apartamento? Tenía una razón para hacerlo. Alguien asesinaba a chicos en Londres -a chicos mestizos-, y dentro de aquel piso vivía Daniel Edwards, cuyo padre blanco estaba muerto, pero cuya madre negra estaba muy viva. Y es que el problema era ése. Ella era el problema. Yasmin Edwards.

– ¿Ex convicta, tesoro? -Le habría preguntado su madre si alguna vez hubiera tenido el valor de hablarle de Yasmin-. ¿En qué piensas, por el amor de Dios?

Pero eso sí era fácil de contestar. «Pienso en su piel, mamá, y en el aspecto que tiene cuando la luz la ilumina. Pienso en sus piernas, que deberían agarrarse a un hombre que la deseara. Pienso en su boca y en la curva de su trasero y en cómo sus pechos suben y bajan cuando se enfada. Es alta, mamá. Tan alta como yo. Es una buena mujer que cometió un error muy grave, y que pagó como debía.»

Y, en cualquier caso, en realidad Yasmin Edwards no era el tema. Tampoco era el objetivo de su misión. Lo era Daniel, quien a sus casi doce años podía muy bien estar en el punto de mira de un asesino. Porque ¿quién sabía cómo escogía el asesino a sus víctimas? Nadie. Y hasta que lo supieran, ¿cómo podía él, Winston Nkata, desentenderse de dar una advertencia allí donde podrían necesitarla?

Lo único que debía hacer era cruzar la calle, sortear algunos coches estacionados en aquel condenado aparcamiento, contar con que el panel de seguridad estuviera roto, llamar al ascensor y tocar a la puerta. Era plenamente capaz de hacerlo.

Y lo haría. Más tarde, se lo prometió. Pero justo cuando iba a mover el pie para iniciar la primera fase de las que hubiera que superar para llegar a la puerta de Yasmin Edwards, la mujer apareció en la acera.

No venía de la estación de metro como había hecho el propio Nkata, sino de la dirección opuesta, de detrás de los jardines que había al final de Braganza Street, donde, desde su pequeña tienda de Manor Place, ofrecía esperanza en forma de maquillaje, pelucas y cambios de imagen a mujeres negras que sufrían trastornos del cuerpo y del alma.

Al verla, la reacción de Nkata fue retroceder contra la alambrada y sumergirse en las sombras. Se odió en el preciso instante de hacerlo, pero no pudo avanzar hacia ella como debería haber hecho.

Por su parte, Yasmin Edwards caminaba con paso seguro hacia Doddington Grove Estate. No lo vio en las sombras y sólo eso ya era razón suficiente para hablar con ella. ¿Una mujer guapa sola por la calle de noche en aquel barrio? Debes ser cautelosa, Yas. Debes estar alerta. ¿Quieres que alguien te asalte…, te haga daño…, te viole…, te robe? ¿Qué va a hacer Daniel si su madre sigue el mismo camino de su padre y se muere?

Pero Nkata no podía decirle eso. No, siendo la propia Yasmin Edwards la razón por la que el padre de Daniel estaba muerto. Así que se quedó oculto en las sombras y la observó, al tiempo que notaba la terrible vergüenza de que se le acelerara el aliento y el corazón le latiera más fuerte de lo que debería.

Yasmin seguía avanzando por la acera. Nkata vio que sus ciento una trenzas con cuentas en las puntas habían desaparecido y que llevaba el pelo muy corto y ya no emitía la suave melodía que habría escuchado desde donde se encontraba. Yasmin se cambió las bolsas de la compra de mano y metió la otra en el bolsillo. Sabía que buscaba las llaves. El final del día, la cena para su niño, la vida continuaba.

Llegó al aparcamiento y cruzó en zigzag las plazas horriblemente delimitadas. En el ascensor, pulsó el código de seguridad que le daría acceso y luego pulsó el botón para llamarlo. Desapareció deprisa en su interior.

Salió en el tercer piso y caminó a grandes zancadas hacia su casa. Cuando introdujo la llave en la cerradura, la puerta se abrió antes de que pudiera girarla. Y ahí estaba Daniel, iluminado desde atrás por un resplandor cambiante que provendría del televisor. Cogió las bolsas de su madre, pero cuando iba a moverse, ella lo detuvo. Tenía las manos en las caderas. La cabeza ladeada. El peso sobre una de sus largas piernas. Le dijo algo y Daniel volvió hacia ella. Dejó las bolsas en el suelo y se dejó abrazar. Justo en el momento en que parecía que soportaba el abrazo pero no lo disfrutaba, pasó los brazos alrededor de la cintura de su madre. Entonces, Yasmin le dio un beso en la cabeza.

Después de eso, Daniel llevó las bolsas dentro y Yasmin lo siguió. Cerró la puerta. Al cabo de un momento, apareció en la ventana que Nkata sabía que pertenecía al salón. Agarró las cortinas para cerrarlas a la noche, pero antes de hacerlo, se quedó unos veinte segundos mirando la oscuridad, la expresión fija.

Winston seguía entre las sombras, pero pudo notarlo, sentirlo: la mujer no miró en su dirección ni una sola vez, pero Nkata hubiera jurado que Yasmin Edwards supo todo el tiempo que estaba allí.

Capítulo 4

Un día después, Stephenson Deacon y la Dirección de Asuntos Públicos decidieron que el momento para la primera sesión informativa con la prensa estaba ya maduro. El subinspector Hillier, que recibió la noticia de arriba, ordenó a Lynley que estuviera presente en el gran acontecimiento, acompañado de «nuestro nuevo sargento». Lynley deseaba estar allí tan poco como Nkata, pero sabía que lo acertado era aparentar al menos que colaboraba. Él y el sargento bajaron por las escaleras para llegar puntuales a la rueda de prensa. Se encontraron a Hillier en el pasillo.

– ¿Listos? -les preguntó el subinspector mientras se detenía para examinar su impresionante pelo gris en el cristal de un tablón de anuncios. A diferencia de los otros dos hombres, parecía contento de estar allí y daba la impresión de contener las ganas de frotarse las manos previendo la confrontación que se acercaba. Sin duda, esperaba que la reunión funcionara como la máquina bien engrasada que había diseñado que fuera.

No esperó respuesta a su pregunta, sino que entró en la sala y ellos lo siguieron.

Habían colocado a los periodistas de prensa, radio y televisión en las filas de asientos que se extendían delante de la tarima. Las cámaras de televisión iban a grabar desde el fondo. Aquello mostraría más tarde al público, a través de las noticias de la noche, que la Met estaba esforzándose al máximo por mantener a la ciudadanía al corriente, al haber proporcionado a sus canales informativos humanos un espacio en apariencia abierto y cordial.

Stephenson Deacon, el jefe del departamento de prensa, había elegido realizar él las observaciones introductorias en la primera reunión informativa. Su aparición no sólo indicaba la importancia de lo que iba a anunciarse, sino también informaba a la gente de lo mucho que la policía se tomaba en serio aquel asunto. Sólo la presencia del jefe de la DAP supondría una declaración más imponente.

Los periódicos, por supuesto, enseguida se lanzaron a escribir el hallazgo de un cuerpo encima de una tumba en Saint George's Gardens, como cualquier persona mínimamente inteligente de New Scotland Yard imaginaba. La reticencia de la policía en la escena del crimen, la llegada de un agente de New Scotland Yard mucho antes de que se levantara el cadáver, el tiempo transcurrido entre el descubrimiento del cuerpo y aquella rueda de prensa… Todo eso había avivado el apetito de los periodistas y anticipaba que estaba por llegar una historia mucho más importante.

Cuando Deacon le cedió la palabra, Hillier se aprovechó de todo eso. Comenzó por el motivo principal de la rueda de prensa, que, según declaró, era «que nuestros jóvenes sean conscientes de los peligros a los que se enfrentan en las calles». Prosiguió esbozando el crimen que investigaban y, justo cuando cualquier persona se habría preguntado con toda la lógica del mundo por qué se celebraba aquella reunión para informar de un asesinato que ya había encabezado los telediarios y las portadas de los periódicos, dijo:

– En esta coyuntura, estamos buscando testigos para lo que parece ser una serie de crímenes potencialmente relacionados contra chicos jóvenes.

En menos de cinco segundos la palabra «serie» condujo ineludiblemente a «en serie», momento en el que los reporteros cayeron en la trampa como moscas acudiendo a la miel. Sus preguntas salieron disparadas como flechas.

Lynley vio la satisfacción en las facciones de Hillier mientras los periodistas hacían el tipo de preguntas que él y el departamento de prensa esperaban, y dejaban aparcados los temas que él y dicho departamento deseaban evitar. Hillier levantó la mano con una expresión que comunicaba tanto comprensión como tolerancia hacia su frenesí. Luego pasó a relatar con exactitud lo que había planeado decir, indiferente a sus preguntas.

En cada caso, explicó, las brigadas de homicidios pertenecientes a los lugares donde se habían hallado los cuerpos investigaron los crímenes en un principio. Sin duda, sus colegas periodistas responsables de recabar la información en cada una de las comisarías implicadas estarían encantados de pasarles las notas que ellos mismos habían tomado sobre los asesinatos. Así todo el mundo se ahorraría un tiempo valioso. Por su parte, la Met iba a seguir adelante con una investigación minuciosa del último asesinato, relacionándolo con los demás si existía algún indicio claro de que los crímenes estaban conectados. Mientras tanto, la preocupación más inmediata de la Met, como ya había mencionado, era la seguridad de los jóvenes que poblaban las calles, y era crucial que el mensaje les llegara de inmediato: al parecer, los adolescentes eran el objetivo de uno o más asesinos. Tenían que ser conscientes de ello y tomar las precauciones adecuadas cuando salieran de casa.

Hillier presentó entonces a los «dos detectives al mando» de la investigación. El comisario en funciones Thomas Lynley la dirigiría y coordinaría las investigaciones anteriores realizadas por las comisarías locales, dijo. Lo ayudaría el sargento Winston Nkata. No se mencionó ni al detective John Stewart ni a nadie más.

Siguieron más preguntas, sobre la composición, tamaño y fuerza de la brigada, a las cuales respondió Lynley. Después, Hillier retomó el control con destreza.

– Siguiendo con el tema de la configuración de la brigada… -dijo como si acabara de pasársele por la mente, y continuó contándoles a los periodistas que él personalmente había incorporado al equipo al especialista forense Simón Allcourt-St. James y, para potenciar su trabajo y el trabajo de los agentes de la Met, un psicólogo forense (más conocido por elaborar perfiles psicológicos de asesinos) también contribuiría con sus servicios. Por motivos profesionales, el psicólogo prefería permanecer en el anonimato, pero bastaba con decir que se había formado en Estados Unidos, en Quantico, Virginia, sede de la unidad de perfiles psicológicos del FBI.

Luego Hillier cerró la reunión con un final ensayado, diciéndoles a los periodistas que el departamento de prensa les ofrecería reuniones informativas todos los días. Apagó el micrófono, se llevó de la sala a Lynley y Nkata y dejó a los periodistas con Deacon, quien hizo una señal a un subalterno para que repartiera los fajos de información adicional que previamente se había estimado adecuada para el consumo mediático.

En el pasillo, Hillier sonrió satisfecho.

– Acabamos de comprar tiempo -dijo-. Procurad utilizarlo bien.

Luego su atención se centró en un hombre que esperaba por allí cerca en compañía de la secretaria de Hillier, con un pase de visitante colgando de la chaqueta de punto verde y ancha que llevaba.

– Ah, excelente. Ya has llegado -le dijo Hillier, e hizo las presentaciones. Era Hamish Robson, les comunicó a Lyney y Nkata, el psicólogo clínico y forense del que acababa de hablar con los periodistas. También trabajaba en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario Fischer en Dagenham. El doctor Robson había accedido amablemente a ayudarles al unirse a la brigada de homicidios de Lynley.

Lynley notó que se le tensaba la columna. Se dio cuenta de que Hillier le tenía reservada otra sorpresa, al haber dado por sentado erróneamente durante la rueda de prensa que Hillier mentía descaradamente al hablar de un psicólogo forense sin nombre. Sin embargo, cumplió con la formalidad de estrechar la mano al doctor Robson, mientras le decía a Hillier en un tono tan agradable como pudo:

– ¿Podemos hablar un momento, señor?

Hillier miró su reloj ostensiblemente. Aún más ostensiblemente le dijo a Lynley que el subdirector esperaba un informe sobre la reunión que acababa de concluir.

– Serán menos de cinco minutos y lo considero esencial -dijo Lynley, añadiendo la palabra «señor» en el último momento a propósito en un tono y con un significado que Hillier comprendió.

– De acuerdo -dijo Hillier-. Hamish, si nos disculpas… el sargento Nkata te enseñará dónde está el centro de coordinación.

– Necesitaré a Winston un momento-dijo Lynley, no porque fuera estrictamente verdad, sino porque en algún momento tendría que hacerle entender a Hillier que no era el subinspector de la policía quien dirigía la investigación.

Hubo un silencio tenso durante el cual Hillier pareció evaluar a Lynley por su nivel de insubordinación.

– Hamish, si puedes esperar un momento -dijo al fin, y condujo a Lynley y Nkata no a un despacho, ni a las escaleras, ni al ascensor para subir a su despacho, sino al servicio de caballeros, donde le dijo a un policía uniformado que se encontraba vaciando la vejiga que abandonara el lugar y se quedara junto a la puerta para no dejar entrar a nadie.

– No vuelvas a hacerlo, por favor -dijo Hillier en tono agradable antes de que Lynley pudiera hablar-. Si vuelves a hacerlo, te verás vestido de uniforme tan deprisa que te preguntarás quién te ha abrochado los pantalones.

Al ver que lo más probable era que la temperatura de la conversación subiera a pesar del tono momentáneamente afable de Hillier, Lynley le dijo a Nkata:

– Winston, ¿nos dejas solos, por favor? Sir David y yo tenemos que decirnos unas palabras que preferiría que no escucharas. Vuelve al centro de coordinación y mira a ver cómo va Havers con el listado de desaparecidos, sobre todo con ese que parecía una posible identificación positiva.

Nkata asintió. No preguntó si tenía que llevarse con él a Hamish Robson como le había mandado anteriormente Hillier. Parecía contento con aquella orden que le daba la oportunidad de demostrar a quién debía lealtad.

Cuando Nkata se marchó, fue Hillier quien habló.

– Tu actitud es improcedente.

– Con el debido respeto -le contestó Lynley, aunque no sintiera demasiado-, creo que es usted quien tiene una actitud improcedente.

– ¿Cómo te atreves a…?

– Señor, le informaré de todo a diario -dijo Lynley pacientemente-. Me pondré frente a las cámaras si quiere y me sentaré a su lado y obligaré al sargento Nkata a hacer lo mismo. Pero no voy a cederle el mando de la investigación. Tiene que quedarse al margen. Es el único modo de que esto salga bien.

– ¿Quieres que te abra un expediente? Créeme, puedo ordenarlo.

– Si tiene que hacerlo, hágalo -contestó Lynley-. Pero, señor, tiene que comprender sea como sea que sólo uno de nosotros puede dirigir la investigación. Si quiere hacerlo usted, hágalo y deje de fingir que soy yo quien está al mando. Pero si quiere que yo dirija la investigación, tendrá que retirarse. Ya me ha dado dos sorpresas, no quiero ninguna más.

A Hillier se le encendió el rostro, pero no dijo nada. Era obvio que se daba cuenta de que Lynley hacía un esfuerzo por mantener la calma mientras al mismo tiempo evaluaba las ramificaciones de las palabras de su subordinado.

– Quiero informes diarios -dijo al fin.

– Se los hemos dado. Seguiremos haciéndolo.

– Y el psicólogo se queda.

– Señor, no necesitamos paparruchadas psicológicas en este punto.

– ¡Necesitamos toda la ayuda posible! -La voz de Hillier subió de volumen-. Dentro de veinticuatro horas los periódicos empezarán a montar revuelo. Lo sabes muy bien, maldita sea.

– Sí. Pero los dos sabemos también que al final eso pasará, ahora que se ha mencionado los otros asesinatos.

– ¿Me estás acusando de…?

– No. No. Ha dicho lo que había que decir ahí dentro. Pero en cuanto ahonden en el caso, se nos echarán encima y hay mucha verdad en lo que van a alegar sobre la Met.

– ¿A quién debes tú lealtad? -Le exigió saber Hillier-. Esos cabrones van a revisar los otros asesinatos y luego nos dirán que la culpa de que ni un solo periódico sacara el tema en portada es nuestra y no suya. Y entonces ondearán la bandera del racismo, y cuando lo hagan, la gente va a estallar. Te guste o no, tenemos que ir un paso por delante de ellos. El psicólogo es un modo de conseguirlo. Y punto, como se dice.

Lynley pensó en aquello. No soportaba la idea de tener a un psicólogo en el equipo, pero tenía que admitir que su presencia sí servía para fortalecer la investigación a los ojos de los periodistas que la cubrían. Y si bien, por lo general, despreciaba los periódicos y la televisión (puesto que veía que año a año recababan y difundían información de un mundo más ignominioso), entendía que era necesario que mantuvieran su atención en cómo avanzaba la investigación actual. Si empezaban a despotricar de la Met por haber sido incapaz de relacionar los tres asesinatos anteriores, la policía se vería obligada a perder el tiempo intentando disculpar el error. Y eso sólo beneficiaba a las arcas de los periódicos, que podrían aumentar sus ventas atizando las llamas de una indignación pública que siempre yacía como una bestia dormida.

– Muy bien -dijo Lynley-. El psicólogo se queda. Pero yo determinaré qué ve y qué no ve.

– De acuerdo -dijo Hillier.

Volvieron al pasillo, donde Hamish Robson los esperaba solo. El psicólogo había ido hasta un tablón de anuncios que estaba un poco alejado de los servicios. Lynley tuvo que admirarlo por aquello.

– ¿Doctor Robson? -le dijo.

– Hamish, por favor -respondió Robson.

– A partir de ahora el comisario te apretará las clavijas, Hamish. Buena suerte -le dijo Hillier-. Confiamos en ti.

Robson miró a Hillier y luego a Lynley. Detrás de las gafas doradas, había cautela en sus ojos. El resto de su expresión quedaba silenciada por la perilla canosa, y al asentir con la cabeza, un mechón de pelo ralo le cayó sobre la frente. Se lo apartó. Una alianza de oro brilló bajo la luz.

– Estaré encantado de contribuir en lo que pueda -dijo-. Necesitaré los informes de la policía, las fotos de las escenas del crimen…

– El comisario te dará lo que necesites -dijo Hillier. Y a Lynley-: Mantenme al tanto.

Se despidió de Robson con la cabeza y se fue a grandes zancadas hacia los ascensores.

Mientras Robson observaba marcharse a Hillier, Lynley se quedó mirando a Robson y decidió que parecía inofensivo. En realidad, había algo vagamente reconfortante en su chaqueta de punto verde oscuro y su camisa amarillo pálido. Llevaba una corbata conservadora de un marrón sólido, del mismo color que los pantalones, gastados y deteriorados. Era rechoncho y parecía el tío favorito de todo el mundo.

– Trabaja con delincuentes psicóticos -le dijo Lynley, mientras conducía al hombre hacia las escaleras.

– Trabajo con mentes que sólo encuentran una válvula de escape a su tormento cometiendo un crimen.

– ¿Y no es lo mismo? -preguntó Lynley.

Robson sonrió con tristeza.

– Si siempre fuera así…

Lynley presentó sucintamente a Robson al equipo antes de llevarle del centro de coordinación a su despacho. Allí, le entregó al psicólogo las copias psicológicas de las fotografías de las escenas del crimen, de los informes policiales y la información preliminar post mórtem de los patólogos forenses que habían examinado los cuerpos en la escena de cada crimen. No le dio los informes de las autopsias. Robson echó una ojeada al material y luego explicó que tardaría al menos veinticuatro horas en evaluarlo.

Lynley le dijo que ningún problema. El equipo tenía muchísimo que hacer mientras esperaban su… Lynley quería decir interpretación, como si el hombre fuera un médium que hubiera venido a doblar cucharas ante ellos. Pero se decidió por «información». «Informe» le daba a Robson demasiada legitimidad.

– Los investigadores parecen… -Robson pareció buscar la palabra adecuada-. Bastante recelosos de tenerme entre ellos.

– Están acostumbrados a hacer las cosas a la antigua -le dijo Lynley.

– Creo que lo que tengo que decir les parecerá útil, comisario.

– Me alegra oírlo -dijo Lynley, y llamó a Dee Harriman para que acompañara al doctor Robson a la salida.

Cuando el psicólogo se marchó, Lynley regresó al centro de coordinación y al trabajo que tenían entre manos. Quiso saber qué tenían.

El detective Stewart estaba listo, como siempre, para dar su informe y se levantó a presentarlo como un escolar que espera que el maestro le dé una nota alta. Anunció que había subdividido a sus hombres en equipos, para utilizarlos mejor en distintas áreas. Al oír aquello, unos cuantos policías alzaron la mirada al techo del centro de coordinación. Stewart lo hacía casi todo como un Wellington frustrado.

Avanzaban muy lentamente, realizando las tareas tediosas de una investigación complicada. Stewart tenía dos agentes del Equipo Uno cubriendo los hospitales mentales y las cárceles. «Se encargan de recabar datos», informó. Estaban siguiendo una serie de pistas potenciales que habían descubierto: pedófilos que habían terminado de cumplir condena en régimen abierto durante los últimos seis meses, asesinos de adolescentes en libertad condicional, pandilleros en libertad bajo fianza a la espera del juicio…

– ¿Y de centros de menores? -preguntó Lynley Stewart negó con la cabeza. Por ese lado no parecía que hubiera nada útil. Tenían localizados a todos los menores puestos en libertad recientemente.

– ¿Qué tenemos de los puerta a puerta en las inmediaciones de las escenas del crimen? -preguntó Lynley.

Muy poco. Stewart tenía agentes interrogando por segunda vez a todo el que vivía en esas zonas, en busca de testigos que hubieran visto algo, lo que fuera. Sabían qué hacer: no buscaban tanto algo insólito como algo normal y corriente que, tras meditarlo bien, hacía que uno se parara a pensar. Puesto que los asesinos en serie por naturaleza se confundían con el entorno, había que realizar la tediosa tarea de examinar ese entorno centímetro a centímetro.

También había ordenado que se interrogara a empresas de transporte, explicó Stewart, y ya había encontrado cincuenta y siete camioneros que habían pasado por Gunnersbury Road la noche que se habían desecho de la primera víctima en Gunnersbury Park. Una agente estaba hablando con ellos, para ver si podía hacerles recordar cualquier tipo de vehículo aparcado junto al muro de ladrillo del parque, en la carretera que llevaba a Londres. Mientras tanto, otro agente estaba llamando a todos los servicios de taxi, con el mismo objetivo. En cuanto al puerta a puerta, había una hilera de casas que quedaba justo enfrente de la carretera del parque, aunque la separaban de ella cuatro carriles de tráfico y una mediana. Cabía la esperanza de sacar algo de alguna de ellas. Nunca se sabía quién pudo tener insomnio la noche en cuestión y estar mirando por la ventana. Lo mismo servía para Quaker Street, por cierto, donde enfrente del almacén abandonado en que se había hallado el tercer cuerpo había un bloque de pisos.

Por otro lado, con el aparcamiento de varias plantas (el lugar donde apareció el segundo) iban a tenerlo más difícil. La única persona que pudo ver algo dentro era el encargado del turno de noche, pero juraba no haber visto nada entre la una de la madrugada y las seis y veinte, cuando una enfermera del primer turno del Hospital de Chelsea y Westminster descubrió el cuerpo. Aquello no significaba, por supuesto, que no hubiera estado durmiendo durante todo el suceso. El aparcamiento en cuestión no tenía una cabina central en la que el encargado se sentara día y noche, sino un despacho situado muy al fondo del interior de la estructura, amueblado con un sillón reclinable y un televisor para que las largas y tediosas horas del turno de noche lo parecieran un poco menos.

– ¿Y Saint George's Gardens? -preguntó Lynley.

Ahí eran un poco más optimistas, informó Stewart. Según el agente de la comisaría de Theobald's Road que había sondeado los alrededores, una mujer que vivía en el tercer piso del edificio del cruce de Henrietta Mews con Handel Street creyó oír el ruido de la puerta del parque abriéndose alrededor de las tres de la madrugada. Al principio pensó que era el vigilante, pero, tras pensarlo bien, se dio cuenta de que era demasiado temprano para que abriera las puertas. Cuando salió de la cama, se envolvió en la bata y se plantó delante de la ventana teniendo el tiempo justo de ver una furgoneta marchándose. Pasó por debajo de una farola mientras miraba. Era «grandecita», tal como la describió. Creía que era de color rojo.

– Con eso hemos reducido el número de furgonetas en toda la ciudad a unas cien mil -añadió Stewart con pesar. Tras completar su informe, cerró la libreta.

– De todos modos, alguien tendrá que ir a Tráfico a comprobar los registros de vehículos -le dijo Barbara Havers a Lynley.

– Esa tarea es imposible, detective, y debería saberlo -le informó Stewart.

Havers se enfureció y comenzó a responder. Lynley la cortó.

– John. -Pronunció el nombre del detective en un tono amenazador. Stewart se calmó, pero no le gustó que Havers (una agente de rango inferior a él) aportara su opinión.

– Bien -dijo Stewart-. Me ocuparé de ello. También mandaré a alguien a ver a la vieja de Handel Street. Quizá podamos refrescarle la memoria sobre lo que vio desde la ventana.

– ¿Qué hay del trozo de encaje del cuerpo número cuatro? -preguntó Lynley.

Quien respondió fue Nkata. -Parece frivolité, en mi opinión.

– ¿El qué?

– Frivolité. Se llama así. Mi madre lo hace. Se hacen nudos en los bordes de un tapete. Para poner encima de muebles antiguos o debajo de una pieza de porcelana o algo así.

– ¿Te refieres a un antimacasar? -preguntó John Stewart. – ¿Un anti qué? -preguntó uno de los detectives.

– Es un encaje antiguo -explicó Lynley-. Eso que las mujeres hacían para el ajuar.

– Santo dios -dijo Barbara Havers-. ¿Nuestro asesino es un fanático del Mis labores?

La observación fue recibida con carcajadas.

– ¿Qué hay de la bicicleta abandonada en Saint George's Gardens?

– Las huellas pertenecen al chico. Hemos encontrado un tipo de residuo en los pedales y en el cambio de marchas, pero el S07 aún no sabe qué es.

– ¿Y la plata de la escena?

Aparte de que la plata eran sólo dos marcos de fotos, nadie sabía nada sobre ellos. Alguien volvió a mencionar el Mis labores, pero el comentario resultó menos gracioso la segunda vez. Lynley les dijo a todos que continuaran trabajando en las tareas asignadas. Ordenó a Nkata que siguiera intentando contactar con la familia del chico desaparecido cuya descripción parecía corresponderse con una de las víctimas, le dijo a Havers que continuara con los informes de desaparecidos (una orden que no acogió con alegría, a juzgar por la cara que puso) y él volvió a su despacho y se sentó a leer las autopsias. Se puso las gafas y repasó los informes con ojos que intentó que estuvieran frescos. También redactó un resumen para él en el que escribió:

Forma de la muerte: estrangulación con cuerda en los cuatro casos; falta la cuerda.

Tortura anterior a la muerte: las palmas de ambas manos quemadas en tres de los cuatro casos.

Marcas de ligaduras: en los antebrazos y en los tobillos en los cuatro casos, lo que sugiere que la víctima estuvo atada en algún tipo de sillón o posiblemente en decúbito supino e inmovilizada de otro modo.

El análisis de tejido confirma lo siguiente: los mismos tejidos en los brazos y los tobillos en los cuatro casos.

Contenido del estómago: una pequeña cantidad de comida ingerida como máximo una hora antes de la muerte en los cuatro casos.

Mordaza: restos de cinta aislante en la boca en los cuatro casos.

Análisis de sangre: nada extraño.

Mutilación post mórtem: incisión abdominal y extracción del ombligo en la víctima número cuatro.

Marcas: frente marcada con sangre en la víctima número cuatro.

Residuos en los cuerpos: sustancia negra (analizándose), cabellos, un aceite (analizándose) en los cuatro casos.

Pruebas de ADN: nada.

Lynley lo leyó todo una vez, luego otra. Descolgó el teléfono y llamó al S07, el laboratorio forense situado en el margen sur del Támesis. Habían pasado siglos desde el primer asesinato. Seguro que ya tenían el análisis tanto del aceite como del residuo que habían encontrado en el primer cadáver, por muy agobiados de trabajo que estuvieran.

Era exasperante, pero aún no tenían nada sobre el residuo, y «ballena» fue la única respuesta que obtuvo cuando por fin localizó a la persona responsable en Lambeth Road. Se llamaba doctora Okerlund y al parecer le iban las respuestas concisas, salvo que se la presionara para conseguir más información.

– ¿Ballena? -Preguntó Lynley-. ¿Se refiere al pez?

– Por el amor de Dios, es un mamífero -le corrigió-. Esperma de ballena, para ser exactos. El nombre oficial, del aceite, no de la ballena, es ámbar gris.

– ¿Ámbar gris? ¿Para qué se utiliza?

– Perfumes. ¿Necesita algo más, comisario?

– ¿Perfumes?

– ¿Estamos jugando a las repeticiones? Es lo que le he dicho.

– ¿Algo más?

– ¿Qué más quiere que diga?

– El aceite, doctora Okerlund. ¿Para qué se utiliza además de para fabricar perfumes?

– No sabría decirle -dijo-. Ese trabajo le corresponde a usted.

Lynley le dio las gracias por recordárselo en un tono tan agradable como pudo. Luego colgó. Añadió las palabras «ámbar gris» en el apartado de residuos y volvió al centro de coordinación.

– ¿A alguien le suena el aceite de ámbar gris? -Gritó Lynley-. Lo han encontrado en los cuerpos. Se saca de las ballenas.

– ¿De las hienas? -preguntó un agente.

– Hienas no -dijo Lynley-. Ballenas. El océano. Moby Dick.

– ¿Moby qué?

– Por Dios, Phil -gritó alguien-. Intenta pasar de la página tres cuando leas un libro.

El comentario fue recibido con observaciones procaces. Lynley dejó que se alimentaran las unas a las otras. En su opinión, el trabajo al que se dedicaban era exigente, pesado y devastador, preocupaba mucho a los agentes y a menudo provocaba problemas en casa. Si necesitaban aliviar la tensión con humor, a él le parecía bien.

Sin embargo, lo que pasó luego fue más que bien recibido. Barbara Havers alzó la vista tras concluir una llamada.

– Tenemos una identificación positiva para la víctima de Saint George's Gardens -anunció-. Se llama Kimmo Thorne y vivía en Southwark.

Barbara Havers insistió en coger su coche y no el de Nkata. Vio el hecho de que Lynley le asignara la tarea de interrogar a los familiares de Kimmo Thorne como una oportunidad de celebrarlo con un cigarrillo y no quería contaminar el interior impoluto del Ford Escort de Winston con ceniza o humo. Encendió el pitillo en cuanto llegaron al aparcamiento subterráneo y le divirtió observar cómo su compañero doblaba su metro noventa y dos de estatura para entrar en el Mini. Refunfuñó al verse con las rodillas contra el pecho y la cabeza rozando el techo.

Una vez hubo puesto el coche en marcha, se dirigieron dando bandazos hacia Broadway. Allí, Parlament Square se abría al puente de Westminster, y cruzaron el río. Era más territorio de Winston que de Barbara, así que Nkata hizo de navegador en cuanto York Road apareció ante ellos a la izquierda. A partir de ese punto, Barbara serpenteó con rapidez por Southwark, donde la tía y la abuela de Kimmo vivían en uno de los muchos bloques de pisos modestos que se habían construido al sur del río después de la segunda guerra mundial. El edificio tenía el único honor de estar próximo al teatro Globe. Pero como le señaló Barbara irónicamente a Nkata mientras bajaban por la calle estrecha, ni que la gente que vivía en ese barrio pudiera pagarse una entrada.

Cuando se presentaron en el hogar de los Thorne, encontraron a la abuela y a la tía Sal sentadas muy tristes delante de tres marcos de fotos que habían colocado en una mesita de café frente al sofá. Habían identificado el cuerpo, explicó la tía Sal.

– No quería que mamá fuera, pero no me ha escuchado. La ha destrozado ver a nuestro Kimmo ahí tumbado. Era un buen chico. Espero que cuelguen al que le ha hecho esto.

La abuela no dijo nada. Parecía estar conmocionada. Tenía agarrado un pañuelo blanco bordado en las puntas con conejitos color lavanda. Miraba fijamente una de las fotografías de su nieto (en la que iba vestido de una forma muy curiosa, como si fuera a una fiesta de disfraces, llevaba una combinación extraña de pintalabios, la cabeza rapada a los lados con una cresta en medio, medias verdes y una túnica a lo Robin Hood con botas Doc Marten) y se llevaba el pañuelo a los ojos cada vez que se le llenaban de lágrimas a lo largo del interrogatorio.

Barbara les contó a la abuela y la tía de Kimmo Thorne que la policía hacía todo lo posible por encontrar al asesino del joven. Sería de gran ayuda que la señorita y la señora Thorne les dijeran todo lo que pudieran sobre el último día de vida de Kimmo.

Después de decir todo aquello, Barbara se dio cuenta de que había asumido de manera automática el papel que antes era el suyo, el papel que ahora le tocaba representar a Nkata. Hizo una ligera mueca de desazón y miró a su compañero. Éste levantó la mano como diciendo «No pasa nada» con un gesto tan desconcertante como el que podría haber hecho Lynley en las mismas circunstancias. Barbara sacó la libreta.

La tía Sal se tomó muy en serio la petición. Comenzó por el momento en el que Kimmo se levantó por la mañana.

– Como siempre, se puso unas mallas, botas, un jersey gigantesco, esa bufanda de Brasil atada a la cintura…, la que su mamá y su papá le mandaron por Navidad, ¿te acuerdas, mamá? Luego se maquilló, desayunó cereales y té y se fue al colegio.

Barbara miró a Nkata. A juzgar por la descripción del chico y las fotografías que había sobre la mesita de café y lo cerca que estaban del teatro Globe, la siguiente pregunta surgió de modo natural. La formuló Nkata. ¿Estaba haciendo Kimmo algún curso en el teatro? ¿De interpretación o algo así?

Oh, su Kimmo había nacido para actuar, no les quepa la menor duda, contestó la tía Sal. Pero no, no estaba en ningún curso del teatro Globe ni de ningún otro sitio. En realidad, siempre se vestía así cuando salía del piso. O cuando se quedaba en él, la verdad.

– Entonces, ¿se maquillaba a menudo? -preguntó Barbara dejando de lado el tema de la ropa. Cuando las dos mujeres asintieron, Barbara descartó una de las teorías que barajaban: que el asesino pudiera haber comprado los cosméticos en algún sitio y le hubiera embadurnado la cara a su última víctima. Sin embargo, no era muy probable que Kimmo intentara ir al colegio de esa guisa. Sin duda su tía y su abuela habrían tenido noticias del director si así hubiera sido. Igualmente, Barbara les preguntó si Kimmo había regresado a casa después del colegio -o dondequiera que hubiera ido, añadió para sí- a la hora habitual el día de su muerte.

Contestaron que había vuelto a las seis como siempre y que cenaron juntos, también como siempre. La abuela hizo fritada, que a Kimmo no le gustaba demasiado porque estaba guardando la línea, y después la tía Sal fregó los platos mientras Kimmo secaba los cubiertos y la vajilla con el paño de cocina.

– Estaba como siempre -dijo la tía Sal-. Habló, contó historias, me hizo reír hasta que me dolió la barriga. Era muy hábil con las palabras. No había cosa en la vida que no pudiera convertir en un drama y representarlo. Y cantaba y bailaba… El chico las imitaba a las mil maravillas.

– ¿«Las imitaba»? -preguntó Nkata.

– A Judy Garland. Liza. Barbra. Dietrich. Incluso a Carol Channing cuando se ponía la peluca.

Últimamente había estado trabajando en Sarah Brightman, dijo la tía Sal, pero las notas altas se le resistían y las manos no estaban muy conseguidas. Pero lo habría hecho, lo habría hecho, Dios lo bendiga, sólo que ahora…

Al final, la tía Sal se derrumbó. Empezó a sollozar al intentar hablar, y Barbara miró en dirección a Nkata para ver si pensaba lo mismo que ella sobre aquella pequeña familia. A pesar de lo raro que parecía y pudo ser Kimmo Thorne, estaba claro que para su tía y su abuela lo era todo.

La abuela le cogió la mano a su hija y le dejó el pañuelo con conejitos. Retomó ella la historia.

Después de cenar, les imitó a Marlene Dietrich cantando Falling in Love Again. El frac, las medias de rejilla, los tacones, el sombrero, incluso el pelo rubio platino, con su onda característica: Kimmo lo hacía todo a la perfección. Y luego, después de la actuación, se marchó.

– ¿Qué hora era? -preguntó Barbara.

La abuela miró un reloj electrónico que había encima del televisor.

– ¿Las diez y media, Sally? -preguntó.

La tía Sal se secó los ojos.

– Sí, por ahí.

– ¿Adonde fue?

No lo sabían. Pero dijo que había quedado con Blinker.

– ¿Blinker? -dijeron Barbara y Nkata al unísono.

Blinker, sí. No sabían cómo se apellidaba el chico -al parecer Blinker pertenecía a la especie humana y era un chico-, pero lo que sí sabían seguro era que él era la causa de todos los líos en los que se metía su Kimmo.

La palabra «líos» sorprendió a Barbara, pero dejó que Nkata hiciera los honores.

– ¿Qué clase de líos?

Nada importante, les aseguró la tía Sal. Y nada que empezara él. Era sólo que ese maldito Blinker -«Perdona, mamá», dijo inmediatamente- le había pasado algo a su Kimmo, Kimmo lo había vendido en algún sitio y lo habían detenido por vender mercancía robada.

– Pero el responsable fue ese Blinker -dijo la tía Sal-. Nuestro Kimmo jamás se había metido en ningún lío.

Eso habría que comprobarlo, sin duda, pensó Barbara. Les preguntó si podían indicarles cómo contactar con Blinker.

No tenían su número de teléfono, pero sabían dónde vivía. Dijeron que no debería costarles mucho trabajo encontrarle cualquier mañana porque la única cosa que sabían de él era que se pasaba toda la noche rondando por Leicester Square y que no se levantaba hasta la una del mediodía. Dormía en el sofá de su hermana, y ésta vivía con su marido en Kipling Estate cerca de Bermondsey Square. La tía Sal no sabía cómo se llamaba la hermana, tampoco tenía ni idea del nombre de pila de Blinker, pero imaginaba que si la policía se pasaba por allí preguntando dónde podía estar un tipo llamado así, alguien lo sabría seguro. Blinker siempre se las arreglaba para que todo el mundo lo conociera. Barbara preguntó si podían echar un vistazo a las pertenencias de Kimmo. La tía Sal los llevó a su habitación. Había una cama, un tocador, un armario, una cómoda, un televisor y un equipo de música. Sobre el tocador había un kit de maquillaje que habría hecho que Boy George se sintiera orgulloso. Encima de la cómoda había cinco soportes para pelucas. Y de las paredes colgaban docenas de retratos profesionales de las que parecían ser las fuentes de inspiración de Kimmo: de Edith Piaf a Madonna. Los gustos del chico eran de lo más eclécticos.

– ¿De dónde sacaba la pasta para todo esto? -le preguntó Barbara a Nkata cuando la tía Sal les dejó para que examinaran los trastos del chico muerto-. No ha mencionado que trabajara, ¿verdad?

– Me pregunto qué le daba en realidad Blinker para vender -contestó Nkata.

– ¿Drogas?

Nkata movió la mano: quizá sí, quizá no.

– Mucho de algo -dijo.

– Tenemos que encontrar a ese tipo, Winnie.

– No debería ser difícil. En el barrio alguien lo conocerá, hay que preguntar. Siempre hay alguien que lo sabe.

Al final, sus pesquisas en la habitación de Kimmo no fueron muy fructíferas. Un pequeño fajo de tarjetas (de cumpleaños, de Navidad y alguna de Pascua), todas firmadas «Besitos, cielo, de mamá y papá», estaban escondidas en un cajón con una foto de una pareja bien bronceada de unos treinta y tantos años en un balcón soleado de un país extranjero. Un artículo de periódico amarillento sobre una modelo profesional transexual a quien los tabloides habían destapado hacía mucho tiempo asomaba por debajo de un puñado de joyas que había encima del tocador. Una revista de peluquería (al menos en otras circunstancias) quizá señalaba una futura profesión.

Por lo demás, la mayor parte de cosas se ajustaban a lo que uno espera encontrar en el cuarto de un chico de quince años. Zapatos malolientes, calzoncillos arrugados debajo de la cama, calcetines desparejados. Habría sido normal si no fuera por las singularidades que lo convertían en una curiosidad hermafrodita.

Cuando acabaron de verlo todo, Barbara se apartó y le preguntó a Nkata:

– Winnie, ¿en qué crees que andaba metido?

Nkata se unió a ella y también evaluó la habitación

– Tengo la sensación de que ese Blinker nos lo contará.

Los dos sabían que era inútil buscar a Blinker en aquel momento. Les iría mejor si lo intentaban por la mañana, justo hacia la hora en la que los trabajadores se marchaban de la urbanización donde vivía el chico. Regresaron con la tía Sal y la abuela, y Barbara preguntó por los padres de Kimmo. Era el pequeño y patético fajo de postales del cuarto del chico lo que instigó su pregunta, más que una necesidad de saberlo para la investigación. También era lo que decía ese fajo de postales sobre las prioridades que tenía la gente en la vida.

Oh, estaban en Sudamérica, dijo la abuela. Se habían ido antes de que Kimmo cumpliera ocho años. Su padre trabajaba en la industria hotelera, ¿saben?, y se habían marchado allí para dirigir un spa de lujo. Tenían intención de mandar a buscar a Kimmo cuando se hubieran instalado. Pero mamá quería aprender el idioma primero y le estaba costando más de lo que pensaba.

– ¿Les han comunicado la muerte de Kimmo? -preguntó Barbara-. Porque -la abuela y la tía Sal se miraron- sin duda querrán organizarlo todo para regresar a casa enseguida.

Lo dijo en parte porque quería que reconocieran lo que ella suponía: que los padres de Kimmo lo eran sólo gracias a un ovario, un espermatozoide y una concepción accidental. Tenían preocupaciones más importantes que lo que había resultado de aquel momento de frotamiento entre ellos.

Y aquello la hizo pensar en las otras víctimas. Y en qué podían tener en común.

Capítulo 5

Al día siguiente, dos noticias del S07 levantaron los ánimos. Las dos huellas de neumático de la escena del crimen de Saint George's Gardens habían sido identificadas por el fabricante. Una de ellas también presentaba un peculiar dibujo fruto del desgaste que iba a complacer a los fiscales, si la Met detenía (o cuando lo hiciera) a alguien que tuviera unos neumáticos así y un vehículo al que pudieran asociarse. La otra noticia tenía que ver con el residuo de los pedales y el cambio de marchas de la bicicleta de Saint George's Gardens, así como con el residuo presente en los cuatro cuerpos: era idéntico. A partir de aquel dato, la brigada de homicidios concluyó que Kimmo Thorne había sido recogido en algún lugar -con la bicicleta y todo- y asesinado en otro sitio, tras lo cual su asesino dejó el cuerpo, la bicicleta y seguramente los marcos de plata en Saint George's Gardens. Todo esto constituía un avance mínimo, pero era un avance al fin y al cabo. Así que cuando Hamish Robson regresó con su informe, Lynley prefirió perdonarle por aparecer tres horas y media más tarde de las prometidas veinticuatro que pensaba que tardaría en recopilar información útil.

Dee Harriman le recogió en la recepción y lo acompañó al despacho de Lynley. Rechazó la taza de té de las cinco y señaló con la cabeza la mesa de reuniones en lugar de ocupar una de las dos sillas del escritorio. Parecía una forma sutil de señalar su condición de igual respecto a Lynley. A pesar de su aparente reticencia, Robson no parecía ser un hombre que se dejara intimidar fácilmente.

Llevaba con él un bloc de notas, una carpeta de papel manila y los papeles que Lynley le había dado el día anterior. Juntó las manos encima de todo aquello y le preguntó qué sabía de los perfiles psicológicos.

Lynley le contestó que aún no había tenido ocasión de utilizar nunca a un psicólogo de perfiles, aunque estaba enterado de lo que hacían. No añadió ningún comentario más sobre que era reacio a emplear a uno o sobre que creía que, en realidad, a Robson sólo lo habían llamado para que Hillier tuviera algo que echar a esos perros hambrientos que eran los medios de comunicación.

– ¿Quiere que le ponga en antecedentes sobre los perfiles psicológicos, entonces? -preguntó Robson.

– No especialmente, para serle sincero. Robson lo observó sin alterarse. Tras las gafas, sus ojos parecían sagaces, pero no hizo más observación que decir crípticamente:

– Bien. Ya lo veremos. Cogió el bloc sin más preámbulos.

Estaban buscando, le dijo a Lynley, a un hombre blanco de entre veinticinco y treinta y cinco años. Tendría un aspecto pulcro: bien afeitado, pelo corto, buena forma física, seguramente porque hacía pesas. Sería un conocido de las víctimas, pero no mucho. Se trataría de un hombre muy inteligente, pero con pocos logros; con un buen historial académico, pero problemas disciplinarios producto de su incapacidad crónica de obedecer.

Probablemente contaría con un historial de trabajos perdidos y si bien seguramente en ese momento estaría trabajando, el empleo estaría por debajo de sus capacidades. Encontrarían episodios de conducta criminal en su infancia y adolescencia: posiblemente pequeños incendios o crueldad con los animales. En este momento no estaría casado y viviría solo o con un padre o madre dominantes.

A pesar de que ya sabía de perfiles, Lynley tuvo sus dudas sobre la cantidad de detalles que Robson había proporcionado. – ¿Cómo puede saber todo eso, doctor Robson? Los labios del psicólogo esbozaron una sonrisa que intentó no parecer de satisfacción.

– Imagino que sabrá qué hacen los psicólogos de perfiles, comisario, pero ¿sabe cómo y por qué los perfiles funcionan realmente? No es una técnica imprecisa y no tiene nada que ver con bolas de cristal, cartas del tarot o entrañas de animales sacrificados.

Al oír aquello, que parecía el tipo de correctivo leve que un padre da a un niño caprichoso, Lynley se planteó media docena de formas de recuperar el control de la situación. Todas eran una pérdida de tiempo, concluyó.

– ¿Empezamos otra vez? -dijo.

Robson sonrió, esta vez de verdad.

– Gracias -dijo.

Siguió contándole a Lynley que, para conocer a un asesino, sólo había que mirar el crimen cometido. Eso era lo que los estadounidenses habían empezado a hacer cuando el FBI puso en funcionamiento su Unidad de Ciencias del Comportamiento. Recopilando información tras décadas y décadas persiguiendo a asesinos en serie y, de hecho, interrogando a docenas de asesinos en serie encarcelados, descubrieron que éstos tenían ciertos rasgos en común, los cuales podía confiarse en que aparecieran en el perfil del autor de ciertos tipos de crímenes. En éste en concreto, por ejemplo, podían estar seguros de que los asesinatos eran intentos de hacerse con el poder, aunque el asesino se diría a sí mismo que los crímenes tenían otro motivo completamente distinto.

– ¿No mata sólo por el placer de matar?

– En absoluto -contestó Robson-. En realidad, esto no tiene nada que ver con lo que le guste. Este hombre mata porque lo han frustrado, contradicho o coartado.

– ¿La víctima lo ha coartado?

– No. Un desencadenante lo ha puesto en este camino, pero no ha sido la víctima.

– ¿Quién es, entonces? ¿Qué?

– Un despido reciente, que el asesino considera injusto. Un matrimonio u otra relación amorosa que se ha roto. La muerte de un ser querido. Una proposición de matrimonio rechazada. Un mandamiento judicial. Una pérdida de dinero repentina. La destrucción de su casa por un incendio, inundación, terremoto, huracán. Piense en algo que sumiría su mundo o el de cualquiera en el caos y tendrá el desencadenante.

– Todos pasamos por eso en nuestra vida -dijo Lynley.

– Pero no todos somos psicópatas. Es la combinación de la personalidad psicótica y el desencadenante lo que es fatal, no esto último solo. -Robson extendió las fotografías de las escenas del crimen.

A pesar de los aspectos del crimen que sugerían sadismo (las manos quemadas, por ejemplo), su asesino sentía cierto remordimiento por lo que había hecho después de hacerlo, dijo Robson. Lo podían ver en cada cuerpo: la posición tradicional de los cadáveres en los ataúdes antes de ser enterrados, por no mencionar el hecho de que la última víctima llevaba lo que equivalía a un taparrabos. Aquello, dijo, se denominaba supresión psíquica o restitución psíquica.

– Es como si el asesinato fuera un deber triste que el asesino cree y se dice que tiene que llevar a cabo.

Lynley sintió que aquello iba demasiado lejos. El resto podía tragárselo; tenía sentido. Pero esta… ¿restitución? ¿Penitencia? ¿Pesar? ¿Por qué había matado cuatro veces si después sentía remordimientos?

– Está en conflicto -dijo Robson como respondiendo a las preguntas que Lynley no había formulado-: el impulso de matar, que ha provocado el desencadenante y que sólo puede ser aliviado por el acto mismo de matar, y el conocimiento de que lo que hace está mal. Y lo sabe, al tiempo que siente el impulso de hacerlo una y otra vez.

– Así que cree que volverá a matar -dijo Lynley.

– No me cabe la menor duda. Va a ir en aumento. De hecho, se ha intensificado desde el primero. Se ve en que cada vez se arriesga más. No sólo por dónde ha dejado los cadáveres, corriendo un riesgo mayor de ser descubierto cada vez que los coloca, sino también por lo que ha hecho con los cuerpos.

– ¿Se incrementan las marcas que deja en ellos?

– Es lo que nosotros llamamos «hacer más evidente su firma». Es como si creyera que la policía es demasiado estúpida para cogerle, así que va a provocarles un poco. Ha quemado las manos tres veces, y no han conseguido relacionar los asesinatos. Así que ha tenido que hacer algo más.

– Pero ¿por qué tanto? ¿No habría bastado con abrir en canal a la última víctima? ¿Por qué añadir la marca en la frente? ¿Por qué el taparrabos? ¿Por qué arrancarle el ombligo?

– Si descartamos el taparrabos como restitución psíquica, nos queda la incisión, el ombligo arrancado y la marca en la frente. Si tenemos en cuenta que la herida forma parte de un ritual que aún no comprendemos y que el ombligo arrancado es un recuerdo truculento que le permite revivir el suceso, lo único que tenemos en realidad que nos sirve como intensificación consciente del crimen es la marca en la frente.

– ¿Qué opina de la marca? -le preguntó Lynley.

Robson cogió una de las fotografías que se centraba en ella.

– Parece las marcas que se hacen al ganado, ¿verdad? La marca en sí misma, quiero decir, no la forma de hacerla. Un círculo con dos cruces de dos brazos dividiéndolo. Sin duda representa algo.

– ¿Está diciendo que no es una firma del crimen como los otros indicadores?

– Estoy diciendo que es más que una firma porque es una elección demasiado deliberada para que sea sólo una firma. ¿Por qué no utilizar una simple X si sólo quieres dejar tu marca en el cuerpo? ¿Por qué no una cruz? ¿Por qué no una de tus iniciales? Sería más rápido dejar cualquiera de estas marcas en tu víctima que ésta. Sobre todo cuando seguramente el tiempo tiene una importancia fundamental.

– Entonces, ¿está diciendo que esta marca tiene un propósito doble?

– Eso diría yo. Ningún artista firma un cuadro hasta que está terminado, y el que esta marca esté hecha con la sangre de la víctima nos dice que es probable que la dibujara en la frente una vez muerto. Así que sí, es una firma, pero es algo más. Creo que es una comunicación directa.

– ¿Con la policía?

– O con la víctima. O con la familia de la víctima. -Robson le devolvió las fotografías a Lynley-. Su asesino tiene una enorme necesidad de hacerse notar, comisario. Si la publicidad que recibe actualmente no lo satisface, lo que no sucederá porque en realidad nada satisface esta clase de necesidad, ¿comprende?, volverá a matar.

– ¿Pronto?

– Diría que puede contar con ello. -Le devolvió también los informes a Lynley. Sumó a ellos el suyo, que sacó de la carpeta de papel manila, pulcramente mecanografiado, con una cubierta con el membrete del Hospital Psiquiátrico Penitenciario Fischer.

Lynley añadió los informes a las fotografías que Robson le acababa de devolver. Pensó en todo lo que el psicólogo había dicho. Sabía que había policías que creían plenamente en el arte (o quizá sí era una verdadera ciencia basada en pruebas empíricas irrefutables) de los perfiles psicológicos, pero él nunca había sido uno de ellos. Si lo pusieran a prueba, siempre preferiría su propia mente y cribar hechos concretos a intentar coger esos mismos hechos y a partir de ellos crear un retrato de alguien totalmente desconocido para él. Al fin y al cabo, seguían teniendo que localizar a un asesino entre los diez millones de personas que vivían en el Gran Londres, y no tenía claro cómo iba a contribuir a ello el informe que le había entregado Robson. Sin embargo, el psicólogo sí parecía saberlo. Añadió un último detalle como para rematar su informe:

– También tendrá que prepararse para un contacto -dijo.

– ¿Qué clase de contacto? -preguntó Lynley.

– Del propio asesino.

Sólo él era Fu, Criatura Divina, deidad eterna de lo que debe ser. El era la verdad y el camino era suyo, pero tener ese conocimiento ya no bastaba.

Sentía otra vez la necesidad apremiándole. Había llegado mucho antes de lo esperado. Había llegado al cabo de unos días en lugar de semanas, poseyéndolo con la llamada al acto. Sin embargo, a pesar de la presión de juzgar y vengarse, de redimir y liberar, aún se movía con cuidado. Escoger correctamente era esencial. Una señal se lo diría, así que estaba a la espera. Porque siempre había habido una señal.

Un solitario era lo mejor. Lo sabía. Y, naturalmente, en una ciudad como Londres había solitarios en abundancia entre los que elegir, pero seguir a uno era el único modo de confirmar que su elección era correcta y acertada.

Seguro en el camuflaje de otros pasajeros, Fu realizaba la tarea en autobús. El elegido se subió antes que él, y de inmediato se dirigió a la escalera de caracol que llevaba al piso de arriba. Fu no lo siguió, sino que, una vez a bordo, se quedó abajo, donde se colocó a dos barras de la puerta de salida, de cara a la escalera.

El trayecto resultó ser largo. Avanzaron lentamente por las calles congestionadas. En cada una de las paradas, Fu centró su atención en la salida. Entre paradas, se distraía estudiando a sus compañeros del piso de abajo: la madre cansada con el bebé llorón, la solterona vieja de tobillos fofos, las colegialas con los abrigos desabrochados y las blusas colgando por fuera de la falda, los jóvenes asiáticos haciendo planes, los jóvenes negros con sus auriculares y moviendo los hombros al ritmo de una música que nadie más oía.

Todos estaban necesitados, pero la mayoría no lo sabían. Y ninguno sabía quién estaba entre ellos, puesto que el anonimato era el mayor don de vivir en ese lugar sombrío.

En algún lugar alguien pulsó el botón que avisaría al conductor para que se detuviera en la siguiente parada. Oyó unos pasos en la escalera, y un gran grupo de jóvenes mestizos bajó. Fu vio que el elegido estaba entre ellos, así que recorrió tranquilamente el pasillo hacia la puerta. Acabó justo detrás de su presa y le olió su perfume cuando se colocó en el escalón antes de bajar. Era el olor rancio de la primera adolescencia, impaciente y cachonda.

Fuera en la calle, Fu se quedó atrás, cediéndole al chico unos buenos veinte metros. La acera no estaba tan llena de gente aquí como en otras partes, y Fu miró a su alrededor para hacerse una idea de dónde estaba exactamente.

La zona era una mezcla de razas: negros, blancos, indios, pakistaníes y orientales. Aquí las voces hablaban una docena de idiomas, y si bien ningún grupo parecía totalmente fuera de lugar, de algún modo cada persona sí lo estaba.

«Es lo que el miedo hace a la gente -pensó Fu-. Desconfianza. Cautela. Espera lo inesperado de cualquier barrio. Estate listo para huir o para luchar. O para pasar inadvertido, si es posible.»

El elegido se ajustaba a ese último principio. Caminaba, con la cabeza gacha, y no pareció saludar a nadie. Tanto mejor para él, pensó Fu.

Cuando el chico llegó a su destino, sin embargo, Fu vio que no era su casa, como Fu había creído. De la parada del autobús había atravesado una zona comercial de mercadillos, video-clubs y casas de apuestas hasta llegar a una pequeña tienda con las ventanas cubiertas de jabón, en la que entró.

Fu cruzó la calle para poder observar escondido en las sombras de la puerta de una tienda de bicicletas. El lugar donde había entrado el chico estaba bien iluminado, y a pesar del frío la puerta estaba abierta. Hombres y mujeres vestidos con colores alegres charlaban mientras los niños correteaban por la tienda haciendo mucho ruido.

El elegido hablaba con un hombre alto que llevaba una camisa sin cuello de colores que le llegaba a las caderas. Tenía la piel color café con leche, y llevaba un collar de madera tallada alrededor del cuello. Parecía haber algún tipo de conexión entre aquel individuo y el chico, pero no eran padre e hijo. Porque no había ningún padre. Fu lo sabía. Así que ese hombre… Ese hombre en concreto… Fu pensó que quizá no había elegido sabiamente después de todo.

Pronto se tranquilizó. La multitud tomó asiento y comenzó a cantar, con voz titubeante. Música grabada acompañaba sus esfuerzos, tambores fuertes y de reminiscencias africanas. El líder -el hombre con el que había hablado el chico- los hacía parar y comenzar de nuevo una y otra vez. En mitad de todo aquello, el chico se escabulló. Salió a la calle otra vez, se subió la cremallera de la chaqueta y siguió recorriendo las sombras de la zona comercial. Fu lo siguió, invisible.

Más adelante, el chico dobló una esquina y bajó por otra calle. Fu aceleró el paso y llegó justo a tiempo de verlo entrar por la puerta de un edificio de ladrillo sin ventanas que había junto a una destartalada cafetería de obreros. Fu se detuvo a evaluar la situación. No quería arriesgarse a que lo vieran, pero necesitaba saber si su elección era legítima.

Se acercó sigilosamente a la puerta. Vio que no estaba cerrada con llave, así que la abrió con cuidado. Un pasillo oscuro conducía a la puerta de una gran habitación muy iluminada, de donde llegaban ruidos sordos, gruñidos y, de vez en cuando, la voz gutural de un hombre que le mandaba a alguien «pegar, coño», «suelta un gancho, por el amor de Dios».

Fu entró en aquel lugar. De inmediato, olió el polvo y el sudor, el cuero y el moho, la ropa de hombre sucia. En las paredes del pasillo que llevaba a la iluminada habitación había pósteres colgados y, hacia la mitad, una vitrina con trofeos. Fu avanzó arrimado a la pared con cuidado.

– ¿Necesitas algo, tío? -dijo alguien cuando casi había llegado a la puerta.

Era la voz de un hombre negro y nada simpático. Fu se encogió antes de volverse a ver a quién pertenecía. Un armario hecho carne estaba en el primer escalón de una escalera oscura que Fu no había visto. Iba vestido de calle y golpeaba un par de guantes contra la palma de la mano. Repitió la pregunta.

– ¿Qué necesitas, tío? Esto es un local privado. Fu tenía que librarse de él, pero también tenía que ver. De algún modo, sabía que aquel edificio contenía la afirmación que necesitaba antes de poder actuar.

– Lo siento -dijo-. No sabía que era privado. He visto salir a un par de tipos y me he preguntado qué era este sitio. Soy nuevo en el barrio.

El hombre lo miró sin decir nada.

– Busco piso -añadió, y sonrió afablemente-, tan sólo estoy echando un vistazo a la zona. Lo siento. No pretendía molestar. -Se encogió un poco de hombros para parecer más convincente.

Avanzó hacia la salida pese a que no tenía ninguna intención de marcharse, y aunque ese patán le obligara a salir a la calle, volvería en cuanto el hombre desapareciera.

– Pues echa un vistazo, entonces. Pero no molestes a nadie, ¿entendido? -dijo el negro.

Fu sintió que la ira crecía en su interior. El tono de voz, la audacia de la orden. Respiró el aire viciado del pasillo para calmarse y dijo:

– ¿Qué es esto?

– Un gimnasio de boxeo. Puedes echar un vistazo. Sólo intenta no parecer un saco de arena. -El negro se fue, riéndose de su flojo intento de ser ingenioso. Fu se quedó mirándolo mientras se marchaba. Se dio cuenta de que anhelaba seguirlo, ceder a la tentación de que ese hombre aprendiera con quién acababa de hablar. El anhelo se transformó deprisa en ansia, pero no se permitió sucumbir, sino que se acercó a la puerta iluminada y, escondido en la oscuridad, miró en la habitación de donde procedían los gruñidos y los ruidos sordos.

Sacos de arena, peras, dos cuadriláteros. Pesas. Una cinta de correr. Cuerdas para saltar. Dos cámaras de vídeo. Había equipamiento por todos lados. Igual que los hombres que lo utilizaban. La mayoría negros, pero había una media docena de jóvenes blancos entre ellos. Y el hombre que pegaba los gritos también era blanco: calvo como un bebé y con una toalla alrededor de los hombros. Instruía a dos boxeadores que estaban en el cuadrilátero. Eran negros, sudaban y jadeaban como perros acalorados.

Fu buscó al chico. Lo encontró golpeando un saco. Se había cambiado de ropa y llevaba un chándal, que tenía grandes manchas de sudor en los sobacos.

Fu observó cómo aporreaba el saco sin estilo ni precisión. Se arrojaba sobre él y lo golpeaba con fiereza, sin prestar atención a lo que sucedía a su alrededor.

Había merecido la pena correr el riesgo de cruzar todo Londres. Lo que presenciaba ahora había merecido la pena, incluso el breve interludio con el patán de las escaleras. Porque a diferencia de los otros momentos en que Fu había podido estudiar al chico, esta vez el elegido se dejaba ver.

La ira que tenía en su interior igualaba la de Fu. En efecto, necesitaba redimirse.

Por segunda vez, Winston Nkata no se fue directamente a casa, sino que siguió el río hacia el puente Vauxhall donde cruzó y rodeó el Oval una vez más. Lo hizo todo sin pensar, diciéndose simplemente que había llegado el momento. La rueda de prensa lo facilitó todo. Yasmin Edwards ya sabría algo de los asesinatos, así que su interés por visitarla sería enfatizar aquellos detalles cuya importancia podría no haber comprendido del todo.

Sólo después de aparcar enfrente de Doddington Grove Estate, Nkata fue consciente de lo que estaba haciendo. Y no resultó ser una situación ideal, porque eso también significaba ser consciente de sus sensaciones y lo que sentía mientras tamborileaba los dedos en el volante era, de nuevo, una gran cobardía.

Por un lado, tenía la excusa que había estado buscando. Aún más, tenía el deber que se había propuesto cumplir. Sin duda, no era para tanto comunicarle la información necesaria. Así que por qué le ponía nervioso hacer su trabajo… No podía comprenderlo.

Sólo que Nkata sabía que se estaba engañando a sí mismo mientras se daba treinta segundos para hacerlo. Había media docena de razones por las que debería ser reacio a subir en el ascensor al apartamento del tercer piso, y no era la última de ellas lo que le había hecho a propósito a la mujer que vivía en él.

La verdad era que no había aceptado por qué se había asignado la tarea de informar a Yasmin Edwards de que su amante le era infiel. Una cosa era perseguir honradamente a un asesino; otra muy distinta era querer que el asesino fuera alguien que impedía al propio Nkata conseguir… ¿qué? No quería ni plantearse la respuesta a esa pregunta.

Se dijo «vamos, socio» y empujó la puerta para abrirla. Yasmin Edwards podía haber acuchillado a su marido y cumplido condena por ello. Pero era seguro que si de cuchillos se trataba, quien más experiencia tenía de los dos blandiéndolos era él.

Hubo un tiempo en el que habría llamado a otro piso para poder acceder al ascensor y le habría dicho al inquilino del otro lado del interfono que era poli para poder subir así a la tercera planta y llamar a la puerta de Yasmin Edwards sin que ella supiera que estaba de camino. Pero ahora no se permitió hacerlo, así que pulsó el timbre de su piso.

– Policía, señorita Edwards -dijo cuando oyó su voz preguntando quién era-. Tengo que hablar con usted un momento, por favor.

Una duda hizo que Nkata se preguntara si habría reconocido su voz. Un momento después, sin embargo, liberó la cerradura del ascensor. Las puertas se abrieron y Winston entró.

Pensó que quizá saldría a recibirle a la puerta del piso; pero cuando avanzó a grandes zancadas por el pasillo exterior, vio que estaba tan cerrada como siempre, con las cortinas de la ventana del salón corridas para la noche. Sin embargo, cuando llamó, ella respondió bastante deprisa, lo que le dijo que debía de estar junto a la puerta, esperando su llegada.

Se quedó mirándolo inexpresiva y no tuvo que levantar demasiado la cabeza para hacerlo. Yasmin Edwards era una mujer elegante de metro ochenta, y su presencia era tan imponente como la primera vez que la había visto. Se había cambiado de ropa después de llegar del trabajo y llevaba un pijama a rayas. No llevaba nada encima, y Winston la conocía lo suficiente como para saber que no se había puesto la bata a propósito cuando había oído quién llamaba, lo cual era su forma de indicar a la policía que no los temía, después de haber vivido lo peor con ellos.

«Yas, Yas -quiso decir-. No tiene por qué ser así.»

– Señorita Edwards -dijo en lugar de eso, y sacó la placa, como si creyera que ella no le recordaría.

– ¿Qué pasa, tío? -dijo-. ¿Buscando a otro asesino por aquí? ¿No hay nadie más capaz de matar en este edificio aparte de mí? ¿Para qué día necesito la coartada?

Winston se guardó la identificación en el bolsillo. No suspiró, aunque quería hacerlo.

– ¿Podría hablar con usted un momento, señorita Edwards? A decir verdad, es sobre Dan.

Pareció alarmada, a su pesar. Pero como si sospechara que se trataba de algún tipo de truco, se quedó donde estaba, bloqueándole la entrada.

– Será mejor que me diga qué pasa con Daniel, agente.

– Ahora soy sargento -dijo Nkata-. ¿O empeora eso las cosas?

Ella ladeó la cabeza. Winston vio que echaba de menos ver y oír las ciento una trenzas con sus cuentas, aunque el pelo corto le quedaba igual de bien.

– ¿Sargento? -dijo-. ¿Es eso lo que has venido a decirle a Daniel?

– No he venido a hablar con Daniel -dijo pacientemente-. He venido a hablar con usted. Sobre Daniel. Puedo hablar aquí fuera si es lo que quiere, señorita Edwards, pero va a coger frío si se queda ahí mucho tiempo más.

Notó que se ponía rojo por lo que insinuaban sus palabras sobre lo que había observado: se le marcaban sus pezones en la franela del pijama, tenía la piel descubierta color nuez en carne de gallina allí donde la parte superior formaba una «V». Como pudo, Nkata evitó mirar las zonas vulnerables de Yasmin que quedaban abiertas al aire invernal, pero aun así vislumbraba la suave y majestuosa curva de su cuello, el lunar que no había visto nunca, debajo de la oreja derecha.

Ella le lanzó una mirada de desprecio y alargó la mano detrás de la puerta, donde Winston sabía que había un perchero para los abrigos.

Cogió una chaqueta de punto gruesa, que tardó su tiempo en ponerse y abrocharse hasta la garganta. Cuando se hubo abrigado a su gusto, volvió a prestarle atención.

– ¿Mejor? -preguntó.

– Lo que sea mejor para usted.

– ¿Mamá? -Era la voz de su hijo, y provenía de su cuarto, que Nkata sabía que estaba a la izquierda de la puerta principal-. ¿Qué pasa? ¿Quién…?

Daniel Edwards apareció justo por detrás de los hombros de Yasmin. Abrió mucho los ojos cuando vio quién les visitaba, y su contagiosa sonrisa dejó al descubierto unos dientes blancos y perfectos, muy adultos para su cara de doce años.

– Hola, Dan. ¿Qué hay? -dijo Nkata.

– ¡Eh! -Dijo Daniel-. Te acuerdas de cómo me llamo.

– Le sale en los informes -dijo Yasmin Edwards a su hijo-. Es lo que hacen los polis. ¿Ya estás listo para el cacao? Está en la cocina si lo quieres. ¿Has acabado los deberes?

– ¿Vas a entrar? -Le dijo Daniel a Nkata-. Tenemos cacao. Lo prepara mamá. Puedo compartirlo contigo si quieres.

– ¡Dan! ¿Es que estás sordo…?

– Lo siento, mamá -dijo Daniel. Pero volvió a esbozar esa sonrisa.

Daniel desapareció por la puerta de la cocina, de donde llegó el ruido de armarios abriéndose y cerrándose.

– ¿Paso? -Dijo Nkata a la madre del chico, señalando con la cabeza el interior del piso-. Serán cinco minutos. Puedo prometérselo, porque tengo que irme a casa.

– No quiero que intentes que Dan…

Nkata levantó las manos en señal de rendición.

– Señorita Edwards, ¿la he molestado desde que pasó lo que pasó? ¿No, verdad? Creo que puede confiar en mí.

Pareció que Yasmin se quedaba pensando en aquello mientras, detrás de ella, continuaba el trajín alegre en la cocina. Al final, abrió la puerta de par en par. Nkata entró y cerró antes de que cambiara de opinión.

Echó un vistazo rápido a su alrededor. Había decidido no interesarse por lo que pudiera encontrar dentro, pero no pudo evitar sentir curiosidad.

Cuando la conoció, Yasmin Edwards vivía con su amante, una mujer alemana, una ex presidiaría como ella que había cumplido condena por asesinato, también como ella. Se preguntó si la habría sustituido.

No había indicios de que así fuera. Todo estaba prácticamente igual que antes. Se volvió hacia Yasmin y vio que estaba mirándolo. Tenía los brazos cruzados debajo de los pechos y en su cara se leía: «¿Satisfecho?».

No soportaba que lo desconcertara. No estaba acostumbrado a que le pasara eso con las mujeres.

– Han asesinado a un chico -dijo-. Su cuerpo apareció en Saint George's Gardens, cerca de Russell Square, señorita Edwards.

– Al norte del río -contestó ella, encogiéndose de hombros como diciendo: «¿En qué puede afectar eso a esta zona de la ciudad?».

– No. Es más que eso -dijo él-. Es uno de los chicos que han aparecido muertos por toda la ciudad. En Gunnersbury Park, en Tower Hamlets, en un aparcamiento de Bayswater y ahora en el parque. El del parque es blanco, pero el resto son todos mestizos. Y jóvenes, señorita Edwards. Crios.

Yasmin lanzó una mirada hacia la cocina. Winston sabía qué pensaba: su Daniel encajaba en el perfil que acababa de describir. Era joven; era mestizo. Aun así, pasó su peso a una cadera y le dijo a Nkata:

– Todos al norte del río. Aquí no nos afecta. ¿Y por qué estás aquí en realidad, si no te importa que te lo pregunte? -le preguntó como si todo lo que había dicho y la brusquedad con que lo había dicho pudieran protegerla de temer por la seguridad de su hijo.

Antes de que Nkata pudiera responder, Daniel regresó con ellos, una taza de cacao humeante en la mano.

– Te traigo esto de todos modos. -Pareció evitar la mirada de su madre mientras le decía a Nkata-: Es casero. Puedes echarte más azúcar si quieres.

– Gracias, Dan. -Nkata le cogió la taza al chico y le dio una palmadita en el hombro. Daniel sonrió y saltó de un pie descalzo al otro-. Parece que has crecido desde la última vez que te vi -añadió Nkata.

– Sí -dijo Daniel-. Lo hemos medido. Tenemos unas marcas en una pared de la cocina. Puedes verlas si quieres. Mamá me mide el primer día de cada mes. He crecido cinco centímetros.

– Con un estirón como ése, te dolerán los huesos -dijo Nkata.

– ¡Sí! ¿Cómo lo sabes? Bueno, imagino que tú también creciste deprisa.

– Así es -dijo Nkata-. Doce centímetros en un verano. Huy.

Daniel se rió. Parecía dispuesto a quedarse a charlar, pero su madre le frenó pronunciando su nombre con brusquedad. Daniel miró a su madre y de nuevo a Nkata.

– Tómate el cacao -dijo Nkata-. Nos vemos luego.

– ¿Sí? -El semblante del chico pedía una promesa.

Yasmin Edwards no lo permitió al decir:

– Daniel, este hombre está aquí por trabajo, nada más -dijo Yasmin. Con eso bastó. El chico volvió pitando a la cocina, y echó una última mirada atrás. Yasmin esperó a que desapareciera antes de decirle a Nkata-: ¿Algo más?

Tomó un trago de cacao y dejó la taza sobre la mesita de café de patas de hierro donde aún estaba el mismo cenicero rojo con forma de zapato de tacón, vacío ahora que la mujer alemana que lo utilizaba se había marchado de la vida de Yasmin Edwards.

– Ahora debe tener más cuidado. Con Dan.

Ella tensó los labios.

– Intentas decirme…

– No -dijo-. Es usted la mejor madre que el chico podría tener, y lo digo de verdad, Yasmin. -Se sorprendió al ver que utilizaba su nombre de pila, y agradeció que ella fingiera no haberse dado cuenta. Se apresuró a seguir-: Sé que está de trabajo hasta los topes, con el negocio de las pelucas y todo eso. Dan pasa tiempo solo, no porque sea lo que usted quiere, sino porque así son las cosas. Lo único que digo es que este tipo está cogiendo a chicos de la edad de Dan y los está matando, y no quiero que a Dan le pase eso.

– No es estúpido -dijo Yasmin de manera cortante, aunque Nkata vio que todo aquello eran bravatas. Ella tampoco era estúpida.

– Lo sé, Yas. Pero Dan es… -Nkata buscó las palabras adecuadas-. Se ve que necesita a un hombre. Es evidente. Y por lo que sabemos sobre los chicos asesinados… Se van con él. No se resisten. Nadie ve nada porque no hay nada que ver porque ellos confían en él, ¿de acuerdo?

– Daniel no se va a ir con…

– Creemos que utiliza una furgoneta. -Nkata la interrumpió, insistiendo a pesar de su evidente desdén-. Creemos que es roja.

– Ya te he dicho que Daniel no se sube al coche de nadie. De nadie que no conozca. -Lanzó una mirada en dirección a la cocina. Bajó la voz-. ¿Qué insinúas? ¿Que no se lo he enseñado?

– Sé que se lo ha enseñado. Ya le he dicho que sé que es buena madre. Pero eso no cambia lo que pasa dentro de él, Yas. Necesita a un hombre.

– ¿Y crees que tú vas a ser ese hombre o qué?

– Yas. -Ahora que había empezado a decir su nombre, Nkata vio que no podía pronunciarlo suficientes veces. Era una adicción, de la que sabía que tenía que desengancharse deprisa o estaría perdido, como un yonqui durmiendo en el portal del Strand. Así que volvió a intentarlo-. Señorita Edwards, sé que Dan pasa tiempo solo porque usted está ocupada. Y eso no es ni bueno ni malo. Es así como es. Sólo quiero que comprenda lo que está pasando en su barrio, ¿entiende?

– Bien -dijo ella-. Lo comprendo. -Pasó por delante de él en dirección a la puerta, alargó la mano hacia el pomo y dijo-: Ya has hecho lo que has venido a hacer. Ahora ya puedes…

– ¡Yas! -Nkata no iba a consentir que lo echara. Estaba allí para hacerle un servicio a la mujer le gustara o no, y aquel servicio era recalcarle el peligro y la urgencia de la situación, y no parecía que ella deseara comprender ninguna de las dos cosas-. Hay un cabrón ahí fuera que va a por chicos como Daniel -dijo Nkata más acaloradamente de lo que le habría gustado-. Los mete en una furgoneta y les quema las manos hasta que la piel se vuelve negra. Luego los estrangula y los abre en canal. -Ahora Yasmin sí le prestó atención, y eso le alentó a continuar, como si cada palabra fuera una forma de demostrarle algo, aunque ahora no quería pensar en qué era ese algo-. Luego los marca un poco más con la propia sangre de los chicos. Y luego deja los cuerpos expuesto. Los chicos se van con él y no sabemos por qué y hasta que lo sepamos… -Vio que la cara de Yasmin había cambiado. La ira, el horror y el miedo se habían transformado en… ¿Qué era lo que estaba viendo?

Estaba mirando por detrás de él, con los ojos clavados en la cocina. Y Nkata lo supo. Así de fácil, como si alguien hubiera chasqueado los dedos delante de su cara y hubiera recuperado de repente la conciencia, lo supo.

No tuvo que darse la vuelta. Sólo tuvo que preguntarse cuánto tiempo llevaría Daniel en la puerta y cuánto habría escuchado.

Aparte de haberle dado a Yasmin Edwards una gran cantidad de información que no necesitaba y que no estaba autorizado a dar a nadie, había asustado a su hijo, y lo supo sin tener que mirar, igual que sabía que había abusado de la hospitalidad que pudiera haber tenido en Doddington Grove Estate.

– ¿Has hecho suficiente? -Susurró Yasmin Edwards con fiereza, desviando la mirada de su hijo a Nkata-. ¿Has dicho y visto suficiente?

Nkata apartó la vista de ella para mirar a Daniel. Estaba en la puerta con una tostada en la mano, una pierna cruzada sobre la otra y apretando como si necesitara ir al baño.

Tenía los ojos muy abiertos, y Nkata lamentó que hubiera visto u oído a su madre en algo parecido a un altercado con un hombre.

– No quería que lo oyeras, amigo -le dijo a Daniel-. No era necesario y lo siento. Sólo ten cuidado en la calle. Hay un asesino que va tras chicos de tu edad. No quiero que vaya a por ti.

Daniel asintió. Estaba serio.

– Vale -dijo. Y luego, cuando Nkata se volvió para marcharse, el niño añadió-: ¿Vas a venir otro día o qué?

Nkata no le respondió enseguida.

– Ten cuidado, ¿vale?

Y mientras salía del piso, se arriesgó a echar una última mirada a la madre de Daniel Edwards. Su expresión le dijo: «¿Qué te he dicho, Yasmin? Daniel necesita un hombre».

La expresión de ella respondió con la misma claridad: «Pienses lo que pienses, ese hombre no eres tú».

Capítulo 6

Pasaron cinco días más. Hubo lo que hay en todas las investigaciones por homicidio, elevado al cubo por el hecho de que se enfrentaban a asesinatos múltiples. Así que las horas, que se acumulaban a más horas, que se convertían en días largos, noches más largas y comidas ingeridas deprisa y corriendo, acabaron dedicadas en un ochenta por ciento a tareas muy pesadas. Esto significaba llamadas telefónicas interminables, comprobar historiales, recopilar datos, tomar declaraciones y redactar informes. Otro quince por ciento se destinaba a fusionar todos los datos e intentar encontrarles algún sentido. El tres por ciento consistía en revisar toda la información una docena de veces para asegurarse de que no se había malinterpretado, traspapelado o pasado nada por alto, y el dos por ciento restante se dedicaba a tener la sensación esporádica de que realmente estaban avanzando. Tener aguante era necesario para el primer ochenta por ciento. La cafeína funcionaba para el resto.

Durante ese tiempo, el departamento de prensa cumplió su promesa de mantener informados a los medios; en esas ocasiones, el subinspector Hillier siguió requiriendo al sargento Winston Nkata -y con frecuencia también a Lynley- como imagen de la campaña de la Met «Sus impuestos están trabajando».

A pesar de la naturaleza exasperante de las ruedas de prensa, Lynley tenía que admitir que, hasta el momento, las actuaciones de Hillier ante los periodistas parecían dar resultado, puesto que la prensa aún no había empezado a pedir la cabeza de nadie. Pero eso no hacía que el tiempo que pasaban con ellos fuera menos pesado.

– Emplearía mejor mis esfuerzos en otras tareas, señor -le informó a Hillier tan diplomáticamente como pudo después de su tercera aparición en la tarima.

– Es parte del trabajo -respondió Hillier-. Saber llevarlo.

No había mucho de lo que informar a los periodistas. Los equipos en que el detective John Stewart dividió a los agentes que tenía asignados trabajaban con una precisión militar que satisfacía enormemente al hombre. El Equipo Uno había acabado de estudiar las coartadas dadas por posibles sospechosos a los que habían interrogado después de investigar las salidas de los hospitales mentales y las cárceles. Habían hecho lo mismo con los delincuentes sexuales puestos en libertad durante los últimos seis meses.

Habían documentado quién trabajaba en régimen abierto antes de ser excarcelado y habían añadido a su lista los centros de acogida para personas sin hogar, para ver si alguien con un comportamiento sospechoso había rondado por allí las noches de los asesinatos. Por el momento, no habían descubierto nada.

Mientras, el Equipo Dos había asumido la tarea de rastrearlo todo intentando encontrar testigos de…, de nada. Gunnersbury Park seguía pareciendo el mejor lugar para lograrlo, y el detective Stewart estaba, textualmente, decidido a encontrar algo en esa dirección, joder. No cabía la menor duda de que había sermoneado al equipo, alguien tenía que haber visto un vehículo aparcado en Gunnersbury Road a primera hora de la mañana cuando el asesino había dejado dentro del parque a la víctima número uno, porque las dos únicas vías de acceso fuera del horario de apertura seguían siendo saltar el muro (lo cual, al medir dos metros y medio, parecía una elección improbable para alguien que llevara un cadáver a cuestas) o a través de una de las dos secciones del muro cerradas con tablas que daban a Gunnersbury Road. Pero, por el momento, los sondeos en las casas del otro lado de la calle no habían aportado nada al Equipo Dos, y los interrogatorios con casi todos los camioneros que habrían cubierto esa ruta tampoco habían dado fruto. Igual que las conversaciones (aún en marcha) con las empresas de taxis y de alquiler de coches.

Sólo tenían la furgoneta roja vista en la zona de Saint George's Gardens. Pero cuando Tráfico envió una lista de los vehículos como ése registrados a propietarios del Gran Londres, el total ascendía a la imposible cifra de setenta y nueve mil trescientos ochenta y siete. Ni siquiera con el perfil del asesino realizado por Hamish Robson -que sugería que centraran su interés en aquellos propietarios de vehículos que fueran hombres solteros de entre veinticinco y treinta y cinco años- la cifra era remotamente manejable.

Aquella situación hacía que Lynley añorara la versión cinematográfica de la vida de un detective de policía: un breve periodo de trabajo pesado, un periodo un poco más largo de reflexión y, luego, grandes escenas de acción en las que el héroe persigue al villano por tierra, mar y aire, por callejones y por debajo de las vías de un tren elevado, para someterlo al final con una paliza y sacarle una confesión exhausta. Pero la cosa no iba así.

Sin embargo, después de otra aparición más ante la prensa se produjeron en poco tiempo tres avances esperanzadores.

Lynley regresó a su despacho a tiempo para responder al teléfono y recibir una llamada del S07. El análisis del residuo negro, presente en los cuatro cuerpos y en la bicicleta, había generado una información valiosa. La furgoneta que buscaban probablemente era una Ford Transit.

El residuo provenía de la desintegración de un tipo de forro de goma opcional que se ofreció para el suelo de ese vehículo hacía de diez a quince años. El detalle de la Ford Transit iba a reducir bastante la lista que habían recibido de Tráfico, aunque no sabrían cuánto hasta que introdujeran los datos en el ordenador.

Cuando Lynley volvió al centro de coordinación con aquella noticia, se enteró del segundo avance. Tenían una identificación positiva para el cadáver hallado en el aparcamiento de Bayswater. Winston Nkata había hecho una excursión hasta la cárcel de Pentonville para mostrar unas fotografías de la tercera víctima a Felipe Salvatore, quien cumplía condena por atraco a mano armada y agresión.

Salvatore había sollozado como un niño de cinco años al declarar que el chico muerto era su hermano pequeño Jared, cuya desaparición había denunciado la primera vez que se había saltado su visita habitual al trullo. En cuanto a los otros miembros de la familia de Jared… Estaba resultando más difícil localizarles, un hecho que al parecer tenía que ver con la adicción a la cocaína y la naturaleza nómada de la madre del joven muerto.

El último avance también correspondía a Winston Nkata, quien se pasó dos mañanas en Kipling Estate, intentando encontrar a alguien a quien sólo conocían por el nombre de Blinker. Al fin su perseverancia -por no mencionar sus buenas maneras- se había visto recompensada: habían localizado a un tal Charlie Burov, alias Blinker, y estaba dispuesto a hablar con alguien sobre su relación con Kimmo Thorne, la víctima de Saint George's Gardens. Pero no quería que el encuentro fuera en la urbanización de viviendas subvencionadas donde dormía en casa de su hermana, sino que vería a alguien -que no fuera de uniforme, había remarcado al parecer- dentro de la catedral de Southwark, en el quinto banco de la izquierda empezando por atrás, a las tres y veinte de la tarde en punto.

Lynley cazó al vuelo la oportunidad de salir del edificio durante unas horas. Llamó al subinspector para contarle las novedades que servirían de forraje para la siguiente rueda de prensa y se escapó hacia la catedral de Southwark. Le dio un golpecito a la detective Havers para que le acompañara. Le dijo a Nkata que verificara el nombre de Jared Salvatore con la brigada de antivicio del último distrito en el que había vivido y que después averiguara donde residía actualmente la familia del chico. Luego se marchó con Havers en dirección al puente de Westminster.

Llegar a la catedral de Southwark fue sencillo una vez superada la confusión general alrededor de Tenison Way. Quince minutos después de salir de Victoria Street, Lynley y la detective estaban en la nave de la iglesia.

Llegaban voces del presbiterio, donde un grupo de estudiantes al parecer rodeaba a alguien que señalaba los detalles del baldaquín que cubría el pulpito. Tres turistas de temporada baja miraban postales en un puesto de libros justo enfrente de la entrada, pero no parecía que nadie esperara para encontrarse con alguien. La situación se veía agravada por el hecho de que, como la mayoría de catedrales medievales, la de Southwark no tenía bancos normales, por lo que no había una quinta fila a la izquierda empezando por atrás donde Charlie Burov, alias Blinker, se sentara cómodamente a esperar su llegada.

– Eso habla de lo mucho que va a la iglesia -murmuró Lynley. Mientras Havers miraba a su alrededor, suspiraba y maldecía entre dientes, añadió-: Esa boca, detective. Nunca es agradable que te alcance el rayo del Señor.

– Al menos podría haber echado un vistazo a la iglesia primero -gruñó Havers.

– En el mejor de los mundos. -Al final Lynley descubrió una figura alta y delgada vestida de negro cerca de la pila bautismal, que lanzaba miradas en su dirección-. Ah, allí, Havers. Podría ser nuestro hombre.

No salió corriendo cuando se acercaron a él, aunque echó una mirada nerviosa al grupo del pulpito y luego otra a la gente de la tienda de libros. Cuando Lynley le preguntó educadamente si era el señor Burov, el chico masculló como si fuera un personaje de una mala película de cine negro:

– Es Blinker. ¿Sois de la pasma, entonces?

Lynley los presentó a él y a Havers mientras se formaba un juicio rápido del chico. Blinker debía de tener unos veinte años y una cara que no tendría nada especial si no estuviera de moda llevar la cabeza rapada y el cuerpo lleno de piercings. En realidad, le salían pinchos de plata de la cara como un brote de viruela y cuando hablaba, lo cual hacía con cierta dificultad, se le veían en la lengua media docena más de pinchos alineados alrededor de la lengua. Lynley no quiso ni imaginar el trabajo que le costaría al chico comer. Oír lo mucho que le costaba hablar ya era suficiente.

– Quizá éste no sea el mejor lugar para charlar -observó Lynley-. ¿Hay algún lugar por aquí cerca…?

Blinker accedió a tomar un café. Lograron encontrar una cafetería cercana a Saint Mary Overy Dock, y Blinker ocupó una silla en una de las mesas de fórmica mugrientas, donde examinó la carta.

– ¿Puedo comerme unos espaguetis a la boloñesa? -preguntó.

Lynley le acercó a Havers un cenicero maloliente.

– Pide lo que quieras -le dijo al chico, aunque se estremeció al pensar en ingerir él cualquier tipo de plato, y menos aún pasta, en un lugar donde los zapatos se te quedaban pegados al linóleo y las cartas del menú parecían necesitar desinfectante.

Al parecer Blinker se tomó la respuesta de Lynley al pie de la letra, porque cuando la camarera se acercó a tomar nota, pidió también bacón, dos huevos, patatas fritas y champiñones, y un sandwich de atún y maíz para acompañar los espaguetis. Havers pidió un zumo de naranja y Lynley, un café. Blinker cogió el salero de plástico y lo hizo rodar entre las palmas de las manos.

No quería hablar hasta que se zampara algo, les dijo. Así que esperaron en silencio a que llegara el primero de los platos, mientras Havers aprovechaba para fumarse otro cigarrillo y Lynley saboreaba el café y se armaba de valor para presenciar el espectáculo de ver al chico saboreando la comida.

Resultó que tenía mucha práctica. Cuando colocaron el primer plato delante de él, Blinker atacó deprisa el bacón y la guarnición, sin miramientos y -por suerte- aún más discreción. Después de rebañar la yema del huevo y la grasa del bacón con una tostada en forma de triángulo, dijo:

– Mucho mejor. -Y pareció listo para entregarse a la conversación y a un cigarrillo, que le gorroneó a Havers, mientras esperaba a que llegara la pasta.

Estaba afectado por lo de Kimmo, les dijo. Pero había advertido a su colega -le había advertido un millón de veces- sobre que lo encularan tipos que no conocía. Pero Kimmo siempre argumentaba que el riesgo merecía la pena. Y siempre los obligaba a ponerse una goma… aunque había que reconocer que no siempre se daba la vuelta en el momento decisivo para comprobar que lo llevaban puesto.

– Le dije que no era por si algún tipo lo infectaba, por Dios -dijo Blinker-. Era precisamente por lo que ha acabado pasándole. Yo no quería que estuviera solo en la calle. Nunca. Cuando Kimmo estaba en la calle, yo estaba en la calle con él. Se suponía que tenía que ser así.

– Vaya -dijo Lynley-. Ya lo capto. Eras el chulo de Kimmo Thorne, ¿no?

– Eh. No era eso. -Blinker pareció ofendido.

– ¿No eras su chulo? -intervino Barbara Havers-. ¿Y qué es cuando es blanco y va en botella?

– Yo era su colega -dijo Blinker-. Vigilaba por si pasaba algo desagradable, como que un tipo tuviera pensado algo más que pasar un rato divertido con Kimmo. Trabajábamos juntos, como un equipo. No era culpa mía que fuera Kimmo quien les molara, ¿no?

Lynley quiso decir que el aspecto de Blinker quizá tenía algo que ver en quién molaba más a los clientes, pero no sacó el tema.

– La noche que desapareció Kimmo, ¿no quedó contigo, entonces?

– Ni siquiera sabía que iba a salir. Habíamos estado en Leicester Square la noche anterior, ¿saben?, y en Hollen Street había una fiesta y querían un poco de diversión. Así que hicimos negocios con ellos. Sacamos suficiente guita como para no salir otra vez, y Kimmo me dijo que, de todos modos, su abuela quería que pasara la noche en casa.

– ¿Y eso era normal? -preguntó Lynley.

– Qué va. Así que debí imaginar que algo pasaba cuando lo dijo, pero no lo hice porque a mí ya me iba bien no salir. Estaba la tele… y tenía otras cosas que hacer.

– ¿Como cuáles? -preguntó Havers. Cuando Blinker no respondió, sino que simplemente miró en dirección a la cocina para ver si aparecían sus espaguetis a la boloñesa, la detective dijo-: ¿A qué más os dedicabais aparte de a la prostitución, Charlie?

– Eh. Ya he dicho que nosotros nunca…

– Basta ya de juegos -le interrumpió Havers-. Disfrázalo como quieras, pero la verdad es que, si te pagan, Charlie, no es amor verdadero. Y a vosotros os pagaban, ¿verdad? ¿No es eso lo que has dicho? ¿Y no fue por eso por lo que no os hizo falta salir otra noche? ¿Porque Kimmo había ganado dinero suficiente para una semana seguramente, ofreciendo «diversión» en Hollen Street? Me pregunto qué hiciste con la pasta. ¿Fumártela, chutártela, esnifártela? ¿Qué?

– ¿Sabéis? No tengo por qué hablar mucho con vosotros -dijo Blinker acaloradamente-. Podría levantarme ahora mismo y salir por esa puerta más deprisa que…

– ¿Y quedarte sin espaguetis a la boloñesa? -Preguntó Havers-. Dios santo, eso no.

– Havers -dijo Lynley en el tono que usaba generalmente, con poco éxito, para contenerla. Y a Blinker-: ¿Era normal que Kimmo saliera solo? ¿A pesar de lo que teníais acordado?

– A veces salía solo, sí. Ya os lo he dicho. Yo le decía que no lo hiciera, pero lo hacía de todos modos. Le dije que no era seguro. No era un tipo grande, ¿verdad?, y si juzgaba mal quién se lo montaba… -Blinker apagó el cigarrillo y apartó la mirada. Se le humedecieron los ojos-. Estúpido cabrón -murmuró.

Aparecieron los espaguetis a la boloñesa, junto a un cuenco de queso rallado que parecía serrín bajo en hierro. Blinker lo espolvoreó delicadamente sobre la pasta y atacó, su emoción apagada por el apetito. La puerta de la cafetería se abrió y entraron dos obreros, los vaqueros emblanquecidos por polvo de yeso y los zapatos de suela gruesa llenos de cemento. Saludaron con familiaridad al cocinero, al que podían ver gracias a una ventanilla de servir, y escogieron una mesa en un rincón donde pidieron varios platos no muy distintos a los que había elegido Blinker.

– Le dije que pasaría esto si iba solo -dijo Blinker cuando acabó de engullir la pasta y mientras esperaba a que llegara el sandwich de atún y maíz-. Se lo repetí mil veces, pero no me escuchó, no. Decía que sabía calar a esos tipos, eso decía. A los malos. Decía que desprendían una especie de olor. Como si al pensar tanto en lo que querían hacerle se les pusiera la piel toda grasienta y calenturienta. Le dije que eso era una chorrada y que tenía que llevarme con él, pasara lo que pasase, pero no me hizo caso, ¿no? Y mirad qué ha pasado.

– Así que crees que esto es obra de un cliente -dijo Lynley-. Que Kimmo juzgó mal a alguien cuando estaba solo.

– ¿Qué si no podría ser?

– La abuela de Kimmo dice que se metió en líos por tu culpa -dijo Havers-. Dice que vendía mercancía robada que tú le entregabas. ¿Qué sabes de eso?

Blinker se levantó de la silla como si le hubieran herido de muerte.

– ¡No! -dijo-. Es una puta mentirosa. Vieja de mierda. No le gusté desde el principio y ahora la tía intenta echarme la culpa. Bueno, no sé en qué andaba metido Kimmo, pero no tenía nada que ver conmigo. Vayan por Bermondsey y miren quién conoce a Blinker y quién conoce a Kimmo. Vayan, venga.

– ¿A Bermondsey? -preguntó Lynley.

Pero Blinker no dijo nada más. Estaba que echaba chispas porque alguien le hubiera acusado de ladrón en lugar de lo que era en realidad, un chulo callejero, que ofrecía los servicios de un chico de quince años.

– ¿Kimmo y tú erais amantes, por cierto? -preguntó Lynley.

Blinker se encogió de hombros, como si la pregunta no tuviera importancia. Miró a su alrededor para ver si llegaba el sandwich de atún, vio que esperaba en el alféizar de la ventanilla de la cocina y fue a buscárselo él mismo.

– Espera, amigo. Ahora te lo traigo -le dijo la camarera.

Blinker no le hizo caso y llevó el sandwich a la mesa, pero no volvió a sentarse. Tampoco comió, sino que envolvió el sandwich en la servilleta usada y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta de cuero gastada.

Lynley lo miró y vio que el joven no estaba resentido por la última pregunta, sino apenado, de un modo que sin duda no esperaba. La respuesta se encontraba en un músculo tembloroso en la mandíbula. El y el chico muerto habían sido amantes, en efecto, si no recientemente, al menos al principio y probablemente antes de que pusieran en marcha el negocio de ganar dinero con el cuerpo de Kimmo.

Blinker los miró mientras se subía la cremallera de la chaqueta.

– Lo dicho. Kimmo no habría tenido ningún problema si se hubiera quedado conmigo. Pero no lo hizo, ¿no? Salió solo cuando le dije que no lo hiciera. Pensaba que conocía el mundo. Y mirad cómo ha acabado. -Dicho eso, se marchó. Se dirigió a la puerta y dejó a Lynley y Havers examinando los restos de los espaguetis a la boloñesa como sumos sacerdotes en busca de augurios.

– Ni siquiera nos ha dado las gracias por la comida -dijo Havers. Cogió el tenedor y enroscó dos espaguetis. Los levantó hasta tenerlos a la altura de los ojos-. Pero el cuerpo de Kimmo… Ninguno de los informes dice que mantuviera relaciones sexuales antes de morir, ¿verdad?

– Ninguno -admitió Lynley.

– ¿Lo que podría significar…?

– Que esta muerte no tiene nada que ver con hacer la calle. A menos, por supuesto, que lo que pasó aquella noche pasara antes de que llegaran al sexo.

Lynley apartó su taza de café, que apenas había probado, hacia el centro de la mesa.

– Pero ¿si tenemos que eliminar el sexo como parte de…? -preguntó Havers.

– Entonces la pregunta es: ¿cómo se te da levantarte antes de que amanezca?

Havers lo miró.

– ¿Bermondsey?

– Diría que es nuestro siguiente destino. -Lynley se quedó mirándola mientras Barbara pensaba, con el tenedor aún oscilando entre sus dedos.

Al final asintió con la cabeza, pero no parecía contenta.

– Espero que pienses formar parte de ese equipo.

– No voy a dejar que una dama ronde sola por el sur de Londres de noche -contestó Lynley.

– Buenas noticias, entonces.

– Me alegro de que te quedes más tranquila. Havers, ¿qué pretendes hacer con esos espaguetis?

Ella lo miró y luego volvió a mirar de nuevo el tenedor que aún oscilaba en el aire.

– ¿Esto? -dijo. Se metió los espaguetis en la boca y los masticó pensativamente-. Está claro que tienen que perfeccionar su al dente -le dijo.

Jared Salvatore, la segunda víctima de su asesino -al que habían empezado a referirse como Furgoneta Roja a falta de otro sobrenombre- vivía en Peckham, a unos trece kilómetros en línea recta de Bayswater, donde había aparecido su cuerpo. Puesto que desde la cárcel de Pentonville, Felipe Salvatore no había podido proporcionarles una dirección reciente para su familia, Nkata fue primero al último domicilio conocido, que era un piso en el laberíntico North Peckham Estate. Era un lugar donde nadie iba desarmado de noche, donde los polis no eran bienvenidos y el territorio estaba marcado. Ofrecía lo peor de la vida comunitaria: deprimentes tendederos para la ropa colgando de los balcones y de los bajantes, bicicletas rotas y sin ruedas, carritos de la compra oxidados y todos los tipos de basura imaginable. La zona del norte de Peckham hacía que la urbanización de viviendas subvencionadas de Nkata pareciera Utopía el día de su inauguración.

En la casa que se correspondía con la dirección que le habían dado de la familia Salvatore, Nkata no encontró a nadie. Llamó a la puerta de los vecinos, quienes tampoco sabían nada o no quisieron decirle nada, hasta que encontró a una que le informó de que «la zorra drogata y sus mocosos al fin habían sido desahuciados después de una batalla monumental con Navina Cryer y su banda, los cuales eran todos de Clifton Estate». Esa era toda la información que había disponible sobre la familia. Pero como le habían dado un nombre nuevo -el de Navina Cryer-, Nkata se dirigió a Clifton Estate a buscar a la mujer y cualquier dato que pudiera proporcionarle sobre los Salvatore.

Navina resultó ser una chica de dieciséis años en avanzado estado de gestación. Vivía con su madre y sus dos hermanas menores, además de con dos bebés en pañales que, durante el rato que duró la conversación con la chica, Nkata no llegó a saber de quién eran. A diferencia de los habitantes de North Peckham Estate, Navina estuvo la mar de contenta de hablar con la policía. Echó una larga mirada a la placa de Nkata, otra aún más larga al propio Nkata y le condujo al interior del piso. Su madre estaba trabajando, le informó, y el resto de la «peña» -palabra con la que imaginó que se refería a los otros niños- podían cuidarse ellos solitos. Lo hizo pasar a la cocina. En una mesa había varias pilas de ropa sucia, y el aire apestaba a pañales desechables que había que bajar a la basura urgentemente.

Navina encendió un cigarrillo en uno de los quemadores de gas de la cocina mugrienta y se apoyó en ella en lugar de tomar asiento a la mesa. Le sobresalía tanto el estómago que resultaba difícil entender cómo podía mantenerse derecha, y debajo del tejido tirante de las mallas, las venas salían como gusanos después de una tormenta.

– Ya era hora, ¿no? ¿Qué os ha hecho mover el culo? Molaría saberlo, para hacerlo bien la próxima vez.

Nkata repasó aquellas observaciones. Concluyó que la chica esperaba la visita de la policía. Teniendo en cuenta la información que había deducido de la vecina de North Peckham Estate con la que había hablado, supuso que se refería a las consecuencias -fuera las que fuesen- de su altercado con la señora Salvatore.

– Una mujer de North Peckham… me dijo que quizá conocerías el paradero de la madre de Jared Salvatore. ¿Es así? Navina entrecerró los ojos. Dio una gran calada al cigarrillo -lo suficiente como para que Nkata se estremeciera al pensar en el nonato- y, mientras expulsaba el humo, lo examinó, luego se miró las uñas. Las llevaba pintadas de fucsia a juego con las de los pies.

– ¿Qué pasa con Jared? -dijo despacio-. ¿Sabes algo de él?

– Busco a su madre, ¿puedes decirme dónde está? -contestó Nkata.

– Como si a ella fuera a importarle -dijo Navina con desdén, le pareció a Nkata-. Como si significara más para ella que la coca. Esa zorra ni siquiera sabía que había desaparecido hasta que yo se lo dije, colega, y si la encuentra debajo del puente en el que debe de dormir desde que la echaron de North Peckham, puede decirle que he dicho que ojalá se muera y que escupiré encantada sobre su tumba. -Dio otra calada al cigarrillo. Nkata vio que le temblaban los dedos.

– Navina, ¿podemos retroceder un poco? No te sigo.

– ¿Cómo? ¿Qué más quieres que te cuente, tío? Desapareció y no era normal en él, no he dejado de repetirlo. Pero nadie me escucha y estoy dispuesta a…

– Espera -dijo Nkata-. ¿Puedes venir a sentarte? Intento enterarme, pero vas demasiado rápido. -Retiró una silla de la mesa y le indicó que se sentara. Uno de los bebés entró en la cocina en aquel instante, con el pañal casi por las rodillas, y Navina dedicó un momento a cambiarle, lo que consistió en arrancarle el pañal, tirarlo al cubo de la basura -con la carga, gracias a Dios, intacta- y ponerle otro sin más ceremonia y con los restos de caca aún pegados a la piel. Después, sacó un zumo para el niño, se lo dio y dejó que encontrara por sí mismo un modo de quitar la pajita y meterla en el pequeño envase. Luego se acomodó en la silla. Había sujetado todo el rato el cigarrillo entre los labios, pero ahora lo apagó en un cenicero que sacó de debajo de una pila de ropa sucia.

– ¿Denunciaste la desaparición de Jared? ¿Es eso lo que me estás diciendo? -le dijo Nkata.

– Le dije a la policía que no fue a la ecografía. Supe enseguida que algo iba mal porque siempre iba, siempre, a preocuparse por su bebé.

– Entonces, ¿él es el padre? ¿Jared Salvatore es el padre de tu hijo?

– Y orgulloso de serlo desde el principio. Trece años, no hay muchos tíos que sean padres tan pronto, y le gustó. Estaba exultante el día que se lo dije.

Nkata hubiera querido saber qué hacía ella con un chico que tendría que estar en el colegio labrándose un futuro y no por ahí haciendo bebés, pero no preguntó. La propia Navina tendría que estar en el colegio, en realidad, o al menos haciendo algo más útil que ofrecerse a un adolescente cachondo tres años menor que ella. Seguro que se tiraba a Jared desde que el chico tenía doce años. A Nkata le dio vueltas la cabeza sólo de pensarlo. Y saber que con doce años y una fémina dispuesta, él también podría haber tirado por la borda su vida, ardiendo en deseos por ese momento de contacto con la carne y sin pensar en nada más.

– Tenemos el informe de su hermano Felipe, que está en la cárcel de Pentonville -le dijo a Navina-. Jared no fue a visitarle cuando debía y Felipe denunció su desaparición. De eso hará cinco o seis semanas.

– ¡Fui a ver a esos patanes dos días después! -Gritó Navina-. Dos días después de que no apareciera a la ecografía. Se lo dije a los polis y no me escucharon. No me hicieron ni puto caso.

– ¿Cuándo fue eso?

– Hace más de un mes -contestó-. Fui a la comisaría y le dije al tipo de la recepción que quería denunciar una desaparición. Me preguntó de quién y yo le dije que de Jared. Le dije que no había ido a la ecografía y que no me había llamado ni nada y que no era normal en él. Imaginaron que se había largado por lo del bebé, ya sabes. Me dijeron que esperara uno o dos días más y, cuando volví, me dijeron que esperara otro más. Y seguí yendo y seguí diciéndoles lo mismo y apuntaron mi nombre y el de Jared y nadie hizo nada. -Se echó a llorar.

Nkata se levantó de la silla, se acercó a ella y le puso la mano en la nuca. Notó el cuello delgado en sus dedos y la piel caliente contra la suya, y de ello dedujo qué físico tenía la chica antes de que el bebé de un niño de trece años la hubiera hinchado y vuelto torpe.

– Lo siento -le dijo-. Debieron escucharte, la policía local. Yo no soy de ahí.

Navina levantó la cara húmeda.

– Pero me has dicho que eras poli… ¿De dónde?

Se lo dijo. Luego, con todo el cuidado que pudo, le contó el resto: que al padre de su hijo lo había matado un asesino en serie, que seguramente ya estaba muerto el día de la cita para la ecografía que se había perdido, que era una de las cuatro víctimas, que como él eran adolescentes cuyos cuerpos habían encontrado tan lejos de sus casas que nadie de los alrededores sabía quiénes eran.

Navina escuchó, su piel oscura brillaba debajo de las lágrimas que seguían resbalando por sus mejillas. Nkata se debatía entre la necesidad de consolarla y el deseo de sermonearla para que entrara en razón. ¿Qué creía en realidad?, se preguntaba y quería decir, ¿que un chico de trece años estaría con ella para siempre? No tanto porque hubiera muerto, aunque Dios sabía que muchos jóvenes no llegaban nunca a cumplir los treinta, sino porque al final se habría dado cuenta de que la vida era algo más que criar hijos y habría querido ese algo más.

La necesidad de consolarla ganó. Nkata cogió un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se lo puso en las manos.

– Debieron escucharte y no lo hicieron, Navina. No sé explicarte por qué. Lo siento muchísimo.

– ¿No sabes explicármelo? -le preguntó con amargura-. ¿Lo que soy yo para ellos? La puta preñada del chico al que pillaron con un par de tarjetas de crédito robadas, y eso es lo que recuerdan de él, ¿verdad? Dio un par de tirones de bolso. Una noche intentó mangar un Mercedes con otros chicos. Es un gamberro, así que no pensamos buscarlo por ningún lado, así que lárgate de aquí, niña, y deja de contaminarnos el aire, gracias. Yo lo quería, sí, e íbamos a tener un hijo juntos e iba a tener esa vida. Estaba aprendiendo a cocinar e iba a ser un chef de verdad. Pregunta por ahí y verás lo que te dicen.

Cocinar. Chef. Nkata sacó el fino diario de cuero que utilizaba como libreta y garabateó las palabras a lápiz. No tuvo valor para insistirle a Navina y sacarle más información. Por lo que ya le había dicho, imaginaba que iba a encontrar datos muy valiosos sobre Jared Salvatore en la comisaría de policía de Peckham.

– ¿Estarás bien, Navina? -le dijo-. ¿Quieres que llame a alguien?

– A mi madre -dijo, y por primera vez pareció tener dieciséis años y también sentir lo que probablemente sentía en el fondo. Miedo, como tantas otras chicas que crecían en un ambiente donde nadie estaba a salvo y todo el mundo era sospechoso.

Su madre trabajaba en la cocina del hospital Saint Giles y, cuando Nkata habló con ella por teléfono, dijo que iría a casa de inmediato.

– No está de parto, ¿verdad? -Preguntó la mujer con preocupación-. Gracias a Dios, al menos por eso -dijo cuando Nkata le contó que se trataba de algo completamente distinto, pero que su presencia supondría un gran consuelo para la niña.

Dejó a Navina esperando la llegada de su madre y de Clifton Estate se fue a la comisaría de policía de Peckham, que quedaba en la calle principal, a tiro de piedra de allí. En la recepción, un agente especial blanco trabajaba tras el mostrador y dedicó a sus tareas un poco más de tiempo del necesario antes de saludar a Nkata.

– ¿Qué desea? -dijo entonces con un semblante que logró que fuera totalmente inexpresivo.

– Sargento Nkata. De la Met -contestó Nkata con cierta satisfacción mientras mostraba su placa al hombre. Contó por qué estaba allí. En cuanto mencionó el nombre de la familia Salvatore, pareció no necesitar dar más explicaciones. Encontrar a alguien en la comisaría que no conociera a los Salvatore habría sido más difícil que encontrar a alguien que se hubiera relacionado con ellos en algún momento u otro. Aparte de Felipe que cumplía sentencia en Pentonville, había otro hermano que estaba en prisión preventiva por agresión. La madre tenía un historial que se remontaba a la adolescencia y, al parecer, los otros chicos de la familia hacían lo que podían por mejorarlo antes de cumplir los veinte. Así que la verdadera pregunta era con quién quería hablar el sargento Nkata, porque cualquiera en aquella comisaría podía soltarle el rollo.

Nkata dijo que le serviría quien hubiera atendido la denuncia de Navina Cryer sobre la desaparición de Jared Salvatore. Aquello, por supuesto, sacó la delicada cuestión de por qué nadie se había molestado en redactar ese informe, pero no quería entrar en eso. Seguro que alguien habría escuchado a la chica, aunque no hubiera registrado formalmente lo que había dicho. Ésa era la persona con la que quería hablar.

Resultó que ese hombre era el agente Joshua Silver. Fue a buscar a Nkata a la recepción y lo condujo a un despacho que compartía con siete policías más y donde el espacio era mínimo y el ruido, máximo. Tenía un cubículo entre una hilera de teléfonos que sonaban permanentemente y unos archivadores prehistóricos puestos en fila, y allí fue donde le llevó. Sí, reconoció, él era la persona con la que había hablado Navina Cryer. No la primera vez que fue a la comisaría, cuando al parecer no había pasado de la recepción, sino la segunda y la tercera. Sí, anotó la información que le había dado, pero a decir verdad, no se tomó en serio a la chica. El gamberro de Salvatore tenía trece años. Silver supuso que el chico se había largado, como la chica estaba a punto de parir y eso… No había nada en su pasado que sugiriera que sería capaz de quedarse esperando a que ocurrieran cosas buenas.

– El chico lleva metiéndose en líos desde los ocho años -dijo el agente-. Tuvo su primer juicio por faltas cuando tenía nueve años, por robarle el bolso a una anciana de un tirón, y la última vez que su trasero cruzó esa puerta fue por atracar un Dixon's. Nuestro Jared pensaba vender la mercancía en un mercadillo.

– ¿Lo conocía personalmente?

– Como cualquiera de los agentes de aquí, sí.

Nkata le enseñó una foto del cuerpo que Felipe Salvatore había identificado como el de su hermano. El agente Silver la examinó y asintió con la cabeza para confirmar la identificación de Felipe. Era Jared, sí. Los ojos almendrados, la nariz chata. Todos los niños Salvatore los tenían, un regalo de la mezcla de razas de sus padres.

– El padre es filipino y la madre, negra. Una drogata. -Silver alzó la mirada rápidamente al decir esto último, como si de repente se diera cuenta de que podría haberlo ofendido.

– Ya lo sabía. -Nkata volvió a coger la foto. Preguntó por los cursos de cocina que se suponía que tomaba Jared.

Silver no sabía nada y declaró que sería producto o bien de las ilusiones de Navina Cryer o de las mentiras descaradas de Jared Salvatore. Lo único que sabía era que Menores se había hecho cargo de él y que un trabajador social había intentado -y no conseguido, obviamente- que hiciera algo de provecho.

– ¿Y puede ser que Menores metiera al chico en algún curso de formación? -dijo-. ¿Consiguen trabajo a los chicos?

– Cuando las ranas críen pelo -dijo Silver-. ¿Nuestro Jared friendo pescado en el Little Chef del barrio? No sé si me habría comido un plato preparado por él aunque estuviera muriéndome de hambre. -Silver cogió el quitagrapas de la mesa y lo utilizó para sacarse la mugre que tenía debajo de la uña del pulgar mientras concluía-: La realidad de escoria como los Salvatore, sargento, es la siguiente: la mayoría acaban donde iban. No iba a ser distinto para Jared, y Navina Cryer no podía aceptarlo. Felipe ya está entre rejas; Matteo está en prisión preventiva. Jared era el tercero de los hermanos, así que iba a ser el siguiente en entrar en el trullo. Los buenos samaritanos de Menores podrían haber hecho todo lo posible para evitar que sucediera esto, pero lo tuvieron todo en contra desde el principio.

– ¿Y todo era? -preguntó Nkata.

Silver lo miró por encima del quitagrapas y tiró la mugre de debajo de la uña al suelo.

– No pretendo ofenderlo, pero usted es la excepción, amigo, no la norma. E imagino que ha tenido ventajas por el camino. Pero hay veces en que la gente no vale, y ése era el caso de Jared. Empiezas mal y acabas peor. Así son las cosas.

No si alguien se interesa por ti, fue lo que Nkata quiso responderle. Nada estaba escrito a fuego.

Pero no dijo nada. Tenía la información que había ido a buscar. No comprendía por qué la desaparición de Jared Salvatore había pasado desapercibida durante tanto tiempo a la policía, pero no necesitaba comprenderlo. Como había dicho el propio agente Silver, así eran las cosas.

Capítulo 7

Cuando regresó a Chalk Farm al final de la jornada, Barbara Havers estaba casi contenta. No sólo el interrogatorio con Charlie Burov, alias Blinker, parecía un avance real, sino que salir del centro de coordinación y participar en el lado humano de la investigación en compañía de Lynley hacía que sintiera que recuperar su rango no era una quimera después de todo. De hecho, mientras volvía a casa desde el lugar donde había aparcado el Mini, tarareaba alegremente It's So Easy. Ni se inmutó siquiera cuando la lluvia empezó a caer y a golPearle en la cara por culpa del viento. Simplemente aceleró el paso (y el tiempo de la melodía) y se apresuró a llegar a Eton Villas.

Al enfilar el sendero de la entrada, echó un vistazo rápido al piso de la planta baja. En la casa de Azhar las luces estaban encendidas y a través de las cristaleras vio a Hadiyyah sentada a la mesa con la cabeza inclinada sobre una libreta abierta.

Los deberes, pensó Barbara. Hadiyyah era una alumna aplicada. Se detuvo un momento y se quedó mirando a la niña. Entonces, Azhar entró en la sala y se acercó a la mesa. Hadiyyah alzó la vista y lo siguió anhelosa con la mirada. Él no se la devolvió y la niña no habló, simplemente volvió a hundir la cabeza en la tarea.

Barbara sintió una punzada de remordimiento al presenciar aquella escena, y se apoderó de ella una ira inesperada cuya fuente no quiso examinar. Recorrió el sendero hacia su casa. Dentro, encendió las luces, tiró el bolso de bandolera sobre la mesa y sacó una lata de All Day Breakfast, cuyo contenido vertió sin miramientos en una sartén. Metió pan en la tostadora, sacó una Stella Artois de la nevera, y anotó mentalmente beber menos, puesto que se suponía que aquella noche tampoco le tocaba. Pero le apetecía celebrar el interrogatorio a Blinker.

Mientras la comida se las apañaba para prepararse sin su intervención, Barbara fue a buscar, como siempre, el mando de la televisión, el cual, como siempre, no encontró. Estaba buscándolo cuando vio que el contestador parpadeaba. Pulsó la tecla de reproducción y siguió buscando.

Oyó la voz de Hadiyyah, tensa y baja, que hablaba como si intentara evitar que alguien la oyera.

– Estoy castigada, Barbara -decía-. No he podido llamarte hasta ahora porque no puedo ni usar el teléfono. Papá dice que estoy castigada «hasta próximo aviso», y creo que no es nada justo.

– Maldita sea -farfulló Barbara, examinando la caja gris de la que salía la voz de su amiguita.

– Papá dice que se debe a mi discusión con él. En realidad no quería devolverte el CD de Buddy Holly, ¿sabes? Luego, cuando me dijo que debía devolvértelo, le dije si podía dejártelo en la puerta con una nota. Y me dijo que no, que tenía que hacerlo en persona. Y yo le dije que creía que no era justo. Y él dijo que tenía que hacer lo que él me dijera y, puesto que yo «no quería hacerlo de ningún modo», se aseguró de que lo hiciera bien, y por eso vino conmigo. Y luego le dije que era malo, malo, malo y que lo odiaba. Y él… -Hubo un silencio, como si escuchara algún ruido cercano. Se dio prisa-. No debo discutir con él nunca, me dijo, y me ha castigado. Así que no puedo llamar por teléfono, ni ver la tele, ni nada de nada aparte de ir al colegio y volver a casa y no es justo. -Se echó a llorar-. Tengo que colgar. Adiós -logró decir hipando. Luego, el mensaje acabó.

Barbara suspiró. No esperaba algo así de Taymullah Azhar. Él también había roto las normas: había dejado un matrimonio concertado y dos niños pequeños para juntarse con una chica inglesa de la que se había enamorado. Su familia, en consecuencia, lo había repudiado, y había pasado a ser un paria para los suyos. De todas las personas del mundo, era la última que Barbara habría imaginado que se mostrase tan inflexible e implacable.

Tendría que hablar con él. El castigo, pensó, debería ajustarse al crimen. Pero sabía que tendría que pensar en enfocar el tema de un modo que no pareciera que estaba hablando con él sobre eso, cuando, lo que en realidad pretendería, por supuesto, sería decirle cuatro verdades. No, tendría que colarlo como si nada en la conversación, lo que significaba que debería desarrollar un tema que permitiera charlar con naturalidad sobre Hadiyyah, las mentiras, estar castigado y padres poco razonables. Por el momento, sin embargo, sólo pensar en todas aquellas maniobras verbales le daba dolor de cabeza. Anotó mentalmente buscar una excusa razonable para hablar con Azhar y destapó la Stella Artois.

Había muchas probabilidades, pensó, de que acabara bebiéndose dos cervezas esa noche.

Fu hizo los preparativos necesarios. No tardó mucho porque había estudiado bien el terreno. Una vez demostrado que el chico elegido lo merecía, lo observó hasta conocer todas sus rutinas y movimientos. Así que, cuando llegó el momento adecuado, fue capaz de tomar una decisión rápida respecto al entorno en el que iba a actuar. Eligió el gimnasio.

Se sentía con confianza. No había tenido problemas para aparcar ninguna de las veces que había ido por allí. Estaba en una calle donde, a un lado, un muro de ladrillos marcaba el límite del patio de un colegio y, al otro, un campo de criquet yacía en la oscuridad. La calle no quedaba especialmente cerca del gimnasio, pero Fu imaginó que no supondría mayor problema porque lo más importante era que el lugar donde había aparcado estaba en la ruta que el chico tendría que tomar para ir a casa.

Cuando salió del gimnasio, Fu estaba esperando, aunque hizo que pareciera que su encuentro era casual.

– Eh -dijo Fu, sorprendido gratamente-. ¿Eres…? ¿Qué haces aquí?

El chico estaba tres pasos por delante de él, con los hombros encorvados como siempre, la cabeza gacha. Cuando se volvió, Fu esperó a que cayera en la cuenta de quién era. La rapidez fue satisfactoria.

El chico miró a derecha e izquierda, pero no pareció que lo hiciera tanto porque quisiera escapar de lo que se avecinaba, como para ver si había algún testigo de la circunstancia de que aquella persona estuviera en un lugar al que no pertenecía en absoluto. Pero no había nadie cerca, ya que la entrada del gimnasio estaba en un lateral del edificio, no en la parte delantera de la ruta principal más utilizada por los peatones.

El chico movió la cabeza de esa forma antiquísima que tienen los adolescentes de decir hola. Las rastas cortas rebotaron alrededor de su cara oscura.

– Eh. ¿Qué haces tú aquí?

Fu le dio la excusa que tenía pensada.

– Intentaba hacer las paces con mi padre y no ha habido forma. Como siempre. -Aquellas palabras no significaban nada en el esquema general de la vida, pero Fu sabía que para el chico lo sería todo. Contaba una historia de fraternidad en catorce palabras, lo bastante obvio como para que lo comprendiera un chico de trece años, lo bastante sutil como para sugerir que podía existir entre ellos un vínculo tácito-. Vuelvo al coche. ¿Y tú? ¿Vives por aquí?

– Arriba, pasada la estación de Finchley Road & Frognal.

– He aparcado en esa dirección. Si quieres, te llevo.

Se puso en marcha, avanzando ni deprisa ni despacio, un paseo de invierno. Como un tipo normal, se encendió un cigarrillo, le ofreció uno al chico y le confesó que había aparcado un poco más lejos de donde había ido a ver a su padre porque sabía que querría caminar un poco para despejar la cabeza.

– Nunca funciona que hablemos -dijo Fu-. Mamá dice que sólo quiere que tengamos una buena relación, pero yo no dejo de repetirle que no se puede tener una buena relación con un tipo que se las piró antes de que yo naciera. -Sintió la mirada del chico, pero sugería interés, no recelo.

– Una vez vi a mi padre. Trabaja con coches alemanes en North Kensington. Fui a verlo.

– ¿Una pérdida de tiempo?

– Total. -El chico dio una patada a una lata de Fanta aplastada que se encontraron en el camino.

– ¿Un perdedor?

– Un cabrón.

– ¿Un mamón?

– Sí. Seguramente no se la mamará nadie más.

Fu soltó una carcajada.

– El coche está por ahí -dijo-. Vamos. -Cruzó la carretera, y se guardó de mirar si el chico lo seguía. Cogió las llaves del bolsillo y las hizo sonar en la mano, para anunciar mejor que la furgoneta estaba cerca en caso de que su compañero comenzara a inquietarse-. He oído que te va bien, por cierto.

El chico se encogió de hombros. Pero Fu vio que le había satisfecho el cumplido.

– ¿En qué andas ahora?

– Estoy haciendo un diseño.

– ¿De qué clase?

No hubo respuesta. Fu miró al chico; pensó que quizá había ido demasiado lejos, que había invadido un territorio delicado por algún motivo. Y, ciertamente, el chico parecía incómodo y reacio a hablar, pero cuando por fin contestó, Fu comprendió sus dudas: la turbación de un adolescente al que le da miedo que lo etiqueten de muermo.

– Para un grupo de la iglesia que se reúne en Finchley Road.

– Suena bien. -Pero la verdad era que no. La idea de que el chico estuviera ligado a un grupo religioso dio que pensar a Fu porque lo que él quería eran no privilegiados. Un momento después, sin embargo, el chico aclaró el nivel -o la falta del mismo- tanto de su virtud como de su relación con los demás-. El reverendo Savidge me acogió en su casa.

– ¿Es… el párroco… del grupo religioso?

– Él y su mujer. Oni. Es de Ghana.

– ¿De Ghana? ¿Vino hace poco?

El chico se encogió de hombros. Parecía un hábito en él.

– No lo sé. Su gente es de ahí. La gente del reverendo Savidge. Es donde vivían antes de que los mandaran a Jamaica en un barco de esclavos. Oni, se llama. La mujer del reverendo Savidge. Oni.

Ah. La segunda y la tercera vez que pronunciaba su nombre. Ahí, pues, había algo real que explotar, varias informaciones en una.

– Oni -dijo Fu-. Es un nombre genial.

– Sí. Es una estrella.

– Así, ¿te gusta vivir con ellos? ¿Con el reverendo Savidge y Oni?

Otra vez los hombros, ese movimiento de indiferencia que escondía lo que sin duda sentía el chico, por no mencionar lo que deseaba.

– Está bien -contestó-. Mejor que con mi madre, en cualquier caso. -Y antes de que Fu pudiera insistir, y hacerle al chico las preguntas que revelarían que su madre estaba en la cárcel, lo que permitiría que Fu forjara otro vínculo falso con él, el chico dijo-: ¿Dónde tienes el coche? -en un tono impaciente, que podía interpretarse como una señal nefasta.

Gracias a Dios, sin embargo, ya casi habían llegado. El coche estaba aparcado bajo la sombra de un plátano enorme.

– Ahí mismo -dijo Fu, y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que la calle estaba tan desierta como en todos los reconocimientos que había hecho de la zona. Lo estaba. Perfecto. Tiró el cigarrillo al suelo y, cuando el chico hizo lo mismo, abrió la puerta del copiloto-. Entra -dijo-. ¿Tienes hambre? Hay comida en la bolsa del suelo.

Rosbif, aunque tendría que haber sido cordero. El cordero habría tenido mejores asociaciones.

Fu cerró la puerta cuando el chico estuvo dentro y se puso a buscar la bolsa de comida como él le había pedido. Empezó a comer. Por suerte, no se dio cuenta de que su puerta no tenía tirador por dentro y que no había cinturón. Fu se reunió con él, acomodándose en el asiento del conductor, e introdujo la llave en el contacto. Arrancó la furgoneta, pero no puso la marcha, ni tampoco quitó el freno de mano.

– Coge algo para beber, ¿vale? -Le dijo al chico-. Tengo una nevera ahí atrás. Detrás de mi asiento. No me vendría mal una birra. Hay coca-colas si quieres. O coge una cerveza si lo prefieres.

– Gracias. -El chico se dio la vuelta. Miró atrás, donde, como la furgoneta estaba cuidadosamente revestida con paneles y aislada a conciencia, estaba oscuro como boca de lobo-. ¿Detrás, dónde? -dijo el chico como correspondía.

– Espera -dijo Fu-. Tengo una linterna por algún lado. -Y comenzó a buscar por su asiento hasta que puso las manos sobre la linterna guardada en su escondite especial-. Ya la tengo. Un poco de luz. -Y la encendió.

Centrado en la nevera y la promesa de la cerveza que había dentro, el chico no vio el resto del interior de la furgoneta: la tabla con sus soportes, las ataduras para las muñecas y los tobillos enrolladas a cada lado sobre el suelo, el hornillo de la época anterior del vehículo, el rollo de cinta aislante, las cuerdas de tendedero y el cuchillo; sobre todo, eso. El chico no vio nada, como los demás que lo habían precedido, sólo era un adolescente con el apetito adolescente por lo ilícito y, en aquel momento, lo ilícito estaba representado por una cerveza. En otro momento, en un momento anterior, lo ilícito había estado representado por el crimen. Por ese motivo estaba ahora condenado al castigo.

Vuelto en el asiento e inclinado hacia la parte trasera de la furgoneta, el chico alargó la mano hacia la nevera. Aquello dejó al descubierto su torso. Era un movimiento diseñado para facilitar lo que seguiría.

Fu dio la vuelta a la linterna y la presionó contra el cuerpo del chico. Doscientos mil voltios sacudieron su sistema nervioso.

El resto fue fácil.

Lynley estaba junto a la encimera de la cocina, bebiendo una taza del café más fuerte que pudo prepararse a las cuatro y media de la madrugada cuando apareció su mujer. En la puerta, Helen parpadeó por efecto de las luces mientras se anudaba el cinturón de la bata. Parecía muy cansada.

– ¿Una mala noche? -le preguntó, y añadió con una sonrisa-: ¿Te preocupa todo eso de la ropa para el bautizo?

– Para -gruñó-. He soñado que Jasper Félix daba volteretas en mi barriga. -Se acercó a él, le pasó los brazos alrededor de la cintura y bostezó mientras apoyaba la cabeza en su hombro-. ¿Qué haces vestido a estas horas? El departamento de prensa no le habrá tomado el gusto a dar ruedas informativas antes del amanecer, ¿no? Ya sabes qué quiero decir: vean con qué diligencia trabaja la Mct; nos despertamos antes de que salga el sol para seguirles la pista a los malhechores.

– Hillier lo pediría si lo pensara -contestó Lynley-. Una semana más y se le ocurrirá.

– ¿Se está portando mal?

– Es Hillier, punto. Está paseando al pobre Winston por delante de la prensa como si fuera Rod Hull. Excepto que el pobre Emú no habla.

Helen lo miró.

– Estás enfadado por lo que ha pasado, ¿verdad? Y eso que tú te tomas las cosas con filosofía. ¿Es por Barbara? ¿Porque lo ascendieran a él y no a ella?

– Hillier se portó fatal con eso, pero debí verlo venir -dijo Lynley-. Le encantaría librarse de ella.

– ¿Todavía?

– Siempre. Nunca he sabido bien cómo protegerla, Helen. Incluso siendo comisario temporalmente, me siento perdido. No tengo ni una cuarta parte de las aptitudes de Webberly para este cargo.

Ella se soltó de su abrazo, fue hacia el armario y cogió una taza, que llenó de leche desnatada y metió en el microondas.

– Malcolm Webberly tiene la ventaja de ser el cuñado de sir David, cielo -dijo-. Eso contaría cuando se enfrentaban por algo, ¿no crees?

Lynley refunfuñó, ni se mostró de acuerdo ni discrepó. Observó cómo su mujer sacaba la leche caliente del microondas y añadía una cucharada de Horlicks. Se terminó el café y estaba enjuagando la taza cuando sonó el timbre de la puerta.

Helen se volvió desde la encimera.

– ¿Quién diablos…? -dijo mientras miraba hacia el reloj de pared.

– Será Havers.

– ¿Sí que te vas a trabajar, entonces? ¿En serio? ¿A estas horas?

– Vamos a Bermondsey -Salió de la cocina y Helen le siguió, con los Horlicks en la mano-. Al mercado.

– Dime que no vais a comprar -dijo-. Un chollo es un chollo, y sabes que yo jamás despreciaría uno, pero está claro que no habría que permitir vender chollos antes de que saliera el sol.

Lynley se rió entre dientes.

– ¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros? ¿Una pieza rara de porcelana de valor incalculable por veinticinco libras? ¿Un Rubens escondido debajo de dos siglos de mugre y de los gatos domésticos que un niño de seis años pintó en el siglo XIX? -Cruzó las baldosas de mármol de la entrada y, al abrir la puerta, encontró a Barbara Havers apoyada en la reja de hierro. Llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas y un chaquetón que envolvía su cuerpo rechoncho.

– Si sales a despedirlo a estas horas, no hay duda de que la luna de miel está durando demasiado -le dijo Havers a Helen.

– Mis sueños agitados salen a despedirlo -dijo Helen-. Eso y el estado de ansiedad general respecto al futuro, según mi marido.

– ¿Aún no has decidido la ropa para el bautizo?

Helen miró a Lynley.

– ¿De verdad se lo has contado, Tommy?

– ¿Era confidencial?

– No. Pero es una estupidez. La situación, quiero decir, no que se lo contaras. -Y luego le dijo a Barbara-: Puede que haya un pequeño incendio en el cuarto del niño. Por desgracia, los dos conjuntos se quemarán y quedarán inservibles e irreconocibles. ¿Qué te parece?

– Os vendrá como anillo al dedo -dijo Havers-. ¿Por qué comprometerse con la familia cuando puedes provocar un incendio?

– Eso pensamos nosotros.

– Mejor que mejor -dijo Lynley. Pasó el brazo alrededor de los hombros de su mujer y le dio un beso en la cabeza-. Cierra con llave cuando salga -le dijo-. Y vuelve a la cama.

Helen le habló a su pequeña barriga.

– No vuelvas a perturbar mis sueños, jovencito. Cuida a tu madre. -Y luego les dijo a Lynley y a Barbara antes de cerrar la puerta-: Y vosotros id también con cuidado.

Lynley esperó a oír el cerrojo. A su lado, Barbara Havers encendía un cigarrillo. La miró con desaprobación.

– ¿A las cuatro y media de la mañana? -dijo-. Ni en mis peores días, habría podido, Havers.

– ¿Es usted consciente, señor, de que no hay nada más moralista que un ex fumador?

– No me lo creo -contestó él, y bajaron por la calle en dirección a las caballerizas, donde tenía el coche aparcado en el garaje-. Tiene que haber algo peor.

– Nada -dijo-. Hay estudios sobre el tema. Incluso las María Magdalenas que ahora van de monjas no se pueden comparar con su antigua adicción al tabaco.

– Hay que preocuparse por la salud del prójimo.

– Pues parece que desee contagiar su desgracia a todos los demás. Déjelo ya, señor. Sé que en realidad lo que quiere es arrancármelo de los dedos y fumárselo hasta el filtro. ¿Cuánto tiempo lleva ya sin fumar?

– Tanto que ni me acuerdo, en realidad.

– Ahí está -dijo, mirando al cielo.

Se pusieron en marcha bendecidos por la madrugada londinense: prácticamente no había ningún otro vehículo por las calles, razón por la cual atravesaron volando Sloane Square con todos los semáforos en verde y en menos de cinco minutos vieron las luces del puente de Chelsea y las altas chimeneas de ladrillo de la estación eléctrica de Battersea, al otro lado del Támesis, que se alzaban hacia el cielo de carbón.

Lynley eligió seguir el mayor tiempo posible el camino junto al terraplén que los mantenía en el margen equivocado del río, ya que el territorio le era más familiar. Aquí también había muy pocos coches: sólo algunos taxis que se dirigían al centro de la ciudad para cubrir el turno de día y algún que otro camión que empezaba temprano su reparto. Así que pusieron rumbo a la enorme fortaleza gris que era la Torre de Londres antes de cruzar al otro lado, y desde allí fue sencillo encontrar el mercado de Bermondsey, que no estaba demasiado lejos de Tower Bridge Road.

Utilizando la iluminación de farolas altas, así como de linternas, bombillas de colores colgadas alrededor del tenderete ocasional y otras luces localizadas de dudoso origen y poca potencia, los vendedores estaban en la fase final del montado de sus negocios. Pronto empezaría su jornada (ya que el mercado abría a las cinco de la mañana y hacia las dos de la tarde ya era historia), así que estaban concentrados en armar las barras y los tablones que delimitaban sus puestos. A su alrededor en la oscuridad, esperaban cajas de incontables tesoros, apiladas en carros que habían colocado en posición empujándolos por las calles cercanas desde las furgonetas y los coches.

Ya había gente esperando a ser los primeros en curiosearlo todo, desde cepillos para el pelo hasta botines con botones. Nadie impedía a los clientes acercarse; pero, si se observaba a los vendedores trabajando, era evidente que los clientes no serían bien recibidos hasta que la mercancía estuviera completamente expuesta bajo el cielo que ya clareaba.

Como en la mayoría de mercadillos de Londres, los vendedores ocupaban el mismo lugar cada vez que Bermondsey abría para hacer negocios. Así que Lynley y Havers comenzaron por la parte norte y fueron bajando hacia la parte sur, preguntando por alguien que pudiera hablarles de Kimmo Thorne. Como eran policías, encontrar a alguien que colaborara con ellos no fue tan fácil como esperaban al tratarse de circunstancias relacionadas con la muerte de uno de los vendedores. Pero sabían que seguramente se debía a que Bermondsey tenía fama de ser territorio de intercambio de mercancía robada, un lugar donde la palabra «negocio» a menudo significaba «allanamiento de morada».

Llevaban más de una hora interrogando a vendedores cuando un tendero de artículos de tocador Victorianos de imitación («les garantizo que este artículo es ciento por ciento auténtico, señor y señora») reconoció el nombre de Kimmo y, después de declarar que tanto el nombre como la persona que respondía a él eran «raritos, en mi opinión», les señaló a Lynley y a Havers una pareja de ancianos que regentaban un puesto de artículos de plata.

– Hablen con los Grabinski -dijo, utilizando la barbilla para señalar la dirección-. Ellos podrán ponerles al tanto de Kimmo. Siento mucho lo que le ha pasado al pobre diablo. Lo leí en el News of the World.

Como los Grabinski, evidentemente, quienes resultaron ser una pareja cuyo único hijo había muerto hacía años, pero a una edad similar a la que tenía Kimmo Thorne. Les gustaba bastante el chico, les explicaron, no tanto porque les recordara físicamente a su querido Mike sino porque tenía algo de su naturaleza emprendedora. Los Grabinski admiraban esta cualidad de Kimmo a la vez que la echaban profundamente de menos en su hijo difunto, así que cuando el chico aparecía de vez en cuando con algún artículo o una bolsa llena de cosas que quería vender, compartían su tenderete con él y él les daba una parte de los beneficios.

No es que ellos se lo hubieran pedido, se apresuró a decir la señora Grabinski. Se llamaba Elaine y llevaba unas botas de agua color verde salvia y unos calcetines rojos hasta la rodilla con una vuelta. Estaba puliendo un centro de mesa impresionante y, en cuanto Lynley dijo el nombre de Kimmo Thorne, había dicho:

– ¿Kimmo? ¿Quién ha venido a preguntar por Kimmo? Ya era hora, ¿no? -Y se puso a su disposición para ayudarles. Igual que su marido, que estaba colgando teteras de plata en las cuerdas que pendían de una de las barras horizontales del tenderete.

En principio, el chico había ido a verlos con la esperanza de que ellos le compraran el material, les informó el señor Grabinski. Pero pidió un precio que no estaban dispuestos a pagar y, cuando nadie en el mercadillo quiso pagarle eso, Kimmo volvió con otra oferta: vender él mismo en el puesto y darles una parte de los beneficios.

El chico les cayó bien («Era así de descarado», les confió Elaine), así que le cedieron una cuarta parte de una de las mesas del tenderete, y ahí hacía sus negocios. Vendía artículos de plata -unos bañados, otros de ley-, y estaba especializado en marcos de fotos.

– Nos han dicho que se metió en líos por eso -dijo Lynley-. Es evidente que vendía algo que no debería estar a la venta.

– Porque se lo había mangado a alguien -terció Havers.

Oh, ellos no sabían nada de eso, se apresuraron a decir los Grabinski. En su opinión, quien había contado esa historia a la poli local era alguien que quería meter a Kimmo en líos. Sin duda, se trataba de su principal competidor en el mercadillo: un tal Reginald Lewis al que Kimmo también había intentado vender sus artículos de plata antes de regresar a ellos. Reg Lewis estaba muy celoso de que alguien quisiera montar un negocio en el mercadillo matinal de Bermondsey, ¿verdad? Hacía veintiún años ya había intentado impedir que los Grabinski empezaran en el negocio y lo mismo había hecho con Maurice Fletcher y Jackie Hoon cuando comenzaron.

– Entonces, ¿no es verdad que los bienes de Kimmo fueran robados? -preguntó Havers, alzando la vista de su libreta-. Porque, si se paran a pensarlo, ¿de qué otro modo un crío como Kimmo tendría en su poder piezas de plata tan valiosas para vender?

Habían imaginado que estaba deshaciéndose de artículos familiares, dijo Elaine Grabinski. Se lo preguntaron y eso les contestó: estaba ayudando a su abuela vendiendo la plata de la familia.

A Lynley le pareció que los Grabinski habían creído lo que habían querido creer porque el chico les caía bien, no porque Kimmo hubiera sido un mentiroso sofisticado que había dado gato por liebre a los ancianos. En algún momento debieron de saber que no era trigo limpio, pero tampoco debió de importarles.

– Le dijimos a la policía que hablaríamos en defensa de Kimmo si había juicio -afirmó Ray Grabinski-. Pero en cuanto se llevaron al pobre Kimmo, no volvimos a saber nada de él. Hasta que vimos el News of the World, claro.

– Y le han preguntado a Reg Lewis sobre el tema -dijo Elaine Grabinski, y se puso a pulir de nuevo el centro de mesa con energía renovada. Añadió en tono alarmante-: A ese hombre lo creo capaz de cualquier cosa.

– Vamos, cielo -le dijo su marido, y le dio una palmadita en el hombro.

Reg Lewis resultó ser sólo un poco menos viejo que su mercancía. Debajo de la chaqueta llevaba unos tirantes de cuadros escoceses que sujetaban unos bombachos viejísimos. Usaba gafas de culo de vaso. Unos audífonos extragrandes sobresalían de sus oídos. Encajaba en el perfil de su asesino en serie igual de bien que una oveja en el perfil de genio.

No le sorprendió nada, les dijo, cuando la poli fue preguntando por Kimmo. Ya la primera vez que Reg Lewis vio al crío, supo que algo pasaba con ese cabrón. Iba vestido medio de hombre medio de mujer, con unas medias o lo que fueran y esos botines de mariquita que llevaba. Así que cuando la policía apareció con una lista de artículos robados, él (Reg Lewis, sí) no se quedó patidifuso porque encontraran lo que andaban buscando en las manos de un tal Kimmo Thorne. Se lo llevaron en el acto, sí, y él se alegró. Estaba manchando la reputación del mercadillo, al vender plata robada. Y no plata robada cualquiera, no, sino con grabados personales que se podían identificar de inmediato y que el muy estúpido no vio.

Reg Lewis no sabía lo que le pasó a Kimmo después de eso, y le importaba bien poco. Lo único bueno que hizo aquel mariquita al fin y al cabo fue no arrastrar a los Grabinski con él. ¿Y no estaban esos dos más ciegos que un topo a plena luz del día? Cualquier persona con sentido común habría sabido que el chico no andaba metido en nada bueno la primera vez que asomó la jeta por el mercadillo. Reg advirtió a los Grabinski que se alejaran de él, sí, pero ¿escucharían a alguien que iba de buena fe? No era probable. Sin embargo, ¿quién tuvo razón al final, eh? ¿Y quién no escuchó nunca un «tenías razón Reg y te pedimos disculpas por ser tan desagradables», eh?

Reg Lewis no tenía nada más que añadir. Kimmo había desaparecido ese día con la poli. Quizá lo habían encerrado una temporada en el reformatorio. Quizá en la comisaría le dieron un buen susto. Lo único que sabía Reg era que el chico no había vuelto a llevar plata robada para vender en el mercadillo de Bermondsey, y a Reg eso ya le parecía bien. La policía de Borough High Street podría ponerles al corriente del resto, ¿no?

Reg Lewis lo dijo todo menos «adiós y buen viaje» y si había leído u oído algo sobre el asesinato de Kimmo Thorne, no mencionó nada al respecto. Pero estaba claro que, a los ojos de Reg, el chico no había hecho más que aumentar la fama del mercadillo. Más aún, como les había señalado el viejo, tendrían que preguntárselo a la policía local.

Allí se dirigían (cruzando el mercadillo hacia el coche de Lynley) cuando a éste le sonó el móvil.

El mensaje era seco, su significado inequívoco: lo requerían de inmediato en Shand Street, donde había un túnel debajo de la vía del tren que recorría la estrecha callejuela de Crucifix Lañe. Tenían otro cadáver.

Lynley cerró la tapa del móvil y miró a Havers.

– Crucifix Lañe -dijo-. ¿Sabes dónde está?

Un vendedor de un tenderete cercano contestó la pregunta. Justo encima de Tower Bridge Road, les dijo, a menos de ochocientos metros de donde se encontraban.

Un viaducto ferroviario que salía de la estación de London Bridge cubría el perímetro norte de Crucifix Lañe. Estaba formado por ladrillos, con una capa gruesa de hollín y mugre de más de un siglo cuyo color original, fuera el que fuese, había pasado a ser ahora un recuerdo lejano. Lo que quedaba en ese lugar para el recuerdo era un muro sombrío erigido con diversos sedimentos carbonosos.

Dentro de los arcos que soportaban esa estructura se habían montado varios negocios: garajes en alquiler, almacenes, bodegas, talleres mecánicos. Pero uno de los arcos creaba un túnel a través del cual había una única vía, Shand Street. La parte norte de la calle servía de domicilio a varios negocios pequeños que a esa hora de la mañana estaban cerrados, y la parte sur -la más larga- formaba una curva debajo del viaducto ferroviario y desaparecía en la oscuridad. En aquel punto, el túnel tendría unos sesenta metros de largo, un lugar de sombras oscuras cuyo techo cavernoso cubrían planchas de acero onduladas de las que caía agua; el goteo quedaba amortiguado por el traqueteo constante de los primeros trenes de la mañana que entraban y salían de Londres. Por las paredes corría más agua, que se filtraba por las alcantarillas de hierro oxidadas situadas a dos metros y medio de altura y formaba charcos grasientos en el suelo. El hedor a orina viciaba el aire del túnel. Las luces rotas le daban un aire escalofriante.

Cuando Lynley y Havers llegaron, encontraron el túnel totalmente acordonado por los dos extremos, con un agente en la entrada de Crucifix Lañe quien, carpeta en mano, restringía el acceso. Sin embargo, había encontrado, al parecer, la horma de su zapato en los madrugadores representantes de los medios informativos, esos ávidos periodistas que monitorizaban todos los territorios de las comisarías de policía con la esperanza de ser los primeros en dar una noticia. Ya había cinco congregados junto al cordón policial gritando preguntas hacia el túnel. Los acompañaban tres fotógrafos, que disparaban sus fogonazos estroboscópicos por encima y por un lado del agente, que intentaba controlarlos en vano. Mientras Lynley y Havers mostraban su identificación, apareció la primera de las furgonetas de informativos, que descargó en la calle sus cámaras y técnicos de sonido. Necesitaban desesperadamente un agente que se encargara de los periodistas.

– ¿… Asesino en serie? -Lynley oyó que gritaba uno de los reporteros mientras cruzaba el cordón policial seguido de Havers-. ¿Un chico? ¿Un adulto? ¿Hombre? ¿Mujer?

– Espera, amigo. Danos algo, joder.

Lynley no les hizo caso.

– Buitres -farfulló Havers.

Se dirigieron hacia el coche deportivo bajo, despintado y abandonado que estaba en mitad del túnel. Allí supieron que un taxista había descubierto el cuerpo cuando iba de Bermondsey a Heathrow, punto desde el cual pasaría el día llevando a clientes transatlánticos a Londres por un precio exorbitante que aún lo sería más gracias a la eterna caravana que se formaba al este del puente de Hammersmith. Hacía tiempo que el hombre se había ido y le habían tomado declaración. Lo había sustituido el equipo de investigadores de la escena del crimen, que ya estaba trabajando, y un detective de la comisaría de Borough High Street, que esperaba a Lynley y a Havers. Se llamaba Hogarth, les dijo, y su jefe había dado la orden de no hacer nada hasta que alguien de New Scotland Yard examinara la escena del crimen. Era evidente que aquella decisión no le gustaba lo más mínimo.

Lynley no podía dedicarse a tranquilizar al detective. Si en efecto tenían a otra víctima de su asesino en serie, habría cosas mucho más importantes que el hecho de que a alguien no le gustara que New Scotland Yard invadiera su territorio.

– ¿Qué tenemos? -le preguntó a Hogarth mientras se ponía unos guantes de látex que le había entregado uno de los investigadores de la escena del crimen.

– Un chico negro -contestó Hogarth-. Joven. ¿Doce o trece años? Complicado decirlo. No encaja en el modus operandi del asesino en serie, en mi opinión. No sé por qué les han llamado.

Lynley sí lo sabía. La víctima era negro. Hillier estaba cubriéndose sus espaldas bien trajeadas antes de la siguiente reunión informativa con la prensa.

– Echémosle un vistazo -dijo, y pasó por delante de Hogarth. Havers lo siguió.

Habían colocado al chico sin miramientos en el coche abandonado, donde el paso del tiempo había desintegrado el asiento del conductor hasta la estructura y los muelles de metal. Allí, con las piernas extendidas y la cabeza colgando hacia un lado, acompañaba a botellas de coca-cola, tazas de plástico, bolsas de basura, envases de comida del McDonald's y un único guante de goma que descansaba sobre lo que en su día fue el borde de la ventanilla trasera del coche. El chico tenía los ojos abiertos, que miraban sin ver lo que quedaba de la barra de dirección oxidada del coche, y de la cabeza le salían unas rastas cortas. La piel suave y tostada y unas facciones perfectamente equilibradas decían que había sido bastante guapo. También estaba desnudo.

– Dios -murmuró Havers al lado de Lynley.

– Es joven -dijo Lynley-. Parece más joven que el último. Santo cielo, Barbara. Por el amor de Dios, ¿por qué…? -No acabó la frase, dejando que lo incontestable quedara sin preguntar. Notó que la mirada de Havers se clavaba en él.

– No hay ninguna garantía. Hagas lo que hagas. O lo que decidas. O cómo. O con quién -dijo Barbara con una presciencia que le venía de trabajar con él durante años.

– Tienes razón -dijo-. Nunca hay garantías. Pero sigue siendo el hijo de alguien. Como todos. No debemos olvidarlo.

– ¿Crees que es de los nuestros?

Lynley miró más detenidamente al chico y, a primera vista, vio que estaba de acuerdo con Hogarth. Si bien la víctima estaba desnuda igual que Kimmo Thorne, era evidente que se habían desecho de su cuerpo sin ninguna ceremonia y que tampoco estaba colocado como los otros. No tenía ninguna pieza de encaje que le envolviera modestamente los genitales y tampoco presentaba ninguna marca distintiva en la frente, características adicionales ambas del cuerpo de Kimmo Thorne. No tenía el abdomen rajado, pero quizá lo más importante era que la posición del cuerpo sugería prisa y una falta de planificación que no caracterizaba los otros asesinatos.

Mientras los investigadores de la escena del crimen se movían a su alrededor con sus bolsas para las pruebas y kits de recogida, Lynley realizó una inspección más detallada que al final demostró contar una historia más completa.

– Echa un vistazo a esto, Barbara -le dijo mientras levantaba con cuidado las manos del chico. La carne estaba muy quemada y tenía marcas de ataduras en las muñecas.

Había muchas cosas sobre cualquier asesino en serie que sólo conocía el autor del crimen, cosas que la policía no desvelaba por dos motivos: proteger a las familias de las víctimas de detalles innecesariamente desgarradores y descubrir las confesiones falsas de aquellos que buscan llamar la atención y que infestan cualquier investigación. En este caso en concreto, aún había muchas cosas que sólo la policía conocía, y tanto las quemaduras como las marcas de ataduras estaban entre ellas.

– Es un indicio bastante bueno de qué es qué, ¿verdad? -dijo Havers.

– Sí. -Lynley se irguió y miró a Hogarth-. Es de los nuestros -dijo-. ¿Dónde está el patólogo?

– Ha venido y se ha ido -contestó Hogarth-. Y el fotógrafo y el cámara también. Les esperábamos a ustedes para levantar el cuerpo.

La reprimenda estaba implícita. Lynley no le hizo caso. Preguntó la hora de la muerte, si había testigos y por la declaración del taxista.

– El patólogo ha establecido la hora de la muerte entre las diez y las doce de la noche -dijo Hogarth-. Por lo que tenemos hasta el momento, nadie ha visto nada, pero no es de extrañar, ¿no? Nadie con cabeza se pasearía por aquí de noche.

– ¿Y el taxista?

Hogarth consultó un sobre que sacó del bolsillo de la chaqueta. Era evidente que lo usaba de bloc de notas. Leyó el nombre del taxista, su dirección y su número de teléfono móvil. No llevaba a ningún cliente, añadió el detective, y el túnel de Shand Street formaba parte de su ruta habitual de trabajo.

– Pasa por aquí todas las mañanas entre las cinco y las cinco y media -les contó Hogarth-. Dice que esto -y señaló con la cabeza el coche abandonado- lleva meses ahí. Dice que se quejó en más de una ocasión. Me ha soltado el rollo de que es buscarse problemas cuando el departamento de tráfico no parece hacer nada. -Hogarth desvió la atención de Lynley al extremo del túnel de Crucifix Lañe. Frunció el ceño-. ¿Quién es ése? ¿Esperáis a un compañero?

Lynley se volvió. Una figura se acercaba por el túnel hacia ellos, iluminado desde atrás por las luces de las cámaras de televisión que ya grababan. Había algo familiar en la forma de su cuerpo: grande y corpulento, los hombros ligeramente encorvados.

– Señor, ¿no es…? -estaba diciendo Havers cuando el propio Lynley se dio cuenta de quién era. Respiró tan hondo que sintió la presión golpeándole los ojos. El intruso de la escena del crimen era el psicólogo de perfiles de Hillier, Hamish Robson, y sólo había podido lograr acceder al túnel de un modo.

Lynley no dudó ni un segundo antes de acercarse al hombre a grandes zancadas. Agarró a Robson del brazo sin preámbulos.

– Debe marcharse enseguida -le dijo-. No sé cómo ha logrado cruzar el cordón, pero aquí no pinta nada, doctor Robson.

Robson se quedó claramente sorprendido con el saludo. Miró hacia atrás en dirección al cordón que acababa de pasar.

– He recibido una llamada del subinspector… -dijo.

– No tengo la menor duda. Pero el subinspector no ha debido llamarle. Quiero que se largue. Ahora mismo.

Detrás de las gafas, los ojos de Robson evaluaban la situación. Lynley se percató. También leyó su conclusión: sujeto que experimenta un estrés comprensible. Cierto, pensó Lynley. Cada vez que el asesino en serie mataba, aumentaba la presión. Robson aún no había visto lo que era estrés, comparado con lo que vería si el asesino se cargaba a alguien más antes de que la policía lo atrapara.

– No puedo fingir saber lo que sucede entre usted y el subinspector Hillier -dijo Robson-. Pero ahora que estoy aquí, puede que le sirva de algo que eche un vistazo. Mantendré las distancias. No hay riesgo de que contamine su escena del crimen. Me pondré lo que tenga que ponerme: guantes, bata, gorro, lo que sea. Estoy aquí, utilíceme. Puedo ayudarles si me deja.

– ¿Señor…? -dijo Havers.

Lynley vio que desde el otro extremo del túnel, habían empujado una camilla, la bolsa para el cadáver estaba lista. Un miembro del equipo de la escena del crimen tenía bolsas de papel preparadas para las manos de la víctima. Lo único que hacía falta era que Lynley asintiera con la cabeza y parte del problema creado por la presencia de Robson estaría solucionado: no habría nada que ver. -¿Listo? -dijo Havers.

– Ya estoy aquí -dijo Robson en voz baja-. Olvídese de cómo y por qué. Olvídese de Hillier por completo. Por el amor de Dios, utilíceme.

La voz del hombre era tan amable como insistente, y Lynley vio que lo que decía era cierto. Podía aferrarse al acuerdo que había negociado con Hillier, o podía utilizar el momento y negarse a permitir que significara más de lo que simplemente era: aprovechar la oportunidad que suponía comprender un poco más la mente de un asesino.

– Un momento -dijo de repente a los miembros del equipo que esperaban meter el cuerpo en la bolsa. Y luego a Robson-: Eche un vistazo.

Robson asintió y murmuró:

– Bien hecho. -Y fue hacia el coche despintado. No se acercó a menos de metro y medio del coche y, cuando quiso examinar las manos, no las tocó, sino que le pidió al detective Hogarth que lo hiciera él. Por su parte, Hogarth meneó la cabeza con incredulidad, pero colaboró. Tener a Scotland Yard allí ya era malo; tener a un civil en la escena era impensable. Levantó las manos con una cara que decía que el mundo se había vuelto loco.

Después de varios minutos de contemplación, Robson volvió junto a Lynley. Primero dijo lo mismo que habían dicho

Lynley y Havers:

– Qué joven. Dios mío. Esto no estará siendo fácil para ninguno de ustedes. Por mucho que hayan visto a lo largo de sus carreras.

– No lo es -dijo Lynley.

Havers se reunió con ellos. Junto al coche, comenzaron los preparativos para trasladar el cuerpo a la camilla para el examen post mórtem.

– Hay un cambio. Las cosas se han intensificado -dijo Robson-. Pueden ver que ha tratado el cuerpo de un modo completamente distinto: no ha cubierto los genitales, no lo ha dejado en una posición respetuosa. No hay arrepentimiento, ni restitución psíquica, sino una necesidad real de humillar al chico: las piernas extendidas, los genitales expuestos, sentado con la basura que han dejado los vagabundos. Su relación con este chico antes de matarlo ha sido distinta que con los otros. Con ellos, ocurrió algo que despertó su arrepentimiento. Con este chico, no. Ha pasado lo contrario. No ha habido arrepentimiento, sino placer. Y también orgullo en lo que ha conseguido. Ahora está seguro de sí mismo. Está seguro de que no lo atraparán.

– ¿Cómo puede pensar eso? -dijo Havers-. Ha dejado al chico en una vía pública, por el amor de Dios.

– Pues exactamente eso. -Robson señaló el extremo más alejado del túnel, donde Shand Street se abría a los pequeños negocios que la flanqueaban. Eran una docena de metros de reurbanización en el sur de Londres que tomaba la forma de edificios modernos de ladrillo con verjas de seguridad decorativas delante-. Ha dejado el cuerpo donde podían verlo fácilmente.

– ¿No se podría decir lo mismo de los otros lugares? -preguntó Lynley.

– Sí, pero considere esto: en los otros lugares, el riesgo para él era mucho menor. Pudo usar algo que no haría desconfiar a ningún testigo para transportar el cuerpo desde su vehículo al sitio en el que lo depositó: una carretilla, por ejemplo, un petate grande, el carro de un barrendero. Cualquier cosa que no pareciera fuera de lugar en esa zona concreta. Lo único que tuvo que hacer fue sacar el cuerpo de su vehículo, y llevarlo hasta el sitio donde lo depositó. En la oscuridad, utilizando un medio de transporte razonable, estaría bastante a salvo. Pero aquí desde el momento en que mete el cuerpo en el coche abandonado está al descubierto. Y no sólo lo ha dejado ahí, comisario. Parece que sólo lo ha dejado ahí. Pero no se equivoque. Lo ha dispuesto así. Y estaba seguro de que no lo cogerían con las manos en la masa.

– Chulo de mierda -dijo Barbara entre dientes.

– Sí. Está orgulloso de lo que ha logrado. Imagino que incluso ahora mismo estará por aquí cerca, observando toda la actividad que ha conseguido despertar y disfrutando de cada segundo.

– ¿Qué piensa sobre que no haya incisión? De que no le haya marcado la frente. ¿Podemos concluir que está dando marcha atrás?

Robson negó con la cabeza.

– Imagino que el hecho de que no haya incisión simplemente significa que, para él, este asesinato ha sido distinto a los demás.

– ¿Distinto en qué sentido?

– ¿Comisario Lynley? -Era Hogarth, que había estado supervisando el traslado del cuerpo desde el coche a la camilla. Había detenido la acción antes de que subieran la cremallera de la bolsa del cuerpo-. Quizá quiera ver esto.

Regresaron con él. Señaló el estómago del chico. Y lo que antes quedaba oculto al estar hundido en el asiento era visible ahora que yacía tumbado en la camilla. Si bien la última víctima no presentaba incisión desde el esternón al ombligo, sí que se lo habían arrancado. El asesino se había llevado otro recuerdo.

Que lo había hecho después de la muerte era evidente por la falta de sangre de la herida. Que lo había hecho con ira -o posiblemente con prisa- era evidente por el cuchillazo del estómago: profundo e irregular, daba acceso al ombligo, que había arrancado con unas tijeras normales o de podar.

– Un recuerdo -dijo Lynley.

– Un psicópata -añadió Robson-. Le sugiero que ponga vigilancia en todas las escenas del crimen anteriores, comisario. Es probable que regrese a alguna de ellas.

Capítulo 8

Fu tuvo cuidado con el relicario. Lo llevaba delante de él como un sacerdote con un cáliz y lo dejó sobre la mesa. Quitó la tapa con suavidad. Un olor vagamente putrefacto flotó en el aire, pero le pareció que el aroma no le molestaba tanto como la primera vez. El perfume a decadencia pronto se evaporaría. Pero el logro estaría allí para siempre.

Miró las reliquias, satisfecho. Ahora tenía dos, acurrucadas como caracolas en una nube de lluvia. Con una sacudida mínima, la nube se la tragó, y ahí radicaba la belleza del lugar donde las había colocado. Las reliquias habían desaparecido, pero seguían allí, como algo oculto en el altar de una iglesia. De hecho, la actividad de mover con reverencia el relicario de un sitio a otro era, en efecto, igual que estar en una iglesia, pero sin las restricciones sociales que imponía a los miembros de la congregación el hecho de ir a ello.

«Siéntate erguido. Deja de moverte. ¿Necesitas que te dé una lección de buenos modales? Cuando te digan que te arrodilles, te arrodillas, chico. Junta las palmas de las manos. Maldita sea. Reza.»

Fu parpadeó. La voz. A la vez distante y presente, diciéndole que un gusano se había colado en su cabeza. Por la oreja y hasta el cerebro. Había sido muy poco cuidadoso y, al pensar en la iglesia, al fin le había abierto la puerta. Primero, una risita. Luego una carcajada descarada. Luego el eco de «Reza, reza y reza»…

Y: «Por fin buscas trabajo, ¿no? ¿Dónde esperas encontrar uno, estúpido? Apártate, Charlene, o ¿quieres cobrar tú también?».

Eran quejas y quejas. Gritos y gritos. A veces se alargaban durante horas enteras. Pensaba que se había librado del gusano al fin, pero pensar en la iglesia había sido el error.

«Quiero que te largues de esta casa, ¿me oyes? Duerme en un portal si hace falta. ¿O no tienes agallas para eso?»Tú la llevaste allí. Tú te la has cargado.» Fu cerró muy fuerte los ojos. Alargó la mano a ciegas. Sus manos encontraron un objeto y sus dedos tocaron unos botones. Presionó indiscriminadamente hasta que oyó rugir el sonido. Se encontró mirando el televisor, donde una imagen fue enfocándose mientras la voz del gusano desaparecía. Tardó un momento en comprender lo que estaba viendo: el telediario de la mañana le agredía los oídos.

Fu se quedó mirando la pantalla. Las cosas comenzaban a tener sentido. Una periodista con el pelo alborotado por el viento estaba delante de un cordón policial. Detrás de ella, el arco negro del túnel de Shand Street se abría como el maxilar superior del Hades y, en las profundidades de aquella caverna que olía a meados, las luces provisionales iluminaban la parte trasera de un Mazda abandonado.

Fu se relajó contemplando el coche, se relajó y se relajó. Era una pena que hubieran montado el cordón en el extremo sur del túnel, pensó. Desde esa posición, no podía verse el cuerpo. Y se había esforzado mucho para que el mensaje quedara claro: el chico se había condenado a sí mismo, ¿es que no lo veían? No al castigo, del que jamás hubo una esperanza realista de escapar, sino a la liberación. Hasta el final, el chico había protestado y negado todo.

Fu esperó despertarse por la mañana con una sensación de desasosiego, nacida de la negativa del chico a admitir su vergüenza. Cierto, él no había experimentado esa sensación en el momento de su muerte, sino que sintió que por un instante el torno que le agarraba el cerebro se soltaba, cada vez más y más fuerte con cada día que pasaba. Pero supuso que la inquietud volvería más adelante, cuando la claridad y la sinceridad personal le exigieran que evaluara la elección del sujeto. Al despertar, sin embargo, no sintió nada ni remotamente parecido a la intranquilidad, sino que hasta la llegada del gusano, el bienestar continuó envolviéndolo, como la sensación de estar saciado tras una buena comida.

– … No ha hecho pública ninguna información más por el momento -estaba diciendo la reportera muy seria-. Sabemos que hay un cuerpo, hemos oído, y déjenme subrayar que sólo lo hemos oído y no está confirmado, que es el cuerpo de un chico. Sólo nos han dicho que ya ha llegado una brigada de policías de la Met que investigan el último asesinato de Saint George's Gardens. Pero en cuanto a si este último asesinato está relacionado con los anteriores… Tendremos que esperar confirmación.

Mientras hablaba, varias personas salieron del túnel que había a su espalda: polis de paisano, parecía. Una mujer rechoncha de melena corta recibía instrucciones de un policía rubio que llevaba un abrigo que decía «provengo de una buena familia». La mujer asintió con la cabeza una vez y salió del plano, por lo que el policía quedó conversando con un tipo con un anorak color mostaza y otro de hombros cóncavos y con un impermeable arrugado.

«Intentaré conseguir algún dato…», dijo la reportera, y se acercó tanto como pudo al cordón policial. Pero casi todos los periodistas tuvieron la misma idea, y tanto empujón y griterío provocó que nadie obtuviera respuesta a nada. Los policías no les prestaron atención, pero el cámara de la tele cerró el plano de todos modos. Fu vio mejor a sus adversarios. La mujer regordeta no estaba, pero tuvo tiempo de examinar al del abrigo, al del anorak y al del impermeable arrugado. Sabía que podía darles guerra.

– Ya van cinco -murmuró al televisor-. No cambies de canal.

Tenía una taza de té cerca que se había preparado al despertarse y saludó a la televisión con ella antes de dejarla sobre una mesa. A su alrededor, la casa crujió cuando las cañerías suministraron agua a los viejos radiadores para calentar las habitaciones y, en esos crujidos, oyó un anuncio del regreso inminente del gusano.

«Mira esto -le ordenaría mientras señalaba la televisión, donde el policía hablaba de él y de su obra-. Yo dejo el mensaje, y ellos deben interpretarlo. Cada paso está planificado con un detalle exquisito.»

Luego, el estertor detrás de él. Esa señal eterna de la presencia del gusano. Ahora no estaba en su cabeza, sino aquí, en la habitación.

«¿Qué haces, chico?»

Fu no tuvo ni que mirar. La camisa sería blanca como siempre, pero gastada en el cuello y los puños. Los pantalones serían color carbón o marrones, la corbata estaría perfectamente anudada y la chaqueta, abotonada. Se habría limpiado los zapatos, las gafas y también la cabeza calva y redonda.

Otra vez la pregunta: «¿Qué haces?», con la amenaza implícita en el tono.

Fu no contestó puesto que la respuesta era evidente: veía las noticias y vivía cómo se desarrollaba su historia personal. Estaba dejando su marca, y ¿no era eso exactamente lo que le habían ordenado que hiciera?

«Será mejor que me contestes cuando te hable. Te he preguntado qué haces y quiero una respuesta.»

Y entonces: «¿Dónde coño te criaste? Quita esa taza de té de la madera. ¿Quieres sacar brillo a los muebles en tu tiempo libre, ya que tienes tanto?¿En qué piensas, de todos modos? ¿O has perdido la práctica en ese terreno?».

Fu centró la atención en el televisor. Podía esperar a que se diera por vencido. Sabía lo que venía después, porque había cosas que estaban escritas: el salvado en la leche caliente, reblandecido, un vaso de fibra disuelto en zumo, esas oraciones al cielo suplicando un retortijón para no tener que sufrirlo en un lugar público como el baño de chicos del colegio. Y si llegaba el retortijón, una nota triunfante en el calendario que colgaba en la parte de dentro de la puerta del armario. N de «normal», cuando normal era lo último que un gusano podía esperar ser.

Pero esa mañana había algo distinto. Fu sentía su embestida, un jinete salido directamente del Apocalipsis, que decía: «¿Dónde están? ¿Qué demonios has hecho…? Te dije que apartaras tus sucias manos de ella. ¿No te lo dije? ¿No te lo dije explícitamente? Apaga esa maldita tele y mírame cuando te hablo».

Quería el mando. Fu no iba a dárselo.

«¿Me estás desafiando, Charlene? ¿Me estás desafiando?»

¿Y qué si él le desafiaba?, pensó Fu. ¿Y qué si lo hacía ella, o ellos, o él, o todo el mundo? Asombrosamente, vio que no tenía miedo, que ya no se mostraba cauto, que se sentía a gusto, incluso le divertía. El poder del gusano no era nada en comparación con el suyo ahora que por fin lo había asumido, y lo bueno era que el gusano no tenía ni idea de a quién o a qué se enfrentaba. Fu sentía esa presencia en las venas, esa capacidad, esa seguridad y ese saber. Se levantó de la silla y permitió a su cuerpo mostrarse en su plenitud, sin disfraces.

– Lo quería y lo cogí. Fue eso -dijo.

Luego nada. Nada de nada. Era como si el gusano viera el poder de Fu. Percibía un cambio radical.

– Bien -le dijo Fu-. El instinto de supervivencia solía darte muchos puntos por aquí.

Pero el gusano no podía dejarlo en paz del todo, no cuando su forma simplemente de ser había estado durante tanto tiempo arraigada a él de un modo tan absoluto. Así que observó todos los movimientos de Fu y esperó, ansioso, algo que le indicara que era seguro hablar.

Fu puso agua a hervir. Quizá, pensó él, se bebería toda la puta tetera. Y elegiría una mezcla que tuviera un aire vagamente festivo. Examinó las cajas de té del armario. ¿Era pólvora imperial? Demasiado flojo aunque tenía que admitir que el nombre le resultaba atractivo. Se decidió por el preferido de su madre: Lady Grey, con su dejo a fruta.

Y entonces: «¿Qué haces despierto? Antes de las nueve de la mañana desde hace… ¿cuánto tiempo? ¿Cuándo tienes pensado hacer algo útil? Eso es lo que quiero saber realmente».

Fu alzó la vista antes echar una cucharada de Lady Grey en la tetera.

– No lo sabe nadie -dijo-. Ni tú, ni nadie.

«¿Es lo que crees? ¿Das una cuchillada en público y crees que no lo sabe nadie? Tu nombre en los archivos policiales dos o tres veces y ya está, ¿no? ¿A quién va a importarle? ¡Y no toques a Charlene! Sólo yo toco a esa zorra estúpida.»

Ahora sí que entraban en territorio conocido: la bofetada con la mano abierta para no dejar marca, el tirón de pelo y la cabeza hacia atrás, el empujón contra la pared y la patada donde no quedaría marca.

Pulmón perforado, pensó Fu. ¿Es eso lo que era? Decía: «Cuidado, chico. Aprende de esto».

Entonces, Fu sintió que el ansia se apoderaba de él. Notó un cosquilleo en las yemas de los dedos, y los músculos de todo su cuerpo se prepararon para actuar. No. No era el momento. Pero cuando llegara el día, sería un verdadero placer bajar las manos rechonchas, suaves, que jamás habían sabido lo que era trabajar, hacia la sartén, hacia su superficie ardiente untada con aceite. Su cara por encima del gusano y, esta vez, serían sus labios los que soltarían los tacos…

Suplicaría como los otros. Pero Fu no cedería. Lo llevaría al límite como a los otros. E, igual que los otros, le devolvería los insultos.

«Mira qué poderoso soy. Conoce mi nombre.»

La detective Barbara Havers se dirigía a la comisaría de Borough y la encontró en High Street, que en esa zona de la ciudad y a esa hora de la mañana encauzaba a los trabajadores de fuera de Londres a través de su estrecho cañón. El nivel de ruido era elevado y los gases de los tubos de escape cargaban el aire frío, hacían lo posible por depositar aún más mugre en los ya mugrientos edificios que se acomodaban en aceras llenas de todo, desde latas de cervezas a condones mustios tras el uso. Era esa clase de barrio.

Barbara comenzaba a notar el estrés. No había trabajado nunca en un caso de asesinatos en serie y, si bien siempre había conocido la sensación de urgencia que conlleva atrapar a un asesino y proceder a su detención, de hecho nunca había experimentado lo que ahora, la sensación de que, de algún modo, ella era responsable personalmente de este último asesinato. Ya iban cinco, y no habían detenido a nadie. No estaban trabajando lo suficientemente rápido.

Le estaba costando centrarse en Kimmo Thorne, la víctima número cuatro. Con la número cinco muerta y la número seis ahí fuera, ocupándose inocentemente de sus asuntos cotidianos en algún lugar, lo único que podía hacer era mantener la calma mientras entraba en la comisaría de High Street y mostraba su placa.

Necesitaba hablar con la persona que hubiera detenido a un chico llamado Kimmo Thorne en el mercadillo de Bermondsey, le dijo al policía de la recepción. Era urgente.

Se quedó mirándolo mientras realizaba tres llamadas telefónicas. Habló en voz baja, sin dejarla de mirar y, no cabía la menor duda, examinándola como representante de New Scotland Yard que era. No lo parecía -despeinada y mal vestida, con el glamur de un carro de basura con ruedas-, y Barbara sabía que esa mañana iba especialmente desarreglada. Uno no se levanta a las cuatro de la madrugada, pasa varias horas en la suciedad del sur de Londres y aun así consigue andar pavoneándose como si entre los planes de la tarde figurara desfilar por una pasarela. Pensó que las deportivas de bota rojas habían añadido un toque alegre al conjunto. Pero parecía que al poli de la recepción le causaban cierta inquietud, teniendo en cuenta las miradas de desaprobación que lanzaba en esa dirección.

Caminó hasta un tablón de anuncios y leyó sobre los comités de acción de la comunidad y los programas de vigilancia del barrio. Consideró adoptar dos perros de mirada triste cuyas fotos estaban colgadas y memorizó el teléfono de alguien dispuesto a vender sus secretos para perder peso de forma instantánea y comiendo todo lo que se deseara. Siguió leyendo sobre «pasar a la ofensiva cuando vas por la calle de noche» e iba por la mitad cuando se abrió una puerta y una voz de hombre dijo:

– ¿Detective Havers? Quería verme, creo. -Se volvió y vio a un sij de mediana edad en la puerta, el turbante de un blanco cegador y los ojos negros profundamente enternecedores. Era el detective Gilí, le dijo. ¿Lo acompañaba a la cafetería? Era su hora de desayunar, y si no le importaba que terminara… una tostada con champiñones y judías. Era ya más inglés que los ingleses, dijo.

Barbara cogió un café y un cruasán de chocolate de la comida que se ofrecía, evitando las posibilidades más sabias y claramente más nutritivas. ¿Por qué darse el gusto de zamparse medio pomelo virtuoso cuando pronto aprendería el secreto de perder peso comiendo todo lo que deseara que, por lo general, era algo cubierto de manteca de cerdo? Pagó las cosas ricas que había elegido y las llevó a la mesa donde el detective Gilí atacaba de nuevo el desayuno que ella había interrumpido.

Le dijo que todo el mundo en la comisaría de Borough High Street sabía quién era Kimmo Thorne, aunque no todo el mundo lo hubiera conocido. Hacía tiempo que era una de esas personas cuyos actos nunca se alejaban mucho de la pantalla de radar de la policía. Cuando su tía y su abuela habían denunciado su desaparición, nadie en comisaría se sorprendió, aunque fuera la víctima de un asesinato cuyo cuerpo había aparecido en Saint George's Gardens… Eso había afectado a algunos de los agentes menos curtidos de la comisaría, y provocado que se preguntaran si habían hecho lo suficiente para intentar que Kimmo no se apartara del buen camino.

– Verá, por aquí el chico nos caía bastante bien, detective Havers -le confió Gilí con su agradable voz oriental-. Dios santo, Kimmo era todo un personaje: siempre dispuesto a charlar, fueran cuales fuesen sus circunstancias. Sinceramente, era muy difícil que no te cayera bien, a pesar de que se vistiera de mujer e hiciera la calle. Aunque, francamente, la verdad es que nunca lo pillamos haciendo la calle, por mucho que anduviéramos tras él. El chico percibía cuándo alguien trabajaba de incógnito… Si me permite decirlo, era más espabilado de lo que le correspondía por edad, y quizá por ese motivo cometimos la negligencia de no detenerlo por métodos más avanzados, que a su vez podrían haberle salvado. Y por ello, yo, personalmente -dijo, tocándose el pecho-, sí me siento responsable.

– Su amigo, un tipo llamado Blinker…, un tal Charlie Burov, dice que trabajaban juntos al otro lado del río. Por Leicester Square y no por aquí. Kimmo se prostituía mientras Blinker montaba guardia.

– Eso lo explica en parte -observó Gilí.

– ¿En parte?

– Bueno, verá, no era estúpido. Lo detuvimos para advertirle. Intentamos decirle una y otra vez que era sólo cuestión de suerte que no hubiera tenido problemas, pero no nos escuchó.

– Crios -dijo Barbara. Intentaba ser delicada con el cruasán, pero no había forma de mantener las buenas maneras, puesto que se disolvía en láminas deliciosas que quería lamerse de los dedos, por no decir de la mesa-. ¿Qué se puede hacer? Se creen inmortales. ¿Verdad?

– ¿A esa edad? -Gilí negó con la cabeza-. Pasaba demasiada hambre como para pensar que la inmortalidad me esperaba, detective. -Se acabó el desayuno y dobló con cuidado la servilleta de papel. Apartó el plato hacia un lado y se acercó la taza de té-. Lo de Kimmo, que no podía pasarle nada, que no podía correr ningún peligro si tomaba una decisión equivocada, era algo más que una percepción. Creería que juzgaba con inteligencia con quién irse o a quién rechazar porque tenía planes, y prostituirse era un medio de hacerlos realidad. No podía dejarlo y no lo dejaría.

– ¿Qué clase de planes?

Por un momento, Gilí pareció incómodo, como si fuera a confesar un secreto ofensivo a una dama contra su voluntad.

– De hecho, deseaba cambiarse de sexo. Estaba ahorrando para eso. Nos lo contó la primera vez que lo trajimos a comisaría.

– Un tipo del mercadillo me ha dicho que lo detuvieron por vender mercancía robada -dijo Barbara-. Pero lo que no entiendo es ¿por qué Kimmo Thorne? Debe de haber docenas de tipos vendiendo material que han mangado.

– Es cierto -dijo Gilí-. Pero como usted y yo bien sabemos, no tenemos los recursos para revisar todos los puestos de todos los mercadillos de Londres para determinar qué productos están legítimamente a la venta y cuáles no. Sin embargo, en este caso en concreto, Kimmo estaba vendiendo artículos que, sin él saberlo, tenían grabados números de serie diminutos. Y lo último que esperaba era encontrarse a los propietarios de los artículos buscándolos en el mercadillo un viernes tras otro. Cuando lo encontraron vendiendo sus pertenencias, nos llamaron enseguida. Me avisaron y… -Levantó los dedos con delicadeza. El gesto decía «el resto es historia».

– ¿No se habían enterado antes de que estaba entrando a robar en casas?

– Era como un perro en eso -dijo Gilí-. No contaminaba su propio territorio. Cuando quería infringir la ley, lo hacía en la jurisdicción de otra comisaría. Así de listo era.

Por lo tanto, le explicó Gilí, la detención de Kimmo por vender propiedad robada quedó como su primer delito. Por ese motivo, el juez lo puso en libertad condicional. El detective también lamentó el hecho. Si se hubieran tomado en serio a Kimmo Thorne, si le hubieran dado una azote y Menores le hubiera asignado un agente de la condicional al que presentarse, tal vez habría cambiado sus costumbres y hoy aún andaría por las calles. Pero, por desgracia, eso no había sucedido, sino que le remitieron a una organización para jóvenes en situación de riesgo donde habían intentado trabajar con él.

Barbara aguzó el oído. ¿Una organización?, preguntó. ¿Cuál? ¿Dónde?

Era una organización benéfica llamada Coloso, le dijo Gilí. -Un buen proyecto aquí mismo, al sur del río -le explicó-. Ofrecen a los jóvenes alternativas a la calle, la delincuencia y las drogas. Con programas recreativos, actividades para la comunidad, cursos de formación… y no sólo para jóvenes que infringen la ley, sino para vagabundos, chicos con problemas de absentismo escolar, que viven en hogares de acogida… Reconozco que bajé la guardia sobre Kimmo cuando supe que le habían enviado a Coloso. Sin duda, alguien se haría cargo de él y lo protegería, pensé.

– ¿Un mentor? -preguntó Barbara-. ¿Es eso lo que hacen? -Es lo que necesitaba -dijo Gilí-. Alguien que se interesara por él. Alguien que lo ayudara a ver que valía; él no lo creía realmente. Alguien a quien recurrir. Alguien… -El detective pareció pensar que ya había dicho bastante, quizá al darse cuenta de que había pasado de transmitir información como agente de la ley a recomendar acciones como un militante social. Dejó de agarrar con tanta fuerza la taza de té.

No era de extrañar que le hubiera afectado la muerte del chico, pensó Barbara. Por la forma de pensar de Gilí, se preguntó no sólo cuánto tiempo hacía que era policía, sino también cómo lograba seguir siéndolo, enfrentándose a lo que tenía que enfrentarse todos los días en ese trabajo.

– No es culpa suya, lo sabe -dijo-. Hizo lo que pudo. En realidad, hizo más de lo que habrían hecho la mayoría de polis.

– Pero parece que no fue suficiente. Y ahora debo vivir con ello. Un chico está muerto porque el detective Gilí no hizo lo suficiente.

– Pero hay millones de chicos como Kimmo -protestó Barbara.

– Y la mayoría están vivos en estos momentos.

– No puede ayudarlos a todos. No puede salvarlos a todos.

– Eso es lo que nos decimos a nosotros mismos, ¿verdad?

– ¿Qué deberíamos decirnos si no?

– Que no se nos exige salvarlos a todos. Que lo que se nos exige es ayudar a los que se cruzan en nuestro camino. Y ahí, detective, es donde fracasé.

– Joder, no sea tan duro consigo mismo.

– ¿Quién lo será, si no? -preguntó-. Dígame, ¿lo será usted? Porque esto es exactamente lo que creo: si hubiera más policías que fueran más duros consigo mismos, habría más niños que tendrían la vida que merecen.

Al oír aquello, Barbara apartó la mirada del detective. Sabía que no podía discutírselo. Pero el hecho de querer hacerlo le dijo lo cerca que estaba ella de preocuparse demasiado. Y sabía que eso la asemejaba más a Gilí de lo que, como integrante del equipo que investigaba aquellos asesinatos, podía permitirse.

El trabajo policial tenía esas ironías. Te preocupabas poco y moría más gente. Te preocupabas demasiado y no podías atrapar a su asesino.

– ¿Podemos hablar? -dijo Lynley-. Ahora. -No añadió «señor» ni se esforzó de verdad en modular la voz. De estar presente, no cabía duda de que Hamish Robson habría tomado nota de todo lo que su tono sugería sobre agresividad y necesidad de ajustar cuentas, pero a Lynley le daba igual. Habían llegado a un acuerdo. Hillier no lo había mantenido.

El subinspector acababa de concluir una reunión con Stephenson Deacon. El jefe del departamento de prensa había salido del despacho de Hillier tan adusto como se sentía Lynley. Era obvio que las cosas no iban bien por ese lado y, por un momento, Lynley sintió una satisfacción perversa. Ahora mismo, la idea de que al final Hillier tuviera que doblegarse a las maquinaciones del departamento de prensa delante de una manada de periodistas rabiosos le resultaba profundamente gratificante.

– ¿Dónde coño está Nkata? -dijo Hillier como si Lynley no hubiera dicho nada-. Tenemos una reunión con la prensa V quiero que esté aquí antes. -Recogió un fajo de papeles esparcidos por la mesa de reuniones y los tiró a un subordinado que aún permanecía ahí sentado tras haber asistido a la reunión celebrada antes de que llegara Lynley. Era un chico delgadísimo de unos veintitantos años que llevaba unas gafas a lo

John Lennon y que seguía tomando notas mientras, al parecer, intentaba evitar convertirse en el centro de la exasperación de Hillier-. Saben lo del color de piel -dijo el subinspector de manera cortante-. Así que, ¿quién coño ahí abajo… -señaló con el dedo hacia lo que Lynley decidió que se suponía que era el sur, lo que significaba el sur del río y, por lo tanto, lo que significaba el túnel de Shand Street- ha filtrado ese detalle a esos carroñeros? Quiero saberlo y quiero la cabeza de ese cabrón. Tú, Powers.

El subordinado saltó:

– ¿Señor? ¿Sí, señor? -dijo, inclinándose.

– Ponme a ese tonto de Rodney Aronson al teléfono. Ahora dirige The Source, y la pregunta sobre el color de piel la ha hecho por teléfono alguien de ese periodicucho de mierda. Averigua cómo lo han sabido. Presiona a Aronson. También a cualquiera que te encuentres. Quiero terminar con todas las filtraciones para cuando acabe el día. Ocúpate de ello.

– Sí, señor. -Powers salió pitando del despacho.

Hillier se dirigió a su mesa. Descolgó el teléfono y pulsó unos cuantos números, ajeno o indiferente a la presencia y estado de ánimo de Lynley Por increíble que pareciera, se puso a pedir hora para que le dieran un masaje.

Lynley se sintió como si por sus venas corriera ácido de batería. Cruzó la sala a grandes zancadas hacia la mesa de Hillier y pulsó la tecla para terminar la llamada del subinspector.

– ¿Qué coño te crees que estás…? -le espetó éste.

– He dicho que quería hablar con usted -le interrumpió Lynley-. Teníamos un acuerdo y lo ha incumplido.

– ¿Sabes con quién estás hablando?

– Demasiado bien. Trajo a Robson para salvar las apariencias y se lo permití.

La cara rubicunda de Hillier se volvió color carmesí.

– A mí nadie me…

– Acordamos que yo decidiría lo que veía y lo que no veía Robson. No pintaba nada en la escena del crimen, pero ahí estaba, tenía acceso. Sólo hay una forma de que haya ocurrido algo así.

– Exacto -dijo Hillier-. Que no se te olvide. Sólo hay una forma de que por aquí ocurra lo que sea, y no eres tú. Yo decidiré quién tiene acceso a qué, cuándo y cómo, comisario, y si se me antoja que pueda ser un avance para la investigación que la reina le estreche la mano al cadáver, prepárate para saludarla con una reverencia porque su Rolls va a traerla para que eche un vistazo. Robson forma parte del equipo. Asúmelo.

Lynley no se lo podía creer. Hacía un momento, el subinspector echaba chispas por las filtraciones sobre la investigación y ahora daba la bienvenida tan alegremente a una posible filtración justo entre ellos. Pero el problema iba más allá de lo que Hamish Robson pudiera revelar a la prensa a propósito o sin querer.

– ¿Se le ha ocurrido pensar que está poniendo en peligro a ese hombre? ¿Que lo está exponiendo al peligro porque sí? Está lavando su imagen a su costa y si algo sale mal, la responsabilidad será de la Met. ¿Ha pensado en eso?

– Eso es totalmente improcedente…

– ¡Conteste la pregunta! -dijo Lynley-. Ahí fuera hay un asesino que ha acabado con cinco vidas, y es posible que estuviera detrás del cordón esta mañana, entre los curiosos, tomando nota de todos lo que iban y venían.

– Eres un histérico -dijo Hillier-. Sal de aquí. No tengo ninguna intención de escucharte despotricar como un patán. Si no puedes soportar la presión de este caso, lárgate. O te largaré yo. Bien, ¿dónde coño está Nkata? Tiene que estar aquí cuando hable con la prensa.

– ¿Me está escuchando? ¿Tiene idea de…? -Lynley quería dar un golpe en la mesa del subinspector, solamente para sentir algo más que indignación por un instante. Intentó calmarse. Bajó la voz-. Escúcheme, señor. Una cosa es que un asesino señale a alguno de nosotros. Es parte del riesgo que corremos cuando decidimos dedicarnos a este trabajo. Pero poner a alguien en el punto de mira de un psicópata sólo para protegerse el trasero políticamente…

– ¡Ya basta! -Hillier parecía furioso-. Ya basta, joder. Llevo años aguantando tu insolencia, pero esta vez te has pasado. -Rodeó la mesa y se detuvo a diez centímetros de Lynley-. Sal de aquí -dijo entre dientes-. Vuelve al trabajo. Por el momento, vamos a fingir que esta conversación no ha tenido lugar nunca. Vas a volver a tus asuntos, vas a llegar al fondo de este lío y vas a realizar una detención rápida. Después de eso… -Ahora Hillier clavó un dedo en el pecho de Lynley, que se enfureció, aunque logró contener su reacción-, decidiremos qué hacemos contigo. ¿Me he expresado con claridad? ¿Sí? Bien. Ahora vuelve al trabajo y consigue resultados.

Lynley permitió que el subinspector dijera la última palabra, aunque le sentó como un tiro. Se dio la vuelta y dejó a Hillier con sus maquinaciones políticas. Bajó por las escaleras para ir al centro de coordinación, maldiciéndose por creer que podía conseguir que Hillier hiciera las cosas de otro modo. Se dio cuenta de que debía centrarse en las cosas importantes, así que iba a tener que tachar de la lista cómo utilizaba el subinspector a Hamish Robson.

Todos los miembros de la brigada de homicidios estaban al corriente del cuerpo hallado en el túnel de Shand Street y cuando Lynley se unió a ellos, vio que estaban más apagados de lo que esperaba. En total, ahora sumaban treinta y tres: contando desde los policías en la calle hasta las secretarias que controlaban todos los informes y la documentación importante. Ser derrotados por una única persona cuando tenían el poder de la Met apoyándoles -con todo, desde sofisticados sistemas de comunicaciones y grabaciones de cámaras de circuito cerrado a laboratorios forenses y bases de datos-, era más que descorazonador. Era humillante. Y lo peor, no había servido para atrapar a un asesino.

Así que estaban muy apagados cuando Lynley entró. El único ruido que se oía era el tecleteo en los ordenadores. Aquello también cesó cuando Lynley dijo en voz baja:

– ¿Cuál es el procedimiento a seguir?

El detective Stewart habló desde uno de sus esquemas multicolor. Triangular las escenas del crimen no estaba dando resultados, dijo. El asesino se movía por todo Londres, lo que sugería que se conocía bien la ciudad, lo que a su vez sugería que se trataba de alguien cuyo trabajo le proporcionaba ese conocimiento.

– Pienso en un taxista, obviamente -dijo Stewart-. Un chófer. Un conductor de autobús, también, ya que ningún cuerpo ha aparecido demasiado lejos de rutas de autobuses.

– El psicólogo dice que tiene un trabajo por debajo de su capacidad -reconoció Lynley aunque se resistía a mencionar siquiera a Hamish Robson después de su contratiempo con Hillier.

– Un mensajero también funcionaría -señaló uno de los agentes-. Yendo en moto llegas a conocer las calles como si estudiaras para sacarte la licencia de taxista.

– Incluso una bicicleta -dijo otro.

– Pero, entonces, ¿dónde entra la furgoneta?

– ¿Transporte personal? ¿No la utiliza para trabajar?

– ¿Qué tenemos sobre la furgoneta? -preguntó Lynley-. ¿Quién ha hablado con la testigo de Saint George's Gardens?

Habló un agente del Equipo Dos. Intentar obtener información de la testigo no había aportado nada al principio, pero la mujer llamó más tarde la noche anterior porque había recordado algo de repente. Dijo que esperaba que fuera real y no una combinación de imaginación y su deseo de ayudar a la policía. En todo caso, creía que podía afirmar con seguridad que tenían que buscar una furgoneta de tamaño normal. Tenía unas letras blancas descoloridas en un lado, lo que sugería que era o había sido la furgoneta de una empresa.

– Lo que nos confirma que se trata de una Ford Transit, esencialmente -dijo Stewart-. Estamos trabajando con la lista de Tráfico, para buscar una que pertenezca a una empresa.

– ¿Y? -dijo Lynley.

– Lleva su tiempo, Tommy.

– No tenemos tiempo. -Lynley oyó la agitación en su voz y supo que los otros también la habían oído, lo cual le recordó, en el peor momento posible, que no era Malcolm Webberly, que no tenía la calma del ex comisario, ni tampoco su firmeza cuando se encontraba bajo presión. Vio en las caras congregadas a su alrededor que los otros agentes estaban pensando en lo mismo-. Sigue con eso, John. En cuanto tengamos algo, quiero saberlo -dijo en un tono más relajado.

– Sobre eso… -Stewart no había mirado a Lynley a los ojos mientras perdía los estribos, sino que había anotado algo quo subrayó tres veces en la parte de abajo de su minucioso esquema-. En internet aparecen dos procedencias para el aceite de ámbar gris.

– ¿Sólo dos?

– No es algo que se compre todos los días. -Las dos procedencias estaban en direcciones opuestas: una tienda que se llamaba La Luna de Cristal en Gabriel's Wharf…

– Está al sur del río -observó alguien esperanzado.

– … y un tenderete en el mercado de Camden Lock que se llamaba La nube de Wendy. Alguien tendría que investigar los dos lugares.

– Barbara vive en la zona de Camden Lock-dijo Lynley-. Puede encargarse ella. Winston puede… ¿Dónde está, por cierto?

– Escondiéndose de Dave el Bellaco, probablemente -fue la respuesta, una referencia irreverente a Hillier-. Ha empezado a recibir cartas de admiradores, el pobre Winnie. Hay mucha niña sola que busca a un hombre de provecho.

– ¿Está en el edificio?

Nadie lo sabía.

– Llamadle al móvil. Y a Havers también.

Mientras hablaba, entró Barbara Havers. Winston Nkata la siguió segundos después. Los otros aliviaron la tensión con silbidos y saludos procaces que sugerían que su llegada doble encerraba una explicación personal.

Havers les enseñó un dedo.

– Cabrones -dijo en tono afable-. Me sorprende veros fuera de la cafetería.

– Lo siento -dijo sólo Nkata por su parte-. Estaba intentando localizar a un trabajador social para el chico Salvatore.

– ¿Ha habido suerte? -dijo Lynley.

– Qué cono.

– Sigue con ello. Por cierto, Hillier te está buscando.

Nkata frunció el ceño.

– Tenemos algo sobre Jared Salvatore de la policía de Peckham -dijo. Transmitió toda la información que había recopilado, mientras los demás escuchaban y tomaban las notas pertinentes-. La novia dice que estaba aprendiendo a cocinar en algún lugar, pero los tipos de la comisaría no lo creen -concluyó.

– Que alguien compruebe las escuelas de cocina -le dijo Lynley al detective Stewart. Stewart asintió y tomó nota-. ¿Havers? ¿Qué hay de Kimmo Thorne? -preguntó Lynley.

Barbara dijo que todo lo que les habían dicho Blinker y luego los Grabinski y Reg Lewis en el mercadillo de Bermondsey cuadraba con lo que sabía la policía de Borough. Debía añadir que, al parecer, Kimmo Thorne había participado en un programa de una organización llamada Coloso, a la que denominó «panda de samaritanos al sur del río». Había ido hasta allí para echar un vistazo al sitio: una planta industrial reformada no muy lejos del nudo de calles que salía de Elephant and Castle.

– Aún no habían abierto -concluyó Havers-. El lugar estaba cerrado a cal y canto, pero había algunos chicos merodeando por ahí, esperando a que apareciera alguien y los dejara entrar.

– ¿Qué te han dicho? -le preguntó Lynley.

– No me han dicho una mierda -dijo Havers-. Les he dicho: «¿Sois de aquí, chicos?», y han calado que era poli. Eso ha sido todo.

– Pues investígalo.

– Sí, señor.

Luego, Lynley los puso al corriente de lo que Hamish Robson había dicho sobre el último asesinato. No les contó que Hillier había mandado al psicólogo a la escena del crimen. No tenía sentido que se pusieran como locos por algo sobre lo que no tenían ningún control. Por lo tanto, les habló del cambio de actitud del asesino hacia la última víctima y de los indicios de que podría reaparecer en cualquiera de las escenas del crimen.

Al oír aquello, el detective Stewart se puso a organizar la vigilancia de los distintos lugares antes de proseguir con otro informe: los agentes que habían revisado tenazmente todas las grabaciones relevantes de las cámaras de circuito cerrado de las zonas cercanas al sitio donde habían aparecido los cuerpos continuaban con ese tedioso trabajo. No era precisamente una tarea apasionante, pero los agentes seguían al pie del cañón, con la ayuda de litros y litros de café caliente. Buscaban no sólo una furgoneta, sino otras formas de transportar un cuerpo del punto A al punto B, y una que no llamara la atención necesariamente de las personas que vivían en los alrededores: una camioneta de reparto de leche, un carrito de barrendero y cosas por el estilo.

A esa información, añadió que tenían un informe del S07 sobre el maquillaje que llevaba Kimmo Thorne. La marca era No Seven y se vendía en todos los Boots. ¿Quería el comisario que se pusieran a revisar todas las grabaciones de las cámaras de los Boots que había cerca de la casa de Kimmo Thorne? No pareció entusiasmado con la idea. Aun así, señaló:

– Puede que saquemos algo. ¿El tipo de la caja desaprobaba las inclinaciones del chico y quiso cargárselo? Esa clase de cosas.

De momento, Lynley no quería descartar nada. Así que dio luz verde a Stewart para que asignara a un equipo la tarea de revisar las cintas de los Boots situados en las inmediaciones de la casa de Southwark de Kimmo Thorne. Asignó él mismo a Nkata y a Havers las dos tiendas que vendían el aceite de ámbar gris, y le dijo a Havers que pasara por La Nube de Wendy cuando se fuera a casa al terminar la jornada. Mientras tanto, la acompañaría a Elephant and Castle. Estaba decidido a comprobar por sí mismo qué podía sacarse de una visita a Coloso. Si se había vinculado a alguno de los chicos con aquel lugar, ¿quién decía que el resto de las víctimas -aún por identificar- no podía estar relacionado también con ese centro?

– Este último asesinato, ¿no podría ser obra de un imitador? -preguntó Havers-. Es algo de lo que aún no hemos hablado. A ver, ya sé que Robson ha explicado las diferencias entre este cuerpo y los otros, pero podrían deberse a alguien que supiera algo sobre la escena del crimen, pero no todo, ¿verdad?

No podían descartarlo, admitió Lynley. Pero la verdad era que los asesinatos obra de imitadores eran producto de la información generada por los medios informativos, y a pesar de que se había producido una filtración en algún punto de la investigación, sabía que era reciente. Que la prensa hubiera destacado el hecho de que la última víctima era negra era una prueba de ello, puesto que se podían explotar detalles muchísimo más sensacionalistas que ése en las portadas de los tabloides. Y Lynley sabía cómo funcionaban los medios: no se guardarían algo truculento si cabía la posibilidad de vender doscientos mil ejemplares más de su periódico. Así que había muchos indicios de que aún no tenían constancia de nada truculento, lo que sugería que ese asesinato no era una copia de los anteriores, sino otra muerte de una serie de muertes similares, todas con la firma de un mismo asesino.

Ésa era la persona que tenían que encontrar, y deprisa, puesto que Lynley era perfectamente capaz de dar el salto psicológico que implicaba todo lo que Hamish Robson le había dicho aquella mañana sobre el hombre que buscaban: si había tratado a ese último cuerpo con desprecio y sin remordimientos, el asunto se estaba intensificando.

Capítulo 9

Nkata logró marcharse de Victoria Street sin tropezarse con Hillier. Tenía un mensaje en el móvil de la secretaria del subinspector en el que le informaba «del deseo de sir David de consultarle algo antes de la siguiente reunión informativa con la prensa», pero decidió no hacerle caso. Hillier quería «consultarle algo» tanto como estar expuesto al virus del ébola, y eso era un hecho, algo que Nkata había leído entre líneas en la primera reunión que tuvo con el hombre. Estaba harto de ser el negro que Hillier utilizaba para igualar las oportunidades de las minorías en la Met de cara a la galería. Sabía que si seguía haciendo el juego a la propaganda, acabaría despreciando profundamente su profesión, a sus colegas y a sí mismo, y eso no era justo para nadie. Así que se escapó de New Scotland Yard justo después de que acabara la reunión en el centro de coordinación. Utilizó como excusa el aceite de ámbar gris.

Cruzó el río hacia Gabriel's Wharf, una cara plaza de asfalto a orillas del río que estaba a medio camino de dos de los puentes que se extendían sobre el Támesis: el de Waterloo y el de Blackfairs. Era una especie de lugar de verano, completamente abierto. A pesar de que las luces alegres colgaban entrecruzándose sobre el muelle (y estaban encendidas pese a que aún era de día) en invierno se veía poco movimiento en el embarcadero. No había nadie en la tienda que alquilaba bicicletas y patines en línea, y aunque algún curioso paseaba por las pequeñas galerías destartaladas que delimitaban el muelle, los otros negocios estaban prácticamente desiertos. Eran restaurantes y puestos de comida, que en verano pasarían apuros para satisfacer la demanda de crepés, pizzas, sándwiches, patatas asadas y helados y que, ahora, no llamaban la atención de casi nadie.

Nkata encontró La Luna de Cristal entre dos puestos de comida para llevar: crepés a la izquierda y sándwiches a la derecha. Estaba en el sector oriental del muelle, donde tiendas que parecían chabolas y galerías se adosaban a las viviendas. En los pisos superiores de los mismos habían pintado hacía años las ventanas creando una ilusión óptica que le daba a cada una un estilo tan distinto a la anterior que la impresión general era la de cruzar a pie Europa a toda velocidad. Las ventanas del Londres georgiano daban paso al París rococó, que, a su vez, se fundían en la Venecia del dux. Era totalmente extravagante y, por lo tanto, armonizaba con el propio muelle.

La Luna de Cristal mantenía la atmósfera fantasiosa, invitándole a uno a entrar por una cortina de cuentas con el dibujo de lo que parecía una galaxia dominada por una luna verde. Nkata la atravesó y abrió la puerta que estaba detrás esperando que lo saludara una aspirante a hippy que se hacía llamar Afrodita, pero que en realidad era Kylie de Essex. Pero se encontró con una abuela sentada en un taburete alto junto a la caja registradora. Llevaba un conjunto de suéter y chaqueta de punto rosa pálido y un collar púrpura y hojeaba una revista de moda. A su lado, una varilla de incienso encendida llenaba el aire de olor a jazmín.

Nkata la saludó con la cabeza, pero no se acercó a ella de inmediato, sino que examinó los artículos en venta. Como era de esperar, los cristales abundaban: colgando de cuerdas, decorando pequeñas pantallas de lámparas, insertadas en candeleros, sueltos en cestos pequeños. Pero lo mismo pasaba con el incienso, las cartas del tarot, los atrapasueños, los aceites aromáticos, las flautas, las flautas dulces y, por algún motivo no aparente de inmediato, los palillos chinos decorados. Se acercó a los aceites.

Un hombre negro en una tienda. Una mujer blanca sola. Enn otra época, Nkata quizá la habría tranquilizado presentándose y mostrándole la placa. Hoy, sin embargo, con lo de Hillier y todo lo que éste representaba en su mente, no estaba de humor para tranquilizar a ningún blanco, fuera una señora mayor o no.

Curioseó un poco más. Anís: bencedrina, camomila, almendra. Cogió un frasco, leyó la etiqueta y vio la gran cantidad de usos que tenía. Lo dejó y cogió otro. A su espalda, las páginas de la revista seguían pasando sin alteración de ritmo. Por fin, después de moverse en el taburete, la propietaria de la tienda habló.

Sólo que resultó que no era la propietaria, algo que le reveló a Nkata con una risita nerviosa mientras le ofrecía su ayuda.

– No sé si podré ayudarlo mucho -le dijo-, pero estoy dispuesta a intentarlo. Sólo vengo una tarde a la semana, ¿sabe?, mientras Gigi, que es mi nieta, está en clase de canto. Esta tiendecita es suya, y a esto se dedica hasta que dé el salto a la fama… ¿No es así como lo llaman? ¿Puedo ayudarle en algo, por cierto? ¿Busca algo especial?

– ¿Para qué es todo esto? -Nkata señaló el expositor de frasquitos que contenían los aceites.

– Oh, para muchas cosas, querido -dijo la anciana. Se bajó con cuidado del taburete y se acercó al expositor para ponerse a su lado. Nkata era mucho más alto que ella, pero no pareció que darse cuenta de ello la desconcertara. Cruzó los brazos por debajo de los pechos y dijo-: Dios santo, ha tomado vitaminas, ¿verdad? -y prosiguió amigablemente-: Algunos tienen usos medicinales, querido. Otros son para hacer magia. Otros, para la alquimia. Eso según Gigi, por supuesto. La verdad es que yo no sé si sirven para algo. ¿Por qué lo pregunta? ¿Necesita algo en especial?

Nkata cogió el frasco de aceite de ámbar gris.

– ¿Y éste?

La mujer se lo cogió de la mano.

– Ámbar gris… -dijo-. Veamos, ¿le parece? Se llevó el frasco al mostrador y de debajo sacó un tomo.

Si la anciana no era lo que Nkata esperaba encontrar en una tienda llamada La Luna de Cristal, el enorme libro que dejó en el mostrador, sí. Parecía algo sacado del atrezzo de los estudios Elstree: grande, con encuadernación de cuero, las páginas sobadas y las esquinas dobladas. Nkata imaginó que saldrían polillas cuando lo abriera.

Pareció leerle el pensamiento porque se rió avergonzada y dijo:

– Sí. Un poco estúpido, lo sé. Pero la gente espera este tipo de cosas, ¿verdad?

Pasó las páginas y comenzó a leer. Nkata se acercó al mostrador. Ella chasqueó la lengua con desaprobación mientras negaba con la cabeza y toqueteaba el collar.

– ¿Qué? -preguntó Nkata.

– Es un poco desagradable, en realidad. Las asociaciones, quiero decir. -Señalando la página, siguió contándole que no sólo tenía que morir una pobre ballenita para que la gente tuviera el aceite, sino que la propia sustancia se utilizaba para realizar ceremonias de ira o venganza. Frunció el ceño y lo miró con seriedad-. Debo preguntárselo. Perdone, por favor. Gigi se quedaría horrorizada, pero hay cosas que… ¿Por qué quiere ámbar gris? Un hombre tan encantador como usted. ¿Tiene algo que ver con la cicatriz, querido? Es una pena que la tenga, pero si me permite decirlo… Bueno, le da cierta distinción a su cara. Así que si puedo orientarle en otra dirección…

Le dijo que un hombre como él debería pensar en el aceite de calaminta, que ahuyenta a las mujeres, porque seguro que lo acosaban a diario. Por otro lado, la nueza podía utilizarse para pociones de amor si había una mujer especial ahí fuera de la que estuviera prendado. O agrimonia, que repele la negatividad. O el eucalipto, para la curación. O salvia, para la inmortalidad. Había un montón de posibilidades y usos muchísimo más positivos que el ámbar gris, querido, y si ella podía hacer algo para orientarle en una dirección que le ayudara a obtener un resultado que tuviera repercusiones positivas en su vida…

Nkata se dio cuenta de que era el momento. Sacó la placa. Le dijo que el aceite de ámbar gris había sido asociado con un asesinato.

– ¿Un asesinato? -La mujer abrió mucho los ojos, de un azul descolorido por la edad, mientras se llevaba una mano al pecho-. Querido mío, no creerá… ¿Han envenenado a alguien? Porque no creo que… No es posible que… El frasco llevaría algún tipo de advertencia… Lo sé… Tendría que estar…

Nkata se apresuró a tranquilizarla. No habían envenenado a nadie, y aunque así fuera, la tienda sólo sería responsable si hubiera administrado la sustancia. No era el caso, ¿verdad?

– Por supuesto que no. Por supuesto que no -dijo-. Pero, querido mío, cuando Gigi se entere, se quedará destrozada. Estar relacionada aunque sea remotamente con un asesinato… Es una joven tan pacífica. De verdad. Si la viera aquí con sus clientes. Si oyera la música que toca. Tengo los CD aquí mismo, puede echarles un vistazo, si quiere. ¿Lo ve? El Dios interior, Viajes espirituales. Y tiene más. Todos sobre meditación y cosas así.

Al oír que mencionaba la palabra «clientes», Nkata hizo que volviera al tema. Le preguntó si la tienda había vendido algún frasco de ámbar gris últimamente. Le contestó que no lo sabía muy bien. Seguramente sí. El negocio de Gigi iba bien, incluso en esa época del año. Pero no mantenían un registro de las compras individuales. Estaban los recibos de la tarjeta de crédito, claro, así que la policía podía investigar por ahí. Por lo demás, sólo estaba la libreta que los clientes firmaban si querían recibir un ejemplar del boletín de La Luna de Cristal. ¿Le serviría de algo?

Nkata lo dudaba, pero aceptó el ofrecimiento y la cogió. Le dio su tarjeta y le dijo que si recordaba algo… O si Gigi podía aportar algo a lo que sabía su abuela…

Sí, sí. Claro. Cualquier cosa.

Y, de hecho…

– Sabe Dios de qué podría servirle, querido, pero Gigi tiene una lista -dijo su abuela-. Sólo son códigos postales. Está muy interesada en abrir otra Luna de Cristal Dos al otro lado del río, ¿en Notting Hill…?, y anota los códigos postales de sus clientes para tener argumentos más poderosos cuando quiera pedir un préstamo al banco. ¿Le serviría de algo?

Nkata no vio de qué, pero cogió la lista de todos modos. Le dio las gracias a la abuela de Gigi y fue a marcharse, pero volvió a detenerse, a su pesar, delante del expositor de aceites.

– ¿Hay algo más? -le preguntó la abuela de Gigi.

Tuvo que reconocer que sí.

– ¿Cuál ha dicho que repelía la negatividad? -dijo.

– El de agrimonia, querido.

Cogió un frasco y lo llevó al mostrador. -Pues éste servirá -dijo.

Elephant and Castle era un lugar que al parecer existía ajeno a los otros Londres que, a lo largo de los años, se habían desarrollado y extinguido a su alrededor. El Londres acelerado de las minifaldas, las botas de vinilo, de King's Road y Carnaby Street había pasado de largo por aquí hacía décadas. Las pasarelas de la Semana de la Moda de Londres nunca se habían celebrado en sus alrededores. Y mientras el London Eye, el puente del Milenio y la Tate Modern eran ejemplos del despertar de un nuevo siglo para la ciudad, Elephant and Castle seguía anclado en el pasado. La zona luchaba por reurbanizarse, cierto, como tantos otros lugares al sur del río. Pero era una lucha inútil, debido a los drogadictos y camellos que trapicheaban en sus calles, la pobreza, la ignorancia y la desesperación. Era en ese entorno donde sus fundadores habían creado Coloso. Se habían instalado en una estructura abandonada y en ruinas diseñada para la fabricación de colchones y habían restaurado modestamente el lugar para servir a la comunidad de un modo del todo distinto.

Barbara Havers guió a Lynley hasta New Kent Road, donde un pequeño aparcamiento detrás de la estructura de ladrillo amarillento ofrecía a los usuarios de Coloso un lugar para fumar. Un grupo de ellos estaba por ahí haciendo eso precisamente cuando Lynley condujo el coche hasta una plaza de aparcamiento. Mientras ponía el freno de mano y apagaba el motor, Havers señaló que quizá un Bentley no era la mejor opción de transporte para ir a ese barrio.

Lynley no pudo discutírselo. No lo había pensado bien cuando, en el aparcamiento subterráneo de Victoria Street, Havers le había dicho: «¿Por qué no cogemos mi coche, señor?». En aquel momento, sólo quería imponer cierto control sobre la situación, y un modo de obtener ese control era poner distancia entre él y cualquier edificio en el que se encontrara el subinspector de policía. Otro modo había sido tomar la decisión de cómo iba a hacerlo. Pero ahora veía que Havers tenía razón. No tanto porque se pusieran en peligro llevando un coche elegante a un lugar así, sino porque expresaban algo sobre sí mismos que no hacía falta expresar.

Por otro lado, se dijo, al menos no estaban anunciando a los cuatros vientos que eran polis. Pero salió de su engaño en cuanto se bajó del Bentley y lo cerró.

– La pasma -dijo alguien entre dientes, y esa advertencia se extendió deprisa entre los fumadores hasta que se apagaron todas las conversaciones. «Y después hablan de lo importantes que son los coches de incógnito», pensó Lynley.

Como si hubiera dicho algo, Havers contestó:

– Soy yo, señor, no usted -contestó Havers en voz baja, como si Lynley hubiera dicho algo-. Estos crios tienen un radar para los polis. Me calaron en cuanto me vieron. -Lo miró-. Pero puede ser mi chofer si quiere. Quizá aún podamos darles gato por liebre. Comencemos con un pitillo. Puede encendérmelo. -Lynley le lanzó una mirada. Havers sonrió-. Era una idea.

Pasaron por entre el grupo silencioso hasta unas escaleras de hierro que subían por la parte trasera del edificio. En el primer piso, una puerta verde y ancha tenía la palabra COLOSO escrita en una pequeña placa de latón pulido. Encima, una ventana mostraba una hilera de luces a lo largo de un pasillo. Lynley y Havers entraron y se encontraron en un lugar que era una combinación de galería y tienda de regalos modesta.

La galería consistía en una historia pictórica de la organización: la fundación, la reforma del lugar que la albergaba y el impacto que había tenido en los habitantes de la zona. La tienda de regalos -que fundamentalmente era una sola vitrina de artículos con un precio razonable- ofrecía camisetas, sudaderas, gorras, tazas, vasos de chupito y artículos de papelería, todos con logos idénticos: el tocayo mitológico de la organización coronado por docenas de figuras minúsculas que utilizaban sus brazos y hombros enormes para ascender de la miseria al éxito. Debajo del gigante estaba la palabra «juntos», formando un semicírculo completado por Coloso, que dibujaba la otra mitad encima del personaje. Dentro de la vitrina también había una fotografía firmada del duque y la duquesa de Kent apadrinando con su presencia real algún acto relacionado con Coloso. Al parecer, no estaba a la venta.

En el otro extremo de la vitrina, había una puerta que se abría a la recepción. Allí, Lynley y Havers se encontraron con las miradas directas de tres personas que callaron en cuanto se acercaron. Dos de ellas, un joven delgaducho que llevaba una gorra de Eurodisney y un chico mestizo de unos catorce años quizá, jugaban a las cartas en una mesa baja situada entre dos sofás. La tercera, un joven corpulento de pelo rojizo y arreglado y barba escasa, bien recortada pero que apenas le cubría las mejillas picadas por la viruela, estaba sentado tras el mostrador de la recepción, una cruz turquesa le colgaba de una oreja. Llevaba una de las sudaderas de Coloso y, al parecer, tomaba notas con un lápiz azul en un calendario que había sobre el mostrador impoluto mientras una suave melodía de jazz salía de los altavoces colocados encima de él. Cuando su mirada se fijó en Havers, no pareció simpático. A su lado, Lynley oyó el suspiro de la detective.

– Necesito maquillaje, joder -dijo entre dientes.

– Quizá quieras deshacerte de las zapatillas -le sugirió él.

– ¿Necesitan ayuda? -preguntó el joven. De debajo del mostrador sacó una bolsa amarilla brillante que llevaba impresas las letras MR. SANDWICH. De dentro sacó un rollito de salchicha y unas patatas fritas y se puso a comer sin más. La poli, les transmitían sus acciones, no iba a interrumpir su rutina diaria.

Aunque parecía totalmente innecesario, Lynley sacó su identificación para mostrársela al joven pelirrojo, sin prestar atención por el momento a los otros dos. Una placa de plástico en el borde del mostrador indicaba que él y Havers estaban presentándose a un tal Jack Veness, quien pareció no estar en absoluto impresionado porque los dos polis que tenía delante representaran a New Scotland Yard.

Tras echar una mirada a los jugadores de cartas como si buscara su aprobación, Veness simplemente esperó a que dijeran algo. Mordió el rollito de salchicha, cogió unas patatas y miró el reloj de pared que había encima de la puerta. O quizá miro a la propia puerta, pensó Lynley, por la cual el señor Veness quizá esperaba que alguien entrara a rescatarlo. A primera vista estaba bien, pero había cierta intranquilidad en él.

Habían ido a hablar con el director de Coloso, le dijo Lynley a Jack Veness, o, en realidad, con cualquiera que pudiera hablarles de uno de sus usuarios…, si el término era adecuado, añadió: Kimmo Thorne.

El nombre tuvo casi el mismo efecto que cuando un forastero entraba en un bar en un western americano antiguo. En otras circunstancias, a Lynley le habría hecho gracia: los dos jugadores de cartas interrumpieron la partida, dejaron las cartas sobre la mesa y no hicieron ningún esfuerzo por ocultar que intentaban escuchar todo lo que se decía a partir de aquel momento, mientras que Jack Veness dejó de comer el rollito de salchicha. Lo guardó en la bolsa de Mr. Sándwich y desplazó la silla del mostrador. Lynley creyó que iría a buscar a alguien para que hablara con ellos, pero se dirigió a un dispensador de agua. Abrió el grifo del agua caliente y llenó una taza de Coloso, tras lo cual cogió una bolsita de té y la remojó un par de veces.

Al lado de Lynley, Havers puso los ojos en blanco.

– Perdona, amigo. ¿Se te ha escacharrado el audífono o qué?

Veness regresó y dejó la taza sobre la mesa.

– Los oigo perfectamente. Sólo estoy intentando decidir si merece la pena darles una respuesta.

Al otro lado de la sala, Eurodisney soltó un silbido. Su compañero bajó la cabeza. Veness pareció satisfecho de obtener su aprobación. Lynley decidió que ya había suficiente.

– Puede tomar la decisión en una sala de interrogatorios, si quiere -le dijo a Veness.

A lo que Havers añadió:

– Estamos dispuestos a darle ese gusto. Estamos aquí para servirles y todo eso, ya sabes.

Veness se sentó y se metió un trozo de rollito de salchicha en la boca.

– En Coloso todo el mundo conoce a todo el mundo -dijo mientras masticaba-. A Thorne también. Así funciona. Por eso funciona.

– También sirve para usted, entiendo -dijo Lynley-. Hablando de Kimmo Thorne.

– Entiende bien -asintió Veness.

– ¿Y ustedes dos? -preguntó Havers a los jugadores de cartas-. ¿También conocían a Kimmo Thorne? -Sacó su libreta mientras formulaba las preguntas-. ¿Cómo se llaman, por cierto?

Eurodisney pareció sorprendido de que le preguntaran, pero colaboró y dijo que se llamaba Robbie Kilfoyle. Añadió que en realidad no trabajaba en Coloso como Jack, sino que sólo iba de voluntario algunos días a la semana, y que hoy era uno de esos días. Por su parte, el chico se identificó como Mark Connor. Dijo que era su cuarto día de orientación.

– Así que es nuevo por aquí -les explicó Veness.

– Por lo tanto, no conoce a Kimmo -añadió Kilfoyle.

– Pero ¿usted lo conocía? -le preguntó Havers a Kilfoyle-. ¿Aunque no trabaje aquí?

– Eh, no ha dicho eso, ¿sabes? -dijo Veness.

– ¿Es usted su abogado? -replicó Havers-. ¿No? Entonces imagino que podrá hablar por sí mismo. -Y de nuevo a Kilfoyle-: ¿Conocía a Kimmo Thorne? ¿Dónde trabaja?

Incomprensiblemente, Veness insistió.

– Déjelo. Trae los putos sándwiches, ¿vale?

Kilfoyle frunció el ceño, quizá ofendido por el tono displicente.

– Ya se lo he dicho, soy voluntario -dijo-. Cojo el teléfono. Ayudo en la cocina. Ayudo en el cuarto del material cuando hay mucho trabajo. Así que veía a Kimmo por aquí. Lo conocía.

– Como todo el mundo -dijo Veness-. Hablando de lo cual… Esta tarde hay un grupo que va de excursión al río. ¿Puedes ocuparte tú, Rob? -Lanzó una larga mirada a Kilfoyle, como si estuviera mandándole una especie de doble mensaje.

– Yo puedo ayudarte, Rob -se ofreció Mark Connor.

– Claro -dijo Kilfoyle, y a Jack Veness-: ¿quieres que lo organice ahora o qué?

– Ahora sería genial.

– Muy bien. -Kilfoyle recogió las cartas y, acompañado de Mark, se dirigió a una puerta interior. A diferencia de los demás, vestía una cazadora más que una sudadera y, en lugar de llevar escrito Coloso, llevaba un logo de un bocadillo con brazos y piernas y arriba las palabras MR. SANDWICH.

Por algún motivo, la marcha de esos dos produjo un cambio en Jack Veness. Como si de repente se hubiera apagado (o encendido) en él un interruptor invisible, el joven cambió de actitud súbitamente.

– Bien, pues. Lo siento -les dijo a Lynley y a Havers-. Puedo ser un auténtico cabronazo cuando quiero. Saben, quería ser poli, pero no lo conseguí. Es más fácil echarles la culpa a ustedes que mirarme a mí mismo y entender por qué no pasé las pruebas. -Chasqueó los dedos y ofreció una sonrisa-. ¿Qué les parece el psicoanálisis inmediato? Cinco años de terapia y el hombre está curado.

El cambio de Veness era desconcertante, como descubrir dos personalidades en un mismo cuerpo. Era imposible no preguntarse si la presencia de Kilfoyle y Connor había tenido algo que ver en cómo se había comportado antes. Pero Lynley aceptó el cambio en el hombre y volvió a sacar el tema de Kimmo Thorne. A su lado, Havers abrió la libreta. El nuevo Jack Veness no pestañeó.

Les dijo con toda sinceridad que conocía a Kimmo y que lo conocía desde la época en que había estado en Coloso. Después de todo, él era el recepcionista de la organización. Conocía deprisa a todo aquel que venía, iba y se quedaba. Su trabajo era conocer, subrayó. Saber formaba parte de su trabajo, les dijo. – ¿Por qué era así? -preguntó Lynley. -Porque, nunca se sabe, ¿no? -dijo Veness – ¿Saber qué, exactamente? -le interrumpió Havers. «A lo que te enfrentabas.»

– A esa peña. -Al decir esto, Veness señaló a los jóvenes que fumaban fuera en el aparcamiento-. Vienen de todas partes, ¿sabe? De la calle, de centros de acogida, de Menores, de centros de rehabilitación, de pandillas, hacen la calle, llevan armas, venden drogas. No tiene sentido confiar en ellos hasta que me dan una razón para que confíe en ellos. Así que tengo los ojos bien abiertos.

– ¿Eso también era aplicable a Kimmo? -preguntó Lynley. -Es aplicable a todo el mundo -dijo Veness-. A ganadores y a perdedores por igual.

Havers intervino al oír esa observación. – ¿En qué sentido era aplicable a Kimmo? ¿Te hizo alguna jugada alguna vez?

– A mí no -dijo.

– ¿A otra persona?

Veness tocó el rollito pensativamente.

– Si hay algo que debiéramos saber… -empezó a decir Lynley.

– Era un gilipollas -dijo Veness-. Un perdedor. Miren, a veces pasa. Aquí, esos crios tienen algo. Lo único que necesitan es aprovechar la oportunidad. Pero a veces dejan de venir, incluso Kimmo, que se suponía que tenía que venir porque si no lo mandarían de vuelta a Menores en un abrir y cerrar de ojos, y no puedo entenderlo, ¿saben? Cabría pensar que uno se aferraría a lo que fuera para salir de ahí. Pero no fue así, ¿no? Dejó de venir.

– ¿Cuándo?

Jack Veness se quedó pensando un momento. Cogió una libreta de espiral del cajón del medio de su mesa y examinó las firmas garabateadas que ocupaban una docena de páginas o más. Era un registro de entradas, vio Lynley, y cuando Veness contestó su pregunta, la fecha que le dio de la última vez que Kimmo había aparecido por Coloso coincidía con su asesinato, con una diferencia de cuarenta y ocho horas.

– Estúpido -dijo Veness, apartando a un lado la libreta de entradas-. No sabía cuándo había dejado de venir. El problema es que los crios se mueren por salir de aquí, ¿no? Algunos, perdonen, no todos. Quieren el resultado, pero no el proceso que lleva al resultado. Imagino que lo habrá dejado. Como ya he dicho, eso pasa.

– En realidad, lo han asesinado -dijo Lynley-. Por eso no ha vuelto a venir.

– Pero eso ya lo sabía, ¿verdad? -añadió Havers-. Si no, ¿por qué has hablado de él en pasado desde el principio? ¿Y por qué si no pasaría por aquí la poli? Y dos veces el mismo día porque uno de ésos… -como había hecho el propio Veness, señaló al grupo que se congregaba fuera- ha debido de decirle a alguien que me he pasado antes, antes de que abrieran.

Veness negó con la cabeza con vehemencia.

– No lo sabía… No. No. No lo sabía. -Lanzó una mirada hacia la puerta y el pasillo en el que se abrían salas muy iluminadas. Pareció pensar en algo un momento antes de decir-: ¿El chico de Saint Paneras? ¿Del parque?

– Bingo -dijo Havers-. No es tan bobo cuando se esfuerza, Jack.

– Era Kimmo Thorne -añadió Lynley-. Es una de las cinco muertes que estamos investigando.

– ¿Cinco? Un momento. Esperen. No pensarán que Coloso…

– No hemos sacado ninguna conclusión -dijo Lynley.

– Dios mío. Vaya, lo siento. Lo que he dicho. Lo de que era un gilipollas y un perdedor. Dios santo. -Veness cogió el rollito de salchicha, luego lo dejó otra vez. Lo envolvió y lo metió en la bolsa-. Algunos chicos lo dejan, ya saben. Tienen una oportunidad, pero aun así se van. Eligen lo que parece el camino fácil. Es de lo más frustrante. -Soltó un suspiro-. Pero, joder, lo siento. ¿Salió en el periódico? No leo mucho la…

– El nombre no, al principio -dijo Lynley-. Sólo que se había encontrado un cuerpo en Saint George's Gardens. -No añadió que las probabilidades de que los periódicos fueran cargados de artículos sobre los asesinatos en serie habían pasado de buenas a excelentes: nombres, lugares y también fechas. Una víctima joven y blanca había despertado el interés de los tabloides; la joven víctima negra de esa mañana les daba la oportunidad que necesitaban para cubrirse las espaldas. Chico mestizo igual a noticia de poco interés, habían decidido sobre los asesinatos anteriores. Todo eso había cambiado con Kimmo Thorne. Y ahora con el chico negro… Los tabloides iban a aprovechar la oportunidad de recuperar el tiempo perdido y disculpar su responsabilidad-. La muerte de un chico relacionado con Coloso saca a colación muchas preguntas -le señaló Lynley a Jack Veness-, como sin duda imaginará. Y hemos identificado a otro chico que también podría estar relacionado con Coloso. Jared Salvatore. ¿Le suena?

– Salvatore. Salvatore. -Veness farfulló el nombre-. No. Creo que no. Me acordaría.

– Entonces, tendremos que hablar con el director…

– Sí, sí, sí. -Veness se puso en pie-. Tienen que hablar con Ulrike. Ella dirige el centro. Esperen. Veré… -Dicho esto, salió disparado por la puerta que llevaba al interior del edificio. Dobló una esquina y desapareció deprisa.

Lynley miró a Havers.

– Muy interesante.

Ella estuvo de acuerdo.

– No tenemos ni que preguntarnos si es trigo limpio.

– Yo también tengo esa impresión.

– Así que supongo que la pregunta es: ¿estará muy sucio? -preguntó Havers.

Lynley alargó la mano hacia el mostrador y cogió la libreta de entradas que utilizaba Jack. Se la pasó a Havers.

– ¿Salvatore? -dijo.

– Es una idea -contestó.

Capítulo 10

Enseguida, Lynley y Havers descubrieron no sólo que la directora de Coloso también desconocía la muerte de Kimmo Thorne, sino que además, por algún motivo, Jack Veness no la había puesto al corriente del tema por el que había ido a avisarla. Evidentemente, sólo le había dicho que dos polis de New Scotland Yard querían verla. Era una omisión interesante.

Ulrike Ellis resultó ser una joven de aspecto agradable que rondaría los treinta, con trenzas rubias rojizas retiradas de la cara y suficientes brazaletes de latón como para darle el apodo de prisionera de Zenda. Llevaba un grueso jersey de cuello alto negro, vaqueros y botas, y fue personalmente a la recepción a buscar a Lynley y a Havers para llevarlos a su despacho. Mientras Jack Veness regresaba a su puesto detrás del mostrador, Ulrike los guió por un pasillo de cuyas paredes colgaban tablones de anuncios con comunicados del barrio, fotografías de jóvenes, ofertas de clases y calendarios de los actos de Coloso. Una vez en el despacho, retiró un pequeño fajo de ejemplares de The Big Issue de una silla que había delante de la mesa y metió las revistas en un espacio de una estantería repleta de libros y expedientes que había que devolver a un archivador que estaba junto a la mesa y que ya rebosaba de otros expedientes.

– Lo compro siempre -dijo refiriéndose a los ejemplares de The Big Issue-, y luego nunca encuentro el momento para leerlo. Cojan alguno, si quieren. ¿O también lo compran? -Miró detrás de ella y añadió-: Ah. Bueno, todo el mundo debería comprarlo, ¿saben? Sí, ya sé lo que piensa la gente: si compro uno, este piojoso se gastará el dinero en drogas o alcohol, sí, y ¿cómo va a ayudarle? Pero yo pienso que la gente debería dejar de suponer lo peor y empezar a arrimar el hombro para que las cosas cambien en este país. -Paseó la mirada por el despacho como si buscara otro pasatiempo y dijo-: Bueno, no ha servido de mucho, ¿no? Uno de ustedes aún tendrá que quedarse de pie. ¿O nos quedamos todos de pie? ¿Sería mejor? Díganme una cosa: ¿el T031 al fin se ha fijado en nosotros?

De hecho, le dijo Lynley mientras Barbara Havers caminaba hasta la estantería para echar un vistazo a los muchos libros que tenía Ulrike Ellis, la detective Havers y él no eran representantes de Asuntos Comunitarios, sino que estaban para hablar con la directora de Coloso sobre Kimmo Thorne. ¿Conocía la señorita Ellis al chico?

Ulrike se sentó detrás de la mesa. Lynley ocupó la silla. Havers se quedó con los libros, y cogió una de las varias fotografías enmarcadas que había entre ellos.

– ¿Ha hecho algo? -preguntó Ulrike-. Verá, aquí no somos responsables de que los chicos se metan en líos. Ni siquiera decimos ser capaces de hacerlo. El objetivo de Coloso es mostrarles que hay alternativas, pero aun así a veces escogen el mal camino.

– Kimmo está muerto -dijo Lynley-. Quizá haya leído que se halló un cuerpo en Saint George's Gardens, al norte, en Saint Paneras. El nombre ya ha salido en los periódicos.

Al principio Ulrike no respondió nada. Simplemente se quedó mirando a Lynley durante unos largos cinco segundos antes de posar su mirada en Havers, que aún sujetaba una de las fotografías.

– Deje eso, por favor -dijo con la voz más tranquila posible. Se desató las trenzas y volvió a atárselas con fuerza antes de seguir hablando. Entonces sólo dijo-: Llamé… Llamé en cuanto me lo dijeron.

– ¿Así que sabía que había muerto? -Havers dejó la fotografía en su sitio, pero hacia fuera para que Lynley pudiera verla: una Ulrike muy joven, un hombre mayor en atuendo de ministro que quizá era su padre y, en medio de los dos, Nelson Mándela, vestido con ropa alegre.

– No, no -dijo Ulrike-. No quería decir… Cuando Kimmo dejó de venir el quinto día de su curso de orientación, Griff Strong me informó, como debía hacer. Llamé al agente de la condicional de Kimmo enseguida. Es lo que hacemos si uno de nuestros chicos viene aquí por orden del juez o a través de servicios sociales.

– ¿Griff Strong es…?

– Un trabajador social. Tiene formación de trabajador social, quiero decir. En Coloso no somos trabajadores sociales propiamente dichos. Griff dirige uno de nuestros cursos de orientación. Se le da muy bien trabajar con los chicos. Muy pocos abandonan cuando han tenido a Griff.

Lynley vio que Havers anotaba aquella información.

– ¿Griff Strong también está aquí? -preguntó Lynley-. Si conocía a Kimmo, queremos hablar con él.

– ¿Con Griff? -Ulrike miró el teléfono por algún motivo, como si fuera a darle la respuesta-. No. No está aquí. Tiene que traer un reparto… -Pareció necesitar colocarse las trenzas en una posición más cómoda-. Me dijo que hoy llegaría tarde, así que no lo esperamos hasta… Verán, hace nuestras camisetas y sudaderas. Es un empleo complementario que tiene. Puede que las hayan visto fuera en la recepción. En la vitrina. Es un trabajador social excelente. Es una suerte tenerlo entre nosotros.

Lynley notó que Havers lo miraba. Sabía qué estaba pensando: más piedra que picar.

– Tenemos otro chico muerto -dijo-. Jared Salvatore. ¿También era uno de los suyos?

– Otro…

– Estamos investigando cinco muertes en total, señorita Ellis.

– ¿Lee los periódicos, por casualidad? -preguntó Havers-. ¿Los lee alguien por aquí, en realidad?

Ulrike la miró.

– Esa pregunta no es justa.

– ¿Cuál? -dijo Havers, pero no esperó la respuesta-. Estamos hablando de un asesino en serie. Va tras chicos de la edad de los que tiene ahí fuera en el aparcamiento, fumando. Uno de ellos podría ser el siguiente, así que disculpe mis modales, pero me da igual que crea que es justo.

En otras circunstancias, Lynley habría frenado a la detective. Pero vio que la demostración de impaciencia de Havers sur tía efecto. Ulrike se puso en pie y se dirigió al archivador. Se puso en cuclillas y abrió uno de los atiborrados cajones, cuyas carpetas fue pasando deprisa.

– Por supuesto que leo… Compro el Guardian. Todos los días. O siempre que puedo.

– Pero últimamente no, ¿verdad? -dijo Havers-. ¿Por qué?

Ulrike no respondió. Siguió repasando los archivos. Por fin cerró el cajón de un golpe y se levantó con las manos vacías.

– No hay ningún Salvatore entre nuestros chicos -dijo-. Espero que estén satisfechos. Y ahora déjenme que les pregunte algo yo a ustedes. ¿Quién les ha mandado a Coloso?

– ¿Quién? -preguntó Lynley-. ¿Qué quiere decir?

– Vamos, venga. Tenemos enemigos. Cualquier organización como ésta… que intenta realizar el mínimo cambio en este puto país atrasado… ¿De verdad creen que no hay gente que quiere que fracasemos? ¿Quién les ha puesto sobre la pista de Coloso?

– El trabajo policial nos ha puesto sobre la pista de Coloso -dijo Lynley.

– La comisaría del distrito de Borough High Street, para ser exactos -añadió Havers.

– De verdad quieren que crea… Están aquí porque creen que la muerte de Kimmo tiene algo que ver con Coloso, ¿verdad? Bien, eso no se les habría ni ocurrido si no se lo hubiera sugerido alguien de fuera de estas paredes, ya sea alguien de la comisaría de Borough High Street o alguien de la vida de Kimmo.

Como Blinker, pensó Lynley. Excepto que el amigo lleno de piercings de Kimmo no había mencionado Coloso, si es que saina algo del tema.

– Díganos qué ocurre en el curso de orientación -dijo Lynley.

Ulrike volvió a su mesa. Por un momento, se quedó mirando el teléfono, como si esperara una salvación concertada previamente. Detrás de ella, Havers se había movido hacia una pared con títulos, certificados y distinciones, donde había estado.morando detalles destacados de los objetos expuestos. Ulrike la observó.

– Nos preocupamos de verdad por estos chicos -dijo-. Queremos influirles. Creemos que el único modo de hacerlo es estableciendo una conexión: una vida con otra vida.

– ¿La orientación es eso, pues? -preguntó Lynley-. ¿Intentar conectar con los jóvenes que vienen aquí?

Era eso y mucho más que eso, les dijo. Era la primera experiencia que vivían los jóvenes con Coloso: dos semanas durante las cuales se reunían todos los días con un grupo de diez jóvenes más y con un orientador: Griffin Strong, en el caso de Kimmo. El objetivo era captar su interés, demostrarles que podía irles bien en una cosa u otra, crear en ellos una sensación de confianza y animarles a comprometerse a participar en el programa Coloso. Comenzaban desarrollando un código personal de conducta para el grupo y cada día evaluaban lo que había sucedido -y lo que habían aprendido- el día anterior.

– Primero, juegos para romper el hielo -dijo Ulrike-. Luego, actividades de confianza. Luego, un reto personal, como escalar la pared de roca que hay atrás. Luego, una excursión que planean y hacen juntos. Al campo o a la costa. A caminar por los montes Peninos. Algo así. Al final, les invitamos a que vuelvan a tomar clases. De informática. De cocina. De salud. Sobre cómo vivir solos. Se forman para ganarse la vida.

– ¿A trabajar, quiere decir? -preguntó Havers. -No están preparados para trabajar. No al principio de llegar aquí. La mayoría hablan en monosílabos o ni siquiera hablan. Están vencidos. Lo que intentamos es mostrarles que hay otra forma de hacer las cosas que la que han visto en las calles. Que vuelvan a estudiar, que aprendan a leer, que acaben el instituto, que se alejen de las drogas. Que crean en su futuro. Que controlen sus sentimientos. Que tengan sentimientos, en primer lugar. Que desarrollen su autoestima. -Los miró a los dos con dureza, como si intentara leerles el pensamiento-. Ya sé qué piensan. El rollo sensiblero. Lo último en jerga de psicología barata. Pero la verdad es que si van a cambiar de conducta, lo harán desde dentro hacia fuera. Nadie elige un camino distinto hasta que se siente distinto.

– ¿Era el plan que tenían para Kimmo? -preguntó Lynley-. Por lo que sabemos, parecía que ya se sentía bastante bien consigo mismo, a pesar de las decisiones que tomaba.

– Nadie que tome las decisiones que tomaba Kimmo se siente bien consigo mismo en el fondo, comisario.

– ¿Así que esperaba que cambiara con el tiempo y asistiendo a Coloso?

– Nuestro nivel de éxito es muy alto -dijo-. A pesar de lo que obviamente piensa de nosotros. A pesar de que no supiéramos que Kimmo había sido asesinado. Hicimos lo que teníamos que hacer cuando dejó de venir.

– Como ya ha dicho -asintió Lynley-. ¿Y qué hacen con los demás?

– ¿Los demás?

– ¿Todos llegan aquí a través de Menores?

– En absoluto. La mayoría vienen porque han oído hablar de nosotros por una vía totalmente distinta. En la iglesia o el colegio, a través de alguien que ya participa en el programa. Si se quedan es porque comienzan a confiar en nosotros y comienzan a creer en sí mismos.

– ¿Qué pasa con los que no? -preguntó Havers.

– ¿Los que no qué?

– ¿Los que no comienzan a creer en sí mismos?

– Obviamente, este programa no funciona para todos. ¿Cómo podría hacerlo? Tenemos en contra todos sus antecedentes, desde abusos a xenofobia. A veces, un chico no se adapta aquí mejor de lo que pueda adaptarse a cualquier otro sitio. Así que entra y luego abandona, las cosas son así. No obligamos a quedarse a nadie que no esté aquí por un mandato judicial. En cuanto al resto, mientras obedezcan las normas, tampoco los obligamos a marcharse. Pueden pasarse años aquí, si quieren.

– ¿Y sucede?

– De vez en cuando.

– ¿Quién por ejemplo?

– Me temo que eso es confidencial.

– ¿Ulrike? -Era Jack Veness. Había aparecido en la puerta del despacho de Ulrike, silencioso como la niebla-. Teléfono. I le intentado decirle que estabas ocupada, pero no ha querido escucharme. Lo siento. ¿Qué quieres que…? -Levantó los hombros para completar la pregunta.

– ¿Quién es?

– El reverendo Savidge. Está histérico. Dice que Sean Lavery ha desaparecido. Dice que no volvió a casa anoche después del curso de informática. Le digo que…

– ¡No! -dijo Ulrike-. Pásamelo, Jack.

Jack salió del despacho. Ulrike cerró la mano en un puño. Mientras esperaba a que sonara el teléfono, no alzó la vista.

– Ha aparecido otro cuerpo esta mañana, señorita Ellis -dijo Lynley.

– Conectaré el altavoz, entonces -contestó-. Dios mío, que esto no tenga nada que ver con nosotros, por favor. -Mientras esperaba que le pasaran la llamada, les dijo que quien llamaba era el padre de acogida de uno de los chicos del programa: se llamaba Sean Lavery y era negro. Miró a Lynley, la pregunta flotó en el aire sin que nadie la formulara. Él simplemente asintió con la cabeza, lo que confirmó el temor tácito de Ulrike sobre el cuerpo hallado aquella mañana en el túnel de Shand Street.

Cuando sonó el teléfono, Ulrike pulsó el botón del altavoz. La voz del reverendo Savidge entró, grave y preocupada. ¿Dónde estaba Sean?, quería saber. ¿Por qué Sean no había vuelto de Coloso anoche?

Ulrike le contó lo poco que sabía. Por lo que tenía entendido, el día anterior el hijo acogido del reverendo Savidge, Sean Lavery, había estado en Coloso como siempre y se había marchado como siempre en el autobús. Su profesor de informática no le había notificado lo contrario, ni tampoco le había comunicado que hubiera faltado, algo que sin duda habría hecho porque Sean llegó a ellos a través de un trabajador social, y Coloso siempre informaba en esos casos.

El reverendo Savidge exigió saber dónde demonios estaba. Estaban desapareciendo chicos por todo Londres. ¿Era Ulrike Ellis consciente de ello? ¿O para ella no contaba si el chico en cuestión era negro?

Ulrike le aseguró que hablaría con el profesor de informática en cuanto pudiera, pero que mientras tanto… ¿Había intentado averiguar el reverendo Savidge si Sean quizá había ido a casa de un amigo, o de su padre? ¿O a ver a su madre? Aún estaba en Holloway, ¿no? No era un trayecto especialmente complicado para un chico de la edad de Sean. A veces los chicos se van una temporada, le dijo a Savidge.

– Este chico, no, señora -dijo él, y colgó bruscamente. Ulrike desconectó el altavoz.

– Dios mío -dijo, y Lynley supo que era una oración. El también rezó. La siguiente llamada del reverendo Savidge, creyó Lynley, sería a la policía local.

Sólo uno de los dos detectives salió del edificio tras la llamada del reverendo Savidge. El otro, una mujer poco atractiva que tenía los dientes de delante partidos y llevaba unas ridículas deportivas de bota rojas, se quedó. El hombre, el detective comisario Lynley, iba a ir hasta South Hampstead a hablar con el padre de acogida de Sean Lavery. Su subordinada, la detective Barbara Havers, iba a quedarse por allí el tiempo que fuera necesario para hablar con Griffin Strong. Ulrike Ellis procesó todo esto en cuestión de segundos en cuanto los policías acabaron de hablar con ella: Lynley le pidió la dirección de Bram Savidge; Havers pidió si podía dar una vuelta por las instalaciones, y así tener más posibilidades de hablar con la gente.

Ulrike sabía que difícilmente podía negarse. La situación ya era bastante complicada como para no colaborar. Así que accedió a la petición de la detective, ya que, independientemente de lo que hubiera pasado más allá de las paredes de aquel lugar, Coloso y lo que representaba eran más importantes que la vida de un chico o de una docena de chicos.

Pero así como se tranquilizó diciéndose que Coloso saldría indemne de ese revés, Ulrike también estaba preocupada por Criff. Tendría que haber llegado hacía dos horas, daba igual lo que les hubiera dicho a los policías sobre su supuesto reparto de camisetas y sudaderas. Que no hubiera aparecido…

Sólo podía llamarle al móvil y avisarle de qué podía esperar mando llegara. No se lo diría abiertamente, sin embargo. No confiaba en que fuera seguro hablar por el móvil. Así que le dijo que se vieran en el pub Charlie Chaplin. O en el centro comercial de la esquina. O en uno de los puestos del mercado que había fuera. O incluso en el paso subterráneo que llevaba a la estación de metro, porque qué importancia tenía cuando lo importante sólo era que se vieran para que pudiera avisarle…) ¿de qué?, se preguntó. Y ¿por qué?

Le dolía el pecho. Hacía días que le dolía, pero de repente era peor. ¿Se tenían ataques de corazón a los treinta? Cuando se había puesto en cuclillas delante del archivador, había notado una mezcla de mareo y dolor fuerte en el pecho que casi la vence. Había creído que se desmayaría. Dios santo. Desmayarse. ¿De dónde venía esa palabra?

Ulrike se dijo que ya bastaba. Descolgó el teléfono y pulsó una línea exterior. Cuando la tuvo, marcó el número del móvil de Griff. Interrumpiría lo que estuviera haciendo, pero era inevitable.

– ¿Sí? -dijo Griff al otro lado. Parecía impaciente; ¿a qué se debía? Trabajaba en Coloso. Ella era su jefe. «Asúmelo, Griff.» – ¿Dónde estás? -le preguntó.

– Ulrike… -dijo Griff con una voz cuyo tono era un mensaje en sí mismo.

Pero el hecho de que hubiera dicho su nombre le dijo que estaba en un lugar seguro.

– Ha venido la policía -le contó-. No puedo decir más. Tenemos que vernos antes de que vengas.

– ¿La policía? -La impaciencia de antes había desaparecido. Ulrike oyó el miedo que la sustituyó. Ella también sintió un escalofrío.

– Dos detectives. Uno sigue en el edificio. Te está esperando. – ¿A mí? ¿Me…?

– No. Tienes que venir. Si no… Mira, no quiero que hablemos por el móvil. ¿Cuánto tardarías en llegar al Charlie Chaplin, por ejemplo? -Y, luego, porque era más que razonable, añadió-: ¿Dónde estás? -para poder determinar cuánto tardaría en llegar.

Sin embargo, ni siquiera la idea de que la policía hubiera ido a Coloso distrajo a Griffin de lo que estaba haciendo. -Quince minutos -dijo.

No estaba en casa, entonces. Pero ya lo había deducido cuando había dicho su nombre. Sabía que no le sacaría nada más. -En el Charlie Chaplin, pues -dijo-. Dentro de quince minutos. -Colgó.

Sólo quedaba esperar. Eso y preguntarse qué hacía la detective mientras fingía que echaba un vistazo por las instalaciones. Ulrike había decidido en un instante que era beneficioso para Coloso que la detective diera el paseo sola. Permitirle que hiciera la visita libremente mandaba el mensaje de que Coloso no tenía nada que esconder.

Pero, Dios mío, Dios mío, el corazón le iba a mil por hora. Llevaba las trenzas demasiado apretadas. Sabía que si tiraba de una, se le desprendería todo el pelo del cuero cabelludo y se quedaría calva. ¿Cómo lo llamaban cuando se te caía el pelo por el estrés? Alopecia, eso. ¿Había algo que se llamara alopecia espontánea? Seguramente. Sería lo siguiente que padecería.

Se levantó de la mesa. De un perchero que había junto a la puerta, cogió el abrigo, la bufanda y el gorro. Se los colgó del brazo y salió del despacho. Se escabulló por el pasillo y se metió en el baño.

Allí, se preparó. No llevaba maquillaje, así que no había nada que comprobar, salvo el estado de su piel, que se secó con papel de váter. Tenía marcas leves en las mejillas de una adolescencia entregada a los brotes de acné, pero ella creía que era una señal manifiesta de vanidad utilizar algún tipo de base para cubrirlas. Olía a falta de autoaceptación y mandaba un mensaje erróneo al consejo de administración, que la había contratado por su fortaleza de carácter.

Fortaleza era lo que iba a necesitar si Coloso quería superar esa mala época. Hacía tiempo que tenían planes para expandir la organización con un segundo centro, en el norte de Londres, y lo último que necesitaba el comité de desarrollo de las oficinas de administración y recaudación de fondos era la noticia de que Coloso salía mencionado en la misma frase que la investigación de un asesinato. Eso haría que la expansión se parara en seco, y necesitaban expandirse. La urgencia estaba en todas partes. Los chicos en acogida. Los chicos en las calles. Los chitos que vendían su cuerpo. Los chicos que morían por culpa de las drogas. Coloso tenía la respuesta para ellos, así que Coloso tenía que ser capaz de crecer. Había que ocuparse deprisa de la situación en la que se encontraban en ese momento.

No llevaba ninguna barra de labios encima, pero sí brillo, lo sacó del bolso y se lo extendió por los labios. Se subió un poco el cuello del jersey y se envolvió en el abrigo. Se puso el gorro y la bufanda y decidió que su aspecto de supervisora era lo bastante convincente como para reunirse con Griffin Strong sin que la acusaran de aprovechar el momento del peor modo posible. El tema era Coloso, se recordó, y se lo recordaría a Griffin cuando por fin lo viera. Todo lo demás era secundario.

Barbara Havers no iba a impacientarse esperando a Griffin Strong. Así que, después de decirle a Ulrike Ellis que «echaría un vistazo, si no le molesta a nadie», salió del despacho de la directora antes de que Ulrike pudiera asignarle un guardián. Luego, dio un paseo como Dios manda por el edificio, que iba llenándose de usuarios de Coloso que justo regresaban de comer, de fumarse un cigarrillo en el aparcamiento o de cualquier otra actividad sospechosa que hubieran estado haciendo. Los observó dirigirse a diversas tareas: algunos fueron a la sala de ordenadores; otros, a una gran cocina escolar; algunos, a pequeñas aulas; algunos, a una sala de reuniones donde se sentaron en círculo y se pusieron a hablar muy serios, supervisados por un adulto que documentaba sus ideas o preocupaciones en un cuaderno. Barbara prestó especial atención a los adultos. Tendría que conseguir el nombre de todos. Habría que comprobar el pasado de cada uno, por no mencionar su presente. Un rollo de trabajo, pero había que hacerlo.

Nadie se metió con ella mientras daba el paseo. Casi todo el mundo simplemente, y en algunos casos estudiadamente, pasó de ella. Al final, se dirigió a la sala de ordenadores, donde un grupo variado de adolescentes parecía estar trabajando en diseños de páginas web y un profesor rechoncho que rondaba la edad de Barbara mostraba a un joven asiático cómo usar el escáner.

– Inténtalo tú esta vez -le dijo, y se apartó. Entonces, vio a Barbara y se acercó a ella.

– ¿Qué desea? -dijo en voz baja. Mantuvo un tono bastante cordial, pero no ocultó el hecho de que sabía quién era y a qué había ido allí. Al parecer, la noticia viajaba a la velocidad del rayo.

– Aquí no hay quien guarde un secreto, ¿no? -dijo Barbara-. ¿Quién corre la voz? ¿Ese tipo, Jack, de la recepción?

– Formaría parte de su trabajo -contestó el hombre. Se presentó como Neil Greenham, y le tendió la mano paro que la estrechara. Era suave, femenina y estaba un poco demasiado caliente. Prosiguió diciendo que la información de Jack había sido totalmente innecesaria-. Habría reconocido que era usted policía de todos modos.

– ¿Por propia experiencia? ¿Por clarividencia? ¿Por mi forma de vestir?

– Es usted famosa. Bueno, relativamente. Ya sabe cómo son estas cosas. -Greenham fue hacia la mesa del profesor, situada en un rincón de la sala, y cogió un periódico doblado. Regresó con ella y se lo entregó-. He comprado la última edición del Evening Standard cuando he vuelto de comer. Ya le he dicho que es usted famosa.

Barbara lo desdobló con curiosidad. Allí, en la portada, el titular anunciaba la noticia del descubrimiento, a primera hora de la mañana, en el túnel de Shand Street. Debajo, había dos fotografías: una era una imagen granulada del interior del túnel en el que varias figuras que rodeaban un coche deportivo quedaban recortadas por las fuertes luces portátiles que había llevado el equipo de investigadores de la escena del crimen; la otra era una foto nítida de la propia Barbara, junto a Lynley, Hamish Robson y el detective de la policía local, mientras hablaban por fuera del túnel y a la vista de la prensa. Sólo Lynley estaba identificado por su nombre. Aquello no era nada bueno, pensó Barbara.

Le devolvió el periódico a Greenham.

– Detective Havers -dido-, de New Scotland Yard.

Greenham señaló el periódico con la cabeza.

– ¿No quiere quedárselo para su álbum de recortes?

– Compraré tres docenas de camino a casa esta noche. ¿Podríamos hablar un momento?

Hizo un gesto hacia la clase y los jóvenes que estaban trabajando.

– Estoy en mitad de algo. ¿Puede esperar?

– Parece que se las arreglan bien sin usted.

Greenham miró a sus alumnos como para comprobar la veracidad de su afirmación. Asintió con la cabeza e indicó con la mano que podían hablar en el pasillo.

– Uno de los suyos ha desaparecido -le dijo Barbara-. ¿Ya se ha enterado? ¿Ulrike se lo ha dicho?

La mirada de Greenham se desvió de Barbara hacia el pasillo; miró en dirección al despacho de Ulrike Ellis. Aquí, pensó Barbara, había una información que al parecer no había viajado a la velocidad del rayo. Y era curioso, teniendo en cuenta que Ulrike había prometido por teléfono al reverendo Savidge que hablaría con el profesor de informática sobre el chico recién desaparecido.

– ¿Sean Lavery? -dijo Greenham.

– Bingo.

– Aún no ha venido hoy, eso es todo.

– ¿No tiene que informar de ello?

– Después de clase, sí. Podría ser que llegara tarde simplemente.

– Como señala el Evening Standard, han encontrado el cadáver de un chico en la zona del puente de Londres hacia las cinco y media de esta mañana.

– ¿Es Sean?

– Aún no lo sabemos. Pero si lo es, son dos.

– Kimmo Thorne también. El mismo asesino, quiere decir. En serie…

– Vaya. Por fin alguien que sí lee el periódico por aquí. Ya me picaba la curiosidad: por qué nadie parecía saber que Kimmo había muerto. Usted lo sabía, pero ¿no ha hablado de ello con los demás?

Greenham pasó el peso de una pierna a la otra.

– Hay cierta división -dijo, y no pareció demasiado cómodo al admitirlo-. Ulrike y la gente de orientación por un lado; y el resto por el otro.

– Y Kimmo aún estaba en el nivel de orientación.

– Exacto.

– Sin embargo, lo conocía.

Greenham no iba a dejarse atrapar por la acusación callada de ese comentario.

– Sabía quién era. Pero ¿quién no iba a saber quién era Kimmo? ¿Un travestido? ¿Con sombra de ojos y pintalabios? Era difícil no fijarse en él y aún más olvidarlo, ¿comprende? Así que no era sólo yo. Todo el mundo supo quién era Kimmo a los cinco minutos de que entrara por la puerta.

– ¿Y este otro chico? ¿Sean?

– Era un solitario. Un poco hostil. No quería estar aquí, pero estaba dispuesto a probar suerte con la informática. Con el tiempo, creo que habríamos llegado al final.

– Habla en pasado -dijo Barbara.

Greenham tenía el labio superior húmedo.

– Ese cuerpo…

– No sabemos quién es.

– Supongo que he imaginado… al estar usted aquí y eso…

– Imaginar no es buena idea. -Barbara sacó la libreta. Vio el gesto de alarma que cruzaba la cara rechoncha de Greenham-. Hábleme de usted, señor Greenham.

Se recuperó deprisa.

– ¿Dirección? ¿Educación? ¿Pasado? ¿Aficiones? ¿Mato a adolescentes en mi tiempo libre?

– Comience por el lugar que ocupa en la jerarquía de este sitio.

– No hay jerarquías.

– Ha dicho que había una división. Ulrike y orientación por un lado. Los demás por otro. ¿Cómo se ha llegado a eso?

– Me ha entendido mal -dijo-. La división tiene que ver con la información y cómo se comparte. Eso es todo. Por lo demás, en Coloso estamos todos en el mismo barco. Se trata de salvar a estos crios. Eso es lo que hacemos.

Barbara asintió pensativa.

– Eso dígaselo a Kimmo Thorne. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

– Cuatro años -contestó.

– ¿Y antes?

– Soy profesor. Trabajaba en el norte de Londres. -Le dio el nombre de una escuela de primaria en Kilburn. Antes de que pudiera preguntárselo, le contó que había dejado el trabajo porque se dio cuenta de que prefería trabajar con chicos mayores. Añadió que también había tenido problemas con el director. Cuando Barbara le preguntó qué tipo de problemas, le dijo directamente que de disciplina.

– ¿De qué lado estaba usted? -preguntó Barbara-. ¿Perdonar y mimar o dar unos azotes?

– Está llena de tópicos, ¿verdad?

– Soy una enciclopedia de tópicos andante. ¿Y bien?

– No era castigo físico -le dijo-. Era disciplina en el aula: suprimir privilegios, charlas de fondo, un poco de ostracismo social. Ese tipo de cosas.

– ¿Ridículo público? ¿Un día con el cepo?

Se puso rojo.

– Intento ser sincero con usted. Va a llamarlos, lo sé. Ellos le dirán que teníamos nuestras diferencias. Pero es algo natural. La gente siempre tiene opiniones distintas.

– Sí -dijo Barbara-. Bueno, todos las tenemos, ¿verdad?, opiniones distintas. ¿También las tienen aquí? Diferencias de opinión que conducen a conflictos que conducen a… ¿Quién sabe? ¿Quizá a la división que ha mencionado?

– Le repetiré lo que intentaba decirle antes. Todos estamos en el mismo barco. En Coloso nos preocupamos por los chicos. Con cuanta más gente hable, mejor lo entenderá. Ahora, si me disculpa, veo que Yusuf necesita mi ayuda. -La dejó y regresó a la clase, donde el chico asiático estaba encorvado sobre el escáner con cara de querer machacarlo. Barbara conocía esa sensación.

Dejó a Greenham con sus alumnos. El siguiente punto en su exploración de las instalaciones, aún libre de obstáculos, la llevó a la parte trasera del edificio. Allí encontró el cuarto del material, donde un grupo de chicos estaba preparando la vestimenta y el equipo adecuados para ir en kayak por el Támesis en invierno. Robbie Kilfoyle, el tipo que antes estaba jugando a las cartas, que llevaba la gorra de EuroDisney, los había puesto en fila, y los medía para darles los trajes isotérmicos, que colgaban alineados de la pared. También había bajado los chalecos salvavidas de un estante, y los chicos que ya habían sido medidos los inspeccionaban tratando de encontrar uno que les fuera bien. La conversación que mantenían murió. Parecía que por fin les había llegado la noticia: o sobre Kimmo Thorne o sobre que la policía estaba haciendo preguntas.

Cuando tuvieron los trajes y los salvavidas, Kilfoyle les dijo que se fueran a la sala de juegos. «Esperad allí a Griffin Strong», les dijo. Sería quien acompañaría a su orientador en la excursión al río, e iba a quejarse si no los encontraba a todos listos cuando llegara. Luego, mientras se marchaban en fila, Kilfoyle se puso a organizar una pila de botas de agua amontonadas en el suelo. Comenzó a ordenarlas por pares y a colocarlas en las estanterías, que estaban identificadas con el número de pie. Saludó a Barbara con la cabeza.

– ¿Aún está aquí? -le dijo.

– Sí. Parece que todos estamos esperando a Griffin Strong.

– Eso es cierto. -Había un tono en su voz que sugería un doble sentido. Barbara tomó nota.

– ¿Llevas mucho tiempo haciendo de voluntario aquí? -le preguntó.

Kilfoyle se quedó pensando.

– ¿Dos años? -dijo-. Un poco más. Unos veintinueve meses.

– ¿Y antes?

El chico le lanzó una mirada, una mirada que decía que sabía que, para Barbara, aquélla no era sólo una charla.

– Es la primera vez que hago de voluntario.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? ¿Que sea la primera vez o que haga de voluntario?

– Que haga de voluntario.

Kilfoyle interrumpió su tarea, se quedó con un par de botas de agua en la mano.

– Les traigo los sándwiches, como ya he dicho en recepción. Así los conocí. Vi que necesitaban ayuda porque, entre usted y yo, les pagan una mierda a los trabajadores que tienen en plantilla, así que nunca encuentran ayuda suficiente o no los conservan demasiado tiempo cuando los encuentran. Comencé a venir por aquí cuando acababa los repartos del almuerzo. Hacía esto y aquello y, abracadabra, ya era voluntario.

– Qué buen corazón.

Se encogió de hombros.

– Es una buena causa. Además, me gustaría que con el tiempo me contrataran.

– ¿Aunque paguen una mierda a sus empleados?

– Me gustan los chicos. Y, de todos modos, Coloso paga más de lo que saco ahora, créame.

– ¿Cómo los haces?

– ¿El qué?

– ¿Los repartos?

– En bicicleta -contestó-. Se engancha un carro a la parte de atrás.

– ¿Por dónde?

– ¿El carro? ¿Los repartos? -No esperó la respuesta-. Por el sur de Londres, principalmente. Un poco por la City. ¿Por qué? ¿Qué está buscando?

Una furgoneta, pensó Barbara. Repartos en furgoneta. Observó que Kilfoyle había comenzado a ponerse rojo, pero no quería atribuirle más importancia que al labio superior húmedo o las manos demasiado suaves de Greenham. De todos modos, ese chico era de piel rubicunda, como muchos ingleses, y tenía la cara pálida, la nariz estrecha y la barbilla huesuda que lo identificarían como inglés a dondequiera que fuera.

Barbara se dio cuenta entonces de lo mucho que deseaba pensar que uno de aquellos tipos fuera un asesino en serie debajo de sus físicos normales y corrientes. Pero la verdad era que había deseado pensarlo de todas las personas con las que se había cruzado hasta el momento, y no cabía duda de que, cuando por fin Griff Strong asomara el careto, también iba a parecerle perfectamente un asesino en serie. Tenía que relajarse llegados a ese punto, pensó. «Encaja los detalles -se dijo-, no los amontones todos de cualquier manera sólo porque quieras que estén ahí.»

– ¿Y cómo salen adelante? -preguntó Barbara-. Por no hablar de cómo pagan este lugar.

– ¿Quiénes?

– Ha dicho que los salarios eran malos…

– Ah, eso. La mayoría tienen otros trabajos.

– ¿Cómo por ejemplo?

Lo pensó.

– No los conozco a todos. Pero Jack trabaja los fines de semana en un pub, y Griff y su mujer tienen un negocio de estampación. Creo que sólo Ulrike gana lo suficiente como para no tener que buscarse algo para los fines de semana o las noches. Es el único modo que tiene cualquiera de trabajar en esto y poder comer. -Kilfoyle miró detrás de Barbara hacia la puerta y añadió-: Eh, colega. Iba a soltar a los perros para que te encontraran.

Barbara se volvió y vio al mismo chico que estaba jugando a las cartas con Kilfoyle en la recepción. Estaba apoyado en la puerta, los vaqueros anchos con la entrepierna a la altura de las rodillas y los calzoncillos asomando por la cintura. Entró en el cuarto del material arrastrando los pies, donde Kilfoyle le puso a ordenar una maraña de cuerdas de escalada. Comenzó a sacarlas de un cubo de plástico y a enrollarlas cuidadosamente alrededor del brazo.

– ¿Conoce por casualidad a Sean Lavery? -le preguntó Barbara a Kilfoyle.

Se quedó pensando.

– ¿Ha pasado por la orientación?

– Está en un curso de informática con Neil Greenham.

– Entonces, seguramente lo conoceré. De vista, aunque no me suene el nombre. Aquí atrás… -utilizó la barbilla para señalar el cuarto de material-, sólo veo de cerca a los chicos cuando hay programada alguna actividad y vienen a por material. Si no, para mí son sólo caras. No siempre los relaciono con un nombre o lo retengo cuando han superado el nivel de orientación.

– ¿Porque sólo los chicos del nivel de orientación utilizan estas cosas? -le preguntó Barbara, refiriéndose al material del cuarto.

– Por lo general, sí-contestó él.

– Neil Greenham me ha dicho que hay una división entre la gente de orientación y todos los demás, y que Ulrike estaría en el bando de la orientación. Ha mencionado que es un punto conflictivo.

– Neil es así -dijo Kilfoyle. Lanzó una mirada hacia su ayudante y bajó la voz-. No soporta no estar en el grupo de los que manejan el cotarro. Se ofende con facilidad. Quiere tener más responsabilidad y…

– ¿Por qué?

– ¿El qué?

– ¿Por qué quiere tener más responsabilidad?

Kilfoyle terminó de ordenar las botas y se dirigió a los chalecos salvavidas que no había elegido el equipo que se iba de excursión al Támesis.

– La mayoría de la gente quiere eso en su trabajo, ¿no? Es una cuestión de poder.

– ¿A Neil le gusta el poder?

– No lo conozco bien, pero me da la sensación de que le gustaría opinar más sobre cómo se hacen las cosas aquí.

– ¿Y qué hay de usted? Debe de tener planes más importantes que ser voluntario en el cuarto del material.

– ¿Aquí en Coloso, quieres decir? -El chico pensó en ello, luego se encogió de hombros-. De acuerdo, entraré en el juego. No me importaría que me contrataran para informar sobre los programas de ayuda a la comunidad cuando abran el centro de Coloso al norte del río. Pero Griff Strong también quiere ese puesto. Y si Griff lo quiere, lo tendrá.

– ¿Por qué?

Kilfoyle dudó, sopesando un chaleco salvavidas entre una mano y la otra, como si también sopesara sus palabras.

– Digamos simplemente -dijo al fin- que Neil tiene razón en una cosa: en Coloso todo el mundo conoce a todo el mundo. Pero será Ulrike quien decida sobre el puesto de información sobre los programas, y hay personas a las que conoce mejor que a otras.

Desde el Bentley, Lynley llamó a la comisaría de policía de South Hampstead y los puso al corriente: el cuerpo hallado aquella mañana al sur del río, que posiblemente pertenecía a una serie de asesinatos… si la comisaría le permitiera hablar con un tal reverendo Savidge que quizá los llamaría pronto para denunciar la desaparición de un chico… Estaban disponiéndolo todo mientras cruzaba el río y atravesaba la ciudad en diagonal.

Encontró a Bram Savidge en su parroquia que resultó ser una antigua tienda de material eléctrico cuyo imaginativo nombre «Sintonía» había sido utilizado como parte del reclamo de la iglesia «Sintoniza con el Señor» para economizar. En la zona Swiss Cottage de Finchley Road, parecía mitad iglesia y mitad comedor de beneficencia. En aquel momento, funcionaba de lo segundo.

Cuando Lynley entró, se sintió como un nudista obeso entre una multitud que llevaba abrigo: era el único rostro blanco del local, y los rostros negros que lo miraban lo hacían sin demasiada hospitalidad. Preguntó por el reverendo Savidge, por favor, y una mujer que había estado repartiendo un sabroso estofado a una hilera de hambrientos fue a buscarlo. Cuando Savidge apareció, Lynley se encontró cara a cara con un africano corpulento de metro noventa y cinco, que no era precisamente lo que esperaba del hombre con voz de colegio privado que había escuchado por el altavoz del despacho de Ulrike Ellis.

El reverendo Savidge apareció vestido con un caftán rojo, naranja y negro, mientras que en los pies calzaba unas toscas sandalias, que llevaba sin calcetines a pesar del clima invernal. Un collar de madera tallada intrincadamente descansaba sobre su pecho, y un solo pendiente de concha, hueso o algo muy parecido oscilaba debajo de los ojos de Lynley. Savidge podía perfectamente haberse acabado de bajar del avión de Nairobi, sólo que su barba recortada enmarcaba un rostro que no era tan oscuro como cabría esperar. En realidad, aparte de Lynley, era la persona con la piel más clara de la sala.

– ¿Es policía? -Otra vez el acento, que delataba no sólo colegios privados y título universitario, sino también una educación en una zona muy distinta a su comunidad actual. Sus ojos -color avellana, observó Lynley- se fijaron en el traje, la camisa, la corbata y los zapatos de Lynley. Realizó su evaluación en un instante y no fue buena. Pues que así sea, pensó Lynley. Le mostró la placa y le preguntó si podían hablar en privado.

Savidge le guió hasta un despacho en la parte trasera del edificio. Llegaron hasta allí esquivando las largas mesas montadas para la comida que repartían mujeres con vestimentas parecidas a las de Savidge. En las mesas, quizá dos docenas de hombres y la mitad de mujeres devoraban el estofado, bebían pequeños cartones de leche y untaban mantequilla en el pan. Sonaba una música baja para entretenerlos, una canción de algún tipo en una lengua africana.

Cuando llegaron a su despacho Savidge cerró la puerta a iodo aquello.

– Scotland Yard -dijo-. ¿Por qué? He llamado a la comisaría de la policía local. Me han dicho que vendría alguien. Supuse… ¿Qué sucede? ¿De qué va todo esto?

– Estaba en el despacho, de la señorita Ellis cuando ha llamado a Coloso.

– ¿Qué le ha pasado a Sean? -exigió saber Savidge-. No ha vuelto a casa. Usted debe de saber algo. Dígamelo.

Lynley vio que el reverendo estaba acostumbrado a que le obedecieran al instante. Había pocas dudas respecto a la razón: dominaba por la simple virtud de estar vivo. Lynley no recordaba la última vez que había visto a un hombre que exudaba semejante autoridad con tan poco esfuerzo.

– Tengo entendido que Sean Lavery vive con usted.

– Me gustaría saber…

– Reverendo Savidge, voy a necesitar información. De un modo u otro.

Entablaron una breve batalla de miradas y voluntades antes de que Savidge dijera:

– Conmigo y con mi esposa. Sí. Sean vive con nosotros. Lo tenemos en acogida.

– ¿Y sus padres biológicos?

– Su madre está en la cárcel. Intento de homicidio de un poli. -Savidge hizo una pausa como si quisiera registrar la reacción de Lynley a aquella información. Lynley se ocupó de no proporcionársela-. El padre es mecánico en North Kensington. Nunca se casaron, y él nunca mostró interés por el chico, ni antes ni después de la detención de la madre. Cuando ella entró en la cárcel, Sean entró en el sistema.

– ¿Y cómo acabó haciéndose usted cargo de él?

– Llevo casi dos décadas acogiendo a chicos en mi casa.

– ¿Chicos? Entonces, ¿hay otros?

– Ahora no. Sólo Sean.

– ¿Por qué?

El reverendo Savidge fue hacia un termo y se sirvió una taza de algo aromático y humeante. Se la ofreció a Lynley, quien la rechazó. La llevó a la mesa y se sentó, señalando con la cabeza una silla para Lynley. En la mesa, había un bloc con anotaciones, listados y cosas tachadas, palabras rodeadas con un círculo y subrayadas.

– El sermón -dijo Savidge, al darse cuenta, al parecer, de la dirección de la mirada de Lynley-. No sale con facilidad.

– Los otros chicos, reverendo Savidge.

– Ahora tengo esposa. Oni no habla muy bien inglés. Se sentía abrumada y un poco sobrepasada, así que coloqué a tres de los chicos en otro lugar. Temporalmente. Hasta que Oni se adapte.

– Pero a Sean Lavery no. A él no lo ha colocado en otro lugar. ¿Por qué?

– Es más pequeño que los otros. No me pareció adecuado que se trasladara.

Lynley se preguntó qué más no le había parecido adecuado. No pudo evitar llegar a la conclusión de que podría tratarse de la nueva señora Savidge, con su nivel de inglés inadecuado y sola en una casa llena de chicos adolescentes.

– ¿Cómo llegó Sean a Coloso? -preguntó-. Está bastante lejos de aquí.

– Los samaritanos de Coloso vinieron a la iglesia. Lo llamaron «información a la comunidad», pero la verdad era que hablaban de su programa. Una alternativa al futuro que obviamente creen que espera a todos los niños de color, a la mínima oportunidad y sin su intervención.

– Entonces, no aprueba su trabajo.

– Esta comunidad va a ayudarse a sí misma desde dentro, comisario. No mejorará con la ayuda impuesta de un grupo de activistas sociales liberales a los que les mueve el sentimiento de culpa. Tienen que regresar a los condados de los alrededores de Londres de los que salieron, estics de joquey y bates de criquet en mano.

– Sin embargo, Sean Lavery acabó allí, a pesar de lo que piensa usted.

– No tuve elección. Ni tampoco Sean. Lo decidió todo el trabajador social.

– Pero no cabe duda de que, como tutor suyo que es, tiene mucho que decir sobre cómo pasa el tiempo libre.

– En otras circunstancias. Pero también hubo un incidente con una bicicleta. -Savidge lo explicó: fue un malentendido, dijo. Sean había cogido una bicicleta de montaña cara de un chico del barrio. Creía que le habían dado permiso para utilizarla; el chico no creyó lo mismo. Denunció que se la habían lobado y la policía la encontró en poder de Sean. La situación se consideró un primer delito y el trabajador social de Sean sugirió cortar de raíz cualquier conducta ilegal potencial. Así entró Coloso en escena. Al principio, si bien a regañadientes, Savidge había aprobado la idea: de todos sus chicos, Sean había sido el primero en llamar la atención de la policía. También era el primero que dejó de ir al colegio. Se suponía que Coloso tenía que remediar todo eso.

– ¿Cuánto tiempo lleva allí? -preguntó Lynley.

– Va a hacer un año.

– ¿Y va con regularidad?

– Debe hacerlo. Forma parte de la condicional. -Savidge levantó la taza y bebió. Se secó la boca con cuidado con un pañuelo-. Sean ha dicho desde el principio que no robó esa bicicleta y yo le creo. Al mismo tiempo, no quiero que se meta en líos, algo que usted y yo sabemos que va a pasar si no va al colegio y no se implica en algo. No es que esté deseando ir todas las mañanas precisamente, por lo que yo veo, pero va. Le fue bastante bien en el curso de orientación y, de hecho, ha comentado cosas buenas del curso de informática que está haciendo.

– ¿Quién fue su orientador?

– Griffin Strong. Un trabajador social. A Sean le caía bastante bien. O al menos lo suficiente como para no quejarse de él.

– ¿No ha vuelto a casa alguna otra vez, reverendo Savidge?

– Nunca. Ha vuelto tarde en alguna ocasión, pero ha llamado para avisarnos. Eso es todo.

– ¿Hay alguna razón por la que pudiera haber decidido escaparse?

Savidge se quedó pensando. Puso las manos alrededor de la taza y la hizo rodar entre las palmas.

– Una vez consiguió localizar a su padre y no me lo contó -dijo al fin.

– ¿En North Kensington?

– Sí. Tiene un taller de reparación de coches en Munro Mews. Sean lo localizó hará unos meses. No sé qué pasó exactamente. No me lo ha contado nunca. Pero imagino que no fue nada positivo. Su padre ha seguido adelante con su vida. Tiene mujer e hijos; es lo único que sé por el trabajador social de Sean. Así que si Sean esperaba llamar la atención de su padre, llevaba las de perder. Pero no habría sido suficiente para que Sean se escapara.

– ¿Cómo se llama el padre?

Savidge se lo dijo: Sol Oliver. Pero luego se le acabó la voluntad de colaborar y subordinarse. Era evidente que no estaba acostumbrado a ninguna de las dos cosas.

– Bien, comisario Lynley. Le he contado lo que sé. Quiero que me diga qué va a hacer. Y no qué va a hacer dentro de cuarenta y ocho horas o lo que sea que quiera que espere, porque Sean podría haberse escapado. El no se escapa. Llama si va a llegar tarde. Sale de Coloso y pasa por aquí de camino al gimnasio. Da unos golpes al saco y vuelve a casa.

¿El gimnasio?, Lynley tomó nota. ¿Qué gimnasio? ¿Dónde? ¿Cuándo iba? ¿Y cómo iba Sean de Sintoniza con el Señor al gimnasio y de ahí a casa? ¿A pie? ¿En autobús? ¿Hacía dedo alguna vez? ¿Le llevaba alguien en coche?

Savidge le miró con curiosidad, pero contestó de buen grado. Sean iba caminando, le dijo a Lynley. No quedaba lejos. Ni de allí ni de casa. Se llamaba Gimnasio Square Four.

¿Tenía el chico un mentor allí?, preguntó Lynley. ¿Alguien al que admiraba? ¿Alguien del que hablaba?

Savidge negó con la cabeza. Le dijo que Sean iba al gimnasio para tratar de enfrentarse a su ira y por recomendación de su trabajador social. No tenía ninguna intención de ser culturista, boxeador o luchador, o cualquier otra cosa similar, por lo que sabía Savidge.

¿Qué había de sus amigos?, preguntó Lynley. ¿Quiénes eran?

Savidge se quedó pensando un momento antes de reconocer que, al parecer, Sean Lavery no tenía amigos. Pero era un buen chico y era responsable, insistió Savidge. Y si había algo de lo que podía dar fe era que Sean no decidiría no regresar a casa sin llamar antes y explicar por qué.

Y, luego, como Savidge sabía, de algún modo, que New Scotland Yard no habría intervenido en lugar de la policía local sin una razón más sólida que encontrarse casualmente en el despacho de Ulrike Ellis cuando llamó, dijo:

– Quizá sea el momento de que me diga por qué está aquí en realidad, comisario.

Como respuesta, Lynley le preguntó al reverendo Savidge si tenía una foto del chico.

En el despacho, no, le dijo Savidge. Para eso, tendrían que ir a su casa.

Capítulo 11

Aunque Robbie Kilfoyle, con su gorra de Eurodisney, no lo hubiera mencionado, Barbara Havers se habría dado cuenta de que pasaba algo entre Griffin Strong y Ulrike unos quince segundos después de verlos juntos. No podía decir si se trataba de un mero caso de amor angustiado, de un flirteo en la cafetería o de la práctica del Kama Sutra bajo las estrellas. Tampoco podía distinguir si se trataba de una calle de sentido único, en la que Ulrike conducía un coche que no iba a ningún lugar. Pero sólo algún tipo de vida alienígena sordomuda podría haber negado que había algo entre ellos; algún tipo de carga eléctrica que, por norma general, se traducía en cuerpos desnudos e intercambios de gemidos y fluidos corporales, aunque podía tratarse de cualquier cosa entre un apretón de manos y el acto primario.

Fue la directora de Coloso en persona quien llevó a Griffin Strong al encuentro de Barbara. Al presentarlos, el modo en que dijo su nombre -por no hablar de cómo lo miraba, con una expresión no muy distinta de la que Barbara notaba que se le quedaba a ella ante un pastel de queso decorado con fruta- desvelaba con luces de neón cualquier secreto que ella o los dos estuvieran supuestamente ocultando. Y quedaba claro que tenía que haber un secreto. No era sólo que Robbie Kilfoyle hubiera empleado la palabra esposa en relación con Strong, sino que éste llevaba una alianza del tamaño de un neumático de camión. Lo que, de por sí, no era mala idea, pensó Barbara. Strong era el tipo más guapo que había visto andando tranquilamente por las calles de Londres. No había duda de que le hacía falta algo para ahuyentar las manadas de féminas, a las que probablemente la mandíbula les colgaba hasta el pecho cuando pasaba por su lado. Más que parecer una estrella de Hollywood, parecía un dios.

Como Barbara también pudo observar, parecía incómodo. No sabía si eso contaba a su favor o lo señalaba para una investigación posterior.

– Ulrike me ha contado lo de Kimmo Thorne y Sean Lavery -dijo-. Quizá ya lo sepa: los dos eran míos. Sean estuvo en orientación conmigo unos diez meses, y Kimmo lo estaba ahora. Informé de inmediato a Ulrike cuando él, Kimmo, no apareció. Evidentemente, no sabía que Sean no se había presentado, puesto que ya no estaba en mi grupo.

Barbara asintió. «Muy servicial», pensó. Y ese dato sobre Sean era un detalle interesante.

Le preguntó si podían hablar en algún otro sitio. Que Ulrike Ellis estuviera pendiente de lo que decían no era precisamente lo que más le convenía. Strong le dijo que compartía despacho con otros dos orientadores. Hoy habían salido con sus chicos, así que si lo acompañaba podrían tener un poco de intimidad. No disponía de mucho tiempo porque tenía que llevar a unos chicos de excursión al río. Lanzó una mirada a Ulrike e hizo una señal a Barbara para que le siguiera.

Barbara intentó interpretar esa mirada y la sonrisa nerviosa con la que le temblaron los labios a Ulrike al captar la mirada de él. «Tú y yo, nena. Es nuestro secreto, cariño. Después hablamos. Quiero desnudarte. Rescátame dentro de cinco minutos, por favor.» Las posibilidades parecían infinitas.

– Llámeme Griff -dijo.

Barbara siguió a Griffin Strong a un despacho que se encontraba enfrente de la recepción. Lo habían decorado según el mismo principio que el de Ulrike: muchas cosas para poco espacio. Estantes, archivadores, una mesa compartida. De las paredes colgaban pósteres, cuyo objetivo era influir positivamente en los chicos: jugadores de fútbol con peinados extravagantes que fingían leer a Charles Dickens y cantantes de pop haciendo treinta segundos de servicios públicos en cocinas comunitarias. A su lado había pósteres de Coloso. En ellos aparecía el emblema ya conocido, ese gigante que se dejaba utilizar por los más pequeños y menos afortunados.

Strong se dirigió a uno de los archivadores y buscó en un cajón repleto hasta sacar dos expedientes. Tras consultarlos, le contó que Kimmo Thorne había llegado a Coloso a través de Menores, por tener debilidad por vender mercancía robada. A Sean lo habían mandado los servicios sociales, por algo relacionado con la apropiación de una bicicleta de montaña.

Otra vez demostrando ser servicial. Strong guardó las carpetas y volvió a la mesa, se sentó y se frotó la frente. -Parece cansado -observó Barbara.

– Tengo un bebé que tiene cólicos -dijo-, y una esposa que tiene depresión posparto. Voy tirando, pero justito.

Eso explicaba, al menos en parte, lo que estuviera pasando entre Ulrike y él, pensó Barbara. Se trataba de un caso de pobre marido incomprendido y desatendido que tenía un lo que sea extramarital.

– Una mala época -dijo ella, mostrándose comprensiva. Él le dedicó una sonrisa deslumbrante, como era de prever, de dientes perfectos y blancos.

– Merece la pena. Saldré adelante.

Me apuesto lo que quieras, pensó Barbara. Le preguntó por Kimmo Thorne. ¿Qué sabía él del tiempo que pasó en Coloso? ¿Con qué gente se relacionaba? Sus amigos, mentores, conocidos y demás. Dado que lo había tenido en el curso de orientación (lo que le dio a entender que era la relación más profunda que tendrían los chicos en Coloso), seguramente sabría más sobre él que cualquier otra persona.

Un buen chaval, le dijo Strong. Cierto que se había buscado problemas, pero no tenía madera de delincuente. Lo hacía, simplemente, como medio para conseguir un objetivo, nunca porque sí, y tampoco como una forma de rebeldía social inconsciente. Y, de todos modos, había renunciado a ese modo de vida… Bueno, al menos eso parecía hasta el momento. Todavía era demasiado pronto para saber qué dirección acabaría tomando Kimmo, era lo normal durante las primeras semanas que los chicos estaban en Coloso.

– ¿Qué clase de chico era? -le preguntó Barbara a continuación.

De los que cae bien. Era agradable y afable. Era, precisamente, un chico que tenía muchas posibilidades de hacer algo con su vida. Tenía un potencial y un talento considerables. Era una verdadera pena que algún cabrón le hubiera señalado con el dedo.

Barbara tomó nota de toda esa información, aunque ya lo supiera casi todo, y a pesar de saber que todo aquello estaba preparado de algún modo. Eso le dio la oportunidad de apartar la vista del hombre que le estaba facilitando esos datos. Analizó su voz aprovechando que no la distraía su aspecto propio de la revista GQ. Parecía sincero. Muy comunicativo y todo eso. Pero nada de lo que le estaba contando indicaba que conocía a Kimmo mejor que cualquier otra persona, y resultaba ilógico. Se suponía que él tenía que conocerlo bien o que, al menos, empezaba a conocerlo bien. Y, aun así, no daba ningún indicio de ello, y no le quedó más remedio que preguntarse el motivo.

– ¿Tenía algún amigo especial aquí? -le preguntó.

– ¿Cómo? -le dijo, y añadió-: ¿De verdad cree que le puede haber matado alguien de Coloso?

– Es una posibilidad -contestó Barbara.

– Ulrike le podrá contar que se investiga a fondo a todos los candidatos antes de que empiecen a trabajar aquí. Resulta impensable que un asesino en serie…

– ¿Así que ha tenido una charla con Ulrike antes de vernos? -Barbara levantó la mirada de sus notas. Parecía un ciervo acorralado.

– Claro que me dijo que estaba aquí, cuando me contó lo de Kimmo y Sean. Pero me dijo que también estaba investigando otras muertes, con lo cual es imposible que tengan nada que ver con Coloso y, de todos modos, no se puede descartar que Sean simplemente haya desaparecido durante un día.

– Es cierto -dijo Barbara-. ¿Algún amigo especial?

– ¿Mío?

– Estábamos hablando de Kimmo.

– De Kimmo. Claro. Le caía bien a todo el mundo. Aunque, teniendo en cuenta cómo vestía y qué tipo de sentimientos despierta en la mayoría de chavales adolescentes la sexualidad, se podría pensar lo contrario.

– ¿Y cómo es eso, entonces?

– Pero no parecía que nadie rehuyera a Kimmo. El no lo permitía. Y, en cuanto a amistades especiales, tengo que decirle que no había nadie que lo prefiriera a él, ni nadie a quien él prefiriera por encima de los demás. De todos modos, eso no tiene que suceder en la fase de orientación. Se supone que los chicos tienen que relacionarse como grupo.

– ¿Y qué hay de Sean? -le preguntó ella. – ¿Qué hay de Sean? – ¿Algún amigo? Strong dudó.

– Para él fue más duro que para Kimmo, o al menos lo recuerdo así -dijo pensativamente-. No se sentía vinculado al grupo con el que hizo la orientación. Pero, en general, parecía más distante. Era introvertido. Tenía otras cosas en la cabeza.

– ¿Por ejemplo?

– Ni idea, sólo sé que estaba enfadado y que no intentaba ocultarlo.

– ¿Por qué?

– Supongo que por estar aquí. Por mi experiencia, la mayoría de chavales que nos mandan los de servicios sociales están enfadados. En general, se desmoronan en algún momento durante la semana de orientación, pero con Sean no fue así. ¿Cuánto tiempo hacía que Griffin Strong era orientador en Coloso?, preguntó Barbara.

A diferencia de Kilfoyle y de Greenham, que habían tenido que pararse a pensar cuánto tiempo hacía que colaboraban con la organización, Griff contestó de inmediato:

– Catorce meses.

– ¿Y antes de eso? -le preguntó Barbara. -Era asistente social. Empecé a estudiar medicina y pensaba ser patólogo, hasta que me di cuenta de que no soportaba ver un cuerpo muerto. Y entonces me pasé a la psicología. Y la sociología. Saqué matrícula de honor en ambas.

Eso resultaba tan impresionante como fácil de comprobar. – ¿Dónde ha trabajado? -le preguntó Barbara. Al ver que no respondía, Barbara levantó la cabeza de su libreta. Se lo encontró mirándola fijamente, y supo que su intención había sido que lo hiciera, y que le gustaba la sensación de haberlo logrado. Se limitó a repetir la pregunta.

– En Stockwell, durante un tiempo -contestó al fin. – ¿Y antes de eso?

– En Lewisham. ¿Acaso importa?

– Ahora mismo todo importa.

Barbara se tomó su tiempo para escribir «Stockwell» y «Lewisham» en su libreta.

– ¿De qué tipo, por cierto? -preguntó cuando terminó de añadir una fioritura a la última letra.

– ¿Qué tipo de qué?

– De asistente social. ¿Niños que están en acogida? ¿Ex presidiarios? ¿Madres solteras? ¿Qué?

De nuevo tardó en responder. Barbara pensó que quizá estaba volviendo a jugar con su poder, pero aun así levantó la cabeza. Aunque esa vez no la estaba mirando a ella, sino al jugador de fútbol del póster, visiblemente absorto en su ejemplar con tapas de cuero de Casa desolada. Barbara ya estaba a punto de repetir la pregunta, cuando Griff pareció haber tomado una decisión sobre algún tema.

– Quizá ya lo sepa. De todos modos lo descubrirá. Me despidieron en ambos sitios.

– ¿Por qué?

– No siempre me llevo bien con los supervisores, sobre todo cuando son mujeres. A veces… -Volvió a concentrar toda su atención en Barbara con sus ojos oscuros y profundos que no dejaban que ella apartara la mirada-. En los trabajos de este tipo siempre surgen discrepancias. Es normal que las haya. Tratamos con vidas humanas, y cada una es distinta a las demás, ¿no es así?

– Y que lo diga -observó Barbara, que sentía curiosidad por saber adonde quería ir a parar con lo que le estaba contando. Se lo reveló enseguida.

– Sí, bueno. Tiendo a decir las cosas claras, y las mujeres no se lo suelen tomar bien. Al final siempre acabo siendo un incomprendido, por decirlo de alguna forma.

Ahí estaba, pensó Barbara, el tema del incomprendido. Aunque no lo sacaba a colación donde ella había pensado que lo haría.

– Pero ¿Ulrike no tiene ese problema con usted?

– De momento, no. Pero es que a Ulrike le gusta hablar de las cosas. No le asusta que se produzcan discusiones sanas entre los miembros del equipo.

Ni tampoco que haya algo más entre ellos, pensó Barbara. Sobre todo, eso.

– Entonces ¿tiene una relación estrecha con Ulrike? -preguntó.

Griff no iba a morder el anzuelo.

– Es la directora de la organización.

– ¿Y cuando no está en Coloso?

– ¿Qué me está preguntando?

– Si se está tirando a su jefa. Supongo que me estoy preguntando cómo se lo tomarían los demás orientadores, si resulta que Ulrike y usted están haciendo la bestia de dos espaldas después del trabajo. O, de hecho, qué opinaría cualquier otra persona. ¿Por eso le echaron de los otros dos trabajos?

– Usted no es muy simpática, ¿verdad? -contestó él sin alterarse.

– No cuando investigo cinco muertes.

– ¿Cinco? No habrá pensado que… me han dicho… Ulrike me ha dicho que había venido por…

– Por Kimmo, sí. Pero sólo es uno de los dos cuerpos con nombre -dijo Barbara.

– Pero usted ha dicho que Sean… que Sean sólo está desaparecido, ¿no es así? No está muerto… Usted no sabe…

– Esta mañana hemos encontrado un cuerpo que podría ser el de Sean, y estoy segura de que Ulrike ya le ha puesto al corriente. Hemos identificado a un chico que se llamaba Jared Salvatore, y tenemos tres muertos más esperando a que alguien los reclame. En total, cinco.

No dijo nada, pero pareció que, por algún motivo, se le cortaba la respiración, y Barbara se preguntó qué podía significar eso.

– Dios mío -murmuró al fin.

– ¿Qué les pasó al resto de los chicos de su curso de orientación, señor Strong? -preguntó Barbara.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Qué tipo de seguimiento les hace cuando han terminado las dos primeras semanas en este lugar?

– No lo hago. No lo he hecho. Es decir, después pasan a sus instructores. En caso de que quieran seguir, claro. Los instructores hacen un seguimiento de su evolución e informan a Ulrike.

El equipo al completo se reúne cada dos semanas para hablar, y es la propia Ulrike la que da orientación a los chicos que tienen problemas. -Frunció el cejo y golpeó la mesa con los nudillos-. Si estos otros chicos resultan ser nuestros… Hay alguien que intenta desacreditar a Coloso -le dijo-. O a uno de nosotros. Alguien está intentado meterse con uno de nosotros.

– ¿Cree que ese podría ser el caso? -le preguntó Barbara.

– ¿Qué otra cosa se puede pensar, aunque sólo uno de los cadáveres sea de aquí?

– Que los chicos corren peligro en todo Londres -dijo Barbara-, pero que cuando llegan aquí se enfrentan de verdad a él.

– ¿Como si nuestra intención fuera matarlos, quiere decir? -preguntó Strong ultrajado.

Barbara sonrió y cerró su libreta de un golpe.

– Lo ha dicho usted, no yo -le contestó.

El reverendo Bram Savidge y su esposa vivían en un barrio de West Hampstead que creía que el comportamiento del líder de la iglesia era del tipo «somos de la gente». Era una casa pequeña, cierto. Pero era mucho más de lo que se podría permitir nadie a quien Lynley hubiera visto repartir comida o ingerirla en Sintoniza con el Señor. Y Savidge iba y venía de su casa en un Saab último modelo. A la detective Havers le hubiera encantado comentar que a alguien no le faltaba pasta.

Savidge esperó a Lynley, mientras éste buscaba un sitio para aparcar su Bentley en la calle arbolada. Estaba de pie en el portal de su casa, con un aspecto un tanto bíblico, ataviado con un caftán agitado por la brisa invernal y sin abrigo alguno, a pesar del severo frío invernal. Cuando Lynley lo alcanzó, abrió tres cerraduras de la puerta de entrada antes de empujarla.

– ¿Oni? Tenemos visita, cariño -gritó.

Lynley observó que no comentaba nada de Sean. No preguntó «¿Ha llamado el chico?», ni «¿Hay noticias de Sean?», sino tan sólo «Tenemos visita, cariño», con indecisión. Pareció una especie de advertencia y sonó completamente inapropiado en el hombre con quien Lynley había estado hablando hasta ese momento.

No se escuchó ninguna respuesta a la llamada de Savidge.

– Espere aquí -le dijo, y le indicó el camino al salón. El se dirigió a las escaleras y subió rápidamente al primer piso. Lynley oyó que avanzaba por un pasillo.

Se tomó un momento para echar un vistazo al salón, que estaba equipado de forma simple con muebles bien hechos y una alfombra con un estampado llamativo. En las paredes colgaban documentos antiguos, enmarcados y montados y, puesto que en el piso de arriba escuchaba un constante abrir y cerrar de puertas, los examinó de cerca. Uno era una antigua carta de embarque, al parecer de un barco llamado Valiant Sheba, cuya carga consistía en veinte hombres, treinta y dos mujeres -dieciocho de las cuales habían sido registradas como «en reproducción»- y trece niños. Otro era una misiva escrita con letra inglesa en papel de carta, en cuyo membrete decía «Ash Grove, cerca de Kingston». Debido al paso del tiempo, los caracteres estaban borrosos y costaba leerlos, pero Lynley pudo discernir «gran potencial como semental» y «si puede controlar al salvaje».

– Mi tatarabuelo, comisario. Nunca se adaptó a la esclavitud.

Lynley se dio la vuelta. Savidge estaba en el recibidor con una chica.

– Oni, mi esposa -dijo-. Me ha pedido que la presentara.

A Lynley le costaba creer que estuviera viendo a la esposa de Savidge, puesto que Oni no parecía tener más de dieciséis años, si llegaba. Era delgada, tenía el cuello largo y era africana hasta la médula. Al igual que su marido, vestía de modo étnico y sujetaba un instrumento poco común, con un cuerpo parecido al de un banjo, pero con un puente largo con más de doce cuerdas.

A Lynley le bastó una mirada para comprender muchas cosas. Oni era exquisita: como una medianoche inmaculada, cuya sangre había permanecido durante siglos inmune al mestizaje. Era lo que Savidge no podría llegar a ser nunca por culpa del Valiant Sheba. También era lo último que un hombre sensato querría dejar a solas con un grupo de chicos adolescentes.

– Señora Savidge -dijo Lynley.

La chica sonrió y asintió. Miró a su marido como buscando orientación.

– ¿Le gustaría, querría? -dijo.

Y se detuvo, como si buscara en un catálogo de palabras que conocía y de gramática cuyas reglas apenas entendía.

– Viene por lo de Sean, querida -dijo Savidge-. No queremos interrumpir tus prácticas con la kora. ¿Por qué no sigues tocando aquí abajo mientras acompaño al policía a la habitación de Sean?

– Sí -asintió-, entonces estaré tocando. -Se sentó en el sofá y apoyó con cuidado la kora en el suelo. Cuando se disponían a dejarla sola, dijo-: Hoy no hay sol, ¿verdad? Pasa otro mes. Bram, descubro… No, no es descubrir, esta mañana aprender que…

Savidge vaciló. Lynley observó un cambio en él, como si soltara la tensión.

– Ya hablaremos después, Oni -dijo.

– Sí, ¿y lo otro también? ¿Otra vez? -dijo ella.

– Puede. Lo otro.

Acompañó a Lynley apresuradamente hasta las escaleras. Le precedió hasta una habitación que se encontraba al fondo de la casa. Una vez dentro, pareció sentir la necesidad de darle una explicación. Cerró la puerta tras de sí.

– Estamos intentando tener un hijo -dijo-. Hasta el momento, no ha habido suerte. A eso se refería.

– No debe de resultar fácil -dijo Lynley.

– Está preocupada. Le preocupa que yo pueda… no sé, deshacerme de ella o algo así. Pero su salud es perfecta. No tiene ninguna malformación. Ella… -Savidge se detuvo, como si se hubiera percatado de lo cerca que estaba de valorar el potencial reproductivo de una persona.

Decidió cambiar de tema.

– Volvamos a lo que íbamos -dijo-. Ésta es la habitación de Sean.

– ¿Le ha preguntado a su esposa si ha aparecido? ¿Si ha llamado por teléfono?

– No contesta al teléfono -respondió Savidge-. No habla muy bien. Se siente insegura.

– ¿Algo más?

– ¿A qué se refiere?

– Quiero decir que si le ha preguntado por Sean.

– No ha hecho falta. Me lo habría dicho. Sabe que estoy preocupado.

– ¿Qué tipo de relación tiene ella con el chico?

– ¿Qué tendrá eso que ver con…?

– Señor Savidge, tengo que preguntárselo -dijo Lynley con la mirada fija en él-. Es evidente que es mucho más joven que usted.

– Tiene diecinueve años.

– Su edad se acerca más a la de los chicos que ha acogido que a la suya, ¿no es verdad?

– El asunto no es mi matrimonio, mi esposa o mi situación, comisario.

«Sí, sí que lo es», pensó Lynley.

– ¿Cuántos años mayor que ella es? -dijo- ¿Veinte? ¿Veinticinco? ¿Y qué edad tenían los chicos?

Savidge pareció crecerse, su respuesta estaba teñida de indignación.

– El tema es la desaparición de un chico, un chico que ha desaparecido en las mismas circunstancias que otros chicos de su misma edad, si hay que creer en lo que dicen los periódicos. Así que si cree que voy a permitir que hagan que me preocupe por otras cosas porque han jodido la investigación, ya pueden ir cambiando de idea. -No esperó a obtener respuesta, sino que se acercó a una estantería que contenía un reproductor de CD pequeño y una serie de libros de bolsillo que parecían estar intactos. Del estante superior, cogió una fotografía en un sencillo marco de madera. Se la dio a Lynley.

Se veía al propio Savidge con su atuendo africano rodeando con el brazo a un chico de aspecto solemne que llevaba puesto un traje que le quedaba grande. De la cabeza del chico sobresalía una masa espesa de rastas y su expresión era de desconfianza, como un perro al que han devuelto demasiadas veces a su jaula de la perrera de Battersea tras sacarlo a pasear. Tenía la piel muy oscura, sólo un poco más clara que la esposa de Savidge. También era, sin temor a equivocarse, el chico cuyo cuerpo habían encontrado por la mañana.

Lynley levantó la vista. Por encima del hombro de Savidge, vio que de las paredes de la habitación colgaban pósters: Louis Farrakhan en una exhortación apasionada, Elijah Mohammed rodeado de pulcros y dulces miembros de la Nación. Un joven Muhammad Ali, probablemente el más famoso de los conversos.

– Señor Savidge… -dijo.

Y entonces, durante un instante, no supo muy bien cómo continuar. Un cadáver en un túnel resulta demasiado humano en cuanto lo sitúas en un hogar. En ese momento deja de ser un cuerpo para convertirse en una persona cuya muerte no puede dejar de suscitar el deseo de vengarse, la necesidad de hacer justicia, o la obligación de expresar la forma más simple de pesar.

– Lo siento -dijo-. Tenemos un cadáver que tendrá que venir a identificar. Lo encontraron esta mañana al sur del río.

– ¡Dios mío! -Savidge exclamó-. Es…

– Espero que no lo sea -dijo Lynley, a pesar de saber que sí lo era. Cogió al otro hombre del brazo para mostrarle su apoyo. Tendría que acabar preguntándole algunas cosas, pero, por ahora, no había más que decir.

Ulrike logró esperar con impaciencia en el despacho hasta que Jack Veness desconectó los teléfonos y ordenó la recepción para el día siguiente. Tras desearle buenas noches y escuchar que la puerta se cerraba, salió a buscar a Griff.

Pero a quien se encontró fue a Robbie Kilfoyle. Estaba en el pasillo de entrada, vaciando dos bolsas de basura de camisetas y sudaderas de Coloso y guardándolas en el armario de debajo de la vitrina. Al menos, por lo que vio, Griff no le había mentido en eso. Era cierto que hoy había pasado varias horas en el negocio de estampación.

Lo había puesto en entredicho. Cuando se habían encontrado en el Charlie Chaplin, lo primero que le dijo fue:

– ¿Dónde te has metido todo el día, Griff? -Y su propio tono de voz la hizo estremecer, porque sabía qué impresión había dado, y él sabía que ella lo sabía, y por ese motivo él había dicho que no, antes de contárselo.

Había que arreglar una pieza en el taller de estampación y había tenido que ocuparse.

– Ya te dije que hoy pasaría por el taller. Querías que trajera más camisetas, ¿recuerdas?

Era una respuesta típica de Griffin. «Estaba haciendo lo que tú me pediste», decía.

– ¿Has visto a Griff? Tengo que hablar con él -preguntó Ulrike a Robbie Kilfoyle.

Robbie, que estaba agachado en el suelo, se apoyó sobre los talones y se echó la gorra hacia atrás.

– Ha ido a ayudar a llevar al nuevo grupo de orientación al río -dijo-. Se fueron en furgoneta… hará unas dos horas. La expresión de Robbie le estaba diciendo que, en su opinión, ella, como directora que era, tendría que estar al corriente de esa información.

– Ha dejado esto aquí -dijo, señalando con la cabeza las bolsas de basura-, en el cuarto del material. Supuse que sería mejor que lo guardara todo aquí. ¿Puedo ayudarte en algo?

– ¿Ayudarme?

– Bueno, si necesitas a Griff y no está aquí, quizá yo pueda… -dijo, encogiéndose de hombros.

– He dicho que quería hablar con él, Robbie. -Ulrike se dio cuenta de repente de lo cortante que había sido-. Lo siento -dijo-. He sido un poco brusca. Estoy hecha polvo. La policía, primero Kimmo y ahora…

– Sean -dijo Robbie-. Sí, lo sé. Pero no está muerto, ¿verdad? ¿Sean Lavery? Ulrike le miró con dureza.

– Yo no he dicho el nombre, ¿cómo sabes lo de Sean? Robbie parecía desconcertado.

– Esa policía me preguntó si lo conocía, Ulrike. Esa mujer policía. Entró en el cuarto del material. Dijo que Sean estaba en uno de los cursos de informática, de modo que en cuanto tuve la oportunidad, le pregunté a Neil qué pasaba. Me dijo que hoy Sean Lavery no se había presentado. Eso es todo. ¿Estás bien, Ulrike? -añadió en el último momento, pero no lo dijo con deferencia.

No lo podía culpar.

– Mira, no quería ser tan…, no sé, tan desconfiada -dijo-. Estoy al límite. Primero Kimmo y ahora Sean. Y la policía. ¿Sabes a qué hora volverán Griff y los chicos?

Robbie no contestó enseguida, parecía estar valorando la disculpa que le había dado ella antes de contestar. Ella pensó que exageraba un poco. Después de todo, no era más que un voluntario.

– No sé, seguramente se pararán a tomar un café antes de volver -dijo él-. ¿Quizá a las seis y media? ¿A las ocho? Él tiene copia de las llaves, ¿verdad?

Es verdad, pensó ella. Podía ir y venir cuando le apeteciera, les había venido muy bien en el pasado cuando querían tener reuniones políticas. Planeaban estrategias antes de las reuniones con el personal y después de la jornada laboral. Aquí está mi problema, Griffin. ¿Qué hay de ti?

– Supongo que tienes razón -dijo ella-. Podrían tardar horas en volver.

– Aunque no pueden llegar muy tarde. Si oscurece y eso. Y en el río debe de hacer un frío de mil demonios. Que quede entre nosotros, no entiendo por qué los orientadores decidieron que esta vez la actividad en grupo fuera ir en kayak. Creo que habría sido mejor una caminata. Hacer senderismo en los Cotswolds o algo así. Caminar de un pueblo a otro. Podrían haber parado para cenar al final.

Y se dispuso a volver a guardar las camisetas y las sudaderas en el armario.

– ¿Es eso lo que tú habrías hecho? -le preguntó ella-. ¿Llevarlos de paseo? ¿A algún sitio seguro?

Él volvió la cabeza y la miró.

– Lo más seguro es que no tenga ninguna importancia, ya sabes.

– ¿Qué?

– Lo de Sean Lavery. A veces estos chicos se escapan.

A Ulrike le hubiera gustado preguntarle qué le hacía pensar que conocía mejor que ella a los chicos de Coloso. Pero la verdad era que seguramente él los conocía mejor, porque en los últimos meses ella había estado distraída. Los chicos habían venido y se habían ido de Coloso, pero ella tenía la cabeza en otro lugar.

Le costaría el puesto si llegaba a oídos del consejo de administración, que andaba buscando a quién culpar por lo que estaba sucediendo…, si estaba sucediendo algo. Todas esas horas, días, semanas, meses y años que había dedicado a la organización tirados a la basura de un solo golpe. Encontraría trabajo en otro sitio, pero no sería como Coloso, con todo el potencial que tenía este centro para hacer lo que ella creía fervientemente que había que hacer en Inglaterra: empezar el cambio por la base, que era el nivel en el que estaba la psique individual de los niños.

¿Qué había sido de todo eso? Había asumido su trabajo en Coloso creyendo que podría cambiar las cosas, y lo había hecho, hasta el preciso momento en que Griffin Charles Strong había plantado el curriculum en su mesa y sus hechiceros ojos negros en su rostro. Incluso entonces había conseguido mantener una apariencia de distante profesionalidad durante meses, consciente del riesgo que suponía tener una relación con alguien del trabajo.

Su determinación se había ido debilitando con el tiempo. Quizá bastaría sólo con tocarlo, había pensado. Ese pelo maravilloso, ondulado y espeso. O sus hombros anchos de remero bajo el jersey grueso de lana que, al parecer, era su favorito. O ese antebrazo con una trenza de piel en la muñeca. Tocarlo se había convertido hasta tal punto en una obsesión, que le pareció que el único modo posible de dejar de imaginar su mano acercándose a cualquier parte del cuerpo de Griff era, sencillamente, hacerlo. Era tan simple como, con el brazo sobre la mesa de reuniones, agarrarle la muñeca para demostrar que estaba de acuerdo con alguna apreciación que él había hecho durante la reunión de personal, y sintió que la embargaba la sorpresa cuando él cerró durante un instante su mano sobre la de ella y le dio un apretón. Se dijo a sí misma que no era más que un signo de que él apreciaba que le mostrara su apoyo. Pero hubo más signos.

– Cuando hayas terminado, asegúrate de que las puertas estén cerradas, ¿te acordarás? -le dijo a Robbie Kilfoyle.

– Lo haré -dijo él, y Ulrike sintió que su mirada se clavaba en ella.

En su despacho, abrió el archivador. Se arrodilló frente al cajón inferior, que había abierto antes en presencia de los detectives. Buscó con los dedos entre las carpetas de papel manila, sacó la que necesitaba y la guardó en la bolsa de lona para libros que utilizaba como portafolios. Hecho esto, cogió su ropa de ciclista y fue a vestirse para el largo camino de vuelta a casa.

Se cambió en el baño de señoras, tomándose su tiempo, y siempre atenta por si escuchaba la tan esperada vuelta de Griff Strong con los chicos del curso de orientación. Pero lo único que oyó fue que Robbie Kilfoyle se marchaba, y después se quedó sola en Coloso.

Esta vez no podía arriesgarse a llamar al móvil de Griff, puesto que sabía que estaba con un grupo. No le quedaba otra opción que escribirle una nota. Aunque sería mejor no dejarla en su mesa, ya que podría utilizar la excusa de que no la había visto, de modo que se la llevó al aparcamiento y la fijó al limpiaparabrisas de su coche, en el lado del conductor. Hasta la pegó con cinta adhesiva para asegurarse de que no se la llevaba el viento. Después, fue a recoger su bicicleta, la desató, y se marchó hacia Saint George's Road, en la primera parte del tortuoso recorrido que la llevaría desde Elephant and Castle hasta Paddington.

Pedaleó casi una hora entera bajo un frío glacial. La mascarilla que llevaba filtraba los gases del tráfico más nocivos, pero no tenía nada para protegerse del ruido constante. Llegó a Gloucester Terrace más cansada de lo habitual, pero al menos estaba contenta porque el trayecto en sí -junto con la necesidad de estar alerta con el tráfico- le había mantenido la mente ocupada.

Encadenó la bicicleta a la verja enfrente del número 258, abrió la puerta principal y notó como siempre el olor a comida que subía de la planta baja: comino, aceite de sésamo, pescado, coles de Bruselas recocidas, cebollas podridas. Contuvo la respiración y empezó a subir la escalera. Cuando estaba en el quinto escalón, escuchó tras de sí que el timbre de la puerta sonaba con brusquedad. En la parte superior de la puerta había una ventanilla de cristal a través de la cual vio la sombra de su cabeza. Bajó deprisa a abrirlo.

– Te he llamado al móvil -dijo Griff con irritación-. ¿Por qué no me has contestado? Joder, Ulrike. No me puedes dejar una nota así y luego…

– Iba en bicicleta -le dijo-, me es difícil contestar al teléfono cuando vengo hacia aquí. Lo apago. Ya lo sabes.

Dejó la puerta abierta y se dio la vuelta. A él no le quedaría más remedio que seguirla hasta arriba.

En el primer piso, le dio al interruptor de la luz automática y abrió la puerta de su piso. Ya dentro, tiró su bolso de lona encima del sofá lleno de bultos y encendió una sola lámpara.

– Espera aquí -le dijo.

Y se fue a la habitación, donde se quitó la ropa de ciclista, se olisqueó bajo los brazos y no se quedó satisfecha. Solucionó el problema con una toallita húmeda y se miró al espejo para constatar con satisfacción que pedalear por Londres había dado color a sus mejillas. Se puso una bata y se ató el cinturón. Volvió al salón.

Griff había encendido las luces de techo más intensas. Decidió hacer caso omiso. Se fue a la cocina, donde guardaba la botella de Borgoña blanco en la nevera. Cogió dos copas y el sacacorchos.

– Ulrike, acabo de llegar del río -dijo Griff al ver esto-. Estoy muerto y de ningún modo…

Ella se dio la vuelta.

– Eso no habría sido ningún impedimento hace un mes. En cualquier momento, en cualquier lugar. El hombre torpedo y a la mierda las consecuencias. Es imposible que lo hayas olvidado.

– Y no lo he olvidado.

– Muy bien.

Sirvió el vino y le dio una copa.

– Me gusta pensar que estás eternamente a punto.

Le rodeó el cuello con el brazo y lo acercó hacia ella. Griff se resistió un momento, pero luego puso su boca sobre la de ella. Lenguas, más lenguas, una caricia prolongada, tras la cual su mano subió desde la cintura hasta el costado de su pecho. Dedos buscando su pezón. Exprimiéndolo. Arrancándole un gemido. Calor bajando hacia sus genitales. Sí, muy bien, Griff. Se soltó con brusquedad y se apartó.

Él tuvo la delicadeza de parecer nervioso. Se fue a una silla, no al sofá, y se sentó.

– Dijiste que era urgente. Una emergencia. Una citación de una página entera. Una crisis. El caos. Por eso he venido aquí. Que está exactamente en la dirección opuesta a mi casa lo que, por cierto, significa que sabe Dios a qué hora llegaré.

– Qué pena -dijo ella-, con el deber llamándote y todo eso. Y soy plenamente consciente de donde vives, Griffin. Como tú ya sabes.

– No quiero discutir. ¿Para eso me has hecho venir?

– ¿Qué te hace pensar eso? ¿Dónde has estado todo el día?

Griff miró hacia el techo, con uno de esos gestos de hombre martirizado que se pueden ver en los cuadros de santos cristianos antiguos.

– Ulrike, ya sabes cuál es mi situación -dijo-. Siempre lo has sabido. No puedes haberlo… ¿Qué querías que hiciera? ¿Ahora o después? ¿Dejar a Arabella cuando estaba embarazada de cinco meses? ¿Cuando estaba de parto? ¿Ahora que tiene una hija a la que cuidar? Nunca te he dado la más mínima esperanza…

– Tienes razón -respondió Ulrike con una sonrisa crispada. Sentía lo frágil que era, y se despreciaba a sí misma por reaccionar ante él. Lo saludó con la copa de vino en un simulacro de brindis.

– Nunca lo hiciste. Bravo por ti. Siempre has sido abierto y sincero. No le has puesto a nadie un pañuelo ante los ojos. Es un buen método para eludir las responsabilidades.

El dejó la copa de vino en la mesa, sin haberlo probado.

– De acuerdo, me rindo -dijo él-. Bandera blanca. Lo que tú quieras. ¿Para qué me has hecho venir?

– ¿Qué era lo que quería?

– Mira, hoy he llegado tarde porque fui al taller de estampación. Ya te lo he dicho. Y no es que sea asunto tuyo lo que Arabella y yo…

Ulrike río de un modo un tanto forzado. Una mala actriz en un escenario con demasiada luz.

– Ya me hago una idea aproximada de lo que quería Arabella y de lo que tú seguramente le has dado… los veinte centímetros enteros. Pero no me refiero a ti y a tu dulce esposa. Estoy hablando de la mujer policía. De la agente como se llame, la de los dientes partidos y el pelo desaliñado.

– ¿Intentas acorralarme?

– ¿De qué estás hablando?

– De tu modo de enfocar las cosas. Protesto, pido que dejes de comportarte así, digo basta, vete a la mierda, ya tienes lo que querías.

– Que es…

– Mi cabeza servida en una maldita bandeja, sin tener que pasar por la danza de los siete velos ni nada.

– ¿Es eso lo que crees? ¿Piensas de verdad que te he hecho venir por eso?

Se bebió la copa de vino y sintió sus efectos casi de inmediato.

– ¿Quieres decir que no me despedirás a la que tengas la menor oportunidad?

– Al instante -contestó ella-. Pero no es por eso que estamos hablando.

– ¿Y entonces?

– ¿De qué te ha hablado?

– Exactamente de lo mismo que tú pensabas que me hablaría.

– ¿Y?

– ¿Y tú que le has dicho?

– ¿Qué piensas que le he dicho? Kimmo era Kimmo. Sean era Sean. Uno era un travestido de espíritu libre con la personalidad de una reina del vodevil, un chico al que nadie que estuviera en su sano juicio querría hacer daño. El otro tenía pinta de querer desayunar clavos. Yo te avisé cuando Kimmo faltó un día al curso de orientación. Sean estaba fuera de mi órbita, haciendo otras cosas, así que yo no me habría enterado si hubiera dejado de venir.

– ¿Es todo lo que le has dicho? -Ulrike lo observó atentamente mientras se lo preguntaba, pensando qué grado de confianza podía existir entre dos personas que habían traicionado a otra.

Griff entrecerró los ojos.

– Teníamos un acuerdo -dijo sólo. Y mientras ella le sometía a un franco escrutinio, añadió-: ¿O es que no confías en mí?

Por supuesto que no. ¿Cómo quería que confiara en alguien que hacía de la traición su modo de vida? Pero había una forma de ponerlo a prueba, y no sólo eso, sino también de colocarlo en tal situación que tuviera que seguir fingiendo que colaboraba con ella, y eso sí era una ficción.

Cogió su bolsa de lona, sacó la carpeta que había cogido del despacho y se la entregó.

Observó cómo bajaba la mirada y sus ojos se fijaban en la etiqueta del borde. Cuando acabó de leerla, la miró.

– He hecho lo que me has pedido. ¿Qué se supone entonces que tengo que hacer con esto? -le preguntó Griff.

– Lo que debes hacer -dijo ella-. Creo que ya sabes a qué me refiero.

Capítulo 12

Cuando la detective Barbara Havers entró en el aparcamiento subterráneo de New Scotland Yard a la mañana siguiente, ya iba por el cuarto cigarrillo, sin contar el que había apurado mientras iba de la cama a la ducha. Llevaba fumando sin parar desde que había salido de casa, y el siempre exasperante trayecto desde el norte de Londres sólo había conseguido crisparle aún más los nervios y ponerla de mal humor.

Estaba acostumbrada a las riñas. Había tenido encontronazos con todas las personas con las que había trabajado e incluso había llegado a disparar a un superior, en la riña verdaderamente gorda que le había costado el rango y casi el trabajo. Pero nada de lo que había pasado antes en su irregular carrera, por no mencionar en su vida, la había afectado tanto como una conversación de cinco minutos que había mantenido con su vecino.

No fue su intención enfrentarse a Taymullah Azhar. Su objetivo era hacerle una simple invitación a su hija. Una investigación minuciosa -bueno, lo que para ella significaba una investigación minuciosa, que era comprar el What's On como un turista que venía a ver a la reina- le había informado de que un lugar llamado Museo Jeffrye ofrecía retratos de la historia social a través de maquetas de salones típicos de cada siglo. ¿No sería genial que Hadiyyah acompañara a Barbara al museo para cultivar su pequeña mente ávida de conocimiento con otro tipo de consideraciones que los piercings que llevaban en el ombligo actualmente las cantantes pop? Sería una excursión del norte al este de Londres. En resumen, sería tremendamente educativo. ¿Cómo podía Azhar, un sofisticado educador, oponerse a eso?

Pues resultó que con bastante facilidad. Cuando Barbara llamó a la casa al dirigirse al coche, le abrió la puerta y la escuchó educadamente como era su costumbre, con el aroma de un desayuno equilibrado y nutritivo flotando en el aire detrás de él como una acusación contra el ritual matutino de Barbara a base de Pop Tart y cigarrillos.

– Una especie de revés doble, podría llamarse -dijo Barbara para acabar la invitación, y justo cuando lo decía se preguntó de dónde diablos había salido eso del «revés doble»-. El museo se encuentra en una serie de antiguas casas de beneficencia, así que también se puede admirar la arquitectura histórica y social. El tipo de cosas que los niños ven al pasar sin saber qué están viendo, ya me entiendes. El caso es que pensé que podría ser… – ¿Qué?, se preguntó. ¿Una buena idea? ¿Una oportunidad para Hadiyyah? ¿Una forma de escapar a más castigos?

Era esto último, por supuesto. Barbara había pasado demasiadas veces por delante de la solemne carita castigada en la ventana. Ya era suficiente, joder, pensó. Azhar ya había dicho lo que quería decir. No tenía que seguir mortificando a la pobre niña con ello.

– Eres muy amable, Barbara -le dijo Azhar con su seria cortesía habitual-. Sin embargo, en la circunstancia en la que Hadiyyah y yo nos encontramos…

La niña apareció entonces detrás de él, al oír, al parecer, sus voces

– ¡Barbara! ¡Hola! -gritó, y sacó la cabeza por detrás del cuerpo delgado de su padre-. Papá, ¿puede entrar Barbara? Estamos desayunando, Barbara. Papá ha hecho tostadas y huevos revueltos. Es lo que estoy comiendo. Con sirope. El come yogur. -Arrugó la nariz, pero no porque su padre hubiera elegido desayunar eso, evidentemente, porque su siguiente frase fue-: Barbara, ¿ya has fumado? Papá, ¿no puede entrar Barbara?

– No puedo, amiguita -se apresuró a decir Barbara para que Azhar no tuviera que invitarla a pasar si quizá no quería-. Me voy a trabajar. Hay que mantener segura la ciudad para las mujeres, los niños y los animalitos peludos. Ya sabes cómo es esto.

Hadiyyah saltó de un pie a otro.

– Saqué buena nota en el examen de matemáticas -le confesó-. Papá me dijo que estaba orgulloso cuando lo vio.

Barbara miró a Azhar. Su rostro oscuro estaba sombrío.

– El colegio es muy importante -le dijo a su hija aunque mirando a Barbara mientras hablaba-. Hadiyyah, sigue desayunando, por favor.

– Pero ¿no puede Barbara…?

– Hadiyyah. -La voz era cortante-. ¿Qué acabo de decirte? ¿Y no te ha dicho Barbara que tiene que irse a trabajar? ¿Escuchas a los demás o simplemente deseas algo y haces oídos sordos a todo aquello que impida que tu deseo se cumpla?

Aquello parecía un poco cruel, incluso para los principios de Azhar. El rostro de Hadiyyah, radiante de felicidad, cambió al instante. Abrió mucho los ojos, pero no de sorpresa. Barbara vio que lo hacía para contener las lágrimas. Se retiró tragando saliva y se marchó a toda prisa hacia la cocina.

Azhar y Barbara se quedaron mirándose a los ojos. El parecía un testigo desinteresado de un accidente de tráfico; ella notó la señal de aviso de la ira que se filtraba en su estómago. En ese momento tendría que haber dicho: «Vale. Bien. Eso es todo, entonces. Tal vez nos veamos luego. Gracias», y haberse puesto en marcha, porque sabía que estaba adentrándose en terreno peligroso y metiéndose donde no la llamaban. Pero sostuvo la mirada a su vecino y se permitió sentir el ardor que le subía del estómago al pecho, donde formó un nudo que le quemaba. Cuando lo notó allí, Barbara habló.

– Te has pasado, ¿no te parece? Es sólo una cría. ¿Cuándo piensas darle un respiro?

– Hadiyyah sabe lo que tiene que hacer -contestó Azhar-. También sabe cuáles son las consecuencias cuando hace lo que le parece sin respetar las normas.

– De acuerdo. Muy bien. Entendido. Me lo grabaré a fuego. Me lo tatuaré en la frente. Lo que quieras. Pero ¿no crees que el castigo debería adecuarse al crimen? Y ya que estamos, ¿cómo la humillas de esa forma delante de mí?

– No la he…

– Sí -dijo Barbara entre dientes-. No has visto su cara. Y deja que te diga algo más porque me da la gana, ¿vale? La vida ya es bastante difícil, sobre todo para las niñas pequeñas. Lo último que necesitan es que sus padres se la compliquen más.

– Tiene que…

– ¿Quieres bajarle los humos? ¿Quieres meterla en cintura? ¿Quieres que sepa que no es la número uno en la vida de nadie y que nunca lo será? Pues deja que salga a la calle, Azhar, y captará el mensaje. No necesita oírlo de su padre, joder.

Barbara vio que había ido demasiado lejos. El rostro de Azhar -siempre sereno- se había cerrado por completo.

– Tú no tienes hijos -le contestó-. Si algún día tienes la suerte de ser madre, Barbara, pensarás lo contrario sobre cómo y cuándo debes castigar a tu hijo.

Fue la palabra «suerte» y todo lo que implicaba lo que permitió a Barbara ver a su vecino con otros ojos. Qué sucio, pensó. Pero ella también podía jugar a eso.

– No me extraña que se fuera, Azhar. ¿Cuánto tiempo tardó en ver cómo eras en realidad? Demasiado, supongo. Pero no sorprende mucho, ¿verdad? Después de todo, era inglesa y nosotras las inglesas jugamos con menos cartas de lo normal, ¿no?

Dicho esto, se dio la vuelta y lo dejó ahí, y se marchó disfrutando del breve triunfo que siente el cobarde al decir la última palabra. Pero era el simple hecho de haber oído aquella palabra lo que hacía que Barbara siguiera furiosa y mantuviera una conversación interna con un Azhar que no estaba presente, durante todo el tiempo que tardó en llegar hasta el centro de Londres. Así que después de dejar el coche en el aparcamiento subterráneo de New Scotland Yard, seguía histérica y no se encontraba precisamente en el estado de ánimo adecuado para un día de trabajo productivo. También se sentía mareada por la nicotina y oía dentro de la cabeza un zumbido nítido que le aporreaba los glóbulos oculares.

Se detuvo en el baño de mujeres para echarse agua en la cara. Se miró al espejo y se odió a sí misma por rebajarse a examinar su imagen en búsqueda de las pruebas que Taymullah Azhar había visto durante todos aquellos meses que habían sido vecinos: una homo sapiens sin suerte, un ejemplar perfecto de las cosas que salen mal. Cero posibilidades de tener una vida normal, Barbara. Fuera lo que fuese eso.

– Que le den -susurró. ¿Quién era él, de todas formas? ¿Quién coño se creía que era?

Se pasó los dedos por el pelo corto, se enderezó el cuello de la camisa y se dio cuenta de que debería haberlo planchado… si tuviera plancha. Iba hecha casi un adefesio, pero era algo inevitable y no importaba. Tenía cosas que hacer.

En el centro de coordinación, descubrió que la reunión informativa de la mañana ya había comenzado. El comisario Lynley miró en su dirección mientras escuchaba algo que decía Winston Nkata, y no pareció muy contento mientras su mirada viajaba por detrás de ella hacia el reloj de la pared.

– … ceremonias de ira o venganza -estaba diciendo Winston-, según lo que me contó la señora de La Luna de Cristal. Lo buscó en un libro. Me dio un registro de visitantes de la tienda que querían recibir su boletín y también tiene recibos de tarjetas de crédito y códigos postales de los clientes.

– Comparemos los códigos postales con los lugares donde se hallaron los cuerpos -le dijo Lynley-. Haz lo mismo con el registro y los recibos. Quizá tengamos suerte. ¿Qué hay del mercado de Camden Lock? -Lynley miró a Barbara-. ¿Qué tienes sobre ese tienda, detective? ¿Has pasado esta mañana? -Que era su forma de decir: «Confío en que ése sea el motivo de que hayas llegado tarde».

Dios santo, pensó Barbara. El roce con Azhar había borrado de su mente cualquier otro tema. Buscó en su cabeza una excusa, pero la acción de la sabiduría la hizo recapacitar en el último momento. Optó por decir la verdad.

– He metido la pata -admitió-. Lo siento, señor. Cuando acabé en Coloso ayer, yo… No importa. Me pondré a ello enseguida.

Vio el intercambio de miradas a su alrededor y que los labios de Lynley se tensaban durante un instante, así que prosiguió a toda prisa en un intento de suavizar la situación.

– De todos modos, señor, creo que debemos avanzar en la dirección de Coloso.

– Eso crees. -La voz de Lynley era imperturbable, demasiado, pero decidió no hacer caso.

– Sí -contestó-. Tenemos posibles sospechosos y habrá más por investigar. Aparte de Jack Veness, que parece saber algo sobre todo el mundo, hay un tipo llamado Neil Greenham, que estuvo más servicial de lo que se podría esperar. Tenía un Evening Standard que me enseñó muy contento, por cierto. Y ese tal Robbie Kilfoyle, ¿el que estaba jugando a las cartas con el chico?, hace de voluntario en el cuarto de material. Reparte almuerzos como segundo trabajo…

– ¿En una furgoneta? -preguntó Lynley.

– En bicicleta. Lo siento -dijo Barbara con pesar-. Pero reconoció que su objetivo es conseguir un trabajo de verdad en Coloso si abren otro centro al otro lado del río. O sea que tiene un motivo para hacer que otra persona parezca…

– Ir matando a los usuarios no parece que vaya a proporcionárselo, ¿verdad, Havers? -la interrumpió John Stewart mordazmente.

Barbara no hizo caso a la indirecta,

– Su competencia podría ser un tipo llamado Griff Strong -prosiguió-, quien ha perdido sus dos últimos trabajos en Stockwell y Lewisham porque, según él, no se llevaba bien con las mujeres que trabajaban con él. Son cuatro posibles sospechosos y todos están en la franja de edad del perfil, señor.

– Los investigaremos -asintió Lynley. Y justo cuando Barbara creía que se había redimido, Lynley le pidió a John Stewart que asignara esa tarea a alguien y le dijo a Nkata que indagara en los antecedentes del reverendo Savidge y que, mientras tanto, se ocupara de los entresijos del gimnasio Square Sour en Swiss Cottage y de un taller de reparación de coches en North Kensington. Luego asignó más tareas relacionadas con el taxista que había llamado al 112 para informar del cuerpo del túnel de Shand Street y el coche abandonado donde habían dejado el cadáver. Recogió un informe sobre escuelas de cocina de Londres (no tenían inscrito a ningún Jared Salvatore antes de volverse hacia Barbara y decir-: Te veo en mi despacho, detective. -Se marchó del centro de coordinación con un «A trabajar, pues» para el resto del equipo, dejando a Barbara que lo siguiera. Advirtió que nadie la miraba mientras desfilaba detrás de Lynley.

Se descubrió acelerando el paso para seguirle el ritmo y no le gustó la sensación perro-amo que le evocó aquello. Sabía que la había fastidiado al olvidarse de comprobar el tenderete del mercado de Camden Lock y supuso que merecía un rapapolvo por ello, pero, por otro lado, les había dado una nueva dirección en el caso con Strong, Greenham, Veness y Kilfoyle, ¿verdad?, así que eso tenía que contar para algo.

Una vez en el despacho del comisario, sin embargo, pareció que Lynley no veía las cosas de ese modo.

– Cierra la puerta, Havers -le dijo, y cuando Barbara lo hubo hecho, se dirigió a su mesa. En lugar de sentarse, sin embargo, simplemente apoyó la cadera en ella y la miró. Lynley le indicó que ocupara una silla y quedó más alto que ella.

Barbara no soportó cómo la hizo sentir aquello, pero estaba decidida a no dejarse llevar por ese sentimiento.

– Su foto salió en la portada del Standard, señor. Ayer por la tarde. La mía también. Y la de Hamish Robson. Estábamos por fuera del túnel de Shand Street. Salía su nombre. No es bueno.

– Son cosas que pasan. -Pero con un asesino en serie…

Lynley la interrumpió.

– Detective, dime una cosa, ¿intentas pegarte un tiro en el pie a propósito o todo forma parte de tu subconsciente?

– ¿Todo esto…? ¿El qué?

– Te asigné una tarea. El mercado de Camden Lock. De camino a casa, por el amor de Dios. O de camino aquí, si quieres. ¿Te das cuenta de cómo quedas delante de los demás cuando metes la pata, como has dicho? ¿Cómo esperas recuperar tu rango, que supongo que es lo que quieres y que también supongo que sabes que depende de que seas capaz de trabajar en equipo, si tomas tus propias decisiones sobre qué es importante en esta investigación y qué no lo es?

– Señor, eso no es justo -protestó Barbara. -Y no es la primera vez que actúas por tu cuenta -dijo Lynley como si Barbara no hubiera dicho nada-. Si alguna vez un agente de policía ha deseado el suicidio profesional… ¿En qué demonios estabas pensando? ¿No ves que no puedo seguir intercediendo por ti? Justo cuando comienzo a pensar que has aprendido la lección, empiezas de nuevo.

– ¿Con el qué?

– Con tu maldito empecinamiento. Coges las riendas en lugar de ponerte el bocado. Tu insubordinación constante. Tu nula disposición incluso a fingir que formas parte de un equipo mayor. Ya hemos pasado por esto. Una y otra vez. Hago lo que puedo para protegerte pero te juro que si esto no acaba… -Levantó las manos-. Vete al mercado de Camden Lock, Havers. Al Arco Iris de Wendy o cómo coño se llame la tienda esa.

– La Nube de Wendy -dijo Barbara como atontada-. Pero puede que no esté abierto porque…

– ¡Pues localizas a la propietaria! Y hasta que lo hagas, no quiero verte, oírte o saber nada de ti. ¿Está claro?

Barbara lo miró fijamente. Su mirada se convirtió en una observación. Llevaba suficiente tiempo trabajando con Lynley como para saber hasta qué punto aquel arrebato no era nada típico de él, por mucho que ella se mereciera la reprimenda. Repasó mentalmente las razones por las que Lynley podía estar tan tenso: otro asesinato, una pelea con Helen, un encontronazo con Hillier, problemas con su hermano menor, un pinchazo de camino al trabajo, demasiada cafeína, falta de sueño… Pero luego lo entendió, con la misma facilidad con la que conocía a Lynley.

– Se ha puesto en contacto con usted, ¿verdad? -le dijo-. Vio su nombre en el periódico y se ha puesto en contacto con usted, joder.

Lynley se quedó observándola un momento antes de tomar una decisión. Rodeó la mesa y sacó un papel de una carpeta de papel manila. Se lo entregó y Barbara vio que era una copia de un original que, imaginó, estaría ya de camino al laboratorio forense.

NO EXISTE LA NEGACIÓN, SÓLO LA SALVACIÓN estaba impreso pulcramente en la página, en mayúsculas en una sola línea. Debajo, no había firma, sino más bien una mancha que no era muy distinta a dos secciones cuadradas, pero independientes de un laberinto.

– ¿Cómo ha llegado aquí? -preguntó Barbara, devolviéndosela a Lynley.

– Por correo -dijo Lynley-. En un sobre sin identificación externa y con la misma letra de imprenta.

– ¿Qué opina de la mancha? ¿Una firma?

– Si se puede llamar así.

– Podría ser un cabrón con ganas de jugar, ¿no? Porque, a ver, la verdad es que no nos dice nada que demuestre que sabe algo que sólo sabría el asesino.

– Excepto eso de la salvación -dijo Lynley-. Sugiere que sabe que los chicos, como mínimo los que hemos identificado, han tenido problemas con la justicia en un sentido u otro. Eso sólo lo sabe el asesino.

– Además de la gente de Coloso -señaló Barbara-. Señor, ese tipo, Neil Greenham, tenía un Evening Standard.

– Neil Greenham y el resto de Londres.

– Pero su nombre apareció en el Standard, y ésa es la edición que me enseñó. Deje que investigue…

– Barbara. -La voz de Lynley era paciente.

– ¿Qué?

– Vuelves a hacerlo.

– ¿Hacerlo?

– Ocúpate del mercado de Camden Lock. Yo me encargaré del resto.

Iba a protestar -a la mierda lo que le aconsejaba su juicio- cuando sonó el teléfono y Lynley descolgó.

– Dime, Dee -dijo a la secretaria del departamento. Escuchó un momento-: Que suba, por favor -dijo antes de colgar.

– ¿Robson? -preguntó Barbara.

– Simón St. James -contestó Lynley-. Tiene algo para nosotros.

Reconocía que su mujer, en ese momento, era su ancla de salvación. Su mujer y la otra realidad que representaba. Para él, era un verdadero milagro poder irse a casa y, durante las pocas horas que estaba allí, no olvidarse, pero sí al menos distraerse con algo tan ridículo como el drama de intentar poner paz entre sus familias por la estúpida cuestión de la ropa del bautizo.

– Tommy -le había dicho Helen desde la cama mientras miraba cómo se vestía para irse a trabajar, la taza del té de la mañana en equilibrio sobre su barriga cada vez mayor-, ¿te he dicho que tu madre llamó ayer? Quería informarnos de que por fin había encontrado los patucos del traje del bautizo después de pasarse días revolviendo por los altillos infestados, al parecer, de arañas y serpientes venenosas de Cornualles. Va a enviárnoslos, los patucos, no las arañas y las serpientes, así que prepárate para encontrártelos en el buzón, dijo. Me temo que están un poco amarillentos por el paso del tiempo, dijo. Pero, sin duda, nada que no pudiera arreglar una buena lavandería. Por supuesto, no supe qué decirle. Porque, a ver, si no usamos la ropa de bautizo de tu familia, ¿podrá llegar Jasper Félix a ser un Lynley como Dios manda? -Helen bostezó-. Por Dios, esa corbata no, cariño. ¿Cuántos años tiene ya? Pareces un estudiante de Eton que se escapa para irse de juerga. Su primer fin de semana libre al otro lado del puente de Windsor y ya intenta parecer uno de los chicos. ¿De dónde la has sacado?

Lynley se la quitó y la volvió a guardar en el armario.

– Lo asombroso -dijo- es que los hombres solteros se pasan años vistiéndose sin saber que sin una mujer al lado son unos inútiles. -Sacó dos corbatas y se las mostró para que les diera su aprobación.

– La verde -dijo-. Ya sabes que me encanta la verde para ir a trabajar. Te da un aspecto tan Sherlock…

– La verde me la puse ayer, Helen.

– Bah -dijo-. Nadie se fijará. Créeme. Nadie se fija nunca en las corbatas de los hombres.

No le hizo ver a Helen que se estaba contradiciendo. Simplemente sonrió. Fue hacia la cama y se sentó.

– ¿Qué vas a hacer hoy? -le preguntó.

– Le he prometido a Simón que trabajaría unas horas. Ha vuelto a comprometerse con demasiadas cosas.

– ¿Y cuándo no lo hace?

– Bueno, me ha suplicado que lo ayudara a preparar un artículo sobre no sé qué sustancia química aplicada a no sé qué para producir yo qué sé qué. No lo entiendo. Yo sólo voy a donde me indica e intento estar atractiva. Aunque pronto va a ser imposible -dijo, mirándose la barriga con cariño.

Lynley le dio un beso en la frente y luego en la boca.

– Para mí siempre serás atractiva -le dijo-. Incluso cuando rengas ochenta y cinco años y se te hayan caído todos los dientes.

– Tengo pensado conservar los dientes hasta que me muera -le informó-. Estarán perfectamente blancos, totalmente rectos y mis encías no habrán retrocedido ni un milímetro.

– Estoy impresionado -le dijo.

– Una mujer debería de tener siempre alguna «ambición» en la vida -contestó ella.

Lynley se rió. Ella siempre le hacía reír. Por eso era una necesidad para él. De hecho, le hacía mucha falta aquella mañana, para dejar de pensar en Barbara Havers y su indudable deseo de suicidarse.

Si Helen era un milagro para él, Barbara era un enigma. Cada vez que creía que por fin la había puesto en el camino de la redención profesional, hacía algo para sacarle de su error. No trabajaba en equipo. Si le asignaba una tarea como a cualquier otro miembro de una investigación, era probable que optara por uno de estos dos caminos: adornar la tarea hasta que quedaba irreconocible o ir a lo suyo y pasar olímpicamente. Pero ahora mismo, con cinco asesinatos que exigían una actuación antes de que se convirtieran en seis, había demasiado en riesgo como para que Barbara no hiciera exclusivamente lo que se le pedía.

Aun así, a pesar de sus costumbres exasperantes, Lynley había tenido la sabiduría de aprender a valorar la opinión de Barbara. Francamente, no tenía un pelo de tonta. Así que permitió que se quedara en su despacho mientras Dee Harriman iba a buscar a St. James al vestíbulo.

Cuando los tres estuvieron juntos y St. James rechazó el café que le ofrecía Dee, con lo que la secretaria regresó a su mesa, Lynley señaló la mesa de reuniones y se sentaron como habían hecho tan a menudo en el pasado y en tantos otros lugares. Las primeras palabras de Lynley también fueron las mismas.

– ¿Qué tenemos?

St. James cogió un fajo de papeles del sobre de papel manila que llevaba con él e hizo dos pilas. En una estaban los informes de las autopsias. La otra consistía en una ampliación de la mancha realizada con sangre en la frente de Kimmo Thorne, una fotocopia de un símbolo similar y un informe cuidadosamente mecanografiado aunque breve.

– Ha llevado su tiempo -dijo St. James-. Hay una cantidad exorbitante de símbolos ahí fuera. Desde señales de tráfico universales a jeroglíficos. Pero, en general, diría que es un tema bastante sencillo.

Le entregó a Lynley la fotocopia y la ampliación de la marca que le habían hecho a Kimmo Thorne. Lynley las puso una al lado de la otra mientras buscaba en su chaqueta las gafas de lectura. Todos los elementos del símbolo estaban presentes en ambos documentos: el círculo, las dos líneas entrecruzándose dentro y luego, extendiéndose más allá del círculo, las puntas en forma de cruz al final de las dos líneas.

– Lo mismo -dijo Barbara Havers, estirando el cuello para ver los dos documentos-. ¿Qué es, Simón?

– Un símbolo alquímico -dijo St. James.

– ¿Qué significa? -preguntó Lynley.

– Purificación -contestó-. En concreto, un proceso de purificación que se logra eliminando las impurezas con fuego. Diría que por eso les quema las manos.

Barbara soltó un silbido.

– No existe la negación, sólo la salvación -murmuró. Y dirigiéndose a Lynley-: Eliminar las impurezas con fuego. Cree que está salvando sus almas, señor.

– ¿De qué habla? -dijo St. James, y miró a Lynley, quien le dio la copia de la nota que había recibido. St. James la leyó, frunció el ceño y miró pensativo hacia las ventanas-. Este hecho podría explicar por qué no hay un componente sexual en los crímenes, ¿no os parece?

– El símbolo que ha utilizado en la nota, ¿te resulta familiar? -le preguntó Lynley a su amigo.

St. James volvió a examinarlo.

– Cabría pensar que sí, después de todos los iconos que he mirado. ¿Puedo llevármela?

– Adelante -dijo Lynley-. Tenemos otras copias.

St. James guardó la hoja en su sobre de papel manila.

– Hay algo más, Tommy -dijo.

– ¿El qué?

– Llámalo curiosidad profesional. Las autopsias hacen referencia a una herida que presentan todos los cuerpos y que concordaría con un moratón en el costado izquierdo, entre tinco y quince centímetros por debajo de la axila. Excepto en uno de los cadáveres donde la herida también presentaba dos pequeñas quemaduras en el centro, la descripción es la misma en todos los casos: pálida en el medio, más oscura en los bordes, casi roja en el caso del cuerpo hallado en Saint George's Gardens…

– Kimmo Thorne -dijo Havers.

– Sí. Más oscura en los bordes. Me gustaría echar un vistazo a esa herida. Con una fotografía podría ser suficiente, pero prefiero ver uno de los cuerpos. ¿Sería posible? ¿Quizá el de Kimmo Thorne? ¿Ya se ha entregado el cuerpo a la familia?

– Puedo arreglarlo. Pero ¿adonde quieres llegar con esto?

– No estoy del todo seguro -admitió St. James-; pero quizá tenga alguna relación con la forma de someter a los chicos. En las pruebas toxicológicas, no aparecen restos de ninguna droga, así que no los sedó. No hay señales de lucha antes de que los atara por las muñecas y los tobillos, así que no hubo una agresión inicial. Si suponemos que no se trata de una especie de ritual sadomasoquista, de un joven tentado a realizar algún tipo de práctica sexual pervertida a instancias de un hombre mayor que lo mata antes de llevarla a cabo…

– Y no podemos descartarlo -observó Lynley.

– Exacto, no podemos; pero, si suponemos que este caso no tiene un componente sexual manifiesto, vuestro asesino tendrá un modo de lograr atarlos antes de torturarlos y matarlos.

– Estos chicos son espabilados -observó Havers-. No es probable que colaboraran con un tipo que quisiera atarlos porque sí.

– Sí, no es probable -asintió St. James-. Y la presencia de esta herida en los cuerpos sugiere que el asesino sabía desde el principio que ése sería el caso. Así que no sólo hay una conexión entre todas las víctimas…

– Que ya hemos encontrado -le interrumpió Havers. Comenzaba a sonar emocionada, lo que, como sabía Lynley, no era nunca una buena señal cuando se trataba de que no se descarriara-. Simón, existe un grupo de ayuda a la comunidad llamado Coloso. Samaritanos que trabajan con jóvenes de zonas urbanas deprimidas, chicos en situación de riesgo, delincuentes juveniles. Está cerca de Elephant and Castle, y dos de los chicos muertos participaban en su programa.

– Dos de los cuerpos identificados -la corrigió Lynley-. El otro que hemos identificado no está relacionado con Coloso. Y aún nos quedan otros por identificar, Barbara.

– Sí, pero yo digo una cosa -expuso Havers-. Que si investigamos los registros y encontramos qué chicos dejaron de ir a Coloso por las fechas en las que se produjeron estas otras muertes, podremos identificar los otros cuerpos. Este caso tiene que ver con Coloso, señor. Uno de esos tipos tiene que ser nuestro hombre.

– La teoría de que conocían a su asesino es sólida -dijo St. James, como si estuviera de acuerdo con Havers-. También es muy posible que confiaran en él.

– Y ése es otro punto clave en el funcionamiento de Coloso -añadió Havers-. La confianza, y aprender a confiar. Señor, Griff Strong me contó que la confianza incluso forma parte de su curso de orientación. Y precisamente él dirige los juegos de confianza que algunos de los chicos hacen juntos. Dios santo, tendríamos que ir allí con un equipo y acribillarlo a preguntas, y a esos otros tres tipos también, Veness, Kilfoyle y Greenham: todos tienen relación con al menos una de las víctimas; uno de ellos no es trigo limpio, se lo aseguro.

– Podría ser el caso, y agradezco tu entusiasmo por esta tarea -dijo Lynley secamente-; pero ya tienes un trabajo asignado, el mercado de Camden Lock, creo.

Havers tuvo la cortesía de poner cara de haber aprendido la lección.

– Ah, vale -dijo.

– ¿Crees que es éste es un buen momento para hacerlo?

No parecía satisfecha, pero no discutió. Se puso en pie y se dirigió lenta y cansinamente hacia la puerta.

– Me alegro de verte, Simón -le dijo a St. James-. Adiós.

– Yo también -dijo St. James mientras Barbara los dejaba. Se volvió hacia Lynley-. ¿Problemas con Barbara?

– ¿Cuándo no los hay cuando se trata de Havers?

– Siempre he pensado que considerabas que merecía la pena.

– Y así es por lo general.

– ¿Está cerca de recuperar su rango?

– Yo se lo devolvería, a pesar de su empecinamiento; pero no soy yo quien toma la decisión. – ¿Hillier?

– Como siempre. -Lynley se recostó en la silla y se quitó las gafas-. Me ha acorralado esta mañana incluso antes de que entrara en el ascensor; está intentando dirigir la investigación a través de maquinaciones del departamento de prensa, pero los periodistas no se muestran tan dispuestos a colaborar como al principio, ya han dejado de dar las gracias por el café, los cruasanes y los cuatro datos que Hillier les está proporcionando. Parece que ya están atando cabos: tres chicos mestizos asesinados de un modo similar antes que Kimmo Thorne y, por ahora, nadie de la Met ha aparecido en Alerta criminal. Y quieren saber cómo es eso posible. ¿Qué mensaje manda eso a los ciudadanos sobre la importancia relativa de estas muertes respecto a otras en las que la víctima era blanca, rubia, de ojos azules y anglosajona ciento por ciento? Comienzan a formular las preguntas difíciles, y se arrepiente de no haber luchado por mantener al departamento de prensa más alejado de todo esto.

– Orgullo desmesurado -observó St. James. -El orgullo desmesurado de alguien causa estragos -añadió Lynley-; y las cosas van a empeorar: el último chico asesinado, Sean Lavery, estaba en acogida; vivía en Swiss Cottage con un activista social que va a dar una rueda de prensa hoy hacia el mediodía, según me ha contado Hillier. Ya puedes imaginar lo que va a suponer eso para la sed de sangre colectiva de los medios.

– Trabajar con Hillier es el mismo placer de siempre, ¿no? -Amén. La presión está en todas partes. -Lynley miró la fotografía del símbolo alquímico, y se planteó las posibilidades que ofrecía de arrojar luz a la situación-. Voy a hacer una llamada -le dijo a St. James-. Me gustaría que te quedaras a escuchar si tienes tiempo.

Buscó el número de Hamish Robson y lo encontró en la cubierta del informe que el psicólogo de perfiles le había dado. Cuando tuvo a Robson al teléfono, conectó el altavoz y le presentó a St. James.

Le trasladó la información que St. James le había proporcionado y le reconoció sus dotes adivinatorias: le contó que el asesino se había puesto en contacto con él.

– ¿De verdad? -dijo Robson-. ¿Por teléfono? ¿Por carta?

Lynley le leyó la nota.

– Hemos llegado a la conclusión de que el símbolo de purificación en la frente y las manos quemadas están relacionados. Además, tenemos información sobre el aceite de ámbar gris que encontramos en los cuerpos. Al parecer, se utiliza para ceremonias de ira o venganza.

– Ira, venganza, pureza y salvación -dijo Robson-. Diría que está mandando un mensaje bastante claro, ¿no le parece?

– Nosotros pensamos que el origen de todo es un programa de ayuda a la comunidad al otro lado del río -dijo Lynley-. Se llama Coloso; trabajan con jóvenes difíciles. ¿Quiere añadir algo?

Se hizo el silencio durante un momento mientras Robson pensaba.

– Sabemos que su inteligencia está por encima de la media -dijo por fin-, pero está frustrado porque el mundo no ve su potencial. Si la investigación les está acercando a él, no va a dar un paso en falso para permitir que se acerquen más. Así que, si está eligiendo a los chicos a través de una fuente…

– Como Coloso -añadió Lynley.

– Sí. Si está eligiendo a chicos de Coloso, dudo mucho que siga haciéndolo cuando los vea por allí haciendo preguntas.

– ¿Está diciendo que acabarán los asesinatos?

– Puede, pero sólo por un tiempo. Matar le proporciona demasiada gratificación como para dejarlo completamente, comisario. La obligación de matar y el placer que le produce siempre superarán el temor a ser capturado, pero imagino que ahora tendrá mucho más cuidado. Puede que cambie de territorio, que se vaya más lejos.

– Si cree que la policía está cercándolo -dijo St. James-, ¿por qué se pone en contacto por carta?

– Bueno, eso forma parte de la sensación de ser invencible que tiene el psicópata, señor St. James -dijo Robson-. Es una prueba de lo que él considera su omnipotencia.

– ¿El tipo de cosa que conduce a su perdición? -preguntó St. James.

– El tipo de cosa que lo convence de que no puede cometer el error que lo condenará. Es como cuando Brady intentó que su cuñado se sumara a la diversión: cree que tiene una personalidad tan poderosa que nadie que lo conozca pensará en entregarlo, menos aún atreverse a hacerlo. Es el gran defecto que tiene la personalidad ya defectuosa de por sí del psicópata. En este caso, su asesino cree que es intocable por mucho que se acerquen a él. Les preguntará directamente qué pruebas tienen contra él si le interrogan y procurará no darles ninguna en lo sucesivo.

– Creemos que no hay un componente sexual en los crímenes -dijo Lynley-, lo que descarta anteriores delincuentes de la categoría A.

– En este caso lo más importante es el poder -asintió Robson-, pero lo mismo pasa con los crímenes sexuales. Así que puede ser perfectamente que más adelante encuentren algo sexual, una degradación sexual del cuerpo, por ejemplo, si el asesinato en sí mismo no le sigue proporcionando al asesino el nivel requerido de satisfacción y liberación.

– ¿Es lo que pasa normalmente -preguntó St. James- en asesinatos como éstos?

– Es una forma de adicción -dijo Robson-. Cada vez que satisface su fantasía de salvación mediante la tortura, necesita un poco más para obtener esa satisfacción. El cuerpo se hace más tolerante a la droga -sea ésta cual sea- y es necesario aumentar la dosis para alcanzar el nirvana.

– Así que está diciéndonos que esperemos más, y con posibles variaciones.

– Sí. Eso es exactamente lo que estoy diciendo.

Quería sentirlo de nuevo: el subidón que venía de dentro. Quería la sensación de libertad que lo envolvía en el momento final. Quería oír cómo su alma gritaba «¡sí!», justo cuando el chillido apagado debajo de él luchaba por emitir su último y débil «¡no!». Lo necesitaba, más aún, lo merecía; pero, cuando el ansia despertaba en su interior como una presencia exigente, sabía que no podía precipitarse. Eso lo dejaba con la mezcla apremiante y burbujeante de necesidad y deber que sentía corriendo por sus venas. Era como un buceador que sube demasiado deprisa a la superficie. El anhelo se transformaba rápidamente en dolor.

Se tomó algo de tiempo para intentar aplacarlo. Condujo hacia el pantano, donde podría pasear por el camino de sirga a lo largo del río Lea. Pensó que allí trataría de encontrar alivio.

Siempre les entraba el pánico cuando recobraban la conciencia y se veían amarrados a la tabla, las manos y los pies atados y la boca tapada con cinta aislante. Mientras cruzaba la noche en la furgoneta, los oía revolverse en vano detrás de él; algunos, aterrorizados; otros, enfadados. Cuando llegaba al lugar señalado, sin embargo, todos habían superado su reacción preliminar e instintiva y llegado a la mesa de negociaciones. «Haré lo que quieras, pero no me mates.» Nunca lo decían directamente; pero estaba ahí, en sus ojos frenéticos: «Haré lo que sea, seré lo que sea, diré lo que sea, pensaré lo que sea; pero no me mates».

Siempre se detenía en el mismo lugar seguro, donde una curva pronunciada en el aparcamiento de la pista de hielo impedía que lo vieran desde la calle. Allí, había un lugar donde los arbustos crecían descontroladamente y la farola de seguridad de la zona hacía tiempo que se había fundido. Apagaba las luces, las de dentro y las de fuera, y subía a la parte trasera. Se ponía en cuclillas junto a la forma inmovilizada y esperaba hasta que los ojos se le acostumbraban a la oscuridad. Lo que decía entonces siempre era lo mismo, aunque en su voz había amabilidad y arrepentimiento. «Te has equivocado.» Y luego: «Te quitaré esto -decía con los dedos en la cinta aislante-, pero sólo el silencio te mantendrá a salvo y te garantizará la liberación. ¿Podrás permanecer en silencio?».

Asentían con la cabeza siempre, desesperados por hablar, por razonar, por admitir, y, a veces, por amenazar o por exigir; pero no importaba por dónde empezaran o qué sintieran, no les quedaba más remedio que suplicar.

Sentían su poder. Captaban su fuerte aroma en el aceite que utilizaba para ungir su cuerpo. Lo veían en el destello del cuchillo que sacaba. Lo sentían en el calor del hornillo. Lo oían en el crepitar de la sartén.

«No tengo por qué hacerte daño. Debemos hablar, y si nuestra charla va bien, esto puede acabar en tu libertad», les decía.

Sí que hablaban, de hecho, no callaban. Por lo general, la enumeración de sus crímenes no provocaba en ellos más que una aceptación inquieta. Solían decir: «Sí, lo hice. Sí, lo siento. Sí, juro que… lo que sea que quieras que jure, pero déjame marchar».

Pero mentalmente añadían más cosas y él podía leerles el pensamiento. «Cabrón asqueroso. Veré cómo acabas en el infierno por esto», solían acabar diciendo.

Así que, por supuesto, no podía liberarlos de ninguna de las maneras. Al menos, no de la forma en la que ellos confiaban ser liberados; pero él era un hombre de palabra.

Primero venían las quemaduras, sólo en las manos, para mostrarles tanto su ira como su misericordia. Sus declaraciones de culpa les abrían la puerta a la redención, pero tenían que sufrir para purificarse. Así que volvía a taparles la boca con cinta aislante y les sostenía las manos en el calor hasta que olía la carne abrasada. Arqueaban la espalda buscando una huida, y sus vejigas e intestinos cedían. Algunos se desmayaban y entonces no sentían cómo el garrote primero se deslizaba y luego les apretaba el cuello. Otros no se desmayaban, y era con éstos con los que Fu se sentía verdaderamente exultante mientras la vida abandonaba sus cuerpos y transportaba el suyo.

El siempre aspiraba a liberar sus almas, así que utilizaba el cuchillo sobre la carne vulgar, y los abría para su liberación final. Era lo que les había prometido al fin y al cabo. Ellos simplemente tenían que admitir su culpa y expresar un deseo verdadero de redención, aunque la mayoría sólo hacía lo primero; de hecho, la mayoría no comenzaba ni a entender lo segundo.

El último tampoco lo había hecho. Lo había negado todo hasta el final. «No hice nada, cabrón de mierda, no hice nada, ¿lo has entendido? Vete a la mierda, hijo puta, suéltame», había dicho.

La liberación era imposible para él. Libertad, redención, cualquier cosa que Fu le había ofrecido, el chico había escupido y blasfemado. Se marchó sin purificarse, con el alma presa, un fracaso de la Criatura Divina.

Pero el placer infinito del propio momento…, eso quedaba para Fu. Y eso mismo era lo que quería otra vez: el narcótico seductor del dominio absoluto.

Caminar por el río Lea no se lo proporcionó, ni tampoco el recuerdo; sólo una cosa podía hacerlo.

Capítulo 13

Barbara Havers estaba de un humor de perros cuando por fin llegó al mercado de Camden Lock. Estaba enfadada consigo misma por permitir que los temas personales fueran un obstáculo para desempeñar bien su trabajo. Estaba nerviosa por tener que cruzar Londres otra vez poco después de haber sufrido ya el tráfico matutino de camino al centro de la ciudad. Le irritaba que las restricciones de aparcamiento le hicieran imposible acercarse más al mercado sin tener que emprender una excursión; y estaba convencida de que aquella tarea era una pérdida de tiempo absoluta.

Las respuestas se encontraban entre las paredes de Coloso, no allí. A pesar de que en el fondo creía que el informe del perfil psicológico era una chorrada, estaba dispuesta a aceptar, como mínimo, parte del mismo, y esa parte era la descripción del asesino en serie. Puesto que, al menos, cuatro hombres encajaban en esa descripción, todos ellos empleados al otro lado del Támesis, en Coloso, sabía que era improbable que encontrara a nadie más descrito así paseando por los tenderetes y tiendas cercanos a Camden Lock. Y, sin duda, no esperaba encontrar rastro de ningún sospechoso en La nube de Wendy. Sin embargo, sabía que era acertado darle la impresión a Lynley de que ahora iba por el buen camino. Así que se enfrentó al tráfico y encontró una plaza de aparcamiento lejana en la que encajó el Mini como si del pie de una de las hermanastras se tratase. Luego fue andando en dirección a Camden Lock, con sus tiendas, tenderetes y restaurantes alineados a lo largo del agua y alejados de Chalk Farm Road.

No le resultó fácil encontrar La nube de Wendy, ya que no tenía letrero. Después de leer un cartel con indicaciones y preguntar, Barbara al fin lo localizó: un tenderete sencillo dentro de una de las tiendas permanentes del mercado. La tienda vendía velas y candeleros, tarjetas de felicitación, joyas y papel y sobres de carta hechos a mano. La nube de Wendy vendía aceites para masajes y de aromaterapia, incienso, jabón y sales de baño.

La propietaria epónima del establecimiento estaba sentada en un puf, detrás del mostrador, escondida a la vista. Al principio, Barbara pensó que vigilaba a los clientes de manos largas, pero cuando dijo: «Disculpe, ¿podemos hablar?», resultó que Wendy estaba dormitando inclinada sobre una sustancia que seguramente no se encontraba a la venta en su tienda. Tenía los párpados entrecerrados. No se tambaleó, sino que se puso en pie agarrándose a una de las patas del mostrador y apoyando la barbilla un momento entre las sales de baño.

Barbara maldijo por dentro. Con su pelo gris greñudo y caftán indio de cubrecama, Wendy no parecía una fuente de información prometedora, sino una refugiada de la generación hippy. Sólo le faltaban los collares de colores.

Sin embargo, Barbara se presentó, le mostró su placa e intentó estimular el cerebro de la mujer envejecida mencionando New Scotland Yard y las palabras «asesino» y «en serie» en rápida sucesión. Continuó hablando del aceite de ámbar gris y preguntó esperanzada por el registro de ventas de Wendy. Por un momento, pensó que sólo un rápido viaje a una ducha larga y fría conseguiría que la mujer volviera en sí, pero, justo en el instante en que estaba estudiando dónde podría encontrar agua para echársela por encima a la mujer, Wendy por fin habló.

– Venta al por mayor -fue lo que dijo, y añadió-: Lo siento.

Barbara entendió que ese comentario significaba que no llevaba un registro de las compras realizadas. Wendy asintió. Añadió que, cuando le quedaba sólo un frasco de aceite, pedía otro. Eso, por supuesto, si se acordaba de revisar las existencias cuando cerraba al final de la jornada. El hecho era que a menudo olvidaba hacerlo y, a veces, sólo cuando un cliente pedía algo en concreto se daba cuenta de que tenía que hacer un pedido.

Aquello sonaba relativamente esperanzados Barbara le preguntó si recordaba a alguien que le hubiera pedido aceite de ámbar gris últimamente.

Wendy frunció el ceño. Entonces, puso los ojos en blanco mientras, al parecer, desaparecía en los recovecos de su mente para encontrar una respuesta.

– ¿Hola? -dijo Barbara-. Eh. Wendy. ¿Sigue aquí?

– No te molestes, cielo -dijo una voz cercana-. Lleva treinta y pico años drogándose. Ya no tiene muchos muebles en la cabeza, ya me entiende.

Barbara miró a su alrededor y vio que la persona que le había hablado estaba sentada frente a la caja registradora de una tienda mayor dentro de la cual Wendy tenía su puesto. Como la propia Wendy desapareció en dirección al pub una vez más, Barbara se acercó a la otra mujer, que se presentó como la sufrida hermana de Wendy, Pet. Era el diminutivo de Petula, le explicó. Llevaba toda la vida dejando que Wendy montara su puesto en la tienda, pero que apareciera o no un día determinado era algo que dependía del azar.

Barbara le preguntó qué sucedía los días que Wendy no aparecía. ¿Qué pasaba si alguien quería comprar algo del tenderete? ¿Se ocupaba Pet de hacer la venta por su hermana?

Pet negó con la cabeza, tenía el pelo gris como el de Wendy, pero llevaba una permanente tan fuerte que los rizos parecían virutas de acero. Le explicó que Wendy podía tener su espacio en la tienda siempre que pagara, pero que si quería ganar dinero y seguir alejada de la cloaca en la que, al parecer, residió durante una década o dos antes de La nube de Wendy, tenía que vestirse, aparecer, abrir y ocuparse de las ventas. Su hermana pequeña no iba a hacerlo por ella.

– Así que, si alguien ha estado comprando aceite de ámbar gris, ¿usted no lo sabría? -dijo Barbara.

Pet contestó que no. Le dijo que, en el mercado de Camden Lock, la gente iba y venía todo el tiempo; los fines de semana eran una locura; había gente de todo tipo: turistas, adolescentes, parejas, familias con niños pequeños que buscaban una forma económica de pasar el rato, clientes habituales, carteristas, ladrones. En parte para disculparse, continuó diciendo que no podía esperarse que uno recordara quién había comprado qué en su propia tienda, menos aún quién había realizado una compra en el tenderete de su hermana; y concluyó afirmando que si alguien podía decirle a la detective quién había comprado en La nube de Wendy, sería la propia Wendy. Pero, lamentablemente, según le dijo su propia hermana, Wendy se pasaba la mayor parte del tiempo en las nubes.

Barbara sabía que no iba a sacar nada más de su inútil viaje al otro lado de la ciudad. Se despidió de Pet, pero le dejó su número de móvil por si se daba el caso improbable de que Wendy bajara a la tierra el tiempo suficiente como para recordar algo pertinente, y luego se largó.

Para que la aventura no fuera una absoluta pérdida de tiempo, Barbara realizó dos paradas más. La primera fue en un tenderete que había en uno de los pasillos. Su colección de camisetas con mensaje siempre necesitaba incrementarse, así que inspeccionó las creaciones de Pig & Co. Descartó «Princesa en forma» y «Mi mamá y mi papá fueron al mercado de Camden Lock y lo único que me trajeron fue esta horrible camiseta» y se decidió por una que ponía «Me paro a mirar a los alienígenas» impreso debajo de una caricatura del primer ministro atrapado bajo las ruedas de un taxi londinense.

Pagó la compra y decidió que necesitaba una comida rápida. Una parada en el puesto de patatas asadas sirvió. Escogió un relleno de ensalada de repollo, zanahoria y cebolla con mayonesa, gambas y maíz y, con un tenedor de plástico, se la llevó fuera del mercado, donde comió mientras iniciaba la excursión de regreso al coche.

Condujo en dirección a su propia casa, hacia el noroeste por Chalk Farm Road. Sin embargo, se había alejado casi cien metros de la entrada del mercado de Camden Lock cuando oyó que el móvil le sonaba en el fondo del bolso, lo que la obligó a detenerse, mantener en equilibrio la patata asada encima de un cubo de basura en la primera esquina y sacar el teléfono. Quizá Wendy había vuelto en sí y le había dado a su hermana una información útil que Pet deseaba transmitirle… De esperanzas vive el hombre.

– Havers -dijo Barbara animada, y alzó la mirada justo a tiempo para ver pasar una furgoneta, que aparcó en zona prohibida en la entrada lateral del mercado de Stables, un antiguo establo para caballos de artillería que hacía ya tiempo que se había dedicado a usos comerciales justo en la calle de Camden Lock. Barbara la observó despreocupadamente mientras Lynley le hablaba.

– ¿Dónde estás, detective?

– En Camden Lock, como me ordenó -dijo Barbara-. Ningún resultado, me temo. -Delante de ella, un hombre se bajó de la furgoneta. Iba vestido raro, incluso para el frío que hacía, con un gorro rojo con una borla, gafas de sol, mitones y un grueso abrigo negro que le llegaba a los tobillos. «Un abrigo demasiado grueso», pensó Barbara, y lo observó con curiosidad. Era la clase de abrigo bajo el que podrían esconderse explosivos. Examinó más detenidamente la furgoneta mientras el hombre se dirigía a la parte de atrás. Era púrpura con letras blancas en el lateral. Barbara se situó para verla mejor. Lynley seguía hablándole al oído.

– Así que ponte con ello enseguida -estaba diciendo-. Puede que, después de todo, tengas razón acerca de Coloso.

– Lo siento -dijo Barbara a toda prisa-. Le he perdido un momento, señor. Mala cobertura, estos malditos móviles… ¿Me lo repite?

Lynley le dijo que alguien del Equipo Dos del detective Stewart había dado con una información sobre Griffin Strong. Al parecer, el señor Strong podría haber sido más comunicativo acerca de su marcha de los servicios sociales antes de entrar a trabajar en Coloso. Mientras Strong trabajaba de asistente social en su último empleo en Stockwell, había muerto un niño en acogida que se encontraba bajo su responsabilidad. Era momento de investigar un poco más a Strong. Lynley le dio la dirección del hombre y le dijo que empezara por ahí. Vivía en una urbanización de viviendas subvencionadas en Hopetown Street. «El», le dijo Lynley. Continuó diciendo que ya sabía que había un buen trecho en coche. Insinuó que podía mandar a otro, pero, inmediatamente, le recordó que ella había sido la que más había insistido en lo de Coloso.

Barbara no sabía si estaba arrepentido, si intentaba reparar el daño causado, o si se había dado cuenta, de repente, de que su mal día no tenía que convertirse en un mal día para todo el mundo. De todos modos, eso ya no importaba. Le aseguró que cogería lo que pudiera, y que, de hecho, mientras hablaban, iba de regreso a su coche.

– Bien -dijo Lynley-, a ello, pues. -Colgó antes de que Barbara pudiera contarle lo que había pensado mientras observaba la furgoneta púrpura que tenía delante y al hombre en la parte de atrás que estaba descargando unas cajas.

Se acercó a la furgoneta y le echó un vistazo. Las letras del lateral indicaban que el vehículo era de Mr. Magic, y tenía un número de teléfono de Londres. «Sería el hombre del abrigo», pensó Barbara, porque, además de para ocultar explosivos, la prenda sin duda era perfecta para esconder de todo, desde palomas a un perro salvaje.

Mientras Barbara se aproximaba, todavía con la patata asada en mano, el hombre cerró las puertas traseras de la furgoneta pegando un portazo con el pie. Había dejado encendidas las luces de emergencia, sin duda con la esperanza de que aquello evitara que un guardia urbano lo multara.

– Disculpe -le dijo a Barbara al verla-. ¿Podría pedirle…? Sólo estaré dentro un minuto. Es para llevar esto… -dijo, señalando con la cabeza las dos cajas que sostenía en los brazos- a la tienda. ¿Puede echar un vistazo? Por aquí son unos despiadados con el aparcamiento.

– Claro -dijo Barbara-. ¿Es usted Mr. Magic?

El hombre torció el gesto.

– Barry Minshall, en realidad. No tardo nada. Gracias.

Accedió por la entrada lateral del mercado de Stables, uno de los cuatro mercados que, como mínimo, había en las inmediaciones, y Barbara aprovechó la oportunidad para examinar la furgoneta. No era una Ford Transit, pero no importaba porque no pensaba que fuera la que estaban buscando. Sabía lo improbable que era que un policía que trabajaba en el caso tuviera la suerte de tropezarse en la calle con el asesino en serie que resultaba estar buscando. Pero el color de la furgoneta la intrigó por todo lo que sugería sobre la información errónea que se disfrazaba de verdad.

Barry Minshall regresó y le dio las gracias. Barbara aprovechó la oportunidad para preguntarle qué vendía en su tenderete. Le contestó que juegos, vídeos de magia y artículos de broma. No mencionó ningún tipo de aceite. Barbara lo escuchó, y se preguntó por qué llevaría gafas de sol, teniendo en cuenta el tiempo; en todo caso, después de su encuentro con Wendy, sabía que lo que podía verse por aquella zona no tenía límite.

Se marchó a su coche pensativa. Alguien había hablado de una furgoneta roja, así que a lo largo de toda la investigación habían pensado en una furgoneta roja. Pero el rojo sólo era una parte del espectro del color. ¿Por qué no podía tratarse de un tono más próximo al azul? Sin duda, era algo que debían tener en cuenta.

El sargento Winston Nkata fue con los deberes hechos a Sintoniza con el Señor: había investigado, como era indispensable, los antecedentes del reverendo Bram Savidge. La información que encontró le bastó para preparar su encuentro con el hombre, que había recibido el apodo de el Campeón de Finchley Road en reportajes especiales sobre su parroquia en la revista del Sunday Times y en el Mail on Sunday.

Cuando Nkata entró en la iglesia-comedor con fachada de tienda, estaba en marcha una rueda de prensa. Los pobres y los sin techo a los que habitualmente atendían en el comedor durante el día habían formado una cola alicaída en la acera. La mayoría se había puesto en cuclillas con la paciencia inevitable propia de la gente que ha pasado demasiado tiempo al margen de la sociedad.

Nkata sintió remordimiento al pasar por delante de ellos. «Todo depende de un giro de los acontecimientos», pensó. Era consciente de que lo que lo había alejado de una vida como la de aquellos hombres era el amor inquebrantable de sus padres y la intervención de un policía preocupado. Sintió la misma opresión en el pecho que sentía siempre que tenía que llevar a cabo una misión entre su propia gente. Se preguntó si alguna vez superaría la sensación de que, de algún modo, los había traicionado al tomar un camino que la mayoría de ellos no comprendía.

Había visto la misma reacción en los ojos de Sol Oliver cuando había entrado en su destartalado taller de reparación hacía menos de una hora. Estaba en un edificio de un barrio pobre que ocupaba la estrecha calle de Munro Mcws en North Kensington, llena de grafitos, oscurecida por generaciones de hollín y por los restos de un incendio que había destruido la estructura del edificio contiguo. La parte trasera de las caballerizas daba a Golborne Road, donde Nkata había aparcado su Escort. Allí, el tráfico avanzaba lentamente por un barrio de tiendas lúgubres y puestos de mercado mugrientos, entre aceras rotas y alcantarillas rebosantes de basura.

Sol Oliver estaba trabajando en un escarabajo antiguo cuando Nkata se acercó a él. Al oír su nombre, el mecánico levantó la vista del minúsculo motor del coche. Su mirada analizó a Nkata de los pies a la cabeza y, cuando vio la placa que le mostró el sargento, las sospechas de Sol Oliver respecto a Nkata se tradujeron en una expresión de permanente desconfianza en sus facciones.

Le dijo que le habían puesto al corriente de lo que le había ocurrido a Sean Lavery aunque no pareció especialmente afligido por la noticia. El reverendo Savidge le había telefoneado para informarle. No tenía nada que decirle a la policía sobre Sean respecto a los días anteriores a su muerte. Hacía meses que no veía a su hijo.

– ¿Cuándo fue la última vez? -preguntó Nkata

Oliver miró un calendario que había en la pared como para estimular su memoria. Colgaba debajo de una auténtica hamaca de telarañas y encima de una cafetera mugrienta. Al lado de ésta, había una taza en la que un niño había pintado balones de fútbol y una sola palabra: «Papá».

– A finales de agosto -dijo.

– ¿Está seguro? -preguntó Nkata.

– ¿Por qué? ¿Cree que lo maté o algo así? -Oliver dejó la llave inglesa que sujetaba. Se limpió las manos en un trapo mustio azul lleno de manchas-. Mira, tío, ni siquiera conocía al chico. Ni siquiera quería conocerlo. Ahora tengo una familia V lo que pasó entre su madre y yo son cosas que pasan. Le dije al chico que sentía que Cleo estuviera en la trena, pero que era imposible que viniera a vivir aquí, por mucho que él quisiera. Así son las cosas. No es que estuviéramos casados ni nada por el estilo.

Nkata hizo lo que pudo para mantener una expresión imparcial, aunque, de hecho, lo último que sentía era desinterés.

Oliver era la personificación del problema de sus hombres: plantar la semilla porque la mujer lo deseaba; eludir las consecuencias encogiéndose de hombros. La indiferencia se convertía en el legado que se transmitía de padres a hijos.

– ¿Y qué quería de usted? -preguntó-. No creo que viniera sólo para charlar.

– Ya se lo he dicho. Quería venir a vivir con nosotros, sí, conmigo, con mi mujer y los niños; tengo dos; pero no podía recogerlo. No me sobra ninguna habitación y aunque la tuviera… -Miró a su alrededor, como buscando una explicación oculta entre los confines acres del viejo taller-. Éramos unos desconocidos, tío, él y yo. Imaginaba que lo recogería porque teníamos la misma sangre, pero yo no podía, ya sabe: tenía que seguir adelante con su vida; es lo que hice yo; es lo que hacemos todos. -Le debió de parecer ver censura en el rostro de Nkata, porque continuó diciendo-: No es que su madre quisiera que estuviéramos juntos. Está en el trullo, de acuerdo, pero no me contó nada hasta que me tropecé con ella un día por la calle cuando estaba a punto de parir. Ahí fue cuando me dijo que el niño era mío; pero ¿yo cómo lo sé? De todos modos, tampoco vino nunca a verme después de que naciera el niño. Siguió su camino, y yo seguí el mío. Y, de repente, el niño tiene trece años y viene a verme porque quiere que le haga de padre; el problema es que yo no siento que sea su padre: no lo conozco. -Oliver volvió a coger la llave inglesa, obviamente dispuesto a ponerse a trabajar de nuevo-. Ya se lo he dicho, siento que hayan encerrado a su madre, pero yo no soy el responsable.

Estaba satisfecho: ahora Nkata tenía la seguridad de que podían tachar a Sol Oliver de cualquier lista de sospechosos que estuvieran elaborando. El mecánico no había mostrado suficiente interés en la vida de Sean Lavery como para ocuparse de matarlo.

Sin embargo, no se podía decir lo mismo del reverendo Savidge. Al investigar sobre él, descubrió que había episodios de su pasado que valía la pena investigar, y, en especial, la razón por la que había mentido al comisario Lynley acerca de los motivos para trasladar de su casa a tres de los chicos que había tenido en acogida.

Vestido con un caftán africano y un cubrecabeza, Savidge estaba frente a un atril con tres micrófonos. Las luces intensas del equipo de televisión lo iluminaban mientras hablaba directamente a los periodistas, que ocupaban cuatro filas de sillas. Había logrado congregar a un público numeroso, y le estaba sacando el mejor partido posible.

– Así que sólo tenemos preguntas -estaba diciendo-. Son preguntas razonables que se plantea cualquier comunidad preocupada, pero también son preguntas que normalmente se evita contestar cuando la respuesta de la policía está definida por el color de la comunidad. Bueno, nosotros exigimos que se ponga fin a esta situación. Cinco muertes y subiendo, señoras y señores, y la policía metropolitana esperó hasta la cuarta muerte para crear, por fin, un equipo de investigación. Y ¿por qué? -Recorrió sus rostros con la mirada-. Sólo la policía metropolitana puede decírnoslo. -Llegado a este punto, se puso a rugir, tocando todos los temas que cualquier persona razonable de color plantearía: desde por qué no se estaban investigando a conciencia los asesinatos anteriores hasta por qué no se habían colgado advertencias por las calles. En respuesta a aquellas palabras, un murmullo recorrió la sala, pero Savidge no se contuvo, sino que dijo-: Y vosotros, ¡qué vergüenza! Vosotros sois el sepulcro blanqueado de nuestra sociedad, puesto que habéis eludido la responsabilidad para con la gente tanto como la policía. Habéis clasificado estos asesinatos de noticias que no merecían la atención de las portadas. Así que, ¿cuánto tiempo vais a tardar en reconocer que una vida es una vida, independientemente del color? Que cualquier vida vale la pena; que hay personas que la quieren y la lloran. El pecado de la indiferencia debería pesar sobre vuestras conciencias como pesa en la conciencia de la policía. La sangre de estos chicos exige justicia y la comunidad negra no descansará hasta que se haga justicia. Es todo lo que tengo que decir.

Los periodistas se pusieron en pie de un salto por supuesto. Aquel acto se había diseñado para eso de principio a fin. Reclamaron a gritos la atención del reverendo Savidge, pero el hombre hizo de todo menos lavarse las manos en su presencia antes de desaparecer por la puerta que llevaba a algún sitio de la parte trasera del local. Dejó atrás a un hombre que se acercó al atril y se identificó como el abogado de Cleopatra Lavery, la madre encarcelada de la quinta víctima, cuyos intereses representaba. Ella también tenía un mensaje para los medios e iba a leérselo a continuación.

Nkata no se quedó a escuchar las palabras de Cleopatra Lavery, sino que rodeó la sala hacia la puerta que había utilizado Bram Savidge. Estaba custodiada por un hombre con una túnica negra hierática. Miró a Nkata negando con la cabeza y cruzó los brazos.

Nkata le mostró la placa.

– Scotland Yard -dijo.

El guarda se tomó un momento para examinarla antes de decirle a Nkata que esperara. Pasó a un despacho y regresó al cabo de un momento para decirle que el reverendo Savidge le recibiría.

Tras la puerta, Nkata encontró a Savidge esperándolo en un rincón de la pequeña habitación. A cada lado, colgaban fotografías enmarcadas: Savidge en África, un rostro negro entre millones.

El reverendo le pidió ver la placa, como si no creyera lo que su guardaespaldas le había dicho. Nkata se la entregó y examinó a Savidge tanto como Savidge a él. Se preguntó si el pasado del pastor era explicación suficiente como para que adoptara todo lo africano: Nkata sabía que Savidge se había criado en Ruislip, en una familia de clase media, hijo de un controlador aéreo y una maestra.

Savidge le devolvió a Nkata su identificación.

– Así que eres de la policía, ¿no? -le preguntó-. ¿Tan estúpido me cree la Met realmente?

Nkata miró a Savidge a los ojos y le sostuvo la mirada durante cinco segundos antes de hablar, diciéndose a sí mismo que el hombre estaba enfadado y con razón. Lo que decía también era verdad.

– Tenemos que aclarar algunas cosas, señor Savidge -le dijo-. Me ha parecido mejor venir en persona.

Savidge no contestó enseguida, como si quisiera formarse una opinión de la negativa de Nkata de morder el anzuelo que le había echado.

– ¿Qué hay que aclarar? -dijo por fin.

– Es sobre los chicos que tuvo en acogida. Le dijo a mi jefe que el motivo de trasladar a tres de los cuatro chicos fue su esposa; porque no hablaba bien inglés o algo así, creo que dijo.

– Sí-dijo Savidge con cautela-. Oni está aprendiendo el idioma. Si quiere comprobarlo usted mismo…

Nkata negó con la mano.

– Estoy seguro de que está aprendiendo inglés, de acuerdo -le dijo-; pero el hecho es, reverendo, que usted no trasladó a los chicos. Los servicios sociales se los llevaron antes de que se casara con su esposa, y lo que no comprendo es por qué mintió sobre ello al comisario Lynley cuando debió de imaginar que le investigaríamos.

El reverendo Savidge no contestó de inmediato. Llamaron a la puerta; ésta se abrió y el guarda asomó la cabeza.

– Sky News quiere saber si hablará con ellos a cámara con su reportero.

– Ya he hablado -contestó Savidge-. Échalos a todos de aquí. Tenemos que dar de comer a gente.

– Bien -dijo el hombre, y cerró la puerta otra vez. Savidge fue a su mesa y se sentó. Le señaló una silla a Nkata.

– ¿Quiere hablarme de ello? -dijo Nkata-. Detención por conducta impúdica, eso es lo que dice la ficha. ¿Cómo logró arreglar el asunto para que no aparezca en los archivos?

– Fue un malentendido.

– ¿Qué clase de malentendido acaba con una detención por conducta impúdica, señor Savidge?

– El que surge de tener unos vecinos que esperan con ansiedad que el hombre negro dé un paso en falso.

– ¿Es decir?

– Tomo el sol desnudo en verano, cuando tenemos verano, en realidad. Una vecina me vio. Uno de los chicos había salido de la casa y decidió tumbarse conmigo. Eso fue todo.

– ¿Se tumbaron desnudos en el césped o algo así?

– No exactamente.

– ¿Qué, entonces?

Savidge juntó los dedos debajo de la barbilla como si sopesara si seguir hablando o no. Se decidió.

– La vecina… Fue absurdo. Vio al chico desnudándose. Vio que yo le ayudaba con la camisa o los pantalones, no sé. Se puso histérica, llegó a una conclusión e hizo una llamada. El resultado fueron unas desagradables horas con las autoridades locales representadas por un policía mayor cuyo cerebro no estaba a la altura de los esfuerzos que hacía su imaginación. Los servicios sociales intervinieron, se llevaron a los chicos y acabé dando explicaciones a un juez. Cuando el tema quedó arreglado oficialmente, los chicos estaban ya en otras casas y me pareció cruel desarraigarlos otra vez. Sean fue el primer niño que acogí después de eso.

– ¿Es eso todo?

– Todo. Un adulto desnudo, un adolescente desnudo; un poquito de sol: fin de la historia.

Nkata creyó entender lo que había pasado. Savidge era lo bastante negro como para que una sociedad blanca lo etiquetara como perteneciente a una minoría, pero tampoco era lo bastante negro como para que sus hermanos lo acogieran con entusiasmo. El reverendo esperaba que el sol veraniego pudiera darle brevemente lo que la naturaleza y la genética le habían negado, y pasar el resto del año en una máquina de rayos uva también serviría. Nkata pensó en lo irónico que era aquello y en cómo el comportamiento humano a menudo estaba dictado por una percepción errónea y absolutamente lunática que respondía al nombre de «No es lo bastante bueno», de manera que se podía no ser lo bastante blanco para esto, ni lo bastante negro para lo otro; y, asimismo, ser demasiado étnico para un grupo, y demasiado inglés para otro. Al final, creyó la historia de Savidge sobre bronceados nudistas en el jardín. Era demasiado excéntrico para no ser verdad.

– He ido a North Kensington a hablar con Sol Oliver. Dice que Sean fue a pedirle si podía vivir con él.

– No me sorprende. La vida no era fácil para Sean. La cárcel le había quitado a su madre y llevaba dos años arrastrándose por el sistema antes de tenerle yo. Era su quinto hogar de acogida y estaba harto. Si podía convencer a su padre para que se quedara, al menos, estaría en algún lugar permanentemente. Es lo que quería. No me parece una esperanza irracional.

– ¿Cómo supo Sean de Oliver?

– Por Cleopatra, supongo, su madre. Está en Holloway. Iba a visitarla siempre que podía.

– ¿Iba a algún otro sitio, aparte de a Coloso?

– Hacía culturismo. Hay un gimnasio subiendo un poco por Finchley Road. El gimnasio Square Four. Le hablé a su comisario de él. Después de Coloso, Sean pasaba por aquí, por la parroquia, a saludar o lo que fuera, y luego se iba a casa o al gimnasio. -Pareció que Savidge reflexionaba sobre esa información un momento. Luego prosiguió, pensativamente-: Supongo que la presencia de hombres era lo que lo atraía, aunque en aquel momento no pensé en eso.

– ¿Qué pensó?

– Pues que era bueno que tuviera una válvula de escape. Estaba enfadado. Sentía que le habían tocado unas cartas pésimas en la vida y quería cambiar eso; pero ahora veo que quizá el gimnasio era el modo de intentar realizar ese cambio, ya sabe, a través de los hombres que iban allí.

Nkata agudizó el interés.

– ¿En qué sentido?

– No en el que está pensando -dijo Savidge.

– Entonces, ¿cómo?

– ¿Cómo? Como todos los chicos. Sean anhelaba estar con hombres a los que poder admirar. Es bastante normal. Sólo le ruego a Dios que no fuera eso lo que lo mató.

Hopetown Road se extendía al este de Brick Lane, y se adentraba en una poblada zona de Londres que había sufrido t res remodelaciones como mínimo durante la vida de Barbara Havers. El barrio aún tenía muchas tiendas de ropa al por mayor de aspecto mugriento y, al menos, una cervecería que llenaba el aire de olor a levadura, pero, a lo largo de los años, los habitantes judíos habían dejado paso a los caribeños y luego a los bengalíes.

Brick Lane intentaba sacar el mayor provecho a su más reciente componente étnico más reciente. Abundaban los restaurantes extranjeros y, en las aceras, las farolas tenían adornos suspendidos entre elementos decorativos de hierro afiligranado. «Esto no se ve en Chalk Farm», pensó Barbara.

Encontró la casa de Griffin Strong justo enfrente de un pequeño prado donde las lomas proporcionaban a los niños un espacio para jugar, asimismo, un banco de madera ofrecía a quienes los vigilaban un lugar donde sentarse. La residencia Strong era una de las sencillas casas adosadas de ladrillo rojo, cuya individualidad se expresaba a través de la elección de la puerta principal, de la valla de la entrada, y del aspecto del jardín de la parte delantera. Los Strong habían optado por un dibujo de tablero de ajedrez de grandes baldosas y lo habían cubierto con plantas vanadas que alguien cuidaba con devoción. La valla era de ladrillo, como la casa; y la puerta, de roble con una vidriera oval en el centro. «Todo muy bonito», pensó Barbara.

Cuando llamó al timbre, le abrió una mujer. Vestía un chándal morado y llevaba en brazos a un niño que lloraba.

– ¿Sí? -preguntó, hablando por encima de un programa de gimnasia que llegaba del interior de la casa. Barbara le enseñó la placa. Le dijo que le gustaría hablar con el señor Strong, si se encontraba en casa.

– ¿Es usted la señora Strong? -añadió. -Soy Arabella Strong -dijo la mujer-. Pase, por favor. Deje que me ocupe un segundo de Tatiana. -Y llevó al bebé llorón al interior de la casa, Barbara la siguió al interior.

En el salón, Arabella dejó a la niña en el sofá de piel, donde, encima de una mantita rosa, había un biberón rosa más pequeño de agua caliente. Puso a la niña boca arriba, le colocó unos cojines alrededor y le puso el biberón de agua caliente sobre el abdomen.

– Tiene cólicos -le dijo a Barbara por encima del ruido-. Parece que el calor funciona.

Resultó ser verdad. Al cabo de unos momentos, los gritos de Tatiana se convirtieron en gimoteos, así que el barullo restante de la sala ya sólo procedía de la tele. En ella, se podía ver a una mujer de formas imposibles decir entre jadeos «abdominales inferiores, vamos, abdominales inferiores, vamos», al tiempo que elevaba rítmicamente las piernas y las caderas tumbada en el suelo. Mientras Barbara miraba, la mujer de la televisión, de repente, se puso de pie de un salto y ofreció a la cámara una vista lateral de su abdomen. Era plano como una tabla de planchar. Obviamente, se trataba de alguien que desconocía lo bueno de la vida. Como los PopTarts, las patatas Kettle, el bacalao rebozado y las patatas fritas con litros de vinagre. Zorra estúpida.

Arabella utilizó el mando para apagar el televisor y el vídeo.

– Imagino que se dedicará a eso dieciséis horas al día. ¿Usted qué piensa? -preguntó.

– Rubens estará revolviéndose en su tumba, en mi opinión; y, a ésa, habría que sacrificarla.

Arabella se rió. Se hundió en el sofá junto a su bebé y le señaló a Barbara una silla. Cogió una toalla y se la puso en la frente.

– Griff no está -dijo-. Está en la fábrica. Tenemos un negocio de estampación.

– ¿Dónde está exactamente? -Barbara se sentó y sacó su libreta del bolso. La abrió para anotar la dirección.

Arabella le mostró que estaba en Quaker Street, y Barbara se lo apuntó.

– Es por ese chico, ¿verdad? ¿El que fue asesinado? Griff me lo ha contado. Kimmo Thorne se llamaba; y por lo del otro chico que ha desaparecido, Sean.

– Sean también está muerto. Su padre de acogida lo ha identificado.

Arabella, ante aquellas palabras, reaccionó mirando al bebé.

– Lo siento. Griff está destrozado por lo de Kimmo. Se sentirá igual cuando sepa lo de Sean.

– Tengo entendido que no es la primera vez que muere alguien que está bajo su cuidado.

Arabella acarició la cabeza pelona de Tatiana y su semblante dulce antes de contestar.

– Como le he dicho, Griff está destrozado. El no tiene nada que ver con la muerte de ninguno de los dos chicos, ni con ninguna otra, ni en Coloso ni en ningún otro sitio.

– Pero le hace parecer un poco negligente, ya me entiende.

– Pues yo no lo veo así.

– O es negligente con la vida de los demás o tiene muy mala suerte. ¿Usted qué cree que es?

Arabella se levantó. Se acercó a una librería metálica que había en un lado de la sala y cogió un paquete de cigarrillos. Incendió uno nerviosa y le dio una calada igual. Arabella lo necesitaba: le iba a costar trabajo recuperar la forma. Era bastante guapa, tenía buen cutis, ojos bonitos, y un pelo oscuro y sedoso, pero parecía que había subido demasiados kilos durante el embarazo. Seguramente creyó que debía comer por dos.

– Si lo que busca son coartadas, que es lo que está buscando, ¿verdad?, Griff la tiene. Se llama Ulrike Ellis. Si ha estado en Coloso, la habrá conocido.

Aquel giro era realmente interesante. No la relación entre Ulrike y Griff, una probabilidad que Barbara ya había tenido en cuenta, sino el hecho de que Arabella tuviera conocimiento de ella, y que no pareciera afectarla. ¿De qué iba todo aquello?

Pareció que Arabella le leía el pensamiento.

– Mi marido es débil -dijo-, como todos los hombres. Cuando una mujer se casa, lo hace sabiéndolo y decide de antemano qué va a aceptar cuando al final esa debilidad aflore. Nunca sabe cómo va a manifestarse esa debilidad, pero supongo que eso forma parte del viaje de descubrimiento. ¿Será la bebida, la comida, el juego, el trabajo excesivo, otras mujeres, la pornografía, el fanatismo por el fútbol, la adicción a los deportes, a las drogas? En el caso de Griff, resultó ser la incapacidad de rechazar a una mujer; aunque tampoco me sorprende, teniendo en cuenta cómo se le echan encima.

– Debe de ser difícil estar casada con alguien tan… -Barbara buscó la palabra correcta.

– ¿Guapo? ¿Divino? -sugirió Arabella-. ¿Un apolo? ¿Un narciso? No, no es nada difícil. Griff y yo pensamos seguir casados. Los dos venimos de hogares rotos y no tenemos ninguna intención de que Tatiana viva eso. Lo que pasa es que he sido capaz de ver las cosas objetivamente. Hay cosas peores que un hombre que cede a las insinuaciones de las mujeres. Griff ya ha pasado por eso antes, detective. Y no le quepa duda de que volverá a pasar por ello.

Al oír esas palabras, Barbara quiso sacudir la cabeza para salir de su perplejidad. Estaba acostumbrada a que las mujeres lucharan por su hombre, a que buscaran venganza tras una infidelidad o a que se hicieran daño, a ellas mismas o a otros, cuando se enfrentaban a un marido adúltero; pero no podía evitar extrañarse ante aquella reacción. ¿Un análisis tranquilo, aceptación y c'est la vié Barbara no pudo decidir si Arabella Strong era una persona madura, desesperada, alguien que se tomaba las cosas con filosofía o, simplemente, una mujer que estaba como una cabra.

– ¿Y cómo funciona la coartada de Ulrike?

– Compare las fechas de los asesinatos con sus ausencias de casa. Habrá estado con ella.

– ¿Toda la noche?

– El tiempo suficiente.

Eso era verdaderamente oportuno. Barbara se preguntó cuántas veces se habrían llamado entre los tres para tramar algo así. También se preguntó hasta qué punto la reacción de Arabella era aceptación plácida y hasta qué punto era, en realidad, el resultado de la vulnerabilidad de una mujer que tenía un bebé al que cuidar. Arabella necesitaba que su hombre se ganara los garbanzos si ella quería quedarse en casa y cuidar a Tatiana.

Barbara cerró la libreta y le dio las gracias a Arabella por dedicarle su tiempo y hablarle abiertamente de su marido. Sabía que si tenía que sacar algo más de su viaje al este de Londres, no sería allí.

De vuelta en su coche, sacó el callejero y buscó dónde estaba Quaker Street. La suerte se alió con ella por una vez. Vio que quedaba justo debajo de las vías del tren que llevaban a la estación de Liverpool Street. Parecía que era una calle corta de único sentido que conectaba Brick Lane con Commercial Street. Podía ir a pie y quemar, al menos, un bocado del Pop Tart que se había comido por la mañana. La patata asada que había inferido en Camden Lock tendría que esperar.

– No damos abasto para atender las llamadas, Tommy -dijo John Stewart. El detective había dejado un documento perfectamente grapado justo delante de él. Mientras hablaba, alineaba las esquinas del informe con la curva de la mesa de reuniones. Se enderezó la corbata, se miró las uñas y paseó la mirada por la sala como para evaluar en qué condiciones estaba, recordándole a Lynley, como hacía siempre, que la mujer de Stewart seguramente tenía más de una razón para pedirle el divorcio-. Tenemos padres histéricos por todo el país -prosiguió-. Doscientos chicos desaparecidos por el momento. Necesitamos más ayuda con los teléfonos.

Estaban en el despacho de Lynley, intentando ver cómo podían realizar cambios en el despliegue del personal. No disponían de los hombres suficientes y Stewart tenía razón. Sin embargo, Hillier se había negado a darles más si no obtenían algún resultado. Lynley pensaba que eso era lo que habían logrado al identificar otro cadáver: Antón Reid, de catorce años, la primera víctima de su asesino cuyo cuerpo había aparecido en Gunnersbury Park. Antón, un chico mestizo, había desaparecido de Furzedown el ocho de septiembre. Era miembro de una banda y contaba con detenciones por agravio malicioso, allanamiento de morada, hurto menor y agresión, delitos que había comunicado a New Scotland Yard aquel día la comisaría de Mitcham Road, donde admitían haber pensado que Antón era otro chico que se había escapado de casa la primera vez que sus padres denunciaron su desaparición. «Los periódicos van a liarla cuando conozcan ese dato», le había dicho Hillier a Lynley por teléfono al darle la noticia. Así que ambos se preguntaban cuándo iba el comisario a tener algo para presentar al departamento de prensa que no fuera una maldita identidad para otro cuerpo.

– Ponte con ello -dijo el subinspector para despedirse-. Supongo que no necesitáis que baje a limpiaros el culo. ¿O sí?

Lynley se había mordido la lengua y contenido el genio. Había llamado a Stewart a su despacho y estaban sentados, revisando los informes de actuación.

Definitivamente, Antivicio no tenía nada acerca de los chicos identificados, exceptuando a Kimmo Thorne. Aparte de Kimmo, ningún otro había participado en actividades sexuales ilícitas como chapero, travestido o prostituto callejero. Y, a pesar de sus accidentadas historias, no podían asociar a ninguno con la venta o la compra de drogas.

El interrogatorio al taxista que había descubierto el cuerpo de Sean Lavery en el túnel de Shand Street no les había aportado nada. Comprobaron los antecedentes del hombre y habían dado con un historial impecable, sin una multa de aparcamiento que manchara su reputación.

No podían relacionar el Mazda del túnel con nadie que tuviera que ver con la investigación, ni siquiera tangencialmente. Al no tener matrícula, ni motor, y como la carrocería estaba quemada, era imposible saber a quién había pertenecido, y ningún testigo podía certificar cómo había acabado en el túnel en primer lugar o, ni siquiera, cuánto tiempo llevaba allí.

– Es un callejón sin salida -dijo Stewart-. Será mejor que empleemos nuestros recursos humanos en otra cosa. También sugiero que reconsideremos la vigilancia de las escenas del crimen.

– ¿No tenemos nada?

– Nada.

– Dios mío, ¿cómo puede ser que nadie haya visto nada de lo que merezca la pena informar? -Lynley sabía que su pregunta se consideraría retórica y así fue. También conocía la respuesta. Era una ciudad grande. En el metro y en la calle, la gente evitaba mirarse a los ojos. La filosofía del «yo no he visto nada, yo no he oído nada, déjeme en paz» era el cáncer del trabajo de policía-. Cabría pensar que, como mínimo, alguien habría visto que incendiaban un coche o el coche ardiendo, por el amor de Dios.

– En cuanto a… -Stewart hojeó sus papeles pulcramente ordenados-. Hay alguna que otra alegría en cuanto a los antecedentes; por el momento, Robbie Kilfoyle y Jack Veness, dos de los tipos de Coloso.

Resultó que estos dos hombres de Coloso tenían antecedentes juveniles. El tema de Kilfoyle no tenía mucha importancia. Stewart leyó una lista de problemas de absentismo escolar, vandalismo denunciado por los vecinos, y miraditas en ventanas que no eran las suyas. Todas las incidencias le parecieron tonterías, excepto que fue dado de baja con deshonor del ejército.

– ¿Por?

– Por ausentarse sin permiso continuamente.

– ¿Qué conexión estableces?

– Estaba pensando en el perfil. Problemas disciplinarios, incapacidad para obedecer órdenes: parece encajar.

– Superficialmente -dijo Lynley. Antes de que Stewart pudiera ofenderse, añadió-: ¿Qué más? ¿Hay algo más sobre Kilfoyle?

– Trabaja repartiendo sándwiches en bicicleta a la hora de comer, para una empresa que se llama… -dijo, a la vez que consultaba sus notas-, Mr. Sándwich. Así acabó en Coloso, por cierto. Les entregaba pedidos, los conoció y comenzó a trabajar de voluntario después del reparto de sándwiches. Lleva allí unos años.

– ¿Dónde está eso? -preguntó Lynley.

– ¿Mr. Sándwich? En Gabriel's Wharf. -Cuando Lynley alzó la mirada al oír aquello, Stewart sonrió-. Así es; donde está La luna de cristal.

– Bien hecho, John. ¿Qué hay de Veness?

– Aún más alegrías. Fue un chico Coloso. Está allí desde los trece años. Era un pequeño pirómano, el tío. Empezó con pequeños fuegos por el barrio, pero la cosa se intensificó al quemar varios vehículos y luego una casa. Por ésa lo pillaron, pasó un tiempo en el reformatorio y luego entró en Coloso. Es su ejemplo más brillante. Lo llevan a los actos para recaudar dinero. Suelta el rollo sobre cómo Coloso le salvó la vida, tras lo cual pasan la gorra o lo que sea.

– ¿Dónde vive?

– Veness… -Stewart consultó sus notas-. Tiene una habitación en Bermondsey. Da la casualidad de que no está lejos del mercado donde Kimmo Thorne vendía la plata robada y todo eso, ¿recuerdas? En cuanto a Kilfoyle, tiene un piso en Granville Square, en Islington.

– Una zona elegante para un chico que reparte sándwiches -observó Lynley-. Verifícalo. Investiga también al otro tipo, Neil Greenham. Según el informe de Barbara…

– ¿Realmente ha hecho un informe? -preguntó Stewart-. ¿Qué milagro lo ha provocado?

– Daba clase en una escuela de primaria en el norte de Londres -siguió diciendo Lynley-. Tuvo un desacuerdo de algún tipo con su superior por un tema de disciplina, al parecer. Acabó dimitiendo. Que alguien lo investigue.

– Eso haremos. -Stewart tomó nota.

Llamaron a la puerta y Barbara Havers entró en el despacho. Pisándole los talones iba Winston Nkata, con el que sostenía una lacónica conversación. Parecía emocionada. Nkata parecía interesado. Momentáneamente, Lynley se animó ante la idea de que podría estar a punto de producirse algún avance.

– Es Coloso. Tiene que serlo. Escuche esto -dijo Havers-. Resulta que el negocio de estampado de Griffin está en Quaker Street. ¿Le suena? A mí sí. Resulta que tiene una pequeña fábrica en uno de los almacenes y, cuando he preguntado por la zona para saber en cuál, un anciano que estaba en la calle ha meneado la cabeza, ha rezongado todo serio como el fantasma del pasado del cuento y ha señalado hacia un lugar donde, como él ha dicho, «el diablo ha hecho acto de presencia».

– ¿Lo que significa? -preguntó Lynley.

– Que uno de los cuerpos se encontró a dos puertas del lugar donde el señor Strong tiene su segundo empleo, jefe, el tercer cadáver, para ser exactos. Parece una coincidencia demasiado grande como para ser una coincidencia, así que he comprobado el resto. Y escuche esto. -Metió medio brazo en su enorme bolso y, tras revolver un poco, sacó su harapienta libreta de espiral. Se pasó la mano por el pelo y prosiguió-: A Jack Veness lo dejaron en Grange Walk número 8, a kilómetro y medio del túnel de Shant Street; a Robbie Kilfoyle, en Granville Square, número 16, a tiro de piedra de Saint George's Gardens; a Ulrike Ellis, en Gloucester Terrace, número 258, a dos calles de un aparcamiento, el aparcamiento, ya me entiende. El caso tiene que estar relacionado con Coloso de principio a fin. Si los cuerpos no nos lo decían a gritos, el lugar donde los dejaron lo confirma.

– ¿Y el cuerpo de Gunnersbury Park? -preguntó John Stewart. Había escuchado con la cabeza ladeada, y tenía una expresión de complacencia paternal en el rostro que Lynley sabía que Havers aborrecería en particular.

– Ese aún no lo tengo -dijo-, pero lo más probable es que el cuerpo de Gunnersbury Park pertenezca a un usuario de Coloso, y todavía lo es más que Gunnersbury Park esté cerca de donde viva un empleado de Coloso. Así que lo único que tenemos que hacer es conseguir los nombres y direcciones de toda la gente que trabaja allí, de los voluntarios también; porque créame, señor, alguien de dentro está intentando desacreditar el centro.

John Stewart negó con la cabeza.

– No me gusta, Tommy. ¿Un asesino en serie que escoge a sus víctimas en su entorno inmediato? No veo que eso cuadre con lo que sabemos sobre asesinos en serie, en general, y sobre éste, en particular. Sabemos que nos enfrentamos a un tipo inteligente, y es de locos pensar que puede trabajar allí o hacer de voluntario o lo que sea. Sabría que al final caeríamos en la cuenta, y luego ¿qué? Cuando le estemos pisando los talones, ¿qué va a hacer?

Havers contraatacó.

– No pensará que es una casualidad mayúscula que todos los cuerpos que hemos podido identificar estén relacionados con Coloso. -Stewart le lanzó una mirada-. Señor -añadió Barbara, como si se le hubiera ocurrido después-, con todos los respetos, no tiene ningún sentido. -Sacó otra libreta de su maltrecho bolso. Lynley vio que era el registro de entrada que habían cogido a escondidas del mostrador de recepción de Coloso. Lo abrió y pasó unas cuantas páginas mientras decía-: Escuche, acabo de revisar esto mientras volvía del East End. No se lo va a creer… Maldita sea, qué mentirosos. -Pasó las hojas del libro y leyó en voz alta mientras hojeaba las páginas-: Jared Salvatore, once de la mañana; Jared Salvatore, dos y diez de la tarde; Jared Salvatore, nueve cuarenta de la mañana; Jared Salvatore, joder, tres y veintidós de la tarde. -Cerró la libreta y la dejó caer sobre la mesa de reuniones. Se deslizó por la superficie y tiró al suelo las notas pulcramente ordenadas de John Stewart-. ¿Tengo razón si digo que no hay ninguna escuela de cocina en Londres que haya oído hablar de Jared Salvatore? Bueno, ¿por qué tendría que haberla si estaba haciendo el curso de cocina en Coloso desde el principio? Nuestro asesino está ahí dentro. Está eligiendo. Está preparándolo todo como un profesional y piensa que no lo vamos a pillar nunca.

– Eso encaja con la sensación de omnipotencia que debe de tener el asesino que señaló Robson -dijo Lynley-. ¿Tanta diferencia hay entre dejar los cuerpos en lugares públicos y trabajar entre las paredes de Coloso? En ambos casos, no espera que lo pillemos.

– Tenemos que poner bajo vigilancia a cada uno de estos tipos -dijo Havers-, y tenemos que hacerlo ya.

– No tenemos suficiente personal -dijo John Stewart.

– Pues hay que conseguirlo. Y también tenemos que interrogarlos, hurgar en sus antecedentes, preguntarles…

– Como acabo de decir, tenemos un problema de personal. -El detective Stewart dio la espalda a Havers. No parecía gustarle que tomara el control de la reunión-. No lo olvidemos, Tommy; y, si nuestro asesino está dentro de Coloso como sugiere la detective, será mejor que comencemos a investigar al resto de personas que trabajan allí, y a los otros clientes que están vinculados a ese sitio: los usuarios, pacientes o como sea que se hagan llamar. Imagino que habrá suficientes delincuentes juveniles en ese lugar como para motivar una docena de asesinatos.

– Será una pérdida de tiempo -insistió Havers-. Señor, escúcheme -le dijo a Lynley.

– Hemos tomado buena nota de tus observaciones, Havers -añadió el comisario-. ¿Qué le has sacado a Griffin Strong sobre el chico que murió bajo su cuidado en Stockwell?

La detective dudó. Parecía avergonzada.

– Dios santo -dijo el detective John Stewart-. Havers, ¿no habrás…?

– Mire, cuando me han dicho lo del cuerpo del almacén -comenzó a decir a toda prisa, sólo para que Stewart acabara cortándola.

– ¿Así que aún no lo has investigado? Se trata de una muerte mientras Strong trabajaba en Stockwell, mujer. ¿Es que no lo captas?

– Enseguida me pongo a ello. He venido aquí directamente. He ido a consultar en los archivos esta otra información porque he pensado que…

– Has pensado, has pensado -dijo Stewart con voz severa-, tu trabajo no era pensar, maldita sea. -Dio un golpe en la mesa con el puño-. Dios santo, ¿qué diablos es lo que les impide echarte, Havers? Me encantaría saber cuál es tu secreto, joder, porque lo que te mantiene aquí no lo tienes entre las orejas, y estoy seguro de que tampoco lo tienes entre las piernas.

Havers se quedó blanca.

– Serás hijo de…

– Ya vale -dijo Lynley con acritud-. Os estáis pasando los dos.

– La detective…

– El cabrón acaba de decir…

– ¡Basta! Mantened esto fuera de este despacho y al margen de la investigación, u os echo del caso de manera permanente. Ya tenemos suficientes problemas sin que os ataquéis mutuamente, por Dios. -Hizo una pausa para tranquilizarse. En el silencio, Stewart le lanzó una mirada a Havers que, sin duda, la catalogaba de estúpida redomada, y la propia Havers lo miró furiosa y descaradamente, como a un hombre con el que sólo había podido trabajar tres semanas antes de acusarlo de acoso sexual. Mientras tanto, Winston Nkata se quedó junto a la puerta en la postura que adoptaba casi siempre que se encontraba en una habitación con más de dos compañeros blancos: con los brazos cruzados y observando lo que ocurría a su alrededor sin intervenir.

Lynley se volvió hacia él cansino.

– ¿Qué tienes para nosotros, Winnie?

Nkata les informó de sus reuniones, primero, sobre la que había tenido con Sol Oliver en su taller de reparación, y, después sobre la de Bram Savidge. Siguió con la visita al gimnasio en el que Sean Lavery se entrenaba. Acabó con algo que alivió la tensión de la sala: era probable que hubiera dado con alguien que había visto al asesino.

– Un tipo blanco estuvo merodeando por el gimnasio poco antes de que Sean desapareciera -dijo Nkata-. Llamó la atención porque no hay muchos blancos que vayan por ahí. Parece ser que una noche estaba en el pasillo, justo por fuera de la sala de pesas y, cuando uno de los levantadores de pesas le preguntó qué quería, contestó que era nuevo en el barrio y que sólo buscaba un sitio para hacer ejercicio; pero nunca entró ni en el gimnasio, ni en el vestuario, ni en la sauna. No preguntó qué había que hacer para inscribirse ni nada por el estilo. Sólo apareció en el pasillo.

– ¿Tienes una descripción?

– He pedido un retrato robot por ordenador. El tipo del gimnasio cree que podría ayudarnos a hacer un dibujo del hombre; enseguida me ha dicho que era imposible que encajara allí, que no era un levantador de pesas, sino un tipo pequeñito y delgado, de cara alargada. Creo que tenemos una posibilidad, jefe.

– Bien hecho, Winnie -dijo Lynley.

– A eso llamo yo un buen trabajo -añadió John Stewart, lanzando una indirecta-. Te quiero en mi equipo siempre, Winston, y felicidades por tu ascenso. Creo que aún no te lo había dicho.

– John -Lynley intentó tener paciencia. Esperó a encontrarla antes de proseguir-, llevaos los malos rollos fuera, por favor. Llama a Hillier. Mira a ver si puedes conseguir personal para vigilancia. Winston, Kilfoyle trabaja en un lugar llamado Mr. Sándwich, en Gabriela Wharf. Intenta establecer una conexión entre él y La luna de Cristal.

Los hombres recogieron, se marcharon y dejaron a Havers atrás para que Lynley hablara con ella. El comisario esperó a que cerraran la puerta para hacerlo.

Ella habló primero, en voz baja, pero todavía furiosa.

– No tengo por qué coño aguantar que…

– Lo sé -dijo Lynley-, Barbara, ya lo sé. Se ha pasado. Tenías derecho a reaccionar; pero, por otro lado, quieras admitirlo o no, le has provocado.

– ¿Que le he provocado? ¿Que le he provocado para que diga…? -Pareció incapaz de terminar. Se arrellanó en una silla-. A veces no lo conozco.

– A veces -contestó Lynley-, ni yo me conozco.

– Entonces…

– No has provocado las palabras -dijo Lynley interrumpiéndola-, son inexcusables; pero has provocado que las dijera. -Se sentó con ella a la mesa. Estaba exasperado y no era buena señal. La exasperación significaba que pronto podían acabársele las ideas para conseguir que Barbara Havers recuperara su rango de sargento. También significaba que pronto podían acabársele las ganas de hacerlo-. Barbara, ya sabes cómo funciona esto. Es un trabajo de equipo, y se requiere responsabilidad: aceptar la tarea que te asignan y llevarla a cabo; entregar el informe; esperar la siguiente misión. Cuando hay una situación como ésta, en la que treinta personas y pico confían en que hagas lo que se te ha pedido que hagas… -Levantó una mano y la dejó caer.

Havers lo miró. Lynley la miró. Y, entonces, fue como si se levantara un velo entre ellos, y ella lo comprendió.

– Lo siento, señor -dijo-. ¿Qué puedo decir? No necesita más presión y yo se la añado, ¿verdad? -Se movió nerviosamente en la silla, y Lynley supo que estaba deseando fumarse un cigarrillo, hacer algo con las manos, estimular su cerebro con nicotina. Quería darle permiso para fumar; también quería que se explayara. Algo tenía que estallar en el interior de esa mujer o estaría pérdida para siempre-. A veces, me harto de que todo en esta vida cueste tanto esfuerzo, ¿sabe? – ¿Qué pasa en casa?

Ella se río. Estaba hundida en la silla e irguió la espalda.

– No, no entremos en eso. Ya tiene que hacer frente a demasiadas cosas, comisario.

– En realidad, una disputa familiar por dos conjuntos de ropa para un bautizo no es algo a lo que haya que hacer frente, precisamente -dijo Lynley secamente-. Y tengo una esposa que tiene la habilidad suficiente para negociar una tregua entre parientes políticos.

Havers sonrió a su pesar.

– No quería decir en casa y lo sabes. Le devolvió la sonrisa.

– Sí, lo sé.

– Imagino que los de arriba le están presionando de lo lindo.

– Basta con decir que estoy aprendiendo lo mucho que Malcolm Webberly tenía que aguantar para que Hillier y el resto nos dejaran en paz todos estos años.

– Hillier sabe que le pisa los talones -dijo Havers-. Unos peldaños más de la escalera y será usted quien dirija la Met y él quien deba inclinarse a su paso.

– Yo no quiero dirigir la Met -dijo Lynley-. A veces… -Miró el despacho que había accedido a ocupar temporalmente: los dos ventanales que indicaban absurdamente un ascenso de categoría, la mesa de reuniones a la que estaban sentados Havers y él, losetas de moqueta en el suelo en lugar de linóleo, y fuera, tras la puerta, los hombres y mujeres que, en aquel momento, estaban bajo sus órdenes. Al fin y al cabo, no significaba nada, en realidad, y era mucho menos importante que el caso al que tenía que enfrentarse ahora-. Havers, creo que tienes razón.

– Claro que tengo razón -contestó-. Cualquiera que vea…

– No me refiero a Hillier, sino a Coloso. Está eligiendo a los chicos que van allí, así que tiene que tener algún tipo de relación con ese sitio. No se ajusta al tipo de asesino en serie que conocemos; pero, por otro lado, ¿tan distinto es, en realidad, de Peter Sutcliffe que escogía a prostitutas, o de los West, que recogían a chicas que hacían auto-stop? ¿O de alguien cuyo objetivo sean las mujeres que sacan a pasear al perro por un parque o un prado? ¿O de la persona que siempre elige una ventana abierta por la noche y una anciana que sabe que vive sola? Nuestro hombre hace lo que le ha funcionado. Y, si tenemos en cuenta que lo ha logrado cinco veces sin que lo pillaran, sin que nadie se fijara en él, por el amor de Dios, ¿por qué tendría que dejar de hacerlo?

– ¿Así que cree que el resto de chicos también son de Coloso?

– Sí -contestó-. Y como los chicos que hemos identificado hasta ahora eran desechos humanos para todo el mundo menos para sus familias, nuestro asesino no tiene que preocuparse porque lo descubran.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Recopilar más información. -Lynley se levantó y se quedó mirándola; tenía un aspecto desastroso y una testarudez absoluta. Era capaz de sacarle de quicio; pero también era rápida, razón por la que había aprendido a valorar tenerla a su lado-. Lo irónico es esto, Barbara.

– ¿El qué? -dijo ella.

– John Stewart está de acuerdo con tu valoración. Había dicho lo mismo que tú antes de que llegaras. También cree que es probable que sea Coloso. Lo habrías descubierto si…

– Si hubiera cerrado el pico. -Havers echó hacia atrás la silla, antes de ponerse en pie-. Entonces, ¿se supone que tengo que arrastrarme? ¿Tratar de ganarme su favor? ¿Qué?

– Trata de no meterte en líos por una vez -dijo Lynley-. Trata de hacer lo que te dicen.

– ¿Que es qué ahora?

– Griffin Strong y el chico que murió mientras Strong trabajaba en los servicios sociales de Stockwell.

– Pero los otros cuerpos…

– Havers. Nadie te discute lo de los otros cuerpos, pero no vamos a saltarnos ningún paso de la investigación por mucho que sea lo que te gustaría hacer. Has ganado un asalto. Ahora ocúpate del resto.

– Bien -dijo, aunque parecía dudar mientras cogía el bolso para volver al trabajo. Se dirigió hacia la puerta, luego se detuvo y se volvió para mirarlo-. ¿Qué asalto ha sido? -le preguntó.

– Ya lo sabes -respondió-, ningún chico está a salvo si acaban enviándolo un tiempo a Coloso.

Capítulo 14

– Clinton, ¿qué? -dijo Ulrike Ellis al teléfono-. ¿Podría deletrearme el apellido, por favor?

Al otro lado del hilo telefónico, el detective, cuyo nombre Ulrike se había impuesto olvidar, se lo deletreó. Añadió que los padres de Antón Reid, que había desaparecido de Furzedown y que, al final, había sido identificado como la primera víctima del asesino en serie que, por el momento, había matado a cinco chicos en Londres, habían incluido Coloso en la lista de lugares que su hijo frecuentó durante los meses anteriores a su muerte. Le pidió a la directora que se lo confirmara, y una lista de toda la gente relacionada con Antón Reid en Coloso.

Ulrike no se permitió caer en una mala interpretación de la cortesía que había detrás de aquella solicitud, pero trató de ganar tiempo.

– Furzedown está al sur del río y como a nosotros se nos conoce bien por aquí, ¿detective…? -Esperó un nombre.

– Eyre -dijo él.

– Detective Eyre -repitió-, lo que digo es que es posible que este chico, Antón Reid, simplemente les dijera a sus padres que estaba viniendo a Coloso y dedicara ese tiempo a otra cosa. Eso pasa, sabe.

– Llegó a ustedes a través de Menores, según sus padres. Debería tener el expediente.

– ¿A través de Menores, dice? Entonces tendré que comprobarlo. Si me da su número, miraré en los archivos.

– Sabemos que se trata de uno de sus chicos, señora.

– Puede que usted lo sepa, ¿detective…?

– Eyre -dijo él.

– Sí, eso. Puede que usted lo sepa, detective Eyre. Pero en estos momentos, yo no. Tendré que mirar en nuestros archivos, así que si me da su número, le llamaré.

El policía no tenía elección. Podía conseguir una orden de registro, pero llevaría tiempo, y, de todos modos, la mujer estaba colaborando. Nadie podía decir lo contrario. Lo que sucedía era, simplemente, que colaboraba según sus propios planes y no según los de él.

El detective le dio su número de teléfono, y Ulrike lo anotó. No tenía ninguna intención de utilizarlo, pero quería tenerlo para mostrárselo a cualquiera que apareciera para recabar información sobre Antón Reid; porque no había duda de que alguien aparecería por Coloso. Su trabajo consistía en elaborar un plan para hacerse cargo de la situación cuando llegara el momento.

Después de colgar, se dirigió al archivador. Se arrepintió del sistema que empleaba: imprimir copias de los archivos del ordenador. Si se hubiera visto presionada, podría haber hecho algo con el material grabado en los discos duros, aunque hubiera tenido que reformatear todos y cada uno de los ordenadores del edificio. Pero los policías que habían ido a Coloso ya la habían visto consultar los archivos cuando buscó, aparentemente, documentación sobre Jared Salvatore, así que era muy improbable que creyeran que algunos chicos tenían informes electrónicos y otros no. Aun así, la carpeta de Antón podía seguir los pasos de la de Jared. El resto no iba a suponer mayor problema.

Casi había sacado la carpeta de Antón del archivador cuando oyó a Jack Veness por fuera de la puerta.

– ¿Ulrike? ¿Puedo hablar con…? -dijo, y abrió la puerta sin más preámbulos

– No hagas eso, Jack. Ya te lo he dicho.

– He llamado -protestó él.

– Sí, el paso uno, llamar. Muy bien. Ahora vamos a trabajar en el paso dos, que se trata de esperar a que te diga que puedes entrar.

Jack movió las aletas de la nariz, blancas en los bordes.

– Lo que tú digas, Ulrike -dijo, y se volvió para marcharse. Seguía siendo un adolescente manipulador y petulante a pesar de su edad. ¿Cuántos años tenía? ¿Veintisiete? ¿Veintiocho?

Maldita sea, en ese momento, no necesitaba aquello.

– ¿Qué quieres, Jack?

– Nada -dijo-, sólo que he pensado que quizá querrías saber algo.

Juegos, juegos, juegos.

– ¿Sí? Bueno, si querría saberlo, ¿por qué no me lo dices?

Jack se volvió.

– Ha desaparecido. Eso es todo.

– ¿El qué ha desaparecido?

– El libro de entradas de recepción. Creía que lo había cambiado de sitio al recoger anoche, pero he mirado en todas partes. Ha desaparecido.

– Desaparecido.

– Desaparecido, esfumado, perdido: se lo ha tragado la tierra.

Ulrike se levantó. Su mente repasó las posibilidades, y no le gustó ninguna.

– Podría ser que Robbie lo hubiera cogido por algún motivo -sugirió Jack amablemente-, o quizá lo tenga Griff. Él tiene llave para entrar cuando está cerrado, ¿verdad?

Aquello era demasiado.

– ¿Qué querrían hacer Robbie, Griff o cualquier otra persona con el libro de entradas?

Jack se encogió de hombros exageradamente y se metió los puños en los bolsillos de los vaqueros.

– ¿Cuándo te has dado cuenta de que no estaba?

– No lo he echado en falta hasta que han llegado los primeros chicos hoy. He ido a coger el libro, pero no estaba. Como te he dicho, he pensado que lo había cambiado de sitio anoche cuando recogí todo. Así que he comenzado otro hasta que encontrara el que falta. Pero no lo he encontrado. Creo que alguien se lo ha llevado del mostrador.

Ulrike pensó en el día anterior.

– Los polis -dijo-. Cuando viniste a buscarme, ¿los dejaste solos en la recepción?

– Sí. Es lo que yo he pensado. Sólo que no imagino por qué quieren nuestro libro de registros, ¿y tú?

Ulrike dio la espalda a su expresión petulante y comprensiva.

– Gracias por informarme, Jack -le dijo.

– ¿Quieres que…?

– Gracias -repitió con firmeza-. ¿Hay algo más? ¿No? Pues ya puedes volver al trabajo.

Cuando Jack se marchó, después de un saludo militar de broma y un taconazo que ella tenía que considerar divertido, Ulrike guardó la documentación sobre Antón Reid en su sitio. Cerró de golpe el archivador y fue hacia el teléfono. Marcó el número del móvil de Griffin Strong. Tenía reunión con un nuevo grupo de orientación; era su primer día juntos y les tocaba hacer actividades para romper el hielo. No le gustaba que lo interrumpieran cuando los chicos estaban «en círculo» como lo llamaban; pero esta interrupción no podía evitarse y lo sabría cuando oyera lo que tenía que decirle.

– ¿Sí? -contestó Griff con impaciencia.

– ¿Qué has hecho con el archivo? -le preguntó.

– Lo que… me pediste.

Ulrike vio que había elegido la palabra intencionadamente, tan burlona como el saludo sarcástico de Jack. Aún no había captado quién era el que estaba en peligro ahí; pero lo sabría enseguida.

– ¿Es todo? -dijo Griff.

Un silencio absoluto de fondo le dijo que todos los miembros del grupo de orientación de Griff estaban pendientes de las palabras de éste. Encontró una satisfacción amarga en ello. «Bien, Griffin, veamos cómo reaccionas ahora», pensó Ulrike.

– No -le dijo-. La policía lo sabe, Griff.

– ¿Qué sabe exactamente?

– Que Jared Salvatore era uno de los nuestros. Ayer se llevaron el libro de entradas. Habrán visto su nombre.

Silencio.

– Mierda -dijo después resoplando. Luego, susurró-: Maldita sea, ¿por qué no pensaste en eso?

– Yo podría preguntarte lo mismo.

– ¿Qué se supone que quiere decir eso?

– Antón Reid -dijo Ulrike.

Silencio de nuevo.

– Griffin -le dijo-, tienes que entender una cosa. Has sido un polvo excepcional, pero no permitiré que nadie destruya Coloso.

Colgó el teléfono, con cuidado y sin hacer ruido. «Que se quede con eso», pensó.

Se volvió hacia el ordenador. Accedió a la información electrónica que tenían sobre Jared Salvatore. No era tan amplia como los documentos de la carpeta, pero serviría. Dio la orden para imprimir. Luego, cogió el número que el detective Eyre le había dado hacía tan sólo unos minutos.

– Eyre -contestó éste de inmediato.

– Detective, he encontrado una información -dijo-. Seguramente querrá transmitirla.

Nkata dejó que el ordenador trabajara con los códigos postales recopilados por la propietaria de La Luna de Cristal. Mientras que Gigi, la propietaria de la tienda, podía utilizarlos para demostrar la necesidad que tenía su negocio de abrir una segunda tienda en otro punto de Londres, Nkata tenía la intención de usarlos para encontrar una coincidencia entre los clientes de La Luna de Cristal y los sitios donde habían aparecido los cuerpos. Después de reflexionar sobre lo que había dicho Barb Havers acerca de estos sitios, decidió, sin embargo, ampliar la búsqueda para incluir una comparativa entre los códigos postales recopilados por La Luna de Cristal y los códigos postales de todos los empleados de Coloso. Aquello le llevó más tiempo del que se había imaginado. En Coloso, dar los códigos postales a la policía no era una idea que entusiasmara de inmediato a nadie.

Cuando por fin tuvo lo que quería, imprimió el documento y lo examinó para compararlo. Al final, se lo pasó al detective Stewart para que se lo entregara a Hillier cuando tuviera que pedirle más personal para aumentar la vigilancia. Estaba poniéndose el abrigo para salir hacia Gabriel's Wharf y cumplir la siguiente parte de su misión, cuando Lynley apareció en la puerta del centro de coordinación y dijo su nombre en voz baja.

– Nos requieren arriba -añadió.

Esa frase sólo significaba una cosa: que la reunión no iba a ser agradable.

Nkata acompañó a Lynley, pero no se quitó el abrigo.

– Me iba a Gabriel's Wharf -le dijo al comisario en funciones con la esperanza de que aquello bastara para librarse.

– Será sólo un momento -dijo Lynley. Sonó a promesa.

Fueron por las escaleras.

– Creo que Barb tiene razón, jefe -dijo mientras subían.

– ¿Sobre?

– Sobre Coloso. Tengo una coincidencia en uno de los códigos postales de La luna de cristal. Se la he pasado al detective Stewart.

– ¿Y?

– Robbie Kilfoyle tiene el mismo código postal que alguien que compró en La Luna de Cristal.

– ¿En serio? -Lynley se detuvo en las escaleras. Pareció pensar en aquel dato un momento. Luego dijo-: Aun así, sólo es un código postal, Winnie. Lo comparte con miles de personas; y también trabaja en el muelle, ¿verdad?

– Justo al lado de La Luna de Cristal -reconoció Nkata-. Es el local de sándwiches.

– Entonces no sé qué importancia podemos darle, por mucho que queramos hacerlo. Es algo, pero…

– Que es lo que necesitamos -dijo interrumpiéndolo Nkata-, algo.

– Pero a menos que sepamos qué compró… Ves la dificultad, ¿verdad?

– Sí. Lleva trabajando en el muelle sabe Dios cuántos años. Seguramente habrá comprado algo en esa tienda y en todas las demás en este tiempo.

– Exactamente. Pero habla con ellos, igualmente.

En el despacho de Hillier, Judi Macintosh los hizo pasar enseguida. Hillier estaba esperándolos, de pie, encuadrado entre los múltiples ventanales y la vista que ofrecían a Saint James's Park. Estaba observando aquel paisaje cuando entraron. Un periódico cuidadosamente doblado descansaba junto a sus dedos en el aparador que había debajo de la ventana.

Hillier se volvió. Como si actuara para una cámara invisible, cogió el diario y dejó que se abriera para sostener la portada como una toalla que le tapara los genitales.

– ¿Cómo ha pasado? -dijo sin alterarse.

Nkata vio que era el último Evening Standard. El artículo de portada trataba de la rueda de prensa que Bram Savidge había convocado antes. El titular hablaba de la angustia de un padre de acogida.

La angustia no estaba entre las reacciones a la muerte de Sean Lavery que Nkata habría asociado a Savidge. Sin embargo, se dio cuenta de que era probable que la angustia vendiera más ejemplares que la ira justificada ante la incompetencia policial. Aunque, a decir verdad, la cosa habría estado reñida.

– Se supone que usted, comisario -prosiguió Hillier, lanzando el Standard sobre la mesa- tiene que saber llevar a las familias de las víctimas, no darles acceso a los medios. Forma parte del trabajo, así que ¿por qué no lo hace? ¿Tiene idea de lo que le ha dicho a la prensa? -Hillier clavó un dedo en el periódico, y empezó a enumerar cada una de las declaraciones-: Racismo institucionalizado, incompetencia policial, corrupción endémica. Todo ello acompañado por demandas para que se lleve a cabo una investigación minuciosa por parte del Ministerio del Interior, de una subcomisión parlamentaria, del primer ministro, o de cualquiera que esté dispuesto a cortar unas cuantas cabezas, que es lo que dice que hace falta por aquí. -Apartó el periódico de la mesa para tirarlo a la papelera que había al lado-. Este hijo de puta ha llamado su atención -dijo-. Quiero que eso cambie.

Había una expresión de cierta suficiencia en el rostro de Hillier que no concordaba ni con su tono ni con lo que estaba diciendo. Mientras observaba, a Nkata se le ocurrió que la mirada de Hillier tenía relación con la actuación que estaba ofreciendo, más que con su indignación. Nkata pensó que quería desnudar a Lynley delante de un subordinado. Tenía la excusa de hacer que ese subordinado fuera Nkata por las ruedas de prensa anteriores, cuando se había sentado obedientemente a su lado, como un perro amaestrado.

– Disculpe, jefe -dijo Nkata antes de que Lynley pudiera responder-, yo he estado en la rueda de prensa, y, para ser sincero, ni siquiera se me ocurrió detenerla. Lo que he pensado es que puede convocar a la prensa cuando quiera. Está en su derecho.

Lynley lo miró. Nkata se preguntó si el orgullo de su superior le permitiría salir airoso de una intervención como aquella. No estaba seguro, así que antes de que el comisario en funciones tuviera ocasión de añadir algo, continuó.

– Podría haberme acercado al micro justo después, cuando Savidge hubiera acabado su discurso, por supuesto. Quizá es lo que tendría que haber hecho; pero he pensado que usted no querría que hiciera algo así. No sin estar usted presente. -Sonrió afablemente y añadió-: El negrito de la jungla se va a Londres.

A su lado, Lynley se aclaró la garganta. Hillier le lanzó una mirada, luego otra a Nkata.

– Pon las cosas bajo control, Lynley -dijo-. No quiero que se convoque una rueda de prensa por este caso.

– Trabajaremos en ese sentido específicamente -dijo Lynley-. ¿Es todo, señor?

– Para la próxima rueda de prensa… -Hillier hizo un gesto brusco a Nkata-. Te quiero abajo diez minutos antes.

– Entendido -dijo Nkata, a la vez que se daba un golpecito con el índice en la cabeza.

Hillier comenzó a decir algo más, pero luego los despachó. Lynley no hizo ningún comentario hasta que salieron del despacho, después de pasar por delante de la secretaria de Hillier y de cruzar al edificio Victoria.

– Winston, escucha -dijo al tiempo que ralentizaba el paso-. No vuelvas a hacerlo.

«Ahí está el orgullo», pensó Nkata. Lo estaba esperando.

Pero, entonces, Lynley le sorprendió.

– Corres demasiados riesgos enfrentándote así a Hillier, aunque sea indirectamente. Agradezco la lealtad, pero es más importante para ti guardarte las espaldas, que guardármelas a mí. No lo conviertas en tu enemigo, puede ser peligroso.

– Hillier quería hacerle quedar mal delante de mí -dijo Nkata-. No me ha gustado. He pensado en devolverle el favor para que viera lo que se siente.

– Eso presupone que el subinspector piense qu