/ Language: Español / Genre:detective

Tres Hermanos

Elizabeth George

Ness, Joel y Toby afrontan un nuevo cambio en sus vidas. Su excéntrica abuela, dispuesta a eludir sus responsabilidades, decide abandonarlos frente a la puerta de la casa de su hija, la tía de los niños, que vive en la periferia marginal de Londres. La vida de los tres hermanos no ha sido fácil hasta ese momento, y no lo será a partir de ahora. Ness es una adolescente desagradable que juguetea con las drogas y con la delincuencia. El más pequeño, Toby, es un niño con problemas de aprendizaje y que vive anclado en la dependencia que siente por su hermano Joel, un poco mayor que él y que parece asumir la responsabilidad de mantener unida a su extraña familia. Tal ambiente, como prueba la autora del libro, enmarca el camino que se ha de desandar para hallar el origen del mal, para encontrar el principio casi invisible de sucesos terribles que un día coparán las primeras páginas de los periódicos. En su momento, el asesinato de Helen Lynley ocupará la atención de todos, pero ¿cuál fue el verdadero origen del crimen? La presente novela, desde un planteamiento original y arriesgado que la autora resuelve con maestría, propone la «deconstrucción» de un asesinato. Elizabeth George plantea que al revés no interesa tanto qué pasará tras el asesinato, pues éste es el punto final del libro; lo que se ha de buscar es el origen, lo que se ha de averiguar es aquello que provocó que alguien disparara a una mujer de buena posición en un callejón de un barrio de Londres. Ahí, en el principio, se esconde siempre la explicación del trauma que arrastra el inspector Lynley, protagonista de la serie.

Elizabeth George

Tres Hermanos

14º Serie Lynley

Para Grace Tsukiyama, mujer liberal,

espíritu creativo, madre

Mejor un Mammon auténtico que un dios falso.

Autumn Journal, Louis MacNeice

Capítulo 1

Joel Campbell, que entonces tenía once años, inició su descenso al asesinato con un trayecto de autobús. Era un autobús nuevo, de un solo piso. Era el número 70, la ruta de Londres que avanza lentamente por Du Cane Road, en East Acton.

No hay nada digno de destacar en la sección norte de esta ruta, de la que Du Cane Road sólo es una parte corta. La sección sur es agradable, pasa cerca del Museo Victoria y Alberto y cerca de los majestuosos edificios blancos de Queen's Gate, en South Kensington. Pero la parte norte contiene una lista de destinos que parece un directorio de los lugares que no hay que frecuentar en Londres: la lavandería rápida de North Pole Road, la funeraria H. J. Bent (incineraciones o entierros) en Old Oak Common Lane, la hilera sombría de tiendas en el cruce turbulento donde Western Avenue se convierte en Western Bay, mientras coches y camiones se dirigen a toda velocidad hacia el centro de la ciudad, y alzándose imponente ante todo esto, como si la hubiera diseñado el mismo Dickens, Wormwood Scrubs. No Wormwood Scrubs la extensión de tierra limitada por vías de tren, sino la cárcel de Wormwood Scrubs: de aspecto, parte fortaleza y parte asilo; de hecho, un lugar de una realidad crudísima.

Este día de enero en particular, sin embargo, Joel Campbell no se fijó en ninguna de estas características del viaje en el que estaba embarcándose. Iba en compañía de tres personas más y preveía un cambio positivo en su vida, aunque era prudente. Antes de este momento, East Acton y una pequeña casa adosada constituían sus circunstancias: un salón mugriento y una cocina más mugrienta abajo, tres dormitorios arriba, un trozo de césped lleno de parches delante, alrededor del cual se alzaba en herradura la terraza de casitas, como una colección de viudas de guerra a los tres lados de una tumba. Era un lugar que cincuenta años atrás pudo ser agradable, pero generaciones sucesivas de habitantes habían dejado su impronta, y la impronta de la generación actual consistía básicamente en bolsas de basura en la puerta, juguetes rotos en el único sendero que recorría la U de la terraza, muñecos de nieve de plástico y varios Papá Noel rechonchos, además de renos colgados de noviembre a mayo en los tejados prominentes de las ventanas del mirador, y un charco de barro en medio del césped, presente ocho meses al año, que alimentaba a los insectos como si fuera el proyecto de entomología de alguien. Joel se alegraba de marcharse de aquel lugar, aunque irse implicara un largo vuelo en avión y una nueva vida en una isla muy distinta a la única isla que había conocido hasta el momento.

«Ja-mai-ca.» Su abuela no decía la palabra, más bien la entonaba. Glory Campbell alargaba «mai» hasta que sonaba como una brisa cálida, grata y suave, llena de promesas. «¿Qué me decís, vosotros tres? Ja-mai-ca.»

«Vosotros tres» eran los niños Campbell, víctimas de una tragedia representada en Old Oak Common Lane un sábado por la tarde. Eran la prole del hijo mayor de Glory, que había muerto, como su segundo hijo, aunque en circunstancias totalmente distintas. Joel, Ness y Toby, se llamaban. O «los pobrecillos», como Glory se acostumbró a referirse a ellos en cuanto su hombre, George Gilbert, recibió los papeles de la deportación y vio en qué dirección soplaría probablemente el viento de la vida de éste.

Que Glory empleara ese lenguaje era algo nuevo. Desde que los niños Campbell vivían con ella -esta vez ya eran más de cuatro años y parecía que iba a ser una situación permanente- se había esmerado en pronunciar correctamente. Había aprendido el inglés de la Reina tiempo atrás, en el colegio católico para niñas de Kingston, y aunque no le sirvió de tanto como esperaba cuando emigró a Inglaterra, aún podía recurrir a él cuando había que meter en cintura a alguna dependienta, y quería que sus nietos también fueran capaces de meter en cintura a los demás, si alguna vez les hacía falta.

Pero todo eso cambió con la llegada de los papeles de la deportación de George. Cuando abrieron el sobre beis y lo leyeron detenidamente, digirieron y comprendieron el contenido, y cuando se puso en marcha toda la maquinaria legal para retrasar si no frustrar lo inevitable, Glory se despojó en un instante de cuarenta años de «Dios salve al monarca actual». Si su George se iba a Ja-mai-ca, ella también. Y allí no hacía falta el inglés de la Reina. En realidad, podía ser un impedimento.

Así que el tono, la melodía y la sintaxis lingüísticos pasaron de la versión encantadoramente antigua de la pronunciación estándar al inglés meloso y agradable del Caribe. Estaba adoptando las costumbres de su tierra, decían los vecinos.

George Gilbert se había marchado de Londres primero, escoltado hasta Heathrow por agentes de inmigración que cumplían con la promesa del primer ministro actual de poner remedio al problema de los visitantes que se quedaban más tiempo del que les permitía el visado. Fueron a buscarle en un coche particular y miraron la hora mientras se despedía de Glory acompañado a conciencia de una cerveza Red Stripe jamaicana, que había empezado a beber previendo el retorno a sus raíces. «Venga con nosotros, señor Gilbert», le dijeron, y lo agarraron de los brazos. Uno de ellos se llevó la mano al bolsillo como si buscara unas esposas por si George no colaboraba.

Pero George estaba encantado de irse con ellos. Las cosas no habían sido iguales en casa de Glory desde que los nietos habían aterrizado como tres meteoritos humanos procedentes de una galaxia que nunca había alcanzado a comprender.

– Son raros, Glor -decía cuando creía que no le escuchaban-. Al menos los chicos. Supongo que la chica está bien.

– No digas ni pío sobre ellos -respondía Glory.

La sangre de sus propios hijos era mestiza -aunque menos que la sangre de sus nietos-, y no iba a consentir que nadie hiciera ningún comentario sobre algo que saltaba a la vista. Porque ser mestizo no era la desgracia que había sido en siglos pasados. Ya no repugnaba a nadie.

Pero George resopló. Aspiró aire entre los dientes. Por el rabillo del ojo, miró a los jóvenes Campbell.

– No van a encajar en Jamaica -señaló.

Esta valoración no disuadió a Glory. Al menos eso les pareció a sus nietos durante los días previos a su éxodo de East Acton. Glory vendió los muebles. Empaquetó la cocina. Revisó la ropa. Hizo las maletas. Cuando no cupo todo lo que su nieta Ness deseaba llevarse a Jamaica, dobló esas prendas en su carrito de la compra y declaró que comprarían una maleta por el camino.

Ver cómo recorrían Du Cane era como asistir a una suerte de desfile variopinto. Glory iba en cabeza, con un abrigo de invierno azul marino hasta los tobillos y un turbante verde y naranja enrollado en la cabeza. El pequeño Toby iba después, caminando de puntillas como hacía habitualmente, un flotador hinchado alrededor de la cintura. Joel se esforzaba por ir en tercer lugar, ya que las dos maletas que llevaba dificultaban su progreso. Ness iba la última, vestida con unos vaqueros tan ajustados que resultaba complicado entender cómo lograría sentarse sin que le reventaran, tambaleándose sobre los tacones de cinco centímetros de unas botas negras que subían por sus piernas. Llevaba el carrito de la compra y no le hacía ni pizca de gracia tener que tirar de él. En realidad, nada le hacía gracia. Su gesto rezumaba desdén y su modo de andar transmitía desprecio.

Hacía frío como sólo puede hacer frío en Londres en enero. El aire era muy húmedo y, además, estaba impregnado del humo de los coches y de hollín de las hogueras ilegales. La escarcha de la mañana no se había derretido, sino que se había transformado en pedazos de hielo que amenazaban al transeúnte confiado. El gris lo definía todo: desde el cielo a los árboles, las carreteras, los edificios. El ambiente era de desesperanza. Bajo la luz débil del día, el sol y la primavera eran una promesa vana.

En el autobús, incluso en un lugar como Londres, donde todo lo que se podía ver ya se había visto en algún u otro momento, los niños Campbell atraían miradas, cada uno por una razón particular. En Toby, eran los grandes claros en la cabeza, donde su pelo a medio crecer era ralo y demasiado fino para un niño de siete años, así como el flotador, que ocupaba demasiado espacio y del que se negaba firmemente a separarse, incluso a quitárselo de la cintura y colocárselo delante, «por el amor de Dios, joder», como le exigía Ness. En la propia Ness, era la oscuridad artificial de su piel, claramente intensificada por el maquillaje, como si tratara de ser más de lo que sólo era en parte. Si se hubiera despojado de la chaqueta, también habría llamado la atención el resto de su ropa, no sólo los vaqueros: el top de lentejuelas que dejaba al aire la barriga y exhibía sus pechos voluptuosos. Y en Joel era, y siempre sería, su cara llena de manchas del tamaño de pastas de té -de ellas nunca podría decirse que eran pecas, sino una expresión física de la batalla étnica y racial que había lidiado su sangre desde el momento de su concepción-. Como en Toby, también destacaba el cabello, en su caso salvaje y rebelde, que le salía de la cabeza como un estropajo oxidado. Sólo Toby y Joel parecían emparentados entre sí, y ninguno de los niños Campbell parecía ser familia de Glory.

Así que no pasaban desapercibidos. No sólo bloqueaban casi todo el pasillo con sus maletas, el carrito de la compra y las cinco bolsas de Sainsbury's que Glory había dejado a sus pies, sino que eran una estampa digna de contemplar.

De los cuatro, sólo Joel y Ness eran conscientes del examen de los otros pasajeros y cada uno reaccionó de manera distinta a sus miradas. Para Joel, cada ojeada parecía decir «amarillo de mierda», y cada cabeza que se giraba deprisa hacia la ventana parecía ser un rechazo a su derecho de caminar por la Tierra. Para Ness, estas mismas miradas significaban una evaluación lasciva y cuando las sentía sobre ella quería abrirse la chaqueta y mostrar los pechos y gritar como hacía a menudo en la calle: «¿Las quieres, tío? ¿Es esto lo que quieres?».

Por el contrario, Glory y Toby estaban en su mundo. Para Toby era su estado natural, un hecho en el que nadie de la familia trataba de pensar demasiado. Para Glory su estado lo provocaba la situación actual y lo que pensaba hacer al respecto.

El autobús cubría su ruta a bandazos, chapoteando en los charcos de las últimas precipitaciones caídas. Viró bruscamente sobre el bordillo y volvió a bajar sin preocuparse por la seguridad de los pasajeros que se agarraban a las barras y, a medida que avanzaba el trayecto, fue llenándose de gente y la atmósfera se volvió más claustrofóbica. Como siempre sucedía en el transporte público de Londres en invierno, la calefacción estaba al máximo y, dado que no funcionaba ni una sola ventana -salvo la del conductor-, el ambiente no sólo era caluroso, sino que también estaba cargado de la clase de microorganismos que se escupen con los estornudos y las toses.

Todo esto proporcionó a Glory la excusa que estaba buscando. Había estado atenta a en qué lugar de la ruta se encontraban, examinando todas las razones posibles que podía aportar para lo que estaba a punto de hacer, pero el ambiente en el interior del vehículo le bastó. Cuando el autobús se adentró en Ladbroke Grove en las inmediaciones de Chesterton Road, alargó la mano al botón rojo y lo pulsó con firmeza.

– Abajo todos -dijo a los chicos; se abrieron paso a empujones por el pasillo con todas sus pertenencias, y descendieron a la bendición del aire frío.

Aquel lugar, naturalmente, no estaba cerca de Jamaica. Tampoco se encontraba a poca distancia de ningún aeropuerto, donde un avión pudiera llevarlos hacia el oeste. Pero antes de que nadie pudiera hacérselo notar, Glory se ajustó el turbante -que se le había torcido mientras se esforzaba por recorrer el pasillo- y dijo a los chicos:

– No podemos marcharnos a Ja-mai-ca sin despedirnos de vuestra tiita, ¿verdad?

La «tiita» era la única hija de Glory, Kendra Osborne. Aunque vivía a sólo un trayecto de autobús de East Acton, los niños Campbell la habían visto pocas veces durante el tiempo que llevaban viviendo con Glory, quizás en las reuniones obligatorias de Navidad y el domingo de Pascua. Decir que ella y Glory estaban distanciadas, sin embargo, sería falsear la cuestión. La verdad era que a ninguna de las dos mujeres le gustaba la otra; su desagrado giraba en torno a los hombres. Estar en Henchman Street más de dos días al año habría supuesto que Kendra viera a George Gilbert holgazaneando por la casa, desempleado e inempleable. Ir de visita a North Kensington podría haber expuesto a Glory a cualquiera de los novios sucesivos de Kendra -tenía uno y se deshacía de él deprisa-. Las dos mujeres consideraban que la falta de contacto físico entre ellas era una tregua. El teléfono era suficiente.

Así que los niños recibieron la idea de despedirse de su tía Kendra con cierta confusión, sorpresa y recelo, cada niño con una emoción distinta ante este anuncio inesperado: Toby supuso que habían llegado a Jamaica, Joel intentó sobrellevar un cambio repentino de planes y Ness murmuró entre dientes:

– Ah, vale. -Acababa de confirmarse una idea que no había expresado.

Glory no reaccionó a nada de esto. Simplemente encabezó el grupo. Como una pata con sus retoños, dio por hecho que sus nietos la seguirían. ¿Qué otra cosa iban a hacer en una zona de Londres con la que no estaban familiarizados en absoluto?

Por suerte, el paseo de Ladbroke Grove a Edenham Estate no era muy largo, y sólo llamaron la atención en Golborne Road. Era día de mercado, y si bien el número de puestos no era tan impresionante como si pasaran por Church Street o serpentearan por los alrededores de Brick Lane, en Frutas y Verduras Frescas E. Price e Hijo, los dos ancianos caballeros -padre e hijo, aunque, a decir verdad, parecían más bien hermanos- comentaron la presencia del grupo desaseado de intrusos con las mujeres a las que estaban atendiendo. Estas clientas también fueron intrusas en su día, pero los Price, padre e hijo, habían aprendido a aceptarlas. No les quedó más remedio, puesto que en los sesenta años que llevaban al frente de Frutas y Verduras Frescas E. Price e Hijo, los Price habían visto cómo los habitantes de Golborne Ward -como se llamaba la zona- pasaban de ser ingleses a ser portugueses, y luego marroquíes, y tuvieron la prudencia de acoger a sus clientes de pago.

Pero era evidente que el pequeño grupo que marchaba por la calle no tenía ninguna intención de comprar en los puestos. En realidad, tenía la mirada clavada en Portobello Bridge y pronto lo cruzó. Aquí, en Elkstone Road, a poca distancia y bien metida en el rugido sin tregua del paso elevado de Westway, se encontraba la urbanización de protección oficial de Edenham Estate, junto a un parque serpenteante llamado Meanwhile Gardens. En el centro de este complejo estaba Trellick Tower, que presidía el paisaje con orgullo injustificado: treinta pisos de hormigón protegidos por interés histórico. Con una fachada de cientos de balcones que daban al oeste, llenos de antenas parabólicas, biombos variopintos e hileras de ropa sacudida por el viento. El hueco del ascensor separado -unido al edificio por un sistema de puentes- confería al bloque su único rasgo distintivo. Por lo demás, era similar a la mayoría de las viviendas de posguerra densamente pobladas que rodeaban Londres: enormes cicatrices grises y verticales sobre el paisaje, buenas intenciones echadas a perder. Debajo de esta torre se extendía el resto del complejo, que comprendía bloques de pisos, un hogar para ancianos y dos hileras de casas adosadas que daban a Meanwhile Gardens.

En una de estas casas adosadas vivía Kendra Osborne, y Glory guió a sus nietos hasta allí; soltó las bolsas de Sainsbury's en el escalón superior con un suspiro de alivio. Joel dejó las maletas y se frotó las manos en los vaqueros. Toby miró a su alrededor y parpadeó mientras toqueteaba el flotador espasmódicamente. Ness empujó el carrito de la compra hasta la puerta del garaje, cruzó los brazos debajo de los pechos y lanzó una mirada hosca a su abuela, una mirada que decía claramente: «¿Y ahora qué, zorra?».

«No te pases de lista», pensó Glory, molesta mientras miraba a su nieta. Ness siempre iba varios pasos por delante de sus hermanos.

Glory dio la espalda a la chica y llamó al timbre con decisión. El día estaba apagándose y aunque el tiempo no era fundamental, teniendo en cuenta el plan de juego de Glory, estaba impaciente por que comenzara la siguiente parte de sus vidas. Como nadie fue a abrir, volvió a llamar.

– Parece que no vamos a poder despedirnos de nadie, abuelita -fue el comentario avinagrado de Ness-. Supongo que será mejor que sigamos para el aeropuerto, ¿no?

Glory no le hizo caso.

– Demos la vuelta -dijo, y volvió a la calle con los niños. Los llevó por un estrecho sendero que había entre las dos hileras de casas. Este camino daba acceso a la parte de atrás de los adosados y a sus minúsculos jardines, que yacían tras un muro alto-. Aúpa a tu hermano, cielo -le dijo a Joel-. Toby, mira si hay luz. -Y para cualquiera de ellos que estuviera interesado, añadió-: Podría estar dándole al tema con alguno de sus novios. Esa Kendra sólo piensa en una cosa.

Joel colaboró y se agachó para que Toby pudiera subirse a sus hombros. El niño obedeció, aunque el flotador dificultó el proceso. Una vez arriba, se agarró al muro.

– Tiene una barbacoa, Joel -murmuró, y se quedó mirando el objeto con excesiva fascinación.

– ¿Hay luz? -preguntó Glory al pequeño-. Toby, mira en la casa, tesoro.

Toby negó con la cabeza, y Glory interpretó que significaba que no había ninguna luz encendida en la planta baja de la casa. Tampoco había luz en los pisos superiores, así que tuvo que enfrentarse a un contratiempo inesperado en su plan. Pero Glory era una mujer que sabía improvisar a la perfección.

– Bueno… -dijo frotándose las manos, y cuando estaba a punto de continuar, Ness, de repente, dijo:

– Supongo que tendremos que seguir para Jamaica, ¿verdad, abuelita? -Ness no había avanzado más allá del sendero y apoyaba todo su peso en una cadera, la bota extendida hacia fuera y los brazos en jarras. Esta postura hacía que se le abriera la chaqueta y dejaba al descubierto la barriga desnuda, el piercing del ombligo y el escote generoso.

«Seductora» fue la palabra que revoloteó en la mente de Glory, pero desechó la idea como hacía a menudo, como se había dicho que tenía que hacer, durante los últimos años de convivencia con su nieta.

– Supongo que tendremos que dejarle una nota a la tía Ken.

– Venid conmigo -dijo Glory, y volvieron a la parte delantera del edificio, a la puerta de Kendra, donde se habían quedado las maletas, el carrito de la compra y las bolsas del Sainsbury's, todo mezclado en los escalones hasta la calle estrecha.

Les dijo a los niños que se sentaran en el rectángulo que formaba el porche, aunque cualquiera podía ver que no había espacio suficiente. Joel y Toby obedecieron y se colocaron entre las bolsas, pero Ness retrocedió y su expresión decía que estaba esperando a que las inevitables excusas manaran de la boca de su abuela.

– Os haré un sitio. Y hacer sitio lleva su tiempo. Así que yo me adelantaré y os mandaré a buscar cuando lo tenga todo preparado en Ja-mai-ca.

Ness soltó un suspiro de desdén. Miró a su alrededor para ver si había alguien cerca que pudiera ser testigo de las mentiras de su abuela.

– Entonces, ¿nos quedamos con la tía Kendra? ¿Lo sabe ella, abuelita? ¿Está aquí? ¿Está de vacaciones? ¿Se ha mudado? ¿Cómo sabes dónde está?

Glory lanzó una mirada a Ness, pero centró su atención en los chicos, cuya conducta era más probable que se amoldara a su plan. A sus quince años, Ness era demasiado astuta. Con once y siete años, Joel y Toby aún tenían mucho que aprender.

– Hablé con tu tía ayer -dijo Glory-. Está de compras. Va a prepararos algo especial para cenar.

Ness volvió a suspirar con desdén. Joel asintió solemnemente con la cabeza. Toby movió inquieto el trasero y dio un tirón a los vaqueros de Joel. Éste pasó un brazo alrededor de los hombros de su hermano pequeño. La visión enterneció a Glory. Estarían todos bien, se dijo.

– Tengo que irme, chicos -dijo-. Y lo que quiero es que os quedéis aquí. Esperad a vuestra tiita. Volverá. Ha ido a compraros la cena. Esperadla aquí. No os mováis porque no conocéis el barrio y no quiero que os perdáis. ¿Entendido? Ness, vigila a Joel. Joel, tú vigila a Toby.

– No voy a… -comenzó a decir Ness, pero Joel habló.

– De acuerdo. -Fue lo único que pudo decir el chico, tal era el nudo que tenía en la garganta. La vida ya le había enseñado que había cosas contra las que era inútil luchar, pero aún no dominaba los sentimientos que eso le despertaba.

Glory le dio un beso en la cabeza.

– Eres un buen chico, cielo -dijo, y le dio una palmadita tímida a Toby.

Cogió su maleta y dos de las bolsas de supermercado y retrocedió unos pasos, respirando hondo. No le gustaba demasiado dejarlos solos de esta manera, pero sabía que Kendra llegaría pronto a casa. Glory no la había llamado de antemano, pero aparte de su pequeño problema con los hombres, Kendra vivía según las normas, era la responsabilidad personificada. Tenía un trabajo y se formaba para otro, para reponerse de su último fracaso matrimonial. Estaba labrándose una carrera de verdad. Era imposible que Kendra se hubiera marchado a algún lugar inesperado. Volvería pronto. Al fin y al cabo, sólo pasaban unos minutos de la hora de la cena.

– No os mováis ni un milímetro -les dijo Glory a sus nietos-. Dadle a vuestra tía un beso grande de mi parte.

Dicho esto, se dio la vuelta para marcharse. Ness se interpuso en su camino. Glory intentó ofrecerle una sonrisa tierna.

– Os mandaré a buscar, cariño -le dijo a la niña-. No me crees, lo sé. Pero te juro que es verdad, Ness. Os mandaremos a buscar. George y yo construiremos una casa para que vengáis; cuando esté todo listo…

Ness se dio la vuelta y empezó a caminar, no en dirección a Elkstone Road, que habría sido la misma ruta que tomaría Glory, sino hacia el sendero entre los edificios, el sendero que llevaba a Meanwhile Gardens y lo que había detrás.

Glory se quedó mirándola. La chica estaba indignada y sus botas de tacón sonaban como un latigazo en el aire frío. E igual que un latigazo, el sonido alcanzó las mejillas de Glory. No quería hacer daño a los niños. Ahora mismo, las cosas simplemente eran como tenían que ser.

Llamó a Ness.

– ¿Tienes algún mensaje para nuestro George? Te está preparando una casa, Nessa.

Ness aceleró el paso. Se tropezó con un trozo de acera levantada, pero no se cayó. Al cabo de un momento, había desaparecido detrás del edificio, y Glory esperó en vano a que algunas palabras le llegaran flotando en las últimas horas de la tarde. Quería algo que la tranquilizara, que le dijera que no había fracasado.

– ¿Nessa? -gritó-. ¿Vanessa Campbell?

Como respuesta, sólo llegó un grito angustiado. Era algo muy parecido a un sollozo y para Glory fue como recibir un puñetazo en el pecho. Miró a sus nietos en busca de lo que su hermana no había querido darle.

– Os mandaremos a buscar -dijo-. George y yo, cuando tengamos la casa lista, le diremos a la tía Ken que lo prepare todo. Ja-mai-ca. -Entonó la palabra-. Ja-mai-ca.

La respuesta de Toby fue acercarse más a Joel. La de Joel fue asentir con la cabeza.

– Entonces, ¿me crees? -le preguntó su abuela.

Joel asintió. No le pareció que tuviera otra opción.

* * *

Arriba, las luces distantes del sendero se encendieron cuando Ness rodeó un edificio bajo de ladrillo en el borde de Meanwhile Gardens. Era un centro infantil -sin niños a esta hora del día- y cuando Ness lo miró vio dentro a una mujer pakistaní sola, que parecía estar cerrando el lugar.

Detrás de aquel edificio, se extendían los jardines y un sendero zigzagueante serpenteaba entre montículos salpicados de árboles y trazaba un camino hacia una escalera. Era de metal y subía en espiral hacia un puente con la barandilla de hierro que cruzaba la sección de Paddington del canal Grand Union. El canal marcaba la frontera norte de Meanwhile Gardens, una división entre Edenham Estate y una serie de viviendas donde pisos modernos y elegantes se alzaban codo con codo con bloques antiguos para declarar que vivir frente al agua no siempre había sido tan atractivo.

Ness se fijó en algunas de estas cosas, pero no en todas. Localizó las escaleras, el puente con la barandilla de hierro arriba y pensó sobre dónde podría llevar la carretera que cruzaba ese puente.

Estaba hirviendo por dentro. Tanto que el calor hacía que quisiera lanzar la chaqueta al suelo y luego pisotearla. Pero era plenamente consciente del frío de enero más allá del calor que sentía en su interior, que le acariciaba la piel desnuda. Y se sintió inextricablemente atrapada entre los dos: el calor de dentro y el frío de fuera.

Llegó a las escaleras, haciendo caso omiso a los ojos que la observaban desde debajo de los robles adolescentes que crecían en los montículos de Meanwhile Gardens, haciendo caso omiso también a los ojos que la observaban desde debajo del puente del canal Grand Union. Todavía no sabía que mientras caía la oscuridad -y a veces incluso mucho antes- en Meanwhile Gardens se realizaban diversos tipos de transacciones. El dinero pasaba de una mano a otra, se contaba con disimulo y con el mismo disimulo se entregaban sustancias ilegales. De hecho, cuando llegó arriba y alcanzó el puente, los dos individuos que habían estado observándola salieron de sus escondites y se reunieron. Llevaron a cabo el intercambio con tanta fluidez que si Ness hubiera estado mirando, habría sabido que se trataba de un encuentro habitual.

Pero la chica tenía un propósito en la cabeza: poner fin al calor que le hervía la sangre. No tenía dinero ni conocía la zona, pero sabía qué buscaba.

Entró en el puente y se orientó. Al otro lado de la carretera había un pub; detrás se extendía una hilera de casas adosadas a cada lado de la calle. Ness examinó el pub, pero no vio nada prometedor ni dentro ni fuera, así que se dirigió hacia las casas. La experiencia le había enseñado que cerca tenía que haber tiendas, y la experiencia no le falló. Las encontró a unos cincuenta metros, y Tops Pizza le ofrecía la mejor de las posibilidades.

Delante había un grupo de cinco adolescentes: tres chicos y dos chicas. Todos eran negros, en mayor o menor medida. Los chicos llevaban vaqueros anchos, sudaderas con las capuchas puestas y anoraks gruesos. Era una especie de uniforme en esta zona de North Kensington. Toda la ropa informaba a quien mirara sobre dónde residían sus lealtades. Ness lo sabía. También sabía qué se le requería: ser igual de dura que ellos. No le supondría ningún problema.

Las dos chicas ya estaban en ello. Estaban apoyadas en el escaparate de Tops Pizza, los párpados bajados, sacando pecho, echando la ceniza de los cigarrillos en la acera. Cuando hablaba alguna de las dos, lo hacía con movimientos bruscos de cabeza mientras los chicos se pavoneaban a su alrededor haciéndose los gallitos.

– Eres una estrella, sí. Ven conmigo y te enseñaré lo que es bueno.

– ¿Qué quieres paseándote por aquí, cariño? ¿Has salido a ver las vistas? Pues yo sí que tengo algo bueno que enseñarte.

Risas, risas. Ness notó que apretaba los dedos de los pies dentro de las botas. Siempre era lo mismo: un ritual cuyo resultado sólo se diferenciaba por lo que surgía a su conclusión.

Las chicas les seguían el juego. Sus papeles no sólo consistían en mostrarse reticentes, sino también en menospreciarlos. Esa reticencia daba esperanza, y el menosprecio alimentaba el fuego. Algo que valga la pena nunca debería ser fácil.

Ness se acercó a ellos. El grupo se quedó en silencio con esa actitud intimidante que adoptan los adolescentes cuando aparece un intruso. Ness sabía la importancia que tenía hablar primero. Las palabras y no la apariencia causaban la primera impresión cuando te encontrabas a una persona sola en la calle.

Los saludó con la cabeza y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

– ¿Sabéis dónde puedo pillar algo? -Soltó una carcajada y lanzó una mirada hacia atrás-. Joder. Me muero por meterme.

– Yo puedo meterte algo, nena. -Era la respuesta esperada. La dio el chico más alto de la panda.

Ness lo miró fijamente y lo repasó de los pies a la cabeza antes de que él hiciera lo mismo. Notó que las dos chicas se irritaban, al ver invadido su territorio, y supo lo importante que sería su respuesta.

Puso los ojos en blanco y centró su atención en ellas.

– Seguro que a éste no le pilla nadie. ¿Me equivoco?

La chica con más pecho se rió. Como los chicos, repasó a Ness, pero su examen fue distinto. Estaba valorando las posibilidades de incluirla en el grupo. Para fomentarlas, Ness dijo:

– ¿Me das una calada? -Y señaló el cigarrillo de la chica.

– No es un porro -contestó ella.

– Ya lo sé, qué te crees -dijo Ness-. Pero es algo y, como he dicho, necesito algo, tíos.

– Nena, ya te he dicho que yo tengo lo que necesitas. Vamos a la vuelta de la esquina y te lo enseñaré -dijo el chico más alto otra vez. Los otros sonrieron. Arrastraron los pies, chocaron los puños y se rieron.

Ness no les hizo caso. La chica le pasó el cigarrillo, y Ness dio una calada. Miró a las dos chicas mientras ellas la miraban.

Nadie dijo cómo se llamaba. Era parte del juego. Un intercambio de nombres significaba que se daba un paso y nadie quería ser el primero en darlo.

Ness devolvió el cigarrillo a su propietaria y la chica dio una calada.

– Entonces, ¿qué quieres? -preguntó su amiga a Ness.

– Me da igual -contestó Ness-. Joder, me va la coca, la hierba, las anfetas, las pastis, lo que sea. Estoy hambrienta, ya sabes.

– Yo sé lo que te puedes comer… -dijo el chico más alto.

– Cállate -le ordenó la chica. Y luego le dijo a Ness-: ¿Qué llevas? Aquí no hay nada gratis.

– Puedo pagar -dijo Ness-. No hace falta pasta larga.

– Eh, nena, entonces…

– Cállate -dijo otra vez la chica al chico alto-. Tengo que decírtelo, Greve, me estás cabreando.

– Eh, Six, no te pases.

– ¿Así te llamas? -le preguntó Ness-. ¿Six?

– Sí -dijo-. Ella es Natasha. ¿Cómo te llamas tú?

– Ness.

– Guay.

– ¿Dónde se pilla por aquí, entonces?

Six señaló con la cabeza a los chicos y dijo:

– A este tío no, puedes estar segura. Ellos no son productores, te lo digo.

– ¿Dónde, entonces?

Six miró a uno de los otros chicos. El tipo se había recostado, en silencio, observando.

– ¿Pasa material esta noche? -le preguntó Six.

El chico se encogió de hombros y no reveló nada. Miró a Ness, pero sus ojos no eran amables.

– Depende -dijo al fin-. Y si es que sí, no significa que arañe algo para él. De todos modos, no va a darle nada, no hace tratos con zorras que no conoce.

– Eh, vamos, Dashell -dijo Six con impaciencia-. Es una tía legal, ¿vale? No seas chungo.

– No será cosa de un día -le dijo Ness a Dashell-. Tengo pensado ser cliente habitual. -Cambió el peso de un pie a otro, luego otra vez y otra vez, un pequeño baile que decía que reconocía quién era él: su posición en el grupo y su poder sobre ellos.

Dashell miró a Ness y luego a las otras chicas. Su relación con ellas pareció inclinar la balanza.

– Vale, se lo preguntaré -le dijo a Six-. Pero no será antes de las diez y media.

– Guay -dijo Six-. ¿Dónde lo llevará?

– Si quiere arañar algo, no te preocupes. Te encontrará. -Movió la cabeza hacia los otros dos chicos. Se fueron con aire despreocupado en dirección a Harrow Road.

Ness se quedó mirándolos.

– ¿Puede pasar? -le preguntó a Six.

– Oh, sí -dijo la chica-. Sabe a quién llamar. Es legal, ¿verdad, Tash?

Natasha asintió y miró en la dirección que habían tomado Dashell y sus compañeros.

– Oh, él nos cuida, sí -dijo-. Pero es una calle de dos direcciones.

Era una advertencia, pero Ness consideraba que estaba a la altura de cualquiera. Tal como evaluaba las cosas en estos momentos, no le importaba cómo conseguir el material. La cuestión era olvidar durante tanto tiempo como fuera posible olvidar.

– Bueno, yo sé conducir -le dijo a Natasha-. ¿Qué hacemos? Aún falta mucho para las diez y media.

* * *

Mientras tanto, Joel y Toby seguían esperando a su tía, sentados obedientemente en el escalón superior de los cuatro que subían a la puerta. Desde esta posición, tenían dos posibles vistas para contemplar: Trellick Tower, con sus balcones y ventanas, donde las luces llevaban encendidas al menos una hora, y la hilera de casas adosadas al otro lado de la calle. Ninguna de las dos posibilidades ofrecía demasiado con lo que ocupar la mente o la imaginación de un niño de once años y de su hermano de siete.

Sin embargo, los niños tenían los sentidos totalmente ocupados: por el frío, por el ruido infatigable del tráfico del paso elevado de Westway y de la línea del metro de Hammersmith and City, que -en esta sección de la ruta- no era subterránea, y por las ganas cada vez mayores, al menos para Joel, de ir al baño.

Ninguno de los chicos conocía la zona, por lo que en la penumbra que pronto se convirtió en oscuridad, comenzó a adquirir cualidades inquietantes. El sonido de voces masculinas acercándose significaba que podían ser abordados por miembros de alguna de las bandas de traficantes, atracadores, ladrones de casas o tironeros que dominaban la vida de este complejo de viviendas de protección oficial. El sonido escandaloso de la música rap de un coche que pasaba por Elkstone Road, justo a su izquierda, declaraba la llegada del cerebro de esa misma banda, que los abordaría y exigiría un tributo que no podían pagar. Cualquiera que entrara en Edenham Way -la pequeña calle en la que se encontraba la casa de su tía- se fijaría en ellos, los interrogaría bruscamente y llamaría a la Policía cuando no dieran las respuestas apropiadas. Entonces llegaría la pasma. Después, vendrían los Servicios Sociales. Y esas palabras «Servicios Sociales» -que siempre se escribían con eses mayúsculas, al menos en la mente de Joel- eran algo similar al coco. Si bien, en un momento de frustración o en un intento desesperado por conseguir la colaboración de sus hijos recalcitrantes, los padres de otros niños podían decir: «Haced lo que os digo u os juro que llamo a los Servicios Sociales», para los niños Campbell la amenaza era real. La marcha de Glory Campbell los había acercado un paso más. Una llamada a la Policía conseguiría el resto.

Así que Joel no sabía muy bien qué hacer cuando empezó la segunda hora de espera. Tenía muchas ganas de ir al baño, pero si hablaba con un transeúnte o llamaba a alguna puerta y preguntaba si podía aliviarse dentro, corría el riesgo de llamar una atención no deseada. Así pues, juntó las piernas con fuerza e intentó concentrarse en otra cosa. Las opciones eran los ruidos desconcertantes ya mencionados o su hermano pequeño. Eligió a su hermano.

A su lado, Toby permanecía en un mundo en el que se adentraba la mayor parte de las horas que pasaba despierto. Lo llamaba Sose y era un lugar habitado por personas que le hablaban con dulzura, conocidas por su bondad con los niños y animales y por sus abrazos, que daban libremente siempre que un niño pequeño tenía miedo. Con las rodillas subidas y el flotador aún en la cintura, Toby tenía un lugar donde apoyar la barbilla, y era lo que había estado haciendo desde que él y Joel se habían sentado en el escalón. Durante todo ese rato, había tenido los ojos cerrados y había viajado a donde más prefería estar.

La posición de Toby mostraba su cabeza a su hermano, la última cosa que Joel deseaba ver -aparte de un intruso inquietante en la calle-. Porque la cabeza de Toby, con sus grandes claros sin cabello, hablaba de un descuido en sus obligaciones. Era una declaración y una acusación: ambas señalaban a Joel. El pegamento había sido la causa de la pérdida de cabello de Toby, que en realidad no era una pérdida, sino el efecto doloroso de unas tijeras, el único modo de liberar su cuero cabelludo de lo que un grupo de jóvenes acosadores le había tirado encima. Esta banda de matones potenciales y los tormentos que infligían a Toby siempre que tenían oportunidad sólo eran dos de las razones por las que a Joel no le importó irse de East Acton. Debido a los acosadores, nunca era seguro que Toby fuera solo a comprar chucherías a Ankaran Food and Wine; las escasas veces que Glory Campbell les daba dinero para el almuerzo en lugar de sándwiches de queso y pepinillos, si Toby lograba conservar el dinero en el bolsillo hasta la hora señalada, sólo era porque, por una vez, los pequeños gamberros se habían fijado en otro niño.

Así que Joel no quería mirar la cabeza de su hermano porque volvía a recordarle que la última vez que atacaron a Toby él no estaba. Como se había autoproclamado protector de su hermano durante su infancia, verlo caminar por Henchman Street con la capucha del anorak puesta y encolada a la cabeza provocó que a Joel le quemara tanto el pecho que no podía respirar y que agachara la cabeza avergonzado cuando Glory, furiosa por su propio sentimiento de culpa, exigió saber cómo había dejado que le hicieran aquello a su hermano pequeño.

Joel despertó a Toby no tanto por no tener que mirarle la cabeza como por la urgencia desesperada de encontrar un lugar donde vaciar la vejiga. Sabía que su hermano no estaba dormido, pero hacerle regresar al aquí y al ahora era como despertar a un bebé. Cuando Toby por fin reaccionó, Joel se levantó y dijo con una valentía que no sentía:

– Vamos a mirar por ahí, tío.

Puesto que el hecho de que lo llamaran «tío» llenaba de satisfacción al pequeño, Toby siguió el plan sin cuestionar la conveniencia de dejar sus pertenencias en un lugar donde podrían robárselas.

Fueron en la dirección que había tomado Ness, entre los edificios y hacia Meanwhile Gardens. Pero en lugar de pasar por el centro infantil, siguieron el sendero de los jardines traseros amurallados de las casas adosadas. Este camino daba a la sección este de Meanwhile Gardens, que aquí se estrechaba hasta formar una masa de arbustos junto a un sendero de asfalto y, más allá, aparecía otra vez el canal.

Los arbustos eran una invitación que Joel no quiso rechazar.

– Espera, Toby -dijo, y mientras su hermano lo miraba parpadeando afablemente, Joel se preparó para lo que el hombre londinense tiende a hacer sin reparos siempre que lo necesita: mear en los arbustos. El alivio fue enorme. Lo revivió. A pesar de los miedos que había albergado sobre la zona, ladeó la cabeza hacia el sendero de asfalto al otro lado de los arbustos. Toby tenía que seguirle y lo hizo. Caminaron y, al cabo de unos treinta metros, se encontraron mirando un estanque.

Brillaba en la oscuridad con una amenaza negra, pero esa amenaza quedaba atenuada por las aves acuáticas posadas en el borde del agua y que cloqueaban en los juncos. La luz del lugar iluminaba un pequeño embarcadero de madera. Un sendero bajaba hacia él describiendo una curva. Los niños lo recorrieron. Caminaron por la madera y se agacharon en el borde. A su lado, los patos saltaron al agua y se alejaron chapoteando.

– Qué pasada, ¿verdad, Joel? -Toby miró a su alrededor y sonrió-. Podemos hacer un fuerte aquí. ¿Podemos? Si lo construimos detrás de los arbustos, nadie…

– Chist.

Joel tapó la boca de su hermano con la mano. Había oído lo que Toby, con la emoción, no había escuchado. Un sendero acompañaba el canal Gran Union por encima de donde estaban y justo detrás de Meanwhile Gardens. Varias personas estaban cruzándolo, hombres jóvenes, parecía.

– Dame una calada de ese porro, joder. No te hagas de rogar.

– Tienes pasta o no, porque yo no soy una hermanita de la caridad, tío.

– Vamos, sabemos que pasas hierba por todo el barrio.

– Eh, no me jodas. Tú sabes lo que sabes.

Las voces se diluyeron cuando los chicos pasaron por el sendero encima de ellos. Joel se levantó cuando desaparecieron y subió por el margen. Toby susurró su nombre con miedo, pero Joel le hizo callar con la mano. Quería saber quiénes eran los chicos porque quería saber de antemano qué auguraba aquel lugar. Sin embargo, cuando llegó al sendero que habían tomado las voces, lo único que vio fueron unas formas, perfiladas en la curva que describía el camino. Había cuatro, todas vestidas de manera idéntica: vaqueros anchos, sudaderas con las capuchas puestas y anoraks encima. Caminaban arrastrando los pies, entorpecidos por el tiro bajo de los vaqueros. Así vestidos, no parecían amenazantes, pero su conversación indicaba otra cosa.

A la derecha de Joel, se oyó un grito y vio a alguien a lo lejos en un puente sobre el canal. A su izquierda, los chicos se giraron a mirar quién los llamaba. Un rastafari, dedujo Joel por su aspecto. Agitaba una bolsa de sándwich en el aire.

Joel había visto suficiente. Se agachó y se deslizó por el margen hasta Toby.

– Vamos, tío -dijo, y levantó a su hermano.

– Podemos hacer el fuerte… -dijo Toby.

– Ahora no -le dijo Joel. Lo condujo en la dirección por la que habían venido, hasta que estuvieron de vuelta, al amparo de la seguridad relativa del porche de su tía.

Capítulo 2

Kendra Osborne regresó a Edenham Estate poco después de las siete de la tarde, tras doblar la esquina de Elkstone Road en un viejo Fiat Punto reconocible -para aquellos que la conocían- por la puerta del copiloto, en la que alguien había pintado con espray: «Chúpamela», un imperativo en rojo y goteante que Kendra había dejado, no porque no pudiera permitirse repintar la puerta, sino por falta de tiempo. En este momento de su vida, tenía un trabajo e intentaba labrarse una carrera en otro. El primero era detrás de la caja de una tienda benéfica a favor de la lucha contra el sida en Harrow Road. El segundo eran los masajes. Había completado un curso de dieciocho meses en el Instituto de Formación Profesional Kensington and Chelsea y llevaba seis semanas intentando establecerse como masajista autónoma.

Tenía en la mente un plan doble respecto al negocio de los masajes. Utilizaría la pequeña habitación de invitados de su casa para los clientes que desearan acudir a ella, y se desplazaría en coche, con la mesa y los aceites esenciales en el maletero, para los clientes que desearan que ella acudiera a ellos. Naturalmente, en este caso cargaría un extra. Con el tiempo, ahorraría el dinero suficiente para abrir un pequeño salón de masajes propio.

Masajes y bronceados -cabinas y camas- era lo que tenía pensado en realidad, y así ponía de manifiesto lo bien que comprendía a sus compatriotas de piel blanca. Al vivir en un clima donde el tiempo impide a menudo la posibilidad de lucir un tono saludable de bronceado natural, al menos tres generaciones de ingleses blancos habían sufrido quemaduras de primer y a veces de segundo grado en aquellos escasos días en que el sol se digna a aparecer. El plan de Kendra era despertar en estas personas el deseo de exponerse a los carcinógenos ultravioletas. Podía atraerles con la idea del bronceado que buscaban y luego introducirles en el masaje terapéutico en algún momento. A los clientes habituales cuyos cuerpos ya habría masajeado en su casa o en la de ellos, les ofrecería los dudosos beneficios del bronceado. Parecía un plan destinado al éxito seguro.

Kendra sabía que todo esto requeriría muchísimo tiempo y esfuerzo, pero nunca había sido una mujer que temiera el trabajo duro. En esto no se parecía en nada a su madre. Pero no era el único aspecto que diferenciaba a Kendra Osborne de Glory Campbell.

Los hombres eran el otro. Glory estaba asustada e incompleta sin uno, independientemente de cómo fuera o cómo la tratara, razón por la cual se encontraba en estos momentos sentada en la puerta de embarque de un aeropuerto, esperando despegar para reunirse con un jamaicano alcohólico y acabado, con un pasado dudoso y sin ningún futuro. Kendra, por su lado, estaba sola. Se había casado dos veces. Al haber enviudado la primera vez y estar ahora divorciada, le gustaba decir que ya había cumplido su condena -con un ganador y un completo perdedor-; en aquel momento, su segundo marido se encontraba cumpliendo la suya. No le disgustaban los hombres, pero había aprendido a verlos como algo bueno, útiles simplemente para aliviar ciertas necesidades físicas.

Cuando sentía la llamada de estas necesidades, Kendra no tenía ninguna dificultad para encontrar a un hombre encantado de satisfacerla. Salir una noche con su mejor amiga bastaba para solucionar aquel asunto, puesto que, a sus cuarenta años, Kendra era morena, exótica y estaba dispuesta a utilizar su físico para conseguir lo que quería, que era un poco de diversión sin ataduras. Con los planes que tenía para su carrera, no había espacio en su vida para un hombre apasionado que tuviera en la cabeza algo más que sexo con las precauciones adecuadas.

Cuando Kendra giró a la derecha hacia el estrecho garaje de delante de su casa, Joel y Toby -que habían regresado de su excursión al estanque de los patos de Meanwhile Gardens- ya habían pasado otra hora más sentados en el frío glacial, y los dos tenían el trasero entumecido. Kendra no vio a sus sobrinos en el escalón superior, en gran parte porque la farola de Edenham Way estaba fundida desde octubre, y nadie había mostrado ninguna intención de cambiarla. Lo que sí vio fue que el carrito de la compra que alguien había abandonado bloqueaba el acceso a su garaje y estaba lleno hasta arriba con las pertenencias de esa persona.

Al principio, Kendra creyó que aquellos artículos eran para la tienda benéfica, y si bien no le gustaba que sus vecinos le dejaran lo que ya no querían delante de su casa en lugar de llevarlos a Harrow Road, no era de las que rechazaba mercancía si existía la posibilidad de venderla. Así que cuando se bajó del coche para apartar el carrito, aún estaba de buen humor por haber tenido una tarde muy positiva dando masajes deportivos de demostración en un gimnasio construido debajo del paso elevado de Westway, en el centro comercial de Portobello Green.

Entonces vio a los chicos, sus maletas y las bolsas de plástico. Al instante, Kendra notó que le subía una oleada de terror desde el estómago y, a continuación, lo entendió todo.

Abrió el garaje y empujó la puerta sin dirigir una palabra a sus sobrinos. Comprendía lo que estaba a punto de pasar, y la situación provocó que soltara unos tacos, en voz baja para asegurarse de que los chicos no la oyeran, pero suficientemente alto como para obtener, al menos, el mínimo de satisfacción que proporcionan los tacos. Eligió las palabras «mierda» y «maldita zorra», y en cuanto las dijo volvió a subirse al Fiat y lo metió en el garaje, sin dejar de pensar enfurecida qué podía hacer para evitar tener que enfrentarse a la situación que su madre le había endilgado. No se le ocurrió nada.

Cuando acabó de aparcar el coche y se dirigía a la parte de atrás para sacar la mesa de masajes del maletero, Joel y Toby ya habían dejado su lugar para reunirse con ella. Dudaron en la esquina de la casa, Joel delante; Toby, su sombra habitual.

– La abuela dice que primero tenía que conseguir una casa, para que fuéramos a vivir a Jamaica -le dijo Joel a Kendra sin saludos ni preámbulos-. Nos mandará a buscar cuando lo tenga todo arreglado. Dice que tenemos que esperarla aquí. -Y cuando Kendra no respondió, porque, a pesar del pavor, las palabras de su sobrino y su tono de esperanza hicieron que le escocieran los ojos ante la crueldad abyecta de su madre, Joel prosiguió diciendo incluso con más entusiasmo-: ¿Cómo estás, tía Ken? ¿Te ayudo con eso?

Toby no dijo nada. Dio unos pasos hacia atrás y danzó sobre sus pies, con aspecto solemne y como una extraña bailarina interpretando un solo en una producción ambientada en el mar.

– ¿Por qué diablos lleva eso? -preguntó Kendra a Joel señalando con la cabeza a su hermano.

– ¿El flotador? Es lo que le gusta ahora. La abuela se lo regaló en Navidad, ¿te acuerdas? Dijo que en Jamaica podría…

– Sé lo que dijo -le interrumpió Kendra con brusquedad.

La ira repentina que sintió no iba dirigida a su sobrino, sino a sí misma, al darse cuenta, de repente, que tendría que haber sabido entonces, el mismo día de Navidad, qué intenciones tenía Glory Campbell. En cuanto había anunciado, complacida, que seguiría al inútil de su novio hasta el país que los vio nacer, como si fuera Dorothy emprendiendo el viaje para ir a ver al mago, y que las cosas iban a ser tan sencillas como recorrer un camino de baldosas amarillas… Kendra quiso abofetearse por haber estado tan ciega ese día.

– A los chicos les encantará Jamaica -había dicho Glory-. Y George estará más tranquilo allí que aquí. Con ellos, quiero decir. Le ha costado mucho, ya sabes. Tres niños y nosotros en ese piso diminuto. No hacemos más que chocarnos todo el rato.

– No puedes llevártelos a Jamaica -había dicho Kendra-. ¿Qué pasa con su madre?

– Imagino que Carole ni siquiera sabrá que se han ido -respondió Glory.

Evidentemente, pensó Kendra mientras sacaba la mesa de masajes del maletero, Glory utilizaría esta excusa en la carta que seguro que llegaría en algún momento después de su marcha cuando no pudiera seguir evitando escribirla. «He estado reflexionando -declararía, porque Kendra sabía que su madre utilizaría su inglés otrora apropiado y no el jamaicano falso que había adoptado previendo su próxima nueva vida-, y he recordado lo que dijiste sobre la pobre Carole. Tienes razón, Ken. No puedo llevarme a los niños tan lejos de ella, ¿verdad?» Así pondría fin al asunto. Su madre no era mala, pero siempre había sido una persona que creía firmemente en que lo primero era lo primero. Como lo primero en la mente de Glory siempre había sido Glory, era improbable que alguna vez hiciera algo que la perjudicara. Tres nietos en Jamaica viviendo en una casa con un hombre inútil, obeso y maloliente, que no trabajaba y se pasaba el día jugando a las cartas y viendo la tele, y a quien Glory estaba resuelta a aferrarse porque ni una sola vez en su vida había sido capaz de afrontar ni una semana sin un hombre y estaba en una edad en la que era difícil encontrar uno… Tal panorama decía «perjuicio» incluso al más absoluto analfabeto.

Kendra cerró de golpe el maletero. Gruñó al levantar la pesada mesa plegable por el asa. Joel corrió a ayudarla.

– Deja que lo coja yo, tía Ken -dijo casi como si creyera que podría manejarse con el tamaño y el peso. Debido a esto y pese a que no quería, Kendra se ablandó un poco.

– Ya puedo yo, Joel, pero puedes bajar la puerta -le dijo al chico-. Y puedes entrar el carrito en casa y todo lo demás que habéis traído.

Mientras Joel obedecía, Kendra miró a Toby. El breve momento de ablandamiento se acabó. Lo que vio fue el enigma que veía todo el mundo y la responsabilidad que nadie quería asumir, pues la única respuesta que cualquiera había logrado dar -o había estado dispuesto a dar- sobre qué le pasaba a Toby era la inútil etiqueta de «falta de filtro social adecuado»; además, con el caos familiar que sobrevino poco después de su cuarto cumpleaños, nadie había tenido el valor de profundizar más. Ahora Kendra -que no sabía más sobre el niño de lo que veía delante de ella- se enfrentaba a tener que cargar con él hasta que se le ocurriera un plan para quitarse de encima la responsabilidad.

Mirándolo ahí parado -con ese flotador ridículo, la cabeza hecha un desastre, los vaqueros demasiado largos, las deportivas abrochadas con cinta adhesiva porque nunca había aprendido a atarse los zapatos-, Kendra quiso salir corriendo en la dirección opuesta.

– Bueno, ¿qué dices tú? -le preguntó de modo cortante a Toby.

El niño detuvo su danza y miró a Joel, buscando una señal de lo que se suponía que tenía que hacer. Cuando Joel no se la dio, le dijo a su tía:

– Tengo pis. ¿Estamos en Jamaica?

– Qué va, Tobe, ya lo sabes -dijo Joel.

– No, Tobe, ya sabes que no -le dijo Kendra-. Habla bien cuando estés conmigo. Eres perfectamente capaz.

– No, ya sabes que no -dijo Joel, cooperando-. Tobe, esto no es Jamaica.

Kendra llevó a los niños adentro, donde comenzó a encender luces mientras Joel entraba dos maletas, las bolsas de plástico y el carrito. Se quedó junto a la puerta y esperó algún tipo de indicación. Como nunca había estado en casa de su tía, miró a su alrededor con curiosidad, y lo que vio fue una vivienda aún más pequeña que la casa de Henchman Street.

En la planta baja sólo había dos espacios seguidos, uno después del otro, además de un diminuto aseo escondido. Lo que pasaba por ser un comedor estaba justo después de la entrada; detrás había una cocina que ofrecía una ventana negra por la noche, y que reflejó la imagen de Kendra cuando ésta encendió la luz del techo. Dos puertas situadas en ángulo recto entre sí configuraban la esquina izquierda al fondo de la cocina. Una conducía al jardín trasero, donde se encontraba la barbacoa que Toby había visto, y la otra estaba abierta a una escalera. Arriba había dos pisos y, como Joel descubriría más tarde, uno comprendía el salón, mientras que en el piso superior había un baño y los dormitorios, que eran dos.

Kendra se dirigió a estas escaleras, arrastrando la mesa de masajes con ella. Joel corrió a ayudarla.

– Vas a subirla arriba, ¿tía Ken? Yo puedo hacerlo. Soy más fuerte de lo que parece.

– Ocúpate de Toby -dijo Kendra-. Mírale. Quiere ir al baño.

Joel miró a su alrededor buscando alguna indicación de dónde podía estar el baño, una acción que Kendra podría haber visto e interpretado si hubiera sido capaz de superar la sensación de que las paredes de su casa estaban a punto de caérsele encima. Así las cosas, se dirigió hacia las escaleras, y Joel, a quien no le gustaba hacer preguntas que pudieran hacerle parecer un ignorante, esperó a que su tía empezara a subir arriba, donde los golpes continuos sugerían que estaba llevando la mesa de masajes al piso superior de la casa. Entonces abrió la puerta del garaje y se apresuró a sacar a su hermano afuera. Toby no hizo preguntas. Simplemente orinó en un parterre.

Cuando Kendra bajó, los niños estaban de nuevo junto a las maletas y el carrito de la compra, sin saber qué más tenían que hacer. Kendra se había quedado en su cuarto intentando tranquilizarse, procurando desarrollar un plan de acción, pero no se le ocurrió nada que no fuera a trastocar su vida por completo. Había llegado el momento en el que tenía que formular la pregunta cuya respuesta no quería escuchar.

– ¿Y dónde está Vanessa? -le dijo a Joel-. ¿Se ha ido con tu abuela?

Joel negó con la cabeza.

– Anda por aquí -dijo-. Se ha cabreado…

– Enfadado -dijo Kendra-. No cabreado. Enfadado. Irritado. Molestado.

– Molestado -dijo Joel-. Se ha molestado y se ha ido. Pero imagino que volverá pronto. -La última frase la dijo como si esperara que su tía se alegrara de escuchar la noticia. Pero si ocuparse de Toby era lo último que Kendra quería hacer, ocuparse de su hermana rebelde y desagradable lo seguía muy de cerca.

En este punto, una mujer maternal quizá se habría activado, sino para organizar la vida de los dos desafortunados niños sin hogar que habían aparecido en su puerta, al menos para prepararles algo de comer. Habría subido las escaleras una segunda vez para preparar las camas para dormir en uno de los dos cuartos que tenía la casa. No disponía del mobiliario adecuado para hacerlo -en especial en la habitación destinada a los masajes-, pero podía poner ropa de cama en el suelo y había toallas de más que se podían enrollar para hacer almohadas. Después de los preparativos para dormir, vendría la cena. Y luego podría ponerse a buscar a Ness. Pero todo esto era ajeno al estilo de vida de Kendra, así que fue a su bolso y sacó un paquete de Benson & Hedges. Encendió uno utilizando un fogón de la cocina y empezó a pensar en cuál sería su siguiente paso. El teléfono sonó y la salvó.

Pensó que sería Glory que -en un ataque de conciencia inusitado- llamaba para decir que había entrado en razón respecto a George Gilbert, Jamaica y el abandono de tres niños que confiaban en ella. Pero quien llamaba era su mejor amiga, Cordie; en cuanto Kendra escuchó su voz, recordó que habían quedado para salir aquella noche. Habían planeado beber, fumar, hablar, escuchar música y bailar en un club llamado No Sorrow: solas, juntas o con algún compañero. Atraerían a los hombres para demostrar que aún conservaban su atractivo; si Kendra decidía acostarse con alguien, Cordie -que estaba felizmente casada- viviría el encuentro indirectamente vía móvil a la mañana siguiente. Era lo que hacían siempre que salían juntas.

– ¿Llevas los zapatos de baile? -le dijo Cordie, frase que encaminó a Kendra hacia un momento definitorio de su vida.

En ese momento, fue consciente de que no sólo sentía la necesidad física de un hombre, sino que seguramente hacía una semana más o menos que la sentía y la había estado aplacando centrándose en su trabajo en la tienda y en su formación como masajista. La referencia a los zapatos de baile, sin embargo, intensificó la necesidad hasta que se dio cuenta de que, en realidad, no recordaba cuándo había sido la última vez que se había abierto de piernas para un hombre.

Así que pensó deprisa, en los niños y en qué podía hacer con ellos para llegar al No Sorrow cuando las opciones aún fueran buenas. Mentalmente, inspeccionó la nevera y los armarios, porque algo habría para improvisar la cena y, con la hora que era, seguramente tendrían hambre. Prepararía el cuarto libre, para darles un lugar donde dormir esta noche. Podía distribuir toallas y mantas y presentarles formalmente el baño. Y la hora de acostarse llegaría enseguida. Sin duda, podía conseguirlo todo y estar lista para acompañar a Cordie al No Sorrow a las nueve y media.

– Aquí estoy sacándoles brillo -contestó Kendra con el estilo de lenguaje que adoptaba cuando hablaba con su amiga-. Si brillan lo suficiente, no voy a ponerme bragas, créeme.

Cordie se rió.

– Serás fulana. ¿A qué hora quedamos entonces?

Kendra miró a Joel. Él y Toby estaban junto a la puerta del jardín, Toby con la cremallera parcialmente bajada, pero los dos con las chaquetas aún abrochadas hasta la barbilla.

– ¿A qué hora os vais a dormir normalmente? -le preguntó a Joel.

Joel se quedó pensando. En realidad no tenían una hora habitual. Habían experimentado tantos cambios en su vida a lo largo de los años que establecer horarios era lo último que alguien tenía en la mente. Intentó descifrar qué clase de respuesta quería su tía. Sin duda, alguien al otro lado del hilo telefónico esperaba oír buenas noticias, y las buenas noticias parecían corresponderse con que Toby y Joel se acostaran tan pronto como fuera posible. Miró el reloj de pared que había encima del fregadero. Eran las siete y cuarto.

– La mayoría de las noches a las ocho y media, tía Ken -dijo arbitraria y falsamente-. Pero podríamos acostarnos ya, ¿verdad, Tobe?

Toby siempre estaba de acuerdo con los demás, salvo cuando se trataba de la televisión. Como este momento no estaba relacionado con la pequeña pantalla, asintió complacido.

Aquél era el instante definitorio de la vida de Kendra Osborne y, si bien no le gustaba lo más mínimo, sintió que se presentaba con tanta fuerza que no pudo asignarle un nombre más adecuado. Sintió un crujido levísimo en el corazón seguido de una sensación extraña, como si se le hundiera el pecho, que pareció alcanzarle el espíritu. Estas dos cosas le dijeron que fumar, bailar, atraer a los hombres y follar tendrían que esperar. Agarró con menos fuerza el teléfono y se giró hacia la oscura ventana de la cocina. Apoyó la frente en ella y sintió la presión del cristal frío y liso en la piel. Habló no con Cordie ni con los niños, sino consigo misma.

– Dios. Dios santo -dijo. No pretendía que sonara como una oración.

* * *

Los días siguientes no fueron fáciles, por razones que escapaban al control de Kendra. Ver su mundo invadido por sus jóvenes parientes enredó aún más su ya complicada vida. La dificultad que entrañó solamente organizar lo básico, como comidas, ropa limpia y disponer de suficiente papel higiénico para el baño, se vio agravada por la necesidad de lidiar con Ness.

La experiencia de Kendra con chicas de quince años se limitaba al hecho de haberlo sido ella en su día, y un detalle en el pasado de una mujer que no le proporciona necesariamente los medios para tratar con otra mujer que está atravesando la peor parte de la adolescencia. Y la adolescencia de Ness -que de por sí ya habría presentado los retos típicos que afronta una chica cuando crece, desde la presión del grupo a granos feos en la barbilla- ya había sido más inestable de lo que Kendra sabía. Así que cuando Ness no apareció por Edenham Way a medianoche de aquel día en que Glory Campbell dejó a los niños en la puerta de su hija, Kendra salió a buscarla.

La razón era sencilla: los niños Campbell no conocían el barrio suficientemente bien como para andar paseando por allí de noche o incluso durante el día. No sólo podían perderse con facilidad en una zona de la ciudad dominada por complejos laberínticos de viviendas de protección oficial cuyos habitantes dudosos estaban implicados en actividades más dudosas incluso, sino que como chica joven que paseaba sola, estaría corriendo un riesgo en cualquier parte. Kendra nunca se había sentido en peligro, pero era por su filosofía personal, que consistía en caminar deprisa y poner cara de mala: le había funcionado desde hacía tiempo cuando tenía algún encuentro nocturno en la calle.

Después de que Joel y Toby estuvieran acostados en el suelo del cuarto libre, Kendra cogió el coche para intentar encontrar a la chica, pero no tuvo éxito. Bajó hasta Notting Hill Gate y subió hasta Kilburn Lane. A medida que avanzaba la noche, lo único que acabó viendo patrullando calle arriba y calle abajo fueron las bandas de chicos y jóvenes que, como murciélagos, salían habitualmente de noche para ver qué acciones podían improvisar.

Al final, Kendra se detuvo en la comisaría de Policía de Harrow Road, un imponente edificio Victoriano de ladrillo cuyo tamaño en comparación con lo que tiene alrededor anuncia su intención de permanecer en ese lugar mucho tiempo más. Dirigió su pregunta a la policía que estaba en la recepción, una mujer blanca engreída que se tomó su tiempo para levantar la vista del papeleo. «No», fue la respuesta que recibió. A la comisaría no habían traído a ninguna chica de quince años por ningún motivo…, «señora». Puede que en cualquier otro momento, Kendra hubiera notado la irritación bajo la piel como respuesta a la pausa entre las palabras «motivo» y «señora». Pero esa noche tenía problemas más importantes que contestar a la falta de respeto de alguien, así que olvidó el incidente y realizó un último recorrido por las inmediaciones. Pero no había rastro de Ness en ninguna parte.

Tampoco apareció aquella noche. Hasta las nueve de la mañana siguiente no llamó a la puerta de Kendra.

La conversación que mantuvieron fue breve, y Kendra decidió permitir que el resultado fuera satisfactorio. A sus preguntas sobre dónde diablos había estado Vanessa toda la noche, porque estaba loca de preocupación, Ness dijo que se había perdido y que, tras caminar un poco, había encontrado un centro social abierto en Wornington Estate. Se había sentado allí y se había quedado dormida. Lo siento, dijo, y fue a la cafetera, donde el brebaje de la noche anterior aún no se había renovado con el de la mañana. Se sirvió una taza y vio los Benson and Hedges de su tía encima de la mesa, donde Joel y Toby desayunaban un cuenco de cereales que Kendra había pedido deprisa y corriendo a uno de sus vecinos. «¿Puedo coger un pitillo, tía Ken?», quiso saber Ness. «¿Tú qué miras?», le dijo a Joel.

Cuando Joel agachó la cabeza y siguió comiendo los cereales, Kendra intentó tomar la temperatura del ambiente para averiguar qué estaba pasando allí. Sabía que había más de lo que sus ojos alcanzaban a ver, pero desconocía cómo llegar al fondo de la cuestión.

– ¿Por qué te escapaste? -le preguntó Kendra-. ¿Por qué no esperaste a que llegara a casa, como tus hermanos?

Ness se encogió de hombros -iba a hacer ese gesto tan a menudo que Kendra acabaría por desear clavárselos para que no pudiera moverlos más- y cogió el paquete de tabaco.

– No he dicho que pudieras coger uno, Vanessa.

Ness apartó la mano del paquete y contestó:

– Lo que tú digas. Lo siento -añadió.

La disculpa provocó que Kendra le preguntara si se había escapado por su abuela.

– Por dejaros aquí. Por Jamaica. Por todo eso. Tienes derecho a estar…

– ¿Jamaica? -dijo Ness con un resoplido-. Yo no quería ir a la puta Jamaica. Conseguir un curro y mi propia casa, eso sí. De todas formas, estaba harta de esa vieja zorra. ¿Puedo pillarte un piti o qué?

Tras haberse educado con Glory y con el inglés de Glory, Kendra no iba a consentir esta versión de su idioma.

– No hables así, Vanessa -dijo-. Sabes hablar bien. Hazlo.

Ness puso los ojos en blanco.

– Lo que tú digas -dijo-. Podría… coger… un… cigarrillo. -Pronunció cada palabra con precisión.

Kendra asintió con la cabeza. Se olvidó de seguir preguntando dónde había estado Ness y sus motivos. La chica encendió el cigarrillo de la misma manera que Kendra la noche anterior: en un fogón de la cocina. Examinó a Ness mientras ésta la examinaba a ella. Cada una vio la oportunidad que se les ofrecía. Para Kendra, fue una invitación fugaz a una forma de maternidad que se le había negado anteriormente. Para Ness, fue una visión igualmente fugaz del modelo de persona que podía llegar a ser. Por un instante, las dos sintieron la tentación de la posibilidad. Entonces, Kendra recordó todo lo que intentaba hacer para equilibrar la balanza de su vida, y Ness recordó lo que tanto quería olvidar. Se dieron la espalda. Kendra dijo a los niños que se dieran prisa con el desayuno. Ness dio una calada al cigarrillo y se dirigió a la ventana a mirar el día gris invernal que hacía fuera.

El siguiente paso fue, en primer lugar, quitarle de la cabeza a Ness la idea de que encontraría un trabajo y una casa para ella sola. A su edad, nadie iba a contratarla; además, la ley exigía que fuera a la escuela. Ness se tomó la noticia mejor de lo que Kendra esperaba, aunque de un modo que también previó. El encogimiento de hombros característico. La declaración característica:

– Lo que tú digas, Ken.

– Tía Kendra, Vanessa.

– Lo que tú digas.

Entonces comenzó el tedioso proceso de conseguir un colegio para los tres niños, una carrera de obstáculos más difícil todavía por el hecho de que el empleo de Kendra -la tienda benéfica en Harrow Road- sólo le daría una hora libre al final de cada día para atender este problema y las miles de dificultades más que comportaba la llegada de tres niños a su vida. Tenía dos opciones: o bien dejar la tienda -cosa que no podía permitirse-, o bien hacer frente a la restricción impuesta sobre ella: eligió lo segundo. Que también tuviera una tercera opción fue una idea que sopesó en más de una ocasión mientras lidiaba con todo, desde encontrar muebles económicos pero adecuados para el cuarto libre hasta cargar con la ropa de cuatro personas hasta la lavandería en lugar de encargarse solamente de la suya.

Los Servicios Sociales eran la otra opción. Descolgar el teléfono. Declararse absolutamente perdida. Gavin era la razón por la que Kendra no podía hacerlo. Su hermano Gavin, el padre de los niños, y todo por lo que el hombre había pasado. Aún más: todo por lo que la vida le había hecho pasar, incluso hasta su muerte prematura e innecesaria.

Kendra tardó diez días en alojar a los niños en su casa y ocuparse de su inscripción en un colegio. Durante ese tiempo, se quedaron en casa mientras ella iba a trabajar, con Ness al mando. La televisión era su único entretenimiento. Ness tenía órdenes estrictas de quedarse en casa y, por lo que Kendra sabía, la chica había obedecido, puesto que siempre estaba allí cuando se marchaba por la mañana y cuando regresaba a última hora de la tarde. Se le escapó el detalle de que Ness no estuviera presente en las horas intermedias; ninguno de dos niños lo mencionó. Joel no dijo nada porque sabía cuál sería el resultado si proporcionaba esa información a su tía. Toby no dijo nada porque no se dio cuenta. Siempre que la televisión estuviera encendida, podía retirarse a Sose.

De modo que Ness tuvo diez días para sumergirse en la vida de North Kensington; aquello no le supuso dificultad alguna. Como Six y Natasha hacían novillos y no se arrepentían de ello, formaron un trío con Ness y se mostraron encantadas de ponerla al tanto del barrio: desde el camino más rápido a Queensway, donde podían pasearse por Whiteley's hasta que las echaran, hasta indicarle el mejor lugar donde ligar con chicos. Cuando las dos chicas no la iniciaban en esta clase de placeres, le pasaban las diversas sustancias que aportarían más felicidad a su vida. Con tal asunto, sin embargo, Ness era cuidadosa. Tenía la prudencia de estar en posesión de todas sus facultades cuando su tía regresaba de su jornada laboral.

Joel observaba todo esto y se moría por decir algo. Pero estaba atrapado entre lealtades enfrentadas: hacia su hermana, a quien ya casi no reconocía y menos aún comprendía, y hacia su tía, que los había acogido en su casa en lugar de mandarlos a otro lugar. Así que no dijo nada. Se limitaba a observar a Ness, que se iba y volvía, que se aseaba, se lavaba el pelo y, si era necesario, también la ropa antes de que Kendra regresara; se limitó a esperar lo que sin duda llegaría.

Lo que llegó primero fue el colegio Holland Park, el tercero de los institutos que Kendra contactó con la esperanza de que admitieran a Joel y a Ness. Si no podía inscribirlos en una escuela que estuviera relativamente cerca, se verían obligados a ir otra vez a East Acton todos los días, y no quería eso para ellos, ni para ella. Primero lo había intentado en un instituto católico, pensando que un entorno casi religioso y disciplinado, esperaba, le vendría como anillo al dedo para poner a Ness en el buen camino. No había plazas libres, así que había acudido a un instituto anglicano, con el mismo resultado. Luego acudió al colegio Holland Park y, por fin, tuvo éxito. Había varias plazas y lo único necesario -aparte de realizar las pruebas de admisión- sería comprar los uniformes correspondientes.

Fue fácil enfundar a Joel el conjunto gris sobre un gris más oscuro que requería el colegio. Ness no fue tan complaciente. Declaró que «ella con esa mierda no iba a ningún lado». Kendra le corrigió el vocabulario, estableció una multa de cincuenta peniques a partir de entonces para las tosquedades lingüísticas y le dijo que por supuesto que iba a ponérselo.

Podrían haberse embarcado en una lucha de voluntades, pero Ness cedió. Kendra se permitió estar satisfecha y cometió la estupidez de pensar que había ganado un asalto a la chica, sin imaginarse que los planes de Ness no incluían por nada del mundo ir al colegio Holland Park; después de unos instantes de reflexión acerca de aquel asunto, se dio cuenta de que no importaba que su tía le comprara o no el uniforme.

Tras ocuparse de Joel y de Ness, quedaba el asunto de Toby. Fuera al colegio que fuera, tenía que ser un lugar situado en el camino que Joel y Ness tomarían para coger el autobús número 52, que los llevaría a Holland Park. Aunque nadie habló del tema abiertamente, todos sabían que no podían permitir que Toby fuera andando solo al colegio; por otro lado, Kendra no podía esperar retomar sus planes de negocios sobre el salón de masajes -que había aparcado desde la noche en que había llegado a casa y se había encontrado a los chicos en su puerta- mientras trabajaba en la tienda benéfica y, casi simultáneamente, llevaba y recogía a Toby, ya fuera en el coche o a pie.

Así que, durante diez días más, estudió el problema. Tendría que haber sido sencillo: había escuelas de primaria en todas las direcciones desde Edenham Estate, y había varias en el camino que los hermanos de Toby tomaban para coger el autobús. Pero entre que no había plazas y que tales colegios no disponían de la situación adecuada para alguien con «las necesidades especiales evidentes» de Toby como se describía por lo general el problema tras conversar un minuto con el niño, Kendra no tuvo suerte. Ya empezaba a creer que tendría que llevarse con ella al chico a todas partes, en lugar de matricularlo en algún sitio -una idea horripilante-, cuando el director de la escuela Middle Row le dirigió al centro de aprendizaje Westminster, en Harrow Road, justo al principio de la calle donde estaba la tienda benéfica. Toby podría asistir a la escuela Middle Row, le dijo el director, siempre que también recibiera una formación especial diaria en el centro de aprendizaje. «Para tratar sus dificultades», aclaró, como si Kendra creyera que existía la esperanza de que las clases particulares curaran lo que aquejaba al pequeño.

Parecía todo perfecto. Aunque era demasiado optimista pensar que la escuela Middle Row se encontraba en el camino que Ness y Joel debían recorrer para coger el autobús, sí podían ir a una parada de Ladbroke Grove que estaba a cinco minutos a pie de la escuela de Toby. Y después del colegio, tener a Toby cerca en el centro de aprendizaje implicaba que Kendra también sería capaz de vigilar a Joel y a Ness, puesto que sus hermanos tendrían que llevarle andando al centro todos los días. El plan de Kendra era que se turnaran y pasaran a verla de camino.

Al pensar en todo esto, no se le ocurrió tener en cuenta a Ness. La chica permitió que su tía pensara y planeara lo que quisiera. Se había vuelto bastante experta en engañarla y, como muchas adolescentes que se creen omnipotentes tras hacer lo que les viene en gana durante un tiempo sin que nadie se entere, había comenzado a imaginar que podría hacerlo indefinidamente.

Naturalmente, se equivocaba.

* * *

El colegio Holland Park es una anomalía. Se encuentra en medio de uno de los barrios más modernos de Londres: una zona residencial de mansiones de ladrillo rojo y estuco blanco y de bloques de pisos caros y dúplex de precios exorbitantes. Sin embargo, la mayoría de sus alumnos van andando a la escuela desde los complejos de viviendas de protección oficial de peor fama al norte del Támesis, lo que hace que los habitantes del barrio sean blancos y el alumnado del colegio presente una gama de colores que va del marrón al negro.

Joel Campbell tendría que haber estado ciego o no estar en posesión de sus facultades mentales para pensar que pertenecía al entorno del barrio donde se encontraba el colegio Holland Park. En cuanto descubrió que había dos rutas distintas para ir del autobús 52 al instituto, eligió la que lo exponía menos a las miradas perplejas y poco acogedoras de las mujeres vestidas de cachemira que sacaban a pasear a sus yorkshire terriers y de los niños a quienes las canguros llevaban a colegios de fuera del barrio en el Range Rover de la familia. Esta ruta lo llevaba hasta la esquina de Notting Hill Gate. De ahí, iba andando hacia el oeste hasta Campden Hill Road, en lugar de seguir en el autobús, ya que eso supondría caminar por varias calles en las que se hubiera sentido igual de cómodo que un marciano en la Tierra.

Desde el primer día, recorrió este trayecto solo después de dejar a Toby en las puertas de la escuela Middle Row. Ness -vestida obedientemente con su uniforme gris apagado y con una mochila a la espalda- iba con ellos hasta Golborne Road. Pero, una vez ahí, dejaba que sus hermanos siguieran su camino mientras ella se guardaba en el bolsillo el dinero del autobús y seguía el suyo.

– No te chives, ¿entendido? -le decía a Joel-. Si no, te vas a enterar, colega.

Joel asentía y la observaba mientras se alejaba. Quería decirle que no era necesario amenazarlo. No se chivaría. ¿Cuándo lo había hecho? En primer lugar, era su hermana y, aunque no lo fuera, conocía la regla más importante de la infancia y la adolescencia: no chivarse. Así que él y Ness funcionaban según la política estricta de «no preguntes/no cuentes». No tenía ni idea de qué hacía su hermana aparte de saltarse las clases, y ella no le reveló ningún detalle.

Sin embargo, habría preferido tener su compañía, no sólo para llevar a cabo el deber asignado con Toby todas las mañanas y tardes, sino también para afrontar la experiencia de ser el chico nuevo del colegio Holland Park. Porque a Joel le pareció que la escuela estaba plagada de peligros. Estaban los peligros académicos de ser considerado estúpido en lugar de tímido. Estaban los peligros sociales de no tener amigos. Estaban los peligros físicos de su aspecto, que, junto con el hecho de no tener amigos, podía marcarle fácilmente como blanco de los acosadores. La presencia de Ness le habría facilitado las cosas. Ella habría encajado mejor que él, y él podría haberse aprovechado de esa situación.

Daba igual que Ness -tal como era ahora y no como había sido de pequeña- no lo hubiera permitido. La forma en la que Joel aún veía a su hermana, aunque fuera de vez en cuando, hacía que notara muchísimo su ausencia en el colegio. Así que buscó pasar desapercibido, no atraer la atención ni de alumnos ni de maestros. A la calurosa pregunta: «¿Cómo lo llevas, chaval?», de su profesor de Educación Personal, Social y Sanitaria, él siempre contestaba lo mismo: «Bien».

– ¿Algún conflicto? ¿Problemas? ¿Los deberes bien?

– Todo bien, sí.

– ¿Ya has hecho amigos?

– Me va bien.

– No te acosa nadie, ¿verdad?

Negaba con la cabeza, los ojos mirando a los pies.

– Porque si alguien te acosa, debes informarme enseguida. Aquí, en Holland Park, no toleramos ese tipo de tonterías. -Una larga pausa en la que Joel al fin levantaba la vista y veía que el profesor, se llamaba señor Eastbourne, lo evaluaba fijamente-. No me mentirías, ¿verdad, Joel? -decía el señor Eastbourne-. Mi trabajo es hacerte más fácil el tuyo, ya lo sabes. ¿Sabes cuál es tu trabajo en Holland Park?

Joel negaba con la cabeza.

– Seguir adelante -decía Eastbourne-. Seguir con tu «e-du-ca-ción». Es lo que quieres, ¿no? Porque para conseguirlo tienes que quererlo.

– De acuerdo. -Joel sólo deseaba que le dejara marchar, liberarse del interrogatorio una vez más. Si estudiar dieciocho horas al día le hubiera hecho invisible al señor Eastbourne y al resto del mundo, lo habría hecho. Habría hecho lo que fuera.

El almuerzo era lo peor. Como en todas las escuelas que han existido nunca, los chicos y las chicas se congregaban en grupos, y los grupos tenían denominaciones especiales que sólo los miembros conocían. Los adolescentes considerados populares -una etiqueta que se otorgaban ellos mismos y que al parecer el resto aceptaba sin rechistar- se sentaban lejos de los considerados listos. Los que eran listos -y ahí estaban siempre sus notas para demostrarlo- no se acercaban a aquellos a los que su futuro condenaría a trabajar tras una caja registradora. Los que tenían una agenda social activa no se relacionaban con los «empanados». Los que seguían las modas guardaban las distancias con los que menospreciaban esas cosas. Naturalmente, había jóvenes que no encajaban en ninguna de estas denominaciones, pero eran los marginados sociales que tampoco sabían cómo recibir a alguien en su grupo. Así que Joel almorzaba solo.

Llevaba varias semanas haciendo esto cuando oyó que alguien le hablaba cerca de su lugar de almuerzo habitual: apoyado lejos de todo el mundo en una esquina de la garita de seguridad al borde del patio del colegio, cerca de la verja. Era una voz de chica.

– ¿Por qué comes aquí, tío? -le dijo, y cuando Joel levantó la cabeza, al percatarse de que la pregunta iba dirigida a él, vio a una chica pakistaní, que llevaba un pañuelo azul marino en la cabeza, de pie en el camino hacia el patio, como si el guarda de seguridad acabara de dejarla entrar. Llevaba un uniforme que le quedaba varias tallas grande y que conseguía esconder las curvas femeninas que pudiera tener.

Como había logrado que no le hablara nadie aparte de los profesores, Joel no sabía exactamente qué hacer.

– Eh. ¿Sabes hablar o qué? -dijo la chica.

Joel apartó la mirada porque notó que estaba poniéndose rojo y sabía cómo afectaba eso a su tez rara.

– Sé hablar -dijo.

– Pues dime, ¿qué haces aquí?

– Estoy comiendo.

– Bueno, eso ya lo veo, tío. Pero nadie come aquí. Ni siquiera está permitido. ¿Cómo es que nadie te ha dicho que comas donde hay que comer?

Joel se encogió de hombros.

– No hago daño a nadie, ¿no?

La chica avanzó y se puso delante de él. Joel miró sus zapatos para no tener que mirarla a la cara. Eran negros y con cintas, la clase de zapatos que se puede encontrar en una tienda moderna de una calle principal. También estaban fuera de lugar. Joel se preguntó si llevaba otras cosas modernas debajo del enorme uniforme que vestía. Era algo que podría haber hecho su hermana, y pensar en esta chica como una figura parecida a Ness le permitió sentirse ligeramente más cómodo con ella. Al menos era un producto conocido.

La chica se inclinó y le miró fijamente a los ojos.

– Te conozco -dijo-. Vienes en el autobús. El número 52, como yo. ¿Dónde vives?

Joel se lo dijo, lanzando una mirada a su rostro, que pasó de la curiosidad a la sorpresa.

– ¿Edenham Estate? Yo también vivo allí. En la torre. Nunca te he visto por ahí. ¿Y dónde coges el autobús? Cerca de mi parada no, pero te he visto dentro.

Le contó lo de Toby: que lo llevaba andando al colegio. No mencionó a Ness.

La chica asintió, luego dijo:

– Ah, Hibah. Así me llamo. ¿A quién tienes en EPSS?

– Al señor Eastbourne.

– ¿En Religión?

– A la señora Armstrong.

– ¿En Mates?

– Al señor Pearce.

– Buff. Puede ser chungo, ¿verdad? ¿Se te dan bien las mates?

Se le daban bien, pero no le gustaba reconocerlo. Le gustaban las mates. Era una asignatura con respuestas correctas o incorrectas. Uno sabía lo que podía esperar de las mates.

– ¿Tienes nombre? -dijo Hibah.

– Joel -contestó. Y luego le ofreció algo que no había preguntado-. Soy nuevo.

– Eso ya lo sé -dijo ella, y Joel volvió a sonrojarse porque le pareció que Hibah hablaba con desdén. La chica se explicó-: Andas por aquí, ¿entiendes? -Señaló con la cabeza en dirección a la verja que encerraba la escuela al resto del mundo. Le ofreció algo a cambio de la información que le había dado él-. Mi novio viene a la hora de comer la mayoría de los días -dijo-. Así que te veo cuando voy a la verja a hablar con él.

– ¿No estudia aquí?

– No estudia en ningún sitio. Tendría que estudiar, pero no. Quedo con él aquí porque si mi padre nos viera, me daría una paliza de muerte, ¿entiendes? Es musulmán -añadió, y parecía avergonzada de reconocerlo.

Joel no supo qué contestar a eso, así que no dijo nada.

– Estoy en noveno -dijo Hibah al cabo de un momento-. Pero podemos ser amigos, tú y yo. Nada más, ¿entiendes?, porque como te he dicho, tengo novio. Pero podemos ser amigos.

Era un ofrecimiento tan sorprendente que Joel se quedó atónito. En realidad, nunca nadie le había dicho algo así, y ni siquiera podía empezar a imaginar por qué Hibah lo hacía. Si le hubieran preguntado, ni la propia Hibah habría podido explicarlo. Pero como tenía un novio no aceptado y una actitud hacia la vida que la situaba de lleno entre dos mundos enfrentados, sabía lo que era sentirse un extraño en todas partes, lo que la hacía más compasiva que los jóvenes de su edad. Como el agua que busca nivelarse, los inadaptados sociales reconocen a sus hermanos incluso de manera inconsciente. Éste era el caso de Hibah.

– Joder. Que no tengo la peste ni nada -dijo al fin cuando Joel no respondió-. Bueno, podríamos saludarnos en el autobús. No te morirás, ¿no? -Y entonces se marchó.

El timbre para volver a clase sonó antes de que Joel pudiera alcanzarla y ofrecerle su amistad a cambio.

Capítulo 3

En cuanto a amistad se refería, las cosas se desarrollaban de manera muy distinta para Ness, al menos a un nivel superficial. Cuando se separaba de sus hermanos todas las mañanas, hacía lo que había estado haciendo desde su primera noche en North Kensington: quedaba con sus nuevas colegas Natasha y Six. Llevaba a cabo este encuentro regular separándose de Joel y de Toby en los alrededores de Portobello Bridge, donde se quedaba hasta asegurarse de que los chicos no sabrían qué dirección iba a tomar. Cuando los perdía de vista, caminaba deprisa en dirección opuesta, un camino que la llevaba más allá de Trellick Tower, y luego al norte hacia West Kilburn.

Era crucial que tuviera cuidado con todo esto, puesto que para llegar a su destino tenía que utilizar el puente peatonal del canal Grand Union, lo que la colocaría directamente en Harrow Road, en las inmediaciones de la tienda benéfica donde trabajaba su tía. No importaba que, por lo general, Ness llegara a la zona mucho antes de que la tienda abriera, siempre existía la posibilidad de que algún día Kendra decidiera ir más temprano. Ness no quería bajo ningún concepto que Kendra la viera cruzando hacia Second Avenue.

No temía un roce con su tía, porque Ness aún tenía la opinión equivocada de que podía dar guerra a cualquiera, Kendra Osborne incluida. Simplemente no quería pasar por el fastidio de tener que perder el tiempo con ella. Si la veía, tendría que inventar una excusa por estar en una zona equivocada a una hora equivocada y, si bien creía que podía hacerlo con aplomo -después de todo, hacía semanas que se había trasladado de East Acton a esta parte de la ciudad y su tía aún no sabía qué tramaba-, no quería gastar energías en eso. Ya empleaba suficiente esfuerzo en transformarse en la Ness Campbell que había decidido ser.

En cuanto llegaba al otro lado de Harrow Road, Ness caminaba directamente hasta el Jubilee Sports Centre, un edificio bajo en la cercana Caird Street que ofrecía a los habitantes del barrio algo más que hacer aparte de meterse en líos o evitarlos. Ness entraba y, cerca de la sala de máquinas -de la que salía el repiqueteo de la barra de pesas y los gruñidos de los culturistas la mayoría de las horas del día-, utilizaba el servicio de señoras para ponerse la ropa y los zapatos que había metido en la mochila. Cambiaba los horribles pantalones grises por unos vaqueros ajustados. El jersey gris, igual de horrendo, lo sustituía por un top de encaje o una camiseta fina. Después de calzarse unas botas de tacón de aguja y peinarse como a ella le gustaba, se maquillaba -pintalabios más oscuro, más lápiz de ojos, sombra con brillo- y se quedaba mirando en el espejo a la chica que había creado. Si le gustaba lo que veía -y normalmente era así- se marchaba del polideportivo y doblaba la esquina de Lancefield Street.

Era aquí donde vivía Six, en medio de un enorme complejo de edificios llamado Mozart Estate, un laberinto interminable de ladrillo londinense: docenas de terrazas y bloques de pisos que se extendían hasta Kilburn Lane. Pensada como cualquier otra urbanización de viviendas de protección oficial para aliviar la superpoblación de los pisos a los que sustituía, con el tiempo el lugar se había vuelto tan desagradable como sus predecesores. De día, parecía relativamente inofensivo, puesto que había poca gente por las calles, salvo los ancianos que iban de camino a la tienda del barrio para buscar una barra de pan o un cartón de leche. De noche, sin embargo, era otro tema, porque los habitantes del complejo llevaban tiempo viviendo al margen de la ley, traficando con drogas, armas y violencia, ocupándose adecuadamente de cualquiera que intentara detenerlos.

Six vivía en uno de los bloques de pisos. Se llamaba Farnaby House: tenía tres pisos de altura, se accedía a él a través de una gruesa puerta de seguridad de madera, constaba de balcones para holgazanear en verano, el suelo de los pasillos era de linóleo y las paredes estaban pintadas de amarillo. Desde fuera, no parecía en absoluto un mal sitio para vivir; pero una inspección más detenida revelaba que la puerta de seguridad estaba rota, las pequeñas ventanas de al lado estaban rajadas o tapiadas, el olor a orina invadía la entrada y las paredes del pasillo estaban decoradas con agujeros.

El piso que ocupaba la familia de Six era un lugar de mal olor y ruido. El olor predominantemente era el del humo de tabaco viciado y de ropa sucia, mientras que el ruido provenía del televisor y del karaoke de segunda mano que la madre de Six le había regalado en Navidad. Potenciaría, se había dicho, el sueño de su hija de ser una estrella del pop. También esperaba, pero no lo reconocía en voz alta, que la mantuviera alejada de las calles. El hecho de que no hiciera ninguna de las dos cosas era algo que la madre de Six no sabía; la mujer habría hecho la vista gorda si algo en el comportamiento de su hija lo hubiera sugerido. La pobre tenía dos trabajos para poder vestir a los cuatro hijos -de siete- que aún vivían con ella. No tenía ni el tiempo ni la energía suficientes para preguntarse qué hacían sus retoños mientras ella limpiaba habitaciones en el Hyde Park Hilton o planchaba sábanas y fundas de almohada en la lavandería del Dorchester Hotel. Como la mayoría de las madres en su situación, quería algo mejor para sus hijos. Que tres de ellos ya estuvieran siguiendo sus pasos -solteras y pariendo regularmente bebés de distintos hombres inútiles-, lo achacaba a las ganas de fastidiar. Que tres de los otros cuatro fueran por el mismo camino, simplemente no quería reconocerlo. Sólo uno de este último grupo asistía al colegio con regularidad. En consecuencia, lo apodaban el Profesor.

Cuando Ness llegó a Farnaby House, cruzó la puerta de seguridad rota, subió un tramo de escaleras y encontró a Six entreteniendo a Natasha en el cuarto que compartía con sus hermanas. Natasha estaba sentada en el suelo, aplicando una capa viscosa de esmalte púrpura a sus uñas cortas y anchas que ya llevaba pintadas de rojo, mientras Six agarraba el micrófono del karaoke cerca de su pecho y bailaba contoneándose una canción antigua de Madonna. Cuando Ness entró, Six llevó a Madonna al siguiente nivel. Saltó de la cama sobre la que había estado actuando y se meneó alrededor de Ness al son de la música antes de acercarse, atraerla hacia ella y darle un beso con lengua.

Ness la apartó y soltó un taco que le habría valido una multa severa si su tía la hubiera oído. Se secó la boca ferozmente en una almohada que cogió de una de las tres camas del cuarto. Ese gesto dejó dos manchas de pintalabios rojo sangre, una en la funda y la otra como un corte en su mejilla.

En el suelo, Natasha se rió perezosamente, mientras Six -que nunca perdía el ritmo- se giraba hacia ella. Natasha aceptó el beso bastante encantada, la boca abierta al máximo para recibir tanta lengua como Six estuviera dispuesta a darle. Estuvieron así tanto rato que a Ness se le revolvió el estómago y apartó la vista. Al hacerlo, miró a su alrededor y encontró la fuente de la falta de inhibición de sus amigas. Sobre la cómoda había un espejo de mano, cristal arriba, con los restos de un polvo blanco espolvoreado por encima.

– ¡Mierda! -dijo Ness-. ¿No me habéis esperado? Aún os queda material, ¿o sólo hay eso, Six?

Six y Natasha se separaron.

– Te dije que vinieras anoche, ¿no? -dijo Six.

– Sabes que no puedo -dijo Ness-. Si no llego a casa antes de… Mierda. Mierda. ¿Cómo la habéis conseguido?

– La ha pillado Tash -dijo Six-. Hay coca y coca, ¿verdad?

Las dos chicas se rieron amigablemente. Como Ness había averiguado, tenían un acuerdo con varios de los chicos camellos que cubrían en bici las rutas desde uno de los principales proveedores de West Kilburn hasta aquellos consumidores de la zona que preferían quedarse en casa en lugar de ir a algún sitio a comprar la droga: arañaban un poco de material de seis o siete bolsas a cambio de una felación. Natasha y Six se turnaban para hacerlas, aunque siempre compartían la mercancía que recibían como pago.

Ness cogió el espejo, se humedeció el dedo y limpió el poco polvo que quedaba. Se lo frotó por las encías, con poco efecto. Al hacerlo, notó que empezaba a crecerle una piedra dura y caliente en medio del pecho. No soportaba quedarse fuera mirando, y ahí era donde se encontraba en estos momentos. También sería donde continuaría estando si no podía sumarse al colocón de las chicas.

Se giró hacia ellas.

– ¿Tenéis hierba?

Six negó con la cabeza. Se dirigió bailando hacia la máquina de karaoke y la apagó. Natasha la miró con ojos centelleantes. No era ningún secreto que Natasha, dos años menor, veneraba todo lo referente a Six, pero, esta mañana en particular, a Ness esta idolatría la irritó, en especial por el papel que había jugado Natasha la noche anterior pillando para ella y Six y excluyendo a Ness.

– Joder, ¿sabes qué pareces, Tash? -le dijo a Natasha-. Una bollera. ¿Quieres comerte a Six para cenar?

Six entrecerró los ojos al oír aquello y se dejó caer sobre la cama. Rebuscó en una pila de ropa que había en el suelo, cogió unos vaqueros y sacó un paquete de tabaco de uno de los bolsillos. Encendió uno y dijo:

– Eh, cuidado con lo que dices, Ness. Tash es legal.

– ¿Por qué? -dijo Ness-. ¿Tú también lo eres?

Este era el tipo de comentario que podría haber provocado que Six se peleara con Ness, pero Six se resistía a que algo alterara la sensación placentera de estar colocada. Además, sabía por qué estaba contrariada Ness y no iba a dejarse manipular porque no fuera capaz de decir las cosas directamente. Six era una chica que no se andaba con medias tintas con los demás. Había aprendido a ser franca desde pequeña. Era la única forma de que se escuchara su voz en la familia.

– Puedes ser una de nosotras con o sin material. A mí me da igual. Tú decides. A mí y a Tash nos caes bien, pero no vamos a cambiar nuestras costumbres porque a ti te convenga, Ness. -Y luego le dijo a Natasha-: ¿Te parece bien, Tash?

Natasha asintió, aunque no tenía la menor idea de qué estaba hablando Six. Ella misma llevaba tiempo siendo un perrito faldero, necesitaba que alguien que supiera adónde iba la condujera por la vida, para que ella -Natasha-jamás tuviera que pensar o tomar una decisión por sí misma. Por lo tanto, le parecía «bien» casi todo lo que sucediera a su alrededor, siempre que lo originara el objeto actual de su devoción parasitaria.

El pequeño discurso de Six puso a Ness en una mala situación. No quería ser vulnerable -a ellas o a cualquier otra persona-, pero necesitaba a las dos chicas por la compañía y la forma de evadirse que le proporcionaban. Buscó un modo de volver a conectar con ellas.

– Fumémonos un piti -dijo, e intentó parecer aburrida con todo aquel asunto-. De todos modos, es demasiado pronto para mí.

– Pero acabas de decir…

Six interrumpió a Natasha. No le apetecía discutir.

– Sí, joder -reconoció-, es demasiado pronto.

Le lanzó el tabaco y el encendedor de plástico a Ness, que sacudió el paquete para sacar un cigarrillo, lo encendió y le dio la cajetilla y el mechero a Natasha. Con este gesto, alcanzaron una forma de paz que les permitió planear el resto del día.

Durante semanas, sus días habían seguido un patrón. La mañana la pasaban en el piso de Six, donde su madre no estaba, su hermano se había ido al colegio y sus dos hermanas a veces seguían en la cama y a veces se pasaban por los pisos de sus tres hermanos mayores que, junto con sus hijos, vivían en dos de las otras urbanizaciones de la zona. Ness, Natasha y Six dedicaban este tiempo a peinarse, pintarse las uñas, maquillarse y escuchar música en la radio. El día se ampliaba a partir de las once y media, hora en que exploraban las posibilidades de Kilburn Lane, donde intentaban mangar tabaco en el kiosco, ginebra en la licorería, vídeos usados en el Apollo Video y cualquier cosa que pudieran en el Al Morooj Market. Su éxito era limitado, puesto que su aparición en escena intensificaba las sospechas de los propietarios de cada uno de estos establecimientos. Estos mismos propietarios a menudo amenazaban a las chicas con avisar que hacían novillos, una forma de intentar intimidarlas que ninguna se tomaba en serio.

Cuando el destino que elegían no era Kilburn Lane, iban a Queensway en Bayswater, a un trayecto de autobús de Mozart Estate, donde abundaban las atracciones en forma de cibercafés, el centro comercial Whiteley's, la pista de hielo, algunas tiendas y una tienda de móviles -música para los oídos de su mayor deseo-. Porque los móviles eran el único objeto sin el cual una adolescente de Londres no podía sentirse completa. Así que cuando las chicas iban de peregrinaje a Queensway, siempre convertían la tienda de móviles en el último santuario que pensaban visitar.

Allí, habitualmente les pedían que se marcharan. Pero aquello no hacía más que estimular sus ganas de obtener uno de esos teléfonos. El precio de un móvil estaba muy por encima de sus posibilidades -en especial porque carecían de posibilidades-, pero no por eso borraban los móviles de sus planes.

– Podríamos mandarnos mensajes -señaló Six-. Tú podrías estar en un sitio y yo en otro; lo único que necesitamos es ese móvil, Tash.

– Sí -dijo Natasha suspirando-. Podríamos mandarnos mensajes.

– Planear dónde quedar.

– Intentar pillar, cuando lo necesitemos, a uno de los chicos.

– También. Hay que conseguir un móvil. ¿Tú tía tiene, Ness?

– Sí.

– ¿Por qué no se lo mangas?

– Porque si se lo mango, la tendré encima controlándome todo el día. Y me gusta no tenerla encima controlándome todo el día.

Aquello no era mentira. Teniendo el sentido común y la disciplina de restringir sus salidas nocturnas a los fines de semana, estando en casa con el uniforme del colegio cuando su tía regresaba de la tienda benéfica o de una clase de masajes, fingiendo que hacía un mínimo de deberes en la mesa de la cocina mientras Joel sí los hacía, Ness había logrado ocultar su vida a Kendra. Tenía sumo cuidado con todo esto, y las ocasiones en que bebía demasiado y no podía arriesgarse a que la vieran en casa, llamaba religiosamente a su tía y le decía que iba a quedarse a dormir en el piso de Six.

– ¿Qué nombre es ese? -quiso saber Kendra-. ¿Six? ¿Se llama Six?

Su verdadero nombre era Chinara Kahina, le contó Ness. Pero su familia y sus amigos siempre la llamaban Six, por el lugar que ocupó al nacer, el segundo hijo, por la cola, de la familia.

La palabra «familia» otorgaba una legitimidad a Six que a Kendra le daba una sensación falsa de seguridad y propiedad. Si hubiera visto qué era una «familia» en casa de Six, si hubiera visto la casa en sí y lo que sucedía ahí dentro, Kendra no habría agradecido tan rápidamente que Ness hubiera encontrado una amiga en el barrio. Así las cosas, y como su sobrina no le daba ningún motivo para la sospecha, Kendra se permitía creer que todo iba bien. A su vez, aquello le daba la oportunidad de retomar sus planes profesionales en relación con los masajes y recuperar su amistad con Cordie Durelle.

Esta amistad había sufrido desde que a Kendra le cayeron encima los niños Campbell. Sus noches de chicas se habían pospuesto con la misma regularidad con que en su día las habían disfrutado, y las largas conversaciones telefónicas que eran uno de los distintivos de su relación se habían acortado hasta metamorfosearse finalmente en promesas de «te llamo pronto, cielo», sólo que «pronto» no llegaba nunca. Sin embargo, en cuanto la vida en Edenham Way desarrolló lo que a Kendra le pareció un patrón, fue capaz de recuperar poco a poco los días y las noches que vivía antes de la llegada de los Campbell.

Empezó con el trabajo: como ya no necesitaba esa hora libre al día que reducía su nómina y que le habían dado en la tienda benéfica para ocuparse de las necesidades de sus sobrinos, reanudó su empleo de jornada completa. Se reincorporó a un curso en el instituto de formación profesional Kensington and Chelsea, así como a los masajes de demostración en el polideportivo del centro comercial de Portobello Creen. Se sentía suficientemente confiada respecto a cómo les iba a los Campbell como para ampliar sus masajes de demostración a dos gimnasios más de la zona; cuando gracias a ello consiguió sus tres primeros clientes habituales, empezó a sentir que la vida estaba arreglándose sola. Así que el día que Cordie apareció en la tienda benéfica una tarde lluviosa, poco después de la experiencia del beso con lengua de Ness con Six, Kendra se alegró muchísimo de verla.

Estaba esperando a Joel y a Toby, ya que se acercaba la hora en que los chicos iban a casa desde el centro de aprendizaje, que estaba más arriba en esa misma calle. Cuando sonó la campana de la puerta de la tienda, levantó la vista de lo que estaba haciendo -intentar exponer de manera atractiva una donación pésima de bisutería de los setenta-; entonces, vio a Cordie en la puerta en lugar de a los chicos, sonrió y dijo:

– Sácame de aquí, nena.

– Habrás encontrado a un pedazo de hombre -observó Cordie-. Me lo imagino haciéndotelo tres veces al día, y tú ahí tumbada gimiendo y sin pensar en nada más. ¿Me equivoco, señorita Kendra?

– ¿Estás de coña? Hace tanto tiempo que no estoy con un tío que ni sé en qué se diferencian de nosotras -respondió Kendra.

– Bueno, menos mal -dijo Cordie-. Te juro por Dios que empezaba a pensar que te tirabas a mi Gerald y que me evitabas porque sabías que te lo vería en la cara. Aunque deja que te diga, putilla, que te agradecería que te lo hicieras con Gerald. Me librarías de follar todas las noches.

Kendra se rió con compasión. Hacía tiempo que la libido de Gerald era la cruz que su mujer se veía obligada a llevar. En combinación con su determinación de tener un hijo con ella -ya tenían dos niñas-, esa libido hacía que el principal requisito de su matrimonio fuera que Cordie estuviera dispuesta a acostarse con él. Siempre que ella se mostrara ansiosa al principio y saciada sexualmente al final, Gerald no advertía que en el medio se quedaba mirando al vacío y se preguntaba si algún día su marido se daría cuenta de que tomaba la píldora en secreto.

– ¿Ya ha atado cabos? -le preguntó Kendra a su amiga.

– No, por Dios -dijo Cordie-. El ego del hombre basta para que piense que me muero por ir pariendo hijos hasta que él consiga lo que quiere.

Avanzó hacia el mostrador. Aún llevaba, vio Kendra, la mascarilla del uniforme de las manicuras del salón de belleza Princesa Europea y Afro, situado un poco más abajo en la misma calle. Le colgaba del cuello, como un cuello isabelino, y completaba su conjunto de bata púrpura de poliéster y zapatos casi de médico. Hija de padre etíope y madre keniata, Cordie tenía la piel muy negra y un aspecto majestuoso, con su cuello elegante y un perfil que parecía sacado de una moneda. Pero teniendo en cuenta la ropa que la peluquería exigía llevar a sus trabajadoras, ni siquiera unos buenos genes, un rostro perfectamente simétrico, una piel excelente y el cuerpo de una maniquí podían hacer que pareciera una modelo.

Fue a buscar el bolso de Kendra, que sabía que guardaba en un armario debajo de la caja. Lo abrió y cogió un cigarrillo

– ¿Qué tal las niñas? -le preguntó Kendra.

Cordie apagó la llama de la cerilla sacudiéndola.

– Manda quiere maquillarse, hacerse un piercing y tener novio. Patia quiere un móvil.

– ¿Cuántos años tienen ya?

– Seis y diez.

– Mierda. Te darán trabajo.

– Dímelo a mí -dijo Cordie-. Imagino que las tendré a las dos preñadas a los doce.

– ¿Qué piensa Gerald?

Sacó el humo por la nariz.

– Lo tienen dominado, esas niñas. Manda mueve un dedo y se derrite como un helado al sol. Patia suelta un par de lágrimas y saca la cartera antes de tener el pañuelo en la mano. Yo digo que no a algo y él dice que sí. «Quiero que tengan lo que yo nunca tuve», me dice. Te lo digo yo, Ken, tener hijos hoy en día es como tener un dolor de cabeza que no se te pasa te tomes lo que te tomes.

– Totalmente de acuerdo -dijo Kendra-. Creía que yo estaba a salvo y mira lo que ha pasado. He acabado con tres.

– ¿Cómo lo llevas?

– Bien, considerando que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

– ¿Y cuándo los voy a conocer? ¿Los tienes escondidos o qué?

– ¿Escondidos? ¿Por qué iba a querer hacer eso?

– Yo qué sé. Quizás uno tiene dos cabezas.

– Sí. Eso es.

Kendra se rió, pero el hecho era que sí estaba escondiendo a los Campbell a su amiga. Mantenerlos en secreto obviaba la necesidad de tener que explicar nada a nadie sobre ellos. Y haría falta una explicación, por supuesto. No sólo por su físico -Ness era la única que parecía remotamente emparentada con Kendra, y lo conseguía principalmente a base de maquillaje-, sino también por las rarezas de su comportamiento, en particular el de los chicos. Si bien Kendra podría excusar la introversión persistente de Joel, sabía que se sentiría presionada a aportar una razón de por qué Toby era como era. En cualquier caso, al intentar hacerlo, corría el peligro de entrar en todo aquel asunto de su madre. Cordie ya conocía la suerte del padre de los niños, pero el paradero de Carole Campbell era un tema de conversación que nunca habían abordado. Y Kendra quería que siguiera siendo así.

Las circunstancias hicieron que una parte de aquello resultara imposible. Ni un minuto después de que hablara, la puerta de la tienda se abrió otra vez. Joel y Toby se refugiaron de la lluvia: Joel con el uniforme del colegio empapado sobre los hombros, Toby con el flotador inflado, como si esperara un diluvio de proporciones bíblicas.

A Kendra no le quedó más remedio que presentarles a Cordie, y lo hizo deprisa, diciendo:

– Bueno, aquí tienes a dos. Éste es Joel. Y éste es Toby. ¿Os apetece una porción de pizza de pepperoni de Tops, chicos? ¿Necesitáis comer algo?

Para los chicos, su lenguaje fue casi tan confuso como el ofrecimiento inesperado de pizza. Joel no supo qué decir, y como Toby siempre hacía lo mismo que su hermano, ninguno de los chicos ofreció una palabra como respuesta. Joel simplemente bajó la cabeza, mientras que Toby se puso de puntillas y bailó hasta el mostrador, donde cogió varios collares de cuentas y se engalanó como un viajero del tiempo salido del verano del amor.

– ¿Se os ha comido la lengua el gato? -dijo Cordie en tono amigable-. ¿Sois tímidos? Vaya, ojalá mis hijas siguieran vuestro ejemplo durante una hora o así. ¿Dónde está esa hermana vuestra? También tengo que conocerla.

Joel levantó la vista. Cualquier experto en interpretar rostros habría sabido que buscaba una excusa para Ness. Rara vez alguien preguntaba por ella directamente, así que no tenía nada preparado para responder.

– Con sus amigas -dijo al fin, pero habló con su tía y no con Cordie-. Están haciendo un trabajo para el colegio.

– Toda una estudiante, ¿verdad? -preguntó Cordie-. ¿Y vosotros? ¿También sois estudiosos?

Toby eligió ese momento para hablar.

– Me han dado un Twix por no hacerme pis ni caca encima hoy. Me entraron ganas, pero no lo he hecho, tía Ken. Así que me han dado un Twix porque he preguntado si podía ir al baño. -Cuando concluyó, ejecutó una pequeña pirueta.

Cordie miró a Kendra.

– ¿Qué me decís de esa pizza de pepperoni? -dijo Kendra cálidamente.

Joel aceptó con una celeridad que declaraba que quería irse tanto como Kendra deseaba que él y su hermano desaparecieran. Cogió las tres libras que le dio, condujo a Toby fuera de la tienda y salieron en dirección a Great Western Road.

Dejaron tras de sí uno de esos momentos en los que se banalizan, abordan u obvian por completo los temas. Qué sucedería exactamente era algo que estaba en manos de Cordie, y Kendra decidió no ayudarla en la cuestión.

La cortesía social dictaba cambiar de tema educadamente. La amistad exigía una evaluación sincera de la situación. También había un término medio entre estos dos extremos y fue ahí donde Cordie encontró un terreno seguro.

– Lo has pasado mal -dijo mientras aplastaba el cigarrillo en un cenicero de segunda mano que encontró en uno de los estantes-. No imaginabas que ser madre fuera así, ¿verdad?

– Nunca imaginé que sería madre -contestó Kendra-. Lo llevo bastante bien, supongo.

Cordie asintió. Miró pensativa hacia la puerta.

– ¿Su madre va a hacerse cargo de ellos, Ken?

Kendra negó con la cabeza, y para alejar a Cordie del asunto de Carole Campbell, dijo:

– Ness me está ayudando. Mucho. Joel también es muy bueno. -Esperó a que Cordie sacara el problema de Toby.

Cordie lo hizo, pero de un modo que provocó que Kendra la quisiera aún más.

– Si necesitas ayuda, dame un toque, Ken -dijo-. Y cuando estés lista para salir a bailar, yo también lo estaré.

– Lo haré, guapa -dijo Kendra-. Pero por ahora estamos bien.

* * *

La responsable de Admisiones del colegio Holland Park sacó de repente a Kendra de su error. Aunque esa persona -que se identificó como señora Harper cuando telefoneó al fin- tardara casi dos meses en hacer la llamada que iba a trastocar la vida tal como había transcurrido en el número 84 de Edenham Way, tenía sus razones. Como no había aparecido más de una hora por el colegio, como, en realidad, nunca había puesto los pies allí, salvo el día que hizo la prueba de admisión, Ness había logrado perderse en las grietas del sistema. Puesto que el alumnado era dado a la itinerancia -el Gobierno no dejaba de ubicar y reubicar a los inmigrantes que buscaban asilo en el país-, el hecho de que una tal Vanessa Campbell apareciera en la lista de un profesor, pero no en el aula, hizo que muchos de sus maestros creyeran que su familia simplemente se había trasladado forzosa u obligatoriamente a otro lugar. Por lo tanto, no redactaron ningún informe sobre las ausencias de Ness; pasaron siete semanas desde su inscripción en el colegio antes de que Kendra recibiera una llamada acerca de la falta de asistencia a clase de la chica.

Esta llamada no llegó a casa, sino a la tienda benéfica. Como Kendra estaba sola -algo que sucedía habitualmente-, no pudo marcharse. Quiso hacerlo. Quiso subirse a su coche y recorrer las calles en busca de su sobrina, tal como había hecho la noche en que los Campbell llegaron a North Kensington. Como no podía hacerlo, caminó por la tienda. Fue de una hilera de vaqueros azules de segunda mano a una hilera de abrigos de lana gastados e intentó no pensar en las mentiras: las mentiras que Ness le había contado durante semanas y las que ella misma había articulado a la señora Harper.

Con el corazón latiéndole en los oídos con tanta fuerza que apenas oía a la mujer al otro lado del hilo telefónico, le había dicho a la responsable de Admisiones:

– Cuánto siento la confusión. Justo después de inscribir a Ness y a su hermano, tuvo que ir a Bradford a ayudar a cuidar a su madre.

Cómo se le ocurrió la idea de Bradford, habría sido incapaz de decirlo. Ni siquiera estaba segura de poder localizarlo rápidamente en el mapa, pero sabía que tenía una población inmigrante considerable, pues se habían producido disturbios tiempo atrás: asiáticos, negros y los cabezas rapadas de la ciudad, todos dispuestos a matarse entre ellos para demostrar lo que fuera que, al parecer, sintieran la necesidad de demostrar.

– Entonces, ¿va al colegio en Bradford? -preguntó la señora Harper.

– Está yendo a clases particulares -dijo Kendra-. Volverá mañana, precisamente.

– Ya veo. Señora Osborne, en realidad tendría usted que haber llamado…

– Por supuesto. De algún modo, yo… Su madre ha estado mal. Es una situación extraña. Ha tenido que vivir alejada de los niños…, de sus hijos…

– Ya veo.

Pero, naturalmente, no veía ni podía ver, y Kendra no tenía ninguna intención de levantar el velo de su oscuridad. Sólo necesitaba que la señora Harper creyera esas mentiras porque necesitaba que Ness tuviera una plaza en el colegio Holland Park.

– Entonces, ¿dice que volverá mañana? -preguntó la señora Harper.

– Esta noche voy a recogerla a la estación.

– Creía que había dicho mañana.

– Me refería al colegio. A menos que se ponga enferma. Si fuera el caso, la llamaría enseguida… -Kendra dejó que su voz se apagara y esperó la respuesta de la otra mujer.

Al cabo de un momento, dio gracias al cielo por que Glory Campbell hubiera obligado a todos sus hijos a hablar una forma aceptable de inglés. En estas circunstancias, ser capaz de pronunciar un discurso gramaticalmente correcto con un acento aceptable le fue muy útil. Sabía que le daba más credibilidad de la que habría tenido si hubiera recurrido al dialecto que la señora Harper sin duda había esperado oír al otro lado del hilo telefónico cuando había cursado la llamada.

– Se lo haré saber a sus profesores, entonces -dijo la señora Harper-. Y, por favor, la próxima vez manténganos informados, señora Osborne.

Kendra se negó a mostrarse ofendida por la advertencia de la responsable de Admisiones. Tan agradecida estaba de que la mujer hubiera aceptado su historia improbable sobre que Ness estaba cuidando a Carole Campbell que, salvo que la hubiera insultado directamente, habría tolerado cualquier comentario de la señora Harper. Se sintió aliviada por haber sido capaz de improvisar una historia, pero poco después de colgar, el hecho de haberse visto en la obligación de inventarse esa historia provocó que se pusiera a andar por la tienda. Aún seguía haciéndolo cuando Joel y Toby se pasaron de camino a casa desde el centro de aprendizaje.

Toby llevaba un cuaderno de ejercicios en cuyas páginas habían pegado adhesivos vistosos que celebraban la finalización exitosa de los ejercicios de fonética que tenían que ayudarle con la lectura. En el flotador, tenía más pegatinas que decían «¡Bien hecho!», «¡Excelente!» y «¡En plena forma!»; las tenía en azul, rojo y amarillo brillante. Kendra las vio, pero no hizo ningún comentario, sino que le dijo a Joel:

– ¿Dónde ha estado yendo cada día?

Joel no era estúpido, pero estaba atado por la norma de no chivarse. Frunció el ceño y se hizo el tonto.

– ¿Quién?

– No finjas que no sabes de qué te hablo. La responsable de Admisiones me ha llamado. ¿Adónde ha estado yendo Ness? ¿Está con esa chica…? ¿Cómo se llama? ¿Six? ¿Y por qué no la conozco?

Joel bajó la cabeza para evitar responder.

– Mira mis pegatinas, tía Ken. He tenido que comprarme un comic porque ahora ya tengo suficientes pegatinas. He elegido Spiderman. Está en la mochila de Joel.

La referencia a la mochila hizo que Kendra cayera en la cuenta de qué había estado haciendo Ness; se maldijo por haber sido tan tonta. Así que cuando volvió a casa aquella noche -se quedó con Joel y con Toby hasta que llegó la hora de cerrar la tienda, para que el chico mayor no tuviera la oportunidad de advertir a su hermana sobre qué tramaba-, lo primero que hizo fue coger la mochila de Ness del respaldo de la silla, allí donde la chica la había colgado. Kendra la abrió sin miramientos y vació el contenido sobre la mesa de la cocina, donde Ness estaba charlando con alguien por teléfono mientras hojeaba ociosamente el folleto más reciente del instituto Kensington and Chelsea, como si realmente tuviera pensado hacer algo con su vida.

Ness desvió la mirada del folleto a sus pertenencias y, de ahí, a la cara de su tía.

– Tengo que dejarte -dijo, y colgó; miró a Kendra con una expresión que podría describirse como cautelosa, si no fuera también tan calculadora.

Kendra revisó el contenido de la mochila. Ness miro detrás de su tía, donde Joel observaba desde la puerta. Entrecerró los ojos mientras evaluaba a su hermano y su potencial como chivato. Lo descartó. Joel era legal. La información, decidió, debía de proceder de otra fuente. ¿Toby? No era nada probable, se dijo. Por lo general, Toby estaba en las nubes.

Kendra intentó leer el contenido de la mochila de Ness como un sacerdote que practica la adivinación. Desenrolló los vaqueros y extendió la camiseta negra, cuya inscripción dorada «chocho prieto» provocó que acabara directamente en la basura. Apartó el maquillaje, el esmalte de uñas, la laca, las cerillas y el tabaco, y metió las manos en las botas de tacón para ver si había algo escondido dentro. Por último, inspeccionó los bolsillos de los vaqueros, donde encontró un paquete de Wrigley's de menta y uno de papel de liar, que cogió con un gesto de triunfo desventurado propio de alguien que ve la materialización del peor de sus temores.

– ¿Y bien? -dijo.

Ness no dijo nada.

– ¿Qué tienes que decir?

Arriba, en el salón, el televisor se encendió, el sonido a un volumen irritante que anunciaba a todo el mundo a doscientos metros a la redonda que alguien en el 84 de Edenham Way estaba viendo Toy Story 2 por duodécima vez. Kendra lanzó una mirada a Joel. El chico la interpretó y se escabulló escalera arriba para ocuparse de Toby y del volumen del televisor. Se quedó allí, pues sabía que la prudencia dictaba alejarse de las situaciones explosivas.

Repitió la pregunta. Ness alargó la mano al paquete de tabaco y cogió la carterita de cerillas de entre el contenido de la mochila extendido por la mesa.

Kendra se lo arrebató y lo tiró al fregadero de la cocina. Le siguieron los cigarrillos.

– Dios mío, ¿qué me dices de tu padre? -dijo gesticulando con el papel de liar-. Él comenzó con la hierba. Lo sabes. Te lo dijo, ¿verdad? No habría fingido. Contigo no. Incluso ibas con él a Saint Aidan's y le esperabas en la guardería. Durante las reuniones. Me lo contó, Ness. ¿A qué crees que venía todo eso? Contéstame. Dime la verdad. ¿Crees que eres inmune?

Ness sólo tenía un modo de sobrevivir a una referencia sobre su padre como aquélla: retirarse, tomar distancia suficiente, algo que le permitía que la piedra caliente que siempre llevaba dentro creciera de tamaño hasta notar que ascendía y le quemaba detrás de la lengua. Cuando la ira despertaba en su interior, sentía desprecio. Desprecio por su padre -que era la única emoción segura que podía albergar hacia él- e incluso más desprecio por su tía.

– ¿Qué es lo que te jode tanto? Fumo tabaco de liar. Vaya mierda, siempre piensas lo peor.

– Habla como te enseñaron, Vanessa. Y no me digas que es para liar cigarrillos cuando llevas un paquete de tabaco enorme dentro de la mochila. Pienses lo que pienses, no soy estúpida. Estás fumando hierba. Haces novillos. ¿Qué más estás haciendo?

– Te dije que no me pondría esa mierda -dijo Ness.

– ¿Quieres que piense que todo esto es una reacción por tener que llevar un uniforme que no te gusta? ¿Te crees que soy tonta? ¿Con quién has estado todas estas semanas? ¿Qué has estado haciendo?

Ness cogió el paquete de Wrigley's. Lo utilizó para señalar a su tía, un movimiento que pedía -sin intención sarcástica- si podía mascar chicle, puesto que, al parecer, no le iba a permitir fumar.

– Na'.

– Nada -la corrigió Kendra-. «Na-da.» Nada. Dilo.

– Nada -dijo Ness. Dobló un chicle y se lo metió en la boca. Jugó con el envoltorio, enrollando el papel de plata en su dedo índice, con la mirada fija en él.

– ¿Nada con quién?

Ness no contestó.

– Te he preguntado…

– Con Six y Tash, ¿vale? -la interrumpió-. Six y Tash. Nos quedamos en su casa. Escuchamos música. Eso es todo.

– ¿Ella es tu camello? ¿Esa tal Six?

– Venga ya. Es mi amiga.

– Entonces, ¿por qué no la conozco? Porque te está suministrando y sabes que me daré cuenta. ¿No es cierto?

– Joder. Ya te he dicho para qué es el papel. Vas a creer lo que quieras creer. Además, ni que tú quisieras conocer a alguien.

Kendra vio que Ness intentaba darle la vuelta a la tortilla, pero no iba a permitírselo. Así que habló con angustia:

– No puedo consentirlo. ¿Qué te ha pasado, Vanessa? -dijo con ese grito de desesperación paterno antiquísimo que, por lo general, va seguido de la pregunta interna: «¿Qué he hecho mal?».

Pero después de la primera pregunta, Kendra no se formuló a sí misma la segunda, porque en el último momento se dijo que aquéllos no eran sus hijos y, técnicamente, ninguno de ellos debería ser problema suyo. Puesto que tenían un impacto en su vida, sin embargo, intentó enfocar las cosas de otra manera, sin saber que sus palabras pronunciaban la única pregunta con menos probabilidades de producir un resultado positivo.

– ¿Qué diría tu madre, Vanessa, si viera cómo te estás comportando ahora?

Ness cruzó los brazos debajo de los pechos. No dejaría que la conmoviera de esa manera, no con referencias al pasado o con pronósticos sobre el futuro.

Aunque Kendra no sabía exactamente qué tramaba Ness, llegó a la conclusión de que fuera lo que fuera, estaba relacionado con drogas y, muy probablemente, por su edad, con chicos. Todo aquello implicaba malas noticias. Pero más allá de eso, Kendra no sabía nada, aparte de lo que sucedía en los complejos de viviendas de protección oficial que rodeaban North Kensington, y de eso sabía mucho. Compra de drogas. Artículos de contrabando que cambiaban de manos. Atracos. Robos en casas. Alguna que otra agresión. Bandas de chicos que buscaban pelea. Bandas de chicas que buscaban lo mismo. El mejor modo de evitarse problemas era ir por el estrecho camino definido por el colegio, la casa y nada más. Al parecer, no era lo que Ness había estado haciendo.

– No puedes hacer esto, Ness -le dijo-. Vas a hacerte daño.

– Sé cuidar de mí misma -contestó la chica.

Ese era el tema, por supuesto, porque Kendra y Ness tenían un concepto totalmente distinto de lo que significaba cuidar de uno mismo. Los tiempos difíciles, la enfermedad, la decepción y la muerte habían enseñado a Kendra que tenía que arreglárselas sola. Esas mismas cosas y más habían enseñado a Ness a huir, tan deprisa y tan lejos como su mente y su voluntad le permitieran.

Así que Kendra formuló la única pregunta que quedaba por hacer, la que esperaba que hiciera reaccionar a su sobrina y moldeara su conducta de ahora en adelante.

– Vanessa -dijo-, ¿quieres que tu madre sepa cómo te estás comportando?

Ness dejó el análisis que estaba haciendo del envoltorio del chicle, alzó la vista y ladeó la cabeza.

– Sí, claro, tía Ken -contestó al fin-, como si fueras a contárselo.

Era un desafío directo, nada menos. Kendra decidió que había llegado el momento de aceptarlo.

Capítulo 4

Si bien Kendra podría haberlos llevado en coche, optó por el autobús y el tren. A diferencia de Glory, que en el pasado siempre había acompañado a los niños Campbell a visitar a su madre porque estaba desempleada, Kendra tenía un trabajo con el que cumplir y una carrera que desarrollar, así que después de esta visita los niños iban a tener que realizar el viaje para ver a Carole Campbell sin ella. Para poder hacerlo, necesitarían saber cómo ir y volver solos.

Kendra consideraba crucial para el plan del día que Ness no supiera adónde iban inicialmente. Si lo sabía, echaría a correr, y Kendra necesitaba su colaboración, aunque Ness no fuera consciente de que la estaba dando. Quería que Ness viera a su madre -por razones que no podía explicarse a sí misma ni a la chica- y también quería que Carole Campbell viera a Ness. Porque en su día madre e hija tuvieron un vínculo, incluso en las temporadas más terribles de Carole.

Comenzaron su viaje en el autobús número 23 hasta la estación de Paddington. Como era sábado, el autobús estaba abarrotado, puesto que la ruta los llevaría al principio de Queensway, donde, los fines de semana, multitud de niños llenaban las tiendas, los cafés, los restaurantes y los cines. En realidad, Ness creía que iban allí, y cuando se acercaba la parada correspondiente en Westbourne Grove, el hecho de que la chica se levantara automáticamente y empezara a dirigirse hacia las escaleras -pues se habían apretujado en el piso de arriba del autobús- proporcionó a Kendra mucha información sobre dónde había pasado el tiempo su sobrina durante los días en que debería haber estado en el colegio.

Kendra cogió a Ness por la chaqueta cuando la chica comenzó a andar por el pasillo.

– No es aquí, Vanessa -dijo, y la sujetó hasta que el autobús empezó a moverse de nuevo.

Ness miró a su tía y luego a las vistas de la esquina de Queensway, que desaparecían rápidamente. Entonces, volvió a mirar a su tía. Se dio cuenta de que la habían engañado de algún modo, pero aún no sabía cómo, puesto que, con Six y Natasha siempre de compañeras, nunca había ido más allá de Queensway en el autobús número 23.

– ¿Qué es esto? -le dijo a Kendra.

Kendra no contestó, sino que ajustó el cuello de la chaqueta a Toby y le dijo a Joel:

– ¿Estás bien, cielo?

Joel asintió. Le habían asignado la tarea de ocuparse de Toby y estaba haciéndolo lo mejor que sabía. Pero la responsabilidad le tenía desesperado. Porque este día, Toby había estado inquieto desde que se había despertado, como si tuviera el conocimiento sobrenatural de adónde iban a ir y qué pasaría cuando llegaran. Por eso había insistido en llevar consigo el flotador inflado y había montado el espectáculo, caminando de puntillas, murmurando y agitando las manos alrededor de la cabeza como si lo atacaran las moscas. Aún fue peor dentro del autobús, donde tampoco quiso quitarse el flotador por nada del mundo. Tampoco accedió a desinflarlo para dejar más espacio a su familia o a los otros pasajeros. Cuando Kendra le sugirió que lo hiciera, dijo «No» y «¡No!», más fuerte y más fuerte, y empezó a gritar que «tenía» que llevarlo porque la abuela iba a ir a buscarlos y que, de todos modos, Maydarc le «había dicho» que lo ayudaba a «respirar» y que se «ahogaría» si alguien se lo quitaba. Ness había dicho «Joder, dejádselo», y se había ocupado ella del asunto, lo que no hizo más que exacerbar una mala situación que ya estaba provocando que todo el mundo se fijara en ellos. Toby se puso a chillar; Ness empezó a gruñir:

– Ya me tienes cabreada, tío. ¿Te enteras, Toby?

Y Joel se encogió y quiso desaparecer.

– Vanessa -le dijo Kendra con firmeza, en parte para calmar la situación, pero en parte también porque Ness tendría que recordar la ruta en el futuro-. Este es el autobús número 23. Lo recordarás, ¿no?

– Tú también estás empezando a joderme, tía Ken -contestó Ness-. ¿Por qué iba a tener que recordarlo? -No añadió «zorra», pero se reflejó en el tono de voz.

– Tienes que recordarlo porque te lo digo yo -le dijo Kendra-. El autobús número 23. De Westbourne Park a… Ah, sí. Ya estamos. A la estación de Paddington.

Ness entrecerró los ojos. Sabía muy bien qué presagiaba seguramente apearse en la estación de Paddington. Junto con sus hermanos, había estado en este lugar muchas veces a lo largo de los años.

– Eh, no voy a… -dijo.

Kendra la agarró del brazo.

– Sí vas -dijo-. Y si te conozco, lo último que querrás es montar una escena como una niña de cinco años delante de desconocidos. ¿Joel, Toby? Venid con nosotras.

Ness podría haber salido corriendo cuando se bajaron, pero en los últimos años se había convertido en una chica a quien le gustaba planear sus actos de rebeldía, y los reservaba para los momentos en que la otra parte menos sospechara que en su mente rondaba tal idea. Salir corriendo mientras se dirigían a la tenebrosa estación de tren era la reacción esperada, así que Ness adoptó una estrategia distinta.

Intentó zafarse de su tía.

– De acuerdo. De acuerdo -dijo, intentando hablar en lo que, para ella, era el inglés pedante excesivamente irritante de su tía-. Ya puedes soltarme -siguió-. No voy a salir corriendo, ¿vale, joder? Iré, iré. Pero no servirá de una mierda, nunca sirve de una mierda. ¿No te lo dijo la abuela? Bueno, lo verás rápido.

Kendra no se molestó en corregir su vocabulario, sino que sacó doce libras del bolso. Le dio el dinero a Joel y no a Ness, de quien no se fiaba, por muy dispuesta a colaborar que se mostrara.

– Mientras voy a sacar los billetes, id a WH Smith -dijo-. Compradle la revista que le gusta y sus chucherías y coged algo para vosotros. ¿Joel?

El chico la miró. Su rostro era solemne. Acababa de cumplir doce años -hacía una semana- y el peso del mundo descansaba sobre sus hombros. Kendra lo veía y, si bien lo lamentaba, sabía que no había forma de remediarlo.

– Dependo de ti. No le des el dinero a tu hermana, ¿de acuerdo?

– No quiero tu puto dinero, Kendra -le espetó Ness-. Vamos. -Esto último se lo dijo a sus hermanos, a quienes condujo al WH Smith de la estación. Cogió a Toby de la mano y, presionándole los hombros hacia abajo, intentó obligarle a caminar con los pies planos en el suelo y no de puntillas. El niño protestó y se retorció para soltarse. Ness se rindió.

Mientras tanto, Kendra se quedó observando para asegurarse de que se dirigían a WH Smith y fue a buscar los billetes. Como era habitual, las máquinas estaban averiadas, así que se vio obligada a ponerse a la cola en el vestíbulo de los billetes.

Los tres niños Campbell esquivaron a la multitud, la mayoría de la gente se disputaba un lugar para clavar la mirada en la pantalla de salidas como si acabara de recibir la noticia de la inminencia del Segundo Advenimiento. Joel guió a Toby a través de los viajeros, a la estela de Ness, señalando las vistas como un guía turístico demente, para que su hermano continuara avanzando:

– Mira qué tabla de surf, Tobe. ¿Dónde crees que va ese tipo? -Y luego-: ¿Has visto eso, Tobe? En ese cochecito iban unos trillizos.

De esta forma, logró llevar a su hermano a WH Smith, donde miró a su alrededor buscando a Ness y, por fin, la vio en el puesto de las revistas. Había elegido el Elle y el Hello! y se dirigía a la zona de caramelos y otras golosinas cuando Joel la alcanzó.

WH Smith aún estaba más abarrotado que el vestíbulo, si cabe. El flotador de Toby empeoró las cosas en la tienda, pero esta dificultad mejoró cuando el niño se pegó a Joel como una lapa.

– No quiero patatas de sabores esta vez -dijo-. Quiero las normales. ¿Puedo coger un Ribena también?

– La tía Ken no ha dicho nada de bebidas -contestó Joel-. Veremos cuánto dinero nos sobra. -No sería mucho y Joel lo vio cuando los chicos se reunieron con su hermana. Le dijo a Ness-: La tía Ken no ha dicho dos revistas. Tiene que quedarnos dinero suficiente para los bombones de mamá, Ness. Y también para chocolatinas.

– Bueno, que le den a la tía Kendra, Joel -respondió Ness-. Dame el dinero para pagar esto. -Hizo un gesto con el Hello! En la portada, un viejo roquero posaba muy sonriente, exhibiendo a su mujer veinteañera y a un niño tan pequeño que podría ser su bisnieto.

– ¿Puedo coger un Milky Way? -preguntó Toby-. ¿Patatas, un Milky Way y un Ribena, Joel?

– Creo que no tenemos suficiente para…

– Dame el dinero -le dijo Ness a Joel.

– La tía Ken ha dicho…

– Joder, tengo que pagar, ¿no?

Al oír aquello, varias personas se volvieron hacia ellos, incluido el chico asiático que trabajaba en la caja. Joel se sonrojó, pero no cedió. Sabía que, después, su hermana le echaría la bronca, pero, por ahora, decidió que haría lo que le habían dicho…, y al cuerno con las consecuencias que Ness le obligara a afrontar.

– ¿Qué patatas quieres, Tobe? -le dijo a Toby.

– Mierda. Eres patético… -dijo Ness.

– Kettle Crisps, ¿vale? -insistió Joel-. No son de sabores. ¿Éstas te valen?

Habría sido sencillo para Toby asentir simplemente con la cabeza para que pudieran salir de la tienda. Pero, como siempre, el niño fue a lo suyo. En este caso, decidió que tenía que mirar todas las bolsas de patatas del expositor y se negó a estar satisfecho hasta que las tocó una por una, como si poseyeran cualidades mágicas. Al final, eligió la que Joel había tenido todo el tiempo en la mano, basando su decisión no en el valor nutricional -del que como niño de siete años que era no sabía nada y menos aún le importaba-, sino en el color de la bolsa.

– Esa es muy bonita. El verde es mi preferido. ¿Lo sabías, Joel?

– ¿Quieres decirle que deje ya de ser tan patético y darme el dinero? -exigió Ness.

Joel no le hizo caso y, después de realizar su propia selección entre las tabletas de chocolate, cogió un Aero para su madre. En la caja, entregó el dinero y se aseguró de que le devolvieran el cambio a él, y no a su hermana.

Kendra los esperaba fuera de la tienda. Cogió la bolsa de las compras, las examinó y se guardó en el bolsillo el cambio que Joel le ofreció. En un momento de concesión, le dio la bolsa a Ness para que la llevara ella. Entonces, hizo que los tres niños se quedaran quietos y miraran la pantalla de salidas que tenían encima.

– Bien. ¿Cómo sabemos qué tren tenemos que coger? -dijo.

Ness puso los ojos en blanco.

– Tía Ken -dijo-, ¿exactamente hasta qué punto nos crees tan estúpidos?

– ¿Miramos el destino? -dijo Joel amablemente-. ¿Miramos las paradas entre aquí y allí?

Kendra sonrió.

– Entonces, ¿crees que puedes decírnoslo?

– Andén nueve, joder -dijo Ness.

– Esa boca -dijo Kendra-. Joel, el andén nueve es el correcto. ¿Nos llevas allí?

El chico lo hizo.

En cuanto se pusieron en marcha, Kendra retomó su interrogatorio sobre el viaje, para asegurarse de que en el futuro iban a encontrar el camino. Dirigió las preguntas a los tres Campbell, pero sólo uno respondió: «¿Cuántas paradas hay? ¿Qué se le da al revisor cuando pasa por el vagón? ¿Qué pasa si olvidáis comprar el billete? ¿Qué hacéis si tenéis pipí?».

Joel contestó servicialmente a cada pregunta. Ness estaba enfurruñaba y hojeaba el Hello!; Toby daba golpes con la pierna en el asiento, miraba el paisaje y le preguntó a Joel si iba a comerse su chocolatina. Joel estuvo a punto de decir que sí, pero entonces vio la esperanza en el rostro brillante de su hermano. Le dio la chocolatina a Toby y siguió contestando las preguntas de Kendra: «¿Cómo se llama la parada? ¿Adónde vais cuando lleguéis a la estación correspondiente? ¿Qué decís? ¿A quién? Si está fuera, ¿adónde vais? ¿Qué pasa si está dentro?».

Joel sabía algunas respuestas, pero no todas. Cuando titubeaba, Kendra le preguntaba a Ness, cuya contestación era consecuente:

– No me importa, ¿no?

A lo que Kendra contestaba:

– No te creas que no me ocuparé de ti luego, señorita Vanessa.

De esta manera, se dirigieron hacia el oeste, a kilómetros y kilómetros de cualquier cosa que se pareciera a Londres. Aun así, los tres niños Campbell estaban familiarizados con la campiña, pues durante años habían realizado aquel viaje; se bajaban en el campo y caminaban dos kilómetros y medio hasta los muros de ladrillo altos y las verjas de hierro verdes, bien en compañía de su abuela o, antes, con su padre, quien los conducía por el arcén hasta un lugar seguro donde cruzar la carretera.

– Yo me quedo aquí -dijo Ness, mientras el tren arrancaba.

Estaban dentro de la estación, un minúsculo edificio de ladrillo del tamaño de un aseo público, identificado únicamente por un cartel blanco picado de óxido cerca de las vías. No se podía decir que hubiera andén, ni tampoco había una parada de taxis, allí en medio de la nada. En realidad, la propia estación -rodeada de setos más allá de los cuales se extendían campos en barbecho por el invierno- estaba desatendida.

Delante de la estación había un único banco, verde apagado con trozos grises, donde la pintura había ido saltando a lo largo de los años. Ness se dejó caer en él.

– No voy con vosotros.

– Espera -dijo Kendra-. No vas a…

Pero Ness la interrumpió.

– Y no puedes llevarme a rastras. Bueno, puedes intentarlo, pero puedo resistirme y lo haré. Hablo en serio.

– Tienes que ir -le dijo Joel a su hermana-. ¿Qué va a decir cuando no te vea? Va a preguntar. ¿Qué se supone que tengo que decirle?

– Dile que me he muerto o algo -contestó Ness-. Dile que me he escapado para trabajar en un puto circo. Dile lo que te dé la gana. Pero yo no voy a ir a verla. He venido hasta aquí, sí, pero ahora me vuelvo a Londres.

– ¿Con qué billete? -preguntó Kendra-. ¿Con qué dinero vas a comprar uno?

– Bueno, cuando necesito dinero, tengo dinero -la informó Ness-. Y muchas otras cosas más también.

– ¿Dinero de dónde? ¿De qué? -le preguntó Kendra.

– Dinero que me gano -contestó Ness.

– ¿Me estás diciendo que tienes un trabajo?

– Supongo que depende de a qué llames trabajo. -Ness se desabotonó la chaqueta y dejó al descubierto sus pechos en la blusa escotada. Sonrió con suficiencia y dijo-: ¿No lo sabías, tía Ken? Me visto para conseguir dinero. Siempre me visto para conseguir dinero.

* * *

Al final, Kendra comprendió que discutir no serviría de nada; así pues, arrancó una promesa a Ness. Como contrapartida ella le prometió algo, aunque las dos sabían que sus palabras apenas tenían valor. Kendra ya debía lidiar con demasiadas cosas sin tener que entablar también una batalla con Ness por cómo conseguía dinero o por si iba a acompañar a su tía y a sus hermanos pequeños a ver a su madre. Para Ness, las promesas hacía tiempo que se habían convertido en palabras vanas, llenas de ruido y furia. La gente se las había hecho y las había roto sistemáticamente desde que tenía memoria, así que era capaz de prometer y de faltar a esa promesa con total impunidad, y se decía que no le importaba que los demás hicieran lo mismo.

Las promesas dadas en este caso eran sencillas. Kendra no insistiría en que Ness los acompañara un paso más en su ruta para ver a Carole Campbell. A cambio, Ness esperaría a que regresaran a la estación unas dos horas a partir de entonces. Una vez negociado el trato, Kendra y los chicos dejaron a Ness en el viejo banco de madera, entre un tablón de anuncios que no había sido abierto ni actualizado en una década y una papelera que parecía que nadie había vaciado en el mismo tiempo.

Ness los observó marchar. Por un momento demasiado corto, se quedó tan aliviada por haber escapado a otra terrible visita a su madre que realmente se planteó cumplir la promesa que le había hecho a su tía. Muy en el fondo, aún pervivía la niña que reconocía un acto de amor cuando de verdad lo era, y esa niña comprendía de manera intuitiva que lo que Kendra tenía pensado para ella -tanto con el viaje para ver a Carole Campbell como con su promesa de esperar y no irse sola-, en realidad, era por su propio bien. Pero cuando se trataba de su propio bien, el problema de Ness era doble: en primer lugar, la parte de ella que no era una niña era una mujer-chica de quince años en un momento de la vida en que las directrices paternas parecían algo similar a una tortura de fuerzas enemigas; en segundo lugar, esa mujer-chica de quince años había perdido hacía mucho tiempo la capacidad de transformar las palabras de cualquier adulto en algo que pudiera comprender como un beneficio para ella. Así que sólo veía lo que las otras personas le exigían y lo que ella podía sacarles a cambio, accediendo, o negándose, a sus peticiones.

En este caso y tras reflexionarlo, acceder significaba estar sentada un buen rato en el frío. Implicaba que se le entumeciera el trasero por estar sentada sabía Dios cuánto tiempo en la madera astillada del banco de la estación y, a continuación, emprender un trayecto interminable de vuelta a Londres en tren; en ese trayecto seguro que Toby la molestaría hasta tal punto que desearía tirarle a la vía. Peor: acceder conllevaba perderse lo que Six y Natasha hubieran planeado para la tarde y la noche, y eso significaba quedarse fuera mirando la próxima vez que se reuniera con sus amigas.

Así que, en realidad, no había elección entre quedarse en la estación y volver a Londres. Sólo quedaba esperar un tren que fuera hacia el este. Cuando uno se detuvo aproximadamente veintiocho minutos después de que Kendra se marchara con Joel y Toby, Ness subió sin mirar atrás.

* * *

Los otros tres ofrecían una imagen extraña caminando por el arcén: Toby con su flotador, Joel con su ropa de Oxfam que le sentaba fatal, Kendra vestida de color crema y azul marino, como si quisiera que esta visita fuera un sustituto del té de la tarde en un hotel de campo. Cuando la dejaron cruzar la verja del guardia, Kendra condujo a sus sobrinos por un camino de entrada que describía una curva. Recorría un césped amplio con robles -sin hojas- cerca de parterres carentes de color por el tiempo invernal. A lo lejos, se extendía su destino final: la estructura, las alas, las agujas y las torrecillas de un edificio neogótico, las piedras de la fachada manchadas de moho y mugre; los rincones y recovecos del exterior, un lugar donde anidaban los pájaros.

Los cuervos graznaron y levantaron el vuelo a toda velocidad hacia el cielo cuando Kendra y los niños llegaron a la escalera ancha de la entrada. Allí, las ventanas del edificio los miraron vacías, cubiertas por fuera con barrotes verticales de hierro y por dentro con persianas de lamas torcidas. Delante de la gran puerta de entrada, Toby titubeó. Armado con su flotador, había caminado tan ligeramente desde que habían salido de la estación de tren que su repentina vacilación cogió a Kendra por sorpresa.

– No le pasa nada, tía Ken -se apresuró a decir Joel-. No sabe dónde estamos exactamente, pero estará bien en cuanto vea a mamá.

Kendra evitó hacer la pregunta obvia: ¿cómo era posible que Toby no supiera dónde estaban? Prácticamente, llevaba viniendo aquí toda su vida. Y Joel evitó darle la respuesta obvia: Toby ya se había retirado a Sose. Así que Joel empujó la puerta y la sujetó para que entrara su tía. Instó a Toby a seguirla.

La recepción estaba a la izquierda de la entrada, cuadrados de linóleo blancos y negros sobre los que descansaba un felpudo hecho jirones en los bordes. Un paragüero y un banco de madera eran el único mobiliario del recibidor. De ahí se abría un pequeño vestíbulo con una escalera ancha de madera. La escalera describía curvas bruscas mientras ascendía a los primeros dos pisos del edificio.

Joel se dirigió a la recepción, la mano de Toby en su mano y su tía detrás. Reconoció a la mujer del mostrador de anteriores visitas, aunque no sabía su nombre. Pero recordaba su cara, que era amarilla y arrugada. Olía muchísimo a tabaco.

Les entregó los pases automáticamente.

– Por favor, procurad llevarlos sujetos a la ropa.

– Gracias -dijo Joel-. ¿Está en su habitación?

La recepcionista los despidió señalando las escaleras.

– Tendréis que preguntar arriba. Andando, pues. No es bueno para nadie que merodeéis por aquí.

Sin embargo, no tendría que ser así. No en el sentido más amplio. La gente iba a aquel lugar -o llegaba allí de mano de su familia, magistrados, jueces o su médico- porque sería bueno para ella, que era otra forma de decir que la curarían, que le devolverían la normalidad v la capacitarían para enfrentarse a la vida.

En el segundo piso, Joel se detuvo en otro mostrador. Un enfermero levantó la vista del terminal del ordenador.

– En la sala de la tele, Joel -dijo, y reanudó el trabajo.

Recorrieron un pasillo de linóleo: a la izquierda se abrían habitaciones; a la derecha se extendían ventanas. Tenían barrotes, igual que las de los pisos inferiores. También tenían las mismas persianas de lamas, de las que declaraban «Institución», ya fuera por su anchura, por la posición torcida o por la cantidad de polvo amontonado en ellas.

Kendra asimiló todo mientras seguía a su sobrino. Nunca había estado en el interior de aquel lugar. Las pocas veces que había ido a ver a Carole, se habían visto fuera porque hacía buen tiempo. Deseó que hoy hubiera hecho buen tiempo, que hubiera hecho un calor anormal para la época del año y tener una buena excusa para continuar evitando este momento.

La sala de la televisión estaba al final del pasillo. Cuando Joel abrió la puerta, los olores le asaltaron. Alguien había estado jugando con los radiadores y el calor infernal resultante fundía los hedores de cuerpos sucios, pañales usados y halitosis colectiva. Toby se detuvo tras cruzar el umbral, luego su cuerpo se tensó mientras retrocedía hacia Kendra. El olor fétido actuaba como sales aromáticas sobre él, alejándole de la seguridad de su mente y sumergiéndole directamente en la realidad. Ahora estaba en el tiempo y el lugar presentes; miró detrás de él como si se planteara salir huyendo.

Kendra lo empujó suavemente hacia el interior de la sala.

– No pasa nada -le dijo. Pero no podía culparle por su titubeo. Ella también quería huir.

Nadie miró en su dirección. En la televisión ponían un torneo de golf y varias personas estaban sentadas delante, los ojos clavados en la acción limitada que ofrece este deporte. En una mesa de juegos, cuatro pacientes más trabajaban en un rompecabezas, mientras en otra, dos ancianas miraban lo que parecía un álbum de boda antiguo. Tres personas más -dos hombres y una mujer- no dejaban de pasearse de pared a pared, mientras en un rincón una persona en silla de ruedas de sexo indeterminado decía con voz débil: «Tengo que mear, maldita sea», pero nadie le hacía caso. En la pared, encima de la silla de ruedas, había colgado un poster con un lema que rezaba: «Cuando la vida te da limones, haz limonada». En el suelo, al lado, estaba sentada una chica de pelo largo, que sollozaba en silencio.

Había una persona en la sala entregada a la laboriosidad, de rodillas, fregando el suelo. Estaba justo detrás de la mesa del rompecabezas, trabajando a partir de un rincón de la sala. No tenía cubo, ni cepillo, ni fregona, ni esponja que la ayudaran en su tarea, sólo sus nudillos, que restregaba repetidamente describiendo un arco en el suelo de linóleo.

Joel reconoció a su madre por el tono cobrizo de su pelo, que era parecido al suyo.

– Ahí está -le dijo a su tía, y tiró de Toby para avanzar hacia ella.

– Hoy es Caro, la Limpiadora -dijo una de las señoras del rompecabezas cuando se acercaron-. Va a dejarlo todo como los chorros del oro, eso es. ¡Caro! Tienes compañía, querida.

– Gastando el suelo más bien -terció uno de los compañeros de puzle-. Y dile que haga algo con la nariz de tu hermano.

Joel examinó a Toby. Kendra hizo lo mismo. El labio superior del niño estaba húmedo y brillante. Kendra buscó en su bolso un kleenex o un pañuelo que no tenía, mientras Joel registró la habitación con la mirada en busca de algo para limpiar a Toby. No había nada, así que se vio obligado a utilizar el faldón de su camisa, que luego se remetió en los vaqueros.

Kendra se acercó al cuerpo arrodillado de Carole Campbell e intentó recordar cuándo la había visto por última vez. Hacía meses, creía recordar. O tal vez más incluso, en primavera del año anterior, por las flores, el tiempo y el hecho de que se hubieran visto fuera. Desde entonces, Kendra siempre había estado demasiado ocupada. Miles de proyectos y cientos de obligaciones habían bastado para mantenerla alejada de este lugar.

Joel se agachó al lado de su madre.

– ¿Mamá? -dijo-. Hoy te hemos traído una revista. Yo, Toby y la tía Ken. ¿Mamá?

Carole Campbell continuó limpiando el suelo en vano, describiendo grandes semicírculos sobre el suelo verde apagado. Joel se inclinó hacia delante y dejó el ejemplar de Elle frente a ella.

– Te hemos traído esto -dijo-. Es nueva, mamá.

En realidad, la revista parecía vieja, puesto que la habían enrollado por el camino. Las esquinas estaban dobladas hacia arriba y la huella de una mano emborronaba la cara de la chica. Pero bastó para que Carole dejara de limpiar. Miró la revista y se llevó los dedos a la cara, se tocó las facciones que la convertían en lo que era: una mezcla de japonesa, irlandesa y egipcia. Se comparó -descuidada, sucia- con la criatura perfecta que salía retratada. Entonces miró a Joel y luego a Kendra. Toby, refugiado al lado de Joel, intentó empequeñecerse.

– ¿Dónde está mi Aero? -preguntó Carole-. Tengo que comerme un Aero de naranja, Joel.

– Aquí está, Carole. -Kendra lo sacó del bolso rápidamente-. Los chicos te lo han comprado en WH Smith cuando han elegido el Elle.

Carole no le hizo caso, el chocolate olvidado, perdida en otro pensamiento.

– ¿Dónde está Ness? -preguntó, y miró a su alrededor. Sus ojos eran color gris verdoso y parecía tener la mirada perdida, como si estuviera atrapada en algún lugar en ninguna parte, entre la sedación total y el hastío incurable.

– No ha querido venir -dijo Toby-. Se ha comprado el Hello! con el dinero de la tía Ken, así que yo no he podido comprarme ninguna chocolatina, mamá. Si no quieres el Aero, ¿puedo…?

– No dejan de pedírmelo -le interrumpió Carole-. Pero no lo haré.

– ¿No harás el qué? -preguntó Joel.

– Sus malditos puzles. -Señaló con la cabeza la mesa donde estaban construyendo el rompecabezas y añadió con disimulo-: Es una prueba. Creen que no me doy cuenta, pero sí. Quieren saber qué pasa en mi sub…, mi subconsciente, y así es como quieren descubrirlo, o sea, que no voy a hacer ningún puzle. Se lo he dicho: si quieren saber qué hay en mi cabeza, ¿por qué no me lo preguntan directamente? ¿Por qué no me visita un médico? Joel, se supone que tengo que ver al médico una vez a la semana. ¿Por qué no me visita? -Había elevado más la voz y agarraba la revista contra su pecho. A su lado, Joel notó que Toby empezaba a temblar. Miró a Kendra para buscar alguna especie de auxilio, pero ella observaba a su madre como si fuera un espécimen de laboratorio-. Quiero ver al médico -gritó Carole-. Tengo que verlo. Conozco mis derechos.

– Lo viste ayer, Caro -la informó la primera mujer del puzle-. Como siempre. Una vez a la semana.

A Carole se le ensombreció el rostro, en el que parpadeó una expresión tan parecida a la que tenía Toby cuando les dejaba que tanto Kendra como Joel soltaron un suspiro titubeante.

– Entonces quiero irme a casa -dijo Carole-. Joel, quiero que hables con tu padre. Tienes que hacerlo enseguida. Él te escuchará y debes decirle…

– Gavin está muerto, Carole -le dijo Kendra a su cuñada-. Lo entiendes, ¿verdad? Murió hace cuatro años.

– Pregúntale si puedo ir a casa, Joel. No volverá a pasar. Ahora entiendo las cosas. Entonces no lo entendía. Había demasiado… Aquí arriba… Demasiado… Demasiado… Demasiado… -Había cogido la revista y se daba golpecitos con ella en la frente. Una vez, dos. Y luego, mientras se golpeaba más fuerte, dijo-: Demasiado.

Joel miró a Kendra para que lo rescatara de algún modo, pero Kendra se sentía totalmente perdida. La única forma de rescate que se le ocurrió fue largarse de aquel lugar lo antes posible antes de que los daños fueran irreparables. Como si no hubiera daños irreparables ya. Pero, de repente, no quería más de aquello, no quería más visitas ni para ella ni para los niños del destino, el karma, la predestinación o como quisieran llamarlo.

Aunque Joel no habría podido expresarlo con palabras, comprendió, por la expresión de su tía, su postura y su silencio, que tendría que pasar esta visita con su madre solo. No había ni una enfermera ni un camillero en la sala que acudiera a ayudarlos; aunque lo hubiera, Carole no estaba haciéndose daño. Y la primera vez que entró en este lugar le había quedado claro que, a menos que una paciente quisiera herirse físicamente, nadie iba a salvarla de lo peor de sí misma.

Buscó una distracción.

– Se acerca el cumpleaños de Toby, mamá. Cumplirá ocho años. Aún no he pensado qué regalarle porque no tengo mucho dinero, pero algo tengo. Unas ocho libras que he ahorrado. Pensaba que tal vez la abuela mandaría dinero y podría…

Su madre lo agarró del brazo.

– Habla con tu padre -dijo entre dientes-. Júrame que hablarás con tu padre. Tengo que irme a casa. ¿Me entiendes? -Acercó a Joel hacia ella, y el niño percibió su olor: a mujer sucia y pelo sucio. Intentó con todas sus fuerzas no zafarse.

Toby, por otro lado, no sintió tantos reparos. Se apartó de Joel, retrocedió hacia su tía y dijo:

– ¿Podemos irnos a casa? Joel, ¿podemos irnos?

Al oír aquello, Carole pareció despertar de su ensoñación. De repente, vio a Toby encogido de miedo y a Kendra detrás de él.

– ¿Quién es éste? -dijo elevando cada vez más el tono de voz-. ¿Quién es esta gente, Joel? ¿A quién te has traído? ¿Y dónde está Ness? ¿Dónde está Ness? ¿Qué has hecho con Ness?

– Ness no quer…, no podía… Mamá, son Toby y la tía Kendra. Los conoces. Toby ha crecido, claro. Casi tiene ocho años. Pero la tía Ken…

– ¿Toby? -Carole Campbell se refugió en su interior al decir el nombre, tratando de poner en orden el caos de sus recuerdos para encontrar el relevante. Se meció sobre los talones y examinó al niño pequeño que tenía delante, luego a Kendra, intentando entender quién era esa gente y, lo más importante, comprender qué querían de ella-. Toby -murmuró-. Toby. Toby. -De repente, su rostro se iluminó cuando consiguió vincular a Toby con una imagen en su mente. Por su parte, Joel sintió alivio y Kendra sintió que desaparecía una crisis potencial.

Pero entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Carole perdió la capacidad de comprender y su cara se contrajo. Miró directamente a Toby y levantó las manos -las palmas hacia fuera- como si fuera a rechazarle de algún modo.

– ¡Toby! -gritó, y para ella su nombre ya no era un nombre, sino una acusación.

– Eso es, mamá -dijo Joel-. Es Toby. Es él, sí.

– Tendría que haberte tirado -respondió Carole gritando-. Cuando oí el tren. Tendría que haberte tirado, pero alguien me lo impidió. ¿Quién? ¿Quién me impidió que te tirara?

– No, mamá, no puedes…

Carole se agarró la cabeza, los dedos hundidos en su pelo rojo.

– Tengo que irme a casa ahora. Enseguida, Joel. Llama a tu padre y dile que debo ir a casa. Dios mío, Dios mío, ¿por qué ya no puedo recordar nada?

Capítulo 5

Puesto que parte de su labor consistía en saber cuándo los alumnos de su clase de EPSS flaqueaban en un área u otra -después de todo, la clase se llamaba Educación Personal, Social y Sanitaria por algo-, el señor Eastbourne, quien por lo demás estaba mental, espiritual y emocionalmente consumido por una relación desventurada que intentaba sacar adelante con una actriz en paro que había intentado suicidarse varias veces, al final percibió que Joel Campbell necesitaba un poco de atención especial. Le resultó evidente cuando un compañero suyo sacó por tercera vez a Joel de su escondite de la hora del almuerzo y se lo entregó al señor Eastbourne para que mantuvieran un diálogo íntimo que debía revelar la naturaleza de los problemas del chico. Cualquiera que tuviera ojos en la cara podía, por supuesto, averiguar en qué consistía el problema: era muy reservado, no tenía amigos, sólo hablaba cuando le hablaban, y no siempre, y pasaba el tiempo libre intentando fundirse con los tablones de anuncios, los muebles o lo que fuera que comprendiera el entorno en el que se encontrara. Lo que quedaba por desenterrar de la psique de Joel eran los motivos de esos problemas.

El señor Eastbourne poseía una cualidad por encima de todas que lo convertía en un docente excepcional de EPSS: conocía sus limitaciones. No le gustaba la cordialidad falsa y comprendía que era improbable que los intentos espurios por hacerse el simpático con un adolescente con problemas dieran un resultado positivo. Así que recurrió a un integrante del programa de mentores del colegio, un inventario humano de miembros de la comunidad que estaban dispuestos a ayudar a los alumnos en todo, desde la lectura al alivio de la ansiedad. Por lo tanto, poco después de la visita a su madre, Joel se encontró con que lo conducían ante la presencia de un inglés de aspecto extraño.

Se llamaba Ivan Weatherall, un hombre blanco de cincuenta y muchos años partidario de las chaquetas de caza con la piel gastada en todos los lugares adecuados, así como de los pantalones de tweed anchos, altos de cintura y sujetos con tirantes y cinturón. Tenía una dentadura atroz -pero el aliento excepcionalmente agradable- y caspa crónica, aunque llevaba el pelo recién lavado. Con la manicura hecha, recién afeitado y con betún allí donde se necesitaba, Ivan Weatherall sabía lo que era ser un marginado, puesto que le habían obligado a hacer trabajos para los estudiantes mayores y había sufrido acoso en el internado, además de tener una libido suficientemente baja como para convertirse en un inadaptado social desde los trece años hasta su incipiente vejez.

Tenía una forma de hablar de lo más peculiar. Tan anómala era para lo que estaba acostumbrado a oír Joel -incluso a su tía- que, al principio, concluyó que Ivan Weatherall estaba gastando una broma monumental a costa de Joel. Utilizaba expresiones como «Estupendo», «Osaría decir», «Justamente» y «Hasta la vista»; detrás de las gafas metálicas, sus ojos azules se clavaban en los de Joel y nunca los apartaba, como si estuviera esperando una reacción. Eso forzaba a Joel, o bien a ofrecérsela, mirándole, o bien a apartar la vista. La mayoría de las veces elegía apartar la vista.

Él e Ivan se reunían dos veces por semana durante la clase de EPSS, en un despacho disponible para el programa de mentores. Ivan inició su relación con una reverencia formal y diciendo:

– Ivan Weatherall, a tu servicio. No te había visto antes por aquí. Es un verdadero placer conocerte. ¿Salimos a deambular o te inclinas por permanecer aquí?

Ante esta singular presentación, Joel no contestó, pues creyó que el hombre estaba tomándole el pelo.

– Entonces tomaré yo la decisión -dijo Ivan-. Como la lluvia será inminente, sugiero que aprovechemos los asientos que se nos ofrecen.

Entonces condujo a Joel al pequeño despacho, donde acomodó su cuerpo desgarbado en una silla de plástico roja y colocó los tobillos alrededor de las patas delanteras.

– Tengo entendido que llevas relativamente poco tiempo en nuestro rinconcito del mundo -dijo-. Tu morada está…, ¿dónde? ¿Uno de los complejos de viviendas subvencionadas, creo? ¿En cuál?

Joel se lo dijo; lo logró sin levantar la vista de sus manos, que jugaban con la hebilla del cinturón.

– Ah, la ubicación del magnífico edificio del señor Goldfinger -intervino Ivan-. Entonces, ¿vives dentro de esa curiosa estructura?

Joel supuso correctamente que Ivan se refería a Trellick Tower, así que negó con la cabeza.

– Lástima -dijo Ivan Weatherall-. Yo también vivo por la zona y siempre he querido explorar ese edificio. Lo considero un poco lúgubre, bueno, qué se puede hacer con hormigón aparte de algo que parezca una prisión de mínima seguridad, ¿no estás de acuerdo?, y, sin embargo, esos puentes…, piso tras piso… Son toda una declaración. Osaría decir que la gente aún desea que los problemas de vivienda del Londres de posguerra hubieran podido resolverse de un modo más agradable visualmente.

Joel levantó la cabeza y se aventuró a mirar a Ivan, intentando dilucidar todavía si estaba tomándole el pelo. Ivan lo observaba, con la cabeza ladeada. Había alterado su posición durante sus comentarios introductorios, echándose hacia atrás, de manera que la silla descansaba sólo sobre las dos patas traseras. Cuando los ojos de Joel se encontraron con los suyos, Ivan le ofreció un pequeño saludo amistoso:

– Entre nous, Joel -dijo en tono de confianza-, soy aquello que, por lo general, se describe como un inglés excéntrico. Bastante inofensivo y atractivo para invitar a una cena con estadounidenses que se declaran desesperados por conocer a un inglés auténtico.

Era difícil encontrarlos en esta zona de la ciudad, siguió contándole a Joel, en particular en su propio barrio, donde las casas pequeñas estaban ocupadas por grandes familias de argelinos, pakistaníes, hindúes, portugueses, griegos y chinos. Él vivía solo -«ni siquiera tengo un periquito que me haga compañía»-, pero le gustaba, ya que le daba tiempo y espacio para dedicarse a sus aficiones. Todo hombre, le explicó, necesitaba una afición, una salida creativa a través de la cual el alma ganara expresión.

– ¿Tú tienes una? -le preguntó.

Joel se aventuró a responder. La pregunta parecía inofensiva.

– ¿Una qué?

– Una afición, una tarea extracurricular que te enriquezca el alma de algún modo u otro.

Joel negó con la cabeza.

– Entiendo. Bueno, tal vez podamos encontrarte una. Naturalmente, habrá que realizar un poquito de investigación, para la que te pediré que colabores con lo mejor de tu habilidad. Verás, Joel, somos criaturas hechas de partes. Partes físicas, mentales, espirituales, emocionales y psicológicas. Somos similares a las máquinas, en realidad, y hay que prestar atención a todos los mecanismos que configuran lo que somos si queremos funcionar con eficacia y al máximo de nuestras capacidades. Tú, por ejemplo. ¿Qué piensas hacer con tu vida?

A Joel nunca le habían hecho esta pregunta. Lo sabía, por supuesto, pero le daba vergüenza reconocérselo al excéntrico de Ivan Weatherall.

– Bueno, pues centraremos una parte de nuestra búsqueda en eso -dijo Ivan-. Tus intenciones. Tu camino hacia el futuro. Yo mismo, verás, deseaba ser productor de cine. No actor, no, porque al fin y al cabo nunca soportaría que la gente me diera órdenes y me dijera lo que tengo que hacer. Y tampoco director, porque no soportaría ser yo quien da las órdenes. Pero producir… Ah, eso es lo que me apasionaba. Hacerlo realidad para los demás, dar vida a sus sueños.

– ¿Lo consiguió?

– ¿Producir películas? Oh, sí. Veinte, en realidad. Y luego llegué aquí.

– ¿Estaba en Hollywood, entonces?

– ¿Con una aspirante a estrella colgada de cada brazo? -Ivan se estremeció dramáticamente, luego sonrió y mostró su dentadura torturada-. Bueno, ya he planteado lo que quería decir. Pero es una conversación para otro momento.

A lo largo de las siguientes semanas, mantuvieron muchas conversaciones como ésta, aunque Joel se guardó sus secretos más oscuros para él. Así que si bien es cierto que Ivan sabía que la responsabilidad de Joel era pasar por la escuela Middle Row a recoger a Toby para que su hermano pequeño no tuviera que ir solo a ninguna parte, asuntos como dónde llevaba Joel a Toby y por qué nunca surgieron en las conversaciones que mantenían mentor y alumno. En cuanto a Ness, Ivan sabía que faltaba a clase regularmente y que sus problemas de asistencia no se habían resuelto con la llamada telefónica de la responsable de Admisiones a Kendra Osborne.

Aparte de eso, Ivan era quien hablaba principalmente. Joel, que le escuchaba, se acostumbró a las excentricidades del lenguaje del hombre mayor. En realidad, descubrió que Ivan Weatherall le caía bien, además de esperar con ilusión sus reuniones. Pero este factor en su relación -la parte de que le cayera bien- hacía que Joel fuera aún más reticente a hablarle con sinceridad. Si lo hacía, lo que imaginó que era el propósito de las visitas, creía que considerarían que estaba «curado» de lo que fuera que la escuela había decidido que le afligía. Si estaba curado, ya no necesitaría ver más a Ivan, y no quería que eso sucediera.

Fue Hibah quien reveló a Joel una forma para que Ivan siguiera hablando en su vida, aunque la escuela decidiera que ya no era necesario. Cuando hacía unas cuatro semanas que se reunían, la chica vio a Joel saliendo de la biblioteca con el inglés, y aquella tarde se dejó caer al lado de Joel en el autobús número 52 para ponerle al día.

– Estás viendo a ese loco inglés, ¿verdad? -empezó diciendo-. Ten cuidado con él.

Joel, que estaba trabajando en un problema de matemáticas que le habían puesto de deberes, no advirtió al principio la amenaza que había detrás de esas palabras.

– ¿Qué? -dijo.

– Ese tal Ivan. Va con chicos.

– Es su trabajo, ¿no?

– No hablo del colegio -dijo ella-. En otros lugares. ¿Has estado en el Paddington Arts?

Joel negó con la cabeza. Ni siquiera sabía qué era el Paddington Arts, menos aún dónde estaba.

Hibah se lo contó. El Paddington Arts era un centro para trabajos creativos, situado no muy lejos del canal Grand Union y al lado de Great Western Road. Allí se ofrecían clases -otro intento más de dar a los jóvenes de la zona algo que hacer aparte de meterse en líos- e Ivan Weatherall era uno de los profesores.

– Eso dice él -le dijo Hibah-. A mí me han contado otra cosa.

– ¿Quién? -preguntó Joel.

– Mi novio. Dice que a Ivan le van los chicos. Los chicos como tú, Joel. Chicos mestizos, le gustan ésos, y mi novio debería saberlo.

– ¿Por qué?

Hibah puso en blanco sus grandes ojos de manera expresiva.

– Puedes imaginártelo. No eres burro ni nada, ¿no? De todas formas, lo dice más gente además de mi novio. Hay chicos mayores que han crecido aquí. Ese tipo, Ivan, lleva aquí toda la vida y siempre ha sido igual. Ten cuidado, yo sólo te digo eso.

– Conmigo no ha hecho nada más que hablar -le dijo Joel.

Otra vez, Hibah puso los ojos en blanco.

– ¿Es que no te enteras de nada? Así es como empieza -dijo.

* * *

La mentira que Kendra le contó a la responsable de Admisiones del colegio Holland Park fue la razón por la que tardó varias semanas en activarse el siguiente nivel de preocupación educacional en cuanto a la falta de asistencia a la escuela de Ness. Durante este tiempo, la chica siguió como antes, saliendo de casa con sus hermanos y separándose de ellos en las inmediaciones de Portobello Bridge, con sólo una ligera variación. Esta vez, su tía sí creyó que estaba yendo al colegio porque ya no llevaba ropa para cambiarse en la mochila, sino dos libretas y un libro de Geografía, todo robado al hermano de Six, el Profesor. La ropa para cambiarse la dejaba en casa de su amiga.

Kendra eligió creerla para estar tranquila. Era el camino más fácil. Por desgracia, sólo era cuestión de tiempo que ese camino pasara de pedregoso a intransitable.

Fue a finales de marzo, y en medio de un clásico aguacero inglés, cuando diversas circunstancias conspiraron contra ella. La primera ocurrió cuando un hombre negro ágil y bien vestido entró en la tienda benéfica, sacudió un paraguas color café y pidió hablar con la señora Osborne. Era Nathan Burke, dijo, el jefe de estudios del colegio Holland Park.

Cordie Durelle estaba en la tienda con Kendra, en su descanso del salón de belleza Princesa Europea y Afro. Como aquel otro día, estaba fumando. Como de costumbre, llevaba la bata púrpura y la mascarilla colgada del cuello. Ella y Kendra estaban hablando de cómo Gerald Durelle, en estado de embriaguez, había iniciado recientemente una búsqueda destructiva por toda la casa para encontrar lo que suponía -correctamente- que tenían que ser píldoras anticonceptivas, las cuales creía que impedían que su mujer se quedara embarazada del hijo que tanto deseaba. Cordie acababa de llegar al clímax de la historia cuando la puerta de la tienda se abrió y sonó la campana.

Su conversación murió como si de un acuerdo telepático se tratara, básicamente porque Nathan Burke cortaba la respiración, y las dos mujeres necesitaron respirar. Habló con cortesía y precisión. Cruzó la tienda hasta el mostrador con la confianza de un hombre que había recibido una educación correcta, una formación idónea y que había llevado una vida vivida, en su mayoría, fuera de Inglaterra y en un ambiente en el que había sido tratado con igualdad respecto a los demás.

Burke preguntó cuál de las damas era la señora Osborne y si podía hablar con ella sobre un asunto privado. Kendra se identificó con cautela y le dijo que podía hablar delante de su mejor amiga, Cordie Durelle. Cordie le lanzó una mirada de agradecimiento, puesto que siempre apreciaba estar en presencia de un hombre atractivo. Bajó los párpados e intentó parecer lo más seductora posible para una mujer con una bata púrpura y una mascarilla.

Sin embargo, Nathan Burke no tuvo tiempo de fijarse en ella. Llevaba desde las nueve de la mañana visitando a padres de alumnos del Holland Park que faltaban a clase, y aún le quedaban cinco más antes de acabar la jornada e irse a casa a recibir los cuidados comprensivos de su compañera. Por esta razón, fue al grano. Sacó los informes de asistencia relevantes y dio la noticia a Kendra.

Kendra miró los informes, sintiendo el martilleo del miedo en la cabeza. Cordie también les echó un vistazo y dijo lo que era obvio.

– Mierda, Ken. No ha ido al colegio ni un día, ¿no? -Y luego le dijo a Nathan Burke-: ¿Qué clase de colegio tienen ustedes? ¿La estaban acosando o algo así para que no haya querido ir?

– Es complicado que la hayan acosado si no ha ido nunca -dijo Kendra.

Cordie se mostró algo clemente; pasó por alto el modo de hablar de Kendra:

– Entonces, se habrá metido en algún lío. La única pregunta es de qué tipo: chicos, drogas, alcohol, delincuencia callejera.

– Tiene que conseguir que vaya al colegio -dijo Nathan Burke-, independientemente de qué haya estado haciendo mientras no iba a clase. La cuestión es cómo hacerlo.

– ¿Alguna vez ha probado el cinturón? -dijo Cordie

– Tiene quince años, es demasiado mayor para eso. Además, no voy a pegar a esos niños. Lo que han vivido… es suficiente.

El señor Burke pareció prestar mucha atención a aquello, pero Kendra no iba a contarle la biblia de la historia de su familia. Así que le preguntó qué recomendaba él, salvo pegar a la chica, que, seguramente, estaría encantada de devolverle los golpes a su tía.

– Establecer consecuencias normalmente funciona -dijo-. ¿Le importa que hablemos de algunas que podría probar?

Repasó esas tácticas, así como también los diversos resultados: llevar a Ness en coche al colegio y acompañarla a la primera clase delante de todos los otros alumnos para que pasara vergüenza y no quisiera experimentarlo una segunda vez; eliminar privilegios como llamar por teléfono y ver la televisión; castigarla sin salir; mandarla a un internado; preparar una terapia privada para llegar al fondo del problema; decirle que ella -Kendra- la acompañaría a todas las clases si seguía saltándoselas…

Kendra se podía imaginar que su sobrina se encogería de hombros ante cada una de esa lista de consecuencias. Y salvo esposar a Ness para controlar su comportamiento, no se le ocurrió una consecuencia de su absentismo escolar que pudiera convencer a su sobrina sobre la importancia de asistir a clase. A lo largo de los años, a aquella chica se le habían arrebatado demasiadas cosas, y nada había logrado sustituir la vida normal que se le había esfumado. Era complicado decirle que su educación era importante cuando nadie le daba un mensaje similar sobre tener una madre estable, un padre vivo y una vida familiar ordenada.

Kendra era consciente de todo eso, pero no tenía ni idea de qué hacer al respecto. Apoyó los codos en el mostrador de la tienda y se pasó los dedos por el pelo.

Aquel gesto provocó que Nathan Burke ofreciera una última sugerencia. El problema de Vanessa, dijo, tal vez requeriría enviarla a un piso tutelado. Existían cosas así, si la señora Osborne se sentía incapaz de asumir la tarea de ocuparse de la chica. Un hogar de acogida…

– Ni de coña… -Levantó la cabeza y se autocorrigió-. Estos niños no van a acabar con una familia de acogida.

– Entonces, ¿significa que empezaremos a ver a Vanesa por el colegio? -preguntó el señor Burke.

– No lo sé -dijo Kendra, que optó por la sinceridad.

– Entonces tendré que dar parte. Tendrán que intervenir los Servicios Sociales. Si no puede conseguir que vaya al colegio, será el siguiente paso. Explíqueselo, por favor. Puede que sirva de ayuda.

Sonaba compasivo, pero lo último que quería Kendra era compasión. Para conseguir que se marchara -que era lo que sí quería-, asintió con la cabeza. El hombre se fue poco después, aunque no sin antes escoger una joya de baquelita para su compañera.

Cordie cogió el tabaco de Kendra, puesto que hacía rato que se le había acabado el suyo. Encendió dos cigarrillos y le dio uno a su amiga.

– Vale -dijo-. Tengo que decirlo. -Dio una calada como para armarse de valor y siguió hablando deprisa-. Tal vez, Ken, sólo tal vez, todo esto te quede un poco grande.

– ¿Qué es todo esto?

– Hacer de madre -se apresuró a decir Cordie-. Mira, nunca vas a… A ver, ¿cómo puedes esperar saber qué hacer con estos críos cuando no lo has hecho nunca? En cualquier caso, ¿alguna vez has querido hacerlo? A ver, quizá si los mandas a algún otro lugar… Sé que no quieres hacerlo, pero podría ser que encontraran familias de verdad…

Kendra la miró fijamente. Le extrañó que su amiga la conociera tan poco, pero fue lo bastante sincera consigo misma como para aceptar su propia responsabilidad en la ignorancia de Cordie. ¿Qué iba a suponer si Kendra nunca le había contado la verdad? Y no sabía por qué nunca se la había contado, excepto que parecía mucho más moderno, más liberado y mucho más de mujer permitir que su amiga creyera que realmente tenía una alternativa.

– Esos niños van a quedarse conmigo, Cordie -dijo-; al menos hasta que Glory los reclame.

Ni que Glory Campbell hubiera tenido alguna vez la intención de hacerlo, algo que Kendra suponía y que se convirtió en un hecho unos días después, cuando recogió el correo y encontró la primera carta que Glory había mandado desde Jamaica en los meses que hacía que se había marchado. No había nada sorprendente en el contenido: Kendra había pensado seriamente en la situación y se había dado cuenta de que no podía sacar a sus nietos de Inglaterra. Alejarlos tanto de la querida Carole seguramente sería la gota que colmaría el vaso de la precaria cordura de la mujer, la poca que le quedaba. Glory no quería ser responsable de eso. Pero mandaría a buscar a Joel y a Nessa para que fueran a visitarla en el futuro, cuando reuniera el dinero para los billetes.

Naturalmente, no mencionaba a Toby.

Eso era todo. Kendra sabía que pasaría. Pero no podía dedicar tiempo a meditar sobre el tema. Tenía que lidiar con Ness y el futuro que le esperaba si no accedía a ir al colegio.

En cuanto a las consecuencias, nada funcionó, porque Ness, simplemente, creía que no se perdía nada que valiera la pena. Y lo que buscaba tampoco podía encontrarlo, ni en la escuela ni, sin duda, en la minúscula casa de su tía en Edenham Estate. Por su parte, Kendra sermoneó a Ness. Le gritó. La llevó al colegio en coche y la acompañó a la primera clase del día, como le había sugerido Nathan Burke. Intentó castigarla sin salir, lo que, naturalmente, era imposible sin que Ness estuviera de acuerdo o sin encerrarla bajo llave para evitar que se fuera. Pero nada funcionó. La reacción de la chica siguió siendo la misma. No iba a ponerse esos «trapos repugnantes», no iba a sentarse en «una clase llena de estúpidos» y no iba a perder el tiempo «haciendo sumas de mierda y esas cosas» cuando podía andar por ahí con sus amigas.

– Necesitas tomarte un respiro -le dijo Cordie a Kendra la tarde que Nathan Burke llamó a la tienda benéfica para informar a Kendra de que habían asignado a Ness un asistente social como último recurso antes de involucrar al juez-. Hace siglos que no tenemos una noche de chicas de las nuestras. Hagamos una, Ken. Lo necesitas. Y yo también.

Así fue como Kendra acabó en No Sorrow un viernes por la noche.

* * *

Kendra se preparó para la noche de chicas informando a Ness de que la dejaba al cargo de Toby y Joel aquella noche, lo que significaba que se quedaría en casa, a pesar de los planes que pudiera tener. Las instrucciones eran que los niños estuvieran contentos y ocupados, lo que significaba que Ness tenía que interactuar con ellos de algún modo para asegurarse de que estaban entretenidos y seguros. Como se trataba de algo que era improbable que Ness hiciera incluso aunque se lo ordenaran, Kendra fue suave con sus directrices; para asegurarse de que las cumpliera añadió que le daría algo de dinero si colaboraba.

Joel protestó, diciendo que él no necesitaba que nadie le cuidara. No era un ruño pequeño. Podía arreglárselas solo.

Pero Kendra no iba a dejarse convencer. Porque sabía Dios qué podía pasar si no dejaba al frente a alguien espabilado que rehusara abrir la puerta si llamaban de noche. Y a pesar de todos los problemas que estaba provocando, no se podía negar que Ness era espabilada. Así que:

– Voy a darte dinero, Nessa -le repitió a su sobrina-. ¿Qué decides? ¿Puedo confiar en que te quedarás en casa con los chicos?

Ness hizo unos cálculos mentales rápidos, aunque sólo algunos estaban relacionados con el dinero y con lo que podría hacer con él en cuanto lo tuviera. Decidió que, como no tenía planeado nada para aquella noche fuera de lo habitual, que era estar con Six y Natasha en Mozart Estate, optaría por el dinero. Le dijo a su tía: «Lo que tú digas», y Kendra lo interpretó, erróneamente, como la conformidad de que no se movería de allí por ningún capricho tentador que surgiera aquella noche.

Le tocaba a Cordie elegir la salida y escogió ir de discotecas. Comenzaron la noche cenando y prologaron la cena con bebidas. Fueron a un portugués en Golborne Road y regaron los entrantes con un martini con Bombay Saphire y los segundos con varias copas de vino. Ninguna de las dos mujeres bebía demasiado normalmente, así que estaban más que un poco achispadas cuando cruzaron Portobello Bridge, donde, pasado Trellick Tower, No Sorrow empezaba a cobrar vida para la noche.

Se ligarían a un par de tíos, dijo Cordie. Ella necesitaba una distracción extra matrimonial, y en cuanto a Kendra: ya era hora de que Kendra echara un polvo.

No Sorrow se anunciaba con luces de neón desde las ventanas traslúcidas, sólo estas dos palabras verdes elaboradas con un estilo elegante art déco. La discoteca era una anomalía absoluta en el barrio, sus propietarios contaban con que esta parte de North Kensington fuera aburguesándose. Hacía cinco años, nadie en su sano juicio habría invertido diez libras en el local. Pero, en pocas palabras, la naturaleza de Londres era así: se podía decir que un barrio o incluso todo un distrito estaba muerto en cualquier momento, pero sólo un estúpido lo descatalogaría.

La discoteca era el último de una hilera de locales de dudosa reputación: desde una lavandería a una biblioteca y un cerrajero. La puerta daba la espalda a estos establecimientos, como si no pudiera soportar ver la compañía que le obligaban a tener. Tras la puerta, No Sorrow ocupaba dos pisos del edificio. La planta baja ofrecía una barra en forma de media luna, mesas para hablar, iluminación tenue y paredes y techo mugrientos por el humo del tabaco que espesaba perpetuamente el aire. La primera planta ofrecía música y bebidas, un disc-jockey pinchando discos a un volumen atronador y luces estroboscópicas que hacían que todo el entorno pareciera un mal viaje de ácido.

Kendra y Cordie comenzaron por la planta baja. Sería su reconocimiento del lugar. Pidieron una copa y se tomaron unos minutos para «evaluar la carne masculina», como decía Cordie.

A Kendra le pareció que las posibilidades eran buenas, pero que los buenos tenían pocas posibilidades: en la planta baja, los hombres -la mayoría de los cuales eran maduros de edad avanzada, y se notaba- superaban en número a las mujeres, pero cuando los examinó, Kendra se dijo que no había ni uno solo que le interesara. Era la conclusión más segura a la que llegar, puesto que resultaba bastante obvio que ella tampoco interesaba a ninguno. El puñado de chicas jóvenes presentes había captado toda su atención. Kendra notó el peso de todos y cada uno de sus cuarenta años.

Habría insistido en marcharse si Cordie no hubiera decidido de antemano que Kendra necesitaba divertirse. Cuando le sugirió que se fueran, su amiga contestó:

– Dentro de un ratito, pero primero subamos arriba. -Y se dirigió hacia las escaleras. A su modo de ver, si arriba no había hombres disponibles, al menos ella y Kendra se echarían unos bailes, solas o la una con la otra.

En el primer piso, descubrieron que el ruido era ensordecedor y la luz provenía sólo de tres fuentes -un pequeño flexo que iluminaba el equipo del disc-jockey, dos bombillas tenues sobre la barra y la luz estroboscópica. Por eso Kendra y Cordie se detuvieron arriba, en las escaleras, para acostumbrarse a la oscuridad. También tuvieron que acostumbrarse a la temperatura, que casi era tropical. Londres a principios de primavera implicaba que nadie osara pensar en abrir una ventana, ni siquiera para librarse del humo de tabaco que -iluminado por la luz estroboscópica- hacía que la sala pareciera un retablo de los peligros de la niebla amarilla.

Arriba no había mesas, sólo una repisa a la altura del pecho que recorría toda la sala, donde quien bailaba podía dejar su vaso a salvo mientras experimentaba las alegrías de la música. Ahora sonaba rap, todo letra, todo ritmo y sin melodía, pero nadie tenía ningún problema. Parecía que hubiera doscientas personas apiñadas en la pista de baile. Parecía que otras cien, más o menos, compitieran por llamar la atención de los tres camareros, que mezclaban copas y servían cervezas tan deprisa como podían.

Con un grito, Cordie se sumergió directamente en la acción, pasándole su copa a Kendra y bailoteando entre dos chicos jóvenes que parecían contentos de gozar de su compañía. Al observarlos, Kendra comenzó a sentirse peor que en el piso de abajo -por su edad y más cosas-, lo que ilustraba lo distinta que era ahora la vida para ella. Antes de la llegada de los Campbell, había vivido fundamentalmente con la idea -alimentada por la muerte de sus dos hermanos- de que la vida era corta. Experimentaba cosas en lugar de reaccionar a ellas. Hacía cosas; las cosas no la hacían a ella. Pero durante los meses que habían pasado desde que su madre le había endilgado una forma inesperada de maternidad, había logrado realizar muy poquitas cosas que se parecieran siquiera a su antigua vida. En realidad, le daba la impresión de que había dejado de ser quien era y, lo que era peor, había dejado de ser quien hacía tiempo que quería ser.

El tiempo y la experiencia -y en especial dos matrimonios- habían enseñado a Kendra que ella era la única culpable de que no le gustara su vida. Si se sentía mayor y sobrepasada por las responsabilidades que no quería, era decisión suya hacer algo al respecto. Por esta razón y porque en aquel preciso instante ese algo parecía ser bailar entre una multitud de veinteañeros sudorosos, Kendra decidió unirse a ellos. Pero estimulada por ese depresivo químico -el alcohol que había consumido aquella noche- descubrió que la actividad no la animaba. Tampoco provocó el resultado secundario deseado, que era encontrar a alguien para follar al final de la velada.

Cordie no dejó de disculparse por ello mientras volvían a casa más tarde. Ella había conseguido quince minutos muy agradables de besuqueo con un chico de diecinueve años en el pasillo de los lavabos y no podía creer que Kendra -a quien consideraba «preciosa como para dejar babeando a cualquier tío, niña»- no hubiera conseguido al menos lo mismo.

Kendra intentó tomárselo con filosofía. Su vida ya era demasiado complicada como para hacer sitio a un hombre, aunque fuera temporalmente

– No empieces a pensar que ya no lo tienes, Ken -le advirtió Cordie-. Además, tal como son los hombres, siempre puedes ligarte a uno, si bajas el listón lo suficiente.

Kendra se rió. No importaba, le dijo a su amiga. Salir de fiesta había sido suficiente. De hecho, tenían que repetirlo más a menudo, y pensaba hacer borrón y cuenta nueva, si Cordie estaba de acuerdo.

– Tú dime dónde hay que firmar -dijo su amiga.

Kendra estaba a punto de contestar cuando salieron de la penumbra del sendero que pasaba por delante de Trellick Tower y entraba en Edenham Way. Allí vislumbró la fachada de su casa. Había un coche aparcado delante de la puerta del garaje, un coche que no identificaba.

– Mierda -dijo, y aceleró el paso, decidida a ver qué había tramado Ness durante las horas en que habían estado fuera.

Tuvo la respuesta antes de llegar incluso al vehículo o a la puerta. Porque pronto se hizo evidente que el coche estaba ocupado, y una de las dos personas que había en el interior era, sin lugar a dudas, su sobrina. Kendra lo supo por la forma de la cabeza de Ness y la textura de su pelo, por la curva de su cuello cuando el tipo con el que estaba levantó la cabeza de la zona de sus pechos.

El hombre alargó la mano para abrir la puerta del lado de Ness, como un conductor que echa a una vulgar puta del coche. Cuando Ness no se bajó, le dio un pequeño empujón, y cuando eso no funcionó, salió del coche y fue hasta la puerta del copiloto. Cogió sus brazos para sacarla y la cabeza de Ness cayó hacia atrás. Estaba drogada o excesivamente bebida.

Kendra no necesitaba más.

– ¡No te muevas de ahí, joder! -gritó, y corrió a abordar al hombre-. ¡Aparta las manos de esa chica!

El hombre la miró pestañeando. Era mucho más joven de lo que había pensado, a pesar de estar completamente calvo. Era negro, corpulento y de rasgos agradables. Llevaba unos pantalones harén raros, como un bailarín exótico, deportivas blancas y una chaqueta de piel negra con la cremallera subida hasta la garganta. Llevaba el bolso de Ness colgado a la espalda y a la propia Ness debajo de un brazo.

– ¿Me oyes? Suéltala.

– Si lo hago, se estampa la cabeza contra los escalones -dijo el hombre con toda la razón-. Está borracha como una cuba. La he encontrado en…

– La he encontrado, la he encontrado -se burló Kendra-. Me importa una mierda dónde la hayas encontrado. Quítale las putas manos de encima y hazlo ya. ¿Sabes cuántos años tiene? Quince, quince.

El hombre miró a Ness.

– Pues te diré que no se comporta como…

– Déjala aquí. -Kendra llegó al coche y cogió a Ness del brazo. La chica tropezó con ella y levantó la cabeza. Estaba hecha un desastre; olía como una destilería ilegal.

– ¿Quieres metérmela o qué? -le dijo Ness al hombre-. Ya te he dicho que no lo hago gratis.

Kendra lo miró.

– Lárgate de aquí-le dijo-. Dame la bolsa y lárgate. Cogeré tu matrícula. Llamaré a la Poli. -Y entonces le dijo a Cordie-: Anota la matrícula, niña.

– Eh, sólo la llevaba a casa -protestó el hombre-. Estaba en el pub. Era evidente que iba a acabar mal si se quedaba allí, así que la he sacado del local.

– Como el puto Lanzarote, ¿no? Apunta el número, Cordie.

Mientras Cordie comenzaba a buscar en su bolso algo en lo que escribir, el joven dijo:

– A la mierda. -Se bajó el bolso del hombro y lo dejó caer al suelo. Se inclinó para mirar a Ness a la cara y le dijo que contara la verdad.

– Querías que te la chupara, ésa es la verdad -dijo la chica servicialmente-. Lo querías con todas tus fuerzas.

– Mierda -dijo el hombre, y cerró la puerta del copiloto de un portazo. Volvió al asiento del conductor y le dijo a Kendra por encima del techo del coche-: Será mejor que se ocupe de ella antes de que lo haga otra persona. -La frase provocó que Kendra se diera cuenta de que la expresión «sacar a alguien de sus casillas» era una descripción precisa de lo que le pasaba al cuerpo cuando la tensión de la ira alcanzaba ciertas cotas. El tipo arrancó antes de que pudiera responder: un desconocido la juzgaba.

Se sentía totalmente expuesta. Se sentía furiosa. Se sentía utilizada y estúpida. Así que cuando Ness se rió y dijo: «Te lo digo, Ken, ese tío tenía una polla como un caballo», Kendra le dio un bofetón tan fuerte que la palma de la mano transmitió el dolor a todo el brazo.

Ness perdió el equilibrio. Cayó contra la casa y dio de rodillas en el suelo. Kendra se abalanzó hacia ella para volver a pegarle y echó el brazo hacia atrás. Cordie se lo cogió.

– Eh, Ken. No -le dijo, y eso bastó.

También bastó para despejar a Ness, al menos en parte. Así que cuando Kendra por fin le habló, estaba más que preparada para ofrecer una respuesta.

– ¿Quieres que el mundo te crea una puta? -gritó Kendra-. ¿Es eso lo que quieres para ti, Vanessa?

Ness se esforzó por ponerse de pie y se apartó de su tía.

– Ni que me importara una mierda -dijo.

Se dirigió tambaleándose hacia el sendero entre las terrazas de casas y entró en Meanwhile Gardens. Detrás de ella, oyó que Kendra gritaba su nombre, oyó que gritaba «Vuelve a casa» v sintió que una carcajada áspera se abría paso hasta su garganta. Para Ness, ya no había ninguna casa. Sólo había un lugar en el que compartía cama con su tía mientras sus hermanos pequeños dormían en la habitación de al lado en plegatines comprados a toda prisa. Debajo de esas camas, Joel y Toby habían insistido en dejar las maletas perfectamente hechas durante más de dos meses. Daba igual el tiempo que hubiera pasado desde la marcha de su abuela, los chicos aún creían lo que querían creer sobre Glory y su promesa de una vida de sol eterno en su país de nacimiento.

Ness no había intentado abrirles los ojos ni una sola vez. No había señalado ni una sola vez lo significativo que era que no hubieran tenido noticias de Glory Campbell desde el día en que los había dejado en la puerta de Kendra. En cuanto a Ness, se alegraba de que su abuela hubiera desaparecido de sus vidas. Si Glory no necesitaba o no quería a sus nietos, sin duda sus nietos no la necesitaban ni la querían a ella. Pero repetirse aquello semana tras semana, no había contribuido demasiado a tranquilizar los sentimientos de Ness al respecto.

Cuando dejó a su tía delante del número 84 de Edenham Way, Ness no pensó demasiado adonde se dirigía. Sólo sabía que no quería estar en presencia de su tía ni un momento más. Se le estaba pasando la borrachera más deprisa de lo que habría creído posible y con la sobriedad llegaron las náuseas que, de lo contrario, habría sentido a la mañana siguiente. Aquello la empujó a ir hacia el agua para mojarse la cara sudorosa, así que acabó en el camino que recorría el canal al final del jardín.

A pesar del estado en el que se encontraba, conocía el peligro de caerse al canal, así que tuvo cuidado. Se agachó en el sendero y se tumbó boca abajo. Se mojó la cara en el agua grasienta, notó el aceite aferrándose a sus mejillas, percibió el olor -no muy distinto al de una piscina de agua estancada- y vomitó de inmediato. Después, se quedó ahí echada sintiéndose débil y oyó a su tía buscándola en Meanwhile Gardens. La voz de Kendra le dijo a Ness que su tía estaba pasando por el centro infantil y se adentraba en los jardines, una dirección que la llevaría por el sendero que serpenteaba entre los montículos y, al final, al pie de la escalera de caracol. Entonces se levantó tambaleándose y supo qué camino debía tomar: se dirigió al estanque de los patos en el límite este de los jardines y luego lo cruzó y atravesó el jardín silvestre con su sendero entarimado que describía una curva y se adentraba en una oscuridad siniestra v acogedora a la vez. No le importaba en absoluto el peligro, así que no se estremeció al percibir el movimiento repentino de un gato que pasó delante de ella, ni tampoco le molestó el estallido y crujido de las ramas que sugerían que alguien la seguía. Continuó caminando, sumergiéndose en la oscuridad hasta que llegó al final de Meanwhile Gardens, al jardín aromático, y vio la forma imponente del cobertizo que marcaba el final del sendero que había tomado.

Allí reaccionó y vio que había ido a parar detrás de Trellick Tower, que se elevaba a su izquierda como el centinela del barrio y le decía que estaba cerca de Golborne Road. No es que tomara una decisión sobre adonde ir, sino que aceptó la lógica sencilla de adonde iría. Sus piernas la llevaron a Mozart Estate.

Sabía que Six estaba en casa, ya que la había llamado después de que Kendra se marchara. Sabía que su amiga había invitado a Natasha y a dos chicos del barrio, lo que significaba ser la quinta rueda de un vehículo que no iba a ningún lado, así que Ness había salido sola. Pero ahora Six era necesaria para ella.

Ness encontró al grupo -Six, Natasha y a los chicos- reunidos en el salón del piso familiar. Los chicos eran Greve y Dashell -uno negro y el otro oriental-; los dos estaban tan borrachos como los hooligans del equipo ganador. Las chicas estaban más o menos en las mismas condiciones. Y todos estaban semidesnudos. Six y Natasha llevaban lo que pasaba por unas bragas y un sujetador, pero que en realidad parecían tres pastillas para la tos, mientras que los chicos estaban envueltos en toallas atadas inexpertamente alrededor de la cintura. No había ni rastro de los hermanos de Six.

La música salía a un volumen tremendo de dos altavoces del tamaño de una nevera a cada lado de un sofá destartalado. Dashell estaba despatarrado encima y, al parecer, acababa de recibir las atenciones afectuosas de Natasha, a quien, cuando Ness entró en la sala, estaban dándole arcadas en un paño de cocina. Una caja abierta de pizza casera Ali Baba estaba tirada en una punta del sofá, una botella vacía de Jack Danield's holgazaneaba cerca.

El aspecto sexual de la situación no molestó a Ness. El aspecto del Jack Danield's sí. No había ido a Mozart Estate a buscar bebida, y el hecho de que los adolescentes hubieran recurrido al whisky cuando hubieran podido escoger otra cosa sugería que esta noche no iba a encontrar lo que quería en este lugar.

Sin embargo, se dirigió a Six y le dijo:

– ¿Tenéis material?

Six tenía los ojos inyectados en sangre y su lengua no coordinaba, pero al menos el cerebro le regía razonablemente.

– ¿A ti te parece que llevo material, lumbrera? -dijo-. ¿Qué necesitas? Joder, Ness, ¿por qué vienes ahora? A mí me va a pasar éste, ¿entiendes?

Ness lo entendió. Sólo un chiflado de un planeta extraterrestre no lo habría comprendido.

– Mira -dijo-, tengo que tomarme algo, Six. Dámelo y me largo de aquí. Un canuto me vale.

– Este de aquí te dará un buen puro, te lo digo yo.

Dashell se rió perezosamente mientras Greve se dejaba caer en una silla de tres patas.

– ¿Crees que estaríamos con el señor Jack si tuviéramos canutos? Odio esta mierda, Nessa. Ya lo sabes, joder.

– Bien. Genial. Vamos a buscar algo mejor, ¿vale?

– Ya tiene algo mejor aquí mismo -dijo Greve, y señaló el regalo que tenía para Six debajo de la toalla que llevaba.

Los cuatro se rieron. Ness tuvo ganas de abofetearlos uno por uno. Volvió hacia la puerta y sacudió la cabeza para que Six la siguiera. La chica caminó hacia ella tambaleándose. Detrás de las chicas, Natasha cayó al suelo y Dashell le pasó el pie izquierdo por el pelo. A Greve la cabeza le colgó hacia delante, como si se hubiera quedado sin fuerzas para sostenerla.

– Tú sólo llama -le dijo Ness a Six-. Yo me encargaré del resto.

Estaba nerviosa. Desde su primera noche en North Kensington, había dependido de Six para encontrar material, pero ahora veía que iba a necesitar un camino más directo al proveedor.

Six dudó. Miró detrás de ella.

– Eh, tío, no te desmayes -le dijo con brusquedad a Greve-. Ni de coña.

Greve no contestó.

– Mierda -dijo Six, y a Ness-: Anda, vamos.

El teléfono estaba en el cuarto que compartían las hermanas de la familia. Allí, junto a una de las tres camas deshechas, una lámpara sin pantalla proyectaba un haz de luz precario sobre un plato mugriento, con un sándwich mordisqueado curvándose sobre sí mismo. El teléfono estaba al lado, y Six descolgó el auricular y marcó un número. Quienquiera que estuviera al otro lado respondió inmediatamente.

– ¿Dónde andas? -dijo Six-. ¿Quién te crees que es, tío?… Sí. Vale. Entonces… ¿Dónde?… Mierda, tío, ¿cuánto te queda?… Joder, olvídalo. Estaremos muertas si esperamos tanto… No. Llamaré a Cal… Ah. Y a mí qué me importa. -Colgó el teléfono y dijo-: No va a ser fácil, lumbrera.

– ¿Quién es Cal? -preguntó Ness-. ¿Y a quién has llamado?

– No te importa. -Marcó otro número. Esta vez, pasó un rato antes de decir-: Cal, ¿eres tú? ¿Dónde está? Tengo a alguien que busca… -Una mirada interrogadora a Ness. ¿Qué quería? ¿Crac, anfetas, tranquilizantes, caballo? ¿Qué?

Ness no pudo ofrecer una respuesta tan rápida como querían Six o el receptor de la llamada. La hierba le habría servido. Presionada por la desesperación, incluso el Jack Danield's habría sido aceptable si hubiera quedado en la botella. En estos momentos, sólo quería salir de donde estaba, de su cuerpo.

– ¿Farlopa? -dijo Six al teléfono-. Sí, pero ¿por dónde trabaja?… No jodas. No me jodas… No van a… Oh, sí, apuesto a que tiene un as o dos en la manga, ese tío. -Tras eso, puso fin a la conversación diciendo-: Alguien más aparte de tu madre te quiere, tío. -Colgó el auricular y se volvió hacia Ness-. Directo arriba, lumbrera -dijo-. Al proveedor.

– ¿Dónde?

Sonrió.

– La comisaría de Policía de Harrow Road.

* * *

Aquello era lo máximo que Six estaba dispuesta a hacer por Ness. Ir con ella a la comisaría era imposible, puesto que Greve la estaba esperando en el salón. Le dijo a Ness que tendría que presentarse a alguien llamado el Cuchilla si necesitaba pillar y no podía esperar otro medio para sumirse en el olvido. Y en estos momentos el Cuchilla -según su mano derecha, Cal- estaba siendo interrogado en la comisaría de Policía de Harrow Road, en relación con algún asunto relacionado con un robo en un videoclub de Kilburn Lane.

– ¿Cómo voy a saber quién ese tío? -preguntó Ness cuando recibió la información.

– Oh, créeme, lumbrera, cuando lo veas lo sabrás.

– ¿Y cómo voy a saber cuándo lo van a soltar, Six?

Su amiga se rió por la ingenuidad de la pregunta.

– Lumbrera, es el Cuchilla -dijo-. La Poli no va a meterse con él. -Se despidió de Ness con un movimiento de la mano y regresó con Greve. Se sentó a horcajadas encima de él, le levantó la cabeza y se bajó lo que pretendía ser su sujetador-. Vamos -dijo-. Es la hora, tío.

Ness se estremeció al ver aquello. Se giró deprisa y se marchó del piso.

En ese punto, podría haberse ido a casa, pero había emprendido una misión que debía finalizar. Así que salió de la urbanización para iniciar la breve caminata por Bravington Road. Acababa en Harrow Road, que a esta hora de la noche estaba poblada por los indeseables de la zona: borrachos en los portales de los edificios, grupos de chicos con capucha y vaqueros anchos y hombres mayores con intenciones ambiguas. Anduvo deprisa y con expresión hosca. Pronto vio la comisaría de Policía dominando el lado sur de la calle, su lámpara azul brillaba sobre los peldaños que subían a una puerta imponente.

Ness no esperaba reconocer al hombre que Six le había mandado a buscar. A aquella hora de la noche, abundaban las entradas y salidas de la comisaría; por lo que pudo ver, el Cuchilla podría haber sido cualquiera de ellos. Intentó pensar qué aspecto podría tener un ladrón, pero sólo se le ocurrió pensar en alguien vestido de negro. Por este motivo, estuvo a punto de perderse al Cuchilla cuando por fin el tipo salió por la puerta, sacó una boina del bolsillo y se cubrió la cabeza calva. Era delgado y bajito -no mucho más alto que la propia Ness- y si no se hubiera parado debajo de la luz para encenderse un cigarrillo, Ness lo habría descartado: otro mestizo más del barrio.

Debajo de la luz, sin embargo, y a pesar del resplandor azul, vio el tatuaje que aparecía por debajo de la boina y desfiguraba permanentemente su mejilla: una cobra enseñando los dientes. También vio la hilera de aros de oro que colgaban de sus lóbulos y el modo despreocupado en que estrujó el paquete de cigarrillos vacío y lo tiró al suelo en el umbral de la puerta. Oyó que se aclaraba la garganta y, luego, el tipo escupió. Sacó un móvil y abrió la tapa.

Aquél era su momento. Como la noche se había desarrollado de aquella manera, Ness se aferró a ese momento y todo lo que pudiera llevar consigo. Cruzó la calle y avanzó hacia el hombre, que le pareció que tendría unos veinte años.

– ¿Dónde coño estás, tío? -estaba diciendo al teléfono cuando Ness le tocó el brazo. Luego sacudió la cabeza cuando se giró hacia ella, cauteloso.

– Eres el Cuchilla, ¿no? Tengo que pillar algo esta noche, tío, y necesito el material que te cagas, así que dime si sí o si no.

El tipo no respondió y, por un momento, Ness pensó que se había equivocado: o bien de persona, o bien de enfoque. Entonces, el hombre dijo con impaciencia al teléfono:

– Tú ven, Cal. -Cerró la tapa y miró a Ness-. ¿Quién coño eres tú? -le preguntó.

– Alguien que quiere pillar, es lo único que necesitas saber, colega.

– Conque sí, ¿eh? ¿Y qué es lo que quieres pillar?

– Hierba o farlopa me vale.

– Pero ¿tú cuántos años tienes? ¿Doce? ¿Trece?

– Eh, soy legal y puedo pagarte.

– Apuesto a que sí, mujercita. ¿Qué te doy, entonces? ¿Llevas veinte libras en ese bolso tuyo?

No las llevaba, por supuesto. Tenía menos de cinco libras. Pero el hecho de que hubiera pensado que tenía doce o trece años y que estuviera tan dispuesto a quitársela de encima la estimuló e hizo que deseara más que nunca lo que aquel tipo tenía para vender. Cambió de posición para sacar una cadera. Ladeó la cabeza y lo miró.

– Tío, puedo pagarte con lo que quieras -dijo-. Más aún, puedo pagarte con lo que necesitas.

El tipo aspiró aire entre los dientes de un modo que hizo que a Ness se le helara la sangre, pero la chica obvió el gesto y lo que sugería. Pensó que tenía exactamente lo que quería cuando el hombre le dijo:

– Vaya, esto sí que es un giro interesante de los acontecimientos.

Capítulo 6

Unas semanas antes de cumplir ocho años, Toby enseñó a Joel la lámpara de lava. Estaba en el escaparate de una tienda situada hacia el final de Portobello Road, al norte de la parte conocida de la calle: esa extensión de mercados que brotan como las semillas de comercio que son, en las inmediaciones de Notting Hill Gate.

La tienda en la que la lámpara de lava ofrecía su actuación operaba entre una carnicería halal y un restaurante llamado Cockney's Traditional Pie Mash and Eels. Toby la había visto mientras caminaba en fila con los alumnos más pequeños de la escuela Middle Row por Portobello Road, en una instructiva excursión escolar a la oficina de correos, donde los niños iban a comprar sellos de un modo respetuoso. El profesor quería que recordaran el ejercicio para el resto de las compras que harían en sus vidas, y en él intervenían las matemáticas y la interacción social. Toby no destacaba en ninguna de las dos facetas.

Pero sí se fijó en la lámpara de lava. De hecho, la subida y bajada hipnotizante del material que constituía la «lava» hizo que abandonara la fila y se dirigiera al escaparate, donde emprendió de inmediato un viaje a Sose. Lo despertó su compañero de fila gritando y llamando la atención del profesor que iba al principio de la fila. La madre voluntaria que acompañaba al grupo al final de la fila vio el problema. Arrancó a Toby del escaparate y lo devolvió a su sitio. Pero el recuerdo de la lámpara de lava persistió en la mente del niño. Empezó a hablar de ella esa misma noche mientras cenaban langostinos fritos, patatas y guisantes. Empapándolo todo con salsa, dijo que la lámpara era «chulísima» y siguió sacando el tema hasta que Joel accedió a que lo introdujera en sus placeres visuales.

El líquido era violeta. La «lava» era naranja. Toby presionó la cara contra el escaparate, suspiró y empañó el cristal de inmediato.

– ¿No es chulísima, Joel? -dijo, y puso la palma de la mano en el escaparate como si fuera a atravesarlo y fundirse con el objeto de su fascinación-. ¿Crees que la puedo tener?

Joel buscó el precio, que localizó en una pequeña tarjeta en la base de plástico negra de la lámpara, «£15,99» garabateado en rojo. Eran ocho libras más de las que tenía actualmente.

– Imposible, Tobe -dijo-. ¿De dónde vamos a sacar el dinero?

Toby dirigió la mirada de la lámpara de lava a su hermano. Le habían convencido de que hoy no llevara inflado el flotador: lo llevaba desinflado debajo de la ropa, pero sus dedos lo pellizcaban de todos modos, tocando el aire alrededor de su cintura espasmódicamente. Estaba cabizbajo.

– ¿Y qué hay de mi cumpleaños?

– Puedo hablar con la tía Ken. Quizá también con Ness.

Toby dejó caer los hombros. No era tan ajeno a la situación que se vivía en el número 84 de Edenham Way como para pensar que Joel le prometía algo que no fuera decepción.

Joel no soportaba ver a Toby desanimado. Le dijo a su hermano que no se preocupara. Si la lámpara de lava era lo que quería para su día especial, de algún modo, la lámpara de lava sería suya.

Joel sabía que no podía pedirle el dinero a su hermana. Hoy en día, no podía convencerse a Ness ni por las buenas ni, sin duda, por las malas. Desde que se habían marchado de Henchman Street, cada vez era más inaccesible. La chica que fue en su día era ahora como un daguerrotipo: inclinándolo hacia un lado u otro casi podía ver a la niña de East Acton, el arcángel Gabriel en las fiestas de Navidad, con las alas blancas como nubes y un halo dorado en la cabeza, zapatos de ballet y un tutu rosa, asomada a la ventana de Weedon House y escupiendo al suelo, a metros de distancia. Ya no fingía que asistía al colegio. Nadie sabía a qué dedicaba sus días.

Joel creía que a Ness le había sucedido algo profundo en algún momento. Simplemente no sabía qué era, así que en su inocencia e ignorancia llegó a la conclusión de que estaba relacionado con la noche que los había dejado solos mientras Kendra salía de fiesta. Sabía que Ness no había regresado aquella noche y sabía que su tía y su hermana habían discutido violentamente. Pero no sabía qué había ocurrido antes de esa discusión.

Sí sabía que su tía por fin se había lavado las manos respecto a Ness, y parecía que a la chica le gustaba que fuera así. Entraba y salía a todas horas y en todos los estados y, si bien la observaba entrecerrando los ojos y con cara de indignación, Kendra parecía estar esperando, aunque no estaba claro a qué. Mientras tanto, Ness forzó los límites de la conducta censurable, como si desafiara a Kendra a que tomara una postura respecto a la situación. La tensión se palpaba cuando las dos estaban juntas en casa. Algo, en algún momento, iba a desbordarse, v tendría unas consecuencias considerables.

En realidad, lo que Kendra esperaba era lo inevitable: esas consecuencias ineludibles que conllevaría el modo de vida elegido por su sobrina. Sabía que habría un departamento de menores implicado, jueces, seguramente la Policía y, probablemente, un hogar alternativo para la chica, y la verdad era que había llegado a un punto en que se alegraba. Reconocía que Ness había tenido una vida difícil desde la muerte prematura de su padre, pero también podía imaginar que había miles de niños que tenían una vida difícil y que no tiraban lo que quedaba de esa vida por la borda. Así que cuando Ness aparecía por casa de vez en cuando borracha o colocada, le decía que se bañara, que durmiera en el sofá y que se mantuviera alejada de ella. Y cuando olía a sexo, Kendra le decía que tendría que arreglárselas sola si se quedaba embarazada o cogía alguna enfermedad.

– Como si me importara. -Aquélla era la respuesta que Ness daba a todo y que provocaba que a Kendra le importara en la misma medida.

– Quieres ser adulta, pues sé adulta -le decía a Ness; aunque la mayoría de las veces no decía nada.

Así que Joel era reacio a pedirle ayuda a Kendra para comprar una lámpara de lava para Toby. En realidad, era reacio incluso a recordarle a su tía el cumpleaños de Toby. Fugazmente, pensó en cómo eran las cosas en un pasado que se alejaba de su recuerdo: cenas de aniversario en un plato de cumpleaños especial, un cartel de «Feliz Cumpleaños» colgado de la ventana de la cocina, un carrusel de hojalata de segunda mano estropeado en el centro de la mesa y su padre sacando un pastel de cumpleaños de la nada, siempre el número de velas adecuado encendidas, cantando una canción de cumpleaños que había compuesto él mismo. Nada de un simple «cumpleaños feliz» para sus hijos, decía.

Al pensar en todo eso, Joel sintió el impulso de hacer algo con la vida que les había tocado a sus hermanos y a él. Pero a su edad, no veía nada delante de él para mitigar la incertidumbre en la que vivían, así que la única opción era intentar hacer que la vida que tenían ahora fuera lo más parecida posible a la que tenían antes.

El cumpleaños de Toby dio a Joel una oportunidad de hacerlo. Por eso, al final decidió pedirle ayuda a su tía. Eligió un día que Toby tenía una clase extra en el centro de aprendizaje después del colegio. En lugar de quedarse esperando, salió disparado hacia la tienda benéfica, donde encontró a Kendra planchando blusas en el cuarto trasero, pero visible desde la puerta por si entraba alguien.

– Hola, tía Ken -dijo, y decidió no desanimarse cuando ella sólo le contestó asintiendo bruscamente con la cabeza.

– ¿Dónde has dejado a Toby? -le preguntó.

Joel le contó que tenía una clase extra. Ya se lo había comentado, pero Kendra lo había olvidado. Supuso que también se habría olvidado del cumpleaños de Toby, puesto que no había mencionado que se acercaba el día.

– Toby va a cumplir ocho años, tía Ken -dijo deprisa para no perder el valor-. Quiero comprarle una lámpara de lava que le gusta; está en Portobello Road. Pero necesito más dinero, así que ¿puedo trabajar para ti?

Kendra asimiló la información. El tono de voz de Joel -tan esperanzado a pesar de la expresión de su rostro, que trataba de mantener impertérrito- le hizo pensar en cómo se esforzaba el niño para que ni él ni Toby supusieran una molestia para ella. No era estúpida. Sabía lo poco agradable que había sido para ellos.

– Dime cuánto necesitas.

Cuando se lo dijo, Kendra se quedó pensando un momento, una arruga marcándose en su entrecejo. Al final, fue a la caja. Del mostrador de debajo, sacó un fajo multicolor de papeles y le indicó que se acercara a su lado y los mirara.

En una línea recta en la parte superior de cada uno podía leerse: «Masaje privado». Debajo de estas palabras, había dibujada una escena: una figura tumbada boca abajo sobre una mesa y otra figura inclinada sobre ella, las manos masajeando su espalda, al parecer. Debajo, una lista de masajes con sus precios llegaba al final de la página, donde estaban impresos el teléfono fijo y el móvil de Kendra.

– Quiero que los repartas -le dijo a Joel-. Tendrías que hablar con propietarios de tiendas para pegarlos en los escaparates. También quiero que lleguen a gimnasios. Y también a pubs. A cabinas telefónicas. Donde se te ocurra. Hazlo y te pagaré lo suficiente para que puedas comprarle a Toby esa lámpara.

Joel se alegró. Podía hacerlo. Pensó erróneamente que sería de lo más sencillo. Pensó erróneamente que no conseguiría nada más que el dinero que necesitaba para hacer feliz a su hermano en su cumpleaños.

* * *

Toby le acompañó los días que Joel repartió los anuncios de Kendra. No podía dejarlo en casa, no podía dejarlo en el centro de aprendizaje esperando a Joel y, sin duda, no podía llevarlo a la tienda benéfica donde estaría pegado a las faldas de su tía. Era imposible que Ness se hiciera cargo de él, así que caminó detrás de su hermano y esperó obedientemente fuera de las tiendas en cuyos escaparates colgaba los anuncios.

Sin embargo, Toby sí entró con Joel en los gimnasios porque no había ningún problema en que accediera a los vestíbulos donde se encontraban los mostradores de recepción y los tablones de anuncios. Hizo lo mismo en la comisaría de Policía y en las bibliotecas, así como en los pórticos de las iglesias. Comprendía que toda esta actividad se debía a la lámpara de lava, y como esa lámpara de lava dominaba sus pensamientos, estaba encantado de colaborar.

Kendra había dado a Joel varios cientos de folletos de masajes y la verdad era que podría haber tirado tranquilamente el fajo al canal y su tía no se habría enterado. Pero Joel no estaba hecho para ser deshonesto, así que día tras día caminaba de Ladbroke Grove a Kilburn Lane, recorriendo todo Portobello Road y Golborne Road y pasando por todos los puntos intermedios en un esfuerzo por reducir el tamaño del fajo de folletos que le habían asignado. En cuanto agotó todas las tiendas, restaurantes y pubs, tuvo que volverse más creativo.

Aquello significó -entre otras cosas- intentar decidir quién podía querer que su tía le diera un masaje. Aparte de personas doloridas por sobrecargar los músculos en el gimnasio, pensó en conductores obligados a estar sentados en el autobús todo el día o toda la noche. Así que fue a la cochera de Westbourne Park, una estructura de ladrillo enorme, situada debajo de la A40, donde se aparcaban y se hacía el mantenimiento a los autobuses de la ciudad y de donde partían para hacer su ruta. Mientras Toby se quedaba sentado en los escalones, Joel habló con un encargado que optó por el camino más fácil y le dijo distraídamente que sí, que podía dejar un fajo de folletos justo ahí, en el mostrador. Joel lo hizo, se giró para marcharse y vio que Hibah entraba por la puerta.

Llevaba una fiambrera e iba vestida de manera tradicional, con un pañuelo y un abrigo largo que le llegaba a los tobillos. Caminaba con la cabeza agachada de un modo totalmente insólito en ella; cuando la levantó y vio a Joel, sonrió a pesar de su actitud retraída.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó la chica.

Joel le enseñó los folletos y luego le hizo la misma pregunta a ella. Hibah señaló la fiambrera.

– Le traigo esto a mi padre. Conduce el 23.

Joel sonrió.

– Eh, lo hemos cogido.

– ¿Sí?

– Hasta la estación de Paddington.

– Guay.

Entregó la fiambrera al encargado. El hombre asintió con la cabeza, la cogió y reanudó su trabajo. Era un recado que Hibah hacía regularmente, y así se lo explicó a Joel mientras salían hacia donde estaba esperando Toby.

– Es la forma que tiene mi padre de controlarme -le confió la chica-. Cree que si consigue hacer que le traiga el almuerzo, tendré que vestirme adecuadamente y no podré andar con quien se supone que no debo andar. -Le guiñó un ojo-. Tengo una sobrina, verás, más de mi edad que menor, porque mi hermano, su padre, es dieciséis años mayor que yo. El caso es que sale con un chico inglés, y, claro, el mundo se está derrumbando por culpa de eso. Mi padre jura que jamás saldré con un chico inglés y que va a asegurarse de ello aunque tenga que mandarme a Pakistán. -Meneó la cabeza con incredulidad-. Lo que yo te diga, Joel, me muero por ser mayor e ir a la mía, porque es lo que pienso hacer. ¿Quién es éste?

Se refería a Toby, a quien hoy no habían convencido para que no llevara el flotador. Se había quedado sentado en el escalón donde Joel lo había dejado; se había puesto en pie de un salto para reunirse con ellos en cuanto salieron de la cochera de Westbourne Park. Joel le contó quién era Toby, sin añadir ninguna información más.

– No sabía que tenías un hermano -dijo ella.

– Va a la escuela Middle Row -aclaró él.

– ¿Te está ayudando con los folletos?

– No. Me lo llevo porque no puede quedarse solo.

– ¿Cuántos te quedan? -le preguntó.

Por un momento, Joel no sabía a qué se refería Hibah. Pero entonces ella señaló con el pulgar los anuncios y le dijo que podía deshacerse del resto fácilmente pasándolos por debajo de las puertas de los pisos de Trellick Tower. Sería lo más fácil, dijo. Ella lo ayudaría.

– Vamos -le dijo-. Yo vivo ahí. Te entraré.

Ir hasta la torre no suponía caminar una gran distancia. Anduvieron hasta Great Western Road y entraron en Meanwhile Gardens, Toby les seguía con parsimonia. Hibah iba charlando, como era habitual en ella, mientras cogían uno de los senderos serpenteantes. Era un agradable sábado de primavera -fresco pero soleado-, así que los jardines estaban poblados de familias y jóvenes. Unos niños más pequeños correteaban por la zona de los columpios detrás de la alambrada del centro infantil y unos chicos mayores se deslizaban por la pista de patinaje contigua decorada con vistosos grafitis. Utilizaban monopatines, patines en línea y bicicletas para su actividad y atrajeron la atención de Toby de inmediato. Su boca dibujó una «O», le flaqueó el paso y se detuvo a mirar, ajeno como siempre a la extraña imagen que ofrecía: un niño pequeño con unos vaqueros demasiado grandes, un flotador en la cintura y unas deportivas atadas con cinta aislante.

La pista de patinaje constaba de tres niveles que ascendían por uno de los montículos, el nivel más sencillo estaba arriba; el más difícil e inclinado, abajo. A estos niveles se accedía por una escalera de cemento, y un borde ancho alrededor de toda la pista proporcionaba una zona de espera para aquellos que quisieran utilizarla. Toby subió y llamó a Joel.

– ¡Mira! -gritó-. Yo también puedo hacerlo.

La presencia de Toby entre los patinadores y los espectadores fue recibida con un «La madre que lo parió» y un «¡Quita de en medio, imbécil!».

Joel, ruborizado, subió corriendo la escalera para coger a su hermano de la mano. Lo sacó de allí sin establecer contacto visual con nadie, pero no fue capaz de llevar a cabo el rescate con tranquilidad, por lo que a Hibah se refería.

La chica esperaba al pie de las escaleras. Cuando Joel arrastró a Toby, protestando, de vuelta al sendero, dijo:

– ¿Es cortito o qué le pasa? ¿Por qué lleva cinta adhesiva en los zapatos? -No mencionó el flotador.

– Es diferente y ya está -contestó Joel.

– Bueno, eso ya lo veo -respondió ella. Lanzó una mirada curiosa a Toby y luego miró a Joel-. Se meterán con él, supongo.

– A veces.

– Te sentirás mal, imagino.

Joel apartó la mirada, pestañeó con fuerza y se encogió de hombros.

Hibah asintió pensativa.

– Vamos -dijo-. Tú también, Toby. ¿Habéis subido a la torre? Os enseñaré las vistas. Se ve toda la ciudad hasta el río, tío. Se puede ver el Eye. Es flipante.

Dentro de Trellick Tower, un guarda de seguridad mantenía su posición dentro de un despacho con ventanas. Saludó a Hibah con la cabeza cuando se dirigieron al ascensor. La chica pulsó el botón para subir al piso trece y alcanzar las vistas que ofrecía, que eran -a pesar de la suciedad de las ventanas- tan «flipantes» como había prometido. Era una aguilera espectacular, que, por un lado, reducía los coches y camiones a vehículos minúsculos, y por otro, las vastas extensiones de casas y urbanizaciones, a meros juguetes.

– ¡Mira! ¡Mira! -No dejaba de gritar Toby mientras corría de una ventana a la siguiente.

Hibah lo miró y sonrió. También se rió, pero sin maldad. No era como los demás, concluyó Joel. Pensó que quizá podría ser amiga suya.

Ella y Joel dividieron el fajo restante de anuncios de masajes de Kendra. Pisos pares, pisos impares, y pronto se habían deshecho de todos ellos. Se encontraron en los ascensores de la planta baja cuando acabaron el trabajo. Salieron afuera. Joel se preguntó cómo podía agradecer o pagar a Hibah su ayuda.

Mientras Toby se alejaba para mirar el escaparate de un kiosco -una de las tiendas que constituían la planta baja de la propia torre-, Joel arrastró los pies. Tenía calor y estaba sudado a pesar de la brisa que subía por Golborne Road. Intentaba encontrar un modo de decirle a Hibah que no tenía dinero para comprar una Coca-Cola, una chocolatina, un Cornetto o cualquier cosa que pudiera apetecerle como muestra de gratitud, cuando oyó que alguien gritaba el nombre de la chica; se giró y vio a un chico que se acercaba a ellos en bici.

Llegó deprisa adonde estaban, tras pedalear desde el canal Grand Union en dirección norte. Llevaba la vestimenta insignia de vaqueros anchos, deportivas maltrechas, capucha y gorra de béisbol. No había duda de que era un chico mestizo como Joel, de piel oriental, pero de rasgos negros. Tenía la parte derecha de la cara caída, como si una fuerza invisible tirara de ella y hubiera quedado pegada en esa posición permanentemente, lo que le confería una expresión siniestra a pesar del acné juvenil.

Frenó, se bajó y dejó caer la bici al suelo. Avanzó hacia ellos deprisa. Joel sintió que los intestinos enviaban un dolor a su entrepierna. La ley de la calle decía que no debía ceder terreno cuando lo abordaran o quedaría marcado para siempre por tener agallas sólo para cagarse encima.

– ¡Neal! -dijo Hibah-. ¿Qué haces aquí? Creía que habías dicho que ibas a…

– ¿Quién es éste? Te estaba buscando. Dijiste que ibas a la cochera y no estabas. ¿Qué significa esto, eh?

Sonaba amenazante, pero Hibah no era una chica que reaccionara bien a las amenazas.

– ¿Me estás controlando? -dijo-. No me gusta nada.

– ¿Por qué? ¿Te da miedo que te controlen?

A Joel se le ocurrió que aquél era el novio que Hibah había mencionado. Era él con quien hablaba a través de la verja del colegio durante la hora del almuerzo, el que no iba a la escuela como tenía que hacer, sino que pasaba los días yendo a… Joel no lo sabía y no quería saberlo. Simplemente quería dejar claro al chico que no estaba interesado en su propiedad, que obviamente era lo que Hibah era para él.

– Gracias por ayudarme con los folletos -le dijo a Hibah, y empezó a moverse hacia Toby, que estaba rebotando rítmicamente contra el cristal del kiosco con su flotador.

– Eh, espera -dijo ella, y luego a Neal-: Es Joel. Va conmigo al Holland Park. -El tono de su voz lo dejaba muy claro: no le entusiasmaba hacer la presentación porque no le entusiasmaba el intento de Neal de reclamar su propiedad sobre ella-. Este es Neal -le dijo a Joel.

Neal inspeccionó al chico: el asco afinó sus labios y le hinchó las ventanas de la nariz.

– ¿Por qué has ido a la torre con él? -le preguntó a Hibah y no a Joel-. Os he visto salir.

– Oh, porque estábamos haciendo un niño, Neal -dijo Hibah-. ¿Qué otra cosa íbamos a estar haciendo en la torre en pleno día?

Al oírla hablar de tal manera, Joel pensó que estaba loca. Neal avanzó un paso hacia ella y, por un momento, el chico creyó que tendría que pelearse con Neal para proteger a Hibah de su ira. Era algo que ocupaba un lugar muy bajo en la lista de cosas que deseaba hacer aquella tarde, por lo que se sintió aliviado cuando Hibah distendió la situación diciendo con una carcajada:

– Sólo tiene doce años, Neal. Les he enseñado a él y a su hermano las vistas, eso es todo. Ese es su hermano.

Neal buscó a Toby.

– ¿Ese? -dijo, y luego a Joel-: ¿Qué le pasa, es un bicho raro o algo así?

Joel no dijo nada.

– Cállate -dijo Hibah-. No digas estupideces, Neal. Es un niño pequeño.

La cara amarilla de Neal se puso roja mientras se volvía hacia ella. Algo dentro de él sentía la necesidad de liberarse; Joel se preparó para convertirse en el blanco.

Toby le llamó.

– Joel, tengo caca. ¿Podemos ir a casa?

– Mierda -murmuró Neal.

– Al menos has pillado eso -dijo Hibah, y entonces se rió de su propio chiste, que hizo sonreír a Joel, que apenas contuvo la risa.

Neal, que no captó la gracia, le dijo a Joel:

– ¿Tú de qué te ríes, capullo amarillo?

– De nada -contestó Joel, y le dijo a su hermano-: Venga, Tobe. No estamos lejos. Vámonos.

– No he dicho que pudieras irte, ¿no? -dijo Neal cuando Toby se reunió con ellos.

– No respondo del olor si quieres que nos quedemos -dijo Joel.

Hibah se rió de nuevo y sacudió a Neal por el brazo.

– Vamos -dijo-. Tenemos tiempo antes de que mi madre empiece a preguntarse dónde estoy. Dejemos de desperdiciarlo así.

Neal reaccionó al oír aquel recordatorio. Consintió en dejarse llevar en dirección al jardín aromático y el sendero. Pero miró atrás mientras se alejaban. Estaba marcando a Joel. Era para algún tipo de encuentro en el futuro. Joel lo sabía.

* * *

La firmeza de Kendra tuvo su compensación antes de lo que esperaba. El día que Joel se marchó con los anuncios de los masajes, recibió la primera llamada. Un hombre solicitó un masaje deportivo lo antes posible. Vivía en un piso encima de un pub llamado el Falcon, donde Kilburn Lane se convertía en Carlton Vale. Hacía visitas a domicilio, ¿verdad?, porque eso era lo que necesitaba.

Sonaba educado y hablaba con dulzura. El hecho de que viviera encima de un pub parecía ofrecer seguridad. Kendra le reservó una hora y cargó la mesa en el Punto. Metió un pastel Cumberland en el horno para Joel y Toby y sacó unos Maltesers y rollitos de higo para el postre. Le dio a Joel una libra extra por haber colocado los anuncios de un modo tan inteligente y partió en busca del Falcon, que resultó alzarse en lo que casi era una rotonda, con una iglesia moderna enfrente y el tráfico recorriendo a toda velocidad las tres carreteras que convergían delante.

No fue nada fácil encontrar sitio para aparcar y, por lo tanto, Kendra tuvo que cargar la mesa de masajes unos cien metros desde una calle que se alejaba de las carreteras principales y alojaba dos escuelas. También tuvo que cruzar Kilburn Lane, así que cuando entró penosamente en el pub para preguntar cómo se accedía a los pisos de arriba, estaba sin aliento y sudada.

Hizo caso omiso a las miradas de los clientes habituales reunidos en la barra y los que bebían pintas de cerveza en las mesas. Siguió las indicaciones, que la hicieron regresar a la acera, ir a la parte trasera del edificio y encontrar una puerta con cuatro timbres alineados a un lado. Llamó, subió las escaleras dando golpes con la mesa y se detuvo arriba para recobrar el aliento.

Una de las puertas se abrió de repente, y ofreció la silueta de un hombre fornido recortada en la luz que procedía de dentro. Era obvio que se trataba de la persona que había llamado para el masaje, ya que avanzó deprisa en la oscuridad del pasillo, y dijo:

– Deje que la ayude.

Cogió la mesa de masajes y la entró fácilmente en el piso, que resultó consistir en poco más que una habitación grande, con varias camas, una pila, una estufa eléctrica y un solo fogón para cocinar lo que pudiera cocinarse en un solo fogón.

Kendra registraba todo esto mientras el hombre montaba la mesa. Por esta razón, no se fijó demasiado en él ni él en ella hasta que tuvo la mesa desplegada con las patas extendidas, y Kendra hubo desempaquetado la mayoría de los utensilios para el masaje.

El hombre puso la mesa en horizontal y se volvió para mirarla. Ella sacudió la funda de la mesa y lo miró.

– Maldita sea -dijeron los dos a la vez.

Se trataba del mismo hombre que, la noche desastrosa que Kendra salió de fiesta, había llevado a Ness a casa borracha y ansiosa de hacer lo que fuera que él deseara que le hiciera.

Por un momento, Kendra no supo qué hacer. Tenía la funda de la mesa en la mano, los brazos extendidos, y los dejó caer al instante.

– Bueno, qué momento más extraño, joder -dijo él.

Kendra tomó una decisión rápida sobre el asunto. El trabajo era el trabajo, y esto era trabajo.

– ¿Un masaje deportivo, me ha dicho? -le preguntó con formalidad.

– Sí. Es lo que he dicho. Dix.

– ¿Qué?

– Mi nombre. Me llamo Dix. -Esperó a que Kendra acabara de poner la funda de la mesa, la almohada blanda de felpa para la cabeza en su lugar. Entonces dijo-: ¿Le ha llegado a contar lo que sucedió esa noche? Fue como yo dije, ¿sabe?

Kendra pasó la mano por la funda. Abrió la bolsa y sacó los frascos de aceites.

– No hablamos de ello, señor Dix -le dijo-. Bien, ¿qué aceite aromático querría usted? Le recomiendo el de lavanda. Es muy relajante.

Una sonrisa jugueteó en los labios del hombre.

– Señor Dix no -dijo-. Dix D'Court. ¿Usted se llama Kendra qué más?

– Osborne -dijo-. Señora.

La mirada del hombre pasó de su cara a sus manos.

– No lleva anillo, señora Osborne. ¿Está divorciada? ¿Es viuda?

Podría haberle contestado que no era asunto suyo, pero en lugar de eso dijo:

– Sí. -Y lo dejó ahí-. ¿Ha dicho que quería un masaje deportivo?

– ¿Qué hago primero? -preguntó.

– Desnúdese. -Kendra le entregó una sábana y se dio la vuelta-. Déjese los calzoncillos -le dijo-. Esto es un masaje de verdad, por cierto. Espero que sea lo que quería cuando me ha llamado, señor D'Court. Mi negocio es legal.

– ¿Qué otra cosa podría querer, señora Osborne? -preguntó, y Kendra percibió la carcajada en su voz. Al cabo de un momento, el hombre dijo-: Ya estoy listo.

Kendra se volvió y lo vio tumbado boca arriba en la mesa, la sábana subida discretamente hasta la cintura.

Sólo pensó una cosa: mierda. Tenía un cuerpo exquisito. Las pesas habían definido sus músculos. Sobre ellos se extendía una piel suave como la de un bebé. No tenía vello, por lo que Kendra veía, salvo en las cejas y en los párpados. No tenía ni una sola señal. Verlo le recordó en el peor momento posible a los siglos que hacía que no estaba con un hombre. Aquello, se dijo, no era lo que tenía que sentir en su trabajo. Un cuerpo era un cuerpo. Sus manos en él eran las herramientas de su negocio.

El hombre estaba observándola. Repitió la pregunta.

– ¿Se lo ha contado?

Kendra había olvidado la referencia.

– ¿Qué? -dijo juntando las cejas.

– Su hija. ¿Le ha contado lo que pasó entre nosotros aquella noche?

– No es… No tengo ninguna hija.

– Entonces, ¿quién…? -Por un momento, pareció que creía que se había confundido respecto a quién era Kendra-. En Edenham Estate.

– Es mi sobrina -dijo Kendra-. Vive conmigo. Tendrá que girarse. Empezaré con la espalda y los hombros.

El hombre esperó un momento, observándola.

– No parece tan mayor como para tener una hija o una sobrina de esa edad -dijo.

– Soy mayor -dijo Kendra-, sólo que me conservo bien.

El hombre se rió; entonces se giró servicialmente. Hizo lo que la mayoría de las personas hacían al principio cuando les daban un masaje. Apoyó la cabeza sobre los brazos. Ella corrigió su posición, colocándole los brazos a los lados y girándole la cabeza para que mirara abajo. Se echó el aceite en las palmas de las manos y lo calentó, y al instante se dio cuenta de que se había olvidado la música relajante en el coche. Eso significaba que tendría que dar el masaje con el ruido de fondo del pub de abajo, que se filtraba por el suelo sin descanso, imposible de obviar. Miró a su alrededor en busca de una radio, un equipo de música, un reproductor de CD, cualquier cosa que influyera en el ambiente. En la habitación no había prácticamente nada, salvo las tres camas, que era difícil no advertir. Se preguntó por qué el hombre tenía tres.

Empezó el masaje. Tenía una piel extraordinaria: oscura como el café solo, con la textura de la palma de la mano de un bebé recién nacido, si bien, debajo, los músculos estaban perfectamente definidos. Tenía un cuerpo que indicaba un duro trabajo físico, pero lo que lo revestía sugería que no había cogido una herramienta en su vida. Quería preguntarle a qué se dedicaba, para estar formado tan magníficamente. Pero tenía la sensación de que aquello sería traicionar un interés que se suponía que no debería tener hacia un cliente, así que no dijo nada.

Recordó que su profesor de masajes les explicó algo que, en su día, le había parecido un tanto disparatado: «Debéis entrar en el zen del masaje. La calidez de vuestras intenciones para lograr el bienestar del cliente debería transmitirse a vuestras manos hasta que vuestro yo desaparezca, de forma que sólo queden tejidos, músculos, presión y movimiento».

Había pensado: «Qué gilipollez», pero ahora intentó alcanzar ese punto. Cerró los ojos y se propuso alcanzar el zen.

– Qué bueno, joder -murmuró Dix D'Court.

En silencio, Kendra trabajó el cuello, los hombros, la espalda, los brazos, las manos, los muslos, las piernas, los pies. Recorrió cada centímetro de él y ni un milímetro de su cuerpo tenía unas condiciones distintas. Incluso sus pies eran suaves, no tenía ni un callo. Cuando terminó esta parte del masaje, llegó a la conclusión de que el hombre había pasado toda su vida en una cuba de aceite para bebés.

Le pidió que se diera la vuelta. Le puso más cómodo colocándole una toalla enrollada debajo del cuello. Cogió el frasco de aceite para continuar, pero él la detuvo alargando la mano y agarrándole la muñeca, a la vez que decía:

– ¿Y dónde ha aprendido?

– He estudiado, tío -dijo ella automáticamente-. ¿Qué coño se cree? -Y entonces se corrigió, porque había hablado prácticamente desde un estado de ensueño, ajustándose a su dialecto simplemente porque, se dijo, había alcanzado el zen del que había hablado su profesor-: He realizado un curso en una escuela.

– Le doy una nota alta. -Sonrió, mostrando unos dientes rectos y blancos, tan perfectos como el resto de su cuerpo. Cerró los ojos y se acomodó para la segunda parte del masaje.

Sin darse cuenta, se le había escapado el acento de Señora Marquesa, descubrió Kendra. La incomodidad la acompañó durante el resto del masaje. Quería acabar y marcharse de aquel lugar. Cuando terminó de trabajar su cuerpo, se retiró y se limpió las manos con una toalla. El procedimiento estaba diseñado para conceder unos minutos al cliente al final del masaje, para que se quedara tumbado en la mesa y saboreara la experiencia. Pero, en este caso, Kendra sólo quería salir de la habitación. Dio la espalda a la mesa y empezó a guardar las cosas.

Oyó que el hombre se movía detrás de ella y, cuando se giró, vio que se había sentado en la mesa, las piernas colgando a un lado, observándola, su cuerpo aún brillaba con intensidad por el aceite que había empleado.

– ¿Le ha contado la verdad, señora Osborne? -preguntó-. No me ha contestado y no puedo dejar que se marche hasta que lo sepa. ¿El tipo que cree que soy? No es verdad. La chica estaba abajo -se refería al pub- y yo entré para pedir un zumo de tomate en la barra. Estaba como una cuba y dejaba que dos tipos bailaran con ella en un rincón y la manosearan. Tenía la blusa abierta. Se subía la falda como si quisiera…

– De acuerdo -dijo Kendra. Lo único en lo que podía pensar era «quince años, quince años».

– No -dijo-. Tiene que escucharme porque creo…

– Si digo que le creo…

El hombre negó con la cabeza.

– Demasiado tarde, señora Osborne. Demasiado tarde. La saqué del pub, pero ella pensó que significaba otra cosa. Me lo ofreció todo, cualquier cosa que yo quisiera que me hiciera. Le dije que de acuerdo, que podía chupármela…

Kendra lo miró con los ojos muy abiertos. Él levantó una mano.

– … pero teníamos que ir a su casa, le dije. Verá, era la única manera de conseguir que me dijera dónde vivía. La llevé en coche y, entonces, apareció usted.

Kendra negó con la cabeza.

– Estaba… No. Estaba… -No sabía cómo expresarlo. Se señaló los pechos-. Le vi. Levantándose -dijo.

El hombre giró la cabeza, pero Kendra vio que lo hacía para recordar esa noche.

– Su bolso estaba en el suelo -dijo al fin-. Lo estaba recogiendo. Mujer, no me lo hago con niñas, y eso sí que lo vi, que es una niña -añadió-. No como usted, no como usted en absoluto. Señora Osborne. Kendra. ¿Puedes acercarte? -Señaló la mesa, y a sí mismo.

– ¿Por qué? -dijo ella.

– Porque eres preciosa y quiero besarte. -Sonrió-. ¿Lo ves? No miento acerca de nada. Ni acerca de tu sobrina. Ni de mí. Ni de ti.

– Ya se lo he dicho. Mi trabajo es éste. Si cree que voy a…

– Ya lo sé. Te he llamado porque he visto el folleto en el gimnasio, eso es todo. No sabía quién aparecería y no me importaba. Tengo que prepararme para una competición y necesito que alguien se ocupe de mis músculos. Ya está.

– ¿Qué clase de competición?

– Culturismo. -Se quedó callado, esperando su comentario. Cuando Kendra no dijo nada, añadió-: Me preparo para Mister Universo. Hago pesas desde los trece años.

– ¿Y cuánto hace de eso?

– Diez años -contestó.

– Tienes veintitrés.

– ¿Algún problema?

– Yo tengo cuarenta, tío.

– ¿Algún problema?

– ¿Sabes matemáticas?

– Las matemáticas no hacen que quiera besarte menos.

Kendra se mantuvo firme, sin saber realmente por qué. Quería sus besos, de eso no había duda. También quería más. Los diecisiete años de diferencia significaban que no habría ataduras, y así era como le gustaban las cosas. Pero había algo en él que la hacía dudar: sólo parecía tener veintitrés años por el físico. Por mentalidad y comportamiento, parecía mucho mayor, y eso anunciaba un tipo de peligro que llevaba evitando durante mucho tiempo.

Entonces el hombre se bajó de la mesa, y la sábana que llevaba se deslizó al suelo. Avanzó hacia ella y le puso la mano en el brazo.

– La verdad es la verdad, señora Osborne. La he llamado para un masaje. El dinero está encima de la mesa. Con una propina incluida. No esperaba nada más. Pero, aun así, lo quiero. La pregunta es, ¿usted lo quiere? De todas formas, es sólo un beso.

Kendra quería contestar «no», porque sabía que contestar «sí» implicaba adentrarse en un lugar que debería evitar. Pero no respondió. Ni tampoco se marchó.

– No voy a hablar sólo yo. Tiene que responder, señora Osborne.

Otra persona en su interior habló por ella.

– Sí -dijo.

Dix la besó. Le instó a abrir la boca, una mano en la nuca. Ella le puso una mano en la cintura y luego la deslizó a su trasero, que era firme, como el resto de su cuerpo. Y como el resto de su cuerpo, la llenó de deseo.

Kendra se apartó.

– Yo no hago estas cosas -dijo.

Dix supo a qué se refería.

– Ya lo veo -murmuró. Él se retiró y la miró-. No espero nada. Puedes marcharte cuando quieras. -Con los dedos, recorrió la curva de su cuerpo. Con la otra mano, le rozó los pechos.

La caricia acabó con la resistencia que albergaba Kendra. Se acercó de nuevo a él y aproximó su boca a la suya mientras volvía a colocar las manos en su cintura, esta vez para quitarle la única prenda de ropa que llevaba.

– Mi… -dijo, y luego-. Mi cama es ésa. Ven. -La guió hasta la cama que estaba más cerca de la ventana y la sentó encima-. Eres una diosa -dijo.

Le desabrochó la blusa. Liberó sus pechos. Los miró, luego le miró la cara antes de sentarse en el colchón y bajar la boca a sus pezones.

Kendra jadeó porque hacía mucho tiempo, y necesitaba que un hombre venerara su cuerpo, estuviera fingiendo o no. Le deseaba y, en este momento, el hecho de desearle era lo único que…

– Joder, Dix. ¿Qué coño haces? ¡Teníamos un trato!

Se separaron deprisa, peleando por las sábanas, la ropa, lo que fuera para taparse. A Kendra se le ocurrió que existía una razón distinta para las tres camas de la habitación. Dix D'Court compartía piso, y uno de sus compañeros acababa de entrar.

Capítulo 7

La noche que Ness vio salir al Cuchilla de la comisaría de Policía de Harrow Road, tomó una decisión. Para ella, era fácil, se suponía que tenía que serlo, pero la puso en un camino que alteraría para siempre las vidas de personas que nunca conocería.

El Cuchilla no era un hombre agradable de mirar. Irradiaba peligro con tanta claridad que podría llevar intermitentes alrededor del cuello en lugar de lo que llevaba: un colgante italiano de oro diseñado para proteger del mal de ojo. También irradiaba poder. El poder atraía a la gente hacia él; el peligro la mantenía como él prefería que fuera: servil, indecisa y anhelante. Había aprendido a desarrollar una conducta adecuada para intimidar, tanto por su estatura como por sus atributos físicos; al medir sólo un metro sesenta y cuatro, podría calificarse como alguien fácil de derribar; al ser totalmente calvo y tener una cara tan bruscamente retirada de la nariz que la parte delantera de su cráneo parecía más un pico que otra cosa, también había aprendido pronto que sólo existían dos formas de sobrevivir al entorno en el que había nacido. Había elegido la ruta del dominio en lugar de la ruta de la huida. Era más fácil, y a ella le gustaban las cosas fáciles.

Cerca de él, Ness había notado el poder y el peligro, pero no estaba en posición de sentirse afectada por ninguno de los dos sentimientos. El encuentro con su tía, seguido de la visita a Six a Mozart Estate, la habían colocado en un lugar en que lo último que le importaba era la supervivencia. Así que cuando asimiló los detalles del Cuchilla -desde las botas de cowboy que le proporcionaban una altura adicional hasta el tatuaje de la cobra, que era toda una declaración, enroscándose desde su cabeza hasta la mejilla- sólo vio lo que estaba buscando: alguien capaz de alterar su estado de ánimo.

Lo que el Cuchilla vio fue lo que ella ofrecía superficialmente, y estaba dispuesto a cogerlo. Había pasado cuatro horas en la comisaría de Policía -dos más de las que había consentido nunca- y si bien jamás cupo la menor duda de que estaría en la calle en cuanto soltara el rollo que se le exigía, no aportó lo que quería la Policía, así que estuvo a su merced. Odiaba aquella situación, y el odio le ponía nervioso. Quería tranquilizarse. Había varias formas de hacerlo, y Ness estaba ahí, descarada, prometiéndole una.

Por lo tanto, cuando llegó su transporte, no se subió al asiento del copiloto y no le dijo al conductor -un tal Calvin Hancock, cuyas rastas copiosas estaban cuidadosamente tapadas por deferencia a la forma en que podría sospechar que un hombre calvo preferiría verlas- que lo llevara a Portnall Road, donde una chica de diecisiete años llamada Arissa le esperaba para colmarle de atenciones. En lugar de eso, señaló con la cabeza el asiento de atrás para que Ness se subiera al coche y se montó detrás de ella, dejando a Calvin Hancock de chofer.

– A Willesden Lane -le dijo.

Cal -como le llamaban- miró por el retrovisor. Era un cambio de planes y no le gustaba que se cambiaran los planes. Al haber asumido la responsabilidad de proteger al Cuchilla, y lo había hecho exitosamente durante cinco años, por lo que había recibido las cuestionables recompensas de este éxito -que eran la compañía del Cuchilla y un lugar donde dormir por las noches-, Cal conocía el riesgo de las decisiones impulsivas, y sabía cómo sería su vida si le ocurría algo al otro hombre.

– Tío, creía que querías a Rissa. Portnall está limpio. Se ha ocupado de que así sea. Si vamos a Willesden, es imposible saber con quién te tropezarás allí.

– Mierda -dijo el Cuchilla-. ¿Me estás cuestionando?

Cal arrancó el coche como respuesta.

Ness escuchó admirada.

– Danos un canuto -le dijo el Cuchilla a Cal.

Ness sintió un escalofrío de asombro y excitación cuando el otro hombre detuvo el coche en el arcén, obedientemente, abrió la guantera y lio el porro. Lo encendió, dio una calada y se lo pasó al Cuchilla. Cuando volvió a incorporar el coche al tráfico nocturno, su mirada se encontró con la de Ness en el retrovisor.

El Cuchilla se recostó a su lado. No le hizo caso, lo que provocó que aún le pareciera más atractivo. Fumó el cannabis y no le ofreció a Ness, que estaba ansiosa y le puso la mano en el muslo. La deslizó hasta la entrepierna. Él la apartó. Lo hizo sin mirarla. Ella quiso ser su esclava.

En un susurro que procedía de las innumerables películas que había visto y de la imagen extraña de contacto humano satisfactorio que proporcionaban, dijo:

– Te lo voy a hacer, cariño. Te lo haré de un modo que creerás que te va a explotar la cabeza. ¿Es eso lo que quieres? ¿Es lo que te gusta?

El Cuchilla le lanzó una mirada de indiferencia.

– Yo te lo haré a ti, puta. Cuándo y dónde yo diga. No al contrario, y será mejor que lo recuerdes desde el principio.

Lo único que Ness oyó fue «desde el principio». Sintió la emoción cálida, húmeda de lo que implicaban esas palabras.

Calvin los condujo hacia el norte, lejos de Harrow Road y más allá de Kilburn Lane. Centrada como estaba en el Cuchilla, Ness no se fijó en adonde iban. Cuando por fin llegaron a una urbanización de viviendas de protección oficial, con hileras de casas de ladrillo bajas que se extendían a lo largo de un sistema de calles estrechas, con la mayoría de las farolas y todas las luces de seguridad rotas desde hacía tiempo, podrían haber estado en cualquier lugar desde Hackney al Infierno. Ness no habría sabido decir.

Cal aparcó y abrió la puerta del lado de Ness. La chica se bajó y el Cuchilla salió después. Le pasó el peta a Cal y dijo:

– Ve a comprobarlo. -Se apoyó en el coche mientras Cal desaparecía por un sendero entre dos edificios.

Ness se estremeció, no de frío, sino por un tipo de expectativa que nunca había sentido. Intentó parecer indiferente, una más, por así decirlo. Pero no podía dejar de mirar al Cuchilla. Todo lo que quería. Así le veía. Le pareció que se había producido un milagro en una noche que hasta entonces había sido un desastre.

Cal regresó a los pocos minutos.

– Limpio -dijo.

– ¿Vas armado? -dijo el Cuchilla.

– Joder, tío -dijo Cal-. ¿Tú qué crees? -Se dio una palmadita en el bolsillo de la chaqueta de cuero roñosa que llevaba-. ¿Quién te quiere más que tu abuela, cariño? Siempre que Cal Hancock esté vigilando, estás a salvo.

El Cuchilla no contestó al comentario. Señaló con la cabeza el sendero entre los edificios. Cal avanzó primero.

Ness los siguió en tercer lugar, como un invitado de último momento. Se mantuvo cerca del Cuchilla, decidida a hacer que pareciera que llegaban juntos, fueran a donde fueran.

La urbanización en la que estaban era un lugar lleno de ruido, de olores acres que combinaban basura putrefacta, aromas de cocción y goma quemada. Pasaron por delante de dos chicas borrachas que vomitaban en un arbusto muerto y de un grupo de chicos jóvenes que abordaban a un jubilado que había decidido cometer la estupidez de sacar la basura de noche. Toparon con una pelea atroz y ensordecedora y con una mujer solitaria y delgada como un fideo que se clavaba una aguja hipodérmica en el brazo en el refugio de un colchón tirado contra un árbol desnudo.

Su destino era una casa a mitad de la calle. A Ness le pareció que estaba deshabitada o que los ocupantes estaban durmiendo. Pero cuando Cal llamó a la puerta, se abrió una mirilla. Alguien los observaba, consideró que eran aceptables y abrió. El Cuchilla pasó delante de Cal y entró. Ness lo siguió. Cal se quedó fuera.

Dentro, no había muebles, sino colchones viejos apilados de tres en tres en varios lugares y cajas de cartón grandes en vertical que servían de mesas. La poca luz que había procedía de dos lámparas de pie torcidas que proyectaban su resplandor sobre las paredes y el techo, de manera que la mayor parte del suelo con sus losetas de moqueta maltrechas quedaba a oscuras. Aparte del grafiti de un hombre de pelo alocado y una mujer desnuda conduciendo una aguja hipodérmica hacia la estratósfera, no había nada en las paredes y, vista en su totalidad, no parecía que en esa casa viviera nadie.

Sin embargo, estaba ocupada. Incluso podría pensarse que se estaba celebrando una fiesta, porque de una radio que necesitaba que alguien ajustara la emisora salía una música discontinua a poco volumen. Pero lo que uno espera ver en una fiesta -personas conversando o realizando cualquier otra actividad entre ellas- no era una característica de este lugar. Aquí la actividad se limitaba a fumar y, allí donde había conversación, ésta se circunscribía a comentarios sobre la calidad del crac y la diversión mental y física que proporcionaba.

También se fumaban otras cosas, cannabis y tabaco, y se vendían y compraban sustancias, las transacciones completadas por una mujer negra de mediana edad vestida con un salto de cama púrpura que exhibía el estado desventurado y flácido de sus grandes pechos. Parecía ser la responsable, ayudada por el portero, quien examinaba, a través de la mirilla, a las personas que querían entrar.

Nadie dudaba de que aquel lugar era un piso franco donde podía realizarse la actividad elegida. Al otro lado del barrio y extendiéndose en todas direcciones, este tipo de guaridas aparecían como setas en un bosque húmedo. La Policía no podía seguirles la pista; además, en el improbable caso de que un vecino reuniera el valor para denunciar la existencia de un lugar así y pedir que se detuviera al propietario, la Policía tenía demasiados asuntos entre manos para ocuparse del problema.

Salto de Cama Púrpura abasteció al Cuchilla con lo que había ido a buscar, una petición que no necesitó verbalizar. Puesto que ella existía porque existía él, la mujer quería darle una buena acogida. Esta casa era la primera incursión del Cuchilla en un territorio controlado por una banda albanesa, y ella le debía no sólo un techo, sino también el sustento que proporcionaba el negocio.

– ¿Cómo está tu abuela, cariño? -le dijo, mientras el Cuchilla encendía la pipa que le había dado. Era pequeña y desapareció en el hueco de su mano. Un hilo de humo emergió de ella-. ¿Aún está ingresada? Qué duro es, ¿verdad? ¿Tu madre aún no te deja ver al resto de los niños? Maldita zorra. ¿Qué más quieres, cariño? ¿Quién es ésta? ¿Está contigo?

«Ésta» era Ness, la sombra de Ness, que estaba un paso por detrás de él como un escolta real. Esperaba una indicación de qué tenía que hacer. Su expresión intentaba esconder la incertidumbre a través de la indiferencia. El Cuchilla alargó la mano y se la puso en la nuca. Le clavó el pulgar y el índice debajo de la oreja y la atrajo hacia delante. Le puso la pipa en la boca y miró mientras chupaba. Sonrió y le dijo a Salto de Cama Púrpura:

– ¿Con quién iba a estar, tía?

– Parece joven. No es propio de ti.

– Lo dices porque me quieres para ti solita.

La mujer se rió.

– Buf. Eres demasiado hombre para mí, cielo. -Le dio una palmadita en la mejilla-. Pega un grito si quieres que Melia te dé algo más.

Se marchó por el pasillo oscuro, donde la única pareja del lugar que interactuaba entre sí estaba follando inexpertamente contra la pared.

Ness sintió deprisa el efecto de la droga. Todo el peso de su vida pasó a un segundo plano, y se abrió al momento presente. No pensó que el peligro la acechara por doquier. ¿Cómo podía ocurrírsele cuando su mente racional se había marchado, cuando en su lugar había aparecido algo que parecía no sólo racional, sino superior a cualquier sensación que hubiera tenido antes? Lo único en lo que podía pensar era que quería más de lo que hacía que se sintiera de tal modo.

El Cuchilla la miró y sonrió.

– Te gusta, ¿verdad?

– Eres tú -dijo Ness, pues para ella el Cuchilla era la fuente de toda experiencia y sensación. Era lo que podía hacer que se sintiera completa-. Deja que te la chupe, tío -le dijo-. No vas a creer cómo te vas a sentir.

– Eres una experta, ¿eh?

– Sólo hay un modo de averiguarlo.

Aquello le cortó el rollo. Se dio la vuelta y fue a la zona de los asientos, dejándole atrás. Se sentó en una de las pilas de colchones, justo entre dos jóvenes. Hasta su llegada, estaban concentrados en sus colocones respectivos, pero Ness les dificultó las cosas al preguntarle a uno de ellos:

– ¿Qué tengo que hacer para darle una calada a eso? -Señaló la pipa que sujetaba el tipo mientras ponía la mano en el muslo del otro y la subía hasta su entrepierna, del mismo modo que había intentado hacer con el Cuchilla en el asiento trasero del coche.

Enfrente de ella, el Cuchilla vio lo que hacía y supo por qué lo hacía, pero él no era un hombre que dejara que las mujeres llevaran la voz cantante. Esa pequeña zorra, pensó, podía hacer lo que le viniera en gana. Fue a buscar a Melia y dejó a Ness en el salón. La niña pronto aprendería el precio de tratar a los hombres como marionetas en un lugar así.

El aprendizaje no tardó en llegar. Ness recibió la pipa para darle una calada, pero la calada tenía un coste determinado. Enseguida vio que no sólo había llamado la atención de los dos hombres entre los que se había situado. Otras personas se habían fijado en ella; cuando su mano tocó la entrepierna de su compañero en el colchón, éste no fue el único que se excitó.

Había otras mujeres presentes, pero como tenían más experiencia, sabían que lo más prudente era seguir con lo suyo y disfrutar del colocón que habían ido a buscar. Y como ninguno de los hombres quería malgastar energías convenciéndolas o coaccionándolas cuando podían saborear los mismos placeres sin esfuerzo alguno, se acercaron a Ness.

Podían ver que era joven, pero no importaba. Eran caballeros que se habían beneficiado a niñas de once años perfectamente dispuestas cuando ellos tenían trece años o menos. En un mundo en el que había pocas cosas por las que vivir o tener esperanza, la mayoría de las veces ni siquiera tenían que poner en práctica sus torpes artes de seducción.

Por lo tanto, antes de darse cuenta de qué estaba pasando, Ness estaba rodeada. El hecho de estar rodeada, no qué significaba estar rodeada, pareció empezar a despejarle la cabeza. Le metieron una pipa en la boca para que diera una calada, pero ya no quería.

– Túmbala ahí-dijo alguien.

Desde detrás la echaron sobre el colchón. Aliento caliente, fue en lo que pensó entonces: la sensación y el olor. Dos pares de manos le bajaban las medias mientras otro par le abría las piernas. Un cuarto par le sujetaba los brazos. Ness gritó, una señal que se interpretó como signo de placer.

Empezó a forcejear. La huida que quería se consideró una expectativa ardiente. Volvió a gritar cuando se bajaron las cremalleras y cerró con fuerza los ojos para no ver lo que, de lo contrario, vería. Un cuerpo cayó sobre ella y sintió el calor del mismo, y luego el miembro grueso y palpitante; entonces, gritó.

Acabó deprisa. No como temía que acabaría, sino como soñaba. Primero oyó un taco y, luego, de inmediato, el cuerpo se apartó de ella como si una fuerza de la naturaleza tirara de él. Y ahí estaba él aupándola del colchón: no para sacarla de aquel lugar horrible, cogiéndola en brazos como el héroe de una canción de trovador, sino para levantarla con brusquedad e insultarla por ser una zorra estúpida; si debía recibir una lección, sería él y no aquella escoria quien se la daría.

Era como sentirse cortejada. Ness sabía que el Cuchilla no habría ido a rescatarla si no se preocupara por ella. Era un hombre contra muchos. Esos muchos eran mayores, más duros y mucho más amenazantes. Se había puesto en peligro para salvarla. Así que cuando la empujó delante de él en dirección a la puerta, Ness sintió la presión en el omóplato como una forma de caricia y salió sin protestar a la noche, donde esperaba Cal Hancock, a quien el Cuchilla le dijo:

– Melia lo tiene todo controlado. Vamos a Lancefield, tío.

– ¿Qué pasa con ella? -dijo Cal señalando con la cabeza a Ness.

– Viene con nosotros -le dijo el Cuchilla-. No puedo dejar a esta putilla aquí.

De esta manera, unos treinta minutos después, Ness se encontró no en el piso decentemente amueblado que imaginaba, sino en una vivienda ocupada junto a Kilburn Lane, en un bloque de pisos destinado al martillo de demolición; allí se habían instalado mientras tanto indigentes que tuvieran el valor de vivir cerca del Cuchilla. Allí, sobre una manta áspera que cubría un futón en el suelo, el Cuchilla le hizo a Ness lo que los hombres del fumadero de crac habían previsto hacer. Sin embargo, a diferencia de lo sucedido allí, Ness aceptó sus atenciones con entusiasmo.

Tenía sus propios planes, y mientras se abría de piernas para él decidió que el Cuchilla era el único hombre de la Tierra que deseaba que los llevara a cabo.

* * *

Cuando Kendra escuchó a Dix contar que había sacado a Ness del Falcon y que la había llevado a casa, decidió creerle. Con su voz suave y aparente buen corazón, parecía sincero. Así que a pesar de haberse lavado las manos con Ness la misma noche en que la chica conoció al Cuchilla y durante las semanas siguientes, Kendra se dio cuenta de que necesitaba recuperar el rumbo de la relación con su sobrina. Sin embargo, la cuestión era cómo conseguirlo, puesto que Ness prácticamente no estaba en casa.

La ventaja que tenía su ausencia era que Kendra era capaz de continuar con su carrera sin trastornos familiares, algo que le alegraba hacer, ya que la ayudaba a alejar la mente de lo que había estado a punto de pasar entre Dix D'Court y ella tras el masaje en el estudio encima del Falcon. Y no había duda que Kendra necesitaba alejar la mente de eso. Quería pensar que era una profesional.

Sin embargo, el inconveniente que suponía la ausencia de Ness era que la misma conciencia que requería que Kendra fuera una profesional en el terreno de los masajes también requería que socorriera a la chica. No tanto porque Kendra esperara que pudiera nacer una amistad decente entre tía y sobrina, sino porque se había equivocado con lo que suponía que había ocurrido entre Dix y Ness, y necesitaba reparar ese daño. Kendra creía que se lo debía a un hermano que había dado un rumbo nuevo a su vida: Gavin Campbell había sido drogadicto durante años hasta que nació y casi murió Toby.

– Me despertó, verás -le había dicho Gavin-. Me ha hecho ver que no puedo dejar que Carole cuide de los niños, ésa es la pura verdad.

Lo que también era verdad era que ningún adulto había pegado nunca a ninguno de los niños Campbell. Por lo tanto, Kendra tenía que suavizar, explicar la situación de algún modo o pedir perdón por el encuentro con Ness delante de su casa aquella noche -que culminó con un bofetón-; tenía que hacer lo que fuera para que Ness volviera a casa, donde debía estar y donde su padre habría querido que estuviera.

La necesidad de Kendra de hacerlo se vio intensificada por una llamada que recibió de los Servicios Sociales poco después del masaje deportivo en el Falcon. Una mujer de nombre Fabia Bender, del Departamento de Menores, intentaba concertar una cita con Vanessa Campbell y con el adulto que ocupara el lugar de padre en la vida de Ness. Que los Servicios Sociales hubieran intervenido activamente en la situación proporcionó a Kendra una baza para jugar en su trato con Ness…, si podía encontrar a su sobrina.

Preguntar a Joel no sirvió de nada. Si bien veía a su hermana de vez en cuando, le dijo a Kendra que no había una rutina en sus idas y venidas. No añadió que ahora Ness era una extraña para él. Sólo dijo que a veces estaba en casa cuando él y Toby regresaban del centro de aprendizaje. Estaba bañándose, buscando ropa, cogiendo paquetes de tabaco del cartón de Benson & Hedges de Kendra, comiendo curry que había sobrado o mojando patatas en un tarro de salsa mexicana mientras veía un programa de entrevistas en la tele. Cuando le decía algo, ella casi nunca le hacía caso. Siempre era evidente que no tenía pensado quedarse mucho rato. No podía añadir nada más.

Kendra sabía que Ness tenía amigos entre los adolescentes del barrio. Sabía que dos se llamaban Six y Natasha. Pero era lo único que sabía, pese a que daba por sentado mucho más. El alcohol, las drogas y el sexo encabezaban la lista.

Imaginaba que el robo, la prostitución, las enfermedades de transmisión sexual y las actividades relacionadas con bandas no andaban muy lejos.

Durante semanas y a pesar de todos sus esfuerzos, no tuvo ninguna oportunidad de mantener con Ness la conversación que quería. Buscó a la chica, pero no pudo encontrarla. Finalmente, cuando ya se había resignado a no localizar a Ness hasta que la chica estuviera dispuesta a ser localizada, la vio, por casualidad, en Queensway, entrando en Whiteley's. Iba en compañía de dos chicas. Una era gordita y la otra flaca, pero las dos vestían según el estilo de la calle. Vaqueros ajustados que lo marcaban todo, desde el trasero a los huesos púbicos, tacones de aguja, tops muy finos atados a la cintura sobre camisetas de colores minúsculas. Ness iba vestida de un modo parecido. Kendra vio que la chica llevaba uno de sus pañuelos enrollado en el abundante pelo.

Las siguió al interior de Whiteley's y las encontró toqueteando bisutería en Accessorize. Llamó a Ness. La chica se giró, la mano en el pañuelo del pelo como si creyera que Kendra quería quitárselo.

– Tengo que hablar contigo -dijo Kendra-. Llevo semanas intentando encontrarte.

– No me estoy escondiendo de ti -contestó Ness.

La chica gordita se rió por lo bajo, como si Ness hubiera puesto a Kendra en su lugar, no tanto con sus palabras como por el tono de voz, que era grosero.

Kendra miró a la chica que se había reído.

– ¿Y tú quién eres? -le preguntó.

La chica no contestó, sino que puso una cara hosca diseñada para sacar de quicio a Kendra, pero fracasó.

– Yo soy Tash -dijo la chica flaca; con una mirada, su amiga silenció esta muestra de afabilidad marginal.

– Bueno, Tash -dijo Kendra-. Necesito hablar con Vanessa a solas. Me gustaría que tú y esta otra persona, ¿eres Six, por cierto?, nos brindarais esa oportunidad.

Natasha nunca había oído a una mujer negra hablar así aparte de en televisión, así que su reacción fue mirar a Kendra boquiabierta. La reacción de Six fue cambiar el peso de una cadera a otra, cruzar los brazos debajo de los pechos y repasar de arriba abajo a Kendra para que se sintiera como una mujer marcada, destinada a ser víctima de un atraco en plena calle o peor.

– ¿Y bien? -dijo Kendra cuando ninguna de las dos chicas se marchó.

– No se van a ninguna parte -dijo Ness-. No hablaré contigo porque no tengo nada que decir.

– Pero yo sí -dijo Kendra-. Estaba equivocada y quiero hablar de ello contigo.

Ness entrecerró los ojos. Había pasado algún tiempo desde el incidente delante de la casa de Kendra, así que no sabía qué pensar de la palabra «equivocada». Pero nunca antes había oído a un adulto admitir que se había equivocado -aparte de su padre-, así que sintió una confusión que la hizo dudar y le impidió dar una respuesta lo suficientemente rápida.

Kendra aprovechó la oportunidad que le proporcionó el silencio de Ness.

– Ven conmigo a tomar un café. Puedes reunirte con tus amigas después si quieres. -Dio dos pasos hacia la puerta de la tienda para indicar que se ponía en marcha.

Ness dudó un momento antes de decir a las otras chicas:

– Dejadme ver qué quiere la vieja. Os alcanzo delante del cine.

Sus amigas accedieron y Kendra llevó a Ness a un café cerca de Whiteley's. No quería estar con ella en el centro comercial, donde el nivel de ruido era elevado y los grupos de chicos que deambulaban por él ofrecían demasiadas distracciones. El café estaba abarrotado, pero lo llenaban en su mayoría clientes que se tomaban un descanso, y no niños que esperaran acción. Kendra pagó las bebidas en la barra y, mientras esperaba a que las sirvieran, empleó el tiempo para ensayar lo que quería decir.

Fue breve y al grano.

– Cometí un grave error al pegarte, Nessa -le dijo a su sobrina-. Estaba enfadada porque no te habías quedado en casa con Joel y Toby como me dijiste que harías. Además, pensaba que estaba pasando algo que no estaba pasando y yo… -Buscó una forma de explicarlo-. Me pasé de la raya. -No añadió el resto, las dos partes que completaban la historia: el dolor de haberse sentido una mujer madura aquella noche en No Sorrow cuando no había sido capaz de atraer ni a un solo hombre y el encuentro con Dix D'Court en el que le había contado lo que había ocurrido entre Ness y él. Estas dos partes de la historia revelaban mucho más sobre Kendra de lo que quería destapar. Lo único que Ness necesitaba saber era que su tía se había equivocado, que sabía que se había equivocado y que había venido a arreglar las cosas-. Quiero que vuelvas a casa, Nessa -dijo-. Quiero empezar de cero contigo.

Ness apartó la mirada. Sacó los cigarrillos del bolso -los Benson & Hedges robados a Kendra- y encendió uno. Ella y su tía estaban sentadas en unos taburetes en la barra que recorría el ventanal del calé y un grupo de chicos pasó por delante. Ralentizaron el paso cuando vieron a Ness en el ventanal y hablaron entre ellos. Ness los saludó con la cabeza. Era un gesto que parecía casi regio. En respuesta, los chicos movieron la cabeza de un modo extrañamente respetuoso y siguieron caminando.

Kendra lo vio. El breve contacto entre Ness y los chicos, aunque sólo hubiera sido visual, provocó que un escalofrío de intuición le recorriera la columna vertebral. No sabía qué significaba todo aquello -el saludo con la cabeza, los chicos, el escalofrío que sintió-, salvo que no pintaba bien.

– Toby y Joel, Ness -dijo-. Ellos también te quieren en casa. Se acerca el cumpleaños de Toby. Con todos los cambios que ha habido en vuestras vidas en estos meses, si estuvieras ahí…

– Quieres que cuide de ellos, ¿no? -concluyó Ness-. Por eso estás aquí. Toby y Joel ya empiezan a molestarte. ¿Qué otra cosa ibas a querer?

– Estoy aquí porque me equivoqué y quiero que sepas que sé que me equivoqué. Quiero pedirte perdón. Quiero que seamos una familia la una para la otra.

– Yo no tengo familia.

– Eso no es verdad. Tienes a Toby y a Joel. Me tienes a mí. Tienes a tu madre.

Ness soltó una risotada.

– Sí. Mi madre -dijo, y dio una fuerte calada al cigarrillo. No había probado el café. Kendra tampoco había probado el suyo.

– Las cosas no tienen por qué ser así -dijo Kendra-. Las cosas pueden cambiar. Tú y yo podemos empezar de nuevo.

– Las cosas acaban como acaban -respondió Ness-. Todo el mundo quiere algo. Tú no eres diferente. -Recogió sus cosas.

Kendra vio que tenía intención de irse. Jugó su baza.

– Me han telefoneado de los Servicios Sociales -dijo-. Una mujer llamada Fabia Bender quiere reunirse contigo. Y conmigo también. Tenemos que verla, Ness, porque si no…

– ¿Qué? ¿Acaso va a mandarme a algún lugar? ¿Crees que me importa? -Ness se ajustó el bolso y se envolvió el pelo con el pañuelo-. Ahora tengo a gente que cuida de mí. No me preocupan los Servicios Sociales, ni tú ni nada. Así son las cosas.

Dicho esto, se marchó, salió del café y regresó hacia Whiteley's. Bajo el sol de finales de primavera, se contoneó por la acera sobre sus tacones y dejó a su tía preguntándose cuánto podían empeorar aún las cosas entre ellas.

* * *

Cuando llegó el día que Joel tenía que comprar la lámpara de lava para el cumpleaños de Toby, lo primero que tuvo que solucionar fue qué hacer con su hermano pequeño mientras la adquiría, puesto que Kendra estaba trabajando en la tienda benéfica y, por lo tanto, no podía ayudarle. Si Ness hubiera estado en casa, le habría pedido que cuidara de él. No era una tarea que requiriera mucho tiempo, ya que consistía en una excursión a Portobello Road, un intercambio rápido de dinero en la tienda y, luego, otra excursión de vuelta a Edenham Way. Incluso si Ness hubiera estado habría podido convencerla de que se quedara con Toby, para asegurarse de que el niño no abría la puerta si llamaba algún desconocido. Pero como no estaba, Joel se enfrentaba a varias opciones. Podía llevarse a Toby con él y estropearle la sorpresa del cumpleaños; podía dejarle en casa y rezar para que no pasara nada; podía aparcarlo en algún sitio donde hubiera algo que poseyera un interés inherente diseñado para mantenerle ocupado.

Pensó en el estanque de los patos de Meanwhile Gardens y en la tostada que había sobrado del desayuno. Decidió que si preparaba un escondite entre los juncos -algo parecido al fuerte que Toby había dicho que construyeran allí hacía unos meses- y armaba a su hermano con una tostada para echar a los patos, podría mantenerlo a salvo y ocupado el tiempo suficiente para comprar la lámpara de lava y volver.

Así que cogió la tostada, añadió más pan por si la compra le llevaba más tiempo de lo que esperaba y aguardó a que su hermano inflara el flotador. Una vez hecho esto, se aseguró de que Toby llevara el impermeable para protegerse de un día potencialmente frío y partieron hacia el lateral de las casas para coger el sendero que recorría los jardines de detrás. El sol brillaba y atraía a gente que quería disfrutar del buen tiempo. Joel oía, justo detrás del centro infantil, los gritos de los patinadores en la pista de patinaje, así como balbuceos de niños en los columpios del propio centro. Al principio le preocupó que el buen tiempo también llevara a la gente al estanque de los patos, pero cuando él y Toby se abrieron paso entre los arbustos y cogieron el segundo sendero que describía una curva hasta el agua, se sintió aliviado al ver que no había nadie en el pequeño estanque. Sin embargo, había muchísimos patos. Chapoteaban maravillosamente y de vez en cuando se hundían en el agua para buscar algo de comer.

A lo largo de los márgenes del estanque, los juncos crecían densamente. A pesar de que Toby se quejó de que quería estar en el muelle sobre las aves, Joel le explicó las ventajas de esconderse entre los juncos. Eran las casas de los patos, le dijo. Si se quedaba callado y quieto en los juncos, había muchas posibilidades de que los patos se acercaran a él y comieran el pan de su mano. ¿No sería mejor eso que lanzárselo desde el muelle y esperar que se dieran cuenta?

Toby tenía poca experiencia en patos y, por lo tanto, no sabía que los trozos de pan lanzados al agua atraerían a cualquier pato que se preciara en un radio de cincuenta metros. El plan, tal como se lo explicó Joel, le pareció razonable, así que el niño estuvo encantado de instalarse detrás de una especie de pantalla toscamente preparada en los juncos, desde la que podía observar a los pájaros y esperar pacientemente a que lo descubrieran.

– Tienes que quedarte aquí-le dijo Joel cuando tuvo a Toby colocado en su lugar-. Lo has entendido, ¿verdad? Volveré cuando acabe de comprar una cosa en Portobello Road. Tú espera aquí. Podrás hacerlo, ¿Tobe?

Toby se había tumbado boca abajo con la barbilla sobre el flotador. Asintió con la cabeza y clavó los ojos en el agua, justo a través de los juncos.

– Dame la tostada, entonces -dijo-. Apuesto a que los patos tienen hambre.

Joel se aseguró de que la tostada y el pan estuvieran a su alcance. Salió de detrás de la pantalla y subió por el sendero. Se sintió aliviado al ver que, desde arriba del estanque, no se veía a Toby. Sólo esperaba que su hermano se quedara allí, escondido. No tenía pensado tardar más de veinte minutos.

Ir a la tienda en la que Toby le había enseñado la lámpara de lava requería dirigirse a Portobello Bridge, el viaducto por el que cruzaría las vías del tren y entraría en lo que quedaba del mercado al aire libre de Golborne Road. Realizó esta primera parte del viaje a paso ligero y, mientras caminaba, se preguntó qué recordaría su hermano pequeño sobre cómo habían celebrado en su día los cumpleaños. Si su madre tenía una buena temporada, se apretujaban los cinco en la pequeña mesa de la cocina. Si su madre tenía una de sus malas rachas, sólo eran cuatro, pero su padre compensaba esa ausencia entonando con fuerza y desafinando la canción especial de cumpleaños, tras la cual les entregaba un regalo, como una navaja o un estuche de maquillaje, o unos patines en línea de segunda mano pero bien limpios, o unas deportivas especiales que deseaban pero que nunca habían mencionado.

Pero eso era antes de que los niños Campbell fueran trasladados a Henchman Street, donde Glory hacía todo lo que estaba en su mano para organizar una celebración -siempre y cuando ellos le recordaran que se acercaba un cumpleaños-, pero George Gilbert normalmente aguaba la fiesta porque llegaba a casa borracho o utilizaba el cumpleaños como excusa para emborracharse o, si no, se convertía en el centro de atención de la fiesta. Joel no sabía cómo sería un cumpleaños en casa de Kendra Osborne, pero pensaba hacerlo tan especial como pudiera.

El inmenso complejo de viviendas de protección oficial de Wornington Green marcaba una de las esquinas que Joel tenía que doblar, pero justo en Wornington Road un campo de fútbol de asfalto llamó su atención. Estaba rodeado de ladrillos y tenía una valla de tela metálica por los cuatro lados y terminada en ángulo, diseñada para disuadir a cualquiera que quisiera utilizar la instalación cuando no había que usarla. Pero unos peldaños en la parte oeste del campo permitían acceder a él, puesto que la puerta de arriba estaba rota desde hacía tiempo y el objetivo del campo -ofrecer un área de juegos para los niños de Wornington Green- cambió poco después: debajo de él, Joel vio a uno de los muchos artistas de grafitis del barrio en pleno proyecto, aplicando su arte a las paredes mugrientas con un arcoíris de colores.

Era un rastafari, aunque llevaba las rastas cubiertas por un gran gorro de punto caído por el peso del pelo que había dentro. El olor a marihuana subía flotando y Joel vio que de sus labios colgaba un porro. Parecía estar dando los últimos retoques a una obra maestra que constaba de palabras y de una especie de caricatura. Las palabras estaban en rojo, realzadas en blanco y naranja. Decían «No preguntes» y servían de base a la figura que, como el ave fénix de las cenizas, surgía de ellas: un hombre negro con navajas en cada mano, que ofrecía un gruñido adecuadamente feroz desde una cara tatuada. Esta obra terminada era una de las muchas que ya decoraban el campo: mujeres de pechos generosos, hombres fumando tabaco o hachís en varias posturas, policías amenazantes con pistolas desenfundadas, guitarristas inclinados hacia atrás mientras enviaban su música al cielo. Donde no había grafitis de esta naturaleza, había pintadas. Iniciales, nombres, apodos usados en las calles… Era difícil imaginar que un niño jugara al fútbol en este campo con tantas distracciones.

– ¿Qué miras, tío? ¿Nunca has visto trabajar a un artista?

La pregunta provenía del rastafari, que había visto a Joel mirando por la valla de tela metálica. Joel se lo tomó como un simple comentario y no como el desafío que podría haber sido, si viniera de otra clase de hombre. Este tipo parecía inofensivo, una conclusión a la que Joel llegó basándose en la expresión soñolienta de su cara, como si la hierba que fumaba lo escoltara al país de los sueños.

– Esto no es arte -dijo Joel-. El arte está en los museos.

– ¿Sí? ¿Crees que tú podrías hacerlo? ¿Te doy pintura y haces algo así de bonito? -Hizo un gesto con el porro, señalando la obra prácticamente acabada.

– ¿Y quién es? -le preguntó Joel al rastafari-. ¿Qué significa «No preguntes»?

El rastafari se acercó a él, dejando atrás el bote de pintura. Llegó al lateral del campo, la cabeza ladeada.

– Estás de coña, ¿verdad? Tomas por estúpido a Cal Hancock.

Joel frunció el ceño.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Preguntas quién es éste? ¿Quieres decir que no lo sabes? ¿Cuánto tiempo llevas aquí, chaval?

– Desde enero.

– ¿Y no lo sabes?

Cal meneó la cabeza con sorpresa. Se sacó el porro de la boca y se lo tendió generosamente a Joel para que diera una calada. Joel puso las manos detrás de la espalda, el gesto universal del rechazo.

– ¿Estás limpio, entonces? -le preguntó Cal Hancock-. Muy bien, tío. Cúrrate un futuro. ¿Tienes nombre?

Joel se lo dijo.

– ¿Campbell? ¿Tienes una hermana? -dijo Cal.

– Ness, sí.

Cal silbó y dio una fuerte calada al porro.

– Entiendo -dijo, y asintió pensativo con la cabeza.

– ¿La conoces o qué?

– ¿Yo? No. Yo no trato con mujeres que tengan mierdas mentales en la cabeza, ¿entiendes?

– Mi hermana no tiene… -Lo que insinuaba «mentales», la conexión ineludible con Carole Campbell, el futuro que prometía, eran temas que Joel no se atrevía a abordar, ni siquiera a negar. Pegó una patada con la deportiva en el muro bajo de ladrillo del campo.

– Quizá no, colega -dijo Cal afablemente-. Pero la tía sabe cómo colocar a un hombre antes de colocarse ella, te lo digo yo. Puede dejarle flipando, si quiere, ¿entiendes? Le deja pensando qué coño le ha pasado…, y deseando más.

– ¿Estás seguro de que el tío no eres tú? -preguntó Joel.

Cal se rió.

– Bueno, la última vez que lo comprobé tenía las pelotas en su sitio, así que estoy muy seguro, amigo, -Le guiñó el ojo y reanudó su obra con aire despreocupado.

– Bueno, ¿y quién es? -le gritó Joel, señalando la figura en la que trabajaba.

Cal respondió moviendo la mano perezosamente.

– Lo sabrás en su momento -le contestó.

Joel se quedó observándolo un momento y vio cómo sombreaba la curva de la P de «Preguntes». Luego se marchó.

Había pasado bastante tiempo desde que Toby le había enseñado la lámpara de lava que quería, pero cuando Joel llegó a la tienda de Portobello Road, se sintió aliviado al ver que la lámpara aún borboteaba en el escaparate.

Entró. Un timbre automático notificó su llegada y, al cabo de tres segundos, un hombre asiático apareció por una puerta trasera. Echó un vistazo a Joel y entrecerró los ojos con desconfianza.

– ¿Dónde está tu madre, chico? -le dijo-. ¿Qué quieres de mi tienda, por favor? ¿Vas con alguien? -El hombre repasó el local mientras hablaba.

Joel sabía que no buscaba a su madre, sino al grupo de chicos que suponía que andaba cerca, preparados para hacer alguna travesura. Era un acto reflejo en esta zona de la ciudad: una parte de paranoia y dos partes de experiencia.

– Me gustaría una de esas lámparas de lava -dijo Joel. Habló en un inglés tan correcto como pudo.

– Muy bien, pero tienes que pagarla, chico.

– Ya lo sé. Tengo dinero.

– ¿Tienes quince libras y noventa y nueve peniques? -preguntó el hombre-. Debo verlos, por favor.

Joel se acercó al mostrador. Rápidamente, el hombre puso las manos debajo. En ningún momento miró a otra dirección que no fuera la de Joel, y cuando el niño buscó en los bolsillos y sacó el billete de cinco libras arrugado más todas las monedas, el propietario de la tienda contó el dinero con la mirada y no con los dedos, las manos sobre lo que tuviera debajo del mostrador que, al parecer, le aportaba seguridad. Joel imaginó que sería una especie de cuchillo grande asiático, con una hoja curva que podría rebanarle la cabeza a alguien.

– Aquí está -dijo Joel en referencia al dinero-. ¿Ahora me dará una?

– ¿Una?

– Una lámpara de lava. A eso he venido.

El asiático señaló con la cabeza el escaparate y dijo:

– Puedes elegir tú mismo.

Y cuando Joel se alejó para coger la lámpara que quería, el hombre retiró el dinero deprisa, lo guardó en la caja y cerró el cajón de golpe como alguien que teme que vean un secreto.

Joel escogió la lámpara púrpura y naranja que Toby había admirado. Desenchufó el cable y la llevó al mostrador. La lámpara tenía una capa de polvo por el largo tiempo que llevaba expuesta en el escaparate, pero no importaba. El polvo podía limpiarse.

Joel colocó la lámpara con cuidado sobre el mostrador. Esperó educadamente a que el hombre se la envolviera. El hombre no hizo nada, salvo mirarle fijamente hasta que, al fin, Joel dijo:

– ¿Puede ponérmela en una caja o algo? Va en una caja, ¿no?

– No hay ninguna caja para la lámpara -le dijo el asiático, elevando la voz como si alguien estuviera acusándolo de algo-. Si la quieres, llévatela. Llévatela y vete de inmediato. Si no la quieres, márchate de la tienda. No tengo ninguna caja para darte.

– Pero tendrá una bolsa -dijo Joel-. ¿Un periódico o algo para envolverla?

El hombre elevó más la voz al ver que estaba urdiéndose una trama: este chico de aspecto extraño era la avanzadilla de un grupo que quería arrasar su tienda.

– Me estás causando problemas, chico. Tú y los de tu clase siempre lo hacéis. Voy a decirte algo: ¿quieres la lámpara? Si no la quieres, márchate de inmediato o llamaré a la Policía ahora mismo.

A pesar de su corta edad, Joel reconocía el miedo cuando lo veía y sabía lo que el miedo podía inducir a hacer a la gente, así que dijo:

– No quiero causarle problemas, ¿comprende? Sólo le pido una bolsa para llevarme esto a casa. -Vio un fajo de bolsas justo detrás de la caja y las señaló con la cabeza-. Una de ésas me vale.

Con los ojos clavados en Joel, el hombre deslizó el brazo hacia las bolsas y cogió una. La dejó en el mostrador y observó como un gato preparado para saltar mientras Joel sacudía la bolsa y metía la lámpara dentro.

– Gracias -dijo Joel, y se alejó del mostrador. Era reacio a dar la espalda al asiático tanto como el asiático era reacio a darle la espalda a Joel. Fue un alivio salir fuera.

Cuando volvió sobre sus pasos a Meanwhile Gardens y el estanque de los patos, Joel vio que Cal Hancock había terminado su proyecto. Su lugar lo ocupaba otro rastafari con una manta fina sobre los hombros, agachado en una esquina del campo de fútbol, donde estaba encendiéndose un porro. En otra esquina se apiñaban tres hombres con sudaderas que aparentaban unos veintitantos años. Uno de ellos estaba sacando un puñado de bolsitas de plástico del bolsillo de su camisa.

Joel los miró y se marchó rápidamente. Había cosas que era mejor no ver.

* * *

Se dirigió al camino trasero del estanque de los patos, detrás de Trellick Tower, cruzando el jardín aromático en lugar de atravesar Edenham Estate y coger el sendero que él y Toby habían utilizado antes. Por este motivo, la vista del estanque era distinta, pero el lugar donde había colocado la pantalla estaba tan escondido como desde el otro ángulo. Tanto mejor. Decidió que volvería a recurrir a ella cuando necesitara un lugar seguro para esconder a Toby.

Bajó corriendo hacia el estanque y se abrió paso hasta el escondite, llamando a su hermano en voz baja. No obtuvo respuesta, lo que provocó que se detuviera un momento y se asegurara de que estaba en el lugar correcto. Pronto descubrió que sí, cuando vio los juncos aplastados que marcaba el sitio donde se había tumbado Toby. El pan no estaba y el niño tampoco.

– Mierda -murmuró Joel.

Miró a su alrededor y llamó a su hermano más fuerte. Intentó pensar en todos los lugares adonde podría haber ido Toby, cruzó los juncos y subió por el sendero principal. Fue entonces cuando el ruido procedente de la pista de patinaje llamó su atención: no sólo los chirridos de los monopatines contra los laterales de hormigón de la pista, sino también los gritos de los patinadores que disfrutaban de ella.

Aceleró el paso y se dirigió a la pista de patinaje. Debido al buen tiempo, los tres niveles de la pista funcionaban a pleno rendimiento y, además de los patinadores y los ciclistas de la zona inmediata, algunos espectadores habían hecho un alto en su paseo por el sendero junto al canal para observar la acción, otros holgazaneaban en los bancos que salpicaban las pequeñas colinas del parque.

Toby no estaba en ninguno de estos grupos, sino sentado al borde de la pista central, los pies colgando y los vaqueros subidos de manera que la cinta adhesiva alrededor de las deportivas era bien visible. Daba palmas en el flotador mientras cuatro chicos cruzaban arriba y abajo los laterales de la pista con monopatines decorados con calcomanías de colores brillantes. Vestían bermudas anchas y de talle bajo. Llevan camisetas sucias con logotipos de grupos de música descoloridos y gorros de esquí de punto en la cabeza.

Toby se balanceaba sobre el trasero mientras miraba a los chicos avanzar por la pista a toda velocidad y planear por los laterales, girar con pericia los monopatines en el aire y cruzar deprisa la pista donde repetían el movimiento en el otro lado. Por el momento, parecían resueltos a no prestarle atención, pero el niño no se lo ponía fácil.

– ¿Puedo hacerlo? ¿Puedo probar? ¿Puedo? ¿Puedo? -gritaba mientras daba golpes en la pista con los pies.

Joel se acercó. Pero al hacerlo, vislumbró a un segundo grupo de chicos en el puente que llevaba a Great Western Road al otro lado del canal Gran Union. Se habían parado a mitad del puente y miraban abajo, a los jardines. Tras intercambiar unas palabras, se dirigieron a la escalera de caracol. Joel los oyó bajando los peldaños de metal. Todavía no sabía quiénes eran. Aun así, su corpulencia, los muchos que eran y su forma de vestir… Todo aquello sugería que formaban parte de una banda y no quería estar cerca cuando se dirigieran a la pista de patinaje si, efectivamente, era allí adonde iban.

Corrió hacia la pista central; allí, en el borde, Toby pedía a gritos ser parte de la acción.

– Tobe, ¿por qué no has esperado donde los patos? -le dijo a su hermano-. ¿No me has oído cuando te he dicho que me esperaras allí?

– Míralos, Joel -respondió, entrecortadamente, Toby-. Creo que podría hacerlo. Si me dejaran. Les he pedido que me dejen. ¿Tú no crees que podría hacerlo?

Joel lanzó una mirada a la escalera de caracol y vio que la banda de chicos había llegado abajo. Deseó fugazmente que sus asuntos -fueran los que fueran- los llevaran a algún lugar del canal. Había una barcaza abandonada debajo del puente y esperó fervientemente que la utilizaran de guarida. Pero en lugar de dirigirse hacia allí, fueron directos a la pista de patinaje, las capuchas de las sudaderas puestas encima de las gorras de béisbol, los anoraks con la cremallera bajada a pesar del crudo invierno, vaqueros anchos bajos de cadera.

– Vamos, Tobe -dijo Joel-. Tenemos que arreglar el cuarto, ¿recuerdas? La tía Ken dijo que teníamos que tenerlo más ordenado y hay cosas por todas partes, ¿entiendes?

– ¡Mira! -gritó Toby, señalando a los chicos que seguían cruzando a toda velocidad la pista de patinaje-. ¿Puedo hacerlo? Podría hacerlo si me dejarais.

Joel se encorvó y agarró a su hermano del brazo.

– Tenemos que irnos -dijo-. Y estoy muy cabreado porque no me has esperado donde tenías que esperarme. Vamos.

Toby se resistió a ponerse de pie.

– No. Puedo hacerlo. ¿Puedo hacerlo, chicos? Podría si me dejarais.

– Podría si me dejarais, podría si me dejarais -dijo una voz imitando a la de Toby, y Joel no tuvo que girarse para saber que él y su hermano se habían convertido en el centro de atención de los chicos que habían bajado del puente-. Podría hacerlo si me dejarais, Joelly Joel. Sólo que primero tengo que limpiarme el culo porque se me olvidó esta mañana cuando me cagué encima.

Joel frunció el ceño cuando oyó su nombre, pero tampoco se giró para ver quiénes eran los chicos.

– Tobe, tenemos que irnos -dijo en un susurro feroz.

Pero le oyeron.

– Apuesto a que tienes que marcharte, amarillo de mierda. Mejor corre mientras puedas hasta que encuentres el camino. Tú y el pequeño gilipollas que te acompaña. Joder, ¿qué hace con ese flotador puesto?

Toby al fin se fijó en los otros chicos, que es lo mismo que decir que el tono desagradable de quien hablaba, por no mencionar su proximidad, logró alejar su atención de la pista de patinaje. Miró a Joel para que lo aconsejara sobre si tenía que responder, mientras que en la pista de patinaje, el ritmo decreció de repente, como por la expectación de una acción más fascinante.

– Ah, ya sé por qué lleva ese flotador, ¿sabes? -dijo la misma voz burlona-. Va a darse un baño. Greve, ¿por qué no le ayudas?

Joel sabía qué significaba aquello. Aparte del estanque de los patos, sólo había un lugar con agua cerca. Notó que los dedos de Toby se cerraban en torno al bajo desgastado de sus vaqueros azules. Aún no se había levantado del borde de la pista, pero le había cambiado la cara. La alegría de ver a los chicos en la pista se había convertido en miedo al ver a los chavales de detrás de Joel. No los conocía, pero percibía la amenaza en sus voces, aunque no supiera que iba dirigida a él.

– ¿Quién es, Joel? -le preguntó Toby a su hermano.

Había llegado el momento de averiguarlo. Joel se dio la vuelta. Los chicos estaban colocados formando una especie de media luna. En el centro estaba el chico mestizo de cara mustia que Hibah había presentado como su novio. Había dicho que se llamaba Neal. Si dijo algún apellido, Joel no lo recordaba. Lo que sí recordaba era su único encontronazo con él, la pequeña broma que le había gastado, aquel chiste, justo el tipo de comentario que era improbable que un chico como Neal olvidara. En presencia de su banda, sobre la cual sin duda siempre ansiaba mantener su supremacía, Joel sabía que el chico podría aprovechar la oportunidad perfectamente para demostrar su fuerza, si no era con un niño indefenso como Toby, sí con su hermano, la derrota del cual le daría muchos puntos.

Joel se dirigió al chico llamado Greve, que había avanzado varios pasos para coger a Toby.

– Déjale en paz -dijo-. No te está haciendo daño. Vamos, Tobe. Tenemos que irnos a casa.

– Tienen que irse a casa -dijo Neal-. Ahí es donde se bañan. Tienes una bonita piscina en el jardín, Tobe. ¿Y qué mierda de nombre es ése?

– Toby -murmuró el pequeño, aunque tenía la cabeza agachada.

– To-by. Qué mono. Bueno, To-by, deja que me quite de en medio para que puedas irte corriendo a casa.

Toby empezó a levantarse, pero Joel conocía el juego. Un paso en su dirección y Neal y su banda se les echarían encima a los dos, sólo para divertirse. Joel imaginó que podría sobrevivir a un encuentro con estos chicos porque había suficientes personas en Meanwhile Gardens a esta hora del día para que alguien acudiera en su rescate, o bien sacara el móvil y llamara al 091. Pero no quería dejar que Toby cayera en las fauces de este grupo de chicos. Para ellos, el niño era como un perro con tres patas, alguien a quien humillar, hostigar y hacer daño.

– Oye, puedes quedarte donde estás, tío -dijo Joel a Neal con absoluta simpatía-. No vamos en esa dirección, así que no supones ningún problema para nosotros.

Uno de los chicos de la banda de Neal se rió con la respuesta, tan despreocupadamente había conseguido pronunciarla y tan claramente había transmitido una ausencia de miedo del todo inapropiada. Neal lanzó una mirada al grupo de chicos, buscando el origen de aquella falta de respeto. Cuando no la encontró, se volvió directamente hacia Joel.

– Eres un amarillo de mierda, Jo-el. Lárgate de aquí. Y que no te vuelva a ver…

– No soy más amarillo que tú -señaló Joel, aunque la verdad era que sólo dos razas habían convergido para crear a Neal, mientras que en el caso de Joel habían participado al menos cuatro que nadie estaba dispuesto a identificar-. Así que yo no hablaría del color de piel de nadie, colega.

– No me llames colega, Joe-el, como si fueras lo que no eres. Me como a bichos de tu tamaño para desayunar.

Se oyeron risitas disimuladas entre el grupo de chicos. Espoleado por ellas, Neal dio un paso hacia delante. Hizo un gesto con la cabeza a Greve, un movimiento que indicaba que el chico debía coger a Toby como le había ordenado, y entonces centró su atención en la bolsa que llevaba Joel.

– Dame eso -le dijo mientras Greve se acercaba, y Toby se encogió para alejarse de él-. Veamos que llevas ahí.

En ese momento, Joel se sintió totalmente atrapado. Sólo vio una salida, que tenía muy pocas esperanzas de éxito. Podía ver lo que iba a pasar si no actuaba, así que actuó deprisa. Levantó a Toby de un tirón, le puso la bolsa con la lámpara de lava en los brazos y le dijo:

– Corre. ¡Corre! Ya, Tobe, ¡corre!

Por una vez, Toby no cuestionó la orden. Se deslizó por la pista de patinaje y la cruzó por la parte inferior.

– A por él -gritó alguien, y los chicos se movieron como una unidad, pero Joel, rápidamente, se interpuso en su camino.

– Cabrón de mierda -le dijo a Neal-. Das por culo a los cerdos, ¿verdad? Juegas a ser un tipo duro cuando eres mitad cerdo y por eso la metes donde la metes.

Era un discurso suicida, como había planeado que fuera, pero captó la atención de Neal. También captó la atención de su pandilla, porque siempre hacían lo que hiciera Neal, al carecer ellos de cerebro. A Neal se le puso la cara roja y el acné que tenía se volvió púrpura. Cerró los puños. Se dispuso a embestirle. Su banda avanzó para entrar a atacar, pero el chico gritó:

– ¡Es mío! -Y se abalanzó sobre Joel como un perro rabioso.

Joel recibió la fuerza del cuerpo de Neal en el estómago. Los dos chicos cayeron al suelo con los brazos en el aire. Un grito de alegría surgió de entre los amigos de Neal, que avanzaron para mirar. Los chicos de la pista de patinaje se unieron a ellos, hasta que lo único que vio Joel detrás de la cara encolerizada de Neal fue una masa de piernas y pies.

Joel no peleaba bien. Siempre se quedaba sin respiración cuando hacía esfuerzos, y la única vez que había estado en una bronca de verdad, no pudo recobrar el aliento y acabó en Urgencias con una mascarilla sobre la nariz y la boca. Así que lo que sabía de peleas era lo que veía en televisión, que consistía en mover infructuosamente los puños y esperar contactar con alguna parte del cuerpo de Neal. Logró plantar un golpe en la clavícula del chico, pero Neal contraatacó con uno que alcanzó a Joel en plena sien y provocó que le zumbara el oído.

Joel sacudió la cabeza para despejarse. Neal cambió de posición y se sentó sobre su pecho. Puso toda la fuerza de su peso sobre el cuerpo de Joel y utilizó las rodillas para apresarle los brazos contra el suelo. Entonces empezó a golpearle de verdad. Joel se retorció para intentar apartarle. Movió el cuerpo a derecha e izquierda, pero no consiguió que el chico le soltara.

– Mestizo de mierda -gruñó Neal entre sus dientes torcidos y su boca mustia-. Voy a enseñarte lo que es faltarle el respeto… -Agarró a Joel por el cuello y empezó a apretar.

A su alrededor, Joel oyó gruñidos y respiraciones: no sólo los suyos y los de Neal, sino también los de los otros chicos, aunque los de éstos eran de emoción y acaloramiento ante la expectativa. Esta vez no era una película. Ni una serie de televisión. Era la vida real. Neal era su hombre.

– Dale -murmuró alguien con fiereza.

– Sí. Acaba con él, tío -dijo otro.

– Tienes que rematarlo, colega. Cógela, cógela -dijo alguien entonces.

Joel se dio cuenta de que uno de los chicos de la multitud le había pasado algo a Neal.

Vio el reflejo plateado en la palma de la mano de Neal: una navaja bien afilada. Nadie acudía en su rescate, como había esperado, y supo que estaba acabado. Pero la certeza de este conocimiento le infundió fuerzas, nacidas del instinto humano de vivir. Neal se había inclinado para coger la navaja de su secuaz; el gesto lo desequilibró y dio a Joel una oportunidad.

Se lanzó hacia donde estaba inclinado Neal, lo que provocó que el chico se cayera. Entonces se tiró encima de él y empezó a asestarle golpes, golpeando huesos y carne con todas sus fuerzas. Peleaba como una chica: agarró a Neal del pelo, le arañó la cara desgraciada, hizo todo lo que pudo por ir un paso por delante de las intenciones del otro chico y dos pasos por delante de su furia. No luchaba por castigar a Neal, ni para demostrarle algo, ni tampoco para erigirse en alguien más importante, mejor o más hábil. Luchaba simplemente para seguir vivo, porque sabía, con la claridad meridiana que nace del terror, que el otro chico quería matarle.

Ya no sabía dónde estaba la navaja. Era incapaz de decir si la tenía Neal o se si le había caído de las manos. Lo que sí sabía, sin embargo, era que se trataba de una pelea a muerte, y los otros chicos también, pues se habían sumido en un silencio tenso, aunque ni uno solo se había retirado de la riña.

Gracias a este silencio, Joel oyó una voz, un hombre que gritaba:

– ¿Qué pasa aquí? -Y luego-: Apartad. Salid de en medio. Ya me has oído, Greve Johnson. Y tú, Dashell Patricks. ¿Qué estáis haciendo? -Y justo después de eso, dijo-: ¡Por el amor de Dios! -Tras lo cual, Joel notó que lo levantaban de encima de Neal, lo ponían de pie y lo apartaban a un lado.

Joel vio que era Ivan Weatherall; de entre todas las personas del mundo, apareció su mentor del colegio Holland Park.

– ¿Eso de ahí es una navaja? -preguntó Ivan, y sin esperar la respuesta, gritó al resto que se marcharan.

A pesar de que Ivan estaba solo y ellos eran muchos, irradiaba tanta confianza que los chicos obedecieron, sorprendidos y poco acostumbrados a que los molestaran cuando estaban en medio de una de sus actividades. Aquello incluía a Neal, que se lamía un corte en el labio. Mientras sus amigos se lo llevaban del lugar, gritó:

– No me toques los huevos. -Una orden que iba dirigida a Joel, obviamente-. Te vas a enterar, cabrón. Amarillo de mierda. Tú y tu hermano. Id a comedle el coño a vuestra madre.

Al oír aquello, Joel se movió para ir a por Neal, pero Ivan lo agarró del brazo. Sorprendido, Joel oyó que decía entre dientes:

– Pelea conmigo, chico. Pégame para escapar. Vamos. Por el amor de Dios, hazlo. Puedo aguantarlo… Bien. Así… Dame patadas también… Sí, sí. Justamente, eso es… Ahora te haré una media Nelson -hizo un movimiento rápido que aprisionó a Joel debajo de su brazo- e iremos hacia ese banco. No dejes de pegarme, Joel… Te tiraré ahí encima… Intenta no hacerte daño… ¿Listo? Allá vamos.

Joel se descubrió en el banco como le había prometido su mentor, y cuando miró a su alrededor, Neal y su banda se habían ido hacia la escalera de caracol, en dirección a Great Western Road. Los patinadores también se habían dispersado y él se había quedado con Ivan Weatherall. No comprendía cómo se había producido el milagro.

– Creen que te he escarmentado, de momento bastará -dijo Ivan a modo de explicación-. Parece que he llegado justo a tiempo. ¿En qué demonios estabas pensando enfrentándote a Neal Wyatt?

Joel no contestó. Le costaba trabajo respirar. No quería acabar en Urgencias otra vez, así que decidió que era mejor no desperdiciar fuerzas hablando. Aparte de eso, quería alejarse de Ivan. Tenía que encontrar a Toby. Tenían que llegar los dos a salvo a casa.

– Simplemente ha pasado, ¿verdad? -preguntó Ivan-. Bueno, no debería sorprenderme, y supongo que no me sorprende. Neal Wyatt tiene problemas con casi todo el mundo, me temo que es lo que ocurre cuando tu padre está en la cárcel y tu madre tiene predilección por el crac. Existe, por supuesto, una salida para lo que le atormenta. Una cura, si quieres. Pero no quiere tomarla, lo cual es una pena, porque tiene un gran talento para tocar el piano, en realidad.

Joel dio un respingo al oír aquello, sorprendido por aquella imagen alterada de Neal Wyatt.

Ivan comprendió y asintió con la cabeza.

– Una lástima, ¿verdad? -Miró hacia atrás, al puente, por donde los chicos se habían marchado rumbo a la siguiente fechoría que tuvieran en mente-. Bueno, ¿has recobrado el aliento? ¿Estás listo para irnos?

– Estoy bien.

– ¿De verdad? No lo parece, pero te tomaré la palabra. Recuerdo que vives por aquí cerca, pero no en Trellick Tower. Te acompañaré a casa.

– No necesito que…

– Tonterías. No seas estúpido. Todos necesitamos algo, y el primer paso en el camino hacia la madurez, por no decir hacia la serenidad, es reconocerlo. Ven conmigo. -Sonrió y mostró su horrible dentadura-. No te pediré que me des la mano.

Cogió un paquete de debajo del banco en el que se habían sentado. Se lo colocó debajo del brazo y le explicó afablemente que contenía las piezas de un reloj que estaba montando. Señaló con la cabeza hacia Elkstone Road, a poca distancia de allí, y condujo a Joel en esa dirección mientras, detrás de ellos y a su alrededor, Meanwhile Gardens seguía recuperando la normalidad.

Ivan charló amigablemente, limitando su conversación a los relojes. Montarlos, le contó a Joel, era su hobby y su pasión. ¿Recordaba Joel la conversación que habían mantenido sobre salidas creativas el día que se habían conocido? ¿No? ¿Sí? ¿Había pensado en lo que deseaba hacer para que su alma pudiera expresarse?

– Recuerda -dijo Ivan- que somos como máquinas, Joel. Cada una de nuestras partes necesita ser engrasada y cuidada si queremos funcionar al máximo de nuestra capacidad. ¿En qué punto del proceso de decisión te encuentras? ¿Qué tienes pensado hacer con tu vida? Aparte de pelearte con los Neal Wyatt de nuestro mundo.

Joel no sabía si Ivan hablaba en serio. En lugar de responder, inspeccionó el lugar buscando a Toby y dijo:

– Tengo que ir a buscar a mi hermano. Ha salido corriendo cuando ha llegado Neal.

Ivan dudó.

– Ah, sí. Por supuesto. Tu hermano pequeño. Al menos eso explica… Bueno. No importa. ¿Dónde puede haber ido? Te ayudaré a encontrarlo y luego os escoltaré hasta casa.

Joel no quería, pero salvo que fuera un maleducado, no sabía cómo decirle a Ivan que prefería que lo dejara en paz. Así que caminó por la acera de Elkstone Road, con Ivan a su lado, y miró a ver si Toby había corrido a casa de su tía. Al no encontrarle allí, fue al sendero entre los edificios, hacia el estanque de los patos y allí descubrió a Toby agazapado tras la pantalla con las manos sobre la cabeza.

Se le había pinchado el flotador con algo. Aún lo llevaba alrededor de la cintura, aunque ahora sólo estaba parcialmente inflado. Pero no había perdido la bolsa que Joel le había puesto en las manos. Yacía a su lado y cuando Joel llegó donde estaba a través de los juncos, vio que la lámpara de lava no había sufrido ningún desperfecto. Dio gracias por ello. Al menos el cumpleaños de Toby no se había estropeado.

– Eh, Tobe -dijo-. Ya ha pasado. Vámonos a casa. Él es Ivan. Quiere conocerte.

Toby miró hacia arriba. Había estado llorando y le moqueaba la nariz.

– No me he hecho pis -le dijo a Joel-. Tengo ganas de ir, pero no me lo he hecho encima, Joel.

– Eso está muy bien. -Joel levantó a Toby y le dijo a Ivan, que estaba en el sendero que llevaba al estanque-: Éste es Toby.

– Mucho gusto -dijo Ivan-. Y estoy impresionado con el atavío tan acertado que llevas, Toby. Por cierto, ¿es un diminutivo de Tobias?

Joel miró a su hermano, que pensaba en la palabra «atavío». Entonces se dio cuenta de que Ivan se refería al flotador. El hombre pensó que habían sido precavidos respecto a la seguridad de Toby, dada la cercanía del agua.

– Es Toby y punto -informó Joel a Ivan-. Imagino que mi madre y mi padre no sabían que era el diminutivo de algún nombre.

Subieron el terraplén para reunirse con Ivan, quien, tras echar una larga mirada a Toby, sacó un pañuelo blanco del bolsillo. Sin embargo, en lugar de ocuparse él mismo de secarle la cara a Toby, le entregó el trapo a Joel sin decir una palabra. Joel le dio las gracias con la cabeza y limpió a su hermano. Toby mantuvo la mirada clavada en Ivan, como si estuviera viendo una criatura de otro sistema solar.

Cuando Toby estuvo limpio, Ivan sonrió.

– ¿Vamos, pues? -dijo, y señaló en dirección a las casas adosadas-. He sabido por la escuela que viven ustedes con su tía. ¿Sería hoy un día apropiado para conocerla, jovencitos?

– Está en la tienda benéfica -dijo Joel-. En Harrow Road. Trabaja allí.

– ¿La tienda del sida? -preguntó Ivan-. Vaya, estoy bastante familiarizado con ese lugar. Un trabajo muy noble, el suyo. Una enfermedad espantosa.

– Mi tío murió de sida -dijo Joel-. El hermano de mi tía. Mi padre es su hermano mayor. Gavin. Su hermano pequeño, Cary, se llamaba.

– Una pérdida tremenda.

– Su marido también murió. El primero, me refiero. Su segundo marido… -Joel se dio cuenta de que estaba hablando demasiado. Pero se había sentido obligado a compartir algo con el hombre, para agradecerle su presencia cuando la había necesitado y por no mencionar el aspecto extraño de Toby cuando lo encontraron.

El hecho de que hubieran llegado a casa de su tía le permitía callar el resto de lo que casi había dicho, e Ivan no dijo nada mientras Joel y Toby subían los peldaños. En lugar de eso, afirmó:

– Bueno, me gustaría conocer a tu tía en un futuro. Tal vez me pase por la tienda benéfica y me presente, con tu permiso, por supuesto.

Joel pensó fugazmente en las palabras de advertencia de Hibah sobre este hombre. Pero no había pasado nada inapropiado entre ellos ninguna de las veces que se habían visto en las sesiones de orientación. Ivan le aportaba una sensación de seguridad y Joel quería confiar en ese sentimiento.

– Puedes si quieres -dijo.

– Excelente -dijo Ivan, y extendió la mano. Joel se la estrechó y luego le dio un pequeño codazo a Toby para que hiciera lo mismo.

Ivan se metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta, que le entregó a Joel.

– Aquí podrás encontrarme fuera del horario de clase -dijo-. Ésta es mi dirección. También viene mi número de teléfono. No tengo móvil, no soporto esos espantosos aparatejos, pero si me llamas a casa y no estoy, un contestador automático recogerá tu mensaje.

Joel dio la vuelta a la tarjeta. No podía imaginar qué podría llevarle a utilizarla. No comentó nada, pero Ivan pareció leer su pensamiento.

– Puede que quieras contarme tus planes y sueños. Cuando estés preparado, quiero decir. -Se alejó del edificio y señaló con el dedo a Joel y luego a Toby-. Hasta luego, entonces, caballeros -dijo, y se puso en marcha.

Joel se quedó mirándolo un momento antes de girarse hacia la puerta y abrirla para que Toby entrara. Ivan Weatherall, decidió, era el hombre más extraño que había conocido. Sabía cosas sobre todo el mundo -personales y no- y, sin embargo, parecía aceptar a la gente tal como era. Joel nunca se sentía un inadaptado en su presencia, porque Ivan nunca actuaba como si hubiera algo insólito en sus rasgos de mestizo. En realidad, Ivan se comportaba como si el mundo estuviera hecho de gente sacada de una bolsa con razas, etnias, fes y religiones mezcladas. Qué peculiar era alguien así en el mundo en que vivía Joel.

Aun así, pasó los dedos por las letras en relieve del anverso de la tarjeta. «Sixth Avenue, 32», leyó, y debajo del nombre de Ivan Weatherall había dibujado un reloj. Dijo en voz alta lo que se había guardado para sí hasta ese momento.

– Psiquiatra -susurró-. Eso es Ivan.

Capítulo 8

– Así que cuando he llegado a casa del trabajo -dijo Kendra-, he visto que los chicos habían tenido una pelea. Pero no dice nada, y Toby tampoco. No es que esperara que Toby se chivara. No de Joel, de entre todas las personas. -Apartó la mirada de las plantas de los pies de Cordie y estudió el gráfico de reflexología que tenía encima de la mesa de la cocina, junto a la que ella y su amiga estaban sentadas. Movió los pulgares ligeramente a la izquierda del pie derecho de Cordie-. ¿Qué tal? -dijo-. ¿Qué notas?

Cordie se había prestado gustosa a hacer de cobaya. Se había quitado los zapatos con tacón de cuña, había permitido que le lavara los pies, se los secara y se los frotara con loción, y había proporcionado a Kendra un comentario sobre la cantidad de efectos que la reflexología tenía sobre su cuerpo.

– Mmm -dijo-. Me hace pensar en una tarta de chocolate, Ken. -Levantó un dedo, frunció el ceño y dijo-: No. No, no es… Sigue… Un poco más… Oh, sí. Ya lo tengo. Más bien es… un hombre guapo besándome la nuca.

Kendra le dio una palmadita en la pantorrilla.

– Habla en serio -dijo-. Es importante, Cordie.

– Joder, y un hombre guapo besándome la nuca también lo es. ¿Cuándo haremos otra noche de chicas? Esta vez quiero a un veinteañero de la universidad, Ken. Alguien con grandes músculos en los muslos, ¿entiendes lo que quiero decir?

– Lees demasiadas revistas de sexo para mujeres. ¿Qué tienen que ver unos muslos musculosos con nada?

– Le dan fuerza para que me sujete como quiero que me sujeten: contra la pared con las piernas agarradas a él. Mmm. Es lo que quiero ahora.

– Como si fuera a creerte, Cordie -la informó Kendra-. Si es lo que quieres, sabes dónde conseguirlo y sabes quién estará más que encantado de dártelo. ¿Qué tal ahora? -Aplicó una nueva presión.

Cordie suspiró.

– Joder, Ken, eres buenísima. -Se recostó en la silla tan bien como pudo, teniendo en cuenta que era una silla de cocina. Dejó caer la cabeza en el respaldo y dijo mirando al cielo-: Entonces, ¿cómo lo has sabido? Lo de la pelea.

– Tenía moratones en la cara; alguien le había golpeado -dijo Kendra-. He vuelto a casa del trabajo y le he encontrado en el baño intentando borrar todas las señales. Le he preguntado qué había pasado y me ha dicho que se había caído por las escaleras de la pista de patinaje. En el parque.

– Podría ser -señaló Cordie.

– No con el miedo que tiene Toby a separarse de él. Algo ha pasado, Cordie. No entiendo por qué no me lo cuenta.

– ¿Tendrá miedo de ti, quizá?

– Creo que más bien se trata de que le da miedo causarme problemas. Ya ve que Ness me los causa.

– Por cierto, ¿dónde anda la señorita Vanessa Campbell últimamente? -preguntó Cordie con sarcasmo.

– Entra y sale, como siempre.

Kendra pasó a relatarle su intento de disculparse con Ness por lo que había sucedido entre ellas. Aún no había mencionado el asunto a Cordie porque sabía que su amiga formularía la pregunta lógica sobre la disculpa: el porqué, y no le apetecía demasiado responder. Pero, en este caso y por la pelea de Joel, Kendra sintió la necesidad de recibir el consejo de su amiga. Así que cuando Cordie le preguntó por qué diablos se disculpaba ella con una chica que desde el momento en que llegó había trastocado la vida en el 84 de Edenham Way, Kendra le dijo la verdad: se había encontrado con el hombre que estaba con Ness en el coche esa noche cuando Kendra se había acercado a la chica. El hombre le había contado una historia totalmente distinta de la que había imaginado. Él era… Kendra intentó encontrar una forma de explicárselo que no provocara más preguntas de Cordie. Al final dijo que el hombre había sido tan sincero con lo que le había contado que supo en el fondo de su corazón que decía la verdad: Ness estaba borracha en el pub Falcon y el hombre la había llevado a casa antes de que se metiera en líos.

Cordie hizo hincapié en el detalle que consideró más destacado. ¿Kendra se lo había encontrado? ¿Cómo había sucedido? ¿Y quién era? ¿Por qué se había molestado siquiera en explicarle lo sucedido con Vanessa Campbell la noche en cuestión?

Kendra se sintió más incómoda. Sabía que Cordie olería una mentira del mismo modo que un perro de caza huele un zorro, así que no se molestó. Le dijo a su amiga que había recibido una llamada para un masaje deportivo, que había acabado en el estudio que había encima del pub Falcon y que se había encontrado cara a cara con el hombre que estuvo con Ness esa noche.

– Se llama Dix D'Court -añadió Kendra-. Sólo le he visto esa vez.

– ¿Y eso te basta para creerle? -le preguntó Cordie hábilmente-. Huy. No me lo estás contando todo, Ken. No me mientas porque te lo veo en la cara. Algo pasó, ¿rollaste por fin?

– ¡Cordie Durrell!

– Cordie Durrell, ¿qué? No le recuerdo muy bien, pero si quería un masaje deportivo, será que tiene un buen cuerpo deportivo. -Pensó en aquello-. Joder. ¿Tú sí has conseguido unos muslos musculosos? Qué injusticia más escandalosa.

Kendra se rió.

– No conseguí nada.

– No porque él no quisiera, imagino.

– Cordie, tiene veintitrés años -le dijo Kendra.

Cordie asintió con la cabeza.

– Eso le da vigor.

– Bueno, no lo sé. Después del masaje sólo hablamos. Eso fue todo.

– No te creo ni por asomo. Pero si es verdad, eres tonta de remate. Me dejas a mí en una habitación con alguien que quiere un masaje deportivo y cuando acabe no vamos a tener una conversación estimulante sobre cómo va el mundo, no. -Cordie bajó los pies del regazo de Kendra, para meterse mejor en la conversación, sin distracciones-: Bueno. Encontraste a Ness y le pediste perdón. ¿Qué pasó después?

Nada, dijo Kendra. Ness no atendía a perdones ni a nada.

Limitó sus comentarios a su sobrina, puesto que permitir que divagaran en torno a Dix D'Court implicaría revelarle a Cordie que el hombre había estado llamándola una y otra vez desde la noche del masaje. No la llamaba para pedir otro masaje deportivo. Quería verla. Kendra había sentido algo aquella noche, le dijo el hombre. Él también. No quería dejarlo pasar. ¿Y ella?

Después de las tres primeras llamadas, Kendra había dejado que su móvil recogiera los mensajes. Había dejado que el contestador de casa hiciera lo mismo. No le devolvió las llamadas, suponiendo que al final se rendiría. No fue así.

Poco después de la conversación con su amiga, Dix D'Court apareció en la tienda benéfica de Harrow Road. Kendra se había dicho que su aparición en el local era una coincidencia, pero él la sacó de su error de inmediato. Sus padres, dijo, eran los propietarios del Rainbow Café. ¿Sabía dónde estaba? ¿Justo más abajo? Iba de camino hacia allí cuando un artículo del escaparate de la tienda benéfica llamó su atención. («Abrigo de señora con botones grandes», dijo después. Pronto sería el cumpleaños de su madre.) Había ralentizado el paso para mirar el abrigo y, entonces, detrás, la había visto a ella en la tienda. Por eso había entrado, le explicó.

– ¿Por qué no me has llamado? -le preguntó-. ¿No has recibido los mensajes que te he dejado?

– Los he recibido -dijo Kendra-. Pero no he encontrado una buena razón para devolverlos.

– Entonces me estás evitando. -Una afirmación, no una pregunta.

– Supongo que sí.

– ¿Por qué?

– Yo doy masajes, señor D'Court. No me ha llamado para concertar uno. Al menos, si ésa era su intención, no lo ha dicho. Sólo «Quiero verte», lo cual no me dice que lo que buscara tuviera un carácter profesional.

– Fuimos más allá de lo profesional. Estabas tan dispuesta como yo para lo que iba a pasar. -Levantó una mano para impedirle contestar y dijo-: Y sé que no es muy caballeroso mencionártelo. Por lo general, me gusta ser caballeroso. Pero también me gustan las cosas claras, ¿comprendes?, no reescribirlas porque a alguien le convenga.

Kendra estaba contando el dinero de la caja cuando entró, tan próxima estaba la hora de cerrar que si hubiera llegado diez minutos más tarde no la habría encontrado. Ahora, sacó el cajón del dinero y lo llevó a la trastienda, donde lo guardó en la caja fuerte y la cerró con llave. El hombre tenía que interpretar aquello como un rechazo, pero se negó a tomarlo como tal.

La siguió, pero no entró en la trastienda, sino que se quedó en la puerta, donde las luces del local recortaban su silueta de un modo inquietante. El cuerpo que Kendra había visto aquella noche encima del pub Falcon quedaba enmarcado en la entrada. Era una proposición tentadora.

Pero Kendra tenía otras cosas en la mente para su vida, y liarse con un chico de veintitrés años no era una de ellas. Chico, se recordó. No hombre. C-h-i-c-o, casi dos décadas más joven que ella. Lo cual era mejor, ¿no?, se preguntó entonces. Los diecisiete años de diferencia que se llevaban declaraban que la posibilidad de iniciar una relación era nula.

– Voy a decirte lo que pienso -le dijo él-. Eres como la mayoría de las mujeres, y eso significa que imaginas que lo que busco es un echar un polvo rápido. Te llamo para acabar lo que empezamos porque no me gusta que una mujer se me escape tan fácilmente. Me gusta hacer otra muesca en mi cinturón. O donde sea que un tío hace una muesca, porque no tengo ni idea.

Kendra se rió.

– Pues eso es justo lo que no pienso, señor D'Court -le dijo-. Si creyera que es eso, un polvo rápido y punto, le habría llamado y quedado con usted, porque no voy a mentir y no sirve de nada, ¿no? Usted estaba en la habitación y fue partícipe de lo que sucedió entre nosotros. Y lo que sucedió no fue precisamente que yo dijera: «Quíteme las manos de encima, cerdo». Pero me dio la sensación de que usted no era de ésos y, verá, no quiero lo que usted busca. Y tal como veo yo las cosas, dos personas, es decir, un hombre y una mujer, necesitan buscar lo mismo cuando se lían, o uno de los dos va a meterse en problemas de los que acaban rompiéndole el corazón.

El hombre la miró fijamente y lo que brillaba en su cara era admiración, agrado y diversión, todo mezclado.

– Dix -dijo. Fue su única respuesta.

– ¿Qué?

– Dix. No señor D'Court. Y tienes razón en lo que dices, lo que hace que todo sea más complicado, verás. Hace que te desee aún más porque no eres como… -Sonrió y cambió a la forma de hablar de ella-. No es usted como la mayoría de las mujeres que conozco. Créame.

– Eso -dijo Kendra con aspereza- es porque soy mayor. Diecisiete años. Me he casado dos veces.

– Dos estúpidos que te dejaron escapar, entonces.

– No fue su intención.

– ¿Qué pasó?

– Uno murió y el otro robó un coche. Está en Wandsworth. Me dijo que tenía un negocio de repuestos. Pero yo no sabía de dónde venían esos repuestos.

– Vaya. ¿Y el otro? ¿Cómo mu…?

Kendra levantó la mano.

– No voy a entrar en eso -dijo.

Él no la presionó, simplemente dijo:

– Complicado. Has tenido experiencias complicadas con los hombres. No me gusta.

– Bien por ti. Eso no cambia las cosas conmigo.

– ¿Y cómo son las cosas?

– Atareadas. Una vida. Tres niños de los que intento hacerme cargo y una carrera que intento conseguir que despegue. No tengo tiempo para nada más.

– ¿Y cuando necesitas un hombre? ¿Lo que un hombre puede darte?

– Existen formas -dijo-. Piénsalo.

El hombre se cruzó de brazos y se quedó callado.

– Solitaria -dijo al fin-. Placer, sí. Pero ¿cuánto dura? -Y antes de que pudiera contestar, añadió-: Pero si así es como quieres que sea, tengo que aceptarlo y seguir adelante. Así que… -Repasó el trastero con la mirada como si buscara algún tipo de pasatiempo. Dijo-: Vas a cerrar, ¿verdad? Ven conmigo; conocerás a mi madre y a mi padre. El Rainbow Café, como te he dicho. Mi madre me tiene preparado un batido de proteínas, pero imagino que te hará un té.

– ¿Así de fácil? -dijo Kendra.

– Así de fácil -contestó Dix-. Coge el bolso. Vamos. -Sonrió-. Mi madre sólo es tres años mayor que tú, así que te caerá bien, imagino. Tenéis cosas en común.

El comentario le hirió en el alma, pero Kendra no tenía ninguna intención de picar. Empezó a caminar hacia la tienda, donde tenía el bolso guardado debajo del mostrador. Pero Dix no se movió. Estaban frente a frente.

– Qué guapa eres, joder, Kendra -dijo. Le puso la mano en la nuca. Utilizó una presión suave. Se suponía que ella debía lanzarse a sus brazos y lo sabía.

– Acabas de decir… -dijo.

– He mentido. No sobre mi madre. Sino sobre dejarlo estar. No tengo intención de hacerlo.

La besó. Kendra no se resistió. Cuando la llevó a la trastienda, lejos de la puerta, tampoco se resistió. Quería hacerlo, pero ese deseo y todas las precauciones que lo acompañaban gimoteaban inútilmente desde su cerebro. Mientras tanto, su cuerpo decía otra cosa, contaba una historia sobre el tiempo que había pasado, sobre lo bien que la hacía sentir, sobre lo insignificante que era, en realidad, echar un polvo rápido sin ninguna atadura. De todas formas, su cuerpo le decía que todo lo que Dix había comentado sobre sus intenciones con ella era mentira. Tenía veintitrés años y a esa edad los hombres sólo quieren sexo -la penetración ardiente y el orgasmo satisfactorio- y harían y dirían lo que fuera para conseguirlo. Así que no importaba cómo evaluara la situación entre ellos, lo que en realidad quería era otra muesca en su cinturón, la seducción llevada a una conclusión satisfactoria. Todos los hombres eran así, y él era un hombre.

Así que se dejó llevar por el momento, nada de pasado y nada de futuro. Abrazó el ahora.

– Oh, Dios mío -dijo jadeando, cuando por fin conectaron.

Era todo lo que su cuerpo había prometido que sería: muslos musculosos y demás.

* * *

El hecho de que Six y Natasha no estuvieran más cerca de su sueño de poseer un teléfono móvil que la noche en que Ness las conoció fue lo que provocó la grieta inicial en la relación entre las tres chicas. Esta grieta se ensanchó cuando el Cuchilla le dio a Ness el aparato electrónico más desquiciante de finales del siglo xx. El móvil, le dijo, era para que lo llamara si alguien la molestaba cuando no estaba con él. Nadie, dijo, iba a meterse con su mujer, y si alguien lo hacía tendría noticias suyas enseguida. Podía llegar deprisa a ella estuviera donde estuviera, así que no tenía que dudar en llamarle si le necesitaba.

Para una niña de quince años como Ness, estas declaraciones -a pesar de estar hechas sobre un futón con manchas cuestionables en un piso sucio sin electricidad ni agua corriente- parecían una prueba indudable de devoción; no parecían lo que eran en realidad, una prueba de las intenciones del Cuchilla: controlarla y tenerla a mano cuando quisiera. Six, que tenía mucha más experiencia en el campo de las relaciones insatisfactorias y estaba mucho mejor informada sobre las costumbres del Cuchilla -puesto que había crecido en la misma zona de North Kensington que él- recibió todo lo que Ness decía sobre el hombre con recelo, por no decir rotundo desdén. Estas reacciones se intensificaron cuando el móvil hizo acto de presencia en la vida de Ness.

Aquella tarde en concreto, las chicas se habían aventurado a ir más allá de Whiteley's. Estaban en Kensington High Street, donde se entretuvieron primero probándose ropa en Top Shop, luego hurgaron en los estantes de los jerséis de fuera de temporada de H &M y, al final, se adentraron en otra tienda más de Accessorize, donde el plan era mangar unos pendientes.

Six destacaba en esta actividad, y Ness no le iba a la zaga. Natasha, sin embargo, tenía muy poco talento en el terreno de la prestidigitación y era tan torpe como desgarbada. Normalmente, se encargaba de las maniobras de distracción, pero este día decidió unirse a la acción.

– ¡Tash! -le dijo Six entre dientes-. ¡Haz lo que tienes que hacer! Me estás cabreando, tía.

Pero no logró dar la vuelta a las intenciones de Natasha. La chica fue al expositor de zarcillos y lo tiró al suelo justo cuando Six intentaba meterse tres pares de pendientes de cristal chabacanos en el bolsillo.

El resultado fue que echaron a las tres chicas del local. Allí, delante de la tienda y a plena vista de la muchedumbre que pasaba por High Street, dos guardias de seguridad obesos, que parecieron materializarse del éter comercial del local, las pusieron contra la pared y les sacaron fotografías con una vieja Polaroid. Las fotos, informaron a las chicas, se colocarían junto a la caja. Si alguna vez volvían a entrar en la tienda… No hacía falta decir más.

A Six todo aquel asunto la puso de los nervios. No estaba acostumbrada a un trato tan humillante: no estaba acostumbrada a que la pillaran. Y no la habrían pillado si a la exasperante de Natasha no se le hubiera metido en la cabeza que quería birlar algo de la tienda.

– Joder, Tash, eres tonta del culo -dijo Six, pero decirle eso a Natasha no le proporcionó la satisfacción que deseaba. Buscó otro foco. Ness era el objetivo lógico.

Six se dirigió a por ella indirectamente. Como la mayoría de la gente que es incapaz de evaluar su propio estado emocional, reemplazó lo que sentía por algo menos aterrador. La falta de dinero era un sustituto adecuado para la falta de un propósito en la vida.

– Hay que conseguir pasta -dijo-. No podemos confiar en mangar cosas y venderlas. Vamos a tardar una eternidad.

– Sí -dijo Tash, fiel a su posición de estar siempre de acuerdo con lo que dijera Six. No preguntó para qué necesitaban el dinero. Six tenía sus razones para todo. El dinero siempre era útil, en especial cuando los camellos que repartían en bici no estaban dispuestos a arriesgarse a arañar un poco de material de las bolsas de marihuana por ver realizada la fantasía sexual que pudieran tener.

– ¿Y cómo vamos a conseguirla?

Six hurgó en su bolso y sacó un paquete de Dunhills que acababa de robar en un estanco de Harrow Road. Cogió uno, sin ofrecer el paquete a las otras dos chicas. No tenía ni cerillas ni mechero, así que paró a una mujer blanca con un niño en un cochecito y le exigió algo «para encender este piti». La mujer dudó, la boca abierta pero las palabras atascadas.

– ¿Me has oído, zorra? -le dijo Six-. Necesito que me des fuego, coño, y espero que lleves algo en ese bolso que me sirva.

La mujer miró a su alrededor como si buscara que alguien la socorriera, pero la vida en Londres -definida por una moralidad cuyo lema era «mejor a ti que a mí»- anunciaba que nadie iba a acudir en su ayuda. Si hubiera dicho: «Quita de en medio, cerda asquerosa, o me pondré a gritar tan fuerte que no te quedarán tímpanos cuando acabe contigo», Six se habría quedado tan pasmada por lo extraño del comentario que habría hecho lo que la mujer le pedía. Pero en lugar de eso, cuando la pobre revolvió en su bolso para satisfacer la petición de Six, la chica vio el billetero, se fijó en lo abultado que estaba, sintió la gratificación que proporciona conseguir unas ganancias fáciles e inmerecidas y le dijo que también le diera algo de dinero.

– Sólo es un préstamo -le dijo a la mujer, con una sonrisa-. A menos que quieras convertirlo en un regalo o algo así.

– Eh, Six -dijo Ness al ver la escena, y su voz era de advertencia. Robar artículos en tiendas era una cosa; participar en un atraco era otra.

Six no le hizo caso.

– Con veinte libras me basta -dijo-. Dame el Bic también, por si más tarde quiero otro piti.

El hecho de que no pareciera un atraco y no siguiera el curso de un atraco típico permitió que la empresa concluyera sin complicaciones. La mujer -que tenía que cuidar de un niño y llevaba encima mucho más de veinte libras- se sintió aliviada por que la dejaran marchar tan fácilmente. Le entregó el mechero, sacó un billete de veinte libras de la cartera sin abrirla del todo para no mostrar cuántos billetes de veinte libras tenía y salió disparada cuando Six se apartó.

– ¡Sí! -dijo Six, encantada por cómo había concluido su enfrentamiento con la mujer. Y entonces vio la cara de Ness, que no transmitía la aprobación que estaba buscando-. ¿Qué pasa? ¿Eres demasiado buena para esto o qué?

A Ness no le gustaba lo que acababa de ocurrir, pero sabía que lo prudente era no hacer ningún comentario. Así que dijo:

– Danos un piti. Tengo unas ganas de fumar que me muero.

A Six no le convenció la contestación de Ness. Como vivía gracias a su ingenio y a su habilidad por calar a sus colegas, sabía percibir la desaprobación.

– ¿Por qué no te los consigues, lumbrera? -dijo-. Yo me arriesgo y tú sacas el beneficio.

Ness abrió más los ojos, pero, por lo demás, no alteró su expresión.

– Eso no es verdad.

– ¿Tash? -dijo Six-. ¿Es verdad o no, tía?

Natasha se esforzó por encontrar una respuesta que no ofendiera a ninguna de las dos chicas. No se le ocurrió ninguna lo suficientemente deprisa como para satisfacer a Six.

– Además, tal como lo veo yo, tú no necesitas arriesgar nada, lumbrera -le dijo Six a Ness-. Tienes a tu hombre, que te suministra. Y ni siquiera compartes nada con nadie. El dinero, quiero decir, ni tampoco el material. Ni pitis ni porros. En cuanto a otras cosas… Bueno, mejor me callo. -Se rió e intentó encenderse el cigarrillo. El Bic estaba «muerto»-. ¡Zorra de mierda! -dijo, y tiró el mechero a la calle.

Lo que Six había dicho sobre el Cuchilla golpeó a Ness en un lugar inesperado.

– ¿De qué hablas, Six? -preguntó.

– Lo que he dicho. Mejor me lo callo, lumbrera -contestó Six.

– Será mejor que me lo digas, zorra -le dijo Ness, hablando desde un miedo tan profundo como el de Six, aunque la fuente era totalmente distinta-. Si tienes algo que decirme, dímelo. Ahora.

Poseer un móvil. Tener una fuente de dinero a mano si lo quería. Ser elegida por alguien importante. Tales fueron estímulos suficientes para Six:

– ¿Te crees que eres la única, putita? Igual que se te folla a ti, se está follando a una zorra llamada Arissa. En realidad, se la follaba antes que a ti y no dejó de follársela cuando empezó contigo. Y antes de vosotras dos, dejó preñada a una tipa de Dickens y a otra de Adair Street, al lado de la casa de su madre, y por eso ella le echó. Lo sabe todo el mundo; es lo que hace. Espero que estés tomando precauciones, porque te engaña a ti y engaña a Arissa, igual que hizo con las demás, y cuando tenga suficiente, te dejará. Es lo que le gusta hacer. Pregunta por ahí si no me crees.

Ness sintió que el frío la invadía, pero sabía lo importante que era proyectar indiferencia.

– ¿Te crees que me importa? -dijo-. Si me hace un bombo, me parece bien. Así tendré mi propio piso, que es lo que quiero.

– ¿Crees que vendrá a verte después? ¿Crees que te dará dinero? ¿Que dejará que te quedes con ese móvil? Si te quedas preñada, romperá contigo. Es lo que hace, y eres tan estúpida que aún no lo has visto. -Dirigió sus comentarios siguientes no a Ness, sino a Natasha, y habló como si Ness hubiera desaparecido-: Mierda, Tash, ¿tú qué crees? Debe de tenerla de oro, el tío. Es tan evidente lo que tiene en la cabeza que, o bien las mujeres son más estúpidas de lo que yo creía, o bien tiene una polla que las hace cantar cuando se la enchufa. ¿Tú qué imaginas qué es?

Aquello era demasiado para Natasha. La conversación era bastante obvia, pero las causas subyacentes eran demasiado sutiles para que las comprendiera. No sabía de parte de quién ponerse, ni siquiera sabía por qué se suponía que tenía que ponerse de parte de alguien. Se le humedecieron los ojos. Se chupó el labio.

– Mierda -dijo Six-. Me largo de aquí.

– Sí -dijo Ness-. Vete ya, zorra.

Tash hizo un ruido similar a un quejido y miró de Six a Ness, esperando a que empezara la pelea. Odiaba pensarlo: chillidos, patadas, empujones, tirones de pelo y arañazos en la piel. Cuando las mujeres se lanzaban la una a por la otra, era peor que una pelea de gatos, porque las riñas entre mujeres siempre empezaban cosas que se prolongaban eternamente. Las riñas entre hombres ponían fin a las discusiones.

Lo que Tash no tuvo en cuenta en aquel momento fue la influencia del Cuchilla. Sin embargo, Six sí. Sabía que una pelea con Ness no acabaría con una pelea con Ness. Y si bien no soportaba en absoluto alejarse del guante que Ness acababa de arrojarle, tampoco era estúpida.

– Vámonos, Tash -dijo-. Ness tiene a un hombre con necesidades de las que tiene que ocuparse. Ness está desesperada por tener un bebé. Ya no tiene tiempo para tías como nosotras. Diviértete, zorra -le dijo a Ness-. Eres una desgraciada de mierda.

Se giró sobre los talones de aguja de sus botas y se marchó en dirección a Kensington Church Street, donde un trayecto en el autobús número 52 las llevaría de regreso, a ella y a Natasha, a su ambiente. Ness decidió que podía utilizar su maldito móvil para llamar al Cuchilla y pedirle que la llevara a casa. Pronto descubriría lo dispuesto que estaba a complacerla.

* * *

Kendra se encontró, enseguida, justo donde no quería estar. Siempre había despreciado a las mujeres que se derretían al pensar en un hombre, pero ella empezaba a ir por el mismo camino. Se burlaba de sí misma por sentir lo que pronto sintió por Dix D'Court, pero pensar en él se convirtió en algo tan dominante que la única forma de tranquilizarse era rezar para que se levantara la maldición de su propia sexualidad. Algo que no ocurrió.

No era tan tonta como para llamar «amor» a lo que sentía por el joven, aunque otra mujer tal vez lo habría hecho. Sabía que era una historia animal básica: el truco definitivo que una especie realiza con sus miembros para propagarse. Pero saber aquello no mitigó la intensidad de lo que pasaba en su cuerpo. El deseo había plantado sus semillas insidiosas dentro de ella, secando la llanura antes fértil de su ambición. Siguió intentándolo al máximo -dando masajes, tomando más clases-, pero el impulso de seguir estaba desapareciendo deprisa, superado por el impulso de sentir a Dix D'Court. Dix, con toda la energía de su juventud forzándole, estaba encantado de hacer lo que pudiera para complacerla, puesto que también le complacía a él.

Sin embargo, Kendra no tardó mucho en aprender que Dix no era un chico de veintitrés años tan corriente como pensó la primera vez que copularon en la trastienda de la tienda benéfica. Si bien acogía con entusiasmo la carnalidad de su relación, su pasado como hijo de unos padres afectuosos cuya relación se había mantenido constante y unida a lo largo de toda su vida exigía que buscara algo parecido para él. No cabía duda de que este deseo secundario fructificaría tarde o temprano, en especial porque, debido a su juventud, Dix -a diferencia de Kendra- sí asociaba gran parte de lo que sentía a la idea del amor romántico que impregna la civilización occidental.

– ¿Adonde va lo nuestro, Ken? -dijo.

Estaban cara a cara, desnudos en la cama, mientras abajo, en el salón, el vídeo reproducía la película preferida de Dix para entretener a Toby y a Joel e impedir que interrumpieran lo que sucedía cuando su tía y su hombre desaparecían arriba. La película era una copia pirata de Pumping Iron. La protagonizaba el dios de Dix, su cuerpo esculpido y su mente astuta servían de metáforas de lo que un hombre decidido podía lograr.

Dix había elegido formular la pregunta antes del apareamiento, lo que dio a Kendra la oportunidad de evitar responder como sabía que él quería. Lo había preguntado en plena excitación mutua, así que ella descendió -culebreando- por su cuerpo, haciéndole cosquillas con los pezones mientras bajaba. Su contestación, por lo tanto, fue no verbal. Dix gimió y dijo:

– Eh, nena. Oh, mierda, Ken. -Y se entregó al placer de tal forma que ella pensó que había conseguido distraerle.

Al cabo de unos momentos, sin embargo, la apartó con suavidad.

– ¿No te gusta? -dijo ella.

– Sabes que no es eso -dijo él-. Ven aquí. Tenemos que hablar.

– Luego -dijo Kendra, y volvió con él.

– Ahora -dijo Dix, y se apartó. Se enrolló en la sábana para protegerse más. Ella yacía expuesta, para tenerle más enganchado.

No funcionó. Dix desvió la mirada de donde ella quería que la posara -en sus pechos- y se mostró decidido a expresar su opinión.

– ¿Adonde va lo nuestro, Ken? Tengo que saberlo. Lo que tenemos está bien, pero no es todo lo que hay. Quiero más.

Kendra eligió malinterpretarlo y dijo con una sonrisa:

– ¿Cuánto más? Lo hacemos tan a menudo que casi no puedo ni andar.

Dix no le devolvió la sonrisa.

– Ya sabes de qué hablo, Kendra.

Kendra se dejó caer de espaldas y se quedó mirando el techo, donde una grieta que iba desde un lado hasta el centro describía una curva igual que el Támesis alrededor de la Isle of Dogs. Sin mirar, alargó la mano a un paquete de Benson & Hedges. Dix no soportaba que fumara -su propio cuerpo era un templo libre de tabaco, alcohol, drogas o comida procesada-, pero cuando dijo su nombre de un modo impaciente y amenazante a la vez, ella encendió el cigarrillo de todas formas. Él se apartó. Como quieras, pensó Kendra.

– ¿Qué quieres entonces? -dijo-. ¿Casarte, tener hijos? No me quieres para eso, tío.

– No me digas lo que quiero, Ken. Sé hablar por mí mismo.

Kendra dio una calada al cigarrillo y luego tosió. Le lanzó una mirada que le retaba a protestar, pero Dix no dijo nada.

– Ya he pasado por ahí dos veces. No voy a…

– A la tercera va la vencida.

– Y no puedo darte niños, y los vas a querer. Quizás ahora no, porque tú mismo eres un niño todavía, pero vas a quererlos, y entonces ¿qué?

– Ya lo solucionaremos cuando lleguemos a ese punto. ¿Y quién sabe qué será capaz de descubrir la ciencia…?

– ¡Cáncer! -dijo, y sintió la ira. Injusta, incomprensible, un golpe a los dieciocho que en realidad no le había afectado hasta los treinta-. No tengo lo que hay que tener, Dix, nada de nada. Y eso no tiene marcha atrás, ¿vale?

Curiosamente, aquello no lo disuadió, sino que Dix alargó la mano, le cogió el cigarrillo, se inclinó sobre ella para apagarlo y luego la besó. Kendra sabía que no le gustaría el sabor de sus labios, pero eso no le detuvo. El beso se prolongó. Les condujo a donde había querido ir unos momentos atrás y cuando lo hizo creyó que se había impuesto. Pero cuando acabaron, Dix no se separó de ella. La miró a la cara -sosteniendo con los codos el peso de su cuerpo- y dijo:

– No me habías contado lo del cáncer. ¿Por qué no me lo habías contado, Ken? ¿Qué más estás callando?

Ella sacudió la cabeza. Sintió la pérdida por una vez y no le gustó. Sabía que era un simple truco de biología: el dolor de la carencia que pronto se esfumaría, a medida que su mente asumiera el control de su cuerpo una vez más.

– De todos modos eres tú -dijo Dix-. Puedo vivir sin el resto. Y tenemos a Joel y a Toby para que sean nuestros hijos. También a Ness.

Kendra se rió débilmente.

– Sí, claro. Como si quisieras ese tipo de problemas.

– Deja de decirme lo que quiero, joder.

– Alguien tiene que hacerlo, porque tú no tienes ni idea.

Entonces, Dix se alejó de ella rodando. Parecía indignado. Se dio la vuelta, se incorporó y bajó las piernas de la cama. Sus pantalones -el mismo estilo de pantalón harén que llevaba aquella noche en el Falcon- yacían en el suelo y los recogió. Se levantó, de espaldas a ella, y se los puso, subiéndoselos por encima del trasero perfectamente musculoso que tanto le gustaba admirar a ella.

– Dix, ya he pasado por eso -dijo suspirando-. No es el paraíso que tú piensas. Si me creyeras, ni siquiera tendríamos que mantener este tipo de conversación, peque.

Dix se volvió hacia ella.

– No me llames así. Ahora que sé en qué sentido lo dices, no me gusta cómo suena.

– No lo decía…

– Sí, Ken. Sí lo dices. Es un niño pequeño, ese chico. No sabe lo que quiere. Cree que está enamorado cuando lo único que quiere es sexo. Pronto entrará en razón, sí.

Kendra se sentó en la cama, apoyándose en la cabecera de mimbre.

– Sí, ¿y bien…? -dijo, y lo miró significativamente.

Era una mirada de maestra. Decía que ella lo conocía mejor de lo que se conocía él mismo porque había vivido más y tenía más experiencia. Era, en resumen, una mirada exasperante, diseñada para desquiciar al hombre que tenía delante de él lo que deseaba, pero que estaba fuera de su alcance.

– No puedo evitar lo que te pasó con los otros dos, Ken -dijo-. Sólo puedo ser quien soy. Sólo puedo decir que para nosotros sería distinto.

Kendra parpadeó para eliminar el dolor repentino, sorprendente, de sus ojos.

– Eso no lo controlamos nosotros. Crees que sí, pero te equivocas, Dix.

– Yo tengo mi vida encaminada…

– Bueno, él también la tenía -le interrumpió-. Lo mataron en la calle. Lo apuñalaron porque iba caminando a casa después del trabajo y dos tipos creyeron que no les mostraba suficiente respeto. Estaban colocados, por supuesto, así que les mostrara lo que les mostrara no iba a importar demasiado, pero lo acorralaron y lo apuñalaron de todas formas. ¿Y la Poli…? Otro tipo muerto más. Negros arreglando su mundo, según ellos. Y él, Dix, mi marido Sean, tenía propósitos como tú. Gestión inmobiliaria. -Se rió breve, amargamente, una risa que decía «qué valor tenía ese hombre para conseguir sus sueños»-. También quería lo normal en la vida. Adoptar a los niños que no podíamos concebir por nosotros mismos. Tener una casa. Comprar cosas como muebles, una tostadora, un felpudo. Cosas sencillas como ésas. Y murió porque la navaja le atravesó el bazo. Le perforó el estómago y murió desangrado, Dix. Así murió. Desangrado.

Dix se sentó en el borde de la cama, a su lado, cerca, pero sin tocarla. Levantó la mano, su intención de acariciarla era obvia. Kendra apartó la cabeza. Dix dejó caer la mano.

– ¿Y el número dos, Dix? -dijo-. Parecía que había conseguido su sueño, y era modesto. Un negocio de repuestos para coches y yo le ayudaba con la contabilidad, un rollo marido y mujer, igual que tu papá y tu mamá con su café. Sólo que yo no pillé que también chorizaba coches. Se le daba de puta madre, entrándolos y sacándolos, no podías parpadear porque te perdías la acción. De modo que todo se fue a la mierda, él entró en la trena y yo me libré por los pelos. Así que, verás, ni de coña voy a…

Se dio cuenta de lo mal que estaba hablando en el mismo momento en que se percató de que había empezado a llorar, y la combinación de estos dos conocimientos creó dentro de ella un charco de humillación tan profundo que pensó que iba a ahogarse. Hundió la cabeza entre las rodillas levantadas.

Dix no dijo nada porque, en realidad, ¿qué dice un hombre de veintitrés años -recién llegado a la edad adulta- para aliviar lo que parece dolor, pero que es mucho más? Dix aún poseía la energía juvenil que declara que cualquier cosa es posible en la vida. Como no había sufrido ninguna tragedia, podía entender, pero no podía sintonizar con su profundidad o su capacidad para empañar el futuro a través del miedo.

Podía amarla y devolverle el bienestar, pensó. Para él lo que tenían era bueno y esa calidad poseía la fuerza de borrar cualquier cosa que hubiera sucedido antes. Lo sabía y lo sentía a un nivel tan atávico, sin embargo, que no le salían las palabras para expresarlo. Se sintió reducido a terminaciones nerviosas y deseo, dominado por las ganas de demostrarle que las cosas eran distintas con él. Pero su inexperiencia le limitaba. El sexo era la única metáfora que podía comprender.

– Ken, cariño, Ken -dijo abrazándola.

Kendra se apartó con brusquedad y se puso de costado. Para ella, todo lo que era y todo lo que había intentado ser estaba derrumbándose deprisa a medida que la Kendra que presentaba al mundo sentía el peso de un pasado, que, por lo general, lograba mantener a raya. Reconocer, admitir, hablar… No tenía ninguna razón para hacer nada de aquello cuando estaba viviendo su vida y simplemente perseguía sus ambiciones. Hacerlo ahora, y en presencia de un hombre con quien no tenía intención de experimentar nada más que el placer más básico, intensificaba su sensación de degradación.

Quería que se marchara. Le apartó con la mano.

– Sí. Pero tú también vienes.

Dix caminó hasta la puerta del dormitorio y la abrió.

– ¿Joel? -gritó-. ¿Me oyes, chaval?

El volumen de Pumping Iron bajó, la voz de Arnold explayándose sobre algún que otro tema quedó enmudecida, gracias a Dios.

– ¿Sí? -gritó Joel.

– ¿En cuánto tiempo te preparas? Toby también.

– ¿Para qué?

– Vamos a salir.

– ¿Adonde? -Un ligero agudo en su voz, que Dix interpretó como emoción y felicidad: un padre que daba una buena noticia a sus hijos.

– Ha llegado el momento de que conozcáis a mi padre y a mi madre, colega. Toby y tu tía Ken también. ¿Tenéis ganas? Tienen un café en Harrow Road, y mi madre… hace tarta de manzana con crema caliente. ¿Estáis preparados?

– ¡Sí! ¡Eh, Tobe…!

Dix no oyó el resto, porque había cerrado la puerta y se había girado hacia Kendra. Empezó a recoger la ropa que había desparramado por el suelo, trocitos de encaje que eran unas bragas y un sujetador, unas medias, una falda que rozaba sus caderas, una blusa con el cuello de pico de color crema sobre su piel. También encontró una camiseta fina en un cajón y la utilizó para secarle la cara.

– Dios santo -dijo Kendra-. ¿Qué quieres de mí, tío?

– Vamos, Ken -le contestó-. Vístete. Es hora de que mi padre y mi madre conozcan a la mujer a la que amo.

Capítulo 9

Cualquier persona razonable que mirara al Cuchilla -no digamos ya que pasara una o dos horas en su compañía- habría sido capaz de sacar algunas conclusiones sobre cómo sería empezar una relación con ese tipo. Primero estaba lo de su tatuaje y qué sugería sobre sus problemas internos, así como sobre su potencial para el empleo lucrativo, por no mencionar el legal, decorarse la cara con una cobra que escupía veneno. Luego estaba su tamaño, que evocaba a un Napoleón en gestación, sin la ventaja del título de «emperador» para justificar los aspectos menos edificantes de su personalidad. Luego, estaba su domicilio y todos los inconvenientes que ofrecía junto a un bloque destinado a la demolición. Por último, estaba su trabajo, que ni siquiera encerraba la promesa de algo parecido a la longevidad. Pero alguien que mirara al Cuchilla y tuviera tiempo de reflexionar acerca de todos estos hechos sobre su persona y lo que podían suponer, también tendría que ser capaz de pensar de una manera racional y extensa. La noche que Ness conoció al Cuchilla, ella no era capaz de ninguna de las dos cosas, y cuando ya fue capaz de mirarle con más claridad, estaba demasiado enganchada para querer hacerlo.

Conque se dijo que había elementos en su relación con el Cuchilla que indicaban que él la había elegido, aunque era incapaz de identificar para qué. En este momento de su vida, no podía permitirse pensar en profundidad sobre las relaciones hombre-mujer, así que lo que hizo fue sacar conclusiones prematuras basadas en una información superficial, limitada a tres áreas de su vida: la sexual, la comercial y la guiada por las drogas.

Ella y el Cuchilla eran amantes, si podía aplicarse esa palabra a la manera primitiva en la que el joven abordaba el acto sexual. Ness no hallaba ningún placer, pero ni esperaba ni deseaba placer de aquello. Siempre y cuando siguiera ocurriendo, se encontraba un paso más cerca del bebé que decía que quería, al mismo tiempo que se tranquilizaba garantizándose que el lugar que ocupaba en la vida del Cuchilla era tan seguro como necesitaba que fuera. Por lo tanto, las exigencias que le planteaba -que una mujer con un mayor sentido de sí misma tal vez habría considerado degradantes- se transformaban en su mente en demandas de «un hombre con necesidades», que era como ella lo habría descrito si alguien le hubiera preguntado por las embestidas a las que accedía regularmente sin haber experimentado nada parecido ni a los preliminares ni a la seducción. Como eran amantes y como él continuaba comportándose como si tuviera un compromiso con ella, Ness estaba, si no contenta, al menos ocupada. Una mujer ocupada dispone de poco tiempo para hacerse preguntas.

Cuando le dio el teléfono móvil, tuvo aquello que sus amigas tanto deseaban, y este aspecto comercial de su relación con el Cuchilla le permitió creer que albergaba intenciones románticas hacia ella, exactamente igual que si le hubiera regalado un costoso diamante. Al mismo tiempo, le daba un dominio que le gustaba bastante y que, a ojos de sus amigas, la situaba por encima.

Permaneció allí -por encima de Six y Natasha- también a causa del Cuchilla. Porque él era la fuente de la hierba que fumaba y de la coca que esnifaba, liberándola de tener que depender únicamente de los camellos del barrio, como tenían que hacer Six y Natasha. Para Ness, el hecho de que el Cuchilla compartiera libremente el material con ella significaba que eran una pareja de verdad.

Con todas estas creencias, pues, y aferrándose a ellas porque, en realidad, no tenía nada más a lo que aferrarse, Ness intentó olvidar lo que Six había dicho sobre el Cuchilla. Podía hacer frente a su pasado. Dios santo, era «un hombre con necesidades», al fin y al cabo, y no podía esperar que hubiera permanecido célibe mientras la esperaba. Pero vio que dentro de toda la información sobre el Cuchilla que Six le había transmitido de una forma tan cruel en Kensington High Street, había dos hechos que no podía aparcar por mucho que lo intentara. Uno de ellos era que el Cuchilla tuviera dos hijos: un bebé en Dickens Estate y otro en Adair Street. El otro era Arissa.

Los bebés constituían una pregunta terrible que Ness no lograba construir en su mente, menos aún formular directamente sobre sí misma. Arissa, por otro lado, representaba algo sencillo sobre el que reflexionar, a la vez que encerraba todas las pesadillas de una joven enamorada: la traición del hombre que cree que le pertenece.

Ness no pudo extirpar a Arissa de su cabeza en cuanto Six plantó la semilla. Se dijo que tenía que saber la verdad para saber qué podía hacer al respecto, si es que podía hacer algo. Decidió, prudentemente, que enfrentarse al Cuchilla era una idea pésima, así que fue a sacarle la información a Cal Hancock.

Como nadie, aparte de su hermano Joel, había mostrado a Ness la más mínima lealtad, en realidad no pensó que Cal pudiera negarse a traicionar al hombre que era la fuente de todo lo que permitía al rastafari mantener unidos cuerpo, alma y mente. Como los padres de Cal se habían ido del Reino Unido cuando él tenía dieciséis años -llevándose consigo a sus hermanos, pero dejándole a él atrás para que se las arreglara solo-, había unido sus fuerzas a las del Cuchilla cuando era adolescente, primero demostrando ser el chico más fiable de los camellos en bicicleta y luego escalando rangos deprisa, hasta convertirse en mitad mayordomo y mitad guardaespaldas, una posición que ostentaba satisfactoriamente desde hacía cuatro años. Pero Ness no sabía nada de esto. Cuando veía a Cal Hancock, veía al artista de grafitis con rastas, a menudo colocado, pero que, por lo general, rondaba cerca, salvo que lo echaran durante esos minutos de intimidad que el Cuchilla requería para el acto sexual. Ness se figuró que si alguien sabía la verdad sobre Arissa, sería Cal.

Esperó a que llegara una de esas ocasiones en las que el Cuchilla estaba, como decía él, «atendiendo asuntos». Este «atender asuntos» ocurría esporádicamente y consistía en recibir mercancía robada, drogas u otros artículos de contrabando. Todo esto le llegaba al Cuchilla a locales no relacionados con el piso ocupado. Por lo general, Cal acompañaba al Cuchilla a este escondite, pero un día, como tenía intenciones con Ness que prometió cumplir, tras terminar su reunión, le dijo que le esperara en el piso ocupado. Para que estuviera a salvo en aquel lugar infecto, le dijo a Cal que se quedara con ella. Eso brindó a Ness la oportunidad que había estado esperando.

Cal encendió un porro y se lo ofreció. Ness negó con la cabeza y le dio tiempo para que fumara. Cuando estaba colocado tenía un hablar perezoso, y Ness quería que estuviera menos atento a lo que decía en respuesta a sus preguntas.

Utilizó un enfoque que presuponía un conocimiento.

– ¿Y dónde vive esta tal Arissa, Cal?

El rastafari estaba sumido en su colocón y asintió, dejando que le cayeran los párpados. Como guardaespaldas del Cuchilla, dormía poco. Cualquier oportunidad para echar una cabezadita, la aprovechaba. Se deslizó por la pared para tumbarse en el futón. Sobre él había un grafiti de una chica negra de generosos pechos con una minifalda y pistolas desenfundadas a la manera de un especialista en tiroteos. La chica negra no era una caricatura de Ness, y como ya estaba ahí cuando llegó por primera vez a este lugar, no había pensado más en ella. Ahora, sin embargo, Ness la miró con más detenimiento y vio que su top escarlata estaba recortado y dejaba al descubierto un tatuaje, una serpiente en miniatura idéntica a la del Cuchilla.

– ¿Es ella, Cal? -dijo Ness-. ¿Pintaste a Arissa en la pared?

Cal miró hacia arriba y vio a qué se refería la chica.

– ¿Ésa? -dijo-. No. No es Arissa. Es Thena.

– ¿Ah, no? Entonces, ¿cuándo vas a pintar a Arissa?

– No tengo pensado… -Miró hacia ella y dio una calada al porro mientras dudaba. Se había dado cuenta de lo que estaba haciendo la chica, y ahora intentaba decidir qué bronca iba a caerle por haber dicho lo que ya había dicho.

– ¿Dónde vive, tío? -preguntó Ness.

Cal no dijo nada. Se apartó el porro de los labios y miró la pequeña columna de humo que se elevaba de la punta. Volvió a ofrecérselo, diciendo:

– Vamos. No lo desperdicies, tío.

– No soy un hombre. Y ya te he dicho que no quiero.

Cal dio otra calada y se tragó el humo. Se quitó el gorro. Lo tiró sobre el futón y sacudió la cabeza para soltarse las rastas.

– ¿Y cuánto tiempo lleva el Cuchilla tirándosela? ¿Es verdad que desde antes de follar conmigo?

Cal giró la cabeza hacia ella y entrecerró los ojos. Ness estaba en la ventana con la luz detrás y Cal le hizo un gesto con la mano para que se moviera a donde pudiera verla mejor.

– Hay cosas que no te hace falta saber -dijo-. Supongo que ésa es una de ellas.

– Dímelo.

– No hay nada que decir. Lo hace o no. Lo hacía o no. Lo que descubras no va a cambiar las cosas.

– ¿Y qué se supone que significa eso exactamente?

– Piensa en ello. Pero no preguntes nada más.

– Entonces, ¿es todo lo que vas a decir, Cal? Podría hacerte hablar. Si quisiera. Podría.

Cal sonrió. Pareció tan asustado por su amenaza como lo habría parecido ante un patito armado.

– ¿Sí? ¿Y cómo vas a hacerlo?

– Si no me lo dices, le diré que has intentado follarme, Cal. Imagino que ya sabes qué hará entonces.

Cal se rió abiertamente antes de dar otra calada.

– ¿Ése es tu gran plan? ¿Te crees tan especial para él que matará a quien te toque? Mira, guapa, no ves la vida como es. Te follo y eres historia. Porque para el Cuchilla es mucho más fácil sustituirte a ti que a mí, y ésa es la verdad. Tienes suerte de que no me intereses, ¿comprendes? Porque si me interesaras, se lo diría al Cuchilla y me quedaría contigo cuando se hartara de ti.

Ness ya había oído suficiente.

– Ya vale, tío -dijo, y siguió su patrón habitual, que era desaparecer de escena. Se dirigió a la puerta que no tenía ni pomo ni cerradura, y se dijo que Calvin Hancock se las pagaría, y que se las pagaría donde más iba a dolerle.

Se mantuvo fiel a sus intenciones. La siguiente vez que estuvo a solas con el Cuchilla, le contó lo que Cal le había dicho sobre compartirla. Sin embargo, a diferencia de lo que esperaba, que era que el Cuchilla montara en cólera justificadamente y le diera a Cal Hancock la paliza que se merecía, el Cuchilla soltó una carcajada.

– Cuando se coloca, ese tío dice lo que sea -dijo, y no dio ninguna muestra de que pensara hacer algo para castigar al otro hombre.

Cuando Ness le exigió que hiciera algo para protegerla, el Cuchilla le acarició el cuello con la nariz.

– ¿Crees que le doy esto a cualquiera? Estás loca si piensas esa mierda.

Pero lo de Arissa seguía ahí; la única forma de conseguir una respuesta a la pregunta era ver si el Cuchilla podía guiarla hasta ella. Sin embargo, Ness sabía que no podía seguirle. Cal era bueno en su trabajo como protector del Cuchilla, así que la vería por mucho que intentara evitar que la descubriera. La única alternativa que vio fue sacarle información a Six. Odiaba hacerlo porque la ponía a merced de la otra chica, pero no le quedaba más remedio.

Como Six no era una chica que guardara rencor a nadie cuando había una fuente potencial de sustancias gratis en juego, fingió que lo que había sucedido entre ella y Ness en Kensington High Street no había pasado nunca. Así que recibió a Ness en el piso destartalado de Mozart Estate, y tras insistir en que la acompañara en una versión de karaoke de These boots are made for walking -mucho más melodiosa gracias a haberse bebido una botella grande del enjuague bucal de su madre para intentar colocarse antes de cantar-, divulgó la información que Ness buscaba. Arissa vivía en Portnall Road. Six no sabía la dirección, pero sólo había un bloque de pisos en esa calle, habitado en su mayoría por jubilados. Arissa vivía allí con su abuela.

Ness fue a Portnall Road y esperó. Encontró el edificio sin problemas y aún le costó menos divisar un lugar desde donde observar la entrada del edificio sin que la vieran. No tuvo que esperar mucho. En su segundo intento por atrapar al Cuchilla en lo que ella consideraba una transgresión sexual, apareció con Cal al volante, como siempre, y entró en el edificio. Por su parte, Cal se quedó holgazaneando en el portal. Sacó una libreta -desde donde estaba Ness parecía un cuaderno de dibujo- y empezó a utilizar un lápiz. Se apoyó en la pared y sólo de vez en cuando alzaba la vista para asegurarse de que la zona seguía segura para lo que tramara el Cuchilla. Que sólo podía ser una cosa, y Ness lo sabía.

No se sorprendió cuando el Cuchilla reapareció al cabo de media hora, acabando de ajustarse la ropa. Él y Cal habían empezado a bajar por el sendero hacia la calle cuando se abrió una ventana encima de ellos. Cal se interpuso de inmediato entre el Cuchilla y el edificio, utilizando su cuerpo de escudo. Desde arriba una chica se rió y dijo:

– ¿Crees que le haría daño, Cal Hancock? Te has olvidado esto, cariño. -Y Ness siguió el sonido para verla: piel chocolate perfecta y pelo sedoso, labios carnosos y ojos de párpados caídos. Lanzó un juego de llaves a los hombres-. Adiós -dijo con otra carcajada, ésta seductora, y cerró la ventana.

Lo que instó a Ness a salir de su escondite no fue tanto la chica como la cara del Cuchilla mientras miraba hacia la ventana. Ness vio que estaba pensando en subir otra vez con ella. Quería más de lo que fuera que pudiera darle.

Ness se encontró en el sendero antes de poder plantearse las ramificaciones de una escena pública con el Cuchilla. Avanzó a grandes zancadas hacia él y expuso su exigencia.

– Quiero ver a la zorra que se está follando a mi hombre -le dijo, porque daba la culpa no al Cuchilla, sino a la chica. Era la única forma de sobrevivir al momento-. Esa zorra de Arissa, llévame hasta ella -dijo Ness-. Le enseñaré lo que pasa cuando pone sus manos en mi hombre. Llévame hasta ella, tío. Te juro que si no lo haces, esperaré aquí fuera de todos modos y le saltaré encima cuando salga por esa puerta.

Tal vez otra clase de tipo habría buscado calmar la situación. Pero como el Cuchilla no pensaba demasiado en las mujeres como seres humanos, sino que las veía una fuente de entretenimiento, se planteó la distracción que podía proporcionarle una pelea entre Ness y Arissa por él. Le gustó la idea y cogió a Ness del brazo. La empujó hacia la puerta.

Detrás de ella, Ness oyó que Cal decía:

– Eh, tío, creo que no… -Pero lo que fuera que quería decirle al Cuchilla, quedó interrumpido cuando la puerta se cerró tras ellos.

El Cuchilla no le dijo nada a Ness. Ella mantuvo su ira al máximo nivel imaginándoselos a los dos -al Cuchilla y a Arissa- haciendo lo que ella y el Cuchilla tendrían que estar haciendo. Mantuvo aquella imagen tan clara en la cabeza que cuando se abrió la puerta del piso salió disparada hacia dentro y fue a por el largo pelo de la chica. Lo agarró en el puño y gritó:

– Desaparece, joder, ¿me oyes? Si vuelvo a verte cerca de este tío otra vez, te mato, puta. ¿Entendido? -Echó el puño hacia atrás y le propinó un sólido golpe en la cara.

Lo que esperó entonces fue una pelea de zarpazos y arañazos, pero no fue así. La chica no respondió, sino que cayó al suelo en posición fetal, así que Ness le dio una patada en la espalda, a la altura de los riñones, y luego se recolocó para golpearle también en el estómago. Hizo contacto una vez; entonces Arissa chilló. Chilló de una forma desproporcionada respecto a la violencia.

– ¡Cuchilla! ¡Llevo un niño dentro!

Antes de que el Cuchilla pudiera moverse, Ness le dio otra patada. Luego se tiró encima de ella porque vio que Arissa decía la verdad. No tanto porque el cuerpo de la chica presentara una barriga reveladora, sino porque Arissa no se había molestado en intentar enfrentarse a Ness. Era suficiente señal de que algo más que su reputación en la calle estaba en peligro.

Ness le golpeó en la cara y en los hombros, pero golpeaba un hecho, no a una chica. Era un hecho que no podía mirar directamente porque hacerlo implicaba mirarse a sí misma y sacar una conclusión de su pasado que empañaría su futuro.

– ¡Zorra! -gritó Ness-. ¡Te voy a matar si no desapareces, puta!

– ¡Cuchilla! -chilló Arissa.

Con aquello acabó la diversión, que, si bien no había durado mucho, se había intensificado lo bastante deprisa como para saciar la necesidad del Cuchilla de ver una muestra de lo deseable que era. Alejó a Ness de la otra chica de un tirón. La sujetó, doblada por la cintura mientras jadeaba e intentaba volver hacia Arissa para pegarle más. Ness siguió insultando a la chica, lo que obviaba la necesidad de preguntarle abiertamente por la verdadera historia de su relación con el Cuchilla, y forcejeó salvajemente mientras él la llevaba a sacudidas hacia la puerta, la abría con dos movimientos hábiles y empujaba a Ness al pasillo.

No la siguió de inmediato, sino que se quedó atrás para valorar la habilidad de la afirmación de Arissa. No le pareció distinta de cuando la había penetrado de pie en la cocina hacía un rato, embistiendo y gruñendo con la espalda de ella contra los fogones, trabajando deprisa, como de costumbre, cuando tenía otras cosas aguardándole.

La chica aún estaba en el suelo, en posición fetal como antes, pero no la aupó. Simplemente la miró y realizó algunos cálculos mentales. Podía ser que lo estuviera; por otro lado, podía ser que sólo fuera una puta mentirosa. Podía ser suyo; podía ser de cualquiera. En cualquier caso, la respuesta era sencilla y se la dio.

– Deshazte de él, Riss. Ya tengo dos y otro en camino. No necesito más.

Dicho esto, salió al pasillo con Ness. Su plan era meterla en cintura de un modo que probablemente no olvidaría nunca, porque la única cosa que un hombre de su posición no podía tener era una mujer que le siguiera por North Kensington y le montara escenas siempre que le apeteciera. Pero Ness no estaba.

El Cuchilla pensó que aquello podía ser bueno, podía ser malo.

* * *

Después de eso, Ness decidió que había terminado con el Cuchilla. La razón que se reconoció a sí misma fue la naturaleza doble, mentirosa, traidora, del hombre, que acudía a Arissa como un mono de rasgos afilados al mismo tiempo que acudía a ella. El otro motivo, sin embargo, no penetró lo bastante en su interior como para examinarlo ni siquiera superficialmente. Era suficiente que la hubiera engañado. No iba a consentirlo, independientemente de quién fuera o la importancia de su reputación.

Eligió su momento. El Cuchilla tenía un pasado, como había sabido, y lo que también había sabido -tras interrogar cuidadosamente a Six sobre el tema- era que se había desecho sin más preocupaciones de las otras mujeres que habían estado en su vida a lo largo de los años. Esto incluía a las dos almas desventuradas que le habían dado un hijo. Fueran cuales fueran las expectativas que habían albergado sobre el lugar que el Cuchilla ocuparía en las vidas futuras de sus retoños, el hombre había sacado a las dos mujeres de su error muy pronto, aunque sí se dejaba caer por las casas alguna que otra vez cuando sentía la necesidad de mostrar a Cal -o a cualquiera a quien deseara impresionar- los frutos de sus entrañas mientras jugaban en pañales entre carros de la compra oxidados.

Ness resolvió que no sería una de esas mujeres que desaparecería dócilmente de la vida del Cuchilla cuando se cansara de ella. Se dijo que estaba harta de él y especialmente saturada de sus patéticas habilidades como amante.

Esperó a que se le presentara la oportunidad adecuada, lo que sucedió apenas tres días después. De nuevo, Six -esa fuente de información útil sobre actividades ilegales en North Kensington- la puso al corriente sobre dónde recibía el Cuchilla el contrabando cuya venta le permitía mantener su posición de dominio en la comunidad. Este lugar estaba situado en Bravington Road, le dijo Six a Ness, en la intersección con Kilburn Lane. Había un muro de ladrillo a lo largo del patio de una tienda que daba a un callejón trasero. El muro tenía una verja, pero siempre estaba cerrada y, aunque no lo estuviera, Ness no podía entrar por nada del mundo. Nadie entraba a excepción del Cuchilla y Cal Hancock. El resto de la gente hacía sus negocios con él en el callejón. Aquel callejón estaba a plena vista, no sólo de la calle, sino de la hilera de casas que daban a él. Pero a nadie se le ocurriría llamar a la Policía para denunciar el negocio furtivo que allí se llevaba a cabo. Todo el mundo sabía quién lo dirigía.

Ness fue al lugar en el momento en el que sabía que el Cuchilla estaría haciendo tratos con sus subordinados. Lo encontró tal como esperaba: inspeccionando la mercancía proporcionada por dos matones y tres chicos en bici.

Se abrió paso entre ellos a codazos. La verja del muro de piedra estaba abierta, y dejaba al descubierto la parte trasera de un edificio abandonado, una plataforma lo rodeaba; encima de esta plataforma había varias cajas de madera abiertas y otras cerradas. Cal Hancock estaba moviendo la mercancía de una de estas cajas, lo que significaba que había dejado al Cuchilla desprotegido. El propio Cuchilla estaba examinando una pistola de aire comprimido que le habían entregado, quería comprobar cuánto trabajo habría que invertir para convertirla en un arma útil.

– Eh -dijo Ness-. Hemos terminado, cabrón. He pensado en pasarme y hacértelo saber.

El Cuchilla la miró. El grupo que lo rodeaba pareció tomar aire, todos al mismo tiempo. Al otro lado del patio, Cal Hancock dejó caer la tapa de la caja en su sitio. Saltó de la plataforma. Ness conocía sus intenciones. Tenía que ser rápida, así que habló deprisa,

– No eres nada -le dijo al Cuchilla-. ¿Te enteras, capullo? Actúas como si fueras un tío importante porque sabes que eres un gusano que se arrastra en la mierda. Un gusano enorme, ¿te enteras, tío? -Se rió y apoyó las manos en las caderas-. Colega, estoy harta de tu cara con ese tatuaje estúpido desde la segunda vez que te vi, y aún estoy más harta de esa cabeza calva como una bola de billar y la pinta que tiene cuando me lo chupas. ¿Entiendes? ¿Te enteras de lo que estoy diciendo? Eres bueno para colocarse, es verdad, pero, joder, ya no vale la pena, no con lo que tienes para ofrecer. Así que…

Cal la sujetó con fuerza. La cara del Cuchilla era una máscara. Sus ojos se habían vuelto opacos. Nadie más se movió.

La alejó con firmeza del muro y la sacó del callejón, a través de un silencio mortal en el que Ness reconoció su triunfo diciéndoles a los matones y a los chicos de las bicis:

– ¿Creéis que es alguien? No es nadie. Es un gusano. ¿Le tenéis miedo? ¿Le tenéis miedo a un gusano?

Y entonces se encontró de nuevo en Bravington Road. Cal le dijo entre dientes:

– Zorra estúpida. Eres una zorra lamentable, estúpida y atravesada. ¿Sabes con quién te estás metiendo? ¿Sabes lo que puede hacer si quiere? Lárgate de aquí. Y no te acerques a él. -Le dio un empujón, un empujón diseñado para alejar sus pies reacios de aquel lugar. Como Ness había conseguido lo que se había propuesto, no protestó ni luchó por zafarse.

En lugar de eso, se rió. Había terminado con el Cuchilla. Se sentía ligera como el aire. Ese tipo podía tirarse a Arissa y a quien le diera la gana, se dijo. A quien no iba a tirarse -y nunca podría volver a tirarse- era a Vanessa Campbell.

* * *

En su búsqueda de la perfección física -que ratificaría el título de Mister Universo-, Dix D'Court necesitaba apoyo económico, así que había conseguido patrocinadores. Sin ellos, habría estado condenado a sacar tiempo para hacer pesas antes o después de trabajar o los fines de semana, que era cuando más lleno estaba el gimnasio. Tenía pocas esperanzas de hacer realidad su sueño de ser el cuerpo masculino mejor esculpido del mundo si tenía que perseguirlo de esta forma, así que se había rodeado de personas dispuestas a financiar su empresa. Tenía que encontrarse con ellas de vez en cuando, para ponerles al día sobre las competiciones recientes en las que había participado y ganado y, sin querer, programó una de estas reuniones para la noche del cumpleaños de Toby. En cuanto se dio cuenta, Dix quiso cancelar la cita. Pero permitir la cancelación sugería otro paso hacia el tipo de compromiso que Kendra intentaba evitar, así que le dijo que el cumpleaños tenía que ser un asunto privado, familiar. El mensaje era implícito: Dix no era de la familia. Él le lanzó una mirada que decía «Como quieras». En privado, sin embargo, le dijo a Joel que se pasaría en cuanto terminara la reunión con los patrocinadores.

Por este comentario, Joel supo que no debía decirle a Kendra que Dix aparecería. Había profundidades entre su tía y Dix a las que él no podía descender y, de todos modos, tenía otras preocupaciones. La principal era no haber logrado encontrar un cartel de «Feliz cumpleaños» para colgar en la ventana de la cocina. Ya era lo bastante malo no tener el viejo carrusel de hojalata de la familia para colocarlo en el centro de la mesa, pero carecer de un modo espectacular de desearle felicidad al cumpleañero era un golpe aún más significativo para Joel. Porque incluso Glory Campbell había logrado colgar el cartel de cumpleaños infantil, rescatándolo -cada año más maltrecho- de donde fuera que lo guardara cuando no lo utilizaban. Este cartel, con sus arandelas, que permitían colgarlo con alegría de cualquier manera, había seguido el mismo camino que la mayoría de las posesiones que no eran ropa antes de que su abuela se marchara a Jamaica: lo había tirado a la basura sin que Joel lo supiera, y sólo cuando el niño rebuscó entre sus propias pertenencias se dio cuenta de que había dejado de ser una posesión del clan Campbell.

No tenía suficiente dinero para comprar otro, así que tuvo que conformarse con hacer uno él mismo, y utilizó papel de libreta. Cogió una hoja para cada letra y las coloreó con un lápiz rojo que le prestó el señor Eastbourne del colegio Holland Park. El día del cumpleaños de Toby estaba listo para colgarlas en la ventana, pero no tenía nada que pudiera usar como adhesivo, salvo una lámina de sellos de tarifa superior.

Habría preferido celo o Blu Tac. Pero tampoco disponía de los fondos para adquirirlos. Así que utilizó los sellos, imaginando que podrían pegarse después a los sobres, siempre que tuviera cuidado de colocarlos en la ventana de manera que luego fuera fácil arrancarlos. Fue así como empezó a explicárselo a su tía cuando llegó a casa después de trabajar el día en cuestión.

– ¡Qué es esto! -exclamó al ver el cartel hecho a mano y cómo lo había pegado a la ventana. Dejó las bolsas del supermercado en la encimera y se volvió hacia Joel, que la había seguido hasta la cocina con su explicación preparada. Pero ella le detuvo pasándole el brazo alrededor de los hombros-. Has hecho algo bueno -le dijo acercándose a su cabeza. Su voz era ronca, y Joel pensó que se había ablandado desde que Dix había empezado a ir por el número 84 de Edenham Way, en especial desde el día que desfilaron todos hasta el Rainbow Café para conocer a su padre y a su madre, quien fue más que generosa con las cucharadas de crema caliente cuando pidieron el pastel de manzana.

Kendra vació las bolsas, que resultó que contenían curry para llevar.

– ¿Dónde está Ness? -preguntó, y luego gritó desde las escaleras al piso de arriba, donde los sonidos de la televisión anunciaban dibujos animados-. ¿Señor Toby Campbell? Baje a la cocina ahora mismo. ¿Me oye?

Joel se encogió de hombros, era su respuesta a dónde se encontraba Ness. Su hermana pasaba por casa más a menudo que en los últimos días, una presencia inquietante que se lamía las heridas cuando no andaba por ahí con Six y Natasha. Joel no sabía dónde se había metido. No la había visto desde la noche anterior.

– Sabe qué día es hoy, ¿verdad? -preguntó Kendra.

– Supongo -dijo Joel-. No se lo he dicho. No le he visto.

– La -dijo Kendra.

– No la he visto. ¿Y tú? -añadió porque no pudo evitarlo. Como seguía siendo muy niño, le parecía que, como adulta, Kendra podría haber hecho algo con el problema que suponía Ness.

Kendra lo miró fijamente y le leyó el pensamiento como si hubiera hablado.

– ¿Qué? ¿La ato? ¿La encierro en una habitación? -Sacó unos platos del armario y se los dio, junto con los cubiertos. Él empezó a poner la mesa-. Llega un momento, Joel, en que una persona decide cómo va a ser su vida. Ness ha decidido.

Joel no dijo nada porque no podía expresar lo que creía, puesto que lo que creía nacía de la historia que compartía con su hermana, además de lo que sentía por ella. Lo que sentía era añoranza: por la Ness que había sido. Lo que creía era que ella echaba de menos a la chica que había sido, pero que aún albergaba menos esperanzas de recuperarla.

Toby bajó corriendo las escaleras, con la lámpara de lava bajo el brazo. La dejó en el centro de la mesa y extendió el cable, para enchufarla a la toma de corriente. Se subió a una silla y apoyó la barbilla en las manos para mirar cómo los glóbulos naranjas brillantes empezaban sus ascensos y descensos rítmicos.

– Aquí tengo su preferido, señor Campbell -le dijo Kendra-. Naan con pasas, almendras y miel. ¿Preparado?

Toby la miró, sus ojos llenos de vida al pensar en el pan. Kendra sonrió y sacó del bolso un sobre con tres sellos extranjeros pegados. Se lo entregó a Toby diciendo:

– Parece que tu abuela tampoco se ha olvidado de tu día especial. Esto ha llegado desde Jamaica. -No mencionó que había llamado a su madre tres veces para que lo mandara; ella misma había incluido el billete de cinco libras que Toby iba a encontrar cuando lo abriera-. Así que ábrelo y veamos qué dice.

Joel ayudó a Toby a sacar la gran tarjeta del sobre. Recogió el billete de cinco libras mustio que revoloteó hasta el suelo.

– ¡Eh, mira esto, Tobe! -dijo-. Eres rico.

Pero Toby estaba examinando una polaroid que Glory también había enviado. En ella, su abuela y George aparecían con una serie de desconocidos, los brazos alrededor los unos de los otros, con las botellas de Red Stripe levantadas. Glory llevaba un top con la espalda al aire -no era una elección adecuada para una mujer de su edad-, una gorra de béisbol de los Cardinals y pantalones cortos; iba descalza.

– Parece que ha encontrado su lugar -dijo Kendra cuando le cogió la fotografía a Toby y le echó un vistazo-. ¿Quién es toda esta gente? ¿El clan de George? ¿Y te ha mandado cinco libras, Toby? Bueno, es todo un detalle, ¿verdad? ¿Qué vas a hacer con tanta pasta?

Toby sonrió contento y tocó el billete que Joel le entregó. Era más dinero del que había visto junto en toda su vida.

Ness se reunió con ellos poco después, justo en el momento en que Joel estaba decidiendo en qué plato especial podía comer Toby el día de su cumpleaños. Se conformó con una bandeja de hojalata pintada con la cara de Papá Noel, que rescató de debajo de dos moldes para tartas y una fuente para el horno. Los bordes estaban llenos de polvo, pero un agua rápida lo remediaría.

Ness tampoco se había olvidado del cumpleaños de Toby. Llegó con lo que anunció que era una varita mágica. Estaba hecha de plástico transparente y llena de estrellitas, que brillaban con intensidad cuando alguien la agitaba. No mencionó de dónde la había sacado, y tanto mejor, porque la había birlado de la misma tienda de Portobello Road donde Joel había comprado la lámpara de lava.

Toby sonrió cuando Ness le enseñó cómo funcionaba la varita mágica.

– Es chulísima -dijo, y la agitó con alegría-. ¿Puedo pedir un deseo cuando la agite?

– Puedes hacer lo que quieras -le dijo Ness-. Es tu cumpleaños, ¿no?

– Y como es su cumpleaños -dijo Kendra-, yo también tengo algo… -Desapareció trotando escaleras arriba y regresó con un paquete largo que entregó a Toby. El niño lo abrió y descubrió un tubo y unas gafas de buceo, tal vez uno de los regalos más inútiles que había recibido un niño de un pariente bienintencionado. Kendra dijo amablemente-: Hacen juego con tu flotador, Toby. ¿Dónde está, por cierto? ¿Por qué no lo llevas puesto?

Naturalmente, Joel y Toby no le habían relatado el enfrentamiento que habían tenido con Neal Wyatt, el día que el flotador había caído mal herido. Desde entonces, Joel había intentado repararlo con cola, pero no se había pegado bien. Por lo tanto, el flotador estaba bastante acabado.

Las cosas no eran perfectas, pero nadie pensó demasiado en eso porque todos y cada uno de ellos -incluida Ness- estaban decididos a mantener un aura de buen ánimo. El propio Toby no pareció percatarse de todo lo que faltaba en su celebración: el cartel de cumpleaños, el carrusel de hojalata y, sobre todo, la madre que le había dado a luz.

Los cuatro atacaron la comida, deleitándose en todo, desde el jalfrezi vegetal a los bhají de cebolla. Bebieron limonada y hablaron sobre lo que Toby podía hacer con las cinco libras del regalo de cumpleaños. Durante todo el rato, la lámpara de lava estuvo en el centro de la mesa, borboteando y brillando con una luz misteriosa.

Acababan de llegar al naan cuando alguien llamó con brusquedad a la puerta. Tres golpes fuertes seguidos de un silencio, dos golpes más, y alguien que gritó:

– Devuélvemelo, zorra. ¿Me oyes? -Era una voz de hombre, desagradable y amenazante.

Kendra dejó de cortar una rebanada de naan para Toby y alzó la vista, Joel dirigió su atención a la puerta. Toby se quedó mirando la lámpara de lava. Ness mantuvo los ojos clavados en su plato.

Los golpes en la puerta empezaron de nuevo, más en serio esta vez. Otro grito los acompañó.

– ¡Ness! ¿Me oyes? He dicho que abras o echaré abajo esta mierda de puerta de una patada, así de fácil. -Más golpes-. No hagas que me cabree, Ness. Te partiré la puta cabeza si no abres cuando te lo digo.

Este tipo de lenguaje no asustaba a Kendra Osborne. Pero sí era el tipo de lenguaje que encendía los cilindros de su indignación. Así que empezó a levantarse diciendo:

– ¿Quién demonios es? No consentiré que nadie…

– Puedo ocuparme. -Ness se puso de pie para detener a Kendra.

– Sola no, no lo harás. -Kendra se dirigió hacia la puerta irritada, y Ness la siguió de cerca.

Toby y Joel fueron detrás. Toby masticaba su rebanada de naan, los ojos muy abiertos de curiosidad, como alguien que creyera que aquello formaba parte de un espectáculo de cumpleaños inesperado.

– ¿Qué demonios quieres? -preguntó Kendra mientras abría la puerta-. ¿Qué pretendes llamando a esta puerta como un vulgar…?

Entonces vio quién era y la imagen le impidió decir nada más. Miró del Cuchilla a Ness y otra vez al Cuchilla, que iba vestido como un banquero londinense, pero a quien, con una boina roja que cubría su calva y una cobra que escupía veneno tatuada en la mejilla, nadie habría confundido jamás con uno.

Kendra sabía quién era. Llevaba viviendo en North Kensington el tiempo suficiente como para haber oído hablar de él. Y aunque no hubiera sido así, Adair Street no estaba muy lejos de Edenham Way, y era en Adair Street donde vivía la madre del Cuchilla, en una casa adosada de la que -según los chismorreos del mercado de Golborne Road- había echado a su hijo cuando le resultó evidente que, si seguían los pasos de su hermano mayor, sus hijos menores estarían adentrándose en un camino que los llevaría directamente a lugares como las cárceles de Pentonville o Dartmoor.

Kendra ató cabos en el tiempo que tardó en digerir las palabras del Cuchilla, que fue cero.

– Tenéis que hablar.

Mientras tanto, el Cuchilla la empujó para entrar, sin que le invitaran a pasar y sin querer esperar a que lo hicieran, algo que supuso correctamente que no harían. Iba acompañado de Arissa, mini-falda negra pegada a los muslos, top negro recortado hasta los pechos, botas negras que le subían por las piernas hasta las rodillas, tacones tan altos y finos que podrían considerarse armas letales. Era la compañera perfecta para la aventura de esta noche, y su aparición al lado del Cuchilla cosechó el resultado deseado cuando le dijo que le acompañara.

Ness dio un paso adelante.

– ¿Qué quieres, tío? Ya te lo dije. No voy a aceptar nada más de lo que tienes que ofrecerme, en especial si significa acabar pareciéndome a esta zorra de aquí.

– Pues te gustó bastante la última vez. ¿No, guarra? -le preguntó.

– Me parece que tampoco ibas a enterarte.

Al oír este intercambio, Arissa hizo un ruido que podría haberse interpretado como una risa. El Cuchilla le lanzó una mirada y ella se quedó blanca.

– Vamos, cariño -le dijo Arissa-. No necesitamos cabrearnos con esto. -Le pasó la mano por el brazo para llegar a sus dedos.

Él la apartó.

– Joder, Arissa. Aquí hay asuntos que solucionar.

– Tus asuntos conmigo se han terminado -le dijo Ness-. Se acabó.

– Tú no dices cuándo se acaban las cosas, puta.

– Vaya, ¿es que no te había pasado nunca? ¿Nadie más ha tenido los huevos de dejarte?

– Nadie ha sido tan estúpida. Soy yo quien dice…

– Estoy cagada de miedo, tío. ¿Y qué quieres trayendo a esta puta a mi casa? ¿Es que tengo que hacerle una demostración para que sepa darte lo que quieres?

– Tú no sabes nada de lo que quiero.

Kendra se puso en medio de los dos. La puerta seguía abierta.

Arissa había entrado en la casa y Kendra lo señaló. Dijo:

– No sé qué está pasando entre vosotros dos y no quiero oírlo ahora. Estáis en mi casa -esto se lo dijo al Cuchilla y a su acompañante-, y os digo que os marchéis. No os lo pido. Os lo digo. Volved a la… -Dudó e hizo una corrección prudente, ya que le pareció que «cloaca de la que habéis salido» era una expresión que empeoraría la situación-. Volved al lugar de donde habéis salido.

– La mejor idea que he oído en semanas. -Ness tal vez habría dejado que las cosas acabaran así, en realidad, lo habría hecho si el Cuchilla no hubiera ido acompañado de Arissa y todo lo que representaba esa chica. No podía dejarle marchar sin decir la última palabra. Con una sonrisa que expresaba una profunda animadversión y una falta de sinceridad que era más que evidente para los demás presentes en la sala, dijo-: Además, ahora tú y la drogata esta podéis iros a echar un polvo. Incluso puedes llevarla a ese local de lujo que tienes en Kilburn Lane y hacerlo entre las cucarachas, seguro que le gusta. Porque entonces no tendrá que fijarse en que lo único que sabes hacer para satisfacer a una mujer es meterla y sacarla, capullo. Como he…

El Cuchilla salió disparado hacia ella. Agarró a Ness de la mandíbula. Le cogió la cabeza y le clavó los dedos en la piel. Antes de que nadie más pudiera moverse, conectó el otro puño contra su sien. La fuerza del golpe hizo que Ness se tambaleara. La fuerza de la caída la dejó sin respiración.

Toby gritó, Joel lo apartó.

– Oh -suspiró Arissa, y el placer asomó a sus facciones.

Kendra se movió. En un momento pasó junto a Joel y Toby y entró en la cocina para llegar a los fogones. Guardaba los cacharros dentro del horno y cogió una sartén como arma. Cruzó la habitación a toda prisa hacia el Cuchilla.

– Lárgate de aquí, mamonazo -dijo-. Si no sales por esa puerta dentro de cinco segundos, voy a aporrearte la cabeza con esta sartén. Y tú -le dijo a Arissa, que sonreía como una estúpida ante la escena-, si esto es lo mejor que puedes hacer por un hombre, eres más que patética.

– Achanta la boca -le dijo el Cuchilla a Kendra. Apartó a Ness a un lado de una patada. Miró a Kendra-. Vamos, venga. ¿Quieres fastidiarme, zorra? Inténtalo. Vamos, anda. No voy a irme a ningún sitio, así que será mejor que vengas a por mí.

– Me das tanto miedo como una cagada en un pañuelo -le dijo Kendra-. Llevo tratando con tipos como tú desde que ibas en pañales. Lárgate de aquí. Ya. O probarás de tu propia medicina con alguien que probablemente va a servir tu pequeña polla en el desayuno de mañana. ¿Me comprendes, chaval?

El hecho de que el Cuchilla comprendiera a Kendra a la perfección quedó demostrado al momento. Del bolsillo, sacó la navaja automática a la que debía su apodo desde hacía tiempo. La luz se reflejó en ella cuando la abrió.

– Tu lengua irá primero -le dijo a Kendra, y se abalanzó sobre ella.

Kendra le arrojó la sartén a la cabeza. Le golpeó con fuerza justo encima del ojo y le hizo un corte en la piel. Arissa gritó. Toby gimió. El Cuchilla fue a por Kendra, que ahora no tenía ningún arma.

Ness agarró al Cuchilla de la pierna mientras Joel salía disparado hacia la cocina, donde se acurrucó en la puerta con Toby.

– ¡Coge algo, Joel! -le gritó Ness, y hundió los dientes en la pantorrilla del Cuchilla. Él le dio un golpe y la navaja se hundió en el pelo rizado de la chica. Ness gritó. Kendra saltó a la espalda del Cuchilla.

Joel se movió alrededor de los cuerpos que luchaban entre sí, desesperado por intentar coger la única arma que veía: la sartén, que había ido a parar debajo de una silla. Mientras tanto, Kendra se agarró al brazo del Cuchilla que tenía la navaja para evitar que volviera a atacar a Ness. Joel alargó la mano hacia la sartén, pero Arissa le impidió cogerla. Lo empujó. Joel cayó al suelo. Se encontró a unos centímetros de la pierna izquierda del Cuchilla, así que hizo lo mismo que había hecho su hermana y mordió con fuerza. Ness estaba gritando, de dolor y de miedo, la sangre del cuero cabelludo le goteaba sobre la cara. Arissa chillaba y Toby lloraba. El Cuchilla gruñó mientras intentaba quitarse de encima a Kendra. Todo daba vueltas en la habitación, como el agua jabonosa en una lavadora.

Pero, de repente, una voz -fuerte y acalorada- que entraba por la puerta anunció otra presencia.

– ¡Qué diablos está…! -gritó alguien, y apareció Dix, Dix que era mucho más fuerte que el Cuchilla, Dix que era más alto que el Cuchilla, Dix que vio que Kendra tenía problemas y que Ness estaba sangrando, y que vio a Toby sollozando y a Joel haciendo todo lo que podía, que era insuficiente, para protegerlos a todos.

Tiró la bolsa de deporte al suelo. Apartó a Arissa a un lado y lanzó un solo puñetazo. La cabeza del Cuchilla rebotó hacia atrás como un diente de león y la refriega acabó al instante. El Cuchilla cayó de espaldas, Kendra voló de su espalda y los dos aterrizaron en el suelo con Ness y Joel. La preciada navaja del Cuchilla cruzó el recibidor y acabó en la cocina. Se deslizó hasta pararse debajo de los fogones.

Dix aupó al Cuchilla y gritó:

– Ken, ¿estás bien? ¿Ken? ¡Ken!

Kendra movió la mano en respuesta y se arrastró hasta Ness.

– Fumo demasiado, joder -dijo tosiendo, y luego a Ness-: ¿Estás bien, Ness? ¿Qué tal ese corte?

– ¿Quieres que llame a la Poli? -le preguntó Dix, agarrando todavía con firmeza al Cuchilla que, como Ness, sangraba copiosamente.

– No vale la pena -respondió Ness, que se acurrucó en una bola mientras Kendra la cubría con su cuerpo-. No vale ni una meada de perro.

– Eres una puta de mierda, Ness.

– Lo fui cuando follaba contigo. Para lo que me sirvió, tendría que haberte cobrado.

El Cuchilla intentó ir a por ella otra vez, pero Dix lo sujetaba con tanta fuerza que no pudo zafarse. Se revolvió. Dix le dijo al oído:

– Si no te tranquilizas, te dejaré la chaqueta hecha un cromo, colega.

Llevó al hombre hacia la puerta. Cuando lo tuvo lo suficientemente cerca, lo lanzó a los escalones. El Cuchilla se desequilibró, cayó y aterrizó sobre una rodilla en el sendero de hormigón de la calle. Arissa salió corriendo a su lado para ayudarle a levantarse. Él la apartó. Durante la pelea, había perdido la boina roja, y la luz de dentro de la casa de Kendra brillaba en su calva. Algunos vecinos, al oír la riña, habían salido afuera. Desaparecieron entre las sombras rápidamente cuando vieron quién estaba implicado en la pelea.

– Tendré lo que debo tener, ¿comprendes? -dijo el Cuchilla, respirando con dificultad. Y luego más alto-: ¿Te enteras, Ness? Quiero ese móvil.

Dentro, Ness se levantó tambaleándose. Fue a la cocina, donde había colgado su bolso en el respaldo de una silla. Sacó el móvil y, en la puerta, se lo lanzó al Cuchilla con toda la fuerza de que fue capaz.

– Dáselo a ella -gritó-. Quizá te dé otro hijo. Luego la dejarás tirada como una mierda y pasarás a la siguiente. ¿Ya sabe que la cosa funciona así? ¿Se lo has dicho? Dale por detrás, pero no es suficiente; nada puede hacerte grande por fuera cuando tu interior es tan pequeño.

Dicho esto, cerró de un portazo y se dejó caer contra la puerta, sollozando y golpeándose la cara con los puños. Toby salió disparado hacia la cocina, donde se escondió debajo de la mesa. Joel se levantó, mudo e impotente. Dix fue hacia Kendra, pero Kendra fue hacia Ness.

– Ness, Ness, ¿qué te pasó, cielo? -preguntó, pero la respuesta era demasiado aterradora.

– No pude. -Eso fue todo lo que dijo Ness, y siguió sollozando y golpeándose la cara-. Ella pudo y yo no.

Capítulo 10

Aunque no podía responsabilizarse a Joel de ninguno de los sucesos que interrumpieron la fiesta de cumpleaños de Toby, él sí se sentía responsable. La noche especial de Toby se había echado a perder. Como era consciente de lo poco que su hermano pedía de la vida, Joel decidió asegurarse de que ningún otro cumpleaños tuviera un final así.

El final fue más caos. En cuanto Dix D'Court despachó al Cuchilla, hubo que ocuparse de Ness. El corte de la navaja automática no era algo que pudiera curarse con una simple tirita, así que Kendra y Dix la llevaron corriendo al hospital más cercano, conteniendo la hemorragia con un viejo paño de cocina que llevaba dibujado el rostro descolorido de la princesa de Gales. Aquello dejó a Joel con los restos de la comida y de la visita del Cuchilla, y tuvo que decidir si pasar de todo o encargarse de ellos. Eligió encargarse: fregó los platos, ordenó la cocina y la mesa de comer, quitó con cuidado el cartel de «Feliz cumpleaños» de la ventana de la cocina y guardó los sellos en una cajita junto a la tostadora, que era donde los había encontrado. Quería reparar lo que había sucedido en la casa y sintió la urgencia de hacerlo cuando se puso manos a la obra. Mientras tanto, Toby se quedó sentado a la mesa con la barbilla sobre los puños, observando su lámpara de lava y respirando a través del tubo de buceo nuevo. Toby no dijo ni una palabra acerca de lo que había ocurrido. Se había sumergido en Sose.

En cuanto Joel acabó de ordenar el piso de abajo de la casa, llevó a Toby arriba. Allí, supervisó su baño -que el pequeño vio correctamente como la primera oportunidad de utilizar las gafas y el tubo de buceo- y después plantó a su hermano delante del televisor. Al final, los dos chicos se quedaron dormidos en el sofá y no se despertaron hasta que su tía regresó con Ness. Incluso entonces sólo fue una sacudida en el hombro lo que desveló a Joel y Toby. Ness, dijo Kendra, estaba arriba en la cama. Llevaba la cabeza vendada -el corte requirió diez puntos-, pero podían ir a verla antes de acostarse si querían, para que supieran que se encontraba bien.

Ness estaba en el cuarto de Kendra con la cabeza envuelta en algo blanco, como el turbante de un sij. Llevaba tantos vendajes que parecía que le hubieran operado el cerebro, pero Kendra les dijo que el turbante era más una cuestión estética que otra cosa. Habían tenido que afeitarle una parte pequeña de la cabeza para llegar al corte, les contó, y Ness les había suplicado que le taparan el trozo pelado.

No estaba dormida, pero tampoco hablaba. Joel sabía que lo mejor era dejarla tranquila, así que le dijo que se alegraba de que estuviera bien. Se acercó a ella y le dio una palmadita torpe en el hombro. Ella lo miró, pero como si no lo viera en realidad. No miró a Toby.

A Joel esa reacción le recordó a su madre, y provocó que todavía sintiera más la necesidad de mejorar las cosas, lo que para él implicaba hacer que la vida volviera a ser como había sido para todos ellos en el pasado. Que aquello fuera imposible -dada la muerte de su padre y el estado de su madre- no hizo más que intensificar la urgencia de hacer algo. Joel se paseó con torpeza intentando pensar en un calmante adecuado. Como era un joven con recursos limitados y sólo comprendía de manera imperfecta lo que estaba sucediendo en su familia, decidió que encontrar un sustituto al cartel de feliz cumpleaños sería una actividad destinada a complacer a todo el mundo.

No tenía dinero, pero pronto se le ocurrió una forma de conseguir los fondos que necesitaba. Durante una semana, fue de casa al colegio caminando, ahorrándose así el billete del autobús. Eso significaba dejar que Toby le esperara solo en la escuela Middle Row más tiempo del habitual; también significaba que su hermano llegara tarde al centro de aprendizaje para sus clases particulares. Pero consideró que era un precio pequeño por comprar un cartel de feliz cumpleaños.

Joel realizó su búsqueda del cartel en tres lugares. Empezó en Portobello Road. Como allí no tuvo suerte, continuó en Golborne Road, sin éxito. Al final acabó en Harrow Road, donde había un pequeño Ryman's. Pero allí tampoco dio con nada parecido al cartel que estaba buscando y fue sólo cuando siguió en dirección a Kensal Town que llegó a una de esas tiendas de Londres donde se puede encontrar de todo, desde tarjetas telefónicas a planchas de vapor. Entró.

Lo que encontró fue una pancarta de plástico. Decía: «¡Es niño!», y aparecía dibujada una cigüeña en moto y con casco, un fardo de pañales en el pico. Desanimado por no haber hallado lo que quería a pesar de recorrer tres calles en su búsqueda, Joel decidió comprar la pancarta. La llevó a la caja y entregó el dinero, pero se sentía absolutamente derrotado.

Cuando salía de la tienda, vislumbró un pequeño poster, un papel naranja chillón con un anuncio, parecido al tipo de anuncios que había repartido por North Kensington para el negocio de masajes de su tía. El color del folleto hacía que fuera difícil no fijarse en él. Joel se paró a leerlo.

Lo que vio fue un anuncio de un curso de guiones en Paddington Arts; sin duda aquello no tenía nada de insólito, puesto que Paddington Arts -financiado en parte con dinero de la lotería- había sido diseñado justamente para estimular este tipo de actividades creativas en North Kensington. Lo que era insólito, sin embargo, era el nombre del profesor. El nombre: «I. Weatherall» aparecía impreso debajo del título del curso, tras las palabras «impartido por».

No parecía posible que pudiera haber más de un I. Weatherall en la zona. Sin embargo, para asegurarse, Joel rebuscó en su mochila y encontró la tarjeta que Ivan le había dado el día que había puesto fin a la pelea con Neal. Había un número de teléfono al final de la tarjeta y coincidía con el número que figuraba en el folleto naranja a continuación de las palabras «Para preguntas y más información, por favor llamar al».

La tarjeta le recordó a Joel que Ivan Weatherall vivía en Sixth Avenue. En ese momento, él se encontraba cerca de la esquina con Third Avenue. Esa coincidencia bastó para provocar su siguiente movimiento.

* * *

La lógica sugería que la calle en cuestión estaba a poca distancia de Third Avenue, pero cuando Joel se puso en marcha, descubrió que no era así. Cinco calles separaban Third Avenue de Sixth Avenue, y cuando Joel llegó, encontró un barrio de casas adosadas bastante distinto a los que había visto desde que vivía con su tía. A diferencia de las amenazantes urbanizaciones de viviendas subvencionadas que configuraban gran parte de North Kensington, estas casas -rastros curiosos del siglo xix- eran estructuras pequeñas y pulcras de sólo dos pisos y la mayoría tenía piedras, con el año 1880 grabado en ellas, hundidas en los dinteles de los minúsculos porches con tejado. Las construcciones eran idénticas y se diferenciaban las unas de las otras por los números, lo que había colgado en las ventanas, y por las puertas de entrada y los jardines diminutos. El número 32 tenía la característica adicional de un espaldar clavado en la pared entre la puerta y lo que debía de ser la ventana del salón. En este espaldar, cuatro de los siete enanitos escalaban para llegar a una Blancanieves que estaba sentada en lo alto de la moldura de madera. No podía decirse que hubiera un jardín en la parte delantera, sino más bien un rectángulo de losas, donde había una bicicleta encadenada a una verja de hierro, que remataba un muro bajo de ladrillo. Este muro recorría la acera y marcaba los límites de la minúscula propiedad.

Joel dudó. De repente, parecía absurdo que hubiera ido a buscar este lugar. No tenía ni idea de qué diría si llamaba a la puerta y encontraba a Ivan Weatherall en casa. Era cierto que había continuado viéndose con el mentor en el colegio, pero el carácter de sus reuniones había sido profesional. Hablaban sobre las clases, e Ivan lo ayudaba con los deberes, de vez en cuando intentaba lanzar alguna perspicaz pregunta vital, y Joel la eludía lo mejor que podía. Por lo tanto, aparte de «¿Algún problema más con Neal, hijo mío?», a lo que Joel había respondido sinceramente con un «No», no había pasado nada personal entre ellos.

Tras quedarse un momento mirando la puerta e intentando decidir qué hacer, Joel tomó una decisión. Su cabeza le decía que tenía que regresar con Toby. Lo había dejado en el centro de aprendizaje para su sesión habitual, y pronto esperaría que fuera a buscarlo. Por lo tanto, apenas tenía tiempo para visitar a Ivan Weatherall. Sería mejor que se pusiera en marcha.

Se dio la vuelta para irse, pero, de repente, la puerta se abrió y ahí estaba Ivan Weatherall, mirándole.

– Qué bendición -le dijo el hombre sin más preámbulos-. Pasa, pasa. Necesito dos manos más. -Desapareció hacia el interior de la casa, dejando la puerta abierta con expectación confiada.

Fuera, Joel arrastró los pies, intentando tomar una decisión. Si le hubieran preguntado, no podría haber dicho exactamente por qué había ido a Sixth Avenue. Pero como estaba allí, conocía a Ivan del colegio y lo único que tenía para recompensar los esfuerzos hechos hoy era un cartel patético que anunciaba «¡Es chico!»…, entró en la casita.

Justo al cruzar la puerta había un minúsculo recibidor, donde un cubo rojo con la palabra «Arena» contenía tres paraguas plegados y un bastón. Encima, la pequeña cabeza de un elefante de madera con la trompa hacia arriba servía de percha para los abrigos, y del único colmillo del animal colgaba un juego de llaves.

Joel cerró la puerta con cuidado y percibió de inmediato dos sensaciones: el aroma a menta fresca y el tictac agradable de los relojes. Se encontraba en un lugar abarrotado de cosas estrictamente organizadas. Aparte del elefante, las paredes del minúsculo recibidor exhibían una colección de pequeñas fotografías antiguas en blanco y negro, pero ni una sola estaba torcida como sucede con las fotos enmarcadas cuando las rozan los habitantes de una casa. Debajo, a un lado del recibidor y extendiéndose hacia el pequeño salón en el que desembocaba, había estanterías que revestían las paredes y que rebosaban libros. Pero todos los volúmenes estaban perfectamente colocados, con los lomos en perfecto estado hacia afuera y del derecho. Encima de estas estanterías colgaban más de una docena de relojes, el origen del tictac. A Joel le pareció relajante.

– Ven conmigo. Entra. -Ivan Weatherall habló desde una mesa encajonada en una ventana de mirador del salón, que proporcionó a Joel la explicación de cómo había sido visto dudando delante de la puerta de la casa. Se acercó a Ivan y vio que dentro del reducido espacio de la sala, el hombre había logrado crear un estudio, un taller y una sala de música. En estos momentos, estaba utilizando el espacio de taller: intentaba vaciar una gran caja de cartón en la que había algo empaquetado en un bloque de espuma de poliestireno-. Has aparecido justo en el momento adecuado -le dijo Ivan-. Échame una mano, por favor. Las estoy pasando canutas para sacar esto. Imagino que lo empaquetaron unos sádicos que ahora mismo estarán desternillándose pensando en mis esfuerzos impotentes. Bueno, pues yo me reiré el último. Ven aquí, Joel. Incluso en mi propio reino, verás que no muerdo.

Joel se acercó. Mientras lo hacía, el aroma a menta se intensificó y vio que Ivan estaba mascándola. No era un chicle, sino menta de verdad. Había un cuenco poco profundo de hojas a un lado de la mesa e Ivan metió la mano para coger un tallo, que sujetó entre los labios como un cigarrillo mientras Joel se unía a él.

– Parece que tendremos que agitarla. Si eres tan amable de sujetar la caja hacia abajo, creo que podré sacar todo lo demás.

Joel hizo lo que le pidió. Dejó la pancarta de «Es chico» en el suelo y fue a ayudar a Ivan.

– ¿Y qué hay dentro? -dijo Joel mientras Ivan sacudía la caja.

– Un reloj.

Joel miró a su alrededor a los aparatos que ya mostraban la hora del día -y a veces incluso también el día- en números grandes, en números pequeños y sin números.

– ¿Por qué necesitas otro?

Ivan siguió su mirada.

– Ah. Sí. Bueno, no lo hago para saber la hora, si te refieres a eso. Es por la aventura. Por la delicadeza, el equilibrio y la paciencia que requiere ver realizado un proyecto, por muy complicado que parezca. Los construyo, en otras palabras. Lo encuentro relajante. Algo en lo que pensar para no pensar -sonrió- en lo que de lo contrario pensaría. Y, además, el proceso me parece un microcosmos de la condición humana.

Joel frunció el ceño. Nunca había oído a nadie hablar como Ivan, ni siquiera a Kendra.

– Pero ¿de qué estás hablando?

Ivan no respondió hasta que soltaron el bloque de espuma. Levantó la parte superior respecto a la inferior tres cuartas partes y la dejó con cuidado a un lado.

– Hablo de delicadeza, equilibrio y paciencia. Como te he dicho. La comunión que tenemos con los demás, el deber que tenemos que cumplir con nosotros mismos y el compromiso necesario para conseguir los objetivos que nos proponemos. -Miró dentro del recipiente de espuma, que Joel vio que contenía paquetes de plástico con grandes letras solitarias, junto con cajitas de cartón con etiquetas pegadas. Ivan empezó a sacarlas y las dejó amorosamente sobre la mesa, junto con un folleto que parecía contener las instrucciones. Lo último en salir fue un paquete del que Ivan extrajo un par de guantes blancos finos. Se los colocó delicadamente sobre la rodilla y se giró en la silla para examinar una caja de madera que descansaba a un lado de la mesa. De dentro sacó un segundo par de guantes, y se los pasó a Joel-. Vas a necesitarlos -le dijo-. No podemos tocar el latón o dejaremos nuestras huellas y será el fin.

Joel obedeció y se puso los guantes, mientras Ivan desplegaba el folleto sobre la mesa y sacaba unas gafas metálicas viejas del bolsillo de su camisa a cuadros. Se enganchó las varillas en las orejas y luego pasó el dedo por la primera página del folleto hasta que encontró lo que quería. Se puso los guantes blancos y dijo:

– Primero el inventario. Es crucial, ¿sabes? Hay quien comete la estupidez de empezar sin asegurarse de que tiene todo lo que necesita. Nosotros, sin embargo, no seremos tan imprudentes como para dar por sentado que tenemos en nuestro poder todas las piezas necesarias para completar este viaje. Vamos a coger la bolsa A. Pero no la rompas. Volveremos a meterlo todo dentro en cuanto nos cercioremos de que no falta nada.

De este modo, los dos se pusieron a trabajar, comparando lo que había recibido Ivan con lo que figuraba en la lista. Fueron tachando todos los tornillos y todas las tuercas minúsculas, todos los engranajes, todas las columnas y todas las piezas de latón. Mientras lo hacían, Ivan charló sobre relojes, explicándole el origen de su historia de amor con estos aparatos. Cuando acabó de explayarse, dijo de repente:

– ¿Qué te trae por Sixth Avenue, Joel?

Joel optó por la respuesta más fácil.

– He visto el anuncio.

Ivan levantó una ceja poblada.

– ¿Que sería…?

– El del curso de guiones. En Paddington Arts. Lo das tú, ¿no?

Ivan parecía satisfecho.

– Eso es. ¿Vas a apuntarte? ¿Has venido a pedirme información? La edad no supone ningún inconveniente, si es lo que te preocupa. Siempre nos implicamos en un esfuerzo conjunto, gracias al cual surgirá la propia película.

– ¿Qué? ¿Hacéis una película de verdad?

– Así es. Te conté que una vez produje películas, ¿verdad? Bueno, pues así es como empiezan todas las películas: con un guión. He comprobado que cuantas más mentes participan en el proceso, mejor es el proceso en sus fases iniciales. Más adelante, cuando empezamos a montar y pulir, surge alguien que lleva la voz cantante. ¿Te interesa?

– Estaba comprando un cartel de cumpleaños -dijo Joel-. En Harrow Road.

– Ah. Comprendo. ¿No te apetece labrarte una carrera en el cine, entonces? Bueno, supongo que no puedo culparte, la mayoría de las películas modernas son pantallas azules, miniaturas, persecuciones de coches y explosiones. Hitchcock estará retorciéndose en su tumba, hazme caso, Joel. Por no hablar de lo que estará haciendo Cecil B. DeMille. Bueno, ¿qué tienes pensado para ti entonces? ¿Cantante de rock and roll? ¿Futbolista? ¿Presidente del Tribunal Supremo? ¿Científico? ¿Banquero?

Joel se puso de pie de repente. Si bien había otros elementos de la conversación que podrían haberle resultado complicados de entender, sí sabía reconocer cuando alguien se reía a su costa, aunque la persona en cuestión no estuviera riéndose literalmente.

– Me largo, tío -dijo, y se quitó los guantes y recogió la pancarta.

– ¡Por el amor de Dios! -Ivan se levantó de un salto-. ¿Qué ocurre? ¿He dicho…? Verás, veo que te he ofendido de algún modo, pero ten por seguro que no era mi intención… Oh. Creo que ya lo sé. Has supuesto que… A ver, Joel, ¿has supuesto que te estaba tomando el pelo? Pero ¿por qué no podrías ser presidente del Tribunal Supremo o primer ministro, si es lo que prefieres? ¿Por qué no podrías ser astronauta o neurocirujano, si es lo que te interesa?

Joel dudó, evaluando las palabras, el tono y la expresión de Ivan. El hombre estaba de pie con la mano extendida, el guante blanco como Mickey Mouse.

– Joel -dijo Ivan-, tal vez deberías contármelo.

Joel notó un escalofrío.

– ¿El qué?

– La mayoría de la gente me considera tan inofensivo como una caja de algodón. A veces es cierto que cotorreo sin pensar exactamente cómo suena lo que digo. Pero, Dios santo, a estas alturas ya lo sabes, ¿verdad? Y si tenemos que ser amigos en lugar de representar los roles que nos han asignado en el colegio Holland Park -y con esto me refiero a mentor y alumno-, entonces me parece que como amigos…

– ¿Quién dice que somos amigos? -Joel volvió a sentir que se reía de él. También tendría que haber sentido recelo, al estar con un hombre adulto que hablaba de una amistad entre ellos. Pero no sentía recelo, sólo confusión. E incluso entonces era una confusión que nacía de la novedad de la situación. Ningún adulto le había pedido nunca que fueran amigos, si era eso lo que realmente estaba haciendo Ivan.

– Nadie, en realidad -dijo Ivan-. Pero ¿por qué no deberíamos ser amigos si es lo que mutuamente decidimos y queremos? ¿Acaso pueden tenerse suficientes amigos? Creo que no. Por lo que a mí respecta, si comparto con alguien un interés, un entusiasmo, un modo particular de ver la vida…, lo que sea…, eso convierte a esa persona en un alma gemela, sea quien sea él. O ella, en realidad. O incluso ello, porque, francamente, hay insectos, pájaros y animales con los que a veces tengo más cosas en común que con las personas.

Al oír aquello, Joel sonrió, impactado por la imagen de Ivan Weatherall en comunión con una bandada de pájaros. Bajó la pancarta. Se oyó decir algo que jamás había imaginado que llegaría siquiera a susurrar a otro ser humano.

– Psiquiatra.

Ivan asintió pensativo.

– Un trabajo noble. El análisis y la reconstitución de la mente que sufre. Química cerebral asistida. Estoy impresionado. ¿Por qué te has decidido por la psiquiatría? -Regresó a su asiento e indicó a Joel que volviera a su lado para continuar con el inventario de las piezas del reloj.

Joel no se movió. Había cosas de las que le costaba horrores hablar, incluso ahora. Pero decidió intentarlo, al menos en parte.

– El cumpleaños de Toby fue la semana pasada. Cuando era el cumpleaños de alguien, solíamos… -Notó un escozor en los ojos, lo mismo que sentiría si el humo del cigarrillo de alguien se colara debajo de sus párpados cerrados. Pero en esta habitación no había ningún cigarrillo languideciendo en un cenicero. Sólo estaba Ivan, que cogió otra hoja de menta, la enrolló entre los dedos y se la metió en la boca. Sin embargo, mantuvo la mirada clavada en Joel, y el niño prosiguió porque, en realidad, sentía como si le arrancaran las palabras, no como si hablara realmente-. Papá cantaba en los cumpleaños. Pero no sabía cantar, no mucho, y siempre nos reíamos de eso. Tenía ese ukelele demencial, de plástico amarillo, era, y fingía que sabía tocarlo. «Acepto sugerencias, chicos y chicas», decía. Si mamá estaba, le pedía a Elvis. Y papá decía: «¿Ese viejo, Caro? Tienes que modernizarte, mujer». Pero lo cantaba de todos modos. Cantaba tan mal que te dolían los oídos, y todo el mundo le gritaba que parara.

Ivan estaba quieto, una mano en el folleto que había estado utilizando para el inventario y la otra en el muslo.

– ¿Y entonces?

– Paraba. Y traía los regalos. Una vez me regaló una pelota de fútbol. A Ness, un muñeco Ken.

– No entonces. -Las palabras de Ivan eran amables-. Me refería a después. Sé que no vives con tus padres. Me lo dijeron en la escuela, por supuesto. Pero no sé por qué. ¿Qué les pasó?

Estaba en tierra de nadie. No contestó. Pero, por primera vez, quería hacerlo. Sin embargo, hablar era violar un tabú familiar: nadie hablaba del asunto; nadie podía enfrentarse a las palabras.

Joel lo intentó.

– La Policía dijo que había ido a la licorería. Mamá les dijo que no porque estaba curado. Ya no bebía, dijo. No consumía nada. Sólo había ido a buscar a Ness a su clase de ballet como hacía siempre. Además, Toby y yo estábamos con él. ¿Cómo podían pensar que iba a consumir si Toby y yo estábamos con él?

Pero eso fue lo único que logró decir. El resto… era un lugar demasiado doloroso. Incluso pensar en ello dolía a un nivel al que ningún paliativo podría llegar nunca.

Ivan estaba mirándolo. Pero Joel no quería que lo miraran. Ahora sólo veía una opción. Cogió la pancarta y se marchó corriendo de la casa.

* * *

Tras la incursión del Cuchilla en Edenham Way, Dix tomó su decisión. Y se la comunicó a Kendra de un modo que no admitía ni negativas ni discusiones. Iba a instalarse con ellos, la informó. No iba a dejar que viviera sola -aunque fuera en compañía de tres niños, y tal vez debido a la compañía de esos tres niños en particular- mientras un delincuente como el Cuchilla estaba resuelto a darles una lección que cualquiera podía imaginar fácilmente. Además, fueran cuales fueran las intenciones del Cuchilla la noche que visitó a Kendra y a los Campbell, esas intenciones se verían reforzadas por el trato que había recibido a manos de Dix. Y que no le cupiera la menor duda, le dijo Dix a Kendra cuando la mujer intentó protestar ante estos planes, el Cuchilla no iba a vengarse a través de Dix. No era así como los de su calaña buscaban ajustar las cuentas, sino que iría tras uno de los miembros de la familia, y Dix pensaba estar ahí para impedírselo.

No mencionó que, al instalarse, estaría un paso más cerca de conseguir lo que quería: una sensación de permanencia con Kendra. Continuó el resto de su explicación expresando su necesidad de salir del Falcon, donde vivir con dos compañeros culturistas hacía tiempo que constituía nadar en un exceso de testosterona. A sus padres solamente les dijo que era algo que tenía que hacer. No les quedó más remedio que aceptar su decisión. Veían que Kendra no era una mujer corriente -y decidieron que eso hablaba en favor de ella-, pero aun así siempre habían albergado sus propios sueños sobre la clase de vida que debería llevar su hijo, y esa vida nunca había contemplado a una mujer de cuarenta años al cargo de tres niños. Aparte de sus murmullos iniciales de precaución, sin embargo, se guardaron sus reservas para ellos.

Joel y Toby estaban contentos de tener a Dix en casa, porque para ellos era una especie de dios. No sólo había surgido de la nada y había salvado el día como si de un héroe de cine de acción se tratara, sino que a sus ojos también era perfecto en todos los sentidos. Les hablaba como si fueran sus iguales, era evidente que adoraba a su tía -lo cual era una ventaja, ya que también estaban encariñándose con ella-, y si tal vez estaba demasiado obsesionado con la perfección del cuerpo, en general, y la suya en particular, resultaba fácil obviarlo por la seguridad que les aportaba su presencia.

El único problema era Ness. Pronto se hizo evidente que, debido a lo borracha que estaba en esa ocasión, no recordaba que Dix había sido el hombre que la había salvado de un destino desagradable en el Falcon. Simplemente no le tenía ninguna simpatía, a pesar de su oportuna llegada cuando el Cuchilla estaba agrediéndola. Los motivos eran varios, aunque no estaba dispuesta a reconocer ninguno.

El más obvio era que se sentía desplazada. Desde que los Campbell habían llegado a North Kensington desde East Acton, Ness había compartido el cuarto de Kendra las noches que decidía dormir en casa; tras la llegada de Dix, vio cómo la echaban de la habitación de su tía y quedaba relegada al sofá. El hecho de que el hombre montara un biombo para darle intimidad no mejoraba sus sentimientos, y tales sentimientos se agravaron al ver que Dix -que era sólo ocho años mayor que ella y un hombre que quitaba el hipo- permanecía ostensiblemente indiferente a su presencia y que estaba loco por su tía. Se sentía como una rejilla de tostadas frías en su presencia, y tradujo lo que sentía en una renovación de la hosquedad hacia la familia y una renovación de la amistad con Six y Natasha.

Aquello dejaba perpleja a Kendra, que había supuesto equivocadamente que Ness cambiaría después de que el Cuchilla la atacara, cuando se percatara de lo equivocado de su comportamiento anterior, y estaría agradecida de que ahora todos dispusieran de la protección de un hombre. Ante la frustración de la grosería continuada de la chica, le señaló que, en cualquier caso, ella era la responsable de que Dix D'Court se hubiera mudado a vivir con ellos. Si no se hubiera liado con el Cuchilla, no estaría en aquella situación: durmiendo en el sofá, en el salón, detrás de una pantalla plegable.

Con tal enfoque infructuoso, aunque comprensible, se corría el riesgo de empeorar la situación. Dix se lo comentó a Kendra en privado, y le dijo que se tomara las cosas con más calma con la chica. Si Ness no quería hablar con él, no pasaba nada. Si salía enfurruñada de la habitación cuando él entraba, tampoco pasaba nada. Si utilizaba su cuchilla de afeitar, vaciaba su loción corporal en el retrete y tiraba sus zumos 100% orgánicos por el fregadero de la cocina, había que dejarla. Por el momento. Ya llegaría el día en que se daría cuenta de que nada de eso iba a cambiar la realidad. Y entonces tendría que elegir un camino distinto. Necesitaban estar dispuestos a proporcionárselo; debían impedir que eligiera un sendero que le ocasionara más problemas.

Para Kendra, se trataba de una forma abiertamente optimista de abordar el problema de Ness. Desde su llegada, la chica no había traído más que dificultades cada vez mayores a la vida de Kendra. Sin embargo, no se le ocurría nada aparte de dar órdenes y proferir amenazas, la mayoría de las cuales -por el deber que sentía hacia su hermano, el padre de Ness- no cumplía porque carecía de valor para llevarlas a cabo.

– Sigues esperando que sea como tú. -Esa era la evaluación exasperantemente razonable que hacía Dix de la situación cuando él y Kendra hablaban del tema-. Si superas eso, podrás aceptarla como es.

– ¿Sabes lo que es? Una puta -le dijo Kendra-. No va a clase, es una vaga y una zorra.

– No lo dices en serio -contestó Dix, poniéndole un dedo en los labios y sonriendo. Era tarde. Tenían sueño. Habían hecho el amor y estaban preparándose para dormir-. Es tu frustración la que habla. Igual que habla la suya. Estás dejando que te saque de quicio, en lugar de analizar por qué hace lo que hace.

Principalmente, se evitaban, cautelosas como gatos. Kendra entraba en una habitación; Ness salía airada. Kendra asignaba una tarea a la chica; Ness sólo la hacía cuando la petición se transformaba en exigencia, y la exigencia se convertía en amenaza e, incluso entonces, la hacía tan mal como podía. Hablaba con monosílabos, estaba enfadada y se mostraba sarcástica cuando lo que Kendra esperaba de ella era gratitud. No gratitud por tener un techo -algo que incluso Kendra sabía que era pedir demasiado, teniendo en cuenta por qué Ness y sus hermanos habían acabado viviendo en Edenham Way-, sino gratitud, al menos por que Dix la hubiera salvado del Cuchilla. En realidad, era la segunda vez que el hombre la salvaba de un problema, una verdad que Kendra le señaló.

– ¿Ese tío era él? -respondió Ness a la noticia-. ¿El del Falcon? Imposible. -Pero después de saber aquello, Ness lo miró distinto y de una manera que habría preocupado a una mujer menos segura de sí misma que Kendra.

– Era él -respondió su tía-. ¿Tan borracha estabas que no te acuerdas, hija?

– Demasiado borracha para mirarle a la cara -dijo-. Pero lo que sí recuerdo… -Sonrió y puso los ojos en blanco expresivamente-. Kendra, Kendra, Kendra. Qué suerte tienes, tía.

Su comentario fue una piedrecita lanzada a un estanque grande, pero las ondas siguieron su camino hacia fuera. Kendra intentó evitar prestarles atención. Se dijo que, en su estado actual, a Ness le gustaba confundir mentes y no le importaba cómo.

Aun así, no pudo evitar que se produjera una reacción en lo más profundo de su ser, una reacción que a la larga provocó que le dijera a Dix, para abordar el tema indirectamente:

– Tío, ¿qué haces amando un cuerpo de mediana edad como el mío? ¿No te gusta la carne joven? ¿Es eso? A tu edad, pensaría que querrías a alguien joven.

– Tú eres joven -dijo él de inmediato, una respuesta gratificante. Pero siguió con una pregunta intuitiva-: ¿A qué viene todo esto en realidad, Ken?

Aquello exasperó a Kendra: que Dix descubriera sus manipulaciones.

– A nada -respondió.

– No te creo -dijo él.

– Muy bien. ¿Pretendes que crea que no miras a las chicas? ¿A mujeres jóvenes? En el pub, en el gimnasio, tomando el sol en el parque…

– Claro que las miro. No soy un robot.

– ¿Y cuando Ness va por aquí medio desnuda? ¿Te fijas?

– Repito, Ken, ¿a qué viene todo esto?

Al verse presionada, sin embargo, Kendra no logró decir más. Decir más habría indicado falta de confianza, de seguridad y de estima. No estima hacia sí misma, sino hacia él. Para no pensar en lo que Ness claramente quería que pensara, Kendra intensificó sus esfuerzos por aumentar su lista de clientes de masajes, diciéndose que todo lo que no estuviera relacionado con el futuro que intentaba construir era secundario.

Sin embargo, no había pensado que ese futuro incluiría a los Campbell, y mientras Ness continuaba demostrando lo desagradable que podía ser la vida con una adolescente, Kendra, comprensiblemente, dirigió sus pensamientos a cómo poner fin a la vida con una adolescente. Consideró la posibilidad de que su madre volviera a entrar en su mundo y se los llevara con ella. Incluso visitó a Carole Campbell en privado para evaluar si podían despertarse sus escasos instintos maternales. Pero Carole, que tenía un «día ausente», como llamaban al periodo de estado de fuga en el que se sumía, guardó silencio respecto a la situación de Ness y de Joel. El asunto de Toby, Kendra lo sabía, era mejor no mencionarlo.

Por otro lado, que a Dix no le molestara la presencia de los Campbell -y en particular la de Ness- incrementó el sentimiento de culpa de Kendra respecto a sus propios sentimientos. Se dijo: «Dios mío, soy su tía, por el amor de Dios», e intentó deshacerse de la sensación general de inquietud que la tenía esperando lo peor constantemente.

En cuanto a Ness, sabía que su tía no se fiaba de ella y, como llevaba tanto tiempo sintiéndose impotente, disfrutaba de la sensación fugaz de supremacía que experimentaba estando, simplemente, en la misma habitación que su tía y que Dix D'Court. Porque Kendra había empezado a examinarla como si fuera un espécimen microscópico en un portaobjetos y, al interpretar las sospechas de su tía como celos, Ness no pudo evitar intentar darle algo por lo que estar celosa.

Para ello necesitaba la colaboración de Dix. Como para Ness era un hombre igual a todos los hombres -gobernado por deseos básicos- se propuso seducirle. Su forma de abordarle no fue nada sutil.

Él estaba en el fregadero de la cocina cuando se le acercó. Se había hecho uno de sus zumos de proteínas y estaba bebiéndoselo deprisa. Estaba de espaldas a ella. No había nadie más en la casa.

– A Ken le ha tocado la lotería -murmuró Ness-. Eres un hombre espléndido, tío.

Dix se volvió hacia ella, sorprendido porque creía que la chica había salido. El tenía cosas que hacer -sus ejercicios diarios principalmente- y tener un tête-à-tête con la sobrina de su novia no era una de ellas. Además, se había fijado en cómo Ness había empezado a mirarle, evaluando y decidiendo, y sabía muy bien adónde conduciría un coloquio privado con ella. Apuró lo que quedaba de batido y se giró para enjuagar el vaso.

Ness se colocó a su lado en el fregadero. Le puso la mano en el hombro y la bajó por el brazo. Estaba desnudo, como su pecho. Ness le giró la muñeca y repasó una vena. Su caricia era ligera, sus manos eran suaves y era imposible malinterpretar sus intenciones.

Dix era humano, y si pensó fugazmente en devolverle la caricia y si sus ojos se posaron aún más fugazmente en los pezones oscuros que, sin sujetador, se marcaban a través de la fina camiseta blanca que llevaba, se debía a un instinto irrefrenable. Lo que se activó por un momento en su interior era pura biología, pero la controló.

Apartó la mano de Ness de su cuerpo.

– Una buena forma de meterte en líos, ¿no te parece? -le dijo.

Ella le cogió la mano, la presionó contra su cintura y la mantuvo allí. Clavó sus ojos en los de él y le levantó la mano hasta que tocó la turgencia de su pecho.

– ¿Por qué le ha tocado a ella la lotería? -repitió-. Sobre todo cuando yo te vi antes. Vamos, tío. Sé que lo deseas. Sé qué deseas. Y sé que deseas que te lo dé yo.

Otra vez la biología: Dix sintió que se ponía caliente en contra de su voluntad. Pero aquello le instó a apartarse de ella bruscamente.

– Estás malinterpretando las cosas, Ness -le dijo-. O eso, o te lo estás inventando.

– Ah, vale. La otra noche en el Falcon estabas siendo noble, ¿verdad, Dix? ¿Me estás diciendo eso? ¿Me estás diciendo que no recuerdas lo que pasó justo antes de llevarme a casa? Fuimos a tu coche. Me metiste dentro. Te aseguraste de que tuviera el cinturón abrochado: «Dame, deja que te ayude, señorita. Deja que te lo ponga, que me asegure de que estás bien cómoda».

Dix levantó la mano para frenar sus palabras.

– No sigas por ahí -le dijo.

– ¿Por dónde? ¿Por cuando me rozaste con los dedos como quieres hacer ahora? ¿Por cuando me subiste la mano por la pierna, tanto como pudiste, hasta que encontraste lo que querías? ¿Por dónde no quieres que siga?

Dix entrecerró los ojos. Se le ensancharon las ventanas de la nariz al respirar y absorbió su olor. Kendra era atractiva, pero esta chica era sexo. Era inexperta, estaba ahí y le asustaba muchísimo.

– ¿Eres una mentirosa, además de una puta, Ness? Mantente alejada de mí. Hablo en serio, ¿entiendes?

La empujó para pasar y se marchó de la cocina. Lo que dejó detrás de él fue el sonido de la carcajada de Ness. Una sola nota, alta y desprovista de corazón y regocijo. La sintió como un escalpelo que le arrancara la piel.

* * *

Ness no tenía edad para comprender lo que sentía. Lo único que comprendía de lo que sucedía en su interior era que estaba furiosa. Para ella, tal furia era algo que demandaba acción, porque actuar siempre es más fácil que pensar.

Su oportunidad de actuar para expresarse llegó pronto. Había imaginado que la acción sería sexual: ella y Dix retozando ardientemente de una manera y en un lugar que garantizaran que Kendra los descubriera. Pero no fue así como se desarrollaron las cosas. Fueron Six y Natasha quienes le proporcionaron la oportunidad de expresarse, que llegó porque dos circunstancias a las que ninguna de las chicas era ajena ocurrieron simultáneamente. Cierta noche en que las chicas no tenían nada que hacer, la falta de dinero colisionó con el deseo de sustancias.

Aquella situación no tendría que haber supuesto ningún problema. Tras una masturbación, una mamada, una penetración completa o lo que fuera que hubieran negociado, los camellos en bici de la zona siempre habían estado encantados de pagarles con cocaína, cannabis, éxtasis, cristal… Lo bueno para ellos era que las chicas no eran exigentes con el material. Pero, últimamente, la situación había cambiado. La fuente de la droga había comenzado a vigilar más detenidamente a los chicos porque un cliente desconfiado se había quejado de que alguien se quedaba con pequeñas porciones de mercancía. Por lo tanto, se había cerrado el grifo, y no parecía que ningún número de favores sexuales fuera capaz de abrirlo.

Era indudable que las chicas necesitaban dinero. Pero no tenían nada para vender, y la idea de buscar un trabajo -en el caso de que alguna de ellas fuera contratable, que no lo eran- ni se les pasó por la cabeza. De todos modos, pertenecían a la generación de la gratificación instantánea, así que repasaron sus opciones para decidir cuál era la mejor manera de conseguir el dinero. Parecía haber dos posibilidades: o bien podían vender favores sexuales a otras personas que no fueran los camellos, o bien podían robar el dinero. Eligieron la segunda opción, ya que parecía más rápida, y sólo les quedaba decidir a quién mangar lo que necesitaban. De nuevo, tenían varias opciones: podían birlar el dinero del bolso de la madre de Six; podían robárselo a alguien que utilizara un cajero automático; podían mangárselo a alguien indefenso en la calle.

Como la madre de Six andaba poco por casa, tampoco estaba su bolso, y la chica desconocía si guardaba dinero escondido en el piso, así que eliminaron esa posibilidad. El cajero automático parecía buena idea hasta que Tash, precisamente ella, señaló que la mayoría de los cajeros tenían cámaras de seguridad instaladas cerca, y lo último que querían era que sus caras quedaran fotografiadas atracando a alguien que utilizaba un cajero. Eso les dejaba con un enfrentamiento en la calle. Se pusieron de acuerdo y lo único que quedó por hacer fue seleccionar la zona en la que llevar a cabo la operación y seleccionar a la víctima adecuada.

Las tres urbanizaciones de viviendas subvencionadas donde vivían las chicas se descartaron de inmediato, igual que Great Western Road, Kilburn Lane, Golborne Road y Harrow Road. Estas zonas, decidieron, estaban demasiado concurridas, y era probable que cualquier persona a la que atracaran empezara a proferir gritos que harían que las descubriesen, tal vez las detuvieran. Se decidieron por un complejo que estaba justo delante de la comisaría de Policía de Harrow Road. Si bien a otros les habría parecido un lugar absurdo para atracar a un londinense, a las chicas les gustó por dos motivos: primero porque la verja de entrada se cerraba con llave, lo que alimentaría una falsa sensación de seguridad en su víctima potencial, y segundo porque estaba tan cerca de la comisaría de Policía que nadie esperaría que lo atracaran en ese lugar. Pensaban que elegir ese sitio constituía una elección brillante.

Entrar en la urbanización no les ocasionó ningún problema. Simplemente se quedaron esperando junto a tres cubos de basura cerca de la verja hasta que se acercó una anciana confiada que arrastraba un carrito de la compra. Tash se adelantó corriendo para sujetarle la puerta en cuanto la mujer la abrió:

– Deje que la ayude, señora.

La mujer se quedó tan sorprendida por que le hablaran y la trataran con tanta educación que no albergó ninguna sospecha cuando Tash la siguió adentro e indicó a Six y Ness que hicieran lo mismo.

Six negó con la cabeza para señalar que dejara marchar a la mujer. Como sería jubilada, era improbable que llevara suficiente dinero encima para lo que querían y, de todos modos, Six ponía el límite en atracar a ancianas indefensas. Le recordaban a su abuela, y no atracarlas era una especie de pacto con el destino, que garantizaba que nadie molestaría a su abuela.

Así que las chicas comenzaron a recorrer los senderos arriba y abajo, observando y esperando. Ninguna de las dos operaciones se demoró. No llevaban ni diez minutos dentro del recinto cuando vieron su objetivo. Una mujer salió de una de las casas adosadas, empezó a caminar hacia Harrow Road y cometió la estupidez -y un desafío directo a todo lo que recomendaba la Policía- de sacar un móvil del bolso.

Parecía una bendición caída del cielo mientras pulsaba unos números, ajena a lo que sucedía a su alrededor. Aunque no llevara dinero, tenía móvil, y hasta la fecha nada había cambiado la vida de Six y Natasha, así que poseer un móvil aún representaba el mayor de sus sueños.

Ellas eran tres, y la mujer una: las probabilidades parecían excelentes. Lo único que haría falta serían dos chicas delante y una detrás. Una confrontación sin violencia, pero con la amenaza del daño físico omnipresente. Tenían pinta de duras porque eran duras. Aún más, ella era blanca; ellas, negras. Ella era de mediana edad; ellas, jóvenes. Era, en resumen, un encuentro ideal, y las chicas no dudaron en seguir adelante.

Six iba en primer lugar. Ella y Tash se enfrentarían con la mujer. Ness sería el refuerzo sorpresa que aparecería por detrás.

– ¿Patty? Soy Sue -le dijo la mujer al móvil-. ¿Puedes abrir tú la puerta? Llego tarde y no creo que los estudiantes esperen más de diez minutos si… -Vio a Tash y a Six delante de ella. Se detuvo en el sendero. Desde detrás, Ness le colocó una mano en el hombro. La mujer se puso tensa.

– Danos el móvil, zorra -dijo Six, y se acercó deprisa. Tash hizo lo mismo.

– Danos el bolso también -dijo Tash.

Sue estaba blanca hasta los labios, aunque las chicas no tenían forma de saber si era su color natural.

– No os conozco, ¿verdad, chicas? -dijo.

– Bueno, en eso tienes razón -dijo Six-. Danos el móvil y hazlo ya. Si no, te pinchamos.

– Sí, sí, claro. Sólo… -Y Sue dijo al teléfono-: Escucha, Patty, me están atracando. Si no te importa llamar…

Ness la empujó hacia delante. Six la empujó hacia atrás.

– No juegues con nosotras, puta -dijo Tash.

La mujer, que parecía aturullada, dijo:

– Sí, sí. Lo siento mucho. Yo sólo… Aquí. Dejadme… Tengo el dinero dentro… -Y fue a meter la mano en el bolso, que tenía correas y hebillas. Se le cayó y el móvil fue a parar al suelo. Six y Tash se agacharon rápidamente para cogerlo. Y, en un instante, el cariz del atraco cambió.

Del bolsillo, la mujer sacó una lata pequeña, con la que comenzó a rociar a las chicas. No era más que un ambientador potente, pero sirvió. Mientras Sue las rociaba y empezaba a gritar socorro, las chicas cayeron hacia atrás.

– ¡No os tengo miedo! ¡No tengo miedo de nadie! Malditas enanas… -Sue gritó y gritó.

Para demostrar lo que fuera que intentaba decir, agarró a la chica que tenía más cerca y le roció directamente la cara. Era Ness, que se dobló hacia delante mientras se encendían las luces de los porches cercanos y los residentes comenzaban a abrir las puertas y a tocar silbatos. Era una patrulla vecinal en toda regla.

Six y Natasha ya habían tenido suficiente y huyeron en dirección a la verja. El móvil y el bolso quedaron atrás, junto a Ness. Como ya estaba incapacitada por el espray, fue fácil para Sue encargarse de ella, y lo hizo sumariamente. La echó al suelo y se sentó encima de ella. Cogió el móvil y marcó el 091.

– Tres chicas acaban de intentar atracarme -dijo al teléfono cuando contestó la operadora de Emergencias-. Dos van en dirección oeste hacia Harrow Road. La tercera, estoy sentada encima de ella… No, no, no tengo ni idea… Escúcheme, le sugiero que mande a alguien enseguida porque no tengo intención de dejar marchar a ésta, y no responderé por su estado si tengo que rociarle la cara con espray otra vez… Estoy justo enfrente de la comisaría de Harrow Road, estúpida. Por mí como si manda al conserje.

Capítulo 11

De este modo, Ness Campbell acabó conociendo a su asistente social. La manera como sucedió obedeció al imperio de la ley. La Policía -representada por la figura de una agente con zapatos robustos y un peinado horrible- llegó para ayudar a Sue, que seguía sentada encima de Ness, a la que le rociaba la cara de vez en cuando con el ambientador. Esta misma agente tardó poco en levantar a Ness en presencia de los vecinos congregados, quienes habían dejado de tocar los silbatos, gracias a Dios, al fin. La abuchearon -la mujer policía no pudo disuadirles- y Ness se encontró pasando entre ellos a la fuerza. En realidad, sintió alivio cuando estuvo lejos de allí. Sintió menos alivio dentro de la comisaría de Harrow Road, donde la policía la metió en una sala de interrogatorios. La dejó allí con los ojos aún llorosos por el espray. También estaba afectada, pero era algo que Ness jamás admitiría.

La Policía sabía que no podía hablar con Ness sin que estuviera presente un adulto no policía que supervisara la conversación. Como Ness no se mostró nada comunicativa acerca de quién era el adulto responsable en su vida, el único recurso que le quedó a la comisaría de Harrow Road fue llamar al Departamento de Menores. Enviaron a una asistente social: Fabia Bender, la misma asistente social que llevaba semanas intentando contactar con Kendra Osborne para hablar sobre la chica.

En tal situación, el trabajo de Fabia Bender no consistía en interrogar a Ness. La chica no estaba en las dependencias policiales por saltarse las clases, que era la razón por la que el Departamento de Menores se había interesado previamente por ella. En esta situación, el trabajo de la asistente social era actuar de parachoques entre la Policía y el menor detenido, lo que implicaba ocuparse de que no se infringían los derechos del menor interrogado.

Como Ness había sido sorprendida con las manos en la masa en un intento de atraco, las únicas preguntas que tenía la Policía estaban relacionadas con los nombres de sus cómplices. Pero la chica volvió la cara en lugar de delatar a Six y Natasha. Cuando el policía -que se llamaba sargento Starr- le preguntó si comprendía que cargaría ella sola con la culpa si no proporcionaba los nombres de sus colegas, Ness dijo:

– Lo que tú digas. Ni que me importara una mierda. -Y le dijo que quería un pitillo. De Fabia Bender pasó por completo. Era una mujer blanca. El poli, al menos, era negro.

– Nada de cigarrillos -dijo el sargento Starr.

– Lo que tú digas -dijo Ness, y apoyó la cabeza en los brazos, cruzados sobre la mesa.

Estaban en una habitación diseñada para ser incómoda. La mesa y las sillas estaban atornilladas al suelo, las luces eran cegadoras; el calor, tropical. La parte arrestada tenía que pensar que su colaboración en el interrogatorio al menos la llevaría a un entorno más cómodo. Naturalmente, era un cuento de hadas que sólo un idiota creería.

– ¿Comprendes que vas a comparecer ante el juez por esto? -preguntó el sargento Starr.

Ness se encogió de hombros sin levantar la cabeza.

– ¿Comprendes que puede hacer contigo lo que quiera? ¿Mandarte a un reformatorio, alejarte de tu familia?

Ness se rió al oír aquello.

– Oooooh. Qué miedo. Mira. Haz lo que quieras. Yo no voy a hablar.

Lo único que le diría al sargento Starr era dónde vivía y los números de teléfono de Kendra. Que la bruja viniera a buscarla, pensó Ness. Una llamada de la Poli a su tía seguramente interrumpiría el polvo repugnante que echaba todas las noches, lo que para Ness era perfecto.

Sin embargo, cuando Kendra recibió la llamada, no estaba en la cama, sino aplicándose un peeling facial, esperando a que la solución se secara. Lo estaba haciendo en la intimidad relativa del cuarto de baño, para impedir que Dix la viera.

Joel fue quien contestó al teléfono y quien le dijo que llamaba la Policía.

– Tienen a Ness, tía Ken -dijo desde el otro lado de la puerta cerrada del baño. Parecía preocupado.

Kendra notó que su ánimo decaía en picado. Se lavó la cara, el tratamiento incompleto, con el mismo aspecto exacto que cuando había empezado. No estaba distinta cuando entró en la comisaría de Policía de Harrow Road menos de veinte minutos después. Dix había querido acompañarla, pero ella se había negado. «Quédate con los chicos», le dijo. Quién sabía qué podía suceder si alguien ahí fuera -y los dos sabían a quién se refería- se enteraba de que Joel y Toby estaban solos.

Había una pequeña sala de espera en la recepción -ocupada en aquellos momentos por un joven negro repantigado que intentaba curarse un ojo hinchado-, pero Kendra no tuvo que esperar demasiado. Al cabo de unos minutos, una mujer blanca fue a buscarla. Llevaba vaqueros azules con los bajos girados en los tobillos, una boina francesa y una camiseta cegadoramente blanca. Calzaba unas deportivas igual de blancas. «Combativa» fue lo que Kendra pensó al verla. Era bajita, nervuda, tenía el cabello gris y alborotado y destilaba una actitud seria que sugería que lo prudente era no tomarle el pelo.

Cuando Kendra oyó su nombre -Fabia Bender- hizo todo lo que pudo por no estremecerse y empezar a dar excusas de por qué no había devuelto las llamadas de la asistente social, que habían sido numerosas a lo largo de las últimas semanas. Se las arregló para mirar a la mujer blanca con impasibilidad, como si nunca hubiera hablado con ella.

– ¿Qué ha hecho Ness? -preguntó.

– No «¿qué le ha pasado?» -señaló Fabia Bender con astucia-. ¿Ya esperaba esto, señora Osborne?

A Kendra le cayó mal de inmediato. En parte porque la mujer blanca había llegado a una conclusión que era exacta. Y en parte porque la mujer blanca era sencillamente quien era: una de esas personas a quienes les gusta pensar que pueden adivinar con qué clase de individuo están tratando por cómo se comporta cuando clavan sus ojos azul claro en los del otro.

Kendra se sintió más pequeña de lo que era. Odiaba esa sensación.

– La Policía me ha llamado para que viniera a recogerla -dijo de manera cortante-. ¿Dónde está?

– Estaba hablando con el sargento Starr. O, mejor dicho, él estaba hablando con ella. Supongo que estará esperando a que vuelva con ellos porque no le está permitido interrogarla si yo no estoy en la sala. O si no está usted. Por cierto, cuando la han detenido, en un principio, no ha querido dar su nombre, el de usted. ¿Tiene idea de por qué?

– ¿Detenido por qué? -preguntó Kendra, ya que no iba a decirle ni una palabra a Fabia Bender sobre la relación que tenía con su sobrina.

Fabia Bender le relató lo que sabía sobre lo sucedido, información que le había proporcionado el sargento Starr. Concluyó diciendo que Ness no quería delatar a sus amigas. Kendra lo hizo por ella. Pero lo único que sabía era el nombre de cada una de las chicas: Six y Natasha. Una de ellas vivía en Mozart Estate. No sabía dónde vivía la otra.

Kendra ardió de vergüenza mientras transmitía esta información a la asistente social. Sin embargo, no sentía vergüenza por dar los detalles. La sentía por disponer de tan pocos datos. Preguntó si podía ver a Ness, hablar con ella, llevársela a casa.

– Enseguida -dijo Fabia Bender, que condujo a Kendra a una sala de interrogatorios vacía.

El suyo era un trabajo ingrato, pero Fabia Bender no lo veía de esa forma. Era un trabajo que llevaba desempeñando en North Kensington desde hacía casi treinta años, y si había perdido a más niños de los que había salvado, no era por falta ni de compromiso con ellos ni de fe en la bondad inherente del ser humano. Se levantaba todos los días sabiendo que estaba exactamente donde tenía que estar, haciendo exactamente lo que tenía que hacer. Cada mañana estaba llena de posibilidades. Cada noche era una oportunidad para reflexionar sobre cómo había abordado los retos del día. No conocía ni el desánimo ni la desesperación. Los cambios, había llegado a comprender tiempo atrás, no sucedían de un día para otro.

– No voy a fingir que me alegra que no me devolviera las llamadas, señora Osborne -le dijo a Kendra-. Si lo hubiera hecho, tal vez no estaríamos hoy aquí. Tengo que decirle con toda sinceridad que contemplo esta situación como un resultado parcial del hecho de que Vanessa no vaya al colegio.

Aquél no era el tipo de afirmación preliminar que prometía un consenso inminente. Kendra reaccionó como cabría esperar en una mujer orgullosa: se irritó. La piel se le calentó, le ardía, y la sensación de que se le derretía en los huesos no la animó a tenderle la mano a la otra mujer como muestra de benevolencia. No dijo nada.

Fabia Bender cambió de rumbo.

– Lo siento. No ha sido adecuado por mi parte decir eso. Es mi frustración la que ha hablado. Déjeme empezar de nuevo. Mi objetivo siempre ha sido ayudar a Vanessa, y creo que la educación es, como mínimo, uno de los pasos necesarios para llevar a un niño por el buen camino.

– ¿Cree que no he intentado conseguir que vaya al colegio? -le preguntó Kendra; si sonaba ofendida, que lo estaba, era porque sentía que había fracasado como madre sustituta de Ness-. Lo intenté. Pero nada funcionó. Le he repetido una y otra vez lo importante que es. En una ocasión la llevé yo misma al colegio y hablé con el señor cómo se llame, el jefe de estudios. E hice lo que me dijo. La acompañé hasta la puerta. Esperé a que entrara. Intenté castigarla sin salir cuando se saltó las clases. Le dije que si no espabilaba, acabaría justo donde ha acabado. Pero nada funcionó. Ella sabe muy bien lo que quiere, maldita sea, y está resuelta a…

Fabia levantó las dos manos. Era una historia que había escuchado durante tantos años a tantos padres -madres, por lo general, y, por lo general, abandonadas por un hombre indigno- que podría haberla recitado de principio a fin. Sus protagonistas eran mujeres consumidas por la desesperación y niños cuyos gritos para que alguien los comprendiera se habían malinterpretado durante demasiado tiempo como actos de rebeldía y depresión. La verdadera respuesta a la plaga que afectaba a la sociedad residía en una comunicación abierta. Pero los padres, que estaban ahí para ayudar a sus jóvenes a interpretar el gran viaje de la vida, a menudo no habían tenido a nadie que los ayudara a ellos a interpretar el gran viaje de la vida cuando eran jóvenes. Por lo tanto, el asunto se convertía en una historia de ciegos que intentaban guiar a otros ciegos por un camino que ninguno entendía, y fracasaban.

– De nuevo le pido que me perdone, señora Osborne -dijo-. No estoy aquí para culpar a nadie. Estoy para ayudar. ¿Podríamos volver a empezar? Por favor, siéntese.

– Quiero llevármela a…

– A casa. Sí. Ya lo sé. Ninguna chica de su edad debería estar en una comisaría de Policía. Estoy de acuerdo. Y podrá llevársela a casa enseguida. Pero primero me gustaría mucho hablar con usted.

La sala de interrogatorios era exactamente igual que la sala en la que Ness esperaba con el sargento Starr. Kendra la vio como un lugar del que quería escapar, pero como también quería escapar con Ness, colaboró con la mujer blanca. Se sentó en una de las sillas de plástico y se metió las manos en los bolsillos de la rebeca.

– Estamos en el mismo barco -le dijo Fabia Bender cuando las dos ocuparon su lugar en la mesa, frente a frente-. Las dos queremos escarmentar a Vanessa. Cuando una chica toma la dirección equivocada, como ha hecho ella, por lo general existe un motivo. Si podemos desarrollar una comprensión completa de cuál es ese motivo, tendremos la oportunidad de ayudarla para que aprenda a hacerle frente. Hacer frente a la vida es la aptitud esencial que necesitamos proporcionarle. También es, por desgracia, algo que las escuelas no logran enseñar. Así que si los padres no poseen esa aptitud para transmitirla a sus hijos -y tenga por seguro que no me estoy refiriendo a usted-, lo más probable es que los hijos tampoco la aprendan. -Tomó aire y sonrió. Tenía los dientes manchados de café y nicotina, además de la mala piel de alguien que lleva toda la vida fumando.

A Kendra no le gustó la sensación de ser adoctrinada. Era capaz de ver que la mujer blanca tenía buenas intenciones, pero la naturaleza de lo que decía Fabia Bender provocó que se sintiera inferior. Sentirse inferior a una mujer blanca -y eso a pesar de ser medio blanca ella misma- garantizaba el enfado de Kendra. Fabia Bender no sabía nada de la infancia caótica y trágica de Vanessa Campbell, y Kendra, ofendida, no iba a contársela.

Sin embargo, quería hacerlo. No porque creyera que la información serviría de ayuda, sino porque podía imaginar que le aclararía las cosas a la asistente social. Quería mirarla fijamente y grabarle la historia en el cerebro: tener diez años y estar esperando a que su padre fuera a buscarla como hacía siempre los sábados tras la clase de ballet, esperar en la calle sola y saber que no tenía que cruzar nunca la A40 para regresar sola a Old Oak Common Lane, asustarse cuando no apareció y, al final, oír las sirenas y cruzar por fin porque qué podía hacer sino intentar volver a casa. Luego, encontrarle ahí tirado, una multitud congregada en torno a él y un charco de sangre alrededor de su cabeza, y Joel arrodillado a un lado de ese charco gritando: «¡Papá! ¡Papá!», y Toby sentado con las piernas abiertas y la espalda contra la fachada de la licorería y llorando porque con tres años no comprendía que hubieran asesinado a su padre de un tiro en plena calle por una reyerta de drogas, una reyerta de drogas en la que no tenía nada que ver. ¿Quién era Ness para ellos, para la Policía, la muchedumbre, el conductor de la ambulancia y su compañero, para el juez que al final apareció para dictaminar lo obvio sobre el cadáver? Tan sólo era una niña con leotardos que gritaba y que no podía hacerse oír por ninguno de ellos.

«¿Quiere saber la causa, señorita blanca? -quería preguntarle Kendra-. Yo puedo contarle la causa.»

Pero aquélla sólo era una parte de la historia. Ni siquiera Kendra conocía el resto.

– Tenemos que empezar por ganarnos su confianza, señora Osborne -dijo Fabia Bender-. Una de las dos tiene que crear un vínculo con la chica. No va a ser fácil, pero hay que hacerlo.

Kendra asintió con la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer?

– Comprendo -dijo-. ¿Puedo llevármela ya a casa?

– Sí. Por supuesto. Dentro de un momento.

Entonces la asistente social se sentó con más firmeza en la silla, su lenguaje corporal dejaba claro que la entrevista no había terminado ni mucho menos. Dijo que había conseguido recabar un poco de información sobre Vanessa durante las semanas que habían pasado desde su primera llamada. Los funcionarios del colegio East Acton's Wood, por no mencionar la Policía local de la zona, habían rellenado algunas lagunas. Por lo tanto, Fabia Bender disponía de algunos datos, pero intuía que había algo más que un padre muerto, una madre internada, dos hermanos y una tía sin hijos propios. Si Kendra Osborne estaba dispuesta a rellenar alguna laguna más para la asistente social…

Así que Kendra se dio cuenta de que Fabia Bender sí conocía algunos de los secretos de la familia, pero estos datos no hicieron más que empeorar su propio malestar. Kendra desarrolló un desprecio más profundo por la mujer, en especial por su acento. El tono bien modulado de Fabia anunciaba a gritos que era de clase media-alta. La elección del vocabulario decía que era licenciada universitaria. Su naturalidad declaraba que había tenido una vida de privilegios. Para Kendra, todo esto demostraba que se trataba de alguien que nunca podría comprender a qué se enfrentaba ni empezar a gestionar una manera de solucionarlo.

– Parece que ya ha rellenado usted esas lagunas -le dijo Kendra de manera cortante.

– Algunas, como le he dicho. Pero lo que necesito comprender con más claridad es la fuente de su ira.

«Hable con su abuela -quiso decirle Kendra a la mujer-. Intente ser el blanco de las mentiras y el abandono de Glory Campbell.» Pero Glory Campbell y la forma indiferente de deshacerse de sus tres nietos era ropa sucia en el armario de Kendra, que no tenía ninguna intención de lavar sus bragas sucias delante de esta mujer blanca. Así que le hizo a Fabia Bender una pregunta lógica: ¿qué más hacía falta para comprender la ira de Ness que un padre muerto y una madre internada? ¿Qué tenía que ver comprender su ira con impedir que se destrozara la vida? Porque, tal como le dijo Kendra a la asistente social, cada vez tenía más claro que lo que Ness Campbell tenía en la mente era destrozarse la vida por completo. Ya pensaba que su vida estaba destruida, así que había decidido ir a por todas. Acelerar las cosas, por así decirlo. Cuando no te importaba el futuro, no te importaba nada en absoluto.

– Habla como si hubiera pasado por lo mismo -le dijo Fabia Bender amablemente-. ¿Hay un señor Osborne?

– Ya no -contestó Kendra.

– ¿Divorciada?

– Exacto. ¿Qué tiene eso que ver con el problema de Ness?

– Entonces, ¿no hay ningún hombre en la vida de Ness? ¿No hay una figura paterna?

– No. -Kendra no mencionó a Dix, ni al Cuchilla ni el olor de los hombres que, durante meses, se había pegado a su sobrina como el rastro dejado por una legión de babosas-. Mire. Me figuro que sus intenciones son buenas. Pero me gustaría llevármela a casa.

– Sí -dijo Fabia-. Ya lo veo. Bueno, entonces sólo nos queda hablar de un tema: su comparecencia ante el juez.

– Nunca antes se ha metido en líos -señaló Kendra.

– Excepto por el problemilla de no ir al colegio -dijo Fabia-. Eso no va a jugar a su favor. Haré todo lo que pueda para conseguirle la libertad condicional y evitar una pena de internamiento…

– ¿Una pena? ¿Por un atraco que ni siquiera tuvo lugar? ¿Cuando tenemos camellos, ladrones de coches, de casas y todo lo demás campando a sus anchas por las calles? ¿Y la encierra a ella?

– Entregaré un informe al juez, señora Osborne. Lo leerá antes de la vista. Tendremos que ser optimistas. -Se levantó. Kendra hizo lo mismo. En la puerta de la sala, Fabia Bender se detuvo-. Alguien tiene que crear un vínculo con esta chica -dijo-. Alguien aparte de los amigos que está eligiendo ahora. No va a ser fácil. Tiene muy buenas defensas. Pero hay que hacerlo.

* * *

La vida en el número 84 de Edenham Way se tornó aún más tensa tras la detención de Ness, y ésta fue una de las razones por las que Joel decidió no esperar a que llegara el próximo cumpleaños de Toby para hacer algo con la pancarta «¡Es niño!». No sólo quería reparar lo sucedido en el cumpleaños de Toby, sino que también creía que era importante que su hermano pequeño se distrajera de lo que ocurría en la vida de Ness, no fuera a ser que se alejara de la familia y se refugiara en su propia cabeza por un periodo de tiempo prolongado. Así que colocó la pancarta en la ventana de su cuarto y esperó a ver la reacción de Toby. Esta vez no le hizo falta utilizar sellos, sino que le pidió al señor Eastbourne varios trozos de cinta adhesiva. Se los llevó a casa pegados con cuidado a la tapa de plástico de una libreta y, por lo tanto, pudo desengancharlos fácilmente.

Joel no tendría que haberse preocupado. A Toby le gustó bastante la pancarta -aunque no tanto como la lámpara de lava-, pero resultó que mantenía un nivel admirable de inconsciencia respecto a los problemas de Ness con la ley, no tanto porque estuviera sumergido en Sose, sino porque escuchaba los mensajes diarios que le llegaban desde allí. En cuanto a la noche de su cumpleaños, prácticamente no recordaba nada. Recordaba el curry y, en especial, el naan de almendras, pasas y miel. Recordaba haberse comido la cena en la bandeja de hojalata decorada con un Papá Noel. Incluso recordaba que Ness estaba presente y que le había regalado una varita mágica. Pero no se acordaba de la aparición del Cuchilla en su casa, ni tampoco del alboroto que había provocado cuando entró por la puerta.

Era la ventaja que tenía lo que ocurría dentro de la cabeza de Toby. Recordaba algunas cosas con una claridad que sorprendía a todo el mundo. Otras se desvanecían, como volutas de humo en la niebla. Aquello le proporcionaba una forma de satisfacción que sus hermanos no eran capaces de igualar.

Sus padres, por ejemplo, existían para Toby dentro de una nube agradable. Su padre era un hombre que llevaba a sus hijos al centro social junto a la iglesia de Saint Aidan, donde le esperaban en la guardería. De eso, Toby hablaba cuando le presionaban. Pero la razón por la que esperaban a su padre en la guardería, las reuniones a las que Gavin Campbell se había aferrado y a las que asistía todos los días en otra sala del centro…, de eso Toby no se acordaba. En cuanto a su madre, era la persona que le había pasado los dedos por el pelo con cariño la última vez que había estado en casa. El resto -una ventana abierta de un tercer piso, con un aparcamiento de asfalto abajo, un tren circulando a toda velocidad por las vías justo detrás del edificio- no lo recordaba, ni tampoco habría podido recordarlo, ya que en esa época era muy pequeño. Por lo tanto, la mente de Toby ofrecía sus maldiciones, pero también sus bendiciones.

A Joel le pasaba algo parecido, aunque él sí tenía a Ivan Weatherall y contaba con la promesa tácita que representaba el mentor para escapar -aunque sólo fueran unas horas- del ambiente eléctrico de la casa de Kendra, donde su tía vivía en un estado de expectación inquieta en cuanto a la próxima comparecencia de Ness ante el juez, donde la propia Ness holgazaneaba, al tiempo que fingía no importarle lo que le sucediera. Por su parte, allí Dix intentaba conversar en voz baja con Kendra y jugar el papel de conciliador entre tía y sobrina.

– Tal vez no sean los niños que querías, Ken -le oyó murmurar Joel en la cocina mientras Kendra se servía un café-. Y tal vez no sean los niños que te imaginabas que tendrías. Pero está claro que son los niños que tienes.

– No te metas en esto, Dix -le contestó-. No sabes de qué hablas.

Dix insistió.

– ¿Alguna vez piensas en cómo funciona Dios?

– Tío, deja que te diga algo: ningún dios que yo conozca ha vivido nunca en esta parte de la ciudad.

Si la reacción de Kendra ilustraba lo efímero de la situación en la que vivían, la de Dix al menos era más alentadora. Y si no jugaba exactamente el papel de padre para los niños Campbell, al menos los toleraba y ya era mucho. Por esta razón, una tarde que Dix estaba reparando la vieja barbacoa en el jardín trasero de Kendra, anticipándose al buen tiempo, dejó que Toby mirara y fuera dándole las herramientas, lo que proporcionó a Joel la oportunidad que había estado esperando para volver a visitar a Ivan Weatherall.

Había estado pensando en el curso de guiones. Más aún, había estado pensando en la película que resultaría de los esfuerzos de la clase. Nunca había escrito nada, así que no se veía capaz de sumarse a ellos en la elaboración de un guión, pero había empezado a soñar con que tal vez lo eligieran para hacer algo relacionado con la película. Necesitaban un equipo técnico. Seguramente necesitarían un grupo completo de personas. ¿Por qué no podía ser uno de ellos? Así que mientras Dix y Toby trabajaban en la barbacoa, Ness se dedicaba a hacerse la manicura y Kendra iba a dar un masaje, Joel se dirigió hacia Sixth Avenue.

Escogió una ruta que lo llevó a los alrededores de Portnall Road. Era un agradable día de primavera de sol y brisa y, mientras Joel pasaba por la intersección de Portnall Road y Harrow Road, esta misma brisa llevó hasta él el inconfundible olor del cannabis. Miró a su alrededor para buscar la fuente. La encontró en la parte delantera de un pequeño bloque de pisos, donde había un hombre sentado en la puerta, con las rodillas subidas, la espalda apoyada en la pared y una libreta en el suelo a su lado. Estaba al sol y tenía la cara levantada hacia él. Mientras Joel le observaba, dio una calada profunda, los ojos cerrados, relajado.

Joel ralentizó el paso y luego se detuvo, mirando al hombre desde el otro lado de un seto bajo que definía los límites de la propiedad. Vio que era Calvin Hancock, el artista de grafitis del campo de fútbol hundido; había cambiado de imagen. No llevaba las rastas. Se había afeitado la cabeza, pero de manera irregular. Desde donde estaba Joel era como si una especie de patrón decorara ahora la cabeza del joven.

– ¿Qué te has hecho en el pelo, tío? ¿Ya no eres rastafari?

Cal volvió la cabeza. Fue un movimiento perezoso, más un balanceo que un giro, en realidad. Retiró el porro de sus labios y sonrió. Incluso desde donde estaba, Joel pudo ver que los ojos de Calvin parecían tener un brillo artificial.

– Colega -dijo Cal arrastrando las palabras-. ¿Qué pasa contigo, chaval?

– Voy a ver a un amigo a Sixth Avenue.

Cal asintió con la cabeza, una mirada en su rostro que sugería que esta información tenía un significado profundo para él. Le tendió el porro a Joel de un modo amistoso. El niño dijo que no con la cabeza.

– Chico listo -dijo Cal, aprobando su respuesta-. Mantente alejado de esta mierda todo el tiempo que puedas. -Miró la libreta que tenía al lado, como si de repente recordara qué estaba haciendo antes de colocarse.

Joel se aventuró a entrar en la propiedad para echar un vistazo.

– ¿En qué estás trabajando?

– Oh, en nada. Sólo son bocetos que hago para matar el tiempo.

– Déjame ver. -Joel miró la libreta. Cal había hecho bocetos de lo que parecían caras al azar, todas negras. Eran distintas las unas de las otras, pero tomadas en su conjunto, había algo en ellas que sugería una familia. Y es que, en efecto, se trataba de la familia de Calvin: cinco caras juntas y una sexta sola, apartada del resto y que sin lugar a dudas era Calvin-. Es una chulada, tío -dijo Joel-. ¿Tomas clases o algo?

– Qué va. -Cal cogió la libreta y la tiró al otro lado, fuera de la vista de Joel. Dio una calada profunda al porro y retuvo el humo en los pulmones. Miró al chico entrecerrando los ojos y dijo-: Mejor que no andes por aquí. -Y ladeó la cabeza hacia la puerta del edificio. Alguien había hecho una pintada en ella, como sucedía con casi todo el barrio. En este caso, era un garabato aficionado que rezaba «¡navajazo!» en amarillo sobre el metal gris de la puerta.

– ¿Por qué? -le preguntó Joel-. ¿Y qué haces tú aquí, de todos modos?

– Espero.

– ¿A qué?

– Más bien a quién. El Cuchilla está dentro y eres la última persona a quien querrá ver si sale.

Joel volvió a mirar el edificio. Se dio cuenta de que Cal estaba haciendo de guardaespaldas, por muy colocado que pareciera que fuera.

– ¿Qué está haciendo? -le preguntó Joel al rastafari.

– Follándose a Arissa -dijo Cal sin rodeos-. Es justo ese momento del día. -Fingió mirar un reloj inexistente en su muñeca mientras hablaba y, luego, añadió maliciosamente-: Aunque no oigo los aullidos de placer de ella, así que son sólo especulaciones. Tal vez las partes del Cuchilla ya no funcionan como deberían. Pero, bueno, un hombre siempre tiene que hacer lo que tiene que hacer, te lo digo yo.

Joel sonrió al oír aquello. Calvin también. Entonces se echó a reír, al ver en sus palabras una gracia que sólo el cannabis podía crear. Apoyó la cabeza en las rodillas para controlar la risotada y el gesto dio a Joel una mejor imagen del cráneo de Cal: la cabeza de perfil de una serpiente rudimentaria y espectacular. Por el diseño, era evidente que quien hubiera empuñado las tijeras no era un profesional, y Joel intuía bastante bien quién era esa persona.

– ¿Por qué vas con él, tío? -le preguntó Joel sin pensar.

Cal levantó la cabeza, sin carcajadas ni sonrisas. Dio otra larga calada al porro antes de contestar, aunque el acto de fumar era en sí mismo una forma de respuesta.

– Me necesita -dijo-. ¿Quién sino iba a vigilar esta puerta, asegurarse de que pueda tirarse a Arissa en paz sin que un tipo irrumpa y se lo cargue mientras tiene los pantalones bajados? El hombre tiene enemigos.

Y él también, aunque ninguno de ellos era enemigo sin motivos. Existían entre las mujeres que el Cuchilla había utilizado y abandonado, y entre los hombres que estaban más que ansiosos por quedarse con su territorio. Porque el Cuchilla dirigía una empresa atractiva: tenía hierba, chocolate y farlopa a cambio de dinero, pero también a cambio de mercancías o, mejor aún, para hacer trueques. Había muchísimos jóvenes en las calles dispuestos a correr el riesgo de hacerse una joyería por orden del Cuchilla o una oficina de correos o el supermercado de la esquina o alguna casa oscura cuyos propietarios salieran un viernes por la noche… Y todo por conseguir lo que utilizaran para colocarse. Dado que ésta era su profesión principal, había una infinidad de matones interesados en el negocio del Cuchilla, por muchos riesgos que entrañara. Incluso Joel tenía que admitir que había algo tentador en inspirar miedo en algunos, celos en otros, odio en la mayoría y -si había que decir la verdad- lujuria en chicas de dieciocho años y menos.

Lo que explicaba -al menos en parte- lo que le había sucedido a su propia hermana, que era la última mujer de la Tierra que Joel habría imaginado que se enrollara con alguien como el Cuchilla. Pero era evidente que se había enrollado con él, una información que había deducido la noche del cumpleaños de Toby.

– Supongo que tienes que protegerle, ¿no? -le dijo a Calvin-. Aunque no le fue muy bien cuando vino a vernos a nosotros.

Cal se acabó el porro, apretó la punta y puso el medio centímetro que quedaba en una vieja lata de tabaco que sacó del bolsillo.

– Le dije que debería acompañarle -dijo Cal-, pero el tío no quiso. Quería que Arissa viera al Cuchilla siendo el Cuchilla, ¿comprendes? Recoger lo que era suyo y hacer que tu hermana deseara con todas sus fuerzas no haber nacido.

– Pues no conoce a Ness si creía que conseguiría que deseara eso -observó Joel.

– Cierto -dijo Cal-. Pero la cuestión nunca fue conocerla. El Cuchilla está demasiado ocupado para conocer a una tía. Al menos, demasiado ocupado para tener otra cosa con ella que no sea ñaca-ñaca, tú ya me entiendes.

Joel se rió al oír aquella expresión, y Calvin sonrió como respuesta. La puerta del bloque de pisos se abrió.

Apareció el Cuchilla. Calvin se puso de pie deprisa, una maniobra sorprendente teniendo en cuenta su estado. Joel no se movió, aunque quiso dar un paso rápido para responder a la hostilidad que asomó a las facciones angulosas del Cuchilla. El hombre lanzó una mirada despectiva a Joel, pasó de él como si fuera un insecto y centró su atención en Cal.

– ¿Qué haces? -le preguntó.

– Estaba…

– Calla. ¿A esto le llamas tú vigilar? ¿Protegerme? ¿Y qué es esta mierda? -Con la punta de la bota de cowboy, el Cuchilla tocó la libreta en la que Cal había estado dibujando. Miró el boceto. Volvió a mirar a Cal-. ¿Mami, papi y los niños, Calvin? ¿Eso es lo que dibujas? -Sus labios esbozaron una sonrisa singular por el grado de amenaza que logró transmitir-. ¿Los echas de menos, tío? ¿Te preguntas dónde están? ¿Meditas sobre por qué desaparecieron un día de repente? Tal vez sea porque eres un perdedor, Cal. ¿No se te había ocurrido?

Joel miró al Cuchilla y luego a Cal. Incluso a pesar de su corta edad, podía ver que el Cuchilla se moría por hacer daño a quien fuera y supo intuitivamente que tenía que irse de allí. Pero también sabía que no podía permitirse parecer asustado.

– Estaba atento, colega. -Calvin sonaba paciente-. No ha pasado nadie por esta calle en la última hora, te lo digo yo.

– ¿De verdad? -El Cuchilla miró fugazmente a Joel-. ¿A esto llamas nadie? Bueno, supongo que tienes razón. Un cabrón mestizo con su hermana mestiza. No son nadie, la verdad. -Centró su atención en Joel-. ¿Y tú qué quieres? ¿Tienes asuntos por aquí? ¿Me traes algún mensaje de esa putilla a la que llamas hermana?

Joel pensó en la navaja, la sangre y en los puntos en el cuero cabelludo de Ness. También pensó en la persona que había sido su hermana en su día y en la persona que era ahora. Sintió un dolor incomprensible. Fue esto lo que le hizo decir:

– Mi hermana no es ninguna putilla, tío. -Y oyó que Cal tomaba aire con un silbido, como la advertencia de una serpiente.

– ¿Eso es lo que piensas? -le preguntó el Cuchilla, y parecía decidido a sacar el máximo provecho de una oportunidad inesperada-. ¿Quieres que te diga qué le gusta? Que se la follen por detrás. Eso es lo que quiere. En realidad sólo lo quiere de esa manera, y lo quiere a todas horas, todos los días, de hecho. Tenía que ponerme duro con la muy putilla para conseguir hacerlo de otra forma.

– Tal vez -dijo Joel en tono agradable, aunque no estaba nada seguro de si podría hablar con la tensión que notaba en el pecho-. Pero quizá sabía que era lo mejor para ti. Ya sabes a qué me refiero: que era el único modo en que tú podías hacerlo.

– Eh, colega -dijo Cal, en un tono claro de advertencia, pero Joel había ido demasiado lejos. No había vuelta atrás. Si no seguía, quedaría marcado como un cobarde, y era la última conclusión que quería que alguien como el Cuchilla extrajera sobre él.

– Ness es así de buena. Ve un defecto y, por mucho que no quieras, hará algo para ayudarte. De todos modos, haciéndolo así, por detrás, como dices, se ahorraba tener que ver tu cara asquerosa. Así que tanto mejor para los dos.

El Cuchilla no contestó nada. A Calvin se le cortó la respiración con un rugido. Nadie conocía al Cuchilla como Calvin Hancock, así que era él quien sabía de qué era capaz el otro hombre exactamente, si se veía acorralado.

– Sigue caminando a casa de tu amigo en Sixth Avenue, colega -le dijo a Joel, y sonaba bastante distinto al fumeta colocado que había estado hablando con él antes de que el Cuchilla apareciera en escena-. No creo que quieras quedarte por aquí.

– Oh, qué bonito -dijo el Cuchilla-. ¿Me proteges de éste? ¿Es lo que estás haciendo? Eres un inútil de mierda, ¿comprendes? -Escupió en el suelo y le dijo a Joel-: Lárgate de mi vista. No merece la pena el esfuerzo de zurrarte. Ni a ti ni a la fea de tu hermana.

Joel quiso decir más, a pesar de la imprudencia de ese deseo. Igual que un gallo joven dispuesto a darlo todo, quería enfrentarse al Cuchilla. Pero sabía que no había forma de competir con aquel hombre, y aunque hubiera podido, habría tenido que pasar por encima de Cal Hancock para llegar a él. Por otro lado, Joel sabía que no podía irse después de que el Cuchilla se lo hubiera ordenado. Así que se quedó mirando al Cuchilla durante unos treinta segundos largos y aterradores, pese a notar la sangre fluyendo con furia en sus oídos y un nudo igual de furioso en la garganta. Esperó a que el Cuchilla dijera:

– ¿Qué pasa? ¿Estás sordo o qué? -Y entonces logró reunir suficiente saliva en el desierto que era su boca para escupir también en el suelo. En cuanto lo hizo, giró sobre sus talones y se obligó a caminar -no a correr- hacia la acera y, de allí, empezó a bajar por la calle.

No miró atrás. Tampoco se dio prisa. Se obligó a andar como si no tuviera ninguna preocupación. No le resultó fácil, con las piernas de goma y el pecho tan oprimido que apenas podía tomar el aire suficiente para no perder el conocimiento. Pero lo consiguió y llegó al final de la calle antes de vomitar en un charco de agua estancada de una alcantarilla.

Capítulo 12

El día que Ness Campbell compareció ante el juez no comenzó de manera nada prometedora, ni tampoco se desarrolló ni acabó así. El tráfico impidió que llegara puntual al juzgado, lo que resultó ser sólo el principio de su perdición. Su actitud hacia todo el proceso, que no fue buena y que empeoró por el estado de lo que debería llamarse su antigua amistad con Six y Natasha, tuvo mucho que ver.

Six y Natasha eran conscientes de los problemas a los que podrían enfrentarse si Ness decidía dar sus nombres como cómplices del intento de atraco por el que habían detenido a su amiga. Si bien un modo de asegurarse de que sus nombres no salieran a la luz podía haber sido fomentar un consenso con Ness, ni Six ni Natasha poseían las aptitudes lingüísticas adecuadas para alcanzar un acuerdo. Tampoco poseían ni la capacidad ni la imaginación de ver más allá del momento presente para evaluar las consecuencias de cualquier acción que pudieran tomar. Su modo de dar a conocer sus sentimientos -siendo estos sentimientos la preocupación de tener que comparecer ellas mismas ante el juez, por no mencionar un atisbo de inquietud por tener que enfrentarse a la ira de sus padres- fue evitar a Ness como si fuera portadora del virus del ébola. Cuando aquello no bastó para hacerle llegar a Ness el mensaje de que su amistad se había terminado, fueron a decirle directamente que no les gustaba el modo como se había comportado, «como si te creyeras mejor que nadie, cuando lo único que eres es una estúpida zorra de mierda». Y ese enfoque funcionó bien.

Así que cuando Ness compareció ante el juez, sabía que estaba sola. Kendra la acompañó, pero no era de la opinión de buscar socorro en ella, y sus sentimientos hacia la asistente social -a quien al fin había conocido y a quien no había revelado nada de valor- no convertirían la presencia de Fabia Bender en útil para nada. Por lo tanto, cuando Ness se presentó ante el juez, proyectó una actitud tan lejana al remordimiento y a la humildad que el único recurso que vio el magistrado fue castigarla duramente.

Lo que salvó a Ness fue que se trataba de su primer delito. A otra joven que evidenciara el mismo nivel de indiferencia hacia el proceso, sus defensores y su vida la habrían sentenciado a lo que el juez -con una formalidad anticuada que en otras circunstancias habría resultado entrañable- insistía en denominar un «correccional», pero a Ness le cayeron dos mil horas de servicios comunitarios, que serían religiosamente documentadas, supervisadas y firmadas por la persona a cuyo cargo estuviera el servicio comunitario que le asignaran. Y, terminó el juez, la señorita Campbell asistiría al colegio cuando comenzara el trimestre de otoño. No añadió «o se va a enterar», pero se sobreentendió.

Fabia Bender le dijo a Ness que había tenido suerte. Kendra Osborne hizo lo mismo. Pero la chica sólo vio que iba a tardar toda la vida en cumplir las dos mil horas de servicios comunitarios y su enfado estaba en proporción exacta a lo que creía que eran las injusticias inherentes a la situación.

– No es justo -dijo.

– Si no te gusta, da los nombres de tus amigas y dónde encontrarlas -le respondió Kendra.

Como Ness no iba a hacerlo -a pesar de que Six y Natasha hubieran renegado de ella-, no le quedó más remedio que cumplir la condena. Ésta, le informaron, se llevaría a cabo en el centro infantil de Meanwhile Gardens, un lugar cuya cercanía respecto a su casa tampoco agradeció. Así que se convirtió en la personificación de una joven explotada, y decidió hacer que su supervisor en el centro infantil fuera consciente de ello a la primera oportunidad.

Esa oportunidad llegó bastante pronto. Una llamada de Majidah Ghafoor el mismo día que Ness recibió su sentencia le informó de las horas que se esperaba que trabajara. Comenzaría de inmediato, informó a Ness. Como vivía a menos de cincuenta metros del lugar donde realizaría los servicios comunitarios, podía pasarse ya mismo y escuchar las normas.

– ¿Normas? -le preguntó Ness-. ¿Qué quiere decir con «normas»? Esto no es una cárcel. Es un trabajo.

– Un trabajo que te han asignado -le dijo Majidah-. Ven de inmediato, por favor. Esperaré diez minutos antes de llamar al agente de la condicional.

– ¡Mierda! -dijo Ness.

– Muy mal expresado -le dijo Majidah con el acento agradable de su lugar de nacimiento-. No vamos a tolerar ningún tipo de tacos en el centro, señorita.

Así que Ness fue, todavía en el estado en que la había dejado su comparecencia ante el juez. Entró por la verja de la alambrada y cruzó el área de juegos hasta la caseta que acogía todas las actividades interiores ofrecidas a niños de hasta seis años. Allí, como los chiquillos ya se habían marchado, Majidah estaba fregando los platos después de la merienda a base de leche, pastas de té y mermelada de fresa, que habían ofrecido a última hora de la tarde. Le dio a Ness un paño para que empezara a secar los vasos y los platos («Y ve con cuidado porque pagarás todo lo que rompas»), y se puso a hablar.

Majidah Ghafoor resultó ser una joven mujer pakistaní vestida de manera étnica. Era una viuda que, desafiando las tradiciones de su cultura, se había negado a vivir con alguno de sus hijos casados. Consideraba que sus mujeres eran «demasiado inglesas» para su gusto, a pesar de haber tenido ella la última palabra en la elección; además, si bien sus once nietos le parecían atractivos, también los veía como un grupo indisciplinado, destinados en su mayoría a vidas disolutas, a menos que sus padres los recondujeran.

– No, soy más feliz sola -le dijo a Ness, que no podría estar menos interesada en los asuntos de la vida de Majidah-. Y tú también lo serás. Feliz aquí, quiero decir. Siempre que cumplas las normas.

Las normas consistían en un catálogo de lo prohibido: fumar, hablar por el móvil, hablar por el fijo, ir maquillada, llevar joyas excesivas, escuchar música en el iPod, reproductor de MP3, walkman, (o lo que fuera), jugar a cartas, bailar, llevar tatuajes o piercings visibles en el cuerpo, recibir visitas, comer comida basura («El McDonald's es la ruina del mundo civilizado, en mi opinión»), llevar ropa reveladora («como la que vistes ahora, que no voy a permitir más en este edificio»), colar a personas adultas o a adolescentes en el recinto, salvo que fueran acompañadas de un niño de seis años o menor.

A todo esto, Ness puso los ojos en blanco expresivamente y dijo:

– Lo que tú digas. Bueno, ¿cuándo empiezo?

– Ahora. En cuanto acabes con los platos puedes fregar el suelo. Mientras lo haces, te prepararé el horario. Lo mandaré a tu agente de la condicional y a tu asistente social, para que vean en qué pensamos emplear las dos mil horas que te han asignado por el delito que cometiste.

– Yo no cometí…

– Por favor. -Majidah la interrumpió haciendo un gesto con la mano-. No estoy interesada lo más mínimo en la naturaleza de tus actividades vergonzosas, señorita. No jugarán ningún papel en nuestro acuerdo. Tú estás aquí para cumplir unas horas, y yo estoy aquí para verificar ese cumplimiento. Encontrarás una fregona y un cubo en el armario largo que hay junto al fregadero. Exijo que utilices agua caliente y una taza de Ajax. Cuando acabes con el suelo, puedes limpiar el lavabo.

– ¿Dónde vas a anotar mis horas?

– Eso, señorita, no es de tu incumbencia. Ahora, andando. Nos espera trabajo a las dos. Hay que recoger el centro y sólo estamos tú y yo para hacerlo.

– ¿Aquí no trabaja nadie más? -preguntó Ness, incrédula.

– Lo que, afortunadamente, hace que el día esté lleno de actividades -dijo Majidah.

Ness pensó que su forma de verlo iba a ser muy distinta. Pero encontró la fregona, el cubo y el Ajax, y se puso a limpiar el suelo de linóleo verde del centro infantil.

Había cuatro habitaciones en total: cocina, almacén, baño y cuarto de actividades, y los espacios que estaban más llenos de polvo y suciedad eran los dos a los que tenían acceso los niños. Ness fregó el cuarto de actividades, donde había mesas y sillas pequeñitas repartidas por el suelo, pegajoso por los líquidos derramados. Hizo lo mismo con el baño, y se estremeció al pensar qué implicaban aquí los diversos líquidos derramados. Bajo la supervisión de Majidah, pasó a fregar la cocina. El almacén, le dijo la mujer, sólo necesitaba que lo barriera a fondo y después podía sacar el polvo de las estanterías y los alféizares, así como limpiar las persianas de lamas torcidas.

Ness lo hizo todo a regañadientes, murmurando y lanzando miradas de reojo a Majidah, a las que la mujer pakistaní no hizo ningún caso. Sentada al escritorio, a un lado de la sala, estaba ocupada con dos horarios: el de Ness y el de los niños. Interpretó la llegada de la chica al centro infantil como un regalo de los dioses, y tenía pensado aprovecharlo. Cómo se sintiera Ness al respecto no era problema suyo. La experiencia le había demostrado que el trabajo duro no mataba a nadie, ni tampoco aceptar lo que la vida te depara.

* * *

En cuanto Ness recibió su sentencia, Kendra quedó con Cordie para que la aconsejara. Fue a su casa en Kensal Green, donde Cordie había aceptado participar en la merienda imaginaria que sus dos hijas habían preparado en el jardín. Atípicamente, Manda y Patia se habían decidido por un tema real para el evento, con Manda en el papel de monarca -casquete antiguo, guantes de encaje y un bolso enorme colgado del brazo- y Cordie y Patia interpretando a un público agradecido y totalmente plebeyo invitado a compartir Fanta de naranja servida en tazas de porcelana desportillada (cortesía de la tienda benéfica), cuencos de patatas (del sabor preferido de Patia, que resultaba ser cordero y menta), una bolsa de palomitas de queso vaciada en un escurridor de plástico colocado en el centro de la mesa destartalada y un plato de galletas rellenas de mermelada de naranja con pinta de desmenuzarse fácilmente.

Cuando Kendra llegó, Manda, que al parecer sufría cierto grado de confusión acerca del respeto que exigía el papado, así como del exigido por la monarquía, estaba ordenando imperiosamente a su madre y a su hermana que besaran su anillo. La niña estaba de pie sobre una hamaca en lugar de sentada en un trono y, atrapada en un papel para el que claramente había nacido, en cuanto las invitadas acabaron de besar su anillo, pasó a dar instrucciones sobre cómo tenían que colocar el dedo meñique cada una al coger la taza de té. Patia declaró que todo aquello era una estupidez y exigió ser ella la monarca. Cordie la informó de que había perdido, de forma justa, en el lanzamiento de la moneda, así que seguiría jugando hasta la próxima vez, cuando, cabía esperar, tendría mejor suerte.

– Y nada de mohines -le dijo Cordie.

Cuando Cordie atisbó a Kendra -a quien Gerald, que estaba viendo un partido del Mundial de Fútbol retransmitido desde las Barbados, había abierto la puerta y había conducido al jardín-, le pidió permiso a su majestad para hablar con su amiga. La niña se lo concedió a regañadientes, y luego decretó que Cordie no podía llevarse su taza de té. Cordie hizo una reverencia y se retiró con la humildad adecuada. Se reunió con Kendra en el pequeño patio que dibujaba un cuadrado justo delante de la puerta del jardín. Hacía buen día y, en los jardines que había a ambos lados del de Cordie, las otras familias disfrutaban del tiempo con comidas al aire libre, música al aire libre, conversaciones al aire libre y alguna que otra discusión. El ruido de todo aquello flotaba por encima de los muros y proporcionaba un ambiente que prometía recordarles en todo momento dónde estaban, por si acaso comenzaban a pensar -como Manda y Patia- que se encontraban en los jardines de un palacio.

No había dónde sentarse, puesto que las chicas estaban utilizando todo el mobiliario de jardín para su merienda, así que Cordie y Kendra se esfumaron a la cocina. Obviando la amonestación de Gerald de que fumar podía ser perjudicial para el bebé si Cordie estaba embarazada -una advertencia a la que Cordie respondió sonriendo serenamente-, encendieron un cigarrillo y se relajaron.

Kendra le contó a su amiga la comparecencia de Ness ante el juez. También le habló de Fabia Bender y de la indicación que había recibido sobre crear un vínculo con la chica, si no quería que Ness se adentrara en un camino plagado de problemas en el futuro.

– Me parece que tendríamos que hacer cosas de chicas juntas.

– ¿Por ejemplo?

Cordie mandó una bocanada de humo hacia la puerta abierta del jardín. Echó una mirada a la merienda. Sus niñas habían pasado de besar anillos a engullir palomitas de queso.

– ¿Limpiezas de cutis en un spa? -dijo Kendra-. ¿Hacernos la manicura? ¿Ir a la peluquería? ¿Salir a comer? ¿Salir de fiesta una noche, contigo y conmigo quizá? ¿Hacer algo juntas? ¿Joyas, quizá? ¿Algún curso?

Cordie pensó en todo aquello. Negó con la cabeza.

– No veo a Ness haciéndose una limpieza de cutis, Ken. ¿Y en cuanto al resto…? Bueno, todo lo que has dicho son cosas que te gustaría hacer a ti. Tienes que pensar en lo que le gusta hacer a ella.

– Le gusta drogarse y practicar el sexo -dijo Kendra-. Le gusta atracar a ancianas y le gusta emborracharse. Le gusta ver la tele y estar tirada sin hacer nada. Ah, y le gusta exhibirse delante de Dix.

Cordie levantó una ceja.

– Eso sí es un problema -observó.

Kendra no quería convertir aquello en parte de la conversación. Ya lo había hablado con Dix y no había funcionado. Insultos para él. Frustración para ella. A la pregunta de: «¿Quién coño te crees que soy, Ken?», no había sabido qué responder.

– Tú y tus hijas tenéis una buena relación, Cordie.

– Está claro. Soy su madre. Además, han estado conmigo siempre, así que yo lo tengo más fácil. Sé qué les gusta. De todos modos, Ness es como es. Algo tiene que gustarle.

Kendra pensó en ello. Siguió pensando en ello los días siguientes. Reflexionó sobre cómo era Ness de niña, antes de que todo en su vida cambiara, y le vino a la cabeza el ballet. Tenía que ser eso, decidió. Ella y su sobrina podían empezar a crear su vínculo a través del ballet.

Ir al Royal Ballet estaba muy por encima de las posibilidades de Kendra, así que el primer paso era encontrar una representación cerca que valiera la pena ver y que, a la vez, pudiera permitirse. No fue tan difícil como había pensado. Primero lo intentó en el Instituto de Formación Profesional Kensington and Chelsea y, aunque descubrió que había un Departamento de Danza, era de danza moderna, y le pareció que no serviría. Su siguiente parada fue Paddington Arts, y allí tuvo éxito. Además de cursos y eventos relacionados con el arte, el centro ofrecía conciertos de diversos tipos, y uno de ellos era una función de una pequeña compañía de ballet. Kendra compró dos entradas de inmediato.

Decidió que sería una sorpresa. Lo llamó una recompensa por que Ness estuviera cumpliendo, sin quejarse, su condena de servicios comunitarios. Le dijo a su sobrina que se pusiera sus mejores galas porque iban a hacer una «cosa de chicas» juntas, como Dios manda. Ella también se puso de tiros largos y no comentó nada sobre el generoso escote y los quince centímetros de canalillo, la diminuta minifalda y las botas de tacones de aguja. Estaba decidida a que la noche fuera un éxito y a que se forjara entre ellas ese vínculo tan necesario.

Al planear todo aquello, lo que no comprendió fue lo que representaba el ballet para su sobrina. No sabía que ver a un grupo de jóvenes delgadas en pointe retrotraería a Ness a donde menos quería estar. El ballet significaba su padre. Significaba ser su princesa. La colocaba a su lado caminando al estudio de danza todos los martes y jueves por la tarde, todos los sábados por la mañana. La colocaba en un escenario en las pocas ocasiones en que se había subido a un escenario, con su padre entre el público -siempre en la primera fila- con cara de felicidad y sin que ninguna de las personas que tenía a su alrededor supiera que la persona que parecía no se correspondía con la persona que era. Delgado hasta rozar la enfermedad, pero ya no estaba enfermo. El rostro disoluto, pero él ya no era disoluto. Las manos temblorosas, pero ya no por la necesidad. Se había asomado al precipicio, pero ya no corría el peligro de despeñarse. Tan sólo era un padre a quien le gustaba variar su rutina, razón por la cual caminaba por el otro lado de la calle aquel día, razón por la cual no estaba cerca de la licorería, donde la gente había dicho que quería entrar, pero no era así, no, no era así, sólo estaba en el lugar equivocado en un momento terrible.

Cuando Ness no pudo aguantar más el ballet por los recuerdos insoportables que le traía, se levantó y se abrió camino de mala forma por la fila hasta llegar el pasillo. Lo único que le importaba era salir de allí, para poder olvidar una vez más.

Kendra la siguió. Dijo su nombre entre dientes. Ardía de vergüenza e ira. La ira nacía de su desesperación. Le parecía que nada de lo que hiciera, nada de lo que intentara, nada de lo que ofreciera… Aquella chica la superaba.

Ness estaba fuera cuando la alcanzó. Se dio la vuelta hacia su tía antes de que Kendra pudiera hablar.

– ¿Esta es mi recompensa, joder? -preguntó-. ¿Esto es lo que consigo por aguantar a esa puta de Majidah todos los días? No me hagas más favores, Kendra. -Dicho esto, se largó.

Kendra se quedó mirándola. Lo que vio en Ness mientras se marchaba calle arriba no fue una huida, sino falta de gratitud. Pensó en una forma de que la chica entrara en razón de una vez por todas.

A Kendra le pareció que había que plantear una comparación: cómo eran las cosas frente a cómo podían ser. Con buenas intenciones, pero mal informada, creyó saber cómo presentar esa comparación.

* * *

Dix no estaba de acuerdo con su plan, lo que a Kendra le resultó exasperante. Su punto de vista era que Dix no estaba en situación precisamente de saber cómo llevar a una adolescente, puesto que él mismo era poco más que un adolescente. El joven no se tomó bien esta declaración -en especial porque parecía pensada, entre otras cosas, para subrayar su diferencia de edad- y, con una combinación irritante e inesperada de perspicacia y, madurez, le señaló a Kendra que daba la impresión de que sus esfuerzos por crear una unión con su sobrina eran más un intento de controlar a la chica que de tener una buena relación con ella. Además, dijo, le parecía que Kendra quería que Ness se sintiera unida a ella sin sentirse ella unida a Ness. Una especie de: «Quiéreme, niña, pero yo no pienso quererte a ti».

– Claro que la quiero -dijo Kendra acaloradamente-. Los quiero a los tres. Soy su tía, maldita sea.

Dix la miró sin alterarse.

– No digo que lo que sientes esté mal, Ken. Dios santo, lo que sientes es lo que sientes. Ni es bueno ni malo. Es lo que es, ¿comprendes? De todos modos, cómo ibas a sentirte, con tres niños que te han caído encima sin que ni siquiera supieras que iban a venir, ¿eh? Nadie espera que los quieras sólo porque tienen tu misma sangre.

– Los quiero. Sí que los quiero -se oyó gritar, y le odió por empujarla a tener este tipo de reacción.

– Pues acéptalos -dijo-. Acepta a todo el mundo, Ken. Más te valdría. No puedes cambiarlos.

Para Kendra, él también representaba algo que necesitaba aceptar y había logrado aceptar: ahí estuvo durante toda esta conversación, de pie en el baño con el cuerpo embadurnado de crema depilatoria rosa para que la piel que mostrara a los jueces de las competiciones de culturismo estuviera suave y sin un pelo de los pies a la cabeza, con una pinta de estúpido tremenda, y ella no hizo ningún comentario al respecto, ¿no?, porque sabía lo importante que era para él su sueño de conseguir una corona que para la mayoría del mundo no significaba nada, y si eso no era aceptación…

Sin embargo, Kendra no podía más. Tenía demasiadas responsabilidades. La única manera que veía de manejarlas era tenerlas bajo control, que era lo que le había dicho Dix, aunque no podía reconocérselo a sí misma. Joel era fácil, puesto que tenía tantas ganas de complacer que, por lo general, preveía cómo debía comportarse antes de que ella le comunicara sus deseos. Toby era sencillo porque su lámpara de lava y la televisión lo mantenían ocupado y contento, y respecto al pequeño no deseaba -y no podía permitirse- plantearse nada más. Pero desde el principio Ness había sido un hueso duro de roer. Había ido por libre, y mira lo que había pasado. Hacía falta un cambio y, con la determinación que Kendra siempre había aplicado a todo lo demás en su vida, decidió que ese cambio tendría lugar.

Había pasado una eternidad desde que los niños habían visto a Carole Campbell por última vez, así que la excusa natural para la comparación que Kendra quería que Ness experimentara estaba a mano. Visitar a Carole significaba que había que hablar con Fabia Bender para que aprobara eximir a Ness de ir un día al centro infantil como estaba obligada, pero no resultó difícil. En cuanto obtuvo el permiso, sólo quedó informar a Ness de que había llegado el momento de que los niños Campbell fueran a ver a su madre.

Como Kendra sabía lo improbable que era que Ness colaborara en este plan -teniendo en cuenta cómo había reaccionado la chica ante la última visita de los niños a su madre-, cambió un poco lo que habría preferido hacer. En lugar de acompañar a los Campbell para asegurarse de que llegaban hasta Carole, le encargó a Ness la responsabilidad de llevar a sus hermanos pequeños de casa al hospital, y de nuevo a casa. Aquello, decidió, demostraría que confiaba en la chica a la vez que pondría a Ness en la situación de evaluar -ni que fuera subconscientemente- cómo sería la vida si tuviera que vivirla en presencia y compañía de su pobre madre. Aquello despertaría un sentimiento de gratitud en la chica. Para Kendra, la gratitud formaba parte del proceso de vinculación afectiva.

Ness, ante la alternativa de aparecer en el centro infantil a la hora estipulada o viajar al campo a visitar a su madre al hospital, escogió la segunda opción, como habría hecho cualquier chica. Se guardó con cuidado en el bolsillo las cuarenta libras que su tía le dio para el trayecto y para los caprichos de Carole, y condujo a Joel y a Toby al autobús número 23 hasta la estación de Paddington, tal y como lo haría una joven adulta resuelta a demostrar su valía. Guió a los chicos al piso de arriba del autobús y ni siquiera pareció importarle que Toby insistiera en llevar la lámpara de lava y que arrastrara el cable por las escaleras y el pasillo, tropezándose dos veces con él mientras pasaba entre los otros pasajeros. Se trataba, en efecto, de una nueva Ness, una chica sobre la que alguien podría hacer suposiciones positivas.

Y eso fue lo que hizo Joel. Sintió que se relajaba. Por primera vez en muchísimo tiempo, le pareció que le libraban del complicado deber de cuidar de Toby, ocuparse de sí mismo y estar pendiente del resto del mundo. Incluso, por una vez, miró por la ventana, disfrutando del espectáculo de los londinenses que aprovechaban el buen tiempo: una población en peregrinaje vestida con la menor cantidad de ropa posible.

Los Campbell llegaron a la estación de Paddington y entraron en el vestíbulo de las taquillas antes de que el plan de Ness se hiciera evidente. Sólo compró dos billetes de ida y vuelta, le entregó únicamente una parte del cambio a Joel y se guardó el resto en el bolsillo.

– Cómprale un Aero de los que le gustan -dijo-. Cómprale algo más barato que el Elle o el Vogue. Esta vez no hay suficiente para patatas, así que tendréis que arreglaros sin ellas, ¿entendido?

– Pero, Ness, ¿qué vas…? -comenzó a protestar Joel en vano.

– Dile algo a la tía Ken y te pego una paliza de muerte -le amenazó-. Tengo un día libre de esa zorra de Majidah y pienso aprovecharlo. ¿Te enteras, tío?

– Te meterás en un lío.

– Como si eso me importara, joder -dijo ella-. Nos reuniremos aquí otra vez a las cuatro y media. Si no estoy, esperáis. ¿Te enteras, Joel? Esperáis, porque si os vais a casa sin mí, te pegaré una paliza de muerte, como te he dicho, ¿entendido?

La sucinta amenaza no dejaba lugar a preguntas. Ness le hizo buscar el tren correcto en la pantalla de salidas, tras lo cual lo encaminó a WH Smith. Cuando entró, con Toby agarrado a la pernera de su pantalón, desapareció: una chica decidida a no bailar al son de nadie, y menos al de su tía.

Joel la observó desde el interior de la tienda hasta que la perdió de vista mientras serpenteaba entre la multitud. Luego compró una revista y un Aero y llevó a su hermano al andén correspondiente. En cuanto estuvieron en el tren, le dio la chocolatina a Toby. Su madre, decidió, tendría que sufrir.

Un momento después de pensar aquello, sin embargo, se sintió fatal. Para eliminar la sensación, observó los muros de ladrillo cubiertos de grafitis que había a cada lado de la estación mientras el tren pasaba por delante e intentó leer las pintadas. Mirar los grafitis y las pintadas le hizo pensar en Cal Hancock. Cal Hancock le hizo pensar en el enfrentamiento con el Cuchilla y cuando vomitó después en la alcantarilla. Ese pensamiento lo llevó inevitablemente a lo que había ocurrido a continuación: su decisión de visitar a Ivan Weatherall de todos modos.

Joel había encontrado a Ivan en casa y dio las gracias por ello. Si Ivan percibió el olor a vómito, tuvo la consideración de no mencionarlo. Cuando Joel llegó, estaba trabajando en una parte delicada de la operación de montaje del reloj y no abandonó su tarea tras pedirle a Joel que entrara en la casa y se sirviera de un cuenco desportillado de uvas que descansaba en el borde de la mesa. Sin embargo, sí le entregó al chico un trozo de papel verde que rezaba en la parte superior: «Empuñar palabras y no armas».

– Échale un vistazo y dime qué opinas -le dijo mientras centraba su atención de nuevo en el reloj.

– ¿Qué es? -le preguntó Joel.

– Léelo -dijo Ivan.

Parecía que el papel anunciaba un concurso de escritura. La hoja daba la extensión de la página, de las líneas y los términos de las críticas, junto con las gratificaciones en metálico y otros premios. El gran momento parecía ser algo llamado «Caminar por las palabras» porque, fuera lo que fuera, en él se otorgaba el mayor premio de todos: cincuenta libras. «Empuñar palabras y no armas» tenía lugar en uno de los centros sociales de la zona: un lugar llamado Basement Activities Centre en Oxford Gardens.

– Sigo sin entenderlo -le dijo Joel a Ivan en cuanto acabó de leer el anuncio de «Empuñar palabras y no armas»-. ¿Se supone que tengo que hacer algo con esto?

– Mmm. Eso espero. Se supone que tienes que ir. Es una velada… Bueno, una velada poética, osaría decir que es el mejor término para describirlo. ¿Has estado alguna vez en alguna? ¿No? Bueno, te sugiero que vayas y lo descubras. Tal vez te sorprenda ver cómo es. «Caminar por las palabras» es una actividad nueva, por cierto.

– ¿Poesía? ¿Sentarse a hablar sobre poemas o algo así? -Joel hizo una mueca. Se imaginó un círculo de ancianas con las medias caídas, entusiasmadas con esos hombres blancos muertos de los que uno oía hablar en el colegio.

– Escribimos poemas -dijo Ivan-. Es una oportunidad para expresarse sin censura, aunque no sin las críticas del público.

Joel volvió a mirar el papel y se centró en el premio en metálico que se ofrecía.

– ¿Qué es esto de «Caminar por las palabras»? -preguntó.

– Ah. Te interesa el dinero del premio, ¿verdad?

Joel no contestó, aunque sí pensó en lo que podría hacer con cincuenta libras. Existía una brecha enorme entre quién era él en el momento presente, un niño de doce años que dependía de su tía para comida y alojamiento, y quién quería ser, un hombre con una carrera de verdad, como la de psiquiatra. Junto con la mera determinación de triunfar, que sí poseía, estaba el asunto del dinero para su educación, que no poseía. Iba a necesitar dinero para dar el salto de la persona que era ahora a la persona que quería llegar a ser, y si bien cincuenta libras no eran mucho, comparadas con lo que Joel tenía en estos momentos -nada- eran una fortuna.

– Podría ser -dijo al fin-. ¿Qué tendría que hacer?

Ivan sonrió.

– Asistir.

– ¿Tengo que escribir algo antes de ir?

– Para «Caminar por las palabras» no. Esa parte se hace allí mismo. Te daré palabras clave, todo el mundo recibe las mismas, y tendrás un periodo de tiempo específico para componer un poema con ellas. El mejor poema gana. Cuál es el mejor lo decide un comité del público.

– Oh. -Joel le devolvió el papel a Ivan. Sabía las pocas probabilidades que tenía de ganar si en la decisión intervenían jueces-. De todos modos, no sé escribir poemas.

– ¿Lo has intentado? -dijo Ivan-. Bueno. Deja que te diga lo que pienso yo sobre el tema, si no te importa escucharme. ¿Te importa?

Joel negó con la cabeza.

– Es un comienzo, ¿verdad? -dijo Ivan-. Eso está muy bien: escuchar. Para mí, casi igual que intentarlo. Y ése es el elemento crucial de la experiencia vital que tantos de nosotros evitamos, ¿sabes? Intentar algo nuevo, dar ese salto de fe hacia algo total y absolutamente desconocido. Hacia lo distinto. Aquellos que dan ese salto son los que desafían al futuro que, de lo contrario, tendrían. Hacen caso omiso a las expectativas sociales y determinan ellos mismos quiénes y qué serán, y no permiten que los lazos de nacimiento, clase social y prejuicio lo determinen por ellos. -Ivan dobló el anuncio ocho veces y metió el cuadrado en el bolsillo de la camisa de Joel-. Basement Activities Centre. Oxford Gardens -dijo-. Reconocerás el edificio, ya que es una de esas monstruosidades de los sesenta que se denominan arquitectura. Piensa en hormigón, estuco y contrachapado pintado: acertarás. Espero de corazón verte allí, Joel. Lleva a tu familia, si quieres. Cuantos más, mejor. Luego hay café y tartas.

Joel aún llevaba ese anuncio encima mientras él y Toby viajaban en tren para visitar a su madre. Todavía no había aparecido por «Empuñar palabras y no armas», pero esas cincuenta libras continuaban ardiendo en su mente. Ardían con tanta intensidad que la idea anterior de participar en la clase de guiones de Ivan pasó a ser menor, secundaria. Cada vez que llegaba y pasaba una noche de «Empuñar palabras y no armas», Joel se sentía un paso más cerca de reunir el coraje suficiente para intentar escribir un poema.

De momento, sin embargo, había que enfrentarse a la visita al hospital. En recepción, los mandaron no al piso superior donde se encontraban la sala de día y la habitación de su madre, sino a un pasillo de la planta baja que conducía a lo que llamaban el invernadero, una estancia acristalada en el ala sur del edificio.

Con alegría, Joel interpretó la presencia de su madre allí como una señal positiva. En el invernadero, en realidad nada limitaba los movimientos de los pacientes: en concreto, no había barrotes en las ventanas. Así que podían hacerse bastante daño a sí mismos si rompían uno de los enormes paneles de cristal, y el hecho de que permitieran a Carole Campbell pasar tiempo allí sugirió a Joel que había experimentado progresos en su recuperación.

Por desgracia, su conclusión resultó ser demasiado optimista.

* * *

Así que el efecto que Kendra quería que tuviera la visita a Carole Campbell sí se produjo, aunque sobre el hermano equivocado. Ese día Ness fue a la suya y se reunió con Joel y Toby cuarenta y dos minutos más tarde de la hora que había dicho y de un humor tan hosco que Joel supo que su tarde había sido menos satisfactoria de lo que la chica había planeado, mientras que fue Joel quien vio cómo se intensificaban sus temores por dónde podrían acabar viviendo los Campbell en el futuro.

El «¿Y cómo está la vieja puta?» de Ness no mejoró las cosas, ya que la pregunta y la manera de formularla no invitaban a mantener una conversación cordial. Joel quiso contarle la verdad sobre la visita a su madre: Carole no había reconocido a Toby; pensaba que su padre seguía vivo; existía en un plano tan etéreo que estaba más allá de la capacidad de él de conectar con ella. Pero no pudo expresarlo con palabras. Así que simplemente dijo:

– Tendrías que haber ido.

A lo que Ness respondió:

– Que te den. -Y se marchó con aire orgulloso en dirección a los autobuses.

En casa, cuando Kendra preguntó cómo había ido la visita, Joel dijo que perfecto, bien, que Carole incluso había trabajado un poco en el invernadero del hospital.

– Mamá ha preguntado por ti, tía Ken -dijo, y no logró entender por qué su tía no pareció alegrarse de escuchar esa mentira.

Tal como Joel veía las cosas, Kendra debía interpretar la presunta mejora de Carole como un indicio de que los Campbell no necesitarían vivir permanentemente con ella. Pero Kendra no pareció alegrarse en absoluto, lo que hizo que Joel sintiera que se le agarrotaban las entrañas y buscara un modo de suavizar el golpe que le había asestado accidentalmente. Pero antes de que se le ocurriera algo, Dix lo llevó aparte.

– No es por ti, colega -le dijo-. Es por Ness. ¿Cómo se ha tomado ver a tu madre? -Una pregunta que Joel sabía que era mejor no contestar.

Dix miró a Ness, que le devolvió la mirada. Su postura, la expresión de su cara e incluso su modo de respirar hinchando las ventanas de la nariz, todos esos gestos sirvieron para desafiarle. Sabiamente, Dix se negó a aceptar el reto. Así que cuando veía la posibilidad de que Ness estuviera en casa, él se ocupaba de sus asuntos: iba al gimnasio, se reunía con sus patrocinadores, se preparaba para su siguiente competición con una determinación renovada, compraba sus comidas especiales, cocinaba sus platos especiales.

Durante varias semanas, por lo tanto, la vida avanzó a trancas y barrancas en una dirección que un observador indiferente habría llamado normal. Fue en Harrow Road donde se rompió la paz precaria de la existencia familiar. Joel iba de camino a recoger a Toby al centro de aprendizaje, al que asistía regularmente pese a las vacaciones de verano. Acababa de doblar la esquina de Great Western Road cuando vio una acción perturbadora al otro lado de la calle, detrás de la barandilla que flanqueaba la acera e impedía cruzar a los transeúntes. Allí, un personaje del barrio, conocido como Bob, el Borracho, estaba sentado en su silla de ruedas en uno de sus lugares habituales, justo a la izquierda de la puerta de una licorería y debajo de una ventana en la que se anunciaba una oferta especial de vino español. Agarraba una bolsa de papel contra su pecho, la mano en torno al inconfundible cuello de una botella. Profería su grito habitual de «¡Oy! ¡Oy!», pero esta vez en lugar de chillar al tráfico, dirigía su exclamación a un grupo de chavales que estaban acosándolo. Un chico había cogido los mandos de la silla de ruedas y le daba vueltas mientras los otros arremetían contra él, para intentar arrebatarle la bolsa. Bob, el Borracho, serpenteaba de un lado a otro en su silla mientras los chicos lo giraban y zarandeaban. Era evidente que deseaban que se agarrara a los brazos de la silla y, por lo tanto, soltara la bolsa, lo que, además de acosarle, era su objetivo. Pero era obvio que Bob, el Borracho, conocía sus intenciones. La bolsa era su prioridad. Había dedicado la mayor parte del día a gorrear suficiente dinero de los transeúntes para comprar la bebida y no iba a entregársela a un grupo de chicos, por muy peligrosos que fueran.

Así pues, los chicos le daban vueltas, sus carcajadas e insultos casi ahogaban los gritos del anciano. Nadie salió de ninguna de las tiendas, puesto que en Harrow Road la prudencia sugería desde hacía tiempo que uno debía cuidarse de su negocio antes que del negocio de cualquiera que sufriera las maldades de los gamberros del barrio. Varias personas pasaron por la acera mientras los chicos se metían con Bob, el Borracho. Pero nadie dijo ni una palabra, salvo una anciana que agitó un bastón delante de ellos, pero que se alejó deprisa en cuanto uno de los chicos intentó quitarle el bolso.

Desde donde estaba, Joel vio que Bob, el Borracho, estaba deslizándose silla abajo. En cuestión de momentos, el anciano acabaría en la acera, y había pocas probabilidades de que pudiera defenderse desde allí. Buscar a derecha e izquierda a un policía no cambió las cosas, porque nunca había policía alguno cerca cuando se le necesitaba, y siempre lo había cuando nadie hacía nada. Joel no albergaba ningún deseo de ser un héroe, pero sin embargo gritó:

– ¡Eh! Dejad en paz a ese tío, colegas. Es un tullido.

Uno de los chicos levantó la vista momentáneamente para ver quién se atrevía a estropear la diversión al grupo.

– Maldita sea -murmuró Joel, cuando vio quién era.

Neal Wyatt y él se cruzaron las miradas. La expresión que apareció en el rostro de Neal era perfectamente legible, a pesar de sus rasgos medio congelados. Mirando hacia atrás, dijo algo a su banda, y los chicos dejaron de acosar a Bob, el Borracho, de inmediato.

Joel no fue tan estúpido como para pensar que este cese de la actividad tenía algo que ver con su grito desde el otro lado de la calle. Como al momento siguiente, todos los chicos miraron en su dirección, fue plenamente consciente de lo que iba a suceder. Echó a correr Harrow Road arriba, justo cuando Neal y su pandilla empezaron a avanzar hacia la barandilla de la acera. Neal encabezaba el grupo, sonriendo como si acabaran de lanzar una bolsa de dinero delante de él.

Joel sabía que era un error echar a correr, pero también sabía que Neal tenía cosas que demostrar a su banda, y la menos importante de ellas no era su capacidad de acabar con él. Porque Joel era el pequeño gusano a quien había intentado aplastar en Meanwhile Gardens cuando Ivan Weatherall había intervenido. También era la babosa que Hibah había elegido como amigo, sin tener en cuenta sus deseos.

Joel oyó los gritos de los chicos tras él mientras corría en dirección al centro de aprendizaje. La calle sólo tenía dos carriles, y Neal y su grupo tardarían menos de diez segundos en saltar la barandilla, alcanzar la acera contraria y sortear también la barandilla de ese lado. Así que Joel corrió con todas sus fuerzas, esquivando a una madre joven con un cochecito, tres mujeres con chador y bolsas de la compra colgando de los brazos.

– ¡Alto! ¡Al ladrón! ¡Socorro! -gritó un caballero de pelo blanco, anticipándose a lo que fuera a suceder mientras Joel pasaba a toda velocidad.

Una mirada rápida hacia atrás le permitió ver que había recibido una bendición momentánea. Un autobús y dos camiones habían doblado la esquina y habían aparecido en escena de repente. Neal y su pandilla querían perseguirle a toda costa, pero no quedar atrapados debajo de las ruedas de un vehículo, así que tuvieron que esperar a que pasaran los tres antes de cruzar la calle y reanudar la persecución. Para entonces, y a pesar de sus pulmones esforzados, Joel les había sacado unos cincuenta metros. Vio la tienda benéfica y se lanzó adentro, jadeando como un perro acalorado mientras cerraba la puerta de golpe.

Kendra estaba detrás, revisando bolsas de donaciones nuevas. Levantó la cabeza al escuchar el portazo, y tenía en la punta de la lengua una frase destinada a abroncar a Joel por entrar de aquel modo. Pero cuando vio su cara, sus intenciones cambiaron.

– ¿Qué pasa? -dijo-. ¿Dónde está Toby? ¿No tenías que ir a…?

Joel la hizo callar con un movimiento de la mano, una reacción tan inusual que la mujer se quedó atónita y en silencio. El niño miró por la ventana y vio que Neal estaba de camino, encabezando su pandilla como un perro de caza tras un rastro. Joel se giró y miró a su tía, luego al cuartito que había en la parte trasera de la tienda. Tenía una puerta y un callejón detrás. Se dirigió hacia allí sin decir nada.

– Joel. ¿Qué sucede? -dijo Kendra-. ¿Qué haces? ¿Quién hay ahí fuera?

– Unos tipos -logró decir mientras pasaba a su lado. Le costaba tanto respirar que estaba mareado; le parecía tener el pecho marcado con un hierro al rojo vivo.

Kendra fue a la ventana mientras Joel se sumergía en el cuarto trasero. Al ver a los chicos acercándose, dijo:

– ¿Se están metiendo contigo? ¿Ese grupo? Ahora verán. -Alargó la mano al pomo de la puerta.

– ¡No! -gritó Joel.

No tenía tiempo de decir más, no tenía tiempo de decirle a su tía que empeoraría las cosas si intentaba tratar con los chicos. En este tipo de situación, nadie reprendía a nadie y, a veces, un enemigo era sólo un enemigo por razones que en realidad nadie podía comprender. Joel era el enemigo a muerte de Neal Wyatt. Así eran las cosas. Joel se coló en el cuarto trasero, donde una bombilla tenue iluminaba el camino hacia la puerta.

La abrió bruscamente. Golpeó contra la pared trasera del edificio. Se lanzó al callejón y, un momento después, lo recorría a toda prisa mientras Kendra cerraba la puerta.

Joel corrió durante treinta metros más antes de estar demasiado ahogado para continuar. Sabía que tenía que recobrar el aliento, pero también sabía que sólo disponía de unos momentos antes de que Neal Wyatt descubriera en qué tienda había entrado y qué había hecho después. Buscó un lugar seguro para esconderse. Lo encontró en un contenedor lleno de basura de una obra justo detrás de un bloque de pisos.

Con el último aliento, se metió dentro. Tuvo que sacar varias cajas de cartón y bolsas llenas de basura, pero sus perseguidores seguramente no lo notarían, dado el estado del resto del callejón.

Se agachó y esperó, respirando tan suavemente como podían hacerlo sus pulmones doloridos. Al cabo de menos de dos minutos obtuvo su recompensa. Oyó unos pasos acercándose hacia él. Y luego sus voces:

– El puto amarillo de mierda se ha escapado.

– Qué va. Está por aquí.

– Se merece una lección, ese mamonazo.

– Neal, ¿lo ves?

– Un agujero de mierda, es esto.

– El lugar perfecto para él.

Risas, y luego la voz de Neal Wyatt dijo:

– Vamos. Esa zorra le está escondiendo. Vamos a por ella.

Los chicos se fueron, y Joel se quedó donde estaba. La indecisión y el miedo hacían que los intestinos presionaran hacia abajo, pidiendo descargar. Se concentró en que no se le escapara nada. Abrazándose el cuerpo, con las rodillas subidas contra el pecho, cerró los ojos y escuchó con atención.

Oyó que una puerta se cerraba a lo lejos. Sabía que era la puerta trasera de la tienda benéfica y que los chicos regresaban allí con intención de hacer daño. Intentó recordar cuántos eran -como si fuera a servirle de algo-, porque sabía que su tía podía con uno o dos chicos, quizás incluso con tres. Pero en un enfrentamiento, un número superior supondría un problema para ella.

Se obligó a superar el miedo, el retortijón al final de las tripas. Se incorporó y se levantó hasta el borde del contenedor. Le salvaron las sirenas, que en ese momento llegaron ululando a Harrow Road.

Cuando Joel las oyó, supo qué había hecho su tía. Anticipándose a los chicos, había llamado al 091 en cuanto Joel había desaparecido por el callejón. Había adoptado el papel de señorita refinada, y su acento, su vocabulario y la expresión «banda de chicos» o tal vez incluso mejor «banda de gamberros negros» había puesto en marcha a la Policía, más deprisa de lo habitual, y la había traído a toda velocidad con luces, sirenas, porras y esposas. Neal Wyatt y su pandilla pronto conocerían la dura justicia de la comisaría de Policía de Harrow Road, si es que no eran lo bastante rápidos como para largarse de la tienda benéfica. Su tía había ganado la partida.

Joel saltó al suelo y salió corriendo. Menos de cinco minutos después, entraba en el centro de aprendizaje, donde Toby tenía sus reuniones con el especialista que le habían asignado para ayudarle.

En el vestíbulo, Joel se detuvo para limpiarse. Se había ensuciado bastante dentro del contenedor, en gran parte por haber aterrizado sobre una bolsa de basura, que contenía básicamente judías y posos de café. Quedó constancia de ello en sus vaqueros, a lo largo de una pernera, igual que en su chaqueta, allí donde había apoyado el hombro y el brazo contra los restos de lo que parecía un sándwich de mostaza. Se limpió lo mejor que pudo, abrió las puertas interiores y entró en el centro.

Toby le esperaba en el sofá de vinilo agrietado que constituía el mobiliario de la recepción. Tenía sobre su regazo la lámpara de lava, las manos en torno a la parte inferior. No miraba nada más que la lámpara desenchufada, pero le temblaba el labio inferior y tenía los hombros encorvados.

– Eh, Tobe -dijo Joel con alegría-. ¿Qué tal, colega?

Toby alzó la vista. Una sonrisa radiante suavizó la expresión cansada de su rostro. Se bajó del sofá, entusiasmado por marcharse, y a Joel se le ocurrió pensar que Toby había pasado miedo, que había creído que nadie iba a aparecer, recogerle y llevarle a casa. A Joel se le encogió el corazón. Toby, decidió, no tenía que pasar tanto miedo.

– Larguémonos de aquí, tío -le dijo-. ¿Estás listo o qué? Siento haber llegado tarde. No te habrás preocupado ni nada, ¿no?

Toby negó con la cabeza, todo olvidado.

– Que va -dijo, y luego-: Eh, ¿podemos comprar unas patatas por el camino antes de llegar a casa? Tengo cincuenta peniques. Me los ha dado Dix. Y también tengo las cinco libras de la abuela.

– No querrás gastarte ese dinero en patatas -señaló Joel-. Es el dinero de tu cumpleaños. Tienes que gastártelo en algo que te haga recordar tu cumpleaños.

– Pero si quiero unas patatas, ¿cómo las compro? Y los cincuenta peniques no son el dinero de mi cumpleaños.

Joel estaba intentando pensar en una contestación para este comentario, una que explicara -con amabilidad- que cincuenta peniques no bastarían para comprar unas patatas, independientemente de que fuera el dinero del cumpleaños o no, cuando una mujer negra y alta con el pelo rapado y pendientes dorados del tamaño de unos tapacubos apareció por uno de los despachos interiores del centro. Era Luce Chinaka, una de las especialistas de aprendizaje que trabajaban con Toby. Sonrió y dijo:

– Ya me ha parecido oír a alguien hablando con mi hombrecito. ¿Podemos hablar un momento, por favor? -Esto se lo dijo a Joel antes de dirigirse a Toby-. ¿Olvidó decirle que quería verle cuando viniera a recogerle, señor Campbell?

Toby agachó la cabeza. Se acercó la lámpara de lava al pecho. Luce Chinaka le tocó suavemente el pelo ralo y dijo:

– No pasa nada, cielo. Puedes olvidarte de las cosas. Espera aquí, ¿de acuerdo? No tardaremos.

Toby miró a Joel para que lo orientara, y su hermano vio que el pánico asomaba a la cara del pequeño ante la idea de quedarse solo tan pronto después de haber sido rescatado.

– Espera aquí, colega -le dijo, y escudriñó la sala hasta que encontró un cómic de Spiderman para que Toby lo mirara. Se lo dio, le dijo que esperara y le prometió que no tardaría.

Toby se puso el cómic debajo del brazo y volvió a subirse al sofá. Colocó la lámpara de lava con cuidado a su lado y dejó el cómic sobre su regazo. Sin embargo, no lo miró, sino que clavó sus ojos en Joel. Eran ojos de confianza y de súplica a la vez. Sólo alguien que tuviera un corazón de piedra no se habría emocionado con su expresión.

Joel siguió a Luce Chinaka hasta un despacho pequeño abarrotado con un escritorio, una mesa, sillas, tablones de anuncios, pizarras blancas y estanterías atestadas de libretas, libros, juegos de mesa y carpetas por todas partes. Tenía una placa con su nombre sobre el escritorio -de latón, con «Luce Chinaka» grabado- y al lado había una fotografía de ella con su familia: cogida del brazo de un marido de piel oscura igual de alto que ella, tres niños encantadores de mayor a menor delante de ellos.

Luce pasó detrás del escritorio, pero no se sentó, sino que separó la silla y la llevó al otro lado. Señaló otra silla para Joel, para que pudieran sentarse uno frente al otro. Casi se tocaban las rodillas, ya que el espacio en el cuarto era muy limitado.

Luce cogió una carpeta de encima del escritorio y miró dentro como para verificar algo.

– No hemos hablando antes -le dijo a Joel-. Eres el hermano de Toby… Joel, ¿verdad?

El chico asintió con la cabeza. La única razón que conocía para que un adulto llamara a un niño a un lugar oficial como su despacho era que había algún tipo de problema. Así que supuso que Toby había hecho algo que no tenía que hacer. Esperó la aclaración y se preparó para lo inevitable.

– Ha hablado bastante de ti -siguió diciendo Luce Chinaka-. Eres muy importante para él, pero imagino que ya lo sabes.

Joel volvió a asentir. Buscó algo en su cabeza para responder, pero no se le ocurrió nada aparte de asentir.

Luce cogió un bolígrafo. Era dorado y fino y le sentaba bien. Joel vio que en la tapa de la carpeta que tenía en las manos había pegado un formulario, escrito, y la mujer lo leyó un momento antes de hablar. Cuando lo hizo fue para contarle a Joel algo que ya sabía: que la escuela de primaria de Toby había recomendado que lo inscribieran en el centro de aprendizaje, que, en realidad, la escuela había impuesto esa condición para aceptarlo como alumno. Concluyó diciendo:

– ¿Lo sabes, Joel?

Cuando el niño asintió, Luce continuó:

– Toby está bastante retrasado respecto a donde debería estar para su edad. ¿Comprendes la naturaleza de su problema? -La voz de Luce Chinaka era amable, igual que sus ojos, que eran marrón oscuro, aunque uno tenía motitas doradas.

– No es estúpido -dijo Joel.

– No. Por supuesto que no -lo tranquilizó Luce-. Pero tiene una discapacidad de aprendizaje grave y…, bueno, parece que hay… -Dudó. Una vez más, miró el informe, pero esta vez pareció que lo hacía para decidir la mejor manera de decir lo que tenía que decir-. Parece que hay otros…, bueno, otros problemas también. Nuestro trabajo aquí en el centro es determinar cuáles son esos problemas exactamente y cuál es la mejor forma de enseñar a alguien como Toby. Entonces le enseñamos de un modo que aprenda, como complemento a su escolarización normal. También le ofrecemos alternativas de…, bueno, alternativas de conducta social que puede aprender a escoger. ¿Comprendes lo que te digo?

Joel asintió. Estaba concentrándose mucho. Sabía que Luce Chinaka estaba preparando el terreno para algo importante y espantoso, así que no se fiaba.

La mujer continuó.

– Esencialmente, Toby tiene problemas para procesar y recuperar información, Joel. Tiene una discapacidad lingüística complicada, por lo que llamamos una disfunción cognitiva. Pero eso -Luce agitó los dedos como para quitar importancia a las palabras y transmitir lo que tenía que decir a un niño de doce años para quien cada palabra sonaba como otro paso más en el conocido camino de lágrimas que él y sus hermanos llevaban tantos años recorriendo- sólo es nuestra forma de etiquetar las cosas. El verdadero problema es que una discapacidad lingüística es grave porque todo lo que nos enseñan en el colegio depende, ante todo, de nuestra capacidad de asimilarlo en forma de lenguaje: palabras y frases.

Joel veía que la mujer estaba haciendo sencilla su explicación para que la entendiera, pues él era el hermano de Toby y no su padre. No se ofendió, sino que le resultó extrañamente reconfortante, a pesar de la inquietud que despertaba en él toda aquella conversación. Dedujo que Luce Chinaka era muy buena madre. La imaginó arropando a sus tres hijos en sus camas por la noche y quedándose en la habitación hasta que se aseguraba que habían rezado sus oraciones y habían recibido su beso.

– Bien -dijo-. Pero ahora hemos llegado al quid de la cuestión. Verás, lo que podemos hacer por Toby aquí en el centro de aprendizaje tiene sus límites. Cuando los alcanzamos, debemos plantearnos qué hacer a continuación.

En la cabeza de Joel se dispararon todas las alarmas.

– ¿Me está diciendo que no pueden ayudar a Toby o qué? -dijo-. ¿Quieren que se marche?

– No, no -se apresuró a decir la mujer-. Pero sí quiero desarrollar un plan para él, pero no podemos llevarlo a cabo sin una evaluación más amplia. Digamos…, bueno, digamos que es un estudio. Eso sí, todo el mundo tiene que involucrarse en él. El maestro de Toby en la escuela Middle Row, el personal del centro de aprendizaje, un médico y vuestros padres. Veo por los documentos que tu padre falleció, pero nos gustaría mucho tener la oportunidad de reunirnos con tu madre. Para empezar, necesitaremos que le entregues estos papeles para que los lea y luego…

– No puede. -Fueron las únicas palabras que Joel logró decir.

Pensar en su madre aquí, en este despacho, era demasiado para él, aunque sabía que no sucedería nunca. Nunca le permitirían salir sola, y aunque Joel pudiera ir a buscarla al hospital, Carole Campbell no habría durado ni cinco minutos en presencia de Luce Chinaka sin desmoronarse.

Luce levantó la vista de los papeles que había estado sacando de la carpeta de Toby. Pareció pensar en las palabras «No puede» y compararlo con todo lo que sabía sobre la familia hasta la fecha, que era muy poco. La propia familia había querido que así fuera. Aventuró una interpretación.

– ¿Tu madre no sabe leer? -le preguntó-. Lo siento. Supuse que sí porque su nombre figura en los papeles… -Luce se los acercó a la cara y examinó lo que Joel sabía que tenía que ser el garabato precipitado de su tía.

– Esa… es la letra de la tía Ken -dijo.

– Oh, comprendo. ¿Kendra Osborne es tu tía, entonces, no tu madre? ¿Es vuestra tutora legal?

Joel asintió, aunque no sabía qué convertía en legal o no a una persona.

– ¿Tu madre también ha fallecido, Joel? -preguntó Luce Chinaka-. ¿A eso te referías cuando has dicho que no podía leer esto?

Joel negó con la cabeza. Pero no podía ni quería hablarle de su madre. La verdad era que Carole Campbell sabía leer tan bien como cualquier otra persona viva. Otra cosa era que no importaba si sabía leer o no.

Alargó la mano hacia los papeles que sostenía Luce Chinaka y dijo las únicas palabras que logró pronunciar, las únicas palabras que contaban la verdad de la cuestión tal como la veía Joel.

– Yo sé leer -le dijo-. Yo puedo cuidar de Toby.

– Pero no se trata de… -Luce buscó otra forma de explicarse-. Oh, cariño, hay que hacerle un estudio, y sólo un adulto responsable puede dar el consentimiento. Verás, debemos realizar un…, bueno, llamémoslo un examen bastante minucioso de Toby y tienen que llevarlo a cabo…

– ¡He dicho que puedo hacerlo! -gritó Joel. Cogió los papeles y se los llevó con fuerza al pecho.

– Pero Joel…

– ¡Sí puedo!

La dejó mirándole con una mezcla de confusión y asombro mientras iba a buscar a su hermano pequeño. También la dejó con la mano en el teléfono.

Capítulo 13

Cuando Ness abandonó a sus hermanos aquel día en Paddington, no se marchó enseguida, sino que se detuvo detrás de un kiosco de sándwiches, con la excusa de encenderse un cigarrillo que le había mangado a Kendra. Mientras buscaba las cerillas en el bolso, sin embargo, también dio la vuelta al kiosco para tener una vista de WH Smith. Aunque la tienda estaba abarrotada, no tuvo ninguna dificultad para distinguir a Joel. Su hermano se dirigía diligentemente a las revistas, los hombros encorvados como era habitual; Toby siguiéndole como siempre.

Ness esperó a que Joel estuviera en la cola de la caja, las compras en una mano, antes de marcharse. No pudo ver qué revista había elegido entre las varias que había a la venta, pero sabía que habría comprado algo adecuado para su madre, porque también sabía que Joel era así: alguien de confianza y extremadamente diligente. También era capaz de fingir lo que necesitara fingir para llegar al final del día. Pero para ella se había acabado el fingir. Fingir la había llevado exactamente a donde se encontraba ahora, o sea, a ninguna parte. Fingir no cambiaba nada y, en especial, no cambiaba cómo se sentía por dentro, llena como si fuera a reventar, como si la sangre fuera a filtrarse por su piel.

Si alguien se lo hubiera pedido, Ness no habría sabido ponerle otro nombre a esa sensación de estar llena. No habría sabido denominarlo simplemente como lo habría hecho un niño: llena de enfado, de maldad, de tristeza o de alegría. No habría sabido denominarlo de un modo más complejo: llena de la encarnación de la bondad humana, llena de compasión, llena del amor que se puede tener por un bebé desvalido o un gatito inocente, llena de ira justificada ante una injusticia, llena de rabia ante las desigualdades de la vida. Lo único que sabía es que se sentía tan llena que tenía que hacer algo para aliviar la presión que crecía en su interior. Esta presión era una constante en su vida, pero había ido aumentando desde el momento en que se había sentado entre el público en ese ballet con el entorno agrediéndola e incapaz de explicar por qué no podía quedarse a contemplar a esos bailarines bourrée por el escenario.

Necesitaba hacer algo. Era lo único que sabía. Necesitaba correr, necesitaba tirar al suelo un cubo de basura, necesitaba llevarse a un bebé de su cochecito y ponerle la zancadilla a su madre, necesitaba echar a una anciana al canal Grand Union y mirar cómo se hundía, necesitaba un modo de dejar de estar llena. Comenzó marchándose del kiosco de sándwiches y yendo al servicio de mujeres.

Hacían falta veinte peniques para entrar. Aquello hizo que Ness se enfadara de una manera tan inexplicable que le dio una patada al torniquete y luego pasó por debajo, no porque no tuviera el dinero, sino porque el hecho de que la estación de tren exigiera pagar por mear, de repente le pareció una vergüenza, por el amor de Dios, la gota que colmaba el vaso. Ni siquiera miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la veía entrar un poco ilegalmente a cuatro patas. De hecho, quería que la vieran, para dar una salida física a su indignación. Pero no había nadie que pudiera verla, así que entró y utilizó el servicio.

A continuación se examinó en el espejo y vio que debía hacer unos ajustes en su aspecto. Se ocupó primero de la camiseta que llevaba; tiró de ella hacia abajo y se la remetió más en los vaqueros para revelar la ondulación de sus pechos peligrosamente cerca de los pezones. Se inspeccionó el maquillaje y decidió que su piel ya estaba bastante oscura, pero que necesitaba más pintalabios. Del bolso sacó una barra robada hacía tiempo en un Boots y esta acción -sólo la barra de labios descansando en su mano- le recordó a Six y a Natasha. Pero pensar en sus antiguas amigas renovó aquella sensación deplorable de estar llena. Esta vez, la presión fue tan grande que le temblaron las manos. Cuando intentó aplicarse el pintalabios, se le rompió y entonces sintió el horror de ciertas lágrimas.

Las lágrimas implicaban una liberación de la presión y un final a esa sensación de estar llena, pero Ness no lo sabía. Ella sólo conocía las lágrimas como un signo de derrota, el último recurso y, en potencia, el último grito de los débiles terminales y los irremediablemente conquistados. Así que en lugar de sollozar, tiró el pintalabios roto a la basura y se fue del servicio de señoras.

Fuera de la estación, se dirigió a la parada del autobús, donde las vicisitudes del transporte de Londres la obligaron a esperar quince minutos al número 23. Cuando por fin llegó uno, se abrió camino a codazos entre dos mujeres con cochecitos que se esforzaban por subir al vehículo y cuando le pidieron que se apartara y las dejara entrar primero les dijo que se fueran a tomar por el culo. Dentro estaba abarrotado y hacía demasiado calor, pero no subió al piso de arriba como habría hecho con Joel y Toby, sino que avanzó hacia el fondo del piso de abajo y se situó cerca de las puertas de salida, desde donde al menos recibiría el aire fresco cuando las puertas se abrieran en cada parada. Se agarró a una barra mientras el autobús se incorporaba de nuevo al tráfico y se descubrió mirando fijamente a un jubilado, al que le salían pelos de la nariz y de las orejas como antenas minúsculas.

Ocupaba un asiento en el pasillo. El hombre le sonrió; parecía una sonrisa de abuelo hasta que bajó la mirada al pecho de Ness. La mantuvo allí el tiempo suficiente como para anunciar qué estaba observando y entonces la levantó de nuevo para capturar la de ella. Sacó la lengua, blanca por alguna especie de capa poco atractiva, y se la pasó por los labios, sin color y agrietados. Le guiñó un ojo.

– Que te jodan. -Ness no intentó hablar en voz baja. Quería darle la espalda, pero no se atrevió, ya que aquello la habría dejado desprotegida. No, necesitaba los ojos del viejo sobre ella, así que los mantuvo ahí. Si el hombre decidía hacer algún movimiento, estaría preparada.

Pero no pasó nada más. El anciano dedicó otra mirada a sus pechos, dijo «Dios mío» y abrió un tabloide. Lo colocó de un modo que la chica en topless de la página tres quedaba bien visible. «Gilipollas de mierda», pensó Ness, y en cuanto el autobús llegó a la parada más cercana a Queensway, se bajó.

No tuvo que ir muy lejos para atraer una gran cantidad de miradas. Queensway estaba atestado de compradores, pero incluso así, Ness era algo distinto. Su ropa reveladora -algunas prendas breves y otras ajustadas- exigía llamar la atención. Su expresión y su modo de andar, la primera altiva y el segundo confiado, consiguieron crear la impresión de una mujer decidida a seducir. Combinados, estos elementos le permitían proyectar un aire de peligrosidad tal que estaba a salvo de que se le acercara nadie, que era justo lo que quería. Si alguien se acercaba a alguien, sería ella.

Cuando llegó a una farmacia, entró. Igual que la acera, estaba abarrotada. Los cosméticos estaban lo más alejados de la puerta como era posible, pero era un reto que Ness no tuvo ninguna dificultad en aceptar. Fue directamente al expositor de pintalabios y examinó brevemente los colores. Escogió un burdeos oscuro, y sin molestarse a mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie la veía, deslizó la barra de labios en su bolso en el mismo momento en que alargaba la mano para inspeccionar otro color. Pasó unos minutos más en la tienda con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos antes de dirigirse hacia la puerta. Al cabo de unos instantes, se encontraba fuera, en la acera, bajando por la calle en dirección a Whiteley's, con la misión cumplida.

Era fácil, en realidad: robar un pintalabios un día en que el resto del mundo estaba de compras y divirtiéndose a lo loco. En justicia, Ness no tendría que sentirse especialmente exultante. Pero sí se sentía así. Le apetecía cantar. Le apetecía dar una patada en el suelo y pavonearse. En resumen, se sentía totalmente distinta a como se había sentido antes de entrar en la tienda. La oleada de satisfacción que la invadía pareció alterar su esencia, como si hubiera tomado una droga en lugar de infringir simplemente la ley. Por fin se sentía liberada de la presión que la llenaba.

Se paseó ufana. Se rió. Se carcajeó. Volvería a hacerlo, decidió. Se dirigió hacia Whiteley's, donde las ganancias eran mejores. Joel y Toby aún tardarían horas en regresar a la estación de Paddington.

Entonces vio a Six y a Natasha, justo cuando cruzaba la calle. Caminaban con las cabezas juntas y los brazos entrelazados. Andaban como tropezándose, lo que sugería que habían estado bebiendo o drogándose.

Animada por el éxito de su acción, Ness decidió que había llegado el momento de enterrar el hacha de guerra que había estallado entre ellas.

– ¡Six! ¡Tash! -gritó afablemente-. ¿Dónde andabais?

Las dos chicas se detuvieron. Sus rostros cambiaron de expectantes a recelosos cuando vieron quién las había llamado. Se miraron entre ellas, pero se mantuvieron firmes mientras Ness se acercaba.

– ¿Cómo va? -dijo Six saludando con la cabeza a Ness-. Hace tiempo que no te vemos, lumbrera.

Ness interpretó esta nueva versión de su historia en común como una señal de reconciliación. No intentó corregirla, sino que la aceptó tal como venía y buscó sus cigarrillos. La costumbre sugería ofrecer uno a cada chica, pero no había cogido suficientes Benson & Hedges de su tía, así que en lugar de encenderse uno ella y ofenderlas cuando parecía que tenía una oportunidad con las chicas, sacó la barra de labios recién robada. La sacó de la caja y giró la base hasta que el cilindro de color estuvo totalmente visible y con un aspecto vagamente obsceno. Jugueteó un poco con él, arriba y abajo, arriba y abajo y ofreció a sus amigas una sonrisa antes de girarse hacia el escaparate de la tienda más cercana y utilizarlo de espejo. Se aplicó el color y se examinó los labios.

– Vaya mierda. Parece que me haya estado comiendo un animal ensangrentado, ¿verdad? -dijo, y tiró el pintalabios nuevo al suelo. Era un gesto que decía «a la basura, de donde ha salido»-. He mangado esa mierda en una farmacia cerca de Westbourne Grove. Tendría que haber pillado cinco, ha sido tan fácil, ¿sabéis qué quiero decir? Bueno, ¿qué hacéis?

– No mangamos mierda en el Boots, eso seguro -dijo Six. Era una señal de advertencia, pero no bastó para desinflar por completo a Ness.

– ¿Por qué? -preguntó con una sonrisa-. ¿Has cambiado tu forma de mentir y robar, Six? ¿O tienes un hombre que te suministra?

– No necesito a ningún hombre para conseguir lo que quiero -contestó Six, y para demostrarlo, sacó un teléfono móvil y lo examinó, como si acabara de recibir un mensaje de texto.

Ness sabía que tenía que admirar el móvil. Era parte del ritual.

– Qué bonito -dijo servicialmente-. ¿De dónde lo has sacado?

Six ladeó la cabeza y puso cara de suficiencia. Tash se mostró menos fría.

– Se lo chorizamos a una chica blanca en Kensington Square -dijo con orgullo evidente-. Six se acercó a ella y le dijo: «Dame eso, zorra», y yo me puse detrás por si pensaba salir corriendo. Se echó a llorar y dijo: «Oh, por favor. Mi mamá se va a quedar muy fastidiada si me roban su móvil». Six se lo cogió y la tiramos al suelo. Cuando se levantó, ya estábamos a medio camino de la calle principal. Fue pan comido, ¿verdad, Six?

Six pulsó unos cuantos números.

– ¿Tienes un piti? -le preguntó a Tash. Obedientemente, Tash hurgó en su bolso y le dio un paquete de Dunhills. Six cogió uno, lo encendió y le devolvió los cigarrillos-, Tash -dijo Six en un tono que indicaba qué debía hacer cuando la chica empezó a tender la cajetilla hacia Ness.

Tash miró a Six, luego a Ness y otra vez a Six. Como sabía lo que le convenía, guardó los Dunhills.

– Eh, cariño -dijo Six al móvil-. ¿Cómo va? ¿Tienes algo para tu mami o qué? No, joder. No voy a ir tan lejos. ¿Qué esperas conseguir de mí si voy hasta allí? En Queensway con Tash… Sí, Tash y yo podemos, si tienes un material que merezca la pena, ya me entiendes. Si no… -Six escuchó lo que le decían al otro lado de la línea telefónica. Apoyó el peso en una cadera y dio unos golpecitos con el pie en el suelo. Al final dijo-: Ni de coña, tío. Si Tash y yo vamos hasta allí, estaremos demasiado hechas polvo para… Eh, no me hables así o te vas a enterar, cariño. Tash y yo te zurraremos y lo lamentarás, sí. -Se rió y le guiñó un ojo a Natasha. Por su parte, la chica simplemente parecía confusa. Six escuchó un momento más-. Vale, pero tenlo preparado, tío -dijo antes de apagar el móvil y mirar a Ness con una sonrisa de satisfacción.

La sonrisa era innecesaria, ya que Ness, a diferencia de Natasha, no tenía un pelo de tonta. Los constantes «Tash y yo» de la conversación habían tenido el efecto deseado. Había límites y no era posible cruzarlos. Tampoco había forma de que las cosas volvieran a ser como antes. Por un centenar de razones adolescentes femeninas más una, Ness era una persona odiada y seguiría siéndolo.

Podría haber exigido una explicación. Podría haber acusado o analizado. Pero con la presión del momento fue incapaz de hacerlo. Sólo fue capaz de intentar guardar las apariencias por haber cruzado la calle para hablar con las dos chicas.

Guardar las apariencias significaba mostrar indiferencia. Implicaba no dignificar un desaire reconociéndolo. Significaba no hacer caso a la sensación de estar llena que notaba en su interior.

Ness clavó los ojos en los de Six y asintió con la cabeza, de manera brusca.

– Como quieras -dijo.

– Sí -dijo Six.

Tash parecía tan confusa como con los «Tash y yo» de la conversación telefónica de Six, en la que la chica había insinuado una igualdad claramente inexistente entre ellas.

– Vamos, anda. Nos están esperando -le dijo Six a Tash, y mientras se apartaba para dejarla pasar, le dijo a Ness-: Cuídate, tía. -Y así puso punto final a la interacción.

Ness las observó mientras se marchaban. Se dijo que eran dos zorras estúpidas de mierda y que no quería su amistad, que tampoco la necesitaba. Pero mientras se convencía de aquel hecho -que era verdad- volvió a sentir el impulso. Por consiguiente, caminó hacia Whiteley's. Había pintalabios esperando a que alguien los robara. Ness sabía que ella era la chica adecuada.

* * *

Kendra estaba cargando su mesa de masajes en el Punto cuando Fabia Bender llegó a Edenham Estate en compañía de dos perros enormes y bien cuidados: un dóberman reluciente y un schnauzer gigantesco. Aunque Kendra, que tenía un conocimiento limitado sobre razas caninas, se habría visto en apuros para identificar al segundo animal, su tamaño la impresionó e intimidó, ya que la cabeza llegaba más arriba de la cintura de Fabia Bender. Kendra dejó lo que estaba haciendo. Cualquier movimiento -precipitado o no- no parecía prudente.

– No se preocupe, señora Osborne -dijo Fabia Bender-. En realidad son unos corderitos. El dóberman se llama Castor. Y el schnauzer, Pólux. No son parientes, por supuesto, pero en un arrebato decidí que tener dos cachorros a la vez sería más fácil que pasar dos veces por la maternidad perruna, así que pensé: «Bueno, por qué no». Desde el principio quise tener dos perros. Dos perros grandes. Me gustan grandes. Pero me costó cuatro veces más adiestrarlos, y se supone que las dos razas son fáciles. Veo que le ha caído bien a Pólux. Espera que le dé una palmadita en la cabeza.

Los llevaba atados con correas extensibles y cuando les dijo: «Sit, chicos», la obedecieron, y Fabia Bender dejó caer las correas al suelo. Castor permaneció atento, como era propio de su raza. Pólux resolló, se tumbó en el suelo y descansó su gran cabeza sobre las enormes patas. Una persona de letras habría pensado de inmediato en los Baskerville. Kendra pensó en por qué Fabia Bender, entre todas las razones, había aparecido de improviso en su casa.

– Ness está haciendo los servicios comunitarios, ¿verdad? -preguntó-. Se marcha de casa a su hora, pero no la he seguido para asegurarme de que va. Me pareció que tenía que… ¿demostrar que confío en ella?

– Y es una buena idea -dijo Fabia Bender-. Hasta la fecha, la señora Ghafoor sólo nos ha entregado informes positivos sobre Ness. Yo no diría que esté disfrutando de la experiencia, me refiero a Ness, no a la señora Ghafoor, pero es constante. Eso dice mucho en su favor.

Kendra asintió con la cabeza y esperó una aclaración. Tenía una cita en un barrio fino de Maida Vale, con una estadounidense blanca de mediana edad que quería convertirse en clienta regular suya y que también disponía de mucho tiempo libre y dinero. Kendra no quería llegar tarde. Miró la hora y metió el contenedor de aceites y lociones en la parte trasera del coche, junto con la mesa de masajes.

– En realidad he venido a hablar del hermano de Ness -dijo Fabia- ¿Podríamos mantener esta conversación dentro en lugar de en la calle, señora Osborne?

Kendra dudó. No preguntó qué hermano porque le pareció que tenía que ser Joel. No podía imaginar que una asistente social del Departamento de Menores tuviera una razón para hablarle de Toby, lo que significaba -con lo difícil que resultaba creerlo teniendo en cuenta su personalidad- que ahora Joel era quien tenía problemas.

– ¿Qué ha hecho? -dijo, e intentó parecer preocupada en lugar de aterrada, que era como estaba.

– ¿Podríamos entrar? Los chicos se quedarán aquí fuera, naturalmente. -Sonrió-. No se preocupe por sus cosas. Si les pido que vigilen el coche, lo harán muy bien. -Ladeó la cabeza en dirección a la puerta, expectante-. No tardaremos -añadió, y les dijo a los perros-: Vigilad, chicos.

Estos comentarios finales eran un modo de decir que no había forma de eludir su intención de entrar en la casa, y Kendra los reconoció como tales. Cerró la puerta del maletero y pasó por delante de los perros, ninguno de los cuales se movió. Fabia Bender la siguió.

Una vez dentro, la asistente social no reveló su misión de inmediato, sino que preguntó si la señora Osborne podía enseñarle la casa. Nunca había estado en una de las casas adosadas de Edenham Estate, dijo en tono agradable, y confesó tener interés por cómo estaban dispuestos todos los edificios o cómo los habían reformado para alojar a familias.

Kendra se lo creyó tanto como creía que las vacas vuelan, pero no vio más alternativa que colaborar, teniendo en cuenta los problemas que Fabia Bender podía causarle si la asistente social así lo decidía. Así que si bien no había mucho que ver, Kendra le enseñó el piso de todos modos, siguiéndole el juego, a la vez que sabía lo improbable que era que la mujer blanca hubiera ido a visitarla para ampliar sus conocimientos sobre diseño de interiores.

Fabia hacía preguntas mientras caminaban: ¿cuánto tiempo llevaba Kendra viviendo en esta casa? ¿Era una afortunada propietaria o pagaba alquiler? ¿Cuántas personas vivían aquí? ¿Cómo dormían?

Kendra no entendía qué tenían que ver esas preguntas con Joel o con cualquier problema que pudiera tener el chico, así que desconfió. No quería tenderse una trampa, si ésa era la intención de la asistente social y, por eso, respondió las preguntas con tanta brevedad e imprecisión como pudo cuando le pareció que la situación lo exigía. Por lo tanto, en el primer piso, no aportó ninguna razón para el biombo que estaba apoyado contra la pared cerca del sofá como una debutante lánguida sin pareja de baile y, en el segundo piso, no explicó por qué tenía plegatines y sacos de dormir para los chicos en lugar de camas normales y sábanas.

Por encima de todo, no mencionó a Dix. Daba igual que en toda la ciudad -por no mencionar en todo el país- hubiera gente que vivía en condiciones mucho más irregulares que ésta, con las parejas de los padres entrando y saliendo con una regularidad mareante mientras las mujeres buscaban a los hombres y los hombres buscaban a las mujeres, todos aterrorizados de estar solos más de cinco minutos. Kendra decidió que cuanto menos dijera sobre Dix, mejor. Llegó a mencionar incluso que compartía su cuarto con Ness, una decisión que lamentó cuando Fabia Bender echó un vistazo al baño y vio las camisetas de hombre secándose en perchas encima de la bañera. Encima del lavabo había más pruebas de la ocupación masculina de la casa. Los utensilios de afeitar de Dix estaban perfectamente colocados: la maquinilla, la espuma y la brocha.

Fabia Bender no dijo nada hasta que volvieron abajo. Allí, sugirió que Kendra y ella se sentaran a la mesa de la cocina un momento. Le explicó que durante el tiempo que había pasado con Ness -en la comisaría de Policía, en el juzgado y en el despacho del Departamento de Menores en Oxford Gardens- nunca se había mencionado que había dos niños Campbell más viviendo con la señora Osborne. Lo había descubierto a través del Centro de Aprendizaje Westminster, donde una mujer llamada Luce Chinaka había mostrado su preocupación cuando no le habían devuelto, como había solicitado, unos papeles que requerían la firma de un padre o de un tutor. La petición se había cursado a Joel Campbell y hacía referencia a su hermano, Toby.

No era ninguna coincidencia que Fabia Bender hubiera recibido la llamada de Luce Chinaka. Sobrepasada por el trabajo, como todos los empleados del Departamento de Menores, la secretaria que desviaba las llamadas a los asistentes sociales reconoció en el apellido «Campbell» a uno de los niños de Fabia y le pasó la llamada. Históricamente, los problemas inundaban a las familias. Cuando Luce Chinaka expresó su preocupación por un tal Joel Campbell, a la secretaria le pareció probable que se tratara de un hermano de Ness.

– ¿Qué clase de papeles? -preguntó Kendra-. ¿Por qué Joel no me los ha dado?

Tenían que ver con unas pruebas avanzadas que querían realizarle a Toby, para darle una formación más adecuada, acorde a sus necesidades, mejor que la recibida en la escuela Middle Row, le contó Fabia.

– ¿Pruebas? -preguntó Kendra con cautela. Se dispararon las alarmas, se encendieron las sirenas. Toby era territorio prohibido. Hacer pruebas a Toby, examinar a Toby, evaluar a Toby… Era del todo impensable. Sin embargo, como tenía que conocer la naturaleza exacta del enemigo al que se enfrentaba, dijo-: ¿Qué clase de pruebas? ¿Hechas por quién?

– Aún no estamos seguros -dijo Fabia Bender-. Pero en realidad no he venido por eso.

Como había tres niños, y no uno, ocupando la vivienda de la señora Osborne, le explicó, estaba allí para evaluar las condiciones en las que vivían. También estaba allí para hablar de establecer una custodia permanente, oficial y formal de los niños.

Kendra quiso saber por qué era necesario todo aquello. Los Campbell tenían una madre, tenían una abuela -aunque no mencionó que Glory se había trasladado a Jamaica- y tenían una tía. Alguno de sus parientes siempre cuidaría de ellos. ¿Por qué había que hacerlo oficial? Y, de todos modos, ¿qué significaba oficial?

Papeleo, resultó ser. Firmas. Que Carole diera la custodia de sus hijos a alguien o que fuera incapacitada legalmente, para que otra persona pudiera ocuparse de ellos. Había que tomar decisiones sobre su futuro y al parecer, actualmente, no se había designado a nadie para tomarlas. Si nadie estaba dispuesto a asumir esa responsabilidad, entonces el Gobierno…

Kendra le dijo que aquellos niños no iban a acabar en una familia de acogida, si a eso se refería Fabia Bender. Causaban problemas, no iba a negarlo. En especial, Ness, y aguantar a la chica no tenía prácticamente ninguna recompensa. Pero los niños eran los últimos familiares de sangre que le quedaban a Kendra en Inglaterra y, si bien nunca había pensado que sería un detalle importante, al tener a Fabia Bender sentada a la mesa de su cocina hablando del Gobierno y de realizarle pruebas a Toby, se convirtió en un detalle muy patente.

Fabia se apresuró a tranquilizarla. Cuando había un familiar dispuesto, el Gobierno siempre era partidario de dejar a los niños con sus parientes. Siempre que, por supuesto, los parientes fueran adecuados y pudieran proporcionar un entorno estable en el mejor interés de los niños. «Parecía» que ése era el caso -a Kendra no se le escapó el énfasis del verbo de la frase- y Fabia lo reflejaría en su informe. Mientras tanto, Kendra tenía que leer y firmar los papeles que Luce Chinaka le había dado a Joel en el centro de aprendizaje. También necesitaba hablar con la madre de los niños sobre el establecimiento de una custodia permanente. Siempre que hubiera…

En ese momento, los perros empezaron a ladrar. Como Fabia sabía lo que significaba aquello, se puso de pie en el mismo instante en que Dix D'Court gritó desde fuera:

– ¡Ken, nena! ¿Qué sucede? ¿Llego a casa para amar a mi mujer y así me recibes?

Fabia se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta y la abrió.

– Basta, chicos -ordenó-. Dejadle pasar. -Y le dijo a Dix-: Le ruego que me disculpe. Han pensado que quería tocar el coche; les había dicho que lo vigilaran. Pase. Ahora ya no le molestarán.

Una mujer blanca en casa le decía a Dix que algo ocurría, así que no continuó con la misma actitud que había mostrado fuera. Entró, llevaba dos bolsas de la compra. Las dejó sobre la encimera, donde rebosaron verduras, fruta, nueces, arroz integral, judías y yogures. Se quedó allí, apoyado en ella, los brazos cruzados y la expresión expectante. Llevaba una camiseta, igual que las que había colgadas sobre la bañera, pantalones cortos de correr y deportivas. La ropa resaltaba su cuerpo. Lo que había dicho fuera antes de entrar en la casa indicaba qué tipo de relación había entre Kendra y él.

Tanto Dix como Fabia Bender esperaron a que Kendra los presentara. No había forma de eludir la situación, así que lo hizo tan brevemente como pudo.

– Dix D'Court, Fabia Bender, del Departamento de Menores. -Fabia anotó el nombre-. No sabía que eran tres -añadió Kendra-. Ha tenido trato con Ness, pero ha venido por Joel.

– ¿Está en apuros? -preguntó Dix-. No parece propio de Joel.

A Kendra le complació la respuesta. Sugería la implicación positiva de Dix con el chico.

– Tenía que darme unos papeles del centro de aprendizaje y no lo ha hecho.

– ¿Y es un delito o qué?

– Sólo es un punto de interés -dijo Fabia Bender-. ¿Vive usted aquí, señor D'Court? ¿O sólo viene de visita?

Dix miró a Kendra para que le diera alguna pista de qué se suponía que tenía que contestar, lo que ya fue respuesta suficiente.

– Voy y vengo -dijo.

Fabia Bender escribió algo en su libreta, pero por el modo de apretar los labios parecía evidente que las palabras «mentira» o «falsedad» formaban parte de la información que había anotado. Kendra sabía que seguramente tendría en cuenta, en su recomendación final, la presencia de Dix en la misma casa que una chica núbil de quince años. Al fin y al cabo, Fabia había visto a Ness. Probablemente concluiría que un hombre encantador de veintitrés años y una adolescente seductora conducirían a algo que se podría calificar como «problema potencial» en lugar de «situación adecuada».

Cuando acabó de escribir lo que tenía que escribir, Fabia Bender cerró su libreta. Le dijo a Kendra que le pidiera a Joel los papeles que Luce Chinaka le había dado para firmar y también que le dijera a Ness que la llamara. Cumplió con la formalidad de informar a Dix de que había sido un placer conocerlo y acabó exponiendo la suposición de que Ness no tenía un lugar privado para dormir o vestirse. ¿Era así, señora Osborne?

– Le monté ese biombo y… -empezó a decir Dix.

– Le damos la intimidad y el respeto que necesita -le interrumpió Kendra.

Fabia Bender asintió con la cabeza.

– Comprendo -dijo.

Lo que vio, sin embargo, fue algo que no comentó.

* * *

Cuando Kendra abordó a Joel, estaba enfadada y preocupada. A pesar de su intención de no hacer nada con los papeles, sermoneó al chico. Para empezar, si le hubiera dado los documentos, le dijo, no habría hecho falta que Fabia Bender pasara por Edenham Estate y, en consecuencia, la mujer no habría tenido que redactar ningún informe. Ahora seguramente habría problemas y se las verían negras para dar explicaciones, soportar investigaciones y reunirse con funcionarios. Las reticencias de Joel de llevar a cabo su sencillo deber los habían colocado directamente en las garras del sistema, enfrentándolos a todas las actividades intrínsecas que éste comportaba y que tanto tiempo exigían.

Así que Kendra quería saber en qué diablos estaba pensando al no darle los papeles que aquella mujer del centro de aprendizaje -con los nervios había olvidado el nombre de Luce Chinaka- quería que viera. ¿Entendía que ahora estaban todos a prueba? ¿Sabía qué significaba que una familia llamara la atención de los Servicios Sociales?

Joel lo sabía, por supuesto. Era su mayor temor. Pero no podía verbalizarlo, ya que si lo hacía le daría una legitimidad que podía convertirlo en real. Así que le dijo a su tía que se había olvidado porque estaba ocupado pensando en… Tenía que contemplar cuál podía ser el centro de sus pensamientos y decidió contarle que había estado ocupado pensando en «Empuñar palabras y no armas», ya que al menos era algo sano. Tampoco estaba tan lejos de la verdad.

No previó que Kendra lo animara a ir al conocer aquella afición, pero fue lo que hizo. Para ella, sería una prueba de una influencia positiva en la vida de Joel y sabía que seguramente todos los niños necesitaban influencias positivas en su vida para compensar la posible influencia negativa de vivir con una tía de cuarenta años que satisfacía sus impulsos más básicos por las noches y en dosis considerables con un culturista de veintitrés.

Así pues, Joel se descubrió asistiendo a «Empuñar palabras y no armas», mientras dejaba a Toby con Dix, Kendra, una pizza y una peli. Se dirigió a Oxford Gardens, donde un cartel escrito a mano en la puerta de un edificio de posguerra largo y bajo -que también albergaba el despacho del Departamento de Menores- dirigía a los participantes al Basement Activities Centre, que resultó ser un lugar bastante fácil de encontrar. En la entrada, había una joven negra sentada a una mesa plegable escribiendo etiquetas con nombres a medida que la gente pasaba por la puerta. Joel dudó antes de acercarse a ella, hasta que la mujer le dijo:

– ¿Es tu primera vez? Genial. ¿Cómo te llamas, cielo?

Entonces Joel notó que la sangre le subía a las mejillas. La mujer le había aceptado con total naturalidad. Le había dado la bienvenida sin parpadear.

– Joel -contestó, y contempló cómo enlazaba las cuatro letras de su nombre en la etiqueta.

– No comas galletas de crema -le dijo mientras le pegaba la etiqueta en la camisa-. Parecen suelas de zapato. Coge los bollitos de mermelada de higo. -Y le guiñó el ojo.

Joel asintió con solemnidad, esta información le pareció la clave del éxito de todo aquel asunto. Entonces se acercó furtivamente a la mesa del refrigerio situada a un lado de la sala. Había galletas y tartas en platos de hojalata y el aroma a café borboteaba en un termo. Cogió una galleta de chocolate y lanzó una mirada insegura a la gente reunida para el evento.

Joel vio que había personas de todas las razas y edades. Negros, blancos, orientales, pakistaníes e indios todos mezclados: desde ancianos a bebés en cochecitos y sillitas. La mayoría de ellos parecían conocerse, puesto que, tras saludarse con entusiasmo, se pusieron a hablar, con lo que el nivel de ruido aumentó.

Ivan Weatherall se movió entre todos los asistentes. Vio a Joel y levantó la mano para saludarle, pero no se acercó, a pesar de que Joel decidió que el mentor parecía alegrarse de verle. Ivan se abrió paso hasta una tarima delante de la sala donde había un micrófono con un taburete alto detrás. Delante del micro, había sillas de plástico amarillas y naranjas, y el movimiento de Ivan hacia la tarima fue la señal para que los participantes en el evento comenzaran a llenar las filas.

– Una asistencia récord esta noche -dijo Ivan, y parecía encantado-. ¿Puede ser porque hemos aumentado el dinero del premio? Bueno, siempre he pensado que erais sobornables.

El comentario fue acogido con risas. Era obvio que Ivan se sentía cómodo con el grupo. A Joel no le sorprendió.

– Veo caras nuevas y os doy la bienvenida a «Empuñar palabras y no armas» -dijo Ivan-. Espero que encontréis aquí un hogar para vuestros talentos. Así que dejémonos de chácharas… -Consultó la carpeta sujetapapeles que llevaba-. Eres el primero, Adam Whitburn. ¿Me permites esta noche que te anime a intentar superar tu natural timidez?

Todo el mundo se rió mientras un rastafari con las rastas escondidas en una gorra de punto enorme se levantó de un salto de entre el público y subió a la tarima con la actitud de un boxeador entrando en el cuadrilátero. Se tocó el borde de la gorra y ofreció una sonrisa afable a alguien que había gritado «Vamos, colega». Se sentó en la punta del taburete y empezó a leer de una libreta de espiral muy sobada. Anunció que la pieza se llamaba: «Stephen vuelve a casa».

– Lo pillaron en la calle, sí. / La sangre roja salía a borbotones, / ardía como el fuego, pero la navaja estaba fría. / Atrapado como nadie, papá, / ni un hombre, ni una cabra. / Atrapado porque la calle es así.

La sala guardó silencio mientras Adam Whitburn leía. No se oyó nada, ni siquiera el lloro de un bebé que intentara llamar la atención. Joel bajó la mirada a sus rodillas mientras Adam relataba la historia: «Documentar la muchedumbre congregada, la Policía, la investigación, la detención, el juicio y el final. No había justicia ni ninguna forma de enterrar nada. Nunca. Muerto en la calle simplemente».

Cuando Adam Whitburn acabó, no ocurrió nada durante un momento. Entonces los aplausos surgieron de entre el público, acompañados de gritos y silbidos. Pero lo que siguió después fue una sorpresa para Joel. Los miembros del público comenzaron a aportar críticas sobre el escrito, refiriéndose a él como un «poema», lo que también le sorprendió, puesto que no rimaba y lo único que sabía él de poesía era que se suponía que las palabras tenían que rimar. Nadie mencionó los hechos de la obra: en concreto la muerte y la injusticia posterior que trataba, sino que se habló del lenguaje y la métrica, la intención y el logro. Se habló de versos y de lenguaje figurado, y la gente le preguntó a Adam Whitburn por la forma. El rastafari escuchó atentamente, contestó cuando fue necesario y tomó notas. Luego dio las gracias al público, asintió con la cabeza y regresó a su asiento.

Una chica llamada Sunny Drake ocupó su lugar. A Joel le pareció que la obra que había escrito trataba sobre el embarazo y la cocaína, sobre nacer siendo adicto a la adicción de la madre, sobre dar a luz a un niño igual. A continuación, de nuevo, se abrió un debate: críticas que no juzgaban los hechos.

De este modo, pasaron noventa minutos. Aparte de Ivan anunciando los nombres que leía de la carpeta, nadie dirigió la velada tras sus comentarios iniciales, sino que pareció que se dirigía sola, con la familiaridad de un ritual que todo el mundo conocía. Cuando llegó el momento de la pausa, Ivan regresó al micrófono. Anunció que «Caminar por las palabras» tendría lugar al principio de la sala para aquellos que estuvieran interesados, mientras el resto del público disfrutaba del refrigerio. Joel observó con curiosidad mientras el grupo se dispersaba y doce personas del público avanzaban con entusiasmo hacia la tarima. Allí, Ivan estaba repartiendo unas hojas, y por eso y por los murmullos de conversación que incluían las palabras «cincuenta libras», Joel comprendió que aquélla era la parte del evento que había llamado su atención en un principio: la parte que incluía el premio en metálico.

Si bien sabía que no tenía muchas posibilidades de ganar -en especial porque no tenía ni idea de qué iba el evento-, avanzó hacia delante con el resto de la gente. Vio que Adam Whitburn estaba en el grupo y, en ese momento, casi se planteó marcharse. Pero Ivan gritó:

– Encantado de verte, Joel Campbell. Aquí estás. Únete a la contienda -dijo, y al momento siguiente Joel tenía un trozo de papel en la mano en el que había escritas cinco palabras: «confusión», «siempre», «pregunta», «destrucción» y «perdón».

Se quedó mirándolas sin comprender nada. Sabía lo que significaban, pero aparte de eso, no tenía más pistas. Miró a su alrededor en busca de algún indicio de lo que se suponía que tenía que hacer y vio que los otros participantes de «Caminar por las palabras» comenzaban a crear algo; escribían furiosamente, se paraban a pensar, mordían los lápices, jugaban con los bolígrafos. A Joel le pareció que tenían que estar creando más de esa poesía curiosa. Sabía que podía irse o unirse a ellos. Cincuenta libras parecían razón suficiente para quedarse.

Durante los cinco primeros minutos, se quedó mirando el papel que le habían dado, mientras a su alrededor la gente garabateaba, borraba, murmuraba, garabateaba, tachaba, borraba, y garabateaba un poco más. Escribió «confusión» y esperó a que se produjera un milagro, un rayo de inspiración que lo convirtiera en un san Pablo poeta. Convirtió una «o» de confusión en una rueda con radios. Rodeó la palabra con estrellas fugaces. La adornó con dibujitos y la subrayó. Suspiró e hizo una bola con el papel.

A su lado, una mujer blanca con aspecto de abuela que llevaba unas gafas enormes mordisqueaba pensativa el capuchón del bolígrafo. Miró a Joel, luego le dio una palmadita en la rodilla.

– Empieza con una de las otras palabras, cielo -le susurró-. No hace falta que vayas de arriba abajo ni que sigas un orden en particular.

– ¿Seguro?

– Vengo desde el principio. Escoge la palabra que sientas aquí -se tocó el pecho- y empieza por ahí. Déjate ir. Tu subconsciente hará el resto. Inténtalo.

Joel la miró sin convicción, pero decidió probarlo a su modo. Alisó el papel y volvió a leer las palabras. Le pareció que la palabra que más sentía era «siempre», así que la anotó, y entonces sucedió algo curioso: las palabras comenzaron a amontonarse encima de la primera -«siempre»- y él simplemente actuó como su escriba.

«Siempre el tipo de lugar que la agarra», escribió. «Ella pregunta por qué y la pregunta grita. No hay respuesta, chica. Hace demasiado tiempo que juegas. No hay perdón por la muerte que llevas dentro. Lo que hiciste, acabó en destrucción. Mueres, zorra, y la confusión desaparece.»

Joel soltó el lápiz y se quedó mirando, con la mandíbula flácida, lo que había escrito. Se sentía como si le saliera humo de los oídos. Leyó los versos dos veces, luego cuatro más. Estaba a punto de guardarlos subrepticiamente en el bolsillo de los vaqueros cuando alguien pasó deprisa a su lado y le arrancó el papel de la mano. Acabó en poder de un grupo que se había presentado voluntario para conformar el jurado de la noche. Desaparecieron de la sala con todas las aportaciones, mientras «Empuñar palabras y no armas» continuaba con más lecturas y más reacciones del público.

Después de eso, Joel no pudo prestar mucha atención. Se quedó mirando la puerta que habían cruzado los jueces de «Caminar por las palabras». Le pareció que pasaban cuatro «Empuñar palabras y no armas» más mientras esperaba a escuchar el veredicto de los jueces sobre su primera creación literaria. Cuando al fin salieron, entregaron las hojas a Ivan Weatherall, que las repasó y asintió contento mientras las leía.

Cuando llegó el momento de anunciar al ganador de «Caminar por las palabras», el reconocimiento se produjo en orden inverso: descubrieron primero las menciones honoríficas. Se leyeron los poemas y los poetas se identificaron, recibieron aplausos y se les entregaron certificados grabados en oro junto con un cupón para alquilar gratis una película en el Videoclub Apollo. El tercer puesto fue para la anciana que había aconsejado a Joel: recibió un certificado, cinco libras y un cupón para un curry para llevar en Spicy Joe's. El segundo puesto fue para una chica pakistaní que llevaba un pañuelo en la cabeza -Joel miró a ver si era Hibah, pero no lo era-. Entonces el grupo se sumió en el silencio para el anuncio del primer puesto y las cincuenta libras.

Joel se dijo que no podía ganar. No conocía los poemas y no desconocía las palabras. Aun así, no pudo evitar pensar en las cincuenta libras del premio y en lo que podría hacer con el dinero si ocurría un milagro y él resultaba ser…

El ganador fue Adam Whitburn.

– Suba aquí, recoja su premio y acepte la adulación de sus semejantes, señor mío -le dijo Ivan.

El rastafari avanzó dando saltos, todo sonrisas. Se quitó la gorra e hizo una reverencia, y las rastas cayeron sobre sus hombros. Cuando los aplausos murieron, cogió el micrófono por segunda vez esa noche y leyó su poema. Joel intentó escuchar, pero no oía nada. Tenía el convencimiento de estar hundiéndose en el agua.

Deseó huir de allí, pero estaba sentado en el centro de la fila y no había forma de salir sin pasar por encima de la gente y de los cochecitos. Por lo tanto, tuvo que soportar el triunfo de Adam Whitburn. Esperó con agonía a que la velada acabara y pudiera irse a casa. Pero cuando Adam regresó a su asiento, Ivan Weatherall volvió a coger el micro. Tenía un último anuncio que hacer, dijo, porque los jueces también habían seleccionado a un «poeta prometedor» y era la primera vez que se concedía este honor desde que el propio Adam Whitburn lo había recibido cinco años atrás. Querían dar a esta persona un reconocimiento especial, declaró Ivan. Entonces leyó el poema y Joel escuchó sus propias palabras.

– Que el autor se levante para recibir nuestros aplausos -dijo Ivan.

Capítulo 14

Poeta prometedor. Después de que acabara «Empuñar palabras y no armas», Joel aún era capaz de evocar el placer que sintió con las palmaditas en la espalda y las felicitaciones. Aún podía ver las sonrisas en los rostros de los asistentes mientras los miraba desde la tarima, y pasaría mucho tiempo antes de que el sonido de los aplausos se apagara en sus oídos.

Mientras la multitud comenzaba a dispersarse, Adam Whitburn buscó a Joel.

– ¿Cuántos años tienes, chaval? -le preguntó; cuando Joel le dijo su edad, añadió con una sonrisa-: ¿Doce? Joder. Eres la bomba, tío. -Chocó palmas con él-. Yo no junté las palabras así hasta los diecisiete. Tienes algo especial.

Joel notó que un escalofrío de placer le recorría la columna. Como nunca le habían dicho que era especial en nada, no sabía muy bien cómo se suponía que tenía que responder, así que asintió y dijo:

– Guay.

Se dio cuenta de que no quería marcharse del Basement Activities Centre, lo que significaría poner fin a la velada, así que se quedó y ayudó a apilar las sillas de plástico y meter en bolsas de basura lo que quedaba del refrigerio. Cuando terminaron estas pequeñas tareas, esperó junto a la puerta, prolongando la sensación de haber formado parte de algo por primera vez en su vida. Observó a Ivan Weatherall y a las otras personas que se habían quedado para asegurarse de que el sótano estaba ordenado. Cuando pareció que todo estaba en su lugar, alguien apagó las luces y llegó la hora de irse.

Entonces Ivan se acercó a él, silbando suavemente y transmitiendo lo que sentía, que era una gran satisfacción al término de una noche satisfactoria. Dio las buenas noches a los que se marchaban y rechazó ir a tomar un café diciendo:

– ¿Otro día, tal vez? Me gustaría hablar con nuestro poeta prometedor. -Y ofreció una sonrisa amigable a Joel.

Joel se la devolvió en un acto reflejo. Se sentía cargado de un tipo de energía que no podía identificar. Se trataba de la energía de un creador, la oleada de renovación y pura vitalidad que experimenta un artista, pero aún no lo sabía.

Ivan cerró con llave la puerta del sótano. Juntos, él y Joel subieron a la calle.

– Bueno -dijo-. Has cosechado un triunfo en tu primer «Empuñar». Ha merecido la pena pasarte y probarlo, diría yo. Esta gente no otorga ese título a menudo, por cierto, por si estabas pensando en quitarle importancia. Y nunca se lo habían dado a alguien de tu edad. Me he quedado… Bueno, para ser sincero, me he quedado bastante asombrado, aunque te aseguro que no es ningún reproche. Sin embargo, debería hacerte reflexionar y espero que lo hagas. Pero perdona que te sermonee. ¿Volvemos juntos a casa caminando? Vamos en la misma dirección.

– ¿Reflexionar sobre qué? -preguntó Joel.

– ¿Eh? Ah, sí. Bueno, sobre escribir. Sobre la poesía. Sobre la palabra escrita en cualquiera de sus formas. Se te ha concedido el poder de ejercerla y te sugiero que lo hagas. A tu edad, ser capaz de juntar las palabras de esa forma y conmover de manera natural al lector…, sin manipulaciones, sin trampas inteligentes… Sólo emoción, cruda y real… Pero estoy hablando demasiado. Vamos a dejarte sano y salvo en casa antes de planificar tu futuro, ¿de acuerdo?

Ivan lo llevó en dirección a Portobello Road y charló afablemente mientras caminaban. Lo que Joel tenía, le explicó, era facilidad para el lenguaje, y aquello era un don de Dios. Significaba que poseía un talento raro pero inherente para utilizar las palabras de un modo que demostraba su poder métrico.

A un chico cuyos conocimientos de poesía se limitaban a lo que aparecía escrito en el interior de las tarjetas de cumpleaños sentimentales, todo aquello le sonaba a chino. Pero eso no supuso ningún problema para Ivan, que siguió hablando.

Fomentando esta facilidad, le explicó, Joel dispondría de una miríada de opciones a lo largo de su vida. Porque ser capaz de utilizar el lenguaje era una habilidad fundamental que podía llevar lejos a la gente. Podía utilizarse a nivel profesional, para elaborar escritos de todo tipo, desde discursos políticos a novelas modernas. Podía utilizarse a nivel personal, como herramienta para el descubrimiento o medio para estar conectado con los demás. Podía utilizarse como salida para alimentar el espíritu artístico del creador, que todo el mundo llevaba dentro.

Joel trotaba al lado de Ivan e intentaba digerir todo aquello. Él, escritor. Poeta, dramaturgo, novelista, letrista, redactor de discursos, periodista, artista de la pluma. La mayoría de lo que decía Ivan era como si alguien que no tenía ni idea de su talla se hubiera colocado un traje enorme. El resto parecía olvidar el hecho único y más importante relacionado directamente con la responsabilidad que tenía hacia su familia. Así que se quedó callado. Le alegraba mucho que lo hubieran nombrado «poeta prometedor», pero la verdad era que no cambiaba nada.

– Quiero ayudar a la gente -dijo al fin, no tanto porque fuera lo que quería en realidad, sino porque toda su vida hasta este momento señalaba a Joel que ayudar a la gente era lo que tenía que hacer. No podían haberle tocado la madre y el hermano que tenía si debía sentirse atraído hacia otra profesión.

– Ah, sí. El plan. Psiquiatría. -Ivan giró por Golborne Road, donde las tiendas habían cerrado y los coches sucios se alineaban junto a la acera-. Aunque te decidas definitivamente por esta carrera, debes encontrar una salida creativa para ti mismo. Verás, la equivocación que comete la gente cuando se plantea su vida es no explorar esa parte de sí mismos que alimenta su espíritu. Sin ese alimento, el espíritu se muere, y en gran parte la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos es no permitir que eso ocurra. De hecho, plantéate qué pocos problemas psiquiátricos habría si todas las personas supieran realmente qué hacer para mantener vivo en ellas algo que pudiera afirmar la esencia de lo que son. Ésta es la función del acto creativo, Joel. Benditos sean el hombre o la mujer que lo saben a una edad tan tierna como la tuya.

Joel pensó en aquello, vinculando el pensamiento de forma bastante natural con su madre. Se preguntó si sería la respuesta para ella, más allá del hospital, de los doctores y de los medicamentos. Algo que hacer consigo misma para alejarla de sí misma, algo que curara su espíritu, algo que sanara su psique. Parecía improbable.

Aun así, dijo:

– Tal vez… -Y sin darse cuenta de qué estaba reconociendo o con quien estaba hablando, reflexionó en voz alta-: Pero tengo que ayudar a mi madre. Está en el hospital.

Ivan ralentizó el paso.

– Comprendo -dijo-. ¿Cuánto tiempo lleva…? ¿Dónde está, exactamente?

La pregunta sirvió para que Joel volviera en sí y entrara en un estado más despierto. Se sintió marcado por la inmensidad de la traición que había cometido. No podía decir nada más sobre su madre: nada sobre las puertas cerradas con llave y las ventanas con barrotes y la infinidad de intentos fallidos por conseguir que Carole Campbell mejorara.

Entonces, más arriba de la calle donde se encontraban, apareció un pequeño grupo procedente de Portobello Bridge. Estaba formado por tres personas y Joel las reconoció de inmediato. Respiró hondo bruscamente y miró a Ivan. Sabía que lo más prudente para ellos sería cruzar la calle y esperar no ser vistos. Ser visto por el Cuchilla de día ya era malo, pero ser visto de noche constituía un peligro absoluto. Iba acompañado de Arissa -a quien parecía agarrar por la nuca-, y Cal Hancock los seguía detrás como un miembro de la Guardia Real.

– Ivan, vamos a cruzar -dijo Joel.

Ivan, que había estado esperando a que Joel contestara su pregunta, interpretó el comentario como una forma de evitar el asunto.

– ¿He sido irrespetuoso? -dijo-. Te pido disculpas por entrar donde no debería. Pero si alguna vez deseas hablar…

– No. Quería decir que cruzáramos. Ya sabes.

Pero ya era demasiado tarde, porque el Cuchilla los había visto. Se detuvo debajo de una farola, donde la luz proyectaba largas sombras sobre su cara.

– I-van. I-van, el hombre. ¿Qué haces en la calle tú solo? ¿Recogiendo a otro acólito?

Ivan también se paró, mientras Joel intentaba digerir esta información. Nunca había pensado que Ivan Weatherall pudiera conocer a alguien como el Cuchilla. Se puso tenso mientras su mente buscaba una respuesta a la pregunta de qué haría si el Cuchilla decidía ponerse chungo con ellos. Las fuerzas estaban igualadas, pero la situación no era buena.

– Buenas noches, Stanley -dijo Ivan afablemente. Parecía como si acabara de conocer a alguien de quien tenía muy buen concepto-. Madre de Dios, señor mío. ¿Cuánto tiempo hace?

«¿Stanley?», pensó Joel. Miró a Ivan y luego al Cuchilla. Las ventanas de la nariz del Cuchilla se ensancharon, pero no dijo nada.

– Stanley Hynds, Joel Campbell -siguió Ivan-. Continuaría con las presentaciones, Stanley, pero no he tenido el honor… -Hizo una pequeña reverencia anticuada hacia Arissa y hacia Calvin.

– Tú siempre con tus gilipolleces, I-van -dijo el Cuchilla.

– Exacto. Parece ser mi profesión. ¿Has terminado a Nietzsche, por cierto? Era un préstamo, no un regalo.

El Cuchilla resopló.

– ¿Aún no te han escarmentado, tío?

Ivan sonrió.

– Stanley, sigo caminando por estas calles ileso. Desarmado e ileso como siempre. ¿Me equivoco si supongo que tú tienes algo que ver?

– Aún no me he cansado de ti.

– Mucho tiempo puedo entretener aún. Si no… Bueno, los caballeros de azul de Harrow Road siempre saben dónde encontrarte, me figuro.

Al parecer, aquello fue el límite de lo que los compañeros del Cuchilla estaban dispuestos a tolerar.

– Vamos, cariño -dijo Arissa.

Calvin avanzó unos pasos:

– ¿Eso es una amenaza, tío? -dijo con una voz claramente impropia de Calvin.

Ivan sonrió al oír aquello y saludó con un sombrero imaginario en dirección al Cuchilla.

– Dime con quién andas, Stanley -dijo.

– Pronto, I-van -le contestó el Cuchilla-. Estás perdiendo deprisa tu poder de divertirme, tío.

– Trabajaré en la calidad de mi repertorio. Ahora, si no te importa, voy a acompañar a mi joven amigo a su casa. ¿Nos das tu bendición para pasar?

La petición estaba diseñada para apaciguar y lo consiguió. Una sonrisa cruzó los labios del Cuchilla que hizo un gesto con la cabeza a Calvin, quien se apartó.

– Ándate con ojo, I-van -dijo el Cuchilla mientras pasaban por delante de él-. Nunca se sabe quién puede aparecer por detrás.

– Grabaré esas palabras en mi corazón y en mi lápida -le respondió el hombre.

A Joel, todo aquello le había dejado es