/ Language: Español / Genre:detective

Una gran salvación

Elizabeth George

Era un despropósito de la peor especie. Estornudó de una manera ruidosa, húmeda, totalmente imperdonable, en el rostro de la mujer. Llevaba tres cuartos de hora aguantándose, rechazando el estornudo como si fuera la vanguardia de Enrique Tudor en la batalla de Bosworth, pero al final se rindió, y después de hacerlo, para empeorar las cosas, empezó a hacer ruido con la nariz. La mujer se lo quedó mirando. Era una de esas damas cuya presencia siempre le hacía sentirse como un imbécil. Medía más de metro ochenta y su atuendo, mal armonizado, revelaba la característica despreocupación indumentaria de la clase alta británica. De edad indefinida, intemporal, le escudriñaba con sus ojos azules, fríos como la hoja de una navaja, la clase de ojos que hacían saltar las lágrimas a muchas criadas cuatro décadas atrás. Debía de tener bastante más de sesenta años, quizás bordeaba los ochenta, pero nadie podría decirlo con exactitud. Permanecía erguida en su asiento, las manos entrelazadas sobre el regazo, en una postura aprendida en el colegio de señoritas que no permitía ni el menor movimiento propicio a la comodidad.

Elizabeth George

Una gran salvación

Inspector Lynley 1

CAPÍTULO UNO

Era un despropósito de la peor especie. Estornudó de una manera ruidosa, húmeda, totalmente imperdonable, en el rostro de la mujer. Llevaba tres cuartos de hora aguantándose, rechazando el estornudo como si fuera la vanguardia de Enrique Tudor en la batalla de Bosworth, pero al final se rindió, y después de hacerlo, para empeorar las cosas, empezó a hacer ruido con la nariz.

La mujer se lo quedó mirando. Era una de esas damas cuya presencia siempre le hacía sentirse como un imbécil. Medía más de metro ochenta y su atuendo, mal armonizado, revelaba la característica despreocupación indumentaria de la clase alta británica. De edad indefinida, intemporal, le escudriñaba con sus ojos azules, fríos como la hoja de una navaja, la clase de ojos que hacían saltar las lágrimas a muchas criadas cuatro décadas atrás. Debía de tener bastante más de sesenta años, quizás bordeaba los ochenta, pero nadie podría decirlo con exactitud. Permanecía erguida en su asiento, las manos entrelazadas sobre el regazo, en una postura aprendida en el colegio de señoritas que no permitía ni el menor movimiento propicio a la comodidad.

No le quitaba los ojos de encima, la mirada fija primero en el alzacuellos y luego en la nariz que goteaba de una manera evidente.

Disculpe, señora, le pido mil perdones. No permitamos que una pequeña inconveniencia, como un estornudo, se interponga en una amistad como la nuestra.

Siempre era muy divertido cuando entablaba conversaciones mentales. Sólo cuando hablaba en voz alta todo se embrollaba de un modo terrible.

Volvió a emitir un ruido nasal y ella le miró de nuevo. ¿Por qué diablos viajaba aquella mujer en segunda clase? Había subido al tren en Doncaster, como una rechinante Salomé ataviada con algo más que siete velos, y durante el resto del viaje se había dedicado alternativamente a sorber el café tibio y maloliente que servían en el ferrocarril y mirarle con una desaprobación que gritaba “Iglesia de Inglaterra” a la menor oportunidad.

Y entonces, el estornudo. Una conducta impecablemente correcta desde Doncaster hasta Londres podría haber excusado, hasta cierto punto, su catolicismo romano a los ojos de la mujer. Pero ¡ay!, el estornudo le condenó para siempre.

– Eh… ah… si me disculpa usted…

No había manera. Tenía el pañuelo en el fondo del bolsillo y para sacarlo habría tenido que soltar el viejo maletín que reposaba sobre sus rodillas, lo cual era impensable. La dama tendría que comprender. No se trata de una falta de etiqueta, señora; lo que tenemos entre manos es un ASESINATO. Subrayó este pensamiento produciendo un fuerte ruido con la nariz.

Al oírle, la mujer adoptó una postura todavía más correcta, tensando todas las fibras de su cuerpo para expresar desaprobación. Su mirada lo decía todo, era una crónica de sus pensamientos, y él podía leerlos uno a uno: hombrecillo despreciable y patético que no tiene menos de setenta y cinco años y, desde luego, los aparenta; encarna todo lo que se puede esperar de un sacerdote: tres cortes en la cara por no haber puesto cuidado al afeitarse, una miga de la tostada del desayuno alojada en una comisura de la boca, un traje negro brillante por el uso y con remiendos en los codos y los extremos de las mangas, un sombrero aplastado y polvoriento. ¡Y ese horrible maletín en su regazo! A partir de Doncaster había actuado como si la mujer hubiera subido al tren con la intención expresa de arrebatárselo y arrojarlo por la ventanilla. ¡Señor!

La dama suspiró y desvió la mirada como si buscara salvación, pero no parecía haberla. La nariz del hombre siguió goteando hasta que… la lentitud del tren anunció que por fin se aproximaban al final del viaje.

La mujer se puso en pie y le azotó con una última mirada.

– Por fin entiendo a qué se refieren ustedes, los católicos, con eso del purgatorio -dijo entre dientes, antes de salir al pasillo y apresurarse hacia la puerta del vagón.

– Oh, señora -musitó el padre Hart-, supongo que yo, realmente…

Pero la mujer había desaparecido. El tren se detuvo completamente bajo el techo abovedado de la estación de Londres. Era el momento de llevar a cabo aquello que había ido a hacer a la ciudad.

Miró a su alrededor para asegurarse de que no olvidaba nada, precaución inútil, puesto que había salido de Yorkshire sin más equipaje que aquel maletín que no soltaba ni un momento. A través de la ventanilla, echó un vistazo a la espaciosa estación de King Cross.

Se habría sentido mejor en una estación como la de Victoria, con sus viejos y agradables muros de ladrillo, sus puestos de venta y sus músicos ambulantes, éstos últimos siempre ojo avizor para no tropezarse con los guardias municipales. Pero King’s Cross era muy distinta: largas extensiones de suelo embaldosado, anuncios seductores colgados del techo, kioscos, confiterías, hamburgueserías y tanta, tantísima gente -mucha más de la que había esperado encontrar- formando colas para adquirir billetes, comiendo apresuradamente un tentempié mientras se dirigían a los trenes, discutiendo, riendo, dándose besos de despedida. Gentes de todas las razas y colores. Qué diferente era aquella estación. Pensó que quizás no podría soportar el ruido y la confusión.

– ¿Qué, padre? ¿Sale o piensa pasar aquí toda la noche?

Alarmado, el padre Hart miró el rostro rubicundo del mozo del tren, el mismo que por la mañana, cuando el tren salió de York, le había ayudado a encontrar su asiento. Era un agradable rostro norteño, con una indefinida cantidad de capilares que se rompían cerca de la epidermis, curtida por los vientos de los páramos.

– ¿Eh…? Ah, sí… Supongo que he de bajar. -El padre Hart hizo un esfuerzo decidido para moverse de su asiento-. Hacía años que no visitaba Londres -añadió, como si esta observación explicara, de alguna manera, su renuencia a bajar del tren.

El mozo aprovechó la oportunidad para ofrecer sus servicios.

– Permítame que le ayude. ¿Cuál es su maleta?

– Sólo tengo este maletín -dijo el padre Hart, ignorando la mano extendida del hombre. Ya podía notar el sudor en las palmas, las axilas, las ingles y la parte posterior de las rodillas. Se preguntó cómo se las arreglaría para aguantar durante la jornada.

Se dio cuenta de que el mozo lo miraba con curiosidad y luego posaba la mirada en el maletín, cuya asa apretó con fuerza. Tensó el cuerpo, confiando en que eso le proporcionaría resolución, pero lo único que consiguió fue un doloroso calambre en el pie izquierdo. Gimió mientras la intensa punzada llegaba a su cenit.

– A lo mejor no debería viajar solo -comentó el mozo con inquietud-. ¿Está seguro de que no necesita ayuda?

La necesitaba, desde luego, pero nadie podía facilitársela. Ni él mismo podía ayudarse.

– No, no. Ahora mismo me marcho. Ha sido usted muy amable al ayudarme a encontrar mi asiento en la confusión inicial.

El mozo le interrumpió con un ademán.

– No tiene importancia. Mucha gente no sabe que los asientos están reservados. No hemos fastidiado a nadie, ¿verdad?

– No, supongo que no…

El padre Hart aspiró hondo y retuvo el aliento. Se dijo que tenía que recorrer el pasillo hasta la puerta, salir e ir en busca del metro. Nada de eso podía ser tan insuperable como parecía. Se encaminó a la salida arrastrando los pies. El maletín, que sujetaba con ambas manos sobre su estómago, rebotaba a cada paso.

– Eh, padre -dijo el mozo a sus espaldas-. La puerta es un poco pesada. Permítame que se la abra.

Se hizo a un lado para dejar pasar al mozo. Dos empleados del ferrocarril, de aspecto hosco, entraban ya por la puerta trasera, con sacos para desperdicios al hombro, dispuestos a preparar el tren para su regreso a York. Eran paquistaníes, y aunque hablaban en inglés, su acento impedía al padre Hart entender una sola palabra de lo que decían. Esto le llenó de temor. ¿Qué hacía allí, en la capital de la nación, cuyos habitantes eran extranjeros inmigrantes que le miraban de un modo turbio y hostil? ¿Qué insignificante bien esperaba hacer allí? ¿Qué era aquella tontería? ¿Quién habría creído jamás…?

– ¿Necesita ayuda, padre?

Finalmente el padre Hart avanzó con decisión.

– No, gracias, estoy bien.

Bajó los escalones, notó el andén de cemento bajo los pies, oyó el reclamo de las palomas en lo alto del techo abovedado de la estación. Echó a andar por el andén hacia la salida y la calle Euston.

Volvió a oír la voz del mozo a sus espaldas.

– ¿No le espera nadie? ¿Sabe dónde está? ¿Adónde va ahora?

El sacerdote enderezó los hombros y saludó al mozo agitando la mano.

– Voy a Scotland Yard -respondió con voz firme.

La estación de St. Pancras, al otro lado de la calle, frente a King’s Cross, era hasta tal punto la antítesis arquitectónica de ésta que el Padre Hart permaneció inmóvil unos instantes, contemplando la magnificencia de su estilo neogótico. El estrépito del tráfico en la calle Euston y los eructos malolientes de dos camiones a diesel que pasaban muy cerca del bordillo, desaparecieron de su campo sensorial.

Era un entusiasta de la arquitectura, y aquel edificio en concreto era un ejemplo de locura arquitectónica.

– Cielo santo, esto es maravilloso -musitó, ladeando la cabeza para poder ver mejor las cumbres y los valles de la estación-. Un poco de limpieza y sería todo un palacio.

Miró distraído a su alrededor, como si se dispusiera a detener al primer transeúnte que pasara por su lado para sermonearle sobre los males que los humos de innumerables calefacciones habían ocasionado al viejo edificio. ¿Quién habrá sido el que…?

De repente, una furgoneta policial bajó por Caledonian Road y pasó aullando por el cruce con la calle Euston. El chillido de la sirena devolvió al sacerdote a la realidad, y se estremeció mentalmente, en parte por irritación, pero, sobre todo, por temor. Ahora no pasaba un solo día sin que su mente divagara, y eso, sin duda, auguraba el fin. Tragó saliva, y con ella el terror que era como un cuerpo extraño atascado en su garganta, y buscó nueva determinación. Se fijó en los grandes titulares del periódico matutino, y se acercó con curiosidad:

“¡EL DESTRIPADOR ATACA EN LA ESTACION DE VAUXHALL!”

¡El Destripador! Retrocedió un paso, miró a su alrededor y luego se adelantó de nuevo y leyó rápidamente un párrafo, de un modo superficial, temiendo que una lectura atenta revelara un interés por los temas morbosos impropio de un religioso. Sólo se fijó en algunas palabras sueltas, no en ninguna frase. Acuchillados… cuerpos semidesnudos… arterias… cortadas… víctimas masculinas…

Con un escalofrío, se llevó los dedos a la garganta y consideró lo vulnerable que era. Ni siquiera un alzacuello serviría de protección contra el cuchillo de un asesino, que buscaría el lugar idóneo donde hundirlo. La idea era aterradora. Se apartó del kiosco tambaleándose y, por suerte, vio el indicativo del metro a unos pasos de distancia. Eso le refrescó la memoria.

Buscó en su bolsillo el mapa de los transportes urbanos y examinó minuciosamente su arrugada superficie. Se dijo que debía usar la línea de circunvalación hasta St. James’s Park. Y añadió con más convicción: “Eso es: la línea de circunvalación hasta St. James’s Park”.

Repitió la frase como si fuera un canto gregoriano, mientras bajaba la escalera. Mantuvo el metro y el ritmo hasta la ventanilla y luego siguió repitiéndola hasta apretujarse en un vagón del ferrocarril subterráneo. Miró a los demás pasajeros, vio a dos ancianas que le miraban con avidez evidente e inclinó la cabeza, a modo de disculpa.

– Es tan confuso -explicó, con una tímida sonrisa amistosa-. Le hacen dar a uno tantas vueltas…

– De todas clases, Pammy, tal como te digo -dijo a su compañera la menos vieja de las dos mujeres, y dirigió al clérigo una mirada experimentada y glacial de desprecio-. Tengo entendido que usa todo tipo de disfraces.

Sin apartar sus ojos acuosos del confundido sacerdote, ayudó a levantarse a su marchita amiga, aferró el poste junto a la puerta y él gritó que bajarían en la próxima estación.

El padre Hart contempló su partida con resignación. Pensó que no tenían ninguna culpa. Uno no podía confiar jamás, ni una sola vez, de veras. Y eso era lo que había venido a decir en Londres: que no era la verdad, sino que sólo lo parecía. Un cuerpo, una muchacha y un hacha ensangrentada. Pero eso no era la verdad. El tenía que convencerles y. ¡Oh, señor, estaba tan poco dotado para ello!

Pero Dios estaba de su lado, y a ese pensamiento se aferraba. Lo que estoy haciendo es correcto, es correcto, es correcto… Este nuevo canto sustituyó al anterior hasta que llegó a las puertas de Scotland Yard.

– Que me aspen si no tenemos entre manos otra confrontación entre Kerridge y Nies -concluyó el inspector Malcolm Webberly. Hizo una pausa para encender el grueso cigarro que extendió de inmediato por la sala una desagradable capa de humo.

– Por Dios, Malcolm, abre una ventana si insistes en fumar esa porquería – dijo su compañero.

Como inspector jefe, sir David Hilliers era el superior de Webberly, pero le gustaba dejar que sus hombres dirigieran sus secciones individuales a su manera. A él nunca se le hubiera ocurrido lanzar semejante ataque olfativo tan poco tiempo antes de una entrevista, pero los métodos de Malcolm eran distintos de los suyos y nunca se habían revelado ineficaces. Cambió su silla de sitio para librarse en lo posible de la humareda, aunque así tenía ante sus ojos la peor parte de la oficina.

Hillier se hacía cruces de la eficacia con que Malcolm dirigía su departamento, habida cuenta de su tendencia al caos. Todas las superficies disponibles estaban abarrotadas de archivadores, fotografías, informes y libros. Por todas partes había tazas de café vacías y ceniceros rebosantes de colillas, y en un estante alto desentonaban unos viejos zapatos deportivos. La habitación tenía el aspecto y el olor que Webberly se había propuesto darle, igual que el tugurio desordenado de un estudiante, atestado, amigable y maloliente. Sólo faltaba una cama sin hacer. Era la clase de lugar que facilita las largas reuniones y la conversación, que fomenta la camaradería entre hombres que trabajan necesariamente en equipo. Hillier consideraba a Malcolm un tipo listo, cuatro o cinco veces más astuto de lo que dejaban adivinar su aspecto ordinario, sus hombros caídos y su obesidad.

Webberly se levantó y se acercó a la ventana, con cuyo cierre estuvo forcejeando hasta que logró abrirlo.

– Perdona, David. Siempre lo olvido. -Volvió a sentarse ante su mesa, paseó una mirada melancólica por los papeles y demás objetos que la cubrían, y dijo:

– Esto es precisamente lo que no necesitaba ahora.

Se pasó una mano por el escaso cabello, en otro tiempo rubio rojizo, pero ahora casi todo gris.

– ¿Problemas en casa?-le preguntó Hilliers cautamente, con la mirada fija en su anillo de oro. La pregunta era embarazosa par ambos, porque eran cuñados, hecho que desconocía la mayoría de sus colegas en el Yard y del que los dos hombres no solían hablar.

Su relación era uno de esos caprichos del destino que une a dos hombres de distintos modos de los cuales prefieren no hablar entre ellos. La carrera de Hillier había sido un reflejo de su matrimonio: tanto en la una como en el otro había tenido éxito, y eran profundamente satisfactorios. Su mujer era perfecta: abnegada, compañera intelectual, madre amorosa y una delicia sexual. Admitía que ella era el mismo centro de su existencia y que sus tres hijos eran meros objetos tangenciales, agradables y divertidos, pero sin verdadera importancia, comparados con Laura. Recurría a ella -le dedicaba su primer pensamiento por la mañana y el último por la noche- prácticamente para todo cuanto necesitaba en la vida. Y ella satisfacía todas sus necesidades.

El caso de Webberly era diferente: su carrera avanzaba despacio, con la pesadez que lo caracterizaba, no era brillante pero sí cauta, llena de innumerables éxitos cuyo mérito no solía atribuirse, pues Webberly no tenía las dotes de animal político necesarias para triunfar en el Yard, y así, en su horizonte profesional no descollaba la seductora posibilidad de que algún día le honraran con un título de caballero, lo cual ocasionaba una tensión enorme en el matrimonio Webberly.

Saber que su hermana menor era lady Hillier impedía a Frances Webberly reconciliarse con su situación, y así había pasado de ser un ama de casa complaciente y tímida a una trepadora social de las más agresivas. Organizaba fiestas, cenas y cócteles que la economía familiar apenas podía sostener, e invitaba a personas por las que no tenía ningún interés, pero que ella consideraba imprescindibles para la ascensión de su marido a la cumbre. Los Hilliers asistían fielmente a las fiestas, Laura por una triste lealtad hacia la hermana con la que ya no podía comunicarse afectivamente, y Hilliers para proteger a Webberly lo mejor que pudiera de los comentarios incisivos y crueles que Frances solía hacer públicamente sobre la deslucida carrera de su marido. Hilliers pensaba, con un escalofrío, que aquella mujer era una encarnación de lady Macbeth.

Webberly respondía a la pregunta de su colega.

– No, no tengo problemas en casa. Lo único que ocurre es que creía conocer bien a Nies y Kerridge, desde hace años. Resulta desconcertante que ahora se produzca un enfrentamiento.

Hillier pensó que era muy propio de Malcolm responsabilizarse de las flaquezas ajenas.

– Refréscame la memoria sobre la última pelea. Fue aquél caso de Yorshire, ¿verdad? El de los gitanos implicados en un asesinato.

Webberly asintió.

– Nies está al frente de la policía de Richmond. -Suspiró profundamente, olvidando por un momento lanzar el humo de su cigarro hacia la ventana abierta. Hillier se esforzó por no toser. Webberly se aflojó el nudo de la corbata y acarició distraídamente el cuello raído de su camisa blanca-. Hace tres años mataron allí a una gitana vieja. Los hombres de Nies son meticulosos, tienen en cuenta hasta el último detalle. Hicieron una investigación y detuvieron al yerno de la vieja. Al parecer, discutieron por la propiedad de un collar de granates.

– ¿Granates? ¿Dónde lo robaron?

Webberly meneó la cabeza y depositó la ceniza de su cigarro en el mellado cenicero metálico que reposaba sobre su mesa. Estaba demasiado lleno y las cenizas de muchos cigarros anteriores se levantaron como polvo que se depositó sobre papeles y cartas.

– No lo robaron. Era un regalo de Edmund Hanston-Smith.

Hillier se inclinó hacia delante.

– ¿Hanston-Smith?

– Sí, te acuerdas ahora, ¿verdad? Pero ese caso ocurrió después de todo esto. El hombre detenido por el asesinato de la vieja creo que se llamaba Romaniv- tenía una esposa, de unos veinticinco años y bonita a la manera en que sólo pueden serlo esas mujeres: morena, de piel olivácea, exótica.

– ¿Lo bastante atractiva para encandilar a un hombre como Hanston-Smith?

– Desde luego. Ella le hizo creer que Romaniv era inocente. Pasaron algunas semanas… Romaniv aún no había sido llevado ante los tribunales. La mujer convenció a Hanston-Smith que era preciso reabrir el caso, le juró que les perseguían sólo por su raza gitana y que Romaniv había estado con ella durante toda la noche de autos.

– Imagino que sus encantos facilitaron la verosimilitud.

Webberly esbozó una sonrisa. Aplastó la colilla de cigarrillo en el cenicero y entrelazó sus manos pecosas sobre el estómago, de modo que ocultaron eficazmente la mancha de su chaleco.

– Según el testimonio del ayuda de cámara de Hanston-Smith, la buena señora Romaniv no tuvo dificultad para lograr que un hombre de sesenta y dos años estuviera atareado durante toda la noche. Recordarás que Hanston-Smith era un hombre de influencia política y riqueza considerables. No fue arduo para él convencer a la policía de Yorkshire para que tomara cartas en el asunto, y así Rubin Kerridge, que aún es el comisario jefe de Yorkshire, a pesar de todo lo ocurrido, ordenó que se reabriera la investigación de Nies y, para empeorar las cosas, ordenó la puesta en libertad de Romaniv.

– ¿Y cómo reaccionó Nies?

– Al fin y al cabo, Kerridge es su oficial superior. ¿Qué podía hacer? Nies montó en cólera, pero liberó a Romaniv y ordenó a sus hombres que empezaran de nuevo.

– Se diría que si la liberación de Romaniv hizo feliz a su esposa, puso un fin prematuro a la alegría de Hanston-Smith -observó Hillier.

– Naturalmente, la señora Romaniv se sintió obligada a expresar a Hanston-Smith su agradecimiento del modo al que él se había acostumbrado tanto. Durmió con él por última vez, hizo deslomarse al pobre tipo hasta la madrugada, si no me equivoco, y entonces hizo entrar a Romaniv en la casa. – Webberly alzó la vista al oír unos recios golpes en la puerta-. Lo demás es una historia sangrienta. Entre los dos asesinaron a Hanston-Smith, se apoderaron de todo lo que podían llevarse, fueron a Scarborough y antes de que se hiciera de día estaban fuera del país.

– ¿Y la reacción de Nies?

– Pidió la dimisión inmediata de Kerridge. – Volvieron a oírse unos golpes en la puerta, pero Webberly no hizo caso-. No lo consiguió, pero Nies se la tiene jurada desde entonces.

– Y dices que ahora vuelven a estar enfrentados.

Sonaron los golpes por tercera vez, con mucha más insistencia.

Webberly dio permiso para que entraran y apareció Bertie Edwards, el jefe del departamento forense, el cual entró en la estancia con su presteza acostumbrada, garabateando en su tablilla y hablando al mismo tiempo. Para Edwards, la tablilla era tan humana como son las secretarias para la mayoría de los hombres.

– Fuerte contusión en la sien derecha -dijo alegremente-, seguida por laceración de la arteria carótida. Sin documentos de identificación, ni dinero, y sin ropas, excepto las prendas interiores. Es el Destripador del ferrocarril, desde luego. -Terminó de escribir haciendo un adorno con la pluma.

Hillier examinó al hombrecillo con profundo disgusto.

– Dios mío, esos titulares de la prensa… Whitechapel nos va a perseguir hasta el día del juicio.

– ¿Se trata del cadáver de Waterloo? -preguntó Webberly.

Edwards miró a Hillier: su rostro era un libro abierto en el que se reflejaban sus dudas. ¿Era aconsejable dar algún nombre, el que fuera, a unos asesinos desconocidos para contentar a la opinión pública? Aparentemente rechazó esa posibilidad, pues se enjugó la frente con la manga de su bata blanca y se volvió hacia su inmediato superior.

– Waterloo, en efecto -asintió-. El número once. Aún no hemos terminado del todo con Vauxhall. Ambos asesinatos tienen las características de las demás víctimas del Destripador que hemos visto. Transeúntes, con las uñas rotas, sucios, el pelo mal cortado, incluso piojos. El de King’s Cross sigue siendo el único que se aparta de la norma, y aún no sabemos nada después de las semanas transcurridas. No tiene documentos de identificación y hasta el momento no se ha recibido ninguna denuncia por desaparición. Estamos atascados. -Se rascó la cabeza con el extremo de su pluma.- ¿Quiere la foto de Waterloo? La he traído.

Webberly señaló la pared, en la que ya había fijado las fotografías de las doce víctimas recientes, todas ellas asesinadas de idéntica manera dentro o en los alrededores de estaciones ferroviarias de Londres. Ahora eran trece los asesinatos cometidos en poco más de cinco semanas, y los periódicos bramaban, clamando por una detención. Como si esto le trajera sin cuidado, Edward silbó airosamente entre los dientes y buscó una chincheta entre los innumerables objetos que cubrían la mesa de Webberly. Clavó la foto de la última víctima en la pared.

– No es una mala foto. -Dio un paso atrás para admirar su obra-. Le he cosido que es un primor.

– ¡Por Dios! -estalló Hillier-. ¡Eres un necrófago, hombre! ¡Por lo menos ten la decencia de quitarte esa sucia bata cuando entres aquí! ¿Es que no tienes sentido común? ¡Hay mujeres en estos departamentos!

Edwards parecía escucharle atentamente, pero su mirada se deslizaba sobre el comisario jefe, deteniéndose más tiempo en el cuello carnoso que se expandía sobre el cuello de la camisa y el espeso cabello que a Hillier le gustó llamar en otro tiempo leonino. Edwards se encogió de hombros e intercambió con Webberly una mirada de comprensión mutua.

– Es todo un caballero -comentó antes de abandonar la habitación.

– ¡Hay que despedir a ese tipo! -gritó Hillier cuando la puerta se cerró tras el patólogo.

Webberly se echó a reír.

– Anda, David, vamos a tomar un jerez. La botella está en el armario, a tus espaldas. Ninguno de nosotros debería estar aquí en sábado.

Dos copas de jerez paliaron considerablemente la irritación de Hillier con el patólogo. Estaba ante la pared, mirando detenidamente las trece fotografías.

– Esto es un maldito lío – observo sobriamente-. Victoria, King’s Cross, Waterloo, Liverpool, Blackfriars, Paddington. ¡Maldita sea, por qué no lo hará al menos por orden alfabético!

– Los maníacos suelen carecer con frecuencia del toque organizativo -respondió Webberly plácidamente.

– Ni siquiera sabemos cómo se llamaban cinco de estas víctimas -se quejó Hillier.

– Siempre les quitan los documentos de identidad, lo mismo que el dinero y la ropa. Si no hay ningún informe de personas desaparecidas, empezamos con las huellas. Ya sabes lo lento que es ese procedimiento, David. Hacemos cuanto podemos.

Hillier se dio la vuelta. Lo único que sabía con certeza era que Malcolm siempre haría cuanto estuviera en su mano y permanecería silenciosamente en segundo término cuando se repartieran los honores.

– Lo siento. ¿Estaba echando espuma por la boca?

– Un poco.

– Como de costumbre. Volvamos a esa nueva querella entre Nies y Kerridge. ¿De qué se trata?

Webberly echó un vistazo a su reloj.

– Una discusión por otro asesinato en Yorksire, nada menos. Envían a alguien con los datos. Un sacerdote.

– ¿Un sacerdote? Dios mío… ¿Qué clase de caso es este?

Webberly se encogió de hombros.

– Evidentemente, es la única persona en la que Nies y Kerridge se pusieron de acuerdo para que nos trajera la información.

– ¿Y por qué motivo?

– Parece ser que él encontró el cadáver.

CAPÍTULO DOS

Hillier se acercó a la ventana de la oficina. El sol de la tarde iluminó su cara, resaltando arrugas que reflejaban muchas noches sin dormir y un rostro grueso y sonrosado que evidenciaba demasiada comida y vino de Oporto.

– Pero esto es totalmente irregular. ¿Es que Kerridge se ha vuelto loco?

– Eso es lo que Nies afirma durante años.

– Pero hacer que la primera persona que aparece en escena… ¡Y ni siquiera un policía! ¿En qué puede pensar ese hombre?

– En que un sacerdote es la única persona en la que ambos pueden confiar. -Webberly consultó de nuevo su reloj-. Deberá llegar de un momento a otro. Por eso te he pedido que bajaras.

– ¿Para que escuche el relato de un sacerdote? Desde luego, ese no es tu estilo.

Webberly movió lentamente la cabeza. Había llegado a la parte difícil.

– La verdad es que no se trata de escuchar el relato, sino el plan.

– Estoy intrigado. -Hillier se fue a servir otra copa de jerez y ofreció la botella a su amigo, el cual hizo un gesto de rechazo. Volvió a su asiento, y cruzó las piernas con cuidado, para no estropear la fina raya de sus pantalones-. ¿El plan?

Webberly removió un rimero de expedientes sobre su mesa.

– Me gustaría que Lynley trabajara en este caso.

Hillier enarcó una ceja.

– ¿Lynley y Nies para un segundo asalto? ¿Es que no has tenido ya bastantes líos con esas combinaciones, Malcolm? Además, Lynley no está en la lista rotatoria este fin de semana.

– Eso puede arreglarse. -Webberly titubeó, se hizo un silencio-. Me tienes aquí pendiente, David -dijo al fin.

Hillier sonrió.

– Perdona. Esperaba a ver cómo ibas a solicitarla.

– Puñetero -dijo Webberly en voz baja-. Me conoces demasiado bien.

– Digamos que te conozco bastante bien para saber que eres más justo de lo que te conviene. Permíteme que te de un consejo, Malcolm. Deja a Havers donde la pusiste.

Webberly dio un respingo y ahuyentó una mosca inexistente.

– Me remuerde la conciencia.

– No seas necio, o lo que es peor, no seas un tonto sentimental. Barbara Havers ha demostrado que es incapaz de hacer algo de provecho como agente de paisano. Hace ocho meses volvió a ponerse el uniforme y se desenvuelve mucho mejor. Déjala.

– No la puse a prueba con Lynley.

– ¡Tampoco la pusiste a prueba con el Príncipe de Gales! Entre tus responsabilidades no figura la de ir cambiando de sitio a los sargentos detectives hasta que encuentren un bonito rincón donde puedan envejecer felizmente. Eres responsable de que el trabajo duro salga adelante, y no es un trabajo que pueda hacerse con un personal como Havers. ¡Tienes que admitirlo!

– Creo que la experiencia le ha enseñado.

– ¿Qué le ha enseñado? ¿Que ser una lagarta truculenta y testaruda no facilita precisamente la promoción?

Webberly dejó que las palabras de Hillier abrasaran el aire entre ellos.

– Ese ha sido siempre el problema, ¿no? -dijo al fin.

Hillier reconoció una penosa resignación en el tono de su amigo. Ese era realmente el problema: avanzar por el escalafón. Pensó que había dicho una estupidez.

– Disculpa, Malcolm. -Terminó plácidamente el jerez, lo cual le dio algo que hacer en vez de mirar el rostro de su cuñado-. Te mereces mi puesto. Ambos lo sabemos, ¿no es cierto?

– No seas absurdo.

Pero Hillier se puso de pie.

– Llamaré a Havers.

La sargento detective Barbara Havers salió del despacho del comisario jefe, pasó rígidamente ante la secretaria de éste y se dirigió al pasillo. Estaba lívida de ira.

¿Cómo se atrevían a hacerle una cosa así? Pasó por el lado de un empleado, sin detenerse cuando a éste se le cayeron al suelo los expedientes que llevaba y se esparcieron. Ella siguió su camino, pisoteándolos. ¿Con quién creían que estaban tratando? ¿La consideraban tan estúpida como para no darse cuenta de la estratagema? ¡Les mandaría a paseo!

Parpadeó y se dijo para sus adentros que no lloraría, no levantaría la voz, no reaccionaría. El letrero de SEÑORAS apareció como un milagro ante ella, y entró en el servicio. Allí no había nadie más y hacía fresco. ¿Era real el calor que había sentido en la oficina de Webberly, o quizás la cólera la había acalorado? Se aflojó el nudo de la corbata y se acercó al lavabo. El agua fría brotó del grifo bajo sus dedos temblorosos, mojando la falda del uniforme y la blusa blanca. Era lo único que le faltaba.

– Eres una burra -espetó a su imagen reflejada en el espejo-. ¡una burra fea y estúpida! -No lloraba con facilidad, por lo que las lágrimas le parecieron cálidas y amargas, con un sabor y una sensación extraños mientras le recorrían las mejillas, formando riachuelos sobre su rostro sin atractivo-. Eres todo un caso, Barbara. ¡Valiente facha la tuya!

Sollozando, se apartó del lavabo y apoyó la cabeza en las frías baldosas de la pared.

Barbara Havers era una treinteañera carente de encantos, y no parecía tener ningún interés en mejorar su aspecto. Su cabello era sedoso, brillante, castaño claro, y podría haber adaptado el estilo de peinado a la configuración de su rostro, pero lo llevaba cortado de un modo imperdonable, justo por debajo de las orejas, como si se cubriera la cabeza con un cuenco demasiado pequeño para moldearlo. No usaba maquillaje. Las cejas espesas, sin arreglar, resaltaban la pequeñez de sus ojos en vez de subrayar su expresión de inteligencia. La fina boca, jamás adornada por el rojo de labios, estaba siempre fruncida, en un mohín de desaprobación, producía el efecto de una mujer rolliza, robusta y totalmente inabordable.

“Así que te ha tocado el gordo -pensó-. ¡Vaya regalo, Barb! Al cabo de ocho meses desgraciados te hacen volver de la calle para “darte otra oportunidad”… ¡Y con Lynley, nada menos!”

– No lo haré -musitó-. ¡No lo haré! ¡No trabajaré con ese estúpido petimetre!

Se apartó de la pared y volvió al lavabo. Abrió el grifo, esta vez con cuidado, inclinándose para refrescar su rostro ardiente y lavar las huellas de sus lágrimas.

Pasó por su mente la escena vivida en el despacho de Webberly.

– Me gustaría darle otra oportunidad en el Departamento -le dijo el comisario jefe, el cual jugueteaba con un abrecartas sobre su mesa, pero ella reparó en las fotografías del Destripador clavadas en la pared y el corazón le dio un brinco. ¡El caso del Destripador a su cargo!

– ¡Oh, sí, desde luego! ¿Cuándo empiezo? ¿Será con MacPherson?

– Es un caso especial, relacionado con una muchacha, en Yorkshire.

– Así que no se trata del Destripador. Pero, en fin, es un caso. ¿Dice usted una muchacha? Claro que puedo ayudar. Entonces, ¿trabajaré con Stewart? Conoce bien Yorkshire, y haríamos un buen trabajo, estoy segura.

– La verdad es que espero recibir la información antes de una hora. Le necesitaré aquí, si está interesada, claro.

– ¡Si estoy interesada! Tres cuartos de hora es todo lo que necesito para cambiarme, tomar un bocado y volver aquí. Tomaré el último tren para York. ¿Nos reuniremos aquí? ¿He de pedir un vehículo?

– Bueno, verá… Antes de nada necesito que pase por Chelsea.

La conversación se interrumpió de súbito.

– ¿A Chelsea, señor? ¿Qué diablos tiene que ver Chelsea con todo esto?

– Sí, tiene que ver -dijo Webberly pausadamente, dejando caer el abrecartas sobre los papeles que cubrían la mesa-. Trabajará usted con el inspector Lynley, y lamentablemente tenemos que sacarle de la boda de Saint James, que se celebra en Chelsea. -Consultó su reloj-. La boda era a las once, por lo que sin duda ya están en la recepción. Hemos intentado localizarle por teléfono, pero parece ser que ha dejado el aparato descolgado. -Alzó los ojos y vio la expresión conmocionada de la mujer-. ¿Le ocurre algo, sargento?

– ¿El inspector Lynley? -De repente lo vio todo claro, el motivo por el que la necesitaban, por el que nadie, excepto ella, serviría para el trabajo.

– Lynley, en efecto. ¿Hay algún problema?

– No, ninguno en absoluto… -Tras una pausa, añadió-: señor.

Los ojos astutos de Webberly evaluaron su respuesta.

– Bien, me alegra saberlo. Podrá aprender mucho trabajando con Lynley. – Siguió escrutándola, aquilatando su reacción-. Procure estar de regreso lo antes posible. -Dicho esto volvió a centrar su atención en los papeles sobre la mesa. No tenía nada más que decirle.

Barbara se miró en el espejo y buscó un peine en el bolsillo de su camisa. Lynley, nada menos. Se rastrilló el cabello con las púas de plástico, implacable, aplastándolo contra el cuero cabelludo, raspándose la piel, y el dolor que experimentaba era gratificante. ¡Lynley!

Era demasiado evidente por qué le hacían colgar el uniforme y volver a ser un policía de paisano. Querían que Lynley trabajara en el caso, pero también necesitaban una mujer. Y todo el mundo en la calle Victoria sabía que ninguna mujer estaba segura al lado de Lynley, el cual se había abierto paso a través del departamento y la división a golpes de bragueta, dejando tras él muchos corazones rotos. Tenía la reputación de un caballo de carreras utilizado como semental y, a juzgar por lo que se rumoreaba, tenía también la resistencia de uno de esos animales. Con gesto airado, la sargento volvió a guardarse el peine en el bolsillo.

Se encaró con su imagen: “¿Qué sientes al ser la única mujer cuya virtud está totalmente segura en presencia del todopoderoso Lynley?” ¡No habría peligro de que las manos de aquel hombre se propasaran si Barb iba a bordo del coche! Ninguna cena confidencial para “revisar nuestras notas”, ninguna invitación a Cornualles para “considerar cuidadosamente el caso”. No, Barb no había de temer nada. Bien sabía Dios que, con Lynley, estaba a salvo. En sus cinco años de trabajo con aquel hombre en la misma división, él no la había llamado por su nombre ni una sola vez, y no la había tocado ni por casualidad, como si unos antecedentes de estudios elementales y un acento de clase obrera fuesen enfermedades sociales que podrían infectarle si no pusiera un cuidado escrupuloso para mantenerlas a distancia.

Salió del baño y, con paso orgulloso, recorrió el pasillo hasta el ascensor. ¿Había alguien en todo New Scotland Yard a quién odiara más que a Lynley? Aquel hombre era una combinación milagrosa de cuanto ella despreciaba con toda su alma: educado en Eton, sobresaliente en Historia en Oxford, una voz refinada como corresponde a quien se ha educado en una excelente escuela privada británica, y un maldito árbol genealógico cuyas raíces llegaban a la batalla de Hastings. Clase alta, inteligente y con un encanto tan irresistible que ella no podía comprender por qué los criminales de la ciudad no se le entregaban sin chistar, simplemente para darle gusto.

Los motivos que tenía aquel hombre para trabajar en el Yard eran de risa, un condenado mito en el que ella no creía lo más mínimo. El tipo quería ser útil, colaborar, y prefería tener un cargo en Londres a una vida ociosa en su finca. ¡Era para desternillarse de risa!

Se abrieron las puertas del ascensor y Barbara oprimió furiosamente el botón del aparcamiento. Lynley y las circunstancias de Lynley seguían monopolizando sus pensamientos. ¡Qué dulce y satisfactoria la carrera de aquel lechuguino, comprada totalmente con los fondos de su familia! No por sus méritos personales, sino por su capital, había llegado a la posición que tenía, y era evidente que le nombrarían comisario antes de que hubiera recorrido todo el escalafón.

Se encaminó a su coche, un Mini herrumbroso que estaba en un extremo del aparcamiento. Qué estupendo ser rico, poseer un título nobiliario, como Lynley, trabajar sólo por diversión y luego regresar a casa, en el barrio residencial de Belgravia, o, mejor aún, volar a la finca de Cornualles, donde le esperan a uno mayordomos, doncellas, cocineras y ayudas de cámara.

“Y piensa en ello, Barb: imagínate en presencia de semejante grandeza. ¿Qué harás? ¿Te desmayarás o vomitarás primero?”

Arrojó el bolso al asiento trasero del Mini, cerró la portezuela y puso en marcha el motor petardeante. Las ruedas chirriaron sobre el pavimento mientras el coche ascendía por la rampa; la conductora saludó con un brusco gesto de la cabeza al guardián en su garita y se dirigió a la calle.

Había poco tráfico, como ocurre los fines de semana, y tardó pocos minutos en trasladarse desde la calle Victoria hasta el Embankment, donde la brisa suave de la tarde de octubre fue un bálsamo para su irritación, calmó sus nervios y le ayudó a olvidar lo indignada que estaba. El trayecto hasta el domicilio de Saint James fue agradable de veras.

A Barbara le gustaba Simon Allcourt -Saint James, le gustaba desde que le conoció, diez años atrás, cuando ella era una nerviosa aspirante a policía de veinte años, demasiado consciente de ser una mujer en un mundo de hombres bien defendido contra cualquier intrusión, donde todavía se referían a las mujeres policías con apelativos groseros cuando habían tomado unas copas. Y estaba segura de que los más grotescos se los habían dado a ella. Que se fueran todos al infierno. Para ellos, cualquier mujer que aspirase a integrarse en el Departamento era un bicho raro, y le hacían sentirse así. En cambio, para Saint James, dos años mayor que ella, había sido una colega aceptable, incluso una amiga. Ahora Saint James era un científico forense independiente, pero había iniciado su carrera en el Yard.

Cuando sólo tenía veinticuatro años, había sido el mejor experto en la escena del crimen, rápido, perceptivo, intuitivo. Podría haber tomado cualquier dirección: investigaciones, patología, administración, lo que fuera. Pero todo terminó una noche ocho años atrás, cuando viajaba en coche con Lynley por las carreteras comarcales de Surrey. Los dos habían bebido, y Saint James siempre se apresuraba a admitirlo, pero todo el mundo sabía que Lynley iba al volante esa noche, que fue él quien perdió el control en una curva y quien resultó ileso, mientras su amigo de la infancia, Saint James, sufría lesiones que le convirtieron en un inválido, y aunque podía haber proseguido su carrera en el Yard, Saint James había preferido retirarse a una casa en Chelsea, donde vivió como un recluso durante los cuatro años siguientes. Tenía que agradecérselo a Lynley, pensó sobriamente Barbara.

Le costaba creer que Saint James hubiera mantenido realmente su amistad con aquel hombre, pero así era, en efecto, y algo, alguna clase de situación peculiar, había cimentado su relación casi cinco años antes y había devuelto a Saint James al terreno que le correspondía. También eso tenía que agradecérselo a Lynley, se dijo de mala gana.

Encontró un hueco disponible en la calle Lawrence, aparcó el Mini y caminó por la plaza Lordship hacia Cheyne Row. Aquella zona de la ciudad, en las proximidades del río, se caracterizaba por unos edificios de ladrillo de color ocre oscuro, decorados con finas molduras de yeso y madera, y cuyas ventanas y balcones de hierro forjado habían sido restaurados y pintados de negro. En armonía con el pueblo que Chelsea fue en otro tiempo, las calles eran estrechas, y la espesa fronda de sicomoros y olmos que las bordeaban las habían convertido en túneles vegetales que amarilleaban bajo el sol otoñal.

La casa de Saint James estaba en una esquina, y Barbara, al pasar junto al alto muro de ladrillo que rodeaba el jardín, oyó el estrépito de la fiesta. Alguien propuso un brindis, al que respondieron con gritos de aprobación seguidos de aplausos. En el muro había una vieja puerta de roble. Estaba cerrada, pero Barbara pensó que era mejor así, pues llevaba puesto el uniforme y no quería irrumpir en la reunión como si fuera a hacer un arresto.

Dobló una esquina y se encontró con la puerta principal del alto y antiguo edificio, que estaba abierta. Le llegaron las risas, los ruidos vibrantes de la plata y la porcelana, las detonaciones de las botellas de cava y, en algún lugar del jardín, la música de violín y la flauta. Había flores por todas partes, incluso en la escalera de la entrada, en cuyas balaustradas se entrelazaban rosas blancas y rosas que llenaban la atmósfera de un perfume embriagador. Incluso en los balcones había macetas con convólvulos, cuyas flores en forma de trompeta se derramaban por los bordes, exhibiendo sus abigarrados colores.

Barbara aspiró hondo y subió los escalones. Era inútil llamar, pues aunque varios invitados que estaban cerca de la puerta le dirigieron miradas inquisitivas, al verla titubeante, en la entrada, enfundada en un uniforme que le sentaba mal, regresaron al jardín sin dirigirle la palabra, y pronto estuvo claro que, si quería encontrar a Lynley, tendría que mezclarse entre toda aquella gente, cosa que no le hacía ninguna gracia.

Estaba a punto de retirarse, amilanada, y regresar al coche para recoger un viejo impermeable y cubrirse por lo menos el uniforme -demasiado ajustado a las caderas y con la tela tensa en los hombros y el cuello-, cuando los sonidos de pisadas y risas en la escalera que partía del vestíbulo llamaron su atención. Una mujer descendía, llamando por encima del hombro a alguien que seguía en el piso de arriba.

– Sólo nos vamos los dos. Ven con nosotros, Sid, y será una fiesta.

La mujer se volvió, vio a Barbara y se detuvo en seco, con una mano en la barandilla. El gesto tenía mucho de pose, pues era la clase de mujer capaz de lograr que unos metros de seda de color ceniciento salpicada de lunares oscuros y cosidos de cualquier manera, parecieran el último grito en la alta costura. No era demasiado alta, pero sí muy esbelta, con una cascada de pelo castaño que enmarcaban un rostro perfecto rostro ovalado. Barbara la reconoció enseguida, pues la había visto en muchas de las numerosas ocasiones en que había ido en busca de Lynley por algún asunto relacionado con el Yard. Era la querida más duradera de Lynley y ayudante de laboratorio de Saint James, lady Helen Clyde, la cual terminó de bajar la escalera y cruzó el vestíbulo hacia la puerta, llena de confianza, observó Barbara, con un absoluto dominio de sí misma.

– Tenía la terrible sensación de que vendría usted en busca de Tommy -se apresuró a decir, tendiendo la mano-. ¿Qué tal? Soy Helen Clyde.

Barbara se presentó, sorprendida por la firmeza con que la mujer le había estrechado la mano. Las tenía muy delgadas, muy frías al tacto.

– Le necesitan en el Yard.

– Pobre hombre, qué injusto es lo que le hacen. -Lady Helen hablaba más para sí misma que para su interlocutora, pues, de improviso, dirigió a Barbara una sonrisa llena de excusas-. Pero usted no tiene la culpa, ¿verdad? Venga, iremos a buscarle.

Sin aguardar respuesta, se dirigió a la puerta que daba acceso al jardín, y Barbara no tuvo más remedio que seguirla. Sin embargo, al primer atisbo de las mesas cubiertas con manteles blancos ante las que los invitados, vestidos con elegancia, charlaban y reían, Barbara retrocedió rápidamente al penumbroso vestíbulo, llevándose maquinalmente los dedos al nudo de la corbata.

Lady Helen se detuvo y posó en ella sus ojos oscuros, pensativa.

– ¿Quiere que le traiga a Tommy? -le ofreció, sonriendo de nuevo-. Le costará encontrarle entre tanta gente.

– Gracias -replicó rígidamente Barbara, y contempló cómo la otra cruzaba el césped hasta un grupo enzarzado en una alegre conversación alrededor de un hombre alto que daba la impresión de haber nacido vestido de etiqueta.

Lady Helen le tocó el brazo y le dijo unas palabras. El hombre miró hacia la casa, revelando un rostro que tenía el sello inequívoco de la aristocracia. Parecía el rostro de una escultura griega, atemporal. Se apartó de la frente el cabello rubio, depositó su copa de cava en una mesa cercana y, tras intercambiar una pulla con uno de sus amigos, se encaminó a la casa, con lady Helen a su lado.

Desde su lugar seguro entre las sombras, Barbara observó la aproximación de Lynley. Sus movimientos eran garbosos, fluidos, como los de un gato. Era el hombre más apuesto que había conocido en su vida. Y le odiaba.

– Hola, sargento Havers -le dijo cuando llegó a su lado-. Este fin de semana no estoy de servicio.

Barbara comprendió claramente lo que quería decir: “Me estás interrumpiendo, Havers.”

– Me ha enviado Webberly, señor. Llámele si lo desea.

No le miró directamente mientras replicaba, sino que centró su mirada en algún lugar por encima del hombro izquierdo del hombre.

– Pero sin duda él sabe que hoy se celebra la boda, Tommy -terció Lady Helen en un tono de moderada protesta.

Lynley soltó un bufido irritado.

– Naturalmente que lo sabe. -Su mirada se demoró en el césped antes de volver a fijarse en Barbara-. ¿De qué se trata? ¿De ese Destripador? Me dijeron que John Stewart trabajaría en el caso con MacPherson.

– Por lo que sé, se trata de un asunto en el norte. Hay una chica implicada.

Barbara pensó que él apreciaría esta información, pues la presencia de una mujer ponía la guinda al caso. Esperó a que él le preguntara por los detalles que, sin duda, eran lo que más importaba: edad, estado civil y medidas de la damisela cuya aflicción estaba dispuesto a remediar.

Lynley entrecerró los ojos.

– ¿En el norte?

– Bueno -terció lady Helen, con una risita pesarosa-. Se acabaron nuestros planes para ir a bailar esta noche, querido Tommy, y eso que casi había persuadido a Sydney para que también viniera.

– Qué se le va a hacer – replicó Lynley.

Pasó bruscamente de las sombras a la luz, y tanto la tirantez del movimiento como la expresión de su rostro, que evidenciaban una reacción contenida, indicaron a Barbara hasta qué punto estaba realmente irritado.

Lady Helen también lo vio, pues intervino de nuevo, jovialmente.

– Claro que Syd y yo podemos ir a bailar solas. Ahora la androginia está de moda y sin duda una de nosotras podría pasar por un hombre, sin que importe cómo vista. O podríamos hacer otra cosa: telefonear a Jeffrey Cusick.

Todo esto era una especie de broma privada entre ellos, y ejerció el efecto deseado, pues Lynley se relajó y una sonrisa se dibujó en sus labios, a la que pronto siguió una risa seca.

– ¿Cusick dices? Dios mío, qué terribles son los tiempos que corren.

– Ríete si quieres -replicó lady Helen, y rió ella misma-, pero nos llevó a Royal Ascot cuando tú estabas demasiado ocupado, investigando un repugnante asesinato en la estación de Saint Pancras. Como ves, los hombres de Cambridge tienen toda clase de buenas cualidades.

Lynley se echó a reír.

– Y entre esas cualidades está su tendencia a parecer un pingüino cuando se viste de etiqueta.

– ¡Eres un bicho maligno! -exclamó lady Helen, y dirigió su atención a Barbara-. ¿Puedo por lo menos ofrecerle una deliciosa ensalada de cangrejo antes de que se lleve a Tommy al Yard? Hace años me dieron allí el bocadillo de huevo más horroroso que he comido jamás. Si la comida no ha mejorado, puede que ésta sea la última ocasión que hoy tenemos de comer como es debido.

Barbara consultó su reloj. Se dio cuenta de que Lynley deseaba que aceptara la invitación, pues así podría estar algún tiempo más con sus amigos antes de acudir a la llamada del deber. Pero ella no estaba dispuesta a complacerle.

– Lo siento muchísimo, pero hay una reunión dentro de veinte minutos.

Lady Helen suspiró.

– Entonces no tendrá tiempo suficiente para saborear esa exquisitez. ¿Te espero, Tommy, o es mejor que llame a Jeffrey?

– No lo hagas -respondió Lynley-. Tu padre nunca te perdonaría que pongas tu futuro en manos de Cambridge.

Ella sonrió.

– Muy bien. Si ya tienes que irte, traeré a los novios para que se despidan de ti.

La expresión del policía se alteró rápidamente.

– No, Helen, yo… por favor, trasmíteles mis excusas.

Se miraron, diciéndose con los ojos algo que no necesitaba palabras.

– Tienes que verlos, Tommy -murmuró lady Helen. Hizo una pausa, buscando una solución intermedia-. Les diré que estás esperando en el estudio.

La mujer salió rápidamente, sin dar a Lynley oportunidad de replicarle. El dijo entre dientes algo inaudible y siguió a lady Helen con la mirada, mientras ella se abría paso entre la multitud.

– ¿Ha venido en coche? -le preguntó de súbito a Barbara, y empezó a cruzar el vestíbulo, alejándose de la fiesta.

Ella le siguió desconcertada.

– Un Mini. No es el vehículo más apropiado para una indumentaria como la suya.

– Estoy seguro de que me adaptaré. Soy como un camaleón. ¿De qué color es?

A Barbara le extrañó esa pregunta. Era un intento mal disimulado de entablar conversación mientras se dirigían a la parte delantera de la casa.

– Está tan oxidado que lo más exacto sería decir que es de color rojo de orín.

– Ah, es mi color favorito.

Abrió una puerta y la invitó a entrar en una sala oscura.

– Esperaré en el coche, señor. Lo he dejado…

– Quédese aquí, sargento.

Era una orden.

Barbara le precedió a regañadientes. Las cortinas estaban corridas y la única luz procedía de la puerta que habían abierto, pero la sargento pudo ver que se trataba de la habitación de un hombre, con las paredes forradas de suntuosa madera oscura de roble, llena de estanterías con libros, muebles antiguos y una atmósfera saturada con el olor del cuero viejo y la fragancia del whisky escocés.

Absorto en sus pensamientos, Lynley se dirigió a una pared cubierta con fotografías enmarcadas y permaneció allí en silencio, mirando el retrato que ocupaba el lugar central entre todos los demás. La foto había sido tomada en un cementerio, y el hombre retratado se inclinaba para tocar la inscripción de una lápida, muy desdibujada por los largos años a la intemperie. La hábil composición de la imagen dirigía la mirada del espectador no a la desgarbada colocación de la pierna, sujeta por un tensor, que distorsionaba la postura del hombre, sino al profundo interés que iluminaba su rostro enjuto. Sumido en la contemplación de la foto, Lynley pareció haberse olvidado de la presencia de Barbara. Ésta decidió que aquel momento era probablemente tan bueno como otro cualquiera para darle la noticia.

– Ya no estoy en la calle -le anunció de sopetón-. Por eso he venido, si quiere saberlo.

Lynley se volvió lentamente hacia ella.

– ¿Está de nuevo en el Departamento? -le preguntó-. Eso es bueno para usted, Barbara.

– Pero no para usted.

– ¿Qué quiere decir?

– Bien, alguien tendrá que decírselo, ya que está claro que Webberly no lo ha hecho. Permítame que le felicite: han decidido que trabajemos juntitos. -Esperaba ver en el rostro del hombre una expresión de sorpresa, y cuando se convenció de que seguía tan impasible como antes, continuó-: Francamente, es muy raro que me hayan asignado a usted… no crea que no lo sé, y no se me ocurre qué puede pretender Webberly con esto. -Tropezó con sus propias palabras, sin oírlas apenas, insegura de si trataba de impedir o provocar la reacción inevitable de Lynley: el estallido de ira, el movimiento hacia el teléfono para exigir una explicación o, peor todavía, aquella cortesía glacial que duraría hasta que estuvieran en el despacho del comisario jefe-. Lo único que se me ocurre es que no hay nadie más disponible para ese trabajo, o que tengo alguna especie de precioso talento oculto que sólo Webberly conoce. O quizás todo sea una broma.

Se echó a reír, un poco más fuerte de lo que habría sido correcto.

– O tal vez sea usted la persona más adecuada para ese trabajo -dijo Lynley-. ¿Qué sabe del caso?

– ¿Yo? Nada… sólo que…

– ¿Tommy?

Los dos se volvieron al oír la voz que emitió aquella única palabra en un susurro. La novia estaba en el umbral, con un ramillete de flores en una mano y algunas más prendidas en la cascada de cabello cobrizo que le caía sobre los hombros y la espalda. La luz del pasillo la iluminaba por detrás y, con su vestido blanco marfileño, parecía rodeada por una nube, como una creación de Tiziano que hubiera cobrado vida.

– ¿Helen dice que te marchas…?

Lynley no parecía tener nada que decir. Se palpó los bolsillos, sacó una pitillera de oro, la abrió y volvió a cerrarla con un gesto de fastidio. La novia le observó durante toda esta operación, y las flores que sujetaba temblaron por un momento.

– Es el Yard, Deb -respondió finalmente Lynley-. He de ir.

Ella le miró sin hablar, tocándose la gargantilla que le colgaba del cuello, y no dijo nada hasta que sus miradas se encontraron.

– Qué decepción para todo el mundo. Espero que no se trate de una emergencia. Simon me dijo anoche que podrían asignarte de nuevo el caso del Destripador.

– No, no. Es sólo una reunión.

– Ah. -Pareció como si fuera a decir algo más, incluso empezó a hacerlo, pero entonces se volvió hacia Barbara con una sonrisa amistosa-. Soy Deborah Saint James.

Lynley se tocó la frente.

– Perdona… -Completó la presentación mecánicamente-. ¿Dónde está Simon?

– Venía detrás de mí, pero creo que papá le ha entretenido. Le aterra que empecemos a vivir por nuestra cuenta, pues está seguro de que nunca cuidaré de Simon bastante bien. -Se rió antes de añadir-: Quizás debería haber considerado los problemas que supone casarte con un hombre de quien su padre está tan encariñado. “Los electrodos”, me advierte continuamente. “No te olvides de examinar su pierna cada mañana”. No creo que hoy me lo haya dicho menos de diez veces.

– Supongo que te habrá sido difícil impedir que les acompañe en la luna de miel.

– Bueno, es comprensible, no han estado separados más de un día desde…

Se interrumpió bruscamente. Sus miradas se encontraron. Ella se mordió el labio mientras el rubor cubría sus mejillas.

Ambos se quedaron en silencio, pero la comunicación entre ellos, revelada por el lenguaje corporal y la tensión en el ambiente, no se había interrumpido. Por fin -Barbara pensó que afortunadamente- se oyeron unas pisadas lentas, penosamente desiguales, en el pasillo, desgarbado heraldo del marido de Deborah.

– Veo que has venido para llevarte a Tommy. -Saint James se detuvo en el umbral, pero siguió hablando sosegadamente, como tenía por costumbre, para que sus interlocutores no se fijaran en su invalidez y se sintieran cómodos en su presencia-. Esto altera curiosamente la tradición, Barbara. En el pasado raptaban a la novia, no al padrino.

Si Lynley era apolíneo, Saint James recordaba al dios Vulcano, el que presidía el fuego y protegía a los herreros. Aparte de sus ojos, cuyo azul satinado era como el cielo de las tierras altas, y sus manos, los instrumentos sensitivos de un artista, Simon Allcourt-Saint James no tenía el menor atractivo. Su cabello era moreno, rizado y rebelde, cortado de tal manera que era imposible dominarlo. En su rostro se combinaban los ángulos y las curvas aquilinas, en reposo era duro, y cuando la cólera lo congestionaba asustaba, pero cuando su sonrisa lo suavizaba revelaba a un hombre de buen corazón. Era delgado como un pimpollo, pero no tan resistente, un hombre que había conocido demasiado dolor y tristeza a una edad demasiado temprana.

Barbara sonrió, sinceramente complacida de verle.

– Pero ni siquiera a los padrinos de boda suelen raptarlos para llevarles a New Scotland Yard. ¿Cómo estás, Simon?

– Bien, o eso me dice continuamente mi suegro. Y también afortunado. Parece que lo vio todo desde el principio, lo supo todo el mismo día que nació su hija. ¿Te han presentado a Deborah?

– Hace un instante.

– ¿Y no puedes quedarte más?

– Webberly ha convocado una reunión -intervino Lynley-. Ya sabes cómo son esas cosas.

– Ya lo creo. Entonces no te pediremos que te quedes. También nosotros nos iremos dentro de un rato. Helen tiene la dirección, por si surgiera algo.

– No pienses en eso. -Lynley se interrumpió, como si no estuviera seguro de lo que debía hacer a continuación-. Mis felicitaciones más cordiales, Saint James -dijo al fin.

– Gracias -respondió el otro hombre.

Saludó a Barbara con una inclinación de cabeza, tocó ligeramente a su esposa en el hombro y salió de la habitación.

A Barbara le extrañó que ni siquiera se estrecharan la mano.

– ¿Vas a ir al Yard vestido de veintiún botones? -preguntó Deborah a Lynley.

El miró sus ropas, compungido.

– Así mantendré mi reputación de libertino.

Ambos se echaron a reír. Fue una comunicación cálida que se extinguió tan rápidamente como había nacido. Volvió a hacerse el silencio.

– Bueno… -empezó a decir Lynley.

– Tenía todo un discurso preparado -se apresuró a decir Deborah, con la vista en sus flores, las cuales temblaron de nuevo. Alzó la cabeza-. Era… era más o menos lo que podría haber dicho Helen, unas palabras sobre mi infancia, papá, esta casa. Ya sabes, esa clase de cosas, ingeniosas e inteligentes, pero daría pena, no sirvo para eso, soy totalmente incompetente. -Bajó de nuevo la vista y vio que un diminuto perro pachón había entrado en el estudio con un bolso cubierto de lentejuelas entre los dientes. El animalito dejó el bolso a los pies de Deborah, quizás convencido del mérito que tenía su ofrecimiento, y meneó alegremente la cola-. ¡Oh, no, Peach por favor! -Riendo, Deborah recogió el objeto robado, pero cuando se irguió las lágrimas brillaban en sus ojos verdes-Gracias por todo, Tommy, de veras, muchas gracias.

– Te deseo lo mejor, Deb -dijo él, jovialmente.

Se acercó a ella, la abrazó y le rozó el cabello con los labios.

Barbara, que observaba la escena, pensó que, por algún motivo, Saint James les había dejado a los dos precisamente para que Lynley pudiera hacer aquello.

CAPÍTULO TRES

Un solo y horrendo detalle era la característica más notable de las fotografías que examinaban los tres policías reunidos ante la mesa redonda en una sala de Scotland Yard: el cadáver estaba decapitado.

La nerviosa mirada del padre Hart iba de un rostro a otro, y sus dedos acariciaban el pequeño rosario de plata que llevaba en el bolsillo y que bendijo Pío XII en 1952. No fue durante una audiencia particular, desde luego. Un simple sacerdote como él no podía esperar tal cosa. Pero, ciertamente, aquella santa y temblorosa mano que hacía la señal de la cruz sobre dos millares de reverentes peregrinos había impartido su bendición al padre Hart, el cual, con los ojos cerrados y la mano levantada, sostuvo el rosario por encima de su cabeza, como si así la bendición pontificia pudiera ser más potente.

Se adentraba en el grupo de los misterios del dolor cuando habló el hombre alto y rubio.

– Qué golpe ha recibido -murmuró, y estas palabras estimularon al sacerdote.

¿Quién era aquel hombre? ¿Un policía? El padre Hart no podía comprender por qué vestía con tanta elegancia, pero ahora, al oír sus palabras, le miró esperanzadamente.

– Ah, Shakespeare. Sí, en cierto modo se trata de lo mismo.

El hombretón que fumaba un cigarro hediondo le dirigió una mirada inexpresiva. El padre Hart se aclaró la garganta y les observó mientras ellos seguían observando detenidamente las fotografías.

Llevaba con ellos casi un cuarto de hora, y hasta entonces apenas habían intercambiado alguna palabra. El hombre más viejo había encendido un cigarro, la mujer se había mordido los labios en dos ocasiones, reservándose algo que deseaba decir, y nada más había ocurrido hasta la cita de aquel verso de Shakespeare.

Los dedos de la mujer tamborileaban sobre la mesa. Ella sí que tenía aspecto de policía: su uniforme era inequívoco. Sus ojos eran pequeños e inquietos, su boca tenía un rictus sombrío y, en conjunto, parecía una persona totalmente desagradable. No le sería útil, no era lo que él y Roberta necesitaban. ¿Qué debería decirle?

Los policías seguían pasándose las horrendas fotografías. El padre Hart no necesitaba verlas, pues sabía perfectamente lo que representaban. Él había estado primero en aquel lugar, y la escena estaba grabada para siempre en su mente. William Teys, aquel hombre de casi dos metros de estatura, en una horrible postura casi fetal, el brazo derecho extendido como si hubiera querido aferrar algo, el brazo izquierdo doblado bajo el abdomen, las rodillas a la altura del pecho, y en el lugar que debería ocupar la cabeza… sencillamente nada. Como el mismo Cloten, pero sin ninguna Imogen que despertara horrorizada a su lado. Sólo Roberta, y aquellas palabras terribles. “Lo he hecho yo, y no lo lamento”.

La cabeza había rodado hasta un montón de heno húmedo en un rincón del establo. Y cuando él la vio… ¡Oh, Dios, los ojuelos furtivos de una rata de granero brillaban en la cavidad, con un brillo muy tenue, desde luego, pero el hocico gris estaba empapado de sangre y las patas diminutas escarbaban! “Padre nuestro, que estás en los cielos… Padre nuestro, que estás en los cielos… ¡Oh, hay más, hay más, y en este momento no puedo recordarlo!”

– Padre Hart. -El rubio vestido con chaqué se había quitado sus gafas de lectura y se había sacado una pitillera del bolsillo-. ¿Fuma usted?

– Yo…sí, gracias.

El sacerdote cogió un pitillo con un movimiento rápido, para que los demás no vieran que le temblaba la mano. El rubio ofreció la pitillera a la mujer, la cual hizo un gesto enérgico de rechazo. El hombre sacó entonces un encendedor de plata y lo encendió. Todo esto requirió unos momentos, tiempo suficiente para permitirle al sacerdote reunir sus pensamientos fragmentados.

El rubio se arrellanó en su silla y contempló la larga hilera de fotografías clavadas en una de las paredes.

– Dígame, padre Hart, ¿por qué fue a la granja aquel día? -le preguntó en tono bajo, mientras miraba las fotografías una tras otra.

El sacerdote entrecerró sus ojos miopes para contemplar las mismas imágenes, preguntándose esperanzado si serían fotos de sospechosos. ¿Quizás Scotland Yard ya había decidido perseguir a aquella bestia maligna? Pero no podía decirlo, no estaba seguro, ni siquiera desde una distancia tan corta, de si aquellas fotos eran de personas.

– Era domingo – replicó, como si esas dos palabras fuesen una explicación suficiente.

Al oír esto, el rubio volvió la cabeza. Sorprendentemente, sus ojos eran de un color castaño encantador.

– ¿Acaso tenía usted la costumbre de ir los domingos a la granja de Teys? ¿Para comer o algo por el estilo?

– Oh, yo… perdone, creí que el informe, ¿sabe?…

Así no arreglaría nada. El padre Hart aspiró ansiosamente el humo del cigarrillo y se miró los dedos, que estaban manchados de nicotina hasta los nudillos. No era de extrañar que le hubieran ofrecido tabaco. Lamentó haber olvidado sus propios cigarrillos, pensó que debería haber comprado un paquete en King’s Cross. Pero tantas cosas ocupaban su cabeza cuando salió de la estación… Dio otras dos enérgicas caladas al pitillo.

– Padre Hart -dijo el hombre de más edad, que con toda evidencia era el jefe del rubio. Todos se habían presentado, pero en seguida había olvidado sus nombres. Sólo recordaba el de la mujer: Havers, y era sargento, según sus distintivos. Pero de los otros dos se había olvidado por completo. Miró sus rostros serios sintiéndose presa de un pánico creciente.

– Disculpe. ¿Decía usted…?

– ¿Iba usted a la granja de Teys cada domingo?

El padre Hart hizo un esfuerzo decidido para pensar clara, cronológica y sistemáticamente por una vez. Sus dedos buscaron el rosario en el bolsillo. La cruz le tocó el pulgar y pudo notar el cuerpo diminuto clavado y agónico. “Oh, señor, morir de esa manera…”

– No -se apresuró a responder-. William es… era nuestro chantre. Tenía una voz maravillosa de bajo profundo. Podía hacer que la iglesia vibrara con su sonido y… -Aspiró entrecortadamente, haciendo un esfuerzo para no volver a irse por las ramas-. Aquella mañana no fue a misa, ni tampoco Roberta, y yo estaba preocupado. Los Teys nunca se saltan una misa. Así que fui a la granja.

El hombre del puro le escudriñó a través de la acre humareda.

– ¿Se preocupa tanto por sus parroquianos? Si es así, debe de tenerlos bien disciplinados.

El padre Hart había fumado todo el cigarrillo hasta el filtro, y no podía hacer más que aplastarlo en el cenicero. El rubio hizo lo mismo, aunque ni siquiera había fumado la mitad de su pitillo. Sacó la pitillera y ofreció otro. De nuevo apareció el encendedor de plata; el tabaco prendió y produjo el humo que secaba la garganta del viejo sacerdote, le aplacaba los nervios, le entumecía los pulmones.

– Verá, lo hice sobre todo porque Olivia estaba preocupada.

El hombre echó un vistazo al informe.

– ¿Olivia Odell?

El padre Hart asintió ansiosamente.

– Sí, ella y William Teys acababan de prometerse. Aquella tarde se iba a hacer el anuncio, durante una pequeña fiesta. Le llamó varias veces después de la misa pero no obtuvo respuesta. Entonces fue a verme.

– ¿Por qué no fue ella en persona a ver qué ocurría?

– Quería ir, desde luego, pero tenía que ocuparse de Bridie y el pato. Se había perdido… en fin, la crisis familiar corriente, y ella no estaba para nada hasta que lo encontrara.

Los tres funcionarios intercambiaron miradas cautelosas. El sacerdote se ruborizó. ¡Qué absurdo parecía todo aquello!

– Miren -siguió diciendo-, Bridie es la hijita de Olivia y tiene un pato especial. Bueno, no exactamente especial…

¿Cómo podía explicar a aquellas personas todos los entresijos de la vida en su aldea?

Entonces el rubio le habló amablemente.

– De modo que mientras Olivia y Bridie buscaban el pato, usted fue a la granja.

– Eso es, exactamente. -El padre Hart sonrió con gratitud-. Muchas gracias.

– Díganos lo que sucedió cuando llegó allí.

– Primero fui a la casa. No estaba cerrada, y recuerdo que eso me pareció extraño, porque William siempre cerraba a cal y canto por la noche. Era una especie de manía, e insistía en que yo hiciera lo mismo en la iglesia. Los miércoles, cuando el coro ensayaba, nunca se marchaba hasta que todos los demás se habían ido y yo había atrancado bien las puertas. Era su manera de ser.

– En ese caso imagino que se sobresaltó un poco al ver la puerta de la casa abierta.

– Al principio, no. Al fin y al cabo sólo era la una de la tarde. Pero cuando nadie respondió a mis llamadas. -Les miró con aire de pedir perdón-. Me temo que entré sin más.

– ¿Había dentro algo extraño?

– Nada en absoluto. Todo estaba perfectamente limpio, como siempre. Sin embargo, había…

Desvió la mirada hacia la ventana. ¿Cómo podría explicarlo?

– ¿Sí?

– Las velas estaban apagadas.

– ¿Es que no tenían luz eléctrica?

El padre Hart les miró con la mayor seriedad.

– Eran cirios votivos y siempre estaban encendidos. Siempre. Las veinticuatro horas del día.

– ¿Para algún santuario?

– Sí, eso es exactamente, un santuario -se apresuró a decir, y añadió-: Cuando vi eso, supe de inmediato que algo iba mal. Ni William ni Roberta habrían permitido que los cirios se apagaran. Entonces crucé la casa y me dirigí al establo.

– ¿Y allí…?

¿Era realmente necesario hablar de aquello? La escalofriante tranquilidad de aquel lugar le anunció en seguida la tragedia. Afuera, en el pasto cercano, los balidos de las ovejas y el piar de los pájaros hablaban de cordura y paz, pero el silencio absoluto del establo era el núcleo de su locura. Incluso desde la puerta, el olor empalagoso de la sangre encharcada había llegado a sus fosas nasales, mezclado con los olores del estiércol, el grano y el heno en putrefacción, y aquel olor había tirado de él como unas manos seductoras e inevitables.

Roberta estaba sentada en un cubo puesto de revés, en una de las casillas. Era una muchacha fornida, como su padre, acostumbrada a las duras faenas de una granja. Permanecía inmóvil y no miraba la monstruosidad decapitada que yacía a sus pies, sino a la pared de enfrente y las grietas de su rugosa superficie.

“¿Roberta? -le dije con voz ronca, sintiendo que las náuseas pasaban del estómago a la garganta y sus tripas se aflojaban.”

La muchacha no le respondió y siguió inmóvil. Ni siquiera parecía respirar. El sacerdote veía sus anchas espaldas, las piernas robustas, el hacha a un lado. Y entonces, por encima del hombro, vio claramente el cadáver por primera vez.

“Lo he hecho yo, y no lo siento -fue lo único que dijo la muchacha.”

El padre Hart cerró los ojos con fuerza, porque el recuerdo de aquella escena le descomponía.

– Fui a la casa en seguida y llamé a Gabriel.

Por un momento Lynley creyó que el sacerdote se refería al mismísimo arcángel, pues el curioso hombrecillo que trataba penosamente de contar su historia daba la impresión de estar un poco en contacto con el más allá.

– ¿Gabriel? -preguntó Webberly con incredulidad.

Lynley se dio cuenta de que al inspector se le estaba agotando la paciencia. Revisó el informe en busca de alguna indicación del nombre y no tardó en encontrarla.

– Gabriel Langston, alguacil de la aldea -leyó-. ¿Debo entender, padre, que el alguacil Langston telefoneó en seguida a la policía de Richmond?

El sacerdote asintió. Miró con cautela la pitillera de Lynley y éste la abrió y ofreció otra ronda. Havers lo rechazó y el sacerdote estaba a punto de hacer lo mismo hasta que Lynley cogió uno. Tenía la garganta irritada, pero sabía que nunca llegarían al final del relato a menos que el sacerdote recibiera la cantidad de nicotina suficiente, y parecía necesitar un compañero de vicio. Tragó saliva, pensando en lo bien que le vendría un whisky, encendió el nuevo pitillo y lo dejó en el cenicero hasta que se consumió por completo.

– Llegó la policía de Richmond. Todo fue muy rápido… Se llevaron a Roberta.

– Bueno, ¿qué otra cosa iban a hacer? Ella misma confesó su crimen.

Havers, que había dicho estas últimas palabras, se levantó y fue hasta la ventana. El tono de su voz informaba claramente a los otros que, en su opinión, estaban perdiendo el tiempo con aquel viejo estúpido, y que en aquellos momentos deberían estar viajando a toda velocidad hacia el norte.

Webberly le ordenó con un gesto que volviera a sentarse.

– Mucha gente confiesa haber cometido crímenes -replicó el inspector-. Hasta ahora he tenido veinticinco confesiones de asesinatos cometidos por el Destripador.

– Sólo quería señalar…

– Podemos hablar de ello más tarde.

– Roberta no mató a su padre -dijo el sacerdote, como si los otros dos no hubieran hablado-. Es imposible.

– Pero hay crímenes de familia -dijo suavemente Lynley.

– No con bigotes por el medio.

Se hizo un silencio largo e insoportable, durante el que ninguno miró a los demás. Bruscamente, Webberly echó su silla atrás.

– Dios mío -musitó-. Lo siento mucho, pero… -Se dirigió a un armario en el extremo de la sala y sacó tres botellas-. ¿Whisky, jerez o coñac? -preguntó a los otros.

Lynley dirigió a Baco una plegaria silenciosa de agradecimiento.

– Whisky -respondió.

– ¿Havers?

– No tomaré nada -dijo severamente la sargento-. Estoy de servicio.

– Sí, claro. ¿Y usted, padre?

– Oh, un jerez me vendría muy…

– Jerez entonces.

Webberly tomó un traguito de whisky antes de servirse otra vez y regresar a la mesa.

Todos miraron sus vasos en actitud meditativa, como si cada uno esperase que otro hiciera la pregunta. Finalmente lo hizo Lynley, cuya garganta había suavizado ahora el fragante whisky de malta.

– Dígame… ¿A qué bigotes se refiere?

El padre Hart miró los papeles extendidos sobre la mesa.

– ¿Es que no está en el informe? -preguntó quejumbrosamente.- ¿No habla del perro?

– Sí, aquí se menciona al perro.

– Pues ése es Bigotes -explicó el sacerdote, y la cordura quedó restablecida.

Hubo un suspiro de alivio colectivo.

– Estaba muerto en el establo, junto a Teys -observó Lynley.

– Así es. ¿Se dan cuenta? Por eso sabemos que Roberta es inocente. Aparte de que quería a su padre, tenemos que considerar a Bigotes. Ella jamás le habría hecho daño al perro. -El padre Hart buscó afanosamente las palabras que pudieran explicar esta afirmación tajante-. Era un perro de granja y formaba parte de la familia desde que Roberta tenía cinco años. Estaba jubilado, desde luego, y un poco ciego, pero uno no despacha a esa clase de perros. Todo el mundo en la aldea conocía a Bigotes. Era un poco la mascota de todos nosotros. Por las tardes iba a casa de Nigel Parrish, en el campo, y se tendía al sol mientras Nigel tocaba el órgano (es el organista de nuestra iglesia, ¿saben?). A veces iba a pasar el rato con Olivia.

– Se llevaba bien con el perro, ¿verdad? -preguntó Webberly, perfectamente serio.

– ¡Ya lo creo! -exclamó sonriente el padre Hart-. Bigotes se llevaba bien con todos nosotros. Y seguía a Roberta a todas partes. Por esta razón, como pueden comprender, cuando llevaron detenida a Roberta, pensé que tenía que hacer algo. Y aquí estoy.

– Sí, en efecto, aquí está usted -concluyó Webberly-. Nos ha sido usted muy útil, padre. Creo que el inspector Lynley y la sargento Havers tienen toda la información que necesitan por el momento. -Se puso en pie y abrió la puerta del despacho-. ¿Harriman?

Cesó el tecleo, como de alfabeto Morse, del ordenador. Las patas de una silla chirriaron contra el suelo, y la secretaria de Webberly entró en la estancia.

Dorothea Harriman se parecía un poco a la princesa de Gales, cosa que ella recalcaba hasta un grado desconcertante, tiñéndose el pelo moldeado con el color aproximado de la luz del sol sobre el trigo maduro y negándose a ponerse gafas en presencia de cualquiera presumiblemente capaz de comentar la forma spenceriana de su nariz y su barbilla. Estaba deseosa de ascender, de progresar lo máximo posible en su carrera. Era lo bastante inteligente para hacer un buen trabajo y probablemente conseguiría promocionarse, sobre todo si lograba renunciar a su molesta manera de vestir, a la que todo el mundo se refería como “parodia de la princesa”. Aquel día llevaba una especie de vestido de baile rosa, cuya falda había acortado para el uso cotidiano. Era horrible.

– A sus órdenes, inspector jefe -dijo la secretaria, que, a pesar de las amenazas e imprecaciones, insistía en llamar a todos los funcionarios del Yard por el nombre completo de su cargo.

Webberly se volvió hacia el sacerdote.

– ¿Se quedará usted en Londres o regresará a Yorkshire?

– Volveré en el último tren. Como no podía estar presente esta tarde para oír las confesiones, prometí que las oiría hasta las once de la noche.

– Naturalmente -asintió Webberly-. Pida un taxi para el padre Hart -le dijo a Harriman.

– Oh, pero no tengo bastante…

Webberly le interrumpió alzando una mano.

– Corre de cuenta del Yard, padre.

El Yard. El sacerdote masculló estas palabras, complacido porque implicaban hermandad y aceptación. Siguió entonces a la secretaria del inspector jefe hasta la salida.

– ¿Qué toma usted cuando bebe, sargento Havers? -preguntó Webberly cuando el sacerdote ya se había ido.

– Agua tónica, señor -replicó ella.

– Muy bien -musitó el inspector, y abrió la puerta de nuevo-. Harriman -vociferó-. Traiga una botella de Schweppes para la sargento Havers. No diga que no tiene la menor idea de dónde conseguirla. Encuéntrela.

Cerró la puerta, se acercó al armario y sacó la botella de whisky.

Lynley se frotó la frente y se apretó con fuerza las sienes.

– Qué dolor de cabeza -murmuró-. ¿Alguno de ustedes tiene una aspirina?

– Yo tengo -se apresuró a decir Havers, y hurgó en su bolso hasta dar con un tubo pequeño, que hizo rodar sobre la mesa en dirección a Lynley-. Tome todas las que quiera, inspector.

Webberly los miraba a los dos, pensativo, preguntándose una vez más si la asociación de dos personalidades tan dispares podría tener alguna posibilidad de éxito. Havers era como un erizo, y formaba una bola protectora erizada de púas a la menor provocación. Pero por debajo de aquel exterior punzante había una mente penetrante, indagadora. Lo que estaba por ver era si Thomas Lynley tenía la combinación apropiada de paciencia y simpatía para que aquella mente se impusiera a la personalidad pendenciera que había impedido a Havers tener éxito en su asociación con cualquier otra persona.

– Siento haberte hecho abandonar la boda, Lynley, pero no tenía otra alternativa. Esta es la segunda reyerta que tienen Nies y Kerridge en el norte. La primera fue un desastre: Nies tuvo razón desde el principio y se produjo una crisis. Pensé -pasó un dedo por el borde de su vaso y eligió las palabras con cuidado- que tu presencia podría recordarle a Nies que a veces puede equivocarse

Webberly escrutó al hombre más joven, esperando alguna reacción -una tensión de los músculos, un movimiento de cabeza, un parpadeo-, pero nada en su actitud reveló lo que sentía. No era ningún secreto entre sus superiores en el Yare que el único encuentro de Lynley con Nies casi cinco años atrás, en Richmond, había terminado con su propio arresto. Y por prematuro y, en última instancia, falso que hubiera sido el arresto, era la única mancha negra en una hoja de servicios por lo demás admirable, algo que no podría olvidar durante el resto de su vida.

– Está bien, señor -replicó Lynley-. Lo comprendo.

Unos golpecitos en la puerta anunciaron que la señorita Harriman había podido encontrar el agua tónica, que colocó con expresión triunfante en la mesa, ante la sargento Havers. Entonces consultó su reloj. Eran casi las seis.

– Como ésta no es una jornada laboral programada normalmente, inspector jefe… -empezó a decir.

– Sí, sí, puede irse a casa -replicó Webberly, agitando una mano.

– No, no se trata de eso -dijo Harriman suavemente-, pero creo que en el artículo sesenta y cinco A relativo al tiempo compensatorio…

– Tómese libre el lunes y le parto un brazo, Harriman -dijo Webberly con la misma suavidad-. No cuando estamos metidos de lleno en ese caso del Destripador.

– No pensaba hacer tal cosa, señor. Sólo quería saber si podría anotarlo en el registro. El artículo sesenta y cinco A indica que…

– Anótelo donde le parezca, Harriman.

Ella esbozó una sonrisa de comprensión.

– A sus órdenes, inspector jefe -dijo la mujer, y salió del despacho.

– ¿Te ha hecho un guiño esa arpía antes de salir, Lynley? -preguntó Webberly.

– No me he dado cuenta, señor.

Eran las ocho y media cuando empezaron a recoger los papeles que cubrían la mesa de trabajo de Webberly. Había oscurecido y la luz de los fluorescentes resaltaba el jovial desorden de la habitación, la cual estaba peor que antes, con los archivos adicionales del Departamento del Norte extendidos sobre la mesa y una nube acre de tabaco que, en conjunción con los aromas mezclados del whisky y el jerez, le daba a uno la impresión de hallarse en un desaseado club de caballeros.

Barbara reparó en la expresión de profundo cansancio que tenía el rostro de Lynley y juzgó que la aspirina no le había servido de nada. El inspector se había acercado a la pared de la que colgaban las fotografías del Destripador y las inspeccionaba una tras otra. Mientras miraba puso una mano sobre una de ellas -era la de la víctima de King’s Cross, observó innecesariamente la sargento- y pasó un dedo por la tosca incisión que había practicado el cuchillo del Destripador.

– La muerte lo cierra todo -murmuró-. Es en blanco y negro, carne sin elasticidad. ¿Quién podría reconocer esto como un ser vivo?

– O esto, ya que estamos en ello -respondió Webberly, y señaló bruscamente las fotografías que le había entregado el padre Hart.

Lynley se reunió con ellos, poniéndose al lado de Barbara, pero ésta sabía bien que el detalle no significaba nada. Observó las distintas expresiones que adoptaba el rostro del inspector a medida que iba examinando las fotografías por última vez: repulsión, incredulidad, compasión. Era tan fácil leerle el rostro que la sargento se preguntó cómo podía realizar con éxito una investigación sin que el sospechoso le viera venir. Lo cierto era que lo lograba continuamente. Barbara conocía los éxitos que jalonaban su hoja de servicios, la serie de condenas tras sus brillantes servicios. Era el “muchacho de oro” en más de un aspecto.

– Bien, mañana iremos allí -dijo el inspector jefe. Cogió un sobre de papel manila e introdujo en él los documentos cuidadosamente.

Webberly examinaba un horario de trenes que había rescatado de entre el revoltijo de papeles y carpetas que cubrían su mesa.

– Tomen el de las ocho cuarenta y cinco.

– Tenga un poco de misericordia, señor -refunfuñó Lynley-. Quisiera estar libre durante diez horas, por lo menos, para librarme de este dolor de cabeza.

– Entonces el de las nueve treinta. No quiero que salgan más tarde. -Webberly miró a su alrededor por última vez y se puso un abrigo de tweed. Al igual que sus otras prendas, estaba raído en diversos sitios, y en la solapa izquierda había un pequeño remiendo: seguramente era el lugar más afectado por la ceniza de los cigarros-. El martes quiero un informe -dijo al salir.

La ausencia del inspector jefe pareció rejuvenecer a Lynley de inmediato. Con sorprendente presteza, marcó un número, tamborileó incansablemente con los dedos sobre la mesa y consultó el reloj de pared. Transcurrió casi un minuto antes de que una sonrisa iluminara su rostro.

– Tú sí que has esperado, cariño -dijo entonces a quienquiera que estuviese al otro lado de la línea-. ¿Has roto por fin con Jeffrey Cusick…? ¡Ja! Lo sabía, Helen. Te he dicho infinidad de veces que un legueyo no puede hacerte feliz. ¿Acabó bien la recepción?… ¡No me digas! ¡Dios mío, debe de haber sido una escena impresionante! ¿Ha gritado Andrew alguna vez en su vida?… Pobre Saint James. ¿Estaba humillado?… Bueno, son los efectos del cava, ya sabes. ¿Se recuperó Sydney?… Sí, bueno, así pareció durante un rato, como si al final estuviera a punto de deshacerse en lágrimas. Nunca ha ocultado que Simon es su hermano favorito… Claro que el baile sigue en pie. Lo prometimos, ¿no?… ¿Puede darme… pongamos una hora?… ¡Helen! ¡Por Dios, que muchacha tan traviesa! -Riendo, colgó el aparato-. ¿Aún está aquí, sargento? -preguntó al levantarse de la mesa.

– No tiene usted coche, señor -replicó ella rígidamente-. Decidí esperar por si necesitaba que le lleve a casa.

– Muy amable por su parte, pero ya nos hemos quedado aquí demasiado tiempo y estoy seguro de que tiene cosas mucho mejores que hacer un sábado por la noche que acompañarme a casa. Tomaré un taxi. -Se inclinó sobre la mesa de Webberly y escribió algo en un trozo de papel-. Aquí tiene mi dirección -le dijo, alargándole el papel-. Preséntese ahí mañana a las siete, ¿de acuerdo? Así tendremos tiempo para estudiar la situación antes de dirigirnos a Yorkshire. Buenas noches.

Lynley salió del despacho.

Barbara miró el papel que tenía en la mano. Aunque escrito precipitadamente, la caligrafía conservaba su elegancia. Lo miró durante más de un minuto antes de romperlo en trozos diminutos que arrojó a la papelera. Sabía perfectamente donde vivía Thomas Lynley.

Empezó a sentirse culpable en Uxbridge Road. Siempre le ocurría lo mismo, pero aquella noche fue peor, pues la agencia de viajes estaba cerrada y no pudo recoger los folletos sobre Grecia que había prometido. Viajes Emperatriz. Vaya nombre pomposo para una agencia mugrienta cuyos empleados se sentaban ante pupitres de plástico pintados para imitar la madera. Detuvo el coche y escudriñó a través del sucio parabrisas en busca de señales de vida. Los propietarios vivían en el piso encima del negocio. Quizás si golpeaba un poco la puerta podría despertarlos. Pero no, era demasiado ridículo. Al fin y al cabo, su madre no iba a volar hacia Grecia al día siguiente. No, la cosa iba para largo. Tendría que esperar los folletos un poco más.

Sin embargo, a lo largo del día había pasado por lo menos ante una docena de agencias de viajes. ¿Por qué no se había detenido? ¿Qué otra cosa le quedaba a su madre más que aquellos sueños modestos? Barbara sintió la necesidad imperiosa de compensar de alguna manera su omisión, se detuvo ante Frutas y Verduras Como’s, una tienda destartalada con estantes pintados de verde y cajas amontonadas de las que emanaba esa mezcla peculiar de olores procedentes de los vegetales cuya frescura está por debajo de lo deseable. Por lo menos Como’s estaba aún abierto. Su propietario jamás perdía la oportunidad de ganarse unos peniques.

– ¡Barbara! -le saludó desde el interior de la tienda, mientras ella examinaba las frutas expuestas en cajas sobre la acera. Abundaban las manzanas y habían algunos melocotones tardíos importados de España-. ¿Qué haces por aquí a estas horas?

No podía imaginar que tuviera una cita, desde luego. Ni a él ni a nadie se le ocurriría tal cosa.

– He salido tarde de trabajar, señor Como -dijo ella-. ¿A cuánto están los melocotones?

– A ochenta y cinco la libra, pero a ti te los dejaré por ochenta, guapa.

Ella escogió seis. Mientras los pesaba y envolvía, el verdulero le dijo:

– Hoy he visto a tu padre.

Barbara alzó rápidamente la vista y pudo ver que el señor Como se ponía en guardia, como si se colocara un máscara, ante la expresión de su rostro.

– ¿Se comportaba correctamente? -preguntó ella en tono neutro, al tiempo que se colgaba el bolso del hombro.

– ¡Un hombre como su padre siempre se comporta correctamente! -El verdulero recibió el dinero, lo contó cuidadosamente y lo introdujo en la caja-. Vaya con cuidado, Barbara. Andan por ahí muchos hombres en busca de chicas guapas como usted.

– Sí, tendré cuidado -replicó Barbara.

Depositó la bolsa con los melocotones en el asiento delantero del coche. “Muchos hombres van detrás de las chicas guapas como tú, Barb. Ten cuidado. Mantén las piernas cruzadas. Una virtud como la tuya es muy fácil de perder, y cuando una mujer cae, ha caído para siempre.” Se rió amargamente, puso el coche en marcha y prosiguió su camino.

En Ealing había dos áreas potenciales de residencia, cuyos habitantes las llamaban simplemente los lados bueno y malo del municipio. Era como si una línea divisoria partiera el suburbio limpiamente en dos mitades, a través de un cinturón verde de césped, robles y hayas.

El lado derecho estaba al este, con casas de ladrillo recién pintadas, cuyo enmaderado siempre tenía un brillo admirable bajo el sol matinal. La luz realzaba los múltiples colores. Allí crecían rosas en abundancia y florecían las fucsias en macetas colgadas. Los niños jugaban en las aceras impecables y los jardines. En invierno, los tejados de gablete cubiertos de nieve parecían de merengue, mientras que en verano los olmos formaban túneles de verdor bajo los que las familias paseaban en los crepúsculos fragantes. En el lado derecho del municipio no había jamás discusiones, nunca se oía música demasiado alta, no había olores de fritangas ni se producían peleas. Era la perfección comunitaria, el océano en el que el barco cargado de sueños de cada familia navegaba plácidamente hacia adelante. Pero las cosas eran muy diferentes cuando uno miraba hacia el oeste.

A la gente le gustaba decir que el lado oeste del municipio recibía el calor del día y que por eso allí las cosas eran tan distintas. Era como si una mano enorme hubiera descendido del cielo y amontonado casas, calles y gentes, por lo que todo parecía un poco fuera de lugar. Allí nadie se preocupaba por el aspecto exterior tanto como en el oeste, y los muros de las casas se pandeaban y cuarteaban; flotaba en el ambiente una sensación de decadencia, los jardines, una vez plantados, pronto dejaban de recibir cuidados, luego sus propietarios los olvidaban y acababan siendo pasto de la maleza. Los niños jugaban ruidosamente en las calles, y eran los suyos juegos destructores que con frecuencia hacían salir a las madres para pedir a gritos paz y tranquilidad. El viento invernal se filtraba por las ranuras de las ventanas mal ajustadas y las lluvias estivales penetraban por las grietas de los tejados. Los habitantes del lado malo del municipio no pensaban demasiado en la posibilidad de ir a otra parte, pues eso equivalía a pensar en la esperanza, que estaba muerta al oeste de aquel lugar.

Barbara llegó allí e hizo girar el Mini para entrar en una calle cuyos bordillos estaban ocupados por coches herrumbrosos como el suyo propio. Frente a su casa no había ni jardín ni valla, sino un pequeño solar polvoriento en el que aparcó el vehículo.

En la casa de al lado, la señora Gustafson tenía encendido el primer canal de la BBC. Como la anciana era casi sorda, las andanzas de sus héroes televisivos favoritos resonaban en el silencio de la noche y llegaban a toda al vecindad. Al otro lado de la calle, los Kirby estaban enzarzados en su discusión habitual antes del coito, mientras sus cuatro hijos los ignoraban lo mejor que podían, arrojando pellas de barro a un gato indiferente que les miraba desde la ventana cercana de un primer piso.

Barbara suspiró, hurgó en el bolso hasta dar con la llave y entró en la casa. El olor de un guiso de pollo y guisantes le llegó como una vaharada de mal aliento.

– ¿Eres tú, cariño? – preguntó su madre desde la cocina -. Un poco tarde, ¿verdad? ¿Has salido con algunos amigos?

Era cosa de risa.

– He estado trabajando, mamá. Vuelvo a estar en el Departamento.

La madre apareció en la puerta de la sala de estar. Al igual que Barbara, era de baja estatura, pero muy delgada, como si una larga enfermedad hubiera devastado su cuerpo, arrebatándole el vigor en su rápido viaje hacia la tumba.

– ¿En el Departamento? -preguntó en tono desabrido-. ¡Oh, Barbara! ¿Es necesario que vuelvas ahí? Ya sabes lo que opino de eso, querida.

Mientras hablaba, se llevó una mano esquelética al cabello ralo, con un gesto nervioso característico. Sus ojos demasiado grandes estaban hinchados y con los bordes enrojecidos, como si se hubiera pasado el día llorando.

– Te he traído unos melocotones -dijo Barbara, señalando el paquete-. Lo siento, pero la agencia de viajes estaba cerrada. Incluso llamé a la puerta, a ver si me abrían, pero debían de haber salido.

Desviado el tema del Departamento de Investigación Criminal, el rostro de la señora Havers cambió de expresión, coloreándose levemente. Cogió la tela de su bata raída y la retuvo estrujada en una mano, como para contener su excitación. Era un gesto curioso, infantil.

– Oh, eso no importa. Espera y verás. Anda, ve a la cocina, que en seguida me reuniré contigo. La cena está todavía caliente.

Barbara cruzó la sala de estar; la cháchara de la televisión y el olor mustio de una habitación demasiado cerrada le hicieron torcer el gesto. La atmósfera de la cocina, cargada con la fetidez de la pasta, el pollo asado y los guisantes anémicos, no era mucho mejor. Miró con tristeza el plato que estaba sobre el mostrador, tocó con un dedo la carne desecada del ave, fría como una piedra, tan escurridiza y arrugada como un órgano preservado en formal dehído para exploración forense. La grasa se había coagulado en los bordes, y una pizca de mantequilla rancia no se había fundido sobre los guisantes, que parecían haber sido calentados una década atrás.

Pensó en la “deliciosa ensalada de cangrejo” y no pudo evitar una punzada de envidia. Buscó el periódico y lo encontró, como siempre, sobre el asiento de una de las sillas desvencijadas. Lo abrió por el centro y depositó su cena sobre el rostro sonriente de la duquesa de Kent.

– ¡No me digas que vas a tirar la cena, cariño!

Barbara se volvió y vio el rostro apenado de su madre, los labios temblorosos, las arrugas que formaban surcos profundos hasta la barbilla, los ojos azul claro a los que asomaban las lágrimas. Apretaba un álbum con tapas de cuero artificial contra el pecho.

– Me has cogido, mamá -Barbara sonrió forzadamente, rodeó con un brazo los estrechos hombros de la anciana y la condujo a la mesa.- He tomado un bocado en el Yard y no tengo apetito. ¿Tenía que guardar la comida para ti o papá?

La señora Havers parpadeó rápidamente. El alivio reflejado en su rostro era patético.

– No…claro que no. No vamos a cenar pollo con guisantes dos noches seguidas, ¿verdad? -Soltó una risita y puso el álbum sobre la mesa-. Papá me llevó a Grecia -anunció orgullosamente.

– ¿De veras? -“de modo que eso era lo que hacía fuera de la casa”.- ¿Lo hizo él solo?

Su madre apartó la vista, tocó los bordes del álbum y raspó nerviosamente con la uña los adornos dorados. Sonriente, retiró una silla.

– Siéntate aquí, cariño. Te explicaré como fue.

Abrió el álbum y fue pasando las páginas de viajes anteriores a Italia, Francia, Turquía y Perú, hasta llegar a la sección más reciente, dedicada a Grecia.

– Mira, éste es el hotel donde nos alojamos en Corfú. Está precisamente en la bahía. Podríamos haber ido a Kanoni, donde hay hoteles más modernos, pero me gustó el panorama que se veía desde éste. ¿Verdad que es bonito, cariño?

A Barbara le escocían los ojos y hacía un esfuerzo para no rendirse a la fatiga. ¿Cuánto duraría aquello? ¿No tendría final?

– No me has respondido, Barbara. -La voz de la anciana tembló de inquietud-. Me he pasado el día entero trabajando en el viaje. Disfrutar de esa vista era mejor que estar en un hotel nuevo de Kanoni, ¿no te parece?

– Mucho mejor, mamá -se obligó a decir Barbara, y se puso en pie.- Mañana tengo que ocuparme de un caso. ¿No podríamos dejar Grecia para más adelante?

¿Sería capaz de comprenderla?

– ¿Qué clase de caso?

– Es un… problema con una familia de Yorkshire. Estaré fuera unos días. ¿Crees que podrás arreglártelas o es mejor que le pregunte a la señora Gustafson si puede estar contigo?

Una idea magnífica, se dijo Barbara: la sorda cuidando de la loca.

– ¿La señora Gustafson? -La anciana cerró el álbum y se irguió rápidamente.- Creo que no, cariño. Papá y yo podemos arreglárnoslas sin ayuda. Siempre lo hemos hecho, ya sabes. Excepto durante aquel breve período, cuando Tony…

El calor en la estancia era insoportable y Barbara sentía la necesidad imperiosa de tomar el aire, aunque fuera sólo un momento. Se dirigió a la puerta trasera, que daba acceso al jardín invadido por los hierbajos.

– ¿A dónde vas? -se apresuró a preguntarle su madre, con la familiar nota de histeria en la voz-. ¡Ahí fuera no hay nada! ¡No debes salir cuando está oscuro!

Barbara cogió el envoltorio con la cena.

– Voy a tirar esto a la basura, mamá. Será sólo un momento. Puedes esperar en la puerta y verás que no me ocurre nada.

– Pero yo… ¿en la puerta?

– Si quieres.

– No, no debo estar en la puerta, pero la dejaremos entreabierta por si acaso. Puedes gritar si me necesitas.

– Muy bien, mamá.

Barbara cogió el paquete y salió apresuradamente a la noche.

Permaneció unos minutos respirando el aire fresco y escuchando los sonidos familiares de la vecindad. Palpó un arrugado paquete de Player dentro del bolsillo. Sacó un cigarrillo, lo encendió y contempló el cielo.

¿Qué era lo que había iniciado el descenso seductor a la locura? Tony, naturalmente. Aquel diablillo listo y pecoso, una bocanada de aire fresco en la oscuridad constante del invierno. “¡Mira, mira, Barbie, puedo hacer cualquier cosa!”

Juegos de química y pelotas de rugby. Cricket en el barrio y juego del tócame tú por la tarde. Y sus peligrosas carreras por el Uxbridge Road en pos de una pelota.

Pero no fue eso lo que le llevó a la tumba, sino una estancia en el hospital, una fiebre persistente, una extraña erupción y el beso largo y letal de la leucemia. No pudo ser más irónico: ingresó con una pierna rota y salió con leucemia.

Su agonía se prolongó durante cuatro años, el tiempo suficiente para provocar aquel descenso a la locura.

– ¿Cariño? -dijo la anciana con voz trémula.

– Estoy aquí, mamá, mirando el cielo.

Barbara aplastó el cigarrillo en el suelo duro como una roca y entró en la casa.

CAPÍTULO CUATRO

Deborah Saint James frenó el coche riendo y se volvió hacia su marido.

– Simon, ¿te han dicho alguna vez que eres el peor piloto del mundo?

Él sonrió y cerró el atlas de carreteras.

– No, nunca, pero sé compasiva y ten en cuenta la niebla.

Deborah miró a través del parabrisas el edificio grande y oscuro que se levantaba ante ellos.

– Me parece una mala excusa por no poder interpretar un mapa de carreteras. ¿Estamos en el lugar correcto? No parece que haya nadie esperándonos.

– No debería sorprenderte. Les dije que llegaríamos a las nueve y ahora son las… -Consultó su reloj a la pálida luz interior del vehículo-. ¡Dios mío, son las siete y media pasadas! -Ella percibió la chanza en su tono-. ¿Estás dispuesta, amor mío? ¿Pasamos nuestra noche de bodas en el coche?

– ¿Quieres decir como adolescentes en celo manoseándose en el asiento trasero? -Echó atrás su larga cabellera-. Hum, es una idea, pero me temo que para eso deberías haber alquilado un coche más grande. No, Simon, lo único que podemos hacer es llamar a la puerta y despertar a alguien, pero serás tú quien ofrezca las excusas.

Bajó del automóvil y la envolvió el aire frío de la noche. Se detuvo un momento a contemplar el edificio que se alzaba ante ella.

Originalmente, era una estructura de origen preisabelino, pero había sufrido una serie de cambios durante la época jacobina que le daban una prestancia gallarda y caprichosa. Las ventanas divididas con parteluces reflejaban la luz de la luna que se filtraba a través de la niebla delgada que había cubierto los páramos y ahora se deslizaba hacia los valles. Las paredes estaban recubiertas por una planta semejante a la hiedra -la luz de la mañana revelaría que era lino bastardo- cuyas flores malvas brotaban entre las hojas brillantes. Sobre el tejado, las chimeneas distribuidas sin orden ni concierto formaban una pauta de verrugas caprichosas que se recortaban contra el cielo nocturno. El edificio parecía tercamente anclado en su época, cosa que se transmitía al terreno circundante. Daba la impresión de que allí no había llegado el siglo XX.

Unos robles ingleses extendían sus ramas macizas sobre la extensión de césped salpicada de estatuas rodeadas de flores. Los senderos serpenteaban hacia el bosque, detrás de la casa, que atraía con un encanto de sirena. En el silencio absoluto, el rumor del agua de una fuente cercana y los balidos de un cordero desde una granja lejana eran los únicos compañeros sonoros de la brisa susurrante de la noche.

Deborah regresó al coche. Su marido había abierto su portezuela y la observaba, esperando con su paciencia habitual la reacción de la fotógrafa ante la belleza del lugar.

– Es espléndido -le dijo-. Gracias, amor mío.

El apoyó una pierna en el suelo y extendió la mano. Con un hábil movimiento, Deborah le ayudó a salir.

– Me siento como si hubiéramos estado trazando círculos durante horas – observó Saint James mientras se estiraba.

– Eso es precisamente lo que hemos hecho -bromeó ella-. Sólo un par de horas desde la estación, Deborah. Un viaje estupendo.

El se rió suavemente.

– Bueno, tienes que admitir que ha sido un viaje estupendo.

– Desde luego. Me ha encantado ver la abadía de Rievaulx tres veces seguidas. -Miró la formidable puerta de roble-. ¿Llamamos?

Sus pisadas crujieron en la grava, hasta que llegaron a la oscura cavidad donde estaba la puerta. En una de las paredes se apoyaba un banco de madera, mientras que la otra tenía dos urnas enormes, una de ellas rebosante de flores lozanas y bellísimas, la otra convertida en asilo de una marchita colonia de geranios cuyas hojas secas cayeron al suelo cuando pasaron Deborah y su marido.

Saint James accionó con fuerza el enorme picaporte de latón situado en el centro de la puerta. Sus ecos se apagaron sin que nadie respondiera.

– También hay un timbre -observó Deborah-. Inténtalo de nuevo con eso.

Los timbrazos que sonaron en las profundidades de la casa provocaron un alud de ladridos furiosos, como si hubieran despertado a toda una jauría.

Saint James se echó a reír.

– Bueno, parece que al fin lo hemos conseguido.

Detrás de la puerta se oyó una voz de tono viril pero con la cadencia inequívoca de una mujer nacida y criada en el campo, una voz ronca, briosa y regañona.

– ¡Maldita sea, Casper, Jason! ¡Salid de aquí! ¡Fuera! ¡Volved a la cocina! – Se hizo una pausa, seguida de un forcejeo-. ¡No, condenados! ¡Atrás he dicho! ¡Bribones! ¡Dadme mis zapatillas! ¡Así os parta un rayo!

Entretanto chirrió un cerrojo y abrieron la puerta briosamente. Apareció una mujer descalza, que daba pequeños brincos sobre las frías losas de la entrada y cuyo pelo enmarañado se desparramaba sobre sus hombros.

– Hola, señor Allcourt-Saint James -dijo sin preámbulos-. Entre, entren los dos en seguida.

Se quitó el chal de lana que se había echado sobre los hombros y lo dejó caer al suelo, donde se transformó de inmediato en una alfombra para sus pies. Se arrebujó en su amplia bata de color carmesí y, en cuanto entraron los visitantes, cerró la puerta.

– Ah, así está mejor, gracias a Dios -dijo con una risotada de lo más rudo-. Disculpen ustedes. Generalmente no soy tan escandalosa. ¿Acaso se extraviaron?

– Totalmente -admitió Saint James-. Le presento a mi esposa Deborah, señora Burton-Thomas.

– Deben estar congelados -observó la anfitriona-. Bueno, pronto nos ocuparemos de eso. Pasemos al salón de roble, donde hay un hermoso fuego. ¡Danny! -gritó por encima de su hombro izquierdo-. Vengan, es por aquí, ¡Danny!

La siguieron a través de la vieja estancia con losas de piedra, en la que el frío era glacial. Las paredes eran blancas, las vigas negras, con ventanas sin cortinas, cada una al fondo de una concavidad, una sola mesa de comedor en el centro y una chimenea sin encender en la pared del fondo. Sobre la chimenea había un surtido de armas de fuego y cascos militares con penachos extravagantes. La señora Burton-Thomas asintió cuando Saint James y Deborah se fijaron en los cascos.

– Oh, sí, los “cabezas redondas” de Cromwell estuvieron aquí -explicó-. Ocuparon buena parte de Keldale May por un período de diez meses, durante la guerra civil. Fue en 1664 -añadió sombríamente, como si esperase que ellos recordaran el año de la infamia en la historia del clan Burton-Thomas-. Pero nos libramos de ellos en cuanto pudimos. ¡Valiente puñado de sinvergüenzas!

Les precedió a través de las sombras del comedor, desde donde pasaron a una cámara alargada, con las paredes forradas de madera, las ventanas cubiertas por cortinas de color escarlata y un fuego crepitante en la chimenea.

– ¿Adónde demonios habrá ido? -musitó la señora Burton-Thomas, y cruzó la puerta por la que acababan de entrar-. ¡Danny!

Se oyó entonces un ruido de pasos apresurados y una chica de unos dieciocho años, con el cabello revuelto, apareció en el umbral.

– Lo siento -dijo la recién llegada, riendo-. Les quité tus zapatillas. -Al tiempo que decía esto, se las arrojó a la mujer, la cual las recogió diestramente-Pero me temo que están un poco mordidas.

– Gracias, hermosa. Haz el favor de traer coñac para nuestros huéspedes. Ese condenado Watson casi ha dado cuenta de una botella antes de irse a la cama. Pero hay más en la bodega. Ve a buscarlo, ¿quieres?

Mientras la muchacha iba a hacer lo ordenado, la señora Burton-Thomas examinó sus zapatillas y frunció el ceño al ver un agujero nuevo en un talón. Soltó una maldición entre dientes, volvió a ponerse las zapatillas y se echó el chal, que había estado usando como una especie de alfombra voladora pegada al suelo en su avance por la casa, sobre los hombros.

– Tengan la bondad de sentarse. No he querido encender el fuego en su habitación hasta que llegaran, por lo que podemos charlar un poco mientras el cuarto se calienta. Hace un frío increíble para el mes de octubre, ¿verdad? Dicen que el invierno se ha adelantado.

Evidentemente, la bodega no debía de ser exactamente lo que sugiere la palabra, pues al cabo de un momento reapareció la joven Danny con una botella de coñac. La abrió y vertió el contenido en un recipiente de cristal tallado, sobre la mesa bajo el retrato de un antepasado Burton-Thomas, ceñudo y de facciones aguileñas, y entonces regresó junto a ellos con una bandeja que contenía tres copas de coñac y el recipiente de cristal.

– ¿Me ocupo de la habitación, tía? -preguntó la joven.

– Sí, por favor. Dile a Eddie que recoja el equipaje. Ah, y pide disculpas a esa pareja americana si los ves por ahí, preguntándose a qué se debe tanto jaleo. -La señora Burton-Thomas sirvió tres medidas generosas de licor mientras la muchacha abandonaba la estancia-. Ah, vinieron aquí por la atmósfera y, por Dios, que tendrán toda la que quieran.-Soltó una risotada y apuró su copa de un solo trago-. El pintoresquismo es lo mío -admitió alegremente, sirviéndose otra-. Les das un poco de ambiente antiguo y excéntrico y aseguras tu aparición en todas las guías turísticas.

El aspecto de la mujer corroboraba sus palabras, pues era una combinación de calor hogareño y horror gótico: muy alta, los hombros tan anchos como los de un hombre, se movía con descuido entre el inapreciable mobiliario de la sala. Tenía las manos de una campesina, los tobillos de una bailarina y el rostro de una Valkiria envejecida. Sus ojos, azules, estaban sumidos por encima de unos pómulos prominentes. Tenía la nariz aguileña, cuya curvatura había ido acentuándose con el paso de los años, de modo que ahora, a la luz incierta de la sala, parecía arrojar una sombra sobre el labio superior. Parecía tener unos sesenta y cinco años, pero era evidente que, tratándose de la señora Burton-Thomas, la edad era una cuestión muy relativa.

– ¿Tienen apetito? -Miró el reloj de péndulo cuyo fuerte tictac se percibía desde cualquier extremo de la habitación-. Hace dos horas que cenamos.

– ¿Tienes hambre, amor mío? -preguntó Saint James a Deborah. Ésta vio, por el brillo de sus ojos, que la situación le divertía.

– No, no tengo ni pizca de apetito. -Se volvió hacia la señora Burton-Thomas-. ¿Dice usted que tiene otros huéspedes?

– Sólo una pareja americana. Los verán a la hora del desayuno. Pueden imaginarse cómo son: mucho poliéster y aparatosas cadenas de oro. El caballero lleva un anillo con un diamante enorme en el dedo meñique. Anoche me estuvo entreteniendo con una charla sobre odontología. Parece ser que pretende empastarme los dientes. Lo último que haría en mi vida. -La señora Burton-Thomas se estremeció y tomó otro trago-. Parece cosa de egipcios, medidas para la posteridad, ya saben. ¿O era para prevenir las caries? -Se encogió de hombros con solemne indiferencia-. No tengo la menor idea. ¿Por qué a los americanos les obsesionan tanto sus dientes? Esa manía por tenerlos rectos y brillantes. ¡Dios mío! Unos dientes torcidos dan un toque de personalidad a una cara, digo yo. -Removió ineficazmente el fuego, lanzando una lluvia de chispas sobre la alfombra, las cuales apagó con enérgicos pisotones-. Me alegro de que hayan venido. No es que mi abuelo haga cabriolas en su tumba porque he abierto la casa al negocio turístico, pero no tenía más remedio: o eso o la entrega a la administración estatal. -Les hizo un guiño por encima de la copa-. Y perdonen por decirlo, pero esta clase de vida es muchísimo más divertida.

Alguien se aclaró la garganta en el umbral. Un muchacho enfundado en un pijama de franela a cuadros y una vieja chaqueta de esmoquin, que le iba demasiado grande, torpemente abrochada a su esbelta cintura. La indumentaria daba a su aspecto un aire desenvuelto y anacrónico. Llevaba unas muletas en la mano.

– ¿Qué ocurre, Eddie? -preguntó con impaciencia la señora Burton-Thomas-. ¿Has descargado el equipaje?

– Hay unas maletas en el coche, tía. ¿También tengo que sacarlas?

– ¡Naturalmente, estúpido! -El muchacho dio media vuelta y desapareció.- Soy una mártir de mi familia -confió la mujer a sus huéspedes-. Bueno, vengan por aquí, les mostraré su habitación. Deben de estar agotados. No, no cojan la botella de coñac.

La siguieron a través del comedor hasta la sala con el suelo de piedra, y cruzaron otra puerta que daba a la escalera de madera pulimentada y sin alfombrar, la cual ascendía a las regiones superiores de la casa, sumidas en una oscuridad profunda.

– Una escalera señorial -les informó la señora Burton-Thomas, dando una palmada en la gruesa barandilla-. Ya no hacen estos primores. Vengan por aquí.

Entraron en un corredor débilmente iluminado de cuyas paredes colgaban unos retratos ancestrales y tres tapices flamencos.

– Tengo que cambiarlos de sitio. -Están aquí colgados desde 1822, pero nadie pudo convencer jamás a la bisabuela de que es mejor contemplar estas cosas a cierta distancia. Es la tradición, ¿comprenden? Siempre tengo que luchar con ella. Ya hemos llegado.

Abrió una puerta y les invitó a entrar. Luego les dio las buenas noches y se marchó, los amplios faldones de la bata sacudiendo sus tobillos.

Un buen fuego de carbones en la chimenea. A Deborah le pareció la habitación más bella que habría visto jamás. Forradas de madera de roble, con sendos retratos de mujeres pintadas por Gainsborough en las paredes laterales, les recibió con la solera y la elegancia que alcanzan al cabo de los siglos las obras bien hechas. Unas pequeñas lámparas de sobremesa, con pantallas rosadas, emitían una luz difusa que bruñía la caoba de la enorme cama de cuatro postes con dosel.

Un alto armario arrojaba una sombra alargada contra una pared, y sobre un tocador se alineaban los atomizadores de cristal y una serie de cepillos con dorso de plata. Junto a una de las ventanas había una mesa de patas curvadas y ornamentadas sobre la que reposaba un jarrón con lirios. Deborah se acercó pasó un dedo por el tallo aflautado de una flor marfileña.

– Hay una tarjeta -dijo su marido. La cogió y se puso a leerla. Mientras lo hacía, las lágrimas asomaron a sus ojos-. Gracias, Simon -susurró. Volvió a colocar la tarjeta entre las flores, contuvo una emoción que no podía definir y se obligó a hablar en tono jovial-. ¿Cómo encontraste este sitio?

– ¿Te gusta? -le preguntó él a su vez.

– No podrías haber elegido un lugar más encantador, y lo sabes, ¿verdad?

Él no replicó. Se oyó un golpe en la puerta y miró sonriente a su mujer, con una expresión inquisitiva.

– Adelante.

Era la muchacha, Danny, que traía unas mantas.

– Perdonen. Me había olvidado de las mantas. Ya hay un edredón, pero mi tía cree que todo el mundo tiene tanto frío como ella. -Entró en la habitación con el aire desenvuelto de quien se siente propietario-. ¿Les ha subido Eddie las maletas? -preguntó mientras abría el armario y echaba dentro las mantas sin ninguna ceremonia-. Es un poco retrasado, ¿saben? Tendrán que perdonarle. -Se miró en la luna que cubría el reverso de la puerta, se manoseó el pelo, dejándolo un poco más desgreñado que antes y se dio cuenta de que las estaban observando-. Bueno, ahora será mejor que estén precavidos para que no les sorprenda el lloro del bebé -dijo en tono solemne.

Fue como si hubiera pronunciado estas palabras a una señal convenida. Seguramente los perros aullarían a continuación.

– ¿El lloro del bebé? ¿Es que los americanos tienen un niño pequeño con ellos? -preguntó Deborah.

Danny abrió mucho los ojos y les miró alternativamente.

– ¿Es que no lo saben? ¿No se lo ha dicho nadie?

Por la expresión de la chica, Deborah vio que les informaría de inmediato. En efecto, Danny se restregó las manos en los costados del vestido, a modo de prefacio, miró a su alrededor, como si temiera que pudiera oírle alguien indeseable, y se acercó a la ventana. A pesar del frío, levantó el pestillo y la abrió.

– ¿No les ha hablado nadie de eso? -preguntó en tono teatral señalando el negro exterior.

No podían hacer más que ver de qué se trataba “eso”. Deborah y Saint James se reunieron con Danny ante la ventana. Desde allí se vislumbraban a lo lejos los muros esqueléticos de un edificio en ruinas, difuminados entre la niebla.

– La abadía de Keldale -dijo Danny, y acto seguido se acomodó al lado del fuego para tener una charla confidencial-. Es de ahí de donde procede el lloro del bebé, no de aquí.

Saint James cerró la ventana, corrió las gruesas cortinas y se sentó ante la chimenea. Deborah se acurrucó en el suelo, a su lado, dejando que el calor de las llamas templara su piel.

– ¿Quieres decir que se trata de un bebé fantasma? -preguntó a la muchacha.

– Así es. Le he oído perfectamente y también ustedes le oirán, ya lo creo.

– Los fantasmas siempre están rodeados de leyendas -observó Saint James.

Danny se agitó en su silla, complacida de que el huésped hubiera mencionado las leyendas.

– Eso es lo que sucede en este caso. Keldale fue realista durante la guerra. -Hablaba como si los hechos del siglo XVII hubieran ocurrido la semana anterior -. Todo el pueblo de Keldale, que está a un par de kilómetros carretera abajo, era leal al rey, hasta el último de sus hombres. ¿Han visto el pueblo?

– Deberíamos haberlo visto, pero la verdad es que hemos venido desde… una dirección diferente.

– La ruta panorámica -añadió Deborah.

Danny hizo caso omiso de esta desviación de su tema.

– Fue hacia el final de la guerra -siguió diciendo- y aquél bribón de Cronwell -era evidente que la muchacha había aprendido la historia en las rodillas de su tía- se enteró de que los señores del norte estaban planeando un levantamiento, por lo que invadió los valles por última vez, se apoderó de las mansiones, derribó los castillos y destrozó los pueblos realistas. Keldale está bien escondido…

– Ya nos hemos dado cuenta -le interrumpió Saint James.

La muchacha asintió con vehemencia.

– Pero unos días antes se supo en el pueblo que los criminales cabezas redondas se acercaban. El viejo Cronwell no quería el pueblo, sino a sus habitantes, todos los cuales eran leales al rey Charlie.

– Para matarlos, claro -apuntó Deborah mientras la chica hacía una pausa para tomar aliento.

– ¡Para matar hasta el último de ellos! -exclamó-. Cuando corrió la noticia de que Cronwell buscaba el Kel, sus habitantes idearon un plan. Todos se trasladarían a los terrenos de la abadía, y cuando llegaran los cabezas redondas Keldale sería suyo, pero sin un alma viviente.

– Un plan bastante ambicioso -observó Saint James.

– ¡Y salió bien! -replicó Danny con orgullo. Sus hermosos ojos brillaban y tenía el rostro arrebolado, pero bajó la voz-. ¡Excepto el bebé! -Se inclinó hacia delante. Era evidente que había llegado al punto culminante del relato-. Llegaron los cabezas redondas y ocurrió tal como habían confiado los pueblerinos. El pueblo estaba desierto, silencioso y envuelto en una niebla espesa. No había una sola alma, ninguna criatura viviente. Y entonces -con una mirada rápida, Danny se aseguró de que sus oyentes la seguían- un bebé empezó a llorar en la abadía donde estaban todos los habitantes del pueblo. ¡Dios mío! -Se llevó las manos al pecho-. ¡Qué terror! ¡Se habían librado de Cronwell sólo para que les traicionara un bebé! La madre trató de hacerle callar ofreciéndole el pecho, pero fue inútil. El chiquitín lloraba más y más. Todos estaban aterrados, temiendo que el ruido hiciera ladrar a los perros del pueblo y que Cronwell les encontrase. Así que hicieron callar al pobre pequeño, ¡lo asfixiaron!

– ¡Cielo santo! -murmuró Deborah. Se acercó más a la silla de su marido-. Es precisamente la clase de historia que uno desea oír en su noche de bodas, ¿verdad?

– Ah, pero tenían que saberlo -dijo Danny enfervorecida-. El lloro del bebé trae una suerte terrible, a menos que uno sepa qué hacer.

– ¿Llevar unos ajos encima? -preguntó Saint James-. ¿Dormir aferrado a un crucifijo?

Deborah le pellizcó una pierna.

– Quiero saberlo. Insisto en ello. ¿Voy a arruinar mi vida por haberme casado con un cínico? Dime lo que hay que hacer si oímos al bebé, Danny.

La muchacha asintió gravemente.

– El bebé siempre llora por la noche en los terrenos de la abadía. Usted debe dormir sobre el lado derecho y su marido sobre el izquierdo. Y han de permanecer abrazados hasta que deje de llorar.

– Eso es interesante -reconoció Saint James-. Una especie de amuleto animado. ¿Podemos confiar en que ese bebé llore con frecuencia?

– No lo hace muy a menudo, pero… -La chica tragó saliva y, de repente, vieron que no se trataba de una leyenda para recién casados amartelados, pues para Danny el temor y el relato eran auténticos-. ¡Yo misma le oí hace tres años! ¡No es algo que se olvide fácilmente! -Se puso en pie-. ¿Recordarán lo que han de hacer? ¿No lo olvidarán?

– No lo olvidaremos -aseguró Deborah mientras la chica salía de la habitación.

Una vez solos, permanecieron un rato en silencio. Deborah apoyó la cabeza en la rodilla de Saint James. Los dedos largos y delgados del hombre acariciaron suavemente su cabello, apartándole los rizos del rostro. Ella le miró.

– Tengo miedo, Simon. Pensé que no lo tendría, ni una sola vez este último año, pero tengo miedo.

Vio en sus ojos que la comprendía. Claro que sí. ¿Acaso había dudado de veras en su comprensión?

– También yo lo tengo -dijo él-. Durante todo el día me he sentido un poco aterrado. Nunca quise perderme, ni contigo ni con nadie. Pero la cuestión es que ocurrió. -Sonrió -. Invadiste mi corazón con la fuerza cronwellliana del tuyo y no pude resistirla, Deborah. Ahora descubro que el verdadero terror, más que perderme a mí mismo, sería perderte de alguna manera. -Tocó el colgante que le había dado aquella mañana y que anidaba en el hueco de su garganta. Era un pequeño cisne de oro, un símbolo del compromiso entre ellos, de la elección para toda la vida. La miró a los ojos y le susurró suavemente-: No temas.

– Entonces hagamos el amor.

– No deseo otra cosa.

Jimmy Havers tenía unos ojuelos porcinos que miraban inquietos a uno y otro lado cuando estaba nervioso. No importaba que se las diera de valiente o que mintiera con un descaro formidable, tanto si le acusaban de algún pequeño hurto como si le cogían en flagrante delito, pues siempre le traicionaban sus ojos, como sucedía ahora.

– No sabía si tendrías tiempo para traerle a tu madre los folletos de Grecia, así que Jim fue a buscarlos, hijita.

Tenía el hábito de referirse a sí mismo en tercera persona, lo cual le permitía evadir la responsabilidad de la mayor parte de los disgustos que causaba. “No, no fui a las carreras de caballos ni aspiré rapé. En todo caso fue Jimmy quien lo hizo, no yo”.

El padre de Barbara inspeccionó de un rápido vistazo la pequeña sala de estar, cuyas ventanas no se podían abrir a causa de la suciedad acumulada durante años. Los muebles eran anticuados, el papel de las paredes tenía un dibujo de capullos de rosa entrelazados que resultaba enervante. Las revistas especializadas en carreras de caballos cubrían las mesas, algunas estaban esparcidas por el suelo, y competían con los quince álbumes con tapas que imitaban el cuero y que documentaban la locura de la madre. Tony presidía todo ello, siempre sonriente.

Su santuario estaba en un ángulo de la sala. Era la última foto que le hicieron antes de su enfermedad, y en ella aparecía como un chiquillo desgarbado en el acto de lanzar un balón a una portería improvisada en el jardín, en otro tiempo rebosante de flores. Era una fotografía ampliada fuera de proporción, por lo que las líneas de la figura estaban un poco distorsionadas. A cada lado colgaban los uniformes escolares y las notas de alabanza de los profesores, cada documento con un marco de madera, y no faltaba siquiera su certificado de defunción. Debajo de todo esto un jarrón con flores de plástico rendía homenaje, un homenaje bastante pobre, habida cuenta del estado general de la sala.

En el lado opuesto el televisor atronaba, como siempre. Estaba allí, frente al santuario de Tony para que éste “también pudiera verla”. Aún le ofrecían sus programas favoritos, como si nada hubiera ocurrido, como si nada hubiera cambiado. Pero las ventanas y las puertas estaban cerradas y atrancadas, para mantener a raya la verdad de aquella tarde de agosto y Uxbridge Road.

Barbara cruzó la sala y apagó el televisor.

– ¡Oye, Jim estaba viendo eso! -protestó su padre.

Ella le miró y se dijo que era realmente un cerdo. ¿Cuándo se había bañado por última vez? No era necesario acercarse demasiado a él para notar su olor, el aroma del sudor rancio, las grasas corporales que se acumulaban en su pelo, su cuello, tras los pliegues de las orejas, la ropa sin lavar.

– El señor Como me dijo que te había visto -comentó, sentándose en el sofá desvencijado.

La mirada del hombre pasó de la pantalla apagada del televisor a las flores de plástico y las rosas ridículas que cubrían la pared.

– Sí, Jim estuvo en la tienda de Como -asintió.

Sonrió a su hija. Tenía los dientes ennegrecidos, y Barbara veía el líquido que asomaba por las comisuras de la boca. La lata de café estaba junto a su silla, escondida inexpertamente por un boletín de carreras. Barbara supo que quería desviar la cabeza un momento, para hacer lo que necesitaba sin que ella le viera. No quiso seguirle el juego.

– Escúpelo, papá -le ordenó pacientemente-. No vale la pena que te lo tragues y te pongas enfermo, ¿no crees?

Con una expresión de alivio, el hombre cogió la lata y escupió una baba marrón inducida por el rapé. Se limpió la boca con un pañuelo manchado, tosió violentamente y adaptó los tubos que le suministraban oxígeno por las fosas nasales. Miró entristecido a su hija, deseoso de ternura, pero Barbara mantuvo su expresión adusta. El desvió la vista.

Barbara le miró pensativa. ¿Por qué no se moría de una vez? Llevaba diez años de decadencia gradual. ¿Por qué no daba el salto definitivo a la nada? Sería lo mejor. Ya no jadearía por falta de aire, ya no le haría sufrir el enfisema, ya no tendría que aspirar tabaco por la nariz a causa de su adicción. Lo único que podría liberarle de sus penas era la muerte.

– Enfermarás de cáncer, papá -le dijo-. ¿Lo sabes, verdad?

– Jim está bien, Barb. No te preocupes, criatura.

– ¿No puedes pensar en mamá? ¿Qué ocurriría si tuvieran que hospitalizarte de nuevo? -como le sucedió a Tony: la comparación quedó implícitamente en el aire-. ¿Tendré que hablar con el señor Como? No quisiera hacerlo, pero tendré que hacerlo si insistes en tomar rapé.

– Como fue el primero en darle la idea a Jim -protestó su padre. Su voz era un gemido-. Fue después de que le dijeras que no diera pitillos a Jim.

– Sabes que hice eso por tu propio bien. No puedes fumar al lado de una botella de oxígeno. Los médicos te lo dijeron.

– Pero Como aseguró que el rapé no era peligroso.

– El señor Como no es médico. Anda, dame esa porquería.

Tendió la palma a su padre.

– Pero Jim quiere…

– Sin discusiones, papá. Dame el rapé.

El viejo tragó saliva un par de veces. Sus ojos se movían de un lado a otro.

– Necesito algún consuelo, Barbie – gimió.

Ella dio un respingo al oír el diminutivo que sólo Tony había empleado. En labios de su padre era como una maldición. Sin embargo, se aproximó a él, le puso una mano en el hombro y se obligó a tocarle el pelo sin lavar.

– Procura comprenderlo, papá. Tenemos que pensar en mamá. No podría sobrevivir sin ti, así que debes mantenerte sano y en buena forma. ¿No te das cuenta? Mamá… te quiere tanto…

Creyó ver un destello en los ojos del viejo cuando dijo estas palabras. ¿Todavía se veían el uno al otro en aquel pequeño infierno que ellos mismos habían labrado, o acaso la niebla era demasiado espesa?

El hombre ahogó un sollozo. Se metió una mano sucia en el bolsillo y sacó una cajita redonda.

– No pretendo hacer daño a nadie, Barbie -le dijo al tiempo que le entregaba la caja.

Su mirada se deslizó hacia el altar improvisado, a las flores artificiales en su jarrón de plástico, bajo la foto del hijo muerto. Ella se acercó, quitó las flores y extrajo otras tres cajitas de rapé ocultas en el jarrón.

– Mañana hablaré con el señor Como -dijo fríamente, y salió de la habitación.

Claro que sería en Eaton Terrace. Eaton Place era demasiado elegante, y a Lynley no le gustaba la ostentación. Además, aquél no era más que el piso que los Lynley tenían en la ciudad. Su verdadera residencia estaba en Howenstow, Cornualles.

Barbara se quedó mirando el edificio de un blanco inmaculado. Qué limpio estaba todo, qué atmósfera de clase alta. Aquella era la única zona de la ciudad donde la gente vivía en establos reconvertidos y se jactaba de ello antes sus amistades.

“Ahora vivimos en Belgravia, ¿no te lo había dicho? Ven una tarde a tomar el té. Nos ha costado trescientas mil libras, pero es una buena inversión. Cinco habitaciones. Una calle preciosa, con la calzada de adoquines. Ven a las cuatro y media, no me digas que no. Reconocerás el sitio. Tengo begonias en todas las ventanas.“

Barbara subió los impecables escalones de mármol y, con un desdeñoso movimiento de cabeza, observó el pequeño escudo de armas bajo los apliques de latón. “¡Estás hecho un hidalgo, Lynley. Nada de establos reconvertidos para ti!”

Alzó la mano para tocar el timbre, pero se detuvo y dio media vuelta para contemplar la calle. Desde el día anterior no había tenido tiempo para reflexionar acerca de su posición. Su reunión inicial con Webberly, su búsqueda de Lynley en la boda y la reunión posterior en Scotland Yard con el curioso sacerdote… todo había sucedido con tanta rapidez que no había tenido ni un momento para sopesar sus sentimientos e idear una estrategia que le permitiera sobrevivir en su nueva etapa de aprendizaje.

Cierto que a Lynley no le había sorprendido tanto el encargo como ella había creído; desde luego, no se había mostrado tan consternado e irritado como ella misma. Pero otras cosas ocupaban su mente: la boda de su amigo y, sin duda, la misión que le habían encomendado a última hora de la noche con lady Helen Clyde. Ahora que disponía de tiempo para reflexionar, seguramente no le ocultaría lo irritado que se sentía por tenerla como compañera de misión.

¿Qué podía hacer? Al fin tenía la oportunidad que había estado esperando, por la que había rogado: la de demostrar su valía en el Departamento de una vez por todas. Era la ocasión para compensar las discusiones, los lapsus linguae, las decisiones precipitadas, los estúpidos errores de los últimos diez años.

Recordó lo que le había dicho Webberly: “Podrá aprender mucho trabajando con Lynley”, y frunció el ceño. ¿Qué podía aprender de Lynley? El vino apropiado para la cena, algunos pasos de baile, cómo sorprender a los contertulios con una conversación encantadora… ¿Qué diablos podría aprender de Lynley?

Nada, naturalmente, pero sabía muy bien que aquel hombre representaba su única oportunidad de ser destinada de nuevo al Departamento. Y así, mientras permanecía en el umbral del elegante edificio, pensó detenidamente en cuál podría ser la mejor manera de entenderse con aquel hombre. Decidió que era precisa una cooperación absoluta. No ofrecería sugerencias, estaría de acuerdo con todas sus ideas, con cada afirmación que él hiciera.

“Tienes que sobrevivir “, se dijo mientras se volvía, y oprimió el timbre.

Había esperado que abriera una doncella rolliza, vivaz y uniformada, pero le sorprendió ver a Lynley en persona abriendo la puerta, con un trozo de tostada en la mano, calzado con zapatillas y unas gafas de lectura apoyadas en el extremo de su aristocrática nariz.

– Hola, Havers -le dijo mirándola por encima de las gafas-. Ha llegado pronto. Excelente.

La precedió hasta el fondo de la casa. Entraron en una sala aireada, de paredes verde claro con frisos de madera. Unas puertas acristaladas con las cortinas descorridas permitían ver el jardín florido, y sobre un bufete de nogal tallado estaba dispuesto el desayuno en bandejas de plata. La sala olía invitadoramente a pan caliente y bacon, y el estómago de Barbara reaccionó a esos aromas con un rumor sordo. Se apretó el abdomen y procuró no pensar en su propio desayuno, un huevo demasiado hervido y una tostada. La mesa estaba dispuesta para dos, lo cual sorprendió a Barbara por un momento, hasta que recordó la cita nocturna con lady Helen. Sin duda su señoría continuaba en la cama, para no perder la costumbre de levantarse pasadas las diez.

– Sírvase usted misma -le dijo Lynley, señalando distraídamente el bufete con el tenedor, y recogió las hojas del informe policial esparcidas entre la porcelana-. No conozco a nadie que no pueda pensar mejor mientras come. Pero no le recomiendo ese arenque ahumado. No está en su punto.

– No, gracias -replicó ella cortésmente-. Ya he desayunado, señor.

– ¿Ni siquiera una salchicha? Estas, por lo menos, son excelentes. ¿Es posible que por fin los carniceros se hayan decidido a poner más carne que harina en las salchichas? Sería una buena noticia. Casi cinco décadas después de la guerra termina finalmente el racionamiento. -Cogió una tetera que, como las demás piezas sobre la mesa era de porcelana fina y, sin duda, formaba parte del patrimonio familiar-. ¿No le apetece beber algo? He de advertirle que soy un adicto del té Lapsang Souchong. Helen dice que sabe a calcetines sucios.

– Tomaré una taza. Gracias, señor.

– Muy bien. Pruébelo y dígame qué le parece.

La sargento se disponía a echar un terrón de azúcar en el brebaje cuando volvió a sonar el timbre de la puerta. Se oyeron los pasos de alguien que subía por la escalera trasera.

– Por favor, yo lo cogeré -dijo una voz femenina con acento de Cornualles-. Lamento el inconveniente del otro día, a causa del bebé.

– Es la difteria, Nancy -murmuró Lynley, hablando consigo mismo-. Lleve a ese pobre niño al médico.

El sonido de una voz de mujer llenó el vestíbulo.

– ¿Así que están desayunando? -dijo, riendo alegremente-. No podría haber llegado en mejor momento, Nancy. Él no se va a creer que es una pura coincidencia.

Apenas había terminado de pronunciar estas palabras, lady Helen entró en la sala y Barbara se sintió conmocionada. Sus vestidos eran idénticos, pero mientras que el de Helen había sido cortado a medida, el de Barbara era una mala copia, una de esas imitaciones defectuosas que venden en los almacenes Mark and Spencer. Sólo los colores diferentes podían salvarla de una humillación total. Cogió la taza de té, pero le faltó fuerza de voluntad para llevársela a los labios.

Lady Helen sólo se detuvo una fracción de segundo al ver a la mujer policía.

– Estoy metida en un buen lío -dijo sin embagues-. Menos mal que también usted está aquí, sargento, porque tengo la terrible sensación de que hará falta Dios y ayuda para que pueda salir de este embrollo.

Dicho esto, dejó una gran bolsa de compras en la silla más próxima y se dirigió al bufete, cuyos platos empezó a examinar como si la comida bastara para solucionar su dilema.

– ¿Embrollo? -preguntó Lynley, y miró a Barbara-. ¿Qué le parece el Lapsang?

Ella tenía los labios rígidos.

– Es muy agradable, señor.

– ¡No volveré a tomar ese horrible té! -exclamó lady Helen-. No tienes misericordia, Tommy.

– De haber sabido que vendrías, no me habría limitado a servirlo una sola vez a la semana.

Ella se echó a reír.

– ¿Qué le parece este hombre, sargento? Por su manera de hablar, se diría que he estado invadiendo su casa cada mañana.

– Viniste ayer, Helen.

– Qué malo eres, Tommy. -Volvió a mirar los alimentos que descansaban sobre el bufete-. Estos arenques ahumados huelen que apestan. ¿Acaso Nancy los trajo en una maleta? -Se reunió con ellos tras llenar un plato con huevos, champiñones, tomates al horno y bacon.- A propósito, ¿por qué Nancy está aquí y no en Howenstow? ¿Dónde está Denton esta mañana?

Lynley tomó un sorbo de té mientras examinaba el informe que tenía ante los ojos.

– Como estaré fuera de la ciudad, le he dado unos días de permiso -respondió distraídamente-. No necesito que me acompañe.

Lady Helen, que estaba a punto de llevarse a la boca un trozo de bacon, se detuvo en seco.

– Estás de broma, claro. Dime que no lo dices en serio, cariño.

– Soy perfectamente capaz de desenvolverme sin mi sirviente. No soy tan incompetente, Helen.

– ¡No quiero decir eso! -Lady Helen tomó un trago de Lapsang Souchong, hizo una mueca de repugnancia y dejó la taza sobre la mesa-. Le he dado el día libre a Caroline. No creerás que… Tommy, si se ha ido con Denton estoy perdida. -El abrió la boca para hablar, pero le interrumpió.- No, ya sé lo que vas a decir. Tiene derecho a su vida privada, estoy totalmente de acuerdo, pero tenemos que llegar a algún compromiso, porque si se casan y viven contigo…

– Entonces tú y yo también nos casaremos -replicó plácidamente Lynley- y los cuatro seremos felices y comeremos perdices.

– Te parece divertido, ¿verdad? Pero piensa un poco en mí. Una mañana sin Caroline y estoy perdida por completo. No creerás que ella aprobaría el conjunto que llevo puesto, ¿verdad?

Lynley contempló el conjunto en cuestión. Barbara no tuvo necesidad de hacerlo, pues la imagen de lady Helen estaba marcada a fuego en su mente: un elegante traje color vino tinto, una blusa de seda y un chal malva que caía como una cascada sobre la esbelta cintura.

– ¿Qué tiene de malo? -preguntó Lynley-. Lo encuentro muy bonito. De hecho, teniendo en cuenta la hora que es -echó un vistazo a su reloj- diría que casi vistes con excesiva elegancia.

Exasperada, lady Helen se volvió hacia Barbara.

– Ah, estos hombres, sargento, estos hombres… Parezco una fresa más que madura y él dice que lo encuentra muy bonito sin alzar la vista de sus papeles.

– Es mucho mejor que ayudarte a elegir tus prendas durante los próximos días. -Lynley señaló la bolsa de compras que se había caído y cuyo contenido, varios trozos de tela, estaba esparcido por el suelo-. ¿Es ése el motivo de tu visita?

Lady Helen recogió la bolsa.

– Ojalá fuera así de sencillo -dijo con un suspiro-, pero es mucho peor que el asunto de Denton y Caroline… sobre el que, por cierto, todavía no nos hemos puesto de acuerdo… y me siento totalmente perdida. He confundido los agujeros de bala de Simon.

Barbara empezó a sentirse como si estuviera actuando en una comedia de Oscar Wilde. Sin duda en cualquier momento entraría Lane en escena con los bocadillos de pepino.

– ¿Los orificios de bala de Simon? -Lynley, más acostumbrado a las piruetas mentales de lady Helen, se mostraba paciente.

– Ya sabes. Trabajábamos con las muestras de sangre salpicada basándonos en la trayectoria, el ángulo y el calibre. Lo recuerdas, ¿verdad?

– ¿La prueba que debíamos presentar el mes próximo?

– La misma. Simon lo había dejado todo organizado para mí en el laboratorio. Yo tenía que obtener los datos preliminares, adjuntarlos a la tela y preparar el material para el estudio definitivo, pero…

– Mezclaste las piezas de tela -concluyó Lynley-. Saint James se va a irritar, Helen. ¿Qué propones hacer?

Ella miró compungida las muestras que seguían en el suelo.

– Desde luego, no soy completamente ignorante en ese tema. Al cabo de cuatro años en el laboratorio, por lo menos… puedo reconocer el calibre veintidós y encontrar fácilmente el cuarenta y cinco y la escopeta. Pero en cuanto a lo demás… y lo que es peor, la muestra de sangre que corresponde a cada trayectoria.

– Es un buen lío -concluyó Lynley.

– En efecto -convino ella-. Y por eso pensé hacerte una visita, a ver si lo solucionábamos de algún modo.

Lynley se puso a ordenar los documentos sobre la mesa.

– Es imposible, querida mía. Lo siento, pero eso requiere horas de trabajo y nosotros hemos de tomar el tren.

– Entonces, ¿qué le digo a Simon? Le ha costado mucho preparar este material.

Lynley reflexionó un momento.

– Sólo puede hacerse una cosa…

– ¿Qué?

– Consultar al profesor Adams, del Instituto de Chelsea. ¿Le conoces? -Ella negó con la cabeza y Lynley prosiguió-: El profesor y Simon han actuado como testigos periciales. Lo hicieron juntos en el caso Melton, el año pasado. Se conocen mutuamente, y quizás Adams podría ayudarte. Si quieres, le telefoneo antes de marcharme.

– ¿Harías eso por mí, Tommy? Te lo agradecería muchísimo. Ya sabes que yo haría cualquier cosa por ti.

El enarcó una ceja.

– No creo que sea apropiado decirle eso a un hombre a la hora del desayuno.

Ella replicó con una sonrisa cautivadora.

– ¡Hasta los platos! Incluso renunciaría a Caroline si fuera necesario.

– ¿Y a Jeffrey Cusick?

– Incluso al pobre Jeffrey. Lo cambio por los agujeros de bala sin pensarlo dos veces.

– Entonces de acuerdo. Me ocuparé del asunto en cuanto terminemos de desayunar, suponiendo que por fin podamos hacerlo.

– Oh, sí, claro. -Atacó briosamente la comida, mientras Lynley se ponía las gafas y volvía a concentrarse en sus papeles-. ¿Qué clase de caso es ése que los hace salir tan temprano? -le preguntó a Barbara, al tiempo que se servía una segunda taza de té a la que añadía generosamente azúcar y leche.

– Una decapitación.

– ¡Qué tétrico! ¿Van muy lejos?

– A Yorkshire.

Lady Helen no terminó de llevarse la taza de té a los labios y la depositó cuidadosamente en el platillo. Miró a Lynley y permaneció un momento observándole antes de hablar.

– ¿A qué parte de Yorkshire, Tommy? -preguntó, impasible.

Lynley leyó entrelíneas.

– A un lugar llamado… aquí está. Keldale. ¿Lo conoces?

Hubo una larga pausa durante la que lady Helen permaneció pensativa. Miraba la taza de té, y aunque su rostro seguía inexpresivo, empezó a latirle la vena en la garganta. Alzó la vista, sonriente, pero su sonrisa no armonizaba con el vacío de su mirada.

– ¿Keldale, dices? No, no conozco ese sitio en absoluto.

CAPÍTULO CINCO

Lynley dejó el periódico y miró a Barbara Havers. No tenía necesidad de hacerlo a hurtadillas, pues la sargento estaba inclinada sobre la mesita de plástico extendida entre los dos, examinando el informe del asesinato de Keldale. Pensó breve y vagamente en las profundidades en que se hundía el sistema ferroviario británico, con su pintoresco programa actual, destinado a soportar un desgaste máximo con un mantenimiento mínimo, pero en seguida volvió a centrar su atención en la mujer sentada ante él.

Estaba informado acerca de Havers, como todo el mundo. El primer período de aquella mujer en el Departamento de Investigación Criminal había sido un rotundo fracaso, y se había enemistado rápidamente con MacPherson, Stewart y Hale, tres de los inspectores de mejor carácter y con los que era fácil llevarse bien. MacPherson, sobre todo, con su buen humor montañés y su paternalismo, podría haber sido un mentor extraordinario para una persona como Havers. Aquel hombre era casi un osito de peluche. ¿Quién no había podido trabajar con éxito a su lado? Sólo Havers.

Lynley recordaba el día en que Webberly decidió que volviera a vestir el uniforme. Naturalmente, todos sabían de antemano que llegaría aquel momento. Se vio venir durante meses. Pero, cuando llegó, nadie estaba preparado para la reacción de la mujer.

– Si estuviera licenciada por Eton, no me rebajaría así -gritó en el despacho de Webberly con una voz quebrada y lo bastante alta para que la oyeran en toda la planta-. Si tuviera una cuenta corriente, un título nobiliario y la voluntad de joder a todo bicho viviente, mujer, hombre, niño o animal, ¡sería perfectamente apta para su maldito departamento!

A la mención de Eton, tres cabezas se volvieron en dirección a Lynley. Cuando Havers puso fin a su diatriba, un silencio horrorizado indicó a aquél que todas las personas en su campo visual le estaban mirando. De pie ante un fichero, examinaba el expediente de aquel gusano de Harry Nelson, y de pronto notó que los dedos se le agarrotaban. Desde luego, no tenía verdadera necesidad de consultar el expediente, no era aquél el momento oportuno, y no podía permanecer allí de pie indefinidamente; tenía que regresar a su mesa.

Se obligó a hacerlo, al tiempo que decía en tono jovial:

– Dios mío, yo siempre trazo la raya antes de llegar a los animales.

Su observación provocó unas risas nerviosas e incómodas. Entonces Havers salió del despacho de Webberly dando un portazo y avanzó enfurecida por el corredor. La ira contorsionaba sus labios y tenía las mejillas cubiertas de lágrimas que se enjugaba bruscamente con la manga de la chaqueta. Lynley notó que toda la fuerza de su odio se derramaba sobre él. Sus miradas se encontraron y los labios de la sargento trazaron una mueca de desprecio. Era como si hubiera contraído una enfermedad incurable.

Un instante después, MacPherson se acercó a su mesa, sobre la que depositó el expediente de Harry Nelson, al tiempo que le decía en tono cordial: “Excelente reacción, muchacho”. Sin embargo, las manos de Lynley habían tardado diez minutos en serenarse, al cabo de los cuales pudo telefonear a Helen.

– ¿Almorzamos juntos, cariño?

– Claro que sí, Tommy. Simon me ha hecho pasar toda la mañana mirando las muestras de pelo más horribles que te puedas imaginar. ¿Sabías que el cuero cabelludo se desprende cuando le tiras del pelo a alguien?… Pero eso no me ha quitado las ganas de comer. ¿Vamos a Connaught?

Bendita Helen. ¡Qué magnífico asidero había sido para él durante el último año! Lynley se concentró de nuevo en Havers, la cual le recordaba a una tortuga, sobre todo aquella mañana, cuando Helen entró en el comedor. La pobre mujer se había quedado paralizada, pronunció unas pocas palabras y se metió en su concha. ¡Qué conducta tan extraña! ¡Como si tuviera algo que temer de Helen! Se palpó los bolsillos, en busca del tabaco y el encendedor.

Este movimiento hizo que la sargento Havers alzara la vista, pero en seguida volvió a centrarse en su informe, con el rostro impasible. Lynley pensó que aquella mujer no fumaba ni bebía y sonrió irónicamente. “Bueno, sargento -dijo para sus adentros-, tendrá que acostumbrarse. No soy hombre dispuesto a renunciar a mis vicios. Por lo menos en el último año.”

Nunca había podido comprender la notable antipatía que le mostraba la sargento. Mediaba entre ellos la diferencia de clase, algo completamente ridículo, que jamás le había creado un gran problema con nadie. Era como si las pomposas palabras “octavo conde de Asherton” resonaran cada vez que pasaba por su lado, cosa que había evitado escrupulosamente desde que la sargento volvió a vestir el uniforme.

Exhaló un suspiro. Ahora trabajaban juntos. ¿En qué había pensado exactamente Webberly al establecer aquella grotesca alianza entre ellos? El inspector jefe era, con creces, el hombre más inteligente que había pasado por el Yard, por lo que aquella relación quijotesca no podía ser impremeditada. Miró a través de la ventanilla cubierta de gotas de lluvia. “Ahora, si pudiera determinar quién de los dos es Sancho Panza, nos llevaríamos estupendamente”.

Esta idea le hizo reír. La sargento Havers alzó la vista y le miró con curiosidad, pero no dijo nada. Entonces Lynley sonrió.

– Estaba buscando molinos de viento -le dijo.

Mientras tomaban el insípido café del tren en vasitos de papel, la sargento Havers sacó a relucir la cuestión del hacha.

– No tiene ninguna huella -observó.

– Parece raro, ¿verdad? -Lynley dio un respingo al notar el sabor del brebaje y dejó el vasito a un lado-. Matas a tu perro, matas a tu padre, y te quedas ahí sentado esperando que llegue la policía, pero limpias el mango del hacha para que no haya ninguna huella. No tiene sentido.

– ¿Por qué cree que ella mató al perro, inspector?

– Para silenciarlo.

– Supongo que sí -convino ella a regañadientes.

Lynley vio que quería decir algo más.

– ¿Usted qué cree?

– Yo… nada. Probablemente tiene usted razón, señor.

– Pero usted tiene otra idea. ¿Cuál es? – Havers le miraba con cautela -. ¿Sargento? -le acució él.

Ella se aclaró la garganta.

– Pensaba que, en realidad, la muchacha no tenía necesidad de silenciarlo… quiero decir que era su perro. ¿Por qué iba a ladrarle? Quizás me equivoque, pero parece que ladraría a un intruso y que éste querría silenciarlo.

Lynley contempló sus uñas bien cuidadas.

– El curioso incidente del perro por la noche -murmuró-. Ladraría a una muchacha conocida si ésta atacara a su padre.

– Pero… estaba pensando, señor… -Con un movimiento nervioso se colocó el pelo detrás de las orejas, gesto que la hizo menos atractiva que de ordinario-¿No parece como si hubieran matado al perro primero? -Buscó entre los papeles que había devuelto a la carpeta y sacó una de las fotografías-. El cuerpo de Teys ha caído sobre el perro.

Lynley examinó la foto.

– Sí, claro, pero ella podría haberlo arreglado así.

Sorprendida, Havers abrió mucho sus ojos pequeños y vivaces.

– No creo que pudiera hacer eso, señor. De ningún modo.

– ¿Por qué no?

– Teys medía metro noventa y tres. -Buscó torpemente otra hoja del informe-. Pesaba… aquí está, ciento dos kilos. No puedo imaginar a esa Roberta moviendo ciento dos kilos de peso muerto sólo para amañar la escena del crimen, sobre todo si tenía la intención de confesar en seguida. No me parece posible. Además, el cuerpo no tenía cabeza, por lo que parece evidente que las paredes estarían salpicadas de sangre si lo hubiera movido, pero no había ninguna mancha de sangre.

– Un tanto a su favor, sargento -dijo Lynley, al tiempo que sacaba del bolsillo las gafas de lectura-. Creo que estoy de acuerdo. A ver, déjeme echar un vistazo a eso. -Ella le entregó todo el expediente-. La muerte se produjo entre las diez y las doce de la noche -dijo como si hablara consigo mismo-. Había cenado pollo con guisantes. ¿Ocurre algo, sargento?

– Nada, señor. Alguien andaba sobre mi tumba.

Una expresión encantadora.

– Ah -dijo Lynley, y siguió leyendo-: Barbitúricos en la sangre. -Alzó la vista, con el ceño fruncido, y se quedó mirando a la sargento por encima de las gafas-. Resulta difícil creer que un hombre así necesitase píldoras para dormir. Trabaja duramente en una granja, respirando el aire puro de los valles, cena en abundancia y luego se queda amodorrado junto al fuego. Una bendición bucólica. ¿Para qué necesitaría somníferos?

– Parece como si acabara de tomarlos.

– Evidentemente. Es difícil creer que fue al granero como un sonámbulo.

Su tono paralizó a Havers, la cual se retiró de inmediato en su caparazón.

– Yo sólo quería decir…

– Discúlpeme -se apresuró a decir Lynley-. Estaba bromeando, cosa que hago en ocasiones, porque alivia la tensión. Tendrá que acostumbrarse.

– Desde luego, señor -replicó ella con una cortesía intencionada, irritante.

Cuando caminaban por el puente peatonal, hacia la salida, les abordó un hombre muy alto y delgado, de aspecto anémico, sin duda víctima de numerosos trastornos estomacales que le amargaban la vida. Mientras se aproximaba a ellos, se introdujo una tableta en la boca y empezó a masticarla briosamente.

– Hola, inspector jefe Nies -le saludó Lynley en tono afable-. ¿Ha venido a nuestro encuentro desde Richmond? Es un largo trayecto.

– Cien kilómetros, nada menos, así que vayamos directamente al asunto, inspector -dijo Nies con brusquedad. Se había detenido ante ellos, cerrándoles el paso a la escalera que conducía a los andenes de salida y el exterior de la estación-. No le quiero aquí. Este es el condenado juego de Kerridge y yo no tengo nada que ver con él. Si desea algo, lo obtendrá de Newby Wiske, no de Richmond. ¿Está claro? No quiero verle ni saber nada de usted. Si ha venido aquí con la idea de llevar a cabo una venganza personal, inspector, métasela en el culo ahora mismo. ¿Entendido? No tengo tiempo para malgastarlo en lechuguinos ansiosos de venganza.

Hubo un momento de silencio. Barbara miraba el rostro dispéptico de Nies y se preguntaba si alguien habría hablado jamás de un modo tan pintoresco a lord Asherton en su finca de Cornualles.

– Sargento Havers -dijo Lynley suavemente-, creo que no conoce al inspector jefe Nies, de la policía de Richmond.

Barbara nunca había visto a un hombre reducido tan rápidamente a un estado de perplejidad, vencido con una impecable exhibición de buenos modales.

– Encantada de conocerle, señor -cumplimentó ella.

– Váyase al infierno, Lynley -gruñó Nies-. Espero que no se cruce en mi camino.

Dicho esto, giró sobre sus talones y se abrió paso entre la muchedumbre hacia la salida.

– Muy bien dicho, sargento -dijo Lynley, sin la menor alteración en su voz.

Buscó con la mirada entre el enjambre humano que pululaba en la estación. Era casi mediodía, y al ajetreo habitual de la estación de York se añadía el de la hora del almuerzo, que muchos aprovechaban para adquirir billetes, discutir los precios de los coches de alquiler con los agentes de la estación o reunirse con sus seres queridos cuya llegada en el tren debía compaginarse con los horarios de un mundo laboral. Lynley encontró a la persona que buscaba.

– Ah, allí está Denton -dijo, y alzó la mano para saludar a un hombre joven que se dirigía hacia ellos.

Denton acababa de salir de la cafetería, donde había dejado su comida a medias. Masticaba, tragaba y se limpiaba la boca con una servilleta de papel mientras avanzaba esquivando a la gente. Se las arregló también para peinarse la espesa cabellera negra, arreglarse la corbata y echar un rápido vistazo a sus zapatos, todo ello antes de llegar a su lado.

– ¿Ha tenido un buen viaje, señor? -preguntó a Lynley al tiempo que le ofrecía un juego de llaves-. El coche está afuera.

Sonrió afablemente, pero Barbara observó que evitaba los ojos de Lynley.

El inspector miró a su asistente con expresión crítica.

– ¿Y Caroline?

Los ojos grandes y grises de Denton se agrandaron todavía más.

– ¿Caroline, milord? -dijo con tono de inocencia. Su rostro de querubín pareció volverse más angélico, si era posible tal cosa, y dirigió una mirada nerviosa en la dirección por la que acababa de venir.

– No te hagas el tonto. Tenemos que poner en claro ciertas cosas antes de que puedas irte de vacaciones. A propósito, te presento a la sargento Havers.

Denton tragó saliva y saludó a Barbara con una inclinación de cabeza.

– Es un placer, sargento -le dijo, y miró nuevamente a Lynley-. ¿Milord?

– Deja de ser tan ceremonioso. En casa no lo haces, y cuando me tratas así en público se me pone la piel de gallina

Impaciente, Lynley cambió de mano su maletín negro.

– Disculpe. -Denton suspiró y abandonó su pose-. Caroline está en la cafetería. He conseguido una casita en la bahía de Robin Hood.

– Qué romántico eres -observó Lynley secamente-. Ahórrame los detalles, ¿quieres? Dile que telefonee a lady Helen y le confirme que no vas a Gretna Green. ¿Lo harás, Denton?

El joven sonrió.

– Lo haré en un abrir y cerrar de ojos.

– Gracias. -Lynley se sacó la cartera del bolsillo y extrajo una tarjeta de crédito que ofreció al joven-. No te hagas ilusiones -le advirtió-. Sólo quiero que pagues el coche con esto, ¿entendido?

– Desde luego -replicó Denton con firmeza.

El joven policía miró por encima del hombro hacia la cafetería, de donde había salido una muchacha bonita que le observaba. Su vestido y su peinado eran tan elegantes como los de su patrona. Barbara pensó con acrimonia que era un doble de lady Helen. Probablemente aquella elegancia era un requisito de su trabajo. La única diferencia verdadera entre Caroline y su señora era la ligera falta de confianza en sí misma de la joven, evidenciada por la forma en que sujetaba su bolso: cerraba ambas manos sobre las asas, como si fuese un arma defensiva.

– Entonces, ¿puedo irme? -preguntó Denton.

– Sí, vete -respondió Lynley, y añadió mientras el joven desandaba sus pasos-: Ten cuidado, ¿de acuerdo?

– No tema, milord, no tema -se apresuró a replicar el asistente.

Lynley le vio desaparecer entre la muchedumbre, con la joven del brazo. Se volvió hacia Barbara.

– Creo que está será la última interrupción -le dijo-. Pongámonos en marcha.

Dicho esto, la precedió hasta la calle de la Estación, donde les aguardaba un turismo Bentley, plateado y reluciente.

– Lo sé todo -dijo Hank Watson en tono confidencial desde la mesa vecina-. Conozco la verdad, comprobada y certificada -Convencido de que los demás presentes en el comedor le prestaban atención, explicó-: Me refiero a ese bebé de la abadía. Esta mañana Angelina nos contó la verdad a Jojo y a mí.

Saint James miró a su esposa.

– ¿Más café, Deborah? -le preguntó cortésmente. Como ella no pareció darse por aludida, le sirvió otra traza y prestó de nuevo atención a la otra pareja.

Hank y Jojo no habían necesitado mucho tiempo para intimar con los otros dos únicos huéspedes de Keldale Hank. La señora Burton-Thomas se había encargado de ello, haciendo que se sentaran en mesas vecinas en el inmenso comedor, sin molestarse en hacer las presentaciones, pues sabía muy bien que no sería necesario. Las bellas molduras de la sala con paredes forradas de madera noble, los muebles de estilo Sheraton y las sillas de la época de Guillermo y María dejaron de tener interés para la pareja norteamericana en cuanto Saint James y Deborah entraron en la sala.

– Hank, cariño, tal vez no les interese lo de ese bebé -sugirió Jojo, acariciando su cadena de oro, de la que pendía una multitud de diminutas alhajas, entre las que destacaba un símbolo de Mercedes Benz, una cucharilla y una minúscula torre Eiffel.

– ¡Claro que les interesa! -replicó el hombre-. A ver, Jojo, pregúntaselo.

La mujer le dirigió una mirada de disculpa a la otra pareja.

– Hank está entusiasmado con Inglaterra -explicó-. Le encanta de veras.

– Espléndido país -asintió Hank-. Si pudiera tomar las tostadas calientes, sería perfecto. ¿Por qué diablos toman las tostadas frías?

– Siempre he creído que se debe a una deficiencia cultural -respondió Saint James.

Hank soltó una risotada que parecía un rebuzno, exhibiendo una hilera de dientes muy blancos.

– ¡Deficiencia cultural! ¡Qué bueno! ¿Has oído eso, Jojo? ¡Deficiencia cultural! -Hank siempre repetía cualquier observación que le hacía reír, y así parecía apropiársela de algún modo-. Volviendo a la abadía…

No era hombre al que se pudiera desviar fácilmente de su propósito.

– Hank… -musitó su esposa. Tenía un aire conejil, era exoftálmica, con la nariz un poco respingona, que contraía y flexionaba continuamente, como si no estuviera acostumbrada del todo al aire que respiraba.

– Tranquila, mujer -le instó él-. La gente de aquí es… la sal de la tierra.

– Creo que tomaré otra taza de café, Simon -le dijo Deborah.

Mientras su marido la atendía, sus miradas se encontraron.

– ¿Leche, cariño?

– Sí, por favor.

– ¡Leche caliente con el café! -observó Hank, aprovechando la ocasión para demostrar su considerable flexibilidad verbal-. Ésta es otra cosa a la que no acabo de acostumbrarme. ¡Vaya! ¡Aquí tenemos a Angelina!

La muchacha, cuyo parecido físico con Danny evidenciaba que era otro miembro del curioso clan Burton-Thomas, entró en el comedor con una gran bandeja y una expresión de profunda concentración. No era tan bonita como Danny; rolliza, pelirroja, el rostro curtido y las manos ásperas, daba la impresión de que se encontraba más a gusto en una granja que en la mansión de su excéntrica familia.

Dio los buenos días a los presentes, evitando mirarles, y distribuyó el desayuno con movimientos nerviosos, sin dejar de mordisquearse el labio inferior.

– Tímida criatura -observó Hank en voz alta, mientras mojaba un trozo de pan en el huevo frito-. Pero anoche nos puso en antecedentes. Han oído contar lo de ese bebé, ¿verdad?

Deborah y Saint James intercambiaron una mirada para decidir quién de los dos recogería la pelota de la conversación. Le tocó a Deborah.

– Sí, desde luego -replicó ella-. Un lloriqueo procedente de la abadía. Danny nos informó anoche, en cuanto llegamos.

– ¡Ja, ja! Claro que lo hizo -dijo Hank, y para explicarse, añadió-: Buena pieza está hecha esta monada. Le gusta llamar la atención, ¿saben?

– Hank…-musitó su esposa sin levantar la vista de las gachas. Tenía el pelo muy corto, rubio rojizo, y revelaba los extremos de las orejas, intensamente enrojecidos.

– Estos amigos no son tontos, Jojo -replicó Hank-. Conocen el paño. -Les señaló con el tenedor, cuyas púas estaban hundidas en un trozo de salchicha-. Tienen que perdonarla -les dijo-. Sin duda creen que, por vivir en Laguna Beach, es una persona de mucho mundo, ¿no es cierto? ¿Conocen Laguna Beach, en California? -Sin aguardar respuesta continuó -: Es el mejor sitio del mundo para vivir, mejorando lo presente, claro. Jojo y yo vivimos allí desde… ¿Cuánto tiempo hace, encanto? ¿Veintidós años? ¡Y todavía se sonroja cuando ve a un par de maricas metiéndose mano! De veras, Jojo, le digo, es inútil acalorarse e irritarse por culpa de maricones. -Bajó el tono de voz para añadir-: En Laguna Beach los tenemos a espuertas.

Saint James no se atrevió a mirar a Deborah.

– ¿Tantos hay?

– ¿Homosexuales? ¡Lo que yo le diga, hombre! ¡Los hay a millones en Laguna! ¡A todos les gustaría vivir allí! Bueno, en cuanto a la abadía… -Hank hizo una pausa para tomar ruidosamente un sorbo de café-. Parece ser que Danny y su novio se citaban habitualmente en la abadía. Ya sabe a qué me refiero, para pelar un poco la pava. Y la noche en cuestión, hace de ello tres años, decidieron que era hora de consagrar su relación. ¿Me siguen?

– Por supuesto -dijo Saint James, evitando mirar a los ojos de Deborah.

– Danny, la picarona, lo cuenta con mucha gracia. Al fin y al cabo, conservar la virginidad hasta la noche de bodas es algo demasiado importante como para tomarlo a la ligera, ¿no creen? Sobre todo en una zona rural como ésta. Y si la pequeña Danny hubiera dejado que el chico se saliera con la suya… En fin, una vez hecho, no se puede volver atrás, ¿verdad? -Esperó la respuesta de Saint James.

– Supongo que no.

Hank asintió juiciosamente.

– Así pues, como dice su hermana Angelina…

– ¿Estaba allí? -preguntó Saint James, incrédulo.

Hank soltó una carcajada y golpeó la mesa con la cuchara.

– ¡Es usted un tipo gracioso! -exclamó, y se dirigió a Deborah-. ¿Siempre es así?

– Siempre -replicó ella.

– ¡Magnífico! Bueno, volviendo a la abadía… Allí estaba el muchacho con Danny. -Hank representó la escena en el aire, con el tenedor y el cuchillo-. El arma estaba cargada y el dedo puesto en el gatillo, ¡cuando de repente se oye ese lloriqueo de bebé que les deja helados! ¿Se imaginan? ¿Eh? ¿Pueden imaginarse eso?

– Ya lo creo -dijo Saint James.

– Pues bien, esos dos oyen el lloriqueo del bebé y creen que es la voz del mismo Dios. Salen de la abadía tan de prisa como si les persiguiera el diablo. Y así termina la cosa.

– ¿Quiere decir el lloro del bebé? Oh, Simon, esperaba oírlo esta noche, o quizás incluso por la tarde. Mantener a raya al mal resultó mucho más gratificante de lo que había esperado.

“Descarada”, decía la mirada de su marido.

– No me refiero al lloro del bebé -replicó Hank-, sino a lo que ustedes ya saben entre Danny y el chico en cuestión. Por cierto, Jojo, ¿quién diablos era?

– Tenía un nombre raro. Ezra no se qué.

Hank asintió.

– Bueno, en resumidas cuentas, Danny regresa transfigurada al Hall. Quiere confesar sus pecados e ir directamente al cielo, así que llama al sacerdote del pueblo. ¡Es la hora de los exorcismos!

– ¿Para la abadía, el pueblo o Danny? – quiso saber Saint James.

– ¡Para todos ellos, amigo mío! El cura llega corriendo y rocía a la chica con agua bendita, va a la abadía y… -Se interrumpió con una expresión risueña, complacida: era un cuentista consumado cuyo público bebía ávido sus palabras.

– ¿Más café, Deborah?

– No, gracias.

– ¿Ustedes qué creen? -preguntó Hank.

Saint James se quedó pensativo. Notó que su mujer le tocaba la pierna con el pie.

– ¿Qué?

– Había un bebé auténtico, un recién nacido todavía con el cordón umbilical. Tenía que haber nacido pocas horas antes, y cuando el cura llegó allí, ya estaba muerto, más tieso que una estaca. Parece ser que murió por la exposición a la intemperie.

– ¡Qué horror! -exclamó Deborah, que había palidecido-. ¡Qué cosa tan horrible!

Hank asintió con un gesto solemne.

– Dice usted que es horrible, ¡pues piense en el pobre Ezra! ¡Apuesto a que no pudo hacer lo que ya sabe en un par de años!

– ¿De quién era el bebé?

Hank se encogió de hombros y dirigió su atención al desayuno, que ya se había enfriado. Estaba claro que sólo le habían interesado los aspectos más picantes del relato.

– Nadie lo sabe -respondió Jojo-. Lo enterraron en el cementerio del pueblo, y pusieron en la lápida un curioso epitafio. Ahora no lo recuerdo, tendrán que ir a verlo.

– Están recién casados, Jojo -intervino Hank, haciendo un guiño a Saint James-. Apuesto a que tienen más cosas para entretenerse que deambular entre tumbas.

Era evidente que a Lynley le gustaban los rusos. Había empezado con Rachmaninoff, pasó a Rimsky-Korsakov y ahora el coche avanzaba al ritmo de los cañonazos de la Obertura 1812.

– Eso es. ¿Se ha dado cuenta? -le preguntó cuando finalizó la pieza-. Uno de los cimbalistas se ha retrasado un poco, pero es todo lo que he de objetar a esta grabación de 1812.

El inspector cerró el radiocasette y Barbara reparó en que no usaba ninguna joya, ni un anillo de sello, ni una alianza escolar, ni un reloj de oro que brillara cuando le dieran los rayos del sol. Por alguna razón, este hecho le molestaba tanto como le habría molestado una deslumbrante exhibición de riqueza.

– Lo siento, pero no me he dado cuenta. No entiendo mucho de música.

¿Acaso esperaba en serio que ella, con su educación elemental, pudiera conversar con él sobre música clásica?

– Tampoco yo entiendo gran cosa -admitió Lynley sinceramente-, pero escucho mucha música. Me temo que soy uno de esos zoquetes que dicen: “No sé una palabra, pero sé que me gustan.”

Ella le miró sorprendida. Aquel hombre era licenciado en historia, había estudiado en Oxford. ¿Cómo podía aplicarse a sí mismo el adjetivo “zoquete”? A menos, claro, que quisiera tranquilizarla con una dosis generosa del encanto y la buena crianza que le caracterizaban, cosa que era capaz de hacer muy bien. No le costaba ningún esfuerzo, le resultaba tan sencillo como respirar.

– Supongo que me aficioné durante la última parte de la enfermedad de mi padre -siguió diciendo. Hizo una pausa, extrajo la cinta y el silencio en el coche se hizo tan audible como lo había sido la música, pero mucho más desconcertante. Transcurrió algún tiempo antes de que él hablara de nuevo, y cuando lo hizo fue para recoger el hilo de su pensamiento inicial-. Se fue consumiendo lentamente entre intensos dolores -le explicó, y se aclaró la garganta-. Mi madre no quiso que fuera a un hospital. Incluso hacia el final, cuando habría sido mucho más cómodo para ella, no quiso ni oír hablar del asunto. Permanecía a su lado hora tras hora, día y noche, y le vio morir poco a poco. Creo que la música fue lo que los mantuvo cuerdos a los dos durante aquellas últimas semanas. -Mientras hablaba, mantenía la vista fija en la carretera-. Ella le cogía la mano y escuchaban a Tchaikovski. Al final, él ni siquiera podía hablar, y siempre me ha gustado pensar que la música lo hacía por él.

De repente era imperioso detener el rumbo que estaba tomando la conversación. Barbara aferró los bordes rígidos del mapa de carreteras doblado y buscó otro tema.

– Conoce a ese cazurro de Nies, ¿verdad?

Era una pregunta fuera de lugar, un intento demasiado evidente de hacer una agresión. Barbara le dirigió una mirada cautelosa.

Lynley entrecerró los ojos, pero, por lo demás, no reaccionó en seguida a la pregunta. Se limitó a separar una mano del volante. Por un momento Barbara tuvo la ridícula idea de que se proponía silenciarla, pero él no hizo más que coger otra cinta al azar e introducirla en el estéreo. Sin embargo, no lo puso en marcha. Ella se entregó a la contemplación del paisaje, mortificada.

– Me sorprende que no esté enterada -le dijo finalmente.

– ¿Enterada de qué?

Él la miró entonces. Parecía buscar en su semblante señales de insolencia o sarcasmo, o quizás la necesidad de herirle. Aparentemente satisfecho con lo que vio, volvió a fijar su atención en la carretera.

– Hace unos cinco años, mi cuñado, Edward Davenport, fue asesinado en su casa, al norte de Richmond, y al inspector jefe Nies le pareció oportuno detenerme. No fue una experiencia demasiado penosa, y sólo duró unos pocos días, pero fue suficiente para mí. -La miró de nuevo, con una sonrisa humilde-. ¿No ha oído esa historia, sargento? Es lo bastante desagradable para que sirva de comidilla en los cócteles.

– Yo… no… no he oído nada de eso. Y, además, no voy a cócteles. -Se volvió hacia la ventanilla-. Creo que el desvío está cerca, a unos cinco kilómetros.

Estaba profundamente conmovida. No sabía por qué, no quería pensar en ello, y se obligó a contemplar el paisaje, negándose a seguir conversando con su acompañante. La concentración en el exterior se hizo imperativa, y mientras se entregaba a ella, el campo empezó a seducirla, pues estaba tan acostumbrada al ritmo frenético de Londres y la fealdad y la pobreza de su barrio en Ealing que las bellezas de Yorkshire la emocionaban.

El campo tenía múltiples tonalidades verdes, desde las parcelas cultivadas, que parecían un edredón de retales, hasta la desolación de los páramos. La carretera atravesaba cañadas cubiertas de vegetación cuyos árboles protegían aldeas inmaculadas y luego zigzagueaba hasta salir de nuevo a la llanura donde el viento del mar del Norte soplaba con furia sobre el brezo y la retama. Allí, los únicos seres vivientes eran las ovejas, que vagaban libres, sin los antiguos muros de piedra que limitaban los movimientos de sus congéneres en los valles.

Había contradicciones por doquier. En las zonas cultivadas, la vida bullía en cada grieta y seto. Las plantas de perejil, colleja y arveja amenazaban con cubrir la carretera cada vez más estrecha, mientras que las digitales reinaban con majestuosa elegancia y sus flores acampanadas se movían siguiendo los impulsos de la brisa. Era un lugar donde el tráfico quedaba interrumpido mientras los perros conducían expertamente un rebaño de gordas ovejas al pasto, cuesta abajo y luego a lo largo de cuatro kilómetros de carretera, hasta llegar al centro de una aldea, dirigidos tan sólo por el silbato del pastor que les seguía y cuyo sino, como el de los animales, dependía de la habilidad de los perros. El paisaje cambiaba de súbito y flores, aldeas, robles, olmos y castaños magníficos, todo aquel espectáculo espléndido, se desvanecía en la vastedad de los páramos.

Las nubes eran como estallidos en el cielo cerúleo y bajo, que parecía descender sobre la tierra áspera, indómita. Tierra y aire: no había nada más, salvo la tranquila presencia de las ovejas, robustos habitantes de aquellos parajes solitarios.

– Es hermoso, ¿verdad? -dijo Lynley al cabo de unos minutos-. A pesar de todo cuanto me ha sucedido aquí, sigo amando Yorkshire. Creo que es la soledad de este lugar, la desolación absoluta.

Una vez más, Barbara se resistió a la confidencia, al mensaje implícito de que quien estaba a su lado era un hombre sensible y comprensivo.

– Es muy bonito, señor. Creo que nunca he visto nada mejor. Nuestro desvío no debe estar lejos.

La carretera que conducía a Keldale zigzagueaba continuamente y les internaba más y más en el valle. Poco antes de tomar el desvío, penetraron en el bosque. Los árboles se arqueaban sobre la carretera y los helechos crecían frondosos a ambos lados. Llegaron al pueblo por el mismo camino que Cromwell había seguido y lo encontraron tal como él lo encontró: desierto.

El tañido de las campanas de Santa Catalina les reveló de inmediato por qué no había señales de vida en el pueblo. Cuando cesó, las puertas de la iglesia se abrieron y la reducida congregación salió del edificio.

– Por fin -dijo Lynley, que estaba apoyado en la carrocería del Bentley, observando pensativo el pueblo.

Había estacionado el coche delante de Keldale Lodge, una pequeña y bien cuidada hostería con los muros cubiertos de hiedra, desde donde se tenía una visión general en todas direcciones. Tras un primer examen, el inspector llegó a la conclusión de que no podía existir un lugar en la tierra donde un asesinato pareciera más inverosímil.

La parte alta de la población estaba orientada al norte: una calle estrecha, flanqueada por edificios de piedra gris con tejados y madera en blanco, que reunía todos los requisitos para una cómoda vida aldeana, una minúscula oficina de correos, una colmado indescriptible, una tienda que anunciaba tortas Lyons en un cartel amarillo oxidado y que parecía vender de todo, desde lubricante de motor hasta talco para bebés, una capilla wesleyana empotrada con deliciosa incongruencia entre el salón de té Sarah y la peluquería Sinji. Las aceras sólo estaban ligeramente elevadas sobre la calzada, y la lluvia matutina había formado charcos ante las puertas, pero ahora el cielo estaba despejado y el aire era tan fresco que Lynley podía saborear su pureza.

Hacia el oeste, la calle del obispo Furthing conducía a los campos cercados por muros de piedras, que eran una característica de la región. En el extremo se levantaba una casa rodeada de árboles, con un jardín cercado a un lado, del que surgían a intervalos regulares los ladridos excitados de unos cachorros, como si alguien estuviera jugando con ellos. Nadie hubiera dicho que aquel edificio era una comisaría, a no ser por el letrero con la palabra POLICIA en letras azules sobre fondo blanco que sobresalía de una ventana. El hogar del arcángel Gabriel, se dijo Lynley, reprimiendo una sonrisa.

Al sur, dos caminos partían de un terreno cubierto de maleza, uno que iba a la abadía de Keldale y el camino de la iglesia, que pasaba por un puente giboso tendido sobre el lento río Kel. Aquel camino conducía al templo de Santa Catalina, levantado en una pequeña elevación, el cual también estaba rodeado por un muro de piedra bajo, en el que destacaba la lápida conmemorativa de los caídos en la primera guerra mundial, sombrío elemento común de todos los pueblos de la nación.

Por el oeste pasaba la carretera por la que ellos habían llegado a aquel rincón paradisíaco de Yorkshire. Antes no había transitado nadie por ella, pero ahora una mujer encorvada subía la cuesta, con un pañuelo sobre la chaqueta negra. Calzada con pesados y toscos zapatos y unos calcetines de un azul deslumbrante que le llegaban a los tobillos, sujetaba una bolsa de mallas vacía. Era un domingo por la tarde y todas las tiendas estaban cerradas, por lo que no debía ir a comprar nada; además, se encaminaba en la dirección opuesta, saliendo del pueblo, hacia los páramos. Quizás era una campesina que había llevado algún encargo al pueblo. Este se hallaba rodeado de bosque, un prado en cuesta y una sensación de seguridad y paz absolutas. Cuando cesó el tañido de las campanas de Santa Catalina, los pájaros empezaron a trinar desde lo alto de los tejados y los árboles.

En algún lugar habían encendido fuego, y el humo de leña, su ligera fragancia, era como un susurro en el aire. Resultaba difícil creer que sólo tres semanas antes, a un par de kilómetros de la población, un hombre había sido decapitado a manos de su única hija.

– ¿Inspector Lynley? Espero no haberle hecho esperar demasiado tiempo. Siempre cierro durante el servicio religioso, porque no hay nadie más para vigilar. Soy Stepha Odell, la dueña de la hostería.

Al oír la voz de la mujer, Lynley abandonó la inspección del pueblo, pero cuando vio a su interlocutora, la frase cortés que se proponía decirle se extinguió en sus labios.

Una mujer alta, esbelta, de unos cuarenta años, estaba ante él. Llevaba un vestido verde, que debía de ponerse para ir a la iglesia, bien cortado, con el cuello blanco. Todas las demás prendas eran negras: zapatos, cinturón, bolso y sombrero. El cabello era rojo cobrizo y le caía sobre los hombros. Era realmente llamativa.

Lynley recuperó la voz.

– Sí, soy Thomas Lynley -dijo sintiéndose como un idiota-. Le presento a la sargento Havers.

– Entren, por favor -les invitó Stepha Odell en un tono cálido y amable-. Tengo preparadas sus habitaciones. En esta época del año, la hostería está muy tranquila.

Los viejos y anchos muros y los suelos de piedra, cubiertos por una desvaída alfombra Axminster, producían una atmósfera de frescura. La mujer les condujo a una pequeña sala de recepción, moviéndose con brío y una elegancia en absoluto afectada, y sacó un enorme libro de registro para que firmaran.

– Les habrán dicho que sólo sirvo el desayuno, ¿verdad? -preguntó muy seria, como si satisfacer el apetito fuera lo que más importaba a Lynley en aquel momento. Él se preguntó si parecía tan desesperado.

– Nos las arreglaremos, señora Odell -replicó.

“Delicada jugada, muchacho -se dijo-. Transparente como el cristal.”

Havers permaneció silenciosa a su lado, con el rostro inexpresivo.

– Señorita -corrigió su anfitriona-, y llámeme Stepha, por favor. Pueden comer en la Paloma y el Silbato, que está en el camino de San Chad, o en El Santo Grial. Y si desean algo especial, pueden ir a Keldale Hall.

– ¿El Santo Grial?

Ella sonrió.

– Es la taberna del pueblo, enfrente de Santa Catalina.

– Desde luego, el nombre debe propiciar a los dioses abstemios.

– Por lo menos propicia al padre Hart, pero el buen hombre se toma allí una o dos jarras de vez en cuando. ¿Les enseño sus habitaciones?

Sin aguardar respuesta, les condujo arriba, exhibiendo unos bonitos tobillos y unas piernas no menos hermosas, que a Lynley no le pasaron inadvertidas.

– Nos alegra tenerle en el pueblo, inspector -le dijo cuando abrió la puerta de la primera habitación, mientras indicaba con la mano la habitación contigua, con el tácito mensaje de que decidieran cual iba a ocupar cada uno.

– Eso es una ayuda. Me satisface saberlo.

– No tenemos nada contra Gabriel, ¿sabe?, pero aquí no es muy popular desde que se llevaron a Roberta al manicomio.

CAPÍTULO SEIS

Lynley estaba pálido de ira, pero su voz no revelaba en absoluto ese sentimiento. Barbara le observaba mientras él hablaba por teléfono y no podía por menos que admirarle y admitir que era virtuoso.

– ¿El nombre del siquiatra que la ingresó…? ¿Qué no hubo ninguno? Qué procedimiento tan fascinante. Entonces, ¿con qué autoridad…? ¿Cuándo esperaba que conociera esa información, inspector, ya que no la incluyó en el informe…? No, me temo que ha hecho las cosas al revés. No se interna un sospechoso en un manicomio sin la documentación pertinente… Es una pena que su carcelera esté de vacaciones, pero puede buscar una sustituta. No se encierra a una chica de diecinueve años en un manicomio por la única razón de que se niega a hablar con nadie.

Barbara se preguntó si llegaría a perder los estribos, si mostraría siquiera una resquebrajadura en la elegante armadura con que se cubría.

– Me temo que un baño diario tampoco es una prueba irrebatible de cordura… No me venga con esas monsergas sobre la autoridad, inspector. Si esto es una indicación de su manera de llevar el caso, no me extraña que Kerridge la tenga tomada con usted… ¿Quién es su abogado? Entonces, ¿no debería buscarse uno usted mismo? No me diga lo que no tiene intención de hacer. Me han encargado este caso y a partir de ahora se llevará correctamente. ¿Está bien claro? Ahora escuche atentamente, por favor. Dispone de dos horas para entregarme todo lo necesario en Keldale: órdenes de arresto, papeles y declaraciones, todas las notas tomadas por los funcionarios que han intervenido en este caso. ¿Comprende? Dos horas… Webberly, sí, W-e-b-b-e-r-l-y. Llámele por teléfono cuando haya terminado y asunto concluido.

Con rostro inexpresivo, Lynley entregó el teléfono a Stepha Odell. Esta lo colgó y deslizó un dedo sobre el auricular varias veces antes de alzar la vista.

– Quizás no debería haber dicho nada -observó, con una nota de inquietud en la voz-. No quiero crear problemas entre usted y sus superiores.

Lynley sacó su reloj y consultó la hora.

– Nies no es mi superior y, por supuesto, ha hecho usted bien en decírmelo. Me ha ahorrado un viaje innecesario a Richmond, que sin duda Nies quería obligarme a hacer.

Stepha fingió no comprenderle y se limitó a señalar vagamente una puerta a su derecha.

– ¿Puedo ofrecerle algo de beber, inspector? ¿Y a usted, sargento? Aquí tenemos una cerveza estupenda. Pasen al salón.

Les precedió al interior de una típica posada inglesa, una estancia en cuya atmósfera flotaba el olor acre de un fuego reciente.

Estaba dispuesta de un modo inteligente, con suficientes cualidades hogareñas para que los clientes se sintieran cómodos, al tiempo que mantenía una atmósfera lo bastante formal para que los habitantes del pueblo se resistieran a entrar. Había varios sofás y sillones con fundas de calicó, decorados con cojines de punto. Las mesas, distribuidas sin orden determinado, eran de madera de arce, con las superficies desgastadas y llenas de huellas circulares debidas a los innumerables vasos colocados sobre la madera sin protección. La alfombra tenía un diseño floral, con parches de color más intenso en lugares donde recientemente habían retirado muebles. De las paredes colgaban unos grabados adecuadamente tediosos: cacerías con sabuesos, un día en Newmarket, una vista del pueblo. Pero detrás de la barra, al fondo de la sala, y encima de la chimenea había dos acuarelas que evidenciaban un claro talento y un gusto notable. Ambas eran panorámicas de una abadía en ruinas.

Lynley se acercó a una de las pinturas mientras Stepha trabajaba detrás de la barra.

– Este cuadro es muy bonito -observó-. ¿Es de un artista local?

– Los pinta un joven llamado Ezra Farmington -le informó ella-. Son vistas de nuestra abadía. Con esos dos nos pagó su estancia aquí durante un otoño. Ahora vive permanentemente en el pueblo.

Barbara observó cómo la pelirroja accionaba diestramente las palancas y retiraba la espuma de la burbujeante cerveza que iba adquiriendo vida propia en el vaso. Stepha rió discretamente cuando el líquido se deslizó por el borde del vaso y le cayó en la mano, e inconscientemente se llevó los dedos a los labios para lamer el residuo. Barbara se preguntó ociosamente cuánto tiempo tardaría Lynley en acostarse con ella.

– ¿Tomará también una cerveza, sargento? -le preguntó Stepha.

– Un agua tónica, si tiene.

Barbara miró a través de la ventana. A cierta distancia, el viejo sacerdote que les había visitado en Londres conversaba animadamente con otro hombre. Por sus gestos y el hecho de que señalara el Bentley plateado, parecía que su llegada era el tema del día en el pueblo. Una mujer cruzó el puente y se reunió con ellos. Era espigada, efecto producido por un vestido demasiado vaporoso para la estación y un cabello fino como el de un bebé, al que encrespaba la menor corriente de aire. Se frotaba los brazos para entrar en calor y, más que participar en la conversación de los hombres, se limitaba a escucharles, como si esperase que alguno de ellos se marchara. Al cabo de un momento, el sacerdote dijo unas palabras finales y se encaminó hacia la iglesia. Los otros dos siguieron juntos. Su conversación era entrecortada: el hombre le decía algo a la mujer, a la que dirigía rápidas miradas, que desviaba en seguida, y ella le replicaba con brevedad. Había largas pausas de silencio en las que la mujer miraba la orilla del río paralela al campo, y el hombre centraba su atención en la hostería, o quizás en el Bentley aparcado delante del edificio.

Barbara llegó a la conclusión de que alguien estaba muy interesado en la llegada de la policía.

– Un agua tónica y una cerveza -decía Stepha al tiempo que dejaba los dos vasos sobre la barra-. Es de fabricación casera, según una receta de mi padre, y la llamamos Odell. Ya me dirá qué le parece, inspector.

Se trataba de un líquido denso, pardo con reflejos dorados. Lynley la probó.

– Tiene un sabor agradable. ¿Está segura de que no quiere un vaso, Havers?

– Sólo el agua tónica, señor, gracias.

Lynley se sentó a su lado, en el sofá, donde poco antes había esparcido el contenido del informe sobre el asesinato de Teys y había examinado fríamente cada documento, buscando la explicación del encierro de Roberta en el manicomio de Barnstingjam. No había ninguna explicación, y por ello Lynley había telefoneado a Richmond. Ahora empezó a examinar de nuevo los papeles, ordenando los elementos según su importancia. Stepha Odell les observaba desde el bar con amistoso interés, tomando una cerveza que ella misma se había servido.

– Tenemos la orden de detención, el informe del forense, las declaraciones firmadas, las fotografías. -Lynley fue pasando los documentos a medida que los nombraba-. No están las llaves de la granja. Diablo de hombre.

– Si las necesitan, Richard tiene un juego de llaves -se apresuró a decir Stepha, como si estuviera deseosa de compensar su observación sobre Roberta que había provocado la colisión de Lynley con la policía de Richmond-. Richard Gibson es… el sobrino de William Teys. Vive en las casas municipales, en el camino de San Chad, en la parte alta.

Lynley alzó la vista.

– ¿Cómo es que tiene las llaves de la granja?

– Cuando detuvieron a Roberta… Bueno, supongo que se las dieron a Richard. De todos modos, ha de heredar la finca, según el testamento de William, y sólo falta que concluyan los procedimientos legales. Supongo que entretanto cuida de la granja. Alguien ha de hacerlo.

– ¿Qué va a heredar? ¿Qué le legó a Roberta en el testamento?

Stepha restregó la barra con un trapo.

– Richard y William acordaron que la granja sería para Richard. Fue un arreglo juicioso. El trabaja allí con William… bueno, trabajaba desde que regresó a Keldale, hace dos años. Cuando superaron su riña por Roberta, todo marchó a pedir de boca. William tenía alguien para ayudarle, Richard tenía un trabajo seguro y un futuro y Roberta un sitio donde vivir.

– Sargento. -Lynley señaló con la cabeza el cuaderno de notas, que permanecía sin usar junto al vaso de agua tónica-. Haga el favor…

Stepha se ruborizó al ver que Barbara empuñaba su pluma.

– ¿Entonces esto es una entrevista? -inquirió, con una sonrisa nerviosa-. No sé si podré serle de ayuda, inspector.

– Háblenos de la riña y de Roberta.

La mujer salió detrás de la barra y se sentó con ellos. Miró las fotografías esparcidas sobre la mesa y desvió la vista en seguida.

– Les diré lo que sé, pero no es gran cosa. Olivia puede decirles más.

– Olivia Odell, su…

– Mi cuñada, la viuda de mi hermano Paul. -Stepha dejó su vaso de cerveza sobre la mesa y aprovechó el movimiento para cubrir las fotografías con unos informes forenses-. Si no les importa…

– Lo siento -se apresuró a decir Lynley-. Estamos tan acostumbrados a contemplar horrores que nos inmunizamos. -Guardó todos los documentos en la carpeta-. ¿Cuál fue el motivo de la riña por Roberta?

– Olivia me contó más tarde… estaba con ellos en La Paloma y el Silbato cuando ocurrió…, que todo se debió al aspecto de Roberta. -Deslizó un dedo sobre su vaso, trazando una línea de encaje en la superficie húmeda-. Miren, Richard es de Keldale, pero se marchó y estuvo años probando suerte con la cebada en los páramos. Allí se casó y tuvo dos hijos. Cuando su trabajo en el campo no dio resultado, regresó a Keldale. -Acompañó estas palabras con una sonrisa-. Dicen que el río Kel nunca le deja a uno fácilmente, y así le ocurrió a Richard. Había estado ausente ocho o nueve años, y cuando regresó le chocó ver el cambio que había sufrido Roberta.

– ¿Dice usted que todo se debió a su aspecto?

– No siempre ha sido como ahora. Siempre fue robusta, claro, incluso a los ocho años, cuando Richard se marchó, pero nunca fue…

Stepha titubeó, buscando claramente la palabra apropiada, un eufemismo que respondiera a la verdad y, al mismo tiempo, fuese reservado.

– Obesa -concluyó Barbara, y pensó: “como una vaca”.

– Eso mismo -convino Stepha, agradecida-. Richard siempre fue muy amigo de Roberta, aunque le llevaba diez años, y cuando regresó y vio cómo se había puesto su prima…quiero decir físicamente, pues por lo demás era casi la misma…sufrió una conmoción. Culpó a William por no haber cuidado a la niña y dijo que ésta había engordado tanto porque quería llamar la atención. Esto enfureció a William. Olivia me dijo que nunca lo había visto tan enfadado. El pobre hombre ya había tenido bastantes problemas en su vida, y ahora su propio sobrino le hacía semejante acusación. Pero hicieron las paces. Al día siguiente, Richard le pidió disculpas. William no llevó a Roberta a un médico -no estaba dispuesto a ceder tanto- pero Olivia sugirió una dieta para la muchacha y a partir de entonces todo fue bien.

– Hasta hace tres semanas -observó Lynley.

– Si quiere creer que Roberta mató a su padre, entonces sí, todo fue bien hasta hace tres semanas. Pero no creo que ella lo matara, no lo creo en absoluto.

Lynley pareció sorprendido por la convicción que traslucían estas palabras.

– ¿Por qué no?

– Porque aparte de Richard, el cual bien sabe Dios que tiene bastantes problemas con su propia familia, William era todo lo que Roberta tenía en el mundo. Aparte de sus lecturas y sus sueños, sólo estaba su padre.

– ¿No tenía amigos de su edad? ¿No conocía a ninguna chica de las granjas vecinas o del pueblo?

Stepha meneó negativamente la cabeza.

– Era muy reservada. Cuando no estaba ocupada en la granja con su padre, se dedicaba a leer. Durante varios años, cada día vino aquí en busca del Guardian. Su padre no estaba suscrito, la prensa no llegaba a la granja, y cada tarde, cuando ya todos lo habían leído, ella venía a buscar el periódico y se lo llevaba a casa. Creo que había leído todos los libros de su madre, así como los de Marsha Fitzalan, y el periódico era lo único que le quedaba. Aquí no tenemos biblioteca, ¿saben? -Miró el vaso que tenía en las manos y frunció el ceño-. Pero hace unos años dejó de leer el periódico, cuando murió mi hermano. -Entornó los ojos gris azulado-. No pude dejar de pensar que quizás Roberta estaba enamorada de Paul. Cuando éste murió, hace cuatro años, no vimos a la chica durante bastante tiempo, y nunca más vino a buscar el Guardian.

Si incluso un pueblo tan pequeño como Keldale podía tener una zona indeseable cuyos vecinos aspiraban a escapar de ella, el camino de San Chad debía ser ese lugar. Era una especie de callejón sin pavimentar que conducía a ninguna parte y cuyo único elemento distintivo era una taberna en la esquina. El nombre del establecimiento era la Paloma y el Silbato, tenía las puertas y las vigas pintadas de color púrpura brillante y parecía como si deseara haber tenido la suerte de que la instalaran en otro sitio, en cualquier parte menos allí. A las cuatro viviendas adosadas que se levantaban enfrente se les conocía en general como “casas municipales”.

Richard Gibson y su camada eran los inquilinos de la última casa, un estrecho edificio con los bastidores de las ventanas desportillados y una puerta principal en que otro tiempo estuvo pintada de azul cobalto, pero que se había desvaído hasta quedar reducido a gris. Esta puerta permanecía abierta al caer la tarde, a pesar de que la temperatura en el valle descendía rápidamente, y desde el interior de la pequeña vivienda llegaba el ruido de una familia que parecía proclive a la violencia.

– ¡Pues haz algo con él, condenado! ¡También es hijo tuyo, por Cristo! ¡A juzgar por el interés que te tomas en su educación, se diría que fue una versión milagrosa de nacimiento virginal!

Era una mujer quien hablaba, o más bien gritaba, y daba la impresión de que en cualquier momento emprendería una segunda línea de ataque por medio de la histeria o la risa desenfrenada.

Le respondió una voz de hombre, apenas audible en medio del tumulto general.

– ¡Ah¡¿Entonces será mejor? No me hagas reír, Dick. ¿Cuándo podrás usar la maldita granja como excusa? ¡Igual que anoche! ¡No podías esperar a ir ahí, ¿verdad? ¡Así que no me hables de la granja! ¡Jamás te veremos el pelo cuando tengas quinientos acres en los que esconderte!

Lynley llamó a la puerta abierta con el picaporte oxidado, y la escena se paralizó ante ellos.

En una sala de estar demasiado atestada de muebles y cachivaches, un hombre estaba sentado en un sofá desvencijado, con un plato en las rodillas. Era evidente que trataba de engullir una cena muy poco apetitosa. Ante él estaba una mujer con un brazo levantado y un cepillo para el cabello en la mano. Ambos miraban a los visitantes inesperados.

– Nos han sorprendido en nuestro mejor momento -dijo Richard Gibson-. Después de esto nos íbamos a la cama.

Los Gibson presentaban un contraste más que considerable: el hombre que mediría casi dos metros, era moreno, con el cabello negro y los ojos pardos, de mirada sardónica; tenía un cuello de toro y los miembros fornidos de un bracero. Su mujer, en cambio, era una rubia escuchimizada, de rasgos angulosos, y en aquellos momentos estaba pálida de ira. Pero había una especie de electricidad en la atmósfera entre ellos que daba crédito a lo que el hombre había dicho. Era la suya una de esas relaciones en las que cada riña y discusión no eran más que una escaramuza antes de la gran batalla para decidir quién dominaría bajo las sábanas. Y la respuesta, a juzgar por lo que Lynley y Havers podían ver ante ellos, era claramente un lanzamiento a cara o cruz.

Madeline Gibson lanzó a su marido una última mirada llameante, que reflejaba tanto deseo como ira, y abandonó la estancia, cerrando bruscamente tras ella la puerta de la cocina. El hombretón se echó a reír cuando su mujer los dejó solos.

– Es una tigresa -comentó, al tiempo que se incorporaba-, un demonio de mujer. -Dicho esto tendió su manaza-. Soy Richard Gibson -dijo en tono amistoso- y ustedes deben ser los de Scotland Yard-. Después de que Lynley efectuara las presentaciones, Gibson prosiguió-: El domingo es siempre el peor día en esta casa. -Señaló la cocina con un movimiento de cabeza: un gimoteo continuo indicaba el estado de la relación entre la madre y lo que parecía ser un montón de niños-. Antes Roberta nos ayudaba, pero ahora no la tenemos. Claro que ya lo saben, por eso están aquí.

Con ademán hospitalario, les indicó dos viejas sillas cuyo relleno se desprendía por algunas roturas del tapizado. Lynley y Havers cruzaron la sala para tomar asiento, sorteando juguetes rotos, periódicos desparramados y por lo menos tres platos de comida a medio consumir que yacían sobre el suelo. En algún lugar de la estancia había un vaso de leche abandonado durante demasiado tiempo, pues su olor agrio se imponía incluso a los olores de comida mal cocinada y las cañerías defectuosas.

– Ha heredado usted la granja, señor Gibson -empezó a decir Lynley-. ¿Se trasladará pronto a ella?

– Nunca será lo bastante pronto para mí. No estoy seguro de que mi matrimonio pueda durar otro mes en este sitio.

Gibson empujó con el pie su plato, apartándolo del sofá. Un gato escuálido, que hasta entonces les había pasado inadvertido, husmeó el pan seco y las sardinas de olor fuerte y rechazó el ofrecimiento, tratando de enterrarlo. Gibson observó al animal con indiferencia. -Vive aquí desde hace varios años, ¿no es cierto?

– Dos, para ser exacto. Dos años, cuatro meses y dos días, para ser todavía más preciso. Probablemente, también podría decirles las horas, pero ya se harán una idea.

– Por lo que he oído sin querer, parece ser que a su esposa no le entusiasma la granja Teys.

Gibson se echó a reír.

– Es usted bien educado, inspector Lynley, cosa que me gusta cuando la policía me interroga.

Se pasó las manos por el espeso cabello, miró el suelo y encontró una botella de ginebra que, en la confusión general, había quedado colocada precariamente al lado del sofá. La recogió, apuró el licor que quedaba y se enjuagó la boca con el dorso de la mano. Era el gesto de un hombre avezado a comer en el campo.

– No, no le gusta -dijo al fin -. Madeline quiere volver a los páramos, a los espacios abiertos, el agua y el cielo. Pero eso no puedo dárselo, así que he de darle lo que puedo. -Miró a la sargento Havers, cuya cabeza estaba inclinada sobre el cuaderno de notas-. Parecen las palabras de un hombre que sería capaz de matar a su tío, ¿verdad? -preguntó plácidamente.

Hank los encontró por fin en la cámara de los novicios. Saint James estaba besando a su esposa, cuya piel olía intensamente a lirio y cuyos dedos se deslizaban con tacto sedoso por su cabello mientras le susurraba “amor mío”, haciéndole hervir la sangre. Alzó la vista… y allí estaba el americano, sonriéndole maliciosamente desde un saliente elevado en la pared de la sala.

– Les cacé -dijo guiñándoles un ojo.

Saint James sintió deseos de matarle. Deborah, sorprendida, emitió un leve grito. Sin arredrarse, Hank salió y fue a su encuentro.

– Eh, Jojo -gritó-. He encontrado a los tortolitos.

Jojo Watson apareció poco después en el umbral de la abadía en ruinas. Llevaba unos zapatos de tacón alto, sobre los que su cuerpo oscilaba peligrosamente. Alrededor del cuello, como un complemento de las cadenas y los colgantes, pendía una cámara Instamatic.

– Estamos haciendo unas fotos -explicó Hank, señalando la cámara con la cabeza-. Unos minutos más y habríamos tomado unas buenas instantáneas… ¡de ustedes! -Se echó a reír y le dio a Saint James una cariñosa palmada en el hombro-. ¡No le culpo en absoluto, amigo! Si fuese mía, no podría quitarle las manos de encima. -Miró un instante a su mujer-. ¡Caramba, Jojo, ten cuidado! Vas a romperte el cuello entre esas piedras. -Se volvió hacia los otros dos y reparó en el equipo de Deborah, el estuche de la cámara, el trípode y las lentes desechadas-. Vaya, ¿también estaban haciendo fotos? Y han cambiado de propósito, ¿eh? Por algo están de luna de miel. Ven aquí, Jojo, únete a la fiesta.

– ¿Han vuelto tan pronto de Richmond? -preguntó finalmente Saint James, con una cortesía forzada.

Observó que Deborah trataba disimuladamente de arreglarse la ropa. Sus ojos se encontraron, los de ella risueños y maliciosos, brillantes de deseo. ¿Qué diablos hacían allí los americanos en aquel preciso momento?

– La verdad, amigo, es que Richmond no es tan interesante como usted nos prometió -admitió Hank cuando Jojo llegó por fin a su lado-, aunque el recorrido hasta allí es muy excitante. ¿Qué dices, Jojo? ¿Verdad que nos gustó?

– A Hank le encanta conducir por el lado contrario de la carretera -explicó Jojo, dando un respingo. Observó el intercambio de miradas entre los recién casados-. Hank, ¿por qué no damos un paseo hasta la calle del obispo Furthing? ¿No sería una bonita manera de terminar la tarde?

Puso una mano enjoyada sobre el brazo de su marido, tratando de llevárselo de la abadía.

– Ni hablar de eso, mujer -respondió Hank plácidamente-. Ya he andado tanto durante este viaje que tengo suficiente para el resto de mi vida. -Dirigió una mirada irónica a Saint James-. ¡Vaya mapa que nos dio, amigo! Si Jojo no pudiera leer con tanta rapidez las señales de la carretera, a estas alturas estaríamos en Edimburgo. Pero, en fin, no ha pasado nada. Hemos llegado a tiempo para enseñarles el mismísimo agujero de la muerte.

No podían hacer más que seguirle la corriente.

– ¿El agujero de la muerte? -preguntó Deborah, la cual se había arrodillado y estaba guardando en su estuche el equipo que había olvidado por un momento, cuando estaba entre los brazos de Simon.

– El bebé, ¿recuerdan? -dijo Hank pacientemente-. Aunque la verdad, teniendo en cuenta lo que han venido a hacer aquí, comprendo que la historia del bebé no les haya asustado gran cosa. – Subrayó sus palabras con un guiño lascivo.

– Ah, el bebé -dijo Saint James. Y recogió el estuche fotográfico de Deborah.

– ¡Ahora le he interesado! -aprobó Hank-. Al principio estaban un poco irritados conmigo por espiarles de esa manera, pero ahora están sobre ascuas, ¿a que sí?

– Desde luego -afirmó Deborah, aunque tenía sus pensamientos en otra parte.

Resultaba curiosa la rapidez con que había sucedido todo. Ella le amaba, le había querido desde su infancia, pero en un instante, con la celeridad del rayo, se dio cuenta de que se había producido un cambio en su relación, la cual era muy distinta a como había sido antes. De súbito, él no era el amable Simon cuya tierna presencia había alegrado su corazón, sino un amante arrebatador cuya sola mirada la excitaba. Pensó que la lujuria la estaba idiotizando.

Saint James oyó la risa efusiva de su mujer.

– ¿Qué ocurre, Deborah? -le preguntó.

Hank le dio un suave codazo en las costillas.

– No se preocupe por la novia -le dijo en tono confidencial-. Al principio todas son tímidas.

Avanzó pavoneándose, como Stanley a la vista de Livingstone, señalando a su esposa puntos de interés, diciéndole: “¡No te pierdas esto, Jojo! ¡Saca una foto!”

– Lo siento, amor mío -murmuró Saint James mientras seguían a los otros dos a través de la sala en ruinas, el patio y el claustro-. Creí que nos habíamos librado de él por lo menos hasta medianoche. Cinco minutos más y me temo que me habría sorprendido metiéndote en un lío realmente serio.

– ¡Qué idea! -exclamó ella, risueña-. ¿Y si lo hubiéramos hecho, Simon? El habría gritado: “¡Saca una foto, Jojo!” y quizás nuestra vida amorosa habría quedado destruida para siempre.

Le brillaban los ojos y el sol de la tarde arrancaba destellos a su cabello, que se arremolinaba descuidadamente en torno a la garganta y los hombros.

Saint James aspiró hondo.

– No lo creo -dijo en tono neutro.

El llamado agujero de la muerte se hallaba en los restos de la sacristía. Ésta no era más que un vestíbulo estrecho y sin techumbre donde crecían las hierbas y las flores silvestres, pasado el transepto meridional de la antigua iglesia. En la pared había cuatro nichos arqueados, a los que Hank señaló con ademán teatral.

– En uno de estos -anunció-. Saca una foto, Jojo.

Se acercó a una de las cavidades pisoteando la hierba y posó, sonriente.

– Al parecer es aquí donde los monjes guardaban sus prendas litúrgicas. Son una especie de armarios. La noche en cuestión, metieron en uno de estos huecos al bebé y le dejaron morir. Bastante horroroso, si uno piensa en ello, ¿verdad? -Regresó junto a los otros-. Pero tiene el tamaño adecuado para un chiquillo -añadió pensativo-. Viene a ser… ¿cómo lo llaman? Una ofrenda de sacrificio.

– No estoy seguro de que los monjes cistercienses hicieran tales cosas -comentó Saint James-, y hace muchos años que los sacrificios humanos pasaron de moda.

– ¿Qué opina entonces? ¿De quién era el bebé?

– No tengo la menor idea -replicó Saint James, el cual sabía perfectamente que el otro iba a ofrecerle su teoría.

– Entonces permítame que le diga cómo sucedió, porque Jojo y yo lo adivinamos el primer día. ¿No es cierto, querida? -Aguardó a que su mujer asintiera lentamente-. Vengan aquí, les mostraré un par de cosas.

El americano les condujo a través del transepto meridional y cruzaron el pavimento desigual del presbiterio para salir de la abadía por una brecha cerca del muro.

– ¡Ahí lo tiene! -exclamó, señalando con expresión de triunfo un estrecho sendero que conducía al norte y se internaba en el bosque.

– Ya veo -replicó Saint James.

– ¿También lo había adivinado?

– Oh, no.

– Claro que no -dijo Hank-, porque no lo ha pensado tan a fondo como mi Jojo y yo. ¿No es cierto, pichoncita? -la aludida asintió apesadumbrada, mirando alternativamente a Saint James y a Deborah, silenciosa y contrita-. ¡Gitanos! -siguió diciendo su marido-. Bueno, bueno, lo admito, Jojo y yo no acabamos de entenderlo hasta que lo hemos visto, hoy mismo. Ya saben a quiénes nos referimos. Esos remolques aparcados al lado de la carretera. Pues bien, imaginamos que aquella noche también hubo gitanos por aquí. El bebé debía de ser suyo.

– Tengo entendido que los gitanos sienten un cariño hacia sus hijos fuera de lo común -observó Saint James secamente.

– Quizás, pero no hacia este chico, en cualquier caso -replicó Hank, impertérrito-. Así que imagine la situación, amigo. Danny y Ezra andan por ahí -señaló vagamente en la dirección por la que habían llegado-, preparándose para el asalto, ¿comprenden? Y andando de puntillas por este sendero llega una vieja bruja con el crío.

– Claro, ¿no lo ve?

– Caída de su escoba, sin duda -dijo Saint James.

Hank hizo caso omiso de la sorna con que el otro había hablado.

– La vieja bruja mira a su alrededor -para demostrar su teoría movió la cabeza a izquierda y derecha- y entra sigilosamente en la abadía. Busca un sitio donde abandonar al crío y encuentra estos nichos.

– Desde luego, es una teoría interesante -terció Deborah-, pero los gitanos siempre me han dado pena. Parece como si les culparan de todo, ¿no es cierto?

– Eso, mi joven amiga, nos lleva directamente a la teoría número dos.

Jojo les pidió disculpas con la mirada.

La granja Gembler se hallaba en excelentes condiciones, lo cual no era sorprendente, puesto que Richard Gibson había seguido cuidándola durante las tres semanas transcurridas desde la muerte de su tío. Lynley y Havers abrieron las puertas bien engrasadas, entre dos postes de piedra, y entraron en los terrenos de la finca.

Sería una herencia magnífica. A su izquierda se alzaba el edificio de la granja, una casa antigua construida con los ladrillos marrones habituales en la región, con maderamen recién pintado de blanco, y frágiles aguileñas bien podadas y entrelazadas que adornaban las ventanas y la puerta. Se llegaba a la granja por el camino de Gembler, después de cruzar un patio bien cuidado y cercado para que no entraran las ovejas. Al lado de la casa había una construcción baja y, formando otro lado del cuadrángulo que rodeaba el patio, el granero se alzaba a su derecha.

Al igual que la casa, el edificio anexo era de ladrillo con techumbre de tejas españolas. Constaba de dos pisos, con aberturas a modo de ventanas en el segundo, a través de las que se veían los extremos de unas escalas. En la planta baja del granero había puertas de dos paneles, pues se usaba sólo para guardar herramientas y albergar animales. Los vehículos se estacionaban en el edificio anexo.

Cruzaron el limpio patio y Lynley introdujo una llave en el candado oxidado que colgaba de la puerta del granero, la cual se abrió silenciosamente hacia adentro. El interior era penumbroso, con olor a encierro y demasiado frío, y ello, unido a la absoluta inmovilidad, que producía una sensación de misterio, hacía pensar en lo apropiado de aquel sitio para que un hombre encontrara un fin violento.

– Qué quietud -observó Havers, y titubeó en la puerta, mientras Lynley se internaba.

– Hum. Espero que se deba a las ovejas -dijo él desde la tercera casilla.

– ¿Cómo dice, señor?

Lynley se había agachado en el suelo de piedra desgastada. Alzó la vista y vio que Barbara estaba pálida.

– Ovejas, sargento -le dijo plácidamente-. Están en ese prado, ¿recuerda? Por eso hay tanta quietud. Eche un vistazo aquí, ¿quiere? -Viendo que ella se mostraba reacia a acercarse, añadió-: Tenía usted razón.

Entonces Barbara se aproximó y examinó la casilla del establo, en cuyo extremo había un montón de heno mohoso. En el centro se veía un charco no muy grande de sangre seca, marrón, no roja. No había nada más.

– ¿En qué tenía razón, señor? -preguntó Havers.

– Exactamente lo que usted dijo. Ni una gota de sangre en las paredes. No creo que arrojaran el cuerpo aquí. No hubo ningún arreglo del escenario después del crimen. Pensó usted correctamente, Havers. -Alzó la vista a tiempo de ver la sorpresa reflejada en su rostro. Ella se ruborizó, confusa.

– Gracias, señor.

Lynley se levantó y examinó de nuevo la casilla. El cubo volcado sobre el que Roberta estaba sentada cuando el sacerdote la encontró seguía en su sitio. El heno sobre el que la cabeza de la víctima había rodado seguía intacto. El charco de sangre seca presentaba raspaduras, efectuadas por el equipo forense, y el hacha había desaparecido, pero por lo demás todo seguía tal como lo habían fotografiado inicialmente, excepto los cadáveres.

Los cadáveres… Sintiéndose como el tonto que Nies creía que era, Lynley miró el borde exterior de la mancha, donde la marca dejada por un tacón había fijado varios pelos negros y blancos en la sangre coagulada. Se volvió hacia Havers.

– El perro -dijo.

– ¿Sí, inspector?

– Havers, ¿qué diablos hizo Nies con el perro?

Ella miró la huella de tacón y vio los mismos pelos.

– No estaba en el informe, ¿verdad?

– En efecto, no estaba -replicó él, musitando una maldición, y supo que tendría que sonsacarle a Nies cada fragmento de información, como un cirujano que extrae fragmentos de metralla del cuerpo de un soldado. Aquello iba a ser un infierno-. Examinaremos la casa -dijo sombríamente.

Entraron igual que lo haría la familia, a través de un zaguán que parecía un porche, con clavos en las paredes de los que colgaban abrigos viejos e impermeables y una serie de botas de trabajo colocadas en fila bajo un banco de madera a lo largo de una pared. La casa había estado sin calefacción durante tres semanas y su atmósfera era como la de una tumba. Pasó un coche por el camino de Gembler, pero su ruido se oyó amortiguado y distante.

El zaguán les dio acceso de inmediato a la cocina, que era una estancia grande, con suelo de linóleo rojo, armarios gris oscuro y electrodomésticos de un blanco reluciente, como si todavía los pulieran a diario. No había nada fuera de lugar, ni un solo plato fuera del armario donde se apilaban, ni una miga sobre el mostrador, ni una sola mancha que desfigurase la prístina blancura de la pica de hierro forjado. En el centro había una mesa de madera de pino sin pintar, con la superficie mellada por los cuchillos que habían cortado verduras innumerables veces y descolorida por los muchos años de servicio.

– No me extraña que Gibson esté deseando heredar esto -observó Lynley-. Desde luego, es muy diferente de la casucha donde vive.

– ¿Usted cree, señor? -preguntó Havers.

Lynley interrumpió su inspección de los armarios.

– ¿Si creo que estaba en la cama con su mujer cuando mataron a Teys? Considerando la naturaleza de su relación, es una coartada creíble, ¿no le parece?

– Supongo que sí, señor.

– Pero usted no lo cree -dijo él, mirándola.

– Es que… bueno, me dio la impresión de que la mujer mentía… y también como si estuviera enfadada con él, o quizás con nosotros.

Lynley reflexionó sobre las palabras de Havers. Era cierto que Madeline Gibson les había hablado de mala gana, pronunciando las palabras sin dirigir siquiera a su marido una mirada de corroboración. El joven granjero, por su parte, se había limitado a fumar impasible mientras ella hablaba, con una expresión de desinterés, pero en el fondo de sus ojos oscuros acechaba un brillo inequívoco: era evidente que la situación le divertía.

– Convengo con usted en que hay algo que no concuerda. Entremos ahí.

Abrieron una pesada puerta de caoba y entraron en el comedor. La mesa, también de caoba, estaba cubierta con un limpio mantel de punto, de color crema. En el centro había un florero cuyas rosas amarillas se habían marchitado tiempo atrás y sus pétalos estaban diseminados sobre el mantel. A un lado había un aparador del mismo estilo que la mesa, con un adorno de plata colocado exactamente en su centro, como si alguien provisto de un instrumento de medición se hubiera asegurado de que equidistaba de cada extremo. En una vitrina había una hermosa vajilla de porcelana que sin duda no utilizaban los habitantes de la casa. Eran piezas antiguas Belleek, todas ellas colocadas de modo que los visitantes pudieran verlas mejor. En cuanto a la cocina, no había en ella nada fuera de lugar. De no ser por las flores, podrían haber estado en un museo.

Recorrieron el pasillo que partía del comedor y en la sala de estar encontraron los primeros signos de vida de la casa. Allí estaba el santuario de los Teys.

Havers procedió a Lynley, pero vio algo que le hizo gritar involuntariamente y retrocedió en seguida, con un brazo levantado, como para protegerse de un golpe.

– ¿Qué sucede, sargento?

Lynley inspeccionó la sala para ver qué había sobresaltado tanto a su compañera, pero no vio más que muebles y una colección de fotografías en un rincón.

– Perdone, pero creo… -Intentó sonreír, pero le salió una mueca poco natural-. Dispense, señor… Creo que debo de tener hambre o algo por el estilo. Me siento un poco aturdida, pero estoy bien. -Se dirigió al rincón donde estaban las fotografías, con las velas delante y las flores marchitas debajo-. Ésta debe ser la madre -comentó-. Vaya homenaje.

Lynley se reunió con ella junto a la mesita de tres patas encajada en el rincón.

– Bonita muchacha -dijo en voz baja, mientras contemplaba las fotos-. Era apenas una muchacha, ¿verdad? Mire la foto de la boda. ¡No parece tener más de diez años! Una criatura tan pequeña…

Ninguno de los dos lo dijo, pero ambos pensaron lo mismo. ¿Cómo era posible que aquella chiquilla hubiera sido la madre de una vaca como Roberta?

– ¿No cree que esto es un poco…? -Havers se interrumpió y, al ver que él la miraba, entrelazó rígidamente las manos a la espalda-. En fin, si ese hombre tenía pensado casarse con Olivia…

Lynley dejó sobre la mesita el que parecía el último retrato de la mujer. Aparentaba unos veinticuatro años, el rostro dulce, sonriente; el puente de la nariz estaba salpicado de pecas doradas, el cabello rubio, largo y brillante, recogido atrás y rizado. Era realmente seductora. Lynley retrocedió un paso.

– Es como si los Teys rindieran culto a una nueva religión en este rincón de la sala. Resulta macabra, ¿no cree?

Ella apartó la mirada de la foto.

– En efecto, señor.

Lynley dirigió su atención al resto de la sala, en la que se mantenía la atmósfera de la vida cotidiana. Había un sofá con la tapicería desgastada por el uso, varias sillas, un revistero con numerosos ejemplares, un televisor y un escritorio femenino. Lynley lo abrió y vio que contenía rimeros de papel de carta y sobres bien ordenados, una lata con sellos de correo y tres facturas pendientes de pago, las cuales examinó: una era de la farmacia, por los somníferos de Teys, la otra de la compañía eléctrica y la tercera de la telefónica. Leyó esta última por si contenía algo de interés, pero no había ninguna conferencia. Todo estaba limpio y ordenado.

Más allá de la sala de estar había una pequeña biblioteca. Cuando entraron en ella se llevaron una sorpresa. Tres de las cuatro paredes estaban cubiertas de estanterías desde el suelo hasta el techo, y cada estante rebosaba de libros, algunos más ordenados que otros, pero, en conjunto, la cantidad de volúmenes era enorme, sobre todo tratándose de una granja.

– Pero Stepha Odell dijo…

– Que el pueblo no tiene biblioteca pública, por lo que Roberta iba a la hostería en busca del periódico. Había leído todos sus libros… ¿cómo es posible?… y todos los de Marsha Fitzalan. A propósito, ¿quién es Marsha Fitzalan?

– La maestra del pueblo -respondió Havers-. Vive en el camino de San Chad, al lado de los Gibson.

– Gracias -murmuró Lynley, sin dejar de inspeccionar los estantes. Se puso las gafas-. Hummm, de todo un poco, pero estaban muy interesados por las hermanas Brontë, ¿verdad?

Havers se reunió con él.

– Austen -leyó-. Dickens, algo de Lawrence. Les gustaban los clásicos.

Cogió un ejemplar de Orgullo y Prejuicio y lo abrió. En la portadilla, con una caligrafía infantil, estaban garabateadas las palabras “propiedad de Tessa”. Esta misma afirmación se encontraba en los ejemplares de Shakespeare, Dickens, dos antologías de Norton y todos los títulos de las hermanas Brontë.

Lynley se acercó a un atril antiguo, colocado bajo la única ventana de la estancia. Era como los usados para manejar grandes diccionarios, pero reposaba en él una Biblia enorme, encuadernada con muchas florituras. Deslizó los dedos sobre la página ornamentada por la que el libro estaba abierto, y leyó:

– “Yo soy José, vuestro hermano, a quien vendisteis en Egipto. No os aflijáis ahora ni estéis airados con vosotros mismos por haberme vendido, pues Dios me ha enviado ante vosotros para preservaros la vida. El hambre ha asolado la tierra en los dos últimos años, pero quedan otros cinco en los que no habrá espigas ni cosechas. Y Dios me ha enviado ante vosotros para preservar vuestra posteridad en la tierra y salvar vuestras vidas mediante una feliz liberación”.

Lynley miró a Havers.

– Nunca entenderé por qué perdono a sus hermanos -comentó ella-. Después de todo lo que le hicieron, merecían morir.

Sus palabras traslucían una profunda amargura. Él cerró el libro con cuidado, señalando el lugar con un trozo de papel que cogió del escritorio.

– Pero tenía algo que ellos necesitaban.

– Comida -se mofó ella.

Lynley se quitó las gafas.

– No creo que tuviera nada que ver con la comida. Nada en absoluto. ¿Qué hay en el piso de arriba?

El piso superior tenía una disposición sencilla: cuatro dormitorios, lavabo y baño, los cuales daban a un rellano central iluminado por una claraboya de vidrio opaco. Este último detalle arquitectónico respondía, sin duda, a una modernización de la casa, y producía un efecto de invernadero. No era desagradable, pero parecía fuera de lugar en una granja.

La habitación de la derecha parecía destinada a los invitados. Contenía una cama, con un cobertor de color crema, bastante pequeña, habida cuenta del tamaño de los inquilinos. El suelo estaba cubierto por una alfombra con un dibujo de rosas y helechos, y era muy vieja. Los rojos y verdes, brillantes en otro tiempo, ahora estaban descoloridos. El papel de las paredes tenía un dibujo de flores diminutas, margaritas y caléndulas. Sobre la mesilla de noche había una lámpara con una pantalla festoneada de encaje. El canterano y el armario ropero estaban vacíos.

– Me recuerda a una habitación de hostal -dijo Lynley.

Barbara contempló la vista desde la ventana: un panorama del granero y el patio, sin ningún interés.

– Parece como si nadie hubiera usado nunca esta cama.

Lynley estaba examinando la colcha que cubría la cama. Al retirarla reveló un colchón muy manchado y una almohada amarillenta.

– Aquí no esperaban huéspedes. Es extraño que dejaran una cama sin hacer, ¿no le parece?

– En absoluto. ¿Para qué usar sábanas si nadie iba a utilizarla?

– Sin embargo…

– ¿Voy a la habitación contigua, inspector? -preguntó Barbara con impaciencia. La atmósfera de la casa la oprimía.

Al oír el tono de su voz, Lynley alzó la vista. Cubrió de nuevo la cama con la colcha, tal como estaba antes, y se sentó en el borde.

– ¿Qué ocurre, Barbara? -preguntó.

– Nada -dijo ella, pero había una nota de pánico en su voz-. Quisiera seguir adelante con la inspección. Es evidente que esta habitación no se ha utilizado desde hace años. ¿Por qué examinarla de cabo a rabo, al estilo de Sherlock Holmes, como si el asesino fuese a salir de entre las tablas del suelo?

Él no respondió en seguida, por lo que el tono destemplado de Barbara pareció flotar en la habitación mucho después de que hubiera hablado.

– ¿Qué le ocurre? -repitió él-. ¿Puedo ayudarle?

Estaba preocupado por ella, su tono era amable, sería realmente fácil…

– ¡No me ocurre nada! -exclamó Barbara-. Es que no quiero seguirle de un lado a otro como un perrito faldero. No sé lo que espera de mí y me siento como una idiota. ¡Tengo cerebro, maldita sea! ¡Deme algo que hacer!

Él se incorporó lentamente, sin dejar de mirarla.

– ¿Por qué no va a examinar la habitación de enfrente? -le sugirió.

Ella abrió la boca para decir algo más, pero decidió no hacerlo y salió de la habitación, deteniéndose un momento bajo la luz verdosa del rellano. Podía oír su propia respiración, áspera y agitada, y supo que él también debía de oírla.

¡El maldito santuario! La granja ya era de por sí bastante repulsiva, con su ausencia de vida, pero el santuario le había desconcertado por completo. Lo habían colocado en el mejor ángulo de la habitación, desde donde se veía el jardín. Era una idea morbosa. ¡Desde allí la muchacha de la foto podía ver la televisión y el condenado jardín!

¿Cómo lo había llamado Lynley? Un culto religioso. ¡Eso era exactamente! ¡Un templo erigido a aquella mujer! Se esforzó para que su respiración volviera a la normalidad, cruzó el rellano y entró en la habitación de enfrente.

“Te la has jugado, Barb -se dijo-. ¿Te has olvidado del acuerdo, la obediencia, la cooperación? ¿Cómo te sentirás la semana que viene, cuando vuelvas a ponerte el uniforme?”

Miró a su alrededor, irritada, con los labios temblorosos. Al fin y al cabo, ¿a quién diablos le importaba? Su fracaso estaba decidido de antemano. ¿Acaso había esperado realmente que aquella misión fuese un éxito?

Cruzó la habitación hasta la ventana y accionó el pestillo. ¿Qué le había dicho él? ¿Si podía ayudarla? Lo absurdo del caso era que, por un momento, ella había pensado en hablarle, en decírselo todo. Pero, naturalmente, eso era impensable. Nadie podía ayudarla, y Lynley menos que nadie.

Abrió la ventana de par en par para que el aire refrescara sus mejillas ardientes, y dio media vuelta, decidida a llevar a cabo su tarea.

Aquella era la habitación de Roberta, limpia y ordenada como la otra, pero allí se tenía la impresión de que la habían habitado. Había una cama grande de cuatro postes, cubierta por un centón de dibujos brillantes y alegres, el sol, nubes y un arcoíris con un fondo celeste de zafiro. En el armario colgaban ropas bajo las que se alineaban varios pares de zapatos, de paseo, de trabajo y zapatillas.

Había un tocador con un ondulante espejo de cuerpo entero y un escritorio sobre el que yacía, boca abajo, una foto enmarcada, como si se hubiera caído. Barbara lo examinó con curiosidad. Era de los padres y Roberta recién nacida, en brazos del padre. Pero la foto, algo distendida, estaba apretada en el marco, como si no encajara bien. Barbara extrajo la apoyadura de madera.

Había acertado en su suposición. La foto era demasiado grande para el marco, por lo que había sido preciso doblarla. Una vez alisada, la fotografía era muy diferente, pues a la izquierda del padre, con las manos entrelazadas a la espalda, estaba la viva imagen de la madre del bebé, más pequeña, desde luego, pero indudablemente el vástago de Tessa Teys.

Barbara estaba a punto de llamar a Lynley cuando éste apareció en la puerta, con un álbum fotográfico en las manos. Se detuvo un momento, como si tratara de encontrar el modo de normalizar su relación.

– He descubierto algo muy extraño, sargento -le dijo.

– También yo -replicó Barbara, tan ansiosa como él de olvidar el exabrupto. Intercambiaron sus hallazgos.

– Yo diría que el mío explica el suyo -observó Lynley.

Ella miró atentamente las páginas abiertas del álbum, uno de esos álbumes familiares que contienen el recuerdo fotográfico de bodas, nacimientos, navidades, pascuas y cumpleaños. Pero cada foto en la que aparecía más de un niño había sido recortada de algún modo, con los rostros extrañamente eliminados, de manera que las imágenes presentaban cortes centrales o cuñas laterales, y en todas ellas el tamaño de la familia había sido reducido sistemáticamente. El efecto era escalofriante.

– Yo diría que es una hermana de Tessa -observó Lynley.

– Quizás su primer hijo -propuso Barbara.

– Creo que es demasiado mayor para ser su primogénito, a menos que Tessa la tuviera cuando ella misma era una niña. -Dejó el retrato sobre el escritorio, se guardó la foto en el bolsillo y dirigió su atención a los cajones-. ¡Ah! -exclamó-, por lo menos ahora sabremos por qué a Roberta le interesaba tanto el Guardian. Tiene forrados los cajones con sus hojas y… mire esto, Havers. -Del cajón inferior, bajo un montón de jerseys desgastados, sacó algo que había estado escondido boca abajo-. Otra vez la muchacha misteriosa.

Barbara miró la fotografía que él le tendía. Era la misma niña, pero esta vez mayor, ya adolescente. Roberta estaba a su lado, de pie sobre la nieve en el cementerio de Santa Catalina, ambas sonriendo a la cámara. La muchacha mayor tenía las manos sobre los hombros de Roberta y la atraía hacia sí. Se había inclinado, aunque no demasiado, porque Roberta era casi tan alta como ella, y tocaba con la mejilla el rostro de la otra. Su cabello dorado rozaba los rizos morenos de Roberta. Delante de ellas había un perro negro y blanco, que también parecía sonreír y cuyo pelaje acariciaba Roberta. Era Bigotes.

– Aquí Roberta no tiene mal aspecto -comentó Barbara, devolviendo la foto a Lynley-. Es grandota, pero no está gorda.

– Entonces esta foto debe ser anterior a la marcha de Gibson. ¿Recuerda lo que dijo Stepha? Entonces no estaba obesa, no se puso así hasta que Richard se fue. – Se guardó también la foto en el bolsillo y miró a su alrededor-. ¿Algo más?

– Hay ropa en el armario, pero no tiene demasiado interés. -Al igual que él había hecho en la otra habitación, retiró el cobertor de la cama, pero, al contrario que la anterior, ésta estaba hecha y sus sábanas limpias despedían un aroma a jazmín, por debajo del cual, como si el jazmín fuese incienso que ardiera sutilmente para ocultar el olor del cannabis, se notaban los efluvios empalagosos de otra cosa. Barbara miró a Lynley-. ¿Cree usted…?

– Desde luego -replicó él-. Ayúdeme a retirar el colchón.

Ella obedeció, cubriéndose la boca y la nariz cuando el hedor llenó la habitación y vieron lo que había bajo el viejo colchón de muelles, cuya cubierta estaba cortada en un extremo y el interior era un almacén de comida: fruta podrida, pan recubierto de moho gris, galletas y caramelos, dulces medio comidos, bolsas de patatas fritas.

– Dios mío -musitó Barbara. Era más una plegaria que una exclamación, y, a pesar del catálogo de cosas horribles que había visto durante su carrera policial, se le revolvió el estómago y retrocedió-. Lo siento -dijo con una risa entrecortada-. Ha sido un hallazgo sorprendente.

Con el semblante inexpresivo, Lynley volvió a dejar el colchón en su sitio.

– Es un sabotaje -dijo como si hablara consigo mismo.

– ¿Cómo dice señor?

– Stepha dijo algo de una dieta.

Al igual que Barbara había hecho antes, Lynley se acercó a la ventana. Atardecía y, a la luz crepuscular, se sacó del bolsillo las fotografías y las examinó. Permaneció inmóvil, quizás con la esperanza de que un examen minucioso de las dos muchachas le revelara quién mató a William Teys y los motivos que tuvo para hacerlo, así como el papel que jugaba en todo aquello el almacén de alimentos en putrefacción. Mientras le observaba, a Barbara le sorprendió su aspecto, pues a la luz que incidía en el cabello, la mejilla y la frente le hacía parecer mucho más joven de lo que era. Y, no obstante, nada, ni siquiera las sombras, alteraban u oscurecían la inteligencia de aquel hombre de treinta y dos años o el ingenio que reflejaban sus ojos. El único sonido que se oía en la habitación era su respiración firme, serena, muy segura. Se volvió, vio que ella le estaba mirando y empezó a hablar.

Barbara le interrumpió.

– Bien -dijo enérgicamente, colocándose el cabello detrás de las orejas con gesto pugnaz-. ¿Ha visto algo en las demás habitaciones?

– Sólo una caja con llaves viejas en el armario y un auténtico museo de objetos de Tessa. Ropas, fotografías, mechones de pelo… entre las cosas de Teys, naturalmente. -Volvió a guardarse las fotografías en el bolsillo-. Me pregunto si Olivia Odell sabía lo que le esperaba aquí.

Habían recorrido un kilómetro por el camino de Gembler, desde el pueblo hasta la granja de Teys. Cuando regresaban en silencio, Lynley empezó a echar de menos el Bentley. No le preocupaba la oscuridad, pero sentía deseos de escuchar música para distraerse. Miró a la mujer que caminaba a su lado y, a pesar suyo, pensó en lo que había oído sobre ella.

– Una virgen airada -había dicho MacPherson. Lo que necesita es un buen revolcón. -Se echó a reír y alzó su jarra de cerveza-. Pero no yo, amigos. No me aventuro en esa clase de aguas. ¡Dejo ese placer para un hombre más joven!

Lynley pensó que MacPherson se equivocaba, no se trataba en absoluto de virginidad airada, sino de otra cosa.

No era aquella la primera investigación de Havers en un caso de asesinato, por lo que no podía comprender su reacción en la granja: su renuencia inicial a entrar en el granero, su extraña conducta en la sala de estar, su inexplicable comportamiento en el piso de arriba.

Por segunda vez se preguntó qué diablos pensaría Webberly al asociarles, pero estaba demasiado fatigado para tratar de encontrar una explicación.

Al doblar la última curva del camino, las luces de la Paloma y el Silbato aparecieron a la vista.

– Vamos a cenar -dijo Lynley.

– Hay pollo asado -les dijo el propietario-. Es lo único que servimos el domingo por la noche. Tengan la bondad de esperar en el salón y les serviremos en seguida.

La Paloma y el Silbato estaba en plena actividad. En el bar, cuyos parroquianos se habían callado momentáneamente cuando ellos entraron, flotaba una espesa capa de humo de tabaco, como un denso nubarrón preñado de lluvia. En una mesa del fondo estaban reunidos varios granjeros, con las botas embarradas colocadas en los travesaños de las sillas cuyo respaldo parecía una escala. Dos hombres más jóvenes jugaban a los dardos, junto a la puerta del lavabo, y un grupo de mujeres de mediana edad hacían comparaciones entre los restos de los rizos y las ondulaciones que les habían hecho el sábado en la peluquería Sinji. En la vieja barra se apiñaban los clientes, la mayoría de los cuales bromeaban con la muchacha que accionaba las palancas de la cerveza.

Con toda evidencia, aquella chica era la oveja negra del pueblo. Su cabello negro azabache se alzaba del cuero cabelludo en forma de largas y rígidas púas, tenía los ojos fuertemente sombreados de púrpura y vestía unas prendas minúsculas que revelaban buena parte de sus encantos como las que se ven por la noche en el Soho londinense: falda corta de cuero negro, blusa blanca muy escotada, medias de malla, negras y con agujeros sujetos con imperdibles, y grandes zapatos de cordones, también negros, como los que usan las abuelas. Cada una de sus orejas, perforada cuatro veces, exhibía la decoración de una línea de pequeños brillantes de imitación, con excepción del orificio inferior, del que pendía una pluma que le llegaba al hombro.

– Se cree una cantante de rock -dijo el tabernero, que había seguido la dirección de su mirada-. Es mi hija, pero procuro no decirlo con frecuencia. -Depositó una jarra de cerveza y un vaso de agua tónica sobre la mesa tambaleante-. ¡Hannah! -gritó en dirección a la barra-. ¡Deja de dar un espectáculo, muchacha! ¡Estás poniendo cachondos a todos los caballeros aquí presentes!

Mientras decía esto les guiñó un ojo maliciosamente.

– ¡Oh, papá! -rió ella, y los demás la corearon.

– ¡Regáñale, Hannah! -gritó alguien.

– ¿Qué sabe de estilo este pobre patán? -dijo otro.

– ¿De qué estilo hablas? -replicó jovialmente el tabernero-. Gasta poco en vestir, desde luego, pero está consumiendo mi fortuna para comprar toda esa mugre grasienta que se pone en el pelo.

– ¿Cómo mantienes las púas tiesas, Han?

– Creo que me asusté en la abadía.

– Oíste llorar al bebé, ¿no es cierto Han?

Rieron y dieron unos golpes cariñosos al que había hablado, dando a entender que todos eran amigos. Barbara se preguntó si habrían ensayado la escena.

Ella y Lynley eran los únicos ocupantes del comedor, y una vez la puerta se cerró tras el tabernero, Barbara deseó oír de nuevo el ruido del bar, pero Lynley le estaba hablando.

– Quizás comía por algún impulso compulsivo.

– ¿Asesinó a su padre porque la puso a régimen? -preguntó Barbara, antes de poder evitarlo. Su tono rebosaba de sarcasmo.

– Sin duda comía mucho en secreto -siguió diciendo Lynley, imperturbable.

– No lo creo así -replicó ella. Le estaba importunando y lo sabía; se estaba poniendo a la defensiva, mostrándose impertinente, pero no podía evitarlo.

– ¿Qué opina usted, entonces?

– Que se olvidó de la comida. Vaya a saber cuánto tiempo ha estado ahí abandonada.

– En una cosa podemos estar de acuerdo: la comida lleva allí tres semanas, y era inevitable que se estropeara en ese tiempo.

– De acuerdo, lo admito, pero no lo de que comía a causa de su estado compulsivo.

– ¿Por qué no?

– ¡Porque no podemos demostrarlo, caramba!

El se puso a contar con los dedos.

– Vamos a ver. Tenemos dos manzanas podridas, tres plátanos negros, algo que en otra época pudo ser un melocotón, una hogaza de pan, dieciséis galletas, tres tortas a medio comer y tres bolsas de patatas fritas. Ahora dígame a qué obedece todo esto, sargento.

– No tengo ni idea.

– Si no tiene ni idea, podría considerar la mía. -Hizo una pausa y añadió-: Barbara…

Ella supo en seguida por su tono que debía interrumpirle.

– Lo siento, inspector -se apresuró a decir-. En la granja me asusté y… estoy demasiado nerviosa y le incomodo. Discúlpeme.

El pareció desconcertado.

– De acuerdo. Empecemos de nuevo, ¿quiere?

Llegó el tabernero y depositó los platos sobre la mesa.

– Pollo con guisantes -anunció orgulloso.

Barbara se levantó y salió de la sala, tambaleándose.

CAPÍTULO SIETE

Danny gritó:

– ¡No Ezra! ¡Estate quieto! ¡No puedo!

Soltando una maldición, Ezra Farmington se separó de la muchacha que se debatía, debajo de él y se sentó en el borde de la cama, tratando de recuperar el aliento y la compostura. Le latía todo el cuerpo pero sobre todo, observó sardónicamente, la cabeza, la cual apoyó en las manos y hundió los dedos en el cabello color miel. Pensó que ella se echaría a llorar.

– ¡Bueno, bueno! -le dijo, y añadió bruscamente-: ¡Por todos los santos, no soy un violador!

Al oír esto, ella empezó a llorar, tapándose la boca con la mano. Los sollozos, secos y febriles, surgían de lo más profundo de su ser. El alargó la mano para encender la luz.

– ¡No! -exclamó Danny.

– Danny -le dijo Ezra, procurando hablar con serenidad, aunque lo hacía con los dientes apretados y sin poder mirarla.

– ¡Lo siento! -sollozó ella.

Todo aquello era demasiado familiar. No podía seguir así.

– Esto es absurdo y tú lo sabes.

Cogió su reloj, vio en la esfera luminosa que eran casi las ocho y se lo colocó en la muñeca. Luego empezó a vestirse.

Los sollozos de la muchacha se intensificaron. Tendió una mano y le tocó la espalda desnuda. Él se zafó de la caricia y el llanto continuó. Ezra recogió el resto de sus ropas, salió de la habitación, fue al baño y, después de vestirse, contempló ceñudo su imagen reflejada en el espejo oscuro, mientras escuchaba el tictac del reloj.

Cuando regresó, los sollozos habían cesado. Ella seguía tendida en la cama, su cuerpo marfileño reluciente a la luz de la luna, y contemplaba el techo. Todo, menos el cabello, era luminoso. Los ojos de artista del joven recorrieron la longitud de su cuerpo, la curva del cuello, la plenitud de los senos, la redondez de la cadera, la suavidad del muslo. Un estudio objetivo en blanco y negro, trasladado rápidamente a la tela. Con frecuencia realizaba ese ejercicio, disociando la mente del cuerpo, algo que deseaba hacer sobre todo ahora. Sus ojos se posaron en el oscuro y rizado triángulo entre los muslos y no pudo mantener la objetividad.

– ¡Vístete de una vez! -le ordenó-. ¿Acaso tengo que estar aquí mirándote como un castigo?

– Sabes por qué me ocurre esto -gimió ella-. Lo sabes.

– Claro que lo sé -replicó Ezra, que seguía junto a la puerta del lavabo. Allí estaba más seguro; si se le acercaba más, se abalanzaría sobre ella sin poder evitarlo. Apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas-. No pierdes ocasión de recordármelo.

Danny se irguió en la cama y se volvió bruscamente hacia él.

– ¿Y por qué no? -le gritó-. ¡Sabes muy bien lo que hiciste!

– ¡No levantes la voz! ¿Quieres que Fitzalan informe a tu tía? Sé un poco sensata, por favor.

– ¿Por qué habría de serlo? ¿Cuándo lo has sido tú?

– Si sigues echándome eso en cara, Danny, no sé qué estamos haciendo. ¿Para qué seguimos viéndonos?

– ¿Eres capaz de preguntar eso, incluso ahora, cuando todo el mundo lo sabe?

El se cruzó de brazos y resolvió mirarla sin perder el dominio de sí mismo. La muchacha tenía el cabello enmarañado alrededor de los hombros, los labios separados, las mejillas humedecidas por las lágrimas, brillantes bajo la luz mortecina. Sus pechos… Hizo un esfuerzo para no desviar la mirada de su rostro.

– Ya sabes lo que ocurrió. Hemos hablado de ello mil veces, y hacerlo mil veces más no cambiará el pasado. Si no puedes olvidarlo, entonces será mejor que dejemos de vernos.

De nuevo las lágrimas se agolparon en los ojos de la joven y se deslizaron por sus mejillas. Ezra detestaba verla llorar. Quería cruzar la habitación y estrecharla entre sus brazos, pero ¿de qué serviría? Sólo empezarían de nuevo y acabarían de mala manera.

– No -dijo ella, llorando todavía, pero en voz baja. Inclinó la cabeza-. Eso no lo quiero.

– ¿Qué quieres entonces? Necesito saberlo, porque yo sé muy bien lo que quiero, Danny, y si los dos no queremos lo mismo, nuestra relación no tiene sentido, ¿verdad?

Se esforzaba para dominarse, pero el poco dominio de sí mismo que le quedaba se estaba desvaneciendo con rapidez. Pensó que podría echarse a llorar de frustración.

– Quiero tenerte -susurró ella.

– No es lo que quieres -replicó el joven con amargura-, porque aunque así fuera, aun cuando me tuvieras, a cada momento me echarías en cara el pasado, y eso no puedo soportarlo, Danny. Ya he tenido suficiente.

Notó alarmado que se le quebraba la voz en la última palabra.

Ella levantó la cabeza.

– Lo siento -musitó. Bajó de la cama y cruzó la habitación. La luz de la luna silueteaba su cuerpo, y él apartó la vista. Los finos dedos de la muchacha le acariciaron el rostro y el cabello-. Nunca pienso en tu dolor -le dijo-, sino sólo en el mío propio. Lo siento muchísimo, Ezra.

Él se esforzaba por mantener la vista fija en la pared, el techo, el cuadrado de cielo nocturno al otro lado de la ventana. Sabía que si sus miradas se encontraban estaba perdido.

– ¿Ezra?

La voz de la muchacha era como una caricia en la oscuridad. Se acercó más a él y le alisó el pelo.

El muchacho podía aspirar su fragancia almizcleña y notaba el suave roce de los pezones en su pecho. Ella posó una mano en su hombro y le atrajo más.

– ¿No crees que los dos tenemos que olvidar? -le susurró.

Ya era imposible guardar las distancias, no había ningún otro sitio donde mirar. Su último pensamiento cuerdo fue: “Mejor perdido que solo”.

Nigel Parrish esperó hasta que los policías terminaron de cenar y pasaron al bar. Seguía sentado en su rincón habitual, tomando lentamente una copa de coñac.

Les miró con la clase de interés que solía reservar para los habitantes del pueblo, como si fueran a vivir allí en los próximos años. Decidió que valía la pena dedicarles tiempo y consideración, dado que formaban una pareja tan curiosa.

El hombre vestía como un figurín, con un traje oscuro hecho a medida, sin duda en Savile Row, un tres piezas con reloj de oro incluido en el bolsillo del chaleco y zapatos perfectamente lustrados. Había dejado la gabardina en el respaldo de una silla, con evidente descuido, y Niguel se preguntó por qué las personas lo bastante adineradas para comprarse Burberrys siempre las dejaban tiradas de cualquier manera sin pensarlo dos veces. No parecía un inspector de Scotland Yard.

Tampoco la mujer había respondido a sus expectativas. Era baja y rechoncha, una especie de cubo de basura ambulante. Llevaba un traje arrugado y manchado que no le sentaba bien; el azul celeste era un bonito color, pero el que menos armonizaba con su físico. La blusa era amarilla y reforzaba la coloración de su rostro cetrino, aparte de que estaba muy mal metida bajo la cintura de la falda. ¡Y los zapatos! Era de esperar que una mujer policía usara aquella clase de zapatos recios y bastos pero ¿con tacones azules a juego con la falda? La pobre mujer parecía un cromo. El señor Parrish se puso en pie, riendo entre dientes, y se aproximó a la mesa que había ocupado la pareja, cerca de la puerta.

– ¿Son ustedes de Scotland Yard? -les preguntó abruptamente, sin presentación previa-. ¿Les ha hablado alguien de Ezra?

Lynley alzó la cabeza para mirar al recién llegado, y su primer pensamiento fue: “No, pero sin duda usted va a hacerlo”. El hombre estaba de pie, con una copa de coñac en la mano, esperando que le invitaran a sentarse. Cuando la sargento Havers abrió automáticamente su cuaderno de notas, el hombre se consideró como un miembro de su grupo y retiró una silla.

– Me llamo Nigel Parrish – se presentó.

Lynley recordó que era el organista. Tendría cuarenta y tantos años y unas facciones agradables, realzadas por los rasgos de la edad mediana: el cabello, espeso y castaño, era gris en las sienes, bien peinado para revelar una frente amplia. La nariz, firme y recta, daba distinción a su rostro; la mandíbula y el mentón fuertes indicaban fortaleza. Era delgado, no demasiado alto, y más llamativo que apuesto.

– ¿Ezra, dice usted? -le incitó Lynley.

Los ojos marrones de Parrish examinaron velozmente a los parroquianos, como si esperase la entrada de alguien en el bar.

– Farmington, nuestro artista residente. ¿No hay en cada pueblo un artista, poeta, novelista o músico que reside ahí? Supongo que es un requisito de la vida rural. -Se encogió de hombros y prosiguió-: Ezra es el nuestro. Pinta acuarelas, un óleo de vez en cuando. La verdad es que no lo hace mal. Incluso vende algunos de sus cuadros en una galería de Londres. Antes venía aquí a pasar uno o dos meses al año, pero ahora es un habitante más del pueblo. -Sonrió y contempló el contenido de su copa-. Nuestro querido Ezra -musitó.

Lynley no estaba dispuesto a seguirle el juego.

– ¿Qué quiere que sepamos de Ezra Farmington, señor Parrish?

La expresión de sorpresa de Parrish indicó que no había esperado una pregunta tan directa.

– Aparte de que es un joven Lothario rural, está lo ocurrido en la granja de Teys. Deberían saberlo.

Lynley pensó que las inclinaciones románticas de Ezra no venían al caso, aunque sin duda interesaban a Parrish.

– ¿Qué sucedió en la granja de Teys? -preguntó, haciendo caso omiso del otro dato.

– Pues bien… -Parrish pareció animarse, al tener vía libre para exponer su tema, pero miró su copa vacía y se interrumpió, entristecido.

– Sargento -dijo Lynley con voz apagada-, ¿quiere pedir otra copa de…?

– Courvoisier -dijo el organista, sonriente.

– Una para el señor Parrish y otra para mí.

Havers se levantó de la mesa.

– ¿Nada para ella? -preguntó Nigel, al parecer preocupado.

– No bebe.

– ¡Entonces, qué aburrida debe ser!

Cuando Havers regresó, Parrish le sonrió amablemente, tomó un sorbo de coñac y se arrellanó en la silla para reanudar su relato.

– En cuanto a Ezra -dijo en tono confidencial-, fue una escenita repugnante. El único motivo que puedo ver es que yo no estaba allí. Me refiero a Bigotes.

Lynley ya sabía algo al respecto.

– El perro musical.

– ¿Cómo dice?

– El padre Hart nos contó que a Bigotes le gustaba tenderse y escucharle tocar el órgano.

Parrish se echó a reír.

– ¿No es increíble? Practico mi instrumento hasta despellejarme los dedos y mi público más entusiasta es un perro de granja.

Hablaba en tono humorístico, como si nada en el mundo pudiera ser más divertido, pero Lynley se daba cuenta de que era una frágil fachada, tras la cual pasaba una impetuosa corriente de amargura. Parrish se estaba esforzando por parecer jovial, se le notaba demasiado.

– Así son las cosas -siguió diciendo. Hizo girar la copa entre las manos, admirando la variedad de tonalidades que la luz arrancaba de la copa del coñac-. En cuanto a gusto musical, el pueblo es casi un desierto. De hecho, la única razón por la que toco los domingos en Santa Catalina es que me gusta hacerlo. Bien sabe Dios que nadie más puede distinguir una fuga de un scherzo. ¿Saben que en Santa Catalina tienen el mejor órgano de Yorkshire? Es característico, ¿no creen? Estoy seguro de que es un regalo personal de Roma para tener controlados a los católicos de Keldale. Yo pertenezco a la Iglesia Anglicana.

– ¿Y Farmington? -preguntó Lynley.

– No creo que Ezra sea religioso en absoluto. -Al no ver reacción alguna en el rostro del inspector, añadió-: Aunque probablemente quiere saber lo que tengo que decir de ese muchacho.

– Me ha leído usted la mente, señor Parrish.

El organista sonrió y tomó un trago, quizás para cobrar ánimo, quizás por mero placer. Sin embargo, bajó la voz momentáneamente y entonces sus interlocutores tuvieron un atisbo del hombre verdadero, triste y taciturno. Un instante después volvió a ocultarse tras la fachada charlatana y chismosa.

– Pues verán, hace cosa de un mes William Teys echó a Ezra de la granja.

– ¿Había entrado sin permiso en la finca?

– Por supuesto, pero, según Ezra, tiene una especie de “licencia artística” que le da derecho a meterse en cualquier parte, y eso es exactamente lo que hace. Estaba haciendo lo que él llama “estudios de luz” en el páramo del Alto Keel, como los cuadros impresionistas de la catedral de Rouen, con esa técnica de empezar uno nuevo cada quince minutos.

– Conozco la obra de Monet.

– Entonces sabe lo que quiero decir. Bien, la única manera, o digamos la manera más rápida, de subir al páramo de Alto Keel es cruzar el bosque que se extiende detrás de la granja Gembler, y el camino que conduce al bosque…

– Cruza las tierras de Teys -concluyó Lynley.

– Eso es. Yo andaba aquél día por el camino, seguido de Bigotes. Como siempre, el animalito se había presentado en el pueblo y, como parecía tarde para dejar que el animal encontrara él solo el camino de vuelta a casa, yo mismo le llevaba allí. Había confiado en que le llevara nuestra querida Stepha en su Mini, pero no la encontré en ninguna parte, de modo que tuve que llevar al perro, aunque mis pobres piernas ya no están para esos trotes.

– ¿No tiene usted coche?

Parrish se encogió de hombros.

– El cacharro que tengo no es nada fiable. En fin, llegué a la granja y los encontré allí, enzarzados en una trifulca imponente. William llevaba sus pingajos…

– ¿Cómo dice?

– Su pijama, inspector. ¿O era una camisa de dormir? -Miró el techo con los ojos entrecerrados, reflexionando acerca de su propia pregunta-. Sí, era una camisa de dormir. Recuerdo que cuando le vi las piernas a William me sorprendí de lo peludas que las tenía. Como un gorila.

– Ya veo.

– Y Ezra le gritaba, agitando los brazos y soltando tales maldiciones que a William se le debían poner los pelos de punta. Al ver esto, el perro se acaloró y le arrancó a Ezra un buen pedazo de los pantalones. Mientras hacía eso, William rompió en pedazos tres de las preciosas acuarelas de Ezra y arrojó el resto de la carpeta al borde de la propiedad. Fue terrible.

Parrish bajó la vista mientras concluía el relato con una nota lúgubre en la voz, pero cuando levantó la cabeza su mirada decía claramente que Ezra se había llevado su merecido.

Lynley observó a la sargento Havers mientras ésta subía la escalera. Cuando dejó de verla, se frotó las sienes y entró en el salón. Una luz en el extremo de la sala iluminaba la cabeza inclinada de Stepha Odell. Al oír sus pasos alzó la vista del libro que estaba leyendo.

– ¿Se ha quedado levantada para cerrar la puerta? -le preguntó Lynley-. Lo siento muchísimo.

Ella sonrió y estiró los brazos lánguidamente sobre la cabeza.

– En absoluto -replicó con placidez-. Pero me había adormilado mientras leía esta novela.

– ¿Qué está leyendo?

– Una novela rosa -Riendo, se puso en pie, y él observó que estaba descalza. Se había cambiado el vestido gris para ir a la iglesia por una sencilla falda de tweed y un suéter. Entre los senos reposaba una sola perla colgada de una cadena de plata-. Es mi forma de evasión. En estas novelas siempre acaban viviendo felices por siempre jamás. -El permanecía junto a la puerta-. ¿Qué hace usted para evadirse, inspector?

– Me temo que nada.

– Entonces, ¿cómo compensa toda esta locura?

– ¿Qué locura?

– Perseguir criminales. No puede ser un trabajo agradable. ¿Por qué lo hace?

El admitió la pertinencia de la pregunta, cuya respuesta conocía. “Es una penitencia, Stepha -podría haberle dicho-, una expiación de pecados que usted no podría comprender”.

– Eso mismo me pregunto siempre -le dijo.

Ella asintió con el semblante pensativo y no insistió en el tema.

– Ha llegado un paquete para usted. Lo trajo desde Richmond un hombre bastante desagradable que no quiso darme su nombre. Por su aspecto parecía tener dolor de tripa crónico.

No podía ser otro que Nies. La mujer pasó detrás de la barra y Lynley la siguió. Sin duda había trabajado en la sala aquella tarde, pues flotaba en la atmósfera un olor intenso a cera de abejas y el aroma de la levadura de cerveza. Esta combinación evocó en Lynley su infancia en Cornualles, y se vio a sí mismo como un niño de diez años, cuando devoraba empanadillas en la cocina de la granja Trefallen. La carne y la cebolla recubiertas por un caparazón de hojaldre, frutos prohibidos e insólitos en el comedor formal de Howenstow, le parecían deliciosas. Su padre despreciaba aquellas empanadillas por vulgares, pero a él le encantaban precisamente por eso.

Stepha puso un sobre enorme sobre el mostrador.

– Aquí está. ¿Quiere tomar conmigo una última copa?

– Gracias, es usted muy amable.

Ella sonrió. Lynley observó la curvatura de sus mejillas y cómo parecían desvanecerse las arrugas diminutas alrededor de sus ojos.

– Entonces tome asiento. Parece cansado.

El se sentó en uno de los sofás y abrió el sobre. Nies no había hecho el menor esfuerzo por ordenar el material. Había tres cuadernos de notas, algunas fotografías adicionales de Roberta, informes forenses idénticos a los que ya había visto y nada en absoluto sobre Bigotes.

Stepha Odell puso un vaso sobre la mesa y se sentó ante él, con las piernas dobladas en el asiento del sillón.

– ¿Qué le ocurrió a Bigotes? -preguntó Lynley, como si hablara consigo mismo-. ¿Por qué no hay ningún dato sobre ese perro?

– Gabriel lo sabe -respondió Stepha.

Por un momento, él pensó que se trataba de alguna expresión propia del pueblo, hasta que recordó el nombre del comisario.

– ¿Se refiere al comisario Langston?

Ella asintió y tomó un sorbo de su vaso. Tenía los dedos largos, esbeltos, sin anillos.

– Fue él quien enterró a Bigotes.

– ¿Dónde?

Stepha se encogió de hombros y se apartó el cabello del rostro con un gesto encantador, como si apartara sombras, totalmente distinto del desgarbado ademán de Havers.

– No estoy segura. Probablemente lo hizo en algún lugar de la granja.

– Pero, ¿por qué no le hicieron la autopsia al perro? – musitó Lynley.

– Supongo que no les hizo falta. Vieron claramente cómo había muerto el pobre animal.

– ¿Cómo?

– Lo degollaron, inspector.

Volvió a revisar el material, buscando las fotos. No era de extrañar que no lo hubiera visto antes. El cuerpo de Teys, tendido sobre el cadáver del perro, no permitía verlo bien. Examinó la foto.

– Ahora ve usted el problema, ¿verdad?

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Puede imaginarse a Roberta degollando a Bigotes? -Una expresión de disgusto apareció en el rostro de Stepha-. Es imposible. Lo siento, pero es totalmente imposible. Además, no se encontró ningún arma. ¡No iba a abrir la garganta del pobre animal con un hacha!

Lynley empezó a preguntarse por primera vez quién había sido exactamente el auténtico objetivo del crimen, si William Teys o su perro.

¿Y si se hubiera producido un robo en la granja? Entonces habrían tenido que silenciar al perro. Era viejo y, desde luego, incapaz de atacar a nadie, pero habría podido armar un escándalo si detectaba una presencia extraña en su territorio. Por eso habrían acabado con él. Lynley pensó que quizás no se trataba de un asesinato premeditado, sino de un delito de naturaleza totalmente distinta.

Reflexionó un momento y se llevó la mano al bolsillo.

– Dígame, Stepha, ¿quién es esta muchacha?

Le entregó la foto que había encontrado en el escritorio de Roberta cuando investigó en la granja con Havers.

– ¿De dónde diablos ha sacado esto?

– Del dormitorio de Roberta. ¿Quién es?

– Es Gillian Teys, la hermana de Roberta. -Recalcó sus palabras, dando unos golpes ligeros con un dedo a la fotografía, mirándola atentamente mientras hablaba-. Roberta debió de ocultarla a William.

– ¿Por qué?

– Porque cuando Gillian huyó de su casa, fue como si hubiera muerto para él. Tiró sus vestidos, se deshizo de sus libros e incluso destruyó todas las fotos en las que ella aparecía. Encendió una gran hoguera en medio del patio y lo quemó todo, incluso su partida de nacimiento. -Entonces, dirigiéndose más a sí misma que al inspector, preguntó-: ¿Cómo se las ingeniaría Roberta para salvar esto?

– Quizás sea más importante saber por qué lo hizo.

– Oh, eso no es ningún secreto. Roberta adoraba a Gillian, sabe Dios por qué. Gillian era el gran desastre de la familia, una muchacha salvaje. Bebía, blasfemaba y correteaba por ahí como una loca. Se lo pasaba en grande, una noche iba a una fiesta en Whitby y a la siguiente salía con algún bribón, elegía a hombres con suficiente dinero para poder divertirse. Una noche, hace unos once años, se marchó y no volvió jamás.

– ¿Se marchó o desapareció? -quiso saber Lynley.

Stepha se arrellanó en su asiento. Se llevó una mano a la garganta, pero detuvo el gesto, como si fuera a revelar demasiado.

– Se marchó -dijo en tono firme.

– ¿Por qué?

– Supongo que estaba irritada con William, el cual era bastante puritano, mientras que ella no lo era en absoluto, por lo menos desde hacía mucho tiempo. Pero Richard, su primo, probablemente podría contarle más cosas. Los dos se llevaban muy bien antes de que él se fuera a los páramos. -Stepha se puso en pie, estiró los brazos y se dirigió a la puerta, donde se detuvo-. Inspector -dijo lentamente.

Lynley alzó la vista de la fotografía, esperando que ella le dijese algo más sobre Gillian Teys. La mujer titubeó antes de preguntar-: ¿Desearía… algo más esta noche?

La luz de la sala de recepción a sus espaldas hacía brillar su cabello. Su piel parecía suave y deliciosa, su mirada era amable. Sería muy fácil, una hora de felicidad, una aceptación apasionada, un olvido simple y largamente anhelado.

– No, gracias, Stepha -se obligó a decir.

El río Kel era un afluente tranquilo, al contrario de muchos de los ríos que bajaban impetuosos de las regiones montañosas y penetraban en los pequeños valles. Serpenteaba silenciosamente a través de Keldale y fluía junto a la abadía en ruinas, camino del mar. Amaba al pueblo, lo trataba bien, pocas veces le perjudicaba con crecidas y desbordamientos. No le importaba la existencia de la hostería en su orilla, saludaba con su rumor suave al común del pueblo y escuchaba a las gentes que vivían a la vera de sus aguas.

Olivia Odell habitaba en una de tales casas, al otro lado del puente, frente a la hostería, con una vista panorámica del común y Santa Catalina. Era la mejor casa del pueblo, con un hermoso jardín delantero y una extensión de césped que descendía hacia el río.

Eran las primeras horas de la mañana cuando Lynley y Havers empujaron la puerta de la verja, pero el llanto continuado de un niño, que llegaba desde detrás de la casa, les indicó que sus habitantes ya se habían levantado, y siguieron el desolado lloriqueo hasta su origen.

La criatura, una niña, estaba sentada en los escalones traseros de la casa, acurrucada, con la cabeza apoyada en las rodillas y con una página arrugada de revista debajo de sus mugrientos zapatos. A su lado había un pato silvestre que la contemplaba comprensivo. Lo que afligía a la pequeña era el corte de pelo que acababan de hacerle, alisándoselo con brillantina. Antes era rojizo y, por el aspecto de los mechones que escapaban de su confinamiento, muy rizado. Pero ahora era feo y emitía un fuerte olor a pomada capilar barata.

Havers y Lynley intercambiaron una mirada.

– Buenos días -le saludó el inspector en tono cariñoso-. Tú debes de ser Bridie.

La niña alzó la vista, cogió la página de la revista y la apretó contra su pecho con un gesto maternal. El pato se limitó a parpadear.

– ¿Qué te ocurre? -le preguntó Lynley amablemente.

La afabilidad del tono que empleaba con ella aquel hombre alto hizo que Bridie abandonara su postura desafiante.

– ¡Me he cortado el pelo! -gimió-. Ahorré dinero para ir al salón de Sinji, pero ella dijo que no podía arreglármelo como yo quería, no quiso cortármelo y por eso me lo corté yo misma… Y ahora miren cómo me ha quedado y mamá también está llorando. Traté de alisarlo con esta pomada de Hannah, pero no hay manera.

Hipó patéticamente al pronunciar la última palabra. Lynley asintió.

– Ya veo, Bridie. La verdad es que te ha quedado bastante mal. ¿Qué clase de efecto buscabas?

Se estremeció al pensar en las púas que erizaban el pelo de Hannah.

– ¡Esto! -exclamó la pequeña, sollozando de nuevo mientras le tendía la página ilustrada.

El cogió la hoja y miró el rostro sonriente y el bonito peinado de la princesa de Gales, elegantemente ataviada con un vestido de noche negro y un collar de brillantes, sin una hebra de pelo fuera de lugar y con una sonrisa resplandeciente.

– Naturalmente -musitó Lynley.

Despojada de la foto, Bridie se consoló con la presencia de su pato, al que rodeó con un brazo, atrayéndolo a su lado.

– A ti no te importa, Dougal, ¿verdad que no? -le preguntó.

El ave replicó con un parpadeo e investigó el pelo de Bridie, en busca de sus posibilidades comestibles.

– ¿Dougal el pato? -preguntó Lynley.

– Angus McDougal McPato -respondió Bridie. Una vez efectuada la presentación formal, se limpió la nariz con la manga de su pullover andrajoso y miró temerosa por encima del hombre, hacia la puerta cerrada a sus espaldas. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla mientras proseguía-: Tiene hambre, pero no puedo entrar para darle la comida. No tengo más que estas pastillas de altea. Son todo un festín para él, pero su verdadera comida está en casa y no puedo entrar, porque mamá ha dicho que no quiere volver a verme hasta que me arregle el pelo, ¡y no se qué hacer!

La niña empezó a llorar de nuevo, con auténticas lágrimas de angustia. Al parecer, el pato se moriría de hambre -perspectiva poco probable, dado su tamaño- a menos que se pusiera rápido remedio a la situación.

Sin embargo, ese plan de ataque sería innecesario, pues en aquel momento la puerta trasera se abrió bruscamente. Desde el umbral, Olivia Odell miró a su hija, por segunda vez aquel día, y rompió a llorar.

– ¡No puedo creer que lo has hecho! ¡Es inconcebible! ¡Entra en casa y lávate la cabeza! Alzaba más la voz con cada palabra, hasta llegar a la histeria.

– Pero Dougal…

– Llévate a Dougal -dijo la mujer sollozando-. ¡Pero haz lo que te digo!

La niña cogió el pato, lo acomodó en sus bracitos y desapareció con él. Olivia sacó un pañuelo de papel del bolsillo de la rebeca, se sonó y sonrió a los recién llegados.

– Qué escena tan terrible -les dijo, pero mientras hablaba empezó a llorar de nuevo y entró en la cocina, dejándoles de pie junto a la puerta trasera abierta. Se sentó a la mesa y ocultó el rostro entre las manos.

Lynley y Havers intercambiaron una mirada y, una vez tomada su decisión, entraron en la granja.

Al contrario que la granja Gembler, no había la menor duda de que aquella casa estaba habitada. El desorden de la cocina era absoluto: cacerolas y sartenes se amontonaban en los mostradores, los electrodomésticos, abiertos, esperaban que los limpiaran y las flores que las pusieran en agua, los platos se amontonaban en la fregadera.

El suelo estaba pegajoso, las paredes pedían a gritos una capa de pintura y la estancia entera hedía con el efluvio a carbón de las tostadas quemadas. La ofensiva fuente del olor yacía sobre un mostrador, y era una especie de terrón negro y húmedo que parecía como si acabaran de apagarlo con una taza de té.

Lo poco que podían ver de la sala de estar, contigua a la cocina, indicaba que su condición era más o menos la misma. Con toda evidencia, las tareas domésticas no eran el punto fuerte de Olivia Odell, como tampoco lo era la crianza de los hijos; según podía deducirse de la escena que acababan de presenciar.

– ¡No puedo controlarla! -gimió Olivia-. ¡Sólo tiene nueve años y ya está fuera de mi control!

Desgarró el pañuelo de papel, buscó otro, sin encontrarlo en su aturdimiento, y redobló su llanto.

Lynley sacó un pañuelo del bolsillo y se lo ofreció.

– Gracias -dijo la mujer-. ¡Qué mañana, Dios mío!

Se sonó, se enjuagó las lágrimas, se pasó los dedos por el cabello castaño y miró su imagen reflejada en la tostadora. Gimió al verse y con sus ojos marrones inyectados en sangre se humedecieron de nuevo, pero no llegó a derramar lágrimas.

– Parece como si tuviera cincuenta años. ¡Cómo se habría reído Paul! – Entonces, de modo incoherente, añadió-: Quiere parecerse a la princesa de Gales.

– Ya lo hemos visto -respondió Lynley, impasible.

Retiró una silla de la mesa, quitó los periódicos amontonados en el asiento y se sentó. Al cabo de un momento, Havers hizo lo mismo.

– ¿Por qué? -preguntó Olivia, dirigiendo la pregunta más al techo que a sus interlocutores-. ¿Qué he hecho para que mi hija considere que la clave de la felicidad consiste en parecerse exactamente a la princesa de Gales? -Cerró el puño sobre la frente-. William habría sabido qué hacer. Sin él soy un desastre.

Lynley quería evitar un nuevo acceso de lágrimas y se apresuró a intervenir.

– Las niñas pequeñas siempre tienen a alguien a quien admirar, ¿no es cierto?

– Sí, muy cierto. -La mujer empezó a retorcer el pañuelo del inspector, formando una pequeña y patética soga. Lynley dio un respingo al verlo deformado-. Pero nunca encuentro las palabras apropiadas para ella. Todo lo que digo termina en un ataque de histeria. William siempre sabía cómo actuar. Cuando estaba aquí, todo iba a pedir de boca, pero en cuanto se marchaba empezábamos a pelearnos como el perro y el gato. ¡Y ahora él se ha ido para siempre! ¿Qué va a ser de nosotras? -Sin aguardar respuesta, prosiguió-: Es su pelo, ¿saben? Detesta ser pelirroja, no le ha gustado nunca, desde que empezó a hablar. No puedo entenderlo. ¿Por qué una niña de nueve años ha de tener un interés tan apasionado por su pelo?

– Las pelirrojas, en general, son apasionadas en todo -observó Lynley.

– ¡Oh, eso es! ¡Eso es! Stepha es exactamente igual. Se diría que Bridie es un doble suyo, no su sobrina. -Aspiró hondo y se irguió en la silla. En aquel momento se oyó ruido de pasos precipitados en la sala-. Que el Señor me de fuerzas -murmuró Olivia.

Bridie entró en la cocina, la cabeza envuelta precariamente en una toalla, y el pullover, que no se había molestado en quitarse, con las prisas por obedecer las instrucciones de su madre, completamente mojado en los hombros y la mayor parte de la espalda. La seguía el pato, que caminaba como un marinero, con una peculiar zancada oscilante.

– Está lisiado -explicó Bridie, al ver que Lynley inspeccionaba al ave-. Cuando nada, sólo gira en círculo grande, y por eso no le dejo nadar a menos que yo esté presente. Pero el verano pasado le llevamos a nadar al río. Hicimos un dique en la orilla y se divirtió mucho. Se lanzaba al agua y daba vueltas y más vueltas, ¿eh, Dougal?

El pato salvaje asintió con un parpadeo y buscó en el suelo algo que comer.

– Ven, déjame que te vea, McBride -dijo su madre.

La niña se adelantó y Olivia le quitó la toalla y examinó el desaguisado. Sus ojos se humedecieron de nuevo y se mordió el labio.

– Sólo necesita unos retoques -se apresuró a decir Lynley-. ¿Qué opina usted, sargento?

– Sí, unos retoques bastarán.

– Creo, Bridie, que será mejor que abandones esa idea de parecerte a la princesa de Gales. Ahora mismo -añadió, viendo que a la pequeña le temblaba el labio inferior-. No olvides que tienes el cabello rizado y el de ella es completamente liso. Y cuando Sinji dijo que no podía cortártelo en ese estilo, te decía la verdad.

– Pero es tan bonita… -protestó Bridie, amenazando con llorar de nuevo.

– Lo es, desde luego, pero si todas las mujeres se parecieran a ella, el mundo sería bastante extraño, ¿no crees? Hazme caso, hay muchas mujeres bonitas que no se le parecen en nada.

– ¿De veras? -Bridie volvió a mirar largamente la fotografía arrugada. Sobre la nariz de la princesa había una gran mancha.

– Puedes creer al inspector cuando dice eso, Bridie -añadió Havers, cuyo tono indicaba tácitamente el resto: “Es un experto en el tema”.

La chiquilla miró alternativamente a los agentes de Scotland Yard. Percibía corrientes subterráneas que no podía comprender.

– Bueno -dijo al fin-. Creo que he de dar de comer a Dougal.

El pato, por lo menos, pareció aprobarla.

La sala de estar era un poco mejor que la cocina. Resultaba difícil creer que una mujer y una niña pudieran producir semejante desorden. Había montones de ropa sobre las sillas, como si madre e hija estuvieran en trance de mudarse de casa, chucherías colocadas en posiciones inverosímiles, en los bordes de las mesas y los alféizares, una tabla de planchar erguida en lo que parecía ser su lugar permanente. Había un piano rodeado de partituras musicales en el suelo. Era un caos, y el polvo abundaba tanto que se notaba en el aire.

Olivia les indicó con un gesto vago dónde podían sentarse, sin que, al parecer, tuviera conciencia de lo impresentable de su vivienda, pero mientras ella misma se acomodaba miró a su alrededor y sonrió, sin esforzarse por ocultar su resignación.

– Normalmente no está todo tan mal. En los últimos tiempos…

Se aclaró la garganta y meneó la cabeza, como para poner en orden sus pensamientos. Volvió a pasarse los dedos por el cabello fino y revuelto. Era un gesto infantil, incongruente en una mujer que había dejado tan atrás la niñez. Su piel era muy suave y tenía unos rasgos delicados, pero estaba bastante envejecida, tenía arrugas y, aunque delgada, su piel carecía de elasticidad, como si hubiera perdido mucho peso con demasiada rapidez. Las mejillas y la garganta eran huesudas.

– Cuando Paul murió, no fue tan horrible como ahora -dijo de pronto-. No puedo hacerme a la idea de que William ha desaparecido, y de ese modo.

– Ha sido tan repentino -comentó Lynley-. La conmoción…

– Tal vez tenga razón. Paul, mi marido, estuvo enfermo durante varios años y tuve tiempo para prepararme. Y Bridie, claro, era demasiado pequeña para comprender. Pero William… -Hizo un esfuerzo para dominarse, los ojos fijos en la pared, erguida en su silla-. William era muy importante en nuestra vida. Las dos habíamos empezado a depender de él… y entonces murió. Pero soy egoísta al reaccionar así. ¿Cómo puedo portarme de un modo tan atroz cuando hay que pensar en Bobba?

– ¿Roberta?

Ella le miró y desvió la vista.

– Siempre venía aquí con William.

– ¿Cómo era?

– Muy tranquila y agradable. No era una chica atractiva, estaba demasiado rechoncha, ¿saben? Pero siempre era muy buena con Bridie.

– Su peso ocasionó un problema entre Richard Gibson y su tío, ¿verdad?

Olivia frunció el ceño.

– Discutieron por eso, en la Paloma y el Silbato. ¿Quiere darnos algún detalle al respecto?

– Ah, es eso. Se lo habrá dicho Stepha. Pero eso no tiene nada que ver con la muerte de William -añadió, al ver que la sargento Havers sacaba su cuaderno de notas.

– Uno nunca puede estar seguro. ¿Nos hablará de ese asunto?

La mujer levantó una mano, como si protestara, pero la volvió a dejar sobre el regazo.

– Richard había regresado poco antes de los páramos y se encontró con nosotros en el bar. Hubo un estúpido altercado que terminó en seguida, y eso es todo.

La mujer sonrió vagamente.

– ¿Qué se dijeron?

– La verdad es que al principio no tuvo nada que ver con Roberta. Estábamos sentados juntos a una mesa y William hizo un comentario sobre Hannah, la camarera. ¿La han visto?

– Sí, anoche.

– Entonces ya saben que tiene un aspecto… diferente. William no la aprobaba en absoluto, ni tampoco le gustaba el trato que le daba a su padre, ya saben, como si la chifladura de la gente le divirtiera. William hizo un comentario, vino a decir que era un misterio para él que su padre la dejara ir por ahí vestida como una furcia. Nada realmente serio. Richard estaba un poco bebido y tenía varios arañazos en el rostro, por lo que también debía de haber discutido con su mujer. Estaba de un humor de perros. Le dijo a William que no debía ser tan necio como para juzgar por las apariencias, que un ángel podía vestir las ropas de una mujeruca y la carita más dulce disimular a una puta.

– ¿Y cómo interpretó eso William?

Ella sonrió con un rictus de fatiga.

– Como una referencia a Gillian, su hija mayor. Me temo que lo entendió así de inmediato, y exigió que Richard le diera explicaciones. Richard y Gilly habían sido grandes amigos, ¿saben? Creo que… para evitar las explicaciones… Richard desvió la conversación hacia Roberta.

– ¿Cómo?

– La puso como ejemplo de que no hay que juzgar por las apariencias. La discusión partió de ahí, claro. Richard quiso saber por qué William había permitido que Roberta llegara a un estado tan poco atractivo. William, a su vez, quiso saber qué había querido decir el otro con su insinuación acerca de Gillian. Richard exigió a William una respuesta, y éste le exigió lo mismo. En fin, esa clase de cosas.

– ¿Y entonces?

Olivia rió entre dientes, emitiendo un sonido como de un pájaro atrapado.

– Creí que iban a pelearse. Richard dijo que jamás permitiría que un hijo suyo comiera desaforadamente, arriesgándose a una muerte precoz, y que William debería avergonzarse de su actuación como padre. William se enfadó tanto que replicó que él debería avergonzarse de su papel como marido. Mencionó…bueno, hizo una referencia de mal gusto a la insatisfacción de Madeline – es la mujer de Richard, ¿la conocen? -y precisamente cuando creía que Richard podría golpear de veras a su tío, se echó a reír. Dijo que era estúpido perder el tiempo preocupándose por Roberta y nos dejó.

– ¿Y eso fue todo?

– Sí.

– ¿Qué cree usted que quiso decir Richard?

– ¿Con eso de que era estúpido preocuparse por Roberta? -Frunció el ceño, como si viera en qué dirección le encaminaba su pregunta-. Usted espera que le diga que se sentía como un estúpido porque si Roberta moría, él heredaría la granja.

– ¿Es eso lo que quería decir?

– No, claro que no. William cambió su testamento poco después de que Richard regresara de los páramos, y Richard sabía muy bien que le había dejado la granja a él, no a Roberta.

– Pero si usted y William se hubieran casado, es muy probable que hubiera vuelto a cambiar el testamento. ¿No es cierto?

Ella vio claramente la trampa que Lynley le tendía.

– Sí, pero… Sé lo que está pensando. Que si William moría antes de que nos casáramos, Richard saldría beneficiado. Pero, ¿no ocurre siempre lo mismo cuando hay una herencia en juego? Y, en general, la gente no mata sólo porque ha de heredar algo.

– Al contrario, señora Odell -objetó Lynley cortésmente-. Es algo muy habitual.

– No en este caso. Creo que… en fin, que Richard no es muy feliz, y las personas desdichadas dicen muchas cosas que no tenían intención de decir y hacen cosas que en otras circunstancias no harían, sólo para tratar de olvidar lo desgraciados que son, ¿no le parece?

Ni Lynley ni Havers replicaron de inmediato. Olivia se movió inquieta en su asiento. Les llegaba la voz de Bridie desde el exterior, llamando a su pato.

– ¿Estaba Roberta enterada de esta conversación?

– Si lo estaba, nunca lo mencionó. Cuando venía aquí, de lo que más hablaba, con esa voz grave que tiene, era de la próxima boda. Creo que estaba deseosa de que William y yo nos casáramos, de que Bridie fuera su hermana, de tener todo lo que antes había tenido con Gillian. Añoraba terriblemente a su hermana. Creo que nunca superó la huida de Gillian.

Sus dedos nerviosos encontraron un hilo suelto en el dobladillo de la falda y lo retorció compulsivamente hasta romperlo. Entonces se quedó mirándolo en silencio, como si se preguntara de qué modo había llegado a enroscarse en su dedo.

– Bobba (así es como William la llamaba siempre, y también yo lo hacía) se llevaba a Bridie para que William y yo pudiéramos estar a solas. Se iba con Bridie, Bigotes y el pato. ¿Imagina qué cuadro formaban? -Se echó a reír y se alisó las arrugas de la falda-. Iban al río, al otro lado del común, o bajaban a la abadía y merendaban allí. Siempre las dos niñas y los dos animales. Entonces William y yo podíamos hablar.

– ¿De qué hablaban?

– De Tessa, sobre todo. -Suspiró antes de continuar-: Era un problema, pero la última vez que él estuvo aquí, el día de su muerte, dijo que por fin lo había superado.

– No estoy seguro de haber comprendido -observó Lynley-. ¿Qué clase de problema? ¿Tal vez emocional? ¿No acababa de resignarse ante la muerte de Tessa?

– ¿Muerte? -preguntó, perpleja. Tessa no está muerta, inspector. Abandonó a William poco después de que naciera Roberta. El contrató a un detective para que la encontrara, a fin de lograr que la Iglesia anulara su matrimonio, y el sábado por la tarde vino para decirme que por fin la había localizado.

– En York -dijo el hombre-, y no tengo por qué decirles nada más. Todavía no me han pagado por mis servicios, ¿sabe?

Lynley apretó el auricular del teléfono. Notaba el ardor de la cólera en el pecho.

– ¿Qué le parece una orden judicial?-le preguntó en tono amable.

– Oiga, amigo, no me venga con esas puñetas…

– Le recuerdo, señor Houseman, que al margen de lo que usted pueda pensar, no es un personaje de una novela de Dashiell Hammett.

Lynley podía representarse al hombre con los pies sobre la mesa, una botella de bourbon en el cajón del archivador y pasando una pistola de una mano a la otra mientras sujetaba el teléfono entre el hombro y la cabeza. No andaba muy desencaminado.

Harry Houseman miró a través de la sucia ventana de su despacho, encima de la barbería Jackie, en la plaza Trinity Church de Richmond. Caía una lluvia ligera, insuficiente para limpiar la ventana pero que bastaba destacar más la suciedad, y el detective se dijo que hacía un día de perros. Se había propuesto ir en coche a la costa -una dama de Whitby estaba muy deseosa de llevar a cabo una seria investigación privada con él-, pero el mal tiempo le había puesto de mal humor. Y bien sabía Dios que en aquellos días necesitaba tener cada vez más ánimo para que su virilidad respondiera como se esperaba de él. Sonrió, mostrando un diente con una corona metálica mal engastada que daba cierto aire de pirata a su aspecto por lo demás mundano: cabello castaño mate, ojos oscuros, piel cetrina y la incongruencia de unos labios llenos, sensuales.

Jugueteaba con un lápiz muy mordisqueado sobre el escritorio lleno de muescas. Sus ojos se posaron en el rostro de expresión regañona y labios delgados de su esposa, que le miraba malhumorada desde la foto enmarcada. Estiró la mano, sin soltar el lápiz, y puso la foto boca abajo.

– Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo mutuo -dijo Houseman-. Déjeme ver, señorita Doalson. -Hizo una pausa adecuada para obtener un efecto dramático-. ¿Dispongo de tiempo para…? Bueno, cancele eso. Sin duda puede esperar hasta… -Se dirigió de nuevo a Lynley-. ¿Cómo ha dicho que se llama?

– No vamos a vernos – dijo Lynley pacientemente -. Usted va a darme la dirección en York y ése será el fin de nuestra relación.

– No veo cómo podría…

– Claro que puede -dijo Lynley fríamente-, porque, como ha dicho, todavía no le han pagado. Y para cobrar una vez se haya legalizado la propiedad de la finca, cosa que, por cierto, puede tardar años si no llegamos al fondo de este asunto, usted me dará la dirección de Tessa Teys.

Hubo una pausa, durante la cual el detective privado reflexionó.

– ¿Qué ocurre, señorita Doalson? -dijo al fin-. ¿En la otra línea? -preguntó en tono meloso-. Líbreme de él, ¿quiere? -Tras exhalar un hondo suspiro, añadió-: Veo que no es nada fácil tratar con usted, inspector. Todos tenemos que ganarnos la vida de algún modo.

– Lo sé, no le quepa duda -replicó Lynley-. ¿Me da esa dirección?

– Tendré que buscarla en mis archivos. ¿Puedo llamarle dentro de una hora más o menos?

– No.

– Me lo pone difícil.

– Voy a ir a Richmond.

– No, no, eso no será necesario. Espere un momento, amigo. -Houseman se arrellanó en su asiento y contempló el cielo gris durante un minuto. Luego abrió y cerró varios cajones del archivador, para hacer efecto -. ¿Cómo dice, señorita Doalson? No, dígale que llame mañana. No me importa que llore a mares. Hoy no tengo tiempo para él. -Cogió un block que estaba sobre la mesa-. Ah, aquí la tengo, inspector -dijo, y seguidamente le dio a Lynley la dirección-. Pero no espere que esa mujer le reciba con los brazos abiertos.

– Me tiene sin cuidado cómo me reciba, señor Houseman. Buenos…

– Pero debería importarle, inspector. Tenga cuidado. Su maridito se puso furioso cuando oyó la noticia. Creí que me estrangularía allí mismo, con que Dios sabe lo que hará cuando aparezca un inspector de Scotland Yard. Es uno de esos tipos intelectuales que habla muy bien y usa gafas gruesas, pero créame, inspector, ese hombre lleva una fiera en su interior.

Lynley entrecerró los ojos. Aquello era una maniobra experta. Quiso esquivarla, pero era inútil. Suspiró, derrotado.

– ¿De qué me está hablando? ¿Qué noticia oyó?

– La noticia sobre el primer marido, claro.

– ¿Qué está tratando de decirme, Houseman?

– Que Tessa Teys es bígama, muchacho -concluyó satisfecho Houseman-Se casó con el segundo marido sin despedirse formalmente de nuestro William. ¿Puede imaginarse la sorpresa que se llevó cuando me presenté en su casa?

La casa no correspondía en absoluto a sus expectativas. Las mujeres que abandonan a su marido y sus hijos deberían terminar de algún modo en pisos donde flotan los olores a ajo y orina, tendrían que apaciguar a diario su inquieta y pendenciera conciencia con abundantes dosis de ginebra soporífera y deberían estar demacradas, macilentas, su semblante totalmente destruido por la devastación de la vergüenza.

En cualquier caso, Lynley estaba seguro de que no deberían parecerse a Tessa Mowrey.

Había aparcado el Bentley delante de la casa, que contemplaron en silencio hasta que al fin habló Havers.

– No ha ido precisamente cuesta abajo, ¿verdad?

Habían encontrado con facilidad el barrio nuevo, de clase media, a unos kilómetros del centro de la ciudad. Era la clase de vecindario donde las casas no sólo tienen número, sino también nombre. El hogar de los Mowrey se llamaba Panorama Jorvik, y constituía la realidad concreta de todo sueño mediocre: una fachada de ladrillo, tejas rojas que formaban empinados gabletes y, a cada lado de la puerta pulimentada, sendas ventanas panorámicas que correspondían a la sala de estar y el comedor. Sobre el techo del garaje adosado, para un solo coche, había un solarium, al que se ascendía desde el primer piso superior de la casa. Fue en esa terraza donde tuvieron el primer atisbo de Tessa.

Salió por aquella puerta, el cabello rubio ondeando levemente a causa de la brisa, para regar los maceteros de crisantemos, dalias y caléndulas que formaban un muro de color otoñal contra el hierro blanco. Vio el Bentley y titubeó, con la regadera en la mano, y a la luz de la mañana tardía era como si Renoir la hubiera captado por sorpresa.

Lynley observó sombríamente que no parecía ni un día mayor que en la fotografía tomada diecinueve años antes y entronizada religiosamente en la granja Gembler.

– Para que hablen de los estragos del pecado -murmuró.

CAPÍTULO OCHO

Havers replicó:

– Quizás tiene un retrato en el desván, como Dorian Gray.

Lynley la miró sorprendido. Hasta entonces ella había puesto tanto empeño en comportarse adecuadamente, en prestar su cooperación total a cada una de sus órdenes, que aquella desviación de la norma para decir algo divertido era una agradable sorpresa.

– Bien pensado, sargento -dijo riendo-. Veamos qué tiene que decirnos la señora Mowrey.

Ella les recibió en la entrada, mirándoles con expresión confusa y, a juzgar por la velada expresión de sus ojos, un tanto aterrada. Vista de cerca parecía más una mujer que rondaba la edad mediana, pero el cabello seguía siendo de un rubio resplandeciente, la figura esbelta, la piel, algo pecosa, casi sin arrugas.

Intercambiaron saludos y Lynley le mostró su placa.

– Somos de Scotland Yard, del Departamento de Investigación Criminal. ¿Nos permite entrar, señora Mowrey?

La mujer miró el rostro severo de Havers y de nuevo al inspector.

– Desde luego.

Su voz era normal, cortés y afable, pero había en sus movimientos una rigidez, un titubeo, que sugerían emoción contenida.

Les condujo a mano izquierda, a través de una puerta abierta que daba a la sala de estar, donde hizo un gesto silencioso para pedirles que tomaran asiento. Era una habitación amueblada con gusto, con piezas de diseño moderno, de pino y nogal, que se mezclaban con los suaves colores otoñales. Desde algún lugar, no visible de inmediato, llegaba el tictac de un reloj, ligero y rápido como un pulso desbocado. Allí no se veía el desorden tumultuoso de Olivia Odell ni la precisión mecánica de la granja Gembler. Era más bien el centro de reunión de una familia que se llevaba bien, con fotografías informales diseminadas por la sala, recuerdos de viajes y varias cajas de juegos de naipes entre los libros de las estanterías.

Tessa Mowrey tomó asiento en el ángulo donde la luz era más débil. Se sentó en el borde del sillón, con la espalda erguida, las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el regazo. Llevaba una alianza de oro. No preguntó a qué se debía la visita de Scotland Yard y siguió a Lynley con la mirada cuando éste se dirigió a la chimenea y miró las fotos exhibidas en la repisa.

– ¿Son sus hijos? -preguntó.

Eran dos, niño y niña, en fotos tomadas durante unas vacaciones familiares en Saint Ives. Reconoció la panorámica de la bahía, los edificios grises y blancos apiñados en la playa y las embarcaciones varadas con la marea baja.

– Sí -respondió ella, sin añadir nada más.

Aguardaba inmóvil lo inevitable. El silencio continuó, sin que Lynley hiciera nada por romperlo. La mujer se vio obligada a seguir hablando, por puro nerviosismo.

– ¿Les ha telefoneado Russell? -Había un deje de desesperación en su voz, un sonido apagado, como si hubiera experimentado la gama completa de la aflicción y no quedara nada en ella, ninguna emoción a la que abandonarse-Pensé que lo haría. Claro, han pasado tres semanas. Había empezado a confiar en que me castigara sólo hasta que lo hubiéramos aclarado todo. -Se movió inquieta cuando la sargento Havers sacó su cuaderno de notas-. ¿Es necesario que haga eso? -preguntó débilmente.

– Me temo que sí -replicó Lynley.

– Entonces se lo diré todo. Es lo mejor.

Bajó la vista y se apretó más las manos entrelazadas.

Lynley pensó en lo curioso que resulta que los miembros de la misma especie confíen inevitablemente en los mismos gestos para sus signos no verbales de aflicción. Llevarse una mano a la garganta, rodearse el cuerpo protectoramente con los brazos, un rápido ajuste de la ropa, un respingo para mantener a raya el golpe psíquico.

Vio que Tessa hacía acopio de fuerzas para superar aquella experiencia penosa, como si una mano pudiera dar a la otra una transfusión de valor por el sencillo procedimiento de entrelazar los dedos, y pareció lograrlo. Alzó la vista, con expresión desafiante.

– Sólo tenía catorce años cuando me casé con él. ¿Pueden comprender lo que es estar casada con un hombre que te lleva dieciséis años cuando sólo tienes catorce? Claro que no. Nadie puede comprenderlo, ni siquiera Russell.

– ¿Por qué no fue usted a la escuela?

– Fui durante un tiempo, pero lo dejé para ayudar en la granja una temporada, cuando mi padre enfermó de la espalda. Fue sólo un arreglo temporal y tenía que regresar al cabo de un mes. Marsha Fitzalan me dio trabajo para hacer en casa, de modo que no me quedase rezagada. Pero no hice nada, y entonces llegó William.

– ¿Cómo ocurrió?

– Vino a la granja para comprar un carnero y yo le acompañé a verlo. William era… muy guapo y yo una romántica. Me sentí como Cathy cuando por fin Heathcliff va a buscarla.

– Supongo que a su padre le preocuparía que su hija de catorce años quisiera casarse, y con un hombre que era mucho mayor que ella.

– Sí, tanto él como mi madre estaban preocupados, pero yo era testaruda, y William era responsable, respetable y fuerte. Creyeron que si no me dejaban casarme con él, me desmandaría y haría alguna barbaridad. Por eso dieron su consentimiento y nos casamos.

– ¿Qué le ocurrió a su matrimonio?

– ¿Qué sabe del matrimonio una niña de catorce años, inspector? -preguntó ella a su vez-. Ni siquiera sabía con certeza cómo vienen los niños al mundo cuando me casé con William. Quizás piense que una chica campesina debería ser más juiciosa, pero recuerde que pasaba la mayor parte de mi tiempo libre leyendo a las hermanas Brönte, y Charlotte, Anne y Emily eran siempre un poco vagas con respecto a los detalles. Pero lo descubrí con bastante rapidez. Gillian nació poco antes de que yo cumpliera los quince. William estaba encantado. Adoraba a la niña. Fue como si su vida empezara de nuevo en el momento en que vio a Gilly.

– Sin embargo, pasaron varios años antes de que tuvieran su segundo hijo.

– Eso fue porque Gillian hizo que cambiara todo entre nosotros.

– ¿En qué sentido?

– De algún modo ella… aquél bebé diminuto y frágil… hizo que William descubriera la religión, y ya nada fue como antes.

– No sé por qué, pero tenía la impresión de que siempre había sido un hombre religioso.

– No, no lo fue hasta que nació Gillian. Fue como si no pudiera ser un padre lo bastante bueno, como si tuviera que purificar su alma para ser digno de un hijo.

– ¿Cómo lo hizo?

Ella rió brevemente al recordarlo, pero era la suya una risa amarga y pesarosa.

– Se entregó a la Biblia, la confesión y la comunión diarias. Al cabo de un año de matrimonio, se había convertido en el fiel más devoto de Santa Catalina y era un padre excelente.

– Y usted, a sus quince años, intentó vivir con un bebé y un santo.

– Así es, exactamente, pero no tenía que preocuparme demasiado por la criatura. No tenía suficientes condiciones para cuidar de la hija de William, o quizás no era lo bastante santa, porque, en todo caso, él ya la cuidaba lo suficiente.

– ¿Qué hacía usted?

– Me refugiaba en mis libros. -Había permanecido casi inmóvil en su asiento durante los primeros momentos de conversación, pero ahora se movía inquieta, hasta que se puso en pie y cruzó la sala para mirar a través de la ventana, hacia la catedral de York que se alzaba a lo lejos. Lynley supuso que Tessa no veía la catedral, sino el pasado-. Soñaba que William se convertía en el señor Darcy, que el señor Knightlwy me cogía en brazos. Confiaba en que el día menos pensado podría encontrarme con Edward Rochester. Para ello sólo tenía que creer con la fuerza suficiente que mis sueños eran reales. -Se cruzó de brazos, como si así pudiera mantener a raya el dolor de aquella época-. Quería ser amada por encima de todo. ¡Cómo lo deseaba! ¿Puede entenderlo, inspector?

– ¿Quién no lo entendería?

– Pensé que si teníamos otro hijo, cada uno de nosotros tendría un ser especial al que amar. Por eso… seduje a William para que volviera a nuestra cama.

– ¿Para que volviera?

– Así es. Poco después de que Gilly naciera, él dejó de dormir en la cama de matrimonio. Dormía en cualquier parte, en el sofá, en el cuarto de costura, pero sin mí.

– ¿Por qué hizo eso?

– Aprovechó como excusa el hecho de que el parto de Gilly había sido muy duro para mí. No quería dejarme embarazada y que tuviera que pasar de nuevo por aquel tormento.

– Pero hay anticonceptivos…

– William es católico, inspector. Nada de anticonceptivos…

Se volvió hacia ellos. La luz de la ventana difuminaba el color de sus mejillas, borraba cejas y pestañas y hacía más profundas las arrugas desde la nariz hasta la boca. Si ella lo sabía, no hacía ningún movimiento para evitarlo y permanecía inmóvil en aquel ángulo revelador, como deseosa de mostrar su verdadera edad.

– Ahora que lo pienso -prosiguió-, creo que era el sexo y no el dejarme encinta lo que asustaba a William. Sea como fuere, finalmente logré que volviera a la cama. Y Roberta nació ocho años después de Gilly.

– Si tenía usted lo que quería… un segundo hijo a quien amar, ¿por qué se fue de casa?

– Porque empezó todo de nuevo. La pequeña no era mía más de lo que había sido Gillian. Quería a mis hijas, pero no se me permitía tratarlas a mi manera, como si no me pertenecieran. -Aunque le tembló la voz al pronunciar la última palabra, logró dominarse-. Una vez más, no me quedaba más que mis libros.

– Así que se marchó.

– Una mañana, pocas semanas después de que naciera Roberta, me desperté y comprendí con claridad que si me quedaba allí me consumiría inmediatamente. Tenía veintitrés años, dos hijas a las que no se me permitía querer a mi modo y un marido que había empezado a consultar la Biblia antes de vestirse por la mañana. Miré por la ventana, vi el camino que conducía al páramo del Alto Keel y supe que ese mismo día tomaría el portante.

– ¿Y él no intentó impedírselo?

– No. Naturalmente, yo quería que lo hiciera, pero no se opuso. Salí de aquella casa y de su vida, llevando solamente una maleta y veinticinco libras esterlinas. Me vine a York.

– ¿No fue a visitarla? ¿No intentó seguirla nunca?

Ella meneó la cabeza.

– No le dije dónde estaba. Simplemente, dejé de existir. Pero ya había dejado de hacerlo para William tantos años antes que no importaba.

– ¿Por qué no se divorció de él?

– Porque no tenía intención de volver a casarme. Vine a York con deseos de educarme, no de encontrar marido. Pensaba trabajar durante una temporada, ahorrar dinero, ir a Londres o incluso emigrar a Estados Unidos, pero mes y medio después de mi llegada a York, todo cambió. Conocí a Russell Mowrey.

– ¿Cómo se conocieron?

Ella sonrió al recordar.

– Vallaron parte de la ciudad cuando empezaron las excavaciones en busca de restos de los vikingos.

– Sí, recuerdo eso.

– Russell era de Londres, estudiante graduado, y formaba parte del equipo de excavación. Un día asomé la cabeza por una abertura de la valla, para echar un vistazo a los trabajos, y allí estaba Russell. Lo primero que me dijo fue: “¡Cielos, una diosa escandinava!”, y entonces se ruborizó hasta las raíces del cabello. Creo que me enamoré de él en aquel mismo momento. Tenía veintiséis años. Llevaba unas gafas que se le deslizaban continuamente por la nariz, unos pantalones muy sucios y un jersey de la universidad. Cuando salió de la zanja para hablarme, resbaló en el barro y cayó de culo.

– No era precisamente un Darcy -comentó Lynley en tono amable.

– No, ni mucho menos. Nos casamos al cabo de un mes.

– ¿Por qué no le habló de William?

Ella suspiró y pareció buscar palabras que ayudaran a sus interlocutores a comprender.

– Russell era un inocente. Tenía una idea magnífica de mí, me veía como una especie de princesa vikinga, una reina de las nieves. ¿Cómo podía decirle que tenía dos hijas y un marido que había dejado en una granja, en los valles?

– ¿Qué habría cambiado si él lo hubiera sabido?

– Supongo que nada. Pero entonces yo creí que él no me querría hasta que consiguiera el divorcio. Yo había anhelado amor, inspector, y por fin lo tenía a mi alcance. ¿Podía correr el riesgo de dejarlo escapar?

– Pero Keldale está a sólo dos horas de aquí. ¿No le preocupó que algún día William pudiera presentarse? ¿Incluso que tropezara con él casualmente en la calle?

– William nunca salió de los valles, ni una sola vez en los años que estuve con él. Allí lo tenía todo: sus hijas, su religión, su granja. ¿Para qué diablos tenía que venir a York? Además, al principio creí que iríamos a vivir a Londres, pues la familia de Russell es de allí. No tenía ni idea de que él quería establecerse en York, pero aquí nos quedamos. Cinco años después nació Rebecca, y William al cabo de otro año y medio.

– ¿William?

– Imagínese cómo me sentí cuando Russell quiso llamarle William, pero así es como se llama su padre. No tuve más remedio que aceptarlo.

– Entonces, ¿lleva viviendo aquí diecinueve años?

– Sí, primero en un piso pequeño, en el centro de la ciudad, luego en una casa adosada, cerca de la calle Bishopthorpe, y finalmente, el año pasado, compramos esta casa. Habíamos… ahorrado mucho. Russell tenía dos empleos y, además, yo trabajaba en el museo. -Parpadeó para retener las lágrimas-. Hemos sido muy felices, muchísimo, hasta ahora. Han venido a buscarme, ¿verdad? ¿O me traen noticias?

– ¿Es que nadie se lo ha dicho? ¿No ha leído nada sobre lo ocurrido?

– ¿Si he leído…? ¿Qué ha ocurrido? El no… -Tessa miró alternativamente a Lynley y Havers. Era evidente que descifraba algo en sus rostros, pues en el suyo propio apareció una expresión de temor-. La noche que Russell se marchó, estaba encolerizado… terriblemente. Pensé que si no hacía ni decía nada, todo se arreglaría, que él volvería a casa y…

De súbito, Lynley se dio cuenta de que estaban hablando de cosas totalmente distintas.

– Señora Mowrey -la interrumpió-. ¿No sabe lo de su marido?

En los ojos oscuros de la mujer se intensificó la aprensión.

– Russell… -susurró-. Se marchó aquel sábado, el mismo día que me encontró el detective, hace tres semanas. Desde entonces no ha vuelto a casa.

– Señora Mowrey -dijo Lynley muy despacio-. A William Teys le asesinaron hace tres semanas, un sábado por la noche, entre las diez y las doce. Han acusado del crimen a su hija Roberta.

Si pensaron que podría desmayarse, se equivocaban. Se quedó mirándoles en silencio durante casi un minuto y luego se volvió de nuevo hacia la ventana.

– Rebecca volverá pronto -dijo en tono inexpresivo-. Viene a comer y preguntará por su padre, como todos los días. Sabe que algo va mal, pero hasta ahora he logrado ocultarle la mayor parte de lo que pasó. -Se tocó la mejilla con mano temblorosa-. Sé que Russell se fue a Londres. No he telefoneado a su familia porque, como es natural, no quería que supieran lo ocurrido, pero sé que él ha ido a reunirse con ellos, estoy segura.

– ¿Tiene una fotografía de su marido? -le preguntó Lynley-. ¿Y la dirección de su familia en Londres?

La mujer se volvió bruscamente hacia ellos. -¡El no ha sido! -exclamó.- ¡Jamás ha levantado la mano para pegar a sus propios hijos! Estaba enfadado, sí, ya se lo he dicho, pero lo estaba conmigo, no con William. No se habría ido, no podría haber…

Empezó a llorar desconsoladamente, quizás por primera vez en aquellas tres angustiosas semanas. Presionó la frente contra el vidrio de la ventana y vertió lágrimas de amargura, como si jamás pudiera encontrar consuelo.

Havers se levantó y salió de la sala. ¿Adónde diablos iría?, se preguntó Lynley, temeroso de que repitiera su intempestiva salida de la taberna, la noche anterior, pero la sargento regresó poco después, con una jarra de naranjada y un vaso.

– Gracias, Barbara -le dijo el inspector.

Ella asintió, le sonrió tímidamente y sirvió un vaso de zumo a la mujer.

Tessa Mowrey lo aceptó pero, en vez de beberlo, aferró el vaso como si fuera un talismán.

– Rebecca no debe verme así, tengo que serenarme y ser más fuerte. -Se fijó en el vaso que sujetaba, tomó un sorbo e hizo una mueca-. No soporto el zumo de naranja enlatado. ¿Por qué lo tengo en casa? Russell dice que no es tan malo, y supongo que tiene razón. -Cuando se volvió hacia Lynley, éste vio que ahora aparentaba plenamente los cuarenta y dos años que tenía-. El no mató a William.

– Eso es lo que todo el mundo en Keldale dice de Roberta.

Tessa dio un respingo.

– No la considero hija mía. Lo siento, pero nunca la he conocido.

– La han encerrado en un manicomio, señora Mowray. Cuando encontraron el cuerpo de William, ella afirmó haberle matado.

– Entonces, si ella misma ha admitido el crimen, ¿por qué han venido a verme? Si dice que mató William, Russell, ciertamente…

Se interrumpió de súbito, como si hubiera oído sus propias palabras y se hubiese percatado de lo deseosa que estaba de cambiar hija por marido. Lynley no la culpaba. Pensó en la casilla del establo, en la Biblia adornada, los álbumes de fotos y el profundo y melancólico silencio de la casa.

– ¿No volvió a ver a Gillian? -le preguntó de improviso, esperando una señal, la menor indicación de que Tessa estaba enterada de la desaparición de Gillian.

No reveló nada.

– Nunca.

– ¿Y ella nunca se puso en contacto con usted de alguna manera?

– Claro que no. Aunque lo hubiera querido, William no se lo habría permitido. Estoy segura de ello.

Lynley pensó que era probable, pero, una vez huyó de casa, una vez cortó los lazos con su padre, ¿por qué Gillian no había ido en busca de su madre?

– Un fanático religioso… -dijo Havers, plenamente convencida. Se colocó el pelo detrás de las orejas y miró la fotografía que sujetaba-. Pero éste no está nada mal. La señora acertó a la segunda ocasión. Lástima que no se molestara en obtener el divorcio. -Russell Mowrey le sonreía desde la foto que Tessa les había dado. Era un hombre bien parecido, vestido con un traje de tres piezas, e iba cogido del brazo de su esposa, un domingo de Pascua. Havers guardó la foto en la carpeta de papel de Manila y se entregó de nuevo a la contemplación del paisaje-. Por lo menos sabemos el motivo por el que Gillian se marchó.

– ¿Por la beatería de su padre?

– Así lo creo -replicó Havers-. Sin duda su huida se debió a una combinación de eso y el nacimiento de su hermana. Durante ocho años había sido el centro de atención de su padre -parece que la madre no contaba gran cosa-, cuando, de repente, llega una hermanita. El padre no confía en las capacidades de la madre y también se encarga de la nueva criatura. La madre se marcha y luego lo hace Gillian.

– No exactamente, Havers. Esperó ocho años antes de irse de casa.

– ¡No iba a hacerlo cuando sólo tenía ocho años de edad! Se tomó su tiempo, pero probablemente odiaba a Roberta desde el principio, por haberle robado a su papá.

– Eso no tiene sentido. Primero dice usted que Gillian se marchó porque no podía aguantar el fanatismo religioso de su padre, y luego dice que se fue de casa porque no quería a Roberta. ¿En qué quedamos? O bien quiere a su padre y desea ser de nuevo su favorita, o no puede soportar la devoción religiosa de ese hombre y cree que ha de huir. No puede tratarse de las dos cosas.

– ¡No es tan sencillo! -protestó ella-. En estas cuestiones nunca se elige entre blanco o negro.

Lynley la miró asombrado, ante la agresividad de su tono.

– Barbara…

– ¡Lo siento! Estoy volviendo a las andadas. Nunca puedo controlar mis impulsos a tiempo…

– Barbara -la interrumpió él con firmeza.

Ella miró fijamente hacia delante.

– A sus órdenes, señor.

– Estamos comentando el caso, no argumentando ante un tribunal de justicia. Tener opinión está bien y, de hecho, deseo que la tenga. La verdad es que siempre me ha resultado muy útil comentar un caso con otra persona.

Pero era mucho más que eso, era discutir, reír, oír decir a la dulce voz: “Oh, crees estar en lo cierto, Tommy, pero te demostraré que te equivocas”. Sintió que la soledad le envolvía como un sudario frío y húmedo.

Entre ellos se produjo un largo silencio. Como no sonaba ninguna música en el interior del coche, la tensión aumentaba por momentos.

– No se qué me ocurre -dijo Havers por fin-. Me meto en la refriega y olvido lo que estoy haciendo.

– Comprendo.

Lynley no insistió en el asunto y sus ojos siguieron la línea serpenteante de los muros de piedra al pie de la colina que se alzaba al otro lado del valle. Se puso a pensar en Tessa. Sabía que no estaba bien preparado para comprenderla. Nada en la vida que había llevado en Cornualles y Howenstow, en Oxford y Belgravia, incluso en Scotland Yard, explicaba la escasez de experiencias vitales en una granja remota que llevaría a una niña de catorce años a creer que su único futuro estaba en el matrimonio inmediato. Y, no obstante, sin duda ése era el fundamento de lo que había sucedido. Ninguna interpretación romántica de los hechos conocidos -ninguna reflexión sobre Heathcliff, por adecuada que fuera- podía ocultar la explicación real. La fatiga y el hastío de las semanas en las que se vio obligada a permanecer en casa y ayudar en las tareas de la granja, habían posibilitado que un campesino de Yorkshire, un hombre sencillo y primario, pareciera cautivador en comparación. Así, no hizo más que librarse de una trampa para caer en otra, se casó a los catorce años y antes de cumplir los quince era madre. ¿Acaso cualquier mujer no habría querido huir de semejante vida? Pero, en ese caso, ¿por qué volvió a casarse con tanta rapidez? Como si no estuviera dispuesta a dejar que el silencio continuara, Havers interrumpió sus pensamientos. Había en su voz una nota de apremio que llamó la atención de Lynley, el cual, al mirarla, vio que tenía la frente perlada de diminutas gotas de sudor y que tragaba saliva.

– Lo que no entiendo es ese santuario de Tessa. Abandona a su marido, aunque al parecer tenía todos los motivos para hacerlo, y él construye una especie de Taj Mahal fotográfico en un rincón de la sala.

– ¿Cómo sabemos que fue William quien instaló ese santuario? -inquirió Lynley.

– Podría haberlo hecho cualquiera de las dos niñas -sugirió ella.

– ¿Usted qué cree?

– Tuvo que ser Gillian.

– ¿Como un acto de venganza? ¿Un pequeño recordatorio cotidiano para William de que mamá había huido? ¿Un pequeño cuchillo clavado entre las costillas desde que empezó a mostrar preferencia por Roberta?

– Sí, tenía sus motivos para hacer una cosa así.

Avanzaron varios kilómetros antes de que Lynley hablara de nuevo.

– Ella podría haberlo hecho, Havers. Algo me dice que estaba lo bastante desesperada para ello.

– ¿Se refiere a Tessa?

– Russell se había ido aquella noche. Ella dice que tomó aspirinas y se acostó, pero nadie puede atestiguarlo. Podría haber ido a Keldale.

– ¿Y por qué mataría al perro?

– El animal no la reconocería. No estaba allí diecinueve años atrás. Para él, Tessa era una desconocida.

Havers frunció el ceño.

– Pero ¿decapitar a su primer marido? Habría sido mucho más fácil divorciarse de él.

– No para una católica.

– De todos modos, Russell me parece un candidato mucho más apropiado. ¿Quién sabe adónde fue? -Lynley no dijo nada y ella inquirió-: ¿Señor?

Lynley titubeó, mirando la carretera con más atención de la necesaria.

– Creo que Tessa está en lo cierto. Ese hombre está en Londres.

– ¿Cómo puede estar seguro de ello?

– Porque creo haberle visto, Havers. En el Yard.

– Entonces fue a denunciarla. Supongo que ella sabía desde el principio que lo haría.

– No, no lo creo.

Havers ofreció una nueva posibilidad.

– También tenemos a Ezra.

Lynley sonrió.

– ¿Porque discutió con William y éste le rompió sus acuarelas? Sí, eso podría ser un motivo de asesinato. No creo que un artista se tome a la ligera que alguien destroce su obra.

Havers abrió la boca, pero reflexionó un momento antes de hablar.

– Pero William no estaba en pijama.

– Sí que lo estaba.

– No, llevaba una camisa de dormir. ¿Recuerda? Niguel dijo que sus piernas le recordaban a un gorila. ¿Qué hacía enfundado en una camisa de dormir? Aún había luz, no era hora de ir a la cama.

– Tal vez se estaba cambiando para la cena. Está en su habitación, mira por la ventana, ve que Ezra ha invadido su propiedad y va corriendo a pararle los pies.

– Supongo que podría haber sido así.

– ¿De qué otro modo podría haber sido?

– A lo mejor estaba haciendo ejercicio.

– ¿Flexiones en ropa interior? No es probable.

– Quizás estaba con Olivia…

Lynley volvió a sonreír.

– No lo creo, si es cierto lo que sabemos de él. William parece un hombre muy puritano y no tendría ninguna relación íntima con Olivia antes de casarse.

– ¿Y qué me dice de Nigel Parrish?

– ¿Qué ocurre con él?

– Lleva el perro a la granja porque le apena que se extravíe, como un miembro honorario de la Sociedad Protectora de Animales. ¿No le parece un tanto rara esa historia?

– Sí que me lo parece, pero ¿cree de veras que Parrish estaría dispuesto a mancharse las manos con la sangre de William Teys? Por no mencionar la cabeza rodando por el suelo del establo.

– Sinceramente, creo que se desmayaría al ver una cosa así.

Ambos se echaron a reír. Por primera vez establecían una comunicación entre ellos, pero cesó casi de inmediato y se produjo un silencio incómodo, al darse cuenta súbitamente de que podrían llegar a hacerse amigos.

La decisión de ir al manicomio de Barnstingham se debió a la creencia de Lynley de que Roberta tenía todas las cartas del juego que estaban jugando: la identidad del asesino, el motivo del crimen y la desaparición de Gillian Teys. Hizo las gestiones por teléfono desde York, y ahora aparcaba ante el edificio y se volvía hacia Barbara, ofreciéndole su pitillera de oro.

– ¿Un cigarrillo?

– No, gracias, señor.

El inspector asintió, mirando el imponente edificio. Se volvió hacia ella.

– ¿Prefiere esperar aquí, sargento? -le preguntó mientras encendía el cigarrillo con un encendedor de plata, que guardó despaciosamente junto con la pitillera.

Ella le dirigió una mirada especulativa.

– ¿Por qué?

El inspector se encogió de hombros, pero ella creyó percibir algo bajo el gesto informal.

– Parece tener los huesos molidos. Creo que le iría bien descansar un poco.

– Si hablamos de cansancio, usted parece a punto de desplomarse en cualquier momento. ¿Por qué quiere que me quede aquí?

El se miró en el retrovisor. El cigarrillo le colgaba de los labios y entrecerraba los ojos para evitar el humo.

– Qué facha tengo -comentó, y dedicó unos instantes a mejorar su aspecto: enderezó el nudo de la corbata, se examinó el cabello y se sacudió una pelusa inexistente de las solapas. Ella esperaba. Finalmente sus ojos se encontraron.

– Ayer se puso un poco nerviosa en la granja -le dijo sinceramente-. Me temo que lo que vamos a encontrar aquí será mucho peor.

Por un momento ella no pudo apartar los ojos de los del inspector, pero se sobrepuso y abrió la portezuela.

– Puedo enfrentarme a lo que sea, señor -dijo abruptamente, y bajó del coche.

– La hemos mantenido en confinamiento -le decía el doctor Samuels a Lynley, mientras recorrían una galería transversal que atravesaba el edificio de este a oeste.

Barbara seguía tras ellos, aliviada al descubrir que Barnstingham no era exactamente como había imaginado cuando oyó por primera vez la palabra “manicomio”. En realidad, el edificio de estilo barroco inglés, construido sobre unos ejes transversales, apenas parecía un sanatorio. Habían penetrado por un vestíbulo que tenía la altura de dos pisos, con pilastras aflautadas que se alzaban de unas peanas adosadas a las paredes. La luz y el color eran los elementos esenciales, pues la estancia estaba pintada con una sedante tonalidad de color melocotón, las molduras decorativas eran blancas, la alfombra mullida era de un color rojizo como de orín, y mientras los retratos colgados de los muros eran oscuros y severos, de la escuela flamenca, sus personajes se las ingeniaban para parecer que pedían disculpas por esa circunstancia.

Todo esto era un alivio, pues en cuanto Lynley mencionó la necesidad de ver a Roberta, de acudir allí, Barbara se había sentido acobardada, había vuelto a experimentar aquel pánico extraño e insidioso, cosa que a Lynley no le había pasado inadvertida. Al condenado no se le escapaba ni una.

Ahora, dentro del edificio, se sentía más serena, y la sensación de seguridad se afianzó cuando cruzaron el vestíbulo e iniciaron su recorrido por la galería. Allí, los paisajes de Constable y los jarrones con flores frescas hacían olvidar la clase de establecimiento donde uno se encontraba. Llegaba desde lejos un sonido de música y cánticos.

– Es el coro -explicó el doctos Samuels-. Vengan por aquí.

El mismo Samuels había sido una sorpresa. Fuera del sanatorio, Barbara nunca habría adivinado su profesión. La palabra “psiquiatra” evocaba en ella imágenes de Freud: un rostro victoriano barbado, un cigarro puro entre los dientes y unos ojos de mirada especulativa. Pero Samuels tenía el aspecto de un hombre que se sentía más a sus anchas a lomos de caballo o caminando por los páramos que sondeando psiquis turbadas. Era apuesto, ágil y estaba bien rasurado. A Barbara le pareció que tendía a ser poco paciente con cualquiera cuya inteligencia fuese inferior a la suya. Probablemente también era una fiera en la pista de tenis.

Había empezado a sentirse totalmente cómoda en el sanatorio cuando el doctor Samuels abrió una puerta estrecha -era curioso cómo la habían ocultado mediante unos paneles- y les hizo pasar a una nueva ala del edificio. Aquél era el pabellón cerrado, y su aspecto y olor eran exactamente tal como Barbara había supuesto que serían. El alfombrado era de un color marrón muy oscuro, las paredes tenían el de la arena tostada por el sol, sin adornos y con puertas que tenían unas pequeñas ventanas al nivel de los ojos. Flotaba en la atmósfera ese olor medicinal de antisépticos, detergentes y fármacos. Se oía un tenue sonido quejumbroso de procedencia indeterminada. Podría ser el viento o cualquier otra cosa.

Barbara pensó que aquél era el sitio para los psicóticos, las muchachas que decapitan a su padre, las asesinas.

– Desde su declaración inicial no ha vuelto a decir nada -le decía el doctor Samuels a Lynley-. No es catatónica. Creo que se ha limitado a decir lo que deseaba. -Echó un vistazo a una tablilla que llevaba consigo-: “Yo lo he hecho y no lo siento”. Es lo que dijo el día que encontraron el cadáver. No ha dicho nada más desde entonces.

– ¿No hay ninguna causa médica? ¿La han examinado?

El doctor Samuels apretó los labios, ofendido. Estaba claro que aquella intrusión de Scotland Yard bordeaba el insulto, y si tenía que dar información, sería la mínima posible.

– Ha sido examinada y no ha sufrido ningún ataque de apoplejía o parálisis. Puede hablar perfectamente, pero prefiere no hacerlo.

Si le molestó el tono desabrido con el que le había respondido el médico, Lynley no lo reveló. Estaba acostumbrado a tropezar con actitudes como la del psiquiatra, con las que proclamaban que los policías eran antagonistas a quienes había que poner obstáculos, más que aliados a los que prestar ayuda. Avanzó más despacio y le habló al doctor Samuels sobre las provisiones escondidas de Roberta. Esto, por lo menos, llamó la atención del hombre. Cuando habló, sus palabras estaban en la frontera entre la frustración y la reflexión profunda.

– No sé qué decirle, inspector. Como usted supone, el almacenamiento de comida podría obedecer a un impulso compulsivo. Podría ser un estímulo o una respuesta, o quizás una fuente de gratificación o una forma de sublimación. Hasta que Roberta esté dispuesta a decirnos algo, podría obedecer a cualquier cosa.

Lynley cambió de tema.

– ¿Por qué la encerró aquí cuando estaba bajo custodia de la policía de Richmond? ¿No es eso un poco irregular?

– No lo es cuando la persona responsable firma el volante de ingreso -replicó el doctor Samuels-. Este es un sanatorio privado.

– La persona responsable… ¿Fue el comisario Nies?

Samuels meneó la cabeza con impaciencia.

– No, señor. Aquí no ingresamos pacientes al azar, sólo porque los trae la policía. -Examinó el expediente de Roberta-. Vamos a ver… Fue Gibson, Richard Gibson, que dice ser su pariente más próximo. Fue quien obtuvo el consentimiento del juez y cumplimentó los papeles.

– ¿Richard Gibson?

– Ese es el nombre que figura en el volante de ingreso, inspector -replicó Samuels-. La trajo aquí para que la tratemos hasta que se celebre el juicio. La chica está sometida a terapia intensiva. Todavía no hemos constatado ningún progreso, pero eso no quiere decir que no vaya a haberlo.

– Pero ¿por qué motivo Gibson…? -Lynley hablaba más para sí mismo que para los demás, pero Samuels, creyendo quizás que se dirigía a él, siguió hablando.

– Al fin y al cabo era su primo. Y cuanto antes se reponga Roberta, antes tendrá lugar el juicio. A menos que sea declarada legalmente incapacitada…

– En cuyo caso -concluyó Lynley, mirando sombríamente al médico-, permanecerá aquí encerrada durante toda su vida, ¿verdad?

– Hasta que se recupere. -Samuels les condujo a una pesada puerta, con un gran cerrojo-. Está ahí dentro. Es una pena que haya de estar sola, pero dadas las circunstancias…

El médico hizo un vago gesto con las manos, descorrió el cerrojo y abrió la puerta.

– Tienes visita, Roberta -anunció.

Lynley había elegido Romeo y Julieta de Porkifiev, y la música empezó a sonar casi en el mismo momento en que puso en marcha el coche. Barbara se sintió aliviada. Que la música de violines, violoncelos y violas se llevara en volandas el pensamiento y el recuerdo, que se lo llevara todo y no existiera nada más que el sonido, para no tener que pensar en la muchacha que había visto en la habitación y, lo que era más amedrentador, en el hombre que viajaba a su lado.

Aunque miraba al frente, podía ver sus manos en el volante, su vello dorado, más claro aún que el cabello, podía ver cada dedo y percibir su movimiento mientras conducía de regreso a Keldale.

Cuando se inclinó para modular el sonido, ella pudo ver su perfil. Tenía un bronceado muy ligero, que contrastaba con el color del pelo y de los ojos. La nariz era recta, clásica, y la línea de la mandíbula firme. Su rostro reflejaba claramente una fuerza interior tremenda, un carácter con recursos que escapaban a su comprensión.

¿Cómo había podido hacerlo?

La muchacha estaba sentada junto a la ventana, pero no miraba al exterior, sino a la pared, con extraña fijeza. Era una chica desmañada, muy alta y pesada. Estaba sentada en un taburete, con la espalda encorvada, en una postura que le daba un aire de derrota, y se balanceaba.

– Hola, Roberta. Me llamo Thomas Lynley y he venido para hablar contigo de tu padre.

La muchacha continuó su balanceo. Sus ojos no miraban ni veían nada. Si oía lo que le decían, no daba muestras de ello.

Tenía el cabello sucio y maloliente, peinado hacia atrás y recogido con una goma elástica, pero algunos mechones se habían escapado y le colgaban rígidos, rozando los pliegues carnosos del cuello, en el que un único adorno, una fina cadena de oro, parecía incongruente.

– El padre Hart fue a Londres, Roberta, y nos pidió que te ayudáramos. Está convencido de que no has hecho daño a nadie.

La muchacha no reaccionó. Su rostro redondo, con las mejillas y el mentón lleno de granos, carecía de expresión. La piel abotargada se extendía sobre capas de grasa que mucho tiempo atrás había difuminado las facciones, y ahora parecía de pasta grasienta y sucia.

– Hemos hablado con muchas personas en Keldale. Hemos visto a tu primo Richard, a Olivia y Bridie. Bridie se cortó el pelo, Roberta, y ha hecho un estropicio. Quería parecerse a la princesa de Gales. Su madre estaba muy enojada por ello. Nos dijo que siempre habías sido muy buena con Bridie.

Lynley no obtuvo ninguna respuesta. Roberta llevaba una falda demasiado corta que revelaba unos muslos blancos y fofos, salpicados de pústulas rojizas, cuya carne temblaba al balancearse. Calzaba unas zapatillas, pero eran pequeñas y sobresalían de ellas unos dedos gruesos como salchichas, con las uñas largas y curvadas.

– Hemos ido a la casa. ¿Has leído todos esos libros? Stepha Odell nos dijo que los has leído todos. Ha sido una sorpresa ver una cantidad tan grande de volúmenes. También vimos las fotografías de tu madre. Era muy guapa, ¿verdad?

El silencio siguió a estas palabras. Los brazos de la muchacha colgaban a los costados. Sus pechos enormes tensaban el tejido barato de la blusa, cuyos botones apenas podían mantenerse en su sitio mientras proseguía la presión del balanceo y cada movimiento hacía que la carne se moviera de un lado a otro en una pavana reverberante.

– Puede que esto sea un poco duro para ti, Roberta, pero hoy hemos visto a tu madre. ¿Sabes que vive en York? Allí tienes un hermano y una hermana. Nos dijo cuánto os quería tu padre a ti y a Gillian.

El movimiento cesó, no hubo ningún cambio en la expresión del rostro, pero empezaron a fluir las lágrimas, unos silenciosos y feos riachuelos de dolor callado que avanzaban entre los pliegues de grasa y escalaban los picos de acné. Pronto los mocos acompañaron a las lágrimas. Empezaron a descender desde la nariz, como un cordón viscoso, le tocaron los labios y se arrastraron hacia el mentón.

Lynley se agachó ante ella. Se sacó del bolsillo un pañuelo blanco e impecable y limpió el rostro de Roberta. Luego le cogió la mano gruesa e inerte y la apretó con firmeza.

– Escucha, Roberta -le dijo, pero ella no respondió-. Encontraré a Gillian.

Se puso en pie, dobló el elegante pañuelo, decorado con un monograma, y se lo guardó.

Barbara recordó las palabras de Webberly: “Puede aprender mucho trabajando con Lynley”.

Ahora lo sabía. No podía mirarle, no se atrevía a afrontar su mirada. Sabía lo que descubriría en sus ojos, y pensar en la ligereza con que le había considerado un esnob de la clase alta le hizo estremecerse.

Era el hombre que bailaba en los clubes nocturnos, que dispensaba favores sexuales, que siempre estaba de juerga, que se movía como pez en el agua en un mundo dorado de riqueza y privilegios…

Nunca habría creído que detrás de todo eso hubiera un hombre como el que acababa de ver.

Lynley salió limpiamente del molde que ella había creado y lo destruyó totalmente sin volver la vista atrás. De algún modo, Barbara tenía que hacerle encajar de nuevo en ese molde, pues, si no lo hacía, los fuegos de su interior que durante tantos años la habían mantenido viva se extinguirían rápidamente. Y entonces, lo sabía muy bien, moriría en el frío.

Tal era el pensamiento con el que llegó a Keldale, ansiosa por huir de él. Pero cuando el Bentley tomó la última curva antes de entrar en el pueblo, Barbara supo de inmediato que no habría ninguna posibilidad de huida rápida, pues Nigel Parrish y otro hombre discutían con violencia en el puente, en la misma calzada por donde había de pasar el coche.

CAPÍTULO NUEVE

La música de órgano parecía surgir de los mismos árboles, aumentaba en crescendos, se diluía y volvía a rugir, con una combinación barroca de acordes, pausas y floreos que hacía pensar a Lynley que en cualquier momento el fantasma llegaría columpiándose en las grandes arañas de la ópera. Cuando apareció el Bentley, los dos hombres que discutían se separaron, el desconocido gritó una última imprecación violenta a Nigel Parrish antes de irse hacia la parte alta del pueblo.

– Creo que voy a tener una charla con nuestro Nigel -observó Lynley-. No es necesario que venga, Havers. Vaya a descansar un poco.

– Puedo perfectamente…

– Es una orden, sargento.

– Sí, señor – dijo ella, maldiciéndole para sus adentros.

Lynley esperó hasta que Havers entró en la hostería y retrocedió a través del puente hasta la casa pequeña y extraña que se levantaba en el extremo del común y cuya estructura era muy curiosa. La fachada del edificio estaba cubierta por celosías cuajadas de rosas, las cuales, sin ningún obstáculo a su crecimiento, se extendían exuberantes hacia las estrechas ventanas a cada lado de la puerta. Las flores trepaban por la pared, coronaban majestuosamente el dintel y ascendían para aposentarse en el tejado. Formaban un manto de color intenso, rojo como la sangre, y llenaban la atmósfera de un aroma tan denso que llegaba a ser enfermizo. El efecto que producían estaba a un paso de la obscenidad.

Nigel Parrish ya había entrado, y Lynley le siguió, deteniéndose junto a la puerta abierta para examinar el interior. La fuente de la música que seguía envolviéndole era un sistema de audición casi increíble. En cada uno de los cuatro rincones había un amplificador enorme, que creaba un vórtice de sonido en el centro. Aparte de un órgano, un magnetófono, un receptor de radio y un tocadiscos, no había nada en la estancia salvo una alfombra deshilachada y unas sillas viejas.

Parrish apagó el magnetófono, rebobinó la cinta, la extrajo del aparato y la guardó en su estuche. Hizo todo esto con lentitud, haciendo cada movimiento con una precisión por la que Lynley supo que era consciente de su presencia en la puerta.

– Señor Parrish…

El hombre se volvió en redondo, al parecer sorprendido. Una sonrisa apareció en su rostro, pero no pudo ocultar el hecho de que le temblaban las manos. Parrish pareció percatarse de ello al mismo tiempo que Lynley, pues se apresuró a meterlas en los bolsillos de sus pantalones de tweed.

– ¡Hola, inspector! Ha venido a visitarme. Siento que haya presenciado esa desagradable escena con Ezra.

– De modo que ese hombre era Ezra.

– Así es, el rubio y almibarado Ezra. -El esfuerzo que hacía para sonreír resultaba patético-. El querido muchacho creyó que la “licencia artística” le daba permiso para entrar en mi jardín trasero y estudiar los efectos de la luz en el río. ¿Ve usted qué descaro? Aquí estaba yo, afinando mi psique con la música de Bach, cuando miré por la ventana y le vi instalándose con sus trastos. Intolerable, vamos.

– Y ya es un poco tarde para ponerse a pintar -observó Lynley, acercándose a la ventana. Desde allí no se veía el río ni el jardín. Reflexionó en la naturaleza de la mentira de Parrish.

– Bueno, quién sabe lo que piensan esos grandes magos del pincel – dijo Parrish jovialmente-. ¿Acaso Whistler no pintaba el Támesis en plena noche?

– No estoy seguro de que Ezra Farmington pertenezca a la liga de Whistler.

Lynley observó cómo Parrish sacaba un paquete de cigarrillos y procuraba encender uno, operación que dificultaba el temblor de sus dedos. Cruzó la habitación y ofreció al otro la llama de su encendedor.

Los ojos de Parrish se encontraron con los suyos y quedaron ocultos por un velo de humo.

– Gracias -le dijo-. Lamento que haya visto ese estúpido espectáculo. En fin, no le he dado la bienvenida a la Villa Rosa. ¿Una copa? ¿No? Espero que no le importe si yo tomo un trago.

Entró en una habitación contigua y al poco se oyó un tintineo de cristal. Hubo una larga pausa, seguida nuevamente por el sonido de botellas y vasos, y Parrish apareció provisto de un vaso que contenía una respetable cantidad de whisky. Lynley especuló que debía de ser el segundo o tercero.

– ¿Por qué va a beber a la Paloma y el Silbato?

Esta pregunta cogió desprevenido a Parrish.

– Tenga la bondad de sentarse, inspector. Yo necesito hacerlo, y la idea de que usted esté en pie, por encima de mí como Némesis en persona, me atemoriza.

Lynley pensó que esto era una excelente táctica dilatoria, pero un juego en el que podían participar fácilmente dos personas. Se acercó al estéreo y pasó un rato haciendo inventario de las cintas de Parrish, una notable colección de Bach, Chopin, Verdi, Vivaldi y Mozart, así como una adecuada representación de músicos modernistas. Era evidente que Parrish era ecléctico en cuanto a gustos musicales. Cruzó la habitación, se sentó en una de las pesadas sillas tapizadas y se quedó mirando las negras vigas de roble que se extendían en el techo.

– ¿Por qué vive en este pueblo remoto? Es evidente que un hombre con su gusto musical y su talento estaría mucho más cómodo en un entorno más cosmopolita, ¿no es cierto?

Parrish emitió una risa breve y se pasó una mano por el cabello perfectamente peinado.

– Creo que me gusta la otra pregunta. ¿Tengo la opción de responder a una de ellas?

– El Santo Grial está a la vuelta de la esquina, pero usted acude al otro extremo del pueblo, a pesar de que, según dice, ya no está para esos trotes, sólo para beber en la otra taberna, la del Camino de San Chad. ¿Qué atractivo tiene ese establecimiento?

– Absolutamente ninguno -respondió Parrish, al tiempo que jugueteaba con los botones de un puño de su camisa-. Podría decirle que está Hannah, pero dudo que me creyera. La verdad es que prefiero la atmósfera de La Paloma. Eso de emborracharse delante mismo de la iglesia parece un tanto blasfemo, ¿no lo cree así?

– ¿Evita a alguien en el Santo Grial? -inquirió Lynley.

– ¿Evitar…? -La mirada de Nigel pasó de Lynley a la ventana.

Una rosa totalmente abierta besaba el vidrio con unos labios enormes. Los pétalos habían empezado a curvarse, mientras que el estigma, el pistilo y los filamentos estaban ennegrecidos. Sería preciso arrancarla, pero tardaría en morir.

– En absoluto. ¿A quién iba a evitar? ¿Quizás al padre Hart? ¿O al querido y difunto William? Este y el cura solían empinar el codo ahí una o dos veces por semana.

– No les tenía mucha simpatía a los Teys, ¿verdad?

– No, es cierto. Los beatos nunca me han sido simpáticos. No sé cómo Olivia aguantaba a aquel hombre.

– Quizás quería un padre para Bridie.

– Quizás. Bien sabe Dios que a la niña le haría falta cierta influencia paterna, y hasta el viejo y áspero William probablemente era mejor que nada. Liv no sabe qué hacer con ella. -Extendió las piernas y movió los pies a un lado y otro, como si examinara el lustre de sus zapatos-. Yo cuidaría de ella, pero, si he de serle franco, los niños no me gustan gran cosa y los “patos” en absoluto.

– Pero, en cualquier caso, tiene una estrecha relación con Olivia.

La expresión de Parrish no reveló nada.

– Fui compañero de escuela de su marido, Paul. ¡Qué hombre era aquél! ¡Divertidísimo!

– Murió hace cuatro años, ¿no?

Parrish asintió.

– A causa de la corea de Huntington. Al final, ni siquiera reconocía a su mujer. Fue horrible. Verle morir así cambió las vidas de cuantos le rodeaban. – Parpadeó varias veces y su atención se centró en el cigarrillo y luego en sus uñas, las cuales estaban bien cuidadas. El hombre sonrió de nuevo. La sonrisa era su arma defensiva, su manera de negar cualquier emoción que pudiera surgir a través de la superficie de su indiferencia-. Supongo que ahora me preguntará dónde estaba yo la noche fatal. Me encantaría poder darle una coartada, inspector. Que estaba en la cama con la puta del pueblo sería estupenda. Pero no sabía que aquella noche nuestro querido William tendría un encuentro con un hacha, por lo que me quedé en casa, tocando el órgano, completamente solo. ¿No es suficiente para quedar libre de toda sospecha? Quizás podría decir que quienquiera que me oyera estará en condiciones de atestiguar lo que digo.

– ¿Como hoy, tal vez?

Parrish ignoró esta pregunta y apuró su vaso.

– Cuando terminé, me fui a la cama. De nuevo, por desgracia, completamente solo.

– ¿Desde cuándo vive en Keldale, señor Parrish?

– Ah, volvamos a la idea inicial, ¿no es así? Déjeme ver. Desde hace cerca de siete años.

– ¿Y antes?

– Vivía en York, inspector. Enseñaba música en la escuela. Si va a investigar mi pasado en busca de detalles sabrosos, le diré que no, no me despidieron. Me marché por propia voluntad, porque quería vivir en el campo y disfrutar de cierta paz. -Su voz se elevó algo al pronunciar la última palabra.

Lynley se puso de pie.

– Entonces le dejaré en paz. Buenas noches.

Cuando el inspector salía de la casa, la música empezó a sonar de nuevo, esta vez menos estridente, pero no antes de que la nota discordante de un vaso roto contra alguna superficie de piedra le dijera la manera en que Nigel Parrish celebraba su marcha.

– Espero que no le moleste, pero le he reservado una mesa para cenar en Keldale Hall -le dijo Stepha Odell, la cual ladeó la cabeza y miró a Lynley pensativamente.- Sí, creo que hice lo apropiado. Esta noche parece necesitar una buena cena.

– ¿Acaso me estoy quedando en los huesos por momentos?

Ella cerró un libro de registro y lo colocó en un estante detrás del mostrador.

– En absoluto. La comida es excelente, desde luego, pero no es por eso por lo que le he reservado mesa ahí. Ese sitio es una de nuestras principales diversiones. Lo dirigen los excéntricos de la localidad.

– No les falta nada, ¿eh?

Ella rió.

– Tenemos todos los placeres que proporciona la vida, inspector. ¿Tomará una copa o está todavía de servicio?

– No diría que no a una jarra de cerveza de Odell.

– Estupendo. -Stepha le precedió al salón y se dispuso a servir la cerveza-. La familia Burton-Thomas dirige Keldale Hall. Nadie sabe con certeza cuál es su relación, y a la señora Burton-Thomas le gusta mantener la incertidumbre. Juraría que tiene media docena de hijos que, según ella, la llaman “tía”, por no mencionar a sus sobrinos verdaderos, que trabajan ahí como camareras, sirvientes y cocineros.

– Eso parece tener un sabor muy del siglo XIX -observó Lynley.

Stepha deslizó su cerveza sobre la barra pulimentada y se sirvió una jarra más pequeña.

– No, no son gente anticuada. Espere a conocerlos y verá. Los conocerá a todos, pues la señora Burton-Thomas siempre cena con sus comensales. Cuando telefoneé para hacer la reserva, se entusiasmó con la idea de que un miembro de Scotland Yard cene a su mesa.

Sin duda envenenará a alguien para ver cómo trabaja usted. Pero no hay mucho donde escoger. Dice que en estos momentos sólo aloja a dos parejas: un dentista americano y dos tortolitos, como ella dice.

– Parece exactamente la clase de velada que necesito -dijo Lynley. Se acercó a la ventana, con el vaso en la mano, y miró el sendero serpenteante que era el Camino de la Abadía de Keldale. No podía ver gran cosa, pues se curvaba a la derecha y desaparecía bajo el arco protector de los árboles.

Stepha se reunió con él. Permanecieron unos instantes en silencio.

– Espero que haya visto a Roberta -le dijo por fin.

El se volvió, creyendo que la mujer estaría mirándole, pero no la hacía, sino que miraba fijamente la jarrita de cerveza que sujetaba y la que hizo girar lentamente en la palma de la mano, como si toda su concentración estuviera puesta en el equilibrio del recipiente y la necesidad absoluta de no derramar ni una gota.

– ¿Cómo lo ha sabido?

– De niña era muy alta, la recuerdo bien. Casi tan alta como Gillian. Era una muchacha corpulenta. -Con una mano mojada por la humedad del vaso, se apartó algunas hebras de cabello de la frente. Sus dedos dejaron una tenue raya en la piel, que se frotó con impaciencia-. Ocurrió muy lentamente, inspector. Primero sólo estaba llenita… se le notaba una tendencia a la obesidad, pero eso era todo. Luego… se puso como usted la ha visto hoy. -El estremecimiento que recorrió su cuerpo fue revelador y, como si se hubiera dado cuenta de lo que implicaba su reacción, añadió-: Es un defecto terrible, ¿verdad? Siento una aversión exagerada hacia la fealdad. Ciertamente, no me gusta ese rasgo de mi carácter.

– Pero no me ha respondido.

– ¿Ah, no? ¿Qué me ha preguntado?

– Cómo ha sabido que he visto a Roberta.

Un ligero rubor cubrió las mejillas de Stepha. Se movió inquieta y pareció tan incómoda que Lynley lamentó haberla presionado.

– No importa -le dijo.

– Es sólo que… ha cambiado usted un poco desde esta mañana. Está más agobiado y tiene arrugas en las comisuras de la boca. -El rubor se intensificó-No las tenía antes.

– Ya veo.

– Por eso me pareció que la había visto.

– Pero lo supo sin necesidad de preguntar.

– Sí, supongo que sí. Y me pregunté cómo puede soportar la fealdad de las vidas de otras personas, tal como lo hace.

– Vengo haciéndolo desde hace años y uno se acostumbra a todo, Stepha.

El hombretón estrangulado mientras estaba sentado ante su mesa, la sucia muchacha muerta y con la aguja clavada en el brazo, la salvaje mutilación del cadáver de un joven. ¿De veras llegaba uno a acostumbrarse al lado sombrío del ser humano?

Ella le miró entonces con una franqueza sorprendente.

– Pero sin duda es como contemplar un infierno.

– Sí, un poco.

– ¿Y no ha deseado escapar de todo eso? ¿Salir corriendo en la otra dirección? ¿Nunca? ¿Ni una sola vez?

– Uno no puede pasarse la vida huyendo.

Ella desvió la vista y volvió a mirar a través de la ventana.

– Yo sí puedo -murmuró.

Barbara oyó los golpes y apagó el tercer cigarrillo. Miró a su alrededor presa del pánico, abrió la ventana y corrió al lavabo para tirar la colilla a la taza. Los golpes arreciaron y la voz de Lynley la llamó por su nombre.

La sargento fue a abrir. El titubeo y miró por encima de su hombro con curiosidad antes de hablar.

– Hola, Havers, traigo noticias. Parece ser que la señora Odell quiere que tomemos una cena más sustanciosa, y nos ha reservado una mesa en Keldale Hall. -Consultó su reloj-. Iremos dentro de una hora.

– ¿Qué? -exclamó ella, alarmada-. Me temo que no puedo… no creo que…

Lynley enarcó una ceja.

– Por favor, Havers, no me venga ahora con las mismas monsergas de Helen, que no tiene nada que ponerse, etcétera.

– ¡Pero es cierto! -protestó ella-. Vaya usted solo. Yo comeré algo en la Paloma y el Silbato.

– En vista de su reacción ante la comida que nos sirvieron ahí ayer, ¿cree que es sensato repetir la experiencia?

Era un golpe bajo, y ella le maldijo en silencio.

– No me gusta el pollo, nunca lo como.

– Magnífico. Tengo entendido que el cocinero del Hall es todo un gourmet. Dudo que haya ningún bicho con plumas, a menos, claro, que Hannah sea la camarera.

– Pero es que no puedo…

– Es una orden, Havers. Dentro de una hora.

Tras estas palabras, el inspector giró sobre sus talones y se marchó. Barbara volvió a maldecirle en su interior y cerró la puerta con la brusquedad suficiente para mostrar su disconformidad. Buena velada le aguardaba: cubertería de plata, copas de cristal tallado y camareros que se llevan cuchillos y tenedores antes de que una haya descubierto qué hacer con ellos. El pollo con guisantes de la Paloma y el Silbato parecía una bendición comparado con aquel engorro.

Abrió el armario ropero y examinó su contenido. ¿Qué podría llevar para mezclarse adecuadamente con la sociedad elegante? ¿La falda de tweed marrón y el pulóver a juego? ¿Los pantalones de drill y las botas? ¿Quizás el traje azul, a fin de que Lynley recordara a Helen con su impecable guardarropía, su cabello bien cortado, la manicura perfecta de sus manos y su voz lírica?

Sacó un vestido camisero de lana blanca y lo arrojó sobre la cama deshecha. La verdad es que, bien mirado, incluso resultaba divertido. ¿Creería la gente que salían juntos? ¿Apolo llevando a cenar a Medusa? ¿Cómo encajaría él las miradas y las burlas?

Una hora después, ni un segundo más ni menos, Lynley volvió a llamar a la puerta. Ella se miró en el espejo y sintió que se le revolvía el estómago. El vestido le sentaba muy mal, parecía un barril con piernas cubierto con una tela blanca. Abrió la puerta y le miró furiosa. Él iba impecablemente vestido.

– ¿Siempre lleva trajes con usted? -le preguntó, incrédula.

– Lo mismo que los muchachos exploradores -respondió él sonriente.- ¿Nos vamos?

La acompañó con galantería por la escalera y le abrió la portezuela del coche, todo ello con la naturalidad de un caballero de nacimiento. Como un piloto automático, se dijo Barbara irónicamente. ¿Por qué no se ponía su atuendo de terrateniente y se olvidaba de Scotland Yard?

Como si le hubiera leído la mente, el inspector se volvió hacia ella antes de poner el coche en marcha.

– Havers, me gustaría dejar el caso de lado durante el resto de la velada.

¿De qué diablos hablarían si el asesinato de Teys iba a ser tabú?

– De acuerdo -replicó ella bruscamente.

Lynley asintió y puso el motor en marcha.

– Me encanta esta parte de Inglaterra -le dijo mientras tomaba la carretera de la abadía-. ¿No le había dicho que soy un yorkista descarado?

– ¿Un yorkista?

– En estos parajes tuvo lugar la Guerra de las Rosas. La casa del sheriff Hutton no está lejos de aquí y la de Middleham a tiro de piedra, como suele decirse.

– No lo sabía.

Y ahora le largaba una lección de historia, porque todo lo que sabía ella de la Guerra de las Rosas era que había existido un conflicto con ese nombre.

– Ya sé que uno está obligado a tener una mala idea de los York, ya que, al fin y al cabo, eliminaron a Enrique VI. -Tamborileó con los dedos sobre el volante, pensativo-. Pero, a mi modo de ver, eso fue un acto de justicia. Pomfret y el asesinato de Ricardo II a manos de su propio sobrino. Matando a Enrique parece que se cerró el círculo del crimen.

Ella trenzó el vestido de lana blanco entre los dedos y suspiró, derrotada.

– Verá, señor, esto no se me da bien y… bueno, estaría mucho mejor en la Paloma y el Silbato. Si tuviera la bondad…

Lynley frenó repentinamente al borde de la carretera.

– Por favor, Barbara. -Ella sabía que la estaba mirando, pero mantenía los ojos fijos en la oscuridad y contaba las mariposas nocturnas que revoloteaban bajo la luz de los faros-. ¿Por qué no se comporta por una sola noche tal como es? Sea usted misma, por Dios.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó ella en un tono que le pareció demasiado suspicaz.

– Significa que puede dejar de actuar, o, por lo menos, deseo que lo haga.

– ¿Actuar?

– Simplemente sea usted misma.

– ¿Cómo se atreve…?

– ¿Por qué finge que no fuma?

– ¿Y usted por qué finge ser un esnob de la clase rica? -replicó ella, y en el acto pensó que se había excedido.

Se hizo una pausa de silencio. Luego él echó atrás la cabeza y se rió.

– Tocado. ¿Por qué no hacemos una tregua durante el resto de la velada y por la mañana seguimos desdeñándonos mutuamente?

Ella le miró furibunda y entonces, a su pesar, sonrió. Sabía que aquel hombre la estaba manipulando, pero no le importaba.

– De acuerdo -dijo a regañadientes, pero observó que ninguno de los dos había respondido a la pregunta del otro.

Al llegar a Keldale Hall les recibió una mujer que hizo perder a Barbara los temores por su atuendo que Lynley no había podido disipar. Vestía una falda de color indefinido, horadada por las polillas, una blusa de gitana decorada con estrellas y un chal con lentejuelas echado sobre los hombros, como una manta india. Tenía el pelo gris recogido con dos cintas elásticas, una a cada lado del cuello, y para completar el conjunto se había puesto en la cabeza una peineta española de carey.

– ¿Son de Scotland Yard? -preguntó, mirando a Lynley con ojo crítico-. Dios mío, no los vestían así cuando yo era joven. -Soltó una risotada-. ¡Pasen! Hoy somos pocos, pero me han librado de asesinar a alguien.

– ¿Cómo es eso? -preguntó Lynley, haciendo que Barbara pasara delante.

– Tengo aquí una pareja de americanos a los que me encantaría matar. Pero dejemos eso. Ya lo comprenderán en seguida. Estamos reunidos ahí dentro. -Les precedió a través del enorme vestíbulo, en el que flotaban diversos olores procedentes de la cocina cercana-. No les he dicho que ustedes son de Scotland Yard -les confió sin bajar el tono de voz, al tiempo que se ajustaba el chal de lentejuelas-. Cuando conozcan a los Watson, sabrán por qué. -Cruzaron el comedor, donde la luz de las velas arrojaba sombras sobre las paredes. Había una mesa enorme, con un mantel blanco y puesta con vajilla de porcelana y cubiertos de plata-. Los otros son una pareja de recién casados, de Londres. Me gustan. No se manosean en público como suelen hacer tantas parejas. Son muy tranquilos y muy amables. Supongo que no les gusta llamar la atención porque el hombre está lisiado. Pero la esposa es una criatura adorable.

Barbara se dio cuenta de que Lynley retenía el aliento. Los pasos detrás de ella se hicieron más lentos y luego se detuvieron por completo.

– ¿Quiénes son? -preguntó con voz ronca.

– Se llama Allcourt-Saint James -dijo la mujer mientras abría la puerta.- ¡Tenemos compañía! -anunció.

Barbara se dio cuenta de la calidad fotográfica de la escena. El fuego ardía en la chimenea, siseando al tiempo que las llamas devoraban el carbón. A su alrededor había unos cómodos sillones. En el extremo de la sala, tocada por las sombras, Deborah Saint James estaba inclinada sobre el piano, hojeando con expresión complacida en un álbum familiar. Alzó la vista, sonriente, y los hombres se pusieron en pie. Los presentes quedaron inmovilizados y silenciosos.

– Dios mío -susurró Lynley, y su tono reflejaba plegaria, maldición y resignación.

Al oírle, Barbara le miró y comprendió de repente. Era ridículo que no lo hubiera visto antes. Lynley estaba enamorado de la mujer del otro.

– ¡Encantado de conocerles! Qué virguería de traje que lleva, amigo -dijo Hank Watson, tendiendo la mano a Lynley, una mano algo húmeda de sudor, por lo que era como estrechar a un pez cálido y crudo-. Soy dentista -explicó-. He venido a la convención de la ADA en Londres. Los impuestos nos comen vivos. Esta es Jojo, mi esposa.

Una vez efectuadas las presentaciones, la señora Burton-Thomas tomó de nuevo la palabra.

– Tengo por norma tomar cava antes de la cena, y si es posible, también antes del desayuno. ¡Trae el vino, Danny! -gritó en dirección a la puerta, y poco después entró una muchacha en la sala, con un cubo de hielo, cava y copas.

– ¿A qué se dedica, amigo? -preguntó Hank a Lynley mientras les llenaba las copas-. Pensé que Simon, aquí presente, era algo así como profesor universitario, y me entró el telele cuando dijo que se dedicaba a la cosa forense.

– La sargento Havers y yo trabajamos en Scotland Yard -respondió Lynley.

– ¡Arrea! ¿Has oído eso, cariño? -Miró a Lynley con renovado interés-. ¿Han venido por el misterio del bebé?

– ¿Qué misterio?

– Es un caso que ya tiene tres años de antigüedad y supongo que a estas alturas las pistas son bastante escasas. -Hank guiñó un ojo a Danny, la cual estaba colocando la botella de cava en el cubo de hielo-. El bebé muerto en la abadía, ya sabe.

Lynley no sabía nada ni quería saberlo. No podría haber respondido aunque su vida dependiera de ello. Se sentía incómodo, sin saber adónde mirar ni qué decir. Sólo era consciente de la presencia de Deborah.

– Hemos venido por el misterio de la decapitación -dijo entonces Havers en tono cortés, mucho más de lo habitual en ella.

– ¿De-ca-pi-ta-ción? -gruñó Hank-. ¡En esta región del país no ganas para sustos! ¿No es cierto, Jojo?

– Desde luego -dijo su esposa, asintiendo solemnemente. Acarició el largo collar de perlas que llevaba y miró esperanzada a los silenciosos esposos Saint James.

– Venga, dele a la maldita -dijo Hank, que se había inclinado hacia delante en su sillón, acercándose más a los Saint James.

– ¿Cómo ha dicho?

– Que suelte la lengua y nos cuente la verdad, la auténtica verdad de lo ocurrido. -Dio una palmada al brazo del sillón en el que Lynley estaba sentado-. ¿Quién lo hizo, amigo?

Era demasiado. Aquel lamentable hombrecillo con el rostro casi congestionado por la excitación era intolerable. Llevaba un traje de poliéster de color azafrán, una camisa estampada a juego, y del cuello le colgaba una pesada cadena de oro con un medallón que oscilaba sobre el vello hirsuto del pecho. En un dedo brillaba un diamante del tamaño de una nuez, y sus dientes blancos lo parecían todavía más a causa del intenso bronceado de su piel. Movía las aletas de su nariz bulbosa, revelando la negrura de las fosas nasales.

– No estamos seguros del todo -replicó Lynley seriamente-, pero usted encaja en la descripción.

Hank fijó en él sus ojos saltones.

– ¿Que encajo en la descripción? -gruñó. Entonces miró a Lynley más de cerca y sonrió-. ¡Caramba con ustedes, los británicos! ¡No acabo de cogerle el truco a su sentido del humor! Pero voy mejorando, ¿no es cierto Simon?

Finalmente Lynley miró a su amigo y vio que sonreía divertido.

– Sin duda alguna -respondió Saint James.

Cuando regresaban a la hostería por la oscura carretera, Barbara observó furtivamente a Lynley. Hasta aquella noche, le había parecido impensable que semejante hombre tuviera un fracaso amoroso. Sin embargo, allí mismo, en las afueras del pueblo, se hallaba la prueba innegable: Deborah.

Recordó el momento de silencio embarazoso, durante el que los tres se miraron entre sí antes de que ella se adelantara, con el rostro sonriente y la mano tendida.

– ¡Tommy! -exclamó la señora Saint James-. ¿Qué estás haciendo en Keldale?

Él no supo qué responder. Barbara se dio cuenta e intervino.

– Una investigación -replicó.

Entonces aquel fastidioso tipejo americano se puso en medio -en realidad, la suya fue una intervención oportuna- y los tres volvieron a respirar con normalidad.

Con todo, Saint James permaneció donde estaba, al lado de la chimenea, saludando cortésmente a su amigo pero sin hacer ningún otro movimiento, aparte de seguir con la mirada a su esposa. Si le preocupaba la inesperada llegada de Lynley, si sentía celos ante los palpables sentimientos de aquel hombre, su rostro no reveló nada.

Deborah era, de los dos, la más obviamente turbada. Se había ruborizado y entrelazaba y separaba repetidas veces las manos sobre el regazo. Sus ojos se movían incansables entre los dos hombres, y no ocultó el alivio que experimentaba cuando Lynley sugirió que se marcharan a la primera oportunidad después de la cena.

Ahora estacionaba el Bentley delante de la hostería. Tras cerrar el contacto, se recostó en el asiento y se frotó los ojos.

– Tengo la sensación de que podría dormir durante todo un año. ¿Cómo cree que la señora Burton-Thomas va a librarse de ese dentista inaguantable?

– ¿Arsénico, quizás?

El rió.

– Tendrá que hacer algo. Hablaba como si quedarse ahí otro mes fuese la ilusión de su vida. ¡Qué pelmazo!

– No es agradable tropezarse con un tipo así durante la luna de miel – admitió ella, y se preguntó si él seguiría el hilo de la conversación y le diría algo sobre Saint James y Deborah, sobre la extraña coincidencia de su encuentro en aquel lugar remoto. Incluso se preguntó si le revelaría cómo había llegado a ocupar el peor lado posible de aquel inusitado triángulo amoroso.

Pero en vez de replicar, él bajó del coche y cerró la portezuela. Barbara le observó sutilmente mientras se le aproximaba. Su calma era absoluta, tenía un dominio de sí mismo total. Si había algún cambio en él, quizás era el retorno de su máscara de afectación.

Se abrió la puerta de la hostería y el rectángulo de luz enmarcó a Stepha Odell.

– Me pareció oír su coche -le dijo-. Tiene una visita, inspector.

Deborah contempló su imagen reflejada en el espejo. El no había dicho una sola palabra desde que entraron en el dormitorio, y se había limitado a acercarse al fuego y sentarse en el sillón, con una copa de coñac en la mano. Ella le contempló, sin saber qué decirle, temerosa de franquear el muro de su repentino aislamiento. “No sigas por ese camino, Simon -quería gritarle-. No te alejes de mí, no vuelvas a esa oscuridad”. Pero ¿cómo podía decírselo y arriesgarse a que su marido le echase en cara sus sentimientos hacia Tommy?

Abrió el grifo del lavabo y contempló melancólica el fluir del agua. ¿En qué pensaba él, a solas en la habitación? ¿Se sentía acosado por Tommy? ¿Se preguntaba acaso si ella cerraba los ojos cuando hacía el amor con él para poder así pensar en él? Nunca le había preguntado nada, ni una sola vez la había interrogado. Simplemente aceptaba lo que ella decía, lo que le daba. Así pues, ¿qué podía ella decirle o darle ahora, con su pasado y con Tommy interpuestos entre los dos?

Se humedeció la cara varias veces, se secó, cerró el grifo y se obligó a regresar al dormitorio. El corazón le dio un vuelco al ver que él se había acostado. El pesado tensor yacía en el suelo, cerca de la silla, y las muletas estaban apoyadas en la pared, al lado de la cama. La habitación estaba a oscuras, pero a la débil luz de los rescoldos que aún ardían en la chimenea, vio que él estaba despierto, sentado en la cama y apoyado en las almohadas, contemplando el resplandor de las ascuas.

Deborah fue hacia él y se sentó en el borde de la cama.

– Estoy confusa -le dijo.

El buscó su mano a tientas.

– Lo sé. He intentado encontrar la manera de ayudarte, pero no sé que hacer.

– Le herí, Simon. No me lo propuse, pero ocurrió de todos modos y no puedo olvidarlo. Cuando le veo, me siento responsable de su dolor y quiero hacerlo desaparecer. Yo… quizás entonces me sentiría mejor, menos culpable.

El le tocó la mejilla y recorrió el perfil de su mandíbula.

– Si fuera tan fácil, amor mío… No puedes disipar su dolor, no está en tu mano ayudarle. Tiene que hacerlo solo, pero es muy duro, porque te quiere. Y eso no lo cambia el hecho de que lleves una alianza matrimonial, Deborah.

– Simon…

Él no la dejó terminar.

– Lo que me molesta es ver el efecto que ejerce sobre ti. Veo que te sientes culpable y deseo librarte de ese sentimiento, pero no sé cómo. Ojalá lo supiera. No me gusta verte tan desdichada.

Ella le escrutó el rostro, hallando consuelo y paz en los surcos y los ángulos, un rostro trabajado por el sufrimiento, sin belleza, un catálogo de aflicciones padecidas, superadas y vueltas a padecer. Se sintió henchida de amor hacia él, y la súbita intensidad de la emoción puso un nudo en su garganta.

– ¿De veras te preocupabas por mi mientras estabas aquí sentado, a oscuras? Qué propio de ti, Simon.

– ¿Por qué dices eso? ¿Qué crees que hacía?

– Atormentarte con… cosas del pasado.

– Ven aquí. -La tomó en sus brazos y apoyó la mejilla en su cabeza-. No voy a mentirte, Deborah. No resulta fácil para mí, sabiendo que Tommy fue tu amante. Si hubiera sido cualquier otro, podría haberle atribuido toda clase de defectos para convencerme de que no era digno de ti. Pero ése no es el caso, ¿no es cierto? El es un buen hombre, te merece, y nadie lo sabe mejor que yo.

– Y eso te obsesiona. Es lo que creía.

– No, no me obsesiona en absoluto. -Sus dedos se deslizaron por el cabello para acariciarle la garganta y quitarle de los hombros la camisa de dormir-. Al principio sí, lo admito. Pero, sinceramente, ya la primera vez que hicimos el amor me di cuenta de que nunca tendría que pensar de nuevo en tu relación con Tommy, si no deseaba hacerlo. Y ahora -ella supo que sonreía, aunque no podía verlo- cada vez que te miro sólo pienso en ti y no existe más que el presente, no pienso en el pasado, deseo desnudarte, respirar la fragancia de tu piel, besarte en la boca, los pechos y los muslos. Lo cierto es que la confusión se está convirtiendo en uno de los problemas más serios para mí.

– Lo mismo me sucede a mí.

– Entonces, amor mío -le susurró-, quizás deberíamos concentrar todas nuestras energías en la búsqueda de una solución. -La mano de Deborah se deslizó bajo las ropas de cama, y él retuvo el aliento al notar su contacto-. Este es un buen principio -admitió en voz baja, y la besó en los labios.

CAPÍTULO DIEZ

El visitante era el comisario Nies, el cual les esperaba en el salón, junto a una mesa sobre la que había tres jarras de cerveza vacías y con una caja de cartón a su lado. Estaba en pie y tenía el aspecto de un hombre cauteloso, vigilante, jamás relajado. Apretó los labios al ver a Lynley y contrajo las aletas de la nariz, como si hubiera percibido un olor desagradable. Era el desdén en persona.

– Usted lo quería todo, inspector -dijo sin preámbulos-. Aquí lo tiene.

Dio un puntapié a la caja, no tanto para moverla como para atraer la atención del inspector hacia ella.

Nadie se movió. Era como si el odio contenido en las palabras de Nies los inmovilizara a todos. Barbara notó la tensión de Lynley como una tralla que le tensaba los músculos, pero su rostro permaneció inexpresivo.

– Esto es lo que quería, ¿no? -insistió Nies en el mismo tono desagradable. Cogió la caja y volcó su contenido sobre la alfombra-. Supongo que cuando lo pidió todo lo hizo en sentido literal. Sin duda usted no habla por hablar. ¿O quizás esperaba que se lo enviara por un recadero, evitando así otra charla conmigo?

Lynley miró los objetos esparcidos por el suelo. Parecían prendas femeninas.

– Tal vez ha bebido usted más de la cuenta -sugirió.

Nies dio un paso hacia adelante, con el rostro enrojecido.

– Le gustaría creer eso, ¿verdad? Le gustaría que me entregara a la bebida, arrepentido por haberle metido en el talego durante unos días a causa de la muerte de Davenport. No era precisamente la clase de residencia a la que está acostumbrada su señoría, ¿verdad?

Barbara nunca había reconocido tan claramente la necesidad de un hombre de golpear a otro, ni el impulso salvaje, atávico, que a menudo lleva a la satisfacción de esa necesidad. Ahora lo veía en Nies, en su postura, en sus manos cuyos dedos eran como espolones, curvados y a punto de cerrarse en un puño, en los tendones abultados del cuello. Lo que no podía comprender era la reacción de Lynley. Tras la tensión inicial, había recuperado su talante imperturbable, nada natural en aquellas circunstancias, y esto parecía ser la causa de la ira creciente de Nies.

– ¿Ha resuelto este caso, inspector? -preguntó el comisario en tono burlón-. ¿Ha practicado alguna detención? No, claro que no. Primero necesita disponer de todos los hechos, así que voy a proporcionarle unos cuantos y podrá ahorrar algo de tiempo. Roberta Teys mató a su padre. Le cortó la cabeza al desgraciado, se sentó y esperó a que descubrieran el crimen. Y no va usted a encontrar ninguna prueba inesperada que demuestre otra cosa, ni para Kerridge ni para Webberly ni para nadie. Pero se lo pasará bien buscándola, amigo. De mí no conseguirá nada más. Ahora apártese de mi camino.

Nies pasó por su lado, abrió bruscamente la puerta trasera y subió a su coche. Rugió el motor y el vehículo partió con un chirrido de neumáticos.

Lynley miró a las dos mujeres. Stepha estaba muy pálida, Havers mantenía una actitud estoica, pero ambas esperaban claramente alguna reacción por su parte. No se le ocurrió nada. Fueran cuales fuesen los motivos por los que Nies se comportaba de aquel modo, no deseaba comentarlos. Le habría gustado considerarle un paranoico, un psicópata, un loco, pero sabía demasiado bien lo que era llegar a un punto de ruptura debido al esfuerzo y el agotamiento durante un caso. Lynley se daba cuenta de que Nies estaba a un paso de derrumbarse bajo la tensión por el escrutinio a que Scotland Yard sometía su competencia. Por ello, si aquel hombre encontraba algún alivio vituperándole por el choque ocurrido entre ellos cinco años atrás, Lynley no tenía inconveniente en darle al hombre rienda suelta.

– ¿Quiere traerme el expediente de Teys, sargento? -le preguntó a Havers-. Lo encontrará en la mesa de mi habitación.

Barbara se lo quedó mirando como si estuviera pasmada.

– Señor, ese hombre…

– Está en mi escritorio -repitió Lynley.

Se acercó al montón de ropa tirado en el suelo, recogió el vestido y lo extendió como una tienda de campaña derribada sobre el sofá.

Tenía una estampación de color pastel claro, cuello de marinero blanco y mangas largas terminadas en puños blancos puestos del revés. La manga izquierda de la prenda presentaba una mancha extensa, parduzca. Otra mancha se extendía desde la altura correspondiente a los muslos hasta las rodillas, mientras que el borde de la falda estaba salpicado de manchitas del mismo color. Era sangre coagulada. Palpó el tejido y lo reconoció sin necesidad de corroborarlo con una etiqueta: seda.

También había unos zapatos: recios y grandes, de tacón alto, con barro incrustado a lo largo del reborde entre la suela y el cuerpo del zapato. También estaban salpicados con las mismas manchas pardas. Una combinación y varias prendas interiores completaban el conjunto.

– Es el vestido que se ponía para ir a la iglesia -dijo Stepha Odell, y añadió en voz apagada-: Tenía dos, uno para el invierno y otro para la primavera.

– ¿Su mejor vestido? -preguntó Lynley.

– Creo que sí.

El inspector empezó a comprender la testaruda negativa de los habitantes del pueblo a creer que la muchacha había cometido el crimen. Con cada nuevo dato obtenido, parecía más inverosímil. Havers regresó con el expediente, el rostro inexpresivo. Antes de empezar a hojearlo, Lynley no tuvo duda de que la información que deseaba no estaba allí. No se equivocó.

– Maldito sea ese tipo -musito, y miró a Havers-. No ha incluido ningún análisis de las manchas.

– Debería haberlas analizado, ¿no?

– Lo ha hecho, pero no tiene intención de darnos los resultados. No está dispuesto a hacer nada que nos facilite el trabajo.

Lynley soltó un juramento entre dientes y volvió a colocar las prendas en la caja de cartón.

– ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Havers.

El sabía la respuesta. Necesitaba a Saint James, la precisión mecánica de su mente tan adiestrada, la rápida e infalible certeza de su habilidad técnica. Necesitaba un laboratorio donde realizar las pruebas y un forense experto de su confianza. Desde cualquier ángulo que lo examinara, la solución estaba inequívocamente en Saint James.

Contempló la caja abierta a sus pies y se entregó al placer efímero de maldecir al hombre de Richmond. Pensó que Webberly estaba equivocado y él era la última persona a la que debería haber encargado el caso, pues Nies veía en ello la condena de Londres, lo veía con demasiada claridad, y consideraba a Lynley y el problema que tuvo con él como su único error grave.

Reflexionó en sus opciones. Podría pasar el caso a otro inspector: MacPherson podría presentarse en Keldale y hacerse cargo del asunto en un par de días. Pero MacPherson ya estaba bastante ocupado con los crímenes del Destripador. Sería inconcebible apartarle del único caso en el que tanto se requería su pericia sólo porque Nies no podía hacer las paces con su pasado. También podría telefonear a Kerridge, en Newby Wiske. Después de todo, Kerridge era el superior de Nies. Pero implicar a Kerridge, haciéndole morder el freno para compensar de algún modo el caso de los Romaniv, era más absurdo si cabía. Además, Kerridge no tenía los papeles, los resultados de las pruebas de laboratorio, las declaraciones. Lo único que tenía era un odio inflexible hacia Nies y la incapacidad de entenderse con éste. La situación era un tremendo torbellino político de ambición frustrada, errores y venganza. Lynley estaba harto de ello.

Pusieron un vaso ante él, sobre la mesa. Alzó la vista y se encontró con la serena mirada de Stepha.

– Creo que le irá bien un poco de cerveza Odell.

El rió brevemente.

– ¿Beberá conmigo, sargento?

– No, señor -replicó Barbara, y cuando él creía que iba seguir con su anterior conducta exasperante, de funcionario que no se aparta ni un ápice de las normas cuando está de servicio, añadió-: pero le agradecería un cigarrillo, si no le importa.

Él le ofreció la pitillera dorada y el encendedor de plata.

– Fume todos los que quiera.

Ella encendió un pitillo.

– Ponerse el vestido de los domingos para ir a cortarle la cabeza a papá… Eso no tiene sentido.

– Sí que lo tiene -dijo Stepha.

– ¿Por qué?

– Porque era domingo. Se había vestido para ir a la iglesia.

Lynley y Havers se miraron, dándose cuenta simultáneamente de lo que significaban las palabras de Stepha.

– Pero a Teys le mataron un sábado por la noche -dijo Havers.

Lynley miró el vestido metido en la caja.

– Roberta debió de levantarse como de costumbre el domingo por la mañana, se puso la ropa para ir a la iglesia y esperó a su padre. Este no estaba en la casa, por lo que probablemente la chica supuso que se encontraba en alguna parte de la granja. Como es natural, no se preocupó, puesto que él regresaría a tiempo para acompañarla a la iglesia. Probablemente jamás se había perdido una misa. Pero ante la tardanza de William empezó a sentirse preocupada y fue en su busca.

– Y le encontró en el granero -concluyó Havers-. Pero la sangre del vestido… ¿Cómo cree que llegó a mancharse así?

– Supongo que estaba conmocionada. Debió de haber cogido el cadáver y estrecharlo en su regazo.

– ¡Pero no tenía cabeza! ¿Cómo podría…?

Lynley no hizo caso de la interrupción.

– Volvió a dejar el cuerpo en el suelo y, todavía bajo el shock, se quedó allí sentada hasta que llegó el padre Hart y la encontró.

– Pero entonces… ¿por qué dijo que ella le había matado?

– Nunca dijo tal cosa -replicó Lynley.

– ¿Qué quiere decir?

– Lo que dijo fue: “Lo he hecho yo, y no lo lamento” -puntualizó Lynley con decisión.

– Eso me parece una confesión.

– En absoluto. -Lynley deslizó los dedos alrededor de la mancha del vestido y examinó las distancias entre las manchas en la falda.- Pero, desde luego, indica algo.

– ¿Qué?

– Que Roberta sabe muy bien quién mató a su padre.

Lynley se despertó sobresaltado. La luz matinal se filtraba en la estancia formando franjas delicadas que cruzaban el suelo hasta la cama. Una fría brisa movía las cortinas y acarreaba los gratos sonidos de los pájaros que despertaban y el balido lejano de las ovejas, pero nada de esto llegaba a su conciencia. Permaneció en el lecho sintiéndose deprimido y desesperado, consumido por un deseo ardiente. Ansiaba volverse y encontrar a Deborah a su lado, su cabellera extendida sobre la almohada, los ojos cerrados, sumida en el sueño. Ansiaba despertarla y notar con los labios y la lengua los sutiles cambios físicos que serían reveladores de su deseo.

Apartó las sábanas con gesto de impaciencia. Era absurdo que se entregara a tales fantasías. Empezó a vestirse a toda prisa, desordenadamente. Tenía que irse de allí.

Cogió un suéter y salió de la habitación, bajó corriendo la escalera y se encontró en la calle. Entonces se dio cuenta de que sólo eran las seis y media de la mañana.

El valle estaba cubierto por una espesa niebla que giraba delicadamente alrededor de los edificios y cubría el río. A su derecha, la calle que conducía a lo alto del pueblo estaba desierta, con todos los postigos cerrados. Ni siquiera el verdulero colocaba sus cajas en la acera. Las ventanas de Sinji estaban oscuras, la puerta de la capilla wesleyana cerrada, lo mismo que el salón de té.

Se dirigió al puente, pasó cinco minutos arrojando guijarros al río y finalmente se fijó en la iglesia.

Encaramada en su altozano, Santa Catalina dominaba apaciblemente el pueblo, y Lynley se dijo que aquél era el exorcista que necesitaba para expulsar los demonios de su pasado. Hacia allí encaminó sus pasos.

Era un templo pequeño. Rodeado de árboles y un viejo y descuidado cementerio, elevaba al cielo su espléndida fachada normanda. El semicírculo de su ábside tenía varios vitrales, mientras que el campanario, en el otro extremo, albergaba un grupo susurrante de palomas. Observó un momento su aleteo en los bordes del tejado y luego avanzó por el sendero de grava hasta la entrada con sotechado del cementerio. Se sintió inmerso en la paz del camposanto.

Deambuló entre las tumbas, mirando las lápidas apenas legibles a causa de los estragos del tiempo. La niebla matinal había humedecido la exuberante maleza que amenazaba con ocultar por completo algunas lápidas. El musgo florecía en superficies que nunca veían el sol, y los árboles cobijaban los lugares donde seres olvidados mucho tiempo atrás descansaban para siempre.

Un curioso grupo de cipreses italianos retorcidos se arqueaban sobre unas lápidas volcadas, a pocos metros de la iglesia. Sus contornos eran desconcertantes, extrañamente humanoides, como si intentaran proteger las tumbas que estaban debajo. Intrigado, Lynley avanzó en aquella dirección, y entonces la vio.

Era muy típico de ella: se había subido las perneras de los vaqueros descoloridos, se había quitado los zapatos y había penetrado descalza en la alta y húmeda vegetación, a fin de captar las tumbas con los mejores ángulos y luz. Cuán propio de ella, asimismo, era haberse olvidado por completo de su entorno: no le importaba la franja de barro que se extendía desde el tobillo a la pantorrilla, la hoja carmesí que se había enredado en su cabello ni el hecho de que él estaba tan cerca, observando sus movimientos y ansiando sin esperanza que todo volviera a ser como antes entre ellos.

La niebla baja ocultaba y revelaba a intervalos. La luz del sol a través de las ramas moteaba débilmente las piedras. Un pájaro inquisitivo observaba con ojos brillantes desde una tumba cercana. Lynley apenas pensaba en ello, pero sabía que Deborah lo captaría todo con su cámara.

Buscó a Saint James, suponiendo que estaría sentado no lejos de allí, contemplando embelesado el trabajo de su esposa. Pero no estaba a la vista. Era evidente que ella se encontraba sola.

Lynley tuvo la sensación de que la iglesia le había traicionado con su promesa anterior de consuelo y paz. “No hay nada que hacer, Deb -pensó mientras la miraba-. Nada puede cambiar mis sentimientos. Quiero que le dejes, que le traiciones, que vuelvas a mí, porque me perteneces.”

Ella levantó la vista, se apartó el cabello del rostro y le vio. Por la expresión de su rostro, él supo en seguida que era como si hubiera dicho sus palabras en voz alta.

– Oh, Tommy.

No fingiría, desde luego, no evitaría el silencio con una charla insustancial, al estilo de Helen, para soslayar la emoción del encuentro. En lugar de hacer eso, ella se mordió el labio, como si él la hubiera golpeado, y se volvió hacia el trípode, en el que hizo unos ajustes innecesarios.

Lynley se aproximó.

– Lo siento mucho -le dijo. Ella siguió manoseando inútilmente su equipo, con la cabeza gacha y el cabello ocultándole el rostro-. No puedo superarlo. Intento ver claramente el camino a seguir, pero es en vano. -Ella desviaba el rostro, como si examinara el contorno de las colinas-. Trato de convencerme de que lo nuestro terminó de la mejor manera para todos, pero no me lo creo. Te sigo queriendo, Deb.

Entonces ella se volvió, con el rostro muy pálido y los ojos brillantes y humedecidos por las lágrimas.

– No puedes seguir así. Tienes que cambiar de actitud.

– Mi razón lo acepta así, pero nada más. -Una lágrima solitaria descendió por la mejilla de la mujer. El movió la mano para enjugarla, pero se contuvo y dejó caer el brazo al costado. – Esta mañana me desperté con tales deseos de hacer el amor contigo de nuevo que tuve la impresión de que si no salía de la habitación en seguida empezaría a arañar las paredes, por pura frustración, adolescente si quieres. Creí que la iglesia sería un bálsamo para mí, pero no se me ocurrió que tú pudieras estar en este cementerio tan de mañana. -Miró el equipo fotográfico-. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está Simon?

– Sigue en el Hall… Me desperté temprano y salí a ver el pueblo.

El percibió la falsedad de sus palabras.

– ¿Está enfermo? -le preguntó bruscamente.

Ella contempló las ramas de los cipreses. La respiración entrecortada de Simon la había despertado poco antes de las seis. Yacía con tal inmovilidad que por un terrible momento ella le creyó agonizante. Se esforzaba por no hacer ruido al respirar, y ella supo de inmediato que su único pensamiento había sido no despertarla. Pero cuando le cogió la mano, él aferró sus dedos con fuerza. “Te traeré la medicina”, le susurró, y después de administrársela observó el rostro sin expresión del hombre que luchaba por dominar el dolor. “¿Puedes… dejarme solo durante una hora, amor mío?” Era la parte de su vida que no toleraba compañía, la parte que ella jamás podría compartir. Le dejó solo.

– Verás… Esta mañana tenía dolores.

Lynley percibió el impacto de las palabras. Comprendía muy bien todo lo que implicaban.

– Dios mío, no hay escapatoria, ¿verdad? -dijo amargamente-. Incluso eso es por mi culpa.

– ¡No! -exclamó ella horrorizada-. ¡No digas eso! ¡Jamás! ¡No te hagas eso a ti mismo! ¡Tú no tienes la culpa!

Como había hablado con tanta rapidez, sin pensar en la impresión que sus palabras causarían en Lynley, de repente le pareció que había dicho más de la cuenta, mucho más de lo que había querido decir, y volvió a su equipo fotográfico, quitó la lente, desmontó la cámara y se puso a guardar cada pieza en su lugar del estuche.

El la observó. Sus movimientos eran convulsivos, como una película antigua proyectada a una velocidad inadecuada. Tal vez ella se dio cuenta y comprendió lo que revelaba su actitud, pues cesó en sus movimientos, con la cabeza gacha y una mano sobre los ojos. Los rayos del sol incidían en su cabellera, que tenía el color del otoño. La muerte del verano.

– ¿Sigue en el Hall, Deb? ¿Le has dejado allí? -No quería saberlo, pero ella necesitaba decírselo. Ni siquiera ahora él podía permitir que esa necesidad quedara sin respuesta.

– Me pidió que… Ha sido por los dolores. No quiere que le vea sufrir y cree que me protege haciendo que le deje solo cuando tiene una crisis. -Levantó la vista al cielo, como si buscara alguna señal. Los delicados músculos de su garganta se movían-. Verte excluida de esta manera es muy duro. Lo detesto.

Lynley comprendió.

– Eso es porque le quieres, Deb.

Ella le miró un momento antes de replicar.

– Sí, Tommy, le quiero. Él es mi otra mitad, forma parte de mi alma. -Acercó una mano vacilante a su brazo y le tocó ligeramente-. Ojalá encuentres a alguien que te quiera así. Es lo que necesitas. Pero yo… yo no puedo ser esa persona, ni siquiera deseo serla.

Él palideció al oír estas palabras. Tratando de dominarse, dirigió su atención a la tumba que estaba a sus pies.

– ¿Es ésta la fuente de tu inspiración matinal? -le preguntó con repentina jovialidad.

– Sí -respondió ella, procurando que el tono de su voz tuviera la misma ligereza-. He oído hablar tanto del bebé de la abadía que sentí deseos de ver su tumba.

– “Como la llama al humo” -leyó Lynley-. Curioso epitafio para un niño.

– Soy bastante aficionado a Shakespeare -dijo una voz meliflua a sus espaldas.

Al volverse, vieron al padre Hart en el sendero de gravilla, a unos pasos de ellos, con las manos cruzadas sobre el estómago. Con la sotana y el sobrepelliz parecía un gnomo espiritual. Se había aproximado a ellos sin hacer ruido, como una aparición que se materializa entre la niebla.

– Cuando me toca a mí decidir, una cita de Shakespeare siempre me parece lo más apropiado para una lápida. Es intemporal y poético, proporciona significado a la vida y a la muerte.

Se palpó los bolsillos de la sotana y sacó un paquete de Players. Encendió uno distraídamente y sujetó la cerilla entre los dedos antes de guardarse de nuevo el paquete. Eran movimientos sonambúlicos, como si no tuviera conciencia de lo que hacía.

Lynley reparó en la palidez amarillenta de su piel y la humedad crónica de sus ojos.

– Le presento a la señora Saint James, padre Hart -dijo en tono amable-. Está tomando fotografías de su tumba más famosa.

El sacerdote salió de su ensoñación.

– ¿Más famosa…? -Perplejo, su mirada pasó del hombre a la mujer antes de fijarse en la tumba. Sus ojos se velaron, mientras el cigarrillo se consumía entre sus dedos manchados de nicotina-. Ah, sí, ya veo. -Frunció el ceño-. Durante años me he preguntado quién podría haberle hecho eso a un recién nacido, abandonarlo desnudo a la intemperie, para que muriese. Necesité un permiso especial para enterrar aquí a la pobre criatura.

– ¿Un permiso especial?

– La niña estaba sin bautizar, pero la llamo Marina. -Parpadeó rápidamente y cambió de tema-. Si ha venido a ver tumbas famosas, señora Saint James, entonces le interesará visitar la cripta.

– Parece un relato de Edgar Allan Poe -observó Lynley.

– En absoluto. Es un lugar sagrado.

El sacerdote arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó. Entonces se agachó y, con un gesto que no parecía del todo consciente, recogió la colilla y se la guardó en el bolsillo. Entonces echó a andar en dirección a la iglesia. Lynley cargó con el equipo fotográfico de Deborah y siguieron al padre Hart.

– Aquí está enterrado San Cedd -iba diciendo el viejo clérigo-. Entren, por favor. Me estaba preparando para la misa diaria, pero primero se lo mostraré. -Abrió las puertas de la iglesia con una llave enorme y les indicó que pasaran-. Hoy en día la misa diaria tiene pocos fieles. A la gente sólo le interesa la del domingo. William Teys era el único fiel que asistía todos los días, y ahora no está… bueno, en más de una ocasión me he encontrado diciendo misa con la iglesia completamente vacía.

– Era íntimo amigo suyo, ¿verdad? -le preguntó Lynley.

El sacerdote agitó la mano que estaba a punto de encender la luz.

– Era… como un hijo.

– ¿Le habló alguna vez de los problemas que tenía para dormir, de su necesidad de tomar somníferos?

La mano se agitó de nuevo. El sacerdote titubeó. A Lynley le pareció que la pausa era demasiado larga y se movió un poco para ver mejor el rostro del anciano a la luz mortecina. Estaba mirando el interruptor, pero sus labios se movían como si rezara y le temblaban las manos.

– ¿Se encuentra bien, padre?

– Sí, sí, estoy bien. Es que… con frecuencia el recuerdo de aquel hombre… – El sacerdote se irguió con un esfuerzo, como quien reúne las piezas dispersas de un rompecabezas en un montón-. Mire, inspector, William era un buen hombre, pero un espíritu turbado. Nunca me habló de que tuviera dificultades para dormir, pero ahora que me lo dice usted no me sorprende en absoluto.

– ¿Por qué?

– Porque, al contrario que tantas almas turbadas, que se ahogan en alcohol o rehúyen sus dificultades de cualquier otro modo, William siempre cogía las suyas por los cuernos y hacía lo posible para superarlas. Era un hombre fuerte y decente, pero tenía unas cargas tremendas.

– ¿Cargas como el hecho de que Tessa le dejara y Gillian huyera de casa?

El sacerdote cerró los ojos al oír el segundo nombre. Tragó saliva con dificultad, produciendo un sonido rasposo.

– Tessa le hizo daño, pero Gillian le devastó. Desde que ella se marchó de casa, ya no fue nunca el mismo hombre.

– ¿Cómo era esa chica?

– Era… era un ángel, inspector, un sol. -La mano temblorosa encendió rápidamente las luces, y el sacerdote hizo un gesto hacia la iglesia-. Bueno, ¿qué les parece?

Desde luego, no era el interior que podría esperarse en una iglesia de pueblo. Estas tienden a ser pequeñas, cuadradas, puramente funcionales, con una ausencia de color, línea o belleza. Aquella iglesia era distinta. Quienquiera que la hubiese construido había pensado en las catedrales, pues en el extremo oeste se alzaban dos grandes columnas cuya finalidad, sin duda, había sido aguantar un peso mucho más considerable que el del tejado de Santa Catalina.

– Ah, se ha fijado en eso -murmuró el padre Hart, siguiendo la dirección de la mirada de Lynley desde las columnas de ábside-. Aquí tenía que haber estado la abadía, y Santa Catalina debió haber sido la iglesia abacial. Pero surgió un conflicto entre los monjes y buscaron otro solar, junto a Keldale Hall. Fue un milagro.

– ¿Un milagro? -preguntó Deborah.

– Un auténtico milagro. Si hubieran construido la abadía aquí, donde reposan los restos de San Cedd, habría sido destruida en tiempos de Enrique VIII. ¿Imaginan la destrucción de la iglesia donde está enterrado San Cedd? -El tono del sacerdote logró transmitir todo el horror de semejante devastación-No, Dios intervino en el desacuerdo entre los monjes, y como los cimientos de esta iglesia ya estaban puestos y la cripta terminada, no hubo motivo para desenterrar el cuerpo del santo, así que lo dejaron aquí con una pequeña capilla. -Se dirigió con lentitud a una escalera de piedra que partía del pasillo principal y se perdía en la oscuridad-. Es por aquí -les indicó.

La cripta era una segunda iglesia diminuta en las profundidades de la iglesia principal de Santa Catalina. Era una bóveda, arqueada al estilo normando y con columnas poco ornamentadas. Al fondo había un sencillo altar de piedra, con dos cirios y un crucifijo, y a los lados se alineaban piedras de una edificación anterior de la iglesia, piezas preservadas para la posteridad. Era un lugar húmedo y mohoso, mal iluminado y con olor a marga. Un moho verdoso cubría las paredes.

Deborah se estremeció.

– Pobre hombre. Aquí hace demasiado frío. Quizás preferiría estar enterrado en algún otro sitio, al sol.

– Aquí está más seguro -respondió el sacerdote. Se dirigió reverentemente al altar, se arrodilló y pasó unos instantes meditando.

Vieron cómo movía los labios y luego se detenía, como si estuviera en comunicación con un dios desconocido. Una vez terminada su plegaria, sonrió beatíficamente y se incorporó.

– Le hablo a diario -susurró el padre Hart, porque se lo debemos todo.

– ¿En qué sentido? -inquirió Lynley.

– El nos salvó. El pueblo, la iglesia, la vida del catolicismo en Keldale. – Mientras hablaba pareció como si el rostro se le iluminara.

Lynley pensó un instante en Montressor y reprimió el impulso de buscar el mortero y los ladrillos.

– ¿El hombre en sí o sus reliquias? -preguntó.

– El hombre, su presencia, sus reliquias, todo -replicó el sacerdote. Alzó los brazos, abarcando la cripta, y añadió con entusiasmo-: Les dio valor para conservar su fe, inspector, para permanecer fieles a Roma durante los días terribles de la Reforma. Entonces los sacerdotes se ocultaron aquí. Cubrieron la escala con un suelo falso y los sacerdotes del pueblo permanecieron ocultos durante años. Pero el santo estuvo constantemente con ellos, y Santa Catalina nunca cayó en poder de los protestantes. -Las lágrimas brillaban en sus ojos y buscó un pañuelo-. Les ruego que me disculpen. Cuando hablo de San Cedd me emociono… Es tal privilegio tener sus reliquias aquí, estar en comunión con él… No sé si pueden comprenderlo.

Tutearse con un antiguo santo cristiano era demasiado exaltante para el buen hombre. Lynley procuró cambiar de tema.

– Los confesionarios de arriba parecen tallas isabelinas -le dijo afablemente-. ¿Lo son?

El hombre se enjugó los ojos, se aclaró la garganta y les sonrió con los labios todavía algo convulsos.

– Así es. En principio no tenían que ser para confesionarios y por eso el tema de las tallas es tan secular. En general, uno no espera ver hombres y mujeres jóvenes enlazados en una danza en las tallas de una iglesia, pero son bonitas, ¿verdad? Creo que la luz en esa parte de la iglesia es demasiado escasa para que los penitentes vean las puertas claramente. Supongo que algunos de ellos creen que representa a los hebreos abandonados a su suerte mientras Moisés ascendía al Sinaí.

– ¿Qué representa exactamente? -preguntó Deborah mientras seguían al menudo sacerdote escalera arriba.

– Me temo que es una bacanal pagana -replicó el anciano. Lo dijo con una sonrisa de disculpa, y luego les deseó los buenos días y desapareció por una puerta tallada cerca del altar.

Se quedaron mirando la puerta que se cerró tras el sacerdote.

– Qué hombre tan extraño. ¿Cómo le has conocido, Tommy?

Lynley siguió a Deborah al exterior de la iglesia.

– Fue quien nos trajo toda la información del caso. Él encontró el cadáver.

Le habló brevemente del crimen y ella escuchó como siempre lo hacía, sin apartar los ojos verde claro de su rostro.

– ¡Nies! -exclamó cuando él hubo completado el relato-. ¡Qué terrible para ti, Tommy! ¡Qué injusto!

El pensó que era muy propio de Deborah ir al tuétano del asunto, ver bajo la superficie del problema que realmente le asediaba.

– Webberly creyó que mi presencia podría hacerle cooperar más, sabe Dios por qué -dijo secamente-. Por desgracia, parece que ejerzo el efecto contrario en ese hombre.

– ¡Pero es terrible! Después de lo que Nies te hizo pasar en Richmond, ¿por qué te asignaron este caso? ¿No podías haberlo rechazado?

Su rostro pálido reflejaba indignación. El le sonrió.

– Normalmente, no nos dan esa opción, Deb. ¿Te llevo de regreso al Hall?

– Oh, no -se apresuró ella a responder-. No es necesario. Tengo…

– Claro. Lo he dicho sin pensar. -Lynley dejó el estuche de material fotográfico y contempló entristecido las palomas que se aposentaban en el campanario de la iglesia. Ella le tocó el brazo.

– No se trata de eso -le dijo suavemente-. Tengo ahí el coche. Probablemente no lo has visto.

Entonces Lynley vio el Escort azul aparcado bajo un castaño que alfombraba el suelo con sus crujientes hojas otoñales. Recogió el estuche y lo llevó al vehículo. Ella le siguió en silencio. Abrió el portaequipajes y miró a Lynley mientras éste colocaba el estuche. Luego dedicó más tiempo del necesario a ponerlo en una posición segura para el corto trayecto de regreso al Hall. Finalmente, como era inevitable, sus ojos se encontraron.

Él la contemplaba, escrutando apasionadamente sus facciones, como si fuera a desvanecerse para siempre sin que le quedara más que su imagen en la mente.

– Recuerdo el piso de Paddington -le dijo-, las tardes en que hacíamos allí el amor.

– No lo he olvidado, Tommy.

Su voz era tierna. Por alguna razón, eso sólo le hizo sentirse más herido. Desvió la vista.

– ¿Le dirás que nos hemos visto?

– Claro que sí.

– ¿Y lo que hemos hablado? ¿Le contarás eso?

– Simon sabe lo que sientes. Es tu amigo, y yo también.

– No quiero tu amistad, Deborah -dijo él.

– Lo sé, pero espero que algún día lo aceptes.

Él volvió a notar sus dedos en el brazo. Se lo apretó, a modo de despedida. Luego abrió la portezuela del coche, se deslizó dentro y se marchó.

Lynley caminó de regreso a la hostería, sintiendo que el manto de la desolación le pesaba más alrededor de los hombros. Acababa de llegar a la casa de Odell cuando se abrió la puerta del huerto y una niña bajó los escalones. Poco después apareció un pato, que seguía sus pasos.

– ¡Espera aquí, Dougal! -gritó Bridie-. Ayer mamá te puso más comida en el cobertizo.

El pato, que de todos modos era incapaz de bajar los escalones, esperó pacientemente mientras la niña abría la puerta del cobertizo y desaparecía en su interior. Regresó poco después, arrastrando un voluminoso saco. Lynley observó que llevaba un uniforme escolar, pero estaba muy arrugado y no demasiado limpio.

– Hola, Bridie -le dijo.

Ella levantó la cabeza. Lynley observó que, tras el fracaso del día anterior, su cabello había sido arreglado de un modo más experto. Se preguntó quién lo habría hecho.

– Tengo que darle de comer a Dougal -dijo la niña-, y también he de ir a la escuela. Odio la escuela.

Lynley se acercó a ella. El pato observó sus movimientos, cauteloso, mirándole con un ojo mientras no apartaba el otro del desayuno prometido. Bridie echó una generosa cantidad de comida al suelo y el pato aleteó ansiosamente.

– Bueno, Dougal, vamos allá. -Cogió cuidadosamente el ave y la puso sobre el suelo húmedo, tras lo cual contempló enternecida cómo el pato atacaba el alimento-. Lo que más le gusta es el desayuno -le confió a Lynley, mientras ocupaba su lugar de costumbre en el escalón superior. Apoyó el mentón en las rodillas y miró encandilada al pato. Lynley se sentó a su lado.

– Te han arreglado muy bien el pelo -comentó el inspector-. ¿Te lo ha hecho Sinji?

– No. Ha sido la tía Stepha.

– ¿De veras? Pues lo ha hecho muy bien.

– Es muy mañosa para estas cosas -reconoció Bridie, indicando con su tono que había otras cosas que no se le daban tan bien a la tía Stepha-. Pero ahora tengo que ir a la escuela. Ayer mamá no me dejó ir. Dijo que era demasiado humillante. -Movió la cabeza con gesto desdeñoso-. Es mi pelo, no el suyo.

– Bueno, las madres tienden a tomarse las cosas personalmente. ¿No te habías dado cuenta?

– Podría haberlo tomado como lo hizo tía Stepha. Cuando me vio se echó a reír. -Saltó los escalones y llenó un lebrillo de agua-. Toma, Dougal -gritó. El pato, entregado por entero al desayuno, no le hizo caso, quizás temeroso de que le arrebataran la comida si no la tomaba con la mayor rapidez posible. Dougal era un pato que jamás corría riesgos, y el agua podía esperar. Bridie se acercó a Lynley. Permanecieron en silencio mientras miraban cómo el pato se atracaba. Entonces Bridie suspiró. Miró las puntas rasguñadas de sus zapatos y los frotó en vano con un dedo sucio-. De todos modos, no sé por qué he de ir a la escuela. William no fue nunca.

– ¿Nunca?

– Bueno… no fue desde los doce años. Si mamá se hubiera casado con William, nunca habría tenido que ir a la escuela. Bobba no iba.

– ¿Nunca?

Bridie concretó la información.

– William no la obligaba a ir después de los dieciséis. No sé qué voy a hacer si tengo que esperar hasta esa edad. Mamá me obligará a ir. Quiere que vaya a la universidad, pero yo no quiero.

– ¿Qué preferirías hacer?

– Cuidar de Dougal.

– Ya. Bueno, este pato tiene un aspecto muy saludable, pero no vivirá eternamente. Siempre es conveniente tener algo de lo que echar mano.

– Siempre puedo ayudar a tía Stepha.

– ¿En la hostería?

Ella asintió. Dougal había dado cuenta de su desayuno y ahora bebía el agua con fruición.

– Se lo digo a mamá, pero es inútil. Ella siempre está con lo mismo: “No quiero que te pases la vida en esa hostería”. -Imitó con una exactitud desconcertante la voz aturdida de Olivia Odell-. Si William y mamá se hubieran casado, todo habría sido diferente, yo podría haber dejado la escuela, aprender en casa. William era muy listo y me habría enseñado. Estoy segura de que lo habría hecho.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque siempre nos leía a mí y a Dougal. -El pato, al oír su nombre, avanzó hacia ellos, caminando con su peculiar estilo ladeado-. Pero lo que más sabía era cosas de la Biblia. -Bridie se lustró un zapato frotándolo con el talón enfundado en un calcetín-. No me gusta mucho la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento. William decía que era porque no lo entendía, y le decía a mamá que no me daban instrucción religiosa. Era muy simpático y me contaba historias, pero no las entendía muy bien, no comprendía que nadie tuviera nunca problemas por eso de, ¿cómo se dice?… ah, sí, yacer.

– ¿Cómo?

– Unos yacen con otros continuamente. Por lo menos eso es lo que dicen las historias. Y a nadie le dicen nunca que eso está mal.

– Ah, yacer…-Lynley miró al pato, el cual examinaba los cordones de sus zapatos con su pico experto -. Bueno, las cosas son muy simbólicas en la Biblia -dijo jovialmente-. ¿Qué más leías?

– Nada, sólo la Biblia. Creo que es lo único que leían William y Bobba. Procuré que me gustara, pero no hubo manera. No se lo dije a William, porque era cariñoso conmigo y no quería ser ruda con él. Creo que trataba de conocerme, porque si se hubiera casado con mamá, siempre estaríamos juntos.

– ¿Querías que se casara con tu mamá?

La niña cogió el pato y lo puso en el escalón, entre ellos. Dougal dirigió una mirada desinteresada a Lynley y empezó a acicalarse las plumas brillantes.

– Papá me leía -dijo Bridie, sin responder a la pregunta del inspector. Lo dijo en un tono algo más bajo y con una concentración total en las puntas de sus zapatos-. Y entonces se marchó.

– ¿Se marchó? -Lynley se preguntó si estas palabras eran un eufemismo para referirse a su muerte.

– Un día se marchó. -Bridie apoyó el mentón en las rodillas, atrajo al pato a su lado y contempló el río-. Ni siquiera se despidió. -Tocó la suave cabeza del pato y la besó; el ave le respondió tocándole la mejilla con el pico-. Yo me habría despedido -susurró.

– ¿Usaría la palabra “ángel” o “sol” para referirse a alguien que bebe, suelta juramentos y corre por ahí como un loco? -le preguntó Lynley.

La sargento Havers alzó la vista, removió el café con la cucharilla y reflexionó un instante.

– Supongo que depende de su manera de definir la lluvia, ¿no cree?

El sonrió.

– Supongo que sí. -Puso su plato a un lado y miró a Havers pensativamente. La sargento no tenía mal aspecto aquella mañana: se había dado unos toques de color en los párpados, mejillas y labios, y era evidente que se había ondulado un poco el cabello. Incluso su atuendo había mejorado visiblemente, pues llevaba una falda de tweed marrón con un pulóver a juego. Aunque el color no fuese el que más armonizaba con la tonalidad de su piel, por lo menos suponía una considerable mejoría con respecto al espantoso traje azul del día anterior.

– ¿Por qué me ha hecho esa pregunta?-inquirió.

– Stepha describió a Gillian como una persona desenfrenada, una borracha.

– Que corría por ahí como una loca.

– Sí, pero el padre Hart dijo que era un sol.

– Es curioso.

– Dijo que Teys quedó devastado cuando ella se marchó de casa.

Havers enarcó sus espesas cejas y, sin pensar en cómo su acción definía de nuevo la relación entre ellos, le sirvió a Lynley una segunda taza de café.

– Bueno, eso explica por qué han desaparecido sus fotos, ¿no? Ese hombre había dedicado su vida a sus hijas y esperaba que el esfuerzo tuviera una recompensa. Una de ellas se desvanece en la noche.

Estas últimas palabras evocaron algo a Lynley. Buscó entre los papeles del expediente que estaba sobre la mesa, entre ellos, y sacó la foto de Russell Mowrey que Tessa le había dado.

– Quiero que muestre esto hoy en el pueblo -le dijo.

Havers cogió la fotografía, pero su expresión era inquisitiva.

– Pero usted dijo que este hombre se encuentra en Londres.

– Ahora sí, pero no necesariamente tres semanas atrás. Si Mowrey estuvo aquí por entonces, tuvo que preguntar a alguien la dirección de la granja. Alguien tuvo que verle. Concéntrese en la parte alta del pueblo y los parroquianos de las tabernas. También puede ir al Hall. Si nadie le ha visto…

– Volvemos a Tessa -concluyó ella.

– O alguien más con un motivo. Parece haber varios.

Madeline Gibson abrió la puerta. Lynley había cruzado el jardín, donde dos niños jugaban a la guerra, pasó junto a un triciclo roto y una muñeca desmembrada y evitó un plato de huevos fritos y ya fríos en uno de los escalones de la entrada. La mujer observó todo esto con una mirada de indiferencia, y se arrebujó en la bata de color verde esmeralda que se adaptó a la forma de los pechos altos y puntiagudos. No llevaba nada debajo y no hizo nada por ocultar que el inspector no podía haber llegado en un momento más inoportuno.

Fijó en Lynley sus ojos sensuales.

– Ponte los pantalones, Dick -dijo desde la puerta-. Es Scotland Yard. -Sonrió perezosamente y sostuvo la puerta abierta-. Entre, inspector. -Le dejó en el pequeño recibidor, entre los juguetes y la ropa sucia, y se dirigió a la escalera.- ¡Dick! -llamó de nuevo.

Se volvió, cruzó los brazos sobre el pecho y siguió mirando a Lynley, sin dejar de sonreír. Una rodilla y un muslo bien formados se mostraban entre los pliegues del fino satén.

Hubo un movimiento en el piso de arriba, el murmullo de un hombre, y un instante después apareció Richard Gibson. Bajó ruidosamente la escalera y, al ver a su esposa, le dijo:

– Por Dios, Mad, vístete, ¿quieres?

– Tú no estabas vestido hace cinco minutos -replicó ella, mirándole sonriente, y subió la escalera despacio, revelando cuanto podía su esbelto cuerpo.

Gibson la contempló divertido e irónico.

– Debería ver cómo es cuando lo desea de veras -le confió.- Ahora sólo está bromeando.

– Sí, ya veo.

El granjero rió con un sonido nasal.

– Al menos eso la hace feliz, inspector, por algún tiempo. -Examinó el caos que reinaba en la casa y sugirió-: Salgamos.

Lynley pensó que el jardín era un lugar aún menos atractivo para charlar que la maloliente casa, pero no dijo nada y siguió al otro.

– Id con vuestra madre -ordenó Gibson a los dos niños que jugaban.

Con el pie empujó el plato hasta el borde del escalón. El escuálido gato de la familia salió de entre la maraña de arbustos secos y moribundos y empezó a devorar los restos de huevos y tostadas. Era la manera de comer codiciosa y subrepticia de un carroñero, y a Lynley le recordó a la mujer de arriba.

– Ayer vi a Roberta -le dijo a Gibson.

El otro se había sentado en el escalón y se ataba los cordones de sus pesados zapatos.

– ¿Cómo está? ¿Ha mejorado algo?

– No. La última vez que nos vimos, señor Gibson, no mencionó usted que había firmado los papeles para el ingreso de Roberta en el sanatorio.

– No me lo preguntó, inspector. -Terminó de atarse los cordones y se puso en pie-. ¿Acaso esperaba que la entregara a la policía de Richmond?

– No exactamente. ¿Ha hecho gestiones para buscarle un abogado?

Lynley se dio cuenta de que Gibson no esperaba que la policía se preocupara por la representación legal de una asesina confesa. La pregunta le sorprendió. Agitó los párpados y pasó un momento introduciendo los faldones de su camisa de franela bajo el cinto de los tejanos azules. Tardó en responder.

– ¿Un abogado, dice usted? No.

– Es curioso que se haya ocupado de internarla en un centro sanitario pero no hay movido un dedo por sus intereses legales. Y también es conveniente, ¿no es cierto?

Gibson apretó las mandíbulas.

– Yo diría que no.

– ¿Puede explicarse, entonces?

– No creo que tenga que darle explicaciones -dijo Gibson-, pero me parece que los problemas mentales de Bobby eran más apremiantes que los legales.

– Desde luego, y si la consideran incompetente para afrontar un juicio, como ocurrirá sin duda, usted está en buena posición, ¿verdad?

Gibson le miró de frente.

– Lo estoy, sí, señor -replicó, enojado-. Entonces tendré plena libertad para quedarme con la granja y la casa, para tirarme a mi mujer sobre la mesa del comedor, si me da la gana. Y todo ello sin tener alrededor a Bobby. Eso es lo que quería oír, ¿no es cierto, inspector? -Movió el rostro hacia adelante, con ademán de beligerancia, pero al ver que el otro no reaccionaba ante esta agresión, retrocedió. Sus palabras, sin embargo, no reflejaban menos enojo-. Ya estoy hasta la coronilla de que la gente crea que haría daño a Bobby, que nada podría hacernos más felices a Madeline y a mí que verla encerrada para siempre. ¿Cree acaso que no sé que eso es lo que piensa todo el mundo? ¿Cree que Madeline no lo sabe? -Rió amargamente.- Tiene razón, no le busqué un abogado sino que lo busqué para mí, y si puedo conseguir que la declaren mentalmente incompetente, lo haré. ¿Cree que eso es peor que verla acabar en la cárcel?

– ¿Cree entonces que ella mató a su padre? -preguntó Lynley, impasible.

Los hombros de Gibson se hundieron.

– No sé qué pensar. Lo único que sé es que Bobby no es la misma muchacha que conocía cuando me marché de Keldale. Aquella chica no habría hecho daño a una mosca. Pero la de ahora… es una extraña.

– Quizás eso tenga que ver con la desaparición de Gillian.

– ¿Gillian? -Gibson rió incrédulamente-. Yo diría que la huida de Gilly fue un alivio para todos los interesados.

– ¿Por qué?

– Digamos que Gilly estaba demasiado adelantada para sus años. -Volvió la cabeza hacia la casa-. Digamos que, comparada con ella, Madeline parece la Virgen María. ¿Está claro?

– Perfectamente. ¿Le sedujo a usted?

– Desde luego, eso es ser directo. Deme un cigarrillo y se lo contaré. -Encendió el pitillo que Lynley le ofrecía y miró los campos que se iniciaban al otro lado de la calle sin pavimentar. Más allá, el camino que conducía al páramo del Alto Keel serpenteaba entre los árboles-. Tenía diecinueve años cuando me fui de Keldale, inspector, y no quería marcharme. Bien sabe Dios que era lo último que deseaba hacer. Pero sabía que, si no me iba, la situación acabaría siendo infernal.

– Pero ¿durmió con su prima Gillian antes de marcharse?

Gibson soltó una risotada.

– Dormir no es la palabra más apropiada tratándose de una chica como Gillian. Quería dominar la situación y lo lograba, inspector. Podía hacerle a un hombre cosas… mejor que un pendón de alta categoría. Me volvía loco cuatro veces al día.

– ¿Qué edad tenía ella?

– Tenía doce años la primera vez que me miró como no se mira a un primo, trece la primera vez que… lo hizo. Luego, durante dos años casi me volvió loco.

– ¿Me está diciendo que se fue de aquí para huir de ella?

– No, no soy tan noble. Me marché para huir de William. Si seguíamos de aquel modo, era inevitable que él acabara descubriéndolo, y no quería que sucediera tal cosa. Quise poner fin al asunto.

– ¿Por qué no hablo con William de lo que ocurría?

Gibson le miró con ojos muy abiertos.

– Para él, ninguna de sus hijas podía hacer nada malo. ¿Cómo iba a decirle que Gilly, la niña de sus ojos, venía a mí como una gata en celo y me trabajaba como una puta? Jamás lo habría creído. La verdad es que incluso a mí me costaba creerlo.

– Ella se fue de Keldale un año después que usted, ¿verdad?

El hombre arrojó la colilla a la calle.

– Eso es lo que dicen.

– ¿No volvió a verla?

Gibson desvió la vista.

– No, jamás, y eso fue una bendición.

Marsha Fitzalan era una mujer encorvada y marchita, con un rostro que le recordaba a Lynley esas muñecas hechas con manzanas talladas: era una masa de arrugas delicadas que se extendían desde las mejillas rosadas hasta los ojos. Estos eran azules y danzaban en su rostro con interés y diversión, comunicando a todo el que la miraba que, si su cuerpo era viejo, el corazón y la mente seguían tan frescos como en la juventud.

– Buenos días -dijo sonriente, y entonces, tras consultar su reloj, rectificó-: o más bien buenas tardes. Usted es el inspector Lynley, ¿verdad? Supuse que vendría por aquí más tarde o más temprano. He hecho pastel de limón.

– ¿Para la ocasión? -preguntó Lynley.

– Desde luego -replicó ella-. Pase.

Aunque vivía en una de las casas municipales, el aspecto de la vivienda no podría haber sido más distinto que el de la casa de Gibson.

El jardín estaba dispuesto en parterres, cada uno con flores bien cuidadas: alisos y prímulas, bocas de dragón y geranios. Habían sido preparadas para el invierno, y el terrón herboso alrededor de cada planta, recién removido, daba una sensación de pulcritud. En dos de las losas pasaderas que conducían a la casa había sendos montoncitos de alpiste, y cerca de una ventana colgaba un juego de campanitas cuyas seis notas, cuando las movía el viento, se oían por encima del estrépito que producían los niños Gibson, en la casa de al lado.

El contraste con la vivienda de los Gibson continuaba en el interior, donde los efluvios de un pebete le recordaron a Lynley las largas tardes pasadas en el dormitorio de su abuela, en Howenstow. La diminuta sala de estar estaba cómodamente amueblada, aunque con piezas baratas, y dos de sus paredes tenían estanterías de libros desde el suelo hasta el techo. Encima de una mesita, bajo la única ventana, había una colección de fotografías, y varios tapices de punto colgaban sobre un viejo receptor de televisión.

– ¿Quiere pasar a la cocina, inspector? -le preguntó Marsha Fitzalan-. Ya sé que no está bien recibir en la cocina, pero siempre me he sentido mucho más cómoda en ella. Mis amigos me dicen que eso se debe a que crecí en una granja, donde la vida siempre se centra en la cocina, ¿no es cierto? Supongo que nunca lo he superado. Por favor, siéntese a la mesa. ¿Tomará pastel y café? Parece hambriento. Supongo que es soltero. Los solteros nunca comen tan bien como deberían, ¿verdad?

Lynley recordó de nuevo a su abuela, aquella inequívoca seguridad del amor incondicional. Mientras contemplaba a la anciana que preparaba el refrigerio en una bandeja, con manos firmes, sin el más leve temblor, Lynley tuvo la certeza de que Marsha Fitzalan tenía la respuesta.

– ¿Puede hablarme de Gillian Teys? -le preguntó.

Las manos de la anciana se detuvieron. Se volvió hacia él, sonriente.

– ¿Gilly? Será un placer para mí. Gillian Teys era la criatura más adorable que jamás conocí.

CAPÍTULO ONCE

La anciana depositó la bandeja sobre la mesa, entre los dos. Era una amabilidad innecesaria, porque en una cocina tan diminuta la distancia entre el mostrador y la mesa era mínima. Sin embargo, la mujer quería preservar las buenas maneras y contrarrestar la claustrofobia de la pobreza usando la bandeja, cubierta con un tapete de encaje antiguo sobre el que descansaban las piezas de porcelana. Los platos estaban algo desportillados, pero las tazas y los platillos habían logrado mantenerse incólumes a través de los años.

Una planta otoñal en un jarrón de cerámica decoraba la sencilla mesa de pino sobre la que Marsha Fitzalan dispuso cuidadosamente los platos, los cubiertos de plata y el mantel. Vertió el humeante café en sus tazas y echó azúcar y leche a la suya antes de empezar a hablar.

– Gilly era exactamente como su madre. Tessa también fue alumna mía, claro que al admitir eso no puedo ocultar mis muchísimos años. Pero qué le vamos a hacer. Casi todos los del pueblo han pasado por mi clase. -Sus ojos relucieron mientras añadía-: Excepto el padre Hart. El y yo somos de la misma generación.

– Nunca lo habría dicho -dijo Lynley seriamente.

Ella rió.

– ¿Por qué será que los hombres realmente encantadores siempre saben cuándo una mujer desea un cumplido? -Se llevó un trozo de pastel a la boca, lo masticó apreciativamente y luego prosiguió-: Gillian era la viva imagen de su madre. Tenía el mismo cabello rubio, esos ojos preciosos y el mismo temple magnífico. Pero Tessa era una soñadora y Gillian, a mi modo de ver, era más realista. Tessa siempre tenía la cabeza en las nubes. Para ella todo era romántico. Supongo que por eso decidió casarse tan joven. Para ella la vida consistía en que un joven alto y moreno la cogiera en volandas y, desde luego, William Teys encajaba con esa imagen.

– ¿A Gillian no le preocupaba que la cogieran en volandas?

– Oh, no. No creo que pensara nunca en los hombres. Quería ser maestra. Recuerdo que por las tardes se sentaba en el suelo con un libro. ¡Cómo le gustaban las hermanas Brönte! Esa chica debió de leer Jane Eyre seis o siete veces antes de los catorce años. Tenía una buena amistad con Jane y el señor Rochester, y le gustaba hablar de todo lo que leía. Pero no lo hacía de una manera superficial. Hablaba de los personajes, las motivaciones, los significados. Me decía que esos conocimientos le serían útiles cuando fuese maestra.

– ¿Por qué se marchó de casa?

La mujer contempló la planta sobre la mesa.

– No lo sé -replicó lentamente-. Era una niña muy buena, muy despierta, y no parecía existir ningún problema que no pudiera resolver con unas facultades como las suyas. Sinceramente, no sé lo que sucedió.

– ¿Es posible que tuviera relaciones con un hombre? Quizás se escapó para seguirle.

La señorita Fitzalan rechazó la idea con un movimiento de la mano.

– No creo que Gillian se interesara por los hombres. Era un poco más lenta en madurar que otras muchachas.

– ¿Y Roberta? ¿Se parecía a su hermana?

– No, Roberta era como su padre. -Se interrumpió de súbito y frunció el ceño-. Era… No quiero hablar de ella en pasado, pero parece como si hubiera muerto.

– Sí, es cierto.

La mujer pareció apreciar que él estuviera de acuerdo.

– Roberta era corpulenta, como su padre, maciza y silenciosa. La gente le dirá que no tenía en absoluto personalidad, pero eso no es cierto. Daba esa sensación a causa de su timidez excesiva. Heredó la tendencia romántica de su madre y el carácter taciturno del padre. Y los libros la absorbían.

– ¿Como a Gillian?

– Sí y no. Leía como Gillian, pero nunca hablaba de sus lecturas. Gillian leía para aprender, en cambio Roberta… creo que leía para huir.

– ¿Huir de qué?

La señorita Fitzalan se dedicó a enderezar los bordes del tapete de encaje que cubría la bandeja. Lynley vio que tenía las manos manchadas a causa de sus muchos años.

– Yo diría que quería huir de la certeza de que la abandonaban.

– ¿Quién la abandonaba? ¿Gillian o su madre?

– Gillian, a la que Roberta adoraba. Nunca conoció a su madre. Puede imaginar lo que representó para ella tener una hermana mayor como Gilly, tan encantadora, tan vivaz e inteligente, todo lo que Roberta no tenía y deseaba poseer.

– ¿Tenía celos?

La anciana meneó la cabeza.

– No tenía celos de Gilly, la quería. Creo que Roberta se sintió muy herida cuando su hermana se marchó. Pero al contrario que Gillian, que podría haber hablado de su dolor (bien sabe Dios que Gilly hablaba de cualquier cosa y de todo), Roberta no exteriorizaba nada. Mire, recuerdo la piel de la pobre niña después de que Gilly se marchara. Es curioso que todavía lo recuerde.

Lynley pensó en la niña que había visto en el sanatorio y no le sorprendió que la maestra recordara la condición de la piel de Roberta.

– ¿Acné? -preguntó-. Debía de ser pequeña para eso.

– No, le salió una erupción espantosa. Yo sabía que se debía a los nervios, pero cuando le hablé al respecto, ella echó la culpa a Bigotes. -La señora Fitzalan bajó los ojos y jugó con el tenedor, rastrillando las migajas de su plato. Lynley aguardó pacientemente, convencido de que había más. Finalmente, ella prosiguió-: Me sentí tan inadecuada, inspector, tan fracasada como amiga y maestra porque ella no podía hablarme de lo que le había sucedido a Gilly… Pero ella no podía hablar, y echaba la culpa de todo a que le tenía alergia al perro.

– ¿Habló de ello con su padre?

– Al principio no. William estaba tan desolado por la huida de Gillian que era inabordable. Durante semanas pareció que la única persona con la que podía hablar era el padre Hart. Pero al final, francamente, pensé que debía hacerlo por Roberta. Al fin y al cabo, la chiquilla sólo tenía ocho años y no era culpa suya que su hermana hubiera huido. Así que fui a la granja y le dije a William que estaba preocupada por ella, sobre todo considerando la patética historia que había inventado sobre el perro. -Se sirvió más café y lo tomó a sorbos mientras recordaba los detalles de aquella visita lejana-. Pobre hombre. Desde luego, no tenía que haberme preocupado por su reacción. Creo que debió de sentirse muy culpable por no haberse ocupado de Roberta, porque en seguida fue a Richmond y regresó con varias lociones para aplicárselas a la piel. Es posible que lo que la niña necesitara fuese la atención de su padre, porque después de eso la erupción cutánea desapareció.

Lynley pensó que nada más había desaparecido. Imaginó a la chiquilla solitaria en la granja penumbrosa, rodeada por los espectros y las voces del pasado, viviendo allí en silencio, nutriéndose de los libros.

Lynley abrió la puerta trasera y entró en la casa. Nada había cambiado, era tan triste y sofocante como antes. Pasó por la cocina y entró en la sala, donde Tessa Teys sonreía tiernamente desde el santuario del rincón, con su aspecto juvenil e infinitamente vulnerable. Imaginó a Russell Mowrey alzando la cabeza desde su excavación y viendo aquel rostro tan bello enmarcado en la brecha de la valla. No era difícil ver por qué Mowray se había enamorado, por qué debía seguir estándolo.

Contempló la fotografía durante unos instantes. ¿Era posible que todo hubiera ocurrido como Tessa había dicho? ¿O acaso vio que su mundo se derrumbaba en una sola tarde y supo que no soportaría su reconstrucción? Se apartó del santuario y subió la escalera. No, la respuesta tenía que estar en la casa. Tenía que ser Gillian.

Fue primero al dormitorio de la muchacha, pero su esterilidad no revelaba nada. La cama estaba hecha, en la alfombra no había huellas que remitieran al pasado, el papel de la pared no cubría secretos guardados durante mucho tiempo. Era como si jamás hubiera vivido una joven en aquella habitación, como si aquellas paredes nunca hubieran sido testigos de su vivacidad y su ánimo. Y no obstante… algo de Gillian permanecía allí, algo que él había visto, que podía sentir.

Se dirigió a la ventana y miró el granero, sin verlo. “Era desenfrenada, sin control de sí misma. Era un ángel, un sol. Era una gata en celo. Era la criatura más encantadora que la maestra había conocido.” Era como si no existiese una Gillian real, sino sólo un calidoscopio que, agitado antes de mirar por él, presentaba un dibujo diferente a cada persona. Lynley ansiaba creer que la respuesta estaba en la habitación, pero cuando se apartó de la ventana no vio más que muebles, papel de pared, la alfombra.

¿Cómo era posible eliminar de un modo tan completo a alguien de la familia en cuyo seno había vivido durante dieciséis años? Era inconcebible. Y, sin embargo, así había ocurrido. ¿O no?

Entró en el dormitorio de Roberta. Gillian no podía haber desaparecido de un modo tan absoluto de la vida de su hermana. Era evidente que la quería, que existía un fuerte vínculo entre ellas. Todo el mundo, al margen de lo que dijeran sobre Gillian, por lo menos estaba de acuerdo en este punto. Lynley deslizó la mirada desde la ventana al armario y la cama. Pensó que aquél era su escondrijo para la comida; ¿por qué no había de serlo también para Gillian?

Haciendo un esfuerzo para sobreponerse a la vista y el hedor de la comida putrefacta, Lynley levantó el colchón. El olor ascendió como una ola ondulante. Lo peor, pensó haciendo una mueca, era saber que la muchacha había dormido en la cama, encima de toda aquella podredumbre.

Miró a su alrededor, buscando una manera de facilitarse la tarea, pero no encontró nada que pudiera servirle. La luz de la habitación era escasa y, por desagradable que fuera, lo único que podía hacer era levantar del todo el colchón y desgarrar la cobertura. Gruñendo a causa del esfuerzo, volcó el colchón y las ropas de cama, tras lo cual fue a la ventana, la abrió y permaneció un momento aspirando el aire fresco, antes de volver a la cama. Subió al colchón y planeó el ataque, haciendo caso omiso de su repugnancia. “Vamos, muchacho. ¿No es para esto para lo que te enrolaste en la policía? Animo ahora. Dale un buen tirón.”

Así lo hizo, y el tejido deteriorado -aquella fina capa de cordura- se abrió y expuso la locura que estaba debajo. Los ratones corrieron en todas direcciones, dejando huellas diminutas entre la fruta putrefacta. Una rata enorme nutría a su camada de roedores ciegos que se aferraban a ella sobre un lecho formado por las prendas interiores sucias de una mujer, y una nube de polillas, sorprendidas en su amodorramiento, salieron airadas a la luz, aleteando hacia el rostro de Lynley.

Este retrocedió, sobresaltado, logró reprimir un grito y rápidamente se dirigió al lavabo, donde se humedeció el rostro. Se miró en el espejo y rió en silencio. “Menos mal que no has desayunado. Después de esto, puedes prescindir de la comida durante el resto de tu vida.”

Buscó una toalla para secarse el rostro. No había ninguna en la percha, pero vio una bata colgada detrás de la puerta del baño. Cerró ésta y su rota aldaba chirrió al rozar el marco, como un grito. Se secó el rostro con el borde de la bata, tocó el cierre de la puerta, mientras meditaba, y al cabo de un momento salió de la habitación. Se le había ocurrido otra cosa.

La caja de las llaves estaba donde la había visto antes, en el estante superior del armario ropero de Teys. La cogió y volcó su contenido sobre la cama. Era evidente que Teys habría guardado las cosas de Gillian en alguna parte, quizás en un baúl abandonado en el desván, y las llaves estarían en aquella caja. Las examinó una por una, pero fue en vano. Todas eran llaves de puertas, llaves grandes, anticuadas, una extraña colección de oxidadas reliquias metálicas. Disgustado, las metió de nuevo en la caja y maldijo la ciega determinación del hombre que había borrado de la faz de la tierra la existencia de una hija.

Se preguntó por qué lo habría hecho. ¿Qué clase de angustia había impulsado a William Teys a negar la existencia de la niña a la que tanto amaba? ¿Qué podría haber hecho la muchacha para inspirarle semejante acto de destrucción? ¿Y al mismo tiempo provocar en su hermana un acto de preservación impotente pero desesperado, como era la simple ocultación de una fotografía?

Sabía lo que ocurriría a continuación. “El desván es una pantalla, muchacho. Vuelve a su dormitorio. Sabes que ahí está lo que buscas, quizás no en el colchón, pero sabes que está ahí.” Se estremeció al pensar en qué otras sorpresas le esperaban como espectros en aquella habitación sepulcral.

Mientras hacía acopio de fuerzas para un nuevo asalto a la habitación de Roberta, le llegó desde el exterior el sonido de un silbido, alegre y espontáneo. Se acercó a la ventana.

Un joven que caminaba por el sendero que conducía al páramo del Alto Kel, con un caballete al hombro y una caja de madera en la mano. Lynley decidió que ya era hora de conocer a Ezra.

Su primer pensamiento fue que el hombre no era tan joven como parecía desde lejos. El aire de juventud debía de dárselo el pelo, de un rubio intenso y mucho más largo de lo que estaba de moda. Visto de cerca, Ezra aparecía como un hombre de treinta y tantos años, temeroso de su encuentro con el detective de Scotland Yard. Se notaba la cautela en su porte, así como en los ojos rápidamente velados, la clase de ojos que cambian de color según el atuendo. Ahora eran de un azul profundo, como la camisa que llevaba, la cual estaba manchada de pintura. Había dejado de silbar en cuanto vio que Lynley salía de la casa y saltaba ágilmente la valla del pastizal.

– ¿Es usted Ezra Farmington? -le preguntó afablemente.

El aludido se detuvo. Sus facciones recordaron a Lynley el retrato de Fréderic Chopin por Delacroix: los mismos labios esculpidos, la sombra de una hendidura en el mentón, las cejas oscuras, mucho más que el cabello, la nariz, que era dominante pero no desmerecía el conjunto.

– Sí, soy yo -dijo el pintor, en un tono de reserva.

– ¿Ha ido a pintar al páramo?

– Sí.

– Nigel Parrish me dijo que hace usted estudios de luz.

Ezra reaccionó al oír el nombre. Pareció ponerse en guardia.

– ¿Qué más le ha dicho Nigel?

– Que vio cómo William Teys le echaba de esta propiedad. Ahora parece usarla libremente.

– Con el permiso de Gibson -puntualizó lacónicamente el joven.

– ¿De veras? Él no me lo dijo.

Lynley miró serenamente en dirección al sendero empinado y pedregoso, de aspecto descuidado y en absoluto apropiado para un paseo placentero. Un artista tendría que ser absolutamente sincero sobre sus esfuerzos para molestarse en subir al páramo alto. Se volvió hacia el pintor. La brisa de la tarde que soplaba a través del pastizal arrancaba destellos flamígeros a su cabello. Era un rasgo muy atractivo, y Lynley empezó a comprender por qué llevaba el pelo tan largo.

– Según el señor Parrish, Teys destruyó parte de su trabajo.

– ¿También le ha dicho lo que él estaba haciendo aquí aquella noche? -inquirió Farmington-. No, maldita sea, no va a decir una palabra de eso.

– Según él, devolvía el perro de Teys a la granja.

El artista le miró incrédulo.

– ¿Que devolvía el perro a la granja? ¡No me haga reír! -Bruscamente, clavó las patas puntiagudas del caballete en la tierra blanda-. Nigel sabe bien cómo manipular los hechos, vaya si sabe. Permítame adivinar lo que le dijo. Que Teys y yo estábamos peleando en medio del camino cuando él apareció, llevando inocentemente al pobrecito perro extraviado. -Farmington se pasó una mano por el pelo, agitado. Su cuerpo estaba tan tenso que Lynley se preguntó si empezaría a agitar los puños-. Dios mío, ese hombre me obligará a hacer alguna locura.

Lynley enarcó una ceja, interesado. El otro interpretó su expresión.

– ¿Y eso es una confesión de culpabilidad, inspector? Bien, le sugiero que vaya a ver a Nigel de nuevo y le pregunte qué estaba haciendo aquella noche en el camino de Gembler. Créame, ese perro habría encontrado su camino desde Tombuctú si hubiera querido. -Se echó a reír-. Era un perro mucho más listo que Nigel, aunque eso no signifique gran cosa.

Lynley se preguntó cuál sería la causa del enojo de Farmington. El apasionamiento era auténtico, sin duda. Sin embargo, no guardaba proporción con los hechos conocidos. El hombre era como un arco tenso sobre el que se ejercía una presión excesiva. Un poco más de fuerza y se rompería.

– He visto algunos de sus cuadros en la hostería de Keldale. El estilo con que pintó la abadía me recordó a Wyeth. ¿Quizás lo hizo a propósito?

Ezra, que tenía un puño apretado, se relajó.

– Eso lo hice años atrás, cuando forcejeaba para encontrar mi estilo. Como no confiaba en mi instinto, copiaba a los demás. Me sorprende que Stepha tenga todavía esos cuadros a la vista.

– Me dijo que usted pagó con ellos su alojamiento durante un otoño.

– Es cierto. En aquella época, lo pagaba casi todo así. Si se toma la molestia de husmear, verá mis porquerías colgadas en todas las tiendas del pueblo. Incluso compraba así la pasta de dientes.

Era una afirmación burlona, una indicación de desdén, pero dirigido a sí mismo, no a Lynley.

– Me gusta Wyeth -siguió diciendo Lynley-. La sencillez de su obra me parece refrescante. Me gusta la simplicidad, la claridad de la línea y la imagen, los detalles.

Farmington se cruzó de brazos.

– ¿Es siempre tan claro, inspector?

– Procuro serlo -respondió Lynley con una sonrisa-. Hábleme de su discusión con William Teys.

– ¿Y si me niego?

– Puede hacerlo, desde luego. Pero entonces me preguntaría por qué. ¿Tiene algo que ocultar, señor Farmington?

El pintor titubeó un instante.

– No tengo nada que ocultar. Aquél día estaba en el páramo y, cuando oscurecía, bajé. Teys debió de verme desde la ventana, yo qué sé. Me salió al encuentro aquí, en el camino. Tuvimos unas palabras.

– Destruyó parte de su obra.

– De todos modos era basura. No tuvo importancia.

– Siempre he tenido la impresión de que a los artistas les gusta controlar sus propias creaciones y no ceder ese control a otras personas. ¿No está de acuerdo?

Lynley vio de inmediato que había tocado una fibra sensible, pues Farmington se puso rígido. Movió los ojos hacia el sol, que estaba bajo en el cielo. No respondió en seguida.

– Sí, estoy de acuerdo – dijo finalmente -. Claro que sí, Dios mío.

– Entonces, cuando Teys se tomó la libertad de…

– ¿Teys? -Ezra se echó a reír-. No me importaba lo que Teys hacía. Ya le he dicho que, al fin y al cabo, lo que destruyó no valía nada. Aunque, claro está, él era incapaz de distinguir la diferencia. Cualquier hombre que se entretiene por la noche poniendo a Souza a todo volumen no tiene demasiado gusto. Vamos, me parece.

– ¿Souza?

– La condenada pieza de las barras y las estrellas. Se diría que entretenía a toda una casa llena de americanos agitando banderitas. Y luego tiene el descaro de gritarme por perturbar su paz al cruzar de puntillas su terreno para salir al camino. Me reí en su cara. Entonces fue cuando rompió las pinturas.

– ¿Y qué hizo Nigel Parrish mientras ocurría todo esto?

– Nada. Nigel había visto aquello que había ido a ver, inspector. Ya había investigado lo suyo y aquella noche podía dormir tranquilo.

– ¿Y las otras noches?

Farmington recogió su caballete.

– Si no tiene inconveniente, voy a seguir mi camino.

– Espere, hay una cosa más.

Farmington giró sobre sus talones para hacerle frente.

– ¿Qué es?

– ¿Qué estaba haciendo la noche que murió Teys?

– Estaba en la Paloma y el Silbato.

– ¿Y cuando cerraron el local?

– Me fui a casa y me acosté. Solo. -Se apartó el cabello del rostro, con un gesto extraño, claramente femenino-. Siento no haberme llevado a Hannah a la cama, inspector. Sería una buena coartada, pero nunca me han gustado los números de látigos y cadenas.

Saltó por encima del muro que cercaba la propiedad y se alejó con zancadas firmes por el camino.

– Ha sido un chasco, lo siento -dijo la sargento Havers. Dejó la fotografía sobre la mesa en la Paloma y el Silbato, y se sentó en una silla, frente al inspector. Parecía fatigada.

– Lo cual significa, supongo, que nadie ha visto a Russell Mowrey en toda su vida.

– Y a menos que podamos creer en la reencarnación, nadie le ha visto en absoluto. Sin embargo, mucha gente reconoce a Tessa. Algunos enarcaban las cejas y hacían preguntas mordaces.

– ¿Y usted qué respondía?

– Vaguedades, claro, y murmuraba interesantes adagios latinos para salir del paso en los momentos difíciles. Todo fue bien hasta que llegué a caveat emptor; no sé por qué ésta no tenía el aire autoritario de las otras frases.

– ¿No quiere ahogar su decepción en una copa, sargento? -le preguntó.

– Sólo agua tónica -respondió ella, y, al ver su expresión, añadió-: De veras. Nunca bebo, señor. Puede creerme.

– He pasado un día fascinante -le dijo Lynley cuando regresó a su lado con el vaso de agua tónica-. Tuve un encuentro con Madeline Gibson, la cual llevaba unas picardías verde esmeralda muy sugestivo y nada absolutamente debajo.

– La vida de un policía es abominable -observó Havers sardónicamente.

– Y Gibson estaba arriba, preparado para el acontecimiento. Fui bien recibido.

– Puedo imaginarlo.

– Sin embargo, hoy he sabido muchas cosas sobre Gillian. Era un ángel, un sol, una gata en celo o la criatura más encantadora jamás vista. Depende de quién facilite los detalles. O esa mujer es una camaleona o algunas de esas personas se toman unas molestias considerables para hacer que así lo parezca.

– Pero, ¿por qué?

– No lo sé. A menos, claro, que tengan un interés especial en que siga siendo lo más misteriosa posible.

Apuró su jarra de cerveza y se reclinó en la silla, estirando los músculos cansados.

– Pero hoy la auténtica atmósfera estaba en la granja Gembler, Havers.

– ¿Ah, sí?

– Seguía la pista de Gillian Teys. Imagíneselo, por favor. Tenía la corazonada de que la respuesta estaba en la habitación de Roberta. Así que me puse a investigar a fondo, desgarré la cobertura del colchón y estuve a punto de desmayarme.

Entonces describió lo que había visto. Havers hizo una mueca de repugnancia.

– Me alegro de haberme perdido eso.

– Oh, no se preocupe. Estaba demasiado descompuesto para volver a colocar la cama como estaba, así que mañana necesitaré su colaboración. ¿Qué le parece si vamos directamente después del desayuno?

– No le conocía esa faceta sádica -dijo ella, sonriendo.

Era la hora del té cuando llegaron a la esquina de la calle Obispo Furthing. Pero era un té tardío, que probablemente se fusionaba con la cena, pues el guardia Gabriel Langston les recibió en la puerta sosteniendo un plato bien provisto: muslos de pollo frío, queso, fruta y pastel.

Langston parecía demasiado joven para ser policía, pero con un nombre adecuado, pues era delgado, con un cabello amarillo y fino que tenía la consistencia de la lana de vidrio, la piel suave como la de un bebé y unos rasgos que parecían poco desarrollados, como si los huesos de su cara fuesen demasiado blandos.

– De-de-bería ha-berles vi-visto en seguida -tartamudeó, sonrojándose intensamente- cu-cuando lle-e-garon. Pe-pero me dije-e-ron que ve-vendrían a ve-erme si m-me ne-e-ces-sitaban.

– Nies les dijo eso, sin duda -supuso Lynley.

El joven asintió azorado y les indicó que entraran.

La mesa estaba dispuesta para un comensal, y el guardia se apresuró a dejar el plato, se limpió las manos en los pantalones y la tendió a Lynley.

– Es un pla-a-cer co-no-o-cerles. Si-i-ento que… -Enrojeció todavía más y señaló impotente su boca, como si hubiera algo que podría haber hecho de no tener el impedimento de su tartamudez-. ¿Un t-té?

– Sí, gracias. Me vendrá bien una taza. ¿Y usted, sargento?

– Sí, gracias.

El hombre asintió, con evidente alivio, sonrió y entró en una pequeña cocina contigua a la pieza donde estaban. La vivienda era, con toda evidencia, para una sola persona, poco más que un estudio, pero estaba muy limpia, aunque flotaba en el aire un tenue olor a perro húmedo. El animal yacía sobre una estera deshilachada, calentándose ante una pequeña estufa eléctrica colocada en el interior de la chimenea de piedra. Era un terrier blanco, que alzó la cabeza, parpadeó al ver a los recién llegados y bostezó, revelando una lengua larga y rosada. Hecho esto volvió el hocico hacia la barra incandescente de la estufa.

Langston regresó con una bandeja en las manos y seguido por otro terrier, que era una versión más animada del primero, pues saludó a Lynley lanzándose sobre él.

– ¡Qu-u-ieto! ¡Ab-a-jo! -ordenó Langston, con toda la firmeza que le permitía su voz tenue. El perro le obedeció a regañadientes y cruzó la estancia para reunirse con su compañero ante la chimenea-. Son bue-buen-os ch-chicos, inspector. Lo s-siento.

Lynley le indicó que no se preocupara agitando una mano, mientras Langston servía el té.

– Siga comiendo, guardia. La sargento y yo estamos investigando un poco tarde. Podemos hablar mientras come.

Por su aspecto, Langston no parecía creer que tal cosa fuera posible, pero agachó la cabeza tímidamente y siguió comiendo.

– Tengo entendido que el padre Hart le llamó directamente después de encontrar el cuerpo de William Teys -dijo Lynley. Cuando el hombre asintió vivamente, prosiguió-: ¿Roberta estaba todavía allí cuando usted llegó? -Otro gesto de asentimiento-. ¿Avisó de inmediato a la policía de Richmond? ¿Por qué lo hizo?

Lynley lamentó de inmediato haberle hecho la pregunta. Era una falta de tacto, pues podía imaginar la tortura que sería para aquel hombre, con un defecto como el suyo, tener que interrogar a los testigos, sobre todo a uno como el padre Hart, que parecía flotar entre dos planos distintos de existencia.

Langston contemplaba su plato, tratando de encontrar una respuesta.

– Supongo que era la manera más rápida de abordar el asunto -sugirió Havers.

Langston asintió agradecido.

– ¿Habló Roberta con alguien? -Langston meneó la cabeza-. ¿Ni con usted ni con nadie de Richmond? -Nueva negativa. Lynley miró a Havers-. Entonces sólo habló con el padre Hart…Vamos a ver. Roberta estaba sentada sobre el cubo volcado, el hacha cerca de ella, el perro estaba debajo de Teys. Pero faltaba el arma utilizada para degollar al perro. ¿No es cierto? -Un gesto de asentimiento. Langston mordió su tercer muslo de pollo, mirando a Lynley-. ¿Qué ocurrió con el perro?

– Yo… yo lo e-ent-terré.

– ¿Dónde?

– Fu-fuera.

Lynley se inclinó hacia adelante.

– ¿En el exterior de esta casa? ¿Por qué? ¿Le dijo Nies que lo hiciera?

Langston tragó la comida y se frotó las manos en los pantalones. Miró compungido a sus dos compañeros que estaban ante la chimenea, los cuales, al ver que eran objeto de su atención, menearon las colas, apoyándole.

– Yo… -El azoramiento, más que su defecto de lenguaje, le interrumpió esta vez-. Me… me gu-gustan los p-pe-perros. No qu-quería qu-que que-quemaran al vi-viejo Bi-bigotes. E-ra a-migo de mis ch-chicos.

– Pobre hombre -musitó Lynley cuando salieron a la calle. Estaba oscureciendo rápidamente. De algún lugar surgió una voz de mujer, que llamaba a un niño-. No es de extrañar que llamara a los de Richmond.

– ¿Por qué se haría guardia en esas condiciones? -preguntó Havers mientras se encaminaban a la hostería.

– Supongo que no le pasó por la cabeza que podría encontrarse con un asesinato. Por lo menos no con uno de estas características. ¿Quién podría esperar una cosa así en un lugar como Keldale? Sin duda, antes de que ocurriera esto, la tarea más seria de Langston consistía en patrullar por el pueblo y comprobar si las puertas de las tiendas estaban cerradas por la noche.

– ¿Qué haremos ahora? No dispondremos del perro hasta la mañana.

– Cierto. -Lynley abrió su reloj de bolsillo-. Tengo doce horas para convencer a Saint James de que cambie la luna de miel por la emoción de este caso. ¿Qué cree usted, Havers? ¿Tenemos posibilidades?

– ¿Tendrá que elegir entre el perro muerto y Deborah?

– Me temo que sí.

– Creo que necesitaremos un milagro, señor.

– En ese aspecto, me las apaño bien -dijo Lynley sombríamente.

Tendría que volver a ponerse el vestido camisero blanco. Barbara lo sacó del armario y lo miró con ojo crítico. Si le ponía otro cinturón no tendría mal aspecto. O quizás con un pañuelo blanco al cuello. ¿Había traído un pañuelo? Incluso uno para la cabeza serviría, podría atarlo de alguna manera para que pusiera un toque de color, para cambiar un poco el atuendo, para hacer que pareciera algo diferente. Tarareando entre dientes, hurgó entre sus cosas, amontonadas en un cajón del escritorio, pero no tardó en encontrar lo que buscaba. Un pañuelo a cuadros rojos y blancos. Parecía un mantel, pero era mejor que nada.

Se acercó al espejo y, al ver su imagen, tuvo una grata sorpresa. El aire del campo había coloreado sus mejillas, y le brillaban los ojos. Llegó a la conclusión de que aquel cambio se debía al convencimiento de que era útil en la tarea encomendada.

Había pasado el día en el pueblo, con permiso de Lynley. Era la primera vez que un inspector jefe le permitía hacer algo por sí misma, la primera vez que un superior la consideraba lo bastante inteligente. Se sentía animada por la experiencia y se daba cuenta de hasta qué punto su confianza en sí misma había sido socavada por el humillante regreso al uniforme. Atrás quedaba un período horrible de su vida, en el que la cólera había dado paso a una rabia desenfrenada, a la desdicha, que era como una herida enconada, a la certeza de que los demás no la consideraban apta para su oficio, no lo bastante despierta y sagaz. Los ojuelos porcinos de Jimmy Havers la miraban desde el espejo. Tenía los mismos ojos que él. Se apartó del espejo con una mueca de disgusto.

Ahora todo sería mejor. Estaba bien encarrilada y nada podría detenerla. Volvería a someterse al examen de inspector, y esta vez lo aprobaría, estaba segura.

Se quitó la falda de tweed y el pullover, y se descalzó. Desde luego, nadie le había proporcionado ninguna información sobre Russell Mowrey, pero todos se habían sometido seriamente a su interrogatorio. Todos la habían visto tal como era: una representante de Scotland Yard, una buena agente: competente, inteligente, intuitiva. Era lo que ella necesitaba. Ahora el caso le pertenecía realmente.

Terminó de vestirse, se anudó garbosamente el pañuelo al cuello y bajó la escalera para encontrarse con Lynley.

Éste esperaba en el salón, de pie ante la acuarela de la abadía, sumido en sus pensamientos. Detrás de la barra, Stepha Odell le observaba. Ambos podrían haber sido personajes de otro cuadro. La mujer se movió primero.

– ¿Una copa antes de marcharse, sargento? -le preguntó afablemente.

– No, gracias.

Lynley se volvió entonces, frotándose las sienes y con expresión distraída.

– Ah, Havers. ¿Está preparada para un nuevo asalto a Keldale Hall?

– Por completo.

– Entonces nos vamos. -Saludó a Stepha con una inclinación de cabeza y tomó a Barbara del brazo-. He estado pensando en la mejor manera de abordar el asunto -le dijo una vez a bordo del Bentley-. Tendrá que sostener una conversación con esa horrible pareja americana el tiempo suficiente para que pueda hablar con Saint James. ¿Podrá hacerlo? Siento de veras abandonarla a ese destino, pero si ese Hank me oye, sospecho que se empeñará en intervenir en el caso.

– No tema, señor -replicó Barbara-. Le tendré cautivado.

El la miró con suspicacia.

– ¿De qué manera?

– Haré que hable de sí mismo.

Lynley se echó a reír, y de pronto pareció más joven y mucho menos fatigado.

– Sí, eso surtirá efecto, sin duda.

– Piénselo bien, Barbie -dijo Hank, guiñando un ojo-. Si usted y Tom se proponen investigar en este pueblo, entonces deben quedarse un par de noches. ¿No es cierto, Jojo? Esto se pone intrigante cuando oscurece, ¿eh?

Ya habían cenado y estaban tomando una copa en el salón de roble. Hank llevaba unos pantalones de un blanco cegador, una camisa bordada abierta hasta la cintura y la imprescindible cadena de oro, y miraba de reojo a Barbara, consciente del atractivo que tenía aquella noche. Estaba en pie, como si esperase fundirse con las guirnaldas y querubines tallados en la chimenea, con una mano posada sobre la estilizada prímula de piedra y sosteniendo una copa de coñac, la tercera o la cuarta de la velada. Tenía la otra mano en la cintura, con el pulgar introducido bajo el cinto de los pantalones. Era toda una pose.

Su esposa se sentaba en un sillón de respaldo alto y miraba alternativamente a Deborah y Barbara, como pidiendo disculpas, una vez más, por la conducta de su esposo. Barbara observó con satisfacción que Lynley y Saint James habían logrado retirarse al otro salón inmediatamente después de cenar, y la señora Burton-Thomas dormitaba ruidosamente en un mullido sofá. La mujer roncaba de un modo irregular, y Barbara supuso que estaba fingiendo. No podía culparla, pues Hank llevaba un buen cuarto de hora dando la tabarra.

Barbara echó un rápido vistazo a Deborah para ver cómo encajaba la súbita deserción de su marido, dejándola a merced del impertinente americano. Su rostro, que dado el lugar que ocupaba ante la chimenea estaba entreverado de luces y sombras, parecía sereno, pero cuando notó la mirada de Barbara, una sonrisa maliciosa apareció en sus labios por un instante. Barbara supuso que sabía muy bien lo que estaba ocurriendo, y le gustó la generosidad que debía existir tras la aceptación del hecho.

Cuando Hank abría la boca para proseguir su descripción de los sobresaltos nocturnos en Keldale Hall, Lynley y Saint James volvieron a reunirse con ellos ante la chimenea.

– Ahora les diré lo que ocurrió -decía Hank-. Hace un par de noches fui a la ventana para cerrarla bien y eliminar ese condenado griterío. ¿Ha oído alguna vez a unos pavos reales armar semejante escándalo, Debbie?

– ¿Pavos reales? -preguntó Deborah-. ¡Cielo santo, Simon, al fin y al cabo no se trataba del bebé de la abadía! ¿Me mentiste?

– Es evidente que estaba engañado -replicó Saint James-. La verdad es que ese ruido se parecía mucho al llanto de un niño. ¿Quiere decir que nos resguardamos de un mal inexistente?

– ¿Cómo un bebé? -inquirió Hank incrédulo-. Está tan amartelado que confunde las cosas, Simon. Ese ruido de mil demonios lo producía un pavo real. -Se sentó, con las rodillas separadas y los brazos apoyados en los muslos rojizos-. Como les digo, fui a la ventana para cerrarla y dejar de oír el ruido o para silenciar al maldito pájaro de un zapatazo. Tengo una puntería excelente, ¿se lo había dicho? ¿No? Bueno, en Laguna tenemos un callejón donde merodean los maricas… -Esperó a ver si tendría que explicar una vez más cómo eran los habitantes de Laguna Beach, pero su público parecía más interesado por el otro relato, el cual prosiguió alegremente-: La verdad es que tengo mucha práctica en el lanzamiento de zapatos. ¿No es cierto, Jojo?

– Sí, cariño -replicó ella-. Puede dar a cualquier cosa -aseguró a los otros.

– No lo dudo -dijo Lynley sombríamente.

Hank sonrió mostrando los dientes con corona metálica.

– Así que estoy allí, en la ventana, listo para el zapatazo, cuando me doy cuenta de que hay algo más que un simple pájaro.

– ¿Alguien más gritaba? -inquirió Lynley.

– No, no. El pájaro estaba allí, desde luego, ¡pero vi perfectamente algo más! -Esperó a que le preguntaran qué era, pero los demás guardaron un silencio cortés-. ¡Bueno, bueno! -dijo riendo, y bajó la voz-. Danny y ese individuo, ¿cómo se llama? Esaú… Ezequiel…

– ¿Ezra?

– ¡El mismo! ¡Y cómo daban el pico! ¡Una cosa Barbara! ¡Eh!, les grité. ¿Habéis salido a tomar el fresco?

Los otros siguieron sonriendo cortésmente. Jojo les miró como un cachorro ansioso de cariño.

– Pero ahora viene la mejor parte. -Hank volvió a bajar la voz-. Resulta que no era Danny la que estaba allí. Ezra sí, desde luego.

Sonrió triunfante. Por fin había acaparado toda la atención de sus oyentes.

– ¿Más coñac, Deborah? -preguntó Saint James.

– Gracias.

Hank se inclinó hacia adelante en su asiento.

– ¡Se entiende con Angelina! ¿Se dan cuenta? -Soltó una risotada y se golpeó la rodilla-. Ese Ezra está más ocupado que un gallo en un gallinero, amigos. ¡No sé qué tiene, pero le gusta emplearlo a fondo! -Apuró su copa y prosiguió-: Esta mañana dirigí algunas indirectas a Angelina, pero la chica encaja bien, ni siquiera parpadeó. Créame, Tom, si es acción lo que busca, debe establecerse aquí. -Suspiró satisfecho y empezó a acariciar su cadena de oro-El amor, es algo maravilloso, ¿eh? Nada enreda tanto la mente como el amor. Apuesto a que usted lo sabe bien, Simon.

– Sí, estoy afectado por eso desde hace años -reconoció Saint James.

Hank soltó otra carcajada.

– La conoció cuando era muy joven, ¿verdad? -dijo señalando con un dedo a Deborah-. Fue tras él durante algún tiempo, ¿no?

– Desde la infancia -replicó ella.

– ¿La infancia? -Hank cruzó la sala para servirse más coñac. La señora Burton-Thomas roncó más sonoramente cuando él pasó por su lado-. Apuesto a que eran dos tortolitos que se enamoraron en la escuela, como Jojo y yo. ¿Te acuerdas, cariño? Un poco de ya sabes qué en el asiento trasero del Chevrolet. ¿Tienen aquí cines al aire libre?

– Creo que eso es un fenómeno endémico en su país -replicó Saint James.

– ¿Un qué? -Hank se encogió de hombros y volvió a sentarse. Unas gotas de coñac le salpicaron los pantalones blancos, pero él no hizo caso-. ¿Así que se conocieron en la escuela?

– No. Nos presentaron formalmente en casa de mi madre.

Saint James y Deborah intercambiaron miradas inocentes.

– Vaya, apuesto a que ella arregló el noviazgo. Jojo y yo también empezamos tras una cita a la que fuimos sin conocernos. Tenemos algo en común, Simon.

– La verdad es que nací en casa de su madre -dijo Deborah cortésmente-Pero me crié sobre todo en la casa de Simon en Londres.

Hank torció el gesto. Aquéllas eran aguas peligrosas.

– ¿Has oído eso, Jojo? ¿Estaban emparentados? ¿Primos o algo así?

Era evidente que danzaban en su mente visiones de hemofílicos languideciendo tras puertas cerradas.

– No, en absoluto. Mi padre es… ¿Cómo llamaríamos a papá, Simon? ¿Criado, sirviente, mayordomo, ayuda de cámara?

– Simplemente suegro -replicó Saint James.

– ¿Has oído eso, Jojo? -dijo Hank, asombrado-. Esto sí que es romántico.

Fue repentino, inesperado. Ella trataba de adaptarse. Lynley estaba resultando un personaje de facetas tan diversas, como un diamante tallado por un maestro joyero, que en cada situación aparecía una nueva superficie brillante que ella no había visto antes.

Estaba enamorado de Deborah, lo cual era comprensible. Pero ¿enamorado de la hija del criado de Saint James? Barbara intentó asimilar la información. ¿Cómo había llegado a sucederle tal cosa? Siempre le había parecido que aquel hombre tenía un perfecto dominio de su vida y su destino. ¿Cómo había permitido que le sucediera tal cosa?

Ahora veía su peculiar conducta en la boda de Saint James bajo una nueva luz. Entonces no estaba ansioso de librarse de ella, sino de alejarse de lo que era una fuente de enorme dolor: la felicidad nupcial con otro hombre de una mujer a la que amaba.

Por fin comprendía por qué Deborah había elegido a Saint James entre los dos hombres. Evidentemente, ella nunca había tenido elección, pues Lynley jamás se habría permitido hablarle de amor. De haberlo hecho, finalmente habría tenido que hablar de matrimonio, y Lynley nunca se casaría con la hija de un criado, cosa que sacudiría el árbol familiar hasta sus mismas raíces.

Sin embargo, había querido convertir a Deborah en su esposa, y debió de sufrir mucho al ver cómo Saint James era capaz de violar el ridículo código de comportamiento social que mantenía a Lynley inmovilizado.

¿Qué había dicho Saint James? Su suegro. Con esas breves palabras había borrado serenamente cualquier distinción de clase que pudiera haberle separado de su esposa. Barbara comprendió de súbito que no era extraño que ella le amara.

Durante el trayecto de regreso a la hostería, observó cautelosa a Lynley. Le había faltado valor para decirle a Deborah que la quería, había puesto su familia y su título por delante de su amor. ¿Qué sentiría ahora? ¡Cómo debía de odiarse a sí mismo! ¡Qué arrepentido debía de estar! ¡Qué terrible soledad debía de experimentar!

El notó que su compañera le estaba mirando.

– Hoy ha trabajado muy bien, sargento, sobre todo en el Hall. Puede estar segura de que mantener a Hank a raya durante un cuarto de hora le valdrá una mención honorífica.

Ella se sintió absurdamente complacida por la alabanza.

– Gracias señor. ¿Ha accedido Saint James a ayudarle?

– Así es, en efecto.

Sí, había accedido. Lynley exhaló un suspiro y arrojó el expediente sobre la cama. Dejó encima las gafas, se restregó los ojos y adaptó las almohadas a su espalda.

No había duda de que Deborah había hablado a su marido. Ya habían discutido cuál sería su respuesta cuando él solicitara su ayuda. Fue muy sencilla: “Claro, Tommy. ¿Qué puedo hacer?”.

Era muy propio de ellos. Durante su conversación, aquella mañana, Deborah se había dado cuenta de sus preocupaciones respecto al caso, y había allanado el camino para que pidiera ayuda a Saint James. Y cuán propio de éste era haber accedido sin vacilación, pues cualquier titubeo habría despertado la culpa que siempre yacía como un peligroso tigre herido entre ellos.

Se recostó en las almohadas y cerró los ojos, fatigado, dejando que su mente se deslizara hacia el pasado. Se entregó a las encantadoras visiones de una antigua felicidad que no estaba nublada por la aflicción o el dolor.

A su lado, la adorable Thais
Era como una novia en Pascua florida,
Floreciente de juventud, orgullosa de su belleza
¡Ah, feliz, felicísima pareja!
Sólo el valiente merece a la hermosa.

Las palabras de Dryden surgieron de improviso, sin que él se hubiera propuesto evocarlas. Las dirigió, obligándolas a sumirse en su mente, esfuerzo que le costó toda su concentración y le impidió oír que se abría la puerta y el ruido de pisadas en dirección a la cama. No se dio cuenta de que había alguien más en la habitación hasta que una mano fría le tocó suavemente la mejilla. Abrió los ojos.

– Creo que necesita un vaso de Odell, inspector -susurró Stepha.

CAPÍTULO DOCE

El la miró desconcertado. Esperó que apareciese su máscara de desenvoltura, la llegada del hombre ilusorio que reía, bailaba y tenía una respuesta ingeniosa para todo. Pero no ocurrió nada. Stepha estaba en su habitación, como si se hubiera materializado, surgiendo de ninguna parte, y parecía haber destruido su única línea de defensa. Lo único que quedaba en su repertorio de actitudes cautivadoras era la capacidad de afrontar sin un pestañeo la mirada de aquella mujer.

Tenía que dotar de realidad al momento, cerciorarse de que ella no era un sueño forjado por su mente fatigada. Alargó la mano y tocó su cabellera, asombrándose de la suavidad del pelo.

Ella le cogió la mano y besó la palma y la muñeca. Su lengua recorrió la longitud de los dedos.

– Déjame amarte esta noche, déjame expulsar la locura.

Le hablaba en un susurro, y él se preguntó si su voz formaba parte de un sueño. Pero las manos suaves de Stepha le acariciaban las mejillas, la mandíbula y la garganta, y cuando se inclinó para besarle y sintió el movimiento de la lengua femenina en su boca, supo que formaba parte de una ardiente realidad, un proceso que asediaba calmosamente los muros almenados de su pasado.

Quería huir del asalto, escapar a aquel puerto cargado de dicha que le había mantenido bien protegido durante el último año, un año durante el cual todo deseo había estado ausente, todo anhelo muerto, toda vida incompleta. Pero ella no le permitió ninguna evasión, mientras destruía a conciencia los bastiones tras los que se había ocultado, él volvió a experimentar no una dulce liberación, sino aquella terrible necesidad de poseer a otra persona en cuerpo y alma.

No podía hacerlo, no permitiría que sucediera. Buscó desesperadamente unas últimas y precarias defensas, tratando inútilmente de volver a ser la criatura insensata que rechazaba la vida, pero en su lugar había renacido, callado y vulnerable, el hombre que había permanecido intacto desde el principio bajo aquél caparazón defensivo.

– Háblame de Paul.

Ella se irguió, apoyándose en un codo, le tocó los labios con un dedo y lo deslizó por su contorno. La luz incidía en su cabello, en los hombros y los senos. Era de fuego y leche, aromatizada casi imperceptiblemente con la dulzura de las violetas de Devon.

– ¿Por qué?

– Porque quiero conocerte, porque era tu hermano, porque murió.

Ella desvió la mirada.

– ¿Qué te dijo Nigel?

– Que la muerte de Paul cambió a todo el mundo.

– Es cierto.

– Bridie dijo que se había ido sin despedirse.

Stepha se tendió a su lado.

– Paul se suicidó, Thomas -susurró, estremeciéndose, y él la abrazó-. No se lo dijimos a Bridie. Dijimos que había muerto de la enfermedad de Huntington, y así fue, en cierto modo. Fue esa dolencia lo que le mató. ¿Has visto alguna vez a uno de esos enfermos? Es el baile de san Vito, no pueden controlar el movimiento de su cuerpo, se retuercen, se tambalean, saltan y caen, y al final pierden la razón. Pero Paul no. Por Dios, Paul no.

Se le quebró la voz y aspiró hondo. El acarició el cabello y la besó en la cabeza.

– Lo siento.

– El tenía la razón suficiente para saber que ya no reconocía a su mujer, no sabía el nombre de su hija ni tenía ningún control de su cuerpo. Y también tuvo la razón suficiente para decidir que era hora de morir. -Tragó saliva-. Yo le ayudé. Tenía que hacerlo. Era mi hermano gemelo.

– Eso no lo sabía.

– ¿Nigel no te lo dijo?

– No. Nigel está enamorado de ti, ¿verdad?

– Sí -respondió ella sin embages.

– ¿Vino a Keldale para estar cerca de ti?

Ella asintió.

– Nigel, Paul y yo fuimos juntos a la universidad. Hubo un tiempo en que pude haberme casado con Nigel. Entonces no estaba tan agriado y enfurecido como ahora. Me temo que yo soy la causa de su irritación. Pero nunca me casaré.

– ¿Por qué no?

– Porque la enfermedad de Huntington es hereditaria y yo soy portadora. No quiero trasmitírsela a un hijo. Ya es suficiente con ver a Bridie y pensar, cada vez que tropieza o deja caer algo, que ha contraído la maldita enfermedad. No sé qué haría si tuviera un hijo propio. Probablemente la preocupación me volvería loca.

– No es necesario que tengas hijos, puedes adoptarlos.

– Eso es lo que dicen los hombres, claro, lo que siempre dice Nigel. Pero, a mi modo de ver, el matrimonio no tiene sentido si no puedo tener mi propio hijo, un hijo mío y sano.

– ¿Era un bebé sano el de la abadía?

Ella se incorporó para mirarle.

– ¿De servicio, inspector? Curiosos tiempo y lugar para eso, ¿no crees?

El sonrió irónicamente.

– Lo siento. Me temo que ha sido un acto reflejo. -Entonces añadió, impenitente-: ¿Lo era?

– ¿Dónde oíste hablar del bebé de la abadía? No, no me lo digas. En Keldale Hall.

– Tengo entendido que se trata de una leyenda convertida en realidad.

– Algo así. La leyenda, que los Burton-Thomas divulgan siempre que pueden, es que a veces, por la noche, se puede oír el llanto de un bebé procedente de la abadía. Pero la realidad es muy prosaica. Es un ruido que produce el viento cuando sopla con fuerza suficiente desde el norte, a través de una grieta en la pared entre el transepto norte y la nave. Sucede varias veces al año.

– ¿Cómo lo sabes?

– Cuando éramos adolescentes, mi hermano y yo acampamos allí durante quince días, hasta que descubrimos el origen del sonido. Naturalmente, no decepcionamos a las Burton-Thomas diciéndoles la verdad. Pero si he de ser sincera, ni siquiera el sonido de ese viento se parece mucho al llanto de un bebé.

– ¿Y el bebé auténtico?

– Volvemos a eso, ¿eh? -Apoyó el mentón en el pecho de Lynley-. No sé muchos detalles de esa historia. Ocurrió hace tres años. El padre Hart encontró a la niña, se las arregló para soliviantar a todo el pueblo y a Gabriel Langston le tocó investigar lo ocurrido. Pobre Gabriel. Nunca pudo descubrir nada en absoluto. El furor se extinguió al cabo de unas semanas. Hubo un funeral, al que asistieron todos los vecinos que tienen conciencia y así terminó el asunto. Todo fue bastante sórdido.

– ¿Y te alegraste cuando terminó?

– Sí, no me gusta la sordidez, no la quiero en mi vida. Sólo deseo risas y alegría.

– Quizás temes sentir otra cosa.

– Así es, pero lo que más temo es acabar como Olivia, amar tanto a una persona para que luego desaparezca brutalmente de mi vida. Ya no soporto estar cerca de ella. Después de la muerte de Paul, pareció internarse en una espesa niebla de la que nunca más ha salido. No quiero ser así, jamás. -Pronunció la última palabra con una dura nota de enojo, pero cuando alzó la cabeza, las lágrimas brillaban en sus ojos-. Por favor, Thomas -susurró, y el cuerpo del hombre respondió con la voraz llama del deseo.

La atrajo hacia sí bruscamente, sintió el calor y la pasión de Stepha, oyó su grito de placer y notó que la locura se disipaba.

– ¿Qué me dices de Bridie?

– ¿Qué quieres que te diga?

– Es una niña solitaria, siempre con su pato.

Stepha se rió. Se volvió de lado y su espalda suave le presionó agradablemente.

– Bridie es una niña especial, ¿verdad?

– Olivia parece tenerle poco apego… es curioso. Es como si Bridie estuviera creciendo sin padres.

– Olivia no siempre ha sido así, pero Bridie ha salido a Paul, es igual que él, y creo que eso hiere a Olivia. Todavía no ha superado la desaparición de Paul, ni creo que lo logre nunca.

– Entonces, ¿por qué volvió a casarse?

– Lo hizo por Bridie. Paul era un padre muy enérgico, y Olivia parece haberse sentido obligada a sustituirlo. Supongo que William estaba deseoso de ser el sustituto. -Su voz era cada vez más somnolienta-. No sé exactamente cómo pensó que le iría a ella, pero creo que estaba más interesada en controlar a Bridie. Las cosas habrían salido bien, porque William era muy bueno con Bridie, y Roberta también.

– Según Bridie, tú también lo eres.

Ella bostezó.

– ¿Ah, sí? Le arreglé el pelo a la pobrecilla. No estoy segura de que sea buena en nada más.

– Alejas a los fantasmas -susurró él-. Eres muy buena para eso.

Pero ella ya se había dormido.

Al despertar se encontró con la realidad inequívoca. Ella yacía como una niña, encogida, con las rodillas hacia arriba y los dos puños cerrados bajo el mentón. Lo que soñaba le hacía fruncir el ceño, y tenía una hebra de pelo entre los labios. Lynley sonrió.

Consultó el reloj y vio que eran las seis y media. Se inclinó y besó el hombro desnudo de Stepha. Ella despertó en seguida, sin mostrarse en absoluto confusa por estar en la habitación de Lynley. Alzó la mano, le tocó la mejilla y le atrajo hacia sí.

El la besó en la boca y en el cuello, y oyó el cambio delicado en su respiración que indicaba el placer que sentía cuando le tocó el seno. Deslizó la mano a lo largo de su cuerpo y ella suspiró.

– Thomas… -El levantó la cabeza y contempló las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes de Stepha-. He de irme.

– Todavía no.

– Mira que hora es.

– Dentro de un momento. -Se inclinó sobre ella y sintió la caricia de sus manos en la cabeza.

– Tú… yo… Oh, Dios mío. -Se echó a reír, dándose cuenta de cómo la traicionaba su cuerpo.

El sonrió.

– Entonces vete, si es preciso.

Ella se irguió, le besó por última vez y se dirigió al baño. El permaneció tendido, rebosante de una satisfacción que no había creído poder experimentar de nuevo, y escuchó los ruidos familiares que ella hacía. Se preguntó cómo había podido sobrevivir a aquel año de aislamiento. Entonces ella regresó, sonriente, pasándose el cepillo por el cabello enmarañado. Cogió la bata gris y alzó garbosamente un brazo para ponérsela. Fue entonces, al hacer ese movimiento bajo la luz de la mañana incipiente, cuando él vio en el cuerpo de Stepha la evidencia inequívoca de que había sido madre.

Cuando Barbara oyó que la puerta de la habitación de Lynley se abría y cerraba suavemente, se levantó. Había estado tendida de costado, la mirada fija en la pared y los dientes tan apretados que le dolía la mandíbula. Durante seis horas, desde que les oyó y supo que estaban juntos, se había esforzado por ahogar sus sentimientos.

Ahora se dirigió a la ventana, sintiendo las piernas entumecidas y se quedó mirando insensible el paisaje que emergía de las últimas sombras. El pueblo parecía sin vida, un sitio carente de color o sonido, y ella pensó en lo apropiado que era.

El inequívoco y rítmico chirrido de la cama la había enloquecido. Siguió y siguió hasta que ella quiso gritar, golpear la pared hasta que el ruido cesara. Pero el silencio, que se entabló del mismo modo repentino, fue peor. Golpeó sus tímpanos con pulsaciones airadas que ella finalmente llegó a reconocer como los latidos de su corazón. Y entonces la cama empezó a chirriar de nuevo, interminablemente. Y el grito ahogado de una mujer.

Aplicó una mano seca y cálida al vidrio de la ventana y percibió su fría humedad con sorpresa indiferente. Deslizó los dedos, trazando líneas que examinó minuciosamente.

¿Dónde había ido a parar el amor no correspondido hacia Deborah? Se dijo que había sido una estúpida al modificar su idea sobre aquel hombre. Nunca había dejado de ser el mismo que la noche anterior: un semental, un toro, un macho que tenía que demostrar su virilidad entre las piernas de cada mujer que conocía.

“Bien, anoche lo demostró, inspector. La llevó directamente al cielo tres o cuatro veces, ¿verdad? Es todo un experto en esas lides, desde luego.”

Rió en silencio, tristemente. Había sido todo un placer descubrir que él era como siempre le había considerado: un gato callejero que merodeaba en busca de cualquier hembra en celo, bien disfrazado bajo un barniz refulgente de crianza de clase alta. ¡Pero qué capa tan fina, al fin y al cabo! Bastaba rascar la superficie de aquel hombre para que rezumara la verdad.

El agua del baño empezó a fluir ruidosamente en la habitación contigua, y aquél sonido le pareció a Barbara como un estallido de aplausos. Se apartó de la ventana y decidió cómo se enfrentaría a la jornada.

– Vamos a tener que despanzurrar la casa habitación por habitación-dijo Lynley.

Estaban en el estudio. Havers se había acercado a las estanterías y hojeaba con semblante hosco un ejemplar muy usado de las hermanas Brönte. El la observó. Aparte de las respuestas monosilábicas e inexpresivas a cada observación que él había hecho durante el desayuno, la sargento no había abierto la boca. El frágil hilo de comunicación establecido entre ellos parecía haberse roto. Para empeorar las cosas, había vuelto a ponerse el horrendo vestido azul claro y las ridículas medias de color.

– ¿Me está escuchando, Havers? – inquirió él severamente.

Ella volvió la cabeza lentamente, con insolencia.

– Cada palabra… inspector.

– Entonces empiece por la cocina.

– Uno de los dos sitios que corresponden a una mujercita.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Nada en absoluto – replicó ella, y salió de la habitación.

Lynley la siguió con la mirada, perplejo. ¿Qué demonios le había ocurrido a aquella mujer? Habían trabajado muy bien los dos juntos, pero ahora ella actuaba como si apenas pudiera esperar a desbaratarlo todo y volver a vestir el uniforme. No tenía sentido. Webberly le estaba ofreciendo una oportunidad de redimirse. Si esto era así, ¿por qué ella se empeñaba en justificar todos los prejuicios que tenían en su contra los demás inspectores en el Yard? Suspiró y se obligó a no seguir pensando en ella.

Saint James ya estaría en Newby Wiske, con el cadáver del perro envuelto en una bolsa de polietileno, en el maletero del coche, y las ropas de Roberta en una caja de cartón sobre el asiento trasero. Llevaría a cabo la autopsia, supervisaría las pruebas e informaría de los resultados con su eficiencia habitual. Gracias a Dios. La participación de Saint James aseguraría que por lo menos una parte del caso se manipulara correctamente.

Kerridge, el comisario jefe de Yorkshire, estuvo encantado al saber que Allcourt-Saint James acudiría para usar su bien equipado laboratorio. Todo cuanto sirviera para clavar otro clavo en el ataúd de Nies sería bien recibido. Lynley meneó la cabeza, disgustado, se dirigió al escritorio de William Teys y abrió el cajón superior.

No contenía ningún secreto. Había tijeras, lápices, un arrugado mapa del condado, una cinta para máquina de escribir y un carrete de papel adhesivo. El mapa le interesó al instante y lo desplegó ansioso: quizás estuviera señalada en él la localización de la hija mayor de Teys. Pero no tenía ninguna señal ni criptograma.

Los demás cajones estaban tan carentes de hechos pertinentes como el primero: un bote de pegamento, dos cajas de felicitaciones navideñas sin usar, tres paquetes de fotografías tomadas en la granja, libros de cuentas, registros de los corderos nacidos, una bolsa de caramelos para la tos…Nada en absoluto de Gillian.

Lynley se retrepó en la silla. Su mirada se posó en el atril sobre el que estaba la Biblia. De repente tuvo una idea y abrió el libro por la página marcada previamente. Leyó: “Después Faraón le dijo a José: “Puesto que Dios te ha hecho saber sobre todo esto, no hay nadie tan discreto y sabio como tú. Estarás en persona al frente de mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá sin reserva. Sólo por el trono seré más grande que tú.” Y Faraón se quitó el anillo de su mano y lo colocó en la mano de José, y le vistió con prendas de lino fino y le puso un collar alrededor del cuello. Y le hizo montar en el segundo carro de honor que tenía, para que clamaran delante de él: “Arrodillaos”, poniéndose así ante toda la tierra de Egipto”.

– ¿Busca la guía del Señor?

Lynley alzó la vista. Havers estaba apoyada en la puerta del estudio, su cuerpo sin atractivo silueteado por la luz de la mañana y el rostro inexpresivo.

– ¿Ha terminado con la cocina? -le preguntó.

– He hecho una breve pausa -dijo mientras entraba en la habitación-. ¿Tiene un cigarrillo?

El le ofreció la pitillera y se acercó a las estanterías. Examinó los volúmenes, buscando uno de Shakespeare. Lo encontró y empezó a hojearlo.

– Dígame, inspector. ¿Daze es pelirroja?

La extraña pregunta tardó unos instantes en surtir efecto. Cuando Lynley alzó la vista, Havers volvía a estar al lado de la puerta, deslizando los dedos con expresión meditativa por el marco de madera, al parecer indiferente a la respuesta que él pudiera darle.

– ¿Cómo ha dicho?

Ella abrió la pitillera y leyó la inscripción.

– “Querido Thomas. Siempre nos quedará París, ¿verdad? Daze.” -Le miró fríamente, y fue entonces cuando él reparó en lo pálida que estaba, en los semicírculos oscuros bajo los ojos, en el temblor de la mano que sostenía la pitillera de oro-. Aparte de su uso bastante trillado de Bogart, ¿es pelirroja? Sólo se lo pregunto porque parece preferirlas. ¿O lo cierto es que le sirve cualquiera?

Aterrado, Lynley se dio cuenta demasiado tarde de cuál era el cambio producido en Barbara y de que él era el responsable. No podía decir nada, carecía de una respuesta rápida, pero supo en seguida que no era necesario, pues ella estaba decidida a rechazar la respuesta.

– Havers…

Ella levantó una mano para interrumpirle. Estaba totalmente pálida, con una expresión desabrida, y su tono era tenso y agudo.

– Mire, inspector, no es nada correcto que un hombre no acuda a la habitación de la mujer para su cita amorosa. Me sorprende que no lo supiera. Con la experiencia que usted tiene, se diría que una pequeña cortesía social como esa sería lo último que olvidaría. Desde luego, no es más que un pequeño desliz, y probablemente no molesta a una mujer en absoluto, sobre todo si se compara con el éxtasis de joder con usted.

El término vulgar, pronunciado en tono airado por Barbara, era brutal, y Lynley retrocedió un paso, profundamente disgustado.

– Lo siento, Barbara.

– ¿Por qué lo siente? -replicó ella, forzando una risa gutural-. En el calor de la pasión nadie piensa que puedan oírle. Yo jamás lo hago. -En sus labios apareció una frágil sonrisa-: Y anoche la pasión llegó a extremos insospechados, ¿no es cierto? No podía dar crédito a mis oídos cuando la cama empezó a crujir en el segundo asalto. ¡Y tan pronto! Dios mío, apenas sin descanso.

Él vio cómo se acercaba a un estante y pasaba un dedo por el lomo de un libro.

– No sabía que podía oírnos. Le pido disculpas, Barbara. Lo siento muchísimo.

Ella giró sobre sus talones con rapidez.

– ¿Por qué lo siente? -repitió, esta vez en un tono más alto-. Está de servicio las veinticuatro horas del día, y, además, la culpa no es suya. ¿Cómo iba a saber que Stepha aullaría como una loba?

– No obstante, no tenía la intención de herir sus sentimientos…

– ¡No ha herido mis sentimientos en absoluto! -exclamó ella, con una risa chillona-. ¿De dónde ha sacado semejante idea? Digamos que simplemente me ha picado la curiosidad. Mientras le oía enviar a Stepha a la luna, tres o cuatro veces, me preguntaba si Deborah también aullaba.

Era un disparo en la oscuridad, pero el dardo dio en el blanco. Lynley comprendió que ella lo había visto, pues su rostro se iluminó con una expresión de triunfo.

– Eso no es asunto suyo, ¿no cree?

– ¡Claro que no! ¡Lo sé perfectamente! Pero durante su segunda sesión con Stepha, la cual duró una hora por lo menos, pensé sin poder evitarlo en el pobre Simon. El esfuerzo para igualarse con usted debe de haber sido descomunal.

– Ya está bien, Havers. Ha conseguido lo que quería, y cuando se quita los guantes, dispara a matar. ¿O acaso estoy mezclando las metáforas?

– ¡No se atreva a ser condescendiente conmigo! -gritó ella-. ¿Quién diablos se cree que es?

– Su oficial superior, para empezar.

– Claro, inspector, tiene razón. Ahora es el momento de hacer uso de la autoridad. Bien, ¿qué hago? ¿Sigo trabajando? No le importe que no esté en muy buena forma. Es que anoche no pude pegar ojo.

Cogió un libro del estante y lo arrojó al suelo. Lynley se dio cuenta de que se esforzaba para contener las lágrimas.

– Barbara…-Ella siguió cogiendo libros, pasando las páginas bruscamente y tirándolos al suelo. Los volúmenes estaban enmohecidos y húmedos, e impregnaban el aire con efluvios desagradables-. Escúcheme. Hasta ahora ha hecho un buen trabajo. No cometa una tontería.

La sargento se volvió hacia él, temblorosa.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Tiene una oportunidad de volver al Departamento. No la estropee por estar enojada conmigo.

– ¡No estoy enojada! ¡Usted me importa un bledo!

– Comprendo. En ese caso, zanjemos el asunto.

– De todos modos, ambos sabemos por qué me asignaron a usted. Querían una mujer en este caso y sabían que yo era segura. -Pronunció la última palabra en tono despectivo-. En cuanto esto haya terminado, volverán a enviarme a la calle.

– ¿Qué está diciendo?

– Vamos, inspector, no soy una estúpida. Me he mirado al espejo.

Lo que se desprendía de estas palabras dejó pasmado a Lynley.

– ¿Cree que le han hecho volver al Departamento porque Webberly cree que me llevaría a cualquier otra agente a la cama? -Ella no respondió-. ¿Es eso lo que cree? -repitió. Ella continuó silenciosa-. Maldita sea, Havers…

– ¡Es lo que sé! -gritó Barbara-. Pero lo que Webberly no sabe es que cualquier rubia o morena está segura con usted estos días, no sólo los adefesios como yo. Ahora le gustan las pelirrojas, como Stepha, sustitutas de la que perdió.

– ¡Eso no tiene nada que ver con esta conversación!

– ¡Claro que tiene que ver! ¡Si no estuviera tan desesperado por recuperar a Deborah, no se habría pasado media noche dándole leña a Stepha y no habríamos tenido esta repugnante discusión!

– Entonces vamos a dejarlo, ¿de acuerdo? Le he pedido disculpas. Ha dejado usted absolutamente claros sus sentimientos y suposiciones, por extravagantes que sean. Creo que hemos dicho lo suficiente.

– Eso, puede llamarme extravagante -dijo ella con aspereza-. ¿Y usted? No se quiere casar con una mujer porque su padre es un sirviente, contempla cómo su propio amigo se enamora de ella, se pasa el resto de su vida lamentándose de ello y, sin embargo, me tacha de extravagante.

– Los hechos que expone no son del todo exactos -replicó él en tono glacial.

– Oh, tengo todos los hechos que necesito, y cuando los pongo juntos, la palabra más apropiada para describirlos es “extravagantes”. En primer lugar, está enamorado de Deborah Saint James y no se molesta en negarlo. En segundo lugar, ella está casada con otro. En tercer lugar, es evidente que usted tuvo una relación sentimental con ella, lo cual nos lleva inevitablemente al cuarto hecho: pudo haberse casado con ella, pero prefirió no hacerlo y va a pagar por esa estúpida decisión, ese prejuicio intolerante de clase superior por el resto de su condenada vida.

– Parece tener mucha confianza en mi atracción fatal por las mujeres. Cualquier mujer que se acuesta conmigo sólo está deseosa de casarse conmigo. ¿No es eso?

– ¡No se ría de mí! -gritó ella enfurecida.

– No me río de usted, y tampoco voy a seguir con esta discusión.

Lynley se dirigió hacia la puerta.

– ¡Ah, muy bien! ¡Huya, huya! ¡Eso es lo que esperaba de usted, Lynley! ¡Vaya a acostarse otra vez con Stepha! ¿O quizás con Helen? ¿Se pone una peluca pelirroja para excitarle? ¿Le permite que la llame Deb?

El sintió la ira como una corriente que avanzaba impetuosa por sus venas. Se obligó a mantener la calma y consultó su reloj.

– Escuche, Havers, voy a ir a Newby Wiske para ver los resultados de los análisis de Saint James. Dispondrá usted de… unas tres horas para registrar esta casa y encontrar algo, cualquier cosa, Havers, que me conduzca a Gilllian Teys. Puesto que tiene esa notable capacidad para reunir hechos dispersos, no tendrá ningún problema. Pero si no tiene nada que informarme dentro de tres horas, considérese despedida. ¿Está claro?

– ¿Por qué no me despide ahora mismo y acabamos con el asunto de una vez? -gritó ella.

– Porque me gusta saborear sin prisas mis placeres. -Se acercó a ella y le cogió la pitillera que sostenía su mano lacia-. Daze es rubia -le dijo.

Barbara soltó un bufido.

– Eso es difícil de creer. ¿Se pone una peluca roja en esos momentos íntimos?

– No lo sé. -Giró la pitillera, revelando la A en antigua caligrafía artística que adornaba la cubierta-. Pero es una pregunta interesante. Si mi padre viviera, se lo preguntaría. Esta pitillera era suya. Daze es mi madre.

Lynley recogió el volumen de Shakespeare y salió de la estancia.

Barbara se quedó inmóvil, esperando que remitieran lo violentos latidos de sus venas, enfrentándose poco a poco a la terrible enormidad que acababa de cometer.

“Ha hecho un buen trabajo hasta ahora… Tiene una oportunidad de regresar al Departamento. No la estropee porque está enojada conmigo.”

¿No era eso exactamente lo que había hecho? La necesidad de enfurecerse con él, de castigarle, de insultarle por ceder a la atracción de una mujer hermosa había vencido a todas sus buenas intenciones cuando empezó a trabajar en el caso. No acertaba a comprender cómo había podido llegar a perder el dominio de sí misma hasta tal extremo.

¿Estaba celosa? ¿Acaso por un instante de locura había pensado que Lynley podría mirarla y no verla como era realmente: una mujer fea y rechoncha, encolerizada con el mundo, amargada, sin amigos y terriblemente sola? ¿Había abrigado la secreta esperanza de que aquel hombre llegara a interesarse por ella? ¿Era eso lo que le había impulsado a atacarle aquella mañana? La idea era claramente absurda.

No, no era posible. Tenía de él un conocimiento suficiente para no ser tan ignorante.

Se sintió exhausta, y pensó que aquella casa la deprimía, tener que trabajar en semejante habitáculo de espectros. Cuando llevaba cinco minutos allí, sentía deseos de gritar, de subirse por las paredes, de tironearse salvajemente el pelo.

Fue a la puerta del estudio y miró el santuario de Tessa, al otro lado de la sala de estar. La mujer le sonreía amablemente, pero ¿no había cierta expresión de victoria en sus ojos? ¿No era como si Tessa hubiera sabido desde el principio que ella, Barbara, fracasaría cuando entrara en la casa y percibiera su silencio y frialdad?

Lynley le había dado tres horas. Sólo tres horas para descubrir el secreto de Gillian Teys.

Era ridículo, amargamente risible. Lynley sabía que iba a fracasar, que tendría la satisfacción de enviarla a Londres, donde, de nuevo caída en desgracia, volvería a ponerse en uniforme. ¿De qué serviría intentarlo? ¿Por qué no abandonar en seguida y no darle a aquel hombre el gusto de rebajarla?

Se arrojó sobre el sofá de la sala de estar. La imagen de Tessa la contemplaba, comprensiva. Pero… ¿y si encontrara a Gillian? ¿Y si tenía éxito allí donde el mismo Lynley había fracasado? ¿Importaría entonces realmente que él volviera a enviarla a la calle? ¿No sabría entonces, de una vez por todas, que servía para algo, que podría haber formado parte de un equipo?

Era una idea. Ociosamente, tiró de la desgastada tapicería del sofá. El sonido de sus dedos al rozar los hilos era el único ruido de la casa, excepto el lejano susurro de los ratones, apenas audible, como un pensamiento formado a medias.

Miró pensativa la escalera.

Estaban sentados ante una mesa de Las Llaves y la Vela, la céntrica y más próspera taberna de Newby Wiske. La mayoría de los parroquianos que la llenaban a la hora de comer se habían ido y, aparte de ellos mismos, sólo quedaban los habituales que, encorvados sobre la barra, consumían sus jarras de cerveza.

Empujaron sus platos a un lado de la mesa y Deborah vertió el café que acababan de servirles. En el exterior, el cocinero y el lavaplatos echaban desperdicios al cubo de la basura, al tiempo que discutían ruidosamente sobre un caballo de tres años que correría en Newmarket y en el que el cocinero había invertido sin duda una parte considerable de su salario semanal.

Saint James echó una generosa cantidad de azúcar al café. Lynley esperó pacientemente hasta que disolvió la cuarta cucharada agitando el líquido con parsimonia.

– ¿No las cuenta?

– Me temo que no -replicó Deborah.

– Es increíble, Saint James. ¿Cómo puedes tomar un brebaje tan dulzón?

Su amigo le tendió los resultados de los análisis.

– Necesito algo para recuperarme del hedor de ese perro. Estás en deuda conmigo por esto, Tommy.

– Desde luego. ¿Qué has encontrado?

– El animal murió de hemorragia causada por una herida en el cuello. Parece ser que la causaron con un cuchillo cuya hoja tendría unos doce centímetros de largo.

– Entonces no era un cortaplumas.

– Supongo que era un cuchillo de cocina o de carnicero. Algo así. ¿Vieron los forenses todos los cuchillos de la granja?

Lynley revisó las hojas del expediente que había llevado consigo.

– Así parece, pero el cuchillo en cuestión no se encontró por ningún lado.

Saint James se quedó pensativo.

– Eso es intrigante. Casi sugiere… -Hizo una pausa y dejó de lado la idea-. Bien, la chica ha admitido que mató a su padre, el hacha está en el suelo…

– Sin ninguna huella en el mango -le interrumpió Lynley.

– Cierto, pero a menos que la Sociedad Protectora quiera entablar un juicio por crueldad hacia los animales, no hay verdadera necesidad de tener el arma que mató al perro.

– Empiezas a decir lo mismo que Nies.

– ¡No lo permita Dios! -Saint James removió su café y estaba a punto de echarle más azúcar cuando su esposa, con una sonrisa beatífica, apartó el azucarero de su alcance. El gruñó en broma y añadió-: Sin embargo, había algo más. Barbitúricos.

– ¿Qué?

– Barbitúricos -repitió Saint James-. Aparecieron en el análisis de drogas. Mira. -Le tendió el informe de toxicología por encima de la mesa.

Lynley lo leyó, sorprendido.

– ¿Quieres decir que el perro estaba drogado?

– Sí. La cantidad de droga residual que apareció en las pruebas indica que el animal estaba inconsciente cuando lo degollaron.

– ¡Inconsciente! -Lynley examinó el informe y lo arrojó sobre la mesa-. Entonces no lo mataron para silenciarlo.

– En efecto. No habría producido ningún ruido.

– ¿Había suficiente barbitúrico para acabar con él? ¿Trataría alguien de matarle con la droga y luego, al fracasar, decidió pasar al cuchillo al pobre animal?

– Supongo que es posible, pero, en vista de lo que me has contado sobre el caso, eso no tiene mucho sentido.

– ¿Por qué no?

– Porque esa persona desconocida primero habría tenido que entrar en la casa, conseguir la droga, administrársela al perro, esperar a que hiciera efecto, darse cuenta de que no iba a matarle, ir en busca de un cuchillo y terminar el trabajo. ¿Y qué hacía el perro durante todo ese tiempo? ¿Esperar pacientemente a que lo degollaran? ¿No se habría puesto a ladrar, armando un escándalo?

– Espera. Vas demasiado rápido para mí. ¿Por qué esa persona habría tenido que entrar en la casa para buscar la droga?

– Porque era la misma que había tomado William Teys, y supongo que guardaba sus somníferos en la casa, no en el granero.

Lynley asimiló esta información.

– Tal vez alguien la llevaba consigo.

– Tal vez. Supongo que la persona pudo haberla administrado al perro, esperó a que surtiera efecto, degolló al animal y esperó a que Teys entrara en el granero.

– ¿Entre las diez y las doce de la noche? ¿Qué habría estado haciendo Teys en el granero a esas horas?

– A lo mejor buscaba al perro.

– ¿Por qué? ¿Por qué el granero? ¿Por qué no lo buscó en el pueblo, adonde siempre iba el perro? Y además, ¿por qué iba a buscarlo? Todo el mundo dice que el perro deambulaba a sus anchas. ¿Por qué iba a preocuparse de súbito por el animal precisamente aquella noche?

Saint James se encogió de hombros.

– Lo que Teys se proponía es cuestión a debatir, si te empeñas en descubrir quién mató al animal. Sólo una persona pudo haberlo liquidado… Roberta.

Salieron de la taberna y Saint James extendió el vestido de seda sobre el capó del Bentley, haciendo caso omiso de las miradas de un grupo de ancianos turistas que pasaban en busca de recuerdos fotográficos, con las cámaras colgadas del cuello. Señaló una mancha en la parte interior del codo de la manga izquierda, la mancha parecida a un charco entre la cintura y las rodillas y la misma sustancia en el puño blanco de la manga derecha.

– Las pruebas indican que toda esta sangre es del perro. -Se volvió hacia su esposa-. ¿Quieres demostrarlo, cariño, como hiciste en el laboratorio? En esta extensión de césped.

Deborah se arrodilló, sentándose sobre los talones. Su vestido se posó sobre el suelo como un manto. Saint James se colocó detrás de ella.

– Si tuviéramos un perro dispuesto a cooperar, se vería mejor, pero haremos cuanto podamos. Roberta, que probablemente podía recoger las píldoras de su padre, drogó anteriormente al perro, quizás con la cena, asegurándose así de que el animal permaneciera en el granero. Lo hizo de modo que el animal no se derrumbara en el pueblo. Una vez que el perro estuvo inconsciente, se arrodilló en el suelo tal como lo hace Deborah. Sólo en esta postura la sangre mancharía el vestido en los lugares precisos en los que lo ha hecho. Levantó la cabeza del perro y la sostuvo sobre el brazo doblado. -Dobló suavemente el brazo de Deborah para demostrarlo-. Entonces cortó la garganta del perro con la mano derecha.

– Eso es una locura -dijo Lynley con voz ronca-. ¿Por qué iba a hacer tal cosa?

– Espera un momento, Tommy. La cabeza del perro está apartada de ella. Le clava el cuchillo en la garganta, lo cual produce el charco de sangre en la falda del vestido. Entonces tira del cuchillo hacia arriba con la mano derecha, hasta completar el trabajo. -Señaló las zonas concretas en el vestido de Deborah-. Hay sangre en el codo, donde sostuvo la cabeza, sangre en la falda, vertida del cuello, y sangre en la manga y el puño derecho, desde donde clavó el cuchillo y continuó el corte. -Saint James tocó suavemente el cabello de su mujer-. Gracias, cariño.

Le ayudó a incorporarse.

Lynley se dirigió al coche y examinó el vestido.

– Francamente, no veo qué sentido tiene. ¿Por qué diablos haría una cosa así? ¿Me estás diciendo que la chica se vistió el sábado por la noche con sus mejores prendas de domingo, se dirigió tranquilamente al granero y degolló al perro por el que sentía cariño desde la infancia? -Alzó la vista-. ¿Por qué?

– No puedo darte la respuesta. No puedo decirte lo que estaba pensando, sino sólo lo que hizo.

– Pero, ¿no pudo haber ido al granero, encontrado el perro muerto y, presa de pánico, lo cogió, colocó la cabeza en su brazo y entonces se manchó de sangre?

Hubo una pausa muy breve.

– Es posible, pero improbable.

– Pero es posible. ¿Es realmente posible?

– Sí, pero improbable, Tommy.

– Entonces, ¿qué escena imaginas?

Deborah y Saint James intercambiaron una mirada. Estaban incómodos y Lynley comprendió que habían discutido el caso y compartían una opinión que sólo divulgarían a regañadientes.

– ¿Y bien? -les instó-. ¿Están diciendo que Roberta mató al perro, que su padre se personó en el granero y descubrió lo que había hecho, que tuvieron una discusión tremenda y entonces ella le decapitó?

– No, no. Es muy posible que Roberta no matara a su padre, pero sin duda estaba presente cuando ocurrió. Tuvo que estar allí.

– ¿Por qué?

– Porque la sangre que cubre todo el borde de su vestido es de Teys.

– Tal vez fue al granero, encontró su cuerpo y, en su conmoción, cayó de rodillas.

Saint James meneó la cabeza.

– Esa idea no se sostiene.

– ¿Por qué no?

Señaló la prenda sobre el capó del coche.

– Fíjate en la forma. La sangre de Teys ha sido salpicada, y sabes tan bien como yo lo que eso significa. Sólo pudo llegar ahí de una manera.

Lynley permaneció un momento silencioso.

– Estaba en pie cuando sucedió -concluyó.

– Tuvo que estar de pie. Si ella misma no lo hizo, tenía que estar allí mismo mientras otra persona descargaba el hacha.

– ¿Está protegiendo a alguien, Tommy? -preguntó Deborah al ver la expresión del rostro de Lynley.

Él no replicó en seguida. Pensaba en las formas: formas de palabras, de imágenes, de conductas. Pensaba en lo que uno aprende, cuándo lo aprende y cuándo puede ponerlo en uso práctico. Pensaba en el conocimiento y en cómo, a la postre, se combina inevitablemente con la experiencia y señala hacia lo que es la verdad incontrovertible. Se levantó para responder a la pregunta con otra propia.

– Dime, Saint James, ¿hasta dónde llegarías para salvar a Deborah?

Era una pregunta peligrosa. Se hizo una pausa de silencio. Quizás era mejor dejar inexploradas aquellas aguas.

– ¿“Cuarenta mil hermanos”? ¿Con eso es con lo que estamos ahora? -La voz de Saint James no había cambiado, pero su sombría expresión era una advertencia.

– ¿Hasta dónde llegarías? – insistió Lynley.

– ¡No sigas por ahí, Tommy! – exclamó Deborah, tendiendo la mano en un gesto para impedir que siguiera adelante, para evitar que hiciera un daño irreparable al cristal delicado de su frágil paz.

– ¿No dirías la verdad? ¿Sacrificarías tu vida? ¿Hasta dónde llegarías para salvar a Deborah?

Saint James miró a su esposa, la cual estaba completamente pálida; la emoción hacía que el rostro le temblara ligeramente y las lágrimas asomaban a sus ojos. Y él comprendió. Aquello no era una lucha cuerpo a cuerpo ante una tumba de Elsinor, sino la pregunta fundamental.

– Haría cualquier cosa – replicó él, mirando a su mujer-. Lo haría, sí, por Dios. Haría lo que fuera.

Lynley asintió.

– Es lo que suele hacer la gente por los seres a los que ama, ¿no?

Lynley eligió a Tchaikovski: la sinfonía número 6 Patética. Sonrió mientras las notas del primer movimiento llenaban el coche. Helen nunca se lo habría permitido.

– ¡No, querido Tommy, de ninguna manera! -habría protestado-. ¡No hagamos que nuestra depresión mutua nos aboque al suicidio! -Entonces ella habría buscado entre todas las cintas para encontrar algo adecuadamente animado: Strauss, como siempre, a todo volumen y acompañado de las absurdas observaciones de Helen-: Imagínalas, Tommy, deslizándose por el bosque con sus falditas cortas. ¡Es totalmente religioso!

Aquél día, sin embargo, el tema grave de la Patética con su implacable exploración del sufrimiento espiritual del hombre era adecuada para su estado de ánimo. No podía recordar la última vez que se había sentido tan abrumado por un caso. Experimentaba la sensación de que un peso enorme, que no tenía nada que ver con la responsabilidad de llegar al fondo del asunto, presionaba sobre su corazón, y conocía su origen. El asesinato, su naturaleza atávica y sus consecuencias inefables, era una hidra, cada una de cuyas cabezas, cortada implacablemente en un esfuerzo para llegar al “cuerpo prodigioso semejante al de un perro” de culpabilidad, dejaba en su lugar dos cabezas más venenosas que la anterior. Pero al contrario que tantos de sus casos anteriores, en los que la mera rutina le bastaba para avanzar hasta el meollo del mal – deteniendo el flujo de sangre, impidiendo más crecimiento y dejándole personalmente indemne tras el encuentro-, aquel caso le afectaba mucho más íntimamente.

Sabía por instinto que la muerte de William Teys no era más que una de las cabezas de la serpiente, y el conocimiento de que otras ocho aguardaban para presentarle batalla -y, más aún, que ni siquiera había llegado a conocer la verdadera naturaleza del mal al que se enfrentaba-, le inundaba de ansiedad nerviosa. Pero se conocía a sí mismo bastante bien para saber que su desolación y su desespero se debían a algo más que la muerte de un hombre en un granero de Keldale.

Tenía que ocuparse de Havers, pero más allá de la sargento estaba la verdad, pues por debajo de sus acusaciones mordaces e infundadas, de su fealdad y su dolor, las palabras que le dijo eran veraces. ¿Acaso no había intentado pasar el último año de su vida en una búsqueda infructuosa de una sustituta de Deborah? No de la manera que Havers había sugerido, sino de un modo mucho más insincero que un acoplamiento indiferente, el mero encuentro de dos cuerpos, la experiencia momentánea del placer y luego la separación, siguiendo cada uno su camino sin que el encuentro les hubiera afectado. Eso, por lo menos, era cierta clase de expresión, una entrega momentánea, por breve que fuera. Pero durante el último año de su vida, no le había dado nada a nadie.

Detrás de su comportamiento, ¿no se encontraba la certeza de que había mantenido su dura soledad durante aquel año no por Deborah, sino porque se había convertido en sumo sacerdote de una religión cuyo único fiel era él mismo, un celebrante inmerso en la devoción al pasado? En esta religión retorcida, había escrutado minuciosamente a cada mujer que se cruzaba en su vida, y las había encontrado a todas deficientes en comparación con Deborah, no la Deborah de carne y hueso, sino una diosa mística que sólo vivía en su mente.

Vio entonces que no había deseado olvidar el pasado, que, por el contrario, había hecho todo lo posible para mantenerlo vivo, como si su intención hubiera sido desposarse con él y no con Deborah.

Entonces comprendió que también sería preciso enfrentarse a Stepha. Había hechos que debía poner en claro, pero no se sentía con ánimo para hacerles frente. Todavía no.

Cuando concluía el último movimiento de la sinfonía, penetró en el camino que enlazaba los páramos con Keldale. Las hojas de otoño salían despedidas al paso del Bentley, dejando detrás una nube roja, dorada y amarilla, heraldo del invierno. Aparcó ante la hostería y miró durante un momento las ventanas, preguntándose aturdido cómo y cuándo iba a reunir los fragmentos desperdigados de su vida.

Havers debía de haberle visto llegar, pues salió a la puerta en cuanto él desconectó el motor del vehículo. Soltando un gruñido, Lynley se preparó para otro enfrentamiento, pero ella no le dio ocasión de hacer ninguna observación preliminar.

– He encontrado a Gillian -le anunció.

CAPÍTULO TRECE

De alguna manera había logrado llegar indemne al final de la mañana. El terrible enfrentamiento con Lynley, seguido de los horrores encontrados en el dormitorio de Roberta le habían servido para disipar su enojo y su desdicha, que había sustituido por una sorda indiferencia. Sabía que de todos modos el inspector haría que la despidieran, y se lo tenía bien merecido. Pero antes le demostraría que podía ser una buena agente. Para lograrlo, tenía que pasar por una última entrevista, una última oportunidad de demostrar su valía.

Lynley contempló la colección de objetos esparcidos sobre una de las mesas del salón: el álbum que contenía las fotos familiares mutiladas, una novela muy manoseada, la fotografía que estaba sobre el escritorio de Roberta, la otra foto de una de las dos hermanas y una serie de seis páginas de periódico amarillentas, todas ellas dobladas de modo que tuvieran el mismo tamaño, cuarenta y tres por cincuenta y cinco centímetros.

El inspector guardaba silencio. Con ademán distraído, se sacó la pitillera del bolsillo, encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá.

– ¿Qué es todo esto, sargento? -le preguntó.

– Creo que éstos son los hechos sobre Gillian -respondió ella, en un tono cuidadosamente modulado, pero con un ligero temblor que a él no le pasó inadvertido. Se aclaró la garganta para ocultarlo.

– Me temo que va a tener que ilustrarme -le dijo-. ¿Un cigarrillo?

Ella anhelaba tener entre los dedos el cilindro de tabaco, estaba ansiosa de inhalar el humo, pero sabía que si encendía uno revelaría el temblor de sus manos.

– No, gracias -replicó. Aspiró hondo, sin apartar los ojos del semblante reservado de Lynley, y le preguntó-: ¿Cómo forra ese sirviente suyo, Denton, los cajones de su escritorio?

– Supongo que con alguna clase de papel. Nunca me he fijado en eso.

– Pero no lo haría con papel de periódico, ¿verdad? -Estaba sentada delante de él, con los puños apretados sobre el regazo, y sentía el dolor de las uñas que se clavaban en las palmas-. No sirve, porque las letras impresas dejarían huella en la ropa.

– Cierto.

– Me sentí intrigada cuando usted dijo que los cajones de Roberta estaban forrados con papel de periódico, y recordé lo que dijo Stepha, que Roberta iba todos los días a buscar el Guardian.

– Hasta que murió Paul Odell. Entonces dejó de hacerlo.

Barbara se colocó el cabello detrás de las orejas. Carecía de importancia, o por lo menos quería convencerse de ello, que él no la creyera, que se riera de las conclusiones a que había llegado después de pasar tres horas en aquella horrible habitación.

– No creo que el hecho de que no siguiera yendo a buscar el Guardian tuviera nada que ver con Paul Odell. No, el motivo fue Gillian.

Lynley miró los periódicos y vio lo mismo que había llamado la atención de Barbara: Roberta había forrado sus cajones con las páginas de anuncios por palabras. Además, aunque había seis páginas de periódico sobre la mesa, eran duplicados de sólo dos páginas del Guardian, como si algo memorable hubiera aparecido en un solo número y Roberta hubiera pedido a alguien más su ejemplar para conservar aquellas páginas como recuerdo.

– La columna de anuncios personales -murmuró Lynley-. Dios mío, Havers, Gillian le envió un mensaje.

Barbara cogió una de las hojas y deslizó un dedo por la columna.

– “R. Mira el anuncio. G” -leyó-. Creo que éste es el mensaje.

– ¿Qué anuncio?

Barbara tomó entonces la segunda página.

– Creo que lo tenemos aquí.

Lynley lo leyó. Fechado casi cuatro años antes, era un pequeño anuncio cuadrado que anunciaba una reunión en Harrogate, a cargo de una organización llamada Casa del Testamento. Estaban relacionados los miembros del grupo, pero entre ellos no figuraba Gillian Teys. Lynley alzó la vista con expresión inquisitiva.

– No caigo, sargento.

Ella enarcó las cejas, sorprendida.

– ¿Es que no conoce la Casa del Testamento? No importa, siempre olvido que hace años que no viste usted el uniforme. La Casa del Testamento es una organización dirigida por un sacerdote anglicano, en la plaza Fitzroy. Ese hombre enseñaba en la universidad, pero parece ser que un día uno de sus alumnos le preguntó por qué no ponía en práctica lo que predicaba (alimentar al hambriento y vestir al desnudo) y decidió que ésa era una buena manera de orientar su vida, así que fundó la Casa del Testamento.

– ¿Y qué hace?

– Es una organización que recoge a jóvenes que han escapado de casa. Prostitutas adolescentes, chaperos, drogadictos de todas las razas y cualquier persona menor de veintiún años que vaya sin rumbo por Trafalgar o Piccadilly o cualquier estación, y se arriesga a ser presa de un macarra o una puta. Todos los policías uniformados le conocen. Siempre le llevamos chicos descarriados.

– Debe de ser este reverendo George Clarence, ¿verdad?

– Sí, prepara esas reuniones a fin de obtener dinero para la organización.

– ¿Y cree usted que este grupo recogió a Gillian Teys en Londres?

– Sí, en efecto.

– ¿Por qué?

Le había costado mucho encontrar el anuncio y mucho más descifrar su significado, y ahora todo, pero sobre todo su carrera, dependía de que Lynley estuviera dispuesto a creerla.

– Por este nombre. -Señaló el tercer nombre que figuraba en el anuncio.

– ¿Nell Graham?

– Sí.

– No entiendo nada.

– Creo que Nell Graham era el mensaje que Roberta esperaba. Durante años examinó fielmente el periódico todos los días, en espera de saber qué le había sucedido a su hermana. Nell Graham se lo dijo. Significaba que Gillian había sobrevivido.

– ¿Por qué Nell Graham? -preguntó Lynley, y echó un vistazo a los otros nombres-. ¿Por qué no Terence Hanover, Caroline Paulson o Margaret Crist?

Havers cogió la manoseada novela que estaba sobre la mesa.

– Porque ninguno de esos es un personaje de las hermanas Brönte, inspector. -Dio unos golpecitos en la cubierta del libro-. El inquilino de Wildfell Hall trata de Helen Huntington, una mujer que viola el código social de su época y abandona a su marido alcohólico para iniciar una nueva vida. Entonces se enamora de un hombre que no sabe nada de su pasado, que sólo conoce el nombre que ella misma se ha dado: Helen Graham, Nell Graham, inspector.

Aguardó angustiada su respuesta, y cuando por fin llegó, nada podría haberla sorprendido más, ni podría haberla desarmado con mayor facilidad.

– Bravo, Barbara -le dijo en voz baja, con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios-. Dígame -le dijo ansioso de conocer más-. ¿Cómo llegó a formar parte de ese grupo? ¿Cuál es su teoría?

El alivio fue tan considerable que Barbara empezó a temblar de la cabeza a los pies. Aspiró hondo para evitar que se le quebrara la voz.

– Verá, supongo que Gillian tenía bastante dinero para ir a Londres, pero se le acabó pronto. Es posible que la recogieran en la calle o en una estación.

– Pero ¿por qué no la devolvieron a su padre?

– Porque la Casa del Testamento no funciona así. Alientan a los chicos para que vuelvan a casa o por lo menos telefoneen a sus padres y les hagan saber que están bien, pero no obligan a nadie. Si prefieren quedarse en la organización, sólo tienen que obedecer las reglas. No les hacen preguntas.

– Pero Gillian se marchó de casa a los dieciséis años. Si es esta Nell Graham, tendría veintitrés cuando formó parte de ese grupo en Harrogate. ¿Es juicioso pensar que se quedó en la Casa del Testamento todos esos años?

– Si no tenía a nadie más, es perfectamente juicioso. Si quería una familia, ese grupo era lo más apropiado. En cualquier caso, sólo hay una manera de estar seguros…

– Hablar con ella -concluyó Lynley, y se levantó-. Recoja sus cosas. Nos iremos dentro de diez minutos. -Buscó entre los papeles del expediente y sacó la fotografía de Russell Mowrey y su familia-. Dele esto a Webberly cuando llegue a Londres -le dijo mientras garabateaba un mensaje en el dorso.

– ¿Cuando llegue a Londres? -El corazón le dio un vuelco. Entonces, la despedía, como le había prometido tras su enfrentamiento en la granja. Después de todo, no podía esperar otra cosa.

Lynley alzó la vista. Estaba muy serio.

– Usted la ha encontrado, sargento, y puede traerla a Keldale. Creo que Gillian es la única manera que tenemos de llegar a Roberta, ¿no le parece?

– Yo… pero… -Se interrumpió, temerosa de creer en lo que significaban las palabras del inspector-. ¿No quiere telefonear a Webberly? ¿Que vaya alguien… o usted mismo?

Él la interrumpió agitando una mano.

– Confío en su buen juicio, sargento. Tráigala aquí lo antes posible.

Ella desenlazó las manos, consciente de la oleada de alivio que recorría su cuerpo.

– Sí, señor -susurró.

Lynley tamborileó sobre el volante y contempló la casa en lo alto de la suave elevación cubierta de césped. Había conducido como un loco para lograr que Havers tomara el tren de las tres con destino a Londres, y ahora estaba ante el hogar de los Mowrey, pensando en la mejor manera de abordar a la mujer. Al fin y al cabo, ¿no era la verdad mejor que el silencio? ¿Acaso él no había aprendido eso por lo menos?

Ella le recibió en la puerta. La mirada cautelosa que le dirigió por encima del hombro le indicó que esta vez la visita no era tan bien acogida como la anterior.

– Mis hijos acaban de regresar de la escuela -le explicó mientras entraban, y cerró la puerta a sus espaldas. Se quitó la rebeca: su cuerpo era esbelto como el de una niña-. ¿Ha tenido alguna noticia de Russell?

Lynley se recordó que no podía haber esperado que le preguntara por su hija. Aquella mujer se había despedido del pasado, había efectuado un corte quirúrgico, separándose de él limpiamente.

– Tiene que ponerse en contacto con la policía, señora Mowrey.

Ella palideció.

– Él no ha podido hacer eso. No lo ha hecho.

– Debe telefonear a la policía.

– No puedo, no, no puedo -susurró impetuosamente.

– No está con sus parientes de Londres, ¿verdad? -Ella meneó la cabeza brevemente, una sola vez, y mantuvo el rostro apartado-. ¿Su familia ha tenido alguna noticia de él? -De nuevo la misma respuesta-. Entonces, ¿no es mejor averiguar dónde está? -Como ella no replicó, el inspector la cogió del brazo y la llevó hacia el sendero-. Dígame, ¿por qué tenía William todas esas llaves?

– ¿Qué llaves?

– Había una caja llena de llaves en un estante del armario, pero no hay ninguna otra llave en el resto de la casa. ¿Sabe por qué?

Ella inclinó la cabeza y se llevó una mano a la frente.

– Las llaves… Me había olvidado… Fue… fue por la rabieta de Gillian.

– ¿Cuándo?

– Ella tendría siete años, casi ocho. Lo recuerdo porque yo estaba embarazada de Roberta. Fue una de esas situaciones que surgen de improviso y no guardan ninguna proporción, esas que luego, cuando el niño es mayor, hacen reír a la familia. Recuerdo que, durante la cena, William dijo: “Gilly, esta noche leeremos la Biblia”. Yo estaba allí sentada, probablemente soñando despierta, y esperaba que ella dijera que sí, como siempre. Pero ella no quiso leer la Biblia aquella noche y William se empeñó en que sí. La niña se puso histérica, se fue corriendo a su cuarto y cerró la puerta.

– ¿Y qué pasó entonces?

– Era la primera vez que Gilly desobedecía a su padre,