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Miedo A Los Cincuenta

Erica Jong

Este libro de memorias está escrito a los cincuneta años, punto de inflexión de la existencia. Y es también el testimonio de varias décadas fundamentales en la historia de las mujeres. El sentido del humor y el ingenio con que Erica Jong levanta acta de los logros obtenidos por las mujeres desde la eclosión del feminismo a finales de los sesenta y principios de los setenta han convertido esta inusitada autobiografía en un verdadero éxito mundial. Miedo a los cincuenta encierra la vida de una generación de mujeres educadas para ser como Doris Day cuando fueran mayores y que ahora tienen que educar a sus hijas en los tiempos de Madonna y las Spice Girls.

Erica Jong

Miedo A Los Cincuenta

Título original: Fear of Fifty

Traducción: Mariano Antolín Rato

A mi hija, Molly

– ahora te toca a ti.

Agradecimientos

Gracias especiales a mis intrépidas editoras: Gladys Justin Carr, vicepresidenta y editora asociada de HarperCollins, y Tracy Devine, de HarperCollins de Nueva York; y a Carmen Callil y Alison Samuel, de Chatto amp; Windus de Londres. Gracias también a Ed Víctor, Joni Evans, Ken Burrows y Mari Schatz, mis primeras lectoras, sección de aplausos y pateos, y editoras extraoficiales. En mi primer libro, me molestaron las supresiones y sugerencias. En éste, el decimosexto, estoy profundamente agradecida. Sin embargo, como con mi vida, los defectos son sólo míos.

La cita de «For Sheridan», de Robert Lowell, procede de su colección Day by Day y se reproduce con permiso de Faber amp; Faber Ltd.; la de «In Memory of Sigmund Freud», de W. H. Auden, procede de sus Collected Poems, editados por Edward Mendelson, también con permiso de Faber amp; Faber Ltd.

Nunca actúes después del número de los perros

«Uno sabe que anda de capa caída cuando se interpreta a sí mismo en la versión cinematográfica de su vida», solía advertirme mi padre cuando yo tenía nueve años. Entonces no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

Él había dejado el mundo del espectáculo para dedicarse con éxito a los negocios de tchotchke, y aunque compraba y vendía cerámica y muñecas antiguas falsas, todas sus metáforas procedían de la otra profesión que había dejado cuando tenía veinte años y pico.

«Nunca actúes después del número de los perros» era su otra expresión favorita. Yo tampoco sabía nunca lo que quería decir. O cómo aplicarlo a mi vida. Pero resultó que la vida me iba a enseñar esas dos lecciones.

– Deberías dejarlo, mamá -dice mi hija-. Eres una escritora de los años setenta -mi hija emplea «años setenta» como sinónimo de «la edad de piedra»-. Los chicos de mi clase dicen que escribes pornografía… ¿Es verdad?

Le explico a Molly que a las mujeres que fuerzan los límites las tratan con algo menos que respeto, y le doy Miedo a volar para que lo lea. Va sentada absorbida por el libro en un tren de Venecia a Arezzo el verano de su decimotercer cumpleaños. Cada pocos minutos levanta la vista hacia mí y pregunta:

– Oye, mamá, ¿esto pasó de verdad? -o-: ¿Quién era en realidad este tío?

Le cuento la verdad. Del modo más divertido que sé. Hacia las cien páginas del libro, pierde interés y agarra El guardián entre el centeno.

Un año después, durante una gira de promoción de The Devil at Large («El diablo anda suelto»), mi libro sobre Henry Miller, Molly confía a Wilder Penfíeld III, del Toronto Sunday Sun:

Yo sigo la política de no leer los libros de mi madre porque la verdad es que me asustan. ¡Leí cien páginas de Miedo a volar y me puse tan nerviosa! he preguntaba sin parar: «¿Hiciste esto de verdad?» Estaba muy desconcertada. Tuve que dejar de leer.

Molly sonríe de satisfacción cuando toman notas de todas sus opiniones. Se muere por hacer un solo sobre «Los maridos de mi madre» -«hace mutis por la derecha del escenario, marido número 1, entra por la izquierda del escenario, marido número 2, etcétera»-, pero yo le lanzo una mirada fulminante y le doy una patada por debajo de la mesa.

A los catorce años, Molly ya sabe que yo soy su material, igual que sabe que a veces ella ha sido el mío. Si tiene que cargar con una madre escritora, se tomará la venganza con palabras.

Molly nunca está perdida con las palabras.

Nadie podría hacerla actuar después del número de los perros.

Conque aquí estoy yo con cincuenta años, colgada entre las generaciones. He quedado reducida a una especie de eslabón perdido en la cadena evolutiva. Tengo todos esos consejos de mi padre y todos esos solos de mi hija. En cierto modo hago que tenga sentido todo eso.

Así es como nació este libro.

Él cumple cincuenta años. Ella no.

A los cincuenta años, lo que menos deseaba era una celebración pública. Tres días antes de mi cumpleaños me largué a un balneario en las Berkshire con mi hija, entonces de trece años, Molly; dormía en la misma cama que ella, nos reíamos antes de dormir, hacía ejercicio físico el día entero (como si fuera una persona activa, y no sedentaria), aprendía recetas vegetarianas, hacía que me quitaran las espinillas, me daban masajes en la carne fofa, tensaba los músculos, y pensaba en la segunda mitad de mi vida.

Estos pensamientos alternaban entre el terror y la aceptación. Cumplir cincuenta años, pensaba, es como volar: horas de aburrimiento puntuadas por momentos de intenso terror.

Cuando, la tarde del día de mi cumpleaños, llegó mi marido (que comparte el mismo día de nacimiento pero es un año mayor), tuve que adaptarme a la interrupción de mi mundo de mujer. Le gustó la comida pero hizo bromas sobre las tonterías holísticas. Su crítico y satírico ojo masculino no echó a perder del todo mi recogimiento, pero en cierto modo lo empañó. Yo estaba haciendo ejercicios interiores en forma de ejercicios exteriores, y la presencia de él hizo que ese interior funcionara con más dificultad.

A los hombres de verdad no les gustan los balnearios.

El año anterior, cuando él cumplió los cincuenta, yo le había organizado una fiesta. Mandé invitaciones que decían:

ÉL CUMPLE CINCUENTA AÑOS.

ELLA NO.

VEN A QUE LO CELEBREMOS.

Yo todavía no era capaz de encarar los cincuenta años, conque sabía que no quería que él hiciera lo mismo en mi cincuenta cumpleaños. Tampoco quería hacer lo que había hecho Gloria Steinem: celebrar un baile benéfico, reunir dinero para las mujeres, y aparecer esplendorosa con un vestido de noche, con los hombros brillando de purpurina, como brillaban los encantadores hombros de Gloria, y decir:

– Este es el aspecto que se tiene a los cincuenta años.

¿Quién podría dejar de admirar una declaración tan valiente de las mujeres mayores? Pero yo dudaba entre el deseo de cambiar la fecha en mi entrada en el Quién es quién y el deseo de trasladarme a Vermont y dedicarme a la horticultura orgánica con pantalones atados con una cuerda y alpargatas.

Necesitaba algo privado, de mujer, y contemplativo, para hacer cara a esos sentimientos en conflicto. Un balneario era perfecto. Y mi hija era la compañera perfecta; y eso a pesar de que sus salidas de tono de adolescente no excluían a nadie, y a su madre la que menos. Con todo, hay algo en una mujer que cumple los cincuenta años que es cosa de mujer, de madre -cosa de hija-, y que no se comparte con el mundo masculino, ni siquiera con los representantes de ese mundo a los que se ama y quiere.

Mi marido y yo siempre hemos celebrado mucho nuestros cumpleaños, en parte porque son el mismo día y porque, como nos hemos conocido en la edad madura, después de que se hubieran ido a pique muchas relaciones, consideramos un tesoro la sincronía de nuestros nacimientos durante la II Guerra Mundial, un mundo de cupones de racionamiento y miedo a las invasiones del Eje que sólo recordamos vagamente gracias a las historias familiares. Un año llevamos a nuestras hijas a Venecia -mi ciudad mágica-; otro año celebramos un gran festejo en nuestro nuevo apartamento de Nueva York -adquirido conjuntamente-, el signo definitivo de nuestro compromiso en un mundo donde los matrimonios mueren como chinches.

Pero cincuenta años son algo diferente para una mujer que para un hombre. Cincuenta años suponen un paso más radical al otro lado de la vida, y esto era algo que no podíamos compartir. Dejémosle que se burle de las cuestiones relacionadas con la New Age. Yo las necesitaba tanto como las mujeres de la antigüedad. La Venus de Milo ve que se convierte en la Venus de Willendorf, si no tiene cuidado.

Una se dice a sí misma que debería haber superado la vanidad. Una lee libros feministas y considera la posibilidad de enamorarse de Alice B. Toklas. Pero no resultan fáciles de olvidar los años de lavado de cerebro. La trampa de la belleza es más profunda de lo que se cree. No son tanto las presiones externas como las internas las que cuentan. Una no se puede imaginar de edad madura; una siempre ha tenido «aquello» incluso cuando pesaba de más.

Durante años me he mantenido soltera legalmente, temiendo tanto el aburrimiento como el empantanamiento en algo que no por casualidad se llama «lazos del matrimonio»; ahora creía que el desafío más difícil de todos era mantener mi independencia mental y espiritual mientras estaba dentro de una relación que me enriquecía. Esto significaba una constante negociación de prioridades, constantes discusiones ruidosas, constantes luchas por el poder. Si una tenía suerte suficiente para sentirse lo bastante segura para discutir y pelearse, entonces era realmente afortunada. Si una se sentía lo bastante amada para chillar y soltar cuatro gritos y ejercitar su fuerza abiertamente, el matrimonio tenía un cincuenta por ciento de posibilidades.

Yo había llegado a ese matrimonio sólo porque había llegado a un sitio donde no me daba miedo estar sola. Descubrí que me gustaba la compañía de mí misma más que salir con alguien por salir. Valorando al máximo mi soledad, segura de mi capacidad para mantenerme a mí misma y a mi hija, de pronto conocí a un alma gemela y un amigo.

Famosa por escribir sobre relaciones que se inflamaban con el sexo y luego se convertían en agua de borrajas, me llevé una sorpresa con esa persona.

La conversación inició el fuego. Al principio el sexo fue desastroso; falta de erección en los momentos menos oportunos y condones abandonados encima de la colcha. Existía tanto miedo al compromiso por ambas partes que el éxtasis parecía irrelevante. En lugar de eso, hablábamos y hablábamos. Encontré que aquella persona me gustaba antes de darme cuenta de que la quería, lo que para mí era algo nuevo. Me largaba -a California, a Europa- sólo para llamarle desde sitios lejos de su alcance. Notábamos que nuestra relación era tan fuerte que parecía que habíamos pasado juntos toda la vida.

¿Se ha atrevido alguien a escribir sobre los desastres del sexo seguro en la época del sida? ¿Se ha atrevido alguien a decir que la mayoría de los hombres prefieren llevar condones colgados del cuello para prevenir el mal de ojo que ponérselos en la polla? ¿Ha registrado alguien los traumas de unos amantes de edad madura que han pasado por todo, desde la virginidad técnica de los años cincuenta a la glotonería sexual de los sesenta, a la salud y buena forma de los setenta (una conocía a sus amantes en los gimnasios), a la decadencia de limusinas largas y vestidos cortos y hombres que personificaban a Masters del Universo de los ochenta, al terror al sida en guerra con la excitación natural de los noventa?

Y luego están las eternas cuestiones del amor y el sexo. ¿Puede haber amistad entre hombres y mujeres mientras las hormonas se impongan? ¿Cómo se relaciona el sexo con el amor… y el amor con el sexo? ¿Estamos encasillados en nuestra sexualidad… o sólo es la sociedad la que insiste en eso? ¿Qué es hetero? ¿Qué es gay? ¿Qué es bisexual? ¿Importa algo de esto en lo más profundo de nuestras almas? ¿Deberíamos librarnos de estas etiquetas para intentar estar realmente abiertas a nosotras mismas y a los demás?

¿Qué me estaba pasando en la segunda mitad de mi vida? Estaba volviéndome regresiva, y eso me gustaba. Estaba recuperando el humor, la intensidad, el equilibrio que había conocido en mi infancia. Pero lo estaba recuperando con un dividendo. Llámese serenidad. Llámese sabiduría. Sabía lo que importaba y lo que no importaba. El amor importaba. El orgasmo instantáneo no importaba.

Echo una ojeada a mi alrededor a los cincuenta años y veo a las mujeres de mi generación con problemas para hacerse mayores. Están perplejas, y la respuesta a su perplejidad no es otro libro sobre las hormonas. El problema va más allá de la menopausia, los estiramientos de la piel de la cara, o si hay que follarse a tíos más jóvenes. Tiene que ver con toda una imagen de la identidad en una cultura enamorada de la juventud y sin ningún amor hacia las mujeres como seres humanos. Estamos aterradas a los cincuenta años porque no sabemos en qué demonios nos vamos a convertir cuando ya no somos jóvenes y guapas. Como en todas las etapas de nuestra vida, no hay modelos que nos sirvan. Veinticinco años de feminismo (y reacción), luego feminismo de nuevo, y todavía estamos al borde del abismo. ¿En qué nos vamos a convertir ahora que nos han abandonado nuestras hormonas?

Puede parecer que, en los últimos años, se ha producido una avalancha de libros de fiar dedicados a las mujeres de edad madura, pero ¿hasta qué punto han cambiado las cosas? ¿Podemos deshacer con facilidad cincuenta años de preparación para la autoaniquilación de la edad madura?

Imagino que estoy confusa; también tú lo estás. Después de todo, somos la generación flagelada (pendiente de patente): criadas para ser Doris Day, cuando teníamos veinte años anhelábamos ser Gloria Steinem; luego nos vimos condenadas a educar a nuestras hijas en la época de Nancy Reagan y Lady Di. El sexismo (como el pie de atleta) todavía florece en sitios oscuros, húmedos.

¡Qué montaña rusa ha sido! Nuestro sexo se puso y pasó de moda según la marea subía y bajaba y subía y bajaba y volvía a subir, según el feminismo aumentaba y disminuía y aumentaba y disminuía y aumentaba otra vez, según la maternidad era bendecida, luego condenada, luego bendecida, luego condenada y luego bendecida otra vez.

Educadas en la época del aborto ilegal (cuando un embarazo en el instituto o la universidad significaba el fin de las ambiciones), nos hicimos mayores con la Revolución Sexual, un acontecimiento esencialmente inventado por los medios de comunicación, pronto reemplazado por el viejo y querido puritanismo norteamericano cuando se produjo la epidemia del sida. La tragedia de perder a tantos de los de más talento de nuestra generación se convirtió, como era predecible, en una excusa para atacar a la fuerza vital y a su mensajero, Eros. El sexo estaba de moda, estaba pasado de moda, otra vez de moda, otra vez pasado de moda; un nuevo giro en lo que Anthony Burgess llamó «el viejo mete y saca» en La naranja mecánica.

La cuestión era: nosotras, las flageladas, no nos podíamos apoyar en nada para nuestra vida social o erótica.

Piensa en los consejos con los que crecimos. ¡Luego piensa en el mundo en el que hemos crecido!

– ¡Que no se enteren de tus sentimientos!

– ¡ No dejes que los hombres sepan lo lista que eres!

– Si él tiene la leche, ¿por qué iba a comprar la vaca?

– Es tan fácil querer a un rico como a un pobre.

– Al hombre se le conquista por el estómago.

– Un hombre persigue a una chica hasta que ella le atrapa.

– Los diamantes son los mejores amigos de una chica.

Si hubiéramos sido lo bastante idiotas como para vivir la vida de la que nuestras madres y abuelas hicieron refranes, todas seríamos vagabundas rebuscando en los cubos de basura. Si hubiéramos sido lo bastante idiotas como para vivir la vida que recomendaban las revistas y las películas de los años sesenta y setenta, todas estaríamos muertas de sida.

Educadas para creer que los hombres nos protegerían y mantendrían, nos encontramos con frecuencia protegiéndolos y manteniéndolos a ellos. Educadas para creer que deberíamos cuidar a nuestros hijos a tiempo completo (por lo menos cuando eran pequeños), encontramos con frecuencia que quedarse en casa debido a la maternidad es un lujo que pocas nos podemos permitir. Educadas para creer que la feminidad consistía en tolerancia y conciliación, con frecuencia encontramos que nuestra propia supervivencia -en el divorcio, en el trabajo, incluso en nuestra casa- depende de que revisemos esas ideas de feminidad y nos aferremos ardientemente a nuestras propias necesidades.

Siempre nos encontramos divididas entre las madres que tenemos en la mente y las mujeres que necesitamos ser sencillamente para seguir vivas. Con un pie en el pasado y otro en el futuro, pasamos vacilantes por el primer amor, la maternidad, el matrimonio, el divorcio, la propia carrera, la menopausia, la viudez; y sin saber nunca qué o quién se supone que somos, roturamos un nuevo territorio en cada ocasión.

Hemos sido pioneras de nuestras propias vidas, y el precio que pagan las pioneras es la incomodidad eterna. La recompensa es el pasmoso orgullo de nuestra identidad conseguida con tanto dolor.

– ¡Lo conseguí! -exclamamos con cierta sorpresa y asombro-. ¡Yo lo conseguí! ¡Tú también puedes!

¿Cambiaron los hombres o cambiaron las mujeres? ¿O fueron los dos? Mi padre y mis abuelos, aunque eran sexistas, nunca habrían abandonado a sus hijos para bailar con una mujer más joven. Puede que hayan sido unos cerdos. A lo mejor no eran de fiar. Pero por lo menos eran cerdos que alimentaban a su familia. Estaban para echar una mano, proporcionando también un tipo de seguridad desconocido hoy. ¿Por qué la generación de hombres que les siguió no tuvo semejantes escrúpulos?

¿Les dejaron muy sueltos las mujeres? ¿O fue la historia? ¿O tuvo lugar un cambio enorme entre los sexos que todavía no reconocemos y al que ni hemos puesto nombre?

Según las mujeres se hacían más fuertes, los hombres parecían hacerse más débiles. ¿Era esto apariencia o realidad? Según las mujeres adquirían pequeñas parcelas de poder, los hombres iban comportándose paranoicamente, como si les hubiéramos inutilizado por completo.

¿Tienen que mantenerse en silencio todas las mujeres para que hablen los hombres? ¿Deben quedarse sin piernas las mujeres para que anden los hombres?

Las mujeres de mi generación están llegando a los cincuenta años en un estado de perplejidad y rabia. No ha llegado a pasar ninguna de las cosas con las que contábamos. El suelo sigue sin estar fijo bajo nuestros pies. Cualquier psicólogo o psicoanalista te dirá que lo más difícil de soportar es la inconsistencia. Y hemos tenido un grado de inconsistencia en nuestras vidas personales que volvería esquizofrénico a cualquiera. Probablemente nuestras abuelas fueron más capaces de enfrentarse a la expectativa de la opresión de lo que nosotras hemos sido capaces de adaptarnos a nuestra tan valorada libertad. Y en cualquier caso, nuestra libertad es discutible. Nuestra «libertad» todavía es una palabra que podemos poner entre comillas para provocar la risa.

Durante décadas no podíamos esperar que nos dieran un permiso por maternidad y volver a recuperar el trabajo; por no hablar de que podamos atender a nuestros hijos. El secreto más asqueroso de Estados Unidos es que casi todas las mujeres que trabajan tienen que transgredir la ley con objeto de encontrar a quien cuide de sus hijos. Yo he transgredido la ley. Lo mismo que hemos hecho la mayoría. (Las pobres usan guarderías no registradas oficialmente y las mujeres de clase media buscan niñeras sin permiso de residencia.) Busca una mujer que esté llamativamente limpia, y terminarás con una mujer que no tiene hijos. O con un hombre.

Con el aumento de expectativas y el declive del nivel de vida, nos preguntamos qué demonios es lo que fue mal. No fue mal nada. Simplemente nos hemos educado en una cultura y hecho mayores en otra. Y ahora llegamos a los cincuenta años en un mundo que vuelve a dar cancha al feminismo. Pero esta vez tenemos buenas razones para ser escépticas.

La generación flagelada es, a su modo, una generación perdida. Como los espectadores de un partido de tenis, movemos sin cesar la cabeza a uno y otro lado.

¡No es extraño que nos duela el cuello!

Puede que cada generación se considere a sí misma una generación perdida y puede que todas las generaciones tengan razón. Puede que hubiera flappers en los años veinte que anhelaban la seguridad de la vida de sus abuelas. Pero la primera ola del feminismo moderno al menos proporcionó a sus miembros una corriente de esperanza (y la segunda ola de finales de los años sesenta y primeros setenta nos hizo soñar que la igualdad de las mujeres sería universal). De modo que mis compañeras de curso y yo hemos visto aumentar las expectativas de las mujeres y cómo se desvanecían y surgían de nuevo y se desvanecían y surgían otra vez durante nuestras no tan largas vidas. La brevedad de los ciclos ha sido mareante, y cabreante.

Los medios de comunicación todavía tratan de consolarnos con bromuro. «Los cincuenta años son fabulosos», oímos. Deberíamos ponernos pomada para almorranas en las arrugas y desfilar hacia el ocaso tomando Premarin. Deberíamos olvidar siglos de opresión a cambio de un sombrero nuevo con «Los fabulosos cincuenta años» bordado en el ala.

¿Qué pasa con nuestra necesidad -tanto la de las mujeres como la de los hombres- de prepararnos para la muerte en una cultura que se burla de cualquier espiritualidad como una pretensión de New Age? ¿Qué pasa con nuestra necesidad de vernos como parte del flujo de la creación? ¿Qué pasa con la profunda soledad de nuestros individualistas productos culturales? ¿Qué pasa con el abandono de los valores comunitarios? ¿Qué pasa con la burla que hace la sociedad de todas las actividades que no sean ganar dinero y gastarlo? ¿Qué pasa con nuestra propia desesperación al ver que mentirosos y manipuladores se hacen ricos y poderosos mientras que los que dicen la verdad son crónicamente superados y caen entre la porosa «red de seguridad» que los mentirosos han tejido con salidas para ellos mismos y sus hijos?

Pero en especial, ¿qué pasa con el significado y qué pasa con el espíritu? No se trata de palabras vacías. Son los nutrientes de los que cada vez tenemos más apetito a medida que nos hacemos mayores.

«Se mueven más cosas -escribió la poeta Louise Bogan en sus últimos años- que la sangre en el corazón.» En cuanto seres humanos, anhelamos algún rito que nos diga que somos parte de una tribu, parte de una especie, parte de una generación. En vez de eso nos ofrecen una terapia de cambio de hormonas o palabras de ánimo sobre lo estupendo que es tener cincuenta años.

Seamos claros: esas palabras de ánimo ofenden a nuestra inteligencia. No podemos olvidar tan fácilmente que nos hemos criado en un mundo que se burla de la madurez femenina. No podemos olvidar instantáneamente generaciones de chistes viejos sobre las menopáusicas, las vacas, las marujas, las brujas, las viejas. «Menopáusicas pintoras», decía mi abuelo, que era artista, de las mujeres que compartían estudio con él en la Art Student League. Y yo ni siquiera me daba cuenta de que esta observación era sexista y atacaba la edad. Me limitaba a despreciar a las mujeres mayores -como hacía él-, sin darme cuenta de que estaba despreciando mi propio futuro.

Sólo porque haya consignas nuevas que se transmiten por las ondas o se imprimen en las páginas satinadas, no podemos esperar que nuestra imagen del yo mejore instantáneamente. Somos algo más que consumidoras de revistas, programas de televisión, maquillaje, estiramientos de la piel, ropa. Tenemos cicatrices internas, heridas internas, necesidades internas. No podemos ser tratadas como bienes muebles durante cincuenta años y de repente que nos halaguen con una complicidad política porque se ha descubierto (bastante tardíamente) que votamos.

Las nuevas trompetas celebran que los cincuenta años son fabulosos, porque la generación de posguerra ha alcanzado esa edad anteriormente peligrosa y ahora sabemos cómo llevar las cosas; o mejor, lo saben nuestros maridos y hermanos. Pero paseo la vista alrededor y veo que las mejores mentes de mi generación todavía se enfrentan al sistema. Mujeres que dirigen cine todavía mendigan dinero a los hombres que dirigen los estudios; mujeres que escriben o que son editoras todavía tienen que defender sus asuntos ante mandamases masculinos; mujeres que actúan todavía pelean por un puñado de papeles que reflejen de verdad su vida; mujeres que son artistas plásticas todavía cobran menos y exponen mucho menos que sus equivalentes masculinos; mujeres que dirigen orquestas y componen música son muy raras. Las mujeres en todas partes se esfuerzan por la mitad de una tajada o incluso por unas migajas. No son fracasadas esas mujeres, sino las más decididas y brillantes. No se quejan, no lloran, y sin duda no son perezosas, pero todavía están sujetas a un implacable doble modelo.

Mientras hombres mediocres ascienden, provistos de paracaídas de platino, acciones de bolsa, mujeres vistosas, familias nuevas, coches nuevos, aviones nuevos, barcos nuevos, nosotras nos hacemos mayores sólo para que sea más difícil que nos den trabajo. Claro, somos fuertes espiritualmente, ¿quién lo dudaba? Pero la fuerza espiritual sola no se impone a la discriminación.

En un mundo donde las mujeres trabajan tres veces más por la mitad, nuestros logros han sido denigrados, el matrimonio y el divorcio se han vuelto en contra nuestra, nuestra maternidad se ha usado como un obstáculo para nuestro éxito, nuestra pasión como una trampa, nuestra simpatía hacia los demás como una excusa para pagarnos menos.

En la flor de nuestra vida, paseábamos la vista por el mundo y veíamos una epidemia de violaciones de las que con frecuencia ni siquiera se informaba en los «principales» periódicos. En los años que cuidamos a nuestros hijos, cumplíamos con las fechas límite sólo renunciando a dormir. Empezamos a estar enfadadas, enfadadas de verdad, enfadadas por segunda vez en nuestra vida de adultas. Pero ahora sabemos que el tiempo era breve.

Por fin hemos aprendido a controlar nuestro enfado y a usarlo para cambiar el mundo. Pero no hemos dejado de enfrentarnos unas a otras. Hasta que dejemos de hacerlo, la hermandad de las mujeres seguirá siendo una teoría consoladora en lugar de una realidad cotidiana.

Éste es el siguiente gran tema tabú: ¿cuándo aprenderemos las mujeres a no estar divididas sino unidas? ¿Y cómo podemos aprender a ser aliadas cuando la sociedad nos enfrenta unas a otras?

A los cincuenta años, la loca del ático pierde el control, baja la escalera y prende fuego a la casa. No quiere seguir siendo una presa. La segunda oleada de rabia es más pura que la primera. De repente las divisiones entre las mujeres no importan. Viejas o jóvenes, morenas o blancas, gays o heteros, casadas o no, pobres o ricas, todas estamos discriminadas sólo porque somos mujeres. Y no queremos volver al viejo mundo de la injusticia. No podemos. Es demasiado tarde.

La rabia de la edad madura es una rabia feroz. Cuando éramos veinteañeras, con el éxito y la maternidad todavía ante nosotras, podíamos imaginar que algo nos salvaría de ser de segunda clase, fuera un logro o el matrimonio o la maternidad. Ahora sabemos que no nos puede salvar nada. Tenemos que salvarnos nosotras mismas.

Mis libros siempre los he escrito con una impetuosa pasión. A pesar del hecho de que en cierto modo me he ganado precariamente la vida como escritora profesional durante veintitrés años, no puedo escribir a sueldo. Tengo que sentir una fuerza interna que dice: Este libro todavía no existe; lo tengo que escribir. Siempre escribo como si mi vida dependiera de él; porque depende.

Al comienzo de Trópico de Cáncer, Henry Miller cita a Ralph Waldo Emerson: «Las novelas darán paso, con el tiempo, a diarios o autobiografías: libros cautivadores siempre y cuando sus autores sepan escoger entre lo que llaman sus experiencias y sepan reproducir la verdad de manera verdadera.» Las mujeres han cumplido la profecía de Emerson más de lo que lo han hecho los hombres. Las mujeres que escriben se han dedicado a eso y hecho toda una literatura de ello; una literatura que también ha cambiado el modo en que los hombres escriben libros.

«La auténtica verdad» -ando detrás de eso. Y es evidente que vivimos en una época en que lo documental, o lo que implique un testigo, tiene para nosotros la fuerza que tenía la literatura. Las novelas y recuerdos que adoptamos como guías de nuestra vida tienen la cualidad de la inmediatez, de la verdad auténticamente contada, a expensas de la falsa modestia, la vergüenza o el orgullo.

Es difícil contar la verdad sin la protección de una máscara, «una autobiografía debe ser tal que a uno le demanden por libelo» -como dijo Thomas Hoving, aparentemente sin darse cuenta de a quién estaba parafraseando. Mary McCarthy, en sus Memorias intelectuales, da la fuente. Es George Orwell: «Una autobiografía que no diga nada malo sobre su autor no puede ser buena.» McCarthy confiesa más pecados de los que nunca la podrán culpar sus detractores: y quedamos hechizados. Pero entonces había muerto, algo que en una mujer siempre es más agradable que si está viva.

El miedo a la crítica me ha silenciado muchas veces en mi vida de escritora. Y la crítica muchas veces ha sido encarnizada, personal e hiriente. Pero la crítica -como todas saben, desde Aphra Behn a George Sand, desde George Eliot a Mary McCarthy- es una de las primeras cosas que debe aprender a soportar una mujer que escribe. Ella no escribe de experiencias que la cultura dominante celebra como «importantes» y, como cualquier escritor, no escribe con ninguna garantía. Acostumbrarse a que la ridiculicen probablemente sea la labor más importante de una mujer que escriba.

Al escribir, muchas veces me he engañado ingenuamente diciéndome que no lo iba a publicar (o que sólo lo publicaría con seudónimo; puede que incluso con un pseudónimo masculino). Más tarde, me decidía a firmar el libro debido a cartas encantadoras que recibía de mis lectores o a la necesidad por parte del editor de una marca registrada. Pero durante el proceso de la escritura sólo podía ser libre, sólo podía quitarme del hombro al censor -¿mi madre?, ¿mi abuela?- prometiéndome que nunca dejaría que esas palabras vieran la publicación.

Escribí Miedo a volar de ese modo, y muchos libros que siguieron (incluido éste). Escribir ha estado muchas veces acompañado del terror, de silencios, y luego de tremendos estallidos de risas privadas que de pronto hacen que todo el miedo parezca que merece la pena.

Pero la gran compensación de tener cincuenta años en una cultura que no es amable con las mujeres mayores, es que a una le importa menos la crítica y tiene menos temor al enfrentamiento. En un mundo que no hicieron las mujeres, la crítica y el ridículo nos persiguen todos los días de nuestra vida. Habitualmente son señales de que estamos haciendo algo raro.

¿Son los cincuenta años demasiado pronto para iniciar una autobiografía? Claro que sí. Pero puede que los ochenta años sean demasiado tarde.

A los cincuenta años es cuando el tiempo empieza a parecer corto. La sensación del paso del tiempo últimamente se ha acelerado por la epidemia del sida y la muerte de tantos amigos todavía con treinta y tantos años, y cuarenta y tantos y cincuenta y tantos. ¿Quién sabe si habrá un tiempo mejor? El tiempo siempre es ahora.

A los diecinueve años, a los veintinueve, a los treinta y nueve, incluso -las diosas me ayuden- a los cuarenta y nueve años, creía que un hombre nuevo, un amor nuevo, un traslado a otra ciudad, a otro país, en cierto modo supondría un cambio en mi vida.

Ahora ya no.

Sé que mi vida interior es algo que tengo que conseguir yo, tanto si tengo un compañero en la vida como si no. Sé que otra aventura amorosa, loca, apasionada, sólo sería una distracción temporal; aunque «temporal» signifique dos o tres años. Sé que mi alma es lo que tengo que alimentar y desarrollar; que sola o con un compañero, las dificultades para alcanzar tu propia cima no son muy diferentes.

En una relación, todavía se requiere autonomía, aislamiento, intimidad. Sin una relación, todavía se necesita propia estima y amor propio.

Escribo este libro desde un lugar de aceptación propia, rabia purificadora y risa ronca.

Soy lo bastante mayor para saber que la risa, y no la rabia, es la auténtica revelación.

Asumo que no soy distinta a ti.

Quiero escribir un libro sobre mi generación. Y para escribir sobre mi generación y ser brutalmente honrada, sólo puedo empezar conmigo misma.

Miedo a los cincuenta

De modo que aquí estoy, en el balneario, con Molly, encarando mi quincuagésimo cumpleaños y sintiéndome espantosamente deprimida. Ya nunca volveré a ser la persona más joven de la habitación, ni la más guapa. Nunca seré Madonna, o Tina Brown, o Julia Roberts. Durante años ésos fueron mis valores -tanto si lo admitía ante mí misma como si no-, pero ya no me puedo aferrar a tales valores.

Todos los años me asalta otra cosecha de bellezas en las calles de Nueva York. Con la cintura más pequeña y el pelo más rubio, y dientes perfectos, con más energía para competir (y menos cinismo con respecto al mundo), el curso de 1994, o 1984,1974, reemplaza inexorablemente a mi curso: Barnard, 1963, ¡hay que ver! Más de treinta años desde que dejé la universidad. La mayoría de mis contemporáneos son grandpéres, como diría mi hija. Me enseñan fotos de bebés en las fiestas, los retoños de los retoños.

Al haber empezado tarde, todavía no tengo nietos, pero tengo un par de sobrinas nietas gateando por Líbano, Lausana y el condado de Litchfield. Las hijas de mi hermana mayor me llevan cada vez más cerca al estado de abuela. Ya soy de la generación de los mayores y no siempre estoy segura de que me guste. Lo que se pierde parece a veces más claro que lo que se gana.

La asombrosa energía de las mujeres después de la menopausia (prometida por Margaret Mead) está aquí, pero no está el optimismo para alimentarla. El mundo parece incluso más sujeto por la garra del materialismo y la apariencia. Imagen, imagen, imagen es todo lo que se ve. Y en cuanto imagen, me estoy volviendo decididamente borrosa.

¿Qué ha pasado con nuestros veinticinco años de protestas por no querer ser unas Barbies de plástico? ¿Qué ha sido de la rabia del psicoanálisis de los mitos de la belleza de Naomí Wolf, o de la violencia al celebrar que somos unas brujas de Germaine Greer, o de Gloria Steinem mostrándonos cómo aceptar graciosamente la edad y volverse por fin al propio interior?

¿Es toda nuestra angustia (y el intento de auto-transformación) algo más que un alimento para los programas de debate cuando la cultura de los jóvenes viene empujando de modo inexorable? ¿Somos algo más que una pandilla de tías mayores hablando entre ellas en una sauna, animándose entre ellas? Escribimos y hablamos y nos empolvamos, pero la obsesión por la novedad y la juventud {¿renacuajos?) no parece cambiar. El nuestro es un mundo de imágenes cambiantes de vídeo más reales y más potentes que las meras palabras. La edad de la televisión está aquí, y nosotros, los de las palabras, somos una reliquia de un pasado en el que la palabra podía cambiar el mundo porque todavía se escuchaban las palabras.

Ahora la imagen lo es todo. Y el tiempo de la imagen siempre es el AHORA. La historia ya no existe en este espectáculo de luz y sonido.

Ésos eran algunos de mis pensamientos cuando me movía por el balneario de las Berkshires con Molly, haciendo ejercicios de aerobic, aqua-trimming, marcha y demás rituales para ponerse en forma, y evitando mi propia imagen en el espejo. Molly me arrancaba de la cama para cada clase y perdí los mismos pocos kilos que siempre pierdo (y vuelvo a ganar), bebía agua, se me abrieron los poros y me sentí recuperada; pero la melancolía todavía no desaparecía. (Encaraba la eterna cuestión: ¿estirarme la piel o no, antes de la gira del próximo libro?)

Peor que mi desesperación por mi inevitable declive físico (y si me «adaptaba» a él o no) era mi desesperación por el pesimismo de la edad madura. Nunca más, pensé, entraría en una habitación y conocería a un hombre delicioso que me cambiaría la vida. Recordaba que las aventuras más locas empezaban con un brillo en la mirada y una oleada de adrenalina, y la excitación a la que llevaban inevitablemente. Al evitar la excitación y abrazar la estabilidad, al repudiar mi tendencia a tirar mi vida por la borda cada siete años, también me había calmado. Quería contemplación, no aburrimiento; sabiduría, no desesperación; serenidad, no parálisis. La energía sexual a la que siempre he recurrido para el siguiente libro, lo aventurero de una vida que nunca se asentaba, había empezado a parecerme imprudente y alocado a los cincuenta años. Por fin me había «instalado» para cultivar mi jardín. Ahora lo único que necesitaba hacer era imaginar dónde estaba mi jardín y qué cultivar en él.

Porque ése, después de todo, es el problema, ¿verdad? Una nunca puede «prepararse» de verdad para la mortalidad y la muerte, aunque pueda operarse la papada y las bolsas de los ojos. Una puede tener un aspecto brillante, pero en la vida siempre hay cicatrices. El verdadero problema tiene que ver con cómo crecer hacia dentro en una sociedad que crece inexorablemente en otra dirección, cómo alimentar la espiritualidad en medio del materialismo, cómo marchar al ritmo del propio tambor cuando el rock alternativo, el rap y el hip-hop te ahogan.

Thoreau es un escritor que sirve de piedra de toque al definir el dilema del mundo occidental: «Cuidado con toda empresa que exija ropa nueva». En esto, las mujeres contemporáneas son más herederas suyas que los hombres. La filosofía de los alcohólicos anónimos de Bill W es la filosofía espiritual que nos sirve de piedra de toque (tanto si somos alcohólicas como si no), porque siempre estamos sedientas de espíritu, lo buscamos en todos los sitios equivocados (bebida, drogas, dinero, ropa nueva), y finalmente nos encontramos a nosotras mismas sólo al perdernos a nosotras mismas, al ceder al materialismo en que nos hemos criado.

La mortalidad es la cuestión que se trata aquí, no el estiramiento de la piel de la cara. ¿Podemos aceptar nuestra mortalidad, aprender incluso a amarla? ¿Podemos pasarles nuestro conocimiento a nuestros hijos y luego desaparecer, sabiendo que nuestra desaparición se corresponde con el adecuado orden de las cosas?

Ése es el problema que todas mis contemporáneas y yo estamos encarando a los cincuenta años. Nos hemos dado de bofetadas con el vacío espiritual de nuestras vidas. Sin espíritu, es imposible encarar que se envejece y se muere. ¿Y cómo pueden encontrar con facilidad las mujeres el espíritu en una sociedad en la que su más permanente identidad es la de consumidoras, en la que toda lucha por la autonomía y la identidad choca con los inexorables dictados del mercado; un mercado que todavía nos ve como consumidoras de todo, desde hormonas a sombreros, desde cosméticos a cirugía estética?

Deambulaba por el balneario con mi hija, sabiendo que mi cuerpo no es la cuestión importante, sino si tengo derecho o no a mi alma inmortal.

Hasta la frase suena sospechosa. ¿Mujeres? ¿Inmortal? ¿Alma? Se pueden oír los gritos de burla. Si las mujeres tienen o no derecho a sus propias almas es la cuestión básica. No se trata de capricho o moda. No se trata de New Age o de una desintoxicación en «doce pasos». Lo esencial es si se nos permite ser completamente humanas o no.

Si una posee su propia alma, no tiene que asustarse de los cincuenta años.

Retrocedo a una época de exactamente tres años antes de mi quincuagésimo cumpleaños, cuando mi reloj interno hacía un tictac inexorable.

Estoy en un avión, volando a Suiza para asistir a la boda de un antiguo novio, ahora amigo. Es un hermoso romano diez años más joven que yo, y se va a casar con una princesa alemana diez años más joven que él. Estoy contenta por ellos y, al mismo tiempo, desolada. No es que el novio y yo estemos enamorados todavía, sino simplemente que hemos hablado interminablemente sobre cómo podríamos seguir juntos (porque ninguno de los dos se quería casar), y ahora él se casa y yo no.

Yo no quiero volverme a casar, creo (todavía no tengo ni siquiera cuarenta y siete años). Soy libre. Mi libertad es tal que mantengo un triángulo a larga distancia con otro italiano delicioso, un triángulo al alcance de la mano con un hombre que no se decide a dejar a su mujer, y también me veo con distintos hombres a los que les aterroriza el comprometerse tanto como a mí. Mi vida es un circo social, pero nunca me puedo relajar y acurrucarme en la cama con un libro. Aunque lo pueda negar, asisto a esta boda, como de costumbre, en busca del hombre perfecto. Por supuesto que no creo en el hombre perfecto. Por supuesto que no espero conocerle jamás.

La boda tiene lugar en el pequeño juzgado de un pueblo de las montañas suizas que parece como sacado de un reloj de cuco. Los hermosos novios firman, pronunciando lo adecuado (el novio dice «si», la novia dice «ja»); y después de eso el juez que les ha casado cae al suelo con un ruido sordo y la piel se le pone de un gris azulado mate debido a una súbita parada cardiaca. Me resulta absolutamente claro que el juez está muerto: gestorben, morto. Los parientes corren a llamar al servicio de urgencias, y se tranquilizan frenéticamente entre ellos. (Al menos los alemanes se tranquilizan entre ellos con que el juez se pondrá bien; los italianos, por su parte, murmuran sombríamente: Maledizione, maleáizione.)

No mucho después una ambulancia sale disparada inútilmente hacia el hospital con el juez irreparablemente muerto, y los silenciosos y serios invitados a la boda emprenden su marcha por las empinadas calles del pueblo cubierto de nieve, camino de una recepción en el elegante chalé de la madre de la novia. Se hacen los brindis, se entrechocan las copas de champán. Los parientes alemanes niegan que haya pasado nada malo, y los italianos siguen retorciéndose las manos y agarrándose la entrepierna para defenderse del mal de ojo.

La boda queda ensombrecida por este suceso, aunque todos lo nieguen. Pero el bebé que aparece los requeridos meses después es guapo y rubio, perfecto en todos los sentidos. Y el novio y la novia están tan felices como Candide y Cunégonde en el mejor de los mundos posibles. La muerte ha ensombrecido la vida, pero la vida sigue.

En la cena de la boda, que se celebra en un cháteau muy grande pero lo bastante rústico de otro de los parientes de la novia, yo estoy sentada al lado de un joven y guapo playboy de Monaco, Milán, París y Londres, el cual, al ver la tarjeta con mi nombre indicando dónde me debo sentar, hace esta ingeniosa proposición:

– Tú escribes libros atrevidos. ¿Serías atrevida conmigo?

El corazón me pesa. La pesadumbre me reclama en medio de los festejos. Mi reputación es una especie de chiste verde y mi mejor amigo se acaba de casar. Bebo demasiado, bailo con excesivo frenesí, beso al novio y a la novia y salgo a la nieve del brazo de un amigo gay (en cuya casa estoy alojada). Despertaré a las tres de la mañana en la habitación para invitados de su ático, retorciéndome las manos y sollozando.

Por la mañana se han desvanecido los vapores, desplazados por el sol que incide sobre la nieve. Doy un paseo en coche por los Alpes con mi amigo, deteniéndonos en un restaurante a tomar trucha y hablar, pasando después por el lago Como y Milán, y terminando en Venecia, donde espera mi amante.

Como siempre, el sexo entre nosotros es una mágica abolición del tiempo, y durante tres días estoy muy contenta. Estamos sentados en su barco balanceándonos en el lago, viendo los espejismos de Venecia flotar en las aguas. Hacemos el amor a horas raras, en sitios raros, evitando a sus parientes. Nos separamos, prometiendo que estaremos juntos «algún día». (Yo compraré úpalazzo de al lado del de su esposa, y él me visitará mañana y tarde, se supone que por un pasadizo.)

Pero la bendición doméstica de mi antiguo novio ha variado la ecuación. Por supuesto que necesito un alma propia para encarar los cincuenta años, pero ¿no necesito también un compañero y un amigo? ¿Incluso las mujeres liberadas necesitan amigos?

Probablemente podría seguir unos cuantos años más tomando maridos prestados. Siempre hay gran cantidad de ellos en oferta. Pero la cuestión no es ésa. Puedo tener mis propias casas, mis propias cuentas bancarias, una hija maravillosa y cierto grado de control sobre mi futuro, pero lo cierto es que voy a la deriva por el mundo. No puedo controlar el paso de los años, ni el destino de mis libros. Y estoy sola. Puede que no necesite un marido, pero sin duda necesito un amigo.

Por primera vez en mi vida de adulta me encuentro pensando en el matrimonio de mis padres. Siento nostalgia de él, como si fuera un matrimonio por el que pasé yo misma. Mis padres se mostraban amistosos al terminar el día; se reían en la cama y se leían en voz alta uno al otro el New Yorker. Nunca parecían cansarse de la risa del otro. Recuerdo su cama cubierta de libros y sus animadas discusiones interrumpidas por comentarios de S. J. Perelman leídos en voz alta.

Casi tengo cincuenta años y no tengo a nadie que me lea en voz alta en la cama. Tengo amantes y tengo amigos. Pero el amigo que también era amante se acababa de casar. Y eso ilumina un punto de mi soledad.

¿Por qué estamos solas todas las mujeres independientes que conozco? ¿Y por qué todos mis amigos masculinos se casan con mujeres más jóvenes? Vuelvo a Nueva York con una grieta súbitamente abierta en mi armadura. Y cuando un amigo quiere presentarme a un amigo, me sorprendo diciendo que sí.

El matrimonio de mis padres, naturalmente, es donde empezó todo. Ella tenía dieciocho años y él diecinueve cuando se conocieron en las montañas Catskill. Él era de Brownsville y ella era de Washington Heights. El padre y la madre de él eran unos judíos polacos con apellido alemán: Weisman. El padre y la madre de ella eran judíos rusos de Inglaterra, con un apellido ruso: Mirsky.

Se enamoraron por una batería. El, viendo que ella pintaba (y pensando que era divertida y cachonda), la invitó a «pintar su batería». Ella, viendo que él era guapo y de ojos azules y que tocaba bien la batería, se mostró de acuerdo. Ella pintó la batería y coqueteó con él. El se congració consigo mismo en la cama de ella. Hacia el final del verano, Eda Mirsky y Samuel Nathaníel (Seymour) Weisman decidieron casarse. Eran muy jóvenes y era cuando la Gran Depresión.

El padre de ella dijo:

– ¿Cómo? ¿Que te casas con un barabanchik? -(uno que toca el tambor, en ruso).

La madre de él dijo:

– Creo que te está utilizando.

Pero las feromonas son más fuertes que las advertencias paternas. Se casaron el 3 de marzo de 1933.

Sus primeros años fueron duros. El trabajaba toda la noche en discotecas pequeñas -Bal Musette, Bal Tabarin- y ella se quedaba en casa. A él le tentaban demasiadas chicas cantantes y demasiados canutos. Sola, durante el lento transcurrir de las horas, ella se preguntaba si no habría cometido un error. Su padre por entonces era un próspero pintor de retratos y un artista que ganaba dinero con unos cuantos clientes famosos. Había alfombras orientales y porcelana, y una vida muy lejos de la shtetl rusa donde había nacido mi abuelo Mirsky.

Incluso durante la Gran Depresión, a los padres de mi madre les fue bien económicamente -y eso que mi abuelo había huido de una adolescencia de extrema pobreza en Odessa, y mi abuela, como tantas abuelas, aparentemente se había casado con alguien de clase más baja. Era hija de un guardabosques ruso y comerciante de madera que había emigrado a Londres. Se había prometido y casado allá en Rusia, antes de la Gran Guerra. En Londres sus padres llevaban una tienda de alimentación en el East End, hasta que la riqueza de su hijo mayor les rescató y se convirtieron en unos residentes señoriales en el campo.

Mi madre despertó sumida en la realidad de ser la mujer de un trovador pobre, como le había pasado a mi abuela antes de ella. El matrimonio nunca es fácil para los jóvenes. (Es incluso más difícil para los de edad madura.) Mi madre pintaba y trabajaba para el departamento de publicidad de Bloomingdales, diseñaba ropa y tejidos, mientras mi padre conseguía su primer trabajo en un espectáculo de Broadway -Jubüee, de Cole Porter- donde tocaba Begin the Beguine con la orquesta en el escenario.

– Yo estrené esa canción -todavía presume.

El éxito empezaba a apuntar por el horizonte. Pero cuando mi madre quedó embarazada de su primera hija, en 1937, le dio un ultimátum: el negocio del espectáculo o nosotros.

– ¿No te conté lo de la vez en que tu padre trajo a casa a veinte chicas del espectáculo y yo estaba embarazada de tu hermana mayor? -pregunta-. Bueno, pues las chicas eran muy guapas y yo estaba muy embarazada, y al día siguiente me subí a mi bicicleta y anduve y anduve hasta Riverside Drive, prometiendo que seguiría en bici hasta que me librara del bebé -se ríe-. ¡ Estaba embarazada de ocho meses!

Pero el bebé resistió. Estaba sujeto como un percebe, como están los bebés. Y mi padre finalmente dejó el negocio del espectáculo.

¿Cómo puede elegirse entre el amor y el trabajo? (Las mujeres se han visto obligadas a hacer eso durante siglos, y finalmente reconocemos la imposibilidad de la elección.) Sé que mi padre habría tenido éxito en todo lo que se le metiera en la cabeza: era muy tenaz. Pero a mi madre le molestaba que fuera un trovador ambulante cuando ella había dejado a un lado la posibilidad de ser una artista famosa debido a la maternidad, y tenía que ganar esta guerra.

Cuando nació mi hermana mayor, mi madre, agotada por la dura tarea de criar a un bebé, se trasladó a la cómoda casa de sus padres. Mi padre todavía trabajaba por las noches y mi madre todavía tenía muchos admiradores.

– ¿Cómo se las arreglaba una mujer casada con una niña, para tener todos aquellos admiradores? -pregunta retóricamente-. Pues los tenía.

Uno era médico, alguien con un trabajo de verdad. Mi madre pensaba en el divorcio.

El hermano de mi padre fue a llevarse la ropa de éste a Brooklyn.

– No sigas con él si no eres feliz -le dijo a mi madre mi abuela (que había hecho exactamente lo mismo con su matrimonio)-. Te ayudaré todo lo que pueda.

Yo casi no llego a existir.

Pero las feromonas se volvieron a imponer y mis padres se reunieron. Seymour se convirtió en viajante de tchotchkes. Eda volvió a quedar embarazada. Yo nací en 1942.

«Hemos nacido y lo que pasó antes de eso es un mito», dice V. S. Pritchett en sus memorias, A Cab at the Door («Un taxi a la puerta»). En Habla, memoria, Vladimir Nabokov se refiere a un carruaje vacío en el porche, esperando su nacimiento. Nos maravillamos de los días de antes de nuestra llegada a la conciencia porque predicen nuestra mortalidad (la cual nos lleva la vida entera para ponernos en paz con ella, si alguna vez nos ponemos en paz).

¿Y si no hubiéramos nacido nunca? ¿Y si ese óvulo y ese semen nunca se hubieran encontrado? ¿Sería peor que morir? ¿O mejor? (Me encamino hacia la aniquilación final de la identidad, de modo que será mejor que resuelva pronto esta cuestión. Tengo más tiempo por detrás que por delante.)

Creo que ese hiato en el matrimonio de mis padres fue la época en que yo andaba rondando, preguntándome si llegaría a tener cuerpo. Reclamada por su amor -ambivalente como todos los amores-, vine al mundo como una niña enfermiza, con una diarrea que me deshidrataba, un angioma rojo que me crecía en el cuello, y alergia a la leche.

¿A qué hora nací? Se lo pregunto siempre a mi madre, porque quiero que me hagan la carta astral. (Mi partida de nacimiento se ha perdido. El hospital en que nací ha cerrado y los registros no se encuentran en los archivos de la ciudad.)

– ¿Quién sabe? -dice ella-. Era cuando la guerra. Había pocos médicos. La enfermera me puso una máscara de éter encima de la cara para ocultar el hecho de que había dado a luz antes de que llegara el médico. ¡ Le mordí la mano a la enfermera! Gritaba: ¡El bebé ya ha nacido! ¡No se atreva a ¡rogarme!

De modo que nací en plena rabia feminista: mi irascible madre le mordió la mano a la enfermera, negándose a que la anestesiaran.

Yo debo de haber tenido un aspecto espantoso.

– ¿Tenemos que llevárnosla a casa? -se comenta que dijo mi padre cuando me vio por primera vez. (Me había caído de la cuna y producido aquel famoso angioma, o quizá había nacido con él. En cualquier caso, todo el mundo está de acuerdo en que yo era una porquería.)

– Todos los bebés de aquel ala del hospital morían de diarrea infecciosa -dice mi madre.

– ¿Todos?

– Eso creo. Fuiste la única superviviente, de modo que estaba decidida a que siguieras viva.

Si aquella epidemia era fatal para todos y cada uno de los recién nacidos o no, es algo que no puedo verificar. Pero lo importante es que mi madre estaba -y está- convencida de que yo era la única superviviente de una epidemia de bebés.

Claramente decepcionado porque no fuera chico, mi padre trató de convertirme en uno, enseñándome a tocar la batería, a encestar y a despreciar todas las limitaciones femeninas. Durante mucho tiempo creí que era un chico con ropa de chica. Cuando, más tarde, varios psicoanalistas insinuaron algo que se llamaba «envidia de pene», les solté cuatro gritos. Yo creía que tenía pene. ¿Por qué iba a tener envidia?

– Te quise más a ti porque tuve que luchar mucho para que siguieras viva -dice mi madre. Y luego vuelve a contar la vieja historia familiar de la leche sin lactosa que había que ir a buscar a medianoche y de cómo casi me «morí de hambre» y cómo me quería a pesar del feo angioma púrpura, que milagrosamente se redujo a nada en los dos primeros meses, dejando a una niña color rosa, con el pelo de estopa.

– Cuando te pusiste guapa, no me importó nada -dice ella-, porque tenía que quererte sólo para que siguieras con vida.

Mi hermana mayor, Suzanna (Shoshana Miriam, apodada «Nana» debido a una pronunciación errónea de pequeña), había sido la perfección total al nacer: redonda, castaña, de ojos brillantes. Yo estaba destinada a ser el patito feo, pero más querida debido a eso, o eso cuenta la historia.

Yo siempre solía burlarme de esa historia cuando era pequeña, pero ahora la creo. El afán por mantener a un niño con vida es un seísmo. Se impone a todas las demás consideraciones. La pasión de mi madre y las batidas a medianoche de mi padre para conseguir leche me mantuvieron con respiración. Eso y la suerte de mis padres por haber encontrado a un pediatra iconoclasta.

El doctor Aubrey McLean era un enérgico escocés que se atrevió a desafiar a las empresas lecheras. Cincuenta años por delante de su tiempo, diagnosticó que yo era alérgica a la leche de vaca, y tuvieron que alimentarme con leche acidófila y trocitos crudos de hígado. No importaba lo mal que me encontrara, tenían que darme de comer y darme de comer, algún alimento tenía que servir. El médico venía a verme todos los días, me reconocía y se sentaba con mi madre a hablar de recién nacidos, la vida, el destino y cuánto odiaba a los médicos establecidos, que le habían rechazado por sus puntos de vista radicales. También era un borracho.

– Te salvó la vida -dice mi padre-. Es una parte importante de tu historia. O a lo mejor es que sólo estaba enamorado de tu madre.

¿Cómo lo llegaré a saber nunca? Doctor McLean, esté donde esté usted: gracias.

Nacida durante la guerra en una gran familia de estilo europeo -mis padres, mi hermana, mis abuelos matemos rusoparlantes (que nunca nos enseñaron ruso para poder contar con un lenguaje secreto para ellos solos)-, recuerdo los primeros juegos, como «escapar de los nazis», o a mi abuela enjabonándome las manos para librarme de «los alemanes». De ese modo entró la guerra en mi infancia. Recuerdo que mojaba a propósito la cama de noche para que me llevaran a la cama de mis padres y dormir entre ellos en aquel sitio absolutamente seguro, al mismo tiempo separándolos y uniéndolos. Recuerdo que levantaba la vista al techo de su habitación para ver los espectáculos caleidoscópicos de luz -«guisantes y zanahorias», los llamaba yo, indicando los fragmentos de verde y rojo del interior de mis párpados cuando volvía a cerrar los ojos en su enorme cama caliente.

«El tentador de debajo del párpado» llama Dylan Thomas a esta criatura vacilante. ¿Es ese tentador lo que hace a un poeta?

Mis recuerdos de los primeros tiempos son escasos, y todos ellos son visuales. Incluso puedo recordar el estar dentro de un cochecito, rodando por un parque y mirando una miríada de hojas verdes que fracturaban la luz arriba. Nunca soy más feliz que mirando las hojas, de modo que imagino que esto se relaciona con una euforia de la primera infancia. Las hojas del parque, la ilusión óptica creada por los pequeños azulejos octogonales del cuarto de baño, que parecían formar un paso hacia otro mundo, cuando me apoyaba en el asiento del trono del cuarto de baño y miraba sus cambiantes configuraciones en el suelo, son los recuerdos más vivos que tengo.

Cuando tenía dos años, vivíamos en el apartamento que recreo en todos mis sueños: una casa neogótica de distribución irregular que ocupaba los tres pisos de arriba de un edificio del número 44 Oeste de la calle 77, enfrente del Museo de Historia Natural. Nos trasladamos allí desde Castle Village, en Washington Heights, en 1944, y nos quedamos hasta 1959, cuando nos trasladamos a otro palazzo de preguerra, el Beresford, en la parte norte del museo.

Los recuerdos de infancia de mi casa son a la vez tétricos y espléndidos. El edificio lo habían construido unos artistas de principios de siglo, y el estudio tenía luz del norte. Siempre buscábamos la luz del norte, al parecer, como una planta extraña que se retuerce para crecer en busca del sol.

El apartamento que recuerdo probablemente no sea el apartamento que existe hoy; ahora es mucho más elegante que durante mi infancia de los años cuarenta. Unas cabezas de león enmarcaban la chimenea del cuarto de estar; el comedor tenía las paredes recubiertas de madera oscura y molduras góticas y daba a un patio; la cocina tenía un antiguo fogón de gas y un fregadero de zinc; los dormitorios estaban dispuestos en torno a un espacioso vestíbulo, y una chimenea de piedra, con una repisa gótica de madera, se abría a un vestíbulo de piedra donde terminaba un ascensor de espejo con paneles de madera cuyas espirales de madera parecían búhos de medianoche medio escondidos en árboles de medianoche.

El techo del cuarto de estar era altísimo y recubierto de algo que llamaban «hoja dorada». (En mi mente infantil, imaginaba que las obtenían de árboles dorados.) Cuatro lámparas de aspecto veneciano iluminaban desde sus oscuros cuadrados dorados. Las ventanas delanteras daban al museo con su fachada de piedra caliza y torreones cónicos verdes; las ventanas de atrás daban al patio soleado y a los jardines de la Sociedad Histórica de Nueva York y a la hilera de mansiones de piedra caliza de la calle 76. Encima del cuarto de estar había un altillo de cuya barandilla metálica colgaba un batik balines en el que bailaban malvados demonios de perfil. Y dos tramos de escalones más arriba estaba el estudio de Papá (mí abuelo), con una trampilla, un techo en punta como el gorro de una bruja y dos enormes ventanas -una que daba al norte (esa luz constante que buscan los artistas), la otra al sur (demasiado cambiante, por lo que muchas veces estaba cerrada con unas contraventanas dobles verdes manipuladas con poleas).

El estudio de Papá, lleno de objetos propios de un artista -máscaras de yeso (de Beethoven, Keats, Voltaire), una calavera de verdad, un esqueleto de verdad, reproducciones de caballos de la dinastía Tang-, era a la vez un refugio y un sitio que daba miedo. Olía deliciosamente a trementina y a pintura al óleo, como un bosque encantado. Pero las máscaras mortuorias de Beethoven y Keats, y el esqueleto y la calavera, daban al lugar un aire horripilante. Una no querría estar allí de noche sola.

Todos los Hallowe'en, el estudio se convertía en un sitio donde se contaban historias de fantasmas y vampiros. Una vela iluminaba la calavera, y el esqueleto y las máscaras mortuorias llevaban mortajas blancas como los miembros del Ku Klux Klan. Papá instalaba un cuadro con otra calavera (¿la de Yorick, quizá?) en su viejo caballete lleno de pintura incrustada (que había viajado con él desde Edimburgo, Bristol y Londres muchos años atrás, cuando emigró por primera vez al Nuevo Mundo, huyendo del alistamiento en el ejército inglés, como había huido del ruso cuando era adolescente en Odessa). Pensamos que nuestras vidas son especiales, pero las fuerzas históricas nos levantan y nos hunden. Mi abuelo (lo mismo que el tuyo y el tuyo) huyó de Europa y de sus guerras.

Mi madre contaba la historia de Drácula y los niños chillábamos de miedo y placer al oír hablar de los no muertos, los colmillos, la palidez de las doncellas y la anemia debida a sus encuentros nocturnos.

Los días normales de trabajo, siempre me gustaba mucho pintar al lado de mi abuelo. Él me preparaba un pequeño lienzo (siempre se preparaba orgullosamente los suyos), me daba una paleta de sobra llena de colores empalagosos, como púrpura alizarín, rosa intenso, viridiana, azul cobalto, amarillo cromo, ocre puro, blanco de China, y sujetaba dos recipientes metálicos con pinzas, uno para el aceite de linaza y otro para la trementina, en el agujero para el dedo de la paleta.

– No embarres los colores -decía Papá, dándome pinceles de marta y de cerda. Luego yo pintaba al lado de mi abuelo, completamente arrobada, colocada por el olor de la trementina y los toques de pincel. Papá silbaba baladas folclóricas rusas y canciones del Ejército rojo mientras trabajaba. La calle setenta y siete podría haber estado a orillas del Dniéper.

Papá era un supervisor severo. Si yo «embarraba los colores» o no me tomaba la pintura en serio, se enfadaba y me echaba escalera abajo con su tiento azotando el aire. Nunca me tuvo que pegar. Sus gritos bastaban para aterrarme. He leído con asombro todos esos libros sobre el incesto y el maltrato de los niños, y sé que los gritos del abuelo constituían suficiente maltrato. Es poco elegante tener que informar que en mi infancia nadie me maltrató. A no ser psicológicamente. Lo que fue bastante.

Mi abuelo tenía un estudio, mi padre tenía un despacho, pero mi madre montaba su caballete cuando y donde podía y lo lamentaba amargamente. Mi abuela, entretanto, llevaba la casa, persiguiendo a la muchacha jamaicana, Ivy, para asegurarse de que hacía las cosas bien.

Iviana Banton era una irascible mujer de las Antillas que se ocupaba de nuestra casa (cuando la dejaba mi abuela). Tenía las manos acartonadas y negras por la parte de fuera y maravillosamente rosas por la de dentro. Me encantaba su acento, y el modo de hablar de los antillanos todavía me seduce.

Ivy era fea, con un enorme quiste en la nariz, lleno de pelo, pero era viva y fuerte. Aprendí pronto que estar viva y ser fuerte era mucho más importante que ser guapa.

A pesar de los muchos psicoanálisis, que me costaron lo suficiente para mantener a un pequeño país, he reprimido todos los recuerdos de mi primera infancia sobre mi madre. Sé que me adoraba y que también le molestaba adorarme, y que se mostraba muy voluble. Yo la adoraba más que a mi vida y también me aterraban sus cambios de ánimo. Mi hermana mayor muchas veces era violenta físicamente conmigo, retorciéndome el brazo hasta que yo caía al suelo muerta de dolor, y me atormentaba «ganándome» mi reloj de oro en partidas de cartas en las que hacía trampas, avergonzándome delante de los amigos. Dos mujeres me tiranizaron durante gran parte de la infancia, pero mi memoria no conserva casi nada de eso. Con todo, concluyo que mi temperamento conciliador, mi tendencia a ocultar mi enfado, incluso a ocultármelo a mí misma, y luego darle suelta años después, o usar mi pluma para atacar a los parientes, debe de proceder de esos años de tiranía emocional olvidada.

Nada de quejas. Todo el mundo necesita algo que dé forma a un carácter complicado. La tiranía fue la fuerza que originó mi amor por la libertad, mi identificación con los desvalidos, mi pasión por los derechos del hombre, y de la mujer.

Cuando mi hermana Claudia nació en 1947, toda la constelación familiar cambió. De pronto había «el bebé». De pronto era la posguerra con sus muchos nacimientos y mi padre era rico, o eso parecía. De pronto mis padres hacían cosas como ir en avión a La Habana o Jamaica a pasar unas vacaciones de invierno, o a Londres y París durante las del verano. De pronto había una niñera que no me dejaba tocar al bebé porque yo había cogido tiña por culpa del gato de mi mejor amiga.

Cuando volvía a casa del jardín de infancia, después de lo que parecía una eternidad, la niñera no me dejaba acercarme a la habitación del bebé. La pequeña intrusa pelirroja -mi hermana- destrozó mi vida. Todos se deshacían en atenciones con ella. Mi madre estaba en cama como una entretenida, mis abuelos se habían mudado a un apartamento cercano (alejados porque mis padres ahora se habían psicoanalizado y habían suprimido ideas tan retrógradas de Mitteleuropa como las familias extensas). La vida cambió dramáticamente. Y lo que recuerdo fundamentalmente es estar en una bañera, con el brazo con el reloj alzado por encima de la cabeza mientras me frota mi madre, que quería terminar pronto para correr junto a «la bebé».

La maldita bebé; cuánto la hicimos sufrir Nana y yo. Le poníamos ropa que la ahogaba y la sentábamos en el cochecito de las muñecas. La metíamos en el armario de la ropa de casa que todavía era nuestra cueva para escapar de los nazis, pues aunque la guerra había terminado, no había terminado dentro de nuestras cabezas. Allí metidas, tomábamos sandwiches de mantequilla y compota de manzana y azúcar (basándonos en una receta de una novela de Booth Tarkington que estaba leyendo mi hermana mayor). Nos escondíamos allí dentro y hablábamos en susurros, corriendo a la cocina a por más provisiones cuando no había moros en la costa.

Claudia sonreía dulcemente y soportaba todos nuestros malos tratos. Era «la bebé». Sabía su sitio. Hoy me cuenta cuánto rencor nos tenía. No era nada comparado con el rencor que le teníamos nosotras simplemente por haber nacido. Mientras nosotras íbamos al colegio, a ella la llevaban a las islas del Caribe para que tomara el sol. Mientras nosotras nos quedábamos con Papá y Mamá, ella estaba con Eda y Seymour. De las tres era la única que llama papá y mamá a nuestros padres. Y también le teníamos rencor por eso. A mí y a mi hermana mayor, mis padres nos parecían unos hermanos misteriosos. Y mis abuelos parecían los padres de verdad. A lo mejor por eso teníamos que alejarnos de ellos.

Cuando yo tenía ocho años, mi hermana mayor trece, y me hermana pequeña tres, mis abuelos cruzaron el Atlántico hacia París, esperando encontrar a los artistas de la juventud de Papá en París. (Había residido allí como un pobre estudiante de arte ruso antes de casarse, subsistiendo a base de plátanos que le daba un filántropo amante del arte judío -posiblemente un Rothschild-, o eso decían los mitos familiares.)

– Mirsky quería ir sin ella -dice mi padre-. Creía que podría dejar a Mamá con nosotros.

– Pero yo me negué -dice mi madre-. ¿Cómo se atrevía a abrigar la ilusión de que podía recuperar su juventud?

Mamá y Papá embarcaron en el Mauretania. Unas pequeñas fotos en blanco y negro recogen aquel día: Claudia y yo corriendo por las cubiertas con nuestros abrigos ingleses Chesterfield, con gorros y guantes a juego; Nana, una adolescente triste, una Elizabeth Taylor clónica, junto a diversas sillas de cubierta y chimeneas y mirando furiosa a la cámara.

Mis padres debieron sentirse tan liberados como nosotras nos sentíamos desconsoladas. Y en cuanto a Papá y Mamá, ¿en qué demonios podían estar pensando? ¿Cuánto podía decepcionar el París de 1951 a un artista que se fue de Montparnasse en 1901? Ya no era joven, ya no estaba soltero, ya no vivía a base de plátanos. El chico ruso-judío de Odesa se había convertido en un hombre de mundo (o por lo menos de Manhattan). ¿Cómo era capaz de volver? Resultó que no podía. El y mi abuela echaban demasiado de menos a sus nietas. París no les sirvió de sustituto para nosotros. A los seis meses, Papá y Mamá embarcaron de vuelta.

Siguió una riña tremenda. Papá y Mamá querían volver a vivir con nosotros, y mis padres (y sus psicoanalistas) no les dejaban. Papá y Mamá eran demasiado prefreudianos para entender todo esto, y nunca superaron el enfado. Mi madre les encontró otro palacio en el West Side (con luz del norte), a un paseo de nuestra casa, pero Papá y Mamá se negaron a perdonarla. Ni perdonaron a París por haber cambiado en cincuenta años. Se suponía que el tiempo tenía que estarse quieto. Por desgracia, nunca lo hace.

Conque tengo cincuenta años y Papá y Mamá han muerto. Mañana voy a almorzar con mi padre para ver lo mucho que me equivoqué en este capítulo inicial.

Cómo eran mis padres y todo ese rollo tipo David Copperfield

Es jueves y estoy citada para almorzar con mi padre y verificar «todo ese rollo tipo David Copperfield».

– Tu madre no se acuerda de nada -dice mi padre-, pero yo sí.

Pues bien, conviene saber que mi padre es de los tipos que nunca almuerzan solos conmigo porque creen que mi madre se podría poner celosa. Si nos vemos durante la semana -lo que puede pasar cada diecisiete años o así-, almorzamos en un restaurante de mala muerte como adúlteros con prisa. Pero esta vez estaba en juego la historia. Mi padre tiene un interés de propietario sobre mi carrera literaria, sobre toda ella, desde manipular los libros en las librerías (de modo que Miedo a volar o Fanny queden encima de los últimos libros de Stephen King, Danielle Steel o John Grisham), a suscribirse a Publishers' Weekly (e informarse preocupado de las últimas tendencias a hacer grandes descuentos), o a retorcerse las manos ante alguna mala crítica sobre mí.

– ¿Por qué te llaman escritora de pornografía, cariño? -pregunta, a veces, informándome de un ataque a fondo del que no me he enterado. Trato de evitar el leer las críticas (buenas o malas), y mi padre, con su solicitud, de hecho ha atraído mi atención hacia alguna de las más duras.

– ¿Por qué, por qué, por qué? -pregunta, como Job. Su purgatorio es tener una hija con la que se meten en la prensa cada unos pocos años. A este respecto, creo que le duele a él todavía más que a mí. Me apetece llamar a todos los críticos y decirles: «Mire usted, mi padre tiene ochenta y un años y es un buen tipo; déle un respiro». (Mis alumnos del City College de los años sesenta y primeros setenta solían hacerme eso mismo a mí: «Si me suspendes, a mi madre le dará un ataque al corazón. Y encima, me mandarán a Vietnam». Una petición especial. Y muchas veces funcionaba.)

Conque quedamos en vernos en la sala de exposiciones de mi padre a las doce y media. Pero en Nueva York diluvia, y el trayecto en taxi, desde la calle 69 a la 25, me lleva casi cuarenta minutos y, como de costumbre, llego tarde.

Mi padre se está moviendo inquieto e impaciente por su sala de exposiciones, con ganas de que sus empleados conozcan a su hija tan famosa. Me lleva a ver las muñecas «modernas» y «antiguas», las soperas y teteras de cerámica con forma de calabaza y berenjena, los platos decorativos con forma de girasol y espárrago, rosa y cebolla.

Pasan años entre mis visitas a su sala de exposiciones, y siempre me asombra lo que han comprado mi padre y mi cuñado; a su modo es tan curioso como hacer libros con un papel en blanco y una pluma. ¡El modo en que hace dinero la gente en Norteamérica! Un barabanchik de la era de la Gran Depresión puede hacerse millonario con muñecas «antiguas» que vende por medio de la teletienda. ¿En qué otro país se cuenta con tales absurdos? En Norteamérica uno puede cambiar de clase tan deprisa como se dice barabanchik, porque en Norteamérica de hecho no hay clases, pero eso queda para un capítulo futuro.

Admiro los productos de mi padre y saludo a sus empleados; luego vamos a almorzar a una cafetería del edificio; un almuerzo a base de sandwiches de pavo y cocas diet.

Mi padre tiene los ojos azules, es delgado, fibroso, todavía guapo. Parece como de sesenta y cinco años. Vale, parece de setenta y cinco. Pero no de ochenta y uno. (¿Qué pinta tienen los de ochenta y uno?) Las vitaminas y el ejercicio son su religión. Descubrió la vitamina C antes que Linus Pauling, el beta caroteno antes que Harry Demopoulos, y me cuenta que el secreto es «disfrutar teniendo hambre».

Ha tomado unas notas para mí, consciente de la importancia de que escriba mi autobiografía, pero ha llamado en secreto a mi marido para decirle:

– Le voy a dar a Erica toda esta información. Espero que no planee usarla.

Esto es típico de los mensajes equívocos que abundan en mi familia.

Las reproduzco literalmente:

En el hospital de maternidad hubo muchos fallecimientos debido a infecciones y diarrea. Al nacer tenías un gran globo lleno de higroma, creo. El doctor Aubrey McClean dijo que se absorbería y desaparecería. Sin embargo no retenías los alimentos -tu madre te alimentaba las veinticuatro horas del día- te metían una especie de gachas muy deshechas en el fondo de la boca. También te metían carne picada cruda. Tu supervivencia era un asunto arriesgado. El doctor Aubrey McClean, al que echaron del hospital maternal presbiteriano debido a sus heterodoxos tratamientos de los bebés enfermos, venía a reconocerte todos los días. Tenías prohibida la leche. Con todo, conseguíamos un nuevo producto lácteo de Walker Gordon en la fábrica de Borden. (Yo me llevaba un par de botellas diarias.) Creciste fuerte porque la entrada de comida era mayor que las deyecciones que salían. A los seis meses aproximadamente se te estabilizó el metabolismo y aumentó el peso. El fluido de tu globo fue asimilado y desapareció.

A los dos años, en el viaje semanal de toda la familia a un restaurante se hablaba mucho. Tú gritaste: «En este coche no se habla, ¿entendido?», y luego soltaste un monólogo sobre el paisaje. Cuando pasamos por delante de un monasterio al recorrer el campo, lo llamaste monaterio.

Tu juego favorito en el restaurante era hacer un montoncito de sal sobre la mesa. Luego pasabas con mucho cuidado el dedo haciendo arados y creabas una nueva obra de arte que se llamaba ambo. Esta creatividad tenía lugar en el restaurante cuando te apoderabas de un salero.

Cuando tu hermana Claudia tenía unos dos años, tú y Nana la encerrasteis en un armario gritando misteriosamente: «¡Vienen los alemanes!»

A los seis o siete años, tú y tus amigos estabais jugando en Central Park. Un productor ambicioso de la cadena de televisión N.B.C. te eligió para que formaras parte de un ballet infantil. Saliste en la N.B.C. con un tutu negro como primera ballerina.

En el primer viaje a ultramar, en el Liberté, preparaste una maleta de tamaño enorme con todo tipo de barras de labios, polvos, atomizadores, ungüentos, madores de pelo, que parecía una maleta de muestras de Helena Rubinstein.

Recuerdo el feto de cerdo que trajiste a casa de Barnard, con bisturí y todo. Estas cosas rápidamente las cambiaste por lápiz y papel. De repente nos quedamos sin una médico y tuvimos una escritora.

¿Mi reacción ante esto? Alivio porque yo no recordaba demasiado mal los detalles. Y asombro porque mi padre escribiera todo esto si no quería que se usase.

Pero también me sorprendió el hecho de que todo sea sobre mí y en absoluto sobre él. Dio por supuesto que su vida no tenía importancia y que lo único que yo quería saber era cómo pasé de los terribles peligros de nada más nacer al feto del cerdo que terminó con mis sueños de la carrera de Medicina. Yo había querido preguntarle sobre cosas de su vida. Eso nunca le entró en la cabeza.

Conque me puse a hacerle preguntas acerca de él, como si fuera un desconocido sobre el que me habían encargado escribir un artículo. Mi padre acepta fácilmente el juego. Le gusta. Responde del modo correcto.

¿Cómo era Brooklyn cuando tú eras pequeño?

Lleno de jardines y parques. La gente se marchaba del Lower East Side como si fuera al campo. El metro era nuevo y Brownsville se consideraba un ascenso.

¿Eran judíos todos?

Diría que un noventa por ciento judíos, y un diez por ciento italianos.

¿Cómo eran tus padres, Max y Annie? ¿Qué recuerdas de ellos?

Mi padre traía trabajos de sastre a casa. Tenía dos trabajos, era pluriempleado. Todo el mundo tenía dos trabajos o tres. ¡Éramos seis niños! Hacía arreglos de ropa para ganar un dinero extra. Y mi madre siempre estaba encima del puchero con la sopa y nos ponía en fila cuando pasábamos cerca. Recuerdo eso, y un consejo suyo cuando fui mayor: «No malgastes tu vida con pesares». ¡Pesares! Vaya palabra. Todos los días amenazaba con que se iba a tirar por la ventana. Todos los días yo la convencía de que no se tirara. Era tarea mía en cuanto hijo número uno. Una vez a la semana llegaba una carta de Alemania o de Polonia, según dónde estuviese la frontera. Mi padre se la leía en voz alta a mi madre en yídish. Procedía del shtetl. Un sitio que se llamaba Czkower, creo. Mis padres vivían en dos mundos: Brownsville y Czkower. Creo que para ellos Czkower era más real.

¿Cuándo te interesaste por la música?

El que me hizo conocer otro tipo de música fue Sammy Levinson. Había dado clases, tenía un violín Amati. Tocaba…, bueno…, consentimiento. Su familia le pagaba las clases. Mi padre esperaba que yo trajera dinero a casa. Asistí a una clase de la New York Music School, una academia bastante informal que más tarde se cerró. ¡Una clase! Después de eso tocábamos… en bodas, bar mitzavhs, bodas de oro. Mi padre dijo: «Ya te estás ganando la vida, ¿por qué gastar dinero en clases?» (También ocultó mi carta de admisión al City College. Me enteré años más tarde y me puse furioso.) Me necesitaba para que le ayudase a mantener la familia. No veía el interés de la universidad. En las bodas de oro tocábamos todas las viejas canciones: «Un jardín bajo la lluvia» y «Cuánto bailamos la noche de nuestra boda». Decidí que nunca querría celebrar las bodas de oro. Prefería morir antes. Y los bailes rusos…, siempre los bailes rusos…, especialmente en las bodas. Bailaban la kazatska hasta que se caían de culo.

¿Cómo te enamoraste del negocio del espectáculo?

Cuando Sammy y yo íbamos al instituto, todavía existían los teatros de variedades. «8 atracciones 8» [escribe en una servilleta]. Cuando lanzaron las chocolatinas Hershey con nueces dentro hicieron un truco. Se suponía que había un dólar en cada diez tabletas, de modo que las vendíamos como churros. Eso no era cierto, claro. De hecho nunca veías un dólar, pero la gente se creía lo del regalo. Estaba convencida de ello. Conque íbamos a los teatros de variedades y ganábamos cincuenta centavos de cada dólar que vendíamos. Un buen margen.

¿Por qué nunca quisiste que actuara después del número de los perros?

Porque en el teatro de variedades no se puede competir con los niños y los perros. Además, ocupa un lugar espantoso en la actuación, en el medio. Uno quiere el último lugar, o el primero. Nunca en el medio. El teatro de variedades se mantuvo durante los años veinte. Los números eran increíblemente idiotas, incluso para lo que se ve hoy en la televisión. Pero se mantenía la regla: había escenas cómicas, perros, un mago, el número de chistes verdes, la cabecera de cartel… En cualquier caso, yo siempre formaba parte de la orquesta.

¿Por qué te cambiaste de nombre?

Cuando tenía veinte años me inscribí en el sindicato; en la sección 802. Seymour Mann y su orquesta sonaba bien; pero también hubo otro motivo. Había un timador en el sindicato que se llamaba Izzy Weisman, que estuvo implicado en un escándalo. Así que Weisman no era un buen nombre para tener en la sección 802. Me gustaba cómo sonaba Seymour Mann y su orquesta. Entonces, en el mundo del espectáculo, uno no podía sonar a judío. Cohen se convertía en King. Moskowitz se convertía en Moss. Rabinowitz se convertía en Ross. Goldfish se convertía en Goldwyn. Todavía no se llevaba lo étnico.

¿Dónde conociste a Eda?

En un sitio que se llamaba Utopía, en las montañas Catskill. De verdad que se llamaba Utopía. Era una estación de veraneo para familias cerca de Ellenville, en «Las montañas». Tu madre llevaba una capa de terciopelo negra (en pleno verano) y la arrastraba por los campos de margaritas y campanillas. Era artista…, muy bohemia.

– ¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un vertedero como éste? -pregunté, recurriendo a la frase más sexualmente excitante que sabía. Funcionó. Yo creía que era una chica fácil porque dormía en la misma habitación que el dueño de aquel sitio. Pero después resultó que él nunca le puso la mano encima; de hecho no podía hacerlo. Ella era su coartada. En cualquier caso, pintaba murales, conque le pedí que me pintara la batería. Nos enamoramos locamente. Después del verano yo la iba a ver una vez por semana, tomando el metro desde Brooklyn al Upper Riverside Drive. Papá y Mamá siempre nos dejaban solos. Teníamos oportunidades que eran increíbles. Creo que le dije por primera vez que estaba enamorado de ella en el piso de arriba de un autobús descubierto en la Quinta Avenida. ¿Sabes que había autobuses descubiertos en la Quinta Avenida? Yo trabajaba por las noches en el Paul's Rendezvous con una orquesta de cinco miembros y también trataba de ir a la Universidad de Nueva York por las tardes. Con siete dólares por actuación, no podía pagar la matrícula. (Como ya dije, nunca supe que me habían admitido en el City College.) Maxwell Bodenheim solía pasarse por el Paul's Rendezvous a recitar poemas a cambio de unas copas: «La muerte viene igual que joyas metidas en una bolsa de terciopelo…», me parece recordar. Nos casamos en 1933 porque habían revocado la ley seca y pensamos que habría trabajo en los clubs. Roosevelt iba a tomar posesión en marzo. La gente se moría de hambre: vendían manzanas en la calle, había putas arrastradas junto al río. Nuestro primer apartamento estaba en la calle 22, entre la Novena y la Octava. Era una casa de huéspedes con la bañera en mitad de la cocina. Estuvimos dos meses y luego nos mudamos. Vivimos en un montón de sitios. En cierta ocasión estuvimos en la 118 esquina a Riverside Drive, muy emocionados por estar en la misma avenida que George Gershwin. Los músicos trabajaban desde las ocho hasta que caían rendidos. Eda me iba a recoger y volvíamos andando a casa Broadway arriba, y desayunábamos en Nedick's. Muy romántico. Ella trabajaba el día entero haciendo demostraciones de artículos artísticos en Bloomingdales. Traía a casa los cuadros, de modo que parecía un buen trato. Nunca dormíamos. Luego, cuando cumplí veinticuatro años, en 1935, tuve mi primera gran oportunidad. Mickey Green, el agente -no uses su nombre, pues todavía vive-, me consiguió una prueba con Cole Porter para Jubilee; y conseguí el trabajo. Por entonces yo funcionaba.

¿Y qué pasó?

Tu madre aborrecía el mundo del espectáculo. El horario, la inseguridad. Había sido la mejor artista de la escuela de Bellas Artes, pero no obtuvo el Prix de Roma porque nunca se lo daban a las chicas. Además, había una intensa competencia con tu abuelo. Y aborrecía el sindicato de músicos, que entonces se dedicaba a estafar y exigía comisiones. Encima, cuando nació tu hermana Nana fuimos a vivir con Papá y Mamá para que nos ayudaran con tu hermana.

Pero ¿no echaste de menos el mundo del espectáculo?

La hubiera echado más de menos a ella. Estábamos enamorados de verdad. No podría haber hecho nada de esto sin ella. Y tu madre había tenido una vida dura. No conoció a su padre hasta los ocho años, ya sabes, porque él dejó a su familia en Inglaterra cuando ella tenía dos años y su hermana Kitty algo menos de tres. Huía para que no le alistaran en el ejército inglés. Los judíos siempre huían del alistamiento. ¿Por qué morir por un zar antisemita?

¿Estuviste enamorado antes?

Bueno, hubo una chica en el instituto, pero nada serio. Tenía diecinueve años cuando conocí a tu madre. El matrimonio era serio, un compromiso. Uno nunca se divorciaba. No creímos que fuéramos a tener tsuris. Los tuvimos. Pero el divorcio estaba descartado.

¿ Qué pensaban tus padres de ella? Mamá fue a Utopía para ver cómo era. «Ten cuidado…, esa chica te está utilizando», dijo. [Se ríe.]

¿Y qué pensaban los padres de ella de ti? Pensaban que no era bastante para ella, pero seguían dejándonos solos en el apartamento.

¿No te molestó dejar el mundo del espectáculo precisamente cuando estabas a punto de conseguir situarte?

Compuse algunas canciones que se editaron, pero sabía que no era Cole Porter ni Lorenz Hart. Ni Irving Berlin. Ni Gershwin. Ésos eran mis dioses. Fíjate, habría vendido el alma por componer «Mountain Greenery» o «Isn't it Romantic?», pero todo lo que salía era «La cajita de música».

¿Cómo te tranquilizabas para ir a las pruebas, o para ser vendedor?

Siempre ocultaba el miedo cuando trataba de vender algo. Imaginaba que sentiría miedo, pero sabía que nunca me dominaría. Todo el mundo siente miedo. En Jubilee, las estrellas más importantes daban tragos a botellas de petaca de plata antes de que se alzase el telón. Eran unos cagados. El miedo era algo previsible. Uno nunca esperaba no sentir miedo. Pero de todos modos seguía. Cuando dejé el mundo del espectáculo y me hice viajante, no imaginaba que me iría bien. Y cuando empecé con este negocio y proyecté cómo ganar dinero, no esperaba conseguirlo.

Entonces ¿de qué estás más orgulloso en la vida? Te proporcioné lo que mis padres nunca me pudieron proporcionar: estudios.

Pero ¿de qué estás más orgulloso de ti mismo?

De eso. Uno no puede imponerse a unas hijas enérgicas que tienen sus propias opiniones y no puede decirles con quién se tienen que casar, pero sí puede conseguir que estudien. Por lo menos eso. Si quisieras ir a la facultad de Medicina ahora, todavía te mandaría.

Gracias, papá. Pero recuerdo un feto de cerdo de Barnard. Yo era una auténtica amenaza con el bisturí, y el formaldehído casi me deja fuera de combate.

A lo mejor ahora piensas cosas distintas.

Todavía te gustaría que fuera médico, ¿verdad?

Verás, eres una escritora estupenda, pero necesitas un relaciones públicas. Todo depende del relaciones públicas. Fíjate en Madonna. No tiene talento, pero tiene un relaciones públicas increíble. ¿Por qué no llamas a ese tal della Femina? Te aconsejaría.

Es un publicitario, papá, no un relaciones públicas. Es un viejo amigo mío, pero lo suyo no son las relaciones públicas.

Las relaciones públicas hoy son cosa de todo el mundo. Y tienes que contar con alguien que se ocupe de ti. ¿Qué pasa con los derechos cinematográficos? ¿Por qué no hicieron nunca aquella película? Los libros están bien, pero ¿quién lee hoy día? Uno necesita algo más que libros para triunfar.

No creo me guste demasiado el mundo del espectáculo. Cada vez que alguien quiere hacer una película o una obra de teatro con una obra mía, pierdo años de mi vida y me enredo en líos legales. No consigo establecer comunicación con los de Hollywood. No hablan mi idioma. O a lo mejor la que no habla el suyo soy yo. Nunca entienden por qué me aferró a los pequeños detalles de mis libros -les gustan el argumento y los personajes-, y yo no entiendo cómo ganan tanto dinero hablando por teléfono. No casamos unos con otros.

Absurdo, tienes un relaciones públicas equivocado.

De modo que hicimos el mismo viaje que hacemos siempre: de él hacia mí. Dado que soy la parte suya que se supone que debe ir a conquistar el mundo del espectáculo, es crítico conmigo, como sería crítico consigo mismo o con la cruz de sus sueños y por eso me empuja y me pincha, sin pensar que yo considero que es una crítica. Una vez, cuando uno de mis libros parecía no ir como él esperaba, le grité por teléfono:

– ¡Tienes que quererme tanto si aparezco en la lista de libros más vendidos como si no!

Creo que el mensaje funcionó. Hasta entonces, mi padre nunca había entendido que cuando trataba de empujarme, yo me sentía criticada. Pero los padres no lo pueden evitar. Ven con claridad lo que pueden ser sus hijos, y por eso insisten. Probablemente yo haga lo mismo con mí hija: empujarla, pincharla, parecer que estoy descontenta con ella, cuando lo cierto es que ella es todo lo que yo quise ser y es más lanzada en lo que yo soy tímida, llena de mis sueños y ambiciones, pero con su propia personalidad. En resumen, es mi flecha lanzada a la eternidad; pero ella no lo puede ver de ese modo.

Papá, todas las veces que te pregunto por cosas tuyas, terminas hablando de mí.

¿De verdad? Bueno, siempre creí que harías lo que no hice yo, y en cierto modo lo has hecho; todo excepto lo del relaciones públicas.

¿Cómo le puedo explicar que las vicisitudes de mi carrera no se pueden evitar con un simple relaciones públicas? He transgredido reglas que le resultan invisibles porque es hombre: escribir abiertamente sobre el sexo, apropiarme de aventuras picarescas masculinas, burlarme de los santones de nuestra sociedad. He vivido como elegí: me casé, me divorcié, me volví a casar, me divorcié, me volví a casar y me divorcié otra vez; y algo todavía peor: ¡me atreví a escribir sobre mis ex maridos! Es el más nefando de mis pecados; no haber hecho esas cosas, sino haberlas confesado en un libro. Por eso consideran que me he pasado de la raya. ¡Ningún relaciones públicas podría arreglarlo! No es ni más ni menos que el destino de las mujeres rebeldes. Antes nos lapidaban en la plaza del mercado. En cierto sentido, todavía lo hacen.

¡Y todavía me mandaría a la facultad de Medicina! ¿Debo considerarlo un insulto o un cumplido? ¿Y debería aceptárselo? Podría encantarme ser médico durante la segunda mitad de mi vida. Escribir no es un modo fácil de ganarse la vida,

Y ya es tarde, casi las tres y media, y tenemos que despedirnos. Mi padre paga la cuenta y volvemos andando a la sala de exposiciones. Me subo a un taxi y me dirijo a la parte alta de la ciudad, con mis papeles llenos de notas indescifrables y un magnetófono que, me doy cuenta, no ha grabado ni palabra.

Muy bien. Reconstruiré la conversación como, por otro lado, siempre hago; escribiré literatura. En cualquier caso, todo es inventado. Especialmente las partes que suenan a auténticas.

Al pensar en este diálogo, temo que pueda haber hecho que mi padre suene demasiado a La loca historia de la galaxia, de Mel Brooks. Pero emerge otra cosa, algo que parece que se me había escapado cuando era más joven. Mis padres, los dos, renunciaron a sus ambiciones artísticas -él a la música, ella a la pintura- para crear una familia y un negocio juntos. Y el negocio agotó el talento de los dos: el sentido para el diseño, el dibujo, el modelado de ella; y el instinto para adivinar las nuevas tendencias y las cualidades de vendedor de él. Las muñecas se convirtieron en su producto compartido, lo mismo que sus hijas. Fue una operación de madre y padre. Al final de todo todavía se tienen el uno al otro; y nueve nietos y mucho dinero. Para niños que se iniciaron a la vida durante la Gran Depresión, con padres que hablaban yídish y ruso, eso fue casi un milagro. Más que eso, era su ideal del matrimonio: una camaradería, un compromiso y, claro, una empresa comunista: a cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades. Al final ninguno de ellos se consideró estafado. (Lo del medio es otra historia.) Cada uno adquirió valor a partir del éxito del otro. No hay muchos de mi generación que tengan matrimonios así. Yo nunca creí que lo tendría. Y conseguirlo fue la batalla más dura de toda mi vida. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Antes tengo que hablar de mi madre.

Qué difícil es escribir sobre ella, y qué necesario. ¿Y por dónde empezar? ¿Por entonces o por ahora? ¿Y cuento la historia desde mi punto de vista o desde el suyo? Estamos tan relacionadas que es difícil saber la diferencia. Me digo a mí misma que mi madre nunca estaría de acuerdo en que la entrevistase, que se burlaría amargamente de la idea. (Resultó que estaba equivocada.) Por encima de todo, fue su frustración la que impulsó mi éxito. Luego estuvo celosa de mí y al tiempo tremendamente orgullosa. Me hizo todo lo que soy, con verrugas y todo.

¿Cuándo me hice consciente por primera vez de las limitaciones femeninas? Gracias a mi madre. ¿Y cuándo me hice consciente por primera vez de que en cierto sentido estaba destinada a convertirme en mi madre? En la pubertad. Hasta entonces no ponía cadenas a mis ambiciones y entusiasmo. Esperaba ser Edna St Vincent Millay (la heroína de mi madre), madame Curie y Beatrice Webb, todas a la vez. Esperaba tirarle al mundo de las orejas hasta que dijera: Sí, Erica, sí, sí, sí, sí. Y ahora comprendo que mi madre ha tenido la misma experiencia, pero, debido a la época en que vivió, estaba sujeta a esa experiencia como yo no lo estuve; y su dificultad fue una de las cosas que me prendió fuego.

Voy hacia atrás, hacia atrás en el tiempo. Trato de superar los mitos familiares y los recuerdos pantalla comunes y trasladarme a una época que conozco principalmente a través de la vida de Henry Miller -no de la vida de mis padres-, la Edad del jazz, el Hundimiento de la Bolsa, los locales clandestinos, las medias enrolladas por arriba y la ginebra de contrabando: 1929.

Mi madre estudiaba arte en la National Academy of Design. Una morena con el pelo a lo garçon y grandes ojos castaños y boca firme. Era la mejor dibujante y pintora de su curso y tenía todos los méritos para ganar los premios mejores, incluido el más importante, una beca que permitía viajar: el Prix de Roma.

– Cuidado con esa chica, la Mirsky -decía su profesor de arte a los chicos-. Os ganará a todos.

Y mi madre se sentía atormentada y torturada por eso; porque se daba cuenta (aunque todavía no lo supiera) de que su sexo le impedía que la mandaran alguna vez a Roma. Cuando ganó la medalla de bronce y le dijeron, con toda franqueza (entonces nadie se avergonzaba de ser sexista), que no había ganado el Prix de Roma porque, como era mujer, se esperaba que se casase, tuviera hijos y malgastase sus dones, montó en cólera. Esa cólera le ha dado fuerza a mi vida; y también, en muchos sentidos, la ha refrenado.

– Yo esperaba que el mundo llamara a mi puerta -siempre dice-. Pero el mundo nunca llama. Tienes que hacerles venir.

El feminismo también estaba de moda en la época de mi madre. Los años veinte fueron una época de esperanza para los derechos de las mujeres. Pero esos derechos nunca fueron recogidos en una ley. Y sin ley, el feminismo nunca dura. Mi madre se culpaba de sus «debilidades». Nunca pensó en culpar a la historia. Y yo nunca quise estar tan consumida por la rabia como estaba ella. Quería la fuerza del sol, no la de la noche. Quería abundancia, no escasez; amor, no miedo. A veces creo que mi madre hizo que mi padre dejara el mundo del espectáculo para que tuviera la misma sensación de renuncia que tenía ella. Si las hijas suponían un impedimento para ella, también lo debían suponer para él. No iba a aceptar el papel «femenino» de servir de apoyo. No le dejaría que fuera artista si ella no lo podía ser. De modo que la dinámica madre-hija es un asunto que no puedo evitar si voy a contar todo ese rollo tipo David Copperfield. Las frustraciones de mi madre impulsaron mi feminismo y mis escritos. Pero mucha de esa energía surgió de mi odio y de mi competitividad: de mi deseo de superarla, de mi odio a su capitulación ante la feminidad, de mi deseo de ser diferente porque temí que me parecía demasiado a ella.

La condición femenina era una trampa. Si yo me parecía demasiado a ella, quedaría atrapada como estaba ella. Pero si rechazaba su ejemplo, traicionaría su cariño. Me consideraría un fraude me pasaba lo que me pasase. Tenía que encontrar un modo de ser como ella y distinta a ella al mismo tiempo. Tenía que encontrar un modo de ser tanto un chico como una chica.

En esto debo de ser de lo más típico de mi generación flagelada. Los modelos de maternidad que hemos tenido no nos sirven en las vidas que llevamos. Nuestras madres se quedaban en casa, pero nosotras andamos por ahí. Fuimos muchas veces los primeros miembros femeninos de nuestras familias en quedarnos solas en habitaciones de hotel, en criar a hijos solas, en enfrentarnos a los problemas de los impuestos solas, en mirar al techo de cristal solas y en preguntarnos cómo romperlo. Y éramos culpables, y sin embargo ambivalentes, sobre nuestras vidas, porque muchas de nuestras madres nunca llegaron tan lejos.

Cuando hablo con mis compañeras de curso de la facultad, el tema que surge una y otra vez es el de la culpabilidad hacia nuestras madres.

– Somos la generación sandwich -dijo una de mi curso de Barnard en una cena que organizamos para celebrar nuestro quincuagésimo cumpleaños.

– Nuestra generación sufrió porque nuestras madres nunca habían pensado en los cincuenta años -dijo otra.

– Tenemos que contenernos para no quedarnos sin el cariño de nuestras madres -dijo otra.

– Mensajes buenos y malos -estuvimos de acuerdo todas. Mensajes buenos y malos sobre competir y no competir, sobre ganar dinero y no ganar dinero, sobre aceptación y subordinación. Tales son las marcas distintivas de la generación flagelada.

Nos hemos defendido a nosotras mismas con una lealtad mal dirigida hacia nuestras madres, creo. Dado que no eran completamente libres para imponerse, nosotras nos mantuvimos encadenadas a sus limitaciones como si esta esclavitud fuera una demostración de cariño. (Muchas veces, de hecho, hacemos equivalente la esclavitud y el amor.) En la edad madura, con el tiempo aleteando a nuestras espaldas, por fin reunimos el valor para ser libres. Finalmente nos alejamos de esa ambivalencia que era el destino colectivo de nuestras madres, y rompimos el techo de cristal de nuestro interior para ser libres de verdad.

El feminismo contemporáneo norteamericano paga un terrible precio, creo, por su rechazo de Freud. Al etiquetar a Freud como sexista y nada más. y despreciar su idea revolucionaria del inconsciente junto a su sexismo, perdemos muchas de las herramientas que necesitamos para entender lo que pasa entre nosotras y nuestras madres. Y sin esa comprensión resulta difícil hacer que sea efectivo el feminismo. Una fuerte contracorriente de ambivalencia nos amenaza en todos nuestros logros. Culpables por irnos bien en lo que fracasaron nuestras madres, a veces inconscientemente saboteamos nuestro éxito, precisamente cuando estamos a punto de saborear sus frutos. Temo que si no consideramos psicológicamente las generaciones, estamos condenadas a repetir incesantemente el mismo antiguo ciclo de feminismo y reacción en generaciones alternas.

En 1929, cuando mi madre se graduó en la escuela de Bellas Artes y no consiguió obtener los premios que merecía, el mundo se encontraba en un punto similar entre la novedad del feminismo y las viejas maneras de ser del chovinismo masculino. Pero las ideas son sólo abstracciones. No penetran en el corpus político hasta que entran en los corazones de los seres humanos individuales. Y esos seres humanos fueron educados por padres de una generación diferente, con un diferente conjunto de principios. Todas las personas libran una guerra interna entre las generaciones. Y es el resultado de esa guerra lo que determina cómo y si cambia el mundo.

En las mujeres esta guerra es especialmente aguda. Las mujeres se identifican con sus madres automática e intensamente, pero también deben derribar a sus madres para convertirse en sí mismas. Si cada generación hace lo contrario a la generación de sus madres, continuaremos teniendo esa alternancia de generaciones feministas y reaccionarias que conocemos tan deprimentemente bien. Continuaremos en el mismo cochecito de una pista de carreras de juguete sin llegar nunca a ninguna parte, sino dando vueltas y más vueltas.

Las madres tienden a alimentar a sus hijas con su propia rebeldía sobrentendida. Como resultado, generaciones rebeldes siguen a generaciones conformistas, las conformistas siguen a las rebeldes, y el mundo sigue como siempre ha ido. En cuanto las mujeres encuentran su fuerzas intelectuales o artísticas, reaccionan las hormonas, haciendo abrumador el deseo de tener hijos. Si hemos aprendido de nuestras madres que el cuidado de los hijos derrota la creatividad, nos rebelaremos por no tener hijos o por convertir la educación de los niños en nuestra única creatividad. ¿Por qué no romper ese círculo vicioso y convertirnos en las madres que quisieron ser nuestras madres? Porque sentimos que no lo podemos hacer sin matar a nuestras madres, y de ese modo, como pago por el deseo de muerte, matamos, en lugar de eso, a la madre de dentro de nosotras mismas.

Cuando yo tenía veinte años y pico, después de ganar la mayoría de los premios literarios de la universidad e incluso de publicar un poema o dos, pasé una fase de torturante bloqueo. Me sentaba a mi mesa tratando de escribir, y tenía un ataque de ansiedad en el que imaginaba que había un hombre detrás de mí con una pistola cargada dispuesto a dispararme si escribía una sola línea. Tuve la suerte de estar haciendo un psicoanálisis con alguien lo bastante listo y paciente para guiarme hasta que hice la asociación entre el hombre con la pistola y mi madre imaginaria, pues ambos querían que escribiese y querían matarme por escribir. La madre de mi fantasía me consideraba una traidora por escribir, por mucho que mi madre histórica no me considerase eso. Tuve que entablar esta batalla entre el yo y el alma con objeto de escribir una sola línea. Y de un modo u otro esta batalla vuelve con cada libro que escribo. Cada vez la solución es la misma: traigo los demonios a la conciencia y me dejan lo bastante en paz para superar el bloqueo y terminar el libro.

La creatividad exige nada más y nada menos que todo lo que se tiene. Eso significa un odio asesino, el que va a dispararte desde detrás de la mesa de trabajo, los demonios interiores que nos confunden a todas.

¿Cómo se puede convertir la creatividad en algo que no sea una fuerza aterradora llena de giros inesperados? Si una entrega su vida a la creatividad, renuncia para siempre a la posibilidad de ser una buena chica. La creatividad llevará inevitablemente a revelar oscuros secretos familiares. Lo que llevará al laberinto y a encarar al minotauro. Una no puede encarar al minotauro y seguir siendo una buena chica. Una no puede mirar al minotauro a los ojos y seguir silenciando a la artista que es una misma.

Imagino a mi madre a los diecinueve o veinte años, preocupada por esta misma cuestión de la creatividad femenina. ¡Me impondré a los demonios interiores! -debe de haber pensado. Eligió a un hombre que compartía sus intereses. Eligió a un hombre al que le gustaba su arte. Pero el sabotaje del mundo contribuyó estupendamente a su propio autosabotaje. El arte es difícil. Una tiene que estar de su propia parte. Y es difícil que las mujeres estén de su propia parte cuando se les dice que se espera que estén de parte de otra persona. El mundo refuerza todas sus dudas. Y luego llegan los hijos y la necesidad de ganarse la vida; y lo que no mata la desigualdad de oportunidades, lo echa a perder el amor.

Un recién nacido es un trabajo a tiempo completo para tres adultos. Nadie te lo dice cuando estás embarazada, pues probablemente te tirarías por un puente. Nadie te dice lo agotador que es ser madre, que ya no hay tiempo para leer ni tampoco para pensar.

Todo esto implica un recién nacido normal y sano. ¿Qué pasa si el bebé está enfermo, o se muere de hambre, o si lo está su madre. Todas las madres que han vivido encaran ese terrible momento en que la boca de un bebé busca la leche de su pecho y ella sabe que es lo único que tiene.

A mi madre le entró el pánico y volvió a casa de Papá y Mamá. Tomó el camino menos difícil y se odió a sí misma por hacerlo. Es más difícil romper con los padres cuando se depende de ellos. Es más difícil romper con los padres cuando una se ha hecho madre. La dependencia de un niño pequeño liga a las mujeres con sus madres. De modo que una generación queda perdida en las guerras de la anterior. Las luchas de mi abuela pasaron a mí a través de mi madre. Mi abuela, con su matrimonio totalmente dependiente de mi tiránico abuelo, con sus brutales abortos en la mesa de la cocina y su dulzura y atenciones maternales inagotables, a quien más admiraba era a una amiga dentista. Siempre hablaba de ella con admiración y orgullo.

– Tener una amiga dentista, en cierto modo, le confería una categoría -dice mi madre-. Mamá también era feminista, y ni siquiera lo sabía.

De ese modo, las generaciones de mujeres están ligadas por su ambivalencia. Y la cosa sigue así. Y sigue. Y sigue.

Yo he esperado a ser escritora antes de sucumbir a los atractivos de la maternidad. Miedo a volar fue mi proclama de emancipación, la cual también me proporcionó el éxito material suficiente para mantener a la hija que tuve.

Mi madre no tuvo esa suerte. Criada por padres inmigrantes que habían abandonado demasiado jóvenes a sus propios padres y, en consecuencia, necesitaban mantener a sus hijos demasiado cerca, empezó su rebeldía contra su madre pronto y renunció demasiado pronto. Al encarar un mundo desagradable que no trataba de modo igual a las mujeres artistas, se retiró a una forma más aceptable de creatividad femenina, como han hecho las mujeres a lo largo de las épocas. Luego llenó a sus hijas de rabia feminista, como han hecho también las mujeres a lo largo de las épocas.

Pero esa dinámica no bastó para impulsar mis ambiciones. Mi padre también necesitaba que yo fuera su hijo. Mi decisión procedió de una potente mezcla que hicieron juntos mis padres. Los ingredientes fueron hacer una chica que creyera que le estaba permitido ser un chico. Pero que también tenía que castigarse a sí misma por admitir eso.

Esta mezcla indudablemente no es una receta para estar satisfecha. Salí y me lancé al mundo como un chico, y entonces sintonicé con los miedos de las mujeres: miedo a volar, miedo al que iba a dispararme desde detrás de la mesa de trabajo, miedo a los cincuenta años. Pagué por mi éxito poniéndome gorda, privándome de buenas relaciones, privándome a mí misma, durante muchos años, de las alegrías de la maternidad. También eché a un lado a mi madre porque su ejemplo era demasiado horrible. Y ella me echó a un lado a mí porque mí éxito le resultaba demasiado doloroso. En esta danza mutua de atracción-repulsión, yo noto que mi madre y yo somos una madre y una hija típicas por completo de la generación flagelada.

Trato de ver a mi madre como una persona aparte, y todavía no lo consigo. Forma parte de mí, una parte que critica y pincha y desaprueba. Nunca estará satisfecha porque lo que ella quiere es fundamentalmente imposible: que yo sea como ella y sin embargo tenga éxito en lo que ella no lo tuvo.

Yo era de hecho quien me amenazaba con la pistola desde detrás de la mesa de trabajo. No se trataba de mi madre, ni siquiera de mi madre imaginaria. Quería matar al yo traidor que quería separarme de mi madre. Sabía que la escritura era mi medio de escape y quería insistir en ella y, sin embargo, y al mismo tiempo, irme. De ahí la perfecta metáfora que se me ocurrió de miedo a volar.

Volaría, pero nunca sin miedo. Volaría, pero siempre atormentada, con un regusto metálico detrás de los dientes que dice: no te puedes atrever, pero atrévete. Volé pero sufrí mi hybris como Icaro. Incluso mi síntoma elegido fue medio-padre, medio-madre. Incluso mi síntoma elegido expresaba la división de mi alma.

Con Isadora Wing, inventé una heroína típica de la generación flagelada. Volaba y follaba y no fracasaba, pero se castigaba con los hombres. Con su corazón en el pasado y su intelecto en el futuro, estaba condenada a sufrir hiciera lo que hiciese. La burla de sí misma y el humor se convirtieron en sus herramientas para sobrevivir, porque sólo por medio de la ironía una puede decir «X» y sin embargo querer decir «Y».

Creo que Isadora conmovió a las mujeres de mi generación porque muchas de nosotras estamos igual de divididas. Somos nuestras madres, pero también somos las mujeres del futuro. Nos ganamos nuestra vida, mantenemos a nuestros hijos, luchamos en nuestras profesiones en un mundo que todavía no nos iguala económicamente con los hombres, pero esa oscura corriente subterránea nos lleva de vuelta hacia nuestras madres, haciendo que nos sintamos culpables incluso de las migajas de autonomía que conseguimos.

A menudo expresamos nuestra más oscura ambivalencia con nuestros hombres y nuestros hijos. Terribles competidoras en el mundo laboral, destrozamos las relaciones o nos volvemos esclavas de nuestros hijos. Algunas de nosotras al final renunciamos a los hombres porque resulta excesivo continuar sufriendo. Tendemos a dar demasiado cariño, de modo que algunas de nosotras decidimos no dar nada en absoluto. Algunas de nosotras nos dedicamos a las mujeres esperando que de ese modo romperemos la cadena sadomasoquista que nos ata.

Con nuestros hijos es más difícil. Muchas veces los echamos a perder porque no contamos con un modelo de maternidad que incluya la independencia. No podemos quedarnos en casa como hacían nuestras madres, pero las madres que tenemos en nuestra mente todavía tienen fuerza para hacer que nos sintamos culpables. De modo que les limitamos demasiado poco y les compramos demasiadas cosas que de hecho no podemos pagar y, en consecuencia, criamos hijos que mandan en nosotras, y todo mientras nos sentimos profundamente inseguras.

Al pensar en la vida de mi madre, me superan los sentimientos. El talento solo nunca es suficiente. Mi madre tenía talento de sobra. Pintaba y dibujaba, modelaba con arcilla, cortaba patrones, realizaba collages con trozos de seda y papel, creaba vestidos de ballet a partir de papel de seda normal y corriente, bordaba un bosque verde a base de aguja sin más modelo que el que tenía en la cabeza. Una vez me convirtió en un hada del bosque por Hallowe'en, poniendo hojas verdes en mis leotardos, hojas doradas y naranjas hasta que me puse a ondular con el viento como una temblorosa hoja de otoño. Me hizo recortables, cosió para mis muñecas gorros y miriñaques Victorianos, pintó cuadritos muy pequeños para colgar en las paredes de mi casa de muñecas. No había nada que sus ágiles dedos no pudieran hacer, nada que su mente visual no pudiera concebir. Pero todo ese talento no fue suficiente. Carecía del valor para llevar su talento a los oscuros bosques del destino de cualquier artista. No podía soportar las críticas del mundo, como yo pude. Sus malas críticas íntimas eran tan penetrantes y duras que no fue capaz de arriesgarse a recibir ni una del exterior.

O a lo mejor su impulso maternal era demasiado fuerte. No pudo conformarse con un solo hijo como hice yo. Me hizo nacer y renunció a luchar por ser libre. ¿Cómo voy a protestar porque me hiciera nacer?

El modo en que escribo nunca me dejó libre de las críticas, pero es que también tengo la loca tenacidad de mi padre. El rechazo y las críticas duelen, pero puedo soportarlas mientras siga escribiendo. Sé que el mundo no viene a llamar a la puerta de nadie. De modo que arrastro al mundo hasta mi puerta sin darme nunca por vencida.

No fue a eso a lo que renunció mi madre. Lo que pasó fue que eligió un camino femenino más aceptable: capitulación exterior, resentimiento interior: la vieja, la viejísima historia. El mundo controla a las mujeres explotando nuestra necesidad de aprobación, de cariño, de relaciones. Si somos buenas y eliminamos nuestros fogosos impulsos creadores, se nos premia con «amor». Si no lo hacemos, el «amor» nos es negado. La mujer que crea paga un precio terrible mientras esté controlada por el amor. La creatividad es oscura, es rebelde, está Lena de «malos» pensamientos. Suprimirla en nombre de la «feminidad» es sucumbir a una rabia que lleva a la locura.

Lo que más recuerdo de mi madre es que siempre estaba enfadada.

Yo quería deshacer ese sortilegio, romper ese círculo, de modo que durante mucho tiempo los hombres y la maternidad fueron secundarios para mí. Los hombres eran aceptables siempre y cuando pasaran a máquina mis poemas, y la maternidad, sinceramente, me horrorizaba. Había sido el Waterloo de mi madre, consideraba yo, y no tenía intención de correr ese riesgo.

– No hay semen que pueda atravesar ese engrudo -dijo uno de mis maridos a propósito de las tremendas cantidades de crema anticonceptiva que le ponía a mi diafragma. No pedí disculpas. Aborrecía la idea de perder control y sabía que un aborto sin duda me partiría el corazón. El diafragma era el guardián de mis ambiciones literarias, y sobre ellas no tenía la menor ambivalencia. Estaba absolutamente decidida. ¡O era número uno en la lista de libros más vendidos o explotaba!

Ahora, a los cincuenta años, cuando es demasiado tarde, me gustaría haber tenido más hijos. ¡ Qué nostalgia más tonta! Pero cuando era fértil, por lo general veía la maternidad como el enemigo del arte y como una atractiva pérdida de control. Mi madre siempre estuvo muy desgarrada,

– El impulso de las mujeres por tener hijos es más fuerte que ninguna otra cosa -solía decir mi madre; con cierta rudeza, me parecía.

No me enfrenté a ese impulso hasta los treinta y cinco años, y entonces primero fui escritora y después madre. Tuve, como Colette, «un embarazo masculino»: hice una gira de promoción de un libro en el sexto mes, terminando un capítulo sobre un baile de máscaras del siglo XVIII cuando rompía aguas. Daba de comer a la recién nacida mientras escribía el Libro II de una novela picaresca.

Durante años me mantuve como escritora, en primer lugar, y madre en segundo. Me llevó los diez primeros años enteros de la vida de mi hija aprender a rendirme a la maternidad. Nada más aprender a aceptar esa rendición, ella entró en la pubertad y yo tuve la menopausia.

¿Qué es lo que lamento? Nada. He criado a una hija que tampoco reconoce los límites. Y por fin he aprendido que mi madre tenía razón. Rendirse a la maternidad significa rendirse a la interrupción. Molly vuelve a casa del colegio y se interrumpe el trabajo. Exige toda mi atención. Me convierto en su amiga, su colega, su dueña, su tarjeta de crédito ambulante. Me molesta, pero también me encanta más que nada. Me llena de un sentimiento que nadie puede llenar. También tiene capacidad para volverme loca. Asume su propia primacía como hacen todas las niñas sanas. Si tuviera tres -como le pasaba a mi madre-, este libro nunca existiría. ¿Importaría eso? ¿O sólo me importaría a mí? ¿Quién sabe? Escribo porque lo debo hacer. Espero que mis libros también te resulten útiles. Pero si no los escribiera, estaría sin duda viva a medias, y medio loca.

De modo que he hecho una elección y por lo general estoy contenta con ella. La intensidad de una madre/una hija a veces me hace desear haber tenido una casa llena de chicos ruidosos, pero lo cierto es que sé que incluso yo, con toda mi prodigiosa energía, no lo podría hacer todo. La maternidad en definitiva no se puede relegar. El dar el pecho puede sustituirse por el biberón, los gestos de afecto, los mimos, y las visitas al pediatra también los puede hacer el padre (y sin duda les haríamos más fácil la vida a las madres), pero cuando una niña necesita a una madre con la que hablar, no lo puede hacer nadie más que la madre. Una madre es una madre, como seguramente habría dicho Gertrude Stein de haberlo sido.

Sin duda, el niño necesita docenas de figuras paternas y maternas: madre, padre, abuelos, niñeras, profesores, padrinos; pero con todo, nada sustituye a una madre de las de toda la vida. ¿Soy una chovinista femenina? Puede. El poder de ser madre es impresionante. ¿Quién, a no ser una megalómana, querría tener tal poder sin una mirada al pasado?

Años después de dar a luz, me convertí en madre, contra mi voluntad, porque vi que mi hija necesitaba que me convirtiera en madre. Lo que en realidad hubiera preferido yo era seguir siendo una escritora que ocasionalmente era madre. Eso haría que me sintiera más cómoda, más a salvo. Pero Molly no lo permitió. Ella necesitaba una madre, no una madre en ocasiones. Y como la quiero más que a mí misma, me convertí en lo que ella necesitaba que fuese.

– La Tierra a Mamá: establezca contacto. Se está perdiendo en el espacio -dice.

Molly aborrece que ande por la casa (una tienda, su colegio), escribiendo dentro de la cabeza. De modo que establezco contacto -la más difícil de las cosas que hago- y trato de estar presente. ¿Puedo delegar eso en otra persona? No. ¿Podría si quisiera? A veces, sí. (Por tanto no soy la madre perfecta; ¿y quién lo es?) Pero trato de centrarme en sus necesidades por encima de las mías. Y en el fondo sé (como sé que voy a morir) que Molly es más importante que lo que escribo. Cualquier hijo lo es. Por eso la maternidad les resulta tan difícil a las mujeres que escriben. Sus exigencias son apremiantes, claramente importantes, y también profundamente satisfactorias.

¿Quién puede explicarle esto a la que no tiene hijos? Se renuncia al propio yo, y al final ni siquiera importa. Una se convierte en la guía de su hija en la vida a expensas de ese ego hinchado que se pensaba inmutable. No hubiera querido perderme esto por nada del mundo. Humilló mi ego y dilató mi alma. Me despertó a la eternidad. Me hizo saber de mi propia humanidad, de mi propia mortalidad, de mis propios límites. Me proporcionó los fragmentos de sabiduría, sean los que sean, que hoy poseo.

¿Qué le deseo a Molly? Lo mismo. Un trabajo que le guste y un hijo al que encaminar en la vida. ¿Por qué nos vamos a conformar con menos? Sabemos por qué: porque el mundo ha hecho las cosas deliberadamente difíciles para las mujeres, de modo que no puedan tener maternidad y también una vida mental. La mía puede que sea la primera generación en la que ser escritora y madre no es completamente imposible. Margaret Mead dice en alguna parte que cuando al fin tuvo a su única hija en 1939, cuando tenía treinta y ocho años, les echó un ojo a las biografías resumidas de mujeres famosas y descubrió que la mayoría de ellas no tenían hijos, o sólo uno. Esto sólo ha empezado a cambiar recientemente.

Pero sigue siendo duro. Y las batallas están lejos de haber terminado. La batalla del aborto, la batalla de los «valores familiares», la batalla de «¿deberían trabajar fuera de casa las mujeres?», todas ellas son síntomas de una revolución incompleta. Y las revoluciones incompletas originan sentimientos apasionados y fieros.

Las mujeres que han renunciado al trabajo, el arte, la literatura, la vida de la mente, para criar a sus hijos, tienen un resentimiento natural hacia las que no han renunciado. El privilegio de crear es muy nuevo para las mujeres. Y el privilegio de crear y atender además a sus hijos es todavía más nuevo. Las mujeres que han renunciado a cuidar a sus hijos también sienten resentimiento. A lo mejor podrían haber hecho las cosas de modo diferente, consideran, cuando ya es demasiado tarde. ¿No es posible que se opongan a la legalización del aborto por la novedad de hacer una elección que a sus madres no se les ofrecía?

Elegir es aterrador. ¿Y si se hace una elección equivocada? La coacción y el resentimiento han formado parte tanto tiempo del mundo de las mujeres que, cuando menos, nos hemos acostumbrado a ellos. La libertad es demasiado dura. La libertad sitúa a la responsabilidad directamente encima de los propios hombros. Puede que algunas mujeres todavía consideren que sería mejor esquivarla y no tener que cargar con ella. Puede que prefieran llegar al estado de maternidad por accidente.

Y es cierto que el control por parte de las mujeres de su propia fertilidad ha llevado a los hombres a renunciar a sus antiguas responsabilidades. La elección también proporciona responsabilidad a los hombres. La elección desmitifica la maternidad y suprime algo del antiguo poder de las mujeres. Para una mujer que tiene otro poder, eso puede ser maravilloso, pero a una mujer que sólo tiene el impresionante poder de ser madre, seguramente le produce una sensación de pérdida. Después de todo, hace menos de cien años que las vidas de las mujeres se han transformado gracias a un parto aséptico y a un control fiable de la fertilidad. Esas dos cosas han cambiado el mundo tanto que casi no se puede reconocer. Esas dos cosas, y no meramente la ideología feminista, han producido una revolución en las vidas de las mujeres. Y algunas mujeres aparentemente todavía añoran el pasado.

¿Es tan extraño esto? El pasado puede que haya sido una esclavitud, pero era una esclavitud conocida. El igualar a las mujeres con su maternidad por lo menos proporcionaba una identidad ambivalente a las mujeres. En cuanto feministas deberíamos comprender esos sentimientos de pérdida, en lugar de burlarnos de ellos. Deberíamos reconocer la inmensa fuerza del nudo maternal y la gran importancia que una vez confería a las mujeres. Habiendo reconocido ese sentimiento de pérdida, podríamos insistir en el derecho de todas las mujeres a asumir la fuerza de la maternidad o a dejarla sin usar. La renuncia, después de todo, también es una forma de poder.

Cuando veo a hordas enfurecidas atacando clínicas donde hacen abortos, o a las hordas silenciosas que hacen círculos sin levantar la voz en torno a las manifestaciones en favor de la elección, creo que estamos viendo a la última generación que siente nostalgia por los antiguos imperativos clónicos de la vida humana. ¿Por qué quieren liquidar a tiros a los médicos en nombre de la «vida»? Quieren matar la misma idea de elección. Quieren matarla primero dentro de sí mismas, luego dentro de nosotras. El que abracemos la libertad de elección en cierto modo niega su vida.

Con todo, la maternidad no está libre de ambivalencias; es una fuerza oscura, irresistible, que se impone a muchas preferencias humanas. Deberíamos entender que algunas mujeres (y muchos hombres) temen que disminuya la maternidad. Puede que si abrimos nuestras mentes lo entendiéramos, pudiéramos combatir las ideas de los del derecho a la vida más efectivamente. Sospecho que yo entiendo esto debido a mi madre, mi madre que siempre estuvo desgarrada entre la maternidad y el arte, mi madre que nunca resolvió esa ambivalencia sino que me la pasó a mí.

Lo que más me gustaría darle a mi hija es libertad. Y eso es algo que se debe dar con el ejemplo, no con consejos. Libertad es andar sin correa, licencia para ser diferente a la madre de una y, sin embargo, ser querida. Libertad no es mantener atada corta a tu hija, no es realizar una cli-toridectomía simbólica, no es insistir en que la propia hija comparta las propias limitaciones. Libertad también significa dejar que la propia hija la rechace a una cuando lo necesite y acuda a una cuando lo necesite. Libertad es un cariño sin condiciones.

Molly, quiero dejarte libre. Si me quieres odiar o me quieres rechazar, lo comprendo. Si me maldices, también lo entiendo. Espero ser tu hogar: rechazado, poco seguro, pero al que siempre vuelvas. Espero ser la tierra en la que tú brotes.

Vero si te dejo demasiado libre, ¿contra qué tendrás que luchar?

Necesitas mi aceptación, pero puede que necesites más mi resistencia. Prometo mantenerme firme mientras vas y vienes. Te prometo cariño inquebrantable mientras tú experimentas odio. El odio también es energía, a veces una energía que arde con más brillo que el cariño. El odio muchas veces es la condición previa a la libertad.

No importa el modo en que yo trate de desaparecer, temo que mi sombra sea demasiado grande. Borraría esa sombra si pudiera. Vero si la borrase, ¿cómo conocerías a tu propia sombra? Y sin sombra, ¿cómo podrías volar?

Quiero liberarte de los miedos que me ataban a mí, y sin embargo sé que sólo tú te puedes liberar a ti misma. Sigo aquí con mi almohadillado de catcher. Rezo porque no necesites que te agarre si caes. Vero en cualquier caso aquí espero.

La libertad está llena de miedo. Pero el miedo no es lo peor a lo que nos enfrentamos. Lo peor es la parálisis.

Te quiero. Te abrazo.

La lesbiana loca del desván

Mientras escribo esto, mi tía, la única hermana de mi madre, está con una camisa de fuerza encerrada con llave en una celda de seguridad del hospital Lenox Hill. Se encuentra allí no sólo porque tiene demencia senil, probablemente Alzheimer, sino porque es una mujer sola, una lesbiana desplazada muy casera, a la que abandonó su amante desde hacía treinta años cuando empezó a comportarse de modo extraño, y nadie quiere ocuparse de ella a tiempo completo. No tiene hijos (si se exceptúa el hijo de su amante al que ayudó a criar). Ella y mi madre no se hablan desde hace años y años. Los orígenes de la enemistad son tan oscuros como los orígenes de todas las enemistades familiares. Pero el resultado es el mismo: mi madre no la quiere, mis hermanas no la quieren, yo no la quiero, el hijastro al que ella crió no la quiere, y su amante hace tiempo que se ha largado en busca de pastos nuevos.

Ser vieja y estar sola le puede pasar a cualquiera, y para las mujeres las probabilidades estadísticas son abrumador as. Pero en el caso de mi tía Kitty también intervienen otros factores. Mi tía es artista, lesbiana de cierta edad, muy casera y maternal, cualidades que no le proporcionan a una pensiones ni ahorros, cualidades que nuestra sociedad no valora. Mi tía también tiene Alzheimer complicado con alcoholismo, y estar enfermo en Norteamérica todavía es sólo cosa de ricos. Todas esas cosas desempeñan un papel en su destino. Y su destino, por razones que ahora explicaré, está en mis manos. Entre tanto, Kitty espera en Lenox Hill. adonde la ha llevado un desconocido (que aparentemente también se apoderó de su cartera y utilizó sus tarjetas de crédito cuando ella se desmayó en el Metropolitan Museurn of Art hace unas semanas).

Mientras pienso en lo que hacer -no deseando responsabilidades, pero sabiendo que, por eliminación, es asunto mío lo quiera o no-, quedo presa de unas viejas fotografías familiares. Tengo tres fotos de mi madre y mi tía a las edades de menos de un año y menos de dos, siete y ocho años, y diecisiete y dieciocho.

La primera, con el membrete «Postales USA, Estudios USA, Londres y provincias» estampado en el dorso, muestra a las dos niñas -una de nueve meses, la otra de año y medio- sentadas en un sofá Victoriano y mirando a la cámara. La pequeña de la izquierda es mi madre: ojos pardos redondos (con una mirada sorprendentemente intensa), un poco de pelo castaño, los dedos de los pies engurruminados y los de las manos gordezuelos; y la de la derecha es mi tía Kitty: grandes ojos redondos tan inexpresivos e inocentes como los de hoy, una boquita de piñón y unas manitas agarrando una muñeca. La foto no fue profética. Mi madre tuvo tres hijas, mi tía no tuvo hijos biológicos. Pero la relación es clara. Dos niñas pequeñas tan parecidas como gemelas, que crecen de modo inseparable, están destinadas a convertirse en imágenes especulares una de la otra, y en enemigas especulares.

En la siguiente fotografía, puede que tengan siete y ocho años y llevan vestidos marineros, zapatos cerrados y cortes de pelo informales. Están cogidas de la mano. Eda mira al frente; Kitty inclina su cabeza hacia Eda. Es nuevamente un retrato de estudio, en un sofá de estilo francés, sacado en Inglaterra. La que sería mi madre es la más decidida de las dos niñas; mi tía, la más «femenina», si femenino se define (como pasó durante la mayor parte de su vida) como dócil y complaciente. Fue ése el temperamento que la llevó a donde está hoy.

La tercera y última foto, sacada en Nueva York antes de un viaje a París (me dijeron una vez), muestra a dos jovencitas de los años veinte -de diecisiete y dieciocho años-, con el pelo a lo garçon, medias de seda, zapatos de seda de tiras, y vestidos de falda corta. Los mismos cuatro ojos redondos, los dedos de mi madre rechonchos, y delgados los de mi tía, la expresión de audacia de mi madre y la de falta de confianza en sí misma de mi tía. Eda toca el hombro de Kitty con la yema de un dedo; Kitty descansa el codo en el regazo de Eda y se apoya en ella con cordialidad e intimidad, la hermana mayor muy parecida a la menor, la menor muy parecida a la mayor.

¿Qué pasó entre esta secuencia de fotografías y hoy? Es el misterio que me ha puesto en las manos la crisis de Kitty. Puede que sea insoluble, pero de todos modos lo voy a tratar de resolver. ¿Por qué? Es propio de mi carácter no dejar nunca que una madeja enredada me pase entre los dedos sin tratar de desenredarla. Puede que eso desenrede alguna parte de mi enredada identidad.

La autobiografía, me estoy dando cuenta, es mucho más difícil que la literatura. En la literatura, el escritor puede imponer, si no un significado moral, orden a los acontecimientos. Por supuesto que no todos los personajes obedecen a la voluntad del escritor como marionetas, pero sin duda se los puede someter a unas danzas que son agradablemente simétricas y parecen tener comienzo, parte central y final, una sensación de finalidad, argumento, motivo.

No es la vida así. Y en especial la vida de los parientes. A veces la gente se va a la tumba sin que conozcamos sus misterios, e indudablemente sin ninguna sensación de finalidad, argumento, motivo. Soy escritora de narrativa, quiero darle forma y simetría a este relato, pero estoy frenada por los hechos, por toda su crudeza y desorden.

Los hechos se despliegan al revés, como a menudo acostumbran. Mañana me reuniré con mi tía en el juzgado para tratar de conseguir un poder legal que me convierta en su tutora. Luego trataré de encontrarle un sitio. Esta noche me prometo ir a verla al Lenox Hill, pero no lo hago. En lugar de eso me quedo ante mi mesa de trabajo, contemplando las viejas fotos de la familia y preguntándome qué significan.

La memoria es esencial en la humanidad. Sin memoria no tenemos identidad. En realidad por eso me dedico a escribir mi autobiografía. Y no puede ser un accidente que, justo en la mitad de ella, la pérdida de memoria de mi tía aparezca como algo central de mi vida.

Nos encontramos en el juzgado, un sombrío edificio con columnas de Centre Street. El reparto de personajes es: mi tía Kitty, que parece aturdida, con un pelo teñido de castaño que se le ha puesto gris en las raíces, y la misma expresión de perplejidad que en su infancia; su antigua compañera Maxine (una figura imponente, pelirroja, pintura de labios naranja, un vestido color coral y grandes joyas); una joven abogada mandona, que defiende los derechos civiles de Kitty por cuenta de la ciudad de Nueva York; un abogado cuarentón de cara roja, con pajarita roja, designado por la ciudad para que sea el tutor ad litem de Kitty; un joven amigo de Kitty que se llama Frank y que todavía no tiene treinta años y lleva casi tantos pendientes en la oreja izquierda; mi padre; mi marido, que hace de abogado de la familia; una enfermera haitiana, de una agencia privada que se ocupa de Kitty; y un juez chino-americano, que tiene una opinión bastante desfavorable de cualquier peticionario que intente que sus parientes mayores estén en algún sitio que no sea su casa. (Como una vez estuve casada con un chino-americano, comprendo que no hemos tenido suerte en que nos asignasen este juez concreto. Los chinos no se deshacen de los viejos. En vez de eso, les honran.)

Hemos llevado el caso a los tribunales dada la imposibilidad de tomar una decisión con respecto al cuidado de Kitty sin que intervenga la ley. Los tribunales, en nuestra sociedad, muchas veces son el último recurso de la obstinación.

Hace como cosa de un año, Kitty empezó a dar crecientes muestras de su incapacidad para vivir sola. Se desmayó y la hospitalizaron Dios sabe dónde, mientras todos tratábamos de seguirle la pista con ayuda de la policía de varios distritos. Cuando por fin la encontramos en un pequeño hospital de la calle 16 Este, insistió en que estaba bien y sólo quería que la dieran de alta. Aunque todavía estaba lo bastante bien como para ser amable con todo el mundo, los asistentes sociales y psiquiatras nos advirtieron de que tenía «serios déficit de memoria» (como los llamaron ellos) y no se la debía dejar sola. Recomendaron una residencia, pero nadie consiguió que Kitty ingresase. Yo visité la residencia, y le llevé fotos a mi tía de su posible habitación, pero ella siguió negándose terminantemente siquiera a verla. Una noche, simplemente dejó el hospital, volvió a su casa, y nos informó que pretendía quedarse en ella para siempre.

Sentí alivio. Todavía no estaba dispuesta a encarar una residencia, por lo que me engañé con respecto a su capacidad para vivir sola. Y Kitty vivió durante un tiempo sin problemas en su casa. Frank la iba a ver todos los días y Maxine se la llevaba a los Hamptons cuando su mala conciencia la abrumaba. Sin embargo, la memoria de Kitty estaba tan deteriorada que no podía recordar los alrededores de su casa, ni las llamadas telefónicas, los nombres de los parientes o cuándo tenía que tomar sus medicinas. Cada vez se hizo más y más claro que aquella situación no iba a durar mucho.

– ¿No tienes una habitación de sobra para mí? -preguntó lastimeramente. Y me pregunté con culpabilidad por qué no la tenía. Tenía habitación para mi hija, mi marido, para los invitados, pero la indefensión de Kitty me habría ocupado toda mi vida, y era sencillamente algo que no podía hacer.

En el Alzheimer la memoria desaparece, y las personas sin memoria tienden a olvidar que no tienen memoria. Una tarde Kitty llevó a un borracho sin techo a su casa y le entregó un juego de llaves. Frank lo encontró allí, instalado muy cómodamente. Cuando Frank advirtió a Kitty del peligro, ella se puso furiosa y le ordenó que «desapareciese» de su vida.

La cosa duró un tiempo. De la casa desaparecían cosas. Los amigos se resistían a ir por miedo a que les atacaran desconocidos. Kitty no cedía. Sabía que estaba sola, pero no mucho más.

La gente de la calle, los borrachos y los drogadictos de Chelsea eran de los suyos.

– Sólo son personas solas -decía, lo que era, por supuesto, verdad.

Pero cuando empezó a tener riñas en varios bares de la zona, en muchos locales no la querían dejar entrar. Cada vez de forma más creciente, la fueron considerando una loca. (¿Qué es estar loca, en cualquier caso, sino ser impredecible, estar sin memoria?) Para cuando la llevaron a Lenox Hill, todo el mundo sabía que había que encontrar otra solución. ¿Qué se hace con los viejos sin memoria en esta brutal ciudad? Ya es bastante dura para vivir en ella con memoria.

Celebramos una reunión en mi apartamento. Maxine se mostró de acuerdo en presentar una petición para que declararan que Kitty no se podía valer por sí sola. Pero el fin de semana antes de la vista, perdió los nervios. Con una petición sin nadie que la respaldase y Kitty en una celda de seguridad de Lenox Hill, Frank y yo acordamos ocuparnos de ella. No teníamos otra elección.

Total, que el tribunal inició la vista. Yo estaba sentada con Kitty, cogiéndola de la mano mientras un psiquiatra, convocado como «testigo especialista», hablaba de su memoria, el diagnóstico del Alzheimer, la demencia senil y otros fenómenos relacionados.

– ¿Está hablando de mí? -preguntó Kitty-. ¿Por qué? ¿Dónde estamos?

Había venido directamente de Lenox Hill para asistir a esta vista. Y todavía estaba un poco drogada debido a los tranquilizantes que le habían dado, a falta de mejores ideas para atenderla. Aturdida por encontrarse en el juzgado, repetía sin cesar:

– ¿Están hablando de mí?

Debe de haber sido una pesadilla. Despertarse en el juzgado con la cordura de una misma en discusión y sin reconocer a nadie; de cosas así están hechas las novelas de Kafka. Pero ¿quién puede tomar una decisión por otra persona, incluso cuando ha perdido la memoria? Sin memoria, ¿quiénes somos? Kitty no estaba segura. Tampoco yo.

Lo cierto es que deberíamos haber sido capaces de atenderla sin tales trucos legales, pero como su pariente más próxima, mi madre, no intervenía, y como su anterior compañera de toda la vida no quería asumir la responsabilidad de meterla en un asilo, no había más elección que llevar la cuestión a los tribunales. La ley, por dura que sea tantas veces, a menudo es el único modo en que la gente se ve obligada a encarar lo que en caso contrarío se negaría a encarar. La ley por lo menos tiene la ventaja de reunir a todas las partes implicadas en la misma sala. Al conferir a la dudosa autoridad del Estado una cuestión familiar, a veces la familia se ve obligada a reclamar la propia autoridad, aunque sólo sea como rebeldía.

Y esto es lo que pasaba aquí. El juez, considerando por encima de todo la dignidad de los de más edad, pareció cerrar los oídos al testimonio del psiquiatra y ver únicamente el cuadro de un grupo de parientes sin aliento tratando de encarcelar a aquella vieja dama tan dulce.

Después de la declaración del psiquiatra vino la de Maxine. Dominada por la ansiedad y la culpabilidad, no dejaba de insistir en que ella no quería nada de Kitty. Esta insistencia volvió al juez desconfiado. Los abogados designados por la ciudad también fueron de poca ayuda. Primero el atildado abogado de pajarita dejó claro que consideraba a Kitty como si fuera su madre y no podía enfrentarse a su deterioro mental. Y la joven abogada designada para defender los derechos civiles de Kitty soltó una perorata inútil y no pareció dar la impresión de que se enterara del peligro en que se encontraba su cliente. Durante todo estos pesados procedimientos legales, yo estaba sentada con Kitty, contenta de que no se pudiera enterar de verdad de todo lo que se estaba diciendo sobre su identidad, con la jerga de los abogados y psiquiatras. Su único delito era haber perdido la memoria (y en consecuencia suponerse que había perdido la cabeza).

Los procedimientos legales llevan mucho tiempo, y los jueces tienden a ser puntuales con sus horas. La vista se aplazó hasta las cinco en punto y se me encargó que llevara a Kitty de vuelta a Lenox Hill. Maxine había desaparecido después de su declaración, pero los dos abogados se movían nerviosos, haciendo ruidos de abogados. La cuestión era que nadie estaba preparado por ocuparse de Kitty las veinticuatro horas del día. Maxine tenía negocios inmobiliarios. Frank trabajaba como constructor de parques y tenía un amante muriéndose de sida. Yo tenía una hija y un libro que entregar en una fecha fija; mi marido tenía otros casos de que ocuparse que, a diferencia de éste, pagarían sus gastos; mi padre tenía que volver a casa con mi madre y hacer como si no hubiera estado donde de hecho había estado porque mi madre, aunque había pasado mucho tiempo, todavía acusaba a su hermana de tratar de seducirle. ¡La sorpresa que se habría llevado de haber venido al juzgado! Mi tía no recordaba quién era mi padre. Ni siquiera era capaz de ponerle nombre a la cara que llevaba conociendo desde hacía sesenta y tres años.

De regreso del juzgado, acompañaba a Kitty en la furgoneta del hospital, en la que también iba su cuidadora.

– ¿No nos podemos parar a tomar una copa? -preguntó Kitty-. Por lo menos, podríamos cenar en algún sitio, ¿no? ¿Puedo ir contigo a tu casa?

Dentro de dos horas me esperaban en una cena de homenaje a un amigo, pero de repente sentí ganas de llevarme a Kitty conmigo o no asistir a la cena. Imposible. Kitty estaba agotada, confusa, y llevaba una ropa sin orden ni concierto que le había llevado Maxine (una blusa de seda con manchas, unos zapatos que no hacían juego, medias mal puestas, un abrigo de pieles apolillado). De modo que pasaría la noche en el hospital. Mañana la llevaría a su casa, buscaría a alguien que se ocupara de ella, y luego ya veríamos lo que pasaba.

De vuelta a la celda de seguridad (que Kitty no se daba cuenta de que era una celda), le quité los zapatos y le froté las doloridas plantas de los pies.

– Dios te bendiga -dijo. Y luego-: ¿Cómo se llama este hotel?

– El hotel de los corazones rotos -dije yo.

– Un nombre curioso -dijo Kitty.

– ¿Dónde está el teléfono? -le pregunté a la enfermera. Me miró como si yo estuviera loca,

– Esta es la zona de seguridad -dijo, impaciente.

– Pues a mí me parece la habitación de un hotel -dijo Kitty.

Por entonces yo ya me estaba retrasando, pero no me podía marchar.

– Vamos a tomar una copa -seguía diciendo Kitty una y otra vez y otra. Cada vez que lo decía, yo me reía. Me reí tanto que estaba a punto de llorar. Son las peticiones repetidas de los que no tienen memoria lo que los hace tan difíciles. Consideramos sus repeticiones como insultos, lo que es una estupidez nuestra. Si al menos pudiéramos librarnos del ego y vivir momento a momento como los muy viejos y los muy jóvenes. Imagínese que se existe en un estado donde uno repite y repite las cosas porque cada segundo no se relaciona con los demás.

– Vamos a tomar una copa -dijo Kitty, una vez más. Era su ritual de por las tardes, y se aferraba a él como a una balsa salvavidas cuando había desaparecido todo lo demás. Inútil decirle que la bebida había contribuido a destrozarle la memoria. No le importaría; ni siquiera recordaba lo que era tener memoria.

Cenamos en el nido del cuco. Los pacientes entraron en la cafetería a por sus bandejas.

– Hola, Kitty. ¿Cómo te va? -suelta un hombre de ojos enormes, cojo, con zapatillas de papel.

– Te presento a mi sobrina, la famosa escritora -les dice ella a todos y a nadie en concreto. Me hormiguean las mejillas de vergüenza. Hasta con la mente dañada, Kitty pedía reconocimiento de mi fama. Qué broma invocar algo tan voluble como la fama en medio de toda esta mutabilidad humana.

Nada nos salva de envejecer, pienso. Ni la fama, ni el talento, ni el encanto personal, ni la riqueza, ni el ingenio. Lo absurdo de la insistencia sobre mi fama en cierto modo me daba vergüenza. En esta casa de locos, me sentía unida a Kitty. Sus meteduras de pata eran también las mías.

Dios santo, qué tarde era. Mi amigo, mi hija, mi marido, todos me esperaban. Como de costumbre, estaba dividida entre exigencias encontradas, y notaba que no podría responder a ninguna de ellas adecuadamente.

En el ascensor, una mujer se puso a hablar conmigo, como a veces hacen las mujeres.

– Mi mejor amiga -dijo- tuvo otro ataque. Trató de suicidarse otra vez. La han vuelto a traer aquí.

– Mi tía -dije yo- tiene Alzheimer -la mujer asintió con la cabeza con simpatía. Aquí nadie era famoso. Sólo dos mujeres que se ocupan de otras dos mujeres, como tantas veces les pasa a las mujeres.

– Buena suerte -dijo ella.

– Lo mismo te digo -dije yo.

La luna estaba llena y la noche era gélida. Me envolví en la bufanda y el abrigo y bajé por Lexington Avenue hacia mi apartamento.

Era una mujer libre, pero ¿por cuánto tiempo? Algún día tampoco yo sería capaz de salir andando de un hospital. Y entonces, ¿qué sería de mí?

No quería pensar en eso.

Se suponía que el tribunal decidiría sobre el caso de Kitty al día siguiente, pero había otro caso más urgente. Eso me permitió llamar a Kitty al hospital y llevármela a casa. Muchas personas lo desaconsejan, pero encontré que tenía que mantener mi promesa y llevarla a casa, tanto si Kitty lo recordaba como si no.

Siempre es más fácil encontrarles residencia a las personas desde un hospital que desde casa. De modo que me pesaba mi promesa, pero muchas veces mantener las promesas supone problemas. Por la tarde, estaba de vuelta al hospital para liberar a Kitty, con su documentación, sus medicinas, sus andrajosas posesiones. La llevé a su casa de Chelsea con una rechoncha cuidadora haitiana que se llamaba Chloe.

La casa estaba hecha un lío, la cocina asquerosa, con espacios vacíos en las paredes donde habían estado los cuadros. Parecía que habían saqueado parcialmente el apartamento. Muebles desechados de mis padres, una estantería, el viejo caballete manchado de pintura de mi abuelo, estaban dispersos por la habitación. Los gigantescos y luminosos paisajes de Kitty que una vez habían dominado la casa, habían sido descolgados y muchos habían desaparecido. Kitty no se fijó en nada de eso. Estaba auténticamente contenta de encontrarse en un sitio que todavía identificaba como «mi casa».

Chloe se tumbó inmediatamente en un sofá al tiempo que encendía la tele, dejando en claro que ella no haría más que cumplir estrictamente con sus obligaciones. Sólo como broma, le pedí que fuera a por unas recetas de Kitty y me ayudara a limpiar la cocina. Se negó decididamente.

– No está previsto que hagamos esas cosas-dijo. Era como una canguro, nada más, aunque a una tarifa que haría enrojecer a una canguro.

Kitty andaba por allí dudando, con miedo a quitarse el abrigo. Hice que se sentara, que se pusiera un calzado cómodo -unas zapatillas chinas de tela- y que tomara una taza de té.

En ese momento Maxine irrumpió con Frank y el novio de éste, Adrián, y dos guapos atletas de los Hampton.

– Hola, querida -le dijo Maxine a Kitty-. Tenemos una furgoneta abajo. Vamos a coger algunos cuadros para poder hacer allí una exposición tuya -con eso, los dos atletas de los Hampton se pusieron a agarrar lienzos, portafolios, un león de tamaño natural que llevaba en el apartamento de Kitty desde que vivía allí. (Kitty es Leo, de modo que este león que rugía era su talismán.)

– ¿Qué estáis haciendo? -preguntó Kitty-. Ese león es mío.

– No, cariño, este león es mío -dijo Maxine-. Lo compré yo.

– No lo compraste tú -dijo Kitty.

– Claro que lo compré.

De repente recordé todo el Sturm und Drang de hace una docena de años cuando Kitty y Maxine «rompieron» y Maxine echó a Kitty de las dos casas que ella había ayudado a amueblar y renovar (una en Chelsea, la otra en Southampton), comprándole este modesto piso y pasándole algo de dinero.

– ¡ No te lleves mi león! -dijo Kitty-. ¡Es lo único que me queda!

– Sólo lo estoy poniendo a salvo de ti, cariño -dijo Maxine, mientras los atletas cargaban con el último símbolo de la identidad de Kitty.

Horrorizada ante el descaro de todo aquello, yo estaba en silencio, sorprendida.

– Ya sé que eres su heredera, pero me gustaría que dejases de hacer como si ya estuviera muerta -quise decir. O-: Por el amor de Dios, ¿es que no puedes esperar?

Y Maxine, que notaba mi desagrado, agarró un libro enorme con los dibujos a tinta de mi abuelo y lo puso en mis manos temblorosas.

– Ocúpate de esto -dijo-. Mantenlo a salvo -el cuaderno de dibujo estaba lleno de representaciones alucinatorias de la infancia de Papá en Odessa. Más recuerdos de gente para mi autobiografía. Lo agarré.

Y entonces los atletas cargaron con el león.

Maxine iba y venía, trayendo cosas de comer, anunciando a Kitty que no se podía quedar porque era su cumpleaños y la iban a «llevar a cenar».

Frank, Adrián y yo nos quedamos con Kitty, que ahora también quería que «la llevaran a cenar».

– Os invitaré yo a cenar -dije-. ¿Qué sugerís?

Nos mostramos de acuerdo en ir a un restaurante chino cercano, y Frank y yo nos pusimos a vestir a Kitty.

– Tienes el pelo hecho una pena -dijo Frank-. Déjame que mañana por la noche te lo tiña, ¿de acuerdo?

Le cepilló con cuidado el pelo, poniéndole los aros de oro que le había hecho, ayudándola a maquillarse. Entretanto, yo busqué entre la ropa de Kitty algo que no estuviera roto o con manchas o hecho unos andrajos. Encontré un jersey y una falda pasables, pero no le puse medias ni bragas porque todas estaban sucias. La dejé con sus cómodas pantuflas chinas. Lo primero es arreglar la casa, pensé, luego lavar la ropa, luego la propia vida. Pero no lo suficientemente pronto. La vida, por desgracia, al final vuelve a una especie de infancia. No tenemos libros sobre estas últimas etapas, y tampoco rituales reconfortadores. Al comienzo de la jornada, una bebé tiene una madre que la quiere que busca en los volúmenes del doctor Spock las claves para cuidarla. Pero en la séptima edad de la mujer, ya no hay una madre que la quiera (hace tiempo que ha muerto), ni un cuidador especial, ni libros. Hacemos esta jornada solas, con unas pantuflas chinas.

Kitty estaba deprimida. Frank, Adrián y yo nos pusimos los abrigos.

– ¿Qué pasa con la cena de ella? -dijo Kitty refiriéndose a Chloe, que seguía tumbada delante de la tele.

– No se preocupe por mí, ya he cenado -dijo Chloe, con el parpadeante televisor reflejado en su brillante y redonda cara.

– ¿No tiene hambre? -insistió Kitty, tratando de cuidar a la que la cuidaba a ella; un rasgo propio de mi familia.

– No, cariño-dijo Chloe-, vaya usted a cenar.

Los redondos ojos de Kitty miraban fijamente.

– Pero es que también debería comer algo -dijo-. Es lo justo.

– No te preocupes, querida -dijo Frank-, ya ha cenado.

– ¿Le traemos un rollo de primavera? -pregunté yo a Chloe, para calmar a Kitty.

– Muy bien -dijo Chloe.

– ¿Qué dijiste? -dijo Kitty-. No necesito un rollo de primavera. ¿Por qué piensa todo el mundo que un rollo de primavera tiene importancia?

Recorrimos la fría calle 23. Dos hombres jóvenes, uno con sida y el otro con miedo a ver los resultados de sus análisis de sangre, y una mujer vieja que no dejaba de decir:

– ¿Adonde vamos?

Y yo dominada por el miedo a los cincuenta años.

En el restaurante chino me senté enfrente del novio de Frank, que me contó los acontecimientos recientes de su vida.

– ¿A qué te dedicas?

– Estoy de baja -dijo-, por el sida.

– ¿Y antes qué hacías?

– Fui a la Julliard y estudiaba flauta, luego trabajé de músico y fui ayudante personal de Leonard Bernstein…, un trabajo difícil -dijo.

– ¿Cuándo te lo diagnosticaron? -pregunté.

– Oh… hace cinco años.

– ¿Te cambió la vida?

La hermosa y joven cara de mandíbula cuadrada de Adrián se puso pensativa.

– Supongo que sí -dijo-. Empecé a pensar en cómo quería vivir de verdad. Dejé de trabajar con Bernstein porque era demasiado estresante. Era un hombre muy exigente. Y luego empecé a tocar música para mí mismo y a pensar y meditar. Me cambió la vida. Decidí que el amor era más importante que el sexo puro y duro. Decidí que quería amar a alguien de verdad antes de morir.

– ¿Y luego qué pasó? -pregunté.

– Luego conocí a Frank -dijo, sonriendo a su enamorado.

– ¿Quién me pidió esto? -preguntó Kítty, cuando llegó la comida.

– Lo pediste tú, cariño -dijo Frank.

– Yo no lo pedí -dijo Kitty; sus discusiones le aseguraban de su existencia.

– Sí que lo pediste, cariño -dijo amablemente Frank.

– Bien, supongo que en cualquier caso lo debería tomar -dijo Kitty, rebuscando en su comida.

Yo pensaba en lo extraña que era esta escena y en lo extrañas que son todas las reuniones de la vida si una se fija en ellas. Qué extraña fue esta Última Cena. Dos hombres jóvenes que quizá ya no vivan mucho, mi tía con no mucho por lo que vivir, y yo en medio como siempre, observando y tratando de imaginar cómo hacer un relato de esto. ¿Ayudaría ese relato a alguien? Eso esperaba. Aunque ese alguien fuera sólo yo.

– ¿Quién pidió esto? -volvió a preguntar Kitty.

– Lo pediste tú, cariño -dijo Frank.

Más tarde, cuando Kitty estaba ya acostada y Frank le leía, tomé un taxi hacia la parte alta de la ciudad, agarrando el cuaderno de dibujos de Papá.

– Llegas tarde -dijo mi hija-. ¿Fue tan horrible?

– De hecho fue menos horrible que quedarme en casa y pensar en Kitty sin hacer nada. Todavía es una persona. Pero tiene la memoria destrozada por zonas, como las rodilleras de tus vaqueros.

– Vaya… Qué deprimente -dijo Molly-. Me alegra no haber ido.

– Eso es lo que se siente a los catorce años… pero no a los cincuenta -dije yo.

– No tienes cincuenta -dijo Molly-. Tienes treinta y cinco. Sí, eso es. Yo nací cuando tenías veintiún años.

La abracé muy fuerte, esperando que ella nunca hiciera por mí lo que hacía yo por Kitty.

Mi mejor amiga y yo tenemos un plan. Tomaremos puñados de pastillas para dormir, luego pasearemos por la nieve cerca de su rancho de Carbondale, Colorado. Mientras el alce y el caribú andan majestuosos por la pura nieve blanca, mientras Venus se alza por encima del monte Sopris, haremos ángeles de nieve y expiraremos tranquilamente de hipotermia, evitándoles a nuestros hijos los líos de tener que cuidarnos. Los planetas y las estrellas parpadearán en el aire cristalino de Colorado mientras nos congelamos pacíficamente y sin dolor hasta morir.

Pero ¿lo haremos de verdad? ¿Quién sabe? Para entonces puede que olvidemos los problemas que causamos. La memoria es la más pasajera de todas las posesiones. Y cuando se va, deja tan pocos trazos como las estrellas que han desaparecido.

A medianoche, mi marido me encuentra en mi estudio, mirando el cuaderno de dibujos de Papá.

Aquí está su madre, mi bisabuela, yacente después de su muerte por el tifus. Su féretro se convierte en ondas del océano; atrapadas en sus ondulaciones están las caras de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos. La matriarca vuelve al mar, una especie de Venus al revés. Luego vienen una serie de dibujos a tinta de los caballos al galope que siempre obsesionaron la pluma de mi abuelo. Unos galopan hacia el mar, a otros los atacan perros salvajes, a otros los espolean cosacos (llevan grandes gorros de pieles) que blanden garrotes con los que amenazan a desgraciados acobardados debajo de los cascos de los caballos.

Esta era la dura Rusia que atravesó mi abuelo a pie a los catorce años. Cruzó caminando Europa cuando Europa era mucho mayor de lo que es ahora. Y desafió su dureza para proporcionarnos una vida agradable a todos en Norteamérica. Su madre acababa de morir de tifus cuando se puso en camino. Incansable como Hogarth o Goya en su deseo de encarar la inhumanidad humana, mi abuelo siempre dibujaba su pasado mientras vivía el presente. Fue la herencia que me dejó. El no parar de dibujar. Trato de no preguntar por qué. Puede que no haya una respuesta.

– Fue un artista maravilloso -dice Ken, mirando por encima de mi hombro. Noto la presencia de Papá en la habitación mientras paso las páginas. También es el motivo por el que me ocupo de Kitty. En cierto modo Papá protege mi vida, de modo que yo también protejo la vida de los que más le importaron a él.

– Kittinka -habría dicho-. Pobre Kittinka. Ocúpate de ella ahora que está demasiado mal para ocuparse de sí misma.

– Vamos a la cama -digo. Y Ken me abraza.

– Has tenido un día duro -dice.

– Ver cómo se llevaban aquel león, por alguna razón fue lo más duro de todo. Preferiría no haberlo visto.

Cierro el libro de recuerdos. Me reconforta saber que se puede volver a abrir.

Cuando despertamos a la mañana siguiente, la ciudad va a sufrir una tormenta que amenaza con volver a convertir Manhattan nuevamente en una isla. Cortinas de lluvia y vientos tempestuosos, el metro inundado, y olas de marea en las calles.

Ken y yo nos las arreglamos para llegar al juzgado, pero somos los únicos que lo hacen. Kitty y Frank se empaparon y dieron la vuelta. Maxine se disculpa por no acudir. Y los otros dos abogados llegan tan tarde que no hay tiempo para que se reanude la vista. Mi declaración se vuelve a posponer. Se fija otra fecha.

Al salir del juzgado bajo una lluvia furiosa, Ken y yo vemos a multitudes de personas encogidas con paraguas dados la vuelta que esperan en las paradas de autobús. El metro no funciona; la ciudad se ha parado. Las oficinas han cerrado pronto. Nueva York da una sensación de desastre, como si hubiera llegado el maremoto definitivo y todos los empapados rascacielos fueran a ser derribados por la inundación.

– ¡Un taxi! -grita Ken. ¿Es un espejismo o un taxi de verdad lo que está detenido delante de los escalones del juzgado? Justo cuando llegamos al taxi, otra pareja asalta la puerta del otro lado. De pronto Ken practica la esgrima con su paraguas tratando de librarse de los intrusos.

– ¡No voy a dejar que suba ninguno de ustedes! -grita el taxista, saliendo del taxi. Empuja a Ken hacia la cuneta inundada.

– Tomo nota del número de su licencia -grita Ken, forcejeando y tratando de entrar en el taxi de este demente.

– ¿Estás loco? -digo yo-. Iremos andando.

Pero Ken me arrastra dentro del taxi y avanzamos una manzana de casas o dos, con el taxista soltando palabrotas.

– Llévenos a la comisaría -grita Ken.

El taxista hace regates por las calles y suelta tacos como un maníaco. En el primer semáforo en rojo, abro la puerta y tiro de Ken.

– No sé lo que me pasó -dice Ken.

– La tormenta… y Kitty.

– ¿Qué tal si vamos a un restaurante del barrio chino? -pregunta Ken, y nos dirigimos en busca del Hong Fat. El viento aulla, la lluvia arrecia. Toda la naturaleza está desconyuntada, compadeciéndose de Kitty.

Nos quedamos en Nueva York durante el fin de semana, después de muchos años de no hacerlo, y contemplamos que la tormenta reduce Manhattan a un palo que flota en un mar que lo sumerge. Cuando arrecia la tormenta, Kitty también se pone peor.

Cuando se le pasa el efecto de los tranquilizantes se vuelve belicosa. Echa a Chloe de su casa, se enfada con Frank cuando va a teñirle el pelo y se niega a dejar que el parche de nitroglicerina de su pecho cumpla con su función. Olvida por qué lo tiene puesto y se lo arranca hecha una furia.

– ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? -se lleva la mano al pecho.

La tormenta brama y lo mismo hace nuestra Lear.

Mi hermana menor y yo la vamos a ver por turnos. Por fin convencemos a la agencia para que mande a otra cuidadora. ¿Qué demonios podemos hacer mientras los tribunales resuelven el caso? Kitty no se adapta a su casa ni siquiera con alguien que la atienda. Tendremos que encontrarle una residencia y convencerla de que ingrese. Al juez no le gustará, pero al menos Kitty vivirá.

No necesitaba que me dijeran que todas las residencias eran espantosas. Ya las había visto. Pero había una, decían unos amigos, que era excepcional. Era un modelo de instalaciones: limpia, cuidada, llena de arte. Pero la lista de espera era larga: conseguir una plaza podría llevar mucho, me dijeron. El proceso para ingresar era como tratar de que tu hijo fuera a un colegio privado de moda. Sólo la insistencia y las relaciones podrían conseguir que la ingresaran. Insistencia y relaciones eran lo que más le gustaba a mi suegro. Estaba en Florida, encargado del servicio de ayudas filantrópicas judío, con teléfono y fax. Era el jefe de la banda de Palm Beach.

– Consígueme la lista de directivos, querida -dijo. Y dos días después me recogía un coche con conductor para que viera al director de pelo blanco del Hogar Hebreo para Ancianos.

– Maestro -dije yo, cuando abrió la puerta del coche. Pues Jacob Reingold, el director, parece el director de una orquesta sinfónica europea. Un mechón de pelo blanco, una cara morena por haber trepado montañas, una sonrisa cálida, un estilo de conversación adobado con mamaloshen. Hablamos de música, de arte, de Europa, del Japón, de montañas, de mares; de todo menos de Kitty. Era como un trato para un matrimonio. El objeto era una cama para Kitty, la dote.

El Hogar Hebreo para Ancianos está abarrotado de obras maestras modernas (donadas por parientes nerviosos que quieren deshacerse de sus abuelos), lleno de inventos -lavabos y bañeras que levitan- pensados especialmente para los ancianos enfermos. Hay hermosas vistas del Hudson, peluquerías, gimnasios, estudios de arte. ¡Es el paso siguiente después del balneario! Sólo que aquí no hay esperanza de que la forma física proporcione un futuro de bienestar. Es el final de línea. Es el sitio al que viene uno si es bastante rico y famoso para merecer los últimos logros en senilidad.

– ¡Fuera de aquí, negra asquerosa! -grita una mujer que arrastra los pies detrás de su andador en la unidad de Demencia Senil. La asistente en cuestión tiene una mirada lejana, como si se concentrara en el almuerzo, o recordara la noche anterior con su amante. Está preparada para ignorar esos delirios.

– No sabe dónde está -dijo el maestro-. La mayoría no lo saben.

Aquí sólo admiten a los importantes o a los casi importantes, o eso me pareció en esa visita. Se trata de un campo de internamiento para los ex magnates, ex empresarios y ex promotores cuyos parientes no los quieren.

Están los tíos locos de los amos de los medios de comunicación, las hermanas de las estrellas de cine, las madres de diplomáticos famosos. Rudolf Bing está en Demencia Senil y Nat Holman en la sección de Normales, la sección para personas cuya única enfermedad es la vejez. ¿Es mejor que los ángeles de nieve de Carbondale? ¿Quién sabe? Cuando una llega a allí, no puede quedarse mucho.

– Promete que no dispararás contra mí, querida -dice el maestro-, antes de que me hayas metido aquí.

Y sin embargo los residentes parecen contentos; bueno, depende del valor que se dé a la palabra. En la sección de Alzheimer, una anciana con una boina azul, un hombre con una camisa a cuadros y el pelo desarreglado que mira fijamente, una vieja taciturna con una barbilla saliente, se sientan a la mesa de una habitación que sintetiza una cocina acogedora de comedia de situación. Pero ninguno de ellos se relaciona con los otros. La de la boina azul rebusca entre ropa vieja. («¿Ves? Utilizan su energía de ese modo -dice el maestro-. Es una terapia.») El de la camisa a cuadros picotea la comida de su bandeja. La de la barbilla saliente murmura -a nadie en concreto-:

– ¡Ya verás como tendrás problemas! ¡Llamaré al gobernador! ¡Me conoce! ¡Yo dirijo una empresa importante!. ¡Gano millones! ¡No soy una imbécil!

A veces la vejez arranca el barniz de la educación, dejando únicamente el residuo hostil y agresivo de la naturaleza humana; a veces deja las gracias sociales intactas hasta que alguien se sirve antes o te quita el sombrero. («¡Ese gorro es mío!», dice otro residente, arrancando la boina azul. «¡No lo es!») Me parece estar viendo a niños de dos años en un cuarto de juegos, sólo que los niños de dos años son mucho más guapos. Los mofletes y los dedos rosas hacen más blanda nuestra visión de la conducta agresiva. Cuando una cara está llena de quistes peludos, hasta el más ilustrado de nosotros la encuentra menos adorable. Los ángeles de nieve parecen una mejor solución. Todos estos ancianos forrados de dinero están malgastando recursos que podrían dar de comer y educar a ciudades enteras. ¿Se trata de una buena decisión de la raza humana? Es fácil hacer esta pregunta, pero mucho más difícil responderla. Lo único que sé es que no voy a abandonar a Kitty en un témpano de hielo o empujarla a la nieve. A lo mejor este sitio existe para tranquilizar la conciencia de los parientes ricos y poderosos, pero con todo sigue siendo una maravilla. Los Warhol y Picasso y Erté son testigos de nuestra culpabilidad.

Y el director es nuestro sustituto, nuestro doble.

– ¿Sabes por qué nunca he tenido una aventura amorosa? -pregunta, retóricamente-. Estaría inscribiéndome en un hotel y alguien me vería y diría: «Hola, Jake, ¿cómo está tu madre?»

El menor de una familia numerosa, el maestro, es un cuidador nato, el que se ocupaba de su familia. Nadie tiene un trabajo así por casualidad. Es un virtuoso dirigiendo esa vasta sinfonía de culpabilidad, rechazo y provisión de fondos que hace que exista un lugar como éste.

– Muchos de ellos son incontinentes -dice-, sin embargo no huele a meados. ¿Cómo conseguimos eso? Fregamos todo el tiempo, por eso.

Y, en efecto, el sitio huele a limpio, tiene el olor del dinero. Como la voz de Daisy Buchanan, el Hogar Hebreo para Ancianos es un testamento de todo lo que puede conseguir el dinero. Estoy encantada de que exista un lugar así, y también me siento inquieta. Ni siquiera en el chocheo de la vejez hay igualdad. Especialmente no la hay entonces.

Vuelvo a casa con una carta de la residencia, prometiendo que admitirán a Kitty. Misión casi resuelta. Pero todavía queda por convencer el juez chino.

¿Qué recuerdo de tía Kitty antes de que su vida llegara a esta situación actual? Nunca permitieron que la viese mucho debido a la misteriosa enemistad entre ella y mi madre. Pero, a pesar de eso, recuerdo ciertas cosas.

Recuerdo ir a su soleado apartamento que daba a la West End Avenue, y mirar sus cosas: sus pequeños armazones para modelar en yeso, sus máscaras africanas y amuletos tallados, su biblioteca de libros fascinantes.

Fue Kitty quien me introdujo a la lectura de Colette, dándome Chéri y El final de Chéri cuando yo tenía quince años y era demasiado joven para entender la pasión de una mujer de cuarenta y nueve años por un hombre muy guapo de veinte y pico. Como muchas de las personas que no tienen hijos propios, Kitty no entendía de verdad a los niños. Pero eso también implicaba libertad. Me trataba como a una adulta, sin juzgarme y sin la mojigatería protectora de una madre. Años después, cuando yo había cumplido los cuarenta años y sufría debido al amor de un hombre muy joven, releí el ejemplar de Chéri y el de El final de Chéri que me había dado Kitty. Por fin, me sentí agradecida por el regalo. Tuvo que esperar mucho tiempo en mi estantería para que llegase el momento de mi vida en que lo entendiese, pero Kitty en cierto modo también lo debía de saber.

En la isla Fire, en East Hampton, en las casas que Kitty compartía con su amiga Maxine, siempre había algo extraño. No era sólo la desnudez, ni el hecho de que dos mujeres durmieran en la misma cama. Había muchos desnudos también en la casa donde crecí, pero lo que era más liberador de la casa de Kitty era la omnisexualidad ambiente. Encontrabas parejas de todo tipo. Mi madre murmuraba oscuramente sobre las «malas influencias», pero descubrí mi primer sabor a libertad en aquella casa. Era un mundo que no estaba gobernado por la reglas de la vida burguesa, un mundo donde los hombres coqueteaban con los hombres, las mujeres coqueteaban con las mujeres; un mundo donde la vida en cierto modo era más rica y estaba más cargada de posibilidades. Era un campamento de verano para adultos excéntricos; y aquello me sabía a libertad: libertad de las convenciones, libertad de los lazos familiares. Esa extrañeza me proporcionó una parte de mí misma, confirmada por mi anarquismo, sexual y de otro tipo.

Nunca me permití querer abiertamente a Kitty porque mi madre dejaba en claro que lo consideraba desleal. Con todo, el modo de vida de Kitty fue parte de mi educación. El modo en que vivía me reveló que había universos alternativos, otras voces, otros ámbitos.

En cierto sentido, yo creo que mi madre odiaba a Kitty por las libertades que se permitía. Mi madre también había iniciado una vida de bohemia y luego fue capturada por la vida burguesa. ¿Hasta qué grado era homofobia su vieja enemistad con su hermana? ¿Y hasta qué grado era cariño que se había agriado? Mi madre había adorado a Kitty durante un tiempo, y su virulento odio era demasiado intenso para no ser una pasión que salió mal.

Vivimos en un mundo dividido en gay y hetero. Hemos balcanizado nuestra cultura sexual. Pero ¿por qué? ¿Es todo una cuestión de política? ¿Y está la política en conflicto con nuestra humanidad? Ciertamente, las personas gay no pueden exigir sus derechos a menos que se organicen en grupo. Ciertamente, necesitan los mismos derechos con respecto a la herencia, el matrimonio, la salud y la custodia de los hijos que todos los demás. Pero esta división en mundos gay y hetero va en contra de lo que sabemos de la naturaleza humana. Puede haber amor homosexual, pero ¿significa eso que hay personas homosexuales? ¿Tiene necesariamente sexo el amor? Los más grandes amores transforman el sexo. Los más grandes amantes son por turnos «machos» y «hembras». ¿Y qué significa «macho» y «hembra»? ¿No son más bien cualidades que personas?

Sólo cuando yo era pequeña y tenía lavado el cerebro y me conocía mal a mí misma, imaginaba que el pene era el único instrumento del amor. Los hombres a los que más he querido en mi vida siempre han tenido una cualidad maternal, y las mujeres a las que más he querido siempre han sido luchadoras.

En una sociedad sana, las mujeres y los hombres cambiarían de sexo y amante de modo tan sencillo como se cambian de ropa. En cierto modo fue Kitty la que me enseñó todo esto, y el rechazo de ella por parte de mi madre me enseñó que existía un puritanismo que nunca quise hacer mío.

El camino que seguía Kitty era distinto al que seguía mi madre. Y sin embargo, en muchos aspectos, Kitty estaba tan marcada por su elección sexual como mi madre lo estaba por la suya. Puede que haya querido a mujeres, pero también quería como una mujer. Renunció al poder por la vida de un ama de casa y una artista, y cuando fue vieja y estuvo enferma, no tenía a nadie que la cuidase.

A nadie salvo a mí, imperfecta como imperfectos iban a ser mis cuidados. He tenido que llegar a la mitad de mi vida para descubrir que podía encontrar sitio para cuidar de alguien y para escribir.

Es más importante ser un ser humano que ser escritor. ¿O debería decir que la escritura sólo interesa si de algún modo hace madurar la propia humanidad?

Al mes aproximadamente de que admitieran a Kitty en el Hogar Hebreo para Ancianos, fui a verla. El caso seguía sin resolverse en el tribunal. Kitty parecía tan bien como no la había visto hacía años. Tenía colorete en la cara, el pelo bien cortado y peinado.

– Te presento a mi gran amiga Pearl -dice-. Es mi compañera de habitación.

Me presenta a una dama delgada de pelo blanco con ojos azules, que se ayuda con un andador.

– Kitty es mi mejor amiga -dice Pearl-. La quiero.

Kitty y yo fuimos a sentarnos en un sofá que daba al río. El Hudson resplandecía con la luz invernal.

– Vine un día de visita y me gustó la comida, de modo que me quedé -dice Kitty-. Pero me preocupa mi apartamento.

– No te preocupes, Kitty, yo me ocupo de él.

– Tengo que ir uno de estos días, pero por alguna razón eso me inquieta.

– Tienes un aspecto estupendo.

– Aquí duermo muy bien. Y la gente es encantadora. ¿Qué hora es, cariño? No me quiero quedar sin cenar.

Miro mi reloj. Son casi las cuatro y media. La cena aquí la sirven casi a la hora del té, como en el jardín de infancia.

Acompaño a Kitty al comedor y me siento con ella.

Estamos en la Sección de Demencia Senil, y los residentes están en distintos estados de pérdida de memoria.

Nos sentamos a una mesa para cuatro con una mujer que se llama Blanche, que no deja de pasarse la lengua por los labios, y una mujer que se llama Brenda, cuya barbilla se le une a la nariz.

– Os presento a una pariente mía -dice Kitty, probablemente sin recordar mi nombre-. ¿No es encantador que haya venido?

– Tú eres una de las personas más importantes de aquí -dice Blanche.

– No, no lo soy -dice Kitty.

– Sí que lo eres -dice Blanche.

– Esta noche hay una representación -dice Brenda.

– ¿Puedes quedarte para la representación?

– No lo creo -digo yo.

– Es una pena -dice Kitty.

Empiezan a servirles la cena a los residentes. Me ofrecen zumo, que llega enseguida. Paseo la vista por los ancianos autistas que parecen sumidos en sí mismos. Una mujer lleva puesto un enorme sombrero negro con una pluma de avestruz. Otra va de mesa en mesa mirando con gran fijeza pero sin centrarse en nadie en concreto, examinando la comida de los otros residentes. Ahora se tambalea y estira la mano hacia mi zumo.

– ¿Por qué estás haciendo eso? -dice Kitty-. ¡No toques el zumo de mi sobrina!

Y la mujer se da la vuelta como un robot y se aleja cojeando.

En la pared hay un cartel con las fechas de los cumpleaños de los residentes que tienen lugar en enero. Debajo hay otro cartel en el que han escrito «INVIERNO» con bolas de algodón. Debajo hay una mujer de nieve hecha de algodón. Se trata de un jardín de infancia para los muy viejos. Pero parecen contentos. Y mí tía parece segura y contenta. Nunca la he visto tan en paz, a la espera de su bandeja de comida.

– Me gusta la comida de aquí -dice-. ¿Quieres un poco?

– No, gracias -digo yo-. Tengo que irme a cenar.

¿Tengo miedo a cenar aquí porque, lo mismo que Perséfone en el Hades, me tendría que quedar?

Hacia las cinco y media salgo como una flecha, prometiendo, claro, volver pronto.

Cómo llegué a ser judía

Cuanto mayores nos hacemos, más judíos nos volvemos en mi familia. El padre de mi madre se declaraba ateo en su juventud de comunista, así que nunca pertenecimos a una sinagoga ni celebramos bat mitzvahs. Pero terminamos en hogares hebreos para ancianos y en cementerios con inscripciones en hebreo sobre las cancelas de entrada. Conque nuestra herencia nos reclama: incluso en Norteamérica, nuestra tierra prometida. En mi familia, si todavía protestas de que eres unitario, simplemente no eres lo bastante mayor. (Me refiero, claro está, a uno de mis ex maridos, el cual, habiéndose casado con una shiksa, participa en los cultos de la iglesia unitaria local. Algo que cambiará, lo predigo.)

Mi padre, por otra parte, manda dinero a Israel y lleva encima una tarjeta que supuestamente permitirá que le admitan en el hospital Mouut Sinai, y después en el Cielo, pues le identifica como un gran Donante. Es el tipo de cosas de las que se habría burlado en su época del teatro de variedades. Ahora Molly se burla de eso. Los jóvenes son crueles. Tienen que sustituir a los viejos. Los viejos son una carga, tienen inclinación a aferrarse a su dinero. Los jóvenes tienen que ser duros para hacerse mayores.

A fin de cuentas, ¿qué le dice a un hijo judío el rito de la circuncisión? Cuidado. La próxima vez te la cortaremos entera. De modo que los chicos judíos se excitan sexualmente, pero también están llenos de miedo sobre si sus pollas sobrevivirán a esa excitación sexual. Alexander Portnoy es el arquetípico buen chico judío. El chico judío bueno y el chico judío malo habitan la misma piel, si no el mismo prepucio. Las chicas judías tienen más suerte. Su sexualidad está menos dañada, impliquen lo que impliquen esos chistes sobre las limas de uñas. A las chicas se les permite tener sexualidad mientras se mantengan dentro de la familia. El matrimonio es sagrado mientras una se case con un sustituto edípico. Adulterio y judío son términos que se contradicen. Por eso leemos a Updike. Los hombres judíos que engañan a sus mujeres terminan como Sol Wachtler o Woody Allen. En graves aprietos. Incluso a las judías lesbianas se les exige que tengan cubertería de plata y porcelana de Tiffany's. A las judías lesbianas se les exige que se enamoren de mujeres que les recuerden a sus madres. Y, en los tiempos feministas actuales, son médicos o abogados.

¿Cómo llegué a ser judía, yo que no tengo formación religiosa? A los judíos los hizo la existencia del antisemitismo, o eso dijo Jean-Paul Sartre. ¿Quién sabe? Y a pesar de los mitos en contra, en Norteamérica hay mucho antisemitismo. Pero el antisemitismo norteamericano toma la forma más astuta del esnobismo de clase. Déjeseme que exponga lo que quiero decir.

Decimos que Norteamérica es una sociedad sin clases, pero de hecho no lo es. Lo que pasa es que nuestras diferencias de clase son mucho más sutiles que las de otros países, por lo que a veces ni siquiera las vemos como diferencias de clase. Sólo son las diferencias de clase norteamericanas y nos siguen durante toda nuestra vida. Ingresamos encantados en el Hogar Hebreo para Ancianos, una vez aprendido que, en lo que se refiere a la vejez y la muerte, sólo nos quieren los nuestros. Cuando somos jóvenes y guapos, salimos con goyim; pero cuando se pone el sol, volvemos a los knishes y knaydiado. Celebramos mitzvahs, del tipo de los que yo he tenido que hacer para que admitieran a mi tía en el Hogar Hebreo. De repente nos acordamos de que, lo mismo que pasa con «los servicios comunitarios» en el instituto, tenemos que pasar por 613 mitzvahs para ser buenos judíos. A los cincuenta años, nos tomamos en serio esos mitzvahs, a diferencia de los servicios comunitarios del instituto. ¿Cuánto tiempo nos queda, después de todo? No mucho. Es mejor estar ocupadas, especialmente las mujeres. No somos exactamente ganadoras. Los rabinos ortodoxos todavía no nos dejan rezar en el Muro de las Lamentaciones, conque ¿por qué suponemos que nos dejarán entrar en ese sombrío cielo de los judíos? Si los hombres necesitan 613 mitzvahs, imagino que las mujeres necesitan 1.839.

Cuando yo iba haciéndome mayor en un Nueva York que parecía dominado por judíos cuyos padres o abuelos habían llegado de Europa, nunca pensaba conscientemente en los judíos. O en la clase social. Y sin embargo, unas barreras invisibles rigieron mi vida, barreras que aún se mantienen.

Incluso en la infancia me daba cuenta de que mi mejor amiga, Glenda Glascock, que era episcopaliana e iba a un colegio privado, era considerada de una clase superior a la mía. Vivíamos en la misma siniestra casa gótica de apartamentos cerca de Central Park West. Las dos teníamos padres que eran artistas. Pero el apellido de Glenda terminaba en cock y el mío no. Yo sabía que los nombres que terminaban en cock tenían intrínsecamente más clase.

En cualquier caso, ¿cuál era mi apellido?

Mi padre nació Weisman y se convirtió en Mann. A mi madre sus padres ruso-judíos la llamaron Yehudit cuando nació en Inglaterra, pero los intransigentes ingleses del registro civil primero lo cambiaron por Judith y luego por Edith («buenos nombres ingleses»), lo que hizo que diera la impresión de que a los judíos ni siquiera se les permitía conservar sus propios nombres. La cultura dominante en nuestro gueto (mental) requería nombres que no sonaran a judíos o extranjeros. Eso también causaba una fuerte impresión.

Había dos categorías de norteamericanos en nuestro supuestamente igualitario país y yo no pertenecía a la categoría mejor (como en los «mejores vestidos»). Glenda sí. Su apellido lo atestiguaba. Incluso su apodo -las chicas judías entonces no tenían apodos como Glenni- atestiguaba esto. Y sin embargo éramos tan íntimas como gemelas, éramos las mejores camaradas, entrábamos y salíamos del apartamento de cada una…, hasta que un día nos bañamos juntas y ella me acusó de hacer pis en el agua del baño porque eso era «lo que hacían los judíos». Me sentí ultrajada, pues no había hecho semejante cosa. (A no ser que mi memoria lo censure.)

– ¿Quién dice que hacen eso?

– Mi madre -dijo Glenni, confiadamente.

De modo que informé de esta conversación a mis padres y abuelos y, misteriosamente, mi amistad con Glenni se enfrió.

Ella fue a un colegio privado. Yo no. Yo estaba en un «Programa para los intelectualmente dotados», en la esquina de la calle 77 con Amsterdam Avenue; una mole victoriana en aquellos días, con entradas para «chicas» y «chicos». Allí descubrí otros estratos de clase. Cuanto más cerca vivías de Central Park West y «mejor» era tu edificio, más clase tenías. Ahora yo tenía categoría. Debajo de mí estaban los chicos judíos más pobres cuyos padres habían huido del Holocausto y vivían en edificios peores más hacia el oeste, chicos irlandeses que vivían en casas alquiladas de las calles más estrechas y los primeros chicos portorriqueños que llegaron a Nueva York. Vivían en otras casas alquiladas de calles a lo West Side Story. En los años cuarenta, Nueva York estaba lejos de ser una ciudad integrada racialmente. No conocí a chicos negros de Harlem hasta que fui al instituto, donde el talento, y no el vivir cerca, era la calificación. Los únicos afronorteamericanos que conocíamos -entonces llamados negros- eran los criados. En la infancia, mi mundo era judío, irlandés, hispano; con los judíos dominando sobre todos los demás.

Los chicos blancos, anglosajones y protestantes, por esa época, iban a colegios privados, tratándose entre ellos para así poder ir a Yale, dirigir la CÍA y controlar el mundo (como George y Barbara Bush). Los chicos judíos no iban a los colegios privados en aquel Nueva York, a no ser que fueran super-ricos, tuvieran problemas de disciplina o fueran ortodoxos.

Comprendí bastante pronto que en mi colegio yo era de clase alta, pero que en el mundo no lo era. Los niños de los programas de televisión y de las cartillas de lectura no tenían apellidos como Wiesman, Rabinowitz, Plotkin, Ratner o Kisselgoff. Y sin duda ni González ni O'Shea. Allí, en el mundo de la tele, había otra Norteamérica, y nosotros no formábamos parte de ella. En esa otra Norteamérica, a las chicas se las llamaba cosas como Gidget y a los chicos, cosas como Beaver Cleaver. Nuestro mundo no estaba representado, a no ser cuando pasaban los títulos de crédito.

Apartados de esa Norteamérica de verdad, aprendimos a controlarla reinventándola (o representándola, como un agente). Algunos de nuestros padres ya hacían eso como actores, productores o escritores, de modo que sabíamos que ése era un camino posible para nosotros. Otros eran hombres de negocios, o artistas convertidos en hombres de negocios, como mi padre. La cuestión era que nosotros éramos unos marginales que queríamos formar parte del cogollo. En aquellos días sabíamos que Princeton y Yale no serían para nosotros, a no ser que fuéramos lo suficientemente ricos para comprar la universidad. Sabíamos que no habíamos nacido para formar parte de la clase dirigente, de modo que nos inventamos nuestra propia clase dirigente. Mike Ovitz, no George Bush. Swifty Lazar, no Bill Clinton. Mort Janklow, no Al Gore.

¡Cuánto ha cambiado el mundo desde los años cuarenta! ¡Y qué poco! Excepto en lo que se refiere a Henry Kissinger, ¿quién ha cambiado esas leyes de clase y de casta? Ni siquiera Mike Ovítz. Lo que uno ve que hacen sus padres es lo que cree que uno puede hacer. Conque estábamos definidos, confinados. Como mi padre era un músico-compositor convertido en importador, mi abuelo retratista, mi madre ama de casa y retratista, yo me limité a aceptar que haría algo creativo. También me limité a aceptar que me licenciaría en una facultad universitaria y viviría para siempre en un «buen edificio». También acepté que nunca me convertiría en nada que se pareciera a esas familias norteamericanas que veía en la tele.

Mi familia estaba tremendamente orgullosa de ser judía, pero no religiosa, a no ser que nuestra religión fuera comprar ropa inglesa en Saks y abrigos con el cuello de terciopelo en De Pinna. Nos vestíamos como princesitas inglesas, y comprendí que ésa era la clase a la que aspirábamos.

La ropa lo dice todo con respecto a las aspiraciones. Yo odiaba la maldita ropa que llevábamos, pero teníamos que llevarla porque era lo que hacían las princesas Isabel y Margarita de Inglaterra. ¿Cómo llegar a ser princesas de los judíos? Mejor no preguntarlo. Se entendía tácitamente, igual que entendíamos que Glascock era un apellido mejor que Weisman (o incluso Mann).

Sonrío al escribir esto. Estoy tratando (torpemente, me temo) de presentar aquel mundo del Nueva York de los años cuarenta con sus palacios del cine «con aire acondicionado» (llenos de matronas como castillos y secciones para niños sembradas de papel de envolver), sus toldos de rayas en los edificios de apartamentos durante el verano, sus tarifas en monedas del autobús, sus cambios para el teléfono, sus tiendas de caramelos y refrescos, su mármol de imitación en los mostradores (donde se vendían los más deliciosos sandwiches de beicon, lechuga y tomate; y los helados).

Desaparecido todo. Desaparecido para siempre. Pero lo mismo que una serie de adoquines a los que da el sol o el sabor de la magdalena mojada en el té devolvió a Proust a su juventud, a veces me detengo en una esquina de una calle de Nueva York y regreso a los años cuarenta. Y gracias al olor. Las bocas de las estaciones de metro todavía, ocasionalmente, emiten un olor a azúcar de algodón/chicle, mezclado con sudor y palomitas de maíz, con meados y (su predecesora) cerveza, y al respirar profundamente regreso a los seis años de edad, mientras espero el metro, contemplando un bosque de rodillas. En la infancia uno considera que nunca crecerá. Y que el mundo siempre será incomprensible. Primero una tiene boca, luego tiene nombre, luego es miembro de una familia, luego empieza a hacerse difíciles preguntas sobre lo mejor y lo peor, lo que supone el comienzo de la conciencia de clase. Los seres humanos son unos animales jerárquicos por naturaleza. La democracia no es su religión original.

Estaba en mis primeros años del instituto cuando mi mundo se amplió más allá de la calle 77 y el West Side. Como mis padres y yo estábamos aterrorizados por la violencia del instituto de la zona, fui a una institución privada, un sitio deliciosamente cómico donde los estudiantes de pago por lo general eran judíos de Park Avenue y los estudiantes becados por lo general blancos, anglosajones y protestantes de Washington Heights cuyos padres eran profesores, clérigos, misioneros.

Los profesores eran distinguidos, y blancos, anglosajones y protestantes, y tenían apellidos que sonaban adecuadamente norteamericanos como los de la tele. La institución había sido fundada por dos temibles damas de Nueva Inglaterra que se llamaban Miss Birch y Miss Wathen, que probablemente eran amantes, pero en aquellos días las llamábamos solteronas. Una de ellas se parecía a Gertrude Stein, la otra a Alice B. Toklas. Tenían una pronunciación que para mí estaba llena de clase. Sabía que era la de los blancos, anglosajones y protestantes.

En el instituto de Birch y Wathen la mayoría de los chicos judíos eran más ricos que yo. Vivían en apartamentos del East Side con valiosas obras de arte, y algunos de ellos tenían apellidos alemanes. Iban al Temple Emanuel y recibían clases de baile y de urbanidad (¡qué palabra tan antigua!) en el Viola Wolf. Mi sentido de la clase social volvía a estar desajustado. Con mis abuelos rusos y mi casa bohemia del West Side, tampoco encajaba con aquellos chicos. Y los chicos becados se mantenían aparte. Yo los creía presumidos, aunque ahora me doy cuenta de que debían de estar mortalmente asustados. Los alumnos de pago tenían más dinero para gastar, y algunos venían al instituto en Cadillac, Lincoln y Rolls con chófer. Debían de parecerles intimidantes a los chicos que acudían en metro. Aquello a mí me intimidaba.

Formábamos grupos aparte. Los chicos de Park Avenue se juntaban con sus iguales. Los becarios hacían lo mismo.

Yo flotaba entre los dos grupos, sin saber nunca a cuál pertenecía; unas veces robaba cosas en Saks con los niños ricos (cuanto más ricos eran los chicos, me enteré, más robaban en los grandes almacenes), otras subía hasta Columbia con los becarios (cuyos padres eran profesores).

Yo no era de ningún sitio. Avergonzada de que mi padre fuera un hombre de negocios, deseaba que fuese profesor. Si una no podía tener un apellido que terminara en cock, o un apartamento en la Quinta avenida o en Park, por lo menos debía tener un doctor en filosofía en casa.

Cuando empezó la preparación para ingresar en la universidad, me uní a otro nuevo mundo, un mundo que estaba racialmente mezclado y lleno de niños del gueto. (Entonces lo llamábamos Harlem.) Elegidos por su talento para dibujar o cantar o tocar un instrumento, estos chicos formaban el grupo más variado que me he encontrado nunca. Su clase era el talento. Y como todas las personas inseguras, te lo echaban en cara.

Fue entonces cuando empecé a encontrar a mi auténtica clase. Allí la competencia no era por el dinero o el color o el sitio donde se vivía, sino por lo bien que se dibujaba o tocaba. En el Instituto de Música y Arte al que iba se crearon nuevas jerarquías, jerarquías de virtuosismo. ¿Exponían tu cuadro en la muestra que se celebraba dos veces al año? ¿Te seleccionaban para tocar en la orquesta, o en la WQXR (la emisora de radio de The New York Times)? Por entonces todos nos dimos cuenta de que no pertenecíamos a la Norteamérica que aparecía en la tele, y estábamos orgullosos de ello. Ser independientes era una divisa de mérito. No teníamos equipos, ni animadoras, y el uniforme más adecuado para ir a clase era el beatnik: medias negras, sandalias hechas a mano y pintura de labios negra para las chicas; jerséis de cuello alto negros, vaqueros negros y cazadoras de cuero negro para los chicos. Un pelo despeinado era obligatorio para los dos sexos. Experimentábamos con marihuana. Andábamos por el Village esperando que nos confundieran con existencialistas. Llevábamos encima libros de Kafka, Genet, Sartre, Alien Ginsberg. Mirábamos con expresión de idos nuestro capuccino en Rienzi's o el Peacock. Queríamos seducir a los músicos de jazz negros, pero nos daba miedo. Por fin habíamos encontrado nuestra clase social.

Muchos de nosotros alcanzamos la cima. Entre mis compañeros de esa época hay cantantes de pop, productores de televisión, directores de cine, actores, pintores, novelistas. Muchos son nombres conocidos. Unos cuantos ganan decenas de millones de dólares al año. La mayoría fuimos a la universidad, pero en definitiva no fue una licenciatura o un doctorado lo que definió nuestra posición social. Era si estábamos de moda o no, si subíamos como balas en las listas de éxitos, en las de libros más vendidos, o si nos traducían a veinticinco idiomas. Hasta los profesores envidiaban esta posición: el dinero y el reconocimiento equilibran todas las clases sociales en Norteamérica. De ahí la obsesión por la fama. Incluso en Europa uno puede entrar en los «mejores» círculos, aunque las normas para las clases sociales sean completamente distintas.

Habiendo pasado parte de mi tiempo con europeos, siempre me asombró hasta qué punto en Europa un apellido aristocrático todavía disimula una multitud de pecados. En Inglaterra, en Alemania, un lord o una lady, un Grafo Grafin, un von o zu, todavía tienen peso. Los amigos con más clase que tengo en Italia pueden ser contesse, marchesi o principi, pero son demasiado modernos para proclamarlo. Prefieren ser famosos por un disco de éxito o un gran libro. Pero van a los sitios adecuados -St Moritz, por ejemplo-, y el ser socio de los clubs mejores se debe todavía al origen familiar, no a los logros individuales. Vete al Corviglia Club y di que eres Ice-T o Madonna. Cariño, no conseguirás entrar, mientras lo hace cualquier Niarchos o von Ribbentrop.

Muchos de mis amigos europeos todavía habitan un mundo donde el apellido y el dinero de toda la vida pueden resultar un buen impulso para lograr algo. Hay muchas cosas que hacer aparte de trabajar. Si tienes que estar en Florencia en junio, en París en julio, en la Toscana en agosto, en Venecia en septiembre, en Sologne en octubre, en Nueva York en noviembre, en St Bart en diciembre y enero, en St Moritz en febrero, en Nueva York en marzo, en Grecia en abril, en Praga en mayo, ¿cómo demonios puedes tener (por no hablar de conservar) un empleo? Y el ejercicio físico. Y los bailes. Y los balnearios. ¡Y la temporada sin beber! Como preguntó una vez un marido de Barbara Hutton: «¿De dónde saco tiempo para trabajar?»

La clase de verdad significa no tener que hablar nunca de eso. (Del trabajo, quiero decir.)

Los norteamericanos carecen intrínsecamente de clases sociales, de modo que los judíos casi se adaptan. De lo único de lo que hablamos es de nuestro trabajo. Lo único que queremos es hacer que sean tan conocidos nuestros nombres que ni siquiera necesitemos apellido. Creemos tan fervientemente en el cambio como los europeos creen en el statu quo. Creemos que con dinero nos compraremos el cielo (un cielo definido por músculos en forma, nada de flaccidez en la barbilla, interés en los intereses, y un nombre que intimide a los maitres en los restaurantes). Una vez conseguido eso, podemos ponernos a salvar el mundo: donar algo de dinero para la investigación del sida, la lluvia ácida, un candidato político. ¡A lo mejor hasta nosotros mismos nos presentamos para el cargo! (Lo atestigua Mr. Perot.) En una sociedad donde el reconocimiento de una figura del pop lo significa todo, los famosos son más iguales que todos los demás. Pero el estatuto de famoso es endiabladamente difícil de mantener (igual que un cuerpo que se hace viejo). Necesita gran cantidad de entrenadores, especialistas en relaciones públicas, editores, agentes de imagen. Además uno tiene que sacar un nuevo producto, y posiblemente hasta originar un nuevo escándalo. (Lo atestigua Woody Allen.) Puede que el motivo por el que los famosos se casan con tanta frecuencia sea para que sus nombres aparezcan en las noticias. Y puede -tanto si lo pretenden como si no- que provoquen los escándalos para promocionar sus películas. (Lo atestigua de nuevo Woody Allen, nacido Alien Konigsberg.)

Ah…, volvemos a la cuestión de los judíos y los nombres. ¿Podemos conservar nuestros nombres? Siempre y cuando consigamos que sean famosos. En caso contrario también nos los cambiamos. Puede que tengamos, como dice el teórico político Benjamín Barber, «una aristocracia de todos», pero no todos pueden ser famosos a la vez. Así el impulso a ascender de clase se hace tan inquietante y crónico en Norteamérica como los regímenes alimenticios. No importa lo famoso que sea uno, siempre está en peligro de dejar de serlo.

Se parece mucho a la mortalidad, ¿no? Que no se pregunte por qué carpe diem es nuestro lema. Es lo que hace a Norteamérica un país tan inquieto, y a sus famosos más famosos tan inseguros.

Ay amigos, no me importaría haber nacido siendo socia del Corviglia Club. Pero sospecho que nunca habría escrito ni un libro.

¿Nunca os habéis preguntado por qué los judíos son unos escribas tan implacables? A lo mejor habéis pensado que porque somos gente de libros. A lo mejor habéis pensado que era porque procedemos de familias donde se animaba a la lectura. A lo mejor habéis pensado que se trata de sexualidad reprimida. Todo eso es cierto. Pero yo propongo que la auténtica razón es nuestra necesidad constante de definir nuestra clase. Al escribir, nos volvemos a inventar. Al escribir, creamos árboles genealógicos. Algunas de mis heroínas de ficción son del West Side, chicas judías de Nueva York como yo. Pero las heroínas que más me gustan -Fanny en Fanny Hackabout-Jones, y Jessica en Serenissima- han nacido en mansiones, son unas buenas amazonas, y podéis apostar lo que sea a que tienen los pómulos altos.

Fanny se crió en Lymeworth, residencia campestre de lord Bellars. Jessica se crió en el Upper East Side de Manhattan, en el Rectángulo dorado. En su árbol genealógico hay mucha gimnasia y mucho club de campo. ¿Por qué inventa unas heroínas semejantes una chica del West Side como yo? ¿Estoy tratando de escapar de mi clase de schmearer-klezmer? Resulta bastante interesante, pero mis heroínas siempre escapan a ella. Fanny huye de su educación aristocrática, se convierte en una mujer de la carretera, una puta de un burdel, y una reina de los piratas. ¡Jessica deja el Upper East Side por Hollywood! Y las dos lo llegan a lamentar, y encuentran su felicidad final al volver a sus lugares de origen.

Las heroínas que aparentemente son más como yo -Isadora Wing y Leila Sand- cambian de posición social, o si no, la establecen por medio de su trabajo creativo. Supongo que lo que escribo dice algo que ni siquiera yo sé conscientemente de mí misma: escribo para proporcionarme una clase social, para inventar mi nombre, ¡y luego abandono una residencia campestre!

Sospecho que el proceso no es tan distinto con otros escritores, por mucho que parezca que sus libros no se ocupan de las clases sociales. Los héroes de Saul Bellow empiezan como vagabundos y terminan de profesores. Pero su héroe picaresco de verdad, Henderson el Rey de la lluvia, es blanco, anglosajón y protestante por nacimiento, y va a África y adopta su multiculturalismo, con lo que encuentra su auténtica identidad. A los héroes de Philip Roth les interesan las cuestiones relativas a la clase social y las relativas a su condición de judíos. Aunque casi siempre son judíos, aspiran a abrirse paso hacia el mundo de los blancos, anglosajones y protestantes; una táctica familiar para los creadores (machos) judíos norteamericanos. Podríamos llamarlo el síndrome de Annie Hall. Probablemente Woody Allen lo definió para siempre cuando a su héroe autobiográfico de Annie Hall, sentado a la mesa mientras cena en casa de unos blancos, anglosajones y protestantes, del Medio Oeste, de repente le crecen payes y lleva un sombrero negro.

¡El miedo arquetípico del judío norteamericano! ¡Si comemos trayfé de pronto nos pueden crecer payes!l Puede que el motivo por el que los judíos norteamericanos hayan adoptado el Día de Acción de Gracias como su fiesta especial sea que esperan, reclamando a los Peregrinos como nuestros padres, ¡que también engañaremos al resto de Norteamérica!

Mi antiguo suegro, Howard Fast, es un ejemplo perfecto de esto. Sus libros sobre la Revolución Americana -Mañana de abril, Ciudadano Tom Paine y El mercenario alemán- testifican su nostalgia por la Mayflower Society o las tropas auxiliares masculinas de las Colonial Dames of America. Ha escrito sobre la Roma antigua (Espartaco) y sobre la fiebre del oro en San Francisco (Los inmigrantes), pero la fundación de Norteamérica es lo que le reclama una y otra vez. En el fondo de su corazón, Howard Fast anhela el árbol genealógico de Gore Vidal.

Un judío puede trasladarse desde Egipto a Alemania, a Norteamérica o Israel, aprendiendo nuevos idiomas y cambiando de color de pelo y ojos, pero sin embargo sigue siendo judío. ¿Y qué es un judío? Un judío es una persona que no está a salvo en ninguna parte (esto es, ¡siempre está en peligro de que le crezcan payess en los momentos más inoportunos!). Un judío es una persona que se puede convertir al cristianismo y sin embargo ser asesinada por Hitler porque su madre era judía. Esto explica por qué a los judíos les obsesionan las cuestiones de la identidad. Nuestra supervivencia depende de eso.

También los norteamericanos están obsesionados con la definición de la identidad. En una cultura de amalgama de pueblos, donde los títulos aristocráticos provocan la risa (lo atestigua el conde Drácula, o el conde Chocula, como se les presenta a los niños, un cereal para el desayuno), ponemos a prueba constantemente los límites de nuestra identidad. La observación de Andy Warhol de que en el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos describe el dilema quintaesencial norteamericano. Nos podemos hacer famosos, pero a lo mejor no seguimos siendo famosos. Y una vez que se ha conocido la fama, ¿cómo se puede vivir el resto de nuestra vida? Más en concreto, ¿cómo vamos a ingresar en el Hogar Hebreo para Ancianos?

Muchas vidas de norteamericanos parecen condenadas a la definición de Warhol. ¿Os acordáis de George Bush luchando por seguir siendo presidente frente a la marea de la historia? ¿O de Stephen King aspirando a encabezar tres listas de libros más vendidos a la vez? ¿O de Bill Clinton acondicionando la Casa Blanca para convertirla en su propia red de comunicaciones? Los norteamericanos nunca pueden descansar. Nunca pueden hacerse miembros del Corviglia Club y divertirse esquiando en un pueblo de tarjeta postal. La gracia de su modo de esquiar nunca es suficiente. Siempre deben volver a subir en el telesilla y hacerlo una vez y otra y otra.

Veo que el Corviglia Club se ha convertido en mi símbolo de la aristocrática sprezzatura -una palabra italiana encantadora que significa el arte de hacer que lo difícil parezca fácil-. Puede que elija esa imagen porque evoca un mundo de personas afortunadas que no tienen que hacer nada, sino únicamente ser. Yo anhelo semejante posición social como sólo puede hacerlo un judío norteamericano. Qué agradable debe ser tener entrada a un mundo que nunca puede desaparecer. Qué agradable nacer con una identidad.

Mi anhelo es auténtico, aunque conozco a docenas de personas nacidas con semejante identidad que la usan para hacerse drogadictas o vagabundas. Sé que no es fácil ser noble y rico. Sin embargo, como los personajes de Scott Fitzgerald, algo dentro de mí insiste en que los muy ricos «son distintos a ti y a mí». Fitzgerald probó esa hipótesis en Gatsby, mostrando lo descuidados que son los muy ricos con la vida, el hacer daño a los demás, el amor. Y sin embargo el anhelo permanece en los escritores norteamericanos. Quizá por eso esa novela más bien ligera, hermosamente escrita, se ha convertido en un clásico. Encarna el sueño norteamericano de identidad y clase.

El contrabandista de licores ascendido, Jay Gatsby, sueña con un mundo donde no tenga que trabajar para ser Gatsby. Y ése sigue siendo el sueño primordial norteamericano. Incluso las rifas contribuyen a él, prometiendo casas y yates. Los desarraigados por definición, soñamos con raíces.

Los novelistas norteamericanos son habitualmente buenos ejemplos de esto. Lo primero que hacen después de tener un libro en la lista de los más vendidos es comprar una casa y terreno. Alex Haley compró una granja en el Sur. Gore Vidal se instaló en una villa de Ravello adecuada para un aristócrata italiano. Arthur Miller compró una granja en Connecticut propia de un yanqui de Connecticut. Lo mismo que hizo Philip Roth.

Yo no soy distinta. Después de Miedo a volar, compré una casa en Nueva Inglaterra. Creyendo que cuando los escritores mueren y van al cielo, el cielo era Connecticut, compré un trozo de esa herencia literaria. Para un escritor, acostumbrado a crear mundos con tinta y un trozo de papel en blanco, las raíces y la nobleza son lo mismo. Y uno consigue las dos cosas con palabras.

Las personas desarraigadas muchas veces gravitan en torno a esos terrenos donde reina el esfuerzo, en los que la clase tiene que crearse repetidamente. A lo mejor por eso es por lo que la creatividad florece durante los periodos de grandes agitaciones sociales y muchas veces entre los que anteriormente eran de las clases bajas. A lo mejor eso es lo que atrae a los judíos al mundo de la palabra y la imagen. Si se piensa en la vitalidad de la escritura de los judíos norteamericanos de los años cincuenta y sesenta, en la vitalidad de la escritura de las mujeres en los años setenta, ochenta y noventa, en la vitalidad de la escritura de las afronorteamericanas de los años setenta, ochenta y noventa, se ve que hay una clara relación entre el cambio de posición social y la productividad. Cuando un grupo se vuelve inquieto y se enfada, produce escritores.

Puedo soñar en lo que habría hecho con mi vida si hubiera nacido en una plantación con muchas acciones de las que cobrar intereses, pero probablemente mis ambiciones literarias nunca hubieran surgido. A lo mejor habría escrito unos poemas inescrutables, sólo legibles por los que preparan tesis doctorales. Pero es más probable que la ansiedad y la agresividad necesarias para terminar el libro me habrían sido negadas. Pues escribir no es sólo una cuestión de talento con las palabras, sino de impulso y ambición, de inquietud y rabia. Escribir es difícil. El aplauso nunca se produce al final del párrafo. Y dadas las horas empleadas, el dinero no es en absoluto suficiente. Teniendo en cuenta los esfuerzos y el tiempo empleados, la mayoría de los escritores ganan menos que los higienistas dentales.

Pero no lo hacemos por dinero. Lo hacemos para proporcionarnos una clase social.

Cuando terminé la carrera en la Universidad de Barnard, continué con el doctorado simplemente porque no sabía qué otra cosa hacer. Sabía que quería ser escritora, pero todavía no estaba segura de que tuviera la sitzfleish para sentarme y ponerme a escribir un libro. Mientras esperaba a madurar un poco, estudiaba literatura inglesa. En cierto modo sabía que me sería útil.

Pero el periodo que estudié -el retozón siglo XVIII de los grabados de Hogarth- fue el que vio el nacimiento de Norteamérica, los derechos de la mujer, y la novela. La novela empezó como una forma de las clases más bajas, adecuada únicamente para que la leyeran las criadas, y es la única forma literaria en la que las mujeres destacaron por sí mismas tan pronto y con tal excelencia que ni siquiera la misoginia rampante de la historia de la literatura las puede eliminar. ¿Os preguntasteis alguna vez por las mujeres y la novela? Las mujeres, lo mismo que todos los de clase inferior, dependen para sobrevivir de la propia definición. La novela permite eso, y las páginas todavía se pueden esconder bajo el bastidor para bordar.

Desde la mente del escritor hasta el lector sólo existe la intervención de la imprenta. Una se puede quedar en casa y sin embargo mandar su libro a Londres, la situación perfecta para las mujeres.

En un mundo donde las mujeres son todavía el segundo sexo, muchas todavía sueñan con hacerse escritoras para así poder trabajar en casa, cumplir con sus obligaciones, cuidar a su niño recién nacido. La escritura todavía parece que se adapta a los intersticios de la vida de una mujer. Por medio de las palabras, tenemos esperanzas de cambiar nuestra clase. Puede que la pluma no siempre sea equiparable con el pene. En un mundo de ordenadores, nuestros hábiles dedos todavía nos pueden proporcionar un mundo. Uno de estos días tendremos clase. Y por eso escribimos tan febrilmente como sólo hacen los desposeídos. Escribimos para entrar en nosotras mismas, para construir nuestras casas y plantar nuestros jardines, para darnos nombres e historias, inventándonos según lo hacemos.

Cómo llegué a ser del segundo sexo

¿Qué es lo que hace posible que las mujeres alcancen su objetivo en un mundo donde todavía somos el segundo sexo? Tillie Olsen, esa poeta épica de los silencios femeninos, dice que somos afortunadas si nacemos en familias sin hijos varones. Pero mis hermanas afirman que nunca sintieron la libertad ambivalente para alcanzar su objetivo que sentí yo. Y mi madre, también segunda hermana, tuvo claramente más conflictos que yo.

¿Qué es lo diferente en mi vida? Probablemente sea ésa una de las razones por las que estoy escribiendo este libro. Me refiero a entender las cosas que me impulsaron y las cosas que me contuvieron. ¿Qué hace mi vida diferente a la de mi madre? ¿Y qué la hace parecida?

No recuerdo ninguna época en la que no admitiera que yo haría algo en la vida. No sabía qué. Escribir, pintar, dedicarme a la medicina, todo eso cautivó mi imaginación durante un tiempo. Suponía que sería algo divertido, que ganaría el dinero suficiente, que habría un sitio para mí en el mundo, y solía soltar discursos de aceptación del Premio Nobel ante el espejo a la edad de ocho o nueve años. No sabía el precio que habría que pagar, ni me importaba. La cuestión principal era: suponía que me iban a salir bien las cosas. ¡Había sobrevivido a todo un jardín de infancia lleno de niños cagones! Semejante pretenciosidad probablemente sea el preludio del éxito, y mientras a las chicas se las desanime diariamente para que no tengan pretensiones, tendrán problemas para conseguir lo que se proponen. En mi casa nadie me desanimó, aunque los modelos de mujeres que veía no eran tan libres como los de los hombres (esto es, mi madre con su caballete plegable). En cierto modo siempre supe que habría otras mujeres que me envidiarían u odiarían por esa libertad.

– Todo el mundo piensa que eres encantadora porque eres rubia -solía decir mi hermana Nana-. Pero yo sé lo bruja que eres.

En los años cincuenta, la dicotomía entre rubia y morena era un profundo abismo. Se trataba de Debbie Reynolds contra Elizabeth Taylor. Y la sirena sensual de pelo oscuro siempre estaba condenada a ser una mala chica. Se suponía que la rubia era buena como el oro. Yo no sabía entonces que la oposición entre hermanas de pelo oscuro y claro tenía una vieja tradición literaria. Pero ¡cómo se mantienen esas antiguas categorías! Mi hermana mayor me odiaba por ser rubia y por confiar en mí misma. Una chico-chica disfrazada de Debbie Reynolds, sin sentir ninguna limitación porque tanto mi padre como mi madre estaban en mi interior y me querían, irrumpí en el mundo y quedé asombrada al descubrir que las chicas eran menos iguales en él.

Me di cuenta de ello en la adolescencia. Todavía recuerdo la vez, cuando iba al instituto, en que un chico me preguntó si pensaba ser secretaria y yo contesté:

– ¡Secretaria! Voy a ser médico y además una escritora famosa… ¡comoChéjov!

Se lo demostré (no recuerdo ni siquiera su nombre), ¡negándome a aprender a escribir a máquina! Hasta hoy escribo mis libros a mano, como si fuera punto de cruz o un bordado. Bueno, tengo media docena de ordenadores, pero nunca he aprendido a utilizar ninguno de ellos. Se. vuelven anticuados antes de que aprenda a usarlos. Coqueteo durante un tiempo con ese universo alternativo y luego vuelvo a mi pluma, un símbolo fálico, claro. No me disculpo por tener envidia de pene. ¿Qué mujer ambiciosa no tendría envidia de pene en un mundo donde ese poco fiable cetro confiere autoridad?

A veces me pregunto por qué me llevó tanto darme cuenta de que estaba admitido que yo era del segundo sexo. ¿Qué me aisló cuando mis hermanas no estuvieron aisladas del mismo modo? Siempre me sentí la heredera. Pero ¿heredera de qué? ¿Heredera de las ambiciones en el mundo del espectáculo de mi padre o del arte de mi madre? ¿Heredera del caballete de mi abuelo y del decidido feminismo de mi madre? Haz lo que digo, no lo que hago, me transmitía en cierto modo. Y: a mí me estafaron, pero tú lo puedes conseguir.

De hecho, recuerdo que decía:

– Si consigues fama, conseguirás hombres guapos.

– Yo nunca dije eso -protesta mi madre.

Pero lo dijo.

O por lo menos yo lo oí. (No tuve conciencia de las complicaciones de ese imperativo hasta mucho más tarde.)

Nada de hijos varones. Una familia sin hijos varones. En una familia de sólo hijas, una de las hijas puede convertirse en el hijo. ¿Es ése el pacto con el diablo que hacemos? Lo único que sé es que en cierto modo me convertí en la portadora de la mayoría de las ambiciones de mis padres y de mis abuelos. Y qué carga más pesada era. En cierto modo, yo tenía que ser a la vez pintora, artista de variedades, y ganar mucho dinero. Yo quería ser ese absurdo: un poeta que vendía muchos libros. Quería ser una artista millonaria. Mis ambiciones eran tan imposibles que consideraba un fracaso cualquiera de las cosas que conseguía. Y todavía lo considero.

Pero ¿dónde capté el mensaje de que yo era del segundo sexo? En el colegio. Aprendemos en casa y aprendemos en el colegio. Y de las dos formas de aprendizaje, quizá el colegio sea la más perjudicial. En el colegio buscamos la autoridad del mundo. Buscamos que el colegio nos diga si lo que aprendimos en casa era correcto o equivocado. Y el colegio, muchas veces, demasiadas, refuerza los peores prejuicios de nuestra cultura: una estúpida tendencia a clasificarnos como si la inteligencia fuera cuantificable, una tendencia a hacer estereotipos de los sexos, a ver masculino y femenino como cosas aparte, opuestas, en lugar de ver que son cualidades que poseemos todos; una tendencia a enseñarnos maquinalmente y por medio de exclusiones, en vez de libremente y por medio de expansiones.

Cuando iba al instituto, ya me consideraba feminista y llevaba un ejemplar de El segundo sexo como prueba de ello. No recuerdo si lo leí. No lo necesitaba. Sabía que las mujeres tenían que tragarse un montón de mierda. Sabía que los chicos eran arrogantes y que las mujeres aprendían a aplacarles para sobrevivir. No negaba que hubiera un problema. Sólo ponía en cuestión el modo de resolverlo.

Aunque leía y escribía todo el tiempo, y aunque leer y escribir eran las cosas que más me gustaban, a la mayoría de la gente le decía que iba a ser médico. No sólo se trataba de que me atrajera curar a la gente -todavía me atrae-, sino de que simplemente estaba buscando una profesión en la que a las mujeres no las pisen. Desde mi ventajoso punto de vista de adolescente, la medicina parecía lo adecuado.

Este capítulo no trata de si las mujeres son o no iguales en el mundo de la medicina. Es un capítulo sobre el aprendizaje de que no son iguales, y la mayor parte de ese aprendizaje tiene lugar en la adolescencia.

Los chicos te tiran del cierre posterior del sostén. Una vive aterrorizada de que traspase el támpax. De pronto tu cuerpo se convierte en un estorbo, una fuente de ridículo. Y no se trata únicamente de las molestias que representan todos los cuerpos, sino de la vulnerabilidad concreta del cuerpo de una mujer que puede ponerse a sangrar de modo inesperado y que te señala como una víctima potencial.

Por supuesto que esto no evita que las mujeres todavía sean violadas en todas partes, que a una de cada tres mujeres la maltrate el hombre con el que vive y llama marido o amante. Incluso si el mundo fuera un lugar seguro, la adolescencia significaría vulnerabilidad para las chicas. De repente te conviertes en una presa sexual y de repente te das cuenta de ello. De repente las largas y soleadas tardes en la playa leyendo los relatos de misterio de Nancy Drew se terminan. Entras en un mundo nuevo, un mundo lleno de amenazas.

Cuando yo ingresé en la High School of Music amp; Art, mi familia vivía en la esquina de la calle 81 con Central Park West. Todas las mañanas, a las ocho, tenía que hundirme en el ruidoso metro y trasladarme hasta la esquina de la calle 135 con Covent Avenue. Por lo general el vagón estaba desierto, todo el tráfico iba en sentido opuesto.

Muchas veces veía exhibicionistas en el metro: viejos con la bragueta abierta y enseñando la polla muy orgullosos de sí mismos y susurrándome que me acercara, que me acercara. Unas veces yo miraba. Otras veces me daba miedo mirar. Y otras me largaba al siguiente vagón, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

– Oh, los exhibicionistas nunca hacen nada. Tienen miedo hasta de su propia sombra -solía decirme mi madre. Lo que era tan consolador como si me dijera que cuando muramos nos meterán bajo tierra y nos convertiremos en tomates. Hasta para una niña con una infancia bastante protegida, resultaba aterrador. En casa no me molestaba nadie, pero para cuando tenía trece años, nadie me podía proteger. La masculinidad estaba allí afuera, una fuerza anárquica, desenfrenada. Las mujeres no se exhiben en el metro. Aprendí que en las mujeres se podía confiar y en los hombres no.

Ahora, cuando mando a mi hija al colegio en un Nueva York que se ha vuelto veinte veces más violento que cuando yo era niña, la mando en un autobús privado. Si la violara alguien, mataría y esperaría que me absolvieran por ello. Aunque mide uno setenta y dos y me saca la cabeza, es una niña vulnerable en el fondo. Todavía la arropo en la cama junto a un osito de felpa. La mando al colegio con inquietud.

– Te rodea un escudo de luz blanca -digo, como una vez dije-: Que la Divinidad te proteja -al lado de la cuna. Me vuelvo hacia la brujería y a la diosa madre en momentos como ésos porque quiero invocar las fuerzas primarias del universo. Necesito a Kali y a Isis, a Inanna y a la Virgen María para que protejan a mi hija.

Una sociedad que no puede proteger a sus chicas jóvenes es una sociedad condenada. La agresión masculina ha existido durante toda la historia, pero siempre se ha canalizado y ritualizado en torneos y búsquedas, se ha contenido. Ahora no. ¿Por qué nos preocupamos tan poco por nuestras hijas?

La respuesta de mi madre a lo de los exhibicionistas era una respuesta de colaboracionista, sea lo que sea lo que ella haya creído. El mundo masculino enseña a las mujeres lo que deben creer de los hombres. Y de las mujeres. Les enseña que éstas no tienen valor. Les enseña su situación social de seres de segunda clase. Pasa por alto el peligro de la violación.

En los años cincuenta y sesenta, cuando yo iba al instituto y a la universidad, todavía no habíamos denunciado públicamente el problema. El feminismo estaba en reposo. El problema, como dijo Betty Friedan, no tenía nombre. El feminismo de la época de Virginia Woolf, de la época de Emma Goldman, de la época de Mary Wollstonecraft, de la época de Aphra Behn, había sido enterrado. En una cultura patriarcal, al feminismo se lo en tierra sin parar. Siempre tiene que redescubrirse como por primera vez.

Incluso en Barnard, una universidad femenina, fundada por feministas e impregnada de la excelencia de las mujeres, no estudiábamos a las mujeres que eran poetas o novelistas. El ambiente estaba lleno de estímulos para las chicas, pero sentíamos como si hubiéramos nacido, lo mismo que Venus, de la espuma. Había modelos de comportamiento masculinos. (¿Cómo podíamos saber que se había eliminado deliberadamente a quienes nos debían servir de modelos?) George Sand y Colette no se editaban. No se enseñaba a las mujeres poetas. Las poetas que descubrí en mis propios días en el instituto, Edna St Vincent Millay y Dorothy Parker, se dejaban a un lado. Estudiábamos para convertirnos en hombres de segunda clase. Estudiábamos a poetas muy orgullosos de su pene -Eliot, Pound, Yeats-, y tratábamos de escribir como ellos. Y lo hacíamos. Nuestros profesores nos adoraban, claro, y nuestras mentes eran rápidas, pero el contexto en el que crecimos era ciegamente sexista. ¿Cómo íbamos a valorar el efecto entontecedor que podía tener sobre nuestras imaginaciones? Tuvimos que liberarnos a nosotras mismas para empezar.

Pero el sexismo no era abierto. Sólo en el último curso, cuando me entrevistaron para una beca Woodrow Wilson, me preguntaron (lo juro):

– ¿Por qué una chica guapa como tú quiere perder el tiempo en una polvorienta biblioteca?

Con bastante sorpresa, me di cuenta de que el mundo entero no era una universidad para mujeres. La sorpresa se hizo más intensa en los cursos de doctorado de la Universidad de Columbia, donde me encontré con el gélido machismo sexista de la academia. Como el abuelo de mi madre, Lionel Trilling -que entonces era el Dios de Columbia- no prestaba atención a las chicas. Miraba a tu derecha, miraba a tu izquierda, una no tenía existencia: carecía de polla.

Me gustaría poder decir que todo eso ha cambiado en treinta años. Pero el número de mujeres que se han doctorado todavía es patéticamente bajo. El motivo sólo puede ser la discriminación: leemos y escribimos mejor a los diez años, pero al comienzo de la adolescencia nos ponen miles de obstáculos en el camino. Nuestras vidas se convierten en (como lo llamó Germaine Greer en su libro sobre las mujeres pintoras) La carrera de obstáculos.

Desde el punto de vista privilegiado de la edad de cincuenta años, el ciclo discriminatorio queda completamente en claro. Esa es la diferencia entre una mujer de cincuenta años y una de veinte. A los veinte años creemos que podemos imponernos al sistema. A los cincuenta sabemos que tenemos motivos para la desesperación. Nos volvemos, como dice Gloria Steinem, más radicales con la edad.

De repente nos damos cuenta de que durante toda nuestra vida nos han preparado para apaciguar y halagar a los hombres, no para enfrentarnos a ellos. En una reunión de la Asociación de Escritores, en una fiesta, en una reunión de negocios, yo sonrío y coqueteo y halago a los demás y parezco encantadora. Puede que quiera decirles la verdad a los hombres que me rodean, pero sé que no la puedo decir. Mi sola presencia siempre ofende a algunos. La sexualidad de lo que escribo, mi incapacidad para rebajarme, mi determinación al enfrentamiento, por lo menos aquí, son cosas que ofenden automáticamente. Van a contrapelo. Sólo hay un hombre al que le cuento toda la verdad -el hombre con el que vivo-, y hasta a veces hay roces y choques, probablemente más de los que yo me doy cuenta.

La verdad es que no les echo la culpa a los hombres individualmente de este sistema. La mayoría lo siguen sin darse cuenta. Y las mujeres lo siguen también sin darse cuenta. Pero cada vez me pregunto más cómo se podrá cambiar. Echo una ojeada alrededor y veo dos bandos armados: el de las mujeres que creen que los hombres y el sexo son el enemigo colectivo, y el de las mujeres que no quieren desafiar la existencia del sexismo, que están contentas por colaborar, mientras consigan sus migajas de poder. Y luego están todos los hombres que se benefician por ser el primer sexo y ni siquiera lo saben. También se sienten vulnerables y perdidos. Se preguntan por qué son tan duras las mujeres con ellos; conque van y follan con una mujer a la que doblan en edad.

Creo que el mundo está tan lleno de hombres que están sinceramente perplejos y se sienten dolidos por la ira de las mujeres, como de mujeres que están perplejas ante el sexismo, que sólo quieren que las quieran y las cuiden, que no consiguen entender por qué esos deseos tan sencillos de repente se tienen que volver tan duros de conseguir. ¿Cómo podemos echarles la culpa a los hombres con los que vivimos de un mundo que ellos no hicieron? No podemos, y sin embargo, a veces, con la mejor buena voluntad del mundo, lo hacemos. El problema del sexismo es tan complicado que estamos frustradas. Estamos hartas de hablar del problema, de escribir sobre el problema, de contaminar nuestras relaciones con el problema. No lo podemos resolver.

El problema del sexismo es enorme para todas las mujeres, pero para las mujeres judías quizá sea peor. El sexismo puede que lo practiquen con más intensidad los intelectuales judíos, que padecen crónicamente el síndrome de Annie Hall. Desde comienzos de este siglo y durante todos los años treinta, la mujer judía estaba asociada con el radicalismo, la reforma, el intelecto, el idealismo. Emma Goldman, la escritora de extrema izquierda, Emma Lazarus, la poeta, Annie Nathan Meyer, una de las fundadoras del Barnard College, Rose Schneiderman, la sindicalista (que popularizó la frase «queremos pan y también rosas» y fue una de las fundadoras del Sindicato Internacional de Fabricantes de ropa para mujeres), eran mucho más representativas de la imagen de la mujer judía que Mrs. Portnoy o Marjorie Morningstar. Cuanto más se integraron los judíos en Estados Unidos, peor trataron los escritores judíos varones a sus madres (por escrito, al menos). Para Henry Roth, en Llámalo sueño (1934), la madre era una heroína superviviente y llena de fuerza. Para Philip Roth, en El lamento de Portnoy (1969), era una harpía castrante con poderes de bruja.

Con las películas de Woody Allen, el estatuto de la mujer judía se deterioró todavía más. De hecho, los creadores judíos varones demuestran la teoría de que los miembros de un grupo minoritario tienden a descargar su agresividad entre ellos más que contra sus opresores. Odian a las mujeres judías tanto como se odian a sí mismos. Más, de hecho. Proyectan todo el asco que sienten contra sí mismos sobre las mujeres judías. El problema es que recordamos de ellos a sus madres tan fuertes. Y ellos preferirían tener a Diane Keaton, o a Mia Farrow, o a Soon-Yi, antes que a nadie que se parezca a su madre. Nuestra fuerza es demasiado cercana, demasiado amenazante, recuerda demasiado a esa mini castración primitiva, cuando la madre judía se mantuvo insensible mientras los hombres judíos cortaban el trocito de cosita de aquella cosita de aquel futuro hombre con polla.

Eso, claro, es lo que los hombres judíos nunca nos perdonarán. Siempre nos lo echarán en cara. Nos echan encima los pecados de los padres. De modo que si nos atrevemos a tomar la pluma, se desquitan cortándonos las manos, un símbolo fálico, por supuesto.

Así, la mujer que es judía y escritora está doblemente marginada, dos veces discriminada. Está discriminada tanto por mujer como por judía. Está discriminada con respecto a los gentiles -que la ven turbulenta, gorda, exigente- y a los judíos -que la ven feroz, la encarnación de la madre diosa sacrificial-. Está discriminada primero por ser mujer, luego por ser una mujer mayor, luego por ser una mujer judía mayor. Esta marginación es, claro, dolorosa, pero en cierto sentido también es una bendición.

Las miembros del club muchas veces tienen miedo a escribir sobre sí mismas. Tienen demasiado que perder. Nosotras, las mujeres escritoras judías mayores, por otra parte, no tenemos nada que perder. Ya estamos en el fondo del pozo. Como se piensa que sólo podemos recaudar fondos y ascender socialmente, ya estamos relegadas al cuidado de los parientes mayores, a asistir a nuestros hombres durante sus crisis de madurez, y a esperar ansiosas los resultados de los exámenes de admisión a la universidad de nuestros adolescentes. No tenemos sitio. No tenemos categoría social. Por alguna extraña razón, en Norteamérica a los judíos ni siquiera se los considera víctimas de la discriminación. De modo que mí generación de mujeres judías ha tenido la dudosa distinción de estar discriminada por los hombres judíos (profesores, jefes, amantes) cuando éramos jóvenes, sólo para ser discriminadas en la edad madura por ser «blancas».

Cuando se publicó mi último libro, una crítico de edad madura me llamó escritora de edad madura. No se cortó y me llamó «escritora judía de edad madura», aunque también ella lo era. Pensé mucho en el uso del calificativo «edad madura» y en por qué me molestaba tanto. Después de eso, hubo toda una temporada en la que se publicaron muchísimos libros sobre lo estupendo que era la edad madura; me pregunté qué se suponía que había de malo en ser «de edad madura». Para mi generación de escritoras, «la edad madura» debe ser un término honroso.

¿Quiénes, a fin de cuentas, fueron nuestros modelos? Sylvia Plath, Anne Sexton, Virginia Woolf, todas las cuales se suicidaron antes o durante la edad madura. ¿Quiénes fueron nuestras heroínas literarias? Charlotte Bronté, que murió durante un embarazo, Mary Wollstonecraft, que murió al dar a luz, Simone de Beauvoir y Emily Dickinson, que renunciaron a tener hijos. Sólo Colette y George Sand, entre ellas, tuvieron amor y arte. Sólo Colette escribió sobre el hacerse vieja con amor. Pero era francesa. A las mujeres francesas se les permite ser viejas. Incluso se les permite tener amantes jóvenes. Y escribir sobre ellos. (Con todo, a Colette no la admitieron en la Académie Francaise.)

Pero la mayor parte de nuestras mentoras literarias nunca llegaron a la edad madura. Deberíamos estar orgullosas, no avergonzadas, por haber llegado a ella. Sin embargo, el estereotipo sexista es tan profundo que incluso una crítica de edad madura llama «de edad madura» a otra mujer, y espera haber dado un palo… ¿a qué? ¿Al feminismo? No, a la colaboración entre mujeres. Pues la mujer que hace crítica de libros conoce el sufrimiento. Pero para conservar el empleo, se espera que ataque a las otras mujeres, en especial a las otras mujeres arrogantes y famosas. Así la cultura nos convierte en capos de nosotras mismas.

Aquellas de nosotras que protestan contra la colaboración serán castigadas de diversos modos: no tendrán buenas críticas, no recibirán ayudas ni premios prestigiosos, ni serán elegidas académicas. Las reglas son a la vez sutiles y llamativas. Si las mujeres que se dedican al periodismo todavía se llaman entre ellas «de edad madura», ¿cómo nos atrevemos a culpar a los hombres de la falta de un mayor progreso del feminismo?

El rebajamiento de las mujeres por parte de las mujeres se enseña en todas partes: la universidad, el trabajo, el periodismo. Las mujeres no nacen sabiendo destrozar a otras mujeres, se les enseña cuidadosamente. Se les enseña que sólo hay sitio para una representante simbólica, para una preferida del profesor, una capo cuyo trabajo será demostrar la inexistencia de la discriminación. La mujer tiene que luchar contra fuerzas superiores. Y ella es la prueba de que alguien lo puede hacer.

Dada mi historia, yo debería haberme convertido en una capo. Fuera a donde fuese, yo era la mujer que destacaba: premios universitarios, becas, notas a pie de página adecuadas, trabajos de investigación, hábil para agradar a los profesores varones mayores. En resumen, era hábil en lo de ser la hija buena. Había sido mi papel en casa. Mí hermana mayor era la rebelde, mi hermana menor la niña protegida. Mi abuelo y mi padre me adoraban, y salí al mundo con mi largo pelo rubio y mi minifalda, esperando encontrarme con mi abuelo y con mi padre en todas partes.

Y, claro, me los encontré. Pero en cierto modo yo sabía que todo lo que usaba para seducir y ser la que destacaba era mentira, una traición a mi madre y a mi abuela. Pensaba en mi talentosa madre -la esposa loca del desván- y su talentosa hermana -la lesbiana loca-. Una salió con hombres y la otra salió con mujeres, y sin embargo las dos fueron igualmente discriminadas porque eran mujeres. Y yo llevaba a estas dos mujeres en el corazón. El mundo no podía oír sus gritos, pero yo podía oírlas. De modo que cuando me ofrecieron desempeñar el papel de mujer que destacaba, me negué. Estudié para convertirme en la voz de la loca del desván. Sabía que su destino podría haber sido fácilmente el mío.

En Barnard me enamoré de Blake, de Byron, de Keats, de Shakespeare, de Chaucer, de Pope, de Boswell, de Fielding, de Twain, de Yeats, de Roethke, de Auden. Me encantaba estar en un sitio donde se valoraban las palabras, donde importaba la poesía, y empecé a dar forma y revisar mis propios poemas. Tuve un profesor de poesía -él mismo poeta- que reconoció que yo era una persona dotada para las palabras, no una persona dotada para la medicina, y me rescató de la facultad de Medicina y la aterradora disección del feto de cerdo.

Me sentí agradecida por sus consejos y seguí sus indicaciones de que aprendiera a escribir sonetos y sextinas antes de probar con el verso «libre». Por lo menos, eso me supuso un aprendizaje del arte de la poesía. Por lo menos, alguien se molestaba en enseñármelo. Siempre le estaré agradecida a Bob Pack por proporcionar rigor al estudio de la poesía.

– Aprende a escribir un soneto al modo de Shakespeare -dijo Bob (entonces yo le llamaba Mr. Pack)-, y después de eso puedes volar.

Recuerdo haberme partido la cabeza encima del diccionario de poesía de mi padre (de sus días de compositor de letras de canciones), aprendiendo lo difícil que es rimar en inglés, y recuerdo que le llevaba mis esfuerzos a Bob toda temblorosa. Mi primer poema que según él era un éxito fue éste, escrito acerca del envío a mi novio de un mechón de mi pelo:

Al mandarte un mechón de mi pelo

Hay una casa blanca de madera cerca de HampsteadHeath y en su jardín todavía canta el ruiseñor. Aunque haya muerto Keats, el pájaro que canta la muerte regresa con melodías, volando con alas tranquilas.

Un mechón de pelo que el amor de la poeta recibió permanece en la habitación donde primero se cortó; una reliquia, su historia semicreída, sus mechones ya descoloridos y su cinta arrugada.

En suelos brillantes, por cuadrados del sol del verano notó acercarse sus pasos, como si el elfo

– elfo engañoso, la llamó- no hubiera hecho una travesura consigo misma para divertirse.

Le vi agarrar aquel mechón de pelo y, aunque no me lo ofreció, me sentí privilegiada, allí quieta, y consideré su gesto mi herencia.

El poema me dice cómo era yo a los diecisiete años; una chica enamorada de los gestos poéticos que trataba de relacionar su vida con la vida de los poetas románticos ingleses blancos muertos, y que todavía no había empezado a enfrentarse a las cuestiones que plantea Virginia Woolf en Un cuarto propio:

Es inútil recurrir a los grandes escritores hombres en busca de ayuda, por mucho que una pueda recurir a ellos en busca de placer. Lamb, Browne, Thackeray, Newman, Sterne, Dickens, De Quincey -quienquiera que sea- todavía no han ayudado nunca a una mujer, aunque ésta pueda haber aprendido unos cuantos trucos de ellos y los haya adaptado para su propio uso. El peso, el andar, el discurrir de la mente del hombre son demasiado desemejantes a los suyos para que ella pueda obtener algo substancial de ellos que le sirva. El mono de imitación está demasiado distante para que se pueda copiar. Puede que lo primero que debería descubrir la mujer, al disponerse a llevar la pluma al papel, sea que no hay una frase corriente lista para que la emplee.

En la universidad, yo no encontré que esto fuera así. Puede que estuviera demasiado retrasada en mi búsqueda de la identidad. Imitaba a Shakespeare, Keats y Byron, escribí una novela corta en el estilo de Fielding (mi preparación para la escritura de Fanny Hackabout-Jones), y sentí un agradecimiento extraordinario por ser educada en un claustro donde, durante cuatro benditos años, me podía dedicar a las exploraciones verbales. El asunto del feminismo no se trataba en los años que van de 1959 a 1963. Virginia Woolf, Emma Goldman, Gertrude Stein, Simone de Beauvoir, Colette, Muriel Rukeyser, Edna St Vincent Millay, Dorothy Parker, HD, Antonia White, Jean Rhys, Doris Lessing, Rebecca West, no se enseñaban en Barnard en mi época; ¿cómo íbamos a poder enterarnos de que había una tradición femenina? ¿Cómo se iba a enterar una de que no había nacido de la espuma de las olas? Virginia Woolf acierta:

En efecto, dado que la libertad y la plenitud de expresión son la esencia del arte, esa falta de tradición, esa escasez e insuficiencia de herramientas, deben haber influido enormemente sobre la escritura de las mujeres. Y además, un libro no se hace con frases colocadas una al lado de otra, sino con frases construidas, si la imagen sirve, en forma de arcadas y cúpulas. Y esa forma también la deben conseguirlos hombres a partir de sus propias necesidades y para su propio uso. No hay motivo para pensar que la forma épica o la lírica le convienen más a una mujer de lo que le conviene la forma de la frase. Pero todas las formas más antiguas de la literatura estaban endurecidas y rígidas en el momento en que se convirtió en escritora. Sólo la novela era lo bastante joven para ser dúctil en sus manos; otro motivo, quizá, de que escribiera novelas.

La falta de una tradición de mujer (o, de hecho, la ignorancia deliberada de una tradición que, a pesar de todo, existía) no se trataba en Barnard cuando yo estaba tan felizmente inmersa en el aprendizaje de la tradición masculina, sacando sobresalientes y ganando premios de poesía, considerándome afortunada por ser la preferida de los profesores varones. La falta de interés por el feminismo parece inocencia, al volver la vista atrás. Entonces no me sentía estafada. Más bien sentía que allí había todo un mundo de riquezas que saquear, y que yo era una elegida por habérseme dado esa oportunidad. Mi profesor de poesía era joven, guapo, coqueteaba demasiado para permanecer mucho tiempo en aquel mundo de solteronas de Barnard (en especial, después de que se casó con una de sus alumnas), y sin duda era un cerdo sexista. Pero me cambió la vida, encaminándome hacia las palabras para siempre. Coqueteaba locamente conmigo, pero no folló conmigo. Las tiernas fantasías que me provocaba seguramente alimentaron mis versos. (En estos tiempos se habla mucho de suprimir la sexualidad de la academia, pero el fuego del aprendizaje inevitablemente tiene algo de sexual. Esto no significa que se debería utilizar como un elemento de fuerza contra las chicas adolescentes, o que se debería expresar literariamente. Pero la sexualidad debe estar ahí como un fuego mítico, por mucho que no tenga su realización carnal. ¿O es una llama demasiado sutil para que la cuiden los hombres mortales? ¿No podemos contener nuestra sexualidad sino sublimándola en poemas?)

Otro profesor al que yo adoraba era Jim Clifford, el johnsoniano, compilador de la documentación de Boswell, que tenía el don -raro en la academia- de enseñar literatura como si fuera parte de la vida. Un tipo del Medio Oeste, alto, que empezó de cantante de ópera, tenía un instinto feminista que nos incitaba a leer a Fanny Burney, Mary Astell y Lady Mary Wortley Montagu, y a pensar en lo dura que era la situación de las mujeres en el siglo XVIII: su falta de independencia financiera, el que no votaran, el que no hubiera control de natalidad. Era creencia suya que no se podía entender a las personas, ni cómo pensaban, a menos que se entendieran las instalaciones de fontanería que tenían (o la falta de ellas) y los medicamentos que usaban. Seguramente esto sea cierto para las mujeres por encima de todo. ¿Cómo podemos apreciar su arte si no entendemos qué ropa interior llevaban -ballenas de los corsés, miriñaques-, sus métodos de control de la natalidad o su ausencia, cómo se protegían durante la menstruación, cómo se lavaban y cómo eran sus retretes? La mujer extraordinaria depende de la mujer corriente, escribió Virginia Woolf. Al insistir en lo físico de la vida en Londres durante el siglo XVIII, Jim Clifford nos hacía pensar en la situación de la mujer en aquella época. Fue una gran suerte.

Inspirada por las enseñanzas de Jim Clifford, escribí una epopeya burlesca al estilo de Alexander Pope y luego una novela breve al estilo de Henry Fielding. Aprendí más sobre el siglo XVIII habitando sus retóricos pareados y sus frases latinizantes de lo que nunca aprendí de los libros sobre libros sobre libros que más tarde me exigieron que leyera en los cursos de doctorado. Pues el tono de cada época persiste en sus cadencias verbales. Al habitar su estilo, se habita la época, casi como si una se estuviera probando las enaguas y miriñaques del siglo XVIII.

Maristella de Panizza Lorch -una italiana menuda, madre de tres hijos, que tuvo a la última chica, Donatella (ahora periodista del New York Times), mientras yo era alumna suya de italiano- fue la tercera de este trío de profesores de Barnard, y sin duda la más importante. Helenista y latinista y especialista en literatura italiana del Renacimiento, Maristella se convertiría en modelo mío de toda la vida, y amiga. Me cambió la vida sólo con ser ella misma: erudita apasionada que simultáneamente era una madre apasionada.

En aquellos tiempos la mayoría de las mujeres que eran profesoras en Barnard seguían otra tradición de la excelencia femenina. No estaban casadas (en cualquier caso, a nuestros ojos) y tenían voces graves y el pelo muy corto. Claro que había sexualidad en sus vidas, pero sus alumnas eran las últimas en saberlo. Llevaban ropa hombruna -como Miss Birch o Miss Wathen- o bien togas griegas y sandalias bajas de piel. Me parecían tan lejanas como la luna.

Pero Maristella era alguien en quien yo me podría convertir. Recitando a Dante y atendiendo a Donatella, su misma existencia en Barnard suponía aires de libertad.

Volviendo la vista atrás, parece patético que yo estuviera tan agradecida por tener una profesora como Maristella. ¡Debería haber habido docenas! Pero lo cierto es que las eruditas que fueran además madres eran muy pocas. Me gusta mucho saber que mi hija irá a la universidad en una época en que hay muchas. Tantas que casi es irrelevante.

La adolescencia es una época turbulenta. Súbitamente vulnerables, súbitamente sexuales, volvemos la vista al mundo para que nos diga qué demonios hacer con nuestros cuerpos y mentes, y el mundo parece decir: tienes que elegirlo tú.

La pasión actual por la corrección política no ha hecho que sea mejor. Lejos de contar con más opciones, las mujeres todavía reciben dictados de ortodoxia. Determinadas mujeres escritoras son kosher -Gertrude Stein, Virginia Woolf, Adrienne Rich, Toni Morrison- y otras no lo son. Como si se tratara de arreglar siglos de desatención, algunas escritoras de color y escritoras lesbianas están siendo alabadas tanto si son buenas como si no. Esto difícilmente crea diversidad y orgullo en la herencia femenina. A largo plazo, nadie se sentirá inspirado si se celebra a una mala escritora debido a su orientación sexual y al color de su piel. Pero en la universidad ya no se aplica lo de buena y mala. «Grande» es una palabra prohibida. Al discutir obras literarias sólo son aceptables los relativismos sociales y políticos. Nuestro equivocado populismo norteamericano por fin ha tenido la temeridad de socavar la «gran literatura» afirmando que el propio término es un concepto intolerante. Espero que eso cambie. El feminismo no puede ser una excusa para la ignorancia. La limpieza étnica del curriculum para librarse de los «varones blancos muertos» es un movimiento puramente dispersador que no ha lugar en la lucha contra el sexismo y el racismo. El objetivo válido de crear un curriculum más variado fracasará si se termina privando a las mujeres, a las personas de color y a los pobres, de los goces de lo que se solía llamar «una educación clásica». Sí, en Barnard estábamos «oprimidas», pero por lo menos nos enseñaron la tradición de modo que la pudiéramos parodiar. Y participar de ella. Eso tiene que ser mejor que abandonarla por completo.

En Barnard me volví a inventar a mí misma y me convertí en el estereotipo de la estudiante a la última moda, puede que como rebeldía contra la imagen desastrada de la época del instituto o puede que como rebeldía contra mi época de leotardos negros de la Music amp; Art. Llevaba tacones de diez centímetros que resonaban en los caminos de ladrillo de Columbia (y donde muchas veces se quedaban sin tapa), faldas rectas y estrechas, conjuntos de cachemir con perlas. Cambiaba de esmalte de uñas diariamente. Nunca salía sin estar perfectamente maquillada (ni sin un par de medias nuevas y un frasco de Chanel N.°5 en el bolso).

¿Se suponía que las chicas de Barnard eran empollonas y se arreglaban poco? Yo les enseñaría. Sería una empollona en secreto que parecía la portada de la revista Seventeen.

Conocí a mi novio el primer mes, planeando deliberadamente perder la virginidad tres meses más tarde, y me libré encantada de ella. Michael y yo «nos fuimos fieles» durante cuatro años. Lo encontré adecuado. La monogamia me mantenía pura para el trabajo, la monogamia con alguien que me pasara a máquina los poemas.

Michael era bajo, tenía unos resplandecientes ojos pardos, pelo castaño muy corto, y un gran talento para las palabras. Toda mi vida me han atraído las mismas cualidades en los hombres: decisión, que me hicieran caso, brillantez verbal y virtuosismo musical. También que les gustaran los libros. Michael recitaba a Shakespeare de memoria, y sabía más de literatura clásica, historia medieval y poesía moderna que ninguno de los chicos que había conocido. Era divertido, era listo, estaba lleno de una energía sin domar. Tenía el toque de poeta que siempre he encontrado irresistible.

«Un gran ingenio está cerca de aliarse con la locura / Y tabiques finos hacen que sus fronteras se establezcan» -escribió Dryden. Es la historia de mi vida, o por lo menos de mi vida amorosa.

¿Cómo podía saber yo que un año después de que nos casáramos Michael estaría hospitalizado en Mount Sinai debido a un episodio esquizofrénico y sedado con millares de miligramos de Torazina?

Ya he contado la historia del ataque de locura de Michael -o una versión novelística de él- en Miedo a volar, de modo que, como la mayoría de los escritores, ya no puedo recordar lo que pasó de verdad. Mis recuerdos se han desvanecido dentro de la narración. Sólo recuerdo fragmentos: su desaparición (estaba remando en el lago de Central Park), su reaparición (trató de saltar conmigo por la ventana para demostrar que podíamos volar), su hospitalización (me llamaba Judas y citaba a Dante en italiano para demostrarlo).

Michael había dejado la facultad de derecho y había estado trabajando con un investigador de mercado loco que estaba haciendo un modelo informático de los hábitos de compra de Norteamérica y vendiendo los resultados a las agencias de publicidad. El jefe de Michael se hizo rico pero Michael se volvió loco. ¿Y quién no se habría vuelto loco si noche tras noche tuviera que mirar cómo esos enormes ordenadores de los años sesenta vomitaban datos sobre Tide, Clorox y Ivory Snow y cómo el consumo de detergentes se relacionaba con el grado de estudios y lo que se veía la tele? Michael se despreciaba por el trabajo que hacía. Pero le atrapó un ansia de lucro que superaba sus sueños más enloquecidos. Una pena, pero se vino abajo antes de que llegara el oro a espuertas.

Me convertí en una visitante diaria del ala de psicóticos del Mount Sinai durante el largo y ardiente verano de 1964, cuando Harlem ardía. La ciudad se balanceaba al borde del apocalipsis y así estábamos nosotros. Aturdido, enrabietado, Michael me reñía y trataba de que le ayudase a escapar. Yo me encontraba dividida entre mi lealtad hacia él y mis deseos de seguir estudiando, escribiendo, viviendo.

Sus padres -su madre era una morena menuda con una separación entre los dientes delanteros, tendencia a llevar sandalias de tacón abiertas sin talón, que fumaba tres paquetes al día, y su padre un hombre alto, calvo, perplejo, pero discutidor- llegaron de California y decidieron inmediatamente que la que había vuelto loco a su hijo era yo. Que todo era culpa mía. A fin de cuentas, yo era su mujer. La madre de Michael, una princesa judía de West Hartford, Connecticut, se había casado por debajo de su categoría (como todas las princesas judías) y terminado como la esposa de un oficial de la Armada en San Francisco. Echó la culpa de todos los fracasos de nuestro matrimonio a la aparente riqueza de mis padres. Los padres de Michael se habían esforzado por añadir un porche a la casa y llevar pizza a la mesa. Mis padres los encontraban decididamente déclassés. Los padres de Michael, a su vez, encontraban a mis padres decididamente esnobs. (Y los cuatro estaban en lo cierto, claro.) Ellos cuatro sólo se pusieron de acuerdo en la necesidad de poner fin a nuestro matrimonio.

Lo consiguieron. Cuando la póliza del seguro de enfermedad de Michal caducó, sus padres y mis padres hicieron un trato: volvería a California. Me consideraban su enfermera. Mi padre y yo fuimos en avión a San Francisco con Michael y con un psiquiatra a cuestas. A Michael lo sedaron a fondo con objeto de que le permitieran subir al avión.

¡Un vuelo tremendo! ¡La ciega guiando al drogado! Más tarde, viviendo en Alemania con Allan, traté de describir aquella época en un poema: los estremecedores detalles de estar enamorada de una persona que de repente abandona las convenciones que constituyen lo que el mundo llama «cordura» quedan evocados en «Vuelo a tu casa». La brillantez de Michael se había pasado de rosca y se convirtió en locura. El mundo por el que andábamos estaba pintado por un surrealista. Creíamos que podíamos hundirnos en los charcos de lluvia y hablar con las manzanas. Al principio, yo más bien me sentía atraída por todo eso que repelida. Resultó que también había más que una pizca de locura dentro de mi.

Vuelo a tu casa

1

«Muerdo una manzana y luego me aburro
antes del segundo mordisco», dijiste.
También eras Sansón. Yo te había cortado
el pelo y encerrado bajo llave.
Además tu habitación tenía un micrófono oculto.
Un interno anterior dejó su musa
con las alas desplegadas en el ventanal.
Con el resplandor del último sol del día
veíamos sus pechos enormes y bizcos aparecer
salpicados de diamantes
ante los basureros de Harlem.
Te tragabas las pastillas y maldecías a los internos.
Me llamabas Judas.
Olvidaste que yo era una chica.

2

Tus manos no eran pájaros. Llamarlas

pájaros habría sido demasiado fácil.

Trazaban círculos en torno a tus ideas

y tus ideas eran a veces parábolas.

Aquel domingo de repente despertaste

y te encontraste detrás del espejo,

con las manos agarradas a la mesa del desayuno

a la espera de una señal.

Yo no tenía nada que decirles.

Hablaban con los huevos.

3

Paseamos.
El paraguas automático se te abrió
quedándote encima de la cabeza
como un halo negro.
Pensamos en hundirnos en los charcos de lluvia
como si fueran desagües.
Dijiste que los edificios reflejados
llevaban al infierno.
Los árboles bailaban para nosotros
las personas se hacían a un lado
y desaparecían dentro de sus voces.
Las ciudades de nuestras gafas nos llevaban dentro.
Te mantenías en equilibrio, oyendo caer las monedas,
¡pero la aguja todavía estaba quieta!.
Aquello demostraba que eras Dios.

4

El ascensor se abre y me revela
agarrando violetas africanas.
Horas después me desvanezco
en un abismo cuyas dimensiones
son 23 horas.
Tranquilizado, frágil,
te pavoneas por los pasillos
entre los jóvenes psiquiatras atildados,
las chicas que tejen tapices todo el día,
los deshacen toda la noche,
y la obesidad hace presa en ellas.
Tarareas. Dices que me odias.
Me gustaría darte un meneo.
¿Recuerdas cómo fue?
Estabas junto a la ventana
hablando de volar.
Tus manos volaron a mi cuello.
Cuando aterrizaron encontraron
nuestros brazos sembrados por el suelo
como juguetes rotos.
Los dos estábamos llorando.

5

Sigues fijo. En algún sitio del subsuelo de mi mente
sigues fijo. La fruta hablaba contigo
antes de hablarme a mí. Las manzanas lloraban
cuando las pelabas.
Las mandarinas chapurreaban en japonés.
Clavaste la vista en una ostra
y tragaste a Dios.
Eras el hombre hueco,
con Milton metido en tu pie izquierdo.

6

¡Mi primer marido! ¡Dios santo!
Te has convertido en una abstracción,
algo así como una idea. Ya ni puedo
oír tu voz. Sólo el rizado pelo
negro de tu tripa te hace real.
Les pongo rizos negros a todos los hombres
de los que escribo. Ni siquiera miro atrás.

7

Pensé en ti en Estambul.
Tu rostro bizantino,
labios finos y mejillas hundidas,
los ojos pardos de fanático que se funden.
En Santa Sofía estaban quitándole
el enyesado a la mezquita
para encontrar los mosaicos de debajo.
Las piezas seguían en su sitio.
Habrías sido un santo.

8

Me van mejor los interiores.
Cotilleos, bordes afilados, poemas domésticos;
no tengo nada de suerte con los planos.
Eso se debe a ser mujer
y tenerlo todo dentro.
Adorné la caverna,
colgué pieles de animales y lana,
eran suelos muy blandos,
en los que cuando caías
pensabas que caías sobre mí.
Has tenido un sentido perfecto de las formas
hasta el final,
siempre señalaban el norte.

9

Vuelo a tu casa,
por el amor de Dios, en el vuelo de vuelta a casa
estabas aterrado.
Te agarrabas a mi mano, yo me agarraba
a la mano de mi padre y éste
le robaba pastillas al psiquiatra
que nos acompañaba por ti.
El psiquiatra tenía 26 años y estaba asustado.
Esperaba que yo te mantuviera en calma.
Y así fue el vuelo.
Una mano en otra mano en otra mano volábamos.

Casi nada más llegar a California, el loquero, mi padre y yo ingresamos a Michael en una clínica del sur de California que tenía un cierto aspecto de balneario. En eso consistieron los estudios de posgrado de Michael: Torazina 101. («Hace mutis el marido número uno», como dice mi hija.)

Michael, claro está, me acusó de que era una Judas y le había vendido por veinte monedas de plata. Yo lloré. Mi padre me precedió como a Eurídice saliendo del infierno. A diferencia de Orfeo, mi padre no volvió la vista. Escapé. Un hábil abogado amigo de la familia anuló nuestro matrimonio como si nunca hubiera existido. Nunca volví a ver a Michael. Él me llamó una o dos veces soltando indirectas sobre dinero después de que se publicara Miedo a volar. Recuerdo que me decepcionó. Durante un breve verano, a fin de cuentas, los dos habíamos creído que él era Cristo.

Deberíamos haber vivido juntos durante algún tiempo y no habernos casado. Pero era 1963, y en 1963 una se casaba con el primer chico con el que se acostaba. (Mi hija encuentra divertido esto.) El sexo sólo estaba permitido cuando se estaba enamorado. El amor llevaba, inexorablemente, al matrimonio.

De vuelta en Nueva York, el otoño siguiente fui profesora de inglés en el City College y «me dejaba caer» por los cursos de doctorado de la Universidad de Columbia. Mi mejor amigo de aquel año era el hijo de un verdulero de Blackburn, en Lancashire, que se llamaba Russell Harty. Acababa de dejar la Giggleswick School de Yorkshire, antes había estudiado en Oxford, y estaba haciendo tiempo hasta estar listo para la tele. Más tarde se convirtió en uno de los más famosos presentadores de programas de debate de Inglaterra.

Emocionado por estar en Nueva York y haber dejado Giggleswick, Russell se enamoró de mí y de mi vida de judía bohemia del West Side, que era todo lo que no era mi familia.

– ¿Dónde estudiaste? -pregunté yo.

– En Giggleswick.

– Debes de estar harto de aquello -dije.

– Ya me gustaría -me contestó.

Me atraía Russell, pero él nunca me besó. Me adoraba, claro, y decíamos ingeniosidades en común, pero al final me di cuenta de que le gustaban los chicos.

Estábamos destinados a ser amigos de toda la vida, e incluso a veces anduvimos detrás de los mismos hombres. («Si traes a chicos tan apetitosos como ése a Londres -me dijo una vez, cenando en Langan's-, no respondo de mi conducta.») Russell más tarde se hizo no sólo famoso, sino especialmente conocido. Su acento se hizo más fuerte. Se convirtió en uno de los famosos de Londres a los que la prensa sensacionalista adoraba odiar. Inevitablemente, me entrevistó en la tele.

Pero por entonces su época de calificar exámenes en el City College quedaba muy atrás, como la mía. También estábamos destinados a tener el mismo tipo de fama: famosos por ser famosos, famosos por el sexo, las drogas y el rock and roll, famosos por las malísimas críticas que recibíamos. La mayor ironía de esto era que los dos habíamos empezado muy académicamente. Russell había estudiado en Oxford con Nevill Coghill cuando yo estudiaba en Columbia con James Clifford. Los dos vestimos togas de catedrático.

Murió de sida, claro; uno del grupo de muertos de los comienzos, a primeros de los años ochenta. En aquellos días la gente se limitaba a desaparecer y meses después te enterabas de que había muerto. Me quedé sin muchos amigos de ese modo silencioso: Russell Harty; Tom Victor, el fotógrafo; David Kalstone, el escritor y erudito literario; Paul Woerner, el abogado especialista en cuestiones teatrales. Un día estábamos riéndonos en Nueva York o Londres o Venecia, y al día siguiente parecía que se los había tragado la tierra. Después de un intervalo sin noticias, aparecía una necrológica en el periódico: «Después de una larga enfermedad», decía, sin mención al sida en los primeros tiempos, o al compañero que quedaba para llorarle. Estos amigos parecían enterrarse en un agujero para morir, mucho antes de que el sida y el IHV fueran un diagnóstico aceptable.

Hace poco le hablaba a mi hija Molly de estas muertes al comienzo de la plaga de la que nadie sabía.

– Se limitaban a desaparecer -dije-, avergonzados de estar enfermos, con miedo a que nadie lo entendiera. Algunos volvían a casa de sus padres y nunca volvías a oír de ellos. Otros tenían compañeros que los cuidaban, pero como no formaran parte de tu círculo, no te mantenían informado. Había mucha vergüenza…

– Escribe sobre eso -dijo Molly-, así se enterarán mis amigos. Entonces éramos muy pequeños.

Si cierro los ojos, todavía veo los dientes de conejo de Russell, sus cabellos tirando a pelirrojo, y sus grandes ojos pardos. Todavía le oigo decir:

– Mi madre se pregunta por qué no me casé nunca contigo… y lo terrible es…, bueno, que ya es un poco tarde para decírselo.

Imagino a Russell cotilleando con todos los de la enorme sauna del cielo que constituye el paraíso de los gay. Espero que se lo esté pasando bien con Osear Wilde, Marcel Proust, William Shakespeare, Miguel Ángel Buonarroti y el resto de los boys del coro. Debe de ser un sitio muy animado.

Conque di clase en el City College, donde mis alumnos me amenazaban con que les iba a mandar a Vietnam si les suspendía, y redactaba mi ilegible tesis: «La mujer en la poesía de Alexander Pope», un escrito protofeminista, si es que ha existido alguna vez una cosa así. (En aquellos días las mujeres que hacían tesis doctorales solían ocuparse de los poetas varones del «canon», pero normalmente tratábamos de demostrar que bajo sus pelucas empolvadas ¡eran mujeres de verdad!)

Tuve muchos acompañantes. Era 1965 y yo tenía el pelo rubio, largo y muchas feromonas. Siempre había hombres. Muchos de ellos no me gustaban tanto como Russell, pero aceptaba sin pensar -una buena chica de los años cincuenta, eso era yo- que se necesitaba un hombre, tanto si te gustaba como si no.

Estuve con una serie de cerdos machistas que preparaban el doctorado y creían que las mujeres debían ser sus ayudantes. Luego me enamoré de un músico muy bien plantado, pero por otra parte lejano y gélido, con el que fui a Europa acompañándole a los festivales de música. Cuando quedó claro que se quería largar a Londres a ver a una vieja novia, yo me fui a Italia, país de mis sueños, donde me follé vengativa a un italiano casado (el primero de una larga lista de ese tipo).

– ¡Tómalo como si fuera gelato, nena! -se entusiasmaba en la cama Paolo o Gino o Franco o Sandro. Yo me reía con ganas, creía que me tragaba su piselio.

Ser soltera siempre me ha resultado lioso porque era la chica que no podía decir que no. Me gustaban mucho los hombres y me gustaban hombres muy distintos. Cuando no estaba cerca del tipo del que estaba enamorada, me enamoraba del tipo que tenía cerca, parafraseando a Yip Harburg. El matrimonio era, por lo tanto, un refugio, un modo de concentrarse en el trabajo.

En el otoño de 1965, conocí y quedé tremendamente impresionada por el psicoanalista freudiano chino-norteamericano cuyo apellido todavía llevo. Era guapo, sexy, no verbal («Se comunica como un telegrama -decía mi abuelo-, como si las palabras costaran dinero»), pero tenía un ingrediente básico: el psicoanálisis. Al ser un sacerdote del inconsciente, era el antídoto para la locura de Michael, o eso esperaba yo.

– Siempre has vivido saltando de un extremo al otro -dice mi marido actual.

– ¿Sí?-suelto yo.

Pero sé que tiene razón. Lo único que no sé es qué extremo representa él.

Allan y yo nos conocimos y nos casamos en dos meses. Matrimonio rápido, arrepentimiento inmediato, dice el refrán. Mi impulsividad para casarme con el doctor Jong demuestra lo traumatizada que había quedado por el ataque de locura de Michael. Dudaba de si estaba enamorada, pero el amor no parece que sea lo fundamental del matrimonio. Lo que sabía era que quería alejarme de mi familia. Sabía que aborrecía los cursos de doctorado. Sabía que necesitaba que me psicoanalizasen. Sabía que necesitaba escribir. Y sabía que tenía miedo de hacer esas cosas sola.

La verdad es que me asustaba estar sin un hombre. Me asustaba porque, por motivos que me eran desconocidos, atraía a los hombres como la miel a las moscas y no tenía una red de seguridad nata. Con un melancólico psiquiatra como marido que se suponía que conocía los secretos del inconsciente, supuse que estaría a salvo. Acerté y me equivoqué con respecto a eso. Además, estar casada con Allan en aquel tiempo era como estar en un confinamiento solitario. Y un confinamiento solitario es estupendo para escribir.

Fuimos en barco a Alemania en febrero de 1966. A Allan lo habían alistado a los treinta y dos años y había elegido Alemania para evitar cualquier posibilidad de que lo mandaran a Vietnam. Estaba seguro de que en Vietnam lo matarían por su cara de chino y su uniforme norteamericano. En Alemania pasó tres años colgado de la guerra de Vietnam (a la que se oponía), impidiéndosele la práctica privada (lo que no pudo evitar), y añorando a su psicoanalista (lo que tampoco podía evitar). Pronto nos dimos cuenta de que en esencia no nos íbamos el uno al otro. A mí me encantaba reír y hablar. El prefería no hacerlo. Yo había encontrado un torturador chino. Si el infierno son los otros, como dijo Sartre, entonces yo estaba en el infierno. Y era demasiado orgullosa para admitir que había cometido otro error.

De modo que me encerré en una habitación y escribí. Puede que eso fuera el sentido de todo aquello. Puede que él fuera mi versión del Willy de Colette. Desarrollé una teoría sobre que toda mujer escritora necesitaba un hombre que la encerrase en una habitación lejos de su madre para que pudiera escribir.

Vivíamos a un corto trayecto en tranvía de Heidelberg, en un sitio que se llamaba Holbeinring, donde nuestros vecinos eran oficiales de carrera. Di clases en los cursos para militares destinados en el extranjero de la Universidad de Maryland (donde los soldados me llamaban «señor»), y escribía una columna sobre los festivales de vino y restaurantes en una revista de distribución gratuita que se llamaba Heidelherg diese Woche. Por lo general estaba encerrada en el otro dormitorio que había en nuestro odioso apartamento del ejército y escribía poemas y relatos.

Vivía en un mundo creado por mí misma, que es, por supuesto, lo que debe hacer todo escritor al comienzo. Leía las revistas de poesía -Sewanee Review, Poetry, la Southern Review-, que llegaban con meses de retraso por correo marítimo. Y adoraba el santuario que representaba el New Yorker. Comparaba mis propios poemas primerizos con los que se publicaban. Mi voz era demasiado florida, femenina, decidí, conque intenté emular la voz fría, neutral, que consideraba masculina, y en consecuencia gustar a los encargados de las publicaciones.

Pero fue inútil. No podía impostar la voz y convertirme en una poeta del New Yorker de los años sesenta. Ni siquiera me podía acercar a los poemas que encontraba en la Sewanee Review. Sólo en la universidad había intentado escribir poemas inescrutables y me desesperaba cuando mis poemas resultaban claros, de modo que traté de que Heidelberg me amoldara a lo que creía yo que era el gusto de los tiempos. Sabiendo que ser mujer era infinitamente indeseable, quería encontrar un modo de convertirme en otra cosa, la que fuera. Pero lo que era esa otra cosa, no lo sabía.

Me pregunto cómo habría sido mi poesía si hubiera estudiado a Muriel Rukeyser en Barnard, además de a Wallace Stevens. «Aspira experiencia, expira poesía» -escribe Rukeyser en Teoría del vuelo. Yo estaba luchando contra el mismo miedo de cualquier mujer a dejarse crecer alas, pero no tenía modo de saber que no estaba sola en ello. ¿Hasta qué punto habría sido diferente mi obra si hubiera sabido que formaba parte de una tradición? Pero Rukeyser estaba tan olvidada como Ruth Stone, Edna St Vincent Millay, Anna Wickham, HD, Laura Riding, Marina Tsvetayeva. Todas podrían haber escrito con tinta invisible.

Había un dilema bastante típico para una mujer poeta a mediados de los años sesenta. Al no haber cursos de estudios sobre la mujer en la universidad, ni la Antología de literatura escrita por mujeres de Norton, ni profesores como Showalter, Stimson, Gilbert y Gubar, éramos la generación que tenía que dar nombre al problema y crear los cursos que todavía no existían.

Mientras estaba allí sentada, en el otro dormitorio de cerca de la Selva Negra, tenía que encontrar un modo de ser mujer poeta en una época en que «mujer poeta» era una expresión de burla. Toda la historia de la poesía inglesa -que, por desgracia, yo conocía tan bien- insistía en el hombre como creador y en la mujer como naturaleza. Desde Shakespeare a Wordsworth, Yeats y Graves, los poetas varones araban la Naturaleza femenina con una fruición andrógina. La mujer era la musa, y se supone que las musas son mudas.

«¿Quién medirá el calor y la violencia del corazón de un poeta cuando estén atrapados dentro de un cuerpo de mujer?» -preguntaba Virginia Woolf, tejiendo su relato de la hermana imaginaria de Shakespeare (ahora el nombre de una banda de rock inglesa). ¿Y quién puede medir el daño hecho a generaciones de mujeres que querían ser poetas por semejantes mitologías y paradigmas tan desalentadores?

Un día de 1966 un amigo de mi hermana me mandó desde Nueva York un libro de poemas que se titulaba Ariel. La autora, una mujer que se llamaba Sylvia Plath, ya había muerto, pero los poemas seguían tremendamente vivos. ¡Y qué poemas tan asombrosos eran! Se atrevían a reclamar la vida cotidiana de una mujer como argumento. Se atrevían a abrirse a una rabia que había estado prohibida a mi generación de mujeres. Se atrevían a escribir sobre los sonidos de la cocina, el mal olor de los excrementos de un bebé, la excitación de darse un corte en el pulgar, el sagrado cordero en su jugo de los domingos.

La creadora de estos poemas tan tremendos había muerto cuando yo estudiaba el penúltimo curso en Barnard. El invierno de su muerte, había aparecido una página con poemas suyos en el New Yorker. Yo los leí pero no estaba preparada para apreciarlos. Todavía imitaba a Keats, Pope y Fielding, todavía imitaba a los poetas varones de mi educación de Barnard y Columbia, así que no me di cuenta de lo mucho que necesitaba aquellos poemas.

Cuando el poeta está preparado, aparece la musa.

En Alemania, yo estaba preparada. Los poemas de Plath me desgarraron. Goteaba sangre en sus páginas.

De repente me di cuenta de que podía abandonar mis neutros poemas sobre las fuentes italianas y las tumbas de los poetas ingleses y escribir sobre la vida que se me llevaba los días -la vida de una «esposa al cargo», como señalaba el ejército)-, la vida del mercado, la (cocina, la cama de matrimonio. Podía escribir poemas sobre manzanas y cebollas, poemas en los que los objetos cotidianos de mi vida se convirtieran en puertas hacia mi vida interior de mujer.

Sylvia Plath me llevó a Anne Sexton. To Bedland and Part Way Back se había publicado en 1960, All My Pretty Ones en 1962, y Live or Die precisamente en 1966. Poemas como «Menstruación a los cuarenta años» y «De su clase» de pronto conferían validez a mi lucha por encontrar a la bruja de mi interior, la cantante que sangraba, la cronista de la «roja enfermedad» del amor.

¿Qué originó la agitación que de pronto permitió que se oyera a poetas como Sexton o Plath? ¿Fue el movimiento de los Derechos Civiles, que marcó nuestros años de universidad y nos enseñó lo injusta que era nuestra sociedad? ¿Fue el asesinato de Kennedy, que nos marcó cuando teníamos veintipocos años y nos enseñó a no creer nunca en lo que leíamos en los periódicos? ¿Fue la Guerra de Vietnam, que nos marcó cuando teníamos veinticinco años y nos enseñó a no creer nunca a nuestros líderes? La autoridad era masculina y era profundamente falible.

Betty Friedan publicó La mística de la feminidad el año de mi licenciatura en Barnard. Oí a mi hermana mayor discutir de él con mi madre. Mi hermana estaba excitada; mi madre menos, pues había visto el movimiento feminista de su juventud erradicado como si nunca hubiera existido. Aunque yo todavía estaba atascada en el siglo XVIII pretendiendo que Alexander Pope era una mujer poeta, el feminismo volvía a estar en el aire e inevitablemente lo respiré. Era algo que daba permiso para escribir a partir de la conciencia de una mujer.

Toda mi formación en Columbia había sido una renuncia a semejantes inquietudes y quizá por eso encontré la Universidad de Columbia cada vez más intolerable. Quería escribir mis propios libros, no los libros sobre libros sobre libros sobre libros que estudiaba en mi doctorado. De modo que me casé con Allan como si lo hiciera con un pasaje a Europa y para huir de mis profesores sexistas de Columbia y del Manhattan de mis padres. Necesitaba estar lejos, lo sabía, para intentar escribir la verdad.

La poesía es la vida íntima de una cultura, su sistema nervioso, su modo más profundo de imaginar el mundo. Una cultura que ignora a sus poetas asfixia su sistema nervioso y se vuelve mortalmente enferma. Era lo que entonces pasaba en Norteamérica. (Se podría argumentar que ahora la situación es peor.) Todos aquellos poetas varones tan pulcros del New Yorker de los años sesenta que escribían poemas sobre sus perros y sus amantes estaban ignorando casi todo lo que estaba pasando en el mundo. La realidad aullaba fuera. Alien Ginsberg, Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti estaban indudablemente más cerca de lo que estaba pasando en los años sesenta. Pero en ninguna parte se veía un claro en el bosque para las mujeres poetas, no hasta que llegaron Plath y Sexton, atrayendo nuestra fascinación macabra debido a sus llamativas muertes. Seguíamos sus pasos (con zapatos de tenis, como dijo Dorothy Parker de su propio seguimiento de Edna St Vin-cent Millay en los años veinte). Teníamos que hacernos sitio de algún modo. Y nos lo hicimos.

Mis poemas precedieron a mis narraciones y me mostraron el camino hacia mi propio corazón. Mi narrativa todavía seguía los pasos elitistas y masculinos de Vladimir Nabokov, que era mi novelista favorito cuando estaba en la universidad y luego cuando seguí los cursos de posgrado. Como homenaje a él, intenté escribir una novela (abortada) que se titulaba con toda intención El hombre que asesinaba poetas. Pretendía ser un loco nabokoviano que decide matar a su doble igualmente loco. El libro estaba destinado a no funcionar. Luché con él durante años, sólo para abandonarlo cuando surgió Miedo a volar. Nada de hombres ni de locos, estaba totalmente bloqueada. Inconscientemente admitía que sólo un hombre podía narrar una novela. Pero mi primer marido era el loco, no yo. Entretanto, en los poemas la voz de una mujer empezaba a afirmarse. Describía el mundo como una boca voraz, devoradora. Ser una mujer lista estaba lleno de frustraciones. Ser una mujer que tenía demasiadas feromonas estaba lleno de absurdos.

La profesora

La profesora está frente a la clase.
Habla de Chaucer.
Vero a los alumnos no les apetece Chaucer.
Quieren devorarla a ella.

Le comen las rodillas, los dedos de los pies,
los brazos, los ojos
y escupen
sus palabras.
¿Para qué quieren las palabras?
¡Quieren una auténtica clase!

Está desnuda ante ellos.
Hay salmos escritos en sus muslos.
Cuando anda, los sonetos se parten
en octavas y sextetos.
has estrofas encajan
cuando sus dedos juguetean nerviosos
con la tiza.

Pero las palabras no la visten.
La poesía ya no la puede salvar.
No hay volumen lo bastante grande donde esconderse.
Ni el diccionario Webster no resumido, ni el Oxford.

Los alumnos son estúpidos.
Quieren una clase.
Una vez pudieron haber conseguido vida
agarrándola por el cogote
en una estrofa perfecta.
Vero ahora
necesitan sangre.

Han dejado a Chaucer en paz
y han comido a la profesora.

Ahora la profesora se ha ido.
No queda nada
sino una página impresa.
A la profesora no se la puede ayudar.
Puede que sea parte de sus alumnos.
(No se pregunte cómo)
Cómase este poema.

Vivir en el corazón de Alemania y volverme consciente de mi condición de judía también fue un elemento crítico de este proceso. Me pasaba los días explorando los restos medio borrados del Tercer Reich, examinando detenidamente los descoloridos libros desnaziticados de la biblioteca y hasta encontrando un anfiteatro nazi abandonado en el bosque. Me imaginaba el espectro de una niña judía asesinada el día de su nacimiento. Anne Frank me dominaba. Me daba cuenta de que sólo un ardid de la vida era lo que me había permitido vivir.

Los poemas de Plath y mi propio Holocausto mental se unían para crear mi nuevo sentido de la identidad como judía y como mujer. Mi primer manuscrito de poemas, Junto a la Selva Negra, estaba lleno de imágenes de Heidelberg después del Tercer Reich, el «mundo sin judíos y sin hombres» que era el resultado de los desastres paralelos del Holocausto y la guerra.

Una mujer poeta es un judío acosado, eternamente marginado. Primero se le pide que disimule su sexo, se cambie de nombre, se una a la poesía oficial de la supremacía del hombre. Las personas que padecen discriminación se ponen nombres nuevos, se destiñen la piel, se arreglan la nariz, niegan lo que son con objeto de sobrevivir. Eso era, me di cuenta, lo que yo había hecho en la universidad y en los cursos de posgrado. De repente comprendí que no podía seguir así. Lo que demostró que era el comienzo de mi aprendizaje de la escritura.

La casera de Heidelberg

Porque perdió a su padre
en la Primera Guerra Mundial,
a su marido en la Segunda,
no discutimos
«No hay Gemütlichkeit en Norteamérica».

Estamos ganándonos su corazón
con cigarrillos con filtro.
Soltando el humo, dice:
«No se puede juzgar a un país por sólo doce años.»

Días grises,
el viento se agita en los callejones,
me muevo por una foto de los años treinta,
la prehistoria
antes de mi nacimiento.

Nunca bombardearon esta ciudad.
Las viejas damas todavía llevan zapatos curiosos,
pieles largas, raídas.
Huelen a alcanfor y manzanilla,
antiguas fotografías.

Aquí nunca pasó casi nada.
Unas cuantas joyerías cambiaron de manos.
Una cervecería. Bancos.
Pusieron una esvástica en la universidad,
la quitaron.
Los estudiantes ahora cantan HO CHIMIN y
odian a los norteamericanos por principio.
Papá lleva una gorra de aviador
y nunca envejeció.
Está a la mesa con las pastas del té.
Madre y la abuela eran viudas.

Cuidan de las cosas.
Llueve casi todos los días;
todos los días limpian los cristales.
Cultivan junglas en los recibidores,
trópicos lujuriantes
enmarcados por visillos blancos de encaje.
Miman la tierra con abono, rastrillan las hojas.
Todas las plantas brillan como niños gordos.
Esperan el sol,
viviendo en un mundo sin judíos y sin hombres.

Los alemanes se salieron con la suya, me di cuenta: eliminaron a sus judíos y a sus hombres al mismo tiempo. Y las mujeres continuaron. Solas, amargadas, pero con un perfecto control, barrieron y fregaron los suelos. Amazonas con viejos sombreros y pieles picadas por la polilla, criaron los hijos, cuidaron los jardines, y dieron a luz a la Alemania del futuro, la Alemania que hoy conocemos. Ahora hay otra generación de alemanes. Ahora se incuban problemas otra vez.

Virginia Woolf, que tal vez entendía los problemas de la creatividad de las mujeres mejor que ninguna otra escritora habla de:

la acumulación de vida no registrada… las mujeres en las esquinas de las calles con los brazos en jarras, y los anillos incrustados en sus dedos gruesos e hinchados, hablando con gestos semejantes al movimiento de las palabras de Shakespeare; o de las violeteras y cerilleras y viejas brujas paradas debajo de los umbrales; o de chicas fugadas de casa cuyos rostros, como olas al sol y nubes, señalan la llegada de hombres y mujeres y las luces parpadeantes de los escaparates de las tiendas. Todo lo que habrá que explorar…

Está conjurando esa gran parte de la vida de las mujeres a la que no afectó la relación con los hombres. Esta parte -y es una parte enorme- se admite que no tiene importancia, no es un tema adecuado para la literatura.

Mientras los hombres fijen el destino de la literatura, la cosa continuará igual. Sólo el amor -sea romance o adulterio- se pensará que es adecuado para la literatura.

¿Por qué? Porque los hombres están en su mismo centro y a los hombres no les gusta que les recuerden que hay una parte de la vida de las mujeres de la que ellos no son el centro. En consecuencia, muchas mujeres todavía hacen literatura según el modo en que los hombres consideran importante. De ahí la fijación literaria en «el amor».

¿Qué pasaría si escribiéramos de nuestras propias vidas, sin referencia al sexo de los hombres? ¿Se puede imaginar tamaña herejía? Piénsese en las burlas con que se recibió a Violette le Duc, Monique Wittig, Anaís Nin, May Sarton. Después de que el «amor» se ha terminado para ti, queda mucha vida, dice Colette, estableciendo la herejía principal. También le castigaron por establecerlo -negándole el funeral que merecía (el funeral que cualquier hombre de su estatura habría tenido) y las escarapelas, cintas y medallas-. Dudo que a ella le importara.

Una soledad feliz, la felicidad de dos mujeres que viven juntas como amigas o amantes, la felicidad de una madre y una hija, compartiendo la cama, hablando la noche entera; la felicidad de dos hermanas cuando se han ido sus maridos, o han muerto; la felicidad del trabajo; de la jardinería, del cuidado de los niños; de las compras; de los paseos; de ocuparse de una casa: todo eso son herejías.

La mayor parte de nuestras vidas transcurre en soledad, o con otras mujeres, y sin embargo se nos pide que iluminemos la parte mucho más pequeña de nuestras vidas que compartimos con los hombres. La vida de las mujeres no es toda oscuridad excepto en eso, y encima nos piden que hagamos como si lo fuera y que escribamos del amor, el amor, el amor, hasta que nos aburrimos incluso a nosotras mismas.

Eso es lo que de verdad significa ser el segundo sexo. Todos tus placeres y penas se consideran secundarios con respecto a los que se comparten con el otro sexo.

¿Son tan interesantes de verdad los hombres? Para ellos mismos sí. Sin embargo, últimamente, encuentro a las mujeres mucho más interesantes. He vivido para los hombres tan gran parte de mi vida que al darme cuenta de eso me sobresalté. ¿He estado tan limitada por las convenciones, que yo, la supuesta rebelde, soy tan convencional como cualquiera de las mujeres de mi tiempo? ¿O me he transformado gracias al sexo porque siempre supe que era el modo fundamental de seducir a la musa? Si soy honrada conmigo misma, debo responder a estas preguntas.

Sexo

«He tenido un sueño que en absoluto era un sueño» -dijo Byron. Yo también he vivido un idilio un verano perfecto de mi vida. Cuando la gente dice «Eros», sé lo que quieren decir, aunque puede que ellos no. Y cuando necesito una fantasía para evocar la mayor pasión que puede soportar una mujer, ése es mi punto de referencia.

Entonces yo no estaba casada -pasó entre mi tercero y cuarto matrimonio-, y me había enamorado de un hombre que me parecía Pan, olía a verano y sexo, y navegaba con su velero por la laguna de Venecia y por el mar Adriático.

Nuestra relación había empezado un año atrás; nos enamoramos en su barco, esperamos todo un año anhelantes, y entonces, cuando volví a Venecia el verano siguiente, pasamos unos horas clandestinas perfectas en la casa que él compartía con la mujer de su vida. Posteriormente seguimos en contacto por teléfono y fax durante años, viéndonos siempre que podíamos. Yo llevaba dos relojes, de modo que siempre sabía la hora que era en Venecia, y nos hablábamos por teléfono describiendo lo que haríamos, o habíamos hecho, uno al otro.

– Estoy explotando lleno de estrellas… -diría él (en italiano) al correrse. Todo eran metáforas planetarias. El sexo era cósmico, por fibra óptica.

Yo iría a Venecia y me quedaría en una hermosa suite del Gritti (donde el agua se reflejaba en el techo), y él vendría a verme mañana y tarde.

Pero un verano (¿era el segundo o el tercero? No lo consigo recordar) decidí alquilar el piano nobile de un palazzo durante tres meses con objeto de darnos un tiempo ilimitado para explorar la relación y ver si podía convertirse en permanente. Lo que hizo que me diera cuenta de que Eros nunca es permanente, o más bien que las condiciones para su permanencia no son permanentes.

Llegué sola a finales de junio y me instalé en mi palazzo alquilado, con sus ventanas dando al canal Giudecca, barcas con letras en cirílico pasando, el jardín vallado lleno de rosas y un peral (pero) asombrosamente fértil en el centro, cargado de peras maduras.

Piero (vamos a llamarle así) llegó a las once en punto de la primera mañana a decirme hola («per salutarti»), dijo. Les dijo hola a mis pezones, mi cuello, mis labios, mi lengua, me cogió de la mano y anduvo conmigo por el dormitorio, donde fue descubriendo mi cuerpo lentamente, soltando exclamaciones ante la belleza de cada parte, y me penetró en la cama, manteniéndose con firmeza dentro de mí durante lo que pareció para siempre, mientras yo me llenaba de zumo como las peras del peral y empezaba a estremecerme como si me estuviera agitando una tormenta.

Llena de su olor, sus palabras, su lengua, su increíblemente lento pene, broté toda entera para él como si las células de mi cuerpo se estuvieran separando unas de otras y volviéndose a juntar. Era una especie de transubstanciación: sangre y cuerpo que se convertían en pan y vino en lugar de que pasara del otro modo. Yo miraba sus ojos pardos como de fauno, su pelo dorado-rojizo rizado, y dije:

– Mío dio del bosco-(mi dios del bosque), pues era lo que sentía. Era como estar poseída por un dulcísimo gran maestro del aquelarre, un macho cabrío, un dios cornudo, el dios de las brujas, el hombre verde. Era como ser poseída por toda la naturaleza, renunciando a mi intelecto, a mi voluntad.

El sol brillaba en cuadrados sobre la cama, el agua del canal se reflejaba en el techo pintado (con sus figuras de Hera, Venus, Perséfone y varias sibilas), tronaban las motoras, y en la unidad de mí misma con el bosque y el mar, vi claramente lo que la vida de un hombre y una mujer debe de ser, dos mitades adaptándose una a la otra, fuera del tiempo, para la eternidad. Sabía que la gente tomaba drogas para simular eso, que perseguía el dinero y el poder debido a eso, que trataba de destruirlo en otros cuando ellos mismos no lo podían tener. Era un don muy simple -pero no menos elusivo por su simplicidad-, y la mayoría de la gente nunca llegaba a conocerlo. Todos los esfuerzos que se hacían era por conseguirlo.

– Debo irme -dijo, y yo le seguí al cuarto de baño, riendo, saltando literalmente de alegría, mientras él se lavaba debajo de los brazos y la entrepierna, se ponía la ropa y dejaba un beso entre mis pechos.

– Te llamaré a las cinco -dijo.

Y yo me senté a escribir, con su savia entre los muslos, y su olor entre mis dedos y mi boca.

Escribí hasta las tres, me puse un traje de baño debajo de un vestido de verano y anduve a lo largo de los Fondamenta hasta la piscina, donde chapoteé en el agua bajo el sol, notando mis miembros no más pesados que el agua, brillantes como el aire. Luego comí algo y volví por los Fondamenta, y me parecía flotar sobre las piedras.

A las cinco llamó.

– Siete sola?-(¿Estás sola?), preguntó.

Claro que estaba sola. Y luego estábamos otra vez en la cama, con la luz de la tarde, no la luz de la mañana, jugueteando en el techo, con su aparato reconfortándome, con sus besos salados que convertían mi boca en la laguna inundada por el potente sol rosa.

A veces paseábamos por los Fundamenta, o nos deteníamos a tomar una copa de vino en Harry's Dolci; y luego él se iba a su otra vida y yo a cenar con amigos, a conciertos, óperas, a dar largos paseos por la ciudad.

A veces le veía en la laguna acompañado de su otra dama. A veces me preguntaba dónde estaría. Pero siempre con placer, no con dolor.

Esto duró ocho días. Y la tarde del octavo día desapareció sin una palabra. Estaba en el mar con personas que yo no conocía. Se había ido, y yo no tenía idea de si iba a volver.

Los días se hacían largos. Apareció un pretendiente norteamericano y, después, otro de París. No consiguieron eliminarle de mi cama. Por fin vinieron mi hija y mi ayudante, y yo llenaba el día con labores maternales y trabajo.

Estaba enfadada con Piero, no por marcharse, sino por marcharse sin decir nada, y me prometí no volver a verle nunca más. El verano iba pasando, ardiente, húmedo, inútil. Venecia era como un crucero donde conocía a todo el mundo y me aburría con ellos. Por fin mi hija tuvo que ir a ver a su padre y mi ayudante a ver a su amante. Llegaron amigos y me llevaron a una ronda continuada de fiestas; y entonces, una mañana, llamó por teléfono como si no hubiera pasado nada.

– Siete sola? -preguntó.

– Cretino!-grité yo-. ¡Idiota!

– Me tengo que ir a Murano en el barco. ¿Vienes?

Salí corriendo de casa para sacarle los ojos.

En el barco, le golpeé el pecho con los puños.

– ¿Cómo pudiste dejarme cuando yo vine aquí para estar contigo?

– No tuve elección. Lo tuve que hacer.

Y su boca estaba en mi boca, silenciándome.

Al poco rato estábamos detrás de un bancal de tierra, lleno de maleza, haciendo el amor. Y el barco se balanceaba con nosotros y brillaba el sol.

Mis invitados se divirtieron cuando le maldije, luego corrí a él, luego le volví a maldecir. Nos veíamos en el pequeño estudio secreto de junto a mi jardín, cuyas rosas habían desaparecido pero cuyas peras todavía salían. Hacíamos el amor mañana y noche, y luego él se iba.

Le perdoné porque lo tenía que hacer. Cuando me penetraba me sentía completa. Pero cuando se iba, no confiaba en que volviera.

Esta historia no tiene fin. Si apareciera hoy aquí y me tocara, volvería a aquel bosque, aquella laguna, aquella danza del aquelarre.

La sensación de impermanencia hacía su presencia permanente y su irrealidad también le hacía real. Algunas noches voy a dormir pensando que me despertaré en otro país con aquel otro marido. Es mi marido de la luna, y cuando ésta está llena, pienso en él. Habita mis sueños.

Cuando la gente dice «sexo», pienso en él.

¿Qué habría pasado si hubiera unido mi vida a la suya?

Sólo puedo hacer especulaciones. El asegura que no se acuesta con la dama con la que vive, y puede que sea cierto, puede que no. Sólo sé que preferiría ser la mujer hacia la que corre que la mujer de la que escapa, y en cierto modo he asegurado esa situación por no aferrarme a ella. Prefería mantener el sexo vivo en mi fantasía que matarlo por casarme. Pero a lo mejor me estoy engañando a mí misma. ¿Podría haber vivido con el dios de los bosques? Sólo parcialmente. El no quería estar allí a no ser parcialmente. Y yo acepté sus condiciones y seguí con mi vida.

Cuando era niña me encantaba el cuento de hadas de las Doce Princesas. Las princesas se acostaban en sus camas como buenas chicas, pero por la mañana las suelas de sus zapatos estaban todas gastadas porque habían pasado toda la noche bailando. Mi escritura es parecida. Puede que yo lleve una vida de mojigata, pero mis libros ofrecen suelas gastadas, sol, mar, perales, savia entre los muslos. Viví de ese modo un verano, o mejor, quince días de un verano. Viviría siempre de ese modo, pero me temo que es imposible.

La persona adecuada, incluso cuando se encuentra, puede que no sea la compañía adecuada. La pasión no se tiene que mezclar con la vida cotidiana para que siga siendo pasión. Y la vida cotidiana tiende a imponerse y eliminar la pasión. La vida cotidiana es la hierba más resistente de todas.

Descubrí por primera vez el sexo en sueños cuando tenía trece años. Deseaba a un chico alto y pelirrojo (cuyo nombre nunca supe) que corría -llevando una bufanda de Harvard- hacia la estación de metro de junto al Museo de Historia Natural de Central Park West. Cuando se me aparecía en sueños, se me sonrojaba la cara, se me humedecían los muslos, y el corazón me latía con fuerza. Cuando le distinguía a lo lejos, volvían a pasar esas cosas. Nunca supe su nombre, nunca le vi de cerca. De todos modos, le quería. Despertó mi sexualidad.

Cuando terminé primero en el instituto, nunca más le volví a ver, hasta que una vez, en Bath, Inglaterra, donde yo investigaba para Fanny Hackabout Jones, mi novela cómica del siglo XVIII, un bandido pelirrojo del siglo XVIII con unos ojos verdes achinados vino a mi cama y me hizo el amor de modo perfecto. ¿Era un sueño, un dyb-buk, un íncubo? Pero le convertí en el amor de Fanny, Lancelot, y le hice el héroe de mi libro.

El sexo es algo con lo que siempre he luchado. Ejerce tal fuerza en mí que tengo que combatirlo para mantener una vida propia. Cuando era adolescente y descubrí la masturbación, me decía a mí misma:

– Me mantendré lejos de los hombres.

Deseaba a los hombres sexualmente pero no quería que se me impusieran. Era algo que los hombres no podían aceptar. A la mayoría de los hombres les gusta más el poder que el sexo, y si les das una cosa sin la otra, al final se rebelan.

Por eso es por lo que tienden a desaparecer los grandes amantes. No quieren estar a tu disposición. No quieren ser predecibles. En cuanto una encuentra a su compañero lunar, que se prepare para perderlo. No le gusta el calor del sol.

Hay todo tipo de amantes diferentes, que satisfacen de todo tipo de maneras distintas. Hay amor al hablar, amor al cocinar, amor al abrazarse, y algunas veces les acompaña un orgasmo tremendo. Pero la cuestión no es ésa.

En el corazón de toda mujer hay un dios de los bosques. Y este dios no está disponible para el matrimonio, o para las tareas caseras, o para ser padre.

Los hombres, no se dude, tienen un equivalente: Lilith, no Eva. Pero ha habido suficientes libros sobre los hombres. No necesito añadir más literatura. La cuestión es que siempre se es bígama. Casada con uno con el corazón y con otro con el bajo vientre. A veces el corazón y el bajo vientre se unen una noche o dos. Luego se vuelven a separar.

Mi fantasía es un ménage a trois: un marido-luna, un marido-sol y yo. No he llegado a imaginar cómo podríamos vivir juntos. Pero cuando consiga que funcione, lo contaré. Sé que muchas mujeres llevan mucho deseando esto. Y que sólo el miedo y la compulsión hacia una amabilidad inútil les hace asegurar que no lo desean.

En todos los libros publicados sobre el amor y el sexo, raramente se insinúa tan siquiera ese misterio. A veces, de noche, cambiando de canales en la tele, me encuentro con espectáculos de sexo. Los hombres parecen cínicos y toscos y las mujeres hablan todas con acento del Bronx. Los hombres están enamorados de sí mismos y no tienen sitio para nadie más. Mis fantasías no son ésas.

Una vez, mi tercer marido y yo fuimos al Refugio de Platón (un club sexual ahora desaparecido). Fuimos como reporteros sexuales con unos blocs de anillas. Al principio seguimos con la ropa puesta, y luego nos la quitamos porque queríamos verosimilitud.

Anduvimos por el lugar: entramos en la sauna (llena de cuerpos con espinillas), en el bar (mantequilla de cacahuete y mermelada, salami y mostaza: como en una fiesta de chicos muy dédassé), en la sala de las colchonetas (dentistas de New Jersey follándose hidráulicamente a sus higienistas). Finalmente, pasó la excitación y volvimos a casa. La fantasía tampoco era la mía. Mi fantasía habría incluido Beluga, no salchichón, pero eso no era todo. Yo quería una orgía que se acercara a esos sueños que rondan el día entero. El Refugio de Platón no era mi sueño.

¡Oh, las cosas que se han hecho en nombre de Platón! El amor casto ha llegado a llamarse «amor platónico». Pero la verdad es que buscamos el amor ideal, como los amantes cortesanos de Provenza. La consumación física es la cosa menos importante. Es al anhelo del ideal -el amante que nunca se puede poseer- a lo que se dirige la perfección provenzal.

Puede que al amante no se lo pueda poseer nunca porque huye. Puede que no se lo pueda poseer nunca porque el tiempo irrumpe en lo intemporal. O puede que el resto de nuestra vida esté prometido a otra persona. Y sólo en sueños podamos participar en este ménage a trois.

La imposibilidad es parte de su esencia. Sólo la imposibilidad la hace posible. O a lo mejor sólo me digo esto porque soy cobarde. A lo mejor no quiero arriesgarme más allá de los límites de la experiencia.

El chico alto y pelirrojo y yo nunca nos tocamos. Pero cuando yo tenía catorce o quince años, me eligió como innamorata alguien menos inmaterial: se llamaba Robbie y era alto y de pelo castaño, con una nariz roma y algo ladeada, y una polla hermosa y grande.

– A lo mejor un día de estos te la meto en la boca -dijo, tanteando la cosa, y sabiendo que iba contra las «normas». ¡Y no teníamos normas ni nada acerca de eso en 1955! Por dentro o fuera del sostén, por dentro o fuera de las bragas, por dentro o fuera de los calzoncillos. Si escribir poesía rimada es tenis con una red (para parafrasear a Robert Frost), entonces «hacerlo» en 1955 era un torneo con sus propias y complicadas normas. Un falso movimiento y una podía quedar fuera de juego. Hasta entonces, una iba delicadamente hasta donde podía, evitando, por supuesto, la penetración, tanto oral como vaginal.

Entonces la excusa eran los niños. El embarazo era una situación irreversible, o así se consideraba, como el sida hoy. Las ganas de romper el tabú no llegaban a ser tan fuertes como la necesidad de tener una red de seguridad. Por eso inventábamos todo tipo de variaciones: folleteo con el dedo, masturbación con varios lubrificantes, pegarse uno al otro mucho sin penetración. Una quería «una virginidad técnica». En mi vida posterior, durante un matrimonio desgraciado, me permití cometer adulterio con un condón, para que no me tocaran ni la piel ni los fluidos. O practicaba el sexo oral, pero deteniéndome antes de la penetración. Estas limitaciones importaban. Los seres humanos siempre son mayores en forma que en contenido.

El placer que sentía con Robbie pasó su factura. Me volví anoréxica debido a la culpabilidad y dejé literalmente de comer. Simbólicamente, debo de haber pensado que todos mis orificios eran el mismo, de modo que si dejaba de meterme cosas por la boca, compensaría lo que me había metido por la vagina. Recuerdo el terror y la obsesión, ¡la pasión por reparar lo que había hecho! ¿Y qué había hecho? ¡Ni siquiera sabía cómo se llamaba! ¡Creía incluso que lo había inventado yo!

¿Existirá alguna vez una adolescencia como la de la isla Trobriand, donde el sexo es libre y los niños pueden abstenerse de hacerlo o no? No parece posible.

El sexo que tenemos en los libros, en las películas, en la televisión, está tan desprovisto de misterio que me asusta. El misterio es la esencia de nuestra humanidad. Es lo que nos hace ser lo que somos.

Cuando tenía cuarenta y tantos años, un escritor famoso se enamoró locamente de mí. Almorzamos en mi casa de Nueva York y nos besamos y nos abrazamos. Luego él se fue a su casa de Inglaterra y yo me fui a mi casa de Connecticut a pasar el verano. Cruzamos cartas de uno al otro lado del Atlántico. Estaban llenas de ligueros negros, medias de seda negras, versos, doubles entendres. Eran el comienzo de una novela erótica.

Esperábamos las cartas del otro. Luego contestábamos lo más ingeniosamente que podíamos.

Después de un par de meses de esto, yo me fui en avión a Venecia, planeando reunirme con él en Londres unas semanas después. En Venecia surgió una complicación. Volví a encontrarme con Piero y reiniciamos nuestra febril historia de amor.

De pronto mi escritor inglés me resultaba frío. Y sin embargo él había removido cielo y tierra para apartarse de la dama de su vida e ir a reunirse conmigo en Londres.

Llegó a mi elegante hotel con una maleta de cartón y dos cartones de pitillos (¡planeaba quedarse mucho!). Paseó la vista por mi suite oval que daba al parque y dijo sarcásticamente:

– Tus libros deben estar yendo bien.

Le temblaban las manos y encendía pitillo tras pitillo y paseaba arriba y abajo. Por fin dijo:

– Vamos a leernos poemas uno al otro, pues nos conocimos por medio de la poesía.

Probamos. Aquello tampoco nos calmó.

Finalmente, salimos a cenar a un pub grasiento donde él se sentía cómodo. Trató de beber, pero siguió igual de nervioso. Yo encontré el vino que pidió imbebible.

De vuelta al hotel, me preguntaba cómo librarme de él. El último tren para su encantador condado ya había salido. No tenía valor para hacerle dormir en un espantoso hotel de la estación. Me escondí en el cuarto de baño como hago a menudo cuando estoy confusa.

Cuando salí me lo encontré instalado en mi cama, fumando su pitillo veintiocho.

– Podríamos dormir juntos para darnos calor-dijo, y sonrió, enseñando unos dientes salientes. Sus cartas habían resultado mucho más atractivas.

Lector: le puse un condón y me lo follé. Luego salí al salón y dormí en el sofá, envuelta en un edredón de raso.

Por la mañana le proporcioné un desayuno maravilloso, del que él se burló por lo elegante que era. antes de que se fuera. Me di cuenta de que era fatuo, esnob, antisemita y no muy educado.

Pero todavía tengo las cartas.

A veces las saco y las leo, haciendo como que no conozco el final. La historia queda mejor sin ese final.

El sexo, por definición, es algo que se hace con una persona con la que no estás casada, lo que no significa que el otro esté mal, simplemente se trata de otra categoría. Llámese conyugal a algo y el misterio desaparece. El sexo tiene misterio, magia, un toque de prohibido.

No es algo práctico. No tiene nada que ver con el dinero. Por eso las líneas sexuales telefónicas no conseguirían excitarme aunque no se llevaran mal con mis fantasías. Pagúese y una quedará fuera del reino del misterio. Se convierte en una transacción, una parte del producto nacional bruto, algo que interviene en el anestesiante diálogo nacional sobre si el porno es bueno o no para la igualdad de las mujeres. Con el sexo nos encontramos fuera del reino del dinero y la política. Estamos en el reino del mito, los cuentos de hadas y los sueños.

En otro mito que me encantaba de niña, la princesa Langwidere de Oz tenía treinta cabezas, una para cada día del mes. Unas eran buenas y otras eran malas, pero ella nunca lo podía recordar hasta que las tenía puestas, y entonces era demasiado tarde.

A la buena chica no se le puede echar la culpa porque sea mala. ¡La mala chica de hecho es una buena chica con mucho lío en la cabeza!

En mi fantasía, soy una princesa Langwidere con un vestido blanco de gasa con mucho vuelo y la llave de color rubí en la cintura para abrir los armarios donde se guardan mis cabezas. Abro el armario, me pongo la despeinada, una cabeza como la de Medusa, y de pronto le estoy gritando al escritor inglés:

– ¡Fuera! ¡Cómo te atreves a aparecer en mi habitación con una maleta de cartón!

No follo con él. Le mando a su casa con su sufriente mujer y yo disfruto sola de los lujos de la enorme cama de mi hotel.

El enemigo no es amable pero trata de ser bueno.

Todas las veces que siento eso, me digo: ¡cambia de cabez!l

Buena hija, buena hermana, buena sobrina, buena esposa, buena madre, y el único sitio en el que soy honrada es en una cama adúltera. El sexo prohibido se nos concede porque la individualidad todavía nos está prohibida a las mujeres. El sexo es la raíz de todo esto, el sexo es la clave.

El sexo es el catalizador de la metamorfosis. Por eso no podemos renunciar a él.

Y así estoy sentada en el palazzo viendo pasar los barcos.

El teléfono está a punto de sonar.

Por supuesto que diré que sí.

No hay nada más descorazonador que una mujer que ha renunciado al sexo. Es algo que recuerda la frase de Osear Wilde: «Veinte años de romance amoroso hacen que una mujer parezca una ruina, pero veinte años de matrimonio la hacen parecer un monumento público.»

Existe una diferencia entre Osear Wilde y yo. Debido a todos los tormentos que padeció, debido a toda la fealdad que suponía el que le castigasen por amar a los hombres, nadie leyó esa frase y le preguntó: ¿Qué piensa su marido de eso? Cárcel, exilio: eso fue lo que le correspondió. Pero nunca: ¿Qué piensa su marido de eso?

Puede que las mujeres voten, pero no son libres mientras se produzca esa reacción. Incluso a las que no tienen marido se las considera como si le hubieran ofendido por escribir sencillamente la verdad.

Tan sólido es el muro que rodea la libertad de una mujer, que no puede hacer nada sin que le pidan que piense en el efecto que tendrá sobre algún hombre que se supone que es más importante que ella.

Es lo que pasa con la sexualidad de la mujer. Siempre se pone a disposición de la especie. Por este motivo, incluso es difícil localizar su fantasía, y mucho menos expresarla. Incluso el mundo soñado está rodeado de prohibiciones.

Soy una escritora metódica. Necesito experimentar las cosas para escribir sobre ellas. ¿Son horrorosas? Muchísimo mejor. Sumida en el Blues de toda mujer, mi novela sobre una artista del Nueva York de los años ochenta, decidí que el sadomasoquismo era parte de mi narración. No sabía nada sobre su lado ritual -ligaduras, cadenas, látigos-, lo único que sabía del sadomasoquismo procedía de mi familia. Pero decidí aprender. Recurrí al truco del periodismo. Fui a entrevistar a una que ejercía de estricta gobernanta.

Le encantó que la entrevistase. Sólo hizo una petición: que usara su nombre real en todo lo que escribiera. Era la única petición a la que no podía atender. ¿Suponía eso el comienzo de nuestra relación sadomasoquista?

Por supuesto que me abrió su «estudio» y me dejó mirar. Y por supuesto que me lo contó todo sobre sí misma. Pero había algo más que quería. Quería integrarme en su vida.

– Mando a mi esclava personal a buscarte y traerte a mi estudio -dijo un día por teléfono.

Y claro, una chica sonriente con pantalones estrechos negros y un jersey negro llegó en un taxi negro para llevarme al rascacielos de espejo del centro donde trabajaba Madame X.

Yo nunca había estado con una «esclava personal», y me preguntaba cuál sería el comportamiento adecuado.

El lenguaje del cuerpo de la chica decía:

– Haz conmigo lo que quieras.

Se acobardó. Era una chica, no una mujer. No puedo decir cómo lo supe.

En el estudio -un apartamento de tres dormitorios en un piso treinta y nueve- había tres damas dispuestas a la acción. Una era delgada como una modelo, pelirroja, y llevaba puesto una especie de mono negro de goma; otra era rubia, con pómulos altos y elegantes, y un vestido de terciopelo rojo con cremalleras abiertas por todas partes; y la otra tenía el pelo negro y cara de chico, y llevaba puestas unas botas de terciopelo negro interminables. Las tres eran estudiantes. Una estaba siguiendo cursos de doctorado.

Oculta tras una máscara de goma con una cremallera en la boca, yo era libre de entregarme a mis fantasías. Me moví a mi gusto de habitación en habitación.

¡Qué tópico era todo! Enemas, potros de tortura, nudos corredizos, medias. Y qué repetitivas eran las posturas de sometimiento. Boca arriba, boca abajo, o de rodillas como un sumiso vendedor de zapatos. Lo principal era que nadie se tocara. Lo principal era estar sin control.

Si una está encadenada y sujeta a fantasías sexuales contra su voluntad, tiene placer y al tiempo una ausencia total de responsabilidades. Era un poco como mis Doce Princesas que bailaban. Lo haces en sueños, por lo tanto no lo estás haciendo.

Mi espera en el palazzo es una versión de lo mismo. También yo estoy sin control. También yo anhelo al amante que me puede hacer que le bese el zapato.

Es un juego de abstinencia: estás aprendiendo a vivir del aire. Es sexo minimalista. Se tiene tan poco que se piensa que se ha tenido suficiente.

Yo tuve bastante de sadomasoquismo con aquella visita, pero Madame X no. Quería que volviera más veces. Quería presentarme a sus amigos de París, de Milán, de Roma, que celebraban misas negras y buscaban sangre fresca. El mundo del sadomasoquismo era internacional. Sus practicantes volaban con frecuencia muchos kilómetros.

En París conocí a la mujer de un famoso cantante de ópera que tenía fama de ser la fundadora de una celebrada mazmorra para el amor. Estuvimos sentadas en un salón del Crillon tomando té y hablamos de Proust. La dama era tan comedida que yo ni siquiera podía creer que tuviera cuerpo, y mucho menos un cuerpo que practicaba el sadomasoquismo. Se tenía que ir a un festival de música de Praga. Ni siquiera me dio la llave de su mazmorra para el amor.

Admito que mi investigación no había sido muy profunda, pero no me había atemorizado el sadomasoquismo que había visto.

Mi guía en el asunto prefería la fama al sexo. Contrató a un agente de prensa. Abrase cualquier revista elegante y se encontrará su cara. Había revelado su secreto al mundo. Una vez que pasó eso, nunca pudo volver a evocar lo prohibido. Sólo podía tener programas de llamadas telefónicas como la doctora Ruth, anunciar condones, duchas vaginales, y finalmente pañales para adultos en la tele. Pasó a formar parte del mundo del comercio, y cuando se hace eso, Pan se retira. Ni todos los vestidos de goma del mundo te podrían evitar eso.

El corazón me da un vuelco cuando oigo una motora en el canal. Son mis instrumentos eróticos: zapatos náuticos, el sol mediterráneo, un amante que ni en un millón de años querría por marido.

No creo que se puedan producir fantasías en serie. Por su naturaleza, las fantasías son únicas. He recorrido a fondo libros de fantasías buscando las mías, y no las conseguí encontrar. Madame X dice que me organizará «números» en ciudades del extranjero. Lo rechazo, y no por el sida, ni por lo que podría pensar mi marido. Lo rechazo porque temo la soledad. Cuando se sale de un estudio de sadomasoquismo a la cegadora luz del sol, habiendo visto lo que se ha visto, se está más sola que nunca. Es el secreto terrible que sabía O.

Los barcos son eróticos, y lo son los coches, y los trenes. En un tren que traquetea, al atravesar un túnel bajo una montaña, una puede hacer el amor con el hombre de enfrente, separarse y luego volver a arreglarse la ropa como si no hubiera pasado nada. En un abrir y cerrar de ojos, se hace y se termina. Es el brillante resplandor del sexo debajo de un párpado. ¿Quién te tienta, el dybbuk, tú misma?

¿Por qué la realeza no nos proporciona algo de sexo real? Es agradable pensar en reinas y princesas sin bragas, pero ¿deben retozar con unos hombres tan estropeados y comidos por la polilla? ¿Y siempre deben hacer como si los necesitaran por otros motivos? ¿Consejero financiero? ¿Ayuda de cámara? ¿No sería mejor decir Ayuda de cámara de las partes pudendas de su majestad la reina?

Si yo fuera reina, tendría a todos los hombres guapos que quisiera. Los mataría o los castraría después, o hasta me casaría con ellos. Los hombres hicieron esas cosas durante siglos, y sus consortes repudiadas (Ana Bolena, Catalina Howard) fueron hacia su sanguinaria muerte cantando alabanzas al rey. En cuanto las mujeres, digamos, no fregaron los platos, nos llamaron brujas y putas. Pero admítase una fantasía como ésa y todo el infierno se encrespará. Decidlo, señoras: queréis follároslos, luego matarlos, y seguir vuestro propio camino.

Monstruos contra natura. Goneril, Regan, lady Macbeth. ¿Qué son, sino mujeres con la furia primordial a flor de piel? Y sin esa furia primordial no hay sexo. Mi esclavo personal tendría que ser macho.

Hace años solía haber un libro en rústica en las estanterías que se titulaba El poder de la rendición sexual. Qué título tan démodé para lo que pasa hoy. Nunca he leído ese libro, por lo que no puedo referirme a su contenido. Estaba escrito por una tal «Doctora Marie Robinson». Entonces era importante que los médicos tuvieran que ver con los libros sobre el sexo. En realidad, el libro lo habían escrito un hombre y su mujer, que era psiquiatra. Posteriormente conocí a ese escritor, cuando se casó con una amiga mía poeta.

Ella estaba enamorada. Ella se había rendido. Ella me contó que todo el sexo era rendición. Se refería al título del libro. Era verdad, dijo ella. Ella lo había vivido y lo sabía.

Ahora bien, hay rendiciones y rendiciones. Rendirse a alguien que encarna una fantasía propia es una cosa. Pero rendirse a un violador es otra.

La posibilidad del sexo es la posibilidad de la rendición. Unas personas necesitan determinada ropa, sitios muy lejanos, idiomas diferentes, cadenas, y otras personas lo consiguen más deprisa y con menos líos, pero el hecho de rendirse es el mismo. Historia de O me funciona como ningún otro libro erótico porque capta esa rendición. No cuenta cómo se debe dirigir la propia vida. Reconoce que Eros es algo aparte de -puede que incluso antitético a- la vida. Por lo tanto, lo condenan quienes quieren manuales prácticos por encima de todo. Norteamérica no es un sitio para la fantasía. Aquí los libros tienen que ser didácticos, u otra cosa.

Pero la fantasía no se domina del todo. Emerge en las novelas rosa, en las de terror, en las de suspense.

¡Sacadnos de aquí, haced que nos rindamos!, gritamos. Proporcionadnos un sitio donde no haya que hacer apuestas. ¡Dadnos un sitio donde nos podamos relajar! Los hombres han tenido burdeles durante siglos, pero ¿ha existido alguna vez un burdel para mujeres? ¿Una mezcla de gimnasio y salón de belleza, pero abarrotado de hombres guapos, complacientes? (Les habrían hecho el análisis del sida, por supuesto.) Una podría ir allí durante un par de horas entre la oficina y casa. Nada de darles la lata a los maridos. Nada de darles la lata a los hijos. Nada de buenas acciones. Nada de actos benéficos. Nada de televisión. Nada de entrevistas con Oprah o Sally Jessy Raphael. ¿Por qué parece sospechosa esta fantasía?

Porque algunas mujeres te verían allí y conseguirían que tu marido tocara el silbato, y harían una redada en el local.

Las mujeres no protegen el placer de las otras. Tienen tan poco por sí mismas, que quieren que también sufran las demás mujeres.

Y luego está la cuestión del arrebato. Una mujer enamorada pierde la cabeza. No puede centrar su sexualidad en un sitio. Al cabo de un tiempo haría saltar el esquema. Sólo para demostrar lo explosivo que es el amor.

Las mujeres en grupo tienden a ser puritanas. No encontrarás arrebato en tu club de campo, el club de jardinería, el banquete de bodas. Hasta las putas se vuelven puritanas en grupo. ¿Hay algo más controlado y controlador que un harén?

¿Qué empuja a las mujeres hacia el puritanismo? El sexo también significa mucho para nosotras. Nos perdemos. Durante generaciones, esto fue literalmente verdad: muerte al dar a luz, muerte por un embarazo obligado, y todo lo demás que les corresponde a las mujeres. Todavía tenemos una memoria racial de todo eso. Todavía nos inquieta mucho el sexo para dejarlo en libertad.

Por eso es tan difícil aceptar las fantasías de los hombres y aplicarlas a las mujeres. No parecen corresponderles. La anatomía es distinta, pero también lo es el contexto del sexo. Un hombre especializa su polla. El coño de una mujer es una metáfora de su existencia. Quiere que la tomen. Quiere que se la lleven.

Durante varios años participé en una terapia de grupo. Todos los participantes eran estrellas: artistas, escritores, actores, bailarines. Unos eran heteros, otros gay, otros bi, y todos tenían problemas sexuales con su pareja.

No siempre. A veces. Cuanto más enamorados estaban, el sexo se volvía más difícil de conseguir. No era la falta de amor lo que originaba eso, sino la sobreabundancia. Y el miedo al abandono que la sobreabundancia originaba.

Un hombre estaba demasiado enamorado de su mujer para follársela. Cuando ella se iba de la ciudad, siempre llamaba a su ex novia, la mujer con la que no se había casado. Se ponía en erección con sólo marcar su número de teléfono. Cuando llegaba al apartamento de la mujer, tenía la polla dura y una mancha de humedad en la parte de delante de sus vaqueros.

Uno de los miembros del grupo era un hombre gay algo mayor que había elegido el celibato. Se llevaba a casa chicos guapos para charlar y pasar el rato. Mientras los chicos dormían en la habitación de su hijo (el hijo estaba en la universidad), fantaseaba sobre ellos y se la meneaba sin parar. Nunca tocó a ninguno de esos chicos, ni a su mujer, que era su mejor amiga.

Así eran las cosas en el grupo. El actor se volvió impotente con su mujer cuando ésta hizo una película que tuvo mucho éxito y él no. El artista dejó a su mujer y se trasladó a las montañas de Colorado con una instructora de esquí. El sexo parecía un enigma para cada uno y para todos; el sexo con la propia pareja, esto es. Y sin embargo, lo que más querían era tener una pareja, en especial cuando eran solteros.

La terapeuta era una mujer que creía en el matrimonio. Su marido era el otro terapeuta.

Mientras se apilaban las pruebas de que el sexo con la propia pareja es algo que se contradice en sus términos, ella analizaba y analizaba, considerando miedo esa anestesia sexual.

En la época del grupo, yo estaba soltera. Distribuía mi vida sexual entre tres galanes, incluyendo a Piero, y aunque muchas veces era anárquica y no siempre satisfactoria, nunca resultaba triste.

¿Por qué se casaron estas personas, me preguntaba yo, si el matrimonio eliminaba el sexo? A ellas les daba pena que yo estuviera soltera. Yo despreciaba su estado de casados. Sin embargo también estaba celosa. Anhelaba una pareja, un compañero, un novio. Sabía que el matrimonio era una búsqueda de eso.

Algunos de los miembros del grupo se separaron de su pareja, tuvieron aventuras, se volvieron a casar, se sintieron inquietos otra vez. Yo por fin también me volví a casar, encontrando gran consuelo en ser capaz de echar raíces en un sitio, gran consuelo por tener aquel amigo.

Y sin embargo la inquietud no se iba. Y el anhelo no se iba. En los sueños, en las fantasías, volvía a surgir, originando los pensamientos más apasionados.

Necesitamos una bacanal, un carnaval, un aquelarre de brujas, mucho más de lo que necesitamos todos esos divorcios y nuevos matrimonios. Necesitamos un sitio donde soñar, un sitio donde encontrarnos con el tentador. Los videojuegos no sirven. Ni siquiera sirve la realidad virtual. Nos condenan a repetir las fantasías del que hizo los dibujos una y otra vez. Necesitamos fantasías corpóreas, no fantasías encarnadas en películas y chips. Pero hemos perdido los antiguos misterios de las vestales, ¿o los tenemos?

Ayer por la noche, en mitad de este capítulo, me acosté y soñé. Soñé que recibía una llamada de un antiguo novio que se llamaba Laurence. Se reunía conmigo en Connecticut, cerca de mi casa de junto al bosque, y me llevaba por entre la maleza y bajo los salientes de piedra. En los bosques de Nueva Inglaterra había un jardín con formas de las que yo no sabía nada: arcadas, terrazas, pastos, setos de boj con ingeniosas formas isabelinas: corazones, zorros, camas con dosel. Atravesamos andando el jardín, buscando un laberinto privado en el que tumbarnos.

Nuestras familias nos perseguían. Había gritos y risas al otro lado de los setos. Pero nosotros teníamos prisa, buscábamos un santuario.

Entonces cambió la escena. Yo subía la escalera hacia una casa de masajes de la parte alta de los bosques. Me esperaban dos mujeres. Una me puso unas gafas especiales para oscurecer la habitación. Otra me quitó las medias y el sostén. No llevaba bragas, sólo un liguero sobre mi centro húmedo. Me tumbaron en una mesa y se pusieron a chuparme, terapéuticamente, por supuesto. Una me chupaba los labios de la vulva y el clítoris, mientras la otra me daba masaje en la nuca, en los brazos, la cabeza, y me chupaba los labios. El teléfono no dejaba de sonar, pero yo no hacía caso. Laurence, Piero y mi marido estaban fuera llamando molestamente a la puerta. Soñolienta, murmuré:

– Largo.

Desperté con el rocío del sueño todavía entre las piernas.

En mis sueños siempre estoy de viaje, en busca de una satisfacción que nunca llega. El sueño es la búsqueda y la búsqueda es el sueño. Si hay orgasmo en el sueño, éste es incompleto. Lo que es satisfactorio no origina nuestros sueños. El mejor matrimonio es como un dormir sin sueños: sin conflictos, inocente.

Despierto porque un enorme hombre barbudo me sacude y me trae zumo de naranja. Tengo los muslos húmedos por los deseos del sueño. ¿Se trata de una paradoja? No más de lo que es la vida.

– Cuéntame tu fantasía -dice él-, cuenta -me mete la mano entre las piernas-. Estás toda mojada -dice.

– Estaba escribiendo en sueños -digo yo.

Según este capítulo se ha ido desplegando en mi mesa de trabajo -estas fantasías, ensueños, recuerdos-, mi vida de vigilia con mi marido se ha vuelto más y más sexual. Nos encontramos haciendo el amor todas las noches, riendo y besándonos por la mañana. Me encuentro contándole mis sueños y fantasías, leyéndole páginas que le excitan, bromeando con él como con un amante nuevo. Nos entregamos a un idilio doméstico.

Eso me asombra. Todos los días escribo que el sexo es imposible en el matrimonio. Todas las noches me muestro en desacuerdo.

Puede que la verdad sea que lo que hace el sexo posible es compartir honradamente las fantasías, y que vivir en pareja en cautividad habitualmente resulta antitético con esa honradez. Nos enredamos en papeles maritales. Personificamos a nuestros padres. Olvidamos los sueños y cuentos de hadas que oímos en nuestra adolescencia. Acumulamos rabia para construir el muro de Berlín.

Y entonces el sexo desaparece. En Norteamérica nos divorciamos y nos volvemos a casar. En Europa seguimos casados y tenemos «aventuras». En ninguna parte nos enfrentamos al problema.

El matrimonio sólo puede ser libre y sexual cuando no es en cautividad. El matrimonio sólo puede ser sexual cuando la fantasía incluye el no estar casado. Ser libre en el matrimonio puede que sea el desafío más duro. No poseemos las fantasías del otro. Toda nuestra intimidad -sexual y de otro tipo- depende de que sepamos eso.

No somos monógamas de modo natural. Tanto si elegimos activar nuestra falta de monogamia como si no, reside en nosotras y la erradicamos por nuestra cuenta. Una mujer liberada es la que conoce su propia mente y no la oculta. Sus fantasías le pertenecen a ella. Puede compartirlas si lo elige.

Sé que el sexo en el matrimonio viene y va. A veces ponemos en juego nuestras fantasías y a veces no. A veces obramos con petulancia infantil, distanciadas de la persona de la que más dependemos, y nos dormimos y soñamos con otra. Esto es humano. Somos niños con un gran cerebro que tiene demasiada materia gris para ser consistente. Seríamos más felices si nuestros lóbulos frontales estuvieran menos ocupados, pero también seríamos menos humanos. Los humanos somos monos y ángeles al mismo tiempo. Por eso es tan compleja nuestra sexualidad. Soñamos cosas que están más allá de nuestro alcance. Tenemos sueños inquietantes.

Ayer por la noche vi una película basada en la novela de un amigo. En ella, un hombre echa por la borda toda su vida por unos pocos minutos de pasión con una chica extrañamente hermosa y extrañamente triste que necesita perturbar la vida de los demás, empujándoles hacia la tragedia.

El público se reía disimuladamente ante las obsesivas escenas sexuales. Había una incomodidad palpable en el aire. No querían saber que las fantasías pueden invadir nuestras vidas y empujarlas hacia las tinieblas. No querían creer en la fuerza destructiva, obsesiva, del sexo.

Y sin embargo todos vivimos haciendo equilibrios por encima del caos. Tratamos de mantener ordenadas nuestras vidas pero el caos nos llama a través del sexo, a través de la enfermedad, a través de la muerte. El sida y el cáncer están al acecho por debajo de nuestros placeres. La calavera atisba por debajo de la piel.

A los diecinueve años fui a Italia por primera vez y me alojé en una villa florentina que daba al Arno desde la colina de Bellosguardo.

Allí, adonde había ido a estudiar italiano, estudié a los italianos, aprendiendo lo que aprenden tantas chicas norteamericanas: que el sexo era mejor en un idioma extranjero porque se podía dejar la culpabilidad en casa.

En el bastante descuidado jardín de la villa, entre los setos de boj y mirando la parpadeante ciudad, yo y mis compañeras de clase aprendimos la vieja danza de acercamiento y alejamiento de la pasión.

Bajo el recitativo de los grillos, a la luz azul de la luna, sentí, por primera vez, el dulce peligro del sexo.

Escribí un poema ese verano más intenso que cualquiera de los poemas que haya escrito después. Incluso hoy, no sé cómo sabía lo que sabía.

«¿Cuándo censuró el verano las cosas corales?» -preguntaba el poema. Y repondía a esa pregunta-: «Sé que la sangre es brutal, aunque cante.»

¿Dónde entra la política en todo esto?

Algunas mujeres que conozco han renunciado a los hombres porque no pueden soportar el dolor.

¿Qué dolor?

El dolor de ver a los hombres de cincuenta años con hijastras de veintiocho años, el dolor de esperar llamadas telefónicas que nunca llegan, el dolor de necesitar demasiado, de querer demasiado, el dolor de estar enfermas por necesitar demasiado, y por eso deciden, de una vez por todas, dejar de desear a los hombres.

Una se puede preparar para esto. Una puede ser como el hombre que entrena a su caballo para que necesite menos comida cada vez, y que se asombra cuando al fin el caballo muere. Se puede vivir sin abrazos, sin folleteo. Se puede sellar la piel, los ojos, la boca.

Pero antes o después el amor vendrá a reclamarte. Y estarás seca como una frágil flor y una ráfaga de viento te arrebatará el pálido color.

Yo prefiero estar abierta al amor, aunque el amor signifique desorden, posibilidad de dolor. ¿Cuántas veces he ordenado las cortinas y los estantes de libros? ¿Cuántas veces he ordenado mi vida?

Odio el caos, pero también sé que me mantiene joven. La anarquía es la fuente sagrada de la vida, y el sexo incuba la anarquía. Los paganos entendían esto mejor que nosotros. Creaban espacios para la anarquía en sus ordenadas vidas. Todo lo que nos queda de eso es el carnaval.

Aborrezco cómo se entiende el sexo en Norteamérica. Una década hacemos como si folláramos con todos, la década siguiente hacemos como que somos célibes. Nunca equilibramos el sexo y el celibato. Nunca aceptamos juntas la búsqueda de Pan y la búsqueda de la soledad, los dos polos de la vida de una mujer. Nunca aceptamos que la vida es una mezcla de dulzuras y amarguras.

Las feministas pueden ser las peores puritanas de todas. Dado que la masculinidad es una fuerza para el desorden, librémonos de la masculinidad para siempre, dirían algunas, Sólo los hombres impotentes pasan el examen. Sólo se considera puros a los hombres gay. Las mujeres de hoy se encuentran en una tautología. Los malos chicos nos atraen, pero los malos chicos son políticamente incorrectos. ¿Significa eso que ser atraída es políticamente incorrecto? Para algunas, desde luego.

También yo he huido del sexo a veces en mi vida. También yo puedo ser puritana. Pero sé que es importante luchar contra el propio puritanismo. Sé que la boca de Baco está llena de una intoxicación púrpura. Su boca puede que también esté llena de dientes puntiagudos, pero allí vive la belleza. La belleza siempre mantiene intimidad con el peligro. La belleza siempre mantiene intimidad con la muerte.

Seducir a la musa

¿Cuándo descubrí por primera vez que sexo y creatividad estaban aliados? Fue en 1969 y yo tenía veintisiete años. Había pasado por tres años y medio de psicoanálisis en Alemania, un psicoanálisis centrado en lo que bloqueaba mi escritura y mi matrimonio. Si no me hizo completamente libre, por lo menos me hizo probar el sabor de la libertad.

1969 fue el año en que se descubrió el sexo. (Philip Larkin dice que fue en 1963.) Fue el año del viaje a la Luna, de los astronautas varones pisando una luna femenina y plantando sus botas para dar lo que se llamó «un paso pequeño para un hombre, un salto de gigante para la humanidad».

En la condición femenina no se pensó mucho durante todo ese alboroto fálico, ese empujón fálico. En nosotras, nacidas de una costilla rebelde, no se pensaba mucho, pero los tiempos estaban cambiando. Con los Beatles cautivando por la radio, con los astronautas conquistando el espacio, con los manifestantes de los Derechos Civiles dándole por el culo a la vieja Confederación, con opositores a la guerra de Vietnam en los campus universitarios, no pasaría mucho antes de que el feminismo irguiera su cabeza de medusa.

Después de una estancia en mi propio Tercer Reich, estaba preparada para la protesta. El 26 de agosto de 1970 participé con mis hermanas en una manifestación en Central Park que celebraba los derechos de la mujer y criticaba los errores de la mujer. La esperanza se imponía. Esperábamos nada menos que cambiar el mundo, y al instante.

Para cuando mi primer libro de poemas, Frutas y verduras, salió en 1971, la segunda ola del feminismo estaba rompiendo contra nuestras orillas. La mujeres volvían a ser actualidad, y el sexo volvía a ser actualidad. Pero no durante mucho tiempo.

Yo había vuelto de la gris y lluviosa Alemania a un mundo brillante que casi no reconocía. En las calles de Nueva York: peinados afros, pantalones de campana, chaquetas Nehru, camisetas desteñidas, zapatos de plataforma, joyas Zuni, el olor a marihuana, cintas en el pelo para sujetar cerebros que estallaban… El mundo se había vuelto loco mientras yo estaba en Heidelberg aprendiendo a escribir. Quería enloquecer con él.

La extravagancia en el vestir era algo que conocía por la ropa que le gustaba a mi madre, una ropa que podía convertirse en un disfraz para quienes posaban para sus retratos. Y la insensatez era algo incipiente en mi época del Music amp; Arts. Entonces me vestía de beatnik, pero luego había tomado la decisión de vestirme como una universitaria formal en la facultad. Como mis padres habían sido unos bohemios en los años treinta, mi primera rebelión consistió en ser una estrecha. Me había convertido en una «buena esposa» (que le preparaba arroz hervido a su marido chino-norteamericano). Había reprimido mi rebeldía. [Ahora lo que más quería de todo era ser mala!

Había habido anticipos de mi locura fin de sixties en Heidelberg. Fumé hachís en las fiestas de los estudiantes y me habría gustado no estar casada. Vi a los estudiantes tirar adoquines, imitando a los parisinos, mientras entonaban Ho Ho Ho Chi Min, Ho Ho Ho ChiMin (con acento alemán), al manifestarse por la Hauptstrasse. Pero no era mi cultura, y según los parámetros de Nueva York, Heidelberg era tan provinciana como un pueblo del Medio Oeste.

Los estudiantes alemanes de los años sesenta protestaban contra sus padres nazis; los estudiantes norteamericanos protestaban contra sus padres de la II Guerra Mundial. (¿Quién creyó de verdad que Vietnam era lo mismo que el País del sol naciente?) Se imponía una guerra de generaciones. Importaba poco si tus padres habían sido nazis o no, bastaba con que fueran padres. Y había que aplastar a los padres.

Llamábamos Amerika a nuestro país. ¿Cuál era nuestro país? ¿Woodstock? ¿Haight-Ashbury? ¿La beatlemanía? ¿El ecologista The Whole Earth Catalog? ¿El bosque de Arden, con abalorios del amor? La marihuana era nuestra arma, lo mismo que el pelo largo, lo mismo que el sexo. ¿Que nuestros padres se habían instalado y tenido hijos después de su guerra? Muy bien, pues entonces nosotros nunca nos instalaríamos. Tendríamos sexo, sexo, sexo, ¡y nos negábamos a hacernos mayores! Seguíamos a nuestros líderes; o al menos, a los cantantes solistas que nos gustaban: Allyou needis love, love, love…

En 1969-70 volví a la Universidad de Columbia, esta vez a la School of Arts, para estudiar poesía. También volví a dar clases en el City College, como modesta auxiliar, luego como modesta ayudante, sans seguro de enfermedad, sans seguridad en el trabajo, sans nada. Llegué a querer a mis alumnos. Me vi impulsada a tumbarme con ellos en las calles del West Side para protestar por la matanza de Kent State. Mirando al cielo, nos extendimos sobre el alquitrán de Amsterdam Avenue cerca de la funeraria de Riverside.

Los cadáveres muriéndose porque los enterrasen, y nosotros impidiendo el paso de los coches fúnebres. Nunca olvidaré a los policías dando vueltas a nuestro alrededor y los semáforos poniéndose en verde, luego en rojo, luego en verde, luego en rojo, mientras nosotros seguíamos con aquel silencioso velatorio en el exterior de la funeraria. Hasta la muerte se detenía por nosotros.

Acababa de encontrarme con el mundo feliz de «Matriculación abierta» del City College. Estudiantes brillantes a quien nadie se había molestado nunca en enseñar a leer y escribir, estudiantes no tan brillantes que en definitiva demostraron que nunca aprenderían; nos los mandaron para que los educáramos. Las enseñanzas ocasionales de la universidad enfurecieron a los profesores de plantilla, lo que era raro, porque ellos no tenían que impartirlas. Nos tenían a nosotros para eso.

Unas veces la cosa era divertida, otras veces era imposible. Los mejores ratos los pasaba siempre con mis alumnas mayores: las amas de casa y las oficinistas que venían a los cursos nocturnos. Entendían que Otelo matara a Desdémona en un arrebato de celos, o que lady Macbeth incitara a Macbeth a que se manchara las manos de sangre. Por entonces ya habían visto a muchos Otelo y lady Macbeth. Podían relacionar fácilmente a Shakespeare con la vida en el gueto. Aquellas estudiantes eran supervivientes. Las había atrapado el estudio.

– Miss Mann -decían-, ¿en todas las obras literarias hay tanto sexo?

Los estudiantes burgueses de los cursos diurnos del Bronx ni siquiera se molestaban en preguntar.

En la School of Arts de la Universidad de Colum-bia me sentí inmediatamente atraída por mis dos profesores de poesía: Stanley Kunitz (otro abuelo de la literatura) y Mark Strand (un guapo, mal chico, el único poeta de Norteamérica que se parecía a Clint Eastwood). En clase solía fijarme en Mark -su perfil perfectamente cincelado, sus ojos fríos y cínicos-, y empezaba poemas para él que siempre resultaba que no eran sobre él.

Si él es mi sueño se plegará en mi cuerpo
Su aliento escribe letras de niebla en mis mejillas
Yo me envuelvo en torno a él como la oscuridad
le echo aliento en la boca
y lo hago real

«El hombre debajo de la cama» (descrito en esta estrofa) se convirtió en el coco universal, el vampiro, el merodeador que todas las chicas oyen respirar debajo de su cama, a la espera de que las engatuse, esperan. Mark era ese hombre de la fantasía. También era Gulliver recorriendo Liliput, alejado de todos nosotros, los liliputienses. Le lanzábamos cuerdas frenéticamente a sus enormes piernas.

Quiero entender esa cosa escarpada
que trepa los escalones de tu cuello.
No te consigo entender.
En todas partes adonde miro estás:
un enorme mojón, un volcán
asomando la cabeza entre las nubes,
Gulliver despatarrado sobre Liliput.

Mark daba clase de un modo gélido, casi desdeñoso, como si casi no mereciera la pena molestarse por los estudiantes. Pero hizo que nos interesáramos por Pablo Neruda y Rafael Alberti, y me libró de la rima compulsiva, animándome a que intentara escribir poemas en prosa, y a centrarme en mis imágenes. También me excitaba, lo que me enseñó más sobre poesía que cualquier otra cosa. Iba a casa y escribía poemas al hombre imposible, el hombre de mis sueños: Adonis, padre, abuelo, con Clint Eastwood y el exhibicionista del metro metidos dentro. Lo que tememos también lo deseamos, y lo que deseamos lo tememos. Había una amenaza masculina en esos primeros poemas, pero también el anhelo de un amante desconocido. Allan y yo follábamos, pero hacía mucho que habíamos dejado de ser amantes, si un amante es alguien a quien se desea. Yo escribía poemas y tenía unos deseos locos. Estos poemas del deseo se publicaron en Frutas y verduras y Medias vidas.

Cuanto más deseo sentía, más escribía. El deseo es una emoción esencial para el poeta.

¿Es el deseo espiritual o sexual? ¿Quién dice que no son la misma cosa? Rumi y Kabir y la mayoría de los poetas persas los ven como aspectos de lo mismo; pero entonces, claro, los persas inventaban el amor. Eloísa y Abelardo descubrieron lo cerca que estaban, para tener que lamentarlo infinitamente. Sólo el puritanismo protestante ha construido una pared entre el deseo físico y el deseo de Dios.

En las clases de Mark, deseaba a Dios en un hombre, y en las clases de Stanley a un hombre en Dios. Sentía menos miedo hacia Stanley que hacia Mark. Stanley era próximo, Mark era distante. A los veintisiete años, encontraba la lejanía más sexy. Incluso mi marido de entonces era gélido y distante. Yo no podía imaginar a un amante que no fuera como mi marido, algo que ocurre con más frecuencia de lo que nos molestamos en admitir.

Ese primer año, una vez vuelta de Alemania, no faltaba ni una semana al «Y» de la calle 92. El sabor poético de la sesión semanal atraía toda mi atención. También asistía a festivales de poesía, cafés de poetas y bares de poetas.

Estaba enamorada de la poesía, pensaba que podía vivir del aire. Al estar enamorada de la poesía, creía que podía vivir con Allan.

Cuando Yehuda Amichai, el poeta israelí, vino a Nueva York, leímos poemas juntos en Dr Generosity's, pasamos el sombrero, reunimos 121 dólares, la mayor parte en calderilla. Nos lo dividimos, de acuerdo ambos en que era el dinero mejor ganado por ninguno de los dos. Y todavía lo es.

Dr Generosity's era una cervecería oscura, llena de serrín y cáscaras de cacahuete. Asistían poetas, gente que quería escribir poesía, y tipos tristes. También locos. Las lecturas de poesía siempre estaban bien provistas de locos. Uno de ellos amenazó con pegarme un tiro antes de una de mis lecturas en Filadelfia. Me había escrito una carta de amor que yo no contesté. Le hervía la sangre y prometió vengarse. No puede haber sido una atracción fatal: todavía sigo aquí.

La verdad: en Norteamérica nadie se molesta en matar poetas. Basta con enterrarlos en las universidades. Muertos en vida.

Fue una época de festivales de mujeres poetas. Carolyn Kizer y yo nos pusimos en route hacia uno. íbamos sentadas justo detrás del conductor. Carolyn inició un monólogo maravilloso sobre la vida como poeta. Yo estaba orgullosa de ser su confidente.

– Y entonces despertó, ¡con Norman Mailer sentado encima de su cara! -dijo al final del largo relato.

El autobús casi se sale de la carretera.

Conocí al fogoso y siniestro Ted Hughes después de su lectura en el «Y» de la calle 92. En mi ejemplar de Cuervo escribió: «A una hermosa sorpresa, Erica Poética». Luego llenó la mitad de la página del título con una serpiente fálica enroscada a un nuevo poema sobre Cuervo.

«Un hombre no se expresa en las inscripciones de las lápidas» -dijo el Dr. Johnson. Pero los poetas muchas veces quedan al descubierto en las dedicatorias de sus libros.

Fui a cenar con Ted (y los que estaban con él) y pasamos toda la noche intercambiando miradas. Por entonces, Ted Hughes tenía reputación en los círculos feministas de ser un castigador, o de hecho el diablo encarnado. Eso sólo le hacía más excitante. Me humedecí toda, imaginando al guapo y corpulento autor de Cuervo en la cama. Luego huí en un taxi; luchaba contra mis fantasías. Sylvia Plath y Assia Gutmann aparecían ante mis ojos como espectros de Shakespeare, advirtiéndome. Yo sabía que quería escribir y vivir, no escribir y morir.

¿Por qué era siempre el morir el destino de las mujeres poetas? ¿Nos castigábamos por atrevernos a tomar la pluma? ¿Por qué tratábamos de terminar con la vida por atrevernos a eso? ¿Habíamos internalizado el papel de quien recibe el castigo en el juego? Pues incluso entonces yo no creía que el suicidio de Sylvia Plath fuera algo elegido por alguien que, en definitiva, no fuera ella misma. Con todo, comprendía lo difícil que era ser una mujer poeta en un mundo literario en el que las reglas las establecían los hombres.

En Chicago, en una fiesta de la revista Poetry, tuve un ligue con un joven poeta sureño muy guapo (cuyo nombre no diré por la remota posibilidad de que todavía siga con su mujer). Este poeta escribía sobre su búsqueda de sí mismo, su intenso deseo de amar, las muchas frustraciones de su interminable matrimonio, su inacabable y nunca realizado deseo.

El deseo formaba parte de mí misma. Conque fuimos al apartamento de Lake Shore Drive de uno de los que financiaban el festival de poesía (a todos los poetas nos instalaban en las habitaciones del servicio de aquellas lujosas mansiones), pasamos por delante de los Jasper Johns, los Motherwell, los Rothko, los Frankenthaler, los Nevelson, los Calder, los Rosenquist, los Dine, y cruzamos la cocina hacia la habitación del servicio donde nos pasamos la noche entera haciendo el amor. Al amanecer, despertamos (como debido a una explosión) y dimos un paseo junto al lago Michigan. En cualquier caso no considerábamos que los ricos estuvieran contentos de que estuviéramos en su casa. Y de repente nos sentíamos llenos de culpabilidad con respecto a nuestros cónyuges.

De vuelta a casa, le escribí poemas -o a quienquiera que representara-, y él me escribió poemas -o a quienquiera que representara yo-. Mantuvimos correspondencia durante un tiempo. Todavía nos mandamos libros cariñosamente dedicados.

Esos encuentros en cierto modo impulsaron mis dos primeros volúmenes de poemas. También llevaron inevitablemente a Miedo a volar. «La musa folla» -solía bromear yo. Descolocante pero cierto. En La diosa blanca, Robert Graves dice que la auténtica poesía surge de la relación entre la musa (la diosa blanca) y el poeta. Eso se apoya en el conocimiento erótico de ella, encarnada en una mujer terrenal, por parte del poeta. Graves siguió su teoría con creciente desesperación según envejecía. Por fin, se convirtió en una parodia de su identidad de joven. Henry Miller hizo algo parecido, aunque sólo en el área del «amor». Cuando no estaba siendo un sabio, estaba siendo un viejo macho cabrío: la sabiduría codo a codo con el espectáculo de variedades más chabacano. Muchos poetas viejos encuentran que tienen que poner en marcha la poesía con el «amor». Lo que se produce de modo natural en la juventud es la decepción definitiva de la edad.

La musa, para una mujer poeta, históricamente ha sido un aventurero masculino. Adonis, Orfeo, Ulises. Como una mujer poeta también encuentra la inspiración por medio del plexo solar, la prohibición contra la sexualidad de las mujeres nos ha hecho tanto daño en la creación como en nuestros placeres.

Había muchísimas musas masculinas en aquellos días. Habitualmente yo dejaba que siguieran siendo sagradas al no «conocerlas» carnalmente. Y de las que me follaba, huía enseguida, convirtiéndolas en colegas de pluma.

Buscaba inspiración, no una relación, fueran quienes fueran. Lo único que podía mantener con ellos eran relaciones muy pasajeras. Tenía que volver a casa enseguida y escribirlo todo. Aquélla era, después de todo, la cuestión. Además, no quería que me decepcionara un hombre mortal. Quería una musa masculina que, por definición, sólo aparece en momentos de éxtasis y nunca tiene oportunidad de decepcionar. Es el príncipe que se puede convertir en sapo si le besas, el Ulises que puede volverse cerdo. Si no te quedas mucho, nunca lo sabrás. Y tendrás el poema.

Cada vez que me he decidido a conseguir algo en la vida, me ha supuesto una inmersión total. En aquel tiempo mi elemento era la poesía. Era mi pan y el aire que respiraba: marido, amante, niño. Allan sólo era un compañero a la sombra, un cuervo subido a un árbol.

La poesía todavía sigue siendo mi solaz. De hecho leo los poemas de otros. La poesía me rellena el manantial cuando estoy seca. La poesía me encuentra cuando me pierdo. El trauma temporal de una relación dolorosa, las decepciones profesionales, los dolores de la maternidad, se curan con poesía. Si me rindo a ella, al final me llevará a la próxima novela, anunciando sus temas.

Los recién llegados a las artes creen que se tiene que empezar con inspiración para escribir o pintar o componer. De hecho, sólo se tiene que empezar. La inspiración acude si se continúa. Comprométete a estar sentado solo varias horas al día y te visitará inevitablemente la musa. «Yo escribo cincuenta páginas hasta que oigo el latido fetal», solía decir Henry Miller.

El acto muy mecánico de sentarse a solas, desconectar el teléfono, concederse tiempo para jugar y cometer errores, para no ser inquisitivo con uno mismo, para quitarse a los censores de los hombros, es suficiente para seguir adelante. No está grabado en piedra -me digo-, siempre lo puedes retocar y reescribir más tarde. Ni siquiera lo tienes que publicar si no quieres. Es algo sólo para ti.

Escribo como para un samizdat, no para que se haga público de modo general. Todos mis amigos escritores del Bloque Oriental me dicen que el samizdat les dio un tono más íntimo a sus libros. Consideraban que estaban escribiendo para amigos, no para enemigos. Sentían como si estuvieran escribiendo cartas, cartas a sí mismos

El permiso para fallar, aparte de ciertos objetivos artificiales -escribiré diez páginas a mano, luego pararé-, muchas veces funciona. También se impone a la habitual autoflagelación que acompaña al trabajo del escritor. Si te atreves a jugar, puedes arriesgarlo todo en la página.

Presentar poemas para que otros opinen de ellos era otra cuestión. Mi ansiedad era tan grande que oía risas de burla incluso cuando pensaba en meter unos poemas en un sobre. Lo resolví de modo práctico. En Heidelberg conseguí una caja de plástico y le puse la etiqueta: «POEMAS ENVIADOS». En cada ficha había una fecha, una lista de poemas, la revista a la que los había mandado, y la fecha de aceptación o rechazo. Era simplemente un modo de engañar a mi miedo. Si no conseguía perder el miedo, al menos lo podía meter en una caja de plástico.

– Sabré que soy una poeta espantosa cuando la caja esté llena -me decía. Tenía un libro de poemas publicado antes de que la caja estuviera llena a medias.

¿Carecía de sentido ese desafío a mí misma? Los poetas no están hechos para gustar a los editores, sino para gustarse a sí mismos, como los destinos de Emily Dickinson y Walt Whitman nos recuerdan.

Cuando la caja de plástico esté llena de rechazos, el poeta de verdad dirá simplemente:

– Si lleno una segunda caja, o la tercera, o la cuarta… -pero seguirá enviando poemas, aunque sólo sea para endurecerse la piel.

¿Yo era una escritora de verdad o sólo un perro que buscaba aprobación? Me hice famosa tan joven que casi ni lo pude saber. Sólo me enteré de la verdad más tarde, cuando se interrumpió la aprobación y de todos modos seguí escribiendo.

Antes o después, todos los artistas encuentran el rechazo, incluso los más famosos. Si una insiste la vida entera en su obra, ésta pasa por periodos en los que está en sincronía con las teorías políticas o literarias de su tiempo. Y debe ir más allá, aunque eso signifique el rechazo. La política cambia. Pero el tiempo para trabajar nunca vuelve. A Nabokov le habría asombrado ver su obra impresa en Rusia. Proclamaba que nunca pasaría eso.

El rechazo exterior siempre es mejor que el rechazo interno del yo del escritor. Del propio yo del escritor es de lo que hay que ocuparse. Si una se priva a sí misma de eso, nunca llegará a saber la poca importancia que tiene el rechazo exterior. Pero si una se alía con las fuerzas del rechazo, comete un suicidio creativo. Los hijoputas no sólo te han echado abajo, te habrán matado con tu propia complicidad entusiasta.

Mi manía con la poesía me llevaba a reunir todos los años colecciones de poemas y mandarlas a los concursos que prometían la publicación de un primer libro. Todos los años, de 1967 a 1970, reunía los que consideraba que eran mis poemas mejores, los disponía por temas, les ponía títulos y subtítulos, y los mandaba a la editorial de la Universidad X, a la editorial de la Universidad Y, a la editorial de la Universidad Z, cada una de las cuales tenía una lotería literaria. No sabía cómo entrar en contacto con un editor comercial, y en cualquier caso las editoriales universitarias me parecían más elegantes; influía mi esnobismo de graduada universitaria (miedo al rechazo disfrazado). Ya entonces, los editores de Nueva York estaban dejando de publicar poesía, pero la cosa todavía no había llegado a la fase de solución final.

La primera colección que presenté fue Junto a la Selva Negra. Llena de poemas sobre mi descubrimiento de mi condición de judía en Alemania, contiene cosas que todavía leo conteniendo la respiración: ¿Cómo sabía eso una majadera como yo? La colección siguiente, titulada El tentador debajo del párpado, contenía los mejores de los poemas de Heidelberg, además de unos cuantos nuevos sobre la seducción de la musa, el matrimonio con la poesía, la persecución del amor en forma de fruta o verdura. La tercera colección, Frutas y verduras, llevaba esta tendencia todavía más allá. Estaba llena de poemas irónicos sobre la poeta en la cocina, la poeta como ama de casa, el sexo, el amor, el feminismo, y la condición de mujer flagelada. Más libre que las dos primeras -tanto en forma como en contenido-, la colección todavía (en conjunto) me gusta. Estaba pelando la cebolla de mí misma, y encontrando en esa picante verdura mi propia alma interminablemente desnudada.

Para cuando reuní Frutas y verduras, estaba tremendamente impaciente por publicar. Parecía que sólo un libro de poemas publicados me daría lo que me faltaba. Las revistas de poesía de poca circulación ya no me contentaban. Estaba deseosa de que me leyeran mis contemporáneos. Creía que un volumen de poesía me cambiaría la vida. Tenía ganas de convertirme en una de las legisladoras no reconocidas de la condición femenina, alcanzar el amplio público de los amantes de la poesía que creía que estaba fuera de allí, azotar al mundo con poesía y alzarla ante sus sentidos.

¡Qué enloquecidas me parecen ahora esas pretensiones! Como yo vivía para la poesía, suponía que el mundo hacía lo mismo. Por entonces mi dúo de mentores poéticos se había convertido en un triunvirato. Louis Untermeyer, aquel desafiante e infatigable antólogo, se había unido a Mark Strand y Stanley Kunitz en mi panteón personal. Louis había visto uno de mis poemas en una revista espantosa y me había escrito una carta: «¿Qué está haciendo usted en esa publicación tan mediocre?» Era el equivalente literario de: «¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un sitio como éste?». Poco después, me invitó a cenar en su casa de Connecticut, y nos enamoramos de inmediato, como sólo se enamora una poeta de veintitantos años, alguien que se puede enamorar de un antólogo de ochenta y tantos (y viceversa).

A ésa la siguieron muchas otras cenas literarias: cenas con Arthur Miller e Inge Morath, Howard y Bette Fast, Muriel Rukeyser, Robert Anderson y Teresa Wright, Arvin y Joyce Brown, Martha Clarke, y muchos otros poetas, dramaturgos, novelistas, actores, bailarines y directores de cine.

Debido a Louis y su mujer Bryna, yo creía que Connecticut era una versión a pequeña escala del Monte Olimpo. Gracias a Louis y Bryna, conocí a los Fast, que me presentaron al padre de mi hija. Gracias a Louis y Bryna, volví a revisar una vez mi libro de poemas.

Conque mandé la nueva colección a X, Y y Z. Por un giro del destino, que de hecho resultó ser un importante milagro de la sincronía, también la mandé a Holt, que en aquellos días se llamaba Holt, Rinehart amp; Winston.

Yo había vuelto de Alemania el verano antes de terminar nuestro «viaje obligado» y encontré a mi abuela moribunda. Se extinguía sobre sus sábanas de auténtico lino mirando el soleado West Side por la ventana. Había arreglado sus prendas de vestir para hacerlas más pequeñas, «de modo que tendré algo que ponerme cuando vuelva a salir». Pero nunca volvió a salir. El cáncer de páncreas la mató más deprisa de lo que mató el sida a mi amigo Russell. Pero nosotros negábamos el cáncer de los dos. Ninguno de nosotros pronunciaba la palabra.

Me preguntó débilmente qué estaba haciendo.

– Trabajando en mis poemas -dije yo, vacilando.

Sin vacilarlo en absoluto, me aconsejó:

– Vete a ver a Gracela, Gracie, Grace -Mi abuela siempre triplicaba o quintuplicaba los nombres, llamándome muchas veces «Erica, Claudia, Nana, Edichka, Kittinka».

«Gracela, Gracie, Grace» era la hija de una vieja amiga de mis abuelos, una dama rusa indomable que se llamaba Bessie Golding. Grace y yo descubrimos más tarde que Bessie había sido amante de mi abuelo mientras mi abuela esperaba en Londres que la reclamaran desde el Reino dorado. Lo que sólo le llevó ocho años.

Cuando la abuela llegó a Nueva York, el abuelo encontró inmediatamente un comunista adecuado para que fuera el marido de Bessie. Después de eso, siempre la describió como «una anarquista, seguidora de Emma Goldman, que creía en el amor libre». En resumen, lo opuesto a mi comedida abuela, que creía en las perlas de verdad, los guantes crema con botones de perla, las sábanas de lino auténtico, los manteles de lino auténtico con servilletas bordadas a juego, las mantas con los bordes de terciopelo. También creía en el zumo de naranja recién exprimido, el aceite de hígado de bacalao, los huevos pasados por agua con picatostes, los abrigos ingleses Chesterfield con cuello de terciopelo para las niñas. Pero no en el amor libre. Indudablemente no creía en eso.

Conque fui con mis poemas a ver a Gracela, Gracie, Grace (el producto de Bessie y del comunista adecuado que le había buscado mi abuelo). Tenía las tres versiones consecutivas en una carpeta de cuero negro.

El autobús que cruzaba la ciudad me llevó cerca de Park esquina con la calle 68, donde Grace (que había pasado toda su vida de editora) trabajaba ahora en la revista Foreign Affairs.

Con su imponente fachada de caliza, la limusina de Roy Cohen aparcada en doble fila al otro lado de la calle, el Council on Foreign Relations, que publicaba Foreign Affairs, era un sitio aterrador. Un nido de blancos, anglosajones y protestantes, un aquelarre de calvinistas, un refugio de licenciados por Harvard; existían rumores de que al Council lo manipulaba la CIA. Podía imaginarse que desde allí soltaban a James Bond. Y que había escalinatas secretas, estanterías de libros que giraban para dejar a la vista oubliettes secretas para innombrables y malignos agentes, o tiburones que comían hombres en estanques calientes como meados instalados en el suelo del sótano.

Entré audazmente, ocultando mi timidez con mi habitual bravura de mierda. (Más que temer el tener miedo, me asustaba el parecer asustada, una herencia de mi padre.) Subí la escalinata en graciosa curva hacia el despacho de Grace.

El despacho era una caverna con libros y flores, litografías en color y cuadros. Era un santuario presidido por una encarnación de la gran diosa madre: Grace. En aquellos días, era rechoncha, con el pelo sal y pimienta muy corto, y la ropa suelta que usaban las gordas para disimular su grasa ante sí mismas.

Me dejé caer en un sillón de cuero verde junto a su mesa, crucé las piernas bajo mi minifalda roja plisada, me ajusté mi chaqueta de lino rojo y mi blusa con flores rojas. Al cruzar las piernas con mis sandalias de plataforma, me sentí a la última moda, pero impotente.

– ¿En qué te puedo ayudar? -preguntó Grace, tratando de que me sintiera cómoda. Pero la cosa no era fácil. Miré los blandos ojos pardos de Grace y casi no pude hablar.

– Tu abuela dice que escribes poemas -dijo amablemente Grace.

– Eso parece, pero probablemente no sean nada buenos -mentí yo. Sabía que eran buenos. Se trataba de un modo de protegerme.

– ¿Los puedo ver? -la carpeta negra de cuero estaba húmeda en mis palmas sudorosas.

– ¿De verdad que quieres?

– No te lo pediría si no.

Agarró el libro, abrió la página del título que ahora decía Frutas y verduras, abrió el primer poema, y dijo rápidamente:

– La poesía es muy especial; toda la vida de una persona enmarcada en estos grandes márgenes en blanco.

Luego, se puso a leer en silencio.

Yo estaba toda nerviosa.

Le parecen espantosos -pensé-, está siendo educada para librarse de mí, le hace un favor a mi abuela porque se está muriendo.

Leyó durante unos veinte minutos, abstraída, sin levantar la vista.

Luego declaró:

– Vas a ser la poeta más famosa de tu generación.

Era como si se me hubiera echado encima un océano. Estaba sin respiración.

Pero dije:

– Muchísimas gracias.

– No -dijo-. Lo que quiero decir es que son unos poemas maravillosos. Tienen tu propia voz, tu propio humor, tu propia imaginería. Quiero mandarlo a un amigo de Holt.

– No están terminados. Tengo que revisarlos -dije.

– Puedes revisarlos eternamente para no arriesgarte a publicarlos -dijo Gracie, conociendo mis estratagemas sin conocerme a mí.

Conque me vi obligada a dejarle Frutas y verduras (ya presentado a X, Y y Z) a Gracela, Gracie, Grace. Sin saberlo yo, se lo pasó a Robin Little Kyriakis, de Holt, que se lo pasó a Aaron Asher, el editor.

Pasaron las semanas. Un libro de poemas siempre parece un pétalo de rosa que revolotea en el Gran Cañón, pero éste parecía un pétalo de margarita perdido en un pliegue temporal.

Me quieren, no me quieren, me decía, preparándome para el golpe que seguramente caería.

Unos dos meses después, recibí una carta de X ofreciéndome publicarlo, una carta de Y ofreciéndome publicarlo, una carta de Z diciendo que esperara un poco. (¿Podría presentarlo nuevamente el año siguiente?)

Al día siguiente llegó una carta de Holt, ofreciéndome publicar Frutas y verduras.

¿Estaba contenta? Estaba demasiado aterrada para estar contenta.

Me dominó un intenso pánico, luego culpabilidad, luego vergüenza. Había roto la regla -presentarlo en cuatro sitios-, y ahora estaba expuesta al fraude. ¡Les había mentido a los editores, a las augustas editoriales universitarias. Estaba desolada. Ahora sin duda no me podía proteger nadie. En menos de treinta segundos, había convertido el éxito en fracaso.

Los poetas me odiarán, pensé, dando vueltas sin dormir al lado de Allan. ¡He hecho algo inmoral!

¿Cómo podía saber que de todos modos los poetas me odiarían después de Miedo a volar? ¿Y cómo podía saber que yo no tenía en absoluto control sobre eso?

Fui a cenar con Aaron Asher e inmediatamente me enamoré de él. Ojos azules, humor retorcido, una historia de fábula como editor de Saul Bellow y Philip Roth. Si yo le gustaba a él, yo debía de ser buena. La misma primavera en que apareció Frutas y verduras, Asher publicó a otra escritora desconocida que se llamaba Toni Morrison. Su primera novela, Ojos azules, había sido rechazada en todas partes porque ¿a quién le interesaba una chica negra y fea que se llamaba Pecola y tenía un hijo con su padre? En aquellos días se suponía que los negros no leían y que a los blancos no les apetecía leer cosas sobre los negros. Aaron tenía buen gusto, y quizá algo más importante, agallas.

– Diles que tenías que publicar en Holt porque también piensas escribir novelas -dijo Aaron, haciendo planes para una novela con los poemas como cebo (¡Qué antiguo resulta eso ahora!)-. Diles que soy tu editor para todo.

Emocionada de que mi obra provocara semejante posesividad, seguí agonizante. Traté de escribir cartas de «Gracias pero no» a aquellas editoriales universitarias, pero estaba bloqueada. ¿Una poeta importante con un editor de Nueva York? ¿Una novelista potencial (poetenáat)?

– Ponte a escribir una novela-había dicho Aaron- con la misma voz impetuosa de esos poemas.

Me negué a creer lo que decía. Y continué castigándome por este leve soplo de éxito. Aquello era demasiado para los fracasos de mi madre, para los fracasos de mi abuela. Después de todos los esfuerzos que me había costado subir este primer escalón, no podía pensar en más que en interrumpir mi ascenso y dejarme caer en brazos de mi neurótica familia.

Este esquema me ha perseguido durante toda mi vida de escritora. He dudado, reescrito y vuelto a reescribir libros que debería haber entregado al mundo. ¿La fuente de mi miedo? El enfado de mi familia. Exponerme a sus burlas.

Cuando me trasladé al Oeste después del éxito de Miedo a volar, compré un coche poco caro, un Pacer, en lugar del Rolls-Royce Corniche con el que fantaseaba. ¿En qué estaba pensando? ¿En que un coche barato haría que me quisieran? Quería que me quisieran mucho más de lo que quería un Rolls. Hasta que dejé de preocuparme de esto, no pude trabajar en paz.

Si a una la quieren o no, depende más de los otros que de lo que haga una. El talento no es finito. Hay de sobra para seguir. Las personas con talento saben que pueden utilizar sus logros como inspiración. Pero las almas mezquinas que creen que destrozándote también destrozarán tu obra, prosperarán. Están equivocadas, claro, pero todo eso queda lejos de tu alcance. Una sólo puede seguir trabajando. «Lo demás -como dice T. S. Eliot en Cuatro cuartetos- no es asunto tuyo.»

Finalmente reuní el valor para informar a aquellas pacientes editoriales universitarias de que ya tenía compromiso. Luego firmé con Holt tal como pensaba hacer. Después de haber vendido el libro por mi cuenta, ahora contraté a un agente para que sacara tajada de él. Un agente confería credibilidad. Me gustaba decir «mi agente» a mis parientes y amigos. El adelanto por frutas y verduras fue generoso para tratarse de poesía: 1.200 dólares. El agente se llevó 120 dólares, y la opción sobre una novela titulada Miedo a volar.

Que preste atención el mundo entero. Otra poeta iba a desaparecer tragada por el Gran Cañón.

Pero antes necesitaba un nombre.

Empecé a publicar con mi nombre de soltera, Erica Mann, que, después de todo, siempre había sido mi nombre. Pero cuando mi freudiano marido dijo tenebrosamente:

– La poeta no tiene marido -me sentí dominada por una culpabilidad inútil.

En lugar de contraatacar con un:

– ¡Claro que no! ¡Las poetas están casadas con sus musas! -dejé que me bajara los humos utilizando su apellido.

Para ser justos, él se habría contentado con «Erica Mann Jong». Que justamente era lo que yo temía que me llamaran: «una dama poeta con dos apellidos». Jugué con «E. M. Jong» (para disimular mi sexo de segunda clase), luego con «Erica Orlando», debido a mi novela favorita, luego con «Erica Mann Jong», debido a mi padre y mi marido. Por fin elegí «Erica Jong» porque sonaba enigmático, con pegada, y tenía las mismas cuatro sílabas que mi nombre de soltera.

La decisión de suprimir mi nombre de soltera fue una decisión para desafiar las burlas sexistas, pero en cualquier caso caí en una trampa sexual. A los veintipico años todavía no sabía que hagan lo que hagan las mujeres -usen dos apellidos, supriman su nombre de soltera, insistan en mantener ese nombre de soltera por principio-, obrarán equivocadamente porque su elección no depende de los hombres. En definitiva se burlarán de ellas, como le pasa a Hillary Rodham Clinton; de hecho da lo mismo, pero evoca una secreta fuente de alegría en todos nuestros corazones.

¿Qué hay en un nombre? La decepción de mi padre porque mi apellido no haga brillar directamente el suyo, el desconcierto de mi hija por llevar el apellido de alguien a quien no conoce. (La llamamos Molly Miranda Jong-Fast. Molly para que floreciera, Miranda para que todas las tempestades afectaran su casa, Jong por mi nom deplume, y Fast por su padre y su familia.)

Pero un nombre también proporciona leyenda. Si se adopta con resentimiento para enfrentarse a la magia negra patriarcal, quien lo lleva siempre lo padece.

Mi nombre era una finta, una finta para evitar la desaprobación de Allan, una finta frente a las burlas sexistas sobre «una dama poeta con dos apellidos», una finta para evitar a Erika Mann, la hija escritora de Thomas Mann, que fue quien inspiró mi nombre.

El miedo no es un buen motivo para adoptar un nombre. Un nombre debería considerarse un acto de liberación, de celebración. Un nombre debería ser una invocación mágica a la musa. Un nombre debería ser una bendición para una misma.

Desgraciamente, «Erica Orlando» le habría sugerido a la gente más Disney World y Florida que Virginia Woolf. Y «Erica Porchia», debido a un poeta sudamericano que me gustaba mucho, podría provocar chistes sobre mi peso, dado que quedaba cerca átporky («gorda», «gordinflona»). Pensé en llamarme E. M. J. Parra debido a Nicanor Parra, otro de mis poetas favoritos, pero resultaría desconcertante, puede que incluso a mí misma. Y los nombres que inventaba de noche me sonaban todos ridículos de día: «E. M. Bronté», «E.M. Bloomsbury», «Erick de Jong». Además, eran nombres poco honrados para alguien cuya lucha se resumía en ser honrada.

Si yo era mujer y poeta, sería eso. Seguí con «Erica Jong», y me dio suerte usarlo. Ahora me gustaría hacer lo mismo que Hillary con el Rodham, y puede que lo haga.

Pero «Erica Mann Jong» es, por desgracia, tan patriarcal como «Erica Jong». Y como la hija de Thomas Mann, Erika, estaba viva, la confusión de nombres no me apetecía. Mis padres habían conocido a Thomas Mann y le admiraban. Les gustaba el nombre de su hija y deseaban que me proporcionase creatividad. Erica, en alemán, significa flor blanca, y reina en la vieja Escadinavia, pero para ellos significaba escritora.

Ahora ya estoy acostumbrada al Jong, que rima con Vietcong, dong, ping-pong, Hai Phong, song («canción»), long («largo») y wrong («equivocado»). Recibo cartas de lectores que escriben a «Querida Erika de Jong», «Querida Erica Mann Jong», «Querida Erica Mann Jong Fast Burrows», «Querida escritora asiático-norteamericana», y «Óyelo bien, PERRA JUDÍA, COMUNISTA, PUTA… ¡Hitler debería haber terminado con todos vosotros!»

Conque ¿qué hay en un nombre? Todo y nada. A veces sólo quiero ser Erica, como Colette (que primero firmaba para sí misma «Willy», luego «Colette Willy», luego «Colette Willy de Jouvenel», y terminó convirtiéndose en «Colette»). Pero «Colette», después de todo, era el apellido de su padre. Le servía tanto de nombre como de apellido a alguien que, en caso contrario, hubiera sido Sidonie-Gabrielle Colette Willy de Jouvenel Goudeket.

Para los nombres de las mujeres creo en la propia invención: un nombre que encarne el deseo. Un nombre que debería adoptarse cuando una se dedica a una vida de trabajo.

¿Ya es demasiado tarde para mí? Mi nombre de escritora ya se ha fundido extrañamente con mi esencia. Puede que recupere mi nombre de soltera (que, después de todo, es el nom de théátre de mi padre: Mann). Durante veintitrés años yo fui una desafiante «Mann». Luego me sometí a un matrimonio freudiano.

Puede que cuando esté terminado este libro reaparezca la autora.

Es raro que me llevara tanto tiempo encontrar un nombre, pues en Heidelberg tuve la suerte de contar con ese extraño tipo de psicoanálisis que pone los cimientos de la vida de un escritor.

Mi psicoanálisis con el profesor Herr Doktor Alexander Mitscherlich sólo pudo haber tenido lugar por la intervención de los ángeles del psicoanálisis. Si la cosa funciona, habitualmente se debe a ellos. Revolotean sobre las salas de consulta de tres continentes mandando por los aires a los que se psicoanalizan, como esos vientos barbudos con los carrillos hinchados de los mapas antiguos.

Atascada en Heidelberg con un marido con el que no podía hablar, encontré, gracias a un psiquiatra de Nueva York, a un tal Herr Professor Doktor Alexander Mitscherlich. Dijo que hablaba inglés. Y resultó que ejercía en Heidelberg.

El médico norteamericano era al que yo había consultado sobre mi pánico al matrimonio, mi miedo a que el matrimonio me esclavizase a los deberes conyugales, y que entorpeciera mi trabajo de escritora.

– Absurdo -había dicho este psicoanalista-. Los hombres también trabajan en casa. Cortan el césped, arreglan cosas, sacan la basura. Es una responsabilidad parecida, ¿no le parece?

No me parecía. Pero entonces no tenía recursos feministas para demostrarlo. El problema no tenía nombre todavía. Creía que debía de estar loca.

A diferencia del médico de Nueva York que me lo recomendó, el doctor Mitscherlich no era sexista. No pensaba a base de clichés. Había estado huido de Alemania durante doce años por culpa de los nazis y vivió y ejerció en Suiza y en Inglaterra. Había esperado hasta el final de la guerra. Lo que no evitaba que yo -en mi ignorancia- le llamara nazi cuando estaba en el sofá, cosa que siempre le ponía mortalmente nervioso.

Fue en el mes de octubre de nuestro primer año en Alemania cuando me apeé del tranvía por primera vez delante de su consulta.

Entré en el patio de adoquines de una clínica del siglo XIX con altas paredes amarillas. El doctor Mitscherlich acechaba en su despacho rodeado de libros. Había alfombras orientales en el suelo. Un antiguo sofá para el psicoanálisis me amenazaba y me negué a tumbarme.

– Entonces, siéntese frente a mí -dijo el médico.

Obedecí.

Era un hombre atlético y alto, de unos sesenta años. Una cara alargada, unos ojos intensos gris-azulados, unas gafas gruesas brillando como puros rectángulos, una atención total.

Llevaba bata blanca, una corbata de punto púrpura, zapatos con suela de crepé que rechinaban cuando andaba. Su bata parecía un Engelhempd o «camisa de ángel» (como los alemanes llaman a estas prendas). De hecho, parecía angelizarle. Cuando hablé, sus ojos me pertenecían por completo.

¿Por qué había venido?

Estaba bloqueada con mi escritura, bloqueada con mi matrimonio, sentía nostalgia de Nueva York, y estaba contenta de encontrarme lejos de mi familia. Necesitaba a mi marido. Odiaba a mi marido. Me aburría con mi marido. Quería escribir. No podía escribir. Nunca podía mandar los manuscritos porque los revisaba sin parar. Sabía que no quería terminar bloqueada y resentida para siempre.

Desde la primera sesión, me tomó en serio y tomó en serio mis poemas, incluso antes de tener motivos para hacerlo.

Pronto me tumbé en el sofá, desde el que distinguía los títulos de los libros en inglés, alemán, húngaro, checo, francés, italiano, español. Yo recordaba mis sueños y los relataba. Vagando de los sueños a los recuerdos, a mi vida en Heidelberg, sencillamente «conté el desgraciado Presente para rememorar el Pasado», hasta que antes o después «éste vaciló en el verso donde / mucho antes habían empezado las acusaciones» -según Auden describe el proceso de su poema sobre Freud-. Tenía una espina clavada en la garganta, me aguijoneaba el corazón hasta que dije cuál era el dolor.

El psicoanálisis implica una rendición, y ¿quién se quiere rendir? Nadie. Luchamos hasta que no tenemos otra opción, hasta que el dolor es tan grande que debemos rendirnos. El ego quiere fuerza bruta. El ego prefiere la muerte a la rendición. Pero la vida no deja de reafirmarse. Tropezamos contra las mismas piedras repetidamente hasta que un día, después de un desenmarañamiento trivial, el suelo parece lo suficientemente despejado para que podamos caminar sobre él sin dar traspiés.

Y así iba la cosa, un lunes tras otro lunes, un martes tras otro martes, un miércoles tras otro miércoles, un jueves tras otro jueves, un viernes tras otro viernes. Se hacía más fácil durante un tiempo, luego se volvía más duro. Se hacía aburrido, luego soportable, luego nuevamente imposible. Continuábamos como si avanzáramos por una novela que hemos llegado a odiar. Sólo la disciplina para poder terminarla nos empuja a seguir. Y en un punto cercano al final, la luz vuelve a brillar, como por un triforio.

El triforio que el doctor Mitscherlich tenía en su consulta de Heidelberg sigue siendo, para mí, la mejor imagen de cómo empezó el psicoanálisis a arrojar un poco de luz sobre mi dolor. Se iban sucediendo los días grises, uno tras otro. Llovía sin cesar, como siempre llueve en Alemania. Y un día, de pronto, vi penetrar los rayos del sol.

Al terminar mi primer año de psicoanálisis, el doctor Mitscherlich trasladó su consulta a Frankfurt. Desde mi triste apartamento del Ejército, estaba a un cuarto de hora de coche de la Heidelberg Bahnhof, una hora de tren hasta Frankfurt, veinte minutos de tranvía hasta el Instituto Sigmund Freud.

Pocas veces me perdí una sesión.

Salía de casa a las siete y veinte, llegaba a la estación de Heidelberg a las siete treinta y cinco, aparcaba mi viejo Volkswagen Escarabajo (o «Beatle», como le llamaba yo), tomaba el tren de las siete cincuenta a Frankfurt/Darmstadt, llegaba a la Frankfurt Bahnhof a las ocho cincuenta y dos, esperaba hasta las siete y nueve por el tranvía (hiciera el tiempo que hiciera), luego recorría andando varias manzanas de casas y estaba en la sala de espera del doctor del Instituto a las nueve cuarenta. Mi sesión empezaba a las diez en punto.

Jamás he tenido que hacer cosas tan complicadas y persistir en ellas, excepto en cuestiones amorosas.

Supongo que de eso se trataba.

Había dejado de llamar nazi al doctor M., pues me había enterado de que sus silencios ocultaban su fama de antinazi, escritor, investigador de las condiciones que hicieron surgir el nazismo. Sociedad sin padre, era una expresión suya. Se había hecho famoso por sus estudios sobre las causas ocultas del nazismo. Era una estrella y yo no me había enterado. Más importante aún, él siempre me trató como a una estrella mucho antes de que yo lo fuera. Su creencia en mí fue lo que hizo posible toda mi vida creadora.

Cuatro días a la semana emprendía el mismo viaje de vuelta, corriendo para alcanzar el tren de las doce y pico, y llegando a mi apartamento de Heidelberg hacia la una y media o dos.

Tenía que comprar la comida, me quedaban tres horas para escribir, luego preparar la cena. Por la noche había fiestas con los oficiales y sus Frauen a las que teníamos que asistir. El viaje a Frankfurt nunca me pareció que no mereciera la pena. Sólo en dos ocasiones no me atuve al horario previsto y perdí el tren. En las dos ocasiones estaba en el andén, viendo cómo se alejaba el tren.

El tren se convirtió en mi vida. En él leía, tomaba notas, garabateaba poemas y relatos. El balanceo me tranquilizaba y surgían fantasías eróticas. Tomaba nota de ellas, las convertía en fábulas, las exploraba con el psicoanalista.

Miedo a volar en cierto modo surgió de esos trayectos en tren. En el tren una puede fantasear que el hombre de enfrente se quitará las gafas de cristales tan gruesos, se desnudará y hará apasionadamente el amor contigo en un túnel interminable, y luego desaparecerá como un vampiro con la luz del sol. El tren hace que te balancees atrás y adelante en tus sueños más excitantes, une la humedad de dentro y fuera. He llegado a correrme en los trenes sin tocarme. Sólo es una cuestión de concentración. Ese él (o ella) imposible te penetra. La fantasía se impone. El tiempo se detiene mientras el tren se balancea. De repente tengo el regazo lleno de estrellas.

Al cabo de tres años, me despedí del doctor M., prometiendo escribir. Y lo hice: cartas, poemas, novelas.

Él me había enseñado cómo. Me había enseñado a encontrar el valor para hundirme en mí misma. El inconsciente está lleno de tinieblas, figuras edípicas, leyendas rotas, cuentos a medio contar. Una escala poco fija con los peldaños podridos se hunde en él. Otra escala dorada te puede llevar a las estrellas. Pero antes una debe encontrarse a sí misma en la oscuridad. Si no te conoces a ti misma, ¿cómo vas a poder encontrar nada?

«¿Cómo voy a recibir la semilla de la libertad -se pregunta Thomas Merton- si estoy enamorado de la esclavitud, y cómo voy a abrigar el deseo de Dios si estoy lleno de otro deseo que se le opone? Dios no puede plantar en mí su libertad porque estoy preso y ni siquiera deseo estar libre.»

El viaje psicoanalítico por lo menos me había hecho desear ser libre.

«La única auténtica alegría de la tierra es huir de la prisión del propio y falso yo…» -de nuevo Merton. Describía la búsqueda de la vida contemplativa. Pero la escritura también requiere la vida contemplativa.

Al psicoanálisis se le tacha hoy de elitista, sexista e indulgente. Yo no estoy de acuerdo. ¿Cómo puedes quererte a ti misma en cuanto mujer si te estás enfrentando a una pared con navajas? ¿Y cómo puedes querer a tu hermana si crees que esas navajas están hechas de acero en lugar de con tu propio miedo? En cuanto mujeres, necesitamos conocernos a nosotras mismas más que nunca. Necesitamos las verdades del inconsciente más de lo que las necesitaron nuestras madres y abuelas. El cinismo y la desesperación nos seducen. Tenemos miedo a aceptar el amor. Preferimos «el corrupto lujo de sabernos perdidos» (como lo llama Thomas Merton).

El psicoanálisis puede resquebrajar la desesperación. Puede ser tanto una oración como una meditación. Pero requiere un intenso deseo de cambio.

Cuando me fui de Alemania, ya escribía con facilidad. Todavía me autoflagelaba, pero no hasta el punto de paralizarme. Todavía estaba atrapada en mi desesperación, pero por lo menos sabía que mi desesperación era una lucha por cambiar.

Volví a Estados Unidos con mis manuscritos. Y volví delgada de verdad. Este no había sido el objetivo del psicoanálisis, pero de pronto tenía menos cosas que ocultar.

A los veintisiete años había decidido ser escritora. Pensaba que era vieja comparada con Neruda, que publicó a los diecinueve años; vieja comparada con Edna St Vincent Millay, que escribió Kenascence también a los diecinueve; vieja comparada con Margaret Mead, que ya era mundialmente famosa a los veintisiete. Conque me concedí hasta los treinta años para lograrlo, creyendo que una vez que el libro de poemas se publicara, por una vez, sería feliz. La esperanza era el combustible de mi reactor.

¿Cómo podía saber yo que un escritor que publica raramente es la criatura viva más feliz? «Uñas que crecen hacia dentro», nos llamó Henry Miller. Estamos sentados y empollamos como una gallina durante años, sacándonos poco a poco pelusillas del ombligo, sólo para experimentar el anticlímax, la publicación, que muchas veces confirma nuestros peores miedos, llevando a la letra impresa cosas que sólo nuestros más acérrimos enemigos dirían de nosotros.

Para una mujer, la profesión es doblemente precaria. Antes o después, las mujeres escritoras se encuentran con el problema de que una mujer que esgrime la pluma siempre es alguien marginal.

Las mujeres que escriben se espera que sean las guías a través de los pantanos del amor heterosexual. Se nos permite ser novelistas pop (mimadas por los del dinero que dirigen las empresas), pero despreciadas por la muchedumbre de críticos literarios como husmeadoras de basureros. Se nos permite escribir fábulas carnales que puedan usar como calmantes las otras mujeres, bromuro que las tranquilice con su terrible papel. Cuando no hacemos eso, sino que encima nos dedicamos a la sátira o a la creación de mundos imaginarios perversos, nos echan la culpa, no por nuestros libros sino por nuestra imperfecta condición de mujeres, dado que la condición de mujer, por definición, es un defecto.

¿Y por qué? Pues porque no es la condición masculina.

Pero ¿qué habría sido de mi vida si yo hubiera nacido hombre? Mi marido trata de convencerme de que, dada mi familia, me habrían obligado a dedicarme al negocio de tchotchke y nunca me habría hecho escritora.

– Conseguiste escapar por haber nacido mujer -dice-. Si hubieras sido hijo, habrías pasado la vida vendiendo regalos.

Puede que tenga razón, pero yo veo otra imagen. Me veo con el título que se confiere automáticamente al creador varón: a un hombre que escribe no se le considera automáticamente un usurpador.

Un escritor varón sin duda tiene que encontrar su voz, pero ¿también tiene que convencer primero al mundo de que tiene derecho a encontrar su voz? Una mujer que escriba no sólo tiene que inventar la rueda, además debe plantar al árbol y talarlo, serrarlo en redondo y aprender a hacer que ruede. Luego debe abrirse un camino propio (imponiéndose a los chillidos de los que aconsejan sin que nadie lo pida).

Incluso hoy, cuando por cada tres libros de hombres se hace la crítica a uno de una mujer, se considera inadecuado mencionar los porcentajes. No es caballeroso recordar algo así, pero sin nuestra obstinada falta de caballerosidad seguiríamos siendo una por cada doce.

Siempre me identifiqué con los héroes masculinos de los libros de mi infancia lectora, por lo que finalmente traté de escribir novelas picarescas para mujeres. Al principio lo hice inconscientemente (Miedo a volar, Cómo salvar la propia vida). Después lo hice deliberadamente, burlándome de la propia forma de la picaresca en Fanny, la auténtica historia de las aventuras de Fanny Hackabout-Jones. La pregunta de Virginia Woolf: «¿Qué pasaría si Shakespeare tuviera una hermana?», me llevó a preguntarme: ¿Y si Tom Jones hubiera sido mujer?, y aplicarlo a mi amor por el siglo XVIII, a mi investigación del destino de una mujer del siglo XVIII.

Por entonces ya sabía que estaba adaptando conscientemente una forma heroica masculina a la vida nada heroica de una mujer. En eso residía lo divertido.

A las mujeres se les permiten pocas historias heroicas. Los arquetipos de diosa lunar o de loba sólo se han revivido recientemente. Bajo el patriarcado, las historias de mujeres han terminado inevitablemente en matrimonio o muerte. Todas las demás alternativas se consideraban inadecuadas.

Como escritora novata en Heidelberg, me abrumaban estas limitaciones y decidí escribir mi primera novela desde un punto de vista masculino. Fui tan lejos en ello como me pudo llevar mi imitación de las palabras de Nabokov.

No muy lejos, la verdad. Pues como yo no podía saber lo que sentía físicamente un hombre, me interrumpí, dejando el libro sin terminar.

Hoy a lo mejor podría escribir desde el punto de vista de un hombre. He vivido con suficientes hombres como para saber lo que sienten igual que si yo lo sintiera desde dentro. Pero ahora también sé lo mucho que necesitan las mujeres que se cuenten sus propias historias.

Todo escritor, dijo alguien, es hombre o mujer. Pero para un hombre existe un molde que romper o que seguir; para una mujer hay un vacío que hace señas. Los escritores normalmente construyen sobre los cimientos de otro. Pienso en Biblos, en Split, en Estambul. Los restos de una civilización se convierten en la arquitectura de otra. Las mujeres que escriben siempre han echado mucho en falta esos ricos restos creativos. Condenadas a empezar siempre desde el principio, hemos iniciado los registros de nuestra civilización a trompicones. A nuestras matriarcas las han hecho invisibles, a nuestros mitos los han dejado de lado. Parece como sí siempre estuviéramos oyendo a los escritores varones famosos diciéndonos lo que no somos.

En estos últimos años hemos inventado algunas formas nuevas y desenterrado algunas viejas tradiciones. Pero nuestro permiso para ser creadoras es tan desacostumbrado que tendemos a no ser generosas entre nosotras. Preferimos denunciarnos entre nosotras que denunciar a los gurús que se nos imponen como rivales.

Como feministas, le pedimos a la literatura que haga más de lo que la literatura puede hacer: la revolución, enterrar a los muertos, erigir estatuas a nuestras heroínas favoritas. Ése no parece el medio más adecuado para estimular una literatura que sea reflejo de la vida. La vida es un lío mayor que la política, y menos predecible. La vida es simplemente lo que pasó cerca y a alguien. Al pedirle a la vida que sea tan decididamente política, frustramos nuestra necesidad de soñar, de jugar, de inventar.

En nombre del feminismo, algunas de nosotras hemos prohibido que las mujeres sean creadoras traviesas. Nuestras pioneras -Mary Wollstonecraft, Mary Shelley, Jane Austen, Emily Dickinson, las Brontc, George Sand, Colette, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Doris Lessing- se horrorizarían al vernos suprimir el juego y la libertad de nuestro arte. El juego es la fuente última de la libertad. Si nos convertimos en artistas políticas, deberíamos haber nacido en la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, o la Unión Soviética de Stalin. Feministas por encima de todo, debemos luchar por la libertad de expresión, porque en caso contrario seríamos condenadas al silencio, con la «decencia» como excusa.

Pero yo no sabía casi nada de todo esto cuando en 1971 se publicó Frutas y verduras. Apareció la misma primavera que la edición norteamericana de La mujer eunuco, de Germaine Greer. Con el nuevo estallido del feminismo en el aire, fue cálidamente recibido. Para un libro de poemas, no hay más.

Mi editor organizó una fiesta en un agradable puesto de frutas y verduras, un local que se llamaba Winter's Market, en la Tercera Avenida. Las grandes cajas de fruta llegaban a la acera. Las naranjas y limones brillaban al sol.

Yo llevaba puestos unos hotpants de encaje púrpura y una blusa a juego con bolsillos estratégicamente colocados encima de los pezones. Unas gafas púrpura de abuela y zapatos púrpura. Esperaba parecer inadecuadamente adecuada, como era de rigueur en 1971.

Los poetas y los editores se apiñaban, tomando ensaladas de fruta y soltándose ingeniosidades unos a otros.

Me senté en una caja de naranjas leyendo un poema sobre una cebolla:

Estoy pensando de nuevo en la cebolla, con sus dos bocas en O, como los agujeros muy abiertos de nadie. Al pelar la piel de fuera, de un castaño rosáceo, se revela una esfera verdosa, calva como un planeta muerto, lisa como el cristal, y un olor casi animal. Considero su habilidad para arrancar las lágrimas, su capacidad para examinarse a sí misma, para abrirse, capa a capa, en busca de su corazón que sólo es otra región de su piel, aunque más profunda y verde. Recuerdo a Peer Gynt. Considero su a veces doble corazón…

Los ruidos de la fiesta apagaban mis palabras. Karen Mender, la joven y guapa asistente que había organizado la fiesta, asombrosamente había conseguido que viniera un equipo de las noticias de la noche. (Un día tranquilo en Vietnam, supongo.)

Me grabaron en vídeo sentada en la caja de naranjas, soltando versos inaudibles sobre las cebollas. Se centraron en mis muslos. También en mis sandalias de tacón tan alto.

– Esto sólo podría pasar en Nueva York -dijo el locutor-, la presentación de un libro en un mercado de frutas y verduras.

– ¿Qué piensa usted de la poesía? -le preguntó un periodista al carnicero.

Este mordió un enorme puro y dijo:

– Sinceramente, prefiero la carne.

– ¿Y eso por qué? -preguntó el periodista, pinchándole.

– La fruta está bien, pero no puede con un buen filete.

La carne siempre tiene la última palabra.

Las noticias de la noche dieron la fiesta dos veces, sin mencionar el título del libro, el nombre del editor o el de la autora.

En cualquier caso, los poemas salieron al mundo, volviendo con buenas noticias. Empecé a recibir cartas, invitaciones, críticas, polaroids de hombres desnudos, cestas de fruta, de cebollas, de berenjenas. Me propusieron lecturas de poemas, me ofrecieron premios de poesía. Revistas de poca circulación que anteriormente me habían despreciado, ahora me invitaban a publicar. Me pidieron que enseñara poesía en mi santuario, el «Y» de la calle 92.

Mis alumnos y yo nos reuníamos en torno a la mesa del comedor del apartamento del West Side que compartía con Allan Jong. Se iniciaban poemas, se reescribían poemas, florecían aventuras amorosas, morían matrimonios. Mis alumnos me enseñaron cosas de la poesía y la vida.

Reuní mis nuevos poemas en un volumen titulado Medias vidas.

– ¿Dónde está la novela? -preguntaba Aaron.

– En marcha -juraba yo. Pero seguía dándole vueltas a El hombre que mataba poetas y sabía que no le podía enseñar eso. (Finalmente me hizo un gran favor al rechazarla, animándome a escribir una novela con la voz que había encontrado en los poemas.)

En julio de 1971, Allan y yo asistimos al Congreso Psicoanalítico de Viena, el primero que se celebraba en Viena desde que Freud había huido de los nazis en 1939. Asistiría Anna Freud, y lo mismo harían Bruno Bettelheim, Erik Erikson y Alexander Mitscherlich.

Apareció un guapo loquero inglés con collares y ropa hindú. Me enamoré de él.

Se iba a convertir en la musa de mi primera novela.

Miedo a la fama

Viena suponía un baño en el pasado nazi. E ir a Europa, para mi familia, siempre ha sido una excusa para sumirse en su origen primigenio. Todos han sido grandes viajeros y grandes descontentos. Europa era un lugar para rebuscar en la memoria, para revivir dramas, ideales, historias, sexo. Mi abuelo había soñado con el París del cambio de siglo durante toda su vida en Nueva York; mi madre había soñado con la Exposición Universal de París de 1931, con sus maquetas de Angkor Wat, y los chicos tan guapos que la perseguían vestida con sus medias de seda y su sombrero de forma acampanada. Ella y mi tía no olvidaban nunca el tremen (después llamado el Liberté, la primera bañera en la que yo también crucé el Atlántico), donde chicos nazis muy repeinados que olían a colonia de violeta las perseguían por las salas art déco, sin saber que eran judías. (Mi madre siempre ha tenido muchos admiradores.) Del Bremen al Liberté, seguimos sus pasos marinos.

Era una tradición familiar: Europa para nosotras era sexo: el lugar donde desaparecía la culpabilidad, las chicas bailaban el cancán y los chicos te besaban bajo los puentes del Sena, o el Támesis o el Arno, sin ninguna consecuencia. Europa era aventuras de una noche con hombres que hablaban escasamente tu idioma y en consecuencia no lo podían contar. Europa era poesía y bacanales y vino y queso y el país de las Doce Princesas. Allí no contaba nada. Después de todo, nos habíamos ido a tiempo. El Holocausto no se nos llevó por delante. Pero jugábamos con el peligro al borde de la llama, dedicándonos al sexo, una invitación al incendio. El hecho de haber escapado por poco al mayor pogromo de la historia hacía a Europa más sexy para los judíos norteamericanos nacidos después de la II Guerra Mundial. Dios sólo hizo dos fuerzas -amor y muerte-, y cuanto más cerca estuvieran el calor era mayor.

Preguntada:

– ¿No quieres ir a Europa, abuela? -la abuela, de ciento un años, de mi actual marido contestó (como ha hecho durante años):

– Ya he estado.

Pero mi familia nunca le volvió la espalda a su antiguo país. El verano en que yo tenía trece años fui a Europa en el Liberté con mis padres, cargando con un estuche de maquillaje con quince barras de labios y veinte colores distintos de esmalte de uñas, por el Grosvenor House, el George V, y el hotel Trianon de Versalles. Coqueteé con todos aquellos ascensoristas en sus cajas doradas. Bailé con pretendientes, y los llamé «pretendientes». El verano de mis diecinueve años me mandaron a la Torre de Bellosguardo, en Florencia, a estudiar italiano, y el verano en que tenía veintitrés años volví a hacer lo mismo sin la excusa de los cursos de verano.

Me enamoré de Italia como si el país fuera un hombre, un hombre con muchos campanili. A partir de entonces, Italia fue el país de mi amor. Todavía lo es, aunque las botellas de plástico y los condones se depositen en sus soleadas orillas y VIP ahora signifique visite in prigione.

Willkommen in Wien, decía el rótulo. Aquello no era Italia, pero estaba cerca. Justo al otro lado de los Alpes estaba El País del Folleteo, una bota bailando enfebrecidamente que le daba una patada a Sicilia hacia el mar azul celeste. Y Viena era encantadora, aunque estuviera abarrotada de nazis y de psicoanalistas, aunque yo estuviera con mi marido.

Pronto tomé conciencia de ello. Sólo tuve que echarle los ojos encima y al momento quedé enamorada de un protagonista de lo más inadecuado, un psiquiatra hippy laingiano con unos intensos ojos verdes (uno de ellos estrábico), abundante pelo rubio y gran cantidad de feromonas. Yo sólo quería un ligue para aliviar el aburrimiento de mi matrimonio, pero le había echado el guante a un amante-demonio al que no había nada que le gustase más que liar la vida de los demás y tener líos con las mujeres de los otros psicoanalistas.

Su nombre auténtico era tan absurdo que no podría usarlo en un libro. Yo le llamaba «Goodlove», esperando evocar el Mr. Lovelace de Clarissa. Aparte de eso, lo tenía más o menos colgado de mí. Sentir un deseo inmediato lleva al cuelgue. Perder el control empuja al amante a jugar a los dardos con el objeto del caos emocional. Los dardos, las flechas, acompañan al amor. Incluso Cupido las usa.

En todos los actos públicos -cenas en el Danubio, banquetes en la Rathaus, conferencias de luminarias psicoanalíticas por medio de auriculares- coqueteábamos. Todo el mundo lo notaba. Pretendíamos eso. Nos daba la excitación necesaria. No queríamos follar tanto el uno con el otro como fastidiarles a los demás, en especial a mi marido y mi psicoanalista. Pero mi psicoanalista no miraba. Sólo lo hacía mi marido.

Tras unos escarceos preliminares en el hotel vienés donde residían todos los ingleses, comprendí que era de poco fiar en la cama. De todos modos estaba loca por él.

Su conversación me atraía. Él quería nada más y nada menos que llevarme al fondo de mí misma. Y yo estaba tentada. Era el tentador que había andado buscando.

Mi primer libro de poemas había salido aquella primavera y yo estaba buscando una recompensa. Publicar un libro siempre me ha hecho desear el caos. Un libro ordena y pone fin a una parte de la vida. Esa fase ha terminado, está a punto de comenzar otra. Buscaba una balsa que me ayudara a cruzar el Rubicón. La balsa siempre ha sido un hombre.

Llegué, vi, fui conquistada. Mis tretas para convertir a un esclavo en amo no me fallaron. El corazón y el cono latían exigiendo: tómame, tómame, tómame o moriré.

Mi marido y yo quedábamos despiertos toda la noche analizando la atracción. Con eso tratábamos de reprimirla, pero sólo la hacía más intensa. Dado que todo libro es un pelarse la piel, ahora yo estaba en carne viva. Quería que me saliera una piel nueva que tapara la sangre.

Una relación amorosa hace eso: que crezca una protección, aunque sólo sea para cicatrizar. El amor ni siquiera tiene que participar, El hombre sólo me parecía guapo a mí. Pero me provocaba, y la provocación parece amor.

Después de quince días de esto, nos marchamos juntos en su MG, sin destino. Un descaro, un regicidio. Allan era el rey y yo era la asesina. Quería matar al rey del interior de mi cabeza. No me bastaba con el ajedrez. El hombre tenía que ser de carne y hueso. Y tenía que hablar, tenía que despertar al diablo osado de mi pecho.

Él dijo:

– No quieres, no puedes.

Yo dije:

– ¡Puedo! ¡Quiero!

¡Qué modo tan estúpido de iniciar un viaje! Nos dirigimos a los Alpes y zigzagueamos por los pasos alpinos. Salzburgo, St Gilgen, Berchtesgaden, el nido de Hitler. Nos deteníamos en pensiones modestas. Estábamos destinados a no gustarnos el uno al otro tanto como el primer día que nos vimos.

Nos dominaba el pánico. Para aplacarlo, le conté la historia de mi vida. «Adrián Goodlove» me empujaba a ello, estimulando mi candor. Para cuando llegamos a París, yo ya había oído mi propia historia, aunque había sido como las de Scherezade, para mantenerlo interesado. Claro, la adorné y la exageré e inventé parientes de más. Eso es lo que hacen los que cuentan relatos.

Me abandonó en París sin coche. Iba a reunirse con su novia e hijos. Monté en cólera. Le mordí los labios. Le mordí el cuello. El se rió y me pidió un libro de poemas firmado. Después de un descenso en la Orilla Izquierda del Hades á la Miller, Orwell, Hemingway y otros ídolos caídos, reclamé mi alma, y reclamé a mi marido poco después.

El psiquiatra hippy y yo nos volvimos a ver en Londres, en Hampstead Heath. Nos sentamos en el jardín de Keats y esperamos a que cantara el ruiseñor. Adrián, mi musa, me dio un impulso para empezar el libro.

– Escribe sobre esto -dijo-. No te lamentes.

– ¿Y después qué? -pregunté yo.

– Escribirás otro libro y otro -dijo él.

– ¿Eso es todo?

– Es todo lo que hay. Uno termina y luego empieza otra vez.

– ¿Y si no tiene éxito?

– ¿Y eso qué tiene que ver contigo? Tú eres la que escribe no el crítico de tu libro.

– ¿Y si no puedo?

– Puedes. Sé que te puedes imponer a tus miedos. Eso es lo que es un escritor, uno que se impone al miedo.

Conque volví a casa y empecé. Cada vez que vacilaba, ponía una grabación de su voz. Hecha en la Autobahn, cerca de Munich, sonaba a camiones que pasaban zumbando y a cláxones que atronaban. Pero, por debajo del ruido del tráfico, oía su voz que me excitaba.

Todavía la puedo oír. Me encaminó. Escribí la narración como un vagabundo que huye. Mi actuación como Scherezade era el marco. Día y noche escribía con el corazón latiéndome con fuerza. Era medio confesión, medio desafío. Escribí aquello porque creí que no podría. Me empujaba la fuerza del miedo.

Empecé el libro en septiembre y tenía un borrador -salvo el final- en junio. El final me costó mucho más dolor que todos los demás libros míos juntos. Sabía que, hiciera lo que hiciera al final mi heroína, sería algo equivocado según las convicciones políticas de alguien. De modo que la dejé en la bañera, renaciendo.

El renacer es la cuestión principal. El divorcio, el matrimonio, la muerte, pueden llevarte allí o no. Las novelas de hoy normalmente favorecen el divorcio. Durante el último siglo favorecieron el matrimonio. Ningún final interesa tanto como el renacer de la heroína. Dado que habían muerto tantas heroínas, quería que la mía renaciera.

Cuando tuve cuatrocientas página» o así, corrí al despacho de mi editor y las dejé encima de la mesa. A lo mejor él había llegado a pensar que no existía ninguna novela. Salí rápidamente y me dirigí a Cape Cod, donde se reunían los psiquiatras.

Cuando Aaron me llamó para decirme lo mucho que le había gustado el libro, yo quedé traspuesta y casi tenía miedo de escuchar. Recuerdo vagamente que dijo:

– Lo tiene todo: feminismo, sexo, sátira, ambivalencia; cuenta la historia desde un punto de vista único.

¿Era mi libro aquello? Luego me dediqué durante seis meses al proceso de encontrar un final.

Lo que más recuerdo es que les quise quitar el libro a los de la imprenta. Tenía terrores y sudaba mucho por la noche anticipando mi condenación. Sabía que este libro era una proclama de emancipación. Pero no sabía si yo sabría cómo ser libre.

¡La de noches que pasé despierta con ganas de romper el contrato, guardar el libro con llave en un cajón, quemarlo en la playa! El desafío que representaba me hizo perseverar. Ya no sabía a quién desafiaba. ¿A mí misma? ¿A mi marido? ¿A mi familia? ¿A la tradición que condena a las mujeres engreídas a muerte? Sin embargo no sabía todo lo que estaba haciendo.

El bloqueo para escribir volvió. Había escrito el libro a toda velocidad para burlarlo, pero las últimas cincuenta páginas me llevaron tanto como escribir las cuatrocientas anteriores. Los planteamientos erróneos son ilustrativos. En uno, Isadora escribe largas cartas a Herzog, a Freud, a Colette, a Simone de Beauvoir, a Doris Lessing, a Emily Dickinson. En otro, muere en un aborto chapucero. En otro, huye de Bennett y va a Walden a vivir sola en los bosques. En otro, ella promete esclavitud eterna, y él la vuelve a aceptar.

Ninguno de ellos servía. El final de un libro es un amuleto mágico tanto para su autor como para su lector. Sabemos que los libros hacen que pasen cosas, de modo que nos debemos contener, deseando que no pasen. Volví a lo que sabía que debía hacer: construir un final que fuera consistente con el personaje. Isadora había emprendido su camino. Pero todavía no había llegado. No podía humillarse, pero tampoco podía huir lejos. Podía cambiar mentalmente, pero no la mesa en la que escribía. Todavía no. No estaba completamente dispuesta. Tenía otro paso de montaña que cruzar.

Cuando el libro empezó a circular con las cubiertas verde pálido que contenían las galeradas, se produjo un murmullo. Yo no lo entendía. Era entusiasmo y condena. Robaban las galeradas y pasaban de mano en mano, Desaparecieron.

Mi pánico se intensificó cuando apuntaba el éxito. Yo sabía que quería el éxito, pero ¿lo quería así? La desnudez del libro me aterraba. Había escrito en mi piel y me presentaba ante el mundo como una mujer tatuada desnuda.

El primer verano en el Cape, había soñado con el libro no escrito; el segundo verano en el Cape, ya estaba en galeradas. Agonicé ante el final, al corregir las pruebas (incluso leía los diálogos en una cinta magnetofónica para oír cómo sonaban). Había dovened delante del manuscrito con un frasco de líquido para correcciones en la mano hasta que me coloqué debido a los vapores.

El día de la publicación apuntaba en noviembre de 1973 como si fuera el día en que montan la guillotina en la plaza de la ciudad. Si hubiera podido meter la cabeza en ella y terminar con tantas miserias, lo habría hecho.

Tener el cuerpo en carne viva acompaña a la habilidad para observar y describir sentimientos. Esto no se hace por una alegre inconsciencia. Los escritores dudan, tienen impulsos ciegos, se flagelan a sí mismos. El suplicio sólo se interrumpe durante breves momentos.

Conque el libro salió al mundo, andando por sí solo, con su propio destino a cuestas. Su destino no era predecible. No lo es el destino de ningún niño, y el padre se queda allí, mordiéndose las uñas y rezando.

Dos años después me encontré famosa, con un libro de bolsillo en lo más alto de las listas de los más vendidos durante la mayor parte del año. Pero mi fama no era la que una doctoranda en literatura habría deseado. Programas de debate y artículos de primera página, fotografías en el césped de las dunas de la parte de afuera de mi cabaña alquilada en Malibú, tratos con la industria del cine muy amargos, Hollywood y el mundo de la droga. Pero también peticiones de mi ropa interior (sin lavar, a ser posible), mensajes en botellas de Crusoes en una isla desierta que querían que los rescatara. Las plegarias atendidas siempre son más duras que las no atendidas. Choqué contra mi propia compulsión hacia la autodestrucción. Había conseguido lo que quería; ahora no podía esperar para quitármelo de encima.

Cuando el alumno está preparado, aparece el profesor. Julia Phillips fue mi profesora de autodestrucción. Estaba muy por delante de mí en esa especialidad. Cuando la conocí -un manojo de nervios de cuarenta y cinco kilos con un pelo que soltaba chispas como los petardos-, me enamoré. Su energía era de maníaca; hablaba sin parar; tenía un niño, un Oscar, un marido obediente. Controlaba el mundo desde el hotel Sherry-Netherland. En 1974 eso no era habitual entre las mujeres.

Una de las heroínas de Edna O'Brien dice en alguna parte que la gente del cine está poseída por demonios, aunque demonios de una categoría muy baja.

Pero un demonio fue una vez un daimón -una fuerza creativa-, y Julia también era eso. Despedía energía, ideas, una especie de carisma. Me dejó admirada antes de llegar a odiarla.

Me persiguió para conseguir los derechos cinematográficos de Miedo a volar y por fin los compró por una opción modesta, sin cláusula de que podrían volver a mí, y 50.000 dólares.

Incluso para 1974, no era un buen negocio. Las negociaciones fueron interminables, variando mágicamente de cláusulas en el ordenador durante al menos un año. Entretanto, yo escribía mi primer guión de cine, celebraba reuniones interminables sobre él en el Sherry-Netherland con mi modelo del momento, y un día le dije adiós a mi matrimonio. Y el libro andaba por ahí haciéndose famoso. La primera señal de esto fueron los tremendos montones de correo.

Para cuando llegué a California en el otoño, con el primer borrador del guión debajo del brazo, Julia había pasado a otro nivel del consumo de drogas. Pero como yo no sabía nada de la cocaína, creía que era simplemente violenta y dañina.

Yo esperaba en una habitación del hotel -el Beverly Hílls-, y ella me llamó para decir:

– Hay un accidente en la autopista de San Diego. Llegaré dentro de una hora.

Una hora después su secretaria llamó para informar de otro accidente, una reunión urgente o problemas con el cuidado de sus hijos. Cuando las horas pasaron de dos a seis, empecé a considerar que se burlaba de mí y me enfadé.

Se comportaba del mismo modo con los directores y las actrices y justificaba su propia conducta con una especie de desfachatez y bravuconería que resultaba alternativamente genial y deprimente.

Las personas liosas pueden ser interesantes. Todos odiamos la hipocresía y queremos suprimirla del mundo, pero cuando un lioso se convierte en un hipócrita es un engaño más molesto que ninguno. Como dice Auden: «es menos desconcertante en el sentido moral que te dé por el culo un viajante que un obispo». Julia no era un obispo, pero yo la había convertido en la suma pontífice de los liosos: la rebelde de la rebeldía.

Entre reuniones que nunca se celebraban y un diluvio de publicidad el libro, yo estaba muy ocupada viendo a Jonathan Fast y enamorándome de él. Me había hecho amiga de sus padres durante las cenas en casa de los Untermeyer. Entretanto, Julia estaba ocupada fastidiando a toda la industria del cine con su mal proceder. Y cuando directores como Hal Ashby y John Schlesinger, y actrices como Goldie Hawn y Barbra Streisand habían renunciado al proyecto debido a las locuras de Julia, ésta decidió dirigir ella misma la película.

Entonces fue cuando nos enfrentamos. A pesar de haber hecho un breve curso de dirección en el American Film Institute, Julia era una novata. (También lo era yo, por supuesto, pero yo no estaba planeando dirigir la película.)

Por entonces, Jonathan y yo estábamos viviendo juntos en Malibú y yo trataba de quitarme de encima el matrimonio con el doctor Jong. Nuestra casa de Malibú tenía una cama de agua desde la que se veía el Pacífico, una bañera desde la que se veía el Pacífico y un patio central como una jungla abierto a los elementos. Las serpientes y los lagartos jugaban en él. Una vez, al llegar a casa, me encontré una serpiente en el cuarto de estar, y no del tipo habitual que se encuentra en los cuartos de estar de Malibú.

La casa era una de esas casas de muñecas montadas por unos carpinteros para que el productor mantenga relaciones sexuales con una starlet a media tarde los días de entre semana.

Eramos felices. Estábamos enamorados. Pero también estábamos traumatizados. El Newsweek estaba preparando un artículo de portada sobre mí y había situado fotógrafos en las matas de dondiegos y buganvillas. Jonathan trataba de emprender una carrera de escritor de guiones y sufría los tormentos habituales del rechazo. Yo trataba de apartarme del mundo y escribir una segunda novela, aunque los amigos escritores me aseguraban que no merecía la pena, pues cualquier cosa que escribiera después de Miedo a volar probablemente sería condenada, y no había segundos actos (o segundas oportunidades) en la vida de los norteamericanos.

– Escribe guiones de cine -decía Mario Puzo-, se gana más dinero.

Yo era una mocosa licenciada en literatura, y paseaba la vista por Malibú -con sus multimillonarios de origen extranjero corriendo por la playa, haciéndose más ricos y más canosos- y sólo pensaba en la literatura con una «L» mayúscula.

– Si no escribo la segunda, ¿cómo voy a poder escribir la tercera? -le pregunté a Mario.

– Si no escribo la tercera, ¿cómo voy a poder escribir la cuarta? Si no escribo la cuarta, ¿cómo voy a poder escribir la quinta…? -etcétera.

Yo quería ser Ivy Compton-Burnett o Simone de Beauvoir, no Robert Towne.

– Los tontos mueren -murmuró Mario Puzzo.

O puede que sólo dijera:

– Majadera.

¿No estaba en Hollywood? Bien, pues entonces sería Isherwood, Huxley o Thomas Mann; desde luego, no los hermanos Marx. Mi elevada idea de la literatura siempre me ha agotado.

O a lo mejor es el empeño que puso mi padre en el mundo del espectáculo que ha tomado el camino erróneo.

Durante la época en la que Julia puso la mano sobre una piedra y se declaró directora y yo me ungí como la Enamorada de la Literatura, conocí a un determinado hombre. Lo trajo alguien a una fiesta de nuestra casa de la playa. Podría haber sido cualquiera. Pasaron bastantes personajes desagrables por nuestra casa de Malibú el año en que fui famosa de verdad.

– Te presento a un gran amigo íntimo mío -dijo un conocido, utilizando unos adjetivos que denotan una completa ignorancia del significado de la palabra «amistad».

El modo de ganarse la vida el íntimo, el gran amigo, no estaba claro. Podría haber sido un director comercial, un encargado de personal, un productor y un domador de leones, todo al mismo tiempo.

Podría haberlo sido. Aquello era Hollywood.

No resulta noticia para nadie (excepto para una esnob literaria en 1974) lo que Hollywood les hace y les hacía a los personajes que han lavado y planchado su pasado para parecer actores-personajes. Las trampas financieras se omitían. Los fracasos se borraban y los éxitos se proclamaban a los cuatro vientos por remota que fuera la asociación. Los nombres de famosos que se soltaban en una conversación llegaban a llenar el suelo como las hojas en otoño.

El señor «encargado, productor o lo que fuera» tenía unos ojos verdes muy brillantes, y un enmarañado pelo gris, Me parece recordar que llevaba joyas de Zuni y túnicas de lino que parecían togas romanas, pero seguramente debe ser un error. Pretendía que de niño había predicado en los carnavales cristianos. Pretendía que había sido un pecador convertido en penitente y que había visto la luz, aleluya. Me recordaba a uno de los primeros cristianos rezando antes de que le arrojaran a los leones. Yo le recordaba, al parecer, lo mismo.

Este caballero y yo nos pusimos a hablar cerca de la bañera ante el luminoso telón de fondo de la puesta de sol sobre el Pacífico (y los dos nos felicitamos por estar silueteados sobre ella). El había seguido el asunto de Miedo a volar por las columnas de cotilleos. Estaba escandalizado por lo que me pasaba.

– Julia dice que ahora es directora y ni un actor la puede aguantar más allá de una sola reunión. No es asunto mío, pero si quieres hacer algo con ese contrato, puedo conseguir que recuperes los derechos. Te han jodido. Te ofrecieron unos acuerdos miserables. Y los agentes conspiran para que los aceptes

Había echado el anzuelo. Mi cerebro parecía una bomba a punto de explotar. Mi lioso de turno estaba preparado para echárseme encima como un león. Mi detector de liosos estaba averiado.

A los pocos días, a Jonathan y a mí nos invitaron a conocer los leones de nuestro nuevo amigo.

Guardados en un desfiladero secreto del desierto, vagaban por un ambiente preparado para que pareciera la sabana africana.

Nos invitaron a Jon y a mí a acariciarles, movernos entre ellos, entre sus garras. Posamos para polaroids que verían Howard y Bette Fast en Beverly Hills, sabiendo que harían los sonidos adecuados de padres judíos contentos.

Nuestro domador saltó entre los leones, gritándoles para demostrar que le podría gritar a cualquiera. Utilizó taburetes, sillas, látigos. Su mujer, una hermosa actriz que trabajaba poco, parecía igualmente apasionada por ellos.

– Será mejor que salgáis de la jaula -dijo, inquietantemente-. Esto podría ser peligroso.

Nos quedamos fuera viendo cómo nuestro domador metía la mano dentro de la bocea di leone y luego sonreía. ¿Cómo podía saber yo que estaba mostrando cuál era mi papel en todo este asunto?

De las guaridas de los leones pasamos a los bufetes de los abogados. Mr. «encargado y todo lo demás» me explicó por qué demandar a Julia, a Columbia Pictures y a ICM sería algo completamente seguro y sin riesgos. Yo creía que estaba hablando de mí; hablaba, claro, de sí mismo. Me proporcionó un abogado, se ofreció como productor y me metió en la pesadilla de mi vida (sin faltar agentes que declaraban). Me prometió, naturalmente, encargarse de todos los gastos, pero sus promesas fueron las promesas de un predicador de los carnavales.

Si alguien te promete una demanda «gratis» o que nunca tendrás que volver a pagar impuestos en tu vida, corre a esconderte. El truco de lo de los impuestos también me lo hicieron, hacia la misma época de mi vida, y he estado pagándolo desde entonces. Estos dos terribles errores de apreciación se convirtieron en un modo de destrozarme a mí misma y a mi fama a la vez.

Criada a base de películas en las que el tipo humilde se impone al sistema, yo no tenía más idea de lo que era un tribunal de lo que un ratón tiene de un concurso de quesos.

Cualquier idiota habría sabido que demandar a una empresa de cine en la ciudad de Burbank era tan inteligente como entrar en una guarida de leones en un desfiladero del desierto. Mi nuevo consejero esperaba una rápida capitulación y una victoria instantánea. Demostró que mantenía menos contacto con la realidad que yo.

La demanda se publicó en la prensa, consiguiendo el tipo de odiosa publicidad que consiguen esas cosas, y continuó interminablemente. Era bastante duro escribir una segunda novela después de todo el ruido que se había armado. (Miedo a volar me había parecido la obra de una aprendiz cuando la escribí, y ahora iba a ser mi lápida, o por lo menos «follar a calzón quitado» iba a ser mi epitafio.) Pero escribir una segunda novela mientras estaba en marcha el proceso era precisamente el obstáculo que necesitaba para hacer que me sintiera tan horriblemente mal como yo necesitaba sentirme después del éxito. Todos me lo desaconsejaron. Pero participé en cuerpo y alma en el asunto, decidida a ser yo, y no mi suegro de entonces, como Thomas Paine y Espartaco reunidos en uno.

Aquello destrozó dos años de mi vida que deberían haber sido divertidos. Supuso, como cualquier persona sensata habría predicho, un atolladero legal, facturas enormes, y ninguna película. En 1975 regresé a Nueva York, promocioné mi segunda novela, Cómo salvar la propia vida, alrededor del mundo, y sólo me preguntaron por «follar a calzón quitado» y la demanda. De vuelta en Nueva York, empecé una tercera novela, sobre uno de los primeros cristianos que echaron a los leones para que se lo comieran, pero pronto la abandoné y me refugié en mi vieja cámara de seguridad de Barnard, la segura visión del siglo XVIII. Me puse a investigar para escribir un relato picaresco sobre una chica huérfana que se hace poeta, bruja, viajera, prostituta, y por fin madre de una hija encantadora, triunfando en consecuencia sobre su infortunio: la heroína perfecta para redimir mi vida posfama.

Durante los cinco años en que trabajé en este relato del siglo XVIII, fui tremendamente feliz, y mientras ideaba el argumento, también tuve una niña. Escribí sobre ella a través de los ojos de Fanny:

Me maravillé ante la Naricilla respingona (manchada de Sangre del Seno Materno), las pequeñas Manos buscando a tientas que no sabían qué Manos agarrar, la Moquita tratando de chupar ciegamente de no sabía qué pechos, los Piececitos que no sabían qué caminos andarían ni por qué Continentes todavía por descubrir, en qué Países todavía no nacidos.

– bienvenida, pequeña Desconocida -dije, entre lágrimas-. bienvenida, bienvenida.

Y entonces el salado Mar de mis Lágrimas se desbordó y lloré grandes Oleadas de Marea. Lloré hasta que mis propias Lágrimas arrancaron un Trozo de la sangre reseca de las Mejillas Infantiles y me mostraron la Piel translúcida, el Color del Amanecer en verano.

Cuando ingresé en el hospital, no estaba segura de si era mi heroína o yo la que iba a tener aquella criatura. En consecuencia, la partida de nacimiento de Molly al principio decía «Belinda», el nombre de la hija de Fanny. Comprendí mi error, y luego quedé tumbada en la cama inventando nombres para mi hermosa hija. Glissanda, Ozma, Rosalba, Rosamund, Justina, Boadicea… Consideré muchísimos. Luego me vino a la cabeza Molly Miranda. Y Jon estuvo de acuerdo.

– Decidiste una buena cosa, mamá -dice Molly.

El nacimiento de Molly lo redimió todo, y Fanny hizo el resto. Supongo que Fanny es la novela mía que más me gusta (con mucho) porque sus tremendas exigencias me dieron una profunda satisfacción. La exigencia de recrear un argumento y el lenguaje del siglo XVIII, de darle la vuelta a la picaresca masculina, me hicieron completamente feliz de un modo en que no lo había sido desde los seis años; y lo mismo pasó con mi matrimonio con Jon, hasta que dejó de hacerme feliz.

Es más fácil escribir sobre el dolor que sobre la alegría. La alegría no tiene valor. Después de ese espasmo de vida en órbita, me encantó mantenerme en la sombra, oculta en el país.

Consideramos la posibilidad de trasladarnos a Princeton por la biblioteca, a las Berkshire por el paisaje, a Key West por la luz, a Colorado por las montañas, pero terminamos en Weston, Connecticut (a una distancia prudencial en coche de la biblioteca Beinecke y de Manhattan), llevando una vida casi idílica: escritura, yoga, perros y cocina. El único error que cometimos fue dejar que los de la revista People nos fotografiaran para un artículo sobre las parejas felices. Esos artículos hacen inevitable el divorcio, lo mismo que es probable que los artículos de portada de Time lleven a la muerte, la bancarrota y secuestro de los hijos.

Fanny me hizo feliz porque me permitía vivir con el Oxford English Dictionary siempre abierto sobre mi mesa de trabajo; ¿y qué puede hacer más feliz que eso? Jon me hacía feliz gracias a su buen humor y su pretensión de que no había nada mejor que escribir y hacer yoga. Y Molly me hizo feliz porque era un milagro mío, en cierto modo producido por Dios, mientras mi mente estaba en otras cosas, en el origen de la palabra lenzuelo, por ejemplo.

Pero la fama nunca me hizo feliz, aunque eso, claro está, no significaba que quisiera renunciar a ella. La fama es una gran prueba de carácter. ¿Se pierde una o se encuentra como resultado de tenerla? Muchos de nosotros nos perdemos a nosotros mismos, al menos un tiempo. Algunos volvemos. La mayoría no lo hace. En aquella época yo quería perderme en los bosques de Connecticut, cuidando a mi niñita, buscando palabras en el diccionario y leyendo a Smollet o a Fielding o a Swift todas las mañanas para conseguir captar con la mente la cadencia de las frases. La fama me aterraba y me dejaba perpleja. Quería alejarme lo más que pudiera de aquellos recuerdos dolorosos. El reinado de la reina Ana era perfecto. Yo había muerto, pero estaba a punto de renacer como una pelirroja en traje de montar.

Por lo menos había sobrevivido. Ella sería así.

Al releerlo, advierto que este capítulo no contiene nada sobre Henry Miller. Puede que sea porque en él estoy escribiendo sobre mis ansias de sabotaje de mi propia identidad y Henry era lo contrario a eso: me dio clases de cómo vivir.

Curiosamente, conocí a Henry Miller el mismo día que conocí a Jonathan Fast, un día dorado de California de octubre de 1974.

Cogí mi Buick alquilado, bajé por Sunset Boulevard hasta Pacific Palisades, y pasé la tarde con un chico de Brooklyn asombrosamente viejo de ochenta y tres años, que me había estado escribiendo cartas divertidas durante seis meses y ahora aparecía con su carne envejecida y un espíritu más joven que el mío.

Casi siempre en una silla de ruedas, ciego de un ojo, con un pijama puesto y una bata de felpa, con una cara como de antiguo sabio chino, Henry Miller se levantó de la cama para reunirse conmigo y anduvo, con bastante dificultad, en lugar de mantenerse pasivo en una butaca.

Iba a convertirse en mi ojo lúcido en medio del huracán.

Los escritores norteamericanos tienden a ser unos borrachos y unos melancólicos cuya principal relación con sus jóvenes aspirantes parece ser: «Dame una buena razón para que no me suicide». Si les vas a conocer y admirar, lleva ginebra o informes sobre alcohólicos anónimos y prepárate a animarlos. Pero Henry estaba, como él mismo señaló, «siempre alegre y contento». Su temperamento era su don y también su regalo a todos.

Si le hubiera conocido cuando era joven, habría sido más huracán, más caos. Pero el hecho de que hubiera sobrevivido a lo que estaba pasando yo, y haber mantenido el equilibrio, era lo importante de verdad. Calificado de «rey de la indecencia», siguió escribiendo lo que tenía que escribir.

Todo el que apriete el botón sexual de Norteamérica debe estar preparado para sirenas y alarmas. Todo lo demás que hagamos con nuestra vida quedará apagado por eso.

– ¿Por qué no te lo tomas a broma? -preguntó Henry, porque me inquietaban las cartas de admiradores pidiéndome bragas sucias. Todavía me hago esa pregunta las veinticuatro horas del día. Y mi capacidad para contestarla en un determinado momento todavía es el índice de mi salud mental.

Volví por Sunset Boulevard, cargada de acuarelas, libros, grabados. Henry no era una persona que te dejara ir con las manos vacías.

Todos esos objetos estaban encima de la cama cuando Jonathan y yo (que nos acabábamos de conocer en una fiesta de sus padres) regresamos a ella a última hora de la noche o primeras de la mañana. Habíamos estado horas sentados en Mulholland Drive, viendo las luces de Los Ángeles parpadeando entre la niebla, hablando de la imposibilidad del auténtico matrimonio de mente y corazón, y dándonos cuenta de que nos estábamos enamorando.

Yo tenía treinta y dos años y él tenía veintiséis, pero en cierto sentido los dos acabábamos de salir del cascarón. Nos prometimos uno al otro la vida aquella primera noche, y gracias a Molly siempre estarán unidas.

Posteriormente nos hicimos un daño horrible uno al otro, hicimos cosas espantosas, fuimos amantes y padres irresponsables, cegados por el orgullo, los celos, la rabia.

No me corresponde ser su caballo de Atila, aunque lo fui en algunos libros, que demuestran que todavía creía culpables a los que me querían hacer libre.

Necesito añadir esto para él y Molly. Me habría gustado haberme conocido mejor y haberles hecho menos daño. Me gustaría haber sabido entonces lo que sé ahora: que es inútil culpar a los maridos o a los hijos de las propias deficiencias, algo que sólo retrasa el momento de encararlas. Hasta que una acepta que es responsable de ellas, no hay paz.

La fama resulta ser un poderoso instrumento de gracia porque humilla rápidamente a las víctimas que elige. Navegas por ella, con las velas hinchadas de importancia, y cuando pasa un cuarto de hora y quedas en calma, te das cuenta de que la importancia no te puede llevar a donde necesitas ir.

Escribir, que para mí había empezado siendo un modo de seducir a la musa y conseguir el cariño del público, ahora iba a tener una función distinta en mi vida. Recuperé la capacidad de disfrutar que tenía en la infancia, un medio de placer, de conocimiento propio.

Varios escritores inteligentes, Robert Penn Warren entre ellos, han dicho que sólo se puede empezar a escribir de verdad cuando se renuncia a la ambición.

Volvía una y otra vez a la poesía después de cada novela porque la poesía garantizaba que sería oscura, y por ello a prueba de la ambición, de modo que se podía escribir sin pensar casi nada en el mundo exterior.

Una sociedad se empobrece, creo, por su falta de salidas para actividades sin ambiciones. La meditación, el atletismo, el pintar acuarelas, la poesía, escribir un diario, rezar, sólo son enriquecedores cuando se hacen sin esperar la adulación de los demás. Cuando el diablillo de la ambición entra en acción, se estropean. Pero al diablillo de la ambición le resulta difícil afectar a la poesía, porque nadie hace poesía por dinero, por fama, por vender libros, de modo que la poesía debe hacerse para uno mismo si es que se hace.

La fama, por otra parte, está presa de la mercadotecnia y la exigencia de que se haga lo mismo una y otra vez; al menos, si se quiere dar de comer a los niños.

Fanny le ha recordado a la gente mis raíces literarias, ha recibido atención seria y se ha vendido mucho en todo el mundo, pero en cierto modo mi fama más duradera es la de Miss Coños Solitarios, la de portavoz de los impulsos más oscuros de las mujeres norteamericanas.

Por muy profundamente que me sumiera en mis poemas, y por muchos libros de poemas que produjera, el diablillo de la fama me buscaba para que apareciera como la que acuñó lo de «follar a calzón quitado», un símbolo de los anhelos de mi generación de libertad por medio del placer sexual.

Una no escoge por qué se va a hacer famosa, y una no controla las muchas luchas que debe mantener en su vida. Lo mejor que se puede hacer es trabajar sin preocuparse demasiado por los demás símbolos y seguir haciendo lo que te pueda centrar y te haga recordar tu auténtica identidad.

La poesía ha seguido siendo eso para mí.

Si la meta de nuestra breve existencia es hacer que nos aceptemos a nosotros mismos, les despejemos el futuro a nuestros hijos y quedemos en paz -aunque sea a regañadientes- con nuestra mortalidad, la poesía sigue siendo el medio perfecto.

La mortalidad es la principal obsesión de la poesía, secundada por el amor, que es la criada de la mortalidad. Es la que esparce las rosas; la poesía las vuelve a reunir en su seno corporal.

Baby, baby, baby

Se admite que la maternidad forma parte de la naturaleza: intemporal, inmutable, una especie de Roca Firme de la mujer. La verdad es que no hay nada más mudable que la maternidad, afectada por las convenciones y pretensiones de la sociedad en la que aparece. Todo lo relativo a la maternidad cambia con nuestras ideologías: darle el pecho y ponerle pañales, niñeras y crianza de niños, anestesia o evitar la anestesia, unión madre-recién nacido o separación madre-recién nacido, dar a luz de pie, sentada o tumbada, sola o con familiares, comadrona o tocólogo. Probablemente no haya cosa alguna en el nacimiento a la que no pueda cambiar la cultura, ¡excepto el hecho de que sólo lo puede hacer una mujer! Hasta los sentimientos que se supone que debe tener la madre pueden cambiar.

Cómo odiamos las madres oír eso. Probablemente preferiríamos creer que el parto y todo lo que le rodea lo lleva a cabo la propia Diosa Madre y que en absoluto cambia de momento histórico en momento histórico. El ritual hormonal puede que sea el mismo, la ontogenia del feto la misma (mientras ésta reproduce la filogenia, según nuestros profesores de biología del instituto); pero el modo en que respondemos a los dolores del parto, al parto mismo, a la salida de la leche ante los lloros del niño, es infinitamente mudable.

Nuestros flageladores eran tan esclavos de las teorías sobre la maternidad como nosotras de las relativas al sexo, la feminidad, el éxito, el dinero, el idealismo, los hombres y todo lo demás de nuestras vidas crónicamente bipolares.

Crecimos entre imágenes de madres a lo Betty Crocker que demostraban cocinando que eran mujeres. (¿El mito de Ceres reciclado para los años cincuenta?) Las revistas que leíamos en las salas de espera de los médicos nos aseguraban que dejar con alguien a los niños e ir a trabajar, retrasaría su desarrollo psicológico y no nos dejaría mentalmente en paz. Los médicos varones nos daban órdenes y nosotras pocas veces sospechábamos (ni de hecho ellos tampoco) que había todo un plan político detrás de sus palabras.

Durante los cursos de doctorado, casada por primera vez, el médico de mis padres me advirtió de que, a los veintidós años, entraba en los mejores años para tener hijos.

– Será mejor que no esperes demasiado -advirtió-. A los treinta, serás una primeriza de cierta edad.

Primeriza de cierta edad. Qué término tan aterrador. ¿De cierta edad a los treinta años? (¡Hace doscientos años, las mujeres que daban a luz en su mayoría estaban muertas a los treinta años!) La reproducción difícilmente requiere que vivamos hasta los cincuenta años, mucho menos los treinta o cuarenta años de más que todas imaginamos que se nos deben.

No tenía en absoluto la intención de escuchar a aquel médico (mi hermana mayor era la madre tierra, yo era la artista), pero el miedo que sembró produjo cierto fruto todos los meses. Siempre que sangraba, veía un recién nacido en miniatura en el flujo. Podría ser el último que tuviera. Lloré todos los óvulos, les escribí poemas, sintiéndome abyecta y al tiempo aliviada.

Todos mis esfuerzos por aprender a escribir y asistir a los cursos de posgrado se realizaron como bajo la insinuación de una amenaza. A lo mejor, por usar tan confiadamente un diafragma, estaba condenando mi vida al vacío y la desesperación. Mi repulsión física contra los recién nacidos era entonces tan grande que, al ver a una antigua compañera de Barnard empujando un antiguo cochecito de niño de mimbre por la West End Avenue, sentí náuseas. O bien anhelaba tanto el quedarme en estado que me había vuelto alérgica a mis propios anhelos, o bien estaba decidida a no perder nunca el control. Odiaba y le tenía pena a la compañera de la universidad que había sucumbido a la debilidad femenina y le hacía mimos a lo que había en el cochecito. Nunca podrá hacer nada en la vida, pensé desdeñosamente.

Mis heroínas eran Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Isabel I: reinas sin hijos de la literatura y el poder. Tenía claro que la renuncia a la debilidad femenina de la sucia maternidad era el precio de la excelencia intelectual. Mi diafragma era lo que mantenía la llama de mi cerebro, de mi independencia.

Si las opciones que tenía eran Betty Crocker o Isabel I, no tenía duda de cuál elegir. La maternidad era una trampa, lo había sido para mi madre, mi abuela, para las mujeres a lo largo de la historia. Incluso antes de que se publicara El grupo, de Mary MacCarthy, yo había estado en la clínica Margaret Sanger en busca de mi diafragma. Era un ritual de iniciación que se hacía en primer curso de Barnard. Lo único inseguro parecía ser si antes había que ir o no a Woolworth a por un anillo de compromiso. Elegí la opción de llevar unos guantes blancos de niña, como si me fueran a confirmar.

Cuando mi primer marido se volvió esquizofrénico, me felicité por mi decisión de no quedar en estado.

Pero el terror al embarazo raramente me dejaba descansar. Todos lo meses era el pozo y el péndulo. Anotaba mis períodos en una agenda y enloquecía si se retrasaba un día. Control, control, control. Era el único modo de que una mujer fuera responsable.

Allan y yo nunca habíamos hablado de los niños antes de casarnos. Y después de casarnos nunca hablamos de nada. Pero en cuanto llegamos a Alemania, empecé a creer que él era una criatura del espacio exterior. Yo nunca conseguía abrir brechas en la pared que nos separaba, de modo que nunca podía imaginar el tener un hijo con él. No conseguía concebirlo, de modo que no conseguía concebir: una cosa que algunas mujeres sólo pueden hacer con ciertos hombres y no con otros. No creo que ni siquiera lo intentásemos hasta el final, cuando me di cuenta de que me iba a marchar y, en un ataque de culpabilidad, quise enredarme en una trampa. Por entonces yo ya estaba al otro lado de la puerta.

Pero Jon siempre pareció carne de mi carne. Estábamos destinados a tener a Molly. La vi cernerse sobre la niebla de Los Angeles la noche que nos conocimos en casa de sus padres y hablamos la noche entera en Mulholland Drive.

– Decídete, mamá -decía ella-. ¡Allá voy!

– Espera un poco… seas quien seas -dijimos nosotros.

Tres años después, la recibimos encantados.

¿Cómo se las arregló alguien con tanto miedo a perder el control a quedar embarazada?

Cuando nos trasladamos a Connecticut, compramos una casa con cinco dormitorios y nos instalamos con nuestro ficus de Nueva York y con nuestro perro bichon frisé, adquirido en Lexington Avenue, cerca de Bloomingdales, antes de convertirnos en unos conversos del cuidado a los animales. O antes de que me convirtiera yo.

Me convertí en una enamorada de los animales por osmosis (o lavado de cerebro) debido a nuestra amistad con June Havoc. Sí, todavía está viva, la querida Baby June, hermana de Gypsy Rose Lee, la de la perfecta nariz noruega (modificada en Hollywood en los años cuarenta), que vivía en la perfecta casa de Connecticut de Miss Havisham, con un auténtico zoológico de perros tuertos, cojos y lisiados, gatos con tres patas, asnos artríticos, cerdos con diabetes y cisnes con las alas rotas.

Les llama «los niños», y debido a ellos llama a su casa el Hogar de los Actores Viejos, y los cuida con tal devoción que de hecho pueden ponerse sobre las patas traseras y empezar a recitar Hamlet en cualquier momento. June, a la que habíamos conocido en uno de aquellos cruceros «gratuitos» (que resulta que no son tan gratuitos, pues los aficionados te persiguen por cubierta con manuscritos de los sobrinos, y ancianos que están traduciendo a Omar Kayam al urdu o rehaciendo los libros de Oz en estrofas interminables, y en consecuencia necesitan «un buen agente en Nueva York», te acosan en la discoteca a las tres de la madrugada para hablar del «ambiente editorial de Nueva York»).

June estaba a bordo, junto con otros invitados nuevos o famosos ligeramente pasados de moda.

Jon y yo le confiamos que habíamos estado buscando casa por todos los Estados Unidos aquel año del bicentenario -desde el lago Tahoe a Wyoming, Santa Fe, Islamorada, Key West, las Berkshires-, y estábamos tan hartos que nos encontrábamos a punto de volver a California, esta vez a Big Sur, o Napa, o incluso a Berkeley.

¡A June se le iluminaron los ojos!

– Venid a Weston -dijo-. Os encontraré casa.

Y lo hizo. Y nos ayudó a poblarla. Debido a June, yo siempre estaba yendo a los albergues de animales cercanos cuando nos llegaba el aviso de que se acercaba el Día de la Eutanasia. June y yo íbamos a la televisión local (cuando había programas) para anunciar a los adorables animales condenados, y cuando no había programas en televisión, habitualmente nos llevábamos nosotras a los animales abandonados.

En una de esas excursiones, Jon y yo nos enamoramos de Buffy; o más bien, Buffy se enamoró de Jon. La gran perra sin raza, que se parecía un poco a Sandy, el perro de Annie la Huerfanita, le seguía por todas partes en aquel Auschwitz canino y, cuando se negó a llevársela, se puso a aullar como un coyote a la luna llena.

– Querido -dijo June-, te prometo que nunca lo lamentarás. Si te hartas de ella, me la llevaré al Hogar de Actores Viejos, lo prometo.

Total, que nos llevamos a Buffy a casa.

La perra incluso parecía un perro de Auschwitz: piel y huesos cubiertos por un sarnoso pelo rojo, grandes ojos pardos que parecían tener toda la miseria humana desde el comienzo de los tiempos reflejada en sus profundidades caninas, una tendencia a derribar los cubos de basura y comer su contenido, y eso por no mencionar las lombrices de una largura increíble que vivían en sus intestinos y la resultante diarrea incontrolable.

Después de que le mordiera la mano cuando le examinaba los dientes, el primer veterinario al que fuimos dijo:

– Nunca será un buen animal de compañía. Deberían librarse de ella.

Esto nos hizo más decididos. Llevamos a Buffy de regreso a casa, le eliminamos las lombrices y la fumigamos, le dimos un baño antipulgas, le lavamos el pelo con champú a la camomila, y empezamos a darle de comer filetes, cápsulas de vitamina E, arroz y zanahorias. Todavía nos gruñía, se escondía en los rincones de la casa, y trataba de rebuscar en el cubo de basura del camino de entrada. Pero poco a poco se tranquilizó.

En un par de meses parecía la Sandy de Annie -después de que a ésta la adoptara Daddy Warbucks y tuviera un espectáculo de éxito duradero en Broadway-, un chucho rojo y grande con patas largas y un mechón de pelo rojizo en su encantadora cabeza alargada. Le cambiamos el nombre por el de Virginia Woolf (para que hiciera juego con Poochkin, alias Aleksandr Pushkin, el bichon), pero seguimos utilizando el nombre que le habían puesto en la perrera. Buffy, Buffoon, Scruffoon, Ms Woolf eran sus apodos. Se convirtió en una perra modelo después de que la adiestrara muy bien una persona más resuelta que yo, consiguiendo que se pusiera sobre las patas de atrás, ladrara a los desconocidos y nunca «cometiera errores» dentro (lo que era más de lo que podíamos decir de Poochkin, que señalaba su territorio fuera o dentro y se masturbaba contra los cojines del sofá hasta que los dejaba tiesos).

Al principio no se llevaban bien, pero ahora cada uno imitaba las posturas del otro o se sentaban como sujeta-libros a los dos lados de la puerta. A Buffy le gustaba más Jon, y a Poochkin yo. Cada uno de nosotros tenía un acompañante canino en el estudio. Pero Buffy era una perra de alma profunda. La habían abandonado, a fin de cuentas, y la salvamos nosotros de la muerte. Tanto los perros como las personas son más amables después de tocar fondo.

Si me las puedo arreglar con esta perra -pensaba yo- no hay nada que no pueda hacer. Incluso tener un niño, aunque sea escritora.

Pero dudaba, temiendo aún el eterno Waterloo de las mujeres. En el verano en que yo tenía treinta y cinco años, me entretenía con los gatos abandonados de los aparcamientos de los supermercados, lloraba al ver a perros muertos por coches, escribía poemas sobre la inteligencia e intuición de los perros.

Mirando un día a Buffoon, pensé que un recién nacido nunca tendría mayores problemas. Y había que verla ahora: el perfecto animal de compañía. Lo que yo no sabía era que la analogía entre perros y niños sólo dura un año o así. Después los niños son unas criaturitas tercas que se empeñan en hacer su santa voluntad, hasta más o menos la edad de doce años, cuando se convierten en dybuks o íncubos, dependiendo de la persuasión religiosa de uno.

Pero de hecho W Buffoon, Scruffoon, Spitoom, la muy distinguida Ms Woolf, quien me decidió a tener un niño. Era otro tipo de rendición. Una vez que un perro te entra en el corazón, no es difícil abrírselo a un niño.

Poochkin había sido mi acompañante en los paseos, mi musa, mi protección en las calles de Nueva York, mi hijo, mi amante. Pero Poochkin fue desde el principio un cachorro de hichon sano, perfecto. Se suponía que a Buffy había que quererla por todos los problemas que había tenido. Supongo que yo sabía que los problemas eran parte de la maternidad, y que si una es capaz de querer demasiado a un perro, puede hacer lo mismo con un bebé o un hombre. (Esto podría ser un libro de mucho éxito: Mujeres que cuidan a perros y los quieren demasiado)

¡Unbebé! ¡Unbebé! Nos pusimos a pensar en nombres. Plantamos un huerto y compramos un todoterreno (que no es el coche ideal para el embarazo pero, a pesar de todo, es familiar).

Molly fue tan hija de Buffy como mía. La devoción de Buffy y de Jon estaban establecidas. La mía oscilaba. Sabía que se admite que las mujeres son capaces de hacer la partenogénesis y no volver la vista atrás. Pero yo necesitaba la seguridad de un hombre y un perro. ¿Podría adiestrar a Buffy para que fuera como Nana en Peter Pan? Eso era fundamental. Mentalmente yo viajaba por Wiltshire, Londres, Costa de Marfil, el Caribe; corporalmente, me estaba preparando para tener un bebé.

Siempre he tenido ganas de escribir un libro que recogiera la quintaesencia de la rareza de la vida de un escritor: vivir una vida extravagante e imaginaria en el propio estudio, en los cuadernos de notas, en los montones de libros, mientras se desarrolla alrededor otra vida cotidiana. El modo en que se enlazan esas líneas entre sí son parte del relato. ¿Cómo se puede escribir esto una mañana…

Había cinco Delincuentes, encabezados por un Chico de Diez años, que babeaba y se movía como un Tonto, y gritaba sin parar:

– ¡Maldita trujal ¡Me ha Embrujado!

En el centro del Círculo dos hombres sujetaban a la hermosa Doncella del Aquelarre al frío Suelo, mientras los otros la violaban por turnos, con la mayor Brutalidad que podían reunir; y menos, parecía, por el Placer que una bestia irracional podría encontrar en un Acto de Pasión tan salvaje, que por demostrar su Brutalidad a sus Rudos Hermanos. Puede que la violaran unas diez o doce veces; y aunque al principio ella gimió y se resistió, al cabo de un tiempo pareció que se quedaba quieta, con los Ojos vidriosos mirando fijamente al Cielo, murmurando con la boca:

– Santa Madre de Dios, ten Piedad.

Después de eso, el Bruto que entonces la estaba atormentando con su hinchado Órgano rojo, quedó dominado por la piedad y, sacando su feo Aparato de su pobre Conejo tan maltratado (del que ahora salía una sangre oscura), se lo introdujo en la boca, diciendo:

– Esto te enseñará a rezar al Demonio.

Y hundió su Órgano tan profundamente en la Garganta de ella que se puso roja y se asfixió y pareció a Punto de Morir. Después de eso, el Bruto se retiró y cada uno de los Hombres se la introdujeron en la Boca, hasta que la boca le sangró tan terriblemente como sus pobres Labios. Cuando yo creía que había visto lo peor y no podía resistir el seguir mirando, uno de los más feos del Grupo, un Golfo con nariz de Fresa y los ojos pequeños de un Cerdo, sacó su Cimitarra de su funda e, ignorando los Gritos de Piedad de ella y los Ruegos de los otros miembros del Aquelarre, hizo un corte en la Carne de su frente, y hundió tanto la Cimitarra que la Cara entera de ella se llenó de sangre, y pronto abrió los Brazos y expiró…

…y sentarse luego a almorzar con la familia? Se puede.

Y al exotismo de la escritura en cierto modo lo impulsa la cotidianidad de la vida diaria.

Pero ¿qué pasa con esos momentos de la vida diaria en que una parece sangrar en el libro, cuando una no sabe si es Erica o Fanny, cuando no sabe si la embarazada es Fanny o una misma?

Este libro, este embarazo, estaban destinados a alimentarse uno al otro, cada uno de ellos cebado y transformado por el destino del otro.

Yo había llevado a Fanny, de ser la Cenicienta de una gran familia de Wiltshire, a que la violara su padrastro, a que huyera «en busca de fortuna», a encontrarse con un aquelarre de brujas que adoraban a la Diosa-Madre, a unirse a una banda de ladrones como la de Robin Hood que se llamaban «Los alegres», a que en Londres la obligaran a ganarse la vida como puta en un burdel, cuando de pronto el libro quedó interrumpido por un viaje a París para promocionar mi segunda novela, Cómo salvar la propia vida, o, como la titularon en francés, ha Planche de salut.

Jon y yo nos alojamos en un pequeño hotel cerca de St.-Sulpice. Caímos exhaustos en la cama una noche, agotados por el viaje y llenos de buen vino, los dos con ganas de dormir, pero en lugar de eso nos acercamos el uno al otro, e hicimos el amor interminablemente, como si estuviéramos en trance.

Después, yo quedé despierta y él se durmió. Notaba el seno como lleno de luz. Parecía que había un enorme planeta rojo que brillaba dentro de mí. Sentía ese latido cinco centímetros debajo del ombligo que hace que una se sienta como una cinta de Moebius que introduce el cosmos al interior.

Por la mañana, me sacaban unas fotos para una revista de papel cuché con los leones rampantes de una fuente detrás, cuando la traductora me preguntó por qué tenía aquella expresión de picardía en los ojos.

– La noche pasada hicimos un bebé -dije yo, sorprendentemente, sin estar ni siquiera segura de que fuera verdad.

– ¿Y qué pasa con el libro siguiente? -me preguntó, creyéndome.

– ¿Qué pasa? -dije yo, alegre, con esa euforia absoluta que de hecho presagia el embarazo.

Hortense Chabrier era una pelirroja menuda que fumaba sin parar y que adoptó el papel de protectora literaria mía. Tenía dos hijos y participaba en un ménage á trois muy civilizado con mi otro traductor francés, Georges Belmont. Yo había conocido a Georges y Hortense por medio de Henry Miller. Henry y Georges eran antiguos y grandes amigos de los años treinta, y Hortense era una brillante y joven editora que trabajaba para Robert Laffont. Henry había descubierto Miedo a volar y se la había mandado, sólo para descubrir que había sido rechazada por Laffont con la excusa: «La mujeres francesas no necesitan psicoanalistas.» (Probablemente porque cuentan con franceses.)

Georges y Hortense retomaron el asunto de Miedo a volar, tradujeron el libro como he complexe d'Icare, y descubrieron que a las mujeres francesas les gustaba igual que a las norteamericanas, y por las mismas razones. En el proceso, nos hicimos grandes amigos.

La alegría de mi primer día de embarazo se convirtió luego en pánico.

Yo había aceptado lo de si/o (el bebé o el libro) y sentía ataques de duda sobre como podría equilibrar las cosas.

Felizmente el bebé no tuvo dudas, ni las tuvo Jon, ni las tuvo Buddy ni Poochkin. Por la noche dormían conmigo en un amoroso montón, y por la mañana yo subía al ático para continuar con más aventuras de Fanny, que, asombrosamente, también se había enterado de que estaba embarazada.

La expectativa de un bebé, para una Mujer que no tiene Dote, Marido, ni Relaciones amorosas, origina, por encima de todo, una inmensa capacidad para el Trabajo duro.

Las Damas con hijos, que languidecen en la Campiña entre sus Maridos que persiguen a las Putas y el Juego en la Ciudad, de hecho pueden estar malditas con todas las Molestias de la Carne de Mujer; pero las Damas que deben trabajar para llevarse el pan a la boca están demasiado atareadas para padecer los Ataques de la Melancolía, del Letargo o la Migraña, la Ciática o los Vómitos. La propia Ociosidad provoca la Melancolía, pero un Trabajo duro cura todos esos Malestares mejor que el Físico más caro.

Mi trabajo era duro, duro para mi Cuerpo y más duro todavía para mi Mente, pues no es Cosa fácil irse a la Cama con Caballeros para los que una no es más que Miedo y Deseo. Imagínese a una Chica, todavía enamorada del Amor, viéndose obligada a retozar entre las Sábanas con Ancianos cadavéricos, Actores patizambos, Libreros picados de viruela, y jóvenes Aprendices de Tenderos todavía con granos en sus Mejillas adolescentes.

Todas las sensaciones del embarazo -terror, confianza, bendición- fueron transferidas a Fanny y traducidas en términos del siglo XVIII.

Consideré la posibilidad de interrumpir el embarazo y no hice nada. Fanny iba a ver a una boticaria fuera de la ley, Mrs. Skynner, con idea de abortar el bebé, pero no pudo reunir el valor. Me preguntaba cómo podría ganarme la vida si no terminaba este libro. Fanny, por otra parte, pensaba en convertirse en una mantenida, a espaldas de su patrón, que resultaba ser su propio padrastro, lord Bellards, y el padre de la bebé. Mi propia hija dormía a salvo de todo daño en su cuna blanca de mimbre. La hija de Fanny, por otra parte, era secuestrada por una malvada nodriza y su madre tenía que correr hasta el mar para salvarla. Cada impulso tumultuoso del comienzo de la maternidad se trasladaba en otra vuelta al argumento del libro. De ese modo hacen los escritores libros a partir de su propia carne.

– ¿Vamos a la tienda de productos alimenticios sanos? -te pregunta tu pareja. Y te arrancan de una ruidosa calle de Londres (con canales llenos de aguas residuales, cabezas de pescado, fruta podrida y animales muertos).

– ¡Bajo en un momento! -gritas tú a los de abajo. Y escribes que hay unas cuantas cabezas de pescado más y unos gatos muertos en el siglo XVIII antes de correr a comprar cuajada en el siglo XX.

Una especie de vida, lo llamó Graham Green, y nadie ha mejorado todavía la frase. Pero también es más rica que la mayor parte de las vidas porque siempre se vive en dos sitios, dos siglos, dos continuos temporales a la vez.

Imagínese que se está a caballo sobre el cosmos, agarrándose a las colas de los cometas, sabiendo que el tiempo no existe. Ésa es la vida del escritor. Es la relación más pura con el universo que puede tener un mortal. También es una especie de oración.

Una novela en la que esos dos niveles de la vida se vuelvan uno, en la que el libro que emerja resulte que determina la vida emergente, sería estremecedora si estuviera escrita en el nivel más profundo. Pero la mayoría de los escritores utilizan la noción sueño/realidad superficialmente. Muchos libros empiezan en la «realidad» y se aventuran en el espejo del mundo de la fantasía, sólo para regresar a la «realidad» al final. Habitualmente el «mundo real» se utiliza como marco o trampolín. A veces los personajes traen objetos cotidianos del mundo soñado para demostrar dónde han estado: la suela de cuero gastada de las Doce Princesas, el pañuelo de niño dejado en la fuente del Royal Doulton en Vuelve Mary Poppins. Como nuestra experiencia diaria de la vida es estar soñando la mitad del tiempo y despiertos la otra mitad, es natural que inventemos narraciones que incorporen nuestra confusión sobre lo que es el mundo. A lo mejor sólo parece que estamos dormidos aquí mientras estamos despiertos en otra parte. ¿Es posible fundir vidas opuestas en una personalidad aparentemente completa? Estas cuestiones nos fascinan porque nuestras vidas siempre están divididas entre fantasía y realidad. Un escritor es sencillamente alguien que hace uso de esa fisura como abono de narraciones.

Embarazada de Molly, me sentía más feliz de lo que me había sentido en ningún otro momento de mi vida. Yo era una que se estaba convirtiendo en dos, o dos que se estaban convirtiendo en una. Mi estado de ánimo era afable. Me sentía radiante, decidida, llena de vida. Y escribía sin ninguna de las dudas que me habían paralizado en el pasado. Tenía una integración perfecta de mente y cuerpo. Mi musa estaba en mi interior, me centraba. Mi mente podía vagar. Mi cuerpo sabía que lo podía hacer sin interferencias.

Eso era lo más curioso del embarazo. No tenía que controlarme, podía dejarme ir. Un poder elevado me regía. Era un estado maravilloso para alguien que siempre creyó que tenía que controlarlo todo.

Cuando llevaba tres meses en estado, Jon y yo nos casamos en secreto en nuestra casa de Connecticut. Evitamos a nuestros padres, nuestros amigos y los medios de comunicación, porque yo había escrito un articulo en Vogue diciendo que no creía en el matrimonio. ¿Cómo me podía retractar? Además, consideraba que mi vida había sido demasiado pública.

Howard y Bette nos pincharon durante meses para que nos casáramos. Mis padres se hicieron los indiferentes. Justo antes de que naciera Molly, cedimos y les contamos a nuestros padres que la niña era legal.

Yo, a quien le había aterrado el embarazo, estaba asombrada de encontrarme encantada con él. Yo, que había condenado el matrimonio, estaba asombrada de encontrarme feliz. Poseía una calma que apenas reconocía como mía. Puede que perteneciera al bebé. El embarazo era una transformación tan mágica que comprendí por qué mi hermana mayor tenía seis hijos, mi madre tres, y mi hermana menor dos. En mi familia abunda la maternidad. Yo soy la aberración.

El embarazo me pareció tan fácil que todos, desde mi tocólogo a quien me enseñaba los ejercicios físicos para el parto, estuvieron de acuerdo:

– Ese bebé nacerá bien.

Ejercicios de yoga cabeza abajo en el sexto mes y flexiones hacia delante en el séptimo habían convencido al mundo (Jon y nuestro mutuo profesor de yoga) de que el alumbramiento sería feliz. Una gira durante el sexto mes me convenció a mí. Sólo un entrevistador se atrevió a preguntar si estaba embarazada bajo mi vestido amplio.

– Es usted el primero que lo pregunta -dije yo-. Los otros probablemente se limitaron a pensar que estaba gorda.

Mantuve bastante energía hasta el octavo mes; y hasta entonces, arrastrando una tripa como el huevo de un dinosaurio, me creía que resultaba espléndida. El narcisismo del embarazo me llevó a posar para unas fotos en un romance con mi propia tripa. Demi Moore probablemente estaba en la escuela primaria, y en 1978 nadie las hubiera publicado en la portada de una revista, pero es indudable que yo habría posado para una de esas publicaciones de haber podido. Siempre que podía, llevaba puestos vestidos transparentes que dejaban ver mi tripa.

Recuerdo a Jerzy Kosinski acariciándola en un cóctel.

– Daría lo que fuera por experimentar alguna vez un embarazo -dijo.

Pero la bebé no «nació bien». Debía de hacerlo el 1 de agosto, pero se quedó allí dentro, presionándome la vejiga, hasta mucho más avanzado el mes. Antes del 18 no decidió moverse. Yo estaba leyendo un libro del siglo XVIII sobre masques y ridottos en la biblioteca Pequot cuando de pronto noté que estaba empapada. Tranquilamente devolví los libros y conduje hasta casa.

Jon y yo telefoneamos al médico y esperamos a que empezaran las contracciones.

No pasó nada.

Fui a la cocina y preparé un sandwich con un filete inmenso y tomates cultivados en casa. Nada más devorarlo entero, empezaron las contracciones.

Las llamadas cada cinco minutos de los futuros abuelos eran más molestas que las contracciones. Howard insistía en que fuera al hospital. ¡Después de todo era su nieto! Fuimos, por no discutir. Yo había llamado a mi preparador para el parto, y metido en la maleta ejemplares de Inmaculada Decepción y Hojas de hierba. Estaba decidida a tener la bebé de modo natural, significara lo que significase eso.

Como con cada acontecimiento de mi vida, iba a dar a luz en un momento intensamente politizado. Entonces la anestesia se consideraba inadecuada y antifeminista. Sólo las lloronas tenían problemas. ¡Ninguna madre amazona sucumbiría a los espasmos! De modo que pasé por nueve horas enteras de dolor hasta que me quedé sin fuerzas, y cuando el médico sugirió una cesárea, me enfrenté a él, citando textos feministas. Sólo la reducción de la frecuencia de los latidos del corazón de la bebé me hizo cambiar de idea.

Fanny hubiera muerto. La bebé habría quedado marcada por el fórceps, sin miembros, o malograda. Perdida en un sueño del siglo XVIII, yo no podía saber que un nudo en un coxis dañado (debido a un antiguo accidente montando a caballo) hubiera impedido la llegada de mi hija al mundo y que la única opción era una cesárea.

– ¡No me mates, llevo mediado el mejor libro de mi carrera! -le grité a David Weinstein, mi querido tocólogo, cuando me metieron en el ascensor camino de la sala de operaciones. Rescatada por un angélico asistente con una bata verde de saltamontes (y alas invisibles), nos apresuramos fuera del ascensor-con el médico derribando la basura y yo desvariando- en dirección a la sala de operaciones.

A Jonathan no le dejaron entrar. Y por poco, tampoco a mí. Había un círculo sagrado de médicos varones. Me aplicaron anestesia local y se me entumecieron las piernas. Notaba que cortaban, pero nada de dolor.

Alazaron un bulto ensangrentado para que lo viera.

– ¿Es la placenta? -pregunté.

– Es tu hija -dijo David, poniéndome a una criaturita cubierta de sangre color mineral de hierro en los brazos. La habían envuelto a toda prisa en una manta rosa y movía los párpados con sangre coagulada. Sus ojos de un azul submarino se encontraron con los míos.

– Bienvenida, pequeña desconocida -dije, llorando y limpiándole la cara con las lágrimas.

Nacida como consecuencia de la unión repentina de dos amantes predestinados sobre una nube de contaminación de un desfiladero californiano, había hecho todo el camino hasta nosotros avanzando pacientemente con unos pies que nunca tocaban el suelo (como dijo Colette de su hija). Era mía y no lo era al mismo tiempo. Era la cosa más hermosa que había visto nunca y la más aterradora. Dios se había dejado caer dentro de mi vida con la cara de Molly. O si no, un rehén de Dios. A partir de entonces, mi vida ya no me pertenecía sólo a mí.

Agotada, muy alegre, esperé a que me la trajeran a la habitación. Una bebé recién lavada, con los mismos ojos negros, y un mechón pelirrojo en la cabeza, llegó en una caja transparente como un regalo del día de San Valentín. Me la llevé al pecho, preguntando si se debería hacer así. La cosa funcionó. Chupó. Yo no podía dejar de mirarla como si fuera una aparición que se desvanecería tan rápidamente como había llegado.

Luego me derrumbé. Un día o una noche de sueños químicos y luego volví a despertar ante la cara rosa y los ojos negros y el mechón castaño. ¿Cuál era nuestro destino, el suyo y el mío? ¿Qué milagro la había creado? ¿Cómo podía ser tan vulgar y tan extraordinario un milagro semejante? El nacimiento de Molly hizo creyente a esta agnóstica.

¡Qué Milagro es un Recién Nacido! Arrancado del Vacío, con apenas nueve Meses de vida, sin embargo llega con sus dedos de Manos y Pies totalmente formados, sus Labios delicados como Pétalos de Rosa, sus Ojos insondablemente azules como el Mar (y casi ciega), su Lengua de un color más rosa que el interior de una Concha, y encogiéndose y retorciéndose como un Gusano en el jardín en una Primavera lluviosa.

Han pasado casi tres Décadas desde que te advertí, mi propia Relinda, pero nunca olvidaré mis Sentimientos mientras deleito mis Ojos nublados con tu Cara recién salida del cascarón. Los Dolores de los Esfuerzos puede que se desvanezcan (¡ah, que se desvanezcan!), pero la Maravilla de ese Milagro -el más vulgar Milagro- del Recién Nacido es ¡un cuento contado y vuelto a contar siempre que la Raza de la mujer sobreviva.

Esas fueron las líneas que escribí para Fanny cuando la experiencia estaba fresca en mi mente.

Guardé todos los papeles del hospital (la lista de nombres), todas las fotografías (incluido el sonograma a las diez semanas), los dos brazaletes de identificación (el suyo y el mío). Con estos recuerdos hice libros para ella: libros por cada día de recién nacida, libros por cada cumpleaños de niña, y un libro especial por su paso a la adolescencia a los trece años. Yo era escritora antes que madre, y la escritora era quien estaba más formada. La maternidad es un gusto adquirido. Una aprende a humillarse de rodillas. Hacerse escritora sobre la maternidad es la parte más fácil.

Conque la llevamos a casa, pero al principio mis bebés caninos no estaban nada encantados de tener hermanos. Buffy aulló cuando la di de mamar por primera vez, y Poochkin dejó cagadas de escándalo en los rincones de todas las habitaciones.

Vino una niñera horripilante de una agencia de Greenwich y se dedicó a hacer lo que mejor hacen las niñeras: conseguir que los padres se sientan idiotas. Comía por dos, como si fuera un ama de cría. Escondía a la bebé en su habitación y me la traía cada unas cuantas horas sólo para soltar la frase clásica de una niñera:

– Señora Fast, su leche no es lo bastante alimenticia.

El día que tenía libre la niñera, yo llevaba la cuna con ruedecitas junto a mi cama y le hacía mimos a mi bebé todo el día y toda la noche, cuando no estaba dándole de mamar enloquecida o fotografiándola igual de locamente. Sus ojos me hechizaban. Su primera sonrisa hizo que Jon y yo bailáramos un vals por la habitación con la bebé entre nosotros. Estábamos tontos con ella, como si fuéramos los primeros padres de la historia.

Pero yo también estaba decidida a terminar mi novela a tiempo. Todas las mañanas subía a mi estudio del tercer piso, tratando de cumplir con la fecha fijada. Los editores me habían adelantado el tipo de dinero que habitualmente no ganan las mujeres. Nunca se me ocurrió tomar un día libre. Simplemente tripliqué mi trabajo y aceleré. A la bebé la alimentaba la noche entera y al libro el día entero. Producía más páginas, no menos. A lo mejor tenía miedo de que mi talento se evaporase con la maternidad. Ponía diariamente a prueba esta hipótesis.

Como otras miembros de la generación flagelada, tenía muchas cosas que demostrar: a mí misma, a mi madre, a todos los hombres que decían que no era posible hacerlo. Necesitaba demostrar que mi madre se equivocaba. Las mujeres lo podían hacer todo.

– Hemos conseguido el derecho a estar agotadas eternamente -solía bromear yo.

Pero ¿no era eso mejor que el que no me permitieran publicar libros?

¿Lamento mi comportamiento? ¿Cómo lo puedo hacer? Estaba poniendo a prueba mi vida. El derecho de las mujeres a crear vida y arte al tiempo todavía se cuestionaba en todas partes. En muchos sentidos, todavía se cuestiona.

Nunca se me ocurrió tomarme «un permiso por tener familia». Me sentía con tanta suerte por ser mujer y que se me permitiera trabajar, que no tenía intención de detenerme.

Cuando Molly estaba en la cuna, a veces la llevaba a mi estudio para que durmiera en el suelo, debajo de la mesa de trabajo, mientras yo escribía. Pero pronto tuvo demasiado tamaño y hambre para hacer eso. La «Liga de La Leche» en cierto modo no se toma la molestia de decirte que a los bebés crecidos les gusta comer cada hora o así. Molly trataba de sentarse, miraba a su alrededor, agarraba cosas, monologaba. La niñera se marchó y Lula ocupó su puesto. Lula era el sueño de niñera que tiene todo el mundo.

Lula era una antigua agente de apuestas que había pecado y amado a muchos pecadores antes de encontrar a Cristo, pero cuando yo la conocí ya era una mujer temerosa de Dios, cuyo pastor de la iglesia era el centro de su vida -me ponía cintas magnetofónicas con sus sermones-, y tenía una gran habilidad para preparar tartas de batata, manos de cerdo, judías verdes; y para cuidar bebés. Le cantaba a Molly, la acunaba, la untaba de vaselina para evitar la gripe («A los resfriados no les gusta la grasa», decía Lula), y la llevaba a la iglesia en Harlem «para que la bendijeran». Mi madre se enteró y no le gustó. Pero yo imaginé que nunca la bendecirían lo suficiente.

– La nena da palmaditas y alaba a Dios -decía Lula-. La nena dice: «Aleluya».

– Ya lo sé, Lula, ya lo sé -decía yo-, pero mi madre se preocupa.

– ¿Y de qué se preocupa? -preguntaba Lula.

– De que no necesite nada -decía yo.

– Ustedes, los judíos, están locos -decía Lula.

– Como usted diga -me mostraba de acuerdo yo.

Lula podía mandar jaquecas «de vuelta al infierno», curar resfriados con zumo de limón y Vick, y rezar para que los libros subieran en las listas de los más vendidos. Con Lula cerca, nunca tenía miedo. Si el Vick no curaba, lo haría Cristo.

Vino Lula y terminé la novela. Para cuando se publicó, Molly tenía dos años.

Una de las ventajas de escribir una novela sobre el siglo XVIII mientras se tiene un bebé fue la gratitud que me hizo sentir por estar simplemente viva. Si yo hubiera sido Fanny de verdad y ella hubiera tenido mi historial tocológico, habría estado muerta, y Molly también. Por mucho que la ciencia haya hecho cosas para destruir el mundo, es indudable que salvó la vida de muchas mujeres y sus hijos. La naturaleza no es amable con nosotras cuando nos dejan que nos las arreglemos solas. Ahora sobrevivimos al parto y encaramos el dilema de cumplir cincuenta años. Mary Wollstonecraft nunca recorrió ese sendero.

Ansiosas de cada vez más vida, raramente apreciamos lo que tenemos. Muchas de mis amigas se han convertido en madres con cuarenta años y pico, y sus hijos son hermosos y listos. Hemos extendido los límites de la vida, y sin embargo nos atrevemos a enfadarnos por hacernos mayores.

Parece un gran desagradecimiento. Pero las que hemos nacido después de la II Guerra Mundial somos una maldita panda de desagradecidas. Nada nos puso límites. De modo que somos muy dadas a derrochar y quejarnos, y poco a estar agradecidas. Y cuando descubrimos que la vida tiene límites, tratamos de destrozarnos con la ira antes de aprenderlo importante que es la rendición. Somos hijas de alcohólicos anónimos, la generación competente. Tienen que lanzarnos al fondo una y otra vez antes de que entendamos que la vida trata de la rendición. Y si el fondo no sube a nuestro encuentro, nos hundimos en él, llevando a quienes queremos con nosotras.

Sólo unas pocas volvemos nadando al aire y la luz.

El divorcio y lo que vino después

Éste es un capítulo que no quiero escribir. Pero tiene que formar parte de Miedo a los cincuenta, porque el divorcio es la ceremonia con la que mi generación alcanza la mayoría de edad, un rito que imprime carácter y que hace que todo lo que pase después parezca soportable.

Sin duda tiene que ver con lo mucho que vivimos, Todas aquellas mujeres que murieron al dar a luz no llegaron a tener más de un marido, y todos aquellos hombres -si no murieron de viruela o fiebres o gota o un naufragio o por el ron- se volvieron a casar otra vez, sin culpabilidad y sin tener que pasar pensión alimenticia.

Nos casamos como si nuestras vidas fueran las suyas, pero a los treinta años, o a los cuarenta o a los cincuenta, cuando ellas habrían estado muertas, encontramos que somos unas personas distintas. Nuestros valores han cambiado: nuestros placeres parecen más dulces, nuestros pesares más intensos, pero también menos neuróticos. Ahora queremos vidas diferentes con amores diferentes. Acumulamos parejas como los que vivían en el siglo XVIII acumulaban las tumbas de sus familiares. Nunca se supuso que íbamos a vivir tanto.

A los treinta y ocho años, con una hija pequeña y un nuevo libro que se vendía mucho, habiendo dado rienda suelta a la mujer del siglo XVIII que había en mí misma, consideré que lo podía hacer todo. Jon, que tenía treinta y dos, se sentía inseguro con respecto a su carrera, postergado por la niña.

– En esta casa yo siempre soy el tercero -decía-. Primero la niña, luego el libro, ¿dónde encajo yo?

¿Dónde, en realidad? El no podía dar de comer a la niña ni mantenernos. No publicaba libros que se vendieran bien. Debo de haber sido desdeñosa con respecto a su inutilidad, pero eso era lo que pasaba. Era un momento para cuidarle y animarle, pero yo tenía una hija y una fecha de entrega que cumplir y, a pesar de toda mi decisión, no lo podía hacer todo. Los dos estábamos tan entregados a las exigencias de la niña que teníamos poco tiempo para ayudarnos el uno al otro. De modo que empezamos a hacer las cosas hirientes que hacen las personas desesperadas, sintiéndonos los dos agobiados e incomprendidos y solos.

Teníamos más que nunca un motivo para estar juntos y nos estábamos separando más que nunca. Cuando Molly tuvo tres años, habíamos acumulado los suficientes agravios uno contra el otro para sentirnos justificados. La niña era el testigo inocente de todo esto.

Yo me había sentido orgullosa de ser la que ganaba el pan de la casa; ahora lo lamentaba. La presión era excesiva. Jon se había sentido orgulloso de ser uno que contribuía; ahora se sentía desanimado, o a veces lo parecía. Un hijo te echa en la cara todas las funciones paternas que conoces desde la infancia. Yo quería estar «al cuidado de», signifique eso lo que signifique. Él quería estar «libre» para volar lejos.

En una fiesta con motivo de mi treinta y ocho cumpleaños (cuando Molly tenía un año), la tensión y el agotamiento me llevaron a jugar a la ruleta rusa con mi vida. Había bebidas mexicanas, así que tomé docenas de margaritas y ya estaba dando tumbos cuando llegó un «amigo» y me ofreció «unas pastillitas azules» como regalo de cumpleaños. Tomé dos y perdí el sentido de inmediato.

Lo demás sólo puedo reconstruirlo a base de rumores.

El pulso me cayó en picado y me quedé helada. Estuve inmóvil en el suelo del cuarto de baño y después en la cama. Un médico amigo me hizo caminar y me obligó a tomar café y vitamina C. Vomité, tomé más café, y volví a vomitar. Una noche de sueños enmarañados, e imágenes del Sahara en mi garganta.

Cuando por fin desperté por la mañana, los invitados se habían ido. Estaba humillada y enferma. Me había olvidado de mi propio cumpleaños. El fin del mundo se perfilaba como una hilera de botellas de tequila vacías. La vergüenza era inmensa.

Increíblemente, la niña estaba bien. De repente me di cuenta de lo que le podría haber pasado y tuve un ataque de pánico diferido. Tenía problemas más profundos de lo que era consciente. El placer por «tenerlo todo» se había convertido en un agotamiento por «tenerlo todo». Estaba muy cansada. La tensión por querer darle a la niña lo que necesitaba, darle a Jon lo que necesitaba, y darme a mí misma lo que necesitaba, me había llevado a este precipicio. Mi adicción protestaba, queriendo que la alimentasen. Mi adicción se vuelve hacia la comida, la bebida o el trabajo con el mismo entusiasmo. Justo cuando empiezo a entenderla, cambia de marcha.

La adicción es también parte de lo que no quiero contar, y no sólo porque muchos la han contado y presumido de encontrar «la Respuesta». En parte debido a ellos, he llegado a valorar la fuerza de no utilizar palabras para todo.

El alma sólo puede estar en silencio. El encararse a sí misma, no se puede hacer en público. Y anunciar la propia recuperación es un modo seguro de perderla. Hay un antiguo dicho de brujería: «Fuerza compartida es fuerza perdida.» En cuestiones de adicción, esto es especialmente cierto.

La adicción es la enfermedad de nuestro tiempo. Es astuta y poderosa. Procede de nuestra hambre espiritual crónica y se nutre de nuestro interés por tener y gastar, y por noticias y cotilleos ajenos a nosotros mismos. Lo único que necesitamos es lo que pasa en nuestro interior. Centrarse en lo que cuentan los demás sólo es una distracción de las necesidades del propio espíritu. La adicción se incrementa con nuestra represión crónica de la vida interior. Creemos que no existe lo espiritual porque hemos dejado un espacio insuficiente para que se manifieste en nuestra propia vida. Una tautología de la realización de las propias ambiciones.

También concedemos a nuestros matrimonios demasiado poco espacio para el placer. El resultado es que huimos de ellos, buscándonos a nosotros mismos. Creemos que hemos perdido nuestra alma. Y la hemos perdido. Pero probablemente la pudiéramos encontrar juntos, si al menos supiéramos cómo.

El arrepentimiento es la píldora más amarga de todas. No es extraño que Dante haya hecho de él uno de los principales castigos del infierno. Ahora me arrepiento por mi fracaso para hacer que funcionara el matrimonio, aunque estuviera más allá de mis fuerzas.

El verano en que Molly iba a cumplir tres años, huí de Jon a Europa, esperando que me siguiera. Fui a la casa de campo de mi traductora en La Mayenne. Pero Jon no vino. En vez de eso, emprendió su propia odisea, en dirección oeste. Discutimos amargamente por teléfono de La Mayenne a San Francisco. Durante una de esas peleas, sin querer hacerlo, yo dije muy enfadada:

– Largo.

Y lo hizo. Regresé a casa ante el naufragio de un hogar hecho trizas, con Jon mudándose.

Yo había recuperado la sensatez y quería que él volviera. El no quiso oír nada de eso. Quería que le dieran la patada. Eso le daría permiso para ser «libre». Había estado sumido en una profunda depresión casi desde el nacimiento de la niña. Se sentía fuera de lugar, abandonado, no querido. Ahora, sin duda, lo puedo entender. Pero entonces, las cargas sobre mí eran demasiado grandes. No tenía sitio para las relaciones afectuosas excepto con Molly (y Fanny). Ni siquiera sentía afecto por mí misma.

La cosa siguió así durante unos meses. Jon volvía a casa, se marchaba, volvía a casa, se marchaba, acumulando ofensas, y conoció a su siguiente mujer.

Habíamos matado la confianza entre nosotros. Después de eso, todo se hizo imposible.

Los aspectos legales del divorcio se terminaron demasiado pronto. Yo no pedí nada. Él no pidió nada. Nos separamos uno del otro como si no hubiera una hija entre nosotros. Todavía tenemos cuestiones sin resolver. Y como las tenemos, Molly las tiene también.

¿Qué pasa cuando tu pareja y mejor amigo se convierte en tu enemigo? Chillas y cuelgas el teléfono en plena noche, te lanzas hacia los coches, hacia los hombres, bebes demasiado, pones demandas, te ponen demandas, malgastas el dinero; y te reconcomes.

No es posible evitarlo, aunque todo parezca tan inútil al final. A diferencia de la infancia, la cosa sólo termina en el vacío. Como pasa con la guerra, eres simplemente feliz por salir viva.

No tengo ni idea de cómo superé esos días de ciega amargura. Anduve dando tumbos por ellos con un tremendo dolor de cabeza.

Recuerdo ir a dar clases en la Breadloaf Writer's Conference, y que me concedieran el honor de vivir y escribir en la granja blanca de madera de Robert Frost, y sólo sentir desesperación. Me arrastraba hasta las clases (dejando a Molly con el espíritu de Frost y una au pair inglesa). Me volvía a arrastrar de vuelta. Yo parecía creer que el alcohol ayudaría, y me encontraba en el sitio perfecto para beber, porque en aquella época una se podía doctorar en alcohol en Breadloaf. En las reuniones de la facultad se trataba exclusivamente de cómo calificar las botellas. La montaña entera necesitaba pasar por el dique seco. Incluso los árboles tenían el cerebro empapado en alcohol. Se doblaban y vacilaban. Los arces se estaban poniendo rojos de vergüenza. Había alcohol en los departamentos de literatura, alcohol en la residencia, alcohol en la sala de estar de la facultad. El cielo quedaba estriado de alcohol al atardecer. El ciclo era fijo: alcohol hasta la inconsciencia (como solía decir mi padre del negocio del espectáculo de los años treinta), dormir y café para levantarse. Había que mantener a raya aquellos malos pensamientos a toda costa. Pero ¿entonces qué te queda? La inconsciencia.

Yo llamaba a Jon desde cabinas telefónicas de todo Vermont, a la espera de un respiro, pero no tenía lugar ninguno. Lloraba hasta que los ojos se me ponían rojos. Luego volvía a llorar.

La mayoría de las personas estaban en Breadloaf para alejarse de sus cónyuges. Yo quería volver con el mío. Había la borrachera habitual y el encamarse con la noble excusa de la literatura. Había el caos habitual disfrazado de deseo.

La revista Time estaba al acecho para hacer un artículo de portada sobre John Irving, que iba a publicar la novela que seguía a Garp. John Gardner conducía temerariamente la motocicleta que le mataría. Hilma y Meg Wolitzer-aquel talentoso conjunto de madre e hija- fueron infaliblemente amables conmigo durante mi dolorosa confusión.

Me llegó el rumor de que Time iba a publicar un cotilleo sobre mi matrimonio roto. Me eché encima de un periodista que estaba al acecho, confirmando involuntariamente el rumor.

Inicié un coqueteo inofensivo con un agradable escritor casado. Una noche fuimos a un hotel y los dos quedamos aliviados de que él fuera impotente. El estaba pensando en su mujer, que en aquel mismo momento cruzaba Vermont a toda velocidad para cogerle con las manos en la masa. Yo pensaba en Jon.

El escritor no dejaba de buscar más allá del cuerpo fantasma de su mujer para tocarme. Yo no dejaba de buscar más allá del cuerpo fantasma de Jon para tocarle. Al cabo de un rato, renunciamos a nuestras abortadas tentativas sexuales, una vez que hubimos dado muestras de que el otro nos resultaba atractivo. Nos hicimos amigos.

El sexo sigue siendo un dilema. Por mucho que lo necesitemos, no podemos hacerlo sin sentir nada. Los sentimientos siempre se interponen, maldita sea.

Después de Breadloaf, las cosas empeoraron.

El vacío en casa era terrible.

Estaba sola de nuevo a los treinta y nueve años, pero esta vez con una hija y todo un nuevo conjunto de circunstancias a las que acostumbrarme. Los ritos del citarse con alguien eran diferentes. El mundo del sexo había vuelto a cambiar. Ahora parecía que se esperaba que follaras con todo el mundo y no pensaras en nada.

Cuando era soltera a los diecisiete años, quería casarme y dejar fuera toda distracción sexual. Cuando era soltera a los veintidós, había tenido un año o dos de libertad, luego me entró el miedo y me casé con Allan. A los treinta, fui directamente de ese matrimonio a la siguiente aventura romántica con Jon. Pero ahora, a los treinta y nueve, si lo decidía, podía vivir mis fantasías. Sin embargo, la perspectiva, de pronto, parecía poco prometedora. Sólo a los casados les parecen soluciones las fantasías.

En Greenwich vivía una amiga casada que era la suma sacerdotisa del adulterio. Era el perfecto ejemplo de la mujer sureña, trasladada al Norte. Su marido era un frío cirujano que se dedicaba a la medicina deportiva. No estaba nunca en casa. Aparentemente ella siempre estaba en casa. Parecía que pasaba el día dedicada a los muebles antiguos, restaurando antiguos edredones y manteniendo una casa creativa a la Martha Stewart, la mujer que ganó su libertad glorificando la esclavitud del hogar.

En realidad, la mujer del cirujano pasaba muchos días entre semana, de once a cuatro, en una habitación de hotel de Stamford con una variedad de galanes a los que doblaba en edad. Era especialista en mantener el adulterio ordenado y aparte, como debe ser cuando constituye un «estilo de vida» propio. Era rubia, pero iba en coche a Stamford llevando puesta una peluca sal y pimienta. Siempre adquiría ella su champán de marca preferido. Caviar Beluga, pan integral de centeno, alcaparras de preparación casera, chalotes y cebollas cultivados en casa, embutidos. Las servilletas eran de lino, las flores recién cortadas de su jardín. Ms. Stewart lo habría aprobado.

Contaba con un fichero de currículos especiales de amigos que habían enviudado o se habían divorciado recientemente. Los calificaba de A a E según sus habilidades en la cama, y calificaba esas habilidades según la primera letra del término que empleaba para ellas: «C», «F». «M», «P»; lo que significaba cunnilingusjoileteo, manoseo y poscoito.

Eso decía algo acerca de sus prioridades.

Yo me hice con siete de esos currículos con fotografías incorporadas (de la cabeza, no de la polla) y claras descripciones del hombre y su cuerpo, y advertencias de no recibirle nunca en la propia casa. Se sugerían los preservativos, pero en 1982 todavía eran optativos.

Con dos de esos tipos estuve un par de meses liada. Uno era un camionero, el otro un pinchadiscos. En Parachutes amp; Kisses le llamaba Pinchapolla, haciendo una broma, como de costumbre, con mi propio dolor. Pero me resultó difícil librarme de los dos.

Los hombres dicen que sólo quieren sexo, pero cuando las mujeres sólo les dan eso, resulta que quieren más. Posesión. Matrimonio. Bienes compartidos.

Cuando una quiere sexo sin intercambiar los números de teléfono, muchas veces se enfadan y no quieren que la cosa quede así. A veces se desaniman.

Hay otro motivo por el que a hombres y mujeres nunca les irá bien: el poder. Una mujer que sólo quiera sexo tiene todo el poder, y muchos hombres prefieren que se les ponga blanda antes de que les domine una mujer. Se parece demasiado a su Mamá. Los hombres que suponen una excepción a esta regla muchas veces se vuelven completamente dependientes y casi incapaces de sonarse la propia nariz. Al final, una les manda que hagan las maletas porque dan mucho más trabajo que los niños pequeños. O los perros.

La cuestión de los papeles que se juegan es una historia distinta. A un hombre le puede gustar jugar al pequeño meón, al pequeño mendigo, al chico malo, con una mujer a la que paga para que sea dominadora. Los hombres aceptan ese tipo de tratos. El juego del poder está claro. Pero ser dominado por una mujer con la que comparte la vida es inquietante. Cuando la cuestión de los papeles que se juegan se vuelve realidad, empiezan los problemas.

¿Se trata de una regla absoluta? Las reglas no son absolutas. Pero es una situación bastante frecuente como para que merezca la pena apuntarla.

Muchos hombres prefieren mujeres enérgicas, pero ellos deben mantener al menos alguna parcela de control. Sin eso, el sexo es imposible y sus ojos se desvían.

En cuanto madre soltera que se gana el pan, yo iba a aprender todas las cosas que mi adolescencia en los años cincuenta me había dejado sin enseñar. Fue el periodo más crítico de mi vida, los años en que me cambiaron todas las células del cuerpo y el cerebro y me convertí en la dueña, por no decir dominadora, de mi destino.

Pero antes de que consiguiera ahondar en mí misma después del divorcio, el cuerpo tenía que librarse de sus toxinas. Los años de dependencia de padres, de abuelos, de hombres, se manifestaron en un dolor de cabeza colosal que iba a durar seis meses. No me lo quitaba nada: ni la aspirina, ni la codeína, ni el Tofranil, ni el Nardil, ni el alcohol, ni la marihuana, ni los hombres.

Para acostarme con hombres que no me gustaban bastante estaba la marihuana. Para salir con amigos que no eran amigos, estaba el alcohol. Para las mañanas estaba la aspirina. Para las noches estaban el válium y la codeína. Mi cabeza se rebelaba. Me latía como un pulsar en el espacio. En eso consistía el mensaje cósmico. En cuanto lo dejaba de escuchar, hacía que me resonaran unos tambores invisibles en el cráneo.

El cuerpo es más listo que quien lo habita. El cuerpo es el alma. Ignoramos sus dolores, sus malestares, sus erupciones, porque le tenemos miedo a la verdad.

El cuerpo es el mensajero de Dios.

Conocí a un joven estudiante de medicina con un apéndice espléndido y una nevera llena de hongos mágicos. Con él me sumergí en los días intensos que nunca había tenido cuando estudiaba. Las ensaladas eran negras y con hongos, amargas en la lengua. Pero traían el olvido. Me había perdido los años sesenta. Aquél era un modo de recuperar mi juventud.

Pero el estudiante de medicina, por muy amable que fuera, no me podía curar el dolor de cabeza. Era algo más grande que yo. Era la nariz de Gogol, un dolor de cabeza metafísico. Era el dolor de cabeza de mi destino. Era el dolor de cabeza en que se había convertido mi vida.

El dolor de cabeza era una señal del bloqueo del propio conocimiento. ¿Dónde estaba ahora el doctor Mitscherlich? Demasiado lejos como para ayudarme. Enfermo en Alemania. Pronto moriría.

La cabeza me estallaba; ¿es que quería nacer alguien? ¿Se estaba preparando Atenea para surgir? ¿O era Pandora? ¿Me iba a convertir en una mujer guerrera, o sólo en la que cargaba con una caja llena de enfermedades? Puede que en las mujeres la depresión sea una pasión no reconocida por el renacer. Hay algo que hace fuerza para salir. No es el hijo; sólo puede ser la madre.

La maternidad incrementa todos nuestros antiguos miedos de que nos abandonen. Cuando la maternidad lleva al divorcio, se demuestra que el abandono no es únicamente un miedo, sino la verdad más profunda que conocemos. Al hundirme en las cavernas primigenias de mí misma, encontré a una niña llorando. No era mi hija. Era yo.

De ese modo empezó la odisea: un ciclo de siete años de muerte, resurrección y nacimiento. El último ciclo de siete años había producido a Molly. El siguiente me produjo a mí.

A los treinta y nueve años, aprendí a cambiar un neumático, a quitar la nieve con una pala, a reunir leña. Aprendí a cumplir un plazo fijado sin un hombre en el que apoyarme. Me obsesioné con el fuego. Si al menos tenía encendida siempre la chimenea, sabía que todo estaría perfectamente. (Prometeo debe de haber sido mujer. Recuperé mi modo de ser antiguo: inventaba el fuego todos los días, me arrancaban el hígado todas las noches.)

Antes de marcharse, Jon había echado a Lula. La echó porque sabía que mi trabajo dependía de ella. Dos escritores en una casa resulta muy poco cómodo. Cuando uno es hombre y el otro mujer, la niñera, lo mismo que la niña, se convierte en un instrumento.

Las niñeras iban y venían. No les gustaba estar encalladas en la región más que a mí. No les importaba si yo terminaba un libro o no. Habían venido a Norteamérica a encontrar marido o conseguir un título o un permiso de residencia o drogarse; en cualquier caso, las jóvenes. Las de más edad eran tan raras como si las acabaran de soltar de un manicomio, o estaban deprimidas de modo crónico. Las demás te dejaban si no querías pagarlas en metálico.

W. H. Auden escribió una vez que, en su utopía, todas las estatuas públicas serían de famosos cocineros muertos en lugar de condottieri. En mi utopía, las estatuas públicas serían de mujeres que llevaron una vida pública y una privada con idéntico celo: Harriet Beecher Stowe, Margaret Mead, Hillary Rodham Clinton. (Zoé Baird es la Juana de Arco de todas ellas. Se ocupó de cuidar a sus hijos, pero de modo erróneo. La auténtica maravilla es que encontrara tiempo para ello.)

Yo me había convertido en mi padre y en mi madre. Y los dos guerreaban entre sí dentro de mi cabeza.

Todo esto es lo habitual: simplemente la experiencia normal de mi generación flagelada. Atrapadas entre nuestras madres (que se quedaban en casa) y la generación siguiente (que dio por supuesto el derecho a realizarse), sufrimos todos los cambios de la historia de las mujeres dentro de nuestros cráneos. Considerábamos equivocado todo lo que hacíamos. Y todo lo que hacíamos era intensamente criticado. Ése fue el destino de nuestra generación.

La capacidad de una mujer para realizarse depende de la infancia y de los cuidados infantiles. En Norteamérica, donde no nos gusta que una clase inferior haga las «tareas femeninas», las propias mujeres se han convertido en una clase inferior. Por amor. Nadie duda que el amor es real. Lo es el amor que sentimos por nuestros hijos. Pero se espera que sea algo invisible y que nunca lo mencionemos. Alfred North Whitehead, que después de todo no era mujer, dijo que la verdad de una sociedad es lo que no se puede mencionar. Y el trabajo de las mujeres todavía no se puede mencionar. Puede que a las mujeres que escriban se las odie porque la abstracción hace posible la opresión y nos negamos a ser abstractas. ¿Cómo lo podríamos ser? Nuestras búsquedas son concretas: comida, calor, hijos, una habitación propia. Estos elementos básicos son raros, incluso para las privilegiadas. No queda lejos de un milagro el que una mujer con un hijo termine un libro.

Nuestra vida -desde el hijo a la mesa de trabajo- es la vida de la mayoría de la humanidad: sin tener nunca el tiempo suficiente para pensar, el agotamiento eterno. La élite masculina, con las mujeres esclavizadas para que atiendan las necesidades corporales, raramente considera que nuestras dificultades sean «reales». «Real» es el déficit público, las guerras del petróleo en Oriente Medio, o cuánta de la leche de nuestros hijos puede llevarse el Pentágono.

En eso consiste la auténtica división del mundo actual: entre los que dicen despreocupadamente «Tercer Mundo» creyéndose parte del «Primero», y los que saben que son del «Tercer Mundo», vivan donde vivan.

Las mujeres son «Tercer Mundo» en todas partes. En mi país, donde la mayoría de las mujeres no se consideran parte de lo que importa, son de tercera clase, atrapadas en el mito de que son de «primera».

Antes de tener a mi hija yo también estaba atrapada en ese mito. Sólo después del nacimiento de Molly me enteré de lo que era el mito. Sólo entonces me fundí con mi madre.

Después de Lula, hubo varías niñeras con las que no quería dejar sola a mi hija, y luego apareció Mary Poppins, alias Bridget-de-Brighton. Bridget-de-Brighton tenía tetas grandes, el pelo negro, los labios rojos y una cara con una forma hermosa. Pronto se enamoró del electricista que estaba realizando la instalación de mi estudio. Poco después, se marcharon a New Hampshire con el pack de seis latas de cerveza de él, la camioneta de él, las herramientas de él, las recetas de quiche con tomate, tarta de limón y flan de ella, y el deseo de ella de cuidar (ya que no a mí) de un hombre. Su novio tenía celos de Molly, quería una niñera para él.

¿Cómo, si no, pudieron esos dos jóvenes bastante responsables haber dejado a mi niñita sentada en la bañera y bajar la escalera para cargar la camioneta? Con ese sexto sentido materno que vive en las suprarrenales, salí corriendo de mi estudio y encontré a mi hija haciendo gorgoritos en su baño. ¿Y si me la hubiese encontrado debajo del agua? Cuando la niñera y el electricista se marcharon, atropellaron a mi querido Poochkin, mi primer hijo. Aullando como alma que lleva el diablo, el perro murió en la mesa de operaciones del veterinario. No sabía muy bien si quien había muerto era él o yo.

Poochkin se había ido, pero Molly, como suele pasar, fue creciendo. Me acostumbré a escribir de sol a sol durante los fines de semana que ella pasaba con su padre. Modifiqué mi horario de concentración a base de una intensa voluntad. (Igual que George Sand, igual que todas las mujeres que escriben, yo escribía la noche entera y al amanecer caía agotada en el sofá.) Casi no dormía. Pero ¿cómo dormir cuando el espectro de tu bichan lloriquea a la puerta durante largas noches lluviosas? Buffy se había ido con Jon; Poochkin murió bajo las ruedas de la camioneta del novio de la niñera (sería reemplazado -aunque, claro, nunca reemplazado de verdad- por Emily Dog-genson, una bichan campeona, y Poochini, un cariñoso cachorro de su carnada). Por supuesto que no se puede reemplazar a los perros, como no se puede reemplazar a las personas, cada uno tiene su propio y particular olor personal. No me extraña que mis pérdidas más profundas siempre vengan precedidas por las de perros. Los incluyo en poemas.

Los mejores amigos

Los hacemos
a imagen de nuestros miedos
para que lloren a la puerta,
en las despedidas, o sencillamente
para pedirnos comida en la mesa,
y mirarnos con esos grandes
ojos compungidos,
y quedarse a nuestro lado
cuando se marchan nuestros hijos,
y dormir encima de nuestras camas
las noches más oscuras,
y encogerse ante el trueno
como en nuestros propios
miedos
infantiles.

Hacemos que tengan ojos tristes,
sean cariñosos, leales, tengan miedo
de una vida sin nosotros.
Alimentamos su dependencia
y pena.
Los conservamos como testigos de nuestro miedo.

Los queremos
como a los no reconocidos huéspedes
de nuestro propio terror
a la tumba: el abandono.

Agárrame la pata
pues estoy muriendo.
Duerme encima de mi ataúd;
espérame,
ojos tristes
en mitad del camino
que bordea la tapia del cementerio.

Oigo tus ladridos,
oigo tus aullidos de lamento;
que todos los perros a los que alguna vez he querido
carguen con mi ataúd, aúllen al cielo sin luna,
y se tumben durmiendo conmigo
cuando muera,

Y entonces la Diosa Madre -extrañamente ausente durante un tiempo- regresó, se ablandó y me mandó a Margaret.

Apareció, me enteré más tarde, porque su hija, que tiene poderes psíquicos, había visto un anuncio en el Bridgeport Post.

– Creo que es para tif mamá -dijo.

– ¿Una niñera? -dijo Margaret-. Yo nunca he sido niñera.

– Pero criaste a cuatro hijos, mamá, y te gusta leer.

Al parecer, la agencia había puesto un anuncio encabezado por «Famosa escritora». Las vibraciones fueron buenas. Kim, la hija de Margaret, nos presagió cierta luz para los años siguientes. Molly fue creciendo. Yo escribía. No moriría ningún perro.

Cuando conocí a Margaret comprendí que la cosa iba en serio y me sentí afortunada. Tenía unos ojos azul claro que se encontraron al instante con los míos. Viuda desde hacía casi un año, después de atender a «mi Bob» durante una larga enfermedad, Margaret necesitaba un hijo al que cuidar tanto como yo necesitaba a Margaret. Su marido se había puesto enfermo en cuanto se jubiló. Siguieron dos años muy duros, luego su prolongada agonía.

Deprimida y sola en Florida, Margaret sentía un dolor profundo cuando yo la conocí. Iba a las reuniones de alcohólicos anónimos para aprender a no hacer enfadar a Dios.

En cuanto mujer de un camionero que hacía largos viajes conduciendo un camión de dieciocho ruedas, estaba acostumbrada a ocuparse de todo y a tomar decisiones rápidas. Se le había muerto un hijo y conservaba otros cuatro. Había cedido a su vida como yo no había hecho. Vino para enseñarme cómo.

Cuando conocí a Margaret, era rechoncha: una mujer baja con aquellos intensos ojos azules y el pelo grisáceo. Estuvo viviendo una década con Molly y conmigo. Molly tenía cinco años cuando apareció, quince cuando Margaret al fin se jubiló. (Entre medias hubo otra jubilación anticipada, que no duró.)

Margaret no era una sirvienta, a menos que fuera sierva de Dios. Necesitaba que la necesitaran. Para imponerse a la muerte, necesitaba hacer que las cosas crecieran.

– Nunca haría esto por nadie, excepto por usted -decía siempre.

Era mi maestra, la guardiana del respeto por mí misma, además de la niñera de Molly. Me introdujo en la meditación diaria, en el cuidado de mi propia alma, en el vivir cada día. Vivir con Margaret era como tener una segunda oportunidad en la infancia. Yo había tenido una neurótica infancia judía. Ahora estaba aprendiendo otra cosa.

La madre de una niña pequeña también necesita una madre. Molly, Margaret y yo reconstruimos la tribu primitiva. Nuestra casa de Connecticut podría haber sido las cuevas de Lascaux. Margaret me proporcionaba las cinco horas al día sin interrupción que necesitaba para escribir. También me ayudó a mantener el corazón inflamado.

El suyo fue el regalo más preciado que he recibido, después del nacimiento de Molly y de la leche especial que me consiguieron mis padres. Mis padres me dieron la vida. Molly dio significado a esa vida. Margaret me ayudó a mantener viva esa vida.

Espero haberle dado tanto a ella como ella me dio a mí. Sin ella, la maternidad se hubiera tragado todos mis escritos.

Molly, Margaret y yo viajamos por todo el mundo. Mimamos, y luego les dimos la patada, a numerosos hombres. Margaret les daba de comer a mis pretendientes sopa de gallina, informándoles infaliblemente de que yo estaba «en la ducha» cuando llamaban mientras yo estaba en la cama con otro; y estaba con Molly cuando no estaba yo. Me enseñó que la maternidad es una responsabilidad compartida. Me enseñó también cómo prestar atención a mi hija. Cuando Molly reclamaba mi presencia, Margaret se retiraba a un papel de ama de casa muy efectiva.

En los primeros años de la adolescencia, Molly tuvo la suerte de contar con dos madres contra las que rebelarse. A las dos nos hizo las gracias suficientes. Y nos enfadó. Todas las chicas necesitan por lo menos dos madres para alzarse contra ellas.

¡Cuánto ha rebajado nuestro mundo la vida de las mujeres! La campesina egipcia que araba el limo de aluvión del Nilo por lo menos contaba con hermanas y sobrinas que la ayudaran. Podía ser pobre y analfabeta, pero raramente estaba tan sola como nosotras en nuestros elegantes cuartos de baño. Pienso en la mujer norteamericana «privilegiada» en un cuarto de baño palaciego con un niño pequeño entre las piernas mientras está sentada en la taza. Tiene aparatos de sobra, pero nunca el par de manos extra que más necesita. Puede que las mujeres norteamericanas tengan los mejores cuartos de baño. Pero muchas veces no tienen a nadie con quien compartir a sus hijos.

Las mujeres norteamericanas leen las páginas de «estilo» de los periódicos, que en realidad son una glorificación del consumo. Nos enseñan cómo ocultarnos bajo maquillaje para que nos quieran. Y nosotras nos ocultamos voluntariamente, pensando que así nos hacemos más libres. El maquillaje no es más facultativo para nosotras que el velo para las mujeres árabes: es nuestra versión occidental del chador.

A los treinta y nueve años, tenía una hija de tres, todas las responsabilidades de un hombre, y todos los inconvenientes de una mujer. Me ganaba la vida contando eso, y se supone que las mujeres hacen lo contrario. De pronto entendía cosas sobre la discriminación contra las mujeres de las que había estado protegida en mi vida anterior. Sin ayuda para mantener a la niña, no tenía más elección que seguir escribiendo -era el único modo de ganarme la vida que conocía-, aunque la escritura siempre me ha puesto en medio de un fuego cruzado entre los sexos. Quería una vida tranquila, pero no tenía la menor idea de cómo conseguir tenerla. Vivía la experiencia típica de mi generación, y a un nivel de privilegio que la mayor parte de mi generación dista mucho de tener. Privilegiada o no, resultaba tremendamente fatigoso. Me habían educado para ocupar un lugar en un mundo que ya no existía.

Si tuviera que vivir como un hombre, pensaba, afirmaría mi derecho a los placeres del hombre: concubinas núbiles.

Mi cuadragésimo cumpleaños era inminente y estaba buscando el regalo definitivo. ¿No me lo merecía por todos mis esfuerzos? ¿Por mantener vivos el fuego y a mi hija?

Imagínese, si se quiere, a un tipo de veinticinco años con ojos azules. Mide uno ochenta y cinco, tiene una nariz perfecta, dientes de nácar, una sonrisa deslumbrante, un pecho moreno, brazos, bíceps y pantorrillas musculosos. Y por si esto no fuera bastante, también adoraba la poesía, tenía inclinaciones literarias, y una polla que también tenía inclinaciones literarias. Se curvaba hacia arriba como una bruñida cimitarra.

¿Cómo le conocí? No por medio de una carta insertada en un periódico en la que solicitaba hombres con apéndices largos (aunque mis lectores me las mandan con regularidad), sino en un gimnasio, a través de un amigo. Estaba sudando en uno de los aparatos, un modo de conocerse muy de los años ochenta.

Will Wadsworth Oates III era la rama que florece de un árbol familiar podrido. Vino a tomar el té una noche de invierno y nunca se marchó, a no ser para comprar más chocolatinas.

«Horizontalmente hablando», como Lorenz Hart escribió de Pal Joey, «es como mejor está.» Pero verticalmente también estaba bien. Sabía llevar puesto un esmoquin. Tenía una educación familiar que le hacía saber qué tenedor usar. Nunca confundiría el contenido de un lavamanos con el consomé. También resultaba guapo con sombrero, señal del mujeriego, o de un actor. Navegaba, nadaba, cantaba, y se desnudaba en segundos. Era también muy agradable. Mis amigos gay le adoraban. Mi amigas suspiraban y le llamaban gigoló a espaldas mías. (Pero era un gigoló intelectual, como suena.) Era bibliófilo, romántico, héroe picaresco. Le gustaban los libros difíciles y las mujeres fáciles.

El amor se alimenta de la semejanza o de la semejanza imaginada. Cuando el amor fracasa, nos enfadamos. ¿Por qué? Porque nos hemos engañado con respecto a nuestro gemelo.

¿Cómo iba a saber yo que Will (Oatsie, como le llamaban sus viejos amigos) hacía proposiciones a la mayoría de mis amigas y les daba sablazos a mis amigos pidiéndoles dinero «prestado»?

Yo creía que sabía las reglas: le conseguí una tarjeta de crédito. Entonces no sabía que el límite era demasiado elevado.

Le compré ropa a la última, le di un coche (pero, como era práctica, me negué a ponerlo a su nombre). En verano lo llevaba al Cipriani, en Venecia, como si fuera una starlet. Cuando se tiraba a la piscina, le admiraban las señoras y también los caballeros. Tenía tantas ganas de gustar, que conseguía que todos se enamorasen de él. Y se comportó así toda su vida.

Pero las chicas judías y las armas no mezclan bien, y Will tenía pistolas cargadas en mi casa. Cuando lo descubrí -con cinco años de retraso-, lo eché. Puede que ya estuviera preparada para ello. Al principio creí que las pistolas no estaban cargadas («igual que en una armería, cariño») porque me juró que mantenía las municiones aparte.

Cuando ahora le recuerdo, en mi mente se funde con el Chéri de Colette. Creo verle probándose mis perlas en la cama. Tenía el tono guasón de un gigoló nato, y todas las mujeres liberadas necesitan un gigoló de vez en cuando. La connotación del término traiciona nuestra desaprobación del propio placer. Pero vivir para las sensaciones y el placer no siempre es algo malo. Will era mi Baco: hermoso, andrógino, lleno de jugos.

Nos molesta el gigoló porque se le paga por el amor, pero no nos molesta el mercenario al que le pagan por matar. Nuestras estatuas son de los condottieri no de los cavalieri serventi. Nuestro mundo sería mejor si la cosa fuera al revés.

Los hombres gay lo hacen mucho mejor que las mujeres. Puede que entiendan mejor la cuestión. A veces adoptan a sus amantes, reconociendo esa relación como una especie de juego de papeles padre-hijo. Pero al final incluso ellos se hartan. Entonces echan a los hijoputas.

Will era en esencia amable, aunque el chulo que había en él se imponía a veces. Adoraba las representaciones, tanto en la vida diaria como en el escenario. Will levantaba pesas en el césped cuando Jon venía a recoger a Molly. Esperaba que pareciera que era lo suficientemente peligroso para protegerme. Yo estaba conmovida.

Me presionaba para que me casase con él y yo lo retrasaba. No sólo era que me gustaba estar legalmente libre, sino que nunca me podría casar con Will. Podía cambiar de vida cualquier día, sin la intervención de los abogados. De modo que no decía ni que sí ni que no. Y él se enfadó.

Siempre creí que a Molly le caía bien. Más tarde ella me dijo que le tenía miedo. Me estremezco al recordar las armas escondidas. Will siempre jurando que las armas estaban bien ocultas. Pero ¿cómo podía estar seguro de eso cuando su situación natural era estar muy pasado? Deben de habernos protegido los ángeles. Margaret debe de haber estado revoloteando con ellos.

Cuando las cosas empezaron a irnos crónicamente mal, me di cuenta de lo mucho que estábamos bebiendo. Una barbaridad. Llevé a Will a Alcohólicos Anónimos, creyendo que quien necesitaba descolgarse era él. Otra grandiosa decepción. Como muchos adictos, necesitaba a Will para encararme conmigo misma.

Empezamos a ir juntos a las reuniones. Al principio me daban mucho miedo y lloraba durante todas ellas. No sabía por qué. Odiaba su lenguaje y el modo en que llamaban a las fases del programa. Luego empecé a ver que Alcohólicos Anónimos era el único sitio del mundo donde se me recibía bien sin juzgarme. Me enamoré de Alcohólicos Anónimos: una alternativa al implacable modo de ser que caracteriza al resto de nuestra sociedad. Los de Alcohólicos Anónimos son amables por principio. Saben que tienen que ayudar a los otros para ayudarse a sí mismos.

Will estuvo un año sin beber. Yo dos. Ese sabor de la sobriedad me puso en marcha, y también nos separó. Yo empecé mi marcha por la larga y ventosa carretera de la rendición. Todavía sigo obstinada y con miedo, pero por lo menos sé que sigo.

Cuando Will estaba a punto de irse, encontré un bulto en mi pecho izquierdo. Mientras esperaba el resultado de la biopsia, Will y yo nos reconciliamos brevemente a través del miedo mortal. El día en que se demostró que el bulto era benigno, se marchó. El bulto duró algún tiempo, luego desapareció como si nunca hubiera existido.

Pensaba en él constantemente. A veces, todavía pienso. Incluso todavía me puedo llegar a correr soñando con Will. Cuando estoy sola en la habitación de un hotel o me instalo en una casa alquilada de cualquier parte del mundo, Will llega inmediatamente.

He oído a mucha gente decir que todavía está enamorada de sus antiguos amantes en una sinapsis u otra. Eso mismo es cierto para mí. La memoria nubla el amor, como siempre pasa, pero debajo de la niebla del olvido, permanece el amor. Yo todavía los quiero a todos: Ton, Will, Michael, Allan. Incluso los quiero más que cuando estábamos juntos, porque ahora tengo más empatía. Es probable que ellos no deseen que les quiera, pero mi cariño en cualquier caso está ahí. No me puedo desprender de él. Vuelve en mis sueños.

Creí que iba a patinar sobre el divorcio como sobre hielo duro y liso. Nada más lejos de ello: fue como hundirme. Hundirme en aguas negras, en tinta, pero sin ser capaz de escribir con ella (no tenía pluma ni papel), sin ser capaz de leer, sin ser capaz de respirar, sin ser capaz de ponerme en pie en el sucio fondo. Algunos incidentes apuntan por entre la negrura, trayendo otra vez la tristeza de todo aquello.

Una mañana despierto en la cama de agua de Connecticut con Will. Suena el timbre. Se trata de un empleado del juzgado propio de Dickens, con la cara roja y un mechón de pelo rubio, que trae una citación.

Yo titubeo, envolviendo mi desnudez en una toalla húmeda.

– Perdone -dice él, con la gélida educación de la policía secreta de la Zembla de Nabokov.

– ¿Es usted, mistress Yong?

– Así es.

– Esto es para usted.

Y me entrega un sobre grueso, luego se da rápidamente la vuelta y se aleja.

Desgarro el sobre en la puerta, estremeciéndome. Nunca me habían entregado una citación judicial. Nunca había visto algo así. Parece decir que si me alejo de Fairfield County, seré perseguida «con todo el peso de la ley» y perderé la custodia de Molly («el resultado de esa unión») a menos que siga «domiciliada» en una de las cuatro ciudades siguientes: Westport, Weston, Fairfield o Redding.

Una demanda muy confusa, posiblemente inconstitucional e imposible de ganar, pero una espada en el corazón. Después de todo, ya me había considerado desde siempre una «mala madre» porque debía trabajar para mantenerla. En cierto modo ya había aceptado la falta de una pensión por la niña, las crueldades aisladas (como que descolgara el teléfono para que yo no pudiera saber de mi hija de dos años), pero esto era el sabotaje definitivo: me quitarían a mi hija por culpa de mis libros rebeldes. Esta traición me hizo mucho daño. (En aquel tiempo no tenía modo de saber que las demandas por la custodia de los hijos se han convertido en el castigo cruel y habitual de las de mi generación que se atreven a afrontar la maternidad y una carrera al mismo tiempo.)

Dos años y varios cientos de dólares después, Jon y yo estamos sentados en el despacho de los asistentes sociales del sótano del juzgado de Stamford. Los asistentes sociales, uno hombre, el otro mujer, nos preguntan en la jerga de los asistentes sociales:

– ¿Cuáles son los puntos en que están en desacuerdo?

Mi abogada había conseguido que Molly se quedara fuera del caso, me había proporcionado certificados psicológicos que atestiguaban su salud mental, y había sobreseído el proceso por la custodia y emprendido un proceso de «mediación», una terapia que a nadie conviene de verdad excepto al juez. En la «mediación», la persona sana se rinde y la que está loca tiene que Tomar la decisión, habitualmente a gritos.

Habíamos pasado dos horas en el sótano del juzgado, que estaba lleno de padres negros del gueto, mujeres latinas maltratadas y otros tan pobres que ni siquiera se podían pagar el divorcio.

Al pedírsenos que delimitáramos nuestro problema, encontramos que ni siquiera lo podíamos formular. Finalmente, Jon suelta:

– Mi ex mujer quiere que nuestra hija vaya al colegio Ethical Culture…, y yo creo que debería ir a Dalton.

– Bueno…, estaría mejor en el Ethical porque es… -digo yo, vacilando.

Los asistentes sociales nos miran como si los dos nos hubiéramos tirado un pedo.

– Seguramente podremos resolverlo -dice la mujer, con voz de risa.

Y se establece un «compromiso». Yo mandaría a Molly a Dalton (el antiguo colegio de Jon) y él retiraría la demanda. Comparo la inquietud de Molly por la demanda con el mandarla a un colegio que me parecía equivocado, y me decido por el menor de los dos males. Jon se encoge de hombros y retira la demanda. Está harto de todo. Y lo mismo yo.

Un año después, estoy a punto de publicar Molly's Book of Divorce, un libro infantil ilustrado sobre una niña que va y viene entre la casa de su padre y de su madre. El libro es irónico, pero también es un regalo del día de San Valentín para los niños y los padres que han pasado por un divorcio. Lo escribí como una historia para contar a la hora de irse a dormir y ayudar a que Molly soportara una vida en la que siempre dejaba calcetines, ropa interior y ositos de peluche en la otra casa. También lo escribí para mí misma. Termina con una fiesta en la que los padres divorciados y sus nuevas parejas se besan y arreglan las cosas. Un deseo no realizado. El libro está en imprenta, cuando de repente la carta de un abogado lo detiene todo.

El abogado de Jon amenaza con que, a menos que se cambie el nombre de la niña, utilizará todos los medios a su alcance para conseguir la prohibición del libro.

El padre de Alicia en el País de las Maravillas nunca hizo algo así, ni lo hizo el padre de Christopher Robin (claro que el autor era él), pero es inútil acudir a los tribunales para demostrar que los libros de niños se titulan tradicionalmente con el nombre de un niño real. Al editor ya le dominaba el pánico. Fui convocada a su oficina y me mandó plegarme a la exigencia.

Para evitar la demanda, cambio el nombre de la niña por el de Megan y la imprenta vuelve a ponerse en marcha. Me cobran las páginas inutilizadas. Tienen lugar reuniones interminables con los abogados para tranquilizar al editor, pero en cierto modo se han perdido las ganas. La prensa sensacionalista se ha enterado de la historia y monta el lío habitual a cuenta de ella. Todas las reseñas del libro hablan de «el escándalo» y no del libro. ¿Qué escándalo?

No hubo demanda, sólo la carta de un abogado, palabras duras y reuniones interminables. Pero el libro queda afectado. El editor pierde interés por el libro. Y los padres que pudieran haberlo encontrado adecuado para sus hijos, nunca lo encuentran en las librerías. Pero, como con respecto a un niño con un defecto, me negué a darme por vencida. Decidida a presentar el libro de otra forma, dispuse sus elementos para un programa de televisión: Loretta Swit como la madre, Keri Houlihan como la niña. Alan Katz hizo el programa piloto. El programa era tremendo. Pero nunca llegó a rodarse la serie.

– El divorcio es deprimente -dicen los ejecutivos de la cadena.

– Loretta es demasiado vieja -dicen los ejecutivos de la cadena (los cuales, seis meses antes, insistieron en que interpretara el papel). Lo cierto es que hacía una interpretación maravillosa, apoderándose valientemente de algunos de mis manierismos, como hacen las buenas actrices. Con su única combinación de entereza y dulzura, podría haber servido de inspiración a las madres que cuidan solas a sus hijos. Pero la serie la rodaron mujeres y la montaron hombres, como de costumbre. Entre el «Loretta es demasiado vieja» y «el divorcio es deprimente», la serie nació muerta. Cuando la emitieron como un episodio aislado, recibió mejores críticas que la mayoría de mis libros. Luego se perdió en el limbo de los vídeos.

La mitad de las familias norteamericanas están divorciadas en 1986, pero no en las comedias de situación de la televisión. «Divorcio» todavía es una palabra fea en las cadenas de televisión. Unos años después, todos se precipitan a hacer ese tipo de programas.

– Debes de haber sido profética -me dicen ahora los ejecutivos de las televisiones-. Ibas con años de adelanto sobre tu época.

Megan no está a la venta. Los psicólogos infantiles lo descubren y compran en las librerías de segunda mano como ayuda para aconsejar a los niños en pleno divorcio.

Les mando los ejemplares que me quedan. Pero por lo general el libro no se encuentra: otra víctima del divorcio.

Después de ese sabotaje, perdí un poco los nervios y demandé a Jon por acoso, acusándole de no permitirme ganarme la vida y de interrumpir mi trabajo. El acoso es bastante real, pero la ley no está hecha para eso, ni para reparar un corazón destrozado. Esta absurda demanda nueva dura y cuesta mucho, interrumpiendo todavía más mi trabajo.

Finalmente, decido que no puedo seguir tan enrabietada con el padre de Molly para seguir con la demanda. Todavía siento ternura por él. Sueño con que algún día seamos amigos. Y quiero continuar con mi vida.

Jon y yo nos hemos molestado uno al otro, nos hemos hecho daño, hecho daño a nuestra hija. Ahora Molly está empezando primero en Dalton. Es hora de aprender a ser padres, si no ya amigos. Estoy instalada, al menos los días de entre semana, en un hermoso apartamento que da al East River, en Manhattan. Hemos puesto cierta distancia entre nosotros y nuestro dolor. La herida ha empezado a cicatrizar. Constantemente se reabre debido a la hija que compartimos. Pero, poco a poco, estamos aprendiendo a compartirla. Los fines de semana Jon y yo nos vemos en Connecticut, Mantengo la casa de Connecticut para que Molly esté cerca de su padre. Además la casa es mi refugio para escribir.

Mi nuevo apartamento demostró que estaba situado en uno de esos edificios antediluvianos donde incluso a los judíos se les anima a que les crezca el prepucio para pasar por blancos, anglosajones y protestantes. Saben que se encuentran allí porque se lo consienten, ya que el edificio anteriormente era «restringido», de modo que ahora lo defienden de otros judíos.

Como en el Maidstone Club, en los Hampton, donde los padres fundadores nunca pensaron abrirlo a los «maricas, gente del mundo del espectáculo, o judíos», los habitantes de este mal ventilado edificio ahora se encuentran rodeados de esa gente.

Me vendieron el apartamento, aunque yo era la personificación de todo aquello de lo que habían huido durante toda su vida. Cuando Will se instala -con su Harley, cazadora de cuero negro, muñequeras con remaches y acento de colegio privado-, me convierto en la Juana de Arco de Grade Square.

En el edificio se murmura que «hacemos rechinar el somier por la noche», que Will fuma -o vende- droga en Cari Schurz Park, y que la niña pelirroja de cinco años y la amable niñera de pelo blanco realizan ritos paganos en honor del Dios Cornudo, justo allí mismo, en la East End Avenue.

La junta de vecinos decide de pronto mandar una comisión a inspeccionar mi apartamento. ¿Tenemos o no tenemos bastante moqueta? Esa es la cuestión.

Se forma el Comité de Inspección de Somieres. Este augusto cuerpo -compuesto por un judío con el prepucio reconstruido (abogado), un blanco anglosajón y protestante, alcohólico sin recuperar (también abogado), una mujer perfectamente peinada y vestida de Chanel con un bolso de piel de cordero con unas «C» entrelazadas (decoradora casada con un abogado)- examina solemnemente mi apartamento. Las moquetas de un gris malva hacen juego con el río. En las paredes hay espejos que lo reflejan. La cama de agua está disimulada con una colcha Amish y una cabecera de latón para que parezca un acogedor letto matrimonióle de una pensión familiar de Nueva Inglaterra.

Contengo la respiración cuando el comité entra en el dormitorio. Todos los centímetros de la casa tienen moqueta excepto el pequeño foyer con espejos. La cama de agua es, naturalmente, ilegal, algo que sé. Pero afortunadamente mis inspectores generales son demasiado mojigatos para tocar la superficie de la cama. Después de haberse excitado tanto, se marchan, un tanto sorprendidos de que aparentemente me atenga a las normas.

Ahora se inicia una campaña de acoso. Hay llamadas a las tres de la mañana sin que nadie diga nada, y anónimos escritos con rotulador que meten por debajo de la puerta. En una ocasión, a Molly la increpan en el ascensor por mis supuestos pecados.

Will y yo consultamos con unos abogados. No nos dicen nada y quieren cobrar mucho. Prometen establecer negociaciones con la junta de vecinos. Tengo un súbito fogonazo: ¡se trata de otro problema que no puede resolver la ley! Y, en cualquier caso, ¿qué estoy haciendo en semejante edificio? Soy del West Side, que es donde me crié. Resulta que el apartamento donde viví de pequeña está en venta. Un agente inmobiliario llama, preguntando si lo quiero ver. Lo veo, y me entero del precio. ¿Dos millones de dólares? Cuando mis padres vivían allí, el alquiler era 200 dólares al mes. Thomas Wolfe tenía razón: nunca se puede volver a casa.

Will, Molly, Margaret y yo alquilamos un apartamento en Venecia durante tres meses aquel verano y ponemos tranquilamente en venta el apartamento de Gracie Square. Una tarde, Will y yo estamos tumbados en la cama, viendo al agua del canal hacer sus mágicas ondulaciones en el techo, cuando mi contable llama dando la noticia de que alguien quiere comprar el apartamento de Nueva York.

– ¡Véndalo! -digo yo. Will y yo damos saltos de alegría, luego bailamos por la habitación, riendo.

¡Maricas, gente del mundo del espectáculo y judíos, unios! ¡ No tenéis nada que perder a no ser vuestras propiedades inmobiliarias! (Y en todo caso, ¿quién quiere en estos días propiedades inmobiliarias?) Las madres solteras con amantes jóvenes no pueden vivir en los edificios «buenos» de Nueva York. Mi error fue querer vivir en un edificio «bueno». Mejor me aferro a los que son como yo.

Conque vendemos las Torres Prepucio y nos ponemos a buscar una casa de piedra. Ni un edificio de apartamentos del East Side más.

Encontramos una casa estrecha en la calle 94, entre Park y Lexington, en la que viven un agradable psiquiatra, su saltarina mujer y tres niños muy listos. Esperan trasladarse a París. Encima de la cama hay un cartel: «La salud mental es nuestra más preciada riqueza.» Encuentro que es un presagio excelente, de modo que compro la casa de inmediato.

Necesita de todo: tejado nuevo, cocina nueva, lavadora, caldera, baños. Hago lo que siempre hago con las casas: gasto hasta que se termina el dinero, luego vuelvo a trabajar para terminar el libro.

Antes o después abandono las reformas gritando que necesito dinero en efectivo. Tres de los cuatros pisos son acogedores, aunque el jardín y el piso bajo siguen sin terminar. Por entonces, las paredes están cubiertas con papel pintado de William Morris de la misma cosecha victoriana que la casa; las cajas de las escaleras son púrpura y los candelabros venecianos. Mi padre dice que parece una casa de putas.

– ¿Cómo te diste cuenta? -pregunto yo.

Adiós Torres Prepucio. Nadie puede decirme con quién vivir en mi propia casa de piedra. Pero la casa no resulta demasiado práctica. Como los dueños siempre han sido médicos, el sótano está lleno de viejo instrumental, radiografías de cajas torácicas, pelvis, cráneos. Antiguos pacientes, hablando diversos dialectos españoles, todavía aparecen en mitad de la noche en busca de ayuda. Hasta de día es oscura la casa, y, por motivos de seguridad, todos los miembros de mi comuna -excepto Poochini, el bichon (sucesor de Poochkin)- estamos obligados a llevar activadores del sistema de alarma cuando sacamos la basura o abrimos la puerta.

La casa resolvió nuestros problemas de alojamiento durante un tiempo. También le dio algo que hacer a Will y a mí algo de lo que estarle agradecida. Pero me volvió a dominar el antiguo dolor de cabeza. Los espíritus de los inquilinos anteriores y de sus pacientes seguían por allí. Tuve los peores sueños posibles en aquella casa, sueños que debían de pertenecer a los pacientes de uno de los antiguos dueños. O si no, los sueños llegaban desde épocas anteriores.

¿Estaba enterrado en el hueco de la escalera el cuerpo de Rupert Brewery (para quien se levantó la casa)? ¿Había asesinado aquí algún esposo ultrajado a su esposa infiel? Contraté a una curandera psíquica (que tenía fama de que había ayudado a Margaret Mead en su último año) para que me exorcizara la casa. Prometió que haría eso, pero sólo si antes me hacía paciente suya. Yo iba a su «estudio» de la York Avenue, me tumbaba en una mesa, y ella le hablaba a mi inestable glándula tiroides, me palpaba mi sano hígado y describía las visitas astrales que le hacía a mi casa a las cinco de mañana. («Voy a primera hora de la mañana. ¿No me ve?») Luego le pagaba en metálico.

La mujer siempre insistía en cuánto odiaba los exorcismos (limpiezas, los llamaba ella), en el gran dolor de cabeza que le provocaban. Pero debió de obrar maravillas, porque vendí la casa ganando mucho dinero en la operación justo cuando el precio de los inmuebles se hundía.

De modo que me mudé otra vez. Cuando conocí a Ken, él estaba viviendo en un edificio especializado en «maricas, gente del mundo del espectáculo y judíos». Compramos un apartamento mayor en aquel edificio y nos instalamos. Yo estaba encantada de encontrarme en un piso veintisiete después de años de oscuridad. Y estaba encantada de estar entre los míos. El edificio también era un albergue de perros y gatos. Al parecer, a los «maricas, gente del mundo del espectáculo y judíos» les gustan los animales.

Molly se cambió al colegio The Day, donde las madres no llevaban el diamante Krupp el día de la fiesta y a los chicos no los iban a buscar en limusinas. (Muchos de los alumnos de los colegios privados de Nueva York iban a clase en limusinas en los años ochenta, antes de que a sus padres los mandaran a la cárcel.)

Yo siempre estaba en aprietos o sin dinero, pero de algún modo me las arreglé para pagar las facturas y cuidar de mi hija. Incluso aprendí a ser una madre decente. Finalmente Jon y yo dejamos de demandarnos uno al otro e iniciamos conversaciones. A veces incluso recordábamos los viejos tiempos y por qué nos amábamos uno al otro. Y a Molly se le iluminaba la cara como con un millar de velas.

No puedo esperar ser yo la que cuente su parte en la historia, aunque sé que no me resultará fácil. Hasta que Molly se haga cargo de ella, la historia real seguirá sin contar. Le toca a ella contarla, no a mí.

En el divorcio todo es a la vez vulgar y único. Dos escritores -enfrentándose a la fama, el rechazo, los problemas de dinero, y su propio dolor- tratan de educar a una hija. La hija que educan resulta que es como los dos, aunque como ella misma por encima de todo: tremendamente divertida, cínica, maestra en los juegos de palabras. Tenía que serlo para sobrevivir a sus padres.

Mi generación está sembrada de divorcios. Volviendo la vista atrás, muchas veces nos preguntamos por qué. ¿Qué ganamos con no seguir juntos que les venga bien a nuestros hijos? ¿Ganamos algo, en definitiva?

Éramos la generación que iba a vivir para siempre. Y hemos cumplido cincuenta años como todos los demás. No vamos a derrotar al malach hamovis, después de todo.

A veces parece que tanto nuestros hijos como nuestros padres eran más listos que nosotros. Nos encontramos entre el idealismo de los años treinta de nuestros padres y el cinismo de los años ochenta de nuestros hijos. En algún punto profundamente escondido de nosotros mismos, todavía creemos que lo único que necesitamos es amor, amor, amor. En algún punto profundo de nosotros mismos nos preguntamos cómo se nos ha puesto blanco el pelo. ¿Cómo demonios nos las arreglamos para ser mayores?

La maravilla es que nuestros hijos se hayan hecho mayores, a pesar de todo lo que hicimos para destrozarlos.

Doña Juana se hace lista, o Guía para chicos malos de una buena chica

Me educaron para que fuera una buena chica de los años cincuenta, para que creyera que el amor y el matrimonio van juntos como el caballo y el carruaje. La primera vez que me casé fue en 1963, la segunda vez en 1966, la tercera en 1978, la cuarta vez en 1989. Mi vida, pues, ha demostrado ser un microcosmos de amor y sexo para mi generación. Cada vez que quedaba sin pareja, me sentía como Margaret Mead entre los manus o los mundugumor. El emparejamiento ha «cambiado, cambiado por completo», y «ha nacido una terrible belleza».

De todas esas insondables Edades Oscuras, los años ochenta fueron los peores. El problema era que todos los hombres creían que tenían que ser los Amos del Universo y las mujeres creían que eran unas fracasadas a no ser que atrapasen a hombres que pudieran comprarles esmeraldas tan grandes como el Ritz. En algún momento de esa época enloquecida debo de haber decidido realizar una guía que sería el resumen de todo lo que había aprendido de los hombres en mi larga vida amorosa.

El título provisional era La bella y la bestia: Una guía para los chicos malos de una buena chica. Sabía que a las mujeres les gustan las normas. ¿Cómo me di cuenta de esto? Porque a mí me gustaban. Conque las expuse para mí misma:

UNA DOCENA DE TÓPICOS EN LOS QUE CREEN LAS MUJERES

Tópico 1. Si me quiere, me será siempre fiel.

Verdad. Su amor no tiene nada que ver con que sea fiel. Unos hombres son monógamos. La mayoría no lo son. Los sexy habitualmente no lo son. La monogamia dura tres días, tres semanas, tres meses, o en el mejor de los casos tres años, en la mayoría de los hombres. Con frecuencia sólo dura lo suficiente para que quedes embarazada. La naturaleza tiene un motivo para ello. Los hombres están programados para propagar su simiente lo más ampliamente que pueden y las mujeres para dar la vida, tener hijos sanos. A los recién nacidos humanos les lleva mucho tiempo conseguir la autosuficiencia, como quizá hayas notado. Unos hombres mienten mejor que otros, pero la mentira es endémica en la especie. Unos cuantos seres modelos de la masculinidad son fieles. La mayoría de los demás engañan. La cuestión es: ¿se puede soportar? Si el engaño no es descarado e irrespetuoso y una consigue bastante de la relación en otros aspectos (un amigo, un amante, un padre para sus hijos, un socio económico), entonces considérense estas alternativas: puedes aceptar el engaño como si nada, y al mismo tiempo beneficios emocionales y financieros de su culpabilidad. Puedes engañar discretamente por tu cuenta -si (y sólo si) disfrutas haciéndolo (no por despecho). Puedes darte cuenta de que no tiene nada que ver contigo. Lo hace porque es hombre, no por enfrentarse a tu feminidad.

Tópico 2. Necesito un hombre para sentirme completa.

Verdad. Tú no necesitas a un hombre tanto como un hombre te necesita a ti. Las mujeres son un sexo autosuficiente. Los hombres dependen del sexo. Las mujeres reproducen la especie: crean vida en su propio interior (o lo hace la Diosa Madre a través de ellas). Los hombres saben esto y, debido a su insuficiencia, han creado un mundo que dificulta y rebaja todos los logros de las mujeres, desde la propia gloria del parto hasta el trabajo de la mujer en todos los campos creativos y profesionales. Puede que no seas capaz de cambiar el mundo -todavía-, pero no tienes por qué aceptar esta mentira. Eres poderosa, fuerte, autosuficiente. Cuanto más consciente seas de ello, más feliz serás con o sin un hombre.

Tópico 3. Si usas tu energía para apoyar a un hombre, él siempre te apoyará a ti.

Verdad. Desgraciadamente no es verdad. Es maravilloso ayudar a tu hombre, darle tu amor, pero nunca te debes olvidar de ti misma, ni de tus hijos, pues él podría hacerlo. Al ser hombre, da por supuesto que sus necesidades son lo principal. Al ser mujer, también tú das eso por supuesto. No lo hagas. Defiéndete, no con una retórica o unos argumentos feministas, sino con actos. Ten una cuenta corriente y propiedades inmobiliarias a tu nombre, aparta dinero para la educación de tus hijos que él no pueda tocar (o dárselo a la esposa siguiente -más joven- y a la prole de ella), desempeña una profesión propia en la que apoyarte. Por encima de todo, ayúdate a ti misma, y luego ayúdale a él si te apetece hacerlo.

Tópico 4. A los hombres les gusta que les digas la verdad sobre tu relación.

Verdad. Lo aborrecen. Su verdad y tu verdad, en cualquier caso, son diferentes. Su verdad se refiere a sus prioridades (conquista, logros, folleteo). Nuestra verdad se refiere a nuestras prioridades (educación, creatividad, amor). Nuestras prioridades hacen posible la vida. Sus prioridades hacen posible la conquista. Ellos consideran triviales nuestras prioridades, pero no pueden vivir sin ellas. Niegan sus ataduras humanas, y nuestras prioridades les permiten mantener esa negativa. ¿Cómo puedes hablar de esto? Es como si una persona hablara griego y la otra suajili. Parloteo inútil.

No hables de la relación, haz algo. Quiérela o aléjate de ella. Expón con claridad tus necesidades. Consigue un poder legítimo. Habla siempre de cómo te sientes, o de lo que necesitas, y no acuses nunca. Sé amable pero firme. Entérate de lo que quieres y solicítalo. Si él dice no con demasiada frecuencia, entonces considera cuáles son tus opciones. Si eres masoquista, enderézate. Este mundo es demasiado cruel para que hagas peor el tópico siendo cruel contigo misma. Quiérete. Los hombres son monos de imitación. Si te quieres a ti misma, también ellos te querrán.

Tópico 5. Los hombres quieren a las mujeres que nunca se les oponen, que les conceden todos los caprichos.

Verdad. Marabel Morgan y Anita Bryant difundieron esta gran mentira hace década y media y mira adonde les ha llevado. La verdad es que los hombres se sienten inseguros con las mujeres que les consienten todo, que les dan todos los caprichos que quieren y nunca les dicen lo que deben hacer. No quieren que les lleven la contraria, pero quieren que les guíen. Saben que son unos chicos malos y una mujer que les dé todos los caprichos sólo hace que se sientan más culpables. Si quieres que un hombre te quiera, haz que se sienta importante, pero proporciónale también una guía firme aunque cariñosa. Él cuenta contigo para vivir. Sabe que no es el caballero del blanco corcel o el Príncipe Azul; ¿por qué no lo ibas a saber tú?

Tópico 6. Los hombres quieren ser caballeros en blancos corceles y rescatarte.

Verdad. Esto es verdad. Lo que no está en contradicción con el número 5. Quieren que parezca que te rescatan, aunque saben que en realidad los rescatas tú. Deja que tu caballero tenga esa fantasía. Admítela. Riégala. Úsala en el dormitorio para hacer el sexo más intenso. Pero nunca olvides que es una fantasía. Si estás recorriendo el Amazonas y se hunde el barco en aguas infestadas de cocodrilos, le salvarás tú y él se llevará la gloria.

Tópico 7. Los hombres aborrecen a las feministas.

Verdad. La verdad es que aborrecen a las mujeres que hablan de feminismo sin hacer nada más que echarles la culpa a ellos, pero adoran a las mujeres que saben lo fuertes que son, mientras hablan de boca para afuera de lo necesarios que son los hombres. ¿Es esto deshonesto? Sí y no. Es deshonesto si consideras que a los hombres siempre hay que decirles la verdad, lo que es el mayor error que puedes cometer si quieres que follen contigo. Si no te resulta necesario eso -porque eres una célibe feliz o una gay feliz-, entonces no des más conferencias.

Tópico 8. A los hombres les gustan los niños pequeños y todos desean ser unos padres devotos.

Verdad. A unos sí, a otros no. La mayoría -lo mismo que tú- son ambivalentes con respecto a la paternidad, lo que es bastante humano, después de todo. Tú, sin embargo, tienes hormonas que corren por tu cuerpo y te hacen -o a gran parte de ti- ser sentimental con respecto a los niños pequeños de un modo que no lo son la mayoría de los hombres. Durante los años en que tienes menstruación, el cuerpo te recuerda mensualmente tu mortalidad, y tu capacidad para crear; a él no se lo recuerda el cuerpo. Su cuerpo le recuerda que su pene está siempre presente, que es vulnerable, insistente, y que está solo. Llegará a decirte casi cualquier cosa con objeto de parecer invencible, duro, no solitario. Y después eso le hará decir lo que sea para sentirse libre. Mientras tú deseas unirte a otro, a él le asusta. Tu relación primaria fue con un ser humano del mismo sexo, la suya fue con un ser humano del opuesto. De modo que él teme la unión aunque la busque. Tu deseo de unión no es ambivalente. A ti no te da miedo que te trague tu madre; de hecho, esperas convertirte en ella. Añade eso a las diferencias hormonales entre los sexos y tienes a un sexo que desea unirse y al otro sexo que desea tanto unirse como lo teme. Los hombres son apasionados y claustrofóbicos al mismo tiempo, avanzan y se retiran simultáneamente. Ésta es la broma que Dios le gasta a la raza humana. Algunos psicólogos teorizan que si los hombres cuidaran a los recién nacidos, la cosa cambiaría. Nosotras queremos intentarlo, pero la mayoría de los hombres no quieren. Los recién nacidos parecen ponerles nerviosos. Claro que hay esos hombres modelo que escriben artículos en la columna para hombres del New York Times. Ésos no cuentan. ¿Quién sabe lo que hacen después de terminar su columna? Además, no son más un hombre corriente de lo que es una mujer corriente Katharine Hepburn. Si cuentas con un hombre así, hay muchas oportunidades de que no estés leyendo esto. A lo mejor tu hija contará con un hombre así, pero para ti es demasiado tarde. En la generación flagelada, los recién nacidos hacen aumentar la claustrofobia de los hombres; y por eso cuando tú estás más encajada, él está más fuera de lugar. Si comprendes esto y no lo tomas como algo personal, serás mucho más feliz.

Tópico 9. A los hombres les gustan las mujeres lascivas.

Verdad. Para la mayoría de los hombres, la mujer ideal debe ser lasciva de un determinado modo. Del modo determinado que le gusta a él. Y la mujer debe desconectar de modo tan rápido como se termina un espectáculo porno o como él cierra el desplegable central. ¿Te has fijado alguna vez en el modo en que los hombres más lascivos babean ante el desplegable central del Playboy mientras ignoran a la mujer de carne y hueso de su cama? ¿Se trata de una paradoja? No exactamente. El desplegable central (como el espectáculo porno) es más seguro. Se atiene a su ritmo. Una mujer de carne y hueso no. Mejor aún, dos mujeres. Una lasciva e intermitentemente disponible. Otra no-sexual y eternamente disponible (para que le dé de comer). Para la mente masculina, eso es el cielo (es decir, la completa seguridad), lo que nos lleva de vuelta al tópico número 1.

Tópico 10. Los hombres son racionales, las mujeres irracionales.

Verdad. Si la consistencia es la racionalidad, las mujeres son más racionales. Desean integración, sinceridad, unión. Puede que padezcan depresión posparto y miedo a la menopausia, pero habitualmente son mucho menos ambivalentes en lo que se refiere al lanzarse a la vida. Los hombres lo saben y les gustan las mujeres fuertes que les guíen.

Las mujeres fuertes que estratégicamente hagan como que son débiles.

Tópico 11. Los hombres aborrecen a las mujeres que tienen más dinero que ellos.

Verdad. En realidad los hombres aborrecen a las mujeres que les controlan. Son perfectamente felices teniendo mujeres con dinero mientras ellos controlen el dinero, o les parezca que lo controlan. ¿Recuerdas el código de Napoleón? ¿Recuerdas a todas esas herederas con las que se casaron por el dinero en los días en que el dinero de una mujer se convertía automáticamente en el de su marido? Lo que aborrecen los hombres es que las mujeres tengan fuerza para controlarles. Y el dinero, en nuestra sociedad, es la representación definitiva de la fuerza. Si ganas o tienes más dinero que tu hombre, tendrás que encontrar modos reales -o imaginarios- de entregarle el control, el suficiente control para equilibrar la balanza, y, con todo, a lo mejor nunca te perdona.

Tópico 12. A los hombres les gustan las mujeres de rasgos perfectos y cuerpos perfectos.

Verdad. De hecho, a los hombres les gustan más a cierta distancia que desde cerca, donde les pueden poner un poco nerviosos, excepto para exhibirse.

Al leer esto ahora, me parece una especie de grito de dolor disfrazado de consejos a una a la que habían abandonado. A la que habían abandonado era a mí, tanto si lo admitía como si no.

Salía con hombres, tratando de entender por primera vez en mi vida al sexo opuesto. Tenía que intentarlo.

Sentía que estaba en juego mi supervivencia. Siempre había tenido docenas de hombres entre los que escoger. Ahora ya tenía cuarenta.años y los hombres por lo general estaban casados o muertos. Otros sólo salían con mujeres de menos de treinta años. Los restantes eran gay, estupendos como amigos, pero por lo general no disponibles para el sexo. O bien tenía que renunciar a los hombres -lo que quizá no fuese una mala idea, pero pensaba que siempre lo podría hacer más tarde- o aprender, a largo plazo, cómo funcionaban. Este libro de consejos sin terminar debe de haber sido un intento mío de codificar mis conocimientos. Y todavía creo en todas y cada una de esas «reglas del amor». Después de varios años de un matrimonio maduro, creo en ellas más.

Podríamos plantear la cuestión de por qué creía yo, a los cuarenta años y pico, que necesitaba a un hombre. Me gusta mi propia compañía, me puedo ganar la vida, nunca he tenido problemas para encontrar amantes. Entonces, ¿por qué quería una pareja?

Le he dado vueltas a esta cuestión y nunca he encontrado una respuesta racional. A lo mejor la respuesta no es racional. A lo mejor sólo se trata del mismo motivo por el que los gansos se emparejan y los monos rhesus prefieren madres reales a maniquíes hechos de tela y alambre. A lo mejor sólo es una cuestión de calor. O a lo mejor es el triste hecho de que las mujeres todavía estamos tan discriminadas en el mundo del hombre que es mejor tener un aliado concreto que encarar en soledad un mundo que nos discrimina tanto.

¡Qué carga de calor y protección parece haber en las palabras «mi marido»! ¡Qué seguridad, confianza, solidaridad! A lo mejor por eso nos casamos aunque sepamos que el matrimonio puede significar que le roben el dinero a una, que usen a los hijos de una como rehenes, o la maltraten físicamente a una. En último término, matrimonio significa:

el papel de mediadora, te lo digo yo, entre Monsieur y el resto de la humanidad… Matrimonio significa… significa: «¡Hazme el nudo de la corbata!… ¡Haz que se marche la doncella!… ¡Córtame las uñas de los pies!… ¡Levántate y prepárame una manzanilla!…» Significa: «Tráeme un traje nuevo y prepárame la maleta, ¡para que pueda darme prisa en ver a la otra!» Camarera, enfermera, niñera…, ¡ya es suficiente!

Probablemente sea por eso por lo que, Renée, el personaje de Colette, concluía en La vagabunda:

Ya no soy lo bastante joven, ni lo bastante entusiasta, ni lo bastante generosa para casarme otra vez, ni para llevar una vida de casada, si lo prefieres. Deja que me quede sola en mi dormitorio, emperifollada y ociosa, a la espera del hombre que me ha elegido para su harén. No quiero nada del amor, en resumen, excepto amor.

Después de tres matrimonios, sin duda yo estaba de acuerdo con ella. ¿Qué perversidad me hacía seguir buscando al Hombre Perfecto, que sabía que no existía?

Después de mi fase con los de clase baja, empecé a mezclarme con el bando masculino de los que se consideraban la flor y nata de Manhattan. Si esto era la flor y la nata, ¿dónde estaba lo inferior? Aquellos hombres eran tan bizantinos como cortesanos de la antigua Constantinopla.

Recuerdo primeras citas que parecían reuniones de juntas de vecinos o cuestionarios para conseguir un crédito en un banco. Recuerdo a hombres que estaban «casi divorciados». Recuerdo a hombres con peluquín que conducían Bendeys para disimular su falta de pelo. Incluso salí con un rabino todavía en activo y un monje que había colgado los hábitos. Probablemente habría probado con un ayatolá de haber encontrado uno lo suficiente kosher para salir con él.

Algunos hombres han pasado claramente por el circuito de la soltería. Todos han picoteado en él. Los hombres trasnochados tendían a ser perfectos sobre el papel pero tenían algún defecto fatal cuando los llegabas a conocer. Ese defecto fatal raramente era obvio a primera vista.

Uno de estos hombres modelos era alto, moreno y de ojos azules, y vivía la mitad de la semana en otro país. Durante los tres días que pasaba en Nueva York, necesitaba tener un montón de citas antes de que despegara el Concorde, de modo que una siempre sentía como si la estuvieran exprimiendo. Podía desaparecer a las ocho de la mañana de un lunes y no llamar durante tres semanas. Acababas de olvidarte de él cuando de pronto hacía patente su existencia. Parecía turnarse de mujer siguiendo un plan tan preciso como un plan de comidas en un balneario. Parecía que una tenía un bono para follar con él; por volar con frecuencia, quizá.

Pero sus fines de semana muchas veces estaban tan divididos como una tarta de cereza. A lo mejor tenía miedo de que una tarta sola le empalagase. Bueno, era listo y atractivo e infaliblemente llevaba encima condones. Lo más asombroso era que los usaba. Después, desaparecía infaliblemente.

Pero por lo menos estaba soltero. Y parecía ser heterosexual, aunque ¿quién puede asegurarlo en estos tiempos? Salí ocasionalmente con él durante un año, pero inteligentemente nunca renuncié a mis otros beaux.

Lo más deprimente de ser soltera es la sobreabundancia de hombres casados. Que una mujer consiga casarse otra vez después de ocho años de estar soltera en Nueva York -o en cualquier otra parte- debe ser atribuido a «el triunfo de la esperanza sobre la experiencia» (como Ken y yo pusimos en nuestras participaciones de bodas). O a eso, o a la amnesia.

Los hombres casados son, por supuesto, los mejores amantes, a no ser que una esté casada con ellos. Siempre tienen tiempo para ti. Además, tienden a estar en otra parte lo necesario para una escritora a tiempo completo. Con los hombres casados, una tiene los fines de semana, las fiestas, el día de Nochevieja, para escribir. Cuando el mundo entero hace como que se divierte mucho, una puede divertirse mucho, escribiendo. Puede que no le convengan a todo el mundo, pero para una mujer en mitad de su carrera de escritora, son perfectos. Cuando tu hija está con tu ex, tienes el fin de semana entero para escribir. ¿Cuántas mujeres casadas ansian eso?

¿Dónde conocí a esos hombres? Pues en todas partes. Si eres auténticamente simpática, no es difícil conocer a hombres. A la mayoría de los hombres les aterran tanto sus madres, hermanas, esposas e hijas, que una mujer que sea superficialmente amable con ellos y les ría las gracias, resulta que es más rara que el unicornio. El secreto de conocer a los hombres es que te gusten los hombres. Y sentir un poco de rachmones por ellos.

Los conocí en el Concorde en los días en que creía que todavía me podía permitir el gasto de volar en uno. Los conocí en conferencias, inauguraciones, fiestas. «El mundo está lleno de hombres casados», escribió Jackie Collins. Se podría modificar así: El mundo está lleno de hombres casados solitarios.

Pues parece que están auténticamente solos y sienten un agradecimiento auténtico si los escuchas un poco y te muestras algo tierna. No sólo vienen a ti en busca de sexo, sino de afecto y de un poco de atención, algo que al parecer nunca tienen en casa. Como amante es como soy mejor: encantadora, tierna, divertida. Cuando vives separada de un hombre, es fácil ser amable con él. Tienes tu propio cuarto de baño, dormitorio, armario y cocina. Puedes dormir el día entero y escribir toda la noche. Los fines de semana puedes salir con tus hijos o tú sola. Puedes dejar la bañera sin limpiar, leer poemas, tomar yogur de cena. Tú y tu hija os podéis hacer la pedicura una a otra. Todas las cosas de mujeres que los hombres parecen encontrar estúpidas (a menos que sean los beneficiarios de ellas) pueden convertirse en el fundamento de tu vida.

Como me desagradaba tener citas esporádicas, tenía muchas relaciones con hombres casados. (Además, los «elegibles» siempre eran muy arrogantes. Estaban seguros de que los ibas a pescar. Como consecuencia, cuanto más te gustaban, con mayor facilidad se largaban.)

Mi psicoanalista me advirtió que me gustaban demasiado los hombres casados. Aseguraba que le tenía miedo al matrimonio. Después de mis tres fracasos maritales, ¿por qué no le iba a tener miedo al matrimonio? El matrimonio no me había resultado fácil. Me había casado enamorada y terminé litigando por mi hija en los tribunales. ¿No me habría ido mejor si no me hubiera casado?

A lo mejor era que elegía terriblemente mal a los hombres. Si un hombre agradable me perseguía, yo inevitablemente elegía al sinvergüenza que me evitaba. ¿Por qué no admitir simplemente que el matrimonio no era para mí y renunciar a él?

Mi psicoanalista estaba muy a favor del matrimonio. Famosa por conseguir que sus pacientes encontraran pareja, miraba con desconfianza a los hombres casados de mi vida.

Conoces a un hombre en un estreno, la presentación de un libro, la inauguración de una exposición o un acto político. Te mantiene la mirada más intensamente que todos los demás. Ha leído tus libros y asegura que le encantan (puede que le encanten a su mujer). Te mira a los ojos con una mirada tímida de adolescente.

La conversación empieza y no se termina. En un determinado momento te preguntas si la está prolongando él o la prolongas tú. Durante un instante, le miras a los ojos y ves al niño que fue una vez. El dice algo íntimo sobre tu perfume o tu pelo. Pregunta si te puede llevar a casa en coche. En el coche, te vas haciendo consciente de que algo te empuja hacia él, una fuerza casi magnética que, sin embargo, tú no activas. En la puerta de tu casa, le das tu número de teléfono y no hay besos. Te toca la mano con cierta intimidad o te pasa la mano por el pelo haciendo una caricia casi de propiedad. No quiere dejar que te vayas, pero tú dejas en claro que te vas. Te mira como un perro cariñoso cuando lo dejas en la perrera antes de unas vacaciones.

Por la mañana, antes de las diez, recibes una llamada. Te invita a almorzar en cuanto puedas, a lo mejor ese mismo día. Sabes que está casado porque no te invita a cenar. Y también porque demuestra abiertamente que tiene muchas ganas. Los hombres solteros nunca demuestran abiertamente que tienen ganas de verte.

Durante el almuerzo -que es en un sitio encantador lejos de los circuitos habituales-, confirmas que está casado. No porque lo diga, sino porque omite muchas cosas de su vida.

Dice cosas como «Fui al cine» o «Fui a Europa», pero por la descripción te das cuenta de que no estaba solo. Los hombres habitualmente no se alojan solos en el Splendido de Portofino, o en el Hotel du Cap o el Edén Roe. Una cama vacía con sábanas de lino inmaculadas puede que sea tu idea del paraíso, pero habitualmente no es la suya.

Es prudente preguntarle por sus hijos. De ese modo puedes confirmar su estado marital. Si está divorciado, mencionará a la madre de sus hijos, habitualmente de modo negativo. Pero si está casado, parecerá que los ha tenido él solo.

Si todavía tienes dudas, siempre puedes preguntarle directamente: «¿Estás casado o divorciado?» El normalmente dice algo poco ingenioso como: «Ni una cosa ni otra», o «Tenemos un matrimonio abierto». Puede que sea abierto para él, pero probablemente no lo sea para ella.

Un hombre casado me dijo una vez: «Somos antiguos hippies y tenemos un matrimonio abierto desde los años sesenta». Más tarde me enteré de que esto había sido verdad veinte años atrás, pero ya no lo era, lo que probablemente explicara por qué seguían todavía casados. Otro dijo: «Mi mujer no quiere tenerme cerca, está contenta conmigo lejos». Otro dijo: «Mi mujer está en nuestra casa de Barbados con los chicos». Otro dijo: «Mi mujer está en California de viaje de negocios». Lo que implicaba era: ojos que no ven, corazón que no siente. Los hombres tienen una habilidad para compartimentalizar sus sentimientos que las mujeres ni siquiera llegan a entender.

Lleva un tiempo empezar a hacer el amor. El parece extremadamente paciente, más interesado por tu mente que por tu cuerpo. Te llama varias veces al día, pero se mantiene extrañamente en silencio después de la puesta de sol y los fines de semana. Siempre le llamas a la oficina. Ni siquiera tienes otro número de teléfono suyo. Y evitas mencionar esta omisión.

¿De verdad que quieres otro número? Tienes mucho trabajo que hacer. Te gusta estar sola en la cama, leer por la noche hasta la hora que te apetezca, tener la cocina, el cuarto de baño, el coche, limpios. Recuerdas el caos de calcetines sucios, de toallas y latas vacías de soda, y prometes: nunca más. Y sin embargo te notas despierta, viva, femenina. Es agradable tener y no tener a un hombre al mismo tiempo. Te notas serena. Puede que esto te siga apeteciendo para siempre, con toda la fuerza de tu parte.

Pero justo cuando le das la espalda para irte, el hombre enloquece por poseerte. Así está hecha la especie masculina.

El ambiente está preparado. En tu casa un fin de semana que tu hija está con su padre, en un albergue en Vermont (un fin de semana que su mujer está fuera), en una isla al sol (una semana que su mujer está en Europa o Asia).

Si te sugiere su casa, no vayas; y reconsidera la relación. Un hombre que no tiene escrúpulos para llevarse a otra mujer a la cama de su esposa no es de fiar, ni siquiera como amante ocasional. Además, quieres un hombre a tiempo parcial, no la cabeza de otra mujer en una fuente. Ella es la esposa, de modo que tú eres la amante. Ser amante tiene sus atractivos especiales.

El hombre llega ese día con pinta de tímido pretendiente. Puede que traiga flores, vino, compact-discs, o un camisolín de seda roja. (Si piensa ponérselo él, reconsidera la situación.) Puede traer todas esas cosas. Pero no joyas. No todavía. Se pregunta si eres una buena inversión. (¿Vas a rendirte demasiado pronto? ¿Deberías dejar que te siguiera persiguiendo algo más? ¿Será más fácil conseguir que traiga joyas si no te rindes? No lo sé, pero a lo mejor por eso yo no tengo joyas buenas.)

Y entonces a la cama. Es cuando el poder cambia de sentido. Si te resulta bien en la cama, estás en problemas. Si le resultas tú a él, está en problemas él. La cama es el punto de apoyo donde cambia de sentido el poder. La cama es el vaivén entre el antes y el después. Lo que pase a continuación es cosa tuya.

Si eres posesiva, lo alejarás de ti. Cuando te llame el lunes hablándote de lo sexy que eres, alarga la conversación. Eso podría ser lo más divertido que te ha pasado en la vida. Nadie le entiende mejor. Incluso usa la palabra «amor». Esa es otra razón por la que sabes que está casado. Está vacunado. Puede decir todo lo que quiera y no referirse a nada.

Los hombres son unas criaturas muy simples. Dales de comer, folla con ellos, pero conserva las llaves del castillo. Territoriales hasta los tuétanos, son más cariñosos cuando meten sus zapatos debajo de tu cama.

Estas aventuras pueden seguir durante años y dejarte sin embargo tiempo de sobra para las otras cosas de la vida. No se los debe exprimir. No necesariamente les tira el matrimonio.

Un hombre casado se tomó un respiro durante su matrimonio y alquiló una casa de campo cerca de la mía. Pero seguía yendo a casa de su mujer los fines de semana.

Cuando se produjo el ligue y quiso que le invitara a mudarse conmigo, le recordé lo mucho que le quería su mujer. No creo que se esperara eso. Pero me gusta mi libertad, y pensaba que la relación podría estropearse si yo tenía que cargar todo el tiempo con sus problemas.

¿Puede ser amor de verdad esto?

¿Por qué no? ¿Es que las mujeres no pueden amar sin tener que entregar su vida? Los hombres lo han hecho todo el tiempo.

Tendemos a creer que, como no renunciemos a todo, no estamos enamoradas de verdad. Pero no se trata de una norma que sirva después de los cincuenta años. ¿Y por qué iba a servir? Nuestra vida nos resulta más importante de lo que es para el mundo de los hombres, por lo menos.

Pero entonces yo todavía tenía cuarenta años y pico, de modo que me vi obligada a preguntarme: ¿me casaría con este hombre si deja a su mujer?

Decidí que no. De modo que mi conciencia me dijo que lo mandara a su casa, con su mujer. Ella lo quería de un modo que no lo quería yo. Era hacerle un favor mandarle de vuelta a casa.

Otras aventuras nunca terminan. Siguen intermitentemente a lo largo de años, incluso después de que uno (o los dos) se haya vuelto a reunir con su cónyuge o casado con otra persona. La aventura se convierte en un espacio privado que no tiene nada que ver, y lo tiene todo, con el resto de tu vida. No causa dolor, sólo placer, porque es, en su misma naturaleza, inestable, temporal. La fantasía suprema es la de los amantes que se ven una vez al año y encuentran un oasis fuera del tiempo, de vez en cuando.

Pero antes o después, hasta las mejores aventuras pierden interés. A lo mejor porque el tú que necesitaba aquel oasis concreto queda desplazado por otro tú. A lo mejor porque encuentras refugio en otra relación que parece lo suficientemente satisfactoria en sí misma. A lo mejor porque eres demasiado mayor y estás cansada para las inevitables decepciones. O porque decides que quieres que tu vida sea limpia y sincera.

En realidad fue la aventura lo que te llevó a ese punto. Siempre estarás agradecida. Y él lo mismo. Te encuentras con tu antiguo amante en una fiesta o un avión y te mira con su mirada de niño. Le has llegado a sus sitios más secretos y te lo agradece. Tú también le estás agradecida.

Os abrazáis tensos y sin uniros uno al otro, y nada de besos.

Todos los buenos chicos son también malos chicos. Y los queremos porque son las dos cosas. Tiene que ser muy aburrido contar con el hombre perfecto, si semejante prodigio existe. Tiene que ser aburrido ser siempre bueno.

A las mujeres encantadoras les atraen los hombres que rompen las reglas porque nuestra educación de diosas-hembras es tan absoluta que necesitamos profundamente encontrar la parte reprimida de nosotras mismas: la rebeldía. No siempre podemos liberarnos solas, necesitamos a un hombre con el que romper los lazos. ¿Qué lazos? Los lazos de la sangre que todavía nos atan a nuestras madres y nuestros padres.

¡Piénsese en todas las grandes feministas que se largaron con malos chicos! Mary Wollstonecraft se fugó con Gilbert Imlay, un chico revolucionario pero malo que la dejó en la ruina y embarazada. ¿Protestó por ello? Al contrario, escribió: «¡Ahí, amigo mío, no conoces el placer inefable, el goce exquisito que surge de un afecto y un deseo al unísono, cuando el alma y todos los sentidos se abandonan a una imaginación alegre…».

George Sand se casó con un chico malo, Casimir Dudevant, y eligió como amante a un chico malo, Alfred de Musset (por no hablar del excesivamente moralista Frédéric Chopin). Antes que ellos, había habido muchos malos chicos, incluyendo a uno, Stéphane de Grandsagne, que era el padre de su única hija, Solange. Su primer amante, Aurélien de Séze, tenía un nombre que empezaba con las tres mismas letras que su propio nombre, Aurore. Después de esos dos, hubo muchos otros malos chicos que excitaron su pasión y poblaron sus libros.

La pasión y la poesía, para Sand, estaban claramente aliadas. Los malos chicos eran sus musas. Felizmente, los sobrevivió a todos, terminando convertida en una abuela que nunca dejó de escribir. Incluso en plena aventura, incluso en pleno viaje, escribía de cinco a ocho horas por la noche. Cuando le cerraba la puerta a De Musset para realizar su cupo nocturno de páginas, él salía con bailarinas del Fenice, el hermoso teatro de la ópera de Venecia. Esto no interrumpía la escritura de Sand, aunque puede haberle roto el corazón. Tierna y maternal como fue con todos los hombres, sabía que el trabajo, no el amor, la mantenía viva. Ella es la primera de nuestra carnada moderna de escritoras-madres-amantes.

Puede que no se pueda decir que Elizabeth Barrett Browning haya elegido un chico malo arquetípico en Robert Browning, pero sin duda fue el que la liberó de su familia y se convirtió en su musa. «¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras», subraya la tradición de las mujeres poetas arrebatadas por el amor liberador. La tradición continúa en este siglo con Anna Akhmatova y Edna St Vincent Millay. ¿Y qué era Sylvia Plath sino una buena chica enamorada de un mal chico arquetípico? Pagó con su vida la hiebestod de su poeta.

Mary Godwin Shelley (la hija que Mary Wollstonecraft tuvo con William Godwin), la escritora que inventó aquel género imperecedero, la novela de terror, se enamoró de un chico malo, Percy Bysshe Shelley. Era un revolucionario, un traidor a su clase, un rebelde sexual, y por eso, al ser hija de su madre, ella le eligió a la temprana edad de dieciséis años. Shelley honró a la madre muerta de ella tanto como Mary, por lo que hubo estremecedoras escenas de seducción en el cementerio con la lápida de Wollstonecraft como amuleto mágico. (Pero bueno, las madres muertas resultan más fáciles de honrar que las vivas.)

Las Bronte -Emily, Charlotte y Anne- sentían todas debilidad por los chicos malos, aunque sólo fuera en su prosa y sus poemas. Heathcliff y Rochester han dado nacimiento a millares de héroes que eran malos chicos en no menos novelas y películas (escritas por personas que nunca han leído a las Bronté, sino que recibieron el arquetipo por medio de la osmosis de la cultura popular). La anhelante voz de los poemas de amor de Emily Bronté ha dado nacimiento a la voz genérica que todavía impregna mucha de la poesía de mujeres del siglo XX.

Las jóvenes quieren amar de un modo que las aniquile. «Toda mi dicha en la vida está en la tumba contigo» es un grito a cuyo eco contribuimos en la adolescencia. Sólo la condición de mujer madura enseña finalmente el valor de la intimidad de las amistades femeninas, las amistades intelectuales, y valora las vidas que están más allá de las nuestras.

A los dieciséis años, Heathcliff y Rochester tienen un fuerte atractivo más que otra cosa. No podemos esperar a renunciar a todo por amor. Debe de haber un motivo evolutivo para esto. ¿Se trata de que Heathcliff y Rochester nos ayudan a soltar amarras con la casa familiar y nos permiten iniciar nuestras propias aventuras vitales? ¿Se trata de que nos arrancan de la infancia? ¿Se trata de que representan una fuerza mayor que la pasión de quedarse en casa con Mamá? Eso creo. Las jóvenes sueñan con romances y pasión cuando los hombres sueñan con conquistas porque esos sueños son acicates para dejar la casa familiar y hacerse mayores. ¿Cómo, si no, podemos encontrar sentido al hecho de que las feministas más furibundas hayan sido también las amantes más furibundas?

Aunque la pasión sexual no asegurase la continuación de la raza humana, sería necesario romper los lazos de la adolescente con su madre para que al final pueda convertirse en su madre. La pasión es el gran catalizador para hacerse mayor.

Muchas mujeres que ponen en acto sus poderes artísticos e intelectuales también están abrumadas por su padre. Mary Godwin Shelley fue un ejemplo perfecto de esto. Su problema era una madre mítica, un padre demasiado real. Este era brillante, pero emocionalmente débil, de modo que se casó con una arpía, como hacen muchas veces los hombres emocionalmente débiles. Percy Shelley se convirtió en madre, padre, y escape para Mary. No había modo de que ella se le resistiera, en especial cuando él juró que se quitaría la vida si no la podía tener.

El tabú edípico exige un desconocido (aparentemente nada parecido al padre) que provoque una pasión que se imponga a todas las consideraciones prácticas. Y el chico malo es perfecto para eso. Debe echarse encima de los moros con un furioso restallar de los cascos de su caballo; debe amar los trabajos creativos de una y llevársela a Italia, a Inglaterra o a la luna; debe ser de un color, una raza, una nacionalidad, una clase diferente; debe hablar un idioma diferente; debe bailar a un ritmo diferente. En caso contrario, el impulso edípico es demasiado fuerte para que podamos dejar la casa de Papá.

¿Por qué nos marchamos cuando llegan nuestros primeros amores? Porque si no lo hacemos, no podemos volver a la casa paterna con los tesoros del arte.

Cuando contemplamos la vida de mujeres que fueron creadoras como Mary Wollstonecraft, George Sand, Sylvia Plath, Colette, Edna St Vincent Millay, Anna Akhamatova, Mary McCarthy y tantas otras, puede que no debamos lamentar que se hayan enamorado crónicamente del hombre equivocado. Enamorarse del hombre equivocado a veces es la única cosa que puede hacer una mujer creadora cuando es joven y necesita marcharse de casa. Enamorarse de un chico malo significa enamorarse del chico malo que hay en una misma, reafirmar la propia libertad, lo desordenado de la propia alma. El chico malo es la parte rebelde de una misma que su educación femenina ha intentado reprimir. Sólo cuando integra al chico malo en la propia personalidad, la mujer puede abandonar los amores tormentosos. Si sobrevive a eso, es más fuerte. Es su rito de iniciación a la vida adulta, su matrimonio de fuerza y ternura, su independencia.

Después de los cincuenta años, no es necesario nada de eso. Nos damos cuenta de que podemos ser el chico malo y la buena chica al mismo tiempo. Después de los cincuenta años podemos afirmar la fuerza del chico malo a la par que nuestro calor materno. Ya no necesitamos al chico malo al lado para proclamar nuestra virilidad. Ni necesitamos a nuestras madres para ser maternales. Ya somos seres humanos andróginos, violentos y tiernos al mismo tiempo.

Al luchar por conseguir nuestra identidad de mujeres, es importante no confundir los diversos pasajes de la vida unos con otros. Las que podemos necesitar en la infancia o adolescencia, no son las mismas cualidades que necesitamos en la madurez. El objetivo de la adolescencia es irse de casa. Y las mujeres de una sociedad sexista han encontrado esto crónicamente difícil. Nuestra biología ha reforzado la propia dependencia de la que nuestras mentes han sido capaces de huir. Las prácticas patriarcales, como los matrimonios arreglados, la mutilación sexual de la mujer y el rechazo del aborto, nos han animado a glorificar el no irse de la casa paterna como una estrategia de autoprotección.

No es extraño que nuestras heroínas creadoras tengan que encontrar estrategias para irse. Para aquellas con tendencias heterosexuales la estrategia de enamorarse de chicos malos era un medio primordial de separación. Cometemos un error al creer que sólo eran víctimas. Primero eran aventureras. Que se convirtieran en víctimas no era su intención. Sylvia Plath no era simplemente una masoquista, sino una aventurera que tal vez recibiera más de lo que se esperaba.

Según me hago mayor, entiendo que las obsesiones aparentemente autodestructivas de mis diversas vidas de más joven no eran sólo autodestructivas. También eran autocreativas. Durante todas las etapas de nuestras vidas, sufrimos transformaciones que puede que sólo se manifiesten cuando se han superado. Los rebeldes y los malos chicos de los que me enamoré eran los precursores de mi amor hacia esas mismas cualidades en mí misma. Estuve enamorada y abandoné a los chicos malos, pero les agradezco el que me hayan hecho la superviviente fuerte que soy hoy.

Hacerse veneciana

Durante esos años de naufragio, esos años de agitación, me enamoré de una ciudad: Venecia, Venezia, La Serenissima, Venedig. Creí que esta isla mágica me salvaría la vida. Creí en los mitos literarios que brotan de ella como su famosa niebla. Volví una y otra vez en busca de amor, en busca de mí misma.

Para los escritores que usan el idioma inglés, Italia se ha convertido más en mito que en realidad.

La culpa es toda de unos cuantos poetas del siglo XIX: en primer lugar los Browning -señor y señora-, que trajeron a las hordas a Florencia en busca de Fra Lippi, y que sólo encontrarían humos de coches, gelato deshecho, museos abarrotados, vendedores de cuero cínicos y plateros estafadores en el Ponte Vecchio; en segundo lugar, Lord Byron, que nadó en el Gran Canal con su criado remando a su lado (llevando su capa romántica y sus pantalones de montar), que le dio nobleza al Palazzo Mocenigo al escribir allí versos del divino Don Juan, pero que se portó asquerosamente mal con las mujeres toda su vida y abandonó a su querida hija, Allegra, para que muriera en un convento en lugar de confiársela a su madre; en tercer lugar, Percy Bysshe Shelley, que dejó su corazón en la playa de Lerici, una vez arrancado de las llamas que consumieron el resto de su cuerpo; y finalmente, pero en absoluto la última, Mary Wollstonecraft Godwin Shelley, que, tras concebir su monstruo humanoide en los Alpes, fue a Italia, sólo para ver cómo se ahogaba su marido, cumpliendo la profecía de su novela.

Olvídese, por el momento, a George Sand y Alfred de Musset (engañándose uno al otro en Venecia), Henry James, John Singer Sargent, John Ruskin, Vita Sackville-West, Nathaniel Hawthorne, el Barón Corvo, Igor Stravinsky, Ezra Pound, y todos los estúpidos que les siguieron. Byron, Browning y los Shelley se bastan solos para explicar la plaga turística de las costosas ruinas de Italia. Llegaron los poetas y escribieron; luego vinieron las hordas. ¿Quién dice que la poesía no tiene importancia económica?

El hechizo que lanzaron esos poetas sobre los sagrados lugares de esta hermosa aunque un tanto deteriorada bota fascinó a todos aquellos a los que les fascinaban los libros. Nosotros fuimos a Italia en busca de amor y poesía, y para nosotros el amor y la poesía eran intercambiables.

La primera vez que vine a Venecia tenía diecinueve años y llegué sola en tren desde Florencia (donde yo seguía un curso de verano, estudiando a los italianos). El curso tenía lugar en la Torre di Bellosguardo, del siglo XIII (ahora convertida en un albergue pintoresco aunque algo decaído que mira a Florencia desde la misma colina en la que tuvieron sus escarceos amorosos Vita y Virginia). Todo en Italia está cubierto con una capa de alusiones sexuales y poéticas; pues Italia es, por encima de todo, el país de los escarceos amorosos poéticos, por lo menos para los norteamericanos y los ingleses. Para los italianos es un país completamente distinto.

Me quedé parada a la salida de la estación de Santa Lucía con un ejemplar de tamaño pequeño y tapas azules de Don Juan en la mano. Los escalones de mármol de la estación me parecieron más grandes y empinados de lo que son. No vi perros muertos flotando ni condones usados ni botellas de Fanta. Sólo vi poesía y amor. Los poetas son los mejores publicitarios de todos.

Tomé el vaporetto para San Marcos, maravillándome ante los palacios del Gran Canal. Al ver una placa que decía «Qui abita Lord Byron» («Aquí vivió Lord Byron»), en la pared del Palazzo Mocenigo, casi me desmayo. Estaba en presencia de la Literatura, ese viejo fraude, ese gigoló intelectual. Como dijo Mary Shelley de su viaje de novios: «Fue romántico más allá del romance».

Y recorrí la hormigueante San Marcos, atravesando el museo vivo de una ciudad.

Un guapo médico chino (no con el que más tarde me casé) me compró violetas, me invitó a un helado y habló conmigo de Byron. Un burdo estudiante norteamericano me invitó a compartir su sórdida habitación en una pensión de mala muerte junto a la estación. Muchos italianos me pellizcaron el culo. Pero yo andaba como flotando, protegida por la poesía.

Nada alteró el hechizo. Yo estaba transfigurada, hipnotizada. Entonces los libros eran mi adicción. Los llevaba en el corazón y en la cabeza.

Entré en una casa con el nombre de Ruskin en la fachada y me recibió un torrente de insultos: aquello no era un museo. Tomé minipizzas para turistas y bebí vino agrio. A mí me pareció el maná.

Los techos de losas rojas medio despegadas, las campanas, las gaviotas, la esfera dorada de La Dogana (la aduana, que enriquecía Venecia con registros y embargos), el gran gorro cónico del campanile de san Giorgio Maggiore, dando cara a la dársena de San Marcos y su campanile, el modo en que los dos campanili se alinean en el canal para servir de señal a los barcos de vela que entran en el puerto, el modo en que los cruceros se deslizan por el canal Giudecca como sobre unos raíles invisibles: todo eso me encantó, me embrujó de tal modo que me hizo volver una y otra vez.

Volví a Venecia con amigas, finalmente con Allan, con Jon, con Will, y muchas veces sola. Me alojé en muchos sitios, desde el Ostello dello Gioventú, hasta hoteles baratos, pensioni medias, o los palacios más absurdamente caros como el Gritti o el Cipriani. Más tarde empecé a alquilar casas, las más alejadas de los turistas que pude encontrar. Me complacía decirme que era, si no nativa, al menos una habituée.

Muchas veces llegaba a Venecia y me preguntaba qué demonios me había traído de vuelta. Era un lugar lánguido, tendía a atraparme, pero el ensorcellement (como lo llama Anais Nin) no siempre era agradable. Me sentía como una mosca atrapada en una tela de araña, como un marino arrastrado al fondo del mar por un pulpo gigante. Nunca estaba segura de lo que quería de mí la ciudad.

Los azules cielos del verano y la resplandeciente laguna podían ser decepcionantes. Los turistas lo invadían todo como unos mendigos sucios y quemados por el sol, con prisa por volver a casa y contar lo que habían visto.

Pero cuando se vive en Venecia durante un tiempo, en verano o invierno, se descubre que la ciudad tiene un millar de secretos y que te deja penetrarlos sólo en su momento.

El verano de 1983 me invitaron a la antigua Unión Soviética para que asistiera a una reunión de escritores. Fue aquel hombre encantador, el desaparecido Harrison Salisbury, quien me invitó. El grupo incluía a Studs Terkel, Susan Sontag, Robert Bly, Gwendolyn Brooks, Irving y Jean Stone. Se dijo que aparecería Voznesenski, pero no lo hizo. Sí muchos apparátchiki. Fuimos en tren de Moscú a Kiev. Yo estaba horrorizada por el modo en que la cara negra de Gwendolyn Brooks provocaba miradas de asombro en Moscú y Kiev. Fue mi compañera de compartimento en el tren y nos pasamos toda la noche levantadas, hablando de poesía y maternidad.

¿Por qué Venecia siguió a ese viaje? Fue por Carly Simón. En caso contrario, yo habría vuelto directamente a Connecticut, donde me esperaba Will.

– Nos veremos en Venecia el uno de agosto en el Cipriani -había propuesto Carly Simón unos meses antes durante un agradable almuerzo que tuvimos en el Village.

Presumíamos comparando a nuestros amantes jóvenes. Los llevaríamos a Venecia y veríamos qué pasaba. (¿Pensábamos intercambiar parejas? Sólo en la fantasía.) Conque me alojé en el Cipriani (que ni siquiera sabía que existía antes de que lo mencionara Carly). Y después de Moscú, me reuní con Will en el aeropuerto de Milán. Corrimos a la habitación de un hotel a desahogarnos -o corno se llame lo que hicimos-, y luego tomamos el avión para Venecia al caer la tarde. La visión de la ciudad cuando una está enamorada resulta enriquecedora, no oprimente.

Entonces yo tenía dinero -o creía que el dinero me pertenecía más a mí que a Hacienda-, de modo que ocupamos una suite junto a la piscina del Cipriani. No salíamos de ella durante el día.

Nos quedábamos en la cama toda la mañana y la tarde, haciendo el amor y pidiendo cosas al servicio de habitaciones; de noche recorríamos las calles.

Carly nunca apareció con su amante de entonces, Al Corley. Había sido una de esas exuberantes proposiciones de las que una enseguida se queda amnésica. Pero nosotros no echábamos en falta a nadie. Por la noche, Will me enseñaba a nadar en la enorme piscina sin bañistas (construida de tal tamaño porque alguien había confundido los metros con los pies). Explorábamos las pequeñas calltde Giudecca en la oscuridad. Bebíamos en cafés, en nuestra habitación, en la cama, junto a la piscina. Hacíamos el amor como si lo estuviéramos inventando, pensando que lo inventábamos. En eso éramos como todos los amantes.

Venecia se convirtió en nuestra ciudad preferida. Todos los veranos íbamos a un apartamento de alquiler, o una casa, o un piano nobile, con Molly y Margaret. Yo me sumía en los ritmos de adagio de la laguna. Por las mañanas Will salía a por pan recién hecho. Desayunábamos perezosamente. Luego yo escribía. Después salíamos todos a almorzar en un trattoria cercana.

Desde los cinco años de edad, Molly veraneó en Venecia. Nos bañábamos en la piscina del Cipriani al caer la tarde, luego nos duchábamos, tomábamos el vaporetto hasta casa, nos cambiábamos y salíamos a cenar: una familia de cuatro miembros.

El día giraba en torno a la escritura, los paseos, los baños, las comidas. Las tensiones de Nueva York quedaban lejos. Yo no dejaba de tomar notas, imaginar poemas, iniciar relatos que creía que tenía que escribir. A veces se convertían en libros y a veces no. Pero el tranquilo ritmo de vida alimentaba este florecer. Y el mundo acuático lo bautizaba. Siempre volvía a casa con la cabeza llena de brotes exóticos.

¡Cuánto he soñado en Venecia, ese barco que flota en el mar Adriático! Era como dormir en una goleta, con el agua chapoteando y ondulando a los costados. A veces pienso que sólo voy a Venecia para dormir.

Durante esos veranos empecé a investigar el gueto de Venecia y quedé embrujada por el siglo XVI.

Will y yo siempre llegábamos cargados de libros para leerlos juntos. Leíamos en voz alta, subrayando y anotando las páginas. Desde las primeras veces, nos presentaron a venecianos que nos enseñaron la ciudad, y abrían museos y bibliotecas para nosotros. Empezamos a explorar la ciudad para ver si había un relato que me quisiera contar, o contar a través de mí.

El gueto de Venecia nos conquistó. Para demostrar su solidaridad conmigo, Will empezó a llevar una Estrella de David incrustada en cristal veneciano. También empezamos a leer historias de los judíos de Venecia.

Gracias a Cecil Roth, Riccardo Callimani y las propias piedras, la Venecia del siglo XVI empezó a resultarme viva. Era un refugio insular, con judíos infiltrados que buscaban asilo en él. Sefardíes de España, askenazíes de Alemania, judíos levantinos del Oriente Próximo, se mezclaban y unían en Venecia con cristianos y musulmanes, creando la magia de la cultura veneciana.

Inmediatamente vi una analogía entre aquella isla de Venecia y la isla de Manhattan. La Venecia del siglo XVI era el Manhattan de comienzos del siglo XX: rebosante de judíos que llegaban de Europa y Oriente Medio, destinados a enriquecer el mundo cristiano y a cambiarlo para siempre.

Los judíos venían a Venecia porque Venecia los aceptaba, y pronto se convirtieron en vendedores de ropa, antigüedades, libros. Se especializaron en las artes escénicas, la impresión, la encuademación de libros, las antigüedades; como ahora. Construyeron sinagogas, teatros, editoriales, empresas comerciales. Practicaban las artes. Al centrar sus energías en las pocas cosas que no les estaban prohibidas, se convirtieron en una fuerza. Y prosperaron. Y Venecia prosperó. Añadieron otro tipo de fermento a la gran tarta azucarada de la Serenissima.

Durante las prolongadas y perezosas estancias en Venecia, empezó a susurrarse un relato entre las piedras. A una chica judía, la auténtica Jessica, la tiene encerrada en el gueto su padre, Shylock (o Shallach, como debe de haber sido su nombre antes de adoptar la forma inglesa).

En una excursión diaria de lo más corriente, nuestra Jessica se encuentra con un joven inglés en el gueto, adonde había ido para oír predicar a sus famosos rabinos y para aprender las nuevas artes escénicas (por las que eran famosos los judíos de Venecia del siglo XVI). Sólo tiene veintiocho años, es poeta, actor, dramaturgo, y ha venido a Venecia con su lascivo patrón bisexual, el conde de Southampton. La peste ha cerrado los teatros de Londres y viaja con su señor (que está locamente enamorado de él y también, como les pasa a los amantes furiosos, quiere ser su mentor).

Will -pues ése, irónicamente, es el nombre del joven- y Jessica se enamoran a primera vista, como pasa en todos los cuentos de hadas, y su amor les empuja a huir del gueto, huir de Southampton, de Shallach y de todo el cinismo, pues el amor nace para imponerse al cinismo.

Algo así se estaba cociendo en mi cabeza cuando terminé otra novela -Parachutes amp; Kisses-. Ese invierno me llegó una invitación inesperada para que formara parte del festival de cine de Venecia. Notando que necesitaba sacar a la luz esa novela, acepté de inmediato, llevando conmigo a Will de cavaliere servente.

El festival de cine era una casa de locos. Eugeni Yevtushenko había venido de Moscú, con una mujer británica de la que estaba destinado a separarse muy pronto, y se comportaba como un mongol. Alto, teatral, acostumbrado a llenar los estadios de adoradores, tenía ganas de pelea. Günter Grass, fumador de pipa, meditabundo, llegó de Alemania con un estado de ánimo parecido, pero era demasiado listo y serio para demostrarlo. Balthus debería haber seguido pintando. Se alojaba en el Gritti, con su hermosa esposa japonesa y sus hijas, y parecía tomarse la cosa con toda la tranquilidad del mundo, lo que era inteligente. Le veíamos raramente y nunca en las proyecciones. Los hermanos Taviani -Paolo y Vittorio- eran sencillos, divertidos y extremadamente nerviosos. Iban a presentar Caos, su brillante película pirandelliana. Michelangelo Antonioni no estaba físicamente bien, pero era apasionadamente serio y vio todas las películas.

El jurado se pasaba el día entero viendo película tras película: las buenas, las malas, las mediocres. Películas del realismo socialista del bloque Oriental, películas indias de la industria del celuloide de Nueva Delhi, películas chinas producidas por los magnates de Hong Kong, películas artísticas o vulgares japonesas, películas que sorprendían o aburrían, más películas de las que una pensó nunca que se hicieran en todo el planeta en sólo un año.

Cada vez era más aburrido. No hay nada más aburrido que las películas mediocres. Y según pasaban los días, se podían ver unas nubes de tormenta que se cernían sobre la laguna.

Cuando llegó Claudia Cardinale con su marido, el productor siciliano, el ambiente estaba preparado para un duelo, la pelea de OK Corral.

Cardinale interpretaba a Clara Petacci, la última amante de Mussolini, en una película espantosa que se basaba no tanto en la historia como en un culebrón. El ruso vio de inmediato algo por lo que protestar. Y el alemán vio a un ruso al que podía ganar. Y empezó el follón.

Cómo empezó es un misterio. Las reuniones y deliberaciones tendían a entrar en combustión espontáneamente al cabo de cinco días o así. Puede que sea la disciplina que imponen a unas personas indisciplinadas. O a lo mejor es que los artistas no están acostumbrados a vivir en comunidad y sólo pueden soportarlo durante breves periodos. A lo mejor toda comunidad requiere una válvula de escape y la explosión debe producirse inevitablemente.

Primero el jurado debatió sobre la «moralidad» de ver una película que presentaba a Mussolini como amante, luego hubo unos enfrentamientos verbales a la hora de comer y del té, y de repente Eugeni celebraba una conferencia de prensa, ¡y los periódicos italianos tenían algo sobre lo que escribir! El festival podía ser un aburrimiento, pero los miembros del jurado no. ¡Pías! ¡Bom! ¡Zas! ¡Smash!

– Es una ofensa glorificar a los fascistas como amantes… -o algo así.

La confusión se alimentaba por sí misma, como tienden a hacer las creaciones de la prensa. A los medios de comunicación no hay nada que les guste más que los enfrentamientos caricaturescos. Los franceses y los ingleses competían en ser absurdos. Los italianos se les unieron encantados. Los periódicos norteamericanos se basaron en ellos.

A todos nos entrevistaron y citaron frases nuestras, por supuesto. Todos nos vimos obligados a pronunciarnos sobre este inofensivo melodrama. (Anita Hill ha dicho que, una vez que te conviertes en figura pública, se espera que tengas opiniones sobre todo. «Me reservo el derecho a no hacer comentarios», dijo. ¡Si yo y el resto del jurado hubiéramos sido tan listos como ella!)

A Claudia Cardinale la fotografiaron con un aspecto encantador manifestando lo ultrajada que se sentía. Su marido productor (o productor marido) juró negra vendetta.

Y en consecuencia el festival se convirtió en el acontecimiento de los medios de comunicación que quería ser y todos consiguieron publicidad, tanto si la querían como si no. Y la ciudad de Venecia recuperó el dinero que había pagado a los famosos para que vinieran en avión y comieran bien. Y Liv Ullmann llegó al final de todo para entregar el León de Oro, rampante una vez más delante de un campo lleno de agentes de prensa.

Lo que pasó en el festival y su combustión espontánea me llevó a pensar nuevamente en mi novela sobre Venecia. Todos los escritores anhelan escribir un relato del tipo de Un yanqui en la corte del rey Arturo. Todos los escritores quieren viajar en el tiempo, mientras el futuro espera a que regresen.

¿Y si mi Jessica no fuera judía, cuando nos encontramos con ella por primera vez, sino cristiana? ¿Y si era una jovencita rebelde educada en Radcliffe que procedía de una polvorienta y vieja familia de blancos, anglosajones y protestantes de la parte alta del East Side e iba a la Royal Academy of Dramatic Art de Londres en lugar de casarse como es debido, y estaba, a pesar de la desaprobación familiar, decidida a ser actriz? ¿Y si hubiera adorado la poesía de Shakespeare durante toda su vida y un día en Venecia, después de ser jurado de un festival de cine, se deslizara por una fisura del tiempo y se encontrara convertida en una judía del gueto del siglo XVI, enamorada de un muchacho inglés muy poético que se llamaba Will?

Ése es siempre el comienzo de un relato.

Yo tenía mi relato. O el relato me tenía a mí.

Me puse a tomar notas frenéticamente. Existía la posibilidad de hornear una tarta hecha con todo lo que sabía de Venecia, Shakespeare, los isabelinos y los judíos.

Hice el relato adecuadamente shakespeariano y sangriento. Eran obligatorios los puñales, los venenos, las dagas, las espadas, los estiletes. Quería oír la música de las palabras isabelinas, de modo que escuché repetidamente a sir John Gielgud recitar los sonetos hasta que no puede dejar de oírla. Busqué todos los montajes de El mercader de Venecia que se representaban aquel año. Vi antiguas películas y vídeos de la obra. La leí en voz alta para mí misma. Luego leí todo lo que pude encontrar sobre ella. «A Shakespeare le gustaba dejar en el aire a mentes que habían perdido el equilibrio», dijo Joyce (por medio de Stephen Dedalus). Conque volví al gueto un lluvioso otoño y pensé y pensé. Volví a oír los susurros de las piedras. Volví a ver al joven Shakespeare y a una Dama Negra andando bajo la lluvia.

El secreto de conseguir que Shakespeare funcione en el presente no es oscurecer sus verdades sobre el personaje con tonterías y toques isabelinos. El público de Shakespeare ve a través de esas cosas, porque está acostumbrado a las convenciones del lenguaje y de la representación teatral que le son propias. Debemos hacer obras de teatro tan transparentes como las isabelinas. Una buena adaptación debe suprimir la barrera que separa la Inglaterra isabelina de nosotros, no reforzarla.

Pero El mercader es una obra difícil de hacer moderna debido a que la actitud de Shakespeare hacia Shylock es muy desagradable por culpa del antisemitismo y, sin embargo, constituye algo intrínseco al drama. Shakespeare ve a Shylock como a un ser humano igual que él mismo, pero los viejos prejucios isabelinos hacia los judíos (en su época de mucho odio a los judíos) están siempre presentes. Incluso el personaje de Jessica es más flojo que el de Portia. Y la renuncia de Jessica a su padre es cruel. Como lo es su robo del anillo (que le regaló a él su madre muerta). La comparación de Shylock de las hijas con los ducados puede leerse fríamente como una afrenta a los judíos, pero también se puede presentar con pasión, iluminando la rabia de un padre y el amor de un padre. (Laurence Olivier y Dustin Hoffman lo hicieron.)

Yo quería que Serenissima resolviera el dilema de Jessica de una vez por todas, mostrar por qué Jessica traicionaba a su padre; no sólo por amor y libertad, sino por poesía. También quería resolver el misterio de la Dama Negra de los sonetos. Pensaba matar dos pájaros de un tiro, convirtiéndola en la misma condición de judía del gueto que inspiraba el personaje de Jessica.

El libro iba a ser literatura, y sin embargo, en cierto modo, también iluminaría la condición de la mujer del siglo XX, empujando al lector a pasar la página.

Aunque Serenissima todavía me hechiza con su potencial, sospecho que fallé parcialmente en esta novela porque todavía no entendía del todo mi propia relación con la ciudad de Venecia. Además, traté de hacer demasiadas cosas en un libro delgado. Serenissima debería haber sido más largo y con más contenido, como Fanny. Debería haber tenido más personajes, más contracorrientes y argumentos secundarios. Haber suprimido menos cosas.

Consciente de mi tendencia al exceso, contraté a un corrector para que me cortara las alas. Nos animamos uno al otro y cortamos demasiado. V. S. Pritchett dice que los puntos fuertes y los débiles de un escritor están tan entrelazados que no se puede renunciar a unos sin influir en los otros.

Venecia, como Nueva York, era para mí una ciudad ancestral, una ciudad que me llevaba a las raíces de mi condición de judía. Pero era más: su mito es el de una isla mágica donde se resuelven los problemas, los rompecabezas se completan por sí solos, o por lo menos se disuelven en el aire.

El mercader de Venecia es sólo una de las muchas versiones de Shakespeare de ese relato. Pero, además, no es un logro absoluto; a pesar de las enfebrecidas frases de Shylock sobre el ser judío, a pesar del mágico cielo estrellado de Belmont, a pesar de la oscura belleza de Jessica y la remilgada recapitulación de Portia sobre la justicia como una especie de noblesse obligue concedida a los infortunios de los judíos siempre que se conviertan, se pongan de rodillas, renuncien a su sangre, su comida, sus ducados, sus hijas, y la condición de judíos de sus nietos.

De modo que El mercader no funciona por completo, debe ser dicho. Puede que sea el odio lo que la desmerece. Con el odio raramente se hace buena literatura. Pero que otra obra sobre una isla mágica, La tempestad, resuelve bellamente todos los dilemas, y funciona, es algo que se debe decir.

Hay amor auténtico entre los enamorados, arrepentimiento auténtico por parte del rey hechicero, Próspero, libertad auténtica para los espíritus encadenados, Calibán y Ariel, libertad auténtica para el poeta cuando decide irse. La isla mágica podría ser Venecia (es una isla del norte de Italia, después de todo), pero evidentemente no lo es. Pudo serlo, pues Venecia es sobre todo la isla de la muerte, como Thomas Mann sabía mejor que nadie. Venecia es el lugar que atrapa a los espíritus torturados. Es la isla de papel donde se pegan las moscas. Necesita sangre nueva constantemente para renovar la vida. Venecia es nada más y nada menos que un vampiro.

Conocí a un pianista danés que iba todos los años a Venecia a tocar en un bar de mala muerte. Por el invierno y durante la primavera, lo tenía contratado un jeque de Sharjah por muchos, muchísimos ducados. Pero todos los veranos y los otoños se veía empujado a regresar a Venecia como si el espíritu de su antigua identidad le arrastrara hasta allí.

Ese melancólico danés había investigado sobre su pasada identidad, que parecía ser la de un panadero del siglo XIII. Por la noche, su habitación a veces se llenaba con una fragancia de flores o el olor del pan recién horneado. Se entrechocaban recipientes y estantes metálicos. Cuando despertaba, todo estaba recubierto de un fino polvo blanco. Abría los ojos, nada sorprendido.

Tenía los ojos azules, el pelo rubio, leve constitución y poco peso, y mostraba la calavera debajo de la piel de la cara como a veces parece pasarles a los escandinavos. Al tocar el piano parecía joven, pero cuando te acercabas a él veías que tenía entre cincuenta e infinitos años. Su cara estaba recorrida por finas arrugas. Era, como yo, adicto a Venecia, aunque podías ver que no le sentaba bien a su salud.

Por supuesto, tenía que tener algún amante en la ciudad, un amante imposible, como mi Piero, que llegaba y se iba de modo impredecible. El amante probablemente tenía la misma inconsciente crueldad infantil que el Tadzio de Von Aschenbach. Todos los amantes venecianos la tienen.

Puede que Piero fuera amante de ese danés tanto como mío. Puede que también fuera amante de Tadzio. Y de Alfred de Musset. Y de Byron. Y de Shakespeare. ¿Quién lo puede decir? En Venecia es posible llevar múltiples vidas en múltiples tiempos. El aqua alta sube inexorablemente, cubriendo los suelos.

Hablábamos muchas noches, el pianista danés y yo, y aunque no recuerdo su nombre, sé que su historia tenía algo que ver con la mía. Al final, las personas que no se pueden librar de Venecia mueren allí. La laguna necesita sus espíritus para atraer a los futuros espíritus.

Había otro problema con Venecia en mi novela: no contaba la verdad definitiva sobre Venecia. Y no era porque yo no me esforzase todo lo posible. Me esforzaba. Pero todavía no sabía la verdad definitiva sobre Venecia. Venecia no es soleada. Venecia es una tumba.

El arrebatado hacer el amor entre el desayuno y el almuerzo, la enfebrecida pasión de cinco a siete, son modos de traerte una y otra vez a Venecia. Pero hacer el amor no origina vida. Sólo origina espectros, espectros seductores, espectros con una increíble fuerza magnética y sexual, espectros que pueden resonar en el mayor orgasmo conocido en terra firma. En realidad, no es terra firma. Es el mar, y la barca de la muerte se dirige hacia el oeste con el sol poniente.

No hace mucho (en la mitad de este libro) volví a Venecia con mi hija. Hablamos y hablamos y recordamos otros veranos cuando ella era niña y yo estaba soltera. Pero cuando iba a visitar a mis viejos amigos, se negaba a venir, prefiriendo quedarse en el Gritti, viendo la CNN y pidiendo cosas al servicio de habitaciones. Conque iba yo sola.

Mis amigos se aferraban a mí del modo en que los habitantes de una isla se aferran a los recién llegados: para salir de un tremendo aburrimiento. Me invitaban a comer, a cenar, a tomar el té, y me hablaban de las maravillosas casas que estaban en venta en Venecia.

En la recepción del hotel, antiguos amantes me dejaban mensajes, pero cuando los telefoneaba nunca estaban en casa. Cuando volvía, había mensajes nuevos a los que nunca podía responder. Había mensajes de personas a las que no conocía. ¿Estaba un panadero del siglo XIII entre ellas?

Mi amigo danés se había ido. Creí ver a Piero en su motora por el Gran Canal solo, pero luego me pareció que no era él. Traté de llamarle, pero una secretaria me dijo que estaba fuori Venezia («fuera de Venecia»). El cielo se oscureció. Las ventanas se abrían solas en mi vieja habitación (la de Hemingway, me dijeron) del Gritti. En el techo sonaban pasos la noche entera, pero cuando me quejé, el encargado me dijo que en la habitación de encima de la mía no había nadie.

Finalmente, al quinto día, me encontré en un verde jardín (con fama de que una vez había sido cementerio) en Dorsoduro. Estatuas de figuras con mantos, sombreros, la cara velada, acechaban en las sombras aterciopeladas. Los setos eran de un verde musgo, y aquí y allá una fucsia brillante o un ciclamen estallaban en el verdor como una flor en una maceta encima de una tumba.

Yo estaba sentada en el centro de un grupo de mujeres. Una era una artista austríaca que llevaba viviendo allí cerca de treinta años (atraída por los amantes italianos y la luz). Ahora había renunciado a los hombres (de cualquier nacionalidad). Otra, una rechoncha norteamericana divorciada, finalmente había vendido su casa de Nueva York y se había instalado allí. Otra, una rica viuda inglesa, había comprado un palazzo en el Gran Canal y lo estaba restaurando. Otra era una voluminosa duquesa que tenía a mi Piero, su Piero, el Piero de quien fuera. Navegaba por el Mediterráneo. Nadie sabía adonde iba.

Hablábamos de regímenes alimenticios, de ejercicios físicos, de comida, de niños caprichosos, criados caprichosos, hombres caprichosos. Todas me animaban a dejar Nueva York, mi marido, mi familia, y trasladarme allí. El ritmo de vida era más tranquilo, y podría escribir.

Pero yo sólo podría escribir sobre el pasado, creía, y al final no escribiría nada porque la hierba me cubriría las manos. El cementerio me estaba dominando, y Venecia hacía que el proceso fuera agradable. La barca que rema hacia la puesta del sol estaba esperando al borde del canal. El seductor chapoteo del agua creaba el sonido de Venecia: vieni, vieni.

La muerte que ofrecía no era la petite mort. Era la grande. Y era inexorable.

Los amantes venecianos, quienesquiera que fuesen, de cualquier sexo, sólo eran sus ayudas de cámara, su artillería, sus apoyos. Ellos eran el cebo seductor. Pero sólo nos podíamos quedar por propia voluntad, que es como le gustamos a la muerte. Nos espera en Venecia, paso a paso, remo a remo, orgasmo a orgasmo.

Recordé la primera vez que me sentí atraída por Piero, ocho o nueve años antes. Navegábamos en su barco cerca de San Marcos una perfumada noche de mediados de julio. Era la fiesta del Redentore, que conmemoraba la liberación de la Serenissima de una plaga de hace medio milenio. Habían construido un puente de barcos desde la Piazza del Giglio, en San Marcos, a Santa María della Salute, en Dorsoduro, y hasta la magnífica iglesia del Redentore, de Palladio, en Giudecca. Toda la ciudad andaba por encima del agua, o eso parecía. Los que no cruzaban los puentes, llevando velas, comida, prosecco, estaban reclinados en sus barcas sembradas de flores, tomando el fruto de la viña. La música de Vivaldi, Monteverdi y Albinoni flotaba sobre las aguas. Los prohombres -los futuros tangentopolisti que ahora abarrotan las cárceles- estaban ocultos en una especie de palco real flotante construido sobre pontones que también difundía la música veneciana sobre las aguas. Los equipos de televisión pasaban en pequeñas motoras para transmitir la festa a los ávidos ojos del resto de Italia, que todavía considera a Venecia una rareza: medio italiana, medio otra cosa.

La suntuosa duquesa de Piero estaba preparando langostas, calamares, y risotto negro hecho con la tinta de las seppie venecianas. Yo observaba con asombro tanto su habilidad como su imperturbabilidad. Piero se me acercó.

Me echó el aliento en la nuca, me pasó un dedo por el antebrazo de un modo posesivo, premonitorio. Me tomó con sus ojos.

Yo estaba perdida en sus ojos pardos de fauno, olía el fuego bajo su piel morena, admiraba su rizado pelo rubio de sátiro. Su sudor era libidinoso y delicioso, ¿o era el mío? Parecía que teníamos el mismo olor.

– Lo siento, pero no estoy libre del todo -dijo, haciendo un gesto hacia la duquesa.

Lo que quería decir era lo opuesto, como sucede tantas veces: Me alegra no estar libre del todo. Ella es mi vacuna, mi protección, mi escudo invisible. Pero me encantaría traerte a Venecia una y otra vez a base de pequeños lametazos y mi mágico sabor.

Y así comenzó la cosa. Se fue destilando en la laguna durante un año entero, se consumó una noche de luna llena un año después, siguió intermitentemente durante años y terminó para siempre cuando huí de Venecia dominada por el pánico, sin ni siquiera haberle visto.

El viento soplaba con fuerza desde el canal. Ventanas, macetas y pianos resonaban tocando melodías interrumpidas, y una nube de polvo soplaba por encima de todo. Me miré en el espejo. Estaba blanca como un espectro.

– Mujer a la que llamo madre, si en efecto es ése tu nombre -dijo mi hija que ahora tenía quince años-, tenemos que irnos de aquí. Va a pasar algo terrible.

Al cabo de una hora, habíamos hecho las maletas y habíamos alquilado una góndola taxi para que nos llevase a donde se alquilaban coches.

Mientras íbamos en coche hacia terra firma, nos alcanzó una terrible tormenta, que hizo balancearse a nuestra furgoneta y oscureció sus ventanillas.

Habíamos escapado con el tiempo justo. Los espectros se arremolinaban y gritaban por encima de la laguna. Las damas del jardín del cementerio exclamaban:

– Non scappi! («¡No huyas!»)

Pero yo pisaba el pedal a fondo y tenía Milán en el punto de mira. De vuelta a la vida, a la prisa y fealdad del tráfico, a lo mundano de los negocios, a teléfonos que no ponen en contacto con los muertos.

También se marchó Browning, y también Byron y los Shelley. George Sand dejó Venecia en cuanto tuvo terminado el libro. Sólo Aschenbach se quedó. Y Pound. Y Stravinski. Están enterrados allí.

Una vez lejos, las damas del oscuro jardín no me podían atrapar.

– Mamá -dijo Molly-, nunca me había alegrado de marcharme. Adoraba Venecia cuando era pequeña. ¿Qué pasó?

– Entonces eras demasiado joven para Venecia -dije yo, conduciendo enloquecida.

– No lo entiendo.

– Todavía no estamos preparadas para Venecia -dije.

Pero con el ojo de la mente vi las aguas cerrándose sobre la ciudad, los mosaicos dorados flotando y deshaciéndose, los santos bizantinos haciéndose pedazos.

Esta condenada Atlántida un día se hundiría bajo las cálidas aguas y nadie haría nada por impedirlo. Los arqueólogos del 5040 harían excavaciones, maravillándose de la obra de arte de la muerte.

Pensé en el día en que enterramos a nuestra amiga, la artista Vesty Entwhistle, en el verde jardín del camposanto de San Michele, la isla cementerio, y en cómo echamos teselas doradas en la tierra de encima de ella porque había utilizado unos cuadrados dorados parecidos en sus mosaicos. Otra vida para alimentar a los abundantes espectros. La Serenissima triunfa siempre que en ella se entierra a alguien.

Doce años después, los enterradores desentierran los huesos de los que no son lo suficientemente famosos para atraer a nuevos turistas. Arrojan esos huesos sin valor en un osario común, en una isla osario de la que sólo me han hablado al oído. Pues durante los primeros doce años uno saborea la inmortalidad. Y luego, si ya no eres famoso, afuera contigo: calavera, pelvis, vértebras, tibias, todo. ¿Qué inmortalidad es de hecho mucho más larga que eso? La inmortalidad, después de todo, es el recuerdo de una en las mentes de los que te quieren.

Ya no quiero morir en Venecia. Y por lo tanto, claro, no puedo vivir allí.

Imagino que ya soy demasiado mayor para arriesgarme a ser veneciana.

La vida picaresca

Para cualquier escritora, la más inefable de todas las verdades sobre sí misma es la historia interior, la historia que escribe sin saber por qué, la historia automática, instintiva, con la que el inconsciente la alimenta intravenosamente. Mi historia es picaresca.

Averigüé esto después de haber escrito seis novelas, todas ellas novelas de un camino u otro (el camino a Viena y vuelta, a California y vuelta, al Londres del siglo XVIII y vuelta, al divorcio y vuelta, etcétera). En cada una de ellas, una atribulada heroína que sonríe triunfa sobre la adversidad después de encontrar muchos problemas y enredos, hijoputas y malos chicos, en el camino de la vida.

Nacida en una familia ruso-judía melancólica, hiperintelectual, fóbica, paranoica, yo necesitaba un relato semejante. Y un final semejante. Y lo mismo mis lectores.

En la edad madura, me aferraba a la memoria porque necesitaba entenderme a mí misma antes de que fuera demasiado tarde. ¿Y qué mejor modo de entenderse a una misma que contemplar los mitos con los que has vivido?

Mi generación creció con un mito impuesto: el mito de al final vivieron felices; lo que siempre implica a un hombre: un príncipe que viene algún día. Si nosotras escribimos de este mito o de su opuesto -no hay príncipe, y aunque lo haya, nunca llega, y aunque llegue, nunca lo encuentras-, todavía seguimos considerando nuestras vidas en términos de este mito. Pro-príncipe o anti-príncipe, los términos del debate estaban definidos, y no por nosotras. Tratábamos de escribir sobre otros mitos -un día mi princesa vendrá o yo soy mi propia princesa-, pero todos se derivaban del mismo. El armazón del argumento era el mismo. Estábamos reaccionando, no creando. No habíamos expandido los términos en los que considerábamos nuestras vidas.

¿Hay sólo un relato? ¿El príncipe viene o no viene? ¿La princesa reemplaza al príncipe? ¿La soledad reemplaza a los dos?

¿No podemos encontrar un relato que no tenga nada que ver con eso, un relato en el que ni la relación ni la renuncia a la relación sea lo único que importa?

Aparentemente no. Nuestros escritores y filósofos desbrozan ese terreno y surgen con nuevas versiones, no con mitos nuevos.

Ni siquiera las que hacen hipótesis sobre las mujeres mayores añaden nuevas sugerencias a este viejo tema. Gail Sheehy dijo: «una todavía puede atraer a los hombres después de la menopausia». Germaine Greer dijo: «En cualquier caso, ¿a quién le apetece?». Pero la relación seguía siendo el asunto. Hasta Gloria Steinem admitió que no podía vivir sólo para el Movimiento. Y Betty Friedan dijo que aunque la vejez era estupenda, ella no renunciaba a bailar. A las mujeres que han renunciado a los hombres, en cualquier caso, siempre les han gustado más las mujeres, o encontraban más cariño en ellas, sin darse cuenta de que, después de los cincuenta años, hay más cariño en todas partes; y hasta las relaciones con los hombres, si puedes encontrar una, son mejores.

Puede que, al dejar que mi inconsciente me dictara un modelo picaresco, yo estuviera buscando una vida de mujer tan heroica y esplendorosa como la vida de un héroe a la antigua usanza (ni siquiera los hombres llevan ese tipo de vida hoy), pero mis heroínas también se atascaban en las relaciones. Isadora se entera de la vida después de que la abandone un hijoputa sin corazón; Fanny se entera del heroísmo al rescatar a su hija; y Leila deja de beber al hacer que deje de beber su novio imposible.

¿Dónde está la mujer que empieza desde el principio por ella misma, que no se limita a reaccionar, que vive su vida en razón de un ideal al margen de la relación? ¿Podemos llegar a imaginar a una mujer así? Y si la imagináramos, ¿se identificarían las lectoras con ella?

El verano pasado me encontré reviviendo mi vida picaresca, pero esta vez con una diferencia.

Mi hija y yo habíamos alquilado, sin haberla visto, una casa en una colina con olivos y cipreses, en la Toscana, cerca de Lucca. Iríamos a fines de julio, después de quince días en que di clases en Salzburgo y varios días en Venecia, Milán y Portofino. Dos de las amigas de Molly se nos unirían, luego Margaret, entonces mi mejor amiga. Mi marido llegaría más tarde, y finalmente otros amigos.

Habíamos alquilado la casa cerca de Lucca, no Venecia (donde yo había pasado varios años), porque nuestros amigos Ken y Barbara Follett habían alquilado una allí el año anterior y nos habían invitado a pasar un tiempo en su gran villa. Nunca se movían en agosto sin sus hijos, ahijados, sobrinos, cuñadas y cuñados, e hijos de amigos. También les acompañaban personas como Neil y Glenys Kinnock, dispuestos a tomar pasta y vino, y a montar polémicas,

Adorábamos la suavidad del paisaje campestre y el hecho de que el lugar todavía no era un museo en ruinas como Venecia. También nos gustaba el hecho de que Molly, mi hija única, estaba con una multitud de chicos y chicas. Queríamos a Ken y Barbara, que no sólo son listos y con talento, sino extremadamente amables y leales.

Con calor, y por una carretera polvorienta, en una furgoneta Opel alquilada a la que le fallaba el cambio y tenía unos frenos así así, Molly y yo habíamos hecho el camino hacia Lucca. Habíamos pasado un par de días con los Follett en su alquilado esplendor de un pueblo cercano. Habíamos recogido a Margaret y todo su equipaje en el aeropuerto de Pisa, y ahora nos dirigíamos a nuestra granja toscana con expectativas mayores que las expectativas de matrimonio de Miss Havisham. (Hoy seguramente se llamaría Ms. Havisham y estaría en un programa de desintoxicación en doce etapas para curarse de la codependencia.)

Desde la hermosa ciudad amurallada, nos dirigimos al norte por una vieja carretera y nos pusimos a contar aldeas y viñedos, bodegas de vino y granjas.

Doblamos a la derecha por una carretera que bajaba haciendo curvas junto a un río seco (un insignificante afluente del Arno o el Po, que se llamaba Serchio), e iniciamos la subida por una carretera de barro llena de rodadas, y pronto nos metimos en una zanja. La furgoneta Opel se detuvo, arrancó de nuevo, se paró definitivamente con un ruido seco. Las tres nos apeamos, la sacamos de la zanja y nos volvimos a poner en marcha, sólo para meternos en la siguiente zanja, y en la siguiente.

Un bombero tremendamente gordo, que todavía llevaba sus botas de goma y el casco, salió corriendo de un porche y se puso a gritar con su acento toscano puro:

– Questa macchina non va su quella strada.

Detrás de él, apareció la señora Bombero con la bambina, que soltaba aullidos porque la habían despertado.

Coronamos la cuesta, nos atascamos otra vez, nos apeamos del vehículo y nos fijamos en un precipicio que se abría entre los olivos, debajo de nosotros.

Quedé aterrada. Bajé marcha atrás la cuesta, choqué con una piedra. Luego me volví a meter en la ya muy conocida zanja.

El bombero, su mujer y la niña se reían.

Pero Molly insistía.

– Voy a subir la cuesta para ver lo que hay, mamá -dijo, apeándose del vehículo. Vi sus anchos hombros y su melena pelirroja desaparecer al doblar la curva de la pedregosa carretera. Desde que tuvo dos centímetros más que yo, era difícil darle órdenes.

– ¡Molly! -grité.

– ¡Tranquila, mamá! -me respondió ella, gritando, como una heroína picaresca.

Poco después bajaba la cuesta en un Land-Rover conducido por un robusto caballero, el dueño de la casa. Molly sonreía. El hombre parecía perplejo.

– Qué raro -dijo-. Nadie tiene problemas con esta cuesta. Vamos, suban.

– En la agencia donde me alquilaron la casa no dijeron que necesitábamos un jeep -dije yo, sombríamente. Ya tenía ideas de llenar documentos de protesta, pero ¿quién se atreve a presentar una demanda en Italia? Te llevaría el resto de la vida. Salté dentro del Land-Rover y subimos la cuesta llena de baches y zanjas hasta el castillo del inglés de la cima.

Era una resplandeciente granja toscana con una vista celestial, all italiana. La contemplé admirada. Entonces nuestro casero bajó a rescatar a Margaret y nuestro equipaje.

– Bienvenidas -dijo la señora de la casa, cuando Molly y yo subimos con dificultad los tres tramos de escalones de pizarra hacia la casa.

Su marido pronto volvió con nuestra furgoneta alquilada, con Margaret dentro.

– Hasta con este coche, resulta fácil -dice.

– Antes no se quejó nunca nadie de la carretera -dice la mujer, con aspecto de doña Atareada con un traje de baño elástico con un dibujo de rosas. Tenía papada y una tripa tremenda que ninguna de las que más defienden la menopausia aprobaría, y mucho menos Lotte Berk y sus anórexicas a la última del East Side. Pero se sentía cómoda consigo misma.

Me dirijo a la casa para tomar posesión de lo que había alquilado con mi pasta.

– No entre -dice la señora-. En mi cocina no entre hasta que la muchacha haya pasado la fregona.

Su marido me detuvo con un vaso de vino blanco y agua con gas, y nos sentamos y mantuvimos una agradable conversación sobre que la agencia inmobiliaria nos había estafado a las dos partes, cobrándome a mí de más (seis meses por adelantado) y no pagándoles más a ellos, pero esperaban que de todos modos nos gustara la casa.

– Muy hermosa -dije yo, y era verdad.

El señor y la señora no podrían haber sido más amables mientras nos pasamos dos horas sentados al sol, con Margaret hablando de la Reina, la Reina Madre, Lady Di, presumiendo de que era miembro de las Hijas de Escocia, describiendo con detalle la casa de una de sus tías que vivía en la región de los brezos y los tojos de las Highlands, y hablando de que su tío escocés había muerto, y de cuándo lo enterraron y dónde y de lo que tomaron después con el te.

La conversación llena muchos vacíos de la vida.

Finalmente, brindamos por el sol de Toscana, y animadas por sus uvas, estuvimos listas para examinar la casa.

– La construimos sobre una en ruinas -dijo el marido.

Y, en efecto, todavía se podía ver la crisálida de donde había surgido la mariposa. El refugio de un pastor se había convertido en el bastión de lo británico, completo con antena parabólica, MTV, CNN, estantes con vídeos y mapas de carreteras, pero pocos libros, a no ser de cocina y de reparaciones domésticas (y el estante habitual de best sellen olvidados, dejados por anteriores inquilinos). Había libros de gente famosa que lo cuenta todo, libros escritos por generales y directores generales de sanidad, novelas de estrellas de cine en decadencia, de antiguos ministros y de evangelistas televisivos (algunos todavía en activo). Pero la casa seguía más o menos igual que cuando John Mortimer la alquiló un año para escribir un libro sobre la Toscana.

– Te dije que deberías haber estudiado Alquileres durante las vacaciones de verano -soltó mi marido por teléfono desde Nueva York.

– ¿Quién es capaz de leer en Nueva York? -contraataqué yo-. Para eso hay que venir a la Toscana.

A su debido tiempo nos admitieron en el mirador más alto, con sus asombrosas vistas de todos los alrededores de la casa. Cipreses bajaban por la ladera, oscuros y como lanzas ante los frondosos castaños y los plateados olivos. Fucsias y glicinas crecían por todas partes. Las golondrinas volaban de copa en copa ante una gran extensión de un puro cielo azul. ¿Quién no se habría trasladado allí desde Londres? Era el sueño de Italia de un poeta inglés.

Las camas tenían colchones apelmazados y las almohadas estaban aparentemente hechas del mármol de Carrara local. Había cuatro dormitorios dobles, no siete como nos habían prometido, y el término «doble» era una exageración. En la casa podían dormir quince personas sólo si eran unas personas muy arriesgadas y si algunas de ellas dormían en la terraza, en la pérgola o en la piscina.

No importaba. Nos íbamos a quedar. Las amigas de Molly estaban en camino. Yo ya había pagado el total, y la pareja de ingleses necesitaba pasar el invierno con mis soldi.

– ¿No te encanta esta casa, mamá? -dice Molly, a quien de verdad le encantaba-. Es acogedora y no da miedo -dice. Recordaba el sitio que llamábamos Palazzo Erica, en Venecia, aquel piano nobile casi en ruinas, con su túnel secreto al palazzo de Piero.

El Palazzo Erica tenía una cosa fundamental que lo hacía recomendable, la cercanía del de Piero, y el diminuto estudio de la rosaleda rodeada por una cerca donde podíamos encontrarnos mientras la familia estaba oculta en el piso de arriba. Con una adolescente a remolque, nunca me volvería a arriesgar. De pronto mi adolescente me había convertido en una matrona, y no sabía si me gustaba o me molestaba. Los niños no quieren algo, lo quieren todo: el corazón, el alma, los genitales, la MTV, la CNN. (Y encima, por lo general se lo queremos dar.)

– Leí un artículo en una revista, mamá, que dice que siempre hay que hacer cambios en la disposición de los muebles de una casa alquilada. Para darle tu propia personalidad, ya sabes.

Molly se pone a quitar tapetes de debajo de cada planta, cada arreglo de flores secas, guardando todos los tapetes en los cajones del aparador.

Luego dispone unas manzanas en un estante como había visto en una revista de decoración. Después empuja la enorme y espantosa mesa del comedor hacia la pared para que me sirva de mesa de trabajo.

– Puedes escribir aquí, mamá, ¡lo sé! -dice, de pronto convertida en aliada mía, no mi saboteadora. Ella tiene asuntos de los que ocuparse: una villa llena de chicos ingleses y sudafricanos en Vorno, amigas que vienen, su padrastro que le prometió enseñarle a conducir en Italia. («Si una puede conducir en Italia, puede conducir en cualquier parte», dice orgullosamente a una amiga suya por teléfono.) Quiere que su madre escriba ya y deje de meterse en sus cosas. Se ha hecho una especialista en utilizar mis fechas topes de entrega como un modo de librarse de mí, y sin embargo contar conmigo cuando me necesita. La hija de una escritora está llena de infinitos recursos, sin duda es la mejor creación de la escritora.

Ahora Molly es la heroína picaresca, y yo soy Sancho Panza.

Está arreglando la casa para sus amigas, probándose trajes de baño para ponerse en la piscina con los chicos, pensando en el chico que conoció el año pasado en Lucca. ¿Tendrá una vida que no se centre en las relaciones? Lo dudo. Se siente alegre o triste dependiendo de las relaciones apasionadas, tiene fantasías con respecto a los chicos, quiere una casa acogedora a la que llevar a sus enamorados.

Pero recorre la carretera como cualquier heroína picaresca y puede encontrar sin vacilar aeropuertos y autostrade. Recorre los supermercados italianos en menos de una hora. Va con frecuencia a la otra villa, donde están los chicos.

Ahora ha emprendido un viaje picaresco, pero el objetivo de su búsqueda es contar con una casa nueva. Se ha llevado todos mis defectos y los ha convertido en virtudes: yo me siento perdida, ella no. Yo soy apasionada y romántica, mientras ella es pragmática y cínica; yo he vivido para escribir, mientras ella vive para vivir. Me gusta mucho más ella que yo misma.

Unos cuantos días después, he alquilado un jeep, dominado la carretera, acostumbrado a las camas, provisto a la casa de alimentos, recogido a la primera de las amigas de Molly, y estoy sentada viendo alzarse la luna llena, por detrás de los oscuros cipreses. Las hojas de los olivos se estremecen a la luz de la luna. La gata negra que dicen que es medio salvaje y tiene el rabo cortado me salta al regazo, me da un golpecito en la tripa con su hocico puntiagudo, luego apoya la cabeza para que se la acaricie, y se pone a ronronear.

Yo estoy sentada en la mesa de fuera con un cuaderno y una pluma. La luna llena parece que trata de librarse de los cipressi, y pronto se alza por encima de sus puntas y hace un lento y plateado arco en el cielo. Yo sigo sentada, embelesada, con los grillos cantando en mí oídos, mientras la luna se dirige a la colina de enfrente. Miro el reloj y noto que han pasado tres horas. No he escrito ni una línea. En Italia el tiempo siempre gasta este tipo de bromas. La carretera llena de baches y zanjas, las piedras…, quedan olvidadas cuando la luna guía mi ojo por la eternidad.

Enamorada nuevamente del paisaje, disfrutando del verde oscuro, el verde plateado, y los diferentes púrpuras de las uvas y las fresas, comprendo por qué Italia ha atraído siempre a los poetas. La muerte no es un precio demasiado alto que pagar por esta belleza. Me acuesto con la luna llena brillando en mi ventana y todos los hombres a los que he querido en mi carnet de baile soñado, invitándoles a que visiten mi cama. Echo de menos a mi marido, pero sé que es importante que pasemos unas semanas separados todos los veranos. Es un modo de recordar quiénes somos el uno sin el otro. Nos permite tener nuestras propias vidas y fantasías que no siempre coinciden.

A la mañana siguiente, estoy esperando que llegue de Nueva York mi mejor amiga. De pronto llega una llamada asustada desde el aeropuerto de Roma.

– He perdido el avión a Pisa y he alquilado un coche para ir a Lucca. El único problema es que estoy tan débil que no creo que lo pueda conseguir.

– ¿Qué es lo que pasa?

– Estoy sangrando -dice ella, preocupada. Y luego sigue una explosión de estática y nos interrumpen los sádicos que se ocupan (o no se ocupan en absoluto) de la compañía de teléfonos italiana. Paseo en torno a la piscina esperando que el teléfono vuelva a sonar. Saco el teléfono junto a la piscina y lo miro fijamente, esperando que así sonará. Tomo el sol, riego los geranios. Paseo y pienso. Desde que murió el marido de Gerri, me he sentido responsable de ella, aunque no tenga modo de ponerme en contacto con ella si no vuelve a llamar. La imagino conduciendo por la autostrada bajo el sol achicharrante, aunque se sienta demasiado débil para conducir. Seguro que ha alquilado un coche barato sin aire acondicionado. Aunque estuviera enferma, nadie la convencería de que alquilara una limusina con conductor; Gerri presume de su autosuficiencia. El coche que ha alquilado seguro que tiene los frenos defectuosos y el cambio de velocidades en el salpicadero.