/ / Language: Español / Genre:prose_contemporary

Actos De Amor

Elia Kazan

Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

Elia Kazan

Actos De Amor

Título del original inglés, Acts of love

Traducción, Montserrat Solanas

Dedicado a mis hermanos

AVRAAM, GEORGE y JOHN,

que recordarán

1

En agosto, en la costa del golfo de Florida, el calor no disminuye cuando el sol se ha puesto. Se hace más intenso; no hay sombra. La gente se va a la cama dejando las ventanas cerradas.

Costa y Noola Avaliotis dormían en sus habitaciones separadas cuando su hijo, Teddy, llamó desde San Diego.

Costa, de sueño ligero, llegó el primero a la cocina, en donde estaba el teléfono.

– ¿Qué le sucedió a la otra? -preguntó, después de oír la razón por la que su hijo había llamado.

Mientras escuchaba, alcanzó un paño de la cocina y se enjugó la frente y la nuca.

– ¿Cómo llegaré hasta ahí? -preguntó Costa-. ¿De dónde saco el dinero?

Escuchó nuevamente, dirigiendo la mirada hacia el vestíbulo en donde la lámpara que su esposa había encendido proyectaba una línea de luz por debajo de la puerta de su habitación.

– Avión y todo lo demás, Teddy, eso va a ser una cuenta gorda. ¿Dónde lo conseguirás?

La respuesta de su hijo le hizo reír por lo bajo.

– De acuerdo -dijo-, eso es cuenta tuya. De acuerdo, lo pensaré.

Cuando dejó el auricular en el soporte ya estaba completamente despierto. Cruzó el vestíbulo por delante de la puerta del dormitorio de su mujer hasta la puerta frontal de la casa, descorrió el cerrojo «Segal» y abrió la puerta.

El impacto del calor fue como estrellarse contra una pared.

Más arriba, las extremidades plumosas de los pinos de Australia no se movían. El menor indicio de brisa las hubiera agitado. Costa había plantado esos árboles hacía más de veinte años, cuando compró aquel lugar. A través de sus ramas ligeramente cubiertas podía percibir el reflejo del golfo de México al otro lado de la carretera de la costa, podía oír el suave oleaje que desplazaba gentilmente el desperdicio de conchas, las arrastraba de nuevo y las dejaba caer.

Oyó entonces el ruido de las zapatillas que su esposa arrastraba por el vestíbulo.

– ¿Quién ha llamado por teléfono? -preguntó Noola.

– Teddy -respondió Costa.

– ¿Sí? ¿Qué va mal?

– Nada. Ven a la cama. Quiere casarse.

– Bien.

– No es aquélla. Es una nueva. Esta es americana. Quiere que yo vaya a conocerla.

– ¡Oh, Dios mío!

– Me envía dinero.

– ¿Qué pasó con la otra?

Costa se encogió de hombros.

– ¿Cuándo te vas? -preguntó la mujer.

– Aún no me he decidido a ir -respondió Costa.

– Si Teddy manda el dinero -dijo ella-, esto quiere decir que…

– Dzidzidzidzidzi… -dijo Costa.

– Yo cuidaré del almacén, no te preocupes.

– ¿Las oyes? Cigarras. Las mismas de las noches de Kalymnos. Dzidzikia.

Cuando Costa Avaliotis era un muchacho de diez años, su padre lo había traído a Florida desde Kalymnos, una isla del mar Egeo. Ahora, a sus sesenta y dos años, Costa continuaba refiriéndose a Kalymnos como a su hogar.

– Si envía el dinero -insistió Noola-, él ya lo tiene decidido.

– Ha dicho que todo estaba arreglado. -Se volvió, encarando a la mujer.- ¿Por qué no te vas a la cama? -le preguntó.

– Me imagino -comentó Noola- que él cree saber mejor que tú lo que necesita.

– Escogió la primera sin presentárnosla antes. ¿Has visto lo que sucedió?

– Oh, Costa, ahora ya es un hombre crecido, tiene veintitrés años. ¿Qué quieres? Esta vez te pide que vayas a verla. Teddy es un buen chico. Y listo también.

– Listo para otras cosas. No para esto.

Costa volvió la cabeza, mirando a lo lejos, dando por terminada su conversación. Oyó las zapatillas de la mujer arrastrándose por el vestíbulo.

Después de un momento caminó despacio cruzando una abertura en uno de los setos laterales de la entrada de su casa y se acercó al roble gigante pisando por encima de la hierba quemada. Al pie de este viejo árbol, Costa había construido una especie de yacija para el día; se tendió en ella mirando las estrellas perfiladas como diamantes. Las ramas del roble, redondas y pesadas como brazos de robustas matronas, estaban revestidas con musgo de tallo largo.

Volvió la cabeza en dirección de la casa; la luz del dormitorio de Noola se había apagado. Costa recordó que había dejado abierta la puerta de entrada y que los ratones del campo aceptarían la invitación para entrar y procurarse comida. Se levantó, y como si se acercara a un enemigo, entró en la casa con las rodillas rígidas, como las de un perro al acecho.

Un rincón de la habitación al frente de la casa estaba iluminado por una luz suave. En un estante alto había dos iconos de madera y delante de ellos dos lamparillas idénticas de aceite que quemaban día y noche, sus pequeñas lenguas rojas inmóviles sin ningún estremecimiento. Las figuras sagradas eran de san Nicolás que protege a los marineros, si son griegos y de la fe ortodoxa, y María, sosteniendo el cuerpo de su hijo crucificado. Las pinturas se habían oscurecido por los años y el humo del aceite, pero brillaban, y las pequeñas luces reflejaban la sangre de las vestiduras sagradas y el oro de la divinidad que rodeaba a los ángeles asistentes.

Debajo de los iconos estaba el gran aparato de televisión de Avaliotis. Aquel verano, La ley del revólver y Kung Fu estaban en boga. Costa lo conectó. Únicamente noticias, todas de Washington. Costa desconectó el aparato, pasó frente a los santos y se acercó al rincón opuesto de la habitación en donde había dos fotografías tomadas en un mismo paisaje. La primera era de su padre, un capitán, a juzgar por su traje y su postura, al timón de un pesquero de esponjas: el Eleni. A su lado se hallaba su hijo, el propio Costa, en pleno apogeo a sus veinticuatro años. Todo el cuerpo de Costa, con excepción de la cabeza, estaba cubierto por un traje de buceo. En el ángulo formado por su brazo derecho doblado, sostenía, como un antiguo guerrero, el casco que suelen utilizar los buceadores. El interés mutuo, la interdependencia de padre e hijo, era completa. Detrás de ellos, tendidas para el secado, había largas ristras de esponjas; una pesca extraordinaria. Costa recordaba aquel día.

Junto a esta fotografía, otra representaba la misma escena veinticinco años después. El viejo capitán Theo había desaparecido, y Costa estaba de pie junto al timón en su lugar. A su lado había un chico de doce años, Teddy. El brazo de Costa rodeaba los hombros del muchacho, pero la historia era diferente, el espíritu no era el mismo. Dos semanas después de haber sido hecha esta fotografía, Costa vendió el Eleni. La marea roja no le dio ninguna alternativa.

Para algunos hombres el pedir ayuda es una indignidad, aunque sea a los muertos. Costa, de pie frente a esas fotografías, se parecía más a un combatiente que a un suplicante. Con los pies bien plantados como los de un boxeador, encogía los hombros y hundía la cabeza. Pero el hecho real era que Costa escudriñaba en el rostro de su padre. Y lo que recordaba era lo que él mismo había repetido con tanta frecuencia:

– Mi padre siempre sabe lo que está bien.

Sumergido en una especie de ensueño, siguió de pie frente a esos monumentos de su pasado, esperando una señal.

Costa no era un hombre alto, pero tenía amplios y musculosos hombros, desarrollados a causa de su oficio. Ahora, aunque más redondos y más suaves, conservaban todavía bastante de su antigua potencia. Sus caderas estaban precisamente en la mitad de su altura, reduciéndose en esa parte a la mitad la anchura de su cuerpo. Costa llevaba los pantalones muy bajos.

A sus sesenta y dos años, poseía una bella cabellera negra. Su bigote era semejante al del viejo guerrero, dando sombra a unos labios gruesos y alargándose más allá de las comisuras para terminar en un rizo. Sus cejas, igualmente pobladas, se precipitaban al encuentro por encima de su nariz, confiriendo a su rostro una singular expresión, que a menudo era como un aviso de que su paciencia estaba siendo puesta peligrosamente a prueba.

Sus ojos, que habían escudriñado la superficie del mar durante tantas horas y durante tantísimos largos años, eran negros como la tinta negra, y no de ese color suave castaño. También ellos parecían hablar de suspicacia o advertir que se estaban aproximando a un juicio que en caso de ser desfavorable podía desatar una gran reserva de ira. Costa no era un hombre amigable. Cuando ofrecía su amistad, eso constituía un honor.

Hubiera podido ser un bandido o un revolucionario, llevando la vida del exiliado en lo alto de una montaña. Pero lo que había sido, en sus mejores tiempos, fue uno de los componentes de un escogido grupo de pescadores de esponjas que buceaban en el río Anclote. Cuando la marea roja mató la esponja, se convirtió en comerciante. Su tienda, «Las 3 Bes» (Anzuelo, Botes y Cerveza) [1] estaba lejos del lugar en donde la flota pesquera de esponjas se había refugiado en las buenas épocas, al otro lado del río y al oeste hacia el extremo del golfo.

Sin embargo, nunca perdió la autoridad que los capitanes del mar adquieren: en su compañía, uno se sentía completamente seguro. Costa sólo reconocía una fuerza con la que no podía competir: la misteriosa voluntad del Señor.

– La única cosa que pido a ese chico -Costa decía a su esposa a la mañana siguiente- es que se casara con una de los nuestros, una chica limpia.

– Se te están enfriando los huevos -dijo Noola.

Aun en el desayuno, la cocina desprendía olor a aceite de oliva y ajo.

Noola no comía hasta que su marido había terminado. Sentada al borde de la otra silla de la cocina, como una gallinita griega, mantenía la mirada fija en su marido para asegurarse de que él tenía lo que necesitaba en el momento en que lo necesitaba. Noola había crecido en un ghetto griego de la clase media en Astoria, Queens, un distrito de la ciudad de Nueva York, y éste era el ejemplo que había recibido de su madre.

– Será conveniente que vayas -dijo.

– Aún no he decidido si voy a ir -respondió Costa, dando golpecitos con el índice en su taza vacía, ordenando-. Hazme un favor, no trates de decidir por mí.

– Después de todos estos años -dijo Noola-. ¡Bobo!

Dejando el tema, se acercó al fogón, con sus zapatillas de dormitorio que utilizaba igualmente durante el día y la noche.

– Cuál será el problema, eso es lo que estoy pensando -dijo Costa-. De acuerdo, eres un hombre joven y necesitas una mujer. Así que te vas, como nosotros solíamos hacer, a Tampa, a Ybor City, encuentras una mujer, solucionas el asunto y vuelves a casa. ¿Cuál es el problema?

– Si envía dinero -dijo Noola- es que debe de estar enamorado.

– El amor sólo está en las películas.

– Estoy pensando todavía qué ocurriría entre ellos, con la otra -dijo Noola mientras llenaba de café la taza de Costa.

Teddy les había enviado la fotografía de la chica rechazada hacia algunos meses. Estaba en el aparador junto al bote del azúcar. Ambos se volvieron y miraron la chica, una princesa griega con cabello hasta la cintura. No la habían conocido, pero Costa le había dado instrucciones en conferencia telefónica sobre algunos puntos esenciales.

– Teddy es un chico tranquilo -le había dicho-. Le gusta la vida familiar, la buena cocina, etcétera. ¿Me oyes bien? La vida familiar -había gritado Costa-. Tú ya sabes lo que quiero decir. Nada de clubs ni vida nocturna.

Costa no podía recordar cuál fue la respuesta de ella, pero, al parecer, su consejo no había sido efectivo. Al cabo de poco tiempo Teddy hablaba de ella como de «esa bruja griega de la sociedad» y algunas veces como de «esa viciosa de la hierba».

– Sé lo que sucedió -dijo Costa-. ¡Demasiadas fiestas! Hijas de Penélope, Philophtocos, Ahepa, tú, tú heppa me, bailando al estilo americano, bingo, Dios sabe qué tipo de asuntos de sociedad. Con una mirada yo le habría dicho: ¡vigila! Tanto peor. Su padre, creo, es un hombre rico.

– Supongo que Teddy no la amaría de verdad -dijo Noola.

– No, no, no -dijo Costa-. Mucha gente se casa sin eso. Como yo contigo. Cuando nos casamos no nos amábamos. ¿Te acuerdas?

– Seguro -dijo Noola-, no nos queríamos uno al otro. No es como ahora.

– Eso sucede despacio, de una manera conveniente. Tú me diste un hijo y yo vi lo que tú eras, una buena mujer, así que aprendí a amarte.

– Bueno, de todos modos -dijo Noola- me satisface que vayas.

– Te he dicho que aún no me he decidido -dijo Costa-. ¿Qué es lo que te pasa hoy?

Se levantó y se alejó de la mesa.

– Yo sólo he dicho algo -Noola le gritó mientras él se iba-, porque si él manda dinero, esto quiere decir que él realmente…

Al fondo del vestíbulo, Costa había cerrado una puerta.

Pocos minutos después, mientras Noola tomaba su café, sola en la cocina, ella le oyó decir:

– Noola, plánchame el traje.

Noola lo encontró en el cuarto de baño, afeitándose.

– Ya que te preocupas tanto -dijo Costa-, será mejor que vaya. Haz mi equipaje. ¿Tienes una camisa limpia?

Cuando llamaron desde «Western Union» para informar a Costa de que el dinero había llegado, Costa ya estaba dispuesto, vestido con su traje de pelo de camello negro, una camisa blanca, de cuello y puños almidonados, y una corbata color castaño. Caminó, llevando su maleta y sudando copiosamente, desde su casa en Mangrove Still, un grupo esparcido de tiendas y casas, hasta cerca de Tarpon Spring, el centro de la comunidad griega de Florida, en donde hizo efectiva la orden monetaria.

No había mirado el horario de vuelos al Oeste, suponiendo que un avión estaría esperándolo cuando su autobús llegara al aeropuerto de Tampa. Costa creía en el destino. El avión estaba allí, tal como Costa había confiado y telegrafió a su hijo para que fuese a esperarlo.

Pidió un asiento de pasillo, se sentó erguido con rigidez, mirando hacia delante, como si él tuviera a su cargo la seguridad de los pasajeros del avión. Cuando le ofrecieron el almuerzo, rechazó la interrupción con la mano. Más tarde, el hombre que estaba en el asiento de la ventanilla, junto a Costa, inició un largo debate con otro hombre al otro lado del pasillo, respecto a si el presidente debía o no dimitir. No se ponían de acuerdo, distanciados. Costa no mostró ningún interés. Por simple curiosidad, su vecino le preguntó:

– ¿Y qué piensa usted de todo esto, señor?

– Yo tengo mis propios problemas -respondió Costa.

Teddy Avaliotis era suboficial en el Centro de Entrenamiento Naval de San Diego. Cuando hubo completado su entrenamiento en el centro decidió seguir en él aceptando la tarea de mantener y operar el mecanismo de vídeo que se utilizaba en la instrucción de los reclutas. Era muy respetado.

Teddy se reunió con su padre en el aeropuerto de San Diego, de estilo misional, esperándolo en la puerta central. Le quitó la maleta y le besó.

– He hecho preparar tu cuarto, papá -le dijo- en la posada al otro lado de la calle frente a la base, ¿de acuerdo?

– ¿Es un lugar limpio? -preguntó Costa.

– Espera a verlo. Te gustará.

Teddy observó que su padre había envejecido, o ¿sería a causa del largo viaje?

– Tienes un aspecto fantástico, papá -le dijo-. ¿Te encuentras bien?

– Así lo espero -respondió Costa.

– La conocerás a la hora de comer. Hay un restaurante llamado el «Fish Factory», que sirve caracoles marinos; ella adora esos caracoles. Y tú vas a quererla a ella. -Pasó el brazo alrededor de los hombros de su padre y apretó. – Estoy deseando veros juntos.

– Estoy seguro -dijo Costa-. Pero no será hoy. Nada de cena, etcétera, esta noche.

– Ella está ansiosa por conocerte, papá. Está esperando el momento.

– Esta noche hablaremos tú y yo. Mañana, quizá.

– Muy bien, papá -dijo Teddy-. Así que ella tendrá que esperar un poco más, ¿no es verdad?

El camino requería unos diez minutos de recorrido en auto hasta la base, a lo largo del borde de la península. El agua de la bahía centelleaba como agua gaseosa.

– Papá, ¿ves ese enorme portaaviones ahí fuera? El Coral Sea. ¿Lo ves? San Diego es la ciudad más bonita del país; todo el mundo lo dice.

– Muy bonito, muy bonito -dijo Costa-. ¿De dónde has sacado este auto?

– La Marina me lo ha dado. Ellos me lo regalan todo. -Teddy se echó a reír.- ¿Cómo está mamá? Dile que aprecio de verdad esos brownies [2] y ese halvah que me envía. ¡Qué mujer! ¿De dónde la sacaste?

– Es una buena mujer.

– Yo también he encontrado una buena mujer. Ya verás cuando la conozcas. Ya verás papá, voy a convertirla en una buena griega.

– ¿Te escucha cuando hablas, muchacho? Respóndeme esto únicamente. Porque las chicas norteamericanas a veces… Esta chica, ¿escucha lo que le dices?

– Como si se tratara de la ley. Que es lo que soy para ella. ¡Mira! Esa es la entrada a la base. Y allí está tu posada. Mañana te enseñaré el lugar.

Por los pasillos de la posada se respiraba un fuerte perfume.

– Esto huele como un burdel cubano – comentó Costa cuando Teddy le acompañaba a su habitación; abrieron todas las ventanas. Mientras su padre se acomodaba, Teddy llamó a su novia y le dijo que la cena se había suprimido-. Mañana -añadió.

Cuando ella dijo que se sentía muy desilusionada, Teddy le explicó que su padre estaba cansado y estaría de mejor humor a la noche siguiente.

– Tal como te dije -añadió- esto va a requerir algún tiempo.

– ¿El conocerlo?

– No, el llegar realmente hasta él. Es muy… sabes… al estilo viejo mundo. No podrás creer que aún exista ese tipo de persona.

– Bueno, estoy segura que voy a gustarle.

– Si me gustas a mí, le gustarás a él. No te preocupes. Me he pasado la vida estudiando el manual de instrucciones que me llegó con ese viejo bribón. Puedo decirte lo que va a hacer mucho antes de que ni él mismo lo sepa. Duerme bien para que mañana estés realmente linda. Le gustan las chicas con buen aspecto.

Después que Teddy y su padre hubieron cenado con vituallas de la base, Costa anunció:

– Hablaremos mañana. Ahora voy a ir a casa, a rogar a Dios que me ayude a comprender esta situación. Después a dormir. Necesitaré de toda mi fuerza.

Teddy le acompañó hasta su cuarto, y después llamó nuevamente a su novia.

– Sólo estoy haciendo una comprobación -dijo-. Compruebo que no hayas salido con algún otro. -Se echó a reír.

– ¿Es que algo va mal? -preguntó ella-. Estoy preocupada.

– No, ya se ha ido a la cama. El cansancio del avión. Se está haciendo viejo. Ahora está rezando. No solía hacerlo, al menos yo no lo sabía. Todos los griegos comienzan como ateos y a medida que se hacen viejos se vuelven religiosos y rezan para que Dios los ayude a salir de cada condenada crisis. Y no es que esto sea una crisis.

– Me ha puesto nerviosa, Teddy.

– Tranquilízate. Si se presenta gruñón, recuerda que estás conmigo. No voy a dejar que te suceda nada malo. Ahora, ve… a la cama.

Le envió un beso de buenas noches por teléfono y regresó a la base, sentándose a jugar al Dearler's Choice, que dejó al cabo de una hora, con excusas, con una ganancia de noventa y un dólares.

Por la mañana Teddy rechazó el equipo habitual para atender la clase y estuvo corno espectador durante la instrucción. Después se encontró con su padre, al que acompañó por toda la base para enseñarle las instalaciones. Ninguno de los dos mencionó el asunto que se agitaba en sus mentes. Estuvieron contemplando una clase de manejo del pasador náutico. El viejo dijo que deseaba ver la flota pesquera de atún -la había visto en la televisión- y así lo hicieron. Volvieron después a la base para un lunch en «La Cantina», servicio de rancho con decoración latina.

A Teddy no le pasaba inadvertido que su padre estaba orgulloso de él; y se mostraba de acuerdo. Cada vez que pasaban al lado de gente conocida de Teddy, éste les hablaba con voz de mando y cuando habían pasado, seguía dirigiéndose a su padre en el tono deferente adecuado.

¿Por qué no había de estar Costa orgulloso de su hijo? Físicamente, Teddy era perfecto; combinaba de un modo inexplicable la reciedumbre y fortaleza de su padre con la delicadeza de su madre. No daba la impresión de ser alto, fuerte y musculoso, aunque era esas tres cosas. Teddy se mantenía en perfecta forma con el ejercicio diario. Y tenía un aspecto formidable con su uniforme de la Marina azul.

Pero su atractivo auténtico no residía en su apariencia, o su nariz fina, o sus ojos profundos o la curva de su frente bajo los rizos mediterráneos. Estaba en la impresión que daba de ser un hombre capaz de manejar cualquier situación. Esto era lo que lo hacía irresistible ante cualquier mujer que se decidiera a cortejar.

Esto era también lo que Costa tenía, esa misma seguridad. Teddy recordaba un incidente de su infancia. Había salido en la embarcación de su padre y una tempestad repentina levantó una mar gruesa. Los marineros de la tripulación griega, algunos de los cuales no sabían nadar, se inquietaron. Costa dijo:

– Recordad que estáis conmigo.

Hasta el mar se había calmado. Teddy tenía solamente diez años, pero nunca olvidó ese día ni las palabras de Costa:

– Recordad que estáis conmigo.

– Esta noche, papá -preguntó cuando habían pasado otra hora observando ejercicios- ¿podremos…?

– Esta noche yo te invito a cenar.

– Entonces es mejor que la llame en seguida -dijo Teddy-. Está esperando que le dé las instrucciones para hoy. Es una buena chica, papá.

– Esta noche, sólo tú y yo, hemos de hablar.

– Pero, papá, ella está tan ansiosa por conocerte.

– Ya llegará el momento -dijo Costa-. La noche pasada rogué a Dios para que me ayudara a entender la situación. Hoy rezaré otra vez. Pero primero quiero hablar contigo. Todavía no hemos hablado.

– Muy bien -dijo Teddy. Señaló una cabina telefónica-. Dispénsame.

Ella no estaba en casa.

– Me ha encargado te dijera que regresaría dentro de veinte minutos -le dijo a Teddy la compañera de su cuarto. Y añadió-: Parece un poco preocupada.

– Está muy preocupada -dijo Teddy a su padre-. Se ha puesto a llorar al teléfono.

– ¿Por qué?, hijo mío… ¿Cuál es el problema?

– Ella no comprende por qué no quieres conocerla. «¿Es que algo no está bien?», me preguntaba una y otra vez. Significa tanto para ella tu opinión…

– Bueno, en este caso, qué demonios, la llevamos con nosotros esta noche.

– Démosle oportunidad de que se tranquilice un poco, y la llamaré otra vez por teléfono. ¿Tomamos una taza de café?

– Café no. Te invito a un trago. En alguna parte por aquí cerca debe de haber un bar.

– ¿Qué es lo que quieres decir, en alguna parte? ¡Esta es una Marina moderna, papá! Iremos al «Ship's Bell», aquí mismo en la base.

Estaba lleno de marineros que habían comenzado temprano a ingerir su cerveza. Su comandante en jefe había dejado el servicio aquella mañana, pero a sus hombres no parecía importarles y los pocos que comentaban el acontecimiento lo hacían sin ningún sentido de pérdida, incluso con cieña frivolidad.

– ¡Lo que este país necesita es un rey judío! -oyeron que alguien decía cuando Teddy encontró una mesa en un rincón.

– Bien, papá -dijo Teddy después de haber pedido las bebidas-. Quieres hablar, pues hablemos.

– ¿Es una chica limpia? -fue la primera pregunta que Costa le hizo.

– Con una simple mirada tendrás tu respuesta -dijo Teddy.

Costa se sintió mejor cuando Teddy le contó que ella era estudiante de enfermería y su padre médico. Creyendo que causaría buena impresión, Teddy elogió la inteligencia de su enamorada.

– ¿Sabe cocinar? -preguntó Costa.

– Va a aprender más que de prisa -dijo Teddy-. La hago llevar un librito de notas con recetas étnicas. Las recorta de las revistas.

– Yo no soy un tipo de griego anticuado -dijo Costa-. Si estuviera mi padre en mi lugar tú ya no presentarías ningún problema. El te diría directamente: «Una chica norteamericana, para el placer; una chica griega, para formar familia.» Tu abuelo, vino a este país totalmente solo. Cuando tuvo dinero y una embarcación propia, supo que había llegado el momento de buscar esposa.

– Lo sé, papá, lo sé.

– Regresó a Kalymnos, escogió a tu abuela. Creía en la sangre. Y yo también. Pero menos. Para tu madre yo sólo fui hasta Asteria, Queens. Por ello la noche pasada rogué a Dios que me ayudara a comprender tu problema. Sin plegaria, y mi creencia en ella, no hubiera venido aquí. En conferencia telefónica es fácil decir que no. Y ahora, cuando te pregunto ¿sabe cocinar?, tú tendrás una idea, espero, de que yo soy un padre con el que puedes hablar, ¿verdad?

– Sé todo eso, papá. Mira, quizás es mejor que te afeites antes de que vayamos a buscarla.

– Otra cosa más, Teddy, y después nos vamos. Ve, que te den la cuenta.

– ¿Qué cosa más?

– Quiero que mi nieto tenga mi nombre. ¿Es posible eso?

– Sólo dime cuándo quieres la entrega -dijo Teddy.

– Eres mi único hijo. Yo nunca lo olvido. Espero que tú tampoco.

– ¿Cómo podría olvidarlo, papá, mientras tú estés por ahí? ¿Te parece bien que ahora la llame y le diga que la recogeremos para ir a cenar?

– ¿Por qué no? -aprobó Costa-. ¿Por qué crees que he venido hasta aquí? No tengo mucho tiempo. Tu madre, pobrecilla, está totalmente sola en la tienda.

Teddy tuvo que esperar que su novia viniera al teléfono. En el muro, junto a la cabina, había un antiguo póster de una bonita joven. Junto a ella la frase: «Eh… quisiera ser un hombre. Me enrolaría en la Marina.»

– Lo he puesto de muy buen humor -dijo Teddy a su novia-. ¿Sabes? También él está un poco nervioso… ¿Por qué? Por conocerte… ¡De verdad! Dime qué vas a ponerte.

Ella le comunicó las posibilidades.

– Lleva el azul -dijo Teddy- con manga larga.

A la caída de la tarde, los dos Avaliotis se dirigieron en auto hacia el distrito suburbano en donde ella vivía en una gran casa con seis chicas más. El salón, de viejo estilo, casi no tenía mobiliario. Por el piso había esparcidos grandes cojines y almohadones y las chicas y sus amigos estaban recostados en ellos.

A Costa no le gustó el aspecto de ese lugar, ni los que en él estaban. Ninguna de las chicas se levantó para ofrecerle un café o un vaso de agua fría. El tocadiscos de alta fidelidad dejó caer otro disco en el eje, tan estruendoso como el anterior.

– La mayoría son enfermeras -dijo Teddy.

Costa, a pesar de ello, no se impresionó.

Ella apareció entonces, bajando la escalera, vestida de azul y llevando sus mejores pendientes de turquesa que hacían juego con sus ojos. Su cabello, recién lavado, era de una belleza poco común, y de tono dorado.

Un tanto a favor de ella. A Costa el azul le inspiraba confianza. Era el color celestial, el color de la Hélade, el color de la pureza femenina, el color que usan los bebés del sexo masculino.

Ella besó a Teddy, y después, ruborizándose, le estrechó la mano a Costa. La mano de ella era frágil, de pequeña estructura ósea.

Un punto en contra de la chica: algo de su figura inquietó a Costa. Sus piernas eran demasiado delgadas del principio al final. Una griega conveniente candidata para esposa debería ser ancha de caderas incluso antes de quedar embarazada, pero su pecho debería ser abundante -como era el de esta chica, sin duda- sólo después.

Costa miró entonces el rostro de ella. Le recordó… no sabría qué: quizás algunas pequeñas criaturas del mar que había visto, seres transparentes y sin protección, cuyo modo de vida era navegar con la corriente, cualquiera que fuese su dirección.

– Papá -dijo Teddy- ésta es Kitten. [3]

– Ethel -dijo ella.

– No le gusta su apodo -rió Teddy-. Únicamente lo ha tenido durante… ¿cuántos años? ¿Diez?

– Estoy muy contenta por conocerlo -dijo ella al anciano-. Finalmente.

Se ruborizó de nuevo, como si se hubiese mostrado demasiado atrevida, o quizá porque Costa estaba observándola con tanta gravedad. En su sonrojo se volvió hacia Teddy, y de nuevo hacia Costa.

– También yo estoy contento, señorita -le dijo Costa-. ¿Cómo puedo llamarla?

– Me llamo Ethel. Ethel Laffey.

– Pues Ethel.

– Tampoco me gusta Ethel. Fue idea de mi madre. Nunca supe el porqué.

– Bueno -dijo Costa-, ¿cuál de ellos…?

– ¿Te disgusta menos? -preguntó Teddy riéndose.

– Kit, creo -dijo Ethel-. Así me llaman todos, Kit. Desde el instituto. O Ethel. Me da lo mismo -concluyó sacudiendo la cabeza y haciendo unos ruiditos de autodesaprobación-. ¡Qué tontería! -añadió-. ¡Qué tonta! Lo que quiero decir es que me llame usted como quiera porque estoy muy contenta de conocerlo, míster Avaliotis.

Costa sonrió a su hijo.

– ¡La has enseñado muy bien a pronunciar mi nombre!

– Ha estado practicando -dijo Teddy.

– ¿Lo pronuncio bien? -preguntó Ethel-. ¿Avaliotis?

– Muy bien -la premió el viejo.

La música alcanzó un tono tan alto que hizo la conversación imposible y Costa tuvo tiempo para advertirse que no debía desviarse del cuidadoso juicio que había venido aquí a formular. Podía constatar que Teddy estaba embobado con la chica, pero quedaban algunas preguntas que él tenía que hacer y algunas respuestas que debía oír.

Indicó el ruidoso tocadiscos con un gesto perentorio, avisando a Ethel que si ella no hacía algo al respecto lo haría él.

Rápidamente Ethel acompañó a los dos hombres hasta el rincón más alejado del tocadiscos que la habitación permitía. Había una butaca para Costa. Ella y Teddy se sentaron en el suelo. Costa tenía las preguntas preparadas y no estaba dispuesto a perder el tiempo.

– Cómo conociste a Ethel, cuéntamelo -preguntó con una sonrisa para demostrar su tolerancia.

– Nos conocimos en un baile -Ethel cogió la mano de Teddy.

– Qué clase… ¡Cierre esa condenada música! -exclamó Costa.

Ethel se levantó de un salto y se apresuró hasta el otro extremo de la habitación.

– ¿Por qué camina de ese modo? -susurró Costa a su hijo.

– ¿De qué modo? -preguntó Teddy.

– Como de puntillas y de esta manera -demostró Costa balanceando los hombros.

Teddy nunca se había fijado en el modo de caminar de Ethel.

– ¿Te gusta, papá? -murmuró.

Mientras hablaba con las chicas que estaban alrededor del tocadiscos, erguida e inmóvil, Ethel parecía balancearse. Sus pies y tobillos, delicadamente torneados, sus largas piernas delgadas que se unían en las rodillas -un beso antes de partir- parecían un soporte inadecuado para el torso de una mujer madura, hasta voluptuosa. También su cabeza, por su largo cuello, parecía en desequilibrio. Toda su persona sugería un tulipán doblándose por la brisa.

– ¿Qué color tiene su cabello? -estaba preguntando el padre.

– Algunas veces me parece que es rojo -dijo Teddy-. Y después, bajo otra luz es dorado. Sinceramente no lo sé. Pero es bonito, ¿no lo crees?

El tono de la música se redujo a un nivel de compromiso y Ethel se reunió con sus hombres. Estaba ansiosa y tensa, pero sus ojos eran firmes, fragmentos de suave terciopelo azul, en contraste con su cabello y con sus mejillas enrojecidas.

– ¿Qué estabais diciendo sobre mí? -preguntó al regresar.

– Le gusta tu pelo -dijo Teddy.

– Muy bonito, muy bonito. Ahora, dígame -dijo Costa-. ¿Qué clase de baile? ¿Dónde os conocisteis?

– ¡Oh! -Ethel ofreció su mejor sonrisa de gatita-. ¿Dónde fue, Teddy? -preguntó, sentándose en el suelo junto a él y colocando su mano en la de Teddy como antes.

Las venas de la mano de Ethel eran visibles como los nervios de una hoja.

– Ya sabes en dónde, cariño -respondió Teddy-. Fue en el baile de los reclutas, papá. Donde cenamos la noche pasada. La noche del diezmo… nos conocimos la noche del diezmo.

– Muy bonito -dijo Costa. Se volvió de nuevo hacia la muchacha en tela de juicio -. ¿Por qué no vive con sus padres? -preguntó-. ¿Dónde viven sus padres?

Ethel no respondió inmediatamente. Comenzaba a preguntarse qué era lo que el viejo estaba intentando descubrir realmente. Fue Teddy el que respondió:

– Viven en Tucson, Arizona, papá.

– ¿Y por qué no vive también ella en Arizona? -preguntó Costa a su hijo-. Es un bello lugar. Vi una revista en el avión. -Se volvió hacia Ethel.- ¿Quizá se peleó con su padre o con su madre?

– Nada de eso -dijo Ethel-. Vivo aquí adiestrándome para ser una enfermera.

– Y su padre, ¿qué dice? -Costa indicó a su hijo.

– Todavía no ha conocido a Teddy. Dice que soy yo quien debo decidir.

– ¿Es que no se preocupa de con quién usted…?

– Naturalmente que se preocupa, míster Ava… -Ethel titubeó en la pronunciación y se detuvo:- Avaliotis.

– Después de todo, papá – dijo Teddy-, yo voy a casarme con Ethel, no con su padre.

– Primeramente todos hemos de conocernos -dijo Costa a su hijo-. Esto es un asunto familiar.

– Por este motivo he estado tan ansiosa por conocerlo -dijo Ethel.

– La familia es importante para los griegos – Costa parecía que estaba riñendo a Teddy en este momento-. La sangre, ¿lo entiendes, hijo? Continuar la tradición de la familia. Sangre limpia, ¿entiendes? -Miró intencionadamente a la chica.

– Teddy y yo deseamos más que nada una familia -dijo ella.

Costa vio que le relucían los ojos al decirlo, y la creyó. Prosiguió con la siguiente consideración.

– ¿Ha tenido un novio antes? ¿Otros novios?

Ethel dejó caer la cabeza como si de repente estuviera muy cansada. La levantó después mirando a Teddy y sonrió levemente.

– Cuéntale lo que me contaste a mí -dijo Teddy-. No tengas miedo.

– Sí, lo tuve -dijo Ethel haciendo un visible esfuerzo-. Antes de conocer a Teddy yo tenía una especie de compromiso.

– ¿Qué quiere decir con eso de «una especie de…»? -preguntó Costa.

– Bueno, quiero decir… -Ethel se volvió hacia Teddy.- No sé cómo explicarlo.

– Dile la verdad -le dijo Teddy.

Costa esperaba.

– Excusadme -dijo Ethel levantándose-. Tengo un ligero dolor de cabeza. He estado tan nerviosa todo el día por conocerlo, míster Avaliotis. Subiré en un momento y me tomaré un par de «Bufferins».

Cuando Ethel hubo desaparecido escalera arriba, Costa dijo:

– Está nerviosa.

– Quizás es mejor que lo dejes correr, papá -dijo Teddy-. Ya basta por ahora.

– Muy bien muchacho -dijo Costa-. Vamos a comer. -Miró al otro lado de la habitación.- Esa condenada música pone nervioso a todo el mundo.

Ethel regresaba en aquel momento y Teddy se dio cuenta de lo que su padre había querido decir: ella andaba un poco de puntillas, alzando los talones, la expresión corporal de su esperanza de pasar inadvertida.

– ¿Se encuentra mejor, miss Ethel? -preguntó Costa.

– Lo estaré dentro de unos minutos -respondió ella.

– Demasiadas preguntas, lo sé. Vamos, iremos a comer. Tengo apetito.

– No; quiero responder a su pregunta. -Ethel se arrodilló en el suelo, frente al viejo, y colocó las manos en las rodillas de Costa. Su rostro era como el de una niña confesando algo difícil.- Ya que me lo ha preguntado, ese otro muchacho y yo casi habíamos decidido llegar a un compromiso. Sucedió en Tucson. Entonces conocí a Teddy. Afortunadamente.

– ¿Eso es todo? -preguntó Costa.

– Sí, quiero decir… ¿Qué es lo que desea saber, míster Avaliotis?

– Casi comprometidos… ¿Qué significa?

– Teddy también estaba comprometido antes de que nos conociéramos. Usted ya sabe eso -dijo Ethel-. Y por lo que Teddy me cuenta, antes de eso Teddy tuvo sus experiencias.

– Mi padre ya sabe eso, Kit -dijo Teddy.

– Teddy es un hombre -dijo Costa a Ethel-. ¿Qué esperaba usted?

– Supongo que lo que estoy intentando contarle es que ninguno de los dos tiene lo que usted llamaría la pureza del lirio. ¿Es eso lo que usted quería saber?

Costa bajó los ojos. Todos permanecieron silenciosos un momento. Ethel se sentó sobre los talones y miró a Teddy. El chico observaba a su padre mientras éste digería la información que acababa de obtener.

Costa habló a continuación.

– Con el hombre, ¿comprende?, esto es diferente. No se puede contener. Si lo hace, se pone enfermo.

Ethel miró a Teddy, con expresión de franca inocencia en el rostro.

– No lo sabía -dijo-. ¿Es verdad eso, Teddy? ¿Te pones enfermo si…?

– Acabo de decírselo, miss Ethel -interpuso Costa-. ¡Sí!

– Vayamos a cenar -dijo Teddy.

Pero nadie se levantó. Hubo un silencio mientras cada uno de los tres intentaba comprender qué había sucedido.

Costa rompió la tensión.

– ¿Conoce usted el nombre de mi chico? -preguntó.

– ¿Quiere decir… Teddy?

– Su auténtico nombre. ¿Nombre griego?

– Theophilactos.

– ¿Qué significa?

– Guarda de Dios. ¿No es eso lo que me dijiste, Teddy?

– ¡Error! ¿Qué clase de protección necesita Dios? Significa Siguiendo a Dios. Yo crié a este chico como era conveniente; él siempre ha seguido el camino de Dios… ¿no es así, Teddy?

– No siempre, papá -dijo Teddy.

– No quiero oír hablar de la otra -dijo Costa.

Todos sonrieron. Costa lo había soltado como un chiste.

– Vamos, vamos a comer. -Costa se levantó.- Hay un lugar aquí, me ha dicho un pajarito, donde tienen caracoles marinos frescos. Me gustan los caracoles. ¿Y a usted, miss Ethel?

– Sí me gustan. Pero, con toda franqueza, no me siento demasiado bien. Creo que sería mejor que me tomara una sopa y me fuera a la cama.

– No, no, no -dijo Costa-. No habrá más preguntas, ¡palabra! Vamos, jovencita. No soy tan malo. Anticuado, seguro, algunas veces condenadamente estúpido, pero hay algo seguro… mi familia lo es todo para mí, ¿comprende? Sólo tengo un hijo, este muchacho de aquí.

– Ya basta, papá -interrumpió Teddy.

– Y quiero un nieto con mi nombre antes de morir.

– Papá, quieres callar un poco, por favor.

Súbitamente. Costa dio un golpe en mitad de la espalda de Teddy con la mano abierta, y sus brazos fuertes siguieron la dirección del antebrazo con la fuerza adquirida por la mucha experiencia.

Teddy, perdiendo el equilibrio, lo aceptó con una sonrisa.

– Un tipo fuerte -dijo a Ethel.

Ethel pensó, ¿estaría Costa enojado con Teddy, o con ella?

Cuando entraron en el auto de Teddy, Costa ya se había tranquilizado.

– El chico tiene razón -dijo mientras la ayudaba a instalarse en el asiento frontal y se deslizaba junto a ella-. Se acabaron hoy las preguntas. Desde ahora, hoy sólo habrá diversión.

Antes de cenar, Costa tomó un par de tragos, y con el plato principal se tomó un doble, y en lugar de tarta de lima pidió coñac que comparó desfavorablemente con el «Metaxa». Pero lo mantuvo excitado y pronto comenzó a envanecerse.

– En aquellos días -dijo a Ethel que había permanecido silenciosa durante toda la cena- eran griegos contra conks. ¿Adivináis quién ganó?

– Los griegos naturalmente -dijo Teddy a Ethel.

– Exacto -dijo Costa-. ¿Qué sucede jovencita? No dice palabra.

– Ella es así algunas veces, papá.

Costa cogió la mejilla de Ethel entre los nudillos de sus dedos índice y del medio, y la zarandeó.

– Una chica condenadamente bonita -dijo -, sobre todo después de un par de tragos.

Ethel retiró su mejilla.

– Tiene dolor de cabeza, papá -dijo Teddy.

– No importa, no importa, no es nada. ¿Qué estaba diciendo? Ah, los conks… a lo mejor los conocéis por crackers. La gente de allí, en Key West, al sur de Florida. Enfadados porque nosotros trabajábamos en sus aguas, conseguíamos más esponjas que ellos. Ellos son vlax. ¿Sabe usted lo que significa vlax, jovencita?

– ¿Cómo podría ella saber eso, papá?

– Patanes. Estúpidos. Como asnos.

– Papá, los de la mesa de al lado están escuchando.

– Muy bien, hablaré bajito -murmuró-. Pues, una noche en Port Everglade… Ethel, ¿me oye bien?

– Oh, sí.

– Teddy era un bebé todavía, tres años. Nunca ha oído esta historia.

– La he oído diez veces, papá.

– Pues la escuchas diez veces más -dijo Costa-. Y estáte quieto cuando habla tu padre. También el maldito camarero melenudo que traiga aquí otro infame coñac.

Teddy buscó al camarero.

– Nosotros sentados, Ethel, ¡escucha!, en ese bar conk. Yo siempre encuentro un bar enemigo en donde beber. Y sus mujeres. Hice mis esclavas de esas perras cracker. Ellas esperan que llegue mi bote, y que yo… ya sabe. No te preocupes, Teddy, no digo nada malsonante. Teddy es un buen muchacho, señorita. Es lo que me preocupa. A veces demasiado bueno. La gente lo engaña. ¿Qué cree usted?

Ethel desvió su mirada.

– Teddy, tu padre quiere otro coñac -dijo.

Costa terminó el que tenía.

– Escuchad, pues -dijo-. Estábamos en ese bar conk y yo estaba cantando; ahora he perdido la voz, y muchas otras cosas. Usted es una chica moderna, y además enfermera, así que puedo contarle que en aquellos tiempos yo podía grabar mi nombre en un bloque de hielo a cinco metros de distancia orinando encima. Ahora, como una vaca, perdóneme, querida niña.

Ethel sonrió. Entonces, como si hubiera entendido justamente en aquel momento lo que había contado Costa, rió un largo rato con vehemencia, como un niño.

Animado, Costa inició ruidosamente una canción griega.

– ¿Qué le ha parecido Ethel? -preguntó al terminarla.

La pareja de media edad de la mesa de al lado se levantó y abandonó el lugar.

– ¡Papá! -le indicó Teddy.

– No será demasiado atrevida, creo. ¿No es así, Ethel?

– Bueno, no entiendo las palabras, de modo que…

– Mal traducido -explicó Teddy- dice: «Yo soy un tipo formidable y mi fuerza probaré. Tomaré un trago más de lo que debiera. No me importa lo que diga mi mujer.»

– Es mejor en griego -dijo Costa.

– También la he oído cantar mucho mejor -respondió Teddy.

– No seas insolente frente a tu padre, chico -dijo Costa. Le habían traído ya su coñac y agarró al camarero por el brazo, reteniéndolo-. Tome un trago, jovencita. Vamos. Le doy permiso.

– Papá, le duele la cabeza.

– Deja que ella hable, Teddy, por el amor de Dios. De repente, no habla.

Ethel sonrió débilmente.

– Papá, cuando se tiene dolor de cabeza, duele si se habla. Además estás…

– Hablo suficientemente por todos, ¿verdad?

– Así es. Deja que el camarero se vaya, papá. Estás sujetándolo.

– Muy bien, señor camarero, vayase. -El camarero se alejó.- Cabello largo, Ethel, ¿lo vio usted? No me gusta el camarero de cabello largo; tampoco la mujer camarero. No es bueno. Cuando se inclinan, quién sabe qué clase de microbios, etcétera, etcétera, caen sobre la comida. Me gusta el camarero negro. Cabello corto, ¿verdad? Sí. A ver qué contaba. Los conks, quemaron nuestros botes. Aquella noche nosotros fuimos a la limai, playa en griego, jovencita, y quemamos ocho de los suyos, uno encima del otro. Entonces, rápido, salimos al mar. Había una fuerte tempestad y esos malditos conk… -Costa no podía continuar de tanto reír.- Sus botes no servían, no avanzaban ni en un pie de agua; no bajaban a coger la esponja, está claro. Tenían una pértiga larga con un gancho en el extremo. No tienen coraje para bajar. Se quedan cerca de la costa y nosotros trabajamos mar adentro, en mar agitado, en cualquier tiempo. No pueden seguirnos. ¿Por qué estoy contando todo esto? ¿Se acordará, miss Ethel? ¿Una chica bonita? ¿Eh? ¿Cuál es la diferencia? Me acuerdo de aquel viaje que cogimos una gran pesca de esponja. Cuando volvimos a Tarpon Spring, un viaje de tres días hasta allí, la gente viene al puerto, se asombra con tanta esponja que traemos, como cuentas en cada cabo que podemos atar al bote. ¡Y el olor! La esponja es como usted y como yo: cuando muere, huele mal. Mi tripulación sacaba las tripas de esas esponjas, bum, bum, bum, en cubierta. Pero yo no. El buceador número uno saca las esponjas, pero la limpieza, eso es para la tripulación. Yo me meto en mi auto… en esos días tenía un bonito auto, «Oldsmobile Ochenta y Ocho». Voy a casa de mi amiga; irlandesa, pero muy simpática. Ella me espera. «¿Cómo sabía que yo había regresado?», le pregunté. «Te he olido – me respondió -. ¡Nadie apesta toda la ciudad como tú, Avaliotis! Vamos, primero toma un baño.»

– ¿Qué hicisteis entonces, papá, tú y tu amiga irlandesa?

– De esas cosas no se habla frente a una jovencita. Pero sí te diré algo, chico: cuando llegó el momento del matrimonio, fui a procurarme una chica griega adecuada. Encontré a tu madre en el distrito de Astoria, en Nueva York.

– Pero, papá, tú has dicho que todo esto sucedió con la chica irlandesa cuando yo tenía tres años.

– Error -dijo Costa. Y de pronto pareció formidable-. Cuando me casé con tu madre, muchacho, no hubo más negocios sucios con otra mujer. Jovencita, llevo treinta años de casado. Nunca he tocado otra mujer.

Costa miraba a Ethel fijamente a los ojos, como desafiándola.

– Le creo -dijo ella-. Ahora, ¿puedo hacerle una pregunta?

– Lo que quiera, jovencita.

– ¿No se hubiera sentido usted más feliz si Teddy se hubiera casado con una chica de su propia gente?

– ¿Usted me pregunta eso a mí?

– Es una pregunta natural.

Ethel miró a Teddy. El le tomó la mano.

– Sí -respondió Costa-, sería más feliz.

– Bueno, pues yo no -replicó Teddy-. ¿Qué te parece eso, papá?

– No pude evitarlo -dijo Costa-. Ella me ha hecho la pregunta.

– Gracias por decir eso -dijo Ethel a Costa-. Tengo dolor de cabeza de verdad. Me gustaría ir a casa.

Acompañaron al viejo hasta la posada y Costa subió a su habitación y rezó.

– Veo que ella no bebe -dijo a Aquél que él esperaba estuviera escuchándolo-. Quizá porque yo estoy vigilando, ¿verdad? No es una chica limpia, ella misma lo ha dicho. Pero encontrar una tilica norteamericana limpia… ¿viviré lo suficiente para encontrarla? Lo que veo es esto: Teddy la ama. Cuando ella habla, que no es mucho, él sonríe como un hombre embobado. No obstante, creo que ella es más lista de lo que parece. Pero ahora ya no entiendo a las mujeres jóvenes. Ese es mi problema. No me queda mucho tiempo para vivir, y Teddy tiene veintitrés años, así que si ahora digo no, es cosa de meditarlo muy cuidadosamente, ¿verdad?

Para remachar su argumentación, rezó en griego, en frases más formales.

Después, habiendo hecho cuanto podía hacer para solucionar el problema, se quedó dormido.

2

No hablaron. La mano de Ethel estaba en la portezuela. Teddy situó el coche junto al bordillo de la acera de la casa de Ethel y dio un tirón del freno de emergencia, como si intentara arrancarlo del suelo. Ella abrió la puerta.

– ¡Espera un minuto! -exclamó él-. Dime por qué me miras de ese modo.

Teddy estaba dirigiéndose a la parte posterior de la cabeza de Ethel.

– Toda la noche. Tan enfadada conmigo por lo visto.

Ella siguió sin responder.

De las diferentes partes de la casa en donde ella vivía llegaban ruidos de música y repentinas risas.

– ¡Es mejor que digas algo ahora, y rápidamente!

– ¿Por qué no haces lo que él quiere, y te casas con una de vuestras…?

– ¡Por qué no te vas a la porra! Cierra la puerta. -Se inclinó y dio un portazo.- ¿Qué es lo que te pasa ahora, por ejemplo? ¿Ahora mismo?

– Nunca te había visto -dijo Ethel- del modo que te mostrabas ante él.

– ¿Qué querías que hiciera cuando me golpeó… darle un puñetazo?

– Toda la noche estuviste fingiendo con él, y dándole apoyo, y cuando yo necesité ayuda me dejaste ahí sola.

– Le caíste bien, ¿no es así? Llevé el asunto del único modo posible con él. ¿Crees que es un hombre fácil? Intenta alguna vez hacerle cambiar de opinión sobre algo que está perfectamente claro, como si está o no está lloviendo. Si no hubiera suavizado las cosas un par de veces esta tarde, seguirías todavía en tu aseada habitación pintándote las uñas y pensando cuándo se rendiría el viejo y accedería a verte. Hago lo que he de hacer para conseguir los resultados que deseo. ¿Qué hay de malo en ello?

Ethel volvió la cabeza y lo consideró como si fuese un extraño.

– Y ahora, ¿qué es lo que quieres con esa maldita mirada de superioridad? -dijo Teddy-. Me he pasado la vida manejando a ese hombre, así que no me des lecciones en ese arte. Suave como el visón contigo, claro. «¡Miss Ethel! Bonita chica.» Toda esa comedia. Pero contradícele alguna vez, a ver si te atreves, y prepárate a salir corriendo.

– ¿Por qué no hablar honestamente con él?

– Porque tiene la cabeza dura. Mi madre lo lleva igual que yo. Los dos lo hemos visto en pleno furor. Y hay algo más, que tú no comprenderías porque naciste rica. Cuando yo estaba en esa Universidad juvenil, él consiguió el dinero necesario, hasta el último centavo, de una mísera tienda de cebos y cerveza. Y yo voy a pagarle con aquello que él aprecia más, ¡respeto! Por eso le he pagado el billete hasta aquí. ¿Crees que lo necesito para que me diga qué es lo que debo hacer?

Ethel seguía mirándolo fríamente.

– ¿Qué demonios debo hacer contigo… estar dándote pruebas todo el tiempo? -Teddy ardía en cólera.- ¿Es así como vamos a vivir? Si es así, ¡que buen provecho te haga! Anda, ve a tu casa. No quiero molestarme más contigo.

Girando la llave de encendido, pisó el acelerador. El motor rugió. Ella corrió.

La casa donde Ethel vivía estaba al borde de un cerro y había sido una gran casa cuando se construyó hacía cincuenta años. Las torres gemelas a cada extremo de la fachada habían proporcionado una impresionante vista del puerto. Ahora estaba frente a una hilera de bloques construidos en las laderas de la colina. Esa era la perspectiva que Ethel disfrutaba.

Compartía una pequeña habitación de la torre con una chica a la que casi nunca veía. Esa joven enfermera, prometida a un abogado, sólo utilizaba la casa para lavarse el cabello, cambiar de vestido y recibir la correspondencia de sus padres. La mayor parte del tiempo Ethel disponía de la habitación para ella sola, como ocurría esa noche.

Ethel no podía dormir.

La otra cama estaba cubierta con los desechos del rápido cambio de vestidos de su compañera de cuarto; unos panties usados, varios cinturones que se había probado y decidido no llevar, un espejo y varios frasquitos de sombra de ojos en tonos ligeramente diferentes, un perfilador de ojos con la punta rota, una pequeña botella de plástico con desmaquillador, una bolsita de torundas de algodón para esparcir el líquido, dos toallas, una de ellas sucia de maquillaje, un secador de pelo, el tubo semejante a un pedazo de intestino blanco, y una copia del Photoplay que la chica había estado leyendo mientras se secaba el cabello. Todo había sido usado con prisa, y se había dejado allí en donde había caído.

Por alguna razón, el desorden, al que Ethel ya estaba acostumbrada, aquella noche la deprimió, quizá porque sugería la ansiedad de su compañera por encontrarse con su amante.

Desde abajo subía el ruido de diferentes músicas desde diferentes habitaciones, un sonido que alteró más todavía los nervios de Ethel.

Se cubrió las orejas con las puntas de los dedos y se metió debajo de los cobertores.

Seguía sin poder dormir.

Finalmente llamó por teléfono a Teddy.

– Hola -le dijo.

– Iba justamente a llamarte -respondió Teddy.

– No puedo dormir cuando nos enfadamos.

– Tampoco puedo yo.

– Estaba pensando en lo que ha sucedido esta noche.

– Papá fue rudo.

– Me gusta, pero me asusta.

– Se necesita desfachatez para hacerte esas preguntas.

– El quería saber si yo era virgen. Es una curiosidad natural.

– Únicamente para gente anticuada como él.

– No. Son muchas las personas que lo piensan pero no lo preguntan. Todavía es importante para la gente. ¿Te hace sentir mal que yo estuviera con otros antes de estar contigo?

– No pienso en ello.

– Sí, sí piensas en ello, Teddy.

– Antes solía hacerlo.

– No, ahora todavía. Yo creo que eso te hace sentir mal ahora. Yo también aborrezco la idea de que tú hayas estado con tu pequeña oportunista griega. Ahora te he llamado porque… quería que supieras que después que he vuelto y no podía dormir y he estado pensando en ti y en mí, y… lo que quería decirte es que te quiero mucho, en este mismo momento.

– Esto es todo lo que me interesa -dijo Teddy.

– Te quiero, te quiero. ¿Y sabes qué? El dolor de cabeza se me ha pasado.

– Ahora ya podré dormir.

– No, no duermas. Porque, oye Teddy, escúchame. Cuando nos casemos yo haré todo lo que tú quieras que haga. Voy a obedecerte en todo.

Teddy se echó a reír.

– ¡Obedecerme! Esto sí que no lo creo.

– Quiero que me pegues si te desobedezco. Así es exactamente como siento, Teddy. Eres tan bobo. Estoy tratando de decirte que me ha desaparecido el dolor de cabeza y que yo… Realmente, Teddy, ¡te cuesta mucho entender!

– Oh. ¡Llego en un momento!

En la casa se había organizado una fiesta con drogas; de modo que Ethel esperó a Teddy a un lado de la carretera. Ella le indicó dónde podían ir; al final de una calle oscura había una haya cuyas ramas descendían a pocos centímetros del suelo. Cuando entraron con el auto debajo, otro vehículo estaba saliendo.

Ethel había traído consigo un pequeño cojín que su madre le había regalado. Hicieron el amor en el asiento de delante, habilidad posible para los jóvenes.

Se elevaron en vuelo. Ethel olvidó que había un mundo.

Cuando regresaron a la tierra, aterrizaron juntos, agotados, felices y sin nada importante que decir.

Ethel habló consigo misma en voz alta:

– Nosotros conseguiremos que dé resultado -dijo con toda la confianza en lo imposible que se tiene después de haber hecho el amor-. Teddy…

– ¿Qué?

– Yo creo que él también estaba nervioso.

– Ya te lo dije; por eso se emborrachó tan aprisa.

– Oh pobrecillo… querido viejecito.

– Está asustado por si tu padre y tu madre lo encuentran demasiado tosco o poco educado, creen que es lo que él llama un vlax. Mi padre es tan orgulloso como el que más, pero sigue pensando que aún huele a esponja moribunda y ¡hay que ver cómo huelen!

– No me importa lo que diga mi padre, tú lo sabes bien.

– Esa no es la cuestión. A Costa Avaliotis le preocupa.

– A lo mejor simpatizarán. Quizá.

Sin embargo, Ethel no lo creía posible. Su padre, el doctor Ed Laffey era cirujano, un inflexible profesional. Su madre era una inválida para quien parecía no existir curación. El doctor Laffey llevaba su casa como un hospital con un solo paciente.

– Tengo una idea -dijo Ethel-.Mañana nos montamos en un avión, los tres, y volamos a Tucson. Tal como dijo tu padre, todos hemos de conocernos. Tendremos el resultado final una hora después que ellos se hayan conocido.

– Entonces que se joroben; nosotros haremos lo que queramos.

– Oh, Teddy -exclamó Ethel, reviviendo su éxtasis.

– Pero creo que le eres simpática. Quiero que sea así. Quiero que él sea feliz.

– Ganaré su cariño.

– Esa es la idea. Ya es demasiado viejo para un revolcón pero sí puede apechugar con mucho mimo.

– Le daré todo el que quiera. Y a ti también.

– Ven aquí.

– Teddy, te quiero tanto…

– Y cállate.

– Teddy, recuerda, no llevo eso dentro…

Cuando Ethel era feliz, todo lo demás desaparecía.

Se pasó el resto de la noche soñando con su amante. Era un sueño infantil, realmente, y sucedía así: si ella y Teddy hicieran el amor bajo la mirada de su padre -esa era su fantasía- Costa sabría lo feliz que ella hacía a su hijo. Ethel vio entonces que la cosa sucedía realmente de ese modo, y Costa se mostraba muy grave en las circunstancias, comentando: «modo conveniente» o «estilo adecuado» o algo muy fuerte que la hacía reír, y…

El teléfono la despertó.

– Todo convenido -dijo una voz.

– ¿Quién? ¿Cómo? ¿Teddy? ¿Eres tú?

– ¿A quién esperabas?

– Estaba dormida. Espera un minuto.

Se metió debajo de los cobertores con el teléfono y doblando las rodillas hasta la barbilla se acurrucó con él en la oscuridad.

– ¿Convenido con quién? ¿Con él? Estupendo.

– Con una condición: que tú vas primero y él y yo iremos tres días más tarde.

– Oh, no.

– Se lo dije. Eh, papá, ella no va a tardar tres días en preparar a sus padres. «Ya verás como yo tengo razón», me respondió. Está sufriendo una resaca y esto lo hace más testarudo.

Ethel ya estaba despierta.

– No quiero pasar tres días con mi padre -dijo-. No quiero pasar tres días en esa casa con mi madre. No quiero pasar tres días sola en Tucson.

– Bueno, pues tendrás que hacerlo.

– ¿Por qué?

– Porque yo lo dispongo así. Obedéceme y calla. Porque él lo quiere así. «Modo conveniente», dice él. «Mi padre…» y no sé qué más. A propósito, le gustas. «Una persona de alto nivel», dijo. Así es como habla mi padre, como si tú estuvieras presentándote para alcaldesa. «Excelente persona.» ¡Jo, jo! Levántate. Tengo tu billete para el avión de las once y veinte.

– ¿Me llevarás al aeropuerto?

– He de atender mi clase.

– Esa maldita clase. Deja que otro se haga cargo.

– No quiero que otro se encargue. Especialmente si voy a dejarlo tres días después. Apresúrate ahora. Vístete.

Antes de salir de la cama Ethel consiguió que Teddy accediera a llevarla hasta el autobús del aeropuerto. Media hora más tarde Teddy estaba bajo su torre, llamándola.

– Bajo ahora mismo -gritó Ethel a través de la persiana de la ventana.

Pero no bajó en seguida. A pesar del hecho de que el viejo producía un estremecimiento de temor en ella cada vez que él la miraba, lo que según ella era agradable, y quizás era así, Ethel se sintió aliviada al no tener que verlo aquel día. Le inspiró un deseo perverso. Decidió ponerse el vestido que a él le gustaría menos entre los que ella poseía. Su elección, después de mucho considerar, recayó en un vestido blanco de seda tan ligera que flotaba cuando ella se volvía. Lo complementó con un chal amarillo que daba realce a su cabello. Las chicas la detuvieron abajo para decirle cuan intolerablemente sexy era su aspecto.

– Otra vez con retraso -le dijo Teddy cuando finalmente Ethel cruzó la puerta y corrió por el paseo hasta donde él se había detenido. Entonces se dio cuenta del vestido-. ¿Algún novio en Tucson o algo parecido? -preguntó-. ¿Algún valentón que va a esperarte al aeropuerto?

– ¿Por qué dices eso?

Ethel entró en el auto y tiró del borde del vestido, recatadamente, cubriéndose las rodillas.

– ¡Tu vestido!

– ¿Qué pasa con mi vestido?

– Nada para un extraño. Puedo ver tus pechos.

– Creí que te gustaban.

– ¿Qué clase de respuesta es ésa?

– Ahora no vamos a ver a tu padre, así que…

– Mi padre está en este momento frente a la posada esperando para despedirse de ti. Hubieras debido ponerte otra vez tu vestidito azul.

– ¿Y qué hubiera dicho tu padre de esas pequeñas manchas blancas que dejaste anoche en mi vestido?

Teddy tuvo que reír.

La reacción de Costa ante el vestido de Ethel fue menos discreta.

– Qué clase de vestido es ese, por el amor de Dios. A la Franka'

– Sólo un vestido ligero… En Tucson se está casi a cien grados. [4] Llamé a mi padre por teléfono y está deseando conocerlo.

– Puedo verlo todo.

– Ah, ¿el vestido? Las chicas ahora se visten de esta manera -dijo Ethel con voz mimosa.

– ¿Qué clase de chicas?

– Chicas como las de la casa en que vivo. -¿Van a casarse esas chicas?

– La mayoría de ellas así lo esperan.

– Pues que esperen. Nada que hacer aquí, lo garantizo.

Habló entonces a su hijo, enérgicamente, en griego. A lo que Teddy replicó:

– No podernos, papá. Ya tenemos el tiempo muy justo para llegar al autobús.

– Lo siento -dijo Ethel cuando se dirigían a la autopista-. Si hubiera sabido que íbamos a vernos con él… ¿Qué es lo que te dijo en griego?

– Me dijo que te llevara a casa y te hiciera cambiar el vestido.

– ¿Que me llevaras a casa y me hicieras cambiar el vestido?

– ¡Así es! Y que si yo no conseguía hacer de ti una mujer al estilo griego con toda rapidez, sería él mismo quien lo hiciera.

– No quiero irme… no quiero irme… no quiero dejarte -repetía Ethel una y otra vez durante todo el camino a la ciudad.

– Tres días -dijo Teddy.

– En tres días pueden suceder muchas cosas. En tres días puedes olvidarme. ¿Qué vas a hacer? Dímelo. Cada día, ¿qué harás?

– Mi padre. Cada día. El hablará, yo escucharé.

Dieron la vuelta a una esquina y llegaron a la estación de autobuses.

– Nunca más quiero estar sola -dijo Ethel-. Me asusta dejarte, Teddy. -Se apoyó firmemente contra él y murmuró: – Teddy, realmente, ¿por qué no me llevas todo el camino hasta el aeropuerto? Iremos a la parte de atrás, a ese aparcamiento en donde estuvimos aquella vez… ¿te acuerdas de aquellos autobuses escolares estropeados? Entonces me sentiré mejor.

– Me habías dicho que no te gustaban los trabajos rápidos.

– Prefiero eso a nada.

– ¿Qué hora es?

– Vamos. Vayamos. Podemos hacerlo. No seas tan meticuloso.

– Mira, ahí está tu autobús cargando gente. -La empujó suavemente alejándola del volante, se sentía tan halagado, y dirigió el auto hacia el bordillo.- Vamos, nena, cógelo. ¡Sólo serán tres días! Y llámame. Cada día. Estaré esperando que me llames.

En el trayecto del autobús hacia el aeropuerto, Ethel pensó que los tres días siguientes que ella no quería pasar sin Teddy serían durante mucho tiempo los últimos tres días que estaría sin él.

Se sintió sola y sin protección. Y en el tipo de peligro que en otros tiempos había gozado.

En Tucson fue la última en salir del avión y no se apresuró con el resto para recoger su maleta. Caminó lentamente hasta el ardiente sol y permaneció de pie, expuesta a su fortaleza. Tomó una decisión y se dirigió al mostrador de «Avis» para alquilar un auto.

Ethel no pensaba ir a su casa.

Rodó lentamente en la dirección opuesta, hacia las montañas del norte. Al pie de las primeras colinas había una última calle larga que acababa en pleno desierto. Ethel se detuvo allí en donde terminaba, frente a una pequeña cabana blanca. Parecía abandonada.

En la guantera del auto alquilado Ethel encontró un papel de multa por aparcamiento que el anterior ocupante no había atendido. Escribió en el papel: «Erriie, ven por favor esta noche en nuestro sitio Tex-Mex. Necesito hablar contigo.» Y firmó: «Kit.»

Salió del auto y se encaminó hacia el deteriorado edificio. A un lado de la cabana había un viejo jeep «Scout» que no parecía funcionar. La puerta de la cocina no estaba cerrada con llave. Cuando se iba a trabajar, Ernie dejaba abierta la puerta de su casa. Aunque siempre lo hacía.

El exterior de la construcción estaba en mal estado; casi toda la pintura había sido arrancada por la arena que el viento arrastraba. Pero en su interior era más bien alegre. Todas las paredes estaban cubiertas con recortes y fotografías de periódicos y revistas, todos con algún significado especial y particular puesto de relieve por los garabatos que Ernie había añadido en los márgenes y rincones. Iban de lo más serio a lo más trivial, lo trivial considerado seriamente, y lo serio ridiculizado. Un collage obsceno mostraba a Jackie Onassis de rodillas prestando un servicio al general Charles de Gaulle que se dirigía a su Ejército de Liberación en la distancia. Ethel observó recortes recientes. Uno, en el refrigerador, decía: «Cuando los pobres nazcan sin agujero en el culo, la mierda valdrá dinero.»

Ernie era hijo de un rico magnate en el negocio de Seguros y de bienes inmuebles.

El fregadero estaba lleno de cacerolas y sartenes sucias. La mesa había quedado puesta desde la cena anterior. Ethel observó que la noche anterior allí habían cenado dos personas.

Descubrió que la tetera para calentar el agua estaba caliente y al mirar al otro cuarto -sólo había uno- por la puerta abierta, vio a Ernie. Estaba dormido, desnudo, boca abajo, sobre su colchón en el suelo exactamente igual como ella lo había visto cinco meses atrás.

Sacándose las sandalias se acercó de puntillas evitando los envases vacíos de cerveza y se sentó al borde del colchón, esperando inmóvil.

Contó siete gatos en la habitación… tres más desde su época.

Ernie tenía los músculos suaves y redondos de lo que no era: un campeón de natación. No hacía ejercicio, pero nunca aumentaba de peso. Su piel era de un moreno dorado y su cabello más claro, pajizo. La imagen de un apolo moderno. Un joven con quien la naturaleza se había mostrado tan pródiga que nunca se vio impulsado a ponerse a prueba.

La sábana había quedado hacia atrás junto a su cabeza y Ethel vio la quemadura que Ernie había hecho meses atrás en el colchón con un cigarrillo abandonado. No se había molestado ni en dar la vuelta al colchón.

Un viejo despertador estaba en marcha: las dos cincuenta y dos. Ernie, recordó Ethel, había tenido un trabajo, una especie de hombre para todo en la Granja Experimental del Estado. Pero con frecuencia no se molestaba en acudir al trabajo y la gente de la Granja no hacía caso de su obstinación. Ernie trabajaba cuando necesitaba dinero.

La zona alrededor del colchón era familiar para Ethel. Seguían ahí los mismos libros, apilados, y revistas y periódicos por todas partes. Había una nueva colección: unos pequeños cactus extraños en botes de café y también piedras partidas por la mitad para revelar sus sorprendentes dibujos interiores.

– Has vuelto. -Un murmullo.

Ethel no se había movido. Tampoco Ernie.

– Sí.

– ¿Has traído la cerveza?

– ¿Qué?

– Ibas a buscar seis latas.

Ethel se acordó. Cinco meses atrás había salido para un recado de veinte minutos y no regresó.

Ernie se volvió lentamente y vio quién estaba allí.

– Oh, si eres tú, ¡Kit!

– No he traído cerveza.

Ernie le hizo un regalo, su gentil sonrisa. Tenía aquello que ella recordaba, un único hoyuelo.

– ¿Muy enfadado conmigo? -preguntó Ethel.

– Hacemos lo que hemos de hacer, nena.

– ¿Te llegó mi carta?

– Llegó, pero todavía no ¡a he leído.

– ¿En tres meses? No era una carta tan larga, Ernie.

– Comprendí en seguida lo que sucedía. No necesitabas una carta larga.

– ¿Así que estás enfadado conmigo?

– ¿Qué es lo que decías que ibas a hacer?

– Casarme.

– ¡Oh, Dios mío!

– ¿Qué quieres decir con eso?

– ¿Sabe él en dónde se mete?

– No eres muy amable al decir eso, Ernie.

– Simplemente la realidad. ¿Quieres mirar si me encuentras un cigarrillo en alguna parte?

Ethel se levantó y comenzó a mirar a su alrededor.

– Se lo he contado todo -dijo.

– Si lo hiciste, has ido demasiado lejos. Mira en mis calzones.

Sus pantalones estaban en el suelo allí en donde los había dejado caer Ernie.

– Casi todo. Aquí. Sólo queda uno.

– Ahora una cerilla. Cuando vayas al almacén tráeme un cartón de «Kool». Y cerveza también, seis latas y quizás algunos «Fritos» y también la revista Magazine y Newsweek, y si lo tienen, el nuevo Rolling Stones.

– ¿Qué te hace pensar que voy a ir al almacén?

– Todos lo hacen, antes o después.

Ethel había encontrado una cerilla y estaba encendiendo el cigarrillo de Ernie.

– ¿Cómo es que no estás en tu trabajo?

– La noche pasada estaba leyendo este libro, me interesó mucho y quería terminarlo.

– Veo que ayer estuviste aquí con una amiga.

– Ella preparó la cena. Entonces le dije que se fuera.

– El mismo Ernie de siempre. ¿Quieres que arregle esto un poco?

– Si tienes ganas. No lo hagas por mí. Deja que te mire.

Lo hizo, a través del humo del «Kool», y sonrió cariñosamente.

– Tienes buen aspecto -dijo.

– Estoy bien.

– De hecho, estoy contento de verte.

– Estuve a punto de no venir. Temía que estuvieras mosqueado conmigo.

– ¿Por qué?

– Por desaparecer como lo hice. ¿Lo estás? -Teddy, pensó Ethel, hubiera armado una escandalera.- No voy a culparte por ello, así que dime la verdad.

– No hace falta que pasemos otra vez por esa mierda, ¿no crees?

– Lo quiero, Ernie. Deseo que me perdones.

– Ya lo he hecho. Además, ya lo esperaba.

– ¿Esperabas qué?

– Que en el último minuto lo pensaras mejor y te fueras. Me sentí muy aliviado. Yo mismo estuve a punto de echarme atrás.

– ¿De verdad, Ernie? ¿O lo haces para que yo me sienta mejor?

– Después que te fuiste, me acerqué a ver este lugar que habías encontrado. Me gusta más esto de aquí. Tiene un aspecto infernal, pero… bueno, imagina todo el esfuerzo para trasladar todo este arte y esta sabiduría que he pegado por las paredes. ¡Sería como trasladar la Capilla Sixtina! -Miró con satisfacción las paredes de su cuarto. – Tengo algunas cosas nuevas realmente bellas. Da una vuelta alrededor y… ¿Estás llorando? Por el amor de Dios, Kit, no estoy enfadado contigo.

– Estoy avergonzada de mí misma -dijo Ethel- por desaparecer de aquella manera, sin una palabra.

– ¡Avergonzada! Es la emoción más inútil que existe. La vergüenza y la culpabilidad… no sé lo que es peor. ¿Ves lo que dice ahí? -Señaló un lugar en el muro.- Ingrid no-sé-cuántos, la estrella de cine, lo dijo: «El secreto de la felicidad es una buena salud y una memoria corta.» Arráncalo y llévatelo. Hiciste lo que debías. No era una buena idea que viviéramos juntos. Si tú pagases el alquiler, que tendrías que hacerlo ciertamente, yo me hubiera sentido obligado. Hubiera terminado odiándote. ¡La tensión de la fidelidad! ¡Y mis gatos! Aquí son libres. ¿Qué hubiera hecho yo allí… estar limpiando lo que ensuciaban? No, estamos mejor aquí, en la última casa de una calle abandonada, con los coyotes, las serpientes y los buhos alimentándose con los perritos de la pradera, los ratones del campo y la codorniz, un equilibrio ecológico perfecto… Kit, acaba ya, no llores más.

– Me siento terriblemente, Ernie. Pero no lo ves, somos demasiado parecidos. Te lo escribí, explicándolo.

– Sinceramente, no acabé de leer tu carta.

– No te preocupas por nada, chiquillo. Ernie suspiró.

– ¿Qué significa eso?

– Me parece oír la voz de mi padre -dijo-. Así es como él solía hablar y por eso me fui de casa.

– Bueno, pues es verdad. No hay nada que te interese.

– Así es. Pero me alegro por ti. Realmente me gustas. -Le acarició la cara, suavemente, como solía hacer antaño.- Eso no ha cambiado. En eso puedes confiar.

Ethel cerró los ojos y permaneció silenciosa.

– No te guardo rencor -dijo-. Siempre seré tu amigo.

– ¿De verdad? ¿Lo prometes?

– Sí. Siempre seremos amigos. No importa lo que hagas.

– Gracias -dijo Ethel-. Realmente. Muchas gracias. Entonces, aliviada, con los ojos cerrados todavía, se tendió y rodeó a Ernie con sus brazos, como si lo estuviera haciendo en sueños y apoyó la cabeza en el hombro de él.

– Ahora te creo -le dijo -. Creo que no estás enfadado conmigo. Me siento mejor.

– Así que no llores más.

– De acuerdo.

Ernie no se acercó más. Quedaron inmóviles.

– Ahora tengo alguien bueno de verdad -murmuró Ethel.

– Me alegro por ti.

– Mira, Ernie, yo necesito que alguien me diga cómo he de ser, lo que está bien y lo que está mal. Y él lo hace.

– Pues está muy bien. No llores más.

– Ahora lloro porque soy feliz. Por hablarte como lo hago. He echado de menos nuestras charlas, Ernie. Me preocupaba por ti. Como, por ejemplo, si ya habrías mandado arreglar este maldito colchón. ¿Por qué por lo menos no le das la vuelta? Vamos. Levántate.

Dieron la vuelta al colchón, poniendo la cabecera a los pies.

– Gracias -dijo Ernie-. Tiene mejor aspecto. Más trabajo del que he hecho en una semana. -Se tendió otra vez.- Vamos, hablame de él. ¿Cómo se llama?

– Teddy. Tápate un poco, ¿quieres?

– Ven aquí conmigo y nos cubriremos los dos -dijo Ernie retirando la sábana y metiéndose debajo -. Vamos, como solíamos hacer, para hablar solamente.

Ella se tendió conservando sus panties.

– Ahora habíame de Teddy.

Ethel le habló de Costa, de su visita, y Ernie la escuchaba atentamente y sin interrumpirla, sin contradecir su interpretación de los hechos ni corregirla en ningún juicio. Ernie sabía escuchar. Ella le contó cómo la había interrogado Costa, el cambio del viejo cuando se emborrachó, la canción que cantó y lo peligroso que parecía cuando se enfadaba y cuánto la había asustado. Le habló de su honradez y de que él reconoció la verdad cuando ella le preguntó si no hubiera deseado que Teddy se casara con una de su gente, y de los fuertes lazos familiares, que ella nunca había conocido nada igual, que su propia familia no era nada.

– Y tú… ya sabes.

– Ya sé -dijo Ernie-. Nada. Pero oye, has estado hablando sólo del padre. Y el hijo, ¿cómo es? ¿Teddy?

– Oh, es un chico realmente bueno. Siempre me lo cuenta todo. Yo sé en todo momento lo que está pensando. Me grita cuando cree que me he equivocado. Nadie lo había hecho antes… excepto mi padre. Pero me gusta que Teddy lo haga porque significa que se preocupa por lo que yo hago.

– ¿Y yo no?

– Ernie, tú nunca te preocupaste. Tú nunca te enfadaste conmigo.

– Solías decirme que eso te gustaba.

– Me gustaba.

– Yo era tu ideal, solías decir. -Ernie se echó a reír al recordarlo.

– Lo eras. Pero todo ha de tener un significado, ¿no es verdad Ernie?

– No.

– Mira. Navegamos con la corriente, adonde sea que nos lleve. Pero este maldito viejo griego, es feroz. Para él, todo ha de ser de cierta manera. Y yo lo necesito… No lo hagas, Ernie.

Ernie, avanzando la mano por la espalda de Ethel hasta la extremidad del hueso entre sus nalgas, la había atraído hacia él, de modo que ella quedó apretada contra él, su vulva presionando el hueso de la cadera de Ernie.

– Me alegro por ti -dijo Ernie-. Finalmente has encontrado el tipo que te conviene, me parece a mí.

– Sé que así es. No hagas eso, Ernie.

– Quédate quieta.

– De acuerdo, pero no hagas eso.

Le producía un placer. ¡Ernie era un hombre tan perfectamente tranquilo, tan pasivo! Su indiferencia… ¡Oh Dios! Eso seguía excitándola. Era algo perfecto estar allí juntos, de aquel modo, hablando. Tal como ella lo recordaba, la cara descansando entre el hombro y la cabeza de él. Ethel observó otra vez que a pesar del calor, más de noventa, Ernie parecía fresco. En el día más caluroso, Ernie tenía una brisa particular que soplaba sobre su cuerpo. Teddy sudaba cuando hacía el amor, especialmente antes; Ethel adivinaba siempre cuando lo deseaba porque se ponía sudoroso. Pero Ernie siempre estaba tan tranquilo y fresco.

– No, Ernie, por favor, no hagas eso.

– No lo hago. -Cogió la mano de ella que colocó en su pene. Estaba lacio.- ¿Lo ves? Vamos, sigue, habíame del hijo.

Ethel quitó la mano.

Susurrando, ya que él estaba tan cerca, le contó por qué había venido a Tucson.

– El y Teddy llegarán pasado mañana -dijo-. El viejo me dijo que yo viniera primero y preparara a mis padres para su visita. No me preguntes qué quiere decir con esto… preparar a mi familia, dijo él… ni lo que se supone que debo hacer. Pero lo que ese viejo ordena, ha de hacerse.

– ¿Por qué no estás en tu casa ahora, haciendo lo que sea que debas hacer?

– Tenía que verte. Me sentía tan avergonzada por alejarme de ti de aquella manera. Sabes, no entiendo cómo soy, Ernie. Como ahora, todavía siento algo hacia ti. Mis sentimientos no están ahogados como deberían estar. Pero algo sí sé con certeza… amo de verdad a Teddy. De verdad.

Ethel le apretó con fuerza para que él la creyera.

– No es un capricho pasajero, Ernie. Estoy enamorada. ¿Lo comprendes?

– Sí. Lo comprendo. Quítate esto.

– Ernie. No.

– Vamos. No me gusta estar desnudo y que tú no lo estés.

– No lo haré, Ernie. Me vestiré y me iré a casa si sigues por ese camino.

Diez minutos después ella se sacó los panties sin que él se lo pidiera.

Lo tomó en su boca, y tiró suavemente de él, del modo que solía hacerlo, mientras él permanecía echado con los brazos doblados por detrás de la cabeza.

No consiguió una erección.

– Estás enfadado conmigo, de acuerdo -dijo Ethel, levantando la cabeza del órgano viril que estaba alargado pero flojo y metiéndolo de nuevo en su boca.

Siempre había existido aquella cuestión, recordó Ethel, de si ella podría o no podría excitarlo. Ernie era el único muchacho que ella había conocido con el que le correspondía a ella ser el agresor. Siempre había tenido que ir detrás de Ernie, esperando ansiosamente que, tarde o temprano, él respondería.

– Tienes buen aspecto -dijo Ernie, mirándola desde arriba.

Ella alzó la cabeza.

– ¿Realmente lo crees?

– Sí -respondió él.

Ella volvió a la carga.

– Esto significa que él debe ser bueno para ti.

Ethel asintió.

Aun cuando finalmente consiguió excitarse, Ernie no cambió de postura. Lo que más le complacía era esperar, mientras quienquiera que fuese que estuviera con él, se acaloraba y apasionaba hasta estar fuera de control. Ernie gozaba reteniéndose, observando cómo su pareja se afanaba, presionando, en tensión, esperando que él se excitara, inquietándose por si lo conseguiría, pensando si algo de lo que ella estaba haciendo no era adecuado… Y, finalmente, ¡qué emoción cuando a él se le endurecía!

Y ahora sucedió.

Ella lo cogió y lo puso dentro de su cuerpo.

– No llevo nada ahí dentro, Ernie -le dijo.

– No terminaré -respondió él.

– ¿Has estado con muchas chicas, Ernie, desde que yo me fui? La pasada noche había alguien aquí, ¿no es verdad?

– Sí -dijo él-, había alguien.

– No me importa -respondió Ethel.

Ella estaba apoyada contra él, sus pechos descansando sobre el pecho de Ernie. Frenéticamente, Ethel se agarraba a Ernie, haciendo todo el trabajo.

Ernie seguía con las manos plegadas detrás de la cabeza.

Pero ahora tenía en los labios una leve sonrisa, la que Ethel estaba esperando, testimonio de que un sentimiento misterioso, ni amor, ni pasión, sino algo más cercano a la crueldad, había despertado finalmente en Ernie.

– No te perdono -dijo él. Y por fin bajó los brazos y puso las manos en el trasero en movimiento de Ethel.

Esto la excitó más y Ethel lo cogió con más fuerza, cerrando los ojos y oscilando intensamente para hacerle culminar, como a ella misma estaba a punto de pasarle. Sería imperdonable que él terminara dentro de ella.

– No termines dentro de mí -dijo jadeante.

– Nunca te perdonaré -dijo Ernie- por lo que me hiciste.

Ethel estaba llorando, pero ahora con alivio, pues sabía que mientras él decía que nunca la perdonaría, ella sabía que ya lo había hecho.

– Lo sé -dijo ella-. Sé que nunca me perdonarás.

– Pequeña bruja sinvergonzona -dijo Ernie-. ¡Brujita consentida y sinvergüenza!

– Eso es lo que soy -respondió ella-. ¡Consentida! ¡Sinvergüenza! ¡Rica! ¡Bruja!

Súbitamente, con toda la potencia que había estado acopiando en su cuerpo, Ernie se mostró activo y Ethel profirió exclamaciones.

– ¡Oh papaíto, oh papaíto, papaíto, papaíto!

Cuando todo hubo terminado, se separaron, y la verdad quedó en el espacio vacío entre ambos.

Feliz y tranquila, Ethel se durmió.

Las nubes cubrieron el sol. La habitación quedó en penumbras. En algún lugar, fuera, un perro ladró. El tiempo se desplomó.

Ernie permaneció quieto, escuchando los ruidos del tráfico de regreso a casa procedente de la carretera lejana.

El mayor de los gatos se estiró. Había llegado su hora de caza.

Un auto se acercaba por la carretera hacia la casa, pero Ernie no se movió.

El auto se detuvo frente a la casa. Ernie oyó cómo se abría y se cerraba la puerta del vehículo y los pasos que cruzaban la arena.

Ernie no se molestó en moverse.

Entró una chica en la casa y el gato callejero se frotó contra sus pies y salió.

– Ernie -dijo la chica acercándose a la puerta del dormitorio-. Estoy de vuelta.

Vio entonces que había alguien con Ernie. Se quedó en el umbral de la puerta con una gran bolsa de papel oscuro en los brazos. De la bolsa extrajo un cartón con seis latas de cerveza y una bolsita de «Fritos», un cartón de «Kool», el Time, Newsweek, Rolling Stone y el Citizen de Arizona. Lo puso todo encima de la mesa, recogió el pasador de pelo que había olvidado la noche anterior y se fue.

Quedó entonces un silencio perfecto, excepto por el silbido del viento y los remolinos de arena.

Ernie se levantó y fue a la cocina. Se sentó en una silla, puso los pies sobre la mesa y tirando de su prepucio lo sacudió suavemente. Después destapó una botella de cerveza.

Cuando el sol ya se había puesto y la casa estaba a oscuras, cuando todas las criaturas excepto los buhos estaban dormidas, Ethel despertó.

– ¿Quieres que te prepare algo de comer? -preguntó a Ernie.

– Me gustaría un poco de helado, pero no tengo dinero.

Ethel se vistió y se fue al almacén en auto. Trajo dos cuartos [5] de helado de café, del mejor. Se sentaron en la cama, desnudos, comieron el helado y hablaron.

Ella le contó que con Teddy sentía que su vida, por primera vez, tenía un propósito.

– Me gustaría haber encontrado a alguien que me hiciera sentir igual -le dijo Ernie, mirándola.

– Quizá la encuentres -dijo ella-. Espero que así sea, Ernie.

Hicieron nuevamente el amor.

Más tarde, Ethel le contó cómo lo hacía Teddy, cómo se apresuraba, cómo se ponía nervioso, cómo sudaba.

– Probablemente lo pones nervioso -dijo Ernie-, como si fueras a abandonarlo a cada momento. ¿No haces eso?

– No, no. No quiero dejarlo. ¡Nunca!

Vencida casi totalmente la tensión entre ellos, nuevamente extraños, hicieron el amor una última vez y se durmieron después, dándose la espalda.

Al despuntar la aurora, Ethel oyó los pájaros y saltó de la cama. Caminando cuidadosamente entre las latas vacías de cerveza, esparcidas por el suelo, se vistió rápidamente dispuesta a escapar con sigilo. Buscó su lápiz de cejas para garabatear una nota de despedida sobre la bolsa de papel oscuro.

Cambió entonces de intención y se acercó de puntillas hasta Ernie que dormía.

– Me voy -murmuró.

– Muy bien -dijo él.

– No te veré nunca más -añadió.

– De acuerdo.

Ethel esperó, pero Ernie no dijo nada más. Estaba dormido.

Ethel salió de la casa, a la sofocante mañana del desierto.

Entre su auto y el de Ernie había otro vehículo, una vieja camioneta «Toyota» que no había estado allí la noche anterior. En el asiento frontal, mirándola con odio, había una chica, de unos diecisiete años, de rostro delgado y con la piel imperfecta de los adolescentes. No dijo nada hasta que Ethel subió a su propio auto.

– No se acerque a él, señora -dijo-. No vuelva por aquí.

– No será necesario -respondió Ethel.

3

No deseaba llegar a su casa antes de que su padre hubiera salido para todo el día, de modo que circunvaló la ciudad de Tucson subiendo más arriba del nivel de smog. [6]

Un halcón estaba buscando su alimento en el jardín alrededor de la piscina. Ethel arrimó a un lado de la carretera su auto alquilado, desconectó el motor y se hundió en el asiento.

Exactamente a las ocho menos cuarto, un «Mercedes» de color marrón descendía por la avenida de gravilla y se detuvo al otro lado de la verja de apertura eléctrica. Ethel vio cómo su padre sacaba el brazo por la ventanilla del conductor, pulsó un botón en un soporte de metal y abrió. Cuando el «280 SL» hubo cruzado la puerta, apareció de nuevo el brazo para presionar otro botón en el exterior. Cuando la verja se cerró con un clic, el poderoso auto tomó la dirección opuesta al lugar en donde Ethel se estaba escondiendo y se precipitó por la carretera.

Para asegurarse, Ethel le concedió diez minutos. El doctor Ed Laffey raramente se olvidaba de nada, pero había ocurrido. Llevaba su casa y sus cuatro acres en la cima de la montaña con toda meticulosidad. Cada mañana, en la hora del desayuno, dictaba el menú de la cena, detallando lo que debía cogerse de su cámara congeladora o del huerto y lo que debía comprarse y en dónde. Con igual meticulosidad controlaba la marcha del establo que albergaba los caballos de paseo, su único punto flaco. Antes de que el doctor saliera para su jornada de trabajo, la pareja Manuel y Carlita, y Diego, el joven mozo, debían recibir el conjunto de instrucciones.

Convencida de que ya no iba a regresar, Ethel cruzó la verja, siguiendo el doble rito de la barrera, y pasó por delante del garaje en donde otro «Mercedes» esperaba, éste de color blanco, un regalo que le había hecho su padre cuando ella cumplió los veintiún años.

Decidió deslizarse por la puerta trasera sin ser vista. Manuel debía de estar ocupado en los establos, su primera tarea matutina. Después de entrar se detuvo al oír el ruido sordo de la lavadora tamaño hotel, en marcha en el cuarto de lavandería. Cada mañana se cargaba la máquina con todo lo que fuese lavable utilizado el día anterior; no se toleraba ninguna suciedad en la casa por más de veinticuatro horas.

Esa era una de las razones por las que se había ido a vivir con Ernie.

Pasando sigilosamente por la despensa para evitar la cocina, en donde oyó a Carlita que canturreaba mientras trabajaba, y moviéndose de puntillas con la velocidad de un fugitivo, Ethel creyó que había conseguido entrar sin que nadie se diera cuenta. Pero después de cruzar el salón y cuando comenzaba a subir la escalera mal iluminada, un pozo de dos pisos con una alta ventana de cristales de colores, con una rápida mirada por encima del hombro vio a su madre mirándola ansiosamente desde el cuarto de estar.

– ¿Quién es? -preguntó Emma Laffey, con voz temblorosa.

– Soy yo.

– ¿Quién?

– Ethel.

– ¡Oh! ¡Kitten! -El alivio ganó al temor.- Estoy tan contenta de que hayas vuelto…

Ethel se acercó hasta la mujer acomodada en su butaca, cubiertas las rodillas por una manta blanca tejida a punto flojo, y cumplió con su deber, un beso rápido en la frente. Pero la anciana cogió la mano de la muchacha y la apretó contra sus labios.

– Gracias -dijo-, muchas gracias…

– ¿Por qué, mamá?

– Por regresar. Esto no es lo mismo sin ti, Kitten.

Ethel no podía soportar la expresión histérica de la gratitud de su madre. Era demasiado penoso. Mistress Laffey no creía merecer nada.

– Pareces cansada, Sugar [7].

– Estoy bien, madre.

– Por poco encuentras a tu padre. Acaba de irse. Siéntate junto a mí y deja que te mire.

Carlita entró con el desayuno de su madre en una bandeja: té «Constant Comment», una tostada sin mantequilla, y a un lado de la bandeja rodajas de lima y un pequeño recipiente de plata mexicana que contenía un sustituto del azúcar. Nadie estaba seguro respecto a la enfermedad de mistress Laffey, pero todos los doctores consultados estaban de acuerdo con su esposo en que su dieta debía prescindir del colesterol y el azúcar. El doctor Laffey, convencido de que el azúcar y la crema eran veneno, nunca los usaba.

- Bien venida, [8] miss Ethel -dijo Carlita-. Por poco encuentra a su padre. ¿Quiere que lo llame y le diga que usted ha regresado?

– No.

– ¡Oh, sí! -dijo Emma Laffey-. ¡Hazlo, Carlita!

– Estoy terriblemente cansada, mamá. Voy a tornar una ducha rápida, dormiré un rato y después lo llamaré yo misma.

– Naturalmente. No llames al doctor Laffey, Carlita. Ethel debe estar agotada. Esos viajes tan largos solían cansarme tanto… Ella ha recorrido un largo camino desde…

Había olvidado el nombre de la ciudad.

– Desde San Diego, mamá. Ya veré a papá esta noche y bajaré a verte a ti tan pronto como yo…

– Esta noche quizá vendrá tarde. Ahora opera casi todas las noches. Trabaja demasiado duramente.

– Lo sé -respondió Ethel. Besó de nuevo a su madre en la frente-. Ya bajaré -añadió, corriendo escalera arriba como si huyera de un incendio.

Cerró la puerta de su habitación y se dejó caer en la cama.

Teddy, pensó. Teddy es la cordura.

Se levantó, se despojó del vestido que no había gustado a Teddy y con un par de tirones rasgó la costura central y dejó caer las piezas al suelo.

Se duchó. Lo último de Ernie.

Puso el agua tan caliente como podía soportar. Permaneció durante diez minutos bajo el chorro de agua liberándose de su tensión.

Calmada finalmente, con el cuerpo rosado y blando, se envolvió el cabello con una toalla y se dirigió a su dormitorio. El sol llegaba ya a su ventana y Ethel giró una butaca para que el rayo de ámbar la llenara y se dejó caer entonces en el pozo de luz estirando las piernas y cerrando los ojos.

Sentía todo su cuerpo irritado. Suponía que tendría marcas en su piel -quedaba marcada con facilidad-, pero en aquel momento no sentía deseos de comprobarlo. Quería estarse quieta.

Llamaron discretamente a la puerta.

– ¿Miss Kitten? -Era Manuel.

– ¿Qué hay?

– Tengo correo para usted.

– No quiero el maldito correo. ¡Oh, espera un minuto!

Abrió la puerta lo suficiente para mirar fuera, ocultando su cuerpo detrás, de modo que no hubiera posibilidad de una conversación larga.

Manuel, un chicano cincuentón, pequeño y sólido, y su esposa Carlita, habían estado «en la familia» hasta donde llegaba la memoria de Ethel. Sostenía en la mano, respetuosamente, un montón de correo. Manuel siempre se mostraba respetuoso.

– Es muy agradable tenerla aquí de regreso, miss Kitten -le dijo.

– Yo también estoy contenta de verte -mintió Ethel.

– Enhorabuena. El doctor Laffey me ha dicho que va a casarse usted.

– Voy a casarme. -Se echó un poco más atrás para recordar al hombre que ella estaba desnuda.- Perdóname, Manuel.

Ethel había pedido que no le mandaran el correo, cuando salió para San Diego. Había una auténtica pila.

– Y un telegrama. Llegó la noche pasada. El doctor Laffey lo abrió, por si acaso. Así es como supimos que usted estaba de camino para acá. Su padre pensaba que usted llegaría la noche pasada.

– Manuel, estoy a medio bañarme…

– Oh, sí, sí. Por poco se encuentra con su padre -continuó Manuel, sin inmutarse-, pero Carlita lo llamó y…

– ¿Por qué demonios lo hizo?

– Creo que su madre se lo mandó.

– Yo creo que mi madre le dijo que no lo hiciera.

– Sea como fuere, su padre dijo que esta noche cancelaría sus operaciones y llegaría a casa a tiempo para el coctel. «Decidle que no se vaya», dijo su padre.

Ethel cerró la puerta diciendo:

– Ahora voy a dormir un rato.

Cerró con llave y arrojó el correo encima de la cama.

Volverían dentro de un minuto, apostaría cualquier cosa. Cogió el secador de cabello del armario, lo enchufó y se puso el casco cubriéndole las orejas. Se sentó en la cama con el tembloroso casco en la cabeza, buscó el telegrama -debía ser deTeddy-, lo retuvo contra el pecho y miró con resentimiento el resto de correo.

Tenía miedo de leer el mensaje de Teddy. ¿Y si él hubiera intentado llamarla anoche? Decidió reservarlo hasta haber leído el revoltijo de cartas.

En su mayor parte era propaganda y circulares. Un anuncio de una boutique «End of the Line», iba acompañado de una carta. Su papaíto estuvo aquí la semana pasada y escogió algunas cosas muy bonitas. ¿Le gustaron a usted? Nos dijo que, naturalmente, usted tenía aquí una cuenta de crédito y que podía adquirir cualquier cosa que le gustara. Es un hombre sumamente generoso y, además, extraordinariamente atractivo.

¡De modo que su padre tenía una amiguita! Casi operaba todas las noches, había comentado su madre. Trabajaba demasiado.

Había una circular del peluquero que ella solía frecuentar informándola de que trasladaba su establecimiento a otra dirección, en donde, desgraciadamente, el alquiler era superior y sus precios por tanto, también debían elevarse. Pero para unas pocas clientes -y ella estaba entre ellas- se aplicarían los antiguos precios. «¡Venga, pues, a vernos!»

Había un gran sobre del vendedor del «Mercedes». Sólo hacía cinco meses que Ethel tenía el auto, pero el vendedor ya le mandaba un folleto con los últimos modelos, ilustrado con brillantes colores. «Estaría usted preciosa en este modelo», había escrito el vendedor en un margen. «Me apuesto algo a que pueden tentar a su padre. Y nosotros estaremos muy satisfechos en poder colaborar.» ¡Al grano!

Había también un sobre con sello de Israel.

Aarón. Después de un año de silencio.

Cuando sacó la carta cayeron dos instantáneas. Una mostraba unos bañistas en el agua azul, un grupo de nadadores de una docena de chicos y muchachas junto al mar. Aarón, que había sido estudiante de intercambio en la LIniversidad de la Escuela de Minería de Arizona cuando ella era estudiante de segundo grado de Bellas Artes, le había dicho con frecuencia cuánto echaba de menos el agua salada. Y ahora, aquí estaba, en medio de un grupo feliz, chapoteando en el agua. Los nadadores, a una señal del fotógrafo, habían levantado los brazos saludando. Todos parecían muy satisfechos de estar en aquel lugar en semejante compañía, a excepción de una chica que no miraba a la cámara: una jovencita fogosa que miraba a Aarón. La otra instantánea era de ella sola.

«Querida Ethel -decía la carta-, voy a casarme. Quiero que lo sepas. Con Hanna, la joven de la fotografía.»

Ethel miró a Hanna largamente. Tenía el cabello corto, negro, peinado liso hacia atrás, ojos decididos, tez aceitunada, y una nariz recta y puntiaguda. Éthel la odió inmediatamente.

Observó que Aarón se había dejado el bigote y parecía más viejo. Pero incluso en aquella pequeña imagen, junto a la gran extensión de agua, se vislumbraba la simpatía con que había cautivado a todos en Tucson y que hacía que todas las muchachas del campus lo desearan. Le había concedido el premio -su persona- a Ethel. Ella se había sentido orgullosa.

Aarón fue el primer chico que había mostrado por ella un interés que no fuese únicamente el de meter la mano por debajo de su falda. Había sido su primera auténtica amistad, femenina o masculina. Había dado largos paseos en auto por el desierto, durmiendo al aire libre, envueltos en mantas, y él le había hablado sobre su país y su política.

– Me habla -había comentado Ethel en aquella época- corno si yo supiera de lo que él está hablando.

Recordaba una observación especial que Aarón había hecho:

– Vosotros los norteamericanos vivís por encima del desierto y miráis la puesta del sol desde vuestras terrazas como si fuese una película. Nosotros vivimos en el desierto porque es el último rincón del mundo en que se nos ha permitido vivir. La tierra es nuestra madre; nos protege con su cuerpo.

Había querido que Ethel durmiera con él en el suelo para que ella comprendiera lo que él quería decir. Por la mañana, Aarón se lavó las manos con la arena como si fuese agua. Los árabes lo hacían así, le había dicho a Ethel.

Ethel se había convertido en su discípula, del mismo modo que había sido la gatita de su padre, y había de ser, durante algún tiempo, la sierva de Ernie. Aarón le hizo ver que ella había sido preparada para vivir únicamente como consumidora. Se la había educado con un solo artículo de fe: que el refrigerador estuviera siempre lleno. Pero ella nunca había metido nada dentro, le dijo Aarón, sólo había sacado. Su generación era la generación del refrigerador, ella era el símbolo de todos los errores de los Estados Unidos, de la clase media que gobernaba, la razón por la que estaba condenada.

– Vuestra riqueza no tiene nada que ver con vuestra condenada técnica -solía decir Aarón-. Todo estaba ya aquí y lo único que os quedaba por hacer era matar a los indios. Cuando te conocí -decía Aarón-, yo pensé, sí, es una buena chica. Seguramente. Entonces vi lo que tu padre estaba haciendo contigo. ¿Por qué la anima a gastar de ese modo?, me preguntaba yo. «¡American Express, Master Card!» Cuando se aburre, se va

de compras. Oh, papaíto, por favor, ¿puedo comprarme eso? Claro, gatita, ¿qué más quieres? ¡Aquello! ¡Tómalo! Entonces he comprendido algo. Esto es todo lo que los norteamericanos, los hombres, hacen por sus mujeres, así es como mantienen su poder sobre ellas. Las hacen totalmente dependientes. Las reducen a favoritas domésticas. ¡Gatitas! ¡Mira lo que te ha hecho a ti! ¿Cómo te las arreglarías si tu padre no pagara más tus facturas y no pusiera la comida en tu boca? Intenta ganar tu vida, aunque sea una sola vez. Te reto a ello. A la primera ocasión que tuvieras problemas «¡Papaíto, papaíto corre!», y él acudiría corriendo con su grueso talonario de cheques. Pero medita en el precio que ese cheque te costaría a ti. ¡Gatita! ¿Tienes idea de lo que estoy hablándote? Oh, olvídalo. ¿Para qué sirve?

Cuando su período de intercambio de dos años hubo terminado y llegó el momento de regresar a Israel, Aarón le propuso que se fuera con él, que trataría de convertirla en una persona «real». Fueron juntos a la oficina para el despacho de billetes de avión y Ethel compró dos billetes de ida a Tel Aviv pagando con su tarjeta de «American Express». El propósito de Ethel era desaparecer de la casa de su padre, enviarle un telegrama desde el aeropuerto y escribirle después desde Israel. Aarón le dijo que no se preocupara, que las explicaciones no eran importantes. De todos modos, su padre no lo entendería; su desaparición sólo significaría una cosa para él: el rechazo de su sistema de vida.

Ethel no sabía por qué se echó atrás en el último minuto. Simplemente no acudió al aeropuerto cuando se suponía que iría.

Guardó el billete. Ella y Aarón se habían escrito cartas apasionadas, desesperadas.

«Pienso en ti todos los días», había escrito Ethel, manteniéndolo en vilo. ¿Había mentido ella cuando prometió que algún día desaparecería de donde estaba y aparecería en donde estaba él? No, era sincera, hasta donde podía alcanzar su sinceridad.

Pero los intervalos entre sus cartas se alargaron, y finalmente hubo el silencio. Las únicas noticias que Ethel tenía de Israel provenían del televisor.

Te esperé durante muchos meses -concluía esta carta última de Aarón-. Pensaba, continuamente que al día siguiente sabría de ti. «Voy», me dirías, «ven a esperarme», dame una fecha y el número de vuelo. Pero he visto que has estado jugando conmigo. Ahora no te guardo ningún rencor, pero durante algunos meses sólo tenía la idea de desquitarme. Una noche, estando borracho, hice planes de cómo vendría a los Estados Unidos y yo… Bueno, antes o después la gente recibe lo que merece.

Ethel dejó la carta a un lado.

De todos los muchachos que había traído a casa para que los conociera su padre, el único en quien el doctor Laffey había mostrado algún interés era Aarón.

– Tiene una especie de autoridad, ese bribonzuelo -había dicho-. Y algunas ideas sobre lo que ocurre por el mundo. Naturalmente, es un judío…

– También lo es Goldwater -había gorjeado Emma Laffey desde su cueva de olvido.

– A medias -corrigió Ed Laffey. Echándose a reír de su propio comentario.

La dificultad de Ethel con su padre radicaba en que con frecuencia él tenía razón y que cualquier otra persona por quien ella se interesara mostraba cierta medida de desprecio hacia ella. Únicamente el doctor Ed Laffey amaba a su hija de forma absoluta. Ethel necesitaba eso… la mitad del tiempo.

– Me complace que salgas con ese muchacho. Vigila tan sólo no ir demasiado lejos -había dicho su padre refiriéndose a Aarón-. Con respecto a tus sentimientos, quiero decir. Es de una cultura totalmente distinta, una cultura de la que nunca sabrás nada.

Exactamente lo que Ethel había estado pensando… la mitad del tiempo.

Y lo mismo con los otros muchachos.

– Quizás es que te quiero demasiado, gatita -le había dicho-. Pero estoy seguro de que tú eres mejor que él. Concédete la oportunidad de comprobarlo.

Después de Aarón, Ethel continuó como antes. Se tendía con sus compañeros de clase debajo de los árboles alineados al borde de los caminos que unían los edificios, escuchando el chismorreo con esa sonrisa que alguien había calificado de «ausente», pero cuando el carillón del campus daba la hora y los estudiantes entraban a sus clases, Ethel se entretenía y cuando la clase se había reunido, ella no se encontraba entre ellos. Nadie podía saber cuándo y cómo Ethel había desaparecido. O adonde había ido.

Lo más frecuente era el cine. Marión Brando era su héroe aquel año; acababa de estrenarse El padrino. Y durante las primeras horas de la tarde, cuando el sol ardía y la gente estaba en sus oficinas con aire acondicionado o haciendo la siesta en sus dormitorios en penumbra, se hubiera podido encontrar a Ethel, sola, en un local cinematográfico enorme, pero casi vacío, del tipo que es conocido por los presentadores de películas como «fábricas de butacas», sentada en la tercera o cuarta fila, muy hundida en su butaca, con las rodillas apoyadas en la butaca delante de ella. En esta posición no podía ver sino la imagen de la pantalla. Ethel veía El padrino por lo que era, una fábula moral sobre un amable anciano italiano, maleficiado por implacables enemigos, un patriarca que amaba a su familia tan apasionadamente que sacrificaba su vida por ellos.

La escena que más le gustaba era la de la boda, cuando Brando baila con su hija. Siempre se quedaba un poco más para ver otra vez esta escena. El anciano era tan gallardo, tan autoritario, tan protector. Ethel deseaba haber tenido un padre que bailara como Brando cuando ella se casara. Cuando Brando moría, Ethel lloraba.

Tenía también otros héroes cinematográficos: Clint Eastwood, Charles Bronston y Gary Cooper, hombres maduros que hablaban suavemente, que afrontaban la adversidad sin ninguna queja pero que, cuando la ocasión llegaba, devolvían el golpe con toda la violencia que habían estado almacenando en sus almas. Ethel iba a ver esas películas por la misma razón que los hombres van a las peleas: por relajamiento.

Con el tiempo, el doctor Laffey recibió una nota de los directivos de la Universidad informándole de que su hija no había asistido a las clases. Llamó también por teléfono el consejero universitario de Ethel, avisando al doctor Laffey que era poco probable que su hija avanzara a menos que inmediatamente comenzara un programa intensivo de recuperación.

El tutor que se recomendaba era casi cuarentón, rollizo y de piel pálida; raramente veía el sol. Llevaba joyas indias y sandalias y caminaba con paso incierto. Su sonrisa era fascinante por la falta de un diente. Toda su vida de adulto había transcurrido en la Universidad, un vagabundo académico que cubría sus necesidades dando clases a los hijos de ricos a treinta dólares por hora. Esto le permitía dedicar cuatro o cinco horas al día para trabajar en la novela que era el propósito de su vida.

Ethel estaba intrigada; nunca había conocido a un escritor, nunca había visto nada semejante a las pilas del manuscrito -versiones, correcciones y escritos revisados- esparcidos por la mesa, los antepechos de la ventana y por el suelo. La impresionaba además el desprecio que el escritor mostraba hacia ella.

– Hablas como si no hubieras leído ni un libro en toda tu vida -le decía.

– Yo no leo libros -admitía Ethel-. ¿Debería estar avergonzada? Oh, mi padre pertenece a algún tipo de club y cada mes recibimos algunos libros. Leí uno sobre una gaviota. Casi la mitad.

– Así que todo lo que tú haces es ir al cine y ver la televisión -dijo el tutor-. Eres una criatura McLuhan.

– Yo no miro televisión -respondió ella-. La gente de esos programas son como la gente que rodea a mi familia; no vale la pena verlos. Pero en las películas, allí hay hombres. Como Gary Cooper. ¿Ha visto usted Solo ante el peligro"! Quiero decir héroes. ¡Marión Brando! He visto El padrino siete veces.

El tutor era secretamente un liberal de izquierdas (¿qué otra cosa podía ser en Arizona?) y trató de interesar a Ethel en causas sociales, el conflicto del chicano, el tema de la paz, las nefandas actividades de King Richard. La respuesta de Ethel era que:

– No entiendo la política. ¿Cómo se puede estrechar la mano de ese ruso…?

– Brezhnev -decía el tutor.

– …y de ese dulce viejecito chino… -Mao -completaba el tutor.

– …y seguir diciendo improperios de ese país… Y llenar sus puertos de minas… ¿No son comunistas también?

El tutor insistía. Comenzaba a encontrar interesante su candor ingenuo y su inteligencia asombrosamente rápida en el estrecho campo de sus auténticos intereses. Pero no tuvo éxito para estimular el interés de Ethel por los estudios que había perdido.

– Podrías entender cualquier tema de estos si quisieras -le dijo en una explosión de impaciencia-. Tu problema es que maldito si te importa nada.

– ¿Por qué debería importarme? -preguntaba ella.

El tutor descubrió que Ethel tenía una memoria excepcional así que se dedicó a leerle los libros asignados (Los poemas de William Wordsworth, la Historia del pueblo americano de Beard) en voz alta. Por la tarde estaba cansado, después de pasar buena parte de la noche y la mañana en su novela, de modo que, cuando ella venía a las dos de la tarde, el tutor estaba soñoliento y adoptaba su posición favorita, tendido en el suelo. Ella se le unió. Y así comenzó la cosa.

Allí ella supo ganarse su respeto finalmente.

El doctor Laffey también recibió la factura por estas sesiones.

El tutor tenía un problema: impotencia esporádica. Después, observó Ethel, se mostraba malévolo, se burlaba de ella llamándola estúpida e ignorante, la castigaba con su afilada lengua. Pero al día siguiente, cuando se había desempeñado bien, se mostraba sumamente amistoso. Ahí se contenía una lección.

El fue quien la hizo conocer ciertas drogas (incluyendo un afrodisíaco), pero el descubrir que él dependía de un estímulo artificial enajenó a Ethel.

En ese momento conoció a Ernie y durante algún tiempo estuvo viendo a los dos hombres, al tutor al principio de la tarde y a Ernie cuando éste regresaba a casa de su trabajo en la granja del Estado. Se dejaba el diafragma colocado; a eso ella llamaba «matar dos pájaros de un tiro».

No tenía ninguna duda respecto a quién prefería de los dos; llegó el momento de desaparecer. Su relación con el tutor fue disuelta fácilmente: faltó a todos los exámenes. La Universidad comunicó a su padre que habían renunciado a su hija por lo menos para aquel año. El tutor envió su última factura con una nota informando al doctor Laffey que el problema que había con su hija no era de inteligencia sino de voluntad.

Ethel se unió a la legión de los que se quedan atrás.

El doctor Laffey despreciaba abiertamente a Ernie. Soportaba la presencia de ese hombre en su vida únicamente porque confiaba que esta relación, como las anteriores, no duraría.

Una noche, muy tarde, después que Ethel había regresado de una velada con Ernie deprimida -«el período» iba con retraso-, el doctor la encontró, llorosa y frenética, en la cocina, a oscuras.

– Presentía que estabas triste -le dijo. La llevó entonces arriba y la arropó en la cama. No le preguntó qué era lo que no iba bien, lo cual fue un alivio para ella, y lo que Ethel expresó fue:

– Algunas veces me siento tan avergonzada de él, papaíto.

– Por la mañana te haré una sugerencia -le dijo su padre. Y le sostuvo la mano hasta que ella se durmió.

Al día siguiente el doctor le dio un billete de avión para San Diego diciéndole:

– Descubrirás que la distancia tiene su utilidad. -Explicó que un antiguo colega era superintendente de una escuela de enfermeras allí y que le había asegurado por teléfono que habría un lugar para su hija.

Un mes después, Ethel escribió a su padre contándole que se había enamorado de un muchacho del Centro de Entrenamiento Naval y que esta vez era de verdad. Planeaban casarse inmediatamente. Y seguía:

Estoy muy entusiasmada con mi futura vida y cuando conozcas la razón ya verás el porqué. Si Teddy no puede complacer a alguien es que hay algo que anda mal.

Seco ya el cabello, se quitó el casco, se escurrió dentro de la cama y allí, a media luz, abrió el telegrama de Teddy.

Intenté llamarte, pero quizá mejor decírtelo por escrito. Eres maravillosa. Desde que te fuiste hemos estado pensando en ti. Llegamos mañana tarde vuelo tres cuatro tres. Te amo, pero él te ama más todavía. Teddy.

Al cabo de unos minutos releyó el telegrama.

– ¿Dónde podré decirle que he estado? -se preguntó-. No me lo preguntará -se respondió-. Ni tan siquiera lo sospechará. Es un muchacho tan bueno…

En la mesita al lado de la cama había un teléfono princesa. Marcó el número de Teddy. Le diría que había destrozado el vestido que él había desaprobado y que necesitaba escuchar su voz.

Y descubriría si él sospechaba…

Alguien llamó a la puerta con los nudillos, discreta y moderadamente. Al mismo tiempo Ethel oyó, en la línea a larga distancia, el teléfono de Teddy sonando en San Diego.

– ¿Miss Ethel? -Era Carlita, susurrando.

– ¿Qué? -vociferó Ethel. Y escuchó de nuevo el teléfono que sonaba a lo lejos -. Cállate -vociferó.

Carlita habló bajo.

– Es su madre. Quiere saber lo que le gustaría comer en el almuerzo.

– No quiero almuerzo. Y ahora vete. -El teléfono de Teddy seguía sonando, pero nadie lo atendía.- Estoy intentando dormir.

Ethel sabía que su padre sería informado del mal genio de ella.

Teddy no estaba allí. Estaría en alguna parte haciendo lo que se suponía debía hacer. Ella nunca dudó de Teddy.

– Muy bien, miss Kitten -dijo Carlita en el tono insinuante de un chiquillo significando «ya me las pagarás».

Ethel colgó el teléfono, se cubrió el rostro con la sábana, y se hundió en las profundidades de la cama. Allí, en la oscuridad, elevó las rodillas hasta el pecho, colocó las manos que sostenían el telegrama, entre sus muslos y se dispuso a dormir.

La condenada cama era dura, incluso en el medio, rígida. Su padre estaba convencido de que una cama blanda era mala para la espina dorsal. Lo primero que Ethel compraría cuando arreglara un lugar para vivir con Teddy, sería una cama muy blanda, que se hundiera profundamente.

Con ese pensamiento se durmió.

Un golpe en la puerta la despertó.

– Miss Kitten. -Esta vez era Manuel.- Su madre me ha mandado traerle un poco de té y un bocadillo. -Era un susurro muy discreto, muy cauteloso. Ethel no respondió.

– Lo dejaré en el suelo junto a la puerta -dijo Manuel. Ethel oyó que dejaba la bandeja en el suelo-. Tenga cuidado cuando salga -terminó Manuel, medio susurro medio broma.

Eran las cuatro y media. Había dormido tres horas.

El sol había pasado por encima de la butaca y ahora estaba en la pared, frente a la cama.

Esa pared estaba cubierta con fotografías de Ethel desde el día en que cumplió siete años y sólo tenía una meta en la vida: crecer y casarse con su papaíto. Ya que a él le gustaba montar a caballo, ella sintió igual pasión por los caballos. Aquí, en exposición, había los recuerdos de esa época armoniosa, Ethel y su primer poney, un regalo que le hizo su padre al cumplir los nueve años. Ethel y su papaíto regresando de un paseo a caballo, con la puesta del sol a su espalda; Ethel, de doce años, de pie en el centro del corral, con un látigo en la mano, haciendo dar vueltas a un potrillo atado al extremo de una cuerda larga; Ethel con su yegua favorita, a la que había ayudado en su difícil parto: Ethel tuvo que meter dentro la mano y tirar de la pata de la potranca.

A juzgar por las paredes, la vida de Ethel se había detenido a los doce años. Después de esa edad no había fotografías. Bruscamente, a los trece años, dejó de practicar la equitación. A los catorce, tenía relación sexual con los muchachos; a los quince estuvo considerando el suicidio, un juego de niños que consistía en cortarse las muñecas.

Ethel se levantó y se envolvió con un quimono chino de seda blanca. ¿Quién se lo había regalado? ¿Sería aquel hombre maduro que conoció en unas vacaciones en México? No. ¿Quién, entonces? Debió de ser ese hombre. La había llevado al museo arqueológico un día de verano. ¿Se había acostado con él? No podía recordarlo. Recordaba, no obstante, que él llevaba un anillo con un diamante.

Comenzó a arrancar las fotografías de las paredes con violencia, haciendo volar los pequeños clavitos y arrojándolas al suelo. No quería que Teddy viese ninguna; ella sólo le ofrecería una pared completamente limpia.

Intentó llamarlo de nuevo. Nadie cogió el teléfono.

Debía vestirse y bajar. Sintió lástima por esa mujer abandonada ahí abajo. ¡Hablar de desaparecer! Esto era lo que Emma Laffey estaba haciendo… desapareciendo cada día más profundamente en las sombras. Ahora esperaba que le hablara de Teddy.

Bueno, para eso había venido Ethel, para preparar a Ed y a Emma Laffey a recibir a Costa y Teddy Avaliotis.

Llamó a otro número que Teddy le había dado, un centro de mensajes. Dejaría un mensaje allí.

– Urgente -dijo.

¿Cómo iba a vestirse ahora? Como prometida de Teddy. Ethel, no Kitten.

En los colgadores de su profundo armario empotrado había -los contó- cincuenta y siete vestidos. Más de la mitad eran blancos: seda, algodón, nailon, Dacron, poliéster; todos ligeros, todos «Kitten», «acariciadores», cortados y adaptados para atraer la atención y excitar el deseo.

Costa pondría el veto a todos ellos. Ethel estaba decidida a complacer a Costa todavía más que a su hijo.

Deseaba poder hablar con Teddy francamente, contarle la historia completa de su vida… quién, cuándo, cuántas veces, por qué, enteramente todo. Pero, ¿cómo podría contarle lo de la pasada noche, por ejemplo, que todo había sucedido como un medio para terminar definitivamente con su pasado? La pasada noche Ethel había cumplimentado lo que esperaba poder hacer. Ernie estaba «muerto» para siempre.

No, siempre quedaría algo de su vida que tendría que ocultar a Teddy.

¿Qué podía ponerse?

Tiró de los vestidos del armario, colgadores incluidos, y los arrojó al suelo. Ninguno de ellos era apropiado ahora. Cada uno de ellos la descubriría.

Mira esas blusas con volantes, de colores alegres adecuadas para el verano de Atizona; y también esos chalecos sin espalda y sujetadores con tirantes, muchos de color blanco y otros azul celeste, y amarillo y anaranjado, todos calculados y escogidos para exhibir descaradamente lo que ahora estaba decidida a ocultar. Qué ansiosos estaban ahora, qué frenéticos por llamar la atención.

– ¡Mírame! ¡Deséame! ¡Vamos! ¡Vamos!

Largos sacos de plástico transparente protegían sus trajes de noche blancos, sin tirantes o sujetos por una simple cinta delgada, invitadores:

– Todo lo que has de hacer es deslizarme por tu hombro. Es tan fácil… ¡Inténtalo! ¿Lo ves?

Aquí también, pequeñas chaquetas blancas, una de conejo y otra de armiño, para citas diferentes: chico pobre, chico rico. La de conejo tenía una flor descolorida sujeta con un alfiler, una gardenia, el perfume era un recuerdo. Recordó aquella noche: no había vuelto a casa.

Nunca llevaría otra vez nada de todo eso: vestidos, blusas, chalecos, lo que fuese… nunca más. Todo voló al suelo.

En el pequeño escritorio de triple cajón, había su ropa interior: bikinis del más fino algodón, tan delgado, tan ligero, que su presencia no podía descubrirse ni a través del vestido más fino,

– No llevo nada debajo -prometían-. No me crees. ¡Ven a comprobarlo! -Había todo un circo de lo que Ethel en otro tiempo creyó tan «primoroso»: bragas con el bordado «Kitten», otras estampadas por todos los lugares con slogans, títulos de canciones y promesas, consejos íntimos e insinuaciones descaradas, auténtico material para la intriga y los deliciosos juegos de la juventud.

En el otro compartimiento, sujetadores, que se abrían por el frente o por la espalda, algunos transparentes, algunos muy escotados, otros de blonda y de malla de red, ninguno de ellos acolchado. A los catorce años, Ethel ya tenía el pecho desarrollado. Todos se abrochaban simplemente; nadie debía manipular demasiado para abrirlos. Ethel los arrojó a la pila de desechos.

En un estante había bolsos en profusión, uno para cada ocasión, uno para cada vestido, en armonía de color. Allí había aquel que su padre había abierto accidentalmente encontrando, junto a sus llaves y un pañuelo, dos barras de chocolate y un condón. Ethel recogió todos los bolsos en un abrazo y los dejó caer en la pila.

Al fondo del armario casi vacío, en un estante superior, había cajas de recuerdos: cartas de amor y tarjetas de notas, programas e invitaciones, un confetti de pequeñas misivas dobladas, pasadas subrepticiamente entre los pupitres escolares o atrapadas de los muchachos al cruzarse en los pasillos, confirmación de citas, dónde y cuándo. ¡Cuánto habían significado en otro tiempo!

Había también algunos recortes de periódico, uno ilustrado con la fotografía de un caballo: «Ganador sorpresa». Y una instantánea de Ethel montada en su caballo: «El Pequeño Campeón.» Entre ellos un par de cintas azules, con letras y bordes dorados, premios que había recibido a los once y doce años, poco después de haber empezado á saltar. En seguida se convirtió en una experta y después lo dejó absolutamente. ¿Qué había sucedido entre ella y su padre? Ethel no comprendía su vida.

Todos esos recuerdos, tan queridos en otros tiempos, los apiló en el suelo.

En lo más profundo dei armario había dos estantes llenos, cargados de antiguos tesoros que Ethel había estado guardando. Comenzó a tirar cajas al suelo, sin detenerse a mirar el contenido, arrojándolas con fuerza, al revés, y los viejos vestidos atesorados por Ethel en su adolescencia y olvidados después, quedaron esparcidos por el suelo. Les dio un puntapié para juntarlos con los otros deshechos, haciéndolos volar en desorden, cayendo enmarañados.

De una caja cayó una faldita blanca plisada. Ethel la llevó hasta la ventana y miró al trasluz. No había ni una señal de mancha; la limpieza en seco había hecho un buen trabajo.

Aquella noche tan lejana no estaba preparada. El parque de atracciones ambulante había iluminado brillantemente un prado en las cercanías de la ciudad. Ethel sintió cómo comenzaba el flujo mientras gritaba, temerosa y divertida, en su diversión favorita Crack the Whip. Cuando los pequeños carruajes se detuvieron, Ethel caminó retrocediendo y se sentó en el primer banco que encontró. Sentía eí flujo entre sus piernas. Al sentarse, la mancha se extendió. Una mirada rápida detrás: tenía el tamaño de un pequeño tomate.

– Me siento algo mareada -le dijo al muchacho que la acompañaba-. ¿Podrías traerme una «Coca-Cola» o algo parecido?

Cuando el muchacho regresó con la bebida, ella había desaparecido.

Corrió cerca de cinco kilómetros hasta su casa.

Su acompañante de nariz respingona divulgó la historia de su proceder, génesis de su reputación de desaparecer en las citas. Al recuerdo de lo sucedido, Ethel sintió todavía que se le aceleraba el ritmo de su corazón.

Recordaba que aquella noche dijo:

– Dios mío, ¿por qué no me hiciste un muchacho?

Un año después, cuando consiguió su diafragma, presumió ante una amiga:

– ¡Ahora ya soy como un muchacho!

– ¡Kitten! ¿Qué demonios estás haciendo?

Su padre estaba de pie en el umbral de la puerta.

4

El doctor Ed Laffey, un hombre sólido y elegante, se ufanaba de su apariencia juvenil, y con razón. Orgulloso de su figura, apretaba y aflojaba su cinturón, en una especie de tic, comprobaba su peso cada mañana y su presión sanguínea una vez por semana. Todo estaba como debía estar.

– ¿No irás a tirar todo este tesoro, verdad? -preguntó. ¿Le divertiría ese montón de vestidos?

Ethel esperó con ansiedad su reacción siguiente.

Pero, tras una primera sonrisa leve, ninguna indicación daba a conocer lo que estaba pensando. Su rostro, como el rostro de la mayoría de médicos, era una máscara de compostura.

Excepto cuando se trataba de su hija. Encajó en su mano la cabeza de Ethel y le dio un beso.

– Quienquiera que sea tu nuevo amor -le dijo- es seguro que acierta contigo. Tienes un aspecto especialmente bueno. -La examinó de nuevo, amorosamente, y dirigió entonces su atención al montón de desechos, sonriendo como hubiera podido hacerlo ante los juguetes de un chiquillo tirados por el suelo.

– Voy a deshacerme de todo eso -dijo Ethel.

– Conozco ese sentimiento. Comienza una nueva vida. Tirando hacia arriba sus pantalones con la raya perfectamente planchada, se arrodilló al estilo vaquero, una nalga sobre un talón.

– A menudo he sentido esa necesidad de eso mismo, de desprenderme de todo lo que tengo. ¡Comenzar de nuevo! -Revolvió y tiró de los vestidos con sus largos y fuertes dedos.- Cuántos recuerdos despiertan ante todo esto, ¿verdad Kitt ¿Existió de verdad ese tiempo? ¿Estábamos nosotros allí? ¡ Ay de mi…!

Ethel no respondió.

– ¿Cómo es él? -El doctor Laffey se incorporó.- ¿Tu nuevo enamorado? Quiero que me lo cuentes todo sobre él.

– Teddy. Vas a conocerlo, papaíto.

– ¿Y cuáles son vuestros planes? Quiero una infinidad de detalles. Ven a cabalgar conmigo como solíamos hacer. Hablaremos y contemplaremos la puesta de sol. Después nos bañaremos. Le diré a Manuel que nos prepare margaritas y los sirva en la piscina. En nuestros buenos tiempos nos habríamos vestido y cenado a la luz de las velas. Carlita nos asará un par de filetes de Nueva York y yo prepararé mi salsa de carne. ¡Imagina! Tengo fresas en el jardín. ¿Qué caballo vas a montar?

– Papá, no tengo ganas de montar. Ni de cambiarme para cenar.

– Bueno, muy bien, lleva lo que te plazca. Comeremos en la terraza del comedor, escucharemos los coyotes y beberemos cerveza mexicana. He comprado algunas «Dos Equis» camino de casa; en este momento se están enfriando. ¿Cenará usted conmigo en la terraza esta noche, miss Ethel? Te he añorado mucho más de lo que pueda expresar.

– Muy bien, papá.

– ¡Dios mío, fíjate en esto!

Se inclinó y escogió una camisa de dormir infantil de algodón emblanquecido. La sostuvo en alto por los hombros con los índices. No era muy transparente, el escote discreto, y en los tirantes pequeñas margaritas blancas en hilera.

– ¿Recuerdas que cuando eras pequeña solías venir a verme cada mañana, te metías en mi cama y charlábamos, las conversaciones más agradables que jamás he sostenido?

– Me acuerdo.

– Una mañana me preguntaste: «Papaíto, ¿es verdad que si una puede besarse el codo se convierte en un muchacho?» Porque dijiste «yo preferiría ser un muchacho».

– ¿Qué edad tenía yo?

– Acababa de regalarte aquel poney, Blazer, por tu cumpleaños, de modo que, deberías de tener… ¿ocho? Y yo te dije: «Lo dudo, Kitten, pero puedes probarlo.» Gracias a Dios ya superaste aquello. Tienes un gran éxito como chica, Kit.

– ¿Lo crees realmente así?

– ¡Fíjate en ti! ¡Dios mío! -Deslizó suavemente sus manos ahuecadas por encima del fino tejido de la bata.

– No me has contado el final de la historia -dijo Ethel.

– Porque el final es un poco triste… como todos los finales. Cambiaste de la noche a la mañana; súbitamente te convertiste en una señorita y…

– No fue de la noche al día. Fue súbitamente una mañana, años después. Me acuerdo de esa mañana. Yo me apretaba contra ti porque supongo que ya sabía que todo aquello estaba terminado, y tú me abrazaste fuerte porque también lo sabías. Y entonces… -Se detuvo.

– ¿Qué?

– Me rechazaste bruscamente diciendo… ¿recuerdas lo que me dijiste?

– ¿Cómo podría recordar, después de tantos años?

Extendió el camisón en la cama y lo alisó con la palma de su mano.

– ¡No hagas eso! -exclamó Ethel, con evidente rudeza en la voz.

– ¿Por qué?

– Eso es lo que dijiste aquella mañana, y cómo lo dijiste. Cuando yo me apreté contra ti y tú te apartaste, dijiste eso con la misma voz que empleas cuando das órdenes a tu mozo. «¡No hagas eso!»

– ¡Kitten! ¿Has estado guardando eso contra mí durante todos estos años? -Se echó a reír.

– No soy tan boba -respondió Ethel-. Pero todavía puedo oír cómo lo dijiste.

– Querida mía, no insistas en una explicación más gráfica; podrías avergonzarme. -Seguía riendo. – Y hasta tú podrías sentir vergüenza. Corramos una cortina suavemente, tal como hemos de hacer de vez en cuando sobre tantas cosas, y sigamos.

– Al día siguiente me recordaste, con mucha gentileza, que yo era una niña adoptada, hecho que raramente habías mencionado anteriormente.

– ¿Y qué otra cosa podía decir sobre este hecho? Te lo dije cuando tenías cinco o quizá cuatro años. Me acuerdo de ese día. Te dije: «Mamá y yo queríamos un hijo, así que buscamos y buscamos y qué encontramos… ¿qué crees tú?» Y tú respondiste: «¿Un gatito?» -Se echó a reír. – Eras tan graciosa… ¿Te acuerdas?

– Yo tenía razón. Un animal favorito doméstico. ¿Por qué no adoptaste un gatito en vez de adoptarme a mí?

– Oh, vamos… En realidad, el hecho de que fueses adoptada nunca fue importante para mí.

– Pero para mí sí se convirtió en importante. La razón por la que estoy hablando ahora de todo esto, es para decirte que no te preocupes por mí. Ahora estoy muy bien. Desde que conocí a Teddy he superado un montón de cosas. Todo lo que tengo que decirte, mientras desaparezco por el horizonte arrastrándome hacia el sol poniente, es: «¡Gracias por prestarme tu nombre! ¡Tómalo! Te lo devuelvo.»

– No vas a librarte de mí con tanta facilidad. Ni tan rápidamente.

– Voy a casarme tan pronto como pueda.

– Bueno, me tienes en ascuas por saberlo todo sobre él. -Miró su reloj de pulsera. – Dentro de veinticinco minutos la puesta de sol.

De nuevo miró la pila de vestidos en el suelo.

– Si no te importa, y supongo que no -dijo-, le diré a Manuel que embale todo esto en cajas especiales protegidas del polvo. Las almacenaremos en el desván y…

– Papá, no deseo ver nunca más todo esto.

– No tendrás que hacerlo. No, hasta el día, dentro de muchos, muchos años, cuando yo chochee y esté débil y necesitando desesperadamente recuerdos gratos. Entonces abriremos las cajas en presencia de mis nietos. Será tan divertido… Le diré a Manuel lo que tiene que hacer. Ahora, ¿estás segura de que no quieres venir conmigo? Han extendido la pista hasta la cima de la segunda loma. Es salvaje y bello y no hay ni un amropoide a la vista. Vamos. Por favor. -Ella sacudió la cabeza. El seguía insistiendo. – En recuerdo de los viejos tiempos. ¡Por mí! ¡Vamonos, chiquita! [9]

– Papá, no he montado un caballo durante cinco años. Odio a esos animales y… por favor, no me atosigues.

Ed Laffey no lo hizo. Salió, siempre sonriente, con su confianza intacta.

De pie todavía en medio del espacio del que la luz se iba desvaneciendo, Ethel oyó abajo el eco de las energías de su padre: un portazo, su voz llamando a Manuel, y algo más tarde, gritando a Diego, el muchacho del establo. Ahora Ethel esperó, inmóvil todavía, hasta que oyó los cascos de su caballo cruzando el espacio de protección contra el ganado y cruzando la abertura en la valla por donde la propiedad bordeaba el camino hacia la loma.

Únicamente cuando estuvo muy segura de que su padre se había alejado por el desierto, llamó a Manuel y Carlita para que vinieran a recoger las fotografías y los papeles para ser quemados.

– ¿También los marcos, miss Kitten? -quiso saber Manuel.

– Todo. ¡Rápidamente! Los vestidos y todo, es vuestro. Haced lo que queráis con todo ello.

– ¿Le preguntó usted a su padre? -inquirió Manuel.

– Maldita sea, no se lo pregunté.

– Es que él dijo…

– No me importa lo que él dijera.

– Me dijo que ya me indicaría lo que debía hacer…

– Ahora soy yo quien te dice lo que debes hacer. ¿Vas a hacerlo?

La pareja se miró.

– Yo creo que ella no tiene por qué pedir permiso -murmuró Carlita, los ojos puestos en los vestidos.

De pronto Ethel se vio abrumada por las expresiones de agradecimiento.

– Hay suficientes vestidos para todo un pueblo -dijo Carlita, recogiendo grandes brazadas y saliendo a escape de la habitación-. ¡Ven, Manuel, ven!

Cuando se lo hubieron llevado todo y el suelo estaba tan liso como las paredes, Ethel se echó en la cama. Estaba temblando.

Su teléfono princesa, esa pequeña bruja de color rosado, tan confortable en su cuna, encontró divertida la inquietud de Ethel y se atrevió a ofrecer consejo, revelando al hacerlo, un carácter vulgar y totalmente inesperado.

– Oye, tía, ¿por qué tanto calor y tanta inquietud? Deja que ellos se preocupen y digan cosas imperdonables. Tú, fresca como si nada. Tú les haces esa sonrisita torcida. Mírame a mí. ¿Te das cuenta? Que me griten cuanto quieran, ¿has visto alguna vez que yo cambie mi expresión? Todo lo que tienes que soportar todavía son dos días más. Después te irás de aquí. Desaparecerás para el resto de tu vida. ¿Por qué discutir y vociferar? ¡Dos días! Procura hacer algo bien por lo menos una vez en tu vida. Como esta noche, cena con tu papaíto y sé dulce, y femenina, sé coqueta. Bésale en vez de una, dos veces, dile qué guapo es y cuánto te gusta su salsa de carne, hasta puedes decirle cuánto sientes haber quemado las malditas fotografías sin haberle pedido permiso. ¿Qué diferencia hay? Ya se han quemado, ¿no es verdad? Entonces dile que deseas te aconseje sobre los hombres, otros hombres. Esto siempre les hace caer. Y cuando te dé el consejo, asiente y sonríe y dile «¡oh!», así mismo. «¡Oh!» y «¡Oh, sí» y «¡Oh, ya veo!» y «¡Oh, naturalmente!» y «¡Oh, por qué no pensaría yo en eso!», y hasta puedes llegar a decirle: «¡Oh, papi, papaíto, ¿qué haría yo sin ti?» Se lo tragará todo. Sigue el palo por ti. Todavía puedes sacar lo que quieras de ese hombre. Nena, es una vida de coño. En vez de pelear, sonreímos, fingimos estarde acuerdo, y hacemos lo que nos da la gana. O les hacemos creer que somos estúpidas y nos ahogamos en nuestra abrumadora adoración como héroes. Algunas chicas se salen con la suya y esto es todo lo que saben hacer. Por esto la naturaleza nos hizo más bajitas, para poder admirarlos en su altura. Y por esto hizo a los hombres ingenuos: para que nunca sospecharan que después que nos han dejado en casa, nosotras tenemos otra cita. Pero debemos guardar siempre esa apariencia rosada y tranquila. Hemos de despertar la curiosidad de esos necios sementales, sobre lo que nosotras estamos pensando realmente. ¡Ah, ése es el misterio de la vida, ah, sobre eso escriben canciones! ¿Me estás escuchando? Ahora no vayas a quedarte dormida mientras te hablo. Pasa como puedas esta tarde. Entonces, antes de que te des cuenta, Teddy ya estará aquí, y con él ese viejo loco griego. Eso va a ser el acontecimiento principal. Costa Avaliotis contra el doctor Edward Laffey. Siéntate y contempla el espectáculo, chiquilla; tú tienes el mejor asiento. Tú eres el primer premio, nena. Todo lo que tú debes hacer es quedarte tranquila y estar atractiva. Y cuando sientas que estás otra vez a punto de subirte por las paredes con tus histerias de niña, acuérdate de mí aquí repantigada e indiferente, con mi color rosado, y di para ti misma: sólo son un par de días en la vida de una hembra.

El hogar de los Laffey desde la carretera general presentaba el aspecto de una pared construida con un material básicamente de cemento, cuyo color natural se había avivado con un tono de ocre. Una hilera de pequeñas puerta-ventanas se abría en la pared a la altura de un piso, pero no había puerta de entrada visible. Se veía la avenida que rodeaba la casa y desaparecía por detrás de ella.

Había la entrada y un espacio en forma de U, pensado para refugio y esparcimiento familiar, naturalmente inspirada en el patio interior de una hacienda mexicana. Simétricamente, a cada lado de la imponente puerta de entrada había dos ventanas, del suelo al techo, de doble puerta, que daban a terrazas idénticas bordeadas de flores. Una terraza, conducía al comedor y la otra al salón, que raramente era utilizado por nadie excepto por Emma Laffey que permanecía allí sentada ante un enorme aparato de televisión todas las noches de su vida.

Al otro lado de la avenida, tras un seto vivo de arbustos tropicales, una plantación espesa pero bien ordenada de flores rodeaba la piscina. Más allá, y un poco por debajo de esta zona, se encontraba otro jardín, devoción especial de Emma Laffey, un cultivo de flores del desierto y cactus con sus frutos espinosos. Un quitasol de rota estaba colgado sobre un piso alzado algunos centímetros por encima de la arena caliente allí donde las ramitas hubieran podido entrelazarse. Aquí se sentó Ethel, a la luz que el sol había dejado atrás, esperando que saliera su padre.

Podía ver a su madre, sola en la terraza del salón, tomando su cena de una bandeja. Emma dejó el cuchillo y el tenedor como si fuesen demasiado pesados para manejar, suspiró y vio entonces a su hija que la estaba mirando. Rápidamente se animó. Las dos mujeres se saludaron con la mano a través del espacio, y entonces mistress Laffey miró su reloj de pulsera y lo que vio la impulsó a hacer una serie de gestos y signos en dirección de Ethel. Ethel tradujo el mensaje: dentro de pocos minutos habrá un programa estupendo en la televisión y Ethel debía venir, por favor, por favor, a verlo con ella.

Ethel dijo en voz alta:

– Estoy esperando para cenar con papá -acompañando estas palabras con signos y gestos que expresaban lo mismo.

Emma asintió con la cabeza, comprendió por qué debía estar sola otra vez, y presentó el aspecto de sentirse tan complacida por ello como cualquiera pudiera estarlo.

Allí estaba él entonces, saliendo decidido por la otra terraza, la que correspondía al comedor, vestido con una americana azul marino de lino irlandés, adornada con botones dorados y debajo del blazer una camisa desabotonada hasta la mitad del pecho. Saludó alegremente con la mano a su esposa que estaba en la terraza opuesta, y le mandó un beso. Dirigió entonces gestos impacientes a Ethel.

Ethel ya había echado a correr en su dirección. Entre sus brazos le dijo:

– Olvidé decirte, papá, que tienes un aspecto maravilloso.

Complacido, él respondió:

– Estoy seguro que tengo mejor aspecto porque tú has venido a casa -añadió-: Y porque soy terriblemente feliz de cenar contigo.

Manuel estaba encendiendo dos lámparas sordas, una color vino de Borgoña, y la otra del intenso color verde de las hojas del acebo.

Había margaritas. Y guacamole. [10] Se sonrieron. No era necesario decir nada. En aquel silencio, todo era perfecto.

En la distancia se oyeron los primeros coyotes.

– Diego me ha dicho que uno de ellos mató al perro de aguas -dijo Ethel.

– Es más fácil que fuese un lince. Les gusta la carne de perro. A propósito, ¿qué auto es ése que hay en la avenida?

– Lo he alquilado en el aeropuerto.

– Tienes tu propio auto en el garaje. -Esperó una explicación. Ethel no se la dio.

Manuel salió con dos rebosantes margaritas más, el dorado líquido lamiendo el áspero borde salobre.

– Ah, gracias, Manuel -dijo el doctor Laffey. Y añadió-: Manuel, hay cierto olor acre en el aire, como si se estuviera quemando goma laca. ¿Qué es?

– Son mis fotografías -dijo Ethel-. Le pedí a Manuel que las quemara.

– ¡Ah! -exclamó el doctor Laffey-. Ya veo. -Miró a Manuel.- El viento viene en nuestra dirección, el poco viento que corre, y el humo se queda aquí inmóvil.

– Sí, señor -dijo Manuel-. Lo siento.

Ethel recordó lo que había venido a hacer aquí. Se acordó de las instrucciones de Costa.

– Yo no deseaba causarte ninguna inquietud antes -dijo-. Quiero decir, que lo hice y lo siento.

– ¿Sobre qué? -preguntó su padre.

– Por ser adoptada. Estoy segura de mi deuda de gratitud.

Carlita salió con las ensaladas.

– Su padre ha preparado el aliño, miss Kitten -dijo mientras colocaba los cuencos de madera Oaxaca en la mesa a un lado del mantelito individual. Vaciló entonces.

– Sí, Carlita, ¿qué quieres? -dijo el doctor.

– Quería preguntar a miss Ethel si estaba segura que quería darme todos esos vestidos. Haré feliz a mucha gente con ellos, naturalmente, pero… Doctor Laffey, ¿usted qué dice?

– Vaya, Carlita, son los vestidos de Kittey. Ella puede hacer todo lo que quiera con ellos.

– Gracias, señor, gracias a los dos. Aliviada, salió presurosa.

– Adoro el aliño que preparas, papá -dijo Ethel- y la salsa de carne. ¿Cómo aprendiste a hacer esas cosas?

– Tuve que aprender. Resultó que tu madre no era muy buena en la cocina.

– Debes darme las dos recetas. Tengo una libretita donde he comenzado a anotarlas.

Manuel salió con los filetes en una gran tabla de madera. Alrededor había los tomates asados y montoncitos de cebollitas salteadas en mantequilla.

El doctor Laffey se colocó los medios lentes que colgaban de una cadena de plata alrededor del cuello y cuidadosamente hizo penetrar el afilado corte de un cuchillo por uno de los solomillos.

– Tal como he pensado -dijo a Manuel- están demasiado hechos. Pon otro par en la brasa.

– Lo siento, señor, pero tomará algún tiempo. Están congelados, sabe…

– Saqué cuatro filetes del congelador. Por si acaso. Encontrarán otro par en la nevera, a punto. No esperarás que nos comamos éstos, ¿verdad? Ahora apresúrate. Y, oye, Manuel… Nunca, nunca más destruyas nada que sea de mi propiedad sin mi permiso previo. ¿Queda entendido?

– Sí, señor.

– Y, oye Manuel, cuando hayas puesto los nuevos filetes al fuego tráenos otra ronda de margaritas. ¿No es verdad, Kit, que Manuel prepara unas margaritas perfectas?

– Sí, así es.

– Gracias, gracias. -Manuel salió a toda prisa.

– Yo les he mandado hacerlo -dijo Ethel-. Lo siento. Sé que hubiera debido pedir permiso. Pero las fotografías eran mías, de modo que…

– Bueno, no tiene importancia, pero fueron tomadas con mi cámara, que exponía mis negativos, y yo las mandé revelar, imprimir, recortar y enmarcar. No es un punto que quiera discutir, pero bajo cualquier definición de propiedad que yo pueda conocer…

– Pero eran fotografías de mí. Yo soy el sujeto. Yo no te pedí que las hicieras o que las enmarcaras o que las pusieras en mis paredes. Ya sé que lo hiciste por afecto, pero no deseo tener a mi alrededor ninguna de mis viejas fotografías.

– No importa, no importa. Ya está hecho y tú eres feliz. Bueno, ahora ya no puedes evitarlo más: dime cómo es.

– El padre es a la usanza antigua. Se supone que debo prepararte para su visita.

– ¿Tan formidable es?

– Es increíble. -Se acordó de Costa y se echó a reír.- Literalmente increíble.

– Pero tú vas a casarte con el hijo y no con el padre, ¿no es así?

Rieron juntos.

– Es más como si me casara con los dos. Voy a ingresar en una familia. El viejo es el último de una raza. Y se preocupa de su descendencia, le inquieta de verdad.

– ¿Y yo no?

– ¡Vaya, papá! ¡No quiero decir eso! -Se inclinó y lo besó.

– Estaba bromeando. ¿Y sobre tu joven enamorado?

– Teddy es… realmente lo creo… un santo.

– Sospecho de los santos, me divierto con los bribones. ¿Es un muchacho guapo?

– Mucho. Pero hay que mirarlo dos veces. Es un guapo a segunda vista. Pero, lo creas o no, eso a mí nunca me ha importado mucho. Teddy es justo lo que yo necesito.

– ¿Y qué es lo que ahora estás necesitando tanto?

– ¿Tanto que es preciso que me case?

– Yo no he dicho eso exactamente.

– Orden.

– ¿Qué es lo que me has dicho?

– Orden.

– ¿Has cambiado tus gustos?

– Finalmente,

– ¿Es eso bueno en un amante?

– Papá, estoy hablando de un marido.

– ¿Todavía…? -El doctor le cogió la mano y la besó.

– Sí, Teddy tiene otro lado. Auténtica Marina. Cuando lo conocí, me parece que estaba viéndose con centenares de chicas, y lo hacía de tal modo que nadie lo hubiera notado. Siempre muy correcto. Incluso en eso. Pero finalmente imaginé que esa postura indiferente, era una técnica, la técnica que utilizaba para que las chicas abrieran sus rodillas. ¡Oh, los usos del mando! ¡Bastardo!

– ¿Y ahora? ¿Es fiel contigo?

– Lo creo absolutamente.

– Es mejor que lo sea.

– No se parece a nadie que yo haya podido conocer, papá. Es decente, bajo cierto modo fundamental. Y yo lo quiero.

La llegada de Manuel con dos margaritas frescas le dio oportunidad de volver el rostro. Estaba a punto de llorar.

Juntos rompieron la costra de sal alrededor de los bordes de sus vasos y sorbieron el dulce licor dorado.

– Lo echo de menos, papá -dijo Ethel-, aunque sólo haya pasado un día y medio.

– ¿Qué marcas son esas que llevas en el cuello? -le preguntó su padre.

– La noche pasada estuve con Ernie.

– ¡Oh, pero cómo es posible! ¡Por el amor de Dios!

– ¿Puedo pedirte un favor ahora? -preguntó ella-. Verás, sea lo que fuere lo que yo espere ahora de la vida, lo espero de Teddy. Por favor, quiero pedirte que cuando venga, opines lo que opines de él, seas amable con él.

– Me preocupa que creas necesario pedirme eso.

– Pensé nada más que debía decirlo.

Manuel se acercó apresuradamente con los filetes.

– Creo que éstos son perfectos -dijo-. Quiero decir, que lo espero.

El doctor Laffey se puso sus lentes, cogió el cuchillo, hizo un corte en el filete y lo inspeccionó. Miró después a Manuel, con un signo de afirmación, dándole permiso para retirarse.

La carne era buena, y quedaron silenciosos.

– ¿Qué estás pensando? -preguntó el doctor.

– Que a los dos nos gusta la carne del mismo modo.

– Tú eres como yo en otro sentido. Piensas por partida doble. ¿Qué estabas pensando al mismo tiempo que te ocupabas de los filetes?

– Estaba pensando -dijo Ethel- lo que acababas de decir sobre Ernie, hace un momento. Has dicho: «Oh, pero, ¿cómo es posible?» Y «¡Por el amor de Dios!» ¿Te acuerdas que has dicho esto?

– ¿Sí?

– ¿Te has indignado realmente o lo has fingido?

– ¿Te importa si no respondo esa pregunta? Resulta insultante.

– Bueno, yo no estaba segura. Lo siento.

– Se acepta la disculpa. A propósito, no me has dicho si te gusta el oficio de enfermera.

– Papá, sé demasiado sobre tu profesión para que me guste ser enfermera.

– ¿Así que fue únicamente un capricho?

– No. Lo hice en un momento en que lo necesitaba. Y te doy las gracias por ello

– Kit, espera un poco más; no te precipites a…

– Papá, ¡hacer de enfermera no es para mí!

– Bueno, entonces, ¿qué piensas hacer, ahora que ya has llegado a la madurez?

– Nada. Ser una esposa. Lo que significa ser nada. Tener hijos. Ayudar a Teddy para que sea todo lo que pueda ser. Esa es mi mayor esperanza… que yo sea buena para él.

– Vaya, ciertamente eres una chica distinta. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar? ¿Tu nuevo enamorado?

– A propósito, su nombre es Teddy. Voy a hacer todo lo que pueda por Teddy. Incluyendo dar hijos a Teddy. El padre de Teddy me lo hizo prometer, un juramento sagrado. Y yo lo prometí.

– Eso es maravilloso. Pero… perdóname por mencionarlo… lo primero que has hecho cuando has regresado ha sido ir a ver a ese…

– Tenía que hacerlo. Acabé con Ernie la pasada noche. Tú tenías razón en lo que dijiste una vez, que yo me parecía a Ernie más de lo que creía. Un vagabundo, dijiste. Y había una razón para ello. Pero, desde la noche pasada, se acabó el vagabundeo.

– Muy bien. Eres diferente Kit. Más dura. Solías ser tan cariñosa. Pero ahora… Bueno, supongo que ahora eres una adulta.

– Es a causa de Teddy. ¿Sabes, papá, que realmente yo nunca tuve un amigo? Los muchachos siempre iban tras lo que tú sabes y las chicas se resentían conmigo porque los chicos iban detrás del mío y no del de ellas. Pero Teddy es un amigo. Aparte todo lo demás, le gusto lo suficiente para pelearse conmigo y seguir a mi lado.

– Ese pequeño judío listo, también se peleaba contigo.

– Sí, por cierto que he recibido una carta suya.

– Espero que desde Israel.

– Sí. Se mostraba muy insultante, pero cuando reflexioné sobre lo que me había dicho, decidí que tenía razón.

– ¿Qué es lo que te dijo?

– Que tú me mimabas demasiado. Que no soy más que una especie de animalito doméstico.

– ¡Maldito bastardo! ^

– Creo que tiene razón. La única cosa que llegaste a enseñarme, papá, fue a sentarme erguida sobre un caballo y agarrarlo con las rodillas. Pero todo eso ahora va a cambiar. Por este motivo te he pedido que hagas que Teddy crea que te parece bien, te guste o no te guste.

– Si con ello quieres decir portarme cordialmente, siempre lo he hecho, siempre lo hago. Pero si quieres decir que ponga de lado mis facultades críticas…

– Sabes bien lo que quiero decir. No quiero que Teddy se sienta rechazado.

– Yo nunca he…

Ella lo interrumpió.

– Otra cosa. El viejo habla de los linajes de la sangre como si estuviera escogiendo una yegua de cría. Te parecerá primitivo, lo sé. Porque a mí me lo pareció. Pero muéstrate formal con ellos, su orgullo familiar, y…

– ¿Vas a decirle que has sido adoptada?

– No me atrevo a decirlo al padre. Pero si consiguiera decírselo a Teddy, junto con algunas otras cosas, me sentiría mejor. No quiero secretos ocultos que más tarde pudieran salir a la luz. Especialmente porque vamos a tener un hijo tan pronto como sea posible.

– Yo no se lo diría. No, siendo como parece que son.

– Tendré que hacerlo. Y ya que estamos hablando, deseo que saques ese maldito álbum fotográfico, la historia gráfica de mi vida, antes de que llegue la familia Avaliotis.

– ¡Oh, ya está bien! ¡Ese álbum es de gran importancia para mi!

– Hazlo, papá; hazlo simplemente porque yo te pido que lo hagas. Porque si tú no lo haces, lo haré yo. Y esta vez voy a quemarlo yo misma.

Se levantó, recomendándose demasiado tarde cautela para evitar peleas con el hombre, para dejar transcurrir esos dos días y conservar la calma. Pero ya era demasiado tarde. Lo había estropeado y estaba a punto de estallar de nuevo.

– Perdóname -dijo-. Regreso en un momento.

Se alejó de la terraza, cruzando la avenida y se metió en el jardín alrededor de la piscina siguiendo hasta el jardín de cactus en donde se sentó debajo del quitasol, dando la espalda a la casa.

Allí la encontró su padre cuando le trajo su menta blanca en una copa de coñac.

Se inclinó y la besó, saboreando después el coñac que traía en la mano.

– Los coyotes -dijo Ethel-. Ahora están más cerca.

– Y está más oscuro.

– Es extraño, que con las carreteras y todo eso, estén ahí todavía.

– Sobrevivirán al hombre -dijo el doctor-, que es más de lo que el hombre será capaz de conseguir.

– Lo siento mucho -dijo Ethel-. Mi comportamiento durante la cena…

– Lo comprendo. Es un momento de nervios.

– Supongo que lo es y yo no me daba cuenta.

Entonces ella lo dijo, muy quedamente.

– ¿Por qué nunca me habías hablado realmente sobre mi adopción?

– Le pedí a tu madre que te contara todo lo que sabíamos sobre ello.

– Ella puede decírtelo todo, y tu esposa no te cuenta nada. ¿Quiénes eran mis padres? ¿Quién es mi verdadero padre?

– Los de la agencia de adopción fueron muy estrictos en no contarnos nada de eso.

– ¿Lo preguntaste tú acaso?

– Sí, lo hice. Respondieron que tu padre biológico era algún tipo de artista, con talento y… ya que quieres saberlo… algo rebelde. Pero no quisieron darme su nombre. O el lugar en donde vive.

– Si hubieras tenido suficiente interés, lo hubieras descubierto.

– Digamos que preferí no saberlo.

– Pero yo quiero saberlo. Yo quiero conocerlos. Yo quiero que vengan a mi casamiento.

Ethel se daba cuenta de cuánto enojaba esa idea a su padre.

Pero continuó.

– Dime, ¿tuviste que pagar dinero por mí?

– Sólo lo que ellos llaman tarifa de servicios.

– ¿Cuánto?

– ¿Y eso qué importa?

– ¿Cuánto te costé?

– Creo que fueron veinticinco dólares.

– De modo que me compraste.

– Fue más bien como un…

– ¿Un alquiler?

– ¿Por qué te muestras tan maligna conmigo?

– Porque no te he visto desde hace mucho tiempo.

– ¿Crees que esto es una razón?

– Quiero saber quién soy y tú no me ayudas a descubrirlo.

– Pero, ¿por qué, de pronto, esta ansiedad por saberlo?

– Voy a casarme y quiero poder decir a mi marido quién soy. No una Laffey. Ese es un nombre que tú me has prestado y que ahora te devuelvo. Muchas gracias. ¿Pero, quién demonios soy yo?

– ¿Esperas realmente que organice una investigación?

– ¿No crees que me debes eso?

– ¿No crees que, más bien, te interesa saberlo para usarlo contra mí?

Nuevamente Ethel tuvo que tragarse la ira y callar.

– Te diré por qué te muestras tan maligna conmigo -le dijo el doctor-. Porque te sales con la tuya tranquilamente. Estás a salvo aunque me insultes porque sabes que no voy a devolverte la pelota.

Iba a añadir algo más, pero Manuel se acercó a donde estaban, trayendo dos botellas en una bandeja, una de menta blanca y otra de coñac. Dejando la bandeja en la mesita baja entre los contendientes, solicitó permiso para irse a la cama.

– Lo siento, señor -dijo-. Por lo que ha sucedido hoy.

– Comeremos fresas para desayunar -dijo el doctor a modo de respuesta-. Ponías a refrescar.

Manuel salió.

Cuando todo estuvo silencioso de nuevo, el doctor habló a Ethel. Con suavidad.

– En cuanto a lo que hiciste con Ernie, espero que lo que me has dicho sea verdad, que todo haya terminado. Siempre has tenido una tendencia autodestructiva. Quizás ahora ya puedes controlarla… ¡No me mires de ese modo! Yo no soy la causa de todo lo malo que te ha sucedido. Todo lo contrario. ¡Yo te he dado todo lo bueno que has tenido en tu vida!

Llenó su vaso de coñac. Ella le alargó el vaso, pero el doctor dijo:

– Creo que ya has bebido bastante.

Ethel se llenó ella misma el vaso.

– Quiero pedirte un favor, papá, un favor muy sencillo.

– Todo lo que esté en mi mano, lo haré. Como siempre.

– No te va a resultar fácil.

– Deja que sea yo quien lo juzgue.

– Creo que con Teddy, por primera vez, tengo una oportunidad. No intentes hacernos romper.

– ¿Qué es lo que has dicho?

– He dicho que no intentes hacernos romper como has hecho con todos los otros.

– ¿Cuáles, todos los otros? Y cuándo he intentado yo…

– Te diré cuándo. Cito: «Creo que es un debilucho.» Cito: «Recuerda que es un judío.» Cito: «Fíjate qué torpe es en la pista de tenis. ¡Ja, ja!» «Es un marica. ¡Ja, ja!» «Creo que quiere más a su auto que a ti.» «Creo que puedes conseguir algo mucho mejor que eso, Kitten, ¡mucho mejor!» Ahora ya has comenzado con Teddy. «Sospecho de los santos», has dicho, «me divierto con los bribones». Todavía no has pronunciado su nombre. «Tu nuevo enamorado.» Se llama Teddy. Teddy. ¡Teddy! Ya sé que no puedes evitarlo, lo sé. Por eso te he dicho que iba a ser duro para ti. Pero esta vez no voy a dejar que me enredes. Te pido que trates de controlarte. Y te aviso además, de que estoy vigilándote. Nada de tretas, astucias o subterfugios sutiles. Estoy alerta, ¡estoy en guardia!

– Vete a la cama -le dijo el doctor, levantándose-. Has bebido demasiado. El sueño aclarará tus ideas.

– Mis ideas están muy claras ahora.

– Sin comentarios. Le dije a un viejo amigo que está dando una fiesta que a lo mejor iría un rato después de la cena.

– No te creo. Pero no me importa. Buenas noches. Yo no deseaba que nuestra última conversación fuese de esta manera. Supongo que ha sido por culpa mía. Lo siento.

Cuando el doctor se inclinó para besarla, ella retiró su cara, y después se volvió y lo miró.

– Teddy es un buen hombre -dijo.

– Me alegro. Eso es lo que todos necesitamos. -Tocó entonces el lugar de su cuello en donde se veían las marcas de su encuentro con Ernie.- El peligro, querida mía – dijo- no proviene de nada que yo pueda hacer. El peligro que temes proviene de ti misma.

Entró en la casa, controlando cierta inseguridad. Al cabo de pocos minutos Ethel oyó su auto, así como abrir y cerrar la verja. El se había marchado.

Los coyotes parecían estar más cerca y había lechuzas en el valle más allá del jardín de cactus; los coyotes lamentándose y las lechuzas seductoras, con las garras prontas.

Cuando el desierto comenzó a enfriarse, Ethel entró en la casa.

Oyó música, jazz de los años treinta, pies arrastrándose en un escenario de madera y pequeños gritos de ¡Hay, hey! Al avanzar vio el aparato de televisión y la imagen de un hombre de media edad demasiado distinguido para el trabajo que estaba haciendo, enseñando un paso de danza a una hilera de chicas con traje de ensayo.

Sentada en una pesada butaca de terciopelo, mistress Laffey daba la impresión, inclinada hacia delante, de escuchar ansiosamente para no perderse ni una palabra ni un movimiento. Pero cuando Ethel se acercó, vio que Emma estaba dormida. En su rostro había una expresión de estupor y tenía la boca abierta.

Ethel se inclinó para besarla en la cabeza.

– Buenas noches, mamá -murmuró.

Asustada, Emma la miró.

– ¡Kitten! ¡Oh, Kitten, cariño! -exclamó.

– ¿Estás bien mamá? -preguntó Ethel.

– Maravillosamente. ¿Hay algo más pesado que autolamentarse? Ven -se hizo a un lado-, siéntate junto a mí. Pareces cansada, cielo. Descansa.

Abrió los brazos. Cuando Ethel no respondió, ella alargó la mano y cogiendo a Ethel por el codo, la tiró gentilmente hacia ella.

– Te echo tanto de menos -dijo-. Ven a sentarte y hablar conmigo.

– Mañana, mamá -dijo Ethel, soltando su brazo.

Emma cogió de nuevo a la muchacha tirando de ella con una fuerza frenética.

– ¡No hagas eso! -exclamó Ethel. Su voz impaciente y desagradable la sorprendió.

La mano de Emma la soltó y quedó temblorosa, en el aire.

Comenzó entonces a sollozar, y del mismo modo que la ira de Ethel hacia su padre había sido la acumulación de años, así eran las lágrimas de Emma. Su corazón se había destrozado y no tenía ningún orgullo.

A tientas, buscó su bastón, y se incorporó, apoyándose sobre el brazo de la butaca, y se encaminó hacia el vestíbulo y la escalera, sollozando amargamente.

Ethel no se movió, no la miró mientras se iba. Cuando oyó que la puerta del dormitorio en el piso superior se cerraba, se sentó y se cogió la cara entre las manos.

Le había dicho las mismas palabras a su «madre» que su «padre» le dijera hacía algunos años, y con la misma voz cruel.

Levantándose de un salto, corrió escalera arriba. Pero en la habitación de Emma no se veía ninguna luz por debajo de la puerta. Intentó la manecilla de la puerta. La habitación estaba cerrada con llave. Llamó. Pero no hubo respuesta.

En fin, ¿qué demonios podía hacer o decir para ayudar a esa mujer? Era demasiado tarde. La verdad era que nadie en esa casa podía ayudar a ninguno de los otros. O debía.

Desde su propio dormitorio, Ethel se dirigió al teléfono. Teddy no estaba en casa. Deseaba poder desconfiar un poco de Teddy; eso aliviaría la culpa que ella sentía. Pero Ethel sabía dónde estaría Teddy… en un cine con su padre.

– Me dijeron que alguien había llamado desde Tucson, una muchacha -dijo Teddy cuando la despertó en medio de la noche-. Me imaginé que serías tú.

– ¡Que sería yo! ¿Cuántas chicas conoces tú en Tucson?

– Todas las chicas a punto de graduarse de la Universidad de Tucson.

No parecía enfadado. Ethel se sintió aliviada.

– Oh, Teddy, cariño mío -le dijo- ¿querrás, por el amor de Dios, venir aquí y llevarme lejos?

– Pasado mañana estaremos ahí.

– Te necesito ahora mismo.

– ¿Qué ha sucedido? ¿Alguien ha herido tus sentimientos?

– No. Todos han sido muy pacientes. Soy yo. Me está entrando la chifladura. Todo vuelve; igual que cuando era una chica y… Lo siento; no debes preocuparte por ello. ¿Cómo fue la película?

– ¿Cómo sabías que fuimos a ver una película?

– Lo sé todo de ti, así que ándate con cuidado.

– Sin bromas, ¿cómo lo sabías?

– Tengo una doble vista, porque te quiero. ¡Adelanta tu vuelo! No sé qué demonios voy a hacer aquí mañana.

5

Al día siguiente Ethel durmió hasta las dos de la tarde, o pretendió que dormía. Emma hizo su viaje mensual a la ciudad para visitar a su médico personal, un profesional que su marido había escogido para ella, y el doctor Laffey no vino a casa para cenar. Era su noche de bridge; el doctor era un jugador con categoría de concursante.

Al día siguiente, en honor de la ocasión, el doctor Laffey canceló sus compromisos, incluyendo una operación ortopédica que le hubiera proporcionado unos honorarios sustanciosos, y se fue en el auto con Ethel al aeropuerto.

Ethel llevaba una blusa azul celeste, de alta botonadura. A un lado de su cuello se veían todavía unas marcas enrojecidas.

El encuentro fue muy sencillo. Costa se sentó en la parte posterior junto a su hijo. El doctor Laffey conducía, y Ethel iba a su lado. Para mantener una conversación, el doctor describía los puntos importantes del recorrido. Se desvió de su camino para llevarlos por el nuevo centro cívico.

– Mucho dinero ahí -hizo observar Costa.

Le impresionaron más todavía algunas de las casas junto a las que pasaron en su camino hacia la cima de la colina Laffey.

– Yo siempre he dicho a mi hijo -comentó- que es igual de fácil casarse con chica rica que con chica pobre.

– Ha hablado un griego -dijo Teddy.

Cuando llegaron a la casa de Laffey, surgió un problema.

– ¿Qué es esto? -preguntó Costa.

– Nuestra casa -respondió el doctor Laffey-. ¿Es eso lo que usted ha preguntado?

– Muy bonita, muy bonita, pero… -Costa se mostraba reacio por alguna causa. Se encaminó hacia el auto.

– Hay habitaciones preparadas para ustedes -dijo el doctor Laffey – ¿No es así, Ethel?

– Vamos, míster Avaliotis -dijo Ethel.

Costa permaneció en sus trece. Por lo visto, aquello que le contrariaba sólo podía discutirse entre padres, de modo que se acercó al doctor Laffey, indicándole con un gesto al vuelo que debían hablar a un lado.

Los chicos esperaron.

La consulta que no debían oír fue corta. Vieron que el doctor Laffey asentía con la cabeza, y le oyeron decir:

– Naturalmente, si usted lo prefiere así.

El hombre volvió. Costa parecía tranquilo, pero resultaba evidente que el doctor Laffey había tenido una primera impresión de lo que le esperaba.

– Míster Alavotis me ha dicho…

– Avaliotis -dijo Costa-. A-va-li-o-tis. Muy fácil.

El doctor Laffey se dirigió a Teddy.

– Su padre prefiere que os alojéis en un motel -dijo.

– Es lo adecuado -dijo Costa-. Hasta que lleguemos a un acuerdo, ¿lo entiendes? -añadió. Se volvió hacia Ethel-. ¿Lo entiende usted, verdad jovencita? Su padre y yo tenemos muchas cosas que discutir. Y Teddy y yo, el mismo problema.

– No podré buscarles un lugar y llevarlos yo mismo allí -dijo el doctor Laffey.

– Yo les encontraré un lugar -dijo Ethel.

– Desgraciadamente, tengo un gabinete que atender y he de hacer mis rondas en el hospital. Mañana debo operar y…

– No hay necesidad de explicar, doctor Laffey… ¿correcto, Laffey?

– Sí. Ahora debo apresurarme. Ethel tiene su auto y ella…

– No se preocupe, no se preocupe -dijo Costa.

– Pero esta noche -añadió el doctor Laffey- insisto en que todos cenemos aquí. ¿Estará eso bien?

– Adecuado -dijo Costa.

– Bien. Así que ahora me voy corriendo…

– Antes de que se marche, quiero conocer a su esposa. ¿Puede usted molestarse en presentarnos?

– Ethel cuidará de ello.

– Ocupará sólo un minuto -Costa parecía ansioso en que fuese el doctor Laffey quien le presentara a mistress Laffey.

Lo que el doctor hizo. Y se fue después.

Costa se sentó junto a mistress Laffey, le hizo elogios de su bella casa y en lo bien que habían criado a su hija.

– La verdad es -comentó Emma Laffey- que mi colaboración en ambas cosas ha sido muy pequeña.

– Querida señora, no puedo creer eso.

– Creo que quieren estar solos -dijo Ethel, empujando a Teddy por la puerta del jardín-. Ven, quiero que veas nuestras plantaciones de flores.

Cuando salían oyeron que Emma hablaba a Costa de su «debilidad». Era la primera vez en muchos años que alguien estaba dispuesto a escucharla.

Algo preocupaba a Ethel. El periódico de la mañana publicaba un artículo sobre el aumento en la comunidad de casos de enfermedades venéreas. Sentía cierto dolor dentro de ella. Ernie nunca cerraba su puerta.

Reflexionó sobre contar la verdad a Teddy, pero decidió en contra.

– Tengo que admirar a tu padre -dijo-, su modo de hacer las cosas. Por su tradición, ¿sabes? Así que he pensado que quizá no deberíamos…

– ¿No deberíamos qué?

– Hacer el amor otra vez hasta…

– ¿Estás bromeando? ¿Hasta cuándo?

– Hasta que nos casemos. O, por lo menos, hasta que todo esté convenido.

– Mantenme alejado, vamos a ver. -Teddy se echó a reír.

– ¿Qué encuentras tan divertido?

– ¿Qué es lo que hacen con los caballos? Me lo contaste en cierta ocasión.

– Oh, Teddy, sé formal.

– ¿Qué es lo que les hacen? Les atan…

– Un cepillo rígido en la parte posterior de la barriga, así que cuando el garañón… -Ella también se echó a reír.- Se conoce como la coraza del semental. Estarías tan gracioso con una de esas corazas…

– Haría muchas cosas por mi padre, pero tú has dado justo en el límite.

– Teddy, estoy hablando en serio. Así, cuando nos casemos, será mucho más importante.

Teddy la atrajo hacia él y comenzó a besarla.

– Las mujeres controlan esas cosas -dijo él-. Vamos, contrólame.

– ¡Teddy! Cuidado. Se acerca tu padre.

Mistress Laffey y Costa habían salido de la casa. Costa la sujetaba por el codo y ella le miraba directamente a los ojos.

– Creo que mamá está coqueteando con tu papá -dijo Ethel.

– Yo soy feliz como la mayoría de la gente -estaba diciendo Emma-. Amo mi jardín y… mi habitación y… a mi hija. -Vaciló y sonrió valientemente como exigía su tradición.- Y espero no ser una carga demasiado pesada para él, para el doctor Laffey.

– Estoy seguro de que no.

– Hemos pasado épocas maravillosas. El doctor Laffey solía llevarme a Europa cada dos años. Pero últimamente ha estado demasiado ocupado.

– Hombre importante, ¿qué se puede hacer?

– ¿Sabe usted qué es lo que yo echo de menos en el mundo? Un viaje de compras como en los viejos tiempos hacíamos. ¡Oh, las compras que he llegado a hacer! -Comenzó a hablar muy rápidamente y con una animación desacostumbrada. -Los franceses tienen artículos de piel muy suave. En Escocia son las lanas. Si usted ve algo que le gusta en una tienda, cómprelo. Cuando volviera a buscarlo seguramente no lo encontraría. Recuerde, hay una temporada para esas cosas. Y en cuanto al regateo, en Inglaterra es tiempo perdido. Pero al este de París, se ofrece la mitad y hay que mantenerse firme. El doctor Laffey solía admirar mi habilidad para regatear -se echó a reír como una niña traviesa- pero se trata nada más de ofrecer la mitad y mantenerse firme. Acuérdese.

– Es mi esposa quien se encarga de todas las compras en mi familia -dijo Costa.

– ¡Qué bien! Tengo muchas ganas de conocerla. Le enseñaré algunos vestidos muy bonitos que tengo arriba. Muchos de ellos ni me los he puesto. Ni me los pondré probablemente. Aunque no he cambiado de talla.

– Mamá -intervino Ethel-, míster Avaliotis no está interesado en tu talla.

– ¡Chitón! ¡Ethel! -exclamó Costa-. Deja que hable la mujer, por el amor de Dios. Siga, por favor, mistress Laffey, ¿su talla?

– Oh, no tiene importancia. Todavía tengo la seis. Seis de júnior, no de señorita. Ethel, tiene talla de señorita. ¿Ve usted que ella es mucho más desarrollada?

– ¡Mamá! Sería mejor que fuésemos a buscar un lugar en donde poder alojarse, míster Avaliotis -dijo Ethel-. Antes de que los turistas no dejen sitio.

– No se preocupe, Ethel, siempre tienen una habitación para mí. Vaya a donde vaya, querida mistress Laffey, la gente se preocupa por rní. No son ellos, es Dios. Dios se preocupa por mí. Yo le traeré Su bendición. Yo le pediré que le devuelva a usted la fortaleza, ya verá usted con qué rapidez.

Se irguió apoyándose en los dedos de los pies y henchió su pecho de aire.

– Bueno, ¿por qué estamos esperando, muchacho? -le preguntó a Teddy.

– Te estamos esperando a ti -dijo Teddy-. ¿A quién si no?

Costa se echó a reír.

– A veces se pone insolente con su padre, le contesta. Pero así es su país, mistress Laffey. Gracias a Dios, su hija entiende lo que es el respeto, ¿no es verdad, Ethel?

– Algunas veces -dijo Ethel-. Vamonos o necesitaremos de verdad la ayuda de Dios.

Les llevó en el auto a algunos moteles que no complacieron a Costa.

– ¿En dónde hay un río, agua, algo? -preguntó.

– Papá, por amor de Dios, esto es el desierto. Aquí el agua está a trescientos metros por debajo del suelo.

– Hay un motel en Palm Canyon -dijo Ethel-. Aunque está algo lejos. Allí hay una especie de arroyo.

– Especie de ¡otra vez! -dijo Costa. Y al verlo, comentó-: ¿A esto le llama usted un río?

– En la primavera baja lleno -dijo Ethel.

Había un motel prefabricado. Costa hizo una mueca.

– Creo que es mejor que tomemos habitación aquí, míster Avaliotis -dijo Ethel-, si es que queda alguna.

Firmaron el registro y Ethel se disculpó entonces para que los dos hombres pudieran afeitarse y lavarse.

– Tengo un problema -Costa dijo a Ethel-. No hay auto.

– Vendré a recogerlos a las seis y les traeré otra vez después de la cena -dijo Ethel.

– No, ahora. Pocos minutos. Debo encontrar una tienda.

– Yo tengo lo necesario para afeitarse, papá. ¿Qué es lo que necesitas?

– Quiero comprar algo para la querida mamá -dijo Costa a Ethel.

– Realmente, no hay ninguna necesidad, míster Avaliotis…

– No puedo ir a cenar sin llevar un regalo a su madre.

El viejo compró en una tienda una caja de un kilo de bombones «Whitman's».

– No hay más problemas -dijo.

Aquella noche la cena transcurrió muy bien, en todos sus detalles, desde Costa entregando su regalo a mistress Laffey, hasta los cocteles, los cumplidos sobre la casa y el terreno, en todo, hasta que Costa le dijo al doctor Laffey lo que pretendía.

– Nosotros somos católicos -dijo el doctor Laffey con los labios apretados-. Ethel va a casarse en nuestra iglesia.

– Esto no es posible -respondió Costa.

– Cualquier cosa es posible, míster Avaliotis. -El doctor Laffey había estado practicando la pronunciación del nombre con Ethel.

– Quizá para usted. Pero todo no es posible para mí. Tenemos familia y ésa es nuestra costumbre. Nosotros no cambiamos al venir a este país. Nuestros muchachos se casan con chicas griegas y nuestras señoritas griegas se casan con muchachos griegos. Yo no soy hombre anticuado. Entiendo que el mundo está cambiando. Pero esta cosa nosotros no la cambiamos.

– Tampoco nosotros -respondió el doctor Laffey, más brevemente, pero con igual decisión.

– Así… -Costa dejó sin terminar la frase haciendo un gesto mostrando las palmas de las manos hacia fuera-. Usted tiene su derecho, yo tengo mi derecho. Veremos lo que sucede.

Siguió esa clase de silencio tan temido por cualquier anfitrión.

– En el desierto tenemos flores bellas -dijo mistress Laffey-. Flores del desierto.

– Ya lo sabe, Emma -dijo el doctor.

Nadie habló.

– Cuando de pronto todos callan en la conversación, como ahora -dijo Costa- mi gente en el viejo país dice: «¡Ha nacido una niña!»

Nadie le entendió.

Costa se volvió hacia mistress Laffey.

– Una cena muy agradable, mistress Laffey -dijo-. ¿Cómo puede encontrar pescado como ése aquí, tan fresco?

– Desgraciadamente yo no tuve nada que ver con la cena -dijo mistress Laffey. Y miró al doctor.

– La trucha de montaña – el doctor dijo a Teddy, especialmente a Teddy- la traen en avión desde Denver.

– ¿Has oído eso, papá? -preguntó Teddy-. Las truchas las traen en avión desde Denver.

– Muy bien, muy bien -dijo Costa.

– Y ahora, ¿por qué, ustedes dos, caballeros -dijo Teddy- no comienzan a entenderse?

– Por mí, de acuerdo -dijo Costa.

Pero el doctor Laffey no volvió a dirigirse aquella noche a Costa, excepto como parte integrante del grupo. Aproximadamente a las diez menos cuarto miró su reloj y se levantó.

– Deberéis disculparme -dijo-. Por la mañana he de operar.

Ethel no lo disculpó por eso, como tampoco lo disculpaba por un centenar de cosas más.

– Naturalmente -respondió Costa-. No queremos ser problema para ustedes. Operar muy importante. Muchacho, llama taxi.

– Los llevaré a casa -dijo Ethel.

– Demasiada molestia. Además, creo que lo adecuado, que usted y su padre a lo mejor discutan la situación…

– No hay nada a discutir -dijo el doctor Laffey-. Buenas noches. -No estrechó la mano de Costa, pero le sonrió con la admiración austera que se reserva a los antagonistas de categoría.

Los dos Avaliotis regresaron a su hospedaje en taxi.

Después de haberse marchado ya no había luz en el dormitorio del doctor Laffey. Ethel debía esperar hasta la mañana.

Se levantó temprano y esperó a su padre en la mesa del desayuno.

– Quiero decirte -dijo- que voy a casarme con Teddy Avaliotis y no me importa en dónde se celebre la ceremonia.

– Me doy perfecta cuenta de ello, Ethel -dijo el doctor. Cada mañana se comía un pomelo rosado entero que pelaba como si fuese una naranja y dividía en gajos-. Pero no voy a dejarme impresionar. Tú no conoces a los griegos como yo los conozco. Son una nación de comerciantes. La primera postura que toma un griego jamás es la última. Gracias, Manuel.

El desayuno del doctor Laffey consistía en un filete pequeño cortado muy fino. Su dieta consistía en proteínas, regulada cuidadosamente. Cada día se tomaba tres cucharadas de lecitina granulada.

Ethel tomó tres tazas de café solo.

– Ese café te va a hacer saltar -dijo el doctor Laffey-. Querida mía, ciertamente tú no necesitas ningún estímulo adicional.

– Sabes bien lo que me está poniendo nerviosa -dijo Ethel-. Quiero que arreglemos esto.

– Pues, adelante. Huye, deja la notita de costumbre, desaparece, no vuelvas, cásate, haz lo que te plazca. Pero creas lo que quieras de tu padre, ya es hora que sepas que no soy ningún bobo. No estás aquí para pedir mi permiso. Estás aquí porque es ese viejo el que quiere mi permiso; eso forma parte de su código. ¿No tengo razón?

– ¿Y qué?

– No voy a permitir que se me domine.

– El no trata de dominarte.

– Tú lo estás haciendo. Y no lo permitiré.

– Por favor, sólo esta vez… ¡por favor!

– Bueno, ese tono ya me gusta más. ¿Podemos hablar con sentido común? Recuerda, siempre, que yo sé mucho más de ti que ese míster Cómo-se-llame. Por ejemplo, en este momento sé que no estás en situación de dominarme. Así que tranquilízate y hablemos sensatamente.

– Bien, sigue.

– He hecho muchos viajes a Oriente y jamás he estado en una tienda de allí, griega, egipcia, turca, armenia, siria, libanesa o del tipo que fuese en la que el propietario no esperase que yo regateara. En este caso, el propietario me ha dado una idea de lo que desea. No lo conseguirá, no de mí. Y creo tener una idea de lo que va a aceptar, y a su debido tiempo voy a ofrecérselo.

– ¿Y qué es ello? Manuel, más café.

– Sugiero… -el doctor Laffey había terminado su filete y su café descafeinado y se limpió los labios-, te recomiendo, de hecho, para tu propia felicidad, que procures hoy tener cinco minutos en que puedas estar a solas con el joven enamorado, que, a propósito, me gusta; parece adaptable… y le recomiendes que hable seriamente con su padre y le diga que dos personas pueden muy bien jugar a ser duros. Que le diga que ha de aprender a doblegarse un poco, porque, si no lo hace, se puede quebrar. Cederemos los dos al mismo tiempo, ¿eh?

– Papa, ¡estás realmente lleno de mierda! -dijo Ethel.

El doctor Laffey salió de la habitación.

Ethel lo detuvo cuando salía del garaje retrocediendo en el auto. Lo hizo detener quedándose de pie en medio del camino.

– Bueno, ¿de qué se trata tu proposición? -preguntó Ethel por la ventanilla del conductor.

– Celebrar dos ceremonias: una en su iglesia y una en la nuestra. Es intolerable que él se crea que puede darme órdenes. ¿Qué demonios es ese hombre, a fin de cuentas? No tiene educación, ni una pizca de humor, huele a sudor, pero es todo pomposidad. Y arrogancia. No voy a tolerarlo. Dile a Teddy que lo tome o lo deje. Es un compromiso perfectamente aceptable. Un compromiso que puede proporcionar lo que todas las buenas soluciones de compromiso proporcionan: que todo el mundo se quede tan satisfecho como es posible bajo las actuales circunstancias, lo cual es, como tú descubrirás, todo lo que se puede esperar de esta vida. Teddy ya debe saber eso, a juzgar por su expresión siempre amable. Adiós.

Arrancó, muy de prisa. Se detuvo bruscamente, y retrocedió hasta donde estaba su hija.

– ¿Estás tú de acuerdo o no lo estás? -preguntó-. ¿Puedo saber algo de tu opinión?

– Creo que eres muy inteligente -le dijo Ethel.

– Años de experiencia -respondió el doctor-. A propósito, esta noche, ¿hemos de pasar otra vez por lo mismo?

– ¡Oh, papá, no empieces otra vez, papá!

– Lo siento. Realmente lo siento. Me hiciste perder la paciencia. Esta noche estoy a su disposición. ¿Qué va a hacer conmigo?

– Nos va a llevar a cenar.

– ¿Puedo solicitar humildemente que sea a un restaurante en donde yo pueda tragar la comida?

– No sé cómo anda financieramente…

– Estoy seguro de que Teddy es ahorrativo.

– Pero, si le conozco un poco, estoy segura que el viejo no aceptará dinero de su hijo, no para una ocasión como ésta.

Costa los llevó al restaurante favorito del doctor Laffey; había pedido a Ethel que le sugiriera alguno. Ella insinuó que era un lugar caro, pero el viejo agitó violentamente su dedo por delante de sus labios apretados y Ethel recibió el mensaje.

Costa acompañó a las dos mujeres hasta la mesa y el doctor Laffey aprovechó el momento que había esperado de estar a solas con Teddy.

– Lo que no entiendo muy bien -dijo al joven- es lo que puedas ver en Ethel. Puede resultar una chica muy complicada, ¿sabes?, inquietante e imprevisible. ¿Estás preparado para eso?

– Doctor Laffey -dijo Teddy-, me temo que la verdad es que yo soy un hombre rutinario. Ciertamente no querría casarme con nadie igual que yo.

Entraron y encontraron a Costa, como era adecuado, sentado a la cabecera de la mesa.

Habló de la esponja. Cómo era, cómo vivía, lo que comía, cómo se reproducía. Habló de la marea roja que había penetrado y que durante diez años destruyó totalmente la industria. Habló de las ventajas de la esponja natural sobre la esponja sintética. Hizo otro regalo a mistress Laffey: una caja cuidadosamente envuelta en papel fino de color azul, atada, y le dijo lo que era, colocándola cuidadosamente a los pies de la señora:

– Dos esponjas perfectas para su baño -dijo-. Estuve escogiendo entre más de un millar.

Habló entonces de su padre y de la tumba de su padre en el cementerio en donde antiguamente se alzaba la vieja iglesia ortodoxa griega, totalmente destruida por un incendio, se sospechaba premeditación, pero todos los griegos en Tarpon Springs seguían considerando ese lugar como sagrado. En la lápida de su padre había una fotografía con el marco ovalado, tomada no en la época en que murió, sino en sus mejores tiempos, la mejor fotografía que tenían del hombre, para que fuese recordado tal como había sido antes de que la edad lo disminuyera y la muerte lo abatiera. Les contó entonces lo que incluso Teddy desconocía, que cada dos domingos llevaba tiestos de flores, capuchinas azules o lirios blancos, al lugar de la tumba, y las dejaba allí, sobre el túmulo que cubría el cuerpo de su padre, y después, pasada una quincena, se llevaba las flores marchitas a casa, cavaba un agujero para los bulbos y lo llenaba con estiércol de vaca deshidratado mezclado con margas y corteza -Costa se entretenía en los detalles- trasplantando las flores a su propio patio para mantener viva la memoria de su padre.

– Por eso no puedo aceptar sino lo que mi padre aceptaría, y estos jóvenes han de casarse en la iglesia de la religión de Teddy. Cualquier otra cosa, él no me lo perdonaría. ¿Eh, muchacho? -le preguntó a Teddy-. ¿No es ésa la razón, muchacho?

Hacía más de media hora que nadie más había pronunciado palabra.

Ahora habló Teddy.

– Esa es la razón, papá.

Mistress Laffey gimoteaba. Se había enamorado del viejo griego.

– ¿Puedo decir algo, querido? -preguntó a su esposo.

– Naturalmente -respondió él-, pero, ¿puedo hacer primero una pregunta? -Se volvió hacia Teddy.- ¿Te ha hablado Ethel de mi sugerencia?

– Sí señor, lo ha hecho.

– A ella le pareció muy justo -continuó el doctor Laffey-, tal como me parece a mí también. -Tocó el brazo de Teddy.- Mírame, por favor, jovencito, y dime, con toda franqueza, ¿qué piensas tú? La verdad.

– Trato de decir siempre la verdad, doctor Laffey. ¿Por qué cree usted que iba a fingir?

– No sé por qué. Pero no importa. ¿Qué crees tú?

– Mi padre es quien ha de decidir -dijo Teddy.

El doctor Laffey se volvió hacia Costa Avaliotis.

– ¿No es su felicidad la única cosa que en este momento nos importa? -preguntó tratando de mostrar toda la certeza de que fue capaz.

– No -respondió Costa-. Algo es más importante. En su momento de la vida, veintiuno, veintitrés, estos jóvenes no saben nada. Son valores para la época de la vejez. De otro modo, ¿qué utilidad habría en una larga vida y estar en una posición respetable? Ustedes, los norteamericanos, tienen otras ideas. Para ustedes lo más importante es la felicidad, el éxito y la felicidad, buena comida, felicidad, automóvil, etcétera, siempre la felicidad. Pero vuestros hijos se van pronto de casa. Generalmente por, excúseme, nada personal, generalmente por buenas razones. Nuestros hijos se quedan con nosotros. Así que se puede ver lo que nosotros tenemos más importante. Queda probado, por más de muchos miles de años.

– ¿Puedo preguntar de qué está hablando usted? -El doctor Laffey se estaba impacientando.

– Lo que nuestros padres piensan, lo que hicieron, lo que los abuelos pensaban, lo que hicieron. ¿Cómo llama usted a eso?

– Tradición -aclaró el doctor Laffey-. Pero las tradiciones no se quedan inmóviles como las montañas, sin ningún cambio.

– Las nuestras no cambian -dijo Costa.

El doctor Laffey se volvió hacia Teddy buscando ayuda.

– Mi padre ha hablado por mí -dijo Teddy.

– ¿No tienes tu propio criterio, jovencito? -preguntó el doctor Laffey.

– Acabo de expresarlo -respondió Teddy.

– ¿Nunca tomas tus propias decisiones?

– Ahora lo he hecho. Ha de ser como él ha dicho.

– ¿O nada absolutamente? -El doctor Laffey miró a su futuro yerno despreciativamente.

– Yo no dije eso; usted lo ha dicho. Pero se lo diré. ¡Sí!

– Tú tienes la culpa -dijo el doctor Laffey a su hija.

– Ella no tiene nada que ver con eso, señor -dijo Teddy-. Ella argüyó muy bien y muy firmemente. Pero le dije lo mismo que acabo de decirle a usted. Sólo me casaré con el permiso de mi padre. Y él no dará su permiso hasta que Ethel tenga el permiso de usted.

– Emma, ¿por qué no nos vamos a casa?

Mistress Laffey comenzó a recoger su chal. Recordó que había querido expresar algo en favor de la familia Avaliotis, pero ahora ya era demasiado tarde.

– Oh, no, no -dijo Costa-. Cena deliciosa, ahora coñac, brandy, lo que sea. Quizá tengan brandy griego, muy fuerte, para hombres, algo dulce para las señoras. Llama al camarero, Teddy.

– Tengo que operar mañana.

– No importa, no importa ¿cuántas veces se casa su hija? Una vez en la vida, espero ¡al estilo griego!

Teddy llamó al camarero y encargaron licores. No se tocó nuevamente el tema.

Cuando el camarero presentó la cuenta, el viejo se inclinó hacia un zapato que se había quitado y sacó dinero. Ethel observó también que no pestañeó ante la subida cantidad y aunque no le quedó mucho dinero después de haber pagado, dio la propina haciendo un floreo.

El doctor Laffey los acompañó hasta su motel y se despidió con su cortesía acostumbrada. No mencionó lo que estaba presente en las mentes de todos.

Tampoco lo hizo Costa. Ethel tenía la impresión que Costa ni tan siquiera pensó en ello otra vez. El había expresado su opinión, y estaba seguro de su posición. Ahora ya no le correspondía a él; era cosa de los otros. Aquella noche él dormiría perfectamente. Ethel no lo conseguiría.

Al día siguiente, Costa hizo un anuncio dramático y creó una crisis.

– ¡Esta noche final! -exclamó-. Estos asuntos no necesitan más de tres días para decidir. Yo le escucho, él me escucha. ¿Así qué? Ahora pasamos a lo siguiente, bueno o malo, avanzamos en la vida, puede soportarse el dolor, se hacen otras relaciones, ¿verdad?

– No en este asunto -dijo Teddy.

Pero Costa no le escuchó.

– También hoy noche yo preparo la cena. Trae a Ethel con el auto. Yo preparo la ensalada hoy noche, veremos qué clase de mercados hay aquí.

Ethel se presentó tan rápidamente como pudo; Teddy le había dicho que hoy se decidiría, en uno u otro sentido.

– ¿De acuerdo si uso la cocina de su madre? -le preguntó Costa.

– Naturalmente -respondió Ethel-. Diga simplemente a Manuel y a Carlita lo que necesita y ellos con mucho gusto…

– Sólo deseo una cosa, que ellos se vayan. Después ellos lavan los platos. ¿De acuerdo?

Reunir los ingredientes necesarios para la gran ensalada griega, era un ritual. La insistencia de Costa para que los materiales fuesen los mejores existentes en el mercado, creó tensión durante todo el día. Expresó su desilusión en Tucson, Arizona; los supermercados allí eran merecedores de una crítica severa.

– ¿Qué clase de gente tenemos aquí? -inquirió-. ¡Bárbaros! El queso jeta, quizás el ingrediente más excepcional, fue localizado finalmente en una tienda de especialidades, en el distrito más rico de la ciudad. Estaba embalado, seco, en una lata – «alimentos enlatados»- y no en salmuera, en un barril. Costa empleó un buen rato en explicar a la propietaria de la tienda, una mujer gorda de media edad que llevaba una falda de lanilla de Paisley, la gran pérdida que un alimento de sabor delicado experimenta, cuando se envasa en una lata.

En esta tienda encontraron tomates y pepinos, pero a Costa no le gustó su apariencia. Encontró, olvidado en un estante, una botella de aceite de oliva de primera calidad, importado de Grecia, no de Italia. En el fondo de la cuna de paja de la botella, había la marca «Itea». Itea, les informó Costa, es el puerto de Delfos, en otras épocas el ombligo del mundo. Esto, afirmó a Ethel, es un buen augurio.

En el barrio mexicano compró algunos pimientos de suave color verde y dos cebollas españolas dulces. Tampoco los tomates que había aquí le gustaron, pero, por lo menos, dijo él, éstos no eran cuatro frutos idénticos sin madurar, en una caja de cartón con cubierta de celofán transparente. Escogió cuidadosamente seis tomates, sacudiendo la cabeza sin cesar mientras lo hacía. Era evidente que no le satisfacían absolutamente, que se sentía hasta desanimado.

Desesperado, entró en el mayor supermercado de la ciudad. Descubrió, sorprendido, un pequeño rincón dedicado a los sibaritas, en donde encontró la clase de vinagre de vino que necesitaba, y ante su gran alivio, algunas latas de anchoas amargas. Unos cestos metálicos, en forma de estante, contenían varios tipos de pan que no estaban envueltos en plástico. Después de pellizcarlos concienzudamente, Costa compró una docena de panecillos en forma de trébol de corazón blando y corteza dorada.

También aquí descubrió -«¡Oppa!»- aceitunas negras arrugadas.

En la sección de verdulería, dio con algo anunciado como «pepino burpless» [11], lo compró desconfiadamente, sospechando que cuando de un pepino se ha extraído la causa del eructo, se ha extraído también mucho más.

– Esto no es pepino -diría más tarde-. Esto es jugo.

Finalmente Costa se preocupó por una cuestión delicada, el paladar de mistress Laffey. Insistió en que Ethel lo llevara al mejor carnicero de la ciudad.

– La ensalada griega, con ajo y anchoas, etcétera, quizá demasiado fuerte para querida mamá -dijo-. Buscaré algo por si acaso.

En la tienda del carnicero se hizo amigo rápidamente del propietario, explicando que deseaba tres chuletas tiernas de corderito. Rechazando lo que el carnicero le ofreció en principio, aceptó la invitación para entrar en la cámara de congelación y escoger él mismo las porciones que prefiriera. Observó cuidadosamente cómo el carnicero recortaba toda la grasa y las envolvía en un papel parafinado marrón y se despidió del vendedor estrechándole la mano.

Camino de casa se detuvieron en el almacén de bebidas alcohólicas, en donde no encontraron ni «Mavrodaphne» ni «Hymettus», los vinos que él deseaba, pero sí el italiano «Soave Bolla», que compró exhibiendo una gran dosis de tolerancia.

En la casa de los Laffey, disponiendo todavía de una hora y media de tiempo antes del momento adecuado para comenzar a preparar la ensalada, Costa acompañó a mistress Laffey hasta las dos butacas iguales de mimbre blanco junto a la piscina, desde donde podían contemplar a sus hijos mientras se bañaban.

– Piernas demasiado delgadas -se dijo Costa mientras evaluaba a Ethel en su bikini. No podía comprender la pasión de su hijo por esa mujer. Pero había rogado a Dios que le diera paciencia y comprensión y la gracia había sido concedida. Estaba procediendo correctamente, proporcionando a los Laffey, en particular al cabeza de familia, todas las oportunidades. Perfectamente tranquilo, se durmió con el sol en su rostro.

Roncaba. Mistress Laffey sonrió y se alejó hacia su dormitorio con aire acondicionado.

La llegada del doctor despertó a Costa. El cirujano salió a su terraza trayendo un martini doble de vodka, y muy erguido, se sentó junto al griego y comenzó a fanfarronear con voz bien modulada. Mostró a Costa, utilizando la pesada mano del viejo como modelo, la operación que había realizado aquella tarde. Un cliente acomodado había perdido el pulgar en un accidente en su taller casero. El doctor Laffey, con todo éxito, había desviado el índice de tal modo que pudiera utilizarse como un dedo pulgar.

Cuando terminó su descripción del trabajo hecho con el cuchillo y la aguja, mencionó que por este trabajo -que le había llevado tres horas y media- se le pagarían unos honorarios de cuatro mil quinientos dólares.

– Soy el único hombre -dijo- entre Los Angeles y San Luis capaz de llevar a cabo esta operación con éxito.

– ¡Muy agradable! ¡Muy agradable! -comentó Costa.

Aquella tarde, el doctor Laffey estaba lleno de confianza y energía. Había tomado la misma decisión que Costa: hoy debía decidirse. El vodka fortalecía su ánimo. Ofreció a Costa igual fortalecimiento por el mismo medio. Pero Costa le dijo que no quería beber hasta que hubiera arreglado sus diferencias.

– Cuando bebo -añadió -, mi corazón se reblandece.

Había llegado el momento de que Costa comenzara su tarea. Fue a la cocina y pidió a Manuel y Carlita que salieran. Carlita suplicó que la dejara observarlo, pero Costa respondió:

– No es bueno demasiada gente en la cocina. -Pero quiso la ayuda de Ethel.- Tienes que aprender exactamente a hacer esto -dijo-. A Teddy le gusta mucho.

Cualquier chef que se precie, se limita a planear y medir, combinación y condimento. El trabajo de rutina -cortar, pelar, lavar- está a cargo de los pinches. Ethel trabajó siguiendo las intrucciones de Costa cortando rodajas del pepino «no eructable», partiendo los tomates en ocho porciones, arrancando las hojas de la lechuga y lavándolas una por una para asegurarse de que no habían puntos oscuros. Costa le permitió tomar nota de cada ingrediente, de las cantidades y de los puntos a vigilar cuando los compraba. No tuvo secretos para Ethel.

Cuando llegó el padre Corrigan, el doctor Laffey lo llevó a la cocina. Las manos de Costa estaban grasientas con el aceite de Itea, así que no pudo ofrecerlas. Mientras Costa se las lavaba, el padre Corrigan y el doctor Laffey hablaron de golf, juego al que ambos eran aficionados. Entonces el doctor Laffey se volvió hacia su hija.

– Ethel, estoy pensando si tú y yo podríamos charlar un poco antes de la cena -le dijo. Ella iba a protestar, pero ante una mirada de Costa, a quien ella había comenzado a obedecer sin discutir, la hizo acceder.

El sacerdote y el griego quedaron solos.

Costa le dio algunas aceitunas y un poco de queso para apaciguar sus nervios. Le contó entonces la historia de su vida.

– En mis diez primeros años -explicó Costa- no vi a mi padre. Esperamos en Kalymnos, pequeña isla de allí, para traernos a Florida, mi madre, mi hermano, mi hermana, yo. Un día no envía mensaje, viene él mismo. Con dinero en el bolsillo. «Haz la maleta -le dice a mamá-. Nos vamos.» Así, repentinamente. -Hizo castañetear los dedos.- Vendemos la casa, por nada, los dracmas no compran nada, envolvemos el retrato del abuelo, el icono sagrado, virgen, san Nicolás, etcétera, etcétera, y venimos a Florida.

»Yo era muchachito entonces. Pero mi hermano era fuerte, y aprende rápidamente a pescar esponjas. Después, me enseña. Entonces algo terrible sucede. Muere mi hermano. Aquel día no se vigiló la hélice y la hélice cortó el conducto de aire. Mi hermano en el fondo con pesos de plomo en los pies. Acabado. Así que mi padre dice, ven, ocupa su lugar. Yo empiezo a ir abajo. Diez brazas. Más. Pronto traigo mucha abundancia, un día doscientas setenta y cuatro piezas.

– Esto es mucho -dijo el padre Corrigan-, ¿no es verdad?

– Sí, es mucho, mucho. Cuando se suben doscientas, hay que ver, cómo uno se siente después. Me inclino contra la corriente, abajo hay una fuerte corriente, ¿entiende?, se lo enseñaré, vea, así, así mismo, nunca me detengo, las recojo, las recojo, las recojo…

– Debe de ser un trabajo duro -comentó el sacerdote.

– Esto es lo que estoy diciéndole. Pero está bien. Yo entiendo en seguida América. Se trabaja duro aquí, se gana la vida. En Grecia, se trabaja duro, se trabaja mucho, y también se muere pobre. Aquí yo tengo mi propia casa, tengo mucho tiempo, encuentro una esposa agradable, una chica griega, del distrito de Astoria, en Queens. Ella me da un hijo. Y se acabó. ¿Quién sabe por qué? Preguntemos a Dios. ¿Ha visto usted a mi chico?

– ¡Un buen chico!

– ¡Y tanto! Mi padre me crió de cierta manera, yo crío a este chico lo mismo. Teddy. Nombre real Theophilactos, significa «sigue a Dios», ¿entiende usted?

– Parece un muchacho temeroso de Dios…

– El no teme a nadie. ¡Oficial, de la Marina de Estados Unidos! ¡Tercera clase!

– El doctor Laffey me ha dicho que usted suele ir a la iglesia griega ortodoxa; me ha dicho que es muy devoto.

– Yo soy un hombre religioso, no voy a la iglesia. Ahora tenemos sacerdote nuevo, ¡es como una mujer! ¡También tienen mujeres en los comités! ¡También hay bingo! ¡Bingo, por el amor de Dios! Yo le digo a este sacerdote, el próximo domingo toma dinero de la iglesia, ve a las carreras de galgos, juega, ¡es lo mismo! Muchos sacerdotes, ¿sabe usted?, jugadores. Demasiado ricos, demasiado gordos, perdone, nada personal, veo que usted come mucho.

El padre Corrigan dejó el queso en la mesa.

– Quiero hablarle de los Laffey -dijo.

– He hablado con ellos tres días -dijo Costa-. Hombre inteligente, mucho dinero, esposa distinguida, demasiado enferma, hija que ama a mi hijo, ya lo veo, hasta aquí todo bien.

– Quisiera hablarle a usted de la fe de los Laffey -dijo el sacerdote.

– ¿Por qué no? Pero antes usted ha de comprender algunas cosas de mi fe. ¿De acuerdo?

– Naturalmente.

– ¡Primera cosa! La simiente la lleva el padre, ¿no tengo razón?

– ¿Qué? ¡Oh! Sí. Sí.

– Sí. También el padre pone simiente en el cuerpo de la mujer, aquí, ¿no es verdad? -Costa ilustró con un gesto.- Allí encuentra hogar y crece nueve meses. Todo eso ya lo sabe usted.

– Bueno, realmente, ésta no es la actual actitud científica…

– El problema con su religión, querido señor, es que los sacerdotes no se casan. Nuestros sacerdotes se casan, etcétera, etcétera, tienen hijos, sabe que tiene simiente, la ve muchas veces.

– Estoy hablando de ciencia.

– No necesito que la ciencia se meta en este tema. Usted debe confiar en la gente del mundo que tienen su experiencia de la vida, ¿verdad?

– Es bien sabido; cada emisora de televisión tiene programas científicos…

– ¿Quién puso la semilla en el cuerpo de María, ahí mismo?

– ¿María quién? ¿Ahí mismo, dónde?

– ¿Qué le pasa a usted, qué le pasa, amable sacerdote? María, madre de Dios, ¿quién puso la semilla ahí mismo, en su cuerpo?

– Bueno, fue Dios, naturalmente.

– ¡Correcto, por una vez! Dios. -Pero…

– Nada de peros. Jesús hijo de Dios. No hijo de María. Hijo de Dios, ninguna cuestión de ir a medias. Estamos creados a la imagen de Dios, ¡hijo mío! ¡A la imagen de Dios! Debería usted leer la Biblia, amigo mío…

– Conozco muy bien la Biblia…

– Ha venido a convencerme de algo, ¿verdad?

– Únicamente esto: ¿no cree usted que debería tener alguna consideración para el doctor Laffey y su familia y su…?

– Yo no veo ninguna familia aquí. Les hacemos favor de llevar su hija a nuestra familia. No los necesitamos, ¡ellos nos necesitan a nosotros!

– Yo no creo que un lado necesite al otro.

– Entonces, ¿por qué me han pedido que venga? Vengo de Florida, muchas chicas griegas para mi hijo allí. Pero él quiere ésta. Muy bien. Vengo aquí para proteger a mi familia. Esa es mi misión. Usted se preocupa de sus asuntos, padre, de un modo mejor. ¡Conmigo pierde el tiempo!

Él padre Corrigan había llegado a la misma conclusión. Suspiró profundamente. Dudaba en tener suficiente fortaleza para continuar este absurdo debate. Pero hizo una última tentativa.

– Confiaba en que usted quisiera escucharme durante algunos minutos…

– ¿Por qué no? Pero hemos de decir la verdad, ¿de acuerdo?

– Esto es lo que me propongo hacer. Estamos viviendo, ya se habrá dado cuenta, en una democracia, lo que significa que vivimos en condiciones de igualdad, cada uno tiene sus derechos. Así que lo que proponernos es que haya dos ceremonias de casamiento, una en su…

– Mi querido amigo, dígame la verdad. ¿Va miss Ethel a su iglesia?

– Fue a la escuela dominical.

– Hablo de ahora. ¿Va ahora?

– No lo sé realmente.

– Usted sabe. Ella me dijo a mí. ¡Nada! Ella me dijo que se casa con mi hijo si su padre dice de acuerdo y también si su padre dice que no de acuerdo. ¿Qué clase de creencia es ésa? Tiene suerte que mi hijo la quiera. Ella no cree en nada. Ella no escucha a su padre. ¿Por qué? Puedo oler lo que está ocurriendo ahí. Sé lo que ella es. Ella no es chica limpia. ¿Tengo razón?

– Oh, vamos…

– Usted escuchaba su confesión, etcétera. Dígame la verdad.

– Oh, vamos, vamos. Nosotros no podemos revelar…

– No necesito su opinión sobre eso. Tengo mucha experiencia, conozco muchas mujeres, mucho tiempo. Chicas frivolas, etcétera, etcétera. Gameso. -Un gesto.- ¿Entiende lo que quiero decir? -Otro gesto.- Pero esta chica, cuando se case con mi hijo, yo la ayudaré. Yo la enseñaré de modo adecuado. Ese será mi regalo para ella.

Ante estas palabras, el sacerdote perdió el control.

– Míster Avaliotis, usted es el hombre más fanático y arrogante y, sin ninguna duda, el más intolerante que yo haya podido conocer en toda mi vida.

– De acuerdo, acepto insultos de sacerdotes. Pero Dios sabe que mi corazón es bueno. El me escucha cuando rezo…

– Voy a recomendar al doctor Laffey que use de toda la influencia que pueda para que Ethel no siga adelante con este proyecto…

– Coma un poco más de queso.

– No, gracias -dijo el padre Corrigan, y salió de la cocina.

En el jardín, junto a la piscina, Ethel estaba colocando una rosa diminuta en el ojal de la solapa de su padre.

– Hoy he llamado a mi ginecólogo -decía Ethel-. Su línea telefónica no funciona.

– Ha ganado tanto dinero -respondió Ed Laffey- que ya no ha podido esforzarse en trabajar más tiempo.

– ¿Puedes recomendarme otro?

– Está mi viejo compañero de bridge Julián Moseley; ha estado alguna vez aquí en casa.

– Cuando hables con él, dile que prefiero que mi visita sea confidencial.

– Eso no tengo por qué pedírselo. Todos los médicos…

– He oído algunas de tus conversaciones, papá.

El padre Corrigan apareció al otro lado de la límpida agua azulada. Al acercarse, levantó las manos en el aire, en un gesto de frustración.

– ¿Te molestaría -prosiguió Ethel bajando la voz y hablando más rápidamente- usar tu amistad para conseguirme una cita rápida? Mañana por la mañana, por favor, tan pronto su avión haya despegado.

El padre Corrigan se echó a reír al aproximarse.

– ¿Algo va mal? -preguntó precipitadamente Ed Laffey a Ethel.

– Muy bonito -dijo el padre Corrigan-. Padre, hija y una rosa roja, roja…

– Lo llamaré en tu nombre -dijo Ed Laffey a Ethel-, pero a cambio me gustaría que me ayudaras. No he conseguido hacer mella en míster… ¡No llego a asimilar ese nombre!

– Sin tratos, padre. Sólo hazme el favor que te he pedido -dijo Ethel disponiéndose a salir.

– Nunca he conocido a nadie como ese hombre -dijo el padre Corrigan-. Tiene su propia teocracia, su propia biología, su propia ciencia médica. Ethel, ¿estás segura de que sabes bien dónde te estás metiendo?

Ethel miró por unos momentos al sacerdote sin responderle. Entonces dijo:

– ¿Por qué finge preocuparse por la persona con quien me case o dónde? -y entró en la casa.

El padre Corrigan, riendo y hablando a borbotones, informó de la conversación al doctor Laffey.

– Me he sentido como si tomara parte de uno de esos lagrimeantes dramas que la televisión programa durante el día… el padre del viejo mundo, intolerante… aunque en cierto modo amante, que no se deja convencer. Durante nuestra conversación trataba de recordar cómo se solucionaban esas luchas televisivas. Creí que ya lo tenía. Le dije que, bajo un sistema democrático, ambos lados eran merecedores de igual respeto. Eso siempre funciona en la televisión. Pero no con ese hombre. Me temo que no he tenido ningún éxito. Mañana lo intentaré de nuevo, si usted quiere, invítelo a la casa parroquial y podemos emprenderlo después de una buena comida.

– Ethel me ha dicho que vuelven al Este por la mañana.

– Pues me temo que si el asunto ha de quedar arreglado esta noche, usted tendrá que hacerlo. Yo insistiría en mis trece. Absolutamente firme. A propósito, creo que el hombre se ha mostrado más bien insultante hacia Ethel. A mí no me importa lo que él dijo de ella, en absoluto. Pero, con una sola mirada al muchacho, puedo asegurar que Teddy quiere mucho a su hija y además es un chico razonable. Después de todo, es un oficial de la Marina de los Estados Unidos.

– ¿Qué es lo que dijo ese viejo bastardo?

– Podría incluso ser la ocasión para mostrarse ofendido; ciertamente usted estaría perfectamente justificado.

– ¿Qué es lo que dijo sobre Ethel?

El capellán se lo contó y después se fue en el auto.

Ethel y Teddy pusieron la mesa bajo la meticulosa dirección de Costa, quien se había puesto un delantal y llevaba un trapo de cocina de algodón. Había encontrado un viejo cencerro de Baviera olvidado durante años. Esta noche lo utilizó para anunciar la cena.

Costa quiso que Teddy se colocara a la cabecera de la mesa y Ethel, al extremo opuesto, el doctor y mistress Laffey, uno junto al otro en la parte opuesta a la puerta de la cocina, y su propia silla cerca de esa puerta ya que él sería quien serviría. Rechazó todas las ofertas para ayudarle.

– Todo lo que hacéis vosotros, comer lo que yo traiga -dijo.

Sirvió el «Soave Bolla» y brindó por mistress Laffey, deseándole aquello que él sabía ella no gozaba, salud y felicidad. La mujer se rió atipladamente. Se ruborizó después como una adolescente, volviéndose hacia su marido para observar lo que él pensaba de toda esa galantería.

Costa, entretanto, había desaparecido. Familiarizado ya más que nadie con los recursos de la despensa, regresó con cinco platos del juego que regalaron a los Laffey en su boda, y que Costa había descubierto en el fondo de un estante superior. Eran piezas adornadas, con los bordes festoneados y dorados.

– ¡Oh, Edward! ¿Recuerdas? -gorjeó mistress Laffey.

– Me acuerdo -respondió el doctor Laffey. Se inclinó y besó a su esposa en la frente, un gesto sentimental llevado a cabo sin ningún sentimiento.

Se presentó entonces la erupción.

– Desearía -dijo Costa mientras aclaraba el centro de la mesa para colocar su gran ensalada griega-, desearía únicamente que ese cura jugador de golf estuviese aquí. Ahora recuerdo muchas cosas para decirle.

– Es un hombre excelente -dijo el doctor Laffey-. Yo esperaba que lo convencería a usted…

– Me convence de nada -dijo Costa-. Quizá yo le convenza a él de algo.

– ¿De qué, por ejemplo? -preguntó el doctor. Sabía que había llegado el momento de la confrontación.

El lugar en el centro de la mesa se había aclarado.

– Las ideas griegas no cambian -dijo Costa. -Entonces, ¿por qué seguimos encontrándonos? -El doctor Laffey agarró el toro por los cuernos.

– Estamos esperando que usted vea el modo adecuado -dijo Costa.

– Esto resulta francamente arrogante por su parte -dijo el doctor Laffey. Sabía que era el momento de atacar-. ¿No lo crees así, Teddy? ¿Y tú, Ethel, no lo crees realmente?

– Yo no -respondió Ethel.

– Ya sé lo que tú piensas -dijo el doctor despreciativamente-. Hace ya muchos años que no espero ninguna lealtad de ti…

– No digas eso -gritó Emma Laffey con fuerza sorprendente. Y prosiguió, en murmullo, inclinándose para que pudiera oírse debidamente-: Edward, por favor, no digas eso.

– Estáte callada, Emmie -dijo el doctor Laffey-. No sirve de nada posponer el asunto. Desearía que te dieses cuenta de qué tú tampoco me ayudas en absoluto, así que deja esto para mí.

Mistress Laffey se dio un golpecito a un lado de la cabeza y miró al techo. Un párpado comenzó a temblaría.

– Doctor Laffey -dijo Costa-, no es cortés hablando a su esposa en este estilo delante de forasteros. Ella es mujer excelente, sensible…

– No se mezcle también, por favor, en este terreno de mi vida familiar -respondió el doctor Laffey-. No pienso tolerarlo.

Se volvió entonces bruscamente en su silla, presentando el costado de su cuerpo a Costa, y se dirigió a Teddy.

– Puedo hablar contigo, y sólo contigo, un momento. Primero deja que te diga que respeto ese uniforme. Supongo que eres lo que pareces ser, un joven oficial de tercera clase de la Marina, de buena conducta, y que respetas los credos de esta sociedad como debes respetar los de la mujer que has escogido para ser la madre de tus hijos.

– Papá, ¡qué rollo! -dijo Ethel.

– Cállate, por favor -dijo el doctor-. Callaos, todos vosotros. Dejadme hablar sin interrupción con el muchacho que está solicitando convertirse en mi yerno. ¿Puedo hacer eso? ¿Por una vez?

– ¿Y quién lo detiene? -preguntó Costa.

– Usted. Usted atemoriza a su hijo. El chico tiene miedo a tener sus propias opiniones. No puedo comprender, a menos que se libere de su dominio, cómo puede ser un oficial naval eficiente.

– No preocuparse, un alto respeto, ¡también eficiente!

– Padre, por favor, quisiera oír lo que el doctor Laffey ha de decirme.

– Tú oyes, todos oímos.

– Quiero oírle ahora, y quiero responderle ahora.

– Muy bien, muy bien, sí, qué, doctor, ¿qué? ¡Hable!

– En primer lugar, siéntese, por favor, siéntese en su silla.

Costa miró rápidamente hacia la cocina donde su ensalada estaba perdiendo el frescor en su baño de aceite de oliva, jugo de limón y vinagre.

– Deja estar la maldita ensalada, padre… -dijo Teddy.

– No me hables en ese tono, chico, Teddy. ¡No olvides quién eres y quién soy!

– Quiero olvidarlo. Respeto tus deseos, pero ahora el problema no eres tú. Es el doctor Laffey. Así que calla y siéntate.

Teddy supo impresionar a Costa. Costa se sentó.

– Doctor Laffey, estaba usted diciendo algo sobre mi uniforme. -Teddy sonrió al doctor y esperó.

– Quiero que sepas -comenzó el doctor Laffey- que yo también estuve en la Marina durante la pasada guerra, como teniente al mando de tres cuerpos militares médicos que desembarcaron en Tarawa en la primera oleada. Los muertos tuvieron que apilarse como leña en la playa de aquella isla que todos hemos olvidado. Operábamos a la luz de cuatro linternas en una pequeña casamata japonesa una hora después de que los marinos la habían hecho desalojar. Durante esas primeras treinta y seis horas tratamos a más de un centenar de hombres. Únicamente cuatro murieron. De modo que yo no pido tu respeto, te lo exijo.

– Y yo se lo entrego -dijo Teddy.

– Yo también -dijo Costa-, pero por el amor de Dios, diga algo.

– El motivo por el que nosotros luchamos entonces, y que tu uniforme simboliza todavía, es la democracia. La igualdad. ¿Cómo puedes tú decir por un lado que quieres a mi hija, y por el otro ignorar sus deseos, despreciar todo aquello en que ella cree? Eso no es democracia. Tu padre es una reliquia de un pasado muerto, es antediluviano; pero tú, ¿cómo eres tú?

– En este asunto, tengo la intención de satisfacer a mi padre.

– ¡Pero lo que él representa es la intolerancia! ¿Cómo puede un oficial de la Marina de los Estados Unidos tomarlo seriamente?

– Yo lo tomo seriamente -dijo Ethel.

Todos sabían que así era.

– Preferiría hacer algo ilógico, llegar incluso a la locura para él, que algo sensato para usted. ¿Qué gana usted haciendo mofa de su tradición? Es mejor que la de usted y es mejor que la mía.

El doctor Laffey miró fijamente a su hija.

– ¿Y cómo puedes esperar convencerme con todas esas patrañas sobre nuestra religión? ¿Nosotros religiosos? ¡Tú! El hombre que acaba de matar a su esposa con algunas palabras escogidas. Mírala, sentada ahí a tu lado. Anulada por tu mano. Mírala. Te desafío. Perdóname, madre, pero…

– No, tienes razón, tienes razón. -Mistress Laffey se echó a llorar.

– Siento haber dicho eso -dijo Ethel.

– No lo sientes -dijo el doctor Laffey-. ¡Ni lo pretendas!

Mistress Laffey se levantó torpe y lentamente, cogió su bastón, y rechazando todas las ayudas que se le ofrecían, se alejó de la mesa.

Siguió un silencio.

Costa recordó la ensalada, pero no hizo nada.

– Hay muchas cosas que podría decirte a ti y de ti -dijo el doctor Laffey a su hija-. Pero prefiero no hacerlo.

– ¡Di lo que quieras! -le retó Ethel.

El doctor Laffey sonrió a su hija y salió del comedor.

Teddy se acercó a su padre y le besó.

– Es todo tuyo, Kitten -oyeron que el doctor decía desde el salón-. Haz lo que quieras…

Se detuvo. Había oído que Ethel estaba sollozando.

Ethel que se arrojó, no hacia Teddy, sino hacia su padre. Con igual gesto instintivo, Costa la sentó en su regazo, apoyando la cara de la muchacha contra su grueso y musculoso cuello.

Costa besó las mejillas de Ethel, besó sus ojos húmedos.

Teddy se quedó de pie junto a ellos y le acariciaba el cabello.

– Chica excelente -dijo Costa.

– Cuando llora -comentó Teddy-, parece diez años más vieja.

Poco a poco, Ethel comenzó a tranquilizarse, sollozando a intervalos hasta sosegarse totalmente. Pero no levantó la cabeza, ni abrió los ojos.

– ¡Chico! -susurró Costa-. Pon atención aquí. Dime esto… ¿podemos tener boda adecuada en Florida?

– Papá, tengo que cumplir mis deberes en la base. No puedo romperlos.

Costa asintió con la cabeza, y miró a Ethel. Por primera vez comprendió los sentimientos de su hijo hacia esa chica.

– Tendremos que hacerla en San Diego -estaba diciendo Teddy.

– Hay problemas entonces -respondió Costa.

Llegaba hasta él el perfume del cuerpo de Ethel. Sus nalgas, sobresaliendo aplastadas bajo el peso de la muchacha, eran pesadas entre las piernas de Costa. Y tibias.

– Tendré que llevar allí a la familia Avaliotis -dijo Costa-. Mi hermana, su familia, la esposa de mi hermano difunto, etcétera, y algunos amigos queridos…

Los pechos de Ethel se apretaban contra el pecho de Costa, y su abdomen, torcido hacia fuera en la cintura, encajaba en su mano. Debajo del cinturón de su vestido se formaba un rollo de carne, tal como gusta a los griegos.

– Ellos te vieron bautizar -dijo a su hijo-. Ahora deben verte casar.

– Lo comprendo -dijo Teddy-. Claro, papá, claro.

– Cuesta mucho dinero -dijo Costa, sin mirar a su hijo.

– Yo ayudaré -dijo Teddy.

– No, no, no es posible -respondió Costa.

Ethel estaba despertando la vida en él.

Costa transportó el peso para que se apoyara en sus rodillas.

– Dime, Theophilactos -dijo-. ¿Tenemos iglesia griega en San Diego?

– Una muy bonita. San Spiridon. Trajeron el mármol todo el camino desde el Monte No-sé-qué cerca de Atenas. La comunidad griega de San Diego es muy rica y altamente respetada.

– Naturalmente. De acuerdo. Cambiaré mi plan, regresaré con vosotros a San Diego. Miraré esa iglesia, hablaré con el sacerdote, etcétera. Espero que allí no haya un condenado sacerdote con bingo. Después me iré a casa.

Costa miró a su hijo.

– Ahora mejor nos vamos -dijo.

Teddy asintió.

– Pero ella te gusta, ¿verdad papá? -le preguntó.

– Buena chica -dijo Costa.

Se levantó, con Ethel en los brazos, y se dirigió al salón. Ella no volvió la cara para ver adonde la llevaba Costa.

El doctor Laffey estaba leyendo el Time.

– Deje la revista, maldito bobo -dijo Costa.

El doctor Laffey volvió la página.

Costa depositó a Ethel en el regazo de su padre y la dejó allí. Eran como dos piezas de loza mal combinadas, quebradizas y porfiadas.

Costa volvió al comedor y se sirvió un vaso de vino frío.

6

Ed Laffey raramente se sentía deprimido, y jamás en público. Aborrecía cualquier conducta que pudiera provocar la compasión ajena. Aquella noche se retiró temprano a su dormitorio, dejando a Ethel y a sus hombres celebrando su victoria. Cuando los oyó salir de la casa en el auto de Ethel y escuchó el ruido de sus risas y de la verja realizando su doble función, entró en el dormitorio de Ethel. Las paredes de estuco desnudas presentaban agujeritos como picadas de viruelas, semejantes a las marcas que deja la metralla. Se sentó en la cama de Ethel y estuvo pensando cómo había podido suceder todo tan rápidamente. Encima de una mesa había la maleta de Ethel, parcialmente deshecha. Súbitamente todo había terminado, su vida juntos, y detrás de él quedaban las oportunidades que él había dejado escapar. No quedaba nada que hacer, sino ir a la cama.

Con frecuencia presumía ante sus amigos de su habilidad para dormirse en cualquier parte en pocos minutos. A una edad en la que la mayoría de sus amigos se despertaban dos o tres veces durante la noche para enfrentarse a problemas insolubles o para orinar, el doctor Laffey dormía de un tirón y se levantaba de su cama por la mañana perfectamente descansado.

No fue así esa noche. Por una parte había en el aire un olor singular, débil pero penetrante, el olor que produce el cuerpo de un animal cuando comienza a desintegrarse. Se le ocurrió que podía ser su imaginación. Pero aquel dulzor único le resultaba familiar; le recordaba el olor que había saturado la isla del Pacífico durante semanas después de la invasión, ese testimonio empalagoso de que los cuerpos estaban descomponiéndose, invisibles bajo las ruinas de las palmeras o en el fondo de las madrigueras de las zorras medio inundadas por las lluvias o esparcidos grotescamente entre los cascotes de las casamatas destruidas por los cañonazos de la flota. Nada se había podido hacer entonces, sino esperar que el tiempo transcurriera y nada se podía hacer en esta calamidad de ahora excepto soportarla.

Ed Laffey se había tomado seriamente la tarea de criar a su hija, más especialmente por ser adoptada. Era él quien prefirió adoptar una chica y no un muchacho, él era quien había leído libros sobre cómo criar a los hijos, y muy pronto despojó a su esposa del gobierno en la educación de la niña. Un libro, en especial, le había tranquilizado. Un padre, decía el autor, siempre disponía de otra oportunidad. Pero ahora Ethel ya era una mujer y la rapidez de su desarrollo lo asustaba. Si en otro tiempo el doctor había dispuesto de esa «otra oportunidad», ahora ya la había perdido. Todo lo que le quedaba era permanecer ahí, tendido en su cama, solo, e intentar imaginar qué había hecho equivocado. Ella estaba a punto de irse y él estaba a punto de quedarse solo en una casa con una esposa inválida. La historia había terminado.

Presumió que Ethel habría llevado los hombres al motel en el auto, pero pasó una hora, y casi otra hora más. Acompañarlos no requería tanto tiempo. Finalmente oyó el ruido de su auto en la avenida. Rápidamente se acercó a la puerta de su dormitorio, la abrió unos centímetros, y volvió a la cama en seguida, encendiendo la lamparilla y cogiendo una revista. Deseaba que ella asomara la cabeza -sin ser llamada- y le diera las buenas noches.

Pero Ethel no lo hizo, y el doctor tuvo que humillarse llamándola. Ella se volvió. Su rostro estaba rosado. ¡Regocijo! El doctor lo imaginó: el viejo se había retirado dejando a los jóvenes solos en el auto y ellos… etcétera. No supo qué decir. No podía decir «habíame por favor», y no podía decir la verdad: «¡estoy condenadamente celoso de ti y de esos griegos!»

Y lo que dijo fue:

– ¿No hueles algo raro en el aire esta noche?

– Únicamente el aire del desierto -respondió Ethel sonriéndole como aquel que está en posesión de un secreto. Ella no le tendió el pequeño puente que el doctor necesitaba para cruzar el abismo que se había abierto entre ambos.

– He concertado una cita con el médico para mañana -dijo él.

– Gracias -respondió Ethel-. Me quedaré otro día más -y se fue para su cama.

El doctor no pudo dormir.

– Maldita sea, hay un mal olor en el aire -dijo al espacio que Ethel había ocupado-. Lo huelas o no voy a descubrir qué es. -Saltó de la cama y se puso su albornoz. Dejando la puerta abierta y las luces del vestíbulo encendidas, bajó la escalera apresuradamente, abrió la puerta que daba a la terraza del comedor, dio un portazo y patulló los escalones hasta el patio. El olor seguía persistente. Cerró la fuente italiana y miró por encima de su hombro. Las ventanas de su habitación estaban a oscuras. Ethel debía haberse metido en la cama inmediatamente. ¿El cansancio que produce la victoria? ¿O el amor satisfecho?

Entró en el establo y fue directamente a la casilla de Maña. Su nueva yegua estaba bien. Diego la llamaba The Bitch [12] y el doctor había recogido el nombre, homenaje a su temperamento. Acarició su suave nariz. Ella volvió la cabeza y le mordió. El le dio un sopapo, pero se trataba de un juego cariñoso. Nadie más montaba The Bitch.

En el patio el olor era más intenso. Reinaba la oscuridad: la luna menguante estaba alta, pero se ocultaba detrás de la segunda loma y sólo producía un resplandor que destacaba la silueta del borde de la colma. Renunció a seguir buscando.

Junto a la piscina se quitó el albornoz y, desnudo, sosteniéndose los testículos, saltó en el trampolín, comprobando la altura que alcanzaba y bajó entonces con toda la fuerza de que fue capaz, golpeando el grueso tablón de madera laminada que crujió y se lamentó. En otros tiempos había llamado así a Ethel para que viniera a nadar con él por la noche. Se lanzó al agua, sin zambullirse de cabeza, sino dejándose caer con un gran estruendo y salpicaduras, y nadó de uno al otro extremo, una y otra vez, soplando agua cada vez que levantaba la boca. Hizo dieciocho recorridos. La luz del dormitorio de Ethel no se encendió.

Era un hombre ridículo. En otra época, a sus diecisiete años, enamorado y rechazado, se había hecho una herida en el dorso de la mano con un tornillo para enseñarlo y avergonzar a una chica infiel. No había ganado nada con ello. El recuerdo lo avergonzaba todavía, aunque también le hacía reír.

Entró y se sirvió medio vaso de whisky, que bebió de un trago. Era el somnífero que necesitaba.

Se despertó más tarde que de costumbre, se duchó y vistió para ir a su gabinete y bajó corriendo la escalera.

Asomó la cabeza a la terraza. El olor había desaparecido, el aire estaba limpio. Había sido su imaginación.

– Buenos días, Carlita -dijo, abriendo el pomelo-. ¿Dónde está miss Ethel?

– Se tomó dos tazas de café y salió hace unos veinte minutos. Dijo que iba a desayunar con mister… perdone, no puedo pronunciarlo, y que entonces los llevaría al aeropuerto. ¡Qué joven más bien parecido! Felicidades, señor.

Manuel tenía el auto a punto, el motor en marcha.

– Doctor Laffey -dijo-, ¿olió usted algo la noche pasada?

– Así me pareció.

– Son los perros de la jauría -dijo Manuel-. Hace pocos días mataron un venado. Hemos encontrado los restos en la barranca, bajo el jardín de los cactus, un cervatillo. Diego lo enterró esta mañana. ¡Esa jauría! Me gustaría colocar las ocho balas de punta dura en el «M-l» que usted me dio y meterlas dentro de ese doberman que los guía hasta convertirlo en picadillo.

Esta conversación alentó al doctor, sin que él supiera el porqué. Decidió ir al aeropuerto en vez de ir a su gabinete. No cedería el terreno con la cabeza mohína.

Estaban ya en la puerta de salida y había sido llamado su vuelo. Teddy lo vio el primero.

– Es muy amable, señor, en venir a despedirnos -le dijo tendiéndole la mano. De la Marina a la Marina.

Costa no se volvió; estaba ocupado con Ethel. Ed le dio una palmada en la espalda.

– Aún no he terminado con usted -dijo. El griego sonrió al oír esas palabras. Pero no respondió. Se llevó a Ethel a un lado y parecía estar dándole los consejos del último momento.

– Es mejor que lo lleves a bordo -Ed dijo a Teddy-. ¡Míster Avaliotis! -gritó.

Ethel no se apresuraba.

– No dejes marchar ese avión, papá -gritó. Dijo entonces a Costa lo agradecida que se sentía-. Haré cualquier cosa para que usted sea feliz -le oyó decir su padre. El generoso vencedor respondió:

– Ahora debes dejar bien las cosas con tu padre, como es adecuado. -Cuando se besaron, Ed observó el modo en que Ethel sujetaba la cabeza del viejo deslizando los dedos por entre el cabello en la base de la nuca de Costa. Los Avaliotis se fueron después.

De pie detrás de Ethel, el doctor contempló el pesado reactor mientras alzaba el vuelo. Podría caerse. Pero no se cayó. Cuando Ethel no se movió, y continuó mirando el avión que se alejaba, el doctor dijo:

– ¿No tienes una cita con el doctor?

– Oh, Dios mío -exclamó Ethel-. ¿A qué hora concertasteis?

– A las nueve.

– Ahora son las nueve.

– ¡Corre! Lo llamaré y le diré que ya vas de camino.

Ed Laffey llegó tarde a su gabinete, miró rápidamente el correo, llamó a su secretaria y le dio instrucciones para cancelar las dos operaciones que tenía programadas para ese día.

– ¿Qué razón debo alegar? -preguntó ella.

– Que si tuviera que operar hoy, el cuchillo me resbalaría. Ahora llame al club de tenis, quiero hablar con el profesor.

Ese fue todo su trabajo en la oficina. Volvió a casa, se cambió y se puso un pantalón corto y alpargatas, miró si Ethel estaba en su cuarto, y la buscó después por la casa y los alrededores. Finalmente llamó a Manuel.

– Diego me ha dicho que ha salido a caballo -informó Manuel-. Se llevó The Bitch. La yegua que usted suele montar, señor. Diego está muy enfadado, se lo aseguro.

– Dígale que deje inmediatamente lo que esté haciendo y que suba aquí. Volveré dentro de diez minutos.

Montó en su «Mercedes». Siempre llevaba unos prismáticos y una pistola en la guantera. Cuando llegó al mirador de la segunda colina se subió encima del auto y barrió el área con los primáticos. No había rastro de Ethel.

Cuando regresó, Diego estaba esperándolo.

– ¡Te dije que nadie debía montar nunca ese animal excepto yo, Diego!

– ¿Ha tratado usted alguna vez de detener a esa muchacha?

Diego era un hombre bajo y delgado, parecido a un antiguo jockey, y quizá lo había sido; nadie sabía nada de su pasado. A sus cincuenta y seis años tenía la cara surcada de profundas arrugas.

– ¿Dónde está ella ahora?

– Se fue por ese camino hacia alguna parte. Llevando unos viejos pantalones míos. Se ha puesto mis malditos pantalones sucios. Yo le he dicho: «Su padre se va a enfadar mucho conmigo si usted se lleva ese caballo.» No quiero repetirle lo que me respondió. Algo que significa que me preocupe de mis propios problemas. Incluyéndolo a usted, señor.

– ¿Se portó bien la yegua?

– Yo le dije: «No le gusta que la monte nadie, esa Bitch, excepto su papá.» Le dije «no use espuelas». Pero ella encontró un viejo par de sus botas en el establo, y también las espuelas. Yo le dije: «No le toque los costados con eso. Y no la apriete en la boca.» Y lo primero que hace cuando monta es tirar de la cabeza de la yegua, y esa condenada Bitch nota las pierias de miss Kitten que no aprietan como las suyas y yo le grito: «No apriete las espuelas en sus costados.» Bueno, no tengo que decirle lo que ha sucedido. La yegua la echa al suelo en un minuto. ¿Y qué hace la chica? La monta otra vez y salen al galope. ¿Qué demonios podía hacer yo?

– Detenerla. Lo mismo que hubieras hecho si hubiese sido tu hija.

– ¿Quiere decir detenerla por la fuerza?

El doctor Laffey pensó si debía salir a caballo para buscar a Ethel. Ella podía necesitar ayuda. Pero sabía también que en el estado de ánimo actual de Ethel, su acto podía ser interpretado como interferencia, y no preocupación, y ella se molestaría todavía más.

En el club, pidió al profesor que se quedaran a un extremo de la pista. Durante media hora estuvo lanzando voleos altos y se sintió mejor.

Ethel no había regresado todavía cuando él llegó a casa.

Ed llamó a su amigo, el ginecólogo.

– Tomé una muestra, Edward. Absolutamente negativo.

– Debe de haberse sentido aliviada.

– No sabría decirlo. Puede ser que me haya metido en tu jurisdicción, Edward. Le he dicho: «El castigo real por infidelidad es esa ansiedad que has tenido que sufrir. Y ahora dime con franqueza, ¿crees que valía la pena?»

– ¿Y…?

– Textual: «¡Valía la pena, ya lo creo!»

– Oh, Julián, lo dijo por resentimiento. Va a casarse. ¿Te lo ha dicho? Con otro.

– Me lo dijo, Edward, he conocido a esa chica desde que era una niña y jugaba en el suelo. Recuerdo cómo solía sentarse en tu regazo y cómo te miraba. Dios y su ángel. Y cómo miraba a todos los demás, como si quisieran robarte de ella. ¿Qué sucedió con todo eso? ¿Qué le sucedió a ella? ¿Es Ethel la misma persona? Antes de que sea demasiado tarde, Edward, deberíais tener una conversación honesta, de corazón a corazón. Todavía hay normas de conducta, ¿no es así? ¡Maldita sea…!

Y colgó el teléfono.

Ed tuvo que admirar a Ethel por no mostrarse humilde.

Cuando ella volvió de su paseo, Ed estaba en la piscina, y se sintió muy feliz cuando se reunió con él.

– Teddy se quedó muy impresionado al verte en el aeropuerto -dijo Ethel-. Fue muy generoso por tu parte, me dijo, y yo no sé apreciarte, me dijo también. Me llevé una buena regañina.

– Vaya, ése es un aspecto de Teddy que yo no supe apreciar.

– He pensado que podríamos pasar esta última noche juntos y me gustaría alegrarme un poco. Quiero decir, beber graciosa e inteligentemente, como camaradas. ¿Te gustaría?

– ¿Es a Teddy a quien debo esta amable oferta?

– Fue idea suya y ahora es idea mía. No hago automáticamente todo lo que él me dice, ¿sabes? ¿Beberemos juntos esta noche, papá, es nuestro viejo hogar? ¿Nuestra fiesta de despedida?

Aquella noche, después que su madre hubo apagado la televisión, y murmurando excusas se había ido a la cama, Ethel y su padre se tragaron algo más de un litro. Hablaron como dos amigos que no se necesitan mutuamente, ni aprobación ni afecto, y se sintieron por ello completa y sorprendentemente amistosos.

– ¿No crees que, aunque no lo quieras, te gusta? -Ethel estaba hablando de Costa.- ¿De alguna manera?

– ¿Qué es lo que ha de gustarme de él? -preguntó Ed.

– Su olor, por ejemplo. Es seductor, vagamente extranjero, muy romántico.

– Yo he olido a sudor.

– Sí, un poco. Pero también algo más… ¿Canela? ¿Ajo? Teddy me ha contado que los griegos viejos a veces se comen ajos enteros.

– Sudor -repitió Ed.

– Es verdad, el sudor está saturado agradablemente de esos olores.

– Estás emborrachándote.

– No del modo que quisiera. Sigamos.

– Voy a llenarme el vaso otra vez. ¿Quieres que llene el tuyo?

– Sí. Esta noche vamos a derribar una o dos paredes, papá. Quizás es tu última oportunidad.

– Bueno, voy a decirte la verdad. Es estúpido. No me gusta la gente estúpida. ¿Y si dijera «ingenuo»? Es una palabra más amable. ¿Te va bien «ingenuo»? Confía tanto en todas esas bobadas que predica…

– Es el único hombre que he conocido que cree en algo.

– Qué tontería -dijo Ed, entregándole su bebida.

– Bueno, brindemos por… ¿Cuáles son tus esperanzas, papá?

– Como tú has dicho, ninguna. Y en cuanto a ese viejo, lo que yo veo es estupidez y energía. Y esa combinación francamente la encuentro muy difícil de tolerar. Y ese bastardo es un matón. Te va a pedir que renuncies a lo que tú menos quieres renunciar.

– ¿Como sería…?

– Tu independencia.

– ¿De qué independencia estás hablando?

– Únicamente hay una. Una familia como ésa es algo espantoso. Te vas a encontrar en una prisión sin ventanas.

– ¿Es eso lo que tú me predices?

Ed bebió de un trago la bebida fresca que se había preparado.

– A propósito -dijo-, esta tarde te fuiste en un caballo muy malo.

– Acabamos gustándonos mutuamente. Esa yegua es como yo misma me siento.

– Ahora, ¿quieres saber lo que voy a predecirte?

– Sí.

– Necesito otro trago para adquirir condición profética.

– Mi lengua está haciéndose espesa.

– Hay un viejo proverbio griego, o debería haberlo: una lengua espesa dice la verdad.

Bebieron, retadores. Viejos amantes, nuevos antagonistas.

– Predíceme -dijo Ethel-. Y yo también voy a hacer tu predicción.

– ¿Empiezo yo?

– Adelante.

– Tú, mi querida hija, te divorciarás dentro de un año.

– Error.

– Teddy ya no te gusta tanto como la semana pasada. Di la verdad.

– Error otra vez. ¿Qué te hace decir eso?

– ¿Es Teddy siempre tan correcto? ¿Tan responsable?

– Depende de con quién está. Teddy se adapta. Para su padre es un buen hijo griego, para ti es pura Marina norteamericana, en la base es un duro suboficial, y conmigo es tan dominante como un mal nacido.

– Pero yo observé tu cara ayer por la noche. Ayer por la noche le perdiste un poco de respeto, yo lo vi.

– Ni una pizca.

– Oh, sí. Y le perderás el resto dentro de un año. Te he vigilado. Has pasado toda tu vida buscando a alguien que tenga todas las respuestas. Y tu muchachito Teddy no las tiene.

– ¿Las respuestas a qué?

– Tú me lo has dicho. Primero yo fui Dios. Una postura muy incómoda, te lo aseguro. Entonces caí en desgracia. Por tres palabritas, según tu versión. ¿He de creer eso? Sigue la hora judía. Entretanto hubo otros, pero no quiero molestarme en seguir el rastro de todos. Tu Aarón tenía algo. Un poco de algo. Pero, de pronto, tú le sigues como si se tratara del profeta original comedor de saltamontes, dispuesta a acompañarlo hasta su patria y vivir en una de esas horribles comunidades judías, besar el mezuzab [13] y aprender el lenguaje. ¡Lo que fuese!

– ¿Cómo sabías eso?

– Lo adiviné. Y por lo visto, adiviné con razón. Llega después Ernie. Cualquier persona hubiera olido la podredumbre ahí. Pero para ti, durante algún tiempo, es el compendio de todas las respuestas. ¿Y esta vez qué? Platos sucios en el fregadero, trabajar cuando viene en gana. Bohemia demasiado tarde. De acuerdo, eso no duró. Ahora le regalas una noche más, lo que los hombres llaman un polvo compasivo, y sales de allí con cardenales en el pescuezo que has de esconder de tu actual Jehová. Teddy con el sol esplendoroso a su espalda. Orden. Control. Dominio. Bueno, pues deja que te diga que si alguna vez ha de colocarse en posición de mando, incluso contigo, lo primero que ha de aprender a mandar es en su padre. ¿Estabas intentando decirme que te gusta realmente la manera en que el muchacho se doblega absolutamente ante todo lo que dice ese viejo estúpido?

– Teddy es amable con su padre, eso es bondad, papá. Hace tanto que tú no la has visto que ya no la reconoces, papá.

– Muy bien, muy bien…

– Y Teddy me gusta también físicamente.

– Lo que no comprendo es por qué le gustas tú.

– ¿Por qué no ha de ser así?

– Debería presentir que tú vas a matarlo. Dentro de un año. Ya estás observando a tu alrededor.

– No es verdad.

– ¿Y qué pasa con el viejo? ¿Cómo-se-llame? Parece que él ahora es quien posee el secreto.

– Vamos, estás bromeando.

– Oh, no te irás a la cama con él. Al principio contigo siempre es idealismo. Pero en el aeropuerto ya le estabas dedicando esa vieja mirada de adoración. Lo que todavía no has aprendido, nena, es que nadie posee el secreto. Todos vivimos en la oscuridad. ¿No has pensado nunca en ello?

Ethel no respondió.

– Te toca a ti -le dijo su padre.

Ethel bebió un poco de escocés y miró al hombre que la había criado, intentando verlo clara y llanamente. Quería por fin decirle la verdad y, finalmente, no temía las consecuencias: su dolor o su rabia. Quizá, pensó Ethel, un estado de inspiración es así: la supresión de la censura en los labios.

– Tú, mi querido papá, te casarás otra vez dentro de un año -dijo.

– Quieres decir que crees…

– ¿No lo crees tú?

– Puede seguir viviendo durante diez años.

– No del modo que tú la tratas.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Ella ya está crucificada; tú quieres que muera. Mamá siempre ha sido una persona muy complaciente y muy pronto te complacerá a ti. No puedo dar ni con una sola razón que la induzca a seguir viviendo. ¿Sabes tú de alguna?

– Eso me hace daño.

– ¿Y qué hay de malo en lo que he dicho? La mayoría de los matrimonios se desean la muerte.

– Lo que me hace daño es tu acusación de que yo la estoy matando.

– Admitirás que la noche pasada la mataste un poquito.

– Todo lo que dije es que era mejor que se fuese…

– Cito literalmente: «Desearía que te dieses cuenta de que tampoco me ayudas en absoluto…» La dejaste sin razones para seguir viviendo, papá.

El doctor Laffey volvió la espalda a su hija y se terminó lentamente la bebida.

Ethel vio que la mano le temblaba. El hombre desnudo estaba a punto de explotar.

– Vamos -le dijo Ethel-, ahora dime lo que piensas. La verdad. Te desafío.

– ¿A ti? No, gracias. Pero dime tan sólo una cosa: ¿por qué sientes tanta compasión por tu madre y ni una chispa de simpatía por mí? ¿Te has fijado alguna vez en la parte que a mí me corresponde? ¿Crees, por ejemplo, que mi modo de vivir es un modo normal para que un hombre pase sus mejores años? Tu madre ya hace mucho que no siente ningún apetito por la vida. Yo sí. Sólo tengo cincuenta y cuatro años. ¿Te parece que soy viejo? No lo soy. No soy viejo en mi caso.

– Yo nunca he dicho que tú fueses viejo, papá.

– Puedo leerlo en tu rostro, Kitten. ¿Sabes qué es lo que yo más desearía en este mundo, la cosa más simple y sencilla? – Comienza a reír. – Me gustaría enamorarme otra vez. ¿Por qué sonríes tan aviesamente?

– Porque lo que pasa es que sé que tienes una amiguita para la que compras bonitas bagatelas en esa tienda de Saint Tropez.

– Todo eso no era para ella. Era para su hija. Y ella ya no es mi amante. ¿De acuerdo? ¿Quieres saber una de las razones por las que yo estaba ayer tan impaciente? ¿Pensaste que ayer fui mucho peor, verdad Kit ¿Mucho peor que de costumbre?

– Sí, efectivamente.

– Ella vino a verme por la tarde, mi amante, mientras tú ibas al motel a buscar a tus isleños griegos. Vino a mi gabinete en donde no había estado desde que íbamos juntos. Me dijo que yo tenía que conseguir mi divorcio, que debía prometérselo, o habíamos llegado al final. Me dijo que no tenía ninguna intención de seguir entrando y saliendo de los moteles a hurtadillas como hasta ahora.

– ¿Quién es ella?

– La esposa de un buen amigo. ¿Cuál es la diferencia? Tú los conoces. El es nuestro representante en la legislatura de Phoenix, Millard Hoag. Su esposa es Martha Hoag. Recordarás a Martha. Ella y Emma fueron amigas hace algunos años.

– Me acuerdo. ¡Vaya por Dios! Si hubo jamás una pareja entre todos vuestros amigos borrachos que yo pensara que tenía posibilidades de conseguirlo, era la de esos dos… cogiditos de la mano. Ella es una mujer agradable.

Ed se rió.

– Ese tono de sorpresa en tu voz no resulta halagador -dijo-. No importa. Mientras él estaba en Phoenix atendiendo a nuestros asuntos legales, ella y yo pasábamos noches en este motel en las afueras de la ciudad. Pero, y ahí hubo el problema, él solía llamarla a las once desde Phoenix. Era su ritual de buenas noches. De modo que a las diez y treinta y cinco ella debía dejarme para ir a casa a esperar la llamada del marido, y allí me quedaba yo solo con Johnny Carson. Ni tan sólo podíamos salir juntos de allí, pues no podíamos arriesgarnos a que nos vieran juntos, aunque fuese por un instante. Ella se ha cansado de eso… y yo no la culpo. ¿Lo harías tú?

– No, no podría.

– Me dijo que era demasiado mayor, demasiado bonita y demasiado rica para ese tipo de enredos. Y que ya había durado demasiado… ¡cuatro años! Así que me dio su ultimátum. Ella estaba dispuesta a obtener su divorcio. ¿Lo estaba yo también? ¿Qué esperabas que dijera?

– Espero que le dirías que tú también tendrías tu divorcio inmediatamente.

– ¡Esa es mi querida hija!

– ¿Qué le dijiste entonces?

– Le dije adiós. ¿Puedes imaginarme, por muy sinvergüenza que sea, diciéndole a tu madre, a tu mujer crucificada, que voy a abandonarla? ¿Ahora? Sería mejor que la degollara. Moriría; no dentro de un año, que parece ser tu plazo, sino dentro de una semana. Y yo sería el asesino a los ojos de todos. Incluyendo los tuyos.

– Los míos no.

– Hace tan sólo dos minutos lo has dicho.

– Lo que siento es que no hubieras roto hace mucho tiempo, cuando ella hubiera podido… -Ethel se detuvo.

– ¿Hubiera podido qué? ¡Responde! No puedes. Ese momento no existió. Y no sientas lástima por mí. Porque, ya que esta noche estamos diciendo ía verdad, yo no lo siento. No siento lástima de mí. He estado con Martha Hoag cuatro años y… ¿estamos diciendo la verdad, no es así…? y me gustaría, lo creas o no, me gustaría una mujer más joven.

– Martha es más joven que…

– Únicamente seis años. Y también, en muchos aspectos, mucho más vieja. Está ajustándose en todo. Por otra parte, yo no soy todavía un hombre viejo. Hablo científicamente, gráficos y exámenes. Presión sanguínea uno quince sobre setenta, todos los órganos internos en perfecto estado, la piel de un muchacho. ¿Tienes alguna idea, mi querida y presuntuosa hija, de cuánta energía acumulada tiene tu padre? Soy el mejor jugador de tenis del club por encima de los treinta. No puedo vencer a los jovencitos, pero a todos los otros… Juego tres partidas de singles y no soplo. Lo que ahora me gustaría es una muchacha, no una viuda madura, alguien de tu edad, Kit, y no una mujer menopáusica. Perdóname querida Martha. De acuerdo, ríete, te desafío.

– No estoy riendo.

Ed se había acercado al bar y se servía otro vaso.

– Sé lo que estás pensando -dijo Ed, vuelto de espaldas-. Pero estás equivocada. Vosotros los jóvenes sois tan mandones, tan mecánicos. Podría hacerlo cada noche si tuviera la chica adecuada que me deseara. Esto es todo lo que se necesitaría, alguien que yo quisiera que me deseara.

– Papá, espero que la encuentres.

– Y créeme, si no doy con esa cosa auténtica, buscaré y pagaré bien a la chica que lo finja. Le pagaré siguiendo una escala de valores: cuanto más alto sea el nivel de su comedia, tanto más será el dinero que yo le dé. Después de todo, esa técnica, el convencer a alguna persona que se está viendo todos los días de que es tan deseable como lo fue al principio, eso es el matrimonio en esencia, ¿no crees? ¿Para una mujer? Martha ha estado haciendo ese papel con Millard desde… por lo menos durante nuestros cuatro años. Cada vez que él regresaba a casa, de vuelta de Phoenix, ella preparaba su escena. «¿Cómo te fue la pasada noche?», solía preguntarle yo. «Muy convincente, creo», me respondía ella. Entonces me contaba, porque yo sentía curiosidad, cómo se las arreglaba para reafirmar a su marido de que ella era todavía apasionada y él todavía era deseable. Pero sucedió algo singular. Esas mismas técnicas, los trucos del negocio del matrimonio, comenzaron a surgir en nuestra relación. Yo estaba preparado para ellas; de hecho, las estaba esperando. Así que cuando vino esa tarde con su ultimátum, no pude evitar el pensar: Martha, cariño mío, este papelito hubieras debido hacerlo hace tres años, cuando la cosa era auténtica. En aquella época yo me hubiera precipitado a ver un abogado para el divorcio. Y dejar que sucediera lo que debiera suceder a tu madre. Pero, pasar de un ritual establecido a otro, ¡no! Voy a decirte que si encuentro a alguien que logre reavivar mi vida, voy a dedicársela enteramente, renunciaré a mi profesión, cerraré mi gabinete, arrancaré mi placa, y borraré mi nombre del listín telefónico. Tengo algunas rentas, bonos libres de impuestos; no soy escandalosamente rico, pero tengo todo el dinero que pueda menester en mi vida. No trabajaría ni un día más de mi vida. Viajaría y leería, volvería a la escuela, exploraría las regiones de la Tierra y las razas humanas, iría al África y a la China, aprendería a tocar el piano y me consideraría a mí mismo con asombro, otra vez… pero aquí estoy, víctima de una perdonavidas.

– ¿Madre?

– ¡Una perdonavidas! Me está amenazando todos los días.

– ¿Con qué?

– ¡Con el suicidio! Envía a Manuel a comprar pastillas para dormir. Por gruesas. Afortunadamente yo tengo una gran influencia sobre Manuel y él me lo cuenta inmediatamente. Le entrego pastillas inocuas, de todos los colores, y Manuel se las da a ella. La noche antes de que tú vinieras se tomó cuarenta de una vez, vació el frasco. Cuando volví a casa la encontré en el baño, con la piel blanca e hinchada. Había estado en la bañera, durante horas, esperando que mis pastillas le hicieran efecto. Lo que me dijo es que no tenía fuerzas para salir de la bañera. ¿Has intentado alguna vez levantar el peso muerto de una mujer, resbaladiza, para sacarlo de una bañera con agua tibia?

– ¿Cuánto tiempo había estado allí?

– No hay manera de saberlo. Su piel estaba blanda. Veo que eso te sorprende. Me alegro. Pero lo peor de todo ello, para mí, es que estoy atrapado psicológicamente. Dime por qué he de pasarme la vida en las arenas movedizas de la culpabilidad, viviendo con una persona que me está acusando continuamente con cada una de sus actitudes, palabras y miradas. No sé por qué te estoy contando todo esto; no te importa un comino.

– Papá, sí me importa.

– No te creo. Si te importase ya habrías notado algo de todo lo que te he contado hace muchos años. Su arma más cruel es su bondad y su paciencia. No importa lo tarde que yo vuelva a casa, ella siempre me espera. O se ha dormido, en el sofá de abajo, sin haberse desnudado todavía. Y en su rostro hay todavía la expresión de una sonrisa santificada. Así yo podré saber, al mismo tiempo, que vuelvo a casa muy tarde, pero que ella me ha perdonado. Así que entonces yo debo despertar a la mártir, que es una perdonavidas, llevarla arriba y ponerla en la cama. Allí, por unos instantes, ella se reanima, y me dice algo por el estilo de: «¿Y cómo has pasado el día, cariño?» Conversación normal entre marido y mujer, ¿sabes?, a la que yo, naturalmente, no puedo responder. No puedo contarle que he estado con Martha, ¿no crees? Bueno, todo eso ha terminado. Pero, ¿qué puedo decir? Intento encontrar alguna respuesta, hablarle de alguna operación y cosas parecidas. Pero ella ya se ha dormido, con esa sonrisa de todo-perdonado, a la mitad de mi segunda frase. Así que, finalmente, acabo de desnudarla y meterla en la cama y ella dice: «Arrópame bien, cariño.» Me llama cariño, como solía hacerlo de recién casados. «¡Arrópame bien, cariño!» Ya sé que a ti te pareceré muy cruel, pero ya no me importa en absoluto.

– Lo siento por ella y lo siento por ti.

– ¡Sólo eres capaz de eso! ¡Que Dios te bendiga! Pero, a lo mejor, hasta podrías darte cuenta de que cuando se hace la mártir lo que está haciendo en realidad es castigarme a mí. Cuando adopta ese papel de víctima, tan paciente, tan generosa, soportando la increíble villanía de un hombre que… ¿Cómo? ¿Qué has dicho?

Ed Laffey estaba en el bar.

– No he dicho nada -dijo Ethel.

– Bueno, pues di algo ¡por el arnor de Dios! -vociferó Ed-. ¡Respóndeme! ¿No te das cuenta?

– Sí, me doy cuenta.

– Lo dudo. Lo dudo realmente.

El doctor se sirvió un doble.

– Me acuerdo continuamente de mi padre -dijo Ed Laffey-. Hacia el final de su vida la sangre no le circulaba. Primero se le enfriaban los pies, se le entumecían y se le ponían verdes. Los médicos le amputaron una pierna para salvar su vida, así lo dijeron. La enfermedad afectó entonces a su cerebro, que no recibía el oxígeno necesario. Le recuerdo bien, sentado en el sofá, mirando al otro lado de la habitación y diciendo: «¡Aquí viene Shep, conduciendo el ganado!» Y señalaba como si estuviera mirando el panorama por una ventana abierta al campo. Shep era el perro pastor del rancho de su padre. Yo pensaba, viéndolo morir: aquí está este hombre, atrapado en un universo totalmente irreal. Pero mi universo, ahora, aquí, es igualmente irreal. Y añadiéndole la calamidad de que yo soy un hombre sano, con apetitos normales y muy curioso. Estoy tan atrapado como lo estaba mi padre. Punto. Tu madre es mi carcelero. Ella tiene toda la razón y yo soy el equivocado, y éste es mi castigo. Ni tan siquiera puedo disfrutar de los placeres normales mientras ella viva. Y no estoy hablando de aventuras, sino de los placeres corrientes de la vida.

Terminó su bebida, se volvió y señaló en la distancia.

– Aquí viene Shep -dijo- conduciendo el ganado. -Se echó a reír entonces, vio algo expresado en el rostro de Ethel, y se detuvo bruscamente.

– ¿Qué pasa? -preguntó Ethel.

– Estás sonriendo otra vez de esa misma manera.

– No de esa manera otra vez.

– Claro que algunas veces siento deseos de que se muera. ¿Podría culparme por ello? Naturalmente que estoy tenso y no me porto bien, incluso en el terreno profesional. Hace un par de días el bisturí se me escapó de las manos durante una operación, la de la mano de ese bastardo. Por ese desliz, la parte más infinitesimal de un milímetro, hubiera podido terminar mi carrera y con toda mi pretensión de presumir de nervios de acero y una mano siempre firme. Ese desliz hubiera podido liberarme. No me pasaría lo que finalmente me sucederá… me va a estallar la cabeza. ¡Por ese diminuto desliz! ¿Puedes entender eso?

– Sí, papá.

– ¡Sí, papá! No te creo. La única manera en que tú puedes verlo, mi querida hija, es viéndome a mí como un sinvergüenza y a ella como una santa.

– Yo no creo eso.

– Pues vete a la cama. Desaparece gentilmente de mi vista.

Ethel no se movió.

– Lo que yo no consigo entender de ti -dijo Ed, y Ethel observó el dolor que su voz expresaba-, es por qué me odias.

– No te odio, papá, de verdad no te odio.

– Oh, querida mía, sí me odias. En otro tiempo tú eras la única cosa que me importaba en este mundo, y de pronto… ¿Qué es lo que te hice? No es posible que una frase espontánea, tres palabras, pronunciadas hace tanto tiempo. Ni por la manera de decirlas: ¡No hagas eso! ¿Esperas que yo me crea que tú me guardas todavía rencor por eso? Ha de haber algo más. Pero, ¿qué? ¿Qué te he hecho yo, aparte romperme la cabeza intentando ayudarte, intentando resolver el enigma de tu repentino impulso para revolcarte con cualquier muchacho granujiento de la clase de segundo año de Northside High…?

– Oh, papá, no fueron tantos.

– Lo que todavía no comprendo -prosiguió el doctor, como si Ethel no lo hubiera interrumpido-, excepto que de algún modo muy embrollado, es que tú estás convencida de que fue por culpa mía.

– ¿Cómo podría culparte de eso, papá?

– ¿Estamos diciendo la verdad esta noche?

– Fuiste un buen padre.

– Gracias. Me alegro que digas eso, aunque no creo que lo digas sinceramente. Lo finges, pero lo haces muy bien.

– No digas más bobadas, papá. Aunque yo estuviera muy enfadada contigo, yo te quería. Y ahora me siento liberada de ti, pero todavía te quiero.

El doctor estuvo callado un momento. Ethel no llevaba ninguna máscara ahora y él dejó caer la suya finalmente.

– Dilo otra vez, Ethel -dijo, sin mirarla, apenas murmurando las palabras-. Di eso otra vez.

Ella lo rodeó con sus brazos y lo besó.

El la sostuvo en silencio, escondiendo su cabeza en el hombro de Ethel.

– Estás desilusionado únicamente, papá -dijo Ethel.

– ¿Contigo? Nunca.

– Contigo mismo. O con Teddy. En quién es él. No sé. Vamos, estamos diciendo la verdad.

– Bueno, un padre, ¿sabes?, es un hombre insensato. Del modo que yo lo veo, tú hubieras podido ser la esposa del Presidente de los Estados Unidos, y le hubieras hecho un gran honor. ¿Qué esperas de mí? ¿Franqueza? Claro que estoy desilusionado. Y también estoy loco.

– Lo comprendo.

– ¿Puedo decirte algo, por favor? ¿Antes de que sea demasiado tarde?

– Es mejor que lo hagas.

– ¡Piénsalo bien! Es posible que yo tenga razón cuando hablo de tus griegos. Del padre estoy muy seguro. Pero, después de todo, tú no te casas con el padre. Pero, ¿y el muchacho? ¿Crees que está a tu altura? Tú eres… a pesar de lo que sucedió… una mujer fuerte. ¿Será él igual a ti? ¿Está él…cuál es la palabra? Sólo puedo atinar en una palabra muy arrogante. Ese muchacho, ¿es suficientemente bueno para ti? Esto es tan importante… No la parte del matrimonio. Simplemente aquel con quien compartes tus días. Ese muchacho tan amable, tan decente, ¿es lo suficientemente hombre para ti?

– ¡Puedo asegurarte que lo es! Tú no lo conoces.

– Tal como yo lo veo, tú lo tienes todo, ahora que ya estás terminando con las tonterías de tus años de adolescencia: cerebro, gusto… no, eso no, todavía no, pero aspecto, energía, curiosidad, valor, todo. A mí me resulta difícil apreciar cuál es su atractivo. Es firme. Se puede confiar en él. Supongo que ésas son virtudes que yo no sé apreciar debidamente. Yo lo veo, más bien, como un oficial de tercera clase, supercorrecto, sin la inquietud de llegar a ser algo más. A mí me gustan los luchadores. Los que rompen lanzas. ¡Ese chico es tan condenadamente amable! Hasta le gusto. Esto no es natural. Hubiera debido sentir un antagonismo incontrolable contra mí. Como yo lo siento hacia él.

Ed Laffey dudó un momento, y se acercó entonces a Ethel quedando de pie a su lado, mirando al suelo.

– No me hagas mucho caso -dijo-. Estoy borracho.

Parecía como si fuese a besarla. Pero quizá no estaba seguro de que ella le respondiera, porque se volvió y caminó entrando en la oscuridad hasta donde la escalera se elevaba.

A medio subir, se detuvo, sonrió a Ethel y le dijo:

– Aquí viene Shep, conduciendo el ganado.

Y desapareció.

7

Teddy y Costa se encontraron con Ethel en el aeropuerto de San Diego. Ethel vestía como una adolescente, calcetines hasta la rodilla por debajo de una faldita azul celeste. Al verlos alzó los brazos muy alto. En cada mano tenía el cordelito de un globo.

– Se me llevan -dijo-. ¡Sujetadme! ¡Sujetadme!

Ellos lo hicieron. Ella besó a los dos y soltó los globos.

– Te reservo una sorpresa -susurró al oído de Teddy.

Costa debía emprender el vuelo hacia el Este al cabo de una hora, de modo que buscaron un rincón oscuro del bar del aeropuerto para celebrar su encuentro.

– No pareces embarazada -murmuró Teddy, mientras la acompañaba a su silla.

– No lo estoy -dijo Ethel – ¡Eso sí sería una sorpresa!

A Costa no le había gustado la iglesia griega de San Diego.

– Cierran la puerta con llave -objetó.

– ¡Papá! -dijo Teddy-. San Diego no es Tarpon Springs. Es una ciudad moderna.

– Demasiado moderna -dijo Costa-. La puerta de iglesia ha de estar abierta día y noche. La iglesia es el corazón de Dios. Después de otro trago, añadió: -También, en mi opinión, ese sacerdote, es judío.

Teddy no pudo evitar el reír.

– Papá -dijo-, eres un antisemita.

– ¿Qué clase de cumplido es ése? -preguntó Costa.

– Tampoco te gusta el nuevo sacerdote de Tarpon.

– No tiene patillas.

– ¿Y qué tienen que ver las patillas?

– ¿Has visto alguna vez retrato de Dios? Muchas patillas.

– Ese hombre ya las dejará crecer. Dale tiempo.

– Nunca. Lo intenta, lo intenta, todos sentados ahí, esperando, cada domingo. No sale nada. Así que uno y después otro, todos marchan, los más viejos. De modo que hay problema: sólo los viejos dan dinero a iglesia.

– ¿Y las mujeres, papá? -preguntó Teddy-. ¿Ellas van todavía?

– Las mujeres no tienen dinero. ¿Has visto mujeres con dinero? Ellas tienen dinero de nosotros. ¿Y los jóvenes? Nada. Egoístas. Entretanto goteras en tejado, la factura de electricidad que sube, mala situación. Así que todos esperan que el viejo Xenakis, cuándo se va a morir. Un hombre muy rico, Ethel, Simeón Xenakis. Este sacerdote se sienta junto a su cama cada día, reza, se come el goorabyeb de mistress Xenakis, duro como roca. Viejo Xenakis, ahora, no oye, no ve, pero no es burro. «¿Por qué no dejas crecer barba?», pregunta al sacerdote. «Lo intento», dice el mentiroso. Xenakis pone la mano del sacerdote aquí -Costa deslizó su dedo ligeramente por la barbilla de Ethel- y hace un ruido «¡Tst, tst, tst!». Después de morir, al día siguiente, leen su testamento, y a la iglesia deja cero. ¿Y qué hace el sacerdote bobo?

– ¡Bingo! -gritó Ethel-. Pero, papá, tenía que hacer algo. ¿No lo cree?

– ¿Papá? -preguntó Costa-. ¿Me has llamado papá?

– ¿Puedo? -preguntó Ethel-. ¿Lo quiere?

Costa se encogió de hombros.

– ¿Por qué no? -dijo-. Así, ahora, ¿dónde está mi beso?

Ethel le besó, y le rogó después que se quedara otro día, prometiéndole preparar su especialidad del sudeste, tarta de tamal.

– Estoy segura que te gustará -rogó-. Es mejor. Pues es el único plato que sé preparar.

– Hazme un favor; primero aprende cocina griega -respondió Costa.

– ¡Compraré todos los libros de cocina griega que se hayan escrito!

– ¡Libros no! Diré a Noola qué te enseñe todo, no te preocupes.

Ethel lo besó cuatro veces cuando él se fue, ansiosa por envolverlo en afecto. Sus brazos eran fuertes, sus hombros robustos, la embelesaba su pescuezo, tan fuerte y firme. Cuando Costa se levantó para marchar, Ethel adoró sus cortas piernas musculosas. ¡Las tempestades que resistirían en el mar!

En cuanto a Teddy, fue una de las horas más felices de su vida. Había triunfado en su propósito de acercarlos. Como el clásico casamentero, a un mismo tiempo aliviado y encantado, los observaba charlando y pleiteando, coqueteando y haciéndose halagos. Estuvo riendo hasta saltársele las lágrimas.

– ¿De qué demonios estás riendo, maldito bobo? -preguntó Costa.

– No lo sé, no lo sé -respondió Teddy. Y comenzaba a reír de nuevo.

Cuando el avión de Costa desapareció por entre las purpúreas nubes del Este, Teddy y Ethel se quedaron solos. No querían ir a un cine; estaban demasiado perfectamente, demasiado tiernamente bebidos.

Teddy la llevó en su auto al Centro de Entrenamiento Naval, y ella se agachó para no ser vista cuando pasaron la entrada. Esta instalación, dispersa en un llano aireado junto al mar, da la impresión de ser demasiado grande por lo que sucede en ella. Teddy llevó a su novia junto al pie del puente que conduce al Campo Nimitz, la isla en donde los hamburgers, los quintos, recibían su primera instrucción, Se quedaron de pie junto a la valla y él la besó, más con gratitud que con pasión.

Ella se apretó contra él.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó Teddy.

– Quiero tanto a tu padre, que te necesito -dijo ella, riendo.

– ¿No eras tú la que decía -le preguntó Teddy malicioso- que esperaríamos hasta…?

– He cambiado de opinión, Teddy. ¿De acuerdo Teddy?

– ¿Era ésa tu sorpresa?

– No -gritó ella mientras corría hacia el auto y saltaba al asiento del conductor.

La brisa había aumentado, procedente del mar y refrescando el aire.

– ¡Vayamos a México! -propuso Ethel-. ¿Qué dices a eso?

– ¿Cuándo?

– Ahora. ¡Rápidamente! Esta noche. Disfrutemos de nuestra luna de miel antes de casarnos.

– ¿Y qué te parece un lugar aquí mismo, rápido, cerca del estuario, bajo las luces de acercamiento de vuelo? Nadie va por allí.

Cuando Teddy le mostró el sitio, ella detuvo el auto y apagó los faros.

Sus dedos ágiles le encontraron.

Un gran avión rugió por encima de ellos. Siguió el silencio y pudieron oír la nueva brisa que rizaba el agua del mar.

Teddy se tendió, apoyando la cabeza en el respaldo, y cerrando los ojos.

¿Sería todo tan perfecto alguna otra vez?

Las ventanillas del coche se empañaron con el calor.

– Me gustaría que tuviéramos algún sitio adonde ir -murmuró Teddy.

Ella estaba demasiado ocupada para responderle.

– ¡Espera! -Teddy ya estaba muy cerca.

Ethel se levantó despacio y le sonrió, el conquistador evaluando su tesoro. Se volvió entonces poniendo la cabeza bajo el volante y hacia la parte anterior del asiento. Teddy se incorporó liberando el brazo que ella necesitaba para escabullirse de sus bragas, que Ethel dejó colgando de un tobillo.

Teddy la balanceó hasta estar ambos agotados. Los pies de Ethel, enfundados en sus calcetines de adolescente, presionaban frenéticamente contra el cristal de la ventana.

Fue la primera vez que ella terminó antes que él.

Por un instante, demasiado corto para ser medido, durmieron.

Se despertaron al mismo tiempo.

– ¿Qué te sucedió esta noche? -Murmuró Ethel admirativamente.

Teddy se rió, orgulloso de su potencia.

– Vayamos a algún lugar -dijo Ethel.

Había chicas por todos los pisos de la casa de Ethel. Ella sugirió a Teddy que la hiciera entrar a hurtadillas en su barracón.

– Yo también tengo un compañero de cuarto. ¿Te acuerdas de Big Jack Block?

– Estará dormido.

– Tiene el sueño ligero.

– Vayamos a un motel entonces.

– Veinte pavos.

– Eres un vulgar bastardo.

– Además, a mí me gusta aquí en el auto; cada vez me gusta más.

Ethel se dio una vuelta en el asiento, se arremangó la falda azul celeste y ofreció dos perfectos bollos rosados. En la oscuridad resplandecían como flores nocturnas.

Ethel se agarró al volante. Teddy se agarró a Ethel.

Finalmente se sosegaron, satisfechos de estar uno junto al otro hablando.

– He de anunciarte un regalo de casamiento -dijo Ethel-. Iba a esperar un poco… pero, ¿estás dispuesto?

– ¿Es esto? ¿La sorpresa?

– Me he alistado. -Ethel esperó.- En la Marina -añadió.

Teddy siguió sin comprender.

– Teddy -le dijo Ethel-, me he alistado en tu Marina.

– ¿Cuándo?

– La semana pasada. Al día siguiente de llegar tu padre. Eso me hizo sentir segura.

– Estás bromeando.

Ethel rió nerviosamente.

– No estoy bromeando.

– ¿Has hecho eso de verdad, Ethel? -interrumpió Teddy. Ethel observó que Teddy estaba esforzándose por no perder el control-. ¿Es que estás loca o qué? ¿Por qué demonios hiciste tal cosa?

– Porque no quiero perderte de vista -dijo ella-. Porque allí donde estés tú, quiero estar yo.

Cuando Ethel intentó tocarlo, él se separó.

– Estás totalmente loca -dijo-. ¿Por qué puñetera razón?

– Porque me gustan los uniformes de la Marina; por esa puñetera razón.

– Vamos, Ethel -dijo Teddy-. ¿Cuál es la razón auténtica?

Ese era su primer altercado serio.

– Es como un instinto -dijo ella.

– ¿Qué es eso, un instinto?

– Estoy asustada.

– ¿De qué?

– De mí misma. De la manera que he sido. Quizá sea la Marina lo que yo necesito…

– ¿Has hecho eso de verdad, Ethel? -interrumpió Teddy.

– Sí -dijo ella-, y no sé por qué razón. ¿Te gusta más así?

– Estoy intentando entenderte, Ethel. Habíame con toda franqueza.

– De este modo, cuando salgas al mar -dijo Ethel- siempre sabrás dónde estoy y lo que estoy haciendo. ¿No deseas saber en todo momento lo que hago y dónde estoy?

– Claro -dijo él-. En mi casa, cuidando de mi hijo… allí es dónde y el qué.

Ella le tocó en medio de la frente.

– Siempre estás frunciendo el ceño -le dijo-. Vas a tener una arruga ahí, Teddy.

– ¿Has oído lo que acabo de decirte?

– Sí. Y estaré en donde tú has dicho. Voy a trabajar hasta el octavo mes. Muchas chicas lo hacen. Tu hijo nacerá en la Marina. Me prometieron que me destinarían en donde tú estés en el puerto de base. Quizá me especialice en criptografía. Nos podemos mandar mensajes secretos, del barco a tierra. Juntaremos nuestros salarios y tendremos nuestra propia casa. Y allí es donde él estará. ¿Teddy? -Ethel esperó.

Teddy tenía la cabeza baja; estaba tragando su bilis.

– Si tú querías ese otro tipo de esposa, Teddy -le dijo Ethel- tenías que haberte casado con tu virgen griega.

Se le acercó más y acomodó el brazo de Teddy entre sus pechos.

– Ya has visto cómo son mi padre y mi madre -dijo ella-.Por la mañana él se va antes de que ella baje. Por la noche ella se come su cena en una bandeja antes de que él regrese. Una vez por semana ella intenta suicidarse. Yo no voy a casarme en ese estilo. Yo voy a estar contigo día y noche. Esta es la cuestión, ¿no es así?

Ethel se inclinó y le besó en mitad de la frente.

– Querido mío, otra vez estás frunciendo el ceño. Lo haré desaparecer con un beso. Es tan dulce… También sueles hacerlo cuando hacemos el amor. No te preocupes. Voy a hacerte feliz, Teddy. Haré más que eso. Haré que te sientas orgulloso de mí.

– Ya estoy orgulloso de ti ahora, por el amor de Dios.

– Yo quiero decir orgulloso de verdad. Durante toda mi vida he sido una persona inútil. Nunca tuve una profesión, Teddy, quiero decir una auténtica profesión. No como hacer de enfermera. Quiero ser capaz de hacer algo. En la escuela obtuve buenas notas. Incluso en mates. Mis notas eran Bes. ¡En matemáticas! Así que, ya ves, durante el día trabajaremos juntos, y por la noche, cada noche, estaremos… como estamos hoy. ¿Lo ves cómo seremos muy felices? Hay una cosa únicamente que es mala: tendré que estar nueve semanas en el campo de reclutas, reclutas femeninos, en Orlando, Florida.

– ¡La madre!

– Únicamente nueve semanas. Primero yo pensaba que podíamos casarnos antes, pero tu padre dijo que necesitaba tiempo, por lo menos dos meses, dijo, para arreglar las cosas. Por eso no puse objeción. No te preocupes, allí, hasta las aceras están segregadas por sexos. Te escribiré cada día, y cuando regrese nos casaremos y nunca más nos separaremos.

Teddy seguía mirando al suelo, resentido. Pero ella no le permitió ponerse mohíno, abrazándole fuerte y besándolo una y otra vez. En sus ojos había una luz salvaje, como si estuviera contemplando un incendio.

– Vaya, ¡esto sí que ha sido una buena sorpresa! -dijo Teddy.

– No lo ha sido -dijo ella-. Tengo otra. Voy a decirte la razón de verdad, la auténtica.

– ¿Cuál es? ¿Cómo? ¿Ethel? ¿Vamos, qué es?

– Estoy asustada -respondió ella-. Bueno, aquí va. Quiero que seas oficial. Me refiero a un oficial con alta graduación. Por lo menos. No, escucha, por favor. ¡Cuando camino por esta base y veo los individuos que todo el mundo saluda! ¡Tú eres mejor que cualquiera de ellos! Así que he sabido qué es lo que se necesita para llegar. Trabajar tan sólo. Nadie trabajó tanto como tú. Tú mismo has de haber pensado alguna vez en ello, alguna vez. Es el siguiente paso más natural.

– Pero yo no quiero ser un chusquero, Ethel. Soy feliz con lo que tengo. Y te aseguro que no quiero de ninguna manera que estés empujándome como otras esposas de oficiales que yo conozco.

– Esa es la especie de esposa que te has ganado, Teddy. Cuando nuestro hijo crezca, quiero oírle decir que su padre es un oficial. ¿No suena eso mucho mejor que suboficial? ¿Tercera clase?

– Has estado hablando con el doctor Ed Laffey, ¿verdad?

– ¿Qué te hace suponer eso?

– Porque cada vez que decía «suboficial» añadía «tercera clase», rápidamente. No me gustó que dijera eso ni la expresión de su cara cuando lo decía.

– Esto no tiene nada que ver con él. Lo quiero por ti. Y por Costa. Espera que le diga…

– ¡Tú no harás eso! -Quiero decir cuando le diga.

– No cuándo. Si le dices. Se lo diré yo. No intentes manejarme, Kitten.

– Costa se sentirá tan orgulloso de ti…

– Yo no vivo para él, a pesar de lo que tú puedas pensar.

– ¿Estás muy enfadado conmigo, verdad? -Podrías apostarte algo.

– Bueno, pues ya que estás enfadado conmigo, ya no importa que te lo cuente todo, capitán Theodore Avaliotis.

– ¿Qué?

– Así es, Theodore. Se supone que una esposa ha de decir la verdad, ¿no es así? Deberías cambiar tu nombre. Theophilactos sí que es un impacto para esa gente de la Marina. Ni yo misma puedo decirlo bien.

– ¿Estás loca? ¿Después de todo lo que te dijo mi padre?

– Teddy, estoy diciéndote todo esto, porque creo, y es en ti en quien creo. ¿Teddy? Teddy…

El no respondió. Estaba frunciendo el ceño otra vez.

– Bien -dijo ella-, esto era la sorpresa. Me siento aliviada al haberlo dicho.

– Muy bien, ya lo has soltado. Ahora olvídate de ello.

Ethel pareció desanimarse, y de pronto se echó a reír.

– ¿Qué demonios es tan divertido?

– Estoy pensando qué es lo que va a decir, tu viejo, cuando se entere sobre mí, un marinero. ¡Una muchacha marinero!

– Dale un nieto -dijo Teddy-. Eso es todo lo que le interesa.

Costa había tomado un autobús desde Tampa a Tarpon Springs, y caminó el resto del camino hasta casa, y no a «Las 3 Bes», decidiendo que Noola se quedara detrás del mostrador -necesitaban cada uno de los dólares- mientras él trazaba planes familiares.

La primera cuestión era: ¿cuánto dinero necesitaría? ¿A quién pediría que hiciera el viaje, y si no podía pagarlo lo haría él, Costa? ¿Y qué más debería pagar?

Durante los días siguientes, Costa hizo poco más que permanecer sentado en casa, poner mala cara, murmurar y maldecir, garabatear nombres y cifras en las bolsas de papel marrón para comida.

– ¿Estás enfermo? -le preguntó Noola finalmente.

– Yo nunca estoy enfermo -le respondió Costa-. Anda, ve a la tienda y no me molestes.

– De pronto te has vuelto muy raro -dijo Noola mientras se iba.

Noola no quería decir «raro», pero tenía razón. Algo extraño le estaba sucediendo a Costa. Era una suerte que él y Noola hubieran decidido, hacía ya años, dormir en habitaciones separadas. Dos veces, durante la primera semana después de su regreso, Costa tuvo que levantarse en mitad de la noche para limpiar de sus sábanas el testimonio de sus sentimientos «pecadores».

Durante el día, utilizando el teléfono, organizaba a los peregrinos para la héjira al Oeste: la esposa de su difunto hermano y familia, su hermana y familia, sus dos mejores y más viejos amigos y sus esposas. Todos lo reconocieron como jefe del clan, estaban dispuestos a hacer el viaje, pero, como Costa ya había supuesto, indicaron claramente, con las excusas del caso, que él debería hacerse cargo hasta el último céntimo de todos los gastos, incluyendo vestidos nuevos para las «chicas».

– No os preocupéis -pronunció Costa en esta ocasión histórica-. ¡Yo lo pagaré todo!

Cuando hubo hecho la suma, Costa solicitó un préstamo al Banco. Le fue negado. En un impulso, hipotecó «Las 3 Bes», ignorando las objeciones histéricas de Noola.

– Estás tirando nuestro dinero -le dijo ella-. ¿Qué es lo que sucede… qué es lo que te está volviendo loco? Iremos únicamente tú y yo. ¡Suficiente! Voy a decirlo a todos cuando regresemos.

– ¿Cuántos hijos me has dado? -replicó Costa.

Unos días más tarde Costa pudo refunfuñar que ella y su gorda cuñada se habían dado una condenada prisa en comprarse lujosos vestidos nuevos. ¡Hablando de tirar el dinero!

– ¿Quieres que tenga buen aspecto, verdad? -preguntó Noola.

– Ponte aquel vestido negro, tienes suficiente buen aspecto.

Noola no aceptó esta observación como un cumplido.

Sentado en un banco en la plaza pública, el sol en el rostro, rodeado por sus amigos, Costa comentaba:

– Me cuesta una fortuna, quizá más, pero lo que ellos hacen será continuar mi nombre. ¿Qué hay más importante, os pregunto yo?

Nadie supo responderle.

Nueve semanas de tiempo pueden tener cualquier duración.

En este caso no fueron muy largas, porque todos estaban intensamente ocupados.

Ethel, una «recluta femenina» en el campo de reclutas en un extremo del continente, nunca había trabajado físicamente con tanta dureza en toda su vida. Continuamente se sentía demasiado cansada para emprender el viaje que deseaba hacer hacia el Sur, a Mangrove Street, para conocer a su suegra. Se intercambiaron breves notas, en papel «Hallmark», se anticiparon expresiones de cariño.

Pero Ethel nunca se sentía demasiado cansada por la noche para escribir a su prometido, largas cartas. Se lo contaba todo. Al propio tiempo, no había nada que contar. Ethel vivía sola, en mente y en cuerpo, y por Dios, por primera vez en su vida, se complacía en ello.

Cuando volviera al Oeste, ella sería, le decía a Teddy, un aprendiz marinero.

– Espera a verme en mis bines [14] -escribía.

Teddy, altamente confiado por las cartas de Ethel, llenas de adoración, se entrevistó con el oficial de la base encargado de los servicios de educación, para informarle de que ya no le satisfacía ser un suboficial, de tercera clase, y quería ascender.

El hombre cuya ayuda Teddy estaba solicitando estaba sentado junto a su despacho, apoyado en los dos brazos como si estuviera en un barco zarandeado por la tempestad. Conocido como Coach por sus compañeros, era un veterano oficial destinado a tierra. Siempre lucía sus galones de combate. En aquel momento estaba solucionando un crucigrama.

– Necesito su ayuda, señor -dijo Teddy.

– ¿Cuáles son tus estudios? -El oficial de educación acabó de escribir una palabra.

– Universidad júnior. Un año. Lo dejé.

– ¿Por qué?

– No podía pagarlo. Y, para confesar la verdad, no me importaba en absoluto.

– ¿Cuál es la diferencia ahora?

– Voy a casarme.

– ¿Cuándo?

– Dentro de siete semanas.

El oficial de educación suspiró. Estaba mirando su crucigrama.

– ¿Qué sucede, señor?

– ¿Crees tú que una luna de miel es momento adecuado para estudiar?

– Yo no necesito luna de miel, señor.

El oficial de educación sonrió y comenzó a rellenar una palabra.

– ¿No me cree usted? preguntó Teddy.

– ¿Y por qué debería creerte? ¿Quién es tu esposa? ¿Tu futura?

– Está en Orlando. Un recluta femenino. Esto fue idea de ella. Está entusiasmada.

El oficial de educación alzó la cabeza.

– ¿Quieres decir que no vamos a permitir que nuestros camaradas de apéndice-partido intervengan en nuestros proyectos de trabajo?

– Lo que quiero decir, señor, es que yo no voy a permitirlo. Si usted me ayuda, voy a estudiar hasta que se me caigan los ojos. Dígame nada más lo que debo aprender y en dónde conseguir los libros.

– Mi experiencia es… -el oficial volvió a mirar su crucigrama- que los que abandonaron una vez vuelven a hacerlo.

– ¡No seré yo! -Teddy había alzado su voz.- ¿Quiere usted, señor, que le ayude a resolver ese crucigrama? Así podremos hablar durante un minuto. Necesito su ayuda.

El oficial sonrió ante el enojo de Teddy.

– Voy a decirte la verdad. -Se echó hacia atrás. – En este momento no me gusta que entren nuevos jóvenes en servicio. Nunca se les ha pedido que piensen. Así que, ni saben hacerlo, ni nunca aprenderán.

– Ahora está usted hablando conmigo, señor.

El oficial asintió, sin convicción, pero algo impresionado. Le dijo a Teddy que el primer obstáculo estaba en pasar los exámenes universitarios. Superados, podía solicitar el ingreso en alguna de las Universidades que ofrecían entrenamiento a los oficiales de la reserva naval.

– Muy pronto podré decirte hasta dónde llega tu formalidad -dijo.

– Someto a su observación mi trabajo.

– No será por el trabajo. Observaré a tu esposa, cuando la conozca.

La influencia de Ethel había causado efecto incluso en su padre. El doctor Laffey había encontrado una nueva amante, de treinta y pico de años.

– Me ha hecho sentir como un cervatillo en primavera -dijo a su hija por teléfono.

Cuando llegó el día, Costa se presentó para la ceremonia (con su mismo traje de pelo de camello negro), trayendo a remolque lo que el doctor Laffey describió después como una delegación para una convención de fonducho grasiento. Ethel estuvo recibiendo besos de personas que le habían sido presentadas tres minutos antes, todas las cuales exhalaban ese olor peculiar, pero no desagradable, de Costa.

Teddy les había buscado alojamiento en un motel con derecho a cocina, cerca de Saint Spiridon, convenciendo al gerente de que para los griegos era un hábito normal que cinco hombres durmieran en una habitación y cinco mujeres en otra. Estas habitaciones contiguas, rebosantes de paquetes de comida y de maletas, recordaban un campo de refugiados después de una catástrofe.

La noche antes de la boda, los griegos dieron una fiesta. Las cinco mujeres cumplieron con su deber en las pequeñas cocinas. Se pusieron a trabajar al romper el día y a las siete estaba dispuesto un ágape de cuatro platos, listo para ser servido en platos de papel con un dibujo de criaturas del mar.

Ethel se encontró en el centro de un remolino de afectos. Las mujeres griegas aprovechaban cualquier excusa para tocarla. Cuando Ethel se sentaba, ellas se sentaban junto a ella, ofreciéndole pequeñas cantidades de comida para entretener el tiempo hasta el momento del ágape. Le acariciaban el cabello, expresando su admiración:

– ¡Mira, como oro!

Le alisaban el vestido y la falda, sacudían las migas de su regazo. Después, cogiéndole las manos, examinaban sus dedos y sus palmas, hablando entre sí para comparar impresiones, afirmando, sonriendo, y estando de acuerdo en que Ethel era la muchacha conveniente, la muchacha que ellos habían esperado, una buena elección para Teddy.

Ethel recibió el mensaje. El futuro de ambos estaba en las manos de ella.

Por primera vez en su vida, Ethel tenía lo que había deseado: una familia a su alrededor. Le gustó ser el centro de todas sus esperanzas.

Finalmente comprendió algo más: la trataban como si ya estuviera encinta. Por este motivo la hacían sentar continuamente, descansar, y la colmaban de mimos. Y alimentos.

El único invitado por parte de Ethel era su padre. Mistress Laffey se había quedado en el cuarto de su hotel, enviando saludos por mediación de su marido, que el doctor Laffey se olvidó de transmitir.

– ¿Dónde está su esposa? -preguntó Costa-. Es como un ratoncito. ¿Dónde se esconde, tan callada?

– Está en el hotel. No se encuentra bien.

– Gracias a Dios no está enferma, ¿verdad?

El viaje desde Tucson había hecho mella en la fortaleza de mistress Laffey, pero ésa no era la razón por la que, poco después de haberse alojado en el «Sheraton Half-Monn Inn», ella le dijo que necesitaba reposar en la cama. Había otra causa, secreta.

Era la primera vez en muchos años que Emma y Ed Laffey compartían un mismo dormitorio. Tan pronto el botones cerró la puerta, el doctor se desnudó para ducharse y asearse. Ver a su marido desnudo fue un trauma para Emma. Su vigor abundante, su evidente sexualidad, la deprimieron y la asustaron. Supo que lo que había estado sospechando durante mucho tiempo tenía que ser verdad. El doctor Laffey tenía otra mujer, una amante. Éste reconocimiento la desmoronó. El encantador míster Avaliotis, pensó, ¡nunca haría algo tan desleal a su esposa!

La cena en el motel resultó muy bulliciosa. Ethel pronto se dio cuenta de que todo lo que sucedía iba dirigido a ella. La tribu de griegos, todos originarios de la isla Kalymnos del Dodecaneso, contaron a la joven mujer que estaba penetrando en su mundo, las leyendas de su lugar de origen. Le describieron la topografía, las colinas rocosas, los olivares, los puertos, las playas. La historia del Dodecaneso fue narrada en detalle, con todas las fechas importantes. Las villanías de los turcos fueron explicadas gráficamente; las de los italianos, humorísticamente. Uno de los hombres que había luchado contra los italianos en 1942 contó historias amables sobre su cobardía, explicando cómo los bribonzuelos corrían a toda velocidad hacia sus oponentes griegos para rendirse sin demora.

Inspirados por la bebida y los ojos relucientes de la novia, comenzaron a cantar, al principio canciones de Kalymnos, su isla de origen, y después de Simi y Halki, sus vecinas del Egeo. Extendiendo el círculo de su memoria a medida que se les agotaba el repertorio, recordaron canciones de Samos, de Mitilene, entrando en las Cicladas y finalmente hasta el propio Peloponeso. Aquella noche toda Grecia fue celebrada en un motel de San Diego.

Finalmente Costa cantó.

– Felices son los ojos del novio, que escogió esta bella novia. -Brindó entonces por el doctor Laffey.- Deseo una larga vida, suficiente para pagar esta boda.

Siguió el baile. Costa inició a Ethel. Ella sentía su fuerte brazo alrededor apretando la delicada estructura de su caja torácica contra el poderoso pecho de él. Ethel lo miraba a los ojos, resplandecientes con la expresión de un hombre satisfecho.

Era su hora. Ellos eran la familia, él el mantenedor de la tradición, ella la madre del futuro.

Al finalizar un baile, y mientras Teddy reía, Costa retuvo a Ethel cautiva, jadeante. El doctor Laffey se disculpó y se fue al hotel. Ethel comprendió perfectamente que la partida repentina de su padre era una transferencia de ella a esta nueva familia mucho más decisiva de lo que pudiera ser cualquier ceremonia.

Quería pasar la noche en el motel con Teddy, y así se lo susurró. Pero Teddy lo pensó mejor; Costa lo sabría y no le gustaría. Lo último que Ethel deseaba era arriesgar un disgusto con el viejo; lo que más la preocupaba en aquellos momentos era su aprobación.

Al día siguiente la ceremonia pareció una pálida continuación de la fiesta, excepto por su climax, el acontecimiento que más tarde Costa definiría como el momento más feliz de su vida.

Se sentía desilusionado por la manera en que se cantó el ritual de la boda. El joven sacerdote, nacido en los Estados Unidos y sin barba, estudiante en un seminario erigido con fondos donados por millonarios griegos con sentimientos de culpabilidad, habló en el viejo lenguaje con un marcado acento americano. Los votos tradicionales, aunque correctos en la letra, fueron pronunciados sin el tradicional fervor. Un sacerdote de los viejos tiempos hubiera cumplido con el propósito de Dios, intimidando a todos los presentes, especialmente a la joven pareja, imprimiendo en ellos para siempre el temor del pecado.

Pero era evidente que ese tipo de catarsis estaba ausente. Costa estuvo mirando a su alrededor tristemente, haciendo muecas simiescas, refunfuñando en la oreja de Noola, y después parloteando alto hasta que su esposa le dijo que se callara porque estaba estropeando el servicio religioso.

Pero lo que compensó de todo lo que dentro de la iglesia fuera errado, fue el ritual llevado a cabo en el exterior. Durante esa parte del gamos [15], cuando el sacerdote sostiene dos coronas iguales de flores de azahar (atadas con una cinta blanca: Union) sobre las cabezas de la novia y el novio, diez de los amigos de Teddy abandonaron furtivamente sus puestos en la iglesia. Al finalizar la ceremonia, mientras todos se agrupaban alrededor del sacerdote para besarle la mano (para Costa un sabor amargo: ¿dónde estaba aquella fuerte sensación de sebo, adecuada para la mano de un sacerdote?) los jóvenes se alinearon a ambos lados de la salida. Cuando los recién casados aparecieron en la puerta de la iglesia, esos gallardos mozos de azul levantaron sus sables cruzando las puntas y creando un arco de honor.

Costa había visto esto una vez en una película, ¿sería en Cuna de héroes, con Tyrone Power como estrella? ¿Sería ese míster Power griego? ¿Proferís por Power? Costa había expresado a su hijo el deseo de que pudieran tener esta ceremonia en su casamiento y Teddy había respondido que era imposible. Sin embargo, el comandante de la base había concedido el permiso, una contribución en los nuevos esfuerzos de la Marina por hacer el servicio más atractivo para sus hombres. Los amigos de Teddy habían pedido prestados trofeos japoneses de los oficiales, habían sacado otros sables de una casa de empeños de la ciudad, y el resto también lo pidieron prestado a una compañía dramática local.

Tan pronto como Ethel y Teddy hubieron pasado por debajo del arco, ella se volvió para mirar a Costa que los seguía y vio que sus ojos húmedos relucían. Ethel corrió hacia él y le abrazó con toda su fuerza. Costa hizo lo que ella esperaba, la besó en la boca.

¡Qué delgados y compactos son mis labios, pensó ella, y qué gruesos y envolventes los suyos!

De Costa llegó la señal de que había terminado la fiesta consecuente a la boda. Nadie lo vio irse a la cama. Pero todos le oyeron roncar.

Noola les sacó apresuradamente hacia la otra habitación.

Cuando Ethel dio a Costa el beso de las buenas noches, el viejo sonrió, pero no abrió los ojos. Ya sabía quién era.

8

Los recién casados pasaron la noche en «Breakwater Inn», un motel. Unos anuncios de neón palpitaban en el frente y a los lados. «El lugar donde permanecer, el lugar donde jugar» se proclamaba en caligrafía verde. Y debajo, en caracteres más modestos: «Colchones de agua disponibles, si se desea.»

El alivio del orgasmo les hizo dormirse inmediatamente. A la primera luz matutina, Ethel se deslizó entre los cobertores y excitó a su marido. Después se durmieron otra vez.

Cuando llegaron al lugar en donde se había celebrado la fiesta, ya eran las dos y la gente de Costa había desaparecido, adelantándose a la hora de dejar el alojamiento tomando un vuelo anterior. El gerente del hotel se quejó amargamente del ruido de la noche anterior y de la suciedad que había quedado. Un billete de veinte consiguió cerrarle la boca.

De regreso a su habitación, sentados en el colchón de agua, abrieron sus regalos. El sol de la tarde caía sobre el vestido de boda de Ethel, que ella había arrojado sobre una silla la noche anterior. Algunos de los invitados habían prendido billetes de cinco y de diez dólares en la falda; la fresca brisa de la bahía los hacía aletear.

Ethel encontró un juego de té para dos importado de Jamaica, una gran bandeja de mimbre con frutas confitadas, dos monstruosas esponjas de Rock Island, una caja gigante de caramelos praline de la medida de platos, y…

– ¡Justo lo que necesitamos! -exclamó al desenvolver una lamparilla de mesa hecha de conchas.

– Eh, Kit, mira esto -dijo Teddy -. De parte de tu padre.

Teddy leyó la nota: «Queridos hijos: El anexo es para ayudaros a recorrer vuestro placentero camino. Venid a visitarnos pronto. Os queremos.»

Teddy entregó el cheque a Ethel. Era por dos mil dólares.

Ethel lo miró como si se tratara de una curiosidad. Después lo rompió.

– ¡Qué estás haciendo! ¡Kit! ¿Qué demonios estás haciendo?

– No voy a aceptar más dinero de él.

– Bueno, pero también era para mí. Decía: «queridos hijos».

Ella asintió, pero no le respondió. Estaba abriendo una caja que contenía un juego de mantel y servilletas, bordado a mano.

– ¿Quieres mirar este bordado? -dijo-. ¡Oh, los ojos de esa pobre chica! ¿No hay nada de tu padre?

– Cuando me despedí me dio esto. No un regalo, sino un consejo.

– ¿Qué fue?

– Convierte esta mujer en esposa griega, pronto, hijo mío, sigue mi consejo.

– Pues adelante, estoy dispuesta. Haz de mí una esposa griega.

– De acuerdo. Pero, ¿por qué demonios rompiste ese cheque?

Ella estuvo pensando un momento, y entonces le dijo:

– En cierta ocasión tuve un amigo, Aarón, un muchacho judío que…

– ¿Querrás dejar en paz a todos tus viejos amigos, Kit? ¿Es que nunca tuviste amigas también?

– No, realmente no. Nunca. Aarón solía repetirme un viejo dicho favorito de su padre: «Si aceptas con una mano, antes o después vas a tener que dar con la otra.» Yo no voy a aceptar nunca más ni un céntimo de nadie. Ni de ti. Cuando se acepta dinero, el que lo da adquiere poder sobre ti.

– ¿Pero estará bien si yo lo acepto de ti, verdad?

– Oh, sí. Yo quiero tener poder sobre ti.

Ella lo embistió, haciéndole caer encima de la cama, que se agitó a su alrededor en gruesas olas. A horcajadas encima del cuerpo de Teddy, Ethel lo retuvo prisionero.

– Ahora mismo voy a darte por el valor de tus mil dólares -dijo.

– Pero si acabamos de hacerlo ¡por amor de Dios!

– Eso fue por la mañana. ¡Lo quiero otra vez! Oh, Dios, ¡eres tan miedoso! Vamos Teddy, haz de mí una esposa griega con tu herramienta griega gruesa y grande.

– Vas a tener que esperar, nena, porque no es gruesa ni grande. Está descansando.

– Entonces voy a lavarme la cabeza.

– Te la lavaste ayer.

– Pero esta mañana me la has empapado con tu fluido.

Salió rodando de la cama hasta el suelo, gateando hasta un rincón de la habitación en donde había todas sus pertenencias, todo lo que se había retirado para llevar aquel día que hizo la gran pila de vestidos que no quiso, guardadas dentro de una vieja maleta de cuero que su madre le había dado, usada ya. Había también dos bolsas de viaje. Abrió la que le convenía, y mientras él la observaba, revolvió entre el contenido. Se oyó un tintineo de cristal y un meneo de plástico. Al no encontrar lo que estaba buscando, Ethel dio la vuelta a la bolsa encima de la cama y vació su colección de auxiliares para la toilette femenina.

– ¡Jesús, cuántos chirimbolos! -exclamó Teddy.

– ¿Nunca habías visto nada parecido, eh? Creías que yo era una belleza natural con una complexión que no necesita de ayudas. Como una de esas modelos del jabón «Ivory» de la televisión o…

Teddy la interrumpió.

– He de hablarte de algo.

– ¿Sabes que aquí tengo cosas que ya había olvidado? ¿De qué?

– De un presupuesto. ¡Todo eso debe de haberte costado una fortuna!

– Supongo que sí.

– Bueno, en la Marina, tú… es decir, nosotros… no podremos permitirnos este tipo de ostentación.

– Teddy, acabamos de casarnos. ¿No podemos dejar pasar unos días sin hablar de presupuestos?

– Muy bien, de acuerdo. Hasta la próxima semana. -Cogió un frasco.- ¿Es esto lo que estás buscando? ¿Un champú natural con equilibrado pH nacido de la tierra? ¿Con sabor a fresa?

– No. Pero servirá.

– Aquí hay frambuesa, también, si prefieres frambuesas. ¿Con esto qué haces, te lavas el cabello o te lo bebes?

Ethel cogió el frasquito, y lo sostuvo entre los dientes mientras desabotonaba su blusa.

– ¿Qué es esto? ¿Jabón para los pies? ¿Necesitas un jabón especial para los pies? ¿Qué eres tú, alguna especie de Román secreto?

Dejando caer su falda, Ethel quedó desnuda.

– ¿Dónde está tu biquini?

– Se supone que las chicas no llevan bragas cuando están de luna de miel. ¿Nadie te ha dicho eso, griego?

Ethel desapareció en el cuarto de baño.

Le gustaba el agua muy caliente. Teddy vio aparecer pronto vapores que flotaban escapando por debajo de la puerta.

Se tendió en la cama y pensó en su felicidad. Se había casado con una chica llena de vigor: sin sostenes, sin bragas, siempre

dispuesta, luchadora y llena de espíritu… ¡vaya esposa! No le importaba que hubiera roto el cheque, se dijo. Realmente no quería sentirse obligado hacia el doctor Laffey por los dos mil dólares.

Se le ocurrió sorprenderla en la ducha y demostrarle lo feliz que le hacía.

Empapados, agotados de nuevo, y tan felices como era posible serlo, descansaron en el colchón de agua, haciéndolo rodar como el mar.

– Desearía -dijo Ethel- que aprendieras a disfrutar del amor en una cama. Quiero decir una cama ordinaria, cómoda. Cualquier lugar raro, no hay modo de detenerte. ¿En una ducha? ¡Paf! ¡Bang! En un auto con mi cabeza apretada debajo del volante, en una fiesta haciendo una escapada al piso superior, con preferencia en el cuarto de los niños con un bebé durmiendo en la cuna, en el ropero de un restaurante durante una tormenta, en una clase diez minutos antes de que entren los estudiantes, en el piso de la plataforma de un autobús escolar abandonado, en el retrete de un «Boeing 707» volando sobre Albuquerque… ¡oh no! Ese fue otro. Lo siento.

Teddy se volvió y se puso encima de ella, rodeándole la garganta con las manos.

– ¡Suéltame! – gritó ella-. Me estás estrangulando prematuramente. Espera a que haga algo malo.

– ¡Zorra!

– No puedo evitarlo. ¡Eres tan rudo! No puedo evitar el provocarte. ¡Y eres tan infantil!

– En qué quedamos, ¿cómo soy?

– Ambas cosas. Y por eso te amo. Te amo. Te amo de verdad. Y nunca, nunca, amé a otro. Y nunca lo haré.

– Habíame más y te soltaré.

– Tú eres el único, el más importante, ¡tú!

– Sigue.

– Lo más divertido es que estoy diciendo la verdad. Únicamente que no entiendo cómo es que en una cama normal, corriente…

– Esta no es una cama normal y corriente. Esto es una asquerosa vejiga vieja que ha soportado las mil prostitutas del puerto.

– Pero es divertido. -Ethel se soltó y dio la vuelta.- ¿Por qué no puedes…?

– No puedo agarrarte bien. Y tengo que perseguirte por esa mar retozona.

– Eso es lo que yo quiero. Que me persigas. ¡Persigúeme!

– Y cuando te cojo, no hay fondo sólido contra el que apoyarse.

– ¡Cuando encuentras algo contra lo que empujar, terminas demasiado pronto!

Teddy la cogió otra vez, pero ella se le escapó de entre las manos y Teddy se quedó rodando de un lado al otro, exagerando y riéndose.

– Siento odio por esta vieja barriga pendulante -dijo-. Cuando nos vayamos de aquí voy a clavar mi navajita suiza de acero inoxidable en su flaccido costado y lo dejaré escurrirse hasta la muerte. ¡Oh, Dios, Dios mío!

– ¿Qué sucede, mi vida? -Tengo tanto sueño.

– Ven aquí. Deja que mamaíta te sostenga.

Teddy se acercó a Ethel. Ella le aprisionó la cadera entre las piernas y apoyó la cabeza en el rincón suave entre su cuello y el hombro.

– Teddy, ¿no podríamos quedarnos aquí? -dijo-. En vez de una luna de miel, que realmente no deseo. ¿Teddy, no podríamos?

– Estar aquí cuesta cuarenta dólares por día -dijo Teddy- que multiplicado por treinta días suma mucho más de lo que ambos ganamos en un mes en la Marina. Mira, tú tienes una semana antes de que empiecen tus clases. Busquemos un sitio, quieres, que nos cueste como máximo doce dólares. Esto nos dejará algún dinero para comer después de pagado el alquiler. Ahora tú dispones de tiempo para buscar un apartamento. Porque, una vez hayas comenzado tus estudios, no lo tendrás. ¿De acuerdo?

– Soy tu obediente esposa griega.

Cuando Teddy llegó a casa tarde al día siguiente -terminó la luna de miel de un día y medio; él había vuelto a sus estudios- Teddy encontró a Ethel esperándolo en su auto.

– Hemos cambiado de casa -le gritó ella por el hueco de la ventanilla de su auto cuando él se acercó en su propio coche.

– ¿Adonde?

– Sígueme.

– ¿Cuánto nos va a costar? -fue la primera pregunta que Teddy hizo sobre su nuevo domicilio.

Estaba de pie en la ventana, en el primer piso, mirando al otro lado una colmena idéntica de dormitorios enfrente de la que ellos estaban. Abajo había la piscina de la comunidad, utilizada en aquel momento, al parecer, por todos los ocupantes de los moteles gemelos.

– Dieciocho cincuenta al día -dijo Ethel-. ¿Qué te parece?

– Mejor -respondió él.

– Ahora mira.

Teddy se volvió y vio a los pies de Ethel, con la abertura ampliamente abierta, el bolso que la tarde anterior estaba lleno de botellas, frascos y tubos. Ethel le dio la vuelta al revés. Estaba totalmente vacío.

– Y he dado de baja mi cuenta de crédito en el almacén. ¿De acuerdo?

– No tenías por qué hacer eso -le dijo él-. Por el amor de Dios, yo estaba bromeando. Lo siento.

Pero le dio un beso de agradecimiento.

Y se sintieron muy felices.

El hecho de que Ethel sintiera odio por ese lugar no significó nada para ella.

El primer día en la vida de una pareja de recién casados que termina sin el cumplimiento de un acto de amor, es un día incompleto, causa de extrañeza y especulación privada por ambas partes.

Habían transcurrido dos semanas y cinco días. Ambos disfrutaban de ese sentido de seguridad que proporciona el encerrarse en una rutina. Ajenos a la sujeción de tener que escoger, cada mañana se informaban con una rápida mirada a la hoja mimeografiada, de adonde tenían que ir, primero, después y más tarde; lo que debían hacer allí cuando llegaran, y en el caso de Ethel, las lecciones que debía aprender.

El sábado en que terminaba su tercera semana de entrenamiento, Ethel decidió meterse en la cocina. En el reducido espacio de la cocina, dos quemadores y un fregadero en el rincón, sólo cabía una persona. Preparar allí una cena con carne resultaba una proeza acrobática. Habían estado comiendo abajo, en el bar del motel, y un par de veces se arreglaron en la habitación con comidas preparadas para excursión. Ethel sabía que Teddy opinaba que ese sistema era caro, pero no diría nada al respecto porque, como ella, era demasiado feliz para arriesgarse a turbar el equilibrio privado entre los dos.

Aquella mañana Ethel sólo había tenido una clase. Siguió después una larga formación de marcha en todas direcciones por las soleadas plazas de la base en sus «azules», con pausas para recibir instrucciones, corrección, y, ocasionalmente, reprimendas, formuladas despectivamente por un robusto jefe instructor. Para escapar de su atención crítica, Ethel se las arregló para confundirse en medio de la aglomeración de chicas. Tan pronto como la marcha terminó, corrió a casa, se duchó, ordenó las cosas y procedió a sus compras. Por teléfono.

Tan pronto como Teddy llegó, Ethel corrió hacia él con un vaso de cerveza fría que ofreció con un beso y la información de que se quedarían a comer en casa.

– Carne -le dijo-. No te acerques a la cocina.

También tenía espinacas congeladas y cebollas fritas a la francesa congeladas. Había leído cuidadosamente las instrucciones e igualmente había sacado del flamante libro de cocina La alegría, de cocinar las instrucciones para preparar un filete antes de ponerlo al fuego.

Teddy murmuraba algo desde el otro cuarto.

– Me he encontrado con uno de tus instructores. Me ha dicho que lo estás haciendo muy bien.

– Sólo es cuestión de memorizar -respondió Ethel-. Listas. Siempre he tenido una memoria rápida.

– Comprensión y apreciación de las funciones básicas de la democracia, ¿verdad? Sistemas y tradiciones de la Marina, ¿eh? La cosa se pondrá mucho más difícil, ya verás.

– Lo sé.

Teddy fue a la cocina y se colocó detrás de ella.

– ¿Y qué hay de tus notas de condición física?

– Dijo que yo estaba a la cabeza de los pesados. Es su modo de entender una broma.

Teddy le alzó la falda, ajustó su mano a la parte inferior del vientre de Ethel y la atrajo hacia él.

– Teddy, estoy cocinando.

– Y yo también. Deja que esa carne espere. No la pongas al fuego todavía.

– Justamente acabo de poner la tuya. Te gusta bastante hecha, ¿verdad?

– Sácala. Ya la pondrás después.

– Teddy, he comprado una buena cena; he trabajado toda la tarde para prepararla. Déjame ir. No hemos comido en casa durante toda la semana y tú mismo estabas gruñendo el otro día por este motivo. Así que ahora vamos a tener una buena comida. Y también tengo vino.

– ¿Y qué voy a hacer con esto? -preguntó, embistiéndola con ímpetu.

– Toma una ducha.

– No necesito una ducha. -Se alejó.- Hoy te he visto paseando por la base -dijo-, desde la ventana del oficial de educación.

– Mi jefe instructor es un maníaco. Nos ha hecho marchar arriba y abajo casi dos horas, sin ir a ninguna parte. Voy a dar la vuelta a tu filete.

– Deja que se queme un poco. Yo he querido decir, sola. Cada vez que te he visto estabas sola. ¿Todavía no has hecho ninguna amistad?

– Tú eres mi amigo.

Teddy también la había visto marchando, dando sus pasos con un gran esfuerzo aparente, dominando su inseguridad, con la cabeza y la nuca en tensión, como una colegiala dirigiéndose a alguna parte para recibir un rapapolvo.

– Yo nunca he tenido amigos -le dijo Ethel desde la cocina.

«Sólo amantes», pensó Teddy.

Fuera, alrededor de la piscina, era un sábado por la noche, la hora de preparar la comida, las familias estaban tumbadas en mantas alrededor de hornillos y pequeños hibachis [16] japoneses. En la piscina se apiñaban los cuerpos y el olor del cloro en el aire llegaba hasta el piso superior. Se oía un coro continuo de chillidos y gritos, la risa retozona de los niños mezclada con las órdenes y las protestas de sus padres. Y dominándolo todo, música de rock y el juego de pelota retransmitido por un buen número de transistores.

Ethel entró con el pan francés envuelto en papel de estaño, salió y regresó con la salsa de chile y la mantequilla, y después con las ensaladas en cuencos de madera.

– Todavía no he aliñado la ensalada. Lo aprendí de tu padre.

– Esa condenada piscina es como una casa de locos.

– Yo ya no la oigo.

– Me acuerdo de la piscina de tu padre, lo limpia y lo tranquila que estaba.

– También yo me acuerdo. Pero prefiero estar aquí. Contigo. Siéntate. Sirvo el vino.

En el momento en que Teddy se sentó se oyó el ruido de un choque de autos. Corrió a la ventana del cuarto de baño que daba a una zona de aparcamiento. Al retroceder, un hombre había chocado contra otro auto. Se oyeron gritos a dúo. Ambos estaban borrachos.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Ethel desde la cocina.

– Es la noche del sábado.

– Quiero preguntarte algo -le dijo Ethel mientras ponía la carne en la mesa.

– ¿Cuál es el mío?

– El negro. Teddy, ¿por qué no puedes estudiar aquí?

– Me he acostumbrado a estudiar en mi viejo cuarto.

– Creía que habían destinado un nuevo compañero de cuarto a Block.

– Suele estar allí por la noche.

– Pero tú sueles ir allí por la noche…

– Eh, Kit, ¿no irás a decirme ahora en dónde puedo estudiar, verdad?

– Naturalmente que no.

– Porque yo sé en dónde puedo estudiar y en dónde no puedo.

– Seguro. No te enfades. Pero, oye, Teddy…

– Eso es asunto mío. ¿Entendido?

– Estás enfadado.

– No. Si lo estuviera ya lo sabrías.

– Yo sólo quería decir que ésta es tu casa. ¿Por qué no puedes estudiar después de la cena mientras yo ordeno las cosas? Después leeré en la cama y te esperaré.

– Ya lo intenté. Y pensaba continuamente: ella me está esperando en la cama. Y tú te estás ahí mirándome de ese modo especial. Y entonces yo caigo. Y ya se ha pasado la noche. Y después tengo demasiado sueño para leer. -Pues no te miraré. Me volveré de espaldas. -Fuiste tú quien comenzó todo esto de que yo me convirtiera en oficial.

– Lo sé. Y pensé que podríamos trabajar juntos… -No, gracias. Realmente. No suelo ser así. Pero gracias. – De acuerdo. De todos modos, ya lo he dicho. ¿Cómo es el vino?

– Bueno. ¿Cuánto te costó?

– No lo preguntes. Lo he pagado con mis ahorros. -No quiero que hagas eso nunca más. Sólo nos engañamos a nosotros mismos cuando haces eso.

– Yo quería que tuvieras vino con tu filete. «Modo adecuado», ¿sabes?

Teddy criticó el melón.

– ¿Lo has encargado por teléfono? -preguntó.

Ethel admitió haberlo hecho.

– Un melón no puede comprarse por teléfono. Un melón has de tenerlo en tus manos, olerlo y apretar allí donde se supone ha de ser blando, en el ombligo. Incluso así, es una adivinanza. Pero es seguro que siempre te mandarán uno como éste si lo encargas por teléfono. Mi viejo llamaría a esto un jugo de melón.

– Pero ir a comprar melones lleva todo el tiempo. Me paso todo el día allí, recitándoles las listas que he aprendido de memoria la noche anterior y que olvidaré tan pronto las haya dicho. Entonces me hacen marchar y hacer ejercicios, arriba y abajo, y cuando llego aquí…

– La próxima vez compraré yo el melón, cuando regrese. ¿Cuánto costó este melón?

– No lo sé.

– ¿Qué quieres decir?

– Lo hice cargar en cuenta.

– ¿No preguntaste? ¿Y cuánto costó el filete… lo sabes?

– También lo compré a cuenta.

– ¡Jesús!

Ethel se bebió su vino de dos tragos.

– Creo que quizás esta misma noche -dijo Teddy- deberíamos tener una charla sobre nuestras posibilidades económicas. No quiero que pagues las cosas de tus ahorros. No sé cuánto dinero debes tener, pero no quiero que vivamos de él.

– ¿Por qué no te duchas mientras limpio todo esto?

– ¿Cuánto dinero tienes… te importa que lo pregunte?

– ¿En este momento? Unos cientos de dólares. Mi padre solía darme una asignación de cien dólares a la semana.

– ¿Pero tus vestidos y todos esos mejunjes de la perfumería?

– Cuentas de crédito. Mi padre me dio tarjetas de crédito.

– ¿Tu madre no es una mujer rica?

– La familia de mi madre posee minas al sur de aquí. Cuando ella muera yo seré bastante rica si acepto su dinero… pero no pienso hacerlo.

– De modo que tendremos que aprender a ser cuidadosos, ¿no es así?

– Sí, así es.

– De esto es de lo que quiero hablarte.

Mientras Ethel fregaba la bandeja del horno con estropajo metálico -la grasa de la carne, anotó mentalmente, se cuece en el metal- Teddy se acercó a la cocina con la carta de Ernie en su mano.

– ¿Querías que yo leyera esto?

– No. Pero, seguro, ya puedes leerlo.

– Estaba abierto y en mi lado del escritorio, fuera del sobre, de modo que yo pensé… ¿Quién es Ernie?

– Un tipo que yo conocía.

Ernie se había encontrado a Carlita en la calle, le sonsacó la noticia del casamiento y la dirección de Ethel.

Teddy estaba releyendo la carta.

– Ya te hablé de él -dijo Ethel.

– ¿Cuándo?

– Ese día.

– ¿Cuando te fuiste a casa para preparar a tus padres para la visita de mi padre?

– Creo que sí. Sí.

– ¿Viste a tu viejo amigo entonces?

– Solíamos hablar mucho y quise que supiese que ya había encontrado al hombre que yo necesitaba.

– ¿Qué es lo que quiere decir aquí: «Sé que hay mucho que él puede aprender de ti.»?

– En general. Sobre la vida. Supongo.

– Yo creo que quiere decir alguna otra cosa.

– Oh, no. Ernie no es socarrón ni astuto.

– ¿Te acostaste con él?

– Naturalmente que no. ¿Qué te crees que soy?

– ¿Pero se lo contaste todo sobre nosotros?

– ¿Hay algo malo en ello?

– No me gusta que hables con otros hombres de nosotros, especialmente a tus antiguos enamorados.

– Mira, Teddy, no quiero ocultarte nada y tampoco quiero que tú ocultes nada de mí. Nunca. No dejemos que haya sombras en nuestra vida que pudieran salir a la luz algún día aciago. ¿Qué te parece si esta noche, en lugar de hablar sobre el presupuesto y toda esta aburrida cuestión, por qué no te hablo de todos aquéllos con quienes he estado y tú me cuentas…?

– No quiero oír hablar de ellos -interrumpió Teddy.

– Quiero que confíes en mí y si sabes exactamente el…

– ¡No quiero oír hablar de todo eso!

– Bueno -dijo Ethel- si es así como quieres que sigamos.

– Lo quiero.

– Pero no es «todo eso». Realmente no lo es, del modo que tú lo has dicho: «Todo eso.»

– Ahora somos felices. No hurguemos en el asunto.

– De acuerdo.

– Y no recibas más cartas, y si las recibes, no las dejes tiradas por ahí para que yo las lea.

– Yo no la dejé tirada para que tú la leyeras.

– Claro que lo hiciste. Te gusta fastidiarme de ese modo. Es uno de tus condenados trucos. No lo hagas más. No me gusta. No es gracioso ni divertido y no lo quiero. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Si pusieras papel de aluminio debajo de la carne te ahorrarías ese trabajo.

– De acuerdo. Ahora quiero pedirte algo.

– ¿Qué?

– No quiero que me llames Kitten nunca más. Y tampoco Kit.

– ¿Lo hago?

– Casi siempre. Olvidémoslo, ¿quieres?

– De acuerdo. Comencemos de nuevo.

Cuando Ethel terminó de lavar los platos, Teddy estaba en la cama, apoyado en todos los cojines, una libreta multicopista en el regazo -estaba utilizando el dorso de las páginas del curriculum- y un bolígrafo de punta fina en la mano.

– ¿Quieres café? -le preguntó Ethel.

– Después no me deja dormir. Prepara un poco de Sanka [17] para los dos.

– Es caro -dijo ella.

– Menos que el café. Vamos, ven aquí conmigo.

Ethel se sentó al borde de la cama sin desnudarse.

– Hace tiempo que quería hablar de todo esto -dijo Teddy.

– Ya lo sé.

– No es una cuestión aburrida, como tú has dicho, y tampoco es un ataque contra ti. ¿Vas a meterte en la cama?

– Yo no me lo tomo de esa manera, como un ataque. Quiero solucionar nuestros problemas de dinero tanto como tú.

Ethel fue al cuarto de baño y se desnudó, excepto las bragas.

A él le excitaba quitárselas. Dejó encendida la luz del cuarto de baño y la puerta abierta algunos centímetros -un arreglo que ella había hecho entre la preferencia de Teddy por hacer el amor en la oscuridad y el placer que ella sentía al mirar su rostro cuando él culminaba su placer sexual.

Ethel se metió en la cama y lo observó mientras él trabajaba en sus números.

Entonces algunos ruidos provenientes de arriba la distrajeron.

– Escucha a esos ahí arriba -dijo Ethel-. Ese hombre ya está de nuevo metido en el asunto.

– ¿Y quién es ése? ¿Lo sabes?

– He leído su nombre en la lista junto a los botones de los timbres abajo. Jack no sé qué más.

– Probablemente Rabbit. [18] ¿Lo has visto alguna vez?

– Creo que sí. Es un tipo pequeño y flaco. Calvo como una bola de billar. No alzará más del metro sesenta.

– Ya lo he visto. Sí, seguro que es él.

– ¿Notaste sus manos? Tiene unas manos enormes.

– Eso ya es superstición sobre las manos.

– No las manos, los pulgares. Y la nariz. La nariz, sí es grande…

– Yo tengo una nariz grande y unas manos pequeñas, así que, ¿en qué me convierte eso?

– Algunas veces es grande, y otras es pequeña.

– Ya está bien, mira estos números, ¿quieres?

Los números cubrían una página.

– ¿No podríamos hacer esto por la mañana? -preguntó Ethel.

– Eso mismo dijimos la semana pasada, y comenzamos a juguetear y…

– Hagamos eso otra vez.

– Y ya era prácticamente de día cuando nos dormimos. Y después vino el domingo por la tarde y…

– Había dos partidos de fútbol…

– De modo que tampoco pensamos mucho ni buscamos un apartamento… No hagas eso.

– Sólo la sostengo.

– Y así comienza todo. No lo hagas. Esta noche veamos estos números y así terminamos con ello. Tenemos que hacerlo, estoy preocupado.

– Y estás furioso. ¿Qué te ha puesto casado… quiero decir… -se echó a reír- quería decir, qué te ha puesto furioso? [19] ¿La carta de Ernie?

– No. Pon atención. No, no estoy furioso. Quiero que pongas atención. Aquí. Mira esta página.

– Escucha a ésos ahí arriba.

A través del techo llegaba el ruido de persecuciones y juegos, murmullos y risas.

– Has de admitir -dijo Ethel- que es un hombrecito gracioso, aunque sea calvo y lleve lentes. Me gustaría saber a quién se ha traído hoy.

Su voz expresaba un dejo de admiración, pensó Teddy.

– Por lo visto siempre es una mujer distinta -dijo Teddy-. Algunas chillan, algunas gruñen y algunas gritan.

– Y algunas le devoran «gluc, gluc, gluc» -dijo Ethel-. ¡Ese bribonzuelo!

– Bueno, ahora veamos, pon atención -dijo Teddy -. En esta hoja, aquí… ¡Mira! No, no es ésa. Aquí. Mi paga en la base es de cuatrocientos cincuenta dólares con sesenta centavos. Tu paga es de cuatrocientos diecisiete dólares y treinta centavos.

– Me gustaría espiarlos -dijo Ethel-. ¿No te gustaría a ti?

– No. Esta cifra es nuestra asignación básica para alojamiento, noventa y nueve con treinta cada uno, lo que suma, para los dos a ciento noventa y ocho con sesenta. ¿Vas entendiendo hasta aquí?

– Es una bonita cifra de dinero.

– ¡Dios mío!

– ¿Qué pasa?

– Que no lo es. Tú no tienes ni idea del dinero que necesitamos para vivir.

– Pues dímelo.

– A eso voy. Me gustaría que ese tío disparara ya su carga y terminase de una vez.

– Sí, pero comienza de nuevo, como hizo la otra noche, al cabo de media hora.

– Bueno, eso por lo menos nos daría media hora de tiempo -dijo Teddy-. Sigamos.

– Por qué no esperamos hasta que él haya terminado y entonces…

– Debe de ser alguna especie de monstruo sexual. A lo mejor tiene unas gemelas ahí arriba. A lo mejor son dos chicas. Mira, ¿quieres mirar de una vez?

– ¿Qué es esto? ¿Qué significa COMRATS? ¿Es un animal?

– No sé lo que quiere decir, quizás asignación de subsistencia.

Cada uno de nosotros tenemos dos dólares y setenta y cinco centavos al día, que para treinta días del mes suma setenta y nueve con cincuenta por dos.

– ¿Por qué, por dos?

– Porque somos dos. Estás tú y estoy yo. Y esto suma dos. No estás poniendo ninguna atención.

– Teddy, ¿nosotros también hacemos ese ruido?

– Espero que no. Parece como si él le estuviera haciendo daño.

– Yo no creo que él le haga daño.

Tumbados de espaldas, uno al lado del otro, ambos miraban al techo. Teddy cogió de nuevo su papel.

– Ahora voy a sumar -señaló -. Suma, como ves, mil doscientos veinticinco dólares y cincuenta centavos.

– ¿Al mes? Esto es mucho dinero.

– Nena, del dinero tú sabes muy poco.

– He gastado dinero durante toda mi vida, así que algo debo conocer sobre ese tema.

– ¡Exactamente! Sabes cómo gastarlo. Pero ahora vas a tener que ahorrarlo, que es algo muy distinto. Esta hoja, ahora, son nuestros gastos. El alquiler que pagamos por esta caja de paredes y techo de papel es de dieciocho dólares y sesenta centavos por treinta, que suma, con impuestos y extras de todas clases incluyendo esta maldita televisión que no funciona y donde siempre está nevando, casi seiscientos dólares de nuestros mil doscientos veinticinco, sólo para eso.

Comenzó entonces un golpeo rítmico que culminó en unos gritos de dolor extremo o de exultación, era difícil decirlo.

– Te digo que le está haciendo daño -dijo Teddy.

– Es él el que hace ese sonido -dijo Ethel.

– Es ella.

– Es él. Algunos hombres hacen ese ruido cuando terminan.

Inmediatamente Ethel supo que había dicho algo que no debía. No tenía que mirar la cara de Teddy para saberlo.

– Ya han acabado -dijo Teddy-. ¿Crees que ahora podremos terminar esto?

– ¡Claro!

– De modo que nuestro alquiler se lleva por lo menos la mitad de lo que conseguimos de nuestra generosa Marina norteamericana. Ahora viene otra página en la que he anotado…

– Teddy. -¿Qué?

– Es mejor que termines tus matemáticas antes de que ese sinvergonzón comience otra vez ahí arriba.

– ¡Te he dicho que no hicieras eso!

– Ni tan siquiera me he dado cuenta que lo hacía.

– Aquí. ¡Mira aquí! Esto es la suma y sigue. ¿Lo ves? Vamos a tener que pensar cómo lo hacemos para usar únicamente un auto.

– ¿Por qué? ¿Y cuál de los dos?

– El porqué es obvio. ¿Cuál? Cualquiera.

– No podemos hacer eso.

– Vamos a tener que hacerlo.

– Ahora me gustaría haber guardado ese cheque. Estoy bromeando. Ah, ¿por eso estás furioso conmigo? Porque yo rompí…

– Yo no estoy furioso contigo. Oye. Mira. Esta cifra es el dinero que necesitamos si más adelante hacemos un viaje a Florida. Esto es para la cuenta del supermercado. Me gustaría que cancelaras también esa cuenta de crédito.

– De acuerdo. Por eso estás furioso conmigo.

– Ya te he dicho que yo no estoy…

– Pero has estado rechazándome toda la noche.

– Pues si quieres saber lo que pensé cuando rompiste el cheque de tu padre, te lo diré. He observado que sólo los que son muy ricos y los que son muy pobres tienen esas ideas tan puras sobre el dinero. Los pordioseros y los multimillonarios. Mi padre y tú. Pero, para mí, la psicología no se mezcla con el dinero. El dinero es dinero nada más. Como el dinero que gano en un juego de póquer. No tiene rostro. Y es mejor tenerlo que no tenerlo. ¿En qué te hubiera perjudicado aceptar ese cheque? ¿Por qué tenía que preocuparte? No tienes que alimentarlo, ni se ensucia, así que no tienes que sacarlo a pasear tres veces al día. Se queda ahí quietecito y espera tranquilamente el día en que lo necesites. Tú, no yo. Para el día en que yo esté realmente furioso contigo.

– ¿Qué demonios están haciendo ésos ahí arriba ahora? -preguntó Ethel.

Se oían risas y charla rápida e íntima. Y más risas.

– Seguro que se están felicitando mutuamente -dijo Teddy con sequedad-. De acuerdo. No has oído lo que te he dicho. De acuerdo. Ahora mira, aquí hay toda una lista de artículos, y cuando lo sumas todo, que es lo que he hecho yo aquí y lo restas de la suma de la cifra de lo que ha quedado después que hemos restado el alquiler de la cantidad que la Marina nos da y dividimos la cifra restante por treinta…

– ¿Treinta?

– En un mes hay treinta días y algunas veces treinta y uno, lo que nos da unos catorce dólares por día, según me sale a mí, para comer. Alimento. ¿Has entendido hasta aquí?

– Me he perdido en la mitad de alguna parte.

– El punto importante, es que hemos de conseguir un apartamento. No podemos seguir pagando la mitad de nuestros ingresos para vivir en una covacha con una asquerosa piscina comunitaria y una pringosa barbacoa a un lado, un aparcamiento que funciona las veinticuatro horas de un día al otro, y un conejo supersexuado encima que cada media hora satisface sus apetencias. Maldita sea, Ethel, necesito que tú me ayudes en esto; quiero que me ayudes a mantener el equilibrio.

No era que se hubieran enfadado. Nadie hubiera podido decir qué era lo que hizo imposible que esa noche se amaran. Pero por primera vez estuvieron tendidos en la cama, uno junto al otro, entre las frescas sábanas, se desearon las buenas noches, y se durmieron.

Al día siguiente Ethel preparó el café mientras él se puso una bata y bajó a buscar los periódicos. Teddy estuvo leyendo los resultados de la pelota mientras ella preparaba pancakes. Eran buenas y cuando Ethel vio que él estaba satisfecho y complacido, se arrodilló al lado de su silla y le dijo algo que le hizo sentir mejor todavía.

– ¿Por qué no te cuidas tú de nuestras finanzas? -dijo ella-. Dame cada día lo que corresponda. Dime cuánto puedo gastar ese día y ni un céntimo más. Yo no pasaré de la raya si tú me dices dónde llega. No habrá más carne porque tú no me habrás dado suficiente dinero para comprar carne y yo iré a la tienda y buscaré las gangas y me olvidaré del vino. De acuerdo. Ahora todo está en tus manos.

– ¿Estás segura de que estarás conforme con eso?

– Esto es lo que he deseado siempre… que me dijeran el qué y el cómo y el cuándo y cuánto. Así que dímelo.

Teddy seguía dudando. Pensó que a ella debía de parecerle que perdía algo de su dignidad.

– ¿Realmente es eso lo que quieres? -preguntó.

– Esto es lo que quiero -respondió ella-. De este modo tú serás feliz, que es todo lo que yo deseo en este mundo. Que tú seas feliz.

Ahora Ethel volvía a convertirse en su novia-niña y Teddy estaba contento con ella. Ella se sintió complacida de que él la deseara en mitad del día. Hasta renunció a mirar el juego de los «Rams» por ella.

No se levantaron de la cama hasta las tres y media de la tarde. Ya era demasiado tarde para salir a buscar un apartamento.

En la primera página del Hoist, el semanario del centro de entrenamiento naval, se leía en grandes titulares: EL MARINERO ETHEL AVALIOTIS ESCOGIDA POR LAS ABEJAS MARINERAS COMO REINA PARA PRESIDIR LOS ACONTECIMIENTOS DE GALA DEL PRÓXIMO MES. Debajo, al lado de dos atractivas fotografías, se decía: «La joven de veintiún años miembro del centro ha sido nombrada Reina de las Abejas del Mar 1975 para la zona de San Diego. Comenzará su reinado en los dos acontecimientos de gala del próximo mes, según ha anunciado hoy el club CPO de Anfibios.»

– ¿Es ésta tu mujer, Avaliotis? -le preguntó el oficial de educación. Tenían una reunión en el despacho del oficial.

– Sí, señor -respondió Teddy.

– Es muy atractiva -dijo el oficial.

– Sí, señor -respondió Teddy.

El teniente de relaciones públicas que es quien había solicitado la reunión, dijo:

– Mira estos retratos, Coach.

– Los veo.

Uno era de Ethel, unos dos metros y medio por encima del suelo, en la silla de un contramaestre, y el fotógrafo retratándola, desde abajo. La otra, muy cercana, destacaba su pecho en silueta.

– ¿Cuál es el problema? -El oficial de educación dejó el periódico.

– Ella aceptó. Dijo que lo haría, señor -respondió Teddy-. Pero cuando vio esas fotografías cambió de opinión.

– He estado razonando con ella, Coach -dijo el teniente de relaciones públicas-. Le he soltado el discurso del almirante Zumwalt, de cómo debemos llevar nuestro servicio hasta el corazón de la vida americana, etcétera. La aturrullé de verdad, honestamente claro. Pero ella seguía sacudiendo su cabeza, que, no me importa decirlo Avaliotis, es una cabecita muy linda. Espero que sepas apreciar lo que tienes, chico.

– Lo aprecio -dijo Teddy.

– Sigo sin comprender en dónde está el problema -dijo Coach.

– Bueno, aquí, señor. -El teniente de RP cogió el Hoist y leyó: «Reinará en el baile de las Abejas del Mar de San Diego dentro de dos semanas a partir de mañana, y tres semanas después en el baile de los Ingenieros Civiles de la Marina.» Estos tipos ya se han comprometido haciendo propaganda, y pasaremos nuestros apuros para dar la marcha atrás en este asunto.

– Nadie va a volverse atrás – dijo Coach-. ¿Es que no estamos todavía en la Marina? ¿Has dicho que estuviste razonando con ella? ¡Cristo! ¡Razonando! -El rostro de Coach se puso rojo, una demostración biológica que informaba a todos los que le veían que el pequeño fusible del hombre estaba a punto de fundirse. – ¿Por qué, de pronto, estamos obligados a razonar con un miembro de la Marina? ¡Se le dice que es una orden y se ha terminado, muchacho! -Miró su reloj de pulsera.

– No creo que eso dé resultado, Coach -dijo el teniente de RP-. Creo que lo que aquí tenemos es un trabajo doméstico. -Se volvió a Teddy. -Este es un asunto en el que tú debes meter mano, Avaliotis.

Teddy asintió, mirando después ansiosamente a su oficial de servicios educativos.

– Coach -dijo el teniente de RP- quiero que comprendas por qué estoy tan alterado y preocupado que te he mezclado en esto. La Prensa nos dedicará más tinta con Avaliotis, hembra, que con cualquier otra E-Uno que haya ingresado en la base este año. Quiero decir, publicarán estas fotografías -dio una palmada en su ejemplar del Hoist- ¡en cualquier parte! Esta condenada chica es una belleza. -Golpeó nuevamente las fotografías.- ¡Y quiero decir una belleza!

– Deja el asunto en manos de mi muchacho aquí -dijo Coach. Sonrió a Teddy amistosamente-. Porque este muchacho es un muchacho griego y ellos son quizá los últimos que se resisten a la ola femenina que va a arrollarnos a todos. -Se levantó. La reunión había terminado.

– Yo me dejaría arrollar por ella en cualquier momento -dijo el teniente a Teddy mientras cruzaban el umbral de la puerta.

Camino de casa, Teddy estuvo pensando en la manera de enfocar el asunto con Ethel. No iba a resultar fácil. Esta era ya la segunda vez que había salido su fotografía en el Hoist. La primera vez no estuvo en absoluto satisfecha. Y tampoco él.

Dos números antes, antes de todo ese jaleo de la Reina del Baile, el Hoist había publicado su fotografía juntos en su primera página. Teddy estaba de pie junto a su «Ampex» y Ethel a su lado, mirándolo admirativamente. Teddy, la mano en una «abrazadera» parecía un modelo de lo mejor que la Marina podía ofrecer, y Ethel como lo que se la llamaba, un Kiwi, que significaba «criatura sexy». Todo eso estaba muy bien.

Era el comentario lo que había enfurecido a Teddy.

El titular decía: PROBABLEMENTE NO SE PASAN LAS VEINTICUATRO HORAS DEL DÍA ESTUDIANDO. El párrafo que seguía era en la misma línea. «Pero, por lo menos, tienen una nueva oportunidad ante ellos. Se trata de Teddy y Ethel Avaliotis. El estudia para NROTC. Ella es radar B en la escuela y progresa excelentemente en sus estudios.»

Se citaban entonces las palabras de Ethel:

«Creo que al estar ambos aquí, esto nos une más. Si yo no estuviera también en la Marina no tendría ninguna idea de por qué a veces viene a casa tan preocupado y no podría ayudarlo.»

– ¿Y cuándo demonios he regresado a casa angustiado? -Teddy había inquirido.

– Yo no dije angustiado -respondió Ethel -. Esa palabra la pusieron ellos; ellos la imaginaron.

– No es posible que ellos la imaginaran -dijo Teddy-. Yo ¡angustiado! Santo Dios, todo el mundo en la base lee este periódico.

Y había continuado, muy irritado con el asunto, diciendo que, en lo sucesivo, no volvería a repetirse esa publicidad asquerosa de él-ella, nunca más.

Esto le haría difícil que ahora tuviera que volverse atrás y convencerla de que había prometido a su oficial de servicios educativos de que él, Teddy, convencería a su esposa.

Estaban cenando en el restaurante del motel.

Cierto instinto masculino de griego hizo presentir a Teddy que su táctica debería encaminarse a hacer sentir a Ethel culpable de algo, y atacarla entonces por el flanco.

– ¿Cómo está el filete suizo? -preguntó.

– No está mal -dijo ella-. ¿Y qué tal tu pastelillo de queso?

– Horrible. Precocinado. Pesado y húmedo. -Rechazó la mitad que no había comido. – Estoy deseando comida casera.

– Tan pronto como tengamos un lugar…

– Estoy empezando a creer que este maldito motel te gusta…

– No, no es así.

– Esta mañana he visto a uno de esos pequeños bastardos del otro edificio meándose en la piscina.

– Bueno, nosotros no nos metemos en la piscina. Y en cuanto a la comida casera, también me gustaría. Pero estoy ocupada todo el día en la base. No sé de dónde podría sacar el tiempo para trasladarnos, aunque encontrara un sitio que nos gustase. A propósito, he hecho lo que me dijiste: he anulado nuestra cuenta de crédito del supermercado.

– Ya era hora. Este final de semana busquemos de verdad… ¿querrás hacer eso por mí? Aunque no creo que ese apartamento que vimos el domingo pasado estuviese tan mal.

– ¿No?

– A ti parecía gustarte también. Al principio. Miraste hacia fuera por la ventana; estuviste ahí mirando mucho rato.

– Debajo de aquella ventana no había piscina, era un alivio.

– Entonces, al parecer, cambiaste de idea. Ya sabes que no vas a encontrar un lugar que te guste tanto, como aquellos a los que estabas acostumbrada, ¿ya sabes eso, verdad?

– ¿Estás diciéndome otra vez que soy una niña mimada? Durante toda mi vida todos me han estado diciendo lo mismo. Estoy empezando a creerlo… -Suspiró. – Dios mío, esta noche me gustaría escuchar un poco de música. Subamos y veamos si en la radio hay un poco de música de otros tiempos, que sea muy antigua.

– ¿Y qué hay de lo que te he preguntado?

– No me quedan fuerzas para discutir esta noche, Teddy. Encuentras un lugar, me dices que te gusta y nos cambiamos. Yo iré adonde tú quieras que vaya… ¿Te parece bien así?

– No te estaba riñendo, Kit.

– Ethel. Has hablado como si yo tuviese la culpa de que estemos aquí todavía. A lo mejor la tengo.

– A propósito, han estado hablándome sobre tu cambio de parecer respecto a ese asunto de ser reina.

– Teddy, por favor, no quiero hablar de ello esta noche.

– ¿Leíste el artículo del Hoist o únicamente miraste las fotografías?

– Leí el artículo. Hasta donde pude resistir. ¿Cómo es que en la Marina te endosan las mismas patrañas como lo hacen fuera?

– Porque es la «nueva Marina… parte del corazón de la vida americana».

– Ese tipo de relaciones públicas habló y habló sobre eso. No sabría decir si hablaba en serio.

– Están intentando hacer el servicio más atractivo para mucha gente, ahora que ha terminado la obligatoriedad y todo eso. Lo que no está mal, supongo que estarás de acuerdo. Así que creo que deberías pensarlo otra vez…

– Yo creía que a ti no te gustaba que yo hiciera ese papel.

– Bueno, generalmente hablando no, pero…

– Pero esta vez han estado hablando contigo.

– Sí. Así que, maldita sea, creo que deberías pensarlo otra vez.

Ethel se levantó y salió del restaurante.

Teddy se comió su pastelito de fresas. Después se comió el de Ethel.

– ¿No va a volver la señora? -preguntó la camarera.

– Está enfadada conmigo -dijo Teddy-. Y ahora yo estoy enfadado por ello. ¿Cómo has conseguido estar casada durante tantos años, Ginny?

– Mi marido es portugués. Me rompería todos los huesos si fuera por ahí haciendo el tonto. Esto es lo que consigue mantener unido un matrimonio: el terror.

Arriba, Teddy la vio, encogida como un puño, en su lado de la cama, dando la espalda al lado en que él solía dormir.

Teddy decidió que la camarera tenía su punto de razón. Terror, del tipo silencioso. Abrió el cajón inferior del escritorio, sacó la manta extra y se fue al saloncito, cerrando la puerta tras sí, y tendiéndose en el sofá.

Durmió desnudo y la manta de nailon verde era rasposa, pero Teddy tenía un don: nada podía mantenerlo despierto.

Ethel, agachada al lado del sofá una hora más tarde, tuvo trabajo para despertarlo.

– Teddy, no te enfades conmigo, Teddy -murmuró-. No puedo dormir cuando tú te enfadas conmigo. Vuelve a la cama ahora, por favor, Teddy.

– No me hagas eso nunca más -dijo Teddy cuando se dio cuenta de lo que estaba sucediendo-. ¡No te atrevas nunca más a dejarme plantado! ¡Y en un restaurante lleno de gente! ¡Para que todos los que están en la tasca, incluyendo a la maldita camarera, puedan reírse de mí! Me convertiste en un hazmerreír ahí abajo, Kit.

– Lo siento, esta noche estoy muy nerviosa. Quizás es que empiezo el período. No sé qué es lo que me ha trastornado tanto. Vuelve a la cama, Teddy. Por favor, vuelve.

– Vuelve tú a la cama. Yo dormiré aquí hoy.

Ethel levantó la cobertura verde y se tendió junto a él. Arremangó la bata que se había puesto y deslizó una pierna entre las piernas de Teddy.

Teddy podía sentir la ansiedad de Ethel.

– Tú eres la única razón por la que estoy aquí, Teddy -le dijo ella-. Tú eres la razón de mi vida.

Ethel le besaba, y sus labios eran tiernos y sumisos.

– No sigas -le dijo Teddy-. Ahora no deseo eso.

– Sí, sí que lo deseas. Tú siempre me deseas. Esa es la única cosa de la que estoy muy segura en mi vida. Pero quiero decirte que yo no posé para esas fotografías. Ese fotógrafo estaba por ahí como distraído, y cuando yo me quité el abrigo comenzó a retratarme de un lado y de otro, dando vueltas a mi alrededor como si no tuviera idea de lo que estaba haciendo, hasta que yo tuve el sol detrás de mí y así fue como consiguió sacarme de esa manera.

Gentilmente Ethel le atrajo hacia sí de nuevo.

Teddy seguía resistiéndose.

– «Levante la mano -me dijo-. Estire el cuello.» Y como una perfecta idiota yo hice lo que él decía. Ya viste el resultado.

– Pareces una cualquiera y no mi mujer. Y esa otra fotografía… se te puede contemplar por debajo de tu vestido.

– Lo sé. Lo siento. No hablemos más de ello. Busquemos un poco de música…

– Pero esas fotografías… sólo se habla de eso hoy, ¡lo sabes muy bien! Así va el mundo hoy.

– Lo que realmente me ha sacado de quicio es el artículo. «Con Avaliotis siempre se sabe lo que sube a bordo antes de que se pueda comprobar mirándola a la cara.»

– Lo sé. Pero tú ya has corrido mundo, ¿por qué te molesta tanto? La Marina no es diferente de todo lo que hay por ahí.

– Yo creía que sí lo era.

– Lo que está mal es que estuvieras de acuerdo en principio, y una vez lo tuvieron todo organizado a tu alrededor… Quiero decir ¿por qué tuviste que estar de acuerdo al principio?

– Estos tipos de la Abeja de Mar me acorralaron, tipos normales, agradables, hasta un poco rudos, y uno de ellos me sonreía con simpatía, y de pronto me encontré diciendo que «sí, claro, me gustará, será divertido», y todo ese parloteo de chica que odio más que nada en el mundo cuando lo oigo de otra muchacha. Supongo que es simplemente una costumbre en mí para mostrarme amable diciendo que sí cuando debería decir que no, y dando la impresión de que soy una chica fácil de llevar cuando tú sabes que no es así. Entonces, después, cuando vi las fotografías, me di cuenta de que otra vez estaba haciendo algo porque alguien me estaba manejando y no porque yo lo deseara.

– Pero oye, Ethel, mira…

– Y me acordé de lo enfadado que tú estabas la otra vez cuando se metieron con nosotros en aquel periódico y tú dijiste que nunca más querías vernos envueltos en un asunto de mierda como ése y yo pensé que tú tenías razón. ¿Es que has cambiado de parecer?

– Sigo pensando lo mismo, pero precisamente esta vez, ya que tú dijiste que lo harías…

– Es que si sigues pensando lo mismo creo que debemos aferramos a eso, porque tu manera de pensar es acertada. Y eso es lo que merece mi respeto.

– Sí, claro, pero yo creo que no deberías romper tu palabra.

– Bueno, en ese caso… si eso es lo que tú deseas. ¿Lo quieres? ¿Realmente? De acuerdo. Si tú lo deseas, yo lo acepto. A lo mejor es la solución más fácil. Hagámoslo y olvidémoslo. Afrontarlo. ¿Es eso lo que tú quieres decir? ¿Aceptarlo como una lección?

– Sí. Vamos, volvamos a la cama. Levántate.

– De acuerdo. Si es eso lo que tú opinas, si es de verdad que opinas eso.

– Vamos, cariño, levántate.

– De acuerdo. Veamos si hay música decente en la radio. Antes busqué y no había nada. Pero ahora ya es más tarde y todos los fanáticos están escuchando, esto es lo que me gusta, esa maldita subcultura. Echo de menos, más que nada, mi tocadiscos, Teddy. Espera un momento… deja que primero ponga alguna música.

Pero Teddy tiraba de Ethel hacia la cama.

Un par de minutos después, Teddy decía:

– Ve a ponerte eso dentro.

– Ya no me hace falta -dijo ella-. He comenzado a tomar la pildora. De este modo estaré siempre dispuesta cuando tú quieras. Ya sé que no te gusta esperar. Mira. Como todo lo que hago, lo hice por ti. A punto en el momento que tú quieras.

Lo sorprendente del asunto, es que Ethel se sintió complacida con el incidente del Hoist, porque vino a interferir en lo que se estaba convirtiendo en rutina. Ella deseaba a Teddy en muchas diferentes ocasiones, pero él la deseaba siempre a la misma hora, es decir, un par de horas después de haber cenado, cuando había terminado su lectura y su estudio. Esta regularidad había comenzado a alarmar a Ethel. Antes de casarse, ella tenía la palabra en cuándo, dónde, y hasta en cómo. Ahora era Teddy el que conducía el juego, únicamente él, y era siempre a la misma hora y de la misma manera. De hecho, se había convertido en parte de su rutina profesional, con el propósito de conseguir un relajamiento para un sueño reparador.

Así lo creía Ethel.

La única vez que ella se quejó de eso, la respuesta de Teddy fue:

– Sexo, sexo, sexo. ¿Es que nunca piensas en otra cosa?

Teddy no hubiera podido precisarlo, pero lo que él realmente esperaba de Ethel es que ella se pusiera en pie cuando él entraba en una habitación, se acercara a él con actitud de evidente adoración y le ofreciera el beso de la veneración familiar. Por la mañana, antes de que él se marchara, ella debería inspeccionarle cuidadosamente para comprobar todos los indicios de una salud perfecta, examinar su atuendo para asegurarse de que todos los botones estaban firmemente sujetos, sus hombros para cerciorarse de que estaban perfectamente cepillados, y hasta sus zapatos, para que él apareciera ante el mundo igual que era para ella: perfecto en todos los sentidos. A la hora del desayuno debería encontrar el café dispuesto cuando se sentara en su sitio a la cabecera de la mesa, añadiéndole la leche en la proporción que él quería. Mientras se tomara su desayuno -o cualquier otra comida- ella debería estar atenta, con preferencia de pie, para asegurarse de que él encontraba aceptable lo que ella le había preparado, vigilando atentamente para llenar de nuevo su plato si era necesario, y si, finalmente, él se sentía satisfecho con la comida y quería premiarla aunque fuese con el elogio más casual, ella debería mostrarse extraordinariamente agradecida por sus alabanzas.

En otras palabras, Teddy era el hijo de su padre, y consideraba como modelo de esposas a su madre, Noola.

Al día siguiente Teddy fue a la oficina de servicios de educación y le dijo a su mentor cómo había manejado la situación, hasta el último detalle.

Coach se echó a reír.

– Algunas veces hay que mostrarse duros con ellas -comentó-. De otro modo olvidan quién es el amo.

El domingo siguiente Teddy llevó a Ethel otra vez al apartamento que él había encontrado y ella no había dado respuesta todavía. Esta vez, quizá porque Teddy se había mostrado muy amoroso la noche anterior, Ethel dijo que le gustaba. Fuese cual fuese el alquiler, ella estuvo de acuerdo en que debían firmar inmediatamente el contrato.

Teddy se acordó, más tarde, de lo feliz que ella parecía sentirse con ello.

– Ahora podemos realmente aligerar un poco el presupuesto -dijo él-. Por ejemplo, salgamos esta noche. Vayamos a un restaurante en donde tienen esos caracoles marinos tuyos, el «Fish Factory». ¿Qué te parece eso, el lugar en donde llevamos a papá la noche que os conocisteis… eh, qué te parece, Kit?

– Ethel -dijo ella.

El encargado de los alquileres insistió en que depositaran los dos últimos meses de alquiler cuando firmaron el contrato. La Marina, dijo, solía embarcarse sin aviso.

– ¿Qué período cubre ese contrato? -preguntó Ethel.

– Un año -respondió el encargado-. ¿De acuerdo?

Teddy dijo que sí, que estaba bien, y que ellos volverían con el dinero al día siguiente por la tarde, que era lunes, y firmarían el papel.

La mañana siguiente fue la mañana en que Ethel desapareció.

9

Cuando Teddy regresó a casa a última hora de la tarde, el lugar estaba silencioso y el fogón frío. Al principio no se preocupó, pensando que Ethel habría ido a un cine de la ciudad, Pero cuando cruzó el vestíbulo y miró por el balcón de la escalera de incendios, vio el auto de Ethel abajo, con las ventanas alzadas.

Nada se podía hacer excepto ir a la cama y estudiar. Probablemente ella se habría enfadado con él por alguna bobada y estaría con una amiga. Pero Ethel no tenía ninguna amiga. Bueno, se preocuparía por la mañana.

Se despertó a las seis menos cuarto sin la ayuda del despertador, se preparó el desayuno y salió de la habitación vacía del motel para atender su clase de instrucción electrónica por la mañana. No estaba preocupado todavía; lo que sentía era más bien como apuro. ¿Y si alguien le preguntaba dónde estaba Ethel?

Alguien lo hizo pronto.

– Su madre está muy enferma -dijo Teddy al instructor de Ethel en historia naval-. Súbitamente, se puso peor. -Dejó que el hombre supusiera se trataba de cáncer.

Fue a casa poco antes de mediodía; el lugar seguía mortalmente silencioso. Quizás había sucedido algo malo. Compró un periódico. Había un secuestro y las muertes de tráfico de costumbre. Nada sobre Ethel. Decidió ir a la Policía, solicitando su discreción. Quería mantener el asunto en familia, les dijo. Ellos no sabían en dónde empezar a buscar. Teddy no tenía ninguna sugerencia.

Tomó el almuerzo en la cantina de la base. La gente ya comenzaba a preguntarle cómo estaba la madre de Ethel.

Cuando llegó a casa se encontró un telegrama. No procedía de Tucson, sino de Tarpon Springs.

No te preocupes. Estoy bien. Sigue carta. Siempre, Ethel.

Podía haberla llamado a Florida, pero no lo hizo.

Teddy necesitaba que alguien le dijera cómo debía sentirse. Se confió al oficial de educación.

– Parecía tan feliz ayer por la mañana -le dijo.

– A eso es a lo que me refiero -dijo el oficial- cuando hablo de las mujeres en el servicio. Son inconstantes.

– ¿Y qué demonios se supone que debo hacer ahora, Coach?

– ¿Te dio alguna indicación de que pudiera hacer algo semejante?

– Recuerdo una conversación. «¿Es ésta la manera en que se supone ha de ser?», me preguntó. Era a la hora del desayuno y ella estaba sirviéndome el café y yo estudiaba. Cálculo. No levanté la cabeza. «¿De qué estás hablando?», le respondí. «Del matrimonio -me dijo-. ¿Es así el matrimonio?» «Supongo que sí -dije yo-. No he estado casado anteriormente.»

– ¿Y eso fue todo?

– En aquel momento no le di ninguna importancia.

– Bueno, si te sirve de consuelo, puedo informarte de que éste no es el primer caso. Ausencia no Autorizada: la Marina ya tiene un nombre para eso. ¿Sabes?, los entrenamientos son algo duros para nuestras compañeras de cola partida. Reclaman la igualdad, pero después no la quieren. Cuando reciben el trato riguroso que damos a cualquier otro hombre no pueden con ello. La Madre Marina no es la reina fascinante que ellas esperaban que fuese.

– Coach, ¿podría ir a Florida para hablar con ella?

– Es lo peor que podrías hacer. No la persigas; ella regresará al redil. ¿Puedo darte un consejo psicológico?

– Me gustaría que lo hiciera.

– Enfádate. Desahógate. Te sentirás mejor. Yo necesito un trago. ¿Y tú?

Tomaron unos cuantos tragos en el alojamiento del oficial, y después el viejo lobo de mar se quitó la camisa y mostró a Teddy sus tatuajes.

A la mañana siguiente llegó una carta.

Querido mío:

Siento haberte preocupado. Por favor no te enfades. He venido aquí para hablar con tu padre. Confío en él más que en nadie que conozca. Ahora estoy más tranquila porque estoy cerca de él. Hasta he imaginado un par de cosas.

La Marina no ha resultado ser lo que yo esperaba. Lo que yo hacía, en mayor parte, era memorizar listas de nombres y cifras, así como aprender a leer cuadrantes. No tenía mucho que ver con el mar. Como ese destructor clavado en tierra de la base.

Pero a ti te va bien. Así que me pregunté: «¿No se sentiría él mejor viviendo en los barracones, tal como hacía antes de que yo viniera a complicar su vida?»

Tú estudias mejor si no me tienes cerca. Yo he estado estorbándote. Tú no me lo has dicho porque eres un santo.

¿Cuándo regresaré? No lo sé. Diles que la Reina no irá al baile.

Te amo y siempre te amaré.

Ethel

El oficial de educación había preparado a Teddy para una carta en ese estilo, lo había preparado para que se pusiera furioso, y sentir que la ira era un alivio. Estaba durmiendo perfectamente cuando el teléfono lo despertó a las dos y media de la mañana siguiente.

Era Noola. Cobro revertido.

– ¿Qué sucedió? -le preguntó en voz baja.

– No te preocupes por mí, mamá -dijo Teddy-. Estoy bien.

– Pero, ¿qué sucedió? Ella está aquí, pero no cuenta nada. ¿Por qué te abandonó de pronto?

– Dice que está preparando algo.

– ¿Y qué quiere decir eso?

– Preparando algo en su mente, mamá, imaginando. Y no me preguntes el qué. Pero yo estoy bien, así que no te preocupes.

En Florida eran las cinco y media. Noola se había levantado muy temprano aquella mañana para que su llamada telefónica a Teddy fuese privada.

Todas las mañanas, el primer deber de Noola consistía en preparar un suministro fresco de yogur. Hirvió la leche, recordando a Ethel cuando irrumpió en su casa, la penúltima noche. Costa se había mostrado comprensivo.

– Las mujeres deberían estar con la familia -dijo.

Mientras ponía la leche caliente en los tarritos, Noola estuvo pensando en cómo se había mostrado cortés a pesar de lo que sentía. Cuando mezcló las cucharadas de yogur restante del día anterior se acordó de la expresión desesperada en el rostro de Ethel cuando salía del taxi que la había traído desde el aeropuerto de Tampa. «¿Cuánto debía de costar un taxi desde allí hasta Mangrove Still?», estuvo pensando Noola. Cubrió los tarros llenos con viejos paños de cocina. No le gustaba lo que Ethel había hecho, y a pesar de lo que Teddy dijera, no seguía gustándole.

Costa había anunciado que aquella mañana enseñaría la ciudad a Ethel, y sus instrucciones para Noola fueron:

– Mi traje negro, ¡tenlo dispuesto!

Hacía demasiado calor para ese traje, pero Noola hacía tiempo que había renunciado a intentar convencer a Costa de nada. Desde que Ethel había llegado, se había mostrado todavía más dominante.

Cuando oyó a su marido gruñendo y suspirando en su habitación -el primer sonido que Costa dejaba oír cada mañana era una queja al Destino- se apresuró a preparar el café. Costa exigía que estuviera a punto cuando él entraba en la cocina.

Sí, la presencia de Ethel en la casa era un enigma; su hijo no le había aclarado nada. Pero Noola le conocía bien la voz y sabía cuándo estaba inquieto.

– Café -dijo Costa entrando en la cocina.

Ella se acercó arrastrando los pies en sus zapatillas, y cogiendo una taza por el camino.

– Hoy le enseñaré Tarpon -dijo Costa.

– ¿Y qué hay que ver? -comentó Noola-. ¡Una calle a lo largo del muelle, algunas tiendas viejas y ese parque lleno de vagabundos!

– Le explicaré, cuando caminemos por el muelle, lo que era antes. Se lo explicaré de tal modo que ella vea cómo era en los viejos tiempos. ¿Planchaste mi traje?

– Costa -le dijo la mujer-, ¿un traje negro con este calor?

– ¿Quién va a llevarlo, tú o yo?

Ella instaló la tabla de planchar.

– ¿Tienes camisa limpia para mí?

– En el cajón de tu cómoda.

Unos momentos después, Costa regresó con la camisa y le enseñó, como si ella lo hubiera arrancado expresamente, el lugar en donde faltaba un botón. Su gesto, al señalar ese lugar vacío, hacía innecesaria una reprimenda.

– Hoy comeré un par de huevos, dos, no uno -dijo Costa.

Noola puso los huevos a hervir. Cortó con los dientes una hebra de hilo blanco y puso el extremo en su boca afinándolo lo suficiente para que pasara por el ojo de la aguja de coser. Necesitó lentes para hacerlo; los ojos habían estado escociéndole.

– Hoy hay que pagar el dinero de la hipoteca -dijo.

– Págalo, pues.

– No lo tengo.

– ¿Cuánto piden?

– Igual que cada mes. Sesenta y dos dólares.

Costa hizo un gran gesto con la mano en el aire.

– ¿Qué son sesenta y dos dólares?

– Es lo que el Banco espera recibir de nosotros esta mañana.

– ¿Cuánto tienes?

– Necesito treinta y des dólares para llegar a esa cantidad.

– Diles que el mes que viene seguro. Habla a míster Mavromatis presidente allí; es un viejo amigo de mis días jóvenes.

– Habla tú con él. Es tu viejo amigo de tus días jóvenes.

– Hoy tengo trabajo. Tengo que enseñar a Ethel nuestra vida aquí.

– Míster Mavromatis dirá que hables con míster Cotter y míster Cotter…

– ¡Oh, Cotter! ¡Nada para preocuparse! Algo loco, seguro, pero hombre distinguido. Explícalo todo.

– ¿Y qué hay que explicar? No tenemos el dinero, esto es lo que sucede. ¿Cuánto dinero tienes?

– Tengo bastante, quizá, para que la chica pase buen día hoy. Es nuestra hija, Noola, ¿no? Primera vez aquí, ¿no? Prepara agua caliente, ¡a lo mejor quiere bañarse!

– Ayer noche se bañó. ¿Por qué no me das treinta dólares, Costa?

– Noola, hay cosas más importantes en mi vida que el Banco. Mil veces lo he dicho. Tenemos cinco años para pagar condenada hipoteca. Explica eso al bastardo, Mavromatis, ¡que el demonio joda a su madre! Dile que no me moleste más. Tengo otros problemas. Es viejo amigo, entiendes. Me admira mucho.

Recosido el botón, cortó con los dientes el extremo del hilo.

– Espero que hoy se porte como viejo amigo -dijo Noola.

– La oigo. ¡Rápido! Se está levantando.

– ¿Rápido qué?

– Pon café.

– Está listo. Tú lo has estado bebiendo.

– Por favor, Noola, no quiero riñas. Procura que todo sea bonito delante Noola, por favor. ¡Oh, mis huevos! ¡No los comeré duros!

Mientras Noola le servía sus huevos, que estaban en su punto, Ethel entró y les dio un beso a ambos.

– Hoy haremos gran vuelta -dijo Costa-, así que come mucho… huevos, querida niña, todo lo que quieras, tostadas, café, queso, miel, da fuerza.

– Hoy, en cualquier momento -dijo Ethel-, quiero lavarme algunas cosas.

– Dáselo a Noola -dijo Costa-. Ella lavará.

– Costa, Noola tiene suficiente trabajo sin lavar mi ropa interior.

– Vamos, desayuna, corre antes que haga mucho calor. Hoy te enseñaré Tarpon Springs. ¿Quieres baño?

– No puse agua a calentar -dijo Noola-. Ya te lo he dicho.

Una mirada de Costa le recordó que no debía pelearse con él delante de Ethel.

– Me bañé la noche pasada -dijo Ethel-. Estoy bien.

– Pues vamonos, arre caballito, nos vamos querida niña.

Ethel tardó algún tiempo en vestirse, pero ni la mitad del tiempo que tardó Costa en afeitarse, limpiarse los zapatos negros, ponerse la camisa, anudarse la corbata y vestir su traje negro.

Salieron como una pareja, el brazo de Ethel alrededor del codo de Costa, caminaron desde Mangrove Still («Un cracker [20] de los viejos tiempos fabricaba licor aquí», explicó Costa) hasta Tarpon Springs («Hubo tiempo cuando la bahía estaba llena del pez tarpón poniendo huevos. Ahora todos marcharon»).

Tan pronto como salieron de la casa, Noola hizo las tres camas, aseó las habitaciones y lavó los platos del desayuno. Ni Costa ni Ethel habían puesto los platos donde comieron los huevos a remojar en agua fría… Costa por orgullo; Ethel, pensó Noola, porque estaba acostumbrada a los sirvientes. Noola tuvo que limpiar esos platos rascando con un cuchillo.

En la habitación de Ethel encontró la ropa interior que Ethel quería lavarse. Noola estuvo examinándola. ¡Qué ropa tan ligera! Y transparente. No cubría nada. ¿Cómo se sostenían? ¿O cómo podían sostener algo en alto esos dos colgantes de red?

Aquí no había sirvientes; que la chica hiciera su trabajo. Se fue a su habitación.

Abrió el cajón de la cómoda en donde guardaba sus medias. En la parte de atrás encontró las medias grises enrolladas en donde guardaba el dinero ahorrado para la hipoteca. Estas medias eran también las que llevaba cada mes para su visita al Banco.

Tres billetes de diez, sólidamente atados. Su padre siempre había tenido algún dinero para evitar momentos de apuro como éste. Admitiendo la verdad, Costa tenía dinero cuando se casó con ella; él no tenía culpa de que se hubiera presentado la marea roja. Esa fue una faena de Dios conjurado con el Demonio.

Era mejor que se fuese. A pesar de lo que había dicho a Costa sobre el calor, Noola decidió ponerse el vestido negro. Resultaba más digno. Quitándose la bata, se puso el vestido por los hombros, tirando para acomodarlo al cuerpo y cerró la cremallera a un lado. Examinó las medias grises buscando puntos escapados, y después, cruzando un tobillo sobre la rodilla deslizó suavemente su mano hacia arriba, por encima de la vena hinchada detrás de la pantorrilla. Su madre había tenido venas varicosas. Llevó medias ortopédicas y siempre estuvo quejándose del dolor. Noola no esperaba nada mejor.

Se levantó de pronto y sucedió aquello. El doctor le había dicho que no tenía por qué preocuparse. Cuando estuviera un rato sentada, le dijo él, si se levantaba de súbito podía tener un breve episodio de vértigo. Noola recordaba esa palabra «episodio», y también:

– Usted ya no es una niña, mistress Avaliotis.

Se sentó en el colchón, dejó caer la cabeza y esperó que pasara. No tenía ganas de ir a ese Banco, no quería tener que mendigar a esos dos hombres, ni al viejo amigo de Costa, Mavromatis, ni a ese alocado y distinguido Cotter. De esto se trataba realmente, de darles lástima. Ni tan sólo sentía deseos de ir al centro de la ciudad. No le apetecía tener que preparar una buena cena: – Prepara algo especial -había ordenado Costa. No para festejar a una chica que había abandonado a su hijo sin ninguna explicación.

Noola estaba respirando con jadeo otra vez, pero por causa de su enfado, y no porque sintiera vértigo.

Estaba en una trampa, y de ésta no podía escapar, la trampa que suponía estar casada y ser madre, la trampa llamada bondad hacia todos, comprensión en todo momento, paciencia infinita. No se sentía amorosa o amable, comprensiva o paciente. Ni un ápice.

Faltaban quince minutos para las once y ya se sentía cansada. Se alzó lentamente, apoyándose en la cama mientras se acercaba al armario, y se inclinó, medio arrodillándose para coger sus zapatos. Tuvo dificultades para ponérselos, torciendo, tirando y encogiendo, porque eran demasiado estrechos. Noola sólo había calzado zapatillas durante casi una semana, desde el domingo, cuando, sin Costa, había ido a la misa en San Nicolás. Calzados ya, sentía la estrechez de sus zapatos de vestir, probablemente la razón por la que sus tobillos estaban hinchados.

Era mejor que se fuese y dejara de lamentarse. Utilizó el espejo para colocarse su pequeño sombrero púrpura con el adorno frontal de plumas. Parecía que un susto hubiera puesto las plumas de punta. Se guiñó un ojo y canturreó una marcha. En la secundaria, Noola había estado en el coro de Babes in Toyland y uno de sus números March of the Toys había sido un triunfo. Noola lo interpretó ahora, mirándose al espejo. ¡Resultaba tan ridicula!

– Deja ya de ser una niña, por el amor de Dios -se dijo en voz alta-. ¡Llora, niña!

Camino del recibidor pasó ante la puerta abierta de la habitación de Ethel. Allí estaban las transparencias pastel, esperando ser lavadas.

– ¡Oh, qué demonios, esta vez únicamente!

De pie, frente a un fregadero lleno de pompas de jabón, arremangadas las mangas de su vestido más digno, y el sombrero púrpura con sus plumas asustadas empujado hacia atrás de la frente, Noola lavó la ropa interior de su huéspeda.

¿Quién no podría perdonarle el que tirara fuertemente de la banda elástica alrededor de la cintura de las bragas? ¡Ninguna cintura debía ser tan pequeña, ningún abdomen tan liso! ¿Quién podría culparla de sentir cierta satisfacción secreta cuando las puntadas que sostenían el elástico cedieron, primero un poco y después tanto que un buen pedazo quedó suelto del borde de la pieza interior?

Noola era humana.

Un vecino la vio caminando por la carretera -no había acera-, la recogió y la dejó en el kentron, en el parque de arbustos y bancos polvorientos en el centro de la ciudad.

Caminando la corta distancia que había hasta el Banco, pasó por una gran tienda de ultramarinos que ofrecía especialidades de importación, mercancías en latas y en barriles, envasados en aceite y en salmuera, la mayor parte procedente de la madre patria. En la tienda había una muchedumbre en medio de la cual percibió, cuando la gente que les rodeaba iba pasando, las dos cabezas: la de su marido con su negro cabello grueso, y la de su nuera, con su fino cabello dorado-rojizo. Por el ruido podía suponer lo que estaba ocurriendo, podía imaginar la escena: el propietario del lugar pidiendo a Ethel que probara la variedad de sus aceitunas, o el queso feta que sacaba del barrilito de madera con un tenedor, dejando escurrir la salmuera, ofreciéndolo en un pedazo de papel parafinado. ¿O sería una lata de yalanji dolma, las hojas de parra rellenas importadas de Grecia, que habían sido abiertas y ofrecidas a la visitante? El propietario, al parecer, quería tener el honor de preparar unos pequeños paquetes con los manjares favoritos de Ethel si ella le prometía concederle el honor de aceptar esos modestos regalos.

– Debes aceptarlos -Noola oyó que su marido gritaba-. Si no, él, será insultado. ¿Verdad, Manoli? Manoli, dale, no te importa lo que diga, ella demasiado cumplimentera, estilo americano. ¡Dale!

Noola apresuró el paso. Mientras bajaba por la calle oyó la cascada de elogios y los «ohs» y «ahs» de Ethel, las explosiones de risa y los gritos de sorpresa, en homenaje a Ethel.

¿Eran sinceros? ¿Estaba Ethel realmente tan complacida? Al parecer, su nuera era experta en aceptar regalos de tal modo que el donador se sintiera feliz.

Noola decidió realizar sus compras en otra parte de la ciudad.

La brisa arrancaba destellos del agua y el sol era caliente. Una procesión triunfal estaba entrando en la calle del muelle por la ribera del río Anclote. La gente acudía a las ventanas para verla pasar, los comerciantes abandonaban sus puestos de negocio, los jugadores de cartas, manteniendo las manos contra el pecho, acudían a las puertas de los bares, los marineros surgían de las bodegas de sus barcas pesqueras. Hasta los turistas, sin comprender nada, se detenían y observaban.

Costa, llevando la bolsa que le habían dado para transportar sus adquisiciones, caminaba lenta y gravemente al lado de Ethel y no un paso al frente como hacía con Noola. Estaba pendiente de Ethel, protegiéndola, mientras señalaba puntos interesantes y hacía presentaciones. Alrededor y detrás de ellos, iban los curiosos y los ociosos, chicos demasiado jóvenes para trabajar, antiguos residentes demasiado viejos, y también aquellos que tenían trabajo por hacer pero ninguna prisa por hacerlo aquel mismo día. Un hombre negro y viejo que hablaba perfecto griego, se unió a ellos y llevaba los regalos más voluminosos. Los perros protegían los flancos.

Cualquiera que ese día no conoció a Ethel, quedó marcado como un ciudadano de segunda clase.

– Mi hijo, el oficial, su esposa -decía Costa.

Todos escuchaban atentamente cualquier cosa que Ethel pudiera decir, con ese tipo de atención que nadie merece, reían más de lo que ella merecía, y comentaban continuamente y en dos lenguajes la gracia y el ingenio de la chica, y su profundo conocimiento. ¡Qué dulce es, gorgoriteaban, cuánta modestia, cuánta corrección! A juzgar por sus maneras, hubiera podido ser una chica griega. Finalmente fue éste el cumplido que le dedicaron.

Era evidente que había una persona ante la cual Costa deseaba exhibir a Ethel. Estaba de pie frente a su tienda para turistas; era un hombre más alto, y, aun a esa distancia, más descomunal que Costa. Era la figura fascinante del lugar.

– Ethel -dijo Costa-, te presento a Johnny Conatos. Johnny, aquí mi hija…

– Hija política -dijo Ethel-. Me alegro mucho de conocerlo míster…

– Conatos, Johnny Conatos. Hola, jovencita. De modo que tú eres ésa de la que todos hablan. No me extraña. Una chica bella, Costa.

– Mi hijo, Teddy, ¡sabe escogerlas! Ethel, ahora hablas con el auténtico número uno de los buceadores de los viejos tiempos, Tarpon. No yo. ¡Este hombre, aquí, Johnny Conatos! Hombre famoso. Estuvo en una película de Hollywood, allí todos lo conocen, de costa a costa.

– También tú eras uno de los buenos ahí abajo, en el fondo -dijo Johnny.

– ¿Cómo está Virginia, Johnny, chico? -preguntó Costa. Se volvió a Ethel-. Su esposa, mujer buena.

– Hace poco estaba aquí -dijo Johnny-. Ahora ha ido a casa a preparar la comida. ¿Cómo está Noola? -Se volvió a Ethel.- Buena mujer -dijo.

– Así es ciertamente -dijo Ethel.

– En casa preparando comida -dijo Costa.

– ¿Y cómo le va a Teddy en San Diego?

– ¡Bien! ¡Maravilloso! -Costa se volvió a Ethel. – El hijo de Johnny fue al mismo lugar.

– Así es como a Teddy se le ocurrió -dijo Johnny.

– Oh, él tuvo idea por sí mismo, de acuerdo -dijo Costa.

– Solía adorar a mi hijo Michael como a un héroe -prosiguió Johnny-. Todo lo que hacía Michael, Teddy lo repetía. Si Michael llevaba cierto suéter, esperaba una semana y se veía a Teddy llevando el mismo suéter…

– Por el amor de Dios, Johnny. ¡Teddy podía escoger su maldito suéter!

– Solía seguir a mi hijo por aquí como un perro.

– ¡Vamos, Johnny, vamos, vigila lo que dices!

Pasó una oleada de turistas, del Medio Oeste, los hombres cargados con cámaras fotográficas, y las mujeres recién salidas de debajo los secadores de pelo.

– ¡Turistas! -exclamó Costa malhumorado-. Como moscas caen aquí. Kansas City, Kansas City, Madzouri, Johnny, ¿como hombre, cómo puedes vivir aquí, toda la ciudad hecha un infierno, turista, turista, turista?

– Vivo de ellos -dijo Johnny. Se volvió hacia Ethel-. Pero deberías haber visto este lugar en los viejos tiempos, jovencita. Doscientos botes esponjeros atracados a la orilla del río. Y los hombres. -Hizo un gesto a Costa con el puño, hacia sí mismo después y le dio entonces un buen golpe a Costa.- ¡Como nosotros! No como éstos…

– Skoopeethi -dijo Ethel-. Significa «basura».

– Así es, jovencita. Eh Costa, una chica lista. Me gusta.

– ¿Por qué no te trasladas donde estoy yo? -dijo Costa-. Allí muy bello, no se oye un ruido.

– Porque cuando no oigo un ruido no tengo pan en la mesa. Tengo grandes responsabilidades, Costa. No como tú. Tengo tres hijos. Tú uno. Cinco nietos. Tú nada. Sin querer ofender, perdóname, jovencita. ¡Me refiero hasta el momento!

– No te preocupes por eso -dijo Costa-. Verdad, Ethel, muy pronto, ¿verdad?

– No me preocupo por esta chica -dijo Johnny-. ¡Desearía ser otra vez un hombre joven, con esta chica aquí!

– Algunas veces yo pienso lo mismo allí -dijo Costa.

– Entonces deberías haberlos visto -dijo Ethel-. Noola, reían y se daban golpes mutuamente, esos dos vejestorios. Estaba temiendo que en cualquier momento se abalanzarían contra mí.

Ethel estaba desembalando un regalo bastante grande, una figura tallada de Cristo, cuyos ojos seguían a los pecadores de un lado a otro.

– ¡Oh, mira! No sabía que me hubiera dado eso, Noola, ¡mira!

– Esto es para recordarte que El está vigilándote cada minuto, de modo que vigila lo que haces -dijo Costa-. Noola, comamos, por amor de Dios.

Noola estaba en el fogón, poniendo la cena en una fuente; era cordero asado con tomates y quingombó.

– Siéntate, pues -dijo Noola.

– Y nos han dado… mira, Noola… tres clases de naranjas, esa mujer de la hacienda limonera…

– Grace -dijo Noola-, ese caballo enorme. En otro tiempo su amiga.

– ¡Calla! Noola, no hablemos de estas cosas en la mesa.

– Y toronjas también -dijo Ethel-. No debía haberlas aceptado todas.

– Le has hecho un favor -dijo Costa-. Algún día presumirá de esto. ¿Dónde está el yogur, Noola? Ethel, siéntate aquí. No comeré si tú no te sientas antes.

Ethel se sentó, pero no comió. Estaba mirando el contenido de una vieja caja de zapatos.

– Comed ya -dijo-, no me esperéis. Noola, por favor, siéntate.

Noola no se sentó. Había llenado el plato de Ethel con quingombó y cordero.

– ¿Quieres yogur encima o al lado? -preguntó.

– ¡Fijaos en éstas! -exclamó Ethel-. Todos me han dado fotografías de Teddy cuando era un muchacho. ¿Qué me has dicho? ¡Le ponéis yogur a todo!

– Da fuerza -dijo Costa.

– Noola, aquí hay una de ti… pareces tan joven. Aquí, ¡mira!

– Después. Ahora come tu cena.

– Oh, esto es maravilloso, simplemente maravilloso. Noola, por favor, siéntate.

– Voy a buscar el arroz.

– ¿Pero, cuándo comes tú?

– Cuando nosotros terminemos -dijo Costa.

– ¿Es que Teddy esperará que yo haga eso también? -Ethel preguntó, como en broma.

– Espero que sí -respondió Noola.

– Demasiado caluroso este maldito traje negro, Noola, por amor de Dios, ayer sudando como un cerdo. Dame algo ligero hoy. ¡Noola!

Así comenzó el segundo día de la luna de miel.

– Costa, escúchame, mientras ella duerme todavía vayamos hasta el agua y limpiemos los botes. Están sucios. La gente que ayer los alquiló, tenías que verlos, gorilas.

– ¿Quieres que apeste a pescado todo el día? ¿Es ésa tu intención?

Costa no se había acercado a «Las 3 Bes» el día anterior.

– Muy bien, lo haré yo misma -dijo Noola-. No me has preguntado lo que dijeron tus amigos de infancia en el Banco.

– ¿Y qué importa? ¿Qué?

– No. Dijeron que no.

– Ese hombre, Mavromatis, no es un banquero de corazón. El Gobierno de los Estados Unidos debiera mandarlo de vuelta a Kalymnos. Me da cinco mil asquerosos dólares y ahora quiere ocho mil e insulta a mi esposa también.

Cuando Ethel entró, besó a Costa, que le había ofrecido la mejilla.

Noola se dio cuenta de que Ethel tocaba continuamente a su marido.

Tan pronto como la pareja hubo salido, Noola se acercó a la ribera con un cubo, una escoba vieja y un cepillo de mano de cerda dura. Los botes estaban nauseabundos con los restos de carnadas, los desechos de las comidas a bordo, latas de cerveza y colillas, y en el Boston Whaler, vómitos.

Noola se arremangó el vestido y estuvo fregando hasta dejarlos limpios.

Ethel, entretanto, fue llevada a dar un paseo por el río. Se le enseñó el lugar en donde los botes de los buceadores solían atracar, cincuenta o sesenta en hilera. Sus nombres eran un collage: el Eleni, el Anlromache, el Poseidón, el Venizelos, el Eleftheria, el Nereus y Symi, el General Van Fleet, todos recordados con una especie de veneración, como el recuerdo de muchachas bellas y bien disciplinadas.

Durante la «gran» guerra, uno de los botes fue llamado Joseph Stalin, pero fue corregido más tarde.

Siguió un refrigerio en grupo. Mientras comían la salpa frita, un tal Aleko Iliadis, un tipo cincuentón de rostro astuto que no hacía nada en un día que no hubiera hecho el día anterior, incluyendo el ir a las carreras cada tarde, les ofreció su auto y sus servicios como chófer. La llevaría a las carreras, dijo a Ethel, y por el camino la deleitaría con la gloriosa historia de los griegos en Tarpon Springs.

– Debe ganar todas las carreras -avisó Costa al hombre.

Ethel apostó de capricho en ocho carreras, ganó dos, y no perdió en ninguna… que ella supiera.

En el camino de regreso quedaron encallados en un embotellamiento de tráfico y Aleko aprovechó la oportunidad para ponderar los logros de los primeros pioneros que pusieron el pie en el golfo de México, y siguieron adelante, a pesar de la hostilidad y los contratiempos, hasta conseguir una fortuna.

– ¿Y usted? -le preguntó Ethel.

– Yo desperdicié mi vida -dijo- felizmente. Ese fue mi talento.

Aleko preguntó a Ethel en un susurro si querría hacer el honor de visitar a su amiga.

– Está en Clearwater -le dijo-. Estamos cerca.

A Costa no le gustó la idea, pero finalmente accedió.

– Hombre casado -murmuró en la oreja de Ethel-. Maldito idiota. Por eso lo llaman el Levendis. Aleko el Levendis. Significa vivir únicamente para el placer. ¡Bastardo!

Se detuvieron frente a una casa en una vecindad de construcciones idénticas. La «amiga» resultó ser una agradable cincuentona. Tenía hijos mayores, fruto de un matrimonio anterior con un cantante de ópera, un bajo que la había abandonado para dedicarse a un nuevo campo, una graciosa del teatro de dieciocho años.

Aquello había sido perdonado. Lo que contrariaba a la dama era que su placentero amante no se hubiera divorciado de su mujer para casarse con ella. Empezaba a convencerse de que jamás lo haría.

Después de saborear algunas cucharadas de cerezas confitadas acompañadas de vasos de agua, Aleko el Levendis llevó a su amiga junto al piano, en donde ella desplegó una encantadora voz, fina pero auténtica, una voz del mes de mayo. Su amante la condujo a través de Dalla Sua Pace. Mientras ella hacía honores a Mozart, Aleko la miraba por encima del teclado, y en sus ojos había el testimonio de un sentimiento genuino, casi una especie de adoración. Era evidente que amaba a esa mujer… por lo menos cuando ella cantaba.

Ethel rompió en un llanto incontrolable, alargando su mano para aprisionar la de Costa. Escucharon La Paloma, también unidas sus manos.

– Está pensando en su marido en California -dijo Costa.

– Ni tan siquiera tengo una sola razón para llorar -dijo la soprano.

– ¿Por qué no os casáis vosotros dos? -suplicó Ethel-. Quiero que os caséis.

– Vamos, Costa, vamonos -dijo Aleko, mirando su reloj.

– Entras, te santiguas, y ahora quieres irte -se lamentó la mujer.

El Levendis hizo salir a Costa.

– Ha arruinado mi vida -la amiga cincuentona dijo a Ethel cuando ellos se marcharon-. Dile que se case conmigo. A lo mejor a ti te escucha.

Ethel la abrazó y le dijo que haría todo cuanto pudiera.

– ¿Cómo he podido arruinar su vida? -preguntó Aleko mientras regresaba a la carretera de Tarpon-. Ya estaba arruinada no sé cuántas veces cuando nos conocimos.

– Pero tú le diste esperanzas -dijo Costa.

– Es verdad, le he hecho ese contrafavor.

– Le contaste mentiras, maldito idiota.

– Pero la verdad es lo que ella ha dicho: su vida está arruinada, mi vida está arruinada. Dime, ¿hay alguien cuya vida no esté arruinada?

– Mi hijo -respondió Costa-. Su vida no lo está.

Cuando llegaron a casa, Noola ya tenía preparada la cena.

Aleko besó la mano de Ethel cuando se separaron.

– Deja esas tonterías -dijo Noola-. Ve a casa, Levendis. Tu mujer te está esperando.

Teddy llamó aquella noche.

En su conversación no hubo nada dramático.

– Tu madre va a enseñarme a cocinar -dijo Ethel.

– ¿Cuándo volverás? -le preguntó Teddy.

– Ya te avisaré – respondió Ethel-. Me gusta estar aquí. Es tan tranquilo… y quiero mucho a tus padres. Gracias por tus padres.

– ¿Me amas? -preguntó Teddy.

– Oh, sí, sí -dijo Ethel-. Créeme. Espera: tu padre quiere hablar contigo.

– Hola, chico, Teddy -dijo Costa. Escuchó entonces, sonriendo y moviendo la cabeza hacia.Ethel-. No te preocupes, no te preocupes ahí -dijo Costa-. Cuidamos bien de ello, aquí está tu madre.

Noola habló en griego en un susurro.

– Tu hijo parece preocupado -le dijo a Costa cuando colgó el teléfono. No miró a Ethel.

Ethel se ofreció, como la noche anterior, a ayudar a lavar los platos. Esta vez, cuando Noola rehusó, lo hizo como una repulsa. Noola evitó sus ojos.

Frente al aparato de televisión había dos butacones con un tapizado grueso. Aquélla en que Costa acomodó a Ethel tenía los muelles rotos, lo que hacía parecer mucho más altas sus bandas almohadillas. El butacón de Costa era igualmente profundo, pero él lo llenó con su corpulencia.

Los disparos -en la televisión había una película del Oeste- no mantuvieron despierto a Costa. Ethel ya conocía su hábito ahora: tres cervezas acompañando a una pesada comida, y su primera hora de sueño hundido en su butacón.

Cuando Ethel vio que Costa se había dormido se dirigió a la cocina; había notado la hostilidad en el trato de Nooía y deseaba repararla. Apoyada en el marco de la puerta, contemplando a Noola que fregaba los cacharros, Ethel intentó trabar conversación.

– Creo que ya he conocido hoy a todos los de aquí -dijo-. Ha sido como pasear con un dios. Aquí, tu esposo es el amo.

– Puede producir esa impresión.

– ¿Cuál es su secreto? Siempre está seguro de sí mismo.

– Deja las dudas para nosotras.

– ¿Estás enfadada con él esta noche?

– Oh, no, no.

– Ya sé que algunas veces dice alguna tontería, pero… me gustaría realmente descubrir su secreto. ¿Cómo es que él está tan seguro de que tiene razón? ¿Tan seguro de todo? Mi padre es un liombre brillante y se comporta como si estuviera absolutamente seguro de todo, pero cuando se le conoce de verdad, no lo está. Al principio se burló de Costa, pero finalmente…

– Terminado -dijo Noola. Desconectó una luz y puso la mano en el otro interruptor esperando que Ethel saliera de la cocina.

Ethel volvió al butacón que Costa le había designado. Noola se dirigió a la mesita entre los dos butacones, y se inclinó hacia el estante inferior cogiendo una costilla de costura.

– Adivino que estoy en tu butacón -dijo Ethel.

– Quédate ahí. -Noola se encaminó al sofá, sentándose bajo la fotografía oficial de la graduación de su hijo. Colocó un huevo de madera dentro de la media blanca de hilo grueso que iba a zurcir. No dijo palabra.

Ethel tuvo tiempo de examinar la habitación. A cada lado del sofá en donde estaba sentada Noola había dos muñequitas pintadas. En la pared, detrás de Costa, que dormía, había una gran fotografía retocada en colores de Teddy en el día de su graduación, con sus padres de pie a cada lado, orgullosamente erguidos. En la mesita, entre el padre dormido y ella misma, había dos grandes álbumes de fotografías: la carrera atlética de Teddy en la secundaria. Detrás de ellos una Biblia oprimida entre los colmillos de unos exuberantes elefantes de hierro.

Las ventanas estaban cerradas; Ethel había notado que las persianas permanecían cerradas durante el día y la noche.

Intentó de nuevo promover una conversación.

– Estoy agotada -dijo.

– Has caminado mucho hoy. Y ayer.

– No ha sido el caminar.

– ¿Ah, no? ¿Y qué, entonces?

– Todos esos elogios, una tensión. No soy tan encantadora como toda la gente cree que soy.

– Nadie lo es.

– He estado fingiendo. Todo el día.

– ¿Por qué lo haces?

– Me han criado de esa manera. Mi madre. Esa es otra de las razones por las que admiro tanto a Costa. Siempre se muestra tal como es.

– La próxima vez sé tú misma.

– Entonces no voy a gustarles.

– Probablemente no.

Ethel esperó, pero Noola no añadió nada más.

«Seguro -pensó Ethel- que está muy enfadada conmigo.»

Ethel observó también, con todo lo demás, que el aire estaba enrarecido. ¡No era de extrañar! Ni una ventana abierta. Hubiera querido salir. El día no había terminado todavía. ¿O sí? ¿Ahora? ¿A las nueve? Pero, ¿adonde iría? ¿Y cómo explicaría su impulso a esa mujer, ahí sentada, tan hermética y silenciosa?

¿Y por qué demonios sentía la necesidad de excusarse por todo ello?

– Deseaba tanto que me aceptaras bien, Noola -dijo.

– Nunca me apresuro -dijo Noola. Sin añadir nada.

Ethel se sintió atrapada entre el grueso tapizado de los costados de su butacón, invadida por las imágenes de la televisión. ¿Cómo escapar? Olvidando.

«Bueno, maldita sea, di algo -pensó Ethel-. Vaya carácter -pensó-. Cuando se irrita, lo disimula.»

– Bueno, ¿y Teddy? ¿Qué dijo Teddy? -Ethel lo intentó una vez más.

– Está bien. -Noola miró a su marido dormido.

– ¿Está preocupado? -persistió Ethel.

– Bueno, eso sería natural, ¿no crees? -dijo Noola-. Dice que te fuiste sin decírselo. ¿Por qué?

«Cristo, no puedo explicarle el porqué», pensó Ethel.

Costa roncaba ligeramente. Ethel se volvió para mirar aquel corpulento hombre dormido, observando el movimiento de su pecho al respirar.

– ¿Por qué no estás con él? ¿Por qué estás aquí? -preguntó Noola.

No había alzado la mirada del huevo de madera sobre el que estaba zurciendo el grueso calcetín blanco de su marido.

– Para conoceros mejor -dijo Ethel.

Noola miró entonces a la joven y le dijo:

– Mis hombres, son como niños, no saben nada. Pero yo fui a la escuela en Asteria, Queens, y yo sé que ninguna mujer deja a un hombre, aunque sea un solo día, sin una razón mejor que ésa.

«Un lenguaje directo -pensó Ethel-. Muy bien.»

– No quiero estar en la Marina -dijo.

– ¿Qué es lo que quieres?

– Quiero ser como tú.

Noola se echó a reír.

– ¿No me crees?

– Te creeré cuando te crea.

– ¿Qué significa eso?

– Tú estás hecha de un material diferente al mío. No sé cómo o por qué, pero sé que eres diferente. No te comprendo.

– Nunca tuve una familia. Quiero vivir en una familia.

– Tened hijos. Construye tu propia familia.

– Ahora en la Marina es posible hacer eso. Pero, ¿es lo más conveniente? Cuando tengamos hijos no quiero trabajar.

– No me importa -dijo Noola- que estés o no estés en la Marina. Pero si haces algo que pueda herir a mi hijo, nunca te perdonaré.

– Estoy intentando ser… -Se detuvo.

– ¿Qué? Eso es lo que yo no entiendo. Dime la verdad.

– Lo que él quiere realmente.

– Así lo espero. Es un buen muchacho y no merece ser herido.

– ¿Y quién va a herirle? -exclamó Ethel. Se forzó a hablar más tranquilamente-. Teddy es tan bueno que no me ha pedido que sea lo que él realmente desea… alguien como tú.

– Tú crees que puedes ser eso para él… ¿Lo que él desea?

– ¿La verdad?

– Si la conoces y puedes expresarla.

– No lo sé. Algunos días estoy muy desanimada y quisiera romperlo todo. ¿Te has sentido alguna vez así?

– No.

Costa se levantó de pronto y se fue a la cama. Noola lo siguió. Ethel se había sorprendido al ver que míster y mistress Avaliotis dormían en cuartos separados, como sus propios padres.

Al día siguiente, Noola vino más temprano de la tienda e introdujo a Ethel en la cocina griega. La enseñó a preparar su propio yogur, a rellenar zucchini tiernos con cordero (¡nunca buey!), cómo preparar el arroz para que quedara seco, cada grano separado, cómo preparar sopa de huevo y limón y café turco.

Ethel tomó notas en una libreta y al principio Noola parecía animarla. Pero eso no duró. Estaba cumpliendo únicamente con su deber, pensó Noola, y le resulta un endemoniado esfuerzo.

Noola causó inquietud en Ethel.

Ethel causó inquietud en Noola.

Quedó fascinada con la rolliza barriga de su suegra. La imaginaba desnuda. ¿Llevaría Noola alguna especie de corsé o faja? Esa acumulación de grasa y carne parecía tan bien empaquetada, con una forma tan igual y simétrica… Como las pantorrillas firmes de la danzarina, el antebrazo supermusculoso del profesional del tenis, el caminar de puntillas, como los palomos, del vaquero, o la espalda doblada de la viuda, aquella exageración abdominal era reflejo de algo: de la sumisa ama de casa.

¿Era aquello lo que todos ellos querían que ella fuese?

¿Era aquello lo que ella quería ser?

Al día siguiente, Ethel anunció que aquella noche ella prepararía la cena.

Insistió en hacerlo todo sola: la compra, a pie, la preparación y sazonado de la carne para rellenar los zucchini tiernos, el guisado de los pedazos de cordero en aceite de oliva, cebollas y tomates antes de añadir las judías verdes.

Dejó el arroz para lo último.

Agotada y satisfecha -aunque no dispuesta a repetir la experiencia al día siguiente- pidió a Noola que vigilara el arroz, abrió las ventanas de su habitación y se tendió.

El olor de comida quemada la despertó.

Su temor quedó justificado en la cocina. ¡El arroz!

Buscó a Noola en el porche.

– ¿Pero no te ha llegado el olor a quemado?

– No. ¿Qué ha sucedido?

– Se ha quemado el arroz. Está pegado en el fondo de la cazuela.

– Quizás es que no pusiste mantequilla suficiente.

– Puse la que tú me dijiste. Creía que tú ibas a vigilarlo por mí.

– Mira, Ethel, una cocinera nunca debe dejar al cuidado de los otros lo que ha dejado en el fuego.

– Tú querías que se pegara, ¿no es verdad?

Noola se levantó.

– No te preocupes -dijo-. Voy a preparar más arroz.

– Eso es lo que tú querías.

Noola entró en la casa.

Costa no se impresionó con la comida.

– Enséñale más -dijo a su mujer.

– Inténtalo otra vez mañana -dijo a Ethel. Ethel tampoco tuvo gran opinión de esa comida. -Noola, café -dijo Costa.

– Yo lo prepararé -dijo Ethel. Pero Noola ya había ido.

– Deja que lo haga ella -dijo Costa-. Mañana prueba otra vez -repitió.

«¿Una orden o una sugerencia?», pensó Ethel.

– Mañana me voy a Tampa -dijo.

No se le había ocurrido hasta que lo hubo dicho.

– ¿Para qué? -quiso saber Costa.

– Para comprarme un vestido bonito para regresar.

– ¿Qué pasa con ese vestido?

– Quiero tener un aspecto maravilloso.

– ¿Qué diferencia en cómo tengas aspecto? El estará contento de verte.

– ¿Lo crees así?

– Seguro. ¿Qué te pasa a ti?

Ethel ahora dudaba de todo. Sabía lo que estaba aproximándose: uno de sus días malos; ya había estado ahí antes. Problemas.

– Ve a Clearwater -ordenó Costa-. Tampa mala ciudad. Muchas tiendas bonitas en Clearwater. Allí donde ella compró vestido para tu boda. ¿No te gusta ese vestido? ¿Eh? ¡Clearwater!

– Muy bien -dijo Ethel.

«Me iré a cualquier maldito lugar que a mí me guste», se dijo a sí misma.

Al día siguiente Costa se fue apresuradamente a «Las 3 Bes», murmurando algo sobre el cebo vivo que tenía que ser repuesto.

– Noola no entiende eso -dijo malhumorado.

Se había terminado la luna de miel. Noola debió de haber informado a Costa que Ethel había abandonado a su hijo sin ninguna explicación o excusa.

Inesperadamente, Aleko el Levendis apareció.

– Costa quiere que te acompañe hasta el autobús de Clearwater – dijo.

¿Escolta o guardia?, estuvo pensando Ethel.

10

El autobús estaba lleno. Ethel encontró un asiento junto a la última ventanilla. Un hombre joven que leía un libro, estaba en el asiento del pasillo.

Ethel notó alivio al estar sola, sentirse libre, estar consigo misma; se sintió liberada del confinamiento.

El movimiento del autobús estimuló su cuerpo. Abrió la ventana para recibir la brisa y dejó reposar su cabeza en la parte superior del respaldo. Estiró las piernas y dejó que el autobús la meciera.

Se dio cuenta de que el muchacho junto a ella «accidentalmente» apretaba su rodilla contra la de ella. Pero no movió la suya. Pretendiendo mirar la carretera del otro lado, examinó a su vecino con el rabillo del ojo.

Tenía la nariz larga y los ojos bastante juntos. Por debajo del labio superior veía los extremos de sus dientes superiores frontales. Estaba dejándose el bigote. Ethel esperó que él la mirara.

Pero él no lo hizo. Prefería ser culpable.

Ethel sabía por qué ella apretaba su rodilla contra la de él. Se sentía perversa. Quería saber hasta dónde llegaría él. Ese muchacho era patético, ¡mendigar las migajas de aquel modo! ¿Qué mujer respondería a aquello?

¡La rodilla del muchacho estaba temblando!

Si ese chico tenía tan poca confianza en sí mismo, lo que ella estaba haciendo destruiría lo poco que él tenía. Era mejor que se detuviera inmediatamente.

Ethel se levantó. El autobús había llegado al cruce en donde la carretera de Tampa se desvía a Clearwater.

Hasta aquel momento, Ethel había tenido intención de ir a Clearwater.

– Perdóneme -dijo.

– Seguro -dijo el joven. Se aclaró la garganta. Dijo otra vez-: Seguro -y sonrió sin mirarla.

Ethel cruzó la carretera hacia donde el tráfico se dirigía a Tampa. Pensó compasivamente en el muchacho del autobús. ¡Cuan solitario debía de sentirse ahora! Pensó si habría tenido una erección. Ethel sabía que el movimiento de un autobús podía causar eso a un hombre joven.

La había afectado.

El día era caluroso, y se preveía más calor.

Decidió hacer autostop hasta Tampa.

¿Por qué se sentía de esa manera? Aquel muchacho no tenía ningún atractivo, no podía ser por él. Lo que había sucedido estaba enteramente dentro de su propio cuerpo, dentro de Ethel.

– Dios. -Respiró hondo. – ¡Oh, Dios!

¿Qué necesitaba? ¿Qué buscaba? Algo que ella misma no lograba comprender.

Sabía que si Noola la viera ahora con el pulgar alzado, pidiendo a cualquiera y a todos que la recogieran, Noola no sentiría ninguna compasión. El hecho simple era que Ethel no gustaba a Noola pero sí a Costa. Bueno, siempre había gustado más a los hombres que a las mujeres. Noola sólo era capaz de pensar en su hijito Teddy. Una manera segura de arruinar a un hijo.

Bueno, ella también sería así, si alguna vez tuviera un hijo.

Noola le había preguntado lo que Costa no se había atrevido… o no supo cómo hacerlo: ¿usaba algún contraceptivo?

– Tomo la pildora -respondió ella.

Noola había sacudido la cabeza.

– No quiero tener un bebé en la Marina -explicó Ethel por tercera vez. ¿Por qué no podía Noola comprender eso?

– ¿Cuándo, entonces? -había respondido. -Cuando la deje.

– Eso puede significar mucho tiempo.

– Lo hemos discutido -había dicho Ethel-, y Teddy está de acuerdo.

– Teddy está de acuerdo, pero Costa se está impacientando.

Eso rompió el hielo y ambas se echaron a reír.

Después, Noola la acompañó a la puerta de la habitación y allí remachó el argumento.

– Quizá sería mejor si tú estuvieras fuera de la Marina, como dices. Pero ahora él está allí. Y tú deberías estar en el mismo lugar. Es muy peligroso que los casados vivan aparte.

En fin, qué demonios podía responder Ethel a eso, excepto lo que hizo:

– Buenas noches -dejando que Noola cerrara la puerta detrás de ella.

Un auto se detuvo junto a Ethel. Era una camioneta de transporte. Eso ofrecía seguridad, pensó Ethel.

El conductor era un hombre alrededor de los treinta, un latino, pero no mexicano como los que ella había visto alrededor de Tucson, sino puertorriqueño, o quizá cubano, algo parecido.

Parecía haberla recogido para regañarla.

– ¿Qué es lo que demonios estás haciendo pidiendo que te lleven de esta manera? ¿No sabes que puedes tener problemas pidiendo que te lleven? ¿Qué es lo que te pasa?

– ¡Oh!

– ¿Oh, qué? ¿Qué significa «oh»?

– Lo que quiero decir es que tú no pareces ese tipo de persona.

– ¿Y cómo lo sabes? No lo soy, pero, ¿cómo demonios lo sabes tú?

– Mirándote. Puedo adivinarlo.

– ¿Estás tratando de decirme que cuando me viste acercándome por la carretera con el sol en mi parabrisas podías adivinar qué clase de persona era yo? ¿Qué crees tú, que soy idiota?

– Claro que no pienso eso.

– ¿Y tú qué eres, de todos modos… una especie de vagabunda?

– Déjame bajar aquí, por favor.

– Aquí no puedo parar. Te dejaré en el próximo semáforo; allí hay una parada de autobús. ¿Vas a Tampa?

– Creo que sí.

– ¡Tú lo crees! ¡Jesucristo! ¿Para qué vas a Tampa? Es una ciudad muy mala.

– De compras.

– ¿Para qué?

– Un vestido nuevo. Vaya, eres muy curioso.

– Bueno, pues tomas un autobús, ¡oyes!

– Sabes, no todas las que recoges son vagabundas.

– Tengo mis propias ideas.

– Bueno, pues están equivocadas. Yo soy una mujer casada.

– ¿Y quién no lo está? ¿Y qué tiene que ver eso?

– Mucho.

– A gastar el dinero del marido, ¿eh?

– Es mi propio dinero. Yo lo he ganado.

– ¿Sí? ¿Cómo? De acuerdo, de acuerdo. Tú lo ganaste, y no importa cómo. ¿Y qué va a pensar tu marido de lo que haces? ¿Va a gustarle?

– No lo sé.

– ¿Sabe él que estás haciendo esto?

– Hoy lo he hecho por casualidad. Mi marido confía en mí.

– No es una cuestión de confianza. Soy yo, el tipo que te recoge. ¿Y qué? ¿Confías en mí?

– Ahora sí.

– Bueno, esta vez has acertado, pero…

– La gente generalmente no te molesta, a menos que tú les des pie.

– ¿Qué es lo que pasa contigo… no lees los periódicos?

– No estoy interesada en política.

– ¿Y quién habla de política? ¿Es que no lees lo que está sucediendo? Todos se están volviendo locos en este país. Aquí, ¡lee!

Le dio el periódico sobre el que él estaba sentado. Ethel lo cogió pero no lo miró.

– ¿Puedo preguntarte de dónde eres?

– Santurce.

– ¿San…?

– ¿Eres tan estúpida que no sabes en dónde está Santurce?

– Soy bastante tonta en cuanto a geografía, sí.

– ¿Qué eres?

– Enfermera.

– ¡Enfermera! ¡Dios mío! ¿Ves lo que yo quiero decir, lo que está sucediendo? ¡Una enfermera! Haciendo autostop. ¡Jesús!

– No he tenido ocasión de viajar mucho.

– ¿Has oído hablar de Puerto Rico?

– Naturalmente que he oído cosas de Puerto Rico. No soy tan tonta.

– Cualquiera, quiero decir una chica sola, que espera en una esquina… Si yo fuese tu marido, ¿sabes lo que haría contigo?

– Bueno, es mejor que lo dejemos correr.

– Te llevaría a casa ahora mismo y te daría una paliza.

– ¿Estás casado?

– Claro que estoy casado. Pero mi esposa, también se volvió loca. Todo el mundo se vuelve loco. Especialmente las mujeres. ¡Zorras!

– No me hables de ese modo; no tienes ningún derecho.

– Tengo derecho sobre cualquier persona que hace autostop en la carretera.

– ¿Qué le sucedió a tu mujer?

– No quiero hablar de ella. Se fue a casa. Quiere a su papi más de lo que me quiere a mí.

– Bueno, es bonito amar a los padres, pero no más que al marido.

– Para cambiar, tienes razón.

– ¿Por eso te dejó realmente?

– Bueno, ¿por qué otra cosa crees tú?

– No lo sé. Te lo he preguntado.

– No le gusta estar aquí. Nunca pudo hacer amigos, dice ella, no tiene con quién hablar, dice ella. Yo le dije que no puedo ganarme la vida en Santurce. Aquí a lo mejor puedo hacer algún ahorrillo.

– Tú pareces ser… esta camioneta es bonita.

– Me defiendo muy bien, no te preocupes. Excepto hoy. Hoy es un fracaso. Huevos de ganso, ¡cero!

– Lo siento.

– Quisiera matar a todos hoy.

– ¿Por eso has sido tan malicioso conmigo?

– Sólo he tratado de hacerte entender lo peligroso que es lo que estás haciendo. Por tu propio bien.

– Oh, claro. Bueno, gracias.

– Me has encontrado en un mal día.

– Ya puedo verlo. ¿Qué ha sucedido?

– No te importa. Mira atrás.

Ethel se volvió en su asiento y miró a través de la ventanilla de la cabina. Se volvió después y miró al hombre. Miró sus manos en el volante. Eran fuertes y pesadas. Corno las manos de Costa.

– De acuerdo.

– ¿De acuerdo qué? -Ya he mirado.

– ¿Has visto esas barras de ventana?

– ¿Es eso lo que son?

– Eres estúpida. Aun siendo mujer. ¿Qué es lo que te parecieron?

– Barras de ventana, ¿no?

– Claro. Ese es mi negocio. Mira.

Alargó la mano hacia un gancho sobre el parabrisas y cogió una factura que dio a Ethel para que la leyera.

Ethel leyó en voz alta.

– «Julio Ramírez»…

– Dilo bien, Ju-li-o, por el amor de Dios. Dilo bien.

– Julio Ramírez. Herrajes. Trabajos por encargo. -Sigue. Lee el resto.

– Rejas para porches, barras para ventanas, parrillas, por encargo, barandas de balcones, escaleras… -Esa es mi especialidad. -¡Noventa y nueve dólares! ¿Es eso por…? -¿Te parece un montón de dinero?

– No lo sé.

– Tal como lo has dicho, pensé que quizá…

– No, no…

– Es muy barato por el trabajo que hago. Mira eso de ahí.

– Veo que ahí hay mucho trabajo.

– Tengo muchos encargos, y eso es la prueba. Tengo encargos p.ira seis meses. Ahora estoy haciendo una escalera muy bonita, curvada, como si pudieras subir al cielo con ella. Pero la mayor parte de mi trabajo son barras de ventana. ¿Sabes?, en ese país, ahora, hay muchos criminales. Como en Puerto Rico. Ahora la gente está haciendo lo que es necesario… poner barras a todo lo que esté a ras del suelo.

– Ya entiendo lo que quieres decir.

– ¿Lo que quiero decir? Tú no sabes lo que yo quiero decir. -Bueno, quizá no exactamente.

– Entonces, ¿por qué lo dices?

– Quiero decir sobre el mundo lleno de gente infeliz. Entiendo lo que tú quieres decir sobre eso.

– No infelices únicamente. Mentirosos, ladrones, gente terrible. Criminales. Como ese hombre -señaló el cargamento a su espalda- que han entrado cuatro veces en su casa. Se va a pescar, vuelve a casa, y la televisión ya no está; se va a las carreras con su mujer, y el secador de pelo desaparece. De modo que ha venido a mi taller. Le he enseñado lo que he estado haciendo para ese otro tipo y me ha dicho que de acuerdo, que lo haga también. De modo que hoy voy ahí para colocar esas barras y el tío me dice: «¡Llévatelas de aquí! ¡Con eso mi casa parecería una prisión!», me ha dicho.

– Ya entiendo.

– Tú no entiendes nada. De modo que yo le digo: «Usted las encargó, y aquí están.» Y él dice: «No quiero vivir en una prisión. Prefiero que me roben cada día.»

– Entiendo.

– ¿Qué? ¿Qué es lo que entiendes?

– Eso de vivir en una prisión.

– ¡Tío lechuzo, él las encargó! ¡Yo le enseñé cómo serían! -Entiendo lo que quieres decir.

– Una mierda tú entiendes, y perdóname. Pero ¡nada! ¡Nlente! ¡Nada! Eres tan boba… «Usted vive en una jungla -le dije a ese hombre-. ¿Qué es lo que quiere usted? No puede dormir, tiene un aspecto terrible, con ojeras. Cuando yo ponga esas barras en sus ventanas usted y su esposa podrán dormir bien, para cambiar, vale noventa…»

– Lo sé. El dormir lo es todo.

– Qué tonta eres… ¡Las chicas americanas sois tan tontas!

– ¿Son más listas las chicas de Puerto Rico?

– No, son peores. Quieren a sus papis más que a sus maridos.

– Así que, ¿por qué me recogiste?

– Pero, por lo menos, a ellas las tenemos a raya. No verás a ninguna chica de la isla haciendo autostop. ¿Lo entiendes?

– No supiste tener a tu esposa a raya, me parece, y perdóname.

– No juegues conmigo, jovencita, ¡no te burles de mí!

– No estoy burlándome…

– Debería llevarte a casa y darte una buena paliza para que no fueses por ahí haciendo autostop. No quiero que hagas eso nunca más, nunca más.

Ethel miró otra vez por la ventanilla de la cabina.

– Haces un buen trabajo -dijo Ethel.

– ¿Y cómo puedes decir eso? ¿Qué sabes tú del buen trabajo?

– Las miro y veo que es un buen trabajo.

– Deberías ver la escalera que estoy haciendo. Entonces sí que tendrías razón. Eso no es nada, eso que hay ahí. ¡Pesado! ¡Torpe! ¿Cómo demonios se puede hacer un trabajo artístico con barras de ventana? El hombre tenía toda la razón en no quererlas delante de sus ventanas. Las hice demasiado gruesas.

– Eso está bien.

– ¿Qué es lo que está bien?

– Que admitas eso, y que te fueses.

– Yo no me he ido. Son lo bastante buenas para él. Parece un puerco, deberías verlo, un hombre gordo y pesado; esas barras son perfectas para él.

Ethel soltó la carcajada. Ese tipo la divertía. La liberaba de sus preocupaciones.

– ¿De qué te ríes ahora? -le preguntó él.

– Del modo que hablas. Eres un artista, tienes razón.

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Puedo ver cómo trabajas?

– ¿Qué?

– Me gustaría…

– No.

– Sólo un ratito.

– ¿Qué es lo que estás tramando?

– Nada. Creo que ese trabajo es bello, del modo que esas barras están torcidas.

– Pensaba que a lo mejor tenías alguna otra intención.

– ¿Otra intención? ¿Oh, eso? No, yo no hago eso.

– Porque yo no tengo tiempo para esas cosas.

– Lo sé.

– Y no me gusta… -se interrumpió.

– ¿Qué? ¿Qué es lo que no te gusta?

– Las chicas frescas. ¿Lo entiendes, lista?

– Yo no soy una chica fresca.

– Todas las chicas de aquí vienen a mi taller, y dan vueltas, dan vueltas… ¿Qué demonios queréis?, grito yo. «Nada -me responden-. Nada. Sólo miramos, ¿de acuerdo?» ¿Sólo miran? Y una mierda, hombre.

Observó entonces que Ethel estaba llorando.

– ¿Y ahora qué es lo que te pasa? -preguntó.

– No tienes ningún derecho de ser tan cruel conmigo. ¿Por qué me hablas de ese modo? Yo no te he hecho ningún daño. ¿Cómo puedes ser tan rudo conmigo?

– Lo siento -dijo él- pero, sabes a lo que me refiero, ¿verdad?

– No. No sé a lo que tú te refieres. No me gusta que la gente sea ruda conmigo. No sé por qué la gente no puede ser amable hacia los demás. Ya es bastante difícil vivir sin que, además, haya que soportar siempre esas rudezas.

– Ya puedes decir eso otra vez, nena.

– Así que serás amable conmigo, ¿verdad?

– De acuerdo, ven a verme trabajar.

– No, olvídalo.

– Me gustaría que vinieras a verme trabajar, por favor, ¿de acuerdo?

– Sólo si tú realmente…

– Yo deseo realmente que vengas, ¿de acuerdo?

Ethel no respondió, mirando por la ventanilla del auto.

– ¿Tú eres casada, o algo parecido?

– Ya te lo he dicho.

– Quiero decir la verdad.

– Estoy casada, de verdad.

– ¿Amas a tu marido?

– Mucho, muchísimo.

– Así lo espero.

– Mi marido es un hombre maravilloso.

– Entonces, ¿por qué demonios te deja andar por ahí y meterte en líos?

– Yo no me meto en ningún lío.

– Porque has tenido suerte, porque soy yo, porque yo sé lo que está bien. Pero, suponiendo que fuese otra persona… ¡Bang!

– Si hubiese sido otra persona yo no hubiera ido a su casa… quiero decir, adonde trabajas.

El hombre permaneció silencioso durante algún tiempo, y entonces:

– Es mejor que te apees aquí. Parada de autobús. De acuerdo.

Ethel no respondió.

Apoyó la cabeza en la parte superior del asiento, blando y tibio, cerró los ojos y se dejó llevar por el suave traqueteo de la camioneta.

El hombre no se paró.

Su taller había sido una cuadra de caballos abandonada y convertida después en garaje, y abandonado nuevamente por estar construido de madera y no disponer de los armazones metálicos o del piso de cemento necesario para la maquinaria pesada utilizada en un garaje moderno. Pero el lugar resultaba perfecto para Julio.

Julio trabajaba en una barra de hierro de 4 X 4 que a golpes convertía en piezas planas que cortaba y adaptaba a los lados de su escalera curvada; trabajaba sobre un fuego abierto de carbón, con tenazas y un yunque, un martillo como un puño de metal y un gran depósito de agua. Seguro de su trabajo, ahora presumía un poco ante Ethel.

– Puedo tirar adelante sin ella, ya lo creo. Me refiero a mi mujer. Pero mi chica, echo tanto de menos a mi hija, maldita sea… mi mujer, quiero decir.

Golpeó la pieza, haciéndola cada vez más plana, la sostenía en lo alto, la dejaba de nuevo y seguía golpeando.

– ¿Cómo se llama? -gritó Ethel. -¿Mi hija? Ciela.

– Es un nombre muy bello. ¡Ci-e-la!

– Cierto. ¿Tienes hijos tú? ¡Bom, bom!

– Somos recién casados.

Julio dejó el martillo, examinó la pieza plana y dio su aprobación.

– ¡Ciela! ¿Sabes lo que significa?

– Dímelo.

– ¿Ves eso? -Lo sostuvo en alto para que Ethel lo viera. Estaba al rojo vivo. – ¿Ves esa curva? Perfecta. ¡Uniforme, lisa!

– Es bella.

– ¡Cíela! Cielo. Como si dijeras celestial, ¿entiendes?

– Es bello ese nombre, Ciela. -Después te enseñaré su retrato.

– Pareces acalorado -dijo Ethel-. ¿Quieres que te traiga un trago de agua?

– Sí. Arriba, vivo arriba. Ya puedes subir. No hay nadie.

Mientras Julio trabajaba en otra pieza, Ethel anduvo de puntillas por su alojamiento. Había una cocina pequeña en donde Julio comía, y un dormitorio. La cama estaba por hacer. Ethel la hizo.

Al hacerla recordó que las bragas que aquella mañana se había puesto eran viejas y usadas y se había soltado el elástico.

En el escritorio había la fotografía de una mujer joven, también puertorriqueña, pensó ella, sosteniendo un bebé. Ciela.

– Es una niña muy bonita, ésa de la fotografía -dijo Ethel a Julio cuando le llevó la bebida.

– Sí, una buena niña. Ahora tiene ya cuatro años.

– Tu esposa, ¿tiene la cara bonita? -preguntó Ethel.

– Yo así lo creía. Pero se fue a casa, a la isla. Me dijo: «Cuando ahorres bastantes dólares ven a buscarme; yo estaré allí.» Entretanto he oído decir que está con otro. Las mujeres han de estar con alguien. Así es como son. La verdad es que ella prefiere sus padres a mí. Así, muy bien, quédate con ellos, haz lo que te plazca, sé feliz, como dijiste, con tanta franqueza. ¿Eh? ¡Vigila!

Sumergió en el agua el fragmento de tira de metal trabajada.

Chisporroteó primero y siseó después; después quedó en silencio.

– Muy bien -dijo Ethel.

– ¿Dónde está tu marido?

– En la Marina.

– ¿Te gusta tu marido?

– Ya te lo he dicho. Le quiero. ¿Qué es lo que crees?

– Creo lo que sigo creyendo. ¿Cuándo has de marchar?

– ¿Qué hora es?

– La una. Ahora voy a dejar el trabajo para almorzar.

– Tengo que irme.

– ¿Justo cuando yo paro de trabajar? Espera hasta después del almuerzo. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Me lavo las manos.

Subió la escalera impetuosamente. Los escalones trepidaron mientras él subía.

Ethel sabía que era ahora o nunca.

– Sube -dijo Julio.

Ethel no respondió.

– Vamos, sube, vamos. No dispongo de todo el día…

Costa estaba hablándole.

– Así que, ¿qué has hecho todo el día? -preguntó. La cena consistía en cordero guisado, cubierto de verduras, el inevitable arroz y yogur.

– Me fui al cine.

– Tonterías. -Costa masticaba. – Despilfarro de dinero.

– ¿Qué has visto? -preguntó Noola.

– Frank Sinatra y Cary Grant empujando un cañón por ahí. Creo que se trataba de España.

Ethel no sabía si Noola la había creído. Frente a su marido la mujer llevaba un velo.

Costa comió sin hablar. Ethel observó otra vez sus manos. Eran grandes, pesadas y fuertes como las de Julio.

¿Por qué debería Noola creerla? Ethel había visto esa película hacía algunos meses en San Diego y había observado que se anunciaba en el periódico del día anterior.

¿O fue en el periódico del domingo?

– ¿Qué te pasa Ethel? ¿En qué estás soñando? -Noola ahora estaba juzgándola abiertamente.

– ¿Por qué?

– La manera en que estás mirando, ¿a nada? ¿Qué es lo que piensas?

Ethel confió en que la película la sacaría de apuros. ¿Sabía Noola lo suficiente sobre cine para saber si o no…?

– Estaba pensando en lo agradable que sois los dos -dijo.

– En una familia no son necesarios los cumplidos -dijo Noola-. Además, no somos tan agradables. Nadie lo es.

Ethel alargó la mano por encima de la mesa deslizando suavemente la palma sobre la mano de Costa.

– Me gustan tus manos -dijo-. Me hacen sentir segura.

Costa se encogió de hombros, cogió el hueso de una chuleta y lo mordisqueó.

Tenía que desprenderse de aquel periódico del domingo. Sabía dónde estaba, en el cuarto de estar… sobre la televisión, doblado en la página en donde se anunciaba el programa semanal.

– ¿Cuándo te vas mañana? -preguntó Noola.

– Mi avión sale a las cinco. Costa, a lo mejor podrías llevarme.

– Costa no conduce. ¿No lo sabías?

– Encontré a ese maldito Levendis -dijo Costa sin interrumpir su ingestión de comida.

¿Habría notado Noola su vestido nuevo?, pensó Ethel. Encontró uno muy parecido de forma y color al que Julio había destrozado. Los ojos de Noola no se habían detenido en él. Probablemente no se había dado cuenta.

– ¿En qué estás pensando ahora? ¿Soñando otra vez?

Noola sonreía… ¿afectuosamente?

Ethel no se había dado cuenta del largo rato que había transcurrido en silencio.

– En aquella ciudad hay gente terrible -dijo Ethel.

– Clearwater es una ciudad muy bonita -dijo Noola.

– Muchos griegos allí. -Costa seguía comiendo.

– Estoy hablando de Tampa.

– Te dije que no fueses a Tampa. – Costa cesó de masticar y la miró severamente. – ¿No te dije yo eso?

– Bueno, pues fui. Pero cuando vi la gente de esa ciudad, ¡Dios mío! Tú tenías razón.

– Claro que tengo razón.

– ¿En dónde compraste tu vestido nuevo? -preguntó Noola.

– He olvidado el nombre de la tienda. Justo en medio de la ciudad. Hay una etiqueta en la espalda, si realmente quieres saber dónde.

– No has traído el otro vestido, el que llevabas.

– Lo tiré. Ya estaba cansada y fastidiada de ese vestido. A propósito, ¿quién es san Judas?

Costa partió un pedazo grueso de corteza de pan y comenzó a rebañar la salsa de su plato.

– ¿Quién sabe? -dijo -. Alguna especie de santo romano.

– ¡Oh, san Judas! -había dicho Julio-. ¡Oh, Dios! ¡Madre de

Dios!

– ¿Quién es san Judas? -le había preguntado Ethel-. A los otros dos ya los conozco.

Julio estaba tendido de espaldas y ella apoyada en un codo, mirándolo. Ethel sabía que su expresión expresaba cierta burla porque estaba pensando: ¿cómo es que he venido a enredarme con este hombre?

– San Judas es el santo de lo imposible. Y eso eres tú… ¡imposible!

Ethel, durante la cena, sonrió. Recordó que aquello la había complacido.

– Siempre pensé que era imposible que yo consiguiera una chica como tú -había dicho Julio.

– Yo creo que es el santo de las causas perdidas -dijo Noola.

Mi nueva chica tan bella. -Julio le sonrió. Ya se mostraba posesivo, observó Ethel.

– ¿Por qué has preguntado eso? -dijo Noola.

– ¿Qué cosa?

– ¿Por qué has preguntado sobre san Judas, así, de repente?

– Lo he visto en muchos sitios de Tampa, en los escaparates… retratos y estatuillas y vasos altos de cera de colores, como cirios. Una lamparilla para san Judas. Todos le necesitamos.

– De acuerdo, ¡terminado! -anunció Costa alejando de sí el plato.

– ¿Has terminado? -le preguntó Noola a Ethel. Ethel le entregó su plato.

– No has comido mucho -dijo Noola. Iba a recoger lo que Ethel había dejado en su plato poniéndolo en el suyo para poder apilarlos-. ¿Seguro que has comido suficiente, Ethel?

– Sí -dijo Ethel-. Ya he terminado.

– Yo no he terminado -había dicho Julio -. No te levantes.

– ¿Qué hora es?

– ¿Y qué importa eso? ¿Sabes una cosa? Tienes el coño color naranja. Ya he visto muchos, pero nunca vi uno como el tuyo… de dentro, quiero decir. Y tienes tan poco pelo ahí, como una niña, casi como mi Cíela. Y también es naranja dentro. Nuestras mujeres tienen el pelo tan espeso ahí, tan negro y grueso.

Noola se levantó de la mesa, llevando los platos a la cocina. Ethel recordó que fue entonces cuando ella se había levantado para marcharse.

– No te vayas -le había dicho Julio. Esta vez se parecía más a una orden.

– Tengo que irme.

– Tú no tienes por qué hacer nada.

Intentó atraerla nuevamente a la cama.

– No lo hagas, por favor. Duele.

Julio la soltó profiriendo excusas; todavía no se mostraba malévolo.

– Quédate un poco -le había dicho -. Hoy ya no volveré al trabajo. No trabajaré nunca más si tú te quedas conmigo. ¿Qué te parece?

Ethel estaba buscando el sujetador en la cama revuelta.

– Tengo que irme de verdad. Perdóname.

– ¿Cuándo volverás?

– No volveré.

– Sí, has de volver. Tienes que volver.

– Yo no tengo por qué hacer nada.

– ¿Qué es lo que te pasa… no te gusto?

– Sí, me gustas.

– Mejor que sea así.

– ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

– ¿Qué cosa?

– Tus manos.

– ¿Y qué pasa con el resto de… ya sabes?

– Nada. Simplemente me gustan tus manos. Está aquí. Perdóname.

Julio se movió para que ella pudiera tirar de su sujetador que estaba debajo de la almohada. Ethel observó que cuando ella había dicho aquello de preferir sus manos, el pene se le había encogido de golpe. «¡Qué mecanismo tan raro es un pene!», pensó ella. ¡Con qué facilidad se turbaba! Ahora recordaba que ella se rió cuando notó que se le encogía como si hiciera una retirada.

– ¿De qué te ríes? -Julio se había cubierto con una sábana.

– Oh, es mi propia cabeza loca.

– ¿Alguna vez te habían jodido como yo lo he hecho? Dime la verdad. Te apuesto algo a que nunca lo hicieron, ¿eh? ¿Qué dices?

Ethel se inclinó dejando caer los pechos en las copas de su sujetador, incorporándose después y poniendo detrás las manos para abrocharlo.

– ¿Estás pidiendo alabanzas?

– Claro. ¿Por qué no? La verdad.

– Bueno, ¿cuál? ¿La verdad? Mi experiencia es que la mayoría de los hombres lo hacen del mismo modo, con algo de frenesí, como si no les gustara realmente o no estuvieran seguros de que van a mantenerla en alto. Así que la ensartan tan aprisa como pueden; nosotras nos cogemos adonde podemos, si podemos.

– Así nos hizo Dios.

– Dale la culpa a Dios.

– Naturaleza.

– Y a la Naturaleza. -Ethel buscaba sus bragas.

– Bueno, nena, afrontemos la realidad, vosotras no tenéis nada para joder.

– Podría decir algo, pero no voy a hacerlo.

– ¿Qué demonios eres tú… una de esas mujeres que quisieran ser hombre?

– Probablemente. -Había encontrado sus zapatos.

– Eso es lo que yo he pensado… tú eres una de ésas.

– Yo no soy realmente una de ésas nada.

«Oh, dejemos estar las bragas -pensó -. De todos modos están rotas.» Recogió su vestido del suelo y lo revolvió entre las manos.

– Ya sé lo que tú eres… tú eres una de esas mujeres que necesita un tipo diferente cada noche para estimularse. A lo mejor es eso, ¿eh?

– Ya te he dicho que yo no soy nada, ninguna de ésas. ¡No lo hagas! ¡No me hagas eso!

En pie, fuera de la cama, Julio había intentado agarrarla.

Ella había liberado su mano del agarrón.

– Supe lo que eras en el mismo momento en que subiste a mi vehículo.

– Bueno, pues te equivocaste.

Ethel estaba poniéndose el vestido, abotonándolo rápidamente.

– Todas vosotras, zorras alocadas, sois lo mismo. Sabía lo que tenías en el cerebro, desde que te vi.

– Pues no tenía esa intención, ¿sabes…? No tenía ni la más remota idea…

– Lo siento por tu marido -dijo Julio mientras se ponía los pantalones.

– Adiós.

– Es mejor que te peines, porque ahora pareces lo que eres.

Ethel se dirigió rápidamente al espejo.

Julio había ido al fregadero del rincón. De puntillas, se sacó el pene de la bragueta y se puso a enjabonarlo.

– Sí, siento lástima de tu marido -dijo -. Si es que tienes uno realmente.

– Tengo uno realmente y no necesita de tu lástima.

– ¡Debe de ser una especie de mariquita! Ethel cogió una botella del suelo y se la arrojó.

– ¡No te atrevas a decir eso! ¡Vale más que veinte como tú, cualquier día, cualquier día! ¡En su cuerpo no hay ni un solo hueso que no esté sano!

Fue entonces cuando él la persiguió de nuevo, y Ethel no deseaba recordar ese momento.

Noola volvió de la cocina para recoger el resto de los platos.

– La mayoría de la gente es mala -dijo Ethel a su suegra-, pero, ¿sabes?, en el cuerpo de Teddy no hay ni un solo hueso que no esté sano.

– ¿Por qué, entonces, viniste aquí?

– Ya te lo dije: quería conoceros un poco mejor. Pero voy a volver mañana. -Estaba ya harta del fisgoneo de Noola.

– Primero procura conocer bien a Teddy -dijo Noola.

– ¡Noola! ¡No sigas! -intervino Costa-. ¡Prepara café! La mesa estaba levantada y Noola salió de la habitación.

– Ella ama a su hijo -se excusó Costa-. Es una buena mujer. -Miró su reloj. – Las nueve. Lucha -dijo, y salió de la habitación.

– ¿Qué es lo que te ha sucedido hoy, Ethel?

– Noola había regresado, plegando el mantel-. ¿Te ha sucedido hoy algo?

– Sólo lo que he contado -dijo Ethel-. No sé qué quieres decir.

– Yo no sé lo que quiero decir -dijo Noola-, pero tú sí lo sabes. Estás tan pálida. ¿Eh? ¿Qué ha sucedido? ¿Nada? De acuerdo, pues no ha sucedido nada.

Guardó el mantel en el pesado aparador de roble y se fue a la cocina.

Ethel estaba nuevamente sola y la respiración se le aceleraba. Miró la fotografía enmarcada de Teddy colgada de la pared.

– Quizá tu marido no necesita mi piedad -había dicho Julio-. Quizá necesita la tuya… ¿Qué dices a eso?

– Nada.

Había hecho todo lo posible con su cabello, pero seguía hecho un lío. Se detuvo y compró un cepillo entrando en el lavabo de señoras de la estación de autobuses.

– Adiós -había dicho ella dirigiéndose a la puerta.

– Olvidas tus bragas.

– ¿Dónde están, lo sabes?

– A lo mejor es que no las necesitas, ¿eh? Julio había lavado su pene y estaba secándolo con una toalla. -Mira en la cama -dijo a Ethel.

Ethel separó la sábana.

– Eh, qué demonios… no me tires la sábana al suelo. ¡Tengo que dormir sobre esa maldita sábana!

– Lo siento.

– Aquí están, en el otro lado, en el suelo. Julio se miraba el pene antes de tapárselo. Ethel volvió las bragas al derecho y comenzó a ponérselas.

– ¿Por qué presumes tanto de maneras finas? Volverse de espaldas, ¡por el amor de Dios! Te he visto de frente; es naranja. ¿Por qué tantos remilgos de repente?

– La próxima vez -le dijo Ethel- lávate antes de hacer el amor con una señora, no después.

– Yo no he visto ninguna señora por aquí, sólo una perra en celo. ¿Es a ella a quien te refieres?

– ¿En qué te convierte eso a ti?

– De mí no te preocupes. Yo sé muy bien lo que soy. Una mierda, como tú.

– Habla por ti.

Recogiendo su bolso, casi lo olvidaba también, Ethel estaba a punto de irse.

– Eres igual que mi mujer, parecida a uno de esos niños ángeles que hay en el altar de la iglesia. Con mucha prisa para ir a casa junto a mami y a papi. «Te espero», me escribió. Y luego me entero de las noticias. Me esperó, sí, me esperó: dos semanas justas.

– Quizás, en parte, tú tengas la culpa. ¿Has pensado en eso alguna vez?

– Ella sigue todo el ritual… misa cada domingo, comunión, confesión, escuela dominical, rezos cada noche antes de meterse en la cama. ¿Crees que rezaría antes de acostarse con ese tipo?

– De modo que todas nosotras somos falsas, pero vosotros, los hombres, vosotros…

– Sí, ya las he conocido todas, pero ninguna tan falsa como tú, nena. ¡Das náusea!

Ethel se volvió y le golpeó en la cara con el bolso.

– ¡Buen disparo! -exclamó Julio, sonriendo-. ¡Sí, tú eres la campeona! «Me gusta ver a la gente cuando trabaja», vaya… ¿Cuántas veces habías dicho eso ya, señora?

– Adiós.

– ¿Te gustaría verme trabajar otra vez? ¿Eh?

– Ya sé cómo trabajas.

– Pero, si me golpeas, esto quiere decir que quieres verme trabajar un poco más… ¿qué dices a eso? Eh, que estoy hablando contigo.

Julio la cogió del brazo, le hizo dar una vuelta, y la miró, afirmando con la cabeza en reconocimiento.

– Creo que antes te he tratado demasiado bien. Ahora voy a demostrarte lo que eres realmente.

– No hagas eso.

– Porque, en tu corazón, eres una puerca, ¿sabes? «Me gusta ver a la gente mientras trabaja», ¡vaya! De acuerdo, tú te lo buscaste.

– ¡No sigas, no sigas! No te quiero más.

– Sí, eres igualito como mi mujer… me excita, me rechaza, como un grifo. ¡Ahora! ¡Ahorano! ¡Vamos! ¡Acabaya! ¡Mierda, señora!

– Estás rasgando mi vestido.

– Que se joda tu vestido.

Tiró de ella y ella le dio un rodillazo en la ingle.

– No sigas, maldito seas -dijo Ethel-. ¿Qué te crees que soy yo?

– Sé bien lo que tú eres. Muy bien, golpéame. Vamos. Golpéame otra vez.

– ¡No lo hagas! No podré salir a la calle…

– ¿Te estoy rompiendo el vestido? ¡Pues quítatelo!

La soltó por un momento. Ella corrió hacia la puerta. Julio la agarró y la arrojó contra la cama.

– De acuerdo, no te lo quites. Déjalo puesto. Yo tampoco me quitaré los pantalones. Mira, aquí, mira, ¿lo ves? Vamos ahora.

La retuvo por la nuca mientras le sacaba las bragas. Las piernas de Ethel se agitaban en el aire.

Acabó tumbándose quieta y se cubrió los ojos con el antebrazo. ¿Qué diferencia había ya? Si seguía luchando tendría marcas en la cara y en el cuerpo que no sabría cómo justificar. Lo otro lo lavaría.

Con los ojos cerrados, silenciosa, esperó que aquello terminara…

Con los ojos cerrados, silenciosa, oía el ruido de los combates de lucha libre desde la otra habitación.

– También he hecho para ti -le dijo Noola cuando iba de la cocina a la habitación de delante llevando el café a su marido.

– Gracias -dijo Ethel, siguiendo hasta donde Noola había dejado la pequeña taza de bordes dorados llena de espeso café azucarado.

– Te ayudaré con los plazos -dijo Ethel a Noola.

– No es necesario. Casi ya están terminados -dijo Noola mientras salía de la habitación.

Ethel se recordó que debía asegurarse de arrancar la página de espectáculos del periódico del domingo cuando se fuese a la cama.

El café estaba demasiado caliente para poder beberlo. Costa sopló por encima de la taza para enfriarlo y sorbió después ruidosamente. Seguía fascinado con aquellos rudos gigantes que, alegremente, se arrojaban al suelo dándose golpes con los codos y los puños. Ethel sabía que todo era un truco, pero los contendientes aparentaban inteligentemente una lucha convincente.

Ella había luchado cuando Julio le había dado la vuelta y apretado, el rostro contra la cama.

– Eres un animal -había dicho él-. Así es como se hace a los animales. -La había golpeado en los hombros con el puño para que se estuviera quieta.

– ¡Eso hace daño! No hagas eso. ¡Lo odio!

– ¡Ahora no vas a poderme olvidar, perra!

– ¡Eso hace daño!

– La próxima vez acuérdate de lavarte antes de joder a un hombre, no después.

Ethel se puso la mano en la boca, y la mordió fuertemente.

– Ahora, ¿dónde está tu papi, eh perra? Vamos, ya puedes comenzar a gritar. jPapi! ¡Papi! ¡Socorro! ¡Socorro! -Comenzó entonces a despotricar en español, y Ethel no supo lo que estaba diciendo.

Abajo, alguien golpeó en la puerta.

– ¡Ramírez! ¡Eh, tú, loco Ramírez! ¿Te has vuelto loco otra vez? ¿Eh? ¿Estás bien ahí arriba, Ramírez?

– ¡Vete a hacer puñetas! ¡ Largo de mi puerta! Claro que estoy bien. ¡Vete!

El rostro de Ethel estaba hundido en la sábana. No se movió.

De pronto Julio salió de Ethel, se sentó y examinó su miembro viril.

– ¡Maldita sea! ¡Mira lo que has hecho!

Se dirigió al lavabo, se bajó los pantalones por debajo de las nalgas abriendo las piernas para sostenerlos. Se enjabonó otra vez, se aclaró, y examinó entonces un pequeño corte, frunciendo el entrecejo y maldiciendo.

Ethel repasaba su vestido. Había sido maltratado y la chica no llevaba enaguas.

– Maldita seas -dijo Julio-. Me has cortado.

– ¿Cómo voy a irme de aquí? -dijo Ethel, hablando consigo misma-. ¡Mira este vestido!

– ¡Zorra! ¡Más que zorra! -Sosteniendo su pene mojado y sangriento, Julio se dirigió al botiquín industrial que había en la pared, cerca del lavabo; encontró un rollo de gasa y comenzó a arrollarlo alrededor de su pene.

Ethel necesitaba una toallita. Volviendo al lavabo vio lo que Julio estaba haciendo.

– ¿Qué ha sucedido?

– Me he cortado. La cremallera.

– Supongo que ha sido por culpa mía.

Julio volvió a meter su pene, ahora convertido en un rollo de vendaje, dentro de los pantalones y subió la cremallera.

– Vamos, vete ahora mismo -dijo a Ethel-. Tengo trabajo.

– ¿Puedo utilizar un momento el lavabo?

– No.

– Mira este vestido. ¿Tienes un alfiler o algo? ¿Cómo voy a salir de aquí?

– Del mismo modo que has entrado. Vamos, vete antes de que te mate.

Fuera, el sol quemaba.

Caminando calle abajo a cortos pasos, Ethel sintió que el semen de Julio se le escurría entre las piernas y sintió pegajosa la ingle.

En la parada del autobús se ajustó nuevamente el vestido, dándole un nuevo pliegue para mantenerlo unido.

Subió al primer autobús que vino, que la llevó al centro de St. Petersburg, vacío a esta hora del día, una plaza sin sombras circundada por unos grandes almacenes, una torre de oficinas y un gran edificio del periódico, todo ello en un color claro. El calor del sol se reflejaba en aquel que permaneciera en el espacio central.

El vestido nuevo que se compró era lo más parecido que pudo encontrar al vestido que tuvo que tirar.

Cuando Costa quedó dormido en su butacón, Noola, que había estado zurciendo sus gruesos calcetines blancos, se levantó y apagó el televisor. El único ruido que se percibía en la casa provenía del calentador de agua de la cocina.

El silencio inquietó a Costa. Se levantó, y como un niño que se va a la cama ya medio dormido, salió de la habitación. Noola comenzó a recoger las tazas de café.

– Cuando yo era una niña, en Asteria -dijo -, ocurrió un terrible accidente en nuestra vecindad. Yo estaba en casa y oí el estruendo desde el otro lado del bulevar Ditmars y salí corriendo calle abajo. Era un muchacho griego que había ido a la misma escuela que yo. Había chocado contra un poste de telégrafos, en el auto de su tío, frente a la iglesia de Saint Demitrios, que en aquellos días estaba junto a los rieles del ferrocarril de Pennsilvania. El despoti declaró que había sido un milagro de nuestro santo, pues el muchacho salió del auto sin un rasguño, aunque el vehículo quedó totalmente destruido. Me acuerdo de cómo estaba el chico, de pie en la acera, el rostro tan blanco como el papel, tan pálido como tú misma ahora; esto es justamente lo que me ha hecho recordarlo. No te has bebido el café.

– Es igual. Llévatelo. ¿Estaba borracho ese chico, porque a veces, cuando han bebido…?

– No, tenía gafe con los accidentes, así lo decían, porque un año después tuvo otro accidente, pero esta vez no fue enfrente de la iglesia de Saint Demitrios y no hubo milagro. Tuvieron que sacar al chico a trozos de aquel auto.

Llevó las tazas a la cocina, volvió, cogió la lista de espectáculos del fin de semana de encima del aparato de televisión, y dijo:

– Hay mucha agua caliente, ¿por qué no te bañas? -y siguió a su marido hacia el fondo de la casa.

Mientras la bañera se llenaba, Ethel repasó su cuerpo, buscando marcas delatoras. No encontró ninguna, únicamente algunos puntos rojizos que, por experiencia, sabía habrían desaparecido por la mañana.

Se lavó el pelo en la bañera, utilizando el champú infantil de «Johnson's», después de lo cual se dejó caer en la bañera, con su fino cabello flotando en el agua humeante. Suavizó el escozor apretando un paño caliente contra su cuerpo.

Se volvió entonces, sumergió el rostro y se mantuvo de aquel modo todo el rato que pudo resistir la respiración. Se sentía de aquella cierta manera que había sentido en los peores momentos de su vida, cuando, durante semanas enteras, no sabía por qué había procedido como lo había hecho.

11

Al día siguiente, Costa encontró un medio de prolongar su visita. Propuso llevar a Ethel al aeropuerto de Tampa en bote.

– No exactamente allí -dijo Costa a la muchacha-, pero desde donde yo te deje, encontrarás fácilmente un taxi.

– ¿No se enfadará Noola?

– ¿Y cómo puede enfadarse? ¡Noola!

– Casi no has estado en la tienda desde que yo he venido.

– Durante treinta años, ¿quién ha traído el pan a casa? ¿Y la carne y el aceite? Ella sabe bien esas cosas, ella no dice nada.

Bajaron por el río Anclote a media velocidad. La tr