/ Language: Español / Genre:detective

El Misterio De Los Hermanos Siameses

Ellery Queen

Ellery Queen y su padre deben poner todo su ingenio a trabajar para resolver un caso en el que todo parece duplicado: los muertos, los hermanos, las claves, las soluciones y quizá incluso los culpables. Pero no hay nada que se resista a la sagacidad e imaginación de los Queen.

Ellery Queen

El Misterio De Los Hermanos Siameses

The Twin-Siamese Mystery, 1933

Personajes

Ellery y el inspector Queen. Equipo de padre e hijo que se encuentran «cautivos» en los montes Tipis, sin necesitar de señales de humo para darse cuenta de que están en un punto cálido.

Bones. Viejo chocho, repleto de arrugas, criado de Xavier y poco menos que desecho humano sin arreglo.

Doctor John Xavier. El doctor «Mayo de Nueva Inglaterra», alto y guapo, que realizaba algunos trabajos secretos hasta que alguien los hizo con él.

Señora Wheary. Ama de llaves de Xavier, seca y estirada, cuidadora de los armarios y de los esqueletos que había en ellos.

Ann Forrest. Joven invitada de ojos castaños, de buen natural pero cuyo metabolismo estaba sufriendo rápidos cambios.

Mark Xavier. El rubio hermano de John, de fuertes espaldas y profundos ojos llenos de antagonismo hacia los Queen.

Doctor Percival Holmes. Ayudante de Xavier, inglés, joven, con los dedos quemados por el laboratorio aunque pareciera tener las manos completamente limpias.

Sarah Xavier. Esposa del doctor, morena, piel aceitunada, aspecto y maneras autoritarias.

Marie Carreau. Bella dama de la buena sociedad, invitada en casa del doctor por alguna razón poco clara que no era, desde luego, su salud.

Francis y Julian. Jóvenes -dieciséis años- y brillantes, bien educados, estaban unidos por algo más que amor fraterno.

Y

¡La Cosa!

Primera parte

El elemento humano es lo único que logra evitar que el mundo sea dominado por asesinos intocables. La complejidad de la mente criminal es también su mayor debilidad. Dadme uno de esos asesinos «listos» y os mostraré un hombre condenado a muerte.

Crimen y criminal, por Luigi Persano

(1928)

El Flecha en llamas

La carretera parecía como si la hubieran hecho con una rosquilla de caucho cocida en el horno de un gigante, movida en toda su serpentina longitud, suelta y enrollada por la falda de la montaña y cuidadosamente aplastada luego. Su costra, tostada por el sol, se había elevado como si alguno de sus ingredientes fuera levadura; se levantaba durante unos cincuenta metros como un pan de maíz y luego, sin razón aparente, se reabsorbía a sí misma otros cincuenta metros, formando bollos mataneumáticos. Y para hacer la vida más excitante al automovilista que caía por allí para su desgracia, subía, bajaba, se inclinaba, retorcía, curvaba, estrechaba con formas casi imposibles de controlar. Y levantaba nubes de polvo y arena, de modo que cada grano venía a incrustarse ferozmente en la piel y la carne de los pobres que circulaban.

Ellery Queen, irreconocible por completo bajo las polvorientas gafas de sol que recubrían sus ojos doloridos y la visera de la gorra bien bajada, las solapas arrugadas de su chaqueta llenas de la suciedad de tres condados y los pocos trozos de piel al aire rojos por una húmeda irritación, curvaba su cuerpo al volante del traqueteado Duesenberg, luchando contra él con una mezcla de desesperación y determinación. Había maldecido cada curva de la supuesta carretera desde Tuckesas, cuarenta millas valle abajo, donde teóricamente empezaba, hasta su situación actual, y estaba ya, ahora, literalmente falto de palabras.

– Es tu propia culpa -dijo su padre rencorosamente-. ¡Corcho! Creías que iba a estar más fresco en las montañas. Estoy como si me hubieran rascado de arriba abajo con papel de lija.

El inspector, como un pequeño árabe gris, con un pañuelo gris protegiendo sus ojos del polvo, había ido incubando un mal humor que ahora, lo mismo que la carretera, explotaba cada cincuenta metros. Se revolvía, gruñía en su asiento al lado de Ellery, y miraba acremente hacia atrás, por encima de la pila de maletas, a la nube de sus huellas. Volvió a la carga.

– Te dije que fueras por el pico Valley, ¿no es así? -blandió su índice en medio del aire caliente-. El, te dije, puedes creerme, en estas perras montañas nunca sabes con qué clase de carretera te vas a topar, te dije; y no, tenías que venir por aquí y empezar a explorar con la noche al caer como un condenado Colón -el inspector hizo una pausa para mirar el cielo que se ennegrecía-. Testarudo igual que tu madre, que en paz descanse -añadió rápido, puesto que, después de todo, era un viejo caballero temeroso de Dios-. Bien, espero que estés satisfecho.

Ellery suspiró y desvió la mirada del zigzag que seguía ante él hacia el cielo. El firmamento entero se tornaba suave y lentamente púrpura, un espectáculo que haría surgir al poeta oculto en cada hombre, pensó, excepto en un cansado, acalorado y hambriento conductor con un jefe a su lado que no sólo gruñía, sino que gruñía con irrefutable lógica. La carretera al pie de las colinas bordeando el Valley parecía agradable; había algo refrescante -sólo a la vista, pensó con tristeza- a la vista de los verdes árboles.

El Duesenberg continuó hacia la creciente negrura.

– Y no sólo eso -continuó el inspector Queen, lanzando una mirada irritada a la carretera por un pliegue del empolvado pañuelo-, sino que es un condenado modo de terminar unas vacaciones. Problemas y nada más que problemas. Me pone a cien por hora y me molesta. ¡Al cuerno, El, estas cosas me importan, destrozan mi apetito!

– El mío no -dijo Ellery con otro suspiro-. Podría comerme un neumático en filetes con ensalada de flejes y salsa de gasolina ahora mismo, de hambre que tengo. Por cierto, ¿dónde demonios estamos?

– Tipis. En algún lugar de los Estados Unidos. Es lo más que te puedo decir.

– Maravilloso. Tipis. ¡Justicia poética para ti! Me hace pensar en un venado asándose en un fuego de leña… ¡Buah! ¡Duesi! Eso era una margarita, ¿no? -el inspector, que en lo alto del badén casi había sentido arrancarle la cabeza, miró; era evidente que en su estado de ánimo «margarita» no era la palabra más apropiada para pensar-. Vamos, vamos, papá. No pienses en esa bobada. Azares del automovilismo. Lo que echas de menos es un whisky escocés, ¡irlandés renegado!… Ahora aquello, por favor.

Habían llegado a un alto en la carretera, tras una de las miles de curvas inesperadas; y, por un extraño milagro, Ellery detuvo el coche. A cientos de pies monte abajo, a su izquierda, estaba Tomahawk Valley, cubierto ya por el manto púrpura que había caído tan suavemente desde los verdes bastiones que se alzaban contra el cielo. El manto se removía como si algo enorme, templado y suavemente animal se estirase bajo él. Un débil gusano gris, la carretera, se retorcía hacia lo lejos monte abajo, medio borrada por el manto purpúreo. No había luces ni asomo de seres o viviendas humanas. El cielo sobre ellos iba estando confuso, y el último tenue resplandor del sol comenzaba a hundirse tras la lejana barrera, al otro lado del Valley. El filo del camino estaba a unos diez pies; de allí se hundía bruscamente y bajaba en verdes saltos hacia el fondo del valle.

Ellery se volvió y miró hacia arriba. El pico Flecha surgía sobre ellos, esmeralda oscura tapizada de pinos y robles y tupidos arbustos. El tejido de follaje ascendía, a simple vista, millas y millas sobre sus cabezas. Arrancó de nuevo el Duesenberg.

– Casi compensa la tortura -murmuró-. Ya me encuentro mejor. ¡Vamos, inspector! Esto es la verdad, la Naturaleza desnuda.

– Demasiado desnuda para mi gusto.

La noche les cubrió de repente, y Ellery encendió las luces. Continuaron adelante en silencio. Ambos miraban al frente, Ellery soñadoramente y el viejo con irritación. Un halo peculiar había comenzado a danzar sobre los reflejos de luz que coronaban la carretera ante ellos. Se movía, giraba, caracoleaba como una niebla perezosa.

– Parece como si estuviésemos llegando a algún lado -murmuró el inspector, parpadeando en la oscuridad-. La carretera empieza a bajar, ¿no? ¿O es mi imaginación?

– Está bajando desde hace un rato -musitó Ellery-. Hace más calor, ¿no? ¿A qué distancia dijo el campesino aquel, el del garaje de Tuckesas, que estaba Osquewa?

– Cincuenta millas. ¡Tuckesas! ¡Osquewa! Corcho, esta tierra es bastante para hacer vomitar a cualquiera.

– No hay romance -saltó Ellery-. ¿No reconoces la belleza de la etimología india? Es ironía. Nuestros compatriotas que viajan por el extranjero pasan la vida quejándose de los nombres extranjeros Lwow, Praga -¿por qué Pra-ha, por todos los santos?-, Brescia, Valdepeñas, y hasta los viejos nombres ingleses, Harwich o Leicestershire. Y ésos son nombres de una sílaba.

– Hmm -dijo el inspector en un tono raro; parpadeó de nuevo.

– Comparados con nuestros nativos Arkansas o Winnebago o Sehoharie, Otsego y Sioux City y Susquehanna y Dios sabe cuáles más. ¡Hablar de herencia! Pieles rojas pintados vagaron por estas montañas a través de Valley y esta montaña que se cae sobre nuestras cabezas. Pieles rojas con mocasines y piel de ciervo curtida, coletas y plumas de pavo. Y el humo de sus señales.

– Hmm -dijo el inspector de nuevo, enderezándose de repente-. Parece talmente como si estuvieran haciéndolas todavía.

– ¿Eh?

– Humo, humo, hijo. ¿Lo ves? -el inspector se levantó, señalando al frente-. ¡Allí! -gritó-. ¡Justo delante de nosotros!

– Tonterías -dijo Ellery con voz cortante-. ¿Cómo va a haber humo por aquí, en este sitio? Probablemente es alguna forma de niebla nocturna. Estas colinas tienen muchas veces cosas curiosas.

– Esta lo hace muy bien -dijo el inspector Queen ceñudo. El polvoriento pañuelo cayó en sus rodillas, suelto. Sus ojillos penetrantes ya no estaban flojos o aburridos. Se echó atrás y fijó la mirada largo rato. Ellery frunció el ceño, lanzó una mirada al retrovisor y la volvió rápidamente hacia delante. La carretera bajaba ahora decididamente hacia el valle y el extraño halo se espesaba a cada metro que descendían.

– ¿Qué sucede, papá? -dijo en tono quedo. Su nariz se tensó. Había un extraño y levemente desagradable picor en el aire.

– Creo -dijo el inspector, recostándose-, creo, El, que mejor será que le pises.

– Es un… -comenzó Ellery débilmente, y tragó saliva.

– Parece exactamente eso.

– ¿Incendio forestal?

– Incendio forestal. ¿Lo hueles ahora?

El pie derecho de Ellery aplastó el acelerador. El Duesenberg saltó hacia delante. El inspector, ya sin mal humor, se inclinó hacia el costado del coche, a su lado, y encendió un potente foco pirata que barrió la falda de la montaña como una escoba luminosa.

Los labios de Ellery se apretaron; ninguno habló.

Pese a su altura y el fresco de la noche en la montaña, un raro calor sofocaba el aire. La bruma entre la que el Duesenberg avanzaba era ahora más amarillenta, y espesa como algodón. Era humo, humo de madera reseca y hojarasca polvorienta que ardían. Sus acres moléculas penetraron en su nariz, quemaron sus pulmones, les hicieron toser, afloraron lágrimas a sus ojos.

A la izquierda, hacia el valle, no se veía más que negrura, como el mar durante la noche.

El inspector se removió.

– Mejor será parar, hijo.

– Sí -murmuró Ellery-. Estaba pensando precisamente eso.

El Duesenberg se detuvo jadeando. Frente a ellos el humo azotaba en furiosas oleadas negras. Y más allá, no muy lejos, a veinte o treinta metros, comenzaban a verse pequeños dientes anaranjados, millares, y lenguas, largas lenguas anaranjadas.

– Está directamente en nuestro camino -dijo Ellery con el mismo tono extraño-. Será mejor que demos la vuelta y nos vayamos.

– ¿Puedes dar la vuelta aquí? -suspiró el inspector.

– Lo intentaré.

Era un asunto de nervios, delicado, en medio de la ardiente oscuridad. El Duesenberg, vieja reliquia de carreras que Ellery había elegido por puro sentimentalismo unos años antes y que había arreglado para uso normal, nunca le había parecido tan largo y complicado. Sudó y juró por lo bajo mientras maniobraba atrás, adelante, atrás y adelante, ganando centímetros poco a poco en cada movimiento, mientras el inspector limpiaba con la mano el parabrisas, mientras el viento caliente hacía ondear sus bigotes.

– Procura ir con cuidado, hijo -dijo el inspector con calma. Sus ojos se elevaron sobre la silenciosa negrura que era la falda del pico Flecha-. Creo que…

– ¿Sí? -notó Ellery, negociando el último giro.

– Creo que el fuego está subiendo monte arriba, tras nosotros.

– ¡Dios mío! Ojalá no, padre.

El Duesenberg se estremeció al tiempo que Ellery fijaba la vista en la tiniebla. Sintió ganas de reír. Era todo demasiado estúpido. ¡Una trampa ardiendo!… El inspector se sentó más adelante, alerta e inmóvil como un ratón. Ellery lanzó una exclamación y pisó el acelerador fuerte, a fondo. Saltaron hacia delante.

Todo ese lado de la montaña bajo ellos estaba ardiendo. El manto se había desgarrado por millares de sitios y los pequeños dientes anaranjados y las largas lenguas mordían y lamían a su gusto la falda, hostiles y cercanos a su propia luz. Todo el paisaje, miniaturizado por la altura, se había, de pronto, puesto a arder. En ese momento mismo, mientras corrían por la infernal carretera por la que habían venido, ambos se dieron cuenta de lo que pasaba. Era a finales de julio y había sido uno de los meses más secos y cálidos desde hacía años. Esta era una zona de bosques casi virgen, una selva de árboles y arbustos achicharrada por el sol, reseca. Era una pura yesca aguardando el fuego. Cualquier excursionista descuidado dejó unas brasas, o tiró una colilla; incluso el calor de unas hojas secas frotadas por la brisa podría haberlo iniciado. Se habría ido corriendo poco a poco bajo los árboles, comiendo la hierba seca y las matas a lo largo de la base de la montaña y, de repente, la brasa habría reventado a arder espontáneamente al llegar el aire más seco de arriba…

El Duesenberg aminoró la marcha, dudó, aceleró, frenó con un chirrido de frenos.

– ¡Estamos atrapados! -gritó Ellery, medio levantado sobre el volante-. ¡Atrás y adelante! -luego, calmándose de pronto, se echó atrás y rebuscó para encontrar un cigarrillo. Su habla era fantasmal-. Es ridículo, ¿verdad? ¡Juicio de fuego! ¿Qué pecados has cometido?

– No hagas el tonto -dijo el inspector, agrio. Se puso en pie y miró rápidamente a derecha e izquierda. Bajo la raya de la carretera las llamas iban royendo.

– Lo gracioso es -murmuró Ellery, dando una larga chupada y expeliendo el humo sin ruido- que yo te he metido en esto. Y está empezando a parecer mi última estupidez… No, no se hace nada mirando, padre. No hay más solución que lanzarse en medio del asunto. La carretera es estrecha y el fuego está llegando ya a la maleza del otro lado -carraspeó de nuevo, pero sus ojos estaban rojos tras sus ruidos y la cara parecía tiza mojada-. No duraremos ni cien metros. No se ve nada, la carretera es todo curvas… Las probabilidades son que si el fuego no nos coge, nos salgamos de la carretera.

El inspector, husmeando, miraba sin hablar.

– Es condenadamente melodramático -dijo Ellery con esfuerzo, observando el valle-. No sé cómo vamos a salir. Sabe a… a charlatanería -tosió y arrojó el cigarrillo con una mueca-. Bueno, ¿cuál es la decisión? ¿Nos quedamos aquí a freírnos o nos jugamos la carta de la carretera, o intentamos trepar monte arriba? Rápido, nuestro anfitrión se impacienta.

El inspector se dejó caer.

– Vamos a verlo. En último caso podemos echarnos monte arriba. ¡Echa a andar!

– A la orden, señor -musitó Ellery, con los ojos doliendo no precisamente por el humo. El Duesenberg se removió-. No sirve de nada mirar, puedes creerme -dijo con la voz teñida de piedad de pronto-. No hay salida. Esta carretera es única, no hay desviaciones… ¡Padre! No te pongas más de pie. ¡Ponte el pañuelo alrededor de la boca y la nariz!

– ¡Te he dicho que sigas! -bramó el viejo con exasperación. Sus ojos estaban rojos y lacrimosos; brillaban como carbones mojados.

El Duesenberg siguió adelante como borracho. El brillo combinado de los tres faros sólo servía para hacer más visibles las serpientes amarillo-blancuzcas de humo que envolvían el coche. Ellery conducía más por instinto que por vista. Trataba desesperadamente, en medio de todo, de recordar con precisión los detalles de la complicada carretera. Había una curva… Tosían constantemente; los ojos de Ellery, protegidos por los anteojos, lloraban también. Un nuevo olor llegó a su nariz, olor a goma quemada. Los neumáticos…

Goteando suavemente, copos de ceniza llegaban a salpicar sus trajes.

De algún punto lejano, allá abajo, llegaba el débil ruido de una sirena persistente. Una alarma, pensó Ellery tristemente, en Osquewa. Habrían visto el fuego y estaban organizando los grupos. Pronto habría hordas de hormiguitas humanas con cubos, regaderas y mangueras hechas en casa, avanzando hacia el bosque incendiado. Esa gente está acostumbrada a luchar con el fuego. Sin duda llegarían a controlar éste, o él mismo se controlaría, o una lluvia providencial lo ahogaría Pero lo que era cierto para Ellery, mientras avanzaba entre el humo, tosiendo y llorando, era que dos caballeros llamados Queen estaban destinados a cumplir con su sino achicharrados en una carretera solitaria de montaña, a muchas millas de Centre Street y de Broadway, y que no habría nadie para contemplar su salida de un mundo que de pronto aparecía imposiblemente dulce y precioso…

– ¡Allí! -chilló el inspector, saltando-. ¡Allí, El! ¡Lo sabía, lo sabía! -y bailaba sobre el asiento, señalando hacia la izquierda con la voz estremecida por las lágrimas de alivio y satisfacción-. Recordaba un camino lateral. ¡Para el coche!

Ellery apretó los frenos con el corazón latiendo alocadamente. Entre una brecha a través del humo aparecía un corte cavernoso. Parecía un camino que subía entre la espesa selva de árboles que cubría el monte Flecha como cabellera de gigante.

Ellery torció fuertemente el volante. El Duesenberg se echó atrás, chirrió, se lanzó adelante con un rugido. Entró en segunda en una carretera de tierra dura, inclinándose en el fuerte ángulo con la ruta principal. El motor protestó, bramó y cantó, y el coche trepó monte arriba. Tomó velocidad, subiendo. Aceleraba, corría. La carretera comenzaba a dar vueltas; una curva, un leve viento increíblemente dulce, perfumado de pinos, un delicioso frescor en el aire…

En menos de veinte segundos habían dejado atrás humo, fuego, destino y muerte.

Todo estaba oscuro por completo: cielo, árboles, carretera. El aire parecía licor; bañaba sus pulmones torturados, sus gargantas, con un frescor que era a su vez cálido, y ambos se dejaron intoxicar por él en silencio. Aspiraban, tragándolo hasta sentir los pulmones hervir. Luego se echaron a reír a dúo.

– ¡Oh, Dios! -susurró Ellery, deteniendo el coche-. ¡Es todo… es todo demasiado fantástico!

El inspector reía:

– ¡Eso es! ¡Fiiu! -sacó el pañuelo, temblando, y se lo pasó por la boca.

Se quitaron sus sombreros y disfrutaron el fresco soplo del viento. Se miraron, tratando de penetrar la oscuridad. Callaron pronto, dejando sentar el ánimo; y, por fin, Ellery soltó el freno de mano y arrancó el Duesenberg.

Si la carretera de abajo había sido mala, esta otra era imposible. Era más bien un camino de carros pedregoso y desigual. Pero ninguno sentía el menor deseo de quejarse. Era un don caído del cielo. Subía dando vueltas, y daban vueltas y subían con él. Ni rastro de presencia humana Las luces trepaban delante de ellos, como antenas de insectos. El aire se hacía más y más cortante, y el dulce filo con olor a árboles era como vino. Insectos alados saltaban y se estrellaban contra las luces.

De repente Ellery paró el coche otra vez.

El inspector, que dormitaba, despertó agitado:

– ¿Qué pasa ahora? -farfulló entre sueños. Ellery escuchaba atentamente:

– Creo que he oído algo por ahí.

El inspector ladeó su cabeza gris.

– ¿Gente por aquí arriba?

– Parece poco probable -dijo Ellery, seco. Se oía un leve crujido a lo lejos, más arriba de ellos, algo como un animal grande.

– ¿Un puma, tú crees? -musitó el inspector, buscando un poco nervioso su revólver de reglamento.

– No creo. Si es eso, te aseguro que estará más asustado que nosotros. ¿Hay gatos monteses por esta zona? Tal vez un oso, o un ciervo, o algo.

Echó a andar el coche de nuevo. Ambos estaban bien despiertos, y ambos claramente incómodos. El crujido aumentó.

– ¡Señor, suena como un elefante! -murmuró el viejo. Había sacado su revólver.

Repentinamente, Ellery se echó a reír. Ante ellos estaba un trozo relativamente recto de carretera, y en la curva del fondo se notaban dos dedos de luz, cayendo de la oscuridad. Un momento después se enderezaron y alumbraron a los brillantes ojos del Duesenberg.

– Un coche -rió Ellery-. Aparta ese cañón, vieja dama. ¡Un puma!

– ¿Y tú no has dicho algo de un ciervo? -replicó el inspector. De todas formas, no volvió a guardar el revólver.

Ellery detuvo el coche una vez más; las luces del otro auto estaban ya muy cerca.

– Es bueno tener compañía en un sitio como éste -dijo alegremente, saltando del coche y caminando delante de sus propias luces-. ¡Eh! -gritó, alzando los brazos.

Era un viejo Buick destartalado que había visto tiempos mejores. Descansó, soplando el polvo del camino con su arrugado morro. Parecía ocupado por un solo pasajero: a través del polvoriento parabrisas iluminado por las luces cruzadas de los coches, se veían la cabeza y hombros de un hombre.

La cabeza salió por la ventanilla. Fuera del cristal, sus facciones eran perfectamente visibles. Un arrugado sombrero de fieltro calado hasta las orejas, separadas de la enorme cabeza. Era una cara monstruosa: gorda, enorme, enmarañada y húmeda. Ojos de rana embutidos en pliegues de carne. La nariz, ancha y abierta. Los labios, líneas apenas. Una cara enorme, poco sana, aunque dura y calma de alguna forma. Ellery notó enseguida que no se podía bromear con el propietario de una cara así.

Los ojos, puntos luminosos, se clavaron en la figura de Ellery con firmeza de batracio. Luego se posaron en el Duesenberg, observando el torso del inspector, y volvieron a Ellery.

– Usted, fuera del camino -era una voz ronca, agriamente vibrante en los tonos bajos-. ¡Quítese de en medio!

Ellery parpadeó bajo la fuerte luz. La cabeza de gárgola había vuelto a meterse tras el parabrisas. Pudo descubrir el esbozo de unos hombros anchísimos. No tenía cuello, pensó irritado. Tío indecente. Hay que tener cuello.

– Óigame -empezó amablemente-. No es muy correcto.

El Buick roncó y comenzó a arrastrarse hacia delante. Los ojos de Ellery relucieron.

– ¡Párese! -gritó-. ¡No puede usted bajar por ahí, estúpido! ¡Hay un incendio monte abajo!

El Buick se paró a dos pies de Ellery, a diez del Duesenberg. La cabeza volvió a salir.

– ¿Cómo dice? -dijo la voz de bajo, pesadamente.

– Estaba seguro de que eso le interesaría -replicó Ellery con satisfacción-. Por todos los diablos, ¿ya no queda el menor asomo de cortesía en este país? Le he dicho que hay una enorme y amplia conflagración monte abajo; probablemente ya haya cruzado la carretera, así que lo mejor que puede hacer es dar la vuelta y volver por donde ha venido.

Los ojos de rana miraron un instante sin expresión. Luego:

– Fuera del camino -dijo de nuevo el hombre, y cambió de marcha.

Ellery miró incrédulo. El tipo era un cretino o estaba loco.

– Bueno, si quiere ahumarse como un embutido -soltó Ellery-, es asunto suyo. ¿Adónde va esta carretera?

No hubo respuesta. El Buick seguía avanzando centímetro a centímetro con impaciencia. Ellery se encogió de hombros y volvió al Duesenberg. Entró, cerró la puerta, gruñó algo descortés, y empezó a dar marcha atrás. El camino era demasiado estrecho para dar paso a dos coches a la vez. Tuvo que meterse entre la maleza, aplastando matas hasta que tropezó con un árbol. Apenas quedaba sitio para que pasara el Buick, que roncaba hacia delante, lamiendo el guardabarros derecho de Ellery sin muchos miramientos, desapareciendo luego en la oscuridad.

– Un pájaro curioso -dijo el inspector pensativo, dejando su revólver mientras Ellery reemprendía la marcha-. Si fuera un poco más gordo se desbordaría él solo. Que se vaya al infierno.

Ellery soltó una carcajada salvaje.

– Volverá pronto, ya verás -dijo-, ¡condenada foca! -y dedicó ya toda su atención al volante.

Les pareció que ascendían, durante horas, una cuesta durísima que ponía a prueba las facultades del potente Duesenberg. Ni la menor señal de población. El bosque era cada vez más espeso y salvaje, si cabía alguna posibilidad. La carretera en vez de mejorar era cada vez peor, más estrecha, más piedras, más baches. Una vez, los faros se clavaron en la carretera, en los ojos de una serpiente enrollada.

El inspector dormía tranquilamente, tal vez como reacción a las emociones anteriores. Sus ronquidos herían los oídos de Ellery, que rechinó los dientes y apretó la marcha.

Las ramas iban quedando más bajas. Hacían un ruidillo constante, como murmullos de mujeres a lo lejos en algún idioma extraño.

Ni una sola vez, durante los minutos interminables de aquella subida sin descanso, pudo ver Ellery una sola estrella.

– Escapamos del infierno por los pelos -musitó para sí mismo-, y parece que hayamos ido derechos al Valhalla, ¡por san Jorge! ¿Qué altura tendría la montaña?

Se restregó los párpados y sacudió la cabeza para mantenerse despierto. No era prudente adormecerse en este viaje; la polvorienta carretera se retorcía y enrollaba como un bailarín siamés. Apretó las mandíbulas y empezó a concentrarse en el revoltijo de sus tripas vacías. Vendría bien una taza de caldo caliente, pensó; luego un buen trozo de solomillo, poco hecho, con salsa y patatas fritas; dos tazas de café caliente…

Oteó al frente, alerta. Le parecía que la carretera se ensanchaba y los árboles se separaban un poco. ¡Dios, ya era hora! Había algo allí delante; probablemente habían llegado a la cresta de la montaña y estarían pronto bajando por el otro lado, hacia el próximo valle, una ciudad, una cena caliente, una cama. Se rió en alto, descansado.

Cesó de reír. La carretera se había ensanchado por una excelente razón. El Duesenberg había entrado en un claro, y los árboles retrocedían a derecha y a izquierda, en la oscuridad. Por encima, un cielo cálido, macizo, salpicado por millones de brillantes. Un viento más silvestre ondeaba la corona de su gorro. A los lados de la carretera ensanchada había rocas caídas, entre las que surgían plantas feas y medio secas. Y justo enfrente…

Juró por lo bajo y salió del coche, notando un dolorcillo en el costado frío. A cinco metros del Duesenberg, reveladas por la luz de los faros se erguían dos altas verjas de hierro. A ambos lados de ellas se extendía un muro bajo, de piedras sin duda tomadas de aquel mal suelo. El muro se alejaba, divergiendo, en la oscuridad. Al otro lado de las verjas continuaba la carretera iluminada por los faros en su primer trecho. Lo que hubiera más allá estaba sumergido en la misma densa oscuridad que lo cubría todo.

¡Éste era el final del camino!

Se llamó tonto. Debía haberlo sabido. Los giros de la carretera no rodeaban la montaña, serpenteaban a un lado y a otro siguiendo la línea de menor resistencia. ¡Y ahora se daba cuenta! En ese caso, tenía que haber una razón para que el camino no diera la vuelta completa en su ascenso al pico Flecha. Y la única razón tenía que ser que el otro lado de la montaña era impracticable. Probablemente un precipicio.

En otras palabras: no había más camino de bajada que por el que había subido. Habían ido a dar a un callejón sin salida.

Rabioso contra el mundo entero, la noche, el viento, los árboles, él mismo y todos los seres vivos, avanzo hacia las verjas. Una placa de bronce estaba sujeta a una de las cancelas. Decía simplemente: Cabeza de Flecha.

– ¿Qué pasa ahora? -graznó el inspector, adormilado, desde las profundidades del Duesenberg-. ¿Dónde estamos?

La voz de Ellery sonó opaca:

– En una vía muerta. Hemos llegado al final del viaje, padre. Bonitas perspectivas, ¿eh?

– ¡Por todos los diablos! -explotó el inspector, arrastrándose fuera del auto-. ¿Quieres decir que esta carretera perdida del mundo no conduce a ninguna parte?

– Parece que no -Ellery se dio una palmada en el muslo-. ¡Oh, Dios -gimió-, castígame por idiota! ¿Qué estamos haciendo aquí parados? Ayúdame a abrir esas verjas.

Comenzó a empujar las pesadas rejas. El inspector arrimó el hombro, y las verjas cedieron despacio, protestando con un chirrido.

– Condenadamente oxidada -gruñó el inspector, contemplando las palmas de sus manos.

– Vamos -gritó Ellery, corriendo hacia el coche. El inspector trotó detrás-. ¿En qué estaba pensando? Unas verjas y un muro significan gente en una casa. ¡Naturalmente! ¿Para qué iba a ser esta carretera? Alguien vive aquí arriba, y eso quiere decir comida, un baño, reposo…

– Puede ser -dijo el inspector no muy de acuerdo, cuando ya empezaban a cruzar las verjas, avanzando-, puede ser que no viva nadie ahora aquí.

– Tonterías. Eso sería un golpe de mala suerte intolerable. Y además -dijo Ellery ya del todo alegre-, nuestro buen amigo caragorda, el del Buick, venía de alguna parte, ¿no? Y se ven huellas de neumáticos… ¿Dónde diablos están las luces de esta gente?

La casa estaba tan cerca que formaba parte de la misma oscuridad que la rodeaba. Un bloque ancho y oscuro que se recortaba en las estrellas en forma irregular. Los faros del Duesenberg alumbraron unas escaleras de piedra que conducían a un porche de madera El faro pirata, guiado por el inspector, recorría el edificio, barriéndolo de izquierda a derecha, descubriendo una larga terraza que corría a todo lo largo del frente, llena de mecedoras y sillas vacías. A sus lados, el terreno pedregoso, cubierto de matorrales; apenas unos pocos metros separaban la casa del bosque.

– No son muy educados -murmuró el inspector apagando las luces-. Si es que vive alguien ahí, que tengo mis dudas. Todos esos balcones que dan a la terraza están cerrados y parece como si estuvieran bloqueados hasta el suelo. ¿Ves alguna luz en el piso de arriba?

Había dos pisos, y un ático sobre las tejas de pizarra que cubrían el primer cuerpo. Pero todas las ventanas estaban oscuras. Parras medio resecas trepaban por las paredes de madera.

– No -dijo Ellery, con una nota de disgusto en la voz-, pero es completamente imposible que la casa esté deshabitada. Sería un golpe del que no me recobraría nunca, después de las increíbles aventuras de esta noche.

– Sí -concedió el inspector-, pero si vive alguien ahí, ¿por qué demonios no nos han oído? Dios sabe el ruido que hace ese carricoche tuyo, subiendo las cuestas hasta aquí. Aprieta el claxon.

Ellery apretó. La bocina del Duesenberg poseía un tono específicamente desagradable; un tono capaz de levantar a los muertos. El pitido cesó y los dos hombres avanzaron tendiendo el oído con patética ansiedad. No hubo respuesta alguna en la mole del edificio.

– Me parece… -dijo Ellery, dudoso, y se detuvo-. ¿No has oído tú algo?

– No he oído más que un grillo pelmazo llamando a su hembra -gruñó el viejo caballero-, nada más. Bueno, bueno, ¿qué diablos piensas hacer ahora? Tú eres el cerebro de la familia, así que vamos a ver lo listo que eres y qué se te ocurre para que salgamos de este follón.

– No lo menees más -gimió Ellery-. De acuerdo que no he demostrado mucho talento esta noche. ¡Dios, tengo tanta hambre que me comería una familia entera de Gryllidae, o uno solo aunque fuera!

– ¿Qué?

– Ortópteros salúticos -explicó Ellery seriamente-. Para ti, grillos. Es el único nombre científico que recuerdo de la entomología. De todas formas no me sirve de mucho en este momento. Siempre he dicho que la alta cultura era absolutamente inútil ante las meras emergencias de la vida diaria.

El inspector dio un bufido, y se arropó con el abrigo, tiritando. Algo extraño en el aire hacía que éste enfriara su cabeza. Se movió para alejar los fantasmas que asediaban su imaginación, con imágenes de comida y de sueño. Cerró los ojos y suspiró.

Ellery rebuscó en la guantera del coche, encontró una linterna y escudriñó el sendero hasta la casa Subió las escaleras de piedra, pasó entre los maderos del porche y buscó la puerta principal con su linterna. Era una puerta sólida y muy poco invitadora. Hasta el llamador, labrado en piedra dura montada, con forma de punta o cabeza de flecha india, tenía un aspecto que alejaba la confianza. Ellery, de todas formas, lo alzó y comenzó a golpear las hojas de roble. Llamó golpeando con fuerza.

– Esto empieza a parecer una pesadilla -dijo malhumorado entre asalto y asalto a la puerta-. Es ilógico por completo que hayamos tenido que pasar la prueba del fuego -¡Tac!, ¡tac!-. Para salir sin obtener las recompensas a la penitencia. Además -¡tac!, ¡tac!-, creo que recibiría encantado al mismo Drácula si saliera ahora, después de lo que hemos pasado. ¡Dios, si esto recuerda de verdad el refugio de ese vampiro en los montes de Rumania!

Y siguió llamando hasta que le dolió el brazo, sin que el menor asomo de respuesta saliera de la casa.

– ¡Oh, vamos! -graznó el inspector-. ¿Para qué te sirve destrozarte el brazo como un idiota? Vámonos de aquí.

El brazo de Ellery cayó pesadamente. Recorrió el porche con el haz de la linterna.

– Casa desierta… ¿Irnos? ¿Y adónde podemos ir?

– No lo sé, qué demonios. Podemos volver a asarnos un rato el lomo, por ejemplo. Al menos allá se está más calentito.

– No me interesa -saltó Ellery-. Voy a sacar la estera y la manta del coche y a acampar aquí mismo. Y si quieres ser sensato, padre, haz otro tanto.

Su voz se alejó en el aire montañés. Durante un instante, sólo respondieron los élitros amorosos de los grillos. Y entonces, sin previo aviso, la puerta de la casa se abrió, y un paralelogramo de luz salió y se dibujó en el porche.

Contra la luz, recortada en negro sobre el rectángulo de la puerta, se erguía la silueta de un hombre.

La Cosa

La aparición había sido tan repentina que Ellery dio un paso atrás, apretando la mano sobre la linterna. Por debajo podía oír al inspector murmurando una especie de gemido placentero por la milagrosa aparición del buen samaritano, cuando todas las esperanzas parecían perdidas. Los pesados pasos del viejo rechinaron sobre la gravilla.

El hombre estaba en pie, recortado contra la luz indecisa de la entrada al hall que solamente tenía, visto desde donde estaba Ellery, una lámpara solitaria, una alfombra, una consola y la punta de una gran mesa de comedor, cerca de una puerta abierta, a la derecha.

– Buenas noches -dijo Ellery tragando saliva.

– ¿Qué quieren?

La voz de la aparición sorprendía. Una voz de viejo chillona, de tonos agudos rotos y bajos hostiles. Ellery parpadeó. La luz le cegaba un tanto, y lo único que podía ver del hombre era su silueta, refulgiendo en un halo de claridad dorada que surgía a su espalda. La silueta le hacía parecer una sombra chinesca, o una forma creada por tubos de neón, como un anuncio, con el escaso pelo sobresaliendo por arriba, como un plumero.

– Buenas noches -dijo desde detrás de Ellery la voz del inspector-. Perdone que le molestemos a estas horas, pero estamos… como perdidos -sus ojos contemplaban ávidamente los muebles de la entrada-. Nos hemos metido en un lío, sabe, y…

– ¿Qué, qué? -soltó el hombre.

Los Queen se miraron con desencanto. ¡No parecía una acogida muy calurosa!

– Pues verá usted -siguió Ellery, con débil sonrisa-, nos hemos visto obligados a subir hasta aquí, supongo que por su carretera, por causas ajenas a nuestra voluntad. Pensamos que podríamos…

Empezaron a ir viendo más detalles. El hombre era más viejo de lo que habían creído. Su cara era un verdadero parche arrugado y gris, repleto de arrugas y pétrea Sus ojos pequeños, negros, ardientes. Vestía un blusón de paño áspero que colgaba haciendo pliegues verticales desde los hombros.

– Esto no es un hotel -dijo fieramente y, dando un paso atrás, comenzó a cerrar la puerta.

Ellery rechinó los dientes y escuchó a su padre empezar a gruñir.

– Pero ¡hombre de Dios! -gritó-. ¿Es que no entiende? Estamos atrapados, no tenemos a donde ir.

El rectángulo se había estrechado, y ahora la luz apenas era un fino triángulo a sus pies; Ellery pensó en un delicioso trozo de pastel de carne.

– Están ustedes solamente a tres millas de Osquewa -dijo el hombre desde la puerta con voz árida-. No pueden equivocarse, sólo hay una carretera que baja. Cuando lleguen a una carretera más ancha que hay unas millas más abajo, tuerzan a la izquierda y vayan todo seguido hasta Osquewa. Allí hay una fonda.

– Gracias -ladró el inspector-. Vamos, Ellery, éste es un país de mierda. Dios, ¡qué tío cerdo!

– Un momento, un momento -dijo Ellery rápidamente-. No nos entiende usted, señor. No podemos ir por esa carretera, ¡está ardiendo!

Hubo un corto silencio; la puerta volvió a abrirse.

– ¿Ardiendo? -dijo con tono de sospecha.

– Millas enteras -gritó Ellery moviendo los brazos y subrayando sus palabras-. Todo arde como una tea, las colinas son una masa de llamas, es una horrible conflagración. El incendio de Roma al lado de esto era una fogatita de excursionista. Meterse por allí una sola milla es arriesgar la vida inútilmente. Se quemaría usted vivo antes de poder atravesar ni siquiera un pequeño trozo -respiró profundamente mientras vigilaba al hombre con el rabillo del ojo, ansioso hizo un visaje, se tragó su orgullo, sonrió con fe infantil (pensando en la suculenta comida y oyendo ya el bendito sonido del agua corriente), y siguió-: ¿Entonces, podemos entrar? -en tono implorante.

– Bueno… -el hombre se rascó la cara. Los Queen contuvieron el aliento. La solución de sus males pendía de un débil hilo. Según iba pasando el tiempo Ellery pensó que, tal vez, no había defendido su causa con fuerza suficiente. Debía de haber contado toda una saga de horror y sufrimiento y tragedia, a ver si así ablandaba la piedra de granito que ocupaba el lugar del corazón de aquel individuo.

Hasta que el hombre dijo:

– Esperen un minuto -y dio un portazo en sus propias narices, desvaneciéndose tan milagrosamente como había aparecido y dejándoles en plena oscuridad otra vez.

– ¡El muy hijo de tal! -explotó el inspector airadamente-. ¿Has visto nunca una cosa igual? ¡Todo este lío para esta hospitalidad de…!

– ¡Chist! -susurró Ellery mandón-. Vas a estropearlo todo. Trata de poner tu horrible cara más amable, sonríe o algo parecido. ¡Así está mejor! Creo que nuestro amigo vuelve ya.

Pero al abrirse la puerta había un nuevo hombre ante ellos, un hombre que se diría de un mundo diferente. Era increíblemente alto y de anchas espaldas, y ofrecía una sonrisa lenta y cálida.

– Pasen -dijo con voz agradable-. Me temo que he de pedirles perdón por los espantosos modales de mi criado Bones. Siempre desconfiamos un poco de los visitantes nocturnos aquí arriba, tan aislados. Les pido perdón, sinceramente. ¿Qué es esa historia sobre un fuego en la carretera?… Pero pasen… pasen…

Sorprendidos por la calurosa y amabilísima acogida que se les dispensaba ahora, tras las reticencias y groserías del viejo criado, los Queen estaban un tanto perplejos, parpadearon y obedecieron mecánicamente la invitación. El hombre alto de voz agradable y traje de tweed cerró la puerta tras ellos, suavemente, sin dejar de sonreír.

Se encontraron en un hogar tibio, reconfortante y delicioso. Ellery, con su perspicacia habitual se dio cuenta enseguida de que la pared que sujetaba la puerta por la que habían entrado tenía también un fino dibujo, de gran calidad, copiado de la Lección de anatomía de Rembrandt. Pensó, mientras su huésped cerraba la puerta y le observaba, que qué clase de hombre podía ser el que recibía a sus invitados con la visión de una obra de arte tan macabra, y sintió, por un instante, un estremecimiento; miró de lado al hombre, su agradable aspecto y su distinguida expresión, y se vio obligado a atribuir mentalmente su estremecimiento a su precaria condición física Su imaginación estaba un tanto sobrecargada, decidió; si el buen hombre tenía aficiones quirúrgicas… ¡Aficiones quirúrgicas! ¡Claro! Tuvo que reprimir una mueca. Sin duda alguna ese hombre era un miembro de la profesión médica, un cirujano. Ellery se sintió mejor de inmediato. Echó una mirada a su padre, pero las sutilezas de la decoración de las paredes parecían haber escapado a su observación. El inspector se humedecía los labios y olisqueaba furtivamente. No había dudas de que había un delicioso olorcillo a cerdo asado.

El viejo ogro que los había recibido en primera instancia había desaparecido. Probablemente, pensó Ellery con una risita, para volver a su caverna a lamer sus heridas y su miedo a los visitantes nocturnos.

Al pasar junto al hogar, pudieron ver, mientras sujetaban los sombreros todavía en las manos, a través de una puerta semicerrada, una habitación amplia, sin luz, iluminada solamente por las estrellas. Parecía, pues, que alguien había subido las cortinas de ese cuarto mientras el otro hombre les daba la bienvenida en el vestíbulo. ¿Había sido ese curioso individuo a quien su amo llamaba Bones? Probablemente no, puesto que llegaban hasta ellos varias voces susurrantes desde la habitación de la derecha y que, entre ellas, Ellery reconoció sin lugar a dudas el timbre agudo de una femenina.

¿Y por qué diablos estaban a oscuras? Ellery notó que el escalofrío volvía a sentirse, y lo alejó con impaciencia. Desde luego, había algunas cosas bastante misteriosas, pero lo que pasara en la casa no era asunto suyo. ¡Allá ellos! Lo verdaderamente importante era la comida que estaba en la mesa.

El hombre alto ignoró la habitación de la derecha. Sin dejar de sonreír los condujo a través de un corredor que dividía la casa en dos mitades de atrás a delante, y que terminaba, al fondo, en una puerta cerrada que se veía vagamente entre la oscuridad del final del pasillo. Se detuvo ante una puerta abierta, a la izquierda.

– Por aquí -murmuró, haciéndoles entrar en una gran habitación que ocupaba todo el frente de la terraza, en su mitad entre el hogar y el lado izquierdo de la casa.

Era una sala de estar, con una pared perforada por grandes balcones a la francesa cubiertos con pesadas cortinas, lámparas aquí y allá y salpicada de armarios, sillones y alfombras pequeñas, una piel de oso blanco y algunas mesitas redondas que sostenían libros, revistas, ceniceros y humedecedores. Una gran chimenea ocupaba buena parte de la otra pared. De las paredes colgaban óleos y dibujos, todos ellos un poco desvaídos, y unos elaborados candelabros lanzaban sombras que se entremezclaban con las sombras de la chimenea. Pese a su templada temperatura, sus libros y sus invitadores sillones deprimió a los Queen: estaba vacía.

– Siéntense, por favor -dijo el hombre alto-, y quítense esas cosas. Pónganse cómodos y así hablaremos mejor.

Tiró de un cordón junto a la puerta, sonriente aún. Sonó una campana. Ellery comenzaba a sentir una leve irritación. ¡No veía ninguna razón para sonreír!

El inspector, por su lado, debía estar hecho de una pasta menos criticona. Se dejó caer sobre un bien mullido sillón y lanzó un profundo suspiro de satisfacción, estirando sus cortas piernas. Murmuró:

– ¡Ah! ¡Esto es lo bueno! Le estoy muy agradecido, señor mío.

– Por favor, no es nada -sonrió el anfitrión.

Ellery, de pie, estaba un poco despistado. A la luz de las lámparas y la chimenea, le parecía que el hombre le resultaba vagamente familiar. Tenía una contextura muy fuerte, unos cuarenta y cinco años, grande de todo y a pesar de ser más bien rubio, Ellery pensó que parecía galés. Llevaba la ropa con el descuido inconsciente del que está habituado a no preocuparse de lo convencional. Una bestia con un encanto y atractivo físicos y morales indudables. Lo más notable eran sus ojos brillantes y profundos, unos ojos de estudiante. Sus manos tenían una enorme vida, grandes, amplias, de largos dedos y gesto autoritario.

– Pues, para empezar, qué quiere, estaba la cosa fea, escapamos y salvamos la vida por los pelos -dijo el inspector con una mueca. Ahora se veía que ya se encontraba perfectamente.

El hombre alto frunció el ceño.

– ¿Tan mal está? No saben cómo lo siento. ¿Un incendio?… ¡Ah! ¡Señora Wheary!

Una seca mujer vestida de negro con cuello y puños blancos apareció por la puerta del corredor. Estaba muy pálida, pensó Ellery, y claramente nerviosa por alguna causa.

– ¿Llamó usted, doctor? -temblaba como una colegiala.

– Sí. Llévese las cosas de estos caballeros, por favor, y mire a ver si puede encontrar alguna cosa de comer -la mujer asintió silenciosamente con la cabeza, tomó los sombreros y el guardapolvo del inspector, y se evaporó-. Estoy seguro de que están hambrientos -dijo el hombre-. Nosotros ya hemos cenado, de modo que no puedo invitarles a nada muy especial.

– Si he de decirle la verdad -gruñó Ellery sentándose al fin y sintiéndose inmediatamente mucho mejor-, estamos casi al borde del canibalismo.

El hombre rió abiertamente.

– Supongo que debemos presentarnos, tras la desgraciada forma de nuestro encuentro. Soy John Xavier.

– ¡Ah! -exclamó Ellery-. Sabía que le conocía de algo, doctor Xavier. He visto su foto en los periódicos muchísimas veces. Y además deduje enseguida que el dueño de la casa era un médico en cuanto vi el cuadro de Rembrandt de la entrada. Nadie más que un médico podía haber colocado eso ahí; es un, ejem, un gusto muy original en materia de decoración -hizo un gesto-. Reconoces al doctor, ¿no, padre? -el inspector afirmó con la cabeza entusiasmado muy a medias; no se encontraba de humor para recordar nada-. Nosotros somos los Queen, padre e hijo, doctor Xavier.

El doctor murmuró, algo cortés:

– Señor Queen -dijo dirigiéndose al inspector, que intercambió una mirada con su hijo.

Estaba claro que su anfitrión ignoraba la conexión de su huésped con la policía, y los ojos de Ellery advirtieron a su padre, que asintió silenciosamente, casi sin que se notara. Parecía absurdo sacar a relucir su cargo oficial. La gente, por lo general, se muestra incómoda ante criaturas como detectives y policías.

El doctor estaba sentado sobre una silla de cuero y sacó cigarrillos.

– Y ahora, mientras esperamos por mi excelente ama de llaves, y las cosas que resulten de sus preparaciones, cuéntenme ustedes algo de ese… incendio.

Su expresión suave y ligeramente ausente no varió, pero algo raro sonó en su voz.

El inspector se puso a contar hasta los menores detalles, mientras su anfitrión asentía a cada frase, manteniendo un aire perfecto de cortés trastorno. Ellery sacó la funda de las gafas del bolso; le dolían los ojos, y decidió ponerse las gafas, tras limpiarlas un poco. Se sentía hipercrítico, que cualquier cosa le parecería mal, se dijo. ¿Por qué tenía que mostrar ese cortés trastorno el doctor Xavier? Su casa estaba colgada de lo más alto de la colina, y la base estaba ardiendo. Tal vez, pensó cerrando los ojos, tal vez el doctor Xavier no mostrase suficiente trastorno.

El inspector estaba diciendo pomposamente:

– Debíamos pedir alguna información. ¿Tiene usted teléfono, doctor?

– Junto a su codo, señor Queen, hay una línea directa con el Valley.

El inspector tomó el aparato y llamó a Osquewa Costó bastante establecer comunicación y cuando pudo por fin conseguirla fue para descubrir que toda la ciudad se encontraba tratando de controlar el incendio y que la única persona con la que se podía hablar -ni con el sheriff, ni con el alcalde, ni con ningún concejal- era la operadora de teléfonos que le informó.

El policía colgó el auricular con mirada grave.

– Me temo que esto sea algo más serio de lo normal. El fuego debe rodear ya toda la base de la montaña, doctor, y todos los hombres disponibles, hasta las mujeres, de muchas millas alrededor están luchando contra él.

– ¡Dios mío! -exclamó el doctor Xavier. Su trastorno había crecido, pero la cortesía había desaparecido. Se levantó y comenzó a moverse.

– De manera que nos veremos obligados a quedarnos aquí a pasar la noche, doctor -dijo el inspector.

– ¡Oh, sí! -dijo el médico moviendo su musculosa mano derecha-. Naturalmente. Nunca se me hubiera ocurrido dejarlos irse, ni siquiera en circunstancias normales -mordía el labio inferior, con el entrecejo fruncido. Siguió-. Esto empieza a parecer…

Ellery sentía dar vueltas su cabeza. Pese a la atmósfera de creciente misterio -su intuición le decía que algo muy extraño estaba sucediendo en aquella solitaria casa en lo alto de la montaña-, lo que más le apetecía era una cama y dormir. Hasta el hambre se había ido, y el fuego parecía muy lejos. No podía mantener los párpados abiertos, ni siquiera a nivel educado. El doctor Xavier, con su voz grave y profunda teñida ahora con una débil nota de excitación y disimulo, estaba diciendo algo sobre «la sequedad… probablemente combustión espontánea…». Fue lo último que Ellery oyó.

Despertó con sentimiento de culpabilidad. Una voz de mujer decía en voz baja a su oído: «Por favor, señor…», y saltó sobre sus pies, encontrándose la seca cara de la señora Wheary, ante su sillón, que tenía una bandeja en las manos.

– ¡Oh! Esto… Perdón -exclamó, enrojeciendo-. Qué falta de educación. Perdone usted, doctor. Es que, ya sabe usted, el coche… el incendio…

– Tonterías -dijo con una risilla abstracta el doctor-. Su padre y yo estábamos comentando precisamente la incapacidad de las generaciones más jóvenes para aguantar un duro trato corporal. No se preocupe, señor Queen. ¿Querría usted lavarse un poco antes de…?

– Si es posible… -Ellery miró la bandeja con cara de hambre. Los retortijones habían vuelto, pillándole desprevenido, y podría haberse comido en ese mismo instante toda la comida, bandeja incluida.

El doctor Xavier le condujo, junto al inspector, por un corredor, a la izquierda y luego por una escalera que daba a otro corredor que se cruzaba con el que llevaba al vestíbulo. Subieron las alfombradas escaleras y se encontraron en lo que parecía el piso de las habitaciones de dormir. Solamente había una débil luz en todo el hall, sobre la puerta Las puertas estaban cuidadosamente cerradas y las habitaciones, tras las puertas, silenciosas como los nichos de un cementerio.

– ¡Brrr! -murmuró Ellery al oído de su padre, mientras seguían a su anfitrión por el pasillo-. Buen sitio para un asesinato. Hasta el viento desempeña adecuadamente su papel. Escucha, ¿oyes cómo sopla? Con todas sus fuerzas.

– ¡Escúchalo tú si quieres! -gruñó sin ganas el inspector-. Ni un ejército entero me mueve a mí un pelo esta noche, querido. ¡Si esto parece el Palacio de Mármol! Creo que estás chalado, ¿asesinato? ¡Si es la casa más agradable que he visto en toda mi larga vida!

– Las he visto más agradables todavía -dijo Ellery-. Además, tú siempre te has dejado llevar por tus sentidos… ¡Ah! Doctor, muchísimas gracias.

Xavier había abierto una puerta. Tras ella había una amplia habitación -todas, en esta gargantuesca mansión, eran enormes- y en ella, alineados correctamente a los pies de las camas, estaban los objetos que formaban el equipaje de los Queen.

– Ni una palabra más -dijo el doctor Xavier con tono ausente, sin la cordialidad que habría de esperarse de un anfitrión tan perfectamente perfecto en todo lo demás-. ¿Adónde van a ir ustedes con el incendio que hay ahí abajo? Ésta es la única casa en muchas millas a la redonda, señor Queen… Me he tomado la libertad de decirle a Bones, mientras usted descansaba abajo, que recogiera su equipaje y lo colocara aquí. Bones, un raro nombre, ¿verdad? Pobre hombre, es una ruina, un infeliz que recogí hace años, y que me es muy fiel, pueden estar seguros, pese a una cierta falta de elegancia en sus maneras, ¡ja, ja! Bones se cuidará también de su coche. Tenemos garaje. Los coches se llenan de humedad si quedan al aire en este sitio tan alto.

– Así que Bones… -murmuró Ellery.

– Sí, sí… Aquí está el cuarto de baño. Hay otro mayor detrás del hall del piso. Bueno, les dejo con sus abluciones.

Sonrió y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad. Los Queen se contemplaron mutuamente sin decir palabra, solitarios en medio del inmenso dormitorio. Luego, el inspector se encogió de hombros y se dirigió hacia la puerta del lavabo que le habían indicado.

Ellery le siguió, murmurando:

– ¡Abluciones! No había oído esa palabra desde hace veinte años por lo menos. ¿Te acuerdas de aquel griego que me daba clase en la escuela de Crosley? Me acuerdo que se equivocaba con la palabra, la usaba para decir absoluciones. ¡Abluciones! Te digo, padre, que cuanto más pienso en este ominoso lugar, menos me gusta.

– Tonto que eres -repuso el inspector con acompañamiento de agua corriente-. Esto es bueno. ¡Vive Dios! Tenía ganas. Vamos, hijo, vamos. La pitanza esa de abajo no es eterna.

Una vez lavados, peinados y cepillado el polvo de su ropa, salieron al oscuro corredor.

Ellery se detuvo.

– ¿Qué vamos a hacer, echarnos a correr escaleras abajo? Seamos educados como nuestro anfitrión, padre. Además, considerando el especial aire de misterio de esta casa, sería mejor que no…

– ¡Dios! -susurró el inspector.

Se había parado de repente, y agarrado el brazo de Ellery con dedos convulsos. Su mirada estaba fija, la mandíbula tensa, un terror desnudo en los ojos y la cara más gris que la más gris que Ellery hubiera visto en toda su vida. Algo había más allá, tras el hombro de Ellery.

Sus nervios, ya trabajados por todas las experiencias del día, cedieron. Ellery se dio la vuelta. La piel de sus brazos tensa, la nuca temblorosa.

No vio nada raro. El pasillo estaba tan oscuro y vacío como antes; se oyó, luego, el clic de una puerta que se cerraba.

– ¿Qué demonios sucede? -dijo nerviosamente, tratando de descubrir algo en el rostro horrorizado de su padre.

El cuerpo del inspector se relajó, al fin. Suspiró, pasándose la mano por los labios.

– El, hmm… ¿Viste… viste lo que yo vi?

Ambos retrocedieron un paso. Algo grande y sin forma surgía de atrás, de lo más oscuro del corredor. Dos ojos ardientes… Los del doctor Xavier, sencillamente, que salía de la zona sin luz.

– ¿Preparados ya? -dijo con su voz tranquila y profunda, como si no hubiera notado nada extraño, aunque tenía que haber oído necesariamente los cuchicheos de los Queen, y, Ellery lo notó de pronto, debía haber visto la cara de terror del inspector y la causa de esa cara La voz del cirujano seguía siendo tan pura, limpia y ricamente suave como un rato antes. Los tomó del brazo-. Vayamos abajo; estoy seguro de que los dos están bien dispuestos a dar cuenta de lo poco que la señora Wheary haya preparado.

Y les empujó suavemente, pero con firmeza, hacia la escalera.

Bajaban de a tres en fondo por la amplia escalera, y Ellery lanzó una mirada furtiva a su padre. Apenas si una leve contracción de los labios reflejaba un signo de su agitación de instantes antes. Aunque había marcadas arrugas en sus cejas grises, y se mantenía en posición muy erguida, forzada, como si le costara un gran esfuerzo de voluntad ir derecho.

Ellery movió la cabeza en la semipenumbra. Su deseo de dormir se había desvanecido por completo, siendo sustituido por una creciente excitación que hacía hervir su cerebro. ¿Qué clase de lío, qué complicadas relaciones humanas habían sido involuntariamente turbadas al producirse su presencia allí?

Frunció el ceño, y siguió bajando, despaciosamente, los escalones. Tres problemas importantes requerían una solución inmediata, a no ser que estuviera decidido a no conceder reposo a su cerebro, incapaz de tomarse el menor descanso mientras no hallara solución a las interrogantes que se le habían planteado en la casa: qué era lo que había causado el increíble y nunca visto espanto de su padre, el inspector; por qué razón había aparecido su anfitrión a su lado, junto a la puerta de su habitación, en medio de la oscuridad del piso de arriba; y, finalmente, una explicación racional al hecho de que el fuerte brazo del doctor Xavier estuviera rígido, duro y tenso como si su propietario hubiera muerto y estuviera ya invadido del rigor mortis, en el momento en que cogió a Ellery del codo, en el pasillo. Era preciso dar con una solución inmediata a esos enigmas, si quería poder llegar a conciliar el sueño durante la noche que se avecinaba.

Gente rara

Años más tarde, Ellery habría de recordar con todo detalle aquella noche especial en los montes Tipis, sazonada con el silbido del viento en la cima del pico, sobre el que se erguía aquella verdadera mansión del misterio. No hubiera sido tan malo -puntualizaría al contarlo- si no hubiera estado todo tan oscuro, pues la negrura de la noche era un perfecto caldo de cultivo para los fantasmas de la imaginación. Y, además, el incendio que crecía allá abajo no se apartaba de sus mentes, como un fosforescente telón de fondo de sus pensamientos. Se daban cuenta ambos de que no había posibilidad alguna de escapar de aquella casa y que por lo tanto no tendrían más solución que enfrentarse a lo que en ella pudiera ocultarse, malo o peor, salvo que prefirieran arrojarse al dudoso albur de la feroz conflagración que arrasaba la base de la montaña.

Y para empeorar las cosas no había un mínimo instante en el que estuviesen a solas para poder participarse en privado sus temores mutuos. Su anfitrión no los abandonaba ni un minuto. Los Queen hubieran prescindido de muy buen grado de la presencia del doctor Xavier mientras engullían los sándwiches de cerdo frío, las tartas de arándanos que la silenciosa señora Wheary había traído en una bandeja en cuanto estuvieron de nuevo en la sala de estar de la planta baja. Pero el médico permaneció con ellos, llamando a la señora Wheary y pidiéndole más sándwiches y más café, ofreciéndoles cigarros, en resumen, comportándose como un perfecto anfitrión en todos los órdenes, excepto en el que a ellos más les interesaba.

Ellery contemplaba al hombre mientras comía su bocadillo, y se sentía confundido. El doctor Xavier no era un charlatán ni mucho menos una figura siniestra sacada de una novela barata de horrores. No se podía decir que tuviera rasgos del doctor Caligari, o de Cagliostro. Era un hombre culto, refinado, guapo, cordial, cercano a la madurez pero confortable y con un evidente aire de ser un experto en su profesión. Ellery recordó, en efecto, que se le conocía por el «Doctor Mayo de Nueva Inglaterra», comparándole con el famoso propietario de la Clínica Mayo, y era indudable que desprendía un encanto tranquilo y apacible que aumentaba al estar más rato a su lado. El anfitrión ideal para una cena, por ejemplo; un deportista, además, según se desprendía de su aspecto físico; en fin, un científico, un estudiante y un caballero, todo en uno. Pero, sin embargo, había algo más, algo que trataba cuidadosamente de ocultar. Ellery se exprimió las meninges mientras sus mandíbulas trabajaban, pero no pudo hallar ninguna explicación, salvo la Cosa que había espantado al inspector cuando estaban arriba ¡Dios mío!, pensó, ¡no será uno de esos monstruos científicos! Eso sería demasiado, tuvo que reconocer. Se trataba de un cirujano famoso que había sido un pionero en muchos campos inexplorados de la cirugía, pero ¡de ahí a que fuera un doctor Moreau wellsiano!… ¡Bobadas!

Miró hacia su padre. El inspector comía tranquilamente, sin rastros de terror. Este había sido sustituido por una agudeza vigilante, sin sueño, difícil de ocultar incluso mientras comía.

Y, de repente, Ellery notó algo más. La luz que llegaba del corredor había aumentado su intensidad. Y se oían voces, voces absolutamente normales procedentes de la misma dirección en que antes no se oían más que susurros. Era como si se hubiera subido un telón, o una prohibición, o como si el doctor hubiera movido a los propietarios de tales voces con una orden telepática, haciéndoles dejar los cuchicheos y volver a la normalidad.

– Y ahora, si ya han terminado -dijo el doctor Xavier echando una ojeada a las ruinas que quedaban sobre las bandejas y sonriendo-, ¿les parece que nos reunamos con los demás?

– ¿Los demás? -repitió, como un eco inocente, el inspector, como si no hubiera podido sospechar que hubiera alguien más en la casa que ellos.

– Desde luego, los demás. Mi hermano, mi mujer, mi ayudante, el médico que me asiste en las pequeñas investigaciones que llevo a cabo aquí arriba; tengo un buen laboratorio en la parte de atrás de la casa… También está…, un… -titubeó- un huésped. Pienso que es un poco pronto para irse ya a dormir, ¿no?

Terminó en una nota ascendente, un poco como si tuviera la esperanza de que los Queen quisieran prescindir del placer dudoso de encontrarse con «los demás» a cambio del más seguro del sueño.

Pero Ellery respondió con rapidez:

– Oh, claro, sí, estamos ya del todo recuperados, ¿no, padre? -el inspector, acostumbrado a aceptar y pasar claves, asintió con la cabeza. Incluso había una cierta impaciencia en su asentimiento-. Ya no tengo nada de sueño. Y además, después del susto será bueno sumergirse de nuevo en la amable sociedad humana -añadió riendo Ellery.

– Sí, sí, naturalmente -dijo el doctor Xavier con un levísimo asomo de disgusto en el tono-. Por aquí, caballeros.

Los condujo a través de la sala y el corredor hasta la puerta de enfrente. Luego, con la mano en el pomo, dijo titubeante:

– Supongo que tendré que explicar…

– En absoluto -dijo de corazón el inspector.

– Pero creo que nuestro comportamiento de esta noche ha de parecerles un poco raro -dudó otra vez-. Tengan presente que aquí arriba siempre estamos completamente solos y aislados, y claro, las señoras estaban un poquito…, hmm…, alarmadas, digamos, un poquito alarmadas al oír el ruido y sus llamadas tan violentas a la puerta. Por eso me pareció más prudente enviar a Bones…

– Ni una palabra más -dijo Ellery, amable, y el doctor Xavier bajó la cabeza y se volvió hacia la puerta, como si se diera cuenta de cómo habían de sonar sus explicaciones a unas personas inteligentes.

Ellery empezó a sentir compasión del pobre hombre. Rechazó mentalmente de nuevo, y definitivamente, la posibilidad de cualquier monstruosidad científica que su mente calenturienta le había hecho concebir antes y atribuir al doctor. El hombretón ese era tan suave como una señorita y tan gentil como una flor. Lo que le preocupaba tenía que ser algo que concerniera a otros, no a sí mismo. Y tenía que tratarse de algo racional, no de algún fantástico horror.

La habitación en la que penetraron era una combinación de sala de música y de juegos. Un gran piano de cola ocupaba toda una esquina, con lámparas y sillones colocados a su alrededor. Pero la mayor parte de la sala estaba ocupada con mesas de tamaños varios y formatos diversos: mesas de bridge, de ajedrez, de mahjong, una de ping-pong y otra de billar. El salón tenía otras tres puertas: una en la pared de la izquierda, otra que daba entrada desde el vestíbulo, en la misma pared que el corredor, y a través de la cual habían oído antes los cuchicheos, y otra más en la pared de enfrente que aparentemente, por lo que Ellery había podido ver en una rápida mirada, daba a una biblioteca. Toda la pared principal estaba compuesta por balcones franceses que daban paso a la terraza.

De todo esto se dio cuenta en una primera ojeada de ambientación; y más al seguir y ver en una mesa cartas de baraja revueltas, lo que a Ellery le pareció lo más provocador de todo. Así, siguiendo a su padre y al doctor, dedicó su atención por entero a las cuatro personas que estaban en la habitación.

Se dio cuenta de inmediato de que las cuatro, al igual que el doctor Xavier, actuaban presas de una intensa excitación, que era más evidente en los hombres que en las mujeres. Los dos se habían levantado, uno, alto y rubio de anchas espaldas y ojos agudos -el hermano del doctor sin lugar a dudas-, encubría su nerviosismo con la máscara de la acción: aplastó su cigarrillo recién empezado en un cenicero que estaba sobre la mesa de bridge delante de él, manteniendo la cabeza baja. El otro enrojeció sin muy concreta razón: era un joven de aspecto delicado, rasgos finos, ojos azules y mandíbula cuadrada, pelo castaño y dedos manchados de algún producto químico. Cambió de pie un par de veces antes de que los Queen llegaran a su altura, mientras su fina piel enrojecía aún más y sus ojos iban de un lado a otro.

«El ayudante -pensó Ellery-. Un jovenzuelo de buena pinta. No sé que es lo que esconde esta gente, pero él lo esconde también con ellos, y no se siente a gusto haciéndolo».

Las mujeres apenas si dejaban aparentar su nerviosismo, haciendo gala de esa capacidad de respuesta a las emergencias tan característica de su sexo. Una era joven y la otra de edad indefinida. La joven, notó enseguida Ellery, era fuerte y competente, de unos veinticinco años y perfectamente capaz de cuidar de sí misma sin ayuda de nadie; una muchacha tranquila, de despiertos ojos pardos, figura atractiva y encanto indefinible, una cierta inmovilidad controlada que reflejaba gran capacidad de acción en caso de que resultara necesario. Estaba sentada perfectamente erguida, con las manos en el regazo, con una leve sonrisa. Tan sólo sus ojos la traicionaban, reflejando la tensión, alertas, brillantes.

Su compañera era la figura dominante del cuadro. Muy alta, incluso sentada, pecho fuerte, orgullosos ojos negros y un pelo a veces gris que armonizaba con el tono aceitunado claro de su piel, sin apenas maquillaje; una imagen que sobresaldría en cualquier conjunto. Debía tener entre treinta y cinco y cuarenta años, y algo muy francés, notoriamente francés se desprendía de ella, algo que Ellery no pudo determinar de inmediato. Una mujer de temperamento apasionado, notó instintivamente, una mujer peligrosa, peligrosa para odiar y mortífera para amar. Su tipo era de los que hacen ligeros y rápidos gestos, movimientos constantes que se desprenden de una personalidad volátil. Y sin embargo, se sentaba tan rígida y estirada que podría haber estado hipnotizada. El acuoso negro de sus ojos estaba fijo en el infinito, en algún punto indeterminado del espacio entre Ellery y el inspector… Ellery bajó la mirada, se arregló un poco y sonrió.

Se prescindió de ciertas formalidades, puesto que era, al fin y al cabo, una reunión familiar.

– Querida -dijo el doctor Xavier a la extraordinaria mujer de los ojos negros-, éstos son los caballeros a los que confundimos con unos vagabundos -y se rió en alto, levemente-: La señora Xavier, el señor Queen, y el señor Queen hijo -ni siquiera entonces les miró directamente, sino que se limitó a una fugaz mirada de costadillo de sus notables ojos, y a una cortés sonrisa…-. La señorita Forrest, el señor Queen; señor Queen… la señorita Forrest es la invitada de la que le hablé.

– Encantada -dijo inmediatamente la joven. ¿Acaso el doctor le había lanzado una mirada de advertencia? Sonrió-. Tendrán que perdonar nuestros modales de antes. Es una noche muy tenebrosa y nos pillaron de sorpresa -se estremeció: un escalofrío de verdad.

– No puedo reprocharle nada, señorita Forrest -dijo el inspector afectuosamente-. No pensamos en lo que unas personas normales pensarían al oír aporrear su puerta en medio de la noche y en un sitio como éste, pero son cosas de mi hijo, un impulsivo, ya sabe.

– Eso es más bien tu definición -sonrió Ellery.

Rieron todos, y se hizo otra vez el silencio.

– ¡Ah!, mi hermano, Mark Xavier -dijo el cirujano, señalando al rubio alto de los ojos agudos-. Y mi colega, el doctor Holmes -el joven sonrió un tanto envarado-. ¡Bueno! Y ahora que han conocido a todos, ¿no quieren sentarse? -se sentaron-. El señor Queen y su hijo -dijo despreocupadamente el doctor Xavier- fueron conducidos hasta aquí más por las circunstancias que por su propio placer.

– ¿Se perdieron? -dijo lentamente la señora Xavier, mirando de frente a Ellery por vez primera.

Ellery sintió como un golpe, un golpe físico, como mirar dentro de un alto horno. Tenía también una voz apasionada, cálida, ardiente, como los ojos.

– Oh, no, querida, no es eso -dijo el doctor Xavier-. No te alarmes, pero parece ser que hay un incendio forestal, o algo así, abajo, y estos caballeros se vieron forzados a subir por el Flecha para protegerse del fuego. Creo que volvían de unas vacaciones en Canadá.

– ¡Fuego! -exclamaron todos a una.

Y Ellery pudo notar que su sorpresa era auténtica. No había duda de que era la primera noticia del incendio que recibían.

El hielo se rompió así, y los Queen estuvieron un buen rato contestando las excitadas preguntas que les hacían, y repitiendo la historia de su escapatoria. El doctor Xavier permanecía allí sentado, en calma, escuchando y sonriendo cortésmente, como si fuera la primera vez también que él lo oía. Luego la conversación decayó, y Mark Xavier se levantó bruscamente y se dirigió a uno de los balcones para mirar afuera, intentando penetrar la oscuridad. La horrible Cosa que se asomaba en los silencios reapareció. La señora Xavier se mordía el labio; la señorita Forrest estudiaba sus rosados dedos.

– Bien, bien -dijo el cirujano de golpe-, no pongamos esas caras tan largas -así que también él se había dado cuenta-. Probablemente no es nada serio. Lo único que pasa por ahora es que estamos incomunicados temporalmente, pero Osquewa y los otros pueblos de los alrededores están perfectamente equipados para luchar contra el fuego en los bosques. De hecho todos los años, o casi, tenemos uno. ¿No recuerdas el del año pasado, Sarah?

– Naturalmente -y dirigió una mirada enigmática a su marido.

– Sugiero que hablemos de algún tema más agradable -dijo Ellery encendiendo un cigarrillo-. Del doctor Xavier, por ejemplo.

– Vamos, vamos -dijo el cirujano, ruborizándose.

– ¡Es una gran idea! -gritó la señorita Forrest saltando sin respiro de su asiento-. Hablemos de usted, doctor Xavier, de lo famoso y amable y realizador de milagros, y de todo lo que es. Llevo días queriendo hacerlo, pero no me he atrevido por miedo a que la señora Xavier me arrancase el pelo, o algo así.

– Vamos, señorita Forrest -dijo medio enfadada la señora Xavier.

– ¡Oh, perdón! -exclamó la joven dando vueltas por la habitación. Parecía que se hubiera esfumado el dominio de sí misma anterior; sus ojos brillaban extraordinariamente-. Creo que estoy muy nerviosa. Con dos médicos en la casa…, quizá un sedante… ¡Oh, vámonos, Sherlock! -y tiró del brazo del doctor Holmes. El joven estaba alarmado y sorprendido-. No te quedes ahí como un poste. Hagamos algo.

– Es que -dijo rápido el joven médico, casi temblando-. Ya sabes que…

– ¿Sherlock? -dijo, sonriendo, el inspector-. Es un nombre muy raro, doctor Holmes. ¡Oh! ¡Oh, claro!

– Naturalmente -dijo, tajante, la señorita Forrest. Se colgó del brazo del pobre hombre, cada vez más confuso-. Sherlock Holmes. Así es como le llamo yo. Su nombre verdadero es Percival, o algo así de serio… Pero es un verdadero Sherlock Holmes, ¿verdad, querido? Siempre a vueltas con sus microscopios, líquidos extraños y todas esas cosas.

– Vamos, vamos, niña -dijo, ya como un pimiento, el doctor Holmes.

– Y además es inglés -añadió Xavier con una mirada cariñosa hacia el joven-, lo que hace todavía más adecuado el nombre, señorita Forrest. Pero creo que se está usted pasando de la raya. Ya sabe que Percival, como casi todos los británicos, es muy sensible, y usted está poniéndole demasiado nervioso.

– No, no -dijo el joven Holmes cuya capacidad dialéctica no parecía muy grande. Y lo dijo, además, muy deprisa.

– ¡Oh, Dios mío! -sollozó la señorita Forrest dejando caer los brazos y llevándose las manos a la cara-. Nadie me quiere -y fue, silenciosamente, a situarse al lado del silencioso Mark Xavier, junto al ventanal.

– Precioso -pensó Ellery-. Toda esta troupe debería estar en un escenario y no aquí -luego, en alto, dijo sonriente-. Supongo que no tiene que ver con el Holmes de Baker Street, doctor Holmes. En algunos círculos resultaría excesivo.

– No puedo evitar los chistes -dijo el joven inglés brevemente, y se sentó.

– Bien -intervino el doctor Xavier-. Percival y yo no estamos de acuerdo en eso. Pero yo le tengo gran cariño.

– El problema es -dijo el doctor Holmes inesperadamente, tras una breve y furtiva mirada hacia la espalda de la señorita Forrest- su horrorosa información médica Un verdadero follón, créame. Cualquiera pensaría que lo menos que se podría hacer era conseguir información médica suficiente. Y luego cada vez que incluyen algún personaje inglés en sus novelas…, las novelas americanas, quiero decir, pues hacen que hablen como… como…

– Es usted una paradoja viviente, doctor -dijo Ellery con un guiño-. No creí que un solo inglés usara una palabra como follón.

Hasta la señora Xavier se permitió una sonrisa.

– Es usted demasiado capcioso, querido -intervino el doctor Xavier-. Una vez leí una historia en la que se cometía un asesinato inyectando aire a la víctima con una jeringuilla hipodérmica, para causarle una explosión de la coronaria Pero, como usted sabe, seguramente esa muerte no se produciría ni en un caso entre cien. No me importó.

El doctor Holmes gruñó. La señorita Forrest estaba metida en una aparentemente fluida conversación con Mark Xavier.

– Es reconfortante encontrarse con un médico tolerante -soltó Ellery recordando cartas agresivas o sarcásticas de médicos que le escribían alegando supuestos errores de hecho en algunas de sus propias novelas-. ¿Lee usted para entretenerse, doctor? Aunque deduzco por este lujo de juegos que tiene aquí desplegado que es usted un apasionado de los rompecabezas y los problemas mentales. ¿Le gusta resolverlos, verdad? -terminó Ellery.

– En efecto, es mi verdadera e inevitable pasión, me temo que para disgusto de mi señora, que es una fanática de las novelas francesas. ¿Un cigarro, señor Queen? -la señora Xavier había esbozado otra vez una sonrisa, una sonrisa cruel, mientras el doctor seguía examinando sus juegos de mesa imperturbablemente-. De hecho tengo un sentido del juego anormalmente desarrollado, como ha indicado usted. De cualquier clase de juegos. Creo que es una necesidad que siento para distraerme de la concentración y el agotamiento físicos de la cirugía. O creía… quiero decir -añadió con un extraño cambio de tono. Una sombra cruzó su agradable rostro-. Hace ya algún tiempo que no he entrado en un verdadero quirófano. Me he retirado, ¿sabe usted?… Pero esto ya es un hábito y, desde luego, un buen sistema para relajarse. Todavía trabajo duro en el laboratorio -dejó caer la ceniza de su cigarro, inclinándose para llegar al cenicero y, al echarse hacia delante, sus ojos buscaron un instante la cara de su mujer.

La señora Xavier estaba sentada con la misma vaga sonrisa en su rostro extraordinario, asintiendo, silenciosamente, a cada frase. Pero se la notaba tan lejana y fría como la Cruz del Sur. Una mujer de hielo que, dentro, ¡era un volcán! Ellery la estudiaba sin que pareciera que lo hacía.

– Por cierto -dijo de pronto el inspector cruzando las piernas-, nos encontramos con otro invitado suyo cuando subíamos.

– ¿Otro invitado? -el doctor Xavier parecía confuso, y la suave piel de su frente se arrugaba inquisitivamente.

El cuerpo de la señora Xavier se puso rígido, con un movimiento que recordó a Ellery el de un pulpo. Luego se volvió a su posición erecta de siempre. Las voces graves de Mark Xavier y de la señorita Forrest que sonaban junto al balcón, enmudecieron de golpe. Solamente el doctor Holmes no pareció afectado, contemplando la raya de sus pantalones con la mente, al parecer, a años luz de distancia.

– Pues sí, eso supongo -murmuró Ellery, alerta-. Nos dimos de narices con él mientras tratábamos de escapar de nuestro Hades privado, allí abajo. Llevaba un Buick bastante viejo.

– Pero si no hemos… -empezó el doctor Xavier, despacio, y se detuvo. Sus ojos se cerraron un poco-. Es muy raro, ¿saben?

Los Queen se miraron. ¿Y esto?

– ¿Raro? -dijo con suavidad el inspector. Rechazó una mecánica oferta de cigarrillos que le hizo su anfitrión y sacó una cajita marrón de su bolsillo y aspiró un poco de su contenido por la nariz-. Una sucia costumbre -dijo disculpándose-; ya sé… ¿Raro por qué, doctor?

– Rarísimo. ¿Qué clase de hombre era?

– Ordinario y gordo, por lo que pude ver -dijo Ellery rápidamente-. Con ojos de sapo, voz de ultrabajo y una impresionante anchura de hombros, y de unos cincuenta y cinco años, más o menos.

La señora Xavier volvió a estremecerse.

– Es que no hemos tenido ningún visitante, ¿sabe usted? Ninguno -dijo con calma el cirujano.

Los Queen estaban atónitos.

– Pero entonces, ¿de dónde salía? -exclamó Ellery-. ¡Si no hay ningún otro sitio en toda la montaña!

– Así es; estamos completamente aislados, puedo asegurárselo. Sarah, querida, ¿sabes tú algo?

Su mujer se humedeció los labios, mientras parecía que en su interior se libraba una batalla Se notaba cálculo, indecisión y una cierta crueldad en sus ojos negros. Al fin dijo con voz sorprendida:

– No.

– Es curioso -dijo el inspector-. Bajaba todo derecho montaña abajo, y puesto que no hay más que esta carretera que trae hasta aquí, y que aquí no hay nadie más que ustedes…

Se oyó un ruido detrás. Se volvieron velozmente. Era tan sólo que la señorita Forrest había dejado caer su vaso. Se puso recta, y con mirada arrogante dijo:

– ¡Oh, vaya! ¡No vamos a terminar nunca! Si siguen ustedes insistiendo en hablar de temas desagradables también yo tendré que ser desagradable. No hablan más que de seres extraños circulando por arriba y por abajo. Alguien va a tener que velarme el sueño si siguen así. Así que…

– ¿Qué quiere usted decir, señorita Forrest? -dijo lentamente el doctor Xavier-. ¿Hay algo que…?

Los Queen volvieron a mirarse. Esta gente guardaba un secreto común, pero, al parecer, también tenían otros secretos entre ellos.

La joven movió la cabeza.

– No quería decirlo -comentó, alzándose de hombros- porque no tiene la menor importancia y… y… -era obvio que ahora se arrepentía de haber hablado-. ¡Oh! Dejémoslo, dejémoslo y juguemos a cualquier cosa.

Mark Xavier se acercó con pasos cortos y rápidos. Había un reflejo de brutalidad en el fondo de su mirada, y un rictus duro en su boca.

– Vamos, señorita Forrest, algo le molesta y debemos saber lo que es. Si hay algún hombre oculto por aquí…

– Muy bien -dijo, tranquila, la chica-. Eso debe ser. Muy bien, puesto que insisten se lo diré, pero pido disculpas de antemano. Supongo que ésa es la explicación la pasada semana perdí… perdí algo, una cosa.

A Ellery le pareció que el más alarmado era el doctor Xavier. Holmes se levantó y fue hasta una mesita redonda, a buscar un cigarrillo.

– ¿Perdió algo? -preguntó Xavier con voz ronca. La habitación estaba sumida en un silencio increíble, tanto que Ellery podía oír el aliento repentinamente trabajoso de su anfitrión.

– Lo eché de menos una mañana -dijo la señorita Forrest con voz grave-; creo que el viernes de la semana pasada. Pensé que lo había cambiado de sitio y miré por todas partes, pero nada, no hubo forma. Quizá lo haya perdido. Bueno, en realidad estoy segura de que lo perdí -terminó de hablar, confundida.

Nadie dijo nada durante un buen rato. Luego la señora Xavier intervino:

– Vamos, vamos, niña, eso son bobadas. ¿Quieres decir que alguien te lo robó, verdad?

La señorita Forrest lanzó un gritito, levantando la cabeza:

– ¡Oh, querida! Me lo ha hecho decir, no me atrevía a hacerlo. Estoy segura de que o lo perdí, o ese hombre del que ha hablado el señor Queen me lo robó de mi habitación por algún procedimiento… Nadie más podría haber sido…

– Sugiero -saltó el doctor Holmes- que, hmm… dejemos esta… hmmm… encantadora conversación para otra ocasión.

– ¿De qué se trataba? ¿Qué desapareció? -preguntó el doctor Xavier con voz tranquila. Había recuperado el control de sí mismo a la perfección.

– ¿Algo de valor? -cortó Mark Xavier.

– No. ¡Oh, no! -dijo ansiosamente la joven-. No, en absoluto, no valía nada. Un prestamista no le daría ni cuatro perras… Era solamente un recuerdo de familia, de herencia, un anillo de plata.

– Un anillo de plata -dijo el cirujano. Se puso en pie. Por primera vez Ellery creyó ver algo desvaído en su silueta, algo desdibujado y débil-. Sarah, creo que tu comentario era innecesariamente descortés. No creo que haya aquí nadie que vaya a poder ser sospechoso de robo, ¿no crees?

Sus miradas se cruzaron un instante, y la suya fue la que cedió.

– Nunca se puede asegurar nada, mon cheri -dijo ella con dulzura.

Los Queen se irguieron, atentos. La conversación resultaba terriblemente embarazosa en aquellas circunstancias. Ellery se quitó lentamente las gafas y comenzó a limpiarlas, meticuloso. ¡Qué mujer tan odiosa!

– No -el cirujano estaba visiblemente irritado-. Además de que ella misma ha dicho que no tenía valor alguno. No veo ninguna razón para sospechar que haya habido un robo. Lo más probable es que se le haya caído en cualquier parte, o que lo haya puesto donde no suele, querida. O quizá ese misterioso personaje tenga algo que ver con el asunto como sugería.

– Claro, doctor, desde luego -dijo la chica, agradecida.

– Si me perdona usted una imperdonable interrupción -murmuró Ellery. Todos se volvieron para mirarle, como congelados en sus posturas. Hasta el inspector frunció las cejas. Pero Ellery volvió a ponerse las gafas con una sonrisa-. Verán ustedes; si ese hombre que nos encontramos es verdaderamente un desconocido sin conexión alguna con la casa, están ustedes ante una situación muy particular.

– ¿Cómo, señor Queen? -dijo secamente el doctor Xavier.

– Naturalmente -continuó Ellery con un ademán-; hay otras pequeñas consideraciones a hacer. Si la señorita Forrest perdió su anillo el pasado viernes, ¿dónde ha estado metido ese individuo todo este tiempo? Aunque éste no es un punto insalvable, claro es; podría haber tenido su cuartel general en Osquewa, por ejemplo…

– Siga, señor Queen -insistió el doctor Xavier.

– Pero, como dije, están ante una situación muy particular porque si el caballero de la cara gorda no es un fénix o un demonio del infierno -continuó Ellery-, el fuego le detendrá esta noche lo mismo que nos detuvo a mi padre y a mí. Y por lo tanto va a hallarse, o más bien lo está ya, imposibilitado para salir de esta montaña -se alzó de hombros-. Desagradable compromiso: sin otra casa en toda la vecindad, y el fuego, sin duda, cada vez peor…

– ¡Oh! -exclamó la señorita Forrest-. ¡Tiene que volver!

– Y diría que con seguridad matemática -dijo, seco, Ellery.

Se hizo nuevamente el silencio. Como si hubiese esperado esa señal, el viento comenzó a soplar de nuevo, aullando con fuerza. La señora Xavier sintió un estremecimiento, y hasta los hombres miraron incómodos hacia la oscuridad de la noche, tras los balcones franceses.

– Si se trata de un ladrón… -musitó el doctor Holmes, aplastando su cigarrillo, y se calló. Sus ojos tropezaron con la mirada del doctor Xavier y su quijada se contrajo. Luego siguió, más tranquilo-: Iba a decir que la explicación de la señorita Forrest me parece absolutamente correcta. Oh, absolutamente. Sepan ustedes que también yo perdí un anillo, un sello, el pasado miércoles. Una cosa sin valor, desde luego, y que ni siquiera solía ponerme demasiadas veces ni tenía valor sentimental alguno, pero el hecho cierto es que ha desaparecido… ha volado.

Volvió a instalarse el silencio, pesado, como antes. Ellery estudiaba las caras a su alrededor, tratando de descubrir, una vez más, qué secreto especial se ocultaba tras las máscaras de buena educación que era todo lo que siempre mostraban.

El silencio fue roto por Mark Xavier, que se levantó tan bruscamente que hizo lanzar un gritito a la señorita Forrest.

– John, creo que deberías cuidar de que queden bien cerradas puertas y ventanas… ¡Buenas noches a todos!

Y salió de la habitación.

Ann Forrest, cuyo aplomo parecía haberse perdido ya para toda la noche, y el doctor Holmes se excusaron poco después. Ellery los oyó cuchichear mientras se alejaban por el pasillo, hacia la escalera. La señora Xavier continuaba sentada con su media sonrisa de Mona Lisa.

Los Queen se levantaron a su vez.

– Creo -dijo el inspector- que vamos también a acostarnos, doctor, si no tiene inconveniente. Quiero repetirle lo agradecidos que le estamos por su hospitalidad…

– Por favor -repuso, cortante, el doctor Xavier-, estamos muy mal de servicio, señor Queen, no tenemos más que a la señora Wheary y a Bones, así que, si no tiene inconveniente, le mostraré yo mismo su habitación.

– No es necesario, doctor, muchas gracias -se apresuró a contestar Ellery-. Ya sabemos el camino. Muchas gracias de nuevo y muy buenas noches. Señora…

– También yo me voy a la cama -anunció de golpe la esposa del doctor, levantándose. Era todavía más alta de lo que Ellery creía. Respiró profundamente, desplegando toda su estatura-. Si quieren algo que yo pueda…

– Nada, señora Xavier, muchas gracias -dijo el inspector.

– Pero… Sarah, creí… -empezó el doctor Xavier. Se detuvo y se encogió de hombros, indiferente.

– ¿Tú no vienes a acostarte John? -le preguntó ella, cortante.

– Todavía no, querida -respondió con voz cansada, evitando mirarla a los ojos-. Voy a trabajar un rato en el laboratorio antes de subir. Quiero ver cómo va una reacción química que espero que se produzca en el «caldo» que tengo hecho.

– Muy bien -dijo ella, y volvió a lucir su temible sonrisa. Se volvió hacia los Queen-: Vengan por aquí, por favor -y salió de la habitación.

Los Queen murmuraron una especie de «buenas noches» a dúo a su anfitrión y la siguieron. El último atisbo del cirujano fue cuando doblaron la esquina del corredor. Seguía de pie donde lo habían dejado, con aspecto de profunda depresión, pasándose la lengua por el labio inferior y jugueteando con el alfiler de corbata que llevaba puesto. Parecía más viejo que antes y agotado mentalmente. Le oyeron echar a andar y cruzar la habitación hacia la biblioteca.

En el mismo instante en que la puerta de su habitación se cerró tras ellos, Ellery, que había encendido la luz, se abalanzó sobre su padre y le dijo agitado, pero en voz baja:

– Por todos los diablos, padre. ¿Quieres decirme de una vez qué fue lo que viste antes en el corredor que te produjo un susto tan gigantesco, cuando luego apareció el doctor Xavier y nos tomó del brazo?

El inspector se dejó caer sobre un sillón morris, despacio, mientras aflojaba el nudo de la corbata. Evitó la mirada de Ellery.

– Bueno -barbotó-, no lo sé muy bien. Creo que más que nada estaba un poco… un poco, en fin, nervioso.

– ¿Nervioso tú? -dijo, desconfiado, Ellery-. Tienes unos nervios muy templados, así que no me vengas ahora con ésas. Llevo no sé cuánto tiempo ardiendo en deseos de saber qué fue lo que te pudo asustar de aquella manera y el tipo ese no nos dejó solos ni un momento en toda la noche. Vamos, dímelo.

– Bueno… -farfulló el viejo, quitándose ya la corbata y desabrochándose el botón del cuello de la camisa-. Era algo, te diré, algo horroroso.

– Sí, sí, horroroso; pero ¿qué era?

– La verdad es que no lo sé exactamente -el inspector parecía perplejo-. Si tú o alguien, cualquiera, puede describir la…, la Cosa esa horrenda que vi, si me la explican de algún modo, te juro que llamo a los loqueros sobre la marcha. ¡Cáscaras! -explotó-. No tenía aspecto de ser humano, ¡eso te lo puedo jurar!

Ellery se le quedó mirando. ¡Oír eso a su padre! Un prosaico inspector que había manejado más cadáveres y casos de asesinato en su vida que cualquier otro miembro del Departamento de Policía de Nueva York.

– Era algo como… -siguió el inspector con una mínima mueca sin un significado preciso- como…, parecía más o menos un centollo.

– ¡Un centollo!

Ellery contempló a su padre. Sus mejillas se inflaron como un globo, se puso la mano sobre la boca y se dobló por la fuerza de un espasmo de risa que no pudo contener. Se retorcía de risa, medio lloroso del esfuerzo.

– ¡Un centollo! -articuló apenas-. ¡Un centollo! Ja, ja, ja, ja -y le acometió un nuevo espasmo.

– Bueno, bueno, ¡ya vale! -dijo irritado el viejo-. Pareces un cómico recitando la canción de la pulga. ¡Basta ya!

– Un centollo -soltó, de nuevo, Ellery, enjugándose los ojos.

El viejo se encogió de hombros.

– Si me escucharas, sabrías que no dije que fuera un centollo. Podrían haber sido una pareja de equilibristas o luchadores, o algo así montando un numerito en el pasillo. Pero se parecía a un centollo, un centollo gigante, claro, tan grande como un hombre o mayor, mayor que un hombre… -se puso en pie, nervioso, y sujetó a Ellery del brazo-. Vamos, vamos, sé amable. Estoy perfectamente. ¿Tengo mal aspecto? ¿Crees que pueden haber sido alucinaciones?

– ¿Qué quieres que te diga? -rió Ellery, tirándose sobre la cama-. ¡Viendo centollos! Si no te conociera tan bien como te conozco, te diría que aplastaras el centollo con un elefante color de rosa que te prestaría yo, y que habías bebido algo más de la cuenta. ¡Centollos! -meneó la cabeza-. Bien, vamos a pensarlo detenidamente, como personas serias y racionales. Yo estaba mirando para ti, hablándote. Tú mirabas exactamente hacia el frente, hacia el fondo del corredor. ¿Dónde viste exactamente la Cosa, el bicho ese tuyo, querido inspector?

El inspector tomó un poco de rapé con dedos temblorosos.

– La segunda puerta más allá de nosotros -murmuró, y aspiró-. Claro que debía ser tan sólo mi imaginación, El… Estaba del mismo lado que nosotros, del mismo lado del pasillo, y aquella zona, la verdad, estaba verdaderamente oscura…

– Lástima -soltó Ellery-. Con un poquito más de luz estoy seguro de que lo menos que habrías visto habría sido un tiranosaurio. ¿Qué andaba haciendo tu amigo el centollo cuando le viste y te pegaste el susto?

– No le des más vueltas -dijo el inspector, débilmente-. En realidad apenas si lo vi un instante. Se sumió…

– ¿Se sumió?

– No veo otra palabra para describirlo -dijo el viejo desconcertado-. Se sumió en la oscuridad, a través de la puerta, y luego se oyó el clic al cerrarse. Tú lo oíste también, seguro que sí que lo oíste.

– Esto exige una investigación cuidadosa -dijo Ellery, saltando de la cama y dirigiéndose hacia la puerta.

– ¡El! ¡Ten cuidado, por Dios! -chilló el inspector-. No puedes andar así tranquilamente, ¡espiando por la casa de otra gente!

– ¿No puedo ir hasta el otro cuarto de baño? -dijo Ellery con gran dignidad, empujando la puerta y desapareciendo.

El inspector Queen quedó sentado, derecho y estirado, cruzando los dedos y meneando la cabeza. Luego se levantó, se quitó la chaqueta y la camisa, dejó los tirantes sobre el respaldo de la silla y, estirando los brazos, lanzó un tremendo bostezo. Estaba muy cansado. Cansado, soñoliento y… asustado. Sí, se reconoció a sí mismo en la soledad de la habitación secreta de la mente a la que ningún extraño puede acceder, el viejo Queen de Centre Street tenía un cierto miedo. Miedo a lo desconocido. Eran cosas raras que pasaban por su piel, que le daban ganas de rascarse, y cosas que le hacían oír ruidos imaginarios.

Volvió a estirarse y a bostezar, y se ocupó de realizar todas esas menudencias que componen el conjunto de pequeños actos que el hombre realiza para desvestirse y meterse en la cama para dormir. Y mientras, pese a los ecos de las carcajadas de Ellery que seguían resonando en su imaginación, el miedo estaba instalado dentro de él y no había forma de echarlo. Incluso empezó a silbar, dándose cuenta y reprendiéndose a sí mismo al instante.

Se quitó los pantalones y los dobló cuidadosamente, dejándolos sobre el sillón morris. Luego se inclinó sobre una de las maletas que había a los pies de la cama. Al hacerlo algo se movió en una de las ventanas y miró hacia allí, alerta. Pero era simplemente una de las hojas, a medio cerrar.

Movido por un impulso incontrolable, cruzó rápidamente la habitación, vestido tan sólo con su ropa interior, y tiró de la persiana. Al bajar tuvo aún tiempo de echar una ojeada al exterior: un vasto abismo negro, nada más, o eso le pareció. Y así era, porque más tarde comprobaría que la casa estaba colgada encima de la montaña y que, de ese lado, daba directamente a un impresionante precipicio de varios centenares de pies de caída hasta el valle. Sus perspicaces ojillos miraron a otra parte. Y en ese mismo instante se separó de la ventana, soltando el cordón de la persiana que cayó produciendo un gran estrépito. Y luego, volviendo a cruzar el cuarto, apagó la luz, dejando la habitación en tinieblas.

Ellery abrió la puerta de su habitación y se detuvo, sorprendido. Luego se deslizó dentro como una sombra, cerrando la puerta deprisa y con suavidad.

– ¡Padre! -susurró-. ¿Estás en la cama ya? ¿Por qué has apagado la luz?

– ¡Cállate! -oyó decir con fuerza a su padre-. No hagas más ruido del imprescindible. Hay algo raro en todo esto y me parece que ya voy sabiendo qué es.

Ellery calló durante unos segundos. Sus pupilas se iban contrayendo por efecto de la oscuridad, y comenzaba a ir percibiendo algunos detalles entre las sombras. Una débil luz, la de las estrellas, brillaba a través de las ventanas de detrás. Su padre, en calzoncillos, estaba arrodillado sobre el suelo. Había una tercera ventana en la pared de la derecha por la que el inspector estaba atisbando.

Ellery acudió junto a su padre, y miró hacia fuera. La ventana, lateral, daba sobre un patio formado por un entrante de la pared posterior de la casa, más o menos a la mitad de ésta. Era un patio estrecho. Sobre el exterior de esa pared trasera, en el patio, y a la altura del primer piso, había un balcón que daba, aparentemente, al dormitorio de al lado de los Queen. Ellery llegó junto a la ventana justo a tiempo de ver una sombra que se separaba del balcón y entraba en la casa a través del ventanal francés, desapareciendo. A la luz de las estrellas quedó fijo el brillo último de una blanca mano femenina que surgió, un instante, de la habitación para cerrar las dos hojas de la puerta del ventanal.

El inspector se levantó con un gemido, bajó todas las persianas, caminó hasta la puerta y encendió la luz nuevamente. Sudaba copiosamente.

– ¿Y bien? -inquirió Ellery, de pie junto a la cama. El inspector se echó sobre la cama, como un gnomo semidesnudo, y se atusó pensativamente una de las guías del bigote.

– Me acerqué a la ventana para cerrar la persiana -masculló- y vi a una mujer por la ventana lateral. Estaba en el balcón, de pie, mirando al infinito, o algo así… Me di rápidamente la vuelta y apagué la luz para mirarla a gusto sin ser descubierto. No se movió. Tan sólo miraba a las estrellas. Medio lunática. La oí sollozar. Lloraba como un niño pequeño. Ella sola. Hasta que llegaste tú y se volvió a meter en la habitación.

– ¿Sí? -dijo Ellery. Se acercó a la pared de la derecha y apoyó la oreja en ella, tratando de descubrir algún sonido-. No puedo oír nada de nada con estas paredes tan gruesas, ¡perra suerte! Bueno, y ¿qué es lo que hay de extraño en todo esto? ¿Quién era, la señora Xavier o esa otra chica asustada, la señorita Forrest?

– Eso es precisamente lo que hace que sea algo raro -dijo el inspector.

Ellery se quedó mirando a su padre.

– ¿Suspense, eh? -comenzó a quitarse la chaqueta-. Vamos, venga, suéltalo ya Seguro que era alguien a quien no habíamos visto esta noche. Y que no era el centollo.

– Has acertado -dijo el viejo gruñón-. No era ninguno de los de antes. Era… ¡Marie Carreau! -soltó el nombre como producido por un encantamiento.

Ellery se quedó parado, en mitad de su lucha con la camisa.

– ¿Marie Carreau? Vamos, vamos. ¿Quién diablos es Marie Carreau? Nunca he oído hablar de ella.

– ¡Dios mío! -gimió el inspector-. ¡Dice que nunca ha oído hablar de Marie Carreau! ¡Esto es lo que pasa por educar a estos animales! ¿No lees los periódicos, idiota? Alta sociedad, muchacho, ¡alta sociedad!

– Ya lo oigo, ya lo oigo.

– La más alta de la alta. Montones de dinero. El todo Washington. Su padre, embajador en Francia. De origen francés, de la época de la Revolución. Su tataraloque-sea y Lafayette eran uña y carne -el viejo juntó la yema de su pulgar con la uña del corazón-. Toda la familia, primos, hermanos y sobrinos, andan metidos en la carrera diplomática. Se casó con un primo suyo, del mismo apellido, hace como veinte años. Ya murió. Sin hijos. No se volvió a casar, aunque es joven todavía, tendrá unos treinta y siete años -hizo una pausa para recobrar el aliento, y lanzó una mirada a su hijo.

– ¡Bravo! -se rió Ellery, haciendo flexiones de brazos-. ¡Te la sabes completa! Así que tu vieja memoria fotográfica sigue funcionando. Pero ¿qué pasa con eso? A decir verdad, me siento mucho más tranquilo. Al menos empezamos a entendérnoslas con misterios tangibles. Está claro que esta gente quería ocultar por alguna razón el hecho de que tu preciada señora Carreau estaba en la casa. Ergo, cuando oyeron un coche subiendo hacia la casa esta noche, escondieron a tu preciada joya de sociedad en su habitación. Todas esas historias sobre si tenían miedo de los visitantes desconocidos y demás eran puras monsergas. Lo que ponía nervioso a nuestro anfitrión y a los demás era el miedo a que descubriéramos su presencia aquí. Lo que me pregunto es por qué.

– Te diré el porqué -respondió con calma el inspector-. Lo leí en los periódicos hace tres semanas, cuando salimos de viaje, y tú lo hubieras visto también si te ocuparas lo necesario de enterarte de lo que pasa por el mundo. ¡La señora Carreau se supone que está en Europa!

– ¡Ajá! -dijo, suavemente, Ellery. Sacó un cigarrillo de su cajetilla y se acercó a la mesilla de noche para buscar una cerilla-. Muy interesante, pero ni necesariamente inexplicable. Tenemos un famoso cirujano y tal vez la señora tenga algún problema con su sangre azul, o sus tripas de oro y lo más probable es que no quiera que nadie lo sepa… No, eso no me parece muy plausible… Tiene que ser algo más que eso… Un bonito rompecabezas. ¿Y dices que lloraba? Tal vez la hayan raptado -dijo esperanzado-. Nuestro encantador anfitrión podría haberla secuestrado. ¿Dónde diablos hay una cerilla?

El inspector no se dignó contestar. Se mesaba el bigote, mirando distraídamente la puerta.

Ellery abrió el cajón de la mesilla de noche, y encontró una caja de cerillas. Dio un silbido.

– ¡Caramba! -exclamó-. ¡Vaya previsor que nos ha salido nuestro doctor! Echa una miradita a todo lo que hay en este cajón.

El inspector gruñó.

– Realmente es un hombre de ideas fijas -dijo Ellery, con admiración-. Lo de los juegos debe ser una manía absoluta, como una fobia benigna y no puede pasarse sin tratar de transmitirla a sus invitados. Tenemos todo lo necesario para pasar un fin de semana descansando. Un paquete de cartas sin estrenar, un libro de crucigramas completamente virgen, ¡por Vesta!, un ajedrez, uno de esos libros de preguntas y respuestas y Dios sabe qué más. ¡Y el lápiz está recién afilado! ¡Qué barbaridad! -suspiró, cerró el cajón y encendió su cigarrillo.

– Maravilloso -murmuró el inspector.

– ¿Qué?

El viejo arrancó:

– Estaba pensando en voz alta Sobre la señora esa del balcón, vamos. Una preciosidad, realmente, El. Llorando… -movió la cabeza-. Bueno, no creo que sea un asunto de nuestra incumbencia. Somos un par de metomentodo -echó la cabeza arriba, y la luz dio en sus ojos grises-. Me olvidaba. ¿Encontraste algo afuera? ¿Había algo?

Ellery estaba echado, a propósito, del otro lado de la cama, con los pies cruzados sobre la colcha. Echó una bocanada de humo hacia el techo.

– ¿Te refieres a tu amigo el centollo gigante? -dijo con sorna.

– ¡Sabes más que de sobra a qué me refiero! -gruñó el inspector poniéndose colorado hasta las orejas.

– Pues es bastante problemático -confesó Ellery-. El corredor estaba desierto y todas las puertas cerradas. Ni un ruido. Crucé el vestíbulo haciendo ruido y entré en el cuarto de baño. Y luego salí, sin hacer ruido. No tardé mucho… Por cierto, ¿estás al tanto de las preferencias gastronómicas de los crustáceos?

– Venga, venga… -graznó el inspector-. ¿En qué estás pensando ahora? ¡Siempre tienes que decir las cosas enrevesándolas!

– La cosa es -siguió Ellery- que oí ruido de pasos en las escaleras, y corrí a ocultarme otra vez en la oscuridad del pasillo, cerca de la puerta de nuestra habitación. No podía volver a cruzar el rellano para volver a entrar en el cuarto de baño sin ser visto por quienquiera que viniese. De modo que me quedé allí quieto, vigilando el trozo iluminado que veía. Era nuestra Démeter particular, nuestra proveedora de provisiones, la señora Wheary.

– ¿El ama de llaves? ¿Y qué? Probablemente iba a acostarse. Supongo que tanto ella como ese otro bribón, el Bones, dormirán en el ático.

– ¡Oh, sin duda! Pero la señora Wheary no llevaba rumbo hacia esos benditos mares de los sueños, eso te lo puedo garantizar. Llevaba una bandeja.

– ¡Ah!

– Una bandeja, debo añadir, bien repleta de comestibles.

– Destinada a la habitación de la señora Carreau, imagino -apostilló el inspector-. A fin de cuentas, también las damas de la alta sociedad tienen que alimentarse.

– Sí, pero no era para ella -dijo, pensativo, Ellery-. Por eso te pregunto si sabías algo sobre los gustos alimentarios de los crustáceos. Porque, la verdad, yo nunca he visto a un centollo tomarse un buen tazón de leche de vaca, ni he oído que se coman buenos sándwiches de carne asada con pan integral, ni fruta fresca… La buena mujer pasó junto a la puerta del cuarto de la señora Carreau y se fue directamente al de al lado, y entró sin dar ni la más mínima señal de miedo, ni siquiera de aprensión. Es decir, entró en la habitación en la que tú -dijo, burlón- viste tu famoso centollo gigante, el que… hmm… el que… -el inspector metió las manos en la maleta, tratando de encontrar el pijama- ¡se sumió!…

Sangre al sol

Ellery abrió los ojos y sufrió la dura luz del sol brillando contra la cabecera de la cama, aquella cama extraña en la que estaba echado. Tardó unos instantes en darse cuenta de dónde estaba. La garganta le dolía, reseca; la cabeza pesaba más de lo habitual. Dejó escapar un suspiro, se revolvió entre las sábanas y oyó decir a su padre en voz baja:

– ¿Ya te has despertado?

Volvió la mirada hacia el inspector, vestido ya con ropa limpia y con las manos cruzadas a la espalda, mirando por las ventanas de atrás, con aspecto abstraído y tranquilo Ellery soltó un gemido, se estiró y saltó de la cama.

Comenzó a quitarse el pijama, bostezando.

– Ven, echa una mirada -dijo el inspector sin darse la vuelta.

– ¿Qué hay que ver?

– Allí abajo, donde el precipicio empieza a suavizarse, hacia el valle. En las laderas del monte, El.

Ellery, al fin, vio. Alrededor de las laderas, al fondo, donde los afilados despeñaderos se suavizaban, llenándose de árboles de improviso, aparecían pequeños, débiles y juguetones penachos de humo.

– ¡El fuego! -exclamó Ellery-. ¡Y yo que ya estaba casi convencido de que todo lo de anoche había sido solamente una pesadilla!

– Está flotando por la parte de atrás, del lado del precipicio -dijo, pensativo, el inspector-. Toda esta parte de atrás es piedra pura, así que el fuego no puede atacar por ese lado. No tiene de qué alimentarse. Aunque eso no nos sirve de gran consuelo.

Ellery, que iba hacia el lavabo, se detuvo:

– ¿Puede usted decirme qué quiere decir con eso, caballero?

– Nada, en realidad. Pensaba en voz alta -dijo, meditabundo, el viejo- que si el incendio empeorara en serio…

– ¿Sí…?

– Pues que estaríamos absolutamente acorralados, hijito. Ese precipicio no lo baja ni un escarabajo.

Ellery se quedó un momento con la mirada fija, y luego se rió.

– Eres único cuando se trata de estropear una mañana perfectamente agradable. El eterno pesimista Olvídalo. Vuelvo ahora mismo, voy a ver si me echo un poco de esta agua de montaña helada por encima.

Pero el inspector no se olvidó. Contempló los hilos de humo sin pestañear ni una vez mientras Ellery se duchaba, se peinaba y se vestía.

Al bajar la escalera, los Queen escucharon voces ahogadas, abajo. El corredor de la planta baja estaba desierto, pero la puerta delantera del vestíbulo estaba abierta, y la oscuridad de la noche anterior había sido reemplazada por una acogedora claridad matutina. Salieron a la terraza y encontraron allí al doctor Holmes y a la señorita Forrest en amena conversación, bruscamente interrumpida a su llegada.

– Buenos días -dijo Ellery, alegre-. Precioso, ¿verdad?

Avanzó hasta el borde del porche y aspiró profundamente, contemplando, con placer, el cielo azul, el calor. El inspector se sentó en una mecedora y sacó su cajita de rapé.

– Sí, sí, ¿verdad? -murmuró la señorita Forrest con voz rara.

Ellery se volvió rápidamente hacia ella tratando de ver su cara Estaba más bien pálida, vestida con algo de un tono pastel con muchos pliegues, encantadora, en suma Pero parte de su encanto era tensión…

– Va a hacer calor -dijo el doctor Holmes, nerviosamente y moviendo sus largas piernas-. ¿Ha dormido usted bien, señor Queen?

– Como Lázaro -dijo, jovial, Ellery-. Debe ser el aire de la montaña. Es un curioso sitio. ¿Cómo se le ocurriría al doctor Xavier? Parece más un nido de águilas que un sitio para seres humanos.

– Sí, ¿verdad? -dijo la señorita Forrest suavemente, y se produjo un silencio.

Ellery examinó el terreno a la luz del día La cima del monte Flecha estaba apenas unos pocos metros más alta La casa ocupaba el terreno, de espaldas al precipicio, de forma que quedaba muy poco espacio libre a los lados y delante y, además, ese espacio parecía haber sido conseguido tras un gran trabajo, nivelando algo el terreno y apartando las rocas grandes. Pero estaba claro que los trabajos se habían interrumpido bruscamente, porque, excepto el camino para los coches que iba desde la verja a la casa, todo estaba lleno de piedras sueltas y raíces, cubierto en algunas zonas con una raquítica maleza polvorienta. El bosque se iniciaba abruptamente tres cuartos de circunferencia hacia la cima y montaña abajo. El efecto del conjunto resultaba sorprendente, encantador y grotesco a la vez.

– ¿No se ha levantado nadie más? -preguntó amablemente el inspector, después de un rato-. Es ya bastante tarde. ¡Creí que seríamos los últimos!

La señorita Forrest saltó:

– Bueno… En realidad no lo sé. No he visto a nadie más que al doctor Holmes y a ese horroroso Bones. Está escarbando por allí, alrededor de la casa, cuidando una especie de jardín, algo que tiene por ahí sembrado. ¿Usted ha visto a alguien, doctor?

Esta mañana no coqueteaba, pensó Ellery, y una sospecha repentina cruzó por su mente. La señorita Forrest era una «invitada», ¿no? Lo más probable era, en realidad, que la chica estuviera relacionada de alguna forma con la misteriosa dama de la alta sociedad que se ocultaba en la habitación de arriba. Era una explicación que servía además para entender el porqué de su nerviosismo excesivo de la noche anterior, y su palidez y falta de naturalidad de esa mañana.

– No -dijo el doctor Holmes-. Espero a los otros para desayunar, por cierto.

– ¡Ya! -murmuró el inspector, mirando a lo lejos, hacia las rocas durante unos momentos. Se levantó-. Bien, hijo, creo que sería conveniente que volviéramos a telefonear para ver qué es lo que pasa con el fuego y si seguimos nuestro camino.

– De acuerdo.

Se fueron hacia el vestíbulo.

– ¡Oh! Pero se quedarán ustedes a desayunar, claro -dijo enrojeciendo muy deprisa el doctor Holmes-. No podríamos dejarlos irse así, desde luego, sin tomar alguna cosa antes…

– Bueno, bueno, bueno, veremos -repuso el inspector con una sonrisa-. Ya les hemos dado bastante la lata…

– Buenos días -dijo la señora Xavier desde la puerta.

Se volvieron todos a una. Ellery podría jurar que había notado una cierta angustia en los ojos de la señorita Forrest. La esposa del dueño de la casa estaba vestida con una bata de organdí, con el pelo entrecano recogido en un moño a la española, y su piel aceitunada mostraba una delicadísima palidez. Miró inescrutablemente al inspector y a Ellery.

– Buenas -dijo, apresuradamente el inspector-, íbamos a llamar a Osquewa para saber qué hay del incendio…

– He llamado yo ya a Osquewa -dijo la señora Xavier con una voz sin ningún tono definido.

Ellery notó por primera vez algo de acento extranjero en su forma de hablar.

La señorita Forrest preguntó, perdiendo el aliento:

– ¿Y…?

– Parece que esa gente no ha conseguido ni el más mínimo progreso en la lucha contra las llamas -la señora Xavier avanzó hasta el borde de la terraza y contempló la temible vista-. Sigue ardiendo con ganas y avanzando.

– Avanzando, ¿eh? -murmuró Ellery.

El inspector callaba como un muerto.

– Sí, aunque todavía no puede decirse que esté fuera de control -dijo la señora Xavier con su sonrisa de Gioconda loca-; de modo que no hay que temer por nuestra seguridad. Sólo es cuestión de tiempo.

– ¿Todavía no hay paso hacia abajo? -inquirió el inspector.

– Me temo que no.

– ¡Dios mío! -dijo el doctor Holmes. Y arrojó el cigarrillo-. Vayamos a desayunar, ¿les parece?

No contestó nadie. La señorita Forrest se levantó de pronto, echándose hacia atrás como si hubiera visto una culebra Todos se inclinaron hacia delante. Había una larga ceniza en el aire, flotando como una pluma. La miraban fascinados, cuando fueron apareciendo otras posándose en el suelo.

– Cenizas -musitó la señorita Forrest.

– Naturalmente, claro -dijo el doctor Holmes con una voz rara y aguda-. El viento ha cambiado, señorita Forrest, es todo lo que pasa.

– Ha cambiado el viento -repitió, pensativo, Ellery. Frunció el ceño, y buscó por los bolsillos un paquete de cigarrillos. La señora Xavier no había movido ni un solo músculo de su amplia y suave espalda.

La voz de Mark Xavier rompió el silencio desde la puerta.

– Buenos días -gritó-. ¿Qué están hablando ustedes de cenizas?

– ¡Oh, señor Xavier! -chilló la señorita Forrest-. ¡El fuego empeora!

– ¿Empeora? -continuó hacia delante y se detuvo junto a su cuñada. Sus penetrantes ojos parecían blandos y cansados, y el blanco estaba surcado por venitas rojas. Parecía que no había dormido en toda la noche o que tenía una gran resaca.

– Mala cosa -comentó-, mala cosa. Parece que no… -calló y, luego, elevó la voz, áspera-. Bueno, ¿qué diablos están esperando aquí? El fuego esperará. ¿Qué les parecería un desayuno? ¿Dónde anda John? ¡Estoy hambriento!

La alta y desgarbada figura de Bones apareció por el costado de la casa, con un pico y una pala corta en la mano, sucios de tierra. A la luz del sol se veía que era un anciano ya gastado, con un mono sucio, ojos inquisidores y boca seca. Subió los escalones sin mirar ni a derecha ni a izquierda y desapareció por la puerta principal.

La señora Xavier se agitó.

– ¿John? Es verdad, ¿dónde está John? -se volvió hacia ellos, y sus negros ojos lanzaron sus llamas hacia los agotados de su cuñado.

– ¿No lo sabes? -dijo Mark Xavier con un gesto.

«¡Dios mío, qué gente!», pensó Ellery.

– No -dijo la mujer lentamente-. No lo sé. No subió a dormir esta noche -los ojos negros relampaguearon ardientes-. Por lo menos no lo encontré esta mañana en la cama, Mark.

– Eso tampoco es tan raro -dijo el doctor Holmes rápidamente, con una risa bastante forzada-. Probablemente se quedó haciendo algo en el laboratorio toda la noche. Está metido en un experimento de…

– Sí -dijo la señora Xavier-. Anoche dijo algo de que se quedaría en el laboratorio, ¿verdad, señor Queen? -y volvió de pronto sus extraños ojos hacia el inspector.

El inspector estaba serio. Apenas ocultaba su malhumor y su disgusto.

– Así es, señora.

– Bien, pues entonces voy a buscarlo -dijo con ganas el doctor Holmes, y salió de inmediato por uno de los balcones hacia la sala de juegos.

Nadie dijo nada La señora Xavier volvió a mirar atentamente el cielo. Mark Xavier seguía sentado tranquilamente sobre la barandilla de la terraza, con un cigarrillo que echaba humo hacia sus ojos, en la mano. Ann Forrest torcía y retorcía un pañuelo sobre su regazo. Se oyeron pasos en el vestíbulo, y apareció la estirada figura de la señora Wheary, la gobernanta.

– El desayuno está servido, señora -dijo, nerviosa-. Estos señores… -y señaló a los Queen- ¿también…?

La señora Xavier se volvió.

– Desde luego -dijo con tono enfurecido.

La señora Wheary se ruborizó y se retiró.

Y entonces, de golpe, todos se encontraron mirando hacia el balcón por el que había entrado en la casa el doctor Holmes unos minutos antes. El espigado joven inglés estaba parado, de pie, en la puerta del balcón, con la mano derecha, de blanco puño, crispada y el pelo castaño curiosamente alborotado y levantado en el aire, la boca abierta, moviéndose sin sonido, y el rostro tan gris como sus pantalones de tweed.

Durante una eternidad no consiguió articular sonido alguno, mientras sus labios se abrían y cerraban inútilmente.

Al fin dijo con voz crispada, la más trastornada y confusa que Ellery había oído nunca:

– Lo han asesinado.

Segunda parte

La psicología nunca yerra. La dificultad mayor estriba en conocer al paciente. La psicología es una ciencia exacta con infinidad de ramificaciones.

Mente humana e inhumana,

por Stanley White, S. (D. Sc.)

El seis de picas

Una arruga que descendía por el escote de la señora Xavier, bajando hasta la falda, se tensó por un imperceptible movimiento. Estaba inclinada, apoyada en la barandilla de la terraza, con las manos agarradas al metal, a ambos lados de su cuerpo. Su tez olivácea se puso más gris, cartilaginosa. Los negros ojos parecían frutas borrachas, a punto de saltar. Pero no emitió sonido alguno, ni varió un ápice la expresión de su rostro. Incluso conservó su horrible sonrisa.

Los ojos de la señorita Forrest giraban, hasta quedar a la vista no más que un mínimo arco de pupila, rodeado del blanco elíptico. Dejó escapar un sonido enfermo, y se levantó de la silla como un autómata, solamente para dejarse caer en ella de nuevo, sin fuerzas.

Mark Xavier aplastó la colilla encendida de su pitillo entre los dedos y se separó de la baranda. Miró hacia la figura paralizada del doctor Holmes, a la entrada de la casa.

– ¿Asesinado? -dijo lentamente el inspector.

– ¡Dios mío! -musitó la señorita Forrest mordiéndose el dorso de la mano derecha y contemplando a Mark Xavier.

Ellery salió detrás de Mark Xavier, y entonces todos los demás les siguieron, atravesando la sala de juego, pasando por una puerta que daba a la biblioteca, repleta de libros bien alineados, y luego por otra puerta más que daba a…

El estudio del doctor Xavier era un cuarto pequeño, cuadrado, con dos ventanas que daban sobre la estrecha franja de terreno rocoso a la derecha de la casa. Tenía cuatro puertas: la de la biblioteca, otra más a la izquierda, según estaban ellos, que daba al pasillo transversal del edificio, una tercera en esa misma pared que conducía al laboratorio del cirujano y la cuarta, enfrente de la biblioteca, que también conducía al laboratorio. Esta última estaba abierta de par en par, permitiendo ver del otro lado un trozo de pared blanca, con estanterías, del laboratorio.

El estudio estaba modestamente amueblado, con sencillez monástica. Tres estanterías de caoba con libros, cerradas con puertas de cristal, un viejo sillón, una lámpara, un sofá duro de cuero negro, un pequeño escritorio, una copa de plata sobre caja de cristal, y una vieja fotografía de un gran grupo de gente vestidos de esmoquin enmarcada y colgada de la pared. Y en el centro de la habitación, una mesa de despacho en caoba, amplia, frente a la puerta de la biblioteca.

Tras la mesa, una silla giratoria, y en la silla giratoria el doctor John Xavier.

Excepción hecha del áspero abrigo de tweed y la corbata de lana roja que descansaban descuidadamente sobre el sillón, estaba vestido exactamente igual que la noche anterior, como le habían visto. La cabeza y el pecho reposaban sobre la mesa de despacho situada ante él, y el brazo izquierdo descansaba delante de la cabeza, los largos dedos crispados con rigidez, la palma apoyada de plano sobre la caoba. El brazo derecho estaba fuera de la vista desde el hombro para abajo, tapado por la mesa. El cuello desabrochado se abría a los lados de la garganta azul grisácea.

La cabeza, apoyada sobre la mejilla izquierda; la boca, entreabierta y torcida; los ojos, abiertos, desorbitados. La parte superior del torso se veía medio retorcida, alejándose de la superficie del escritorio. Una mancha de un rojo espeso y oscuro destacaba sobre la parte derecha delantera de la camisa. En la maraña coagulada carmesí se descubrían dos orificios negruzcos.

La superficie de la mesa estaba vacía, desprovista de los utensilios habituales de escritorio. En lugar de los tinteros, secantes y papeles se veían unas barajas desplegadas, ordenadas en un muy curioso orden. La mayoría, en montones pequeños, estaban ocultas por el cuerpo del cirujano.

A un costado, junto al borde de la estera verde que cubría el suelo, en la esquina al lado de la puerta que conducía al pasillo, yacía un gran revólver negro.

Mark Xavier estaba apoyado contra el marco de la puerta de la biblioteca, mirando fijamente dentro del estudio, hacia la figura inmóvil de su hermano.

La señora Xavier dijo opacamente sobre el hombro de Ellery:

– ¡John!

Ellery, entonces, dijo:

– Creo que será mucho mejor que todos ustedes salgan de aquí por ahora, excepto el doctor Holmes. Le necesitaremos. Váyanse, por favor.

– ¿Le necesitaremos? -repitió Mark Xavier abruptamente, con los párpados semicerrados cubriendo así los sanguinolentos ojos. Se separó del marco en que se apoyaba-. ¿Qué quiere usted decir con eso de necesitar? ¿Quién demonios se creen ustedes que son aquí, aparte de intrusos?

– No, Mark -dijo mecánicamente la señora Xavier. Apartó los ojos del cadáver de su marido y se pasó un pañuelo bordado, rojo, por los labios.

– ¡No, Mark, que no, Mark! -gritó Xavier-. Vamos, ustedes…, usted…, Queen…

– Chst, chst -dijo suavemente Ellery-. Me parece que sus nervios están un poquito afectados, señor Xavier. No es momento de discutir. Sea usted bueno y acompañe a las señoras hacia otro lugar. Tenemos trabajo.

El aludido cerró el puño y avanzó hacia Ellery, como para descargárselo en la cara.

– ¡Le voy a partir la cara de un puñetazo! ¿No les parece que ya han dado bastante la lata los dos? Lo mejor que pueden hacer es salir zumbando. ¡Largo! -pareció que por su cabeza pasaba una idea que iluminó un instante sus ojos con un rayo luminoso-. Hay algo muy extraño en ustedes, que no está claro -dijo lentamente-. ¿Cómo podemos saber que no han sido…?

– ¡Habla tú con este imbécil, padre! -dijo Ellery con impaciencia, y penetró en el estudio. Parecía fascinado por las cartas sobre las que reposaba el torso del doctor Xavier.

El viejo rebuscó en uno de sus bolsillos interiores y extrajo una cajita negra. La abrió y la sostuvo abierta, en la mano. Dentro había una insignia redonda, dorada.

El color del rostro de Mark Xavier fue variando poco a poco, de rojo a blanco. Contemplaba la chapa como si fuera un ciego de nacimiento que viera por primera vez algo de color y en tres dimensiones.

– Policía -dijo, por fin, con gran dificultad, humedeciéndose los labios.

Al oírlo, los brazos de la señora Xavier se desplomaron. Su piel se tornó casi verde y en sus negros ojos surgió un dolor de ébano, el dolor de la agonía desnuda.

– ¿Policía? -susurró.

– El inspector Queen de la Brigada de Investigación Criminal, Homicidios, Departamento de Policía de Nueva York -dijo el viejo caballero con voz serena y como quitándole importancia-. Supongo que esto parecerá una novela o un melodrama antiguo, pero resulta que es así y no hay nada más que decir. Hay muchas cosas sobre las que ya no sirve de nada decir cosas -hizo una pausa para mirar fijamente a la señora Xavier-. Le ruego que me disculpe si anoche no les anuncié que era un poli.

Ninguno respondió. Estaban todos contemplándole fijamente, a él o a su placa, con expresiones que variaban desde el terror a la estupefacción.

Cerró la tapa de la cajita y la devolvió al bolsillo.

– Porque -dijo, sintiendo que la conocida dureza de la caza del hombre retornaba a sus pupilas- si lo hubiera dicho tengo la seguridad de que el doctor John Xavier estaría aún vivo y coleando -se volvió levemente y miró al estudio. Ellery estaba inclinado sobre el muerto, tocándole los ojos, la base del cuello, la mano izquierda, rígida. El inspector se volvió de nuevo hacia sus interlocutores y continuó en tono de conversación normal-: Es una mañana preciosa, por cierto. Demasiado hermosa para estar muerto -los escrutó con la mirada uno por uno, poniendo en sus ojos no sólo una líquida sospecha, sino también todo el poder de su larga experiencia.

– Pe… pero… -saltó la señorita Forrest-. Yo… yo…, yo no… no…

– Bien -dijo secamente el inspector-; la gente no suele cometer crímenes cuando sabe que hay un policía viviendo bajo el mismo techo, señorita Forrest. Lo siento por el doctor Xavier… Y ahora hagan el favor de escucharme todos -Ellery recorría ahora el estudio silenciosamente. La voz del inspector se endureció. Una nota como de látigo entró en su tono, y las dos mujeres retrocedieron instintivamente. Mark Xavier ni siquiera se inmutó-. Quisiera que la señora Xavier, la señorita Forrest y usted, Xavier, se quedaran aquí, en la biblioteca. Dejaré la puerta abierta, y no quiero que ninguno de ustedes se vaya de esta habitación. Ya veremos a la señora Wheary y a Bones más tarde. De todas formas nadie puede escaparse, con ese precioso incendio cerrando todas las salidas del monte… Venga usted aquí conmigo, doctor Holmes. Es usted la única persona que hay en la casa que puede ser de alguna utilidad.

El viejo penetró en el estudio. El doctor Holmes se estremeció, cerró los ojos, los volvió a abrir y le siguió. Los demás ni parpadearon. Ni siquiera dieron muestras de haber oído lo que les habían dicho. Permanecieron en el mismo sitio en que estaban, inmóviles, como si les hubieran congelado.

– ¿Y qué, Ellery? -interpeló el inspector.

Ellery se incorporó, arrodillado tras la mesa, y encendió un cigarrillo con aire ausente.

– Muy interesante. Creo que ya he visto casi todo lo que hay que ver. Un raro asunto, padre.

– Tiene que serlo si toda esta banda de lunáticos está por en medio -torció el gesto-. Bueno, sea lo que sea habrá que ocuparse de ello. Hay unas cuantas cosas que hacer enseguida -se volvió hacia el doctor Holmes que se había detenido ante la mesa y miraba el cuerpo de su colega a través de las gafas. El inspector sacudió al joven británico por la manga, sin remilgos-. Venga, venga, doctor. Ya sé que era su amigo y todo eso, pero no tenemos más médico que usted ni posibilidades de encontrar otro, y necesitamos ayuda médica.

La mirada perdida se fue borrando del rostro contemplativo del doctor Holmes y volvió lentamente la cabeza.

– ¿Qué desean ustedes que haga?

– Examine usted el cuerpo.

El joven palideció.

– ¡Oh, Dios mío, no! Por favor, ¡no me siento capaz!

– Vamos, vamos, jovencito, un poco de serenidad. No se olvide de que es usted un profesional. Estoy seguro de que ha manejado usted en el laboratorio montones de cuerpos. Ya he visto casos peores que éste. Un amigo mío que está en el departamento médico forense de Manhattan, Prouty, tuvo que hacer la autopsia una vez a un tipo con el que jugaba al póquer todas las semanas. Estuvo un poco mareado después de hacerla, pero la hizo.

– Sí -dijo el doctor Holmes, humedeciéndose los labios-, sí, comprendo -se encogió de hombros, apretó la mandíbula y dijo con más calma-: Muy bien, inspector -y rodeó la mesa.

El inspector contempló durante unos segundos sus anchos hombros cuadrados y murmuró:

– Buen chico -y lanzó una mirada de costado hacia el grupo que quedaba al fondo. No se habían movido de sus posiciones-. Un momento, El, escucha -gruñó el inspector. Ellery, con los ojos extraordinariamente brillantes, se colocó al lado de su padre-. Estamos en una pintoresca situación, muchacho. No tenemos ninguna autoridad real, ni siquiera derecho a tocar el cuerpo. Tendríamos que notificarlo a Osquewa y pedir permiso, supongo que allí será la capital de esta jurisdicción.

– Ya lo había pensado también yo, claro -dijo serio Ellery-. Pero como no pueden atravesar el fuego…

– Bueno -dijo el inspector un tanto fastidiado-, tampoco sería la primera vez que nos tomamos un caso por nuestra cuenta, incluso estando de vacaciones -indicó hacia la puerta de la biblioteca con un movimiento de cabeza-. Vigílame a esa gente. Voy hasta el salón a ver si puedo telefonear a Osquewa. Tal vez consiga dar con el sheriff o alguien así.

– De acuerdo.

El inspector salió al trote, pasando junto al revólver que seguía sobre la alfombra como si no lo hubiera visto, y desapareció por el pasillo.

Ellery miró al doctor Holmes un instante. El médico, pálido pero sereno, había desabrochado ya la camisa del muerto, dejando a la vista las dos heridas de bala. Los bordes de los orificios estaban azules, sobre la sangre seca. Los observó tratando de localizarlos bien, sin mover el cadáver ni cambiar su posición, y lanzó una ojeada hacia la puerta por la que se había ido el inspector; asintió con la cabeza y comenzó a palpar los brazos del cadáver.

Ellery asintió a su vez y fue hasta esa misma puerta. Se agachó y recogió el revólver tomándolo por el largo tambor. Lo sostuvo contra la luz que llegaba a través de las ventanas y sacudió la cabeza.

– Aunque dispusiéramos de polvo de aluminio no… -murmuró.

– ¿Polvo de aluminio? -el doctor Holmes ni siquiera levantó la cabeza-. Supongo que es algo para ver las huellas dactilares, ¿no, señor Queen?

– Sí, pero no hace ni falta. Está todo maravillosamente bruñido. La culata y el gatillo brillan. Y el tambor… -se alzó de hombros y abrió el arma-. Quienquiera que usara este arma se preocupó de dejarla bien limpia de huellas. Algunas veces pienso que debería haber una ley que prohibiera las novelas policiacas. Dan demasiadas facilidades a los criminales en potencia… Hay dos cartuchos vacíos. Supongo que no cabe duda de que ésta es el arma del crimen. ¿Quiere usted tratar de localizar las balas de todas maneras, doctor?

El doctor Holmes asintió. Poco después se puso en pie, entró al laboratorio y volvió con un instrumento brillante. Volvió a inclinarse sobre el cuerpo.

Ellery dedicó su atención al pequeño gabinete de escribir. Ocupaba una parte de la pared en la que se encontraba la puerta de la biblioteca, entre ésta y la que daba al pasillo transversal. El cajón de arriba del todo estaba un poquito abierto. Tiró de él. Dentro había una pistolera de cuero descolorido, a la que faltaba la correa; en la parte de atrás se encontraba una caja de cartuchos. La caja contenía solamente unos pocos.

– Muy típico de suicidio -murmuró mientras contemplaba la pistolera y la caja. Cerró el cajón, seco-. Supongo, doctor, que este revólver pertenecía al doctor Xavier. Por la funda veo que se trata de un arma del ejército.

– Sí -Holmes miró un segundo hacia arriba-. Estuvo en el ejército durante la guerra. Capitán de infantería. Conservó la pistola como recuerdo, me contó una vez. Y ahora… -quedó callado.

– Y ahora -señaló Ellery- se ha vuelto contra él. Es curioso cómo funcionan las cosas… ¡Ah, padre! ¿Hay algo de nuevo?

El inspector cerró con brusquedad la puerta del pasillo.

– Conseguí cazar al sheriff por pura suerte. Estaba en el pueblo para descansar y recoger cosas. Es como pensábamos.

– No pueden pasar, ¿eh?

– Ni soñarlo. El fuego es cada vez más fuerte. Y si pudiera, está demasiado ocupado ahora. Eso dijo. Necesitan toda la gente que pueda ayudarles. Ya ha habido tres muertos por el incendio, y por el tono de voz que tenía -dijo serio el inspector-, no me pareció que le alegrara mucho la perspectiva de un nuevo cadáver.

Ellery examinó la alta figura rubia y silenciosa apoyada contra la puerta.

– Ya veo. ¿Y…?

– En cuanto le dije por teléfono quién era yo se lanzó sobre la oportunidad y me nombró delegado especial para llevar esta investigación, con plena autoridad para hacer los arrestos necesarios. Subirá aquí con el juez del condado en cuanto les sea posible atravesar el fuego… Así que es todo cosa nuestra.

El hombre apoyado en la puerta lanzó un extraño suspiro, no se sabe si de alivio, desesperación o cansancio. Ellery, al menos, no podría decir de qué.

El doctor Holmes se enderezó. Sus ojos tenían una blandura mortecina.

– Ya está terminado -anunció con voz neutra.

– ¡Ajá! -dijo el inspector-. Buen chico. ¿Cuál es el veredicto?

– ¿Qué quieren saber exactamente? -preguntó el médico, con dificultad, apoyándose sobre la mesa llena de cartas, con los nudillos.

– ¿La muerte fue causada por los disparos?

– Sí. No hay ninguna otra marca de violencia en todo el cuerpo, al menos tras este análisis superficial. Dos balas en el lado derecho del tórax, un poquito a la izquierda del esternón, una bastante arriba. Destrozó la tercera costilla, salió rebotada hacia arriba y pasó a la parte alta del pulmón derecho. El otro proyectil entró más abajo, entre dos costillas, atravesando los bronquios, cerca del corazón.

Se oyó un vagido enfermo al otro lado de la puerta. Los tres hombres hicieron como que no lo oían.

– ¿Hemorragia? -inquirió el inspector.

– Abundante. La sangre salió por la boca, como pueden ver.

– ¿Muerte instantánea?

– Yo diría que no.

– Eso hubiera podido asegurarlo.

– ¿Cómo?

– Te lo diré dentro de un momento, padre. No has mirado el cadáver bien todavía. Dígame, doctor, ¿qué dirección traían los disparos?

El doctor Holmes se pasó la mano por los labios.

– No creo que haya muchas dudas a ese respecto, señor Queen. El revólver…

– Sí, sí -dijo Ellery con impaciencia-. Eso está muy claro, doctor, pero lo que me interesa saber es si los ángulos de fuego confirman el supuesto.

– Yo diría que sí. Sí, sin duda. Las dos heridas muestran el mismo ángulo de incidencia del proyectil. Los disparos partieron aproximadamente del mismo lugar en el que usted recogió el revólver.

– Muy bien -dijo Ellery satisfecho-. Un poco a la derecha de Xavier y frente a él. Es imposible que no se haya dado cuenta de la presencia del asesino. Por cierto, ¿tiene usted idea de si ayer estaba el arma en ese cajón?

El doctor Holmes negó:

– No, lo siento.

– No tiene mucha importancia. Lo más probable es que estuviera. Todos los indicios apuntan hacia un crimen impulsivo, no premeditado. Al menos en lo referente a los preparativos.

Ellery explicó a su padre que el revólver había estado en el cajón del buró y que pertenecía al doctor Xavier. Y que habían limpiado las huellas después del crimen.

– Es fácil imaginarse lo que sucedió -dijo pensativo el inspector-. No podemos saber por qué puerta entró el asesino, aunque lo más probable es que lo hiciera por la de la biblioteca o la del pasillo. En cambio está claro que, cuando hizo su entrada, el doctor hacía un solitario en el mismo lugar en que sigue estando. El asesino abrió el cajón, sacó la pistola… ¿La guardaba cargada?

– Me parece que sí -dijo blandamente el doctor Holmes.

– Cogió pues la pistola, permaneciendo más o menos junto al buró, al lado de la puerta del pasillo, disparó dos veces, limpió el arma, la dejó caer sobre la alfombra y se largó hacia el vestíbulo.

– No necesariamente -indicó Ellery.

El inspector le miró.

– ¿Por qué no? ¿Por qué iba a cruzar el cuarto e irse por otra puerta que estuviera más lejos teniendo una justamente detrás?

Ellery dijo con dulzura:

– Solamente he dicho que no necesariamente. Supongo que lo ocurrido fue eso, pero es algo que no nos aclara nada de nada. No importa cuál sea la puerta por la que salió el asesino, ni por la que entró, no nos dirá nada específico. Ninguna de las cuatro puertas da a un lugar del que no haya otra salida, y cualquiera de ellas es perfectamente accesible para cualquiera de los presentes en la casa que bajase a esta planta sin ser visto, por ejemplo.

El inspector dio un gruñido. El doctor Holmes, temeroso, dijo:

– Si no quieren nada de mí, señores… Aquí tiene las balas -e indicó dos bultitos cubiertos de sangre seca que había depositado sobre la mesa.

– ¿Las mismas? -preguntó el inspector.

Ellery las examinó con aire indiferente.

– Sí, parecen iguales a las del revólver y las de la caja que está con la funda. Nada raro… Doctor, antes de irse…

– ¿Sí?

– ¿Cuánto hace que murió el doctor Xavier?

El joven consultó su reloj de pulsera.

– Son ahora casi las diez… En mi opinión la muerte se produjo como mínimo hace nueve horas. Sobre la una de la mañana más o menos.

Mark Xavier, apoyado contra la puerta, se movió por primera vez. Levantó la cabeza y aspiró fuertemente aire, con un silbido. Como si se tratara de una señal, la señora Xavier gimió y retrocedió hasta una silla de la biblioteca. Ann Forrest, mordiéndose el labio inferior, se inclinó sobre ella y le dijo algo cariñoso. La viuda movió la cabeza mecánicamente y se recostó hacia atrás, fijando la mirada en la rígida mano izquierda de su marido muerto, visible a través del hueco de la puerta.

– La una de la mañana -gruñó Ellery-. Debían ser un poco más de las once cuando nos retiramos todos anoche. Ya veo… Has olvidado algo, padre. No hay ni el menor vestigio de pelea Eso significa que probablemente conocía a su asesino y no sospechó nada hasta que fue demasiado tarde.

– Pues sí que dices algo muy importante -graznó el inspector-. Naturalmente que conocía al que se lo cargó. Conocía a todo bicho viviente de este lado de la montaña.

– ¿Quiere usted decir en esta casa? -dijo el doctor Holmes con voz rara.

– Ha dado usted en el clavo, jefe.

La puerta del pasillo se abrió y la cabeza gris de la señora Wheary asomó por el hueco.

– El desayuno… -empezó hasta que sus ojos se abrieron de par en par y la mandíbula quedó como desencajada. Lanzó un grito y casi cayó desmayada.

La ajada figura de Bones quedó visible detrás de ella, alargando los brazos para sujetar el cuerpo de la gorda mujer. Vio también entonces el cuerpo rígido del doctor Xavier y sus grises mejillas arrugadas se pusieron aún más grises. Por poco se le escapa el cuerpo de la gobernanta, cayéndose al suelo.

Ellery saltó hacia delante y recogió a la mujer en sus brazos. Se había desvanecido, finalmente. Ann Forrest avanzó dubitativa hacia el estudio, se detuvo, tragó saliva con ganas y luego corrió a prestar ayuda. Entre todos lograron transportar el pesado cuerpo de la mujer hasta la biblioteca. Ni la viuda ni Mark Xavier se movieron.

Ellery dejó al ama de llaves al cuidado de la joven y volvió al estudio. El inspector escrutaba al extraño criado con precisión indiferente. Bones contemplaba el cuerpo sin vida de su amo, y parecía más un cadáver que el propio cadáver. Su boca entreabierta mostraba atisbos de unos dientes amarillos. Los ojos, fijos, no decían nada. Por fin pareció que volvían a la vida con una curiosa expresión de rabia creciente. Movió los labios durante un rato sin emitir ningún sonido y al fin logró extraer un feroz sonido de dolor animal de su arrugada garganta. Entonces se dio la vuelta y desapareció hacia el fondo del pasillo. Pudieron oírle a través de la puerta, mascullando palabras, repitiendo el extraño grito como un loco total.

El inspector suspiró.

– Parece afectado, sí. ¡Atención todos!

Fue hasta la puerta de la biblioteca y les lanzó una mirada, que le devolvieron. La señora Wheary, vuelta en sí, sollozaba en silencio sentada en una silla al lado de su señora.

– Antes de continuar con un examen más detallado del asunto -dijo fríamente el viejo- tenemos que aclarar unos detalles. Y quiero que me digan la verdad. Señorita Forrest, usted y el doctor Holmes salieron de la sala de juego un poco antes que nosotros. Anoche, quiero decir. ¿Fueron directamente a sus habitaciones?

– Sí -dijo la chica, en voz baja y grave.

– ¿Directamente a la cama?

– Sí, inspector.

– ¿Y usted, doctor Holmes?

– Sí.

– Señora Xavier, ¿fue usted directamente a su habitación anoche después de despedirnos en el descansillo y se quedó usted en ella toda la noche?

La viuda levantó sus extraordinarios ojos, aturdidos.

– Yo…, sí.

– ¿Se fue usted a dormir directamente?

– Sí.

– ¿Y no se dio cuenta en toda la noche de que su marido no había subido a acostarse?

– No -dijo lentamente-. Dormí de un tirón hasta por la mañana.

– ¿Usted, señora Wheary?

El ama de llaves sollozó:

– Yo no sé nada de todo esto, señor, pongo a Dios por testigo. Me fui enseguida a la cama.

– ¿Qué me dice usted, señor Xavier?

El hombre se mojó los labios antes de responder, y cuando habló su voz estaba crispada.

– No me moví de mi habitación en toda la noche.

– Bueno, debía habérmelo esperado -suspiró el inspector-. De modo que ninguno de ustedes vio al doctor después de que mi hijo, la señora Xavier y yo le dejásemos en la sala de juego ayer por la noche, ¿no es así?

Todos afirmaron moviendo sus cabezas con determinación.

– ¿Y qué me dicen de los disparos? ¿Alguien oyó algo?

Miradas vacías.

– Pues habrá sido el aire de la montaña -dijo el inspector, sarcástico-. Aunque no puedo culparles de nada por ello, yo tampoco los oí.

– Las paredes están hechas a prueba de ruidos -dijo con viveza el doctor Holmes-. De construcción especial… El estudio y el laboratorio. Hacemos muchísimos experimentos con animales y el ruido… ya sabe usted, inspector.

– Claro está. ¿Estas puertas están siempre abiertas? Sin cerrojo, vamos -la viuda y la señora Wheary asintieron al unísono-. ¿Y sobre la pistola? ¿Hay alguno de ustedes que ignorara la existencia de ese revólver cargado en el cajón del buró?

La señorita Forrest dijo rápidamente:

– Yo no lo sabía, inspector.

El viejo gruñó algo. Ellery fumaba, reflexionando en el estudio, sin escuchar apenas.

El inspector volvió a mirarlos a todos durante un momento y luego, brevemente, dijo:

– Eso es todo por el momento. No -añadió con tono cáustico-, no se muevan, que queda mucho más. A usted le necesitamos, doctor. Quédese aquí.

– Por favor -comenzó la señora Xavier, a medio levantarse. Parecía mucho más vieja, y como ausente-. ¿No podríamos…?

– Quédese donde está, por favor, señora Todavía quedan muchísimas cosas por hacer. Una de ellas -dijo, ceñudo, el inspector- es hacer venir a esa invitada oculta que tienen ustedes, la señora Carreau. Convendría que charlásemos un ratito con ella -y comenzó a cerrar la puerta frente a ellos, ante sus caras sorprendidas.

– Y el centollo, padre -dijo Ellery con gravedad-. Hazme el favor de no olvidarte del centollo.

Pero todos ellos estaban demasiado estupefactos para poder articular una sola palabra.

– Vamos a ver, doctor -continuó apresuradamente Ellery en cuanto se cerró del todo la puerta-, ¿qué pasa entonces con el rigor mortis? A mí me parece tan tieso como una tabla. Tengo bastante experiencia y he visto muchos cadáveres y éste me parece que está en estado muy avanzado.

– Sí -asintió el doctor Holmes-. El rigor es ya completo. De hecho el rigor se ha producido hace ya nueve horas.

– Pero bueno -saltó el inspector-, ¿está usted seguro? Eso no me suena muy cristiano.

– Le aseguro a usted que es así, inspector. Tenga usted en cuenta que el doctor Xavier era… -se pasó la lengua por los labios-, era diabético.

– ¡Ah! -dijo suavemente Ellery-. Ya tuvimos otro caso de un cadáver diabético. ¿No te acuerdas de la señora Doorn, en el Hospital Holandés, padre? Siga usted, doctor.

– Es más que frecuente -dijo el joven británico con un gesto cansado- que los diabéticos, especialmente en casos graves como el del doctor Xavier, entren en el rigor mortis transcurridos apenas tres minutos o poco más de la muerte. Debido a las especiales condiciones de su sangre, claro esta.

– Ya recuerdo -el inspector tomó un pellizco de rapé, aspiró profundamente, suspiró y guardó la cajita de nuevo-. Muy bien, es muy interesante pero no nos resulta de gran ayuda. Siéntese usted en ese sofá y trate de olvidarse del asunto durante un ratito, Holmes… Ellery, vamos a hablar de esas cosas raras que mencionaste hace un momento.

Ellery arrojó el cigarrillo a medio fumar por la ventana abierta y fue a situarse ante la silla giratoria en la que descansaba el cuerpo del doctor Xavier, dando la vuelta a la mesa.

– Mira esto -dijo señalando con el dedo hacia el suelo.

El inspector miró. Y entonces, con una extraña expresión de sorpresa, se abalanzó sobre el brazo derecho del cadáver, que colgaba inerte. Parecía hecho de acero, porque apenas si pudo mover el brazo con grandes dificultades. Por fin pudo agarrar la mano.

Estaba agarrotada. Tres dedos -medio, anular y meñique- se apretaban con fuerza, curvados contra la palma. Entre el pulgar y el índice, extendidos, se veía un fragmento de papel rígido.

– ¿Qué es esto? -murmuró el inspector tratando de extraer el trozo de papel de entre los dedos muertos, pero lo sujetaban tenazmente.

Sin dejar de gruñir tomó el pulgar con una mano y el índice con la otra y comenzó a tirar con todas sus fuerzas para tratar de separarlos. Tras unos minutos de lucha logró aflojar la presa ligeramente, algo así como un dieciseisavo de pulgada, pero lo suficiente como para que el papel se desprendiera de los dedos y cayera al suelo, sobre la alfombra.

Lo recogió y levantó.

– ¡Caramba! ¡Es un trozo de una carta! -exclamó con un cierto tono de desilusión en la voz.

– En efecto -dijo Ellery, suavemente-. Pero parece como si no te gustase, padre. Y yo creo que es bastante más significativo de lo que parece.

Era el seis de picas. Medio seis de picas.

El inspector le dio vuelta; la parte de atrás era roja, con un dibujo de flores de lis entrecruzadas. Echó una mirada a las cartas que estaban sobre la mesa: sus dorsos tenían el mismo dibujo.

Miró hacia Ellery inquisitivamente y Ellery asintió. Avanzaron hasta el muerto y lograron separarlo un poco de la mesa, corrieron hacia atrás la silla giratoria unas pulgadas y volvieron a dejar bajar el cuerpo de manera que la cabeza reposaba ahora sobre el borde, y casi la totalidad de las cartas desplegadas sobre la superficie del escritorio quedaba a la vista.

– El seis de picas salió de esta mesa -murmuró Ellery-, como puedes ver.

Señaló hacia una hilera de cartas. El doctor Xavier había estado sin duda haciendo un solitario antes de ser asesinado, un solitario corriente, ese en el que se colocan trece montones de cartas, de los que se va robando, y luego cuatro cartas descubiertas en una fila y una quinta carta descubierta que forma su propia fila. Ya tenía el solitario bastante adelantado. La segunda carta del grupo de cuatro es un diez de trébol, y encima, tapando casi todo el diez, hay un nueve de corazones, y sobre el nueve, colocado de igual manera, un ocho de picas, luego un siete de diamantes, luego un espacio mucho mayor y un cinco de diamantes.

– El seis estaba entre el siete de diamantes y el cinco de diamantes -masculló para sí el inspector-. Muy bien, tuvo que cogerlo de esa hilera. Pero no sé qué demonios… ¿Dónde está el otro trozo del seis de picas? -preguntó de repente.

– En el suelo, detrás de la mesa -dijo Ellery. Rodeó el escritorio y se detuvo. Tomó en su mano un arrugado trozo de baraja, lo estiró un poco y lo comparó con el que el cadáver tenía en su mano. Encajaban perfectamente, sin dejar lugar a un mínimo resquicio de duda.

Igual que en la mitad del cadáver, en ésta se notaba la huella de un pulgar que había formado una curva, y al unir las dos mitades ambas curvas se unían a la perfección apuntando diagonalmente hacia la línea de corte de la baraja.

– Estas marcas son sin duda de sus dedos al romper la baraja -comentó el inspector pensativo. Examinó los pulgares del cadáver-. Así es, están sucios. Ceniza de la chimenea, imagino, porque hay por todas partes. Muy bien, El, ya comprendo qué querías decir.

Ellery se encogió de hombros y se fue hacia la ventana a contemplar la vista. El doctor Holmes, en el sofá negro, estaba doblado en dos, sujetándose la cabeza entre los brazos.

– Le dispararon dos veces y el asesino huyó dándole por muerto -continuó lentamente el inspector-. Pero no lo estaba. En sus últimos momentos de consciencia tomó una carta, ese seis de picas, del solitario que estaba haciendo y la partió deliberadamente en dos, sujetó una mitad en la mano, tiró la otra y murió. ¿Y por qué demonios tuvo que hacer eso?

– Ésa es una pregunta realmente cómica -dijo Ellery sin volverse-. Lo sabes tan bien como yo. Te has dado cuenta de que no hay papel ni nada para escribir sobre la mesa.

– ¿Y en el cajón ese de arriba?

– Ya he mirado. Las barajas estaban ahí. Dentro hay el conjunto de juegos habitual, y papel, pero no lápiz ni pluma.

– ¿Ni en su ropa?

– Tampoco. Es una chaqueta de sport.

– ¿Y en los otros cajones?

– Están cerrados con llave y no tiene ninguna llave encima. Supongo que estará en algún otro traje. Y si está en algún otro sitio por aquí no creo que tuviera fuerzas suficientes para levantarse a buscarla.

– Pues entonces -concluyó el inspector- está bastante claro. Puesto que no tenía medios para dejar el nombre de su asesino escrito, dejó la carta, la media carta sin arrugar, en vez de una nota.

– Exactamente -aprobó Ellery.

El doctor Holmes se incorporó. Sus párpados estaban fuertemente enrojecidos.

– ¿Qué?… Que dejó…

– Exacto, jefe. Por cierto, el doctor Xavier no era zurdo, ¿verdad?

El doctor Holmes le miró con cara de estúpido. Ellery suspiró.

– Claro, claro, padre. Es lo primero que comprobé.

– ¿Que lo comprobaste? -soltó el viejo, atónito-. ¿Y cómo diantre…?

– Hay muchas maneras de matar un gato -dijo Ellery, cansado-. ¡Cualquier alimañero te lo explicará! Miré los bolsillos del abrigo que está en el armario. La pipa y el tabaco están en el derecho. En los del pantalón: las monedas en el derecho, y el izquierdo vacío.

– ¡Oh, sí! Usaba la mano derecha siempre, desde luego.

– Magnífico, magnífico, eso concuerda con la forma en que está rota la carta de la mano. Pero ¡demonios! En realidad no hemos avanzado mucho más que antes. ¿Qué diantre podía querer decir con ese medio naipe? Doctor, ¿tiene usted idea de a quién podía haber querido señalar con ese medio seis de picas?

El doctor Holmes, aún perplejo, repuso:

– ¿Yo? No, no. Realmente no tengo ni la menor idea.

El inspector se acercó a la puerta de la biblioteca y la abrió. La señora Wheary, la señora Xavier y el hermano del muerto continuaban exactamente donde les habían dejado. Pero Ann Forrest había desaparecido.

– ¿Dónde está la chica? -preguntó vivazmente el inspector.

La señora Wheary se encogió de hombros, y la viuda hizo como si no hubiera oído. Se mecía atrás y adelante en la mecedora con ritmo staccato.

Mark Xavier contestó:

– Salió.

– Supongo que a avisar a la señora Carreau -arguyó el inspector-. Muy bien. No se vayan ninguno de ustedes. Xavier, ¿puede venir usted un momento?

El hombre se movió despacio, enderezándose, estiró los hombros y siguió al inspector al estudio. Evitó mirar a su hermano muerto, tragando saliva y mirando de un lado a otro.

– Es un feo asunto, señor Xavier -dijo el viejo-. Tiene usted que ayudar. Sabe usted que estamos aquí encerrados hasta que el sheriff de Osquewa pueda pasar y llegar hasta aquí, y no sabremos cuándo será. Puesto que se ha producido este crimen y yo he sido delegado por el sheriff para investigar y detener a quien sea, no puedo autorizar el entierro del cadáver, que debe quedar a disposición de las autoridades que deban examinarlo. ¿Comprenden?

– ¿Quiere usted decir -dijo sorprendido Mark Xavier- que… que debemos conservarlo así? ¡Dios mío! Pero…

El doctor Holmes se levantó.

– Por suerte -dijo en tono cortante- tenemos un gran refrigerador en el laboratorio, que utilizamos para algunos experimentos que requieren temperaturas muy bajas. Creo -continuó con esfuerzo- que podremos arreglárnoslas.

– Estupendo -el inspector dio una palmada sobre la espalda del joven-. Se está usted portando muy bien, amigo. En cuanto hayamos quitado el cadáver de en medio estoy seguro de que todos nos sentiremos un poco mejor. Échenos una mano, Xavier, y tú también, Ellery. Va a costar bastante trabajo.

Cuando regresaron al estudio desde el laboratorio, una amplia habitación alicatada y repleta de aparatos eléctricos y montones de extraños y variados cacharros de cristal, todos estaban pálidos y sudorosos. El sol, ya muy alto, calentaba sin piedad y el cuarto estaba insoportablemente caliente y reseco. Ellery movió cuanto pudo las ventanas.

El inspector abrió de nuevo la puerta de la biblioteca.

– Y ahora -dijo serio- tenemos tiempo para hacer algunas averiguaciones. Me temo que vaya a ser largo. Quisiera que cada uno de ustedes viniera conmigo arriba y…

Se detuvo. De algún lugar, por detrás de la casa, llegaban ruidos de metal chocando y grandes gritos. Una de las voces, rebosante de rabia e ira, pertenecía sin duda al viejo Bones. La otra era un vagido profundo y desesperado, con un cierto tono familiar.

– ¡Qué demonios…! -comentó el inspector, girándose-. Creía que nadie…

Tomó su revólver de reglamento, dio una vuelta por el estudio y salió hacia el pasillo en dirección a los furiosos ruidos. Ellery iba a sus talones y los demás les siguieron atropelladamente.

El inspector giró a la derecha en el cruce del pasillo con el principal y se dirigió hacia la puerta del fondo que había entrevisto con Ellery cuando entraron en la casa el día anterior. Abrió la puerta blandiendo el revólver.

Estaban ante una cocina de azulejos blanquísimos.

En el centro de la cocina, en medio de un maremágnum de cazuelas, sartenes y platos rotos, luchaban dos hombres, mezclados en un abrazo.

Uno era el viejo Bones, con su mono, y los ojos saliéndosele de las órbitas, chillando e insultando a su adversario mientras le golpeaba con fuerza de maníaco.

Y por encima de los hombros de Bones asomaba la gruesa y monstruosa cara de sapo del hombre que los Queen se habían encontrado en la oscura carretera que subía al monte Flecha la noche anterior.

Smith

– ¡Ah! Así que es usted -exclamó el inspector-. ¡Basta! -dijo con tono cortante-. ¡Le estoy apuntando y no pienso andarme con tonterías!

Los brazos del gordo cayeron inertes, mientras miraba estúpidamente.

– ¡Caramba! Nuestro amigo el chófer -bromeó Ellery entrando en la cocina. Dio una palmada sobre la cadera y el pecho del gordo-. Buen material. ¡Tsk! Monstruosa visión. Bien, bien, bien, ¿qué nos cuenta nuestro amigo Falstaff?

Sobre los labios del gordo asomó una lengua violácea. Era un individuo macizo y enorme, ancho, alto y grueso, con un gigantesco vientre. Dio un paso hacia adelante y toda su masa carnosa se estremeció como si fuera gelatina. Parecía realmente un gorila de edad madura, y peligroso.

Bones miraba con odio concentrado que sacudía sus facciones angulosas.

– ¿Qué he…? -comenzó el intruso con su desagradable voz de bajo. Luego algo cambió en sus ojos arteros-. ¿Qué significa todo esto? -protestó con dignidad herida-. Esta bestia me atacó…

– ¿En la cocina de su propia casa? -exclamó Ellery.

– ¡Miente! -chilló Bones temblando de rabia-. Lo sorprendí colándose por la puerta principal que estaba abierta y rondando hasta dar con la cocina Y luego me…

– ¡Ajá! ¡Las bajas pasiones! ¡Grosero apetito! -suspiró Ellery-. Hay hambre, ¿eh? Ya sabía yo que volvería usted -se dio la vuelta repentinamente y escrutó las caras de los componentes del grupo que estaba a sus espaldas. Todos contemplaban al gordo con ojos de incredulidad.

– ¿Es él? -dijo inquieta la señora Xavier.

– Naturalmente, señora. ¿Lo había visto antes alguna vez?

– ¡No, no!

– ¿Usted, señor Xavier? ¿Señora Wheary? ¿Doctor Holmes…? Qué extraño -comentó Ellery. Avanzó hasta estar al lado del gordo-. Olvidaremos su asalto de momento; hay que hacer ciertos preparativos para los hambrientos aunque no sea más que por puro humanitarismo. Además, teniendo todo eso que alimentar… Comprendo que se haya arriesgado usted a volver hasta aquí esta mañana después de los horribles esfuerzos que debe haber estado haciendo toda la noche para conseguir atravesar el fuego inútilmente.

El gordo no contestó. Sus ojillos saltaban de rostro en rostro, y su respiración hacía un fuerte ruido entrecortado.

– Muy bien -dijo Ellery cortante-. ¿Qué andaba usted haciendo anoche por estos montes?

El pecho del gordo se llenó repentinamente de aire antes de gruñir:

– ¿Y a usted qué le importa?

– Nos resistimos, ¿eh? Me veo obligado a informarle de que es usted altamente sospechoso de asesinato.

– ¡Asesinato! -los carrillos rebotaron y la astucia desapareció como por ensalmo de los ojos arteros y saltones-. ¿Qué…, quién…?

– Basta de cuentos -replicó el inspector con el revólver todavía en la mano-. Quién, ¿eh? Hace un momento se me ocurrió que daría exactamente igual… ¿Quién querría usted que fuera?

– ¡Bueno! -suspiró ruidosamente el gordo sin dejar descansar los ojos-. Claro… un asesinato… No sé absolutamente nada de todo eso, caballeros, ¿cómo voy a saberlo? Me he pasado la mitad de la noche dando vueltas y vueltas para tratar de encontrar una salida del infierno ese. Luego aparqué el coche en cualquier lado y estuve durmiendo un rato, hasta el amanecer. ¿Cómo quieren que yo…?

– ¿No volvió usted hasta la casa cuando se dio cuenta de que no había ninguna manera de pasar hacia abajo?

– Euuh… no, no.

– ¿Y puede saberse por qué diablos no volvió? Era lo lógico.

– Pues…, esto, no sé muy bien. No se me ocurrió.

– ¿Cómo se llama usted?

El gordo dudó un instante.

– Smith.

– Se llama -hizo notar el inspector al público en general-, nos dice, Smith. Bien, bien. ¿Qué Smith? ¿Smith a secas? ¿Su ardiente imaginación no le ha dado aún un nombre de pila que ponerse?

– Frank… Frank Smith. Frank J. Smith.

– ¿De dónde es?

– Euuh… de Nueva York.

– Gracioso -comentó el inspector-, gracioso y curioso. Creí que conocía a todos los malos bichos de Nueva York. En fin, ¿qué andaba usted haciendo por aquí anoche?

El señor Smith se pasó la lengua por los labios otra vez.

– Pues… Supongo que me extravié…

– ¿Supone?

– Bueno, quiero decir que me extravié, perdí el rumbo, ya sabe. Cuando… sí, cuando llegué a la cima y vi que ya no podía seguir adelante di la vuelta y volví a bajar otra vez. Fue entonces cuando nos cruzamos, ¿comprenden?

– No era eso lo que nos dijo entonces, amigo -dijo el viejo, poco de acuerdo-. Y además iba usted con mucha prisa Dice usted que no conoce a nadie en esta casa, ¿eh? Y anoche, cuando andaba por ahí perdido, ¿no se le ocurrió subir hasta aquí a preguntar por dónde se salía?

– Pues…, no, tampoco -los ojos de Smith pasaban de los Queen al grupo que se encontraba detrás de ellos-. Pero ¿podría saber, de todas formas, quién ha sido el infort…?

– ¿El infortunado que tuvo la desgracia de pasar violentamente del acá al más allá la pasada noche? -Ellery se dirigió a él con intención-. Un caballero llamado John Xavier. El doctor John Xavier. ¿Le dice algo ese nombre?

El estropeado viejo criado volvió a hacer ruidos amenazadores en el fondo de su garganta.

– No -se apresuró a decir Smith-. Nunca había oído ese nombre.

– ¿Y no había subido nunca, hasta ayer, esta carretera del monte Flecha, señor… señor Smith? Anoche era la primera vez, ¿eh?, el debut.

– Se lo puedo jurar.

Ellery se agachó y levantó una de las blandas pezuñas del gordo. Smith soltó un gruñido extraño y retiró la mano a toda prisa.

– ¡Oh! No voy a morderle, solamente trataba de ver si llevaba anillos.

– ¿Anillos?

– Sí, pero no lleva ninguno -Ellery exhaló un suspiro-. Padre, creo que tenemos el honor y la bendición del cielo de contar con un nuevo invitado durante estos pocos días. Señora Xavier… no, señora Wheary, haga los arreglos necesarios, por favor.

– Pues sí -dijo el inspector, socarrón, guardándose al fin el revólver-. ¿Lleva algún trapo en el coche, Smith, o como quiera que se llame?

– Desde luego. Pero ¿no podría…? ¿El fuego no…?

– No puede y el fuego no. Saque sus cosas del coche. No podemos encomendarle a Bones porque sería capaz de masticarle una oreja. Es un gran hombre, este Bones. Todo espíritu. Mantenga los ojos abiertos -el inspector dio unas palmaditas sobre el hombro del silencioso criado-. Señora Wheary, enseñe usted al señor Smith cuál es su habitación. Una del primer piso, por favor. ¿Hay alguna vacía, verdad?

– Sssí… señor -dijo nerviosamente la señora Wheary-. Hay varias.

– Y luego échele algo de comer. Y usted tranquilo, Smith. Nada de bromas -se volvió hacia la señora Xavier, que se había encogido increíblemente sobre sí misma; parecía que le hubieran blanqueado la carne-. Perdóneme -dijo duro- por comportarme con esta libertad en su casa, señora, pero en los casos de asesinato no podemos andar perdiendo el tiempo en etiquetas.

– No se disculpe, está todo muy bien hecho -casi susurró ella.

Ellery la examinó con creciente interés. El vitriolo parecía haberse evaporado de su cuerpo desde el descubrimiento del cadáver de su marido. El humo y el fuego de sus ojos negros se habían moderado, apagado, habían perdido la vida. Y detrás, un destello de miedo. O así le pareció a él. Estaba completamente cambiada, a no ser su temible media sonrisa. Ese frunce de los labios con toda la enconada vitalidad de un hábito fisiológico.

– Muy bien, señores -dijo bruscamente el inspector-. Ahora vamos a hacer una visita a la dama de la buena sociedad que tenemos arriba. Iremos todos a ver a la señora Carreau, todos juntos, y así podré reconstruir la historia completa sin que nadie ande poniendo zancadillas o tratando de mantener algún punto en la oscuridad. A ver si llegamos a ver la luz del día en este condenado asunto.

Una voz musical, grave y controlada les sorprendió a punto de echar a andar hacia el pasillo.

– No hace ninguna falta, inspector. Ya he bajado yo, como puede ver.

Y en ese mismo instante Ellery tropezó con la mirada de la señora Xavier. Sus ojos volvían a tener el calor, la fuerza y la negrura de antes.

La dama llorosa

Apoyaba su delicada y frágil belleza, suave como el capullo de la flor de una fruta delicada, en el alto brazo de Ann Forrest. No parecía tener más de treinta años, ni siquiera. Su figura pequeña era grácil, graciosa, tierna, alada, como fabricada de algún tejido suave, volador y gris. Su cabello era negro, ahumado, las cejas rectas y decididas marcaban unos ojos castaños. La sensibilidad se dibujaba en el levísimo temblor de la nariz y la boca pequeña. Un delicadísimo toque había marcado débiles arrugas junto a sus ojos. Su aspecto, su porte, la manera de permanecer en pie y de mantener la cabeza, todo denotaba raza, familia. Una mujer muy notable, pensó Ellery, tan notable, al menos y a su manera, como la señora Xavier. La idea le sorprendió. La señora Xavier había recuperado la juventud como por milagro. Nunca había habido en sus ojos un fuego más intenso, y todos sus músculos se habían revitalizado. Contemplaba a la señora Carreau con intensidad felina. El miedo había sido reemplazado por el más franco y desnudo de los odios.

– ¿Es usted la señora Carreau, Marie Carreau? -preguntó el inspector. Si continuaba teniendo alguna admiración por ella, como había dicho a Ellery la noche anterior, su voz la ocultaba por completo.

– Sí -repuso la mujer-. Efectivamente… Perdóneme usted -se volvió hacia la señora Xavier con mirada de dolor y compasión en lo más profundo de sus ojos-. Lo siento muchísimo, querida Me lo ha dicho Ann. Si puedo ayudar en algo…

Las negras pupilas se dilataron, la nariz olivácea tembló.

– ¡Sí! -gritó la señora Xavier dando un paso hacia delante-. ¡Sí! ¡Lárguese de mi casa, puede hacerme ese favor! Ya me ha hecho sufrir más de… ¡Salga de mi casa, y llévese a esos malditos…!

– ¡Sarah! -saltó Mark Xavier cogiéndola del brazo y sacudiéndoselo con fuerza-. Contrólate un poco. ¿No te das cuenta de lo que estás diciendo?

La voz de la mujer se alzó hasta ser un grito.

Una burbuja de saliva asomó en la comisura de su boca. Sus negros ojos parecían pozos de fuego.

– Vamos, vamos -dijo el inspector con suavidad-. ¿Qué es eso, señora Xavier?

La señora Carreau no se había inmutado, y el único signo que traducía su emoción eran sus mejillas pálidas.

Ann Forrest sujetó con más fuerza su brazo. Sarah Xavier se estremeció y movió su cabeza de lado a lado. Y luego se dejó apoyar contra su cuñado, dulcemente.

– Eso ya está mejor -continuó el inspector con la misma voz suave.

Dirigió una mirada fugaz a Ellery, pero Ellery estaba observando la cara del señor Smith, el gordo, que se había ido al extremo más apartado de la cocina y luchaba por contener el aliento. Parecía como si estuviera apretándose a sí mismo con fantástico esfuerzo tratando de reducirse a dos dimensiones. La enorme cara estaba púrpura, morada de muerte.

– Vayámonos a hablar al salón.

– Y ahora, señora Carreau -dijo el viejo una vez que todos estuvieron sentados en el gran salón, con el sol penetrando a través de los balcones, calentando fuertemente la habitación-, explíquese usted, por favor. Quiero la verdad, de verdad. Si no me la cuenta usted ahora acabaré sabiéndola por los demás, de modo que es mucho mejor que vacíe usted su pecho ahora de una vez.

– ¿Qué quiere usted saber? -exclamó la señora Carreau.

– Muchísimas cosas. Pero vayamos a las cuestiones prácticas lo primero de todo. ¿Cuánto tiempo hace que está usted en esta casa?

– Dos semanas.

Su voz musical era apenas audible; mantenía la mirada fija en el suelo. La señora Xavier yacía en un sillón con los ojos cerrados, rígida como si estuviera muerta.

– ¿Invitada?

– Podríamos llamarlo así -hizo una pausa, levantó los ojos, los volvió a bajar.

– ¿Con quién vino usted? ¿Vino sola acaso?

Dudó de nuevo. Ann Forrest dijo rápidamente:

– No, vine yo con ella. Soy su secretaria personal.

– Ya lo he notado -dijo fríamente el inspector-. Hágame el favor de no intervenir, señorita. Ya tengo una larga lista de desobediencias suyas; no me gusta que mis testigos vayan y vengan y anden contándose historias unos a otros -la señorita Forrest enrojeció y se mordió el labio inferior-. Señora Carreau, ¿desde cuándo conocía usted al doctor Xavier?

– Hace dos semanas, inspector.

– Entiendo. ¿Conocía usted de antes a alguno de los demás?

– No.

– ¿Es cierto, Xavier?

El hombretón murmuró:

– Sí, es cierto.

– Por tanto lo que la trajo aquí fue alguna enfermedad, ¿no es así?

Se estremeció.

– En… en cierto modo, sí.

– Se da por hecho que usted está en la actualidad viajando por Europa, ¿no es así?

– Sí -levantó los ojos de nuevo, suplicante-. Yo… no quería que… no quería que se supiera…

– Por eso se ocultó usted anoche cuando llegamos mi hijo y yo, claro, por eso toda esta gente estaba tan nerviosa, ¿cierto?

Susurró:

– Sí.

El inspector se incorporó y tomó un poco de rapé, pensativo. No parece muy prometedor, pensó. Lanzó una mirada alrededor, buscando a Ellery. Pero Ellery había desaparecido subrepticiamente.

– Así, pues, no conocía usted a nadie aquí, y vino exclusivamente para un tratamiento médico. ¿Para ser puesta en observación, tal vez?

– Sí, inspector. ¡Eso es!

– Hmmm -el viejo dio una vuelta por la habitación. Nadie dijo nada-. Dígame usted, señora Carreau… ¿Salió usted anoche de su habitación para algo?

Apenas si pudo oír lo que respondía.

– ¿Eh?

– No.

– ¡Mentira! -gritó la señora Xavier de golpe, abriendo los ojos. Se puso en pie, desplegando su magnífica estatura, furiosa-. Salió. ¡Yo la vi!

La señora Carreau palideció. La señorita Forrest se incorporó a medias, con los ojos alerta. Mark Xavier parecía confuso y extendió la mano con un raro y curioso gesto.

– ¡Quietos todos! -exclamó el inspector-. Todos son todos. ¿Ha dicho usted que vio a la señora Carreau salir de su cuarto, señora?

– ¡Sí! Salió de su habitación un poco después de las doce y bajó a toda prisa. La vi entrar en… en el estudio de mi marido. Estaban allí…

– Siga, señora Xavier. ¿Cuánto tiempo estuvo?

Hubo una vacilación en sus ojos.

– No lo sé… No estuve esperando…

– ¿Es cierto eso, señora Carreau? -preguntó el inspector con la misma suavidad en la voz.

Las lágrimas habían asomado a los ojos de la mujer. Su boca temblaba, y comenzó a sollozar.

– Sí, sí. Oh, sí -lloraba, ocultando el rostro en el pecho de Ann Forrest-. Pero yo no fui…

– Un momento -el inspector miró a la señora Xavier con una sonrisilla burlona-. ¿No nos dijo usted antes que anoche se había ido inmediatamente a la cama y había dormido de un tirón?

La alta figura se sentó de improviso, mordiéndose el labio.

– Sí, mentí entonces. Pensé que sospecharía usted… pero ¡la vi! ¡Fue ella! Ella… -se paró como sumida en la confusión.

– ¿Y no esperó usted -dijo delicadamente el inspector- a que saliera? Ay, ay, ¡cómo pierden nuestras mujeres! Muy bien, señora Carreau, ¿por qué esperó usted a que todos estuvieran dormidos, o al menos eso creía, para bajar a charlar un rato con el doctor Xavier… y pasada la medianoche?

La señora Carreau sacó un pañuelo de seda gris, se lo pasó por los ojos y compuso su cara.

– Fue una estupidez decirle esa mentira, inspector. La señora Wheary había pasado por mi habitación antes de irse a dormir para decirme que unos extraños, es decir, ustedes dos, caballeros, se quedarían a pasar la noche debido a un incendio que había monte abajo. Me dijo que el doctor Xavier estaba abajo. Quedé preocupada, estaba preocupada -un relámpago pasó por sus ojos- y bajé a hablar con él.

– ¿De mí y de mi hijo?

– Sí…

– Y… ¿de su… estado, también?

Se ruborizó, pero volvió a decir:

– Sí.

– ¿Cómo estaba? ¿Lo encontró bien? ¿Natural? ¿Alarmado? ¿Como siempre? ¿Nada de particular?

– Era el mismo de siempre, inspector -dijo en un susurro-. Amable, delicado…, como de costumbre. Hablamos durante un rato y luego volví a subir…

– ¡Maldita! -aulló la señora Xavier, otra vez en pie-. ¡No puedo aguantarlo más! Anda por ahí por las esquinas, todos los días y todas las noches, cuchicheando, susurrando con esa sonrisa falsa suya, desde que llegó… robándomelo… con esas lágrimas de cocodrilo hipócritas… ganándose su simpatía… ¡Nunca fue capaz de resistirse a una mujer guapa! ¿Quiere usted que le diga por qué está aquí en realidad, inspector? ¿Quiere que lo diga? -avanzó ligeramente, con el dedo índice extendido y agitándolo amenazador hacia la figura temblorosa de la Carreau-. ¿Lo digo? ¿Lo digo?

El doctor Holmes habló por primera vez en la última hora.

– Por favor, señora Xavier… -murmuró-. No debería…

– ¡Oh, no! ¡No! -gimió la señora Carreau ocultando la cara entre las manos-. Por favor… por favor…

– ¡Maldita bruja! -gritó Ann Forrest rabiosa, poniéndose en pie de un salto-. No… ¡no lo hará!… ¡Mal bicho! Le voy a…

– Ann -dijo el doctor Holmes con voz grave, poniéndose ante ella.

El inspector los miró con ojos brillantes, casi sonrientes. Estaba muy tieso, sin mover más que levísimamente la cabeza de lado a lado, siguiendo las caras con la mirada de una en una según iban hablando. El gran salón se había llenado de voces furiosas, de respiraciones pesadas…

– ¿Lo digo? -aullaba la señora Xavier con un asomo de locura en los ojos-. ¿Lo digo?

El ruido cesó abruptamente, tal y como si alguien hubiera lanzado un bolo encima y derribado la construcción. Se oía un ruido proveniente del pasmo.

– En realidad no hace ninguna falta, señora Xavier -dijo Ellery alegremente-. Todos sabemos de qué se trata. Séquese usted las lágrimas, señora Carreau, que esto no es una gran tragedia, ni mucho menos. Mi padre y yo guardaremos su secreto cuanto sea preciso. Más tiempo, me temo -dijo con una triste inclinación de cabeza-, que muchos otros… Padre, tengo el gran honor de presentarte a…, esto…, a… lo que viste la otra noche, o mejor, lo que creíste ver -el inspector aguardaba-. Y he de añadir que se trata del más agradable, inteligente, simpático, educado y cariñoso par de jóvenes que he encontrado, en especial de los que se sienten en la imperiosa necesidad algunas noches de salir de la cama y asomar por los pasillos a fisgar quiénes son los visitantes nocturnos que llegan a la casa de su anfitrión. He aquí, de derecha a izquierda, a los señores Julian y Francis Carreau, hijos de la señora Carreau. Los he conocido hace muy poco, pero son verdaderamente encantadores.

Ellery estaba en pie junto a la puerta, con un brazo sobre el hombro de cada uno de dos muchachos altos y guapos cuyos brillantes ojos investigaban con ansia hasta el más mínimo detalle del cuadro que tenían delante. Ellery, sonriendo tras de ellos, lanzó una mirada airada a su padre con disimulo. El viejo cerró la boca, tragó saliva y dio un par de pasos adelante, un tanto inseguro.

Los jóvenes tendrían unos dieciséis años. Fuertes, de anchos hombros y tez bronceada por el sol, facciones correctas muy parecidas a las de su madre, en versión masculina. Podrían haber sido, además, copia exacta el uno del otro, una reproducción en escayola, policromada, porque eran idénticos hasta en el menor detalle físico, de rostro y cuerpo. Incluso sus trajes eran idénticos: de franela gris, muy bien planchados, corbatas azul celeste, camisa blanca y zapatos negros.

Pero no era eso lo que había dejado semiparalizada en su abertura la mandíbula del inspector. No es que fueran mellizos, sino el hecho de que quedaban ligeramente enfrentados uno a otro porque el brazo derecho del que estaba a la derecha estaba soldado a la cintura de su hermano, y el brazo izquierdo del de la izquierda estaba oculto por la espalda del otro, y sus bien cortadas chaquetas se juntaban y, lo más increíble, se unían al nivel del pecho.

Eran hermanos siameses.

Xiphópago

Se acercaron al inspector un tanto turbados, adolescentes curiosos, ofreciéndole cada uno su mano libre por turno, dándole un firme apretón amistoso. La señora Carreau había revivido como por arte de magia; estaba estirada, derecha sobre la silla, y sonreía a sus hijos. Ellery pensó admirado en el esfuerzo que debía de estar realizando y que nadie, a excepción quizá de Ann Forrest, parecía notar.

– ¡Caramba, señor! -exclamó el gemelo de la derecha con agradable voz de tenor-. ¿Es usted un inspector de policía de verdad como nos ha dicho el señor Queen?

– Pues me temo que sí, hijo -dijo el inspector con un leve guiño-. ¿Cómo te llamas tú?

– Francis, señor.

– ¿Y tú, muchacho?

– Julian, señor -respondió el gemelo de la izquierda. Tenían la voz idéntica. Julian, pensó el inspector, era el más serio de los dos. Miraba con ansia al inspector-. ¿Podríamos… podríamos ver su insignia de oro, señor?

– Julian… -exclamó la señora Carreau.

– Sí, madre.

Los chicos miraron hacia la bella mujer. Sonrieron a dúo, con soltura y alegría. Luego, con perfecta facilidad y gracia de movimiento, atravesaron la habitación con paso regular y el inspector pudo ver sus amplias y jóvenes espaldas avanzar con un ritmo bien estudiado y acompasado. Vio también el brazo izquierdo de Julian que reposaba sobre la cadera de su hermano, en la espalda, unido a su cuerpo. Los jóvenes se inclinaron sobre la silla de su madre y le dieron un beso en la mejilla, uno tras otro. Luego se sentaron con gran seriedad en un diván y fijaron sus ojos en el inspector, sin despegarlos, para turbación de éste.

– Bien, bien -dijo un tanto perdido-. Eso hace que las cosas sean un poco distintas. Creo que ya voy viendo de qué se trata… Por cierto, jovencito…, tú, Julian, ¿qué ha pasado con tu brazo?

– ¡Oh!… se me rompió, señor -respondió el muchacho de la izquierda inmediatamente-. La semana pasada. Nos caímos por las rocas de afuera…

– El doctor Xavier la arregló -dijo Francis-. No dolió mucho, ¿verdad, Jul?

– No, no demasiado -dijo Julian, varonil. Y ambos sonrieron a dúo al inspector.

– Brrr -dijo el inspector-. Ya sabréis lo que le ha sucedido al doctor Xavier, me imagino.

– Sí, señor -dijeron también a dúo, sombríos, mientras sus sonrisas se evaporaban. Pero sin poder ocultar la gran excitación interna que traslucían sus ojos.

– Creo -dijo Ellery penetrando en la habitación y cerrando la puerta del pasillo en la que había estado apoyado- que podremos ir haciéndonos una idea bastante completa. Todo lo que se diga en este cuarto no saldrá de aquí, por supuesto, señora Carreau.

– Sí -suspiró-. Es una gran desgracia todo, señor Queen. Tenía la esperanza de… Ya ve usted que no tengo un gran valor -miró hacia sus hijos, contemplando sus figuras rectas y robustas con una extraña mezcla de orgullo y de dolor-. Francis y Julian nacieron hace un poquito más de dieciséis años, en Washington. Mi marido vivía aún por entonces. Los niños estaban en perfectas condiciones de salud, nacieron perfectamente, robustos y normales, excepto… -hizo una pausa y cerró los ojos- en una cosa, como puede usted ver. Nacieron pegados. Y ya comprenderá que mi familia estaba… horrorizada -se detuvo, respirando un poquito más deprisa.

– La miopía corriente en las grandes familias -dijo Ellery con una sonrisa de aliento-. Ya ha dicho usted misma que no eran héroes. Pero yo le aseguro que puede usted estar orgullosa…

– ¡Oh, sí, lo estoy! -exclamó-. Son los hijos mejores del mundo… Fuertes y buenos y… pacientes…

– Eso es una madre -dijo Francis, guiñando un ojo. Julian se limitó a mirar seriamente hacia su madre.

– Pero era demasiado para mí -continuó la señora Carreau en tono más bajo-. Estaba delicada y un poco… asustada. Y por desgracia mi marido pensaba lo mismo que los demás. Así que… -hizo un gesto extraño, de impotencia No era difícil imaginarse lo que había sucedido. La típica familia aristocrática preocupada de las apariencias, huyendo de la publicidad. Reuniones de familia, enormes gastos absurdos para tapar cosas, los niños discretamente sacados del hospital donde habían nacido y puestos al cuidado de alguna enfermera de confianza, de una nodriza capaz. Una nota a la prensa de que la señora Carreau había dado a luz un niño muerto-. Los veía a menudo, en visitas secretas, a escondidas, y según fueron creciendo, fueron comprendiendo. Nunca les oí una queja, pobres hijos míos, y siempre fueron alegres y sin la menor amargura. Naturalmente tuvieron siempre los mejores médicos y los mejores tutores. Y cuando mi marido murió pensé…; pero todavía no tenía fuerza suficiente en la familia. Y, como ya he dicho, yo no soy muy valerosa. Y pese a mis buenos deseos tuve que seguir llorando…

– Claro, claro -dijo el inspector aclarándose la garganta apresuradamente-. Creo que podemos comprenderla, señora Carreau. Supongo que, además, era completamente imposible hacer nada desde el punto de vista médico, ¿no es así?

– Le podemos hablar nosotros mucho de eso -dijo Francis alegremente…

– ¿Ah sí?

– Sí, sí, señor. Verá usted, estamos unidos por el esternón mediante un li… lig…

– Ligamento -dijo Julian, ceñudo-. Nunca recuerdas el término, Fran. Y me parece que ya deberías recordarlo.

– Ligamento -dijo Francis aceptando la severa crítica-. Muy duro, por cierto. ¡Podemos estirarlo seis pulgadas!

– ¿Y no os duele? -preguntó el inspector dando un respingo.

– Ni lo más mínimo. ¿Le duelen a usted las orejas si las estira un poco?

– Pues caramba -replicó sonriente el viejo con viveza-, no lo sé, nunca he pensado en ello. Supongo que no.

– Ligamento cartilaginoso -explicó el doctor Holmes-. Lo que llamamos en teratología una excrecencia xiphoide. Un fenómeno muy curioso, inspector. Tiene una elasticidad perfecta y una resistencia increíble.

– Y hasta podemos hacer algunos trucos -dijo Julian arrogante.

– ¡Por favor, Julian! -dijo débilmente su madre.

– ¡Claro que podemos, mamá! Lo sabes perfectamente. Hemos ensayado el número que hacían los hermanos siameses primeros. Ya te lo enseñamos una vez, ¿no recuerdas?

– ¡Oh, Julian! -dijo desmayadamente la señora Carreau, borrando su sonrisa.

Las duras facciones juveniles del doctor Holmes se iluminaron con un repentino fulgor de entusiasmo profesional.

– Chang y Eng se llamaban los hermanos siameses originarios. Y podían sostener cada uno el peso del otro colgado únicamente del ligamento. Hacían auténticas acrobacias. ¡Dios mío! ¡Si estos mismos pueden hacer muchas más cosas que yo!

– Porque no practica usted lo suficiente, doctor Holmes -dijo Francis respetuosamente-. ¿Por qué no empieza usted por el punching-ball? Nosotros…

El inspector guiñaba al infinito, y la atmósfera del cuarto se había aclarado como por milagro. El tono de normalidad absoluta de la conversación de los dos muchachos y su brillante e inteligente sentido del humor, unidos a su completa falta de amargura o resentimiento, alejaban cualquier sentimiento negativo que su presencia pudiera haberse pensado que habría de originar. La señora Carreau sonreía, mirándolos embobada y orgullosa.

– De todas formas -siguió Francis- no estaría mal que los médicos no tuvieran más que esto -y señaló su pecho- como preocupación.

– Tal vez fuera mejor si me dejaras explicarlo a mí, muchacho -dijo cortésmente el doctor Holmes-. Verá usted, inspector. Existen tres tipos corrientes (¡corrientes dentro de lo que cabe, claro!) de los llamados hermanos siameses, y los tres disponen de ejemplos famosos para ilustrarlos médicamente. El tipo pyogópago, espalda con espalda, es un caso de unión renal, es decir, unión de riñones. El ejemplo más conocido es muy probablemente el de las hermanas Blascek, Rosa y Josefa. Se hizo un intento de separarlas quirúrgicamente… -se detuvo, oscureciéndosele la cara-. Luego están los…

– ¿Tuvo éxito el intento? -preguntó con calma Ellery.

El doctor Holmes se mordió los labios.

– Pues bueno…, no. Pero la ciencia de entonces no estaba tan desarrollada…

– Vale, vale, doctor Holmes -dijo Francis rápidamente-. Estamos al tanto de todas esas cosas, señor Queen, ¿sabe? Las gemelas Blascek murieron de resultas de la intervención. Pero entonces no existía el doctor Xavier…

Las mejillas de la señora Carreau estaban aún más pálidas que el blanco de sus ojos. El inspector lanzó una mirada furibunda a Ellery e indicó al doctor Holmes que continuara su historia.

– Luego -dijo con dificultad el médico- están los xiphópagos, gemelos unidos por el proceso xiphoideo del esternón. El caso más famoso de todos es el de los hermanos siameses que dieron nombre al fenómeno, Chang y Eng Bunker. Dos individuos normales y saludables…

– Muertos en 1874 -anunció Julian-, cuando Chang contrajo una neumonía. ¡Tenían sesenta y tres años! Se habían casado y tenían montones de hijos y de todo.

– En realidad no eran siameses verdaderos -añadió Francis con una sonrisa-, sino una mezcla de tres cuartos de chino y un cuarto de malayo, o algo así. Eran increíblemente listos, inspector Queen, y muy ricos… Como nosotros -dijo rápidamente-: Xiphópagos, no ricos.

– Nosotros somos ricos -dijo Julian.

– Bueno, ya sabes lo que quiero decir, Jul.

– Y finalmente -continuó el doctor Holmes-, hay los del tipo llamado de costado. Los jóvenes, como dije, son frente a frente, con hígados unidos. Y, naturalmente, un torrente circulatorio común -suspiró-. El doctor Xavier tenía la historia completa del caso. El médico particular de la señora Carreau se la facilitó.

– Pero entonces -exclamó Ellery-, ¿con qué intenciones trajeron a este par de mocetones a la Punta de Flecha, señora Carreau?

– Él decía -susurró la mujer- que quizá…

– ¿Le dio esperanzas?

– Bueno…, no exactamente. Sólo una cierta, una muy remota posibilidad. Ann…, la señorita Forrest había oído en algún lado que estaba metido en unos trabajos experimentales…

– El doctor Xavier -interrumpió sin entonación alguna el joven médico- venía ocupándose desde hace tiempo en unos experimentos un tanto… extraños. No debería decir extraños, sino, quizá mejor, poco ortodoxos, heterodoxos. Era un gran hombre, sin lugar a dudas -hizo una pausa-. Gastó mucho tiempo y dinero en los… experimentos. Se dieron algunas noticias, pocas, desde luego, porque era algo que odiaba, y cuando nos escribió la señora Carreau… -se detuvo.

El inspector miraba de la señora Carreau al doctor Holmes.

– ¿Debo interpretar -exclamó- que no compartía usted el entusiasmo del doctor Xavier?

– Eso -replicó secamente el inglés- no tiene nada que ver con nuestro asunto -lanzó una mirada a los gemelos Carreau con una rara mezcla de cariño y miedo.

Nuevo silencio. El viejo dio una vuelta al cuarto. Los chicos estaban tranquilos pero alerta.

El inspector se detuvo.

– Y a vosotros, ¿os era simpático el doctor Xavier? -preguntó bruscamente.

– ¡Oh, sí, mucho! -respondieron al instante los jóvenes.

– ¿Os hizo… os causó algún daño alguna vez?

La señora Carreau se sobresalió, la alarma viva en su mirada.

– No, señor -repuso Francis-. Lo único que hizo fue examinarnos. Hizo toda clase de pruebas con rayos X, comidas especiales, inyecciones y cosas…

– Ya estábamos acostumbrados a esa clase de cosas, precisamente -dijo Julian sombrío.

– Entiendo. Decidme ahora: anoche, ¿dormisteis bien?

– Muy bien, señor.

Tenían ahora un tono solemne, y su respiración se había acelerado.

– ¿No oísteis nada raro, nada especial durante la noche? ¿Un disparo de pistola o algo parecido?

– No, señor.

El viejo se frotó la mejilla unos momentos. Y cuando volvió a hablar estaba más serio y ceñudo.

– ¿Habéis desayunado los dos?

– Sí, señor. La señora Wheary nos lo subió esta mañana temprano -dijo Francis.

– Pero ya tenemos hambre otra vez -añadió rápidamente Julian.

– ¿Qué os parece entonces si os vais a dar una vuelta por la cocina? -dijo amablemente el inspector-. La señora Wheary no será difícil de convencer de que os dé cualquier cosa.

– ¡Sí, señor! -exclamaron a coro, se pusieron en pie, dieron un beso a su madre, pidieron disculpas por ausentarse y salieron del cuarto con su gracioso y peculiar modo de caminar.

El asesino

Una silueta encorvada apareció tras los balcones, en la terraza, atisbando al interior de la habitación.

– ¡Eh, Bones! -llamó el inspector. El hombre se enderezó-. Venga usted, por favor. Me gustaría que estuviera presente.

El viejo criado entró por el balcón. Su cara lúgubre parecía aún más salvaje que antes, y sus largos y flacos brazos se agitaban temblorosos, cruzando y soltando los dedos.

Ellery estudió pensativo el rostro de su padre. Algo tramaba. Una idea, probablemente una idea repentina y todavía a medio desarrollar se cocía en el cerebro del inspector.

– Señora Xavier -comenzó con voz tenue-. ¿Cuánto tiempo hace que viven ustedes aquí arriba?

– Dos años -contestó la mujer, desmayadamente.

– ¿Compró la casa su marido?

– La hizo construir -el miedo volvía a instalarse en el fondo de sus negros ojos-. Decidió retirarse, compró la cima del monte Flecha, lo limpió y construyó la casa. Luego nos mudamos aquí.

– Llevaban ustedes poco tiempo casados, ¿verdad?

– Sí -parecía alarmada-. Unos seis meses, más o menos, antes de venir a instalarnos aquí.

– ¿Era un hombre rico su marido?

Se encogió de hombros.

– Nunca me he metido muy a fondo en sus finanzas. Siempre me daba lo mejor -el destello felino volvió un instante a su mirada al añadir-: Lo mejor en cosas materiales.

El inspector se preparó lentamente un pellizco de rapé; parecía muy seguro de sí mismo.

– Creo recordar que su marido no había estado casado antes de hacerlo con usted. ¿Usted tampoco?

Apretó los labios.

– Era viuda ya cuando le conocí.

– ¿Tuvo hijos en ese otro matrimonio?

Dejó escapar un extraño suspiro.

– No.

– Hummm -el inspector apuntó con el dedo a Mark Xavier-. Usted debe saber cuál era la situación financiera de su hermano, supongo.

Xavier pareció salir de un profundo sueño.

– ¿Qué? ¡Ah, dinero! Sí, sí. Estaba bien cubierto.

– ¿Bienes tangibles?

El hombre se encogió de hombros.

– Inmobiliario, por ejemplo, y ya sabe usted lo que valen hoy en día los terrenos. De todas formas, la mayor parte la tenía en valores del gobierno, papel seguro… Tenía algún dinero heredado de nuestro padre, y yo también, claro, cuando empezó a ejercer su carrera. Pero la mayor parte de su dinero lo hizo como médico, practicando su profesión. Yo era su abogado.

– ¡Ajá! -dijo el inspector-. Me alegra que me haya dicho usted eso. Estaba preguntándome cómo íbamos a arreglárnoslas para enterarnos de todo el lío del testamento atrapados aquí como estamos… ¿Así que usted es abogado? Supongo que su hermano dejaría testamento, claro está…

– Hay una copia en la caja fuerte de su habitación, arriba.

– ¿Es cierto, señora Xavier?

– Sí -estaba asombrosamente tranquila.

– ¿Puede decirme cuál es la combinación? -se la dijo-. Muy bien, gracias. Quédense donde están, por favor. Volveré enseguida -se abotonó la chaqueta con gesto nervioso y salió rápidamente de la habitación.

Estuvo fuera un buen rato. El salón estaba en calma. De la parte de atrás llegaba el eco de las amistosas barahúndas de Julian y Francis, dedicados con entusiasmo a cantar las excelencias de los productos ofrecidos por la señora Wheary.

Hubo un momento en que se oyeron unos pasos pesados acercarse a la puerta por el pasillo, y todos se volvieron hacia allí. Pero continuó cerrada y los pasos siguieron de largo hacia el vestíbulo y el recibidor. Un momento después pudieron observar la gorilesca figura del señor Smith en la terraza, oteando el horizonte frente a la casa, sobre la rocosa ladera.

Ellery permanecía en una esquina, chupándose un dedo, malhumorado. Se sentía disgustado por alguna razón nebulosa, demasiado nebulosa para identificarla. ¿Qué demonios sería lo que trataba de probar su padre?

Se abrió la puerta y apareció el inspector. Sus ojos relucían. Llevaba en la mano un papel con aspecto de documento legal.

– Bien -dijo benévolamente mientras cerraba la puerta. Ellery estudió su expresión frunciendo el ceño. Algo había en el aire. Cuando el inspector adoptaba un tono benévolo durante una investigación en marcha siempre había alguna razón, algo flotaba en el aire-. He encontrado el testamento, señores. Breve y amoroso. Según la voluntad de su marido es usted prácticamente la única heredera, señora Xavier -y agitó el documento en la mano.

– Naturalmente.

– Desde luego -continuó el inspector animado-, el caso es que a excepción de un pequeño legado a su hermano Mark y algunos otros, menores aún, para unas cuantas sociedades profesionales, de investigación y así, hereda usted la totalidad de la fortuna que, por cierto, y como decía usted, Xavier, es considerable.

– Sí -murmuró Xavier.

– También he podido comprobar que está todo muy bien asentado y no hay ningún problema a la hora de establecer la voluntad ni las particiones -siguió el viejo-: No hay muchas oportunidades para un pleito, ¿eh, Xavier?

– ¡Naturalmente que no! No hay nadie que pueda ni quiera pleitear. Yo no, desde luego, ni aunque tuviera base legal, que no la tengo, y yo soy el único pariente consanguíneo de John. Y por otra parte mi cuñada, aunque esto no venga al caso, tampoco tiene parientes vivos. Somos los últimos por ambas partes.

– Eso lo deja todo en casa, diría yo -sonrió el inspector-. Por cierto, señora Xavier, ¿se llevaban bien usted y su marido? Quiero decir que si discutían ustedes sobre todas esas cosas que suelen dividir a los matrimonios tardíos.

– Por favor -se cubrió los ojos con la mano. Eso es también muy familiar, pensó ceñudo Ellery, que seguía mirando a su padre, con toda atención.

El viejo Bones intervino inesperadamente:

– Eso es mentira. Esta víbora le hacía la vida imposible.

– ¡Bones! -exclamó la señora Xavier.

– Siempre estaba incordiándole -siguió Bones, tensas las cuerdas vocales y los ojos llameantes-. Nunca le dejaba en paz, ni un minuto.

– ¡Eso es muy interesante! -dijo el inspector, sonriendo aún-. Y usted es también un ejemplar interesante para tener en casa, querido Bones. Siga usted. ¿Estoy en lo cierto pensando que quería usted mucho al doctor Xavier?

– Hubiera dado mi vida por él -sus huesudas manos se cerraron, duras-. Fue la única persona de todo este podrido mundo que me echó una mano cuando estaba arrastrándome. El único que me trató como un ser humano y no como un… una escoria… ¡Ella me trataba peor que si fuera basura! -su voz se agudizó hasta el aullido-. Le digo que esa…

– Bueno, bueno, Bones -dijo el inspector con un toque cortante-. Serénese. Y ahora escúchenme todos. Hemos encontrado una carta, una baraja cortada en la mano del doctor Xavier. Es evidente que logró reunir fuerzas suficientes antes de morir para dejarnos una pista de la identidad de asesino. Partió en dos un seis de picas.

– ¡Un seis de picas! -hipó la señora Xavier. Sus ojos se escapaban de las negruzcas órbitas.

– Sí, señora, el seis de picas -dijo con satisfacción el inspector, contemplándola-. Tratemos de adivinar. ¿Qué podía querer decirnos con esa carta? Las barajas provenían de su propio escritorio, así que no se trata de nada que tenga que ver con su propietario. Además no utilizó una carta entera, sino solamente la mitad. Eso quiere decir que la carta no era lo importante en cuanto tal carta, sino el palo y número, o lo que implicaran.

Ellery miró. Después de todo había una lógica. Se pueden enseñar nuevos trucos a un perro viejo. Rió en silencio.

– En el trozo -siguió el inspector- estaba el número seis, en la esquina del papel, y unas pocas… ¿cómo las llaman?

– Picos -dijo Ellery.

– Picos… picas. ¿Les dice algo la palabra pica?

– ¿Pico? -Bones se humedeció los labios-. Yo uso un pico.

– ¡Bah! -gruñó el inspector-. No nos metamos en cuentos chinos. Eso sería demasiado. No, Bones, no le señalaba a usted.

– Las picas -dijo brevemente Ellery- significan, en caso de que quisiera que significaran algo, que lo dudo mucho, la muerte. Siempre han significado eso.

Sus ojos estaban semicerrados y no atendía más que a su padre.

– Bueno, pues, signifiquen lo que signifiquen, eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es el número seis. ¿Les dice algo el número seis?

Todos se quedaron mirándole.

– Está claro que no -rió-. Bueno, tampoco creí que fuera así. En cuanto número, la verdad, no sé cómo puede relacionarse con alguno de los que estamos aquí. Quizá en alguna de esas sociedades secretas de las novelas policiacas, pero en la vida real no. Bueno, si el número seis como tal número no les dice nada, ¿qué me dicen de la palabra seis? -se detuvo con expresión dura en la cara-. Señora Xavier, ¿cuál es su nombre de soltera?

La mujer tenía la mano cubriéndole la boca.

– Sí… -dijo desmayadamente-. Isère. Mi nombre de soltera es Isère. Soy francesa…

– Sarah Isère Xavier -dijo serio el inspector. Metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja pequeña de papel de cartas, delicadamente coloreada y con tres iniciales mayúsculas de cabecera-. Encontré esta hoja de papel de escribir en su escritorio de la alcoba grande de arriba, señora Xavier. ¿Es suyo?

Estaba en pie, titubeante.

– Sí, sí. Pero…

Mantuvo el papel en alto de manera que todos pudieran verlo. Las iniciales del monograma decían SIX. El inspector dejó caer la cuartilla y avanzó un paso.

– El doctor Xavier, en sus últimos instantes de vida, acusó a SIX de su asesinato. Vi la luz cuando recordé que dos de sus iniciales eran la S y la X. Señora Xavier, considérese usted detenida por la muerte de su marido.

Durante un horrible instante resonó la alegre risa de Francis, desde la cocina. La señora Carreau estaba pálida como una muerta, con la mano derecha sobre el pecho. Ann Forrest temblaba. El doctor Holmes parpadeaba mirando al frente, a la alta figura de la mujer, sin dar mucho crédito, con náusea, con rabia creciente. Mark Xavier permanecía en su silla, rígido, con los músculos de la mandíbula en pleno trabajo. Bones, de pie, parecía la imagen mitológica de la venganza, contemplando a la señora Xavier con aire de triunfo absoluto.

El inspector atacó:

– Usted sabía que a la muerte de su marido heredaría un montón de dinero, ¿no es cierto?

Ella retrocedió un breve paso, respirando pesadamente.

– Sí.

– Y además estaba celosa de la señora Carreau. ¿Muy celosa? No podía resistir el que estuvieran teniendo un asunto amoroso ante sus propias narices, ¿verdad? ¡Y en realidad se limitaban a hablar de los gemelos siameses! -avanzó decidido, sin dejar de mirarla a los ojos, un némesis canoso.

– ¡Sí, sí, sí! -gimió ella retrocediendo otro paso más.

– Cuando siguió usted a la señora Carreau escaleras abajo anoche y vio que penetraba en el estudio de su marido y volvía a salir después de un rato, estaba usted enloquecida por los celos, ¿verdad?

– Sí -susurró.

– Entró usted entonces, cogió el revólver del cajón, disparó y lo mató, le asesinó, ¿no es eso, señora Xavier?

El borde del sillón detuvo su retroceso. Tropezó y cayó sobre el asiento con un ruido sordo. Sus labios se movían sin pronunciar sonido alguno como la boca de un pez vista a través del cristal de un acuario.

– Sí -musitó-. Sí.

Giraron sus ardientes ojos negros. Luego se estremeció convulsivamente y cayó desmayada.

Izquierda y derecha

Hacía una tarde terrorífica. El sol achicharraba. Dejaba caer su fuerza feroz, licuadora, sobre la casa y las rocas, convirtiéndolo todo en un infierno. Deambulaban por la casa como fantasmas materializados, hablando apenas, evitándose los unos a los otros, físicamente derrotados por la humedad del sudor sobre la ropa y la pesadez del ambiente, mareados, exhaustos. Hasta los gemelos estaban desequilibrados y permanecían sentados en la terraza mirando a los mayores con ojos redondos.

La desmayada había vuelto en sí gracias a los desvelos del doctor Holmes y la señorita Forrest, sorprendente joven, con abundante experiencia como enfermera durante los años anteriores a su entrada al servicio de la señora Carreau. Los hombres trasladaron el pesado cuerpo de la señora Xavier al piso de arriba, al dormitorio.

– Sería mejor que le diera algo que la mantenga dormida un buen rato, jefe -dijo el inspector pensativo, echando una mirada a la bella mujer. No había señal alguna de triunfo en sus ojos, solamente un cierto desprecio-. Es muy nerviosa. De las que se salen de madre a la menor bobada, una emocional. Será mejor tenerla fuera de combate para no tener líos. Y a lo mejor hasta es lo mejor para ella y todo, pobre mujer… Póngale una inyección o cualquier cosa de ésas.

El doctor Holmes asintió en silencio; bajó al laboratorio y regresó con una jeringuilla llena de algo. La señorita Forrest echó a los hombres del cuarto, decidida. Y tanto ella como el médico se turnaron durante el resto de la tarde velando a la enferma junto a su cama.

La señora Wheary, informada de la culpabilidad de su ama, lloró breve y poco convincentemente. Siempre supo, informó al inspector entre lágrimas contenidas a medias, que «eso no podía salir bien; era demasiado celosa. Y él era un hombre amable, bueno, guapo, ¡pobrecito!, ¡si ni siquiera pensaba en mirar a otras mujeres! Yo era ya su ama de llaves antes de casarse, señor, y en cuanto ella vino a vivir aquí con nosotros empezó todo. ¡Celosa, no! ¡Estaba loca!».

El inspector soltó un gruñido y decidió hacer algo práctico. Ninguno de ellos había probado bocado desde la noche anterior, y sería bueno, indicó a la señora Wheary, que tratara de arreglar alguna cosilla para tomar un refrigerio. El, al menos, estaba a punto de morir de inanición.

La señora Wheary suspiró, enjugó la última lágrima y volvió hacia la cocina.

– De todas formas quiero advertirle -dijo al inspector al iniciar su salida- que no hay muchas cosas de comer en la casa, señor, discúlpeme.

– ¿Y eso? -exclamó rápidamente el inspector, deteniéndose.

– Es que -hipó la señora Wheary- tenemos solamente algunas cosas de lata y así, señor, porque las cosas frescas, la leche, los huevos, mantequilla, carne y eso, se han terminado casi del todo. El tendero de Osquewa sube a traer el pedido una vez a la semana, porque es un viaje terrible por estas montañas descarnadas. Tenía que haber venido ayer, pero con el fuego este tremendo y…

– Bueno, bueno, haga usted lo que pueda -dijo el viejo suavemente, y se fue. En la penumbra del corredor, donde nadie le veía, se dejó ir. Las cosas no parecían arreglarse mucho, a pesar de que el caso se hubiera resuelto. Recordó el teléfono y trotó hacia el salón sin grandes esperanzas.

Después de un rato colgó el aparato, alzándose de hombros. La línea estaba cortada. Había sucedido lo inevitable: el fuego había llegado hasta los cables del teléfono y se habían quemado. Y ahora estaban absolutamente aislados del resto del mundo.

No serviría de nada poner a todos los demás en peor estado del que se encontraban, pensó, saliendo a la terraza y dirigiendo una sonrisa mecánica a los gemelos. Maldijo su destino que le había impulsado a tomarse esas vacaciones. Y Ellery…

La señora Wheary salió del vestíbulo anunciando que la comida estaba lista.

¿Dónde estaba Ellery?, pensó el inspector. Había desaparecido poco después de que subieran a la señora Xavier a su cuarto.

Fue hasta el borde de la terraza y miró hacia las rocas calcinadas por el sol. Todo estaba desierto, y vacío, y feo, y triste como la superficie de un planeta deshabitado. Y entonces divisó un atisbo de blanco detrás del primer árbol de la izquierda de la casa.

Ellery estaba tumbado a la bartola, a la sombra de un roble, con las manos bajo la nuca, contemplando con dedicación las hojas verdes que le cubrían.

– ¡La comida! -gritó el inspector haciendo bocina con las manos.

Ellery se sobresaltó. Luego se puso en pie pesadamente, se sacudió la ropa y echó a andar hacia la casa.

Fue una comida triste, en silencio casi completo. No había mucho que comer, y excesivamente variado, pero eso no parecía tener gran importancia, porque masticaban sin apetito alguno, dándose apenas cuenta de lo que se llevaban a la boca. El doctor Holmes estaba ausente, velando a la señora Xavier. Cuando Ann Forrest hubo terminado se levantó en silencio y salió. Unos momentos después apareció el joven médico, se sentó y empezó a comer. Nadie dijo nada.

Se dispersaron después de la comida. El señor Smith, a quien no podría llamársele un fantasma más que con el más generoso e impensable esfuerzo imaginativo, conseguía, pese a todo, tener el aspecto de uno de ellos. No se reunió con los demás en el comedor, puesto que ya la señora Wheary le había dado de comer antes. Se quedó aparte y nadie se acercó a él. Pasó la mayor parte de la tarde tumbado por la terraza, mascando un gran cigarro mojado, tan gorilesco como él.

– ¿Qué es lo que te preocupa? -preguntó el inspector a Ellery en cuanto se hubieron retirado a su habitación después de comer para darse una ducha y cambiarse de ropa-. ¡Te vas a romper la mandíbula a fuerza de poner esa cara tan larga!

– ¡Oh, nada! -exclamó Ellery dejándose caer en la cama-. Estoy aburrido y fastidiado.

– ¡Aburrido! ¿De qué?

– De mí mismo.

El inspector hizo una mueca.

– ¿Enfadado por no haber descubierto el papel de cartas con las iniciales? ¡Hombre, no puedes tener tú toda la suerte siempre!

– Oh, no, no es por eso. Eso fue un detalle de astucia por tu parte, no tienes que ponerte modesto. Es otra cosa.

– ¿Qué?

– Que -dijo Ellery- no sé lo que me molesta ni… No lo sé -se sentó, frotándose nerviosamente la mejilla-. Llámalo intuición, o como quieras, esa palabra puede servir. Hay algo que me anda por dentro, intentando traspasar las defensas de mi conciencia y salir a flote. Pero ahora no es más que la intuición de algo. Y que me aspen si sé lo que es.

– Date una ducha -dijo el inspector con simpatía-. A lo mejor no es más que una jaqueca.

Cuando estuvieron vestidos de nuevo, Ellery fue hasta la ventana de detrás y lanzó una mirada al abismo. El inspector daba vueltas colgando su ropa en las perchas y colocándola en el armario.

– Hay que organizarse para una larga estancia, me parece a mí -murmuró Ellery sin darse la vuelta.

El inspector le miró.

– Bueno, así al menos tendré algo que hacer -gruñó al fin-. Tengo la impresión de que no vamos a estar tan bien mucho tiempo.

– ¿Y eso?

Ellery dejó pasar unos segundos y dijo:

– Deberíamos ser absolutamente técnicos en el asunto este. ¿Cerraste bien el estudio, abajo?

– ¿El estudio? -el inspector parpadeó-. No, ¿por qué diantre iba a cerrarlo?

Ellery se encogió de hombros.

– Nunca se sabe. Vamos a dar una vuelta por allá. Tengo ganas de meterme un rato en la atmósfera misteriosa. A lo mejor la intuición se materializa así.

Bajaron atravesando una casa desierta. No había nadie por ella, excepto Smith, en la terraza.

Encontraron la escena del crimen igual que la habían dejado. Ellery, obsesionado por vagos presagios de alarma, examinó detenida y detalladamente el cuarto. Pero la mesa con las barajas, la silla giratoria, el buró, el arma del crimen y los cartuchos seguían sin haber sido tocados.

– Pareces una vieja -dijo burlón el inspector-. De todas formas he sido un tonto dejando ese revólver ahí. Y las balas. Habrá que guardarlos en un lugar más adecuado y seguro.

Ellery contemplaba la superficie de la mesa de escritorio.

– Deberías guardar también las barajas. A fin de cuentas también son pruebas. Este es el caso más loco de mi vida. El cadáver tiene que guardarse en un refrigerador, las pruebas conservadas y retenidas en espera de las autoridades adecuadas, y, para colmo, un bonito incendio calentándonos los pies… figuradamente. ¡Bah!

Recogió las cartas y las fue ordenando colocándolas todas con la cara hacia el mismo lado. Las juntó y se las tendió a su padre. La carta partida con el seis de picas, y la otra mitad arrugada se las guardó en el bolsillo tras un segundo de reflexión.

El inspector encontró un llavín colocado en la puerta del laboratorio, del lado de éste, cerró las puertas y echó los cerrojos desde el estudio, cerró también la puerta de la biblioteca con una llave de acero corriente que tomó de su propio llavero y la volvió a usar para cerrar la otra puerta desde el pasillo.

– ¿Dónde vas a guardar las pruebas? -preguntó Ellery cuando empezaban a subir la escalera.

– No lo sé. Habría que encontrar un sitio bien seguro.

– ¿Por qué no dejarlas en el estudio? Te tomaste muchas molestias para cerrar las puertas sobre nada.

El inspector hizo una mueca.

– Hasta un niño podría abrir las puertas de la biblioteca y del pasillo. Las cerré solamente para dar la impresión… ¿Qué pasa?

Un grupito de gente estaba apiñada ante la puerta de la alcoba principal; hasta Bones y la señora Wheary estaban allí.

Se abrieron paso hasta dar con el doctor Holmes y Mark Xavier, inclinados sobre la cama.

– ¿Qué sucede? -espetó el inspector.

– Ha vuelto en sí -indicó el doctor Holmes- y temo que esté un poco fuera de control. Sujétela, Xavier, por favor. Señorita Forrest, tráigame la jeringuilla.

La mujer se debatía desesperadamente, sujeta por los hombres, agitando brazos y piernas como látigos. Sus ojos miraban al techo, desorbitados y, ciegos.

– Vamos -exclamó el inspector. Se inclinó sobre la cama y dijo con voz sonora y clara de mando-. ¡Señora Xavier!

Cesaron los movimientos y la razón volvió a su mirada. Aflojó la mandíbula, mirando a su alrededor con sorpresa.

– Se está comportando usted muy tontamente, señora -continuó el inspector con el mismo tono cortante-. Y eso no va a facilitarle las cosas, sépalo. ¡Ya basta!

Cerró los ojos y se alzó de hombros. Luego los abrió de nuevo y comenzó a llorar dulcemente.

Los hombres se incorporaron con amplias muestras de alivio. Mark Xavier se enjugó la muñeca, mojada, y el doctor Holmes se dio la vuelta, componiéndose.

– Estará bien durante un rato -dijo tranquilamente el inspector-. Pero no creo que convenga dejarla sola, doctor. Mientras esté así al menos, ya me entiende. Y si vuelve a excitarse, hágala dormir.

Se sorprendió al oír la voz de la mujer, inquieta pero controlada:

– No causaré más problemas -dijo.

– Magnífico, señora Xavier, magnífico -dijo el inspector con calor-. Por cierto, Holmes, ¿sabe usted si hay algún lugar en la casa donde pueda guardar unas cosas con toda seguridad?

– ¡Hombre! En la caja fuerte de esta habitación, creo yo -repuso el médico indiferente.

– Es que… no, no. Se trata de las pruebas, ¿comprende?

– ¿Las pruebas?

– Las barajas que estaban sobre la mesa del estudio del doctor.

– Oh.

– Hay una caja metálica con llave vacía en el salón, señor Queen -propuso tímidamente la señora Wheary desde el pasillo-. Es casi una caja fuerte, pero el doctor nunca guardó nada en ella.

– ¿Quiénes conocen la combinación?

– No tiene combinación. Solamente una especie de extraños cierres y cosas y una llave rara. La llave está en el cajón de la mesa grande.

– Estupendo. Perfecto. Muchas gracias, señora Wheary. Ven conmigo, El -y el inspector salió del dormitorio seguido por la batería completa de ojos. Ellery le siguió presto, ceñudo. Cuando bajaban las escaleras camino de la planta baja echó una mirada a su padre, frunciendo interrogante las cejas.

– Eso -sugirió- ha sido un error.

– ¿Qué?

– Error, error, equivocación -repitió Ellery con paciencia-. No es que vaya a haber mucha diferencia, claro, porque la prueba importante la tengo yo en el bolsillo -y se dio unos golpecitos consoladores sobre el bolsillo en el que llevaba las dos mitades del seis de picas-. Y por otra parte puede ser algo interesante. Una especie de trampa retardada. ¿Era ésa tu idea?

El inspector estaba perplejo, sin entender.

– Bueno…, no exactamente. No se me había ocurrido. Quizás tengas tú razón.

Entraron en el salón vacío y buscaron la caja. Estaba colocada en una de las paredes, cerca de la chimenea, con el frente pintado a juego con la madera que recubría el muro, pero bastante evidente pese a todo. Ellery halló la llave en el cajón de arriba de la mesa grande, la miró un instante, se encogió de hombros y se la entregó a su padre.

El inspector tomó la llave y la ojeó con un fruncimiento de ceño; luego abrió la caja. El mecanismo funcionó con una serie de complicados clicks. El profundo interior estaba vacío. Sacó del bolsillo el mazo de cartas y, después de echarles una mirada, suspiró y las depositó en el fondo del escondrijo.

Ellery se volvió sobre los talones al oír un leve sonido procedente de la terraza. La gruesa silueta de Smith aparecía tras uno de los balcones, con la bulbosa narizota aplastada contra el cristal espiándoles sin el menor recato. Se sobresaltó avergonzado al notar el movimiento de Ellery, se sacudió y desapareció. Ellery oyó sus pasos elefantinos resonar sobre el suelo de madera del porche.

El inspector extrajo de su bolsillo el arma del crimen y la caja de proyectiles. Dudó y volvió a meterlos en el bolsillo.

– No -murmuró-, es demasiado arriesgado. Lo llevaré conmigo. Tengo que averiguar antes si ésta es la única llave de la caja disponible. Bien, ya vale -y presionó de golpe la puerta, cerrándola con llave, y guardándosela luego en su llavero.

Ellery estaba cada vez más taciturno según avanzaba la tarde. El inspector, bostezando, lo dejó con sus pensamientos y subió a su habitación a descabezar un sueñecito. Al pasar ante la alcoba de los Xavier, pudo ver al doctor Holmes delante de una de las ventanas delanteras, con las manos cruzadas a su espalda, y a la mujer tumbada, con los ojos abiertos, reposando. Todos los demás habían desaparecido.

El inspector suspiró y siguió su camino.

Cuando emergió una hora más tarde, sintiéndose mucho más despejado y fresco, la puerta del dormitorio estaba cerrada. La abrió cuidadosamente y atisbo el interior. La señora Xavier seguía tumbada exactamente igual a como la había visto antes. El doctor Holmes tampoco parecía haberse movido de su posición junto a la ventana. Pero la señorita Forrest estaba ahora presente, echada sobre una chaise-longue junto a la cama, con los ojos cerrados.

El inspector cerró la puerta de nuevo y bajó.

La señora Carreau, Mark Xavier, los gemelos y el señor Smith estaban en la terraza. La Carreau simulaba leer una revista, pero sus ojos estaban claramente ausentes, nublados, y su cabeza no iba de lado a lado. Smith continuaba patrullando por la terraza y masticando la colilla de su cigarro. Los mellizos estaban embebidos en una partida de ajedrez sobre un tablero de bolsillo imantado, con piezas metálicas. Mark Xavier parecía semidormido, recostado en una silla con la cabeza caída sobre el pecho.

– ¿Han visto por aquí a mi hijo? -preguntó el inspector al mundo en general.

Francis Carreau miró para arriba.

– ¡Hola, inspector! -dijo alegremente-. ¿El señor Queen? Me pareció verlo andar por entre los árboles hace como una hora.

– Llevaba una baraja -añadió Julian-. Venga, Fran, te toca mover. Me parece que estás perdido.

– No -replicó Francis-, puedo cambiar un alfil por tu reina. ¿Eh, qué te parece eso?

– ¡Buah! -dijo asqueado Julian-. Me rindo. Vamos a echar otra.

La señora Carreau alzó los ojos, y compuso una débil sonrisa desmayada. El inspector se la devolvió, miró al cielo y luego descendió los escalones de piedra, hacia el sendero de gravilla.

Torció a la izquierda, dirigiéndose hacia el bosque, en dirección al lugar donde Ellery estaba tumbado antes de comer. El sol estaba ya bajo y el aire era recio y pegajoso. El cielo parecía un disco reluciendo luces de colores. De pronto resopló y se paró en seco. La leve brisa había traído a su nariz un olor acre. Era… sí, ¡era olor a madera ardiendo! Sobresaltado, miró al cielo, sobre los árboles, pero no vio humo. El viento había cambiado de dirección, pensó malhumorado, y era probable que de ahora en adelante tuvieran que aguantar ese apestoso olor de resina ardiendo hasta que le diera por volver a cambiar. Siguió caminando, y una pella de cenizas se posó sobre una mano. La sacudió rápidamente y continuó.

Llegó por fin a la sombra de los árboles del borde del bosque y oteó a través de la espesura, con los ojos deslumbrados todavía por la luz brillante del espacio abierto. No se veía a Ellery por ninguna parte. El inspector quedó en silencio unos instantes, inmóvil, hasta que sus pupilas fueron habituándose al cambio de luz, y luego continuó adelante, escuchando con los oídos en tensión. Los árboles se espesaban a su alrededor embriagándole con su olor caliente y verde.

Estaba ya a punto de empezar a llamar a Ellery a gritos cuando escuchó un extraño ruido cerca de él, a su derecha. Avanzó cautelosamente en esa dirección, de puntillas, y atisbo junto a un grueso tronco.

A quince pies de allí estaba Ellery, apoyado contra un cedro, ocupado en una curiosa operación. Estaba rodeado por montones de barajas cortadas y arrugadas, esparcidas a su alrededor. Tenía las manos levantadas ante él y, en el instante preciso en que el inspector puso la vista sobre él, el índice y el pulgar de cada mano sujetaban delicadamente la parte superior de una carta. Su mirada se posaba sobre la rama más alta del árbol que tenía enfrente. Luego rasgó la carta, casi con negligencia. Y en el mismo movimiento arrugó uno de los trozos y lo tiró al suelo. Bajó los ojos al mismo tiempo para examinar la mitad rota que quedaba en su mano, gruñó, la tiró al suelo, metió la mano en un bolsillo, sacó otra carta y comenzó a repetir el increíble proceso de sujetar, mirar al infinito, rasgar, arrugar, mirar, etcétera.

El inspector miró a su hijo durante un rato, con semblante preocupado. Movió un pie y una ramita crujió. Ellery alzó rápidamente la cabeza en dirección al ruido.

– ¡Ah! Eres tú -dijo, tranquilizándose-. Mal asunto, pater. Verás…

El inspector no atendió.

– ¿Qué demonios estás haciendo?

– Investigaciones importantes -replicó Ellery, serio-. ¡Persigo el ectoplasma del que te hablé esta tarde! Y ya empieza a tomar una forma reconocible. ¡Mira! -introdujo la mano en el bolsillo y extrajo otra carta. El inspector pudo darse cuenta de que procedían del cajón que habían visto la noche anterior en la sala de juegos-. ¿Quieres hacerme el favor, padre? -arrojó la carta en las manos de su padre, atónito-. Rompe esa carta en dos trozos, arruga uno de ellos y arrójalo al suelo.

– ¿Y para qué diablos tengo que hacer eso? -preguntó el viejo.

– Vamos, vamos. Es un nuevo sistema de relajación para detectives cansados. Rómpela y aplasta uno de los trozos.

El inspector obedeció encogiéndose de hombros. Los ojos de Ellery permanecieron fijos en las manos de su padre.

– ¿Y…? -graznó el inspector observando el trozo que quedaba en su mano.

– Humm -comentó Ellery-. Interesante. Creí que podría funcionar, pero, claro, no podía estar seguro, teniendo en cuenta que sabía qué buscaba. Es lo que pasa siempre que se hacen pruebas sabiendo los resultados que se quieren obtener… Bueno, espera un momento. Si eso es verdad, y la verdad es que ahora me parece tan evidente como el axioma de Euclides, ya no nos queda más que otro pequeño problema… -se agachó hasta el suelo sembrado de barajas, al pie del cedro, pasándose la lengua por el labio inferior, moviendo los talones, mirando abstractamente a la tierra.

El inspector comenzó a cabrearse, lo pensó mejor y decidió esperar con paciencia los resultados de las profundas y, sin duda, esotéricas meditaciones de su hijo. La experiencia le había enseñado que Ellery raramente actuaba con misterio sin alguna razón poderosa. Algo importante tenía que haber detrás de aquellas en apariencias absurdas maniobras, algo pasaba tras aquella frente. Pensando sobre qué sería, el inspector empezaba a vislumbrar un débil rayo de luz, cuando Ellery le hizo sobresaltarse, al saltar como un muelle y ponerse en pie, con un destello salvaje en el mirar.

– ¡Resuelto! -bramó Ellery-. ¡Dios! Tenía que haberlo sabido. Si era un juego de niños en comparación con lo otro… Sí, parece claro al reconsiderarlo… Tiene que ser eso. Hay que reivindicar los procesos tan machacados de observación y racionalización. ¡Skoal! Vamos, caballero. Está usted a punto de ser testigo de la materialización de la verdad fantasmal. ¡Alguien agradecerá mi persistencia en perseguir el pequeño fantasma que se introdujo esta mañana en mi cerebro!

Corrió hacia el claro, con cara seria, pero triunfante. El inspector le seguía a pocos pasos, con la impresión de un sentimiento que se hundía en el pozo del estómago.

Ellery saltó las escaleras del porche y miró a su alrededor, sintiendo acelerársele la respiración.

– ¿Señores, querrían ustedes acompañarnos arriba un momento? Tenemos algo muy importante que verificar.

La señora Carreau se incorporó sobresaltada.

– ¿Todos? ¿Importante, señor Queen? -los mellizos dejaron su ajedrez en miniatura y se levantaron, con la boca abierta.

– Sin duda. ¡Ah! Señor Smith, usted también, por favor. Y usted, señor Xavier, también le necesitaremos. Y también Francis y Julian, naturalmente.

Penetró en la casa sin más espera. La mujer y los dos hombres, y los muchachos, miraron hacia el inspector con sorpresa y asombro, pero el viejo estaba ceñudo -y no era la primera vez- desempeñando su papel. Había organizado sus cosas con trabajo conocedor. Les siguió hacia el interior de la casa, pensando interiormente qué pasaría. El malestar de su estómago empezaba a ser incómodo.

– Pasen, pasen -dijo Ellery alegremente, mientras dudaban a la puerta del dormitorio de la señora Xavier.

La asesina confesa estaba en la cama, apoyada sobre los codos, contemplando la indiferente espalda de Ellery con una especie de terror fascinado. Ann Forrest se había levantado, pálida y obviamente asustada. El doctor Holmes estudiaba enigmáticamente el perfil de Ellery.

Entraron todos, evitando inequívocamente a la enferma.

– No se trata de nada ceremonioso, señores -continuó Ellery con el mismo tono ligero-. Siéntese, señora Carreau. ¿Prefiere estar de pie, señorita Forrest? No se lo impediré, desde luego. ¿Dónde anda la señora Wheary? ¿Y Bones? Necesitamos a Bones -salió al pasillo y le oyeron llamar a voces a la gobernanta y al viejo criado. Volvió poco después con ambos, Bones evidentemente pálido-. Pasen, pasen. Y ahora me parece que estamos todos a punto para realizar una bonita demostración de las maravillas de la planificación criminal. Errar es humano, y, gracias a Dios, estamos tratando con seres de carne y hueso.

La curiosa alocución produjo un efecto inmediato. La señora Xavier se incorporó lentamente, sentándose en la cama con mirada fija y las manos agarradas a la sábana.

– ¿Qué…? -comenzó humedeciéndose los labios resecos-. ¿No han terminado conmigo aún?

– Y la divina gracia del perdón… recuerdan ustedes eso, claro está -seguía Ellery rápidamente-. Señora Xavier, serénese usted. Esto parecerá un tanto sorprendente.

– Vaya al grano -gruñó Mark Xavier.

Ellery le miró fríamente.

– Haga usted el favor de dejarme llevar a cabo esta demostración sin interferencias, señor Xavier. Quisiera hacer notar que la culpabilidad es un sentimiento incluido en un término un tanto ambiguo y amplio. Somos todos una tribu de lanzadores de primeras piedras, añadiré. Recuerden esto, por favor.

El hombre pareció confundido.

– Y ahora -dijo Ellery con calma- pasemos a la lección. Voy -siguió metiendo la mano en uno de sus bolsillos- a hacerles un truco con cartas -y sacó una baraja.

– ¡Un juego de manos! -exclamó la señorita Forrest.

– Un juego de manos muy poco frecuente, eso sí. Es uno que no incluía en su repertorio el inmortal Houdini. Miren ustedes, por favor -sostuvo la carta ante él, los índices hacia dentro y los pulgares apuntando hacia los espectadores y entre sí-. Voy a hacer como si quisiera partir esta carta en dos mitades y luego a estrujar una de ellas y tirarla.

Contuvieron todos la respiración, con los ojos fijos en la carta. El inspector asintió con la cabeza y dejó escapar un suspiro silencioso.

Manteniendo firme la mano izquierda, Ellery hizo un rápido movimiento con la derecha, rasgando la carta en dos mitades. Luego, dejando una en la derecha la aplastó y arrojó inmediatamente. Luego elevó la izquierda, con la otra mitad de la baraja en ella.

– Observen ustedes -dijo- lo sucedido. He querido partir esa carta en dos mitades. ¿Cómo lo he hecho? Haciendo fuerza con la mano derecha y arrugándola con esa misma mano, y tirándola también con la derecha. Eso hizo que la derecha quedara vacía y la izquierda ocupada. Ocupada -dijo cortante- por el trozo que quise tener y por el que realicé todo el proceso. Mi mano izquierda, que no hizo nada más que sostener la carta y compensar el esfuerzo de la derecha, es la que conserva la media carta sin arrugar.

Barrió las caras con mirada inquisitiva. Ya no había ligereza alguna en su manera de hablar.

– ¿Qué significa esto? Nada más que soy diestro, es decir, que hago casi todas las cosas manuales con la mano derecha. Y la uso instintivamente. Es una de las características de mi forma física de ser. No puedo hacer cosas con la mano izquierda sin un esfuerzo consciente… Bien, la cuestión es que también el doctor Xavier era diestro.

Y por fin en las caras se dibujó la comprensión.

– Veo que van entendiéndome -continuó Ellery serio-. Encontramos la media carta sin arrugar en la mano derecha del doctor Xavier. Pero, como les he demostrado ahora mismo, un individuo diestro que realiza el proceso de romper, arrugar y tirar una mitad de carta conservando en la mano la otra mitad, se quedaría con esa mitad en su mano izquierda. Puesto que los dos trozos son sustancialmente idénticos, no puede pensarse que haya razones intelectuales para preferir una mitad a la otra, por lo que la que se conserve ha de ser siempre la que esté en la mano que no realiza el trabajo y, por lo tanto, nos encontramos con que el doctor Xavier sostenía la carta partida en la mano contraria. Y que, por tanto, no fue él quien rompió la carta. Y que, por tanto, alguien lo hizo y la puso luego en su mano, cometiendo el error imperdonable de creer que, como no era zurdo, sostendría la carta en la mano derecha. Por lo tanto -y aquí hizo una pausa, mientras la compasión se instalaba en su rostro-, debemos la más profunda de las disculpas a la señora Xavier, por haberla acusado de algo que ella no había hecho poniéndola en una dramática situación de trastorno mental.

La boca de la señora Xavier estaba abierta. Parpadeaba como si saliera a un sol radiante desde las más profundas tinieblas.

– Porque, ya comprenden -siguió Ellery tranquilo y calmado-, si alguien colocó la media carta en la mano del muerto, ese medio seis de picas, era ese alguien y no el muerto quien acusaba a la viuda del crimen, y la otra tesis se derrumba. En vez de una criminal, tenemos una inocente inculpada, una víctima de un plan diabólico. ¿Quién podría ser el autor de ese plan sino el asesino verdadero? -se calló, se inclinó y se apoderó de la media carta arrugada, guardándose los dos trozos en el bolsillo-. El caso -dijo lentamente-, lejos de estar resuelto, no ha hecho sino empezar.

Se produjo un embarazoso silencio, y la más silenciosa de todos era la viuda del doctor Xavier. Se había recostado de nuevo sobre la almohada, ocultándose la cara entre las manos. Los demás comenzaron a examinar rápida y subrepticiamente las caras ajenas. La señora Wheary gemía y se recostaba contra el marco de la puerta. Bones miraba de la señora Xavier a Ellery, y viceversa, completamente estupidizado.

– Pero… pero -saltó la señorita Forrest, contemplando a la mujer que yacía en el lecho- ¿entonces por qué ella… por qué se…?

– Una buena pregunta, señorita Forrest -exclamó Ellery-. Ese es el segundo de los problemas a resolver. Una vez resuelto el primero, y concluido que la señora Xavier era inocente, la pregunta surge sola; ¿por qué confesó ser autora del crimen? Pero eso -hizo una pausase aclara sólo en cuanto se piensa un poco sobre ello. Señora Xavier -dijo suavemente-, ¿por qué confesó un crimen del que es inocente?

La mujer comenzó a sollozar con fuertes hipos y congojas. El inspector se dio la vuelta y fue hasta la ventana para mirar afuera La vida parecía bastante triste en aquel preciso momento.

– ¡Señora Xavier! -exclamó Ellery, inclinado sobre la cama; le tocó las manos que cayeron inertes, dejando su cara al descubierto. Miró hacia él con ojos inundados-. Es usted una gran mujer, ¿sabe? Pero no podemos permitirle que haga usted ese sacrificio. ¿A quién encubre usted?

Tercera parte

Es lo mismo que si comenzaras a golpear con todas tus fuerzas una puerta firme y que tras un esfuerzo extenuante, la derribaras. La luz te cegaría un instante, y en él creerías estar viendo la realidad. Luego, tus ojos se habitúan y entonces los detalles eran pura ilusión, no hay más que un comportamiento vacío con otra recta puerta al otro lado… Puedo asegurar que no hay ni un solo investigador criminal que no haya experimentado esa sensación en cualquier caso algo más complicado de lo normal.

Incursiones en el pasado,

de Richard Queen

El cementerio

En el rostro de la señora Xavier se produjo un cambio notable. Era como si todos sus rasgos se estuvieran volviendo, uno por uno, de piedra. Primero se endureció la piel, y luego la boca y las mejillas; la piel se alisó y aplastó como hormigón, y la mujer entera pareció como rellenada en un molde. En un abrir y cerrar de ojos volvió a recuperar aquella especie de edad inexistente que la caracterizaba.

Incluso sonrió, con aquella media sonrisa ya conocida de Gioconda Pero no contestó a la directa pregunta de Ellery.

El inspector se giró lentamente para observar las caras de sus habituales marionetas. Siempre eran marionetas, pensó -marionetas de cartón piedra-, en cuanto querían esconder algo. Y ahora todos ellos querían esconder algo, siempre, en una investigación criminal. No había nada nuevo que sacar de su porte culpable. Pero la culpabilidad era solamente una cualidad comparativa en el animal humano, y esto lo sabía por larga y amarga experiencia. Era el corazón y no la cara el refugio de la culpa Lanzó un suspiro y echó de menos uno de los aparatos de detección de mentiras de su amigo el profesor de la Columbia University. En cierta ocasión…

Ellery se incorporó y se quitó los anteojos.

– ¿Así que nos encontramos un muro de silencio en el único asunto realmente de importancia? -dijo pensativo-. Supongo que se da usted cuenta, señora Xavier, que al negarse a hablar se está usted convirtiendo en cómplice del asunto.

– No sé de qué me está usted hablando -dijo con una voz ronca y neutra.

– ¿De veras? ¿Y entiende usted al menos que ya no está usted acusada del asesinato de su marido?

La mujer permaneció en silencio.

– ¿No quiere usted hablar, señora?

– No tengo nada que decir.

– El -el inspector hizo un movimiento de cabeza y Ellery se retiró con gesto indiferente. El viejo avanzó mirando a la señora Xavier, con extraño antagonismo. Después de todo había sido su presa-. Señora Xavier, el mundo está repleto de gente divertida que hace toda clase de cosas absurdas y, generalmente, es difícil decir por qué las hacen. Los seres humanos no son muy consecuentes. Pero un policía puede decir muchas veces por qué la gente hace ciertas cosas, una de ellas, tratar de cargar con los crímenes de otro. ¿He de decirle yo por qué está usted deseosa de echar sobre sus espaldas un asesinato que no ha cometido?

La mujer se apretó contra la almohada, apretando las manos contra la cama.

– El señor Queen ya me ha…

– Bueno, pero tal vez yo pueda llegar un poco más lejos, ya ve usted -el inspector se frotó el mentón-. Voy a ser brutal, señora mía. Las mujeres de su edad…

– ¿Qué les pasa a las mujeres de mi edad? -preguntó temblándole los labios.

– Chh, chh, ¡es usted femenina! Iba a decir que las mujeres de su edad suelen hacer esos grandes sacrificios por una de estas dos razones: amor o pasión.

Ella se echó a reír histéricamente.

– Ya veo que hace usted distinción entre ambas.

– Desde luego que sí. Y tengo muy clara la distinción. Amor es el más alto tipo de sentimiento… espiritual…

– ¡Oh, sandeces! -y se dio media vuelta.

– Lo dice usted como si se lo creyera -dijo el inspector-. No, supongo que no sería usted capaz de sacrificarse… digamos, por sus hijos…

– ¡Mis hijos!

– Claro, no tiene usted ninguno, y por eso tengo que llegar a la conclusión de que -su voz se crispó- ¡está usted encubriendo a un amante, señora Xavier!

La viuda se mordió los labios y se aferró a las sábanas.

– Lamento haber tenido que hacer todo este discurso sobre el asunto -continuó el viejo pausadamente-, pero soy un toro con muchas hierbas, y sé bien por dónde van los tiros. ¿Quién es él, señora?

Le miró como si quisiera estrangularlo con sus propias manos blancas.

– Es usted el viejo más despreciable que he visto en mi vida -gritó-. ¡Déjenme sola, por Dios!

– ¿Se niega usted a hablar?

– ¡Váyanse todos de aquí!

– ¿Es su última palabra?

Parecía estar llegando a la más elevada cima de enrojecimiento pasional.

– Mon Dieu! -susurró-. ¡Si no salen de aquí…!

– Pécora -dijo Ellery con mala cara, e inició la salida de la habitación girando sobre los talones.

El calor de la noche era agobiante. Desde la terraza, a la que habían pasado de común acuerdo tras una cena de salmón en lata y silencio, se divisaba un cielo rojo en su totalidad, un telón de fondo ardiente que enmarcaba el decorado montañoso, ablandado y disipado por el humo que subía desde el invisible mundo ígneo del fondo. La boca y la nariz de la señora Carreau estaban cubiertas por un delicadísimo velo gris y los mellizos sucumbían a una deprimente necesidad de toser convulsivamente. Era difícil respirar. Jirones de luz anaranjada atravesaban el cielo, ascendiendo en brazos del viento térmico, y ya las ropas de todos iban mostrando manchas de cenizas.

La señora Xavier, con la salud completa y milagrosamente recuperada, estaba sentada sola, como una emperatriz destronada, en el extremo más alejado de la terraza. Cubierta de satén negro, se fundía con la noche convirtiéndose en una presencia más adivinada y presentida que vista.

– La antigua Pompeya debió ser algo así -señaló el doctor Holmes tras el largo y cerrado silencio.

– Excepto -dijo Ellery con fiereza mientras daba patadas a la barandilla de la terraza- que ellos, nosotros y el mundo entero están un poco al revés. El cráter del Vesubio era el emplazamiento ideal para la ciudad, y los habitantes -es decir, la brillante compañía de amable conversación- en el medio del cráter. ¡Sería un gran espectáculo! La lava fluyendo hacia arriba En cuanto llegue a Nueva York voy a escribir a la Sociedad Geográfica hablándoles de esto -hizo una pausa; estaba de un humor de perros-. Si -añadió con una seca sonrisa- salgo alguna vez; claro que empiezo a dudarlo muy seriamente.

– Yo también lo dudo -dijo la señorita Forrest con un escalofrío.

– ¡Oh! No hay verdadero peligro, estoy convencido -dijo el doctor Holmes rápidamente, lanzando una mirada llena de irritación a Ellery.

– ¿No? -se burló Ellery-. ¿Y qué haremos si el fuego empeora? Sacar nuestras alas y echarnos a volar como palomitas, ¿no es eso?

– ¡Está usted haciendo una montaña de un grano de arena, señor Queen!

– Lo que estoy haciendo es un fuego, que por cierto arde ya muy satisfactoriamente, de una montaña… Vamos, vamos. No digamos estupideces. Es absurdo ponernos a discutir ahora, perdóneme usted, doctor. Debemos estar asustando de muerte a estas señoras…

– Hace muchas horas que me he dado cuenta de eso -dijo con calma la señora Carreau.

– ¿Cuenta de qué? -exclamó el inspector.

– De que estamos en una situación verdaderamente delicada, inspector.

– ¡Bobadas, señora Carreau!

– Es muy amable al decir eso -sonrió-, pero no tiene ningún sentido tratar de disimular el problema en que estamos metidos, creo yo. Estamos atrapados como… como moscas dentro de una botella -su voz estaba un poquito trémula.

– Vamos, vamos, no estamos tan mal, ni mucho menos -dijo el inspector tratando de corazón de sonar convincente-. No es más que cuestión de tiempo, señora. Esta montaña es muy resistente.

– Resistente y cubierta de árboles altamente inflamables -dijo Mark Xavier en tono burlón-. Después de todo es posible que sea un acto de la justicia divina. Tal vez todo este tinglado ha sido organizado desde arriba expresamente para tratar de ahumar a un asesino.

El inspector le dirigió una cortante mirada.

– Es una idea -gruñó, y se volvió mirando hacia el cielo gris rojizo.

El señor Smith, que no había abierto la boca en toda la tarde, movió su silla hacia atrás repentinamente, sobresaltándoles. Su masa elefantina se recortaba espectacularmente contra los blancos muros. Avanzó hacia los escalones, bajó un peldaño, titubeó y volvió la cabeza enorme hacia el inspector.

– ¿Hay inconveniente en que me dé una vuelta por ahí un ratito? -bramó.

– Si quiere usted partirse una pierna contra las piedras con esta oscuridad es cosa suya -dijo el viejo policía, molesto-. A mí me importa un rábano, Smith, no puede usted ir muy lejos y eso es lo único que me preocuparía.

El gordo empezó a decir algo, cerró los delgados labios y descendió pesadamente las escaleras. Siguieron oyendo el pesado caer de sus pasos sobre la grava hasta bastante después de haber desaparecido de su vista.

Ellery atisbo por pura casualidad al encender un cigarrillo la cara de la señora Carreau a la luz del resplandor que caía sobre la terraza, a través de la puerta del vestíbulo. Su expresión le dejó helado. Estaba mirando fijamente, intensamente, las amplias espaldas del gordo, con los ojos inundados por un húmedo terror. ¡La señora Carreau y la mole ingente de Smith!… La cerilla se consumió en sus dedos, y la dejó caer ahogando un juramento. Ya creía haber notado algo en la cocina… y, sin embargo, hubiera jurado que Smith tenía miedo de aquella pequeña dama de Washington. ¿Por qué, entonces, había aquel terror en los ojos de ella? ¡Era demasiado pensar que se tuvieran miedo mutuamente! Aquella enorme y hostil criatura, que parecía el eslabón perdido con alguna cultura primitiva en sus maneras y en su forma de hablar, y esa educadísima dama, de la buena sociedad… No era imposible, claro está. Las vidas más extrañas se cruzan en las aguas del pasado. Se preguntó, con un extraño y creciente interés, cuál podía ser el secreto. ¿Habrían los demás…? Pero un examen minucioso de sus caras dio como resultado el convencimiento de que ignoraban completamente cualquier secreto por ese lado. Excepto, tal vez, la señorita Forrest. Curiosa joven. Sus ojos vagaban perdidos, tratando de evitar que se posaran sobre el rostro de la señora Carreau. ¿Sería, entonces, que ella sí lo sabía?

Oyeron de nuevo el aplastante caminar de Smith, regresando. Subió los escalones y se sentó en la misma silla que antes. Sus ojos de batracio eran inescrutables.

– ¿Encontró lo que buscaba? -gruñó el inspector.

– ¿Cómo?

El viejo movió la mano en el aire.

– Olvídelo. Este asunto no merece los servicios de una patrulla de policía -y se rió con amargura.

– Sólo quería dar un paseo -dijo el gordo con un rugido, ofendido-. Si usted cree que pretendía escapar…

– ¿De aquí? No estaría mal que lo intentara, no sería yo quien llorara.

– Por cierto -comentó Ellery aplastando la punta de su cigarrillo-, creo que usted, Smith, y la señora Carreau son viejos conocidos, ¿estoy en lo cierto?

El hombre se quedó rígido. La señora Carreau se entretuvo con el pañuelo que le cubría la boca. El gordo dijo:

– No le entiendo. ¿De dónde demonios saca usted eso, Queen?

– Oh, una mera ocurrencia. ¿No es cierto entonces?

Smith rebuscó y pescó un cigarro aplastado de los que parecía tener un almacén inagotable en alguna caverna de sus ropas, y se lo puso con deliberada calma en la boca.

– ¿Y por qué no -dijo- preguntarle a la señora?

Ann Forrest se puso en pie de un salto.

– ¡Esto es intolerable! -gritó-. ¿Es que no vamos a terminar nunca con estos interrogatorios inacabables? Sherlock, hagamos algo. Una partida de bridge, cualquier cosa… Estoy segura de que a la señora Xavier no le parecerá mal. ¡Si seguimos aquí sentados, atormentándonos los unos a los otros, vamos a terminar locos todos!

– Excelente idea -dijo el doctor Holmes levantándose de inmediato-. ¿Le apetece, señora Carreau?

– Me encantaría -la señora Carreau se incorporó y dudó-. Señor Xavier, juega usted muy animadamente, ¿querría ser mi compañero? -dijo con voz suave.

– Supongo que yo también debía… -el abogado se puso en pie, alto e inseguro, bajo la difusa luz-. ¿Alguien más?

Los cuatro esperaron un momento y luego, puesto que nadie contestó, entraron a la sala de juego a través de uno de los balcones. Las luces se encendieron y sus voces llegaron hasta los oídos de los Queen, en la terraza, un poco falsas.

Ellery observaba su cigarrillo. No se había movido. Tampoco Smith. Mirándole con atención, Ellery hubiera jurado notar una expresión de alivio en el rostro lunar del individuo.

De pronto, Francis y Julian aparecieron en la puerta del vestíbulo.

– Podemos… -empezó Francis con un trino. Los dos gemelos parecían asustados.

– Si podéis qué -preguntó amablemente el inspector.

– ¿Podemos entrar, señor inspector? -dijo Julian-. Aquí está un poco… un poco raro, aburrido. Nos gustaría jugar un rato al billar, si a usted le parece bien.

– Claro que sí, ¿por qué me iba a parecer mal? -sonrió el inspector-. Jugáis al billar, ¿eh? Hubiera creído…

– ¡Oh! Podemos hacer de todo -exclamó Julian-. Yo suelo usar mi brazo izquierdo, pero esta noche creo que me esforzaré y usaré el derecho. Y somos bastante buenos, ¿sabe usted?

– No lo dudo ni por un momento. Adelante, jóvenes, divertios. Dios sabe las pocas cosas que se pueden hacer por aquí arriba.

Los muchachos hicieron un gesto de agradecimiento y desaparecieron a través del balcón con su gracioso ritmo.

Los Queen permanecieron un largo rato sentados, en silencio. Llegaba de la sala de juego el murmullo de las voces apagadas, el roce de las cartas, los chasquidos de las bolas de billar. La señora Xavier, sumida en la oscuridad, parecía no existir. Smith dormitaba con la colilla fría pegada a los labios.

– Hay algo que me gustaría mucho ver, padre -dijo al fin Ellery en voz baja.

– ¿Qué dices? -el viejo parecía despertar de un sueño.

– Llevo tiempo pensando en darme una vuelta por allí a ver qué hay. El laboratorio.

– ¿Y para qué diantre quieres verlo? Ya lo vimos cuando…

– Sí, sí. Precisamente entonces me formé esa idea. Creo que algo vi… Y además el doctor Holmes hizo una observación bastante significativa. ¿Vienes? -se levantó y tiró el cigarrillo lejos, en la oscuridad.

El inspector se puso en pie gruñendo.

– De acuerdo. ¡Oh, señora Xavier!

Se produjo un ruidillo en las tinieblas del fondo de la terraza.

– ¡Señora Xavier! -repitió el inspector, alarmado. Fue rápidamente hasta donde estaba sentada la invisible mujer y la miró atentamente-. ¡Oh! Perdón. Pero no debiera de hacer eso.

Estaba llorando.

– Oh… se lo suplico, ¿no me han atormentado bastante?

El viejo estaba confuso y preocupado. Le dio una palmada confortadora en el hombro.

– Lo sé. Es culpa mía y le pido disculpas. ¿Por qué no va a reunirse con todos los demás?

– No… no me quieren con ellos. Creen que…

– Tonterías. Eso son figuraciones suyas, nervios. Le vendrá bien un rato de charla. Vamos, ¡si no tiene ninguna gana de quedarse aquí sola!

La ayudó a ponerse en pie e instantes después llegaban a la zona iluminada. Ellery suspiró. La alta mujer tenía los ojos rojos y la cara mojada por las lágrimas. Se detuvo y buscó un pañuelo en las ropas. Luego se secó los ojos, sonrió y avanzó hacia la casa.

– ¡Qué mujer! -exclamó Ellery-. Notable. Una mujer que tiene los ojos hinchados de llorar y desdeña su aspecto y no trata de ocultarlo con maquillajes… ¿Vamos?

– Ya voy, ya voy -dijo irritado el inspector-. Menos palabras y más acciones. Viviré para ver el final de este asunto, no te creas.

– Esperémoslo sinceramente -dijo Ellery caminando hacia el vestíbulo. No había ironía alguna en su tono.

Atravesaron el vestíbulo evitando la sala de juego. Al pasar junto a la puerta de la cocina pudieron ver a la señora Wheary, de espaldas, y la figura inmóvil del viejo Bones, de pie junto a una de las dos ventanas de la cocina, mirando hacia afuera, a la noche estigia.

Los Queen giraron a la derecha y se detuvieron ante una puerta cerrada, a medio camino entre el cruce de los dos pasillos y la puerta del estudio del doctor Xavier. El inspector probó la puerta: estaba abierta. Se deslizaron dentro del cuarto oscuro.

– ¿Dónde demonios estará la llave? -gruñó el inspector.

Ellery la encontró y encendió la luz, potente. Cerró la puerta y se quedó con la espalda apoyada sobre ella, lanzando una mirada de orientación.

Ahora que podía examinar a placer el laboratorio, sintió que se confirmaba la impresión de modernidad científica y mecánica que le había producido la primera vez que lo había visto, cuando había entrado con los otros para el asunto del transporte del cadáver del doctor Xavier al frigorífico. El cuarto estaba repleto de aparatos que amedrentaban a cualquiera y, a sus ojos de profano, era el último grito en laboratorio de investigación. Dada su poca formación científica, ignorante de los usos y aplicaciones de la mayor parte de los tubos y artefactos sofisticados y extraños, observó el despliegue de tubos de rayos catódicos, hornos eléctricos, retortas complicadas, hileras de enormes tubos de ensayo, botellas con líquidos y objetos de aspecto maligno, microscopios, matraces, probetas, mesas raras y aparatos de rayos X. Si hubiera visto un telescopio de astrónomo no le hubiera causado la menor sorpresa La variedad y complejidad del equipo significaba muy poco para él, apenas que el doctor Xavier había estado realizando experimentos químicos, físicos y biológicos.

Padre e hijo evitaron cuidadosamente acercarse a la esquina en que se encontraba el refrigerador.

– ¿Y ahora? -gruñó el inspector después de un rato-. No veo nada que pueda servirnos. Lo más probable es que el asesino no haya puesto el pie en este cuarto anoche. ¿Qué te preocupa?

– Animales.

– ¿Animales?

– He dicho -repitió Ellery con firmeza- animales. El doctor Holmes mencionó algo hace tiempo sobre experimentos con animales y sus diversas capacidades de hacer ruido, refiriéndose a la cuestión de las paredes a pruebas de ruidos. Y tengo una gran curiosidad por saber de esos animales de laboratorio, tengo un santo horror absolutamente anticientífico por la vivisección.

– ¿Ruidos? -el inspector frunció el ceño-. No oigo el menor ruido.

– Es muy probable que usasen anestesia suave. O total. Veamos… ¡el otro lado, claro!

En la parte de detrás del laboratorio había una especie de cubículo que recordó vagamente a Ellery la cámara frigorífica de una carnicería. Se penetraba por una pesada puerta recubierta de metal cromado. Trató de abrirla. No hubo dificultad. Abrió y entró, buscando una bombilla, dio con una llave, la giró y le cegó la luz. El compartimento estaba lleno de estanterías, y las estanterías de jaulas de variados tamaños. Y en las jaulas había la más completa variedad de criaturas raras que había visto en toda su vida.

– ¡Dios! -exclamó-. ¡Es… es algo colosal! ¡Esto haría millonario a cualquier empresario de casa de los horrores de Coney Island! ¡Padre! Echa un vistazo.

La luz los había despertado, y la última palabra de Ellery quedó cubierta por un torrente de voces animales, gritos de todas clases, chillidos, gruñidos. El inspector, un tanto alarmado, se introdujo en el pequeño compartimento y sus ojos se abrieron por completo mientras arrugaba la nariz un poco asqueado.

– ¡Puff! Huele igual que en el zoo. ¡Qué barbaridad!

– Más bien -corrigió Ellery secamente- como el arca de Noé. No necesitamos más que un anciano de aspecto patriarcal y con barba y túnica. ¡Por parejas! Me gustaría saber si son todas de macho y hembra.

En cada caja había dos criaturas de la misma especie. Había dos rarísimos conejos, un par de gallinas con plumas rizadas, dos conejillos de indias, o algo así, color de rosa, dos marmotas con cara obispal… Los estantes estaban llenos, y sobre ellos otras jaulas habitadas por la más extraordinaria colección de seres, la pesadilla de un zoólogo, casi todos imposibles de reconocer.

Pero la variadísima naturaleza de la colección no era lo que más les asombró, sino el hecho de que, hasta donde alcanzaba su vista, todas las parejas estaban formadas por mellizos… siameses del reino animal.

Y había también algunas cajas vacías.

Salieron del laboratorio a toda prisa, y se sintieron aliviados cuando el inspector hubo cerrado tras ellos la puerta del pasillo.

– ¡Vaya sitio! Vámonos de aquí -Ellery no replicó. Al llegar a la intersección de ambos pasillos, longitudinal y transversal, dijo repentinamente:

– ¡Un momento! Me parece que voy a ver si tengo una pequeña charla con nuestro amigo Bones. Hay algo que… -se fue corriendo hacia la puerta de la cocina, abierta, con el inspector siguiéndole al trote.

La señora Wheary se giró al oír los pasos de Ellery.

– ¡Oh! Es usted, señor Queen. Me asustó usted…

– No se preocupe -dijo Ellery cordialmente-. ¡Ah, Bones! Estoy impaciente por hacerle a usted una pregunta.

El viejo criado se animó.

– Pues pregunte usted -dijo brusco-. No puedo impedírselo.

– Ya sé que no puede, Bones -dijo Ellery apoyándose contra la puerta-. Dígame, ¿se dedica usted a la horticultura?

El hombre se quedó parado.

– ¿A qué?

– Si es usted devoto de la Madre Naturaleza, con especial dedicación a las señoras flores. Quiero decir que si acaso trata usted de cultivar plantas de jardín en este suelo pedregoso.

– ¿Un jardín? No, demonios, claro que no.

– ¡Ah! -dijo pensativo Ellery-. Ya suponía que no, a pesar de lo que dijo la señorita Forrest. Y sin embargo recuerdo que esta mañana apareció usted por uno de los lados de la casa con un pico y una azadilla al hombro. He estado mirando detenidamente y no he visto ni asomo de una margarita, una orquídea exótica o un humilde pensamiento. ¿Qué demonios estaba enterrando usted esta mañana, Bones?

El inspector dejó que se oyera un gruñido de sorpresa.

– ¿Enterrando? -el viejo no parecía turbado, sino aun más agresivo que antes, seguro, arisco-. Pues, caramba, los animales esos.

– Por todos los diablos -exclamó Ellery por encima del hombro-. Jaulas vacías son jaulas vacías, ¿eh?… ¿Y por qué tenía usted que enterrar animales, mi querido Bones? ¡Claro! ¡Ya está! Usted es el enterrador del doctor, el guardián del osario. Pero dígame usted, ¿por qué tenía que enterrarlos? Vamos, vamos, cuéntemelo.

Asomaron los dientes amarillentos al componer una mueca.

– ¡Ésa es una pregunta inteligente! Pues porque estaban muertos, ¿por qué iba a ser?

– Naturalmente. Es una pregunta imbécil; pero, claro, uno nunca sabe, Bones. Eran animales gemelos, ¿verdad?

Por primera vez pareció cruzar una sombra de temor o desconfianza por los ojos del criado.

– Gemelos… ¿animales gemelos?

– Perdóneme si no hablo claro -dijo Ellery, gravemente-. Mellizos, gemelos, ¿entiende?

– Sí -y Bones miró para el suelo.

– ¿Enterró los de ayer esta mañana?

– Sí.

– Pero ya no había siameses, ¿eh, Bones?

– No le entiendo.

– Me temo que sí -dijo Ellery tristemente-. Quiero decir lo siguiente: el doctor Xavier ha estado realizando experimentos con criaturas siamesas de especies inferiores durante algún tiempo. ¿De dónde diablos habrá sacado las cobayas?, tratando de conseguir realizar la separación quirúrgica sin que se perdiera ninguna vida. ¿Me equivoco?

– No sé nada de nada -exclamó el viejo-. Todo eso debía de preguntárselo al doctor Holmes.

– No hace falta. Algunos… la mayoría o quizás todos esos experimentos han fracasado. Y así nos encontramos con usted, desempeñando ese papel único de sepulturero de animales. ¿Qué tal cementerio tiene usted por ahí, Bones?

– No es muy grande. No ocupan mucho espacio -dijo ácidamente Bones-. Sólo una vez hubo una pareja muy grande: vacas. Pero en general eran pequeños. Desde hace cosa de un año. Sé que el doctor hizo algunos que le salieron bien. Lo sé.

– ¿Hubo algunos positivos? En realidad era de esperar de un hombre de la reputación técnica del doctor Xavier. Pero… Bien, muchas gracias, viejo amigo. Muy buenas noches, señora Wheary.

– ¡Un momento! -gruñó el inspector-. Si ha estado enterrando cosas ahí fuera… ¿Cómo sabes que no…?

– ¿Que no enterró otras cosas? Tonterías -Ellery arrastró gentilmente a su padre por la manga, fuera de la cocina-. Acepta mi palabra: Bones está diciendo la verdad. No es eso lo que me interesa, sino la posibilidad… -calló, y siguió andando.

– ¿Qué te parece eso, Jul? -llegó hasta ellos la voz de Francis Carreau. Ellery se detuvo, sacudió la cabeza y continuó. El inspector iba tras él mordiéndose los bigotes.

– Todo muy raro -murmuro.

Oyeron el pesado caminar de Smith en la terraza.

La bella y la bestia

Estaban metidos en la noche más asfixiante de la historia de la humanidad. Deambulaban sin rumbo fijo en medio de un infierno de oscuridad pegajosa, aire acre y espeso, calor, hasta que, después de tres horas, decidieren tácitamente renunciar a la posibilidad de dormir. Ellery se levantó de la cama, gimiendo, y encendió la luz. Buscó un cigarrillo, acercó una silla a una de las ventanas de la parte de atrás y fumó sin placer. El inspector seguía tumbado sobre la espalda, moviendo rítmicamente el bigote al compás de su respiración ronca, mirando al techo. Las camas, los pijamas, todo estaba empapado en sudor.

A las cinco, cuando el negro firmamento comenzaba a clarear, decidieron darse una ducha, ambos a dos.

Luego se vistieron perezosamente.

El día se anunciaba tremendo. Los primeros resplandores ya venían envueltos en un calor tórrido. Ellery trató de ver el valle desde la ventana.

– Empeora -dijo fastidiado.

– ¿Qué es lo que empeora?

– El fuego.

El viejo polizonte dejó cuidadosamente su caja de rapé sobre la mesilla de noche y se acercó con parsimonia a la ventana. Las faldas de la montaña estaban surcadas por líneas grises irregulares que serpenteaban y se entrecruzaban a lo largo de millas y millas, humeantes, ascendiendo hacia el sol. Pero el humo ya no estaba solamente en la base: ya había avanzado silenciosamente, amenazador, monte arriba, tanto que les pareció estar a punto de llegar a lamer la cima. El valle estaba casi invisible ya. Todo flotaba como en una nube, la montaña, la casa, ellos mismos.

– Es como la isla en el cielo de Swift -murmuró Ellery-. ¿Mala pinta, eh?

– Bastante mala, hijo.

Bajaron a la planta inferior sin cruzar ni una palabra más.

La casa permanecía sumida en el silencio, y no había nadie a la vista. El rutilante frescor de los amaneceres montañosos trataba en vano de imponerse para refrescar sus húmedas mejillas al salir a la terraza para mirar al cielo, malhumorados. Llovían cenizas de todas las variedades y en abundancia y, aunque no podían ver nada interesante abajo pese a su privilegiado observatorio, los residuos del fuego que el viento hacía llegar hasta ellos en incesantes espirales ascendentes, resultaban más elocuentes que cualquier observación sobre los indudables y alarmantes progresos del incendio.

– ¿Qué demonios vamos a hacer? -se lamentó el inspector-. Esto se está poniendo verdaderamente serio, me da miedo hasta pensarlo. Estamos en un buen lío, El.

Ellery tenía la cara protegida por las manos.

– Habrá que admitir, de todas formas, que en las actuales circunstancias la muerte de un ser humano no adquiere proporciones cósmicas… ¿Qué ha sido eso?

Los dos se incorporaron atentos, el oído alerta. De algún lado, por la zona este de la casa, llegaban series de sonidos metálicos, apagados, como sordos.

– Creí que nadie podía… -el viejo cesó en sus gruñidos-. Vamos.

Bajaron corriendo las escaleras y cruzaron a toda prisa el camino de grava hacia donde sonaban los ruidos. Al dar vuelta al ala izquierda de la casa, se pararon en seco. El camino se dividía en dos, uno de los ramales iba hacia una construcción baja de madera, hacia el garaje. Las dos amplias puertas estaban abiertas de par en par, y de allí salía el ruido. El inspector se adelantó y atisbo precavidamente el oscuro interior. Hizo señas a Ellery, que se reunió con él, caminando de puntillas junto a los arbustos que bordeaban el camino.

Dentro había cuatro coches bien alineados. Uno era el aerodinámico Duesenberg de los Queen. El segundo, un magnífico automóvil de largo morro negro, sin duda perteneciente al doctor Xavier. El tercero, un potente deportivo de línea europea, que debía pertenecer a la señora Carreau. Y el cuarto, el escacharrado Buick del gordo Smith, de Nueva York.

El ruido sordo salía de detrás del Buick, y el causante del ruido estaba oculto por el coche.

Se colocaron entre el Buick y el deportivo, y se abalanzaron sobre la figura encorvada de un hombre que golpeaba con una hacha oxidada el depósito de gasolina del coche de Smith. El metal ya había cedido por varios puntos, y el oloroso líquido fluía sobre el piso de cemento.

El hombre lanzó un grito asustado, alzó el hacha y le atacó. Los Queen necesitaron varios minutos de dura lucha para sujetarlo.

Era el viejo Bones, con el aspecto arisco de siempre.

– ¿Qué diantre está haciendo aquí, está loco? -bramó el inspector.

Los huesudos hombros se alzaron y la voz sonó desafiante:

– ¡Haciendo desaparecer su gasolina!

– Eso ya lo vemos, idiota -replicó el inspector-. Pero ¿para qué?

Bones volvió a encogerse de hombros.

– ¿Y por qué demonios no la sacó con una goma en vez de destrozar la chapa y romper el depósito?

– Así no podrá volver a llenarlo.

– ¡Es usted un nihilista! -dijo con tristeza Ellery-. ¿No se da cuenta de que podría usar alguno de los otros?

– Iba a inutilizarlos también.

Se miraron.

– Que me ahorquen si lo entiendo -dijo el inspector tras un momento de estupefacción-. Y estoy seguro de que lo haría.

– Pero es completamente estúpido -protestó Ellery-. Si no puede escaparse de aquí, Bones. ¿Cómo iba a salir?

Bones se encogió de hombros una vez más.

– Así puede estar seguro.

– ¿Y por qué tiene tanto interés en impedir la huida del señor Smith?

– No me gusta nada esa cara de foca que tiene -replicó el viejo criado.

– Pues ¡menuda razón! -gritó Ellery-. Escuche, amigo mío, como vuelva a verle haciendo el ganso con los coches le… le… ¡le aniquilaré!

Bones se sacudió el polvo, hizo un gesto desdeñoso y salió a toda prisa del garaje.

El inspector hizo un gesto de impotencia con las manos y salió detrás, dejando a Ellery pensativo, mirando la gasolina mojar la punta de sus zapatos.

– Si hay que freírse aquí -gruñó el inspector después del desayuno-, más valdrá que nos friamos haciendo algún trabajo útil. Ven conmigo.

– ¿Trabajo? -repitió Ellery sin entender. Iba ya por el sexto cigarrillo de la mañana, ocioso. Y llevaba más de una hora malhumorado.

– Lo que oyes.

Salieron de la sala de juego en que estaban todos congregados, apáticamente, alrededor del soplo caliente de un ventilador eléctrico, y el inspector se dirigió directamente al estudio del doctor Xavier. Abrió la puerta con la llave maestra de su llavero. El cuarto estaba exactamente igual a como lo habían dejado en su última estancia en él.

Ellery cerró la puerta y quedó apoyado en ella.

– ¿Y ahora?

– Quiero echar un vistazo a sus papeles -murmuró-. Los dos. Nunca se sabe.

– Ajá -Ellery alzó los hombros y se dirigió a una de las ventanas.

El inspector recorrió el estudio con la rutina fácil de la experiencia de toda una vida. El buró, la mesa de escribir, las estanterías. Exploró papel por papel, notas, memorándums, cartas, anotaciones médicas… lo esperable. Ellery se contentó con mirar al exterior, los árboles agitados en medio del enorme calor. La habitación era un verdadero horno, y sudaban los dos a chorros.

– Nada -anunció tristemente el viejo-. Nada más que un montón de basura inútil. Nada más.

– ¿Basura? Algo más habrá, y, al menos, algo es algo. Los desperdicios son algo que me interesa una barbaridad -Ellery se acercó a la mesa, cuyo último cajón estaba siendo revisado por su padre.

– Un buen montón de desperdicios -gruñó el inspector.

El cajón estaba lleno de objetos diversos e inútiles: papel de cartas, sobres, tarjetas, un bisturí roto y oxidado, una caja de ajedrez y un montón de lápices usados, en su mayoría sin punta; un gemelo sin pareja con una perlita en el centro, más de una docena de clips y pinzas de papel, ferruginosos y mohosos, ballenas de camisa raras, una insignia universitaria, dos correas de reloj, una barroca llave de plata, un diente de marfil amarillento por su vejez, un mondadientes de plata… El cajón era el cementerio de los objetos inútiles de una vida.

– Alegre tipo, ¿eh? -murmuró Ellery-. Hay que ver la cantidad de porquerías que acaba guardando una persona. Vámonos, padre, estamos perdiendo el tiempo.

– Me temo que sí -gruñó el inspector. Cerró el cajón de golpe y se quedó sentado un momento, mesándose los bigotes con expresión de fastidio. Se levantó lanzando un suspiro.

Cerraron la puerta con llave al salir y se fueron pasillo adelante.

– Un momento -el viejo echó una mirada a la sala de juego desde el pasillo. Retiró enseguida la cabeza-. Perfectamente. Está ahí.

– ¿Quién?

– La señora Xavier. Eso nos da la oportunidad de echar un vistazo a su habitación sin sobresaltos.

– Ah, muy bien. Pero no consigo descubrir qué tratas de encontrar.

Subieron, aplastados por el calor. Al pasar por el vestíbulo superior vieron la espalda de la señora Wheary inclinada sobre la cama de la señora Carreau, arreglando las sábanas. No pareció notar su paso. Entraron sigilosamente en el dormitorio de la dueña de la casa y cerraron la puerta tras ellos.

Era la alcoba principal de la casa, la más grande de ese piso. Estaba decorada con gusto femenino, un tributo a la fuerte personalidad de la ocupante, pensó Ellery. Había muy pocos rastros de la presencia allí del doctor Xavier.

– No me extraña que el pobre tipo se pasara los días en su estudio. ¡Apostaría a que se quedaba a dormir muchas noches en el sofá de abajo!

– Déjate de sandeces y vigila la puerta -gruñó el inspector-. Será mejor que no nos sorprenda nadie aquí.

– Te ahorrarás mucho tiempo y mucho trabajo si miras directamente en ese armario. Todo lo demás está lleno de objetos del género fémina.

El gran mueble en cuestión era de tipo francés, como el resto. El inspector revisó los cajones y compartimentos como un Raffles de edad avanzada.

– Camisas, medias, bragas, lo de siempre -anunció-. Y chucherías, montañas de chucherías. Un cajón completamente lleno. Aunque éstas parecen nuevas, no son como las antigüedades de abajo. ¿Quién ha dicho que los médicos no pueden ser frívolos? ¿No se habrá enterado de que los alfileres se pasaron de moda hace siglos?

– Te dije que era perder el tiempo -dijo Ellery irritado. Le vino una idea a la cabeza-. ¿No hay anillos?

– ¿Anillos?

– Anillos.

El inspector se rascó la cabeza.

– No, qué raro. Cualquiera diría que una persona tan enamorada de las chucherías debería tener por lo menos un anillo, ¿verdad?

– Eso hubiera dicho yo. Y no recuerdo haberle visto ninguno puesto. ¿Y tú? -dijo Ellery con una nota aguda en la voz.

– Tampoco.

– Humm. Ese asunto de los anillos es lo más extraño de todo el caso. Será mejor que vigilemos los nuestros, no sea que desaparezcan cualquier día. No es que tenga mucho valor, pero eso parece ser precisamente lo que alguien anda buscando. ¡Es de locos!… ¿Y qué pasa con la señora Xavier? Mira a ver qué encuentras en su joyero.

El inspector recorrió obedientemente el tocador de la señora Xavier hasta que encontró la caja, y ambos examinaron su contenido con ojos expertos. Contenía varias pulseras de brillantes, dos collares y media docena de pendientes, todos muy caros. Ni un solo anillo, ni siquiera uno barato.

El inspector volvió a cerrar la caja, pensativo, y la puso donde estaba antes.

– ¿Qué significará esto, El?

– Me gustaría saberlo. Es raro, muy raro. No consigo ver la razón…

Se oyeron unos pasos, y se giraron sin ruido, corriendo en silencio hacia la puerta. Se apretaron estrechamente tras ella, casi sin respirar.

La manilla se movió un poquito y se paró. Se movió de nuevo con un click y comenzó a abrirse muy despacio. Se paró otra vez a medio abrir, y pudieron oír una pesada respiración a través de la rendija. Ellery trató de mirar por ella y se paralizó.

Mark Xavier estaba allí, con un pie en la habitación de su cuñada y el otro en el pasillo. Estaba pálido, con el cuerpo rígido, en tensión. Se quedó así, sin moverse, durante un minuto entero, como meditando si entrar o no. Ellery no podía decir cuánto tiempo se hubiera quedado en esa posición, pero de repente se dio la vuelta, cerró la puerta a toda prisa y salió corriendo, según podía deducirse por el ruido de sus pasos.

El inspector abrió la puerta a su vez, miró afuera y vio a Xavier alejándose por el pasillo alfombrado hacia el fondo, donde estaba su habitación. Quedó un momento junto a la puerta, con el pestillo en la mano, la abrió y desapareció.

– ¿Qué significará esto? -murmuró Ellery saliendo del cuarto de la señora Xavier y cerrando la puerta tras su padre-. ¿Qué le habrá asustado y, además, para qué querría entrar aquí?

– Alguien viene -susurró el inspector. Los dos hombres corrieron hacia su habitación. Se pararon y volvieron despaciosamente como si se dirigieran hacia abajo.

Dos cabezas jóvenes y bien peinadas subían la escalera. Eran los mellizos.

– Hola, muchachos -dijo cordialmente el inspector-. ¿A echar una siesta?

– Sí, señor -dijo Francis. Parecía sorprendido-. Esto… ¿llevan mucho tiempo aquí ustedes?

– Nos pareció… -comenzó Julian.

Francis palideció, y algo cruzó de su mente a la de su hermano porque éste se interrumpió.

– Un rato -dijo Ellery sonriendo-. ¿Por qué?

– ¿Vieron subir a alguien?

– No. Acabamos de salir de la habitación.

Los muchachos sonrieron débilmente, titubearon y se fueron a su cuarto.

– Lo que demuestra -murmuró Ellery mientras bajaban por las escaleras- que los jóvenes son jóvenes.

– ¿Y eso qué significa?

– Lo lógico. Vieron a Xavier dirigirse al piso de arriba y le siguieron llenos de curiosidad. El los oyó subir y echó a correr. ¿Conoces algún chico normal al que no le encante averiguar misterios?

– Hummm -dije el inspector frunciendo los labios-. Eso me parece correcto, pero ¿y Xavier? ¿Qué pretendía?

– ¿Qué pretendía, en efecto? -repitió Ellery. La casa ardía bajo el sol canicular del mediodía. Todo estaba tan caliente que no podía dejarse la mano encima Y cubierto de ceniza. Vegetaban en la relativa frescura de la sala de juego, demasiado agotados para hablar o jugar. Ann Forrest estaba sentada ante el piano de cola, delineando una melodía boba, con la cara cubierta de sudor y los dedos húmedos sobre el teclado. Hasta Smith había tenido que abandonar el horno que era la terraza, y estaba sentado, solo, en una esquina, cerca del piano, mordiendo uno de sus eternos cigarros y parpadeando de vez en cuando.

La señera Xavier había vuelto a asumir su papel de anfitriona. Parecía estar saliendo de un mal sueño, y su rostro estaba más suave, menos agónicos los ojos.

Llamó a la vieja gobernanta.

– La comida, señora Wheary.

La señora Wheary estaba visiblemente azorada. Cruzó las manos, palideciendo.

– Oh, señora -susurró-. N… no, no puedo servir.

– ¿Por qué? -preguntó con frialdad la señora.

– Quiero decir que no puedo servir una comida de verdad, señora -musitó la buena mujer-. Es que… -no hay suficientes cosas… no hay bastante para comer, sabe…

– ¿Y por qué no hay? -preguntó otra vez la señora Xavier poniéndose en pie-. ¿Quiere usted decir que no tenemos provisiones? -dijo lentamente.

El ama de llaves parecía sorprendida.

– Pero, señora… ¡debería usted saberlo!

Se pasó la mano por la frente.

– Claro, claro, señora Wheary. Es que… no me di cuenta. He estado tan nerviosa todo el tiempo… Pero ¿no hay nada?

– Algunas latas, señora. Salmón, atún y sardinas. De eso hay muchísimo. Y algunas latas de guisantes, y de espárragos y algo de fruta. He hecho algo de pan esta mañana, porque nos queda un poco de harina y levadura, pero no hay huevos, ni cebollas ni patatas, ni…

– Bueno, bueno. Haga unos sándwiches, por favor. ¿Queda café?

– Sí, señora, pero leche no.

– Pues entonces té.

La señora Wheary se retiró.

La señora Xavier dijo en tono desolado:

– Lo siento muchísimo. Andábamos un poco escasos y como el tendero no subió esta semana…, y el fuego…

– Lo entendemos perfectamente -dijo la señora Carreau sonriente-. No se puede decir que estemos en una situación normal y no podemos esperar que todo sea normal. No se atormente…

– Todos somos buenos soldados -dije alegremente la señorita Forrest.

La señora Xavier suspiró. No podía mirar directamente a la otra mujer, al fondo del salón.

– Quizá debiéramos de organizar un racionamiento -empezó el doctor Holmes.

– ¡Tendríamos que hacerlo! -gritó la señorita Forrest aporreando el piano. Se ruborizó y quedó en silencio.

Nadie dijo una palabra durante largo rato.

Por fin el inspector dijo suavemente:

– Escuchen, señores. Será mejor afrontar los hechos. Estamos en un buen aprieto. Confiaba en que la gente de allí abajo pudiera controlar el fuego -le miraron furtivamente, tratando de ocultar su alarma Añadió a toda prisa-: ¡Oh! Probablemente acaben por…

– ¿Vio usted el humo esta mañana? -dijo al instante la señora Carreau-. Yo sí lo vi desde mi balcón.

Hubo otro silencio.

– No debemos rendirnos a ningún precio -dijo el inspector a toda prisa-. Como dijo el doctor Holmes, tendremos que ponernos a régimen -hizo un guiño-. Eso les vendrá bien a las señoras, ¿eh? -sonrieron débilmente-. Es lo más razonable. Se trata de aguantar todo lo que se pueda… bien, hasta que nos lleguen los auxilios. Es únicamente cuestión de tiempo.

Ellery, sumergido en las profundidades de un gran sillón, suspiró ruidosamente. Se sentía muy deprimido. Esa lenta espera, tan lenta… Y sin embargo, su cerebro no le dejaba descansar. Había un problema que resolver, y su espectro no dejaba de acosarle. Había algo que…

– La cosa es bastante seria, ¿no es cierto, inspector? -dijo la señora Carreau suavemente. Sus ojos acariciaban a los gemelos, tranquilamente sentados frente a ella, con una rara expresión de dolor.

El inspector hizo un gesto de impotencia.

– Sí… creo que bastante seria.

La cara de Ann Forrest estaba tan blanca como su traje de tenis. Se quedó mirando para él y luego bajó los ojos y apretó las manos para ocultar su temblor.

– ¡Diablos! -explotó Mark Xavier saltando de la silla-. No estoy dispuesto a quedarme aquí sentado y ahumarme como una rata en una cueva. ¡Hagamos algo!

– Tranquilo, Xavier -dijo el viejo con dulzura-. No se ponga nervioso. Precisamente iba a sugerir… acción. Ahora que todos somos conscientes de la situación no hay razones para estarse quietos sin hacer nada, como dice usted. Estudiemos el caso y miremos.

– ¿Mirar? -la señora Xavier se había sobresaltado.

– Quiero decir estudiar el terreno, verlo bien. Por ejemplo, ¿hay alguna posibilidad de descender por el precipicio de la parte de detrás de la casa? Sólo -añadió rápidamente- para el caso de que sea necesario como salida de emergencia, je, je.

Nadie acompañó su intento de reír. Mark Xavier dijo compungido:

– Ni una cabra montesa es capaz de bajar por ahí. Quítese eso de la cabeza, inspector.

– Hummm. Bueno, era sólo una idea -dijo el viejo disgustado-. ¡Muy bien! Entonces sólo nos queda por hacer una cosa -dijo frotándose las manos con falsa vivacidad-. En cuanto nos tomemos un bocadillo, saldremos a explorar un poco el terreno.

Le miraron con esperanzas renovadas, y Ellery, en su silla, sintió una fuerte punzada en el estómago. Los ojos de Ann Forrest centellearon.

– ¿Por el bosque? -preguntó con vigor.

– ¡Lista chica! Eso es, exactamente, señorita. Mujeres y todo. Pónganse todos la ropa más resistente que tengan, bombachos, botas de montar, lo que sea, iremos a visitar ese bosque mata por mata.

– ¡Estupendo! Eso va a ser divertido -gritó Francis-. ¡Vámonos, Jul!

– No, Francis -dijo la madre-. Vosotros no debíais…

– ¿Y por qué no, señora Carreau? -dijo cordialmente el inspector-. No existe el menor peligro y los chicos se lo pasarán bien. ¡Nos divertiremos todos! Hay que quitarse la tristeza de encima, ¡qué caramba!… ¡Ah!, señora Wheary, qué bueno. ¡Venga! ¡Todo el mundo a comer! ¿Un bocadillo, El?

– Desde luego que sí.

El inspector se quedó mirándole, luego se encogió de hombros y comenzó a masticar. Al poco tiempo estaban todos charlando animadamente, incluso animadamente entre ellos. Comían con calma, despacio, con cuidado de saborear cada bocado de los secos sándwiches de pescado sin mantequilla siquiera. Ellery los miraba sintiendo crecer el malestar en su estómago. Todos parecían haberse olvidado del cadáver ya frío del pobre doctor Xavier.

El inspector comandaba sus fuerzas como un Napoleón tardío, convirtiendo en un divertido juego la exploración, planificando los movimientos de manera que no quedara ni un palmo de terreno sin revisar. Hasta Bones y la señora Wheary habían sido incorporados a filas. El se colocó en uno de los extremos del semicírculo organizado, y Ellery en el otro, con los demás espaciados entre ellos. Mark Xavier iba en el centro y entre él y el inspector iban la señorita Forrest, el doctor Holmes, la señora Xavier y los gemelos. Entre Xavier y Ellery, la señora Carreau, Bones, Smith y la señora Wheary.

– Y recuerden -gritó el inspector una vez que todos estuvieron en sus puestos, excepto Ellery y él mismo- que hay que seguir todo derecho, lo más derecho que puedan. Como comprenderán van a ir alejándose unos de otros poco a poco, al ir ensanchándose la montaña. Pero lleven los ojos bien abiertos. Cuando estén cerca del fuego, sin acercarse demasiado, ¿eh?, miren cuidadosamente a ver si hay algún claro apreciable. Si ven algo que parezca prometedor, griten todo lo que puedan y vuelvan corriendo, ¿vale?

– ¡Vale! -chilló Ann Forrest, guapísima con sus bombachos, prestados por el doctor Holmes. Tenía las mejillas rojas y estaba efervescente, como los Queen no la habían visto nunca.

– Pues ¡adelante! -y el inspector, sotto voce, añadió para sí-: Y que Dios reparta suerte.

Se sumergieron en la espesura. Los Queen oían a los gemelos aullando como indios en pie de guerra, felices, avanzando por el bosque.

El padre y el hijo se miraron en silencio un buen rato.

– ¿Y ahora qué, romano? -dijo Ellery-. ¿Satisfecho?

– Bueno, algo había que hacer ¿no? Y además -añadió el inspector a la defensiva-, ¿cómo sabes que no vamos a encontrar una salida? ¡No es imposible!

– Es perfectamente imposible.

– Bueno, no vamos a ponernos a discutir -soltó el viejo-. Si te he puesto a ti en un extremo y a mí en el otro es porque son los dos sitios en que hay alguna posibilidad, digas lo que digas. Mantente lo más cerca del borde del precipicio que puedas, que es donde los árboles son un poco menos espesos. Si hay un sitio, estará por ahí -se quedó callado, encogiéndose de hombros-. Bueno, venga andando. Buena suerte.

– Buena suerte -dije Ellery sobriamente, dando la vuelta hacia la parte de atrás del garaje. Volvió la vista antes de doblar la esquina de la casa, y vio a su padre alejarse.

Ellery se desabrochó el cuello, se secó el sudor con su pañuelo ya mojado y echó a andar.

Llegó al borde del precipicio, cerca de la casa, detrás del garaje, y penetró en el bosque tan cerca del borde como era posible. El follaje se cerraba sobre su cabeza y sintió el calor inmediatamente, abriéndole los poros de todo el cuerpo. El aire era asfixiante, irrespirable. Lleno de un humo impalpable, invisible, pero real. Pronto empezaron a llorarle los ojos. Agachó la cabeza y avanzó decidido.

Era duro. Pese a su ropa resistente, las botas de montar y todo, la maleza era muy espesa y traidora, cediendo bajo los pies, y el cuero estuvo pronto cubierto de arañazos, la tela de gotas. Los arbustos cortaban como alfileres. Apretó los dientes y trató de ignorar los pinchazos y cortes que sentía en los muslos. Empezó a toser.

Le parecía que había estado por allí tropezando, resbalando, cayéndose, toda la eternidad. Cada paso hacia abajo le metía más dentro del calor y el infierno. Se repetía constantemente que había que tener cuidado, no fuera que las ramas y hojas ocultaran una quiebra que le llevara al fondo del precipicio. Una vez se paró y se apoyó contra un árbol para recuperar el aliento. A través de un claro pudo ver el valle, remoto y atractivo como un sueño. Pero sólo muy de vez en vez podía verlo, porque el humo era más y más espeso, y el valle estaba como lleno de algodón o lana. El viento caliente revolvía el humo, pero no era capaz de alejarlo.

De repente notó como un leve temblor de tierra y un trueno.

Era difícil determinar de qué se trataba, su dirección y la distancia. ¡Otra vez! Y en diferente sitio… Se secó el sudor, tratando de averiguar de qué fenómeno se trataba. Por fin se dio cuenta. ¡Explosiones! Estaban dinamitando zonas de bosque en un esfuerzo desesperado de cortar el incendio.

Continuó.

Bajaba y bajaba, le parecía, sin llegar nunca al final. Un personaje vagabundo, maldito por algún dios, como un Ahasvero metido en su infierno particular de humo, calor y cenizas. El calor era duro, insoportable. Tragó saliva y siguió. ¿Cuánto tiempo, Señor?, pensó con una sonrisa atormentada. Y siguió.

Y por fin lo vio.

Al principio creyó que era una ilusión óptica y que sus ojos llorosos atravesaban una cuarta dimensión, entrando en un grotesco pozo, en algún plano etéreo. Pero luego supo que había llegado hasta el fuego.

Brillaba, crepitaba y saltaba ante sus ojos, naranja, monstruoso, cambiante, proteico, una criatura monstruosa, el sueño de un loco. Avanzaba despacio, consumiendo las maderas secas, enviando avanzadillas que lamían lentamente el terreno hacia delante, las matas, y luego se elevaban y crecían y se apoderaban de un árbol entero, avanzando las líneas, tubos de neón rojos, seguida después por la gran columna del gran fuego en sí, el grueso del ejército, consumiendo con indescriptible ferocidad lo que le habían dejado preparado.

Se echó atrás cubriéndose la cara. Veía por primera vez el verdadero horror en sí mismo. El avance implacable de las llamas… La naturaleza rapaz, indetenible, desencadenadas sus más poderosas fuerzas de destrucción. Quiso correr hacia atrás, huir de la conflagración, y tuvo que clavarse las uñas en las palmas de las manos para resistir. Hasta que el calor volvió a atacar su rostro y retrocedió, bosque arriba.

Se dirigió hacia el sur, siguiendo la línea de fuego lateralmente, hacia el punto en que debía encontrarse el borde del abismo. Sentía una rara desesperación, fría, que le empezaba a superar el sentimiento de miedo. Tenía que haber una salida… Se detuvo, sujetándose de una rama para no caerse. Había llegado al corte.

Se quedó allí largo rato, parpadeando, mirando el valle lleno de humo. Parecía que estaba en el cráter de un volcán.

Los árboles llegaban hasta el nivel mismo de la quiebra Un poco más abajo el precipicio se suavizaba un poco, formando una especie de barriga cubierta también de árboles ardiendo con la misma intensidad que los otros.

Por ese lado no había ninguna posibilidad de escapar. Nunca supo cuánto tiempo había tardado en volver a subir hasta la cumbre del Flecha. La ascensión era mucho más penosa que el descenso, empinada, sofocante, durísima. Las piernas parecían petrificadas dentro de su protección, y las manos eran ya carne viva. Trepó sin pensar en nada, respirando pesadamente, con los ojos semicerrados, intentando olvidar el horror de más abajo. Tardó horas.

Por fin pudo respirar un poco más libremente y ver el espeso grupo de árboles de la cima. Continuó su lucha contra el monte y, agotado, se dejó caer contra una piedra más fresca, agradecido. Los ojos irritados, mirando al cielo. El sol bajaba ya y hacía mucho menos calor que antes. Agua, un baño, yodo para las heridas. Cerró los ojos y se concentró buscando reunir fuerzas suficientes para cubrir los últimos metros hasta la casa.

Los volvió a abrir con desconfianza. Había alguien cerca, a la derecha. Algún otro del grupo, que volvería también… Se incorporó, en cuclillas, y se deslizó sigilosamente hasta ocultarse tras unos arbustos, sintiendo la fatiga desaparecer por encanto, alerta todos los sentidos.

La gruesa cabeza del gordo Smith surgía entre los árboles, un poco hacia el oeste, vigilando la cima con precaución. Estaba desarreglado, gris y, desde lejos, parecía tan maltratado como el propio Ellery. Pero no era eso, aunque el viejo gorila regresara arañado y herido, lo que impulsó a Ellery a ocultarse.

Era más bien el hecho de que a su lado se veía el rostro, tan lastimado y cansado como el de su compañero, de la delicada señora Carreau.

La extraña pareja buscó un sitio despejado, observando la casa, al fondo, con gran interés. Luego, aparentemente convencidos de que nadie les descubriría por ser los primeros en volver, salieron del escondrijo y se dirigieren descaradamente hacia una roca plana, en la que la señora Carreau se sentó con un sonoro suspiro de alivio. Se puso una mano sobre la cara, mirando a su colosal compañero, apoyado contra el árbol más cercano, con los ojos idos.

La mujer empezó a hablar. Ellery se incorporó y pudo ver sus labios moverse. Pero estaba demasiado lejos para oír lo que decía y maldijo el destino que le vetaba la posibilidad de escuchar la conversación. El hombre descansaba, alternando el peso de uno a otro pie, apoyado en el árbol y temeroso de la mujer.

Hablaba rápidamente, y el otro no abrió la boca en todo el rato. Luego, de repente, la mujer se puso en pie, con dignidad, y alargó la mano derecha.

Ellery pensó durante un momento que Smith quería pegarle. Se separó del árbol, retorciendo su maciza espalda, gruñendo algo, con el puño medio en alto. La mujer no se inmutó ni dejó caer la mano extendida durante todo el tiempo en que él habló sin moverse.

Finalmente él pareció calmarse, desinflándose como un globo, y metió la mano en el bolsillo interior de la americana. Sacó una billetera con sus dedos temblones y de ella extrajo algo que Ellery no pudo identificar, poniéndolo rudamente sobre la palma extendida de ella. Y sin dirigirle ni una sola mirada, se fue hacia la casa.

La señora Carreau quedó allí de pie un buen rato sin mirar su mano, rígida y blanca como una estatua. Luego llevó la mano izquierda junto a la derecha y con sumo cuidado empezó a romper en trozos lo que Smith había depositado en ella de tan mala gana. Lo rompió en trozos pequeños y luego, rabiosamente, lo hizo una bola y lo arrojó lejos, hacia el bosque. Finalmente se dio la vuelta y salió detrás de Smith, a ciegas, con la cara entre las manos. Ellery vio cómo se agitaban sus hombros.

Ellery esperó un momento, suspiró, se encogió de hombros y fue hacia el lugar que acababan de abandonar los dos personajes. Echó un vistazo alrededor, veloz. Habían desaparecido ya dentro de la casa, y el claro estaba sin nadie. Se agachó y empezó a recoger los trozos, todos los posibles. Como había sospechado, eran trozos de papel, y una simple mirada le descubrió ya mucho de lo que quería saber. Pasó más de diez minutos arrastrándose, y en cuanto hubo terminado se dirigió de nuevo al bosque, se sentó en el suelo, tomó una vieja carta de su bolsillo y la utilizó de mesa para ir tratando de recomponer los fragmentos.

Largo rato se quedó admirando el resultado de su labor. Era un cheque de un banco de Washington, con fecha del día en que los Queen se habían encontrado con el gordo en la carretera que subía al Flecha. Estaba extendido al portador, y llevaba una firma femenina: Marie Carreau.

El cheque importaba la cantidad de diez mil dólares.

El test

Ellery, tumbado, desnudo sobre la cama de refrescantes sábanas, con un cigarrillo en la mano, miraba el techo blanco al lento oscurecer de la tarde. Se había dado un baño y curado los numerosos rasguños y heridas con tintura de yodo que había en el botiquín del cuarto de baño, y se sentía físicamente nuevo. Pero su cerebro seguía incomodado por ideas poco claras, imágenes recurrentes. Una de ellas era un mazo de barajas; otra, un dedo tiznado; y por encima de todo, pese a sus esfuerzos por aclararla, una visión confusa del fuego.

Mientras descansaba allí, pensando y fumando, oía los pasos de los miembros de la expedición que iban regresando a la casa. El sonido y el ritmo de los pasos le contaba, lacónicamente, la historia de la incursión de cada uno. No se oía voz alguna. Los pasos eran pesados, lentos, desesperanzados. Las puertas se abrían y cerraban laboriosamente. Al fondo del pasillo… ésa debía ser Ann Forrest, ya no más aquella bulliciosa criatura de unas horas antes, disponiéndose a correr una aventura. Poco después unos pasos denotaron la presencia de Mark Xavier. Luego, el lento deslizarse de cuatro pies ritmados. Luego la señora Xavier, el doctor Holmes y, tras de ellos, dos pares de pies pesados y viejos: la señora Wheary y Bones, cruzaron hacia sus habitaciones.

Un largo intervalo de completo silencio. Ellery se preguntaba dónde estaría su padre. Tal vez esperanzado aún contra toda esperanza. Sin duda Buscando aún una ruta donde no había ninguna. Le asaltó un nuevo pensamiento que le hizo olvidar el resto, concentrándose intensamente sobre él.

Le sobresaltó un paso lento, casi arrastrado al otro lado de la puerta. Se cubrió con las sábanas a toda prisa. La puerta se abrió y apareció el inspector en el umbral, como un fantasma de ojos muertos.

El viejo no abrió la boca. Entró en el lavabo, y Ellery pude oírle lavándose la cara y las manos. Luego salió y se sentó en el sillón, mirando hacia la pared, con mirada perdida y ausente. Tenía una larga y fea cortadura a lo largo de la mejilla izquierda, y las manos arrugadas cubiertas de heridas.

– ¿Nada, padre?

– Nada.

Ellery apenas pudo oír su voz. Estaba aplastada por el cansancio.

Después de una pausa el viejo murmuró:

– ¿Y tú?

– Dios, nada de nada… ¿Horrible todo, verdad?

– Era… eso mismo.

– ¿Oíste las explosiones por tu lado?

– Sí. Dinamita. ¡Menudos mierdas!

– Calma, padre, por Dios -dijo amablemente Ellery-. Lo hacen lo mejor que pueden.

– ¿Y los demás?

– Les he oído volver a todos.

– ¿Nadie dijo nada?

– Su forma de andar hablaba por ellos… Padre…

El inspector levantó la cabeza una pizca.

– ¿Sí? -musitó sin vida.

– He visto algo muy significativo.

La esperanza brilló en los ojos del viejo. Se dio vuelta sobre sí mismo.

– ¿El fuego…? -gritó.

– No -dijo Ellery calmosamente. La gris cabeza volvió a hundirse-. Me parece que en esa cuestión tendremos que confiar en las manos ajenas. Si tenemos suerte… -se alzó de hombros-. Uno se resigna a lo inevitable que se ve venir de antemano. Pero cuando lo inevitable es el final de todo… Supongo que te darás cuenta de las probabilidades que tenemos…

– Remotas.

– Sí. Pero conservemos la calma. No podemos hacer nada de nada. Lo otro…

– ¿El asesinato de Xavier? ¡Buah!

– ¿Y por qué no? -Ellery se sentó abrazándose las rodillas-. Es lo único decente…, bueno, lo único sano que podemos hacer aquí. El trabajo aparta al hombre (y a las mujeres, claro) de los manicomios -el inspector gruñó débilmente-. Sí, padre. No dejes que te pueda la cosa. El fuego nos está debilitando, quitándonos algo, pero también nos da algo. Nunca creí en eso que se ha llamado…, en ese ¡adelante! o aguantar, bueno, ese espíritu emprendedor del romántico inglés. Pero hay algo que… Tengo que decirte dos cosas. La primera, lo que vi cuando venía hacia la casa.

Una chispa de interés saltó en los ojos del viejo.

– ¿Qué viste?

– La señora Carreau y Smith.

– ¡Qué pareja! -el inspector se levantó de su sillón con los ojos ardiendo.

– Así está mejor -rió Ellery-. Ya eres tú otra vez. Estaban en conciliábulo secreto creyendo que no les veía nadie. La Carreau le pidió algo al gordo Smith. Smith estaba flamenco, como un orangután macho, pero ella dijo algo de pronto que le quitó todos los arrestos de golpe. Le dio lo que le pedía como un corderito. Ella lo tomó, y lo rompió en trocitos y los tiró al aire. Era un cheque de diez mil «pavos» al portador y firmado Marie Carreau. Tengo los trozos en el bolsillo.

– ¡Dios! -el inspector dio un salto y comenzó a dar vueltas al cuarto.

– Creo que está muy claro -apuntó Ellery-. Y explica muchas cosas. Por qué Smith estaba tan ansioso por irse del monte la otra noche, por qué trataba de no encontrarse de cara con la señora Carreau cuando volvió, por qué hablaban esta tarde. Imagino que estarás de acuerdo: chantaje.

– Seguro, seguro.

– Smith subió hasta la casa siguiendo a la Carreau, y se las arregló para verse con ella a solas, e quizá con la chica, Forrest, también. Le sacó los diez mil dólares. ¡No me extraña que estuviera tan impaciente por largarse! Pero se produjo el crimen, entramos nosotros en escena y nadie puede escapar de aquí. Las cosas cambian bastante, ¿no te parece?

– Chantaje -murmuró el inspector-. Deben ser los chicos…

– ¿Qué otra cosa podría ser? Mientras el hecho de ser la madre de unos hermanos siameses fuera un secreto estaba dispuesta a pagar cualquier cantidad de dinero para cerrar la boca de Smith. Pero un asesinato, la investigación, la certeza de que en cuanto la carretera se abra se va a saber todo, hacía que ya no hubiera demasiadas razones para pagar el silencio de Frank J. Smith y otras hierbas. De modo que reunió el valor suficiente para exigir la devolución del cheque. Smith ve el asunto y lo devuelve y en eso estamos.

– Me pregunto… -comenzó a decir el inspector.

– ¡Oh! Hay toda clase de posibilidades -exclamó Ellery-. Pero eso no es lo importante. Hay algo más. He estado pensando…

El inspector gruñó.

– Sí, he estado pensando, y después de rebuscar exhaustivamente en mi memoria he llegado a cierta conclusión. Te lo explicaré…

– ¿Es sobre el asesinato?

Ellery alargó la mano para tomar la ropa limpia que tenía sobre la cama, a sus pies.

– Sí -respondió-. Sobre el asesinato.

Todos aparecían marcados por el fuego y decepcionados cuando se reunieron en la sala de juego tras el aviso de la señora Wheary de que la cena estaba lista, una cena compuesta de bonito en lata, ciruelas en conserva y tomates secos. Todos mostraban los rastros del aterrorizador espectáculo de los bosques incendiados, y de las ramas y espinas, salpicadas las caras y manos de tintura de yodo. Pero lo que les deprimía eran las heridas interiores, no ésas, y ponían una mueca triste en sus labios y un reflejo de desesperación en sus ojos. Hasta los gemelos se habían rendido.

El inspector comenzó a hablar inesperada y bruscamente.

– Les he llamado por dos razones. La primera para aprovisionarnos de fuerzas. Y la segunda se la diré dentro de un poco. Lo primero de todo, ¿alguien encontró algo por ahí abajo?

La expresión miserable de sus caras era una respuesta suficientemente elocuente.

– Bien, pues entonces no nos queda otra cosa que hacer que sentarnos a esperar. Y mientras -continuó el inspector, ahora con tono cortante- quiero recordarles que la situación es idéntica a la de antes. En esta casa sigue habiendo un cadáver. Y un asesino.

Ellery notó que la mayor parte, si no todos los presentes, lo había olvidado completamente. La fuerza de su propio peligro lo había borrado de sus mentes. Y ahora resurgían los recuerdos, manifestándose en un cambio de expresión instantáneo en las caras. Ann Forrest lanzó una mirada de aviso a la señora Carreau. Smith se sentó más estirado. Mark Xavier partió nerviosamente un cigarrillo en dos. Los negros ojos de la señora Xavier parpadearon. Los gemelos respiraron más rápido. El doctor Holmes palideció y la señora Carreau retorció su pañuelo haciendo una bola.

– Hemos de asumir -dijo el inspector sin pausas- que lo mejor nos sirve, no lo peor. Con eso quiero decir que estoy seguro de que lograremos escapar de esta situación de algún modo, y que, por lo tanto, vamos a proceder exactamente igual que si no hubiera incendio alguno, sino simplemente un retraso en la llegada de las autoridades judiciales locales que han de ocuparse del caso. ¿Me comprenden?

– Lo de siempre -comentó Mark Xavier desdeñoso-. El gato de nueve colas, etcétera. ¿Por qué no confiesan que están desconcertados y que tratan de sorprender a alguno de nosotros, al que sea, para que se delate?

– ¡Ajá! -exclamó Ellery-. Lo malo es que no se trata de seguir dando palos de ciego, amigo. Ni remotamente. Lo sabemos.

La clara piel del hombre se puso gris. «Lo… ¿lo saben?»

– Ya no está usted tan seguro de sí, ¿eh? -atacó Ellery-. Padre, creo que estamos de acuerdo… Ah, señora Wheary, ¿qué tal? Pase usted. Y usted también, Bones. No debemos olvidarnos de ustedes dos.

Todos se volvieron maquinalmente hacia la puerta del vestíbulo. El ama de llaves y el criado titubeaban en el umbral.

– Pasen, pasen, por favor -dijo con viveza Ellery-. Necesitamos a toda la compañía Siéntense. Así está mejor.

El inspector estaba apoyado en una de las mesas de bridge, mirando las caras de todos los presentes.

– Recordarán ustedes que el señor Queen, aquí presente, descubrió el habilidoso plan utilizado para inculpar a la señora Xavier de la muerte de su marido. Alguien la acusaba por ese medio, y ese alguien ha de ser sin duda el verdadero asesino… ¿lo recuerdan?

No había duda de que lo recordaban. La señora Xavier bajó la mirada, palideciendo, y los demás miraron a otra parte tras lanzarle una ojeada. Los ojos de Mark Xavier estaban casi cerrados por la intensidad con la que miraba el inspector.

– Pues ¡ahora vamos a realizar un test con ustedes, señores!

– ¿Un test? -dijo lentamente el doctor Holmes-. ¿No es un poco…?

– Tranquilo, jefe. He dicho un test y lo sigo diciendo. Una prueba. En cuanto todo haya pasado y se haya disipado el humo -hizo una pausa seria- tendremos a nuestro hombre. O -añadió tras otra pausa- nuestra mujer. No tenemos prejuicios a la hora de localizar culpables.

Nadie contestó. Todos los ojos estaban fijos en sus labios. Entonces Ellery dio un paso adelante y todas las miradas se posaron en él. El inspector se retiró y se colocó junto a los balcones. Estaban abiertos para dejar pasar el poco aire fresco que había. Su silueta pequeña y tiesa se recortaba contra la oscuridad de la noche.

– El revólver -dijo Ellery, cortante, extendiendo la mano en dirección a su padre.

El inspector presentó el revólver largo que habían encontrado en el suelo del estudio del doctor Xavier. Lo abrió, inspeccionó el tambor vacío, lo cerró y lo colocó sobre la mano de Ellery sin el menor comentario.

Le miraron realizar la silenciosa operación con el aliento en vilo.

Ellery levantó el arma con una sonrisa enigmática, acercó la mesa de bridge y una silla que colocó detrás de la mesa de manera que quienquiera que se sentara en ella quedase mirando a los presentes.

– Ahora quiero que todos ustedes vayan pasando y haciendo lo que les diga. Vamos a suponer que esto es el estudio del doctor Xavier, ésta su mesa de escritorio, y la silla su silla ¿Está claro? Muy bien -se detuvo-. ¡Señorita Forrest!

Al oír su nombre pronunciado como un latigazo seco, la joven dio un salto sobre su asiento, con los ojos asustados. El doctor Holmes se medio incorporó para protestar, pero se sentó de nuevo, mirando con los ojos entrecerrados.

– ¿Yo?

– Exactamente. Póngase de pie, por favor.

Obedeció, aferrándose al respaldo de su silla. Ellery cruzó la habitación, yendo hacia el extremo opuesto, colocó el revólver sobre el piano y volvió a su puesto al lado de la mesa.

– P-p-pero ¿qué…? -susurró la joven, con un gemido.

Ellery se sentó.

– Quiero que reproduzca usted el crimen, señorita -dijo con normalidad absoluta en su tono.

– ¡Reproducir el crimen!

– Eso es. Por favor. Debe usted tener en cuenta que yo soy el doctor Xavier, lo que ojalá fuera verdad, pero en fin… Salga usted al pasillo por esa puerta que está detrás de usted y, cuando yo le dé la señal, entre. Quedará usted un poco a mi derecha, mirándome. Yo soy Xavier, y estaré haciendo un solitario en mi mesa. Al entrar usted debe ir hacia el piano y tomar el revólver, mirarme de frente y apretar el gatillo. No está cargado, por supuesto. Procure, por favor que… euh, que siga así. ¿Está claro?

La chica estaba pálida como una muerta. Intentó decir algo, temblándole los labios, pero desistió; asintió con la cabeza brevemente y salió de la habitación por la puerta que le había indicado Ellery. La cerró tras ella, dejando a todos con ojos expectantes y en un gran silencio.

El inspector, de pie junto a los balcones, miraba ceñudo.

Ellery dobló los brazos sobre el borde de la mesa que tenía delante y llamó:

– ¡Señorita Forrest!

La puerta se abrió despacio, muy despacio, y apareció la cara blanca de Ann Forrest. Titubeó un poco, entró, cerró la puerta tras de ella -y sus ojos al mismo tiempo-, se encogió de hombros -volviendo a abrirlos- y avanzó temerosamente hacia el piano. Contempló el revólver descargado unos instantes, lo cogió y apuntó aproximadamente a Ellery con él, gritando:

– ¡Oh! ¡Esto es ridículo! -y apretó el gatillo. Dejó caer el arma y se desplomó sobre la silla más próxima, sollozando.

– Ha estado muy bien -dije alegremente Ellery cruzando la habitación-. Todo muy bien, excepto ese comentario gratuito, señorita Forrest -se detuvo, recogió el revólver y dijo a su padre-: Te has dado cuenta, ¿no?

– Sí.

Todas las bocas se abrieron asombradas, y la señorita Forrest se olvidó de sus sollozos, levantando la cabeza y uniéndose a la sorpresa general.

– Ahora -continuó Ellery- usted, señor Smith.

La batería de ojos apuntó inmediatamente a la cara del gordo de ojos de batracio. Se irguió en su asiento, parpadeando y moviendo las mandíbulas como una vaca.

– ¿Qué tengo que hacer yo? -preguntó azarado.

– Es usted un asesino…

– ¿Un asesino?

– Tan sólo a efectos de nuestro pequeño experimento. Es usted el asesino que acaba de matar, digamos, al doctor Xavier. El arma humeante está aún en su mano, el arma que pertenecía al doctor Xavier, de modo que no es necesario tratar de ocultarla. Aunque, como es lógico, se preocupa usted de no dejar huellas dactilares. De modo que saca usted su pañuelo, limpia la pistola y la deja caer después con mucho cuidado. ¿Lo ha entendido?

– S… sí, sí.

– Pues entonces hágalo.

Ellery retrocedió, y miró al gordo con mirada fría. Smith dudaba, y por fin comenzó, muy preocupado, como si su único deseo fuera quitarse de delante su actuación. Cogió el revólver firmemente por el cañón, sacó un pañuelo con aspecto de servilleta, limpió culata, tambor y gatillo con gran pericia y después, sujetándola con su mano fofa, la dejó caer al suelo. Dio unos pasos hacia atrás, llegó a su asiento y se sentó, secándose el sudor de la frente con el brazo.

– Muy bien -exclamó Ellery-. Estupendo.

Recogió una vez más el arma de la alfombra y la guardó en el bolso, volviendo sobre sus pasos.

– Usted ahora, doctor Holmes -el inglés se revolvió, incómodo-. Otra vez soy, milagrosamente, un cadáver. Su papel en nuestro drama será el de un médico que examina mi cadáver ya frío y tieso. Creo que lo entiende usted perfectamente y que no hacen falta más explicaciones -Ellery se sentó en la silla, tras la mesa de bridge, se tumbó sobre la mesa con el brazo derecho colgando hacia el suelo y la mano izquierda con la palma apoyada sobre la mesa, igual que la mejilla izquierda-. Vamos, vamos, amigo mío. No me gusta este personaje, ¿sabe?

El doctor Holmes se levantó y se acercó a él. Se inclinó sobre la figura inmóvil de Ellery, palpó el cuello, los músculos de la garganta, le giró la cabeza para examinarle los ojos, y tocó brazos y piernas… hizo todo un rápido examen de experto.

– ¿Es suficiente? -preguntó al fin con voz quebrada-. O es preciso continuar con esta farsa macabra.

Ellery se levantó de un salto.

– No, ya es suficiente, doctor. Pero hágame usted el favor de emplear sus palabras con más precisión, porque esto no es una farsa ni mucho menos, sino una tremenda tragedia. Gracias… ¡Señora Wheary!

El ama de llaves se sujetó el pecho.

– ¿S… señor? -balbuceó.

– Póngase de pie, cruce la habitación y apague la luz, la llave que está junto a la puerta del recibidor.

– ¿La apago? -exclamó poniéndose en pie-. Pero ¿no nos quedaremos a oscuras, señor Queen?

– Supongo que sí -dijo Ellery serio-. Vamos, señora Wheary, deprisa.

Se pasó la lengua por los labios, miró hacia su patraña como buscando ayuda y se dirigió hacia el vestíbulo. Al llegar a la pared dudó un momento, y Ellery le señaló con impaciencia el interruptor. Se encogió de hombros y giró la llave. La habitación se quedó en tinieblas, oscura como chocolate espeso. No había luz de luna ni de estrellas que llegara a la casa, cubierta por las pesadas nubes de humo exteriores. Podrían estar enterrados a cinco millas de profundidad, y sería igual.

Después de un rato que pareció eterno, la voz de Ellery resonó en medio del gran silencio.

– ¡Bones! ¿Tiene usted una cerilla?

– ¿Una cerilla? -graznó el viejo criado.

– Sí. Encienda una, por favor, enseguida, ¡rápido, hombre, rápido!

Se oyó el chasquido de un fósforo y una lucecita minúscula reveló la fantasmal figura de Bones y parte de su cara arrugada. Nadie dijo ni una palabra hasta que la lucecita tembló y desapareció.

– Muy bien, señora Wheary. Encienda las luces -exclamó Ellery.

Se encendieron las luces, brillantes. Bones seguía sentado donde antes, contemplando el palillo renegrido que tenía entre los dedos. La señora Wheary regresó a su asiento a toda prisa.

– Y ahora -continuó Ellery inmutable- le toca a usted, señora Carreau.

Se levantó, pálida pero segura.

Ellery abrió el cajón de la mesa y sacó una baraja flamante. Rompió la envoltura, y arrugó el celofán, tirándolo a un lado. Golpeó la mesa con el mazo.

– ¿Sabe hacer solitarios?

– Algunos -repuso ella con voz atónita.

– ¿Sabe hacer uno sencillo que consiste en usar trece cartas tapadas, cuatro descubiertas en una fila y otra más suelta para enlazar?

– Sí.

– Soberbio. Tome las cartas, por favor, señora Carreau. Siéntese y empiece a hacer el solitario.

Le miró como si dudara de que siguiera estando cuerdo, y después avanzó suavemente y se sentó a la mesa. Tomó las cartas, las barajó despacio, dio trece y las puso en un montón boca abajo. Dio luego otras cuatro cartas, descubiertas una al lado de la otra, y otra más. A continuación tomó el resto de la baraja y comenzó el juego, sacando una carta sí y dos no, y robando las otras…

Jugaba deprisa, nerviosa, equivocándose y dudando antes de mover una carta Cometió dos errores, que Ellery le señaló sin hablar, con el dedo, antes de que siguiera. ¿Qué más pasaría?

Era un juego de puro azar, que parecía interminable. Las cartas de encima de las cuatro bases aumentaban sin parar. Todos observaban conteniendo el aliento… Hasta que de pronto Ellery puso su mano sobre las de la mujer.

– Ya basta -dijo con amabilidad-. Los dioses nos son propicios. Creí que iba a hacer falta intentarlo varias veces, pero ha habido suerte.

– ¿Suerte?

– Sí. Mire usted, señora Carreau, cómo en la cuarta fila aparece un seis de picas entre un cinco y un siete rojos.

La señora Xavier soltó un gemido.

– Vamos, vamos, no se alarme, señora Xavier. No volverá a pasar lo mismo -Ellery sonrió a la señora Carreau-. Ya ha cumplido usted, gracias… ¡Señor Xavier!

El abogado llevaba un rato menos displicente, moviendo las manos nerviosamente, con la boca seca. El amigo necesita una palmadita, pensó Ellery satisfecho.

– ¿Sí? -dijo acercándose.

– ¡Sí! -sonrió Ellery-. Tenemos un experimento muy interesante para usted, señor Xavier. ¿Quiere sacar el seis de picas de entre esas cartas, por favor?

Inició una frase:

– ¿Sacar…?

– Por favor…

Obedeció con dedos temblorosos.

– ¿Y ahora…? -dijo con un desgraciado intento de sonreír.

– Ahora -dije Ellery cortante- quiero que rompa usted la carta en dos mitades. ¡Deprisa! ¡Vamos, ya!, ¡rápido! ¡Rásguela! -sorprendido, Xavier obedeció antes de poder pensar-. Tire uno de los dos trozos -dejó caer una parte como si le quemara los dedos.

– ¿Está bien? -murmuró lamiéndose los labios.

– Un momento -dijo el inspector desde atrás, con tono impersonal por completo-. Quédese usted donde está, Xavier. Ven aquí, El.

Ellery se acercó hasta su padre y habló con él en voz baja durante unos minutos. Ellery asintió al fin con la cabeza y volvió con los otros.

– Tengo el placer de anunciar, tras las pertinentes consultas, que el test ha sido un éxito absoluto -dijo alegremente-. Señor Xavier, puede usted sentarse ante esa mesa. Serán unos pocos minutos -el abogado se dejó caer sobre la silla de bridge con el trozo del seis de picas todavía en la mano-. Magnífico. Y ahora escúchenme todos con atención, por favor.

Era una petición completamente innecesaria. Todos estaban anhelantes, esperando sus palabras.

– Si recuerdan ustedes mis palabras de no hace mucho tiempo -continuó Ellery quitándose las gafas y limpiándolas-, recordarán sin duda que les demostré varias cosas importantes. Por ejemplo, que el doctor Xavier era diestro y que, por tanto, la carta que estaba en su mano derecha estaba colocada erróneamente, porque habría roto la carta con esa mano de forma que el otro trozo se hubiera quedado siempre en la izquierda. De aquí, también, que puesto que la carta no estaba donde debiera, no era el doctor Xavier quien la había roto y que, por lo tanto, no había dejado una pista clara para señalar a su asesino. La carta señalaba a la viuda. Pero si no era la víctima quien había dejado la clave, es decir si esa clave no era auténtica, no era tal, sólo trataba de inculpar a la señora Xavier del asesinato de su marido con ese fantástico sistema, alejando de sí las sospechas, puesto que nadie que no fuera el verdadero asesino haría una cosa así. ¿Recuerdan?

Recordaban, como atestiguaban sus ojos fascinados, mirándole.

– El problema se resume, pues, en esto: encontrar a la persona que rompió el seis de picas, que será el verdadero asesino.

El señor Smith interrumpió en ese momento con voz de bajo profundo que dejó a todos pasmados:

– Es un buen truco… si puede usted hacerlo.

– Mi querido señor Smith -exclamó Ellery-. ¡Si ya lo he hecho!

Smith cerró la boca inmediatamente.

– Sí -continuó Ellery mirando distraídamente al techo-. Era una bonita pista que señalaba la identidad del asesino. Estuvo ante mis ojos tanto tiempo que me avergüenzo de mi ceguera. Pero claro, no es posible verlo todo siempre -encendió un cigarrillo calmosamente-. Sin embargo, ahora está todo muy claro. La clave, no hay que decirlo, está en la carta partida, la mitad que fue arrojada al suelo junto al cuerpo del doctor Xavier. ¿Qué clave es ésa, qué pista? Demos las gracias al incendio, porque la pista la proporciona la marca de tizne que dejó el dedo en el cartón.

– El tizne -murmuró Xavier.

– Exactamente. ¿Cómo estaba situaba esa mancha del dedo? ¿Cómo había partido la carta el asesino? ¿Cómo la parte cualquiera? Usted nos acaba de hacer una demostración de uno de los métodos hace un momento, señor Xavier. Yo lo he practicado durante horas y puedo asegurar que sólo hay dos sistemas de partir una carta de baraja en dos. El más corriente es tomar la carta con los pulgares por el borde que se va a cortar de forma que las puntas de los pulgares se toquen y los propios dedos formen un ángulo agudo mientras los otros dedos están del otro lado de la carta. Entonces se rasga, afortunadamente con los pulgares manchados de hollín, y ¿qué pasa? Que la presión de los pulgares al rasgar, o mejor, de uno de ellos al sujetar fuertemente la carta y del otro al tirar, deja marcas ovaladas: una en la esquina de la derecha, arriba en la mitad que queda a la izquierda, es decir, la marca del pulgar izquierdo. La otra en la esquina superior izquierda de la mitad derecha, la marca del pulgar derecho. Al decir izquierda y derecha se supone, naturalmente, que mantengo la carta derecha ante mí, y lo que llamo parte derecha de la carta está a mi derecha, como ven -descansó un momento-. El otro método es virtualmente igual al primero, excepto que se realiza con los pulgares dirigidos diagonalmente hacia abajo mirándose, más que diagonalmente, hacia arriba. Las marcas ovaladas persisten en las mismas esquinas que he indicado antes, con la peculiaridad de que apuntan una hacia la otra, hacia abajo y no hacia arriba. En cualquier caso, su efecto es sustancialmente el mismo. ¿Cómo?

Todos estaban pendientes de la menor de sus palabras.

– Muy bien -siguió Ellery-, veamos de nuevo la mitad arrugada que encontramos en el suelo del estudio. Vamos a verla, ponerla de manera que la marca del pulgar quede arriba. ¿Por qué para arriba? Porque todo el mundo rasga de arriba abajo y no de abajo arriba. Por eso dije que el segundo método no difiere demasiado en sus resultados del primero. La huella, pese a la diferencia de ángulo, sigue estando más o menos en la misma esquina de la baraja. Si sostenemos la parte esta en la posición que debía tener al ser cortada, ¿qué vemos? -volvió a respirar hondo-. Que en el trozo roto, su borde está a la derecha, y que la huella del pulgar apunta en diagonal hacia arriba, hacia la esquina superior derecha o, dicho en otras palabras, que fue la izquierda, el pulgar izquierdo, el que dejó su rastro aquí y que por tanto fue la izquierda la mano que rompió y tiró la carta.

– ¿Quiere usted decir -susurró la señorita Forrest- que quien lo hizo era zurdo?

– Es usted muy lista, señorita Forrest -sonrió Ellery-. Eso es lo que quería decir. Exactamente. La mano izquierda del asesino tuvo esta mitad en ella, la izquierda la cortó y la izquierda la arrugó y la tiró al suelo, hizo todo el trabajo, en resumen. Ergo, como usted bien dice, el asesino del doctor Xavier y acusador secreto de su viuda, ha de ser zurdo -el desconcierto dejó paso a la alarma-. Ese era el propósito de nuestro ligeramente grotesco test de esta noche.

– Un truco -dijo indignado el doctor Holmes.

– Pero muy necesario, doctor. De hecho no se trataba tanto de saber algo concreto como de realizar una cierta investigación en la psicología de la culpabilidad. Yo ya sabía antes de empezar quién era zurdo y quién no, simplemente por haberles observado antes. Sabía también, y por la misma fuente, que nadie era ambidiestro. Y tenemos también tres personas más a quienes no hemos hecho pruebas esta noche: la señora Xavier y los mellizos Carreau -los muchachos se sobresaltaron-. Pero la señora Xavier, además de ser la persona acusada, y sería demasiado bizantinismo pensar que podía acusarse a sí misma por ese método, es diestra y no zurda, como he tenido muchas ocasiones de comprobar. Y los gemelos, creo que es demasiado pedir, y aparte de su culpabilidad o no, Francis está a la derecha y es diestro y Julian tiene el brazo izquierdo roto. Y -añadió secamente- puesto que ya hemos llegado aquí, me di cuenta de que los chicos sólo habrían podido hacerlo cruzando las manos de ambos y usando un pulgar de cada uno, lo que parece demasiado complicado en esas circunstancias y no merece la pena tomarlo en consideración… ¡Bien! Y entonces -sus ojos brillaron- ¿quiénes son zurdos? ¿Recuerdan lo que les pedí que hicieran antes a cada uno?

Todos se revolvieron incómodos, mordiéndose los labios, frunciendo las cejas.

– Un momento -dijo con un gruñido el inspector acercándose otra vez-. Ya tenemos lo que queríamos. Debo explicarles que el señor Queen realiza esos experimentos por mi cuenta. Lo de ver quién era zurdo y quién no, vamos. No me había fijado -sacó un papel y un lápiz de uno de sus bolsillos y los dejó con un golpe sobre la mesa de bridge, ante el asombrado abogado-. Xavier, hágame usted de secretario. Hay que escribir un breve memorándum para el sheriff de Osquewa, el señor Winslowe Reid, para cuando llegue, si llega -siguió sin pausas, irritado-. Vamos, vamos, hombre, deje de pensar en las musarañas, y haga el favor de ir tomando nota.

Todo parecía claro, fácil y eficiente, sin un ruido. El efecto psicológico había sido calculado hasta el más mínimo detalle. La irritación del inspector, impersonalmente dirigida contra él, hizo que Xavier sujetara el lápiz, moviendo los labios y lo colocara sobre la hoja de papel.

– Escriba -gruñó el inspector moviéndose de un lado a otro-. Mi hermano, el doctor John S. Xavier -el abogado escribía deprisa, con movimientos bruscos del lapicero, pálida la cara como la de un muerto-, asesinado en su estudio de la planta baja de Cabeza de Flecha, su finca, situada en el monte Flecha, del condado de Tuckesas, a quince millas de la sede de jurisdicción más próxima, Osquewa, encontró la muerte asesinado por un disparo hecho por… -el inspector hizo una pausa, y el lápiz tembló en la mano, la izquierda, de Mark Xavier- por mi propia mano. Y ahora fírmelo, ¡haga el favor!

Durante un momento en suspenso, un intervalo sin medida, se produjo un silencio total. Sentados en sus sillas, hacia delante, paralizados sin movimiento, atónitos.

El lápiz cayó de la mano de Mark Xavier, y sus hombros se contrajeron en un movimiento instintivo de defensa. Los ojos de sanguinolentas venas no veían. Y antes de que ninguno de los otros fuera capaz de mover un músculo del cuerpo, ya se había levantado de su silla, gracias a su coordinación orgánica y a los reflejos que le daban sus nervios aterrorizados. Al levantarse derribó la mesa. Avanzó unos cuantos pasos hacia el balcón más próximo a la mesa y salió corriendo a la terraza.

El inspector pareció despertar.

– ¡Deténgase! -gritó-. ¡Deténgase le digo! ¡O le detendré yo de un tiro!

Pero Xavier no se detuvo. Saltó la barandilla de la terraza, aterrizando con fuerte ruido sobre la grava de debajo. Y su figura comenzó a desvanecerse según se alejaba de la luz que salía de la sala de juego.

Se levantaron todos al unísono sin moverse de sus sitios, mirando hipnotizados hacia la oscuridad. Ellery estaba rígido con el cigarrillo en la mano a dos centímetros de la boca.

El inspector dejó escapar un curioso suspiro, sacó el revólver de reglamento de la funda del cinturón, quitó el seguro y disparó con cuidado tras apuntar a la evanescente silueta, apoyado en el marco de una de las puertas de las ventanas.

Timador timado

Todos recordarían aquella escena fantástica mientras vivieran. De piedra por el susto, y el inspector apoyado contra el balcón apuntando su revólver, el disparo y el humo, el ruido, el hombre ya casi invisible corriendo en su intento de escapar… y luego, un único grito, cortante y desagradable terminado por un gorgoteo que cesó tan súbitamente como se había iniciado.

Xavier desapareció.

El inspector volvió a poner el seguro y a guardar la pistola en la funda; se limpió los labios con la misma mano en un extraño gesto y salió a la terraza. Pasó con cierta dificultad por encima de la barandilla y saltó.

Ellery pareció despertar, y salió detrás, a toda prisa.

Saltó la barandilla y corrió detrás de su padre, en la oscuridad.

Su salida rompió el silencio. La señora Carreau se apoyó sobre el hombro de la viuda Xavier. La señorita Forrest, blanca como una muerta, soltó un curioso ruidillo y avanzó hacia la terraza al mismo tiempo que el doctor Holmes. La señora Xavier se derrumbó sobre la silla, hipando. Los gemelos parecían clavados en tierra, paralizados.

Encontraron a Xavier caído sobre las rocas, rígido. Ellery se agachó para escuchar su corazón.

– ¿Está…? -aventuró la señorita Forrest al llegar.

Ellery miró a su padre, que observaba.

– Todavía vive -dijo inexpresivamente-, y hay algo de sangre en mis dedos -luego se incorporó mirándose las manos en la penumbra.

– Cuídese de él, doctor -dijo el inspector con tranquilidad.

El doctor Holmes se había arrodillado, explorando con sus dedos. Miró hacia arriba al poco tiempo.

– No puedo hacer nada de nada en este sitio. Debe haberle dado en la espalda, Queen, porque tiene una herida ahí. Creo que no ha perdido el conocimiento. Ayúdenme, por favor.

El hombre tendido por tierra soltó un gemido, exhalando otro borboteo raro. Retorcía las piernas espasmódicamente. Lo levantaron cuidadosamente entre los tres y lo llevaron a través de la escalera y terraza, a la sala de juego. La señorita Forrest les seguía presurosa, y lanzó una mirada aprensiva a la oscuridad por encima del hombro.

Depositaron al herido con gran silencio sobre un sofá cercano al piano, boca abajo. A la luz intensa de la habitación, las amplias espaldas hacían converger sobre ellas todas las miradas. Un poco a la izquierda del hombro se veía un orificio redondo y oscuro, rodeado por un círculo de sangre negra y ya seca.

Vigilando la sangre, el doctor estaba desvistiéndose. Se subió las mangas y exclamó:

– Señor Queen, tengo un maletín con equipo quirúrgico en una de las mesas del laboratorio. Señora Wheary, traiga usted una palangana grande con agua caliente enseguida, por favor. Las señoras será mejor que se vayan.

– Yo puedo ayudar -dijo suavemente la señorita Forrest-. He sido enfermera.

– Muy bien. Las demás váyanse, por favor. ¿Tiene usted una navaja, inspector?

La señora Wheary se precipitó fuera del cuarto, y Ellery salió por la puerta del otro pasillo en dirección al laboratorio, revolvió un poco hasta dar con el maletín, que estaba sobre una de las mesas; tenía unas iniciales marcadas: P. H. Evitó mirar hacia el refrigerador. Agarró el maletín y volvió corriendo a la sala.

Nadie se había movido a pesar del ruego del doctor. Parecían fascinadas por los hábiles dedos del cirujano y los graves gemidos de Xavier. El doctor Holmes cortaba la chaqueta del abogado con una navaja del inspector. Una vez que hubo terminado desgarró la camisa y la camiseta del herido, dejando al descubierto el orificio.

Ellery miraba fijamente el rostro de Xavier, y pudo ver una mueca en el borde izquierdo de la boca. Tenía espuma sanguinolenta en los labios, y los ojos semicerrados.

El doctor Holmes abrió el maletín, al tiempo en que la señora Wheary entraba trayendo una enorme palangana con agua humeante. Ann Forrest la tomó en sus manos y la depositó en el suelo al lado de la figura arrodillada del cirujano, que cortó un gran trozo de algodón absorbente de un rollo y lo mojó en el agua…

Los ojos se abrieron del todo y miraron sin ver. Las mandíbulas se abrieron por dos veces sin que se oyera ni un quejido, y luego le oyeron gemir: «No lo hice, no lo hice, no he sido yo», una y otra vez, como si se tratase de una lección aprendida de memoria que estuviera obligado a repetir en una escuela existente en su imaginación.

El inspector se movió, inclinándose sobre el doctor Holmes, y preguntándole en un susurro:

– ¿Qué tal está?

– Bastante mal -replicó el médico cortante-. Parece el pulmón derecho.

Limpiaba rápidamente la herida, pero con suavidad, secando la sangre. Se notaba un fuerte olor a desinfectante.

– ¿Podemos hablar con él?

– En circunstancias normales les diría que no. Necesita reposo absoluto. Pero es posible que en este caso… -el inglés se alzó de hombros ligeramente sin hacer alto en su trabajo.

Sin perder un instante, el inspector se puso a la cabecera del sofá y se arrodilló ante la pálida cara de Xavier. El abogado seguía musitando:

– No he sido yo, no he sido yo -maquinalmente, persistentemente.

– Xavier -dijo el inspector-, ¿puede oírme?

Los balbuceos se detuvieron y la cabeza giró y se sacudió. Movió un poco los ojos para dirigirlos al inspector. Se iluminaron con una chispa de inteligencia, unida a un estremecimiento de dolor, un espasmo. Musitó:

– ¿Por qué me disparó usted, inspector? No he sido yo, no he…

– ¿Y por qué echó a correr?

– Perdí la… la cabeza. Pensé que… Me per… Estup… No he sido yo…

Ellery apretó los puños. Se adelantó y dijo cortante:

– Está usted loco, Xavier. ¿Para qué miente ahora? Sabemos que fue usted. No puede haber sido nadie más. Nadie puede haber roto el seis de picas como usted lo hizo.

Los labios de Xavier se estremecieron.

– No he sido yo… no he sido.

– ¿Cortó usted el seis de picas y lo puso en la mano de su hermano para acusar a su cuñada?

– Sí… -articuló Xavier-. Eso es cierto. Lo hice… A ella… Quería… pero no he sido…

La señora Xavier se puso en pie lentamente, con expresión de horror en los ojos. Se llevó una mano a la boca y permaneció así, mirando fijamente a su cuñado como si nunca lo hubiera visto antes.

El doctor Holmes trabajaba sin perder un segundo, con la silenciosa ayuda de la pálida señorita Forrest. La herida, limpia ya, continuaba sangrando. El agua de la palangana era, ahora, escarlata.

Los ojos de Ellery eran meras líneas, y sus labios se movían mientras en su cara campaba una significativa expresión.

– Entonces… -dijo lentamente.

– No comprende usted -lamentó Xavier-. No podía dormir aquella noche, y daba vueltas y más vueltas. Quise ir a por un libro a la biblioteca, abajo… ¿Qué… qué es ese dolor que tengo en la espalda?

– Siga, Xavier, siga. Están curándole. ¡Siga!

– M… me… me puse el batín y bajé y… ¡ah!

– ¿A qué hora era eso? -preguntó el inspector.

– A las dos y media… Vi luz en el estudio al ir a la biblioteca. La puerta estaba cerrada pero los… entré y me encontré a John… frío, rígido, muerto… Y entonces decidí acusarla a ella…

– ¿Por qué?

Tosió, gimiendo.

– Pero no fui yo, no lo maté. Ya estaba muerto cuando llegué, se lo juro, sentado en su mesa, muerto como una piedra…

El doctor Holmes había puesto una gasa sobre la herida, y preparaba una inyección para el herido.

– Está usted mintiendo -acusó el inspector.

– ¡Le juro que digo la verdad! Ya estaba muerto cuando llegué… Yo no he sido -levantó la cabeza una pulgada, tensos los músculos del cuello, como obenques-. Pero… sé quién lo… Lo sé, lo sé…

– ¿Lo sabe? -bramó el inspector-. ¿Y cómo demontres lo sabe? ¿Quién fue? ¡Vamos, vamos, hable! ¡Hable!

Se había producido un impresionante silencio. Como si todos hubieran cesado hasta de respirar, y el tiempo se hubiera detenido, suspendido en las vastas profundidades tenebrosas del espacio interestelar.

Mark Xavier se esforzó. Hizo un esfuerzo sobrehumano. Era acongojante mirar hacia él, cómo luchaba. Su brazo izquierdo se hundió con el esfuerzo por incorporarse. La rojiza mirada se hizo más roja, más cálida, más salvaje.

El doctor Holmes sujetó un trozo de piel del brazo izquierdo de Xavier, jeringuilla en mano, como un autómata, inhumano.

– Yo… -fue el único resultado de su esfuerzo. La cara, blanca, se tornó gris y una burbuja de sangre apareció en su boca. Volvió a quedar inconsciente.

La aguja se hincó en el brazo.

Volvieron a respirar, a agitarse. El inspector se puso en pie trabajosamente, se limpió el polvo, y se secó la cara con el pañuelo.

– ¿Muerto? -dijo Ellery humedeciéndose los labios.

– No -el doctor Holmes se había incorporado también y contemplaba preocupado el cuerpo inmóvil-. Sólo desvanecido. Le he puesto morfina. Sólo la imprescindible para relajarlo y mantenerlo tranquilo.

– ¿Está muy mal? -preguntó ansioso el inspector.

– Es peligroso. Diría que tiene una oportunidad. Todo depende, claro. La bala se alojó en el pulmón derecho.

– ¿No la ha sacado? -gritó Ellery, asustado.

– ¿Quiere intentarlo? -el médico levantó una ceja-. Mi querido amigo, eso sería fatal de necesidad. Ya le digo que sus probabilidades dependen de su estado. Así, de mano, yo diría que no está muy fuerte, aunque la verdad es que nunca le he realizado un examen físico a fondo. Es bastante juerguista y además le gusta demasiado la carne. ¡Bien! -se encogió de hombros y se volvió hacia Ann Forrest, dulcificando su expresión-. Muchísimas gracias, Ann. Has sido una magnífica ayudante… Y ahora, caballeros, hagan el favor de ayudarme a llevarlo arriba. Con cuidado, no vayamos a inducir una hemorragia ahora.

Los cuatro hombres -Smith estaba petrificado en una esquina- levantaron el cuerpo y lo transportaron escaleras arriba hasta el dormitorio de la esquina oeste del edificio, sobre la carretera. Los demás iban detrás, apretados unos contra otros como buscando protección. Nadie parecía querer quedarse solo. El horror no se había borrado todavía de sus ojos.

Los hombres le desvistieron y lo colocaron en la cama con sumo cuidado. Respiraba trabajosamente, pero ya no se retorcía, y tenía los ojos cerrados.

El inspector abrió la puerta.

– Pasen y no hagan ruido. Tengo que decirles algo, y quiero que me oigan todos.

Obedecieron mecánicamente, clavando los ojos en la figura inmóvil tendida entre las sábanas. La lámpara de la mesilla de luz dejaba llegar una cierta claridad a Xavier, delineando el contorno izquierdo de su cuerpo bajo las ropas.

– Parece que hemos vuelto a caer en una trampa -dijo con calma el inspector-. Todavía no estoy seguro ni me he decidido sobre las posibilidades de que Xavier haya mentido o no. He visto a gente mentir tres segundos antes de morir. No se puede asegurar que por estar muriéndose la gente tenga que decir necesariamente la verdad. Pero no hay duda de que había algo convincente en lo que dijo y cómo lo dijo. Si es verdad que lo único que hizo fue montar el tinglado acusatorio en contra de la señora Xavier y que no asesinó al doctor Xavier, entonces el asesino sigue estando suelto por la casa, Y quiero asegurarles a ustedes que -sus ojos centellearon- la próxima vez no va a haber ningún error.

Continuaron mirándole fijamente. Ellery intervino:

– ¿Cree que volverá en sí, doctor?

– Es posible -murmuró Holmes-. Es posible que vuelva en sí sin previo aviso en cuanto se le pasen los efectos de la morfina -se encogió de hombros-. O puede que no. Todo puede ser, incluso morirse. Puede volver la hemorragia después de unas horas, o puede producirse una infección a pesar de que he limpiado y desinfectado la herida, o sucumbir a la enfermedad, o…

– Reconfortante -gruñó Ellery-. Y aparte de todo eso, doctor, tiene probabilidades, ¿eh? ¡Pues sí! En todo caso lo que me interesa es el hecho de que pueda recobrar el conocimiento. ¿Cuándo…? -miró significativamente alrededor.

– Lo dirá -gritaron de pronto los mellizos que, avergonzados por el sonido de sus voces, se ocultaron contra su madre.

– Claro que sí, muchachos, claro que lo dirá. Excitante. Creo que por consiguiente, padre, será mucho mejor no correr ningún albur.

– En eso estaba yo pensando precisamente -replicó el inspector-. Nos turnaremos toda la noche vigilando. Tú y yo. Y -añadió tras una pausa- nadie más -se volvió hacia el doctor Holmes-. Yo haré el primer turno hasta las dos de la mañana, doctor, y luego mi hijo me relevará hasta el amanecer. Si le necesitásemos…

– En cuanto dé alguna señal de recuperar el conocimiento -dijo el médico secamente-, avísenme sin perder un minuto, por favor, inmediatamente, porque cada segundo puede ser vital. Mi habitación está al fondo del pasillo, hacia el otro lado, ya saben, junto a la de ustedes. Ahora no hay nada más que hacer por él.

– Excepto proteger lo poco de vida que le quede.

– Le avisaremos -dijo Ellery. Miró al resto de los presentes y añadió-: En beneficio de todos ustedes quiero avisar al que pueda estar calculando tomar medidas desesperadas que el que esté de turno a la cabecera del enfermo estará provisto de la misma arma que ha traído al pobre Xavier a este lecho del dolor… Eso es todo.

Tan pronto como se quedaron a solas con el herido inconsciente, los Queen experimentaron un curioso alivio. El inspector se sentó en un confortable sillón y se aflojó el cuello de la camisa, preocupado por hacer algo inútil. Ellery fumaba abstraído, junto a una de las ventanas.

– Muy bien -dijo finalmente-, éste es el lío en que estamos bien metidos -el inspector dio un gruñido-. ¡El gran detective Ojo-muerto en persona! -siguió Ellery punzante-. ¡Pobre tipo!

– ¿Puedo saber de qué estás hablando? -masculló incómodo el inspector.

– De su propensión a disparar a tontas y a locas, a toda prisa y sin pensar, mi distinguido señor. No hacía la menor falta, como comprenderás. No podía escapar.

El inspector estaba francamente incómodo.

– Bueno -exclamó-, tal vez no, pero ¿qué va a hacer un pobre policía tonto, si ve salir corriendo a un individuo acusado de asesinato? Eso es una verdadera confesión. Además le advertí, y luego hice un disparo al aire.

– ¡Oh, sí, claro, en eso eres perfecto! -dijo Ellery, seco-. Todos estos años no han dañado tu ojo de águila ni un poquito. Pero de todas formas no había por qué hacerlo.

– ¡Bueno, pues no lo había! -explotó el inspector rojo de rabia-. Fue tanto culpa tuya como mía. Tú me hiciste creer…

– Ya, ya, lo siento mucho, padre -dijo contrito Ellery. El viejo se calmó y volvió a sentarse, ablandado-. Tienes mucha razón. De hecho fue más culpa mía que tuya. Decidí que el que hubiera inculpado a la señora Xavier era el asesino de su marido, y me arrepiento de mi seguridad. Desde luego que es una asunción lógica, pero, mirándolo bien lo es menos. Es una cosa complicada y rara, pero las cosas fantásticas tienen su lógica fantástica.

– Tal vez haya mentido…

– Estoy completamente seguro de que no -suspiró Ellery-. Otra vez igual. No, no estoy seguro. No puedo estarlo, ni de eso ni de nada Este asunto no me está dando mucho lucimiento… ¡Bueno! Vigila bien, ¿eh? Estaré aquí a las dos.

– No te preocupes por mí -el inspector echó una ojeada al herido-. En cierto modo esto es como mi penitencia. Si no sale de ésta…

– Si sale él, tú, yo o cualquiera -dijo Ellery crípticamente con la mano en la manilla.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó el inspector.

– Echa una miradita afuera por esa maravillosa ventana -dijo secamente Ellery. Y salió del cuarto.

El inspector se le quedó mirando, se levantó y se acercó a la ventana. Lanzó un profundo suspiro. El cielo era una mancha púrpura y escarlata sobre las cepas de los árboles. Se había olvidado del fuego por completo con la excitación.

El inspector giró la pantalla de la lamparilla de la mesa para dar un poco más de luz al enfermo. Observó pensativo el vendaje sobre la piel del abogado y se volvió a su sillón con otro suspiro. Lo giró de manera que pudiera ver el herido y la puerta con un leve giro de cabeza. Después de unos minutos recordó algo, puso cara de descubrimiento y extrajo el revólver de reglamento de la funda. Lo miró complacido y lo colocó en el bolsillo derecho de la chaqueta.

Se recostó con las manos sobre la barriga, en la penumbra.

Durante más de una hora se oyeron ruidos intermitentes por el pasillo: puertas que se abrían y cerraban, pasos, murmullos de voces quedas. Luego se fue haciendo gradualmente el silencio en sustitución de los ruidos domésticos, hasta hacerse tan completo que el inspector llegó a creerse a mil kilómetros de cualquier lugar habitado.

Recostado en su sillón, se mantenía relajado pero alerta como nunca en su vida. Sabía muy bien, tras una vida de dedicación al estudio del comportamiento humano, dónde y cuándo había peligro. Un moribundo, en cuya lengua se guardaba un importante secreto: allí estaba el peligro. Nada, por peligroso que pareciera, sería bastante duro para hacer desistir al asesino… Deseó a medias tener libertad suficiente para ir a rondar los dormitorios y descubrir a alguno despierto esperando su ocasión. Pero no podía abandonar al moribundo ni un instante. Una calma espesa reinaba. Un ruido exterior le sobresaltó, y echó mano al revólver. Se levantó y fue hasta la ventana. Pero no había ninguna posibilidad de acceder al cuarto por aquel camino. Volvió a su silla, tranquilizado.

Corrían los minutos. Nada variaba. El hombre tendido en la cama seguía inmóvil.

Una vez, mucho más tarde, el viejo creyó oír un ruido en el pasillo. Algo como, pensó incorporándose en plena tensión, si alguien hubiera abierto o cerrado una puerta. Se levantó sin ruido de la silla nada más pensarlo, apagó la lámpara de la mesilla y fue rápidamente hacia la puerta, a oscuras. Con el revólver en la mano abrió silenciosamente, rápido, se puso a un costado y esperó.

No pasó nada.

Cerró la puerta suavemente y encendió de nuevo la luz. Volvió a su sillón. No parecía especialmente sorprendido. Hasta los nervios más templados y entrenados tienden a dar esos sustos nocturnos. El ruido era, muy probablemente, pura imaginación suya, un eco de sus propios temores.

No obstante, como hombre práctico en esas cosas, no guardó el revólver en el bolsillo de nuevo, sino que lo dejó sobre su regazo, listo para blandirlo en el mismo instante en que se produjera una alarma.

La noche avanzaba sin más ruidos ni incidentes. Comenzaban a pesarle los párpados increíblemente, y tuvo que sacudirse varias veces para no dormir. Hacía menos calor que antes, pero, de todas formas, hacía el suficiente para tener toda la ropa pegada al cuerpo… Se preguntó qué hora sería y extrajo su pesado reloj de oro.

Las doce y media. Guardó el reloj suspirando.

A la una casi en punto -consultó el reloj inmediatamente después de suceder- volvieron a tensarse sus nervios. Pero esa vez no fue a causa de ningún ruido exterior real ni imaginado. Esta vez el ruido provenía de la cama donde yacía el herido, allí al lado, moribundo.

Guardándose el reloj, el inspector dio un salto y cruzó el cuarto hasta la cama. El brazo izquierdo de Xavier se agitaba, y el ruido era aquel espeso balbuceo que le había oído emitir horas antes en la sala Incluso hizo un pequeño movimiento de cabeza. El murmullo creció, terminando en una tos ronca. El inspector creyó que iba a despertar a toda la casa al oír incrementarse el volumen del sonido. Se inclinó sobre Xavier, cuya cara estaba vuelta hacia la oscuridad, y pasó lenta y suavemente su mano derecha bajo el cuello del hombre. Con la otra mano fue dándole la vuelta sin dejar que la herida tocara la cama, de modo que quedara mirando a la luz, acostado sobre su lado izquierdo. Tenía todavía los ojos cerrados, aunque continuaba haciendo su particular ruido.

Xavier recuperaba, poco a poco, el sentido.

El inspector dudó. ¿Debía esperar o hacer hablar al herido? Luego recordó la admonición del doctor Holmes y pensó que tal vez su retraso produjera la muerte en poco tiempo. Corrió hasta el sillón, tomó el revolver y se fue hacia la puerta. No podía dejar solo a Xavier ni un solo instante, pensó. No era cosa de dejar que alguien se aprovechara de su salida a avisar al médico. Abriría la puerta, sacaría la cabeza y llamaría a Holmes a voces. Si se despertaban los otros, que se fueran al infierno.

Agarró el pestillo, lo giró sin hacer ruido y abrió la puerta. Sacó la cabeza y abrió la boca.

Ellery creía estar luchando contra la escarpada pared de un abismo vivo, forcejeando para escapar de un monstruoso fuego que llegaba a sus pies. Agitaba los brazos, clavaba los dedos en las duras y resbalosas paredes, su cabeza era un infierno tan ígneo como el del fondo. Su cabeza giraba, sudaba, explotaba. Y caía, se deslizaba, volvía a caer… Se despertó sobresaltado y bañado en sudor frío.

El cuarto estaba a oscuras, y buscó a tientas su reloj sobre la mesilla de noche. Vio en la esfera luminosa las dos y cinco. Se levantó gruñendo y saltó de la cama con el cuerpo dolorido y empapado. Buscó su ropa.

La casa estaba sumida en absoluta tranquilidad. Salió de la habitación sin ruido y cambió pasillo adelante. La bombilla del vestíbulo estaba encendida, y todo le pareció normal. No había ninguna puerta abierta.

Llegó al final del pasillo y se detuvo ante la puerta del dormitorio de Mark Xavier. Había caminado sin hacer el menor ruido, la puerta estaba cerrada y suponía que nadie le habría oído llegar, ni siquiera su padre. El pensamiento le alarmó: ¡si nadie le había oído a él, cualquiera podría haber hecho lo mismo! Si el viejo…

Pero sabía perfectamente, por propia y buena experiencia, que el viejo sabía cuidar perfectamente de sí mismo. Y además tenía su revólver que…

Alejó sus miedos, pensando que eran infantiles, abrió la puerta y dijo en voz baja:

– Soy El, padre. No te alarmes.

No obtuvo respuesta alguna. Abrió más la puerta y se quedó helado, inmóvil, con el corazón parado.

El inspector yacía en el suelo junto a la puerta, boca abajo, con el revólver a unos centímetros de la mano.

Se lanzó sobre la cama sin pérdida de tiempo. El cajón de la mesilla de noche estaba abierto. La mano derecha de Mark Xavier pendía inerte, hacia el suelo, aferrando algo. Su cuerpo estaba medio fuera de la cama, la cabeza espantosamente colgada. La expresión que Ellery descubrió en su cara le produjo una náusea.

Estaba retorcida en una horrenda mueca que dejaba al aire los dientes y unas extrañas encías azuladas.

Estaba muerto.

Pero no había muerto a causa del tiro y la herida en el pulmón. Ellery adivinó eso incluso antes de descubrir pruebas ni evidencias de ello. La cara atormentada indicaba que Xavier había muerto tras exquisita agonía. Significativo. Y aún más significativo era el vial que yacía sobre la alfombra, a pocos pasos de la cama, arrojado sin el menor recato por una mano desafiante.

Mark Xavier había sido asesinado.

Cuarta parte

Creo que me estaba volviendo loco. Completamente loco. Allí sentado mientras ellos permanecían de pie, sin decir nada, y la camisa ensangrentada allí tirada bajo el foco, sin poder alejar aquel rostro de mí, aunque estuviera ya en la morgue. Me derrumbé. No podía seguir soportándolo. Creí que me volvería loco. Confesé.

Declaraciones a la prensa de A. F., reo en espera de la ejecución de su sentencia de muerte en Sing-Sing, 21 de noviembre de 19…

El anillo

Ellery no podría decir cuánto tiempo se había quedado allí de pie. Su cerebro trabajaba enloquecido, pero los músculos se negaban a secundar sus impulsos; su corazón parecía haberse vuelto de granito.

Era igual que la pesadilla, pensó, una continuación del horrible sueño anterior. Quizá continuara durmiendo… Inmediatamente después de haber visto el cuerpo inerte sobre la cama, había vuelto la cabeza y su mirada se había fijado, sin poder escaparse, sobre la figura yacente de su padre. Muerto… Estaba muerto. Su mente no quería aceptar esa enormidad. Su padre muerto. Aquellos ojos grises, astutos, penetrantes, no volverían a moverse. La fina nariz nunca más temblaría de ira. Ni la vieja garganta volvería a emitir gruñidos, ni quejas ante las mínimas inconveniencias cotidianas, ni a reír con su agudo sarcasmo. Y las piernas incansables… Su padre había muerto…

Se sorprendió al experimentar una emoción profundamente impersonal. Algo húmedo recorría sus mejillas. ¡Estaba llorando! Sacudió violentamente la cabeza irritado, sintiendo entonces que la vida volvía a correr con esperanza por sus venas. Sus músculos se relajaron para sentarse de nuevo y dar un salto hacia delante.

Se arrodilló junto al inspector y le desabrochó el cuello. Tenía el rostro pálido como la cera, y una respiración estentórea. ¡Respiraba! ¡Estaba vivo!

Sacudió el cuerpo delgado y pequeño con alegre insistencia, gritándole:

– ¡Padre, despierta! ¡Soy El! -sonriendo, llorando, clamando como un demente. Pero la cabeza de pájaro gris del inspector no parecía reaccionar demasiado, sin abrir siquiera los ojos.

El pánico volvió a apoderarse de Ellery. Dio un par de cachetes sobre las mejillas del viejo, le pellizco en los brazos, le golpeó y le agitó… Al fin se detuvo, resollando y levantando la cabeza. El shock había ablandado su resistencia física. Se dio cuenta entonces de lo que subconscientemente había percibido desde su entrada en la habitación. Un olor extraño a farmacia. Y ahora, al agacharse inclinándose sobre los labios de su padre, lo notaba más intenso, sin lugar a dudas… Le habían dado cloroformo.

¡Cloroformo! Es decir, que le habían distraído de su guardia; el asesino le había engañado de algún modo y había vuelto a asesinar.

Al darse cuenta de ello, volvió a sentirse en calma. Veía ya todo con mucha mayor claridad, dándose cuenta de su propia ceguera, y de cómo había errado su parecer, porque el asunto, lejos de llegar al final de su camino, apenas si había empezado su desarrollo. Pero ahora, se dijo apretando los dientes, ya no se trata de un crimen voluntario por deseo ni por odio…; ahora era un crimen por necesidad que había hecho salir de su oscuridad al asesino, a la luz de todos. El cadáver en la cama, lo que había atisbado en la primera ojeada, al entrar…

Levantó el cuerpo liviano de su padre y lo llevó en brazos hasta el sillón, depositándolo con suavidad. Le desabrochó la camisa y le colocó en postura cómoda. Palpó su pecho hasta notar el fuerte latir de su corazón en los dedos y la palma. No corría peligro alguno, era cosa de dejarlo dormir.

Ellery se levantó y fue hasta la cama, con los ojos semicerrados. Quería ver todo lo que hubiera que ver antes de que ninguna otra persona pudiera entrar en la habitación.

El muerto no ofrecía un aspecto demasiado atractivo: sus mejillas y su pecho estaban cubiertas por un líquido grueso, pastoso, medio verde y medio marrón de olor nauseabundo y penetrante. Los ojos de Ellery se posaron en el vial que yacía en el suelo. Se agachó y lo recogió con cuidado. En el fondo quedaban aún unas gotas de líquido blanquecino. Olfateó el tapón y, luego, con decisión desesperada, lo agitó y movió hasta que cayó una gota sobre su dedo. La quitó con la otra mano y pasó rápidamente la lengua por el punto en el que había estado la gota. Notó un calor intenso y fugaz en la lengua y un sabor amargo y desagradable. Le tembló el dedo. Medio mareado, escupió en el pañuelo. Era veneno, sin lugar a dudas.

Dejó el vial sobre la mesita de noche y se arrodilló junto a la cabeza pendiente del muerto. Una rápida mirada a los cajones abiertos de la mesa y al suelo bajo la mano derecha inerte del cadáver bastó para que comprendiera toda la historia, la increíble historia. El cajón estaba lleno de juegos más o menos iguales a los que el propio Ellery tenía en la mesita de luz de su habitación, con excepción de la baraja habitual ya en todos. Las cartas estaban esparcidas por el suelo, bajo la cama. Al lado.

Y la mano del difunto Mark Xavier guardaba firmemente apretada una de ellas.

Ellery la extrajo con dificultad de entre los dedos rígidos. Movió la cabeza al verla Se había equivocado. No era una carta, era media carta. Miró nuevamente al suelo y vio enseguida la otra mitad, sobre las otras.

No era raro que Mark Xavier hubiera roto en dos una de las cartas, pensó rápidamente, puesto que su hermano había sentado el precedente al morir hacía bien poco tiempo. Tampoco era extraño que la carta rota por Xavier no fuera el seis de picas. Lo que le dejó más sorprendido es que la carta fuera el valet de diamantes.

¿Por qué un valet de diamantes, pensó preocupado, entre las cincuenta y dos cartas de la baraja?

El hecho de que una de las mitades rotas estuviera en la mano del muerto no parecía revestir ninguna importancia especial. Era el lugar lógico. En la mano derecha. El abogado envenenado era zurdo, y en sus últimos instantes de vida había alargado la mano hacia la mesilla, abierto el cajón, buscado el valet de diamantes y dejado caer el resto de las cartas al suelo, tomando entonces la carta con ambas manos, la habría cortado con la izquierda y tirado con ella la mitad, conservando la otra mitad bien sujeta en la mano derecha.

Ellery dio unas vueltas a las barajas caídas. Allí estaba el seis de picas, como un inocente miembro más del grupo.

Se puso de pie, ceñudo, y volvió a tomar el vial en la mano. Manteniéndolo junto a los labios, echó el aliento con fuerza sobre el cristal, dándole vueltas para que se cubriera con el aliento condensado. No había huellas dactilares. El asesino había vuelto a ser cuidadoso y pulcro.

Dejó el vial sobre la mesilla de noche y salió del cuarto.

El pasillo continuaba tan vacío como antes, con todas las puertas cerradas.

Ellery lo recorrió hasta el fondo, hasta la última puerta de la derecha, y escuchó durante un momento apoyando la oreja en los paneles. No oyó nada, y entró. La habitación estaba a oscuras. Pudo oír una suave respiración masculina.

Trató de localizar la cama, la encontró, tanteó por ella y luego sacudió levemente el brazo del durmiente. El brazo se tensó, rígido, y notó que el cuerpo del hombre se agitaba alarmado.

– No se asuste, doctor Holmes -dijo suavemente Ellery-. Soy Queen.

– ¡Oh! -bostezó, tranquilizado el joven médico-. Me dio un buen susto.

Encendió la lámpara de la mesilla. Y luego, al ver la expresión de Ellery, se sobresaltó.

– ¿Qué… qué sucede? -balbuceó-. ¿Qué ha pasado? ¿Xavier…?

– Venga usted deprisa, por favor. Tiene trabajo.

– Pero… ¿quién…? -comenzó el inglés vagamente con una nota de alarma en sus ojos azules. Luego saltó de la cama y se puso un bacín sobre los hombros y unas zapatillas. Siguió a Ellery sin decir una palabra más.

Ellery abrió la puerta del dormitorio de Xavier y quedó a un lado para dejar pasar a Holmes delante. Holmes se quedó petrificado en el umbral, mirando fijamente.

– ¡Dios mío! -exclamó.

– Ya ve usted, amigo mío -murmuró Ellery-. Nuestro otro amiguito, el de las tendencias homicidas, sigue haciendo de las suyas. No sé cómo mi padre… Pasemos dentro, doctor, antes de que nos oiga alguien. Tengo mucho interés en saber su opinión en privado.

El doctor Holmes se precipitó hacia la cama, seguido de Ellery, que cerró la puerta tras él silenciosamente.

– Dígame de qué se ha muerto, y cuándo.

El doctor Holmes vio por primera vez la figura inmóvil del inspector sobre su sillón. Sus ojos se salían de las órbitas.

– Pero, pero… ¡Dios mío! ¡Su padre! El también…

– Cloroformo -dijo secamente Ellery-. Me gustaría que le hiciera usted recobrar el conocimiento en cuanto pudiera.

– Bueno, y entonces… ¿Qué diablos está haciendo ahí parado? -gritó el joven con ojos ardientes-. ¡Muévase, vamos! ¡Al diablo Xavier! Abra todas las ventanas, de par en par, lo más abiertas que pueda.

Ellery parpadeó y se dispuso a obedecer. El doctor Holmes estaba ya inclinado sobre el inspector tomándole el pulso, escuchando su corazón, levantándole los párpados y observando su respiración. Fue hasta el lavabo cercano, volviendo al instante con varias toallas empapadas en agua fría.

– Acérquelo a las ventanas todo lo que pueda -dijo ya más tranquilo-. El aire fresco es lo más importante. Y este maldito lugar no es demasiado fresco -masculló-. Deprisa, ¡vamos, hombre, deprisa! -levantaron el sillón entre los dos y lo acercaron a las ventanas abiertas. El médico desnudó el pecho del inspector y aplicó las toallas mojadas sobre la carne. Tomó otra y la colocó sobre la cara como un barbero, tapando todo el rostro excepto los agujeros de la nariz.

– Parecía estar perfectamente -dijo Ellery ansioso-. No me irá a decir…

– No, no, no está mal, no. ¿Cuántos años tiene?

– No llega a los sesenta.

– ¿Buena salud?

– De hierro.

– Entonces no hay mucho peligro. Si queremos despertarle habrá que tomar medidas heroicas. Deme un par de almohadas de ésas.

Ellery llevó las almohadas, tomadas de junto al muerte, y se quedó aguardando sin saber qué hacer.

– ¿Y ahora?

Levantaron sin dificultad el cuerpo del viejo y le dieron la vuelta. El doctor Holmes colocó las almohadas bajo la espalda del inspector cuya cabeza quedaba colgando sobre un brazo.

– Levántele las piernas todo lo que pueda.

Ellery dio la vuelta a la silla y obedeció.

– Sujete fuerte -el médico se inclinó sobre la cabeza colgante y sujetó las mandíbulas. Hizo fuerza hasta que logró abrir la boca, introdujo la mano y saco la lengua tirando de ella-. ¡Magnífico! Así está mucho mejor. Podríamos inyectarle adrenalina, o estricnina, o un poco de esa nueva droga, alfalobelina, pero no creo que vaya a ser necesario. Reaccionará simplemente con un poquito de ayuda. Ya lleva algún tiempo bajo la influencia de… ¡Aguante! Voy a hacerle la respiración artificial. Con una botella de oxígeno… pero no tenemos, así que… ¡Sujete!

Se inclinó sobre el torso del inspector y comenzó su trabajo. Ellery le miraba seriamente.

– ¿Será muy largo?

– Eso depende de la cantidad que haya inhalado. ¡Ah, estupendo! No creo que tarde mucho, Queen.

A los cinco minutos comenzó a oírse un extraño gemido procedente de la garganta del viejo. El doctor Holmes continuaba su trabajo, pertinaz. Poco después se detuvo y quitó la toalla que cubría la cara. El inspector abrió los ojos sorprendido, mientras se mojaba los labios con la lengua, como si tuviera la boca muy seca.

– Perfectamente -dijo el doctor Holmes casi con alegría, incorporándose-. Ya está. ¿Cómo se siente usted, inspector?

La primera palabra que pronunció el inspector:

– Pésimo.

A los tres minutos ya estaba sentado en el sillón, con la cara entre las manos. Se sentía en perfectas condiciones, a no ser por una ligera náusea.

– Lo que más me afecta -exclamó dolido- es cómo me la dieron. Soy responsable de la muerte de ese pobre hombre por partida doble. Dios… Caí en la trampa como un conejo. Saqué la cabeza sin acordarme de apagar la luz, de manera que era un blanco perfecto para cualquiera que estuviera acechando en el pasillo, a oscuras. Y quienquiera que fuera estaba allí esperándome. Tenía que saber que solamente tendría una razón para salir, que Xavier hubiera recobrado el conocimiento y que saldría a buscarle a usted, doctor. De suerte que él, o ella, o lo que fuera me colocó a toda prisa un trapo mojado sobre la nariz y la boca, mientras me sujetaba por el cuello. Atontado enseguida por el cloroformo no tuve ni siquiera la oportunidad de debatirme y luchar un poquito. No me desmayé al instante, sino que me mareaba poco a poco, y sentí que se me desprendía la pistola de los dedos, y caía al suelo y…

– No creo que merezca la pena buscar el trapo empapado -dijo Ellery con calma-. Quienquiera que lo haya usado lo habrá hecho desaparecer ya por algún medio seguro, probablemente por un retrete. ¿Tiene cloroformo en el laboratorio, doctor?

– Naturalmente. Es una suerte que haya comido poco hoy, inspector. Con el estómago lleno… -y el joven médico meneó la cabeza, volviéndose hacia la cama.

Los Queen se miraban y le miraban sin hablar. En los ojos del viejo podía leerse un horror enfermo. Ellery le dio una palmada para reconfortarlo.

– ¡Hmmm! -musitó el doctor Holmes, observando el líquido viscoso que cubría las mejillas del cadáver, y su aspecto contorsionado-. Veneno, ¿eh? -se inclinó sobre él y olió la zona de la boca entreabierta-. Desde luego -miró alrededor, descubrió el vial sobre la mesa, y lo tomó en la mano.

– Lo he probado -dijo preocupado Ellery-. Es amargo y casi me quemó la lengua.

– ¡Dios mío! -gritó Holmes-. Confiemos en que no haya tomado usted demasiado, porque es un veneno mortalmente corrosivo. ¡Ácido oxálico disuelto en agua!

– Tuve cuidado. Imagino que provendrá también del laboratorio.

El doctor Holmes asintió con un gruñido y se volvió otra vez hacia el cadáver. Cuando se incorporó de nuevo tenía una expresión pensativa.

– Llevará muerto como una hora o así. Le abrieron la boca por la fuerza, introduciéndole el ácido oxálico. Hay marcas en las mejillas y en las mandíbulas, marcas de los dedos que le sujetaron. ¡Pobre hombre! Tuvo que ser una muerte muy dolorosa.

– ¿Puede haber tenido tiempo de sacar un mazo de cartas del cajón y partir una de ellas después de haber tomado el veneno y haberse ido el envenenador?

– Sí. El asesino tenía la seguridad de que sobrevendría la muerte, que en casos por oxálico puede tardar como máximo una hora. Pero en este caso, dada la debilidad somática general del sujeto, mucho menos -el doctor Holmes miró las barajas del suelo con curiosidad-. ¿Otra…?

– Otra.

El inspector se levantó y se precipitó hacia la cama. Ellery salió del dormitorio y permaneció de pie en el pasillo, esperando. Alguno de los de la casa dormía como sobre una cama de clavos, desencajado ante la necesidad de esperar y esperar. Se preguntó si se atrevería a ir entrando habitación por habitación, sin hacer ruido, y lanzar un repentino rayo de luz con su linterna sobre el rostro de los durmientes. Pero las señoras… Frunció los labios pensativo.

La puerta frente al lugar en el que se encontraba conducía al cuarto de Ann Forrest. Se maravilló en silencio de que, al parecer, la joven no se hubiera enterado del ataque al inspector, ni de los movimientos del asesino y de su huida, ni de todos los acontecimientos subsiguientes. Dudó un momento y luego se decidió, cruzó el pasillo y aplicó el oído sobre la puerta. No se oía nada… Tomó el pomo y comenzó a girarlo despacio, muy despacio, hasta el tope. Empujó. La puerta, ante su asombro, no cedió. ¡La señorita Forrest se había cerrado con llave!

«¿Por qué diablos habrá hecho eso? -pensó avanzando de puntillas hacia la puerta siguiente-. Sin duda para protegerse. ¿De qué? ¿De la mano invisible de la muerte? -se rió para adentro-. ¡Menudos dramas de opereta! ¿Tendría un presentimiento? ¿Sería por simples razones generales de seguridad? Me temo que no he dedicado suficiente atención a la joven Forrest».

La habitación de al lado de Ann Forrest estaba ocupada por los gemelos Carreau. Al menos ellos no habían sido víctimas de ningún miedo extraño; la puerta se abrió prontamente a su demanda, introdujo la cabeza y escuchó. Su respiración rítmica le tranquilizó. Cerró de nuevo y cruzó el pasillo.

Enfrente mismo de la puerta de los mellizos estaba la de la habitación que la señora Wheary había asignado al gigantesco caballero que atendía por Smith. Ellery no lo dudó. Entró sin ruido, palpó hasta dar con la llave de la luz, protegió sus ojos en la oscuridad de manera que cubrieran la zona de donde provenía un monstruoso ronquido, y accionó el conmutador. La habitación tomó forma al instante, revelando la figura enorme de Smith sobre la cama, con la chaqueta del pijama desabrochada y dejando a la vista tremendos rollos de carne rosácea moviéndose arriba y abajo al compás de su respiración y sus ronquidos.

Sus ojos se abrieron al instante, asustados y alerta. Se cubrió la cara con el brazo con una rapidez que Ellery hubiera creído imposible en una persona de su volumen y gordura, protegiéndose come si creyera ir a recibir un golpe, un disparo, alguna amenaza letal.

– Soy Queen -dijo Ellery. El brazo del gordo descendió. Sus ojos de sapo parpadeaban bajo la luz-. No es más que una visita amistosa, amigo. ¿Estaba muy profundamente dormido?

– ¿Uuuh? -el gordo le miraba con cara de estúpido.

– Vamos, vamos, despierte un poco y emerja de la charca de sus sueños, amigo -Ellery observaba los detalles del cuarto en el que nunca había entrado antes. Había únicamente otra puerta, abierta, como el dormitorio de Xavier, que daba al lavabo, como en los otros casos.

– ¿Qué gran idea se le ha ocurrido ahora? -croó Smith sentándose en la cama-. ¿Qué sucede?

– Otro camarada nos ha dejado para reunirse con su Hacedor -repuso Ellery con gravedad-. Ya ve usted que la carnicería se está volviendo epidemia.

La mandíbula de buey se abrió.

– Alguien m-m-más h-ha… ha s-sido…

– Nuestro amigo Xavier -Ellery puso su mano en el pomo de la puerta-. Póngase una bata y vaya a la habitación de al lado. El inspector y el doctor Holmes están allí. Hasta luego.

Se esfumó rápidamente, dejando al gordo tratando de recobrarse en medio de su horror.

Ellery cruzó el hall de nuevo, despreciando la puerta de al lado de la de Smith. Sabía que era la de una habitación desocupada. Probó la de la habitación de la señora Carreau. Se abrió y, tras una breve indecisión, se encogió de hombros y entró.

Se dio cuenta inmediatamente de que había cometido un error. No se oía respiración alguna. ¡Qué raro! ¿Cómo era posible que la dama de Washington no estuviera en su cama a las tres de la madrugada? Pero fue consciente de su error en medio de sus consideraciones sobre la extraña ausencia, porque no estaba ausente, sino allí, sentada en una silla conteniendo el aliento, con los ojos bailándole a la luz de la luna que penetraba por las ventanas y el balcón.

Ellery tropezó con un mueble y la mujer lanzó un grito… un grito agudo que le puso los pelos de punta, produciéndole un escalofrío.

– ¡No, por favor! -susurró, dando un paso hacia ella-. Soy Ellery Queen, señera Carreau. ¡No grite usted, por Dios bendito!

Se había separado de la silla -un sofá vio luego-, y al encender la luz la descubrió acurrucada contra la pared del fondo con mirada aterrorizada y las manos aferradas a los bordes de su negligée, apretándola contra el cuerpo.

Pareció que la cordura retornaba a sus ojos. Se cerró aún más la negligée por el pecho delgado.

– ¿Qué está usted haciendo en mi habitación, señor Queen? -dijo.

Ellery se ruborizó.

– Ah… una buena pregunta, desde luego. Comprendo que gritara usted… Y por cierto, ¿qué hace usted levantada a estas horas de la noche?

La mujer apretó los labios.

– No sé muy bien, señor Queen… hacía tanto calor que no podía dormir. Pero no me ha dicho usted…

Ellery, sintiéndose como un idiota, frunció el ceño y se volvió hacia la puerta.

– Vaya, ¡ahí vienen los demás a salvarla! Pues verá usted, señora. He venido…

– ¿Qué ha pasado? ¿Quién gritó? -chilló el inspector desde la puerta. Luego entró, mirando a la señora Carreau y a Ellery. Los mellizos introdujeron las cabezas por la puerta de comunicación entre los cuartos. El doctor Holmes y la señorita Forrest, Smith, Bones y el ama de llaves, con diversos grados de vestimenta, miraban por detrás del inspector, apretados ante la puerta del pasillo.

Ellery se pasó la mano por la frente y compuso una mueca enferma.

– Ha sido culpa mía. Me metí en el dormitorio de la señora Carreau sin llamar, con las mejores intenciones, se lo aseguro, y naturalmente se asustó y exhaló aquel trueno femenino. Imagino que debió pensar que yo trataba de representar al lujurioso Tarquinio con la casta Lucrecia.

Las miradas hostiles que sintió sobre él le hicieron volver a enrojecer, pero esta vez enfadado.

– Señor Queen -dije gélidamente la señora Xavier-, debo decir que me parece una conducta absolutamente impropia de quien se pretende un caballero.

– ¡Hagan el favor de escucharme! -gritó Ellery exasperado-. No entienden nada de nada. ¡Dios! Yo…

La señorita Forrest respondió rápidamente:

– Claro, claro. No seamos tontas, Marie… Están ustedes dos vestidos, usted y el inspector, señor Queen. ¿Qué… qué pasa?

– Bien -gruñó el inspector-. Puesto que todos están aquí despiertos será mejor que se lo digamos. Y no nos dediquemos a encubrir otras cosas con sospechas acerca de la moral de mi hijo, como apunta usted muy bien, señorita Forrest. Algunas veces hace un poco el tonto, pero no tanto. El señor Queen había venido, señora Carreau, a decirle, cuando usted gritó, que ha habido otro ataque.

– ¡Ataque!

– Más o menos.

– ¿Un… un asesinato?

– Ni más ni menos.

Todas las cabezas se movieron, buscando inquisidoramente las caras de los demás, calculando…

– Mark -dijo opacamente la señora Xavier.

– En efecto, Mark -el inspector lanzó una mirada seria a su alrededor-. Ha sido envenenado y quitado de en medio antes de que pudiera terminar de contarnos lo que empezó esta tarde. No hablaré de mi pequeño papel en la representación, aunque tal vez les resulte interesante saber que algún bicharraco me administró un buen tratamiento de cloroformo. En fin, sí, Xavier nos ha dejado.

– Mark ha muerto -repetía la señora Xavier con idéntica opacidad en el tono, cubriéndose la cara con las manos y rompiendo a llorar, al poco.

Marie Carreau, pálida y erguida, avanzó hacia la puerta de comunicación con el otro dormitorio, y puso sus manos sobre los hombros de sus hijos.

Ya nadie durmió aquella noche. Todos parecían remisos a volver a sus habitaciones y permanecían apretados, juntos, como animales de instinto gregario, sobresaltados por el más leve ruido.

Ellery insistió, con una cierta satisfacción salvaje, en ir acompañándolos de uno en uno al cuarto del muerto para echar una mirada al cadáver. Los observaba atentamente, pero no pudo notar si alguno de ellos fingía. No eran más que un montón de individuos asustados. La señora Wheary se desmayó al representar su papel y hubo que reanimarla con agua fría y sales. Los gemelos, asustados, fueron eximidos del trámite.

El cuerpo del abogado fue luego, a su vez, conducido al laboratorio, para ocupar un lugar al lado del de su hermano, en el refrigerador.

Los Queen, de vuelta en la cámara mortuoria, lanzaron una mirada entristecida al lecho vacío.

– Bueno, hijo -dijo suspirando el inspector-, me temo que vamos a tener que renunciar. Es demasiado para mí.

– ¡Porque estábamos ciegos! -exclamó Ellery golpeándose con el puño en la mano-. Tenemos aquí todas las pruebas. La pista de Xavier… ¡Caramba! Sólo hay que pensar un rato sobre ello. Tengo la testa a toda marcha.

– Pues a ver si acabamos dando gracias por ello -dijo alicaído el inspector-. Estoy seguro de que éste será el último, y que no tenía que ver directamente con el asesinato de su hermano. Lo liquidaron para que no hablara. ¿Qué sería lo que sabía?

Ellery salió de su ensueño.

– Sí, sí. Supongo que será algo importante. Cómo sabía… Por cierto, ¿te has parado a pensar por qué se le ocurriría acusar a su cuñada?

– Han pasado tantas cosas…

– Es de lo más simple. Si moría John Xavier, le heredaba la viuda. Pero la viuda es la última de su línea de herederos, no tiene hijos. Si le ocurriera a ella cualquier percance, ¿quién se quedaría con la fortuna?

– ¡Mark Xavier! -exclamó el inspector atónito.

– Exacto. Su falsa pista acusatoria era un sistema habilísimo de hacerse con una fortuna respetable sin necesidad de mancharse las manos de sangre.

– ¡Por todos los diablos! -exclamó el inspector meneando la cabeza-. Yo que creía…

– ¿Qué creías?

– Que había algo entre ellos dos -frunció las cejas-. No veía más razón para que la señora Xavier quisiera cargar con un crimen que no había cometido que estuviese enamorada de alguien desesperadamente… Pero eso no cuadra muy bien con que él la acuse a ella voluntariamente…

– Pues todo pasó -dijo secamente Ellery-. No podemos desecharlo solamente porque no suene bonito. Las mujeres apasionadas enamoradas de sus cuñados pueden hacer las cosas más inesperadas. Y esa mujer está medio loca, me parece a mí. Pero eso no es lo que me preocupa -se acercó a la mesilla de noche y tomó la media carta, el medio valet de diamantes que Xavier había tenido en su mano muerta-. Esto es lo que me preocupa. No entiendo por qué Xavier dejó esta pista, otra vez, la carta, teniendo papel y lápiz en el mismo cajón de donde sacó las cartas…

– ¿Hay?

– Sí, lo he mirado -Ellery movió una mano en el aire-. Pero tenía un precedente, claro, y con su mentalidad leguleya…, no hay que olvidar que era un abogado listo, vio su oportunidad. Ya recuerdas que el nombre del asesino lo tenía en los labios justo antes de perder el conocimiento. Y cuando volvió en sí aún estaba allí aguardando. Recordó las cartas. Tenía la mente clara. Entonces apareció el asesino y le obligó a tragarse el ácido oxálico del vial. Las cartas seguían en su pensamiento… En todo caso no sería lo más raro de todo lo que ha pasado.

– Pero no te convence como historia -dijo el inspector, lentamente.

– ¿Qué? ¡Bobadas!

Ellery se acercó a una de las ventanas y miró hacia el mundo escarlata del exterior. El inspector se reunió con él en silencio, apoyando la mano derecha en la ventana y descansando sobre ella su peso, con actitud cansada, rendida.

– El fuego está bastante peor, parece -exclamó-. ¡Rayos! Tengo la cabeza como un bombo… ¿Oyes el sonido del fuego? No me deja en paz ni un momento, lo tengo metido… Y encima el crimen, ¡los crímenes! ¿Qué demonios querría decir Xavier con ese valet de diamantes?

Ellery se volvió a medias desde la ventana, alzando los hombros. Luego se enderezó y abrió más los ojos. Contemplaba la mano del inspector sobre el marco.

– ¿Qué pasa ahora? -dijo el inspector mirándose la mano sin entender. Hasta que también él se puso rígido, mientras los dos, a dúo, contemplaban sin poder apartar la vista aquella mano pequeña y delicada, con la piel arrugada y surcada de venas azules. Parecía que le faltase un dedo.

– ¡Mi anillo! -exclamó el inspector-. ¡Ha desaparecido!

El valet de diamantes

– ¡Ésta sí que es buena! -dijo lentamente Ellery-. ¿Cuándo lo perdiste? -miró instintivamente a su propia mano en la que brillaba un anillo raro y muy bonito, un trinquete medieval que había comprado por pocas liras en Florencia no hacía mucho.

– ¡Perderlo! -clamó el inspector alzando las manos-. No lo he perdido, El. Lo tenía anoche, esta mañana. Recuerdo perfectamente haberlo visto en el dedo hacia las doce y media, cuando miré el reloj.

– Pensándolo bien recuerdo perfectamente habértelo visto anoche cuando me despedí de ti para irme a dormir -comentó Ellery-. Pero no lo vi cuando te encontré en el suelo, a las dos -apretó los labios-. ¡Truenos! ¡Te lo han robado!

– Eso es una buena deducción, ¡vive Dios! -dijo sarcástico el inspector-. ¡Claro que lo han robado! ¡Me lo ha robado el mismo reptil que me durmió con el cloroformo y que liquidó a Xavier!

– Indudable. Pero sujeta un poco tus caballos -Ellery paseaba furiosamente arriba y abajo-. Estoy más fascinado con el robo de tu anillo que con cualquier otra cosa de las muchísimas que han pasado aquí desde que llegamos. ¿Te das cuenta del riesgo? Y total, ¿para qué? ¡Para llevarse un anillo de diez dólares, una alianza matrimonial pasada de moda que no valdrá ni un peso mexicano en un prestamista!

– Bueno -dijo el inspector cortante-. Voló. Y te aseguro que cazaré al hijo de su madre que se lo haya llevado. Era de tu madre y no lo hubiera vendido ni por mil dólares -se dirigió hacia la puerta.

– ¡Eh! -gritó Ellery cogiéndole por la manga-. ¿Dónde vas?

– ¡A registrarlos a todos de arriba abajo!

– No hagas tonterías, padre -dijo Ellery apresuradamente-. No lo estropees todo ahora. Tu anillo es… ¡es el caso! No sé exactamente cómo, pero recordando los otros robos de anillos sin valor…

– Ajá… -dijo el inspector apretando las cejas.

– Tiene que encajar de alguna manera, pero necesito tiempo. No sacarás nada registrando a la gente, ni las habitaciones. El ladrón no puede ser tan tonto como para llevarlo encima y si lo encuentras después de revolver la casa entera seguirás sin saber quién lo escondió. Así que olvídalo, por favor. Al menos un rato.

– Muy bien, muy bien. Pero no para siempre. Y antes de que nos vayamos de este sitio, si es que salimos alguna vez, sabré por qué y cómo -si hubiera podido leer el futuro inmediato no habría hablado así con tanta seguridad.

Con el avance inexorable del fuego, una quietud mortífera parecía extenderse sobre Cabeza de Flecha y sus desasistidos habitantes. Estaban ya todos física y moralmente exhaustos. Ni siquiera la amenaza de la criatura sangrienta que se movía entre ellos podía sobreponer su sombra a la presencia del incendio que les circundaba. Las mujeres habían sucumbido ya a la histeria, y los hombres estaban francamente preocupados mientras el calor, al avanzar el día, se hacía claramente insoportable, el aire se llenaba más y más de cenizas que se depositaban sobre la piel y las ropas y se metían por la nariz. No había refugio alguno, y si el interior de la casa estaba ligeramente más fresco, no corría en él ni una gota de aire. De vez en vez se refugiaban en sus habitaciones para ducharse, pero apenas si se atrevían, temerosos de encontrarse solos.

Las conversaciones habían muerto por completo. Agrupados por el miedo, no ocultaban las sospechas mutuas que les invadían. Sus nervios estaban a flor de piel. El inspector desconfiaba de Smith, lo vigilaba. La señorita Forrest miraba al doctor Holmes, sumido en la cerrazón más completa. La señora Xavier hablaba entrecortadamente con la pareja de mellizos, que su madre acudía a auxiliar. Las dos mujeres se lanzaban frases amargas y ácidas… Era como una pesadilla horrible. El humo les rodeaba ya todo el tiempo, haciéndoles parecer condenados en un infierno regentado por un Satanás especialmente cínico.

No quedaba harina. Comían juntos, sin apetito y de mal humor, en la mesa grande del comedor, alimentándose eternamente de pescado en lata. Algunas veces miraban a los Queen sin esperanza. Todos parecían darse cuenta en su apatía de que si quedaba alguna esperanza de salvación, tendría que venir de manos de padre e hijo. Pero los Queen comían inexpresivos, silenciosos, sin decir nada por la sencilla razón de que no tenían nada que decir.

Después de comer no parecían saber qué hacer. Tomaban y dejaban revistas dándoles apenas un hojeo rápido y desganado, paseaban sin rumbo fijo, no hablaban. Por alguna extraña razón, el asesinato de Mark Xavier parecía haberles afectado mucho más que el del dueño de la casa. El abogado tenía una fuerte personalidad, reticente, seco, ceñudo, que llenaba siempre la estancia en que se encontraba de una extraña energía. Tal vez por eso su ausencia se hacía más evidente.

Tosían, lagrimeaban, sudaban bajo la ropa. El inspector no pudo resistir más.

– ¡Óiganme todos! -gritó de pronto, sobresaltándolos a todos-. No podemos seguir así. Vamos a derretirnos, así que háganme el favor de subir a sus habitaciones a darse una ducha más, o jueguen al escondite o a lo que sea -movió las manos expresivamente, con la cara enrojecida-. ¿No pueden dejar de rumiar en seco como un rebaño de vacas sin lengua? ¡Vamos, vamos! ¡Todo el mundo fuera!

El doctor Holmes soltó una risilla sarcástica.

– Las señoras tienen miedo, inspector.

– ¡Miedo! ¿Miedo de qué?

– De estar solas, supongo.

– Humm. Hay alguien, sin embargo, que no tiene miedo ni al mismísimo demonio que saliera del infierno -el viejo se suavizó-. Es muy comprensible, desde luego. Si lo desean -añadió volviendo a poner su tono cínico- podemos escoltarlas una a una a sus aposentos.

– ¡Oh, no se preocupe, inspector! -dijo la señora Carreau alarmada-. Sólo… sólo es que tenemos los nervios alterados.

– Creo que el inspector tiene toda la razón -dijo la señorita Forrest, dejando caer un ejemplar de Vanity de más de seis meses de antigüedad-. Yo subiré a ducharme, ¡y desafío a cualquier asesino a impedírmelo!

– ¡Así se habla! -dijo el inspector mirándola con agudeza-. Si se deciden ustedes a hacer lo mismo estoy seguro de que se sentirán mucho mejor. Estamos en el siglo veinte y a pleno día. Y además tienen ustedes un par de ojos, qué caramba, y oídos. ¿De qué diantres tienen miedo entonces? Venga, ¡largo todos!

Y así, al poco rato, los Queen se encontraron a solas.

Salieron a la terraza juntos, hombro con hombro, sintiéndose desamparados. El sol estaba alto y casi derretía las rocas volcánicas que rodeaban la casa. La visión era devastadora y poco reconfortante.

– Tanto da estofarse aquí que dentro -gimió el inspector dejándose caer en una silla. Sudaba.

Ellery se derrumbó en otra silla, a su lado, gruñendo.

Permanecieron allí sentados un buen rato. El interior de la casa mantenía una calma opresiva. Ellery había cerrado los ojos, dejando la mano sobre el pecho, abandonada, inerte. Sentían como si el calor les friera los huesos, pero no se quejaban, sentados tan estirados como podían.

El sol empezó a derivar hacia el oeste. Bajaba más y más, y ellos seguían allí sentados, rectos. El inspector había sucumbido al sopor, suspirando convulsivamente en medio del sueño de vez en cuando.

Ellery tenía también los ojos cerrados, pero no dormía. Nunca había tenido la mente más despejada. El problema… Le había dado más de cien vueltas, buscando los posibles resquicios, localizando los detalles que no parecían de importancia pero que tal vez fueran fundamentales. Nunca se sabe. Había algo en el primer asesinato, algo científico que no acababa claro. Pero cada vez que intentaba delimitar con precisión de qué se trataba, el tema resbalaba inesperadamente de su pensamiento. Y quedaba también ese valet de diamantes…

Se sentó como si se hubiera oído un tiro, temblando, tensa hasta la última fibra. El inspector abrió los ojos.

– ¿Qué sucede? -murmuró medio dormido.

Ellery saltó de la silla y quedó en pie escuchando.

– Creí oír…

El viejo se incorporó alarmado.

– Oír ¿qué?

– En la sala -Ellery cruzó la terraza hacia los balcones.

Se oía un ruido sordo en dirección a la sala, y ambos se detuvieron alerta La señora Wheary apareció por los balcones, roja como una langosta hervida, con los pelos mojados y desarreglados y una gamuza en la mano. Respiraba pesadamente.

Se detuvo al ver a los dos hombres y exclamó misteriosamente:

– Inspector Queen, señor, ¿podría usted venir? Hay una cosa muy rara…

Corrieron hacia la entrada más cercana y miraron adentro, pero la habitación estaba vacía.

– ¿Qué es lo extraño? -dijo Ellery cortante.

El ama de llaves se apretó la mano contra el pecho.

– Eh… Oí… oí algo o alguien haciendo algo, señor…

– Vamos, vamos -dijo impaciente el inspector-. Suéltelo, señora mía.

– Pues verá, señor -susurró-, como no tenía nada que hacer, de cocinar y esas cosas quiero decir, y como estaba un poco nerviosa, decidí ponerme a arreglar un poco las cosas en la planta baja. Como todo está tan revuelto…, ya saben, con todo esto…

– Sí, sí.

– Bueno, pues con la ceniza por todas partes y eso pensé en pasar una gamuza por los muebles para quitarles el polvo un poco, a ver si quedan las cosas un poco limpias otra vez -miró nerviosamente alrededor y hacia la habitación vacía-. Empecé por el comedor y cuando iba por la mitad fue cuando oí ese ruido raro en la sala, ahí.

– Un ruido, ¿eh? -Ellery frunció las cejas-. Nosotros no oímos nada.

– Era muy suave, señor. Como unos picotazos… no puedo describirlo bien. Pero bueno, pensé que alguien habría bajado otra vez a buscar una revista o alguna cosa así, ya saben, y cuando iba a seguir con lo mío pensé: «A lo mejor es otra cosa», y me fui de puntillas hasta la puerta y empecé a abrirla lo más despacio que podía…

– ¡Muy valiente, señora Wheary!

Se ruborizó.

– Debo haber hecho un poco de ruido porque cuando abrí un poco y pude mirar ya no había nada de nada… El ruido debió asustar a quienquiera que fuese… y se largó, él o ella… ¡no sé qué pensar!

– ¿Quiere decir que la persona que estaba allí la oyó ir a mirar y desapareció por la puerta del pasillo? -cortó el inspector-. ¿Y eso es todo?

– No, no, señor. Entré -siguió la gobernanta-. Y lo primero que vi…, se lo enseñaré.

Volvió hacia la sala seguida por los Queen. Atravesaron la amplia sala en dirección a la chimenea. Levantó uno de sus gordos dedos y señaló la puerta de nogal bordeada de metal que cerraba el depósito en el que el inspector había guardado el paquete de cartas encontrado en la mesa del doctor Xavier, la mañana del primer crimen.

Se veían arañazos alrededor del cierre, y en el suelo, a sus pies, yacía un largo utensilio, fino y delgado, de los de atizar la chimenea.

– Alguien ha estado hurgando aquí -murmuró el inspector-. Bueno, bueno, a ver qué tal.

Avanzó un paso y examinó las marcas de la puerta con ojo de experto. Ellery recogió el atizador y lo observó pensativo, dejándolo a un lado un momento después.

– Huuumm -gruñó el inspector-. Es como si trataran de reventar la cámara acorazada de un banco con un mondadientes. ¿Por qué diablos lo habrá hecho? Lo único que hay ahí dentro es el paquete de cartas.

– Muy curioso -dijo Ellery-. Muy curioso. Te sugiero que lo abras tú, padre. A ver qué hay que ver.

La señora Wheary los contemplaba con la boca abierta.

– Creen ustedes… -comenzó a decir con mirada interrogativa.

– Lo que creemos, señora, lo creemos -dijo severo el inspector-. Nos ha hecho un buen servicio teniendo ojos y oídos atentos, y ahora puede hacernos otro aún más importante manteniendo la boca bien cerrada. ¿De acuerdo?

– Oh, sí, señor.

– Pues eso es todo por ahora. Puede volver a su limpieza.

– Muy bien, señor -se alejó un tanto renuente y cerró la puerta del comedor tras ella.

– Veamos pues -gruñó el viejo sacando la llave que llevaba en una cartera y abriendo la puerta de la caja.

Ellery se sobresaltó:

– ¿Todavía tienes la llave?

– Naturalmente -respondió el inspector, mirándole.

– Es muy curioso. Por cierto, ¿es la única que hay?

– No temas, me preocupé de comprobarlo, y es la única.

– No me preocupo. Bueno, veamos qué hay ahí dentro.

El inspector abrió la hoja y miraron al interior. Seguía estando tan vacío como antes, sin más contenido que el mazo de cartas. Y seguían en el mismo lugar en el que las había depositado el inspector. Era evidente que nadie había abierto la caja fuerte desde que el viejo la cerrase la última vez.

Sacó las cartas y las examinaron cuidadosamente. Eran las mismas sin dudarlo.

– Qué extraño… -murmuró Ellery-. No entiendo por qué… ¡Dios mío! ¿Sería posible que se nos hubiera escapado algo al examinar las cartas la primera vez?

– Lo que es seguro -dijo pensativo el inspector- es que estábamos todos reunidos arriba cuando pregunté por un lugar donde esconder las cartas con seguridad absoluta y la señora Wheary me indicó este sitio. Ella misma dijo que estaba vacío, creo recordar, y lo estaba. De manera que todo el mundo sabía perfectamente que las guardaría aquí, y puesto que no hay ni había nada más…

– Desde luego, las cartas son una prueba concerniente al asesinato del doctor Xavier, y por tanto parece lógico que nadie más que el asesino pudiera tener interés en buscarlas. Pensándolo bien, padre, se me ocurren un par de cosas a deducir de este incidente: que fue el asesino quien vino hasta aquí para intentar abrir la caja y que si lo hizo tuvo que ser porque en esa baraja hay algo que se nos escapó y que tiene un gran interés en destruir antes de que nos demos cuenta de qué se trata. ¡Veamos!

Cogió las cartas de manos de su padre y se dirigió a toda prisa hacia una de las mesitas redondas. Extendió las cartas sobre ella de una en una, examinándolas cuidadosamente. No había huellas dactilares, y las únicas marcas visibles eran algunas manchas inidentificables. Les dio vuelta y estudió los dorsos con idéntica atención.

– Sorprendente… -susurró-. Tiene que haber algo… Por tanto, si no se trata de una pista positiva, ha de ser negativa…

– ¿Qué andas diciendo ahí entre dientes?

Ellery puso mala cara.

– Pesco. Una pista no es siempre algo presente, puede ser, y es a menudo, una ausencia. Vamos a ver.

Mezcló las cartas y las ordenó en un solo bloque y luego, ante el asombro de su padre, comenzó a contarlas.

– Pero ¡eso es de idiotas! -graznó el inspector.

– Probablemente -musitó Ellery, ocupado en sus cuentas-. Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho… -se detuvo con los ojos iluminados-. ¿Te das cuenta? -gritó-. ¡Cuarenta y nueve y cincuenta! ¡Nada más!

– ¿Nada más? -repitió como un eco el inspector-. Deberían ser cincuenta y dos si estuvieran completas, pero en este caso tendrían que ser cincuenta y una, puesto que quitamos el seis de picas, el roto…

– Eso es, eso es, falta una carta -dijo Ellery con impaciencia-. Muy bien, pues vamos a ver enseguida qué carta es.

Empezó a separar las cartas por palos a toda velocidad. En cuanto tuvo cuatro pilas, cada una de un solo palo, tomó los tréboles: estaban todas, del rey al as, y dejándolas a un lado tomó las de corazones. Completas. Picas estaban todas, excepto el seis cuyas dos mitades tenía él mismo en el bolsillo de uno de sus trajes, arriba, en el armario del dormitorio. Diamantes…

– Vaya, vaya, vaya -dijo suavemente mirando las cartas-. Debía haberlo sabido antes. Lo hemos tenido todo el tiempo delante de los ojos y no nos tomamos tan elemental precaución como contar las cartas. ¿Increíble, no?

La carta que faltaba era el valet de diamantes.

El cuento del valet

Ellery dejó las cartas sobre la mesa y corrió hacia los balcones para echar las cortinas, cerró luego la puerta del pasillo, se aseguró de que la del comedor estaba bien cerrada, encendió un par de lámparas y se instaló en una silla junto a la mesa.

– Discutamos un poco de esto. Empiezo a ver muchas cosas que me tenían a oscuras por completo -estiró las piernas y encendió un cigarrillo, mirando a su padre a través del humo.

El inspector se sentó también, cruzando las piernas, y comentó:

– También yo. ¡Gracias a Dios que ya queda poca luz afuera! Verás: Mark Xavier dejó su medio valet de diamantes como pista para descubrir a su asesino después de que fuera envenenado, y vemos también que su hermano, el doctor, había causado la desaparición de un valet de diamantes. ¿Qué nos demuestra eso?

– Muy acertado -dijo aprobador Ellery-. Yo diría que la pregunta inevitable que sigue es: ¿acaso el valet de diamantes que falta de la baraja que estaba sobre la mesa del doctor Xavier fue también la clave de la identidad de su propio asesino?

– Eso es decirlo muy suavemente -replicó el inspector-. Nada de acaso: es la única explicación posible.

– Eso parece, en efecto. Y, sin embargo -suspiró Ellery-, no me fío de nada de lo que aparece en este absurdo asunto. Comprendo que eso explicaría también el intento por parte del asesino de robar la baraja de la caja fuerte en que estaba guardada, evitando así que pudiéramos darnos cuenta de que faltaba el valet de diamantes. Si en nuestra ecuación el asesino es igual a valet de diamantes, no hay más que hablar.

– Tengo otra idea más sobre eso -gruñó el viejo-. Se me acaba de ocurrir. Dejemos este valet de diamantes bien machacado, que todo cuadra maravillosamente. Mark Xavier dejó su valet para servir de pista sobre su asesino. Otro valet de diamantes aparece de algún modo en el crimen anterior, puesto que la baraja procedente de la mesa en la que aparece la víctima de ese crimen no tiene valet de diamantes. ¿No podría ser -tengo que decírtelo todo- que esa pista del valet de diamantes le haya sido sugerida a Mark por algo que vio en el cadáver de su hermano cuando se lo encontró muerto?

– Ya te entiendo -dijo lentamente Ellery-. ¿Quieres decir que cuando entró en el estudio aquella noche y se encontró con el cuerpo del doctor asesinado, vio que éste tenía un valet de diamantes en la mano?

– Exactamente.

– Huummm. Eso suena bien, desde luego. Y al mismo tiempo el hecho de que él mismo haya dejado un valet de diamantes al morir puede significar que vio la cara de su asesino y que pensó en la misma carta para que sirviera de doble prueba de acusación -volvió la cabeza-. No, eso sería demasiada coincidencia, especialmente cuando todo está tan oscuro… Tienes razón, seguramente su hermano tenía uno y, como era el mismo asesino, se limitó a duplicar la pista. Sí, eso es, podemos decir que cuando encontró el cadáver de su hermano encontró también la carta en su mano y la sustituyó por la otra, por el seis de picas, para inculpar a su cuñada…

– Bueno, pues ahora que has terminado ya tu discurso -replicó con buen ánimo el inspector- sigo yo. ¿Por qué quitó de la mano de su hermano el valet y puso el seis? Sabemos el motivo que tenía para acusar a su cuñada y…

– Un momento -exclamó Ellery-. Más despacio, que nos hemos olvidado un par de cosas. La primera es la confirmación…, la explicación de por qué eligió el seis de picas. Es obvio que si la mano de John había tomado ya una carta, la idea de utilizar otra le venía dada. Y la otra, que si sustituyó una carta por otra, ¿por qué no volvió a poner el valet sobre la mesa con todas las demás?

– Pues… Es cierto, no lo hizo puesto que no está con ellas. ¿Por qué?

– La única razón lógica sería que incluso quitándosela de la mano al muerto y volviéndola a poner sobre la mesa, o entre las demás -repuso con calma Ellery-, no ocultaría el hecho de que había sido usada como pista.

– Así me gusta que se hable. No parece muy lógico, ¿eh? ¿Por qué?

Ellery fumó con aire pensativo.

– Tenemos una explicación perfecta. En su propio caso, dejó un valet de diamantes partido en dos -el inspector dio un salto-. ¿No es así? Entonces, si se encontró también medio valet en manos de John, es obvio que no podía dejarlo allí, en la escena del crimen, puesto que hubiera llamado inmediatamente la atención, especialmente si él dejaba medio seis de picas en su lugar. Por tanto no hay duda de que se encontró con el valet partido y se lo llevó y lo destruyó para estar seguro de que nadie se daría cuenta, y suponiendo que nadie se detendría a contar las cartas -añadió, frunciendo el ceño- y nadie, a no ser el asesino, intentó robarlas de donde estaban guardadas.

– Todo suena muy bien -soltó el inspector-, pero vamos a seguir. No pongo en duda los designios de la Providencia, hijo… pero la cuestión es, puesto que el seis de picas, y según confesión del propio Mark Xavier, sirvió para acusar en falso a la señora Xavier, que lo único importante que nos queda es que, si en los dos crímenes la víctima dejó un valet de diamantes partido en dos como pista para un mismo asesino, hay algo muy raro. Al acusar a la señora Xavier, Mark estaba encubriendo al verdadero asesino, pero en su propia muerte decide acusar al verdadero, al que había salvado antes. Algo no me parece claro.

– ¿Por qué no? Mark Xavier no era el tipo que se sacrifica a sí mismo por otro, el tipo Robin Hood -repuso secamente Ellery-. Acusó a la viuda de su hermano simplemente por interés económico, y era obvio que no podía dejar la otra pista a mano. Quería que su plan diera resultado. En otras palabras, que salvó a nuestro amigo del valet de diamantes por motivos financieros y nada más. En su propio caso, por lo tanto, la situación era muy distinta… Y hay algo más. Cuando le acusaste a él de haber asesinado a su hermano, perdió los nervios y estuvo dispuesto de inmediato a decirnos quién había sido el verdadero asesino, con lo que está claro que no tenía interés específico en proteger a nadie y mucho menos cuando se jugaba su propio cuello. Y también puede ser que él hubiera resuelto por su cuenta el acertijo del valet de diamantes. Esa es una respuesta suficiente, creo, a tus dudas acerca de cómo Mark pudo saber la identidad del asesino de su hermano: la que encontró en la mano de John, el medio valet.

– Puede ser… -murmuró el inspector-. Y para evitar que hablara, el asesino lo quitó de en medio -se puso de pie y dio una vuelta a la habitación-. De modo que todo nos lleva a ese maldito valet de diamantes. Si supiéramos a quién tenían en la cabeza John y Mark cuando decidieron dejarnos esa pista, tendríamos a nuestro hombre…

– Lo sabemos.

– ¿Qué?

– Llevo dándole vueltas en la cabeza desde anoche y creo que ya lo tengo -Ellery lanzó un suspiro-. Sí, si eso es todo, el caso está resuelto. Siéntate, padre. Te advierto que es la cosa más absurda que hayas oído en tu vida. Mucho más fantástico que lo del seis de picas. Y es, además, una solución que necesita todavía mucha elaboración. ¡Siéntate, siéntate!

El inspector se sentó a toda prisa.

Una hora después, ya con la noche rojinegra caída, se formó una reunión de desmoralizador aspecto en la sala de juego. El inspector permanecía de pie junto a la puerta del vestíbulo, recibiéndolos uno por uno, en silencio. Entraban cautelosamente, temerosos, observando su cara ceñuda con resignación y aprensión. Al no encontrar consuelo en ella, buscaban el rostro de Ellery, pero el joven les daba la espalda, mirando por la ventana hacia la oscuridad exterior.

– Y ahora que estamos todos reunidos -comenzó el inspector con un tono aún más serio que su expresión-, siéntense y pónganse cómodos. Esta va a ser nuestra última conferencia de prensa sobre crímenes. Hemos tenido un largo y complicado trabajo, se lo aseguro, y ya va siendo hora de terminar. El caso está resuelto.

– ¡Resuelto! -exclamaron.

– ¿Resuelto? -dijo el doctor Holmes-. ¿Quiere decir que ya saben…?

– Inspector -dijo la señora Xavier con voz ronca-. ¿Han encontrado al… al verdadero culpable?

La señora Carreau estaba sentada rígidamente, y los gemelos se miraban entre sí con excitación. Los demás contenían la respiración.

– ¿No entiende usted cristiano? -soltó el inspector-. He dicho que está resuelto. Venga, Ellery, esto es cosa tuya.

Los ojos de los reunidos se fijaron en la espalda de Ellery. Se volvió lentamente.

– Señora Carreau -dijo abruptamente-, ¿es usted de origen francés?

– ¿Yo? -repitió, asustada.

– Sí.

– ¿Por qué? Sí, sí, desde luego que sí, señor Queen.

– ¿Y sabe usted hablar bien francés?

La mujer temblaba, pero trató de reírse.

– Pues… sí. Me educaron enseñándome los verbos irregulares y el argot de París.

– Hmmm -Ellery avanzó hasta una de las mesas de bridge-. Quiero adelantarles -dijo sin expresión alguna- que lo que voy a exponer constituye probablemente la más fantástica reconstrucción de un crimen que se haya hecho nunca en los anales de los llamados «crímenes de inteligencia». Es de una increíble sutileza Es algo tan alejado de las deducciones y observaciones habituales que podría parecer sacado de Alicia en el país de las maravillas. Pero los hechos están aquí y no podemos ignorarlos. Les ruego que sigan atentamente mis explicaciones.

El preámbulo fue recibido en el más profundo de los silencios. En las caras, en todas, se leía una completa confusión.

– Todos ustedes saben -continuó Ellery lentamente- que cuando encontramos el cadáver de Mark Xavier, encontramos también en su mano -la correcta, por cierto- una carta de baraja partida. Era medio valet de diamantes, que sin duda alguna pretendía ofrecer una pista para encontrar a su asesino. Lo que ustedes no saben, sin embargo, es que cuando Mark Xavier entró en el estudio de su hermano John la otra noche y descubrió su muerte y dejó en su mano medio seis de picas para acusar de ese crimen a su cuñada, había ya en la mano del doctor otra carta, otra media carta.

– ¿Otra? -tartamudeó la señorita Forrest.

– Otra. No creo que sea necesario que les diga cómo sé esto, pero es algo que está fuera de toda duda. Mark Xavier se vio obligado a quitar de la mano crispada de su hermano… ¡medio valet de diamantes!

– Otro más -susurró la señora Carreau.

– Exactamente. En otras palabras, que los dos difuntos nos dejaron medio valet de diamantes para que sirviera de pista para descubrir a su común asesino, la misma pista. ¿A quién querían señalar con ese valet de diamantes?

Se miraron unos a otros. El inspector estaba apoyado en la pared, contemplándoles con ojos brillantes.

– ¿Alguna sugerencia? Es completamente outré, como ya he dicho. Examinémoslo punto por punto. Primeramente el elemento «valet». Una coincidencia curiosa, pero muy poco más que eso. Es cierto que un criminal puede ser llamado un valet, por aquello del crimen clásico del mayordomo, pero eso no es más que un prurito escolástico. El hecho es que el valet es llamado también jota, por Jack. No tenemos ningún Jack entre nosotros, y el único al que se le habría podido aplicar ese nombre, al difunto doctor John Xavier, es el primer fallecido. Veamos entonces el símbolo del palo de la baraja: los diamantes. No tenemos contacto alguno con joyas, a no ser los anillos robados, pero ninguno de ellos tenía diamantes, ni siquiera falsos. No hay, pues, tampoco nada por ese lado -se volvió inesperadamente hacia la señora Carreau, que dio un salto en la silla-. Señora Carreau, ¿qué significa carreau en nuestro idioma?

– ¿Carreau? -sus ojos castaños se desorbitaron-. ¡Oh! Significa muchas cosas. Un rombo, un cierto pasatiempo, un panel de cristal…

– Y una planta baja, y cierta clase de tejas… -Ellery sonrió con frialdad-. Existe también una expresión muy interesante: rester sur le carreau, que puede traducirse por quedarse en el sitio, muerto, naturalmente… pero todo eso es irrelevante -continuó mirándola fijamente-. ¿Qué otras cosas significa carreau?

Bajó los ojos:

– Me temo que no lo sé, señor Queen.

– ¡Si los franceses son grandes jugadores! ¿Ha olvidado usted que en francés el palo de la baraja que llamamos diamantes se conoce como carreau?

Quedó en silencio. Los demás rostros mostraban horror y sorpresa.

– Pero… ¡Dios mío! -exclamó el doctor Holmes-. ¡Eso es una locura, Queen!

Ellery se encogió de hombros, levantando la vista de la pobre mujer.

– Son hechos, no caprichos, doctor. ¿No le parece significativo que la carta fatal sea de diamantes y que los diamantes sean carreau en francés y que tengamos varios Carreau en esta casa?

La señorita Forrest se levantó de un salto y avanzó hacia Ellery con los labios apretados.

– ¡Nunca he oído tantas y tan crueles estupideces en toda mi vida, señor Queen! ¿Se da cuenta de lo que insinúa usted con tan estúpida base?

– Siéntese usted, por favor -dijo Ellery enfadado-. Comprendo lo que significa mucho mejor que usted, querida amiga. ¿Señora Carreau?

Las manos de la mujer se retorcían igual que culebras.

– ¿Qué quiere usted que diga? Lo único… ¡que está usted cometiendo un terrible error, señor Queen!

Los mellizos se levantaron del sofá.

– ¡Retire eso ahora mismo! -gritó Francis, levantando los puños-. ¡No tiene usted ningún derecho a decir esas cosas de mi madre!

Julian bramó:

– ¡Está usted completamente loco! ¡Loco!

– Sentaos, chicos -dijo tranquilamente el inspector desde su esquina.

Miraron a Ellery y obedecieron.

– Déjenme continuar, por favor -dijo Ellery con voz cansada-. No me convence más que a ustedes. La palabra francesa se corresponde con la carta y hay por tanto base para sustentar esa teoría, fantástica, de acuerdo, de que haya sido un Carreau el designado por John y Mark Xavier al dejar los medios valets de diamantes. Lo lamento.

Desde la pared del fondo llegó la voz del inspector, calma, impersonal.

– ¿Cuál de vosotros -dijo dirigiéndose a los siameses- mató a esos dos hombres?

La señora Carreau dio un salto y cruzó el espacio que la separaba de sus hijos como una tigresa, quedándose ante ellos con los brazos extendidos, protectora, y el cuerpo vibrante de pasión.

– ¡Ya han ido demasiado lejos! -gritó-. ¡Hasta el más estúpido comprendería lo absurdo que es acusar de asesinato a unos niños! ¡Mis hijos unos criminales! ¡Están completamente locos! ¡Los dos!

– ¿Absurdo? -Ellery suspiró-. Por favor, señora, ha debido estar poco atenta cuando explicaba la importancia de la pista que nos lleva a ellos. No se trataba solamente de una carta de diamantes, sino de un valet de diamantes y, ¿qué forma tiene un valet de diamantes? Dos jóvenes unidos por la cintura -la mujer quedó boquiabierta-. ¡Ajá! Ya veo que no está usted tan segura. Dos jóvenes unidos, no dos viejos que podrían haber sido representados por un rey, sino dos jóvenes. ¡Unidos! ¿Es increíble? Ya dije que lo era, pero resulta que tenemos dos hombres jóvenes y unidos por la cintura en esta casa y que además su nombre es Carreau, es decir, diamantes. ¿Qué otra cosa podemos pensar?

La madre se derrumbó sobre el sofá, junto a sus hijos, cuyas bocas se movían sin articular sonido alguno.

– Y podemos también hacernos otra pregunta: ¿por qué la carta estaba partida en dos, dejándonos, por decirlo así, la pista hacia uno solo de ellos? -Ellery continuaba inexorablemente-. Pues obviamente porque el muerto quería hacer patente que se trataba de uno solo de ellos y no de los dos. ¿Cómo es posible? Si uno domina al otro, le obligaría a estar presente como mero testigo mientras cometía los crímenes… ¿Cuál de vosotros disparó contra el doctor y envenenó a Mark Xavier, jóvenes?

Temblaron sus labios. Su espíritu de lucha había desaparecido. Francis habló, susurrando, a punto de llorar:

– Pero… no hemos sido nosotros…, señor Queen. No. ¿Cómo puede…? ¿Cómo puede pensar eso? ¿Hacer… eso? No hubiéramos podido… Y además, ¿por qué habíamos de hacerlo? ¿Por qué? Es… ¿no comprende?

Julian se encogió de hombros mientras miraba a Ellery fijamente, aterrado.

– Te diré por qué -dijo lentamente el inspector-. El doctor Xavier estaba haciendo experimentos con animales siameses en su laboratorio. Vosotros sabíais que se tenía la esperanza de que el doctor pudiera hacer el milagro de separaros quirúrgicamente…

– Eso son bobadas -exclamó Holmes-. Yo nunca lo creí.

– Exactamente. Usted nunca creyó que pudiera hacerse, doctor Holmes. Nunca se ha conseguido con éxito, ¿no es así? Precisamente ésa es su parte en el asunto. Su falta de fe en las posibilidades sembró la duda en el ánimo de los chicos, de su madre. ¿Les habló usted de ello?

– Pues… -el médico dudaba-. Es posible que les aconsejara, que les advirtiera de que el experimento era muy peligroso…

– Eso pensaba. Y así, pues, se produjo algún acontecimiento -los ojos del inspector parecían de mármol brillante-. No sé exactamente qué. Tal vez que el doctor Xavier se obstinase, que insistiera en seguir adelante… Los chicos se asustaron. En cierta manera se trata de un caso de legítima defensa.

– Pero…, pero ¿no ve que todo eso es ridículo? -gritó la señorita Forrest-. ¡Es infantil! El doctor Xavier no tenía nada de Maquiavelo ni era ningún «sabio loco» de película de miedo. Nunca hubiera realizado una operación como ésa sin pleno conocimiento y consentimiento de todos los interesados. Además, ¿quién iba a impedirnos huir? ¿No se da cuenta? ¡Su teoría no se tiene en pie, inspector! -su voz sonó triunfante.

– Aparte de que -intervino el doctor Holmes- no había nada decidido sobre la operación. La señora Carreau vino con sus hijos solamente para realizar una observación seria. Incluso si se hubiera decidido otra cosa, hubiera sido imposible operar. Los experimentos del doctor Xavier con sus animales eran meramente de investigación, y muy anteriores a la llegada aquí de los Carreau. Y le puedo asegurar que no tenía ningún plan concreto para ellos, tan sólo teorías. Me deja usted sorprendido, inspector.

– Sí -volvió a exclamar la señorita Forrest, con los ojos echando chispas-, así es, y, ahora que lo pienso, hay algo aún más falso en sus razonamientos, señor Queen. Dice usted que el hecho de partir en dos el valet de diamantes significa que los muertos querían acusar a uno de los dos. ¿Y si lo que trataban de decir era lo contrario, que nadie fuera a creer que habían sido Julian o Francis? Si hubieran dejado el valet completo cualquiera hubiera pensado en los dos mellizos, pero al partirlo en dos podrían haber pensado: «No crean que han sido los mellizos. Piensen en una persona sola. Por eso dejamos una sola carta». ¿Qué le parece?

– ¡Bravo! -exclamó Ellery-. Un verdadero genio, señorita. Pero olvida usted que las cartas eran de diamantes, y que los únicos Carreau varones son ellos dos.

La joven se rindió, con los labios apretados. La señora Carreau habló firme.

– Cuanto más lo pienso, más creo que hay aquí algún tremendo error. No… no pensará usted arrestarlos, ¿verdad, inspector?

El inspector, un tanto incómodo, se rascó la mejilla. Ellery callaba, mirando otra vez por la ventana.

– Hombre… -dijo el viejo, dudoso-. ¿Puede usted darme alguna otra pista sobre ese valet de diamantes?

– No. Pero…

– Es usted el detective, no nosotros -dijo la señorita Forrest sintiendo que renacía su espíritu-. Y yo sigo opinando que sus argumentos son… de lunático.

El inspector se acercó a uno de los balcones y salió a la terraza. Ellery le siguió instantes después.

– ¿Y bien? -dijo.

– No me gusta -el inspector se retorcía los bigotes-. Lo que dicen suena convincente…, no lo de la carta, pero si lo de la operación y demás -gimió-. Menudo lío. Además, ¿por qué iban a cargarse al doctor esos dos críos? No me gusta esto.

– Ya discutimos eso antes de hablarles a ellos -indicó Ellery, indiferente.

– Ya lo sé -dijo lastimero el viejo-; pero… ¡Cáscaras! Ahora no sé qué pensar, y cuanto más lo pienso, menos. Incluso si es verdad y lo han hecho ellos, ¿cómo podremos saber cuál de los dos? Si no hablan…

Un rayo de luz iluminó los ojos preocupados de Ellery.

– El asunto tiene sus puntos de interés. Porque si uno de ellos confiesa, supongamos, ¿te has parado a pensar en el problema que se le plantearía al juez para dar sentencia?

– ¿Cómo?

– Verás -siguió Ellery-. Supongamos que nuestro hombre es Francis. Confiesa el crimen, exonerando de culpa a Julian, que fue forzado por él a permanecer, ¡qué remedio!, a su lado mientras cometía el asesinato. Probamos que Julian es en efecto completamente inocente, tanto de intenciones como de hechos. Así que se juzga a Francis, se le declara culpable, y se le condena a muerte.

– ¡Canastos! -exclamó el inspector.

– ¿Te das cuenta? Francis juzgado, culpable y condenado a muerte, mientras el pobre Julian tiene que estar a su lado sufriendo mental y físicamente, encarcelado y… ¿muerto? Y no es más que una víctima inocente de las circunstancias. ¿Cirugía? La ciencia actual, al menos al nivel que había llegado el difunto doctor John S. Xavier, dice que los gemelos siameses con un órgano importante en común no pueden ser separados con garantía de éxito, de modo que moriría el inocente junto al culpable. Descartemos la cirugía pues. ¿Y entonces qué? La ley dice que una persona condenada a muerte debe ser ejecutada, pero en este caso no podría hacerse porque sería ejecutar también a un inocente, y si no se realiza la ejecución se viola descaradamente la ley. La fuerza irresistible tropezando con la barrera inamovible -Ellery dejó escapar un suspiro-. Me gustaría enfrentar a unos cuantos leguleyos con el problema, creo que debe ser el problema legal más complicado de la historia del Derecho… Bueno, inspector, ¿qué cree usted que va a pasar en su precioso caso?

– ¡Déjame en paz, haz el favor! -bramó el padre-. Te pasas la vida haciéndome preguntas imbéciles. ¿Cómo quieres que lo sepa? ¿Soy Dios?… Como esto dure una semana más nos vamos todos derechos al manicomio…

– Si dura una semana más -dijo Ellery meditabundo, mientras miraba al cielo estremecedor e intentando meter una bocanada de aire fresco en los pulmones- nos recogerán con un cenicero.

– Es tonto estar rompiéndonos la cabeza con un asunto de un crimen individual estando al borde del infierno todos -murmuró el inspector-. Volvamos adentro. Hay que prepararse y organizarse para…

– ¿Qué es eso? -dijo cortantemente Ellery.

– ¿Qué?

Ellery saltó el murillo de la terraza para caer sobre el camino. Miraba el sombrío cielo rojizo.

– Aquel ruido -dijo lentamente-. ¿No lo oyes?

Se notaba una especie de mugido lejano, débil rugido que emanaba de alguna remota región celeste.

– ¡Por san Jorge! -gritó el inspector-. ¡Parecen truenos!

– Después de esta horrible espera parece imposible.

La voz de Ellery se desvaneció en un susurro. Tenían ambas caras levantadas hacia el cielo, esperanzadas.

No se dieron la vuelta al oír ruido de pasos sonando en la terraza.

– ¿Qué es eso? -chillaba la señora Xavier-. Hemos oído… ¡truenos!

– ¡Gracias, Dios mío! -gritaba la señorita Forrest-. ¡Si truena, lloverá!

El ruido aumentaba de intensidad apreciablemente. Parecía sorprendentemente vivo, con tonalidades metálicas. Crepitaba…

– Parece ser que es un curioso fenómeno meteorológico, muy poco frecuente -gritó el doctor Holmes-. He oído hablar de ello.

– ¿Y qué es? -preguntó Ellery sin dejar de mirar al cielo.

– Bajo determinadas condiciones de la atmósfera, se forman nubes sobre los incendios forestales de gran magnitud debido a la condensación de la humedad procedente del follaje. He leído en alguna parte que hay veces que los incendios se extinguen gracias a la lluvia caída de las nubes generadas por ellos mismos.

– Gracias, Dios mío -musitaba la señora Wheary. Ellery se volvió repentinamente. Estaban todos alineados a lo largo de la barandilla de la terraza, mirando hacia arriba. En todos los rostros, menos en uno, se leía la esperanza. La señora Carreau tenía pintado el horror, el horror de darse cuenta de que el fin del fuego significaría… Apretó con mayor fuerza los hombros de sus hijos.

– No le dé gracias tan pronto, señora Wheary -dijo Ellery con tono salvaje-. Nos hemos equivocado, no son truenos. ¿No ve aquella lucecita roja allá arriba?

– ¿No son truenos?

– ¿Qué luz roja?

Miraron en la dirección que señalaba su dedo. Y vieron una luz roja que avanzaba rápidamente, destacándose contra el firmamento de color vino oscuro.

Iba acompañada del trueno, en dirección a la cima del Flecha.

El trueno era el sonido de un motor, el de la avioneta cuya luz roja de posición avanzaba claramente hacia ellos.

El último refugio

Suspiraron en masse, un suspiro trágico que intentaba ocultar la muerte de su esperanza. La señora Wheary exhaló un gemido descorazonador, y la voz de Bones les sobresaltó, cortando el aire, chirriante como un proyectil.

Hasta que la señorita Forrest exclamó:

– ¡Es un avión! ¡Viene a buscarnos! ¡Nos traen ayuda!

Sus gritos les hicieron reaccionar. El inspector aulló:

– ¡Señora Wheary! ¡Bones! ¡Enciendan todas las luces de la casa! ¡Vamos, alguno, que alguien vaya! Y los demás, a buscar todo lo que se pueda quemar. ¡Rápido! ¡Vamos a encender un fuego para que localicen nuestra posición!

Salieron a toda prisa, embarullados. Bones comenzó a apilar todas las sillas de la terraza contra la barandilla. La señora Wheary se esfumó, desapareciendo por uno de los balcones, y las demás mujeres se desparramaron por el jardín y la terraza, trayendo sillas y objetos y colocándolos a una cierta distancia del edificio. Ellery entró en la casa y volvió al poco rato con un gran montón de periódicos y revistas viejas. Los gemelos, olvidándose con la excitación del momento de su problema personal, aparecieron portando un sillón que habían tomado del salón, ahora esplendorosamente iluminado. Parecían hormiguitas laboriosas en la noche…

El inspector organizó la pira y luego, con mano temblorosa, encendió una cerilla. La enorme pirámide de muebles y trastos empequeñecía aún más su figura. Se agachó, aplicó la cerilla a los papeles colocados en la base de la pira y se apartó a toda prisa. Los otros se apretujaban alrededor del fuego futuro, vigilando la llamita que empezaba a desarrollarse junto al suelo, contemplando también el cielo con mirada atenta.

La llama lamió a toda velocidad los papeles, hambrienta, y se lanzó crepitando hacia el misceláneo montón, que pronto comenzó a arder desaforadamente, haciéndoles retroceder y alejarse del intenso calor.

Contuvieron el aliento mientras vigilaban la lucecita roja de los aires. Estaba ya muy cerca, y el ruido del motor ensordecía. Era difícil precisar con exactitud la altura a la que podría estar el aparato, pero era seguro que apenas unos centenares de metros sobre sus cabezas. La luz roja, montada sobre el invisible fuselaje, se acercaba más y más…

Y de pronto notaron su paso justo encima, un ruido atronador, y que se alejaba.

En ese único y preciso momento pudieron ver, a medias y al resplandor de su hoguera de señales y del cielo escarlata, un pequeño monoplano de cabina descubierta.

– ¡Oh! ¡Ha pasado de largo! -gimió la señorita Forrest.

La lucecita roja comenzó a cambiar de dirección, girando lentamente hasta volver a dirigirse a la cima de la montaña.

– ¡Ha visto el fuego! -chilló la señora Wheary-. ¡Vengan aquí! ¡Que nos vean junto a la hoguera!

Las maniobras del piloto eran poco claras, hacía círculos alrededor de la cima, estudiando el terreno como si no estuviera seguro de él o no supiera muy bien qué hacer. Hasta que, de repente, volvió a alejarse.

– ¡Dios mío! -dijo abruptamente desde su lugar el doctor Holmes-. ¿No pensarán aterrizar? ¿Irán a abandonamos?

– ¿Aterrizar? ¡A quién se le ocurre! -replicó Ellery con irritación-. ¿Cómo van a aterrizar en este pedregal empinado? ¡Ni un pájaro! Está tomando altura para hacer un picado preciso. ¿Qué cree usted que hacía antes aquí encima, divertirse? Ha estado estudiando el terreno y ahora hará alguna cosa más seria.

Antes de que recuperasen el aliento ya estaba la avioneta dirigiéndose de nuevo hacia ellos con enorme ruido del motor y la hélice, y un fuerte silbido de viento. Bajaba más y más; directa hacia ellos, que la contemplaban petrificados y admirados: ¿se habría vuelto loco el piloto? Parecía que hubiera decidido suicidarse, estrellándose contra ellos. Estaba ya apenas a unos centenares de pies de distancia, y tan bajo que agacharon todos la cabeza, inconscientemente. El tren de aterrizaje rozaba casi las copas de los árboles, y pasó en un instante sobre sus cabezas, atronador, alejándose de nuevo, mientras todo vibraba a su alrededor. Antes de que se hubiesen recobrado del susto estaba más allá de la cima, elevándose de nuevo, ganando altura.

Pero habían comprendido ya que no había tal locura, sino valor y coraje y sangre fría.

Un objeto blanco, pequeño, había caído desde el avión, arrojado por un brazo humano desconocido, estrellándose con un ruido sordo a no más de diez metros de su hoguera.

El inspector ya trepaba por las incómodas y traidoras piedras como un mono, en dirección al objeto arrojado del avión. Le temblaban los dedos al desenvolver los papeles colocados alrededor de una piedra que les daba peso y consistencia.

Todos se apretujaron a su alrededor, agarrándose incluso de su chaqueta.

– ¿Qué es, qué es, inspector?

– ¿Qué dice?

– ¿Qué pasa?

– ¡Diga algo, por Dios!

El inspector leía con furia las líneas mecanografiadas a la luz cambiante de la hoguera. Y las líneas de su cara se ensombrecían según avanzaba en su lectura, sus hombros se hundían, toda sombra de esperanza, de vida, se borraba de sus ojos.

Todos pudieron vez en sus ojos la condena, los rostros se ablandaron, se desencajaron con la flaccidez de la muerte.

El inspector dijo despacio:

– Aquí está -y leyó, con voz ronca, ida:

Comandancia Provisional

Osquewa

Inspector Richard Queen:

Lamento tener que informar de que el incendio forestal del valle del Tomahawk y su zona de la sierra Tipi, con epicentro en el monte Flecha en el que se encuentran ustedes incomunicados, se encuentra fuera de nuestro control, y ya no tenemos ninguna esperanza de poder controlarlo ni reducirlo en un plazo normal. Avanza muy deprisa por las laderas del monte Flecha y alcanzará rápidamente la cima, a no ser que se produzca un milagro.

Hay centenares de hombres luchando contra él, los heridos son cada día más numerosos. Gran cantidad de ellos han sufrido quemaduras o intoxicaciones por humo, y todas las posibilidades de atención médica del hospital de este condado y de los vecinos están siendo explotadas a tope. La lista de muertos es ya de veintiuno. Lo hemos intentado todo, incluso dinamita y contrafuegos. Pero me temo que haya que admitir que hemos perdido.

No hay ninguna salida abierta para ustedes, desde la casa del doctor Xavier en el Flecha. Supongo que de eso ya se han dado cuenta ustedes.

Le envío este mensaje por medio del piloto Ralph Kirby. Una vez que hayan leído esta nota, háganle señas de que conocen su contenido. Cuando él sepa que han leído el mensaje, les lanzará una caja con medicinas y alimentos, que suponemos que les harán falta. Sabemos también que tienen agua suficiente. Si se pudiera, trataríamos de sacarlos de ahí en avión, pero es imposible. Conocemos el tipo de terreno, y no hay posibilidad alguna, ni remota, de tomar tierra ahí. Ni con un autogiro sería posible, y no tenemos ninguno, además. He pedido consejo a los expertos forestales y parece que hay una o dos zonas que tal vez les sirvan de algo a ustedes. Si el viento es constante, hagan un fuego cerca de él para combatir al fuego que asciende por la ladera. No creo que esto sea muy efectivo, porque los vientos ahí arriba son muy inconstantes y están variando siempre. Su segunda defensa será cavar una trinchera ancha en el borde de la maleza alrededor de la casa, con la idea de que el fuego no pueda atravesarla. Limpien de maleza la zona interior también, como medida de seguridad complementaria. Mantengan la casa húmeda constantemente, regando. Lo único que podemos hacer ahora con el incendio es dejarlo extinguirse por sí mismo. Ya ha devastado millas y millas de bosque en la zona. Mantengan la sonrisa y trabajen firmemente en la trinchera. Me he tomado la libertad de notificar al Departamento de Policía de Nueva York dónde y en qué condiciones se encuentran ustedes, y se mantienen en comunicación constante con nosotros. Lo siento una barbaridad, inspector, pero no puedo hacer nada más que esto. Mucha suerte a todos. ¡Y hasta muy pronto!

(firmado) Winslowe Reid,

Sheriff, Osquewa

– Por lo menos -dijo Ellery, rompiendo el fantasmal silencio que siguió a la lectura y riendo amarga y ferozmente- es un tipo comunicativo, ¿eh? ¡Dios Santo!

El inspector se acercó al fuego, a su hoguera cuanto pudo y levantó los brazos, despacio, sin energía, agitándolos sobre su cabeza. El piloto, que seguía dando vueltas sobre ellos, giró inmediatamente y comenzó a repetir las maniobras anteriores al primer lanzamiento. Y esta vez, al pasar tronando sobre sus cabezas, cayó un paquete bastante más voluminoso. Dio todavía un par de vueltas más alrededor, como temeroso de irse, se acercó una vez más, balanceó los planos, saludando como un amigo triste y se sumió en la noche. Ninguno de sus saludados movió un dedo hasta que la luz roja se desvaneció por completo en la oscuridad y la distancia.

La señora Carreau se dejó caer al suelo sollozando como si su corazón estuviera a punto de romperse. Los gemelos se colocaron a su lado, temblorosos.

– ¿A qué demonios estamos esperando? -bramó de pronto Smith, agitando los brazos como un molinete. Sus ojos miraban desorbitados, saliéndose de sus cuencas, mientras chorros de sudor descendían por las grasientas mejillas-. ¿No han leído la nota de ese maldito sheriff? ¡Hagamos la hoguera! ¡Y a cavar la zanja! ¡Por lo que más quieran, vamos!

– El fuego, no -dijo Ellery con calma-. El viento es muy irregular y podríamos hacer arder la casa.

– Pero Smith tiene razón en lo de la zanja -arguyó el doctor Holmes-. No podemos quedarnos aquí como ovejas en el matadero. Bones, vaya a buscar esos picos y palas que tiene en el garaje.

Bones soltó un taco y desapareció en la oscuridad.

– Creo que es lo único que podemos hacer -dijo el inspector con un tono agudo y muy poco natural-. Cavaremos hasta el fin. Y todos. Quítense toda la ropa que les parezca decente quitarse. Las mujeres, los chicos, todo el mundo a ayudar. Empezaremos ahora mismo, y no terminaremos hasta que hayamos acabado.

– ¿Cuánto tiempo tenemos? -musitó la señora Xavier.

Smith se internó en la oscuridad y desapareció entre la espesura. El doctor Holmes se quitó la chaqueta y la corbata y corrió tras Bones. La señora Carreau se puso en pie, ya sin sollozos. La señora Smith no se movió, mirando fijamente hacia donde se había ido Smith.

Parecían derviches haciendo sortilegios y bailando en una pesadilla más y más fantasmagórica e incontrolable.

Smith regresó, materializándose entre el humo.

– ¡Ya no está muy lejos! -rugió-. El fuego esta a punto de llegar, así que vamos. ¿Dónde están las herramientas?

Aparecieron Bones y el doctor cargados de utensilios de hierro.

Para alumbrar un poco, la señora Wheary, que era la más débil físicamente, mantenía la hoguera con material que los gemelos iban trayendo de la casa, destruyendo muebles. Se había levantado un fuerte viento que aventaba chispas de la hoguera alarmantemente. El inspector había señalado entretanto el trabajo a realizar, tres cuartos de círculo al borde del bosque. Las mujeres fueron encargadas de ir limpiando de arbustos y ramas secas el terreno pedregoso y llevarlos para alimentar la hoguera de cuando en cuando. El humo que se elevaba de ella parecía una señal de tribu india. Tosían, lloraban, ardían, sudaban y cada vez les pesaban más los brazos; levantarlos era una tortura refinada La señorita Forrest, impaciente, frenética, se cansó enseguida de recoger matas y arbustos y corrió a participar en la excavación.

Los hombres trabajaban en silencio, ahorrando aliento. Los brazos subían y bajaban, subían… bajaban…

Al amanecer, un amanecer turbulento de humos rojos, continuaban cavando. Ya no muy ardorosamente, pero sí manteniendo la firme determinación de la desesperanza. La señora Wheary había sucumbido junto a su fuego, y yacía desmayada sobre las rocas gimiendo sin que nadie le hiciera caso. Los hombres se habían desnudado hasta la cintura y sus cuerpos brillaban de sudor en los pocos lugares que no estaban cubiertos por el polvo y el hollín. Nadie había dedicado ni una triste mirada al paquete de medicinas y comida arrojado por el piloto de la avioneta.

A las dos de la tarde la señora Carreau se desplomó. A las tres, la señora Xavier. La señorita Forrest, en cambio, continuaba trabajando, aunque cada paletada la hacía vacilar cada vez más.

Hasta que a las cuatro y media la pala cayó de sus manos ya sin nervio y su cuerpo se derrumbó detrás.

– No… no puedo más… No… no puedo seguir… gimió.

A las cinco cayó Smith y no pudo levantarse de nuevo. Los otros continuaban.

Y a las seis y veinte, tras veinte horas de trabajo ininterrumpido y denodado, la trinchera protectora estaba terminada.

Se dejaron caer donde estaban, aplastando la piel contra la áspera tierra en un espasmo final de imposible cansancio, exhaustos y confiados. El inspector parecía un enano retorcido de la fragua de Vulcano, caído, gimiendo su cansancio a la larga en el suelo. Sus ojos estaban aún más hundidos en el rostro agotado, aureolados por unas profundas marcas violáceas. La boca permanecía abierta, ansiosa de aire. El cabello gris se adhería al cráneo, grasiento y empapado por el sudor. Le sangraban los dedos.

Los demás estaban en parecidas condiciones. Smith seguía tirado donde había caído, como una montaña de temblorosa carne humana. Ellery parecía un fantasma delgado, largo, derrotado. Bones, un muerto. Las mujeres eran puros desechos, cubiertas de harapos desgarrados. Los gemelos tenían la cabeza colgando, sin fuerza, mientras recobraban la vida sentados sobre una roca. El doctor Holmes se tumbó boca arriba con los ojos cerrados, la nariz anhelante de oxígeno y la blanca piel destrozada por los roces.

Así estuvieron, sin moverse, durante más de una hora.

Por fin, los mellizos se desperezaron, hablaron algo entre ellos, se levantaron y caminaron hacia la casa. Volvieron después de un rato trayendo tres jarros de agua fría y se pusieron inmediatamente a aliviar a los extenuados compañeros.

Ellery dio un salto al sentir el agua helada en el torso desnudo y palpitante. Se incorporó gruñendo, y se sentó con una expresión agresiva en los ojos, surcados por venas visibles. Recordó. Hizo un débil gesto hacia los muchachos.

– Perdonar es de dioses, ¿eh? -graznó, y se puso en pie-. ¿Cuánto hace…? -no pudo seguir.

– Son las siete y media -le cortó Francis.

– ¡Dios!

Miró alrededor. La señora Carreau, reanimada, subía a trompicones los peldaños del porche. Bones había desaparecido. El inspector estaba tranquilamente sentado sobre los talones en el mismo sitio en que había caído, mirándose las manos ensangrentadas. La señora Xavier se incorporaba lentamente, de rodillas. Ann Forrest y el doctor Holmes seguían tumbados boca arriba, juntos, mirando al cielo, que se iba oscureciendo poco a poco. Smith regurgitaba algo incoherente y molesto, sin duda, en las profundidades de su gaznate. La señora Wheary…

– ¡Dios! -masculló de nuevo, parpadeando.

La palabra se quebró en sus labios arrebatada por un repentino soplo de viento abrasador. Sus oídos se llenaron con un bramido gigante. El humo salía ya del límite del bosque y enseguida vio el fuego, la vanguardia del incendio. Lamía los troncos de los árboles del borde, avanzando centímetro a centímetro hacia la cima de la montaña.

Por fin había llegado hasta ellos.

Corrieron a refugiarse en la casa. El miedo hizo revivir sus organismos, enviando secreciones a la sangre que electrificaron sus músculos dándoles nuevas fuerzas.

Se detuvieron al llegar a la terraza y volvieron la vista anhelantes.

Todo el borde semicircular del bosque era presa de las llamas. El crepitante rugir del fuego, el calor abrumante, les impresionó y corrieron hacia el interior tras un corto instante de espera, escapando del terrorífico arco de llamas que el viento empujaba lentamente formando una sólida muralla ígnea de casi veinte metros de altura. Siguieron mirando, pero ya desde detrás de los balcones, silenciosos, aterrorizados. El viento se hacía más y más intenso. La muralla de fuego se retorcía implacable, y millones de lenguas cercaban el edificio. ¿Serviría de algo su zanja, su modesta trinchera?

Smith bramó:

– ¡Para nada! ¡Todo ese trabajo para nada! Zanja… ¡Es divertido! -y empezó a chillar histéricamente y a reír sin control-. ¡Trinchera! -jadeó-. ¡Una trinchera! -las bolsas de grasa de su vientre sobresalían temblorosas del cinturón al agacharse-. ¡La guerra! -las lágrimas bajaban abundantes por su rostro tiznado.

– ¡Basta ya, borrico! -dijo indignado Ellery-. ¡Cállate! -y en medio de su frase soltó un gemido y salió corriendo a la terraza, de nuevo.

El inspector gritó:

– ¡Ellery!

Su silueta estilizada pasó sobre la barandilla y echó a correr. Sobre él y alrededor de él crepitaban monstruosamente las llamas. Parecía como si quisiera arrojarse en medio de ellas. Su cuerpo semidesnudo regateaba y se retorcía esquivando las rocas. Se detuvo por fin, se agachó, recogió algo del suelo y volvió a toda velocidad.

Tenía el torso enrojecido por el calor y la cara negra de humo.

– Comida -jadeó-. Habíamos olvidado el paquete de provisiones -brillaron sus ojos-. Bueno, ¿qué diablos están haciendo ahí como unos idiotas? La zanja es una miseria con este viento.

Miraron asustados gimiendo a coro con el viento.

– No hay tiempo más que para ponerse a cubierto -gritó Ellery-. La casa arde ya por un montón de sitios y no lo pararíamos ni con un equipo de bomberos completo. Así que con unos cubitos de agua… -se rió con risa maligna de gnomo-. ¿Dónde está la bodega? ¿Nadie sabe dónde diablos está la bodega, Dios mío? ¡Dios, qué pandilla de imbéciles tiznados! ¡Vamos, hablen, que hable alguien! ¿Dónde está?

– La bodega -murmuraron obedientemente a coro mirándole vidriosamente. Parecía una reunión de muertos semidesnudos, de sucios zombies en su purgatorio particular.

– Detrás de las escaleras -articuló por fin la señora Wheary. Tenía el vestido roto y caído por un hombro, y las manos arañadas y negras-. ¡Rápido, rápido!

Corriendo a trompicones pasillo adelante, la señora Xavier abrió una sólida y maciza puerta bajo las escaleras que llevaban al piso de arriba. Entraron tropezando unos con otros, estorbándose el paso.

– Padre -llamó Ellery-, un momento.

El inspector se limpió los labios con mano temblona y siguió a Ellery, que irrumpió violentamente en la cocina, atravesando el pasillo lleno de humo. Revolvió alocadamente los armarios recogiendo toda clase de cacharros: potes, cacerolas, tazones, de todo.

– Llénalos todos de agua, la vamos a necesitar -le indicó, conteniendo la tos-. Necesitaremos cantidades, no sé cuánto vamos a tener que estar dentro…

Atravesaron el pasillo de nuevo cargados con los recipientes llenos. Al llegar a la puerta de la bodega gritó:

– Holmes, Smith. Bajen esta agua -y volvió corriendo a la cocina sin esperar respuesta, para buscar más.

Hicieron seis viajes, llenando los depósitos y recipientes que podían encontrar: latas de conservas vacías, una mantequera, baldes de fregar, teteras… de todo. Y al fin se detuvo en lo alto de las escaleras mientras bajaba su padre, tratando de descubrir el interior de la enorme cueva de cemento, tan grande como una gruta.

– ¿Está la bolsa de provisiones ahí abajo? -gritó antes de cerrar la pesada puerta.

– Yo la tengo, Queen -replicó el doctor Holmes.

Ellery cerró la puerta fuertemente.

– Que alguna de las señoras me proporcione un trapo cualquiera, un trozo de tela, algo.

Ann Forrest se puso en pie y rasgó su vestido en la oscuridad, junto a Ellery.

– No creo que vaya a necesitarlo mucho más tiempo, señor Queen -dijo con la voz temblorosa, pese a su intento de sonar jovialmente.

– ¡Ann! -gritó el doctor Holmes-. No lo hagas, tenemos la tela de la bolsa.

– Demasiado tarde, querido -respondió casi alegremente, pero se estremecía.

– Buena chica -murmuró Ellery.

Tomó el vestido y comenzó a romperlo a tiras, que iba introduciendo debajo de la puerta, en los resquicios. Cuando hubo terminado pasó el brazo por encima de los hombros de la chica y bajaron juntos los peldaños.

El doctor Holmes esperaba con un viejo tabardo caqui, sucio, húmedo.

– Métete aquí, es uno de los abrigos de invierno del viejo Bones -dijo precipitadamente-. Lo siento, Ann.

La muchacha se estremeció y se puso sobre los hombros el tabardo.

Ellery y el doctor Holmes se inclinaron sobre la saca que había dejado caer el aviador y la abrieron. Había frascos de medicinas bien protegidos por guata: antisépticos, quinina, aspirina, sales, morfina, jeringuillas hipodérmicas, esparadrapo, algodón hidrófilo, vendas… Había luego otros paquetes con sándwiches, un jamón entero, hogazas de pan, mermeladas, chocolate, termos de café caliente…

Los dos hombres contabilizaron la comida y durante un rato no se oyó ni una palabra La distribuyeron y el silencio se llenó de ruidos de masticación, insalivación y deglución, pero nada más. Comían despacio y ávidamente, saboreando cada bocado. Todos tenían el mismo pensamiento en la mente: que ésa podría ser su última comida Cuando no pudieron comer más, Ellery recogió los restos cuidadosamente y los volvió a guardar en la saca El doctor Holmes, que tenía el pecho cruzado de heridas y arañazos, fue pasando de uno a otro curándoles sus lastimaduras, poniendo antisépticos, vendando, limpiando…

Cuando ya no hubo nada más que hacer, se dejó caer en una esquina y hundió la cara entre las manos.

Estaban sentados sobre cajas vacías de embalajes, sobre sacos de carbón, sobre el suelo de piedra. Una única bombilla iluminaba pobremente con luz amarilla Podían oír el fragor del incendio muy débilmente, amortiguado por los muros. Y, sin embargo, se notaba que estaba más y más cerca.

Hubo un momento en que se sobresaltaron, medio muertos, al oír una serie de explosiones cercanas.

– La gasolina del garaje -exclamó el inspector-. Adiós a los coches.

Nadie hizo el menor comentario.

En un momento dado se levantó el viejo Bones y desapareció en la oscuridad hacia el fondo. Cuando volvió explicó con su voz rasposa:

– Las ventanucas de la bodega. Las he cerrado bien y he puesto cosas para que no pase el humo.

Nadie hizo el menor comentario.

Continuaron sentados allí, derrumbados, desesperados, demasiado extenuados para pensar en nada, para llorar, suspirar, temblar… contemplando estúpidamente el techo… catatónicos… en espera, espera sin esperanza, del fin.

El cuento de la reina

Pasaron horas, aunque ninguno sabría nunca cuántas, ni les importaba. No había día ni noche en aquella enorme caverna. La débil luz de la bombilla amarillenta era su sol y su luna. Permanecían sentados sin moverse, como piedras, oyéndose solamente las respiraciones acompasadas.

Aquello constituía para Ellery una experiencia vertiginosa. Su pensamiento saltaba de la vida a la muerte, de contemplar fantasmas placenteros u horribles a recuerdos de la infancia, fantasmas lejanos. Distintas piezas de rompecabezas asaltaban su imaginación, perturbándole, invadiéndole contra su voluntad, turbando su conciencia. Y al mismo tiempo se reía de sí mismo y de la inestabilidad e inconsistencia de la mente humana que se obstinaba en ocuparse de problemas de escasa importancia coyuntural mientras ignoraba aquellos que, de inmediato, eran vitales. ¿Por qué tenía que importarle a un hombre en peligro inmediato de muerte un asesino más o menos? Era completamente ilógico e infantil. Debería ocupar sus probablemente últimos minutos en ponerse en paz con su conciencia y su Dios en vez de preocuparse de trivialidades.

Pero acabó rindiéndose y, con un profundo suspiro, dedicó su tiempo a meditar sobre el caso Xavier. Los otros pensamientos desaparecieron solos. Cerró los ojos y apeló con todas sus fuerzas a su energía de concentración.

Cuando los abrió de nuevo tras una eternidad, nada había cambiado. Los mellizos continuaban tumbados a los pies de su madre. La señora Xavier se sentaba, tan estirada como siempre, sobre un cajón vacío, con la cabeza apoyada sobre el áspero cemento de la pared y los ojos cerrados. El doctor Holmes estaba al lado de la señorita Forrest, hombro con hombro, inmóviles. Smith seguía despatarrado junto a otro viejo cajón, con la cabeza y los brazos colgando entre sus falstaffianos muslos. La señora Wheary se mantenía tumbada sobre los sacos de carbón con un brazo cubriéndole los ojos. Bones seguía sentado cerca de ella con las piernas cruzadas y los ojos fijos, sin pestañear, como una estatua.

Ellery se desperezó y estiró los brazos. El inspector se removió en su cajón, a su lado.

– ¿Qué hay? -murmuró el viejo.

Ellery movió la cabeza, se puso en pie y trepó escaleras arriba. Todos se movieron entonces para mirarle.

Se sentó en el escalón de arriba y tiró un poco de los trapos que forraban la puerta. Una bocanada de humo le hizo lagrimear y toser. Colocó el forro de nuevo y bajó.

Los otros escuchaban, con toda su atención, el silbante rugido de las llamas, que ahora procedía precisamente de encima de sus cabezas.

La señora Carreau lloraba. Los mellizos le apretaban las manos, incómodos.

– ¿No está empeorando el aire? -preguntó opacamente la señora Xavier.

Olfatearon. Empeoraba.

Ellery alzó los hombros.

– Escúchenme -ordenó. Le miraron-. Estamos al borde de una muerte especialmente desagradable. No sé bien qué puede esperarse del animal humano en semejante situación, cómo debe comportarse en una crisis así, pero lo que sí sé es que yo me niego a sentarme a esperar como un cordero pascual a que me sacrifiquen en silencio -hizo una pausa-. No nos queda mucho tiempo, desde luego.

– ¡Oh, cierre el pico! -graznó Smith-. ¡Ya hemos escuchado demasiados rollos suyos, amigo!

– Me temo que no los suficientes. Pierde usted la cabeza en el momento final sin darse cuenta de que así se va a aplastar los sesos contra la pared más próxima. Le agradecería que recordara que tal vez le quede un mínimo de orgullo para resistir -el señor Smith parpadeó y bajó la vista. Ellery continuó, entre toses-. De hecho, y una vez metidos en conversación, queda todavía un pequeño misterio relacionado con su obesa majestad, que, sinceramente, estoy intrigadísimo por averiguar.

– ¿Yo? -masculló Smith.

– Sí, sí, usted. Estamos en la última confesión, sabe, ¿no? Y supongo que preferiría presentarse ante su Hacedor descargado de secretos enojosos.

– ¿Qué secretos? -espetó el gordo, desconfiado.

Ellery miró a los otros cautelosamente. Estaban sentados escuchando, y un tanto, de momento al menos, interesados.

– Que es usted un asqueroso chantajista, por ejemplo.

Smith se puso en pie trabajosamente, apretando los puños.

– ¿Eh? Qué diablo…

Ellery fue hasta él y le colocó la mano sobre el carnoso pecho. Smith se desplomó sobre su cajón con estrépito.

– ¿Y ahora? -dijo Ellery parándose ante él-. ¿Vamos a pelearnos como fieras en los últimos minutos, mi querido Smith?

El gordo se pasó la lengua por los labios y luego alzó la cabeza gritando desafiante:

– ¿Y por qué no? Vamos a asarnos como un roast-beef dentro de nada, así que… De acuerdo, le hice chantaje -contrajo los labios-. Pues ¡sí que te va a servir de mucho que te lo diga yo ahora, pedazo de estúpido!

La señora Carreau dejó de llorar. Se sentó, erguida, y dijo con calma:

– Hace dieciséis años que me está sacando dinero.

– Marie… ¡no! -suplicó la señorita Forrest.

Hizo un gesto con la mano.

– Ya no tiene importancia, Ann. Yo…

– Sabía lo de sus hijos, ¿no es cierto? -exclamó Ellery.

La mujer se quedó pasmada.

– ¿Cómo lo sabe usted?

– Tampoco tiene ninguna importancia ahora -respondió amargamente.

– Era uno de los médicos que me atendieron en el parto…

– ¡Cerdo asqueroso! -gruñó el inspector con un destello de ira en los ojos-. Me gustaría aplastarte esa cara sebosa…

Smith juró algo por lo bajo.

– Estaba desacreditado, expulsado de su profesión -dijo la señorita Forrest rabiosa-. Prácticas criminales. ¡Y tanto! Vino hasta aquí siguiéndonos y consiguió ver a solas a la señora Carreau…

– Sí, sí -dijo Ellery-. Ya sabemos el resto -miró por encima de las cabezas a la puerta. No había otra salida: tenía que mantenerlos interesados en algo, asustados, aterrados, lo que fuera, para evitar que pensaran en el horror que se cernía sobre sus cabezas-. Me gustaría contarles una historia… -dijo.

– ¿Una historia? -exclamó el doctor Holmes.

– La historia del caso más extraordinario de estupidez congénita con que me he encontrado en toda mi vida -Ellery se sentó en el primer escalón, tosió un poco y siguió-: Pero antes de contarles el cuento quisiera preguntar si no hay alguien que, a imitación del señor Smith, quiera hacer una pequeña confesión.

Se hizo un silencio. Miró lentamente las caras, una a una.

– Testarudos hasta la muerte, ¿eh? Pues muy bien, dedicaré mis últimos…, mis próximos minutos al trabajo -se frotó el desnudo cuello y miró a la bombilla-. Les he hablado de estupidez y lo he dicho porque todo ha sido tan fantástico e increíble, todo el asunto, que es necesariamente producto de una mentalidad poco equilibrada. En otras circunstancias más normales no me hubiera engañado ni un momento, pero en las actuales me llevó un poco más de tiempo darme cuenta de lo enloquecido que era todo.

– ¿Todo el qué? -dijo precipitadamente la señora Xavier.

– Las «pistas» dejadas, o mejor, encontradas, en la mano de su marido y de su cuñado, señora -continuó Ellery-. Después de un tiempo pude darme cuenta de que eran sencillamente imposibles. Demasiado sutiles para poder emanar de la mente de dos moribundos. Demasiado sutiles y demasiado complicadas. Esa sutileza excesiva es la que hacía estúpido utilizarlas como el asesino hizo. Se salían de lo normal. Y, por cierto, si no hubiera sido por nuestra aparición absolutamente fortuita y casual en este lugar es casi completamente seguro que hubieran producido el efecto que se buscaba con ellas, aunque muy probablemente sin descubrir su significado. Y no lo digo por alabanza propia, porque en cierto modo mi propia mente ha trabajado como la del criminal. Tengo una mente tortuosa lo mismo que él -hizo una pausa y suspiró-. Como les iba diciendo, sospeché enseguida de la validez de tales «pistas» y con el tiempo las descarté del todo, mientras meditaba aquí en la bodega. Y entonces, se me iluminó el camino y me di cuenta de toda la deprimente intriga, deprimente, astuta y estúpida a la vez.

Hizo otra pausa, removiendo la lengua, con la boca ya seca. El inspector le observaba atónito.

– ¿De qué demonios está usted hablando? -dijo el doctor Holmes.

– Espere, doctor. Nos equivocamos de camino por primera vez cuando decidimos que no debía haber más que un intento de acusación en falso: la de Mark Xavier contra su cuñada. Es decir, que el valet de diamantes en el caso de la muerte del doctor Xavier había sido dejado por el mismo doctor.

– ¿Quieres decir -preguntó el inspector de retruque- que el abogado no encontró el medio valet de la mano de su hermano John aquella noche, en el estudio?

– ¡Oh, sí! Encontró la carta -dijo Ellery-, ése es el punto crucial del asunto. Y, además, Mark dio por sentado que su hermano había dejado ese medio valet para dar una pista a la policía. Y se equivocó, como nosotros.

– ¿Y cómo puedes saber eso?

– Por algo que he recordado hace poco. El doctor Holmes dijo, después de examinar el cadáver, que su colega era diabético y que, debido a esa condición patológica, el rigor mortis se había producido enseguida, en cuestión de minutos en vez de horas. Supimos así que el doctor Xavier había muerto sobre la una de la mañana. Mark Xavier se encontró el cuerpo a las dos y media. A esa hora el rigor tenía que ser ya completo, y su mano derecha estaba crispada sujetando el seis de picas cuando lo encontramos por la mañana, mientras la izquierda permanecía sobre la mesa del escritorio, con la palma para abajo, de plano sobre la superficie lisa, y los dedos rígidos y rectos. Si el rigor se había producido a los pocos minutos de la muerte ambas manos debieran haber estado en esa misma posición cuando Mark Xavier encontró el cadáver una hora y media después de muerto.

– ¿Y entonces?

– ¿No se dan cuenta? -gritó Ellery-. Si Mark Xavier se encontró la mano derecha de su hermano cerrada y la izquierda rígida y estirada, de manera que ya no podía ni estirar la una ni cerrar la otra sin romper los dedos rígidos ya, ni dejar señales evidentes de haberlos forzado, tuvo necesariamente que manipularlos sin hacer fuerza y dejarlos como estaban, es decir, que se lo encontró necesariamente con la mano derecha cerrada y la izquierda plana, lo mismo que lo encontramos nosotros. Y si sabemos que Mark cambió el valet de diamantes por el seis de picas, ¿en qué mano tuvo que encontrar ese medio valet de diamantes?

– En la derecha, claro está -exclamó el inspector.

– Exactamente. El valet de diamantes estaba en la mano derecha del doctor Xavier y lo único que tuvo que hacer Mark fue lo que tú hiciste cuando recogiste el seis de picas, padre, es decir, separar los dedos rígidos lo suficiente para que cayera la carta por su propio peso. Luego insertó el seis de picas y volvió a forzar los dedos esa pequeña fracción de milímetros para que lo sujetaran. Es imposible que encontrara el valet en la mano izquierda del médico porque entonces hubiera tenido que abrir la mano completamente para dejarla plana sobre la mesa y eso es imposible de hacer sin dejar al menos, como he dicho, fuertes marcas, marcas que no existían cuando examinamos el cuerpo.

Se detuvo, y el silencio dejó oír el temible crepitar sobre ellos. En los momentos anteriores se había oído algún que otro ruido fuerte sobre el techo, objetos cayendo. Se oyó otro… Pero apenas le hicieron caso. Estaban fascinados por la historia.

– Pero… -comenzó la señorita Forrest balanceándose atrás y adelante.

– ¿Aún no está claro? -dijo Ellery casi con alegría-. El doctor Xavier era diestro como probé hace mucho tiempo, y por lo tanto si quisiera haber partido en dos una carta hubiera cortado y estrujado el trozo con la mano derecha y lo hubiera tirado con esa misma, conservando la otra mitad en la izquierda, puesto que, además, no tenía interés especial por ninguno de los trozos, ya que eran idénticos. Pero si el trozo conservado quedó, como ya demostré también, en su derecha, que es donde lo encontró Mark, no fue el doctor quien rompió la carta y por tanto alguna otra persona lo hizo y se la puso en la mano derecha equivocadamente. Es decir, que ese valet partido, puesto allí para acusar del crimen a los mellizos era también una acusación falsa, una escapatoria, y los muchachos quedan, por lo tanto, fuera de toda sospecha.

Quedaron tan perplejos que no podían ni siquiera sonreír o mostrar alivio, sólo podían mirar hacia Ellery. Debía ser poca cosa, pensó éste, ser inocente o culpable cuando la muerte amenaza tan de cerca, detrás de la puerta de arriba.

– Así, pues, la primera pista falsa fue preparada antes de las dos y media, antes de que Mark penetrara en el escenario del crimen -siguió sin perder tiempo Ellery- y creo que tenemos perfecto derecho a asegurar que la acusación falsa en contra de los muchachos hubo de ser preparada por el asesino. A no ser que prefiramos la teoría descabellada de que tampoco en este caso fuera el asesino, sino otra persona que llegara por allí después del crimen pero antes que Mark Xavier; en otras palabras, que haya habido dos delatores falsos y un asesino -negó con la cabeza-. Demasiado fantástico. El asesino tuvo que dejar la primera falsa pista.

– Ese tema del rigor mortis como prueba de que fue el asesino y no el doctor Xavier quien dejó el valet de diamantes para acusar a los gemelos, me parece un poco… arbitraria -dijo el inspector dubitativo e interesado a su pesar-. No suena del todo convincente.

– ¿No? -Ellery sonrió en su desesperado esfuerzo por apartar sus mentes de las llamas-. Pues puedo asegurarte que es un hecho y no una teoría. Puedo confirmarlo. Pero antes quiero destacar otra cuestión que se nos presenta: ¿fue el asesino del doctor Xavier el que asesinó a su hermano Mark? Porque a pesar de que las probabilidades de que así fuera son enormes, no hay ningún dato que nos permita asegurado con lógica. Y yo lo puedo probar, con o sin lógica, para mi satisfacción.

– ¿Cómo estaban las cosas antes de la muerte de Mark? El pobre hombre se había sumido en una inconsciencia profunda justo antes de poder revelarnos el nombre del que él creía que había matado a su hermano. El doctor Holmes declaró que muy probablemente el herido recobraría el conocimiento a las pocas horas. Todo el mundo estaba delante cuando se nos informó de ello. ¿Quién estaba en peligro mayor si Mark recuperaba el sentido? Si hemos de aceptar lo más obvio, la relación de causa a efecto, la persona que creyó que podía ser desenmascarada por él, es decir, la persona con conciencia culpable, el asesino del doctor. Y por lo tanto, creo que bajo tan especiales e imperiosas circunstancias no cabe duda de que el asesino de John Xavier fue quien penetró en el dormitorio en que yacía Mark y le envenenó para asegurarse de su silencio perpetuo. Y, fíjense, esto resulta válido tanto si Mark Xavier sabía quién era el verdadero asesino como si no lo sabía, porque la mera amenaza bastaba para empujar su mano criminal.

– Sobre eso no hay dudas -masculló el inspector.

– En realidad es algo que está confirmado. Pero supongamos otra alternativa: que haya habido dos asesinos, que el asesino de Mark haya sido otro distinto al de John. ¿Por qué el segundo asesino iba a elegir la peor hora, el peor momento para liquidar a Mark? Y digo el peor momento porque el herido estaba custodiado por un policía profesional y, además, bien armado. No, está claro que nadie más que alguien que tuviera que matar a Mark aquella precisa noche y no en otro momento, hubiera corrido tan graves riesgos para hacerlo, es decir, el asesino de su hermano que necesitaba que muriera antes de recuperar el conocimiento y poder revelar lo que sabía. Por lo tanto, creo que está fuera de toda duda, y ni siquiera creo que se puedan aportar uno o dos argumentos en contra, que nos encontramos ante un solo y único criminal.

– Nadie lo ha puesto en duda, pero ¿cómo puedes confirmar que fue el asesino y no el doctor Xavier quien dejó el valet de diamantes para inculpar a los chicos?

– A eso iba. En realidad no hace falta confirmarlo. Tenemos la confesión del propio asesino, que nos declara haber tratado de inculpar a los gemelos después de matar al doctor Xavier.

– ¿La confesión? -todos saltaron al oír esto, con el inspector en cabeza.

– Una confesión más de hechos que de palabras, claro. Estoy seguro que casi todos ustedes se sorprenderán al enterarse de que después de la muerte de Mark Xavier alguien estuvo jugueteando con la caja fuerte en la que habíamos guardado la baraja que recogimos sobre la mesa del doctor Xavier. Habían tratado de forzarla.

– ¿Cómo dice? -exclamó atónito el doctor Holmes-. No sabía nada.

– No pusimos anuncios, doctor. Pero después de la muerte trágica de Xavier hubo alguien que enredó con el cierre de la caja del salón en la que no había guardado nada más que el mazo de cartas que habíamos tomado del estudio. ¿Y qué había en esa baraja que pudiera ser significativo, lo bastante como para que alguien corriese el riesgo de ser sorprendido tratando de forzarla? Nada más que el hecho de que en ella faltaba el valet de diamantes. Y, ¿quiénes sabían que faltaba ese valet de diamantes? Tan sólo dos personas: Mark Xavier y el asesino de John Xavier. Y Mark Xavier estaba ya muerto. El intento de robo tuvo, pues, que ser realizado por el asesino.

»¿Qué propósito podía tener el asesino para tratar de forzar la caja fuerte del salón? ¿Robar la baraja? ¿Destruirla? No.

– ¿Cómo demonios puedes decir eso? -bramó el inspector.

– Porque todos los de la casa sabíamos que no había más que una llave de esa caja, que la caja no contenía nada más que la baraja y, lo más importante de todo, que la llave única estaba en tu poder, padre -Ellery hizo una mueca sarcástica-. ¿Por qué sé que el asesino no quería ni robar ni destruir las cartas? Veamos: si el asesino hubiera querido echar el guante a la baraja, ¿no hubiera cogido las llaves de tu bolsillo cuando te tuvo inconsciente y a su merced después de darte cloroformo? La única respuesta plausible es que no quería esa llave para nada, que no quería abrir la caja fuerte ni destruir las cartas ni robadas ni nada parecido.

– De acuerdo, pero, entonces, ¿para qué diantre estuvo jugando con la cerradura y dejando marcas evidentes?

– Buena pregunta, sí, señor. Y la única respuesta que ahora puedo encontrar, la única posible, si me apuras, es que lo único que quería era atraer la atención, hacer que nos fijásemos en la baraja. Incluso hay algo que confirma esta tesis: tratar de abrir una caja fuerte con un atizador es tan infantil que no podemos pensar más que se trataba de un esfuerzo intencionado y no involuntario.

– ¡No puede ser! -dijo Smith alterado.

– Pues lo es. Sin duda. Todo el manejo no era sino un astuto medio de volver a centrar nuestra atención en el valet de diamantes. ¿Por qué? ¿Quién podía estar interesado en ello? ¿Los mellizos a quienes acusaba ese medio valet? No lo hubieran hecho excepto si hubiera sido para destruir la baraja. Pero he demostrado ya que el propósito del asaltante furtivo fue precisamente el contrario: atraer la atención sobre esas cartas, lo último que se les hubiera ocurrido hacer a los chicos si hubieran sido culpables. Por lo tanto, no fueron ellos quienes anduvieron enredando con esa caja fuerte, puesto que, además, ya he indicado que quien lo hizo tuvo que ser el asesino. Y los mellizos no eran el asesino ni los dos ni uno solo, sino que habían sido falsamente acusados por él… que es lo que se trataba de demostrar desde el principio.

La señora Carreau suspiró. Los muchachos contemplaban a Ellery con clara expresión de agradecimiento.

Ellery se levantó y comenzó a pasear, imperturbable pero sin descanso.

– ¿Y quién era el asesino? ¿Quién era el sembrador de falsas pistas? -preguntó retóricamente en tono estridente, poco natural-. ¿Quién es? ¿Hay, había, alguna pista verdadera que nos lleve hacia su verdadera identidad, a su desenmascaramiento? Pues bien, sí, la había.

Y me di cuenta de ello en el mismo momento en que… -y añadió con ligereza-… bueno, ya es demasiado tarde para hacer otra cosa que darme unas palmaditas en la espalda.

– ¡Así que lo sabe! -gritó la señorita Forrest.

– Por supuesto, querida amiga.

– ¿Quién fue? -rugió Bones-. ¿Quién fue el maldito…? -miró amenazadoramente a su alrededor, enarbolando los puños. Sus ojos se posaron más rato en Smith.

– El asesino, aparte de la falta de imaginación que es crear pistas falsas y fantásticas que no hubiera entendido nadie en una situación normal, cometió -continuó apresuradamente Ellery- una grave equivocación.

– ¿Qué equivocación? -el inspector parpadeó atónito.

– ¡Ah! ¡Y qué equivocación! Casi impuesta por la Madre Naturaleza, algo realmente inevitable, o casi, un error a consecuencia de una anormalidad. La persona que mató a Mark Xavier y administró cloroformo al inspector no pudo resistir la tentación de -hizo una pausa- ¡robarle su anillo!

Se volvieron todos hacia el inspector, mirándole embobados. El doctor Holmes dijo con voz sorda:

– ¡Cómo…! ¿Otro más?

– Un anillo de lo más inofensivo -dijo Ellery pensativo-, un vulgar anillo de bodas, de oro liso, de un valor de muy pocos dólares. Ya ve, doctor, otro robo de anillo sin valor, cuya historia comenzó cuando usted y la señorita Forrest nos comunicaron la desaparición de los suyos la misma noche de nuestra llegada a esta casa. ¿Extraño, verdad? Y más extraño que un acto tan idiota haya hecho caer a un doble asesino en su propia trampa.

– Pero ¿cómo? -el inspector tosió, cubriéndose la boca con un pañuelo grisáceo. Los demás se frotaban la nariz, moviéndose nerviosos. El aire se enrarecía.

– ¿Por qué robó el anillo? -gritó Ellery, solemne-. ¿Por qué robó los de la señorita Forrest y el doctor Holmes? ¿No se les ocurre alguna razón?

Nadie respondió.

– Vamos, vamos -les animó Ellery-, alegremos nuestra última hora jugando a las adivinanzas. Estoy convencido de que pueden ustedes dar con los motivos.

Su voz cortante volvió a hacerles participar.

– Bueno -dijo el doctor Holmes en un susurro-, pudiera ser alguna razón independiente de su valor, Queen. Usted mismo lo ha sugerido.

– Acierta usted -y Ellery añadió una nota mental de agradecimiento por haberle ayudado a seguir con su historia-. Pero, de todas maneras, muchas gracias, aunque eso es muy poco. ¿Alguien más? ¿Usted, señorita Forrest?

– Pues… -se humedeció sus secos labios con la lengua. Tenía los ojos extraordinariamente brillantes-. Tampoco sería por…, bueno, por razones sentimentales, señor Queen. Los anillos no tenían valor, solamente valor personal, de eso estoy segura. Sólo interesaban a sus propietarios. No podían tener valor sentimental ninguno para el ladrón.

– Una excelente explicación, señorita, tiene usted muy buenos argumentos y estamos de acuerdo con usted -aplaudió Ellery-. ¡Vamos, vamos, los demás! ¡No se rindan! ¡Que no decaiga!

– ¿Podría ser porque los anillos tuvieran un depósito secreto de veneno o algo así? -aventuró Francis.

– ¡Lo que yo iba a decir! -añadió Julian tosiendo.

– Muy ingenioso -comentó Ellery, con un leve espasmo de tos también-. Y podía servir para los dos primeros anillos. Pero no conviene olvidar que quien robó esos dos primeros anillos robó también el del inspector, Francis, porque tuvo que ser la misma persona. Ya no podemos pensar que el asesino, ahora ladrón, buscase secretos ocultos en el anillo de mi padre. ¿Más ideas?

– ¡Por Baco! -exclamó repentinamente el inspector. Se incorporó y miró a su alrededor con ojos inquisidores.

– ¡El gran detective despierta! Ya estaba preocupado, padre. Ya ven ustedes que el único motivo que tenía para robar el anillo del inspector, y los otros, era el mero deseo de posesión.

El doctor Holmes abrió la boca y comenzó a decir algo, pero volvió a encerrarse en sí mismo, guardándose las palabras y fijando la mirada en el suelo de piedra.

– ¡Humo! -aulló la señora Xavier, poniéndose en pie mirando a la escalera.

Todos dieron un salto al oírla. En efecto, a través de los forros de tela que Ellery había puesto en los resquicios de la puerta se filtraban unos hilos de humo.

Agarró uno de los cubos de metal y subió corriendo los peldaños. Arrojó el contenido del cubo sobre los trapos y el humo desapareció al instante con un silbido.

– ¡Padre! Súbeme el balde grande de agua. Aquí, aquí. Yo te ayudo -subieron el balde entre los dos-. Procura mantener húmeda la puerta. Hay que aplazar lo inevitable cuanto se pueda… -sus ojos centelleaban otra vez cuando descendió las escaleras-. Un poquito más, amigos, un poquito más y acertarán -parecía un charlatán de feria tratando de sujetar a un auditorio nervioso. Sus últimas palabras fueron cubiertas por el chapoteo del agua que el inspector arrojaba furiosamente contra la puerta-. Hablábamos de mero deseo de posesión. ¿Saben qué significa eso?

– ¡Por favor! -protestó alguien. Todos miraban fijamente la puerta, horrorizados, y puestos en pie.

– ¡Hagan el favor de escucharme! -dijo Ellery salvajemente-. Me escucharán aunque tenga que ir sacudiéndoles de uno en uno. Siéntense -obedecieron confusos-. Así. Mucho mejor. Y, ahora, escúchenme. Esos robos indiscriminados de objetos sin valor aparente ni oculto no pueden tener más que una explicación: cleptomanía. Y en este caso una cleptomanía dedicada exclusivamente a los anillos, anillos de cualquier clase. Y digo esto porque parece ser que no ha sido robado ningún otro objeto -volvían a escucharle atentamente, con poco esfuerzo, tratando al mismo tiempo de olvidar el infierno que ardía sobre sus cabezas. Ruidos sordos de paredes que se arruinaban, desplomándose sobre el piso resonaban en la bodega como golpes en las paredes de un ataúd-. En otras palabras: si encuentran ustedes un cleptómano en este grupo, habrán encontrado al asesino del doctor John Xavier y del abogado Mark Xavier, al asesino que quiso incriminar a los dos chicos.

El inspector bajó a toda prisa a buscar más agua.

– Por ello -dijo Ellery con gesto feroz- me propongo, como último triunfo a conseguir en la vida, descubrir eso -levantó de pronto una mano y comenzó a sacarse un precioso anillo, muy raro y vistoso, que llevaba puesto.

Por fin, logró sacarlo y lo colocó sobre uno de los cajones vacíos viejos, empujándolo suavemente hasta el centro del grupo.

Luego se volvió atrás unos pocos pasos y se quedó callado.

Todos los ojos estaban clavados sobre la brillante joya como si fuera un amuleto de salvación en lugar de un último y desesperado truco. Hasta las toses habían desaparecido. El inspector bajó también a sumar sus ojos a la batería ya instalada. Nadie hablaba. Nadie se movía.

Pobres tontos, pensaba Ellery para sus adentros. No os dais cuenta de lo que está pasando en realidad. ¿Será posible? Y mantenía su fiera expresión, tan feroz como podía, mirando a su alrededor con frialdad. Deseó intensamente que se derrumbara la casa en ese momento en que tenían tan concentrada todos su atención en el maldito anillo que no se enterarían casi de nada, ahorrándose dolor y sufrimiento. Y continuaba mirando.

Permanecieron así durante un espacio de tiempo infinito. No se oía más que los desplomes del piso de arriba y el silbido de las llamas. El frío de la bodega había sido sustituido hacía ya horas por un calor creciente, agresivo, tremendo.

Hasta que alguien gritó. Una mujer.

«¡Gracias a Dios! -pensó Ellery-. El truco ha funcionado. ¡Como si importase algo!». ¿No podría haber aguantado hasta el final? En realidad siempre fue una infeliz, una pobre tonta enredada en su torpe y complicado engaño.

La mujer volvió a gritar.

– ¡Sí! ¡Fui yo! ¡No me importa decirlo! ¡Lo hice y lo volvería a hacer, estuviera donde estuviera!

Se detuvo para recuperar el aliento, mientras un destello de locura se dibujaba en su mirada.

– ¿Y qué más da? -aulló-. ¡Vamos a morir todos enseguida! ¡Al infierno! -lanzó su brazo hacia la figura petrificada de la señora Carreau, apoyada en los jóvenes siameses, que miraban aterrados-. Lo maté y maté a Mark porque lo sabía. Estaba enamorado de esa… de esa… -se le quebró la voz, convirtiéndose en un murmullo ininteligible. Creció el tono de nuevo-. Da igual que lo niegue. Tanto susurro, tanto susurrar y susurrar y susurrar y…

– No -susurró la señora Carreau-. Hablábamos solamente de los niños, puedo jurarlo. Nunca hubo nada entre nosotros.

– ¡Era mi venganza! -gritó-. Hice que pareciera que esos dos… esos hijos de ella, eran los que le habían matado, para hacerla sufrir, para hacerla sufrir como ella me hacía sufrir a mí. Pero Mark me lo estropeó. Y cuando dijo luego que sabía quién había sido, tuve que matarlo a él también…

Dejaron que siguiera desahogándose. Se había desencadenado y estaba en pleno ataque de locura. Tenía espuma en las comisuras de los labios.

– Y robé los anillos, ¡también! -chilló-. Creyó que no resistiría al ver ese anillo puesto ahí encima…

– Y no ha resistido, querida -dijo Ellery, sarcástico.

No le hizo caso.

– Por eso decidió retirarse aquí… cuando descubrió mi enfermedad. Trató de curarme, de sacarme del mundo, de alejarme de la tentación -lloraba a lágrima viva-. Y lo estaba consiguiendo -aulló- cuando llegaron ellos, esa horrible mujer y sus desechos del demonio… Y los anillos, los anillos… ¡No me importa! Me alegro de morirme, me alegro, ¿me oyen? ¡Me alegro!

Era la señora Xavier, claro está. La señora Xavier de los profundos ojos negros y el amante pecho, alta y delgada, con su bata de encaje y la piel, ahora, cubierta de suciedad surcada por regueros de lágrimas.

Exhaló un largo y profundo suspiro, mirando nerviosamente a su alrededor y luego, antes de que ninguno reaccionase, saltó de su asiento, cruzó entre los horrorizados miembros del círculo y se lanzó escaleras arriba como una centella, apartando de un empujón al sorprendido inspector, impulsada por su ciega desesperación. Antes de que Ellery pudiera salir tras ella ya había logrado abrir la puerta de la bodega y, lanzando un último aullido animal, arrojarse entre el humo, a través de las llamas que llenaban el pasillo del otro lado de esa puerta.

Ellery corrió tras ella con todas sus fuerzas. El humo y el fuego le hicieron retroceder, tosiendo y gimiendo. La llamó a grandes voces, llamó y tosió y volvió a llamar, tratando de penetrar el infierno que tenía delante. No logró respuesta alguna.

Al fin, tras una cierta espera, volvió a cerrar la puerta y a forrarla con los trozos del vestido de Ann Forrest. El inspector acudió con un cubo de agua, como un autómata.

– Pero ¡ella…! -susurró sorprendida la señorita Forrest-. Ella es… es…

Se rió histéricamente y se refugió entre los brazos del doctor Holmes, sollozando, riendo y tosiendo a la vez, sin control.

Los Queen descendieron lentamente la escalera.

– Pero El -gruñó quejumbroso el inspector-, por qué… no entiendo bien -se pasó la mano tiznada por la frente.

– Lo tuvimos delante todo el tiempo sin verlo -exclamó Ellery, ausente, sin vida en la mirada-. John Xavier era un coleccionista de gemelos, tenía cajones llenos hasta arriba. Y no tenía ni un mal anillo, ni uno solo. ¿Por qué? -se humedeció los labios-. No podía haber otra razón más que su propia esposa fuera una cleptómana. Me di cuenta en cuanto pensé en la cleptomanía por primera vez. Y se preocupaba por alejar las tentaciones de ella.

– ¡La señora! -chilló el ama de llaves de repente, erguida sobre un saco de carbón. Su cuerpo sufría sacudidas espasmódicas.

Ellery se sentó de nuevo sobre el peldaño de abajo de la escalera y se cubrió la cara con las manos.

– Lo más dramático de todo este asunto, padre -dijo con amargura-, es que tenías tú razón en un principio. Tenías razón aunque fuera por razones falsas. Y lo más curioso es que cuando la acusamos de haber asesinado a su marido al día siguiente del crimen confesó. ¿Te das cuenta? ¡Confesó! Y su confesión era sincera, no encubría a nadie. Lo contó todo como la débil criatura que… era -se estremeció-. ¡Qué imbécil fui! Al demostrar que las pruebas con que se la acusaba eran pruebas falsas la dejé en la mejor posición posible para recuperarse y apoyarse en su exoneración de culpa para afirmarse y alimentar nuestras sospechas de que trataba de encubrir a algún otro. ¡Idiota de mí! ¡Cómo debe haberse reído de nosotros!

– Ahora ya no seguirá riéndose, la infeliz -dijo la señora Carreau.

Ellery no la oyó.

– Pero sí tenía yo razón en lo del engaño, lo de la falsa acusación -murmuró-. Fue inculpada por Mark Xavier, como expliqué entonces. Y lo más paradójico es que Mark Xavier, al componer las cosas para acusarla a ella en vez del que él creía ser el verdadero asesino, estaba acusando al auténticamente verdadero. Por pura casualidad, pero resultó una irónica casualidad. ¡Colocar el lazo al cuello del culpable creyéndolo inocente! Estoy seguro de que estaba convencido de que habían sido los mellizos, según dedujo del medio valet de diamantes que encontró, aunque tal vez más adelante comenzara a sospechar la verdad. Creo que sí. ¿No recuerdas aquella vez que le vimos tratando de entrar sin ser visto en la habitación de su cuñada? Lo había adivinado por la manera en que ella confesó el crimen; había comprendido que, por accidente, él había colocado la prueba contra el verdadero asesino, y seguramente trataba de intensificar los datos contra ella añadiendo alguna pista más. No lo sabremos nunca. Y sin duda fue también ella quien dejó el otro medio valet de diamantes en la mano de Mark después de administrarle el veneno. El pobre hombre no tuvo demasiada suerte, desde luego. Nunca creí que un moribundo quisiera… o pudiera -se detuvo con la cabeza baja.

La levantó de nuevo y miró a los presentes. Intentó sonreír. Smith estaba sumido en un estupor aterrado. La señora Wheary se quejaba lastimeramente sobre su lecho de carbón.

Consiguió hablar con gran esfuerzo.

– Bueno, ya lo he dicho todo. Ahora…

Volvió a callarse. Al mismo tiempo que todos se ponían en pie de un salto, alarmados.

– ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha sido eso?

Se había sentido una especie de estallido trepidante, un gran ruido que conmovió hasta los cimientos del edificio, resonando largo rato, perdiéndose débilmente, con el eco, por las montañas.

El inspector subió las escaleras de un salto. Empujó fuertemente la puerta para abrirla cubriéndose los ojos con el brazo para protegerse de las llamas. Atisbo el exterior, como pudo.

Pudo ver un retazo de cielo. Los pisos superiores de la casa se habían derrumbado hacía ya tiempo y eran unas ruinas calcinadas. Ante sus pies se extendía un curioso fenómeno: millares de pequeñas estrellas que hervían. Nubes de vapor se elevaban, mucho más evanescentes que el humo, por todas partes.

Cerró la puerta y descendió los peldaños con exquisito cuidado, como si cada uno de ellos fuera una plegaria y una bendición. Cuando llegó abajo y se acercó a ellos, pudieron ver que su cara estaba blanca como el papel y que tenía los ojos inundados por el llanto.

– ¿Qué sucede? -gritó Ellery.

El inspector repuso, entrecortadamente:

– Un milagro.

– ¿Un milagro? -articuló Ellery, atónito, con la boca abierta, idiotizado.

– Está lloviendo.

Ellery Queen

***