/ Language: Español / Genre:thriller

El hospital de los dormidos

Francisco Pavón

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.

Francisco García Pavón

El hospital de los dormidos

Para Cristina Soubriet, Fernando Guillermo

de Castro y Fernando de Castro Soubriet, con

los tres abrazos de cada día.

Capítulo primero

El primer dormido

Plinio, siempre que en verano caminaba hacia el Guadiana, recordaba sus años mozos, cuando al caer la tarde, en tartana o bicicleta, iba con los amigos a los molinillos que se despatarraban sobre el río, en busca del agua casi fresca, que pasaba cantandillo bajo las sombras de los álamos. Sus momentos de mayor goce de la naturaleza siempre le parecieron los baños en el Guadiana, cuando con los ojos abiertos bajo el agua veía claridades diluidas y rotas por su propio braceo.

El trago de vino a su hora, el son de las esquilas del ganado que volvía al redil al acostarse el sol, el cigarro a punto o las tetas de una moza saltando sobre las sábanas recién planchadas, fueron otros gozos muy saboreados entonces…, pero sólo de unas partes del cuerpo. Pero lo que se dice gusto completo, desde el cogote a los talones, entre risas y árboles: sus baños de mozo en el Guadiana estrecho que pasaba por aquellos molinos.

Y sonrió para sus adentros al recordar que nunca se bañó con su mujer pecho a pecho y nalga a nalga. Quién iba a pensarlo en aquellos tiempos que no había más moral que la de la carne fría. Y hubiera estado muy bien un baño de novios enSan Juan, en Santa María o en El Molino del Curro, saltando los dos entre las ondas en cueros vivos y viéndose en la frente las pizcas de sol que filtraban las hojas de los árboles. Seguro que su hija lo habría hecho muchas veces en el mar. La imaginaba nadando con el culo al sol -su culo «culete» tan querido- ante el marido, y los turistas indiferentes.

Cruzaron la estacioncilla deCinco Casas, jubilada, como los jaraíces caseros, las cuevecillas, los pozos, las cuadras y los horcates. Sin trenes con pitos, vagones viejos color almagre, y aquel jefe de estación -«¿se acuerda usted, don Lotario?»- que despedía a los viajeros de todos los trenes meneando la dentadura postiza.

– «Meneándola, no, Manuel, quitándosela y enseñándola con la mano en alto.»

– «Es verdad, don Lotario, como si le diera mucho gusto tener dientes mecánicos y enseñarle a los que se iban su boca hueca.»

Ahora quedaban por allí vagones ya en desuso, hierbas entre algunos raíles lateriales y oxidados… Y en aquel momento, un revolar de pájaros sobre el andencillo, como si estuviera al llegar alguna mercancía apetitosa.

Don Lotario, como no había quien le hiciera ponerse gafas de sol allí iba, apescado al volante, con el sombrero pegado a las cejas, los ojos arrendijados y aquella imitación de sonrisa que sacaba cuando no ocurría cosa. Ya por la carretera de Villarta, la llanura verde total, sin más lindero que el cielo, que allá donde se junta con lo verde, rezumaba agujas de agua a pesar de la calina, del sol con la calva grana y de algunos trigales trimesinos ya pajizos y con las espigas reverenciosas. «Quién iba a decir, hace nada, que estos sequeríos iban a verse así, tan lucidos y comerciales.»

A unos nueve kilómetros de Villarta de San Juan se desviaron por la carretera de Los Llanos, camino de La Jarrina, de los tres Pérez, y de la Casa del Duende, que caía unos cuatro kilómetros a la derecha, y que don Lotario le había comprado a su sobrino político Fernando el madrugaor.

Plinio siempre salía al campo con muchísimo gusto, porque era como volver a los primeros compases de su vida. Pero cuando, como aquella tarde, salía a nada, se ensombrecía un poco, porque era señal de que no tenía que hacer en su despacho.

– A mí esto de salir al campo a nada, a mirarlo, me aburre más que un concierto de tambores -dijo en voz alta.

Y don Lotario, que se sabía la idea, le repitió lo de siempre:

– Pues no creas que en el pueblo ver todas las tardes a las siete a la Fernanda, en la esquina de la calle del Matadero, esperando a su marido, el que se marchó a la feria de Argamasilla el año que acabó la guerra y todavía está por venir…

– Es que le gustaban tanto los columpios que a lo mejor subió en ellos y no se ha bajado todavía.

– Si es verdad lo que contaban, en los columpios, en los caballitos o donde sea, se lo pasará bien con tal de no acostarse con ella, que por lo visto tiene el conejo tan estrecho que no le cabe un calambre. Ya sabes que la noche de bodas dejaron el colchón empapao de sangre y él tuvo la minga en cabestrillo qué sé yo los días.

– Cómo le gustan a usted las exageraciones del pueblo.

– Es lo único que me da el rayo de la risa.

Columbraron laCasa de la Ratona, pequeña y vieja, sin enjalbegar, como resto de otros agros y otras pobrezas. Don Lotario metió el coche por el caminillo de los álamos blancos, para mejor ojear las viñas, la alfalfa, la remolacha y el trigo.

– Y no me ha dicho usted muy bien a qué hemos venido.

– Pues que hace más de ocho días que no caigo por aquí y he perdido la cuenta del tiempo que falta para cortar la alfalfa, porque Antonio, el caporal, siempre se pasa, y yo confundo un corte con otro.

Plinio alzó los ojos. A menos de un kilómetro se veía la carretera de Andalucía con sus cadenas de coches y camiones.

Se detuvieron ante la nave donde guardaban la maquinaria agrícola. Cada cual se bajó por su puerta.Plinio, removiéndose un poco los pantalones por semejante parte. Como ya conocía el lugar, y sabía lo que le gustaba, miró por orden hacia la pedriza un poco alejada, a la alberca, el jardinillo con rosales y aligustres, y la pareja de cipreses vigilantes, moviendo muy poquito los cucuruchos.

– Fernando no quiso quitar aquella encina -dijo don Lotario señalando hacia la viñeja- a pesar de que le comía el producto de ocho cepas.

– ¿Y usted también la va a dejar?

– Pues sí. Es la única encina que tengo.

Mientras don Lotario se acercó a mirar si brotaba el redrojo alfalfero,Plinio vio unos grajos que volaban desde los árboles hasta la nave, a cuya sombra estaba la segadora de alfalfa y la empacadora. Luego inició un paseíllo hasta la quintería que tenía televisión, inodoro y algunas revistas de colorines. «Quién lo iba a decir: los gañanes con "tele", frigorífico, revistas y agua corriente.» Se echó un trago de vino de la botella que vio nada más abrir el frigorífico, se secó los labios con el pañuelo limpio que le dio la Alfonsa aquella mañana y relió el cigarro de cada hora. En la misma puerta se encontró con don Lotario, que volvía.

– ¿Ya sabe cuándo se cumplirán los veintiocho días para eso de la alfalfa?

– Poco más o menos.

– ¿Entonces qué hacemos?

– Como no quieras que nos bañemos en la alberca…

– Qué cosas tiene usted… Al venir me acordé de cuando mozo iba en bicicleta a bañarme junto alMolino de San Juan.

– Pues ahora ya no podrías bañarte allí, ni en todo el Guadiana hasta Argamasilla, por muy sudao que estés.

– Sí, ya sé que por el pantano desviaron las aguas por unos canalillos. Y digo que sé, porque creo que no me he asomado a los molinos desde hace treinta años.

– Ni yo.

– Pues si quiere usted, ya que no tenemos mejor cosa que hacer, nos damos una vuelta por allí.

– Pues venga. Y así recuerdas tus baños de mocete.

– El baño de río y no digamos el de laguna, me gustaba mucho. Y claro, lo que más, al salir del agua, secarse al solecillo del final de la tarde y hacer la merienda-cena bajo los olmos, sin que parase la bota de vino. Y luego, bien fresquitos, volver por la carretera, a la luz del farol de labici, cantando las cosas de entonces: «Dónde se mete / la chica del diecisiete / de dónde saca / pa tanto como destaca.»

– ¡Hale, Manuel cantando! No te oía cantar desde que nació Pepito Bolós.

– Qué exagerao.

– Venga, vámonos, que Antonio no sé dónde para… Mira, Manuel, ya están ahí las dos perdices. Aquí sólo se ven dos perdices. No sé si es que se turnan o son las de siempre. Nunca he visto tres o cuatro. Codornices sí que hay bastantes en estos alfalfares.

– Alfalfares. Como soy así tan añorante, me gustan más las viñas que la alfalfa, y todas estas plantas de regadío.

– Lo mismo dirían los pastores antiguos cuando empezaron a plantar viñas por estas tierras de monte y trigo.

– Ya.

Con el sol de espaldas, desrodaron el camino. Pasada Argamasilla, se desviaron por la carretera de Ruidera. Frente aLa Alvesa, en los canales del Pantano, se bañaban dos extranjeros. Uno rubio con las gafas puestas. Llevaban bañadores de colorines y, junto a la cuneta, tenían unos mochilones enormes.

– Fíjate, ingleses bañándose en el Guadiana, aunque esté envasado en cemento.

– O a lo mejor son de Villarrobledo, don Lotario. No presuma usted de saber de dónde es la gente por el color de los calzoncillos, que el otro día vio mi hija a Julia, la que fue monja, con unos pantalones vaqueros metidos en las dos rajas del culo.

– Todo se acaba. Con los curas y las monjas va a pasar lo que con lospay-pays, que ya ni se fabrican.

– Es que ha sido mucha historia… Que se ha pasado usted, don Lotario. El camino es aquél.

– Ah, es verdad. Creí que te referías a lo de los curas.

Aguardaron a que pasaran dos coches para dar la vuelta y meterse por el camino delMolino de San Juan, que sigue tan malo como en los años 30.

– Pero oye, no se ve el molino. Y mira que está esto desarbolado. Quién te ha visto y quién te ve, molino de San José.

– De San Juan.

Aparecieron unos chicos con cara de Peinado, montados en bicicletas. Don Lotario detuvo el coche, que por lo malísimo del camino llevaba a veinte por hora:

– Oye, chico, ¿dónde está el molino?

– Se hundió hace mucho tiempo.

– No te digo…

Dejaron el coche junto a la casa de campo de los Peinados y subieron hasta la ribera del que fue río. Entre las hierbas secas había dos muelas de piedra blanca como único resto del molino. Anduvieron unos pasos muy despacio. Vieron restos delladrón. Habían desaparecido muchos árboles de las orillas, y todos los juncos. Abundaban troncos tumbados y medio podridos y hoyos de árboles que fueron. Lo único verde y fresco que quedaba en aquellas márgenes jubiladas eran zarzamoras. Hasta pocos años antes, según les contaron luego, corrió algún agua por aquel lecho, pero el molino se hundió mucho antes.

Después de caminar unos metros más se detuvieron con las barbillas caídas:

– ¿Qué, qué me dice, Manuel?

– Hasta esto.

– Hasta esto, ¿qué?

– Que hasta esto puede quedarse tan inútil como la vida de un hombre.

– No dramatices, Manuel. Todo consiste en que el agua la han desviado un poco, hasta el canalillo.

– Eso sí, pero que la Mancha se haya quedado sin Guadiana no había pasado en toda la historia.

– Pero riega más que regaba, aunque bañe y luzca menos que bañaba y lucía.

– Ya, ya.

Sentados y recostados en dos árboles medio podridos, liaron los cigarros y quedaron mirando a aquel canal somero de tantas aguas idas.

– Cuando niños, nos parecía el río tan hondo, y fíjate.

– Bueno, yo siempre recuerdo que no me cubría. De mozo, a lo más, me llegaba al pecho.

– Cuántas risas y magreos oirían y verían aquellas aguas desde que el mundo es mundo.

– Total, que hemos echado la tarde a tristezas. Menos mal que su alfalfa va bien.

– Eso sí.

Despues de un corto silencio se levantó don Lotario, con el cigarrillo en el pico.

– ¿Es que ya se ha cansado usted de estar a la orilla… del aire. Iba a decir del agua?

– Tiene gracia eso: a la orilla del aire. A la orilla de la nada estamos siempre.

– Ahora es usted el que ennegrece. No lo he dicho con esa intención. Más bien como chiste.

– Ya, ya. Es que con tanto hablar de aguas me han entrado ganas de hacerlas…, aunque a la orilla del aire… Siempre estamos a la orilla del aire… En cualquier momento. Perdona.

Y sin quitarse el cigarro de, justamente, debajo de la nariz, se arrimó a una zarzamora grande que se doblaba un poco hacia el cauce y mirando al cielo bajo el ala del sombrero comenzó a hacer sus aguas.

Plinio le echaba reojos, sonriendillo, porque el veterinario siempre orinaba así, mirando a lo alto, con los ojos un poco guiñados como si el vaciado de su vejiga le produjese amago de cosquillas.

Cuando el hombre acabó con sus aguas y bajó la cabeza como para ver -pensóPlinio- cómo le había quedado de gustosa la minina, se le agravó el gesto, quedó mirando fijamente al yerbajoso pie de la zarzamora y sin quitarse ambas manos de donde las tenía, comenzó a llamarlo con voces desproporcionadas a la poca ribera que los separaba.

– ¡Manuel, Manuel!… ¡Ven, ven, ven!

– Pero ¿qué pasa?

– ¡Ven, ven! Que me he meao en un muerto.

– ¿En un muerto?

– En un muerto que, si no veo visiones, se llama de nombre, de apellido y apodo Manuel GarcíaEl Toledano.

– ¿Es posible?

– Como lo oyes.

Plinio, a pesar del rebato, se levantó con sus calmas, se manoteó la culera y fue hacia donde estaba don Lotario ya embraguetándose, pero clavados los ojos en el aparecido.

CuandoPlinio estuvo a su altura, el veterinario señaló, estirando la barbilla, al pie de la zarzamora. Y Plinio, apartando las ramas bajas con el pie, miró con mezcla de respeto y desconfianza.

– Pues sí que es Manuel GarcíaEl Toledano. ¿Y cómo lo ha conocido usted tan pronto?

– Es que por la vertical de mi chorro se veía muy bien.

Entre las hierbecillas se le columbraba la cara mojada de orina, con los ojos cerrados, pero el gesto muy natural, como de dormido. El cuerpo, más que tumbado, estaba medio vertical, sobre la cuestecilla que hacía la ribera por aquella parte.

– No tiene pinta de muerto.

– Ya lo veo, ya. Pero tú me dirás. Un hombre al que le mojas toda la cara, aunque sea con chorro caliente, y no se estremece…

– Usted que es casi médico reconózcalo.

Don Lotario sacó el pañuelo y con gesto de mucha repugnancia, aunque fuese suyo el líquido a enjugar, le secó el pelo y la cara aEl Toledano y tiró rápido el trapillo al que fue río. Luego, dejándose escurrir un poco por la pendiente, se arrodilló junto al Toledano. Le tomó el pulso, le palpó la frente y le pegó la oreja en la corbata, así medio tumbado, alzando mucho la cara bajo el sombrero algo ladeado:

– Está tan vivo como tú y como yo.

– Qué raro… Hágale cosquillas.

Don Lotario le rascó en los sobacos y Manuel GarcíaÉl Toledano, como soñando, dejó escapar una sonrisa nerviosa.

– Se ríe y todo. Qué tío.

– Vamos a subirlo que esté más cómodo.

Lo tomaron de un brazo y de una solapa cada uno y en dos tirones lo dejaron sobre la senda del río. Don Lotario le cruzó los brazos sobre el vientre, porque quedó muy desparramado. Tan grandón y bien vestido, como iba siempre, aunque con arrugas y la calva sucia, ahora estaba echado paralelo al cauce seco.

– ¿Y qué hacemos ahora, Manuel?

– Esperar a ver si se despabila… No entiendo qué puede hacer aquí un hombre como éste, solo y sin sentido. Borracho tampoco parece.

Don Lotario le acercó la nariz a la boca entreabierta.

– No huele.

– ¿O estará drogado?

– Yo no sé cómo se quedan los drogados. En mi vida he visto a uno.

– Yo tampoco… Y cualquiera se lo lleva al pueblo. Con lo que pesa este hombre necesitaríamos otros dos como nosotros para acercarlo al auto… Voy ahí, a la casa de los Peinado, que alguien debe de haber, puesto que están los chicos, y nos echan una mano.

– Espérate un poco, a ver si resucita.

– Espero un pito -dijoPlinio ofreciéndole un caldo.

– Bueno. Todas tus esperas son tabaqueras.

– Nuestras esperas.

– No estaría mal poderse fumar un pito, el último cuarto de hora, en espera de la muerte.

– Yo, desde luego, como tenga aliento, me lo fumo.

– Y yo… A ver si nos entierran con la colilla en la boca.

Encendieron y, después de dar la primera chupada, con los ojos bien puestos en la lumbre, quedaron mirando a Manuel GarcíaEl Toledano, que en aquella posición más cómoda, parecía estar a gusto.

– Y el tío va de traje nuevo, corbata hermosa y camisa limpia.

– Ya sabe usted que estosToledanos son más presumios que una novia con el ramo.

– Si, para andar por el pueblo, pero para salir al campo, no me digas.

– Entonces usted cree que ha venido de excursión.

– Yo, Manuel, creo lo que tú digas.

– Cómo va a venir solo y se va a tumbar ahí en tan mala postura… A ver qué lleva en los bolsillos.

Se pusoPlinio en cuclillas y empezó a registrarle todos los huecos.

– Lleva su cartera con billetes…, el reloj de oro, monedas, mechero, gafas, la alianza.

– Normal.

El Toledano, como incomodado al sentir manos por tantas partes del cuerpo, se dio media vuelta y quedó con el perfil hacia la zarzamora.

Cuando acabaron el cigarro los justicias, el tumbado seguía igual.

– Bueno, creo que ya ha estado bien. Éste no amanece. Voy a ver si hay algún Peinado y nos ayuda a llevarlo.

– Venga. Te esperamos.

«Cada día cosas nuevas. Pero un hombre con la cara meada no había visto nunca. Y unToledano, además. Tan relimpios… Éste ya tendrá los cincuenta bien cumplidos…»

Iba diciéndosePlinio río abajo.

Apenas llegó al solar del viejo molino, sonó una voz entre los árboles:

– Pero hombre, Manuel, ¿qué hace usted por este Guadiana jubilado?

Era Eladio Peinado, con su hermano Anselmo, el catedrático y astrónomo.

Después de cambiar saludos, les contóPlinio el percance, y los dos Peinado, más su hermano Emilio, las mujeres y el montón de chicos, fueron al lugar del tumbado…

– Pues nosotros no hemos visto ni oído pasar a nadie por aquí.

– Habrá sido mientras echábamos la siesta.

Plinio iba delante sin hacer preguntas, de momento.

El Toledano estaba panza arriba, como quedó después del registro, despatarrado, y con amago de sonrisa.

Lo estuvieron contemplando todos un rato y haciendo suposiciones nada esclarecedoras, hasta que por fin decidieron llevarlo a la casa deSan Juan.

– Venga, a la una, a las dos y a las tres.

– Aunque somos tantos, pesa lo suyo.

– EstosToledanos siempre fueron de mucho comer.

– No tengáis miedo que se vaya a despertar por más que lo movamos -dijo don Lotario-. Después de irte tú, Manuel, le he hecho más cosquillas, y le he tirado pellizcos, y que si quieres.

– El que no se despierta cuando se mean encima de él, no se despierta nunca -dijo una de las mujeres.

– No seas malagüera, que el tío está vivo y caliente -le replicó su marido.

– Creo que antes de meterlo en el coche convenía dejarlo un rato en una cama para ver si se anima -aconsejó Eladio-. ¿Te parece, Manuel?

– Como queráis… Era por no molestar.

El Toledano, con la cabeza caída hacia atrás, daba una especie de ronquidos gorgoritosos.

– Con la boca abierta, y con el meneo, ronca -dijo Anselmo.

– Venga -dijo otra de las señoras-, dejadme que le sujete un poco la cabeza al pobre.

Y se puso tras él cruzándole las manos bajo el cogote.

Al llegar a la puerta de la casa lo dejaron en el suelo.

– Venga, chicas, abrid las puertad de par en par para que podamos entrarlo. Y preparad una cama bien fuerte.

– Sí, aquí en la de hierro.

– Ya está.

– Venga, vamos al último viaje.

– Pero qué gafe está ésta…

– A una, a dos, a tres…

Lo tomaron entre casi todos los presentes por donde podían, y lo entraron en la habitación que estaba en el mismo portal, y dejaron caer sobre una cama muy ancha, de hierros dorados, que había en la penumbra. Se le quedó alzada la pernera del pantalón y se veían pétalos de flores de hinojo pegadas a los calcetines granate.

Ya bien posado en la cama, Manuel García soltó un suspiro muy profundo y reasomó la sonrisa de gusto, como si apreciara la comodidad del colchón o viera entre sueños algo de muy buen color.

– ¿Y usted, don Lotario, qué cree que puede ser esto? -le preguntó Emilio.

– Ni idea. Mis enfermos, cuando los tenía, tal vez por ser irracionales, no tenían males tan gustosos.

– Tapadlo un poco con la colcha, no sea que se enfríe -dijo la hermana de los Peinado.

– ¿Cómo va a enfriarse con esta tarde?

– Venga, vámonos fuera a tomar un vino y a ver si mientras se le hace de día.

Quedaron todavía unos segundos, como rebinando, con los ojos fijos en aquel corpachón con corbata, camisa con iniciales y brillantina en los aladares, y salieron a la sombra de los árboles que rodeaban la casa deSan Juan.

Una de las mujeres sacó vino del pueblo y queso en aceite ya casi verde, de puro regustoso, y empezaron a lengüetear entre sorbos, cigarros y recuerdos del río que se fue de allí. Ante las cales sonaban las palabras alegres y las risas que hacían historia de la familia deEl Toledano. Aunque la historia era tan flaca, que no se pusieron de acuerdo si les llamaban Toledanos porque tuvieron antepasados de Toledo o porque siempre vivieron en la calle de ese nombre.

Varias veces entraron las mujeres a ver si se despertaba, pero el hombre seguía tan a gusto, hasta que ya cerca de las diez, cuando andaban en los últimos vasos y primeros silencios, se oyó un bostezo larguísimo.

– ¡EsEl Toledano!

– A lo mejor se ha despertado.

Todos se acercaron a la ventana. Plinio, sin sitio por donde mirar, pasó rápido al portal. Don Lotario fue tras él. Manuel García, con ambas manos debajo de la nuca, volvió a bostezar con la misma fuerza y son que antes. Luego sopló y, por fin, entreabrió los ojos y quedó fijo en la luz de la mesilla. En seguida empezó a mirar hacia uno y otro lado. Se incorporó con cara de no saber dónde estaba. Plinio, para sorprenderlo, dio al interruptor de la bombilla del techo, que estaba junto a la puerta.

El Toledano, deslumbrado, miró al corro de los que ya habían entrado en la alcoba. En seguida reparó en Plinio. Luego comprobó que estaba vestido de pies a cabeza. Y quedó pensativo, como dándole vueltas a la cabeza hacia atrás. Y por fin, con voz miedosa, preguntó:

– ¿Dónde estamos, jefe?

– EnSan Juan, en la casa de los Peinado, los de la ferretería. ¿No los ves?

Se pasó la mano por la calva, como para acelerar el cejar de su cerebro.

– ¿Y cómo llegué aquí?

– … No llegaste, te trajimos.

– ¿Desde dónde? -preguntó con ansia.

– Don Lotario y yo te encontramos esta tarde tumbado junto al río… Vamos, junto a lo que fue río, entre zarzamoras e hinojos.

El Toledano puso cara de preocupación más consciente y miró la hora.

– ¿Y vosotros, Manuel y Lotario, qué hacíais por aquí?

– De paseo. Vinimos a recordar baños viejos.

– Ya.

El recién despertado se volvió a mirar la sortija y el reloj, luego sacó la cartera y contó los billetes.

– ¿Te falta algo?

Sin contestar volvió a contar.

– Unas tres mil pesetas… Pero no -reaccionó en seguida-, ésas las gasté yo. No me falta nada.

– Si recordaras lo que hiciste esta tarde…

– Recuerdo lo que hice en las primeras dos horas, poco más o menos… Después de comer di mi cabezada, como siempre, fui al casino, tomé café con los amigos hasta eso de las cinco y, también como siempre, me fui a dar un paseíllo como me tiene mandado el médico…

– ¿Y qué más? -insistióPlinio, mirándolo con fijeza.

Después de pensarlo un momento o intentar forzar la memoria inútilmente, dijo con aire muy convencido:

– Después… No me acuerdo, jefe.

– ¿De nada, de nada?

– De nada.

– Entonces -pinchó don Lotario- no te han robado, no te han pegado, ni recuerdas que nadie te haya dado adormidera para poderte traer aquí aSan Juan y dejarte sin sentido entre los árboles… ¿Para qué?

– Yo qué sé, Lotario. Y no he mentado para nada las adormideras.

– ¿Hablaste con alguien cuando dabas el paseo?

– … Hablar no, algún saludo.

– ¿Y por dónde fuiste?

– Por elPaseo de la Estación… El Parque Nuevo… hasta Santa Rita. Por donde casi todos los días.

– Por esos sitios con todo el calor de la siesta.

– Sí, Manuel, ya te he dicho que es mi costumbre, en invierno y en verano -dijo con un punto de mal genio.

– Oye, que intentamos ayudarte, nada más ni nada menos.

– Perdona.

Quedaron todos en silencio.

Toledano probó a ponerse de pie. Se mantenía bien. Se pasó las manos por las corvas, como dándose masaje. Ya bien firme, se estiró la americana y enderezó la corbata:

– Es todo lo que puedo decir, señores. Lo siento.

– No, si era por ti. Pero estás sano y salvo, que es lo principal.

– Y bien dormido -dijo una de las mujeres.

– Eso sí. ¿Vais alguno para el pueblo?

– Don Lotario y yo.

– ¿Me queréis llevar?

– No faltaba más.

– Así acabo de daros la tarde -dijo acercándose aPlinio y dándole una manotada en el hombro-. El gran Plinio, que descubre hasta cuando dejan a uno dormido en la orilla del Guadiana.

– Quien te descubrió fue don Lotario cuando se le ocurrió… acercarse a una zarzamora a ver cómo estaba de granillos, y te… vio debajo.

Don Lotario hizo un mohín de risas.

Salieron todos de la alcoba detrás deEl Toledano, que seguía meditabundo. No quiso tomar un vaso de vino. Luego de pasarse la mano por la cabeza se la olió con desagrado. Plinio y don Lotario se miraron.

– Por favor, Eladio, ¿podría lavarme un poco las manos?

– No faltaba más. Pasa.

A poco salió bien peinado, ya claro, sin brillantina y bien puesto.

Ya en el coche callaron. Todavía se veía sin faros.

– Con estos cambios de horas no anochece nunca.

El Toledano no contestó de momento y volvió a pasarse las manos por la cabeza y a olérselas.

– … Desde luego, Lotario. Y si continúan adelantando los relojes, nos levantaremos sin que haya anochecido todavía -contestó como distraído y en vista de que no le contestabaPlinio.

– ¿Cuántos nietos tienes ya, Manuel?

– Dos y gracias, Lotario.

Con frases así, sueltas y forzadas, entraron en el pueblo.

– ¿Dónde te dejamos?

– Ahí, en la plaza… Jefe, no dices palabra.

– ¿Qué quieres que diga? Ya me lo has contado todo.

– ¿No te has creído lo que os he dicho que hice esta tarde?

– Me suena que falta algo… Pero eso es cosa tuya.

– Tú, tocayo, sí que siempre estás en lo tuyo.

– Eso, en lo mío, en el sentido común.

El Toledano quedó callado. Don Lotario, frenando, se arrimó a la acera del Casino de San Fernando. Se bajaron los tres.

– ¿Quieres una caña, Manuel?

– Gracias, voy a hacer un recadillo… Y muchas más gracias por todo. De verdad, señores, que no tengo nada más que decir.

– ¿Ni siquiera por qué parte de tu paseo, poco más o menos, perdiste el sentido, te llegó el sueño o lo que fuera?

– Ni eso. Uno nunca sabe en qué momento se queda dormido.

– Pero si dónde.

Toledano, ya fuera del coche quedó mirando a Plinio con los ojos muy severos.

– Gracias otra vez y hasta luego.

Cuando cerró la puerta don Lotario, yEl Toledano se había apartado unos metros, le dijo a Plinio:

– Has estado un poco duro con él, Manuel.

– ¿Conque un poco duro? ¿No se ha fijado usted en la cara de mentiroso que ponía a ratos?

– ¿Entonces qué piensas que ha pasado?

– No sé, pero cualquier cosa, además de lo que ha contado.

– ¿Tampoco crees que le ha sorprendido encontrarse dormido en la casa deSan Juan?

– Eso sí. Me refiero al arranque de todo.

– ¿Y qué interés puede tener en ocultarlo si no ha pasado nada malo?

– ¡Ah! Y qué don Lotario éste. Y yo qué sé.

Capítulo II

Historia de media boda y el segundo dormido

Aunque el sol estaba ya a ras de chimeneas, y rojizo, en la terraza del casino la gente se pañueleaba el sudor y tomaba refrescos.Plinio y don Lotario, sentados, aguardaban a los novios, con ojos desilusos para sumarse al personal invitado, que ya rodeaba los árboles mirándose los trajes y el brillo de los zapatos.

En los balcones de la plaza, tras persianas y cristales, bullían ojos, labios y manos.

– No sé por qué se casa la gente con estos calores.

– Sí, Manuel…

– El pasarse la noche de bodas sudando, no convida.

– A lo mejor en cueros, con la ventana abierta y la luna a estreno…

– Perdón, don Lotario, pero no sé qué tenga que ver la luna, aunque tiene color de frío, con la temperatura.

Unos pájaros repentinos volaban en redondones sobre los árboles y las invitadas que echaban sonrisas al aire.

– ¿Te acuerdas? Hasta los años treinta o así hubo un sacristán, Paco, que llevaba cuenta de todas las bodas que se habían celebrado en la parroquia desde su fundación.

– También de los bautizos y entierros.

– Ya, ya. Llevaba al día las sumas de los archivos parroquiales.

A pesar del calor y por ello tanto paisano ausente, había curiosidad en el pueblo por aquel matrimonio. Pues el novio, José Lorenzo, aunque hijo y oriundo de allí, vivía fuera desde que estudió; y ella era de Oviedo, nada menos. Contaban que José Lorenzo había hecho cuestión de honra casarse y enterrarse donde nació. Se lo puso por condición a la asturiana y ella tragó porque entre la soltería y Tomelloso prefirió éste.

Pero después de darle este primer gusto, nada. Ya veréis. Que uno siempre acaba siendo de la tierra de su mujer, comentaban los listos.

– También contaba Paco el sacristán que como en aquellos tiempos las bodas duraban bastante, a algunos novios, por los nervios del ceremonial, les daba el rayo líquido, y era de verlos vibrandillo la pierna con disimulo para contener la fuente durante las bendiciones.

– Es verdad, tanto rato de pie, entre curas, suegros y novia debe alterarse mucho la espita.

– ¿A ti te la alteraron, Manuel?

– ¡Quién se acuerda! Pero yo siempre fui bastante tranquilo de piernas y muslo, y no como el doctor Federico.

– Debía ser gracioso, Manuel, que en el momento de preguntarle a uno si quería a la Milibia por esposa, a la vez que el «sí» a la boca le llegase el chorrete calentón por la pernera.

– Qué imaginaciones tiene usted, don Lotario.

– Las que no cuenta nadie y a todos nos llegan en los ratos mohínos. Los mejores… Que siempre estamos diciendo ecos.

El coro de los pájaros echaba sus píos agudísimos contra las piedras doradas de la iglesia.

Y de pronto, sin saber de quién, sonó una carcajada ruda y aspirante.

– Hay carcajadas que matan, Manuel -dijo don Lotario mientras con una mano se hacía aire con el periódico y, con la izquierda, muy finamente, se rascaba lostestimonios.

– Soncarcajás de esas que se llevan embutidas mucho tiempo y, a lo mejor, por un luto, por una boda o por esta calina que nos agosta, salen rompiendo el aire.

– Dirás la calina que nos juliea, que todavía no llegó el de «frío el rostro».

Ya está ahí el novio, ya está ahí el novio, comenzó a oírse.

Muchos se pusieron de puntillas, y algunas mujeres se subieron en los bancos.

– Las boinas no dejan ver al novio -dijo un panza que había junto a ellos, subido en una silla de hierro y casi tapando el asiento con sus pies grandísimos.

– Pero si va de uniforme -les voceó aPlinio y a don Lotario.

– ¿Con uniforme de qué? -preguntó desde abajo uno que tenía voz de sordo.

– De ingeniero, de lo que es.

– Pues ¿sabe lo que le digo, Manuel?: que igual que embaularon las sotanas debieran hacer con los uniformes de civiles.

– Eso está bien, las cosas como son -coreó don Lotario, guiñándole el ojo aPlinio y pellizcándole el uniforme.

– Yo soy municipal, no civil -dijoPlinio.

– Pues sí que trae el novio acompañamiento -proclamó el panza desde su altura.

– Acompañamiento de bacines será, porque él, aquí, de familia, poca. Sólo le quedan dos hermanos: Felipe el de la Agencia, casado con la Recinta; y la Rosa, que lleva treinta años diciendo que va a ser monja, pero de las dos misas diarias y de confesarse con todos los curas cada vez que abren el armariete no pasa.

– ¡Ay!, qué don Lotario éste -dijo el de los piezacos y la panza, sin dejar de mirar al público- y qué leche más bailona tiene.

Plinio cabeceó gracioso por lo de la «leche bailona» y el veterinario encogió los hombros como satisfecho de que el dicho le hubiera gustado a Plinio.

Cada momento estaba la glorieta de la plaza más repleta de convidados con corbata, sudorcillos de tetas y sequedades de boca.

– Quién tuviera tanta vista como para ver cuándo se convierte un pelo en cana… Porque muchos se convierten de repente, seguido, sin pasar por el gris de entre tiempo. Ahora mismo, entre todos los que estamos aquí, seguro que nacen cinco canas por minuto -dijo el panza sin venir a cuento, mientras se tocaba las dos sienes con las manos.

– Y las que salen en otras partes del cuerpo que no se ven -añadió Antonio Pacheco, que acababa de llegar y escuchaba apoyado en su bastón.

Sin decir nada, y como si tuviera mucha urgencia en estar con ellos, Rodríguez -don Reprimido Rodríguez, como le llamaba Menchen, el boticario número cuatro-, vestido majo para la boda, se arrimó a los justicias.

– ¿Qué cuenta el señor Rodríguez?

– Nada, Lotario, ¿qué quieres que se pueda contar en esta vida rodeada de nichos por todas partes, menos por la de los panteones?

– Venga, hombre, anímate un poquillo, que por algunos lados hay bodas, como bien dice tu traje.

– ¡De boda! Después de traerlo al mundo, el peor engaño que puede hacérsele a un antropo es casarlo.

– ¿Pues qué hay de malo en las bodas, Rodríguez?

– ¿De malo? Las mujeres, Manuel, las mujeres. Que después de los sermones es lo más pesado que puede mentar boca, lo más acibo que llegó al mundo de los hombres. Hombres pesados hay, ya lo creo, pero no todos. Y las mujeres, sí. Plomo total. Ni una alígera, así que las oyes dos horas, incluidas las del acueste -acabó, sentándose, poniéndose su cara delgadilla entre las dos manos y mirando al vacío con aquellos ojos negros, grandes y casi lagrimosos que ponía cuando despotricaba contra el mundo. Siempre.

– Hoy le hadao por las mujeres. «Las de la raja», «los aquí yace», «los curas» «y las bodas» es lo suyo -dijo don Lotario a medio tono.

– Manuel -saltó Rodríguez sin apartarse de lo suyo ni dejar de mirar hacia la Posada del Rincón-, todo el día estoy pensando: ¿a dónde habrán ido a parar los vestidos de novia de todas las que se casaron en este pueblo?

– ¿Pero desde los tiempos de Aparicio y Quiralte?

– Por lo menos…

– Hombre, Rodríguez, el problema se las trae -dijo el guardia con la barbilla entre dos dedos y los ojos entornados-. ¿Verdad, don Lotario?

– Cierto, seguro.

– Debe haber todavía baúles y cómodas antiguas con trajes de novia de los tiempos de don Pedro Quintín Araque, alguacil mayor de esta villa, entre bolas de la polilla y flores secas.

– ¿Y en los camisones de las noches de boda no has pensado, Rodríguez?

– Ésas acababan gastándolos, Lotario. Los primeros años sólo se los ponían en los partos o cuando tenían enfermedades bien vistas, como los catarros, pero así que pasaba el tiempo, se acostaban con ellos todas las noches hasta hacerlos hilas… Deben ser pocas las que guarden los camisones de la noche grande, sin haberles lavado las gotas de sangre del desvirgue oficial.

… Y calló en seco, mientrasPlinio, don Lotario y todo el personal, sorprendidos por la salida, a pesar de conocerlo tanto, lo miraban, cada cual con su gesto más sinaco.

Pero Rodríguez, después de bizquear un momento con aquellos ojazos tan hombrones, siguió premioso:

– Los talones desnudos son las partes más tristes del cuerpo (más, incluso, que las criadillas de viejo miradas por detrás, en el trance del despatarre)… Pero desde hace algún tiempo ya no pienso en ellos. Ni me los miro en el espejo. Ya no le digo a mi mujer que apague la luz para descalzarse. Ya no sueño con todos los tomelloseros desfilando con los talones en cueros y sucios.

– Pero, Rodríguez, mucha gente se lava.

– No hay talón totalmente limpio, Manuel, ni sin arrugas… Pero ya digo que se me pasan muchas noches sin pensar en ellos.

– Menos mal.

Rodríguez, después de un minuto de silencio, entró pirado en el casino.

– Ya va a mirarse los talones.

– O las criadillas por detrás.

– Qué vida ésta más amena ¿eh? -le dijo Manolo Perona sonriendo, que en aquel momento llegó con la bandeja en el aire.

– Es verdad, Manolo -parleó don Lotario-, esta tarde todo me parece dicho en idioma que no sé dónde se habla.

– En Tomelloso, don Lotario, en Tomelloso -y siguió haciendo regates con la bandeja.

– El novio no deja de saludar gente -dijo el panza visereándose con la mano.

– Claro, como vive fuera… Si a su abuelo, el que fue tonelero, le llegan a decir que tendría un nieto ingeniero, con uniforme y todo, Manuel.

– Es verdad, don Lotario.

– Con esta calina la gente está bebiendo más cerveza que en la feria.

– Pues así que lleguen los invitados al salón de la boda, rápido van a dejar los vidrioslavaos.

– Hace mucho tiempo que pasó aquella floración de los uniformes que nos llegó aquí al acabar la guerra. Entonces todo el mundo quería ir de color -monologó el panza.

– Ya está éste otra vez con los uniformes ¿o no fue él? -dijo don Lotario aPlinio en voz baja.

– Además de con los talones, sueño muchas noches con orejas grandes -dijo Rodríguezel reprimido, ya de vuelta.

– Pues vaya día que llevas hoy -dijo don Lotario volviéndose hacia él- de los talones a las orejas.

Perona, que volvía, se carcajeó sin disimulo. YPlinio:

– Explícate, por favor. ¿Por qué sólo sueñas con los que tienen las orejas grandes y no con los que las tienen normales?

– No sé… Y siempre los veo por detrás, a contra sol, con las orejas casi transparentes… Como estamos tan acostumbrados a ver orejas no reparamos en lo feas que son, sobre todo las grandes, tan salientes, como retales acrílicos: como paravientos o paraluces de cartulina gorda… Sí, muchas mañanas, antes de despertarme del todo, veo pasar docenas y docenas de hombres con las orejas de a cuarta, abaniqueando a los prójimos; docenas y docenas de mujeres con las orejas larguísimas que se les salen de las melenas y se las meten por el escote.

– Talones amarillos, orejas bajo el sujetador… Qué sueños más cenizos.

– Y otras cosas flojas del hombre que no digo, Manuel, para no evocar más miserias.

– Pero tú todavía eres joven.

– Si no lo digo precisamente por mí, que todavía amanezco más ancho de lo que soy, sino por lo que sueño: las flaccideces de los de la cuarta edad, tan dejadas entre la oscuridad de los pantalones… ¿Os imagináis las de los Reyes Magos?

– Pero si los Reyes Magos no llevaban pantalones.

– … Peor todavía, badajeando entre las faldas

– ¡Qué mundo el de este hombre! -saltó don Lotario-. Qué mundo de muertos tronchados de risas.

– ¡Y con las ingles canosas! -saltóPlinio.

Lo dijo tan fuerte, cosa rara en él, que los rodeantes soltaron la risa y se volvieron muchas boinas.

– Y menos mal que se las traga la tierra.

– ¿El qué, Rodríguez, las orejas o lo otro?

– Las orejas, don Lotario.

– ¿Os imagináis, si no fuera así, las tumbas comunes, llenas de orejas vivas haciendo oído a todo lo que se dice ahora?

– Cuándo empezará la boda -dijo don Lotario aPlinio en voz baja-, a ver si deja este bombardino de contar alegrías.

Seguía el calor, ahora con mariposas. Mariposas color zócalo verde, paradas en los bordes de los vasos.

– ¿Y qué hace todo el mundo mirándose el reloj? -preguntóel Bocazas.

– Pues que la boda era a las siete, ya es la media y la novia sin venir.

– Es verdad, Manuel -dijo Rodríguez mirando su reloj-, a lo mejor se ha arrepentido, o que a la hora de poner los talones en la calle a la pobre novia le dio la apretura y estará lavándose las dos medias lunas y las canales maestras.

– Desde luego, Rodríguez, eres más siniestro que la almohadilla morada de un ataúd.

– ¡Del suyo! Y déjese de siniestreces. A una asturiana comiendo gachas, bebiendo vino de tantos grados y con esta calina que hace sudar los meñiques, le puede llegar cualquier flojera.

– Y mejor es que le dé el rayo ahora que en plena noche de bodas.

– El novio ya está nervioso y no escucha a nadie -dijo alguien.

Se pusieron en pie los contertulios dePlinio.

Desde el borde de la acera miraba el novio hacia la calle de la Independencia, con las manos cruzadas sobre la cola del uniforme.

– A lo mejor la novia, como no conoce el pueblo, se ha perdido y está en el puerto de Pajares.

– Todos los balcones se han llenado de mujeres.

– Les llegó la noticia y salen a medio peinar.

– Sin acabar de darle de mamar a los niños, que se han quedado con las boquillas al aire.

– Huecas.

– Qué más da.

– Las mujeres tienen mucha antena para cosas de ingles y de altares.

– Como que nuestra religión es la historia de un parto.

– Pero sin romperlo ni mancharlo.

– Las mujeres han hecho el mundo por dentro.

– Los hombres sólo hemos sido los albañiles.

– Vivimos en un mundo de coños abiertos soltando bacines…

– … Que siempre lo verán todo desde ahí.

– No tenemos remedio: todos los hombres somos niños cubiertos de coño -coronó la coralel Deprimido, con voz ronca y los ojos como ceniceros.

Ahora el cura, con traje de ir a jugar al golf, junto al novio, miraba también hacia la calle de la Independencia.

Ramoncito Serrano volvía de junto a la puerta de la iglesia, con visaje de no entender.

– ¿Qué dicen, Ramón?

– Pues nada, que los Romero, los primos del novio, fueron a ver qué pasaba y todavía no han vuelto… Ahora ha ido Benito, el sacristán.

– ¡Qué raro! A la boda propia es al único sitio que las mujeres no llegan tarde.

– Lleva razón Manuel -dijo el veterinario.

– Se habrá puesto mala.

– … O se habrá ido con Pepeel Romano -dijo Perona, que volvió.

– ¿Pepeel Romano? ¿Quién es ése? -preguntó Pacheco?

– Que este Manolo es muy leído. Se sabe a Lorca y todo -dijo don Lotario.

Llegaban gentes de todos lados con los ojos clavados en la puerta de la parroquia. Gentes con los ojos altos y la boca de gusto.

– Acaba de ir Rosa, la hermana del novio, la que piensa ser monja, a ver. Verás cómo ésa se entera en seguida -dijo una mujer vieja acercándose mucho aPlinio.

– Yo quiero ver la función un poco más de cerca. ¿Te vienes, Manuel? -dijo don Lotario.

Plinio puso cara de aburrida conformidad y se levantó sacudiéndose cenizas. Perona no se decidió a alejarse hasta la puerta de la iglesia.

– Ahorael Deprimido a mirarnos las orejas por detrás -dijo don Lotario.

– Yo no las tengo muy grandes, pero las de mi padre eran dos paipais.

– No me acuerdo, Manuel, de las orejas de tu padre… Las mías también son grandotas.

Y se las puñeó bajo el sombrero.

– Y además siempre están más frías que el resto del cuerpo.

– Es queel Deprimido, Manuel, siempre habla de temperaturas extremas: de lo más frío y de lo más caliente del cuerpo.

– Pues él en el cerebro debe de tener tempanillos.

– Más bien gusanos por cómo lo ve todo.

El novio estaba allí en el mismo borde de la acera anchísima, con la cara de piedra y junto al cura. Los dos mirando hacia la izquierda. La gente se agolpaba tras ellos; y lo que se dice en la misma puerta de la iglesia, sólo quedaba un monaguillo metiéndose muy distraído el dedo hasta lo más hondo de las narices; y una mujer con muletas.

El público de invitados y curiosos, al ver a los justicias, les hizo lado, y hasta les empujaban hacia el novio impar, a ver si sacaban algo en claro. Llegaron al borde de la acera, casi en volandas. El cura les hizo un meneo de ojos muy dubitativo, y el novio ni los saludó, de lo palo que estaba.

– ¿Para qué coño hemos venido aquí? -preguntóPlinio en voz baja a don Lotario, al verse en la presidencia.

– … No hemos venido, Manuel, nos han traído… Las orejas del novio tampoco son estrechas.

– Pronto se ha contagiado usted de Rodríguez.

– Es que distrae mucho.

Un grupo de gentes -delante los hombres- subía a buen paso por la calle de la Independencia como a traer nuevas. Pero antes de llegar al Colegio de las Monjas, se les adelantó una moto a todo gas, que pegó el frenazo en seco junto a los pies del novio. El que la conducía, que tapado con casco colorado y gafas, no se le conocía, dijo muy deprisa, muy deprisa:

– La novia no está en la casa, no está, no está.

– ¿Quién lo ha dicho? -le gritó el cura casi increpante.

– Yo. Se ha ido, se ha ido.

Y arrancó la moto.

Llegaba el grupo de hombres y mujeres.

– Se ha ido.

– Con el ramo en la mano.

– Dijo que iba al retrete.

– Y no volvió.

– Con el ramo en la mano. Y hasta ahora.

Unos a otros se quitaban las voces con caras y ojos de muchísimo gusto.

– Así que pasó un rato y no salía, fue el padre a ver qué pasaba.

– Si le había dado el cólico.

– O a ponerse el paño.

– ¿Y no la encontró? -preguntó el cura.

– Voló la asturiana.

– ¿Y no faltaba nada?

– Una maleta por lo visto.

– ¿Y el coche de ellos?

– No.

– Ni hay ninguna puerta descerrajada, sólo la portada del corral abierta.

– Pero estuvo así toda la tarde.

El novio, muy tieso y muy blanco dentro de lo moreno, mirando a los canalones, no parecía oír nada. Y el cura lo contemplaba con la cara compasiva de su oficio. Luego le hizo un gesto a Plinio para que fuese a la casa donde estuvo la novia, a ver qué pasaba de cierto.

Plinio se rascó el cuello con mano de duda, pero el novio lo animó con un codazo.

Luego el cura, con mucha suavidad preguntó al ingeniero:

– Le parece mal, José Lorenzo, que vayamos a ver qué pasa.

Y José Lorenzo se limitó a negar con la cabeza.

– ¡Pero qué pintamos aquí! -dijo un familiar al novio-. ¡Vámonos!

Y otra vez el novio, seco y mirando a la pared de enfrente, negó con la cabeza.

Plinio y don Lotario se cruzaron a la acera de los Paulones y echaron a andar calle arriba.

– Yo creo que el cura tiene razón. Vamos a ver qué pasa allí.

– Si es que pase lo que pase, don Lotario, es cosa de ellos… Si hubiese aparecido algo sospechoso…

– A lo mejor, el algo está allí y no lo ha visto nadie. Nosotros tenemos más costumbre de buscar.

– Bueno, bueno, vamos a echar un ojeo. Para lo que tenemos que hacer. Pero me huele que esto es cosa de faldas o calzones.

Unas gentes hechas corro hablaban rápido, disparándose manoteos y salivas. Otros miraban al novio con la boca abierta. Muchos, y sobre todo muchas, cogidos del bracete, echaron trasPlinio y don Lotario.

– Qué cara de estatua se le ha quedado al novio.

– Y sin querer moverse de la puerta de la iglesia, como seguro de que ha ocurrido lo que temía.

– Ahora vas un poco deprisa, Manuel.

– A lo mejor, pero como hay confianza digo lo que siento.

– El pálpito. Lo que se me ha quedado muy grabado es que la asturiana se haya largado con el ramo en la mano.

– A lo mejor para dárselo a otro.

– No recuerdo que haya ocurrido aquí algo así desde que hay iglesia.

– Eso lo sabría Paco el sacristán.

– Que algún novio se escuquillase ante la verdad, sí que hubo casos, pero nunca a la hora misma de la boda (Lotario).

– Sí, hombre, el hijo del hermanoBufandas, el que se hizo el enfermo gravísimo durante cinco meses y vomitaba y todo cada vez que lo visitaba la familia de la novia… Pero una mujer aquí jamás dejó de ir a su boda aunque sospechase que el matrimonio no llegaría a la noche. ¿O usted recuerda alguno?

– El matrimonio que menos duró aquí, según contaba mi madre, fue el de una tal Castra, que dejó al marido a la media hora de acostarse con él la primera noche.

– ¿Y qué pasó?

– Que era un tío deforme, con los culos trabucaos.

– Explíquese, don Lotario.

– Sí, hombre, que el culo, culo, lo tenía debajo de la barriga; y la minina detrás, como rabo cuando la tenía floja; y paralela a la espalda si se le empinaba.

– En mi vida he oído cosa igual, don Lotario.

– Y claro, ella, así que vio que su hombre la atacaba dándoleculás, dio un grito que se oyó en todas las cuevas del barrio, y se fue en camisón por las calles oscuras.

– Y usted que es veterinario ¿cree que puede haber hombres con las vergüenzas en la espalda?

– La naturaleza, tan loca como los hombres mismos, cría de todo; mancos antes de nacer, chicos con un huevo grande y dos pequeños en el otro lado; mujeres con las tetas totalmente cubiertas de pelo; sujetos o sujetas, según se mire, con coño y picha a la vez, y hasta tías que les gusta acostarse con mastines: Comprenderás que al lado de esas monstruosidades y otras mil que ignoro, el que las vergüenzas colgantes se hayan quedado rezagadas no es cosa mayor.

Era seguro que cuantos iban y venían por la calle de la Independencia hablaban de la boda que no fue.

A pesar de que ellos caminaban con aire maganto, como si aquello no fuese con ellos, todos miraban aPlinio y a su amigo; y algunos, disimulando, los seguían desde la acera de enfrente.

Aunque la puerta de la casa donde estaba la familia de la novia parecía cerrada, un corro bastante nutrido de vecinos la miraba desde cerca, como en espera de que sus llamadores, tallas de flores y laúdes modernistas o la misma cerradura inglesa, pudieran dar de un momento a otro la clave de la desaparición de Covadonga. Allí vivía Felipe, el hermano del novio, con su mujer, la Recinta y los hijos pequeños. Pues el ingeniero, las pocas veces que venía al pueblo, vivía con su hermana Rosa allá en la calle de La Concordia.

Al ver que llegaban los del Ayuntamiento se abrió el corro yPlinio, con aire indeciso, dio un par de llama- tazos muy secos. Pasaron largos momentos; no abrían. Plinio repitió la llamada y por fin abrió el hermano del novio, Felipe, que los dejó entrar con gusto, aunque cerró la puerta rápido.

La familia asturiana, padres y hermanos pequeños de la novia, estaban sentados, muy juntos, en el sofá del tresillo. Felipe y su mujer Recinta, de pie en el centro del patio. Todos elegantes y con las caras que mandaban las circunstancias. Daba la sensación de que habían largado de la casa a amigos, vecinos y curiosos. Los asturianos echaron unos ojeos despectivos al jefe de la G. M. T. y al veterinario. El padre, coloradillo, tenía pinta de paisano ricote. La madre, cincuentona, parecía más clara, más de ciudad, y los dos hijos, como de dieciséis y dieciocho años, con aire de estudiantinos.

– Veo que sin novedad -dijoPlinio a Felipe.

– Sin novedad. Sentaos. Aquí, los padres y hermanos de Covadonga.

Movieron todos un poco la cabeza.

– Para que estuvieran más frescos los acomodamos en este piso bajo.

Y quedó callado. No sabiendo cómo continuar. Los padres bajaron los ojos.

– Bueno, pues estábamos ya preparados… -continuó Felipe decidido- para así que nos dijeran que la novia estaba lista, coger el coche y salir para la iglesia… Pero pasó la hora y como no llamaban bajé a ver qué ocurría, y me encontré a estos señores muy asurados porque no veían a la novia por ningún lado.

Calló Felipe yPlinio quedó mirando al señor López, el asturiano bajito, que al hablar siempre sonreía un poco:

– Sí -dijo con mucho acento asturiano-, arreglóse, ayudada por su madre, ahí en la alcoba donde está el armario grande con lunas -señaló a la puerta que estaba detrás de Plinio-… Y tan arregladina. Con decirle que llevaba el ramo en la mano. Y cuando me disponía a subir para llamar a estos señores -señaló a Felipe- díjome ella: «Espérate un momentín, papá, que voy al baño.» Entróse. Y hasta ahora… Pero mi mujer dice más…

Plinio quedó mirándola:

– Pues nada, señor, que un ratín antes, vila entrar en su alcoba, en aquella del rincón, y sacar el maletín que metió en el cuarto de baño.

– ¿Y qué tenía en él?

– Cosinas, las pocas joyas y el dinero que le hemos regalado para el viaje de novios.

– Entonces, a ver si me aclaro, ¿antes de entrar con el ramo en el cuarto de baño había pasado el maletín?

– Sí, señor.

– ¿Mucho tiempo antes?

– Unos diez minutines.

– ¿Y cuando entró con el ramo cerró por dentro?

– No.

– ¿Y el cuarto de baño no tiene otra puerta?

– No, Manuel -dijo Felipe.

– ¿Entonces por dónde salió?

– Seguro que por la ventana.

Plinio, sin decir palabra fue hacia el cuarto de baño que tantas veces había mentado y señalado, abrió la puerta y miró sin entrar. Don Lotario en seguida estuvo a su lado.

Al fondo, como a un metro del suelo, estaba la ventana bastante grande. Debajo de la ventana, un armarito.

Plinio entró, miró con atención la superficie del armarito blanco, pero ni en él ni en los alrededores vio nada que le llamase la atención.

– ¿La ventana estaba cerrada cuando usted pasó, señor López?

– Cerrada, pero sin echar el pasador.

Plinio la abrió. Se asomó al corral. Era grande. Había dos coches, uno con matrícula de Oviedo y, al fondo, bajo los porches, un tractor con remolque.

– ¿No falta ningún coche?

– No… Como no lo hubieran entrado un ratillo antes… -dijo Felipe.

– ¿Y la portada estaba abierta?

– Sí, la dejé abierta para poder sacar el coche con mayor rapidez y traerlo ahí, frente a la puerta principal, una vez que la novia estuviera dispuesta… La abrí una media hora antes.

– ¿Y el abrir con tanto tiempo se te ocurrió a ti o te lo apuntó alguien?

– Ya he pensado en eso, Manuel… Fue cosa mía, porque Covadonga dijo que le gustaría que todo fuese rápido y que la miraran lo menos posible los vecinos, que llevaban la tarde entera fisgando.

– ¿Y por la calle donde da la portada, a la de Serna, no?… ¿Nadie vio salir un coche con ella dentro y con quien fuera?

– Parece que no. Por esa calle vive poca gente.

– Eso de fugarse con el vestido de novia y con el ramo en la mano es un poco fuerte -dijo don Lotario de pronto y como para sí, aunque le oyeron todos.

Plinio no pudo evitar un hilo de sonrisa.

– ¿Y ustedes qué piensan? -dijoPlinio en seguida mirando a los padres.

– Nada -se encogió de hombros el señor López-, sólo sabemos lo que dije.

– ¿Pero presiente con quién puede haberse ido, por qué puede haberlo hecho?

– Nada, señor guardia. Somos los primeros sorprendidos -dijo el señor López, mientras su mujer se limitó a asentir.

– ¿Iban a emprender hoy mismo el viaje?

– Sí señor, nada más terminar la merienda.

– ¿Y no sonó el teléfono poco antes? -preguntóPlinio mirándolos por turno.

El asturiano se encogió de hombros.

– Hasta que empezaron a llamar preguntando por qué no llegaba la novia a la iglesia. Yo tampoco lo oí -dijo Felipe.

– ¿Y cuando sonó para eso, estaba puesto aquí abajo? -dijoPlinio señalando la clavija del aparato, que estaba a su lado.

– Sí -dijo Felipe.

– … De modo que sólo se llevó el maletín.

– Sí, señor. La maleta grande está ahí, en su cuarto. Si quiere verla…

Plinio, con don Lotario, salieron al corral, dieron una vuelta alrededor de los coches y el tractor, y abrieron la portada que daba a la calle de Serna.

– La verdad es que si aprovechan un momento como éste, en el que no pasa nadie, en una calle como ésta hacen lo que quieran.

– Es decir, Manuel, que me apuntas que todo fue planeado.

– Las señas son mortales. Lo raro es que lo hiciera a la misma hora de la boda como quien dice.

– Eso sí es verdad, pero vaya usted a saber qué circunstancias jugaron en la fuga.

– Hombre, ahí está el asunto. Pero sean las que fueren, hace falta cara.

– ¿Y tú crees que los padres podrían estar en el ajo?

– Lo he pensado, pero ¡cualquiera sabe!

Plinio echó delante y volvieron hasta la puerta que daba al patio, en la que les aguardaban Felipe y su mujer.

– Oye, Felipe, ¿a qué hora viste por última vez a la Covadonga?

– Comimos juntos, arriba, las dos familias, y a eso de las cuatro bajaron los asturianos, para que se fuera preparando la novia.

– ¿Y tú? -le preguntó a la mujer de Felipe.

– Yo igual. Luego nos echamos un ratillo.

– Entonces, después de la comida no volvisteis a verla.

– No.

Cuando llegaron al centro del patio, la familia asturiana seguía en sus asientos.

Durante unos momentos el silencio fue completo. Los asturianos miraban al suelo.Plinio y don Lotario a los asturianos, sobre todo a los jóvenes, por su cara de casi risa, y Felipe y su mujer a unos y a otros como sin saber muy bien qué pasaba allí.

– Bueno, señores, nuestra misión ha terminado. Veo que lo ocurrido es cosa puramente familiar en la que las autoridades no entramos ni salimos… Ahora, Felipe, creo que debes ir a por tu hermano para que no siga en la puerta de la iglesia haciendo el número.

– Sí… Me voy con ustedes.

– Mejor será que vayas con el coche.

– Claro.

– Mucho gusto, señores -dijoPlinio a los asturianos.

Don Lotario, sin decir nada, les meneó la cabeza.

Y ya en la calle:

– ¿Y tú, Manuel, qué crees de verdad que puede haber pasado?

– No sé. Lo más probable es que esta mañana, si no ha sido después mismo de comer, a la novia le llegó algo, noticia o persona, que la decidió a dejar la boda sin ella.

– ¿… De acuerdo con sus padres?

– Todo puede ser. Según de lo que se tratase.

– ¿Y no hubiera sido mejor plantear la cosa cara a cara, que esa fuga infantil, con toda la comedia del cuarto de baño, el ramo y el maletín?

– Don Lotario, cada uno es cada uno.

– ¿Y qué noticia o persona puede haberle llegado?

– Ay, qué don Lotario éste. Ni idea.

– ¿Y cómo crees tú que se habrá ido?

– Yo qué sé. En un coche alquilado, en otro que le trajo ese alguien o en el coche de línea.

– ¿Pero vestida de novia?

– O con pantalones vaqueros, sombrero ancho y pegatinas en las nalgas.

Les adelantó el coche de Felipe.

Por la calle de la Independencia la gente iba y venía, como antes. Todos miraban hacia ellos.

– ¡Manuel y don Lotario a su edad y buscando novia! -les voceóClavete, que pasó en bicicleta.

– ElClavete éste, hasta el día de la caja va a estar haciendo chistes.

– Es que es verdad que estamos buscando una novia, Manuel.

– Me refería al buen humor deClavete. Qué envidia.

– No te fíes, que hay mucha gente que siempre anda de risas ante los demás y luego se pasa las soledades dándose cabezazos contra la pared.

– No, éste no. Éste se ríe hasta cuando tira de la cadena.

La glorieta de la plaza seguía llena de gentes. La suspensión por el raro final interesaba al vecindario e invitados más que la boda misma.

El novio no estaba ya en la acera, como lo dejaron.

– ¿Se fue ya el novio?

– No, Manuel, es que no se ve desde ahí. Está en la misma puerta de la iglesia.

– Su hermano, que acaba de llegar, el cura y medio pueblo están a ver si lo convencen para que se vaya a su casa.

– ¿Es que sigue sin querer irse?

– Por lo visto. Terco, terco, y sin mirar a nadie.

– Ha dicho que no se va hasta que vuelva ella.

– Pues va fresco -dijo don Lotario.

Y unos pasos más allá voceó Porras:

– ¿Qué, don Lotario, sabe usted ya por qué se ha ido la del Sporting de Gijón? Parece mentira que sea usted el subsecretario dePlinio y no lo sepa.

– Hombre, es que don Lotario no está especializado en penes -dijo un barbas con pipa, melena, gafas y maricona.

– Cómo no lo va a ser si es veterinario y sabe mucho más de largos y cortos que laToledo.

– Ya están con las tontás de siempre. Toda la vida pensando en las mismas partes -dijo don Lotario en voz baja.

– Déjese usted de tontás.

– Si te lo he dicho guiñándote el ojo, Manuel. Es que no te has dado cuenta.

En la terraza del Casino no había mesas ni sillas libres. Al cabo de un momento, Perona les sacó mesa y dos sillas de la «reserva especial».

– Ya me han dicho que se fugó la novia sin que lo supieran ni sus padres.

– Sí, eso han dicho. ¿Y por qué te ríes, Manolo? -le preguntóPlinio al ver que el camarero apretaba la boca.

– Me río «por lo de eso dicen»… Por aquí nadie se cree que no lo supieran los padres.

– Ya.

– Y dan las versiones más chuscas.

– Por ejemplo…

– Que las señoritas del norte de España se creen demasiado importantes como para casarse con un manchego, aunque sea ingeniero, y a última hora ha dado marcha atrás, de acuerdo con su familia.

– No sabía yo que las del norte…

– Sí, Manuel.

– ¿Pero es que la Covadonga no ha sabido hasta hoy que su novio era de Tomelloso?

– Es un decir.

– Por aquí viene Moraleda de traerle un vaso de agua al novio.

Antonio Moraleda, el camarero, venía sudoroso, con la calva colorada y muy nervioso, haciéndose lado con la bandeja.

– ¿Qué pasa, Antonio?

– Hola, don Lotario… Que no les había visto… Nada, que dice que no se mueve de ahí hasta que no venga la novia.

– Pues la asturiana, si marchó hacia el norte como es su deber, a estas horas ya debe andar por Aranjuez.

Aunque los alrededores de la puerta de la iglesia seguían muy cargados de gente, los más orillados empezaban a relajarse, a dar paseíllos cortos e incluso a apartarse hasta el casino.

– ¿Y qué creerá el novio que va a ganar quedándose ahí haciendo el espantapájaros?

– Cualquiera sabe, don Lotario, lo que pasa por la cabeza de un hombre en esas condiciones.

– Si a mí me hubieran dado una ocasión así para no casarme, Manuel, de un salto de gusto ya me había sentado en el coche y a estas horas cruzaba el Guadalete -soltó uno que emigró a Alemania y fumaba un puro muy gordo.

– El señor cura, el bajo de las gafas, está venga de machacarle al novio para que se vaya, pero el ingeniero, con la cabeza alta, sigue mirando a lo lejos, como si la asturiana fuese a arrepentirse y a volver volando por la carretera de Záncara -comentó uno al entrar rápido, camino del servicio.

* * *

Cuando salieron del cerveceo, la cosa seguía más o menos lo mismo. Y hacia las once de la noche, cuando Plinio y don Lotario volvieron al Casino a tomar su último café, el novio ingeniero, solo con su hermano Felipe y otros familiares, estaba ante la puerta de la iglesia. Ya pocos curiosos oteaban desde esquinas y balcones.

– ¿El cura ya marchó?

– Ea, Manuel, el hombre se habrá dado por vencido, máxime al llegar la hora de la cena.

– Vamos dentro, Manuel, que parece que se ha levantado fresco.

Se sentaron cómodamente, pidieron café, y dijoPlinio:

– Don Lotario, a ver si nos las arreglamos para no tener que hablar más de la boda. Que vaya día.

– Descuida, Manuel, que ya lo había pensado… Lo malo de los pueblos es que cuando ocurre algo sonado a alguien, hasta que no consiguen que a su manera les ocurra parte a todos los habitantes del lugar, no paran.

– Es que usted debía haber nacido en una ciudad grande.

– Es igual, después de la Comunión me habría venido al pueblo… Mira, Manuel, quién está ahí -y señaló con la barbilla.

En una mesa próxima, jugando a las cartas, estaba el dormido y meado deSan Juan, Manuel García El Toledano.

Manuel se volvió un poco para mirarle.

– El que está de espaldas.

– No le veo nada más que la calva.

– Siendo quien eres debías conocer a los hombres por las calvas.

– Hombre, tanto como eso… -dijo calándose las gafas- ¡Ah!El Toledano. Si me hubiese usted dicho el de la calva meada o cosa así…

– Hombre ya eran bastantes datos… Nunca entederé lo que pasó.

– No se preocupe usted, que yo tampoco… Éste ha sido otro caso mudo.

– Eso de los casos mudos ya está muy visto en nuestra historia. Le llamaremos el caso mingitado.

– ¿Mingitar… es lo mismo que lo otro?

– Sí, que orinado.

– Bueno, le llamaremos así que suena más limpio.

Y sonriendo empezaron a cucharear el café.

Pasadas las doce, se les acercó Perona, bastante apartado aquella noche, porque le tocaba servir en el salón del bingo.

– ¿Han visto ustedes al novio?

– Sí, al entrar.

– No, si digo ahora.

– ¿Qué pasa?

– Que está sentado en un sillón muy cómodo que le han traído de su casa.

– Pero ¿se ha vuelto loco?

– O que le habrá llegado, Manuel, vaya usted a saber por qué, el momento de montar el gran número de su vida.

– Eso sí es verdad, Manolo, que hay mucha gente que se pasa la existencia buscando la manera de hacerse el distinto.

– Y fíjese usted, don Lotario, qué ocasión, que lo dejen a uno plantado y sin novia en la plaza de su pueblo.

– Pero el número de verdad es estarse ahí toda la noche de bodas durmiendo en el sillón.

– Eso pasará ya a la historia de Tomelloso como la revolución de los consumos.

– Ay qué Manuel éste… Me voy corriendo, que los del bingo estarán con la boca seca.

– Buena noche, Manolo.

– Qué gentío en el bingo, Manuel.

– Todo lo que requiere la cooperación de aburridos siempre tiene mucha clientela.

Cuando ya casi a las dos se pusieron de pie los justicias, Manuel GarcíaEl Toledano seguía en su partida, con la calva rosa bajo la luz.

Ya en la glorieta de la plaza miraron hacia la iglesia. En la puerta seguía José Lorenzo el ingeniero, en un sillón confortable, como dijo Manolo. Sin nadie alrededor, dormía con la barbilla clavada en el pecho.

Se acercaron con cuidado. El sillón tenía la tapicería color verde oscuro. A José Lorenzo alguien le había echado un mantoncillo fino sobre todo el cuerpo, pues llegaba a cubrirle las piernas, para aguantar la amanecida.

– ¿Quién le iba a decir que pasaría así esta noche?

– A lo mejor tenía tragada alguna soledad parecida.

– Veo, Manuel, que te inclinas a los que piensan peor.

– No, los que piensan peor creen que la asturiana tenía un amante que se la llevó en el último momento.

Se acercaron despacio. El ingeniero, con su uniforme y las manos sobre la barriga, dormía con la boca abierta y echando de vez en cuando, que bien se oía, hacia el campanario de la iglesia, un ronquido.

– Se quedó el pobre completamente solo.

– Es que, Manuel, acompañar a un loco los primeros ratos de su enfermedad distrae mucho, pero luego, y sobre todo a estas horas, debe pesar.

– Nunca pensé que uno pudiera volverse loco en un momento.

– … Las cosas vienen de largo, pero encauzadas y luego, cuando menos se piensa, o hay un estímulo especial, dan la cara, llega el momento. ¿Te parece?

– Sí, desde luego… Todos tenemos nuestro tren loco, que va por el túnel del disimulo, hasta que un día, por cualquier cosa, le entra la luz, y nos lo ve todo el mundo.

– Yo le dije a su hermano que le dieran un valium y así que estuviera roque se le llevaran a casa. Pero él debió olérselo y no ha querido tomar ni agua.

– Menos mal que no hace ni pizca de frío… Ni lo va a hacer… Voy a mirarle a ver si lleva cuartos encima.

Plinio lo registró, pero no llevaba nada. Sólo las llaves y un pañuelo.

El hombre ni notó que lo registraban.

– Vamos a decirle al guardia de puerta que no lo pierda de vista.

– Vaya noche de boda, Manuel… Y después, a descansar un rato, que nos lo tenemos merecido… Que cada uno es el dueño de su propio destino.

– El dueño, pero con un poco de ayuda, Manuel.

Después de hablar con el guardia de puerta, y ya en la esquina de la calle de Socuéllamos, volvieron la cabeza.

Como don Lotario no trajo el coche, cada cual se fue andando a su redil por las calles totalmente solitarias.

* * *

Apenas había empezado a clarear cuando sonó el teléfono seco, escandaloso, rompiendo todos los silencios de la casa de Manuel González, aliasPlinio. Él, como hacía sólo un par de horas que se había acostado, ni oírlo. Fue su mujer, la que chancleando con las zapatillas mal puestas y agarrándose a los muebles, salió entre los ondeos del camisón.

– ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?

Estuvo escuchando unos momentos y dijo al fin:

– ¡Que no hará dos horas que se acostó, el pobre! Espera.

Volvió con su chancleo. No quiso encender la luz de la alcoba. Sólo alumbró el patio y el cuartejo de la «tele».

Se acercó a los pies de la cama. Lo llamó con voz suave:

– Manuel… Manuel…

Pero Manuel no respondía. Se decidió a moverle un hombro.

– Manuel… Manuel…

– ¿Qué?… ¿Qué?… -dijo al fin, puñeándose sobre los ojos.

– Que te llaman por teléfono.

– ¿Quién?

– Cerezo, el cabo de guardia.

– ¿Y qué te ha dicho?

– A mí nada. Vaya éste. Te lo quiere decir a ti, su jefe.

Manuel se sentó en la cama.

– ¿Qué hora es?

– Las cuatro -y le arrimó las zapatillas.

Y salió pasillo adelante rascándose la cabeza.

– Sí… ¿Qué hay, Cerezo?

– Nada, jefe, que me heacercao al novio dormío y he visto a otro dormío a su lado.

– ¿A otro dormido?

– Sí… O mareado, lo que sea, porque el tío, por más que lo meneo, no se despierta.

– ¿Y se sonríe?

– Más bien sí, como si le diera gusto algo por dentro.

– ¿Y el ingeniero?

– Sigue roque.

– ¿Se ha acercado algún coche por allí últimamente?

– No. El de puertas no ha visto nada.

– ¿Entonces lo habrán llevado a cuestas?

– Lo que haya sido ha debido ser en un segundo y con mucho disimulo.

– ¿Y quién es?

– No lo conocemos.

– ¿Y está arrimado al ingeniero?

– Animadísimo, al pie del sillón donde está el chalado.

– Bueno, bueno, voy para allá, en seguida… Sí que voy, me interesa mucho. Hasta dentro de un ratillo.

* * *

APlinio, ya en la calle -ni el cigarro le apetecía-, con las manos cruzadas en la espalda, la cabeza inclinada y muy mal sabor de boca, iba medio pensando, hasta qué punto era necesario haberse levantado. «Claro que mejor es hacer esto, aunque me sepa tan mal la boca, que hacer todos los días lo mismo.»

Cuando desembocó en la plaza se fue derecho para la iglesia. Junto al ingeniero, que dormido seguía, ahora con ambas manos en la entrepierna, estaba Cerezo, don Lotario y, claro, el otro dormido, el forastero.

– ¿Pero bueno, don Lotario?

– Ya ves -dijo restregándose los ojos.

– Como sé que le gusta tanto acompañarle, me tomé la libertad de despertarlo también, jefe.

– Has hecho bien, Cerezo -dijoPlinio sin quitar los ojos del dormido tumbado en el suelo, todo lo largo que era, pegado al sillón del novio y con la sonrisa de regusto y muy parecido a la que sacaba Manuel García El Toledano cuando recibió las aguas de don Lotario en San Juan. Éste, aunque ya maduro para esa vestimenta, llevaba pantalones vaqueros, zapatillas azules y un chandal azul oscuro.

– Tiene pinta de camionero -dijo Cerezo.

– Demasiado fino para eso. Va con trazas de eso, pero mírele usted las manos que tiene tan finas. ¿Habéis visto si lleva documento de identidad?

– No hemos querido mirar nada hasta que viniese usted, jefe.

– Sois muy finos.

– El hospital de los dormidos, Manuel.

– Usted siempre poniéndole motes a los casos.

– Anda, Cerezo, regístrale, que a mí me da no sé qué meterle la mano en esos bolsillos tan ceñidos de los pantalones vaqueros.

– Desde luego es usted más mirado… que aquella monja que cuando iba a orinar abría un paraguas y se lo ponía delante.

– No compares; entre el hábito de monja y pantalones vaqueros, me quedo con el hábito.

– Hombre, sesobrentiende.

– Es que no sé qué tiene que ver una cosa con la otra.

– Sí lo ha entendido, jefe. Digo que es usted tan púdico como la monja.

– Bueno. No nos liemos… Aquí no hay más que un pañuelo, éste; un llavero, éste; unas monedas, éstas; unos billetes, éstos… Ah, bueno, y esta caja de pastillas.

– ¿Y desde la puerta del Ayuntamiento os disteis cuenta de que lo habían tumbado aquí?

– Qué va. Me acerqué por aquí con el guardia Porras para ver cómo iba el novio y encontramos aquí a éste, dormido también, todo lo largo que es.

– ¿Y al divorciado, como tú dices, no ha vuelto a verlo nadie… de la familia?

– Desde las dos o así, nadie que yo haya visto.

– ¿Y por qué te ha parecido interesante el que hayan dejado aquí el cuerpo de este dormido?

– ¿Que me pareció interesante?

– Hombre, cuando nos has despertado a don Lotario y a mí, será por eso.

– Bueno, eso de dejarlo aquí, junto al otro dormido, el ingeniero, me pareció… ¿Qué es interesante?

– Anda éste con las que salta. Éste es el segundo tío dormido tirado que encontramos en pocos días. El otro fue cerca del ex molino deSan Juan.

– Anda, coño.

– Venga, don Lotario. Reconózcalo usted un poco.

– No hace falta. Se ve a las claras… Pero ya que lo dices, veamos.

Y agachándose un poco le abrió el brazo cogido por la muñeca.

– Normal… El pulso, como un caballo.

– Don Lotario todavía se acuerda de sus enfermos de antaño -dijo Cerezo.

– ¿Qué vas a hacer, Manuel, con este dormido recién llegado?

– Llevarlo al Ayuntamiento. Anda, Cerezo, llama a un compañero y os lleváis a éste a mi despacho.

Cuando vio don Lotario que Cerezo se había alejado con aquel nerviosismo de piernas que se gastaba, le hizo su pregunta de cada caso.

– ¿Que qué me dices, Manuel?

– Lo que usted. Que lo entiendo todo menos «la problemática del contexto», como decía aquel notario amigo suyo.

– Ha pasado más de media hora y el tío sigue sin estremecerse, creo que es igual al deSan Juan.

– Esto de averiguar por qué se duerme la gente no se le ha presentado a ningún detective del mundo… A ver qué dice éste cuando se despierte.

– Mira que como se calle también… ¿Y por qué lo habrán puesto aquí al lado de éste, el espectáculo del día?

– ¿Habrá sido para que lo veamos pronto?… A lo mejor anda por ahí algúnpaisanín, como decían los asturianos, que se dedica a adormecer gente para divertirse.

– Y para tomarnos el pelo a nosotros dos.

– Hombre, Manuel, no seas tan suspicaz.

– ¿A que no sabe usted, don Lotario, qué tiene este dormido igual que el otro, el de San Juan,El Toledano?

Don Lotario, después de examinarlos con detenimiento, dijo:

– No caigo, Manuel.

– En que éste, como aquél, va muy repeinado y lleva fijador.

– ¡En qué cosas caes, Manuel!

El ingeniero, al oír reír a los guardias abrió un poco los ojos…, pero en seguida dobló la cabeza y se durmió, o se hizo otra vez el dormido, como sospechóPlinio.

– Venga con él.

– No lo llevéis tan abierto de piernas, no se le vaya a caer algo de la «entre» -dijo el cabo.

Los guardias volvieron a reír, pero el ingeniero ni se estremeció.

– Como éste siga empeñado en no moverse de aquí los días que vienen, le acabarán dejando al lado… o encima, Dios sabe qué.

Detrás de los cuatro guardias que llevaban entre carcajadas al dormido número dos, con los brazos y las piernas bien abiertas, ibanPlinio y don Lotario, dándole entre guiños de amargura, chupadas a los primeros cigarros de aquel día sin empezar.

– Dejadlo sobre el sofá de mi despacho.

– Sí, jefe. A su sofá…, digo a sus órdenes.

– Ha amanecido gracioso hoy este cabo -dijo don Lotario.

– Es que los Cerezos amanecen así, don Lotario… Todavía no son las cinco de la mañana, Manuel.

– Fíjese usted, hasta que llegue la hora de las cervezas ¿qué no habremos visto si siguen así las cosas?… Un novio en huelga de hambre y un dormido durante ocho horas a su lado.

Entraron en el despacho.Plinio se sentó en su sillón y don Lotario en la silla de enfrente.

– Oye, a lo mejor podíamos echarnos un sueñecillo hasta las nueve, la hora de la Rocío, y de despertarse éste, poco más o menos, si lleva en el cuerpo el mismo bebedizo que el otro.

– Pues probemos. Cierre un poco la ventana, y ¡hale!

– Es curioso, Manuel, pero así que Cerezo me explicó por teléfono lo de este dormido, pensé en el deSan Juan.

– Y yo. Por eso vine tan rápido…, pero sin idea de que se repitiese el fijador.

– Estuve seguro que tú venías y pensando en lo mismo… menos en el fijador.

– Venga, a ver si dormimos, pero sin bebedizos, como usted dice.

Don Lotario con cara de querer roncar yPlinio de bruces sobre la mesa, junto al dormido forastero, hecho un burujo en el sofá, estuvieron un buen rato. A aquella hora ya no les cuajaba nada más que la idea de desayunar en la buñolería, que todavía estaba cerrada. De modo que después de media hora de silencios y cierres de ojos forzados, se levantaron, le echaron otro vistazo al forastero que llamaron «camionero elegante», que seguía igual, dormidísimo, hecho un cuatro, y con la sonrisa, y salieron a la puerta del Ayuntamiento. El policía de guardia dormitaba en el banco del portal y estaba encendida la luz del cuarto de guardia, donde también dormitaban el cabo Cerezo y los otros hasta la hora que sería el relevo.

– Y el novio ingeniero sigue «en el puesto que tiene allí»… Pero oye, Manuel, parece que lo han tapado. Fíjate tú que tienes mejores ojos que yo.

Plinio entornó los ojos y miró hacia la iglesia, cuyas piedras ya clareaba la prima mañana.

– Sí, parece que le han echado algo. Vamos a acercarnos un momento.

– ¿No se despertará el otro?

– Qué va, Manuel. Todavía le falta. Venga.

Cruzaron la plaza a buen paso.

– Qué buen invento fue el de dormir por la mañana temprano con el frío que hace, Manuel.

– Y… en las siestas con el calor.

– Vaya…

El ingeniero seguía sobre el sillón, igual de dormido y doblado que antes, pero cubierto con una gabardina.

– Alguna de la vecindad, que le ha dado lástima.

– Apenas cuaje la mañana esto se vuelve a llenar de gente para ver el espectáculo.

Poco a poco empezaron a pasar coches, camiones, motocicletas y tractores.

– Digan lo que quieran, en estos tiempos los bares y las buñolerías las abren a unas horas muy señoritas -dijo don Lotario con boca reseca.

– Todo tira más hacia la discoteca que hacia la buñolería… ¿Y con qué habrá soñado este pobre hombre en su noche de no boda?

– A lo mejor ha soñado que dormía tan tranquilo como está durmiendo, porque al fin ha ocurrido lo que toda su vida temió que ocurriría cuando llegase la hora.

– Manuel, de pronto dices cosas que lo dejan a uno turulato… Como si fueses todavía más listo de lo que eres.

Plinio no pudo contener la sonrisa.

– Es un decir, porque como usted, no sé lo que ha pasado.

Así estaban las cosas cuando se detuvo un coche frente al casino. De él se bajó Felipe, el hermano del ingeniero, su hermana, su cuñado y Juan, el vecino de toda la vida. Como satisfechos de ver aPlinio y don Lotario, junto al novio dormido, avanzaron muy despacio hacia la puerta de la iglesia. El sol ya asomaba por la calle de Socuéllamos a ras de suelo y ruedas.

– Buenos días, Manuel y don Lotario… ¿Sigue dormido?

– Ya veis.

– Se habrá tomado la pastilla, como todas las noches de su vida -dijo la que no llegó a ser monja.

– Ya me extrañaba a mí.

– Sí, don Lotario. Nunca estuvo enfermo, pero la pastilla para dormir…

– ¿Le trajisteis vosotros la gabardina?

– Sí, se la traje yo, Manuel -dijo Rosa, la hermana.

– ¿Y ahora qué plan traéis?

– ¡Qué plan vamos a traer, Manuel! Ver la manera de que se vaya, sea como sea. No puede hacer hoy otro circo aquí… Ahí tiene el coche con todo el equipaje… Nos lo llevamos por las buenas o por las malas, que si no hoy aparece hasta en la televisión.

– ¿Y la familia de la novia?

Se miraron entre sí los de la parte del novio y al fin dijo Felipe:

– Se han marchado hace un rato, ¿qué iban a hacer aquí?

– ¿Y se han despedido? -preguntóPlinio tímidamente.

– Sí. anoche.

– ¿Y adonde han ido?

– Ellos han dicho que a su tierra.

– ¿Y tan tranquilos?

– Sí, Manuel. Muy tranquilos. Todo estaba preparado entre ellos más que una Semana Santa.

– ¿Desde cuándo?

– Yo calculo que desde después de comer.

– Ya, ya.

– ¡José!, ¡José! -empezó a vocearle Felipe, al tiempo que lo zarandeaba.

– ¿Qué?, ¿qué? -dijo el ingeniero abriendo mucho los ojos y mirando en redondo.

Ya había algunas gentes paradas entre la iglesia y el casino, con buñuelos y cestos en la mano.

– ¿Ha vuelto? ¿Ha vuelto? -dijo el novio, reaccionando al fin.

– No…, José -dijo la hermana-. No ha vuelto, ni volverá.

– Venga, ahí tienes el coche con todo preparado.

Callado y mirando al suelo, movió la cabeza echando «noes».

– Te marchas, José. No es posible que sigas aquí.

Volvió a negar con la cabeza.

– Por la memoria de nuestros padres, te lo pido… Por ti, por tu misma carrera, por el espectáculo que vas a dar en toda España.

– No, no y no.

– Pues si no quieres por las buenas, por las malas. Venga, ¡ayudadme! -dijo cogiéndolo de un brazo y animando a sus familiares.

– Pero vamos a ver, José -intervinoPlinio.

– No tenemos que ver nada. Usted a lo suyo… Le juro que no me voy de aquí hasta que no vuelva Covadonga.

– No te vas a ir, pero te vamos a llevar. ¡Venga! ¡A lo dicho!

Y entre los cuatro lo sujetaron y, cuando estuvo inmóvil de pies y manos, Felipe sacó una cuerda que llevaba debajo de la chaqueta y le metió la lazada por la cabeza hasta atarle los brazos…

– Que no, que no, que no…

Se notaba que los cuatro familiares y amigos llevaban la operación bien pensada, porque sin decirse nada fueron atándolo de pies a cabeza hasta quedar el novio hecho un verdadero paquete.

Y ya había un corro bastante nutrido de gentes contemplando sorprendidas y en el fondo aprobando la operación, aunque sin la menor risotada o comentario.

José, bien ceñido por las cuerdas, totalmente inmóvil, parecía otro y como con la cabeza en otra parte, resignado.

– ¡Listos! Vamos con él al coche -dijo Felipe.

Y alzándolo entre los cuatro, en posición de sentado, por el pasillo que les abría el personal fueron hacia el coche. Rosa, que se adelantó, abrió la puerta trasera. Lo tumbaron sobre aquel asiento. En el borde, junto al atado, se sentaron el cuñado y el vecino. Y delante, Felipe y la hermana.

– No ha habido más remedio, Manuel -le dijo Rosa-, compréndelo.

– ¿Y por qué no lo despertasteis entonces?

– Por si se podía hacer todo por las buenas. Nos quedaba alguna esperanza… Él siempre fue un hombre muy normal, pensábamos. Pero no sé qué ha pasado. Todo ha sido de golpe, como un ataque.

Arrancó el coche y echó por la calle de Socuéllamos.

– A ver dónde meto yo ahora el sillón éste -dijo

inta aPlinio, como pidiéndole ayuda.

– Déjalo aquí en el Ayuntamiento hasta que puedas mandar a por él.

– Muchas gracias, Manuel. Menos mal que todo ha salido como pensamos.

Cogieron el sillón entrePlinio y don Lotario y echaron plaza adelante, mientras Recinta se iba con la gabardina colgada del brazo.

– Haced el favor, dejad este sillón ahí en el cuarto pequeño hasta que manden por él… ¿Dónde está Cerezo?

– Jete, Cerezo marchó. Ya hemos hecho el relevo.

Plinio, como movido por un presentimiento, se lanzó hacia su despacho, abrió la puerta y sin entrar, miró.

– ¿Se ha despertado ya, Manuel? -dijo don Lotario, que estaba tras él sin poder ver lo que pasaba.

– Sí…, despertó y se largó.

– ¡No me digas!

– A la vista está. Entre sueños, relevos e ingenieros empaquetados, el camionero se pudo ir a sus anchas, si es que le apetecía, o aburrido de que nadie le hiciera caso.

– Vaya mañana…

– Vaya dos días enteros, querrá usted decir… para no hacer nada útil ni dormir.

– ¿Y qué hacemos, Manuel?

– Qué quiere usted que hagamos, callarnos, como difuntos… e irnos a desayunar a la Rocío, que ésa no falla.

– Y que lo digas. ¿Pero por qué habrá huido el camionero?

– … Por lo mismo que se callóEl Toledano… Despertarse en el despacho del jefe de la Policía Municipal, sin nadie que te vigile, sin que nadie te conozca y seguro que sin ganas de contar lo que te ha sucedido, como lo ocurrido al de San Juan, pues tirado.

– Es verdad. ¿Y por qué se te ocurre a ti que no quieren hablar estos dormidos?

– Ah. sé tan poco de eso como del Arribatasuna.

– Venga, que te conozco las ganas de comer churros y de echar el primer cigarro con el estómago lleno.

– Eso, que ya sabremos por qué se callan… Aunque más difícil es saber por qué se calla la gente, que por qué larga.

Capítulo III

El roncador

En el mes de agosto los pájaros que duermen o velan entre las hojas de los chopos del Casino de San Fernando, parece que defecan muchísimo más, aunque según los entendidos en culos ornitológicos, sólo cagan más que pían en marzo. Lo que ocurre es que la gente en agosto anda más despacio, se sienta más tiempo en la terraza y tiene más ocasiones de recibir en el traje, en el sombrero y hasta en el caballete de la nariz, las mierdecillas grises-blancas.

Plinio y don Lotario, sentados en la terraza del Casino, con las gafas de sol puestas, se contaban las pajaritadas que en las dos horas que llevaban allí de sobremesa les moteaban el uniforme gris, y al veterinario la chaqueta mil rayas.

– Yo salgo a unas cincuenta caquillas pajareras por día, según dice mi mujer cada mañana, cuando con un trapillo empapado en agua caliente me vuelve la chaqueta a su ser.

– Mi mujer no las cuenta, don Lotario, las cuento yo.

– ¡Coño, Manuel! ¿Entonces tú coges la guerrera cada mañana y vas enumerando las diarreíllas, que también las hay… La mía distingue muy bien las cagaditas normales de las diarreas. Hace falta vista, ¿eh?

– Decía que mi mujer, cuando de suyo, cada mañana me limpia la guerrera, va enumerando en voz alta, cada vez más alta: «Otra, otra, anda, otra: ¡¡pero otra aquí!!»

Y yo desde la cama, mientras me toco los sonrosados o descabezo el último sueño, cuento «las otras» que grita.

– ¿Y qué media te sale?

– La verdad es que no paso de treinta.

– Como eres el jefe, se conoce que los culos pajareros te tienen más respeto y apuntan para otros cuerpos y escotes sin autoridad.

– ¿Y escotes?

– Rara es la mujer de Tomelloso que no se acuesta cada noche con las tetas moteadas de gris claro o chorretones, si son pájaros con rayo de vientre.

– Y por mucho que madrugue uno para venir al Casino, cuando llega a la terraza no quedan rodales sin techo de ramas, ni rama sin pájara. De modo que te pongas donde te pongas, con blusa, chaqueta, guerrera o escote palpitante, inodoro de pájaros te haces.

– … La otra noche, Manuel, y no me salgo del tema, soñé que el novio ingeniero, el que estaba en huelga de novio caído, amaneció, la mañana que se le llevaron, tan cubierto de excrementillos voladores, que no se le veía…

Y el pobre, al despertar, se creyó ya tan muerto, aunque con mortaja suave, húmeda y gris clara, que empezó a corretear por todo el pueblo, gritando: ¡Perdóname, señor, perdóname!

– ¡Ay!, qué don Lotario éste: cuanto mayor, más imaginación tiene.

– Déjate de imaginación. Son sueños… Cuando uno no está consciente es cuando ve las cosas buenas… Yo, como tú, nunca pude pensar que la Narcisa Romero tenía el culo bonito, porque era horrible, ovalado y con caídas, hasta que se lo soñé: Cuando se lo soñé, dos o tres siestas, no sé por qué me pareció precioso, de nalgarrosas, de nalgaprieta, de nalgadura, de nalgatiento, de mollete cumplido, de ojetebeso.

– Don Lotario, si no fuese por usted, con sus cosas y cariño, me moriría de tristeza… Todos los días aquí en la terraza de San Fernando, desayunando en la buñolería de la Rocío, viéndole las corvas a tantos concejales como he visto subir las escalerillas del Ayuntamiento, tomando las mismas cervezas y escuchando el mismo reloj…; es pesadísimo.

– Hasta que te mueres.

– Y estás toda la muerte viendo la tapa de la caja por dentro, y luego la bovedilla del nicho, y luego la calavera del tonto del pueblo que te toque encima, o el fémur del cura, en castigo por no haberte confesado nunca, encima de tus dientes amarillos, toda la eternidad.

– Joder. Luego dices que yo le echo imaginación a la cosa. Pero anda que tú… Muerto, con el fémur verdoso de un cura encima de tus dientes secos, toda la vida… Hombre, Manuel, Tomelloso no es tan pesado.

– No Tomelloso, la vida, aunque sea en Torremolinos. Y amigos como usted la alivian, le dan un algo.

– Lo mismo digo, Manuel. Que yo, como dices, le echo imaginación a las cosas por sacarte la risa.

– Y yo, don Lotario.

– Si no nos hacemos nosotros solos nuestras risas, a base de cosquillas en el cerebro, con dichos e imágenes, ¿quién nos las va a hacer?

– La gente tiende mucho a la pesadez, a lo igual, al nicho en la vida.

– Nosotros, por lo menos, tenemos imaginación y buen humor y nos lo pasamos todo por el ombligo, o le instalamos altares, según nos venga… Por cierto, que yo sólo había dicho el fémur de un cura muerto…, muerto…, que ya es bastante, no fémur verdoso.

– Es que los fémures enterrados mucho tiempo se ponen muy overos.

Dos jóvenes con pantalones vaqueros y las barbas como alquiladas se reían mucho en la puerta del Casino. Se unieron con ellos dos chicas con el suéter atado alrededor del culo, cigarrillos, sonrisas americanas, y empezaron a carcajearse con ellos. Luego alguno debió advertir algo, y todos miraron haciaPlinio y don Lotario. Como puestos de acuerdo se aproximaron unos pasos.

– Manuel y don Lotario -dijo el de las gafas-, ¿quieren venirse con nosotros a pasar un rato bueno?

– ¿Con qué?

– Con PepeTachuelas, El Roncador.

– ¿Pero ha vuelto?

– Sí, Manuel. Se le ha muerto la mujer y la nuera no quiere vivir con él. En Madrid lo han echado de no sé cuántas pensiones por roncar, y se ha venido a su casa de la calle de la Azucena. Vive solo y duerme en el piso alto para que se le oiga menos.

– Pero se le oye igual -dijo una de las chicas del culo abrigado.

– Y está desfilando por allí el pueblo entero para oírle sus solos de garguero.

– Debíamos hacerle una grabación. Se vendería muy bien.

– Usted, Manuel, ¿conoce alTachuelas?

– Claro que lo conozco. Si fue a la escuela conmigo.

– ¿Y ya roncaba así?

– Por lo visto roncaba así desde que nació. La profesora en partos, doña Consuelo, ya temió que hubiera nacido con algo malo en la garganta.

– Pero los ronquidos de recién nacido…

– Lleva razón, Manuel -dijo don Lotario-. No eran, claro, de barco, como los de luego, pero de gargajillo, sí. Ya de mozo le fui a escuchar muchas veces. Desde recién casados, la mujer se metía algodones en los oídos, y en seguida durmieron en camas separadas, porque ronca con tantas ganas que nadie se acostumbra a sus dianas… Después del acto, la noche que le tocaba, ella se iba a una alcobilla de la otra punta de la galería.

– Pues vénganse ustedes a recordar tiempos mejores -dijo el de la barba.

– ¿Vamos, Manuel?

– Pues venga, vamos. Que más vale oír roncar que ser bacinilla de pajaretes… Y lo que me extraña es que vosotros, tan mozos, tengáis noticia delTachuela.

– Tenemos noticia porque nuestros padres lo han nombrado muchas veces, y porque desde que llegó empezaron a oírse sus ronquidos por todo el barrio…

– Roncando así, Manuel -dijo la moza de las gafas-, se hace uno famoso en seguida.

– Sobre todo roncando sólo de noche. Si roncara de día pasaría más inadvertido, pero de noche, cuando casi todos los coches están en el pesebre, las televisiones ya con el oscuro echado, y las vecinas desunidas, sin contarse las veces que orinaron sus hijas, pues el ronquido deTachuelas es como trueno que cruza las esquinas zumbando en todos los oídos de la parroquia -dijo el de la barba, muy redicho él y con ademanes de estar echando un sermón en guasa.

Empezaron a andar y don Lotario preguntó aPlinio a media voz:

– ¿Te ríes, Manuel, de la jacularcia del barbas?

– No, pensaba que el pobreTachuelas habrá decidido echar los últimos rugidos en su pueblo, donde siempre serán mejor acogidos que en otro sitio.

– Desde luego, Manuel, que unos ronquidos así, tan calderones y potentes, son para enorgullecer a un pueblo y recordarlos toda la historia.

– Y mire usted que para que en estos tiempos de tanta moto con escape abierto llame la atención un concertista de ronquidos, ya hace falta echarle respiración.

Subieron por la calle de la Feria hasta la de la Azucena y don Lotario, en broma, empezó a hacer oído.

– No se oye.

– No, don Lotario. Si es más allá. Pasada la calle de la Palma.

– Pues vamos hasta la calle de la Palma… Calle de la Azucena, calle de la Palma, son los nombres de calles más bien traídos del pueblo.

– Y no se olvide usted: la de al lado, de la Paloma.

– Debió ponerles estos nombres -Azucena, Palma y Paloma- algún alcalde muy tierno.

– Y el que la calle de la Paloma se llame ahora del pintor López Torres tampoco desentona, Manuel, porque Antonio tiene la sonrisa, la barba y la bata, blancas como las palomas y como las azucenas de al lado.

– Ahora está usted romántico, don Lotario -le dijo el guardia en voz baja.

Al llegar a la calle de la Palma, los jóvenes empezaron a hacer oído con cabeceos caninos.

– Si estuviera roncando, ya lo habríamos oído desde la Camas Blas. Menudos bombardinazos suelta.

– Pues es raro, porque a estas horas siempre está haciendo el solo.

– Se habrá levantado a hacer aguas o a enjuagarse la garganta, que cada hora de ronquidos -según dice él mismo- se le queda más seca que un canalón en agosto.

– Mira, Manuel, en esa casa de las ventanillas altas.

– Ya, ya lo sé.

– Y las luces están apagadas. Acostado está, seguro, pero a lo mejor en muy buena postura, cuando no ronca.

– ¿Y cuál es esa buena postura para evitarnos el concierto?

– Digo yo que boca abajo, mordiendo la almohada, para cortarse el tono.

– ¿Venís a oírlo? -les preguntó uno desde el balcón oscuro que estaba sobre ellos frente al deTachuela-… Pues habéis escogido bien, porque menuda noche lleva.

– ¿Y ahora por qué está callado, Ramón? -preguntó don Lotario al del balcón.

– No sé… Estará poniéndose lengüeta nueva, digo yo… Mira que estamos acostumbrados, pero esta noche es que no he podido pegar ojo. Hasta las bombillas se meneaban.

– Venga, Manuel, vamos a sentarnos en este poyete tan altico, no sea que el silencio se alargue.

Se sentaron, sacaron cigarros y después de hablar un ratillo en voz baja, los cinco jóvenes empezaron a simular como un concierto de ronquidos cachondos.

Así andaban las cosas, bajo las risas memeas del que estaba en el balcón oscuro, y las suaves de los mozos, cuando, de pronto, sin amago ni introito, cargóEl Tachuelas con una aspiración tan tronada y dramática, como si le estuvieran metiendo una reja hecha ascua por semejante parte, y en vez de gritar se tragase el aire con boca de agonizante… Pero muchísimo aire y en mucho tiempo, hasta el infle total.

– ¡Jodo!, tiemblan hasta los caballetes de los tejados.

Tampoco la expiración fue tibia. Después de unos segundos de silencio, durante los que todos aguardaron con suspense de terremoto. La expiración, también con ruido de viento estremecido, que hacía vibrar las orejas y los pelos. Acabada la vuelta del aire entre pulmones y muelas -y tal vez los intestinos, y compañones canosos del dormido- pasaron unos segundos sobre los gestos temerosos de algunos oyentes y los oídos tapados de otros, hasta que volvió a la carga, mucho más grave, si cabe, y ahora con un son triste-negro, de avión en túnel o de leones en cisterna.

– Te aseguro, Manuel, que en mi vida había oído algo así, y mira que soy veterinario. Y se me estremecen los huesos como si fuese de viaje en una apisonadora.

– A mí donde me molesta es en el estómago, fíjese usted, como si se mediase con el oído.

Empezaron a abrirse ventanas y balcones, y las gentes subían y bajaban desde las calles del Monte y la de la Feria. Gentes con caras entre de gusto y miedo.

El mastín que traía un feriante rubio, al oír el ronquido más fuerte de la noche, con los ojos tristísimos y asustado se arrimó a una portada verde.

– Mira, Manuel, ésa pone cara de gusto -dijo don Lotario señalando a una moza, que con los ojos medio en blanco asomaba la cara rubia entre los hierros de una ventana.

– Es que hay gustos para todo. Y mire usted a aquélla le dio el histérico -y señaló al balcón desde el que una en camisón y con los brazos en alto gritaba:

– ¡No hay derecho! ¡No hay derecho!… a interrumpir la intimidad de la familia.

– Esta es su noche más sonada, Manuel -dijo el otro del balcón oscuro-, desde que volvió al pueblo. Debe ser la calina del agosto, que le seca las cuerdas.

Y conforme seguían y se abroncaban los resuellos artilleros deEl Tachuelas, se encendían más luces, se despertaban más pájaros y se escuchaban más ausiones, gritos y risotadas.

Siempre que El Tachuelas se tomaba algún respiro, nunca mejor dicho, se iba alguna gente y cerraban vidrieras, pero algunos que parecían haber decidido marcharse dos segundos antes de volver la redondez inacabable del ronquido, permanecían con la boca entreabierta y los ojos guiñados hasta que tornaba el silencio.

Plinio y don Lotario tardaron más en marcharse, porque el de las barbas había ido a por un cassette, y estuvieron un buen rato grabando los «rebuznos de almohada», como dijo uno. Luego, entre risas, pasaron la cinta y, aunque un poco alejados, como resollados dos pisos más arriba, resonaban un tanto misteriosos y aislados, pues mirando a la cinta dando vueltas, parecía imposible que de ella salieran.

Cuando al fin marcharon, todavía quedaban morosos sentados en los bordillos de las aceras.

– Nadie todavía en el mundo habrá dejado de herencia el son de sus ronquidos.

– Desde ahora en adelante, de las familias muertas nos quedará todo.

– Cassetes de ronquidos, de partos bien gritados y de las últimas pedorretas de los hombres más ilustres.

– Qué cosas tienes, Manuel… Y radiografías de calcañares… ¿Te imaginas una guerra civil de ronquidos y desde todas las puertas y balcones las gentes vomitando ronquidos al vecino?

– Don Lotario, conforme va usted siendo más viejo, le echa más imaginación a todo le repito.

– ¿Más que tú?

– Más que yo. E imaginación tomellosera… Y en el cementerio, por la noche, todas las tumbas burbujeando ronquidos, pero muy hondos, «a nivel» de tosca.

– No le digo.

– Sí, Manuel, eso de que no haya ningún caso que llevarse a la boca y que nos aburramos tantísimo, de casa al Casino y del Casino a casa, para compensar creo que se me acelera la imaginación y por todos lados veo profesores de francés, ronquidos, pubis afeitados y lobas tuertas.

– ¿Profesores de francés y lobas tuertas? ¿Pero qué le pasa a usted hoy?

– Nada, Manuel. Nada.

Y se echó a reír con unos respingos y gemidos que nunca le había notado.

Salieron a la calle de la Feria, solitaria en la noche ya un poco fresquita.

– Las mismas luces de siempre, Manuel. En fila, solas y sin esperar nada, alumbrando para nadie -decía don Lotario en medio de la calle con brazoteos de maestro de música y señalando a las luces del centro.

Plinio lo miraba con una mano en el mentón y la otra en la rodilla.

– Perdona, Manuel -dijo al fin poniéndose formal-. Vamos a echar el último «caldo», el último de la noche -y le ofreció el paquete azul, con cara entre pensativa y sonriente.

Plinio, ya serio, tomó el cigarro, reliaron ambos, se dieron la llama y echaron a andar como siempre, con las manos atrás y mirando al suelo.

* * *

Hacia las siete de la tarde del día siguiente, cuandoPlinio, de vuelta del Casino, leía la última hoja del periódico de la mañana, que decía lo mismo que ya había oído en la televisión, entró Maleza en el despacho a decirle:

– Jefe, que el hijo del hermano Rufo quiere hablarle.

– … El hermano Rufo. ¿De qué tiempos me hablas? ¿El hermano Rufo, el de Las Labores de San Juan?

– Su hijo, jefe.

– Ya. Que pase.

– Manuel, perdona la visita -dijo el viejo enseñando mucho los dientes-. Traigo ahí en el remolque dos hombres… Que de verdad no sabía si traerlos aquí o al ambulatorio, pero como al fin y al cabo, les pase lo que les pase, me los han echado ilegalmente en el remolque, he creído que lo primero era que lo supieras tú… No, no me interrumpas hasta que lo cuente todo. Estaba yo en la viñeja echandoojeás a las uvas, a ver si es verdad, como dicen algunos, que la cosecha va a ser tan buena, cuando me dio el rayo de vientre ése que me da algunas tardes, y sobre todo cuando anda el verano… Yo había dejado el tractor con el remolque medio cargado de melones en la carretera de Argamasilla, mientras me corría la viña, cuando al levantarme, después del rayo, allí en la otra punta de la viña, que estará como a tres fanegas de la carretera, me pareció que arrancaban dos coches que habían estado parados junto al remolque, o, a ver si me entiendes, que los coches pasaban muy despacio y pegados a mi remolque… Bueno, pues no hice caso, como es propio. Me subí en el tractor, lo puse en marcha y, antes de arrancarlo, como debe hacerse, miré hacia atrás por si venía alguien, que ya sabes cómo está ahora esa carretera, y vi sobre los melones de agua dos tíos tumbaos, como lo oyes. Dos tíos que no conocía. Pensé lo peor, que estaban muertos. Lleno de miedo me bajé y subí en el remolque. ¿Tú me entiendes? Y toqué a los tíos y no, de verdad que estaban… y están calientes… y hasta con cara de gusto. No sabes cómo me tranquilicé. Y en paz, los miré y remiré a ver si sus caras me decían algo, pero ni ésa… Deben de ser forasteros. Los meneé bien sobre los melones, pero ni intentar despertarse. Al revés, parece que uno dormía con más gusto. Total, que fue cuando me dije: «Pues se los llevo a Plinio, a ver qué dice que debo hacer con ellos», que ahí siguen como troncos, pero como troncos contentos. Y aquí estoy.

– ¿Les has echao agua?

– Agua, no, pero como he dicho, los he meneao por todos sitios y hasta les he hecho mamolas, y que si quieres, una poca risa, como para decir «quita, tonto» yna más.

Plinio se sonrió y se rascó la patilla.

– ¿Y te quedas así, tan llano?

– ¿Qué quiere usted que haga? Con estos dos ya llevo vistos cuatro modorros reidores… Y no te creas que en seis u ocho horas vuelven en sí.

– ¡No me digas! Y cuando vuelven ¿qué explican que les ha pasado?

– Mut, como dicen los valencianos.

– Pero ¿mut, mut, mut?

– Mut.

– Será que se chispan con algún vino dulzón.

– Si fuera eso no tenían por qué callarlo.

– Eso sí. O que toman alguna droga de esas de contrabando, que atontilan y, según dicen, te hacen ver todos los cacharros dorados.

– ¿Los cacharros?

– Bueno, todo lo que se ve o se sueña. Y por eso se ríen.

– Vamos a verlos.

– Tengo el tractor ahí pegado a laPosada del Rincón.

Al salir,Plinio se arrimó a Maleza:

– Acércate a la farmacia de don Luis Menchen, y al laboratorio de don Federico Martínez y Siles que hagan el favor de venir, que tengo aquí «dos cuerpos presentes», dos dormidos de los que les dije.

– ¿Dormidos?

– Sí.

– ¿Pero dónde?

– En aquel remolque ¡cansino!

– Desde luego, jefe, cada tres o cuatro años, lo entiendo menos.

– Para que veas lo inteligente que soy.

– O lo tontorro que soy yo.

– Tanto no, Maleza. Pero miope, una legua.

– Será. Voy.

– Desde el tractor -dijo el hijo del hermano Rufo- los veremos mejor y así no armamos teatro.

– Venga, subamos.

– Como tú digas, que ha;, sido el transportista.

– Tienen pinta de ricotes de algún pueblo de al lado -dijo Rufo pensativo.

– O de Badalona, porque hoy todo el mundo viste igual. ¿Y qué edad aparentan?

– Están alrededor de los sesenta, Manuel -dijo mientras se acercaban.

– Los sesenta son diez, de modo que según dices, lo mismo pueden ser sesenta que setenta.

Se subió cada uno a una rueda del remolque.

– No, los setenta, no. Sobre todo éste del traje a rayas -dijo Rufo, agarrado a la carrocería- todavía tiene poca papadilla… Pero lo que yo te digo, Manuel. ¿A que parecen dormidos tan a gusto, con esa risilla de bigote, como si tuvieran a Tip y Coll debajo de la oreja?

Desde la rueda de enfrente,Plinio le decía que sí cabeceando, sin dejar de mirar la risilla de los dormidos.

– Que los doctores vienen supinos -dijo Maleza apescándose en la carrocería para subir también al remolque.

– ¿Supinos, Maleza? Cada vez tienes un palabrerío más de domingo.

Y al cabo empezó a reírse, como siempre que su jefe le hacía chistes.

– ¡Eh! Ya llegan los dos doctores a la vez -señaló Maleza-. La curiosidad no perdona ni a los que se pasan el día mirando la vida por el microscopio.

Primero cruzó la calle de Socuéllamos hacia ellos el boticario Luis Menchen, con la bata blanca y el cogote muy pegado a la espalda. Y en seguida, desde la glorieta, también con la bata blanca como el pelo, gafas y mirando al suelo, Federico.

Ambos se quedaron junto al tractor.

– Es mejor que suban ustedes por esta escalerilla que tengo aquí -saltó Rufo muy diligente-… Yo, como ya no puedo subir por las ruedas como los mozos -añadió señalando a Plinio y a don Lotario que estaban tan derechos sobre las ruedas de atrás.

Muchos de los que boineaban en la glorieta de la Plaza haciéndole corro al aire y hablándolo de toda la vida, miraban ya hacia laPosada del Rincón.

Abierto el remolque, médico y boticario, agarrándose uno a otro con mucho cuidado, subieron por la llamada escalerilla. Rufo los siguió. Maleza, desde el suelo, intentaba ver por entre las piernas de todos. Procurando no pisar los melones que había en el remolque,todos contemplaban a los durmientes tumbados de mala manera y como haciendo uve sobre la parte más colocada del montón de melones.

– Tienen pinta de haber estado de boda o cosa así, por lo majetes que van -dijoPlinio.

Federico y Menchen pulseaban y movían las cabezas de los caídos, que se sonreían más a cada meneo, como si en vez de tocarles la cara o los hombros les cosquilleasen las ingles.

– ¿Ustedes tampoco los conocen? -preguntóPlinio a los sanitarios.

– No. Ahora que no he visto en mi vida una cosa igual. ¿Y tú, Federico? Los borrachos, si los mueves, se despiertan más o menos conscientes, según el grado que tengan -dijo Menchen.

– Éstos -añadió el doctor Federico-, al revés, cuanto más los mueves, más se acucunan y con más gustillo.

– Podríamos reconocerlos con cuidado a ver si se aprecia algo.

– Muy bien, Federico. Ahora los arrimamos ahí a la farmacia y los ojeamos bien…

La gente de la plaza se había ido arrimando y algunos ya estaban abocicados entre los melones del remolque.

– O si no, Federico, los llevamos a tu clínica, que es más grande, y ahí podemos mirarlos a gusto sin tanto espectador. Aparte de que esto es cosa de médicos, como tú, y no de boticarios como uno.

– Qué listo eres.

– Nada de listo, Federico. Lo digo en serio. ¿Y si les da por dormir hasta mañana?

– Se los traemos aPlinio.

– Hala, sí, venga, que esto se pone imposible: hagan el favor de apartarse.

Haciendo equilibrios se bajaron todos por la escalerilla. Cerraron la carrocería. Guardias y sanitarios se fueron a pie y Rufo arrancó el remolque entre los comentarios del personal.

– Oye, Maleza, tráete cuatro números para ayudar a bajar a los dormidos.

– ¿Y dice usted, Manuel, que los casos que conoce como éstos se están así durmiendo ocho o diez horas?

– Sí, don Federico.

– Pues estamos aviados si tienen que estar ese tiempo dormidos en casa.

Menchen echó una risotada.

– No se preocupe usted, doctor -le dijoPlinio a Federico-, que si después de reconocerles no consiguen despertarles, nos los traemos al Ayuntamiento.

– O se les lleva al Ambulatorio, que es lo suyo.

Los curiosos, al ver maniobrar al remolque, se fueron hacia el laboratorio de don Federico Martínez Arias.

El tractor de Rufo, después de hacer la maniobra ante la portada de la Posada del Rincón, tiró hacia la calle de la Independencia.

– Verás tu Encarnita, cómo se va a poner cuando vea todo este jaleo que me has armado, Luis.

– Encima que te brindo la clientela… Comprende que no me lo podía llevar yo a mi farmacia, sin espacio y para entorpecerme las ventas.

– Ya, ya…, las ventas, licenciado.

– Claro, las cosas como son, doctor.

Las ventanas y balcones de la calle de doña Crisanta estaban repletos de cuerpos y caras. El remolque paró frente a la portada de doña Luisa y los cuatro números, como si lo hubieran hecho adrede, llegaron uno detrás de otro y hasta marcando un poco el paso.

– Venga, bajad a los dormilones y dejadlos ahí, donde esperan los que tienen hora.

– De acuerdo, jefe.

– Lo que todavía no sabemos, Manuel, es de dónde son.

– En eso estaba pensando. Voy a ver si llevan documentación.

– Pesan un rato -dijo uno de los guardias al bajar al del traje de rayas.

– Sentadlos ahí en las sillas esas de enfrente.

Plinio metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta de cuadros al de las piernas tan gordas, al tiempo que le palpaba el pelo.

– Sí tiene -y sacó la cartera.

– ¿Y fijador también, Manuel?

– También.

Plinio se puso las gafas y empezó a rebuscar en ella. Por fin sacó un documento nacional de identidad y apartándoselo mucho de los ojos leyó:

– ¿De dónde es, Manuel?

– De Villarrobledo.

– ¿De Villarrobledo? Federico, el pueblo de tu familia.

– Pues no me suenan sus caras.

– A ver éste.

Manuel le sacó una cartera estrecha y muy larga, llena de tarjetas de bingo y empezó a mirarlas, apartándoselas mucho de los ojos.

– Éste no tiene nada más que tarjetas de bingo… Ah, y el carnet de conducir… También de Villarrobledo.

– Vamos a quitarles las chaquetas… Así. Y ahora a éste.

– ¿Qué quieres ver, Luis?

– A ver si tienen señal de pinchazos.

– No tienen pinta de drogados, ni de bebidos, como dijimos.

– No, de droga, no. Son de otros tiempos.

Al sacarle las mangas de la chaqueta al de las piernas gordas, se le quedó la cara embarbillada sobre el pecho, pero sonriendo mucho.

– Se ríe como si le hubieras hecho cosquillas.

– Pues no. No sé qué le da tanto gusto.

Le arremangó bien los dos brazos y luego las piernas y se las examinó acercándole mucho los ojos.

– Nada, de pinchazos nada.

– A ver si les dieron algún golpe en la cabeza.

– No les iban a dar un golpe a cada villarrobledeño, y los dos iguales… Además, si estuvieran obnubilados no se reirían, digo yo.

– A ver si les ha picado la mosca deltsetsé.

Los de Villarrobledo, ahora deschaquetados, cada cual en su silla, el gordo con la cabeza caída y el otro con la nuca sobre el respaldo parecía como, si a la vez, les diese mucho gusto todo lo que decían los guardias, don Lotario, los sanitarios, Rufo y Federico Huertas, que había bajado con la bata llena de pintura.

– ¿Y si estuvieran hipnotizados, Federico?

– Ya he pensado en ello, Lotario, pero no creo que en el pueblo haya nadie que se dedique a eso.

– Claro, porque si alguien supiera hacerlo se ganaría la vida con ello y no dejaría a sus dormidos en los barbechos, a la orilla del río seco, junto a los novios dejados o echados en los remolques -dijoPlinio.

Maleza llegó corriendillo y se abrió paso:

– Con permiso, jefe.

– ¿Qué pasa?

– Que Rivas, el taxista, acaba de contarme que ayer, cuando iba a Manzanares, se encontró tumbado en una cuneta a otro dormido y que lo dejó en Argamasilla porque de Argamasilla era, él lo conocía.

– ¿Y se reía también?

– Sí, que se medio reía y suspiraba mucho.

– ¿No pudo sacarle algo?

– No, lo dejó en su casa y siguió hacia Manzanares.

– No entiendo nada, Maleza.

– Ni nadie, jefe, no se preocupe.

– Ya hablaré yo con Rivas. Dale las gracias.

– Dentro de nada se me llena esto -dijo Federico moviendo la cabeza.

– No se preocupe usted, como tenemos la dirección llamaré por teléfono a las familias para que vengan por ellos, o me los llevo al Ayuntamiento, como quedamos -dijoPlinio.

– Muy bien, puede usted utilizar ese teléfono.

– ¿Y a ti, Federico, que tienes tanta familia en Villarrobledo, no te dicen nada estas caras?

– Yo voy muy poco a Villarrobledo, y cada día conozco menos gentes. Sobre todo a éstos, que ya son más jóvenes que uno… Como casi todo el mundo.

– Podéis volver al Ayuntamiento -dijoPlinio a los guardias-. Yo voy al teléfono a ver si localizo a sus familias. -Y salió rápido.

– Yo también doy por agotada mi sabiduría y marcho -dijo Menchen-. ¡Eh, eh!, qué cara de regusto que pone éste. ¿Pero qué verán estos tíos? A ver si es que han puesto por ahí una lechería de Dios sabe qué.

– Ya no ponen lecherías. Sólo discotecas.

– Pero éstos, don Lotario, no tienen ya pinta de discotecos.

De pronto, el del traje a rayas, se puso un poco de costado sobre el respaldo de la silla y empezó a darle besetes a la tapicería de plástico.

– Atiza, manco, ¿con quién estará soñando este villarrobledeño? -soltó Menchen en el momento de arrancar.

– A lo mejor con Suárez, porque algunos de UCD, y éste tenía ahí el carnet, quieren a Suárez como a su chico -dijo entre risillas el médico Federico.

Don Lotario se hizo eco de aquellas risas y añadió:

– Desde luego, con tanta televisión, el que sea feo o viejo nada tiene qué hacer en política. En la pantalla los tipos, las caras y las sonrisillas a lo americano valen más que los programas.

ReaparecióPlinio:

– Avisados. Qué alegría se han llevado. Estaban muy intranquilas las señoras de ambos, porque salieron ayer hacia acá a las doce de la mañana a no sé cuántos negocios. Cada uno por su lado y hasta ahora estaban sin noticias y que uno y otro habían quedado en volver a cenar… Que antes de una hora estarán aquí a recogerlos. Al decirles que estaban dormidos Se han alarmado un poco, pero las he tranquilizado echando la cosa a broma.

– Bueno, señores, si no me tienen que pregruntar más cosas, yo me largo -dijo Rufo, el del tractor.

– Gracias, Rufo, y estáte atento por si te llamamos.

– No faltaba más. Aquí al contao…

– Y tú, Federico, vete al micro, que Manuel y yo nos quedamos aquí con los vencidos hasta que vengan las familias.

– Bueno… Y ya ha dejado ése de besuquear la tapicería.

ComoPlinio puso la cara rara, siguió Federico.

– Sí, hombre, que este del traje de rayas, cuando usted estaba telefoneando, volvió la cabeza hacia el respaldo del sillón y empezó a darle besetes a la tela con cara de mucho solaz.

– ¡Coño!, este caso de los adormilados no tendrá nada que ver con el delito y la policía, como parece bien claro, pero me tienedesarmao Será por mi bacinería, pero me tiene…

– Es que es para tenerte. Tu misión como guardia es averiguar los hechos que causan grandes males… Pero nuestro gusto como hombres listos y humanistas es descubrir todos los casos, aunque sean de sueños y de risas.

– Desde luego, que puede ser más interesante saber por qué se duerme un tío que por qué lo matan.

– Muy bien, Manuel. Antes se le daba amoniaco a los borrachos. Voy ahí a la farmacia a que me dejen un frasquete para hacérselo oler. ¿Qué te parece?

– Por cierto, que no me ha dicho nada del fijador.

– Está claro. Se ve a la legua. Si lo he dicho… Voy a por el amoniaco.

Sin hacer ruido entró la sustituta de la enfermera y, sentada junto a una mesita, miraba a los barrigotas de Villarrobledo y se pellizcaba la boca para que no se le derramase la risa.

El más gordo, sin perder su gesto, ahora de durmiente serio, empezó a rascarse una ingle con menudo nerviosismo, y la enfermera por fin reía del todo con sollozos gritones y moviendo las piernas, como ciclista.

Plinio, también cómico, pero con sonrisa más formal, traía y llevaba sus ojos desde la chica de blanco que perneaba en el aire, al panzón que con el índice en forma de gatillo se hurgaba a todo lo largo de la curva de la ingle. Volvió don Lotario con el frasco en la mano:

– Aquí está el amoniaco.

– Trae.

Federico, una vez destapado el frasco, se lo arrimó a las narices al que besó el plástico y llevaba tanto fijador. Pero nada más llegarle al olfato, volvió la cabeza rápido.

– No se anima. A ver este otro engomillado.

Le enchufó en las narices al otro, que, al sentir el cristal, respiró fuerte hasta entreabrir los ojos, pero volvió a su quedada mohína.

– Por lo menos reaccionan -dijo Federico- más que con el agua o con las cosquillas. Algo es algo. Estoy dentro, que tengo mucha faena.

Y repitió don Lotario el paso del frasquillo por las dos narices, sin que hubiera mayor señal de animación.

Plinio y don Lotario quedaron solos y junto a los dormidos, en espera de los familiares de Villarrobledo, mientras la enfermera empezó a pasarle enfermos a don Federico.

– Yo no he estado así, con ajenos durmiendo tan a mi lado desde la guerra.

– Es verdad, Manuel… Y ni entonces.

De pronto, el de las piernas gordas, al cambiarse de lado, soltó un pedo gordísimo y luego una serie de pedetes juguetones.

La enfermera provisional -pues la de siempre estaba enferma, según dijo Federico-, metiéndose la cabeza entre las manos volvió a reírse, a la vez que, como antes, movía los pies en el aire, pedaleando.

– Lo que faltaba, Manuel, que éstos nos den el concierto de rondalla.

– Seguro, porque tantas horas durmiendo, tendrán los ojetes muy relajados.

Al oírlo, la enfermerilla volvió a pedalear en el aire.

Cada vez que cruzaba la habitación un enfermo con el frasco de orina entre los dedos,Plinio arrugaba las narices. Habló don Lotario:

– El día que se invente la manera de aprovechar la energía urinaria, tanta como se desperdicia cada día…

Bien pasada la hora y media sonó el timbre y entraron cuatro mujeres de Villarrobledo.

Sin saludar, ni cosa parecida, la más pequeña, que iba delante de todas, comenzó a ausionear:

– ¡Todavía dormidos, santo cielo!, pues ¿qué tila les han dado?

Sin reparar en el guardia, que se había puesto de pie para recibirlas, las cuatro, encanadas en los dormidos, empezaron a tocarles las caras, a extrañarse por la pegatina, a subirles los párpados de arriba y a preguntarle aPlinio sin mirarlo:

– ¿Y dice usted quetiraos en un remolque, y así ya adormiscaos?

– ¿Y sin faltarles nada?

– ¿Y así nada menos que cuatro horas?

– ¿Y que al remolque los echaron desde unos coches en la carretera?

– ¿Y que en el pueblo ya se han dao otros dormios así?

Al oír aquel pregunteo se asomó Federico y la enfermera provisional, con la boca entreabierta y muy despaciosamente, inició el pedaleo.

Ahora, de las cuatro de Villarrobledo, cada dos miraban a su dormido, echando los culos al resto del personal.

– ¡Ay, señor! -dijo una-, que esto me huele a maricas y porculancias, que a mi hombre nunca lo veía tan repeinado y pegajoso.

– Vaya usted a saber. Si los habrán violado por salva sea la parte… Y tu padre se ríe un poco -dijo la baja a la joven que estaba junto a ella- ¿Es que nos habrá oído?

– No, se ríen de vez en cuando, aunque no oigan a nadie -dijo don Lotario-. Y le dan besos muy amorosos a los respaldos.

Las cuatro de Villarrobledo miraron muy fijas al veterinario.

– ¿A quién le dan los besos?

– A los respaldos de los sofás, no vaya usted a pensar en inmoralidades.

– ¿A estos respaldos de plástico negro?

– Sí.

Se quedaron tan contritas, que otra vez pedaleó la enfermera.

– ¿Cómo mi marido va a besuquear a un plástico? -dijo la bajita-, si fuera una plástica, todavía…

– Nunca se sabe -dijo la gorda con música silenciosa- a lo que es capaz de llegar un marido.

– Eso. Será el mío. Y el tuyo, trisagios.

– Venga, madre.

Federico se encogió de hombros y volvió a su laboratorio. Al contado entró un vejete con un frasco grandísimo de orina.

Al tomarlo la auxiliar, don Lotario le hizo un gesto alzando la barbilla, y ella, con el frasco entre manos y los ojos cerrados, le dio muchas vueltas locas a la cabeza, que era lo que hacía cuando no podía pedalear.

– ¡Ay, mi Julián, mi Julián! Si ya despierta.

Y todos los ojos se fueron hacia Julián, el de las piernas gordas. Y todos los labios quedaron quietos, incluso los de la enfermera, abrazada al frascazo de orines, que el viejo contemplaba con miedo.

Plinio miró de reojo.

Julián parpadeaba muy serio. Sin risas ni besetes como antes.

Julián dejó de parpadear y quedó con los ojos bien abiertos, pero se notaba que todavía no estaba del todo consciente.

Federico, sin decir nada, tomó el frasco de amoniaco que estaba sobre la mesilla de la auxiliar y se lo acercó a las narices, muy bien apretado, al pernigordo, que reaccionó con gesto de desprecio.

Y empezó a mirar a unos y a otros, luego a sí mismo, y al dormido con el traje de rayas, como no sabiendo dónde estaba.

– ¿Pero qué pasa? -dijo al fin con voz desentonada.

– No sé, Julián. Eso esperamos que nos lo expliques tú.

De pronto se tocó el pecho, el pecho de la chaqueta.

– ¡Mi cartera!

– No se preocupe -le dijoPlinio con mucho compás-, la tengo yo aquí. Tómela.

El hombre le echó mano, sin quitarle los ojos al guardia y como preguntándose en sus honduras.

– ¿Qué os ha pasado, Julián? -volvió la mujer bajita.

– De verdad que no lo sé. ¿De dónde nos han traído aquí?

– Alguien, en la carretera de Cinco Casas, os descargó de un coche y os echó en un remolque.

Julián se miró el polvo que le quedaba en varias partes del traje.

– ¿A qué vinisteis a Tomelloso los dos juntos? -volvió su esposa.

– No vinimos juntos… Yo acabo de saber ahora mismo que éste, Mateo, estaba en Tomelloso.

– ¡Anda con Dios! -saltó la otra esposa.

– Yo, como te dije, con miras a la vendimia, vine a unas cosas de la Cooperativa, solo, en mi coche.

– Lo mismo me dijo a mí Mateo -dijo la otra con los ojos entornados-, y también vino en nuestro coche.

– ¿Y dónde está mi coche? -preguntó al oírlo Julián, al policía.

– ¡Ah! Ni idea. ¿Entonces usted fue a la Cooperativa a sus cosas?

– Sí…

– ¿Sí o síííííííí?

Sí. Lo que pasa es que no estaba el que yo buscaba, y marché en seguida para volver esta tarde.

– Ya. ¿Y qué hizo mientras?

– Pues comí en elBar Alhambra, tomé café y, luego, para hacer hora, me eché un poco la siesta en el coche, que lo tenía aparcado en una calle de al lado, que no sé cómo se llama.

– ¿Y luego? -preguntó su mujer.

– Pues ya ves -dijo él mirando al suelo.

Plinio, Federico y don Lotario se ojearon.

– Póngale usted también el frasco a mi padre en las narices -dijo la otra chica, hija del dormido del traje a rayas, a Federico.

– Ya se está despertando también. Pero parece que el amoniaco acelera un poco. Se lo aplico.

– Y destapando el frasquillo se lo acercó a las narices.

El hombre debió notar como picor y empuñándose

las narices empezó a moverlas y, en seguida, se le puso el gesto más vivo.

Pasados unos segundos, el hombre bostezó, como si se desperezase, se rascó en varios rincones. La auxiliar, meneando los pies sonreía.

Y por fin abrió los ojos del todo y quedó mirando al médico, sólo a él.

– ¿Tú eres hijo de don Luis Martínez Acebal, el boticario de mi pueblo?

– Sí… Boticario de aquí.

– Cuánto me alegro de verte. ¿Y en qué puedo servirte?

– A mí en nada. Yo soy el que quiere ayudarte a ti.

Volvió la cabeza rápido.

– ¡Atiza, un guardia!… Y la familia… ¿Y estos paisanos?

Y se sonreía, como ante la cosa más natural.

– ¿Pues qué pasa? ¿Dónde estoy?

– En Tomelloso.

– Ah, sí, jefe. Ahora recuerdo que vine una mañana. ¿Ésta?

– Sí. ¿Y dónde fue primero?

– ¿Es que he hecho algo malo?

– ¿Por qué?

– Como me pregunta usted, un guardia…

– Es que queremos ayudarles. Saber qué les ha pasado.

– ¿A éste…, a Julián también?

– También.

– Pues lo veo ahora por primera vez desde hace tres o cuatro días. Yo vine a la Cooperativa y he estado allí lo menos una hora hablando de un vino.

– Y yo también.

– Pues no te vi.

– No estaba el que buscaba…

– ¿Y allí os echaron el fijador en el pelo a los dos? -dijo la esposa bajita con los puños en la cadera.

El hombre se tocó los pelos mientras miraba los del amigo. Hizo un gesto de extrañeza.

– ¿Y después de la Cooperativa que hizo usted? -siguióPlinio sin reparar en lo de la gomina.

– Comí con dos de la Cooperativa en un restaurante muy majo que se llamaEl Molino y que está cerca de Argamasilla.

– ¿Y después?

– Después los traje al pueblo, tomamos café en el Casino de Tomelloso y, como estaba muy amodorrado, antes de coger el volante para irme a Villarrobledo me metí en el coche a dar unas cabezadillas.

– ¿Y después?

– Y después -dijo encogiendo los hombros de manera muy artificiosa- hasta ahora.

– ¿Qué misterio tendrán en este pueblo las siestas en los coches? -dijo una de las mozas.

Y todos dieron un avance de sonrisa, menos la enfermera, que soltó un gritillo y pedaleó muchísimo.

– ¡Niña! -le gritó Federico.

– … Pues os echasteis la siesta cada cual en su coche -dijo la bajita- pero aparecisteis juntos, acostados en un remolque… bastante sucio por cierto, con los pelos engominados a lo marica y sin saber dónde tenéis los coches.

– Si les parece, decidme las marcas y matrículas de sus coches para que los busquemos -les preguntóPlinio sacando el lápiz.

Ambos, de manera muy paralela, volvieron a tocarse el pelo y quedaron como pensando lo mismo.

– Seat 127 Madrid…, amarillo -dijo uno de los mozos.

– Y Renault 7, Albacete…, verde claro -coreó el otro.

– Entonces os quedasteis dormidos en vuestros coches respectivos y no os habéis despertado… hasta que en mi laboratorio…

– Eso…

– Claro…

Malcontestaron los dos rascándose las narices por los efectos del amoniaco.

– Eso no se lo cree ni el Papa, que parece que se lo cree todo -saltó la esposa alta por primera vez, con la cara durísima y los ojos espejos.

– Pues yo te juro, por lo más sagrado, Rosario, que desde hace días, que me lo encontré en el pueblo, no he visto a éste.

– Y yo igual.

– ¿Serán los de la Cooperativa de este pueblo los que entontecen de esta manera? -preguntó la pequeña.

Plinio meneó la cabeza.

– Dejad a ver qué quiere decir Manuel -pidió don Lotario.

– Digo que lo más seguro es que la Cooperativa no tiene nada que ver con esto. Días pasados ya aparecieron así otros dormidos sin que dijeran qué los durmió.

– ¿Y dónde aparecieron, Manuel? -siguió Menchen.

– Uno junto al ex Guadiana, y el otro en la misma plaza, junto a la iglesia, y a las dos de la madrugada.

– ¿Y con fijador en los pelos los dos? -insistió la baja.

– Sí -cabeceóPlinio.

– Desde luego, en este pueblo siempre han pasado unas cosas muy raras…

– Hasta hubo carnavales en los tiempos de Franco… -dijo la más joven de Villarrobledo.

– Rarísimas; mira, tan raras como que le echan mosto a una tinaja por arriba y, al cabo de unos días, se hace vino.

– Hombre, Manuel, no se pique usted, pero como sale tanto en los periódicos…

– Bueno, dejemos eso.

– Sale -saltó Federico- porquePlinio y don Lotario descubren todo lo que en otros pueblos queda en la oscuridad. Por ejemplo, ¿a ver en qué pueblo de España hay un guardia como Plinio y un hombre de carrera como don Lotario, que se dediquen a averiguar por qué aparecen unos tíos dormidos junto a ríos o carreteras?

– Eso sí -reconvino la más joven.

– Venga, jefe, siga usted preguntándoles a los zorros estos -encizañó la baja- a ver dónde cogieron tales chispas.

– De chispa nada, esposa del corazón.

– Eso es cosa de ellos. No es un delito.

– No me diga que no le gustaría saberlo, Manuel.

– Como gusto y bacinería, claro -dijo Manuel-, pues nunca he visto nada parecido… Y máxime si la racha sigue.

– Venga, a cantar, señores -dijo Federico en tono de broma.

– Ya lo tengo todo cantado. Me dormí en el coche y hasta aquí.

– Y yo lo mismo.

– ¿No te digo?, será el clima de este pueblo -repitió la baja.

– Eso, este clima tan diferente al de Villarrobledo -corearon varios.

– Bueno, señores -dijo Federico por cuarta o quinta vez-, perdónenme, pero tengo aquí mucha tarea.

– Doctor, perdone usted, nos vamos todos… -dijoPlinio con ademanes de mando para que todos vaciasen la clínica del doctor Martínez Arias.

* * *

Plinio había oído días antes que por lo único que merecía la pena vivir en Madrid, tan lleno de gentes y motores, es porque el día que te lo propones podías hacer vida diferente, sin ver a los de siempre, ni pasar ante las puertas de todos los días. Y aprovechando que don Lotario estaba en Alicante, y que no tenía especial ocupación ni despacho, se dijo pues hoy voy a hacer una vida diferente, como si estuviera en Madrid.

Y vestido de paisano, después de tomarse el café y saber que el nieto estaba mejor de sus pedorretas, según le contó su mujer, pensó hacer su desayuno fuerte enEl Mesón del Vino, que está en la avenida de Antonio Huertas. Y pillando vuelta por la calle de doña Crisanta, que como tiene las aceras muy anchas te permiten el hacerte el alejado del otro, siempre que lo veas a tiempo, dobló por la calle del Pintor Francisco Carretero hasta la de la Independencia, tomó la de Santa Rita y con mucho y muy buen sosiego de nervios y cabeza, las manos atrás y los ojos en el suelo, para no saludar a nadie, llegó al Mesón, casi vacío, se sentó en la mesa más rinconera y pidió café y tortas de Alcázar, que buñuelos no había, a un camarerillo de pies ligeros y ojos muy alzados, que no parecía conocerlo. En lo que iba de mañana no había saludado a nadie, y en aquel bar casi nuevo, que nunca había pisado, se sentía como en otro pueblo, donde podía mirarlo todo sin que le vinieran con sonecillos.

A ratos entrepensaba que la vida estaba buena. El nieto había dormido a gusto y ya miraría alegre los cristales de la ventana; su hija estaría haciendo la cama sin echarle la espalda al crío; y su mujer a punto de ir a verlos, sobre todo al niño, para hablarle con los labios en forma de beso… Y él allí, tan bien aculado, sintiendo que el tiempo pasaba muy despacio, al compás de aquel viejo que cruzaba el paseo, o del aire calmo, que quería hojear los árboles. Así podría estar horas. Sin pasado ni presente achuchantes, sólo entreviendo como puntos de risa las caras de los hombres dormidos, junto al Guadiana seco, del ingeniero vestido y sin novia o los del remolque del hermano Rufo.

Lo único que no le iba es que enEl Mesón del Vino sólo hubiera mesas bajas, en las que hay que agacharse mucho para atinar con la taza y no meter la cucharilla en el cenicero. Casi enfrente tenía la calle de Santa Quiteria, larga, ancha, mal pavimentada y con tractores sobre las que debían ser aceras. Siempre que pasaba por allí recordaba que en ella, de niño, vio la primera mula muerta en su vida. Estaba en medio de un corralazo, con las patas muy abiertas y un puñado de moscas negras comiéndole la panza.

Cuando pasan los años recordamos que en cada calle del pueblo nos quedó un capitulillo de nuestra vida. En la calle de La Concordia, también cercana, muy niño vio cómo uno de los señoritos más respetables del pueblo, creyéndose solo, alzó mucho la pierna y soltó un pedo infernal…

Estaba todo tan quieto, cosa rara, que se sintió como dormido, pero con los ojos abiertos, y el humo del cigarro, alzándose vago, cachondo, ante el cristal de la ventana.

A lo mejor el humo de los cigarros también tiene sus ratillos felices, sobre todo si sale de la boca de una chavala con sabor a beso.

Metido en lo suyo… no reaccionó hasta que entraron tres hombres y dos mujeres, y desde la puerta vinieron derechos a él. Y recordó que al poco de llegar alMesón del Vino un hombrecillo con las gafas muy gordas y los zaragüelles culerones, después de mirarle muy fijo marchó rápido, sin tomar nada.

– Manuel, perdone que le molestemos, estando de domingo como parece que está, pero no podemos callarlo más… Hemos ido al Ayuntamiento y nos han dicho que estaba libre…

– ¿Y quién os ha dicho que estaba aquí?

– Antonio, el churrero.

– ¿El de las gafas gordas?

– Ése.

Se veía que los hombres, ya bien mayores, venían un poco a rastras de aquellos dos marimachos, sobre todo la que hablaba con ademanes como de empujarle a uno. La otra, en delgado, sin medias y con las canillas muy finas, decía que sí a todo lo que hablaba la marimacho grande. «Ésta debe tener la piel del culo muy dura, no por vieja, sino por bragá» -pensóPlinio.

– Bueno, ¿y qué pasa?

– Asómbrese usted, Manuel -exclamó la jarocha alzando mucho el labio de arriba…-, que hace tres noches que no sentimos roncar alTachuelas. ¿Qué me dice usted?

– ¿Es posible? -dijoPlinio alarmado.

– Sí, Manuel -dijo la otra arrecía de las canillas sarmentosas-…, ni respirar.

– Habrá cambiado de alcoba.

– Ése, en la parte de la casa que duerma, aunque sea en la cueva, deja oír sus rebuznos del sueño en todo el distrito.

– Eso es verdad -confirmóPlinio cabeceando- ¿Y hace su vida diaria?

– Ahí puede estar el misterio, jefe -dijo la marimacho con los dos brazos fuertemente cruzados sobre las dos tetas-. Nadie lo ha visto entrar, salir, asomarse o sentarse en la puerta, como hacía en lasanochecías.

– A ver si le ha pasado algo al pobre…

– Por eso lo buscamos con tantas ansias, Manuel. Porque para el barrio sería una paz enorme que el pobre dejara de roncar todas las noches, pero da mucha pena, tan solo, tan sin quién le arremeta la manta o le dé el yogur si se pone malo.

– ¿Entonces vosotras pensáis que puede ya haber cerrado la boca para no roncar más?

– Sí, jefe, eso…

– Bueno, pues vais al Juzgado…

– Ya sabía yo que iba usted a decir eso -dijo uno con el perfil resabio y los ojos chicos.

– ¡Ea!, qué voy a decir.

– Mira, Manuel, como la gavillera del corral de éste y la suya están a media vara lo más una de otra -dijo la marimacho señalando al cara de listo-, si usted quiere vamos todos y saltamos a ver qué ocurre. Si pasa algo malo lo decimos a la autoridad del Juzgado y, si no, todo se queda entre nosotros.

– Total, un rato de bacinería…, pero por amor al prójimo -dijo otro que había sido monaguillo, luego sastre y ahora muy binguero.

– ¿Y todavía tenéis gavillera? -preguntóPlinio extrañado.

– Yo sí, para que le dé sombra a mi corralillo -dijo la macha.

– ¿Y elTachuelas?

– Ése, el pobre, se quedó en el año que mataron al cura, y tiene de todo lo viejo.

Plinio, antes de contestar relió otro pito y al fin arrancó.

– ¿Y decís que tres noches sin roncar?

– Sin roncar y con la puerta cerrá.

– ¿Y la ventanilla de su alcoba?

– Entreabierta, como acostumbra.

– El miércoles roncó como siempre o más… y digo más -habló la delgada- porque un mastín que cayó por allí, lleno de amor propio le estuvo contestanto toda la noche, sin poderlo vencer… Y el jueves silencio total, sin verlo ni oírlo.

– Bueno, pues vamos a ver qué pasa -dijoPlinio algo animado, al tiempo que llamaba al camarero con un «ven» de mano. «Está visto -pensaba mientras- que en Tomelloso no se puede hacer vida distinta, como en Madrid… Aunque lo de subirse a una gavillera en estos tiempos no deja de ser bastante raro…»

Y echaron paseo adelante, sin prisa, sin formar fila ni hilera, cada cual con su aire y braceo.

APlinio le daba muchísima tristeza el culo estrechísimo de la delgada. Como además llevaba la bata muy ceñida y corta, el culo le quedaba patético encima, además, de aquella resequez de piernas.

– «… Qué cadena perpetua -pensaba el guardia- debe ser tener que acostarse todas las noches con un culillo así tan enterrador, tan fino y con unos molletes como de goma de pelota vieja en diciembre…»

La marimacho, como si fuese ella la autora de todo, caminaba un poco delante con el entrecejo muy satisfecho.

ComoPlinio iba de paisano, la gente no reparaba mucho en el grupo, que caminaba entre el aire claro como si fueran de paseo gustoso.

Al llegar a la calle de la Azucena,Plinio pensaba más en las gavilleras que en el roncador callado. Al entrar en la casa de La Cidoncha, como llamaban a la mandona, y abrir la puerta del corral, allí al fondo, el recuadro de luz tan vivo, todo lo dejó en perfiles… Plinio quiso mirar al lloroncísimo culo de la enhiesta, pero así, al contraluz, su cuerpo era un jirón de sombra, sólo con luz en la cabeza.

Ya en el corral antiguo, en contraste con el resto de la casa, muy horteramente modernizada, con parrales, gallinero, un tinajón y la gavillera, parecía que se estaba en los tiempos del general Aguilera. La diferencia de alturas entre la gavillera de La Cidoncha y la del Roncador no llegaba a un metro. Los sarmientos de una y de otra eran viejísimos, negros, y las gavillas atadas con tomizas, ya podridas.

La Cidoncha, con sus ademanes de boxeador por lo menos, ofreció a Plinio la escalerilla de madera y, haciendo un doblaje tremendo de espalda cada vez que avanzaba un escalón, Plinio subió con cuidado para no empolvarse el traje. Ya encima de las gavillas, los sarmientos, tan negros por hielos y veranos, crujían, se tronchaban y hundían por algunas partes.

– No, no podemos estar todos juntos sobre la gavillera. Venga, salta tú a la del Tachuelas.

La Cidoncha avanzó como pudo sobre los sarmientos podridos, que se rompían, hasta la gavillera vecina, la más alta. Se apoyó en ella con ambas manos y dio salto y culá. Luego se volvió y a gatas sobre los cuatro miembros se puso de pie un poco tambaleante.

– Estos sarmientos dieron las uvas de la guerra -se lamentóPlinio mientras avanzaba con mucho pulso de pies.

La del culo luteño se quedó en la escalera con la cabeza sobre las gavillas sin atreverse a subir del todo.

La Cidoncha ya estaba asomada al corral del Tachuelas.

– ¿Hay escalerilla para bajar a ese corral?

– Sí, Manuel. Más bien escaleraza.

– Menos mal. Venga, sigue y baja.

Casi a gatas y uno a uno llegaron al borde de la gavillera vecina y bajaron por la escaleraza.

El corral delTachuelas estaba abandonado muchos años. El empedrado cubierto de hojas de parra caídas de varios otoños, de macetas sin plantas y hierbajos por todos lados y, claro, las paredes tan antaño encaladas, ahora color barro de distintos oscuros y amarillos.

– A este corral no ha entrado nadie desde que se marcharon del pueblo.

– Hasta huele a corral antiguo, de aquellos con retretes de tapas y basuras -dijoPlinio.

En su vida había visto en el pueblo un corral así…

– Claro que si el pobre vive solo no va a ponerse a deshierbajar esto.

– Ni a enterrar gatos muertos -dijoPlinio señalando con la punta del pie el esqueleto cañizo de un gato, junto a un tino de madera, verde por el incesante goteo del grifo.

Cuando estuvieron todos junto al portalón del corral que daba a la cocina de abajo:

– Verás como estécerrá con llave o el cerrojo echado por dentro -dijo La Cidoncha mirando a la puerta que fue azul claro y con clavos de cabezas de boina ya oxidados. Puso luego las dos manos sobre el portón:

– Por lo menos encajaílla está.

– Quita a ver -dijoPlinio dando un patadón.

– Otra un poquito más fuerte, que va.

El portón, que chillaba a cada patada, poco a poco cedió, dejando a la vista un fogón antiguo, con pesebre al lado.

– Esta parte de dentro ya está como toda la vida, antigua, pero sinpodrir.

Entre telarañas, y sobre las baldosas llenas de polvo, llegaron al patio. Ya en él se notaba que habían andado manos últimamente.

La del culo agudo tocó el respaldo de unas sillas y se miró la yema.

– Está visto que el viejo con la escoba sólo llegó hasta el patio.

– ¿Es que no viene nadie a limpiarle la casa? -preguntóPlinio.

– Que sepamos, nadie -dijoLa Cidoncha a sus vecinas.

Subieron al otro piso, limpio ya total, si cabe.

Se asomaron a la cocina, al comerdorcillo y todo estaba en relativo orden.

– ¡Ah!… ¡Ah!, Manuel, aquí no se puede abrir -dijo el mozo empujando una puerta.

– ¿Qué pasa?

– No sé, Manuel. Parece que hay algo detrás de la puerta.

Por los dos o tres dedos de rendija que dejó la puerta al empujarla el mozo con todas sus fuerzas, se veían escombros.

– Vamos a por ella -dijoPlinio apoyando el hombro y empujando con toda su ansia.

Todos le ayudaron.

Cuando consiguieron abrirla como dos cuartas,Plinio asomó la cabeza.

– ¡Atiza, manco!

Y entró de perfil, muy estrechamente, casi arrancándose los botones de la chaqueta. Los demás lo siguieron por la raja. Para elloLa Cidoncha tuvo que ponerse las manos encima de las tetas y apretárselas para que las puertas no se las arrancaran.

Todos, malteniéndose sobre la escombrera que cubría todo el suelo y parte del armario, miraban a la cama de matrimonio donde debía dormir elTachuelas. Se veía la punta de un pie entre la sábana cubierta de cachos de techo muy gordos, color azul claro.

– Al pobre se le hundió el techo encima -dijo la del culillo, mirando al agujero que había en el techo por donde se veían las vigas de aire del camarón.

– A lo mejor, de un ronquío -añadió La Cidoncha, con cara de lista y señalando como comediante.

Plinio, sin decir palabra, comenzó a quitarle escombros de sobre la cabeza.

– Está bien cubierto, pero que muy bien.

Todos ayudaban.

La Cidoncha encogía las narices:

– ¡Cómo huele!

Apareció más blanco todavía el pelo delTachuelas, por el yeso que lo cubría… y algo que sobrecogió a todos: en la boca entreabierta, entre los malos y escasos dientes del pobre, como si le hubiera sido completamente imposible tragárselo, tenía encajado un escombro triangular con pajillas que entresalían del yeso.

Aparte de tener así la boca tan abierta, el gesto del muerto parecía sin susto, tranquilo.

– Lo que yo le decía, Manuel, en el mismo momento del ronquido le cayó el terrón en la boca tan abierta, que no pudo con él.

Plinio no pudo evitar un amago de risa.

Todos miraban extasiados.

– El pobre -dijo la fina, desenterrándole la barba- tiene la barbeja más blanca todavía por tanto yeso viejo.

– Y qué bien apretados tiene los ojos.

– Los ojos son más rápidos que la boca.

– A lo mejor es que cuando se está en el momento más bovedoso del ronquido no se puede cerrar la boca aunque le caiga a uno un rayo.

– Pobre, fijaos -dijoPlinio-, estaba el techo muy viejo y con sus ruidos tan seguidos de todas las noches se lo cargó… Y venga, vamos a trabajar que estamos de muerto.

Y empezaron todos a quitarle escombros de sobre el cuerpo tieso, duro y frío.

– Y vamos rápidos, no vaya a caérsenos el poco techo que queda encima.

Todos miraron hacia arriba, a las vigas y carrizos de aquella albañilería arcaica.

Plinio de pronto pensó en don Lotario, junto a las aguas del mar y aquella hora, seguro que tomando una cervecilla fresca, mientras él, allí, junto a aquel tomellosero primero de su historia que se mató de un ronquido, según parecía.

Capítulo IV

Tras los reflejos de la bandolina

Como don Lotario continuaba en Alicante con la familia, seguro que aburrido de ver el mismo meneo de mar todos los días y sin tener que hablar de cosas «entrañables», como dicen los políticos -menos mal que volvía el domingo-, Plinio, con sus pasos lentorros y sin ganas especiales de nada más que del café y los churros, se fue a la buñolería de la Rocío a poner el codo sobre el mostrador y a esperar que le hablase del artículo 151, y de la autonomía de su Andalucía, de la que faltaba casi toda su vida.

Como ya habían pasado las ferias y marcharon los forasteros y emigrantes, la churrería quedó con la parroquia habitual del pueblo y de la hora. La Rocío había empapelado las paredes con un papel rosa acrílico que daba dentera y, sin venir a cuento por el color y la grasa del lugar, había colgado un retrato del rey don Juan Carlos, que como molesto por tanto humo de aceite churrero, aunque con mucho disimulo, parecía encoger un poquito la nariz de Borbón joven.

Y es que a la Rocío, aburrida de todo por tantos años y repeticiones, le había dado ahora por la politica, que nunca fue cosa de su faldriquera, y a cada paso sacaba el tema del Rey, de Suárez, de la Reina, «esa señora que aguanta más que nadie»; y hasta de «Manolito Fraga, el de los arrechuchos», como ella lo llamaba.

Como siempre, la Rocío simuló no ver a Plinio y cuando pasaba cinco minutos con el codo tirante, le puso el café con leche, los buñuelos aceitosos, humeantes, y al lado un Lanza, el diario de la provincia, muy bien doblado; y se volvió junto a la rosca, sin chorrear el menor hilo de risa, ni palabra.

Plinio apartó suavemente el periódico y empezó a buñuelear (que don Lotario churreteaba, a la hora del desayuno, se entiende, y Plinio buñuleaba en la misma ingestión).

La Rocío miró varias veces desde lejos, y como vio que ni se molestaba en hojear el Lanza , sin poder contenerse soltó navaja y buñuelos, se le acercó, abrió el diario por donde ponía «Provincia», luego lo dobló y le señaló con el dedo aceitoso un recuadro que decía: «Largas y reídas siestas en varios pueblos de la provincia.»

Como Plinio sin gafas no atinaba a leer letras, por grandes que fueran, les echó un ojeo inútil y, con sus calmas chichas, continuó el desayuno.

La Rocío, nerviosa, culeaba, manoteaba y le echaba ojos, pero sabía que el Jefe hasta que no acabase su desayuno, se sacudiese la guerrera y reliara el «caldo» no había nada que hacer.

Cuando concluyó todo esto y algo más: mirar al reloj, calarse las gafas, arrinconarse bien sujeto el cigarro en el vértice derecho de los labios (conforme se mira a la boca), tomó entre manos el diario Lanza y empezó a leer el recuadro de «las siestas», que decía así: «Desde hace algunos días, en varios pueblos de la provincia -Almagro, Alcázar, Socuéllamos, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba y sobre todo en Tomelloso-, que sepamos hasta ahora, con frecuencia aparecen tumbados en el campo, en calles poco concurridas y hasta sobre remolques, señores ya mayores, de los cincuenta a los setenta años, completamente dormidos, incluso gustosamente dormidos -porque algunos, según nuestros corresponsales, se sonríen-, bien arreglados y vestidos, y que en tan cómoda situación permanecen hasta cinco o seis horas sin que luego, cuando consiguen despertarse, sepan o digan el motivo de tal privación, pues sólo de ello se trata, ya que no se ha podido apreciar en ellos ninguna anormalidad patológica, ni nada anormal en el contorno, que aclare la causa de su larga y risueña siesta.

Parece que es en Tomelloso donde hasta ahora se han dado más casos y los de allí, con su buen humor manchego, sobre las posibles causas de tan lindos sueños, dicen que se debe a una droga llamada "sexta", inventada en El Toboso; o a la eficacia somnífera de los últimos seriales de la televisión… Esperamos que nuestro Manuel González, Plinio, el mejor policía de toda La Mancha, sepa descubrir el somnífero, que suministrado con no sabemos qué bebida o companaje, proporciona tan públicas siestas a nuestros adultos y silenciosos paisanos…»

Plinio, con meneo de boca entre irónico y escéptico, cortó el cuarto de hoja del periódico y se lo metió en el bolsillo de arriba de la guerrera (el de la izquierda según se mira).

– ¿Sabía usted, Manuel, que también en otros pueblos aparecían dormidos?

– No. ¿Y tú sabías algo de los dormidos antes de leer este periódico?

– Algo había oído, pero casi como chiste y no hice caso.

– Como de chiste es.

– Lo verdaderamente raro es adivinar qué hacían los dormidos cuando les llegó el sueño.

– Y a lo mejor no lo saben.

– O que están experimentando alguna prueba científica con ellos.

– ¡Ay, qué Rocío ésta! Una prueba científica con ellos y los dejan tirados en la calle… Y además sin pedirles permiso para la prueba.

– Pues nada, Manuel, ya tiene usted más señas para buscar al malhechor.

– ¿Malhechor el que nos hace dormir cinco o seis horas tranquilamente, aunque sea tumbados en una reguera?

– Bueno, usted me entiende.

– Lo nuestro es apresar a los hacedores de mal- hechuras, pero a los que hacen roncar y reír, ¿para qué?

– Hombre, pero cuando en un pueblo tan aburrido como éste, ocurren cosas tan raras, hay que averiguar el motivo para darle gusto al personal y para que no se aburra el propio Manuel.

– Y sobre todo para que te diviertas tú, que eres tan bacina de todo. Para mí ya es igual que un tío se duerma sólo o lo duerma un perro lamiéndole los párpados.

– ¡Ay!, qué Manuel éste, y que lamiéndole los párpados… y eso de que usted no es bacín se lo cuenta a un guardia. Quiero decir a otro… Lo que pasa es que usted, como todo: lleva la bacinería con mucho disimulo y categoría. Y podrá tenerle sin cuidado si se va a casar la Aurora o si la Engracia la preñó el Antonio tumbá en la cama o sobre la alfalfa, pero que cada pocos días aparezca en la provincia un dormido, eso seguro que lo lleva usted más en cuenta que los rayos del vientre.

Cuando Manuel, sonriendo, iba a sacar las monedas, saltó la Rocío:

– No, Manuel, hoy le invito yo, aprovechando que no hay nadie mirando.

– Pero Rocío, que ya me has invitado dos veces en lo que va de agosto.

– Si yo, Manuel, por el gusto de tenerlo ahí con los codos revolando, lo invitaría a todas horas.

– Es que la cosa está muy descompensada, Rocío, porque yo no te puedo invitar a la cárcel o al Juzgado, que son mis productos.

– ¡Ay, Dios mío, y qué hombre éste!

* * *

Plinio, así que llegó al Ayuntamiento, releyó el Lanza y rápido llamó a Argamasilla, cuyo jefe de la G. M. A. (Guardia Municipal de Argamasilla), García, era viejo amigo suyo, además de compañero y discípulo.

– Oye, perdona la molestia, pero ¿has leído el Lanza de esta mañana?

– Sí.

– ¿Y el recuadrete donde dice que en vuestro pueblo ha aparecido un tío dormido y abandonado en la calle?

– Sí, la otra mañana apareció uno de los López Altos, el padre de la nuera del que fue alcalde, el año que vinieron los de la División Azul.

– Chico, yo no recuerdo tanta ficha, ¿qué edad tendrá?

– Unos sesenta y cinco.

– ¿Es el primero?

– ¿El primero qué?

– El primer dormido que aparece en Argamasilla.

– Sí.

– ¿Dónde estaba echado?

– En el asiento trasero de su coche y parado cerca de la gasolinera.

– ¿Entonces lo trajeron en su propio auto?

– Las señas son mortales.

– ¿Cuánto tardó en despertarse y dónde?

– Lo llevaron a su casa entre unos cuantos y se despertó -según dicen- unas horas después, muy extrañado de verse en su cama.

– ¿Y no sabía de dónde lo trajeron?

– Dijo que él, nada más comer, tomó café en un bar y marchó a Tomelloso a hacer no sé qué y no recuerda más.

– ¿Y el del bar que ha dicho?

– Que sí, que se tomó un café cortado y que después se marchó en el coche.

– Perdona, pero ahora voy a hacerte una pregunta un poco tonta…

– Tú diras, Manuel, aunque viniendo de ti nunca será tonta.

– Gracias, García. ¿Recuerdas si llevaba el pelo untado de fijador, brillantina o algo de brillo?

– Qué astuto eres, Manuel. La verdad es que yo no caí en la cuenta. Nunca me fijo en los pelos de los hombres. Pero su mujer, sí. Y se extrañó mucho porque era la primera vez en su vida que le veía lustre en el pelo.

– ¿Y se sabe si contó algo más a los amigos?

– No, no me llegó nada. Él es hombre muy suyo y de sus cosas.

– Bueno, García, muchas gracias por la información y ten cuidado no vayan a dejarte dormido por ahí en un remolque.

– O en una moto de esas grandes de ahora, mata-paisanos.

– Motos matapaisanos. Eso está bien. Lo diré por aquí.

Plinio colgó el teléfono, se sacudió la ceniza con aire de suficiencia y salió hacia la calle.

– Bueno, Maleza, vuelvo en seguida.

– De acuerdo, jefe.

* * *

Y con sus pasos calmos echó Plinio camino de la perfumería de Cornejo… Pero no le duró la pausa, porque al pasar frente a la calle de don Eliseo, más que oír, notó un vozarrón en las costillas espalderas:

– ¡Plinio! ¡Para el carro!, que te quiero contar «mi circunstancia» de hoy.

Era Braulio, el filósofo, con una camisa gris, los brazos al aire y zaragüelles ceñidos, de ciclista.

– ¿Qué te pasa, Braulio, que tanto manoteas y me has movido el riñón con ese grito?

– Que estoy de parto, ajeno y etéreo.

– Explícate, solterón.

– Digo ajeno, porque la que está en el trance ahí, unas casas más abajo, es mi cuñada Teresa, la hija de Rodero, aquel que decían que tenía el ombligo bizco. ¿Lo recuerdas?

– Pero qué cosas dices, Braulio, cómo la Teresa va a parir si jamás se le echó hombre encima y ya no sabe en qué almanaque dejó los cincuenta años.

– Pues para que veas. Ahí la tienes, empuñándose la panza, a ver si le sale el heredero… Claro que el médico ha dicho, y por eso he venido yo, Manuel, que debe tratarse de un parto histérico.

– ¿Un parto histórico? ¿Es que van a parir otra vez a doña María Guerrero?

– Histérico y no histórico, Manuel, que te estás desescolarizando.

– ¡Ah, no te había oído bien!… Vamos, un parto de cabeza.

– Eso es, mental o «local», de loca.

– Jodo, ¿pero ella había tenido alguna otra vez partos de éstos, de boca?

– Su hermana dice que sí. Que a los cuarenta años o así, una tarde, cuando comía uvas sentada en una pedriza, dijo de pronto que había roto aguas. Y de verdad que se le quedó la braga hecha un charco. Pero parto, parto, como ahora con esos gritos de discoteca, nunca.

– Será la menopausia.

– Sí, la última sed de pita que llega a las mujeres, sobre todo vírgenes, las deszambomba.

– ¿Y qué vais a hacer?

– Esperar a ver si se le pasa y se queda vencía . Pero lleva así desde que se metió la luna.

– ¿Y ha venido comadrona y todo?

– Como es amiga y vecina, la hemos llamado y, claro, ha dicho que de parto ni pestaña. Que no tiene un dedo de panza, el coño cerradico y como dormido.

– ¿Entonces todo es de garganta?

– Histérico total… Si entra alguien en el cuarto se agarra a los barrotes de la cama y empieza a rumbear con la barriga y a dar gritos de víctima. Pero así que nos salimos, ya sin público oyente, se queda calladica la muy tuna. Para pensar el nombre que le va a poner al vientomesino.

– ¿Por qué le dices vientomesino?

– Coño, Manuel, cómo estás hoy de lento, porque debe ser una cría de aire y no sabemos los meses que lleva creyéndose así.

– Anda con Braulio. Siempre igual. ¿Y nunca quiso casarse?

– No sé si fue ella la que no quiso casarse o que nunca tuvo pretendientes… Cada día la gente tiene más imaginación y se casa menos.

– Ya estás con el matrimonio, tu otra cencerrada, junto a la de los muertos.

– ¿Yo, Manuel?… Pues escuche esto que es la primera vez que lo digo… Ya he encontrado mi novia ideal.

– ¿Y cómo se llama?

– Pistola Parabelum,

nada menos.

– Pistola… Ya me extrañaba que dijeras algo cuerdo. Y menos a la hora de hablar de tu boda.

– Pues sí, me casaré, pero no con una mozanca, con los molletes escocíos de tanto lavarse en el bidet o como se diga, y con los ojos siempre de par en par de tanto mirarle los cuartos al marido. Me casaré, pero con una pistoladel 9 largo Parabelum o con un revólver niquelado, de los que llevaba su antecesor León Hormiga, pero bien limpio y cubierto con un trajecillo de gasa, velito blanco y unas florecillas de azahar alrededor de la culata.

– ¿Y luego darle un tiro al cura?

– No, a nadie. Un tiro es una forma ronca de decir «sí» o «no». -¡Ah!

– No, llevármela a la iglesia debajo del brazo y con mucho mimo, tenerla así durante toda la ceremonia, acariciándole con el pernio del sobaco la culata y con los dedos enguantados el tubo del cañón, mientras toque el órgano la marcha nupcial y después de la ceremonia, de los parabienes y el convite, en un taxi alquilado, con coronas de flores en las ventanillas, llevármela a casa.

– ¿Para tirártela?

– Todavía no. Para atarla al cabecero dorado de la cama, con una cinta muy ancha de seda y tenerla allí todas las noches, hasta que llegado el primer amanecer, en que me encuentre harto de este nublado diario que es la vida, haga por fin el amor con laParabelum, besándole mucho mucho la punta del cañón y acariciándole el clitoris negro del gatillo en el momento que me esté muriendo de gusto, apretarle y dejarme la montera blandona de los sesos pegada en la viga de aire de mi alcoba… Y en la definitiva puñeta, a tantísimo majareta con las cabezas vehementes como culos hay por el mundo… Ésa será una novia de verdad, sobre todo si la tienes con las balas bien limpias, y perfumada, entre los ramillos de azahar.

– Tú, Braulio, también dándole siempre a lo del suicidio ideal, pero como en el fondo quieres durar más que la campana grande, ni te pellizcas la planta del pie más duro. Y antes de suicidarte serías capaz de acostarte quince o veinte mil amaneceres con cualquier amortajada y con los pelos de la ingle ya almidonados.

– Que no me conoce bien, jefe, que no me entiende. Que entre tía amortajada y esposa viva, me quedo con la de los pelos almidonados, aunque me hiele. Yo ni mujer, ni suegras, ni cuñadas, ni na. La pistola metía en el camisoncillo blanco colgado sobre la cama, y a pasearme solo y callado por la habitación, sin que nadie te dé la murga de los cuartos, o de destaparte el ombligo a cada nada.

– Desde luego, Braulio, que hay multitud de tíos que con el cerebro más maganto que tú, llevan años y años en Leganes.

– Yo no estoy loco, jefe. Yo es que tengo imaginación. Imaginación, esa virtud tan rara en la humanidad. Sí, la imaginación es más escasa que la picha.

– Hombre, Braulio, pichas hay de todos los tamaños.

– Protesto, jefe. Todas son de dedo más o menos. No hay picha que puede asomar por el cuello de la camisa, ni por la boca del pantalón. Dedo arriba, dedo abajo, la mayor no excede un puño a la más chica… Pues sí, la imaginación del bípedo excede en altura menos que su pija. Segurísimo.

– En fin, sigo por donde iba.

– Pero hombre, Manuel, pasa un momentillo a oír a mi parienta quejarse del daño que le hace la nada entre las piernas.

– Voy a la perfumería de Cornejo a un recado de nada y en seguida vuelvo y la oímos.

– La oímos y la vemos. Mira que como por escépticos nos dé un fetazo en el bigote…

– Eres catral. Ahora vuelvo.

– Aquí te espero pensando en mi noviaParabelum.

– Pero no te vayas a poner cachondo.

– Si mis oídos se figuraran el tiro, seguro.

* * *

CuandoPlinio llegó, Cornejo estaba en la puerta de la tienda.

– ¿Esperas a algún viajante?

– No, llevaba cinco minutos sin ver un cliente y salí a tomar un poco el aire.

– Me perdonarás, pero vengo a hacerte una pregunta de marica.

– Habla tranquilo, Manuel, que usted no es sospechoso.

– Oye, los hombres de ahora, cuando se quieren fijar o abrillantar el pelo, como las mujeres antiguas, o los hombres de tango, ¿qué se echan?

– Hay pocas cosas. Una especie de fijador que le llamanPatrico.

– ¿Y el fixol, y la brillantina, y todas aquellas guarrerías pasaron de moda?

– Sí.

– ¿Y tú tienes algún cliente que te compre muchoPatrico?

– No. No; lo vendo muy de cuando en cuando y a gente muy esparcida.

– ¿Y dónde se venden además estas cosas?

– En las droguerías y algunas farmacias.

– ¿Y elPatrico deja el pelo muy aceitoso?

– Un poco.

– Bueno, bueno, pues muchas gracias, Cornejo.

– No hay de qué. ¿Si quiere usted fijarse un poco?

– Como no sea la piel sobre el cráneo…

– Todavía le asoma pelo bajo la gorra.

– Para asomar nada más, no para abrigarse con él.

Plinio pilló alguna vuelta para no volver a encontrarse con Braulio y su paridora de suspiros.

En la puerta del Ayuntamiento le aguardaba el cabo Maleza.

– ¿Qué hay, Maleza?

– Dos cosas: Braulio, el filósofo, que vaya usted en seguida a casa de la cuñada de su hermano, porque está pariendo de verdad. Y García, el jefe de los colegas de Argamasilla, que llegará dentro de un rato a traerle unos pelos.

– ¿A traerme unos pelos?

– Sí, por lo visto se los ha cortao a otro dormido que apareció después del que dijoLanza.

– Pues me quedo con los pelos. Aguardo altripudo. ¿En qué viene?

– Salió en la moto.

– Estoy en el despacho. Son doschupas.

No a las dos chupadas, sino al pito y medio llegó García, el jefe de la G. M. A.

– ¿Se puede, Manuel?

– ¿Qué pelos son esos que me ha dicho Maleza que traes?

– ¿Me siento?… Pues nada, que se me quedó aquello que me preguntó usted de si el dormido del periódico llevaba pegamento, o lo que fuera, en el pelo. Me dio por ahí. Se lo pregunté al jefe de Manzanares, luego al de Alcázar y al de Almagro, que para algo es usted el mejor policía de la zona castellano-manchega, pero no se habían fijado, hasta que hace un rato me llegó noticia de otro dormido, Calabria, que paraba en las afueras del pueblo, ya hacia Cinco Casas. Fui y, claro, lo primero que le miré y tanteé fue el pelo. Pero de fijador o brillantina, nada. Fíjese, está duro como el de las viejas antiguas -todavía hay algunas- que se echaban bandolina y se hacían ondas como canales detejao Y para que lo analice bien don Lotario, le corté este flequillo a Calabria.

– Sí, pero tan duro, al menos este trozo, más que un embandolinado parece acartonado. ¿Y es que todavía se vende bandolina?

– En Argamasilla me han despistado, pues me han dicho que allí ya nadie vende zaragatona. ¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?, me digo.

– No sé… Pero vente conmigo a la farmacia de Menchen, que es amigo mío y le gustan mucho estas historias.

Y sin añadir palabra,Plinio echó a andar llevándose detrás al de Argamasilla.

Aunque la farmacia-droguería de Luis Menchen estaba muy apersonalada, al verlos aparecer se echó hacia ellos.

– Oye, Luis, ¿qué tiene que ver la bandolina con la zaragatona?

– ¡Qué cosas tiene usted, Manuel! La bandolina es un cocimiento de semillas de zaragatona que da un líquido mucilaginoso… La gente suele llamar también bandolina sin deber a la semilla de zaragatona.

– Y a lo que iba, Luis Menchen, ¿la bandolina cómo la hacían nuestras madres?

– Pues echaban las semillas de zaragatona, que es la que nosotros vendemos todavía, en agua caliente y después de hervir un poco la tenían veinticuatro horas. Luego la colaban hasta dejar el líquido limpio, y venga de dárselo con un cepillo mayor que los dentales para fijarse o alisarse el moño.

La mujer que ayudaba a despachar a Menchen, sacó un bote de cristal con las semillas oscuras de zaragatona y le echó unas pocas aPlinio en la mano.

– Lo que pasa es que si a veces se pasaban en la proporción de zaragatona, la bandolina dejaba el pelo hecho un cartón.

– ¿Como le ha pasado a este cacho de flequillo? -dijoPlinio enseñando a Menchen el trozo del flequillo del argamasillero dormido.

– Sí, señor.

– ¿Y todavía se vende bandolina? -preguntóPlinio a la dependienta enlutada.

– Claro.

– ¿Pero mucha?

– Mucha no, pero regularcillo, bueno.

– ¿Tenéis aquí algún cliente o alguna clienta muy fijo y abundón de zaragatona?

Menchen miró a la dependienta.

– Así, fija, fija y seguida, seguida, no recuerdo.

– Pero haré memoria, jefe, porque si se lleva un buen puñao, tiene para rato.

Plinio, después de darle unas vueltas entre los dedos al jirón de flequillo abandolinado del tripudo, se lo devolvió al guardia también tripudo, como allí llaman a los de Argamasilla.

– Toma, que es de tu tierra. Y devuélveselo al dueño.

– El Calabria estaba tan modorro que ni se enteró cuando se lo corté y, al fin y al cabo, Tomelloso es el área de los dormidos con el pelo brillante y usted, Manuel, el jefe mayor.

– Pues dices bien, déjamelo para comprobar otros casos. Y tú, Luis y dependencia, estad atentos a ver quién de aquí en adelante se lleva zaragatona con frecuencia y en ciertas cantidades, para decírmelo.

– Ya lo habéis oído -dijo Menchen a la dependencia, que todos estaban embobados con el trozo de flequillo duro.

– Descuide, que no perderé nombre de comprador de zaragatona.

Plinio se dedicó el resto de la mañana a recorrer las farmacias más antiguas del pueblo para hacer la recomendación. Pero encontró que sólo vendían zaragatona en las de don Luis, en la que fue de don Gerardo y en la de don Alberto Penadés.

– Cuando mañana venga don Lotario y se encuentre que estoy haciendo investigaciones sobre la bandolina se va a cuartear de risa. En la historia de los policías del mundo, seguro, fijo, que ninguno anduvo jamás rastreando semejante hierba.

* * *

Después de recorrerse las boticas más antiguas volvió a la calle de Galileo a ver por dónde iba el parto de Teresa, cuñada de Braulio e hija de aquel que tuvo el ombligo bizco.

En la puerta encontró a Braulio entre un corrillo de gentes que lo escuchaban con la cara muy levantada.

– ¿Parió ya, Braulio?

– Qué va. Además así que nos salimos de la habitación, como ya te dije, al verse sin público, deja de gritar.

– ¿Entonces sólo le tira del feto la compaña?

– Debe. Y si no, vente y verás. EntraronPlinio y Braulio, quedó el público ahora sin tener a quién corear e hicieron oído tras la puerta de la alcoba.

– Nada, no se le oye ningún sonecillo, ni de la boca ni del tomate. Todo callado, pero fíjate.

Y nada más empujar la puerta con poco disimulo, rompió la Teresa:

– ¡Ay!, ¡ay!, Señor, y qué dura va a ser esta asomada.

– Pues venga, ¡haz fuerza, Teresa!, que ya debe estar el bautizable mirándote la barba de la ingle.

– ¡Ay!, ¡ay!, hijo de mis tripas, a ver si sales de una vez, aunque seas de la ETA.

– Ya se lo está colocando -dijo Braulio volviendo a cerrar la puerta.

Y se calló la tía.

– ¿Y cuánto tiempo crees, Braulio, que va a estar gritando así?

– Hasta que para.

– ¿No dices que no está preñada?

– Es igual. Ya sabes cómo son las mujeres. Si ha dicho que pare, parirá, aunque sea por un zancajo y en todas las noches de su vida no haya recibido más que chocolate con churros. Cuando el sexto de una mujer tiene gana de algo, aunque sea de cantar, lo consigue. Mi madre decía que una chica de su tiempo que se empeñó en ser tiple, se quedó muda y a fuerza de terca consiguió cantar, pero con el coño,La rosa del azafrán. Y cuando tenía la casa llena de vecindad, de público, que es lo que ella quería, comenzaba la función. Se levantaba el refajo y su coño, ya al aire y sin menear el bigote, eso nunca, empezaba a dar voces, ronquillas pero muy bien entonadas.

– No había oído eso en toda mi vida.

– No fue aquí. Fue en La Mota del Cuervo. Y le hicieron un disco a la voz de su coño aquellos de «La voz de su amo».

– Los hombres, sin embargo, por semejante parte no podemos cantar.

– Pero silbar, sí, Manuel. En Argamasilla hubo un cura en los tiempos de Primo de Rivera que le gustaba tanto casar a las parejas, que en plena ceremonia se le ponía longa y por el agujerillo de la uretra silbaba por su cuenta la «Marcha nupcial».

– ¿Qué no te inventarás tú achacándoselo a la Mota del Cuervo, a Argamasilla o a los Arenales de la Moscarda?

– Ja, ja, ja, ja… Ahora que hablamos de los Arenales de la Moscarda. Allí nació uno con los testículos tan gordos y como pintados con pájaros de colores, que vivió toda la vida de enseñárselos al público, a peseta la sesión… ¡Aburrimiento! El mundo entero, hasta el de los chinos, está muerto de aburrimiento. Y sólo se anima cuando salen tíos como yo, que siempre tienen procesiones de tetas y molletes dentro del cerebelo… Y he llegado a la conclusión, Manuel, de que el personal se divierte más muerto que vivo, mirando fijo fijo allí a la bovedilla del nicho que mirando aquí las ferias.

– ¿Te imaginas, Manuel, lo que seria ver desfilar los cinco mil millones de habitantes que dicen tiene el mundo por la carretera de Argamasilla con el culo al viento?

– ¿Y por qué con el culo al aire?

– Como símbolo de la gran monotonía que es la vida de los más, aparte de la miseria. ¡Cinco mil millones de culos molleteando por la carretera! Así es la vida, Manuel. ¡Así poco más o menos! ¿Y los muertos? Mucho más distraídos, seguro. El gusanillo que te empieza a comer el ojo derecho, el otro que se te meterá mañana por el testículo zurdo, el riñon que te explotará mañana de tan hinchado de la orina postuma, todo eso debe distraer muchísimo… Y no te digo cuando a las vírgenes, como mi parienta Teresa, se le meta el gusano maestro por el canutero, tan despreciado toda la vida.

– Vas a conseguir lo que nadie, Braulio, ponerme mal cuerpo sólo con palabras.

– No digas señoritadas… Hasta que luego, ya hecho esqueleto, sólo oigas los ruidetes de los huesos que se te desencajan solos, y también te lo pases estupendamente… «Ahora me suena la costilla derecha de abajo y atrás y ahora el dedo gordo del pie derecho, que ya se ha puesto el calcetín de piedra.»

– Eres el tío más fúnebre de España.

– Toda la historia de España es un depósito forense… Aquí nunca nos hemos divertido con otra cosa. ¿Y las hay más amenas? ¿Tú has visto cosa más insípida que un norteamericano jugando al rugby todas las tardes y echando sonrisas de tabaco rubio? ¿O a los suizos preparándose para votar si hay que quitar o no el árbol que cae en la curva de la carretera? Donde se ponga una señora vieja, arrugada, sin más arreglo que la mantilla española y los brillantes puestos en el momento de cortarse las uñas renegridas y a la vez con esmalte coloradísimo de los pies…, que se quiten todas las diversiones del mundo… Y porque sólo digo la mitad de lo que pienso e imagino. ¡Si pregonase de micrófono en micrófono cómo de verdad yo veo la vida!

– ¿Por ejemplo?

– … Las guerras nunca nacen de verdaderos enfrentamientos ideológicos, religiosos o militares, sino de la obsesión periódica que tiene el hombre de convertir en tierra a sus prójimos con el pretexto que sea… Para qué te voy a hablar de las guerras civiles españolas. El color de las banderas es el pretexto para poderse comer vivos a todos los hijos de suegra, compañeros de velorio, de confesionario o de burdel, dentro de la ley.

Las gentes que entraron en el portal en espera del ventoso parto, bajaban la voz para oír algo de lo que le contaba Braulio aPlinio y le hacía reír tanto… O pensar, llevándose la palma a la bóveda de la cabeza sin quitarse la gorra. Pero no lo conseguían, porque Braulio no voceaba. Hablaba rozándole a Plinio las orejas con los gestos, las palabras, labiotazos y parpadeos.

Al rato le llegó a Braulio el escobazo del silencio y se quedó con las cejas hechas pliegue, los ojos en un rincón y la cabeza caída.Plinio, como siempre que eso pasaba, se encogió de hombros, relió el cigarro y decidió volver a sus quehaceres.

Le dijo adiós y el filósofo respondió con cabezada y se allegó la puerta de la sedicente parturienta e hizo oído, pero la Teresa seguía callada.Plinio volvió a la calle, entre otras cosas, a despejarse un poco. A él, que era tan de la tierra, le gustaban mucho las fantasías pero, a veces, las de Braulio le sacaban la cabeza de tría.

* * *

Plinio estuvo a punto de pedirle a la Gregoria que hiciese un tarro de bandolina, como cuando era moza. Pero sabía demasiado cómo quedaba el pelo abandolinado para andarse a sus años con pruebas.

Pasó la mañana del día siguiente y la primera parte de la tarde sin noticias de don Lotario, hasta que a la hora de salir de las escuelas, poco más o menos, vio por la ventana de su despacho que el veterinario veraneante detenía su cochecillo ante el Ayuntamiento. Lo vio entrar rápido y en seguida lo oyó nudillear en la puerta de su despacho.

Escuchó con su nerviosismo cigarrero el menudo relato que le hizoPlinio de sus sospechas e investigaciones bandolinarias y cuando parecía la plática en un punto y aparte bastante largo, dijo don Lotario, sonriendo:

– Tú, Manuel, siempre caes más en lo raro que en lo normal. ¡Mira que fijarte en el pelo de los dormidos también!

– Es que casi todo lo que llega a nuestro oficio es anormal.

– No, si llevas razón, pero que tú con tu astucia caes en lo que nadie de la profesión… Ahora a esperar que algún boticario nos diga qué gentes antiguas compran zaragatona para hacer el líquido mucilaginoso.

– Desde que ha llegado usted de Alicante, don Lotario, lo noto poco entusiasmado. A lo mejor es que ha encontrado usted por ahí algún policía perfecto.

– El único policía redondo que conozco, Manuel, eres tú, ya que te dejas llevar -y siempre llegas- por la ultrarrazón de tus pálpitos.

– Ya estamos con los pálpitos.

– Los pálpitos es cosa de genios y no las ideícas puestas una encima de otra, de los proseros y los listos.

– No te digo, si va a resultar que yo soy un genio. El genio de Tomelloso.

– Exactamente. De Tomelloso y de toda La Mancha. Porque tienes un tercer oído, una segunda nariz y un tercer ojo…

– No siga usted, por favor.

– Sigo porque quiero. Un tercer ojo que no tenemos los demás. Qué más ejemplo que ya vieses que el primer dormido y luego otros llevaban el pelo embandolinado. Los demás, con nuestros ojos normales, no nos dimos cuenta.

– Pues a la vista estaba. Lo que ocurre es que no se paran, y yo sí, porque soy muy tranquilo de ojos, y no por los pálpitos y esas ocurrencias.

Así estaban las cosas cuando llamaron en la puerta con los nudillos.

– Adelante.

Y apareció Salustio, el auxiliar de la farmacia que fue de don Gerardo.

– ¿Qué pasa, Salustio?

– Que hace un rato me he acordado de dos que compran bastante zaragatona. Y por no ser personas corrientes, he pensado que podían interesarle más.

– Venga, venga… ¿Y compran mucha?

– Ella, que hay un «ella» y un «él», mejor dicho, un medio él, como una vez al mes, y «el medio él» compra más de luego en luego, aunque también «continico».

– ¿Quién es ella?

– Una puta para más señas. Sí, una puta guapetona, con el culo muy alto y comparsero, que enloquece al pueblo macho.

– ¿Y trabaja en casa pública o por su cuenta?

– Creo que anda en una de esas casas de por el Canal, pero no sé en cuál, porque yo no las frecuento ni, claro, he preguntado nunca.

– Pero será ya madurona, si se echa bandolina.

– Pues no creo que llegue a los cuarenta años y está como un clavel de carne, con ritmo de mandoneón.

– ¿Y se bandolinea ella, te has fijado?

– No me parece. ¿Y no la conocen con la buena presencia que tiene?

– No caigo.

– Ni yo.

– Sí, hombres, si tiene el culo muyalzao y lo mueve con pedaleos cachondísimos. Cuando pasa por la acera no deja hombre con la cabeza quieta. Todas las gafas van a parar al mismo valle… Ah, y ahora que me acuerdo, ella, cuando la miran, se pone facilona y echa los ojos así muy derramaos -y la describía Salustio con tal regusto, que ponía los dientes punzones-. Ya lleva tiempo en el pueblo.

– ¿Como cuánto?

– Cerca de un año, desde luego. Y tiene fama, porque con la propaganda que se hace por la calle es de las que tiene más «ocupaciones», según dicen.

– ¿Y quién le lleva la cuenta?

– No sé. Yo lo he oído.

– ¿Y viste a estilo antiguo?… Lo digo como compra bandolina.

– No, corriente total. Como todas las mujeres de ahora… Antes había como el uniforme de puta. Se las distinguía a la legua. Pero ahora, todas con esos pantalones tan ceñidos, que deben darles un escozor en las rajas que para qué -dijo como para sí, distraído.

– ¿Y tú qué sabes?

– Me lo imagino. Usted verá. Uno es de la época de la enagua, que es tanto como decir del Somatén.

– Bueno. ¿Y el otro cliente? El «casi hombre».

– Ah, que ya se me habíaolvidao Y ¡ay!, qué risa. Sí, ahora que caigo, también culea. Me refiero a ese rubio que llaman Culocampana.

– ¿A Lorencete elBaloncesto?, por otro nombre.

– Ése mismo. El que anda culeteando tanto… Pero en serio que le da molletazos a todas las ventanas… Lo deBaloncesto es más de ahora.

– ¿Y se echa él la bandolina?

– Pues mire usted, no me ha llamado la atención, porque como tiene el pelo tan jaro, de estropajorefinao

La verdad es que tampoco puse atención, pero así que vuelva a verlo le echo los párpados.

– Me han dicho que anda por Madrid haciendo calle.

– No sé.

– Sí, hombre, si nos lo dijeron a los dos. ¿No recuerdas, Manuel? «¡Mueran las mujeres! ¡Abajo los coños!»

– Es verdad. Que hace poco lo vio un paisano por el Paseo de Recoletos, en el momento de gritarle a una señora eso de «¡Mueran las mujeres! ¡Abajo los coños!

– ¿Y ella qué hizo?

– ¿Pues qué iba a hacer, Salustio? Callarse y andar más deprisa, no fuera a quererle matar de verdad la parte dicha.

– Qué raro, llevarse bandolina a Madrid.

– Vaya usted a saber dónde se la echa -dijo Salustio riéndose de su propia ocurrencia.

– Bueno, Salustio, pues muchas gracias por tus datos. Si te enteras de más ya sabes dónde estoy.

– No faltaba menos, Manuel y compaña. Hasta más ver.

Apenas marchó Salustio, saltó Manuel:

– Ya estoy harto de despacho. ¿Y si nos vamos a estirar las piernas, don Lotario?

– A estirar las piernas y a tomar un poco el aire, porque Salustio ha dejado el despacho cargado de culos.

– Es verdad -coreó riéndose Manuel-, los dos compradores de bandolina que ha dicho hay que identificarlos por el culo… Y a todo esto, don Lotario, nada me ha contado de Alicante.

– Lo que en todos sitios. A la gente sólo le gusta hacer lo que repiten los demás. En verano, enseñar las carnes y hacer como que se divierten, aunque estén pisándose unos a otros en la arena y orinándose en la misma ola.

– ¿Y todos jugando al bingo?

– Claro, y es que perdiendo, como es seguro que se pierde, la gente disfruta mucho.

– De modo que ¿ninguna novedad?

– El invento de los veraneos ha sido un éxito, porque da ocasión a la gente a hacer las mismas tonterías, pero de manera muy apretada, con mucho calor, y oportunidad para luego decir que lo han pasado fenómeno en aquella torre horrible de apartamentos, con cientos de televisores encima, puestos en las mismas terrazas… Así que la gente tuvo más dinero y la posibilidad de hacer cosas diferentes, va a los mismos sitios, con los mismos coches, y viendo desnudas las mismas miserias.

– Ha venido usted de un caído… Y me recuerda la sinfonía que me soltó ayer Braulio sobre la falta de imaginación de los humanos.

– Es que hay menos hombres con imaginación que Braulios.

– Eso está bien. Es lo que viene a decir él, aunque no se mentó.

* * *

Como don Lotario estaba cansado por el viaje, acordaron no salir aquella noche y al día siguiente, por unas cosas y por otras, no se vieron hasta el café de la siesta.

Cuando llegó el veterinario,Plinio hablaba con Antoñito, el profesor mercantil y se reían mucho los dos.

– Pues sí que lo estáis pasando bien.

– Por lo bien que lo vamos a pasar dentro de dos horas -dijo Antoñito mirándose el reloj.

– Que esta tarde, a las seis, los tres nos vamos de guarras.

– ¿De putas, Manuel?

– Sí, señor, de putas con «P» -dijo Antoñito saltando más deprisa.

– ¿Pero aficionadas o comerciales?

– Comerciales, comerciales.

– ¿Y qué vamos a hacer allí?…, que uno no está ya con ánimos para esas cosas.

– No se preocupe, don Lotario, que no va a necesitar los ánimos. Que usted y yo sólo vamos a ver si localizamos a ésa del culo volador que compra tanta bandolina.

– ¿Sabe Antoñito quién es?

– Dice que recuerda tres o cuatro culos así de botadores en aquel barrio. A ver cuál de ellas es.

– Es verdad, ¿entonces hasta las seis? -dijo el joven.

– A las seis en punto salimos calle Mayor adelante.

Apenas marchó Antoñito, se precipitó don Lotario con sus manos interrogantes:

– Oye, Manuel, ¿por qué viene Antoñito con nosotros? ¿Es que no podemos valemos solos? No entiendo.

– Yo, don Lotario, como usted sabe, nunca fui perito en zorras, y menos ahora, que ya no sé los años que han pasado sin que tengamos algún servicio por aquellos acostaderos, y he pensado que sería bueno que nos guíe uno así, familiarizado con la actual república del empeine. Y… nadie mejor que Antoñito. Sé que es un poco especial, pero muy buena persona y me fio de él… Sabe todas las casas que hay, conoce al personal, sabe cuánto se paga por cada trago y puede hablar con ellas de corrido. En fin, el mejor guía, porque está en esas casas como en la propia.

– Es que como no me dijiste nada…

– Cómo iba a decirle, si no lo he visto hasta esta mañana, que es cuando me he planteado todo este trabajo.

– Es que esta mañana, después de tantos días fuera se me ha juntado más que alTostao. ¿Y le has contado toda la historia de los dormidos a Antoñito?

– No. Sólo le he dicho que por nada importante, quiero saber si hay una culi-alta que se echa bandolina en el pelo.

– ¿Y aCulocampana lo vamos a ver también?

– Primero a la puta. Luego nos enteraremos si el marica está en el pueblo, pues como va y viene tanto a Madrid, y a no sé cuántos puti-clubs que tiene por toda la provincia…

– ¿Y qué hace por ahí?

– Seguro que pleita, no… Voy a telefonear a Maleza para que se dé una vuelta por su casa a ver si está en el pueblo -dijoPlinio sin hacer punto y tirando el paso hacia la cabina del teléfono.

Don Lotario pidió su café y vaso de agua y empezó a enchacarse, riéndose para sus adentros, al imaginarse a él y aPlinio en las casas públicas buscando a una embandolinada con el culo de trapecio.

Cuando volvióPlinio, don Lotario saltó de pronto y cayendo en la cuenta:

– Por cierto, Manuel, que iremos a pie a los prostíbulos, porque tengo el coche en el taller.

– Bueno, así nos damos un paseo higiénico y demostramos a todo el pueblo que trabajamos y no estamos aquí siempre echándole bostezos a los árboles.

A las seis menos cuarto llamó Maleza para decir que el pelirrubio del culo metrónomo, en efecto, estaba fuera y vendría el jueves lo más tardar.

– ¿Ve usted? Lo que le dije. En Madrid andará.

– ¿Deseándole la muerte a todas las mujeres de España?

– Él sabrá.

* * *

A las seis menos diez llegó Antoñito con una funda de plástico bajo el brazo.

– ¿Qué llevas ahí?

– Discos.

– ¿Para dar un concierto?

– No, yo a las chicas les regalo discos. Llevo unos cuantos.

– ¿A cambio de la ocupación?

– No, por amistad y afición.

– ¿Y les gustan los discos?

– Más que el codillo. Son muy modernos y tienen música de fondo.

– ¿Música de esa moderna que no se entiende nada?

– ¡Ay! don Lotario, que se quedó usted en el maestro Carrero.

– Cada uno es de la música con que nació. Es lo más difícil de quitarse de entre las orejas.

Por la calle Mayor adelante, cada cual con las manos sobre sus riñones, y las de Antoñito entre los ríñones y los discos, echaron a paso rasero y lentón.

– Dos de los discos que llevo son para una amiga que es muy aficionada a la música «rock» y se los prometí hace unas siestas.

– ¿Y los oye mientras posa?

– ¡Ah!, no sé. Es una chica estupenda.

Y Antoñito, callado, se adelantó unos pasos, ahora con las manos muy metidas en los bolsillos del chándal, los discos bajo el brazo y cara de ir pensando en la amiga.

– ¿Amiga de qué, Manuel?

– Hombre, ya se lo puede usted imaginar. La gente de estos tiempos es muy especial. Quiero decir muy diferente de nosotros.

– Desde luego. Eso de regalarle discos a las putas en este pueblo no lo ha hecho nadie.

Se adelantó Antoñito:

– Ya estamos en el barrio. Aquellos son los cuarteles de ahora -dijo señalando hacia una fila de casas muy parejas, relimpias y apañadas como para veraneantes de secano.

– Anda, casi pegadas a las casas de los gitanos y gitanas, morenas y sin bidets -dijo el veterinario señalando a las casas pobres y mal pintadas, vecinas a los prostíbulos.

– Es que -se adelantóPlinio- los pobres de España casi siempre fueron morenos y sin bidets.

Así andaban cuando pasó ante ellosClavete en bicicleta y les voceó:

– ¿Van ustedes por aquí a entrar algún polvo… o a sacarlo para llevárselo a la cárcel?

– Anda con Dios, gracioso, que te vas a morir haciéndole reír hasta a los notarios.

– Nunca había oído eso de «sacar un polvo» -dijo Antoñito riéndose con la boca muy abierta y moviendo mucho los discos.

En esto se abrió la puerta de una de las casas del centro y salieron dos hombres muy barrigones, andando despacio y charlando como de algo que acababa de ocurrirles. El que llevaba la voz en aquel momento, movía mucho las manos trazando curvas de pechos y traseros muy prósperos.

– Manuel -le dio un codazo don Lotario.

– ¿Qué, Manuel?

– ¿No cree usted que ese gordo podría estar hablando de la del culo alto y balonero?

– A culos y a tetas sí está refiriéndose, pero tanto como que sea de ése precisamente…

– Es que lo traza con tanta redondez y altitud, que me recuerda el culo carcajero que nos marcó Salustio con aquella oratoria tan salivosa.

– Tú, Antoñito, ¿conoces alguna con el culo tan alto y carcajero, como dice Manuel?

– Ja, ja, ja. Lo de carcajero me gusta y lo de oratoria salivosa más. Ya me lo preguntó antes Manuel, aunque no dijo carcajero… Recuerdo varios así altos y alegres, pero ninguno especialmente… La verdad es que mi óptica de las dos canales maestras se va más a la de debajo del cuello que a la del riñón.

– Óptica…, coito, vaya día -dijoPlinio a don Lotario gesticulando con mucha ayuda de párpados y narices, y siguió:

– Es que, de verdad, parece muy ella la que está explicando… Mire, ahora señala como si fuera muy alta.

– Desde luego, Manuel, estás obsesionado con el culo ése. ¡Cómo te ha impresionado el ballet del boticario!

– Es verdad, pero es que Salustio lo explicó con tales puñados y lumbre que me lo ha dejado como fotografía caliente metida en la chinostra.

– Sí, señor -dijo don Lotario en voz baja-, esto es un policía. Capaz de identificar a una por su culo, que sólo ha oído describir y nunca visto… «Tras las huellas del culo ignorado», podemos llamar entre nosotros este caso.

Después de risotadas entre toses y humos de cigarro anduvieron unos pasos callados detrás de Antoñito, que seguía canturreando distraído y con los discos en el plástico.

– Hace años que no venimos por aquí.

– No tanto, Manuel.

– Pero siempre en actos de servicio, no a arrastrar los uniformes por los colchones.

– Desde luego.

– ¿Por dónde empezamos, Antoñito?

– Por donde usted mande.

– Empezamos por orden. Por la primera, que, si no me equivoco, es laCasa de la Olga.

– De acuerdo. ¿Entonces llamo, Manuel? -dijo Antoñito arrimándose y con el dedo hacia el timbre.

– Venga, llama.

Al segundo golpe de botón abrió una mujer ya mayor y con cara de pocas visitas.

– ¿Está Olga?

– ¡Hombre,Plinio, bien venido a esta santa casa!

– ¡Ah!, creí que iba a decir casta casa.

– Pues no crea, don Lotario, que castas y santas aquí no faltan, al menos de medio cuerpo para arriba.

– ¿Y solamente se peca con los bajos?

– No se lo creerá usted, don Lotario, pero aquí tuvimos bastante tiempo una de Ronda, que antes de empezar a recibir rezaba el rosario entero sin dejarse cuenta… Y otra, a ésa yo no la conocí, que después del acto le echaba al cliente agua bendita en el berbiquí… Sobre la cama tenía la pililla del agua pía.

– Sería con la mejor intención, para que no enfermase.

– El catálogo de locuras es larguísimo.

– Pero bueno, oye, ¿está Olga o no?

– No, Manuel. Se fue de veraneo con sus sobrinas.

– ¿Pero está aquí alguna de esas del culo majo que tú conoces? -le preguntóPlinio a Antoñito en voz baja.

– No sé si habrá alguna. Sólo sé dónde vive una de las tres que recuerdo.La Rosales…, bueno, y creo que otra. Ya veremos.

– Bueno, entonces vámonos… Hasta más ver, amiga…

– ¿La Rosales es ésa que también lleva un taxi?

– Sí, la tía gana más con el taxi que con los pelos ajenos.

– Antoñito, pues hay que hacer kilómetros para ganar tanto en un taxi como con el cariño, con la de clientes que hay aquí, paisanos y de los pueblos próximos -dijo don Lotario-. Y hablando de otra cosa, yo no recuerdo, Manuel, que el culo de la taxista que dice aquí Antoñito sea muy atractivo, ni ella tan espigada como ha contado el mancebo.

– Ni yo tampoco, pero como aquí, Antoñito, dice que está de muy buen recibir…

– Al menos, a mi gusto.

Echaron a andar.

– De modo que la Olga, de veraneo. Toma del frasco.

– Sí, señor veterinario -dijo la encargada de laCasa de la Olga, que se había quedado con la puerta entreabierta-, todos los trabajadores tenemos derecho a vacaciones pagadas.

– Pagadas, bañadas y jodidas.

– Qué cosas dice usted, don Lotario. ¿A dónde va ya la Olga con sus años?

– Ahí en esa casa estála Rosales -dijo Antoñito-. ¿Llamo?

– Venga, timbrea.

Avanzaron unos pasos.

– Timbreando…

Salió una muchacha joven:

– ¿Sigue aquíla Rosales?

– Claro que sigue. Pero en este momento está ocupada.

Entraron.

– ¿La esperamos un rato, jefe?

– Sí. Nos sentamos en ese tresillo tan majo y que nos traigan unas cervezas… Pagadas, claro.

– No faltaba más. Como si quieren un «Voike» de los rojos.

– No, no, cerveza de la blanca.

– ¿Has visto, Manuel, qué elegante está esto?, como el recibidor de un parador, con dibujos de don Quijote y Sancho para atraer turistas que vengan buscando lasMaritornes de ahora. Y mira qué luces y qué suelos más señoritos.

– Quién nos iba a decir que los cuartillejos del Tomelloso de hace cuarenta años se iban a convertir en estos elegantes hostales del pito.

Volvió la chica con las cervezas.

– Oye, ¿y cuánto cobráis ahora por ocupación?

– Mil seiscientas pesetas todo incluido, señor veterinario.

– Ya me imagino que no se permitirá dejarse nada fuera.

– Oye, enséñame alguna habitación a ver cómo son ahora los «talleres».

– Con mucho gusto, Manuel. Mire, mire ése de ahí enfrente, que está ahora vacío.

Se asomaron todos menos Antoñito.

– ¡Qué barbaridad! -alzó la voz don Lotario-. Bidet color rosa, lavabo, tocador, camas de las finas, sin piecero, calefacción, alfombras…, sólo falta aire acondicionado. Me acuerdo cuando en los cuartillejos se lavaba uno en palangana de porcelana llena con agua del botijo, que sostenía ella, puesta de rodillas, a la altura de las ingles de uno.

Los tres, menos Antoñito, que se había sentado con los discos sobre las piernas, dieron una vuelta por todo lo visible de la casa, elogiando las finuras y horteradas, hasta que volvieron a las cervezas, junto al guía.

– Oye,la Rosales tarda mucho en acabar el suministro.

– Depende. Como tiene el cuello tan alto y es tan fortachona a veces acaba pronto. Pocos la aguantan mucho rato. Destruye.

– ¿Oye, y tú sabes si ella compra mucha zaragatona para hacer bandolina?

– ¿Ella, tan moderna, echándose bandolina? La primera vez que lo oigo. ¿Y por qué esa pregunta, Manuel? -dijo la muchacha con aire escolar.

– Por nada. Porque alguna vez me había parecido verla por la calle con el pelo muy duro.

Cuando ya habían terminado las primeras cervezas, cigarros y las ganas de hablar, se abrió una puerta y, apareció un tío muy gordo atándose el cinturón y con cara muy entomatada, y luegola Rosales, tan fortachona, con una bata que le llegaba a la espuela; guapa a la antigua, y el culo saludable, pero sin movimientos graciosos.

Saludó muy fina a los visitantes de la policía y con familiaridad a Antoñito. Se sentó junto a ellos yPlinio le echó un reojo al pelo.

– Aquí estoy para lo que pueda servirles.

Como desde el primer momento les desencantó el culo de la taxista, sin ilusión alguna hablaron cuatro carajadas hasta consumir las cervezas y, después de hacerle unas preguntas sin norte ala Rosales, pagaron y se marcharon muy finos, dejando a las dos mujeres sin comprender para qué habían ido.

Ya en la calle dijo Antoñito.

– Ahora nos toca ya laCasa de la Toledo. ¿Llamo?

– Llama, disquero.

Los recibieron dos chicas, una joven, muy mona, y otra guapa y bien hecha, con pantalones vaqueros y un tono y ademanes que no les recordaban, a Plinio y a don Lotario, las furcias de otros tiempos.

– Venga, sacad unas copas -dijo Antoñito. Y se apartó un poco a hablar con la más delgada.

– ¿Qué toman?

– Cerveza para todos -dijoPlinio.

– Hay otras tres trabajando y las demás en el pueblo -les informó Antoñito en voz baja.

Tomaron asiento y aguardaron las copas.

También todo parecía muy presumido, con cuadros al óleo muy barnizados.

Las dos chicas, con simpatía de oficio, mientras servían las copas, Ies rozaban con indirectas, pero sin resultado.Plinio se sonrió y don Lotario se azaró un poco y bajó la cabeza. Y Antoñito, impasible, sin soltar los discos.

De vez en cuando salía alguna recién ocupada con su pareja y se sumaba al copeo de los justicias. Y pasaron el rato hablando de nadas. Las más jóvenes no debían saber quiénes eran aquellos señores maduros, y éstos comentaron entre sí y mirando a Antoñito, que no parecía tampoco muy animado en aquella casa.

Y como si los hubiera oído, Antoñito les hizo con la cabeza señal de partir y, de acuerdo, don Lotario pagó presto, y presto salieron entre las caras prostíbulas de no comprender aquella visita.

Ya en la calle,Plinio se acercó a Antoñito.

– ¿Es que no tienes trato con el equipo de esta casa?

– No -dijo sin ganas de aclarar-. Luego, la otra que yo recuerdo con el culo más vistoso está en casa de la Mari Paz. ¿Vamos ahí?

– Como tú digas. ¿Cuál es?

– La tercera.

– ¡Ah!, de dónde ha salido ése que les explicaba a los amigos con tan buena oratoria cómo era un culo que acababa de ver, tocado o lo que fuera.

– Exacto.

– Pues vamos a la Mari Paz, a ver si tiene a la que buscamos.

– ¡Venga! -contestó Antoñito contento, llamando al timbre de la puerta.

Como dio la casualidad que salía uno en el momento del timbrazo, la espera fue de segundo. Y nada más entrar, Antoñito se besoteó las mejillas con la que despedía al cliente.

– Venga -le dijo ésta-, «que ya la tenías desazonada esperando los discos».

Y Antoñito entró rápido, mientras la Mari Paz y otra que la seguía quedaron mirando al guardia y a su amigo sin saber qué pensar.

– Venimos con Antoñito -dijoPlinio para evitarles sospechas.

– Pasen, pasen. No faltaba más.

Aquel cuartel de colchones era el más majo de los que llevaban vistos: cuadros, tresillos, alfombras y una cristalería de muy buenas formas sobre la mesa.

Por la puerta abierta de una de las habitaciones laterales vieron a Antoñito sentado en un sofá, enseñándole con mucho amor los discos a una morenilla delgada, que parecía bastante alta.

Mari Paz les sacó cervezas a los municipales y habló de lo difícil que está la vida en agosto, cuando todas las pupilas quieren irse de veraneo.

– Es que estas chicas ya necesitan el mar como el comer. Se van y, claro, los hombres que no veranean y que tanto necesitan lo otro, las pasan canutas (iba a decir putas) y no quiero decirles a ustedes la de dinero que perdemos.

De pronto se asomó Antoñito, ya sin discos, y les dijo:

– Ésa que les he dicho del culo vistoso está ocupada, pero sale en seguida.

– ¿Quién dices?

– ¿Quién va a ser? Mari Paz. LaMigadulce, como me acaba de decir Emilia que la llamáis ahora.

Mari Paz miró aPlinio con malicia:

– Si todas fueran como ésa. No tiene hora sin ocupación.

– Es que estos señores querían conocerla.

– Sí, Antoñito, veremos si pueden… Quiero decir si la dejan sus muchos deberes.

En seguida se oyó música de disco.

– Ya están éstos. Si la Emilia, por cada disco que se oye se pasara un hombre por la colcha, tendría el armario lleno de abrigos de visón. ¡Qué manía con los discos!, y todos se los trae Antoñito.

En seguida, todos sentados en corro, empezaron a beber y a hablar, sobre todo ellas, pero con mucha naturalidad y corrección. «Si hablan como chicas del instituto o como dependientas finas» -pensaba don Lotario.

Dos o tres veces que se refirieron al oficio le llamaron «trabajo» como si fueran auxiliares sanitarias o técnicas de boutique.

Al cabo de un rato se abrió la puerta de una habitación y apareció una que pasó malsaludando y sin mirar.

– Ahí tienen ustedes a laMigadulce -dijo la Mari Paz.

– Sí, sí. Ésta es, Manuel, dijo Antoñito asomándose otra vez.

– ¿Qué pasa? -dijo laMigadulce, sorprendida al ver a Plinio y a don Lotario.

– Pues nada, hija, estos señores que querían conocerte.

Don Lotario miró aPlinio de oreja y vio que tenía los ojos clavadísimos en aquel cuerpo alto que acababa de aparecer y cuyo culo todavía ignoraban. Tenía el pelo castaño muy bien peinado, blusa blanca de seda de manga corta y pantalón crema muy ancho de pernera, pero ajustadísimo.

– Vuélvete, Leonor, vuélvete -le gritó Antoñito.

Leonor oMigadulce, con gesto de cómica extrañeza, se dio dos vueltecitas como bailando.

– ¿Puede ser este culo, Manuel?

Tenía un culo alto y pandereto, pero de gesticulaciones muy comedidas, las redondeces simétricas y el canalillo prometedor, pero en elegante.

APlinio no llegó a producirle la sensación que cuando se lo contó Salustio. Era demasiado perfecto y poco meneoso, si se comparaba con la imagen bestia que le dio el mancebo de botica. Éste era culo de ballet, juguetón, pero sin galope.

– ¿Qué le parece a usted, don Lotario? -dijo sin desenfrentar su entrecejo del entremollete cerámico de la coima.

– Bonito, pero sin garra.

– Ya se lo he notado en la cara. Tiene tipo de salón más que de salto.

– Está bien dicho.

– Pues resignémonos, Manuel. Otro culo será. ¿Y de bandolina, le has visto algún destello?

Dijo que no, con la cabeza nada más, pues seguía con el ojo en los bajos.

– ¿Y qué se les ofrece a los señores? -dijoMigadulce acercándose y dejando de hacer monadas.

– Nada, mujer, que tomes una copa con nosotros.

– No faltaba más.

Mari Paz miró aPlinio como extrañada de tanto aparato con la Migadulce para sólo tomar una copa.

– ¿Qué le ha parecido, Manuel? -dijo Antoñito acercándose esposando a la caderita finita y alta de su amiga Emilia.

– Muy bien, muy bien.

Y ella le sonrió agradecida.

Antoñito volvió a entrarse. Nerviosísimo.Plinio lo encontraba muy raro.

Ya no se oye el disco, saltó de pronto la Mari Paz, que debía estar haciendo oído.

Migadulce tenía una risa de chica muy contagiosa. Y hasta riendo se movía con aquel nerviosismo juvenil de sus curvas perfectas.

Antes de queMigadulce acabase el whisky llamaron y entró un barbas ya entrecano que habló con la encargada. En seguida vino ésta y le dio un golpe en el hombro, y Migadulce, después de hacer un gesto de visita y parpadeando con mucho gusto y terciopelo, se despidió y fue hacia el barba gris.

– Ya son casi las ocho -dijoPlinio al cerrar la boca después de bostezar-. Vámonos, que el de los discos no sale.

– Qué va. Ése ahora, con su Emilia y con los discos está hasta que amañane.

Pagaron la cuenta entre los dos justicias y salieron con ganas de pis a la calle. Todavía había sol.

– Hemos perdido la tarde sin sacar nada en claro, don Lotario.

– ¿No dices que cuando no sabes dónde estás es cuando vas más derecho?

– Es un decir… No le he notado nada de bandolina, y el culo como le dije, demasiado de figurín, para lo que había imaginado.

– Pero bueno, Manuel, lo importante es la bandolina ¿no?

– Ya, ya, pero ni tenemos pruebas de que sea la que compra la bandolina, porque lleve bandolina en su pelo, ni por identificación del culo.

Poco después ante las casas de los gitanos vieron que entre dos bajaban un arado viejo y oxidado de un carro.

– Mira, Manuel, unarao.

– En eso pensaba, en el tiempo que hace que no veía unarao.

– Y lo peor es que uno ya está olvidando el nombre de las piezas.

– Es verdad. Muchas veces caigo en que he olvidado el nombre de las cosas, que me sabía muy bien, porque ya se ven poco. ¿Se acuerda usted de lo que era undental!

– Claro, hombre, el hierro donde se colocaba la reja. ¿Y elgarabato?

– Arado para una sola mula. ¿Y lalavija?

– El hierro que sujeta los lavijeros del timón.

– ¿Y losorejeros?

– ¿Los orejeros?…, pues ¿ve usted?, ya no me acuerdo.

– Has olvidado lo más fácil: el tubo de hierro con los dos salientes de madera para abrir el surco. ¿Y elpescuño?

– …Yo tampoco llego ya al pescuño. Claro que a lo mejor no lo supe nunca.

– ¿Cómo no ibas a saber lo que era la cuña de hierro para presionar…, como si dijéramos entre la reja y la esteva? Pues prepárate bien esta noche, que mañana te examino yo a ti de las partes del carro.

– El carro me lo sé todavía, porque estuve subido en ellos hasta que me fui al servicio.

– Ya veremos, Manuel, ya veremos… Entonces, y de vuelta al tema, has dejado bien instruido a Antoñito para que averigüe si es laMigadulce la que compra la bandolina.

– Sí; como le dije, le di precisas instrucciones antes de verlo a usted.

– ¿Y que le vas a dar por este trabajo?

– Nada. Él lo hace por amistad y por el gusto de oír discos con la morenilla.

– Otra cosa: no dirá la Policía Nacional que ahora nos han traído a Tomelloso, que les hacemos la competencia. Este tema de los dormidos embandolinados no es nacional.

– Desde luego. Es puramente municipal…, por no decir de cimas y aburridos.

– No digas esas cosas, Manuel. Verás cómo sacamos algo muy lucido.

– Encima que no pasa nada en este pueblo -continuó Plinio como si tal cosa-, ahora, con la competencia de la Policía Nacional vamos a holgar más que los cabreros desde que se vende leche descremada, esterilizada, en polvo (en singular), y no sé cómo más.

– Que os hagan a todos de tráfico.

Como el sol caído hacía ya sombras muy raseras, sus cuerpos se veían negros sobre la acera andar a compás de manos, pues ahora, al volver, no se las embolsillaron.

– Esta noche le tengo que contar a la Gregoria todo lo que hemos visto en las casas de la liga. Me dijo que me fijase muy bien para no olvidar nada.

– Pues de lo que ella piensa poco le vas a poder contar, aparte del disqueo de Antoñito con la flacucha… Por cierto, que ésa debe tener las nalgas como cabezas de tachuela.

– Por lo menos tristonas.

Entraron en la cafetería de el Casino de Tomelloso, que les caía enfrente mismo de la calle Mayor, pues impacientes por tomar el café de la merienda, no se encontraban con fuerzas para llegar hasta el San Fernando. Y se metieron entre la gente joven, que barreaba, bajo luces y cigarros, en toda aquella largura.

Cuando ya bien a gusto salieron hacia la plaza se ofrecieron los dos a la vez un «caldo».

– Gracias, Manuel. Ya que hemos sacado los dos paquetes, que cada cual fume del suyo.

Nada más verlos llegar, Maleza, que estaba bien despatarrado ante la puerta del Ayuntamiento, le dijo con su ímpetu de siempre:

– Esperen, jefes, que tengo un mensaje.

– ¿De quién?

Pero el cabo se entró en el cuarto de guardia sin contestar.

– Qué prisa tiene siempre.

– Ya está ahí.

Le entregó aPlinio un papel de farmacia, doblado.

– ¿De quién es?

– De Salustio. Vino a verle con mucho acelero y como no estaba me dejó este papel fino.

Plinio se montó las gafas y se centró bien debajo de la luz del portal del Ayuntamiento.

Leyó con mucho menudeo de ojos y tranquilo, tranquilo, se guardó el papel sin decir cosa.

– ¿Qué dice que te has quedado tan remiso?

– Pues dice, palabra por palabra: «La pupila que compra la bandolina, seguro, fijo, que se llama Socorro Clavero, alias laMigadulce y trabaja en la casa de la Mari Paz.»

– Pues resulta que no hemos perdido la tarde… Sólo el culo que tú creías. Pero el culo real de la chica es monísimo.

– Sí, pero no inspira borrucherías.

– Pero ni tú ni yo le hemos notado el menor brillo ni rigidez bandolinera en el pelo. Y mira que se lo hemos observado bien. Tanto tú como yo, tuvimos toda la tarde los ojos del culo al pelo y del pelo al culo.

– … Bueno, pues que Antoñito se fije todos los días a ver qué hace con la bandolina… Y por otro lado esperar que regreseCulocampana para tener otro camino por donde investigar.

– Otro camino, también cular… Es que no imagino cómo, tanto uno como otra, pueden ¿y para qué? dormir a tantos hombres.

– ¡Ah!, y yo menos.

– En fin, dejémoslo para mañana. Y si no le parece mal, vámonos a casa. Yo estoy un poco harto de todo y la Gregoria estará impaciente porque le cuente nuestros pecados en las casas de las puticaras.

* * *

Durante tres días no hubo otra novedad que la llegada de Antoñito a la hora de la cerveza para contarles sus observaciones en el barrio de las «putidoncellas», como decía Quevedo. Nada. Que su amiga la negrilarga, Emilia, había registrado mil veces el cuarto privado de laMigadulce, y ni bandolina, ni cosa pegajosa; que con el debido permiso de Emilia, se había acostado una tarde con la Migadulce para manosearle el pelo y comprobar si brillaba, untaba o estaba algo duro, y nada.

– ¿Y no has averiguado si por aquel barrio del putaco hay alguna otra con las características que tú sabes?(Plinio se pasó la mano por la cadera guiñando el ojo.)

– No, Manuel, pero descuide que yo sigo con los dos ojos alerta.

– Con el ojo alerta y las preguntas que hagan falta cada vez que entregues los discos.

– Sí, Manuel. Tranquilo.

Pasados los tres días que digo ni volvió Antoñito, pero supieron que había regresadoCulocampana. Fue un remedio, porque la murria ya les chorreaba por todos sitios.

El cabo Maleza, tan aplicado para cumplir los encargos que le hiciera el jefe, nada más verlo llegar aquella mañana al Ayuntamiento se lo comunicó.

– Jefe, ¿quiere usted que le avise o van ustedes?

– Mejor que te enteres a qué bares suele ir y a qué hora, para que nos demos con él cuando venga a cuento.

– Dentro de un rato se lo digo.

– ¿Tan pronto, Maleza?

– Sí, porque tiene un compañero de meneos que es muy amiguete mío y en seguida me va a contar sus caminos.

– A ver si te contagias.

– Antes me convierto en sellomatao.

– Anda con Dios, sellomatao, ¿de duro o de a dos?

– Pronto vuelvo, jefe.

Plinio y don Lotario, cada cual con un periódico entre manos, gafas y con mucho meneo de hojas leyeron, miraron, o lo que fuera, hasta que, poco antes de la hora de la cerveza, volvió Maleza con su comunicado.

– De los sitios donde va más por la hora y lo cerca, los más cómodos, son el barJuanito y la cafetería del Casino de Tomelloso, que es donde toma las cañas de antes de comer… Debe ser, digo yo, porque a la juventud le ha dado por ir mucho a esos dos sitios.

– ¿Y a cuál va primero? ¿A qué no lo sabes?

– Tirado, jefe. AlJuanito. Porque le cae primero, viniendo de donde viene.

– Perfecto. Pues venga, don Lotario. Hoy las cervezas en elJuanito.

– AlJuanito vamos.

– ¿Quieren ustedes que vaya yo delante para echar el olfato?

– No merece la pena.

Y los dos jefes echaron a andar con las piernas torpes de tanto asiento.

Leyeron las carteleras de los cines. Miraron dos escaparates y antes que se les moteasen de polvo los zapatos ya estaban en elJuanito.

Lo recorrieron y como todavía no estabaCulocampana se acodaron en la primera curva de la barra, conforme se entra, para verlo así que entrara.

– ¿Y así que lo veamos qué le vas a decir, Manuel?

– ¡Ah!, no sé. Lo que salga.

– Lo digo para que no se escame.

– Ya, ya.

Casi no se podía hablar de la escandalá que traía el personal de la caña.

– ¿Tú no crees, Manuel, que la gente habla ahora más fuerte que en nuestros tiempos?

– No sé qué le diga, don Lotario, porque los españoles siempre creen que cuanto más vocean más hombres y más graciosos o graciosas son. Cuanto más lloran al muerto más lo sienten y cuanto más gritan a la hora del engranaje creen que las da más gusto.

– Sí, éste es un país muy voceador -dijo don Lotario mirando a la calle con desgana.

– ¿En qué piensa usted?

– En Antoñito, el que nos hizo creer, sobre todo a ti, que era ingeniero en putas y se sabía el barrio como su casa, y resulta que a la hora de la verdad sólo le gusta llevarle discos a la delgadilla, para tirársela con fondo musical.

– Pero para comprobar lo que le encargué se ha acostado con la Leonor y todo.

– Con permiso de la otra y a cambio de algún disco nuevo.

– ¿Y hasta que no oyen los tres discos de costumbre por las dos caras no se apea de la negrilla?

– ¡Ah!, yo qué sé, don Lotario.

– Pues si se monta durante los tres discos debe quedarse muy trabajao… Mira, Manuel ahí llega nuestro hombre, o lo que sea, con dos coquetillos, uno a cada lado.

– ¿Y son de aquí?

– Ni idea. No me suenan.

Culocampana entró decidido y moviendo el lumbar con mucho vuelo. Recorrieronel bar buscando una cuña de aire donde abocicarse, pero en seguida volvieron sin que nadie les dejase ver las chaquetas blancas.

– Aquí tenéis un poco sitio si queréis -dijoPlinio empujando con bastante presión al veterinario.

– Muchas gracias…, Manuel.

– No faltaba más.

– Aquí, dos amigos. Y aquí, don Lotario y el granPlinio, muchachos.

Y don Lotario, para adelantarse a Manuel como listo:

– ¿Qué queréis tomar?

– Unos botellines de cerveza, don Lotario. Muy amable.

– A ver si se va usted a pasar -dijo el jefe al veterinario en voz muy baja.

Plinio y don Lotario siguieron la cháchara sin quitarle los ojos del pelo rubio y melenudo a Culocampana, que lo llevaba brillante y duro, desde la raya a las sienes, por tantas bandolinas.

Los dos chicos llevaban el pelo sin untos.

Plinio, en uno de los renglones del coloquio, se acercó mucho a la cabeza de Culocampana como con una curiosidad repentina y le dijo con tono muy natural:

– ¿Oye, pero qué te echas en el pelo, que lo llevas tan sólido y espejoso?

Se rió el peinado y bajó los párpados con caída coquetona.

– Parece mentira que no lo adivine usted, Manuel. Si es un licor de sus tiempos.

– ¿Un licor?

– Quiero decir un líquido.

– Fíjese usted, don Lotario -dijo pasándose la yema de un índice por las ondas duras y color almirez-. ¡Bandolina pura! De niño me acostumbré tanto a tocar y a oler -en lo poco que huele- el pelo embandolinado de mi madre, que ya toda la vida, en vez de brillantina, fijadores o lacas, me arreglo mi pelo con caldo de zaragatona. ¡Lo tengo tan caidón! que me molesta borloneándome por la frente y las orejas… Y además eso es un homenaje a mi pobrecita madre.

– Hace tantos años que no he visto a alguien peinado con bandolina, que no la reconocía. Ni creí que todavía la vendiesen.

– Pues sí, señor, que de todo lo que fue queda algo en esta vida, hasta boinas coloradas y mujeres con refajo. Y hablando de mujeres, muchas de la tercera y la «cuarta» edad se echan bandolina.

– Pues no me he fijado.

– Sí, Manuel, todavía hay mujeres con refajo, pantalones en vez de braga, y zaragatona.

– ¿Y qué eran los refajos? -preguntó uno de los chicos finos, que se reía mucho cuando hablabaCulocampana.

– ¡Ay!, hijo, que te lo explique tu abuela, que yo siempre los vi desde largo. La ropa de la mujer ¡es que la odio! -dijo súbito, sin poderse contener y dándole una manotada al aire.

Plinio y don Lotario se miraron de reojo.

YCulocampana, como algo arrepentido de su histérico, pidió más botellines de cerveza.

Todos quedaron en silencio hasta que volvieron a llenar los vasos.

– ¿Y así, de gente de tu edad, conoces a alguien que también se eche bandolina en el pelo?

– No, Manuel -dijo con aire suspicaz-, soy el único tomellosero que se plancha el pelo con bandolina y se perfuma el cuerpo con almizcle.

– Pues no hueles -dijo el mismo chico.

– ¡Ay!, hijo, eso hay que olerlo muy de cerca…, muy de cerca para saberlo… Y además de echármelo cuando me baño o me ducho, me lo echo también en los pies, que me los suelo lavar mucho, para no aburrirme. Sí, chicos, me los lavo en una palanganilla, porque me gusta mucho datilear en el agua caliente. ¡Uy, que regustinín! -y lanzó el «regustinín» con un grito tan de tía histérica, que a pesar del vocerío, varios barristas se volvieron a mirarlo, asombrados de quePlinio y don Lotario anduvieran allí con semejante compañía.

Tanto que Culocampana, otra vez como arrepentido de su gritillo, pidió otros botellines de cerveza.

Plinio y don Lotario se echaban reojos preocupados y el guardia pidió la cuenta.

– Y ahora, Manuel y la compaña, paga el bandolinero, como me llamaba una persona que yo me sé.

– No, perdona, pero tenemos una cita. Otro día será. Hasta luego…

Nada más pisar el cemento de la calle, don Lotario empezó a carcajearse.

– ¡Ay, Manuel, qué mal se te dan los de la acera de enfrente!

– Fatal.

– Tú entre éstos no investigas nada. Te pones nerviosete.

– Es verdad.

– Desde luego, ¡qué tío! Se echa bandolina en el pelo hasta ponérselo como papel de barba, almizcle en no sé qué partes ydedilea en una palangana de agua caliente para no aburrirse. Y menos mal que no nos ha contado lo que se hace en otras partes del cuerpo las noches de luna.

– Pero lo de la bandolina, Manuel, es para no recordar los olores de su madre.

– ¡Qué cosa más triste de puro cómica!

– ¿Y tú, Manuel, crees que éste es capaz de dormir a los que aparecen tumbados por ahí? ¿Cómo? ¿Para qué?

– Desde luego, si fueran como los niñotes que lleva con él, podría dormirlos, aunque no sé cómo ni para qué… Pero tíos hechos y derechos como los que vimos dormidos, no creo que tengan nada que ver con su bandolina y demás blanduras.

– A lo mejor es que por la nostalgia de su madre quiere hace una revolución nacional bandolinera y a todo el que puede lo duerme para hacerle participar de la bella bandolina.

– …Y del amizcle y el lavoteo de pies en palangana de agua caliente.

– ¡Vaya aperitivo! Y es que así que se habla con gente que no conoces se te alarga el mundo… para mal.

En toda la tarde no se le fue de la cabeza aPlinio la imagen de Culocampana, con tanto pelo rubio embandolinado, dando gritillos de picado de aguja o haciendo gestos de desprecio con mucho meneo de labios caprichosos y manotadillas de cariño tonto.

Capítulo V

El último dormido… por ahora

Plinio ahora, solo en el despacho, miraba por la ventana, abierta por el calor, a pesar de andar ya el sol por detrás de los caballetes.

Y miraba a la puerta del Juzgado, como podía mirar a la de la ferretería de Peinado, cuando vio que llegaban corriendillo un sacristán y el padre García, seguido de tres mujeres lloriqueando y haciendo ausiones muy de tablado. Al llegar el grupo ante la puerta del Juzgado metió Plinio la cara entre las rejas de su ventana, pero no consiguió entender de qué se lamentaban. Decidió esperar a ver lo que pasaba, pero a los pocos segundos Maleza abrió la puerta del despacho con mucho brío.

– ¡Jefe!

– ¿Qué pasa, Maleza?

– Que se ha muerto don Manuel, el cura.

– ¿Ahora mismo?

– Si, confesando… ¿Qué le habrán dicho?

– ¿A quién confesaba?

– A María Rosa, la de Ignacio.

– ¿Ésa tan beatilla y tan hermosa de ojos?

– Ésa misma, la que tiene los ojos tan tristes, pero tan hermosos y negros como usted dice.

– Menudo susto se habrá llevado la pobre.

– Por lo visto, ella venga decirle pecados y más pecados y como don Manuel ni suspiraba, se escamó, metió la cara por el ventanillo donde confiesan los machos y lo vio con la cabeza apoyada en el respaldo del confesionario, las manos juntas sobre el pecho y la boca abierta de par en par.

– Se pasaba las tardes que no tenía faena espiritual dando paseíllos ahí, en la glorieta. Nunca lo olvidaré. Iba y venía bajo los árboles con pasos de reloj, siempre iguales.

– Y con la calva tan gorda y brillante, inclinada, siempre mirando al suelo, como a ver si encontraba algo o en espera de que le cagase un pájaro. ¿No va usted a verlo?

– Esperaré que pase primero el Juzgado, no vayan a pensarse que me meto donde no me llaman.

– Imagínese usted que lo ha matao la María Rosa de un pecadazo que le ha soltao por la rejilla… O como es tan ucedista, que le ha dicho que Suárez ha presentado la dimisión, según me han dicho hace un momento.

– También lo he oído yo… Y podría ser eso. Porque la María Rosa un pecadazo… ¡Pobrecilla! Ésa es de las que duermen con los brazos en cruz por si se le acerca un mosquito perverso.

– Ya salen, jefe. Venga.

Plinio se caló la gorra del uniforme y salieron a la plaza. Debía haber mucha gente dentro de la iglesia, porque entraban personas y personas.

Esperaron a que los del Juzgado cruzaran la plaza. A ver si entraban muy delante de ellos.

Dentro de la iglesia no había tanta gente como esperaban. Y todos estaban en la nave que da al Pretil, rodeando un confesionario que hay muy cerca de la puerta de aquella parte.

El forense entró casi junto a Plinio. Debía venir del Casino y se adelantó a toda prisa para emparejarse con los del Juzgado.

Plinio oyó llorar. Miró. Era María Rosa, sentada en el pico del asiento de un banco, con la cara entre las manos y rodeada de unas cuantas mujeres. Todas las luces de aquella nave estaban encendidas.

El juez, después de abrir la compuerta y de asomarse un momento al confesionario, cedió el sitio al médico.

De pronto se vio mucha luz dentro del confesionario, porque el alguacil, por orden del médico, había encendido una linterna y enchufaba al muerto.

Como la gente, al alumbrar, abrió paso a Plinio , éste, casi sin darse cuenta, se vio junto al juez y al secretario, en la misma entrada del mueble depositario de pecados.

Allí estaba el padre Manuel, con la cabeza recostada en el fondo del confesionario. Colgándole un poco la calva color ébano, la boca y los ojos muy abiertos y las manos bien cruzadas sobre el pecho, como si las hubiera juntado en el momento del dolor.

El médico lo auscultaba aunque no cabía duda de su muerte… Sobre la sotana negra, ya parecían sus manos blanquísimas y frías.

Plinio se fijó en el diente de oro del cura, que brillaba mucho a la luz temblona de la linterna.

Después de cambiar unas palabras el médico y el juez, éste pidió al alguacil y a otros religiosos que había allí, que sacaran el cuerpo muerto de don Manuel del confesionario.

El padre García tuvo la buena idea de que lo sacaran en silleta, de modo que, ya fuera del confesionario, seguía con la cabeza hacia atrás y las manos apretadas contra el pecho. Intentaron entre el alguacil y el sacristán llevarlo en vilo hasta la sacristía, pero pesaba demasiado. Era imposible, lo sentaron en el banco en que estaba María Rosa y el juez mandó que le trajeran una camilla de la Cruz Roja, que está tan próxima.

Así las cosas, entraron llorando las dos hermanas de don Manuel, a quienes llegó la triste noticia estando de compras. Y deslumbradas al entrar por tantas luces, a las que estaban desacostumbradas, de momento no dieron en que fuera su hermano el que estaba sentado entre la gente y se fueron derechas al confesionario.

Ya junto al muerto, cada una a su lado, empezaron a besarle las manos fijas, blancas y cruzadas, con lloros tan recios que jamás se habrían oído en aquella primera parroquia del pueblo.

El juez, con pasos lentos y seguido de Maleza y de Plinio , se aproximó a María Rosa, que seguía en la punta del banco, tapándose la cara con ambas manos y con las rodillas muy juntas, para no dejar el menor resquicio, por si había algún ojo indiscreto.

Sí, ahora la gente hacía tres corros: uno alrededor del muerto, otro de sus hermanas plañendo y el confesionario vacío, y el tercero, en torno a María Rosa.

– María Rosa -le dijo el juez-, vaya susto que te habrás llevado.

La chica se destapó la cara y le llegaron las luces vivas de la nave hasta los ojos negros, cuajados de lágrimas.

– Lo de menos es el susto. ¡Qué lástima! Pobre padre.

– Perdóname la pregunta, pero no tengo más remedio -dijo el juez.

– Dígame, dígame.

– ¿Se confesó alguien con él antes que tú?

– No. Lo esperé sentada en este mismo banco hasta que llegó a las cinco en punto.

– ¿Y te pareció normal?

– Del todo. Empezó la confesión como siempre, con su voz y bondad de toda la vida.

– ¿Y luego qué notaste?

– Oí un golpe, pero pensé que distraído se hubiera dado un codazo o un rodillazo con el confesionario. Ni se me pasó por la cabeza otra cosa. Ni siquiera abrí los ojos.

– ¿Cómo?

– Sí… Cosas mías. Siempre confieso con los ojos cerrados… Para concentrarme más… Luego me di cuenta que aunque los hubiera abierto era igual. Como esta nave está siempre tan oscura y por la tarde, sin velas, apenas se ve nada… Lo que ya me extrañó un poco es que pasé un buen rato hablando, sin que me hiciera preguntas o diera consejos… Que él era muy consejero. Y tuve la sensación, ¿sabe usted?, de que mi voz sonaba a hueco.

– ¿Y qué hiciste?

– Como no lo veía ni notaba que se moviera dentro del confesionario, acerqué mucho el oído a la celosía y lo llamé: «¡Padre Manuel! ¡Padre Manuel!», cada vez con más fuerza, pero seguía sin contestarme. Fue entonces cuando me levanté, me asomé a la parte de los hombres y lo vi como dormido sobre el fondo. «¡Padre Manuel! ¡Padre Manuel!» Y ya, nerviosa de verdad, como tampoco me contestaba, metí la mano para moverle el brazo y noté que lo tenía duro…, y la mano, echando frío.

María Rosa comenzó a llorar otra vez, tapándose la cara, sin olvidarse de cerrar mucho las piernas.

El alguacil y Maleza llegaron con la camilla de la Cruz Roja. María Rosa se destapó un poco los ojos, a ver qué pasaba.

Entre varios, y con mucho cuidado, pusieron al muerto pegado a la camilla y empezaron a volcar poco a poco el cuerpo ensotanado de don Manuel para que no cayera de golpe. Por fin, así de lado, con las piernas dobladas, de sentado, y las manos cruzadas sobre el pecho, quedó sobre la camilla con la falda de la sotana -que don Manuel fue el último sotanista de pueblo- colgando por ambos lados.

Las dos hermanas se arrodillaron a cada lado y llorandillo competían en darle besos sobre las manos frías y cruzadas.

María Rosa se acercó ahora a la camilla y continuó su llanto junto a las dos hermanas, como si fuera una más.

Suavemente, el párroco las apartó, y entre cuatro se llevaron la camilla con el cuerpo, nave adelante, camino de la sacristía y detrás fue todo el personal, como a velatorio.

Dos horas después estaba instalada la capilla ardiente en el mismo altar mayor, por cierto que el pobre don Manuel quedó en la caja en una postura muy fea, ya que no pudieron estirarle las piernas y hubo que ponerlo de perfil en una caja anchísima, como en cuclillas; las manos empuñándose el pecho, como quedó cuando le dio el infarto. Y la cabeza muy echada hacia atrás.

Durante toda la tarde desfiló ante el muerto medio pueblo, más por bacinear que por amor, y luego, hasta las tres o las cuatro de la mañana, velatorio más o menos bostezado.

* * *

La hora se la sabía muy bien Manuel González, alias Plinio , porque cuando sonó el teléfono de su casa eran las cinco en punto de la mañana en el reloj de su mesilla de noche. Estaba Plinio en el mejor de los sueños, junto a la Gregoria… aunque separados como buenos jubilados matrimoniales, en las horas nocturnas. (Luego contó Plinio que cuando sonó el teléfono estaba soñando con que Justo el Navajero tocaba el clarinete, tan bien como lo tocaba, pegado a su oreja.)

– ¡Manuel! ¡Manuel! -le gritó la Gregoria.

Desde que Manuel, sobresaltado, se sentó en la cama, hasta que supo que la causa de aquel corte de sueño fue por el timbre del teléfono y no por el clarinete del Navajero , pasó un buen rato.

Manuel se abrochó el pantalón del pijama para no llegar al auricular con el cuerpo bajo al aire, se calzó las zapatillas sin talón y echó hacia el pasillo donde estaba el aparato negro y quieto, pero sonando como una pancilla metálica.

– ¿Quién es? -gritó casi agresivo y sujetándose con la mano izquierda el pantalón.

– Manuel, soy el número Ramiro, Ramiro el bajo, que siempre hago guardia de noche, porque de día vendo en la plaza…

– Ya. Sigue.

– Sigo, ¡leche!…, ¿por dónde iba?… Que le llamo porque acaban de denunciar que ha aparecido uno de esos dormidos que a usted le gustan tanto, pero depositado en el mismo portalillo de la puerta de la iglesia que da al Pretil. Sí, tumbado todo lo largo que es sobre el poyete de piedra y con la bragueta completamente abierta y abultadísima, con perdón.

– No me digas. ¿Cuándo?

– Hace un rato que ha venido a decírmelo Tomás Torres. Cuando el hombre, después de acompañar un rato al padre muerto, salía para su casa por aquella puerta para llegar antes, usted me entiende, y cuando ya no quedaba casi nadie de velatorio, notó que pisaba una cosa alta y blanda, así como una barriga, usted me entiende, y le echó el mechero a la cosa, pensando si sería otro muerto, que hay días que mueren dos o más, y se encontró con el hijo mayor de Bocasebo , que dormía sonriente al tiempo que se metía el dedo como jugando a buscar el bicho, por los pantalones desabotonados.

– ¿Cuál es el hijo mayor de Bocasebo , que tiene siete?

– El que se casó con la Repizcá , el de las pecas en el cuello.

– Ya sé quién dices, aunque nunca me fijé en sus pecas en semejante parte.

– …Y como sé que usted anda muy aplicado en este caso de los dormidos, me he dicho: aunque le despierte se lo digo. ¿A que he hecho bien, jefe?

– Gracias, Ramiro, te lo agradezco mucho. Y voy en seguida para allá a ver si le descubro en el cuello las pecas que dices.

– Es que son en el cuello de atrás, jefe, en la garganta nada. Y no tiene nada que agradecerme, bien sabe Dios que lo he hecho con mucho gusto.

– ¿Lo habéis movido?

– No, señor jefe, allí sigue en su poyete de piedra. Espero sus órdenes.

– ¿Lo ha visto gente?

– Muy poca. Ya ve usted las horas. Todo el mundo está dormido en su cama y no en las piedras… El pueblo entero está en el ronquío.

– Pues que te echen una mano los compañeros. Pídele de mi parte permiso al párroco y metedlo ahí en la sacristía. Voy rápido.

– … Pero una pregunta: ¿le abrochamos la bragueta para que no se le vea el bulto? Lo digo como estamos en la iglesia y demás…

– Sí, abróchasela antes de entrarlo.

– En un descuido haré eso que no hice nunca. ¿Avisamos a la familia o a alguien?

– No… Ya irá él solo cuando se despierte. Hasta ahora mismo entonces. Lo que tarde en echarme agua en los ojos.

Plinio colgó el auricular y volvió a la alcoba rápido sin soltarse la cintura de los pantalones del pijama, que le venían tan anchos, con ambas manos. Y mientras se vestía el uniforme le contó a la Gregoria lo del nuevo dormido.

La Gregoria, que ya impacientá estaba sentada en la cama, lo escuchó haciendo guiños de despabilada mientras se recogía el pelo y dijo al fin:

– Te hago corriendo el café.

– Eres muy buena, Gregoria.

– A buenas horas, mangas verdes.

Ya con todas las prendas encima, se tomó la taza de tres tragos, encendió el pito y se echó a la calle, todavía nochera, y, aunque preñada de agosto, sintió refrior.

– Que lo despiertes bien, Manuel.

– Y que yo no me duerma.

«Eso de que así que hay un acontecimiento sonao pongan al dormido cerca del lugar, como cuando las bodas falladas, por no folladas, del ingeniero…», iba pensando Plinio con ambas manos en los bolsillos del pantalón, y mirando al suelo con mucho cuidado para no tropezar con tantos altos y bajos como hay ante cada portada para el paso de los tractores, y con tan poca luz.

Por la calle de Socuéllamos no se veía una sombra, ni boina, ni raja de luz tras las ventanas. Sólo la sombra de Plinio bajo las luces altas y el ascua de su cigarro nervioseado.

Esperando en la esquina de la plaza, frente a la relojería y fotografería de Isaac Vega, estaba Ramiro, el guardia, esperándolo también, con morrete de fresquillo y los párpados medio plegados.

– Coño, no me levantaba a estas horas desde que se puso de parto mi hija Alfonsa -le dijo Plinio con tonillo de saludo.

– Ni yo, aunque haga tantas guardias, desde que me dolió la apéndice.

Estaba la plaza sola total, el cielo con su chisporroteo de estrellas y algún meneo de las ramas de los árboles por la inquietud de los pajarillos.

Sin más decires, Plinio y Ramiro echaron hacia el Pretil, con el taconeo que les devolvía el cemento en aquel silencio. Pasaron ante el Casino de San Fernando y la puerta principal de la parroquia, doblaron el Pretil y ya estaban en la entradilla, entre la puerta de la calle y las laterales que daban paso a la iglesia.

Cuidado, jefe, no lo pise, que lo he dejado aquí. He preferido no entrarlo hasta que viniera usted -dijo Ramiro echándole la linterna al hijo de Bocasebo-. Y el tío no deja de sonreírse, como si le hicieran cosquillejas.

– ¿Y eso de la bragueta que decías?

– Se la he abrochado con mucho tiento para evitar alzadas y toqueteo.

A Tomás Torres, que seguía allí para ayudar a lo que fuera, le dijo Plinio :

– ¿Llegaste a pisarlo, Tomás?

– Poco, pero si estiro un poco más el pinrel lo desbarrigo o me habría roto el casco.

– Bueno, ¿por qué no lo habéis llevado a la sacristía, Ramiro? -Y Plinio clavó al dormido los ojos en las pecas del cuello para recordarlas.

– Por dos artículos: primero porque ya se habían llevado la camilla de la Cruz Roja y no podíamos con él; y segundo, porque como no pasaba ya nadie por aquí a estas horas, pensé que era mejor que lo viera usted en su estado.

– Bueno, vamos con él a la sacristía a ver si se despierta.

– ¿Se le ha caído algo de los bolsillos?

– Nada caído, jefe.

– Pues llama al otro que está de guardia para que nos ayude a meterlo en la sacristía hasta que amanezca, a ver si se aclara algo.

Cuando vinieron los policías, y con la ayuda de Tomás Torres, lo cogieron en brazos y por la nave de la derecha, muy pegados a las capillas y confesionarios, lo llevaron hasta la sacristía, sin que los vieran las pocas personas que allí había, entre ellas María Rosa, que rezaban sobre los reclinatorios muy pegados al catafalco del cura.

Ya en la sacristía dejaron al dormido sobre un sofá ancho.

– A éste lo ha dormido alguien dándole por la embocadura, jefe -dijo Tomás Torres.

– ¿Por la embocadura?

– Sí, digo dándole de beber algo.

– Sepa Dios qué, porque ahora, fíjate, está besando esa estola colgada en la «cajonería», como llaman los curas a ese armario donde cuelgan todas las investiduras, y que le estaba rozando la mano.

– Es verdad, y antes también ha besado mi mano y sonreído como si le diera gustillo.

– Qué raro es todo esto, Santo Dios… Pero marchaos, que yo me quedaré con él, a ver si despierta y dice algo.

– A la orden, jefe.

Y Plinio se sentó en el único banco de madera vacío, pues en el otro, puesto ahora no sabía por qué junto a la «cajonería», dormía el Bocasebo con aquel gesto tan apañado.

Plinio, ya solo, echó un vistazo a las puertas de la sacristía: la de la izquierda que lleva a la nave central y que también conduce a los servicios, en el más puro sentido del plural; la de la derecha, que lleva al altar mayor, y la del archivo. Y todavía la puerta que sale a la calle de Veracruz. Se fijó en la fotografía grande de una imagen de la Virgen, en el armario empotrado y en la mesa de despacho del centro, todo bajo una sola luz, pobrilla, pobrilla.

Cuando transcurrió un rato sin novedad y Plinio ya se sabía la sacristía, se le ocurrió acercarse al sofá y pasarle la mano por el pelo a Bocasebo , a ver si se le notaba algo de bandolina, pues con tan poca luz no se le advertía brillo alguno. Pero Bocasebo , al sentir la mano sobre la cabeza, se la tomó a Plinio y se la llevó a la boca -y lo que fue peor- también sobre las narices, un tanto goteronas y empezó a besársela con un hambre que Plinio se sintió como atacado por un maricón.

Después de breve forcejeo, le quitó la mano como pudo, se secó las babas y los mocos y quedó con los ojos fijísimos en el pecoso Bocasebo , que sí mostraba brillos de bandolina y que le parecía estar más inquieto que los demás dormidos de los días anteriores.

Poca gente debía estar velando al cadáver de don Manuel ya a aquellas horas, porque en la sacristía no aparecía nadie.

Como en su vida había hecho Manuel un servicio en semejante lugar, se echó una sonrisa a sí mismo y se dio unas vueltas por todo lo largo de la sacristía para ver de cerca tantos aparejos de iglesia.

Se paró ante un cuadro muy grande de Cristo pintado al óleo, que estaba pasada la puerta del archivo. Mirándolo estaba sin apenas poder distinguir nada por la poca luz que allí había, cuando oyó que se abría la puerta. Volvió la cabeza y la gran sorpresa: era el Bocasebo , ya levantado, que miraba hacia uno y otro lado, confundido de encontrarse en semejante parte, como les pasaba a todos los dormidos cuando conseguían hacerse vivos.

El pecoso ni reparó en el guardia y lo miraba todo rascándose el pelo; por cierto que algo debió notarse en él, puesto que después se miró y se olió las yemas de los dedos.

Como para mejor comprobar el recién despierto que estaba en su ser, se buscó el paquete de cigarrillos, encendió, chupó con gustísimo, echó el humo por todos los agujeros y le asomó en la cara un regusto muy grande, según el parecer de Plinio .

Había una tranquilidad en sus ojos, como si siguiese adormilado… Y el caso era que la viveza con que chupaba el cigarro, no estaba a tono con el aire un tanto traspuesto que digo.

Por fin, Bocasebo se puso de pie con ese ritmo un poco sonámbulo, dejó caer el cigarrillo sobre una escupidera y echó a andar con cautela hacia la puerta por donde salen los curas a decir misa. Se asomó con cuidado, hizo un gesto de lenta extrañeza al ver el catafalco de don Manuel allí entre velas y, después de mirarse el reloj de pulsera, pasó cerca del cadáver sin mirarlo, con aquel aire sonámbulo, y sin mirar a la María Rosa, a dos monjas y a un cura que rezaban en reclinatorios próximos.

Bajó la escalerilla mirando mucho los escalones del altar como si temiera caerse y marchó hacia la puerta de la iglesia donde lo depositaron, o se depositó él, la del Pretil.

Plinio, cuando lo vio ir hacia la calle, cruzó también el altar mayor, aunque muy pegado a un lateral, ante la sorpresa de los rezadores, y fue a la misma puerta del Pretil. Desde el poyete de piedra, Plinio lo vio avanzar hacia la plaza y no apareció en ella hasta que el despertado se cruzó a la esquina de los Paulones.

Tendría ya Bocasebo unos cuarenta años de edad, pero a Plinio le parecía mucho más joven, por el corte de cuerpo y el aire de sus pasos, aunque de medio dormido. No cabía duda que iba calle de la Feria adelante. Plinio lo siguió desde lejos, pues no era fácil que se le perdiera, porque todo estaba solitario. Siempre tan prudente, prefirió no seguirlo por la misma acera, y se cruzó dándole vuelta a la plaza, sin perderlo de vista, a la acera de correos y sin despegarse de la pared, pues tenía la sensación de que Bocasebo, el pecoso, andaba no muy seguro de saber hacia dónde iba, aunque no a su casa, porque todos los Bocasebos vivieron siempre en la Carrera de San Jerónimo (de Tomelloso, se entiende).

Plinio tanto quería no ser notado, que a pesar de las ganas de refumar, no encendió. Además se quitó la gorra de plato y se la pegó con ambas manos en la riñonera para ofrecer menos su perfil, si al pecoso le daba por torcer el cuello.

Todavía le faltaba a Plinio un buen trecho para llegar a casa de Castillo, cuando vio que su seguido se cruzaba de acera, justo al llegar frente a la calle Mayor. Al verlo sintió un pálpito muy grande y tanto miedo de ser visto.que se pegó a la pared cuanto pudo. Bocasebo , de pronto, como despabilado, había acelerado el paso. De modo que hasta que el dormido o medio dormido quedó en palillo de sombra, Plinio avanzaba con pasos de pisapunto y sin arrastrar los pies…

«Este va a la colonia de las ingles, tan fijo como hay gargueros», se dijo el guardia.

Ya por el final de la calle Mayor, las luces quedaban muy separadas.

«… Mal sitio. Por aquí, como me descuide, se lo traga la tiniebla.» Aceleró el paso. Ya en la parte misma de la gitanería, la oscuridad era piconera. Menos mal que en seguida, en las casas prohibidas, tan relimpias y renuevas, sí que había una luz sobre cada puerta, para que el que llegase cachondo pudiese apuntar bien con los ojos, no equivocarse y dejarse el ansia en el Canal del Príncipe.

Durante unos segundos Bocasebo se lo tragaron del todo las sombras de las casas gitanas, pero pronto reapareció tan telendo, con menos aire de dormitado, y empezó a desfilar ante las puertas de las casas, como si supiera muy bien a la que iba. Y así pasó ante las puertas de la Toledo, de la Olga, de las Pichelas , de la Leónides, de la Mari Paz, hasta que se clavó delante de una de las últimas, la de la Mora y, levantando el brazo con mucha cansinería, como si otra vez estuviera adormiscado -Plinio se fijó muy bien-, apretó el botón del timbre.

Amañanar, lo que se dice amañanar, no, pero el cielo empezaba a empavonarse un poco. Se veían los bultos más cerca y con más perfiles.

Las putimozas que no estuvieran de dormida con el macho de la noche, y sintiendo los pelos de los muslos en las nalgas, estarían dormidas de verdad por su cuenta y el culo más frío, porque el del cuello pecoso, después de esperar dos buenos ratos, tuvo que timbrear por vez tercera y tan sostenida que el repique del timbre, aunque encerrado, y bastante lejos, lo oyó Plinio.

Abrieron al fin, pero el Bocasebo no entró. La que le abrió ¿seria la misma Mora? y en camisón azul, que bien se la veía por la puerta entornada discutir con el trasnochador. A lo mejor a aquellas horas, aunque es raro en tales sitios, no querían abrir.

Plinio aguardó, y hasta le llegaron recortes de voces. A ver qué pasaba…, y pasara lo que pasara, sin saber qué camino tomar, o con qué pretexto dar él la gorra a aquellas horas en semejante sitio.

Y en aquel momento -Plinio se había acercado mucho más- vio perfectamente que el ex dormido se sacaba la cartera del bolsillo interior y ofrecía un montón de papeles verdes a la Mora y que después de unas palabras más y una sonrisa de raja, tomó la oferta y lo dejó pasar.

Fue ahora Cuando Plinio, ya sin temor de ser visto, sacó el «caldo» tan deseado en aquella larga madrugada y empezó a chupetear y a echar humo, con toda el alma, mientras pensaba de esta manera:

«… A éste, la Mora no lo dejaba pasar a hacer uso del colgante, porque no hay ninguna con las ingles desalquiladas. Pero como se ha puesto tan terco y ha soltado hojas, le va a procurar lo que pueda o lo que quiera. Depende de los billetazos que haya liberado. De modo que uno lo que va hacer, hasta que consuma el "caldo", es aguardar aquí tranquilo y cuando haya pasado tiempo de bragueta suficiente, llamar, entrar y empezar las averiguaciones.»

Por el comienzo de la colilla del cigarro estaba, que brillaba en la noche como pizca de estrella, cuando observó por una ventana que se encendían las luces de la habitación de la izquierda del chaletito. Estuvo así como cuatro o cinco minutos encendida, hasta que las rejas de la ventana volvieron a quedar negras.

«Ya se han ensabanado, seguro. Pues voy antes que se vuelva a dormir la del camisón, sea la Mora o la lugarteniente, y empiece el trabajo riñonero.»

Tiró el cigarro, lo pisó. Notó que pasó un cuervo siseando, con la sombra de sus alas más negras que el cielo, algo clarioncillo ya, se cruzó hacia la puerta de la casa de la Mora , y cuando llevaba el índice al botón del timbre, Plinio con la otra mano se rascó la nuca, a la vez que pensaba: «A ver qué digo yo ahora.»

Sonó el timbre muy en lo hondo de la casa y esperó:

«Supongo que no le habrá dado tiempo de quitarse el camisón, a la que abrió la puerta.»

Y aguardó. Pero nada, ni paso.

Con el dedo más decidido volvió a tocar dos minutos después.

– ¿Quién es? -oyó que le gritaban tras una persiana.

Manuel iba a contestar desde la puerta, pero fue hacia la persiana sin decir palabra, y con paso bien aplomado. Asomó por fin la cabeza de la mujer que antes abrió al pecoso, como supuso Plinio .

Lo reconoció en seguida la Mora , y con voz melosa:

– Buenas noches…, quiero decir buenos días tenga usted, Manuel. ¿Le puedo servir en algo?

– Ábreme y ya lo sabrás.

– ¿Pues qué pasa?

– Nada grave. Abre.

– No faltaba más. Un momentico.

Plinio volvió hasta enfrentarse con la puerta de la calle. En seguida vio por las rendijas que habían encendido las luces… Y a poco le abrió la puerta, pero con una bata color sangre de toro y no azul como antes.

– Adelante, Manuel.

Pasó hasta un entre medio-patio y medio-recibidor, también muy bien puesto, con fotografías grandes y enmarcadas de artistas del baile y del cante y cada cual debajo de unas lámparas con bombillas en forma de zanahoria.

– Siéntese aquí, Manuel, si viene de asiento -le dijo la Mora señalándole un sofá largo y muy bien tapizado con terciopelo color celeste, de colcha.

– Muchas gracias, que sí vengo de asiento. Y se dejó caer en el sofá, mientras la Mora lo miraba intentando adivinar.

– ¿Quiere usted un café, Manuel?

– Muchas gracias.

– Pues usted dirá… a estas horas.

– Siéntate aquí, a mi lado.

– No faltaba más.

– Y perdona si te he despertado.

– Me había despertado otro que llegó un momento antes que usted.

– ¿Quién?

– El hijo de Bocasebo .

– ¿El de las pecas en el cuello?

– En el cuello y en todo el cuerpo, oiga usted, porque me han dicho las chicas, que conforme le caen cuerpo abajo, se le amontonan las pecas de tal manera al llegar a semejante parte, usted me entiende, que todo se convierte en peca sola. Es decir, todos sus bajos tienen el color de nuez de las pecas.

– ¿Por los muslos y piernas también?

– No, por lo visto traspasadas las ingles ya empiezan sus carnes a clarearse de nuevo.

– Qué cosa más rara. ¿Y a qué ha venido a estas horas Bocasebo ?

– Pues ya se puede usted imaginar.

– ¿De dormida?

– No sé si de dormida o de ocupación. No creo que tenga fuerzas para lo último, pero debe estar con el eje nervioso, porque hoy es la segunda vez que viene.

– ¿Y a qué hora estuvo la primera? -preguntó Plinio eufórico.

– A la caída de la tarde o así.

– ¿Y a qué hora se fue?

– ¡Ah!, no sé. No lo vi salir.

– ¿Y varía mucho de hembra?

– Suele cambiar bastante. Pero hoy lo está haciendo por segunda vez con la misma.

– ¿Y quién es ella?

– ¿Tanto le interesa?

– Sí.

– Con la Remedios, una catalana que está muy buena.

– ¿Una catalana aquí? Eso no es corriente.

– Pero, Manuel, putas hay en todos los estados autonómicos.

– Sí, pero como pilla tan lejos…

– Ésta, segun cuenta ella misma, es que no para muchos meses en ninguna parte de España.

– ¿Por qué?

– Debe ser porque le gusta mucho cambiar.

– ¿Tardará en salir?

– No creo. Ella estaba muerta de sueño y lo largará en cuanto pueda. ¿Quiere que le traiga ya un cafetillo para suavizarle la espera?

– ¿Y por qué sabes tú que voy a esperarlo?

– Hombre, Manuel, eso está tirao .

– Pues tráeme el cafetillo, pero mediado de leche.

– ¿Como se los pone la Rocío?

– ¿Cómo sabes tú que me los pone así?

– Hombre, eso lo sabe toda la provincia. ¿Le hacen unas magdalenas?

– Unas soletillas mejor.

– Tengo por casualidad.

– Pero a ver lo que me cobras.

– Pues nada, Manuel. No faltaba más. Esta casa es suya.

Plinio, solo bajo la lamparilla, comenzaba a cabecear con buenos golpes de barbilla, cuando llegó la Mora con café y las soletillas. Y ya cuando estaba comisqueando a gusto le preguntó:

– ¿Me permite usted, Manuel, una pregunta?

– Según la que sea.

– ¿Por qué busca usted a Bocasebo , el de los cojones de peca, como le llaman aquí. ¿Es que ha hecho algo malo?

– Eso es cosa mía.

– Usted disimule… Si quiere usted que llame a alguna chica para que lo distraiga mientras acaban esos…

– No, que las pobres estarán durmiendo. Acuéstate tú, si quieres, que yo espero solo tan a gusto.

– No faltaba más, Manuel, que yo ésta no me la pierdo.

– ¿Nuestros ocupados están en la alcoba particular de la Reme esa o en una para el trabajo?

– Están en la alcoba donde la Reme duerme de verdad.

– Entonces a ver si se van a dormir de verdad los dos y me tienen aquí hasta la hora de ir a la escuela.

– No creo. La Reme no duerme con los de pago. De todas formas voy a hacer oído. Y sin añadir palabra se levantó telenda, fue hacia la última puerta del pasillo de enfrente y puso la cara bien pegada a la madera.

Al ratillo volvió con la cara de extrañeza.

– No se oye quejido, colchonear, ni suspiros.

– ¿No te digo? Se habrán dormido.

– ¿Y qué hacemos?

– Vamos a esperar un poquillo. Y si tardan, actúo.

– Yo no puedo estar aquí hasta que amañane, Manuel.

– Pues vamos ya a echar un ojeo.

– Hombre, Manuel, parece feo. Y a lo mejor han cerrado por dentro.

– Claro, Mora , para que no los sorprendan pecando. Qué cosas dices. Bueno, me echo otro pito…, en el buen sentido, y si no salen, actúo.

– Como usted quiera, que al fin y al cabo es la autoridad.

Entre los últimos tragos, chupadas y algún paseíllo, pasó una media hora hasta que Plinio dijo, ya impaciente:

– Vamos a ver qué pasa. Ya ha estado bien -y echó a andar por el pasillo seguido de la Mora .

Ya ante la puerta, Plinio le cedió la manivela:

– Abre a ver.

La Mora se adelantó, tomó la manivela y la ladeó con mucho tiento.

Se asomaron. La habitación estaba a oscuras total. Plinio echó de menos la linterna de don Lotario y encendió su mechero.

Sobre la cama de matrimonio, ancha y elegantona, le pareció que sólo dormía la Reme hecha un burujo. Movió el mechero de un lado para otro. No había duda de que sólo estaba la mujer.

La Mora , por su cuenta, encendió la lámpara de la mesilla, dorada y con pájaros surrealistas pintados en la pantalla.

– ¿Pero dónde está Bocasebo ? -le preguntó a la Mora Plinio extrañadísimo.

– ¡Ah! -dijo (mejor expresado, no dijo, sino que aparentó decir, encogiéndose de hombros).

La Reme, al oír hablar, más que al encenderse la luz, empezó a despertarse con cien parpadeos.

Por fin abrió los ojos del todo y al ver a quienes la contemplaban, y sobre todo a Plinio , de un salto de culo se incorporó en la cama.

– ¿Pero qué pasa?

– ¿Dónde está tu pareja? -le preguntó Plinio con gesto muy severo.

– ¿Mi pareja?

– Sí, mujer, el último, el de las pecas.

– ¡Ah! Yo qué sé. Cuando cumplió se fue a su casa.

– ¿Que se fue? -dijo Plinio extrañadísimo-. Acababa de entrar cuando llegué yo. Y no le he visto salir. Como no lo haya hecho por la ventana del cuarto…

– No, claro que no… Salió por esta puerta.

– Que te digo que no y ya ha estado bien. Y levántate, que hablemos en serio.

La Reme, con poquísimas ganas, se sentó en la cama, se echó encima la bata que tenía sobre la colcha y, al ponerse de pie, Plinio , sin poderlo remediar, sintió una nerviada por toda la espalda y parte de sus vueltas.

Aquella talla de cuerpo, y sobre todo aquel culo, almohadón magistral, rítmico de curvas, de honduras y seguro que de gestos verdes y pedos luminosos, era el que le había descrito Salustio con aquella encendida expresión de ojos, de manos volainas y como pellizcadoras de molletes etéreos. ¡Qué buenísimo apaño de culo y de cintura!

Y la Reme, levantada, hasta en el momento simplón de ponerse la bata, movió el cuerpo de aquella manera tan rica.

– ¿Tú saliste a despedirle, Reme? -le preguntó la Mora .

– No, jefa, yo estaba caída de sueño y le dije adiós a medio labio.

– ¿Pues no has dicho que lo viste salir por esta puerta? -casi le gritó Plinio , aunque sin quitarle los ojos.

– No sentí que saliera por otro sitio. Y le oí casi entre sueños. A lo mejor, al verlo a usted, si vino siguiéndolo, como parece, salió escondiéndose -dijo ella muy inclinada ahora sobre sus muslos mientras se calzaba las zapatillas.

– Oye, Mora , enciende la luz del techo -sólo estaba encendida la de la mesilla.

– Sí, Manuel.

Y con cara de no saber por qué le mandaban aquello fue al interruptor que estaba junto a la puerta.

Cuando encendió la luz de neón, que dejó el dormitorio de un azul clarísimo, Plinio , con una rigidez inesperada se acercó a la Reme y empezó a mirarle la melena. Ella le sacaba la cabeza de alta al jefe de la G.M.T.

– Agacha un poco la cabeza que te vea mejor el pelo.

– ¿Pero qué pasa?

– ¿Qué te echas en el pelo, Reme?

– Qué cosas, jefe, ¿usted qué cree?

– Bandolina, como las antiguas.

– Qué vista, jefe. Pero muy poquita. Así con la punta de los dedos. No quiero que se me ponga duro el moño como a nuestras abuelas.

– ¿El moño…, hermosísima? -se le escapó a Plinio .

– Es un decir.

– ¿Es que en Cataluña también se echaban antiguamente bandolina?

– Claro. Como en todos sitios, al menos las de mi familia.

– Vaya, vaya. ¿Y dónde la tienes?

– ¿El qué?

– La bandolina.

– Aquí, jefe, en el tocador. ¿Dónde la voy a tener?

– ¿Y a quién más le echas bandolina?

La Reme quedó mirando fijamente a los ojos de Plinio . Se puso muy seria y poco a poco, arruga a arruga, empezó a llorar. Y luego, asi llorando como desesperada, se tiró sobre la cama boca abajo. En cada gimoteo Plinio sentía como si aquel culo, nalgas arriba, en un «rock» gratísimo lo incitara, y hubo un momento en el que tuvo que contener la respiración para no hacer una cosa fea, y de un cabezazo brusco quitó los ojos de aquellos dos lugares medioluneros, que también besaba el aire al compas del gimoteo.

La Mora, con cara de vencida al ver el llanto y la derrota de la Reme, tomó a Plinio de un brazo y le dijo:

– Venga usted aquí fuera, que hablemos un momento.

Plinio la miró sin comprender del todo, al menos de momento, y agachada la cabeza se fue tras ella, que apagó las luces y tiró de la puerta dejando a la Reme en su llanto boca abajo.

La Mora , sin soltar el brazo de Plinio lo llevó hasta el sofá de fuera, donde antes estuvieron.

– ¿Qué pasa?

– ¡Ay, señor! Unos por mucho y otros por poco… Aquí al revés, mejor dicho, que la pobre Reme es muy desgraciada… En ninguna parte la quieren… No calienta el nido en ningún pueblo o capital. A los pocos meses tiene que salir pitando. Por eso siendo catalana cayó aquí y ahora está para marcharse a Sevilla.

– ¿Tan buena como está?

– Tal vez por eso.

– Pero será una mina.

– No lo sabe usted bien. Hay tíos, como hoy Bocasebo , que vienen dos veces en un día. Pero el trabajo que me da y los líos que me trae no se los puede usted imaginar.

– Ya… ¿Y por qué se echa bandolina?

– ¡Ah!, rarezas de ella… Que buena está, ¡pero rara también!

– Pero bueno, ¿qué es lo que pasa de verdad?

– Yo no se lo puedo explicar bien, porque ella tampoco lo sabe a ciencia cierta… estoy segura… Pero raro es el día que no tengo que acompañarla en su coche para dejar por ahí a «sus muertos», como ella les llama.

– Un momento -dijo Plinio levantándose impetuoso y yendo otra vez a la habitación donde estaba la Reme. Abrió con su llave.

La Reme había vuelto a encender la luz de la mesilla y, aunque con quejidos más bajos y ya tapada, seguía llorando. La Mora, sin encomendarse a nadie entró, corrió una cortina que había muy pegada a la pared, frente a la cama, y apareció una puerta. La Mora tiró de la manivela y abrió de golpe. Encendió una luz interior que había tras la cortina, se vio una especie de armario empotrado, mejor diría de habitación pequeñísima, porque toda era de tabiques, y sobre uno de los tres divanes estrechos que dentro había, cubierto con una manta, que en aquel momento besuqueaba entre sueños, estaba Bocasebo, vestido muy malamente, sin corbata, despeinado y sin brillantina en el pelo, descalzo y solo, con los calcetines torcidos.

Plinio lo miró y remiró muy bien, sin cara de alegría ni de sorpresa.

– Y dentro de un rato, si no hubiera venido usted, entre las dos, en el coche de ella, lo hubiéramos tenido que llevar por ahí para no almacenar aquí «muertos de gusto».

– ¿Pero eso le pasa a todos los que la montan?

– No. Sólo a uno de cada ocho o diez.

– ¿Y los que aparecen así dormidos de gusto en otros pueblos de la provincia?

– Pues que nos enteramos que son de allí, por su documentación o la de su coche, y los llevamos para no amontonar en Tomelloso demasiados dormios .

– ¿En el suyo o en el coche de ella?

– Vamos en los dos, cada una en uno, para luego podernos volver.

– Ya.

– Pero bueno, Manuel, esto ya está terminado. La Reme se largará mañana o pasado. Esto ya ha estado bien.

– Explícame más detalles.

– Si no hay nada más.

– Ya lo sé, pero tengo mucha curiosidad por conocer esto bien, pues nunca he visto nada igual.

– Pues que se lo explique ella, que le gusta mucho explicarlo.

– ¿Cuándo?

– Ahora. Si está despierta nos está escuchando y seguro que viendo.

– ¿Y a éste lo dejáis aquí toda la noche liado en la manta?

– ¡Ea! Ya hasta mañana no podemos hacer la excursión… Además, sabiéndolo usted ya…

La Mora corrió las cortinas, echaron una ojeada hacia la Reme, que aparentaba dormidísima, apagó la luz, salieron y cerró la puerta con mucho cuidado.

– Ni hablar de dormida -le dijo la Mora a Plinio cuando salieron-. Me la conozco como si la hubiera dormido toda la vida en mis brazos.

– Venga…, cuéntame, por favor.

– ¿Pero qué quiere usted que le cuente?

– Por ejemplo, ¿cuándo llegó?

– No hace un año todavía. El mes que viene lo hará. Sí.

– ¿Me das otro café si no te importa? -dijo Plinio con la boca seca.

– Al contao .

– ¿Y cuál fue el primero en caer y que te dio la pista?

– Espere usted que le traiga el café.

Ya clareaba por los cristales del montante y las ventanas, y Plinio sintió el primer refrior de aquel largo verano.

Tardó un buen rato la Mora en traer el café, tanto que Plinio volvió a tener tiempo de dar otras cabezadas, aunque sin olvidar al Bocasebo entre la manta y metido en aquel cuchitril.

Cuando ya Plinio , sentado otra vez junto a la Mora comenzaba a cabecear, de pronto se abrió la puerta de la alcoba de trabajo y apareció la Reme muy arreglada y con un maletón en la mano.

– ¿Pero dónde vas?

– Me voy a mi nuevo destino, a Sevilla. Después de lo de esta noche no aguanto más aquí. Me ha llegado la hora. Como en todos los sitios.

– Pues anda…, Manuel es un hombre discreto que no va a ir diciendo nada por ahí.

– Me es igual.

– Venga, mujer, siéntate un momento y cuéntamelo todo.

– ¿Para hacer una ficha?

– O una novela. Quién sabe.

Al dejar la maleta y sentarse en el sofá, Plinio volvió a admirarse del rítmico curveteo de todas sus circunferencias.

– Venga, pregunte.

– Los dejo solos para que puedan hablar a sus anchas -dijo la Mora levantándose.

Plinio miró hacia la Mora, como consultándola. Y ella le meneó la cabeza carigrafiándole que a la Reme le parecía muy bien que se fuera.

– Gracias, Mora , por su fineza -le dijo Manuel a la encargada mirándole la espalda de la bata color sangre de toro.

Y luego a la Reme:

– Cuéntame, hermosura.

– Cuento. Y las que va a escuchar serán las últimas palabras que diga en Tomelloso. Dentro de un rato lo borro del mapa.

La Reme, como pensando por dónde empezar, quedó mirándose las dos manos casi juntas sobre las cuestas parejas de sus muslos subidos.

Plinio esperó, cuchereó el café de la taza y volvió a raspearle todo el cuerpo con los ojos.

– … Todas mis desgracias, Manuel -empezó la Reme mirando muy fijamente al guardia a los ojos-, vienen de una cosa que da risa.

– Venga, dime qué cosa, que no me río.

– ¡Ay!, que no. Verá cómo sí se ríe.

– Todas tus desgracias vienen…

– De que yo les doy demasiado gusto a los hombres.

– No me jodas.

– Pues jodido queda.

– ¿Porque estás muy buena… como puede verse?

– No lo sé, le prometo que no lo sé.

– ¿Entonces, porque eres cachondísima?

– Tampoco. Yo, la mayor parte de las veces lo hago, como todas las del oficio, por deber, echándole teatro a la cosa y sin pizca de gusto. Poniendo las posiciones, las caras y dando los gritillos que pone y da uno cuandose corre de verdad… Eso sí, palabra que lo hago tan bien, que raro es el jinete que sabe cuándo me muero de gusto o me muero de aburrimiento… Ahora mismo me acosté con Bocasebo, como me podía haber acostado con una caja de esponjas a estreno… y él lo pasó como en la gloria.

– ¿Entonces les basta verte en cueros para sentir tanto gusto?

– Le doy mi palabra, guardia, que no lo sé. Llevó veinte años, que se dice pronto, intentando averiguar por qué se lo pasan tan bien conmigo… y no lo sé porque cada vez creo que es por una cosa. Mejor dicho, he podido experimentar que es por todas, según como les pille el cuerpo.

– Bueno -le preguntó Plinio , ahora poniendo cara como de que ya sabía lo que le iba a contestar-, ¿qué les pasa cuando les da tanto gusto a tus parroquianos?

– Nada, que les noto yo que les da mucho, mucho, muchísimo gusto.

– ¿Nada más?

– Déjeme acabar… Tanto gusto que algunos se me quedan dormidos por cuatro o cinco horas… o más, y tengo que quitármelos de en medio como sea, porque hubo días que junté tres tíos dormidos bajo la cama, o en el armariete que usted ha visto, que ya me preparan en todos sitios. Y, claro, con razón las dueñas o las encargadas se cabrean mucho… En fin, «los dormidos», que según sé, usted ya ha visto varios…

– ¿Y se te quedan dormidos nada más acabar el acto?

– No Plinio , y perdón por decirle el apodo, a mí, nada más acabar el acto se me quedan dormidos casi todos, por no decir todos, todos, pero a los diez, quince o veinte minutos resucitan. Pero hay otros, afortunadamente los menos, que usted sabe, que sin saber por qué, no se hacen vivos en un cuarto de día.

– ¿Y dices que no es porque les hagas algo especial?

– Les hago lo que a todos poco más o menos… No, no es cuestión de caricia alta o baja, larga o corta, es cuestión de cómo les pille el cuerpo o pillen el mío, que también pudiera ser… Que clientes tengo a pares que, haciéndome o haciéndoles lo mismo, unas veces duermen cinco minutos y otros toda una siesta.

– ¿Quiénes se duermen más, los jóvenes o los mayores?

– Ya jóvenes vienen pocos a estos sitios. Casi siempre madurones y viejos ansiosos… Aunque yo no sé nada de medicina, no sé si consistirá algo en la edad de la vejiga, de los chilindrines o de los capullos a punto de jubilación… Por eso, jefe, cuando se despiertan por ahí, todos se callan, porque son casados, padres y hasta abuelos. Y nadie, por gilitortas que sea, va a contar por ahí que se ha dormido encima del vientre de una…, si es que lo ha hecho al estilo cartaginés. Y que lo han tenido que dejar dormido en una era.

– Otra pregunta antes de seguir: ¿y por qué luego dejas a los dormidos en sitios tan llamativos?

– Eso, si es de noche, para que los encuentren en seguida y no se mueran al sereno de frío o atropellados por algún auto… Anoche, sin ir más lejos, nos enteramos que en la iglesia había un cura de cuerpo presente, pues dejándolo allí seguro que encontraban al pobre Bocasebo al contao , y no le daba tiempo ni al resfriado.

– Otra pregunta.

– Venga, jefe.

– ¿Y luego por qué los peinas con bandolina?

– Sabía que me lo iba a preguntar usted -y empezó a reír culeando con mucho campaneo sobre el sofá, hasta el punto que Plinio creyó un momento que sus manos, aunque en situación de reserva, se le iban sin poderlo remediar a aquellos cibantos tan vivos y halagueros-. Es que, Manuel, me da lástima dejar a mis dormidos tirados por ahí, con el pelo suelto, con las crenchas hasta la boca. Comprendo que es una manía, pero no lo puedo remediar, y antes de depositarlos en la cama dura del campo o de la calle, saco el frasco de la bandolina, que siempre lo cojo cuando llevo «muerto» y ya en el suelo lo peino y lo repeino.

– ¿Y por qué con bandolina precisamente?

– Pues ¿qué quiere que le diga? Porque le tengo afición. Mi madre y mi abuela siempre se la echaron y me parece que no puede haber peinado perfecto sin bandolina… Yo misma, aunque muy poquita, ésa es la verdad, por no parecer carroza, siempre me echo unas gotillas, como le he dicho.

– ¿Sólo en el pelo de la cabeza? -preguntó el guardia con astucia de pálpito.

– Claro. ¿Dónde quiere usted que me la eche también?, ¿en las barbas del horcate, como dicen aquí en su pueblo?

– Pensaba -dijo Manuel un poco corrido- si podría ser la bandolina echada en cualquier parte la causante del sueño?

– Qué imaginación, Manuel. Con razón dicen que es usted el más listo de la provincia. Mis machos -dijo ahora con orgullo- no se duermen por lamer, oler o tentar bandolina. Se duermen por el calambre real o fabricado de este cuerpo que Dios me dio.

Y se pegó una manotada en la nalga lateral derecha, la que miraba al guardia, a la vez que le echó unos ojos aguanosos y tan brillantísimos, que eran más pinzadores que sus nalgas de cielo.

Plinio, por fin, sacudiendo la cabeza, se deshizo de la mirada y del objetivo nalga y, como cabreado consigo mismo, de un tirón se sacó el paquete de «caldos», relió y prendió el cigarro.

– ¿Qué hora es ya? -dijo mirándose al reloj- Más de las ocho. ¿Dónde está el teléfono en este hotel de tantas estrellas?

– Ahí a la vuelta del pasillo, a la derecha. ¿Alguna urgencia?

– Sí, algo del servicio.

– ¿No irá usted a detenerme por dormir a casados honrados?

Plinio, riéndose, fue hacia el teléfono al tiempo que le decía:

– Lo tuyo no es delito. Es gusto. Y esto todavía no se castiga.

Plinio llamó a don Lotario, que tardó muy poco en ponerse al teléfono y le pidió por favor que viniese por él. Que tenía muchas cosas que contarle y además se encontraba en un gracioso peligro.

Cuando volvió al tresillo, la Reme, ya de pie y mirándose a un espejo de mano, se coloreaba la cara y meneaba el cuerpo al son de una cancioncilla.

– Yo me voy para Sevilla, Manuel, a dormir andaluces. Si quiere usted lo llevo hacia el centro.

– Muchas gracias. Márchate si quieres, si has ajustado las cuentas con el ama, que yo espero a alguien para otra cosa.

– Nada de ajuste. Todas las cuentas están en orden. Aquí no hay fallo, señor que pasa, salario al bolsillo… Me ha sido usted siempre muy simpático, por lo poco que le he visto y lo mucho que he oído decir de usted. Déjeme que me despida con un abrazo -dijo casi abalanzándose a Plinio con los dos brazos abiertos y los ojos hechos soles.

A Plinio mal le dio tiempo a apartar el cigarro para no quemarla, y se sintió de pronto abrazadísimo de aquella estatura, con la cara metida entre sus dos pechos morenos y casi suspirantes. Luego notó que le apretaba mucho mucho en los riñones, hasta pegarlo totalmente a su coraza de carne dura, valiente y caliente, y empezó a sentirse besado y chupado por toda la cara y toda la boca, los ojos, las orejas y los abajos del cuello.

* * *

Cuando sonó el timbrazo enérgico y sostenido de la puerta y abrió los ojos, le costó unos segundos darse cuenta que estaba tumbado sobre el sofá del tresillo, y la Mora , riéndose, pasaba ante él, camino de la puerta de la calle, cuyo timbre volvía a sonar con campanilla histérica.

Reaccionó rápido. Se puso bien derecho. Se miró si habían desabrochado y se palpó el pelo rápido por si tenía bandolina debajo de la gorra… Pero no, estaban bien secos los aladares y no digamos la calva.

– Aquí tiene usted a su amigo don Lotario -dijo la Mora al entrar junto a don Lotario mal disimulando la risa.

– A tus órdenes, Manuel, ¿pasa algo?

– No, que hiciese usted el favor de venir a por mí como le dije. No me encuentro con ganas de ir a pie hasta la plaza. Y al tiempo le cuento completa la historia de los dormidos.

– Que ahora ya la sabe como nadie… porque la Reme se la ha contado toda.

– Es verdad. ¿Se marchó ya a su Sevilla?

– Sí, hace lo menos una hora.

– ¿Una hora?…

– Como lo oye.

– Muy bien, Mora . Pues muchas gracias por todo. Has sido muy amable.

– No faltaba más. El amable ha sido usted.

– Buenos días. ¿Vamos, don Lotario, o prefiere usted un café?

– No, lo tomamos ya en casa de la Rocío.

Cuando pusieron el coche en marcha, don Lotario miró a Plinio como diciéndole: «Venga, empieza a soltar.»

Pero Plinio se hizo el ausente, y ya un ratillo después de arrancar el coche, calle de Mayor abajo, dijo Manuel:

– Luego hablaremos de eso. Ahora lo que me apetece es que hagamos la apuesta prometida de ver quién sabe más palabras de cosas de carros.

– ¡Ay, qué Manuel éste, con las que me sale ahora! Pues venga, empieza tú.

– Ceño, bocín, arquillos… Siga usted, que haga memoria.

– Cubo, escalera, gatos, galga…

– Pues sí que empieza usted bien.

– ¿Por qué?

– Por lo de la galga, y sé lo que me digo. Sigo yo: laíllos, mozos, limones, palometa, la puente… y…

– Pero hombre, Manuel, ¿ya te cortas?: pezón, pezonera.

– Joder, otra vez. ¡Vaya mañana!

– ¿Pero qué te pasa?

– Nada. Sigo: riostra, rodete, seras.

– Ya todo eso está tirao:tendales, varales, villorta. -Claro, y galera, visera y tablillas…

Madrid-Tomelloso-Madrid, 1981.

Francisco García Pavón

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