/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Perdona Pero Quiero Casarme Contigo

Federico Moccia

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa… Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?

Federico Moccia

Perdona Pero Quiero Casarme Contigo

Segunda parte de Perdona si te llamo amor

A mis amigos. Casados o no.

Y a todos los que están pensando en hacerlo.

Ti sposerò perché

mi sai comprendere

e nessuno lo sa jare come te.

Ti sposerò perché

ti piace ridere

e sei mezza matta proprio come me.

Ti sposerò perciò

ci puoi scommettere

quando un Giòrno quando io ti troverò.

Eros Ramazzotti, Ti sposerò perché

Uno

«Te quiero.»

Casi le gustaría pronunciarlo en silencio, susurrarlo. En cambio, Alex se limita a sonreírle y a mirarla. Duerme despreocupada envuelta entre las sábanas. Dulce, suave, sensual, con una ligera mueca de enojo en la boca, con los labios entreabiertos que todavía saben a amor. Su amor. Su gran amor. Se detiene, se yergue. Una duda. ¿Alguna vez te ha gustado otro, Niki? Alex permanece absorto, en silencio, inmóvil, se aparta un poco de ella como si pretendiese enfocarla. Sonríe. No, no es posible. ¿Qué estoy diciendo? A Niki le gusta otro… Eso es imposible. Pero de nuevo lo asalta la duda, una penumbra breve, un espacio de la vida al que él no ha tenido acceso. Y su frágil seguridad se deshace en un abrir y cerrar de ojos, como un helado en manos de alguien resuelto a hacer dieta un día de mediados de agosto, en la playa.

Ha pasado ya un año desde que regresaron de aquel faro, de la Isla Azul, de la espléndida isla de los enamorados.

Regresa en un instante a ese lugar.

Finales de septiembre.

– Alex, mira… Mira… ¡No tengo miedo!

Niki está en lo alto de un peñasco, completamente desnuda, recortada por el sol que se encuentra a sus espaldas. Sonríe a contraluz y grita:

– ¡Me tirooo! -y salta al vacío.

Su melena oscura con algunas mechas aclaradas por el sol y el mar, por todos esos días que han pasado en la isla, la sigue ligeramente rezagada. ¡Plof! Está en el agua. Mil burbujas en torno a ella, que desaparece en el azul del mar.

Alex sonríe y sacude la cabeza, divertido.

– No me lo creo, no me lo creo…

Se levanta de un peñasco más bajo donde estaba leyendo el periódico y se tira también. En un abrir y cerrar de ojos, emerge junto a las burbujitas y la ve reaparecer risueña.

– Entonces, ¿qué?, ¿te ha gustado? Tú no te atreves…

– Pero ¿qué dices?

– En ese caso, vamos, prueba… No tengo todo el día…

Se ríen divertidos y se abrazan, desnudos, agitando los pies bajo el agua a toda velocidad para mantenerse a flote. Se dan un beso salado, prolongado, suave, con el sabor dulce del amor. Sus cuerpos calientes se aproximan y se unen en el agua fresca. Están solos. Solos en medio del mar. Y un beso, y otro, y otro más. De repente se levanta una ráfaga de viento. El periódico sale volando, abandona el peñasco, se levanta, revolotea a lo lejos, arriba, más arriba, como una cometa sin hilo que, furiosa y rebelde, se abre de repente desplegando sus alas y parece multiplicarse en otros diarios idénticos que, plof, se abren también con el viento y a continuación caen en picado sobre Alex y Niki.

– ¡Nooo! Mi periódico…

– ¡Qué más da, Alex! ¿Hay algo indispensable que debas saber?

Se separan y nadan veloces para recoger las páginas mojadas: anuncios, malas noticias, datos económicos, crónicas, política y espectáculos.

– Aquí está, ¿ves?…, es mi periódico…

Pero el interés dura un instante, Alex esboza una sonrisa. Es cierto, ¿qué debería saber? ¿Qué necesito? Nada. Lo tengo todo. La tengo a ella.

Alex mira a Niki, que suspira y se da media vuelta en la cama como si hubiese sentido todos sus recuerdos. Acto seguido vuelve a exhalar un suspiro, esta vez más prolongado, y sigue durmiendo como si nada. Entonces Alex regresa a la isla como por encanto, se ve delante del fuego que encendieron en la playa esa misma noche, comiendo el pescado fresco del día que asaron sobre la leña que habían recogido en un matorral cercano. Después permanecieron durante horas frente a las llamas que se fueron apagando poco a poco, escuchando la respiración del mar, y se bañaron a la luz de la luna en los charcos que había dejado tras de sí la marea alta. El sol había calentado durante todo el día el agua de mar que había quedado aprisionada.

– Ven, vamos, entremos en la cueva secreta; mejor dicho, en la cueva de los reflejos o en la cueva del arco iris… -Han atribuido un nombre a todos los rincones de la playa, desde los charcos naturales a los árboles, a las rocas y a los escollos-. ¡Sí, eso es, el peñasco elefante! -Sólo porque tiene una extraña curva que recuerda a una cómica oreja-. Ése, en cambio, es el escollo luna, y ése el gato… ¿Reconoces ése?

– No, ¿qué es?

– Es el peñasco del sexo… -Niki se acerca y muerde a Alex.

– Ay, Niki…

– Qué aburrido eres… ¡Creía que en esta isla viviríamos como los protagonistas de El lago azul!

– La verdad es que yo pensaba más bien en Robinson y en su Viernes…

– ¿Ah, sí?… ¡En ese caso imitaré a un salvaje de verdad! -y vuelve a morder a Alex.

– Ah, pero, Niki…

Perder el sentido de los días, de las noches, del fluir del tiempo, la ausencia de citas, comer y beber tan sólo cuando se siente la verdadera necesidad de hacerlo, vivir sin problemas, discusiones o celos.

– Esto es el paraíso…

– Puede que sí; en cualquier caso, tenemos que acercarnos mucho…

– ¡Eh…! -Niki esboza una sonrisa-. ¿Qué haces?

– Tengo ganas de…

– Entonces iremos al infierno…

– Al paraíso, perdona, porque si te llamo amor tengo salvoconducto…

Niki hace burbujas con los labios, como si fuese una niña pequeña y borbotease porque no sabe realmente qué decir, como si tuviera la necesidad de que le presten atención. Y de que la quieran. Alex la mira risueño.

Hace más de un año que regresaron a Roma, y desde entonces todos los días han sido diferentes. Da la impresión de que ambos se han tomado al pie de la letra esa canción de los Subsonica: «Debemos evitar a toda costa que la costumbre se instale entre nosotros, entre las frases de dolor y alegría, en el deseo, debemos rechazarla en todo momento…»

Niki se matriculó en filología, empezó a estudiar en seguida, y ha hecho ya varios exámenes. Alex, por su parte, volvió al trabajo, pero el tiempo que pasaron en la Isla Azul los marcó, los hizo mágicos, les dio una gran seguridad… Sólo que a Alex, algunos días después de regresar, le pareció extraño volver sin más a la consabida y vieja realidad. Y tomó una decisión. Quiso dejarlo todo a sus espaldas para que ninguna de las páginas de su nueva vida pudiese tener el regusto del pasado.

Así pues, ese día se produjo la magnífica sorpresa.

– Alex, parecemos dos chalados…

– De eso nada… No pienses y ya está.

– Pero ¿cómo no voy a pensar?

– No pienses y punto. Hemos llegado.

Alex se apea del coche y se apresura a rodearlo.

– Espera, te ayudo.

– Claro que me ayudas… ¡Si te parece, bajo sola del coche con los ojos vendados! Quizá salga por el lado equivocado, después cruce la calle y…

– ¡Amor! No lo digas ni en broma… Pero bueno, si eso llegase a suceder, nunca te olvidaría.

– ¡Imbécil!

Niki, con los ojos todavía vendados, prueba a asestarle un golpe en el hombro, pero como no ve, da en el aire. Después vuelve a intentarlo y esta vez le hace blanco en el cuello.

– ¡Ay!

– Te lo mereces…

– ¿A qué te refieres?

– Sí…, por decir esas maldades.

Alex se masajea la nuca ante la mirada asombrada del portero.

– Pero, cariño, has sido tú quien ha dicho…

– ¡Sí, pero después tú has soltado esa tontería!

– ¿Cuál?

– Sabes de sobra a qué me refiero…, que nunca me olvidarás en caso de que acabe bajo las ruedas de un coche…

Alex le coge la mano y la lleva hasta el portón.

– ¿Has entendido lo que he dicho, Alex?

Niki le da un pellizco.

– ¡Ay! Claro que sí, amor…

– No debes olvidarme jamás, salvo que…

– Está bien, pero de esa forma el recuerdo se intensifica. Por ejemplo, si ahora acabas bajo las ruedas de una moto vendada de esa forma…

– ¡Imbécil! -Niki intenta golpearlo de nuevo, pero en esta ocasión Alex se agacha a toda prisa y se pone en seguida detrás de ella para esquivarla.

– Estaba bromeando, cariño…

Niki trata de pellizcarlo otra vez.

– ¡Yo también!

Alex intenta eludir su mano, que, sin embargo, consigue alcanzarlo también en esta ocasión.

– ¡Ay!

– ¿Lo entiendes o no? -Niki se echa a reír y sigue tratando de pellizcarlo mientras Alex la empuja hacia adelante apoyando las manos en sus hombros y echándose él hacia atrás.

– Buenos días, señor Belli -el portero lo saluda divertido.

Alex se lleva el dedo índice a los labios para indicarle que guarde silencio.

– ¡Chsss!

Niki se vuelve desconfiada con la venda todavía en los ojos.

– ¿Quién era?

– Un señor.

– Sí, lo sé, lo he oído…, ¡y te conoce! Pero ¿dónde estamos?

– ¡Es una sorpresa! Llevas los ojos vendados… ¿Quieres que te diga dónde estamos? Perdona, ¿eh?… Deténte aquí un momento.

Alex se adelanta y abre el portal.

– Quieta, ¿eh?…

– Ya ves que no me muevo.

Niki resopla y cruza los brazos sobre el pecho. Alex entra, llama el ascensor y a continuación vuelve a por ella.

– Venga, adelante, adelante…, así, cuidado con el escalón, todo recto… ¡Cuidado!

Niki se asusta y da un brinco hacia atrás.

– ¿Qué es?

– Oh, no, nada… ¡Me he equivocado!

– ¡Imbécil! ¡Me has dado un susto de muerte, idiota!

– Amor mío… Estás diciendo demasiadas palabrotas… ¡Me tratas fatal!

– ¡Y tú estás haciendo el idiota!

Alex se ríe y hace ademán de pulsar el botón del ascensor, pero antes de que las puertas se cierren entra un señor con una cara alegre y rechoncha. Debe de rondar los sesenta años. Se queda perplejo por unos instantes, mira a Alex divertido, a continuación a Niki con los ojos vendados, y luego de nuevo a Alex. Entonces arquea las cejas y pone la expresión propia de un hombre que ha vivido mucho, muchísimo.

– Subid, ¡subid solos!

Y acto seguido sale con una sonrisa maliciosa en los labios. Alex asiente y pulsa el botón. Las puertas se cierran, Niki siente curiosidad y está ligeramente inquieta.

– Pero ¿se puede saber qué está pasando?

– Nada, cariño, nada, todo va bien.

El ascensor llega al piso.

– Ya está, sígueme. -Alex le coge la mano y la guía por el rellano, abre la puerta a toda prisa, hace entrar a Niki y la cierra a sus espaldas-. Ven, Niki… Ven conmigo. Cuidado, eso es, pasa por aquí.

La ayuda a esquivar una mesita baja, un sofá todavía envuelto en plástico, un perchero y un televisor embalado. Acto seguido, abre la puerta de una gran habitación.

– ¿Estás lista? Tachán…

Alex le quita la venda de los ojos.

– No me lo puedo creer… ¡Pero si estoy en mi habitación! -Niki mira a su alrededor.

– ¿Cómo has conseguido entrar en mi casa?… ¿Qué sorpresa es ésta? ¿Las personas de antes eran mis padres? Pero su voz… No me parecieron ellos.

Niki sale de la habitación y se queda estupefacta. El salón, el pasillo, las otras habitaciones, los baños y la cocina han cambiado por completo. Regresa a su dormitorio.

– Pero ¿cómo es posible? -Ve la mesa, los pósteres, las cortinas y los peluches de siempre-. Todas mis cosas… aquí, ¡en otra casa!

– Sí, he cambiado el cuarto por ti, quería que sintieses esta nueva casa como si fuese tuya. -A continuación, la abraza-. Cuando quieras venir aquí, tendrás tu propia habitación…

Alex saca su teléfono móvil y le enseña las fotografías de la habitación de Niki que todavía conserva.

– Pero ¿cómo lo has hecho?

– Una foto cada vez… -Alex sonríe y vuelve a meterse el móvil en el bolsillo-. Lo más difícil fue encontrar los peluches… ¿Te gusta? No puedes decir que no… ¡Todo lo has elegido tú! -Niki se echa a reír y Alex se aproxima a ella y la abraza-. ¿La estrenamos? -Y le da un beso ligero, suave, alegre. A continuación se separa de ella, sonríe y le susurra entre el pelo, junto a la oreja-: Estamos en tu habitación… ¡Pero tus padres no pueden entrar! Es perfecto. Adrenalina…, pero sin riesgo.

Acaban echados sobre la cama nueva. La cama de ella, la de ellos. Y en un instante se dejan llevar por la risa, los suspiros, en ese nuevo nido que no tarda en impregnarse con el aroma del amor.

Más tarde.

– Ah… Debajo de la mesa tienes también tus cajones… -Alex se acerca y abre los tres a la vez-. Éstos, en cambio, son falsos, los he convertido en un pequeño minibar… -Saca una botella de champán-. A saber lo que había en los de tu casa… Probé a abrirlos, pero siempre estaban cerrados con llave…

Niki sonríe.

– Pequeños o grandes… secretos.

Alex la mira, en un principio sonriente, inquieto después. Pero luego se dan un beso, y otro, y otro más. Y beben un poco de champán, y brindan:

– ¡Por la nueva casa!

Y esas burbujas, esas risas y esa mirada repentinamente distinta… Los celos se desvanecen de su mente como por encanto, plof, el sabor del amor que sienten los aleja.

Alex le coge la mano y le muestra el resto de la casa: el salón, la cocina, los cuartos de baño, todas las cosas que todavía deben elegir juntos. Entran en el dormitorio de él.

– Es precioso…

Alex ve su agenda sobre la mesilla de noche. Recuerda lo que ha escrito en ella, las palabras y las tontas e inútiles pruebas que ha hecho en su despacho. Y luego esa frase: «En la vida hay un instante en que se sabe perfectamente que ha llegado el momento de saltar. Ahora o nunca. Ahora, o nada será como antes. Y el momento es éste.» Saltar. Saltar. De improviso, su voz. De nuevo ahora, esa noche.

– Alex…

Se vuelve hacia ella.

– ¿Eh? Sí, cariño, dime…

Niki tiene los ojos ligeramente entornados.

– ¿Qué hora es? ¿Por qué no duermes?

– Estoy pensando…

– De vez en cuando, deberías dejar de trabajar, amor mío… Eres incorregible…

Niki se vuelve poco a poco hacia el otro lado, mostrando parcialmente sus piernas y encendiendo en un instante su deseo. Alex esboza una sonrisa. No. La dejaré descansar.

– Duerme, tesoro. Te quiero…

– Mmm… Yo también.

Una última mirada a la agenda. Ahora o nunca. Y Alex se desliza bajo las sábanas con una sonrisa en los labios, como si todo hubiese ocurrido ya. Y la abraza por detrás. Niki también sonríe. Y él estrecha el abrazo. Sí. Es lo correcto.

Dos

– Amor, tengo que marcharme… Ven, vamos, el desayuno está listo.

Niki vierte un poco de café de la cafetera humeante en las dos tazas grandes e idénticas. Llega Alex. Se sienta todavía medio dormido delante de ella. Niki le sonríe.

– Buenos días, ¿eh?… ¿Has dormido bien?

– Más o menos…

– No sé por qué, pero creo que volverás a meterte en la cama…

– De eso nada, yo también tengo que salir.

Niki acaba de servir el café y vuelve a sentarse.

– Aquí tienes la leche caliente, aquí la fría y aquí las galletas de chocolate que compré el otro día. Están riquísimas, pero he visto que no las has abierto.

Alex apoya la jarra en el borde de la taza y se sirve un poco de leche. Niki se acerca su taza a la boca y a continuación sonríe casi oculta por la misma.

– ¿Te acuerdas de éstas, cariño?

Alex coge la taza y la hace girar entre las manos.

– ¿Éstas? ¡No las he visto en mi vida!

– ¡Pero, cariño, si son las que compramos la primera vez que nos fugamos a París! ¿Te acuerdas? Cuando te las regalé me dijiste: «Un día desayunaremos con estas tazas sentados a la mesa de nuestra propia casa.» ¿Recuerdas?

Alex da un sorbo a su capuchino y niega con la cabeza, risueño.

– No…

– Mientes. Bueno, da igual, no lo he dicho con segundas.

Alex casi se atraganta. Coge una galleta de chocolate, se la lleva a la boca y empieza a masticarla.

– Mmm…, qué buena…

– Ya lo creo… Bueno, yo me marcho, hoy tengo clase y será demasiado… -Niki coge la chaqueta del armario y se la pone-. Ah, a propósito, no creo que esta noche me quede a dormir; iré a casa a estudiar, luego al gimnasio y después cenaré con mis padres. Tengo la impresión de que el hecho de que me quede a dormir de vez en cuando en casa de «Olly» los está exasperando un poco.

– ¿Por qué?

– Porque han entendido de sobra que «Olly» eres tú.

– Ah…, claro…

Alex se queda con una galleta a medio morder en la boca. Niki le sonríe y hace ademán de salir.

– Oye, no bebas demasiado café, que luego no duermes por la noche…, ¿eh? lo mira con intención.

Alex se hace el sueco.

– Sí, tienes razón. Ayer me bebí el último demasiado tarde, cuando estaba en el despacho…

Niki reflexiona por un momento y luego se detiene.

– Oye, Alex… No, nada.

Él se levanta y se encamina hacia ella.

– ¿Qué pasa, Niki? Dime.

– No, no, nada… -Hace ademán de abrir la puerta. Alex se lo impide y se planta delante de ella.

– O me lo dices o te haré llegar tarde a clase. Venga, ¿qué te ronda por la cabeza?

– ¿A mí?

– Pues sí… ¿A quién, si no?

Niki sonríe.

– Siento curiosidad. ¿En qué pensabas esta noche mientras mirabas cómo dormía?

– Ah… -Alex exhala un suspiro y se dirige hacia la mesa-. Y yo que creía… -Se sienta y le sonríe-. Pensaba en la suerte que tengo.

Pensaba: esta chica es realmente guapa. Y además pensaba en el momento que estamos viviendo y que… Mira, casi tengo miedo de decírtelo.

Niki se acerca y lo observa con ojos exultantes, resplandecientes, llenos de entusiasmo.

– No tengas miedo, cariño, te lo ruego, dilo.

Alex la mira a los ojos, inspira profundamente y al final lo suelta.

– Pues bien, que jamás he sido tan feliz en mi vida.

– Amor mío, eso es maravilloso -Niki lo abraza extasiada, y llena de entusiasmo.

Alex la observa con disimulo mientras ella permanece entre sus brazos. Está un poco enfadado consigo mismo. Le gustaría haber dicho algo más. Pero aun así sonríe, no muestra lo que piensa. Niki se separa de él.

– Bueno, me marcho; si no, llegaré realmente tarde. -Le da un beso fugaz en los labios-. ¡Te llamo luego! -y sale dejándolo así, con media galleta en la mano y media sonrisa en la cara.

– Sí… Adiós, cariño…

Recuerda por un instante la canción de Mina: «Ahora o nunca, te lo ruego. Ahora o nunca más, estoy segura de que tú también me amas.» Sonríe y se come el último trozo de galleta. Debe dar ese salto, ahora o nunca. Bueno, tampoco es realmente así. Todavía hay tiempo. Apura el capuchino. Al menos un poco, espero.

Tres

El vestíbulo del edificio es inmenso. Todo está pintado de blanco y la luz es abundante y difusa. Los suelos son de resina y transmiten una sensación casi lunar. Una gran escalinata en espiral abraza una de las paredes en su ascenso. Las gigantografías de las campañas publicitarias de las colecciones de otros años están colgadas por todas partes, dando testimonio de la importancia y la solidez de la casa de modas. Al otro lado de las puertas de cristal, dos jóvenes agraciadas y bien vestidas reciben a los recién llegados. Están sentadas frente a sendos pequeños escritorios y ambas tienen el portátil abierto y el teléfono inalámbrico a su lado. Junto a la recepción, una barra de bar ofrece un poco de todo para entretener a los invitados que deben esperar. Al otro lado hay una larga mesa baja de madreperla con varias revistas de moda y unos cuantos periódicos desperdigados por encima, y delante, un sofá blanco, comodísimo e inmenso. Dos mujeres de unos cuarenta años aguardan sentadas en él. Lucen unos trajes de chaqueta ajustados y unas botas beis con tacón de aguja. Van bien maquilladas y peinadas, y una de ellas lleva un maletín de piel. Hablan de manera sofisticada y parecen ignorar a propósito lo que sucede a su alrededor. En un momento dado, una de ellas mira su reloj y sacude la cabeza. Salta a la vista que alguien les está haciendo esperar demasiado.

Las puertas de cristal se abren de golpe y entra una guapísima chica de color vestida sencillamente con un par de vaqueros, un suéter y unas zapatillas de deporte. La siguen varias mujeres con algunas perchas que acaban de descargar del Suv que está aparcado delante de la entrada. La chica se sienta en el sofá junto a las dos señoras, que de inmediato la observan tratando de mostrar indiferencia. La saludan con frialdad y a continuación retoman su conversación. Ella les devuelve el saludo con una sonrisa y comprueba aburrida su móvil. Mientras tanto, las mujeres que la acompañan siguen descargando los vestidos cubiertos con plásticos. Tal vez se trate de una modelo que deba desfilar para algún cliente.

Olly camina arriba y abajo, nerviosa. Trata de mantener la calma. Ha elegido con esmero todos los detalles de su indumentaria. Viste un par de pantalones blancos preciosos, una camiseta y una cazadora ajustada de color lila con un gran cinturón. Lleva una carpeta con varios dibujos y fotografías impresas en un soporte rígido. Y, claro está, el curriculum que mandó con anterioridad junto a la solicitud para poder realizar las prácticas. El corazón le late a toda velocidad. ¿Cómo irá la entrevista? Quién sabe cuántas preguntas le harán. A pesar de que pagan una miseria por las prácticas, éstas pueden suponer una buena ocasión para ella. Pasar unos meses allí, trabajar en alguna campaña, ganarse la simpatía de alguien, todo eso podría abrirle numerosas puertas. Incluso la posibilidad de conseguir un trabajo de verdad. Ojalá.

La chica de color se levanta del sofá. Una de las dos recepcionistas le ha indicado que se acerque con un ademán. Olly consigue oír lo que dicen: la están esperando en el piso de arriba. Se vuelve y les dice a las mujeres que están con ella que la sigan. Acto seguido, empieza a subir la escalera con unos movimientos elegantes e inequívocos.

Caramba, piensa Olly, es despampanante. Pero ¿y yo? ¿Cuándo me tocará a mí? Mira el reloj. Son ya las seis. Me dijeron que viniera a las cinco y media. Uf. Hasta los zapatos empiezan a dolerme. Los llevo puestos desde esta mañana. No estoy acostumbrada. Los tacones son demasiado altos. Lanza una última ojeada a la modelo, que en esos momentos desaparece en lo alto de la escalinata. Menuda suerte tiene de llevar zapatillas de deporte. Pero ella tiene la vida resuelta. Ya trabaja.

Al cabo de unos instantes, una de las dos recepcionistas se asoma.

– Perdone, señora Crocetti…

Olly se vuelve. -¿Sí?

– Acaban de avisarme de que puede usted subir. Egidio Lamberti la está esperando. Suba y llame a la primera puerta de la derecha. De todas formas, el nombre está escrito en la placa… -y le sonríe de manera afable, aunque circunspecta.

Olly le da las gracias y empieza a subir. Egidio. Menudo nombrecito. ¿Quién será? ¿Un tipo del año mil antes de Cristo? Más que un nombre, es una antigualla. Mientras sube tropieza con la carpeta, que ha golpeado un escalón. Olly se vuelve para ver si en el vestíbulo alguien se ha dado cuenta. Como no podía ser menos, las dos señoras que están sentadas en el sofá, sí. La escrutan. Olly se vuelve de nuevo hacia adelante. Se sobrepone. No, no quiero saber qué cara han puesto o si se están riendo de mí. No quiero que esas dos tristonas almidonadas me traigan mala suerte. Así pues, prosigue su ascenso con la cabeza bien alta. Llega al piso de arriba. Mira a su derecha. Ve la puerta y la placa: «Egidio Lamberti.» Llama con delicadeza. Nadie responde. Llama de nuevo, esta vez con un poco más de energía. Sigue sin haber respuesta. Prueba por tercera vez, pero en esta ocasión lo hace con demasiada fuerza. Se mete la mano en la boca como diciendo: «¡Huy, qué exagerada!» Por fin oye una voz en el interior.

– Menos mal… Entre, entre…

Olly arquea las cejas. ¿Por qué «menos mal»? No es culpa mía que me haya hecho esperar más de media hora. Yo he llegado puntual. Más aún, con antelación. Por si fuera poco, menuda voz, nasal. Qué sensación tan espantosa.

Baja el picaporte poco a poco.

– ¿Se puede?

Mantiene la puerta entreabierta durante unos segundos y asoma sólo la cabeza para echar un vistazo. Espera una señal, algo, en plan «por favor». Pero nada. Entonces hace acopio de valor, abre la puerta de par en par, entra y la cierra a sus espaldas.

Detrás de una mesa de cristal muy grande hay un hombre de unos cuarenta años, con entradas en la frente y unas gafas de montura muy llamativa. Va vestido con un suéter fino de color rosa, una camisa roja debajo y un sombrero tipo borsalino de cuadros en la cabeza. Está sentado y concentrado en la pantalla de un Mac. Debe de tener unos cuarenta años. El nombre le sienta aún peor, piensa Olly.

El tipo no alza la mirada, sino que se limita a hacer un gesto para indicarle que se acerque.

Olly da algunos pasos, vacilante.

– Buenos días, me llamo Olimpia…

Ni siquiera le da tiempo a decir su apellido.

– Sí, sí, Crocetti…, lo sé -le dice él, siempre sin mirarla-. Fui yo quien concertó la cita, así que supongo que, cuando menos, debo de saber cómo se llama, ¿no? Siéntese. Olimpia, vaya nombre…

El corazón de Olly late cada vez con más fuerza. ¿Qué pretende? ¿No le gusta el nombre de Olimpia? Pues anda que el suyo… De nuevo, esa terrible sensación. No, no, no. Así no. Reponte. Ánimo. Respira, venga, que no es nada. Lo que pasa es que está enfadado, quizá haya dormido poco, haya comido mal, no haya hecho el amor esta noche o a saber desde cuándo…, pero no por eso deja de ser un hombre… Ahora me lo trabajaré un poco. Olly cambia de expresión y adorna su cara con la mejor de sus sonrisas. Seductora. Abierta. Serena. Intrigante. La sonrisa de Olly al ataque.

– Bien. He venido para solicitar un período de prácticas… Sería un honor para mí…

– Claro que sería un honor para usted…, somos una de las casas de moda más importantes del mundo… -y sigue tecleando en el ordenador sin mirarla.

Olly traga saliva. Extrasuperterrible sensación. No. En su caso no se trata de un mal día. La acidez es suya. Sí. Tiene uno de esos caracteres difíciles y estresados, una persona que trabaja demasiado, que se pasa la vida en el despacho y que jamás se relaja. Pero lo conseguiré. Tengo que hacerlo.

– Cierto. Precisamente por eso los he elegido a ustedes…

– No, usted no nos ha elegido a nosotros. A nosotros no se nos elige. Somos nosotros los que elegimos -y esta vez alza los ojos de la pantalla del ordenador y la escruta. Así, directo, sin preámbulos.

Olly nota que sus mejillas enrojecen. Y también la punta de las orejas. Menos mal que no se ha recogido el pelo, porque de ser así se notaría. Inspira profundamente. Lo odio. Lo odio. Lo odio. Pero ¿quién es este tío? ¿Quién se ha creído que es?

– Justo. Es obvio. Sólo decía que…

– Usted no tiene nada que decir. Debe enseñarme sus trabajos y punto. Ellos hablarán por usted… Vamos… -dice, y hace un ademán apremiante con la mano-. Ha venido para eso, ¿no? Veamos qué es lo que sabe hacer… y, sobre todo, cuánto tiempo perderemos con usted.

Olly empieza a inquietarse de verdad. Pero resiste. A veces es necesario saber encajar las cosas para obtener lo que se desea. Es inútil enfrentarse con él ahora, pese a que es un verdadero capullo… Inspira de nuevo. Coge la carpeta y la abre sobre la mesa. Saca sus trabajos. Varios diseños realizados con diferentes técnicas, algunos también de vestidos. Y luego las fotografías. De Niki. Diletta. Erica. De desconocidos en la calle. Retratos. Escorzos. Paisajes. Los pasa uno a uno para enseñárselos a Egidio. Él los va cogiendo, los hace girar varias veces y desecha algunos con aire desdeñoso. Masculla algo entre dientes. Olly no consigue entenderlo, se esfuerza y se inclina un poco sobre la mesa.

– Mmm… Banal… Previsible… Horrendo… Semipasable… -Egidio dispara una retahíla de adjetivos en voz baja mientras va examinando los trabajos.

Olly se siente desfallecer. Sus trabajos. El fruto de tanto esfuerzo y fantasía, de noches en blanco, de intuiciones captadas al vuelo con la esperanza de tener al alcance de la mano papel y lápiz o la cámara fotográfica, tratado así, con arrogancia, peor aún, con desprecio, por un tipo que se llama Egidio y que se viste de rojo y rosa. Como un geranio. Llegan al último. Una reelaboración con Photoshop de una de las últimas campañas publicitarias de una casa de modas. De la casa de modas donde se encuentra ahora mismo, para ser más exactos. Egidio la mira. La observa. La escruta. Y masculla de nuevo entre dientes.

Eso sí que no. Esta vez no. Olly prueba a intervenir:

– Ésta la hice para sentirme ya un poco parte de ustedes…

Egidio la mira por encima de la montura de sus gafas. La escruta intensamente. Olly se siente cohibida y desvía la mirada hacia la pared que tiene a su derecha. Y lo ve. Allí, a la vista de todos, encima de un valioso mueble de madera de estilo moderno. Un gran y precioso trofeo con una placa debajo: «A Egidio Lamberti, el Eddy de la moda y del buen gusto. British Fashion Awards.» Sigue mirando. En la pared hay colgados otros reconocimientos. Mittelmoda. Premio al mejor estilista joven de 1995. Y varios diplomas y placas más. Y todos llevan su nombre. No Egidio, sino Eddy. Esto mejora; al menos, el nombre.

Olly se vuelve de nuevo y lo mira. Egidio-Eddy sigue escrutándola con la reelaboración de Photoshop todavía en la mano.

– A ver si lo entiendo… ¿Me está diciendo que para sentirse más próxima a nosotros nos ha robado un anuncio? ¿Es ése su concepto de creatividad?

Olly está desconcertada. No logra reaccionar. Siente que se le saltan las lágrimas, pero recupera el dominio de sí misma una vez más. Contiene el llanto y la recuerda. La frase que siempre escribía en el diario del colegio. Todos los años, copiándola una y otra vez bajo el horario de tutoría de los profesores. «Los buenos artistas copian, los grandes artistas roban.» Y, sin darse cuenta, la dice en voz alta.

Egidio-Eddy la mira. Acto seguido mira los diseños. Luego de nuevo a Olly.

– Por el momento, usted no pasa de ser una copia.

Olly, a punto de reventar de rabia, piensa por un momento en coger todos sus trabajos y en volver a meterlos en la carpeta. Pero después, sin saber a ciencia cierta por qué, inspira profundamente por enésima vez y se contiene. Mira a Egidio-Eddy a los ojos. No se había percatado de hasta qué punto son azules. Y espera la frase conteniendo el aliento. En estado de apnea.

– Entonces, ¿he sido seleccionada para las prácticas o no?

Él se queda pensativo. Vuelve a mirar la pantalla del ordenador portátil. Teclea algo.

– De todas las personas que he visto hasta ahora usted es, de todas formas, la menos desastrosa. Pero sólo porque parece lista… -Acto seguido, alza los ojos y la mira-. Y, según parece, tiene carácter. Sus trabajos, en cambio, son lamentables. Puedo asignarla al departamento de Marketing, dado que le gustan tanto nuestras campañas publicitarias… Claro está, al principio tendrá que limitarse a las consabidas fotocopias y al café, y a ordenar algunos de los archivos de direcciones que usamos para mandar invitaciones y publicidad. Pero no debe sentirse denigrada por eso. Nadie entiende nunca, en especial ustedes, los jóvenes de hoy, cuánto se puede aprender escuchando y moviéndose aparentemente al margen del centro de la escena. Donde las cosas suceden. Veamos si es lo bastante humilde para resistir…, después hablaremos… Ahora coja esos dibujos dignos de un alumno de preescolar y váyase. Nos vemos mañana por la mañana a las ocho y media. -La mira por última vez a los ojos-. Sea puntual.

Puntual como tú, piensa Olly mientras recoge sus dibujos y sus fotografías y los mete de nuevo en la carpeta. Egidio-Eddy vuelve a concentrarse en el ordenador.

Olly se levanta.

– Entonces, hasta mañana. Buenas tardes.

Él no le contesta. Olly cierra la puerta a sus espaldas. Nada más salir, se apoya en ella. Alza la mirada al techo. Después cierra los ojos y resopla.

– Es duro, ¿eh? -Olly abre los ojos de golpe. Un chico casi tan alto como ella, moreno, con unos ojos verdes intensísimos, un par de gafas de montura al aire y una expresión divertida la está observando-. Lo sé, Eddy parece despiadado. A decir verdad, lo es, pero si lo convences todo irá sobre ruedas.

– ¿Seguro? No lo sé… ¡Además, es la primera vez que un hombre no me mira ni por un instante! Quiero decir que, mientras estaba ahí dentro, se me ha ocurrido de todo: ¿tengo veinte años y estoy envejeciendo ya? ¿Soy cada vez más fea? En fin…, ¡que ese tipo te deprime al instante! ¡Me ha destrozado!

– No, eso no tiene nada que ver…, él es así. Excéntrico. Perfeccionista. Despiadado. Pero también es fantástico, genial y, sobre todo, capaz de descubrir nuevos talentos como nadie de los que trabajan aquí. Pero bueno, dime, ¿te ha echado o no?

– Me ha dicho que mañana me pondrá a hacer fotocopias. Un bonito comienzo…

– ¿Bromeas? ¡Es un comienzo estupendo! No tienes ni idea de a cuánta gente le gustaría estar en tu lugar.

– Caramba…, pues estamos buenos en Italia si la gente sólo aspira a hacer fotocopias. Sin embargo, dado que, por lo visto, es la única manera de aprender algo sobre moda y diseño aquí, acepto…

El chico sonríe.

– ¡Muy bien, eso es! Sabia y paciente. Por cierto, me llamo… -y mientras tiende la mano para presentarse, los folios que lleva bajo el brazo caen al suelo y se desperdigan por todas partes. Algunos bajan volando por la gran escalinata.

Olly se echa a reír. El chico se ruboriza avergonzado.

– Me llamo Torpe, así me… -dice, y se agacha para recogerlos.

Ella se arrodilla para ayudarlo.

– Sí, Torpe es el apellido…, ¿y el nombre? -le sonríe.

El chico se siente aliviado.

– Simone, me llamo Simone… Trabajo aquí desde hace dos años, en el departamento de Marketing.

– No, no me lo puedo creer.

– Créetelo…, trabajo allí.

– Yo también. A partir de mañana, si tienes que hacer fotocopias, dámelas a mí. Eddy ha decidido que empezaré por ahí, dado que mis dibujos dan pena.

– ¡Caramba! ¡En ese caso te pasaré un montón de folios!

– ¡Eh! Me parece que ya has empezado… -y mientras habla sigue recogiendo.

Simone la mira abochornado.

– Es verdad, perdóname…, tienes razón. Yo lo haré, has sido muy amable. Si tienes que marcharte, vete…

Olly recoge unos cuantos folios más, baja algunos peldaños de la escalinata y busca los que han ido a parar ahí. Sube de nuevo y se los da a Simone. Después mira el reloj. ¡Ostras! Las siete.

– Bueno, me voy.

Simone agrupa todas las hojas y se levanta.

– Claro, imagino que tendrás muchas cosas que hacer. ¡Mira que a partir de mañana tendrás poco tiempo libre! ¡Aprovecha esta noche!

Olly se despide y baja la escalinata. Esa frase le huele a sentencia. En cualquier caso, es cómico. Un poco torpe pero cómico. Simone la contempla mientras ella se aleja. Ágil, esbelta, erguida. Guapa. Sí, es muy guapa. Y la idea de poder verla al día siguiente haciendo fotocopias lo anima. Olly espera a que la puerta de cristal se abra. Saluda a las dos recepcionistas. Acto seguido, abandona el edificio. Da algunos pasos, cruza el gran portón eléctrico y cuando está a punto de llegar junto a su moto lo ve. Está en el coche. En su nuevo Fiat 500 blanco con bandas negras a los lados. Le hace luces. Olly levanta la mano y lo saluda risueña. Se acerca a él corriendo y abre al vuelo la puerta.

– ¡Caramba, Giampi! ¿Qué haces aquí? -Le planta un beso en la boca-. ¡Me alegro mucho de verte! ¡No me lo esperaba!

– Cariño, sabía que era un día importante para ti y he pensado en pasar a recogerte. Deja la moto aquí, después te traigo yo -dice Giampi mientras mete la primera.

– ¡Está bien, genial! Es una de esas veces en que realmente me alegro de que existas…

Giampi la mira, falsamente disgustado.

– ¿Por qué? ¿Las otras no?

– También…, ¡pero hoy necesito un poco de amor!

Giampi vuelve a sonreír. Si bien esa palabra lo agobia un poco, disimula.

– Cuéntame…, ¿cómo te ha ido?

– Diría que ha sido poco menos que desastroso… Pero lo conseguiré… -y Olly decide contárselo todo mientras se dirigen hacia el centro dejando a sus espaldas el gran edificio.

Cuatro

Niki llega corriendo a la universidad. Aparca la moto fuera, bloquea la rueda y cruza la verja que lleva al jardín rodeada de un numeroso grupo de gente. Avanza a toda prisa entre los setos verdes, muy cuidados, entre los surtidores de las fuentes que hay a los bordes del camino hasta llegar a la escalinata de su facultad. En los escalones hay sentados varios chicos. Reconoce a los de su curso en el murete: Marco y Sara, Luca y Barbara, y a su nueva amiga Giulia.

– Eh, ¿qué hacéis aquí fuera? ¿Por qué no estáis en clase?

Luca hojea veloz las páginas de Repubblica, que por lo visto ha leído ya.

– Es por la ocupación de la Ola, el movimiento estudiantil…

Por un instante, a Niki le entran ganas de echarse a reír. Piensa en Diletta, en Erica y, sobre todo, en Olly. Una Ola «ocupada» por… ¡vete a saber quién! ¡Ojalá eso nunca ocurra! Pero luego vuelve a ponerse seria. Sabe de sobra que no se trata de una de ellas.

– ¡Hoy también! Menudo coñazo. Tenía una clase genial de literatura comparada. Por una vez que hay algo interesante…

Luego, de repente, esa voz a sus espaldas. Nueva, desconocida, que oculta una sonrisa…

– «Tú, forma silenciosa, atormentas y despedazas nuestra razón como la eternidad.»

Le gustan esas palabras. Se vuelve risueña y ve a un chico desconocido. Alto, delgado, con el pelo largo y un poco rizado. Tiene una bonita sonrisa. Gira alrededor de ella casi olfateándola, perdiéndose en su pelo, y sin embargo, sin acercarse demasiado, sin tocarla, rozándola con la respiración. Y con otras palabras.

– «Nada es estable en el mundo. El tumulto es vuestra única música.»

Niki arquea las cejas.

– No es tuya.

Él sonríe.

– Es cierto. De hecho, es de Keats, pero te la regalo si quieres.

Luca abraza a Barbara.

– No le hagas caso, Niki, es Guido… Nos conocemos desde que éramos pequeños. Ha vivido fuera porque su padre es diplomático. Volvió el año pasado.

Guido lo interrumpe.

– Kenia, Japón, Brasil…, Argentina. He estado en el punto en el que confluyen ambos países, en las cataratas de Iguazú. Donde se forman unos arco iris mágicos. Donde van a beber los capibaras cansados y los jóvenes jaguares, donde los animales de la selva viven tranquilos.

Luca sonríe.

– Y donde las mujeres de las tribus van a bañarse al atardecer. Todavía conservo las fotos que me mandaste.

– Tienes el alma sucia, era un reportaje fotográfico de inocentes crepúsculos, sobre la mágica armonía que une a los hombres con los animales.

– Bah, puede ser… Yo sólo recuerdo a unas mujeres guapísimas… y, sobre todo, completamente desnudas.

– Porque sólo reparaste en esas…

Barbara da un empujón a Luca.

– Perdona, ¿eh?…, pero ¿dónde están esas fotos? Yo jamás las he visto.

Él la abraza sonriente.

– Las tiré hace dos años… Poco antes de conocerte… -dice, e intenta besarla, pero Barbara se escabulle por debajo.

– Sí, sí, en cuanto vaya a tu casa las buscaré por los cajones…

Luca abre los brazos y, a continuación, se lleva una mano al pecho y levanta la otra hacia el cielo.

– Te lo juro, tesoro… ¡Las tiré! Y, en cualquier caso, era él quien me llevaba por el camino de la perdición…

Barbara lo empuja de nuevo.

– ¿Lo has entendido, Niki? Cuidado con Guido: le gustan la poesía y el surf… pero, sobre todo, las chicas guapas.

Guido abre los brazos.

– No entiendo por qué me describís así… Me matriculé en filología con la única intención de estudiar. Sí…, es verdad, me gusta el surf. Me encantan las olas porque, como decía Eugene O'Neill, sólo somos verdaderamente libres en el mar. Y en lo referente a las chicas guapas…, bueno, es cierto… -se acerca a Niki y le sonríe-, uno las mira… -vuelve a rodearla examinándola de arriba abajo-, observa cómo van vestidas, se divierte apreciando lo que han elegido… Imagina… ¿Para qué sirve una mujer guapa sin más? Para alardear frente a los demás. ¿Y quiénes son los demás? La apariencia por sí sola no basta para vivir. ¿Y la belleza de su espíritu, en cambio? Ésa se reserva a los verdaderos amigos; pues bien, de ésa me gustaría vivir…

Guido tiende la mano en dirección a Niki.

– ¿Quieres que seamos amigos?

Niki lo mira, después observa su mano, luego de nuevo sus ojos. Son bonitos, piensa. Aun así, opta por salirse por la tangente.

– Lo siento…, pero este año he conocido ya a demasiada gente.

– Se encoge de hombros y se aleja.

Giulia baja del murete. -Espera, Niki, te acompaño… Guido se vuelve sorprendido hacia Luca y Marco, que se están riendo de él.

– ¡Te ha ido de pena!

– Gracias a vuestra publicidad…

– Es amiga nuestra…

– Me gustaría que fuese también mi…

– Sí, claro, tu… ¡presa!

Guido sacude la cabeza.

– No tengo remedio… Me juzgáis muy mal… En cualquier caso, la tal Niki ha sido clara como el agua.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno…, casi resulta banal decirlo, pero quien desprecia compra.

– Eh, ¡eso sí que no es de Keats! -Barbara baja sorprendida del murete.

– No…, pero ella me ha retado y, como dice Tucídides: «Sin lugar a dudas, los verdaderos valientes son los que tienen una visión más clara de lo que les espera, ya sea la gloria o el peligro, y a pesar de ello lo afrontan».

Marco se echa a reír.

– ¡Sí, sí, eres un temerario!

Luca asiente con la cabeza.

– A saber si habrías estado dispuesto a enfrentarte a todos esos peligros si Niki hubiese sido un adefesio…

Cinco

Erica alza los ojos del libro que está estudiando para el examen de etnología y antropología cultural. Trata de repetir mentalmente un párrafo que le parece relevante. Se rinde a la mitad y mira la página. Levanta de nuevo los ojos y vuelve a intentarlo. Nada. No le entra. Cuando pasa eso no sirve de nada insistir. De manera que se dirige hacia la cocina, llena de agua el hervidor y espera a que se caliente. Coge la tetera, el azúcar moreno y una cuchara y los coloca sobre la mesa. A continuación busca en la despensa la caja de hojalata donde guarda las bolsitas de las tisanas. La encuentra. La abre. Empieza a elegir. No tiene tantas. Ésta, no. Ésta la bebí ayer. Ésta es insípida. Ya está. Ésta está bien. Grosella, vainilla y ginseng. La saca del papel y espera. Apenas el agua rompe a hervir, apaga el fuego, la vierte en la tetera, mete la bolsita y cubre la taza con la tapa. Pasados los dos o tres minutos de rigor, la levanta, añade el azúcar y se sienta. Sopla un poco para enfriarla y bebe un sorbo. Está rica. Sabe mucho a grosella. Da otro sorbo saboreando la mezcla de aromas. Después mira la taza. Es blanca y tiene un dibujo de flores naranjas en lo alto. Marca Thun. Recuerda perfectamente la noche en que Giò se la regaló. Era antes de Navidad, hace tres años. Él sabía que Erica adoraba las tisanas y todos los utensilios para prepararlas. De manera que apareció con una caja grande de cartón que contenía la tetera, el filtro y la tapa, junto con una mezcla de té blanco, malva y carcadé. A pesar de estar cerrada, se percibía el perfume. A Erica le encantó el regalo. Sencillo pero meditado, elegido con todo cuidado, adrede. Como deben ser las sorpresas hechas con el corazón. Desde entonces la ha usado siempre. Y es un milagro que aún no la haya roto, como, en cambio, suele sucederle con las tazas. Giò. Su Giò. Qué raro. A pesar de haberlo dejado no consigo separarme de él. Las Olas me toman el pelo por eso. Dicen que no lo suelto porque no sé cortar el cordón umbilical. Que lo arrastro como si fuese un felpudo. Pero no es verdad. Quiero mucho a Giò. Es una persona estupenda. Digo yo que tengo derecho a conservarlo como amigo, ¿no? Además, si a él le parece bien… Podría decirme basta, pero no lo hace. Y, en el fondo, ¿qué tiene de extraño? Hablamos, nos tomamos alguna cerveza por la tarde, nos mandamos mensajes, e-mails, chateamos en Facebook, salimos a pasear, vamos al cine, a conciertos. Y punto. No nos acostamos juntos, por descontado. Sólo somos amigos. Mejor dicho, más que amigos, porque ya hemos experimentado lo que significa estar juntos, con todas las complicaciones que eso supone, y ahora nos limitamos a lo mejor. ¿Qué tiene de extraño? ¿Sólo porque no todos son lo suficientemente maduros como para saber transformar una relación de amor en una amistad? Me alegro de no haber perdido a Giò. Erica da otro sorbo a la tisana. Además, ¿qué tiene que ver?, sé que quizá le sienta mal cuando salgo con éste o con aquél, pero yo no quiero tener novio. Y tampoco se lo cuento todo. Ni siquiera a las Olas. ¿Te imaginas, por ejemplo, que Diletta llegase a saber con cuántos chicos he salido desde que ya no estoy con Giò? Me diría que soy una superficial. Que me estoy jugando la reputación. La reputación, ésa es otra. Todo depende siempre de cómo se hacen las cosas. No es cierto. A ellas les resulta demasiado fácil hablar. Niki está con Alex. Olly se ha enamorado de Giampi. Diletta tiene a Filippo. Mantienen una relación. Se han detenido. Han decidido que así está bien, que no tienen necesidad de conocer a nadie más. Pero ¿cómo pueden saber que eso es lo que está bien? Yo, en cambio, quiero entender. Experimentar. Quiero conocer gente. Comparar. Sólo así un día podré saber si he encontrado al hombre más adecuado para mí. Lo reconoceré precisamente por eso: gracias a todos aquellos con los que he salido antes. Además, son historias sin importancia. No hago daño a nadie. Me comporto como los hombres, ¿no? A ellos no se los critica si coquetean con muchas chicas. Es la vieja historia de siempre: lo que hacen las mujeres nunca es destacable; los hombres, en cambio, son unos campeones. Por otra parte, ¿no era eso lo que hacía Olly? Y a todos les resultaba simpática por ello. Pues bien, ahora me toca a mí. Es mi vida y la vivo como me parece. Además, las únicas chicas con las que me llevo realmente bien son las Olas. Las demás son simples conocidas. Con los hombres, en cambio, todo es mucho más sencillo. Son directos, sinceros y simpáticos. Con ellos no hay problemas de competición, no tengo que preocuparme de los celos para conquistar a uno. Somos iguales. Ellos y yo. Y muchas veces son incluso mejores que nosotras, las mujeres. De verdad. Por ejemplo, con Francesco ocurre eso mismo. Me gusta, es simpático, amable, estoy bien con él, pero no es mi novio. Creo que él lo ha entendido y que le parece bien. Además, si me comporto de forma sincera y espontánea, no puede ser un error. El corazón siempre lleva razón. Lo dicen las canciones, los libros, las películas. Bien mirado, lo dice hasta mi libro de etnología.

Erica apura su tisana. Acto seguido, coge la taza, la enjuaga, la pone a secar y hace lo mismo con la cucharilla. Deja el hervidor allí, con un poco de agua todavía tibia. Luego coloca el azucarero en su sitio. Hecho. Mientras se dirige a su habitación para repasar, suena el interfono. ¿Y ahora quién será? Erica mira el reloj. Son las cinco. No espero a nadie. Pasa junto a su habitación. Mira dentro. Menos mal. No se ha dado cuenta. Francesco sigue durmiendo en la cama. No ha oído nada. Erica llega a la puerta y coge el auricular del interfono.

– ¿Quién es? -pregunta, tratando de no gritar demasiado.

– Hola, corazón, ¿estás ocupada?

Erica se aparta por un instante. No es posible. ¿Qué hace allí?

– Antonio, ¿eres tú?

– Claro que soy yo, ¿quién si no? Pero ¿por qué hablas tan bajo? No entiendo nada con este tráfico… Oye, ¿te apetece ir al Baretto, en el Trastevere? Esta noche han organizado un dj-set durante el aperitivo.

Erica permanece en silencio unos segundos.

– Mira, no puedo, no me encuentro muy bien, prefiero quedarme en casa -responde finalmente-. Lo dejamos para otro día, ¿te parece?

– Bueno…, de acuerdo. Qué lástima. ¿Me dejas subir de todas formas a saludarte?

Erica resopla levemente.

– No, mira, me he puesto ya el pijama, de verdad. Nos vemos mañana por la mañana en la facultad, ¿vale?

Antonio guarda silencio un momento. A continuación hace una pequeña mueca.

– Está bien, como quieras -y se aleja un poco molesto, ajustándose los pantalones de cintura baja de los que asoma una cinta elástica donde figura escrita la marca Richmond.

Le apetecía mucho tomar el aperitivo con ella. Desde que se conocen sólo han salido algunas veces, pero le gustaría profundizar. Sólo que ella parece siempre tan huidiza…

Erica se aleja del interfono y vuelve a su dormitorio. Francesco sigue durmiendo. Salta sobre la cama.

– Oh, vamos…, ¡te pasas la vida durmiendo! -exclama, y lo sacude un poco.

Él abre un ojo y la mira de medio lado. Después se vuelve sobre un costado.

– Pero bueno, ¿te despiertas o no? ¡¿Cómo puedes dormir con una mujer tan guapa a tu lado?!

Francesco se incorpora ligeramente.

– Bueno…, en fin…, eso de una mujer tan guapa…

Erica le da un golpe en el hombro.

– ¡Ay! Es verdad… -Francesco parece haberse despertado-. Ahora que te miro mejor, sí, perdona, eres preciosa…, mucho más. ¿Te habré conocido en un sueño?

– Sí, vale…, por esta vez pase, pero la próxima te echo de casa desnudo…

Erica baja de la cama y se sienta de nuevo delante del libro.

– ¿Me ayudas a repasar esto para ver si lo sé?

Francesco resopla.

– No, vamos, no me apetece… Dame el iPod, quiero escuchar un poco de música… y volver a soñar contigo…

Erica sonríe. Bueno, al menos sabe hacer cumplidos. Se inclina sobre el escritorio, coge el reproductor de música y se lo lanza a Francesco. A continuación mira el libro. Bueno, repasaré sola. Quiero quedar bien con el profesor Giannotti en el examen de la semana próxima. Tengo que dejarlo boquiabierto. Y no porque ese examen me importe demasiado…, ¡sino porque el profe está como un tren! Me gusta muchísimo. Y hacer un buen examen es, a buen seguro, el mejor modo de impresionarlo.

Seis

Cristina está ordenando algunos cajones del mueble de su dormitorio. Encuentra algunas camisetas de Flavio dobladas. Las coge. Las mira. Siente ternura y rabia hacia su marido. Las aprieta, las olfatea. Recuerda cuando las compró, cuando se las vio puestas. Todos los momentos. ¿Cuántos años llevan casados? Ocho. Han superado la denominada crisis de los siete años. Pero eso son sólo habladurías. Leyendas urbanas. Asignar un número al amor, una edad a la crisis. ¿Para qué sirve? Estúpido cinismo humano. Y, de repente, se acuerda del día en que compró esa camiseta en particular, cuando él se la puso por primera vez. Después, al meterla de nuevo en el cajón nota, escondida un poco más abajo, una nota. Se extraña. El papel es de color marfil, tipo pergamino. En un principio no le recuerda nada. Después la abre. El corazón le da un vuelco. Reconocerla caligrafía. Precisa. Seca. Ligeramente inclinada hacia adelante. Lee la fecha escrita a la derecha. Año 2000. El primero del nuevo milenio. 14 de febrero. San Valentín. Y empieza a leerla.

Amor. La palabra de San Valentín. La palabra de este día que acaba de empezar. Amor. Tu segundo nombre. Estoy sentado a la mesa de la cocina. A buen seguro, tú estarás durmiendo. Es de noche. Mañana te dejaré esta carta bajo la puerta. Te imagino mientras sales de casa todavía medio dormida y la ves. Tus preciosos ojos se iluminan. Te agachas, la coges y la abres. Y empiezas a leerla. Y, espero, a sonreír. Una carta, una pequeña carta que trata de contener una gran historia, la nuestra. Mi agradecimiento por el modo en que haces que me sienta. No creo que dos folios sean suficientes, pero aun así lo intentaré. Porque no puedo evitarlo.

Dicen que no se puede hablar de amor, sino sólo vivirlo. Es cierto. Yo también lo creo así. Si conozco el amor es únicamente porque tú me lo has hecho vivir y respirar. Lo he aprendido contigo. Aunque después he entendido que, en realidad, no se aprende nada.

Se vive y basta, juntos, cercanos y cómplices. El amor eres tú. El amor soy yo cuando estoy contigo. Feliz. Sereno. Mejor. Todavía recuerdo la primera vez que te vi. Guapísima. En medio de la pista de esa pequeña discoteca del Trastevere. Bailabas, te movías suavemente junto a tu amiga. Llevabas un vestidito azul claro con unas hombreras finas que se balanceaban contigo. El pelo oscuro, rizado y suelto sobre los hombros. Seguías el ritmo con los ojos cerrados. Te vi y de golpe no pude dejar de mirarte. Mis amigos querían cambiar de local, pero yo quise quedarme. Me precipité a la barra del bar, pedí dos bebidas, me deslicé entre la gente con los vasos en alto para que nadie pudiese darles un golpe, y me acerqué a ti de espaldas mientras bailabas. Tu amiga se dio cuenta, te hizo un gesto con la barbilla y tú te volviste. De cerca eras aún más guapa. Te sonreí y te ofrecí uno de los vasos. Al principio pusiste cara seria, hiciste una especie de mueca, pero luego me sonreíste. Aceptaste el vaso y brindamos, dos desconocidos en medio de una pista de baile. Después hablamos. No sólo eras guapa, también simpática. A medida que te he ido conociendo he ido descubriendo tus mil cualidades. Soy un hombre afortunado. Mucho. Y cuando pienso en todo lo que hemos hecho juntos sonrío de felicidad. Nuestras minivacaciones en Londres, cuando cogimos el avión el viernes y regresamos el domingo. Los locos paseos por el Soho, la cena, hacer el amor en ese parque a riesgo de ser descubiertos. Y reír. E intentar hablar bien el inglés. Y meter la pata. Y luego, la vez que fuimos a Stromboli, en que caminamos cogidos de la mano por esos callejones estrechos y flanqueados por unas casas blancas y bajas, preciosas, llenas de plantas y de flores. Y la subida al volcán. Y las cenas de pescado en las terrazas de los pequeños restaurantes. Y la risa que me entró cuando te subiste a ese burro que se hacía el sueco cada vez que querías que doblase a la izquierda, y tú con esa cara tan cómica, un poco desesperada, propia del que se rinde. Y de nuevo nuestras veladas romanas, nuestros paseos hasta altas horas de la noche en los que jamás nos aburríamos, siempre teníamos mil cosas que decimos y que contarnos. Después nos besábamos de repente y sentía la suavidad de tus labios apenas cubiertos de ese brillo con sabor a fruta que tanto te gusta. Cualquier noche, incluso la más sencilla, resulta especial contigo. No hace falta nada. Poco importa dónde estemos, a mí me parece siempre una fiesta. E incluso cuando reñimos, en contadas ocasiones, a decir verdad, en el fondo me diviertes. Porque dura poco y después hacemos siempre las paces.

Tengo mil recuerdos espléndidos de ti. A medida que pasa el tiempo me enamoro más y más de ti. Más de lo que creía posible. Te quiero cuando sonríes. Te quiero cuando te conmueves. Te quiero mientras comes. Te quiero el sábado por la noche cuando vamos al pub. Te quiero el lunes por la mañana, mientras sigues somnolienta. Te quiero cuando cantas a voz en grito en los conciertos. Te quiero cuando nos despertamos juntos por la mañana y no encuentras las zapatillas para ir al baño. Te quiero bajo la ducha. Te quiero en la playa. Te quiero por la noche. Te quiero al atardecer. Te quiero a mediodía. Te quiero ahora mientras lees mi carta, mi felicitación de San Valentín, y quizá te preguntas si no estaré un poco loco. Y no te equivocas. Y ahora, arréglate. Sal. Vive tu día. Disfruta de mi pensamiento que trata de arrancarte una nueva sonrisa para verte resplandecer con toda tu belleza. Felicidades, amor mío… Pasaré a recogerte dentro de una hora. ¡Las sorpresas no se acaban aquí!

A los ojos de Cristina asoman dos lágrimas, permanecen suspendidas durante unos segundos y a continuación se deslizan por sus mejillas. Qué dulce era. Qué diferente era todo. Cuántas ganas de sorprender, de estar juntos, de quererse. Éramos especiales. Creíamos que éramos únicos, el uno para el otro. Nosotros. Los demás quedaban en segundo lugar. El mundo. ¿Y ahora? ¿Adónde ha ido a parar todo eso? ¿Dónde se ha perdido? ¿Por qué me siento así? Sigue leyendo las hermosas palabras que Flavio escribió hace tantos años sin dejar de llorar. Pensando en su larga historia, en la primera vez que lo vio. En lo mucho que le gustó. Era guapísimo. Y le parece imposible que todo haya cambiado tanto.

Siete

El sol cae en picado sobre las rampas del Pincio. Algún turista vestido con ropa multicolor observa admirado la piazza del Popolo, señala con el dedo algún detalle, un escorzo, o quizá una nueva meta que alcanzar. Una pareja de japoneses manejan una minúscula cámara digital estudiando los diferentes encuadres y sueltan una risita chillona cuando por fin dan con el mejor.

– Cuidado, vas a pasar por delante de ellos.

– Y a mí qué me importa, oye.

Diletta camina de improviso un poco más altiva y, con una sonrisa socarrona, se interpone entre el objetivo y el blanco destinado a ser inmortalizado. El japonés se detiene, risueño. Espera. Diletta pasa y le sonríe a su vez. El japonés vuelve a intentarlo pero se ve obligado a detenerse de nuevo.

– Diletta…

– Oh, vamos, yo no tengo la culpa de que se me haya olvidado decirte una cosa -y regresa exactamente al punto de partida, en tanto que el japonés empieza a ponerse nervioso-. Quería decirte que… -Le planta un beso en la boca.

Filippo se echa a reír.

– Qué idiota eres… ¿No podías esperar?

– No. Ya sabes lo que dicen: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

– ¡Estoy con un genio! ¡Una redactora publicitaria! -Filippo le da unos pellizcos en las mejillas.

– ¡Ay! ¡No, el talento para la publicidad es de otro! A propósito, tengo que confirmar la cita con Niki… -y saca el móvil del bolsillo de la cazadora. Lo abre y empieza a teclear un sms a toda velocidad.

– ¿Qué confirmas?

– Pues la cena. Ya te he dicho que esta noche voy a casa de Niki… ¡Es más, luego hemos quedado para hacer la compra!

– ¡Vaya! ¿Y quién cocina?

– Qué más te da, a ti no te han invitado…

– ¡No, pero no quiero que envenenen a mi amor! Aún recuerdo la última vez, ¡el dolor de tripa te duró todo el día!

– ¡Me enfrié!

– ¡Eso, tú siempre defendiendo a tus Olas!

– Por supuesto, quisiste hundirlas para ocupar su puesto en mi corazón… Pero tú ocupas ya todo el espacio… ¿Acaso pretendes convertirte en un tirano cruel y despiadado?

Filippo se ríe e intenta morderle.

– Sí, quiero comerte entera. Toda mía, sólo mía.

Y siguen bromeando mientras caminan por la hierba y observan a los transeúntes. Alguna madre lee una revista mientras sus hijos juegan junto al banco donde ella está sentada o un poco apartados, lo suficiente para eludir su control y poder, quizá, ensuciarse los pantalones cuando se lanzan sobre la hierba para detener el balón. Una pareja de ancianos pasea por su lado conversando. Ella sonríe, él la abraza ligeramente.

Diletta se vuelve de golpe.

– Espero que no me dejes cuando sea así…

– Depende.

– ¿De qué, perdona?

– ¡De que tú no me hayas dejado antes!

El móvil de Diletta vibra emitiendo un leve sonido semejante al tintineo de las monedas.

– ¡Oh, se te está cayendo el dinero!

– ¡De eso nada! Es el sonido de los mensajes; parece el ruido que hacen los céntimos al caer, es genial, la gente se lo traga siempre. ¡Incluso tú! -Diletta abre el móvil y lee de prisa-. Perfecto. Confirmado.

Dentro de una hora en la piazza dei Giuochi Istmici… ¿Sabes qué voy a hacer? Llevaré ese helado tan rico de San Crispino… Nunca lo han probado, todavía se pirran por el chocolate que venden en el Alaska… ¿Qué me dices?

Filippo empieza a canturrear sin apenas escucharla.

– Helado de chocolate con tomate, tú, helado de chocolate… -y hace un amago de morder a Diletta, que se echa a reír.

Abandonan el Pincio abrazados, serenos, ignorando el nuevo e increíble cambio que está a punto de producirse en sus vidas.

Ocho

El despacho de Alex. Todo como siempre. El consabido caos bajo la calma y el control aparentes.

Leonardo entra con un paquete y lo deja sobre el escritorio.

– Buenos días, esto es para ti…

Alex arquea una ceja.

– No es mi fiesta. No me parece que celebremos ningún acontecimiento, no creo haberme olvidado de nada y ni por asomo pienso que tú debas pedirme un favor especial…, ¿me equivoco?

– Desconfiado. -Leonardo se sienta en el borde del escritorio de Alex-. ¿No podría ser simplemente que me alegro de que hayas vuelto y que esté encantado de tenerte de nuevo aquí?

– Ya me lo has demostrado con el aumento… Leonardo esboza una sonrisa.

– No era bastante o, mejor dicho…, sí, es mucho. Pero esto es un pequeño capricho personal…

Alex arquea la otra ceja.

– En cualquier caso, este repentino gesto de afecto me inquieta. -Desenvuelve el regalo y se queda estupefacto-. ¿Un miniordenador y una cámara?

Leonardo está entusiasmado.

– ¿Te gustan? Es el último grito en tecnología, se pueden filmar películas en alta definición y montarlas en el ordenador, elegir las canciones de iTunes e introducir fundidos y efectos directamente de las memorias. Lleva incorporado un software muy sofisticado… En fin, que si quieres puedes filmar una película y proyectarla un instante después, justo como hace Spielberg.

Alex está perplejo.

– Gracias…, pero ¿eso quiere decir que quizá nos dediquemos también a la producción cinematográfica?

– No. -Leonardo baja del escritorio y se dirige hacia la puerta-. Eso sólo significa que estoy encantado de que hayas vuelto y que, si debes hacer una de tus películas sobre la isla, el faro y, en fin, toda esa historia que me has contado…, puedes filmarla tranquilamente desde aquí, sin desaparecer de nuevo.

Leonardo sale del despacho y un segundo después entra Alessia, la leal secretaria y ayudante de Alex.

– ¿Y bien? ¿Te lo ha comentado?

– ¿A qué te refieres?

– A lo del nuevo trabajo, supongo…

– No. Está tan contento de que haya regresado que sólo quería darme un regalo… ¡Esto! -y le enseña la cámara y el pequeño ordenador.

– ¡Fantástico! -Alessia lo coge-. Es la última novedad de Apple, el MacBook Air, es muy ligero. ¿Sabes que tiene un sistema incorporado que te permite montar…?

– Directamente una película…

– Ah, lo sabes… Prácticamente podrías ser el nuevo Tarantino.

– Él ha dicho Spielberg.

– Eso es porque es viejo.

Justo en ese momento entra Andrea Soldini, el magnífico diseñador gráfico publicitario.

– Chicos, mirad esto… Tengo una noticia increíble. -Se aproxima sigilosamente a ellos. Alex y Alessia lo miran. Andrea Soldini saca del bolsillo de sus pantalones un folio doblado-. He encontrado este e-mail…

Alex le sonríe.

– No te cansas nunca, ¿eh?

– Nunca…

Alex rememora por un instante aquella ocasión… Otro e-mail, otra verdad. Una historia ya lejana. Abre el folio que le entrega Andrea Soldini y lo lee al vuelo.

– «A la sociedad Osvaldo Festa…» -Mira a Soldini y a Alessia-. Somos nosotros… «A la vista de sus grandes éxitos internacionales, hemos decidido comunicarles la posibilidad de participar en el concurso para la nueva campaña del coche que estamos a punto de lanzar al mercado…» -Alex lee apresuradamente el resto de las frases y se detiene en la noticia más relevante-, ¡que prevé la realización de un cortometraje! -Luego baja el folio-. Ahora entiendo lo de la cámara y el ordenador… «Estoy encantado de tenerte aquí…» Quiere que trabaje el doble, eso es todo.

Andrea Soldini se encoge de hombros.

– Quizá lo haya hecho sin pensar.

– ¿Él? Lo dudo mucho.

Alessia sonríe, contenta.

– Bueno, es un reto fantástico.

Soldini está de acuerdo con ella.

– ¡Sí! Y sin ese presuntuoso de Marcello. ¡Venga, Alex, será coser y cantar!

Los dos avanzan hacia la salida, pero Alessia se detiene junto a la puerta.

– ¿Sabes una cosa, Alex? Me alegro mucho de que hayas vuelto.

– Sí, yo también… -dice Soldini, y salen sonriendo del despacho y cierran la puerta a sus espaldas.

Alex mira la cámara, después el ordenador y por último la puerta cerrada. Y de repente todo le resulta meridianamente claro. Me están embrollando. Luego lo piensa mejor. Aunque, en realidad, ninguno de ellos me ha empujado o ha insistido para que volviera al trabajo… Si estoy aquí es porque lo he decidido yo. Si estoy trabajando como antes, mejor dicho, mucho más que antes, es por propia elección. Y ahora está a punto de ponerse en marcha un desafío fantástico. De manera que a Alex sólo le resta una última y dramática consideración. Me he embrollado yo solo.

Nueve

Última hora de la tarde. Un bonito sol inesperado contradice las previsiones de Giuliacci, que lo había cubierto con algunas cuantas nubes juguetonas. Pero no. En cuatro zonas distintas de la ciudad, cuatro chicas están subiendo a sus respectivos coches o motos. Cada una de ellas se ha arreglado vistiéndose de forma cómoda, alegre, adecuada para pasar varias horas de absoluta libertad. Zapatillas deportivas, camisetas, cazadoras, gabardinas. En marcha hacia la amistad.

Niki pone en marcha su SH50. Se pone el casco y se ajusta la ropa. Parte como un rayo, como suele tener por costumbre, esquivando por un pelo una bicicleta que pasaba por allí. Con los años, todo se vuelve más difícil. Nuevos Compromisos, otros conocidos, ritmos diferentes. Y a veces uno tiene la impresión de que se ha perdido, de que no ha dado la importancia adecuada a las relaciones. Los sms ya no llegan al ritmo de antes, las salidas nocturnas se reducen, las promesas de volver a verse se posponen por una razón u otra. El período del instituto, durante el que podían pasar juntas tardes interminables, parece haberse perdido en la noche de los tiempos. Eran como una segunda familia y no pueden dejar de creer en eso. Tienen que esforzarse. Defender las relaciones. Renovarlas. Tratar de atravesar el tiempo sin perderse. Pero bueno, lo cierto es que todavía estamos aquí. Las Olas. Dispuestas a dejarlo todo para poder vernos unas horas. Qué maravilla. Tengo muchas ganas de pasear, de reírme sin más, de comer con ellas un buen helado comprado en el Alaska. Sí. Niki esboza una sonrisa. Es cierto.

Olly introduce un nuevo CD en el reproductor del Smart. El «Best of» de Gianna Nannini. Grazie. Gracias, sí. Gracias a nosotras. A nuestro modo de ser. Al hecho de que, a pesar de todo, seguimos aquí, como cuando simulábamos que desfilábamos en la piazza dei Giuochi Istmici. Como cuando fingíamos que dormíamos en mi casa y, en cambio, nos escapábamos a las fiestas. Como el día en que compramos la Moleskine para que cada una escribiese lo que pensaba y pudiésemos leerlo después mientras bebíamos una taza de té. Y el día que la enterramos. Y también la vez en que elegimos nuestro nombre, las Olas, haciendo un montón de suposiciones absurdas con las iniciales de nuestros nombres mientras estábamos sentadas a una mesa de Alaska.

Qué divertido, todavía me acuerdo. Olimpia… Erica… Niki… Diletta… OlErNiDi.NiErODi… DiNiErO… ¡Ya está! ¡Diniero! Las Diniero, pagas y te llevas cuatro. Vaya risa. Y también N.E.D.O. ¡El hermano tonto del pez Nemo! Y un sinfín de ocurrencias absurdas más hasta llegar al auténtico nombre, el único posible: las OLAS, las Olas. Sí. Olas grandes, fuertes, que buscan una orilla segura de la que poder partir de inmediato. Olas de un mar que aún existe. Para demostrar a sus detractores que la amistad que nace en el bachillerato puede perdurar en el tiempo.

Erica tropieza con el borde de la acera. Vaya por Dios. ¿Por qué será que siempre me caigo aquí? Hace una vida que me sucede. Una vida. Y, de improviso, pensando en el lugar al que se dirige, le vienen a la mente muchas cosas. El viaje a Londres. El de Grecia. El hospital. Cuando Diletta tuvo el accidente. Qué miedo pasó esos días. ¿Y si no hubiese salido de ésa? Imposible. Un mar huérfano de una ola. No. No se lo habríamos permitido. Y después, el concierto a escondidas, la fuga a la playa para arrojar sal al mar antes de la selectividad. Y el amor. Y el ordenador que encontré. Ese chico escritor. Pensar que era amor. Y lo feliz que me sentía cuando se lo contaba a ellas. Ellas, que siguen estando a mi lado, si bien ahora son más mayores y un poco distintas. Mis amigas. A continuación Erica sube al Lancia Ypsilon bicolor, rasca al meter la marcha y arranca.

Diletta contempla su reflejo en el retrovisor del coche. Hoy tiene el pelo un poco abultado, debe de ser cosa del nuevo bálsamo. Ya lo decía el anuncio, que daba volumen. No mentía. Se ajusta el pasador en forma de corazón que lleva a la izquierda, sobre la oreja, y sube a su Matiz rojo. Enciende la radio, pasa de una emisora a otra y, después de algún que otro crujido, encuentra algún noticiario y unos programas sobre economía y sociedad, detiene el dedo y deja de apretar. No. No quiero eso. De manera que saca una funda múltiple del bolsillo de la puerta. Abre la cremallera y empieza a hojear los CD. Uno, dos, tres… Aquí está. A veces uno tiene la impresión de que las canciones salen a su encuentro porque saben que las necesita. Diletta coge el CD y lo introduce en el reproductor. Oh. El recopilatorio que nos regalamos en septiembre, después de las vacaciones, antes de comenzar las clases en la universidad. Cada una eligió unas canciones y después hicimos cuatro copias. Quizá porque teníamos miedo de perdernos. Pone una. Giorgia. Che amica sei. Diletta canta mientras conduce. Y en parte se conmueve también pensando en todos los momentos que han pasado juntas. Sí. «Qué buena amiga eres, no me traiciones nunca, los amores pasan, tú permanecerás.» Es cierto. Aunque prefiero que mi amor no se vaya. ¡Porque, de lo contrario, Filippo, juro que te parto los brazos! «Qué buena amiga eres, llama cuando necesites reírte. El tiempo pasa volando, nosotras esperaremos aquí entre un secreto y otro…» Sí, esperaremos y permaneceremos. «Fíate de mí, yo me fiaré de ti y pasaremos horas hablando y contándonos nuestras cosas. Estoy a tu lado, jamás estarás sola…» No, y espero de verdad que vosotras tampoco me dejéis nunca sola. «Qué buena amiga eres, no cambies nunca, si necesito una mano sé que puedo contar contigo…» Diletta se adentra en el tráfico cantando a voz en grito. Casi ha llegado. Puntual. Semáforo rojo. Cabecea dulcemente al ritmo de la música. Luego se vuelve de golpe. Increíble.

– ¡Erica! -Diletta baja la ventanilla y la llama otra vez-. ¡Erica!

Su amiga no se da cuenta. El semáforo se pone en verde y arranca. Diletta sacude la cabeza. Está completamente ciega. ¡Y, además, circula por el carril equivocado! Será gamberra. Diletta se coloca detrás de ella y la sigue. A fin de cuentas, se dirigen al mismo sitio. Empieza a hacer destellos con los faros y a tocar la bocina, riéndose.

– Oh, pero ¿quién es el que está dando el coñazo? ¿Se puede saber qué quiere? -A Erica poco le falta para hacer un gesto obsceno, pero antes mira por el espejo retrovisor y reconoce la masa de rizos claros.

Pero bueno, ¿es ella? ¡Está loca! La saluda con la mano y le saca la lengua. Se persiguen un poco hasta llegar al lugar donde han quedado. Aparcan de milagro. Se apean del coche y se precipitan la una en brazos de la otra saltando como unas chifladas.

– ¡Caramba, da la impresión de que no nos hemos visto en años!

– ¡Y eso qué tiene que ver! ¡Te quiero mucho! -Y siguen saltando pegadas la una a la otra como dos futbolistas después de haber marcado un gol importante. Pasados unos instantes llegan también Niki y Olly.

– ¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¿Qué pasa, ahora salís juntas? -y sin pensarlo dos veces se unen a ese abrazo loco, intenso, alegre, allí, en medio del aparcamiento y de la gente que pasa por su lado sin entender lo que les ocurre a esas cuatro chicas que giran en corro gritando.

– Venga, ya está bien… ¡Tenemos que ir a hacer la compra!

– Pero mira que eres aburrida…

– Sí, sí… Os advierto que yo no cocino, ¿eh?

– Bueno, en ese caso compremos unas pizzas.

– He traído un helado nuevo y delicioso, lo he comprado en San Crispino, ¿os parece bien?

– Esperad… Esperad… Niki, ¿a qué se debe que ahora quieras salvarnos la vida? ¿Nos concedes la gracia?

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Que, dado que no cocinas, no puedes envenenarnos!

– ¡Imbéciles!

Y siguen bromeando en medio de la calle, empujándose y riéndose, sin edad, dueñas del mundo como sólo se puede ser en ciertos, momentos de felicidad.

Diez

Por la noche. Alex regresa a casa. Entra de prisa y empieza a preparar la bolsa. Abre el armario.

– Joder, vete tú a saber dónde me habrá puesto los pantalones cortos la asistenta… -Cierra de golpe dos o tres cajones-. Ah, aquí está la camiseta…

En ese preciso momento suena su móvil. Mira la pantalla. Es Pietro. ¿Qué querrá? No me digas que también esta vez tengo que pasar a recogerlo. Responde.

– Ya lo sé…

– ¿A qué te refieres? ¿Cómo has podido saberlo? No puedo creer que lo sepas ya, ¿cómo lo has hecho?

Alex resopla.

– Porque la historia se repite una y otra vez. Siempre me pides que pase a recogerte.

– No, esta vez es peor: no jugamos.

– ¿Qué? ¿Quieres decir que he vuelto a casa a toda velocidad para ir a jugar a futbito y ahora resulta que no vamos? No, eso me lo explicas ahora mismo, debe de haber ocurrido algo grave para que se haya suspendido el partido.

– Así es… Camilla ha dejado a Enrico.

– Paso en seguida a recogerte.

Un poco más tarde. Alex y Pietro están en el coche.

– Pero ¿cómo ha ocurrido?

– Nada, no sé nada; me colgaba el teléfono, no lograba hablar. Creo que en ciertos momentos sollozaba.

– ¡Sí, claro! Anda que no exageras ni nada.

– Te lo juro, ¿por qué debería decirte una estupidez como ésa de no ser verdad?

Ring. El móvil de Alex vuelve a sonar.

– Es Niki.

– No le digas nada. Dile que vamos a jugar de todas formas…

– Pero deberíamos estar ya en el campo, son las ocho y diez.

– En ese caso dile que esta noche jugaremos más tarde.

– Pero ¿por qué?

– Luego te lo explico. Alex sacude la cabeza y a continuación abre el móvil. -Cariño… -¡Eh, hola! Imaginaba que estarías ya en el campo…

Alex mira enojado a Pietro, que, curioso, cabecea en su dirección como si quisiera enterarse.

– Esto…, no…, hoy jugaremos un poco más tarde porque, como de costumbre, Pietro se equivocó cuando reservó el campo…

– ¿De verdad? ¿No me estás mintiendo?

– ¿Yo? ¿Por qué debería hacerlo, cariño? ¿Qué razón podría tener para contarte una mentira?

Alex vuelve a mirar cabreado a Pietro y sacude la cabeza.

– Bah, no lo sé…, lo siento… En cualquier caso, quería decirte que voy a casa de Olly. Nos vamos a reunir todas allí. Pero tengo el teléfono sin batería; te llamaré más tarde, cuando vuelva a casa.

– ¿No puedes cargarlo ahora? ¿O llevarte el cargador?

– No… Ya estoy fuera y acaba de sonar el bip que indica que la batería está descargada…

– Ah… Bueno, en ese caso puedes cargarlo en casa de Olly…

– Ninguna de mis amigas tiene el mismo cargador que yo… Pero bueno, cariño, ¿se puede saber por qué te preocupas tanto? Tú estarás jugando a la pelota…

– Ah, sí… Qué tonto…, hasta ruego.

– ¡Claro! Si marcas un gol dedícamelo como hacen los grandes campeones, ¿eh?

– ¡Faltaría más!

– ¡En lugar de como el Pibe de Oro como el pibe de plata!

Alex cuelga el teléfono y sonríe falsamente a Pietro.

– Felicidades. Siempre consigues meterme en líos, incluso cuando no hace ninguna falta.

– ¿Qué quieres decir?

– Que ahora cree que vamos a jugar a futbito y no es verdad.

– ¿Y qué problema hay?

– Que le he mentido.

– ¿Quieres decir que es la primera vez que lo haces?

– Sí.

Pietro lo mira poco convencido. Arquea las cejas, incrédulo. Alex se siente observado, echa un vistazo a la calle y a continuación mira a Pietro, después de nuevo la calle, luego a Pietro otra vez. Al final da su brazo a torcer.

– Está bien…, excepto la vez en que no le dije que Elena había vuelto a casa…

– ¡Y te parece poco! Tampoco le dijiste que os habíais reconciliado…

– Sí, sí, ¡vale! Pero eso fue hace un año.

– ¿Y bien?

– No, «y bien» me corresponde decirlo a mí. ¿Me estás interrogando? El caso es que esta noche, un año después, le estoy mintiendo otra vez y, por si fuera poco, sin una razón de peso.

– Te equivocas, la razón existe.

– ¿Y cuál es?

– Imagínate que Niki se encuentra mañana con Susanna y que ésta le cuenta que no hemos jugado.

– Eh… ¿Y qué tiene eso de malo?

– Pues que esta noche yo llegaré muy tarde a casa porque le he dicho a Susanna que empezábamos a jugar a las once…

– ¿A las once?

– Sí, le he dicho que tú te habías olvidado de reservar el campo y que por eso nos habían dado la última hora disponible para jugar… -¡Lo que me faltaba!

Alex sacude la cabeza mientras sigue conduciendo. Pietro lo abraza. -Gracias…, estoy orgulloso de tener un amigo como tú… Alex sonríe.

– Me gustaría poder decir lo mismo. -Ah… -Pietro se aparta de él y se sobrepone-. ¿En serio? -No… Y Alex, naturalmente, se echa a reír y sacude de nuevo la cabeza.

Once

Enrico está sentado en la butaca del salón. La pequeña Ingrid duerme entre sus brazos.

– A ver si lo entendéis, me llamó… Me llamó al despacho y se limitó a decirme: «Dora se queda hasta las siete y después se marcha. Procura volver a esa hora porque, de lo contrario, Ingrid se quedará sola…»

Enrico mira a Ingrid, que duerme. La mece un poco, después le toca con un dedo el babero que tiene debajo de la barbilla y se lo coloca mejor.

– ¿Me habéis entendido?

Alex, Pietro y Flavio están sentados frente a él en el sofá. Los tres están boquiabiertos. Enrico los mira y sacude la cabeza. Alex parece el más intrigado.

– ¿Y qué pasó después?

– Pues que regresé justo a tiempo, porque Dora estaba a punto de marcharse.

– Sí, pero Camilla…, quiero decir, ¿dónde está Camilla?

Enrico lo mira sereno. A continuación echa un vistazo a su reloj.

– Debe de estar volando. Dentro de tres o cuatro horas llegará a las Maldivas. ¡Si el avión no se precipita antes al suelo, como me gustaría que sucediera!

– ¿Se ha ido a las Maldivas? ¿Y con quién?

– Con un abogado llamado Beretti, un tipo muy distinguido de mi club que yo mismo le presenté.

– ¿Tú? ¿Y por qué?

– Camilla quiso hacer algunas reformas en la nueva casa, los obreros metieron la pata con las junturas en el baño y eso causó unas terribles filtraciones de agua. El abogado Beretti nos ayudó a demandar a la empresa…

– ¿Conclusión?

– Conclusión: Beretti perdió la causa con la empresa y yo he perdido a mi mujer, que se ha ido con él…

Flavio se levanta del sofá. Pietro cae entonces en la cuenta.

– Pero si vas vestido de futbolista…

– Puede que no te acuerdes, pero esta noche debíamos jugar juntos.

– ¡Es verdad!

– Como iba a llegar con mucho retraso, decidí cambiarme para no hacer esperar a los demás en el campo. Lo normal, en caso de que hubiésemos jugado… Luego se produjo este pequeño contratiempo…

– ¡Pequeño contratiempo, dices!

Enrico se encoge de hombros.

– Qué más da, habríamos perdido de todas formas.

– No estoy tan seguro… En mi opinión, hoy hubiera sido el día en que, por fin, habríamos ganado.

– Es cierto. -Enrico los mira y abre los brazos-. Ahora encima me siento culpable por haber impedido esa victoria.

– Bueno, recuerda que teníamos pensado jugar a las once.

Flavio mira a Pietro sin entender lo que dice, pero, de repente, cae en la cuenta.

– Entonces, ¿jugamos de todos modos?

Alex niega con la cabeza.

– De eso nada, hoy no se juega…

Pietro, en cambio, asiente.

– Se juega, se juega.

Ahora sí que Flavio no entiende nada.

– Pero bueno, ¿jugamos o no? ¿Me lo explicas, Pietro?

– Escuchad, es muy sencillo: se juega pero no se juega…, ¿vale?

– Bueno, a mí no me resulta tan claro…

Pietro se sienta y abre los brazos.

– Está bien. Veamos, chicos, os explicaré cómo entiendo yo la situación desde mi modesto punto de vista. El quid de la cuestión es la fidelidad.

Flavio lo mira curioso.

– ¿A qué te refieres?

Pietro sigue sonriendo.

– Es inútil buscar la fidelidad… La fidelidad no es de este mundo… O, mejor dicho, de esta era. Oscar Wilde decía que la fidelidad es a la vida sentimental lo mismo que la coherencia a la vida intelectual: la confesión de un fracaso, ni más ni menos. De manera que yo, en lugar de entrar a las once en el campo…, me meteré bajo las sábanas de una mujer felizmente casada con un marido que… ¡juega fuera de casa!

Flavio se encamina hacia la cocina.

– Lo siento, pero no estoy de acuerdo… ¿Puedo servirme algo de beber?

– Claro, en la nevera hay Coca-Cola, cervezas y algunos zumos.

Flavio sube el tono para que se lo oiga desde la cocina.

– La fidelidad resulta natural cuando una relación funciona. Es evidente que ahora las cosas no te van bien… ¿Queréis algo?

– ¡Chsss! -Enrico comprueba que Ingrid siga durmiendo-. ¿Podrías dejar de gritar, Flavio?

Su amigo entra de nuevo en el salón con una cerveza y sigue hablando en voz baja:

– Estamos tratando temas existenciales.

Alex hace un gesto con la mano como diciendo: «Pues sí.»

– Claro, cómo no… Dado que no está bien acostarse con una mujer casada aprovechando que su marido está fuera de casa…

Flavio abre la cerveza.

– Entiendo, pero ¿no podrías meter a Ingrid en la cuna, dejando al margen los problemas de Pietro?

– Tienes razón… -Enrico lleva a la niña a su dormitorio.

– No puede separarse de ella, ¿eh?

Pietro niega con un movimiento de cabeza.

– No. Imagínate si Camilla se hubiese marchado con la niña… Se habría suicidado.

Enrico vuelve al salón. Flavio está sentado ahora en el sofá e intenta tranquilizarlo.

– En cualquier caso, no debes enojarte con Camilla. Debes pensar que hasta ayer todo iba de maravilla… Por desgracia, algo se ha roto de repente.

– Sí, una tubería del cuarto de baño…

– Es una relación de amor… -Flavio apura su bebida y, al parecer, una idea acude entonces a su mente-. Un momento, el detective no encontró nada hace dos años…, ¿verdad?

Enrico mira a Alex. Alex mira a Flavio. Flavio mira a Pietro. Enrico está consternado.

– Me dejas de piedra… Alex…, ¿se lo has contado a todos?

Alex mira fijamente a Pietro. En realidad, sólo se lo dijo a él. Esta vez sí que la ha hecho buena, ha metido la pata hasta el fondo, no le queda más alternativa que mentir por segunda vez.

– Perdóname, Enrico… Era una carga demasiado grande para mí y no podía sobrellevarla solo…

Pietro comprende su error y trata de remediarlo.

– Está bien, lo sabemos desde siempre, Enrico; me refiero a que buscaste la ayuda de un detective porque no te fiabas de Camilla, pero no te lo tomes a mal. Somos un grupo de amigos y debemos afrontar las cosas como tal. Hoy te ha tocado a ti, pero mañana la víctima podría ser yo, o cualquiera de ellos.

Flavio y Alex se tocan de inmediato tratando de ahuyentar la mala suerte. Pietro se da cuenta.

– Es inútil, no hay ningún conjuro que pueda alejar la desgracia. Cuando toca…, ¡toca! Alex quizá tenga algo de culpa. ¡Debería haberle dado a Enrico las dos carpetas del detective! Pero ahora ya no hay nada que pueda hacer.

Pietro da una palmada en el hombro a Enrico.

– Debemos suponer que el detective hizo bien su trabajo… Sólo que a veces no queremos aceptar que el amor se acaba y punto.

– ¡Vaya, hombre, gracias! ¡Gracias, de verdad, gracias! -Enrico se levanta, molesto-. Te lo agradezco, eres justo lo que necesito en este momento, eres la aspirina para el dolor de cabeza, el jarabe para la tos.

– ¡Sí, el preservativo para la prostituta! ¿Queréis dejar de ser tan ilusos? -Pietro mira a sus tres amigos cabeceando-. ¿Cómo es posible que sigáis creyendo en las fábulas? Hoy más que nunca, gracias a los móviles, a los chats y a los sms, las mujeres traicionan, se distraen, coquetean, sueñan, vuelcan su romanticismo en otro…, en fin, que les gusta engañar tanto como a los hombres. De no ser así, no se explicaría mi tremendo éxito, incluida esta velada. -Mira el reloj-. Es más, no hagáis que llegue tarde, ¿eh?

Pietro se percata de que sus amigos lo miran con malos ojos.

– Vale, os lo explicaré de otra manera… Pasado cierto tiempo, la mujer se harta igual que el hombre; esa historia de que tiene que estar enamorada para acostarse con alguien no es cierta, os la habéis inventado vosotros, mejor dicho, todos nosotros, los hombres, ¡porque nos gusta creer que sólo están con nosotros por amor! ¡Pero no es así! Les gusta tanto como a nosotros, puede que incluso más. Y todo ese cuento de hablar sin cesar para convencerlas… ¡Nada más lejos de la realidad! Como dice Woody Allen, hacer el amor es mejor que hablar… Hablar es el sufrimiento por el que es inevitable pasar para llegar al sexo. Os diré otra frase aún mejor de Balzac: «Es más fácil ser amante que marido, porque es más difícil estar de buen humor todos los días que halagar de vez en cuando.» ¡Verdad de la buena! Yo lo he constatado con Susanna: a veces, no me apetece mucho, ¡pero cuando interpreto el papel del amante doy lo mejor de mí mismo!

Flavio decide intervenir:

– Perdona, Pietro, pero yo no estoy en absoluto de acuerdo. ¿Dónde queda entonces el placer de construir juntos y el deseo de exclusividad? ¡Yo hago cosas por mi mujer, aunque a veces me cueste, porque quiero que se sienta realizada, feliz y satisfecha!

– ¡Anda ya! No digo que no se pueda ser feliz en parte, pero al final es una cuestión de costumbre pura y dura, ¡y a las mujeres les asustan las novedades! ¿Sabes a cuántas mujeres he conocido que de repente querían dejar a sus maridos sólo porque se habían acostado conmigo? Se sentían como una especie de heroínas ansiosas de dar un giro a sus vidas… Pero, después, apenas comprendían que yo no tenía ninguna intención de entablar una relación con ellas por temor a la misma historia del ménage que me habían contado en repetidas ocasiones, curiosamente volvían con su marido más enamoradas que antes. ¡y siempre decidían marcharse en seguida de vacaciones! ¡De manera que, para varias de ellas, he sido incluso terapéutico! Venga, chicos, a veces el amor es realmente ridículo…

Enrico lo mira sorprendido.

– Eso quiere decir que Camilla…, en fin, que dado que se ha comportado así la estás alabando, consideras que es una mujer valiente…, ¡una temeraria!

– Escucha, no me apetece seguir hablando de vuestros líos. No se puede generalizar. Las mujeres os hacen creer que son fieles, os dan seguridad… -Pietro mira luego a Alex y arquea las cejas-. Quizá os aseguran que tienen el móvil descargado porque no pueden deciros sin más que han salido con otro… Las parejas ya no son abiertas. ¡Vivimos como antes del año 68! Todos traicionan y todos disimulan.

Alex lo mira irritado.

– Oye, que Niki tenía el teléfono descargado de verdad…

– Ah, ¿y cómo puedes estar tan seguro?

– Porque me lo ha dicho ella…

– Bonita respuesta.

– Y, sobre todo, ¡porque si tuviese ganas de salir con otro me lo diría!

– Ésa me gusta aún más… Siempre me ha encantado la ciencia ficción… Victor Hugo dijo una gran verdad: «Una mujer que tiene un amante es un ángel; una mujer que tiene dos amantes es un monstruo; una mujer que tiene tres amantes es una mujer.» ¿Sabéis cuántas esposas o chicas con novio han tenido una historia conmigo? Las cortejo, les hago revivir el entusiasmo de las primeras salidas, de las sorpresas en la cama… y por un instante piensan en dejar a su marido, o Quizá incluso lo dejan por un período de tiempo, sólo en su imaginación, ¿eh?…, pero luego vuelven a su lado, son miedosas, como nosotros, ¡y en lo que concierne a «ese aspecto» son idénticas! Las mujeres son hombres con tetas…, pero sin huevos.

– Eres terrible. Entonces, ¿por qué te casaste?

– Porque llegado un punto debes dar a una mujer esa tranquilidad… Además, tenéis que reconocer que es útil… «La familia es la asociación instituida por la naturaleza para satisfacer las necesidades del hombre», decía Aristóteles. Y Susanna era la persona adecuada para dar ese paso. Pero todos los matrimonios son así: llega un punto en el que ninguno de los dos está contento, no bastan ni los hijos ni la casa… «Ejercer de marido es un trabajo a tiempo completo, por eso muchos maridos no consiguen dedicar toda su atención», decía Arnold Bennet. Y tenía razón, ¡caramba! Todos quieren enamorarse, deseamos el amor…, ¡y lo buscamos donde podemos! ¡Soñamos con él, lo perseguimos!

Alex sacude la cabeza.

– Pero ¿se puede saber quién eres tú? ¿La Wikiquote con patas? Nos estás acribillando con tus citas…

Pietro compone una expresión solemne.

– Claro, me he trabajado mucho el tema para dejar asombradas a mis dulces presas: adoran las citas, ¿qué te crees?… Ésta, por ejemplo, la uso cuando alguien me ataca, escucha: «Inmediatamente después del creador de una buena frase viene, por orden de importancia, el primero que la cita», Ralph Waldo Emerson.

Alex vuelve a sacudir la cabeza.

– Eres un caso perdido. De todos modos, no estoy ni estaré nunca de acuerdo contigo. Mis padres están casados y siempre han sido felices.

– Son la excepción que confirma la regla.

– También los de Niki.

– Demasiado pronto para estar seguros: son de nuestra edad… Y nosotros, como ves… -señala con los ojos a Enrico, procurando que éste no lo vea-, estamos empezando a caer…

En ese preciso momento suena el móvil de Alex.

– Es Niki… -Abre el teléfono-. ¡Cariño! ¿No tenías el móvil descargado?

Alex mira ufano a Pietro y le hace un gesto obsceno.

– Sí, pero he visto que el cargador de Olly me servía… ¡Estamos en su casa! ¿Habéis acabado de jugar?

– Esto… -Alex se levanta del sofá y se dirige al dormitorio.

Pietro lo mira y suspira.

– Creo que él también tiene algún problema que otro -dice dirigiéndose a los demás.

Apenas queda fuera del alcance de sus amigos, Alex prosigue la conversación con Niki.

– Sí, lo hemos dejado porque uno de nosotros se ha hecho daño…

– ¿En serio? ¿Quién?

– No, no lo conoces, uno del equipo… Ah, y después hemos venido a casa de Enrico porque él no ha jugado…

– Ah, ¿no está bien?

– Peor…

– ¿Qué quieres decir?

– Su mujer lo ha dejado.

– Ah. -Niki enmudece.

– ¿Niki?

– ¿Sí?

– Por desgracia, puede suceder.

– Oh, claro, sí…, uno hace una promesa ante Dios y le gustaría que todo fuese sobre ruedas… En cambio…

Alex está a la expectativa, siente curiosidad.

– ¿En cambio?

– Nada… Que no somos capaces de hacer realidad un sueño.

– Sí, Niki, pero no te lo tomes a mal.

– No, lo que ocurre es que lo siento. Veo la incapacidad de las personas para llegar hasta el fondo de las cosas.

– Quizá ambos lo desean, pero después algo cambia…

– Espero que no.

– Yo también… -Su voz se anima a continuación-. De todas formas, nosotros no hemos hecho ninguna promesa, ¿no? No. Bueno, vuelvo con mis amigas.

– Vale, hablamos más tarde.

Alex mira el teléfono cerrado y se queda estupefacto por un instante. Esa frase… «No hemos hecho ninguna promesa.» ¿A qué ha venido? ¿Por qué lo habrá dicho? Además, lo ha dicho con voz alegre. ¿Qué habrá querido decir? ¿Menos mal que no hemos prometido nada? Siente que el estómago se le encoge ligeramente. Bah. A continuación se mete de nuevo el móvil en el bolsillo y vuelve al salón.

– ¿Todo bien? -pregunta Pietro risueño y particularmente curioso.

– Sí…, genial.

Enrico lo mira boquiabierto.

– Os agradezco el interés y el afecto que me habéis demostrado. Siempre he sabido que podía contar con vosotros.

Pietro gesticula con las manos de manera exagerada.

– Sí, vale, ahora intentarás hacernos creer que esto te ha sucedido de la noche a la mañana, cuando todo estaba bien… Ella no estaba contenta, se lamentaba, no estaba satisfecha.

Enrico lo mira perplejo. Alex y Flavio también.

– Perdona, pero ¿tú que sabes?

– Bueno… -Pietro mira a su alrededor sintiendo que lo han pillado ligeramente desprevenido-, algunas cosas se deducen… Se leía en su cara, claro que para darse cuenta se requiere cierta sensibilidad y eso es algo de lo que no carezco, desde luego. Y ahora me perdonaréis, pero tengo que ir a follarme a esa mujer que está sola en casa. -Mira el reloj-. Sí… Sus hijos estarán durmiendo y él le habrá hecho ya la consabida llamadita tranquilizadora. Adiós, chicos, hablamos mañana.

Y sale dando un portazo a sus espaldas.

– No le falta sensibilidad, ¿eh?… ¡Un pedazo de animal, eso es lo que es!

– Bueno -Flavio se encoge de hombros-, sea como sea, tiene razón: vive de maravilla, todo le importa un comino y se divierte como si tuviese dieciocho años.

Alex parece sorprendido.

– Me resulta extraño que pienses así… ¡Olvidas que tiene una esposa y dos hijos! Si decides tenerlos, debes optar automáticamente por otro tipo de vida, no puedes ser tan irresponsable…

En ese mismo momento Enrico coge una fotografía de la mesita. En ella aparece Camilla con Ingrid recién nacida en brazos.

– ¿Y qué me dices de esta foto? ¿Qué es? ¿Un fotomontaje? ¡Una madre con una hija! -Arroja con rabia la fotografía contra la pared y ésta se rompe en mil pedazos.

– Calma, Enrico. -Alex intenta tranquilizarlo-. Conozco a una que tuvo un hijo y después lo dejó aquí, en Roma, con su padre, porque deseaba probar una nueva vida y cogió un avión con rumbo a América… Otra abandonó también al marido y se marchó a vivir a Londres, otra hizo lo mismo y ahora trabaja en París…

– Entiendo… En ese caso, el hecho de que Camilla nos haya dejado a Ingrid y a mí para irse sólo una semana de vacaciones con otro a las Maldivas es casi normal, ¿no?

– Quizá cambie de idea.

– Quizá vuelva.

– Sí, quizá, quizá… Lo único que sé es que tengo que buscar a una nueva canguro.

– ¿Y Dora?

– No sé por qué, pero nos la había recomendado el abogado Beretti…

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues que, por solidaridad, ella también se ha marchado…

Flavio está desconcertado.

– Pero ¿solidaridad con quién? Da la impresión de que aquí están todos locos…

– El caso es que he puesto un anuncio, ¡tengo que entrevistar también a varias canguros!

– ¿Qué es esto?, ¿«Factor X»?

– Sí…, ¡ojalá!

– ¡Bueno, siempre puedes comprobar quién le canta mejor las canciones de cuna!

– Afortunados vosotros, que siempre tenéis ganas de bromear…

Enrico se arroja de nuevo sobre el sofá con las piernas abiertas y echa la cabeza hacia atrás. Flavio y Alex lo observan. A continuación, sus miradas se cruzan. Flavio se encoge de hombros. La verdad es que es muy difícil saber qué decirle a un amigo que sufre por amor. Está inmerso en su dolor, se siente acribillado por mil preguntas inútiles, y lo único que puedes hacer es brindarle tus respuestas personales, relativas, que en el fondo nada tienen que ver con su vida. Alex se sienta junto a él.

– Sólo quería que vieras el lado bueno.

– Es que no hay un lado bueno…

– ¿Sabes lo que decía Friedrich Christoph Oetinger? «Que Dios me conceda serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo cambiar, y sabiduría para distinguir unas de otras.»

– Pareces Pietro con todas esas citas para justificar sus ansias de sexo…

– Con una única diferencia: ésta es útil y sólo sirve para hacerte reflexionar sobre la situación en que te encuentras.

– Pero ¿quién era ese Friedrich Cris Tinger? Nunca he oído ese nombre…

– Friedrich Christoph Oetinger, un padre espiritual.

– Entiendo. Gracias por el consejo, Alex, ¡pero en pocas palabras, me estás diciendo que debo meterme a cura!

– Bueno, esa frase se cita también en la película El jardín de la alegría, en la que personas de todas las edades fuman porros sin parar… En resumen, que en este mundo hay innumerables cosas; el único problema es el uso que hacemos de ellas.

Enrico sonríe.

– ¿Sabes? A veces las palabras me encantan… Pero después me detengo y pienso: caramba, cuánto echo de menos a Camilla. Y entonces todos los pensamientos pierden su valor, incluso todas esas bonitas frases de ese padre espiritual tuyo… A mí sólo me viene a la mente una de Vasco: «El dolor de tripa lo tengo yo, no tú.»

Alex esboza una sonrisa. Es cierto, el dolor pertenece a quien lo experimenta y no hay palabra que baste para explicarlo o para hacer que el que sufre se sienta mejor. No puedo por menos que darle la razón.

Doce

Olly nota que Niki está rara.

– Eh, ¿qué pasa?

– ¿Por qué lo dices?

– Tienes una cara…

– No, nada. Enrico se ha separado de su esposa.

Erica está preparando un batido para todas: fresas, plátanos, melocotones y leche. Apaga la batidora. Se queda pensativa por un instante.

– ¿Cuál es Enrico? Ah, sí… No me gusta…

– ¡Erica!

– Escuchad, chicas, estoy pasando un momento un poco así…

– ¡Hace años que estás pasando un momento un poco así!

– Pero ¿qué dices? Empecé a salir con el tal Stefano, creía que era escritor y, en cambio, trabajaba tan sólo como lector para una editorial…

– Entiendo, pero ¿qué era más importante? ¿Su trabajo o cómo te hacía sentir y lo que representaba para ti?

– No lo sé, ¡en cierta manera me sentí estafada!

– ¡Pero si te montaste una película tú sola con ese ordenador que habías encontrado, y pretendías que el que estaba al otro lado era tu príncipe azul!

– Pero ¿qué dices? ¡Si ni siquiera era un lector de novelas rosas!

– En cualquier caso, después del lector saliste con Sergio, el pintor, con Giancarlo, el médico, y con Francesco, el jugador… ¿Cómo es posible que con ninguno de ellos te haya ido bien y que no te hayan durado más de un mes?

Erica resopla. Enciende de nuevo la batidora. Acto seguido, alza la voz para que sus amigas puedan oírla por encima del estruendo que causa el aparato.

– Vale. Estaba experimentando. ¿Qué tiene de malo eso? Debéis reconocer que una sola historia no basta para entender lo que es el amor. Además, si es Olly quien lo hace, no hay problema, pero si, en cambio, soy yo…

– ¿Y yo qué tengo que ver con eso? -Olly salta sobre el sofá, agarra un cojín y se lo lanza a Erica gritando-: ¡Además, a mí me duran más de unas cuantas horas! ¡Venga, dinos de quién se trata! ¡¿Es Osvaldo el domador?! ¡¿O Saverio el conductor?!

Niki sonríe.

– ¡No, es Saverio el batidor! ¿Quieres apagar de una vez esa cosa?

– Muy bien…, tomadme el pelo si queréis. Se llama Giovanni y es dentista.

– Bueno, al menos puede sernos útil…

– A mí me parece que, en el fondo, sigues enamorada de Giò.

– Pero ¿qué dices?

– Siempre dices: «Pero ¿qué dices?» -Olly imita a Erica con voz de falsete-. Pero, en mi opinión -le guiña un ojo-, ¡en el fondo sabes que estoy diciendo la verdad!

– Estoy de acuerdo. Nunca has conseguido superar el hecho de que el chico de «A tres metros sobre el cielo», tu primera historia importante, no resistiese el paso del tiempo… Resígnate, es natural: una crece, cambia…

– De hecho, querida Olly, tengo la impresión de que tú creces demasiado de prisa. Tu Mauro, el fontanero, apenas te duró tres semanas.

– Incompatibilidad cultural.

– Ya. Y ahora estás con Giampi, te mueres de celos y os pasáis la vida riñendo.

– Incompatibilidad de caracteres.

– Me parece que lo que ocurre es que tú eres incompatible y punto.

– Pero ¿qué dices? ¡Esta vez te digo que funciona! He cambiado: antes tenía un novio cada semana, ahora llevo seis meses saliendo con Giampi. Erica siempre había estado con Giò y ahora cambia una vez cada semana.

– Cada dos…

– ¡Pues vaya! -Diletta sonríe-. Antes de que me traigáis mala suerte, ¿puedo contaros cuál es mi situación? Mi relación es serena y tranquila, va viento en popa, por buen camino…

– ¡Siempre que no resbales!

– ¡Ay, ya habló la gafe!

– Perdona, pero todas nos hemos acostado al menos con otro hombre, además del que tenemos ahora. Puede que incluso con más…

Erica se encoge de hombros.

– Vamos, no nos andemos ahora con sutilezas…

– El primero con el que salino la tenía precisamente sutil…

– ¡Olly! ¡No seas ordinaria! -Las cosas como son.

Niki sacude la cabeza.

– Bueno, yo hablaba en serio. Veamos, explícame una cosa, Diletta: tú ahora estás con Filippo, pero ¿piensas seguir toda la vida con él? Sólo con él… Quiero decir, ¿no piensas probar cómo es el sexo con otros hombres?

Diletta se encoge de hombros.

– Mi madre hizo eso mismo con mi padre…

Olly asiente.

– Ahora lo entiendo: ¡se trata de una enfermedad hereditaria!

Diletta no está de acuerdo.

– ¡O una cualidad transmisible! ¿Por qué lo consideras algo negativo?

– Porque no se puede amar de una manera absoluta sin comparar. Erica lo ha dicho antes. ¡Es pura filosofía!

– Sí, filosofía del mercado. -Diletta se sienta en el sofá-. Sea como sea, es demasiado pronto para saberlo; quizá todas cambiaremos en los próximos años.

Erica llega con una bandeja y cuatro vasos grandes de batido.

– Aquí está, para que os dulcifiquéis un poco, víboras. ¡En cualquier caso, no estáis teniendo en justa consideración a Niki mientras habláis! Ella es todo un fenómeno, un milagro italiano… Bueno, exceptuando la fuga a la isla de la que ha regresado, Alex no ha vuelto con Elena, y no sólo eso… ¡Él y Niki siguen juntos!

– Ése es uno de los casos en los que una mujer debería tener huevos…

– ¿Por qué? -¡Para tocárselos y ahuyentar la mala suerte!

Las tres se echan a reír mientras Erica bebe su batido.

– Yo, que los observo desde fuera, los veo como una pareja feliz, mejor dicho, archifeliz, igual que todas ésas en las que existe cierta diferencia de edad como Melanie Griffith y Antonio Banderas, Joan Collins y Percy Gibson…, Demi Moore y Ashton Kutcher, Gwyneth Paltrow y Chris Martin… Tengo que reconocer que duran mucho… ¡Incluso se han casado!

– ¡A propósito! -Olly, Diletta y Erica miran en ese momento a Niki, muertas de curiosidad.

– A propósito, ¿qué?

– No, digo… A propósito…, ¿ha salido el tema?

Niki la mira por un instante.

– ¡¿Qué queréis saber?!

– ¡Si es pronto para que riñamos entre nosotras para ver quién hará de testigo!

Niki arquea una ceja.

– Hemos hablado de tener hijos, pero no de boda.

– ¿Por qué?

– ¿Y yo qué sé? Ha surgido así. Ya sabes, dices algo mientras conversas… ¡Nos gustaría tener cuatro, dos chicos y dos chicas!

– ¡Caray! Estáis locos…

Erica rompe a reír.

– Cuatro… Me parece una locura. Yo me olvidaría hasta de los nombres. ¡La cena se enfriaría mientras los llamo para que se sienten a la mesa!

– Perdonad, pero si uno sueña, vale más hacerlo a lo grande, ¿no?

Siempre hay tiempo para hacer reajustes. En cualquier caso, en cuanto tenga noticias al respecto os lo comunicaré. Ah, a propósito: hoy, en la universidad, he conocido a uno que no está nada mal…

– ¡Niki!

– Bueno, en realidad no lo he conocido porque le he dicho que este año me habían presentado ya a demasiada gente.

– ¡Ja, ja! ¡Ésa sí que es buena! ¡Eres un genio, Niki!

– De eso nada…, la frase la he robado de Charada, esa bonita película de Audrey Hepburn y Cary Grant.

– ¡Lástima, creía que era tuya!

– Es cierto; ahora que lo pienso, podría hacerla pasar por mía.

– ¡Nada te lo impide!

– Te equivocas… -Diletta sonríe-. Quizá todo el mundo conozca esa película o se acuerde de esa frase.

– Él, sin embargo, no la recordaba.

Olly se pone seria.

– Pero bueno, Niki, ¿estás poniendo en peligro tu relación con Alex y el feliz proyecto de tener cuatro hijos por un tipo a quien ni siquiera has querido conocer?

– ¿Estáis locas? Mi intención era proponerlo para vosotras. Si a ti, Olly, te molesta sentir celos de Giampi; si tú, Diletta, quieres, justamente, experimentar algo fuera de tu «amor absoluto», y si, sobre todo tú, Erica, como de costumbre, después de una semana…

– ¡Dos!

– Está bien, si después de dos semanas, rompes con el dentista recién llegado… ¡Bueno, pues ahora tenéis a un hombre de recambio!

– Ya… Algunos tienen una rueda, ¡y nosotras tenemos un hombre de repuesto!

– Os advierto que no está nada mal.

– ¡Ves cómo te gusta!

– ¡Lo digo por vosotras!

– Sí, sí, claro… -y siguen riéndose y bromeando, bebiendo el delicioso batido que acaba de prepararles Erica, mirándose a los ojos, sin sombras o dudas.

– No obstante, ¿sabéis lo que os digo?… Que lo he pensado mejor.

No habéis sabido apreciar mi gesto…, ¡así que no os prestaré a mi hombrecito de repuesto! ¡Me gusta demasiado!

Y las Olas se tiran a la vez sobre el sofá.

– Socorro… Estáis locas… Bromeaba…

– ¡No, no, tú estás hablando en serio!

Hay frases que se dicen a la ligera, pese a que son más ciertas de lo que parece. Las Olas siguen jugando, se empujan, se arrojan cojines, se placan como en el rugby, se beben el batido antes de que se desparrame por todas partes, sobre la ropa y el sofá. Amigas. Desde siempre. Como siempre. La amistad es un hilo sutil e indestructible que atraviesa la vida y todos sus cambios.

Trece

Alex y Flavio salen de casa de Enrico. Flavio se ha cambiado, viste de nuevo un par de vaqueros y se está poniendo bien el suéter.

– Pobre Enrico… Lo siento mucho por él. Todavía recuerdo su boda; era el hombre más feliz del mundo. ¿Cuánto tiempo hace que se casó?

– Seis años. Ni siquiera ha llegado a la crisis del séptimo, pero aun así ha durado demasiado. Hay algunos que resisten un año, seis meses… Por no hablar de la gente del mundo del espectáculo. ¿Recuerdas esa historia de hace algunos años? Esa actriz…, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Claudia Pandolfi. Pues bien, los superó a todos: se casó y se separó a los setenta y cinco días…

– Sí, pero te olvidas del mito de Paul Newman, que siempre estuvo casado con la misma mujer, y ambos vivieron felices y enamorados. Es suya la famosa frase que dice: «¿Por qué debería comer una hamburguesa en cualquier sitio cuando en casa me espera un sano y delicioso filete?».

– Explícaselo a Pietro… ¡Ése se contenta incluso con un perrito caliente frío con tal de comer fuera de casa!

Flavio se detiene en el patio y abre la bolsa de deporte.

– ¿Qué haces?

– Nada… -Coge la camiseta y el albornoz, abre la bomba del agua y moja las prendas.

– Pero si están limpios…

– Precisamente, a ver quién le explica a Cristina por qué no hemos jugado…

– Chicos, sois unos paranoicos…

– La prudencia nunca está de más… Y ya sabes que incluso el más limpio…

– ¿Qué quieres decir?

– Que nuestras respectivas esposas jamás se creerán que no hemos ido a jugar para consolar a Enrico… ¡De manera que es mejor que hayamos jugado!

Alex se encamina hacia el coche. -Me he quedado de piedra.

Flavio se acerca a él sin perder un segundo.

– En ese caso, ¿puedo decirte algo, Alex? Te lo digo por experiencia: ellas no deben tener jamás la menor sombra de duda; de lo contrario, será el fin. Tienes que demostrar seguridad.

– ¿Incluso cuando ya estás casado?

– ¡Por supuesto! ¡Sobre todo entonces! ¿Te das cuenta de cómo lo has dicho? Incluso cuando ya estás casado… ¡Pero es que todo empieza ahí!

– No, escucha, lo que quería decir es que si has llegado a tomar la decisión de casarte con ella es porque has encontrado a la mujer adecuada, ella era la que buscabas. Ya no puede haber tensión entre vosotros, sino sólo armonía, complicidad, confianza… En fin, como un equipo ganador. ¡Y debería ser siempre así!

– ¡Eso es, has dicho la frase justa! -Flavio entra en su coche-. Debería ser así… Pero ¿lo es? Antes te ha llamado Niki y su móvil funcionaba. Pero ¿ahora? ¿Funcionará o lo tendrá apagado? ¿Tienes confianza en ella? ¿Estará de verdad en casa de sus amigas? ¿Y con ellas? O haces como yo, que jamás he tenido la menor duda sobre Cristina, vivo sin sentir celos y hasta creo que ella aprecia mi confianza ilimitada…, o dentro de diez minutos haces una prueba y llamas a Niki. Y no sólo para oír su voz. Eso sólo puedes saberlo tú. -Flavio sonríe ampliamente y cierra la puerta. Pone en marcha el coche y baja la ventanilla-. Sólo tú. Tú y nadie más. Confianza o celos…, ¡ése es el dilema! -y se aleja dejándolo así, solo, en medio de la calle.

Alex no ve la hora de que Flavio doble la esquina. Saca de inmediato el móvil de su bolsillo y teclea el número. Permanece por un instante en silencio, conteniendo el aliento y también los latidos de su corazón, porque teme que el teléfono de Niki esté apagado.

por fin oye la señal. «Tuuu… Tuuu…» Alex sonríe. Está libre. Encendido. ¿Y ahora? Ahora contestará…, ¿verdad?

Catorce

Niki sigue en casa de Olly, riéndose y bromeando con sus amigas.

– ¡Parad, antes me habéis tirado el batido por encima! ¡Ay…, vamos!

– ¡Pero si no es nada, está frío, así que te hará bien en las piernas!

– ¡De eso nada, me las mancha!

– ¿Y quién te va a ver?… Sólo Alex, ¿me equivoco?

– No lo sé…

– ¿Ah, no? -y se abalanzan de nuevo sobre ella y empiezan a hacerle cosquillas.

– No, os lo ruego, cosquillas no, no me encuentro bien. He comido. Socorro, ¡basta o vomitaré encima de vosotras! Os juro que lo haré…

– ¡En ese caso, dinos de inmediato el nombre de ese tío tan bueno que has conocido!

Niki se ríe y forcejea bajo sus manos, que siguen haciéndole cosquillas.

– Socorro, ay, basta, os juro que no me acuerdo…

Luego consigue escabullirse por debajo, resbala del sofá y escapa hasta que se detiene junto a su bolso.

Justo en ese momento oye el móvil, que había puesto en modo de vibración. Es Alex, que prueba a llamarla. Una, dos, tres llamadas. Niki busca el teléfono en el bolso, lo encuentra y responde en el último momento.

– ¡Por fin! Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no contestabas? -Es obvio que Alex está agitado.

Niki mira a sus amigas por un instante y se le ocurre una idea.

– Ah, hola… ¿Cómo estás? ¡Qué sorpresa! -Acto seguido tapa el micrófono con la mano y se dirige a sus amigas-: Es él, es él. ¡No me lo puedo creer! -salta en el sitio con una alegría incontenible.

– Nosotras tampoco -susurra Olly acercándose a ella.

Todas la rodean de inmediato, se pegan a ella aproximando la oreja al móvil para escuchar la voz y, sobre todo, lo que dirá el nuevo.

Alex mira boquiabierto el teléfono.

– ¡Qué sorpresa ni que ocho cuartos! ¡Pero si acabamos de hablar!

Niki entiende que sus amigas están a punto de reconocerlo y se aparta de repente del grupo.

– Bueno, pero para mí es una sorpresa oírte de nuevo… ¿Sabes que hoy estás encantador?

– ¿Hoy? ¿Y cuándo nos hemos visto? Pero si cuando me despedí de ti todavía iba en pijama…

– Por eso mismo, estabas perfecto así…, con ese pijama…

Alex cada vez entiende menos lo que está ocurriendo.

– ¿Qué te pasa, Niki? ¿Has bebido? -Un instante después, Niki ya no puede mantenerse alejada de las Olas, que al final logran inmovilizarla. Trata de no soltar el móvil, lo cubre con la mano-. No, vamos, quietas, es mío, es mío…

Alex oye todo el revuelo.

– ¿Qué es tuyo? ¿Niki?

Olly le arrebata el Nokia mientras Alex intenta entender algo.

– ¿Hola? ¿Hola?… ¿Niki? Pero ¿qué pasa?

Olly escucha por el móvil.

– No, quieta, devuélvemelo… ¡Devuélvemelo! -Niki forcejea mientras Erica y Diletta la sujetan, tratando de recuperar el móvil.

Pero Olly lo ha reconocido ya.

– ¡Hola, Alex!

– ¿Quién es? ¿Olly?

– ¡Claro! Soy yo… ¿Cómo estás?

– De maravilla, pero ¿se puede saber qué le pasa a Niki?

Olly mira a la prisionera de las Olas.

– Ha tenido que ir corriendo al baño. Hacía ya una hora que se

estaba haciendo pipí… Hemos bebido unos batidos, tisanas…, ya sabes cómo son esas cosas… Ah, aquí está, ya ha vuelto, te la paso.

Las Olas la liberan.

– ¿Hola?

Alex sigue patidifuso en medio de la calle.

– Niki, pero ¿qué pasa? ¿Qué sucede?

– Te lo acaba de decir Olly, ¿no? Tenía que hacer pipí, ¡no podía aguantarme más!

– Perdona, pero… ¿no podías llevarme al cuarto de baño contigo?

– ¿A hacer pipí? ¿Mientras hablamos por el móvil? ¡Guarro! Con el mío también pueden hacerse videollamadas, ya lo sabes… Querías espiarme, ¿eh?

– ¿Yo? Estáis locas. Bueno, me voy a casa. ¿Hablamos luego?

– De acuerdo, cuando llegue a casa te llamo. -Niki cuelga.

Erica la mira sorprendida.

– Eh, pero ¿cuántas veces habláis por teléfono al día?

– Muchas… Muchísimas, cada vez que nos apetece.

– Peor que Giò y yo.

– ¡Sólo espero que a nosotros nos vaya mejor! ¡Sin ánimo de ofender, ¿eh?!

– Estaba segura de que no era ese tipo.

Olly se encoge de hombros, divertida.

– Y yo también.

– Pero ¿qué estáis diciendo? El hecho de que quisieseis oír su voz demuestra que no lo teníais tan claro. Sois unas mentirosas…

Diletta se sienta en el sofá.

– Yo estaba convencida de que era Alex.

– ¿Por qué?

– No sé, era una sensación… Tú no serías capaz de dejarlo de buenas a primeras y empezar a salir con otro.

Niki se hace de rogar.

– ¿Cómo puedes estar tan segura? La gente cambia, vosotras mismas lo habéis dicho. Además, nunca se sabe. ¡Claro que tú también, Olly, podrías haberte inventado algo mejor, no hay quien se trague la historia de las ganas irreprimibles de orinar!

– Pero él se lo ha creído…

– Digamos que ha preferido creérselo…

– ¡Erica!

– Tengo la impresión de que a veces los hombres saben de sobra lo que pasa y disimulan, no quieren aceptar la realidad. Mirad si no lo de Giò: piensa que cuando rompimos yo tuve una historia, pero lo cierto es que jamás he salido con nadie.

– Imagínate si supiese la verdad.

– ¡No se lo creería!

– Sí… Estoy de acuerdo…

– Creo que lo dejarías tan destrozado que optaría por pasarse a la acera de enfrente.

– ¡Olly!

– ¡Claro que sí! Si un hombre descubre que su mujer ha cambiado hasta ese punto, a buen seguro empezará a rechazar de plano al sexo femenino en general. Además, yo no tengo nada contra los homosexuales, al contrario…

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Esta noche os he invitado para celebrar algo! ¡Me han aceptado para hacer unas prácticas con un diseñador! ¡Y ésos son todos homosexuales!

– ¡Genial!

– ¿Que sean homosexuales?

– No, ¡las prácticas!

– Sí, estoy muy feliz.

– ¡Fantástico! Felicidades…

Olly se precipita a la cocina, coge una tarta blanca y rosa llena de copos de azúcar, con las siguientes palabras escritas encima con signos de exclamación: «En prácticas… ¡Sin riesgos!», y la coloca en el centro de la mesa de la sala.

Todas se acercan.

– ¿Qué significa?

– Que no correré la suerte de la Lewinsky… ¡Ya te lo he dicho! ¡Mi jefe es marica!

– ¡Eres demasiado, Olly!

– ¡Soy demasiado feliz! Al menos ganaré un poco de dinero y no dependeré exclusivamente de mi madre…

– ¡Pero si esta casa se la debes sobre todo a ella!

– ¡Claro! A ver quién podría permitírsela, si no…

– Míranos a nosotras, vivimos en casa de nuestros padres, seremos unas niñatas el resto de nuestras vidas…

– No, hay una forma de evitarlo -Olly pasa el primer trozo de tarta. Erica lo coge.

– Sí, claro, que nos adopte tu madre y que nos financie.

– Siempre podéis casaros.

– ¡Qué triste!

– ¿Casarse?

Niki se apodera del segundo pedazo.

– No, quiero decir hacerlo con la única intención de salir de casa…

– No sabes cuánta gente lo hace sólo por eso… -A Diletta le corresponde el último.

– De acuerdo, pero debe seguir siendo un sueño… Si se convierte en un mero trámite, ¿qué gracia tiene?

– Sí, tienes razón.

Y esta vez todas están de acuerdo, al menos en eso. Y se comen la tarta hecha con nata y cubierta de unos ligeros copos rosas de azúcar risueñas, pensativas y en silencio, exclamando de vez en cuando «Mmm… ¡Qué rica!»

– Sí… Otro kilo más… Todo aquí…

Con la alegría en los ojos, el futuro incierto, pero con mucha dulzura en la boca y todas con ese pequeño gran sueño en el corazón Una casa propia donde sentirse libres y protegidas. Una casa que decorar, construir e inventar. Una manera de sentirse aún más mayores.

Quince

Noche ciudadana. Noche de personas que se adormecen y de otras que no lo consiguen. Noche de pensamientos ligeros que mecen el sueño. Noche de miedos y de incertidumbres que lo hacen desaparecer. «Noche de pensamientos y de amores para abrir estos brazos a nuevos mundos», como canta Michele Zarrillo.

Un poco más tarde, Niki, divertida y satisfecha, se mete en la cama y manda un sms a Alex: «Hola, amor mío, acabo de volver a casa y me voy a la cama. Te echo de menos.»

Alex sonríe al leerlo y le contesta: «Yo también te echo de menos… Siempre. Eres mi sol nocturno, mi luna de día, mi mejor sonrisa. Te quiero.»

Y todo parece sereno. Una ligera brisa nocturna, alguna que otra nube parece deslizarse sobre esa alfombra azul. Y, sin embargo, la noche no es en modo alguno tranquila.

Más lejos. En otra casa. Alguien no consigue conciliar el sueño.

Enrico camina arriba y abajo por la sala, después entra sigilosamente en el dormitorio de la niña, la mira preocupado en la penumbra, una cara menuda oculta por una sábana, una respiración ligera, tan ligera que Enrico debe acercarse a ella para poder oírla. Y respira Profundamente, su fragancia delicada, su olor a recién nacido, esa frescura, el encanto que transmiten esas manos tan minúsculas, tan Ciertas, abiertas, aferradas al pequeño almohadón, a su nuevo y personalísimo nuevo mundo, y después, dulcemente, otra vez cerradas, pero expresando en todo momento una serenidad increíble. Enrico inspira profundamente y a continuación sale del cuarto dejando un pequeño resquicio de luz. Reforzado, revigorizado por su criatura, que es sólo suya, el milagro de la vida. Por un instante su mente se desplaza a toda velocidad a través de los mares, las montañas, otros países, ríos, lagos, y de nuevo la tierra para llegar allí, a esa playa. Y se imagina a Camilla caminando bajo la luz del sol por esa arena, a orillas del mar, con un pareo atado a la cintura, riéndose, bromeando y charlando con el tipo que la acompaña. Pero sólo la ve a ella, nada más, su sonrisa, sus carcajadas, sus bonitos dientes blancos, su piel ya ligeramente morena, y siente que casi se acerca a ella, que la acaricia y que hacen el amor por última vez. Como si fuese Denzel Washington en Déjà vu con aquella guapísima mujer de color. Luego Enrico la ve entrar en el bungalow y él se queda fuera. Solo, abandonado, intruso, fuera de lugar, indeseado, de más. Mientras tanto, otro entra en su lugar, sonriendo, y cierra la puerta. Y él debe limitarse a mirar desde lejos, a imaginar, y sufre al recordar el deseo, la pasión, el sabor de sus besos, la excitación que sentía cuando la desnudaba, sus vestidos elegantes, su modo de agitar el pelo, de quitarse las medias, de echarse sobre la cama, de acariciarse… Y el sufrimiento se hace enorme y se transforma en rabia, y nota en silencio sus ojos empañados y un vacío enorme en su interior. Sufre, pero antes de que caiga la primera lágrima, se acerca al ordenador. Y la calma vuelve lentamente, de forma difusa, como esa luz que ilumina la pantalla. Inspira profundamente. Otra vez. De nuevo. Y el dolor se aplaca poco a poco. Un pensamiento ligero que se aleja como una gaviota volando a ras de las olas mal-divas. Siente una amarga certeza: creces, experimentas, aprendes, crees saber cómo funcionan las cosas, estás convencido de haber encontrado la clave que te permitirá entender y enfrentarte a todo. Pero después, cuando menos te lo esperas, cuando el equilibrio parece perfecto, cuando crees haber dado todas las respuestas o, al menos, la mayor parte de ellas, surge una nueva adivinanza. Y no sabes qué responder. Te pilla por sorpresa. Lo único que consigues entender es que el amor no te pertenece, que es ese mágico momento en que dos personas deciden a la vez vivir, saborear a fondo las cosas, soñando, cantando en el alma, sintiéndose ligeras y únicas. Sin posibilidad de razonar demasiado. Hasta que ambas lo deseen. Hasta que una de las dos se marche. Y no habrá manera, hechos o palabras que puedan hacer entrar en razón al otro. Porque el amor no responde a razones… Enrico mira a la persona que ya no está ahí. Ahora sólo puede admirar a esa gaviota. Roza el agua, las olas, y da la impresión de que, cuando planea sobre el mar, escribe la palabra «fin».

Enrico exhala un último suspiro, entra en Google, teclea esa palabra y después hace clic en «buscar». En la pantalla aparece de improviso la única y auténtica solución posible a ese momento: canguro.

Olly acaba de lavar los platos en los que han comido la tarta sus amigas las Olas. Los mete en la pila y deja correr el agua. Recoge las cuatro cucharillas y las mete en un vaso; después vuelve a la sala a recuperar los restos de la tarta. Qué risa, se la han comido cortándola justo por la mitad, de forma que el significado de la frase que había escrita encima ha cambiado. ¿Será una broma del destino o el desesperado intento de las Olas por hacer un poco de dieta? El hecho es que el «sin» ha desaparecido, y Olly mete la tarta en la nevera experimentando un extraño presentimiento, casi una amenaza, el peligro que sugieren las letras que sobresalen en medio de toda esa dulzura dejando un pensamiento amargo: «En prácticas… riesgos!»

Son las dos de la madrugada. Pietro sale sigilosamente del portal. Intenta ocultar su cara, como si se tratara de un ladrón que acaba de desvalijar un piso. Aunque, en realidad, son dos los que han dado el golpe después de reconocer que no son capaces de vivir exclusivamente con lo que tienen. Quieren más, quieren algo distinto. Quieren 'o que no tienen y se lo roban el uno al otro.

Pietro entra en el coche, lo pone en marcha y arranca a toda velocidad en medio de la noche. Da la impresión de que ahora se siente casi satisfecho, exhala un largo suspiro. También esta vez las cosas han salido rodadas, piensa, como si se tratara de un extraño campeonato, un torneo ridículo donde el primero y el último son una única persona, dado que en la competición sólo participa ella y, por tanto, no se enfrenta a nadie.

Erica entra a hurtadillas en su casa. Contempla la sala. Mierda, lo que me faltaba. Siempre sucede lo mismo. Mi padre ha vuelto a dormirse delante de la televisión. Pasa por delante de él tratando de hacer el menor ruido posible y se dirige hacia el dormitorio, pero después cambia de opinión y regresa a la sala.

Es irremediable, la curiosidad supera al riesgo. Se acerca a la agenda que hay sobre la mesita, justo en la esquina más próxima al sofá donde duerme su padre. Veamos quién me ha llamado. Casi lo susurra para sus adentros: «Para Erica: Silvio, Giorgio y Dario.» Qué coñazo… Ninguno de los que me interesan.

Rrrrr. El fuerte ruido la sobresalta. Su padre ha emitido una especie de ronquido repentino, un gruñido nocturno; en fin, que le ha dado un buen susto. Erica alza el brazo al cielo como si pretendiese mandarlo a hacer puñetas, pero después sonríe, escucha su corazón con la mano apoyada en su pecho y nota que late a toda velocidad. Sacude la cabeza y se encamina hacia su dormitorio. No puede apagar la tele porque la última vez que lo hizo su padre se despertó de golpe, estuvo a punto de darle un patatús, y se levantó del sofá de un salto. El repentino silencio que se produjo al apagar el televisor había sido como un ruido absurdo para alguien que dormía a pierna suelta en medio de todo aquel estruendo.

Erica cierra la puerta de la sala, ahora avanza más rápidamente por el pasillo, dado que su madre duerme profundamente, entra en su cuarto y se desnuda en un tiempo récord. Camiseta, zapatos, pantalones cortos y cinturón. Es una hacha. Conseguiría desprenderse de cualquier cosa en la oscuridad, incluso aunque estuviera llena de botones. Lo arroja todo sobre el sillón. A oscuras, sin embargo, la puntería no puede ser muy buena, de manera que la camiseta acaba en el suelo. Lo notará a la mañana siguiente. Lo importante es que le dé tiempo de colocarlo todo en su sitio antes de que alguien entre en la habitación. Va en seguida al cuarto de baño, se lava los dientes, se pasa el cepillo por el pelo, se enjuaga la cara rápidamente y se pone el pijama.

Antes de meterse en la cama coge el móvil para cargarlo. No tiene ningún mensaje. Ningún sobrecito parpadeante. Ninguna novedad. Uf. Escribe a toda velocidad: «¿Estás ahí?» Y se lo manda a Giò. Espera un minuto. Dos. Al final se encoge de hombros. Da igual, se habrá dormido ya. Después Erica sonríe. Quizá esté soñando conmigo. Y con esa última idea en la cabeza, llena de confianza, se desliza bajo las sábanas y se adormece feliz. No piensa que cuando has dejado de querer a una persona no debes mantenerla ligada a ti por el mero hecho de que te da seguridad y te hace sentir importante. El coste de la independencia es la libertad, y ésta sólo puede ser total cuando uno es honesto consigo mismo y con las personas a las que ha amado.

Alex se revuelve inquieto en la cama. Suda ligeramente. Tiene una pesadilla. Se despierta sobresaltado. Mira de inmediato el reloj. Las seis y cuarenta. Bebe un vaso de agua y, por primera vez en mucho tiempo, recuerda el sueño que acaba de tener. Por lo general, los olvida siempre. Esta vez, en cambio, se acuerda de todos los detalles. Está en un tribunal. Todos los abogados van tocados con pelucas blancas y vestidos con largas togas y birretes negros. Cuando se vuelve, de improviso ve que sus abogados defensores no son sino sus amigos Pietro, Enrico y Flavio, mientras que los de la otra parte, los de la acusación, son sus esposas: Susanna, Camilla y Cristina. Tienen la cara empolvada de blanco. El jurado lo componen las amigas de Niki: Olly, Erica y Diletta, con sus respectivos novios, los padres de Niki, ¡y los suyos Propios! Y luego, de repente, oye una voz: «En pie, va a entrar la jueza.» En el centro de la sala, detrás de una gran mesa de madera, hay un sillón enorme de piel donde se sienta ella, la jueza: Niki. Está guapísima, pero parece más mujer, más adulta, da la impresión de que ha crecido. Está serena. Da unos fuertes golpes con el mazo sobre la mesa.

– Silencio. Declaro al imputado… culpable.

Alex se queda petrificado, desconcertado, y se vuelve, mira alrededor, pero todos asienten con un movimiento de cabeza. Él, en cambio, busca una explicación.

– Pero ¿por qué? ¿Qué he hecho?…

– Qué no has hecho… -Pietro le sonríe asintiendo con la cabeza y a continuación le guiña un ojo-. Nosotros te consideramos inocente.

Justo en ese momento se ha despertado.

Alex camina por la casa, son ya las siete y veinte. Reflexiona sobre el sueño sin lograr entenderlo, de manera que se acerca al ordenador. ¿Qué reuniones tenemos hoy? Abre la página de las citas. Ah sí, briefing a las doce, pero no es muy importante, y por la tarde el control de esos diseños… En ese instante, como por arte de magia, se da cuenta de que Niki no ha cerrado su página de Facebook. Lo decide en un instante, en un momento que parece eterno, envuelto en un silencio hechizado, casi suspendido. Sí, siento curiosidad. Quiero saber. De manera que, repentinamente débil, ávido, mezquino, hace clic y, plop, se le abre un mundo. Una serie de chicos de los que nunca ha oído hablar y a quienes no conoce, y todos sus mensajes en el muro.

«¡Eh, guapa! ¿Qué haces?, ¿sales? ¿Cuándo nos vemos? ¿Sabes que eres un auténtico bombón? ¿De verdad tienes novio o es sólo una tapadera?» Giorgio, Giovanni, Francesco y Alfio. Los nombres más absurdos, los comentarios más absurdos y las fotografías aún más absurdas. Unos tipos con gafas de espejo, cadena de oro, camiseta blanca, vaqueros ajustados, cazadora de piel, unos cinturones con unas hebillas enormes y unos músculos prominentes. Otros con el pelo largo y escalonado, con un mechón sobre los ojos, delgados, y con unas camisas ajustadas estilo roquero. Alguno que otro más intelectual, con gafitas y cara anónima. Pero ¿quién es toda esta gente, quiénes son, qué quieren y, sobre todo, qué hacen en el espacio de Niki? Dan miedo, muerden en lugar de cortejar. Alex palidece, vuelve a verse en esa sala con los abogados amigos y enemigos que asienten como antes. Y de repente comprende el sueño. ¡Culpable! Sí, culpable de haberla dejado escapar.

Dieciséis

Alex desayuna, se afeita, se ducha, se viste, y en un abrir y cerrar de ojos se encuentra en el coche. No puede ser… Tú, con treinta y siete años cumplidos, y vuelves a hacer esto… No, no puede ser. Pero después oye un eco lejano, una frase que ha oído ya: «Pero Alex, el amor no tiene edad…» Es cierto; sonríe: es justo así. Luego su sonrisa se hace más cauta. Es cierto, no tiene edad. Para bien y para mal.

Suena el timbre. Enrico mira el reloj. Bien. Han llegado. Va a abrir. En el rellano hay una fila de chicas esperando. De aspecto y estilos completamente diferentes. Una rubia con muchas trencitas y un pantalón de peto vaquero. Otra con una gorra con el ala azul y un vestidito de flores. Otra está leyendo un libro y lleva unos auriculares en las orejas. Enrico las cuenta rápidamente. Deben de ser unas diez. Bien. Su anuncio ha tenido resonancia.

La primera chica de la fila, la que ha llamado al timbre, lo saluda:

– Hola, ¿es aquí?

– ¡Buenos días! Sí… -responde Enrico mirándola. Viste un par de vaqueros de dos colores, modelo skinny, de cintura alta, y una camiseta ligera de manga larga, negra y completamente transparente que deja entrever el sujetador.

– Bien… -le sonríe masticando chicle-. Estoy lista.

– Entra…, por favor.

La chica pasa por su lado y se detiene en medio de la sala.

– ¿Dónde me pongo?

Enrico saluda a las otras chicas que se encuentran en el rellano y les dice que las llamará en seguida. Acto seguido cierra la puerta.

– Bueno, ahí está bien, junto a la mesita, estaremos más cómodos.

– Pero yo sentada no puedo…

Enrico la mira asombrado.

– Perdona, pero ¿a qué te refieres? En cualquier caso, si lo prefieres puedes quedarte de pie; vale, hablaremos de pie.

La chica lo escruta y esboza una sonrisa.

– Bien. Veamos, me llamo Rachele, tengo veinte años y canto desde que tenía seis.

Enrico la escucha. Se rasca levemente la frente.

– ¿Ah sí? Bien… A Ingrid le gustan las canciones.

Rachele lo mira.

– ¿Ingrid? ¿Quién es? ¿Otra examinadora?

Enrico se echa a reír.

– Bueno, la verdad es que debería elegir ella, sólo que no puede… Es mejor que lo haga yo.

– Ah…, pues bien, lo que más me gusta es el pop. Y me sé todas las canciones de Elisa y de Gianna Nannini.

Enrico la mira con mayor atención. Por lo visto, ésta se concentra en el repertorio musical. Se ve que a los críos los entretiene así.

– Bien, ¿tienes mucha experiencia con los niños?

– ¿Te refieres a los coros?

Enrico arquea las cejas.

– No, quiero decir con los niños. ¿Te las arreglas?

Rachele parece pasmada.

– ¿Puedes explicarme qué tipo de espectáculo pretendes montar?

– ¿Espectáculo? -Enrico la mira estupefacto.

– Sí, la prueba. ¿Para qué espectáculo nos estás seleccionando?

– Aquí el único espectáculo es mi hija Ingrid.

– ¿Tu hija? ¿Ingrid? Perdona, pero…

– ¿Se puede saber por qué has venido, Rachele?

– ¿Cómo que por qué? ¡Para hacer una prueba como cantante!

Enrico la mira y suelta una carcajada.

– ¿Cantante? ¡Pero si yo estoy buscando una canguro!

Rachele coge bruscamente su bolso, lo abre y saca un periódico.

_No…, me he equivocado. ¡Qué coñazo!

– ¡Pese a todo, la idea de tener una canguro que canta no está nada mal! -dice Enrico.

– Bueno, pero caramba…

Enrico se percata de su decepción.

– Venga, ya verás cómo lo consigues… la próxima vez -y hace ademán de acompañarla a la puerta.

La abre, pero cuando está a punto de salir, Rachele se vuelve.

– ¿Por casualidad no conocerás a alguien que busque una cantante?

Enrico la mira negando con la cabeza. Rachele hace una mueca y se aleja.

– En fin…

– Hola, ¿quién es la próxima?

– ¡Yo!

Una chica con el pelo corto y pelirrojo se precipita en dirección al salón. Enrico vuelve a cerrar la puerta.

– Buenas tardes, me llamo Katiuscia y me he permitido preparar una cosa… -Saca de su mochila dos folios doblados y los abre. Los mira con aire grave y carraspea-. Veamos, se me ha ocurrido que quizá el mejor papel sea el de Scarlett Johansson en Diario de una niñera, ¿no? Cuando interpreta a Annie Braddock, la joven licenciada que nunca encuentra trabajo y después se convierte en la niñera de Grayer, cuya madre está forrada y completamente volcada en su carrera… Esta es la escena de cuando están juntos, ella y el niño, puedo representarla aquí, de pie… -Katiuscia habla a toda velocidad y se dispone a recitar algo.

Enrico la interrumpe:

– No, no, espera, espera… Pero ¿qué haces? No tienes que representar nada para demostrarme si vales para el puesto o no.

– ¿Cómo que no? ¿Y cómo se supone que puedes saberlo, si no?

– Le haré una entrevista, eso es todo… ¿Qué horarios puedes hacer? Porque yo necesito a alguien que esté con Ingrid casi hasta las siete de la tarde…, en fin, que sea un poco flexible.

– Perdona, pero… ¿ésta no es la prueba para el papel de niñera en una película?

Enrico apenas puede dar crédito. Pero ¿qué clase de gente ha ido a su casa? Nadie ha entendido una palabra.

– No, escucha, yo sólo estoy buscando una canguro para mi hija…

– Joder, pues podrías haberlo escrito, ¿no?

– ¡Y lo he hecho! ¡En el periódico!

– ¡De eso nada, deberías haberlo explicado mejor!

Es increíble. Enrico decide cortar por lo sano.

– Vale, vale. Venga, no pasa nada…

– Puede que para ti no, pero yo me he pasado la noche preparando el papel. -Katiuscia coge la mochila, se arregla la ropa y hace ademán de marcharse-. No deberías tomarle el pelo a la gente de esta manera. -A continuación sale dando un portazo a sus espaldas.

Enrico la sigue. Vuelve a abrir la puerta y la ve desaparecer hecha un basilisco. Enrico abre los brazos.

– Veamos, ¿a quién le toca ahora?

Y una tras otra entrevista a todas las chicas. Habla. Pregunta. Al menos, éstas lo han entendido. ¡Son canguros de verdad! Algunas parecen convencerlo; otras, no tanto. Va a buscar a Ingrid, intenta ver cómo se relaciona con las aspirantes a canguro, piensa, sopesa, hace alguna que otra pregunta más. A todas les dice: «Te llamaré.» Y cuando acompaña a la última a la puerta y ella se despide de él y se aleja dándole las gracias, Enrico ve a una chica que en ese momento pasa por el rellano. Lleva en las manos dos bolsas de la compra de tela verde y una mochila a la espalda. Escucha música con unos auriculares.

– Ah, bien, eres la última. Entra, por favor… -hace un ademán con el brazo para indicarle que entre en la casa.

La chica es rubia, con el pelo liso peinado hacia atrás y sujeto por una pequeña diadema azul, viste unos pantalones blancos y un suéter azul; nota el gesto pero no lo oye. Lo mira un poco sorprendida. Se detiene, deja las bolsas en el suelo y se quita uno de los auriculares.

– ¿Estás hablando conmigo?

– Claro, ¿con quién si no? Eres la última de hoy… Venga, pasa.

Ella hace una pequeña mueca. Luego se quita el otro auricular. Comprueba su reloj. Escruta por unos instantes delante de ella como si tratara de divisar algo o a alguien al fondo del rellano.

– La verdad es que yo…

– ¿Yo, qué? Se ha hecho un poco tarde, pero todavía tenemos tiempo. Tengo que ir al despacho, de manera que si no lo hacemos ahora tendremos que dejarlo para mañana. Entra, no tardaremos nada.

La chica parece cada vez más sorprendida por la situación. Pero ¿qué quiere ese tipo? Aunque la verdad es que tiene una cara simpática, parece agradable. Me muero de curiosidad. Sólo que, a decir verdad, en el fondo ni siquiera lo conozco. No debería estar aquí perdiendo tiempo. Al final, sin embargo, la curiosidad puede con ella. Esboza una sonrisa. Coge las dos bolsas del suelo.

– ¿Has hecho la compra?

– Sí, ¿por qué?

– No, por nada…

Enrico sacude la cabeza y reflexiona durante unos minutos. Es cierto, ella tiene razón, ¿qué tiene de malo? Al contrario, hasta parece una chica más práctica que las demás, va a hacer una entrevista y aun así aprovecha bien el tiempo.

– Pasa, por favor… -Enrico la guía al interior del piso.

La chica lo sigue todavía vacilante. Entra, mira alrededor. Ve una serie de cosas tiradas de cualquier manera sobre el sofá, zapatillas de andar por casa boca abajo y un póster colgado de la pared. Una fotografía. Representa a un hombre que abraza a un recién nacido con una camiseta rosa y un chupete. Una niña, entonces. Reconoce al tipo de la foto, es el mismo que la ha invitado a entrar.

– Puedes sentarte ahí. Veamos, ¿cómo te llamas?

La chica vuelve a dejar las bolsas en el suelo y se sienta.

– Anna.

– Encantado, yo, supongo que ya lo sabes, me llamo Enrico…, papá Enrico… -Se ríe un poco cohibido.

Anna lo mira. La verdad es que no sabía que te llamaras Enrico. Ni tampoco que fueras padre. Sigue sin entender la situación, la encuentra cada vez más cómica y decide seguirle el juego.

– ¿Cuántos años tienes?

– Veintisiete. Estoy acabando la universidad. Estudio psicología.

– ¿Psicología? ¡Perfecto! ¿Y cuánto tiempo libre te queda al día?

– Bah…, no trabajo, de manera que, quitando algunas pocas clases a las que asisto en la facultad…, para serte sincera estoy en casa…

– Bueno, eso sería perfecto… ¿Dónde vives? ¿Lejos de aquí?

Anna sigue sin entender una palabra.

– La verdad es que vivo en el piso de arriba… De hecho, antes…

– No…, no me lo puedo creer. ¿Aquí arriba? Nunca te había visto. De manera que te has quedado a hacer la entrevista antes de volver a casa. ¡Estupendo! Así sería mucho más cómodo, la verdad…

– Sí, me mudé hace poco. Mi tía me dejó la casa. Quizá la hayas visto alguna vez: es una señora alta, pelirroja… Y mi novio vino a vivir conmigo hace algunas semanas. -¿Por qué le estoy dando tantas explicaciones?

– Ah, sea como sea, me pareces perfecta. Estudias y por eso tienes un horario más flexible. Vives en el piso de arriba. Sí, decididamente eres perfecta. ¿Cuándo empiezas?

– ¿Empezar, qué?

– ¿Cómo que qué? Pues a ser la canguro de mi hija. Has venido para eso, ¿no?

– La verdad es que no. Al ver que insistías, entré. Yo sólo pasaba por el rellano para ir a mi casa. Jamás cojo el ascensor. Así hago un poco de ejercicio…

Enrico la mira fijamente.

– ¿Eso quiere decir… que no estás buscando trabajo? ¿Que no estás aquí para hacer la entrevista?

– Eh, no. Ya te lo he dicho, ha sido una coincidencia, pasaba por aquí…

– Ah -Enrico parece decepcionado. Mira por la puerta cristalera que da a la terraza-. Ya decía yo que era demasiado bonito…

Anna percibe su inquietud y sonríe.

– En cualquier caso, eres un hombre afortunado…

– Anda ya. La única que me parecía un poco buena después de toda una tarde de entrevistas va y entra aquí por casualidad y, por si fuera poco, ni siquiera busca trabajo. Muy afortunado, sí. Mañana tendré que volver a empezar desde el principio.

– Eres un pesimista crónico. ¿No crees en el destino? ¿En las coincidencias? Antes te he dicho que no tengo trabajo…, pero no que no lo esté buscando. El tuyo me parece perfecto. De haberlo sabido, habría bastado con bajar la escalera…

Enrico la mira y se le ilumina el rostro.

– ¡Fantástico! A partir de mañana trabajarás aquí -dice, y ni siquiera se le ocurre ir a buscar de nuevo a Ingrid. Sabe de antemano que las dos se llevarán bien.

Anna sonríe. Se levanta. Coge sus bolsas.

– Genial… ¡Pero ten cuidado con confundir con el fontanero a cualquier inquilino que pase casualmente por el rellano! -Se encamina hacia la puerta. Enrico se levanta de golpe, la sigue, se adelanta a ella y le abre la puerta. Anna pasa por delante de él-. ¡Hasta mañana, entonces! -y se aleja.

Enrico la contempla mientras desaparece al doblar la esquina. Sí. Parece simpática. Y además es muy mona. Pero eso a Ingrid no le interesa…

Diecisiete

Alex se detiene y aparca a escasos metros del portal de Niki. Mira el reloj. Son las nueve y media. Me dijo que tenía clase a las diez, debería salir ahora. En ese preciso momento se abre la puerta. Y sale… Niki. Parece mayor, más mujer. Claro… ¡Es Simona, su madre! Dios mío, como me vea ahora… ¡Alex! ¡Precisamente tú! Pero bueno, creíamos que tú eras el mayor de la pareja. El más maduro y fiable. Y, en cambio…, ¿qué haces? ¿Espías a mi hija? ¿Por qué? ¿Se comporta mal? ¿Hay algo en ella que te hace dudar? Bueno, que tenga nuevos amigos me parece normal, una nueva escuela, la facultad… Pero todo eso no tiene ninguna importancia.

Alex se desliza hacia abajo en el asiento, casi desaparece bajo el volante, se esconde avergonzado de lo absurdo de su idea. Y en seguida busca algún argumento de defensa. Perdone, señora… No hay amor sin celos. «Los celos…, cuanto más los alejas más los sientes… La serpiente ya está aquí, ha llegado, se ha instalado entre nosotros, engulle tu corazón como si fuese un tomate, y te vuelve loco, es como un toro y, como tal, no obedece a razones…» Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Canto a Celentano? ¡No! ¡Eso es! Tengo que simplificar. Señora, he venido… ¡por amor! Justo en ese momento mira de nuevo a Simona, la madre de Niki, y ve que sube a un coche, se vuelve, abre la ventanilla y saluda a la chica que está saliendo en moto. Sí. Es ella. ¡Niki! Alex pone en marcha el motor y arranca, oculta la cara cuando se cruza con Simona, que conduce en dirección opuesta. Después dobla la esquina y sigue su carrera en pos de la moto. Increíble. Como en las mejores películas: «Siga a ese coche.» Alex se ríe solo. «Mejor dicho, a esa moto…» Y por un instante casi le entran ganas de abandonarlo todo, de sonreír y de tomarse las cosas con calma. Sí, es justo que tenga su independencia, su libertad, sus contactos, sus mensajes. Debe querer que estemos juntos por encima de todo y de todos, pero no puede ser una obligación. Es más, casi es mejor que tenga varios pretendientes, al menos así podrá comparar entre unos y otros, y si me elige, al final, será porque soy su preferido. Es demasiado fácil ganar cuando se juega solo. Venga, casi que iré antes al despacho y así intentaré hacer algunos progresos sobre la idea de la película.

Luego se produce una vorágine, una extraña circunstancia, una conjunción astral, en fin, a saber por qué razón el volumen de la radio se eleva de repente, irrumpe en sus pensamientos y borra su sonrisa. Ram Power 102.70. Una la vives, una la recuerdas. «Te estás equivocando, la persona a la que has visto no es…, no es Francesca. Ella siempre está en casa esperándome. No es Francesca… Si, además, estaba con otro…, no, no puede ser ella…» Y en un instante Mogol y Battisti se convierten en los diablos tentadores, y le vienen a la mente todas las imágenes del mundo, como si se tratara de una película montada por el mejor director de todos los tiempos. Amor. Traición. Engaño. Y ahí está. Dos vidas en un instante, cuando Gwyneth Paltrow, por una extraña fatalidad del destino, vuelve a casa y lo encuentra a él con su amante. Fundido en negro y ahora Infiel, cuando a Richard Gere le llega una multa de tráfico de su mujer que lo conduce hasta la casa donde vive ese joven que vende libros usados… y descubre que tiene una historia con ella, nada que ver con los libros… Un nuevo fundido y aparece Hombres, hombres, de Doris Dorrie, cuando el marido olvida un folleto en casa, vuelve a por él y ve salir a la calle a su mujer, que poco antes estaba en la cama con los rulos puestos. Entonces la sigue y la ve rodar por un prado con una especie de hijo de las flores… Luego Alex piensa en Enrico y en su mujer, que se ha fugado con un abogado que él mismo le presentó. En Pietro y en todas sus amantes. Y deja de dudar, pisa el acelerador y empieza a correr con una única certeza. Pues sí, Celentano tiene razón. Soy celoso.

Dieciocho

Alex ve que Niki baja de la moto, bloquea la rueda y cruza apresuradamente la verja de la universidad. Está desesperado. Y ahora, ¿dónde aparco? ¿Cómo puedo saber adónde va? De repente, un coche se pone en marcha y deja un sitio libre. ¡Justo ahora! Es increíble. Caprichos del destino. ¿Qué significará? ¿Qué querrá decir? En ese mismo momento la radio le hace llegar otra señal. Carmen Consoli. «Primera luz de la mañana, te he esperado cantando en voz baja y no es la primera vez; incluso te he seguido con la mirada por encima de la mesa entre los restos del día anterior, y entre las sillas vacías algo flota en el aire. En el fondo no hay demasiada prisa. Mientras acariciaba la idea de las coincidencias, recogía las señales… Explícame qué he descuidado, ¿es ese eslabón que falta la fuente de todas las incertidumbres? Explícame qué he pasado por alto…» Pues sí, las señales. Niki, ¿me estoy perdiendo alguna? Es extraño cómo a veces las palabras más inocentes se transforman en coartadas de nuestras acciones.

Pero Alex no tiene tiempo de pensar. Ni de preocuparse. Se apea del coche y lo cierra. Segundos después, corre ya por las pequeñas avenidas de la universidad… Dios mío… La he perdido. Mira alrededor y la ve. Ahí está, justo delante de él, camina entre los estudiantes, casi saltando, ve su pelo recogido moverse con el viento. Niki sonríe y roza las plantas con la mano derecha, como si pretendiese acariciarlas. como si de algún modo quisiera formar parte de ese trozo de naturaleza que a duras penas se asoma en esas salpicaduras de terreno, que todavía respira entre las grandes losas de mármol blanco y el cemento.

– Hola, Niki… -alguien la saluda llamándola por su nombre.

– ¡Niki, guapa! -otro lo hace valiéndose de un extraño apodo.

«Niki guapa.» Pero ¿qué querrá decir? Claro que es guapa… No hace falta que nadie me lo diga, pero ¿qué necesidad hay de proclamarlo a los cuatro vientos? Además, ¿quién eres…? No le da tiempo a concluir. Un frenazo repentino a sus espaldas. Un hombre de mediana edad se asoma en seguida a la ventanilla del coche.

– ¡Muy bien, sí, señor! ¿Dónde tiene la cabeza? Aunque, a fin de cuentas, ¿qué más le da? Si muere, serán sus padres quienes lloren, ¿no? -y sigue desgañitándose como un loco.

– Chsss, se lo ruego…

– Ah, ¿es eso lo único que sabe decir? «Se lo ruego»… Pero ¿en qué mundo vive? ¿Dónde está su capacidad dialéctica?

Alex se vuelve preocupado. Los chicos que están sentados en el murete contemplan curiosos y divertidos lo que está sucediendo. Niki sigue avanzando dándole la espalda. Uf… Menos mal, no me ha visto.

– Perdone, tiene razón… Estaba distraído.

Alex aprieta el paso y se aleja intentando no perder de vista a Niki, que, mientras tanto, ha girado hacia la derecha al fondo de la avenida. Pasa por delante del grupo de jóvenes que antes la ha saludado. Uno de ellos, que ha presenciado toda la escena, baja del muro.

– Ese tipo es así… Está como una cabra, sabemos cómo es…

– Sí -añade otro-, lo hemos sufrido en nuestras propias carnes. ¡Y nuestros boletines de notas también!

– Sí, señor, ¡no se preocupe!

Alex sonríe. Después, un poco menos. Lo han llamado «señor».

Señor. ¡Madre mía, menuda impresión! Señor. Mayor. Adulto. ¡Pero también viejo! Señor… ¡Es la primera vez que me llaman señor! Y sólo ahora nota cuántos jóvenes hay a su alrededor y la cantidad de años que lo separan de ellos. Jóvenes como Niki. Sigue caminando hasta llegar al fondo de la avenida. Pues sí, para ellos soy un señor. Es decir, señor equivale a matusalén, viejo, arcaico, antiguo… ¿También lo seré para Niki? Y con esta última gran pregunta en la cabeza, entra en la Facultad de Filología.

Diecinueve

En la gran aula, el profesor camina delante de su escritorio, se mueve, se agita, participa divertido de su clase.

– «Si soy celoso, sufro cuatro veces: porque soy celoso, porque me reprocho el hecho de serlo, porque temo que mis celos acaben hiriendo al otro y porque me dejo someter por una banalidad, es decir, tengo miedo de ser excluido, de ser agresivo, de estar loco y de ser como los demás.» Pues bien, esto es lo que dice Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amoroso. Hablaba de los celos. ¿Qué es más morboso, más difícil de determinar? Los celos siempre han existido… Pensad que, por lo visto, tenemos una endorfina que los genera de manera automática, como un indicador que se enciende, que señala el peligro o, mejor dicho, la avería… Y nuestro Barthes, ensayista, crítico literario y lingüista francés, da, en mi opinión, una definición excelente de ellos.

Alex no se lo puede creer. Una lección sobre los celos. ¡Vaya día! Luego se asoma sigilosamente al aula y la ve: está un poco más abajo. Se dirige a la última fila y sigue mirándola mientras avanza entre los bancos antes de acabar detrás de un estudiante con una melena a lo Giovanni Allevi; un escondite perfecto, en pocas palabras. El profesor prosigue.

– Y si, en opinión de La Rochefoucauld, en los celos hay más amor propio que amor, podréis entender cuántos motivos tenemos hoy a nuestra disposición para debatir con profundidad sobre los celos en la literatura, un tema que no sólo concierne a vuestros colegas de psicología…

El profesor sigue explicando mientras Niki se inclina y saca de su mochila un cuaderno grande que coloca sobre la mesa, unos bolígrafos y unos rotuladores fluorescentes. Abre el cuaderno mientras escucha las palabras del profesor. De vez en cuando anota algo, a continuación se acoda en el banco y apoya un poco la cabeza. Bosteza alguna que otra vez y al final, sólo al final, se tapa la boca con la mano. Alex sonríe, pero poco después Niki parece ver a alguien un poco más abajo, a la izquierda, y lo saluda. «¡Hola, hola!», parece decir desde su sitio mientras agita los brazos en silencio. A continuación le indica con otro gesto que se verán luego. Alex recela y, curioso, deja al joven Allevi a su derecha y se inclina hacia adelante para ver con quién está hablando Niki. Justo a tiempo. Una chica le hace la señal de «OK» con los dedos, le sonríe y acto seguido sigue escuchando al profesor. Niki la mira una vez más y después se concentra de nuevo en la lección. Qué mona. Es una amiga suya. Y yo que me imaginaba… Pero ¿qué debo imaginarme?… Soy un estúpido. En ese momento, como si sus dudas hubiesen adquirido de repente peso y forma, como si se hubiesen acercado curiosos para espiarla aún más de cerca, Niki se vuelve y mira hacia atrás. Alex se oculta de nuevo al vuelo detrás del estudiante, se esconde por completo convirtiéndose en una especie de estatua, perfectamente alineado con el joven que tiene delante, como si fuese su sombra. Está preocupado, casi sin aliento. Después, poco a poco, se inclina hacia la derecha. Niki se ha vuelto de nuevo, ahora mira hacia adelante y escucha al profesor.

– Pero nuestro François de La Rochefoucauld no se detuvo ahí; añadió que hay una única clase de amor, aunque existen innumerables parejas diferentes…

Alex suspira. Menos mal. No me ha descubierto.

– ¿Jefe? ¿Jefe?

Alex se sobresalta. En su fila, escondido debajo del banco y apoyado con una mano en la silla, hay un extraño tipo. Lleva una cazadora militar, con estrellitas desperdigadas aquí y allá sobre los hombros, el pelo largo y un poco rizado, rasta, y recogido con una cinta roja. El joven sonríe.

– Perdona, jefe, no quería asustarte… ¿Qué quieres? Hachís, marihuana, éxtasis, coca… Tengo de todo…

– No, gracias.

El tipo se encoge de hombros y sale de la clase evaporándose de la misma forma en que ha hecho su aparición. Alex sacude la cabeza Pero ¿qué respuesta le he dado? «No, gracias.» ¿Se puede saber qué estoy haciendo aquí? De modo que sale del aula con sigilo, tratando de pasar desapercibido. Mejor que me vaya al despacho… Y se dirige apresuradamente hacia el coche. Salta feliz por la avenida, de nuevo sereno, sin saber cuántas cosas podrían haber sucedido de otra forma si se hubiera quedado hasta el final de la clase.

Veinte

Olly está haciendo fotocopias. Ha pasado ya algo de tiempo desde que empezó las prácticas. Y se aburre. Sólo a veces, cuando se encuentra con Simone en los pasillos, su humor cambia. A decir verdad, ese chico es un poco distraído, un desastre, pero también es cómico, amable y sincero. Y es el único que le cuenta cómo funcionan realmente las cosas en la empresa. El único dispuesto a echarle un cable.

La habitación donde se encuentra el pequeño escritorio que han asignado a Olly es grande y está bien iluminada. Ha colocado sobre el escritorio algunos muñecos y la fotografía de las Olas. La de Giampi ha preferido evitarla. Tal vez por pudor, quién sabe. Guarda en uno de los cajones sus hojas de dibujo. De vez en cuando, a última hora de la tarde, cuando ha acabado con las pequeñas tareas que le asignan -siempre poca cosa y, en cualquier caso, en modo alguno relacionadas con sus verdaderas aspiraciones-, se entretiene dibujando inspirándose en lo que ve alrededor. En el fondo trabaja en la sede central de una casa de modas. El comienzo. Recuerda una entrevista a Luciano Ligabue que vio en la televisión. Le impresionó mucho. Decía:

«He comprobado que el éxito no es como te lo esperas, no se corresponde con la famosa ecuación éxito = felicidad. Resuelve un montón de cosas, muchas de ellas son guays, pero no es lo que creías. Y, de alguna forma, para justificar que, a fin de cuentas, me lo merezco un poco, compuse Una vita da mediano (Una vida corriente). Para decir: que sepáis que el éxito no me llegó de la nada. Escribí esa canción en un momento en que sentía la necesidad de justificar mi éxito, cosa que, por otra parte, es una soberana estupidez. Pero, a la vez, es una fase por la que debo pasar.» Olly sonríe. Esperemos que a mí me ocurra algo parecido, pese a que no voy muy encarrilada. En estos momentos ni siquiera me siento una de la media. ¡Estoy muy por debajo!

Varias de las chicas escriben en el ordenador, una llama por teléfono para hacer un pedido, otra teclea en una PDA. Se están realizando los preparativos del nuevo desfile interno destinado a los compradores y la agitación es palpable. Simone le ha explicado a Olly que la empresa ha revolucionado el concepto de distribución respecto a lo que suele suceder en el mundo de la alta costura. En lugar de obligar a los clientes a comprar grandes cantidades de prendas con varios meses de antelación, han abierto unas showrooms por toda Italia que los minoristas visitan con regularidad, a fin de tener en la tienda sólo las últimas novedades y cambiarlas a menudo, como suele hacer el «pronto moda». No obstante, el concepto se aplica en este caso a la alta costura. Ni que decir tiene que la showroom más importante es la de la empresa. Y de ahí toda esa excitación: mañana llegarán los minoristas para la cita quincenal.

De repente entra Eddy. Las chicas se detienen y se callan, después de haberlo saludado. Sus visitas no son frecuentes. Olly las imita.

– Buenos días, ¿qué hacéis? ¿Dormís? Quiero volver a ver los carteles para mañana.

Una chica abre rápidamente el ordenador portátil que tiene en su mesa, lo invita a acercarse y le enseña algo.

– Los carteles se han impreso ya. Y, según nos dijo el director, son éstos… Mire…

Eddy mira impasible la pantalla. No dice una palabra. No deja traslucir ninguna expresión. Olly lo observa. Está a cierta distancia de ellos, pero eso no le impide sentir rabia. Ese hombre le provoca un malestar instintivo. Es más fuerte que ella.

– Qué porquería… ¿Se supone que mañana haremos el desfile con esta cosa colgando alrededor?

La chica traga saliva. Es evidente que sabe de sobra lo que está a punto de suceder.

– Bueno…, señor Eddy…, el director dijo.

– Sé lo que dijo. El caso es que, viéndolos hoy, estos carteles dan ¡Asco! Jamás se os ocurre nada nuevo, provocador o diferente. jamás conseguís sorprenderme.

– Pero al director le gustan -el tono de voz de la chica es cada vez más imperceptible.

– Ah, de eso no me cabe ninguna duda. Él firma los papeles, pone el dinero. Pero ¿quién es el creativo aquí, eh? ¿Quién es el creativo? -y alza el tono.

Todas las chicas y dos chicos que se encuentran algo apartados le responden a coro, como si respondiesen a una orden:

– Usted.

Justo en ese momento entra Simone, quien, al percatarse de la presencia de Eddy, se detiene en el umbral.

– Exacto. Y yo digo que me dan asco. Y que si no me gustan, el desfile no se hace. A menos que vosotros, hombres y mujeres del marketing, los operativos, los técnicos del sector, los que sacan adelante los proyectos, no inventéis otra cosa para mañana. Y, sobre todo, algo que me convenza. Para combinarlo con esta porquería.

– Pero el director…

– Con el director ya hablaré yo. Vosotros haced el trabajo por el que se os paga. Demasiado, en cualquier caso.

Dos chicas se miran y ponen los ojos en blanco. Una hace un ligero ademán con la mano procurando que Eddy no la vea. Parece querer decir: «Pues sí, si supieses cuánto nos pagan…»

Eddy da media vuelta y, cuando está a punto de salir, la ve. Olly ha Permanecido todo el tiempo de pie delante de su escritorio.

– Oh, mira…, si hasta tenemos servicio de guardería. -Olly se es-fuerza por no reaccionar. Eddy se acerca a ella-. Dime, ¿cómo te va? ¿Es excitante hacer fotocopias?

Olly lo mira y esboza una sonrisa de circunstancias.

– Bueno…, sí…, es decir…, preferiría hacer otra cosa, como diseñar, pero me doy por satisfecha con tal de estar aquí…

Eddy la escruta. A continuación se vuelve y mira al resto del personal. -¿Lo habéis oído, gente? ¡Ella está dispuesta a hacer las fotocopias con tal de estar aquí! -Después mira la mesa de Olly. Ve el ordenador portátil. El marco con la fotografía. Vuelve a mirarla a ella-. ¿Y cómo van los dibujos de guardería? ¿Hemos pasado al menos a la escuela primaria?

Olly exhala un suspiro. Se inclina. Abre el cajón. Coge su carpeta. Coloca varios dibujos sobre la mesa y vuelve a incorporarse muy erguida. En silencio. Eddy la observa. Luego baja la mirada en dirección al escritorio. Mira por un momento los folios. Coge uno. Mantiene la misma expresión impasible de hace unos momentos. Vuelve a dejarlo sobre el escritorio. Mira a Olly. Fijamente. Ella tiembla. Jadea. El corazón le late a toda velocidad. Le sudan las manos pero intenta mantener la calma.

– Digamos que de segundo de primaria, venga… ¿Ves como estás mejorando con la fotografía? -y se vuelve sin añadir nada más, sin esperar siquiera una respuesta.

Abandona la estancia de la misma forma que entró, y todos recuperan el aliento aliviados. Dos chicas resoplan, otra se precipita al teléfono y un chico empieza a devanarse los sesos tratando de idear algo.

Simone se acerca a Olly.

– ¡Caramba! -le dice asombrado.

– ¿Caramba, qué? ¡Todavía estoy temblando! -dice Olly, que sólo ahora consigue volver a colocar en su sitio los folios poco a poco.

– ¡Es increíble!

– ¿Qué quieres decir? ¿Que siempre me humille de este modo?

– ¿Humillarte? ¿No te has dado cuenta de que te ha hecho un cumplido? ¡Y anda que no es raro!

– Ah, ¿eso era un cumplido?

– Te aseguro que sí. Hay que saber interpretar a Eddy. Él es un artista, tiene su propio lenguaje.

– Ah…, ¿y dónde puede comprarse un traductor?

Veintiuno

La clase acaba de terminar. Niki está metiendo de nuevo el cuaderno y los rotuladores en la mochila cuando alguien se sienta a su lado.

– ¿Te ha gustado la lección?

Ella se vuelve sorprendida. Es Guido. Mira por un instante al fondo de la clase, como si supiese algo. Después vuelve a concentrarse en sus apuntes.

– Oh, sí…, me encanta este profesor.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué te parece? ¿Un tipo sincero, falso, delicado, insensible, oportunista, altruista o mujeriego?

Niki se echa a reír.

– Mujeriego…, pero ¿qué palabras usas?

– J. M. Coetzee dice que sólo los hombres detestan a los mujeriegos, por celos. A las mujeres, en cambio, les gustan. Mujeres y mujeriegos son inseparables.

– Bueno…, sea como sea, creo que a Trasarti le gustan las humanidades, que es una persona amable y sensible y que quizá, quizá…, por su modo de moverse, por la feminidad que trasluce su ánimo, sí, podría ser también homosexual… Lo sea o no, lo digo como un cumplido, ¿eh?

– Bien, deja que te la lleve yo… -Guido se echa al hombro la mochila de Niki.

– No, si puedo hacerlo yo.

– Pero me gusta llevártela.

– En ese caso, de acuerdo -Niki se encoge de hombros poco convencida-, como quieras…

Guido la precede, risueño.

– ¿Adonde te acompaño?

– Tengo que ir a Secretaría a inscribirme para el examen y ver cuándo son los próximos.

– Vale, perfecto. No me creerás pero es justo lo que tenía que hacer yo también.

– De hecho, no te creo.

Guido se detiene y la mira arqueando las cejas.

– ¿Por qué no? ¿Porque la alegría y la felicidad que demuestro cuando te veo te hacen pensar en otra cosa?

– Quizá.

– ¿Sabes que yo también me he matriculado en filología y que quizá deba hacer tu mismo examen?

– Puede. Pero antes de que yo marque los exámenes, tú tienes que decirme cuáles tienes ya intención de hacer, ¿vale?

– Vale, vale -Guido asiente repetidamente con la cabeza-. Lo que han dicho mis amigos perjudica a mi persona…

– O tal vez tu imagen.

– ¿Mi imagen?

– ¿Quieres saber la verdad? Pero no debes ofenderte.

– Vale.

– Júralo.

– Lo juro.

– Tu imagen, tu modo de comportarte…

– ¿Qué quieres decir?

– Que salta a la vista que eres…, que eres…

– ¿Que soy…?

– Usando tus propias palabras, un mujeriego… Estudias las frases más efectivas para impresionar, te vistes para que te recuerden, eres afable y educado con todas las personas para ver quién muerde el anzuelo…

– ¿Ah, sí? ¿Y no piensas que quizá te equivocas?

– Si tú lo dices…

– Claro, yo lo sabré, ¿no? Además, ¿qué tiene de malo ser amable con las mujeres? ¿Hacer que se sientan guapísimas, tenidas en consideración, el centro de atención? Yo no soy un mujeriego. Tal vez sea el último de los románticos, eso sí.

Niki lo mira risueña.

– Mira, quitando eso último, no has dicho ninguna mentira.

– ¿Ah, no? -También Guido sonríe-. En ese caso, te diré otra cosa. El profesor Trasarti está casado y el año pasado estuvo con una del curso, Lucilla. Según parece, le hizo romper incluso con su novio, la dejó embarazada y después la obligó a abortar.

– Venga ya, no me creo una palabra.

– Bueno, quizá la historia del hijo… Tienes razón, puede que eso no sea verdad.

– ¿Y el resto?

– El resto sí que lo es: la chica se llamaba Lucilla, tenía un novio y mantuvo una relación con el profesor durante todo el curso.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

– Muy sencillo: porque yo era su novio. -Guido sonríe, abre los brazos y apoya la mochila de Niki sobre el murete-. Ahora tienes que perdonarme, pero había olvidado que he quedado. El mujeriego te saluda.

Y se aleja así. Niki se queda asombrada y también disgustada por un instante. No pretendía que Guido se sintiera mal. Coge la mochila y sube la escalera para ir al departamento, pero justo en ese momento se cruza con el profesor Trasarti.

– Hola -la saluda él con una bonita sonrisa-. ¿Necesita algo?

Recordando la historia que acaba de contarle Guido, Niki se imagina que el profesor la mira con otros ojos, lo ve como un hombre ávido, y no sensible y delicado, de manera que, sin querer, se ruboriza.

– No, gracias, profesor, sólo he venido a apuntarme para los exámenes.

– Ah.

Sin darle tiempo a añadir nada más, Niki pasa por delante de él.

– Perdone, pero llego tarde -y desaparece de prisa y corriendo.

Niki camina a toda velocidad y, cuando llega al fondo del pasillo, se vuelve. Menos mal. El profesor se ha marchado. Después aminora el paso y al final sonríe para sus adentros. A saber si serán verdad todas esas historias. Soy demasiado sugestionable. Pero no, deben de ser ciertas. Además, ¿por qué me habría dicho Guido una cosa semejante, si no? ¿Para aprovecharse de la ternura, de la pena que podía producirme el saber que su novia lo dejó por el profesor?… Ya ves tú… Niki comprueba la lista de exámenes. Claro que sus amigos le describieron a Guido como a un tipo que haría de todo para impresionar a una chica. Se matricula en las próximas pruebas y a continuación cierra la lista. Ahora bien, para impresionarla no necesita todas esas artimañas. Es un chico atractivo, simpático y divertido… Y al final incluso me ha despertado ternura. Pero luego cambia de idea. Niki, pero ¿qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca? Por lo visto Alex tiene razón… Después casi se echa a reír y se le ocurre una idea. ¡Sí! Estupendo. Ésa se la quiero hacer. Se la merece. Y sale corriendo del departamento, baja la escalinata y salta de golpe los últimos peldaños. Da la vuelta al rellano y empieza a bajar de nuevo a toda prisa. Salta otra vez y, pum, se abalanza sobre el profesor Trasarti, quien, víctima del empellón, da de bruces en el suelo.

– Ay…

– Oh, perdone, profesor. -Niki lo ayuda a levantarse.

Él se limpia los pantalones sacudiendo vigorosamente el polvo con las manos.

– Es obvio que usted no llega tarde… ¡Llega supertarde!

Niki sonríe y se siente incluso un poco avergonzada. El profesor parece haberse tranquilizado.

– Puedo llevarla, si quiere.

– No, gracias, tengo moto… Quizá en otra ocasión -y se aleja nuevo de él a toda prisa.

– ¡Claro! -el profesor la contempla con una sonrisa impresa en la cara.

Niki, ¡maldita sea! Hoy no haces una a derechas. No sólo lo has tirado al suelo, sino que cuando se ofrece a acompañarte le respondes: «Quizá en otra ocasión.» Pero ¿a qué viene ese «quizá»? Da a entender la posibilidad, la esperanza, el deseo… de que te acompañe. ¡Caramba! Eso sí que no debe suceder. Sacude la cabeza. Al menos, de algo está segura: Guido no le ha mentido. Algunas cosas se perciben sin más. Pobre, no se merecía que lo tratasen así. Tengo que aclarar las cosas con él. Y se lo dice con la mayor tranquilidad. Quizá demasiada. Sin saber que, una vez más, está volviendo a equivocarse.

Veintidós

– ¿Se puede, Leonardo? -El director ve que Alex asoma medio cuerpo por la puerta.

– ¡Claro! Sabes que siempre es un placer verte… Mejor dicho, mi despacho está siempre abierto para ti.

Alex sonríe.

– Gracias. -Pero no se cree ni una sola de sus palabras-. Te he traído algo… -Coloca un regalo sobre el escritorio.

Leonardo lo coge y lo sopesa.

– ¿Qué es? -Lo gira curioso entre las manos. Parece un CD o un pequeño libro.

– Ábrelo.

– Pero si no celebro nada.

– Tampoco yo celebraba nada.

– Bueno, ¿y eso qué tiene que ver? El mío era para demostrarte mi alegría por tenerte aquí de nuevo entre nosotros.

– Y el mío es para manifestarte el placer de estar de nuevo aquí con vosotros.

– Hum… -Leonardo entiende que la cosa va con segundas.

Lo desenvuelve. Es un DVD. «¿Sabes qué contiene?», puede leerse en la espléndida tapa en papel cuché.

– Nunca lo había oído.

– Yo creo que lo conoces… Echémosle un vistazo.

Leonardo le sonríe y se encoge de hombros. La verdad es que no tiene ni idea de lo que puede ser. Lo introduce en el reproductor y enciende una gran pantalla de plasma que cuelga de la pared. Se oye una música tribal. Tum, tum, tum. Aparecen unos chimpancés golpeando rítmicamente unos gruesos troncos. E inmediatamente después, a toda velocidad, todos los colaboradores, los gráficos y los diseñadores de la Osvaldo Festa. Luego, de repente, pasa al vídeo de Pink Floyd: «We don't need no education…» Varios estudiantes caminan en lugar de los famosos martillos, moviendo acompasadamente las piernas, y después se ve de nuevo a los animales.

La película continúa, Leonardo aparece hablando al ralentí con el poderoso rugido de un león de fondo, e inmediatamente después Charlie Chaplin en El gran dictador, y luego de nuevo Leonardo dando instrucciones, y acto seguido Chaplin apretando unos pernos con una llave inglesa hasta acabar en los engranajes. De repente todo chirría y se oye una especie de frenazo. Los fotogramas de Chaplin se bloquean. Una cámara subjetiva se centra rápidamente en un hombre que está bebiendo sentado en un sillón. Se vuelve. Desglose. Y Alex que sonríe a la cámara y dice: «¡Yo no caeré en la trampa!»

Leonardo se queda boquiabierto.

– Pero…, pero…

– Lo he hecho con la cámara y el ordenador de montaje acelerando los fotogramas de la película interna de la agencia, la que presentamos el año pasado durante las grandes reuniones.

– ¡Pero es genial! Estaba a punto de proponértelo… ¿Sabes que tenemos que rodar una película, un cortometraje? Es la primera vez que nos encargan la producción de un filme; ya no somos una simple agencia: ahora somos también una productora, y todo gracias a ti, al éxito de LaLuna. Hasta ahora, los japoneses jamás habían creído verdaderamente en nosotros… Si conseguimos aumentar las ventas aunque sólo sea el diez por ciento, tendremos un aumento de los beneficios. ¿Sabes una cosa?

– No, ¿qué?

– Que hemos logrado el doscientos por ciento, hemos ganado mucho, muchísimo más de lo que podíamos imaginar.

– ¿Hemos? Leonardo…, has…

– Sí, pero…

– Pero ahora no vas a parar, ¿verdad? -¡Tenemos que trabajar aún más! Tenemos la posibilidad de producir esa película… Y tú lo has demostrado ya… Eres una hacha.

– Sí, pero ¿has visto el título del corto? Yo no caeré en la trampa. -Alex se encamina hacia la puerta-. No cuentes conmigo. Quiero hacer el mínimo indispensable, ya te lo he dicho.

– Pero ¿a qué viene eso? Te he dado incluso el despacho más grande…

– Yo no te lo pedí.

– Te he concedido un aumento significativo.

– Tampoco te pedí eso.

– Te he asignado una nueva ayudante.

– Eso sí que te lo pedí, pero hasta la fecha todavía no he visto a nadie.

– Te espera en tu despacho…

Alex se queda sorprendido.

– ¿Y a qué se debe que sea precisamente hoy?

– Es que he estado buscando mucho. Quería contratar a la mejor…

– Eso aún está por ver.

– En todos los sentidos…

Pero Alex ha salido ya del despacho de Leonardo y en esos momentos se está dirigiendo rápidamente hacia el suyo. Se cruza con Alessia, su ayudante de siempre.

– Alex, hay una persona…

– Sí, gracias… Lo sé.

Andrea Soldini lo escruta con un semblante casi desconcertado y cabecea. Está boquiabierto. Alex lo mira preocupado.

– Eh, no te habrás vuelto a meter…

– ¡De eso nada! -Soldini se ríe-. Es que no encuentro las palabras… Veamos… Imagínate a las rusas…, pues mucho más…

– Ya será menos… -Alex sacude la cabeza y entra en su despacho.

– Hola -saluda, y se levanta de la silla. Es alta, con el pelo castaño y rizado. Una bonita sonrisa. Mejor dicho, una sonrisa preciosa. Y no sólo eso.

– Buenos días.

– Hola…, Alex…

Un segundo después se da cuenta de que se ha dirigido a ella sin mantener las formas, aunque ella se encarga de mantener cierta formalidad.

– El director me ha indicado que esperase aquí dentro. Espero que no le moleste. Me llamo Raffaella, encantada.

Alex y Raffaella se estrechan la mano. La joven tiene las piernas largas, un físico perfecto, y luce un gracioso vestido, ligero y elegante. Todo en orden. Demasiado en orden. Es un bombón.

– Le he dejado mis trabajos sobre la mesa.

Alex los examina con aire profesional, y después la mira por encima de un folio. Ella sigue de pie.

– Siéntese, por favor.

– Gracias. -De nuevo esa sonrisa maravillosa.

Alex intenta concentrarse en los dibujos, pero no es fácil. Por si fuera poco, es además muy buena. Por si fuera poco… ¿Alex? Ya te has equivocado.

– ¿Le gustan?

– Sí… Son muy buenos, en serio, diría incluso que óptimos… Felicidades -Alex sonríe. Ella también. Sus miradas se cruzan y se quedan suspendidas por cierto tiempo. Alex mete de nuevo los dibujos en la carpeta, desvía la mirada-. Bien…, muy bien.

– Ah, he traído también esto… -Raffaella saca de su bolsa un ordenador idéntico al que Leonardo le ha regalado a Alex, pulsa una tecla y lo enciende. Luego lo coloca sobre la mesa y lo vuelve hacia él-. Es un breve clip… Nada especial, pero al director le ha gustado mucho…

Alex mira curioso la película.

– Se trata de un vídeo que filmé durante las vacaciones de este año… Estaba en Los Roques, lo hice por bromear, mi padre lo rodó… Yo no quería ser la modelo, me molestaba un poco… En parte porque había reñido con mi novio y estaba furiosa… -indica Raffaella-. Aquí estaba llorando… -En el vídeo se ve, en efecto, que trata de apartar al padre, que la está filmando; en un primer momento parece molesta, pero después rompe a reír-. Y luego lo monté con una serie de combinaciones con dibujos animados…

De hecho, poco después empieza el vídeo con fragmentos de los primeros dibujos de Disney, Mickey Mouse en blanco y negro, Dumbo y otras imágenes muy bellas. De esta forma se produce un juego de alternancias entre Raffaella, que camina al ralentí por la playa, y Mickey Mouse en el papel del aprendiz de brujo en Fantasía.

– En fin, no sé por qué, pero al director, a Leonardo…, le ha gustado muchísimo.

Alex sonríe. Faltaría más. Nunca he visto a una tía con un cuerpazo tan increíble, y además no parece darle la menor importancia.

– Está muy bien hecho… Se nota la creatividad y las ganas de sorprender. -Pero ¿qué estoy diciendo? Alex, basta.

– Gracias. Me ha dicho que quizá trabajemos juntos en algo parecido…

– Ya… -Alex cierra el ordenador y se lo devuelve-. En realidad todavía no hemos tomado ninguna decisión…

Justo en ese momento suena el intercomunicador. Alex pulsa el botón y responde.

– ¿Sí?

– Acaban de llegar los diseños para la nueva campaña. ¿Te los puedo llevar?

– Ah, sí… Sí, claro…

Raffaella mete de nuevo el ordenador en la bolsa, coge la carpeta y coloca mejor los diseños dentro de ella.

– Si me necesita, estaré en mi despacho.

– Perfecto, gracias.

– Ha sido un placer conocerte -ahora lo tutea.

– Lo mismo digo… -Alex la contempla mientras sale-. Deja la puerta abierta, por favor…

Ella sonríe. Él sigue escrutándola. Raffaella se vuelve para mirarlo mientras se aleja. La verdad es que es realmente guapa. Mejor dicho, demasiado guapa. Y por un instante Alex piensa que tendrán que trabajar juntos. Un día detrás de otro, hombro con hombro, lado a lado. La mira por última vez. ¿Cómo se titulaba mi vídeo? Pero justo en ese momento Raffaella, antes de entrar en su despacho, se vuelve por última vez como si se imaginara, como si supiera que él sigue observándola. Y le dedica una última sonrisa. Fantasía, creatividad o simple complicidad. Alex alza la barbilla y le responde con una sonrisa estúpida, tan estúpida que no puede por menos que sentirse como un auténtico imbécil. Luego reflexiona, sacude la cabeza, se levanta y cierra la puerta. Y en ese instante recuerda el título del vídeo: Yo no caeré en la trampa. Y nunca como ahora su elección le parece una burla del destino.

Veintitrés

Enrico está ordenando varios muñecos de Ingrid. La niña está durmiendo ya. Hoy ha jugado mucho con Anna. Cuando volvió a casa se las encontró juntas sobre la alfombra. Después Anna cogió su mochila, lo saludó con su sonrisa habitual y se marchó. Es de verdad una buena chica. He tenido mucha suerte de encontrarla. Coge un osito amarillo y lo coloca sobre un silloncito de plástico de Ingrid. De repente oye un ruido fuerte procedente del techo. Una especie de golpe seco. Enrico alza la mirada. Otra vez. No entiende nada. No es la primera vez que sucede. Pasados unos instantes se produce otro golpe y se oye cómo alguien arrastra una silla por el suelo. Enrico se detiene y escucha con más atención. Poco después se oye un nuevo golpe y una voz masculina amortiguada y procedente de arriba. Enrico trata de distinguir las palabras. Le parece oír algo del tipo: «¿Ah, sí? ¿Qué crees? ¿Que soy gilipollas?», una voz grave, de hombre, y a continuación una voz femenina que intenta aplacarlo: «Pero ¿no entiendes que no sirve de nada? ¡Eres demasiado celoso!», y a continuación otras palabras que no logra entender. Y otro golpe. Algo cae rebotando sobre el suelo, un palo de hierro o algo parecido. Enrico reflexiona por un instante. Claro. El piso de arriba. Anna. El ruido procede del piso de Anna. Caramba. Pero ¿qué están haciendo? Enrico recoge otro juguete de Ingrid que se ha quedado enganchado detrás del sofá. Le dijo que vivía con su novio. Debe de ser él el que está armando todo ese alboroto. Entretanto, sigue escuchando. Se entristece y se preocupa. Qué lástima que una chica tan mona y tan amable tenga que estar con un tipo como ése. ¿Cómo es posible?

Veinticuatro

Por la tarde. Mucho después.

– Hola, amor, ¿qué estás haciendo?

– ¡Niki! Qué sorpresa tan agradable… Estoy trabajando…

– Ah. ¿Cómo te ha ido esta mañana?

Alex se queda perplejo por un momento.

– ¿Por qué?

– No sé, por saberlo… Nunca hablamos de nuestras cosas.

– Ah, esta mañana… -Alex se siente un poco culpable. Pero ¿por qué? ¿Qué motivo hay? A medida que trata de averiguarlo, el sentimiento de culpa se va acrecentando-. Esta mañana… Esta mañana… Bueno, todo ha ido a pedir de boca. He echado un vistazo a los diseños de la nueva campaña, son muy buenos y vamos bien de tiempo, quizá tengamos que modificar un poco los colores, pero eso se hace de prisa…

– Ah, entonces, ninguna novedad…

Segundos después, alguien llama a la puerta.

– Adelante.

Raffaella entra con una carpeta en la mano. Alex la mira ligeramente avergonzado y tapa el móvil con la mano.

– ¿Qué pasa? -le pregunta en voz baja.

– Quería enseñarte éstos… Me había olvidado.

– Ah, sí, un momento…

Raffaella sonríe y sale del despacho. Alex retoma la conversación con Niki.

– Perdona, ¿decías?

– No te preocupes, te preguntaba si no había ninguna novedad.

– No, no… Nada, ¿por qué? -Se siente un poco mentiroso por no mencionarle esa novedad especial de rizos oscuros y piernas larguísimas. Y una sonrisa cautivadora. Y un físico que quita el hipo. Y…

– Por nada, Alex, ya te lo he dicho… Pura curiosidad. En cualquier caso, estaba estudiando en casa y se me ha ocurrido una idea: me gustaría invitarte a cenar.

– ¿A cenar? -Sí… ¿Se puede saber qué te ocurre hoy, Alex?

– Es que nunca me habías invitado a cenar…

– Pues porque jamás se había terciado. Considéralo una casualidad… Sea como sea, un amigo mío ha abierto un nuevo local, es un restaurante muy guay, en la via della Balduina.

– Está bien. -Alex se tranquiliza un poco-. Sólo que no sé a qué hora terminaré hoy.

– Como quieras. Entonces, nos vemos alrededor de las nueve y media, ¿crees que podrás a esa hora?

– Sí, sí.

– Te mando un sms con la dirección exacta… -Vale, hasta luego.

Alex cuelga y se queda pensativo. Mmm. Qué extraño. Aquí hay algo que no encaja. ¿A qué vienen todas esas preguntas? Dios mío… ¿Y si la tal Raffaella es amiga suya? Y se imagina una supuesta llamada telefónica entre Niki y Raffaella. Bueno, ¿y eso qué tiene que ver? Siempre puedo decirle que cuando hablamos por teléfono todavía no la conocía. Es más, que me habían fijado la entrevista para conocerla a última hora de la tarde. Después palidece. ¿Y si han hablado ya? En ese caso seguro que ahora Niki se estará preguntando: ¿por qué no me lo habrá dicho? De ser así, ¿qué puedo decirle? Dios mío, pero ¿qué estoy haciendo? Me estoy volviendo como Pietro. ¿Busco excusas antes incluso de que me acusen? ¿Intento justificarme solo? ¿De qué? ¿Qué he hecho? Y en un instante vuelve a verse en sueños, con todos sus amigos vestidos de abogados que asienten con la cabeza. Y de nuevo lo declaran culpable.

Así pues, Alex sólo puede hacer una cosa: abre la puerta y la llama.

– Raffaella, ven…

– Sí… Perdona, no quería molestarte, es que me había olvidado de enseñarte éstos -pone sobre la mesa varios diseños-. Es una campaña hecha por otra empresa que ha tenido mucho éxito en Japón.

– Ah… -Alex mira sus diseños, aunque da la impresión de que no los ve-. Oye, ¿por casualidad no conocerás a Niki Cavalli?

Raffaella sonríe de manera ingenua, quizá demasiado.

– No… o, al menos, creo que no. ¿Por qué? ¿Debería?

Alex exhala un suspiro de alivio, pero la duda persiste. No las tiene todas consigo.

– No, no, te lo preguntaba porque…, porque la usamos en una campaña japonesa… LaLuna -y en el preciso momento en que lo dice nota que ese «la usamos» suena de forma terrible en su boca-. Y, además, es mi novia.

Raffaella sonríe.

– Ah, sí… Ya entiendo. Felicidades. Pero no, no la conozco… Lo siento. -Tras encogerse impasible de hombros, abandona el despacho.

¿«Lo siento»? ¿Qué habrá querido decir? Quizá sea sólo una muletilla. Pero bueno, ¿a qué vienen todas estas preguntas? ¿Qué me sucede? Aunque que Niki pregunte sin cesar si hay novedades tampoco es normal. ¿Y esa repentina invitación a cenar? Sí, aquí hay gato encerrado. Pero bueno, una invitación a cenar puede ser sin más un pretexto para celebrar algo, para dar una buena noticia. De repente lo asalta una duda. ¿Y si la novedad la tuviera Niki? Una de esas noticias increíbles que dan un vuelco a la vida y que suelen decirse después de un bonito brindis. «Cariño, tengo una cosa importante que decirte.» Se imagina a Niki mirándolo y sonriendo detrás de la copa de champán. «Alex…, ¡vas a ser papá!» Y eso que he tenido mucho cuidado. Sí, el suficiente. Aunque también podría ser de otro. Y en ese momento reaparecen en su mente sus amigos con las togas de abogados. Sus semblantes son aún más severos y tienen los ojos desmesuradamente abiertos. Culpable por el mero hecho de haberlo pensado. Inspira profundamente, aún más profundamente. Alex sólo está seguro de una cosa: es culpable. ¿Otra vez? Sí. No ve la hora de salir a cenar con Niki. Después, su mirada se posa en su escritorio. Los últimos diseños de Raffaella. Y la nota sobre la agenda: cena con Niki a las nueve y media. Imposible. Hay algo que no encaja.

Veinticinco

Cristina está parada en el semáforo. Mira a su alrededor. Ve a una pareja que camina abrazada por la acera. Otra se besa en el coche de al lado. Otra se persigue bromeando. Hay que ver cuánta gente feliz y enamorada hay en el mundo. Salvo yo. Parezco Nanni Moretti en Bianca, cuando, delgado como una cerilla y con la canción Scalo a Grado de Franco Battiato como música de fondo, muestra una panorámica de una playa en un bonito día de sol. Y ve una serie de parejas que se quieren, se abrazan, se besan sobre las toallas o las tumbonas.

Y entonces Moretti, con el pelo bien seco y unas gafas enormes marrones de principios de los años ochenta, primero impasible y después sonriendo, decide que él también desea el amor. De manera que echa a andar hasta que vislumbra a una chica guapa y rubia que está tumbaba boca abajo haciendo topless. Se detiene y se tumba sobre ella.

Y ella, como no podía ser menos, se debate, protesta y se levanta. Varias personas se acercan y obligan a Moretti a marcharse. Qué escena. Sí, pero echaba de menos el amor. Yo, en cambio, lo tengo. No estoy soltera. Estoy con Flavio.

El semáforo se pone en verde. Cristina mete la primera y arranca. Sonríe. Sí. Yo también he tomado una decisión. No me tumbaré encima de nadie. Cuidaré a mi amor. Lo mimaré. Prepararé su tarta preferida. Chocolate y coco. Hace demasiado tiempo que no se la preparo. No puedo quejarme de los demás si yo, por mi parte, no muevo un dedo.

Cristina llega a casa. Aparca. Sube la escalera. Se siente feliz como una niña, repentinamente feliz de dar una sorpresa a alguien. Abre la puerta, la cierra a sus espaldas, echa el bolso sobre el sofá y se precipita a la cocina. Busca los ingredientes: dos tabletas de chocolate fondant. Un poco de mantequilla. Huevos. Leche. Harina. Azúcar. Y coco rallado. Enciende la radio y empieza a cocinar. Con pasión. Divertida. De vez en cuando se lame los dedos que ha metido en la masa. Enciende el horno para calentarlo. Unta el molde de mantequilla. Y casi sin darse cuenta se pone a canturrear su versión personal de Vasco: «Una tarta para ti…, no te la esperabas, di…, y, en cambio, aquí la tienes…, ¿cómo habrá salido?, sabes…»

Suena el móvil. Está en uno de los bolsillos de los vaqueros. Lo saca con las manos todavía blancas de harina. Lo abre. Es Flavio.

– Hola, cariño, soy yo… Oye, perdona pero esto va para largo. Llegaré tarde. Tengo que acabar de redactar un informe para mañana por la mañana y voy muy retrasado… Un beso.

Cristina sujeta el teléfono ya silencioso con los dedos. Lo cierra y lo deja sobre la encimera. Mira el horno donde en esos momentos se cuece la tarta. Después esboza una amarga sonrisa. Cuando quieres dar una sorpresa. Cuando piensas en los detalles, te esfuerzas y eres feliz pensando en la felicidad que suscitarás. Y la espera se transforma en alegría. Y luego, plof, basta una llamada, una frase inocente o un retraso para que todo salte por los aires y tú te quedes con las manos vacías. A saber dónde está ahora. De verdad, quiero decir. ¿Qué estará haciendo? ¿Y con quién? A ver quién es el imbécil que se cree que tiene que acabar de redactar un informe. Puede que lo que esté tratando de dar por zanjado sea nuestra relación. ¿Y si me estuviese engañando? ¿Y si ahora está con otra y se ha inventado esa excusa? Cristina se imagina la escena. Flavio y una mujer. Puede que guapa. Puede que en su despacho. Juntos. Próximos. Se besan. Se tocan. ¿Qué experimento? ¿Qué siento? Hace unos años la mera idea me habría matado. ¿Y ahora? Ahora tengo la impresión de que en el fondo me trae sin cuidado. Y esa constatación la asusta. Se siente mal, culpable. ¿Cómo es posible que la idea de que Claudio me traicione me deje indiferente? Flavio y otra mujer. A saber… Quizá sería incluso más feliz. Y recuerda lo que le decía su amiga Katia durante el bachillerato, esto es, que las historias de amor no duran más de siete años y que la crisis se inicia ya en el sexto. Que la pasión, incluso la más fuerte, se desvanece. Y el aburrimiento pasa a ocupar su lugar. La costumbre. Y todo parece igual. Apagado. Sin estímulos. Y el amor, ése que se describe en los libros y en las películas, resulta ser una mera fantasía. En ese momento se abren dos opciones: romper o engañar. Para renovarse. Para recordar cómo era esa poderosa sensación que te devoraba el estómago cuando pensabas en él. O en ella. En estar juntos. Y se sigue así, atrapados en un círculo vicioso de hipocresía en el que ninguno de los dos tiene el valor de decirle al otro que el sentimiento ha cambiado, que se ha agotado, que ha desaparecido. Qué tristeza. ¿Así es la vida? ¿Uno se vuelve así?

Suena el temporizador del horno.

La tarta está lista. Cristina se pone la manopla, abre la puerta y saca el molde. Lo coloca sobre la mesa. Coge un gran plato de cristal y vuelca la tarta en él. A continuación saca un cuchillo de un cajón. Y vuelve a pensar en Flavio. En él con otra mujer. Y no siente nada. La pena aumenta. Se come un pedazo. Como si fuese una niña, hunde los dedos en el chocolate dulce y todavía caliente del horno. Y sus lágrimas se deslizan saladas, contrastando con el azúcar del postre, aunque la melancolía que las produce es asimismo ardiente.

Veintiséis

Velada romana. Las calles están casi vacías. Mérito de la hora de cenar. Se circula bien. Alex conduce con calma, llega a tiempo. La tarde ha transcurrido sin sobresaltos. O novedades. Son las nueve y media. Alex aparca el coche, se inclina hacia el asiento de al lado para ver si ha llegado al número que Niki le ha escrito en su mensaje. Sí, aquí es, via della Balduina, 138. Y, de hecho, ve por encima de su cabeza el letrero bien iluminado: «Restaurante.» Sin embargo, es extraño, hay poca gente, no parece una inauguración. Bah. Quizá la gente llegará más tarde. Alex se apea del coche y entra en el local. Ve a Niki sentada sola a una mesa hojeando el menú. Parece serena, tranquila. Con la mano izquierda tamborilea sobre la mesa mientras que con la derecha sujeta el menú abierto en el que lee las especialidades del local. Alex sólo piensa una cosa al verla: ¡qué guapa es! Y esa constatación borra de golpe todas sus dudas.

Se acerca a ella y se sienta a la mesa.

– Aquí estoy, amor… -Le da un ligero beso en los labios-. Me he dado toda la prisa que he podido…

Nike sonríe y se encoge de hombros.

– Me parece perfecto.

Alex abre su servilleta y la extiende sobre su regazo. Luego mira alrededor.

– Hay poca gente… ¿Todavía tienen que llegar?

Niki sonríe.

– No… No creo…

– Ah…

Alex observa con más detenimiento el local. No le parece particularmente nuevo. Es agradable, acogedor, sencillo, pero da la impresión de llevar mucho tiempo abierto. Al fondo de la sala está el propietario. Está sentado frente a la caja, es un tipo rollizo, de cara bonachona, sin pelo y con las gafas caladas en la nariz. Está comprobando algo con el bolígrafo en la mano y parece distraído y aburrido. Cualquier cosa menos un tipo que desborda adrenalina debido a la inauguración de su nuevo restaurante y, aún menos, un posible amigo de Niki. Alex escudriña el fondo del local. La verdad es que hay cuatro gatos. Algo falla. Luego su mirada se cruza con la de Niki.

– Hay algo que no te encaja, ¿verdad?

Alex sonríe, curioso.

– Sí, en efecto… No me parece un local… antes de la inauguración…

– Y tienes razón. -Niki abre de nuevo el menú y lo alza, para esconderse detrás, o como si pretendiera leer mejor la lista de los platos para pedir algo. Después se asoma por encima y le sonríe-. Te he mentido. Hoy no inauguran nada.

– Ah… -Alex entiende que la situación se está torciendo, de manera que trata de ocultarse también detrás de la carta.

Niki alarga una mano y la aparta para poder verle la cara.

– Ah, también te he contado otra mentira: el propietario no es amigo mío…

Alex vuelve a mirar al señor que está sentado frente a la caja. Le parece aún más gordo, más viejo y aburrido que antes. Luego sonríe un poco avergonzado.

– Pues sí, la verdad es que no lo parece… -y alza una vez más el menú como si la situación fuese del todo normal.

Niki se inclina y se lo vuelve a bajar. Alex sabe que no tiene escapatoria. Niki le sonríe de nuevo. Esta vez, de manera forzada.

– ¿Quieres saber por qué he elegido este sitio?

Alex asiente tratando de parecer tranquilo, pero está seriamente preocupado.

– Sí, claro.

– En un instante todo se precipita de nuevo en su cabeza. Raffaella me ha mentido, son amigas íntimas. Más aún: Niki ha hablado con Leonardo y ambos se han puesto de acuerdo, la ha asignado adrede a mi despacho. No, eso no. Niki está embarazada y quizá el niño sea mío. Después, sin saber qué buscar ya en el interior de su mente, retrocede en el tiempo, excava, hace suposiciones, piensa, reflexiona. No me lo puedo creer. Se ha encontrado con Elena, y a saber qué cosas se habrá inventado ésta. O puede que no se la haya encontrado, sino que piense que yo he vuelto a verla. Y ese voltear entre recuerdos, deducciones, suposiciones y miedos lo va agotando poco a poco, hasta que Niki le sonríe por última vez mientras le muestra el menú.

– ¿No te dice nada este sitio?

Alex lee por primera vez el nombre del restaurante: Entre Ceja y Ceja. Acto seguido recorre con la mirada el comedor. Varias personas comen y charlan tranquilamente, el propietario sigue en la caja y ahora, quizá debido a una extraña circunstancia, alza la mirada y echa un vistazo a las mesas. Su mirada se cruza con la de Alex y le sonríe. ¿Quizá de forma excesivamente afable? ¿Querrá decir algo, es una señal, una indicación, un código secreto? No. ¡Es increíble! ¿Será un local de intercambio de parejas? Alex observa con mayor atención. Hay también una familia con hijos y suegra incluidos. Y en una fracción de segundo ve por enésima vez a sus amigos vestidos de abogados revolcándose de risa y llevándose las manos a la cabeza. No, mejor pasar por alto este último pensamiento absurdo, se avergüenza de él.

– Cariño, perdona…, pero no entiendo nada.

Niki se pone terriblemente seria.

– Me lo imaginaba… -Después vuelve a sonreír divertida-. Te he traído… -se inclina, saca algo del bolso que tiene bajo la mesa y se lo tiende- ¡un regalo! Ten…

– ¿Es para mí?

– ¿Para quién si no? Ábrelo…

– Pero, cariño…

El cerebro de Alex huye de nuevo en todas direcciones. Pero, ¿por Qué? ¿Qué día es hoy? ¿Cuándo nos conocimos? ¿Cuándo empezamos a salir juntos? ¿La primera vez que hicimos el amor? ¿Cuándo fuimos a París? ¿Cuándo rompimos? No consigue relacionarlo con nada. Aún menos después de desenvolver el paquete. Un DVD… Lo mira haciéndolo girar entre las manos. James Bond apuntando con su pistola y rodeado de varias chicas guapísimas. Por un instante vuelve a ver la sombra de Raffaella.

– Esto… -Alex ya no sabe realmente qué pensar-. No entiendo…

– No entiendes, ¿eh? ¡¿Cómo se titula?!

Alex lo mira. La espía que me amó.

Niki le sonríe. -Tú me quieres, ¿verdad, Alex?

– Claro… Pero ¿qué preguntas me haces, Niki? Lo sabes, ¿no?

– Claro… Pero quizá estés pensando en hacer el remake de la película en el papel de… ¿espía? -Niki cambia de tono de repente. Ahora es severo, duro e inquieto-. ¿Se puede saber qué hacías hoy en la universidad? ¿Por qué me has seguido? ¿Por qué me espiabas? ¿Qué tienes entre ceja y ceja? -le pregunta mostrándole el menú-. ¿Qué te ha pasado?

– Yo, la verdad…

En un abrir y cerrar de ojos, Alex comprende que está perdido, se siente como uno de los protagonistas de los mejores dibujos animados que veía cuando era pequeño. De repente se encuentra suspendido en el vacío y a continuación se precipita como el Coyote en uno de sus vanos intentos de atrapar al Correcaminos, o como el gato Silvestre cuando resbala por el hielo hacia el precipicio tratando de frenar la caída con sus garras mientras Piolín lo sobrevuela riéndose, ó mejor aún, cuando Tom persigue a Jerry y acaba su carrera estampándose contra una pared mientras el roedor entra en la ratonera que hay debajo. En resumen, un desastre de dibujo animado: Alex, el osito perdido.

Dada la situación, enrojece de golpe.

– Yo, la verdad…

– ¿Quizá sólo querías asistir a una clase, ver cómo es la universidad hoy en día para matricularte después en filología? -Niki le sonríe.

Sí, le ha ofrecido una escapatoria. Porque cuando uno ama de verdad lo hace. Sólo se ensaña cuando se trata de algo grave. Puede que ésa sea la respuesta que Niki desea oír. Pero cuando está a punto de contestarle se percata de que es una trampa… mortal. Si asiente, Niki comprenderá que no es una persona sincera, sino un payaso, un tipo ridículo, un charlatán. Un hombre que no sabe reconocer sus errores, sus limitaciones y sus debilidades. En fin, mejor que me haya pillado en la universidad y no que sea amiga de Raffaella. De manera que alza los ojos y habla con sinceridad.

– No, Niki…, no quería matricularme en filología.

– Ah… -Ella parece aliviada-. Empezaba a preocuparme…

Alex esboza una sonrisa e intenta bromear. -¿Te preocupaba que pudiera irme mejor que a ti? -No. Que no fueses capaz de decir la verdad. -Alex permanece en silencio y baja la mirada. Niki lo observa disgustada-. ¿Por qué, Alex? ¿Por qué me has seguido? ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Crees que me callo cosas, que te oculto algo?

– Tienes razón, lo siento.

Niki se calma un poco.

– Lo de hoy me ha parecido muy extraño, de improviso me he sentido insegura.

– ¿Tú?

– Sí, yo. He estado dándole vueltas durante todo el día. Si tú, de buenas a primeras, dejas de creer en mí y piensas que puedo ser una persona diferente o que te miento… Mira, me tiembla la voz con sólo decirlo. Me siento mal, te lo juro; de repente tengo ganas de echarme a llorar, se me retuerce el estómago, y eso que no he comido nada…

En ese preciso momento el tipo rollizo, dueño del local y supuesto amigo de Niki, se acerca a su mesa.

– Bueno, ¿os habéis decidido ya? ¿Qué vais a comer?

Alex y Niki se vuelven al mismo tiempo hacia él. La tensión les ha endurecido hasta tal punto el semblante que al propietario le basta un nanosegundo para comprender que el momento no es el más adecuado.

– Oh, perdonadme. Esto…, veo que todavía lo estáis pensando. Volveré luego…, mejor dicho, llamadme vosotros… -Retrocede y vuelve a la caja.

Alex y Niki lo contemplan mientras se aleja. Luego ella retoma la conversación.

– Si has pensado eso de mí es porque tú has hecho algo antes… Cuando uno sospecha es porque no tiene la conciencia tranquila.

Alex se sorprende.

– ¿Yo? -Por un instante le viene a la mente Raffaella, pero entiende que eso no tiene nada que ver con ella. Después reaparecen sus amigos vestidos de abogados, que asienten con la cabeza. Alex se deshace de ese pensamiento-. Eso no lo digas ni en broma, Niki. ¿Cómo se te puede haber ocurrido una cosa así?

– Porque tú lo has pensado de mí… -Mientras habla se le saltan las lágrimas, aunque se quedan así, suspendidas, retenidas por sus grandes y espléndidos ojos, como si fuesen pequeñas burbujas a punto de reventar.

Alex alarga la mano a través de la mesa y toma la de Niki, la aprieta con fuerza y se siente un miserable por haber pensado una cosa como ésa.

– Perdóname, cariño…

Niki lo escruta sin pronunciar palabra, sin saber a ciencia cierta qué decir, el labio inferior le tiembla. Siente una punzada inusual en el corazón. Un vacío bajo sus pies. El equilibrio que se tambalea. El deseo de saltar por encima de la mesa para abrazarlo a la vez que la rabia por haber dudado de ella de una manera tan estúpida.

– No sé qué me ha sucedido, Niki, jamás se me había ocurrido una cosa así. Quizá sea culpa de Camilla, que, de repente, ha dejado a Enrico y se ha escapado con un desconocido… Ver cómo se derrumba lo que me parecía una certeza… Ellos, que además están casados…

– En mi vida te haré una cosa así… Nunca te decepcionaré de esa forma. No necesito prometer nada al Señor para mantener lo que siento en mi corazón. Pero bueno, si llega a ocurrir serás el primero en saberlo.

Alex cambia de silla para acercarse a ella. El dueño los ve desde la caja, los observa por un momento, masculla algo y vuelve a concentrarse en sus cosas. Los dos se dan cuenta, aunque es Alex el que lo expresa en voz alta.

– Oh…, ahora entiendo por qué se llama así este sitio: ese tipo es demasiado curioso… Nos tiene… ¡entre ceja y ceja!

Niki suelta una carcajada, algunas lágrimas se deslizan por sus mejillas, empieza a sorber por la nariz, se echa a reír de nuevo y se suena con la servilleta. Ríe, llora y se siente como una idiota. Al final se queda mirando la servilleta.

– Lo sabía… ¡Se me ha corrido el rímel, vaya!

Con un dedo, Alex le acaricia la mejilla con delicadeza y a continuación le besa levemente los párpados.

– Perdóname, cariño, me siento culpable por haberlo pensado… -La estrecha entre sus brazos y respira con la cabeza hundida en su pelo. Ella sigue temblando. La siente cálida, tierna, frágil, pequeña, y en un instante piensa que lo único que quiere hacer en este mundo es protegerla, amarla sin preocupaciones, sin problemas, sin dudas, entregarse a ella en cuerpo y alma. Sí, vivir exclusivamente para verla sonreír. Alex la abraza más fuerte y le susurra-: Te quiero… -Y a continuación se aparta y la ve sonreír con los ojos de nuevo brillantes, sólo que esta vez de felicidad, de nuevo parecen tranquilos y confiados. Y es cosa de un instante, de ese instante. Decide desentrañar la duda: ¿ahora o nunca? Se decide. Ahora. Saltar. Ahora. Está sereno, tranquilo, y vuelve a su sitio mientras Niki empieza de nuevo a parlotear.

– ¿Sabes? No me lo podía creer… Quiero decir, por un lado me gustaba la idea de que frecuentases conmigo la universidad… Incluso he llegado a pensar que me encantaría estudiar contigo… Que fueses mi compañero…

Todavía ignora lo que Alex acaba de decidir, porque a veces las decisiones, poco importa que sean graves o pequeñas, se toman por las razones más variopintas y nadie sabe verdaderamente cuál ha sido el instante, la sensación, la molestia o la conmoción que nos ha empujado a hacerlo. Y, sin embargo, ocurre. Como en ese caso. Alex la ve sentada enfrente de él y le parece mayor, suya para siempre. La mira con otros ojos y simula escuchar; asiente, feliz de la decisión que acaba de tomar. Ahora. Para siempre. A saber si ella se habrá percatado de algo, si podrá adivinar lo que piensa, su espléndida decisión…

¿Cuál será su respuesta? Pero, sobre todo, lo que es más importante, ¿cómo se lo pido?

– ¿Alex?

– ¿Eh?

– ¿En qué estás pensando?

– Te estoy escuchando…

– Mentiroso… -No obstante, Niki no insiste en esta ocasión, ha recuperado la calma. Coge el DVD de La espía que me amó-. Tenemos que verla… El tipo de la tienda me ha asegurado que es fantástica… Es una de las mejores de Roger Moore, aunque la verdad es que dudaba si regalarte otra…

– ¿Cuál?

– Austin Powers 2: La espía que me achuchó. Estabas tan cómico en la facultad… -Ríen y bromean.

Viendo que la tormenta ha pasado, el propietario se acerca de nuevo a la mesa.

– Entonces, ¿ya sabéis qué pedir? Si no, la cocina cierra…

Por fin asienten con la cabeza divertidos, juegan con el menú, hablan de tonterías, comentan, piden y a continuación cambian de idea obligando al dueño a tachar lo que acaba de escribir en su cuaderno y a anotar otra cosa. El hombre resopla.

– Está bien, ya basta, yo ya me he decidido. Ensalada de frutos del mar.

– En ese caso yo pediré lo mismo.

– ¿Te apetece pescado al horno?

– Sí, perfecto.

– Está bien, entonces quizá el más fresco que tenga, para dos, y un poco de vino blanco…

– ¿Qué os apetece?

Alex la mira por un instante.

– ¿Qué te parece si cenamos con champán?

– Oh, sí, me encanta.

– Muy bien, pues en ese caso una botella de champán francés, bien fresca, eso sí.

El propietario se aleja satisfecho. A veces esas peleas… ¡Si después

hacen las paces así! Niki mira a Alex y asiente convencida con la cabeza.

– Has entendido que debes ganarte mi perdón, ¿eh?

– Ya… -Alex esboza una sonrisa sin saber muy bien por qué ha pedido el champán. Se le ha ocurrido así, embriagado por el momento, por la alegría de haber salvado lo que podría haberse convertido en una velada terrible terrible.

El propietario vuelve en un abrir y cerrar de ojos con una botella de agua mineral.

– Por el momento os dejo ésta -y se aleja sin más.

Niki hace ademán de cogerla para servirse, pero Alex se le adelanta.

– Gracias… -le dice ella risueña.

– De nada…, faltaría más.

– Me encantan todas estas atenciones. ¡Deberías venir más a menudo a la facultad! -Tras beber un poco vuelve a dejar el vaso sobre la mesa-. Mmm. ¿Sabes que casi me muero de la risa?

– ¿Cuándo?

– ¡Cuando el profesor Borghi estuvo a punto de atropellarte con su coche!

– ¡También te diste cuenta de eso!

– ¡Te había visto ya frente a mi casa!

– ¿De verdad?

– Claro, esperaba que me llamases… Hasta llegué a pensar que me había equivocado, pero después te vi aparcar en la facultad.

Alex reflexiona mientras bebe… Se ha percatado de todo, es increíble. ¿Por qué? ¿A qué se debe tanta atención? Oculta algo… Pero en un instante sus temores se desvanecen y vuelve a sentirse feliz de su decisión. Llega el champán, lo descorcha y lo sirve en las dos copas. Alex levanta la suya y busca la mirada de Niki. Ojos. Silencio. Después una sonrisa.

– Amor mío…

– ¿Sí?

– ¡Me gustaría poder pasarme la vida espiándote!

Ríen, brindan y beben mirándose a los ojos. De los altavoces del restaurante llega de improviso una canción: «La felicidad es no pensar en nada, eh… La felicidad es algo inconsciente. La felicidad es un beso de la fortuna en la frente.» Es cierto. Es justo como canta Paola Turci. La felicidad consiste en sentirse bien así, por el mero hecho de estar juntos. Claro que la felicidad es también mucho más, es poder decirle algo al otro. A Alex le encantaría poder revelarle su decisión, pero para eso necesita una idea verdaderamente extraordinaria. Algo diferente de Entre Ceja y Ceja. Algo distinto del simple letrero de un restaurante del centro de la ciudad. Le aprieta de nuevo la mano y siente un agradable estremecimiento. Como cuando sabes que todo irá bien.

Veintisiete

Mañana soleada. Es pronto. Apenas hay gente. Las ventanas resplandecen con una luz agradable y blanca que se refleja en las paredes del edificio de enfrente. Alex entra en el despacho de Leonardo, que se sorprende.

– ¡Buenos días! ¡Qué alegría verte de buena mañana! ¿Me traes otro regalo?

Alex se sienta delante de él.

– Querido director… ¿Acaso crees que te lo mereces?

Leonardo arquea las cejas presagiando la tormenta.

– Entiendo. ¿Quieres un café?

– ¡Ya he tomado uno!

– ¿Una tila?

Alex ladea la cabeza y Leonardo sonríe para disculparse.

– Vale, estaba bromeando. Pero me parece que he hecho todo lo posible para que te sintieras mejor en el trabajo. Nadie tiene una ayudante como la tuya. Quería que te sintieras feliz…

– Precisamente, yo ya lo era…

– ¿Y bien?

– Búscame otra.

– Pero es la mejor, la más competente, la más…

– Sí, ya imagino todo lo que podrías añadir. Puedo intuirlo sin necesidad de que me eches una mano…

– ¿Entonces?

– Asígnala a otro. Con una ayudante así trabajaré menos, de modo que tú también saldrás perdiendo. Es una distracción…

– Pensaba que te gustaría… Que te haría feliz…

– Ya te he dicho que soy feliz, muy feliz… Y, sobre todo, quiero seguir siéndolo.

– Bien, como quieras. -Leonardo se levanta del escritorio-. De acuerdo. Lo he entendido. Ha firmado un contrato por un año, de manera que no puedo despedirla. La mantendremos a nuestra disposición y la haré trabajar en otro de mis proyectos.

– Me parece perfecto.

– Sólo pretendía darte gusto.

– ¿De verdad quieres hacer algo por mí?

– ¡Claro! Te lo digo en serio, con toda sinceridad.

Alex sonríe y decide fiarse de él. Le cuenta su plan y se queda sorprendido del entusiasmo que demuestra Leonardo al oírlo.

– ¡Muy bien! ¡No acabo de entender qué piensas hacer allí, pero te lo mereces! Además, estoy seguro de una cosa: eso te dará ideas para trabajar después en nuestro cortometraje.

Alex se vuelve y lo mira irritado. Leonardo abre los brazos.

– Solo. Máxima creatividad, sin ayudante o posibles distracciones…

– Vale.

Alex le estrecha la mano.

– De acuerdo entonces.

Y sale a toda prisa de su despacho, se precipita hacia el ascensor, pero se encuentra con Raffaella en el pasillo.

– Hola, Alex, mira, he recopilado unas cuantas películas que podrían darnos algunas ideas para nuestro proyecto.

Él sigue caminando hacia el ascensor.

– Lo siento, pero voy a salir a hacer unas gestiones. El director ha decidido asignarte a uno de sus proyectos personales… -Alex llega al ascensor y aprieta el botón de llamada.

– ¿Cómo? -Raffaella parece visiblemente decepcionada-. No sabía nada…

Alex entra en el ascensor.

– Lo siento. A mí tampoco me ha gustado la idea. Me lo acaba de decir… Pero ya sabes cómo es, ¿no? En menos que canta un gallo cambia las cartas que hay sobre la mesa…

Pulsa un botón y el ascensor se cierra sin darle la posibilidad de responder. Como última imagen, Alex ve su cara enfurruñada. Y por el resquicio que dejan las puertas ve que ella se vuelve sobre sus magníficas piernas.

Habría sido imposible resistir a la tentación. También eso es amor.

Veintiocho

El outlet de la Levi's está abarrotado de gente. Diletta siente curiosidad por la sección infantil. Está mirando unos pantaloncitos de peto muy monos. Olly y Niki se dan cuenta y le toman un poco el pelo mientras eligen unos vestidos no muy lejos de ella.

Hay cola delante de los probadores. Erica ha encontrado dos pares de vaqueros y dos camisetas y está esperando a que alguno quede libre para probárselos. Llama la atención de un chico que está a su lado.

– Menudo jaleo, ¿eh?

Erica se vuelve.

– ¿Eh?, sí… Todo está muy rebajado, es normal -sonríe.

El chico sujeta varios pares de pantalones que lleva en la mano y que se le están resbalando.

– Yo he cogido éstos… -y se los enseña, a Erica, que lo mira un poco perpleja.

– Eh…, genial. Yo no.

El chico se percata de que su ocurrencia no ha sido, lo que se dice, brillante. En ese momento queda libre el probador que está delante de ellos. Él se vuelve de inmediato hacia Erica.

– Entra tú, venga, yo espero…

Erica lo mira estupefacta y esboza una sonrisa.

– ¡Ah, gracias, perfecto! -y entra. Se desnuda y se prueba el primer conjunto: unos Levi's Slim Fit y una camiseta ajustada de color azul que le resalta el pecho. Sale del probador y gira sobre sí misma. Mira al chico-. ¿Qué tal me sienta?

Él asiente con un movimiento de cabeza, algo avergonzado.

_De maravilla…

Erica sonríe maliciosa.

– Bien…, espera. Me pruebo otro.

Corre la cortina y entra de nuevo en la cabina. Un par de minutos después vuelve a salir. Esta vez luce un modelo 609 Hotstuff y una camiseta blanca de manga larga. Improvisa un pequeño desfile delante del chico. Mientras tanto, Olly y Niki se han acercado a ellos con varias prendas en la mano. Se percatan de la escena. Se miran y se echan a reír. El chico, siempre un poco cohibido, observa a Erica, que se detiene de golpe delante de él.

– ¿Y bien? ¿Qué te parece éste?

Él balbucea.

– Bueno, también te sienta bien, sí…

– En ese caso, ¿con cuál me quedo? -pregunta Erica sin dejar de moverse delante del espejo.

El chico no contesta. Olly y Niki se aproximan a él.

– Venga, aconseja a nuestra amiga; de lo contrario es capaz de pasarse aquí toda la tarde…

Erica se vuelve.

– Venga, ¿qué dices?

– Quizá me quedaría con los dos… -responde él en tono poco convincente.

– ¡Sí, claro! ¡¿No serás por casualidad un empleado de la tienda vestido de incógnito?! No puede ser, tengo que elegir. Uno u otro. -Se mira al espejo por última vez-. Con el primero estoy más sexy. Ya está, decidido -y vuelve a entrar en el probador para cambiarse.

El chico está pasmado.

– ¿Vuestra amiga es siempre así?

– Peor…, pero es simpática, ¿no?

Él, por descontado, no tiene ganas de contradecirles.

– Sí…, sí…

Olly y Niki se miran riéndose. Al cabo de unos minutos, Erica sale de la cabina vestida con su ropa y llevando en la mano las prendas que ha elegido. Se para un momento y mira al chico.

– Gracias por haberme dejado pasar. Oye, mis amigas también quieren probarse ropa, ¿las dejas entrar?

Él no puede creer lo que está oyendo. ¡Tendrá cara! Sólo que no le da tiempo a decirle que no porque Niki y Olly ya se han colado en el probador. Erica sonríe.

– ¡Eres un sol, gracias! -y se aleja.

El chico se encoge de hombros y se queda esperando delante de los probadores.

Erica se acerca a Diletta.

– ¿Y bien? ¿Has elegido algo?

– No…, pero ¿has visto qué mona es la ropa de niño? ¡Se parece a la de los mayores! -dice Diletta.

– Sí, ya veo, pero ¿has escogido algo?

Diletta mira por unos segundos a su alrededor.

– Bah, no hay nada que acabe de convencerme…

– A mí, sí, mira -le enseña a Diletta los vaqueros y la camiseta azul.

– ¡Precioso!

– He decidido que me vestiré así para el examen de Giannotti.

– ¿No te parece demasiado ajustado?

– ¡Precisamente por eso! ¡Al menos llamaré su atención! No sabes lo bueno que está…

– ¡Pero, Erica, es tu profesor!

– ¿Y qué? ¡Es un hombre! Que está como un tren y, además, es joven. No debe de haber cumplido los cuarenta. Si vieras cómo se viste: todo a la última, polos de lana peinada y Dockers, ¿entiendes? Muy casual. Y si vieras cómo le sientan… Tiene un culo…

– ¡Erica!

– ¿Qué pasa? ¡Los hombres son hombres, profesores o no! ¡Además, si llamo su atención quizá me suba la nota!

Diletta se lleva la mano a la frente.

– Eres un caso perdido. ¡Eres peor que la Olly de antaño!

– ¡Evolución, Diletta, eso se llama evolución! -y se encamina hacia la caja.

Mientras tanto, Niki y Olly han salido del probador con la ropa que han elegido. Parecen satisfechas. Se miran la una a la otra contoneándose, bromeando, mientras el chico sigue haciendo cola hasta que la cabina de al lado queda libre. Entra en ella al vuelo huyendo de esa situación embarazosa. Olly y Niki se ríen como locas y vuelven al probador.

Al cabo de un rato las Olas abandonan el outlet. Todas llevan una bolsa en la mano, salvo Diletta.

– ¿Sabéis que Erica está obsesionada con su profesor de antropología?

Niki y Olly se miran.

– ¡Pero será viejo, Erica!

– ¡De eso nada! Debe de tener la edad de Alex, ¡de manera que si Alex no os parece viejo, el mío tampoco! -replica esbozando una sonrisita falsa.

Niki se vuelve.

– Sí, de acuerdo, pero lo mío es diferente… Él es tu profesor, es decir, en tu caso hay también un conflicto de intereses…

– ¿De qué conflicto hablas? ¡Al contrario! ¡Tal vez así se le escape una buena nota!

Siguen caminando así, bromeando, empujándose de vez en cuando, alegres y ligeras.

Veintinueve

Delante de la puerta, varias propuestas escritas en colores llamativos. Varios folletos con ofertas cuelgan de un tablero de anuncios que hay detrás de un cristal. Alex sube los escalones y entra. Allí sí que saben cómo tratarlo.

– ¡Hola, Chiara! Veamos, esta vez debemos hacer algo verdaderamente especial… En fin, importante…

– ¿Qué quieres decir? ¿Que la última vez no quedaste satisfecho?

– No… De eso nada, todo fue de maravilla, perfecto, pero en esta ocasión, bueno…, sí…, en fin…, ¡debe serlo aún más!

– ¿Y se puede saber quién es la nueva afortunada?

Alex arquea las cejas.

– ¿Por qué?

– Bueno, te veo muy entusiasmado…

Salta a la vista que a algunas personas les resulta extraño que uno trate de hacer siempre cosas diferentes para la misma persona.

– Es Niki Cavalli.

Chiara parece un poco decepcionada. Alex se da cuenta. Quizá para ella el amor sea ya una pura cuestión de rutina. Lástima. Alex se sienta delante de ella.

– Veamos, tengo cuatro días libres y he pensado que… Podría ser bonito… Sí, en fin, esta tarde, mientras estaba en el despacho, he navegado un poco por Internet y he encontrado unas cosas realmente estupendas…

Dispone varios folios sobre la mesa. Ella los mira. Están llenos de apuntes, subrayados, dibujos y lugares marcados además de un mapa trazado con gran esmero y, sobre todo…, con amor. Eso debe de ser lo que le sorprende tanto a Chiara, piensa Alex. Y, en efecto, así es. Chiara recorre con la mirada las hojas de papel mientras se pregunta cómo es posible que después de dos años un hombre de éxito como él, guapo, divertido y simpático, un tipo que, en pocas palabras, podría tener muchas mujeres, todavía sea feliz como un niño por el mero hecho de darle una sorpresa a esa bendita de Niki Cavalli. A saber por qué ella le resulta tan especial. Chiara escucha risueña esa especie de mar borrascoso de palabras. Alex y sus propuestas. Alex y sus ideas fantasiosas, sus suposiciones y sus curiosidades. Y asiente con la cabeza mientras le lee varias direcciones que ha anotado. Luego se mira al espejo que está a espaldas de él y se arregla el pelo. Y piensa. ¿Qué tendrá esa tal Nicoletta que no tenga yo? ¿Por qué una chica como yo, guapa, simpática y divertida, una treintañera de muy buen ver, no le gusto?

Alex alza la mirada de los folios.

– Pero ¿me estás escuchando?

– ¡Por supuesto que sí! -Chiara vuelve a la realidad-. ¡Claro!

Abre una página en el ordenador, comprueba algunos datos, luego abre otra, hojea un folleto, hace una serie de consideraciones mentales y se pone manos a la obra. Por enésima vez, estudiará el mejor paquete posible para contentar al cliente, el mismo paquete que, al menos una vez, una sola vez, le gustaría recibir como regalo de alguien que la sorprenda y la rapte por un día, un fin de semana, toda la vida. Programar las vacaciones a los demás es para Chiara un sufrimiento increíble. Le encantaría ocupar el lugar de esa «cría», como la llama sin cesar en su fuero interno… A continuación hace la pregunta de rigor:

– ¿Cuánto quieres gastar?

Alex le sonríe.

– No me he marcado ningún límite.

Chiara sacude la cabeza.

– Bien… Claro -y se sumerge de nuevo en el ordenador.

De repente cae en la cuenta. No hay lucha posible. Sonríe una vez más a Alex desde detrás de la pantalla a la vez que entiende que jamás Podrá ser suyo por una sencilla, sencillísima, razón: él está perdidamente enamorado de ella.

Alex la mira. Hay que reconocer que Chiara se esfuerza de verdad cuando hace las cosas. No hay nada más bonito que ver a una persona que ama su trabajo. Es maravilloso conocer a gente así. Si Alex supiera… Pero él ignora la verdad, como a menudo sucede con muchos de los que viven a nuestro lado y son amables con nosotros. Jamás sabremos por qué lo son, y qué es lo que sienten en el fondo.

Pasada una media hora, Alex se despide, cierra la puerta a sus espaldas y baja los escalones. Está encantado con su plan. En esa agencia son muy competentes. Coge el móvil y llama a varias personas para que lo ayuden a materializar su idea. Entiende que es absurdo y sonríe mientras lo cuenta. Sí, hay que reconocer que no es fácil. Pero el mero hecho de haberlo imaginado implica haber realizado ya la mitad de ese sueño.

Treinta

Alex empieza a preparar la bolsa para ir a jugar a futbito. Mete la camiseta azul y también la blanca. Esta vez no han llegado las alineaciones, de forma que más le vale llevarse al campo las dos camisetas. Además, siempre hay alguien que olvida la suya y te la pide prestada.

El móvil suena de repente. Un mensaje. Dios mío, ¿y ahora qué pasa? No me digas que… Alex corre a sacar el teléfono del bolsillo de la chaqueta, pulsa la tecla y abre el sobrecito. Lee: «Ven en cuanto puedas a casa de Enrico. Problemas. Flavio.»

¡Oh, no! De nuevo se suspende el partido. Menudo coñazo. Alex teclea el número de Flavio, que responde a la segunda llamada.

– ¡Hola, Alex! -De fondo se oye un gran bullicio.

– ¡Ay! ¡Me tiro, déjame!

– ¡Ven de inmediato, Alex!

– Pero ¿qué sucede?

– No logramos dominar la situación.

– Camilla ha vuelto.

– Peor. -Se oye un grito-: ¡Yo me tiro! -y un ruido de cristales.

– ¡Quieto, quieto! -grita Flavio-. Tengo que dejarte, Alex -e interrumpe bruscamente la conversación.

Alex se queda mirando atónito el teléfono mudo. También él se ha Quedado sin palabras. No es capaz de imaginar lo que puede haber sucedido. Se pone la chaqueta y baja corriendo la escalera. Mientras tanto teclea un número en el móvil.

– ¿Niki?

– Hola, ¿qué pasa? Veo que tienes prisa. ¿Vas a jugar a futbito? -Niki mira el reloj-. ¿No es un poco pronto?

– No, esta noche no jugamos -Alex recuerda la mentira que contó la semana anterior y se da cuenta de que en esta ocasión no vale en absoluto la pena mentir.

– ¿Adónde vas entonces? Espero que no tengas que espiar a nadie más.

– De eso nada, voy a casa de Enrico.

– No te habrá contratado para sustituir al detective de la otra vez, ¿no? ¿Cómo se llamaba…? Costa… No sacó nada en claro.

Alex recuerda la segunda carpeta con las fotos de alguien desconocido y se maldice por eso. También le viene a la mente el ridículo que hizo espiándola en la facultad y se avergüenza.

– No, se trata de mis amigos; deben de haberse metido en otro lío…

– ¿De qué tipo?

– No lo sé…

– Alex… No me estarás ocultando algo, ¿verdad?

– ¿Por qué debería hacerlo? Sea lo que sea, seré yo el primero en decírtelo.

Niki sonríe al oír cómo usa su misma frase.

– Así me gusta.

Alex también sonríe.

– Es que tengo una maestra fantástica.

– Sí, sí, ¡tómame el pelo si quieres! Pero llámame más tarde, me muero de curiosidad…

– De acuerdo, amor, hasta luego.

Al cabo de unos minutos llama a la puerta de Enrico.

– ¿Quién es?

– Soy yo.

– ¿Yo, quién?

– ¿Cómo que «yo, quién»? Alex…

Enrico abre la puerta. Salta a la vista que está furioso.

– Entra. -Cierra la puerta y acto seguido cruza los brazos sobre el pecho, señal evidente de su enojo. Flavio se pasea por la habitación.

– Hola.

Pietro, en cambio, está sentado en el sofá, con la mano en alto sujeta un poco de hielo envuelto en un paño sobre la ceja derecha, que tiene hinchada. Alex mira boquiabierto a sus amigos.

– ¿Se puede saber qué pasa? ¿Habéis discutido? ¿Os habéis pegado? ¿Me lo podéis explicar?

Flavio sacude la cabeza, todavía le cuesta creer lo que ha ocurrido, está confundido. Enrico pisotea nervioso el parquet.

– Yo lo único que sé es que estoy solo. Había conseguido dormir a Ingrid… y ahora debe de haberse despertado con todo este jaleo.

– ¡Aaah! -se oye gritar a la niña desde el dormitorio que hay al fondo del pasillo.

Enrico junta el pulgar y el índice y traza una línea recta en el aire.

– ¿Veis lo que os decía? ¡Un sentido de la oportunidad perfecto!

Flavio abre los brazos.

– ¡Siempre quejándote!

– Sí, sí, claro… Yo, ¿eh? ¡Los líos los organizáis siempre vosotros!

Enrico se precipita hacia el cuarto de la niña.

Alex parece más tranquilo.

– En fin, ¿me podéis explicar de una vez lo que ha pasado? -Mientras habla se da cuenta de que una de las ventanas del salón de Enrico está rota-. ¿Y eso? ¿Quién ha sido?

Flavio señala a Pietro.

– Él. ¡Quería tirarse!

– Perdona, pero podrías haberla abierto.

– ¡Qué simpático eres! Por eso Enrico está tan enfadado…

– Me las arreglo, bromas aparte.

Pietro retira el paño del ojo, coloca bien el hielo y vuelve a apoyarlo contra la ceja.

– A mí no me hace ninguna gracia.

Alex empieza a irritarse.

– O me explicáis lo que ha sucedido o me marcho. Joder, otra vez nos quedamos sin jugar…

Pietro lo mira desconsolado.

– No puedo. Díselo tú, Flavio. Yo me taparé los oídos… No me lo puedo creer, me niego a pensar eso…

Así pues, suelta el trapo y se tapa los oídos. Flavio lo mira resoplando.

– Susanna ha dejado a Pietro.

– ¿También? No me lo puedo creer. Pero ¿qué es esto? ¿Una epidemia? Primero Enrico y ahora Pietro…

Alex se sienta en el sofá.

– Estamos cayendo como moscas… -Luego piensa: Y precisamente ahora. No debería haber ocurrido-. ¿Y se puede saber por qué?

Treinta y uno

Algunas horas antes. Por la tarde. Susanna se acerca al teléfono, lo coge y teclea rápidamente unos números.

– ¿Pietro?

– Lo siento, pero el abogado no está. Creo que tenía una cita fuera o que no se sentía muy bien. Ya sabe usted cómo es… -La secretaria sonríe y se encoge de hombros. A esas alturas ella también conoce a Pietro.

Susanna, en cambio, no las tiene todas consigo. Cuelga. No. No sé cómo es y, por si fuera poco, ha apagado el móvil, pese a que le he dicho mil veces que podría haber alguna emergencia. No entiendo por qué los hombres no nos tienen en cuenta. Hacemos la compra, recogemos a los niños del colegio, los llevamos a natación, a gimnasia, a inglés, limpiamos la casa e incluso si trabajamos fuera procuramos que todo esté en su sitio, cocinamos, nos mantenemos en forma para seguir siendo atractivas y para evitar que nos engañen, planchamos… En fin, que nos ocupamos de mil cosas. Somos esposas, madres, amantes y gestoras. Y cuando se produce una urgencia como la de hoy en que el fontanero por fin está libre y puede venir a casa, entonces todo salta por los aires. Eres poco menos que una pelmaza. Es uno de esos raros casos en los que el hombre debe tener el móvil encendido y acceder a sustituirnos en una de nuestras obligadas etapas.

Susanna teclea otro número. La línea está libre, menos mal.

– ¿Mamá? Perdona que te moleste…

– Tú nunca molestas…

– ¿Podrías ir a recoger a Lorenzo a natación?

– Ah…

– Sí, y luego lo llevas a tu casa, yo pasaré pronto por la tarde.

– Pero he quedado con mis amigas…

– Iré muy pronto, de verdad. Lo que pasa es que tengo una urgencia ahora y no quiero que espere delante de la piscina y se sienta mal al ver que todos sus amigos se marchan con sus padres.

– Ah, sí… Ya pasó una vez…

– Exactamente, y me gustaría que no volviese a suceder.

– De acuerdo.

– Gracias, mamá… Te llamo en cuanto acabe.

Susanna exhala un suspiro. Al menos una cosa arreglada. Sube al coche y arranca a toda velocidad. Sale del aparcamiento y se interpone en el trayecto de un coche que se detiene en seco dejándola pasar.

Un hombre toca con furia la bocina y agita los brazos gritando.

– Pero ¿cómo coño conduces?

– ¡Mejor que tú! -le espeta Susanna, que conduce como una loca hasta que llega a la puerta de su casa. Por suerte encuentra de inmediato un sitio libre-. Perdone, perdone…

Llega en un abrir y cerrar de ojos delante de la verja, donde la espera un fontanero joven. Esboza una sonrisa.

– No se preocupe, señora, yo he llegado hace tan sólo unos minutos…

Todavía jadeante, Susanna abre la verja, después el portal, y al final llama el ascensor. Entran en él. Permanecen en silencio. Cierto embarazo, una sonrisa de circunstancias. Por fin llegan al piso. Una vez delante de la puerta, Susanna introduce la llave en la cerradura. Qué extraño. Sólo una vuelta. Esta mañana salí la última de casa y juraría que giré dos veces la llave. Bah. Estoy completamente agotada.

– Entre, por favor.

Sí. La verdad es que estoy agotada. Necesito unas buenas vacaciones. Tengo que llamar a Cristina para pasar unos cuantos días en el balneario. No sé cuánto tiempo hace que nos prometimos hacer una pausa para ir a un centro de bienestar.

– Por aquí, pase…

Cristina está mejor que yo. Menos estresada. No tiene dos hijos que quieren comprar y hacer todo lo que ofrece el mercado y, sobre todo, un padre que se lo consiente siempre. Creo que Pietro lo hace para ponerme en un apuro, para tirar de la cuerda y probar mi paciencia, para comprobar hasta qué punto resisto. Bah… De repente ve una chaqueta sobre el sofá, una camiseta y una camisa. Como en el cuento que su madre le contaba cuando era pequeña. Las miguitas de Pulgarcito… Pulgarcito. Sólo que en este caso se trata de ropa. ¡De Pietro! Echa a correr por el pasillo y abre sigilosamente la puerta de su dormitorio.

Ve varias velas junto a la cama. Una cubitera con una botella de champán sobre la cómoda. Pietro está en la cama. Y a su lado hay una mujer.

– ¡Pietro! -grita enloquecida. Coge una vela-. ¡Éstas las compré yo…! -A continuación aferra la botella de champán-. ¡Y ésta la compré para la cena del domingo!

– Perdona, cariño, pero no sé qué me ha pasado… Tengo fiebre… Me sentía mal y ella me ayudó. Es doctora; mi médico, vaya…

Susanna ni siquiera escucha la mentira absurda de Pietro. Mira a la mujer por unos segundos. Lo que más le molesta es que es más joven que ella. Y encima, fea. Eso la cabrea aún más. Coge la ropa de la mujer y se la arroja a la cara.

– Desaparece. -Le gustaría añadir algo más, pero no puede.

La mujer se levanta de la cama medio desnuda y se desliza fuera de la habitación bajo la mirada curiosa del fontanero que, con un ligero embarazo, se dirige a Susanna:

– Lo siento, señora… Si quiere, yo también me voy…

– ¡No, no! A saber cuándo lo vuelvo a encontrar… Venga, el cuarto de baño es el de mi hijo mayor. -Susanna sale del dormitorio y se dirige a la última habitación que hay al fondo del pasillo-. Es éste. ¿Ve el desagüe de la ducha? El problema debe de estar debajo… El agua no corre bien y crea humedades… Arréglelo, por favor.

– Como quiera.

Un tanto perplejo, el fontanero deja su bolsa en el suelo, saca sus herramientas, entre las cuales hay varios destornilladores, un metro y una llave inglesa especialmente grande, y empieza a desmontar la rejilla del desagüe.

– ¿Dónde está la llave de paso, señora?

– Detrás de la puerta.

– Ah, sí, ahora la veo. -El fontanero la hace girar rápidamente, y cierra el paso del agua.

Justo en ese momento Pietro, que mientras tanto ha vuelto a vestirse, entra en el cuarto de baño. -Lo siento, cariño… No pensé que podías volver…

– Sí que debes de sentirlo, sí, ¡te he arruinado el plan!

– No, no quería decir eso… -A continuación se dirige al fontanero-: Y usted también… No hay manera de encontrarlo… y se le ocurre venir precisamente hoy, ¿eh?…

Al oír esta última salida Susanna pierde los estribos.

– ¡Al menos ten la decencia de callarte!

Coge la enorme llave inglesa que hay en el suelo y trata de golpear con ella, a Pietro, que, sin embargo, la ve en el último momento y la esquiva inclinándose hacia la izquierda, de manera que recibe el golpe en la frente, justo encima del ojo derecho.

– ¡Ay!

– ¡Yo te mato! ¡Maldito, maldito!

El fontanero la sujeta por detrás.

– Calma, señora… Calma, calma… Que si no acabará en la cárcel. -Consigue arrebatarle la llave inglesa de las manos-. ¡Ya me parecía a mí que se lo había tomado demasiado bien!

Pietro se encamina hacia el salón tambaleándose. Susanna lo mira sin experimentar la menor emoción.

– Desaparece para siempre de mi vida.

Treinta y dos

Pietro aparta las manos de los oídos justo a tiempo de oír esas últimas palabras.

– ¿Lo entiendes, Alex? ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes? Quería matarme…

Alex se ha quedado de piedra.

– No, no lo entiendo, ¡sólo alcanzo a comprender lo imbécil que eres!

– ¿Qué quieres decir?

– Además de que no deberías haberla engañado como has hecho siempre… ¿Encima lo haces en tu propia casa?

Flavio interviene:

– Es lo mismo que le he dicho yo. Querías que te descubriera, no sabías cómo decírselo y encontraste esa solución…

– Vaya con el psicólogo… El fantathriller sentimental… Me pilló y punto…

– Lo he entendido de sobra, pero ¿no podías llevarla a otro sitio, dado que no eras capaz de contenerte?

Flavio niega con la cabeza.

– Yo no podría hacer una cosa semejante…

– Porque sois demasiado calculadores. Cuando la pasión te arrebata de esa forma… Nos llamamos para tomar un café. Estábamos al lado de casa. ¿Te apetece subir? Venga… En esos momentos es de mal gusto buscar una habitación de hotel…

– ¡Pietro! -grita Alex-. ¿De mal gusto? ¡Estás hablando de tu matrimonio! ¡Tienes dos hijos!

Enrico vuelve a entrar en el salón.

– Y yo tengo una que acaba de dormirse… ¿Podríais hacerme el favor de no gritar?

Alex exhala un suspiro.

– Y yo que pensaba que Flavio y tú os habíais peleado. Habría sido mejor.

Flavio lo mira crispado.

– ¿Y quién habría ganado?

– Imbécil… -Pietro se masajea la frente-. Pareces Susanna. ¿Sabes lo que me dijo? «Sólo quiero saber una cosa: ¿por qué cuando estábamos juntos nunca encendiste una vela, creaste un poco de ambiente, pusiste un poco de música o descorchaste una botella de champán?»

– ¿Eso te dijo?

– Sí, antes de echarme de casa para siempre.

– Entonces quizá todavía puedas remediarlo…

– Llevo toda la tarde intentándolo. Pero no hay modo de que ceda.

– Por supuesto, pero ¿es que crees que basta con una tarde?… Bueno…, yo creo que está claro… Todavía está alterada.

– Alterada… Querrás decir que no razona. Tengo dos maletas en el coche. Ha cambiado la cerradura de casa y ya he recibido la llamada de su abogado. No puedo acercarme a mi mujer… Y pensar que el abogado era también amigo mío…

– ¡Pues menudo amigo!

– Pues sí… Lo que ocurre es que una vez le conté a Susanna que antes de conocerla había tenido una aventura con la novia del susodicho abogado y ella lo llamó ayer, se lo dijo y después le pidió que se ocupara de nuestro asunto. ¡Aceptó de inmediato! ¡Imaginaos…!

– ¡De eso nada, imagina tú! Pero ¿por qué se lo contaste?

– ¡Porque sucedió hace años!

– ¿Y eso qué tiene que ver? El tiempo no cuenta cuando se trata de amor…

– Creía que Susanna y yo éramos cómplices, un equipo…

– Sí, claro, y tú no le ocultabas nada, ¿verdad?

Pietro mira a sus amigos.

– Escuchad, pensaba que entre ella y yo existía un acuerdo tácito.

Todo el mundo engaña a todo el mundo. Y todos fingimos no ver, no oír… ¿Sabes cuántas veces me he tirado a mujeres que segundos antes les habían jurado a sus maridos por teléfono que los querían con locura? Varias de ellas incluso con un niño en la barriga… Mujeres embarazadas, ¿entendéis? Que, sin embargo, no saben renunciar al sexo… ¡Igual que nosotros!

Alex niega con la cabeza, asqueado.

– No, en eso te equivocas, di mejor que igual que tú. En mi caso, después de romper con Elena no sentí deseos de estar con nadie hasta que me enamoré de Niki. Me enamoré, ¿comprendes? Y no la he engañado ni una sola vez desde que salimos juntos.

– ¿Y cuánto tiempo hace de eso?

– Casi dos años…

– ¡Sí, pero tú no estás casado! Ponte en mi lugar. La he visto a diario durante doce años, una semana tras otra, un mes tras otro, un año tras otro. Ya veremos qué eres capaz de inventarte tú… Espero que me lo cuentes… ¡Si lo consigues, claro! Me considero un modelo a seguir. ¡Es todo un éxito llegar a donde he llegado yo! Míralo a él -y señala a Enrico, que lo mira sorprendido.

– ¿Qué pasa? ¿Tienes algo que decir sobre mí?

– ¿Siempre has sido fiel?

– Siempre…

– ¡Y lo has pagado bien caro! Ella se marchó con un desconocido hace diez días… ¡Piensa en la cantidad de polvos que te has perdido!

Alex no está dispuesto a seguir escuchándolo.

– Oye, Pietro, me parece que tienes un problema… Lo nuestro no es una lucha. Debe de haberte ocurrido algo, hay mucha acritud en tus palabras.

Pietro abre los brazos.

– Te equivocas, es mi manera de pensar… Nada de traumas de adolescencia.

Flavio se sirve un poco de cerveza.

– Eso es lo que tú te crees. A menudo no somos conscientes, pero el sufrimiento que nos produce lo que nos sucede nos lleva a suprimirlo o a rechazarlo de plano…

– No, mira… -Pietro se quita el paño de la cabeza-. Soy tan consciente como real es el chichón que tengo en la frente… Todo es una gilipollez. Y uno se va dando cuenta a medida que pasa el tiempo. Tú y Cristina seguís juntos por miedo, Flavio…, ¡como muchísimas parejas! Vuestro amor no es verdadero. ¡Es puro terror! Pensaba que Susanna y yo habíamos encontrado un equilibrio tácito. Pero no era así. ¿Sabéis lo que os digo? Mejor… -Se levanta y se pone la cazadora-. A partir de mañana empieza una nueva vida. ¡Quiero tener mi propia casa! Quizá un loft, ambiente joven y mujeres, ya sabéis… Diversión… ¡Y ninguna responsabilidad! -Sale y cierra la puerta a sus espaldas.

– Pero ¿a qué ha venido eso? -Flavio mira a sus amigos risueño-, ¿No es eso mismo lo que ha hecho hasta la fecha?

Alex asiente con un movimiento de cabeza.

– Pues sí, con la diferencia de que hasta ahora no lo habían pillado…

– En cualquier caso, debería haber tenido más cuidado, eran una pareja muy divertida. Recuerdo su boda…, él parecía muy enamorado…

– ¡Tú lo has dicho: parecía! Ese día intentó ligar hasta con la camarera que se ocupaba de los abrigos.

– Ah, sí…, yo también me acuerdo. Han pasado ya doce años, ¿eh?… Pero estaba buenísima.

– Sí, tenía unas tetas así… Pero el día de tu boda, caramba…, quiero decir que al menos se debería resistir ese día.

– ¡Él no!

– Sin embargo… El hecho de que esté buscando una casa, de que se vaya a vivir solo…, podría ayudarlo a entender algunas cosas.

– ¿Tú crees?

En ese preciso momento llaman a la puerta.

– ¿Y ahora quién será?

Enrico va a abrir. Es Pietro, con una maleta en la mano.

– Oye, mañana mismo buscaré un sitio donde dormir, pero ¿puedo quedarme esta noche aquí? A fin de cuentas, estás solo, ¿no? -Enrico se hace a un lado y lo deja entrar-. ¿Tienes otra cama de matrimonio además de la tuya?

Alex y Flavio se miran.

– Nada. Nunca cambiará.

Treinta y tres

Es una bonita mañana de sol. Sábado. Casi son las once. La gente camina con parsimonia y curiosidad por las callejuelas del mercado. Niki está literalmente excavando en el interior de una cesta de camisetas rebajadas que hay sobre un abigarrado mostrador de un puesto de venta de la via Sannio.

– ¿Qué te parece? Esta rosa es mona, ¿no?

– Sí, venga, ¡no está mal, y además sólo cuesta cinco euros! -Olly mide un par de vaqueros colocándolos sobre los suyos. Tienen varios bordados en la pernera izquierda-. ¡Éstos son fantásticos…, tienen mucho estilo!

– Hay que ver cómo habla desde que la aceptaron para hacer esas prácticas. ¡Olly & Gabbana! -dice Erica mientras examina un montón de chaquetas cortas de punto.

– Sííí…, es que tienen estilo de verdad. En los mercadillos siempre encuentras cosas originales, e incluso la gente te pregunta después dónde las has comprado porque parecen salidas de una boutique… ¡Ya verás cómo vienes a buscarme cuando sea famosa y la gente pida mis vestidos!

– En ese caso tienes que empezar a pensar en la marca… -ríe Diletta mientras observa a sus amigas, que se afanan buscando vestidos.

– Es cierto. Mi casa de modas podría llamarse… ¡Olly the Waves! Olly las Olas. ¡Qué guay!

– Sííí… Me recuerda al presentador de «¿Quién quiere ser millonario.» cuando dice «Only the braves!», «¡Sólo los valientes!» -bromea Niki.

– Así es. ¡Sólo los valientes cumplen sus sueños! Giampi también lo dice siempre. -Olly vuelve a dejar los vaqueros sobre el mostrador e indica a sus amigas con una seña que pueden proseguir el paseo-. Vamos a ver dónde son más baratos. ¡Basta con dar una vuelta para encontrar la oferta más conveniente!

Caminan entre la gente, a veces se cogen del brazo, otras se sueltan porque no es posible avanzar de esa forma. Miran todos los puestos, comentan, asienten, sacuden la cabeza al ver las camisetas, los vestidos o los cinturones.

– Qué pesadez con el tal Giampi, Olly -dice Erica cuando les da alcance después de haberse quedado un poco rezagada para mirar una cazadora de piel que estaba colgada de una percha-. ¡No paras de hablar de él! ¡Una tía como tú, que siempre echaba pestes del amor! Me acuerdo, ¿sabes?

– ¡Yo no echaba pestes del amor! ¡Es que nunca me había enamorado! ¡Y Giampi me gusta a rabiar! Es guapo, alto, moreno, amable…, aunque también un poco fanfarrón; tiene muchos amigos, va al gimnasio, es simpático, jamás se olvida de llamarme… ¡y me prepara unas sorpresas…!

– Eh… -la interrumpe Diletta-. ¡Parece la descripción de Filippo!

– ¡O de Alex!

– ¡O de…, bah! ¡Yo no tengo novio! -dice Erica, y las cuatro amigas se echan a reír.

Siguen avanzando entre los puestos que están pegados el uno al otro en donde venden ropa vintage, militar, restos de marcas o zapatos. Y también vestidos de escena: Niki se detiene en uno de ellos. Ve un gran sombrero rosa con plumas y se lo encasqueta. Hace muecas con la boca y guiña el ojo simulando ser una actriz. La señora del puesto le sonríe.

– Le sienta de maravilla…

El resto de las Olas se acercan y empiezan a probarse de todo. Vestidos largos, cortos, sombreros y pañuelos. Se los prueban encima de su propia ropa y desfilan delante del puesto. La gente se para y se ríe, aunque no todos; algunos se alejan molestos con la cabeza gacha y protestando porque todo ese ajetreo obstaculiza el paso.

Minutos más tarde caminan de nuevo por los callejones del mercado.

– Sea como sea, queridas, Giampi es genial, ¡así que como alguna lo mire demasiado o se acerque a él le rompo los brazos! Tiene mucho éxito con las mujeres…

Las Olas se miran y a continuación sueltan una carcajada.

– ¡Quien te ha visto y quien te ve! ¡Olly, celosa! ¡Fiuuu! -Empiezan a hacer gestos provocativos con la mano.

– Veamos, Erica, ¿esta noche sales tú con Giampi o me toca a mí? -dice Niki.

– Oh, en realidad esta noche es el turno de Diletta. ¡A mí me toca mañana y a ti el lunes!

– ¡Vale, vale, ya basta de organizarse! -Olly da un golpe a Niki en el hombro.

– ¡Ay!

– ¡Ay, sí! ¡Es más, abajo esas manos! Todas tenéis ya el vuestro, y la que no lo tiene… -se vuelve hacia Erica- ¡que vaya a comprárselo al mercado! -Tras decir esto echa a correr seguida de Erica y del resto del grupo.

Y avanzan así entre la gente, que no entiende a esas cuatro exaltadas que chocan con los bolsos, saltan por encima de las cajas y se abren paso a empujones. Y se ríen. Amigas.

Treinta y cuatro

Unos días más tarde. Niki acaba de salir de clase cuando se topa con su grupo de amigos de la facultad, que están quedando para hacer algo. Marco y Sara lanzan la idea.

– Eh, ¿qué vais a hacer? ¿Os apetece venir a comer algo con nosotros? -Giulia, Luca y Barbara reflexionan por un momento-. ¿Y a ti, Niki?

– No, gracias, yo vuelvo a casa. Tengo el examen bastante pronto y quiero empezar cuanto antes para no tener que estudiar como una loca al final.

Giulia la imita.

– Yo también me voy a casa, quizá mañana.

Barbara se encoge de hombros.

– Está bien, como queráis, pero que sepáis que sois unas plastas…

Giulia trata de disculparse.

– Oh, yo lo único que sé es que sólo estoy en segundo curso y ya no lo soporto más…

Barbara parece saber de qué habla.

– ¿Por qué? ¿Acaso crees que cuando acabes la universidad será mejor?

Sara alza las manos en señal de rendición.

– Ahora no vayas a decirme la frasecita de siempre…

– ¿Cuál? -pregunta Niki, curiosa.

– Los exámenes nunca se acaban…

– Tienes razón.

Sara sacude la cabeza.

– Madre mía, qué aburrida soy…

Niki sonríe.

– Venga, te prometo que mañana comemos todos juntos. Más aún, traeré bebidas y una tarta… Me estoy especializando en los dulces. Cuando estoy nerviosa y ya no tengo ganas de estudiar, preparo una tarta para relajarme. Y os aseguro que empiezan a salirme de maravilla. ¡Imaginaos las ganas de estudiar que tengo!

– No te creo… -Luca se echa a reír-. Yo, cuando me aburro de estudiar…, ¡me masturbo!

– ¡Luca! -Barbara se vuelve y le da un golpe en un hombro-. ¿Te das cuenta de la gilipollez que acabas de decir?

– ¡Pero si es cierto! ¿Es un desahogo! Me he enterado de que les pasa a muchos chicos…, ¡sólo que ellos no tienen el valor de decirlo, y yo sí!

Marco se ríe.

– Sí, el masturbador valiente.

A Barbara no le divierte en lo más mínimo.

– Entiendo, pero ¿en quién piensas mientras lo haces?…

– Perdona, pero ¡¿estudias filología y te masturbas?! -se entromete Guido-. Como mínimo piensas en Nicole Kidman…

Barbara no entiende ni una palabra.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Bueno, interpretó el papel de Virginia Woolf y está como un tren.

Barbara baja del muro y sacude la cabeza.

– Estáis enfermos… ¿Te das cuenta de los tipos con los que salimos, Sara?

– Y nosotras que pensábamos que eran los dos últimos poetas… ¡De eso nada! ¡Los dos últimos guarros!

– Venga, cariño, no digas eso -Marco prueba a coger a Sara, que lo esquiva-. Niki, trae la tarta, que será mejor…

– Sí, guapa…, ¡a ver si al menos os dulcifica un poco!

Niki se divierte presenciando esa lucha entre sexos.

– Sí… Os prepararé un tiramisú delicioso… ¡Si estudiáis mucho lo vais a necesitar!

Niki se aleja riéndose. Camina por las avenidas de la universidad. Contempla el cielo de color azul intenso, bonito, despejado. Un viento todavía cálido barre los patios, algunos pájaros rezagados pasan veloces tratando de dar alcance en vano a la última bandada que partió hace ya tiempo. Un momento sencillo y hermoso, de esos que se producen inesperadamente y que te hacen sentir en paz con el mundo. Por ningún motivo en particular. La vida sin más. Niki sonríe mientras le vienen a la mente algunos pensamientos ligeros. Sus nuevos amigos son geniales, alegres y sinceros. Bromean y se ríen sin preocupaciones, sin penumbras. Luca, Barbara, Marco, Sara y Giulia, que siempre ha estado sola. A saber cuánto durarán las dos parejas, aunque parecen muy unidas. Cuando una historia funciona salta a la vista, esa alegría amorosa, esas peleas entre bromas son la carga necesaria, el empuje que les da energía. Cambios, sueños, planes… No ponerse límites, pensar siempre de manera positiva, que todo es posible. Que no hay ningún obstáculo… Niki contempla en silencio el delicado atardecer y, de repente…, ¡pum!, oye algo parecido al disparo de un cazador. Y todos sus pensamientos huyen apresuradamente, asustados, como una bandada de pájaros posados en las ramas de un árbol. Un rápido aleteo en el cielo y todo se pierde en ese pálido sol que se encuentra en el lejano horizonte.

Él está allí, sentado en su moto. La ve y esboza una sonrisa. Niki no.

– ¿Qué haces aquí?

– Quería disculparme.

Guido baja de la moto y sólo entonces Niki se percata de que lleva una flor en la mano.

– Es una caléndula. ¿Sabes lo que significa? Dolor y disgusto y, por tanto, arrepentimiento. Se abre por la mañana y se cierra por la noche. Como si saludase y llorase todos los días la partida del sol…

– ¿Me pides disculpas? ¿Por qué? ¿No era cierto lo que me contaste?

– Sí, sí que lo era.

– En ese caso, ¿por qué te disculpas?

Guido esboza una sonrisa.

– ¿No quieres esta flor?

Niki la coge.

– Gracias.

Guido la mira.

– Cuando era pequeño pasaba los veranos en Ischia, y a la playa iba también una chica. A veces nos mirábamos durante todas las vacaciones sin dirigirnos la palabra. Tenía una sonrisa tan bonita como la tuya…

– Sólo hay un pequeño problema.

– Sí, lo sé: tienes novio…

– No. Nunca he estado en Ischia.

Guido se echa a reír.

– Es una lástima. Te has perdido un sitio precioso. ¡Ya sé que tú no eres esa chica! Sólo es que no me gustaría cometer el mismo error. Jamás he vuelto a verla ni he podido decirle todo lo que me habría gustado…

Niki apoya la bolsa sobre la moto.

– En ese caso, hay otro problema. Tienes razón: tengo novio.

A continuación se inclina y empieza a quitar el candado a la moto.

– Déjame que lo haga yo -Guido le quita las llaves de las manos, se rozan por un segundo, se miran a los ojos y él le sonríe-. ¿Puedo? No creo que haya nada de malo en que te eche una mano.

Niki se incorpora y se apoya en la moto. Guido cierra el candado y se lo mete en el baúl.

– Ya está. Ahora eres libre… En cualquier caso, sabía que tenías novio. Pero quería hablarte de otra cosa. Muchas veces conocemos a una persona de la que no sabemos nada, la miramos, escuchamos lo que los demás dicen sobre ella, quizá nos obligamos a pensar si es adecuada o no para nosotros y no nos dejamos llevar sin más por el corazón…

– ¿Qué quieres decir?

– Que tú creías que ese profesor era sensible, homosexual, y en cambio es un tipo que sale con todas las que pilla, que todos los años cambia de chica, poco importa que sean de su curso o no, lo que no falla es que siempre son más jóvenes que él.

– Es verdad, me equivoqué…

– Pues bien, no siempre tienes a alguien en el momento preciso para decirte lo que no sabes, mostrarte las cosas desde otro punto de vista, evitar que cometas un error e impedir que te dejes engañar por una mera imagen.

– Sí, es cierto.

– De la misma forma, quizá a mí me consideras un mujeriego y por eso no te fías, crees que digo las cosas con la única intención de impresionarte y no porque las pienso sinceramente… Y me encantaría convencerte de lo contrario.

Niki sonríe.

– Me has regalado una flor preciosa.

– En el siglo XIX era el símbolo de los cortesanos aduladores.

– ¿Ves?

– Sí, pero hay una corriente de pensamiento que lo considera también un símbolo del amor puro y eterno. El emblema de Margarita de Orleans era una caléndula que giraba alrededor del sol con el lema: «Sólo quiero seguir al sol.»

– Sea como sea, es una flor preciosa, y…

– ¿Y…?

– Y… -Niki sonríe, segura-. Pues que para arreglar las cosas bastaba con eso, no había necesidad de soltarme todo ese discurso.

– ¡Eso no es cierto! Cometí un error, me marché porque me puse nervioso al recordar la historia del profesor y de Lucilla. El hecho de que, además, lo considerases una persona sensible e inocente me molestó más aún… Y me equivoqué, no supe dominarme, dejé tu bolsa sobre el muro y te abandoné allí en lugar de acompañarte a inscribirte en el examen, que era lo que más me habría gustado hacer en ese momento; en lugar de eso, la situación se complicó y no hice más que estropear las cosas…

Niki no sabe a ciencia cierta qué hacer, se siente ligeramente cohibida.

– Me parece que le estás dando demasiada importancia… Que sepas que yo me sentía culpable…

Guido sonríe.

– Sí, pero no me has regalado flores para remediarlo

– Porque mi sentimiento de culpa no era tan fuerte.

– Vale. Tengo la moto aquí cerca. ¿Puedo acompañarte a casa?

Niki permanece en silencio por un instante. Demasiado largo. Guido comprende que no debe ponerse pesado.

– Acompáñame al menos hasta la piazza Ungheria; a fin de cuentas, vamos en la misma dirección, ¿no?

– Está bien.

Niki abre el baúl, coge el casco y se lo pone. Introduce la llave en el contacto, la gira y el cuadro se ilumina. La moto se pone en marcha. Caramba. Quiere acompañarme a casa. Quiere escoltarme durante un rato. Y sabe dónde vivo. Se ha informado, ha preguntado por mí. Por un instante su corazón se acelera, pero es una emoción extraña. Intenta comprenderla, interpretarla. ¿Miedo? ¿Vanidad? ¿Inseguridad? En ese momento Guido se acerca a ella con una Harley Davidson 883.

– ¡Qué bonita! ¿Es tuya?

– ¡No, la he mangado esta mañana! -responde risueño-. Claro que es mía… ¡Todavía la estoy pagando!

– A mí también me gustan las motos. Me transmiten sensación de libertad; no sé, nunca estás quieto con ellas, serpenteas entre el tráfico, nadie puede detenerte… Eres libre en todo momento.

– Ésa es precisamente la filosofía de los motoristas. Perderse en el viento.

Niki sonríe, acto seguido, quita el caballete y respira profundamente.

– Vamos.

Un viento leve parece poner en orden sus ideas. Niki ahora se siente segura y serena. Es cierto, se ha informado sobre todo e incluso sabe que tengo novio. Conduce tranquila, él va a pocos metros detrás de ella y, de vez en cuando, sus miradas se cruzan en el espejo retrovisor. Mira su pelo oculto en el casco, la nariz recta, la sonrisa que aparece de repente. Se ha dado cuenta de que lo está mirando. Niki le responde con una sonrisa y luego se concentra en el tráfico. La verdad es que no está nada mal. Una cosa es segura: si yo fuese Lucilla, jamás lo habría dejado por ese profesor. Pero, como ha dicho antes, nunca conocemos todos los detalles de las cosas, a veces nos dejamos llevar por las apariencias. Eso es. ¿Y si detrás de esa sonrisa se ocultase una persona maligna, un tipo egoísta, alguien con quien corro el riesgo de perderme si me enamoro de él, con quien sólo puedo sufrir?… ¡Niki! Siente deseos de gritar al pensar en todo eso. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué más te da cómo sea realmente? Tiene la impresión de que los pájaros vuelven a recuperar poco a poco el puesto que antes ocupaban en las ramas. ¿Qué dices? ¿Qué es lo que te inquieta?… Tú no arriesgas nada. Has tenido valor, te has lanzado, te has atrevido y ahora te sientes feliz de lo que has encontrado. Se detiene en el semáforo en rojo del viale Regina Margherita. Guido se pone a su lado. Niki le indica el final de la calle.

– Yo doblo a la derecha en la próxima…

– Sí, lo sé. Yo, en cambio, sigo recto. Vivo en la via Barnaba Oriani.

– ¿Ah, sí? No estamos muy lejos.

– En realidad, no -Guido sonríe-. Quizá alguna vez pase a recogerte para ir juntos a la facultad.

– Oh… -Niki reflexiona por un momento y encuentra la respuesta adecuada-. Todavía no sé qué cursos me interesan… -Ve que Guido está a punto de añadir algo y prosigue con una excusa que no admite apelación-: Además, después de clase suelo salir con mi novio o ir al gimnasio… Y, de no ser así, siempre tengo algo que hacer con mis amigas… De manera que tengo que ser independiente. -Ve que el semáforo se pone en verde-. Adiós… Hasta pronto -y arranca a todo gas.

Guido la sigue de inmediato y recorren un tramo de calle juntos.

– Pero, así… -insiste-, la vida resulta un poco monótona, ¿no? Está bien que sucedan imprevistos…

– La vida es un continuo y precioso imprevisto.

A continuación Niki dobla a la derecha. Una última mirada, una última sonrisa y cada uno sigue por su camino. A Erica le iría bien alguien así, es perfecto. Estoy segura de que, de esa forma, empezaría en serio una nueva historia y dejaría en paz a Giò. Es absurdo que sigan haciéndose daño. Rompen y hacen las paces sin cesar y, cuando ella está sola, prueba con otros y no dice nunca nada. No sé a qué se dedica Giò en estos momentos. ¿Por qué a la gente le gusta hacerse tanto daño? ¿Por qué no consiguen alcanzar el equilibrio por sí solos? Si has dejado de querer a una persona, debes decírselo claramente, no puedes tenerla pendiente de un hilo porque tú no te sientes seguro. ¿Qué crees que puede sucederte? Déjala… El resto es vida. Se sigue adelante… Adelante.

Niki se dirige serena y segura hacia su casa, dejándose acariciar por la agradable brisa, sin pensar ya en nada, con esa felicidad y esa tranquilidad que en ocasiones te arrollan y te hacen sentir bien, en el centro de todo, sin envidias, celos o preocupaciones, sin saber de dónde procede esa especie de equilibrio cuya perfección te hace temer hasta el mero hecho de pronunciarlo. Te sorprende hasta qué punto puede ser rara y difícil esa delicadísima y mágica armonía en la que tu mundo parece sonar de repente de la manera adecuada. Son instantes. Instantes que deberían vivirse en profundidad porque son inusuales. Y porque en ocasiones pueden concluir de repente sin que haya un auténtico motivo.

Treinta y cinco

Primera hora de la tarde. Susanna acaba de recoger la cocina después de comer. En la alfombra azul hay varios juguetes desperdigados. Lorenzo coge un paquete de Gormiti y saca las cartas una a una. Comprueba cuidadosamente cuáles son las que le faltan. Después se levanta, va a por su móvil, que está en un rincón de la gran alfombra persa, lo abre y teclea un mensaje. Pasados unos segundos llega la respuesta. Lorenzo la lee satisfecho.

– ¡Qué guay, Tommaso tiene repetida la que me falta! Le diré que me la traiga mañana al colegio… Pero ¿cuál le doy yo a cambio? -Sigue pasando las cartas, buscando también una repetida de la que librarse que pueda interesarle a su amigo.

Carolina, en cambio, está inmersa en un combate de boxeo con la Nintendo Wii. Se encuentra de pie en medio de la sala delante de la gran pantalla de plasma que está colgada de la pared. Ha elegido el personaje que, en su opinión, más se le parece: una cara redonda y sonriente con pecas y el pelo oscuro recogido en una coleta. Se ha dibujado las cejas altas para darse un aire de malvada. Pulsa el botón que hay en la parte posterior del mando ergonómico y comienza el combate. Lucha contra la consola, que tiene la apariencia de un hombretón robusto y peludo, aunque con cara de buena persona. Lo ha elegido ella. Empieza. Se arrodilla y boxea manteniendo los puños en alto y apretados junto a la cara. Y, de vez en cuando, dispara en línea recta cortando el aire. Su personaje reproduce las acciones en la pantalla moviéndose como ella quiere, si bien un poco más lento. Carolina golpea una y otra vez.

– ¡Sí! ¡Guay, lo he tirado al suelo! ¡KO!

Lorenzo alza la cabeza y ve en el televisor al hombretón tumbado en el suelo y al personaje de Carolina de pie y jadeando en el ring. El público lo alienta.

– ¡Sí, vale, pero ése no es el más fuerte! Dame… -Se levanta. Coge el mando de la Wii de las manos de Carolina y se coloca en posición.

– Pero si no he acabado de jugar… ¡Mamá!

– ¡Vamos, llevas un montón de rato jugando!

– ¡Entonces luchemos uno contra otro, ve a coger el otro mando!

– ¡No, mamááá…! ¡Quiero jugar contra el ordenador!

Susanna sale de la cocina.

– Venga ya…, ¿queréis parar? A fin de cuentas son ya las tres. ¡Cada uno a su habitación a hacer los deberes!

– Pero, mamá…, si yo casi no tengo, puedo hacerlos después -protesta Carolina resoplando.

– No. Ya has jugado bastante. Los haces ahora sin rechistar. No admito peros. Tú también, Lorenzo. Venga, mete los juegos y las cartas en la cesta y vete a tu cuarto.

Los niños obedecen a regañadientes a Susanna. Carolina apaga la consola y Lorenzo lo arroja todo a la cesta, exceptuando las cartas, que recoge cuidadosamente antes de meterlas una a una en su sobre. Después se dirigen a su cuarto dándose algún que otro empujón.

Susanna los ve desaparecer en el pasillo. Se sienta en el sofá y coloca mejor el almohadón que tiene a la espalda para ponerse cómoda. Después mira alrededor. La casa. Su casa. La casa de ellos. Los cuadros que cuelgan de la pared. El de Schifano, Paisaje anémico, que es, ni más ni menos, como se siente ella ahora. Luego esos marcos de fotografías. Momentos familiares compartidos. Los niños pequeños. Un retrato de ella realizado por un fotógrafo en el que aparece con un gran sombrero de ala blanco. Pietro vestido con el equipo de futbito en una y en otra con un bonito traje durante la boda de un amigo. Recuerdos. Él. Pietro. Cuánto te he querido. Cuánto me gustabas en el instituto, cuando hacías reír a todos. Cuando te pasabas de listo y salías siempre airoso de cualquier aprieto. Y luego nos hicimos novios. Gracias a ti me sentía guapísima, una reina, la mejor de todas. Cuántos regalos. Cuántas atenciones. Las cenas. Las joyas. Las vacaciones. Luego vino la universidad, el diploma, el trabajo y el despacho. Sí, la verdad es que siempre te las has arreglado. Cuánto me has tomado el pelo. Cuánto te he creído. Te consideraba un mito. Una persona digna de toda admiración. Una persona que en todo momento me hacía sentir que yo era el centro de atención. ¿Por qué me has hecho esto? Me has traicionado. A saber cuántas veces. Has tocado, amado y apreciado a otras mujeres en mi lugar. Las has admirado, te has excitado y me has hecho a un lado. Qué rabia. Qué humillación. Imaginarte con ellas, en la cama o en el coche, haciéndoles reír, bromeando, procurando que se sintieran importantes. ¿Qué les decías a ellas que no me has dicho a mí? No lo sé. Jamás lo sabré. Me duele demasiado. No puedo aceptarlo. Los ojos de Susanna se empañan. Rabia. Desilusión. Debilidad. Me siento sola. Estoy sola. Lo único que me queda son los hijos. Y tendré que volver a empezar de alguna forma. De repente se levanta y se dirige a la ventana. Mira afuera. Sí, el mundo no se da cuenta de que estoy mal. El mundo sigue adelante. Debo hacer algo por mí misma. Debo renovarme. Soy una mujer hermosa. Soy madre. Soy una persona. Tengo que animarme. Acto seguido regresa a la sala. Sobre una mesita hay un folleto en medio de las cartas y de otros prospectos. Lo abre. «Gimnasio Wellfit. ¡Entrénate gratis durante una semana! Prueba los nuevos cursos de kickboxing con Davide Greco y Mattia Giòrdani… ¡Una disciplina adecuada para todos! ¡Pruébala!» Ve varios números de teléfono y una dirección de correo electrónico a la que se puede escribir para pedir información. Kickboxing. ¿Será duro? Nunca me han gustado los gimnasios, los ejercicios de tonificación, bodybuilding, pilates, spinning, fitness en general. Pero una disciplina de lucha y defensa es otra cosa…, podría resultar interesante. Además, necesito moverme, tonificarme. Pensar en otra cosa.

Susanna coge el móvil. Vuelve a leer el número en el folleto y lo marca. No cuesta nada probar.

Treinta y seis

Niki aparca rápidamente la moto debajo de casa, bloquea la rueda y, justo cuando está a punto de entrar en el portal, ve que hay una limusina negra parada justo delante. ¿Qué pasa? ¿De qué va esto? O ha llegado un embajador o alguien se casa… Bah. Se encoge de hombros y hace ademán de entrar.

– Perdone… -Un señor elegante y uniformado se apea del coche y se levanta la gorra-. ¿Es usted la señora Cavalli?

– ¿Me lo pregunta a mí? -Niki parece verdaderamente desconcertada por un momento-. ¡Quizá está buscando a mi madre!

El chófer sonríe.

– ¿La señora Nicoletta Cavalli?

– Sí, soy yo. ¿Puedo pedirle un favor? ¿Le importaría llamarme Niki?

– Ah, sí…

– Por lo visto no hay duda. En esta calle, en este número, y con ese nombre y apellido sólo vivo yo. El chófer le abre la puerta sin dejar de sonreír.

– Niki, por favor…

– Dios mío, no me lo puedo creer. ¿Será una broma? ¿Dónde están las cámaras? Dios mío… ¡Es una sorpresa! O quizá un imprevisto, como ha dicho antes Guido. Pero no, no puede estar tan loco.

– Perdone, ¿está seguro de que es a mí a quien debe recoger?

El chófer la mira risueño por el espejo retrovisor.

– Seguro al ciento por ciento… Y la persona que me ha mandado a buscarla tiene razón.

– ¿Por qué? ¿Qué le ha dicho?

– Que no podía equivocarme porque es usted única…

Niki sonríe.

– Estamos hablando de la misma persona, ¿verdad?

– Creo que sí -el conductor sonríe. Niki le devuelve la sonrisa, si bien se siente culpable de haber pensado en otro. A continuación el chófer enciende el estéreo-. Me ha dicho que, si tenía miedo, dudaba o no quería venir conmigo debía hacerle escuchar esto… -Aprieta un botón y empieza a sonar Broken strings, interpretada por Nelly Furtado y James Morrison.

Niki esboza una sonrisa. Mira emocionada por la ventanilla. Luego, sus ojos empañados de felicidad se encuentran con los del chófer.

– ¿Todo bien, señora?

Niki asiente con la cabeza.

– Sí. Puede llevarme incluso al fin del mundo.

La limusina acelera y avanza mientras suena la canción… «No puedes tocar con unas cuerdas rotas, no puedes sentir lo que tu corazón se niega a sentir, no puedo decirte lo que no es real…» La verdad del después. Y la música es preciosa.

La limusina avanza lentamente, casi sin hacer ruido, como si rodase sobre unos cojinetes de viento, como suspendida, se desliza en medio del tráfico, serpentea entre los coches y abandona la ciudad. Una vez libre, en la via Aurelia, acelera. No hay mucho tráfico y, una tras otra, va dejando atrás las señales azules con las indicaciones: Castel di Guido, Fregene… Y aún más lejos…

Treinta y siete

Aeropuerto de Fiumicino.

– Hemos llegado. -El chófer se apea de la limusina y abre la puerta.

– Pero… ¿Fiumicino?

– Ésas son las órdenes que tengo… Ah, otra cosa… Debe darme eso… -el chófer indica la mochila que contiene los libros de la universidad.

– ¿Está seguro? Son mis libros para el examen…

– A la vuelta los recogeré yo y se los devolveré. Según me han dicho, no va a tener mucho tiempo para estudiar.

– Pero ¿adónde vamos?

El chófer le sonríe.

– Yo no lo sé, pero él sí… -y mientras habla le señala a alguien que se encuentra a sus espaldas, delante de la puerta de cristal que acaba de abrirse.

– ¡Alex! -Niki echa a correr y le da un abrazo-. Estás loco.

– Sí… Me la has contagiado tú…, esa maravillosa locura. -Mira el reloj-. Vamos…, es tardísimo.

– Pero ¿adónde?

– A Nueva York.

Hacen ademán de echar a correr, pero Alex se vuelve antes hacia el coche.

Ah, nos vemos aquí dentro de cuatro días. Ya le comunicaré la hora… Y gracias.

El chófer se queda plantado delante de la limusina y los contempla

mientras escapan siguiendo la estela de su felicidad, del entusiasmo de su amor.

– Domenico. Me llamo Domenico.

– Tenemos que coger el autobús que nos lleva a la terminal cinco. Desde allí salen los vuelos con rumbo a Estados Unidos.

– Pero ¿cómo lo has hecho? Estás loco.

– Desde que regresamos todo se había vuelto demasiado normal. Además, nunca hemos celebrado lo de LaLuna…

– ¿A qué te refieres? ¿Al éxito de la campaña?

– No, a que fuiste al faro… ¡y seguimos juntos! ¡Nuestro único y personalísimo éxito!

Niki coge el móvil.

– ¿Qué haces? ¿Te ha gustado tanto la idea que la escribes?

– Pero ¿por quién me has tomado? ¡Si el publicista eres tú!

– Ah, sí…

Niki sacude la cabeza.

– Llamo un momento por teléfono…

Alex se apoya en ella.

– Ya sé a quién…

– Hola, mamá…

– Niki, me dijiste que volverías a casa. Incluso te preparé algo de comer… ¡Y cuando regresé no estabas!

– Siéntate.

– ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? ¿Qué tienes que contarme? Estoy empezando a preocuparme…

– No hay nada de qué preocuparse. Alex y yo nos vamos cuatro días fuera para celebrar algo.

– ¿Adónde? ¿Qué es lo que celebráis?

– ¡A Nueva York!

– ¡Venga, Niki! Siempre tienes ganas de broma. Escucha, vuelve en seguida porque tengo que salir con tu padre y no quiero que tu hermano se quede solo otra vez -y cuelga.

– ¿Mamá? ¿Mamá? -Se vuelve hacia Alex-. ¡No me lo puedo creer! ¡Me ha colgado! Ésta es la segunda vez que pruebo a decírselo Primero me viene con que tenemos que contárnoslo todo y luego cada vez que intento contarle algo diferente de lo habitual, me cuelga el teléfono en los morros. ¡No hay quien entienda a estas madres!

Alex sonríe.

– Ten.

– ¿Qué es esto?

– Dentro de esta bolsa encontrarás un camisón, los productos de maquillaje que te dejaste en mi cuarto de baño, una camisa y un suéter para mañana por la mañana, tu ropa interior… Y el cepillo de dientes que tanto te gusta…

– Amor mío… -Lo abraza con fuerza, se para en medio del aeropuerto y lo besa. Es un beso largo, suave, cálido, lleno de amor…

Alex abre los ojos.

– Cariño…

– ¿Sí? -Niki responde con aire soñador.

– Hay dos guardias que nos observan… -Tendrán envidia.

– Ah…, sí, claro, pero no me gustaría que nos encerraran por escándalo público…

– ¿Y qué?

– ¿Cómo que y qué? No quiero perder el avión.

– ¡Ahora sí que me has convencido!

Echan a correr a toda velocidad hacia la zona de embarque. Niki se detiene de improviso.

– Cariño… Tenemos un problema absurdo, tremendo, dramático.

Alex la mira asustado.

– ¿Cuál? ¿Que no hablas inglés?

– ¡De eso, nada…, estúpido! No tengo el pasaporte…

– ¡Yo sí! -Alex lo saca risueño del bolsillo.

Niki lo coge y lo abre.

– Pero es el tuyo, con chip, como los de ahora…

Alex se mete la mano en el otro bolsillo.

– Y éste es el tuyo… ¡Con el mismo chip!

– Caramba… ¡Me lo has hecho!

– En dos días.

– ¿Y cómo lo has conseguido?

– Tenía tus datos, la fotografía y todo lo necesario… Y también tu firma, ¿recuerdas que te hice firmar en un folio? Era para esto.

– Entiendo, pero ¿en dos días?

– ¿No lo sabes? Procedimiento especial… ¡Vas a hacer una sesión de fotos a Nueva York para la próxima campaña!

– ¡Bien! ¡Me gusta! ¿Y lo pagan todo ellos?

– No…, eso no…

– En ese caso, no vale, Alex. Yo pagaré la mitad. Perdona, pero como has dicho tú, vamos a celebrar nuestro único y personalísimo éxito… El mérito es de los dos, pertenece a los dos, y debe ser compartido como tal.

– El problema es que he tirado la casa por la ventana, amor…

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Que si compartimos los gastos me deberás dinero el resto de tu vida!

– Eres un arrogante. No deberías haberme dicho cuánto te ha costado.

– Y, en efecto, no lo he hecho…

– Sí, pero lo has insinuado.

Suben al autobús. A Niki de repente se le ocurre una idea.

– Te propongo que hagamos una cosa. Nuestro próximo gran, único y personalísimo éxito, que a partir de ahora se llamará GUPE, correrá de mi cuenta y donde yo diga.

– ¡Adjudicado! ¡Fantástico, no veo la hora de pasar unas vacaciones en Frascati!

Niki le da un golpe en la espalda.

– ¡Ay! ¿A qué viene eso?

– Arrogante…

– ¿Otra vez? ¿Se puede saber qué he dicho?

– Has dado a entender…

– ¿El qué?

– Que iremos a un sitio cercano y que, además, costará poco

– ¡Ah, no te había entendido!

– Sí, mentiroso…

Se acercan al mostrador de facturación.

– Por favor -Alex coge los pasaportes y los billetes.

– ¿Tienen equipaje que facturar?

– Ah, sí, es cierto… Tu maleta está llena de artículos de maquillaje, de modo que tiene que viajar así a la fuerza. Qué lata.

– Mejor, así viajaremos más ligeros.

– Añado la mía por solidaridad.

La azafata se asoma y ve dos bolsas pequeñas.

– ¿Eso es todo?

– Sí.

Pone cara de perplejidad, pero después se encoge de hombros. Debe de haber visto de todo y, en el fondo, la suya no deja de ser una pequeña anomalía.

– Aquí tienen sus tarjetas de embarque, asientos 3A y 3B. Que tengan un buen viaje.

Treinta y ocho

Pero ¿qué día es? Se escruta por enésima vez el rostro en el espejo. Busca distraídamente un indicio, algo en su cara, pero no ve nada. Ninguna señal. Al menos esta vez no tendré que usar como siempre el corrector. Qué suerte. Habré tenido algún desliz, como suele decirse. Tal vez un poco de estrés que lo ha desajustado todo. ¡Y ni siquiera un grano de más! Por una vez. Prueba a convencerse mirándose de nuevo al espejo. Nada. Su cara habitual, alegre y serena, rodeada de un pelo claro y luminoso. Bah. Se dirige a su habitación y se viste para salir. El móvil vibra. Un mensaje. Diletta lo coge y lo lee: «Paso esta noche a las ocho, la película empieza a las nueve menos veinte. ¡Besos cinematográficos!» Qué idiota. A veces parece realmente un niño. Diletta sonríe y se calza las bailarinas rojas de charol. A continuación coge su bolso de un estante y el abrigo gris claro. Mientras avanza por el pasillo se detiene de golpe. Da media vuelta y se encamina hacia el cuarto de baño. Busca en un mueble. Aquí está el paquete. Saca un par y las introduce en el bolsillo interior del bolso. Quizá me vengan bien esta noche. Nunca se sabe. Cierra la puerta, regresa al pasillo y coge las llaves.

– Adiós, mamá, volveré en seguida.

De la cocina le llega una voz atenuada por el sonido del televisor.

– ¿Sales con Filippo?

– ¡Sí! Pero me espera abajo. No quiero que suba cuatro pisos a pie. ¡Todavía no han arreglado el ascensor!

– Está bien, salúdalo de mi parte, y no vuelvas tarde.

Desde luego, hay que ver lo absurdos que son los padres. Acabo de decirle que volveré en seguida y me pide que no vuelva tarde. Como cuando te dicen «Ten cuidado», como si uno no supiese que hay que tener cuidado y que no puede comportarse como un irresponsable. Porque después llegan las consecuencias. Al pensar en esa palabra siente una punzada en el estómago. Consecuencias. Tener cuidado. Un tirón desgarrador. Una punzada. Sólo que no es la señal que esperaba, la natural, la de siempre. No se produce en la parte baja del abdomen. Es otra cosa. Más extendida. Una caída. Una especie de fulguración. Diletta se para en medio de la escalera. Empieza a contar frenéticamente con los dedos de ambas manos. Como sumaría una niña de primaria. O, mejor dicho, restaría. Y cuando obtiene el resultado abre los ojos desmesuradamente. No. No es posible. Repite la operación desde el principio, esta vez con mayor lentitud. No hay remedio. El resultado es idéntico. Lo hace por tercera vez. Pero le viene a la mente esa norma: «El orden de los factores no altera el producto.» Caramba. Se acuerda de repente. Querría no tener que pensar en eso. Pero lo hace. Y recuerda. Y, en efecto, maldita sea, puede ser. Es tan puntual como un reloj suizo. En esa ocasión, sin embargo, no. No es posible. Luego, rápidamente, como un detective que, tras juntar todas las pruebas, está a punto de componer el puzle final que resolverá el caso, se percata. Si en siete años jamás le ha salido un grano durante esos días debe de haber un motivo. Y éste se parece demasiado a una velada en particular. Aquella vez, después del pub, en que Filippo, antes de acompañarla a casa, dio una vuelta con el coche para enseñarle un arco antiguo sobre la via Apia que había descubierto por casualidad y le había gustado mucho. Y, tras haber aparcado en la oscuridad, después de haber hablado y bromeado como siempre, habían empezado a acariciarse y a hacerse arrumacos. Más. Cada vez más, perdidos en la música que emitía la radio. Protegidos por los cierres automáticos de las puertas y, sin embargo, temiendo ese lugar desconocido, ellos, que siempre habían sido prudentes, que siempre habían tenido cuidado considerando lo que se oye por ahí. No obstante, en esa ocasión, embargados por la pasión, habían sido un poco conscientes y rebeldes. Se habían dejado llevar por el amor y el deseo. De improviso, Filippo se había dado cuenta de que no había cogido los preservativos, y se había desplomado abatido sobre Diletta. Y ella, entonces, dulcemente, le había dicho que quizá fuera mejor dejarlo estar por esa vez. Él había accedido. Pero luego no pudieron controlarse y siguieron adelante. Besos, caricias, abrazos, deseo y pasión. La mirada de uno puesta en la del otro. Una y otra vez. Las estrellas por la ventanilla, el paisaje y la noche. Y ellos unidos, cercanos, juntos. Un largo abrazo mientras se miraban a los ojos entre risas, aunque también algo preocupados. Y la frase de Filippo: «He tenido cuidado, ¿has visto, amor mío?» No. No lo he visto, cariño, porque me he dejado llevar y me he perdido contigo, dentro de ti. Me fío. También Filippo se había fiado de sí mismo. ¿Y ahora? ¿Será de verdad eso? Diletta busca frenéticamente el móvil en el bolso y mientras lo hace su mano tropieza con las dos compresas que ha cogido del armario del cuarto de baño y que desea poder utilizar con todas sus fuerzas. Las mira y las coloca de nuevo en su sitio. Coge el móvil y escribe al vuelo un sms: «No pases, cariño, nos vemos en el cine…» Pero luego cambia de idea. ¿Qué hago?, ya es tarde. Filippo estará a punto de llegar. Lo borra. No. Por otra parte, esta noche la película nos apetece mucho. Questione di cuore, de Archibugi. Me niego a pensar en eso hoy. Además, puede que me haya equivocado. Mañana. Ya pensaré mañana. Y tal vez vaya incluso a una farmacia. Quizá. Luego vuelve a meter el móvil en el bolso y baja la escalera acompañada de ese nuevo y sutil presentimiento.

Treinta y nueve

Es hora de partir. Niki y Alex entregan su billete a la azafata que está delante de la puerta.

– Por favor. -Corta las tarjetas de embarque y las pasa por una máquina que las lee en un abrir y cerrar de ojos antes de escupirlas por el otro lado. La azafata se las devuelve.

– Qué bonito, no me lo puedo creer… Aunque tengo un poco de miedo -le dice Niki a Alex apretándole la mano.

– ¿De qué?

– De la altura y del tiempo que hemos de pasar dentro de ese avión. ¿Cuánto dura el vuelo?

– Esto…, unas nueve horas…

– No me dejes en ningún momento, ¿eh?

– ¿Y adonde quieres que vaya? ¡Estamos en un avión!

– Sí, sí, lo sé… Además, ¿sabes que han hecho películas sobre eso?

– ¿Sobre qué?

– Sobre gente que desapareció en un avión en vuelo. Sin ir más lelos, esa de Jodie Foster en la que perdía a su hija de ocho años y luego nadie la creía… En cualquier caso, hablo en general. No me dejes nunca. Quiero que estés siempre a mi lado, que me hagas sentir segura.

En ese momento Alex se da cuenta de lo acertado de su decisión. Le aprieta la mano con fuerza.

– Claro, tesoro… Llegan a la puerta del avión, Niki y Alex muestran las tarjetas de embarque a una azafata y a un asistente.

– Son los primeros asientos a la derecha del segundo pasillo.

– Gracias.

Dejan atrás el primero y alzan la mirada para buscar sus números

– Aquí están, 3A y 3B…

Niki mira a Alex sorprendida.

– ¡Pero si parecen sofás! ¡Estamos en primera clase!

– Por supuesto, tesoro…

Niki se acerca a su asiento y ve un paquete de plástico con un antifaz para dormir, una almohada y una manta. Lo abre.

– ¡La manta es suavísima! -Se acomoda en su asiento y lo prueba-. Qué guay… Hasta se pueden estirar las piernas…

– Eh, sí… Podemos dormir… o permanecer despiertos, tesoro… -le sonríe Alex.

– ¡Pero si aquí pueden vernos! No me estarás llevando a Nueva York para hacer lo que podemos hacer a cualquier hora en tu habitación, ¿verdad, cariño?

Alex se echa a reír.

– Eres terrible… -Le encantaría poder contárselo todo. En lugar de eso, se acomoda en su asiento. Están junto a las ventanillas. Poco después llega una azafata.

– Buenas noches, ¿les apetece un poco de champán?

– ¿Por qué no?… -Niki se encoge de hombros-. A fin de cuentas no tengo que estudiar…

Cogen dos copas y las hacen chocar mirándose alegremente a los ojos, requisito indispensable para dar valor al brindis.

– Piensa un deseo.

Niki cierra los ojos.

– Ya está.

Alex esboza una sonrisa. La mira.

– Yo también…

Permanecen por un instante en silencio mientras se preguntan si su deseo será el mismo. Alex debe llegar a Nueva York para saber si el de Niki coincide con el suyo. O no, en fin, no saldrá de dudas hasta que se lo haya dicho. Justo en ese momento suena el móvil de Niki. Mira la pantalla y sonríe para disculparse con Alex.

Esto…, es mi madre. -Responde a la llamada-. ¿Hola? ¿Mamá?

¡Pero, Niki! ¿Cuánto te falta…? ¿Dónde estás?

Mamá, ya te lo he dicho… Me voy de viaje, volveré dentro de tres

días…

Alex niega con la cabeza y le muestra cuatro dedos.

– ¡Cuatro!

Niki agita velozmente la mano como si pretendiera decir: «Está bien, no pasa nada, no importa, de lo contrario se preocupa.»

Simona resopla al otro lado de la línea.

– Venga ya, el juego tiene su gracia siempre y cuando dure poco.

– ¿Quieres escucharme, mamá? ¡Es cierto!

Simona decide seguirle la corriente, porque todavía piensa que su hija bromea.

– Entonces, ¿cómo es posible que hayas contestado al teléfono?

– Porque todavía no hemos despegado…

– Ah, ¿y cuánto falta… -el tono de Simona es cada vez más burlón- para que despeguéis?

– ¿Eh? Espera un momento, mamá… Perdone -Niki llama a la azafata, que se acerca a ellos-. ¿Cuánto falta para despegar?

– Estamos a punto de hacerlo… Es más -añade con una sonrisa muy profesional-, ahora debería tener la amabilidad de apagar el móvil.

– Sí, claro… -Niki se acerca el aparato a la oreja y se dirige de nuevo a Simona-. ¿Has oído, mamá? ¡Estamos a punto de despegar!

– Sí, lo he oído. ¡Así que es verdad! ¿Cuándo pensabas decírmelo?

– Pero si ya lo he hecho.

– Creía que bromeabas.

– Pues vaya una broma.

– ¿Y se puede saber cuándo tienes pensado volver?

– Dentro de tres… -Alex alza cuatro dedos delante de su cara-. Cuatro días…

– ¿Tres o cuatro días? ¿Y qué le digo a tu padre?

– 'Que le llevaré un regalo! Venga, mamá, ahora tengo que colgar…

– Niki…

– ¿Sí?

Simona calla por unos segundos y exhala un suspiro. Tiene nudo en la garganta.

– Pásatelo bien.

Lo dice con un tono diferente, sutil, casi quebrado. Niki se conmueve también de repente.

– No me hables así, mamá, que me haces llorar… -Una lágrima se desliza por su mejilla a la vez que se ríe al mirar a Alex-. Uf… ¡Venga!

Simona se repone y se echa a reír, también sorbiendo por la nariz.

– Tienes razón, hija, ¡diviértete!

– Así me gusta, mamá… Te quiero mucho.

– Yo también.

Niki cuelga a tiempo, porque justo en ese momento la azafata se aproxima a ellos. Pasa mirando entre los asientos, comprueba que no haya ninguna mesita desplegada, después su mirada se cruza con la de Niki, que está apagando el móvil. La azafata le sonríe. Niki le devuelve la sonrisa e introduce el aparato en el bolsillo de delante. Alex también apaga el suyo.

– Hay que ver, entre tu madre y tú… No quiero imaginar lo que habría pasado si el viaje hubiese durado más de cuatro días… O si hubiésemos decidido irnos a vivir al extranjero…

Niki lo mira segura.

– Si yo soy feliz, ellos también lo son. Lo único que quieren es verme sonreír… -Después se acerca con curiosidad a Alex-. ¿Por eso vamos a Nueva York? ¿Te han asignado a otra sede? ¿Vamos a vivir allí? Tenemos que encontrar una casa para ti…

Alex se vuelve de golpe.

– ¿Cómo que para mí? ¿Y tú?

– Yo no tengo nada que ver, debo estudiar. Ya he hecho algunos exámenes… Sigo mi camino… ¿Qué haría yo en Nueva York? ¡No conozco a nadie!

– ¿De manera que en un caso así me dejarías?

– ¡Ni en sueños! Ahora, entre Internet, Skype, webcams, redes sociales y demás hay mil maneras de verse y de hablarse incluso en la distancia, y además no cuesta nada… Sería perfecto…

– ¿En serio? ¿Y qué haríamos con el resto?

– ¿A qué te refieres?

– Pues al amor… ¿Cuándo haríamos el amor?

– Dios mío, eres terrible… ¡Sólo piensas en eso!

– ¡De eso nada! Considéralo una pequeña y justificada curiosidad…

– Lo haríamos cada vez que nos viésemos, cuando yo fuese a verte o al revés.

– Ah, claro.

En ese preciso momento pasa otra azafata. Es muy guapa y su mirada se posa sobre Alex. Él se da cuenta y se la sostiene adrede hasta que la chica esboza una sonrisa y se aleja. Sólo después vuelve a mirar a Niki.

– Pues sí, podría ser… Así disfrutaría de un poco más de libertad… -La azafata vuelve a pasar y Alex la detiene-. Perdone.

– Sí -la chica se apresura a acercarse, guapísima y risueña.

– No, esto… Quería saber si para usted sería una molestia… Sí, bueno…

Niki lo escruta curiosa e irritada. Alex la mira y se toma su tiempo en tanto que la azafata lo apremia.

– Dígame…

– ¿Puede traernos un poco más de champán?

– Por supuesto, es para ustedes. -Acto seguido se dirige a Niki-. ¿Usted también quiere más, señora?

En un primer momento Niki responde inspirando profundamente.

– No… -Pero después añade-: Gracias…

La azafata se aleja y apenas desaparece de su vista Niki se vuelve y le da a Alex un puñetazo en la barriga.

– ¡Ay! ¿Estás loca? ¿Se puede saber qué he hecho? Sólo le he pedido una copa de champán…

– De eso se trata… -Le da otro puñetazo-. ¡De la forma en que se la has pedido!

– No es verdad… ¡Eres tú la que la ha interpretado de manera maliciosa!

– ¿Ah, sí? Mira que te doy otro puñetazo más abajo y con eso elimino cualquier otra posible malicia…

– No, no -Alex simula tener miedo-. Te lo ruego, ¡no, Niki! Incluso en el caso de que tuviese un poco más de libertad…, no caería en la tentación…

Justo en ese momento vuelve la azafata.

– Aquí tiene el champán… ¿Está segura de que no le apetece, señora? ¿No ha cambiado de idea?

– No, no, gracias, estoy segura.

La azafata se aleja. Alex bebe un poco.

– Mmm…, está delicioso… -Niki hace ademán de moverse y Alex se pone en seguida a la defensiva- ¡este champán! -Esboza una sonrisa y, poco a poco, el avión se dirige hacia la pista de despegue.

Los motores empiezan a zumbar, aumentan de revoluciones. Después el avión acelera, cada vez más. Niki se aferra al brazo de Alex. Lo aprieta, mira por la ventanilla en el mismo instante en que el aparato se separa del suelo. Es un abrir y cerrar de ojos. A continuación se ven algunas nubes, las olas ligeras del mar un poco más abajo, y una repentina curva a la izquierda… El avión se ladea rumbo a Estados Unidos.

Alex sonríe a Niki mientras le acaricia la mano.

– No tengas miedo…, estás conmigo.

Niki sonríe un poco más tranquila, se arrellana en el cómodo asiento y roba un poco de champán de la copa de Alex mientras lo mira con cierta astucia, o más bien como si fuese un joven guerrero que ha depuesto las armas y que acepta impasible la sencilla derrota. Después se apoya en el hombro de él y se queda dormida. Alex le aparta con dulzura el pelo de la mejilla, descubre sus labios suaves y ya ligeramente enfurruñados, sus ojos cerrados, serenos, sin una gota de maquillaje, que reposan tranquilos aguardando el sueño. Esa inmensa ternura le arranca una sonrisa y, sintiéndose fuerte y seguro, se desliza en su asiento mientras inspira profundamente con la sensación de haber hecho lo correcto. Mantiene la mano apoyada en las piernas de Niki, como si quisiera sentirla siempre allí, próxima, como si fuera un gesto de propiedad, de seguridad, que impida que ella pueda abandonarlo. Pero la conciencia de tenerla a su lado hace que le venga a la mente otra cosa. ¿Cómo es posible que no se me haya ocurrido antes?

Cuarenta

Un poco más tarde. Un ruido. Un repentino bache. Niki se sobresalta, se despierta y mira a su alrededor, temerosa y desconcertada.

– Chsss… Aquí estoy -La mano de Alex le acaricia la pierna y asciende hasta la barriga-. Estoy aquí, todo va bien.

– Pero ¿dónde estamos?

– Creo que estamos sobrevolando España, según he podido comprobar antes. Te has perdido ¿Qué pasó ayer?, una comedia de Todd Phillips, ambientada en Las Vegas. Trata de tres testigos de una boda que pierden al amigo que se va a casar… -En la pantalla que hay delante de Alex pasan los créditos del filme-. Pero, si quieres, podemos verla en Roma cuando la estrenen, o en Nueva York.

– Tonto… -Mira a su alrededor-. ¿Tu azafata no ha vuelto a pasar?

Alex parece preocupado.

– No… Para nada. En serio…

– Qué lástima. Tengo sed. Me gustaría beber un poco de agua.

– Pulsa aquí y vendrá en seguida. -Alex se inclina sobre ella y aprieta uno de los botones del brazo del asiento. Sobre sus cabezas se enciende una lucecita.

Niki lo mira torciendo la boca.

– Hum… ¡Veo que tienes experiencia!

– Pero, Niki, está en todos los aviones, incluso en los de línea… He viajado un poco.

– Lo sé… ¡Pero no me gusta!

– ¡No me digas!

– La idea de disfrutar de un poco más de libertad te ha gastado demasiado… Y eso que ya no estamos tanto juntos.

– Precisamente…

– Y si, siendo así, deseas una mayor libertad, piensa si fuésemos…

En ese momento llega una azafata, pero no es la misma de antes.

– ¿Me han llamado? -Alex y Niki se miran y sueltan una carcajada.

– Sí… Perdone… -Niki vuelve a ponerse seria-. ¿Podría traerme un poco de agua, por favor?

– Por supuesto, se la traigo en seguida.

– Gracias.

– ¿Ves?… -Alex la mira risueño-. El peligro ha pasado.

– Pero ¿qué te has creído? Ni siquiera tenía miedo de la otra. Eres tú el que…

Alex decide encajar el golpe.

– Sí… pero ¿qué estabas diciendo?

– ¿Yo? Nada… -Niki echa balones fuera-. No me acuerdo. Sea como sea, ¿sabes lo que me gustaría mucho? Leer.

– ¿En serio? ¡A mí también!

– Pero no me he traído ningún libro…

Alex sonríe y coge su mochila, que está debajo del asiento.

– Yo me he ocupado de eso…

Saca un grueso volumen. Es de Stieg Larsson. Niki lo mira.

– Los hombres que no amaban a las mujeres. ¿Qué es? ¿Un mensaje?

– Qué mensaje ni qué ocho cuartos… Es una magnífica novela de suspense de un escritor sueco que, por desgracia, ha muerto, pero que aun así está teniendo un éxito increíble en todo el mundo…

Niki lo hace girar entre las manos.

– Pero este libro es enorme… ¡No sé cuándo lo acabaré!

– Podemos leerlo juntos.

– ¿Y cómo? ¡Perdona, pero has dicho que es una novela de suspense! ¿Qué hacemos, lo dividimos en dos partes, yo leo la primera, tú la otra y después nos lo contamos?

Alex sonríe y vuelve a meter la mano en la mochila.

– Tengo dos -dice mientras saca otro ejemplar del mismo libro.

– ¡Así es perfecto! -Niki lo mira con ojos brillantes de enamorada.

Es maravilloso. Demasiado. Nadie ha hecho jamás algo así. Casi la asusta tanta felicidad.

Comienzan a leer con curiosidad, en un primer momento la obra los entretiene, a continuación les apasiona, los subyuga. Siguen leyendo mientras sobrevuelan Portugal y llegan al Atlántico. El avión, ligero y silencioso, prosigue su viaje.

Pasado un rato, Alex se inclina hacia ella para mirar el número de la página que está leyendo. Veinticinco.

– Yo he leído más que tú.

– No es cierto… Enséñame tu libro. -Lo comprueba, página cuarenta-. No me lo puedo creer. Tú te saltas páginas, seguro, luego te preguntaré… Mejor dicho, lo haré ahora mismo. ¿Cómo se llama el periódico donde trabaja…?

– Millennium.

– Está bien, ésa no vale, aparece escrito en la contraportada…

Se interrogan el uno al otro tratando de imaginar lo que sucederá.

– ¿No te parece extraña la historia de esos dos? Ella está casada con otro, pero de vez en cuando duerme en casa de él…

– ¡No es cierto!

– Desde luego que sí, lo dice al principio. ¿Ves cómo te has saltado algunas páginas?

– ¡Ah, sí, es verdad! -dice Alex, riendo.

– No disimules, no lo sabías… ¡Eres un mentiroso!

– De eso nada, lo he leído. Su relación responde a la mentalidad sueca, ellos son mucho más abiertos… ¿Lo entiendes?… Sexo libre.

Niki vuelve a golpearle.

– ¡Ay! Pero si lo que he dicho está en el libro…

– No, has vuelto a mirar a la azafata…

– Sí, pero sólo porque están sirviendo la comida y tengo un poco de hambre… -Después se acerca a ella como si pretendiese morderle-. ¡De ti!

– Eres un imbécil, mira que lo de esa azafata está empezando a cabrearme.

– Sí, pero yo tengo ganas de ti, en serio… ¿Nos escondemos en el baño?

– ¿Como en esa película que vimos juntos? ¿Cuál era el título?

– Ricas y famosas.

– Sí, ésa en la que él simula mientras viaja en el avión que es viudo para convencer a esa actriz tan guapa… ¿Cómo se llamaba?

– Jacqueline Bisset.

– Exacto…, de que esté con él, y después, cuando ella va al baño él se mete también y hacen el amor… Sólo que luego, cuando desembarcan, Jacqueline Bisset ve a la esposa de él, que ha ido a recogerlo, ¡y por si fuera poco, no sólo está viva, sino que además tienen varios hijos!

– Pues sí, esos tipos recurren a cualquier estratagema, incluso a la conmiseración, con tal de ligar… Aunque ése no es nuestro caso, desde luego. ¿Me meto en el baño?

– Eh, pero ¿qué te pasa? ¿Acaso el avión te produce ese efecto? No volveré a dejar que vueles solo… ¿Sabes que han pillado a un actor famoso haciéndolo con una azafata?…

– Claro. ¡Hasta querían hacer un anuncio! Era una azafata australiana de la Qantas y él era Ralph Fiennes, el de El paciente inglés… Sólo que en esa ocasión… ¡se comportó como un impaciente americano!

Siguen riéndose, charlando, leyendo y tomándose el pelo. Llega la cena y beben un poco más, prueban la crepe, se comen un filete, Alex le pasa el postre que no le apetece y ella el trozo de queso que se ha dejado.

– ¿Quieres escuchar una cosa? He traído los auriculares dobles para el iPod.

De manera que escuchan juntos a James Blunt, a Rihanna y a An-nie Lennox. Esta vez es Alex el que se queda dormido. Pasa una azafata y retira su bandeja. Entonces Niki cierra la mesita, la dobla lentamente y la introduce en el gran brazo lateral. Ve algunas migas sobre el jersey de él. Entonces, usando los dedos a modo de pinzas como si del juego de Operación se tratara, se las quita sin apenas rozarlo, con el temor de que también en ese caso pueda sonar un pitido. Después le pasa ligeramente la mano por el brazo, lo acaricia para acompañarlo en su sueño, sea cual sea.

Cuarenta y uno

Niki se asoma a la ventanilla. La diferencia horaria le ha hecho perder el sentido del tiempo. Ve un extraño amanecer a lo lejos. Es como una especie de línea que sigue el horizonte, de color naranja intenso, fuerte, que señala el inicio de un día importante. De pronto Niki recuerda su historia. Como si las imágenes pasaran ligeras entre las nubes… Un largometraje proyectado sólo para ella, la única espectadora de una sala voladora. No me lo puedo creer… Nuestro primer encuentro o, mejor, dicho, desencuentro con la moto y luego, ese mismo día, el examen de italiano que salió bien, quiero decir, que jamás me habían puesto una nota así en italiano. Sólo eso debería haberme bastado para comprender que es un buen amuleto; las mujeres no deberían soltar a los hombres como él. Y luego sus amigos, mis amigas, dos mundos muy diferentes, a años luz el uno del otro, aunque no por causa de la edad… Pero dicen que los opuestos se atraen, de manera que éramos perfectos… Niki lo mira. Alex sigue durmiendo. Somos perfectos. Sonríe y vuelve a echar un vistazo afuera. Una ala del avión corta una nube, la atraviesa, la hiere, y ella, suave, se deja hendir y después permanece suspendida en el vacío de ese infinito espacio. Niki vuelve a su película. La primera vez, preciosa, en su casa, con ese aroma de jazmín, y todas las otras veces, quizá aún más bonitas. Comer japonés de esa forma, reírse cubriéndose la boca con las manos, quizá todo sucedió a raíz de ese vestido oriental que se había puesto y que luego se había quitado, y todo lo que vino después… Y luego la sorpresa de esas fotos en la habitación, la campaña de LaLuna, verse por toda Roma… Niki se pone seria. Otro recuerdo. Más difícil, más doloroso, que sigue ahí, envuelto en la penumbra. Ese día. Esas palabras: «La diferencia de edad es demasiado grande, Niki.» Pero, en realidad, el motivo era otro. La presencia de Elena, que había vuelto. Niki se vuelve hacia él. Alex duerme feliz, tranquilo, como un angelito. No obstante, en esa ocasión no le dijo la verdad, no le contó lo que estaba sucediendo realmente. Le había hecho sentir repentinamente insegura, como si no estuviera a la altura de ese sueño que, para ella, se había convertido en realidad. Y los días sucesivos. Estudiar para el examen de selectividad sin conseguir desconectar del todo. Alex. Su mente regresaba una y otra vez a él, como si fuese un imán, como un vídeo en loop, un disco rayado en que salta la aguja y se repite una y otra vez la misma frase: «La diferencia de edad es demasiado grande, Niki.» Luego su mente y su corazón dolorosamente congelados. Verano. Unas vacaciones fantásticas en Grecia con Olly, Diletta y Erica, risas y el desesperado e inútil intento de no pensar en él… Pero después, de vuelta a casa, encontró su carta y aquellas maravillosas palabras…

A mi amor.

A mi amor, que por la mañana se ríe cuando moja una deliciosa galleta en el café con leche.

A mi amor, que conduce rápidamente su moto y nunca llega tarde.

A mi amor, que bromea con sus amigas y sabe escucharlas en todo momento.

A mi amor, presente incluso cuando me olvido de él.

A mi amor, que me ha enseñado mucho y me ha demostrado lo que significa «ser grandes».

A mi amor, que es la ola más hermosa y fuerte del mar en que todavía debo navegar.

A mi amor sincero, fuerte como una roca, sabio como un antiguo guerrero y hermoso como la estrella más maravillosa del cielo.

A mi amor, que ha sabido hacerme entender que la felicidad no llega un día por casualidad, sino que es un deseo conquistado que hay que defender.

A mi amor Niki.

Niki todavía la recuerda de memoria, la ha leído infinidad de ve-ces de días, de tardes y de noches… Hasta desgastarla, hasta saberse al dedillo todos los párrafos, hasta llorar, sonreír y, por fin, reír de nuevo. Encontrar entre sus líneas cada instante de los momentos vividos, de esa espléndida fábula de amor que creía infinita y que de repente veía resurgir de las cenizas, recuperar la vida y la sonrisa, el sueño y la esperanza, el entusiasmo y la felicidad, hasta ese día. Sí, hacer a un lado cualquier temor y partir serena rumbo a la Isla Azul, la isla de los enamorados. Donde Alex la estaba esperando desde hacía más de veinte días.

Niki se vuelve a mirarlo por última vez. Y ahora estamos aquí, a bordo de este avión en vuelo, rumbo a Nueva York. Él y yo. Todavía juntos, pese a todos los pronósticos. Qué maravilla… A treinta mil metros sobre el cielo. Sigue contemplándolo ensimismada. Con la mano apoyada en la suya, ligera, temiendo despertarlo mientras el avión prosigue su viaje a toda velocidad y los minutos transcurren silenciosos, fluyen como esos primeros rascacielos que han aparecido debajo de ellos.

Cuarenta y dos

Pietro lee el letrero distraído mientras entra. Mira a su alrededor. La verdad es que ésa sí que es una novedad. Jamás le han gustado los gimnasios y ahora va a hacer deporte. Y por si fuera poco, a ése.

Varios sofás, dos dispensadores de bebidas automáticos, integradores y snacks dietéticos. Detrás del mostrador azul, una chica vestida con un chándal blanco está comprobando algo en el ordenador. Pietro la ve y se acerca a ella.

– Buenos días.

La chica se vuelve. La chaqueta del chándal blanco tiene la cremallera bajada y deja a la vista un sujetador azul deportivo. Pietro esboza una sonrisa. Caramba. Aquí dentro no se está nada mal.

– Hola, me gustaría saber dónde hacen kickboxing. A qué hora, vaya.

– ¿Quiere inscribirse? El curso se da tres veces a la semana en dos horarios diferentes. Puede verlo aquí… -y le muestra un folleto.

– No, no… Tengo que saludar a una persona y creo que ahora está dando clase.

– Ah, en ese caso estará ahí, dos salas más allá… -le indica la puerta.

Pietro la mira.

– La verdad es que los efectos del kickboxing son fantásticos… -la escruta de arriba abajo.

Ella esboza una sonrisa y después se vuelve de nuevo hacia el ordenador.

Pietro se encoge de hombros y enfila el pasillo. Pasa por delante de unas salas con máquinas, espejos y colchonetas. Chicos y chicas que se entrenan, música acompasada o suave, según las disciplinas y los programas. Llega a la segunda habitación que hay a la derecha. Varias personas agrupadas en círculo están alzando la pierna izquierda. En el centro, un chico no demasiado alto, musculoso, de pelo ondulado y castaño, enseña a los demás el movimiento que deben hacer. Ese tipo no está nada mal, piensa Pietro. Guapetón. Mmm. Pietro observa una a una a las personas que componen el círculo. Varias chicas jóvenes, cuatro hombres y dos mujeres más mayores…, bueno, tres. Y entonces la reconoce. Lleva una banda elástica de color blanco en la cabeza y el pelo peinado hacia atrás, recogido en una especie de moño. Unas mallas negras y ligeras bajo una camiseta ajustada azul claro, zapatillas de gimnasia y calcetines bajos. Susanna mantiene el equilibrio sobre la pierna derecha, en tensión, a la espera. De improviso, el instructor dice «¡Oh» y baja la pierna izquierda mientras da una patada imaginaria con la derecha. Todos, incluida Susanna, lo imitan.

– Mantened los talones ligeramente alzados y cuando deis las patadas golpead con la tibia, no con el empeine. Con la tibia se hace mucho más daño al adversario. Girad el pie que tenéis apoyado en el suelo como si fuese la punta de un compás y procurad que la cadera y el hombro del costado de la pierna que golpea sigan la trayectoria de la patada y no vayan en sentido contrario… -Hace una o dos demostraciones de lo que acaba de decir.

Pietro permanece en la puerta, y cuando el instructor le dice al grupo que se ponga en fila, entra. Varias chicas lo miran y sonríen dándose codazos, como si dijeran «¿qué querrá éste?». También el instructor se vuelve y percibe una sombra. Susanna, que se ha agachado para colocarse bien un calcetín, se levanta y lo ve. No es posible.

Pietro se acerca a ella.

– Hola, cariño… Tenemos que hablar…

– ¿Aquí? No creo que sea el momento más adecuado, me estoy entrenando…

– Ya lo veo… Pero ¿qué es toda esta historia del boxeo? Que yo sepa, jamás te había interesado. Me lo dijo tu madre. Has dejado a los niños en su casa.

– Para empezar, no es boxeo, sino kickboxing…, y ¿qué tiene de malo que haya dejado a los niños con mi madre? No es una asesina en serie… Añado, además, que si antes había muchas cosas que me importaban un comino, ahora, en cambio…

El instructor, mientras tanto, está enseñando un nuevo movimiento que el grupo debe hacer antes del combate de entrenamiento.

– ¿Preparados? Venga, empezamos… ¿Todo bien por allí?

Susanna se vuelve y le sonríe.

– Por supuesto, ¡todo bien! -Después se dirige de nuevo a Pietro-: Vete. No tengo nada más que decirte.

– Pero, Susanna, venga…, sal un momento para que podamos hablar sin toda esta gente alrededor.

– Te he dicho que no. Márchate. Deberías haberlo pensado antes.

– Lo entiendo, pero no creo que eso nos deba impedir hablar… como personas civilizadas, ¿no? ¿Qué se supone que debo hacer si nunca contestas al teléfono?

Mientras tanto, el resto del grupo se ha detenido y ahora contemplan la escena, curiosos.

– Pietro, no creo que… ¡Si no te respondo es porque no me da la gana! Un abogado tan listo como tú debería entenderlo sin problemas, ¿no te parece?

– Pero, si no hablamos, ¿cómo podremos aclarar las cosas?

– ¡Creo que todo está bastante claro ya! ¡Me has engañado y ahora pienso vivir mi vida! ¡Eso es todo!

Pietro le agarra un brazo y trata de tirar de ella.

– Susanna…

No le da tiempo a acabar la frase porque Susanna le asesta un puñetazo en la cara y le da en todo el ojo, con una violencia absurda que lo tira al suelo. Todos enmudecen. El instructor se acerca a ellos corriendo. Mira a Susanna y a continuación, preocupado, a Pietro. Lo ayuda a levantarse.

– ¿Se encuentra bien? ¿Quiere un poco de hielo? El ojo está empezando a hincharse…

Pietro niega con la cabeza. Se toca la cara. Ve un poco doble. Intenta volver a llamar a Susanna, que, mientras tanto, se ha alejado con una chica que trata de calmarla. Davide, el instructor, sujeta a Pietro.

– Perdone, no quiero entrometerme, pero tengo la impresión de que a la señora no le apetece mucho hablar…

– Y usted qué sabrá, la conozco, usted no, es mi esposa y no la suya, siempre se comporta así, y luego…

– Faltaría más, no pretendía entrometerme… Venga…, lo acompañaré a la enfermería, está allí, le pondremos un poco de hielo y así evitaremos que la hinchazón vaya a más. Eso lo ayudará también a calmarse. -Davide, sin dejar de sujetar a Pietro, se acerca a la puerta y se vuelve-: Y vosotros seguid con el entrenamiento… -Acto seguido busca con la mirada a Susanna. Ella se da cuenta. Davide le indica con un gesto de la mano que lo espere y a continuación se aleja.

Susanna se ruboriza ligeramente. No sabe si es por la rabia que le ha hecho sentir Pietro o por la sorpresa de ver que Davide, por primera vez desde que se inscribió al curso, le ha prestado atención. Una atención especial. Más prolongada de lo habitual. Sólo a ella. Susanna se sobrepone. La chica que está a su lado le da una palmada en el hombro.

– Veo que te las arreglas con los golpes, ¿eh? ¡Lo has tirado al suelo! Pero ¿de verdad es tu marido?

– Pues sí, por desgracia. Debería haberle pegado mucho antes. Venga, hagamos un poco de calentamiento… -Vuelve al centro de la sala-. A fin de cuentas, Davide volverá ahora, ¿no? -Empieza a hacer varios ejercicios de estiramiento. La chica la imita.

Una vez fuera del gimnasio, Pietro se suelta de Davide.

– ¿Seguro que está bien?

– No, pero llegaré al despacho sin dificultad.

– Hay que reconocer que su esposa es fuerte.

Pietro se vuelve de golpe y lo fulmina con la mirada.

– ¿Otra vez? Pero ¿usted qué sabe? ¿Qué pretende? No la conoce. Y, además, ¿qué quiere decir con eso de que es fuerte?

– Es verdad, no la conozco… Sólo digo que es fuerte. Lo ha tirado al suelo, ¿no? Y no hace mucho que se entrena… Tiene aptitudes.

Pietro se contiene. Lo mira. Decide no insistir. En parte porque el

físico del joven es imponente y no quiere acabar en el suelo por segunda vez.

– De acuerdo, me voy.

Davide se encoge de hombros y se despide de él. Luego entra en el gimnasio. Pietro se dirige a su coche, que ha aparcado a cierta distancia, casi en doble fila y en diagonal. Se aproxima y la ve. Por un instante desea que sea un folleto publicitario. Pero el color es inconfundible. Una multa de aparcamiento de color rosa. Lo sabía. Debería haberme quedado en el despacho.

Cuarenta y tres

Stu-tump. Un ruido sordo, imprevisto, el tren de aterrizaje se despliega bajo la panza del avión, las luces interiores se encienden y el comandante se dirige a los pasajeros. Alex se despierta de golpe, mira alrededor confundido, pero ve a Niki que le sonríe y se tranquiliza de inmediato. Se desentumece un poco.

– Mmm… Yo también he dormido…

– ¡Pues sí! ¡Un poco!

Se incorpora ligeramente y luego se arrellana en el asiento.

– ¿Dónde estamos?

– Casi hemos llegado…

– ¡Entonces he dormido un montón!

Las azafatas se precipitan por el pasillo comprobando que todo esté en su sitio, que los pasajeros hayan cerrado las mesitas y colocado sus asientos en posición vertical. Aún tienen que hacer varias indicaciones.

– Perdone, debería cerrarlo. Gracias.

Alex se quita el reloj de la muñeca.

– Tenemos que cambiar la hora, son las cinco y media… -Mueve la manecilla y se lo vuelve a poner. Niki lo imita.

– Bien… -Alex sonríe-. Llegamos puntuales… Así podremos cumplir con el programa.

– ¿Qué programa?

– He organizado varias cosas… ¡Espero que te gusten!

– Dime sólo una… ¿Has dejado tiempo para hacer algunas compras? Vete tú a saber cuándo volveremos a Nueva York, ¡no puedo perderme esta ocasión!

– ¡Mañana por la mañana, visita guiada, y por la tarde compras! Gap, Brooks Brothers…, donde me gustaría comprar camisas con botones en las solapas del cuello. Luego quiero llevarte a Macy's, un sitio fantástico, Century 21, Bloomingdale's…

– Estupendo, ¿podemos ir también a Sephora? Venden maquillajes de todo tipo.

– Pero si en Roma hay uno, en via del Corso…

– ¿De verdad? ¡Nunca lo he visto!

– ¡Acaban de abrir! Viajar hasta Nueva York para comprar algo que venden debajo de tu casa… ¡Ja, ja!

– No me tomes el pelo. -Niki se abalanza sobre él.

– ¡Ay, otra vez!

– Además, no sabía que íbamos a Nueva York. Debemos comprar algo para ponernos si queremos salir por la noche. Yo no he traído nada… Lástima. ¡En casa tengo algunos vestidos muy monos!

– Haremos como en esa película. Saldremos a comprar ropa…, ¡como en Pretty Womanl

– Dejando al margen que la película estaba ambientada en Los Ángeles…, no me gustan esa clase de bromas. -Niki le pega, pero siguen tomándose el pelo.

– ¡Ay! No insinuaba nada… ¡Ay! Basta, Niki… Prácticamente te has pasado el viaje zurrándome. ¡No han sido las turbulencias, sino «Niki el ciclón»!

La azafata se detiene a su lado.

– Abróchense los cinturones, por favor -y se aleja sacudiendo la cabeza, pensando en la suerte que tienen, en la alegría y la felicidad que les da el amor que comparten, en que no están a bordo del avión para trabajar, como ella, sino para seguir soñando. Y se sienta de cara a los pasajeros, se abrocha el cinturón y apoya las manos sobre las piernas, elegante y tranquila, habituada a esa rutina y, sobre todo, a no tener a su hombre junto a ella.

Poco a poco, el avión va perdiendo altura y al final casi parece rozar el puente de Brooklyn y los primeros rascacielos hasta que, por

fin aterriza con un ligero salto, casi un rebote, seguido de un poderoso frenazo. En el interior de la cabina se produce un amago de aplauso que concluye casi de inmediato mientras el aparato sigue circulando por la pista de aterrizaje acompañado de los suspiros de los pasajeros más temerosos.

Alex y Niki son casi los primeros en bajar por la escalerilla central v tras superar la larga fila del control de seguridad, se unen a los restantes pasajeros que se precipitan hacia las cintas de equipaje para recoger sus maletas.

Niki mira a su alrededor.

– Tenemos que coger un taxi…

Alex sonríe.

– Creo que hay… -en ese preciso momento ve un cartel entre las personas que están delante de la salida: «Alex y Niki»- ¡alguien que nos espera!

– ¿Cómo, cariño? Esto no es propio de ti… ¡Todo está organizado a pedir de boca!

– ¿Por qué dices eso? No confías en mí… Siempre me subestimas.

Se reúnen con la persona que los está esperando, que habla perfectamente italiano.

– ¿Han tenido ustedes un buen viaje? Me llamo Fred.

– ¡Estupendo, gracias!

Alex y Niki se presentan y después lo siguen hasta la salida. Niki se inclina hacia Alex sigilosamente.

– ¿Lo conocías ya? ¿Cómo lo has encontrado?

– A través de un amigo, un famoso diseñador gráfico que se llama Mouse, Ratón, lleva algo de tiempo viviendo aquí. Él es quien me ha echado una mano…, ¡dado que, según tú, soy un desastre! -sonríe Para animarla.

Niki no sabe aún cuántas sorpresas le esperan.

– Aguarden aquí un momento… Vuelvo en seguida. -Fred desaparece por un instante y regresa conduciendo una limusina americana.

– Caray… -Niki lo mira arqueando las cejas-. ¿Se puede saber qué

está pasando aquí? ¿Debería preocuparme? ¿Qué has organizado, Alex. ¿Me debes una disculpa por algo?

– En absoluto… -Le abre la puerta antes de que Fred se apee de vehículo-. Todavía no has entendido hasta qué punto fue bien la campaña de LaLuna…

Niki sube a la limusina.

– ¡Pero si de eso hace ya casi dos años!

– De ahí el nuevo refrán… ¡más vale festejar tarde que nunca

Rodea el coche hasta llegar a la puerta que Fred le sostiene abierta. Éste vuelve después a su sitio frente al volante.

– ¿Los llevo al hotel?

– Por supuesto.

Fred conduce seguro por las calles neoyorquinas. Niki viaja pega da a la ventanilla. Embelesada. La ciudad pasa por delante de sus ojos y ella contempla en silencio esa película, su película. Al cabo de un rato sale de su ensimismamiento.

– No me lo puedo creer… Es magnífico… Demasiado bonito…

– Sí… Uno tiene la impresión de conocer ya todos los rincones de esta ciudad.

Niki se vuelve risueña.

– No, mucho más… Te parece estar viviendo una película… La nuestra… -En esta ocasión no le pega, sino que se abalanza sobre él y lo besa. Luego se separa y sonríe maliciosa-. Según dicen, los vips a veces hacen el amor en esta clase de coches… Los que tienen los cristales tintados, son muy largos… ¿Y espaciosos?

– Pues sí…

Niki vuelve a acercarse a Alex, provocativa, lo besa risueña.

– Me recuerda a esa escena de Pretty Woman.

– ¿Cuál?

– La primera, cuando ella está viendo la televisión y se ríe con una vieja película en blanco y negro…, mientras se ocupa de él… -Empieza a desabotonarle la camisa. Alex se echa hacia atrás, apoya la cabeza en el asiento. Niki le desabrocha otros dos botones.

Alex sonríe.

– Niki…

– ¿Sí?

Él se incorpora y extiende los brazos

– Sería maravilloso, pero…

– ¿Pero?

– Hemos llegado.

Niki mira afuera. Sólo en ese momento se da cuenta. Es cierto. Se apean a toda velocidad del coche, que se ha detenido delante del hotel. Están en Park Avenue. El Waldorf Astoria se recorta frente a ellos en toda su imponente altura. Niki se vuelve y mira hacia arriba. El rascacielos casi le hace sentir vértigo, pero es precioso.

– ¡Lo reconozco! Aquí rodaron esa película en la que Jennifer López interpreta a una camarera que se enamora de un político guapo y rico… Venga, sí… ¿Cómo se titulaba? Ah, sí, Sucedió en Manhattan.

Fred baja la ventanilla

– Pasaré a recogerlos dentro de una hora. Se acordarán, ¿verdad?

Alex está tranquilo.

– ¡Por supuesto!

Entra en el hotel con Niki de la mano. Ella brinca delante de él.

– ¿Por supuesto, qué? ¿Qué vamos a hacer?

Alex llega al mostrador de recepción.

– Good evening. Belli y Cavalli. -Entrega los pasaportes.

Un segundo después les indican el número de su habitación.

– Top floor.

– ¿Y bien? Todavía no me has dicho qué quieres hacer después.

Alex pulsa el botón del ascensor mientras Niki lo acribilla a preguntas.

– Vamos al teatro… Un maravilloso espectáculo donde han eliminado la fuerza de la gravedad, Fuerzabruta. Lo representan en Union Square… Es de una compañía teatral argentina, y dicen que es fantástico.

– Pero hace frío y no tenemos nada que ponernos. -Salen del ascensor y se acercan a la puerta de su habitación-. Alex, ¿me escuchas? No tengo ni un solo vestido, ¿qué hago? No puedo ir así, no has Pensado…

En ese momento Alex abre la puerta. Sobre la cama hay dos espléndidos vestidos negros. Además de unos abrigos y ropa interior para los dos.

– ¡Cariño! -Niki vuelve a abalanzarse sobre él-. ¡Eres genial! -Echa un vistazo a la etiqueta-. ¿Por qué dice aquí 8?

– ¡Equivale a nuestra 38!

Niki sonríe, arrobada.

– Retiro todo lo que he dicho… ¡Eres perfecto! Mejor dicho, ¡demasiado perfecto! ¿Sabes que empiezo a tener un poco de miedo?

– Tonta… Venga, que tenemos poco tiempo. Voy a darme una ducha.

Alex se desnuda y entra en la cabina del gran baño de mármol de color marfil. Abre el grifo y regula la temperatura a su gusto. Un segundo después se abre la puerta. Niki se asoma risueña y después entra también ella, completamente desnuda. Lo mira maliciosa.

– Esta escena no es de Sucedió en Manhattan…

Alex sonríe mientras ella se le acerca.

– Ya.

Niki le susurra al oído:

– O quizá la cortaron porque era demasiado fuerte… -y, en un abrir y cerrar de ojos, cálida como el agua, comienza a deslizarse por su cuerpo.

– Pero, cariño… El teatro… El espectáculo…

– Aquí lo tienes…

Alex comprende que no hay prisa y que quizá al teatro pueda ir algún otro. De manera que se abandona a ese juego suave y sensual, delicado y provocador, mientras el agua resbala agradablemente por su piel.

Cuarenta y cuatro

Más tarde, salen relajados y sonrientes del hotel. Fred los espera delante de la entrada.

– Por favor… -Les abre la puerta para que entren.

– ¿Todo en orden, Fred?

– He hecho lo que usted me sugirió, señor Belli, le he dado las entradas a mi hijo, que ha ido con su novia. Me ha llamado hace un rato. Dice que el espectáculo les ha encantado.

– Sí… Qué lástima que nos lo hayamos perdido…

Niki y Alex se miran risueños, pero luego Niki frunce el ceño.

– ¿Qué lástima?

– Chsss.

Fred los mira sonriente por el espejo retrovisor.

– Si lo desean, he hecho otra reserva para mañana; quedaban sólo dos entradas libres, han tenido mucha suerte.

– Pero… -Alex hace un amago de decir algo, pero Fred asiente con la cabeza.

– Puede estar tranquilo… Acaba a tiempo…

– ¡En ese caso, de acuerdo!

Niki comprende que están tramando algo y mira a Alex con ojo escudriñador.

– Y ahora, vamos…

– ¿Adónde?

– A cenar. ¡Tengo una hambre de lobo!

Después de haber dado buena cuenta de un filete acompañado de un magnífico vino italiano en Maremma, una taberna que se encuentra en Times Square y cuyo servicio es impecable, Alex y Niki van a un pequeño local del SoHo.

Niki está extasiada. Se deja guiar por él confiada y curiosa, como si fuese una pequeña Alicia en el País de las Maravillas, sólo que a ella no le esperan feas sorpresas. Descubre y se asombra con un sinfín de cosas. SoHo, el auténtico paraíso del shopping. Ha oído hablar de él y ha visto numerosas imágenes en la televisión. Las grandes cadenas comerciales: Adidas, Banana Republic, Miss Sixty, H &M y el mítico Levi's Store. Por no hablar de Prince Street con sus vestidos vintage, el glamour de las marcas, las prestigiosas boutiques, la ropa interior adecuada para cada situación y unos puestos que ofrecen de todo… Además de la galería fotográfica.

– ¿Ves cuántas fotos? La idea surgió de un grupo de fotógrafos y artistas independientes en 1971. Todos los meses organizan aquí exposiciones personales… ¿Y sabes por qué se llama SoHo?

– ¡No!

– El nombre deriva de las iniciales de South of Houston, porque el barrio está ubicado al sur de Houston Street.

Y luego ese local. Merc Bar, escrito en color cobre sobre ladrillos rojos. Increíble. Niki y Alex entran. Luces difusas, música a todo volumen, gente que sonríe, que brinda y que conversa. Alex lleva a Niki cogida de la mano mientras avanza entre los clientes.

– Mira…, ¡es Mouse!

El joven diseñador gráfico se acerca a ellos. Sonríe. Luce una perilla al estilo de D'Artagnan, tiene una sonrisa preciosa, el pelo rizado y oscuro, y lleva una cazadora de piel, unos pantalones estrechos y unos zapatos Church's. Alex y él se abrazan.

– ¡Cuánto tiempo!

– ¡Qué alegría volver a verte! -Permanecen abrazados hasta que Alex esboza una sonrisa-. Gracias por todo, ¿eh?…

– Faltaría más… Pero ¿por qué no me la presentas? ¿Tienes miedo de que se enamore perdidamente de mí?

Niki sonríe. De hecho, el tipo no está nada mal. Mouse le estrecha la mano.

– Así que tú eres la tristemente célebre Niki-LaLuna…

– ¡Dicho así, parece el nombre de un mafioso!

Mouse se echa a reír.

– Aquí todos te llaman así… Te has hecho famosa en nuestra agencia… Aunque debo decir… -La escruta y sonríe a Alex-. En persona está mucho mejor, ¿eh? Nuestro Alex sí que es listo…

Al fondo del local, una banda empieza a tocar «Jazz samba». Una mujer rubia con una voz grave y cálida canta siguiendo las notas de un saxofón. Por debajo se oye una guitarra que lleva el ritmo. Alex, Niki y Mouse se sientan a su mesa y se pierden entre las notas de un tema histórico de Charlie Byrd y entre alguna que otra cerveza perfectamente helada.

Cuarenta y cinco

Más tarde. Siguen ató. Una milonga increíble de guitarras invade el local. Una pareja empieza a bailar en medio de la sala. Se mueven con los cuerpos muy juntos, él sujeta el brazo de ella en alto, a la altura de sus cabezas, ella entrelaza unos pasos impecables que se cruzan con los de él. Un abrazo estrecho, más frontal, el bailarín ciñe con la mano derecha la espalda de su compañera a la vez que le sujeta la mano con la izquierda. La guía. Giran ligeros; mirándolos, todo parece muy sencillo. Niki estrecha la mano de Alex bajo la mesa. Se sonríen. Mouse se da cuenta y sacude la cabeza sonriendo a su vez.

Un poco más tarde.

– Nosotros empezamos a notar los efectos del jet lag… Nos vamos… ¿Cuánto es?

– No lo digas ni en broma, sois mis invitados.

– En ese caso, gracias.

Mouse se levanta, deja pasar a Niki, le estrecha la mano y la besa.

– Encantado de haberte conocido, hablo en serio.

– Yo también.

Después se despide de Alex.

– Hablamos mañana -dice, y se inclina sobre su amigo par» que Niki no lo oiga-: En cualquier caso, todo está arreglado…

Alex le da una palmada en el hombro.

– Está bien, gracias por todo… Hasta mañana.

Desaparecen al fondo del local. Caminan por las calles del SoHo en dirección al hotel.

Una vez en la habitación, se lavan los dientes riéndose, haciendo espuma, intentando hablar sin entenderse y soplando sobre el cepillo. Después se enjuagan la boca y se secan recordando una escena que han presenciado en el local, una cara en el restaurante o un tipo con el que se han cruzado en la calle que iba vestido de manera original. Luego se meten en la enorme cama para pasar la noche. Una noche de arrumacos con sabor a aventura. Sobre un colchón diferente, pero blandísimo. Una noche de cortinas ligeras que la brisa que entra por el único resquicio que han dejado abierto mueve lentamente. Una noche neoyorquina. Una noche de luces de neón, una noche en lo alto, una noche de tráfico a lo lejos.

Pasan las horas. Alex se agita en la cama, la mira. Niki duerme cansada, pacífica, serena, rememorando las imágenes de ese día inesperado. Su respiración es lenta, sus labios chasquean ligeramente de vez en cuando: una burbuja, un salto, una respiración un poco rebelde. A saber si estará soñando. Y qué. Duerme. Niki duerme porque no lo sabe. Alex inspira profundamente, está cansado, le gustaría conciliar el sueño pero está un poco nervioso. Está al corriente de todo y la emoción es tan intensa que le quita el sueño. ¿Qué sucederá? ¿Hasta qué punto podemos estar seguros de que nuestras decisiones harán felices a la otra persona? ¿Conservaremos la sintonía que nos une después de que se lo haya dicho? ¿Habré interpretado bien las señales o me estaré engañando? Qué difícil es a veces la felicidad. Cuántas dudas nos provoca. Y, sin embargo, bastaría con creer ciegamente, lanzarse sin más, como ella hizo conmigo hace dos años. Contra todo y contra todos. Ella es sabia. Es increíble. Alex mira por última vez la cortina que sigue bailando con el viento. Juguetea, divertida e incansable. ¡Cuánto le gustaría poder disfrutar también de esa sencilla ligereza!

Cuarenta y seis

– Así que no sois puntuales, ¿eh? No cojo a gente así. Mouse me había asegurado… Como de costumbre, no debería fiarme de ciertas personas.

Alex y Niki están parados delante del hotel. Niki resopla. Claudio Teodori es un ex periodista italiano que lleva años trabajando como guía. Mouse le ha hablado a menudo de él a Alex, pero no le ha dicho que fuera tan huraño.

– ¿Y bien? ¿Subís o no? -Claudio los mira sentado en el interior de su Mustang rojo, cuando menos tan viejo como él-. ¿Os hace falta una invitación por escrito?

Alex y Niki no se hacen de rogar y suben al coche. Claudio arranca sin apenas dejar tiempo a Alex a cerrar la puerta.

– Venga, vamos a desayunar.

Alex sonríe tratando de entablar amistad.

– Por lo general, somos puntualísimos…

Claudio lo mira y esboza una sonrisita.

– ¿Por qué será que todos emplean la misma palabra: «puntualísimos»? ¡Imposible! Uno es puntual o no lo es. No existe el superlativo. No se puede llegar aún más puntual… si se llega puntual.

Alex mira a Niki y traga saliva. Dios mío, quién se iba a imaginar una cosa así. No será fácil. Pero, contra todo pronóstico, al final, Claudio el huraño los sorprende. Les hace descubrir una Nueva York diferente, inesperada, alejada de las consabidas imágenes que muestran las revistas y los documentales televisivos. No la ciudad de las visitas turísticas, sino la Nueva York que uno no alcanza a imaginar, que no llega a conocerse a menos que uno la recorra de esa forma.

– No es malo…, es que lo dibujaron así -comenta Niki risueña.

Deambulan por el East y el West Side de Manhattan mientras Claudio les cuenta cosas sobre la época de los nativos, de los piratas, de la construcción del puente de Brooklyn y de las intervenciones urbanísticas de Robert Moses.

– Cuántas cosas sabes, Claudio… ¿Hace mucho que vives aquí? -le pregunta Niki, curiosa.

– Lo suficiente para entender que los neoyorquinos se dividen entre los que han nacido en Nueva York y el resto, y que yo perteneceré siempre a esta segunda categoría, no importa el tiempo que pueda pasar aquí. He aprendido muchas cosas de su forma de vivir, que ahora es también la mía.

– Cuéntanos…

– Por ejemplo, el brunch, que se hace generalmente el domingo y que es una mezcla de desayuno y comida. Se va a los locales que están abiertos el domingo por la mañana, se charla y se lee el New York Times. En Nueva York hay un montón de locales que lo preparan, como el Tavern on the Green o el Mickey Mantle's, cerca de Central Park. Y luego, además, están los happy hours, que ahora también están de moda en Italia, aunque allí son diferentes. Aquí la gente trabaja desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde y, cuando acaba, no se va directamente a casa, sino que se detiene un momento en los bares para beber algo. Pues bien, algunos locales ofrecen dos bebidas al precio de una… Claudio los lleva a los barrios más desconocidos, donde viven los mormones, al viejo ropavejero del SoHo, incluso a la guarida de una banda cingalesa del Bronx abarrotada de banderas del grupo, fotografías y bragas colgadas a modo de trofeos de unas conquistas más o menos verdaderas y antiguas.

– Por un momento me ha recordado a la película Los amos de la noche…

Claudio se vuelve.

– Debería dejar en esa madriguera a los que se retrasan más de cinco minutos -le dice muy serio a Alex. Después sonríe-. Bromeaba… Nunca haría una cosa así. Esos tipos no tienen sentido del humor. Mirad ahí… -y señala una especie de megalavandería en el interior de una gran nave industrial rodeada de grafitis descoloridos y casas baratas-. Aquí, en el Bronx, se han puesto de moda las tiendas-matrioska, sobre todo ahora que hay crisis…

– ¿Qué quieres decir?

– Son tiendas que están una dentro de la otra y, de esa manera, ahorran en espacio y alquiler. Sin ir más lejos, ahí está Hawa Sidibe, una peluquera malaya que usa un rincón de la lavandería que le ha subarrendado el titular para que pueda llevar a cabo su trabajo. Mientras la ropa gira en el gran ojo de buey de la secadora, ella corta el pelo a sus clientes. Pero no sólo eso. Si se tercia, vende también bisutería, ropa interior y lo que haga falta. No puede permitirse abrir una tienda fuera de aquí… De manera que, mientras una señora espera que su ropa se lave, pasa el tiempo peinándose. No está nada mal, ¿no os parece? Lo mismo sucede en Jackson Heights, en Queens. Comparten los alquileres y de esa forma optimizan los servicios… Algunos tienen los papeles en regla, otros no…

Al final Claudio los lleva de nuevo al centro de Manhattan.

– Todo el mundo abajo. ¡Fin de la excursión y del shopping!

– Adiós…

– Y gracias.

Alex y Niki contemplan el coche mientras se aleja.

– Uf… Al final ha ido bien…

– Sí, menudo riesgo hemos corrido.

– En mi opinión, fanfarroneaba un poco.

– ¡Sí, pero con un trasfondo de verdad! En cualquier caso, ahora conocemos Nueva York en profundidad. Venga, vamos.

Entran en Gap, en Brooks Brothers y en Levi's.

– No me lo puedo creer… Cuestan poquísimo, y tienen esos que no se encuentran en ninguna parte y que tanto me gustan…

– ¡Cómpratelos, cariño!

Luego van a Century 21.

– Pero si aquí venden de todo…

– ¡Y más aún!

Encuentran las cosas más variopintas, desde un abrigo de pana hasta la famosa cazadora de piel que compran por cuatro duros, pantalones de marca y otros que no lo son, y cada vez que se detienen en algún lado echan un vistazo al mapa en el Lonely Planet, se acerca a ellos un hombre, un joven o un policía americano y les preguntan: «May I help You?»

Alex y Niki se miran. «Yes, thanks» -responden a coro. Incluso eso se ha convertido ya en un juego.

Cuarenta y siete

Más tarde van al hotel para darse una ducha, esta vez, realmente rápida. Fred los espera luego con su coche para llevarlos al espectáculo de Fuerzabruta.

Los espectadores están de pie en el centro de un pequeño teatro y se desplazan siguiendo la obra. Alex y Niki están abrazados entre los demás, extranjeros entre cien extranjeros, y miran a lo alto. Una tela transparente con agua por encima, juegos de luz y hombres y mujeres desnudos que se lanzan por ese extraño tobogán. Esos mismos hombres y mujeres corren después en círculo por los laterales elevados del teatro sujetos a una cuerda. Bailarines que, siguiendo el ritmo, intentan darse alcance, corren en pos de los demás, se empujan y se acercan de nuevo: una extraña guerrilla física y sensual que se ejecuta sobre unas telas doradas envueltas en unos juegos de luz. Por último se produce una explosión repentina y mil hojas pequeñas y plateadas caen desde lo alto, lentas, girando sobre sí mismas e indicando el final del espectáculo.

– ¿Qué les ha parecido? ¿Tenía razón mi hijo?

– Sí. Es precioso… Único. El coreógrafo es realmente bueno, lo leí en alguna parte. No es su primer espectáculo de éxito, incluso se ha hablado de él en Italia…

– Ya veo.

Avanzan hasta llegar a una explanada.

– Hemos llegado. Justo a tiempo.

Niki no entiende nada.

– ¿Qué pasa?

Alex le coge la mano.

– Tenemos que bajar.

Niki sigue a Alex.

– Pero ¿qué hay aquí? Yo no veo nada…

– Porque está llegando… -Alex mira hacia lo alto.

Justo en ese momento, de detrás del rascacielos y acompañado de un fuerte estruendo, aparece un gran helicóptero negro con unas grandes palas encima y unos reflejos plateados debajo. Baja poco a poco y aterriza en la plaza que hay delante de ellos. El piloto abre la puerta lateral y les hace una seña para que suban.

Niki abraza a Alex.

– ¡Tengo miedo!

– No te preocupes, cariño. Es maravilloso, son americanos, los mejores, y además lo hacen a diario… En serio, tesoro… No debes tener miedo de estas cosas. A veces el miedo te impide vivir.

Esta última frase la convence, de manera que Niki lo sigue y se acomoda a su lado en el interior del helicóptero sin soltar su brazo, que aprieta con fuerza. Alex cierra la puerta. Es la señal. El aparato se ladea y se eleva entre los rascacielos con una hábil maniobra. A medida que va subiendo, el ruido se atenúa. Al alejarse de las paredes de los rascacielos retumba menos.

Niki observa a los dos pilotos que están sentados delante de ella y, Poco a poco, recupera la calma y suelta el brazo de Alex.

– Menos mal… Me lo estabas triturando.

Niki no le contesta. Mira hacia abajo e inspira profundamente.

– Madre mía… Es increíble… Estamos altísimos… Pero tenías razón: a veces el miedo te impide vivir estas cosas tan bonitas.

Alex esboza una sonrisa. Sí, sí, piensa para sus adentros. Poco ha faltado para que el miedo arruinase lo que he preparado. En ese preciso momento, como si todo estuviera orquestado, recibe un mensaje en el móvil. Lo abre y lo lee. «Os veo, estáis llegando, todo está listo. Mouse.»

Alex se apresura a contestarle: «OK.» A continuación exhala un suspiro. Ya no hay tiempo. O ahora o nunca. Tiene que ser ahora.

– Niki…

Se vuelve hacia ella exultante de felicidad.

– ¿Sí?

Alex traga saliva.

– Llevo varias noches sin dormir tratando de encontrar las pala bras adecuadas que te permitan comprender cuánto te quiero, has qué punto tu sonrisa, tu aliento, cada uno de tus movimientos son la razón de mi vida. Me gustaría poder resistir, decir que no es así, hacer como si nada…, pero no puedo…

Alex mira de nuevo afuera. Ya está, todo está saliendo como estaba previsto. El Empire State Building está justo delante de ellos. Se vuelve de nuevo hacia Niki.

– Lo siento, pero es así… ¡No puedo evitarlo!

Ella lo mira sin comprender una palabra.

– ¿De qué estás hablando?

Alex abre los brazos.

– Niki, perdona…

– ¿Perdona?

En ese instante, las luces del último piso del rascacielos que tienen delante se encienden en la noche. Niki ve un gran letrero, inmenso y perfectamente iluminado, como si fuese de día. Alex le sonríe mientras lo lee: «¡Sí, perdona, pero quiero casarme contigo!»

Niki se queda pasmada y cuando se vuelve lo ve allí, frente a sí, con un estuche abierto en la mano. En su interior hay un anillo con un pequeño diamante que brilla en la noche. Alex sonríe emocionado. Se podría decir que él resplandece también.

– ¿Niki?

Ella sigue boquiabierta. Alex le sonríe.

– Ahora, la mujer, que en este caso eres tú, suele decir que sí o que no…

Niki se abalanza sobre él.

– ¡Sí, sí, sí! Mil veces sí… -y casi consigue que se caigan del asiento.

– ¡Socorro! -Alex logra no perder el anillo y al final se ve arrastrado debajo de ella y ríe entusiasta y feliz de que todo haya salido a pedir de boca.

A Niki se le saltan las lágrimas.

– ¡Cariño! Mira… Me has hecho llorar de felicidad. Caramba…

Sin dejar de reírse, Alex le pone el anillo y ella se enjuga el rímel que se le ha corrido.

Poco después, el helicóptero aterriza en la azotea del rascacielos, y cuando entran en el restaurante del Empire State Building algunos clientes se levantan de sus mesas para aplaudirles. Niki está emocionada.

– Lo saben todos…

– Eso parece.

Después los conducen hasta una mesa. Al fondo del restaurante aparece Mouse. Alza el pulgar y les pregunta divertido desde lejos:

– ¿Todo bien?

Alex levanta a su vez el pulgar, como diciendo: «De maravilla.»

Niki los ve.

– ¡Pero si es Mouse! Qué guay…

– Sí, me ha echado una mano. ¡Pero me ha dicho que cuando los del Empire State se enteraron de mi idea organizaron la velada y reservaron las mesas al doble del precio habitual!

– ¡No me digas!

– ¡Sí! Toda esta gente ha venido a cenar aquí por nosotros… ¿Qué te creías, guapa?, les ha encantado la ocurrencia de la propuesta de matrimonio en pleno vuelo mientras se iluminaba el último piso del rascacielos.

– Claro… ¡estás loco, guapo! ¿Qué se podía esperar de un publicista…? -Y se ríen del cómico e inútil intento de parecer unos macarras romanos.

De inmediato se acerca a ellos un camarero para preguntarles qué desean, mientras otro les sirve el champán y un habilidoso violinista se aproxima entonando para ellos las notas de la canción que Niki adora. I Really Want You, de James Blunt.

– Nooo… No me lo puedo creer, es un auténtico sueño.

Alex le sonríe y le coge la mano.

– Tú eres mi sueño.

– Alex…, si nos casamos tenemos que decírselo también a mis padres…

– ¿También?

– Por supuesto… Es más, tendrías que pedírselo…

– ¡Ah, claro! -Alex despliega la servilleta y se la acomoda sobre el regazo-. ¿Y tendré que llevarlos también en helicóptero?

– ¡No, eso no!

– En cualquier caso, esperemos que digan que sí…

– Si quieres, después hablo yo con ellos…

– ¡Pero Niki!

Entre risas, comen paté de pato acompañado de helado de menta y una ensalada fresquísima, luego un filete medium rare para los dos con unas patatas enormes y magníficamente fritas y, por último, un pastel de queso ligerísimo…, bueno, la verdad es que no tanto, pero en cualquier caso realmente rico. Todo ello, acompañado de un óptimo Sassicaia que les ha aconsejado el maître.

– Habrá que encontrar la iglesia…, y el vestido.

– ¿Quieres que lo celebremos en un lugar clásico o prefieres que busquemos algo más original?

– ¿Tú qué te pondrás, Alex? Supongo que no querrás ir muy serio, ¿verdad? -dice Niki y añade-: También tenemos que elegir los recordatorios.

– ¡Y el banquete!

– Ah, sí… Yo serviría sólo pescado… pero ¿y si alguien es alérgico?

– ¿Al pescado? ¡Pues no lo invitamos!

– ¡Venga ya, eso no está bien!

– ¿Y las frituras?

– ¡No pueden faltar!

– ¿Y un poco de jamón crudo?

– ¡No puede faltar!

– ¿Y un poco de parmesano?

– ¡No puede faltar! -repiten los dos a coro.

Siguen inventando, soñando y extendiéndose por doquier.

– Ah, sí…, para la música me gustaría contratar a una banda de rock… Mejor dicho, no, trompetas. Sólo jazz. Quizá podríamos llamar a los Negramaro.

– ¡Figúrate si vienen!

– O a Gigi d'Alessio… ¡Piensa en mis padres!

– ¿Por qué? ¿No les gusta?

_¡No, no es eso! ¡Sólo que imagino que no querrás invitar a un tipo que se ha separado!

– Ah, entiendo…

– Eh… No es fácil organizar una boda.

Y siguen pensando en todas las cosas que van a necesitar.

Cuando acaban de cenar y se disponen a salir, los comensales vuelven a levantarse y les aplauden otra vez. Alex sonríe cohibido y levanta la mano como si de un presidente se tratara.

– Caray… Mouse me las pagará… Por si fuera poco, ahora tenemos un problema.

– ¿Qué quieres decir? -Niki lo mira sorprendida.

– ¡No podemos decepcionarlos!

– ¡Tonto! -Suben de nuevo al helicóptero y atraviesan Nueva York, Central Park, Manhattan, hasta que aterrizan sobre el hotel.

– ¡Gracias por todo! -dicen sonrientes a los pilotos antes de apearse.

Poco después se encuentran otra vez en su habitación.

– Ha sido una noche fantástica, Alex… -Niki se tumba sobre la gigantesca cama.

Alex se descalza y se echa a su lado.

– ¿Te ha gustado?

– Sí, todo ha sido maravilloso…

– Bueno, ¿sabes qué? Lo organicé todo desde Roma y debo decirte que, si bien estaba al corriente de cada detalle, a medida que se iban realizando me costaba creer que fuese verdad. Me preguntaba si no estaría soñando…

– Amor mío… -Niki se vuelve emocionada hacia él-. ¿Quieres hacerme llorar otra vez?

– No… Ojalá eso no suceda nunca… -Alex la abraza.

Niki se abandona mientras él la besa y a continuación sonríe.

– Jamás me habría imaginado… He pensado en este momento desde que era una niña… Oír que alguien me pedía: «Niki, ¿quieres casarte conmigo?» Me lo he imaginado de mil maneras, las más extrañas y hermosas.

– No es posible.

– ¿Por qué?

– Aún no me conocías.

– Idiota… -Niki exhala un largo suspiro-. Pero me has regalado un sueño que supera cualquier realidad…

Alex le sonríe. Cuando estás tan enamorado de una persona te parece que ninguna palabra, ninguna sorpresa pueden bastar para dárselo a entender. Te quiero, Niki. Te quiero con todas mis fuerzas y para siempre. Un beso, otro, y la luz se apaga. Los neones de los edificios de alrededor y alguna nube lejana juegan con la luna cambiando los haces luminosos que de vez en cuando los iluminan como si fuesen platillos volantes o unos aviones lejanos…, o la luz de un faro. La ropa se va deslizando lentamente de la cama.

– Eh, éstas no las había visto…

– ¿Te gustan?

– Mucho…

– Las he comprado hoy a escondidas, a Victoria's Secret…

– Hum, quiero verlas más de cerca…

Una sonrisa en la penumbra, una mano furtiva, un placer inesperado, un mordisco, un suspiro y un deseo infinito de seguir soñando y haciendo el amor. Después, la noche. Una noche oscura. Una noche profunda. Una noche inmóvil. Y sólida. Una noche suspendida. Una noche que parece no transcurrir nunca. Alex inspira profundamente, está sereno, tranquilo. Medio desnudo, tumbado boca abajo, con los brazos debajo de la almohada, los hombros al aire, ligeramente envueltos por las sábanas, que recuerdan a una pequeña ola en una extensa playa. Duerme profundamente. Un pálido rayo de luna traza el perfil de su reposo.

Un poco más allá se encuentra la almohada de Niki, vacía. La habitación parece suspendida en el tiempo. Un gran sillón con algunos vestidos desperdigados por encima, una mesa con unos cuantos objetos, una lámpara apagada y un cuadro moderno de colores intensos. Todo está en silencio, rigurosamente a la espera. En el cuarto de baño cerrado, detrás de la puerta, Niki se ha apoyado en la pila para no caerse.

Su respiración es entrecortada, irregular, y tiene la frente ligeramente perlada de sudor. Siente el estómago encogido en esa noche perfecta. No es posible, Niki, ¿qué te ocurre? Esto es pánico, auténtico pánico, miedo, terror… Niki, ¿tienes miedo de casarte? Se mira al espejo, se lava la cara por cuarta vez, se seca con la toalla blanca que hay bajo la pila y casi se pierde entre los gruesos pliegues de su tejido perfecto. La respiración es ahora más lenta, al igual que los latidos del corazón, poco a poco va recuperando el aliento. Por arte de magia, cuando vuelve a mirarse al espejo se ve de repente como si tuviera diez años más. Tiene la cara sudada, el pelo enmarañado, ¡y con algún mechón blanco! Varias arrugas alrededor de los ojos y el semblante fatigado. Niki se observa con mayor detenimiento. Oh, no. «¡Mamá, mamá!» Un niño tira de su vestido. «¿Mamá? Mamá.» Pero… Lo mira fijamente: es su hijo. Y a su lado hay otro. «¡Tengo hambre, mamá!» ¡Esta vez se trata de una niña! De repente se siente hinchada, torpe, se mira al espejo y su rostro le parece ligeramente más ancho. Mira hacia abajo. «¡Oh, no!» Tiene una barriga increíble. Estoy embarazada…, quiero decir, no es posible, estoy esperando otro hijo. Veamos…, ¡si ya tengo tres! Tres, el número perfecto. En ese momento Alex entra en la cocina imaginaria sonriendo. Tiene alguna que otra cana, pero sólo en las patillas, y además le sientan bien… Por si fuera poco, apenas ha engordado. Caramba, no es posible.

– Hola, cariño… ¡Hola, pequeñajos! Niki, voy a salir…

Se queda sola en la cocina, aún más sudada, con esa barriga enorme y los niños que gritan a su alrededor. Tiene un montón de platos sucios por lavar que casi ondean sobre la pila y se derrumbaría de no ser porque se apoya sobre otra que hay justo al lado. Los dos montones se inclinan, los platos caen al interior de la pila y se rompen, explotan, disparan salsa, pasta y restos de comida como si fuesen una extraña ametralladora enloquecida. Niki se limpia la cara con el delantal mojado. Ahora está sudada y cubierta de salsa. Le entran ganas de llorar. De la penumbra sale Susanna, la esposa de Pietro.

– Hola, Niki. ¿Lo has entendido? «Voy a salir.»

Susanna la ayuda a limpiarse.

– Ellos van a su aire mientras nosotras tenemos que quedarnos con los críos… -señala a los niños, que corretean por la cocina gritando como locos, tirándose del pelo y pegándose, y que al final, convertidos en unas jovencísimas furias, desaparecen en la oscuridad de la habitación-. Mientras ellos se divierten, ¿comprendes? Simulan que trabajan, se quedan en el despacho hasta las nueve y media de la noche… Pero ¿realmente están allí? La única vez que lo busqué de verdad lo encontré con otra…

En ese instante aparece Camilla.

– Pues sí, ¿qué esperabas? Los muy cretinos se lían con la secretaria… O con la estudiante en prácticas o la ayudante joven… Porque, recuerda… -Camilla le da unos golpecitos con el puño en el hombro-, ¡en este mundo siempre habrá una más joven que tú!

Niki arquea las cejas. No. No me lo puedo creer, no es una pesadilla. Es aún peor. Es lo nuevo de Wes Craven. Un Scream sobre el amor, caramba…

Camilla sonríe.

– ¡Por eso me marché! A las Maldivas y con un abogado más joven que yo…, ¿qué pasa? ¿Que es un privilegio sólo de ellos? Prefiero engañarlo yo antes de que lo haga él…, ¿no te parece?

Susanna esboza una sonrisa.

– ¡Pero Niki es aún muy joven! A ella le va bien con Alex, no tiene nuestros problemas…

Camilla arquea las cejas.

– ¿Estás segura? Que sepas que los hombres son todos iguales; pasados unos años desaparece la diferencia de edad, incluso una chica más joven pasa a ser una del montón… La costumbre es la tumba del matrimonio. Querida Niki, espera a verlo deambular por la casa en pijama el domingo por la tarde sin escucharte y con la única pretensión de ver algún partido…, a que deje de regalarte flores… ¡Por algo dicen que el que se casa por todo pasa!

Luego interviene Susanna:

– Y si te regala flores lo hace exclusivamente porque te está ocultando algo… O, si todavía no lo ha hecho, lo está pensando ya y te las lleva para que no sospeches…

A continuación desaparecen también ellas en la penumbra de la habitación. Niki inspira profundamente presa de un pánico absoluto, pero entonces ve a Cristina.

– Niki, no las escuches, están exagerando… ¡Es duro, pero lo puedes lograr! Claro que, pasados unos años, te falta el entusiasmo del principio, la sorpresa cuando vuelves a casa, el viaje organizado en el último momento, la pasión bajo las sábanas… Pero debes continuar… Como un soldadito, tum, tum, e incluso cuando no te apetece, sé que es terrible decir algo así, te conviene simular y hacerle creer lo contrario… Por desgracia, a menudo suelen tener ganas, carecen de nuestra inocencia… Esto…, me refiero a algunas de nosotras…

Abandona también la escena sacudiendo la cabeza y de inmediato llega Flavio, que la mira, sonríe, no dice nada, se encoge de hombros y la sigue. Niki se apoya en el lavabo. No, chicos. Así no se puede, no lo conseguiré. Todavía tengo veinte años. Sólo veinte años… Unos veinte años espléndidos. ¿Y debo acabar así? Esas tipas son tristísimas… Nunca me habíais dicho que se acabara así, sin una sola sonrisa, sin entusiasmo, cero felicidad… Entonces… ¡el matrimonio es una trampa! Y justo mientras lo está pensando aparecen delante de ella sus padres, Roberto y Simona. Su madre la mira con amor.

– ¿Y nosotros, Niki? ¿Por qué no piensas en nosotros? ¿Y nuestra felicidad? Piensa en la belleza de una trayectoria juntos, en caer y volver a levantarse, en amar y perdonar, en mejorar juntos, cogidos de la mano en todo momento y con los corazones unidos aunque se esté lejos.

Roberto suspira.

– ¿Sabes a cuántos partidos de fútbol he renunciado por ella? ¿A cuántos viajes de trabajo?

Simona le da un golpe.

– ¡Roberto!

Él le sonríe.

– Espera, déjame acabar… Pero al final todas esas renuncias sirvieron de algo, porque un día llegaste tú con tu primera sonrisa… Y nuestra felicidad fue inmensa.

También Simona sonríe ahora.

– Y después nació tu hermano… Y a continuación vinieron otros días, uno tras otro, arduos, duros, difíciles y agotadores… Aunque también los ha habido bonitos, intensos, sanos, conscientes, días en que eliges que quieres seguir construyendo… -Roberto coge de la mano a Simona-. Y ahora estamos aquí… Y es magnífico, y nunca se acaba, no hay un objetivo, no existe un auténtico final, sólo existe la belleza que hay que aferrar en medio del miedo a fracasar, pero para eso hay que saber apreciarla… Si quieres, Niki, puedes lograrlo, todo depende de ti…

Simona señala la puerta del cuarto de baño. -Y de él…

Poco a poco, Niki empieza a sonreír y deja de sudar, su pelo vuelve a estar en orden y los mechones blancos desaparecen. Se pasa el dorso de la mano por la frente y a continuación sonríe por última vez a sus padres. Simona y Roberto la miran con amor y después también ellos desaparecen lentamente en la penumbra que invade el fondo de la habitación, y que ahora da la impresión de deshincharse y de recomponerse para dejar de nuevo a la vista el cuarto de baño.

Niki abre sigilosamente la puerta, atraviesa la habitación, levanta las sábanas y se mete en la cama, se desliza hasta llegar junto a Alex y se enreda entre sus piernas, en esa serena tibieza. Apoya el pie sobre el suyo para sentirlo más cerca, como si pretendiera calmarse. Y, de repente, se siente mejor. «Sí, puedo conseguirlo», murmura casi para sus adentros mientras Alex se mueve un poco, mete una mano debajo de la almohada y sigue durmiendo. Niki cierra los ojos. Ahora puedo conciliar el sueño. Menudas estupideces se me han ocurrido. Ignora, sin embargo, que en ocasiones, cuando un miedo no se afronta y no se resuelve del todo, se agazapa y permanece al acecho, como una pantera negra escondida en la alta hierba, en la confusión cotidiana, lista para saltar y para reaparecer con toda la violencia de sus garras…, imposibilitando cualquier posible huida.

Cuarenta y ocho

Italia. Roma. Via Panisperna.

Sentada en el gran sofá de tela azul Ingrid está viendo el DVD de Monstruos contra alienígenas, fascinada por las imágenes de colores en movimiento. A ambos lados de ella, Anna y Enrico le hacen compañía. La niña se abalanza sobre Anna y la abraza con fuerza. Ella le devuelve el abrazo y las dos permanecen por un momento así. Enrico las mira. Hay que reconocer que se llevan muy bien. Después se da cuenta de que son las siete.

– Eh, Anna, ¿qué dices? ¿Nos preparamos algo? Así la niña come algo y tú también cenas. Puedes subir más tarde, ¿no?

La chica mira el reloj y resopla.

– Bueno, si no puedes da igual… -le dice Enrico.

– No, no es eso… Es que el tiempo vuela… ¡Hay días que parecen pasar en cinco minutos! Está bien, sí, cocinemos un poco de pasta con calabacines, ¿te apetece? Me sale muy rica. Hay calabacines porque esta mañana Ingrid y yo hemos salido a hacer la compra, ¿verdad, Princesa? -pellizca a la niña en el brazo blandito y rechoncho, y ésta se echa a reír de inmediato.

– ¡Genial! Me encanta la pasta con calabacines.

Se ponen a cocinar. Anna lava y corta los calabacines a tiras. Enrico coge una sartén antiadherente, echa un chorrito de aceite y unas chalotas, que sofríe sobre la placa vitrocerámica. Pasados unos instantes, Anna echa los calabacines y los remueve con una cuchara de madera. Bromean, se ríen y se chinchan el uno al otro mientras Ingrid los mira sentada en su trona y participa a su manera moviendo algunas cosas de la mesa, que ya han preparado para comer.

– ¡Me divierte cocinar contigo! -dice Anna mientras tapa la cacerola para que el agua hierva antes.

– ¡Sí! ¿Qué pasta quieres que hagamos?

– La de huevo, está ahí, en la despensa.

– Ah… -Enrico sonríe.

Sabe más sobre mi casa que yo. Se ha aclimatado de prisa. Y la idea le produce un repentino placer.

Poco después están sentados a la mesa dando buena cuenta de la deliciosa pasta cocida al dente, salpicada de perejil picado y parmesano. Ingrid apura su leche homogeneizada con la cuchara. También ella está tranquila. Después comen varias piezas de fruta fresca. Y, por último, el café. Luego Anna lleva a Ingrid a su habitación porque a la niña le ha entrado sueño. Vuelve a la cocina. Enrico se ha puesto el delantal y los guantes de goma.

– Dado que has cocinado tú, yo lavo y tú secas.

– Sí, la verdad es que el lavavajillas está vacío y no hay muchos platos que lavar. Mejor que lo hagamos a mano. Si no, puedes meterlos ahora y lo ponemos en marcha mañana por la noche, cuando esté lleno. Es importante no malgastar agua y energía, ¿sabes? Yo presto mucha atención a ese tipo de cosas.

Enrico esboza una sonrisa.

– ¡Está bien, está bien, jefa! ¡Yo también me convertiré a la ecología!

– ¡Y harás bien! ¡El planeta te lo agradecerá! Además, te comunico que mañana pienso comprar bombillas de bajo consumo y cambiar las que tienes. Cuestan un poco más, pero duran mucho y te ayudan a ahorrar.

– De acuerdo, gracias. Te dejaré el dinero sobre la mesa.

– No, ya me lo darás cuando las compre. ¡Venga, empecemos! Usa poca agua y detergente, ¿eh? ¡No necesitamos un pozal!

Se ponen a lavar los platos, los vasos, la sartén, la cacerola y el resto de los utensilios que han usado. Enrico friega y Anna seca. Un sincronismo perfecto. Y, sin dejar de reírse, se cuentan varios episodios, recuerdos de campamentos, de vida en solitario.

– ¿Sabes, Anna? -dice Enrico a la chica mientras le tiende un plato hondo.

– ¿Sí?

– No sé cómo decírtelo…

– ¿El qué? -Anna lo mira con curiosidad porque de repente Enrico se ha puesto muy serio.

– Me da un poco de vergüenza, pero tengo que reconocer una cosa…

– ¿Cuál?

– No es fácil de decir, pero cuando estoy contigo…

Anna deja de secar el plato y lo mira.

– Sí, en fin, por primera vez en mucho tiempo, cuando estoy contigo no sólo pienso en Ingrid…

Anna lo mira y a continuación esboza una sonrisa dulcísima y un poco tímida. Después, para atenuar la tensión que se ha creado entre ellos, coge la sartén y la coloca en su sitio. Enrico la mira por un instante. Le gustaría seguir hablando. Describirle su nuevo estado de ánimo. Esa ligereza que ha vuelto a experimentar después de mucho tiempo. La renovada conciencia de sí mismo. Además, querría decirle que es guapa, sí. Y dulce. Y que a su lado se siente muy bien. Pero cuando Anna está a punto de volverse y él de hablar, no lo consigue y agacha la cabeza. Lava de nuevo el plato que todavía tiene en la mano tratando de disimular. Es uno de esos momentos en que parece que va a producirse un estallido y de improviso, sin una razón aparente, éste se apaga. Y no vuelve. Anna se coloca otra vez a su lado. Espera algo. Una frase. Una palabra. También ella se siente extraña, como si la hubiesen descubierto. Permanecen en silencio por unos instantes. Y el hilo se rompe.

– Sí…, quiero decir que he pasado varios días preocupándome por la niña, pensando en cómo me ocuparé de ella, en darle lo mejor para que no sienta la ausencia de su madre…, y me he anulado. Voy al trabajo, paso por casa de mi madre para dejarle a Ingrid, después regreso Para recogerla y vuelvo aquí. Todos los días lo mismo. Todas las noches igual. Se acabó el futbito, las veladas con Alex, Flavio y Pietro. Nada… Y, en cambio, ahora, gracias a ti consigo relajarme otra vez, pensar que tengo una vida fuera de estas cuatro paredes, amigos. En fin, de no haber sido por tu ayuda me habría perdido. Eres una magnífica colaboradora. Si uno de mis amigos necesita una canguro les daré tu nombre. ¡Puedes estar segura! -dice mientras sigue pasándole la vajilla mojada a Anna.

Ella no lo mira. Se limita a esbozar una sonrisa. Amarga. Distante. Quizá decepcionada. A continuación abre la puerta de un mueble y coloca un cazo en su sitio. Así es. Hay instantes en que todo parece posible y todo puede cambiar. En que todo está al alcance de la mano. Fácil y bonito. Pero de repente llega la duda, el miedo a equivocarse y a no haber entendido bien lo que el corazón siente de verdad. Y puf. Nada. Una promesa fallida.

Cuarenta y nueve

Diletta termina de poner la mesa. Después se dirige a la cocina y echa un vistazo al horno. Bien. La cocción va viento en popa. El agua para la pasta está a punto de romper a hervir. Mira el reloj. Son las ocho. Perfecto. Pocos minutos después suena el interfono. Va a abrir.

– ¡Soy yo, cariño!

Diletta abre la puerta y la deja entornada. Filippo llega jadeante después de haber subido los cuatro pisos a pie.

– ¿Soy puntual, cariño? ¡Como verás, esta vez no hay retraso!

Diletta sonríe. Ahora más que nunca, esa palabra tiene un significado especial. Retraso. No, cariño, no has llegado con retraso, le gustaría decirle…, ¡pero yo sí!

– ¿Cuándo piensan arreglar el ascensor? -Filippo la besa dulcemente en los labios-. ¡Ten! -le da una botella de vino blanco que acaba de comprar-. ¿La metemos un poco en la nevera?

Diletta vuelve a sonreír.

– ¡Sí! Pero que sepas que te viene bien subir por la escalera… ¡Sobre todo si comes en mi casa! ¡Ya sabes que aquí las raciones son abundantes!

La cena está lista. Es una de ésas improvisadas, en cierto modo robadas, tras esperar pacientemente a que la casa quede libre. Una cena tranquila, sin salir, porque algunas cosas requieren un poco de intimidad. Un buen entrante a base de gambas con salsa rosa y tostadas. Un primer plato ligero consistente en dorada y verduras, además de sardinas gratinadas al horno con pan rallado. Ríen, hablan y bromean sobre cualquier cosa.

– ¿A qué hora vuelven tus padres?

– El teatro se acaba a medianoche, pero está lejos, de manera que supongo que alrededor de las doce y media…

– ¡Bien! En ese caso podemos comernos el postre con calma… -sonríe malicioso.

Diletta coge la botella de vino y escancia un poco. A continuación alza su copa.

– ¿Brindamos?

– ¡Por supuesto! ¿Por qué?

– Por las sorpresas que cambian la vida.

Filippo alza la suya.

– ¡Sí! -Hacen sonar el cristal en el aire mientras se miran a los ojos.

Después Diletta se levanta.

– Espera…

Sale y regresa al cabo de unos instantes con una bolsita de plástico. Saca la caja que hay dentro y la sostiene en las manos.

– ¿Qué es, cariño?

– La sorpresa que cambia la vida.

– ¿A qué te refieres? ¿Por qué? ¿Qué pasa?

– Pasa que tengo un retraso de varios días…

Filippo la mira sin comprender una palabra. A continuación se inclina sobre la mesa y coge la caja. Lee y abre desmesuradamente los ojos.

Diletta sonríe tratando de quitar hierro al asunto.

– Sí. ¿Quieres que lo hagamos juntos? A mí también me asusta… -Rodea la mesa y se aproxima a él. Le da un beso y le coge la mano.

Filippo se mueve como un autómata. La mira. Mira la caja. La sigue por la casa. Cuando llegan a la puerta del cuarto de baño Diletta le quita la caja de las manos.

– Espérame… -y entra.

Filippo se queda en el pasillo aturdido. No me lo puedo creer. ¿Esto es real? No…, es un sueño. Y, de todas formas, puede que hasta sea un error. Pero ¿y si no fuese así? ¿Qué hago? Mejor dicho, ¿qué hacemos? Empieza a andar de arriba abajo por el pasillo con los puños en los bolsillos, la cabeza llena de dudas y el corazón acelerado.

Diletta abre la caja y coge uno de los dos test que ha comprado por la tarde en el supermercado con cierta vergüenza. Antes intentó ir a la farmacia, pero no se atrevió. Se imaginó pidiéndole la prueba a la propietaria. Ella la habría mirado tratando de adivinar su edad, quizá alguien a sus espaldas la habría oído, juzgado, pensado… No, no se atrevió. Entonces recordó que los había visto en el supermercado, en la sección de tiritas, desinfectantes y compresas. Y fue allí. Cuando llegó la hora de pagar intentó esconder la caja entre los paquetes de bollería, galletas saladas y yogures, cosas que había comprado sin necesitarlas, quizá para consolarse o para disimular ese objeto tan insólito colocado sobre la cinta negra. Después se apresuró a meterlo todo en la bolsa de plástico y salió corriendo del supermercado como una ladrona que ha conseguido escapar sin que la pillen, como alguien que tiene un secreto que esconder. Se encaminó hacia su casa. Encendió el ordenador, buscó varias recetas sencillas y se puso a cocinar. Se despidió de sus padres, que salieron elegantemente vestidos para acudir al estreno, y siguió cocinando. Resistió al deseo de hacerlo sola. Quería esperar a Filippo. Y disfrutar antes de esa cena para dos que había preparado con tanto amor. Comer y pensar. Comer y mirarlo a él. Comer y saber que todo estaba a punto de cambiar. De una manera u otra.

Diletta quita el envoltorio de celofán del stick del test. Mira la hendidura blanca en la que dentro de poco asomará una certeza. Buena o mala, a saber. Ha leído algunas cosas en Internet. A partir de una muestra de orina, los test revelan la presencia de la hormona propia del embarazo. La hCG. Vaya nombre. El resultado se verá en seguida a través de la ventanita. Una línea oscura. O dos. Normalidad. Novedad. Absurdo. Una línea se colorea y tu vida cambia de buenas a primeras. Y menuda novedad. Dicen que hay falsos positivos y falsos negativos. Pero la fiabilidad es, en cualquier caso, alta. Diletta exhala un suspiro y procede. Recuerda el resto de los síntomas que ha leído en Internet. Vómitos, náuseas, hinchazón en el pecho y variaciones del humor y del apetito. Los síntomas del embarazo. Pero ¿los tengo yo? No es fácil saberlo. Estoy muy confundida. Ya está. Diletta se sobrepone, vuelve el stick del revés para no ver en seguida lo que marca, se sienta en el borde de la bañera y llama a Filippo.

– Ven, cariño… Lo comprobaremos juntos.

Filippo entra con semblante cadavérico y se sienta. Diletta le coge una mano y se la aprieta. Con la otra gira el stick. De repente siente que se le saltan las lágrimas. Se conmueve. Positivo. Está embarazada. La tensión nerviosa que ha experimentado durante los dos últimos días se desvanece de repente. Filippo lo nota. Está asustado. La abraza. Permanece a su lado. Pero después la sacude un poco.

– Venga, cariño, vuelve a hacerlo…

– ¡Bah! Por lo general no fallan…

– En cualquier caso, inténtalo de nuevo. Al menos estaremos completamente seguros, ¿no? Es importante. A fin de cuentas, en la caja hay dos.

– Sí, pero…

Filippo no le contesta, coge la caja, saca el otro stick, lo desenvuelve y se lo da a Diletta.

– Ten.

Ella lo mira vacilante. Todavía no se lo puede creer. Tal vez Filippo tenga razón, quizá sea mejor volver a intentarlo. Y lo hace. Filippo espera con ella. Se sientan otra vez en el borde de la bañera. Uno. Dos. Tres. Diez segundos. Diletta gira el stick. Y la ventanita les dice la verdad. De nuevo. Lo mismo de antes. Dos líneas. Dos palitos. Dos signos. Dos. Que, sin embargo, significan uno. Una sola cosa. Un bebé.

Filippo se levanta, aferra la caja del test y busca el prospecto. Lo desdobla y lo lee.

– Filippo, pero si ya sabemos lo que significa esto…

– No, quizá lo hayamos entendido mal…

Lee nervioso. Salta de una línea a otra. No. No es posible. «El resultado es positivo (embarazo) cuando junto a la línea (o punto) de control aparece otra. El test debe considerarse positivo incluso en el caso de que esta segunda línea (o punto) sea menos definida o tenga un color menos intenso respecto a la de control. El valor de fiabilidad de los test declarado por las empresas productoras es superior al 99% (comparable al de los test de laboratorio).» Filippo lee en voz baja, poco menos que comiéndose las palabras. Que, en cambio, le retumban en la cabeza. Dos líneas. Embarazo. Y ese porcentaje, el 99%. Mejor dicho, superior al 99%. Prácticamente seguro. Prácticamente es el final. Prosigue: «Se aconseja confirmar el embarazo mediante exámenes de laboratorio, previa visita a un médico. Es conveniente suspender la toma de medicamentos que podrían ser perjudiciales para el feto (incluida la píldora anticonceptiva), así como el consumo de alcohol y tabaco.» Se detiene. Y casi le entran ganas de echarse a reír. Porque, por un instante, se aferra a ese recuerdo como si de una tabla de salvación se tratara. Navega en su interior para consolarse, pero también para distraerse. Se trata de algo que aprendió en el instituto, durante un examen de italiano sobre la etimología de las palabras. El prospecto de los medicamentos se denomina también bugiardino. Se cree que el nombre deriva de la costumbre que tenían los ancianos en la Toscana, en concreto los de la zona de Siena, de denominar así a la portada de los periódicos que se exponía fuera de los quioscos. Luego, el nombre se extendió al prospecto. Decían que era porque «las instrucciones de uso» tendían a recalcar tan sólo las virtudes y la eficacia del fármaco. En fin, que decían pequeñas mentiras. Bugiardino, «mentiroso». Y por unos instantes Filippo confía. Confía en que se equivoque. Que esa sentencia, ese golpe, esa novedad absurda no sea cierta.

Filippo vuelve a sentarse en el borde de la bañera y mira a Diletta. Ella se ha tapado la boca con la mano, todavía tiene ganas de llorar.

– ¿Y ahora? -le pregunta él trastornado-. ¿Qué hacemos?

– No lo sé…, no me lo esperaba…

– En cualquier caso, aquí también lo dice. Cabe la posibilidad de que sea un error, el médico debe confirmar el resultado. Porque quizá el test se haya alterado, podemos haber cometido algún error, tal vez lo hayan conservado mal en el supermercado, aquí dice que si has tomado determinados medicamentos…

Diletta mira a Filippo con aire perplejo.

– Cariño…, yo no tomo ningún medicamento.

– Está bien, sea como sea, creo que deberías ir al médico. Cuanto antes.

– Sí, mañana llamaré para pedir cita.

Permanecen sentados en la bañera mirando el vacío. Juntos. Muy juntos. Diletta le toca una pierna y apoya la cabeza sobre su hombro. Mientras tanto un pensamiento, ese pensamiento tan grande e insólito, se va extendiendo y los colma. Pero de forma muy diferente.

Cincuenta

Pietro llega delante del club. Baja y mira alrededor. Las ocho pistas de tenis de tierra batida están llenas. Al final lo ve. Su hijo Lorenzo está jugando allí y devuelve la pelota al otro lado con cierta seguridad. Carolina, su hermana pequeña, titubea un poco más, todavía no sujeta la raqueta con la fuerza necesaria y no golpea bien la pelota. Pietro ve a Susanna sentada en las gradas y se encamina hacia ella.

– Amor mío…

Susanna está haciendo un sudoku y no alza la mirada, sino que sigue intentando encontrar el número justo para una casilla y, en particular, para toda la línea, pero reconoce perfectamente la voz. Además, en el fondo se lo esperaba.

– Perdona… -Se vuelve con una sonrisa forzada, dura, decidida y firme. Pero aún afilada-. Perdona, pero te prohíbo que me llames amor. Que no se te ocurra. Nunca más. No tienes ningún derecho…

– Pero, cariño…

Susanna lo mira furibunda. Pietro abre los brazos.

– «Cariño» no me lo has prohibido. -Susanna sacude la cabeza molesta y se concentra de nuevo en el sudoku o, al menos, lo intenta. Pietro prosigue-: Cariño, me parece absurdo que no trates de correr un tupido velo sobre lo que ha sucedido… Fue un desliz.

– ¿Un desliz? Si al menos se hubiese tratado de algo serio… Deberías haber seguido andando hasta tropezar con el primer escalón y romperte todos los dientes…, me gustaría ver si después seguías teniendo esa sonrisa tan torpe. ¿No te das cuenta de lo que has hecho?

Mira… Mira… -Susanna deja de escribir y le señala la pista de tenis donde se encuentran Lorenzo y Carolina.

Justo en ese momento, quizá gracias a un golpe afortunado, Carolina consigue que la pelota llegue al otro campo. Se vuelve hacia ellos y sonríe buscando el aplauso de sus padres. Pietro sigue mirando en esa dirección sin entender lo que quiere decir Susanna.

– Sí, no juegan mal, están mejorando -prueba a decir.

– No me refiero a eso. Son un milagro. Son nuestros, los hemos hecho nosotros. Y es lo más bonito que tengo y, por desgracia, lo único que todavía me vincula a ti…

– Eres demasiado dura, Susanna… No pasó nada. Esa mujer no me interesa en lo más mínimo… No es como en El último beso.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Volví a verla ayer por casualidad. En la película él sí que se enamora de verdad…

– ¡De eso nada! El miedo al matrimonio le hace creer que está enamorado, el deseo de seguir siendo joven… ¡De no crecer! El mismo que tienes tú… Desde siempre, Pietro.

– ¡No digas eso!

Susanna mira a su alrededor.

– No puedo gritar porque no quiero que me echen del club, mis hijos se asustarían y Carolina se echaría a llorar…

– Pero, amor mío…

– Acabo de decirte que no me llames así.

– Piénsalo.

– Ya lo he hecho, y ¿sabes cuál es el problema? Que tú no te das cuenta de la gravedad de la situación porque siempre lo has hecho, sólo que jamás te había pillado. En fin, más vale tarde que nunca.

– Considéralo mala suerte. No debería haberme puesto enfermo. Tenía fiebre. Deliraba… Ella se presentó así… Me había tomado dos aspirinas. Puede que incluso hubiese bebido un poco de vino a la hora de comer… No, Coca-Cola, eso es… Ya sabes que, mezclada con la aspirina, la Coca-Cola puede producir un efecto tan extraño como el de los estupefacientes. Eso es, ¡estaba bajo los efectos de la droga! Como le sucedió a Daniel Ducruet, el ex marido de Estefanía de Mónaco, ¿lo sabes, no?, salió en todos los periódicos: cuando lo pillaron con esa tipa estaba completamente flipado.

– En cualquier caso, ella no lo perdonó.

– Sí, pero todavía se lleva bien con él, entendió el engaño… Sea como sea, no te lo tomes a mal, estaba fuera de mí… Estaba drogado, ¡había perdido la conciencia!

– ¡No! ¡La que estaba drogada era yo, el día de nuestra boda! ¡Drogada de amor! ¡Me habías atontado por completo! Después me dejaste embarazada dos veces y me encadenaste… -Susanna señala a los niños-. ¡Me has tenido encerrada en casa debido al amor desmesurado que sentía por ellos! Pero ahora se ha acabado… Me he liberado…

– Ah… ¿Eso significa que ya no los quieres?

– ¡No! A quien he dejado de querer es a ti… ¡Que eres un capullo! ¿Lo entiendes? Eres un cabrón. A saber cuántas me habrás hecho, si la primera vez que vuelvo antes a casa en diez años te encuentro en la cama con otra…

– Pero, cariño… Lo nuestro no puede acabar así -Pietro trata de cogerle la mano, Susanna se desase y hace ademán de golpearle con el bolígrafo.

– ¡No me toques! Y no me llames «cariño»…

Pietro la mira con semblante triste, disgustado, herido, intentando conmoverla.

– Perdóname… Te lo ruego…

Susanna se vuelve y lo mira fijamente.

– Que sepas que así no me ablandarás el corazón, no me despiertas en absoluto ternura, me importa un comino, te lo digo en serio, serenamente. Es inútil. Estropearás lo poco de bueno que quizá, y digo quizá, pudo haber existido al principio entre nosotros. Así que te lo aconsejo: evita…

– Lo único que nos ha llevado a esto ha sido mi inseguridad…

Susanna lo mira de hito en hito.

– ¿Qué quieres decir? Explícame mejor esa nueva ocurrencia.

Pietro exhala un largo suspiro.

– Desde que era casi un niño hasta los dieciocho años estuve con una…, bueno, sí, en fin… Cuando me marché de vacaciones ella salió con mi mejor amigo y después con otro con el que solía coincidir en la playa y al que conoció al final del verano… Poco antes de que yo volviese.

– ¿Y qué?

– Pues eso, me comporto así porque prefiero engañar antes de que me engañen.

– Escucha…, la diferencia sustancial entre ambas cosas es que es tipa era una facilona; puede suceder, sobre todo cuando uno es joven, que no se sepa distinguir… Pero yo no soy una puta como ella, ¿me entiendes? Deberías saberlo. ¿Y ahora vienes y me dices que me has puesto los cuernos para evitar que yo lo haga antes? Pero ¿por quién me has tomado? Soy una mujer que se casó convencida, que quiso hacer una elección, respetarla, y que ha sabido renunciar a diario para defender esa decisión.

Ahora Pietro parece intrigado.

– Veamos… ¿Qué quiere decir eso de renunciar a diario?

– Que muchas personas me han hecho proposiciones, me han cortejado, me han hecho reír, han halagado mi vanidad femenina… Pero la cosa no ha pasado de ahí, ¿lo entiendes? ¿Qué crees? ¿Que eres el único que gusta? No obstante, yo siempre te he respetado. A ti y a nuestro matrimonio. Yo.

– ¿Y se puede saber quiénes son esos tipos?

Susanna se vuelve hacia él riéndose desalentada.

– ¿Ves?…, ¡eres un inútil! Ahora lo único que importa es quién me ha cortejado y no el hecho de que yo haya rechazado esas propuestas…

– Bueno, claro…, porque depende de quién haya sido.

– ¿Qué quieres decir?

– Que si era el electricista o el albañil que hizo las obras este verano tu renuncia fue ridícula.

– ¡El único ridículo aquí eres tú! En cualquier caso, se trataba de personas mejores que tú, y casi lamento haberlas rechazado. Piensa que podría ser uno de este club, uno de esos abogados que hemos invitado alguna vez a cenar a casa… O incluso uno de tus amigos… Sólo te diré una cosa: ahora, serenamente y sin esconderme como haces tú, lo volveré a pensar y los tomaré en consideración… ¿Queda claro?

– Ah, sí… ¿Y qué me dices de nuestros hijos?

– ¿Por qué? ¿Acaso pensabas en ellos cuando te follabas a tus amiguitas?

– ¿Y eso qué tiene que ver?… Yo soy el padre…

– Ah, de manera que tú tienes inmunidad. A diferencia de ti, yo tengo conciencia de madre. Ya he hablado con ellos. Hemos tenido una conversación adulta y madura. Les he dicho cosas en las que tú ni siquiera has pensado todavía y que, sin embargo, ellos han entendido a la perfección.

Pietro mira alrededor, se siente perdido, no sabe qué hacer ni qué decir.

– Te lo ruego, Susanna, dame otra oportunidad…

– Sí, te la daré. Ahora me voy con ellos a casa, los ducharé y después saldremos. Pasaremos todo el día fuera, iremos a comer al McDonald's y luego al cine… -Pietro espera su respuesta, sonríe. La mira. Susanna prosigue-: Sí, quiero un día de libertad, tiempo para nosotros. Regresaremos a casa a eso de las once…, ¡o a medianoche!

– Sí, querida… Puedes hacer lo que quieras…

– No necesito tu permiso. Es tu última oportunidad. Si a esa hora no has sacado todas tus cosas del armario, todo lo que hayas dejado u olvidado por casualidad, lo quemaré.

– Pero… -Pietro es incapaz de añadir nada más.

Justo en ese momento salen Lorenzo y Carolina.

– Hola, papá…

– Hola…

– No te besamos porque estamos sudados.

Carolina es más franca:

– Y porque has hecho enfadar a mamá.

Acto seguido se alejan con Susanna, que los lleva de la mano y que no se vuelve ni por asomo. Pietro acaba solo su frase: «Pero… no es justo.» En silencio, casi para sus adentros. Esos niños también son míos. De repente le viene a la mente esa canción. «Quien venga después de ti percibirá tu aroma pensando que es el mío…» Recuerda que se la cantó en un piano bar. «Mil días tuyos y míos…»

Susanna. La contempla mientras se aleja dándole la espalda, de una manera que jamás habría imaginado que fuese posible… Se acuerda de otra canción. «Y una historia se va a la mierda… Si yo supiese cómo se va…» Se avergüenza por un instante. No le va de mentirse también a sí mismo, cosa que sabe hacer a la perfección. De manera que permanece así, con un vacío repentino e inmenso en su interior. Con la sensación de haber perdido para siempre a esa persona. Una certeza, una seguridad, ese conjunto de cosas que lo hacían sentirse único, por encima de todo, casi inmortal. «Ese instante eterno que no existe…» De improviso, Pietro se siente más ridículo que nunca. Y solo. Le entran ganas de echarse a llorar. Pero esta vez de verdad.

Cincuenta y uno

Olly corre por toda la casa intentando ordenar el inmenso caos que la rodea. Hace desaparecer la mayor parte de los vestidos que están desperdigados por el suelo en el interior de una gran cesta de mimbre que hay detrás de la puerta del cuarto de baño. Arroja dentro del armario las botas y los zapatos. Cubre con una gran tela un sofá abarrotado de CD y de DVD. Echa otros vestidos a una segunda cesta y después, tras darse cuenta de que no caben, los aplasta con un pie. Comprueba satisfecha que, con cierto esfuerzo, ha logrado el objetivo deseado.

Coge de la bolsa del GS unas cuantas botellas de agua y las mete en la nevera, cuatro bíteres en el primer estante, una Coca-Cola grande en la puerta y, por último, esconde bajo la carne que hay en el congelador una botella de Dom Pérignon.

Ya está… Ésta no creo que la abra… Aunque nunca se sabe… Y, en caso de que haya una buena noticia, ¡ya está lista! Si no la abro esta noche -piensa-, tendré que acordarme de sacarla del congelador Para que no estalle. Luego sigue vaciando la bolsa, los vasos de plástico, los platos y las servilletas. Varios canapés deliciosos, pizzas pequeñas y una caja de Lindt. Saca tres cuencos del aparador y llena cada uno de ellos con una cosa. Echa en otros dos patatas fritas y pistachos. A continuación, intenta abrir la bolsa de las palomitas, tira de los extremos con las dos manos pero, ¡plop!, ésta se abre de golpe y las hace saltar por los aires. Olly trata de atrapar algunas al vuelo, pero la mayor parte acaban en el suelo.

– ¡Menuda lata! Sólo me faltaba esto.

Mete las que no se han caído en otro cuenco y empieza a recoger las que están en el suelo con las manos. En ese instante llaman al interfono. Se acerca al cubo de la basura, arroja las palomitas que ha recogido y a continuación abre sin preguntar siquiera quién es. Va a buscar la escoba y el recogedor y acaba de limpiar el suelo de palomitas haciéndolas desaparecer a toda velocidad en el cubo de la basura. Justo a tiempo, se dirige hacia la puerta. En esta ocasión, sin embargo, echa un vistazo por la mirilla.

– ¿Qué pasa?

Erica entra jadeante.

– Pues no sé, esperaba que tú me dieses la noticia. -Se quita el abrigo, el sombrero y la bufanda y los tira al sofá.

– Perdona… -dice Olly mirándola con los zapatos en la mano-, ¿quieres que los meta en el armario?

Erica arquea las cejas sorprendida.

– ¿Qué pasa? ¿Se te ha subido el trabajo a la cabeza? Señoras y señores, en lugar de El diablo viste de Prada, aquí tenemos a «Olly, la amita de su casa».

– ¡Qué simpática eres! Dado que me han pedido este favor…

– Y dado que, sobre todo, eres la única con una familia rica que te permite vivir por tu cuenta…

– Que sepas que yo trabajo… Y, además, pago la mitad del alquiler… -Olly le sonríe a Erica-. Bueno, la verdad es que lo haré a partir de mayo…

– ¡Vaya, veo que has exprimido bien a tu mamá!

– Fue ella la que insistió…

– A saber por qué. ¡Quizá quería despejar su casa!

Olly la mira con cara de pocos amigos.

– Te equivocas, eres muy malpensada. Mi madre no es una descerebrada como tú. Ha viajado mucho al extranjero y asegura que en toda Europa los jóvenes se independizan cuando empiezan la universidad.

– Es cierto, pero ¿a cuántos les paga la casa su mamá? ¡Dile que en la mayor parte de Europa los alquileres son mucho más bajos que en Italia!

Olly opta por ceder. No puede decirle que, además, su madre ha

comprado esa casa. El alquiler es sólo un pretexto para mantenerla vinculada a ella de alguna forma.

– Oye, en lugar de dedicarte a despotricar podrías echarme una mano, venga…

– ¿Qué tengo que hacer?

– Abre las bolsas de los vasos y los platos…

– Como quieras. ¿Dónde están?

– Dentro de ese armarito, encima de la pila.

– Ah, sí, ya los veo.

Erica los coge, abre las bolsas y los coloca sobre la mesa. A continuación coge las servilletas, apoya encima la mano con un hábil movimiento y finalmente las aplasta. Gira completamente sobre sí misma disponiéndolas en círculo en medio de la mesa. Un instante después, el interfono vuelve a sonar.

– Yo iré -Erica corre a abrir-. ¡Es Diletta!

Acto seguido abre la puerta.

– Entonces, ¿sabes algo?

Diletta sacude la cabeza.

– Lo único que sé es que debía traer esto.

Erica la mira fijamente.

– Pero ¿quién te lo dijo?

– ¡Olly!

Ésta aparece en la puerta de su dormitorio. Se ha cambiado de ropa. Erica la mira disgustada.

– No me lo puedo creer. Le has hecho comprar los canapés de Mondi y los de Antonini. Crueldad por partida doble… Ahora que había logrado perder un kilo, ¡recuperaré dos esta noche!

Olly esboza una sonrisa.

– Tú prefieres los de Mondi, yo los de Antonini… No entiendo por qué, en una bonita velada como ésta, en la que por fin podemos reunirnos las cuatro con un poco de calma, debemos privarnos de lo que nos gusta.

Diletta sonríe.

– ¡Así se habla! De hecho, para ser un poco egoísta, he traído el helado de San Crispino que me pirra: fruta y crema…

Erica se aleja sacudiendo la cabeza.

– Os odio, lo vuestro es un orgasmo culinario…

– ¿Qué quieres decir? -Olly la mira con curiosidad-. Es la primera vez que lo oigo.

– Que me comería todo lo que hay… y disfrutaría como una loca.

Diletta se echa a reír.

– No me has dejado acabar… Ya que estamos hablando del tema, he traído también los rollitos sicilianos rellenos de requesón de Ciuri Ciuri…

– ¡No me lo puedo creer, tú también eres una macarra provocadora, una maliciosa! Eso sí que no…

Llaman al interfono. Olly va a abrir.

– ¡Sois unas guarras famélicas!

– ¿Eso crees? -Erica la mira con candidez-. Yo siempre estoy a dieta.

– Sí… ¡A la hora de comer!

– Venga, venga… Abriré la puerta y nos sentaremos a esperarla en el salón. ¡Venga, pongámonos aquí! ¡Así nos verá cuando entre!

Olly, Diletta y Erica corren a echarse sobre el sofá. Olly se sienta con las manos sobre las rodillas.

– ¡Venga, haced como yo!

Las otras la imitan y esperan impacientes a que la puerta se abra. Oyen detenerse el ascensor y a continuación sus pisadas.

– Hola, ¿ya habéis llegado todas? -Niki entra y cierra la puerta, acto seguido da algunos pasos y las ve sentadas muy modositas sobre el sofá.

Olly arquea las cejas y habla con curiosidad, pero sin perder sus maneras elegantes.

– Veamos, nos encantaría saber cuál es el motivo de esta convocatoria…

Niki se echa a reír y sacude la cabeza.

– ¿Os habéis vuelto locas? Así no estoy dispuesta a decir ni mu. Al contrario, ¿sabéis lo que pienso hacer? Me marcho. -Hace ademán de alejarse, pero sus amigas la rodean al instante.

Olly, la más rápida de todas, cierra bien la puerta con el pasador.

Diletta le coge el paquete que lleva en la mano izquierda, Erica el que lleva en la mano derecha, y a continuación los ponen sobre la mesa.

– ¡Tú no vas a ninguna parte! ¡Habla de inmediato si no quieres que te torturemos!

– No, de acuerdo -Niki esboza una sonrisa y se quita el abrigo.

– Dámelo -Olly se lo coge amablemente.

– Así me gusta… ¿Alguien puede ofrecerme algo de beber?

Erica se precipita hacia la nevera.

– Claro, ¿qué quieres? ¿Agua, bíter, Coca-Cola?

– Una Coca, gracias. -Niki se quita también el sombrero y la bufanda y se sienta en el sofá.

Sus amigas la rodean de inmediato, cada una de ellas con un vaso en la mano. Olly acerca los cuencos rebosantes de patatas, palomitas de maíz, saladitos y pistachos. Niki apoya también las manos en las rodillas y mira a las Olas contenta y divertida.

– Bueno, pues…

– Espera, espera -la interrumpe Olly-. Veamos quién lo adivina.

Niki se echa a reír contenta.

– Ah, sí, eso me gusta, a ver…

Olly entorna los ojos fingiendo entrar en trance.

– Entonces, sabemos que has viajado…

Erica la mira asintiendo celosa con la cabeza.

– Sí, ¡cuatro días en Nueva York! ¡Superguay!

Diletta alza una mano.

– ¡Ya lo tengo!

Todas la miran curiosas, sobre todo Niki, que espera.

– Harás la campaña de LaLuna en Estados Unidos o algo por el estilo…

Niki niega con la cabeza.

– No, no…

– ¿Tan desencaminada voy?

– Agua… Mejor dicho, océano.

Erica se lanza.

– ¡Habéis ido allí para adoptar a un niño!

– ¿Estás loca? Y además, perdona, ¿por qué adoptarlo? Es bonito tenerlo… Erica se echa a reír.

– Sí… ¡Una gozada! En fin, yo qué sé, he pensado que quizá había algún problema y, además, está tan de moda, sobre todo en América…

– ¡Sí, pero ellos vienen a adoptarlos aquí!

– En fin, sea como sea, agua, ¡océano, más bien! Mar abierto…

Diletta entorna los ojos.

– Ahora lo entiendo. Se trata de algo malo. ¡Te gusta otro!

– ¿Otro? -Niki se altera-. ¿Quién, si puede saberse?

Olly sonríe.

– Pues ese de la universidad… No nos has dicho cómo se llama.

– Guido… Pero no, ni se me ha pasado por la cabeza.

Erica mira a Diletta.

– Y, además, perdona, ¿por qué dices que es algo malo? Que te guste otro es, de todas formas, bonito…

Diletta la mira sorprendida.

– Pero si sufres porque no consigues dejar al otro o, al menos, darle a entender que se ha acabado para siempre es desagradable.

Erica la mira fugazmente.

– ¿Te estás refiriendo a Giò y a mí?

– ¿Por qué te pones a la defensiva?

– ¡Venga, no riñáis! En cualquier caso, no se trata de eso. Resumiendo, es algo bueno. América tiene y no tiene que ver, y ahora entenderéis por qué… ¿De acuerdo? -Niki se levanta y abre un paquete-. Os he traído una deliciosa tarta rústica… No tiene nada que ver…

– ¡Ahora lo entiendo! -suelta Olly tratando de adivinar-. ¡Piensas abrir un restaurante en Estados Unidos!

– Nooo… -Niki esboza una sonrisa-. ¡Agua!

Acto seguido saca un cuchillo grande de una caja para cortar un pedazo. Lo desenvuelve. Está nuevo, es hipertecnológico, cuando tocas el mango suena una canción: Happy Birthday, Jolly Good Fellow, Merry Christmas y la marcha nupcial. Suenan con unas notas sencillas, sin arreglos, y para ello basta apretar uno de los botones.

– ¿Estáis lista:

Todas están en ascuas.

– ¡Sí! ¡Venga, Niki! ¡Nos estás volviendo locas!

Niki empieza a cortar la tarta rústica y aprieta el último botón, el de la marcha nupcial. La música rompe el silencio de ese momento. «Ta-ta-ta-ta… Ta-ta-ta-ta…»

Diletta es la primera que abre la boca, seguida de Olly. La última en hacerlo es Erica.

– ¡Te casas! -El grito es casi unánime-. ¡Madre mía!

– ¡Dios mío!

– ¡No me lo creo!

Niki asiente con la cabeza.

– ¡Es cierto! ¡Es cierto!

Olly bebe un sorbo de agua y a continuación lanza un grito. Diletta sacude la cabeza tratando de sobreponerse. Erica sigue desconcertada.

– ¡Es precioso!

En un abrir y cerrar de ojos todas se abalanzan sobre ella, la abrazan, la besan, ríen y lloran a la vez.

– ¡Dios mío, mira el rímel! Te he manchado.

– Da igual…

– ¡Qué bonito! ¿Eres feliz, Niki?

– ¡Sí, sí! Muchísimo…

– ¡Me alegro tanto por ti!

– ¡Es demasiado bonito…, demasiado!

Poco a poco vuelven a ocupar sus sitios en el sofá. Se sirven de beber, se ríen, recuperan la lucidez para poder entender mejor lo que sucede. Olly abre los brazos por un instante, como si estuviese perpleja.

– Pero te casas con Alex, ¿verdad?

– ¡Imbécil! ¡Ni siquiera te mereces que te conteste!

Olly sacude la cabeza.

– Yo no daría nada por sentado, en esta vida nunca se sabe…

Diletta es la más curiosa, quiere saber hasta el más mínimo detalle.

– ¿Vas a contarnos cómo te lo pidió o no?

De manera que Niki empieza su relato.

– Cuando llegué a casa me esperaba una limusina a la puerta…

– ¡No me digas, ¿te dio una sorpresa como ésa debajo de casa?! ¡Una limusina!

– Pero eso no es todo, porque en Estados Unidos nos esperaba otra.

– ¿Una limusina en Nueva York?

– ¡Sí, en el aeropuerto!

– ¡En ese caso debes casarte con él! ¡No encontrarás otro igual!

– ¡Idiota! Ni que fuera eso lo único que cuenta.

– Bueno, para mí, ese tipo de cosas también tienen importancia y lo mismo piensa la mayoría de nosotras, te lo aseguro… Perdona. pero ¿a quién no le gustaría cazar a un tipo así?

Erica arquea las cejas.

– La verdad es que a mí me gusta también sin limusina.

– ¡Venga! No os contaré nada más…

– ¡Eh! No, no, te lo ruego… Cállate, Erica, si vuelves a abrir la boca y Niki no nos cuenta cómo le pidió que se casara con él…, ¡te muerdo!

Niki se echa a reír y les habla de sus paseos, de sus compras desenfrenadas en Gap, Brooks Brothers, Century 21, Macy's, Levi's y Bloomingdale's.

– ¿Y no nos has traído nada?

– Sí, tengo un regalo para las tres.

Olly le da un empellón a Erica.

– ¿Quieres hacer el favor de no interrumpirla?

– Bueno, sentía curiosidad…

Niki esboza una sonrisa.

– Entonces, la segunda noche, cuando salimos de ver un espectáculo precioso en un teatro nos esperaba un helicóptero…

– ¡También!

– ¡Venga ya, no me lo creo!

– Pero es un sueño…

– Sí, y todavía no me he despertado… -Niki habla con unos ojos brillantes, emocionados, que todavía siguen viviendo ese increíble momento. Volar sobre todos aquellos rascacielos, luego las palabras de amor de Alex y, de repente, el último piso que se enciende-. «Perdona, pero quiero casarme contigo»…

– Nooo -Olly, Diletta y Erica están casi tan emocionadas como ella y la escuchan pendientes de cada palabra, de los matices más dulces y delicados.

– Y después sacó esto del bolsillo… -Sólo ahora enseña bien la mano a sus amigas; un anillo destaca discreto, aunque resplandeciente entre sus dedos.

– ¡Es precioso!

– Sí. No lo pude resistir más, me abalancé sobre él y los dos nos caímos al suelo, los pilotos no paraban de reírse…

Justo como hacen las Olas en ese momento. Después siguen escuchando su relato interrumpiéndola de vez en cuando.

– ¿Habéis decidido ya cuándo? ¿Y dónde?

– Ahora debes pensar en el vestido.

En realidad, cada una de ellas piensa ya en algo. Y las tres exhalan largos suspiros.

Olly se arregla el pelo. La verdad es que sólo tiene veinte años… ¿No le da miedo? Yo lo tendría. Si saliese con alguien como Alex… Bueno, pero así parece mayor.

La sonrisa dulce de Diletta. ¿Qué haría si me lo pidiese Filippo? ¡No estoy preparada! La verdad es que la admiro… Me gustaría estar lista como ella… Aunque, ¿lo estará de verdad? A saber… Espero que sí…

Y por último Erica, que en apariencia es la que escucha con mayor interés y, en cambio, en su fuero interno la mira aterrorizada. Está loca. ¿Y los demás? ¿Y el resto de los hombres? Tengo que reconocer que Alex le ha dado una sorpresa verdaderamente bonita, preciosa, a decir verdad, pero ¿y después? ¿Qué sucederá después? Bah, yo, en cualquier caso, no pienso casarme, chicas…

Niki interrumpe el hilo de sus pensamientos, sonríe y abre una bolsa.

– ¡Mirad, son para vosotras!

– ¡Caramba, son estupendas! Unas sudaderas de Abercrombie chulísimas… Aquí no las encuentras. Erica se apoya la suya sobre el pecho.

– Me queda de maravilla, pero ¿es verdad lo que dicen, quiero decir, que en la tienda de Nueva York hay unos modelos tan guays, tan superguays, que una sólo se compra la sudadera para poder quitársela cuanto antes a uno de ellos?

– ¡Erica!

Olly desdobla su sudadera curiosa.

– ¿Qué significa este número uno?

Diletta también ve el suyo.

– ¡Yo tengo el dos!

Erica no podía ser menos.

– ¡Y yo el tres!

Niki sonríe.

– No es un orden numérico… Significa que vosotras tres…, una, dos y tres, ¡seréis mis testigos!

– ¡Qué bonito! Nos alegramos mucho por ti, Niki.

Se abrazan conmovidas, asombradas por ese momento increíble que están compartiendo. Con miedo y emoción. Sabían de sobra que tarde o temprano le ocurriría a una de ellas. Ninguna, sin embargo, había imaginado que sucedería tan pronto. Ni siquiera a Niki.

Cincuenta y dos

Varios golpes fuertes y repetidos en la puerta. Enrico se vuelve. ¿Quién será? Los golpes prosiguen. Parecen patadas. ¿Están locos? Enrico se apresura a abrir.

– ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

Nada más abrir la puerta, un chico alto y fornido como un armario, con el pelo rapado y una camiseta negra ajustada, lo empuja con fuerza y lo hace caer al suelo en el salón. Enrico evita que la cabeza golpee el suelo manteniéndola alta, pero cae de espaldas con violencia sobre el parquet. Apenas se lo puede creer. No entiende lo que está pasando. ¿Se trata de un robo? ¿De una agresión? Pero ¿quién es ese tipo? Después lo mira con más detenimiento y lo reconoce. Sí, eso es, lo ha visto salir a veces con Anna. Es su novio. Según parece, se llama Rocco. Sí, Rocco.

– Pero ¿estás loco? ¿Qué quieres? Mi hija está durmiendo en su cuarto, ¡no hagas ruido! De todas formas, si estás buscando a Anna, que sepas que no está. -Enrico se levanta a duras penas, cabecea, se siente un poco atontado.

– Anna me importa un comino, a quien busco es a ti… -Vuelve a empujarlo.

Esta vez Enrico acaba en el sofá. Por un instante, sólo por un instante, vuelve a ver la escena de la película Notturno bus, cuando el enorme Titti entra en la casa de Franz, Valerio Mastandrea, poco menos que echando la puerta abajo, y lo empuja violentamente porque está cabreado con él, dado que todavía no le ha pagado una deuda de póquer. En resumen, que se siente como Franz. Porque el tipo cuestión se parece a Titti.

– Sí, te busco a ti. Te he descubierto, ¿sabes? Lo he leído todo.

– ¿A qué te refieres con todo? ¿Qué quieres de mí?

– Ni lo intentes. ¡He visto lo que Anna ha escrito en el diario! -Le da otra patada a Enrico, que vuelve a caer al suelo. Rocco se da media vuelta y sale sin pronunciar palabra.

Enrico permanece echado. Completamente aturdido hasta que, por fin, consigue comprender la situación. Lo absurdo de esa historia. A decir verdad, a mí Anna no me ha dicho nada. Sólo está seguro de una cosa. Le duele la mandíbula.

Cincuenta y tres

Cristina sigue cocinando, prueba la sopa con el cucharón. No. Así no va bien, está sosa. Abre el salero y añade un poco de sal. A continuación echa también caldo vegetal granulado. Media cucharadita. Después ladea la cabeza y reflexiona. Sí, también un poco de guindilla. Venga. La parte por la mitad y la echa en la sopa. Sostiene el teléfono con la mejilla contra el hombro derecho para tener las dos manos libres y seguir escuchando el desahogo. Más que justificado.

– Hemos roto para siempre. Lo he echado de casa con todas sus cosas. -Susanna se interrumpe por un momento al otro lado de la línea. Después prosigue-: ¿Y sabes lo que te digo? Que no sé por qué no lo hice antes. En el fondo siempre he sabido que tenía otra; desaparecía, entraba y volvía a salir, a veces incluso hasta altas horas de la noche, de vez en cuando incluso los fines de semana. ¡Venga ya! ¿Desde cuándo se celebran también reuniones de trabajo el sábado y el domingo? ¡Sólo le ocurría a él! ¡Era el único que tenía clientes así!

Cristina prueba de nuevo el caldo. Ahora está mejor. La historia de Susanna es, cuando menos, curiosa. -¿Y cómo lo llevas? Quiero decir, ¿qué dicen tus hijos, por ejemplo? -Cristina la escucha sin dejar de remover.

– Mira, he hablado largo y tendido con ellos. Nosotros pensamos siempre que no nos entienden…, pero te digo que no es así, son ya muy maduros y responsables. Mi hijo me vio llorar. ¿Sabes lo que me dijo?

«Si has decidido así, está bien, mamá. A nosotros nos parece bien, pero, te lo ruego, no llores más.» ¿Comprendes? ¡Eso sí que es un hombre! ¡Quiere que sea feliz! ¡No como ese invertebrado de Pietro! ¡Mira, cuanto más lo pienso, más creo que estaba loca cuando me casé con él!

– Sí… -Cristina se echa a reír al otro extremo de la línea-. Loca de amor…

– ¡No! ¡Por las tonterías que me contaba! Bueno, ahora debo dejarte porque tengo que ir a preparar… -Susanna se interrumpe un instante y se da cuenta de que no le ha preguntado nada a su amiga-. Y tú, ¿cómo estás?

– Bien.

– ¿Segura? ¿Todo va bien?

– De maravilla, estoy contenta. Si te parece hablamos mañana o más tarde, no tengo intención de salir.

– Está bien, hasta luego.

Cristina cuelga el teléfono y lo apoya en el borde de la pila. Luego lo mira. Bien. ¿Por qué he dicho que estoy bien? No tenía ganas de hablar. No me apetece contar mis cosas, escucho a todo el mundo, pero nunca tengo el valor suficiente para expresar mis sentimientos. Qué coñazo. No, así no va bien. Tengo que ser capaz de decírselo, tengo que admitirlo, a mí misma y a los demás. Debo decirlo. Y, casi con rabia, tapa la cacerola haciendo salir un poco de caldo que, inocente, y sin saber el motivo de esa cólera repentina, cae un poco más lejos. Cristina parece debilitada por la confesión tan sincera y personal que acaba de hacerse a sí misma. A continuación se deja caer en la silla, delante de la mesa y de la televisión y, casi sin darse cuenta, coge el mando y la enciende. Como suele suceder, parece un juego del destino. Burlón, divertido y amargo. En la pantalla aparece un psicólogo en primer plano, como si la cámara pretendiera atribuir aún más importancia a lo que está a punto de decir.

– Es irremediable, a veces somos incapaces de hablar y eso no hace sino aumentar nuestro dolor. El verdadero problema es que no conseguimos admitir nuestro fracaso, y no un fracaso concreto. Poco importa de qué tipo sea; la imposibilidad de contarlo nos impide comprenderlo de verdad, afrontarlo, resolverlo y analizarlo. Tenemos tendencia a ocultar esa incapacidad por las razones más variadas nos dedicamos a traicionar, a estar siempre rodeados de gente, a escuchar sus historias o a comprar compulsivamente cosas inútiles. Este caos, este ruido existencial, esta forma de cerrar los ojos, los oídos y la mente se denomina «intento de fuga». Pero es difícil que se pueda seguir así eternamente, tarde o temprano la persona se derrumba, y cuando esto sucede basta una chispa…

Poco a poco, la mente de Cristina se evade, se aleja, deja de oír esas palabras y se guarece en sus pensamientos. Se ve cuando era joven. En una playa, corriendo delante de Flavio, que la persigue. Se caen al agua riéndose. Eran las primeras vacaciones que pasaban juntos en Grecia, en Lefkada. Luego sigue hundiéndose en los recuerdos, una noche de esa misma semana. Caminan por el paseo marítimo y llegan hasta la punta donde hay un pequeño faro que emite una luz verde intermitente, y allí, ocultos en la penumbra, entre escollos y recovecos, detrás de un cañaveral que se balancea con la brisa nocturna, hacen el amor. Cristina se acuerda perfectamente de ese momento y sonríe mientras juguetea con la cuchara sobre la mesa, esa locura, ese deseo repentino, eran jóvenes y estaban hambrientos de amor, besos casi robados entre mordiscos, entre el sonido ligero que producían las cañas agitadas por el viento, de las olas del mar, rebeldes espectadoras de su sana pasión. Otro recuerdo repentino. El blanco de la nieve iluminada por el sol. Un día precioso en Sappada, junto a Cortina, deslizarse por la nieve fresca manteniendo el equilibrio, agachándose ágiles y veloces, hacia adelante y hacia atrás, manteniendo las puntas de los esquís en alto para no frenar. Se acuerda como si hubiese sucedido ayer. Casi le parece verlo de nuevo como si de una Película se tratara. Una bonita película de amor. Y ese beso bendecido Por el sol. Las manos ávidas de pasión que hurgan en el interior de la ropa, se quitan los esquís a toda prisa, se refugian detrás de una roca Para seguir desnudándose, jadeando rebeldes, enloquecidos por ese amor tan hermoso, pleno, niño, tonto y caprichoso que es imposible controlar. Después vuelven a esquiar hasta tarde, enamorados sin más. Qué cosas, piensa Cristina mientras coloca la cuchara en su sitio. Éramos increíbles. El amor nos inquietaba, nos agitaba. ¿Y ahora? ¿Dónde hemos acabado ahora? Y se ve tristemente ofuscada, casada, sí, pero poco menos que harta del amor. Qué tristeza. Cansada de amor, sentada, justo como ella en ese instante, delante de un psicólogo que casi parece estar hablando del fin de su bonita historia… En ese momento oye que se abre la puerta.

– ¿Estás en casa, cariño? -Flavio cierra la puerta, deja la bolsa sobre la mesa de la entrada, se quita el abrigo, lo arroja sobre el sofá y se dirige hacia la cocina-. ¿Cri? ¿Dónde estás? -Entra y la encuentra delante de los fogones-. Ah, estás aquí. Pero ¿por qué no me has contestado? Mira lo que he comprado… ¡La cafetera de George Clooney! -La deja sobre la mesa y acto seguido abre la nevera para buscar algo de beber-. Supongo que preferirías que te la trajese él en persona, ¿eh?

Las palabras del psicólogo retumban en la cabeza de Cristina: «Compran cosas inútiles de forma compulsiva… para ocultarse, para cerrar así ojos, para seguir adelante como si nada…» Lentamente se echa a llorar, en silencio, de cara a la pared.

– ¿Cri? ¿No dices nada? ¿Te gusta? ¿Te alegras de que la haya comprado?

Flavio se vuelve y se queda boquiabierto. El corazón le da un vuelco, está desconcertado, asombrado, sinceramente sorprendido.

– ¿Qué te ha pasado, cariño? -Flavio se acerca a ella. Casi de puntillas, aterrado de que pueda suceder algo más, de que la situación se precipite posteriormente-. ¿Lloras porque hemos discutido?

Cristina niega con la cabeza, no consigue hablar, sorbe por la nariz, sin dejar de llorar, mira al suelo, pero sólo ve las baldosas, las que eligieron juntos cuando decidieron cómo decorar la cocina. Las ve desenfocadas, ofuscadas por las lágrimas, cada vez más grandes. No logra articular palabra, tiene un nudo en la garganta. Las palabras del psicólogo vuelven a retumbar en su mente: el verdadero problema lo constituye la imposibilidad de reconocer el propio fracaso, y no el fracaso en sí mismo. Flavio apoya una mano bajo la barbilla de ella, prueba a levantarle la cara con dulzura, ayudando el movimiento con dos dedos, y busca su mirada. Cristina aparece ante sus ojos con el semblante transido de dolor y los ojos anegados en lágrimas. Por fin logra hablar.

– Ya no estoy enamorada.

Flavio apenas puede creer lo que acaba de oír.

– Pero ¿por qué dices eso?

Cristina se sienta y tiene la impresión de haber superado un obstáculo, de haber salido de un agujero negro, de haber saltado un muro que le parecía insalvable, quizá de haber salido de ese pozo oscuro donde se estaba hundiendo inexorablemente.

– Porque lo nuestro se ha acabado, Flavio. No te das cuenta, no quieres darte cuenta. Mira, no dejas de comprar cosas nuevas: un exprimidor eléctrico, la televisión de plasma, el horno microondas… En esta casa sólo hay electrodomésticos modernos y caros. ¿Y nosotros? ¿Qué ha sido de nosotros?

– Estamos aquí… -Flavio se sienta delante de ella consciente de lo pobre de su respuesta comparado con el problema que Cristina le acaba de plantear. De manera que prosigue, intentando mostrarse más seguro y convencido-: Estamos aquí, donde estábamos, donde siempre hemos estado.

Ella niega con la cabeza.

– No. Ya no estamos. La presencia no basta…, así no. Ya no hablamos, no nos contamos nada de nuestro trabajo, por ejemplo… De nuestros amigos. Sin ir más lejos, no me comentaste lo de Pietro y Susanna.

– Porque no sabía cómo decírtelo…

Flavio se agita nervioso en la silla. Ya está -piensa para sus adentros-, ese capullo de Pietro y sus líos siempre tienen la culpa de todo. Cristina lo mira y esboza una sonrisa.

– Pero no me refiero a eso…, da igual. Pese a que demuestra una vez más que no tienes ganas de compartir conmigo las cosas como antes, el verdadero problema es que ya no estoy motivada… Ni siquiera me he enojado porque no me lo hubieras contado… Da la impresión de que seguimos adelante porque no hay más remedio, pero la vida no debe ser así, ¿verdad? Hace falta entusiasmo… Incluso cuando pasa el tiempo. Mejor dicho, sobre todo cuando pasa el tiempo.

Crecemos, cambiamos, y estar juntos implica contarse las cosas, comunicar esos cambios para construir un nuevo equilibrio… Y a la vez seguir siendo nosotros mismos, pero diferentes, más grandes y ricos en experiencias. En cambio, nosotros estamos aquí como dices tú, sí pero hemos quedado reducidos a la imagen de lo que éramos, a un mero reflejo. Nosotros estamos ya en otra parte…

– Sí, eso es cierto… -En realidad, Flavio no sabe qué decir, de manera que sólo se le ocurre lo peor-. Dime la verdad… ¿Has conocido a otro?

Cristina lo mira sorprendida. Decepcionada. Como cuando un anhela contar un problema y, cuando por fin le salen las palabras, la persona que tiene delante, la destinataria de la sinceridad no está… no lo capta…, no lo entiende. Porque en realidad se encuentra en otro lugar.

– ¿Y eso qué tiene que ver?… Parece que no me conoces.

– No me has contestado.

Cristina lo mira ahora con dureza.

– Mi comportamiento debería valerte como respuesta. No. No he conocido a nadie. ¿Estás contento?

Flavio permanece en silencio. ¿Me estará diciendo la verdad? Si hubiese conocido a alguien, ¿me lo diría? Hay que reconocer que hace mucho tiempo que no hacemos el amor… y que cuando lo hacemos…

– ¿En qué estás pensando?

– ¿Yo? En nada…

– No es cierto. Lo sé.

– ¿Qué es lo que sabes? ¿Sabes en qué estoy pensando?

– No. Sólo sé que no me estás diciendo la verdad.

– Te la he dicho: en nada. -Cristina sacude la cabeza-. No me entiendes.

– Como quieras… -Flavio exhala un suspiro-. Trataba de comprender si me estás mintiendo o no. ¿Has conocido a otra persona?

Cristina suspira largamente. Nada. Es imposible. Insiste. No me cree. No logra creerme. O hay otro hombre o el problema no existe. Ahora Cristina está enfadada: ¿acaso ella no cuenta? Pero ¿es que sólo el engaño es digno de atención?

– No lo entiendes, no quieres entender el problema. No he conocido a nadie, si es eso lo que te interesa. -Acto seguido apaga el fuego

pone la cacerola sobre la mesa, coge el cucharón y empieza a servir el caldo en los platos.

Flavio no sabe qué decir.

– Voy a lavarme las manos. Ahora vuelvo.

Poco después se sientan a comer uno frente a otro. El silencio es insoportable. Y el zapeo de Flavio no hace sino empeorarlo.

– Debería salir el cantautor De Gregori en el programa de Fazio…

El psicólogo ha sido meridiano. Cristina bebe un poco de caldo. De nuevo esas palabras. Ese aturdimiento constante de los oídos y de la mente se denomina «intento de fuga». De improviso se siente más serena, tranquila y relajada, como si el nudo que la oprimía se hubiese deshecho. Y la envuelve un calor general que no se debe tan sólo a la cucharada de caldo.

– ¿Puedes apagar la televisión, por favor?

Flavio la mira sorprendido, pero al verla tan decidida no lo piensa dos veces y hace lo que le pide.

Cristina sonríe.

– Gracias… Te ruego que me escuches y que no me interrumpas. He tomado una decisión. Si me amas o si, en cualquier caso, me has amado, te ruego que la aceptes sin discutir. Por favor.

Flavio no contesta. Traga y a continuación asiente con la cabeza sin encontrar una frase que resulte adecuada para ese momento. Cristina cierra los ojos por unos instantes. Luego los abre de nuevo. Se siente serena, ha hecho acopio del valor que necesitaba. Enfrentarse a un fracaso significa dejar de ser ese fracaso. De manera que, sin prisas, empieza a hablar.

– No soy feliz. Un río en crecida parece salirse de repente de su cauce, inunda la tierra que lo rodea, se expande y lo ocupa todo tras haberse liberado. Arrastra todo y a todos. E incluso puede hacer daño.

Pero ella continúa, libre e incontenible, verdadera y sincera. Dolorosa-. Hace mucho tiempo que no soy feliz.

Cincuenta y cuatro

Anna tumba con delicadeza a Ingrid sobre el cambiador. Le quita el pañal y la limpia. Enrico la ayuda cogiendo uno nuevo y el talco.

– Le pondré también un poco de crema.

– Sí, menuda suerte tiene Ingrid de haberte conocido, eres fantástica.

– ¡La verdad es que con ella es coser y cantar! Es una monada, y además es tan buena… -Acaba de cambiarla, vuelve a vestirla y la sienta en el parque abarrotado de muñecos de colores, cojines y dos mantas-. ¡Ahora estás limpia y perfumada!

Anna regresa al cambiador y empieza a ordenarlo. Luego se detiene y alza la cabeza. Mira el cuadro de Winnie the Pooh que hay colgado de la pared.

– ¿Sabes que he discutido con Rocco? Era imposible razonar con él. Somos demasiado diferentes. Además, me pegaba; quiero decir, no sucedía a menudo, pero sí alguna que otra vez. Lo eché de casa.

– Qué me vas a contar… -Enrico se toca el labio partido e hinchado-. Sólo que a mí no me dio tiempo a echarlo… de mi casa; se marchó por su propio pie.

Anna se vuelve y lo escruta.

– Caramba…, no me había fijado. Pero ¿qué te ha pasado? -Se acerca a Enrico y le acaricia el labio. Parece disgustada-. ¿Fue él?

Enrico asiente con la cabeza.

– Sí, vino aquí, dio varias patadas a la puerta, me empujó…

– Pero eso es absurdo. ¿Por qué?

– Y yo qué sé. Mencionó un diario, tu diario. Decía que habías escrito algunas cosas.

Anna se para a pensar.

– Ah, sí… -Parece un poco avergonzada-. Quería que lo encontrara. Quería ponerlo a prueba, comprobar cómo reaccionaba y, de hecho, ha reaccionado. Lo siento, al final quien ha recibido la tunda has sido tú.

– Vaya, de manera que era sólo una prueba. -Enrico la acaricia-. Sea como sea, has hecho bien. No se puede estar con una persona que no te respeta.

Por un momento le gustaría ser Rambo o Rocky. Después piensa en la mole de Rocco y recuerda una frase de Woody Allen: «Me han agredido y me han pegado, pero me he defendido bien. A uno le rompí incluso una mano: necesité toda la cara, pero lo conseguí.

– Si vuelve a molestarte me lo dices, ya nos inventaremos algo… -Sonríe, pero por el momento sólo se le ocurre una solución: la fuga.

Y Anna asiente, serena, comprendiendo que, dado como es Enrico, la mera intención supone ya un gran esfuerzo.

– Claro, gracias.

Cincuenta y cinco

La lluvia cae crepitando un poco más allá de la entrada. Un coche pasa y pisa un pequeño agujero en el asfalto. Levanta un chorro de agua que da de lleno en el bolso de Susanna.

– ¡Gracias, eh! -grita ella al coche que ha desaparecido tras doblar la esquina-. Menudo imbécil. Pero si me ha empapado.

– ¡Hola! ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

De repente oye a sus espaldas la voz de Davide. Susanna siente que se ruboriza. Se vuelve confiando en que, dado que ha oscurecido, él no se percatará.

– Hola… Hoy me ha traído una amiga porque queríamos charlar un poco y ahora pensaba regresar con el metro. Pero llueve y no tengo paraguas para llegar hasta la parada. Por lo general, vengo en coche.

– A eso me refiero, si quieres te llevo yo. ¿Vives muy lejos?

– La verdad es que no… Bueno, a varios kilómetros.

– Está bien, vamos. Mi coche está allí… -señala un Smart Fortwo azul. Susanna arquea las cejas. Davide se da cuenta-. Tengo dos coches. El otro es un BMW.

Ella no le contesta, pero se dice que todos los hombres son idiotas, como si el coche tuviese tanta importancia. También en eso Pietro tiene la culpa, yo antes no pensaba así. ¿Cómo es ese dicho? Detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer… Pues bien, debería acuñar uno nuevo: detrás de un hombre insignificante la mujer puede volverse insignificante también. Sí, es cierto. Un marido puede empeorarte. Pero después sonríe a Davide. Aunque todavía estoy a tiempo de remediarlo.

– Bonito, el Smart. Me habría encantado tener uno, pero ya sabes cómo es, con dos hijos…

– Ah, claro, cuando quieras, sin embargo, te presto el mío…

– Gracias.

Es increíble. Davide es realmente simpático. Eh, que alguien me explique dónde está la trampa.

Llegan junto al coche y suben a él.

– Deja el bolso atrás. Parece pequeño, pero no lo es. Además, los asientos son comodísimos… -sonríe. Enciende la radio y pulsa el botón buscando una emisora, una canción, lo que sea. Pero no le convence y la apaga-. Prefiero hablar contigo… -La mira.

El corazón de Susanna empieza a latir a mil por hora. ¿Qué me sucede? Hacía siglos que no me sentía así. Las calles de Roma desfilan iluminadas y mojadas. Unas pequeñas gotas se alargan sobre el cristal siguiendo el sentido de la marcha. Hay que reconocer que es guapo. Y además, parece simpático. Venga, Susanna. Es más joven que tú. Rondará los treinta. Quizá ni siquiera eso. Puede que tenga ocho o nueve años menos que tú. Bueno, en la televisión dicen que cada vez son más frecuentes las parejas en las que la mujer es mayor que el hombre. Piensa en Demi Moore, en Valeria Golino. Sí, pero ellas son famosas. O puede que no… Cualquier hombre puede sentirse atraído por la idea de conquistar a una mujer más mayor y experimentada que él. Pero ¿qué estoy diciendo? ¿Pareja? Sólo me está llevando a casa. Susanna mira de nuevo por la ventanilla tratando de alejar ese pensamiento concentrándose en la lluvia.

– ¿Te gusta el kickboxing? -Davide conduce sujetando el volante con una sola mano. Ha apoyado el otro brazo en el borde de la ventanilla-. Es perfecto para mantenerse en forma, ¿sabes? Y, además, ¡es una buena alternativa a las palabras!

Susanna lo mira.

– La verdad…

– No, no me debes ninguna explicación… Si le golpeaste fue porque ya no lo soportabas. Como entrenador puedo decirte que te estoy enseñando bien…

– Es una historia complicada…

– Todas lo son.

Davide sigue conduciendo. Susanna mira afuera.

– Casi hemos llegado. Pasados dos cruces dobla a la derecha. vivo ahí.

Davide sonríe.

– Está bien, a la orden… ¡Si no, yo también me arriesgo a recibir un puñetazo!

– ¡No, ésos sólo se los doy a los maridos! Aquí es, puedes parar.

Davide se arrima a la acera, pone las luces de emergencia y apaga el motor. Susanna hace ademán de volverse para coger la bolsa. Por un instante se pregunta si los niños habrán cenado ya. Si su madre habrá pensado en eso.

– Espera.

Susanna lo mira.

– Si sales ahora, te empaparás. Por desgracia yo tampoco tengo un paraguas para prestarte. Espera al menos un segundo a que pare un poco…

Susanna se vuelve de nuevo hacia adelante.

– A estas alturas…

– ¿A estas alturas, qué? Nunca digas «a estas alturas».

Es cierto. Nunca digas «a estas alturas». Parece el título de una nueva película de James Bond únicamente para mujeres -piensa Susanna-. Pero ¿por qué sigue latiéndome tan fuerte el corazón?

Davide le sonríe.

– Es como la lluvia, ¿no? ¿Has visto la película El cuervo?

– No, lo siento…

– No, no debes sentirlo. En cualquier caso, en ella alguien decía algo así: «No puede llover siempre.» La vida está llena de sorpresas, a menudo maravillosas… Y, además, no todos los maridos se merecen que se los tumbe de un puñetazo…, o quizá sí, puedes hacerlo, ¡pero depende de cómo… y de dónde! ¡Sobre el colchón es muy diferente! -Ríe.

Se da cuenta de que Susanna se ha quedado un poco asombrada. Entonces la sacude un poco hasta que ella no puede por menos que echarse a reír también. Se siente ligera. Recuerda cuando era joven alguien que le había acelerado el corazón la acompañaba a casa así, sin más, y se quedaban hablando incluso durante dos horas, y quizá antes de apearse del coche la encadenaba con la mirada, sus rostros aproximándose cada vez más…

– ¡Mira! Ha dejado de llover. Si sales ahora no te mojarás. Venga, yo te pasaré la bolsa… -Y esta vez se gira él. Aferra la bolsa y se la da-. Aquí tienes, nos vemos pasado mañana en clase, ¿no?

– Por supuesto, gracias por acompañarme… -Después Susanna abre la puerta, lentamente, como si esperase algo, como si desease… Pero nadie la frena, de manera que en un abrir y cerrar de ojos se encuentra fuera del coche. Cierra la puerta y hace ademán de cruzar la calle.

– En cualquier caso…

Susanna se vuelve y ve que Davide ha bajado la ventanilla.

– Cuando quieras te hago de chófer, será un placer -sonríe y sube el cristal.

Susanna le sonríe a su vez y se vuelve de nuevo. Se percata de que su paso ha cambiado, de que ahora su movimiento es más fluido, de que incluso se contonea ligeramente. Y se ruboriza de nuevo, sorprendida de ese repentino coqueteo y, sobre todo, del tiempo que llevaba sin hacer una cosa similar.

Cincuenta y seis

Olly coloca los vasos en su sitio. Sacude los restos de patatas fritas de la mesa. Mete las botellas en la nevera. A continuación se sienta en el sofá con las piernas cruzadas. Sola. Sus amigas se han marchado hace una media hora. Niki se casa. Es increíble. De repente se le saltan las lágrimas. Se echa a llorar. Mi amiga se casa. Se hace mayor. De alguna forma, algo se acaba. Una época. La nuestra. La adolescencia. Y yo no me considero preparada. Todavía me siento muy joven. Pero ella se casa. Da ese paso tan importante. Parece que ha pasado toda una vida desde que correteábamos por los pasillos del instituto y hacíamos el tonto en el recreo. Y las salidas nocturnas. Los conciertos. El diario en el que escribíamos. Cuando nos cubríamos la una a la otra. Cuando se quedaba a dormir en mi casa. Es inútil decir que nada cambiará. Porque todo cambiará. Después nada será igual. Tendrá un marido y ya no le quedará tiempo para nosotras. Y eso que nos prometimos que ningún hombre nos separaría nunca. Palabras. Simples palabras. De repente se siente egoísta, mala, mezquina e indefensa. Pero se sobrepone orgullosa. No. Soy yo la que se equivoca. Debería alegrarme por ella, parece muy feliz y, en cambio, digo que la echaré de menos, que el matrimonio me la arrebatará. Sí. Lo pienso. Y quiero ser sincera conmigo misma. Quizá la envidio. Puede que sólo tenga miedo. Pero ahora, en este instante, no logro sonreír. Olly piensa en Giampi. En su Giampi. Le gusta mucho. ¿Se casaría con él? Tal vez, aunque ahora no, por descontado. Hay algo que la inquieta. La manera en que habla con otras mujeres. Da la impresión de que se ve siempre obligado cortejarlas. Las Olas le han dicho mil veces que Giampi es sólo un chico amable y abierto, que no parece un tipo que lo intenta…, ¡un pulpo! Dios mío, qué palabra tan espantosa… Pero Olly no puede remediarlo. Está celosa. Como jamás lo ha estado en su vida. Y ahora, tras saber la noticia de Niki, siente que el mundo se le viene encima. Como si todo aquello en lo que siempre ha creído desapareciese de golpe. Niki. Mi amiga. Vestida de blanco. Niki y el valor de crecer. De tomar una decisión tan importante. Una mujer. Madura. Diferente. Inconsciente. Sí, una inconsciente, eso es lo que es, con todas las cosas que se oyen hoy en día sobre el matrimonio. Gente que se casa y que se separa al cabo de un año. Familias destrozadas. Y, en cambio, ella parece tan convencida. ¿Cómo es posible? Olly coloca mejor las piernas. Se reclina un poco hacia atrás y apoya la cabeza en el sofá. Cierra los ojos y siente un extraño vacío en el estómago. Una especie de presentimiento.

Cincuenta y siete

Erica aparca debajo de su casa. No es muy tarde. Ni siquiera es la una. Han acabado pronto. Todas tenían algo que hacer al día siguiente. Malditas prisas. Ya no es como antes. Los ritmos han cambiado. Incluso para la amistad. Han decidido acostarse temprano después de la reunión inesperada que convocó Niki. Quizá se deba a la noticia que les ha comunicado. Antes de apearse del coche se para a pensar. Todavía le cuesta creerlo. Niki se casa. No me parece verdad. ¿Se habrá vuelto loca? Yo no podría hacerlo. Casarme a los veinte años. Perder la libertad. Tener un compromiso serio con alguien. Vivir en pareja. Ser fiel. Para siempre. Compartir alegrías, dolores y costumbres. Cambiarlo todo. Abandonar mi casa, a mis padres. Y, en parte, también a las amigas. Mis amigas. Mis oportunidades de hacer, de conocer y de decidir quién me gusta y quién no. Casarse significa dejar atrás todo eso. Significa cerrarse al mundo. Y, por si fuera poco, a los veinte años… Al menos a los cuarenta. Pero a los veinte, no. ¿Cuántas historias circulan de gente que se casa pronto y que después se separa antes incluso de los dos años porque se da cuenta de que la cosa no funciona? Porque antes no han reflexionado lo suficiente. Es inútil decir que todo seguirá siendo como antes, no es cierto. De alguna forma, Niki nos está abandonando. Me alegro por ella, claro, siempre y cuando esté convencida, pero no sé por qué me da también un poco de rabia. No puedo fingir. Puede que nunca se lo diga. No quiero que piense que no estoy contenta por ella. Es mi amiga. Pero aun así no consigo compartir del todo su elección. No lo consigo. De alguna manera tengo la impresión de que nos ha traicionado. Como si hubiese antepuesto su felicidad al hecho de estar juntas, de ser las Olas. Sé que ni siquiera debería pensarlo. Pero no lo puedo evitar.

Erica saca la llave del contacto. Se apea y cierra el coche. Por la cabeza le rondan unos pensamientos en los que se entremezclan la tristeza y la rabia. Y la sinceridad.

Cincuenta y ocho

Introduce la llave en la cerradura. Entra sigilosamente. Aunque lo cierto es que casi nunca lleva tacones. Diletta adora las bailarinas y, esta noche, para ver a sus amigas, se ha puesto un par de color azul claro con unos lunares marrones y un lazo a juego. Cierra la puerta a sus espaldas. Cruza el pasillo y entra en el dormitorio. Nadie la ha oído. Mira el gran reloj que hay colgado encima de la cama. La una y diez. La verdad es que hablando se les ha hecho tarde. Diletta repasa mentalmente todas las palabras que acaban de decirse en casa de Olly. No es posible. ¿Será cierto? Sí. Por un instante tiene miedo. Miedo de que todo se acabe. Su amiga se casa. ¿Y después? ¿Cómo impedir que cambien las cosas? Le viene a la mente una canción de Renato Zero: «Qué haces ahí solo, en pareja el vuelo es más azul, es hermoso, amigo, es todo, amigo, es la eternidad, es lo que permanece mientras todo se aleja, amigo, amigo, amigo, el amigo más guay será él que resista. ¿Quién resistirá?» Pues sí… ¿Quién? Se casa. Diletta repite esas palabras una, dos y hasta tres veces. Se casa. Eso quiere decir que crece, que madura, que se convierte en una mujer. Tendrá un marido, una familia e hijos. Estudiará y trabajará, y cada vez tendrá menos tiempo para mí, para nosotras. ¿Cómo es posible que no le asuste dar un paso semejante a los veinte años? Diletta se desnuda con parsimonia y se pone el pijama. Acto seguido se sienta en la cama con las piernas cruzadas. De improviso, esboza una sonrisa. Piensa en sí misma, en su situación. En todos los miedos que ha padecido de noche, cuando se despertaba de golpe con los ojos desmesuradamente abiertos y el corazón latiéndole enloquecido. El deseo de escapar y de buscar otra solución. Definitiva. Absoluta. Sin apelación. Pero después pensaba que era absurdo, que jamás conseguiría eludir así su futuro. Y luego el miedo la atenazaba otra vez. Quizá Niki también se sienta así, aunque haga todo lo posible para disimularlo. Se mira al espejo que hay delante de la cama. De repente se ve un poco más mayor. La expresión de sus ojos es diferente, más intensa. Esta noche, sin embargo, casi siente cierto alivio. Pero ¿qué estoy diciendo? Si ella tiene miedo, ¿qué debería decir yo? Si ella lo hace, si Niki es capaz de dar un paso como ése, yo también puedo hacerlo. Le viene a la mente otra idea: «El amigo más guay será el que resista.» ¿Quién será? Pero ¿por qué tiene que casarse tan pronto? Es un paso importante. Demasiado. Será fagocitada por toda una serie de cosas que la superarán. Perderá la libertad, la posibilidad de hacer lo que le gusta. Otras experiencias, estudiar en el extranjero, yo qué sé, todo lo que se hace cuando una no está casada. Cuando eres libre de elegir sin necesidad de rendir cuentas a nadie. Cuando delante de ti sólo se abren nuevas posibilidades y caminos. Pero no he logrado decírselo. Por una parte, me alegro por ella, estaba radiante. Pero, por otra, también siento miedo, e incluso rabia. Rabia, sí, porque lo mires por donde lo mires se acaba algo importante. Una etapa. Una vida. Nosotras y nuestra manera de ser. Y, de alguna forma, ella es la primera que se marcha. Se avergüenza un poco de haberlo pensado. Las Olas. Siempre juntas, suceda lo que suceda. Ahora se enfrentan a un nuevo retro. Diletta coge el móvil que ha colocado a su lado. Abre el menú de mensajes. Selecciona «Nuevo». Empieza a teclear a toda velocidad usando el T9. «¿Qué te parece?», y envía una copia doble. Pasados treinta segundos la pantalla se ilumina y el móvil vibra. Olly siempre es la más rápida en contestar. Diletta abre el sobrecito parpadeante. «Bueno, me ha causado un efecto… ¡Me ha dejado de piedra! En parte me da rabia… No tengo nada contra ella, pero me da rabia pensar que las cosas van a cambiar…» Pasados unos segundos recibe la respuesta de Erica. «Creo que está loca, casarse a los veinte años… Sólo pensarlo me aterroriza…» Las tres están de acuerdo y tienen las mismas dudas. Les contesta: «Sí, yo también opino lo mismo, pero aun así la protegeré con todo amor… de Ola. Buenas noches.» Diletta extiende las piernas, se mete en la cama y se tapa hasta los ojos como cuando era pequeña. La cama que ya tenía cuando era niña. Un poco corta, pero, en cualquier caso, suya. Disfruta con los pies de todos sus rincones. Seguridad. El refugio donde nadie puede entrar. Se siente protegida y olvida por un instante la extraña sensación que le ha producido la noticia de Niki.

Cincuenta y nueve

Niki entra en casa y casi arrolla a Simona abalanzándose sobre ella.

– ¡Soy la persona más feliz de este mundo!

– Dios mío, ¿qué ha ocurrido?

Saltando por la cocina, aferra a su madre y la arrastra.

– ¿Papá está en casa?

– Sí, está allí, ha ido al cuarto de baño.

– ¿Y Matteo?

– No, está en casa de Vanni.

Niki se queda pensativa. Mejor. Así se lo digo sólo a mis padres. Se tira sobre el sofá. Simona se sienta delante de ella en un puf.

– ¿Y bien? ¿No puedes adelantarme algo mientras llega papá? Me muero de curiosidad…

Niki esboza una sonrisa y niega con la cabeza.

– De eso nada. Lo esperamos…

Su madre la mira intrigada, aunque no preocupada. Está tan contenta que debe de ser a la fuerza una cosa buena, la que sea.

– Ya lo sé… ¡Te ha tocado la Enalotto!

– ¡Qué venal eres, mamá! En cualquier caso… -Niki esboza una sonrisa increíble- ¡casi!

– ¡Ay, Dios mío! ¿Se puede saber de qué se trata? ¿Tengo que preocuparme? Ahora lo entiendo: has conseguido un trabajo y te van a pagar un montón de dinero… -Después reflexiona por un momento y se entristece de golpe-. ¡Y debes trasladarte a América! Dime que no es eso, te lo ruego, dime que me equivoco.

Niki sonríe.

– ¡Te equivocas!

Simona sonríe, pero su expresión vuelve a cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Sigue cavilando.

– No me estarás contando una mentira, ¿verdad? ¿Seguro que no es eso?

Niki la tranquiliza.

– No, mamá, ya te he dicho que no es eso.

– Júramelo.

– Te lo juro.

– Pero si tú y yo siempre nos hemos contado las cosas…

Niki la imita mientras repiten juntas la consabida frase:

– Tenemos que decírnoslo todo, ¡absolutamente todo!

Se echan a reír. Justo en ese momento Roberto entra en la sala.

– Bueno, ¿qué pasa? Veo que os estáis divirtiendo, ¿eh? Es una suerte… Las alegrías nunca vienen solas.

Simona da unas palmadas sobre el puf que hay a su lado.

– Ven, Robi, siéntate aquí, Niki quiere contarnos algo importante… Roberto se sienta.

– ¡Ahora lo entiendo, te ha tocado la Enalotto! -exclama al ver a su hija tan alegre-. ¡Cambiamos de vida!

Niki se queda estupefacta.

– ¡Mamá! ¡Papá! Menuda obsesión tenéis…

Simona mira a su marido.

– Yo también se lo he preguntado.

– Ah…

– ¡Y ella me ha contestado que casi!

Roberto sonríe.

– Hum, muy bien, debe de ser algo parecido… ¡Quizá también nosotros podamos embolsarnos algo!

Niki sonríe, no saben que están a punto de gastarse una fortuna. ¡Nada de Enalotto! Después los mira. Están delante de ella risueños y curiosos. Dios mío, ¿y si la noticia no les gusta? ¿Y si no se alegran? ¿Y si mi decisión los enoja? ¿Y si pretenden impedírmelo? ¿Y si tratan de chantajearme diciéndome: «Haz lo que quieras, no podemos obligarte, pero que quede bien claro que nos has decepcionado…»? En unos instantes repite todas las pruebas que ha hecho de ese discurso desde que volvió de Nueva York; deben de ser unas mil.

Por la noche, en la cama. Mamá, papá, me caso… No, así no va bien. Mamá, papá, Alex y yo hemos decidido casarnos. No, eso no es cierto. Él lo decidió y yo acepté. Por la mañana en el cuarto de baño, delante del espejo. Mamá, papá, Alex me ha pedido que me case con él. Y de nuevo… Alex y yo nos casamos. Con todos los tonos, matices, caras y muecas posibles e imaginables. Y después de intentarlo una y otra vez, se miraba al espejo y se decía que nunca lo lograría. ¡Porque es él el que tiene que decírselo y no yo!

Niki los mira y a continuación sonríe. A fin de cuentas, el problema es suyo, piensa.

– Esperadme aquí… -dice mientras abandona la sala.

Roberto y Simona se miran sin pronunciar palabra. Él escruta a su mujer con curiosidad y malicia.

– Tú sabes algo, ¿verdad?

– Te juro que no… Te lo habría dicho.

– Hum, tengo la impresión de que no es nada bueno…

– ¡Sea lo que sea, si la hace tan feliz debemos alegrarnos por ella!

– Sí, la felicidad de un hijo puede ser a veces una tragedia para los padres…

– ¡Madre mía, qué pesadez! -Simona le da un golpe en el hombro.

Un instante después, Niki vuelve a entrar en la sala acompañada de Alex.

– Aquí estamos…

– Pero ¿dónde estaba? ¿Escondido en tu habitación?

– No… Es que no encontraba aparcamiento -Niki tiene preparada la excusa. Al menos eso.

Alex y Niki se miran sonrientes. En realidad ella lo ha «aparcado» en el rellano porque antes quería prepararlo todo, llamar a sus padres y después darles la noticia.

Niki mira por última vez a Alex, que inspira, exhala el aire y a continuación sonríe a los padres de su novia. Apretando con fuerza la mano de ella, lo suelta todo de carrerilla.

– Niki y yo queremos casarnos… Esperamos que nuestra decisión os alegre. Roberto, que intentaba acomodarse en el puf, apoya mal la mano, resbala y se cae al suelo.

– ¡Papá! -Niki suelta una carcajada-. ¡No te lo tomes así!

Simona ayuda a su marido a ponerse de pie.

– No era mi intención, te lo juro…

Simona lo deja y echa a correr hacia su hija.

– ¡Pero eso es fantástico, cariño! -le dice abrazándola.

– No puedo ser más feliz, mamá. No sabes cuántas veces he ensayado estas palabras, de noche en mi cama, en el cuarto de baño.

Alex asiente con la cabeza.

– ¡Y al final he tenido que decirlo yo!

– Es verdad, pero ¿quién debía hacerlo si no? -Roberto se aproxima a Alex-. Ven aquí -le dice y los dos hombres se estrechan en un abrazo rudo y masculino. Roberto le da también unas palmaditas en el hombro-. Bien, me alegro mucho por mi hija. -A continuación abraza también a Niki.

– Oh, papá… Te quiero mucho.

Simona abraza a su futuro yerno, sólo que de manera más circunspecta.

– Esto hay que celebrarlo -dice tras separarse de él-. Tenemos una botella en la nevera que reservábamos para una gran ocasión. ¿Y cuál mejor que ésta?

Roberto se apresura a seguirla.

– Te acompaño, amor mío… ¡Voy a cogerla contigo!

Cuando se quedan a solas en la sala, Alex y Niki se abrazan radiantes.

– ¿Has visto, Niki? No hacía falta preocuparse tanto, a menudo las cosas resultan más fáciles de lo que uno imagina…

– ¿Tú crees?

– ¡Por supuesto! ¿No has visto lo contentos que se han puesto tus padres?

– Mi padre se ha caído de culo al oír la noticia.

– Resbaló del puf, eso es todo. Venga, no tiene nada que ver con lo que hemos dicho.

– No lo conoces. Debe de estar trastornado.

Roberto y Simona están en la cocina. Los dos han apoyado la espalda en la pila y miran absortos el vacío que tienen delante. Roberto está boquiabierto.

– No me lo puedo creer, no es posible, dime que estoy soñando… Dime que se trata tan sólo de una pesadilla espantosa de la que tarde o temprano nos despertaremos. No me lo puedo creer. Mi niña…

Simona le da un codazo bromeando.

– Eh, que también es mía… Mejor dicho, ¡primero es mía y después tuya!

– ¡Pero si la hicimos juntos!

– ¡Sí, pero yo la crié sola durante nueve meses!

Roberto se vuelve hacia ella.

– ¿Y todas las veces que me despertaba de noche porque ella gritaba y tú estabas destrozada y no querías ir a consolarla? ¿Quién la mecía, eh? ¿Quién se levantaba?

Simona le coge la mano.

– Tú. Es cierto, tú también has hecho mucho por ella.

– Los dos lo hemos hecho siempre todo por ella… ¿Y quién se la lleva ahora? Él.

Simona esboza una sonrisa.

– Venga, ya basta. Volvamos a la sala. De lo contrario se preocuparán.

– Y Niki sacará sus conclusiones.

– Las ha sacado ya.

– No…

– Eso quiere decir que no conoces a tu hija.

Simona coge una botella de un magnífico champán, unas copas del armario de la cocina y vuelve a la sala.

– Aquí estamos… ¡No encontrábamos las copas!

Los cuatro se sientan mientras Roberto descorcha la botella y les sirve un poco de champán tratando de parecer lo más tranquilo posible.

Sesenta

Domingo, un día tranquilo, un cielo azul con alguna que otra nube ligera. Es la una, alguien acaba de salir de misa, una chica pasea con su alano negro: es grande y la arrastra para curiosear algo que se encuentra un poco más allá. Un señor hace cola delante del quiosco.

– ¿Me da Il Messaggero y la Repubblica?…

Otro señor, molesto porque se le ha adelantado, protesta.

– ¿Ha salido el último número de Dove? -pregunta apresuradamente.

– Mire ahí debajo… Debería estar delante. Si no lo ve es porque todavía no ha salido.

El señor en cuestión no lo encuentra. El quiosquero, un chico con un piercing en la ceja, se inclina hacia adelante tratando de leer al revés las portadas de las revistas.

– Ahí está…, ahí… -señala un periódico demostrando estar más despabilado que su cliente, pese a la noche que ha pasado en la discoteca y que ha finalizado acudiendo directamente al quiosco sin pasar por casa. Ni por un colchón cualquiera. Por desgracia.

Alex se detiene en el Euclide de Vigna Stelluti y sale poco después con una bandeja de pastelitos. Ha comprado quince, incluidos los de marrón glasé, con muchas castañas y nata, que tanto le gustan a su madre, Silvia.

Alex sonríe mientras sube al coche. Es la única que se conmoverá, estoy seguro; se le escapará alguna lágrima, yo la abrazaré y después ella, para superar el embarazo, se comerá algunos de esos pastelitos de castaña sin decir nada, pluf, lo hará desaparecer en silencio. Pero en el fondo se alegrará, estoy seguro. Siempre le ha parecido raro que yo, su primer hijo, fuese el único que aún no se hubiese casado, a diferencia de los hijos de sus amigas, e incluso de mis dos hermanas pequeñas. Y, tras hacer esa última consideración, Alex se encamina hacia la casa de sus padres. Pone un CD, una recopilación que le ha grabado Niki. Encuentra la canción adecuada. Home, de Michael Bublé. Te hace sentir en perfecta armonía con el mundo. Pero ¿cómo no se me ha ocurrido antes? Soy plenamente feliz de haber tomado esta decisión. Después sonríe para sus adentros. Qué idiota eres, Alex. Antes no salías con ella. De repente pasa por su mente un pensamiento, una sombra, un rayo en un cielo sereno. ¿Dónde estará ahora? ¿Cómo estará viviendo este momento? ¿Mi decisión la habrá hecho feliz? Nuestra decisión, quiero decir. Porque es nuestra, ¿verdad? Y no sólo mía… ¿O está viviendo este día como si fuese uno cualquiera de la semana? Se la imagina riéndose en la univerdad, moviéndose entre chicos de su edad que la observan, que hablan de ella cuando pasa, luego con un profesor a la salida de una clase, el tipo que la mira demasiado. A continuación la ve en cualquier otro lugar, quizá haciendo cola en la oficina de correos haciendo idioteces con alguien. Luego, como si hubiese transcurrido cierto tiempo, ya más adulta, vestida de mujer con un traje de chaqueta, seria, comprando en una tienda de comestibles, o en un despacho acabando un trabajo con un colega que coquetea con ella. La ve tranquila, serena, equilibrada, una mujer de los pies a la cabeza y segura de sí misma. Y esas imágenes lo reconfortan, borran los celos sin que haya un auténtico motivo, una razón. Porque Alex ignora que, en ocasiones, las sensaciones pueden ser correctas, y que muy pronto tendrá que enfrentarse a esos miedos. Por fin, entra tranquilo en el jardín de la casa de sus padres.

Sesenta y uno

Desde el gran salón que se asoma al verde se vislumbra el espléndido rosal que atraviesa el jardín de invierno junto a una preciosa pérgola y, un poco más allá, también una vid.

– ¿Mamá? ¿Papá? ¿Estáis en casa?

Lugi, el padre, está tratando de poner a punto una planta que se le resiste.

– ¡Me alegro de verte, Alex!

– Hola. -Se dan un beso-. ¿Y mamá?

– Ahí la tienes… Ahora llega.

Entre los setos un poco apartados, aparece de repente Silvia acompañada de Margherita y Claudia, las hermanas de Alex, con sus respectivos maridos, Gregorio y Davide.

– ¡Hola, mamá! -Alex les sale al encuentro.

– ¡Hola! ¡Ya has llegado! ¿Has visto? Tus hermanas han venido también… Nunca conseguimos estar todos juntos.

Alex sonríe mientras los saluda.

– Tienes razón, mamá. Es que últimamente he tenido que trabajar mucho.

– A propósito, todavía no nos has dicho qué fuiste a hacer a Nueva York. -Gregorio, el marido de Margherita, es asesor fiscal y se las da de entendido-. ¿Vais a abrir una sucursal allí? Hoy en día es conveniente hacerlo, con el dólar…

– No, no fui para eso, no era un viaje de negocios…

Davide abraza a Claudia, la hermana mayor.

– ¿Un asunto amoroso? ¿Sabes que nosotros pensamos ir por pascua?

– ¿De verdad? En ese caso os daré algunas direcciones. -Alex piensa en Mouse.

Gregorio y Margherita se suman de inmediato a la iniciativa.

– Si conseguimos dejar a las niñas con alguien os acompañamos. ¿Te las quedarías tú, mamá?

– No lo sé, ya veremos… ¿Cuándo cae Pascua este año? Quizá nos inviten los Pescucci.

Alex escucha todo ese parloteo mientras piensa en lo amable que ha sido Mouse. No, no puede castigarlo de esa forma.

Silvia echa un vistazo a su marido.

– Luigi…, ¿cuánto te falta?

El padre de Alex mira la última rama y aprieta la cinta verde que debe servir para sujetarla.

– ¡Ya está! Aquí estoy, querida, listo para cualquier aventura.

– Simplemente tenemos que sentarnos a la mesa.

– Bueno, depende de lo que haya para comer. A veces puede ser también una aventura peligrosa…

– Bromista… Dina, nuestra criada sarda, cocina de maravilla.

– Sí, amor -Luigi abraza a Silvia-. Pero no me refería a ella, sino a ti.

Silvia lo aparta.

– Qué malo eres… Siempre te he preparado cosas riquísimas. De hecho, cuando nos casamos estabas en una forma envidiable, y desde entonces no has hecho sino engordar. Sólo ahora, que cocina ella, has empezado a adelgazar. ¿Ves?… Debería haber abandonado antes la cocina.

– ¡Pero, amor mío! Era una broma… Además, eso no es cierto, también estaba en forma antes, comía mucho pero también me movía mucho…

Al oír la tonta alusión de su marido, Silvia se ruboriza un poco y se apresura a cambiar de tema.

– Veamos, he mandado que lo dispongan todo en el nuevo patio… En la mesa de cerámica que acabamos de recibir directamente de Ischia.

– ¡Fantástico!

– Pero ¿no hará frío?

– He obligado a vuestro padre a comprar varias de esas cosas metálicas que tienen un sombrero por encima que calienta…

– Setas, mamá, se llaman setas de calor.

– Como queráis, en fin, que hemos puesto esas setas de gas, de manera que estaremos de maravilla.

En un instante todos atraviesan el patio y toman asiento.

– La verdad es que se está muy bien aquí.

Alex sirve en seguida un poco de agua en el vaso de su madre, que está sentada a su lado, sus hermanas desdoblan las servilletas y las colocan sobre el regazo en tanto que sus maridos se ocupan del vino. Dina les lleva los entrantes.

– Buenos días a todos…

Silvia corta el pan que tiene en el platito que hay a su izquierda.

– He puesto un poco de música…

Luigi se acerca risueño y toma asiento en la cabecera de la mesa. Justo en ese momento, de los pequeños altavoces que están escondidos en varios rincones del patio, en lo alto, les llega una pieza de música clásica. Vivaldi. Las Arias de ópera.

– Es ideal para un día tan bonito como éste, ¿no? -Despliega su servilleta y se la coloca ufano sobre el regazo-. Y ahora dime, ¿te divertiste en Nueva York?

– Muchísimo.

– ¿Con quién fuiste?

– Con Niki.

Margherita mira a Claudia.

– Vaya, esa chica le está durando -comenta en voz baja.

– Chsss -le responde Claudia sonriendo para que Alex no las oiga.

Silvia, que ha captado sus gestos, se hace la loca.

– Ah, muy bien, ¿y dónde estuvisteis?

Alex les cuenta el viaje indicándoles las calles y los teatros, las tiendas nuevas y los restaurantes mientras, uno detrás de otro, van llegando los primeros platos, el risotto a la naranja y los macarrones con berenjenas y ricotta salada, acompañados de un buen vino blanco.

– Es un Southern del 89, ¿os gusta?

– Mmm, es muy delicado.

Alex prosigue con su relato satisfaciendo la curiosidad de todos, describiendo con todo lujo de detalles el espectáculo Fuerzabruta, en el que el público se convierte en actor protagonista y cómplice participando plenamente en la acción, con las acrobacias acuáticas de los artistas sobre las cabezas de los espectadores, sobre una membrana que se llena de agua y que sustituye a la pared del teatro, y la danza, la música y las luces… Sus hermanas están entusiasmadas y no ven la hora de ir a Nueva York. Margherita insiste:

– ¿Y bien, mamá? ¿Podrás quedarte con Manuela? Te lo suplico, hace siglos que no voy a Nueva York… ¡Después de lo que nos ha contado Alex, siento la llamada de la Gran Manzana!

Silvia sonríe.

– Ya veremos.

Alex también sonríe y retoma el hilo de su relato, incluida la espléndida cena en el Empire State Building, omitiendo, naturalmente, el helicóptero y, sobre todo, la sorpresa del letrero. Margherita, la mayor de las dos hermanas, lo ha escuchado divertida y ahora guiña repentinamente los ojos, sorprendida de no haber caído antes.

– Pero ¿por qué fuisteis a Nueva York? Quiero decir, ¿a qué se debe ese repentino viaje sin más ni más, que por lo visto no guarda ninguna relación con un asunto de trabajo?

Alex sonríe.

Están a punto de acabar la comida. Ha llegado el momento, sólo falta una cosa.

– Disculpe, Dina… He venido con un paquete y lo he metido en la nevera ¿Nos lo puede traer a la mesa? Gracias.

Dina desaparece. Alex se sirve un poco de vino. Lo saborea de nuevo.

– Es verdad, papá… Este Southern es realmente exquisito -dice e intensifica el ambiente de espera, de extraño suspense.

Casi se oyen las patadas que sus hermanas dan bajo la mesa con sus elegantes zapatos. La madre está más tranquila. Los hombres

aguardan serenos. Dina entra de nuevo por fin, coloca en el centro de la mesa los pastelitos y regresa a la cocina.

– Mmm, qué ricos… -comenta Silvia-. Veo que has comprado también mis preferidos, los de castaña.

– Sí -dice Alex. Acto seguido se seca los labios. Sonríe a todos los comensales y con una placidez auténticamente envidiable anuncia-: He decidido casarme.

Las dos hermanas tragan a la vez, el padre sonríe sorprendido, los maridos, sabedores de lo que le espera, lo miran cortésmente alegres a la vez que piensan o, mejor dicho, recuerdan, las diferentes fases de su propia pesadilla. Tal y como Alex imaginaba, su madre es la que más asombrada se ha quedado.

– ¡Alex! ¡Me alegro mucho por ti!

A continuación lo acribilla a preguntas.

– Pero ¿se lo has dicho a sus padres?

– Sí.

– ¿Y cómo se lo han tomado?

– De maravilla, pero ¿qué clase de preguntas son ésas?

– Bueno…, ya sabes…, la diferencia de edad…

– ¡Pero eso ya lo habían aceptado!

– ¡Sí, pero quizá pensaban que no ibas en serio!

Todos se echan a reír.

– Y, además, cuando se trata de una hija… Sí, en fin… Siempre resulta más delicado -interviene su padre mirando a Margherita y a Claudia, aunque, sobre todo, a sus respectivos maridos.

Alex esboza una sonrisa.

– Bueno… Imagínate que, cuando se lo dije, su padre se cayó de la silla…

Su madre se inquieta.

– ¿Y se hizo daño?

Margherita interviene:

– ¡Pero mamá, es una manera de hablar!

– No, no…, ¡se cayó de verdad! Creo que no se lo esperaba… Y la verdad es que ver que una hija de esa edad se casa, que se marcha de casa, debe de producir un efecto…

Justo en ese momento la madre de Alex se conmueve, alarga una mano, coge un pastelito de castañas y se lo come de un solo bocado. Alex se percata de ello y sonríe tratando de que no lo vea. Después su madre elige otro, esta vez de sabayón y nata, aún más dulce, y lo devora de la misma forma. Alex empieza a preocuparse. Caramba. ¡Se ha conmovido de verdad! No pensaba que fuera para tanto. Así que se levanta y la abraza. Su madre cierra los ojos y se deja estrechar por su hijo. Sonríe mientras sus hijas le toman el pelo.

– Buuu… ¡Con nosotras no hiciste eso!

– Sí, te importábamos un comino…

– Querías librarte de nosotras y punto… ¡Ésa es la verdad!

– Éramos como las dos hermanastras, Griselda y Anastasia, mientras que Alex es tu Cenicienta.

Alex vuelve a tomar asiento.

– ¡Bueno, más que Cenicienta creía que yo era el príncipe!

– ¡En todo caso, el de Niki!

– Ah, queremos ser los testigos…

– Perdonad, pero lo habéis sido ya la una de la otra…

– ¡Pero uno de nuestros testigos siempre eras tú!

– ¡Porque me lo pedisteis vosotras!

– Considéralo un detalle, ¡temíamos que te sintieses mal porque no te casabas con nadie!

– ¡Encima!

– En cualquier caso, nos gustaría dar algunos consejos a la novia.

– Sí, ¡querríamos decidir con ella el banquete!

– Y el vestido…

– ¡Ah, y los regalos para los invitados!

– ¡Sí, ésos sí que son importantes!

– ¿Habéis decidido ya dónde os casaréis?

– ¿Y cuándo?

– ¿Y las flores para la iglesia?

– ¿Y los nombres para las mesas? ¿Cómo distribuiréis a la gente?

– Y los invitados… ¿Cuántos serán?

– Tiene que ser una gran celebración…

– Eh…

En ese momento la mirada de Alex se cruza con la de Davide y Gregorio, que lo apoyan con una sonrisa, cuando menos de solidaridad, y él, sin saber qué hacer, extiende una mano y se anticipa a su madre.

– Perdona, mamá… -Y se come el último pastelito de castaña que quedaba sobre la bandeja.

Sesenta y dos

Dan vueltas por el gran salón vacío.

– Es precioso… En serio… Me mudaría a vivir aquí.

Pietro mira a Enrico sorprendido.

– Pero bueno, ¿me tomas por gilipollas?

– No, en absoluto, me gusta mucho, un loft así en Flaminio…, es un sueño. Además, parece silencioso, y es grande, tiene un montón de habitaciones. -Enrico deambula por la casa verdaderamente impresionado-. Y está rodeado de verde… Da la impresión de que estás en el campo sin dejar de vivir en la ciudad.

– Sí, sí, te he entendido. Yo, en cualquier caso, preferiría estar en mi casa, con mi esposa y mis hijos.

Por un momento resulta obvio hasta qué punto todo ese asunto lo entristece. Enrico se da cuenta.

– Oye, ¿no querías la bicicleta? ¡Pues ahora, a pedalear!

Pietro lo mira estupefacto.

– Pero ¿qué dices? ¿Estás loco? La bicicleta era el matrimonio… ¡Y seguiría pedaleando de buena gana!

– ¡Eso sí que no! ¡Es justo lo contrario! En tu caso eres tú el que lo ha echado todo a rodar, todo… Tú te has buscado esta situación, a diferencia de lo que me ha sucedido a mí. En mi caso ha sido mi mujer la que me ha abandonado. Tú, en cambio, te has esforzado siempre mucho para que te abandonase.

– Mira, menos mal que eres asesor fiscal y no abogado matrimonialista…, porque, de lo contrario, estoy seguro de que Susanna te habría elegido y me habrías hecho sudar la gota gorda.

– ¿Ves, ves?… Lo que te preocupa realmente es el dinero, no la posibilidad de volver con ella. ¡Y aún te lamentas! En mi opinión, hasta ayer lo vuestro fue un milagro, luego quisiste tirar demasiado de la cuerda… y catacrac, ¡se rompió!

– La verdad es que, visto así, me deprimes aún más… Resulta que ahora todo es por culpa mía… He roto la cuerda y me he quedado con un trozo en la mano con el que sólo puedo hacer una cosa…

Enrico arquea curioso las cejas.

– ¿El qué?

– Ahorcarme.

– ¡Anda ya! No digas esas cosas, no seas tan dramático. Quizá esta situación te sirva, te sea útil…, puede que ahora que te has quedado solo consigas razonar… Además… -prosigue señalando el loft-, mira lo que tienes ahora.

– Es de un cliente que no me paga desde hace años y al que le llevo todos los casos de sus edificios… Dado que tiene un sinfín de pisos, podría haberme dejado uno más céntrico, yo qué sé, quizá más cerca de mi familia.

– Muy bien. ¿Ves, Pietro?, ése sí que es un bonito pensamiento, así podrías estar al lado de tus hijos.

– ¡No, así podría vigilar a mi mujer!

– Vaya… Por una vez que parecías sinceramente comprometido, veo que no, que en el fondo las cosas importantes te resbalan.

– ¿Cómo puedes decir que las cosas importantes me resbalan? Perdona, pero yo sigo pagando la hipoteca de la casa donde viven…, y ella, mientras tanto, se dedica a salir con otro. ¡En la práctica es como si ella se divirtiese a mi costa! ¿Qué pasa? ¿Que de repente me ha salido otra hija?

– Me has dejado de piedra. ¿Te das cuenta de lo que dices? Bueno, creo que hasta ahora tú te has divertido mucho, puede que demasiado, y que ahora le toca a ella…

Pietro lo mira fijamente y por un instante una idea lo atormenta. Dios mío, ¿se habrá enterado de la historia con Camilla? Pero si eso fue hace años. Y su esposa estaba triste, aburrida, tenía ganas de divertirse. Recuerda algunos momentos íntimos que compartieron. Vaya si tenía ganas de divertirse. Se avergüenza un poco.

Enrico interrumpe sus divagaciones:

– ¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando?

– ¿Yo? En nada… Tienes razón, me he divertido demasiado y, como no podía ser menos, la rueda gira. Pero pensaba que eras amigo mío, y no suyo…

– Y, de hecho, aquí me tienes, intentando echarte una mano, pero ser amigos significa entre otras cosas decirse la verdad…, sí, esa que quizá a veces te molesta oír, pero que ayuda a aceptar la realidad…

Uf -piensa Pietro para sus adentros-, no sabe nada.

– Sí, sí, claro…

– Una cosa, ya que hablamos de aceptar la realidad, saquemos todo lo que llevo en el coche, venga…

Salen a la calle. Pietro abre el maletero y empieza a descargar una pila de maletas.

– Pero bueno, ¿has vaciado la casa?

– Es todo lo que necesito… Los trajes, los libros, unas cuantas sábanas, los suéteres, las camisas, las cosas de trabajo que tenía en el despacho de casa… Todo. Has de saber que Susanna me dijo que, si no me lo llevaba, lo quemaría.

– Ah, entiendo.

Enrico coge dos maletas y entra en casa.

– Claro que si está verdaderamente enfadada-Poco después llega Pietro con otras dos maletas.

– Pues sí, mucho. No sé cómo, pero incluso han salido a la luz otras historias… La verdad es que no sé quién puede haberla llamado, pero cuando se supo que habíamos roto daba la impresión de que todos sabían algo sobre mí. Le han contado no sé cuántas historias que se supone que he tenido con las canguros de mis hijos, con una amiga suya, con otra que frecuentaba a su mismo peluquero… en fin.

– ¿De verdad? ¿Y son ciertas?

– ¡Ni por asomo! Hay que ver cómo le gusta malmeter a la gente… O exagerar… -Enrico sale con Pietro a buscar otras bolsas que siguen en el coche-. Pero si incluso le han dicho que tenía una relación con la esposa de uno de mis amigos. ¿Te das cuenta? ¡Con la esposa de un amigo! Con todas las mujeres que hay en el mundo… ¿Me crees capaz de liarme con la esposa de un amigo? ¡Venga ya!

Enrico sacude la cabeza.

– Es cierto, la gente necesita ser mala para ser feliz.

Pietro lo sigue, coge unas carpetas abarrotadas de folios y sonríe para sus adentros. No es cierto, nadie ha mencionado por el momento ese tema, pero al menos así, si a alguien se le ocurre sacar a colación su historia con Camilla, ellos ya habrán hablado antes sobre el tema.

– ¿Dónde quieres que las ponga?

– Déjalas ahí, al pie de la escalera.

Enrico deja las dos maletas en el suelo y a continuación mira alrededor.

– ¿Cuántas habitaciones tienes?

– Arriba hay cuatro dormitorios. Más los cuartos de baño. Abajo hay uno, más un salón, un cuarto ahí detrás, otro baño y la cocina al fondo… Además de este salón doble que, como ves, da al jardín interior… -Pietro descorre una cortina y le muestra el gran espacio que hay fuera.

– ¡Es precioso! Por lo visto, ese cliente te debe una pasta…

– Sí, pero algunos tipos son verdaderamente estúpidos. En lugar de alquilarlo y pagarme con ese dinero, ha preferido darme lo que me debe gratis. En realidad sale perdiendo. Pero ¿qué hora es?

– Las ocho.

– Deberían haber llegado ya.

– ¿Quiénes?

– Flavio y Alex. He quedado con ellos a esta hora.

– Bueno, ya aparecerán. Mientras tanto, acabemos de poner en su sitio el resto de las cosas.

– Por eso precisamente quería que viniesen ellos también. ¡Iremos más de prisa!

– Ah…

– A saber lo que nos tendrá que contar Alex… ¡Me ha parecido excitadísimo!

– Yo tengo mis sospechas…

– ¿De qué se trata?

– No, no quiero decir nada para que no traiga mala suerte.

Justo en ese momento llaman a la puerta. Pietro va a abrir.

Es Flavio.

– Ah, es aquí… Sólo faltaba que no te encontrase…

Entra y se tira desconsolado sobre el sofá. Pietro cierra la puerta y se reúne con Enrico en el salón. Los dos miran preocupados al amigo.

– ¿Qué ocurre?

– ¿Has perdido el trabajo?

– No, mucho peor, he perdido a mi mujer.

Enrico se sienta a su lado.

– Coño, tú también. Lo siento -le apoya una mano en la pierna.

Flavio se vuelve hacia él. Está abrumado, mucho. Se abrazan.

– Lo siento mucho, coño. -Pues bien…, aquí estamos… -Pietro abre los brazos-. De una manera u otra, volvemos a estar como cuando íbamos a la facultad.

– ¿Qué quieres decir?

– Solteros.

– Ah, creía que ibas a decir que éramos unos desgraciados.

Pietro se dirige a la cocina.

– ¿Y eso por qué? Volvemos a empezar desde cero. Somos tres…, y estamos llenos de esperanzas. -Abre la nevera.

– No, no… Es verdad… Somos unos auténticos de