/ Language: Español / Genre:sf / Series: La fragua de Dios

La fragua de Dios

Greg Bear

26 de junio de 1996: Europa, la sexta luna de Júpiter, desaparece repentinamente de los cielos, sin dejar tras de sí la menor huella de su existencia. 28 de septiembre de 1996: en el Valle de la Muerte, en California, en pleno corazón de los Estados Unidos, aparece un cono de escoria volcánica que no se halla registrado en ningún mapa geológico de la zona, y a su lado es hallada una criatura alienígena que transmite un inquietante mensaje: “Traigo malas noticias: la Tierra va a ser destruida…” 1 de octubre de 1996: el gobierno australiano anuncia que una enorme montaña de granito, un duplicado casi perfecto de Ayers Rock, ha aparecido de pronto en el Gran Desierto Victoria; junto a ella, tres resplandecientes robots de acero traen consigo un mensaje de paz y amistad… Así se inicia una de las más apasionantes novelas de ciencia ficción de los últimos tiempos, que combina sabiamente el interés científico, la alta política internacional y la amenaza de una invasión alienígena, para ofrecernos una obra apasionante con una profundidad temática raras veces alcanzada, que se lee de un tirón hasta la última página.

Greg Bear

La fragua de Dios

Para Alan Brennert,

que me criticó duramente por televisión

INTROITO:

KYRIE ELEISON

26 de junio de 1996

Arthur Gordon estaba de pie en la oscuridad junto a la orilla del río Rogue, tras alejarse una docena de metros de su casa y su familia y sus invitados, cansado momentáneamente de compañía. Medía metro ochenta y cinco de estatura, y no perdía más que un par de centímetros a causa de la ligera curvatura de sus hombros. Su pelo tenía un color castaño polvo, sus cejas eran ligeramente más oscuras. Estaba bien proporcionado y poseía la cantidad suficiente de músculos, pero le faltaba cualquier asomo de grasa; los músculos se asomaban claramente debajo de su piel, dándole una apariencia de delgadez.

Esa misma delgadez añadía intensidad y, falsamente, un asomo de villanía a su rostro. Cuando sonreía, parecía como si estuviera pensando en algo desagradable o planeando alguna maldad. Pero, cuando hablaba o reía, esa impresión se despejaba rápidamente. Su voz era intensa, clara y tranquila. Era y siempre había sido —incluso en su año y medio en Washington, D.C.— el más gentil de los hombres.

Las ropas que llevaba Arthur Gordon tendían a ser docentes. Su atuendo preferido era un viejo par de pantalones de pana marrón —ahora los llevaba—, una chaqueta a tono, y una camisa de manga larga azul. Los zapatos que se alineaban en su armario eran pocos y resistentes, calzado deportivo para llevar en torno a la casa, de recia puntera reforzada con cuero marrón o negro.

Su única ostentación era una ancha hebilla rectangular que mostraba un Saturno turquesa y estrellas plateadas incrustados en madera de palisandro sobre montañas de cobre y arce. En realidad se había dedicado poco a la astronomía durante los últimos cinco años, pero mantenía siempre esa descripción de su trabajo cerca de su corazón y rápida a sus labios, pensando todavía que era la más noble de las profesiones.

Arrodillado en la estrellada sombra de fresnos y arces, hundió sus dedos en la intensa y negra costra de humus incrustada de hojas. Cerró los ojos, olió el agua y el aroma parecido al té de las hojas en descomposición y el límpido aroma jabonoso del húmedo aire. Estar solo era reconsiderar. Estar solo y saber que podía volver atrás, podía volver en cualquier momento a Francine y a su hijo Marty, era un éxtasis que difícilmente podía eludir.

El viento silbaba por entre las ramas sobre su cabeza. Alzó la vista, miró por entre las negras siluetas de las hojas de los arces y vio un denso derramarse de estrellas. Conocía cada constelación, conocía cómo habían nacido las estrellas (tanto como cualquiera) y cómo habían envejecido y cómo, unas cuantas, habían muerto. Sin embargo, las estrellas raras veces seguían siendo algo más que luces sobre un terciopelo azul profundo. Sólo una vez de tanto en tanto podía llenarlas de contenido y verlas como lo que eran, lejanas participantes de un intrincado juego.

Sonaron voces entre los árboles. En el amplio porche de la casa de una sola planta, que formaba una bóveda sobre recias columnas de cemento por encima del dosel de helechos y árboles, Francine les decía algo acerca de pescar a su hermana Danielle y a su cuñado Grant.

—A los hombres les gustan los hobbies llenos de entrañas y grasa —dijo Danielle con su voz dulce y aguda, con aquel ligero acento de Carolina del Norte que Francine casi había abandonado por completo.

—Tonterías —contraatacó cordialmente Grant, puro Iowa—. La emoción reside en matar inocentes criaturas de Dios.

Debajo de Arthur, el río fluía con un suave susurrar. Aún agachado, se deslizó orilla abajo sobre los tacones de sus enlodados zapatos deportivos y hundió las manos de largos dedos en la fría agua.

Todas las cosas se hallan conectadas a un hombre satisfecho. Alzó de nuevo la vista al cielo.

—Maldita sea —dijo maravillado, sintiendo que se le humedecían los ojos—. Amo todo esto.

Algo avanzó torpemente cerca de él en la oscuridad, olisqueando y lloriqueando. Arthur se tensó, luego reconoció el ansioso gimotear. Gauge, el labrador color chocolate de Marty, con sus tres meses recién cumplidos, le había seguido hasta el río. Arthur sintió el frío hocico del cachorro contra su mano tendida y rascó la cabeza y las orejas del perro.

—¿Por qué has venido todo el camino hasta aquí? ¿Te ha abandonado tu joven amo? ¿Nadie te presta atención?

Gauge se sentó en el suelo, agitando las ancas, meneando la cola entre las empapadas hojas. Los húmedos ojos castaño mármol del cachorro reflejaban un destello gemelo de las estrellas.

—Llama a tus compañeros salvajes —dijo Arthur al cachorro—. Ahí fuera, en la tierra no invadida por el hombre. —Gauge avanzó y hundió las patas delanteras en el agua.

Arthur había tenido tres perros en su vida. Había heredado el primero, una vieja perra collie de muy dudosos antecedentes, cuando tenía la edad de Marty, a la muerte de su padre. La collie había sido el corazón y el alma de su padre, y esa relación había pasado a él antes incluso de que pudiera apreciar completamente el privilegio. Al cabo de un tiempo, Arthur se había preguntado si su padre no habría puesto de alguna forma una parte de sí mismo en el viejo animal, tan atenta y protectora era para con él la perra. Esperaba que Marty pudiera encontrar ese tipo de intimidad con Gauge.

Los perros pueden suavizar a un chico demasiado arisco, o abrir a uno demasiado tímido. Arthur se había suavizado. Marty —un muchacho brillante, tranquilo, de ocho años, espectralmente delgado— ya se estaba abriendo.

Ahora estaba jugando con su prima en el cobertizo debajo y al este del patio. Becky, una hermosa diablilla con más energía aparente que sentido común —cosa excusable a su edad—, había traído un títere que era un mono. Para darle voz producía agudos sonidos charloteantes, más pajariles que simiescos.

La risa de Marty, excitada y algo femenina, cruzó las copas de los árboles. Se sentía irremediablemente atraído por Becky. Allí, en aquel aislamiento —sin otra persona que la distrajera—, ella no lo rechazaba, pero le incordiaba a menudo, con una voz voz llena de dignidad, por sus «tontas» maneras. «Tontas» significaba un gran número de cosas, ninguna de ellas buena. Marty aceptaba esos comentarios con un parpadeante silencio, demasiado joven para comprender lo profundamente que le herían.

Los Gordon llevaban seis meses viviendo en aquella casa en medio del campo, desde el término del contrato de Arthur como asesor científico del presidente de los Estados Unidos. Había empleado ese tiempo en ponerse al corriente con sus lecturas, devorar todo un mes de periódicos astronómicos y científicos en un día, consultar los proyectos aeroespaciales uno o dos días a la semana, volar al norte a Seattle o al sur a Sunnyvale o El Segundo una vez al mes.

Francine había regresado alegremente del huracán social de la capital a sus estudios sobre los antiguos pueblos nómadas de las estepas, de los que sabía y comprendía mucho más de lo que Arthur comprendía las estrellas. Había estado trabajando en aquel proyecto desde sus días en Smith, acumulando lenta y firmemente sus pruebas, apuntando hacia la conclusión (muy evidente, creía) de que la gran factoría ecológica de las estepas del Asia central había desencadenado o estimulado virtualmente todos los grandes movimientos en la historia. Finalmente convertiría todo aquello en un libro; de hecho, tenía ya bastante más de dos mil páginas de texto en discos. A los ojos de Arthur, parte del encanto de su esposa era esta dicotomía: madre de recursos por fuera, empedernida universitaria por dentro.

El teléfono sonó tres veces antes de que Francine pudiera trasladarse desde el patio para responder. Su voz le llegó a través de la abierta ventana del dormitorio que miraba al río:

—Le buscaré —dijo al que llamaba.

Arthur suspiró y se puso en pie, sacudiéndose la pana que cubría sus rodillas.

—¡Arthur!

—¿Sí?

—Es Chris Riley, del Tal Tech. ¿Estás disponible?

—Claro —dijo, menos reluctante. Riley no era un amigo íntimo, sólo un conocido, pero a lo largo de los años habían establecido un pacto: que cada cual informaría al otro de cualquier desarrollo interesante que se produjera antes de que la comunidad científica o los medios de comunicación oyeran hablar de él. Arthur subió por el sendero de la orilla en la oscuridad, conocedor de cada raíz y resbaladizo charco de lodo y hojas, silbando suavemente. Gauge apareció saltando por entre los helechos.

Marty le miró con ojos de búho desde el borde del césped, bajo el ciruelo silvestre, con el simiesco títere colgando fláccido y grotesco de su mano.

—¿Está Gauge contigo?

El perro avanzó hacia él, orejas y ojos clavados en el mono, que deseaba apasionadamente.

Becky estaba tendida de espaldas en medio del césped, con su luminoso pelo rubio disperso sobre la hierba, contemplando solemnemente el cielo.

—¿Cuándo podremos sacar el telescopio, papá? —preguntó Marty. Sujetó el collar de Gauge y se inclinó para abrazarlo fuertemente. El perro lanzó un gañido e inclinó el cuello para dar un mordisco al aire cuando el rostro de plástico del mono le golpeó en la parte alta del espinazo—. Becky quiere ver.

—Un poco más tarde. Pregúntaselo a mamá.

—¿Ella sabrá ponerlo? —Marty estaba atravesando un estadio de duda sobre las habilidades técnicas de su madre. Aquello irritó a Arthur.

—Está más acostumbrada que yo, muchacho.

—¡De acuerdo! —exclamó Marty, soltando al perro, dejando caer al mono y corriendo hacia las escaleras por delante de Arthur. Gauge aferró inmediatamente al mono por la garganta y lo sacudió, gruñendo. Arthur siguió a su hijo, dobló a la izquierda en el pasillo junto al congelador y tomó la extensión de su despacho.

—Christopher, qué sorpresa —dijo afablemente.

—Art, espero ser el primero. —La voz de Riley tenía un tono de tenor más agudo de lo habitual.

—Veamos.

—¿Has oído hablar de Europa?

—¿Europa?

—Europa. La sexta luna de Júpiter.

—¿Qué ocurre con ella?

—Ha desaparecido.

—¿Perdón?

—Ha habido una búsqueda intensiva en Monte Wilson y en Mau-na Kea. El Galileo todavía está fuerte ahí fuera, pero no ha sido enfocado a Europa desde hace semanas. El Laboratorio de Propulsión a Chorro enfocó sus cámaras hacia donde tendría que estar Europa, pero no encontró nada lo bastante grande como para fotografiarlo. Si estuviera allí, hubiera salido de nuevo de su ocultación en el término de unos diez minutos. Pero nadie espera verlo. Las llamadas de los aficionados han saturado las líneas del LPC y de Monte Palomar durante dieciséis horas.

Arthur no pudo hacer girar lo suficiente sus engranajes como para pensar en cómo debía reaccionar.

—Lo siento…

—No ha sido pintada de negro, no se oculta, simplemente ha desaparecido. Nadie la vio marcharse tampoco.

Riley era un tipo de científico rotundo, con el pelo cortado a cepillo y aspecto de deportista, tímido en persona pero no al teléfono, profundamente conservador. Siempre habia sido críticamente deficiente en el apartado del humor. Jamás había gastado una broma a Arthur ni nada parecido.

—¿Qué creen que ha ocurrido?

—Nadie lo sabe —dijo Riley—. Nadie aventura siquiera una suposición. Habrá una conferencia de prensa aquí en Pasadena mañana.

Arthur se pellizcó especulativamente la mejilla.

—¿Estalló? ¿Algo la golpeó?

—No podemos decirlo, ¿no? —Casi pudo oír la sonrisa de Chris en su voz. Riley no sonreía a menos que se viera enfrentado a un problema realmente extraño—. No hay ningún dato. Ahora tengo que llamar a otras setenta personas. Nos mantendremos en contacto, Arthur.

—Gracias, Chris. —Colgó, pellizcándose todavía la mejilla. La relajación del momento junto al río había pasado. Permaneció unos instantes de pie junto al teléfono, frunciendo el ceño, luego se dirigió al dormitorio principal.

Francine estaba de puntillas, rebuscando en el estante superior del armario del dormitorio, con Marty y Becky a sus talones.

En sus diecisiete años juntos, su esposa había ido avanzando suavemente de la línea de voluptuosa a llenita y a gordita. El contraste físico entre Arthur y Francine, toda curvas y gracia, era evidente; también era evidente el hecho de que lo que los demás veían en ambos, ellos no lo veían en absoluto el uno en el otro. Ella tendía a llevar vestidos con estampados de artesanía folk, y una buena parte de su guardarropa era una elegante concesión al estilo matronil.

Sin embargo, en sus pensamientos, Francine era eternamente tal como la había conocido la primera vez, caminando por la blanca y soleada arena de la playa de Newport, al sur de California, llevando un sucinto traje de baño negro de una pieza, su largo pelo negro agitado por la brisa. Había sido la mujer más sexy que jamás hubiera conocido, y aún seguía siéndolo.

Ella bajó el bulboso estuche de lona de la bolsa del Astrocan. Volvió a inclinarse dentro del armario, y rebuscó entre los zapatos, en busca de la caja de los oculares.

—¿Qué quería Chris? —preguntó.

—Europa ha desaparecido —dijo Arthur.

—¿Europa? —Francine sonrió por encima del hombro y se enderezó, tendiéndole la bolsa.

—Europa. La sexta luna de Júpiter.

—Oh. ¿Cómo?

Arthur hizo una mueca y se encogió de hombros. Tomó el telescopio y su base metálica pintada de gris y los llevó fuera, con Gauge saltando tras sus talones.

—Oh-o, muchachos. Papá está en modo robot —murmuró Francine desde el dormitorio—. ¿Qué dijo realmente Chris? —Le siguió escaleras abajo al césped, donde él apretó la base del telescopio contra la blanda hierba y suelo.

—Eso es lo que dijo —respondió Arthur, dejando caer suavemente la gran pelota roja del reflector en los tres brazos huecos de la base.

El canoso y digno Grant y la ágil y rubia Danielle estaban junto a la barandilla del lado este del porche de atrás, dominando el césped y el ciruelo.

—Es una noche encantadora —dijo Danielle, sujetando el brazo de Grant. Arthur tuvo la impresión de que parecían modelos a escala real de un anuncio de bienes inmuebles. Sin embargo, eran buena gente—. ¿Mirando un poco las estrellas?

—Supongo que no es un secreto ni nada parecido, ¿verdad? —preguntó Francine.

—Dudo que una cosa así pueda mantenerse en secreto —respondió Arthur, mirando por el ocular.

—Una de las lunas de Júpiter ha desaparecido —les informó Francine.

Oh —murmuró su hermana—. ¿Es posible algo así?

—Tenemos un amigo. En realidad un conocido. Él y Arthur se mantienen mutuamente al corriente de ciertas cosas.

—¿Así que eso es lo que está mirando ahora? —preguntó su hermana?

—¿Puede verse Júpiter desde aquí? Quiero decir, esta noche —preguntó Grant.

—Creo que sí —respondió Francine—. Europa es una de las lunas galileanas. Una de las cuatro que vio Galileo. Los chicos iban a…

Arthur tenía a Júpiter en el campo, un punto brillante en medio del fondo gris azulado. Las estrellas formaban como una neblina a su alrededor. Dos lunas como puntos, una brillante y otra muy apagada, eran claramente visibles a un lado del planeta, más brillante. La apagada era o Io o Callisto, la brillante probablemente Ganímedes. La tercera o bien se hallaba en tránsito cruzando por delante del planeta o en el cono de sombra de Júpiter, eclipsada…, o detrás del planeta, oculta. Intentó recordar la ley de Laplace relativa a las tres primeras lunas galileanas: La longitud del primer satélite, menos tres veces la del segundo, más dos veces la del tercero, es siempre igual a la mitad de la circunferencia… Habíamemorizado aquello en la escuela secundaria, pero ahora no le servía de mucho. Murmuró para sí mismo las consecuencias de la ley:

—Las primeras tres galineanas, y eso incluye a Europa, no pueden verse eclipsadas todas a la vez, ni tampoco pueden estar todas frente al disco a la vez. Si Io y Europa están eclipsadas u ocultas simultáneamente, o simultáneamente en tránsito… Oh, infiernos. —No podía recordar los detalles. Simplemente tendría que sentarse y aguardar a que la cuarta se hiciera visible…, o siguiera solamente con las actuales tres.

—¿Podemos mirar? —preguntó Marty.

—Por supuesto. Probablemente voy a quedarme aquí fuera toda la noche —dijo Arthur.

—No Becky —dijo severamente Danielle.

—¡Oh, mamáááá! ¿No puedo mirar?

—Adelante —animó Arthur, echándose hacia atrás. Marty se inclinó junto al telescopio y mostró a su prima cómo mirar por el ocular.

—No lo golpeéis —advirtió Arthur—. Francine, ¿puedes traerme los gemelos de campaña?

—¿Dónde están?

—En el armario de la entrada, en el vestíbulo, sobre las cosas de camping, en una funda negra de piel.

—¿Qué puede hacer que una luna desaparezca? —preguntó Grant—. ¿Cuál es el tamaño de una luna?

—Como luna es bastante grande —dijo Arthur—. Rocas y hielo, probablemente con una capa de agua líquida bajo un cascarón de hielo.

—¿No es como nuestra Luna, entonces? —preguntó Danielle.

—Muy diferente —reconoció Arthur. Francine le tendió los gemelos y él los alzó hacia el cielo, en la dirección general de Júpiter. Tras unos momentos de enfocar y girar halló el punto de luz, pero no pudo sujetar los gemelos con la suficiente firmeza como para que se apreciaran las lunas. Becky se apartó del telescopio, frotándose el ojo con el que había estado mirando y haciendo una mueca.

—Es duro —comentó.

—Cierto. Dejadme usarlo de nuevo —dijo Arthur.

Marty preguntó a su prima si lo había visto.

—No sé. Resultaba difícil ver nada.

Arthur aplicó el ojo al ocular y halló una tercera luna visible, también comparativamente apagada. Callisto, Io, y el brillante Ganímedes. Ninguna señal de un cuarto satélite.

El resto de la familia se cansó pronto de la vigilia y se fue dentro, donde se pusieron a jugar ruidosamente al scrabble.

Al cabo de dos horas de forzar los ojos, Arthur se puso en pie. Se sentía mareado. Las piernas le hormigueaban dolorosamente de las rodillas para abajo. Francine regresó al patio hacia las diez y se detuvo a su lado, con los brazos cruzados.

—¿Tienes que comprobarlo por ti mismo? —preguntó.

—Ya me conoces —dijo Arthur—. Tendría que ser visible, pero no está ahí.

—Es una cosa más bien grande para perderla, ¿no crees?

—Más bien.

—¿Alguna idea de lo que significa?

Arthur alzó la vista hacia ella.

—Sólo hay tres. Sé que en estos momentos tendrían que ser cuatro.

—¿Qué significa eso, Arthur?

—Que me maldiga si lo sé. ¿Alguien coleccionando lunas, quizá?

—Me asusta —dijo Francine—. Si es cierto. —Le miró como suplicante. Él no dijo nada—. Entonces, ¿es cierto?

—Supongo que sí.

—¿No te asusta a ti?

Arthur se desperezó para aliviar los agarrotados músculos y sujetó las manos de su esposa entre las suyas.

—Todavía no sé lo que significa —dijo.

Francine se movía por entre las ciencias casi con tanta facilidad y soltura como él, aunque a un nivel mucho más instintivo. Él valoraba sus intuiciones, y el pensamiento de su miedo lo tranquilizó un poco.

—¿Por qué te asusta?

—Una luna es algo más grande que una montaña, y si una montaña, o el río, desaparecieran sin dejar rastro, ¿no tendrías miedo?

—Supongo que sí —concedió él. Recogió el telescopio y lo guardó en su funda—. Ya es suficiente por esta noche.

Francine apretó los brazos en torno a su cuerpo.

—¿Vamos a la cama? —preguntó—. Grant y Danielle y los niños ya están dormidos. Gauge está con Marty.

La mente de Arthur no dejó de dar vueltas mientras permanecía tendido en la cama al lado de Francine. Las amplias sábanas de invierno de franela no habían sido cambiadas todavía por las habituales sábanas de percal de primavera y verano. Le agradó su vellosa comodidad. Se sentía dominado por sus emociones.

Europa llevaba en su sitio miles de millones de años, orbitando silenciosamente el planeta Júpiter. Algunos científicos habían creído que podía haber vida allí, pero eso nunca había sido probado o desmentido.

Si una montaña o el río desaparecen, eso está mucho más cerca de casa…

Arthur soñó que estaba pescando con su mejor amigo, Harry Feinman. Estaban sentados en un bote en medio del río, los sedales arrastrados por la corriente, cubriéndose la cabeza con sombreros de ala ancha contra un sol que tampoco era tan brillante como eso. En el sueño, Arthur recordó a Harry jugando con Martin en la casa, alzando al muchacho muy arriba en el aire y produciendo un ruido como de aeroplano mientras corría alrededor del árbol en el patio de atrás. La esposa de Harry —la alta, solemne Ithaca— le contemplaba, en el recuerdo de su sueño, con un ligero asomo de tristeza en su sonrisa; era estéril, y nunca había podido darle a Harry el hijo que éste deseaba. Sólo ocasionalmente parecía lamentar Harry las oportunidades perdidas. No he visto a Harry desde hace más de ocho meses, pensó Arthur. Sin embargo, aquí está.

¿Cómo va eso, colega?, preguntó Arthur a Harry en el bote. ¿Pican? Era curioso darse cuenta de que la figura de Harry, sentada, con el sombrero hundido sobre su rostro, formaba parte del sueño. Arthur se preguntó qué iba a decir el Harry del sueño. ¿Duermes?

Adelantó un brazo para retirarle el sombrero.

Debajo del sombrero de Harry estaba la Luna de la Tierra, brillante y llena. El rostro de Harry se reflejaba en los cráteres y los mares de su superficie. Huau, dijo Arthur. Eso es realmente hermoso.

Pero por un brevísimo instante le preocupó la idea de que no estaba soñando, y despertó con un sobresalto.

¡QUID SUM, MISER!

¿TUNC DICTURUS?

PERSPECTIVA

AP/Home Info Service, 2 de septiembre de 1996:

WASHINGTON, DC.— Los científicos están congregándose en la conferencia de la AAAS, la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias, para escuchar a los conferenciantes que presentarán sus informes sobre temas que van desde la «Falta de pruebas para las lentes gravitatorias supermasivas intergalácticas» hasta la «Distribución de la plaga de los roedores salvajes a través de las pulgas de la ardilla terrestre (Diamanus Montanus) en el sur de California». Ayer, uno de los informes más ardientemente debatidos fue el presentado por el doctor Frank Drinkwater, del Balliol College de la Universidad de Oxford. El doctor Drinkwater sostiene que no existen civilizaciones extraterrestres inteligentes. «Si existieran, seguro que a estas alturas ya hubiéramos visto sus efectos.» El doctor Drinkwater sostiene que una civilización, a través de la creación de astronaves autorreproductoras capaces de visitar otros planetas, habría permeado la galaxia en menos de un millón de años.

Los científicos asistentes a la conferencia no llegaron a ninguna conclusión con respecto a la reciente desaparición de la sexta luna de Júpiter, Europa. El profesor Eugenie Cook, de la Universidad de Washington, Seattle, sostiene que la luna ha sido desplazada de su órbita a causa de una colisión con un enorme y hasta ahora desconocido asteroide. El famoso astrónomo Fred Accord sostiene que una colisión así hubiera «hecho pedazos la luna, y todavía podríamos ver sus fragmentos en órbita». Nada de esto ha sido informado. Muchos científicos hicieron notar la apatía del público ante tal acontecimiento sin precedentes. Al cabo de un mes, la historia de Europa ha desaparecido prácticamente de los medios de comunicación. Accord comentó: «Evidentemente, algunas dificultades más provincianas, como las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, obtienen mayor eco.»

1

28-29 de septiembre

Acampado al lado de la montaña que no debería estar allí, envuelto en la fría oscuridad del desierto, Edward Shaw no podía dormir. Podía oír las rítmicas respiraciones de las formas inmóviles de sus dos compañeros, y se admiraba de su tranquilidad.

Había escrito en su bloc de notas:

El montículo tiene aproximadamente quinientos metros de largo y la mitad de ancho, y quizá un centenar de metros de alto, (aparentemente) el cono de escoria basáltica de un volcán extinguido, cubierto por trozos de escoria oscura y negra del tamaño de guijarros, rocas y peñascos, y rodeado por una fina arena blanca de cuarzo. No se halla en nuestros mapas ni en el directorio Geosat de 1991. Los flancos del cono son más empinados que el ángulo normal de reposo, algo así como cincuenta y sesenta grados. Las huellas de las inclemencias del tiempo son, en el mejor de los casos, aleatoriamente curiosas: algunas partes expuestas al sol y a la lluvia aparecen completamente negras, brillantes, mientras que otras áreas se muestran sólo ligeramente oxidadas. No hay insectos en el montículo: si levantas cualquier roca, no encontrarás un escorpión o un milpiés. Tampoco hay latas de cerveza.

Edward, Brad Minelli y Victor Reslaw habían viajado desde Austin, Texas, para combinar un poco de geología con mucha acampada y excursiones a pie a través del desierto de principios de otoño. Edward era el mayor de los tres, treinta y tres años; también era el más bajo, y en reñida competición con Reslaw para ver quién de los dos perdía antes todo el pelo. Medía poco más de metro setenta con sus botas de montaña, y su figura esbelta y sus rasgos inquisitivos y juveniles le hacían parecer mucho más joven, pese al cada vez más escaso pelo. Para ver los objetos que estaban más cerca de medio metro de su redondeada nariz llevaba unas gafas de cristales redondos y montura de hilo de oro, un estilo que había adoptado de adolescente a finales de los setenta.

Edward permanecía tendido de espaldas con las manos unidas detrás de la cabeza, contemplando la clara e inmóvil inmensidad del cielo. Tres días antes, oscuras y preñadas nubes habían conspirado en el llameante atardecer para derramar un auténtico aguacero sobre el Valle de la Muerte. Su campamento estaba en terreno alto, pero habían visto peñascos del tamaño de pelotas de baloncesto deslizarse y rodar por los recién excavados canales.

El desierto parecía de nuevo inocente de agua y cambio. A todo alrededor del campamento flotaba un silencio más precioso que cualquier cantidad de oro. Ni siquiera el viento susurraba.

Se sentía muy grande en la soledad, como si hubiera abierto sus dedos sobre la mitad de la tierra de horizonte a horizonte, y reunido entre ellos una capa de mica de las estrellas. A la inversa, se sentía también un poco asustado por su vastedad. Aquella henchida magnitud de su yo podía encogerse y arrugarse fácilmente hasta la nada, una ilusión de comodidad y calor y alta fiebre intelectual.

Ni una sola vez en sus seis años de carrera como profesor de geología había hallado un error importante en los mapas del Valle de la Muerte del Servicio Geológico de los Estados Unidos. El desierto de Mojave y el Valle de la Muerte eran la Meca y la Al Medina de los geólogos al oeste de los Estados Unidos; habían recorrido aquella región desde hacía mucho más de un siglo, atraídos por la desnudez y la desvergonzada variedad del suelo. Los mineros habían extraído de sus profundidades bórax y talco y yeso y otros minerales útiles y menos espectaculares. En algunos lugares, cuevas salitrosas se hundían varios cientos de metros en el suelo. Un espeleólogo aficionado sólo necesitaba descender veinte o treinta metros para sentir el calor; la creación aún estaba cerca debajo del Valle de la Muerte.

Había centenares de volcanes extinguidos, negros o de un rojo mate o del cobrizo y gris y rosa del desierto, entre el complejo de Furnace Creek y la pequeña ciudad de Shoshone; sin embargo, cada uno de ellos había sido cartografiado, y lo más probable era que estuviera detalladamente descrito en alguna tesis de doctorado.

Esta montaña era una anomalía.

Eso era imposible.

Reslaw y Minelli se habían encogido de hombros como si se tratara solamente de un interesante aunque único error en los mapas; un desplazamiento involuntario en su ubicación, como el descubrimiento de alguna nueva isla en un archipiélago, conocida por los nativos pero perdida entre las hojas de los mapas de los navegantes; una especie de Pictairn de los montículos volcánicos.

Pero el cono de escoria estaba demasiado cerca de las rutas recorridas al menos una o dos veces al año. Edward sabía que no se trataba de ningún error de ubicación. No podía engañarse a sí mismo como hacían sus amigos.

Ni tampoco podía hallar ninguna otra explicación.

Recorrieron de nuevo la base del montículo a media mañana. El sol ya estaba alto en el plano, azul e inmóvil cielo. Iba a ser un día caluroso. El robusto y pelirrojo Reslaw bebía café de un termo esmaltado en verde, una útil antigüedad adquirida en una tienda de piedra y adobe en Shoshone; Edward masticaba una barrita de chocolate y dibujaba detalles en un pequeño cuaderno con tapas de tela negras. Minelli avanzaba lentamente detrás de ellos, golpeando ociosamente los peñascos con su pico de geólogo, con su figura desgarbada, su negro pelo alborotado y su pálida piel dándole la apariencia de un vagabundo urbano completamente fuera de lugar allí.

Se detuvo a diez metros detrás de Edward.

—Hey —llamó—. ¿Habéis visto esto?

—¿Qué?

—Un agujero.

Edward retrocedió. Reslaw les miró, se encogió de hombros y siguió rodeando el montículo hacia el norte.

El agujero debía tener un metro de ancho y se inclinaba hacia arriba penetrando en la masa del montículo. Edward no lo había visto porque se hallaba en un lugar en sombras, protegido bajo un saliente iluminado por los cálidos rayos del sol.

—No es un conducto de lava —dijo Minelli—. Observa lo liso que es. Ningún derrumbamiento, nada de estrías.

—Una mala geología —comentó Edward. Si el montículo es falso, entonces éste es el primer error.

—¿Hum?

—No es natural. Parece como si algún prospector hubiera llegado aquí antes que nosotros.

—¿Para qué cavar un agujero en un cono de escoria?

—Quizá sea una cueva india —ofreció simplemente Edward. El agujero le inquietaba.

—¿Indios provistos de perforadoras con punta de diamante? No es probable —dijo Minelli, con un débil tono de burla. Edward ignoró su tono y se subió a un peñasco de lava para observar mejor la oscuridad. Sacó una linterna de su cinturón y la encendió para arrojar un rayo de luz a las profundidades. Unas paredes de lava completamente lisas absorbieron la luz más allá de los ocho o diez metros; hasta aquel punto, el túnel era completamente recto y sin rasgos distintivos, inclinado hacia arriba en un ángulo de unos treinta grados.

—¿No hueles algo? —preguntó Minelli.

Edward olisqueó.

—Sí. ¿Qué es?

—No estoy seguro…

El olor era débil y suave y dulce, ligeramente acre. No animaba a proseguir la investigación.

—Parece como el olor característico de un laboratorio —dijo Minelli.

—Eso es —admitió Edward—. Yodo. Yodo cristalizado.

—Correcto.

La frente de Minelli se frunció en un burlón gesto especulativo.

—Ya lo tengo —dijo—. Es una roca drogata. Un cono sometido a drogadicción.

Edward lo ignoró de nuevo. Minelli era célebre por un sentido del humor tan extraño que de su boca raras veces salía algo divertido.

—Y eso es la marca de la aguja —explicó Minelli con voz apagada, dándose cuenta de su fracaso—. ¿Todavía sigues pensando que no es un error del mapa?

—Si encontraras una calle en la ciudad de Nueva York que no está en ningún plano, ¿no lo encontrarías sospechoso?

—Llamaría a los que hicieron los planos.

—Sí, bueno, pero este lugar está tan frecuentado como la ciudad de Nueva York, en lo que a geólogos se refiere.

—De acuerdo —concedió Minelli—. Así que es nuevo. Simplemente, brotó de la nada.

—Eso suena más bien estúpido, ¿no crees? —dijo Edward.

—Fue idea tuya, no mía.

Edward se apartó del agujero y reprimió un estremecimiento. Algo que no debería estar aquí, y que no desaparece tampoco.

—¿Qué está haciendo Reslaw? —preguntó Minelli—. Vayamos a buscarle.

—Fue por ahí —indicó Edward, señalando al norte—. Todavía podemos alcanzarle.

Oyeron a Reslaw llamarles.

No había ido muy lejos. Lo hallaron en el punto más septentrional de la base del montículo, acuclillado sobre un peñasco de lava con forma de escarabajo.

—Decidme que no estoy viendo lo que estoy viendo —indicó, señalando la sombra debajo de la roca. Minelli hizo una mueca y se apresuró delante de Edward.

En la arena, a dos metros del peñasco, había tendido algo que a la primera mirada parecía un animal volador prehistórico, un ptera-nodon quizá, las alas dobladas, inclinado sobre un lado.

No era mineral, decidió inmediatamente Edward; y ciertamente no se parecía a ningún animal que él hubiera visto nunca. Podía tratarse de una planta distorsionada, una variedad peculiar de cactus u otra planta suculenta; al menos, ésa parecía la explicación más lógica.

Minelli rodeó el descubrimiento, dándole cautelosamente un margen de varios metros. Fuera lo que fuese, tenía más o menos el tamaño de un hombre, era bilateralmente simétrico y estaba inmóvil, y su color era gris verdoso, con toques de rosado pastel. Minelli detuvo su círculo y simplemente jadeó.

—No creo que esté vivo —dijo Reslaw.

—¿No lo has tocado? —preguntó Minelli.

—Infiernos, no.

Edward se arrodilló delante de la cosa. Había una lógica definida en ella; una especie de cabeza de algo más de medio metro de largo y con una forma parecida a la mitra de un obispo o un obús de artillería aplastado, apuntando hacia la arena; un nudoso par de omóplatos detrás de la cresta como un abanico de la mitra; un tronco corto y delgado, y dos retorcidas piernas dobladas a continuación. Recios pies o manos de seis dedos en los extremos de los miembros.

No es una planta.

—¿Es un cadáver, quizá? —preguntó Minelli—. Llevando algo, como un perro, ya sabes, cubierto con alguna ropa…

—No —dijo Edward. No podía apartar los ojos de la cosa. Adelantó una mano para tocarla, luego reconsideró su gesto y la retiró lentamente.

Reslaw bajó del peñasco.

—Me asustó tanto que trepé ahí —explicó.

—Jesucristo —dijo Minelli—. ¿Qué hacemos?

Entonces el vértice de la mitra se alzó ligeramente de la arena, y tres velados ojos del color de un viejo jerez fino emergieron en ella. La impresión fue tan grande que ninguno de los tres hombres se movió. Finalmente Edward retrocedió un paso, casi reluctante. Los ojos de la cabeza-mitra le siguieron, luego volvieron a hundirse en la masa de la mitra, y la cabeza volvió a descansar sobre la arena. La cosa emitió un sonido, ahogado e indistinto.

—Creo que deberíamos irnos —dijo Reslaw.

—Es horrible —admitió Minelli.

Edward buscó señales de huellas, cuerdas ocultas, indicios de algún truco. Ya estaba convencido de que no se trataba de ningún truco, pero era mejor asegurarse antes de lanzarse a hipótesis ridículas.

Otro sonido ahogado.

—Está diciendo algo —señaló Reslaw.

—O intentándolo —añadió Edward.

—En realidad no es feo, ¿no creéis? —indicó Minelli—. Incluso es atractivo.

Edward se agachó y se acercó de nuevo a la cosa, avanzando primero un paso, luego otro.

La cosa alzó la cabeza y dijo, muy claramente:

—Lo siento, pero hay malas noticias.

—¿Qué? —Edward dio un respingo y su voz se quebró.

—Dios de los cielos —exclamó Reslaw.

—Lo siento, pero hay malas noticias.

—¿Se encuentra enfermo? —preguntó Edward.

—Hay malas noticias —repitió la cosa.

—¿Podemos ayudarle?

—Noche. Traigan noche. —La voz poseía la cualidad susurrante de las hojas agitadas por el viento, no desagradable en sí, pero estremecedora en su contexto. Una vaharada de olor a yodo hizo retroceder a Edward, con los labios fruncidos.

—Todavía no ha transcurrido la mañana —dijo Edward—. No será de noche hasta…

—Sombra —dijo Minelli, expresando en su rostro una intensa preocupación—. Quiere estar a la sombra.

—Traeré la tienda —indicó Reslaw. Se apartó del peñasco y corrió de vuelta al campamento. Minelli y Edward se miraron el uno al otro, luego a la cosa tendida en la arena.

—Tendríamos que salir disparados de aquí —murmuró Minelli.

—Nos quedaremos —dijo firmemente Edward.

—Está bien. —La expresión de Minelli cambió de preocupación a asombrada curiosidad. Era como si estuviera contemplando a un espécimen de museo en una botella—. De veras, todo esto es ridículo.

—Traigan noche —suplicó la cosa.

Shoshone parecía poco más que una parada para camioneros en la carretera: un café y la tienda de minerales, una oficina postal y una tienda de alimentación. Fuera de la carretera, sin embargo, un camino de grava serpenteaba hasta más allá de un cierto número de bungalows a la sombra de los árboles y una gran casa moderna de una sola planta, luego avanzaba recto como una flecha entre venerables tamariscos y junto a un pantano de cuatro acres hasta un manantial de aguas calientes y un negocio de venta y aparcamiento de caravanas. La pequeña ciudad albergaba a unos trescientos residentes permanentes, y en el punto álgido de la estación turística —desde finales de septiembre hasta principios de mayo— albergaba a unas trescientas aves de paso adicionales, además de los ocasionales grupos de geólogos. Shoshone se llamaba a sí misma la puerta del Valle de la Muerte, entre Baker al sur y Furnace Creek al norte. Al este, cruzando el Mojave, las cordilleras de Resting Spring, Nopah y Spring, y la frontera del estado de Nevada, estaba Las Vegas, la ciudad importante más cercana.

Reslaw, Minelli y Edward llevaron a la criatura con cabeza de mitra a Shoshone, después de llegar a la estatal 127 de California a unos veinticinco kilómetros al norte de la ciudad. La mantenían tendida bajo toallas húmedas en la parte de atrás de su Land Cruiser, sobre la tela extendida de la tienda de campaña, donde parecía estar de nuevo muerta.

—Deberíamos ir a Las Vegas —indicó Minelli. Compartía el asiento de delante con Reslaw. Edward conducía.

—No creo que resistiera hasta allí —señaló Edward.

—¿Cómo podemos encontrar ayuda en Shoshone?

—Bien, si está realmente muerta, hay un gran frigorífico en aquella tienda de alimentación.

—No parece más muerta que antes de que se pusiera a hablar —murmuró Reslaw, mirando por encima del respaldo del asiento a la forma inmóvil. Tenía cuatro miembros, dos a cada lado, pero no sabían si andaba sobre los dos inferiores o a cuatro patas.

—La hemos tocado —dijo Minelli lúgubremente.

—Cállate —murmuró Edward.

—Ese cono de escoria es una nave espacial, o hay una nave espacial enterrada dentro, esto resulta claro —estalló Minelli.

—Nada resulta claro —dijo calmadamente Reslaw.

—Lo vi en Llegaron del espacio exterior.

—¿Tiene eso la apariencia de un gran ojo flotando en un tentáculo? —preguntó Edward. Él también había visto la película. Su recuerdo no le tranquilizó.

—El frigorífico —respondió Minelli, con manos temblorosas.

—Hay teléfono. Podemos pedir una ambulancia a Las Vegas, o un helicóptero. Quizá podamos llamar a Edwards o a Goldstone y conseguir que vengan las autoridades —dijo Edward, defendiendo sus acciones.

—¿Y qué les diremos? —preguntó Reslaw—. No nos creerán.

—Estoy pensando —murmuró Edward.

—Quizá vimos estrellarse un avión a reacción —sugirió Reslaw.

Edward le miró dubitativamente de reojo.

—Habla inglés —comentó Minelli, asintiendo.

Ninguno de ellos había mencionado ese punto en la hora y media desde que habían arrastrado a la criatura lejos de la base del cono de escoria.

—Infiernos —exclamó Edward—, nos han estado escuchando desde ahí fuera en el espacio. Las reposiciones del Show de Lucy.

—Entonces, ¿por qué no dijo, «¡Hey, Ricky!»? —preguntó Minelli, cubriendo su miedo con una sonrisa maníaca.

Malas noticias. Algo así no tendría que estar aquí.

Edward metió la camioneta en la estación de servicio, y los gruesos neumáticos hicieron sonar el timbre de aviso. Un quinceañero muy bronceado, con unos tejanos casi blancos de tantas lavadas y una descolorida camiseta gris claro de Def Leppard, salió del taller anexo a un lado de la tienda de alimentación y se acerco al Land Cruiser. Edward le advirtió con las mano que no se acercara.

—Necesitamos usar el teléfono —dijo.

—Pago por anticipado —señaló el muchacho, suspicaz.

—¿Alguno de vosotros tiene monedas de a cuarto? —preguntó Edward. Nadie las tenía—. Necesitamos usar el teléfono de la tienda. Es una emergencia.

El muchacho vio la forma envuelta en las toallas a través de las ventanillas del Land Cruiser.

—¿Hay alguien herido? —preguntó, curioso.

—Manténte lejos —le advirtió Minelli.

—Cállate, Minelli —chirrió Reslaw entre dientes apretados.

—Sí.

—¿Muerto? —preguntó el muchacho, con un tic nervioso en una mejilla.

Edward se encogió de hombros y entró en la tienda. Dentro, una mujer bajita y muy ancha con un traje hawaiano suelto de tela estampada se negó rotundamente a dejarles usar el teléfono.

—Mire —explicó Edward—, le pagaré con mi tarjeta de crédito. Mi tarjeta de crédito telefónica.

—Enseñe tarjeta.

Una mujer alta, esbelta, atractiva, de pelo negro, entró en la tienda, vestida con unos tejanos no descoloridos y una blusa de seda blanca.

—¿Qué ocurre, Esther? —preguntó.

—Hombre quiere pagar con tarjeta —dijo Esther—. Quiere usar teléfono aquí, pero dice que paga con tarjeta de crédito.

—Jesús, gracias, tiene usted razón —dijo Edward, mirando a las dos mujeres—. Usaré mi tarjeta para pagar la llamada.

—¿Es una emergencia? —quiso saber la mujer del pelo negro.

—Sí.

—Bien, adelante, utilice el teléfono de la tienda.

Esther la miró resentida. Edward se deslizó detrás del mostrador, mientras la mujer gruesa se apartaba diestramente fuera de su camino, y apretó el botón para obtener línea. Luego hizo una pausa.

—¿El hospital? —preguntó la mujer del cabello negro.

Edward agitó la cabeza, dubitativo.

—No sé —dijo—. Quizá también las Fuerzas Aéreas.

—¿Han visto estrellarse un avión? —preguntó la mujer.

—Sí —dijo Edward, en bien de la simplicidad.

La mujer le dio el número de un hospital de urgencias, y le sugirió que llamara a la centralita para conseguir el de las Fuerzas Aéreas. Pero Edward no marcó primero el número del hospital. Dudó, mirando nerviosamente la tienda, preguntándose por qué no había planeado por anticipado un curso claro de acción.

¿Goldstone, o Edwards, o quizá incluso Fort Irwin?

Pidió a la centralita el número del comandante de la base en Edwards. Mientras oía sonar el aparato al otro lado, pensó en alguna excusa. Reslaw tenía razón: decir la verdad no les llevaría a ninguna parte.

—Oficina del general Frohlich, teniente Blunt al habla.

—Teniente, mi nombre es Edward Shaw. —Intentó que su voz sonara tan tranquila como la de un locutor de televisión—. Yo y dos amigos míos…, dos colegas, hemos visto estrellarse un reactor a unos treinta kilómetros al norte de Shoshone; por eso le llamo desde…

El teniente se mostró de inmediato muy interesado; pidió detalles.

—No sé qué tipo de reactor —prosiguió Edward, incapaz de impedir que un ligero temblor aflorara a su voz—. No me pareció familiar, excepto quizá… Bien, uno de nosotros piensa que se parecía a un MiG que vimos en AvWeek.

—¿Un MIG? —el tono del teniente se hizo más escéptico. La sensación de culpabilidad de Edward se intensificó—. ¿Vieron ustedes realmente caer el aparato?

—Sí, señor, y los restos. No leo ruso…, pero creo que eran caracteres cirílicos.

—¿Está usted seguro de eso? Por favor, déme su nombre y los datos de sus documentos de identidad.

Edward le dio al teniente su nombre y los números de su seguridad social, permiso de conducir y, para mayor seguridad, su MasterCard.

—Creemos saber dónde está el piloto, pero no lo encontramos.

—¿El piloto está vivo?

—Colgaba de las cuerdas de un paracaídas, teniente. Parecía vivo, pero cayó entre unas rocas.

—¿Desde dónde llama usted?

—Desde Shoshone. De… No sé el nombre de la tienda.

—Supermercado Charles Morgan —dijo la mujer del pelo negro.

Edward repitió el nombre.

—La tienda de alimentación del pueblo.

—¿Puede conducirnos hasta donde vio el aparato? —preguntó el teniente.

—Sí, señor.

—¿Y se da cuenta de las consecuencias que puede tener para usted el proporcionar falsa información respecto a una emergencia de este tipo?

—Sí, señor; lo sé.

Las dos mujeres le miraron con los ojos muy abiertos.

—¿Un MiG? —murmuró la mujer delgada y de pelo negro después de que Edward colgara el aparato. Sonaba incrédula.

—Escuchen —dijo Edward—. Le mentí a ese hombre. Pero no voy a mentirles a ustedes. Puede que necesitemos su cámara frigorífica.

Esther parecía como a punto de desmayarse.

—¿Qué ocurre, eh? —preguntó—. ¿Stella? ¿Qué es todo esto? —Sus balbuceos se habían hecho más incomprensibles, y su rostro parecía blando y sudoroso.

—Sólo a usted —dijo Edward a Stella.

Ella le examinó críticamente; señaló su cinturón y su martillo de geólogo, aún colgado de su funda de cuero.

—¿Es usted un buscapiedras?

—Geólogo —rectificó él.

—¿De dónde?

—Universidad de Texas.

—¿Conoce usted a Harvey Bridge, de…?

—De la U.C. Davis. Seguro.

—Viene aquí durante el invierno… —Pareció notablemente menos escéptica—. Esther, ve a buscar al sheriff. Está en el café, hablando con Ed.

—No creo que debamos mezclar a mucha gente en esto —sugirió Edward. Malos sentimientos.

—¿Ni siquiera al sheriff?

Él miró al techo.

—No sé…

—De acuerdo entonces; Esther, vete a casa. Si no sabes nada de mí en media hora, ve a buscar al sheriff y dale la descripción de este hombre —señaló con la cabeza a Edward.

—¿Estará bien, sí? —preguntó ansiosamente Esther, rascando delicadamente con sus cortos y gruesos dedos el mostrador.

—Estaré bien. Vete a casa.

La tienda tenía sólo un cliente, un chico que estaba curioseando entre las estanterías de libros de bolsillo y revistas en un rincón. Bajo la mirada conjunta de Stella y Edward, no tardó en salir por la puerta, encogiéndose de hombros y frotándose el cuello.

—Bien, ¿y ahora me explicará lo que ocurre? —preguntó Stella.

Edward dio instrucciones a Minelli de que trajera el Land Cruiser hasta la parte de atrás de la tienda. Hizo un gesto a Stella para que le siguiera al exterior por la puerta trasera.

—Necesitaremos un lugar frío y oscuro —le dijo mientras aguardaban.

—Me gustaría saber qué está pasando —repitió ella, la mandíbula firme, la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. La forma en que estaba de pie, con los pies sólidamente plantados en el suelo y las manos en las caderas, le dijo a Edward tan claramente como las palabras que no podía seguir con más evasivas.

—Hay un nuevo cono de escorias ahí fuera —dijo. Minelli estacionó el vehículo cerca de la puerta. Hablando rápidamente para impedir que su historia se le deshiciera en fragmentos, Edward abrió la puerta de atrás del Land Cruiser, echando a un lado la tienda y las toallas mojadas—. Quiero decir, no reciente… Sólo nuevo. No está en ningún mapa. No debería estar allí. Encontramos esto a su lado.

La cabeza-mitra se alzó ligeramente, y los tres ojos color jerez emergieron para mirar a las tres figuras que tenía delante. Reslaw estaba en la esquina más alejada de la tienda, vigilando que no se asomara ningún curioso.

Hay que decir en su haber que Stella no gritó. Ni siquiera se puso pálida. En realidad, se acercó más.

—No es un fraude —dijo, convencida tan rápidamente como él.

—No, señora.

—Pobre cosa… ¿Qué es?

Edward sugirió entrarlo. Lo liberaron de sus coberturas y lo pasaron a través de la puerta de mercancías hasta el gran refrigerador para la carne.

PERSPECTIVA

Entrevista de la Red de Noticias de la Costa Este a Terence Jacobi, cantante líder de los HardWires, 30 de septiembre de 1996:

RNCE: Señor Jacobi, la música de su grupo ha predicado de forma consistente, por decirlo así, la llegada del Apocalipsis, desde una perspectiva cristiana más bien radical. Con dos canciones en los 40 Principales y tres discos que totalizan diez millones de ventas, han pulsado ustedes sin lugar a dudas un nervio de la joven generación. ¿Cómo explica la popularidad de su música?

Jacobi (Riendo, luego bufando y sonándose la nariz): Todo el mundo sabe que, entre la edad de catorce y veintidós años, sólo tienes dos auténticos amigos: tu mano izquierda y Cristo. El mundo entero está ahí fuera para atraparte. Quizá si el mundo desapareciera, si Dios borrara un poco la pizarra, podríamos empezar a ser nosotros mismos. Dios es un Dios justo. Enviará sus ángeles a la Tierra para advertirnos. Nosotros creemos en eso, y lo reflejamos en nuestra música.

2

3 de octubre

Harry Feinman estaba de pie en la parte de atrás del bote, desenredando el sedal del huso de su carrete. Arthur dejó que el bote derivara en las tranquilas aguas. Echó el ancla a una docena de metros al sur del gran pino inclinado que señalaba el lugar de aguas profundas donde, se rumoreaba, muchos pescadores habían sacado varios peces grandes en los últimos años. Marty jugueteaba con los peces pequeños del cubo del cebo y abría las cajas de cartón llenas de tierra y gusanos. El sol era un resplandor silueteado por delgadas nubes altas; el aire olía a río, a fresco y pungente verdor, y a la frialdad de principios de otoño. En las calmadas aguas remansadas de la parte más profunda se habían ido acumulando las amarronadas hojas, formando una ondulante alfombra.

—¿Tengo que ponerle el cebo a mi anzuelo? —preguntó Marty.

—Eso es parte del juego —dijo Harry. Harry Feinman era un hombre robusto y musculoso, quince centímetros más bajo que Arthur, con canas prematuras en un pelo que retrocedía desde todos los frentes excepto en su nuca, donde se aventuraba en un rígido mechón por debajo del cuello de su chaqueta de piel negra. Su rostro era carnoso, amigable, con unos pequeños ojos penetrantes y unas intensas y oscuras cejas. Enrolló vigorosamente el suelto nilón y colocó la caña entre la lata del cebo y una caja de aparejos—. No te ganarás tu pesca si no lo haces tú todo.

Arthur parpadeó ante la dubitativa mirada del niño.

—Puedo hacerles daño a los gusanos —dijo Marty.

—Honestamente, no sé si sienten dolor o no —dijo Harry—. Es probable. Pero así es como son las cosas.

—¿Así es como son las cosas, papá? —preguntó Marty a Arthur.

—Supongo que sí. —En todo el tiempo que habían pasado viviendo junto al río, Arthur nunca había llevado a Marty a pescar.

—Tu padre está aquí para hacerte las cosas más fáciles, Marty. Yo no. Pescar es un asunto serio. Es un ritual.

Marty había oído hablar de los rituales.

—Eso significa que se supone que debemos hacer algo de una cierta manera para así no sentirnos culpables —dijo.

—Lo has acertado —felicitó Harry.

Marty adoptó una mirada vacía que significaba que estaba atrapando una idea.

—El hecho de que Peggy se case…, ¿es eso un ritual, porque van a practicar el sexo? ¿Y podrían sentirse culpables si no lo hicieran?

Por la mañana, Francine y Martin irían en coche a Eugene para asistir a la boda de su sobrina. Arthur hubiera debido acompañarles, pero ahora había asuntos mucho más importantes.

Arthur alzó las cejas en dirección a Harry.

—Creo que has llevado esto demasiado lejos —dijo.

—Es tu hijo, colega.

—Casarse es una celebración. Es un ritual, pero es alegre. No como ponerle un cebo a un anzuelo.

Harry sonrió.

—Y nadie se siente ya culpable por practicar el sexo.

Marty asintió, satisfecho, y tomó el anzuelo de una caña de Arthur. Arthur extrajo un gusano de la caja de cartón y se lo tendió a su hijo.

—Retuércelo en torno al anzuelo y ensártalo varias veces.

—Eeeggg —dijo Martin, haciendo lo que le decía su padre—. La sangre del gusano es amarilla —añadió—. Y pegajosa.

Pescaron en la parte profunda del río durante una hora, sin suerte. A las nueve y media, Martin estaba dispuesto a dejar la caña y tomar un bocadillo.

—De acuerdo —le dijo Arthur—. Lávate las manos en el río. La sangre del gusano, recuerda.

—Eeeggg. —Marty se inclinó sobre la borda para sumergir sus manos en el agua.

Harry se reclinó hacia atrás, dejando que sus rodillas sujetaran la caña, y entrelazó las manos tras la nuca, sonriendo ampliamente.

—Hacía años que no nos dedicábamos a esto.

—No echo mucho en falta la pesca —dijo Arthur.

—Cobarde.

—Papá no es un cobarde —protestó Marty.

—Explícaselo —animó Arthur.

—Pescar es asqueroso —dijo Marty.

—De tal padre, tal hijo —se lamentó Harry.

La blanda gorra de pescador de Harry arrojaba una sombra sobre sus ojos. Arthur recordó repentinamente el sueño, con la cabeza de Harry convertida en una luna llena, y se estremeció. El viento se alzó frío y húmedo por entre las sombras de los árboles, con un hermoso suspirar que era casi una endecha.

Marty comió su bocadillo, sin darse cuenta de nada de aquello.

4 de octubre

Más allá de las amplias puertas cristaleras y una cortina de altos pinos, el río discurría tranquilo y verde en una amplia curva. Al oeste, una serie de blancas nubes rodaban tierra adentro, su parte inferior pesada y gris.

En la cocina, entre potes de cobre y sartenes colgadas, Arthur cascó unos huevos en una sartén de hierro sobre el ancho fuego de gas.

—Nos conocemos desde hace treinta años —dijo, llevando dos platos de huevos revueltos y salchichas y depositando uno sobre la recia mesa de roble frente a su amigo—. Sin embargo, no nos vemos lo bastante a menudo.

—Por eso hemos sido amigos durante tanto tiempo. —Harry golpeó ligeramente la mesa con el mango de su tenedor—. Este aire —dijo—. Me hace sentir treinta años más joven, cuando comí esto por última vez. Vaya refugio tienes aquí.

—Te estás dejando llevar por el sentimentalismo —dijo Arthur, volviendo a la cocina en busca de una jarra de zumo de naranja.

—¿Las salchichas…?

—Hebrew National.

—Dios te bendiga. —Harry removió el blando montón amarillo en el redondo plato de gres. Arthur se sentó frente a él.

—¿Cómo consigues trabajar aquí? Yo prefiero celdas de cemento. Ayudan a la concentración.

—Tú duermes bien.

—Ronco, Arthur, duerma bien o no.

Arthur sonrió.

—Y te llamas a ti mismo un hombre de puertas afuera, un pescador. —Cortó la punta de una salchicha y la alzó a su boca—. Entre consultas e intentos de reeducarme a mí mismo, he intentado escribir un libro sobre la administración Hampton. Ni siquiera he empezado en serio con el primer capítulo. No estoy seguro de cómo describir lo que ocurrió. Qué maravillosa comedia trágica fue todo aquello.

—Hampton dio a la ciencia más credibilidad que ningún otro presidente desde… Bien —dijo Harry—, desde hace mucho. —Alzó una mano y extendió los dedos.

—Espero que Crockerman…

—Vaya nombre para un presidente.

—Puede que no sea tan malo. Ésa es parte de la razón de que te haya invitado aquí.

Harry alzó una poblada ceja. Los dos formaban un contraste tan acusado como cualquier pareja clásica de comedia: Arthur alto y ligeramente encorvado, su pelo castaño rizado natural; Harry de mediana estatura y recio hasta el límite de ser casi grueso en su madurez, con una frente amplia y una expresión amistosa en sus grandes ojos que le hacían parecer más viejo de lo que era.

—Le dije a Ithaca… —Ithaca, su encantadora y clásicamente proporcionada esposa, a la que Arthur no había visto en seis años, era diez años más joven que Harry.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que habías usado ese tono de voz que quería dar a entender que tenías algún trabajo para mí.

Arthur asintió.

—Lo tengo. La oficina está siendo resucitada. En cierto sentido.

—¿Crockerman está reviviendo a Betsy?

—No tanto. —El BETC, el Bureau of Extraterrestrial Communication, la Oficina de Comunicaciones Extraterrestres a la que todos llamaban familiarmente «Betsy» para abreviar, había sido la última actuación pública de Arthur en Washington. Había servido como secretario del BETC durante tres años bajo el mandato de Hampton, que le había contratado tras el Incidente de Arecibo de 1992. Aquello había resultado ser una falsa alarma, pero Hampton había conservado a Arthur hasta su asesinato en la ciudad de México en agosto de 1994. El vicepresidente William Crockerman había prestado juramento en un tren en Nuevo México, e inmediatamente se había apresurado a poner su sello en la Casa Blanca, reemplazando a la mayor parte del Gabinete con personas elegidas por él. Tres meses después de jurar su cargo, el nuevo jefe de personal, Irwin Schwartz, le había dicho a Arthur:

—No hay hombrecillos verdes, no hay naves perdidas en las Bermudas… Será mejor que vuelva a casa, señor Gordon.

—¿Va a convertirte en su asesor científico? —preguntó Harry—. ¿Va a echar a patadas a ese idiota de Rotterjack?

Arthur agitó negativamente la cabeza, sonriendo.

—Está formando un equipo operativo presidencial de tipo especial.

—Australia —dijo Harry, asintiendo juiciosamente con la cabeza. Dejó su vaso de zumo de naranja sin haber bebido nada y se preparó como para un asalto, con los ojos fijos en los especieros para la sal y la pimienta en el centro de la mesa—. El Gran Desierto Victoria.

Arthur no se mostró sorprendido.

—¿Cuánto sabes de eso? —preguntó.

—Sé que fue descubierto por unos prospectores de ópalos y que no se suponía que debiera estar allí. Sé que puede ser un virtual duplicado de Ayers Rock.

—Esa última parte no es completamente cierta. Difiere sustancialmente. Pero tienes razón. Es reciente, y no debería estar allí. —Arthur se sintió aliviado al saber que Harry no había oído hablar del otro incidente mucho más cerca de casa.

—¿Qué tenemos que hacer con eso?

—Al final Australia ha pedido consejo. El Primer Ministro aparecerá ante las cámaras para hacer público un informe dentro de tres días o menos. Se halla sometido a algunas presiones.

—¿Hombrecillos verdes?

—Ni siquiera puedo comentarte esto hasta que te haya hecho las preguntas de rigor, Harry.

—Entonces hazlas —dijo Harry, preparado aún para un asalto.

—El presidente me ha puesto a cargo del equipo civil de investigación científica. Trabajamos con los militares y con el Estado. Tú eres mi primera elección.

—Soy bioquímico. Eso significa…

Arthur agitó lentamente la cabeza.

—Escúchame, Harry. Te necesito en tu calidad de bioquímico y como mi segundo al mando. Estoy también detrás de Warren, de la Estatal de Kent, en geología, y de Abante, de Malibú, en física. Los dos han aceptado, pero primero tienen que pasar el examen político.

—¿Crees que yo pasaré los interrogatorios políticos de Crockerman? —preguntó Harry.

—Lo harás si yo insisto, y lo haré.

—¿Necesitas un bioquímico… de veras?

—Ese es el rumor —dijo Arthur, y su sonrisa se hizo más amplia.

—Sería encantador. —Harry echó hacia atrás su silla, con sólo la mitad de sus huevos y salchichas comidos—. Viejos amigos, trabajando juntos de nuevo. Ithaca estaría de acuerdo. Infiernos, incluso aunque no lo estuviera… Pero…

—Nunca habrá otra oportunidad como ésta —dijo Arthur, remarcando cada palabra como si estuviera metiendo a martillazos una idea difícil en la cabeza de un estudiante torpe.

Harry frunció el ceño y alzó la vista hacia Arthur.

—¿Dupres, del King's College?

—Lo he pedido. Todavía no ha respondido. Puede que no consigamos extranjeros en el equipo.

—No te rechazaría a la ligera —dijo Harry. Arthur vio que los ojos de su amigo estaban enrojecidos. Parecía próximo a las lágrimas—. Necesitas a alguien de confianza.

—¿Qué significa esto?

Harry miró por la ventana, la mano tensa sobre el mango de un tenedor, relajándose.

—Se lo dije a Ithaca hace tres semanas.

El rostro de Arthur se volvió plácido, limpio de toda la excitación que había exhibido hacía unos momentos.

—¿El qué?

—Leucemia crónica. La tengo. Ella me tiene a mí.

Arthur parpadeó dos veces. Harry no le miró directamente.

—No es buena. Cuestión de meses. Me pasaré la mayor parte del tiempo luchando contra ella. No puedo ver cómo podría ser algo más que un estorbo.

—¿Terminal? —preguntó Arthur.

—Los médicos dicen que quizá no. Pero he estado leyendo. —Se encogió de hombros.

—Esos nuevos tratamientos…

—Muy prometedores. Tengo esperanzas. Pero tienes que darte cuenta… —Harry volvió su brillante mirada hacia Arthur—. Esa cosa, ¿es tan grande como Ayers Rock, y cuánto tiempo lleva allí?

—No más de seis meses. Los satélites de vigilancia cartografiaron aquella zona hace poco más de seis meses, y no estaba.

Harry sonrió ampliamente.

—Eso es maravilloso. Es realmente maravilloso. ¿Qué demonios es, Arthur?

—¿Quizás un fragmento de Europa? —La voz de Arthur sonó muy lejana. La mirada de su amigo aún no se había cruzado con la suya.

Harry rió fuertemente y echó la servilleta sobre la mesa.

—No me mostraré triste ni lloraré. No con esto.

Arthur sintió un nudo insoportable en la garganta. Prácticamente había crecido con Harry. Se habían conocido a lo largo de más de treinta años. No era posible que se estuviera muriendo. Tosió.

—Nos haremos adultos con ello, Harry. Toda la raza humana. Te necesito mucho…

—¿Puedes utilizar a un previsible inválido? —Ahora sus ojos se cruzaron, y esta vez fue Arthur quien apartó la vista, con los hombros rígidos. Con un esfuerzo, se obligó a mirar de nuevo.

—Lo conseguirás, Harry.

—Señor, y hablas de voluntad de vivir.

—Únete al equipo.

Harry se secó los ojos con el índice de su mano derecha.

—¿Viajes? Quiero decir, ¿cuántos…?

—Al principio, pero puedes quedarte en Los Angeles si lo deseas, luego.

—Lo necesitaré. El tratamiento es en la UCLA.

Arthur alargó una mano.

—Lo conseguirás.

—Después de eso, quizá no sea tan malo —dijo Harry. Tomó la mano ofrecida y la estrechó firmemente.

—¿El qué?

—Morir. Vaya cosa de ver… ¿Hombrecillos verdes, Arthur?

—¿Estás con nosotros?

—Sabes que sí.

—Entonces te daré el cuadro general. No es sólo Australia. Hay algo también en el desierto de Mojave, en el Valle de la Muerte, entre un complejo turístico llamado Furnace Creek y un pueblecito llamado Shoshone. Parece un cono de escoria. Es nuevo. No pertenece aquí.

Harry sonrió como un niño pequeño.

—Maravilloso.

—Ah, sí, y hay un «hombrecillo verde».

—¿Dónde?

—Por el momento, en la base de las Fuerzas Aéreas de Van-denberg.

Harry contempló el techo y alzó los dos brazos, dejando finalmente que las lágrimas brotaran libremente de sus ojos.

—Gracias, señor.

PERSPECTIVA

El pulso de la Tierra, WorldNet USA, 5 de octubre de 1996:

Casi todo va bien hoy en el mundo. No hay terremotos, ni tifones, ni huracanes acercándose a tierra firme. Francamente, diríamos que hoy fue un día brillante y glorioso, excepto las nevadas de primera hora en la parte nororiental de los Estados Unidos, las lluvias de esta noche en el noroeste del Pacífico, y la confirmación la semana pasada de que la siempre popular corriente de El Niño ha regresado al Pacífico sur. Los australianos se preparan para otra larga sequía frente al azote de esta cálida agua oceánica.

3

Cuando Trevor Hicks le dijo a Shelly Terhune, su publicista, que la entrevista matutina con la KGB estaba en marcha, ella hizo una pausa, rió disimuladamente y dijo:

—A Vicky no le gustará que se vuelva usted un traidor. —Vicky Jackson era su editora en Knopf.

—Dígale que es en la FM, Shelly. Voy a verme apretujado entre el informe del surf y las noticias de la mañana.

—¿La KGB emite un informe del surf?

—Compruébelo, está en su lista de estaciones —dijo él, burlonamente exasperado—. Yo no soy responsable.

—De acuerdo, déjeme ver —indicó Shelly—. KGB-FM. Tiene razón. ¿Ha confirmado el espacio?

—El director de programas dice que entre diez y quince minutos, pero estoy seguro de que cortará bruscamente a los treinta segundos.

—Al menos llegará a los surfistas. Quizá no hayan oído hablar de usted.

—Si no han oído hablar de mí, no habrá sido porque usted no lo haya intentado. —Quiso adoptar un tono petulante. De hecho, se sentía completamente agotado; después de todo tenía sesenta y ocho años, y aunque se notaba comparativamente sano y fuerte, Hicks no estaba acostumbrado ya a ese ritmo. Hacía diez años, lo hubiera hecho cabeza abajo.

—Vamos, vamos. Mañana tenemos prevista esa charla en televisión por la mañana.

—Confirmado, mañana por la mañana. En directo, para que no puedan montar nada.

—No diga nada fuerte —le advirtió Shelly. No era necesario que lo hiciera. Trevor Hicks efectuaba algunas de las más educadas y eruditas entrevistas imaginables. Su imagen pública era brillante y con un atractivo estilo descuidado; se parecía a la vez a Albert Einstein y a un Bertrand Russell de edad madura; lo que tenía que decir era tecnocráticamente consensuado, difícilmente controvertido y siempre bueno para un programa corto de noticias. Había fundado el capítulo británico de la Sociedad Troyana, dedicado a la exploración del espacio y a la construcción de enormes hábitats espaciales en órbita; era miembro desde hacía cuarenta y siete años de la Sociedad Interplanetaria Británica; había escrito veintitrés libros, el más reciente Hogar estelar, una novela acerca de un primer contacto; y finalmente pero no lo último, era el portavoz más público del denominado «sector civil» que defendía la exploración tripulada del espacio. El suyo no era un nombre muy pronunciado, pero era uno de los más respetados periodistas científicos del mundo. Pese a llevar doce años en los Estados Unidos, no había perdido su acento inglés. En pocas palabras, tanto en radio como en televisión era natural. Shelly se había aprovechado de aquello contratando para él una «gira» genérica por diecisiete ciudades en cuatro semanas.

Esta semana era en San Diego. No había estado en San Diego desde 1954, cuando había cubierto los ensayos de vuelo del primer caza hidroplano a reacción, el Delta Dart, en la bahía de San Diego. La ciudad había cambiado enormemente desde entonces; ya no era una soñolienta ciudad de la Marina. Había sido alojado en el nuevo y de moda Hotel Inter-Continental, junto al muelle, y desde la ventana de su décimo piso podía ver toda la bahía.

Durante aquellos años había sido uno de los periodistas destacados de la agencia Reuters, concentrándose siempre que le era posible en historias científicas. El mundo, sin embargo, había parecido caer en un profundo e intranquilo sueño en los años cincuenta. Pocas de sus historias científicas habían obtenido mucha atención. La ciencia era equiparada a las bombas H; la política era el tema más sexy y más fácilmente aceptado de la época. Luego había volado a Moscú para cubrir una conferencia agrícola, como parte del libro que preparaba sobre el biólogo ruso Lisenko y el culto estalinista al lisenkoismo. Aquello había sido a finales de septiembre.

La conferencia se había arrastrado a lo largo de cinco aburridos y agotadores días, sin carne para su libro, y peor aún, sin historias que convencieran a la Reuters de que tenía siquiera un indicio de por qué estaba allí. El último día de la conferencia, la noticia del lanzamiento del primer satélite artificial de la Tierra, una bola de metal de 84 kilos llamada Sputnik, llegó justo a tiempo para salvar su carrera. El Sputnik devolvió la ciencia a primera línea del periodismo mundial. Trevor Hicks había hallado de pronto su enfoque: el espacio. Enterró su libro sobre el lisenkoismo y lo olvidó todo sin siquiera una mirada atrás.

Se echó una esposa —realmente, no hay otra palabra más amable para describirlo— en 1965, y vivió con y rompió con otras tres mujeres desde entonces. En general era un soltero empedernido, aunque se había sentido inclinado hacia la reportera del National Geographic a la que conoció en la celebración del vuelo de inspección del Galileo en Pasadena, el año pasado. Pero ella no se había sentido inclinada hacia él.

Trevor Hicks no estaba simplemente acumulando un gran archivo de recuerdos históricos; se estaba haciendo viejo. Su pelo era decididamente canoso. Se mantenía en forma de la mejor manera que podía, pero…

Cerró las cortinas sobre la bahía y el resplandeciente conglomerado de la Disneylandia de tiendas y restaurantes llamado Seaport Village.

Su ordenador portátil aguardaba silencioso en el escritorio negro de arce de la habitación, su pantalla abierta llena de caracteres en negro sobre un fondo cremoso. La pantalla se parecía notablemente a una hoja enmarcada de papel escrito a máquina. Hicks se sentó en la silla y se mordisqueó un callo en el primer nudillo de su dedo medio. Había conseguido aquel callo, pensó ociosamente, a través de miles de horas con el lápiz en la mano, tomando notas que ahora podía simplemente escribir con más facilidad en el ordenador apoyado sobre sus rodillas. Muchos periodistas más jóvenes no tenían esos callos en sus dedos medios.

—Eso es —dijo, desconectando la máquina y echando hacia atrás la silla—. No hay nada que hacer. Olvídalo. —Cerró la pantalla y se puso los zapatos. La tarde antes había visitado un antiguo velero y un museo marítimo en el muelle, sólo un corto paseo.

Silbando, cerró la puerta de la habitación tras él, y caminó con sus cortas y recias piernas pasillo abajo.

—¿Qué espera usted que encuentre la humanidad en el espacio, señor Hicks? —preguntó el director del noticiario, un joven de denso pelo que rozaba la treintena. El micrófono que sostenía en la mano se metió debajo de la nariz de Hicks, obligándole a alzar ligeramente la barbilla para hablar. Hicks no se atrevió a ajustar su movimiento; era en directo. La entrevista estaba siendo grabada además en un antiguo magnetoscopio negro y gris en una consola detrás del director del noticiario.

—La guerra por la obtención de recursos se está caldeando —dijo Hicks. Un poco más de romanticismo, quizá—: El cielo está lleno de metales, hierro y níquel e incluso platino y oro… Montañas volantes llamadas asteroides. Podemos traer esas montañas a la Tierra y explotar sus minerales en órbita. Algunas de ellas son casi metal puro.

—¿Pero qué convencerá, digamos, a un muchacho o muchacha quinceañero a estudiar una carrera abocada al espacio?

—El tener una oportunidad —dijo Hicks, aún frío al micrófono y al entrevistador, con la mente en otra parte. Llámalo instinto de periodista, pero llevaba varios días sintiéndose intranquilo—. Pueden elegir quedarse en la Tierra y vivir una existencia, una vida, muy poco distinta de las vidas que llevaron sus padres, o pueden intentar abrir sus alas hacia las altas fronteras. No necesito convencer a los jóvenes que el futuro, dentro de diez o veinte años, está realmente en el espacio. Ellos ya lo saben.

—¿Predicando para el coro? —preguntó amablemente el director del noticiario.

—Más bien sí —dijo Hicks. El espacio ya no era controvertido. No era el tipo de tema que ocupara mucho tiempo de antena en las emisoras de rock y surf.

—¿Tal vez el temor de estar «predicando para el coro» le impulsó a escribir su novela, quizá con la esperanza de encontrar una audiencia más amplia?

—¿Perdón?

—Una audiencia más allá de los libros científicos. Una incursión en la ciencia ficción.

—Nada de incursión. Leo ciencia ficción desde que era un chico en Somerset. Arthur Clarke nació en Somerset, ¿sabe? Pero respondiendo a su pregunta: no. Mi novela no está escrita para las masas, ésa es la lástima. Cualquiera a quien le guste la literatura sólida le ha de gustar mi novela, pero debo advertirle —oh, Dios, pensó Hicks; no sólo frío; malditamente helado— que es técnica. No se admiten ignorantes. La sobrecubierta se estremece ante su aproximación.

El director rió educadamente.

—A mí me gustó —dijo—, y supongo que eso significa que no soy un ignorante.

—Por supuesto que no —concedió Hicks.

—Naturalmente, ha oído hablar usted de los informes australianos…

—No. Lo siento.

—Han estado llegando durante todo el día.

—Sí, bueno, sólo son las diez de la mañana, y he dormido hasta tarde. —Se dio cuenta de que sentía un ligero hormigueo en la nuca. Miró firmemente al director del noticiario, con ojos ligeramente saltones.

—Esperaba poder conseguir algún comentario de usted, un experto en fenómenos extraterrestres.

—Cuéntemelo, y yo lo comentaré.

—Los detalles todavía son embrionarios, pero al parecer el gobierno australiano está solicitando asesoramiento para enfrentarse a la presencia de una nave espacial alienígena en su suelo.

—Ahora una de indios —dijo Hicks reflexivamente.

—Eso es lo que han informado.

—Suena estúpido.

El rostro del director enrojeció.

—Yo sólo transmito las noticias, no las fabrico.

—Toda mi vida he aguardado la posibilidad de informar de un auténtico encuentro con extraterrestres. Llámeme romántico si quiere, pero siempre he mantenido la esperanza de la posibilidad de un encuentro así. Y siempre me he sentido decepcionado.

—¿Cree que el informe es un fraude?

—No creo nada.

—Pero, si hubiera visitantes alienígenas, ¿se apuntaría usted entre los primeros a hablar con ellos?

—Les invitaría a casa a que conocieran a mami. A mi madre.

—¿Les daría la bienvenida a su casa?

—Por supuesto —dijo Hicks, sintiendo un calorcillo interior. Ahora podía mostrar su auténtico ingenio y estilo.

—Gracias, señor Hicks. —El director acercó de nuevo el micrófono a su boca, dejando a Hicks fuera—. Trevor Hicks es un científico y un periodista científico cuyo más reciente libro es una novela, Hogar estelar, que trata del siempre fascinante tema de la colonización del espacio y el primer contacto con seres extraterrestres. Y a continuación podrán escuchar, en las Noticias de las Nueve: otro intento de capturar la arena arrebatada por el mar en Pacific Beach, y el nacimiento de una ballena gris en Sea World.

—¿Puedo ver esos informes australianos? —preguntó Hicks cuando el director del noticiario hubo terminado. Revisó los télex del pequeño montón del servicio de agencias. Lo mejor que se podía decir de ellos era que eran lacónicos. Un nuevo Ayers Rock en medio del Gran Desierto Victoria. Geólogos investigando. Formación anómala.

—Notable —dijo, devolviendo las hojas al director del noticiario—. Gracias.

—A su disposición —dijo el director, abriendo la puerta.

Un brillante taxi amarillo le aguardaba en el aparcamiento de la emisora. Hicks subió al asiento de atrás, sintiendo todavía el hormigueo en la nuca.

—¿Puede encontrar un puesto de periódicos? —preguntó al taxista.

—¿Un puesto de periódicos? No en Clairemont Mesa.

—Necesito un periódico. Un buen periódico. Edición de la mañana.

—Sé un lugar en la avenida Adams que vende el New York Times, pero será el de ayer.

Hicks parpadeó y negó con la cabeza. Sus reflejos tecnológicos eran lentos.

—Al Inter-Continental, entonces —dijo. Grandes partes de su cerebro vivían todavía veinte años en el pasado. Sobre la mesa, en su habitación del hotel, tenía un dispositivo que podría proporcionarle todas las noticias que necesitaba: su ordenador. Con su modem incorporado, podía conseguir el acceso a una docena de las principales redes de datos dentro del plazo de una hora. También podía echar un vistazo a unos cuantos esotéricos boletines sobre temas del espacio en busca de la información que los periódicos no consideraban suficientemente de confianza como para publicar. Y siempre estaba el enigmático Regulus. Hicks no había accedido al Regulus durante sus periódicos vagabundeos a través de las redes y boletines, pero había conseguido su número y su código de identificación a través de un amigo, Chris Riley, en el Cal Tech.

Regulus, le había dicho Riley, conocía todas las cosas profanas acerca del espacio y la tecnología.

Al infierno con promocionar el libro. Hicks no se había sentido tan enérgico desde 1969, cuando había cubierto el alunizaje para el New Scientist.

4

Arthur permanecía tendido en la cama, con los brazos doblados tras su cabeza. Francine estaba sentada sobre un montón de almohadones a su lado. Ella y Martin habían regresado el día antes, para hallarle preocupado con profundos secretos. Un bloc con su proyecto de planear y reunir un equipo operativo estaba abierto sobre sus rodillas, sin leer.

Estaba pensando en cómo enfrentarse a una vida sin Harry. Parecía triste, aunque estuviera cargada de misterios y acontecimientos de la mayor relevancia histórica.

Francine, con su negro pelo suelto sobre sus hombros, miraba a su esposo cada pocos minutos, pero no interrumpió sus meditaciones. Arthur interceptó aquellas miradas sin reaccionar. Casi deseó que preguntara algo.

Había pasado casi toda su vida adulta sabiendo que Harry se hallaba disponible para discutir con él, por teléfono o carta; disponible para ser visitado de un día para otro, estuvieran o no ambos agobiados de trabajo. Habían madurado juntos, habían salido juntos con sus respectivas parejas; Harry había aprobado de corazón la elección de Francine cuando un mucho más joven Arthur se la había presentado. «Me casaré con ella si tú no lo haces», le había dicho, sólo medio en broma. Juntos, durante diez años, Francine y Arthur habían arreglado cita tras cita entre diversas mujeres sensibles y elegibles y Harry, pero Harry siempre se había desviado educadamente fuera de aquellos planes casamenteros. Había sorprendido a todo el mundo cuando conoció y se casó con Ithaca Springer en Nueva York, en 1983. El matrimonio, contra todas las predicciones, había prosperado. Joven hija de un banquero de la alta sociedad y científico; no parecía una historia abocada al éxito, pero Ithaca demostró estar lo bastante preparada como para mantenerse al menos a la altura de los rudimentos del trabajo de su esposo, y le había entregado a Harry una dote mucho más útil: un amoroso y persistente entrenamiento en las gracias sociales.

Ambos habían mantenido una testaruda independencia, pero Arthur se había dado cuenta muy pronto de que Harry era ya incapaz de vivir sin Ithaca. ¿Cómo se las arreglaría Ithaca sin Harry?

Arthur no se lo había dicho todavía a Francine. De alguna forma, la noticia parecía propiedad exclusiva de Harry, susceptible de ser transmitida sólo con su permiso, pero esa prohibición era estúpida, y el muro de resistencia de Arthur se iba haciendo cada vez más delgado.

El día siguiente por la mañana volaría a Vandenberg y trabaría conocimiento con la «prueba». Aquél iba a ser el momento más grande de su vida, sin excepción, y sin embargo estaba al borde de las lágrimas.

Su mejor amigo podía estar muerto antes de un año.

—Mierda —dijo suavemente.

—De acuerdo —respondió Francine, dejando su libro y dándose la vuelta para apoyar su cabeza en el hombro de él. Él cerró el bloc de notas y acarició la frente de Francine. Ella entrelazó sus dedos en el denso vello de su pecho—. ¿Vas a contármelo? ¿O se trata también de un asunto de seguridad?

—No es nada de seguridad —dijo él. Le dolía hablarle de aquello. Quizás en unas semanas pudiera. Las noticias se filtraban rápidamente; sospechaba que pronto incluso el descubrimiento del Valle de la Muerte sería del dominio público. Todo el mundo estaba demasiado excitado.

—¿Qué, entonces?

—Harry.

—Bien, ¿qué pasa con él?

Las lágrimas empezaron a brotar.

—¿Qué va mal con Harry? —preguntó Francine.

—Tiene cáncer. Leucemia. Está trabajando conmigo en… este proyecto, pero puede que no llegue a ver su final.

—Jesús —dijo Francine, apoyando la palma de su mano, plana, en el pecho de él—. ¿Recibe tratamiento?

—Por supuesto. Pero no cree que eso le salve.

—Cinco años más. Sólo necesitamos cinco años más de investigación, y ya no será una enfermedad mortal.

—El no dispone de esos cinco años. Puede que no disponga ni de uno.

Francine se abrazó más a él, y permanecieron tendidos juntos, en silencio, por un momento.

—¿Cómo te sientes? —preguntó finalmente ella.

—¿Respecto a Harry? Me hace sentir… —Pensó por un momento, con el ceño fruncido—. No sé.

—¿Traicionado? —preguntó suavemente ella.

—No. Siempre hemos sido unos amigos muy independientes. Harry no me debe nada, y yo no le debo nada tampoco. Excepto la amistad y…

—El estar aquí.

—Sí. Ahora él no va a estar aquí.

—Eso no lo sabes.

—El lo sabe. Deberías haberle visto.

—¿Tan mal aspecto tiene?

—No. En realidad, tiene un aspecto estupendo. —Arthur intentó imaginar todo el cuerpo de uno como un campo de batalla, con el cáncer esparciéndose de lugar en lugar, o a través de la sangre, sin ningún control, una especie de locura biológica, un suicidio genético ayudado por masas insensibles y sin vida de proteínas y ácidos nucleicos. Odió todas aquellas cosas microscópicas errantes con una repentina pasión. ¿Por qué no podía haber diseñado Dios los cuerpos humanos con una eficiencia sin resquicios, de modo que pudieran enfrentarse al desafío de la vida cotidiana sintiéndose al menos internamente seguros?

—¿Cómo fue la visita? —preguntó Francine.

—Disfrutamos de un buen par de días. Nos volveremos a ver de nuevo mañana, y eso es todo lo que puedo decirte.

—¿Una semana, dos semanas?

—Te llamaré si es más de una semana.

—Parece como si se tratara de algo grande.

—Te diré sólo otra cosa —indicó él, deseando con gran intensidad revelárselo todo, compartir aquella increíble noticia con la persona a la que más amaba en la Tierra. (¿O quería a Francine menos que a Harry? Eran dos amores distintos. Dos nichos distintos.)

—No reveles más de lo que debes —le advirtió ella, sonriendo ligeramente.

—No te diré más de lo necesario. Sólo esto: de no ser por lo de Harry, en este momento yo sería el hombre más feliz sobre la Tierra.

—Jesús —dijo ella de nuevo—. Tiene que ser algo realmente grande.

Él se secó los ojos con la punta de la sábana de franela.

—Lo es.

5

Edward Shaw agitó la cucharilla en la taza de café y contempló la portilla de cristal montada a la altura de su cabeza en la sellada puerta de la habitación. Había dormido como un tronco durante toda la noche. La habitación estaba tan silenciosa como el desierto. Las limpias paredes blancas y los muebles estilo hotel la hacían razonablemente cómoda. Podía pedir libros y ver lo que quisiera en el aparato de televisión del rincón: doscientos canales, le había informado el supervisor.

Podía hablar por el intercom con Reslaw o Minelli o Stella Morgan, la mujer de pelo negro que les había dado permiso para llamar por teléfono desde la tienda de alimentación en Shoshone, hacía siete días. En otras habitaciones, le había dicho Minelli, estaban los cuatro hombres de las Fuerzas Aéreas que habían investigado su llamada y visto a la criatura. Todos ellos se hallaban sometidos a observación a largo plazo. Podían estar «en chirona» durante un año o más, según… Edward no estaba seguro de lo que significaba el según. Pero hubiera debido saber que la criatura iba a traer enormes problemas para todos ellos.

La amenaza de las enfermedades extraterrestres era algo lo bastante convincente como para someterse sin protestar, dos veces al día, a la rigurosa tanda de exigentes pruebas médicas. Hasta entonces sus días habían transcurrido en un comparativo aburrimiento. Al parecer, nadie estaba completamente seguro de cuál era su status, cómo debían ser tratados o qué había que decirles. Nadie había respondido a la más urgente pregunta de Edward: ¿qué le había ocurrido a la criatura?

Hacía cuatro días, mientras eran conducidos a las habitaciones selladas por unos hombres con trajes de aislamiento blancos, Stella Morgan se había vuelto a Edward y le había preguntado, con voz conspiradora:

—¿Conoce usted el código Morse? Podemos transmitirnos nuestros mensajes. Vamos a pasar largo tiempo aquí.

—No conozco ningún código —había respondido Edward.

—No se preocupen por eso —les había dicho uno de los ayudantes desde detrás de su visor transparente—. Dispondrán de medios estándar de comunicación.

—¿Puedo llamar a mi abogado? —había preguntado Stella.

Ninguna respuesta. Un encogimiento de los fuertemente protegidos hombros.

—Somos parias —había concluido Morgan.

El desayuno le fue servido a las nueve. La comida era selecta y blanda. Edward la comió toda, siguiendo la recomendación de la oficial de servicio, una mujer atractiva con uniforme azul oscuro y corto pelo rizado.

—¿No han puesto drogas en ella? —Había formulado la pregunta antes; estaba empezando a hacerse aburrida, incluso para él.

—Por favor, no sea paranoico —respondió ella.

—¿Se dan ustedes realmente cuenta de lo que están haciendo? —preguntó Edward—. ¿O de lo que va a ocurrirnos a nosotros?

Ella sonrió vagamente, miró hacia un lado, luego dijo que no con la cabeza.

—Pero nadie corre ningún peligro.

—¿Qué ocurrirá si empiezan a salirme hongos en un brazo?

—Vi esa película —dijo la oficial de servicio—. El astronauta se convierte en una masa informe. ¿Cuál era su título?

El experimento del doctor Quatermass, creo —dijo Edward.

—Sí, algo así.

—Maldita sea, ¿qué pasará si nos ponemos realmente enfermos? —preguntó Edward.

—Cuidaremos de ustedes. Por eso están aquí. —No sonó convencida. El panel del intercom de Edward zumbó, y pulsó el pequeño botón rojo debajo de la luz parpadeante. Había ocho luces y ocho botones en dos hileras gemelas en el panel, tres de ellas encendidas.

—¿Sí?

—Aquí Minelli. Nos debes otra disculpa. La comida aquí es horrible. ¿Por qué tuviste que llamar a las Fuerzas Aéreas?

—Pensé que ellos sabrían qué hacer.

—¿Lo saben?

—Al parecer sí.

—¿Van a meternos en un transbordador espacial y matarnos a tiros?

—Lo dudo —dijo Edward.

—Me gustaría haberme doctorado en biología o medicina o algo así. Entonces podría tener alguna idea de lo que están planeando.

Edward se preguntó en voz alta si habrían aislado todo Shoshone, bloqueando la carretera y el desierto en torno al cono de escoria.

—Quizás hayan puesto una valla en torno a toda California —sugirió Minelli—. Y quizás esto no sea suficiente. A toda la Costa Oeste. Están edificando un muro que cruce las llanuras, y no dejan que las frutas y las verduras lo atraviesen.

El sistema intercom estaba instalado de la tal forma que todos pudieran hablar entre sí privadamente. Aunque no podían excluir a los vigilantes o a las dependencias de los oficiales de guardia. Reslaw se unió a ellos.

—Sólo somos cuatro, más los cuatro investigadores…, no aislaron a esa empleada, no sé cómo se llamaba.

—Esther —dijo Edward—. O el chico de la estación de servicio.

—Eso quiere decir que están reteniendo solamente a las personas que pueden haber tocado a la criatura, o que se han acercado lo suficiente a ella como para respirar microbios en el aire.

Morgan se les unió.

—¿Qué vamos a hacer, pues? —preguntó.

Nadie respondió.

—Apuesto a que mi madre debe estar frenética.

No les habían permitido a ninguno de ellos efectuar llamadas al exterior.

—¿La tienda es de usted? —preguntó Edward—. He estado deseando darle las gracias…

—¿Por permitirles llamar? Fue muy listo por mi parte, ¿no creen? La tienda es de mi familia, así como el café, el negocio de caravanas, la distribución de propano, la distribución de cerveza. No va a resultar fácil mantenerlos callados. Espero que ella esté bien. Dios, espero que no haya sido arrestada. Probablemente ya debe haber llamado a nuestro abogado. Sueno como una niña rica malcriada, ¿verdad? «Esperen a que mi mamá se entere de esto». —Se echó a reír.

—Bien, ¿quién más aquí tiene conexiones? —preguntó Edward.

—Se supone que nosotros íbamos a estar fuera dos semanas más —dijo Reslaw—. Ninguno estamos casados. ¿Lo está usted…, Stella?

—No —dijo la mujer.

—Así están las cosas —concluyó desanimado Minelli—. Usted es nuestra única esperanza, Stella.

—No se pongan tan lúgubres —intervino el supervisor de la habitación. Era un teniente, cuarenta años o así; la mayor parte del personal de guardia eran mayores o comandantes.

—¿Estamos siendo monitorizados? —preguntó Edward, con voz más furiosa de lo que realmente se sentía.

—Por supuesto —respondió el supervisor—. Estoy escuchando. Todo está siendo registrado en audio y vídeo.

—¿Están efectuando controles de seguridad sobre nosotros? —preguntó Stella.

—Estoy seguro de que lo están haciendo.

—Maldita sea —murmuró la mujer—. Olvídenme, muchachos. Fui una estudiante radical.

Edward se sobrepuso a su rabia y su frustración y forzó una risa.

—Usted y yo. Ya somos dos. ¿Minelli?

—¿Radical? Infiernos, no. La primera vez que voté fue por Hampton.

—Traidor —dijo Reslaw.

—No se debe hablar mal de los muertos —advirtió Edward—. Maldita sea, fue bueno con la ciencia. Dio un fuerte impulso al programa espacial.

—Y dio un buen recorte a los gastos internos —añadió Morgan—. Crockerman no es mejor.

—Quizá conozcamos al presidente —dijo Minelli—. Y salgamos por televisión.

—Vamos a permanecer aquí el resto de nuestras vidas —predijo Reslaw, con la entonación de Vincent Price. Edward no pudo decir si estaba siendo serio o melodramático.

—¿Quién es el mayor de nosotros? —preguntó Edward, afirmando deliberadamente su liderazgo y arrastrándolos a temas menos candentes—. Yo tengo treinta y tres.

—Treinta —dijo Minelli.

—Veintinueve —dijo Reslaw.

—Entonces yo soy la mayor —afirmó Stella.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Edward.

—No es asunto suyo.

—Ellos lo saben —indicó Reslaw—. Preguntémoselo.

—No se atreverán —advirtió Morgan, riendo.

De acuerdo, pensó Edward, estamos de buen humor, o de tan buen humor como cabe esperar en estas circunstancias. No vamos a ser torturados, excepto unos cuantos pinchazos. No tiene ningún sentido saberlo todo de cada uno de nosotros en este preciso momento. Puede que permanezcamos aquí durante largo tiempo.

—Hey —chilló de pronto Minelli—. ¡Supervisor! ¡Supervisor! Mi rostro…, mi rostro. ¡Algo está creciendo en él!

Edward sintió que se le aceleraba el pulso. Nadie dijo nada.

—Oh, gracias a Dios —dijo Minelli unos momentos más tarde, suavizando algo la situación—. Sólo es la barba. ¡Hey! Necesito mi maquinilla eléctrica.

—Señor Minelli —dijo el supervisor—, olvide esas bromas, por favor.

—Hubiéramos debido advertirles acerca de él y su sentido del humor —señaló Reslaw.

—Soy conocido como un auténtico tonto del culo —explicó Minelli—. Se lo digo por si acaso se lo piensan mejor acerca de seguir manteniéndome aquí.

PERSPECTIVA

AAP/NBS WorldNet, Woomera, Australia del Sur, 7 de octubre de 1966 (USA: 6 de octubre):

Pese a la decisión del primer ministro Stanley Miller de «aparecer ante el público» con la noticia de visitantes extraterrestres en Australia Meridional, los científicos del lugar han transmitido hasta el momento muy poca información. Todo lo que se sabe es esto: El objeto descubierto por los prospectores de ópalos en el Gran Desierto Victoria se halla a menos de ciento treinta kilómetros de Ayers Rock, justo encima de la frontera de Australia Meridional. Se halla a unos 340 kilómetros al sur de Alice Springs. Su apariencia ha sido camuflada para que se parezca a los tres grandes tolmos de la región, Ayers Rocks y los Olgas, aunque es aparentemente más pequeño que esas bien conocidas formaciones. El Departamento de Defensa ha rodeado el lugar con unos 150 kilómetros de alambre espinoso en tres círculos concéntricos. Las actuales investigaciones están siendo llevadas a cabo por los científicos del Ministerio de Ciencias y la Academia de Ciencias australiana. Ha sido ofrecida la ayuda de los oficiales del Centro de Investigación australiano en Woomera y las instalaciones de rastreo de la NASA en Island Lagoon, aunque la cooperación científica y militar con otras naciones no ha sido confirmada hasta el presente.

6

El autobús Mercedes gris oscuro recogió a Arthur Gordon y a Harry Feinman junto al pequeño reactor de pasajeros de las Fuerzas Aéreas y los llevó a través de una enormemente custodiada puerta al Centro de Operaciones Espaciales de Vandenberg. Por la ventanilla, sobre una colina de cemento aproximadamente a kilómetro y medio al norte, Arthur pudo ver la mitad superior de un transbordador espacial junto con su tanque externo color naranja óxido y sus cohetes impulsores blancos, apoyado al lado de una enorme torre de sustentación de acero.

—No sabía que estuvieran preparados para este tipo de cosas, quiero decir, traer especimenes aquí —dijo Arthur al oficial con uniforme azul que estaba sentado a su lado, el coronel Morton Hall. Hall tenía aproximadamente la misma edad que Arthur, era ligeramente más bajo, corpulento y presumido, con un fino bigote y un aire de tranquila paciencia.

—Hablando francamente, no lo estamos —dijo Hall.

Harry, sentado frente a ellos, al lado de un teniente de pelo negro llamado Sanborn, se volvió y miró por un lado del apoyacabezas. Cada miembro del grupo civil iba acompañado por un oficial.

—Entonces, ¿por qué está todo aquí? —preguntó Harry.

—Porque éramos los más cercanos y porque podemos improvisar —dijo Hall—. Disponemos aquí de algunos medios de aislamiento.

—¿Para qué son utilizados, en circunstancias normales? —preguntó Harry. Miró a Arthur con una expresión entre la picardía y el resentimiento.

—No estoy autorizado a discutir eso —dijo Hall, sonriendo ligeramente.

—Eso fue lo que creí —indicó Harry a Arthur—. Sí, por supuesto. —Asintió, y volvió a mirar hacia delante.

—¿Qué está pensando, señor Feinman? —preguntó el coronel Hall, aún sonriendo, aunque más tensamente ahora.

—Estamos trasladando la investigación sobre armamento biológico al espacio —dijo concisamente Harry—. Módulos automatizados controlados desde la Tierra. Si hemos de volver a traerlos aquí, deberán ser aislados. Los hijos de puta.

La sonrisa de Hall vaciló pero, un tanto a su favor, no desapareció del todo. Él había suscitado su propia trampa.

—Entiendo —dijo.

—Todos nosotros poseemos las más altas credenciales y la autorización presidencial —le recordó Arthur—. Dudo que haya nada aquí que pueda quedar fuera de nuestro conocimiento, si presionamos lo suficiente.

—Espero que se den cuenta ustedes de nuestra posición aquí, señor Gordon, señor Feinman —dijo Hall—. Todo este asunto nos fue echado encima hace apenas una semana. Todavía no hemos puesto a punto todos nuestros procedimientos de seguridad, y pasará algún tiempo antes de que decidamos quién necesita saber qué.

—Me inclinaría a pensar que esto tiene prioridad por encima de prácticamente cualquier otra cosa —dijo Arthur.

—Todavía no estamos seguros de lo que tenemos aquí —admitió el coronel Hall—. Quizás ustedes, caballeros, puedan ayudarnos a definir nuestras prioridades.

Arthur hizo una mueca.

—Ahora la pelota está en nuestro tejado —dijo—. Touché, coronel.

—Mejor en su tejado que en el nuestro —dijo Hall—. Todo este asunto ha sido una pesadilla administrativa. Tenemos a cuatro civiles y a cuatro de nuestros propios hombres en aislamiento. No tenemos orden de arresto ni ningún otro documento formal para ninguno de ellos, y no hay…, bien, ya pueden imaginarlo. Hasta ahora solamente podemos apelar a la seguridad nacional.

—¿Y el «hombrecillo verde»? —preguntó Harry, volviéndose de nuevo.

—Oh…, es nuestra atracción estrella. Primero verán a esa cosa, luego hablaremos con los hombres que la encontraron.

—«Esa cosa» —murmuró Arthur—. Tendremos que encontrarle un nombre menos ominoso, y pronto, antes de que «la cosa» se convierta en algo del dominio común.

—Nosotros lo hemos estado llamando el Huésped, con H mayúscula —dijo Hall—. No hace falta decir que hemos intentado evitar toda publicidad.

—No es probable que lo consigan durante mucho tiempo, con los australianos haciéndolo público —dijo Harry.

Hall asintió, enfrentándose a lo práctico.

—Todavía ignoramos qué saben ellos de lo que tenemos aquí.

—Probablemente los rusos sí saben ya lo que tenemos —señaló Harry.

—No seas cínico, Harry —advirtió Arthur.

—Lo siento. —Harry sonrió como un muchacho atrapado en falta al oficial que tenía al lado, el teniente Sanborn, luego a Hall—. ¿Pero estoy equivocado?

—Espero que lo esté, señor —dijo Sanborn.

En una explanada de cemento a dos kilómetros y medio de la pista de despegue del transbordador espacial se alzaba un implacable edificio de cemento con paredes que se inclinaban hacia dentro, y que cubría casi una hectárea de terreno. La parte superior de las paredes se elevaba tres pisos por encima de la llanura circundante de cemento y asfalto.

—Parece un bunker —dijo Harry cuando el autobús se acercó a una rampa que se inclinaba descendiendo hasta más abajo del nivel del suelo—. ¿Construido para resistir un ataque nuclear directo?

—Eso no constituye ninguna prioridad aquí, señor —dijo el teniente Sanborn—. Sería casi imposible reforzar los emplazamientos de despegue y aterrizaje.

—Éste es el Laboratorio Experimental de Recepción —explicó el coronel Hall—. LER para abreviar. El LER contiene a nuestros huéspedes civiles y al espécimen.

El autobús aparcó en un amplio garaje subterráneo junto a un muelle de carga de cemento con el borde protegido con una amplia banda de caucho. La puerta delantera de los pasajeros se abrió con un siseo, y sus escoltas condujeron a Harry y Arthur fuera del autobús, cruzando el muelle de carga, hasta un largo pasillo color verde pastel alineado con puertas azul cielo completamente lisas. Cada puerta estaba identificada con un número y unas siglas crípticas en una placa de plástico grabado montada en un pequeño marco de metal. En algún lugar, los acondicionadores de aire zumbaban suavemente. El aire olía un poco a antiséptico y a componentes electrónicos nuevos.

El pasillo se abría a una zona de recepción equipada con dos largos sofás tapizados en vinilo marrón y varias sillas de plástico dispersas en torno a una mesa cubierta con revistas: periódicos científicos, Time y Newsweek, y un solitario National Geographic. Un joven mayor de aspecto despierto estaba sentado detrás de un escritorio equipado con un terminal de ordenador y una caja de tarjetas de identificación. Uno a uno, el mayor registró a los cuatro hombres y luego tecleó un código en la cerradura de teclado de una amplia doble puerta tras su escritorio. La puerta se abrió con un siseo.

—El sanctasanctórum —dijo Hall.

—¿Dónde está la cosa? —preguntó Harry.

—A unos doce metros de donde nos hallamos en este momento —dijo Hall.

—¿Y los civiles?

—Aproximadamente a la misma distancia, al otro lado.

Entraron en una habitación semicircular equipada con más sillas de plástico, una pequeña zona de lavado y una mesa de laboratorio, y tres ventanas herméticamente cerradas montadas en la larga y curvada pared. Harry se detuvo junto a la desnuda mesa de laboratorio y pasó las manos por el brillante sobre de plástico negro, examinando brevemente las yemas de sus dedos en busca de polvo…, el mismo gesto que haría un profesor en una clase. La boca de Arthur se crispó en una breve sonrisa. Harry captó el movimiento y alzó las cejas. ¿Y?

—Nuestro Huésped está detrás de la ventana del centro —dijo Hall. Habló por un intercomunicador montado a la izquierda de la ventana central—. Nuestros inspectores están aquí. ¿Está preparado el coronel Phan?

—Estoy preparado —respondió una voz suave, casi femenina, por el altavoz.

—Entonces empecemos.

La protección exterior de la ventana, montada sobre guías a ambos lados, crujió y empezó a alzarse. La primera capa de cristal estaba cubierta por la parte interior por una cortina negra.

—No se trata de un espejo unidireccional ni nada parecido —dijo Hall—. No ocultamos nuestra apariencia al Huésped.

—Interesante —murmuró Harry.

—El Huésped pidió un entorno en particular, y hemos hecho todo lo posible por atender sus necesidades —dijo el teniente Sanborn—. Se siente más cómodo en condiciones de semioscuridad y a una temperatura de unos quince grados Celsius. Parece que su atmósfera preferida es un aire seco, con aproximadamente la misma mezcla de gases que podemos hallar aquí. Creemos que abandonó su entorno normal aproximadamente a las seis de la madrugada del veintinueve de septiembre para explorar…, bueno, en realidad no sabemos para qué lo abandonó, pero fue atrapado por la luz diurna y al parecer sucumbió al resplandor y al calor aproximadamente a las nueve y media.

—Eso no tiene sentido —dijo Harry—. ¿Por qué abandonaría su… entorno… sin protección? ¿Por qué no tomaría todas las precauciones necesarias y planearía cuidadosamente su primera excursión?

—No lo sabemos —dijo el coronel Hall—. No hemos interrogado al Huésped ni le hemos ocasionado ningún esfuerzo innecesario. Le proporcionamos todo lo que pide.

—¿Hace sus peticiones en inglés? —preguntó Arthur.

—Sí, en un inglés bastante aceptable.

Arthur agitó incrédulo la cabeza.

—¿Ha llamado alguien a Duncan Lunan?

—No hemos «llamado» a nadie excepto a la gente con una necesidad inmediata de saber lo que ocurre —dijo Hall—. ¿Quién es Duncan Lunan?

—Un astrónomo escocés —explicó Arthur—. Causó una enorme controversia hará unos veintitrés años cuando afirmó tener pruebas de la existencia de una sonda espacial alienígena que orbitaba cerca de la Tierra. Una sonda que creía podía proceder de Epsilon Bootis. Sus pruebas consistían en esquemas de regresos anómalos de ondas de radio que parecían haber sido reflejadas por un objeto en el espacio. Como gran número de pioneros, tuvo que enfrentarse al desencanto y en cierto modo a retractarse.

—No, señor —dijo Hall, de nuevo con su enigmática sonrisa—. No hemos hablado con el señor Lunan.

—Lástima. Puedo pensar en un centenar de científicos que deberían estar ahora aquí —dijo Arthur.

—Más adelante, quizás —admitió Hall—. Pero no ahora.

—No. Por supuesto que no. ¿Y bien? —Arthur hizo un gesto hacia la oscura ventana.

—El coronel Phan nos ofrecerá una visión directa dentro de pocos minutos.

—¿Quién es el coronel Phan? —preguntó Harry.

—Es un experto en medicina espacial de Colorado Springs —dijo Hall—. No pudimos hallar a nadie mejor cualificado en tan poco tiempo, aunque dudo que hubiéramos podido conseguir a un hombre mejor para el trabajo aunque hubiéramos estado buscando durante todo el año.

—No nos preguntaron a nosotros —dijo Harry. Arthur le dio un ligero codazo.

Las luces en el lugar donde estaban disminuyeron de intensidad.

—Espero que alguien esté tomando videocintas de nuestro Huésped —susurró significativamente Harry a Arthur mientras acercaban sus sillas a la ventana.

—Tenemos una grabadora digital y tres cámaras de alta resolución trabajando las veinticuatro horas del día —explicó el teniente Sanborn.

—De acuerdo —dijo Harry.

Harry estaba evidentemente nervioso. Por su parte, Arthur se sentía a la vez alerta y vagamente anestesiado. No podía aceptar completamente que una cuestión tan antigua como el tiempo hubiera sido contestada afirmativamente, y que ellos estuvieran ahora a punto de ver la respuesta.

La cortina negra se corrió a un lado. Más allá de otro grueso panel de cristal enmarcado en acero inoxidable vieron una habitación cuadrada pequeña, débilmente iluminada, casi vacía, reflejando una tonalidad verde acuosa. En medio de la habitación había una plataforma baja envuelta en lo que parecían ser sábanas, con una jarra de plástico de agua en una esquina. En la esquina de la derecha más cercana a su ventana había un cilindro transparente de un metro de alto, abierto por la parte superior. Arthur captó todo aquello de una ojeada antes de enfocar su vista en lo que había debajo de las sábanas sobre la plataforma.

El Huésped se agitó, alzó un miembro delantero —a todas luces una especie de brazo, con una mano de tres dedos, cada uno de ellos dividido en dos a partir de la articulación media—, y luego se sentó lentamente, mientras la sábana caía suelta de su cabeza en forma de cuña. La larga «nariz» de su cabeza les apuntó, y los ojos marrón dorado emergieron del romo extremo, se ocultaron, emergieron de nuevo. Arthur, con la boca seca, intentó contemplar al ser como una totalidad, pero por un momento sólo pudo concentrarse en si los ojos tenían párpados o en si se hundían realmente en «pozos» de pálida carne gris verdosa.

—¿Podemos hablar con él? —preguntó Harry a Hall por encima del hombro.

—Hay un intercomunicador bidireccional en la habitación.

Harry se sentó en una silla cerca de la ventana.

—Hola. ¿Puede usted oírnos?

—Sí —dijo el Huésped. Su voz era sibilante y débil, pero claramente comprensible. Bajó con un esfuerzo al suelo y se quedó de pie, vacilante, al lado de la plataforma. Sus miembros inferiores —sus piernas— tenían las articulaciones al revés, pero no como las patas posteriores de un perro o un caballo, donde la «rodilla» es el análogo de la muñeca humana. La articulación del Huésped era completamente original, cada articulación realmente invertida, con la mitad inferior del miembro cayendo suavemente, graciosamente, para escindirse en tres gruesas extensiones, y la punta de cada extensión escindida a su vez en dos amplios «dedos». Las piernas ocupaban buena parte de su altura, mientras que el «tronco», recubierto por una piel como de rinoceronte, ocupaba tan sólo medio metro de su metro y medio total. El extremo de la larga cabeza, echada hacia delante sobre un grueso y corto cuello, caía hasta unos pocos centímetros debajo de la unión de piernas y tronco. Los brazos se alzaban a cada lado del tronco como los doblados manipuladores de una mantis.

Harry frunció el ceño y agitó la cabeza, incapaz temporalmente de hablar. Agitó una mano frente a su boca, mirando a Arthur, y tosió.

—No sabemos exactamente qué decirle —consiguió articular finalmente Arthur—. Hemos estado mucho tiempo aguardando a que alguien visitara la Tierra desde el espacio.

—Sí. —La cabeza del Huésped osciló hacia delante y hacia atrás, sus ojos color coñac, húmedos y brillantes como joyas, completamente al descubierto—. Desearía poder traer mejores noticias en ocasión tan importante.

—¿Qué…, cuáles son las noticias que trae? —preguntó Harry.

—¿Están ustedes relacionados?

—¿Perdón…, relacionados?

—¿Es eso una pregunta acerca de mi comunicación?

—No somos de la misma familia…, no somos hermanos, ni padre e hijo, ni… nada parecido —dijo Arthur.

—Pero tienen una relación social.

—Él es mi jefe —indicó Harry, señalando a Arthur—. Mi superior jerárquico. También somos amigos.

—¿Y no son los mismos individuos en diferentes formas que los individuos que tienen detrás?

—No —dijo Harry.

—Sus formas son firmes.

—Sí.

—Entonces… —El Huésped emitió un seco y agudo sonido sibilante, y la larga cresta sobre el nivel de los hombros pareció hincharse ligeramente. Arthur no pudo ver una boca o nariz cerca de los ojos, y supuso que tales aberturas debían hallarse en la cabeza debajo del cuello y mirando al pecho, en la zona correspondiente, si esa correspondencia servía realmente de algo, a una larga «barbilla»—. Entonces relataré mis malas noticias a ustedes también. ¿Están situados a un nivel alto en su grupo, en su sociedad?

—No los más altos, pero sí, estamos situados a un nivel alto —dijo Harry.

—Las noticias que traigo no son alegres. Puede que sean tristes para todos ustedes. Por eso no las he comunicado antes con detalle. —De nuevo el sonido sibilante. La cabeza se alzó y Arthur descubrió aberturas como rendijas en su parte inferior—. Si poseen ustedes la habilidad de marcharse, desearán hacerlo pronto. Una enfermedad ha penetrado en su sistema de planetas. A su mundo le queda poco tiempo.

Harry arrastró su silla unos centímetros hacia delante, y el Huésped, con un torpe movimiento deslizante, se acercó al grueso cristal. Luego se sentó en el suelo, dejando sólo visibles sus brazos superiores y su larga cabeza. Los tres ojos apuntaron firmemente a Harry, como si desearan establecer alguna inquebrantable y fácil comunicación, o como si se apenara…

—¿Nuestro mundo está condenado? —preguntó Harry, evitando de alguna forma todo melodrama, dando a la última palabra un énfasis perfectamente directo y tranquilo.

—A menos que yo haya interpretado muy mal sus habilidades, sí. Son malas noticias.

—Así me parece —admitió Harry—. ¿Cuál es la causa de la enfermedad? ¿Forma usted parte de un ejército conquistador?

—Conquistador…, significado incierto. ¿Ejército?

—Grupo organizado de soldados, luchadores, destructores y ocupadores. Invasores.

El Huésped guardó silencio durante algunos momentos más. Hubiera podido ser muy bien una estatua excepto por la casi invisible pulsación en su cresta superior.

—Soy un parásito, un viajero ocasional.

—Explique eso, por favor.

—Soy una pulga, no un soldado o un constructor. Mi mundo está muerto y devorado. Viajé hasta aquí dentro de un hijo de una máquina que devora mundos.

—¿Vino en una nave espacial?

—No mía. No nuestra. —El énfasis era abrumador.

—¿De quién, entonces? —presionó Harry.

—Sus antepasados fueron construidos por un pueblo muy distante. Se controla a sí misma. Devora y se reproduce.

Arthur tembló con confusión y miedo, y una profunda irritación que no pudo explicar.

—No comprendo —dijo, bloqueando las próximas palabras de Harry.

—Es un viajero que destruye y hace las estrellas seguras para sus constructores. Acumula información, aprende, y luego devora mundos y crea nuevas formas más jóvenes de sí misma. ¿Queda claro esto?

—Sí, pero, ¿por qué está usted aquí? —Arthur casi gritó.

—Chissst —dijo Harry, alzando una mano—. Acaba de decirlo. Se metió de polizón. Es una pulga.

—¿No construyó usted la roca, la nave espacial o lo que sea allá en el desierto? ¿Aquello no es su vehículo? —preguntó el coronel Hall. Evidentemente, ninguno de ellos había oído nada de aquello antes. El joven teniente Sanborn estaba visiblemente impresionado.

—No es nuestro vehículo —afirmó el Huésped—. Es lo bastante poderosa como para no temer nuestra presencia. No podemos hacerle daño. Nos sacrificamos… —Silbó de nuevo—. Sobrevivimos solamente para advertir de la muerte que los nuestros han hallado.

—¿Dónde están los pilotos, los soldados? —preguntó Harry.

—La máquina no vive como nosotros —dijo el Huésped.

—¿Es un robot, automático?

—Es una máquina.

Harry echó hacia atrás su silla y se frotó vigorosamente el rostro con ambas manos. El Huésped pareció darse cuenta de ello, pero aparte eso no cambió de posición.

—Tenemos un par de nombres para ese tipo de máquinas —dijo Arthur, mirando al coronel Hall—. Suena como si se tratara de un artilugio von Neumann, autorreproductor, sin instrucciones externas. Frank Drinkwater piensa que la ausencia de tales máquinas demuestra que no existe vida inteligente en la galaxia aparte la nuestra.

—Representando el papel de abogado del diablo, sin duda —dijo Harry, masajeándose aún el puente de la nariz—. ¿Qué científico desearía demostrar que la inteligencia era única?

El coronel Hall contempló al Huésped con una expresión de ligero dolor.

—¿Nos está diciendo que deberíamos decretar una alerta bélica?

—Nos está diciendo… —empezó Harry furioso, y luego controló su tono—, nos está diciendo que no tenemos más posibilidades que un cubito de hielo en medio del infierno. Art, tú lees más ciencia ficción que yo. ¿Quién era ese tipo…?

—Saberhagen. Fred Saberhagen. Los llamaba «Berserkers».

—No entiendo eso —dijo el Huésped—. ¿Son ustedes conscientes de los resultados de esta información?

—Creo que sí —respondió Arthur. No habían formulado la pregunta perfectamente obvia. Quizá no desearan saber. Estudió atentamente al Huésped en el silencio que siguió—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

—No lo sé. Quizá menos de una órbita.

Harry parpadeó. El coronel Hall simplemente jadeó.

—¿Cuánto tiempo hace que… que aterrizó la nave? —prosiguió Arthur.

El Huésped emitió un pequeño sonido sibilante y se volvió hacia un lado.

—No lo sé —respondió—. No fuimos conscientes de ello.

Arthur no dudó en formular la siguiente pregunta:

—¿Se detuvo la nave en algún otro planeta de nuestro sistema solar? ¿Destruyó alguna luna?

—No lo sé.

Un hombre asiático, bajo y robusto, con el pelo muy corto, una piel oscura marcada por la viruela y anchas mandíbulas, entró en la habitación. Arthur se palmeó las rodillas con las manos y le miró con ojos llameantes.

—Les pido disculpas, caballeros —dijo el asiático.

Sanborn carraspeó.

—Este es el coronel Tuan Anh Phan. —Presentó a Arthur y Harry.

Phan les saludó por turno con una reservada inclinación de cabeza.

—Acabamos de ser informados de que los australianos están divulgando nuevas fotos y películas. Creo que esto es importante. Sus visitantes no son como el nuestro.

PERSPECTIVA

InfoNet Political News Forum, 6 de octubre de 1996, Frank Topp, comentarista:

Los índices de aceptación del presidente Crockerman en los sondeos de opinión pública World-News han subido firmemente de un 60 a un 65 por ciento desde junio, sin ningún signo de cambio a medida que se acerca el Dia de las Elecciones. Las altas esferas políticas de Washington dudan de que nada pueda impedir una victoria fácil del presidente en noviembre, ni siquiera el desequilibrio de cien mil millones de dólares de la balanza comercial entre las naciones del Pacífico oriental y el Tío Sam… o la enigmática situación de Australia. Y, por mi parte, ni siquiera pienso llevar botones de campaña. Éstas van a ser unas elecciones aburridas.

QUARENS ME, SEDISTI LASSUS

7

Hicks, con los ojos cansados y el traje arrugado, estaba sentado en la silla de recto respaldo junto a la mesa de escritorio de su habitación del hotel y revisaba el contenido del archivo que había etiquetado «Hurra». «Hurra» contenía una selección de la información obtenida tras veinticuatro horas de revisión y quizá trescientos dólares de coste entre los principales boletines de noticias especializados de todo el mundo. No le preocupaba el precio, ni en tiempo ni en dinero. Se sentía flotar.

Australia tenía efectivamente un artefacto en su Gran Desierto Victoria, algo al parecer camuflado para que pareciera una enorme masa de granito rojo. El gobierno australiano había conseguido mantener el secreto durante unos treinta días, hasta que las filtraciones a través de las agencias militares y científicas amenazaron con barrerlo en medio de la historia más grande de todos los tiempos. Todo esto y más —especulaciones, rumores— se había ido repitiendo una y otra vez en todas las redes a las que había tenido acceso. Aunque el gobierno todavía no había dado a la luz pública todos los detalles, se esperaba que esto ocurriera de un momento a otro.

El boletín Regulus era utilizado exclusivamente por los astrónomos pertenecientes al Club 21 cm, del que él era miembro honorario. Después de pasar revista a todos los mensajes especializados y de interés general, Hicks había encontrado, en una pequeña sección encabezada «Rumores irresponsables», una críptica nota sin firma: «Soy un fanático radioaficionado, ¿de acuerdo? No diré más sobre identidades. Capté una transmisión no desmodulada del AF1 —eso, decidió Hicks, debía ser el Air Force One, el avión presidencial—, referente a “nuestro propio aparecido en la Caldera”. El hombre se encaminaba al oeste, a Vandenberg. ¿Puede esto ser…?»

Hicks frunció de nuevo el ceño al leer otra vez eso. Conocía a varios pilotos de transbordadores con base en Vandenberg. ¿Se atrevería a llamarles y preguntarles si había ocurrido allí algo desacostumbrado? ¿Se atrevería a mencionar «nuestro propio aparecido en la Caldera»?

Una llamada en la puerta interrumpió sus pensamientos. Se dirigía hacia ella cuando la puerta se abrió y una joven asiática con una blusa verde lima y pantalones entró de espaldas.

—Limpieza de habitaciones —anunció, al verle—. ¿Puedo?

Hicks miró abstraído la habitación, aliviado de haber decidido ponerse una bata. A menudo trabajaba desnudo…, la costumbre de un soltero empedernido.

—Por favor, todavía no.

—¿Pronto? —preguntó la joven, sonriendo.

—Pronto. Dentro de una hora.

La joven volvió a cerrar la puerta a sus espaldas. Hicks caminó arriba y abajo desde las cortinas de la ventana hasta la puerta del cuarto de baño, la barbilla apoyada en una mano, el rostro tan limpio e inocente como el de un niño.

—No puedo pensar correctamente —murmuró. Conectó la televisión, sintonizó un canal de noticias las 24 horas del día, y se sentó en una esquina de la cama.

Por un momento creyó haber conectado por error con una emisora de películas las 24 horas del día. Tres brillantes objetos plateados, con la forma de calabazas de largo cuello, flotaban encima de un árido suelo arenoso. Cerca de ellos había un enorme camión rematado con todo un bosque de equipo electrónico sensor. El camión proporcionaba escala a los objetos; cada uno era alto como un hombre. Hicks se adelantó para subir el volumen, y el comentarista apareció a media frase:

—… desde hace cuatro días, muestra los tres dispositivos mecánicos a control romoto que el gobierno australiano afirma que emergieron de una nave espacial camuflada. El gobierno dice que esos dispositivos se han comunicado con sus científicos.

El vídeo de las calabazas plateadas y del camión fue reemplazado por una escena típica de conferencia de prensa, con un hombre apuesto de unos treinta años vestido con traje marrón de pie tras un podio de plástico, leyendo un comunicado preparado de antemano:

—Nos hemos comunicado con esos objetos, y ahora podemos afirmar que no son criaturas vivas, sino robots, que representan a los constructores de la nave espacial; ha sido confirmado ya que se trata de una nave espacial…, enterrada en la roca. Aunque las comunicaciones están siendo todavía analizadas y no serán hechas públicas inmediatamente, la sustancia de la información proporcionada fue positiva, es decir, ni amenazadora ni alarmante en ningún sentido.

—Por la sangre de Cristo —murmuró Hicks.

La imagen de las calabazas flotantes reapareció.

—Están flotando —dijo Hicks—. ¿Qué es lo que las mantiene en el aire? Vamos, malditos bastardos. Haced vuestro trabajo y decid qué maldito infierno está ocurriendo.

—El comentario de los líderes mundiales, incluido el Papa, tras esos mensajes…

Hicks agitó los brazos y maldijo, pateó la mesilla de la televisión y apagó el aparato de un puñetazo. Podía gastar otras veinticuatro horas y otros trescientos dólares persiguiendo rumores a través de todas las redes y boletines de noticias de todo el mundo, o…

O podía dejar de ser un novelista promocionando su obra y empezar a ser de nuevo un periodista, descubriendo las noticias detrás de las noticias. Ciertamente no en Australia. A estas alturas el Gran Desierto Victoria debía contener representantes de los medios de comunicación de todo el mundo hasta en la sopa, intentando entrevistar cada grano de arena.

Un débil recuerdo de una obligación llameó de pronto en su consciencia. Tenía una cita aquella mañana.

—Mierda. —Aquella sola palabra, dicha casi con alegría, expresaba adecuadamente su ligera irritación por haber olvidado la entrevista en la televisión local. Hubiera debido presentarse en los estudios hacía cinco horas. Pero no importaba. Iba detrás de algo.

«La Caldera»…, ¿qué demonios podía ser eso? Indudablemente un lugar: Furnace. Sí, eso era. Al parecer, en alguna parte cerca de Vandenberg. Había visitado siete veces Vandenberg a lo largo de su carrera, dos de ellas para cubrir importantes lanzamientos combinados militares-civiles del transbordador espacial a la órbita polar. Hicks extrajo su reproductor de discos compactos del bolsillo de una maleta y lo conectó al ordenador. Indexó el sector del Atlas Mundial en su disco de referencia y buscó la F en el índice.

—Furnace. Furnace…, Furnace…

Encontró rápidamente varios Furnace, el primero en el condado de Argyll, en Escocia. Había también un Furnace en Kentucky, y un Furnace L (¿qué era la L, «lago»?) en el condado de Mayor, en Irlanda. Furnace, Massachusetts… Y Furnace Creek, California. Entró el número del mapa y las coordenadas. En menos de dos segundos tenía en pantalla un detallado mapa a color de una zona de un centenar de kilómetros en cuadro. Un dibujo parpadeante en la esquina inferior izquierda indicaba que había disponible una fotografía comparativa tomada desde un satélite. Sus ojos registraron el mapa hasta que apareció una flecha, parpadeando cerca de un pequeño punto.

—Furnace Creek —dijo, sonriendo—. Al borde del Valle de la Muerte, no lejos de Nevada, en realidad… —Pero no muy cerca de Vandenberg…, de hecho, al otro lado del estado. Cambió de discos y tecleó la información del Automóvil Club de California del Sur. El ordenador encontró un listado de hacía un año. «1995L Resumen: Furnace Creek Inn. 67 habitaciones. Golf, equitación. Antiguo y pintoresco lugar dominando el Valle de la Muerte. Tres estrellas.»

Hicks pensó unos instantes, muy consciente de que los hechos no encajaban tan perfectamente como le hubiera gustado. Actuando principalmente por instinto, tomó el teléfono, pulsó el botón de línea al exterior, y pidió el código de zona de Furnace Creek. Era el mismo que el de San Diego, pese a que se hallaba a centenares de kilómetros al nornoreste. Sacudiendo la cabeza, llamó a información y pidió el número del Furnace Creek Inn. Una voz mecánica le dio la información y colgó, silbando.

El teléfono sonó tres veces al otro lado. Una voz soñolienta, con la sensación de pertenecer a una chica joven, respondió. Hicks comprobó de nuevo su reloj, por cuarta vez en diez minutos. Por primera vez prestó atención a las cifras. La una y cuarto de la tarde. No había dormido en toda la noche.

—Reservas, por favor.

—Al habla —dijo la chica.

—Me gustaría reservar una habitación para mañana.

—Lo siento, señor, es imposible. Estamos totalmente llenos.

—¿Puedo hacer entonces una reserva para cenar?

—El establecimiento está cerrado por unos días, señor.

—¿Una gran fiesta? —aventuró Hicks, notando que su sonrisa se ensanchaba—. ¿Reservas especiales?

—No puedo decírselo, señor.

—¿Por qué no?

—No me está permitido dar ninguna información en estos momentos.

Hicks casi pudo ver a la chica morderse los labios.

—Gracias. —Colgó y se dejó caer en la cama, repentinamente exhausto.

¿Quién más podía haber rastreado aquel mismo camino?

—No puedo dormir —decidió, y se sentó de nuevo. Llamó al servicio de habitaciones y pidió café y un desayuno abundante: jamón, huevos, todo lo que tuvieran. El empleado le ofreció un revoltillo de tres huevos con jamón y pimientos dulces…, una tortilla Denver, como si los cerdos y los pimientos fueran algo especial de aquella ciudad. Aceptó, mantuvo apretado el botón, y llamó a la agencia de viajes del vestíbulo listada en el directorio del hotel.

El agente, una mujer de apariencia eficiente, le informó que había una pista de aterrizaje privada cerca de Furnace Creek, pero que lo más cerca que podía viajar comercialmente era hasta Las Vegas.

—Tomaré un asiento en el primer vuelo que salga —dijo. La mujer le dio el número del vuelo y la hora de partida, dentro de casi una hora, un poco justo, y el número de la puerta de embarque en el aeropuerto Lindbergh, y le preguntó si iba a necesitar un coche de alquiler.

—Sí, por supuesto. A menos que pueda volar directamente hasta allí.

—No, señor. Por ese lado sólo hay pequeñas pistas particulares, ningún servicio de enlace comercial. El viaje en coche desde Las Vegas hasta Furnace Creek le tomará entre dos o tres horas —dijo, y añadió—: si es usted como todos los demás que conducen por el desierto.

—Todos unos locos, ¿eh? —preguntó.

—Y unas locas también —respondió secamente la agente.

—Sí, todo el mundo loco —murmuró Hicks—. También me gustaría una habitación para esta noche. En un hotel tranquilo. Sin juego. —Iba a ser última hora de la tarde cuando llegara a Las Vegas, y no podría partir hacia el Valle de la Muerte antes de que oscureciera. Mejor concederse una buena noche de sueño, pensó, y salir por la mañana.

—Déjeme confirmar sus reservas, señor. Necesitaré el número de su tarjeta de crédito. ¿Está usted hospedado en el Ínter-Continental?

—Lo estoy. Trevor Hicks. —Deletreó el nombre y le dio el número de su American Express.

—Señor Trevor Hicks. ¿El escritor? —preguntó la agente.

—Sí, el mismo, Dios la bendiga —respondió.

—Le oí ayer por la radio.

Se imaginó a la agente de viajes como una hermosa y bronceada rubia en bikini. Quizá había sido injusto con la KGB-FM.

—Oh. ¿De veras?

—Sí. Fue muy interesante. Dijo usted que llevaría a un alienígena a casa para que conociera a su mami. A su madre. ¿Incluso ahora?

—Sí, incluso ahora —respondió—. Creo que todos tendríamos que mostrarnos muy amistosos hacia los extraterrestres, ¿no cree?

La agente dejó escapar una risita nerviosa.

—La verdad es que me hacen estremecer.

—A mí también, querida —dijo Hicks. Un agradable, delicioso estremecimiento.

8

Harry se detuvo delante del cristal, las manos en los bolsillos, contemplando al Huésped. Arthur conferenciaba con dos oficiales al otro lado de la habitación, discutiendo cómo iban a ser realizados los primeros exámenes físicos.

—No entraremos en la habitación esta vez —dijo—. Tenemos sus fotografías y…, muestras de tejidos del primer día. Nos mantendrán ocupados.

Harry sintió una pequeña oleada de irritación.

—Idiotas —dijo para sí mismo. El Huésped, como de costumbre, permanecía enroscado bajo las sábanas de la plataforma baja, asomando sólo un «pie» y una «mano».

—¿Perdón, señor? —preguntó el oficial de servicio, un hombre alto y musculoso de aspecto nórdico de unos treinta años.

—He dicho «idiotas» —repitió Harry—. Muestras de tejidos.

—Yo no estaba aquí, señor, pero no sabíamos si el Huésped estaba vivo o muerto —dijo el hombre de aspecto nórdico.

—De todos modos —interrumpió Arthur, agitando una mano hacia Harry: déjalo correr—, son útiles, no importa como fueron tomadas. Hoy voy a pedirle al Huésped que se ponga en pie y nos permita fotografiarle desde todos lados, en todas las posturas, mientras permanece activo. También le pediré que se someta a más exámenes más adelante…

—Señor —dijo el hombre de aspecto nórdico—, ya hemos discutido esto, y considerando la advertencia que nos ha transmitido el Huésped, creemos que es necesaria una cautela absoluta.

—¿Sí?

—Estamos revelando muchas cosas de nosotros mismos. Esta información podría estar siendo retransmitida al objeto que hay en el Valle de la Muerte, junto con la forma como llevamos nuestros exámenes, los rayos X y todo eso; podría decirles mucho acerca de lo adelantados que estamos y cuáles son nuestras capacidades.

—Por el amor de Dios —dijo Harry. Ignoró la seca mirada de Arthur—. Han estado escuchando nuestras emisiones durante Dios sabe cuántas décadas. A estas alturas ya saben todo lo que se puede saber sobre nosotros.

—No creemos que eso sea necesariamente así. Una gran cantidad de información simplemente no es transmitida por los medios de comunicación civiles, y evidentemente no por los militares.

—Pueden analizarnos hasta la punta de las uñas de los dedos de nuestros pies simplemente por el hecho de que aún seguimos emitiendo radioondas analógicas —dijo Harry, sin apartarse de la ventana.

—Sí, señor, pero…

—Sus observaciones son bien recibidas, teniente Dreyer —dijo Arthur—, pero no vamos a poder llegar a ninguna parte a menos que examinemos al Huésped. Si eso significa algún intercambio en los dos sentidos, que así sea. Si el Huésped es una extensión de la nave, tal vez podamos descubrirlo a través de los exámenes.

—Es una idea interesante —concedió Harry en voz baja.

—Sí, señor —dijo Dreyer—. Me han comunicado que le entregue esto…, es su itinerario para la visita del comandante en jefe. Estamos a su disposición.

—De acuerdo. Vamos con ello. —Arthur avanzó por el ligeramente inclinado suelo hasta la ventana y se detuvo junto a Harry. Pulsó el botón que activaba el intercom con la habitación del Huésped.

—Disculpe. Nos gustaría proseguir nuestras preguntas y exámenes.

—Sí —dijo el Huésped, echando a un lado las sábanas y poniéndose lentamente en pie.

—¿Cuál es su estado de salud? —preguntó Arthur—. ¿Se encuentra bien?

—No me encuentro nada bien —dijo el Huésped—. La comida es adecuada, pero no lo bastante sustentadora.

Se había permitido al Huésped elegir entre una variedad de cuidadosamente preparadas «sopas». Las primeras muestras de tejido habían revelado que el Huésped podía concebiblemente digerir los azúcares dextrógiros y las proteínas que se hallaban generalmente en las formas de vida de la Tierra. Le era suministrada también agua purificada en jarras que le eran entregadas junto con la «comida». Hasta entonces, el Huésped no había excretado nada en la amplia bandeja de muestras de acero inoxidable que habían dejado abierta en otra esquina de la habitación. El Huésped había comido parcamente y sin aparente entusiasmo.

—¿Puede describrir las sustancias que le hubieran complacido?

—En el espacio, hibernamos…

Harry subrayó el «mos» en su bloc de notas.

—Y nuestra nutrición era proporcionada por máquinas sintetiza-doras a lo largo de todo el viaje.

Arthur parpadeó. Harry garabateó furiosamente.

—Desconozco los nombres de las sustancias en este idioma para describirlas. La comida que me proporcionan ustedes parece adecuada.

—Pero no es de su gusto.

El Huésped no respondió.

—Nos gustaría efectuar otro examen físico —dijo Arthur—. No vamos a tomar más muestras de tejidos.

El Huésped ocultó sus tres ojos castaños y luego volvió a extraerlos, pero no dijo nada, de pie allá en lo que podría describirse como una postura abatida…, si el Huésped podía sentirse abatido, y si el lenguaje corporal era similar…

—No tiene usted obligación de cooperar —señaló Arthur—. No deseamos obligarle a nada.

—Dificultades con el habla, con el idioma —dijo el Huésped. Dio un paso hacia un lado en un movimiento fluido, hasta el rincón del fondo de la derecha—. Hay preguntas que ustedes no formulan. ¿Por qué?

—Lo siento, no comprendo.

—No formulan ustedes preguntas acerca de pensamientos internos.

—¿Quiere decir, lo que está usted pensando?

—Los estados interiores son mucho más importantes que la construcción física, ¿no? ¿No es eso cierto para sus inteligencias?

Harry miró a Arthur.

—De acuerdo —dijo Harry, dejando sus notas a un lado—. ¿Cuál es su estado interior?

—Desorganizado.

—¿Está usted confuso? —preguntó Harry.

—Intranquilo. La misión ha sido completada. No sobreviviremos a este incidente.

—No sobrevi… —Arthur se interrumpió, buscando las palabras adecuadas—. Cuando la nave parta, ¿usted no irá a bordo?

—No está haciendo usted las preguntas adecuadas.

—¿Qué preguntas deberíamos hacer? —Harry tabaleó con su lápiz en el brazo de la silla.

El Huésped pareció enfocar sus tres ojos color coñac en su gesto.

—¿Qué preguntas deberíamos hacer? —repitió Harry.

—Proceso de destrucción. Pasadas muertes de mundos. Cómo encajan ustedes en el esquema.

—Sí, tiene razón —dijo rápidamente Arthur—. No hemos estado haciendo esas preguntas. Experimentamos temor, un estado emocional negativo, y realmente no intentamos saber. Puede que sea irracional…

El Huésped alzó muy en alto su «barbilla», revelando las dos hendiduras y una sombría depresión de cinco centímetros de ancho en la parte inferior de la mitra.

—Emociones negativas —repitió—. ¿Cuándo harán esas preguntas?

—Algunos de nuestros líderes, incluido nuestro presidente, se reunirán con nosotros aquí mañana. Ése podría ser un buen momento —indicó Harry.

—Creo que será mejor que las oigamos primero ahora. —Arthur se mostró intranquilo ante la idea de ir lanzándole ciegamente información a Crockerman. No tenía la menor idea de cómo podía reaccionar el hombre.

—Sí —dijo el Huésped.

—Primera pregunta, pues —empezó Arthur—. ¿Qué le ocurrió a su mundo?

El Huésped empezó su historia.

OFFERTORIUM

9

—Son ustedes unos privilegiados, amigos —dijo la nueva oficial de servicio, una joven y esbelta mujer negra vestida con pantalones y una blusa gris, a las cuatro aisladas personas que estaban a su cargo.

Ed Shaw se sentó en su camastro y parpadeó.

—El presidente vendrá aquí esta tarde. Quiere hablar con ustedes y felicitarles.

—¿Cuánto falta para que podamos salir de aquí? —preguntó Stella Morgan con voz ronca. Carraspeó y repitió la pregunta.

—No tengo la menor idea, señorita Morgan. Tenemos un mensaje de su madre. Está en su cajón de la comida. Podemos retransmitir cualquier mensaje de respuesta que desee usted enviarle y que no contenga ninguna información respecto a dónde está ni por qué está aquí.

—Así que ella les está presionando, ¿eh? —dijo Minelli. Habían estado hablando de la madre de Stella, Bernice Morgan, hacía unas horas. Stella estaba convencida de que a aquellas alturas la señora Morgan debía haber contratado ya a la mitad de los abogados de todo el estado.

—Realmente lo está haciendo —dijo la oficial de servicio—. Tiene usted una auténtica madre, señorita Morgan. Esperamos poder resolver todo esto rápidamente. Los laboratorios están realizando pruebas las veinticuatro horas del día. Hasta ahora, no hemos encontrado nada biológicamente extraño ni en ustedes ni en el Huésped.

Edward se dejó caer hacia atrás en su camastro.

—¿Qué viene a hacer aquí el presidente? —preguntó.

—Quiere hablar con ustedes cuatro. Eso es lo que nos han dicho.

—Y ver al alienígena —añadió Minelli—. ¿Correcto?

La oficial de servicio sonrió.

—¿Cuándo piensan decírselo ustedes a la prensa? —preguntó Reslaw.

—Señor, me gustaría que pudiéramos hacerlo ahora mismo. Los australianos ya lo han dicho todo, y su caso es aún más extraño que el nuestro. Ellos tienen robots saliendo de sus rocas.

—¿Qué? —Edward se sentó en el borde del camastro—. ¿Está en las noticias?

—Deberían ver ustedes sus televisores. También hay periódicos en sus cajones de la comida. A partir de mañana recibirán ustedes terminales conectadas a bases de datos, unidades de información. No queremos que estén en la ignorancia cuando el presidente llegue aquí.

Edward abrió su cajón de la comida, una bandeja de acero inoxidable que atravesaba la pared de la unidad de aislamiento, y extrajo un periódico doblado. No había mensajes personales para él. Su amiga de aquellos momentos en Austin no le esperaba de vuelta hasta dentro de uno o dos meses; no había hablado con su madre en meses. Edward empezó a lamentar su libre estilo de vida. Desdobló el periódico y revisó rápidamente los titulares.

—Jesús, ¿estáis leyendo lo mismo que estoy leyendo yo? —preguntó Reslaw.

—Sí —dijo Edward.

—Parecen como calabazas cromadas.

Edward hojeó las páginas. Las Fuerzas Armadas australianas estaban en alerta. Lo mismo las Fuerzas Aéreas y la Marina de los Estados Unidos. (¿No el Ejército? ¿Por qué no el Ejército?) Los lanzamientos de transbordadores espaciales habían sido cancelados, por razones no claramente especificadas.

—¿Por qué robots? —preguntó Minelli tras unos segundos de silencio—. ¿Por qué no más criaturas?

—Quizá descubrieron que no podían soportar la atmósfera y el calor —sugirió Minelli—. Así que enviaron aparatos manejados por control remoto.

Aquello parecía tener sentido. Pero si había dos naves espaciales camufladas —¿y por qué camufladas?—, entonces seguramente tenía que haber más.

—Quizá sea una invasión —dijo Stella—. Sólo que nosotros todavía no lo sabemos.

Edward intentó recordar los distintos escenarios de ciencia ficción que había leído en libros o visto en el cine o por la televisión.

Motivaciones. Ningún ser inteligente hacía las cosas sin motivo. Edward siempre se había puesto del lado de los científicos que creían que la Tierra era un planeta demasiado insignificante y demasiado fuera del camino para ser de interés a los posibles exploradores espaciales. Por supuesto, eso era geocentrismo a la inversa. Deseaba haber leído algo más sobre el SETI, el programa de búsqueda de inteligencia extraterrestre. Casi todas sus lecturas científicas actuales versaban sobre geología; raras veces leía revistas como el Scientific American o incluso Science, a menos que incluyeran algún artículo que le interesara.

Como la mayoría de los expertos, se había vuelto insular. La geología había sido su vida. Ahora dudaba si podría llegar a volver a tener una vida privada. Aunque los cuatro fueran liberados —y esa cuestión le preocupaba más de lo que deseaba admitir—, se convertirían en figuras públicas, celebridades. Sus vidas cambiarían enormemente.

Se dedicó a la página de historietas de Los Angeles Times. Luego se echó en el camastro e intentó dormir. Pero ya había dormido lo suficiente. Su irritación estaba alcanzando un punto que no creía que pudiera controlar. ¿Qué le diría a Crockerman? ¿Golpearía los barrotes de su jaula y aullaría miserablemente? Ésa parecía la única respuesta adecuada.

—Pero examina todo el cuadro —se murmuró a sí mismo, sin preocuparse de que los demás le oyeran—. Esto es historia.

—¡Esto es historia! —gritó Minelli desde su celda—. ¡Nosotros somos historia! ¿No es fantástico todo esto?

Edward oyó a Reslaw aplaudir suavemente, resueltamente.

—Quiero ver a mi agente —dijo Minelli.

10

Harry estudió el itinerario del presidente —y el suyo, limpiamente añadido con un clip de plástico— y suspiró.

—El circuito de variedades —dijo—. Tú estás acostumbrado a él. Yo no. Rígida seguridad y visitas al minuto.

—Había empezado a acostumbrarme a estar lejos de él —dijo Arthur. Compartían una habitación en el Vandenberg Hilton, mientras que los austeros edificios de cemento, cuadrados y alargados, de tres pisos, eran ocupados por los pilotos de los transbordadores que generalmente ocupaban las austeras habitaciones. Harry le tendió el papel y se encogió de hombros.

—La mayor parte de las veces simplemente me siento cansado —dijo, tendiéndose de espaldas y uniendo las manos detrás de la nuca. Arthur le miró con cierta preocupación—. No, no porque esté enfermo —dijo testarudamente Harry—. Es todo este pensar. El abordar todo esto.

—Mañana va a ser un día muy ajetreado. ¿Estás seguro de estar preparado para ello? —preguntó Arthur.

—Estoy seguro.

—De acuerdo. Esta noche entregaremos nuestro informe preliminar al presidente y a los miembros de su estado mayor y del Gabinete que se ha traído consigo, y luego ocuparemos un lugar en las entrevistas del presidente con el Huésped y los ciudadanos.

Harry sonrió y agitó la cabeza, aún dubitativo.

Arthur depositó los papeles sobre la mesilla entre las dos camas.

—¿Qué hará cuando oiga la historia?

—Cristo, Art, tú conoces mejor que yo al hombre.

—Ni siquiera llegué a conocerlo antes de que me echaran. Cuando era vicepresidente, permanecía siempre en segundo plano. Para mí es un rompecabezas envuelto en un enigma. Tú lees los periódicos; ¿qué piensas?

—Pienso que es un hombre razonablemente inteligente que no encaja en la Casa Blanca. Pero yo soy un viejo radical. Ya era comunista a los tres años, recuérdalo. Mi padre me puso un suéter rojo…

—Estoy hablando en serio. Tenemos que suavizarle de alguna manera el golpe. Y será un golpe, por mucho que lo hayan preparado los suyos. Ver a nuestro Huésped. Oír de sus propios labios, o lo que sean…

—Que la Tierra está condenada. Corderos al matadero.

Ahora fue el turno de Arthur de sonreír. La sonrisa casi le dolió.

—No —dijo.

—¿No lo crees?

Arthur miró al cielo.

—¿No tienes la impresión de que algo no encaja aquí?

—La condenación nunca encaja —dijo Harry.

—Preguntas. Montones y montones de preguntas. ¿Por qué esta nave espacial permite que unas «pulgas» cabalguen en su lomo y adviertan a la población antes de que pueda destruir su hogar?

—Presunción. Absoluta seguridad en su poder. Absoluta seguridad en nuestra debilidad.

—¿Cuando disponemos de armas nucleares, por el amor de Dios? —preguntó secamente Arthur—. Un piloto de caza caído en alguna jungla debería mostrar respeto por las flechas de los nativos.

—Probablemente… debería tener armas y defensas de las que no sabemos absolutamente nada.

—¿Por qué no las usó, entonces?

—Evidentemente, usó algo para posar enormes rocas sin que fueran detectadas por el radar ni los satélites.

Arthur asintió.

—Si al menos lo que aterrizó fuera pequeño… Pero eso contradiría la historia del Huésped.

—De acuerdo —admitió Harry, apoyándose contra la pared con una almohada como acolchado—. Para mí tampoco tiene sentido. Esta declaración australiana de que sus alienígenas han venido a traer la paz para toda la humanidad. ¿Se trata del mismo grupo de invasores? Al parecer, sí; la misma táctica. Enterrarse en una zambullida ciega. Una nave tiene «pulgas», la otra no. Una nave tiene agentes publicitarios robot. La otra guarda silencio.

—No hemos visto el texto completo de los australianos.

—No —admitió Harry—. Pero hasta ahora parecen haber sido sinceros. ¿Cuál es la respuesta obvia?

Arthur se encogió de hombros.

—Quizá los poderes detrás de esas naves estén increíblemente desorganizados o sen inconsistentes o simplemente torpes. O tal vez haya alguna especie de disputa dentro de su organización.

—Quieran o no devorar la Tierra.

—Correcto —dijo Harry.

—¿Crees que Crockerman hará esto público?

—No —dijo Harry, con los dedos entrelazados ahora en su amplio estómago—. Sería un loco si lo hiciera. Piensa en la desorganización. Si es listo, va a permanecer sentado y aguardar hasta el último minuto…, va a ver cómo reacciona la gente a la nave espacial de las Buenas Noticias.

—Quizá debiéramos bombardear el Valle de la Muerte ahora mismo. —Arthur contempló fijamente un cuadro encima de la mesilla de noche, entre las dos camas individuales. Mostraba cuatro cazas F-104 ascendiendo verticalmente sobre China Lake—. Cauterizar toda la zona. Actuar sin pensar.

—Volverlos más locos que el infierno, ¿eh? —dijo Harry—. Si se están mostrando increíblemente arrogantes, entonces eso significa que tienen alguna seguridad de que no podemos hacerles ningún daño. Ni siquiera con armas nucleares.

Arthur se sentó en una silla de respaldo recto, apartando la vista de las ventanas y el cuadro. Cazas y bombarderos de alta tecnología. Misiles de crucero. Defensas láser móviles. Armas termonucleares. Nada mejor que las hachas de piedra.

—El capitán Cook —dijo, y se mordió suavemente el labio inferior.

—¿Sí? —animó Harry.

—Los hawaianos consiguieron matar al capitán Cook. Su tecnología se hallaba al menos un par de cientos de años más adelantada que la de ellos. Sin embargo, lo mataron.

—¿Y de qué les sirvió? —preguntó Harry.

Arthur sacudió la cabeza.

—De nada, supongo. Quizá sólo alguna satisfacción personal.

El presidente William D. Crockerman, sesenta y tres años, era ciertamente uno de los hombres de aspecto más distinguido en los Estados Unidos. Con su canoso pelo negro, sus penetrantes ojos verdes, su afilada, casi aquilina nariz, y sus benevolentes arrugas en torno a sus ojos y boca, hubiera podido ser tanto el reverenciado director de una importante compañía como el abuelo preferido de un grupo de quinceañeros. Tanto en televisión como en persona, proyectaba confianza en sí mismo y una firme inteligencia. No había la menor duda de que se tomaba en serio su trabajo, pero no era él mismo…, era tan sólo su imagen pública, aunque le había hecho ganar elección tras elección a lo largo de sus veintiséis años de carrera en cargos públicos. Crockerman sólo había perdido unas elecciones: las primeras, como candidato a la alcaldía en Kansas City, Missouri.

Entró en el laboratorio de aislamiento de Vandenberg acompañado por dos agentes del Servicio Secreto, su asesor en seguridad nacional —un delgado caballero bostoniano de mediana edad llamado Carl McClennan— y su asesor científico, David Rotterjack, soporíferamente tranquilo en sus treinta y ocho años de edad. Arthur conocía lo suficiente al regordete y rubio Rotterjack como para respetar sus credenciales sin que el individuo le gustara necesariamente. Rotterjack había tendido hacia la administración científica, antes que hacia el ejercicio de la ciencia, en sus días como director de varios laboratorios biológicos privados de investigación.

Su séquito fue introducido en la combinación de laboratorio y sala de observación por el general Paul Fulton, comandante en jefe del Centro 6 de Lanzamiento de Transbordadores, Operaciones de Lanzamiento de Transbordadores de la Costa Oeste. Fulton, cincuenta y tres años, había sido jugador de fútbol en sus días académicos, y aún conservaba bastantes músculos en su metro ochenta de estatura.

Arthur y Harry los esperaron en el laboratorio central, de pie junto a la cubierta ventana que daba acceso visual al Huésped. Rotterjack presentó al presidente y a McClennan a Harry y Arthur, y luego las presentaciones prosiguieron en un círculo en torno a las sillas. Crockerman y Rotterjack se sentaron en primera fila, con Harry y Arthur de pie a un lado.

—Espero que comprendan por qué estoy nervioso —dijo Crockerman, concentrándose en Arthur—. No he oído buenas noticias sobre este lugar.

—Sí, señor —dijo Arthur.

—Esas historias…, esas afirmaciones acerca de lo que ha estado diciendo el Huésped… ¿Cree usted en ellas?

—No vemos ninguna razón para no creerlas, señor —dijo Arthur. Harry asintió.

—Usted, señor Feinman, ¿qué piensa del aparecido australiano?

—Por todo lo que he visto, señor presidente, parece ser un análogo casi exacto del nuestro. Quizá más grande, porque se halla contenido en una roca más grande.

—Pero no tenemos ni la más remota idea de lo que hay en ninguna de las rocas, ¿verdad?

—No, señor —dijo Harry.

—¿No podemos pasarla por rayos X, o provocar una detonación a un lado y escuchar atentamente en el otro?

Rotterjack sonrió.

—Hemos estado examinando un cierto número de ingeniosas formas de averiguar lo que hay dentro. Pero ninguna de ellas parece adecuada.

Arthur sintió algo parecido a un hormigueo, pero asintió.

—Creo que en estos momentos lo mejor es la discreción.

—¿Qué hay acerca de los robots, las historias en conflicto? Algunos de mi generación los están llamando «duendecillos». ¿Sabían ustedes esto, señor Gordon, señor Feinman?

—El nombre se nos ocurrió también, señor.

—Portadores de todo lo bueno. Así es como se lo han dicho al primer ministro Miller. He hablado con él. No está necesariamente convencido, o al menos no permite que nosotros pensemos que lo está, pero…, no vio ninguna razón por la que mantener a todo el mundo en la oscuridad. Aquí la situación es distinta, ¿no?

—Sí, señor —dijo Arthur. McClennan carraspeó.

—No podemos predecir qué tipo de daño puede producirse si le decimos al mundo que tenemos un aparecido, y que éste dice que ha llegado el día del juicio.

—Carl ve con cautela cualquier plan para divulgar la historia. Así que tenemos a cuatro civiles encerrados, y tenemos agentes en Shos-hone y Furnace Creek, y la roca se halla en terreno acotado.

—Los civiles están encerrados por otras razones —dijo Arthur—. No hemos hallado ninguna prueba de contaminación biológica, pero no podemos permitirnos correr riesgos.

—El Huésped parece hallarse libre de agentes biológicos, ¿no? —preguntó Rotterjack.

—Hasta ahora sí —dijo el general Fulton—. Seguimos haciendo pruebas.

—En pocas palabras, las cosas no están ocurriendo de la manera que pensábamos que ocurrirían —dijo Crockerman—. Nada de mensajes distantes en Puerto Rico, nada de platillos volantes flotando en nuestro cielo, nada de balas de cañón cayendo en el quinto infierno y unos seres como pulpos empezando a salir de ellas.

Arthur agitó negativamente la cabeza, sonriendo. Crockerman tenía la habilidad de suscitar respeto y afecto de aquellos que tenía a su alrededor. El presidente frunció una gruesa y oscura ceja primero a Harry, luego a Arthur, después brevemente a McClennan.

—Pero está ocurriendo.

—Sí, señor —dijo Fulton.

—La señora Crockerman me dijo que éste iba a ser el encuentro más importante de mi vida. Sé que tiene razón. Pero estoy asustado, caballeros. Necesitaré su ayuda para superar esto. Para que todos lo superemos. Porque vamos a superarlo, ¿verdad?

—Sí, señor —dijo hoscamente Rotterjack.

Nadie más respondió.

—Estoy listo, general. —El presidente se sentó erguido en su silla y contempló fijamente la oscura ventana. Fulton hizo una seña con la cabeza al oficial de servicio.

La cortina se abrió.

El Huésped estaba de pie al lado de la mesa, al parecer en la misma posición que cuando Arthur y Harry lo dejaron el día antes.

—Hola —dijo Crockerman, el rostro ceniciento a la escasa luz de la habitación. El Huésped, con su visión muy sensible a la luz, quizá podía verles más claramente de lo que ellos podían verle a él.

—Hola —respondió.

—Me llamo William Crockerman. Soy el presidente de los Estados Unidos de América, la nación en la que aterrizó usted. ¿Tienen naciones allá donde vive?

El Huésped no respondió. Crockerman miró a Arthur.

—¿Puede oírme?

—Sí, señor presidente —dijo Arthur.

—¿Tienen naciones allá donde vive usted? —repitió Crockerman.

—Tiene que formular usted las preguntas importantes. Me estoy muriendo.

El presidente se echó instintivamente hacia atrás. Fulton avanzó unos pasos como si estuviera a punto de hacerse cargo de las cosas, despejar la habitación, proteger el Huésped de cualquier futura tensión, pero Rotterjack apoyó una mano en su pecho y agitó la cabeza.

—¿Tiene usted algún nombre? —preguntó el presidente.

—No en el idioma de ustedes. Mi nombre es químico y va delante de mí entre los de mi raza.

—¿Tiene usted familia dentro de la nave?

—Somos una familia. Todos los demás de nuestra raza están muertos.

Crockerman estaba sudando. Sus ojos se clavaron en el rostro del Huésped, en los tres ojos amarillo dorados que le miraban sin parpadear.

—Les ha dicho usted a mis colegas, nuestros científicos, que esta nave es un arma y que destruirá la Tierra.

—No es un arma. Es una madre de nuevas naves. Devorará su mundo y hará nuevas naves para viajar a otras partes.

—No comprendo esto. ¿Puede explicarlo?

—Formule buenas preguntas —pidió el Huésped.

—¿Qué le ocurrió a su mundo? —dijo Crockerman sin vacilar. Había leído ya el informe de la conversación de Gordon y Feinman con el Huésped sobre este tema, pero obviamente deseaba oírlo de nuevo con sus propios oídos.

—No puedo dar el nombre de mi mundo, o dónde estaba en su cielo. Hemos perdido el rastro del tiempo transcurrido desde que lo abandonamos. El recuerdo de nuestro mundo se borra en el largo y frío sueño. Las primeras naves llegaron y se ocultaron dentro de las masas de hielo que llenaban los valles de un continente. Tomaron lo que necesitaban de esas masas de hielo, y partes de ellas se abrieron camino dentro del mundo. No sabíamos lo que estaba ocurriendo. En los últimos tiempos esta nave, recién construida, apareció en medio de una ciudad, y no se movió. Se hicieron planes mientras el planeta temblaba. Habíamos salido ya al espacio, incluso entre planetas, pero no habíamos encontrado ninguno que nos atrajera, así que nos habíamos quedado en nuestro mundo. Sabíamos cómo sobrevivir en el espacio, incluso durante largos períodos de tiempo, y construimos un hogar dentro de la nave, creyendo que partiría antes del final. La nave no nos avisó. Partió antes de que las armas convirtieran nuestro mundo en roca fundida y agua gaseosa, y se nos llevó con ella, dentro. No vive nadie más, que sepamos.

Crockerman asintió una vez y cruzó las manos sobre sus rodillas.

—¿Qué aspecto tenía su mundo?

—Parecido a éste. Más hielo, una estrella más pequeña. Muy como yo, no en forma sino en pensamiento. Nuestra raza era multiforme, algunos nadando en los fríos mares fundidos, otros como yo caminando sobre tierra firme, algunos volando, algunos viviendo en el hielo. Todos los pensamientos iguales. Hace miles de tiempos, moldeamos la vida según nuestros deseos y vivimos felices. El aire era intenso y lleno con los aromas de la raza. Por todas partes del mundo, incluso en los lejanos territorios de hielo grueso, podías oler primos y niños.

Arthur sintió una opresión en su garganta. La mejilla de Crockerman estaba húmeda con una sola lágrima. No la secó.

—¿Le dijeron por qué fue destruido su mundo?

—No hablaron con nosotros —dijo el Huésped—. Supusimos que las máquinas eran devoradores de mundos, y que no estaban vivas, sólo eran máquinas sin olor, pero con pensamientos.

—¿No acudieron robots a hablar con ustedes?

—Tengo dificultades de idioma.

—Máquinas más pequeñas —intentó explicar Rotterjack—. Que hablaran con ustedes, que les engañaran.

—No máquinas más pequeñas —dijo el Huésped.

Crockerman inspiró profundamente y cerró por un momento los ojos.

—¿Tiene usted hijos? —preguntó.

—A mi raza no le estaba permitido tener hijos. Tenía primos.

—¿Dejó algún tipo de familia detrás?

—Sí. Primos y maestros. Hermanos de hielo por unión de mando.

Crockerman agitó la cabeza. Aquello no significaba nada para él; de hecho, significaba muy poco para cualquiera en la habitación. Mucho de aquello debería ser dilucidado más tarde, a través de muchas más preguntas…, si el Huésped vivía lo suficiente para responderlas todas.

—¿Y aprendió usted a hablar nuestro idioma escuchando nuestras emisiones?

—Sí. Sus residuos atrajeron a las máquinas hasta ustedes. Escuchamos lo que las máquinas estaban reuniendo.

Harry garabateaba furiosamente, con su lápiz emitiendo rápidos y raspantes sonidos contra el bloc.

—¿Por qué no intentó sabotear la máquina…, destruirla? —preguntó Rotterjack.

—Si hubiera sido capaz de hacer eso, la máquina nunca nos hubiera aceptado a bordo.

—Arrogancia —dijo Arthur, tensando la mandíbula—. Una increíble arrogancia.

—Nos ha dicho usted que estaban dormidos, hibernando —señaló Rotterjack—. ¿Cómo pudieron estudiar nuestro idioma y dormir al mismo tiempo?

El Huésped permaneció inmóvil, sin responder.

—Se hizo —murmuró finalmente.

—¿Cuántos idiomas conoce? —preguntó Harry, con el lápiz momentáneamente inmóvil.

—Hablo el inglés. Otros, aún dentro, hablan el ruso, el chino, el francés.

—Esas preguntas no parecen terriblemente importantes —dijo suavemente Crockerman—. Tengo la sensación como si hubiera caído una pesadilla sobre todos nosotros. ¿A quién puedo culpar por ello? —Miró a su alrededor en la habitación, los ojos agudos, como los de un halcón—. A nadie. No puedo simplemente anunciar que hemos recibido visitantes de otros mundos, porque la gente querrá ver a los visitantes. Tras el anuncio australiano, lo que tenemos aquí no es más que confuso y desmoralizador.

—No estoy seguro de cuánto tiempo podamos mantener esto en secreto —dijo McClennan.

—¿Cómo podemos mantenerlo alejado de nuestra gente? —Crockerman parecía no haber oído a nadie excepto al Huésped. Se puso en pie y se acercó al cristal, concentrándose hoscamente en el Huésped—. Nos ha traído usted las peores noticias posibles. Dice que no hay nada que podamos hacer. Su… civilización… debía estar más avanzada que la nuestra. Murió. Éste es un mensaje terrible. ¿Por qué se molestó en traerlo hasta nosotros?

—En algunos mundos, la confrontación debió ser más igualada —dijo el Huésped—. Estoy cansado. Ya no me queda mucho más tiempo.

El general Fulton habló en voz baja con McClennan y Rotterjack. Rotterjack se acercó al presidente y apoyó una mano en su hombro.

—Señor presidente, nosotros no somos los expertos aquí. No podemos formular las preguntas adecuadas, y evidentemente no queda mucho tiempo. Deberíamos apartarnos del camino y dejar que los científicos prosigan su trabajo.

Crockerman asintió, inspiró profundamente y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo parecía algo más compuesto.

—Caballeros, David tiene razón. Por favor, sigan con ello. Me gustaría hablar con todos ustedes antes de marcharme de aquí. Sólo una última pregunta. —Se volvió de nuevo al Huésped—. ¿Cree usted en Dios?

Sin un momento de vacilación, el Huésped respondió:

—Creemos en el castigo.

Crockerman se sintió visiblemente impresionado. Con la boca ligeramente abierta, miró a Harry y Arthur, luego abandonó la habitación con piernas temblorosas, con McClennan, Rotterjack y el general Fulton tras sus talones.

—¿Qué ha querido decir con esto? —preguntó Harry después de que la puerta se hubiera cerrado—. Por favor, amplíe lo que acaba de decir.

—Los detalles no tienen importancia —dijo el Huésped—. La muerte de un mundo es un juicio de su inadecuación. La muerte extirpa lo innecesario y lo falso. No más conversación ahora. Descanso.

11

Malas noticias. Malas noticias.

Edward despertó de su semisueño y parpadeó hacia el blanco techo. Sentía como si alguien muy importante para él hubiera muerto. Le tomó un momento orientarse a la realidad.

Había tenido un sueño que ahora no podía recordar claramente. Su mente pasó hojas de palmera sobre la arena para ocultar las huellas del subconsciente en juego.

La oficial de servicio le había dicho hacía una hora que nadie estaba enfermo, y que no se había descubierto ningún elemento biológico en su sangre o en la de nadie. Ni siquiera en la del Huésped, que parecía tan pura como la nieve recién caída. Extraño, eso.

En cualquier ecología de la que había oído hablar Edward Shaw, lo cual significaba cualquier ecología terrestre, las cosas vivas estaban siempre acompañadas por organismos parasitarios o simbióticos. En la piel, en los intestinos, en el torrente sanguíneo. Quizá las ecologías fueran distintas en otros mundos. Quizá la raza del Huésped —viniera de donde viniese— había avanzado hasta el punto de la pureza: sólo los primarios, la gente lista, sobreviviera; no más pequeños animales mutantes para provocar enfermedades.

Edward se levantó y fue a llenar un vaso de agua en el lavabo. Mientras bebía, sus ojos vagaron hacia la ventana y la cortina que había al otro lado. Lentamente, pero con toda seguridad, estaba perdiendo al viejo Edward Shaw y descubriendo uno nuevo: un tipo ambiguo, furioso pero no abiertamente, temeroso pero sin exhibirlo, profundamente pesimista.

Y entonces recordó su sueño.

Había estado en su propio funeral. Habían abierto el ataúd y alguien había cometido un error, porque dentro de la caja estaba el Huésped. El ministro, que presidía la ceremonia con una túnica púrpura y un enorme medallón en el pecho, había apoyado una mano en el hombro de Edward y le había susurrado al oído:

—Esto es realmente una Mala Noticia, ¿no cree?

Nunca había tenido sueños así antes.

El intercom lanzó una señal, y gritó:

—¡No! Vayanse. Estoy bien. Simplemente déjenme tranquilo. No estoy enfermo. No me estoy muriendo.

—Tranquilícese, señor Shaw. —Era Eunice, la esbelta oficial de servicio negra que parecía sentir una clara simpatía hacia Edward—. Siga adelante y suéltelo todo si quiere. No puedo desconectar las cintas, pero cerraré mi altavoz por un rato si usted quiere.

Edward se rehizo inmediatamente.

—Estoy bien, Eunice. De veras. Lo único que necesito saber es cuándo vamos a salir de aquí.

—Ni yo misma lo sé, señor Shaw.

—De acuerdo. No la culpo a usted.

Y era cierto. No era culpa de Eunice, ni de los demás oficiales de servicio, ni de los doctores o los científicos que habían hablado con él. Ni siquiera de Harry Feinman o Arthur Gordon. Las lágrimas se estaban convirtiendo en una risa que apenas podía reprimir.

—¿Sigue todo bien, señor Shaw? —preguntó Eunice.

—«Soy una víctima de las circunstancias» —citó Edward a Curly, el gordo y calvo miembro de los Tres Soplones. Pulsó el botón del intercom correspondiente a la habitación de Minelli. Cuando Minelli respondió, Edward imitó a Curly de nuevo, y Minelli hizo un perfecto «Hurra, hurra, ha». Reslaw se les unió, y Stella se echó a reír, hasta que sonaron como un laboratorio lleno de chimpancés. Y en eso se convirtieron, charloteando y pateando contra el suelo.

—Hey, me estoy rascando los sobacos —dijo Minelli—. De veras. Eunice podrá confirmarlo. Quizá podamos conseguir el apoyo de los Amigos de los Animales o algo así.

—Los Amigos de los Geólogos —rectificó Reslaw.

—Los Amigos de las Mujeres de Negocios Liberales —añadió Stella.

—Oh, vamos, chicos —dijo Eunice.

A las ocho de la tarde, Edward contempló su rostro en el espejo encima del lavabo mientras se afeitaba.

—Ahí viene el presi —murmuró—. Ni siquiera voté por él, pero aquí estoy, acicalándome como una colegiala. —Ni siquiera se darían la mano. Pero el presidente miraría a Shaw y a Minelli y a Reslaw y a Morgan, les vería…, y eso era suficiente. Edward sonrió hoscamente, luego revisó sus dientes en busca de restos de comida.

12

El secretario de Defensa, Otto Lehrman, llegó a las siete y cuarto. Después de que Crockerman permaneciera media hora a solas con él y Rotterjack —tiempo suficiente para llegar a un acuerdo sobre lo que fuera, pensó Arthur—, entraron en el laboratorio a cuyo alrededor se hallaban los cubículos herméticos y al que se abrían todas las ventanas, una versión ampliada del complejo central que contenía al Huésped. El coronel Tuan Anh Phan estaba de pie ante el tablero de control de las salas de aislamiento.

Crockerman estrechó la mano del doctor y revisó lentamente el laboratorio.

—Un testigo civil más, y hubieran tenido que colocarlo con los militares, ¿no? —preguntó a Phan.

—Sí, señor —dijo Phan—. No estaba planeado el encarcelar ciudades enteras. —Aquello era evidentemente un desmañado intento de humor, pero el presidente no estaba en vena.

—En realidad —murmuró Crockerman—, esto no es en absoluto divertido.

—No, señor —dijo Phan, mohíno.

Arthur acudió en su rescate.

—No hubiéramos podido pedir mejores instalaciones, señor presidente —dijo. Crockerman se había estado comportando extrañamente desde la reunión con el Huésped. Arthur estaba preocupado; aquella conversación les había alterado a todos a un nivel profundamente psicológico, pero Crockerman parecía habérselo tomado particularmente en serio.

—¿Pueden oírnos? —preguntó Crockerman, señalando con la cabeza hacia las cuatro cortinas de acero.

—Todavía no, señor —dijo Phan.

—Bien. Me gustaría poner un poco en orden mis pensamientos, especialmente antes de hablar con la hija de la señora Morgan. Otto, quiero decir el señor Lehrman, se ha retrasado a causa de sus obligaciones en Europa, pero el señor Rotterjack ya le ha puesto al corriente de lo que hemos oído hasta ahora.

Lehrman suspiró suave pero elocuentemente y asintió. Arthur había oído muchas cosas sobre Lehrman…, su ascensión desde magnate de los microchips a jefe del Consejo de Relaciones Industriales del presidente y, sólo dos meses antes, su confirmación como secretario de Defensa, reemplazando al nominado por Hampton, más halcón. Parecía un gemelo filosófico de Crockerman.

—Tengo una pregunta para el señor Gordon —dijo Lehrman. Miró a Arthur y a Harry, de pie uno al lado del otro cerca del protegido banco de trabajo de microbiología del laboratorio.

—Adelante, pregunte —dijo Arthur.

—¿Cuándo autorizará usted una investigación militar de la Caldera?

—No lo sé —dijo Arthur.

—Es su departamento, Arthur —dijo el presidente en voz baja—. Usted toma la decisión.

—Nadie me había planteado todavía el asunto hasta ahora —dijo Arthur—. ¿Qué tipo de investigación tiene en mente?

—Me gustaría descubrir los puntos débiles del lugar.

—Ni siquiera sabemos lo que es —señaló Harry.

Lehrman agitó la cabeza.

—Todo el mundo supone que se trata de una nave espacial camuflada. ¿No está usted de acuerdo con ello?

—Ni estoy de acuerdo ni dejo de estarlo. Simplemente, no lo sé —respondió Harry.

—Caballeros —murmuró Arthur—, creo que éste no es exactamente el momento. Discutiremos el asunto después de que el presidente haya hablado con los cuatro testigos y todos hayamos visto el lugar.

Lehrman lo aceptó con una inclinación de cabeza e hizo un gesto para que continuaran. El general Fulton entró en el laboratorio con un grueso fajo de papeles en un sobre manila y se sentó a un lado, sin decir nada.

—De acuerdo —dijo Crockerman—. Echémosles una mirada.

La voz de Eunice le llegó a Edward a través del altavoz de su intercom:

—Amigos, van a conocer ahora al presidente. —Con un hueco sonido zumbante, la cubierta de la ventana se deslizó hacia abajo penetrando en la pared y revelando un panel transparente de unos dos metros de ancho por uno de alto. Al otro lado de la gruesa capa doble de cristal Edward vio al presidente Crockerman, a dos hombres que no reconoció, y varios otros rostros que recordaba vagamente de la televisión.

—Disculpen mi intromisión, caballeros, señorita Morgan —dijo Crockerman, con una ligera inclinación de cabeza—. Creo que nos conocemos mutuamente, aunque no hayamos sido formalmente presentados. Éste es el señor Lehrman, mi secretario de Defensa, y éste el señor Rotterjack, mi asesor científico. ¿Conocen ya a los señores Arthur Gordon y Harry Feinman? ¿No? Se hallan a cargo del equipo presidencial que investiga lo que ustedes descubrieron. Sospecho que tienen algunas quejas que hacerme al respecto.

—Encantado de conocerle, señor —dijo Minelli. Crockerman cambió su ángulo de visión. Edward se dio cuenta de que todos ellos daban al laboratorio central. En la ventana más alejada, en el lado opuesto de la curvada pared, pudo ver a Stella Morgan, su rostro pálido a la luz fluorescente.

—Estrecharía sus manos si pudiera. Ha sido duro para todos los implicados, pero sé que ha sido especialmente duro para ustedes.

Edward murmuró algo parecido a un asentimiento.

—Desconocemos cuál es nuestra situación, señor presidente.

—Bien, me han dicho que no corren ustedes ningún peligro. Que no tienen ningún…, esto, germen espacial. Seré franco con ustedes; de hecho…, probablemente se hallen ustedes aquí más por razones de seguridad que por su propia salud.

Edward pudo ver por qué Crockerman era llamado el más encantador de los presidentes desde Ronald Reagan. Su combinación de dignificada buena presencia y modales abiertos —por ilusorios que fueran esos últimos— podía conseguir que incluso Edward se sintiera mejor.

—Estamos preocupados por nuestras familias —dijo Stella.

—Creo que han sido informadas de que se hallan ustedes sanos y salvos —indicó Crockerman—. ¿No es así, general Fulton?

—Sí, señor.

—La madre de la señorita Morgan, sin embargo, nos ha dado algunos problemas —añadió Crockerman.

—Bien —fue el único comentario de Stella.

—Señor Shaw, también hemos informado a la Universidad de Texas acerca de usted y sus estudiantes.

—Somos profesores ayudantes, señor presidente, no estudiantes —dijo Reslaw—. No he recibido ningún correo de mi familia. ¿Puede decirme por qué?

Crockerman miró a Fulton en busca de una respuesta.

—No le han enviado ningún correo —dijo Fulton—. No tenemos control sobre eso.

—Sólo deseaba detenerme un momento para decirles que no han sido ustedes olvidados, y que no van a permanecer encerrados aquí siempre. El coronel Phan me informa que si no se descubre ningún germen dentro de unas pocas semanas más, no habrá ninguna razón para seguir reteniéndoles aquí. Y por entonces…, bien, es difícil decir qué será secreto y qué no.

Harry miró a Arthur, con una ceja ligeramente alzada.

—Tengo una pregunta, señor —dijo Edward.

—¿Sí?

—La criatura que hallamos…

—La llamamos el Huésped, supongo que ya lo sabrá —interrumpió Crockerman con una débil sonrisa.

—Sí, señor. Dijo que traía malas noticias. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Se han comunicado ya con ella?

El rostro de Crockerman se volvió ceniciento.

—Me temo que no estoy autorizado a decirles lo que ocurre con el Huésped. Sé que es irritante, pero incluso yo tengo que bailar al son de la música que toca el flautista. Ahora tengo una pregunta para ustedes. Fueron los primeros en descubrir la roca, el cono de escoria. ¿Qué fue lo que primero les llamó la atención de él? Necesito impresiones.

—Edward pensó que resultaba extraño antes de que nosotros nos diéramos cuenta de nada —dijo Minelli.

—Yo nunca llegué a verlo —añadió Stella.

—Señor Shaw, ¿qué le llamó más la atención?

—Supongo que el hecho de que no constaba en nuestros mapas —respondió Edward—. Y después de esto, que estaba… yermo. Parecía nuevo. No había plantas, ni insectos, ni inscripciones, antiguas o nuevas. Ni una lata de cerveza.

—Ni una lata de cerveza —dijo Crockerman, asintiendo—. Gracias. Señorita Morgan, tengo intención de ver pronto a su madre. ¿Quiere que le transmita algún mensaje personal? Algo no problemático, por supuesto.

—No, gracias —dijo Stella. Vaya mujer, pensó Edward.

—Me han dado ustedes algo en que pensar —murmuró Crockerman al cabo de un momento de silencio—. En lo fuertes que son los americanos. Espero que no suene trillado ni político. Lo digo de veras. En estos momentos necesito creer que somos fuertes. Es muy importante para mí. Gracias. —Les hizo un gesto con la mano, y se volvió para abandonar el laboratorio. Las cortinas zumbaron al volver a su lugar.

13

7 de octubre

El cielo sobre el Valle de la Muerte era de un color gris plomizo, y el aire aún arrastraba el frescor de la mañana. El helicóptero presidencial aterrizó en la base provisional instalada por el Ejército a unos cinco kilómetros del falso cono de escoria. Dos camiones con tracción a las cuatro ruedas acudieron al encuentro del grupo y lo llevaron lentamente por las carreteras asfaltadas y los caminos sin pavimentar para jeeps, y luego fuera incluso de esos caminos, bamboleándose y gruñendo por entre los arbustos resinosos y los mezquites, y sobre la salobre hierba, los trozos de lava y las rocas barnizadas por el desierto. El falso cono de escoria se erguía a un centenar de metros más allá de su punto de parada, el borde de un lecho de aluvión color blanco hueso que había estado lleno de agua hacía tan sólo diez días. El perímetro del montículo estaba acordonado por las tropas del Ejército supervisadas por el teniente coronel Albert Rogers, de la Inteligencia Militar. Rogers, un hombre bajo, correoso, de piel oscura y ojos suaves, acudió al encuentro del grupo presidencial de ocho hombres, incluidos Gordon y Feinman, en el perímetro.

—No hemos registrado ninguna actividad —informó—. En estos momentos tenemos a nuestro camión de vigilancia al otro lado, y un equipo de vigilancia arriba. No ha habido radiación de ningún tipo más allá del esperado de una roca calentada por el sol. Hemos insertado sensores en pértigas por el agujero que hallaron los geólogos, pero no hemos enviado a nadie más allá de la curva. Dénos la orden, y lo haremos.

—Aprecio su interés, coronel —dijo Otto Lehrman—. Pero aprecio más su precaución y disciplina.

El presidente se acercó a la alta y negra cara norte del cono de escoria, acompañado por dos agentes del Servicio Secreto. El oficial de la Marina que llevaba la «pelota de fútbol» —los códigos de guerra presidenciales y el sistema de comunicaciones de emergencia en un maletín— permaneció junto al camión.

Rotterjack retrocedió unos pasos para tomar una serie de fotografías con una Hasselblad. Crockerman le ignoró. El presidente parecía ignorarlo todo y a todos excepto la roca. A Arthur le preocupó la expresión de su rostro; tenso, pero ligeramente soñador. Un hombre informado de una muerte en su familia inmediata, pensó.

—Aquí es donde fue encontrado el alienígena —explicó el coronel Rogers, señalando una depresión arenosa a la sombra de la lava. Crockerman dio la vuelta a un gran peñasco de lava y se arrodilló al lado de la depresión. Adelantó una mano para tocar la arena, aún marcada por los movimientos del Huésped, pero Arthur lo retuvo.

—Todavía estamos nerviosos por la contaminación biológica —explicó.

—Los cuatro civiles —dijo Crockerman, pero no completó su pensamiento—. Conocí al abuelo de Stella Morgan hace treinta años, en Washington —murmuró—. Un auténtico caballero del campo. Duro como un clavo, enérgico como un látigo. Me gustaría conocer a Bernice Morgan. Quizá pudiera tranquilizarla… ¿Podemos arreglar algo para mañana?

—Después de esto iremos a Furnace Creek, y mañana se reúne usted con el general Young y el almirante Xavier. —Rotterjack examinó el programa del presidente—. Eso va a llenar la mayor parte de la mañana. Tiene que estar usted de vuelta a Vandenberg y a bordo del Bird a las dos de la tarde.

—Haga un hueco para Bernice Morgan —ordenó Crockerman—. Sin discusiones.

—Sí, señor —dijo Rotterjack, tomando su lápiz.

—Esos tres geólogos tendrían que estar ahora aquí conmigo —murmuró el presidente. Se puso en pie y se alejó del lugar, sacudiéndose las manos en los pantalones. Los agentes del Servicio Secreto lo observaban de cerca, con rostros impasibles. Crockerman se volvió hacia Harry, que aún seguía aferrando su bloc negro, y luego señaló con la cabeza el cono de escoria.

—Usted sabe de qué va a tratar mi conferencia con Young y Xavier.

—Sí, señor presidente —dijo Harry, sosteniendo firmemente la mirada de Crockerman.

—Me van a preguntar si debemos volar toda esta zona con armas nucleares.

—Estoy seguro de que lo mencionarán, señor presidente.

—¿Qué opina usted?

Harry se lo pensó un momento, frunciendo las cejas hasta que se unieron en una sola línea.

—Toda la situación es un enigma para mí, señor. Las cosas no encajan.

—Señor Gordon, ¿podemos ejercer de una forma efectiva represalias contra esto? —señaló el cono de escoria.

—El Huésped dice que no podemos. Tiendo a aceptar esta afirmación por el momento, señor.

—Seguimos llamándole el Huésped, con H mayúscula —murmuró Crockerman, deteniéndose a unos veinte metros de la formación, luego volviéndose para mirar al sur, examinando la curva occidental—. ¿Cómo llegamos a eso?

—Hollywood absorbió casi cualquier otro nombre —observó McClennan.

—Carl fue siempre un ávido telespectador —explicó sinceramente Crockerman a Arthur—, antes de que sus deberes hicieran su afición imposible. Dice que le permitía mantenerse en contacto con el pulso del público.

—Evidentemente, el nombre evolucionó como una forma de evitar algunas otras palabras más coloristas —señaló McClennan.

—El Huésped me dijo que cree en Dios.

Arthur decidió no rectificar al presidente.

—Por lo que entiendo —prosiguió Crockerman, el rostro tenso, los ojos casi frenéticos sobre una calma forzada—, el mundo del Huésped fue hallado en falta, y eliminado. —Pareció registrar los rostros de Arthur y los más cercanos a él, en busca de simpatía o apoyo. Arthur estaba demasiado sorprendido para decir nada—. Si ése es el caso, entonces el instrumento de nuestra propia destrucción nos aguarda dentro de esta montaña.

—Necesitamos más cooperación de Australia —dijo McClennan, apretando un puño y agitándolo frente a él.

—Allí abajo cuentan una historia completamente distinta, ¿no? —El presidente echó a andar de nuevo de vuelta a los camiones—. Creo que ya he visto suficiente. Mis ojos no pueden estrujar la verdad de las rocas y la arena.

—Hacer arreglos más concretos con Australia —observó Rotter-jack— significa decirles lo que tenemos aquí, y todavía no estamos seguros de que podamos correr el riesgo.

—Hay una posibilidad de que no seamos los únicos que tenemos «aparecidos» —dijo Harry, dando a la última palabra un énfasis casi cómico.

Crockerman se detuvo y se volvió para mirar a Harry.

—¿Tiene usted alguna prueba de eso?

—Ninguna, señor. Pero hemos pedido a la Agencia Nacional de Seguridad y a algunos de los nuestros que lo comprueben.

—¿Cómo?

—Comparando las fotografías recientes de los satélites con registros anteriores.

—Más de dos aparecidos —dijo Crockerman—. Eso significaría algo, ¿no?

14

Trevor Hicks redujo la velocidad del Chevrolet blanco de alquiler al acercarse a la pequeña ciudad de Shoshone…, apenas algo más que un cruce, según el mapa. Vio una oficina de correos construida con ladrillos de ceniza y flanqueada por altos tamariscos, y más allá un edificio blanco achaparrado que albergaba una gasolinera y una tienda de alimentación. En el lado opuesto de la carretera había un café y, unido a él, un pequeño edificio con letreros de neón de propaganda de cerveza en sus dos pequeñas ventanas cuadradas. Un letrero pequeño decía «Crow Bar» con bombillas parpadeantes: una taberna o un pub local, sin duda. Hicks siempre había sentido una cierta tendencia hacia los pubs locales. Éste, sin embargo, no parecía estar abierto.

Se metió en el aparcamiento de gravilla de la oficina postal, con la esperanza de preguntarle a alguien si valía la pena una visita al café. No confiaba en los lugares de comidas locales americanos, del mismo modo que no le gustaban la mayoría de las cervezas americanas, y no creía que la apariencia de éste fuera muy alentadora.

Eran casi las cinco y empezaba a hacer frío en el desierto. El anochecer estaba a menos de una hora de distancia, y un lúgubre viento soplaba por entre los tamariscos junto a la oficina de correos. Aquella mañana y tarde habían sido frustrantes…, un coche de alquiler que se averiaba a veinticinco kilómetros de Las Vegas, un viaje en la grúa, todos los arreglos para conseguir otro coche, y como guinda una acalorada discusión con la publicista de su editor cuando pensó en llamarla y explicarle por qué había faltado a la entrevista… Retraso tras retraso. Permaneció junto al coche por unos instantes, preguntándose qué tipo de idiota era, luego eligió la puerta de cristal de su derecha. Resultó que conducía al equivalente local de una biblioteca: dos altas estanterías de libros en un rincón, con una mesa de lectura más propia para niños que para adultos delante de ella. Había un mostrador al lado opuesto de las estanterías, y más allá los muebles e instrumentos —o al menos así decía una pequeña placa— de la Charles Morgan Company. La puerta de la izquierda conducía a una habitación separada que era la oficina postal propiamente dicha. El aspecto de la oficina era institucional pero amistoso.

Más allá del mostrador, sentada ante un viejo ordenador de sobremesa, había una imponente mujer de unos setenta y cinco u ochenta años, con tejanos y una blusa a cuadros y el blanco pelo descuidadamente peinado hacia atrás. Hablaba por un teléfono negro sujeto entre su cuello y su hombro. Giró lentamente en su silla para echarle una ojeada a Hicks, luego alzó una mano pidiendo paciencia.

Hicks se volvió para examinar los libros en la biblioteca.

—No, Bonnie, ni una palabra —decía la mujer, con una cálida voz ligeramente crujiente—. Ni una palabra desde la carta. Estoy a punto de estallar, ¿sabes? Esther y Mike se han ido. No. Estoy bien, pero las cosas aquí están yendo…

La biblioteca contenía una decente selección de libros científicos, incluido uno suyo, una antigua obra de divulgación sobre satélites de comunicaciones, desfasada hacía ya mucho.

—Todo esto es una locura —estaba diciendo la mujer—. Ya estábamos preocupados con las fugas de gases y todas las radiaciones procedentes del lugar de pruebas, y ahora esto. Cerraron nuestra cámara frigorífica para la carne. Eso ya fue suficiente para helarme la sangre. Frank vino ayer con Tillie, y fueron tan agradables. Se preocuparon mucho por Stella. Bien, gracias por llamar. Voy a cerrar ahora mismo. Sí. Jack está en el almacén y me acompañará hasta el aparcamiento de las caravanas. Gracias. Adiós.

Colgó el teléfono y se volvió a Hicks.

—¿Puedo ayudarle en algo?

—No deseaba interrumpirla. Estaba preguntándome acerca del café al otro lado de la calle. ¿Es recomendable?

—Yo soy la menos adecuada para que se lo pregunte —dijo la mujer, poniéndose en pie.

—Lo siento —murmuró educadamente Hicks—. ¿Por qué?

—Porque soy la propietaria —respondió ella, sonriendo. Se acercó al mostrador y se inclinó sobre él—. Mi opinión será siempre parcial. Servimos buena y sólida comida ahí. A veces incluso quizá pongamos demasiado énfasis en lo de sólida. Es usted inglés, ¿verdad?

—Sí.

—¿Camino a Las Vegas?

—En realidad vengo de allá. Voy a Furnace Creek.

—Será mejor que se dé la vuelta. Todo está bloqueado en aquella dirección. La carretera está cortada. Simplemente le hacen dar la vuelta a todo el mundo.

—Entiendo. ¿Alguna idea de lo que ocurre?

—¿Cómo ha dicho que se llamaba? —pregutó la mujer.

—Hicks. Trevor Hicks.

—Yo soy Bernice Morgan. Precisamente estaba hablando de mi hija. Está siendo retenida por el gobierno federal. Nadie nuede decirme por qué. Ha escrito para decir que estaba bien pero que no podía decirme nada de dónde estaba, y no puedo hablar con ella de ninguna forma. ¿No cree que todo esto es una locura?

—Sí —dijo Hicks, sintiendo que le hormigueaba de nuevo el vello de la nuca.

—Tengo abogados por todo el estado y en Washington intentando averiguar qué es lo que pasa. Tal vez piensen que están tratando con algunos pueblerinos ignorantes, pero se equivocan. Mi esposo era supervisor del condado. Mi padre fue senador del estado. Y aquí estoy yo, contándole tontamente todo esto. Trevor Hicks. —Hizo una pausa, lo examinó más de cerca—. ¿Es usted el escritor científico?

—Sí —dijo Hicks, complacido de ser reconocido dos veces en tan pocos días.

—¿Qué es lo que le trae por aquí?

—Una intuición.

—¿Le importa si le pregunto qué tipo de intuición? —Evidentemente, Bernice Morgan, con toda su cálida amabilidad y sus modales hospitalarios, era una mujer de ideas firmes.

—Supongo que puedo llegar a conectar con su hija —dijo, decidido a ir directo al grano—. Estoy siguiendo un rastro muy tenue de indicios que me conducen al Valle de la Muerte. Algo importante ha ocurrido aquí…, lo bastante como para atraer a nuestro presidente hasta Furnace Creek.

—Quizá Esther no esté histérica después de todo —murmuró la señora Morgan.

—¿Perdón?

—La empleada de la tienda. Dice que unos hombres hablaron de un MiG que se había estrellado en el desierto.

Hicks sintió que se le desplomaba el corazón. ¿Así que sólo era eso, después de todo? ¿Algún tipo de defección poco habitual? ¿Ninguna conexión con el Gran Desierto Victoria?

—Y Mike, es el joven que trabaja en nuestra estación de servicio, dice que unos hombres vinieron a la tienda en un Land Cruiser y que hablaron con mi hija. Llevaban algo tapado en la parte de atrás del vehículo. Mike echó una mirada furtiva cuando lo llevaron a la puerta posterior de la tienda, y creyó ver algo verde…, algo con aspecto de muerto, dijo. Luego viene el gobierno y rocía todo ese horrible producto por todo el interior de mi frigorífico para la carne, lo cierra a cal y canto, y dice que no podemos usarlo… Perdimos quinientos dólares en carne. Se la llevaron, dijeron que estaba estropeada. Dijeron que el frigorífico estaba contaminado por la salmonella.

La intuición de Hicks hizo que se le erizara toda la piel.

—¿Dónde estaba usted cuando ocurrió todo eso?

—En Baker, visitando a mi hermano.

Bernice Morgan no daba la menor impresión de fragilidad, pese a sus años. Tampoco parecía correosa o «entrecana». Era el último tipo de persona que Hicks esperaba descubrir en una pequeña ciudad del desierto americano. Pero por su modo de hablar, hubiera podido ser muy bien la anciana esposa de un lord inglés.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida su hija?

—Una semana y media.

—¿Y está usted segura de que está siendo retenida por las autoridades federales?

—Por tipos de las Fuerzas Aéreas, me han dicho.

Hicks frunció el ceño.

—¿Ha oído usted que haya ocurrido algo extraño en la zona…, en torno al Furnace Creek Inn, quizá?

—Sólo que ha sido cerrado temporalmente. Llamé al respecto, y nadie sabe nada. El servicio telefónico dejó de funcionar esta tarde.

—¿Cree usted que es allí donde está su hija?

—Es una posibilidad, ¿no?

Hicks frunció los labios.

—No creo que la estén reteniendo para que pueda hablar de negocios con el presidente. ¿Y usted? —Alzó una escéptica ceja.

Una vieja y destartalada camioneta Ford salió de la carretera y se metió en el aparcamiento en medio de un chorro de polvo y gravilla. Dos hombres jóvenes con sombreros de cowboy de paja saltaron de la parte de atrás, mientras un tercer muchacho y un hombre barbudo con unas enormes gafas de sol tipo MacArthur con montura de alambre bajaban de la cabina del conductor. Los tres entraron por la puerta de cristal. El hombre barbudo hizo una inclinación de cabeza a Hicks, luego se dirigió a la señora Morgan.

—Hemos salido y hemos vuelto. La carretera sigue cerrada. George está ahí fuera, como dijo Richard, pero no sabe lo que ocurre.

—George es uno de nuestros chicos de la patrulla de carreteras —explicó la señora Morgan a Hicks.

—Aquí, Ron cree que su Lisa está todavía en Furnace Creek —prosiguió el hombre barbudo. Un joven delgado de ojos ratoniles asintió débilmente—. Vamos a tomar un avión y sobrevolaremos el lugar. Descubriremos qué demonios ocurre.

—Probablemente habrán cerrado también el campo —dijo la señora Morgan—. No estoy segura de que sea una buena idea, Mitch.

—Una buena idea, y un infierno. Nunca permití que ningún tipo del gobierno me hiciera ninguna jugada. Secuestrar y cerrar carreteras públicas sin ninguna buena razón…, ya es hora de que alguien haga algo. —Mitch miró significativamente a Trevor Hicks, examinando su chaqueta de ante, sus pantalones, sus botas de campo—. Señor, no hemos sido presentados.

La señora Morgan hizo el favor.

—Mitch, éste es el señor Trevor Hicks. Señor Hicks, Mitch Morris. Es nuestro hombre de mantenimiento y el conductor del camión de propano.

—Encantado de conocerle, señor Hicks —dijo Morris con tono formal—. ¿Está usted interesado en esto?

—Es escritor —dijo Bernice—. Y bastante conocido además.

—Tengo la impresión de que está ocurriendo algo cerca de Furnace Creek, algo lo bastante importante como para traer hasta aquí al presidente.

—¿El presidente de la Casa Blanca?

—El mismo.

—El piensa que Stella puede estar en Furnace Creek —dijo la señora Morgan.

—Mayor razón para que sobrevolemos el lugar y lo descubramos —dijo Morris—. Frank Forrest tiene su Comanche lista para despegar. Tenemos sitio para cinco. Señor Hicks, ¿está usted interesado en venir con nosotros?

Hicks se dio cuenta de que se estaba metiendo demasiado en el asunto. La señora Morgan siguió con sus protestas acerca de los riesgos, pero Morris se limitó a prestarle una educada atención. Ya estaba decidido.

No había ninguna otra forma de ver lo que estaba ocurriendo en Furnace Creek. Sería detenido en la carretera como lo habían sido todos los demás.

—Ya somos muchos, sin contar el piloto —dijo Hicks.

—Benny no vuela —señaló Morris—. Se marea terriblemente.

Hicks inspiró lenta y espasmódicamente.

—De acuerdo —aceptó.

—No es muy lejos. Unos cuantos minutos y la vuelta.

—No me gusta —dijo la señora Morgan—. No haga esto sólo por Stella. Estoy intentando otros caminos. No sea loco y…

—Sin héroes no hay osados rescates —le aseguró Morris—. ¿Nos vamos, señor Hicks…?

—Sí —dijo Hicks, siguiéndoles a través de la puerta de cristal. La señora Morgan apoyó sus manos en el mostrador y les observó lúgubremente mientras subían a la camioneta, con Benny cediéndole su lugar al lado del conductor a Hicks y ocupando un puesto detrás.

Nunca había hecho nada tan estúpido en su vida. Las hélices de la Piper Comanche les liberaron del polvo de la pista y el aparato de dos motores se elevó en el aire, dejando a sus espaldas y abajo la estropeada cinta de asfalto y el hangar de plancha ondulada.

Mitch Morris se volvió para mirar a Hicks y a Ron Flagg en el asiento de atrás. Frank Forrest, mediados los sesenta y tan corpulento como Morris, hizo inclinar bruscamente el aeroplano y lo orientó al este, luego lo hizo girar de nuevo antes de que tuvieran tiempo de recuperar el aliento. Morris se sujetó al asiento de Forrest con una enorme y callosa mano.

—¿Están todos bien? —preguntó a Hicks, sin apenas dirigir una mirada a Ron.

—Yo sí —dijo Hicks, tragando un anónimo algo en su garganta.

—¿Y usted, Ron?

—No he volado mucho —dijo Flagg, la piel pálida y empapada.

—Frank es un experto. Voló en Super Sabres durante la guerra. La Guerra de Corea. Su padre voló en Buffalos en Midway. Allí fue donde murió, ¿verdad, Frank?

—Los malditos aviones eran ataúdes volantes —dijo Forrest.

Hicks notó el estremecimiento de la Comanche en una corriente ascendente de las bajas colinas a sus pies. Estaban volando por debajo de los ciento cincuenta metros. Una colina cubierta de escoria volcánica cerca de Shoshone pasó por debajo de ellos, tan cerca que le cortó el aliento.

—Espero que no piense usted que somos impetuosos —dijo Morris.

—Dios no lo permita —murmuró Hicks, concentrado en su estómago.

—Le debemos mucho a la señora Morgan. También nos gusta Stella, y la Lisa de Ron es una gran chica. Queremos asegurarnos de que todos están bien, se hallen donde se hallen. No querríamos descubrir que han sido llevados a ese lugar de pruebas en Nevada para ser usados como conejillos de indias o algo parecido, ¿entiende?

Hicks fue incapaz de decidir si Morris lo estaba sugiriendo o desechando.

—Entonces, ¿qué es lo que piensa que tienen en Furnace Creek? —preguntó Forrest—. Mike, el chico de la estación, dice que trajeron a un piloto ruso muerto. ¿Es por eso por lo que está usted aquí…, para adelantarse a todo el mundo en el asunto del piloto ruso muerto?

—No creo que sea eso lo que tienen —dijo Hicks.

—¿Qué es, entonces? ¿Qué puede haber traído al viejo Crockerman hasta aquí?

Hicks pensó por unos momentos acerca de los posibles efectos desagradables de hablar de visitantes del espacio con aquellos hombres. Casi podía simpatizar con los esfuerzos de cualquier gobierno por mantener aquellas cosas en secreto.

Sin embargo, Australia estaba llena de hombres como aquellos: duros, llenos de recursos, valientes, pero no particularmente imaginativos o brillantes. ¿Por qué confiaría Australia en la reacción del público, y no los Estados Unidos?

—No estoy seguro —dijo—. He venido movido por una intuición, pura y simple.

—Las intuiciones nunca son puras y simples —respondió secamente Forrest—. Usted es un hombre listo. Ha venido por alguna razón.

—La señora Morgan parece creer que es usted importante —señaló Morris.

—Bueno…

—¿Es usted médico? —preguntó Flagg, con el aspecto de alguien que necesita realmente asistencia médica.

—Soy escritor. Estoy licenciado en ciencias biológicas, pero no soy médico.

—Tenemos todo tipo de licenciados en Shoshone —dijo Morris—. Geólogos, arqueólogos, etnólogos… Estudian a los indios, ¿sabe? A veces entran en el Crow Bar y se sientan y tenemos alguna conversación realmente interesante. No crea que sólo somos un puñado de ratas del desierto.

—No creí que lo fueran —respondió Hicks. ¿Oh?

—De acuerdo. ¿Frank?

—Dentro de poco llegaremos a Furnace Creek.

Hicks miró a través de la ventanilla lateral y vio la arena blanca y tostada y las manchas de vegetación, sucias carreteras a escala de tren de juguete y caminos de tierra. Luego vio la carretera principal. Forrest hizo que la Comanche diera otra pirueta. El estómago de Hicks mantuvo su disciplina, pero Flagg gimió.

—¿Alguien tiene una bolsa? —pidió—. Por favor.

—Puedes contenerte —le aseguró Morris—. Deja las acrobacias, Frank.

—Ahí está —dijo Forrest.

Inclinó el aparato de tal modo que Hicks se descubrió contemplando prácticamente en vertical, debajo de él, un conjunto de edificios esparcidos entre rocas color pardo óxido, cadáveres de árboles verdes y bajas colinas. Pudo distinguir un campo de golf extendiendo su brillante verde por entre la aridez, una pequeña pista de aterrizaje y un aparcamiento asfaltado lleno de coches y camionetas y, elevándose en aquellos momentos del aparcamiento, un helicóptero verde de dos plazas, un Cobra del Ejército.

—Mierda —dijo Forrest, tirando bruscamente hacia atrás de la palanca. Los motores de la avioneta chillaron, y la Comanche giró sobre sí misma como una hoja atrapada por un fuerte viento.

El helicóptero les interceptó y se mantuvo al lado de la Coman-che, sin que importaran los giros y revueltas que ejecutó Forrest. Flagg vomitó, y su vómito golpeó contra las ventanillas laterales y contra Hicks, y pareció cobrar vida propia, burbujeando entre las paredes y el aire. Hicks lo apartó frenéticamente de sí con las manos. Morris chilló y maldijo.

El Cobra fue ganándoles rápidamente la partida. Un copiloto con uniforme y casco en el asiento de atrás les hizo gestos de que aterrizaran.

—¿Dónde está su radio? —preguntó Hicks—. Conéctela. Déjeles que hablen con nosotros.

—Infiernos, no —dijo Forrest—. Si lo hago, tendré que aceptar…

—Maldita sea, Frank, nos dispararán si no hace lo que dicen —exclamó Morris, con la barba agitándose con los movimientos del aparato.

El copiloto del helicóptero señaló meticulosamente la carretera de abajo. Coches verdes y camiones con pintura de camuflaje circulaban a toda velocidad hacia uno y otro lado.

—Será mejor que aterricemos —admitió Forrest. Se apartó del helicóptero, descendió con una sorprendente velocidad, alzó el morro de la Comanche, y posó el aparato con al menos cuatro grandes botes sobre la gris cinta de asfalto.

Hicks intentó controlarse contra el bullir de todas sus visceras en su interior. Cuando estuvieron rodeados por lo que tomó por hombres del Servicio Secreto —con trajes grises y marrones— y policía militar con uniformes azul oscuro, lo había conseguido. Flagg había dejado caer su cabeza y seguía medio atontado en su asiento.

—Maldita sea —dijo Morris, lo más original de su repertorio que pudo encontrar.

15

Arthur, más encorvado de lo habitual, descendió por el embaldosado pasillo de la hostería, sin contemplar apenas las paredes de adobe y los tapices navajos blancos, negros y grises que colgaban encima de los antiguos anaqueles. Llamó a la puerta de Harry y retrocedió unos pasos, las manos en los bolsillos. Harry abrió la puerta y agitó el brazo, impaciente, para que entrara. Luego regresó al cuarto de baño para terminar de afeitarse. Se estaban preparando todos para reunirse a cenar con el presidente en el espacioso comedor del complejo dentro de una hora.

—No se lo está tomando muy bien —dijo Arthur.

—¿Quién, Crockerman? ¿Qué esperabas?

—Algo mejor que esto.

—Todos estamos mirando por el cañón de una pistola.

Arthur alzó la vista hacia la brillante puerta abierta del cuarto de baño.

—¿Cómo te sientes tú?

Harry salió levantándose una oreja para pasar la navaja por debajo de ella, el rostro blanco con los restos de la crema de afeitar.

—Bastante bien —dijo—. Dentro de un par de días tendré que irme para el tratamiento. Te lo advertí.

Arthur agitó la cabeza.

—Ningún problema. Está previsto. El presidente se marcha pasado mañana. Mañana conferencia con Xavier y Young.

—¿Y a continuación qué?

—Negociaciones con los australianos. Ellos nos mostrarán los suyos, nosotros les mostraremos los nuestros.

—¿Y luego qué?

Arthur se encogió de hombros.

—Quizá nuestro aparecido sea un mentiroso.

—Si me lo preguntas —dijo Harry—, te diré que…

—Lo sé. Todo el asunto apesta.

—Pero Crockerman ha tragado el mensaje. Está trabajando en él. Young y Xavier habrán visto el lugar… Ah, Señor. —Harry se secó el rostro con una toalla—. Esto no es tan divertido como pensé que iba a ser. ¿No es una jodida mierda? La vida es siempre una jodida mierda. Estábamos tan excitados. Ahora es una pesadilla.

Arthur alzó una mano.

—¿Adivinas quién fue capturado a bordo de una avioneta con tres tipos del desierto?

Harry parpadeó.

—¿Cómo demonios debería adivinarlo?

—Trevor Hicks.

Harry se lo quedó mirando.

—No lo estás diciendo en serio.

—El presidente está leyendo su novela en estos momentos, lo cual ya es humor, y no se trata en absoluto de una coincidencia. Evidentemente, tenía la impresión de que aquí había material para investigar. Los tres tipos del desierto han sido devueltos a Shoshone con una fuerte reprimenda y la pérdida de su aparato y licencia. Hicks ha sido invitado a la cena de esta noche.

—Esto es una locura —murmuró Harry, apagando la luz del cuarto de baño y tomando su camisa de la esquina de la cama—. Se trata de un periodista.

—Crockerman quiere hablar de algunas cosas con él. Obtener una segunda opinión.

—Ya tiene un centenar de opiniones a su alrededor.

—La última vez que me encontré con Hicks —dijo Harry—, supongo que le caí bien.

—Ahora tienes tu oportunidad.

Arthur abandonó la habitación de su amigo unos minutos más tarde, sintiéndose peor que nunca. No podía desprenderse de las sensibilidades de un niño decepcionado. Aquél había sido un maravilloso regalo anticipado de Navidad, brillante y lleno de esperanzas de un inimaginable futuro, un futuro de seres humanos interactuando con otras inteligencias. Ahora, por el amor de Dios, la Tierra podía dejar de existir en cualquier momento.

Inspiró profundamente y cuadró los hombros, deseando, no por primera vez, que el esfuerzo físico eliminara sus lúgubres pensamientos.

Las camareras y cocineros detrás de las blancas paredes y columnas paneladas en cobre del comedor habían presentado un menú formal de chuletas, arroz y ensalada César, con las verduras de la ensalada un poco pasadas debido a la interrupción de los suministros, pero todo lo demás muy aceptable. Alrededor de una mesa rectangular formada por cuatro mesas más pequeñas reunidas se sentaban los principales actores de la función en la Caldera, más Trevor Hicks, que actuaba como si quisiera recuperar en un momento todo el tiempo perdido.

He tropezado con un premio gordo, se dijo cuando el presidente y el secretario de Defensa entraron en el comedor y ocuparon sus asientos. Dos agentes del Servicio Secreto comían en una pequeña mesa cerca de la puerta.

Crockerman hizo una cordial inclinación de cabeza a Hicks, sentado al lado del presidente y frente a Lehrman.

—Esa gente ha hecho realmente un buen trabajo, ¿no creen? —dijo el presidente después de que fuera servido y consumido el plato principal. Por una especie de silencioso decreto mutuo, toda la charla durante la cena había sido sobre cosas triviales. Ahora fue traído el café en un viejo y dentado servicio de plata, servido en el propio juego de tazas de porcelana china del propietario, y pasado a lo largo de la mesa. Harry rechazó su taza. Arthur cargó su café con dos terrones de azúcar.

—Así que conoce usted al señor Feinman y al señor Gordon —dijo Crockerman mientras se reclinaban en sus asientos, con las tazas en la mano.

—Les conozco por su reputación, y conocí al señor Gordon en una ocasión cuando él se hallaba al mando del BETC —dijo Hicks. Sonrió e hizo un gesto con la cabeza a Arthur, como si se diera cuenta por primera vez de su presencia.

—Estoy seguro de que nuestra gente le ha preguntado ya qué le impulsó a venir al Furnace Creek Inn.

—Es un secreto muy mal guardado el que aquí está ocurriendo algo extraordinario —dijo Hicks—. Me impulsó una intuición.

El presidente exhibió otra de sus débiles, casi desanimadas sonrisas, y agitó la cabeza.

—Me sorprende haber sido traído aquí —prosiguió Hicks—, tras la forma en que fui tratado inicialmente. Y me siento absolutamente asombrado de encontrarle a usted aquí, señor presidente, aunque ya había deducido que tenía que hallarse por estos lugares, a través de una cadena de razonamientos que describí ya a sus agentes del Ejército y del Servicio Secreto. Digamos que estoy sorprendido de descubrir que mi intuición era certera. ¿Qué ocurre aquí?

—No estoy seguro de que podamos decírselo. No estoy seguro de por qué le he invitado a cenar, señor Hicks, y sin duda los demás caballeros que me rodean están menos seguros aún que yo. ¿Señor Gordon? ¿Tiene usted alguna objeción a la presencia de un escritor, de un periodista?

—Siento curiosidad. No pongo ninguna objeción.

—Porque creo que estamos todos demasiado metidos en esto —dijo Crockerman—. Me gustaría solicitar alguna opinión externa.

Harry hizo a Arthur un guiño desprovisto de todo humor.

—Estoy en la más absoluta oscuridad, señor —dijo Hicks.

—¿Por qué cree que estamos aquí?

—He oído…, no importa cómo, no pienso revelarlo, que hay un aparecido aquí. Supongo que es algo que tiene que ver con el descubrimiento australiano en el Gran Desierto Victoria.

McClennan escudó los ojos con una mano y agitó la cabeza.

—La transmisión no desmodulada del Air Force One. Es algo que ha ocurrido antes. Habría que fusilarlos a todos.

Crockerman desechó aquello con un gesto de la mano. Sacó un cigarro de su bolsillo, luego preguntó con una inclinación de cejas si alguien compartía su vicio. Educadamente, todos los reunidos alrededor de la mesa declinaron la invitación. Crockerman mordisqueó la punta del cigarro y lo encendió con un antiguo Zippo de plata.

—Tengo entendido, que consiguió usted una autorización para entrar en las bases militares y los laboratorios de investigación.

—Sí —dijo Hicks.

—Sin embargo, no es usted ciudadano de los Estados Unidos.

—No, señor presidente.

—¿Es un riesgo de seguridad, Carl? —preguntó Crockerman a McClennan.

El asesor de Seguridad Nacional agitó la cabeza, con los labios fruncidos.

—Excepto el hecho de ser extranjero, sus informes son buenos.

Lehrman se inclinó hacia delante y dijo:

—Señor presidente, creo que esta conversación debería terminar aquí. El señor Hicks no posee autorización formal y…

—Maldita sea, Otto, es un hombre inteligente. Estoy interesado en su opinión.

—Señor, podemos encontrar y autorizar a todo tipo de expertos para que usted hable con ellos —dijo McClennan—. Este tipo de cosas es contraproductivo.

Crockerman alzó lentamente la vista hacia McClennan, los labios fuertemente fruncidos.

—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que esta máquina empiece a desmantelar la Tierra?

El rostro de McClennan enrojeció.

—Nadie lo sabe, señor presidente —dijo.

Hicks envaró la espalda y miró a su alrededor en la mesa.

—Disculpe —dijo —, pero…

—Entonces, Carl —prosiguió Crockerman—, ¿no es la manera formal y consumidora de tiempo la contraproducente?

McClennan miró a Lehrman, como suplicándole. El secretario de Defensa alzó ambas manos.

—Usted es el jefe, señor —dijo.

—Dentro de unos ciertos límites, sí —admitió malhumoradamente Crockerman—. He decidido confiar en el señor Hicks.

—El señor Hicks, si me permite decirlo, es una celebridad en los medios de comunicación —apuntó Rotterjack—. No ha efectuado ninguna investigación, y sus cualificaciones son puramente como periodista y escritor. Estoy sorprendido, señor, de que extienda usted ese tipo de privilegio a un periodista.

Hicks, con los ojos entrecerrados, no dijo nada. La suave y soñadora sonrisa del presidente regresó.

—¿Ha terminado usted ya, David?

—Podría ser un riesgo, señor. Estoy de acuerdo con Carl y Otto. Todo esto es altamente irregular y peligroso.

—Le pregunté si había terminado.

—Sí.

—Entonces déjeme repetirlo de nuevo. He decidido confiar en el señor Hicks. Supongo que su pase de seguridad será procesado inmediatamente.

McClennan rehuyó los ojos del presidente.

—Haré que se ocupen ahora mismo de ello.

—Estupendo. Señor Gordon, señor Feinman, no estoy expresando ninguna duda acerca de sus capacidades. ¿Ponen alguna objeción al señor Hicks?

—No, señor —dijo Arthur.

—Yo no tengo nada contra los periodistas o escritores —dijo Harry—. Por muy desacertada que considere la novela del señor Hicks.

—Estupendo. —Crockerman meditó unos instantes, luego asintió y dijo—: Creo recordar que rechazamos la petición de Arthur de incluir en nuestro equipo a un tal señor Dupres, simplemente porque es extranjero. Espero que a ninguno de ustedes le importe una ligera inconsistencia ahora…

»Tenemos realmente un aparecido, señor Hicks. Nos ha dejado un visitante extraterrestre al que llamamos el Huésped. El Huésped es un ser vivo, no un robot ni una máquina, y nos dice que condujo una nave espacial desde su mundo a éste. Pero… —El presidente le contó a Hicks la mayor parte de la historia, incluida su versión de la advertencia del Huésped. De nuevo, nadie le corrigió.

Hicks escuchó atentamente, con el rostro blanco. Cuando Crockerman hubo terminado, dando chupadas a su cigarro y arrojando un glóbulo de humo en expansión, Hicks se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa.

—Que me condene —dijo, en voz muy baja y deliberadamente casual.

—Eso es lo que nos ocurrirá a todos si no decidimos qué hacer, y pronto —dijo Crockerman. Todos los demás estuvieron de acuerdo. Aquella era la función del presidente, y muy pocos, si acaso había alguno, se sentían felices con ella.

—Ustedes están hablando con los australianos. Ellos saben acerca de esto, por supuesto —dijo Hicks.

—Todavía no se lo hemos dicho —admitió Crockerman—. Estábamos preocupados por los efectos que podía tener la noticia sobre nuestra gente si se divulgaba.

—Por supuesto —dijo Hicks—. Yo…, tampoco sé lo que haría. Parece que hemos metido el pie en un auténtico avispero, ¿no?

Crockerman apagó su cigarro a medio fumar.

—Regreso a Washington mañana por la mañana, señor Hicks. Me gustaría que usted viniera conmigo. Usted también, señor Gordon. Señor Feinman, comprendo que usted no podrá acompañarnos. Tiene una importante cita médica en Los Angeles.

—Sí, señor presidente.

—Entonces, si no le importa, después de su tratamiento…, y mis sinceros deseos de que todo vaya bien en él, me gustaría que recomendara usted a un grupo de científicos para que se entrevisten con el Huésped, efectúen un interrogatorio más extenso… Eso no suena bien, ¿verdad? Hacer más preguntas. Ese equipo será nuestro enlace con los científicos australianos. Carl, me gustaría que arreglara usted con los australianos el que uno de sus investigadores volara a Vandenberg e interviniera en esas sesiones.

—¿Vamos a compartir con los australianos entonces, señor? —preguntó Rotterjack.

—Creo que es el único enfoque racional.

—¿Y si se muestran reluctantes a compartir nuestra idea de la seguridad?

—Treparemos el muro cuando lleguemos a él.

Un joven de aspecto cansado con un traje gris entró en el comedor y se acercó a Rotterjack. Le tendió al asesor científico un trozo de papel y retrocedió unos pasos, clavando nerviosamente los ojos en torno a la mesa. Rotterjack leyó el papel, las arrugas en torno a su boca y en su frente se hicieron más profundas.

—El coronel Phan nos envía un mensaje —dijo—. El huésped murió a las dieciocho horas de esta tarde. Phan realizará una autopsia a medianoche. Se solicita que el señor Feinman y el señor Gordon asistan a ella.

Hubo un largo silencio en torno a la mesa.

—Señor Gordon, puede ir usted, y luego, por favor, acuda a Washington tan pronto como le sea posible —dijo Crockerman. Depositó su servilleta junto a su plato, echó hacia atrás su silla en la cabecera de la mesa y se puso en pie. Parecía muy viejo a la tenue luz del comedor—. Esta noche me retiraré pronto. El día ha sido agotador, y todavía queda mucho en que pensar. David, Carl, por favor, asegúrense de que el señor Hicks se encuentre cómodo.

—Sí, señor —dijo McClennan.

—Y, Carl, asegúrese de que el personal de aquí se da cuenta de lo mucho que apreciamos sus servicios pese a los inconvenientes que les hemos causado.

—Sí, señor.

PERSPECTIVA

AAP/UK Net, 8 de octubre de 1996; Woomera, Iglesia Local de Nueva Australia:

El reverendo Brian Caldecott ha proclamado que los extra-terrestres australianos son unos «patentes fraudes». Caldecott, conocido desde hace mucho por sus feroces arengas contra toda forma de gobierno, y por conducir a sus discípulos a un regreso al «Jardín del Edén», que afirma que estuvo localizado en su tiempo en las inmediaciones de Alice Springs, acudió a Woomera con una caravana de treinta Mercedes-Benz blancos para efectuar un mitin esta tarde. «Esos “alienígenas” son el intento del Partido del País de engañar a todos los ciudadanos del mundo, y convertir al gobierno australiano, bajo el primer ministro Stanley Miller, en el centro de un gobierno mundial, lo cual, por supuesto, deploro.» La cruzada de Caldecott sufrió un retroceso en sus relaciones públicas el año pasado cuando se descubrió que estaba casado con tres mujeres. La iglesia de Nueva Australia declaró inmediatamente que la bigamia era un principio religioso, agitando aún más un guiso legal que ya estaba bastante inestable.

AGNUS DEI

16

8 de octubre, 12:15 A.M.

El coronel Tuan Anh Phan, con un traje con casco blanco y respirador incorporado, estaba de pie junto a dos ayudantes vestidos del mismo modo en la cámara de aislamiento anteriormente ocupada por el Huésped y ahora por su cadáver. Harry Feinman entró en la estancia enfundado en su propio traje y avanzó con una cierta torpeza junto a los otros. Con cuatro personas en la habitación, y el equipo traído para la autopsia, quedaba muy poco espacio para maniobrar. Arthur se sentó en el laboratorio al otro lado del cristal y observó.

El Huésped estaba tendido de espaldas en la mesa central, ahora elevada un metro por encima del suelo. Su larga cabeza estaba extendida en toda su longitud, con la «barbilla» paralela al sobre de la mesa. Tenía los cuatro miembros extendidos, retenidos contra la elasticidad natural mediante correas de plástico.

Phan indicó con un gesto de su mano enguantada en plástico las tres videocámaras detrás de sus placas protectoras de plástico.

—Empezamos a las doce y diecisiete minutos A.M. del ocho de octubre de 1996. Soy el coronel Tuan Anh Phan, y voy a iniciar la autopsia del espécimen biológico extraterrestre encontrado cerca del Valle de la Muerte, California. El espécimen, llamado también el Huésped, murió a las ocho y cincuenta y ocho P.M. del siete de octubre, en la sala de aislamiento tres del Laboratorio de Recuperación de Emergencia Vandenberg, Centro de Lanzamiento de Transbordadores Seis, Base de las Fuerzas Aéreas de Vandenberg, California.

»No hay evidencias de daños físicos o ningún signo aparente de trauma interno. —Phan tomó un escalpelo de una bandeja que le tendió un ayudante—. Ya recogí muestras de cultivos externos del Huésped cuando estaba vivo. Ahora tomaré muestras de lugares a lo largo de sus miembros y de su cuerpo y cabeza para ver si los microorganismos terrestres han empezado a multiplicarse en sus tejidos externos. —Utilizando el escalpelo para rascar la piel, y torundas para recoger las muestras, efectuó su tarea. Cada torunda era metida en un tubo que era cerrado herméticamente—. Como pueden ver, el cuerpo no exhibe señales de lividez, ni por supuesto de descomposición o cambio, externo o interno. —Phan alzó un miembro superior—. Hay elasticidad, pero no rigidez. De hecho, la única prueba visible de muerte es la falta de movimiento y la no reacción a los estímulos.

»No hay señales de actividad eléctrica dentro del cráneo del Huésped, o en ninguna otra parte de su cuerpo. Como sea que tal actividad existía antes, solamente podemos suponer que esto es otra indicación de su muerte. El Huésped no se ha movido en diez horas y treinta y un minutos. Doctor Feinman, ¿está usted de acuerdo en que el Huésped está ahora muerto, según todas las mediciones que podemos efectuar?

—Estoy de acuerdo —dijo Harry—. No hay reflejos. El cuerpo del Huésped mostraba previamente una tensión viva cuando era tocado. En su actual estado, no se evidencia ninguna tensión.

—Evidentemente, esto entra más en la naturaleza de una disección exploradora que de una auténtica autopsia —prosiguió Phan, con voz débil—. Ya hemos realizado un examen completo del Huésped a través de medios externos, incluidos los rayos X, los ultrasonidos y las imágenes por Resonancia Magnética Nuclear. Hemos localizado diversas formas que pueden ser órganos, ciertas cavidades pequeñas, algunas llenas de fluidos y otras aparentemente vacías, dentro del Huésped, y utilizando esas imágenes como mapas —señaló con un escalpelo varias hojas de papel colgadas en la parte exterior de las ventanas de observación— investigaré más directamente el interior del Huésped.

»La estructura ósea torácica del Huésped difiere sustancialmente de la nuestra. Parece estar hecha de una serie de espinas, en el sentido puercoespino del término, conectadas con articulaciones flexibles de colágeno, todo ello envolviendo la cavidad interna. No hay pulmones huecos. De hecho, hay pocos huecos de ninguna clase.

Phan clavó el escalpelo a lo largo de una pronunciada cresta que recorría a todo lo largo el «pecho», y reveló una limpia superficie verde grisácea con el brillo de las baldosas de un cuarto de baño. Los cortados bordes de la piel tenían un color verde azulado ligeramente cobrizo.

—Aquí está el «hueso» pectoral central o «proceso» que vimos primero por rayos X. —Apartó a un lado la piel, cortando delicadamente el tejido adherido a ella, hasta que quedó al descubierto un lado del tórax—. Esos procesos unidos proporcionan una flexible pero eficiente caja en torno a los órganos torácicos. Como pueden ver, la caja es bastante rígida en una dirección —apretó con su dedo índice hacia la cabeza del Huésped, sin producir ningún movimiento—, pero flexible en otra. —Apretó hacia abajo, y la caja se hundió ligeramente—. Hay una similitud evidente entre el Huésped y nosotros en este punto, con una caja protectora en torno al tórax, pero las similitudes terminan ahí.

Phan tomó una pequeña sierra circular eléctrica y cortó los procesos a lo largo del lado izquierdo del Huésped, el que miraba a la ventana. Accionando la sierra veinte centímetros hacia arriba, luego otros veinte centímetros hacia un lado desde ambos extremos, luego hacia abajo en la otra dirección, consiguió desprender un glutinoso cuadrado de la caja torácica. Dentro apareció una membrana perlina.

Arthur permanecía sentado, clavado en su silla, con la vista fija en la abertura del pecho del Huésped. Phan maniobró junto a Feinman y los ayudantes en torno a la mesa, deteniéndose unos instantes para contemplar las fotografías. Luego tomó una jeringuilla y la insertó en la membrana perlina, extrayendo una muestra de fluidos. Harry introdujo una fina sonda de biopsia a través de la membrana, un poco más abajo, y extrajo un largo y delgado tubo de tejido.

Lo pasó a un ayudante, que lo selló en un pequeño frasco de cristal y lo pasó con las otras muestras al exterior a través de un cajoncito giratorio de acero inoxidable.

—La temperatura es ahora de doce grados centígrados. Estamos reduciéndola a pocos grados por encima de cero, para inhibir el crecimiento de las bacterias terrestres. Las muestras de tejidos y fluidos serán analizadas y la autopsia proseguirá más adelante. Caballeros, es tiempo de descansar un poco. Mis ayudantes van a tomar más mediciones y retirar muestras de tejido de los miembros. Más tarde, esta misma mañana, empezaremos con la cabeza.

Hicks estaba sentado en la mesa al otro lado del presidente, sonriendo a la camarera mientras ésta le servía una taza de café. Estaban solos en el comedor; era temprano, apenas un poco más tarde de las siete de la mañana. El presidente le había llamado a medianoche y había solicitado su presencia durante el desayuno para una conversación privada.

—¿Qué desea tomar, señor Hicks? —preguntó Crockerman.

—Tostadas y huevos revueltos, creo —dijo—. ¿Puede hacerme una tortilla Denver?

La camarera asintió.

—Lo mismo para mí —dijo Crockerman. Mientras se alejaba, Crockerman echó unos centímetros hacia atrás su silla y se inclinó para tomar unos papeles de un maletín que tenía abierto a su lado—. Tengo una reunión con una madre afligida a las nueve, y con un almirante y un general a las once. Luego debo volar de vuelta a Washington. He estado tomando notas durante toda la noche, intentando poner en orden mis pensamientos. Espero que no ponga usted ninguna objeción a que le bombardee con algunas de mis ideas.

—En absoluto —dijo Hicks—. Pero primero debo dejar muy clara mi situación. Soy periodista. Vine aquí en busca de una historia. Todo esto…, su petición de que me quede aquí, en vez de ser echado a patadas con los demás, resulta…, bien, resulta extraordinario. Honestamente debo decirle que, bajo las circunstancias, yo… —No supo qué decir a continuación, y se quedó mirando a los intensos ojos castaños de Crockerman. Alzó la mano e hizo un gesto vago hacia la puerta del comedor—. No se confía en mí aquí, y es lógico. Soy un intruso.

—Es usted un hombre con imaginación y perspicacia —dijo Crockerman—. Los demás son simplemente expertos. El señor Gordon y el señor Feinman son expertos y tienen imaginación, y el señor Gordon ha estado muy cerca de este tipo de problema, como administrador del BETC. Quizás haya estado demasiado cerca, no lo sé. He estado preguntándome si estamos enfrentándonos realmente o no con extraterrestres, como él quiere hacernos creer. Usted posee distanciamiento, una perspectiva nueva que tal vez me resulte muy útil.

—¿Cuál es mi situación oficial, mi papel? —preguntó Hicks.

—Obviamente, no puede usted publicar la historia en estos momentos —dijo Crockerman—. Quédese aquí, trabaje con nosotros hasta que la historia esté madura para ser difundida al público. Sospecho que vamos a tener que hacerla pública pronto, aunque Carl y David muestran un profundo desacuerdo. Si la lanzamos al público, usted tendrá su exclusiva. Dará el primer golpe.

Hicks frunció el ceño.

—¿Y nuestras conversaciones?

—Por el momento, todo lo que nos digamos el uno al otro no será discutido en ninguna otra parte. Más tarde, en el relato global de la historia, en nuestras memorias o en cualquier otra parte… —Crockerman asintió a las paredes—. Ningún problema.

—Me gustaría saber algunos detalles más —dijo Hicks—, especialmente si el señor Rotterjack y el señor McClennan o el señor Lehrman poseen control sobre mí o mi historia. Pero por el momento, estoy de acuerdo. No informaré de lo que nos digamos particularmente el uno al otro.

Crockerman depositó los papeles sobre la mesa, delante de él.

—Bien, éstos son mis pensamientos. O bien hemos sido invadidos dos veces durante este último año, o alguien nos está mintiendo.

—La elección parece estar entre la condenación y una política de amistad espacial —dijo Hicks.

El presidente asintió.

—He efectuado algunos diagramas lógicos. —Le tendió la primera hoja de papel—. Diagramas de Venn. Restos limitados de mis días de matemáticas universitarias. —Sonrió—. Nada complicado, sólo algunos esquemas para ayudarme a perfilar las posibilidades. Apreciaría sus críticas.

—De acuerdo. —Hicks contempló el papel que le tendía el presidente. Breves anotaciones de escenarios posibles, encerradas en círculos separados y que se intersectaban.

—Si esas dos naves espaciales tienen orígenes similares, veo varias posibilidades. Primera, los australianos están enfrentándose a un grupo escindido de extraterrestres, una especie de facción disidente. Pero nuestra información es correcta, y el objetivo primordial de toda la misión es destruir la Tierra, y el Huésped representa realmente a los supervivientes de su última conquista. ¿De acuerdo conmigo hasta ahora?

—Sí.

—Segundo —prosiguió el presidente—, estamos enfrentándonos a dos acontecimientos separados, que por algún azar literalmente astronómico se han producido simultáneamente. Dos grupos de alienígenas, completamente independientes o sólo marginalmente conectados entre sí. O tercero, no nos estamos enfrentando en absoluto a alienígenas, sino tan sólo a emisarios.

Harry alzó una ceja.

—¿Emisarios?

—No me siento completamente cómodo con la enormidad del universo. —Crockerman no dijo nada durante diez o quince segundos, contemplando la mesa, su rostro pasivo pero sus ojos mirando arriba y abajo entre la vela y su taza de café—. Supongo que usted sí.

—Soy humano —dijo Hicks—. También me siento limitado. Acepto la enormidad sin comprenderla o sentirla realmente.

—Eso hace que me sienta mejor. Entonces no lo estoy haciendo tan mal, ¿no cree? —preguntó Crockerman.

—No, señor.

—Me pregunto si tal vez, cartografiando nuestro universo desde una perspectiva científica, no habremos perdido algo…, la conciencia de… —Hizo de nuevo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Transgresiones. Si no estaremos pensando en Dios como en una inteligencia superior, no humana, pero que exige ciertas obediencias… ¿Me sigue?

Hicks asintió una sola vez.

—Quizá ya no estemos satisfaciendo su inteligencia superior. Él, o para decirlo más exactamente Ello, envía Sus emisarios, sus Ángeles si lo prefiere, para que blandan el tipo de espada que somos capaces de comprender. El final de la Tierra. —Crockerman alzó los ojos para cruzarlos con los de Hicks.

La camarera les trajo el desayuno y preguntó si deseaban más café. Crockerman dijo que no; Hicks aceptó otra taza. Cuando se hubo marchado, Hicks investigó su tortilla con un tenedor; ya no tenía hambre. Notaba su estómago anudado, ácido. Se daba cuenta de que una especie de pánico se estaba apoderando de él.

—Nunca me he sentido cómodo con las interpretaciones religiosas —dijo.

—¿Debemos clasificar esto como una interpretación religiosa? ¿No podría ser más fácilmente una alternativa a las teorías de alienígenas conflictivos o invasores sectarios?

—No estoy seguro de cuál es su teoría.

—«El dedo ejecutor». Ésa.

—Ah. «Mene, mene, tekel, upharsin», o lo que sea.

—Exacto. Lo hemos embarullado todo. Polucionado, superarma-do. El siglo XX ha sido un auténtico lío. El siglo más sangriento de toda la historia humana. Más muertes humanas innecesarias que en cualquier otra época.

—No puedo discutir eso —murmuró Hicks.

—Y ahora, hemos salido al exterior. Quizá hemos sido tolerados solamente mientras hemos permanecido en la Tierra. Pero ahora…

—Es una vieja idea —interrumpió Hicks, sintiendo que su inquietud se transformaba rápidamente en irritación.

—¿Significa eso que no es válida?

—Creo que hay ideas mejores —dijo Hicks.

—Ah —murmuró Crockerman, sin tocar tampoco su desayuno—. Pero ninguna de ellas me convence. Soy el único juez en el que puedo confiar realmente en esta situación, ¿no cree?

—No, señor. Hay expertos…

—En mi carrera política he ignorado el consejo de los expertos durante mucho tiempo, y mi opinión ha prevalecido. Esto me ha hecho distinto de otros aspirantes más estandarizados a mi alto cargo. De todos modos, le garantizo que esta actitud tiene sus riesgos.

—Me estoy perdiendo de nuevo, señor. ¿Qué actitud?

—Ignorar a los expertos. —El presidente se inclinó hacia delante, extendió las manos encima de la mesa, los puños apretados, los ojos húmedos. La expresión de Crockerman era un rictus de dolor—. Le hice al Huésped una pregunta, y recibí una importante respuesta, de entre todas nuestras preguntas… Le pregunté: «¿Cree usted en Dios?», y él respondió: «Creo en el castigo.» —Se reclinó en su asiento, contemplando sus puños; los relajó, se frotó las palmas allá donde sus uñas se habían clavado profundamente—. Eso tiene que tener un significado. Quizás el Huésped proceda de otro mundo, otro lugar donde los transgresores han sido tratados con severidad. Esa cosa ahí fuera en la Caldera…, en el Valle de la Muerte, entre todos los lugares posibles… Nos han dicho que convertirán la Tierra en escoria. Destrucción total. Nos han dicho que no podemos destruirla. De hecho, creo que no podemos.

Hicks fue a decir algo, pero Crockerman prosiguió con voz muy baja:

—Dios, una inteligencia superior, nos esculpe a todos, descubre que somos imperfectos, y envía nuestro material de vuelta a la fragua para ser remodelados. Esa cosa de ahí fuera. La Caldera. Es la fragua de Dios. A eso es a lo que debemos enfrentarnos. Quizá podamos lograrlo.

—¿Y el artefacto australiano, los robots, los mensajes?

—No lo sé —dijo Crockerman—. Parecería completamente loco si afirmara que los australianos estaban enfrentándose a un adversario… Pero quizá.

—¿Un adversario…, una especie de Satanás?

—Algo opuesto al Creador. Una fuerza que espera que se nos permita proseguir con nuestras transgresiones, para desequilibrar toda la creación.

—Creo que hay otras explicaciones mejores, señor presidente —dijo suavemente Hicks.

—Entonces, por favor —suplicó Crockerman—, dígame cuáles son.

—No estoy cualificado —murmuró Hicks—. Apenas sé nada de lo que ha ocurrido. Sólo lo que usted me ha contado.

—Entonces, ¿cómo puede criticar mi teoría?

La forma de hablar de Crockerman, como un niño utilizando palabras de adulto, heló a Hicks hasta lo más profundo de los huesos. Un amigo le había hablado a Hicks en un tono muy similar en Londres en 1959; se había suicidado un mes más tarde.

—No es realista —dijo.

—¿Hay algo realista en esta situación? —preguntó Crockerman. Ninguno de los dos había hecho mucho más que revolver la comida en sus platos.

Hicks tomó un bocado. La tortilla estaba fría. La engulló de todos modos, y Crockerman empezó a comer la suya. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que los platos estuvieron vacíos, como si estuvieran empeñados en una confrontación de silencio. La camarera retiró los platos y llenó de nuevo la taza de café de Hicks.

—Le pido disculpas —murmuró el presidente, secándose los labios con la servilleta y doblándola sobre la mesa—. He sido brusco con usted. Es imperdonable.

Hicks murmuró algo acerca de la tensión a la que todos estaban sometidos, y lo comprensible que era todo.

—De todos modos, me ha proporcionado usted una especie de perspectiva —dijo Crockerman—. Puedo ver, sólo examinando su reacción, cómo reaccionarán los demás. Ésta es una época muy difícil, en más de un sentido. He tenido que interrumpir el programa de mi campaña. Las elecciones están a menos de un mes de distancia. El mantener el ritmo es muy importante. Me doy cuenta de que necesito limar las aristas de mis frases…

—Señor, no son las frases. Es la perspectiva —dijo Hicks, alzando sin darse cuenta la voz—. Si sigue usted adelante con esas teorías de la recriminación cósmica, me resulta difícil imaginar el daño que puede causar.

—Sí. Entiendo.

¿De veras?, se preguntó Hicks a sí mismo. Y luego, examinando la suspicaz expresión de Crockerman, con los ojos entrecerrados: Sí, quizá lo entiendas…, pero eso no va a detenerte.

17

9 de octubre

Arthur desdobló un periódico mientras el Learjet rodaba lentamente por la pista. En una franja de estacionamiento alejada se alineaban los bombarderos B-1, con sus esbeltas formas tostadas, grises y verdes oscurecidas por una capa de bruma marina de primera hora de la mañana. Necesitó varios segundos para concentrarse en los titulares. Sus pensamientos estaban todavía en Harry Feinman y en la autopsia.

El Huésped no poseía una estructura clara de órganos internos. Llenando la cavidad torácica no había más que un tejido continuo de color rosado interrumpido sólo por algunas cavidades ocasionales, más parecido a un cerebro que a ninguna otra cosa. Su cabeza consistía casi exclusivamente en un material de apariencia ósea, articulado, dispuesto en grandes masas sólidas, sin ningún sistema nervioso central discernible. Pequeños módulos del tamaño de balas de escaso calibre interrumpían la continuidad del hueso; parecían estar hechas de alguna especie de metal, quizá plata.

Harry estaría pronto sometiéndose a sus propios sondeos y exámenes en Los Angeles.

El avión completó su rodadura, se situó al inicio de la pista y empezó a acelerar, con los pequeños reactores chillando agudamente más allá de las aisladas paredes.

Arthur se concentró en el periódico. El titular de primera página decía:

VISITA SECRETA DEL PRESIDENTE AL VALLE DE LA MUERTE

Detalles poco claros: ¿puede haber alguna relación con los alienígenas australianos?

La misma transmisión no desmodulada que había traído a Trevor Hicks a Furnace Creek había conducido a otros periodistas, unas horas más tarde, a similares conclusiones. Hicks había encontrado el filón principal. Los otros habían tenido que conformarse con el testimonio de los habitantes de Shoshone y una llamada telefónica a Furnace Creek que les había puesto en comunicación con el apartamento de una doncella que sólo hablaba español. Bernice Morgan no había sido entrevistada. Quizá Crockerman la persuadió, pensó Arthur, repasando varias veces la historia para ver si había pasado por alto algún detalle significativo.

El general Paul Fulton, comandante en jefe de las Operaciones del Transbordador de la Costa Oeste, estaba en el mismo vuelo con Arthur. Se acercó a él tan pronto como estuvieron en el aire y hubieron terminado su ascensión a 8.500 metros.

—Ah, la buena vieja prensa libre —comentó, ocupando el asiento de su lado—. Discúlpeme, señor Gordon. No tuvimos tiempo de sentarnos y charlar un rato.

—¿Vuelve usted para testificar?

—Ante algunos congresistas clave, ante el Comité de senadores de Actividades Espaciales…, sólo Dios sabe lo que va a hacer Proxmire con esto. Incluso se me escapa cómo consiguió llegar hasta ese comité. El hombre es políticamente inmortal.

Arthur asintió. Tenía la sensación de que su cerebro era como gachas. Había esperado dormir durante todo el vuelo, pero Fulton parecía tener algo en mente.

—Muchos de nosotros estamos preocupados por la elección de Crockerman de ese Trevor Hicks. Es un escritor de ciencia ficción…

—Sólo recientemente —dijo Arthur—. En realidad es un escritor científico más que decente.

—Sí, y en realidad no discutimos la elección de Hicks, pero nos preguntamos acerca de la necesidad del presidente de ir más allá del… grupo primario. Su estado mayor y sus asesores y su Gabinete. Los expertos asignados.

—Deseaba una segunda opinión. Mencionó eso un par de veces.

Fulton se encogió de hombros.

—El Huésped lo impresionó.

—El Huésped me impresionó a mí también —dijo Arthur.

Fulton abandonó bruscamente el tema.

—Habrá dos de nuestros equivalentes australianos en Washington cuando lleguemos. Recién volados de Melbourne. Supongo que eran piezas de repuesto allí abajo. El hombre auténticamente importante, Quentin Bent, se ha quedado atrás. ¿Le conoce?

—No —dijo Arthur—. Hay un cierto abismo entre los hemisferios Norte y Sur, en el campo científico en general, pero sobre todo en astronomía. Aunque Pent no es astrónomo. Es sociólogo, creo.

Fulton parecía dubitativo.

—Su colega, el doctor Feinman…, ¿será capaz de resistirlo?

—Creo que sí. —Arthur se dio cuenta de que estaba empezando a desagradarle el general Fulton, y se preguntó si aquello era razonable. Al fin y al cabo, el hombre sólo estaba intentando reunir información.

—¿Qué es lo que tiene?

—Leucemia crónica.

—¿Terminal?

—Sus médicos creen que es tratable.

Fulton asintió.

—Me pregunto si ése no es un buen diagnóstico también para la Tierra.

Arthur no captó el significado.

—Cáncer —ofreció voluntariamente Fulton—. Cáncer cósmico.

Arthur asintió reflexivamente y miró por la ventanilla, preguntándose cuándo conseguiría algo de tiempo para llamar a Francine, para hablar con Marty, para tocar con los pies el mundo real.

18

El teniente coronel Albert Rogers tomó el mensaje recibido por radio y salió por la puerta de atrás del remolque de comunicaciones, bajando los escalones metálicos de plancha corrugada hasta la blanca y crujiente arena. En realidad no deseaba pensar en las implicaciones de sus órdenes; pensar a un nivel tan esotérico no iba a hacerle ningún bien. El Huésped estaba muerto; Arthur Gordon había ordenado que su equipo investigara el interior del cono. Rogers no iba a permitir que lo hiciera nadie excepto él.

Había estado planeando aquella misión. Había trazado diagramas incompletos del interior del aparecido en un pequeño bloc de notas, poco más que suposiciones basadas en longitud, altura, anchura y el ángulo y longitud del tubo que avanzaba a través de la roca sólida. Trepar por el tubo no presentaría ningún problema: aunque girara en vertical hacia arriba, podía considerar el asunto como trepar por el interior de una chimenea, la espalda contra un lado, las piernas formando tijera y los pies apretados contra el otro, ascendiendo centímetro a centímetro. Llevaría una grabadora vídeo digital en miniatura, más pequeña que la palma de su mano, y una videocámara del tamaño de un dedo montada en su casco. Una Hasselblad para fotos de alta resolución y otra cámara más pequeña, una Leica de 35 mm automática, completarían su equipo. Dudaba que la investigación tomara más de un día. Había, por supuesto, la posibilidad de que el aparecido estuviera perforado en su interior como un panal. De alguna forma, lo dudaba.

Mientras un sargento y un cabo traían las provisiones que había pedido del remolque de almacenamiento, trazó su itinerario y examinó las medidas de emergencia con su segundo al mando, el mayor Peter Keller. Luego Rogers se colocó la mochila pectoral y las pesadas botas de escalada, enrolló tres largos de cuerda y los colgó de su cinturón, y se dirigió hacia el lado sur del aparecido.

Comprobó el reloj y ajustó el cronómetro a cero. Eran las seis de la mañana. El desierto estaba envuelto todavía en el gris del preamanecer, con altos cirros extendiéndose de horizonte a horizonte en una fina capa. El desierto olía a limpio aire frío, con un asomo de resina seca.

—Déme un impulso —dijo Rogers a Keller. El mayor entrelazó los dedos de ambas manos para formar un apoyo y Rogers metió su pie izquierdo; con un «¡hop!», Keller lo alzó hasta la boca del túnel. Rogers permaneció tendido por unos instantes de espaldas en el pozo que formaba ángulo, contemplando la primera curva, a unos doce metros roca adentro.

—De acuerdo —dijo, pulsando el botón de su reloj para poner en marcha el cronómetro—. Allá voy.

Habían rechazado la idea de desenrollar un cable telefónico y comunicarse directamente por él mientras trepaba. La grabadora vídeo iba equipada con un pequeño micro de solapa, a través del cual podría nacer observaciones orales; la cámara vídeo efectuaría una grabación adecuada de lo que viera, momento a momento. Si se presentaban el momento y la oportunidad, tomaría fotos con las otras cámaras.

—Buena suerte, señor —dijo Keller mientras Rogers iniciaba su ascensión en ángulo túnel arriba.

—Al infierno con eso —gruñó Rogers para sí mismo. Los primeros diez metros fueron fáciles, un lento arrastrarse. En la curva, hizo una pausa para encender una luz en la oscuridad. El túnel formaba un ángulo directo hacia arriba tras los primeros diez metros de inclinación. Anotó esto en voz alta para el registro, luego miró hacia abajo por encima de su estómago y piernas, al camafeo del rostro de Keller. Keller hizo un «okay» formando un círculo con el índice y el pulgar. Rogers hizo parpadear dos veces su luz.

—Estoy metiéndome en la barriga de una nave espacial alienígena —se dijo silenciosamente a sí mismo, haciendo una mueca para relajar su tensa mandíbula y sus músculos faciales—. Estoy arrastrándome hacia arriba, hacia lo desconocido. Eso es. No tengo por qué tener miedo. —Y no lo tenía…, sentía una especie de calma energética, casi una excitación que lo abrumaba.

Pensó en su esposa y en su hija de cuatro años que vivían en Barstow, y en una variedad de escenarios reflejados detrás de sus rostros. Heroico padre muerto y beneficios económicos para el resto de sus vidas. En realidad, lo de los beneficios no estaba demasiado claro. Debería ser así. Se prometió comprobarlo inmediatamente cuando regresara. Un pensamiento mejor: heroico padre vivo y retiro a los veinte años y la posibilidad de meterse en el mundo de los negocios, quizá como asesor de cuestiones de defensa, aunque nunca había pensado en eso antes. El primer hombre en el interior de una nave espacial alienígena. Los bienes inmuebles eran más atractivos. No en Barstow, de todos modos. Quizás en San Diego, aunque el hecho de ser un ex-Marine sería de mayor ayuda aquí.

Empezó a ascender, con el suelo de caucho de las botas aferrándose a la roca y las manos apoyadas contra la pared opuesta. Primero un pie, luego el otro. Sin dañar la nave espacial; ni siquiera un rasguño. Se izó con un gruñido, asegurando de nuevo sus botas y manos contra la roca. Una superficie lisa, nada parecido a la lava. Sin rasgos distintivos y gris, amorfa. Los astronautas habían recibido entrenamiento en geología cuando alunizaron por primera vez. No era necesario entrenar a un coronel del Ejército. Además, aquél no era un lugar natural; ¿de qué le serviría allí la geología?

Al menos no era resbaladizo.

Había trepado cinco metros cuando hizo una pausa y arrojó su luz hacia delante. Otra curva encima de él, más allá de la cual no habían sondeado con las cámaras montadas en pértigas. Algo totalmente desconocido. Rogers conjuró las pocas películas de ciencia ficción que había visto. Nunca había sido un gran aficionado a las películas de ciencia ficción. La mayor parte de sus compañeros habían disfrutado con Alien cuando la vieron en vídeo en el campamento de entrenamiento de reclutas. Él había intentado olvidarla de inmediato.

El Huésped estaba muerto. ¿Y si eso ponía furiosos a los demás? ¿Y si lo sabían, de alguna forma, y estaban aguardándole?

Todavía seguía tranquilo, aún ligeramente exaltado, los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas en la oscuridad, el rostro húmedo por el esfuerzo. Arriba, arriba, y luego por el recodo. Descansó en el túnel casi nivelado más allá del recodo, arrojando su luz a la impenetrable oscuridad. Extrajo su bloc de notas y trabajó rápidamente, anotando ángulos y distancias. Estaba aproximadamente a unos cinco o seis metros de la superficie exterior. Arrojó su luz sobre la página del bloc de notas con el mapa del interior, y trazó el túnel a nivel. Su camino se parecía a un desmontador de neumáticos, diez metros hacia el interior del montículo en un ángulo ascendente, luego directamente hacia arriba durante seis metros más o así, y ahora horizontalmente hacia el interior.

Silencio. Ningún sonido de maquinaria, ninguna voz, ningún movimiento en el aire. Sólo su propia respiración. Cuando hubo descansado unos cuantos minutos empezó a arrastrarse, con la linterna sujeta a su muñeca barriendo el túnel delante de él a cada movimiento.

Treinta metros más allá el túnel se abría a un espacio más grande. No dudó. Ansioso por salir de su confinamiento, Rogers se arrastró hacia delante y se aferró al borde del túnel con ambas manos, asomando la cabeza. Paseó la luz por el cerrado volumen.

—Estoy en una cámara cilíndrica —dijo en voz alta—, de unos nueve metros de largo por seis de ancho. Probablemente estoy en el centro del montículo —recurrió a su dibujo—, quizás a unos veinte o veinticinco metros por debajo de la cima. Las paredes son brillantes, como esmalte o plástico o cristal. De color gris oscuro, con un tinte azulado. El túnel se abre cerca de la parte de atrás del cilindro, y en la parte frontal —consultó su mapa—, señalando hacia el noroeste, hay otro espacio, más grande aún. Ninguna señal de habitaciones ni de habitantes. Ninguna actividad.

Se puso en pie en el cilindro, tanteando la superficie con sus botas. Todavía había la suficiente tracción como para caminar fácilmente.

—Voy hacia delante.

Caminó hasta el borde del cilindro, manteniendo la luz enfocada hacia delante. Luego abrió su mochila pectoral y extrajo dos antorchas de alta intensidad. Manteniéndolas lo más alejadas posibles de sus ojos, pulsó los interruptores de ambas.

Con la boca muy abierta, Rogers se enfrentó a una caverna de al menos treinta metros de largo por veinticinco de alto. La cámara cilíndrica exactamente en el centro de un extremo, situándole a unos seis metros por encima del fondo.

—Está llena de pequeñas facetas, como una gema —dijo—. Parecidas a cristal, no espejos, pero brillantes. No sólo facetas tampoco, sino estructuras…, vigas, soportes, tensores. Es como el interior de una catedral, pero hecha de cristal grisazulado. —Tomó varias docenas de fotos con la Hasselblad, luego bajó la cámara y se quedó simplemente mirando, intentando grabarlo todo en su memoria y extraer algún sentido de lo que estaba viendo.

Desde el extremo del cilindro a la adornada y resplandeciente superficie de abajo había una caída de al menos diez metros. No había forma alguna de descender; no había nada a lo que poder atar una cuerda, y ni siquiera se atrevía a intentar martillear un pitón.

—No puedo ir más lejos —dijo—. No hay nada que se mueva. Ningún lugar que pueda llamar habitáculo. Ninguna maquinaria visible, tampoco. Y ninguna luz. Voy a apagar las antorchas y ver si algo sigue brillando luego.

Se sumió en la más completa oscuridad. Por un momento sintió una constricción en la garganta y tosió, y el sonido se quebró en un charlotear de ecos.

—No veo nada —dijo al cabo de unos minutos de oscuridad—. Voy a conectar de nuevo las antorchas para tomar más fotos. —Fue a accionar los interruptores y entonces se detuvo, frunciendo los ojos. Directamente delante, ardiendo de una forma débil pero fija, había una pequeña luz roja, no más que una estrella perdida en la enormidad—. Esperen. No sé si el vídeo puede captarlo. Es muy débil. Sólo una pequeña luz roja, como la cabeza de un alfiler.

Observó el brillo durante algunos minutos más. Todos los movimientos que hizo eran fácilmente explicables por simple ilusión óptica; no cambiaba ni de posición ni de intensidad.

—No creo que la nave esté muerta —dijo—. Simplemente está aguardando. —Agitó la cabeza—. Pero quizás esté saltando a conclusiones, sólo a causa de una pequeña luz roja. —Encendió la linterna de su muñeca y montó una telelente en la Hasselblad, dispuso la cámara para una larga exposición, luego la apoyó en el borde del cilindro, enfocada a la luz roja. Con un botón remoto abrió la lente de la cámara. Cuando hubo completado la exposición, volvió a prepararla para una exposición aún más larga y repitió la operación. Luego volvió a conectar las antorchas y se sentó para llenar su memoria con todos los detalles posibles.

—Todo sigue estando en silencio —dijo.

Al cabo de quince minutos se puso en pie e, instintivamente, se sacudió los pantalones.

—De acuerdo. Voy a volver.

Para su enorme alivio, nada interfirió con su recorrido de regreso.

19

10 de octubre

Edward Shaw supo de la muerte del Huésped dos días más tarde, cuando todos recibieron una visita del coronel Phan. Tras ser advertidos con diez minutos de antelación, tiempo que empleó Edward para vestirse rápidamente, las cortinas se corrieron y los cuatro se enfrentaron al pequeño y musculoso hombre moreno con su uniforme azul, de pie en el laboratorio central.

—¿Cuánto tiempo falta todavía, doc? —preguntó Minelli. Se había ido volviendo más y más extravagante, menos predecible, a medida que pasaban los días. Hablaba a menudo del presidente y de cómo pronto iban a ser «sacados de este estercolero». Su modo de hablar se parecía cada vez más a una cómica imitación de James Cagney. Minelli nunca había reaccionado bien a una autoridad dominante. Edward había oído que una vez, años antes de que Minelli llegara a Austin, había sido encarcelado por una acusación menor de drogas, y que se había ensangrentado todo el rostro golpeándolo contra la puerta de la celda. Edward estaba preocupado por él.

—Todos ustedes están sanos, sin el menor signo de contaminación o enfermedad —dijo Phan—. No hay intención de hacerles más pruebas. Creo que ya saben por su oficial de servicio que el Huésped ha muerto. He terminado el primer nivel de la autopsia, y no he encontrado microorganismos en ninguna parte dentro de su sistema. Parece que era una criatura completamente estéril. Esto es una buena noticia para ustedes.

—Nada de bichos, señora —dijo Minelli. Edward hizo una mueca.

—He recomendado que sean puestos ustedes en libertad —dijo Phan, mirándoles fijamente uno a uno, por turno—. Aunque no sé cuándo lo harán. Como dijo el presidente, también se trata de un asunto de seguridad.

Edward vio a Stella Morgan a través de su ventana y le dirigió una sonrisa. Ella no se la devolvió; quizá la luz no era la adecuada y no le vio; quizá se sentía tan deprimida como Reslaw, que últimamente apenas decía nada.

La combinación de libre interacción a través del intercom y el confinamiento separado parecía minar la camaradería que Edward creía que era algo típico de los encerrados en un campo de prisioneros. No se abusaba de ellos. Realmente, no tenían nada sólido contra lo que luchar. Su confinamiento, hasta ahora al menos, no había sido sin sentido. En consecuencia, no se «apiñaban» entre sí, como Edward había creído que harían. Aquí también, nunca antes se había visto en una situación de detención prolongada. Quizá sus expectativas fueran simplemente ingenuas.

—Estamos preparando unos documentos que deberán firmar, prometiendo no hablar con nadie de estos últimos días…

—No pienso firmar nada parecido —dijo Minelli—. No habrá ningún best-seller si firmo algo así. Ni agentes, ni Hollywood.

—Por favor —dijo pacientemente Phan.

—¿Qué hay de Australia? —preguntó Edward—. ¿Están hablando ustedes con ellos?

—Las conferencias empiezan hoy en Washington —dijo Phan.

—¿Por qué la espera? ¿Por qué todo el mundo no empezó a hablar hace semanas?

Phan no respondió directamente.

—Personalmente, espero que todo se haga público pronto —dijo.

Edward intentó controlar una creciente irritación.

—¿Por qué no podemos estar juntos? Sáquenos de aquí y pónganos en unos AOS o algo así.

—¿Y qué demonios es eso? —bufó Minelli.

—Alojamientos para Oficiales Solteros —explicó Edward, temblándole el labio inferior. Estaba empezando a llorar. Controló inmediatamente la respuesta, adoptando un aire de indignada racionalidad—. De veras. Esto es un infierno. Nos sentimos como si estuviéramos en la cárcel.

—Peor. Ni siquiera podemos fabricarnos pistolas y cuchillos de estar por casa —dijo Minelli—. Esto es el culo del mundo. ¡Mamá!

Phan miró a Minelli con una expresión entre irritada y preocupada.

—Esto es todo lo que tenía que decirles. Por favor, no se preocupen. Estoy seguro de que serán compensados. Mientras tanto, tenemos nuevos infodiscos.

—Espléndido —dijo Minelli. Mientras Phan se volvía, gritó—: ¡Espere! No me siento bien. De veras. Nada bien.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Phan, haciendo un gesto a un supervisor de servicio detrás suyo.

—Es mi cabeza. Díselo, Reslaw.

—Minelli ha estado muy alterado últimamente —dijo lentamente Reslaw—. Yo tampoco me siento demasiado bien. Pero él no suena como si estuviera bien. Suena diferente.

—Soy diferente —confirmó Minelli. Luego empezó a sollozar—. Maldita sea, simplemente pónganos de vuelta allá donde están las rocas. Déjennos ir en nuestra camioneta. Firmaré cualquier cosa. De veras. Por favor.

Phan los miró a todos, luego se volvió y se marchó bruscamente. Las cortinas zumbaron, encajando de nuevo en su lugar. El cajón de Edward se abrió, y extrajo el periódico y el nuevo paquete de infodiscos. Hambriento, leyó los titulares de ayer por la mañana.

—Cristo —murmuró—. Saben lo del presidente. ¡Stella! —Tecleó su número en el intercom—. ¡Stella, saben que el presidente vino aquí!

—Lo estoy leyendo —dijo la mujer.

—¿Cree que su madre lo consiguió?

—No lo sé, de veras.

—Pero podemos esperarlo —dijo Edward.

Minelli seguía sollozando.

20

Harry estaba reclinado contra una almohada en el Dormitorio Lincoln, con un montón de treinta centímetros de informes en la mesita de noche redonda a su lado y una pequeña lámpara de cristal brillando suavemente encima de los informes. El reloj de péndulo de finales del Imperio sobre la repisa de mármol de la chimenea tictaqueaba suavemente, firmemente. La enorme habitación de alto techo parecía encantada, de una manera un tanto acogedora; encantada por la historia, por las asociaciones. Aquél había sido originalmente el gabinete de trabajo de Abraham Lincoln; allí había firmado la Proclama de la Emancipación.

Agitó la cabeza.

—Estoy loco —dijo—. No estoy aquí. Estoy imaginando todo esto. —Por un momento, deseó desesperadamente que fuera cierto; que estuviera soñando en la habitación del Ínter-Continental, y que pronto empezaría a promocionar de nuevo su novela durante seis minutos o menos en otra emisora de radio, delante de otro joven locutor…

Por otra parte, ¿qué había de tan indeseable en hallarse en la Casa Blanca, en Washington D.C., elegido personalmente por el presidente de los Estados Unidos para asesorarle en el acontecimiento más importante en la historia humana?

—El hombre no escucha —murmuró.

Tomó el informe de encima del montón, un grueso fajo de papeles fotocopiados sobre el emplazamiento del Valle de la Muerte, el Huésped, y todo lo que se sabía acerca del emplazamiento del Gran Desierto Victoria.

El informe de la autopsia preliminar del Huésped era el tercero de la pila. Utilizando un talento adquirido a lo largo de años de investigación, hojeó rápidamente los dos documentos, deteniéndose sólo en los detalles esenciales. Los informes, como cabía esperar, eran «seguros»…, redactados con un lenguaje ambiguo, llenos de hábiles y vagas teorías, dejando siempre la posibilidad de leer entre líneas. Sólo el informe de la autopsia prometía ser sustancioso.

El coronel Tuan Anh Phan, un hombre al que Hicks le gustaría conocer, era claro e iba directo al grano. La fisiología del Huésped era distinta a la de cualquier ser vivo de la Tierra. Phan no podía concebir un entorno que evolucionara una fisiología así. Había estructuras que le recordaban, una y otra vez, «atajos de ingeniería», totalmente alejadas de las estructuras evolucionadas al azar que exhibía la biología terrestre. Su conclusión no era en absoluto tímida:

«El cuerpo del Huésped no parece pertenecer a la misma categoría biológica que las formas vivas de la Tierra. Algunos de sus rasgos son contrarios a toda expectativa razonable. La única explicación que puedo ofrecer para ello es que el Huésped es un ser artificial, quizás el producto de siglos de manipulación genética combinada con compleja bioelectrónica. Puesto que esas habilidades se hallan aún muy lejos de nosotros, cualquier suposición que pueda hacer respecto a las funciones actuales de los órganos del Huésped debe ser considerada como poco de fiar, quizás engañosa.»

Seguía un análisis químico de los tejidos del Huésped. No había estructura celular per se en ninguno de los tejidos; más bien cada zona u órgano del cuerpo del Huésped parecía poseer un metabolismo separado, que cooperaba con, pero no forma parte de, otras zonas u órganos. No había sistema central de eliminación de desechos. Los desechos parecían asimilarse en los propios tejidos. Phan creía que esto podía haber sido la causa de la muerte. «Quizás algunos nutrientes imposibles de encontrar en un entorno terrestre desencadenen procesos por debajo del nivel de detalle que nuestras investigaciones pueden poner a la luz. Quizás el Huésped, en su entorno nativo, estuviera conectado a un complejo sistema de apoyo vital que libraba a su cuerpo de todos los productos de desecho. Quizás el Huésped estuviera enfermo y algunas de sus funciones corporales fueran inactivas.»

Enterrado en una nota a pie de página: «El Huésped no parece haber sido diseñado para una vida larga.» La nota estaba firmada por Harry Feinman, que no había asistido a la parte final de la autopsia. No había más elaboraciones.

Pese a la claridad del informe, quedaba algo por decir. Feinman, al menos, parecía señalar que el Huésped no era lo que parecía…

El informe del fondo de la pila era un folleto australiano, preparado con evidente apresuramiento y considerables tachaduras. El librito empezaba con una sinopsis de las afirmaciones hechas por los visitantes mecánicos que habían emergido de la roca del Gran Desierto Victoria.

Hicks se frotó los ojos. La luz era pobre para leer. Ya había hojeado antes aquel folleto. Sin embargo, sentía la necesidad de hallarse completamente preparado para la mañana siguiente, cuando acompañara al presidente a la Oficina Oval para encontrarse con los representantes australianos.

«La comprensibilidad de las afirmaciones de los seres mecánicos a nuestros investigadores es sorprendente. Su dominio del inglés parece ser perfecto. Responden rápidamente y sin ninguna ofuscación a las preguntas.»

Hicks estudió las brillantes fotografías a color insertadas en el librito. El gobierno australiano había proporcionado hacía apenas dos días una colección de aquellas fotografías, junto con discos de vídeo, a todas las organizaciones mundiales de noticias; las imágenes de los tres plateados robots en forma de calabaza flotando cerca de una cerca de alambre espinoso con postes de madera, de la enorme y lisa roca roja erosionada por el agua, del agujero de salida, se hallaban en estos momentos en las salas de estar de todas las casas civilizadas del mundo.

«Los robots, en cada una de sus palabras, transmiten una sensación de buena voluntad y benévola preocupación. Desean ayudar a los habitantes de la tierra a “llenar su potencial, unirse en armonía y ejercer sus derechos como ciudadanos potenciales de un intercambio a nivel galáctico”.»

Hicks frunció el ceño. ¿Cuántos años de ficción paranoica le habían condicionado a dudar de los regalos ofrecidos por los extra-terrestres? De todas las películas hechas acerca del primer contacto, sólo un escaso puñado habían tratado en la época el acontecimiento como algo benigno.

¿Cuántas veces se habían humedecido los ojos de Hicks, contemplando esas pocas películas, pese a intentar mantener siempre una perspectiva científica? Ese gran momento, el intercambio entre humanos e inteligencias no humanas amistosas…

Había ocurrido en Australia. El sueño estaba vivo.

Y, en California, pesadillas.

El Huésped no parece haber sido diseñado para una vida larga.

Depositó el librito australiano sobre el montón y apagó la luz. En la oscuridad, se disciplinó para respirar regular y superficialmente, dejar su mente en blanco y sumirse en el sueño. Pese a todo esto, tardó en dormirse, y su sueño no fue relajante.

21

11 de octubre

Crockerman, con unos pantalones y una camisa blanca pero sin chaqueta ni corbata, y con una pincelada de lápiz astringente en la barbilla a causa de un corte al afeitarse, entró en la oficina del jefe de su estado mayor e hizo una breve inclinación de cabeza a todos los reunidos allí: Gordon, Hicks, Rotterjack, Fulton, Lehrman, y el propio jefe de estado mayor, el gordo y calvo Irwin Schwartz. Eran las siete y media de la mañana, aunque en la oficina sin ventanas el tiempo apenas tenía importancia. Arthur pensó que nunca iba a poder librarse de las habitaciones pequeñas y de la compañía de burócratas y políticos.

—Les he llamado aquí para revisar nuestro material sobre el aparecido del Gran Desierto Victoria —dijo Crockerman—. Ya han leído ustedes su folleto, supongo. —Todos asistieron—. A petición mía, el señor Hicks ha prestado el juramento correspondiente, y ha sido procesada la autorización…

Rotterjack parecía dispéptico.

—Ahora es uno de los nuestros. ¿Dónde está Carl?

—Supongo que en medio del tráfico todavía —dijo Schwartz—. Llamó hace media hora y dijo que llegaría unos minutos tarde.

—De acuerdo. No tenemos mucho tiempo. —Crockerman se puso en pie y paseó arriba y abajo ante ellos—. Yo me ocuparé de su parte. Tenemos a «uno o más» agentes en la roca australiana. No necesito decirles lo delicado que es este hecho, pero tómenlo como un recordatorio…

Rotterjack lanzó una mirada muy significativa a Hicks. Hicks la recibió con toda tranquilidad.

—Irónicamente, la información que nos ha sido transmitida sólo confirma lo que los australianos han estado diciendo en público. Todo es optimista en lo que a ellos se refiere. Vamos a entrar en una nueva era de descubrimientos. Los robots ya han empezado a explicar su tecnología. ¿David?

—Los australianos nos han pasado algo de la información sobre física que los robots les han dado —dijo Rotterjack—. Es completamente esotérica; tiene que ver con la cosmología. Un par de físicos australianos han dicho que las ecuaciones se refieren a la teoría de las supercuerdas.

—Sea eso lo que sea —dijo Fulton.

Rotterjack hizo una mueca casi maliciosa.

—Es muy importante, general. De acuerdo con su petición, Arthur, he pasado las ecuaciones a Mohammed Abante, de la Universidad de Pepperdine. Está reuniendo a un equipo de sus colegas para examinarlas y, esperamos, emitir un informe dentro de pocos días. Los robots no han sido confrontados con el hecho de la existencia de nuestro aparecido. Es posible que los australianos deseen que seamos nosotros quienes se lo digamos.

Carl McClennan entró en la oficina, el gabán colgado del brazo y el maletín portadocumentos medio oculto entre los pliegues. Miró a su alrededor, vio que no había sillas disponibles aparte las dos reservadas para los australianos, y se quedó de pie junto a la pared del fondo. Hicks se preguntó si no debería levantarse y cederle su asiento al asesor de Seguridad Nacional, pero decidió que con ello no iba a ganarse su afecto.

Crockerman transmitió a McClennan un breve resumen de lo hablado hasta entonces.

—Ayer por la noche terminé la primera ronda de negociaciones con los jefes de su equipo y sus expertos de inteligencia —dijo McClennan—. La discusión de hoy entre los australianos y nosotros puede ser abierta y franca. No hay ningún territorio prohibido.

—Espléndido —dijo Crockerman—. Lo que me gustaría elaborar, caballeros, es una forma de presentar todos los hechos al público dentro del término de un mes.

McClennan palideció.

—Señor presidente, no hemos hablado de… —Esta vez tanto Rotterjack como McClennan lanzaron miradas inquietas a Hicks. Hicks mantuvo su rostro impasible: Ésta no es mi función, caballeros.

—No hemos hablado de ello, cierto —admitió Crockerman, casi sin darle ninguna importancia—. Sin embargo, éste tiene que ser nuestro principal objetivo. Estoy convencido de que las noticias no tardarán en filtrarse, y es mejor que nuestros ciudadanos conozcan los hechos de boca de personas cualificadas que de chismorreos por la calle, ¿no creen?

Reluctante, McClennan dijo que sí, pero su rostro siguió tenso.

—Estupendo. Los australianos estarán en la Oficina Oval dentro de quince minutos. ¿Tienen ustedes alguna pregunta, algo en lo que no estén de acuerdo, antes de que nos reunamos con ellos?

Schwartz alzó la mano y agitó los dedos.

—¿Irwin?

—Señor presidente, ¿todavía no están Tom Jacks o Rob Tishman en nuestras listas? —preguntó Schwartz. Jacks estaba a cargo de las relaciones públicas. Tishman era el secretario de prensa de la Casa Blanca—. Si vamos a hacerlo realmente público dentro de un mes, o aunque sólo pensemos en ello, Rob y Tom necesitarán algo de tiempo.

—Todavía no están en la lista; mañana lo estarán. En cuanto a nuestro estimado vice… —Crockerman frunció el ceño. El vicepresidente Frederick Hale había caído en desgracia con el presidente hacía tres meses; ahora apenas se hablaban. Hale se había metido en algunos asuntos desagradables en Kansas; el escándalo había dominado los periódicos durante dos semanas y casi había dado como resultado el que Hale fuera «arrojado a los lobos». Hale, tan escurridizo como cualquiera en la Capital, había salido un poco mal parado de la tormenta, pero la había capeado—. No veo ninguna razón para ponerlo en la lista en estos momentos. ¿Y ustedes?

Nadie indicó que lo creyera necesario.

—Entonces vamos a la Oficina Oval.

22

Sentados en sendas sillas en torno al escritorio del presidente, los hombres escucharon atentamente mientras Arthur resumía los hallazgos científicos. Los australianos, ambos jóvenes y de aspecto vigoroso, muy bronceados en contraste con los pálidos rasgos de los americanos que les rodeaban, se mostraron serenamente imperturbables ante lo que Arthur acababa de decirles.

—En pocas palabras, pues —concluyó éste—, no tenemos razón para creer que nuestro Huésped no fuera sincero. El contraste entre nuestras experiencias es muy agudo.

—Eso es cierto —dijo Colin Forbes, el mayor en edad y grado de los dos. Forbes acababa de cumplir los cuarenta, tenía la piel curtida y era vigoroso, con un pelo rubio casi blanco. Llevaba una chaqueta deportiva azul claro y pantalones blancos, y olía fuertemente a after-shave—. Puedo ver por donde van los tiros. Aquí estamos nosotros, trayendo un mensaje de esperanza y de gloria, y su hombrecillo verde les dice a ustedes que todo es falso. No estoy seguro de cómo podemos resolver la discrepancia.

—¿No resulta obvio? —indicó Rotterjack—. Enfrentemos a sus robots con lo que se nos ha dicho a nosotros.

Forbes asintió y sonrió.

—¿Y si ellos lo niegan todo, y si dicen que no saben de qué estamos hablando?

Rotterjack no respondió a aquello.

Gregory French, el australiano más joven, con un pelo negro limpiamente cortado y peinado y vestido con un traje gris estándar, se puso en pie y carraspeó. Evidentemente no se sentía cómodo en aquella compañía de tan alto nivel. Para Arthur tenía el aspecto de un tímido estudiante.

—¿Sabe alguno de ustedes si ha habido otros aparecidos? ¿Los rusos, los chinos?

—Todavía no tenemos ninguna información —dijo Lehrman—. Eso no es una negativa, sin embargo. Es sólo un «no lo sabemos» temporal.

—Creo que si nosotros fuéramos los únicos bendecidos o maldecidos, deberíamos resolver el asunto antes de emitir ningún comunicado público —dijo French—. En caso contrario podríamos volver loca a la gente. Situarla entre ángeles y demonios.

—Estoy de acuerdo —dijo Arthur.

—Esperar trae sus problemas —dijo Crockerman.

—Disculpe, señor —interrumpió McClennan—, pero la posibilidad de un comunicado no oficial es mucho menos inquietante que el impacto de… —Hizo un enérgico gesto en el aire con la mano—. La confusión. El miedo. Estamos sentados sobre una auténtica bomba de tiempo. ¿Entiende realmente esto, señor presidente? —Prácticamente gritó. La frustración de McClennan con el presidente había llegado a un punto doloroso. La habitación quedó silenciosa. El tono del asesor de seguridad nacional había sido mucho más fuerte de lo que nadie hubiera esperado, procedente del cauteloso Carl McClennan.

—Sí, Carl —respondió Crockerman, con los ojos medio cerrados—. Creo que sí.

—Lo siento —dijo McClennan, hundiéndose ligeramente en su silla. French, aún de pie, parecía agudamente azarado.

—De acuerdo —dijo Forbes, haciendo un elegante gesto con el dedo para que French se sentara—. Enfrentemos a nuestros aparecidos. Quizá sea mejor así. Invito a tantos de ustedes como puedan a que regresen con nosotros. Y creo que recomendaré a Quentin que volvamos a cerrar las puertas. Menos comunicados de prensa. ¿Les parece esto razonable?

—Eminentemente —dijo Rotterjack.

—Siento curiosidad respecto a por qué está aquí el señor Hicks —dijo Forbes—. Admiro enormemente la obra de Trevor, pero… —No terminó su pensamiento. Arthur miró a Hicks, y se dio cuenta de pronto de que le gustaba y confiaba genuinamente en el hombre. Podía comprender la elección del presidente. Pero eso no fundiría el hielo con McClennan y Rotterjack, que deseaban claramente alejar a Hicks del centro.

—Está aquí porque es más experimentado en estos temas que cualquier otra persona en el mundo —dijo Crockerman—. Aunque a simple vista no lo veamos.

Rotterjack enmascaró su sorpresa, sin demasiado éxito, sentándose envarado en su silla y luego apoyando torpemente su codo sobre el brazo. Arthur lo estudió atentamente. Piensan que es posible que Hicks esté detrás de la actitud del presidente.

—Me alegra que Trevor esté aquí —dijo Arthur bruscamente—. Aprecio sus intuiciones.

—A mí me parece bien —dijo Forbes, con una amplia sonrisa.

PERSPECTIVA

The New York Daily News, 12 de octubre de 1996:

Fuentes del Departamento de Estado, con la condición de no ser nombradas, han confirmado que existe una conexión entre la desaparición y la pretendida cautividad a manos del gobierno de cuatro personas y la visita secreta del presidente Crockerman al Valle de la Muerte a principios de esta semana. Otras fuentes bien informadas han confirmado que ambos incidentes se hallan conectados con los extraterrestres australianos. En una historia relacionada con lo anterior, el reverendo Kyle McCabey, de Edimburgo, Escocia, fundador de la Liga de los Invasores Satánicos, afirma que su nueva secta religiosa posee ya un número de seguidores que alcanza los cien mil a través de todo el Reino Unido y la República de Irlanda. La Liga de los Invasores Satánicos cree que los extraterrestres australianos son representantes de Satanás enviados a la Tierra para, en palabras del reverendo, «ablandarnos para la conquista de Satanás».

23

13 de octubre

En la autopista de Hollywood, con el cuello y la espalda rígidos por el vuelo de primera hora de la mañana a Los Angeles, Arthur Gordon condujo hoscamente su Lincoln de alquiler mientras escuchaba por la radio una charla acerca de los resultados de la lotería nacional.

Su mente estaba muy lejos, y las visiones del río fuera de su casa en Oregón no dejaban de introducirse en sus pensamientos. Suave, clara y verdosa agua, avanzando indiferente a todo lo que la rodeaba, abriéndose camino de forma natural, erosionando las orillas. ¿Qué sentía cada partícula de tierra arrancada de su lugar acerca del proceso? ¿Qué sentía la gacela, atrapada en las desgarrantes zarpas del león, acerca de convertirse en un simple manjar para la cena, toda su existencia reducida a una semana o así de sostén para otro animal?

—Un desperdicio —dijo—. Un maldito desperdicio. —Pero no estaba seguro de lo que quería decir con aquello, o de hacia dónde señalaban sus pensamientos.

Las zarpas de un felino. Jugueteando con su presa.

De pronto, Arthur echó terriblemente en falta a Francine y Marty. Había hablado brevemente con ellos desde Washington antes de partir; les había dicho muy poco, ni siquiera dónde estaba o adónde iba.

¿Acaso la gacela, atrapada entre las lacerantes garras del león, se preocupaba del antílope y el corzo?

La casa de Harry era un espacioso rancho «de troncos» construido a dos niveles allá a principios de los años 1960, en medio de un terreno de algo más de mil metros cuadrados cubierto de eucaliptos en Tarzana. Había comprado la casa en 1975, antes de casarse con Ithaca; entonces le había parecido vacía, con sólo un ocupante, y seguía siendo un lugar de enormes paredes blancas y suelos de linóleo recubiertos por alfombras, un poco fría y severa para el gusto de Arthur.

Ithaca gobernaba sin la menor duda el lugar. Alta, con su pelo rojo oscuro y sus rasgos más apropiados para una actriz shakespeariana que para un ama de casa de Tarzana, su tranquila presencia equilibraba las enormes habitaciones. Harry había dicho a Arthur en una ocasión:

—Allá donde está ella, siempre hay suficiente, y nunca demasiado. —Arthur había sabido exactamente lo que había querido decir.

Ithaca abrió la puerta a la llamada de Arthur, sonrió cálidamente y le tendió la mano. Arthur tomó sus dedos y se la besó solemnemente.

—Milady —dijo con ceremonia—, ¿está el buen doctor?

—Hola, Arthur. Me alegra verte. Está, y de un humor insufrible.

—¿Su tratamiento?

—No. Alguna otra cosa, que tiene que ver contigo, supongo. —Ithaca nunca preguntaba—. ¿Quieres un poco de café? Este invierno hace frío. Y hoy es un día particularmente desapacible.

—Sí, por favor. ¿Está en el despacho?

—En su sanctasanctórum. ¿Cómo está Francine? ¿Y Marty?

—Están bien. —Se metió las manos en los bolsillos, obviamente deseoso de reunirse con Harry. Ithaca asintió.

—Te traeré el café al despacho. Ve.

—Gracias. —Tuvo la sensación de que debía cumplimentar a Ithaca por su aspecto, que como de costumbre era maravilloso…, pero a ella no le gustaban los cumplidos. Su aspecto y la forma en que vestía eran para ella algo tan natural como el respirar. Sonrió torpemente y se encaminó pasillo adelante hacia la oficina.

Harry estaba sentado en un mullido sillón, mientras el fuego crujía brillante en la chimenea. Su oficina había sido originalmente el dormitorio principal, y después de su matrimonio lo había convertido a ese uso. Había otros tres amplios dormitorios con chimenea en la casa, los suficientes para cumplir su misión. Detrás de su sillón se alzaban montones de libros, algunos de ellos enormes, viejos y muy manoseados. Una máquina de escribir Olympia colgaba, con el teclado hacia abajo, sobre la chimenea, como un trofeo de caza, con tres tubos de ensayo incrustados de carbón y atados entre sí con una cinta roja suspendidos de su palanca de retorno del carro. La historia detrás de todo aquello tenía que ver con la tesis doctoral de Harry, y raras veces era contada cuando Harry estaba sobrio.

Harry tenía entre las rodillas una copia del libro de Brin y Kuiper sobre la búsqueda de inteligencia extraterrestre. McClennan y Rotterjack tenían ejemplares del mismo libro en el escritorio de sus oficinas. Arthur observó también la presencia de la novela de Hicks en la esquina de una mesita auxiliar, atestada de pilas de infodiscos.

—Al fin, por Dios —dijo Harry—. Llevo aquí metido hasta sentir náuseas esperando noticias. ¿Cuáles son esas noticias?

—Me voy a Australia con la mayor parte del equipo operativo. Parto dentro de tres días, con un par de horas de parada en Tahití. Supongo que podremos elaborar un corto informe.

—Los sabuesos de la prensa están tras nuestra pista —dijo Harry, alzando sus densas cejas.

—El presidente cree que deberíamos divulgar la historia dentro del plazo máximo de un mes. Rotterjack y los demás no se muestran demasiado entusiastas.

—¿Y tú?

—Los sabuesos de la prensa —estuvo de acuerdo Arthur, con un encogimiento de hombros—. Puede que pronto no tengamos muchas elecciones.

—Van a tener que soltar a esa gente de Vandenberg. No pueden retenerlos eternamente. Están físicamente limpios y sanos.

Arthur cerró la puerta de la oficina.

—¿El Huésped?

Harry crispó ligeramente el rostro.

—Falso —dijo—. Creo que es tan robot como los australianos.

—¿Qué piensa Phan de ello?

—Es un buen tipo, pero esto lo ha puesto bajo tensión. Cree que es un producto de una civilización biológicamente adelantada, algo así como un ciudadano del futuro, estéril y en buena parte artificial, pero aún bona fide como individuo.

—¿Por qué no estás de acuerdo con ello?

—Nunca fue proyectado para procesar los desechos. Obsolescencia planificada. El Huésped se fue envenenando a sí mismo hasta destruirse. No hay evidencia de ningún sistema eliminador de desechos a través de ningún tipo de diálisis externa. Nada de ano, ni tracto urinario. Ninguna válvula, ningún punto de salida. Nada de pulmones. Respiraba a través de la piel. No muy eficiente para una criatura de su tamaño. Y nada de glándulas sudoríparas. Infernalmente no convincente. Pero…, no estoy tan convencido como para ponerme en pie y gritarlo ante todos los hombres del presidente. Después de todo, eso simplemente complica las cosas, ¿no?

Arthur asintió.

—¿Has leído el informe del coronel Rogers y has visto sus fotos?

Harry mostró un nuevo infodisco, con el brillante naranja de la etiqueta de seguridad en él.

—Un coche de las Fuerzas Aéreas lo trajo ayer. Impresionante.

—Aterrador.

—Esa pensé que sería tu reacción —dijo Harry—. Entonces pensamos lo mismo, ¿no?

—Siempre lo hemos hecho, dentro de unos ciertos límites —dijo Arthur.

—De acuerdo. Siempre he dicho que la biología era un caballo fraudulento. ¿Qué hay de la roca?

—Warren trajo su informe preliminar. Dice que parece auténtica, incluso a nivel de muestras minerales. Sin embargo, está de acuerdo con Edward Shaw respecto a la sospechosa falta de erosión por los elementos. Abante no puede hallar ni pies ni cabeza en su interior. Dice que parece como un escenario de película de ciencia ficción…, bonito pero no específico. Y sin ninguna señal de ningún otro Huésped.

—Así que, ¿cuál debe ser nuestra conclusión?

Arthur tomó una silla plegable de detrás de la puerta, la abrió y se sentó.

—Creo que vemos las líneas generales de nuestro borrador, ¿no crees?

Harry asintió.

—Están jugando con nosotros —dijo.

Arthur alzó un pulgar extendido.

—Ahora, ¿por qué querrían jugar con nosotros? —prosiguió Harry.

—¿Para hacernos reaccionar y descubrir nuestras capacidades? —aventuró Harry.

—¿Temen que podamos ganarles si no van con cuidado?

—Esa podría ser una explicación —dijo Arthur.

—Señor. Tienen que estar miles de años por delante de nosotros.

—No necesariamente.

—¿Cómo podría ser de otro modo? —preguntó Harry, y su voz ascendió una octava.

—El capitán Cook —ofreció Arthur—. Los hawaianos pensaron que era una especie de dios. Doscientos años más tarde, conducen sus coches exactamente igual que el resto de nosotros…, y miran la televisión.

—Fueron subyugados —dijo Harry—. No tuvieron ninguna posibilidad, no contra el cañón.

—Mataron a Cook, ¿no?

—¿Estás sugiriendo alguna especie de movimiento de resistencia? —preguntó Harry.

—Estamos corriendo demasiado.

—Sí, maldita sea. Centrémonos en lo básico. —Harry cerró el libro sobre sus rodillas—. Te estás preguntando acerca de mi salud.

Arthur asintió.

—¿Puedes viajar?

—No muy lejos, no muy pronto. Ayer me bombearon bolitas mágicas hasta salirme por las orejas. Bolitas para reestructurar mi sistema inmunológico, para fortalecer mi médula espinal… Miles de pequeños retrovirus domesticados con la misión de hacer su trabajo. De todos modos, aún sigo conservando lo que me queda de pelo. Todavía no me están aplicando radiaciones o productos químicos fuertes.

—¿Puedes trabajar? ¿Viajar por California?

—A cualquier lugar que quieras mandarme, dentro de un radio de dos horas de vuelo de emergencia al Centro Médico de la UCLA. No soy más que los restos de un naufragio, Arthur. No hubieras debido elegirme. Yo no hubiera debido aceptar.

—Todavía sigues pensando con claridad, ¿no? —preguntó Arthur.

—Sí.

—Entonces sigues siendo útil. Necesario.

Harry contempló el libro cerrado sobre sus rodillas.

—Ithaca no se lo está tomando muy bien.

—Parece alegre.

—Es una buena actriz. De noche, mientras duerme, su rostro… Llora. —Los ojos de Harry estaban húmedos también ante el pensamiento, y parecía mucho más joven, casi un muchacho, cuando alzó la vista a Arthur—. Cristo. Me alegra de ser yo el que puede morir. Si las cosas hubieran sido a la inversa, y fuera ella quien tuviera que pasar por todo esto, me sentiría en peores condiciones de lo que me siento ahora.

—No vas a morir —dijo Arthur, con una firmeza que no sentía—. Estamos casi en el siglo XXI. La leucemia ya no es la asesina que era antes.

—No para los niños, Arthur. Pero para mí… —Alzó las manos.

—Si nos abandonas, voy a sentirme malditamente inconsolable. —Contra su voluntad, se dio cuenta de que también se le humedecían los ojos—. Recuerda eso.

Harry no dijo nada por unos instantes.

—La Fragua de Dios —comentó finalmente, agitando la cabeza—. Si eso llega alguna vez a los periódicos…

—Cada pesadilla a su tiempo —murmuró Arthur. Harry llamó a Ithaca para que preparara una de las habitaciones de invitados para Arthur. Mientras ella se ocupaba, Arthur hizo una llamada a cobro revertido a Oregón, la primera que tenía la oportunidad de hacer en dos días.

Su conversación con Francine fue breve. No había nada que pudiera decirle, excepto que estaba bien. Ella fue lo bastante cortés, y le conocía lo suficiente, como para no mencionar las noticias de la prensa.

La llamada no fue suficiente. Cuando colgó, Arthur echó en falta más que nunca a su familia.

24

20 de octubre, Australia

(19 de octubre, EE.UU.)

Un breve noticiario precedió a la película habitual en el vuelo Qantas a Melbourne, proyectado en una pequeña pantalla sobre las cabezas de los pasajeros. Arthur alzó la vista de su lectora de discos. A su lado, un caballero ya mayor con un traje de lana de punto de espina dormitaba ligeramente.

Un gráfico animado por ordenador de la Australia Associated Press News Network llenó la pantalla, respaldado por una viva música de jazz. El rostro de mediana edad, más bien plano, de la locutora de la AAPN Rachel Vance sonrió a través de los asientos oscurecidos y los rostros que no le prestaban atención.

—Buenos días. Nuestra principal noticia de hoy sigue siendo, por supuesto, los extraterrestres de la parte central de nuestro continente. Ayer se celebró otra conferencia entre los científicos australianos y los robots, conocidos familiarmente como los shmoos, según los notablemente generosos personajes del dibujante de historietas Al Capp, a los que se parecen en su forma. Aunque la información intercambiada en la conferencia no ha sido difundida, un portavoz del gobierno reconoció que los científicos aún siguen discutiendo de física teórica y astronomía, y todavía no han empezado a hablar de biología.

Apareció el portavoz, un rostro que empezaba a ser ya familiar. Arthur escuchó sólo a medias. Ya había oído todo aquello.

—No hemos recibido ninguna información acerca de la densidad de entidades vivas en la galaxia; es decir, todavía no sabemos cuántos planetas se hallan habitados, o qué tipos de seres los habitan…

Su imagen se desvaneció a una imagen de los tres shmoos avanzando por un sendero polvoriento hacia los remolques instalados para la conferencia en los campos de reseca hierba cerca de la enorme falsa roca. La flotante propulsión de los robots seguía pareciendo extraña, profundamente inquietante. En aquel movimiento podía haber signos de una tecnología inmensamente avanzada…, o alguna especie de truco visual, una escenografía para nativos primitivos.

La locutora volvió, con una sonrisa cálidamente estereotipada.

—El Washington Post y el The New York Times informaron hoy que los restos de un viejo volcán cerca del Valle de la Muerte, California, han sido cerrados al público. El Post relaciona este cierre con la desaparición de tres hombres y una mujer, todos ellos supuestamente retenidos por las autoridades militares en California.

Nada nuevo, pero cerca…, peligrosamente cerca. Arthur se reclinó en su asiento y miró por la ventanilla al océano de nubes que pasaban a más de tres mil metros a sus pies. Inmenso, pensó. Parece como si esto fuera lo único que existiera. Océano y nubes. Podría pasar toda mi vida viajando sin ver nada de ello. Aquello no demostraba necesariamente el tamaño de la Tierra, pero colocaba su vida y su cerebro en su perspectiva adecuada.

Intentó dormir un poco. Estarían en Melbourne dentro de pocas horas, y ya se sentía agotado.

La Roca, aún sin ningún nombre, se extendía más de ochocientos metros en el horizonte a la primera luz de la mañana, gloriosamente coloreada desde el fondo hacia arriba en capas de púrpura y rojo y naranja. El cielo sobre sus cabezas era de un tembloroso gris azulado polvoriento, anunciando el calor que iba a venir. Aquí era primavera, pero había llovido muy poco. Apenas se apreciaba un soplo de viento. Arthur bajó del enorme vehículo gris de grandes neumáticos de las Reales Fuerzas Australianas al rojizo polvo y miró hacia la Roca a través de la dorada llanura. El asesor científico, David Rotterjack, bajó tras él. A menos de una docena de metros de distancia empezaba el primer círculo de alambre espinoso, formando grandes volutas entre los matorrales y la hierba.

Quentin Bent avanzó por el rojizo camino de tierra hasta el borde de la carretera en un anadeo ansioso de sus cortas piernas. Bent tendría unos cuarenta y cinco años y era de mediana estatura, robusto y de rostro enrojecido, con una alborotada mata de pelo canoso, una sonrisa fácil y unos agudos y pesimistas ojos azules. Tendió su mano primero a Rotterjack. En otro vehículo del Ejército, los ayudantes de Bent, Forbes y French, acompañaban a Charles Warren, el geólogo de Kent State.

—Señor Arthur Gordon —dijo Bent, estrechando la mano de Arthur—. Acabo de leer el borrador del informe del equipo operativo americano. En su mayor parte es el trabajo de usted y del doctor Feinman, supongo.

—Sí —dijo Arthur—. Espero que lo haya encontrado suficientemente claro.

—Absolutamente claro —dijo Bent, alzando la barbilla como si oliera el aire, pero manteniendo los ojos fijos en Arthur—. Muy inquietante. Caballeros, he recibido un mensaje de nuestros shmoos…, todos los llamamos ya así, supongo que no pueden sentirse ofendidos por ello, ¿no creen?…, y hemos preparado una reunión con ellos para hoy al mediodía en el remolque tres. —Casi sin aliento, prosiguió—: Cada día…, viajan desde la Roca hasta nuestro remolque de conferencias. Nunca abandonan las inmediaciones de la Roca. Antes de eso, desayunaremos en el remolque de oficiales, y luego daremos una vuelta por el lugar, si están ustedes de acuerdo. ¿Han dormido lo suficiente, doctor Gordon, señor Rotterjack, doctor Warren?

—Lo suficiente —dijo Rotterjack, con ojos sombríos.

Bent destelló una sonrisa y echó a andar anadeando delante de ellos.

—Síganme —dijo.

Arthur acompasó su paso al de Warren, un hombre de mediana altura y complexión, con su espigado y escaso pelo peinado de lado para cubrir su incipiente calvicie y unos grandes ojos encima de una larga nariz.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó.

—Se parece mucho a Ayers Rock, sólo que más pequeña —respondió Warren, agitando la cabeza—. Es menos convincente que el cono de escoria del Valle de la Muerte. Francamente, no me hubiera sorprendido nada descubrirla en Disney World.

El desayuno transcurrió apaciblemente. Fueron presentados a varios de los científicos que medían y analizaban la Roca, incluido el jefe del equipo de materiales, la doctora Christine Carmichael. Se apresuró a explicarles que los minerales que formaban la Roca eran de naturaleza claramente terrestre…, nada de material de «camuflaje» llegado del espacio. Arthur intentó visualizar la construcción de la Roca, dejando a un lado todo prejuicio humano; no pudo.

Aparte esto, la charla fue breve. Bent tan sólo hizo tres preguntas: cómo pensaban difundir la noticia (Rotterjack respondió que hasta el momento no habían planeado nada), cómo interpretaban la historia del Huésped acerca de la nave espacial devoradora de planetas (parecía sincera), y si creían que había alguna conexión entre el cono de escoria del Valle de la Muerte y la Roca. Rotterjack no quería comprometerse. Warren no creía haber pasado el tiempo suficiente en el proyecto como para dar una opinión útil. Arthur asintió una sola vez; había una definida conexión.

—No podemos tener demasiados visitantes interestelares en un solo año, ¿eh? —preguntó Bent.

—Parece muy improbable —admitió Arthur.

—¿Pero no imposible? —prosiguió Bent.

—No más allá de toda posibilidad, pero sí difícil de concebir.

—De todos modos, seguimos ignorando totalmente lo que hay ahí fuera, ¿no? —preguntó Forbes, alisándose el pelo rubio blanco con una mano.

—Puede haberse producido una migración de máquinas, que haya alcanzado finalmente estas inmediaciones —añadió French—. Quizá civilizaciones enteras se han desarrollado a lo largo de un mismo esquema evolutivo y, como la lluvia precipitándose de una nube, ha llegado el momento en que…

Bent se inclinó sobre sus ahora vacíos platos de bistec, huevos y fruta.

—Somos un grupo optimista, doctor Gordon. Nuestra nación es más joven que la de ustedes. Déjeme decir antes que nada que tenemos interés en que algo bueno resulte de todo esto. El primer ministro y el gabinete, sin mencionar al reverendo Caldecott… —Miró a su alrededor, sonriendo ampliamente. Forbes y French imitaron su sonrisa—. Todos creemos que esto puede situarnos en primera línea delante de todas las naciones. Podemos convertirnos en el centro de una inmensa actividad: construcción, educación, investigación. Si la Caldera es algo horrible, cosa que parece, nosotros podemos seguir aferrándonos a la noción de que la Roca es algo distinto. Nos sirva bien o no. ¿Me he expresado bastante claro?

—Perfectamente claro —dijo Rotterjack—. Nos gustaría estar de acuerdo con usted. —Miró a Arthur.

—Pero no podemos —dijo Arthur.

—Por el momento, pues, un desacuerdo amistoso y una mente abierta. Caballeros, tenemos un helicóptero aguardando.

A la luz de última hora de la mañana, los colores de la Roca se habían fundido a un brillante bermellón con franjas ocres. Arthur miró a través de las redes concéntricas de pequeños arañazos de las ventanillas de plexiglás del helicóptero y agitó la cabeza.

—El detalle es sorprendente —gritó por encima del zumbido de los chorros y el golpetear de las aspas.

Warren asintió, con los ojos fruncidos contra el repentino resplandor del sol.

—Es granito, sí, pero no hay exfoliación. Las franjas son verticales, lo cual no encaja en absoluto con esta zona…, es más apropiado de Ayers Rock que de aquí. ¿Y dónde está la erosión del viento, los huecos y depresiones? Es una imitación razonablemente convincente…, a menos que seas geólogo. Pero mi pregunta es: ¿por qué todos estos problemas para camuflar la Roca, cuando sabían que iban a salir a darse a conocer?

—No han respondido explícitamente a varias de nuestras preguntas —admitió Bent—. Directamente debajo de nosotros está la abertura por la que salen nuestros shmoos para conferenciar con nosotros. Hemos localizado otras dos aberturas, ambas muy pequeñas…, no más de un metro de ancho. Nada ha emergido de ellas. No hemos enviado a nadie al interior para investigar las aberturas. Creemos que es mejor confiar en ellos…, no hay que mirar la dentadura de un caballo regalado, ¿verdad?

Arthur asintió, dubitativo.

—¿Qué hubieran hecho ustedes? —preguntó Bent, dejando entrever un asomo de irritación y perplejidad.

—Lo mismo, probablemente —dijo Arthur.

El helicóptero trazó un par de círculos encima de la Roca y luego se posó al lado del remolque de conferencias. El ruido del motor decreció a un rítmico gruñir y las palas giraron lentamente. Arthur, los australianos y Rotterjack cruzaron la zona de polvo rojo y gravilla hasta el remolque gris y blanco. Se alzaba un metro sobre el suelo, apoyado en gruesas patas de hierro y bloques de cemento, con las ocho ruedas colgando tristemente.

Bent extrajo un llavero y abrió la puerta de aluminio pintada de blanco, dejando entrar a Gordon, Rotterjack y Warren pero pasando delante de Forbes y French. Dentro, el acondicionador de aire zumbaba suavemente. Arthur se secó la frente con un pañuelo y expresó su alivio ante el fresco ambiente. Forbes y French trajeron sillas a la mesa de conferencias. French conectó un monitor, y se sentaron para observar la abertura en la Roca, esperando ansiosamente a que aparecieran los shmoos.

—¿Han pedido alguna vez viajar a otra parte? —preguntó Arthur.

—No —respondió Bent—. Como ya he dicho, nunca abandonan las inmediaciones.

—¿Y no han revelado si pronto van a aterrizar más?

—No.

Arthur alzó las cejas. Tres objetos resplandecientes con forma de calabaza emergieron de pronto del agujero de dos metros de ancho y descendieron hasta flotar entre treinta y cuarenta centímetros por encima del irregular suelo. Oscilando y cabeceando graciosamente, los shmoos atravesaron el medio kilómetro que separaba el remolque de la Piedra, uno al lado del otro, recordando a Arthur tres pistoleros del Oeste acercándose para un arreglo de cuentas.

Se dio cuenta de que le temblaban las manos. Rotterjack se inclinó hacia Arthur y dijo con toda sinceridad:

—Estoy asustado. ¿Y usted?

Bent les miró a ambos con una cansada y ambigua expresión.

Lo hemos traído a nuestra pesadilla. Era inocente hasta que llegamos nosotros. Estaba en el cielo de los científicos.

Una amplia portilla se abrió en el lado opuesto del remolque, dejando entrar un soplo de aire caliente y el cálido y polvoriento olor de la vegetación. Al resplandor exterior de la luz del sol, los shmoos ascendieron una amplia rampa y flotaron al interior del remolque, deteniéndose en el lado opuesto de la mesa de conferencias. La portilla se cerró de nuevo. El compresor del aire acondicionado sonó un poco más fuerte en el techo.

Arthur examinó los resplandecientes robots. Más allá de su forma y del opaco brillo metálico azulado de sus superficies, carecían de rasgos distintivos; no había aparatos sensores visibles, ni rejillas para producir sonidos, ni brazos extensibles. Nada.

Bent se inclinó hacia delante.

—Bienvenidos. Éste es nuestro decimoquinto encuentro, y esta vez he invitado a tres huéspedes a que asistan a él. Más adelante asistirán otros. ¿Se encuentran ustedes bien? ¿Todo es satisfactorio?

—Todo es satisfactorio —respondió el robot del centro. Su voz era ambiguamente de tenor, ni masculina ni femenina. Las inflexiones y el acento australiano asumido eran perfectos. Arthur pudo imaginar fácilmente a un joven culto y próspero detrás de aquella voz.

—Esos caballeros, David Rotterjack, Charles Warren y Arthur Gordon, han viajado desde nuestra nación aliada, los Estados Unidos de América, para hablar con ustedes y formularles importantes preguntas.

—Nuestra bienvenida al señor Rotterjack y al señor Warren y al señor Gordon. Aceptaremos todas las preguntas.

Rotterjack parecía asombrado. Puesto que era claramente incapaz de hablar el primero, Arthur miró directamente al shmoo del centro y dijo:

—Tenemos un problema.

—Sí.

—En nuestro país hay un dispositivo similar al suyo, camuflado como un cono de escoria volcánica. De ese dispositivo emergió un ser biológico. —Relató concisamente los acontecimientos subsiguientes, maravillándose de su aparente tranquilidad—. Resulta claro que la historia de ese ser contradice la de ustedes. ¿Podrían explicarnos, por favor, esas contradicciones?

—Tampoco tienen sentido para nosotros —dijo el robot de en medio. Arthur controló un ansia repentina de alzarse y echar a correr; el tono de la máquina era suave, completamente controlado, de alguna forma superior—. ¿Está seguro de sus hechos?

—Tan seguro como podemos estarlo —dijo Arthur, sintiendo que su urgencia de huir era reemplazada por la irritación, luego por la furia. Realmente están empleando prácticas obstruccionistas. ¡Maldita sea!

—Esto es muy desconcertante. ¿Tiene imágenes de esos acontecimientos, o algún otro tipo de información registrada que podamos examinar?

—Sí. —Arthur colocó su maletín sobre la mesa y extrajo un fajo de fotos a color. Extendió las fotos delante de los shmoos, que no hicieron ningún movimiento aparente para examinarlas.

—Hemos registrado su evidencia —dijo el robot central—. Seguimos estando desconcertados. ¿Esto quizá sea atribuible a alguna fricción entre sus naciones?

—Como ha dicho el señor Bent, nuestras naciones son aliadas. Hay muy poca fricción entre nosotros.

La habitación permaneció en silencio durante varios segundos. Luego Rotterjack dijo:

—Creemos que ambos dispositivos, el suyo y el objeto con forma de cono de escoria de California, están controlados por el mismo… grupo de personas. ¿Pueden demostrarnos ustedes que estamos equivocados?

—¿Grupo? ¿Implica usted que el otro, si existe, es controlado por nosotros?

—Sí —dijo Arthur. Rotterjack asintió.

—Esto no tiene sentido. Nuestra misión aquí es clara. Les hemos dicho a todos sus investigadores que deseamos introducir a los humanos suave y eficientemente a las culturas y tecnologías de otras inteligencias. No hemos hecho gestos amenazadores de ningún tipo.

—Efectivamente, no lo han hecho —dijo apaciguadoramente Bent—. ¿Es posible que haya facciones entre los suyos que se opongan a sus acciones? ¿Alguien que esté intentando quizá sabotear su trabajo?

—Esto es poco probable.

—¿Pueden ofrecer alguna otra explicación? —preguntó Bent, claramente frustrado.

—Ninguna explicación se nos aparece como evidente. Nuestro aparato no está equipado para desmantelar mundos.

Arthur extrajo otro fajo de fotos y las esparció delante de los robots.

—Hace medio año, un satélite del planeta que llamamos Júpiter…, ¿están ustedes familiarizados con Júpiter?

—Sí.

—Su sexta luna, Europa, desapareció. Desde entonces no hemos sido capaces de localizarla. ¿Pueden explicárnoslo?

—No, no podemos. No somos responsables de ningún fenómeno a tan gran escala.

—¿Pueden ayudarnos a resolver esos misterios? —preguntó Bent, con un asomo de desesperación en su voz. Estaba experimentando claramente la misma sensación de temor que desde hacía tiempo se había apoderado de todos los asociados con el aparecido de la Caldera. Las cosas no mejoraban. La falta de explicaciones en aquel estadio podían ser el equivalente a una provocación…

—No tenemos explicación para ninguno de estos acontecimientos. —Luego, en tono más conciliador—: Son desconcertantes.

Bent miró a Arthur: No estamos yendo a ninguna parte.

—Quizá debiéramos empezar con nuestra planificación regular del día.

El robot no habló durante varios segundos. Visiblemente nervioso, Bent tensó sus crispadas manos sobre la mesa.

—Es posible que exista un problema de comunicación —dijo el robot al fin—. Quizá todas esas dificultades puedan ser superadas. La sesión de hoy no es importante. Cancelaremos esta reunión y volveremos a reunirnos más tarde.

Sin otras palabras, ignorando las educadas observaciones de Quentin Bent, los shmoos se levantaron, retrocedieron de la mesa y cruzaron la portilla. El calor del desierto golpeó de nuevo a los hombres en el remolque antes de que la portilla volviera a cerrarse.

Desconcertados por el repentino fin de la entrevista, se quedaron mirándose simplemente los unos a los otros. Bent estaba al borde de las lágrimas.

—De acuerdo —dijo, poniéndose en pie. Miró al monitor de televisión colgado alto en un rincón. Las cámaras reflejaban el regreso de los shmoos a la Roca—. Veremos…

Un repentino crujido y un fuerte rugir sacudió el remolque. Arthur cayó de su silla en una aparente cámara lenta, golpeó contra la silla de Rotterjack, y pensó mientras caía: Ya ha empezado. Aterrizó en el suelo sobre manos y posaderas y se puso rápidamente en pie, aferrándose a una pata de la mesa. Bent señalaba hacia el monitor, que aún funcionaba pese a que vibraba intensamente en su soporte. Los shmoos habían desaparecido.

—Han estallado —dijo—. Lo vi. ¿Lo ha visto alguien más…, ahí en la pantalla? ¡Simplemente estallaron!

—Jesús —dijo Rotterjack.

—¿Alguien les está bombardeando? —preguntó Forbes, mirando agudamente a Rotterjack y Arthur.

—Sólo Dios lo sabe —murmuró Bent. Salieron fuera del remolque y siguieron al desorganizado grupo de científicos y soldados sendero abajo, hacia donde habían sido vistos por última vez los shmoos. A cincuenta metros de distancia en dirección a la Roca había tres cráteres en el suelo, cada uno de un par de metros de diámetro. Los robots no habían dejado ninguna huella de su presencia…, ni fragmentos ni marcas de quemaduras.

Quentin Bent se inclinó sobre el lugar con las manos en las rodillas, sollozando y maldiciendo mientras contemplaba a través de la cegadora luz del mediodía que inundaba la llanura hacia la Roca.

—¿Qué ocurrió? Por todos los infiernos, ¿qué ocurrió?

—No ha quedado nada —murmuró Forbes. French asintió vigorosamente, el rostro rojo como una remolacha. Ambos miraron a los americanos: era culpa suya.

—¿Lo sabe usted? —preguntó con voz fuerte Bent, volviéndose hacia Arthur—. ¿Es esto algún maldito truco norteamericano?

—No —dijo Arthur.

—Aviones, cohetes… —Bent se mostraba casi incoherente.

—No hemos oído ningún avión… —dijo French.

—Se destruyeron a sí mismos —murmuró Arthur suavemente, caminando alrededor de los cráteres, cuidando de no alterar nada.

—¡Eso es malditamente imposible! —chilló Bent.

—En absoluto. —Arthur se sintió profundamente helado, como si hubiera tragado una masa de hielo seco—. ¿Ha leído usted a Liddel Hart?

—¿De qué demonios está hablando? —gritó Bent con los puños apretados, acercándose a Arthur y luego retrocediendo de nuevo, sin objetivo aparente. Rotterjack se mantenía apartado de los hombres y de los cráteres.

—La Estrategia de Sir Basil Liddel Hart.

—Yo la he leído —dijo Rotterjack.

—Está usted loco —dijo French—. ¡Todos ustedes están completamente locos!

—Tenemos el incidente grabado en cinta —dijo Forbes, alzando las manos para calmar a sus colegas—. Debemos revisarlo. Podemos ver si fueron golpeados por algún proyectil o arma.

Arthur sabía muy bien que no estaba loco. Ahora todo estaba empezando a tener sentido para él.

—Lo siento —dijo—. Me explicaré cuando todos estemos en una mejor disposición de ánimo.

—¡Al diablo con eso! —dijo Bent, recuperando algo de su compostura—. Quiero al grupo de físicos aquí fuera inmediatamente. Quiero que se envíe un mensaje ahora mismo a la Roca. Si va a empezar una guerra aquí, no les demos la impresión de que la iniciamos nosotros.

—Nunca hemos enviado ni recibido transmisiones de la Roca —dijo Forbes, agitando la cabeza.

—No me importa. Envíen transmisiones, en tantas frecuencias como puedan. Este mensaje: «No somos responsables de la destrucción de los enviados.» ¿Lo ha entendido?

Forbes asintió y regresó al remolque para transmitir las órdenes.

—Señor Gordon, intentaré con todas mis fuerzas ponerme en mejor disposición de ánimo. ¿Qué demonios tiene que ver la estrategia con esto? —preguntó Bent, de pie en el lado opuesto de los tres cráteres.

—El enfoque indirecto —dijo Arthur.

—¿Que significa?

—Nunca te acerques a tu adversario desde una dirección esperada, o con tus objetivos claros.

Bent, fuera cual fuese su disposición de ánimo, captó rápidamente aquello.

—¿Está diciendo que todo ha sido una treta?

—Creo que sí.

—Pero entonces su Huésped es una treta también. ¿Por qué deberían decirnos que iban a destruir el planeta, y luego hacer que pareciera un fraude…, y decirnos que iban a salvarnos, y que eso fuera un fraude también?

—No lo sé —dijo Arthur—. Para confundirnos.

—¡Maldita sea, son poderosos hasta más allá de nuestros más locos sueños! Construyen montañas de la noche a la mañana, viajan por el espacio en enormes naves y, si lo que usted dice es cierto, desmantelan mundos enteros…, ¿por qué deberían molestarse en engañarnos? ¿Por qué enviar sus saludos a un maldito hormiguero antes de pisotearlo?

Arthur no podía responder a aquello. Agitó la cabeza y alzó las manos. El calor hacía que se sintiera mareado. Sorprendentemente —o no tan sorprendentemente—, lo que más le preocupaba ahora era cómo reaccionaría el presidente cuando supiera lo que había ocurrido allí.

—Tenemos que hablar con Hicks primero —le dijo a Rotterjack mientras subían a la camioneta que les llevaría de vuelta al perímetro exterior.

—¿Por qué? ¿Acaso no tenemos ya bastantes problemas?

—Hicks… puede ser capaz de explicarle las cosas al presidente. De una forma que él escuche.

Rotterjack bajó la voz hasta un susurro en la parte de atrás del vehículo.

—Se va a desencadenar un infierno. McClennan y Schwartz y yo vamos a tener una auténtica pelea… ¿De qué lado está usted?

—¿Perdón?

—¿Vota por el Armagedón, o tenemos alguna posibilidad?

Arthur empezó a responder, pero cerró la boca y agitó la cabeza.

—Crockerman se pondrá furioso cuando sepa esto —dijo Rotterjack.

Arthur llamó a Oregón desde el aeropuerto de Adelaida mientras aguardaba a que el coche del Ejército acudiera a recoger al grupo de los Estados Unidos. Estaba agotado de todo el día y del largo vuelo de vuelta. Era primera hora de la mañana en Oregón, y Francine respondió con voz soñolienta.

—Lamento despertarte —dijo Arthur—. No voy a poder llamarte durante un par de días.

—Me alegra oírte. Te quiero.

—Te echo desesperadamente en falta. Me siento como un hombre al que le han cortado todos los hilos. Ya nada es real.

—¿Qué puedes contarme?

—Nada —dijo Arthur, pellizcándose ligeramente la mejilla.

—Bien, entonces tengo algo que decirte. ¿Adivinas quién llamó?

—Oh, no lo sé. ¿Quién? No…

—Lo has adivinado. Chris Riley. Me dijo que lo anotara: «Han sido descubiertos dos nuevos objetos no habituales del tamaño de asteroides, cada uno de ellos de unos doscientos kilómetros de diámetro. Viajan siguiendo órbitas altamente inusuales…, ambas hiperbólicas. Puede que sean, o puede que no, enormes y muy jóvenes cometas.» ¿Tiene esto algún sentido para ti? Él dijo que lo tendría.

—¿Fragmentos de Europa?

—¿No es romántico? —preguntó Francine, aún soñolienta—. Dijo que pensarías eso.

—Adelante —murmuró Arthur, sintiendo incrementarse la sensación de irrealidad.

Ella siguió leyendo el mensaje.

—«Si son fragmentos de Europa, viajan por caminos virtualmente imposibles, enormemente separados. Uno de ellos tendrá una cita con Venus el año próximo, cuando Venus se halle…» Un momento. Tengo otra página aquí, «…en conjunción superior. El otro tendrá una cita con Marte a finales de 1997.» ¿Captado todo?

—Creo que sí —dijo Arthur.

—Marty está dormido, pero me indicó que te dijera que Gauge ya se sienta y se pone de pie sobre sus patas traseras a su orden. Está muy orgulloso de ello. También ha terminado todos los libros sobre Tarzán.

—Chico listo. —Cerró los ojos por un momento, y experimentó un momentáneo oscurecimiento—. Corazón, me muero de pie. Voy a caerme redondo si no consigo dormir un poco ahora mismo.

—Los dos esperamos que vuelvas pronto a casa. Me he acostumbrado a tenerte a mi alrededor, yendo de un lado para otro. La casa parece vacía ahora.

—Te quiero —dijo Arthur, con los ojos aún cerrados, intentando visualizar su rostro.

—Yo también te quiero.

Subió al coche al lado de Warren y Rotterjack.

—¿Qué han oído acerca de dos asteroides de hielo? —les preguntó.

Agitaron negativamente las cabezas.

—Uno probablemente caerá en Venus, y el otro se estrellará contra Marte, ambos el año próximo.

Warren, pese a su agotamiento, le miró con la boca abierta. Rotterjack pareció desconcertado.

—¿Qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó.

—No lo sé —respondió Arthur.

—Maldita coincidencia —dijo Warren, agitando la cabeza.

—¿Van a estrellarse contra Venus y Marte? —preguntó Rotterjack, captando lentamente las implicaciones.

—El año próximo —dijo Arthur.

El asesor científico del presidente apretó los labios y asintió, mirando a través de la ventanilla el tráfico que pasaba por su lado, no muy intenso a última hora de la tarde.

—Eso no puede ser una coincidencia —dijo—. ¿Qué demonios está ocurriendo, en nombre de Cristo?

25

1 de noviembre, hora del Pacífico oriental

(2 de noviembre, EE.UU.)

Walt Samshow avanzó con la gracia de la larga costumbre por las escalerillas del Glomar Descubridor, deslizando sus manos por las barandillas mientras sus pies golpeaban rápidamente, casi rozándolos tan sólo, los escalones, clavando la barbilla en su clavícula para no golpear con su curtida, pecosa y calva cabeza contra las mamparas. Fueran cuales fuesen los efectos que la edad imponían sobre él en tierra, se desvanecían aquí; se sentía mucho más ágil en el mar que en suelo firme. Samshow, un hombre delgado, de largas piernas y rostro estrecho, había pasado más de dos terceras partes de sus setenta y un años en el mar, diez años en la Marina, de 1942 a 1952, y luego otros cuarenta años de investigación oceanográfica.

En lo más profundo de las entrañas del barco, espaciados en la por otra parte vacía bodega, estaban sus actuales retoños: tres gravímetros cilíndricos de acero gris, de la altura de un hombre, puestos de pie, que medían los gradientes de gravedad de la sima que se abría a diez mil metros de profundidad. El Descubridor efectuaba su sexta pasada por encima de la fosa de Ramapo. El mar al otro lado del casco era casi cristalino, y el barco avanzaba a unos firmes diez nudos, tan estable como sobre un lecho de roca, las condiciones ideales para ese tipo de trabajo. Probablemente conseguirían una exactitud de más menos dos miligales sobre la media de las seis pasadas.

Samshow descendió a la bodega, sus pies golpeando ligeramente el suelo de acero recubierto de corcho. Su compañero David Sand, mucho más joven que él, le sonrió, su rostro verde y púrpura como el de un cadáver a la luz del monitor a color. Samshow le presentó la bandeja de aluminio con tapa que había traído del comedor.

—¿Qué toca hoy? —preguntó Sand. Tenía la mitad de la edad de Samshow y pesaba aproximadamente la mitad más que él, fuerte y de rostro ancho, con unos ojos azul pálido, una nariz escocesa respingona y un cráneo lleno de recio pelo castaño rojizo. Samshow retiró la tapa de la bandeja. En lo más profundo de los pensamientos del viejo oceanógrafo, Sand se había convertido en uno más de sus muchos hijos; trataba a sus jóvenes ayudantes con el duro afecto que hubiera dedicado a sus propios hijos. Sand sabía aquello y lo apreciaba; en toda su carrera probablemente no encontraría un maestro, compañero o amigo mejor que Walt Samshow.

—Lenguado frito, pastel de espinacas y remolacha —dijo Samshow. El cocinero filipino del barco se sentía orgulloso de sus comidas occidentales, que servía dos veces por semana.

Sand hizo una mueca y agitó la cabeza.

—Esto me hará más pesado…, puede afectar los resultados. —Samshow depositó la bandeja a su lado y contempló los gravímetros, espaciados formando un triángulo en dos esquinas y en el centro de la mampara opuesta.

—No quisiera arruinar una tarde increíble —murmuró Sand. Pulsó intensamente unas cuantas teclas, hizo un gesto con la cabeza a la pantalla, y clavó el tenedor en la remolacha.

—¿Tan buena es?

—Casi malditamente perfecta —dijo Sand—. Comeré, y luego puede reemplazarme dentro de una hora.

—Se te van a caer los ojos al suelo —advirtió Samshow.

—Soy joven —respondió Sand—. Me crecerá otro par.

Samshow sonrió, regresó a la escalerilla y ascendió por el laberinto de corredores y compuertas hasta cubierta. El Pacífico se extendía alrededor del barco tan denso y lento como jarabe, ondulando iridiscente plata y negro terciopelo. El aire era sorprendentemente seco y claro. El cielo estaba lleno de estrellas de horizonte a horizonte, hasta unos pocos grados de distancia de una luna que era apenas una astilla, una cosa delgada perdida en el bostezo de la noche. Samshow descansó los pies en la cadena del ancla cerca de la proa y suspiró satisfecho. El trabajo de la semana había sido largo y se sentía cansado de una forma agradable, contento, sumido en la melosidad de los resultados satisfactorios.

Miró su navegador de bolsillo, unido a una señal Navstar. La primera aproximación del display luminoso decía: ›E142°32'10'' N30°45'20''‹, lo cual situaba al Descubridor a unos 130 kilómetros al este de la isla Toru. En otras cuatro horas podrían dar de nuevo la vuelta para efectuar otra pasada.

Eructó contento y empezó a silbar «Collar de perlas».

Samshow había sobrevivido a una esposa tras treinta años de tormentoso y bendito matrimonio, el auténtico amor de su vida, y ahora tenía dos espléndidas mujeres que se ocupaban de él cuando estaba en tierra, unos siete meses al año. Una estaba en La Jolla, una viuda rica y regordeta, y la otra en Manila, una filipina de pelo negro treinta años más joven que él, lejanamente emparentada con el hacía mucho tiempo desaparecido y lamentado presidente Magsaysay.

Era una noche cálida y extrañamente seca, tranquila y silenciosa, una noche para los pensamientos profundos y los viejos recuerdos. Sintió un repentino asalto de lasitud; al infierno con la ciencia, al infierno con los perfectos resultados y los más menos dos miligales. Preferiría estar paseando por alguna playa, observando las rompientes estallar en fosforescencias. La sensación pasó pero dejó su huella; era una de las pocas maneras en que su cuerpo le decía que se estaba haciendo viejo. Se volvió y pasó por encima de la cadena del ancla, y luego se inmovilizó al captar algo extraño en la mitad superior de su visión.

Echó hacia atrás la cabeza. Un pequeño punto de luz trazaba un rápido arco desde el norte: un satélite, pensó…, o un meteoro. Ahora apenas podía verlo. El punto casi se había perdido entre las estrellas cuando de pronto brilló con intensidad, como una antorcha, arrojando dos claras llamaradas al menos tres grados hacia el sur. Las llamaradas iluminaron todo el mar como fantasmagórico peltre, y luego se apagaron. El objeto, mucho menos brillante ahora, pasó directamente sobre su cabeza. Tomó nota mental de la posición —aproximadamente la altura de las cuatro—, y estaba deduciendo por qué constelación había aparecido cuando el objeto brilló de nuevo a unos veinte grados más al sur, mucho más pequeño, apenas una cabeza de alfiler. Nunca había visto un meteoro así…, algo realmente extraordinario, una bola de fuego intermitente.

—¡Hey, en el puente! —gritó—. ¡Mirad arriba! ¡Hey, todo el mundo, observad esto!

El punto de luz cayó con la suficiente lentitud como para poder ser seguido fácilmente. Al cabo de unos pocos minutos alcanzó el horizonte y desapareció, dejando pequeñas manchas rojas y verdes nadando en su visión.

Allá donde golpeó el océano se elevó una columna de agua y vapor, apenas visible a la luz de la luna, irradiando un halo de nubes hasta unos diez grados por encima del horizonte.

—Jesús —dijo Samshow. Se dirigió hacia el puente para preguntar si alguien más lo había visto. Nadie había respondido a su grito. Estaba a medio camino de subir la escalerilla cuando un horrendo estremecimiento, como un golpe de gong, sacudió todo el barco. Se detuvo, sorprendido, y terminó de subir al puente.

El primer oficial, un vehemente joven chino llamado Chao, miró a Samshow desde los controles. El puente y la mayor parte de los instrumentos estaban iluminados por una suave luz rojiza, para no deteriorar la visión nocturna.

—Se acerca una gran tormenta —dijo Chao, señalando hacia el display de status del barco—. Y rápido. Un tifón, una tromba marina. No sé.

Cuatro hombres saltaron al puente desde tres escotillas distintas, y una serie de voces chillaron por el intercom desde todo el barco.

—Un meteoro —explicó Samshow—. Simplemente cayó, levantando un gran surtidor a unos treinta kilómetros al sur.

El capitán Reed, veinte años más joven que Samshow pero más canoso y curtido que él, apareció en el puente desde su cabina, hizo una seca inclinación de cabeza y lanzó una dubitativa mirada a su alrededor.

—Señor Chao, ¿qué es todo esto?

—Un golpe de viento, capitán —dijo Chao—. Una tormenta malditamente grande. Y acercándose aprisa. —Señaló hacia las brillantes imágenes del radar. Las nubes avanzaban hacia ellos formando una guadaña azul y roja. La tormenta era ya visible a través del cristal delantero.

David Sand apareció desde abajo, jadante, el rostro enrojecido y maldiciendo.

—Walt, fuera lo que fuese esto, lo ha estropeado todo. Tenemos…, ¡Jesucristo! —Se recuperó de la visión del frente que se acercaba y empezó a maldecir de nuevo—. Todo estaba yendo estupendamente, y ahora en los gráficos no hay más que dientes de sierra.

—¿Dientes de sierra? —preguntó el capitán Reed.

—Anomalías de longitud de onda extremadamente corta. Un profundo declive, cero por unos instantes, luego un lento incremento…, ¡todo arruinado! Tendremos que volver a recalibrarlo todo, quizás incluso enviar los tres tubos de vuelta a Maryland.

El capitán ordenó que la nave pusiera proa a la tormenta. Advertencias, toques de silbato, gritos y timbrazos sonaron por todo el barco.

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Sand, dejando finalmente que la preocupación reemplazara su irritación.

—Un meteoro —dijo Samshow—. Uno grande.

El frente golpeó siete minutos después de que Samshow viera la bola de fuego caer en el horizonte.

El barco cayó hacia delante en las simas de unas olas como cañones, hundiéndose diez y quince metros entre negras aguas, y luego se alzó de nuevo sobre las crestas, con la proa apuntando ahora al cielo azotado por la lluvia. Samshow y Sand se aferraron fuertemente a las barandillas montadas en las mamparas del puente, sonriendo como estúpidos, mientras la tripulación se afanaba en controlar el barco y el capitán miraba pétreamente hacia delante.

—¡He pasado por cosas peores! —gritó Samshow a su compañero sobre el rugir general.

—¡Yo creo que no! —respondió Sand, también gritando.

—Es apasionante. Algo realmente exótico… ¡una auténtica novedad! Observar un gran meteoro caer en medio del océano, y sus resultados. Será mejor que alertemos a todas las costas.

—¿Quién escribirá el artículo?

—Lo redactaremos juntos.

—Desconecté todos los instrumentos después de la anomalía. Tendremos que efectuar otras mediciones cuando todo se aclare.

El Descubridor, pensó Samshow, podía resistir fácilmente la tormenta. No iba a ser de mucha duración. Cuando estuvo seguro de aquello, mientras la violenta lluvia y las olas declinaban, se retiró a su aposento para examinar los hechos y cifras y ecuaciones que necesitaría para comprender exactamente lo que había ocurrido. Sand bajó tambaleante por las escaleras y corredores, deteniéndose en la escotilla de Samshow el tiempo suficiente para decirle que iba a comprobar de nuevo sus benditos gravímetros.

Al día siguiente, cuando llegó el momento de presentar la historia por radio a los jefes de la expedición en La Jolla, aún no habían elaborado por completo sus descubrimientos.

Una cosa les desconcertaba enormemente. Los tres gravímetros habían registrado simultáneamente la «sacudida». La anomalía no había sido causada por la onda de choque; los gravímetros habían sido diseñados para ser llevados a bordo tanto de aviones como de barcos, y podían sufrir un trato relativamente brusco sin reflejarlo. Además, la onda se choque se había producido después de la aparición de los dientes de sierra en el gráfico.

Sand reunió una lista de hipótesis, y reveló sinceramente una a Samshow cuando estuvieron a solas.

—En realidad es sencillo —dijo en la cocina, sobre un desayuno tardío de carne picada y tostadas con mantequilla—. Hice algunos cálculos y comparé los gráficos de los tres aparatos. Los tres tubos no están en realidad lo bastante alejados unos de otros como para hacer que los resultados sean definitivos, pero comprobé el registro digital de cada pico y hallé un intervalo de tiempo muy pequeño entre ellos. Sólo puedo explicar ese intervalo de una forma. Efectuando un análisis de marea, y restando la reacción del barco como un objeto sometido a la gravedad, las marcas muestran una enorme masa, de aproximadamente cien millones de toneladas, pasando en arco por encima.

—¿Desde qué dirección? —preguntó casualmente Samshow.

—Del norte, creo.

—¿A qué distancia?

—Cualquiera entre los cien y los doscientos kilómetros.

Samshow meditó aquello durante unos momentos. Hubiera sido lo que hubiera sido la bola de fuego, había sido algo demasiado pequeño para que su masa se acercara ni remotamente a las cien toneladas, y mucho menos a los cien millones. Hubiera esparcido el Pacífico como el café de una taza si hubiera sido un meteoro del tamaño de una montaña.

—De acuerdo —dijo—. Lo ignoraremos. Oficialmente es una anomalía.

—¿En todos los gravímetros? —preguntó Sand, sonriendo detestablemente.

PERSPECTIVA

Comentarista Agnes Linder, de la NBC National News, 2 de noviembre de 1996:

El último y retorcido giro de un retorcido año de elecciones presidenciales, la llegada de visitantes del espacio, casi desafía toda imaginación. Los ciudadanos de los Estados Unidos, demuestran los más recientes sondeos, se hallan en un estado de rígida incredulidad.

Los extraterrestres australianos han llegado a la Tierra demasiado pronto, han dicho algunos expertos; no estamos preparados para ellos, y no podemos empezar a comprender lo que pueden desear de nosotros.

El candidato presidencial Beryl Cooper y su compañero de campaña, Edgar Farb, han pasado a la ofensiva, acusando al presidente Crockerman de estar ocultando información proporcionada por los australianos, y preguntándose si de hecho los Estados Unidos no se hallan detrás de la destrucción —algunos dicen autodestrucción— de los representantes robot del Gran Desierto Victoria.

El pueblo norteamericano no se siente impresionado por estas acusaciones. ¿Cuántos de nosotros, me pregunto, poseen alguna respuesta concreta, emocional o racional? El escándalo de la destrucción de los extraterrestres se niega a ser difundido; las acusaciones del gobierno australiano de complicidad norteamericana han sido prácticamente ignoradas en todo el mundo.

Hemos vivido nuestras vidas en un planeta que no ha sido molestado por fuerzas exteriores, y ahora nos vemos obligados a expandir enormemente nuestra escala de pensamiento. La tradición liberal occidental ha animado un tipo de política interna, autocrítica, conservadora en el auténtico sentido de la palabra, y el presidente Crockerman es el heredero de esta tradición. La política expansiva más previsora de Cooper y Farb todavía no ha pulsado una cuerda sensible en los norteamericanos, si tenemos que creer el más reciente sondeo de la NBC, que da a Crockerman un firme 30 por ciento de ventaja justo tres días antes de que los votantes acudan a las urnas. Y esto sin que el presidente emita ningún comunicado o presente ninguna política concreta respecto a los incidentes del Gran Desierto Victoria.

26

3 de noviembre

La señora Sarah Crockerman llevaba un solemne traje gris elegantemente hecho a la medida. Su denso pelo castaño estaba cuidadosamente peinado, y mientras servía a Hicks una taza de café éste vio que sus manos estaban inmaculadamente manicuradas, las uñas pintadas de bronce metálico, resplandeciendo suavemente a la grisácea luz invernal que penetraba por las ventanas panorámicas detrás de la mesa del comedor. El comedor estaba amueblado con madera de teca danesa color café, de una forma sobria pero cómoda. Más allá de las ventanas del segundo piso se extendía la amplia extensión verde del Jardín Botánico Nacional de los Estados Unidos.

Excepto un agente del Servicio Secreto asignado a Hicks, un hombre de rostro impasible llamado Butler, estaban a solas en el apartamento de Summit Street.

—El presidente mantuvo alquilado este piso en gran parte por mi insistencia —dijo la mujer, volviendo a colocar la cafetera sobre su tapete de punto. Le tendió la taza de café y se sentó en la silla situada oblicuamente con respecto a él, con sus rodillas enfundadas en nailón empujando contra la mesa mientras se volvía hacia Hicks—. Poca gente sabe que exista. Él piensa que tal vez podamos seguir manteniendo el secreto otro mes o dos. Después de eso será menos mi escondite privado, pero seguirá estando aquí. Espero que se dé cuenta de lo mucho que significa este secreto para mí.

Butler había salido a telefonear y ahora estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la puerta. Hicks pensó que parecía un bull-dog, y la señora Crockerman un perro de lanas moderadamente rechoncho.

—Mi esposo me ha contado sus preocupaciones, naturalmente —dijo—. No puedo decir que comprenda todo lo que está pasando, o… que esté de acuerdo con todas sus conclusiones. He leído los informes, la mayor parte de ellos, y el documento que usted preparó para él. No le está escuchando, supongo que ya lo sabe.

Hicks no dijo nada, mirando por encima del borde de su taza. El café era muy bueno.

—Mi esposo es así de peculiar. Mantiene a sus asesores mucho tiempo después de que hayan servido para su propósito o haga caso de sus consejos. Intenta mantener una apariencia de imparcialidad y una mente abierta, con todas esas personas a su alrededor que no están de acuerdo con él. Pero muy a menudo no escucha. No le está escuchando a usted ahora.

—Me doy cuenta de ello —dijo Hicks—. He sido trasladado fuera de la Casa Blanca. A un hotel.

—Así me ha informado mi secretario. ¿Está aún a su disposición si el presidente le necesita?

Hicks asintió.

—Estas elecciones deben haber sido un infierno para él, pese a que no ha hecho una campaña dura. Su «estrategia». Dejemos que Beryl Cooper se cuelgue él mismo. Todavía no está acostumbrado a ser el que manda.

—Mis simpatías —dijo Hicks, preguntándose adónde quería ir a parar la mujer.

—Deseaba advertirle a usted. Mi esposo está pasando mucho tiempo con un hombre cuya presencia en la Casa Blanca, en especial durante la campaña, nos altera a muchos de nosotros. ¿Ha oído hablar alguna vez de Oliver Ormandy?

Hicks negó con la cabeza.

—Es muy conocido en los círculos religiosos americanos. Es muy inteligente, como suelen serlo ese tipo de hombres. Ha mantenido su rostro fuera de la política, y fuera de las noticias, durante los últimos años. Todos los demás estúpidos —prácticamente escupió la palabra— se han convertido en payasos ante el ojo de cíclope de los medios de comunicación, pero no Oliver Ormandy. Conoció por primera vez a mi esposo durante la campaña, en una cena celebrada en la Universidad Robert James. ¿Conoce ese lugar?

—¿Es donde pidieron permiso para armar a sus guardias de seguridad con metralletas?

—Sí.

—¿Está Ormandy a cargo de eso?

—No. Deja esas cosas a uno de los payasos aullantes. Él da la bienvenida a los políticos entre bastidores. Ormandy es completamente sincero, ¿sabe? ¿Más café?

Hicks extendió su taza, y ella le sirvió más.

—Bill ha visto a Ormandy varias veces esta semana pasada. Le he preguntado a Nancy, la secretaria ejecutiva del presidente, de qué hablaron. Al principio se mostró reacia a decírmelo, pero… Estaba preocupada. Solamente estuvo en la habitación durante unos pocos minutos en la segunda reunión. Dijo que hablaron del fin del mundo. —El rostro de la señora Crockerman parecía esculpido en yeso, con una rígida irritación—. Estaban hablando de los planes de Dios hacia esta nación. Nancy dijo que el señor Ormandy parecía exuberante.

Hicks miró la mesa. ¿Qué podía decir? Crockerman era el presidente. Podía ver a quien quisiera.

—No me gusta esto, señor Hicks. ¿Y a usted?

—En absoluto, señora Crockerman.

—¿Qué es lo que sugiere?

—Como usted muy bien dice, él ya no me escucha.

—Él ya no escucha ni a Carl ni a David ni a Irwin…, ni a mí. Está obsesionado. Ha estado leyendo la Biblia. Las partes locas de la Biblia, señor Hicks. El libro de las Revelaciones. Mi esposo no era así hace unas semanas. Ha cambiado.

—Lo siento mucho.

—Ha convocado reuniones del Gabinete. Están examinando el impacto económico. Hablando acerca de efectuar un anuncio después de las elecciones. ¿No hay nada que usted pueda decirle…? —preguntó—. Parecía haber depositado gran confianza en usted al principio. Quizás incluso ahora. ¿Cómo llegó a confiar de este modo en usted? Hablaba de usted muy a menudo.

—Fueron unos momentos difíciles para él —dijo Hicks—. Me conoció después de su encuentro con el Huésped. Había leído mi libro. Nunca estuve de acuerdo con su afirmación…

—Castigo. En nuestro dormitorio, ésta es ahora la palabra clave. Casi sonríe cuando habla acerca de la utilización de la palabra por parte de Ormandy. Castigo. Qué trillada suena. Mi esposo nunca fue trillado, y nunca un partidario de los fanáticos religiosos, políticos o de cualquier otra clase.

—Esto nos ha cambiado a todos —dijo suavemente Hicks.

—No deseo la ruina de mi esposo. Ese Huésped descubrió su debilidad, cosa que nadie en tres décadas de política, y yo he estado con él todo el tiempo, había conseguido. El Huésped lo abrió en canal, y Ormandy se arrastró por la herida. Ormandy puede destruir al presidente.

—Comprendo. —Podría hacer algo peor que eso, pensó Hicks.

—Por favor, ¿hará algo? Intente hablar de nuevo con mi esposo. Le conseguiré una cita. El hará eso por mí, estoy segura. —La señora Crockerman contempló con añoranza las ventanas panorámicas, como si pudieran ser una escapatoria—. Incluso ha puesto tensión a nuestro matrimonio. Estaré con él la víspera de las elecciones, sonriendo y saludando con la mano. Pero ahora estoy pensando en este momento. No puedo resistirlo, señor Hicks. No puedo quedarme mirando cómo mi esposo se destruye a sí mismo.

Irwin Schwartz, el rostro largo y la frente pálida, un contraste sorprendente con sus enrojecidas mejillas, permanecía sentado en el borde de su escritorio, con una pierna alzada tanto como su barriga le permitía y la pernera de su pantalón dejando al descubierto un largo calcetín negro y unos cuantos centímetros cuadrados de peluda y blanquecina pantorrilla. Sobre su escritorio había una pequeña televisión de pantalla plana como si fuera un retrato de familia, con el sonido al mínimo de volumen. Una y otra vez, la pantalla reproducía la misma videocinta de la explosión de los emisarios robot australianos. Schwartz se inclinó al fin y apagó la pantalla con un grueso dedo.

A su alrededor, David Rotterjack y Arthur Gordon aguardaban de pie, Arthur con las manos en los bolsillos, Rotterjack frotándose la barbilla.

—El secretario Lehrman y el señor McClennan están en estos momentos con el presidente —dijo Schwartz—. No hay nada más que yo pueda decir. No creo gozar de su confianza.

—Ni yo —dijo Rotterjack.

—¿Qué hay con Hicks? —preguntó Arthur.

Schwartz se encogió de hombros.

—El presidente lo trasladó a un hotel hace una semana, y no le he visto desde entonces. Sarah llamó hace unos minutos. Habló con Hicks esta mañana, y está intentando conseguir una cita para él. Las cosas están muy tensas en estos momentos. Kermit y yo hemos sido echados varias veces. —Kermit Ferman era el secretario de audiencias del presidente.

—¿Y Ormandy?

—Ve al presidente cada día, durante al menos una hora. Fuera de agenda.

Arthur no podía apartar a Marty de sus errantes pensamientos. El sonriente rostro del muchacho se le presentaba detallado y claro en su memoria, aunque estático. Como su sosias. No podía conjurar una imagen completa del rostro de Francine, sólo rasgos individualizados, y eso le preocupaba.

—Carl le dio una última oportunidad —dijo Rotterjack.

—¿Cree que va a proporcionarle el buen viejo discurso «presidencial»? —preguntó Schwartz.

Rotterjack asintió.

Arthur miró entre ellos, desconcertado.

—Va a hablar con el presidente acerca de lo que significa ser presidencial —explicó Schwartz—. Llevar hielo a los esquimales, si me lo pregunta. El hombre sabe todo lo que hay que saber sobre presidenciabilidad.

—El día de las elecciones es pasado mañana. Ya es hora de recordárselo —dijo Rotterjack.

—Usted y yo sabemos que tiene estas elecciones aseguradas, tanto como pueden estar aseguradas unas elecciones. Lo que usted no comprende es lo que pasa por su cabeza —dijo Schwartz.

—Se supone que usted es su amortiguador, su parachoques, maldita sea —exclamó Rotterjack, agitando bruscamente un brazo y casi golpeando a Arthur. Arthur retrocedió unos pocos centímetros, pero ésa fue su única reacción—. Se supone que debe mantener usted a los locos idiotas alejados de él.

—Hemos hecho todo lo posible por salvarle de sí mismo —dijo Schwartz—. McClennan intentó ignorar sus sugerencias acerca de la preparación nacional. Volví a situar las reuniones con los gobernadores en la planificación general, perdí la agenda que había establecido con el presidente, cambié el tema de las reuniones del Gabinete. El presidente se limitó a sonreír y a tolerarnos, y siguió martilleando sobre lo mismo. Al final todo el mundo aceptó aguardar hasta después de las elecciones y la investidura. Pero entre ahora y luego tenemos que soportar a Ormandy.

—Me gustaría hablar con él —dijo Arthur.

—Todos nosotros también. Crockerman no lo prohibe específicamente…, pero Ormandy nunca permanece por aquí el tiempo suficiente como para que alguno de nosotros podamos abordarle. El hombre no es más que una maldita sombra en la Casa Blanca.

Rotterjack agitó la cabeza y sonrió.

—Diría usted que Ormandy es uno de ellos.

—¿De quiénes? —preguntó Schwartz.

—De los invasores.

Schwartz frunció el ceño.

—¿Sabe lo que va a ocurrir si el presidente lo hace público? Incluso nosotros empezaremos a pensar como crédulos idiotas.

—¿Ha pensado usted alguna vez en lo que puede estar ocurriendo? —insistió Rotterjack—. Si ellos «fabricaron» el Huésped, ¿no pueden hacer también robots que parezcan humanos, lo suficientemente humanos como para ser tomados como tales?

—Estoy más asustado de lo que puede hacernos esta idea que del hecho de que pueda llegar a ser cierta —dijo Arthur.

—Oh, bien, de acuerdo —dijo Rotterjack—. Tómela por lo que vale. Alguien ahí fuera está pensando en ello.

—Nos haría pedazos —murmuró Schwartz—. Sólo me pregunto qué es lo que quieren. Cristo, no sé lo que estoy diciendo.

—Quizá lo mejor sería que lo hiciéramos todo público —dijo Arthur—. No hemos conseguido nada manteniéndolo en secreto.

—No de la forma en que él lo ha hecho —dijo Rotterjack—. ¿Qué piensa hacer si McClennan fracasa… de nuevo? —preguntó a Schwartz.

—Después de las elecciones puedo dimitir —dijo Schwartz con un tono llano, neutro—. De todos modos, puede que él desee formar un Gabinete de guerra.

—¿Lo haría? ¿Dimitiría usted?

Schwartz contempló con aire ausente la moqueta azul. Arthur siguió su mirada, pensó en la miríada de privilegios que sugería aquel lujoso color, tan difícil de mantener limpio. Una miríada de atractivos capaces de mantener a hombres como Schwartz y Rotterjack en sus puestos.

—No —dijo Schwartz—. Soy demasiado malditamente leal. Si me hace esto…, si nos hace esto a todos, le odiaré malditamente. Pero él seguirá siendo el presidente.

—Hay un buen número de congresistas y senadores que lucharán por cambiar eso, si lo hace público —dijo Rotterjack.

—No lo sé.

—Ellos serán los auténticos patriotas, ¿sabe?, no usted y yo.

El rostro de Schwartz se llenó con un dolorido resentimiento y un franco reconocimiento. Asintió a medias, agitó a medias la cabeza y se puso en pie del escritorio.

—De acuerdo, David. Pero de alguna forma tenemos que mantener la Casa Blanca unida. ¿Qué otra cosa hay? ¿Quién ocupará su lugar? ¿El vicepresidente?

Rotterjack rió con ironía.

—De acuerdo —dijo Schwartz—. Arthur, si consigo una entrevista…, si consigo colársela al presidente aunque sea a la fuerza, ¿puede hacer que venga Feinman, y pueden usted, Hicks y Feinman hacer todo lo posible para… ya sabe? ¿Conseguir lo que nosotros no podemos?

—Si puede ser dentro de uno o dos días como máximo, y si no hay retrasos.

—¿Feinman está tan enfermo como eso? —preguntó Rotterjack.

—Se halla bajo tratamiento. Es difícil.

—¿Por qué no pudo buscar usted…? Oh, no importa —dijo Rotterjack.

Feinman es el mejor —respondió Arthur a la medio formulada pregunta.

Rotterjack asintió sombríamente.

—Lo intentaremos —dijo Arthur.

Arthur caminó por entre las multitudes vespertinas del Dulles, las manos en los bolsillos, sabiendo que el traje le colgaba por todos lados. Sabía también que su aspecto era el de un espantapájaros. Había perdido casi cinco kilos en las últimas dos semanas, y eso era algo que no podía permitirse, pero simplemente no tenía hambre.

Contempló la pantalla de llegadas y salidas de las American Airlines, vio que tenía media hora hasta que aterrizara el avión de Harry. Podía elegir entre intentar engullir un bocadillo o llamar a Francine y Marty.

Arthur seguía intentando recordar el rostro de su esposa. Podía dibujar su nariz, sus ojos, sus labios, su frente, la forma de sus manos, sus pechos, sus genitales, el liso y cálido estómago blanco y los pechos del color de la bruma a última hora de la mañana, la textura de su espeso pelo negro. Podía recordar su olor, cálido e intenso y como el pan, y el sonido de su voz. Pero no su rostro.

Eso la hacía aparecer como algo tan alejado, y a él como algo tan aislado. Tenía la impresión de haber pasado eones en oficinas y reuniones. No había ninguna realidad en una oficina, no había ninguna realidad entre un grupo de hombres hablando acerca del destino de la Tierra. Ciertamente, no había ninguna realidad rodeando al presidente.

La realidad estaba en volver junto al río, volver al dormitorio y la cocina de su casa, pero muy especialmente bajo los árboles, con el suave susurro del viento y la murmurante música del agua. Allí estaría siempre en contacto con ellos, podría verse aislado y sin embargo no a solas, fuera de la vista de su esposa e hijo y sin embargo capaz de volver en cualquier momento a ellos. Si debía llegar la muerte, ¿podía Arthur permanecer alejado de ellos, realizando siempre sus tareas de forma separada…?

El aeropuerto, como siempre, estaba atestado. Un enorme grupo de japoneses pasó apiñado junto a él. Sentía una atracción especial hacia los japoneses, más que hacia los extranjeros de su propia raza. Los japoneses estaban tan intensamente interesados y deseosos de relacionarse persona a persona. Rodeó el apiñado grupo, pasó junto a una familia alemana, marido y mujer y dos niñas intentando descifrar sus tarjetas de embarque.

No pudo recordar el rostro de Harry.

La cabina telefónica abierta, con su ineficiente medio huevo de plástico, aceptó su tarjeta de crédito y le dio las gracias con una cálida voz femenina de mediana edad, de aspecto docente y sin embargo menos rígida, impersonalmente interesada. Sintética.

El teléfono sonó seis veces antes de que recordara: Francine le había dicho la noche antes que Marty tenía hora con el dentista por la mañana.

Colgó y cruzó el vestíbulo central en dirección a un snack, donde encargó un bocadillo de pastrami de pavo y una coca cola. Veinticinco minutos. Sentado en un taburete alto junto a una mesa diminuta, se obligó a comer todo el bocadillo.

Pan. Mahonesa. Sabor de pavo bajo el sabor dominante del pastrami. Sólido pero no convincente. Hizo una mueca y se metió el último trozo de pan, ya sin carne, en la boca.

Por un momento, y no más, se sintió deslizar en una zanja espiritual, un pequeño y tranquilo albañal de desesperación. Simplemente abandonar, dejarlo correr todo, abrir los brazos a la oscuridad, arrojar toda la responsabilidad al país, a la esposa e hijo, a sí mismo. Terminar el juego…, eso era todo, ¿no? Retirar su pieza del tablero, observar cómo el tablero quedaba limpio, empezar un nuevo juego. Descansar. Sorprendentemente, saliendo de aquel albañal, tomó fuerzas y valor del pensamiento de que, si realmente iban a ser barridos del tablero, entonces podría descansar, y por fin habría un final a todo. Curioso como funciona la mente.

A las dos y cuarto se detuvo ante la puerta, a un lado de la multitud de amigos y familiares que aguardaban. Las dobles puertas se abrieron y dejaron salir a hombres de negocios y mujeres con bien cortados trajes grises y marrones y aquel extraño tono de azul iridiscente que estaba tan de moda, ojos de pavo real lo llamaba Francine; tres niños pequeños cogidos de la mano y seguidos por una mujer con una falda negra hasta la rodilla y una austera blusa blanca, y luego Harry, sujetando una valija de piel y con un aspecto más delgado, viejo, cansado que nunca.

—Bien —dijo Harry después de abrazarse y estrecharse las manos—. Me tienes a tu disposición durante cuarenta y ocho horas como máximo, y luego el médico me quiere de vuelta para seguir clavándome más agujas. Jesús. Tienes tan mal aspecto como yo.

En el pequeño coche del gobierno, serpenteando por el laberinto del aparcamiento de desnudo cemento, Arthur explicó las circunstancias de su reunión con el presidente.

—Schwartz ha conseguido media hora en la agenda de Crockerman. Las cosas van a ser muy tensas. Se supone que esta tarde ha de estar en New Hampshire para un último acto de la campaña. Hicks, tú y yo estaremos en la Oficina Oval con él, sin que nadie nos moleste, durante esa media hora. Haremos todo lo que podamos para convencerle de que está equivocado.

—¿Y si no lo conseguimos? —preguntó Harry. ¿Tenían sus ojos un color más claro? Parecían menos castaños que pardos ahora, casi como si se hubieran desteñido.

Arthur sólo pudo encogerse de hombros.

—¿Cómo te sientes?

—No tan mal como aparenta mi aspecto.

—Eso es bueno —dijo Arthur, intentando relajar aquel anónimo algo en su garganta. Sonrió tensamente a Harry.

—Gracias —dijo Harry—. Tengo una excusa, al menos. ¿Hay alguien más por ahí con el aspecto de extra de una película de vampiros?

—¿Cuánto pesas ahora? —preguntó Arthur. El coche salió a una acuosa luz solar. Había amenaza de nieve.

—He vuelto a los pesos pluma. Peso lo que pesaba en la escuela secundaria. El día de la graduación.

—¿Cuál es el diagnóstico?

Harry cruzó los brazos.

—Seguimos luchando.

Arthur le miró, frunció los labios y preguntó:

—¿Eso es una peluca?

—Lo adivinaste —dijo Harry—. Pero ya basta de toda esa mierda. Háblame de Ormandy.

Las grandes dobles puertas de la Oficina Oval se abrieron, y salieron tres hombres. Schwartz les hizo una inclinación de cabeza. Arthur reconoció al presidente de la Comisión de Valores y Divisas y al secretario del Tesoro.

—Una reunión de emergencia —murmuró Schwartz después que hubieron pasado. Hicks alzó una ceja interrogativa—. Están pensando en poner en ejecución la Sección 4 de la Ley Bancaria de Emergencia y la Sección 19-A de la Ley de Valores y Divisas.

—¿Y cuáles son ésas?

—El cierre temporal de los bancos y las bolsas —dijo Schwartz—. Si el presidente pronuncia su discurso.

La secretaria del presidente, Nancy Congdon, apareció en la puerta y sonrió a los cuatro hombres.

—Sólo unos minutos, Irwin —dijo, cerrando silenciosamente.

—¿Necesita una silla? —preguntó Schwartz a Harry. Harry negó suavemente con la cabeza. Ya estaba acostumbrado a que la gente se mostrara solícita. Lo toma con algo que va más allá de la dignidad…, con aplomo.

La secretaria abrió las puertas y les invitó a entrar.

La señora Hampton había redecorado la oficina del presidente, colgando en las tres ventanas detrás del enorme y muy ornamentado escritorio del presidente unas cortinas blancas y encargando una nueva alfombra ovalada verde con el sello presidencial. La habitación parecía llena de luz, verdeante y primaveral pese al gris cielo invernal de fuera. A través de las ventanas, Arthur captó un atisbo del Jardín de Rosas medio cubierto de nieve. Hacía un año y medio desde que había pisado por última vez la Oficina Oval.

Crockerman estaba sentado detrás de su escritorio Victoriano, mirándoles por encima de un montón de documentos metidos en carpetas marrones. Algunas de las carpetas, observó Arthur, estaban etiquetadas DIRNSA: procedían de la Dirección de la Agencia Nacional de Seguridad. Otras venían de las oficinas del secretario del Tesoro y la Comisión de Valores y Divisas. No va a ser atrapado en falso. Se está preparando, y cree profundamente en lo que está haciendo. No ha dejado de actuar presidencialmente.

—Hola, Irwin, Arthur… —Crockerman se puso en pie y se inclinó por encima del escritorio para estrechar sus manos—. Trevor, Harry. —Señaló a las cuatro sillas de asiento de piel y respaldo de bejuco dispuestas delante del escritorio. Dirigiéndose a Hicks en particular, dijo—: Sarah mencionó que podía tener una entrevista con usted.

—Creo que todos estamos uniendo nuestras fuerzas, señor presidente —dijo Schwartz.

—¿Se encuentra usted lo bastante bien para esto, Harry? —preguntó Crockerman, educadamente solícito.

—Sí, señor presidente —respondió con suavidad Harry—. No me necesitan de vuelta con los ratones y los monos hasta pasado mañana.

—Le necesitamos a usted aquí, Harry —dijo ansiosamente el presidente—. No podemos permitirnos perderlo ahora.

—No es eso lo que he estado oyendo, señor presidente —respondió Harry. Crockerman evidenció un cierto desconcierto—. No ha estado usted escuchando a ninguna de las personas en quienes confío y que le rodean, y mucho menos a mí.

—Caballeros —dijo Crockerman, alzando las cejas—. Creo que éste es el momento de hablar abiertamente. Y me disculpo por haber estado inaccesible recientemente. El tiempo se ha convertido en algo precioso.

Schwartz se inclinó hacia delante en su silla, uniendo las manos. Mientras hablaba, alzó lentamente los ojos de sus pies al rostro de Crockerman.

—Señor presidente, no estamos aquí para andarnos con rodeos. Les he dicho a Harry, y a Trevor, y a Arthur, que es preciso emplear alguna poderosa persuasión para que vuelva usted a un camino racional. Han venido preparados para ello.

Crockerman asintió y apoyó ligeramente las manos sobre el borde del escritorio, como si se preparara para echarse hacia atrás en cualquier momento. Su expresión siguió siendo agradable, pero alerta.

—Señor presidente, la primera dama habló realmente conmigo —dijo Hicks.

—En cambio, no habla mucho conmigo —dijo Crockerman llanamente—. O no muy a menudo, al menos. No comparte nuestras convicciones.

—Sí —dijo Hicks—. O mejor dicho, no… Señor presidente, mis colegas… —Lanzó una mirada suplicante a Arthur.

—Suponemos que planea usted comunicarle al público lo del aparecido del Valle de la Muerte —dijo Arthur—, y lo del Huésped.

—La historia se hará pública dentro de poco, de uno u otro modo —dijo Crockerman—. Debe mantenerse en secreto hasta que hayan pasado las elecciones y la investidura, pero luego… —Alzó tres dedos de su presa en el borde del escritorio y se encogió ligeramente de hombros.

—No estamos en absoluto seguros de su énfasis, señor… —Arthur hizo una pausa—. Rendirnos no le hará ningún bien al país.

Crockerman apenas parpadeó.

—Rendirnos. Acomodación. Son feas palabras, ¿no creen? ¿Pero qué otra elección tenemos ante fuerzas sobrehumanas?

—No sabemos si son sobrehumanas, señor —dijo Harry.

—Nos llevaría miles, quizá millones de años rivalizar con su tecnología…, si de hecho podemos llamarla tecnología. Piensen en el poder de destruir todo un satélite y enviar sus fragmentos para que colisionen con otros mundos…

—No sabemos si esos acontecimientos están conectados —señaló Arthur—. Pero creo que podemos emularlos con un par de cientos de años de progreso.

—¿Y qué importan, dos siglos o dos milenios? Pueden seguir destruyendo nuestro mundo.

—Eso es algo que no sabemos —dijo Schwartz.

—Ni siquiera sabemos de quiénes hablamos cuando decimos «ellos» —apuntó Hicks.

—Ángeles, potencias, alienígenas. Sean lo que sean.

—Señor presidente —dijo Hicks—, no nos enfrentamos a la ira de Dios.

—Parece que nos enfrentamos a algo equivalente en fuerza, sea cual sea su fuente definitiva —dijo Crockerman—. ¿Puede ocurrirle algo tan catastrófico a la Tierra sin la aprobación de Dios? Nosotros somos Sus hijos. Sus castigos no son al azar, no cuando se aplican a tan enorme escala.

Hicks observó que el nombre de Dios era pronunciado por el presidente con la reverencia tradicional. ¿Era aquello obra de Ormandy?

—No tenemos ninguna prueba de que la Tierra pueda ser destruida —dijo Harry—. Lo que necesitamos…, necesitamos alguna evidencia, algo que demuestre que disponen realmente del poder que afirman poseer. No tenemos esta evidencia.

—Han revelado sus intenciones con la suficiente claridad —dijo Crockerman—. La autodestrucción de los robots australianos demuestra que ellos traían el falso testimonio. Cuando sus mentiras fueron descubiertas y se vieron enfrentados a ellas, desaparecieron. Su mensaje de esperanza era un engaño. Creo que yo ya lo sabía, lo sentía, antes de que me llegaran las noticias de Australia. Y Ormandy también lo sabía.

—Ninguno de nosotros tiene la menor fe en Ormandy —dijo Schwartz.

Crockerman se sintió claramente irritado ante aquello, pero mantuvo la calma.

—Ormandy no espera el respaldo de los científicos. Él, y yo, creemos que los asuntos han ido más allá del control de nuestros médicos brujos particulares. No quiero mostrar ninguna falta de respeto hacia su trabajo y sus habilidades. Tanto él como yo comprendemos que hay un trabajo que hacer aquí, y que nosotros somos los únicos capaces de hacerlo.

—¿Cuál será exactamente su trabajo, señor presidente? —preguntó Arthur.

—No un trabajo fácil, se lo aseguro. Nuestro país no cree en renunciar sin luchar. Lo reconozco. Pero no podemos luchar contra eso. Como tampoco podemos avanzar hacia nuestro destino ignorantes de lo que ocurre. Tenemos que enfrentarnos valerosamente a la música. Ése es mi trabajo…, ayudar a mi país a enfrentarse valientemente al final.

El rostro de Crockerman estaba pálido y sus manos, aún aferradas al borde del escritorio, temblaban ligeramente. Parecía al borde de las lágrimas.

No se dijo nada durante varios largos segundos. Arthur tenía la impresión de que el shock, como una manta, le iba envolviendo lentamente. El microcosmos de lo que sentirá el país. El mundo. No es un mensaje que deseemos oír.

—Hay otras alternativas, señor presidente. Podemos emprender alguna acción contra los aparecidos, tanto en Australia como en el Valle de la Muerte —dijo Harry.

—Están aislados —señaló Schwartz—. Las repercusiones políticas… serán casi nulas. Aunque fracasemos.

—No podemos limitarnos simplemente a no hacer nada —indicó Arthur.

—Ciertamente, no podemos hacer nada efectivo —admitió Crockerman—. Creo que sería cruel levantar falsas esperanzas.

—Más cruel será barrer todas las esperanzas, señor presidente —dijo Schwartz—. ¿Piensa cerrar los bancos y los mercados de valores?

—Es algo que ha sido considerado seriamente.

—¿Para qué? ¿Para preservar la economía? ¿Con el fin del mundo a la vista?

—Para conservar la calma, para mantener la dignidad. Para hacer que la gente siga en sus trabajos y en sus hogares.

Ahora el rostro de Hicks estaba enrojecido.

—Esto es una locura, señor presidente —dijo—. No soy ciudadano de los Estados Unidos, pero no puedo imaginar a un hombre en su cargo…, con su poder y su responsabilidad… —Agitó desesperanzado las manos y se puso en pie—. Puedo asegurarle que los británicos no reaccionarán tan blandamente.

Todos atacándole, pensó Arthur. Y todavía no consigo ver el rostro de Francine.

Crockerman tomó una carpeta marcada DIRNSA. Extrajo un grupo de fotografías envueltas en mylar y las esparció sobre la mesa.

—No creo que hayan visto lo último que nos ha llegado —dijo—. Nuestra gente de Seguridad ha estado muy atareada. La Oficina de Reconocimiento Nacional ha comparado las fotografías de los satélites terrestres de los últimos dieciocho meses de casi todas las zonas del globo. Creo que fue usted quien inició esa búsqueda, Arthur.

—Sí, señor.

—Han localizado una anomalía en la República Popular de Mongolia. Algo que no estaba allí hace un año. Parece como un enorme peñasco. —Empujó suavemente las fotografías a Schwartz, que las examinó y las pasó a Arthur. Arthur comparó tres fotofrafías, hermosas abstracciones realzadas por ordenador en gris azulado, marrón, rojo y marfil. Un círculo blanco de aproximadamente dos centímetros y medio rodeaba un punto negro con forma de guisante en una de las fotografías. En las dos anteriores, por lo demás prácticamente idénticas, el punto negro estaba ausente.

—Esto forma una tríada —dijo Crockerman—. Todas en zonas remotas.

—¿Han hablado los alienígenas con los mongoles, los rusos? —preguntó Arthur. La República Popular de Mongolia, pese a una ficción de autonomía, estaba controlada por los rusos.

—Nadie lo sabe todavía —dijo el presidente—. Si hay tres, es muy fácil que haya más.

—¿Qué tipo de… mecanismo supone usted que están usando? —preguntó Harry—. Usted y el señor Ormandy.

—No tenemos la menor idea. No podemos adivinar los propósitos de los agentes de un poder supremo. ¿Y usted?

—Estoy dispuesto a intentarlo —dijo Harry.

—¿Disolverá el equipo operativo? —preguntó Arthur.

—No. Me gustaría que siguieran ustedes estudiando, siguieran haciendo preguntas. Todavía soy capaz de admitir que podemos estar equivocados. Ni el señor Ormandy ni yo somos fanáticos. Debemos hablar con los rusos, y los australianos, y promover la cooperación.

—¿Podemos pedirle que posponga su comunicado, señor presidente? —preguntó Schwartz—. ¿Hasta que estemos más seguros de nuestra posición?

—Han tenido ya ustedes casi dos meses. No sé el día exacto en que será hecho público el comunicado, Irwin. Pero una vez tenga claro cuándo debo hablar, no voy a posponerlo. Debo seguir adelante con mis convicciones. En definitiva, para eso ocupo mi cargo.

Los cuatro hombres se detuvieron en el pasillo exterior, una vez finalizada la media hora, con copias del informe de Seguridad Nacional en sus manos.

—Estupendo lo que hemos conseguido ahí dentro —dijo Harry.

—Lo siento, caballeros —murmuró Schwartz.

—Va a resultar muy efectivo en televisión —señaló Hicks—. A mí casi me convenció.

—¿Saben qué es lo peor de todo esto? —dijo Arthur mientras salían por la puerta de atrás, seguidos por Schwartz, hacia sus coches—. Que no está loco.

—Ninguno de nosotros lo estamos —dijo lúgubremente Schwartz.

Una hora después de que abandonaran la Casa Blanca, Hicks, Arthur y Feinman comieron en Yugo's, un restaurante especializado en carnes que se había puesto de moda pese a hallarse en uno de los barrios menos decorativos de Washington. Comieron en silencio. Hicks terminó su plato, mientras Arthur y Harry apenas probaban los suyos. Harry había pedido una ensalada, un marchito error recubierto con queso azul.

—Hemos hecho todo lo que hemos podido —dijo Arthur. Harry se encogió de hombros.

—¿Y a continuación qué? —preguntó Hicks—. ¿Seguirán adelante con sus científicos?

—Todavía no hemos sido echados —dijo Harry.

—No, sólo han sido ignorados por su jefe ejecutivo —comentó secamente Hicks.

—Usted siempre ha sido el hombre que sobraba aquí, ¿no? —dijo Harry—. Ahora sabe cómo nos sentimos. Pero al menos tenemos un nicho definido que llenar.

—Un papel que representar en la gran comedia —dijo Hicks.

Harry empezó a tensarse, pero Arthur apoyó una mano sobre su brazo.

—Tiene razón.

Harry asintió, reluctante.

—Así que empieza la fase dos —dijo Arthur—. Me gustaría que se uniera usted a nosotros en un esfuerzo mayor. —Miró fijamente a Hicks.

—¿Fuera de la Casa Blanca?

—Sí.

—Tienen ustedes algún plan.

—Mi plan me lleva de vuelta a Los Ángeles, y a ningún otro sitio —dijo Harry.

—Harry debe acudir a su consulta —dijo Arthur—. Las mentes de los presidentes pueden cambiar el número de veces que sean necesarias. Si el enfoque directo no funciona… —Pasó los dedos por encima del sobre de formica de la mesa, con un dibujo que imitaba el granito—. Entonces trabajaremos al nivel de las raíces de la hierba.

—El presidente es un ganador seguro, como ustedes dicen muy bien —recordó Hicks.

—Hay formas de extirpar presidentes. Creo que, una vez haya hecho su declaración…

Harry suspiró.

—¿Te das cuenta del tiempo que tomaría un impeachment y un juicio?

—Una vez haya hecho su declaración —prosiguió Arthur—, todos los que nos hallamos alrededor de esta mesa vamos a vernos en gran demanda en el circuito de los media. Trevor, su libro se va a convertir en la cosa más caliente publicada en los últimos años… Y todos vamos a tener que participar en programas de televisión, entrevistas en los noticiarios, por todo el mundo. Podemos hacer todo lo que podamos…

—¿Contra el presidente? Es una figura muy popular —dijo Hicks.

—Schwartz, sin embargo, remachó el clavo —señaló Arthur, tomando la cuenta de su bandeja de plástico—. Los norteamericanos odian pensar en rendirse.

Hicks contempló la ropa limpiamente doblada en su maleta con una cierta satisfacción. Si podía guardar sus pertenencias con dignidad y estilo, mientras colgaba a todo su alrededor su ropa para secarse…

El número de historias acerca de la autodestrucción de los alienígenas australianos y el misterio del Valle de la Muerte habían disminuido tanto en los periódicos como en la televisión. La víspera de las elecciones retenía toda la atención. El mundo parecía estar inspirando profundamente, no del todo consciente aún de lo que estaba ocurriendo, pero sospechando, anticipando.

Hicks se sobresaltó cuando sonó el teléfono de encima de la mesa. Respondió tras coger torpe y nerviosamente el auricular.

—¿Sí?

—Tengo una llamada telefónica para Trevor Hicks de parte del señor Oliver Ormandy —dijo una mujer de agradable voz con un bien modulado acento del medio oeste.

—Yo soy Hicks.

—Un momento, por favor.

—Me alegra hablar con usted —dijo Ormandy—. Siempre he admirado lo que escribe.

—Gracias. —Hicks estaba demasiado sorprendido para decir mucho más.

—Creo que ya sabe usted quién soy, y a la gente a la que represento. He estado discutiendo de algunas cosas con el presidente, como amigo y asesor suyo…, a veces incluso como consejero religioso. Creo que usted y yo deberíamos vernos y hablar un poco antes de que transcurra mucho tiempo. ¿Puede hacer un hueco en su agenda? Puedo hacer que un coche venga a recogerle y le traiga luego de vuelta, no hay ninguna dificultad en ello, espero.

—Por supuesto —dijo Hicks—. ¿Hoy?

—¿Por qué no? Enviaré un coche en su busa ahora mismo.

Exactamente a la una, un Chrysler descapotable con el techo de lona blanca se detuvo delante del hotel, e Hicks esperó a que la portezuela se abriera automáticamente y subió. La portezuela se cerró son un suave zumbido y el conductor, un joven pálido de pelo negro vestido con un traje azul oscuro de estilo conservador le sonrió amistosamente a través de la separación de cristal.

La nieve se amontonaba en pequeñas cordilleras blancas y amarro-nadas a ambos lados de la calle. Aquél era uno de los otoños más fríos y húmedos que recordaba. El aire olía desacostumbradamente limpio y claro, enervante, azotándole desde la rendija en el cristal de la ventanilla que Hicks había pedido al conductor que abriera un poco.

El coche le llevó fuera de los círculos concéntricos y los confusos bucles del tráfico de la Capital hacia los suburbios, a lo largo de vías de circulación rápida flanqueadas por jóvenes y esqueléticos arces, y hacia campo abierto. Había transcurrido una hora antes de que el Chrysler se metiera en el aparcamiento de un modesto motel. El conductor le guió a través del vestíbulo hasta el segundo piso y llamó a una puerta en la esquina trasera del edificio. La puerta se abrió.

Ormandy, medio calvo y de unos cuarenta y cinco años, llevaba unos pantalones negros y una camisa gris de vestir. Su rostro era blando, casi infantil, pero alerta. Su saludo fue rutinario. El conductor cerró la puerta, y los dos hombres quedaron a solas en la pequeña y desnuda habitación.

Ormandy le indicó que se sentara en un sillón al lado de una mesa circular junto a la ventana. Hicks se sentó, observando atentamente al hombre. Ormandy parecía dudar en enfocar directamente el asunto, pero puesto que a todas luces no sabía cómo iniciar una conversación intrascendente se volvió con brusquedad y dijo:

—Señor Hicks, me he sentido muy confuso durante las últimas semanas. ¿Sabe usted lo que está ocurriendo? ¿Puede explicármelo?

—Seguro que el presidente…

—Me gustaría que me lo explicara usted. En lenguaje claro. El presidente está rodeado de expertos, si entiende lo que quiero decir.

Hicks frunció los labios e inclinó la cabeza hacia un lado, organizando sus palabras.

—Supongo que se refiere usted a la nave espacial.

—Sí, sí, a la invasión —dijo Ormandy.

—Si es una invasión. —Ahora se sentía abiertamente cauteloso, reluctante a ser empujado a ofrecer conclusiones.

—¿Lo es? —Los ojos de Ormandy eran como los de un niño, muy abiertos, dispuestos a aprender.

—Para decirlo claramente, parece que nos hemos metido en el camino de autómatas, robots, que buscan destruir nuestro planeta.

—¿Pueden hacer algo así unas máquinas? —preguntó Ormandy.

—No lo sé. No las máquinas construidas por el hombre.

—Está hablando usted de poderes propios de Dios.

—Sí. —Hicks hizo ademán de levantarse—. Ya he pasado por todo esto con el presidente. No veo el motivo de hacer que viniera hasta aquí, cuando usted ha aconsejado al presidente que actuara contrariamente a…

—Por favor, siéntese. Sea paciente conmigo. No soy el ogro que todos ustedes creen que soy. Estoy fuera de mi entorno habitual, y tan sólo hace dos noches que todo esto cayó sobre mí. He hablado con el presidente, y le he hecho saber mis conclusiones… Pero no estoy en absoluto seguro de mí mismo.

Hicks volvió a sentarse lentamente.

—Entonces supongo que tiene usted preguntas específicas.

—Las tengo. ¿Qué se necesita para destruir la Tierra? ¿Sería significativamente más difícil que, digamos, destruir ese otro lugar llamado Europa?

—Sí —dijo Hicks—. Se necesitaría mucha más energía para destruir la Tierra.

—¿Podría hacerse bruscamente, un cataclismo? ¿O debería empezar en un lugar y extenderse a partir de ahí, como una guerra?

—Realmente no lo sé.

—¿Podría empezar en Tierra Santa?

—No parece que haya aparecidos en Tierra Santa —dijo secamente Hicks.

Ormandy aceptó aquello con un asentimiento de cabeza, frunciendo aún más el ceño.

—¿Puede haber alguna forma de decir, científicamente, si los alienígenas pueden ser considerados como ángeles?

—No —respondió Hicks, sonriendo ante el absurdo. Pero Ormandy no veía ningún absurdo.

—¿Pueden estar actuando en beneficio de una autoridad superior?

—Si son realmente robots, como parecen serlo, entonces supongo que están actuando en beneficio de la autoridad de unos seres biológicos que se hallan en alguna parte. Pero no podemos estar seguros ni siquiera de eso. Las civilizaciones basadas en mecanismos…

—¿Qué hay de las criaturas que han ido más allá de la biología…, criaturas de luz, seres eternos?

Hicks se encogió de hombros.

—Especulaciones —dijo.

El rostro infantil de Ormandy exhibió una intensa agitación.

—Estoy muy lejos de mi campo aquí, señor Hicks. Nada de esto resulta claro para mí. Ciertamente, no estamos tratando con ángeles portadores de llameantes espadas. No estamos tratando con nada que haya sido predicho en la literatura apocalíptica.

—No en la literatura religiosa —corrigió Hicks.

—Yo no leo mucha ciencia ficción —admitió Ormandy orgu-llosamente.

—Peor para usted.

Ormandy hizo una mueca.

—Y no estoy de humor para cruzar mi espada con usted ni con nadie. Lo que digo es que no estoy seguro de poder presentar esto a mi gente de una forma que ellos puedan comprender. Si les digo que es la voluntad de Dios…, ¿cómo puedo yo estar seguro de ello?

—Como usted ha dicho, parece que hay actuando fuerzas propias de Dios —ofreció Hicks. ¡Perverso, perverso!

—Mi gente sigue pensando aún en términos de ángeles y demonios, señor Hicks. Adoran los halos de luz y los resplandores, los tronos y los poderes y las dominaciones. Se lo tragan todo entero. Son como niños. Y ninguno de ellos niega que hay belleza y poder en ese tipo de teología. Pero esto… Esto es frío y político, engañoso, y no me siento cómodo atribuyendo este engaño a Dios. Si es obra de Satanás, o de las fuerzas de Satanás, entonces… El presidente, con mi ayuda, lo admito, está a punto de cometer un tremendo error.

—¿Puede conseguir usted que cambie de opinión? —preguntó Hicks, menos ansiosamente de lo que hubiera podido sentirse.

—Lo dudo. Recuerde que fue él quien me llamó, no a la inversa. Es por eso por lo que digo que me siento fuera de mi elemento. No soy tan orgulloso como para no poder admitir eso.

—¿Le ha hablado usted de sus recelos?

—No. No hemos vuelto a vernos desde que yo… empecé a sentirme inseguro.

—¿Tiene usted la fijación de una interpretación teológica?

—Emocionalmente, según todo lo que me han transmitido mis padres y maestros, debo creer que Dios interviene en todos nuestros asuntos.

—¿Está diciendo usted, señor Ormandy, que cuando se produzca el empuje final, y el fin del mundo aparezca rápidamente, ya no seguirá anhelando el apocalipsis?

Ormandy no respondió nada, pero su ceño se intensificó. Alzó sus manos suplicantes, de una forma ambigua, su opinión no fijada ni hacia un lado ni hacia otro.

—¿Puede hablar usted de nuevo con el presidente, y al menos intentar conseguir que cambie de opinión? —preguntó Hicks.

—Me gustaría no haberme dejado implicar nunca en esto —murmuró Ormandy. Echó la cabeza hacia atrás y se masajeó los músculos de la nuca con ambas manos—. Pero lo intentaré.

27

5 de noviembre

Arthur participaba en una conferencia en Washington a última hora de la noche con una serie de astrónomos, examinando la aparición de los objetos de hielo y su posible conexión con Europa, cuando llegó la noticia de que William D. Crockerman estaba ganando las elecciones para la próxima presidencia de los Estados Unidos. Nadie se sorprendió. Beryl Cooper lo confirmó a la una de la madrugada, mientras aún seguía la conferencia.

Los astrónomos no llegaron a ninguna conclusión en su reunión. Si las masas de hielo procedían de Europa, lo cual parecía innegable dadas sus trayectorias y composición, entonces sus actuales órbitas, casi en línea recta, tenían que ser artificiales, y en consecuencia cabía suponer alguna conexión con los extraterrestres. Los hechos eran suficientemente claros: ambas masas estaban constituidas por agua casi pura, helada; la más pequeña de las dos, de apenas 180 kilómetros de diámetro, viajaba a una velocidad de unos 20 kilómetros por segundo, y golpearía Marte el 21 de diciembre de 1996; la mayor, de unos 250 kilómetros de diámetro, estaba viajando a unos 37 kilómetros por segundo y golpearía Venus el 4 de febrero de 1997. Fuera lo que fuese lo que había causado la destrucción de Europa, no había calentado sustancialmente las cosas, quizá debido a que el desgaste superficial del hielo había retenido la mayor parte del calor. Ambos objetos eran muy fríos, y perderían poco de su masa por vaporización a causa de la energía del sol. En consecuencia, ninguno mostraría una cabellera cometaria, y ambos serían visibles tan sólo a los observadores atentos con telescopios o binoculares de alto poder.

Arthur abandonó Washington al día siguiente, convencido de que su equipo poseía ahora unas pruebas sólidas que permitían trazar una conexión. Tenía tiempo suficiente, pensó, para preparar un caso y presentárselo a Crockerman, demostrando que todos aquellos acontecimientos estaban relacionados, y que había que elaborar alguna estrategia a gran escala.

De todos modos, no conseguía convencerse a sí mismo de que el presidente iba a escucharle.

10 de noviembre

La mayor Mary Rigby, la última de su serie de oficiales de servicio, les llamó a todos a las seis y media de la mañana para que escucharan la radio. Shaw apiló sus almohadas y se sentó en la cama mientras sonaba el «Hall to the Chief» —un auténtico toque Crockerman— y el presidente de la Cámara escuchaba gravemente el anuncio de la aparición del presidente de los Estados Unidos.

—Quizás el viejo estúpido se decida ahora a firmar nuestra salida de aquí —dijo Minelli, con la voz rasposa tras una noche de protestas y gritos. Minelli no lo estaba llevando bien. Aquello enfurecía a Edward. Pero la fría y latente furia había sido su estado mental durante las últimas dos semanas. Esta experiencia iba a dejarles a todos marcados de una u otra forma. Reslaw y Morgan hablaban también muy poco.

—Señor presidente, honorables miembros de la Cámara de Representantes, compañeros ciudadanos —empezó el presidente—, he convocado esta conferencia de emergencia tras semanas de profundas meditaciones y muchas horas de consulta con asesores y expertos de confianza. Tengo un extraordinario anuncio que hacer, y quizás una petición aún más extraordinaria.

»Sin duda han estado siguiendo ustedes con tanto interés como yo los acontecimientos que se han producido en Australia. Esos acontecimientos parecieron al principio traer esperanza a nuestro maltrecho planeta, la esperanza de una intervención divina del exterior, de aquellos que estaban dispuestos a actuar para salvarnos de nosotros mismos. Empezamos a sentir que quizá nuestras dificultades fueran de hecho sólo las de una especie joven, dudando en sus primeros pasos. Ahora esas esperanzas se han visto eliminadas, y nos hallamos sumidos en una confusión aún más profunda.

»Mis simpatías se hallan con el primer ministro Stanley Miller de Australia. La pérdida de los tres mensajeros del espacio exterior, y el misterio que rodea su destrucción, quizá su autodestrucción…, es una profunda impresión para todos nosotros. Pero ya es hora de confesar que ha sido una impresión menor para mí y para un cierto número de mis asesores. Porque nosotros hemos estado siguiendo una serie de acontecimientos similares dentro de nuestro propio país, y que han sido mantenidos en secreto hasta ahora por razones que muy pronto van a quedar aclaradas.

Arthur bajó del puente aéreo en el Aeropuerto Internacional de Los Angeles, camino al Valle de la Muerte y luego a tres días de descanso en Oregón, y entró en la zona de espera para aguardar su taxi y escuchar al presidente. Se sentó ante el televisor a color junto con otros once viajeros, con el rostro ceniciento. Está preparando su arma.

—A finales del pasado septiembre, tres jovenes geólogos descubrieron una colina en el desierto, no lejos del Valle de la Muerte, en California. La colina no estaba en sus mapas. Cerca de aquella colina hallaron a un ser extraterrestre, un individuo enfermo. Llevaron a aquel individuo a una ciudad cercana del desierto y notificaron a las autoridades. El ser extraterrestre…

Trevor Hicks escuchó desde su habitación del hotel en Washington, con los restos de su desayuno esparcidos sobre una bandeja a los pies de la cama. El día anterior había sabido que la señora Crockerman se había trasladado definitivamente a su piso. Más tarde, aquel mismo día, había oído los primeros rumores de la dimisión de David Rotterjack.

La versión del presidente electo de lo que había ocurrido en el laboratorio en Vandenberg fue bastante clara; hasta el momento no pudo hallar ningún fallo.

—… y cuando hablé con aquel ser, aquel visitante de otro mundo, la historia que me contó fue estremecedora. Nunca me he sentido tan profunda y emocionalmente afectado en mi vida. Habló de un viaje a través de los eones, de la muerte de su mundo natal, y del agente de su destrucción…, el mismo vehículo que lo había traído hasta la Tierra, posado ahora en el Valle de la Muerte y camuflado como un cono de escoria volcánica.

Ithaca llamó a Harry al cuarto de baño, donde éste acababa de tomar su ducha. Lo envolvió en una gruesa bata de rizo mientras él permanecía de pie delante de la televisión, sintiendo lo caliente que estaba su piel.

—Grandes y jodidos pájaros aleteando en el aire —jadeó Harry.

—¿Qué? —preguntó Ithaca.

—Está haciendo el anuncio. Escúchale. Simplemente escúchale.

—Cuando le pregunté al Huésped si creía en Dios, respondió con una voz firme y segura: «Creo en el castigo.» —El presidente hizo una pausa, mirando fijamente a toda la Cámara—. Mi dilema, y el dilema de todos mis asesores, militares y civiles, y de todos nuestros científicos, era sencillo. ¿Podíamos creer que nuestro visitante extra-terrestre y los visitantes de Australia estaban relacionados? Contaban dos historias tan distintas…

Hubo una llamada en la puerta de Trevor. Cerró su bata y se apresuró a abrir, sin ver apenas quién había al otro lado, su atención fija en la pantalla de televisión.

—Hicks, le debo una disculpa. —Era Carl McClennan, enfundado en un impermeable y sujetando una botella de algo envuelta en una bolsa de papel marrón—. Es él, ¿no?

—Sí. Pase, pase. —Hicks no se molestó en preguntar por qué estaba allí McClennan.

—He dimitido —dijo McClennan—. Leí su discurso ayer por la noche. El bastardo no quiso escucharnos a ninguno de nosotros.

—Chissst —dijo Hicks, llevándose un dedo a los labios.

—Desearía poder traer noticias de alguna solución alentadora a todos los que me están escuchando hoy. Pero no es así. Nunca he ido demasiado a la iglesia. Sin embargo, dentro de mí he conservado la fe, y he creído que era prudente, como líder de esta nación, no imponer esta fe sobre otros que pudieran estar en desacuerdo. Ahora, sin embargo, con estos extraordinarios acontecimientos, he visto mi fe alterada, y ya no puedo seguir guardando silencio. Creo que nos enfrentamos a unas evidencias incontrovertibles, unas pruebas si quieren ustedes, de que nuestros días están contados, y de que nuestro tiempo en la Tierra, el tiempo de la propia Tierra, llegará pronto a su final. He pedido consejo a aquellos que poseen más experiencia espiritual que yo, y ellos me han aconsejado. Ahora creo que nos enfrentamos al Apocalipsis predicho en la Revelación de San Juan, y que las fuerzas del bien y del mal se han dado a conocer sobre la Tierra. Si esas fuerzas son ángeles, o demonios, o extraterrestres, no parece tener ninguna importancia. Podría decir que estuve hablando con un ángel, pero eso no parece literalmente cierto…

—Incluso se está apartando de su texto escrito. Maldito sea —exclamó McClennan, sentándose de golpe en la cama, al lado de Hicks—. ¿Acaso no se da cuenta de lo que está desatando? ¿Qué alteraciones sociales…?

—Por favor —advirtió Hicks.

—Sólo puedo concluir que, de alguna manera, nuestra historia en la Tierra ha sido juzgada, y hemos sido hallados inadecuados. Resida el fallo en nuestros cuerpos o en nuestras mentes, resulta claro que la historia de la existencia humana no satisface al Creador, y que Él está actuando para borrar todas las marcas de la arcilla y empezar de nuevo. Para hacer esto, ha enviado poderosas máquinas, poderosas fuerzas que pueden empezar, en cualquier momento, a calentar esta Tierra en la fragua de Dios, y batirla a piezas en el yunque celeste.

El presidente hizo de nuevo una pausa. Las voces que se alzaron en la sala del Congreso amenazaron con ahogar sus siguientes palabras, y el presidente de la Cámara tuvo que martillear insistentemente para obtener de nuevo silencio. La cámara retrocedió para mostrar a Crockerman rodeado por una falange de hombres del Servicio Secreto, intentando mirar con rostros hoscos en todas direcciones a la vez.

—Por favor —suplicó el presidente—. Debo terminar.

Finalmente el ruido decreció. Gritos esporádicos de rabia e incredulidad brotaron de algunos representantes.

—Sólo puedo decir a mi nación, y a los habitantes de toda la Tierra, que ha llegado el momento de que todos nosotros recemos fervientemente para la salvación, en cualquier forma que pueda llegar, podamos esperarla o no, o incluso aunque realmente la merezcamos. La Fragua de Dios no puede ser apaciguada, pero quizás haya esperanza para cada uno de nosotros, en nuestros pensamientos, de hacer las paces con Dios, y hallar una forma de salirnos de los golpes de Su furia y decepción.

Sentado en la sala de espera del aeropuerto, con una mujer sollozando quedamente a su lado, varios hombres discutiendo con voz fuerte entre sí y hacia la pantalla de televisión, Arthur Gordon sólo pudo pensar en Francine y Martin.

—Va a desatarse un auténtico infierno —exclamó un hombre negro de mediana edad, robusto, mientras echaba a andar a largas zancadas hacia la salida.

—Será mejor no volar ahora —dijo un hombre joven a la muchacha embarazada, de no más de quince años, que tenía sentada a su lado—. Deberían hacer aterrizar todos los vuelos.

Intentando conservar la calma, furioso ante lo profundamente que el discurso le había afectado, Arthur se abrió camino por entre la multitud matutina hacia el mostrador de las líneas aéreas para comprobar de nuevo sus reservas a Las Vegas.

McClennan había interrumpido su retahíla de maldiciones y ahora estaba de pie delante de la vacía televisión, manoseando un cigarrillo y un encendedor, sin saber exactamente qué hacer con ellos. Todavía llevaba su impermeable. Hicks no se había movido del borde de la cama.

—Lo siento —dijo McClennan—. Cristo, no he fumado en cinco años. Soy una maldita desgracia.

—¿Qué piensa hacer, ahora que ha dimitido? —preguntó Hicks. Vaya sorprendente situación. Completamente en línea con su historia.

McClennan tiró con disgusto el cigarrillo. Fue a parar al cenicero del hotel, encima de una caja de cerillas sin usar; depositó más suavemente el encendedor de plástico a su lado.

—Supongo que el presidente nombrará sustitutos para David y para mí. Imagino que Schwartz seguirá. Imagino que casi todos los demás seguirán. —McClennan miró a Hicks con suspicacia—. Y usted escribirá acerca de todo ello, ¿no?

—Supongo que lo haré, a largo plazo.

—¿Cree usted que está loco? —preguntó McClennan, señalando la vacía pantalla.

Hicks meditó la pregunta.

—No.

—¿Pero no cree…? —y entonces volvió la rabia, haciendo que las manos de McClennan temblaran—, ¿no cree que está violando el juramento de su cargo de hacer cumplir la Constitución de los Estados Unidos y promover el bienestar general?

—Está haciendo las cosas tal como las ve —dijo Hicks—. Cree que el fin del mundo está al alcance de la mano.

—Cristo, aunque así fuera… —McClennan tomó la silla que había junto al escritorio y se sentó lentamente—. Tiene problemas. Está mostrando su debilidad. No me sorprendería si hubiera ahora un movimiento para bloquear la investidura o presentar un impeachment.

—¿Sobre qué bases? —preguntó Hicks.

—Incompetencia. Fracaso en promover el bienestar general. Infiernos, no lo sé…

—¿Ha hecho alguna cosa ilegal?

—Nunca hemos tenido a un presidente que se volviera loco en el ejercicio de su cargo. No desde Nixon, al menos. Pero usted no cree que esté loco. Escuche, él se mostró en desacuerdo con usted, incluso después de llevarle hasta su círculo más íntimo… ¿Qué es lo que está intentando hacer?

Hicks había respondido ya a aquella pregunta, en cierto modo, y no vio ninguna razón para hacerlo de nuevo.

—De acuerdo —dijo McClennan—. Lo que está haciendo, a lo que se reduce todo esto, es que se está rindiendo sin siquiera disparar un tiro. No tenemos ni idea de lo que esos… bastardos, esas máquinas, esos alienígenas, pueden hacer. Ni siquiera podemos estar seguros de que estén aquí para destruir la Tierra. ¿Acaso es eso posible? ¿Puede alguien hacer pedazos un mundo, o matar todo lo que haya en su superficie?

—Nosotros mismos podemos matar toda la vida que existe sobre la Tierra, si decidimos hacerlo —le recordó Hicks.

—Sí, pero el Huésped habló de no dejar nada detrás excepto escombros. ¿Es eso posible?

—Supongo que sí. Sólo es necesario liberar la energía suficiente para situar la mayor parte de la masa de la Tierra en una órbita distinta o, por decirlo de otro modo, proporcionarle la velocidad de escape. Esto significa una terrible cantidad de energía.

—¿Cuánta? ¿Podemos conseguirla nosotros?

—No lo creo. No con todas las armas nucleares que tenemos ahora. Ni siquiera podemos empezar.

—¿Cuán avanzada tendría que estar una…, Jesús, una civilización para hacer eso?

Hicks se encogió de hombros.

—Si trazamos una línea de desarrollo recta desde donde nos encontramos ahora nosotros, incrementando el ritmo de los avances más espectaculares, quizás un siglo, quizá dos.

—¿Podemos enfrentarnos a ellos? ¿Si poseen esa habilidad?

Hicks agitó la cabeza, inseguro. McClennan tomó la respuesta por una negativa.

—Así que él presenta las cosas tal como las ve. No hay salida. ¿Y si no están aquí para destruir la Tierra, sino sólo para confundirnos, hacer que nos echemos atrás, impedir que compitamos…, ya sabe, como hubiéramos podido hacer nosotros con los japoneses, si hubiéramos sabido hasta donde iban a llegar, en el siglo XX…?

—Los alienígenas están haciendo un buen trabajo en eso, ciertamente.

—Correcto. —McClennan se puso en pie de nuevo.

—¿Qué va a hacer usted?

El ex asesor de Seguridad Nacional contempló inexpresivamente a través de la ventana. Su expresión le recordó a Hicks la del rostro de la señora Crockerman. Pálida, rayana en la desesperación, más allá de las lágrimas.

—Trabajaré entre bastidores para intentar salvar su culo —dijo McClennan—. Y lo mismo hará Rotterjack. Malditos seamos todos, estamos dedicados a ese hombre. —Alzó un puño—. Cuando hayamos terminado con esto, ese hijo de puta de Ormandy no sabrá lo que ha ocurrido. Va a ser un albatros muerto.

28

Con tres horas por delante hasta su vuelo a Las Vegas, Arthur decidió que tenía tiempo de tomar un taxi hasta casa de Harry en Cheviot Hills.

El taxi le condujo por la autopista de San Diego y a través de un brillantemente decorado pero empobrecido barrio de Los Ángeles.

—¿Ha oído ya lo que ha dicho el presidente, amigo? —preguntó el taxista, mirando a Arthur por encima del respaldo del asiento.

—Sí —dijo Arthur.

—¿No cree que es impresionante lo que dijo? Creo que no voy a mear en una semana. Me pregunto si es todo cierto, o si, ya sabe, el tipo se ha vuelto loco.

—No lo sé —respondió Arthur. Se sentía extrañamente excitado. Todo estaba enfocándose ahora. Podía ver claramente el problema extendido ante él como si fuera un mapa de carreteras. Su debilidad y su resignación se habían desvanecido. Ahora se veía enriquecido por una profunda y convencida furia, su distancia y objetividad arrancadas de cuajo. El aire a través de la ventanilla del taxi era dulce y embriagador.

El teniente coronel Albert Rogers terminó de escuchar la grabación de la emisión y se sentó en la parte de atrás del remolque durante varios minutos, aturdido. Se sentía traicionado. Lo que acababa de decir el presidente no podía ser cierto. Los hombres en la Caldera todavía no habían oído el discurso, pero no había ninguna forma en que pudiera ocultárselo. ¿Cómo podía suavizárselo?

—El bastardo se ha rendido —murmuró—. Simplemente nos ha dejado colgados aquí.

Rogers se puso en pie en la puerta de atrás del remolque y contempló el cono de escoria, oscuro e indefinido a la plena luz de la mañana.

—Puedo meter una bomba nuclear ahora mismo dentro de ese maldito hijo de puta —dijo calmadamente—. Puedo llevarla hasta allí y sujetarla con la mano hasta que estalle.

No sin la autorización del presidente.

En realidad, aquello no era enteramente cierto.

Pero el presidente no les impediría realizar un intento de defenderse…, ¿lo haría? No había llegado a tanto. Simplemente había afirmado que lo consideraba improbable…, ¿cuáles habían sido sus palabras? Rogers regresó al monitor de televisión e hizo retroceder la cinta, «… ha llegado el momento de que todos nosotros recemos fervientemente para la salvación, en cualquier forma que pueda llegar, podamos esperarla o no…» ¿Qué significaba eso?

¿Y quién podía darle ahora las órdenes a Rogers, las órdenes adecuadas?

—Hoy se siente débil. El viaje a Washington no le ayudó nada —dijo Ithaca, mientras conducía a Arthur al dormitorio. Harry estaba tendido de espaldas sobre gruesas almohadas blancas, con los ojos cerrados. Parecía peor que cuando se habían separado hacía una semana. La carne de su rostro estaba pálida y abotagada. Su respiración era regular, pero cuando abrió sus ojos parecieron vacuos, desinteresados. Sonrió a Arthur y aferró firmemente su mano.

—Voy a renunciar —dijo Harry.

Arthur empezó a protestar, pero Harry le hizo callar con un gesto de la mano.

—No a causa de ese discurso. No voy a servir de mucho. Todavía sigo luchando, pero… Las cosas están yendo de mal a peor, muy aprisa. Me queda poca cuerda. Ya no puedo abandonar la ciudad, y la semana próxima la voy a pasar toda en el hospital. No necesitas este tipo de pesar ahora.

—Te necesito a ti, Harry —dijo Arthur.

—Sí. Dios sabe que lo lamento. Me gustaría poder estar a tu lado. Se te presenta una dura lucha, Arthur. ¿Qué es lo que vas a hacer?

Arthur agitó lentamente la cabeza.

—McClennan y Rotterjack han dimitido. El presidente no ha dado ninguna orden al equipo operativo.

—No se atreverá a desmantelar el grupo ahora.

—No, nos mantendrá unidos, pero dudo que nos permita hacer nada. Hablé con Hicks hace unas horas y, por lo que dice, Crockerman ha ido incluso un paso más allá de Ormandy. El apocalipsis. Poned vuestros papeles en orden. Ahí viene el auditor.

—No puede ser tan… —Harry agitó la cabeza—. ¿Puede?

—No he hablado con él desde que estuvimos en la Oficina Oval juntos. Ahora viene la diversión de los media. Vamos a ser asados vivos a fuego lento. Puesto que no tengo órdenes específicas, voy a ir a hacer una comprobación a la Caldera, y luego regresaré a Oregón por unos días. A esconderme.

—¿Qué hay de la gente retenida? ¿Por qué siguen reteniéndola? Están todos sanos.

—Ciertamente, ya no son un riesgo para la seguridad —admitió Arthur.

—¿Tenemos la autoridad de hacer que los suelten?

—Todavía seguimos alineados en rango por debajo mismo del presidente. Llamaré a Fulton. —Seguía reteniendo la mano de Harry. No la había soltado desde que se había sentado en la cama—. Vas a ganar esta batalla, Harry.

—Tú también te sientes mortal, ¿eh? —El rostro de Harry era serio—. ¿Sabes?, incluso Ithaca… A veces llora abiertamente ahora. La otra noche lloramos juntos, después de que me trajera de vuelta de los tests en el coche.

—Nadie se está dando por vencido contigo —dijo Arthur con sorprendente vehemencia—. Si tus malditos doctores no pueden…, encontraremos otros doctores. Te necesito.

—Me siento como una auténtica mierda, abandonándote de este modo —dijo Harry.

—Tú sabes que no es eso…

—Te lo digo de veras. En estos momentos me siento muy enfermo. Todavía no lo noto, pero dentro de una o dos semanas empezarán otros tratamientos, y entonces me convertiré en una auténtica ruina. No seré capaz de pensar a derechas. Así que déjame decírtelo ahora. Tenemos que empezar a luchar contra ellos.

—¿Luchar contra la Caldera, contra la Roca?

—Nos han confundido. Al menos esto lo han conseguido…, sean quienes sean. Hacer volar a sus propios emisarios. ¡Jesús! Vaya golpe maestro. Ofrecernos dos historias, luego hacer que ambas parezcan mentiras. Y hemos sido una audiencia realmente buena. Ya es hora de hacer lo que podamos.

—¿Y qué es eso?

—¿No has pensado en ello?

—De acuerdo —admitió Arthur—. Lo he hecho.

—Tienes que restablecer tus canales de comunicación con el presidente. Animar a McClennan y a Rotterjack para que sigan. Si eso queda fuera de cuestión…

—Ya es demasiado tarde.

—… entonces hablar con Schwartz. Él sabe condenadamente bien cuál va a ser la reacción del público. Los norteamericanos no van a aceptarlo tan fácilmente.

—Odio ver las encuestas referidas a cuánta gente cree todo lo que está ocurriendo.

—Liderazgo —dijo Harry con voz ronca—. Tiene que afirmar su liderazgo. Y tenemos que defendernos.

Arthur asintió, abstraído.

—Matar a Cook. ¿Recuerdas?

Arthur agitó la cabeza.

—Sólo si no son omnipotentes.

—Si lo son, ¿por qué deberían intentar confundirnos? —preguntó Harry con rostro sombrío. Aferró más fuertemente la mano de Art-hur. Hubo un tiempo en que la presa de Harry podía hacerte polvo los nudillos. Ahora era una fuerte e insistente presión, pero no más—. Tienen que creer que podemos hacerles daño de algún modo.

Arthur asintió. Sin embargo, se le había ocurrido otra conclusión, y aquello le asustó. Se sentía incapaz de expresarla con palabras, y por supuesto no pensaba revelársela a Harry ahora. Mete un palo en el hormiguero, pensó. Observa cómo las hormigas se afanan a su alrededor. Aprende acerca de ellas. Luego pisotea el hormiguero.

—¿Has pensado acerca de lo que me ocurrirá si tú no sales de ésta? —preguntó Arthur.

—Invitarás a Ithaca a Oregón, harás que se instale allí. Le presentarás a tus amigos. Buscarás a alguien prometedor que necesite una buena mujer. Conseguirás que se case de nuevo.

—Cristo —dijo Arthur, ahora llorando.

—Mira —dijo Harry, con las lágrimas rodando también por sus mejillas—, sé que te ocuparás.

—Eres un maldito bastardo.

Harry giró la cabeza a un lado y se secó los ojos con la funda de una almohada.

—Nunca he sentido celos de ti. Podía pasarme años sin verte, porque sabía que estabas ahí. Pero Ithaca. Será mejor que el que le presentes sea un tipo condenadamente bueno. Si alguien ha de meterse entre sus caderas aparte de yo, será mejor que sea un tipo que me caiga bien.

—Deja esto.

—De acuerdo. Estoy cansado. ¿Te quedas a cenar? Todavía puedo comer. No sé si podré seguir haciéndolo pasada la semana próxima. Los tratamientos a la antigua usanza.

Arthur le dijo que tenía que coger el avión. Quedarse a cenar quedaba fuera de cuestión.

—Llámame mañana, entonces —dijo Harry—. Manténme informado.

—Apuesta a que sí.

—Y habla un poco más con Hicks. Él puede reemplazarme.

Arthur agitó la cabeza ante la simple idea.

—No quiero darte la impresión de que todo esto me ha dejado clavado al colchón —dijo Harry—. Llevo días teniendo locos pensamientos. Pronto voy a empezar a ponerlos por escrito.

—¿Locos pensamientos? —murmuró Arthur.

—Poniéndolo todo en perspectiva. Los alienígenas, mi cáncer, la Tierra, todo.

—Esto está bien.

—Apuesta a que sí. Mantiene mi mente lejos del resto de toda esta locura —se golpeó el pecho y el abdomen con la mano—. Incluso puede que resulte útil, en algún momento…

—Me gustará saber sobre ello —dijo Arthur.

Harry asintió.

—Lo sabrás. Pero no ahora. La cosa todavía no ha cuajado.

29

15 de noviembre

El taxi azul y blanco rugió y se bamboleó por la serpenteante carretera que ascendía la ladera de la colina a una tremenda velocidad y eficiencia. Samshow permanecía sentado rígido en la parte de atrás, inclinándose a uno y otro lado contra las curvas, preguntándose si no hubiera debido rechazar la invitación cuando había tanto trabajo por hacer. Afuera, la jungla nocturna pasaba velozmente por su lado, interrumpida de tanto en tanto por las iluminadas entradas a senderos particulares y por las fantasmales casas que flotaban encima de la ladera. Más abajo, visible ocasionalmente por entre los árboles, se extendía el brillante joyero que era Honolulú.

Sand le había dicho que habría gente interesante en la fiesta. Él había pasado delante hacía dos horas. El Glomar Descubridor había atracado en Pearl Harbor aquella mañana, y la invitación de Gina Fusetti había llegado por teléfono a las diez. La señora Fusetti, esposa del profesor de física de la Universidad de Hawai Nathan Fusetti, era conocida en todo el Pacífico por sus fiestas.

—No podemos rechazar su invitación —había dicho Sand—. Además, necesitamos unas cuantas horas de descanso.

Samshow había aceptado, reluctante.

Con los dedos vacilando sobre una palma llena de billetes de a dólar y cambio, pagó y dio propina al conductor, y retrocedió rápidamente para evitar el chorro de gravilla de las ruedas de atrás. Luego se volvió y contempló la amplia casa pseudojaponesa a dos niveles envuelta con centenares de linternas de papel con bombillas eléctricas en su interior, con su sendero de acceso de piedra flanqueado por tikis esculpidos en lava con los ojos iluminados con velas.

Incluso desde donde estaba ahora podía oír hablar a la gente…, pero no una música fuerte, por lo cual se sintió profundamente agradecido.

Una mujer joven y alta abrió la puerta a su llamada y sonrió alegremente.

—¡Mamá! —llamó—. Aquí tenemos a otro. ¿Quién es usted?

—Walt Samshow —dijo Samshow—. ¿Y usted?

—Tanya Fusetti. Mis padres…, ya sabe. Estoy aquí con mi novio.

—¡Usted tiene que ser el doctor Samshow! —Gina Fusetti avanzó vivamente por el arco que conducía al semihundido comedor, frotándose las manos y sonriendo alegremente. A punto de cumplir los setenta años, con el pelo completamente blanco, contempló a Samshow con los ojos entrecerrados, con una sonriente adoración, y lo condujo al interior, equipándole con una cerveza (Asahi) y un plato de papel con entremeses variados (atún teriyaki y verduras crudas)—. Nos complace enormemente tener con nosotros a un escritor y científico tan distinguido como usted —dijo la señora Fusetti, sonriendo con su sonrisa de mil vatios—. El señor Sand está en una de las habitaciones de atrás con algunos amigos… Nos dijo que vendría.

Sand apareció por una puerta lateral.

—Walt, me alegra que finalmente haya venido. Hay algo extraordinario…

—¡Ah, aquí está! —La mujer hizo una inclinación de cabeza hacia ambos, aún sonriendo—. ¡Es un placer tan grande el tener a hombres capaces de decir algo cuando hablan! —La llegada de otro invitado la alejó. Mientras se marchaba, le lanzó un gesto explícito con ambas manos: diviértase, disfrute de la fiesta.

Es realmente extraordinaria —dijo Samshow.

—Actúa así con todo el mundo. Es un encanto.

—¿Has asistido antes a sus fiestas?

—Durante un tiempo salí con la mayor de sus hijas.

—Nunca me dijiste nada de eso.

Sand agitó la cabeza y sonrió.

—¿Conoce usted a Jeremy Kemp? Él dice que le conoce a usted.

—Compartimos un camarote hace años, creo; alguna expedición… No, fue durante un seminario en Woods Hole. Kemp. Geofísico, terremotos, ¿no es eso?

—Correcto. —Sand le empujó hacia delante—. Tenemos que hablar. Es una auténtica coincidencia que él esté aquí y nosotros también. Y tengo que decirle que de alguna forma quebranté las reglas. Traje conmigo nuestras observaciones.

—¿Oh?

—Ya enviamos nuestros datos a La Jolla —dijo Sand, a modo de disculpa.

Samshow no se sintió completamente ablandado por aquello. Sand abrió la puerta de uno de los dormitorios traseros. Kemp y otros dos hombres estaban sentados en sillas y en el cobertor con dibujos polinesios de la cama, con cervezas y cócteles en la mano.

—¡Walt! Me alegra verle de nuevo. —Kemp se puso en pie, cambió su cóctel de mano, y estrechó firmemente la de Samshow. Fueron hechas las presentaciones, y Samshow se quedó de pie en un rincón mientras Sand animaba a Kemp a que explicara su propio problema científico.

—Me dedico a descubrir recursos para la Asian Thermal, un consorcio de energía en Taiwan y Corea. Estamos siguiendo el rastro del petróleo chino, para Beijing, eso es lo oficial, y de paso intentamos cartografiar todo el Pacífico sur oriental al sur de las Filipinas. En parte registramos los fenómenos sísmicos y analizamos la propagación de las ondas a través de la corteza profunda. Bien, esto al menos es tan secreto como lo que usted me ha contado… ¿Comprende?

Miró conspiradoramente hacia la puerta. Sand la cerró y dio una vuelta a la llave.

—Mi grupo ha estado escuchando las emisoras de las Filipinas y las Aleutianas. También hemos conectado con el Centro de Información y Vigilancia de Terremotos del Servicio Geológico de los Estados Unidos en Colorado y el LASA, el Sistema Sísmico de Gran Abertura en Montana. Tenemos un fenómeno sísmico anómalo. Creemos que es una lectura errónea o una interpretación equivocada. Pero quizá no. Procede de las inmediaciones de la fosa de Ramapo. La obtuvimos la noche del primero de noviembre, hora del Pacífico oriental.

—La noche de nuestro meteoro —dijo Samshow.

—Exacto. Situamos la hora aproximadamente a las ocho y media de la tarde. ¿Correcto?

—Ésa es nuestra hora también, con una variación de diez minutos —admitió Sand.

—De acuerdo. No fue un terremoto perse. No el deslizamiento de una falla. Más bien una detonación nuclear…, y sin embargo tampoco. Obtuvimos un PcP, un reflejo fuera del núcleo exterior, en Beijing, y reflejos del P260P y P400P en Colorado, luego obtuvimos ondas P-primo-P-primo en el LASA en Montana. No sólo eso, sino que obtuvimos persistencia en las ondas-P de alta frecuencia. Nada de ondas superficiales Love o Rayleigh, sólo ondas corporales. Nada de ondas transversales inmediatas. Sólo ondas de compresión en cantidades de microsismos realmente inusuales, como algo enterrándose. Exactamente en la fosa Ramapo. ¿Qué pudo ser?

Sand sonrió como un niño pequeño y malicioso.

—Algo que pese quizá cien millones de toneladas.

—Correcto —dijo Kemp, reflejando su sonrisa—. Así que digamos una locura. Alguna cosa, con una masa de diez a la octava potencia toneladas métricas, golpea el océano como una montaña. Pero todo lo que obtienes es una pequeña borrasca. De modo que no transfiere mucha de su energía. Un perfil muy pequeño. Simplemente golpea, pierde un pequeño, muy pequeño porcentaje de su velocidad en el agua, quizá también algo de calor. Algo de menos de un metro de ancho.

—Eso es ridículo —dijo Samshow.

—En absoluto. Una masa de materia superdensa, probablemente un agujero negro. Golpeando el océano, cayendo al fondo de la fosa Ramapo, voilà! Enterrándose.

—Increíble —dijo Sand, agitando la cabeza, aún sonriendo.

—De acuerdo. Ambos tenemos anomalías. Mi gente posee un perfil de fenómeno nuclear que no es tal, y ustedes tienen un registro dentado en sus instrumentos. —Kemp alzó su vaso—. Brindemos por los misterios compartidos.

Sand había sacado su bloc de notas electrónico y estaba atareado entrando cifras.

—Un agujero negro de ese tamaño sería una fuente intensa de rayos gamma, ¿no?

—No lo sé —dijo Kemp.

Sand se encogió de hombros.

—Pero es tan denso y tan pequeño que cae directamente al centro de la Tierra. En realidad, pasa del centro a causa de las fuerzas de Coriolis, y asciende por el otro lado. Es una pequeña draga muy efectiva. Para ella es como atravesar tenue aire.

Kemp asintió.

—Cuando alcanza el núcleo, está viajando a unos diez kilómetros por segundo. ¿Pueden imaginar ustedes la onda de choque que brota de esa cosa? Toda la Tierra resonaría como una campana…, sus microsismos. El calor liberado sería increíble. No sé cómo calcularlo… Necesitaríamos a alguien versado en dinámica de fluidos. Su período, el tiempo que tarda en «orbitar» en su bucle cerrado en torno al centro de la Tierra, sería de unos ochenta, noventa minutos.

—El sonido que hiciera, ¿no se perdería en el ruido de fondo? —preguntó Samshow, sintiéndose años desfasado.

—Oh, lo estamos oyendo, sí —dijo Kemp—. Charloteando como un niño travieso. ¿Puede prestarme un momento su bloc de notas?

A regañadientes, Sand se lo tendió. Kemp tecleó cifras durante unos instantes.

—Si despreciamos los efectos de la fricción, saldría exactamente por las antípodas de su punto de entrada. Pero no sé si llegaría a hacerlo, debe estar absorbiendo materia y soltando parte de sus rayos gamma, creando un plasma, o quizá… Infiernos, no lo sé. Supongamos que el núcleo posee poco efecto de retención sobre él. Quizá no llegue a romper la superficie…

—Pero la onda de choque sí —dijo Sand.

—Correcto. Así que tenemos que observar tremendos efectos en… —Kemp frunció el ceño.

—El Atlántico sur —dijo Samshow—. Treinta al sur y cuarenta al oeste. A unas mil cien millas náuticas al este de Brasil, en algún lugar a lo largo de la latitud de Porto Alegre.

—Muy bien —dijo Kemp, con su sonrisa fija ahora—. Algún fenómeno sísmico allí, y luego de vuelta a la fosa Ramapo ochenta o noventa minutos más tarde. Y de nuevo, y de nuevo, hasta que su movimiento se vea frenado por la resistencia que encuentra y termine descansando directamente en el centro de la Tierra. ¿Se dan cuenta ustedes de lo que puede hacer un agujero negro en el centro de la Tierra?

Samshow, repentinamente alterado, se puso en pie y cruzó la abierta puerta corredera a la terraza. Miró a lo lejos de la jungla nocturna detrás de la casa de la señora Fusetti, tranquila excepto el ruido de la fiesta y el sonido de los insectos.

—¿Cómo demonios puede haber llegado algo así a la Tierra? ¿Cómo no lo han detectado nuestros radares, nuestros satélites?

—No lo sé —dijo Kemp.

—Definitivamente hay alguna relación, Walt —dijo Sand—. Nuestros gravímetros trabajaban perfectamente. —Se unió a Samshow en la terraza.

—La fiesta está llena de conversaciones acerca del anuncio del presidente —dijo Kemp, de pie en la abierta puerta—. He estado pensando…

Sand abrió mucho los ojos.

—Oh, Jesús —dijo—. Ni siquiera se me había ocurrido…

—¿Qué? —preguntó Samshow.

—Puede que no sea sólo una fantasía —dijo Kemp—. Ustedes tienen un fenómeno que no pueden rastrear, la llegada de un meteoro que no pueden explicar, y nosotros tenemos ondas de compresión que tampoco podemos explicar. Y el presidente tiene a sus alienígenas.

—Hey, espere —interrumpió Samshow—. No tenemos ninguna información del Atlántico sur.

—¿Podría este agujero negro, o lo que sea, causar un daño sustancial a la Tierra? —preguntó Sand.

—Podría terminar devorándola, tragarla por completo —dijo Kemp.

—Entonces será mejor que se lo digamos a alguien —murmuró Samshow.

Kemp y Sand le miraron como niños castigados por haber sido atrapados haciendo cosas feas.

—¿No deberíamos hacerlo? —preguntó Samshow—. ¿Quién va a ir a San Francisco, a la convención de la Sociedad Geofísica Americana?

—Yo voy a ir —dijo Kemp.

—A mi me gustaría ir también —dijo Samshow, actuando ahora por instinto. Sand le miró con una cierta confusión. Quizás ahora sentía deseos de echarse atrás, después de haber llevado las cosas demasiado lejos y ver que el Viejo se las estaba tomando en serio—. ¿Podemos presentar el asunto, David?

—Yo…, desearía intentar antes algunos cálculos.

—Evidentemente, no tenemos la experiencia necesaria —dijo Samshow—. Pero alguien allí la tendrá.

—De acuerdo —dijo Kemp—. Conozco a la persona adecuada. Jonathan Post estará allí.

La Caldera estaba ahora rodeada por tres cercas de alambre concéntricas, la más interna de ellas electrificada. Las tropas patrullaban el perímetro en jeeps y helicópteros. Más allá de las barricadas, centenares de curiosos se sentaban ociosos en sus coches, jeeps y camionetas, con los binoculares enfocados en el negro montículo a ocho kilómetros o más de distancia. Gente a pie no dejaba de dar vueltas en torno a la zona prohibida, sin que ninguno de ellos hallara una forma de acercarse más a ella.

Una sala de prensa provisional —poco más que una cabaña sin aire acondicionado— se alzaba junto a la puerta principal de la Caldera. Allá, nueve periodistas preseleccionados aguardaban en abyecto aburrimiento alguna noticia.

Excepto los ubicuos helicópteros, el lugar permanecía tranquilo. El cono de escoria se erguía negro y púrpura al firme sol de última hora de la mañana, peñascos y flujos de lava todavía en su lugar, sin nada cambiado, todo silencioso y eterno.

Cuando las palas y las turbinas del helicóptero que le traía desde Las Vegas redujeron su marcha, Arthur saltó al suelo y se acercó al teniente coronel Rogers cruzando la salina arena y la grava de la franja de aterrizaje. Rogers le saludó con un apretón de manos, y Arthur le tendió una carpeta.

—¿Qué es esto? —preguntó Rogers mientras caminaban a solas hacia el remolque electrónico.

—Son órdenes indicándoles a usted y a sus hombres que permanezcan alejados del aparecido y que no hagan nada por alterar el lugar —dijo Arthur—. Las recibí en Las Vegas. Proceden de la oficina del presidente.

—Ya tengo órdenes al respecto —dijo Rogers—. ¿Para qué enviar más?

—El presidente desea asegurarse de que las comprende —dijo Arthur.

—Sí, señor. Dígale…

—No nos comunicamos regularmente —señaló Arthur. Miró a su alrededor, y apoyó una mano en el hombro de Rogers—. Dentro de unos días vamos a tener este lugar lleno de senadores y congresistas. Los subcomités del Senado son algo inevitable. Comités de vigilancia del Congreso. Cualquier cosa que usted pueda imaginar.

—He oído a ese senador de Louisiana, cuál es su nombre… Mac algo.

—MacHenry.

—Eso —dijo el coronel, agitando la cabeza—. Lo he oído por la radio. Pidiendo el impeachment.

—Eso es problema del presidente —dijo fríamente Arthur—. MacHenry no es el único. —Se detuvieron a veinte metros del remolque. Se había practicado un sendero entre la franja de aterrizaje y el complejo de equipamiento del Ejército. Aburridos soldados habían orillado el sendero con piedras de lava de un tamaño uniforme, encaladas—. Tengo algo importante que preguntarle. En privado. Éste parece ser un lugar tan bueno como cualquier otro.

—Sí, señor.

—¿Hay alguna forma de destruir al aparecido? —preguntó Arthur.

Rogers se envaró.

—Esa opción no ha sido mencionada, señor.

—¿Podría hacerlo usted?

El rostro del coronel era un campo de batalla de emociones en conflicto.

—Mi equipo puede hacer casi cualquier maldita cosa, señor, pero necesitaría órdenes específicas incluso para discutir una opción así.

—Esto es extraoficial —dijo Arthur.

—Incluso extraoficialmente, señor.

Arthur asintió y apartó la vista.

—Sólo voy a estar aquí unas pocas horas —dijo—. Tiene usted sus órdenes…, pero, francamente, yo no tengo ninguna orden específica. Y creo que mi autoridad supera a la suya aquí, ¿estoy en lo cierto?

—Sí, señor, excepto en lo que contradiga las órdenes directas del presidente.

—Usted no tiene ninguna orden que le obligue a impedirme entrar en el aparecido, ¿verdad?

Rogers se lo pensó unos instantes.

—No, señor.

—Me gustaría hacerlo.

—No es difícil, señor —dijo Rogers.

—Sólo es difícil cuando eres el primero, ¿no?

Rogers sonrió débilmente.

—Seguiré sus instrucciones —indicó Arthur—. Dígame lo que necesito saber, y qué tipo de equipo será necesario.

PERSPECTIVA

Resumen de la AP News Network, 17 de noviembre de 1996, Washington, D.C.:

El representante Dale Berkshire recomendó hoy, ante todo el Congreso, que el Comité de la Cámara Judicial inicie las audiencias sobre las acciones del presidente electo Crockerman respecto a la nave espacial del Valle de la Muerte. «Hay una fuerte inclinación entre mi gente hacia el impeachment», dijo Berkshire. «Dejemos que el proceso empiece aquí y ahora». Se informa que Berkshire y otros numerosos congresistas han pedido a la Cámara y al Senado que posponga las ceremonias de investidura del presidente electo. Hasta ahora, no se ha tomado aún ninguna decisión al respecto.

30

17 de noviembre

Mary, la oficial de servicio, les saludó por el intercom con una sonrisa en su voz.

—Arriba y alégrense —dijo—. Van a salir hoy. Acabo de oírselo decir al coronel Phan.

Edward llevaba varias horas despierto. Había sido incapaz de dormir mucho durante el último par dedías. El frío y nítido olor a plástico del aire del cubículo llenaba todo su cuerpo; no podía recordar cuál era el sabor del auténtico aire. Minelli se había mostrado peor que de costumbre, balbuceando a veces, lloriqueando otras, y la furia de Edward se había ido acumulando en su interior, impotente, cálida y sin embargo anestésica, refrenándole más que empujándole a la acción. Las acciones no se resolvían en nada.

—Es usted una mentirosa, Mary, Mary —dijo Minelli—. Estamos prisioneros de por vida. —Un psicólogo de las Fuerzas Aéreas había hablado con Minelli y había llegado a la conclusión de que el hombre sufría una «fiebre extrema de cabina». Lo mismo que todos los demás.

—¿Ya no somos un riesgo para la seguridad? —preguntó Reslaw.

—Supongo que no. Están ustedes sanos, y el anuncio del presidente hace todo lo demás completamente innecesario, ¿no creen?

—He estado pensando en eso desde hace días —dijo Reslaw.

A las diez de la mañana apareció el coronel Phan con el general Fulton. Las cubiertas de las ventanas de las cámaras de aislamiento fueron retiradas y Fulton les saludó solemnemente a todos, disculpándose por todos los inconvenientes. Minelli no dijo nada.

—Hemos anunciado su salida —dijo Fulton—, y hemos dispuesto la celebración de una conferencia de prensa a las dos de esta tarde. Tenemos ropas nuevas para ustedes, junto con todos sus objetos personales confiscados.

—Un traje barato y diez pavos en el bolsillo —dijo Minelli.

Fulton sonrió hoscamente.

—Son libres de decir ustedes lo que quieran. No tiene sentido que empleemos prácticas obstruccionistas; tuvimos razones perfectamente justificadas para hacer todo lo que hicimos. Espero, incluso ahora, que sepan ver ustedes esas razones. No espero simpatía por su parte.

Edward se mordió suavemente los labios, los ojos fijos en la gorra de Fulton. Luego miró en dirección a la ventana de Stella, y la vio de pie a la blanca luz fluorescente, demacrada, casi fantasmal. Había perdido mucho peso. Lo mismo le había ocurrido a Reslaw. Minelli, sorprendentemente, se había puesto casi rollizo.

—Me he tomado la libertad de hacer que el Land Cruiser del señor Shaw fuera revisado a conciencia en nuestros talleres. Se le ha cambiado el aceite, se le ha practicado una puesta a punto al motor, y se le ha colocado un nuevo juego de neumáticos. Creo que esto es lo menos que podemos hacer. También se han dispuesto unas compensaciones monetarias por el tiempo que han pasado aquí. Si necesitan alguna atención médica dentro de los próximos años, nosotros nos haremos cargo también de ello. Supongo que alguno de ustedes, o varios, presentarán algún tipo de demanda contra nosotros. —Fulton se encogió de hombros—. Pueden hacerlo. Las puertas de sus estancias se abrirán en cinco minutos. Si están ustedes de acuerdo, me gustaría darles las gracias personalmente a cada uno de ustedes y estrechar sus manos. Mi gratitud es sincera, pero no exijo que ustedes correspondan.

—Vaya a estrecharle la mano al jodido presidente —rugió Minelli—. Oh, Cristo, déjeme salir de una vez.

Fulton se dirigió con el supervisor de guardia hacia el pasillo que contectaba con las celdas, el rostro ceniciento.

—Este asunto… se ha convertido en el más desafortunado incidente… de toda mi carrera —dijo, con los ojos medio cerrados.

Media hora más tarde, los cuatro cautivos se hallaban bajo la luz del sol, parpadeantes, junto a las paredes de cemento del Laboratorio de Recepción Experimental. Edward se preocupó de permanecer al lado de Stella. Parecía frágil, excesivamente tranquila, el rostro tenso y obsesionado como el de un niño hambriento.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Edward.

—Quiero irme a casa. Estoy limpia, pero deseo tomar una ducha en casa. ¿Tiene sentido todo esto?

—Tiene mucho sentido —dijo Edward—. Todos deseamos librarnos de los piojos de la prisión.

Ella sonrió ampliamente, luego abrió los brazos de par en par y los alzó hacia el cielo, agitándose en un extático movimiento felino.

—Dios —murmuró—. El sol.

Minelli se cubrió los ojos con una mano para protegerse del sol y extendió la otra mano, con la palma hacia arriba, para captar sus rayos.

—Hermoso —dijo.

—¿Qué piensa hacer usted ahora, Edward? —preguntó Stella.

—Dar un paseo —dijo Edward sin vacilar—. Volver al desierto.

—Si alguno de ustedes quiere pasar algún tiempo en Shoshone… —Stella hizo una pausa—. Puede que suene estúpido, lo más probable es que todos ustedes deseen alejarse lo máximo de aquí cuanto antes, pero si quieren pueden quedarse en nuestra casa. Aunque supongo que tendrán otras cosas que hacer.

—La verdad es que estamos desconectados —dijo Reslaw—. Yo, al menos.

Pasaron junto al general Fulton y al coronel Phan mientras el supervisor de guardia les escoltaba hasta un pequeño auditorio cerca de la oficina de información pública de la base. Un abogado de las Fuerzas Aéreas habló con ellos acerca de su futuro inmediato y les ofreció asistencia legal, incluido actuar como su agente en las ofertas que pudieran recibir para escribir un libro o realizar una película, de una forma completamente gratuita.

—Creo que soy bastante bueno en esas cosas, y lo mismo creen las Fuerzas Aéreas —dijo—. No es nada obligatorio, por supuesto. Si no les caigo bien, el servicio pagará los servicios de cualquier abogado que ustedes elijan, sin discutir.

La conferencia de prensa fue una auténtica prueba, pero afortunadamente fue breve…, sólo media hora. Permanecieron sentados a solas tras una larga mesa mientras aproximadamente trescientos periodistas competían en hacer preguntas, una a una, a través de micrófonos a control remoto. Para Edward, las preguntas se mezclaron las unas con las otras: ¿Cómo descubrieron al alienígena? ¿Estaban realmente buscando naves espaciales y alienígenas? ¿Van a demandar a las Fuerzas Aéreas o al gobierno de los Estados Unidos? («No lo sé», respondió Edward.) ¿Qué opinan de la nave espacial australiana? ¿Del comunicado del presidente a la nación? («Si estamos siendo invadidos», dijo Minelli, «su mensaje es una gilipollez.») Bernice Morgan, la madre de Stella, permanecía sentada en una sección acordonada. Llevaba un vestido estampado sujeto con un cinturón y un amplio sombrero. Su rostro era tranquilo. A su lado se sentaba el abogado de la familia Morgan, más viejo y mucho más canoso que el consejero militar, vestido con un traje azul oscuro y aferrando un maletín portadocumentos.

A las tres estaban de vuelta al auditorio. Stella estaba de pie junto a su madre mientras su abogado discutía las circunstancias de su liberación. Luego se ofreció a representar a los cuatro detenidos, como los denominó.

Un sargento de estado mayor tendió a Edward una bolsa conteniendo las llaves de su jeep, y todos recibieron de vuelta sus efectos personales.

—Puedo llevarles a todos fuera de aquí —dijo Edward—. Si podemos eludir a los periodistas…

—Eso va a ser difícil. Si desean una escolta… —ofreció el militar.

—No, gracias. Nos las arreglaremos.

Reslaw y Minelli se fueron con Edward. Stella acompañó a su madre a la limusina del abogado.

—¿Dónde vamos? —le preguntó a Edward.

—Creo que aceptaré su oferta, si aún sigue en pie —dijo Edward. Minelli y Reslaw asintieron.

—Está en pie para todos.

El jeep y la limusina salieron por la puerta principal este de Vandenberg, huyendo del hacinamiento de periodistas. Unas cuantas camionetas cargadas con valientes cámaras y unos pocos coches llenos de periodistas les siguieron, pero Edward consiguió librarse de ellos tomando una carretera secundaria a través de Lompoc.

La ascensión por el pozo no fue difícil; Rogers le había indicado que era un trayecto mucho más impresionante mental que físicamente. Sin embargo, Arthur no estaba completamente seguro de por qué hacía aquello. ¿Qué podía decirle el interior hueco del cono que no hubiera visto ya en las fotografías y el vídeo de Rogers?

Sin embargo, tenía que hacerlo. Su confusión interior tenía que resolverse. Medio esperaba algún descubrimiento intuitivo. Y quizás algo hubiera cambiado…, un cambio que indicara dónde se hallaba realmente la verdad.

Arthur trepó por el segundo recodo y se arrastró a cuatro patas a lo largo del último tramo del túnel. A los pocos minutos emergía a la amplia antecámara cilíndrica, y conectó la cámara de vídeo montada sobre su oreja.

Sus focos hicieron resplandecer las complejas facetas del lado opuesto de la cámara principal. Caminó hasta el borde de la antecámara y paseó el haz de su foco sobre la facetada enormidad catedralicia, intentando descubrir la luz roja que Rogers había fotografiado. No pudo verla. Inspirando profundamente —como imaginó que había hecho Rogers antes—, apagó todas sus luces y se sentó con las piernas cruzadas a un par de metros del borde.

Circular. ¿Diseñada para condiciones de ingravidez? ¿Cómo ha podido toda esta estructura cristalina sobrevivir a la entrada al planeta? ¿Cuál demonios es su función? Al cabo de cinco minutos, seguía sin poder divisar la luz roja en aquella enormidad.

—Al menos se ha producido un cambio —dijo en voz alta a la grabadora.

Volvió a encender el foco y escrutó intensamente las facetas, moviendo los ojos unos pocos grados, luego moviéndolos de nuevo, intentando captar algún esquema o función evidente. Era hermoso, lo cual implicaba ya un esquema, pero más allá de eso…

¿Podían ser utilizadas todas aquellas facetas para enfocar algún tipo de impulsor de radiaciones? Si era así, ¿se hallaba él entonces en la garganta del impulsor, en la (actualmente) cerrada antecámara? ¿Significaba entonces el túnel que penetraba en el montículo una especie de válvula de seguridad, dejada abierta para evacuar el contenido de la cámara después del aterrizaje? No había huellas de chorros ni de calor fuera. Quizá todo aquello había sido eliminado después del aterrizaje, durante el tiempo en que la nave era camuflada.

Aunque se pusiera de puntillas, no podía sujetar el foco lo suficientemente alto como para situarlo en el centro focal del cilindro de la antecámara, que estaba aproximadamente a dos metros por encima del alcance máximo de sus brazos alzados. Una simple escalera de mano…, y podría ver si las facetas reflejaban directamente el rayo de vuelta a él.

Incluso desde donde estaba, aquello parecía poco probable.

¿Qué pensaría Marty si supiera que su padre estaba en aquellos momentos de pie dentro de una nave alienígena? ¿Qué pensaría Francine?

Si es una nave espacial. Todo el mundo parece darlo por sentado. Quizá la nave espacial dejó máquinas para que construyeran esto, algo que nunca estuvo en el espacio. Y si fue así, ¿por qué?

La fría y oscura quietud era profunda, casi reconfortante. Me recuerda una cámara sorda. Quizá las facetas absorban de alguna manera el sonido. Silbó agudamente. El silbido regresó, ahogado pero claro. Su voz, sin embargo, no regresó. Desconectó el micrófono y gritó varias veces para asegurarse. Los primeros dos gritos fueron sin palabras, meros sonidos, casi simiescos, y, de alguna forma, después de ellos se sintió mejor. El tercer grito brotó de él tan rápidamente que no tuvo tiempo de pensar.

—¿Qué infiernos estáis haciendo aquí? ¿Qué nos estáis haciendo, maldita sea?

Azarado, con el rostro enrojecido, Arthur se acercó de nuevo al borde y apuntó su foco a las facetas que había directamente debajo. Pensó en los triples ojos color cereza del Huésped, emergiendo de la carne verdegrisácea que los cubría. Vaya pesadilla. Todo ello. Día tras día aprendemos cosas nuevas y eso no significa nada, no hay ningún esquema. Nos aturdimos de sentirnos aturdidos. Deliberadamente.

Intentó refrenar su irrazonable rabia. Seguro que había formas de meter un arma nuclear dentro de aquella cámara. Las armas nucleares de mochila llevaban veinte años sin fabricarse, y nunca habían sido probadas. ¿Qué otra cosa había en el arsenal que pudiera ser metida dentro de la cámara por uno o como máximo dos hombres?

El teniente coronel Rogers tenía que saberlo. Había pensado en una contingencia así antes de que Arthur suscitara el tema. Su reacción —inmediata, brusca— lo dejaba bien claro. Si dos personas habían pensado en ello, entonces otras lo habrían hecho también. ¿Cómo podían eludir la autoridad de Crockerman sobre todas las armas nucleares?

¿De qué serviría?

—Me gustaría haceros unas cuantas preguntas —dijo, manteniendo el micrófono cerrado—. Sólo entre un individuo humano y vosotros, lo que seáis y dónde estéis. ¿No somos más que un hormiguero para vosotros? Os tomáis la molestia de crear un ser artificial… —Estaba convencido de ello, aunque las pruebas no eran absolutas—. Nos ofrecéis dos historias, quizá más. ¿Qué les estáis diciendo a los rusos en Mongolia? ¿Les estáis contando que el universo funciona sobre principios socialistas? Hace algunos años pensamos…, pensamos que la llegada de algo como vosotros iba a cambiarnos a todos. Os habéis aprovechado de eso. Parecéis conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. ¿O se trata simplemente de que podéis predecir nuestro comportamiento? Si sois superiores, entonces, ¿por qué nos torturáis? ¿Cuántas civilizaciones habéis destruido?

No esperaba una respuesta. El interior gris facetado de aquella pseudocatedral resplandecía a su alrededor, silencioso e implacable, irreal pese a su intenso escrutinio.

—Vais a devorar la Tierra, y a escupirla, y a moverla de sitio —prosiguió, con voz temblorosa. Su rabia era casi abrumadora; deseaba aplastar cosas. Se retiró al túnel con cierto apresuramiento, para alcanzar el exterior antes de que su decoro se desvaneciera por completo y se echara a llorar de frustración.

Una vez recorrido el retorcido túnel y de nuevo en pie bajo el sol del desierto, se encontró frente a Rogers y dos sargentos, y el llorar quedó de nuevo fuera de cuestión.

—Su luz roja ha desaparecido —dijo, empezando a quitarse su equipo—. No ha cambiado nada más.

—¿Cuál fue su sensación, señor? —preguntó suavemente Rogers.

—Como si yo no importara absolutamente nada —dijo Artnur.

El oficial sonrió en hosco asentimiento y le ayudó a quitarse la cámara.

PERSPECTIVA

Editorial del New York Times, 30 de noviembre de 1996:

La elección del presidente William D. Crockerman puede revelarse como un error colosal. De haber sido ofrecidos a la nación todos los hechos acerca de la situación actual —hechos relativos a la existencia de otro dispositivo alienígena en el Valle de la Muerte, en California—, y haber sido informados de la actitud del presidente hacia esos dispositivos alienígenas, ¿cuántos norteamericanos hubieran votado a un presidente que parece aceptar una inmediata destrucción con los brazos abiertos?

Quizá no haya esperanzas. Quizá la Tierra esté condenada. Pero que el presidente de los Estados Unidos admita la derrota y nos anime a todos a rezar nuestras plegarias es —y no vacilamos en emplear la palabra— pura y simple traición.

El equipo redactor del Times es unánime en recomendar que el Comité de la Cámara Judicial investigue las acciones del presidente electo, y vote si recomienda o no el impeachment.

31

Reuben Bordes necesitó tres semanas para enfrentarse a la muerte de su madre, y eso ocurrió de una forma extraña y lúgubremente cómica.

Su padre, tan alto como Reuben pero cada vez más orondo a nivel de la cintura, se hundió por completo, su tosco y barbudo rostro gris oliváceo por el dolor y la tensión, y se pasaba todo el tiempo hundido en un sillón de la sala de estar, dormitando delante del aparato de televisión apagado.

Era misión de Reuben cuidar de que la casa estuviera limpia y hacer todas las cosas del modo que su madre hubiera deseado. Aceptó esto como una tarea en nombre de los dos. Su padre se recuperaría. La vida seguiría adelante. Reuben estaba seguro de ello.

Un miércoles, exactamente tres semanas después del funeral, Reuben extrajo la vieja aspiradora y la conectó a un herniado enchufe de la pared. El enchufe amenazaba con caerse, pero resistió lo suficiente para que Reuben pisara con su pie desnudo el botón de contacto y pusiera el aparato en marcha. Luego pasó metódicamente la aspiradora por la desgastada alfombra de dibujo oriental y los suelos de madera, apartando las sillas y la mesita de café cuando era necesario. Pasó la aspiradora en torno a su padre, que le sonrió e intentó decir algo, inaudible con el ruido. Reuben le dio unas palmadas en el hombro al pasar.

En el cuarto de baño, mientras pasaba cuidadosamente la máquina sobre la casi nueva alfombrilla, la aspiradora empezó a tartajear. Creyó oler a metal sobrecalentado y electricidad. La desconectó con el pie descalzo, volcó la máquina, retiró dos pasadores y extrajo la tapa metálica del fondo. No sin cierta sorpresa, contempló los rodillos barredores y la correa de arrastre.

Densos mechones del fino y largo pelo de su madre se habían enredado en torno a los rodillos barredores, llenando la canal de la correa de arrastre e impidiendo su avance.

Reuben retiró delicadamente los pelos con unos dedos largos y espatulados, examinando los rotos mechones en sus palmas. Liberó una densa maraña e hizo ademán de echarlos al cubo de la basura. No llegó a terminar el movimiento.

Se sentó apoyado contra la puerta de la cocina, apretando el mechón contra su mejilla. Por un momento sus pensamientos se vieron invadidos por una aterciopelada nada.

Luego ocurrió. Su cabeza golpeó contra la puerta y lloró suavemente, no deseando que su padre le oyera, cubriendo finalmente sus sollozos con el sonido de la aspiradora funcionando de nuevo. Una vez retirados los cabellos de su madre, funcionó suave y alegremente.

Warren, Ohio, se extendía condescendientemente bajo una vieja capa de nieve, parte de ella limpia, parte apelotonada en montones de un color amarronado sucio a los lados de las calles. Unos árboles esqueléticos se erguían contra el amarillento atardecer, y ráfagas de frío e intenso viento saltaban en torno a él como perros invisibles, contentos de verle, satisfechos de tenerle allí. Reuben aferró los dos libros de la biblioteca bajo su brazo, uno sobre cómo pasar los exámenes para entrar como funcionario en el Servicio de Correos, el otro conteniendo los relatos cortos de Paul Bowles. Reuben, que había coqueteado con el islamismo a los quince años —con gran horror de su madre—, se había inclinado más tarde hacia el atractivo de África y el Oriente Medio. Bowles le intrigaba más aún que Doughty o T. E. Lawrence.

Reuben había abandonado la escuela secundaria el año antes de ponerse a trabajar. Su educación formal había sido irregular, pero su inteligencia, una vez enfocada, se había convertido en algo devorador y casi aterrador. Cuando Reuben Bordes se centraba en una cuestión o un libro o un tema que le interesaban, su corto y ancho rostro se tensaba en una expresión intensa y fija y sus ojos se agrandaban hasta que parecía que iban a caérsele de un momento a otro de la cabeza.

Era alto y fuerte y no le temía a nadie. Su camino a través de las semioscuras calles, entre los sucios edificios de ladrillo y recorriendo las estrechas calles secundarias tras las grandes arterias comerciales, no era elegido por la lógica o la línea recta. Reuben necesitaba retrasarse un poco. Regresar junto a su padre era algo necesario, pero no podía soportar la intensidad del dolor que captaba en su casa.

A medio camino, por entre los fangosos charcos junto a una tienda de licores, captó un destello plateado en las sombras al lado de un contenedor de basura. Siguió caminando y volvió la cabeza, pensando que no era más que una botella rota. Pero el destello persistió. Regresó al contenedor de basura y miró entre las sombras. Una cosa brillante, parecida a un juguete, quizá el robot roto de algún niño, descansaba sobre un irreconocible montón de basura de color marrón oscuro. Miró más atentamente.

El juguete estaba posado sobre un ratón o una rata pequeña, muerta. Muy lentamente, el robot alzó una de sus seis brillantes patas articuladas, y luego volvió a dejarla caer. La pata perforó la piel del roedor.

Reuben se alzó y retrocedió unos pasos. Ya casi era de noche.

La forma en que la araña o lo que fuera había alzado su pata —con una precisión mecánica y una aceitada suavidad— lo asustó. No era un juguete. No era un insecto. Era algo con la forma de una araña y metálico, y había atrapado y matado a un ratón.

Con una lenta gracia, la araña se apartó del ratón y se volvió para enfrentarse a Reuben, con las dos patas delanteras alzadas como para defenderse. Reuben retrocedió de nuevo contra una áspera verja de tablas, a dos o tres metros de distancia, a unos seis metros de la calle. Miró a la izquierda, dispuesto a echar a correr.

Algo plateado destelló sobre las tablas de la verja. Reuben chilló y se apartó con brazos y hombros, pero el destello le siguió, aposentándose sobre su hombro, donde no podía verlo claramente. Lo sacudió de un manotazo y sintió sus pesadas y resistentes patas agarrarse y perder presa sobre su camisa. La araña cayó en el fango con un chapoteo y un resonar como de plomo.

—¡Oh, Jesús, socorro! —chilló Reuben. La calle más allá estaba vacía de peatones. Un coche pasó a velocidad moderada, pero su conductor no le oyó—. ¡Socorro!

Echó a correr. Otras dos arañas le cortaron el paso e intentó detenerse, resbaló sobre húmedo hielo. Cayó de espaldas sobre la tierra y el fango. Gimió, rodó sobre sí mismo, sin aliento, y alzó la cabeza. Una araña aguardaba, con las patas delanteras alzadas a menos de treinta centímetros de su rostro, una pequeña línea de luminosidad verde brillando entre ellas, allá donde hubieran debido estar sus ojos. Su cuerpo era liso, una forma ovoide alargada. Sus patas eran finas y esbeltas como joyas.

No es ninguna broma.

Nadie hace cosas así.

Se enfrentó a la cosa, sintiendo que el aliento volvía a él en entrecortados jadeos y que le hormigueaban los brazos a causa de la caída. Algo se movió en su espalda, pellizcándole suavemente, y no pudo alcanzarlo para apartarlo de un manotazo. No pudo gritar de nuevo; no quedaba suficiente aire en sus pulmones. Luego el peso y las patas estuvieron sobre su pelo. Algo agudo rozó su cuero cabelludo. Como un aguijón.

Reuben gimió y hundió la cabeza en el fango, los ojos cerrados, el rostro convertido en una máscara de terror. Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que se alzaba y se apoyaba contra la verja, con movimientos poco coordinados. Nadie acudió en su ayuda, y si alguien le vio no se detuvo. Seguía estando al lado de la tienda de licores. Estaba sucio y mojado y parecía un simple borracho. Tal vez un policía acudiera a investigar, pero nadie más.

Sentía mucho frío, pero ya no estaba asustado. Había una intensa vibración en su cráneo que lo tranquilizó. Reuben decidió bruscamente luchar para serenarse y envaró todo su cuerpo, golpeando la cabeza tan duramente contra la verja que la madera crujió.

Aquello lo relajó. La parte de su cabeza que aún pensaba le impulsaba a la cautela. Notaba sabor de sangre en su boca. Así es como se siente un animal en la selva cuando llega la gente del zoo, pensó.

La vibración continuó, ascendiendo y menguando, calmándole incluso contra el frío y la humedad que le calaban hasta los huesos. Intentó varias veces ponerse en pie, pero no tenía control sobre sus miembros; le hormigueaban como si estuvieran dormidos.

Sintió arrastrarse algo detrás de su cabeza. Una araña descendió delicadamente por la parte delantera de su chaqueta, con sus patas alzando la arrugada solapa del bolsillo, a su costado. La cosa desapareció dentro del bolsillo, doblando las patas mientras entraba. El bulto que hacía dentro apenas era apreciable.

Sus piernas dejaron de hormiguear. Reuben se puso en pie con un esfuerzo, vacilando torpemente hacia delante y hacia atrás. Se palpó y no halló ninguna herida, ni sangre ni huellas de abrasiones, y sólo unas pocas magulladuras ligeras. Cuando su mano se dirigió a su bolsillo lo pensó mejor —o más bien algo le urgió a ir con cuidado—, y apartó lentamente el brazo. Con la mano tendida hacia delante, sin ningún objetivo concreto, tembloroso y desconcertado, Reuben miró a su alrededor en busca de más arañas. Habían desaparecido.

El ratón seguía exánime al lado del contenedor de basura. A Reuben se le permitió arrodillarse y examinar el pequeño cadáver.

Había sido limpiamente disecado, con sus brillantes órganos púrpura, marrón y rosa colocados a un lado, e incisiones hechas aquí y allá, como si hubieran sido retiradas muestras.

—Tengo que irme casa —dijo Reuben, a nadie y a nada en particular.

Se le permitió terminar su camino a casa.

32

Arthur se vio retrasado inesperadamente tres días en Las Vegas para hablar informalmente con tres miembros del Comité de la Cámara Judicial del Congreso. En su primera noche de vuelta a casa, de nuevo con su familia y el río y el bosque, se sentó en la gruesa alfombra de la sala de estar, con las piernas cruzadas en la posición del loto. Francine y Marty se sentaron en el diván tras él. Marty se había encargado de encender personalmente el fuego en la chimenea, prendiendo los troncos cuidadosamente colocados con una cerilla larga.

—Esto es lo que está ocurriendo realmente, por todo lo que sé —dijo, apoyándose en sus brazos y dándose la vuelta sin descruzar las piernas para enfrentarse a ellos. Y se lo contó.

El calefactor se puso en marcha a medianoche y arrojó aire caliente sobre Arthur y Francine mientras permanecían tendidos en la cama, el uno en brazos del otro. Francine tenía la cabeza apoyada en su hombro. Arthur podía sentir el movimiento de sus ojos mientras miraba a la oscuridad. Acababan de hacer el amor y había sido muy bueno, y contra todas sus persuasiones intelectuales Arthur se sentía bien, relajado, tranquilo. No se habían dicho ni una palabra durante los últimos quince minutos.

Finalmente, ella alzó la cabeza.

—Marty…

Sonó el teléfono.

—Oh, Cristo. —Se apartó de él. Arthur cogió el auricular.

—Arthur, aquí Chris Riley. Siento despertarte…

—Estábamos despiertos —dijo Arthur.

—Sí. Esto es casi una emergencia, creo. Hay unos tipos en Hawai que querrían hablar contigo. Han oído que yo sabía tu número. Puedes llamarles ahora, o si quieres yo…

—Me gustaría no establecer comunicación con nadie, Chris, al menos durante un par de días.

—Creo que esto puede ser muy importante, Arthur.

—De acuerdo. ¿De qué se trata?

—Por lo poco que me han dicho, puede que hayan encontrado…, ya sabes, eso de lo que habla toda la prensa, el arma que los alienígenas pueden utilizar contra nosotros.

—¿Quiénes son?

—Uno es Jeremy Kemp. Es un engreído hijo de puta y resulta un infierno tratar con él, pero es un excelente geólogo. Los otros dos son oceanógrafos. ¿Has oído hablar de Walt Samshow?

—Creo que sí. Escribió un libro de texto que estudié en la universidad. Es bastante viejo, ¿no?

—El y otro tipo llamado Sand están con Kemp en Hawai. Dicen que vieron algo más bien extraordinario.

—De acuerdo. Dame su número de teléfono. —Encendió la luz de la mesilla de noche.

—Samshow y Sand están a bordo de un barco en Pearl Harbor. —Riley le dio el número y el nombre del barco—. Pide por Walt o David.

—Gracias, Chris —dijo Arthur, y colgó.

—¿No piensas descansar? —preguntó Francine.

—Hay unas personas que creen haber encontrado el arma de los alienígenas.

—Jesús —dijo suavemente Francine.

—Será mejor que les llame ahora. —Saltó de la cama y se dirigió al estudio para utilizar el teléfono de allí. Francine le siguió unos minutos más tarde, envuelta en su bata.

Cuando terminó la llamada, se volvió y vio a Marty de pie a su lado, frotándose los ojos.

—Voy a tener que ir a San Francisco este fin de semana —le dijo—. Pero todavía estaré un par de días con vosotros.

—¿Me enseñarás cómo usar el telescopio, papá? —preguntó Marty, soñoliento—. Quiero ver lo que está ocurriendo.

Arthur cogió al niño en brazos y lo llevó de vuelta a su dormitorio.

—Tú y mamá habéis hecho el amor —murmuró Marty mientras Arthur lo depositaba en su cama y lo cubría con las mantas.

—Estuviste escuchando, Orejas Grandes —dijo Arthur, sonriendo.

—Eso significa que quieres a mamá. Y que ella también te quiere.

—Hummm.

—Y tú tienes que irte, pero volverás.

—Tan pronto como pueda.

—Si tenemos que morir, os quiero a los dos aquí, conmigo. Todos juntos —dijo Marty.

Arthur aferró la mano de su hijo durante un largo momento, sintiendo que se le humedecían los ojos y que su garganta se constreñía con amor y una profunda e inexpresable angustia.

—Empezaremos con el telescopio mañana, y puedes mirar mañana por la noche —dijo finalmente, en un ronco susurro.

—Así podré verles cuando lleguen —dijo Marty.

Arthur se sentía incapaz de mentir. Abrazó firmemente a su hijo, y se quedó con él hasta que Marty cerró los ojos y su respiración se hizo acompasada.

—Es la una —dijo Francine cuando Arthur se metió bajo las mantas a su lado.

Hicieron de nuevo el amor, y todavía fue mejor que antes.

22 de noviembre

—¡Gauge! ¡Perro malo! Maldita sea, Gauge, esto es pollo congelado. No puedes comerlo. Todo lo que puedes hacer es estropearlo. —Francine lanzó un furioso puntapié y Gauge salió disparado de la cocina, con su lengua color cereza colgando, avergonzado pero complacido consigo mismo.

—Lávalo —sugirió Arthur, pasando junto a Gauge y deteniéndose sonriente en la puerta de la cocina.

Francine examinó el pollo, aún entero pero profundamente marcado por las dentelladas, y agitó la cabeza.

—Lo ha estropeado. Cada trozo tendrá la marca de sus dientes.

—Mordiscos sobre mordiscos —dijo Arthur—. No está mal.

—Oh, cállate. Dos días en casa, y esto.

—Adelante, échame a mí la culpa —dijo Arthur—. Lo único que me falta es un poco de culpabilidad doméstica.

Francine volvió a dejar el pollo sobre la encimera y abrió la puerta corredera de cristal.

—¡Martin! ¿Dónde estás? Ven a castigar a tu perro por mí.

—Está fuera con el telescopio. —Arthur examinó tristemente el pollo—. Si no lo comemos, será la vida de otra pobre gallinácea malgastada —dijo.

—Tiene gérmenes de perro —argumentó Francine.

—Infiernos, Gauge no deja de lamernos todo el tiempo. Es sólo un cachorro. Todavía es virgen.

La cena —el pollo, quitada la piel y cuidadosamente guarnecido— fue servida a las siete. Marty pareció dudar sobre su porción de muslo, pero Arthur le advirtió que su madre no iba a tolerar ningún comentario.

—Tú me hiciste cocinarlo —dijo ella.

—¿Algo interesante? —preguntó Arthur a su hijo, señalando hacia arriba.

—Todo centellea ahí fuera —dijo Marty.

—¿Es clara la noche? —quiso saber Arthur.

—Es lodosa y fría —dijo Francine.

—Hay montones de estrellas, pero quiero decir…, ya sabes. Centellean como lejanos fuegos artificiales.

Arthur dejó de masticar.

—¿Las estrellas?

—Me dijiste que sólo las supernovas brillaban mucho y luego desaparecían —dijo Marty seriamente—. ¿Son eso?

—No lo creo. Vayamos a echar un vistazo.

Francine dejó caer su ala sobre el plato, disgustada.

—Adelante. Abandonad la cena. Arthur…

—Sólo será un minuto —dijo él. Marty le siguió. Tras detenerse en el porche de servicio para protestar un poco, Francine se unió a ellos en el patio trasero.

—Ahí arriba —dijo Marty, señalando—. Ahora no hacen nada —protestó.

—Hace un frío horrible aquí fuera. —Francine miró a Arthur con una pregunta no formulada en su rostro. Arthur examinó intensamente el cielo.

—Ahí —dijo Marty.

Por un breve instante, una nueva estrella se unió a la panoplia. Unos segundos más tarde, Arthur descubrió otra, mucho más brillante, a un par de grados de distancia. Los destellos se hallaban todos dentro de un par de grados del plano de la eclíptica.

—Oh, Cristo —murmuró—. ¿Y ahora qué?

—¿Es algo importante? —preguntó Francine.

—Papá —dijo nerviosamente Marty, mirando a sus padres, alarmado por el tono de sus voces.

—No lo sé. No lo creo. Quizá sea una lluvia de meteoros. —Pero los destellos no eran meteoros. De eso estaba seguro. Podía llamar a una persona que seguramente lo sabría…, Chris Riley. Siempre Riley, un punto firme en un mundo que no dejaba de moverse.

En el estudio casi a oscuras, marcó el número de casa de Riley. Al primer intento comunicaba. Unos momentos más tarde respondió Riley en persona, sin aliento.

—Hola, Chris. Soy Gordon, Arthur Gordon.

—Mi hombre. Exactamente mi hombre. —Riley hizo una pausa para recuperar el aliento—. Supe que habías arreglado una entrevista con Kemp y Samshow. Me gustaría estar ahí, pero tengo aquí un montón de trabajo. No he dejado de correr al telescopio y volver aquí. Tendría que instalarme un teléfono ahí fuera.

—¿Qué ocurre?

—¿Lo has visto? Por todo el plano de la eclíptica…, asteroides. ¡Brillan como fuegos artificiales! Al parecer desde que anocheció. Acabo de obtener confirmación de Monte Laguna, y alguien dejó un mensaje hace unos minutos desde el Pic du Midi, en Francia. El anillo de asteroides parece como un campo de batalla.

—Maldita sea —dijo Arthur. Miró por encima del hombro y vio a Marty y Francine de pie en la puerta. Marty tenía los brazos rodeando apretadamente la cintura de su madre.

—¿Cuándo va a decir algo ese equipo operativo? —preguntó Riley—. La gente empieza a ponerse furiosa, Arthur. El presidente abre su enorme bocaza, pero nadie más dice nada.

—No podemos estar seguros de que tenga alguna relación.

—¡Arthur! ¡Por el amor de Dios! ¡Los asteroides están estallando! ¿Cómo demonios no puede tener ninguna relación?

—Tienes razón —murmuró Arthur—. Mañana vuelo a San Francisco. ¿Cuántos destellos hasta ahora?

—Desde que he empezado a mirar, al menos un centenar. Parece que las cosas se precipitan.

Arthur se despidió y colgó. Los ojos de Marty eran tan redondos como los de un búho, los de Francine apenas un poco menos desorbitados.

—Todo va bien —dijo.

—¿Ya ha empezado? —preguntó ella. Marty empezó a sollozar. Arthur no había oído a su hijo sollozar desde hacía mucho…, meses, un año quizá.

—No. Creo que no. Eso está muy lejos, en el cinturón de asteroides.

—¿Estás seguro de que no son estrellas fugaces? —preguntó Marty, con una racionalización muy adulta.

—No. Son asteroides. Están más allá de Marte, la mayor parte de ellos entre Marte y Júpiter.

—¿Por qué ahí fuera? —preguntó Francine.

Arthur sólo pudo agitar la cabeza.

33

23 de noviembre

Minelli había pasado la noche tendido en un sofá junto a las amplias ventanas panorámicas. Ahora estaba allí, la cabeza colgante, roncando suavemente. Edward apretó el nudo del cinturón de la bata de baño que había tomado prestada de Stella y pasó junto al sofá para detenerse detrás de los cristales. Más allá de un patio de cemento y un estanque para peces ahora seco en forma de L, la escarcha blanqueaba varias hectáreas de amarillenta hierba invernal.

Ir allí había sido una buena idea. Shoshone era un pueblo pacífico, aislado, sin hallarse desgajado de la civilización. Durante algunos días al menos podrían descansar, hasta que las multitudes de reporteros los hallaran de nuevo. Los pocos habitantes del pueblo que sabían de su regreso se preocupaban muy mucho de que nadie supiera que estaban allí. Pasaban la mayor parte del día dentro de la casa, y sólo Bernice respondía al teléfono.

Oyó a Minelli agitarse a sus espaldas.

—Te perdiste el espectáculo —dijo Minelli.

—¿El espectáculo?

—Durante toda la noche. Como un desfile de luciérnagas.

Edward alzó una ceja.

—No estoy bromeando, y no estoy loco. Ahí encima de las montañas, durante toda la noche. Claro como una campana. El cielo relumbró.

—¿Meteoros?

—He visto meteoros, y eso no lo eran.

—El fin del mundo, sin duda —dijo Edward.

—Sin duda —hizo eco Minelli.

—¿Cómo te sientes?

—Descansado. Mejor. Debí darle malos momentos a todo el mundo ahí atrás.

—Ellos nos dieron malos momentos —corrigió Edward—. Yo también estaba empezando a volverme un poco loco.

—Locos. —Minelli agitó la cabeza y lanzó a Edward una dubitativa mirada de soslayo—. ¿Cómo está Reslaw?

—Sigue durmiendo. —Él y Reslaw habían compartido uno de los dormitorios.

—Esa gente es realmente encantadora. Me gustaría haber tenido una madre como Bernice.

Edward asintió.

—¿Vamos a quedarnos aquí y a seguir imponiendo nuestra presencia, o vamos a regresar a Texas? —preguntó.

—Al final vamos a tener que enfrentarnos igualmente a la música —dijo filosóficamente Minelli—. La prensa aguarda. Vi un poco la televisión esta noche. Todo el país se está volviendo loco. De una forma tranquila, de acuerdo, pero loco.

—No les culpo.

Sonó el teléfono.

—¿Qué hora es? —preguntó Minelli. Edward miró su reloj.

—Las siete y media.

Tras el segundo timbrazo, el teléfono quedó en silencio.

Lo miraron aprensivamente.

—Bernice debe haber respondido desde el dormitorio de atrás —dijo Minelli.

Unos minutos más tarde apareció Stella, seguida por su madre, las dos vestidas informalmente con pijamas de franela y batas estampadas con flores. Bernice les dirigió una sonrisa.

—¿Desayuno, caballeros? Éste va a ser un largo día.

—Era la CBS —explicó Stella—. Siguen husmeando.

—No vamos a poder seguir engañándoles mucho tiempo —dijo Bernice.

Edward contempló el tranquilo y helado campo. Una camioneta de reparto aparcada a un lado de la carretera tenía en su interior a dos hombres con chaquetas marrones y sombreros de cowboy…, gente del lugar que había jurado impedir que los «fisgones» metieran sus cámaras y sus narices en la intimidad de la familia Morgan. Incluso a un centenar de metros de distancia, parecían formidables.

Stella agitó la cabeza.

—No sé qué decir. No hicimos nada importante. Yo no lo hice, al menos. Ustedes encontraron la roca.

Edward se encogió de hombros.

—¿Y qué podemos decir al respecto?

Reslaw, vestido con unos tejanos y una camisa de manga larga a rayas azules y blancas, salió del pasillo, pasó junto al piano vertical en una esquina de la habitación.

—¿Alguien dijo algo acerca del desayuno?

—Está en marcha —dijo la señora Morgan.

—¿Saben? —murmuró Edward—, creo que probablemente fue una mala idea venir aquí. Para ustedes dos. Todos necesitamos descansar, pero su madre ha pasado por malos momentos también.

Bernice Morgan se dirigió rígidamente hacia la cocina.

—En realidad fue más bien excitante —dijo—. No había tenido una pelea así desde hacía años.

—Además, habló con el presidente —añadió Stella, sonriendo.

—Todo esto me hace avergonzarme de ser demócrata —dijo la mujer—. Mike y los muchachos están montando guardia. Lo único que tengo que hacer es asegurarme de que no se excedan en su celo. Pueden quedarse tanto tiempo como quieran.

—Por favor, quédense —dijo Stella, mirando a Edward—. Tengo que hablarles. A todos ustedes. Todavía me siento confusa. Deberíamos ayudarnos los unos a los otros a salirnos de esto.

—¿Qué hay de los fuegos artificiales? —preguntó Minelli—. Quizá ya haya algo en las noticias.

Se estiró y bajó los pies del sofá, luego se puso en pie y cruzó el suelo de linóleo y las amplias alfombras navajo hasta la sala de estar, a unos pocos pasos de la mesa con el sobre de mármol de la zona del comedor. Se sentó frente a la televisión. Lentamente, como si quemara, la conectó, luego se echó hacia atrás, humedeciéndose los labios. Edward lo estudió con preocupación.

—Sólo dibujos animados —dijo suavemente Minelli.

Sin cambiar de canales, se echó hacia atrás para mirar, como si hubiera olvidado su propósito original. Edward avanzó y cambió de canales por él, buscando las noticias. En el canal que transmitía noticias las veinticuatro horas del día un locutor estaba terminando una historia sobre un conflicto entre la República Dominicana y Haití.

—Nada —dijo Minelli, pesimista—. Quizá vi visiones.

Luego:

—Algunos astrónomos en Francia y California han ofrecido varias explicaciones acerca de la actividad meteórica sin precedentes de la última noche en el cinturón de asteroides del sistema solar. En todo el hemisferio occidental, claramente visibles a simple vista en las zonas de cielo claro, pudieron apreciarse una serie de brillantes explosiones a todo lo largo de la eclíptica, el plano ocupado por la órbita de la Tierra y la mayoría de las órbitas de los planetas solares. Desde su teléfono de Los Angeles, el asesor del equipo operativo del presidente Harold Feinman dijo que puede que se necesiten días para analizar los datos y saber lo que ha ocurrido realmente en el espacio profundo, más allá de la órbita de Marte. Cuando se le preguntó si había alguna conexión entre la actividad meteórica y la supuesta nave espacial y los alienígenas de la Tierra, Feinman declinó hacer ningún comentario.

—Es un hombre demasiado listo para admitir que es un idiota —dijo Minelli—. Asteroides. Jesús.

Edward cambió a otros canales, pero no halló nada más.

—¿Qué piensas, Ed? —preguntó Minelli, echándose hacia atrás en una esquina del amplio diván en forma de L—. ¿Qué demonios fue lo que vi? ¿Más mierda del fin del mundo?

—No sé más que tú —dijo Edward. Entró en la cocina—. ¿Tienen algún médico en el pueblo? —preguntó a Bernice—. ¿Un psiquiatra?

—Nadie que merezca ese nombre —respondió la mujer, en voz tan baja como la de él—. Su amigo todavía no se encuentra bien, ¿verdad?

—El gobierno se libró de nosotros con unas prisas tremendas. En estos momentos tendría que estar en algún hospital, descansando, enfriándose.

—Eso puede arreglarse —murmuró ella—. ¿Vio realmente algo?

—Supongo que sí —dijo Edward—. Me hubiera gustado verlo yo también.

El día de los trífidos, eso es lo que era —dijo Minelli, entusiasta—. ¿Recordáis? En cualquier momento vamos a quedarnos todos ciegos. ¡Preparad las tijeras de podar!

Stella permanecía de pie junto a la cocina de gas, cascando metódicamente huevos sobre una sartén, uno tras otro.

—Mamá —dijo—, ¿dónde está la pimienta? —Pasó junto a Edward, rozándole, con lágrimas en los ojos.

34

Walt Samshow bajó del taxi en Powell Street, bajo la sombra de la marquesina del St. Francis Hotel, y se volvió brevemente para contemplar las largas y silenciosas filas de centenares de manifestantes recorriendo Union Square, un tranvía lleno de bamboleantes turistas, el espasmódico tráfico de coches y más taxis, una civilizada confusión: San Francisco, aparte los manifestantes, no era terriblemente distinta de sus recuerdos de 1984, la última vez que había estado allí.

En el espacioso y elegante vestíbulo del St. Francis, con su pulida piedra negra y sus lustrosas maderas oscuras, Samshow empezó a oír los rumores prácticamente desde el momento en que depositó su equipaje junto a la recepción.

La convención de la Sociedad Geofísica Americana estaba en plena efervescencia. Kemp y Sand habían pasado delante, y al parecer habían ocurrido grandes cosas desde su llegada el jueves. Ahora era sábado, y tenía mucho que recuperar.

Mientras se registraba, dos jóvenes con aspecto de profesores pasaron por su lado, sumidos en intensa conversación. Sólo captó cuatro palabras:

—El objeto de Kemp…

El botones llevó sus maletas hasta el ascensor. Samshow le siguió sobre la mullida alfombra, estirando los brazos y agitando los dedos. Otros dos asistentes a la convención —un hombre ya mayor y una mujer joven— se detuvieron cerca de los ascensores, hablando de ondas de choque supersónicas y de cómo podían ser transmitidas a través del manto y la corteza.

Periodistas y cámaras de tres emisoras locales de televisión y varias cadenas de noticias nacionales estaban en el vestíbulo cuando Samshow regresó de su habitación para registrarse en el mostrador de la convención. Los evitó diestramente rodeando varias columnas.

Con su tarjeta de identificación y su bolsa de folletos y programas y guías había una nota de Sand:

Kemp y yo nos reuniremos con usted en Oz a las 5:30. Las bebidas son a cuenta de Kemp.

D.S.

Oz, supo Samshow por el recepcionista, era el bar y discoteca en la parte superior de la «nueva» torre del St. Francis. Contempló su arrugada chaqueta deportiva y sus gastados zapatos deportivos, decidió que llevaba fácilmente diez años de retraso con respecto a los tiempos y que le faltaban miles de dólares para renovar su vestuario, y suspiró mientras entraba en el ascensor.

El viaje desde Honolulú a La Jolla había sido arreglado por el Instituto Scripps de Oceanografía. Lo había pagado dando una conferencia la noche antes en el UCSD. Nunca dejaba de desanimarle, después de veinticinco años, comprobar lo popular que era. Su enorme y caro libro sobre oceanografía se había convertido en un libro de texto estándar, y centenares de estudiantes se sentían enormemente complacidos de escucharle y de estrechar la mano a aquel moderno Sverdrup.

A sus propias expensas había tomado un vuelo desde el Campo Lindbergh hasta San Francisco. Todavía no tenía una idea clara de qué estaban haciendo todos ellos allí; todavía quedaba mucho trabajo por hacer en el Glomar Descubridor, empezando por el cotejo de los miles de millones de datos recogidos de sus pasadas sobre la fosa Ramapo.

Sospechaba que muchos de esos datos deberían ser dejados de lado indefinidamente ahora. La anomalía del gravímetro de Sand debía ser el elemento clave. De alguna forma, aquello le entristecía.

Mientras resistía la subida del ascensor de alta velocidad, se dio cuenta de que durante la última semana no había dejado de sentir su edad. Psicológicamente, se había visto atrapado por la inquietud general que había seguido al anuncio de Crockerman. No se sentía distinto de los jóvenes que exhibían sus pancartas al otro lado de la calle. ¿De qué protestaban? El apocalipsis no podía ser repelido por el proceso democrático. En estos momentos, el instrumento de esa destrucción —o un instrumento— podía estar abriéndose camino en el núcleo de la Tierra.

El objeto de Kemp. Esa atribución, se aseguró a sí mismo, cambiaría dentro de poco. El objeto de Sand-Samshow… No era un nombre atractivo, pero tendría que ser así. Sin embargo…, ¿por qué? ¿Por qué reclamar el descubrimiento del proyectil que podía llevar el nombre de cualquiera en él?

La puerta del ascensor se abrió y Samshow salió a una oleada de ruido. Oz resplandecía, plata y gris, con sus paredes de cristal y su techo alto. Jóvenes con trajes elegantes bailaban en la pista central, mientras los bebedores y los conversadores se sentaban y permanecían de pie por los alrededores, en las zonas enmoquetadas y un poco más elevadas. Los dulzones aromas del vino y el bourbon derivaron hacia él desde la bandeja de una camarera que pasó por su lado.

Samshow hizo una mueca ante el ruido y miró a su alrededor, buscando a Sand o Kemp. Sand estaba de pie en un rincón, haciéndole señas para llamar su atención.

Su mesa redonda tenía apenas treinta centímetros de diámetro, y cinco personas se apiñaron a su alrededor: Kemp, Sand, otros dos a los que no reconoció, sonriendo como si fueran viejos amigos, y ahora él. Estrechó manos, y Sand le presentó a Jonathan V. Post, un conocido de Kemp, moreno y levantino, con una barba rizada y grisácea, y Oscar Eglinton, de la Escuela de Minas de Nevada. Post declamó un breve y embarazoso poema acerca de conocer al legendario Viejo del Mar. Cuando terminó, sonrió ampliamente.

—Gracias —dijo Samshow, no muy impresionado. La camarera acudió, y Post sacrificó su propia Corona para que Samshow pudiera obtener su copa más rápido.

En una ocasión Samshow había terminado en dos días con una caja de Coronas, mientras estudiaba las ballenas en el lago Scammon. Eso había sido en 1952. Ahora más de una cerveza le producía acidez.

—Tenemos que ponerle al corriente, Walt —dijo Sand—. Kemp habló con sismólogos de Brasil y Marruecos. Uno de ellos está aquí…, Jesús Ochoa. Tenemos los registros nodales. El treinta y uno de octubre. Las disrupciones y las ondas de choque. Se han producido oleajes desacostumbradamente altos en lugares muy sospechosos, y fenómenos sísmicos como nadie había visto nunca…

—Treinta y uno sur, cuarenta y dos oeste —dijo Kemp, con la misma sonrisa complacida que había exhibido una semana antes en Hawai.

—Me convenció de que era una evidencia lo bastante buena como para hablar con Washington. Me indicaron a Arthur Gordon…

—Al parecer, el presidente no está interesado —dijo Kemp, y su sonrisa se desvaneció—. Ni siquiera pudimos hablar con el nuevo asesor de Seguridad Nacional, cuál es su nombre…

—Patterson —dijo el musculoso y bronceado Eglinton.

—Pero Gordon dijo que estaría aquí esta noche para hablar con nosotros. Va a haber mucha discusión. Post ha hablado con algunos físicos y científicos espaciales. Chris Riley, Fred Hardin. Otros. Todos tienen en mente los asteroides.

—¿Todos ustedes están convencidos de que tenemos algo apropiado, un auténtico proyectil extraterrestre?

—Tenemos más que eso —dijo Kemp, inclinándose hacia delante. Sand apoyó una mano en su brazo, y Kemp asintió, dejándose caer hacia atrás en su asiento. Sand se inclinó hacia Samshow como para explicarle algo delicado.

—Hubo una bola de fuego en el Atlántico central que fue avistada por un carguero hace cuatro días. Como el otro objeto, por todo lo que pudimos descubrir, nadie captó su llegada en el radar. Un fenómeno similar: un chapoteo profundo en el océano, una pequeña tormenta, y fenómenos sísmicos peculiares. Esta bola de fuego era mucho más brillante, sin embargo…, cegadora, enorme, dejando un rastro brillante tras ella. Capitán y tripulación tuvieron que ser tratados de quemaduras en la retina. Los médicos que los trataron observaron pérdida de pelo y extraños hematomas y los interrogaron, y todos admitieron haber sufrido deposiciones de sangre. Todos los del barco sufren de una intensa exposición a radiaciones.

—Los meteoros no hacen eso —dijo Kemp—. Y además…, tenemos informes de otro fenómeno sísmico en la misma zona del carguero. Algo enterrándose —añadió, triunfante—. Huellas como la explosión de una bomba. Y luego…, microsismos y profundas ondas P.

Samshow alzó las cejas.

—¿Y?

—Más huellas nodales —dijo Sand—, y actividad microsísmica aún más intensa… Éste era o un objeto más grande, o con una masa mayor, o…

—Es diferente —dijo Kemp—. No me pregunte cómo.

—Abajo estaban hablando de un objeto de Kemp —dijo Samshow—. No está en mi ánimo discutir la atribución…

—Arreglaremos eso mañana por la mañana en el simposio —dijo Kemp—. Asistirá Gordon, y todo lo que sabemos será presentado ante la convención.

—¿Y el público?

—Nadie nos ha dicho que lo mantengamos en secreto —indicó Sand.

—Hay equipos de la televisión abajo.

—No podemos impedir que estén —dijo Kemp.

—¿No podemos aguardar hasta que se confirme todo?

—Eso podría tardar meses —dijo Sand—. Puede que no tengamos tanto tiempo.

Samshow frunció profundamente el ceño.

—Hay dos cosas que me preocupan —murmuró—. Aparte este horrible ruido que tenemos aquí. Primera —alzó un dedo—: ¿Cómo demonios puede hacernos algún bien todo este teorizar? Y segundo —un segundo dedo—: Todo el mundo aquí parece estar pasándoselo bien.

Sand miró a los demás. Post pareció repentinamente abatido.

—Los dioses están bailando sobre nuestra tumba —dijo Samshow—, y nosotros estamos aquí, como niños en una tienda de juguetes.

35

Reuben Bordes permanecía de pie junto a la puerta mosquitera, contemplando la fría lluvia que lavaba las calles de Warren, medio sonriendo y medio con el ceño fruncido. Sus labios se movían lentamente al compás de alguna canción interior, y sus ojos parecían estar contemplando algo muy alejado.

—Cierra la puerta, muchacho —pidió su padre, de pie en el pasillo, vestido con un viejo pijama—. Hace frío fuera.

—De acuerdo, papá. —Cerró la puerta y se volvió para contemplar a su padre sentarse en su sillón—. ¿Quieres que te traiga algo?

—Ya he comido, y he dormido la siesta, y he sido un perezoso hijo de puta durante todo el día. ¿Por qué tendrías que traerme algo? —Su padre le miró con unos cansados y reumáticos ojos. Todavía lloraba por las noches, todavía dormía abrazando una almohada. Reuben le había visto por la mañana, profundamente dormido, el rostro crispado en una vacía felicidad, la gruesa almohada de plumas de su esposa muerta aferrada firmemente bajo las desordenadas mantas.

—Sólo preguntaba —dijo Reuben.

Los invité a que conocieran a mami. A mi madre.

Pero está muerta.

—Puedes poner la tele.

—¿Qué canal? —preguntó Reuben, arrodillándose delante de la televisión.

—Busca ese programa en el que todo el mundo discute acerca de las últimas noticias. Hace que no piense.

Reuben encontró el WorldWide News Network y retrocedió unos pasos, aún agachado, las manos colgando entre sus rodillas.

—¿Sabes?, no tienes que permanecer por aquí para mantenerme feliz —dijo su padre—. Estoy superando la muerte de Bea. La estoy situando en el lugar de mi cabeza que le corresponde. Sobreviviré.

Reuben sonrió por encima de su nombro.

—¿Y dónde quieres que vaya? —preguntó. Pero sabía que pronto se iría. Había cosas que era necesario hacer. Tenía que transportar lo que llevaba en el bolsillo de su chaqueta; tenía que encontrar a la persona a la que iba destinada. Le habían proporcionado recuerdos de una voz, un acento claramente inglés, pero poco más.

Se reclinó contra las rodillas de su padre y escuchó a los participantes de Freefire discutir entre sí, encrespándose antes incluso de ser anunciado el invitado. El joven, ceremonioso y formal rostro liberal en la pantalla pareció ablandarse.

—Ha actuado como asesor del presidente en la nave espacial del Valle de la Muerte, y es muy conocido en los círculos periodísticos y científicos. Tiene más de cuarenta libros publicados, includa su más reciente y profética novela, Hogar estelar, una narración científica sobre el primer contacto. Su nombre es Trevor Hicks, y es oriundo de Gran Bretaña.

—En realidad, ciudadano del mundo —dijo Hicks.

Reuben se envaró.

La voz.

Los traje a casa a que conocieran a mami. A mi madre.

—Es él —dijo.

—¿Quién?

Reuben agitó la cabeza.

—¿Desde dónde transmiten esto?

—Desde Washington, como siempre —dijo su padre.

—… señor Hicks, tenemos entendido que fue usted quien primero aconsejó al presidente Crockerman que razonara con esos invasores —preguntó el conservador de rostro ansioso.

—En absoluto —dijo Hicks.

El ceño de Reuben se frunció con la intensidad de su concentración. Es él. Es Trevor Hicks. Su nombre, su voz.

—Entonces, ¿qué le dijo usted al presidente?

—Caballeros, el presidente no me hubiera escuchado no importa lo que yo le hubiera dicho. Deseaba un oído que le escuchara, y yo intenté proporcionárselo, pero me siento tan completamente opuesto a su política relativa a la nave espacial como imagino que se siente usted, señor…, señor…