/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

El gato y el ratón

Günter Grass

En El gato y el ratón encontramos el mismo escenario de obras anteriores, Danzig; un periodo de tiempo que ya había tocado, 1939-1945; un grupo de personajes que ya había aparecido en otros libros suyos. Sin embargo, hay un elemento que por primera vez trata en extensión: el amor. El gato y el ratón es la crónica apasionada de unas adolescencias quebradas por la guerra, que les hace salir de su mundo juvenil para enfrentarse con la catástrofe de un entorno en conflicto y en descomposición.

Günter Grass

El gato y el ratón

I

… y una vez, cuando ya Mahlke sabía nadar, estábamos tendidos sobre la hierba junto al campo de juego, yo hubiera debido ir al dentista, pero no me dejaban, porque como delantero era difícil de suplir. Mi diente aullaba.

Un gato atravesó en diagonal el prado sin que nadie le tirara. Algunos de los muchachos mascaban o arrancaban tallos de hierba. El gato pertenecía al administrador del campo y era negro.

Hotten Sonntag frotaba su palo con un calcetín de lana. Mi diente hizo acto de presencia. El torneo se prolongaba desde hacía ya un par de horas. Nos habían dado una paliza y esperábamos ahora el partido de desquite. El gato era joven, aunque no precisamente un minino.

En el estadio menudeaban los disparos contra una y otra meta. Con machacona insistencia mi diente iba repitiendo una misma palabra. En la pista de ceniza, los corredores de los cien metros practicaban la salida o estaban nerviosos.

El gato zigzagueaba. Lento y sonoro cruzaba el cielo un trimotor, pero sin lograr ahogar con su ruido el aullido de mi diente. Por entre los tallos de hierba, el gato negro del encargado del campo mostraba un babero blanco.

Mahlke dormía. El Crematorio, entre los Cementerios Unidos y la Escuela Técnica Superior, trabajaba con viento este. El profesor Mallenbrandt tocó el silbato:

"¡Juego cambio de campos listos!".

El gato se entrenaba a su manera.

Mahlke dormía o tal parecía. A su lado, a mí me dolía el diente.

Entrenándose, entre arranques y paradas bruscas, el gato se nos fue acercando.

La nuez de Mahlke hubo de llamarle la atención, porque era grande, se movía sin cesar y proyectaba una sombra. Entre Mahlke y yo, el gato negro del encargado del campo se arqueó para el brinco.

Formábamos un triángulo. Mi diente optó por abstenerse, porque la nuez de Mahlke se convirtió para el gato en ratón.* ¡Era tan joven el gato, y tan móvil el cartílago de Mahlke! En todo caso, el gato saltó a la garganta de Mahlke; o tal vez fue uno de nosotros quien agarró al gato y se lo puso a Mahlke en el pescuezo; o bien yo, con o sin dolor de diente, cogí al gato y le mostré la nuez de Mahlke.

* La palabra Maus, "ratón", significa también en alemán, en lenguaje popular, la "nuez del cuello". De ahí la figura del gato y el ratón que sirve de título a la presente novela. (N. del T.)

Y Joaquín Mahlke lanzó un grito, pero la cosa no pasó de unos leves arañazos.

Y ahora yo, que mostré tu nuez al gato y a todos los gatos del mundo, me veo obligado a escribir.

Y aunque no quisiera que tú y yo fuéramos inventados los dos, tendría que hacerlo, porque aquél que por razón de su oficio nos creó a ambos me obliga una y otra vez a tomar tu nuez en las manos y a llevarla a todos los lugares que la vieron triunfar o fracasar.

Así, pues, dejo que al principio tu nuez se agite arriba del destornillador, lanzo a las ráfagas intermitentes del sudeste, muy alto por sobre la cabeza de Mahlke, una bandada de gaviotas hartas hasta reventar, digo que estamos en verano y que el tiempo se mantiene inalterablemente bello, supongo que el casco abandonado es de un barón de la clase Czaika, confiero al Báltico el color de vidrio grueso de las botellas de sifón y, fijado en esta forma el lugar de la acción al sudeste de la boya de entrada de Neufahrwasser, dejo que la piel, de la que el agua sigue escurriéndose en regueros, se le ponga a Mahlke de gallina, aunque no es el miedo lo que le quita su tersura, sino el tiritar que trae consigo una permanencia demasiado prolongada bajo el agua.

Y sin embargo, ninguno de los que estábamos acurrucados allí sobre los restos del puente de mundo, flacos, largos de brazos y con las rodillas empinadas, había pedido a Mahlke que volviera a bucear a la proa sumergida del dragaminas y al cuarto de máquinas adyacente hacia el centro del barco, para desprender allí con el destornillador alguna cosa: algún tornillo, una ruedecita o algo muy especial, por ejemplo una placa de latón con las instrucciones en polaco y en inglés, en letra muy apretada, relativas a alguna de las máquinas.

Porque es el caso que estábamos acurrucados en lo que de superestructura emergía del agua de aquello que en otro tiempo fuera un dragaminas de la clase Czaika, construido en Gdingen y botado en su día en Modlin, el cual había sido hundido el año anterior al sudeste de la boya de entrada, o sea fuera del canal, de modo que no entorpecía para nada la navegación.

Desde entonces, los excrementos de las gaviotas se iban secando sobre la herrumbre.

Se las veía volar cualquiera que fuese el tiempo, repletas y lisas, con ojos laterales que parecían abalorios, rozando a veces los restos de la bitácora tan de cerca que casi se las hubiera podido agarrar con la mano, en tanto que otras veces lo hacían muy alto y en desorden, y lanzaban siempre sus mucosos excrementos en pleno vuelo y de modo que, conforme a un plan imposible de descifrar, nunca caían en el blando mar, sino que daban siempre, invariablemente, en la herrumbre de la superestructura.

Duras, compactas y calcáreas, las excreciones se iban apilando en montículos unas junto a otras o unas sobre otras.

Y cuando estábamos en el barco, siempre había uñas, de las manos o de los pies, que trataban de arrancarlas, siendo ésta la razón, y no porque nos las royéramos -con excepción de Schilling que sí lo hacía siempre y tenía padrastros-, de que las tuviéramos agrietadas.

Mahlke era el único que las conservaba largas, aunque algo amarillentas debido al constante bucear, ya que ni se las roía ni escarbaba con ellas los excrementos de las gaviotas. Y fue también el único que nunca comió de dichos excrementos, en tanto que todos los demás, aprovechando la ocasión, mascábamos aquellos grumos, como si se tratara de caliza conchífera, hasta reducirlos a un moco espumoso que escupíamos luego por la borda.

Por lo demás, aquello no sabía a nada, o sabía a yeso, o a harina de pescado, o a todo lo imaginable: a felicidad, a muchachas, al buen Dios.

Winter, que no cantaba del todo mal nos decía: "¿Sabéis, muchachos, que los tenores de ópera suelen comer a diario excrementos de gaviota?".

A menudo las gaviotas cazaban nuestros escupitajos al vuelo y como sin darse por enteradas.

Al cumplir, poco después de iniciada la guerra, los catorce años, Joaquín Mahlke no sabía ni nadar ni montar en bicicleta, no llamaba particularmente la atención en nada ni ostentaba todavía aquella nuez que más adelante habría de atraer al gato.

Estaba dispensado de las clases de gimnasia y natación porque, según los certificados presentados, su salud era algo precaria.

Aun antes de que aprendiera a montar en bicicleta, en la que ofrecía una figura cómica, con sus orejas como soplillos encendidos y las rodillas abriéndose en el sube y baja, Mahlke se inscribió para la natación durante la temporada de invierno en la piscina cubierta de Niederstadt, pero al principio sólo fue admitido para la natación en seco, con los de ocho a diez años.

Tampoco había progresado mucho en la siguiente temporada de verano. El bañero del establecimiento de Brösen, figura típica de bañero, con un cuerpo como una boya y unas piernas lisas y delgadas sin un solo pelo, tuvo que entrenar primero a Mahlke en la arena y mantenerlo a flote, más adelante, con el sedal.

Sin embargo, al ver tarde tras tarde que todos nos echábamos al agua y volvíamos contando maravillas del dragaminas hundido, se sintió poderosamente estimulado, puso en el aprendizaje todo su empeño, y, antes de transcurridas dos semanas, logró emanciparse por completo de la tutela del bañero.

Con gran seriedad y aplicación nadaba de ida y vuelta entre el muelle, el gran trampolín y el establecimiento, y hubo de haber adquirido ya cierta resistencia cuando empezó a bucear desde el rompeolas, sacando primero a la superficie conchas comunes del Báltico y, más adelante, una botella de cerveza llena de arena que arrojaba bastante lejos para volver a sacarla.

Se me hace que pronto llegó a recuperarla con regularidad, ya que cuando empezó a bucear con nosotros en el bote había dejado de ser un principiante.

Nos suplicó que lo dejáramos acompañarnos. Unos siete u ocho de nosotros nos disponíamos precisamente a emprender nuestro curso diario y nos estábamos mojando precavidamente el cuerpo en el agua poco profunda de la sección del baño para familias, cuando Mahlke hizo su aparición en la pasarela del baño para hombres:

– Dejadme ir con vosotros; os aseguro que sí puedo.

Traía colgando del cuello un destornillador, que desviaba la atención de su nuez.

– ¡Bueno, vente!

Y Mahlke vino con nosotros. Entre el primero y el segundo banco de arena se nos adelantó, pero no hicimos el menor esfuerzo para alcanzarlo.

– Dejadle, ya se le acabarán las agallas.

Cuando nadaba de pecho, el destornillador le bailaba ostensiblemente entre los omóplatos, ya que tenía un mango de madera. Pero cuando nadaba de espaldas, el mango se movía sobre su pecho, aunque sin llegar a disimular por completo aquel lamentable cartílago entre la mandíbula y la clavícula que emergía del agua cual una aleta dorsal e iba dejando una estela tras de sí.

Y luego Mahlke nos dio una exhibición.

Buceó varias veces una a continuación de otra con su destornillador, y subió a la superficie todo lo que se dejara destornillar en dos o tres zambullidas: tapaderas, fragmentos de revestimiento, una pieza de un generador.

Halló abajo una cuerda, y con la ayuda del cable medio roto subió de la proa un auténtico Minimax -de fabricación alemana por más señas-; lo que es más, el extinguidor estaba todavía en condiciones de funcionar.

Mahlke nos hizo una demostración: apagó con espuma, nos enseñó cómo se apaga con espuma, apagó con espuma el mar color de vidrio verde y, en una palabra, se afirmó como grande desde el primer día.

Los copos formaban todavía islotes y tiras alargadas en el oleaje regular del mar liso, atraían unas pocas gaviotas, las repelían, se juntaban y se iban alejando, convertidos en una sola masa sucia de nata cuajada, hacia la playa.

Entonces Mahlke dio por terminada su demostración, se acurrucó a la sombra de la bitácora, y mucho antes aún de que algunos jirones aislados de espuma vinieran a desmayarse sobre el puente y temblaran al menor soplo de la brisa, la piel avellanada se le puso de gallina.

Mahlke tiritaba, soltó su nuez, y el destornillador le empezó a danzar entre las clavículas agitadas por el frío.

Pero también la espalda, superficie a trechos caseosa y rojo-cangrejo de los hombros para abajo, en la que la piel siempre recién tostada se le despellejaba constantemente a ambos lados de la columna vertebral, que se le marcaba a manera de rallador de cocina, poníasele granulada y se agitaba en escalofríos intermitentes.

Sus labios amarillentos tenían los bordes morados y dejaban al descubierto sus dientes castañeteantes.

Con sus grandes manos amoratadas trataba de contenerse las rodillas que se había lastimado en los mamparos cubiertos de conchas, prestando así cierta resistencia a su cuerpo y a sus dientes.

Hotten Sonntag -¿o fui yo acaso?- lo friccionó:

– ¡Por dios, muchacho, no vayas a pillar algo! Piensa que aún nos falta el regreso.-

El destornillador empezó a calmarse.

Para ir hacíamos veinticinco minutos desde el rompeolas y treinta y cinco desde el establecimiento de los baños. El retorno, en cambio, nos tomaba unos buenos tres cuartos de hora.

Por muy fatigado que estuviera, Mahlke llegaba siempre al rompeolas con más de un minuto de ventaja sobre nosotros. Y esta ventaja del primer día siguió manteniéndola todo el tiempo.

Antes de que llegáramos al bote -así llamábamos entre nosotros al dragaminas-, Mahlke se había dado ya su primera zambullida, y cuando casi todos a una alargábamos nuestras manos de lavandera hacia la herrumbre y los excrementos o hacia las salientes plataformas giratorias de los cañones, nos mostraba, sin decir palabra, alguna bisagra o cualquier otra cosa que se había dejado destornillar fácilmente, y empezaba ya a tiritar, pese a que a partir de la segunda o de la tercera zambullida se untase el cuerpo con una espesa y abundante capa de crema Nivea; porque es el caso que Mahlke siempre andaba sobrado de dinero para gastos menudos.

Mahlke era hijo único. Mahlke era medio huérfano. El padre de Mahlke había muerto.

Lo mismo en verano que en invierno, Mahlke calzaba unas botas anticuadas, heredadas probablemente de su padre. Llevaba el destornillador colgando de una cordonera negra que se ponía alrededor del cuello.

Apenas ahora me viene a la memoria que, además del destornillador, Mahlke llevaba colgando del cuello otra cosa, para lo cual tenía sus motivos; con todo, el destornillador llamaba más la atención.

Probablemente desde siempre, aunque nunca nos hubiéramos fijado en ello, pero en todo caso a partir del día en que empezó a patear y a practicar figuras aprendiendo a nadar en seco en la arena del establecimiento de baños, Mahlke llevaba colgando del cuello una cadenita de plata de la que pendía a su vez un objeto católico y de plata asimismo: la Virgen.

Nunca se la quitaba del cuello, ni aun durante la clase de gimnasia; porque es el caso que, apenas hubo empezado con el aprendizaje de la natación en seco y al sedal en la invernal piscina cubierta de Niederstadt, Mahlke hizo también su aparición regular en nuestro gimnasio, y ya nunca más volvió a exhibir aquellos famosos certificados médicos.

Y o bien la medalla desaparecía por el escote de la camisa blanca del equipo de gimnasia o bien la Virgen de plata le quedaba exactamente arriba de la franja roja de aquélla, a la altura del pecho.

Ni siquiera las paralelas impresionaban a Mahlke. E inclusive tampoco se arredró en los ejercicios con el potro largo, en los que sólo participaban los tres o cuatro mejores de la primera sección; corvo y huesudo, volaba desde el trampolín de resorte por sobre el largo cuerpo de cuero y, con la cadena y la Virgen de través, aterrizaba en diagonal sobre la estera levantando nubes de polvo.

Y cuando agarrándose con las corvas practicaba la vuelta en la barra fija -más adelante, y no obstante su forma deplorable, habría de llegar a dar dos vueltas más que Hotten Sonntag, nuestro mejor gimnasta-, o sea cuando, con harto esfuerzo, Mahlke efectuaba sus treinta y siete vueltas, la medalla se le salía de la camisa y se veía lanzada treinta y siete veces alrededor de la crujiente barra horizontal, siempre adelante de su pelo medio castaño pero sin lograr nunca desprendérsele del cuello y recobrar su libertad, ya que, además del obstáculo de su nuez, Mahlke tenía un cogote abultado que, con la cabellera negra y el codo pronunciado que le formaba, retenía en su lugar la cadenita agitada por el movimiento circular.

El destornillador le quedaba encima de la medalla, y la cordonera recubría en parte la cadenita.

Sin embargo, el uno no desplazaba a la otra mayormente por cuanto el objeto con el mango de madera no era admitido en el gimnasio.

En efecto, nuestro maestro de gimnasia, un tal profesor Mallenbrandt, conocido en los medios gimnásticos por haber escrito un libro de nuevas normas para el deporte de la pelota, había prohibido a Mahlke que llevara puesto el destornillador durante la clase de gimnasia.

El amuleto que pendía del cuello, en cambio, no había suscitado objeción alguna por parte de Mallenbrandt, ya que además de cultura física y geografía éste enseñaba también religión, y se las supo arreglar, hasta bien entrado el segundo año de la guerra, para presidir, bajo la barra fija y en las paralelas, los restos de una asociación gimnástica de trabajadores católicos.

Así, pues, el destornillador tenía que esperar en el vestidor, colgando del gancho y encima de la camisa, en tanto que la Virgen de plata, ligeramente desgastada, estaba autorizada para proteger a Mahlke, colgando de su cuello, en sus arriesgados ejercicios.

Era un destornillador común y corriente, sólido y barato.

A menudo, para desprender y subir a la superficie una plaquita fijada con dos tornillos y no mayor que las placas que suele haber al lado de las puertas de los pisos, Mahlke había de bucear hasta cinco y seis veces, sobre todo si la placa estaba fijada a alguna parte metálica y los tornillos se habían enmohecido.

En cambio, sirviéndose del destornillador como palanqueta, lograba a veces exhibir como trofeo después de sólo dos zambullidas, placas mayores, con mucho texto, que había arrancado juntamente con los tornillos de algún revestimiento podrido de madera. Las plaquitas las coleccionaba sin mucho interés, y regalaba muchas de ellas a Winter y a Jürgen Kupka, quienes sí coleccionaban sin reparo todo lo que se dejaba destornillar, inclusive placas de calles y plaquitas de los urinarios públicos; él no se llevaba a su casa sino las piezas que le gustaban especialmente.

Mahlke no tomaba las cosas a la ligera, y mientras vosotros dormitábamos en el bote, él trabajaba bajo el agua.

Por nuestra parte, escarbábamos los excrementos de las gaviotas, nos tostábamos como puros, y, al que lo tenía rubio, el pelo se le volvía color de paja; Mahlke, se llevaba a lo sumo una nueva asoleada.

Cuando nosotros seguíamos con la mirada los barcos que pasaban al norte de la boya de entrada, él tenía invariablemente los ojos clavados en el fondo.

Tenía los párpados enrojecidos, ligeramente inflamados y con escasas pestañas, según creo recordar, y los ojos de un azul claro que sólo mostraban curiosidad bajo el agua.

Repetidas veces subió Mahlke sin plaquitas y sin botín, pero con el destornillador roto o doblado en forma que ya no tenía remedio. Nos lo mostraba entonces, y también con eso nos impresionaba, Aquel gesto con que lanzaba el utensilio al mar, excitando inmediatamente a las gaviotas, no era hijo de una desilusión resignada o de una cólera inútil.

Mahlke nunca arrojó un utensilio roto con indiferencia, ya fuera ésta afectada o real.

Incluso la manera de arrojarlo parecía anunciar: ¡pronto veréis lo que es bueno!… y una vez -había entrado en el puerto un buque hospital de dos chimeneas, y después de algunas conjeturas habíamos acabado por identificarlo como el Kaiser, del Servicio Marítimo Prusiano Oriental-, Joaquín Mahlke bajó a la proa sin destornillador.

Tapándose la nariz con dos dedos, desapareció por la escotilla anterior, abierta, de color verde esquisto y apenas bañada por el agua; desapareció primero su cabeza, con el pelo -que el nadar y el bucear le habían partido- pegado fuertemente a la misma; siguieron la espalda y el trasero, dio luego una patada en el vacío, y a continuación, apoyándose con ambas plantas en el borde de la escotilla, empujó su cuerpo en diagonal descendente, hacia el sombrío acuario fresco que recibía algo de luz por las portillas abiertas: algunos gasterósteos nerviosos, un enjambre inmóvil de lampreas, algunas hamacas en el cuarto de la tripulación, balanceándose pero amarradas todavía, deshilachadas y recubiertas con barbas de algas, en las que los arenques tenían su cuarto para niños.

Algún bacalao extraviado; anguilas, sólo de oídas, de platija, ni hablar. Nosotros nos aguantábamos las rodillas ligeramente temblorosas, mascábamos excrementos de gaviota hasta reducirlos a papilla, y sentíamos una moderada curiosidad; mitad fatigados y mitad interesados, contábamos unas balandras que navegaban en convoy, seguíamos fijándonos en las chimeneas del buque hospital cuyo humo ascendía verticalmente, y nos mirábamos de soslayo.

Permanecía abajo más tiempo que de costumbre, en tanto que las gaviotas revoloteaban y el oleaje chapaleaba en la proa, rompiéndose en la plataforma giratoria del cañón de proa desmontado; oíase un chapoteo detrás del puente, allí donde el agua se escurría entre los ventiladores lamiendo siempre los mismos remaches; cal bajo las uñas, escozor de la piel seca, luz centelleante, ruido de motores en el aire, presiones, las partes semirrígidas, diecisiete álamos entre Brösen y Glettkau… cuando de repente subió disparado: tenía la mandíbula morada y los pómulos amarillentos; salió chorreando de la escotilla, con el pelo partido exactamente en el centro de la cabeza; se tambaleó por la proa con agua hasta las rodillas, se asió de los soportes salientes, cayó de rodillas, con los ojos vidriosos, y hubimos de llevarlo al puente.

Pero mientras el agua le salía todavía por la nariz y por la comisura de los labios, nos mostró ya su hallazgo: un destornillador de acero, de una sola pieza.

Era un producto inglés elaborado, según rezaba la marca, en Sheffield.

No tenía la menor señal de orín ni muesca alguna, y estaba protegido todavía por una capa de grasa: el agua se juntaba sobre el acero en bolitas que se escapaban resbalando.

Día tras día, durante más de un año, Joaquín Mahlke llevó colgado de una cordonera alrededor del cuello este destornillador, sólido y prácticamente irrompible, incluso cuando ya no íbamos al bote o sólo íbamos más raramente, y practicaba con él, no obstante ser católico o precisamente por serlo, una especie de culto.

Si, por ejemplo, temía que se lo robaran durante la clase de gimnasia, se lo confiaba al profesor Mallenbrandt, y lo llevaba siempre puesto a la capilla de Santa María.

Porque Mahlke iba a misa temprana a la capilla del Marineweg junto a la barriada familiar de Neuschottland, no sólo los domingos, sino también los días de semana, antes de empezar las clases.

A él y a su destornillador la capilla de Santa María no les quedaba lejos: les bastaba salir de la Osterzeile y bajar por el Bärenweg. Buen número de construcciones de dos pisos, algunas residencias con tejados de dos vertientes, portales con columnas y árboles frutales emparrados.

Luego dos hileras de casas baratas, sin revoque o revocadas y con manchas debidas a la humedad. El tranvía doblaba allí a la derecha, y con él doblaba también la línea de los cables eléctricos bajo un cielo parcialmente cubierto la mayor parte del tiempo.

A la izquierda, los raquíticos huertos arenosos de los ferroviarios: glorietas y gazaperas, hechas con tablas rojo oscuras de vagones de carga en desuso.

Más atrás, las señales de la vía al Puerto Libre. Silos y grúas, móviles o fijas. Extrañas y coloreadas las superestructuras de los barcos de carga. Seguían allí también los dos barcos grises de guerra con sus torres anticuadas, el dique flotante, la panificadora Germania, y, a media altura, lisos y plateados, algunos globos cautivos meciéndose suavemente en el aire.

A mano derecha, en cambio, delante en parte de la que antes fuera la Escuela Helena Lange y era ahora la Gudrún, que ocultaba hasta la altura de la grúa de martillo el férreo enmarañado del astillero de Schichau, inmaculados campos de deportes, puertas recién pintadas, áreas de castigo marcadas en blanco sobre el verde césped -el domingo auri azules contra Schellmühl 98-, sin tribunas, pero con un gimnasio de altos ventanales, en cambio, pintado de ocre claro, sobre cuyo techo rojo dominaba en forma por demás extraña una cruz alquitranada.

Porque la capilla de Santa María había sido en otro tiempo el gimnasio de la Asociación Deportiva Neuschogand, pero había habido que transformarlo en iglesia provisional, ya que la del Sagrado Corazón quedaba demasiado lejos, y la gente de Neuschottland, Schellmühl y de la nueva colonia entre la Osterzeile y la Westerzeile se componía en su mayor parte de trabajadores del astillero, de empleados de correos y de ferroviarios, quienes por espacio de muchos años habían estado dirigiendo peticiones a Oliva, en donde tenía su sede el obispo, hasta que, en época todavía del Estado Libre, se había decidido comprar, adaptar y consagrar el gimnasio en cuestión.

Y comoquiera que pese a los colores y complicados trapos de las pinturas y de los numerosos elementos decorativos procedentes de los sótanos de casi todas las parroquias de la diócesis, así como también de algunas donaciones particulares, el carácter de gimnasio de la capilla de Santa María no se dejaba eliminar ni atenuar -ni siquiera el incienso y el olor a cera derretida lograban sobreponerse siempre y de modo suficiente al olor de tiza, de cuero y de gimnastas de los años anteriores y de los antiguos campeonatos de pelota en pista cubierta-, de ahí que siguiera dando al recinto un no sé qué de parsimonia protestante y de la sobriedad sectaria de una sala evangélica.

En la iglesia neogótica del Sagrado Corazón, construida en ladrillo a fines del siglo XIX y situada lejos de las nuevas colonias y a proximidad de la Estación, el destornillador de acero de Joaquín Mahlke se habría visto extraño, feo y como una profanación. Pero en la capilla de Santa María, Mahlke habría podido llevar el artefacto de calidad inglesa abiertamente y sin el menor reparo.

Con su piso de linóleo bien cuidado, sus cristales de vidrio opalino colocados directamente bajo el techo, las relucientes y alineadas viguetas de hierro del piso, que en otro tiempo confirieran solidez y seguridad a la barra fija; con las estrías de los tablones del revestimiento en el burdo cemento del techo y, en éste, las vigas transversales metálicas -si bien enjalbegadas- de las que colgaran anteriormente los anillos, el trapecio y la media docena de cuerdas de trepar; con todo ello, y pese a que en todos sus rincones se irguieran figuras de yeso pintado y dorado en actitud bendiciente, la capillita era algo tan moderno y fríamente objetivo que el destornillador de acero que un estudiante de bachillerato se permitía dejar bambolear libremente ante su pecho en ocasión de la plegaria y de la comunión subsiguiente no podía molestar en lo más mínimo ni a los contados devotos de la misa primera, ni al reverendo Gusewski, ni al monaguillo medio muerto de sueño que lo secundaba y que a menudo era yo mismo.

¿Sí? A mí no me hubiera pasado inadvertido. Porque siempre que servía ante el altar, incluso durante las oraciones graduales, trataba, por diversas razones, de no perderte de vista, y tú no querías probablemente exponerte, sino que guardabas debajo de la camisa aquello que pendía de la cordonera, y de ahí las manchas de grasa que llamaban la atención y dibujaban vagamente la figura del destornillador.

Visto desde el altar, él estaba arrodillado en el segundo banco de la izquierda, elevando su plegaria, con los ojos muy abiertos -grises claros, si mal no recuerdo-, e inflamados la mayor parte del tiempo a causa de tanto nadar y zambullirse, hacia la Virgen del altar… y una vez -no recuerdo ahora exactamente en qué verano fue, si sería durante las primeras vacaciones de verano en el bote, poco después del jaleo en Francia, o en el verano siguiente-, un día nublado muy caluroso, con gran afluencia de gente en el baño para familias, y banderitas languidecentes, y carnes desbordantes, y gran venta en los puestos de refrescos, y plantas ardientes sobre esteras de fibra de coco frente a casetas cerradas y repletas de risas sofocadas, entre una barahúnda de niños que babeaban, o se revoleaban, o se cortaban los pies y que andarán ahora por los veintitrés abriles, un rapaz de unos tres años empezó bajo la mirada solícita de los adultos a golpear su tambor de hojalata en forma monótona, convirtiendo la tarde en una fragua infernal.

Y aquí nos arrancamos nosotros del lugar y nos fuimos nadando a nuestro bote. Vistos desde la playa, seríamos unas seis cabezas que se iban alejando y haciéndose cada vez más pequeñas. Nos echamos sobre la herrumbre y los excrementos de gaviota que ardían, a pesar de la brisa, y nada habría sido capaz de movernos excepto a Mahlke, que había estado ya dos veces abajo. Subió llevando algo en la mano izquierda.

Había hurgado y escarbado en la proa y en los alojamientos de la tripulación, en las hamacas medio podridas que se mecían con desgana o seguían amarradas firmemente, y debajo de ellas, entre enjambres de gasterósteos tornasolados, a través de bosques de algas en los que las lampreas entraban y salían a discreción.

Y entre el montón de curiosidades de lo que en otro tiempo fuera el saco del marinero Witold Duszynski o Liszinski había encontrado un medallón de bronce, del tamaño de una mano, que en una de las caras, debajo de una pequeña águila en relieve, llevaba el nombre de su propietario y la fecha en que le había sido conferido, y, en la otra, el relieve de un bigotudo general.

Después de frotar un poco con arena y con excrementos de gaviota reducidos a polvo, la inscripción circular del medallón nos informó que Mahlke había llevado a la superficie el retrato del Mariscal Pilsudski. Por espacio de quince días, Mahlke ya sólo se dedicó a la busca de medallones, y encontró efectivamente una especie de plato de estaño, conmemorativo de una regata de balandros del año treinta y cuatro en la rada de Gdingen, así como, hacia el centro del barco, antes del cuarto de máquinas y en la cámara estrecha y difícilmente accesible de los oficiales, aquella medalla de plata del tamaño de una moneda de un marco, con su arillo también de plata para suspenderla, cuyo reverso liso y desgastado no llevaba inscripción alguna, pero cuya cara, en cambio, se veía ricamente perfilada y adornada con el relieve de la Virgen y el Niño.

Tratábase, según lo indicaba una inscripción igualmente en relieve, de la famosa Matka Boska Czestochowska; y cuando Mahlke se percató sobre el puente de lo que había encontrado, no quiso limpiar la medalla, rechazando la arena que para ello le ofrecíamos, y prefirió dejarle su pátina.

Y mientras nosotros disputábamos todavía y queríamos ver relucir la plata, él se había arrodillado ya a la sombra de la bitácora y empezó a mover el hallazgo ante sus rodillas nudosas, de un lado para otro, hasta que finalmente le hubo encontrado un ángulo adecuado para que sus ojos, devotamente bajos, vieran directamente la imagen.

Cuando lo vimos persignarse con las puntas enlejiadas de los dedos, amoratado y tiritando, y mover los labios temblorosos en son de plegaria murmurando detrás de la bitácora algo en latín, nos echamos a reír.

Sigo creyendo que fue ya entonces algo de su secuencia favorita, o sea aquella que normalmente sólo se pronuncia el viernes anterior al Domingo de Ramos: Virgo virginum praeclara, – Mihi iam non sis amara… Más adelante, como nuestro director, el Dr. Klohse, le prohibiera llevar la medalla polaca abiertamente y durante la clase -Klohse era un alto funcionario del Partido, pero muy rara vez daba la clase en uniforme-, Mahlke se contentó con su amuleto anterior y con el destornillador de acero, debajo de aquella nuez que un gato tomara en su día por ratón.

Colgó la Virgen de plata entre el perfil en bronce del Mariscal Pilsudski y la foto en tamaño postal del Comodoro Bonte, héroe de Narvik.

II

El rezo aquel, la unción, ¿eran en broma? Tu familia vivía en la Westerzeile. Tu humor, si tenías alguno, era muy especial. No, tu familia vivía en la Osterzeile. Todas las casas de aquel barrio eran iguales.

Sin embargo, bastaba que tú comieras un bocadillo para que nosotros nos riéramos y nos contagiáramos. Y nos maravillábamos cada vez que teníamos que reír a tus expensas.

Pero cuando en una ocasión el profesor Brunies preguntó a todos los alumnos de nuestra clase la profesión que se proponían seguir más adelante -entonces ya sabías nadar- y tú contestaste: "Yo me propongo ser payaso y hacer reír a la gente", no hubo ninguna risa en el salón cuadrangular, y yo me asusté, porque es el caso que al anunciar en forma clara y franca su voluntad de ser payaso, en el circo o en cualquier otra parte, Mahlke puso una cara tan seria, que era realmente de temer que algún día le diera de verdad por hacer desternillarse de risa a la gente, aunque sólo fuera tal vez a cuenta de alguna adoración pública de la Virgen, introducida entre un número de leones y uno de trapecio.

Sin embargo, la plegaria del bote fue en serio, ¿o es que realmente sólo te proponías hacernos reír?

Vivía en la Osterzeile, y no en la Westerzeile. La casa unifamiliar estaba situada al lado, entre y frente a otras casas unifamiliares del mismo tipo, que sólo se distinguían unas de otras por los respectivos números o, a lo sumo, por el dibujo o los pliegues distintos de los visillos, y casi nada por los arreglos contradictorios de los pequeños jardines que tenían delante.

Por otra parte, cada jardín tenía su pajarera, arriba de su correspondiente pértiga, y sus adornos vidriados: ranas, hongos o enanos.

Frente a la casa de Mahlke había una rana de cerámica en cuclillas. Pero también frente a la casa siguiente, y a la otra, había ranas de cerámica. El caso es que era el número veinticuatro y, viniendo del Wolfsweg, Mahlke vivía en la cuarta casa del lado izquierdo de la calle.

La Osterzeile, lo mismo que la Westerzeile que le era paralela, cortaba perpendicularmente el Bärenweg, paralelo a su vez al Wolfsweg. El que viniendo del Wolfsweg bajaba por la Westerzeile, veía a mano izquierda, por sobre las tejas rojas de las casas, los lados frontal y oeste de un campanario terminado en bulbo oxidado; y el que bajara en la misma dirección por la Osterzeile veía a mano derecha y por sobre los tejados los lados frontal y este del mismo campanario.

Porque la iglesia de Jesús quedaba exactamente entre la Osterzeile y la Westerzeile, del otro lado del Bärenweg, y con sus cuatro esferas abajo del bulbo verde daba la hora al barrio entero, desde la plaza Max Halbe hasta la capilla católica de Santa María, que carecía de reloj, y desde la calle de Magdeburgo hasta el Posadowskiweg, cerca de Schellmühl, haciendo que los obreros, los empleados, las vendedoras, los estudiantes de las escuelas públicas y los del Instituto, lo mismo católicos que protestantes, llegaran siempre puntualmente al lugar del trabajo o a la escuela, con una puntualidad sin distinciones de carácter confesional.

Desde su cuarto, Mahlke podía ver la esfera del lado oeste del campanario. Había instalado su chiribitil en el desván, de paredes ligeramente inclinadas, con la lluvia y el granizo directamente sobre la raya que partía su peinado.

Era una bohardilla llena de los habituales cachivaches juveniles, desde la colección de mariposas hasta las fotos en tamaño postal de los artistas de cine preferidos, pilotos de caza profusamente condecorados y generales de tanques; entre todo aquello sobresalía un cromo sin enmarcar de la Madona Sixtina, con los ángeles mofletudos en la parte inferior, la medalla de Pilsudski ya mencionada y el piadoso amuleto consagrado de Tschenstochau, al lado de la foto del comandante de los cazatorpederos de Narvik.

Ya en ocasión de mi primera visita me llamó la atención la blanca lechuza disecada. Yo mismo vivía no lejos de allí, en la Westerzeile; pero no voy a hablar aquí de mí, sino de Mahlke, o de Mahlke y de mí, pero siempre en relación con Mahlke, porque era él quien iba peinado con raya en medio, y quien calzaba botas, y quien llevaba esto o lo otro colgando del cuello a fin de distraer al eterno gato de la eterna nuez; era él quien se arrodillaba ante el altar de la Virgen y el buceador siempre recién quemado por el sol, el que, a falta de estilo, nos llevaba siempre la delantera a los demás, el que una vez que hubo aprendido a nadar quería ser, terminada la escuela y demás, payaso de circo y hacer reír a la gente.

También la blanca lechuza tenía la raya formal en el centro de la cabeza y, al igual que Mahlke, esa misma cara de redentor, doliente y mansamente decidida, como si sufriera de algún dolor de muelas congénito.

El ave, bien disecada y sólo con ligeros retoques, se aferraba con las garras a una rama de abedul, y era regalo de su padre. El centro del chiribitil lo constituía para mí, que me esforzaba por no ver la lechuza, ni el cromo de la Madona, ni la pieza de plata de Tschenstochau, aquel gramófono que Mahlke había subido fatigosamente, pieza por pieza, a la superficie. Discos, no había encontrado ninguno allí abajo. Es probable que se descompusieran en el agua.

La caja, bastante moderna, con su manivela y el brazo para la aguja, la había encontrado hurgando en aquella misma cámara de oficiales que ya le había proporcionado la medalla de plata y algunas otras piezas.

El cuarto en cuestión se hallaba hacia el centro del barco, o sea en un lugar inaccesible para nosotros, incluido Hotten Sonntag. Porque lo cierto es que nosotros sólo bajábamos hasta la proa; y no osábamos aventurarnos a través del oscuro mamparo que los mismos peces apenas hacían temblar, hasta el cuarto de máquinas y las estrechas cabinas adyacentes.

Poco antes de que tocaran a su fin nuestras primeras vacaciones en el bote, Mahlke sacó a luz el gramófono -de fabricación alemana, como en su día el extinguidor- después, tal vez, de unas doce zambullidas, en las que fue moviendo la caja palmo a palmo en dirección de la proa y hasta debajo de la escotilla.

Finalmente, con la ayuda de la misma cuerda con la que izara el Minimax, la subió a la superficie, hasta el puente, donde estábamos todos.

Para poder llevar la caja, cuya manivela estaba enmohecida, a tierra, hubimos de improvisar una balsa con madera flotante y corcho. Remolcábamos todos por turnos, con excepción de Mahlke.

Una semana después, el gramófono, reparado, aceitado y con sus partes metálicas recién bruñidas, estaba en su bohardilla.

El portadiscos lo había recubierto con fieltro nuevo. Después de haberle dado cuerda en mi presencia, Mahlke hizo funcionar el aparato, dejando que el plato girara vacío con su nuevo fieltro verde.

Se mantenía de pie y con los brazos cruzados al lado de la blanca lechuza posada ea su rama de abedul. Y yo estaba de espaldas al cromo sixtino, mirando ya el plato vacío, que oscilaba ligeramente, ya por la ventana de la bohardilla y por encima de las tejas rojas en dirección de la iglesia de Jesús, con una esfera en el lado frontal y otra en el lado este del campanario terminado en bulbo.

Antes de que dieran las seis, el gramófono del dragaminas se paró emitiendo un plañidero zumbido mecánico. Mahlke le dio cuerda varias veces, pretendiendo que yo prestara una atención sostenida a su nuevo rito: muchos ruidos diversos y graduados y el celebrado girar en vacío.

En aquel entonces Mahlke aún no tenía discos. Libros los había en un estante largo y combado. Leía mucho, incluso obras religiosas. Al lado de los cactos del antepecho de la ventana y de los modelos de un torpedero de la clase Wolf y del explorador Grille, hay que mencionar, además, un vaso de agua turbia que estaba siempre allí, sobre la cómoda y al lado de la palangana, y tenía en el fondo una capa de azúcar del grueso de un pulgar.

En dicho vaso, Mahlke agitaba cuidadosamente todas las mañanas algo de agua con azúcar, sin separar nunca el sedimento del día anterior, hasta obtener una tintura lechosa que había de conferir a su pelo, débil y delgado de suyo, algo de consistencia.

En una ocasión me ofreció el preparado y me peiné con agua azucarada. Y efectivamente, después del tratamiento con ese fijador, el peinado se me mantuvo rígido y vidrioso hasta la noche; pero la cabeza me picaba y tenía las manos pegajosas, lo mismo que Mahlke, de tanto pasármelas por el pelo.

Es posible que esto sólo me lo imagine yo ahora, posteriormente, y que en realidad nunca las tuviera pegajosas.

Abajo, en tres cuartos, pero de los que sólo se utilizaban dos, vivían su madre y la hermana mayor de ésta. Silenciosas las dos cuando él estaba en la casa, y algo tímidas y orgullosas a cuenta del muchacho, porque Mahlke, aunque no fuera el primero de la clase, a juzgar por las calificaciones escolares, era un buen estudiante.

Tenía un año más que nosotros, lo que venía a restar algo el mérito de los resultados obtenidos, debido a que la madre y la tía lo habían enviado a la escuela un año después de lo normal, por su débil constitución, algo delicado, decían ellas.

Pero no era un empollón, sino que estudiaba moderadamente, dejaba que quien quisiera copiara las tareas de sus cuadernos, no acusaba nunca a nadie y, excepto en la clase de gimnasia, no mostraba ambición particular en cosa alguna.

Sentía además una aversión manifiesta por las porquerías habituales de los del tercer curso, e intervino, por ejemplo, cuando Hotten Sonntag, que en una ocasión había encontrado entre los bancos del Parque Steffen un preservativo, lo levantó con una ramita, lo llevó a la escuela y lo puso en el picaporte de la puerta de nuestra clase. Tratábase de jugarle una broma pesada al profesor Treuge, pobre pedante medio ciego al que en realidad habrían debido jubilar desde hacía ya varios años. "¡Ahí viene!" anunciaban ya algunas voces en el corredor.

En esto salió Mahlke de su banco, se dirigió sin prisa a la puerta, y cogiendo el preservativo con un papel usado lo quitó del picaporte. Nadie protestó. Una vez más nos había dado una lección.

Y ahora puedo yo decir: con no ser un empollón, con sólo estudiar moderadamente, con dejar que le copiara quien quisiera, con no mostrar ambición excepto en la clase de gimnasia y con no participar en las porquerías habituales, volvía él a ser aquel Mahlke singular que, visiblemente o sin hacerlo ver, buscaba el aplauso.

En último término, él se proponía presentarse algún día en la arena o dedicarse tal vez al teatro, y se entrenaba como payaso quitando preservativos asquerosos de los picaportes, con lo que cosechaba murmullos de aprobación, y era ya casi un payaso cuando practicaba sus torsiones en la barra fija y hacía dar vueltas a la Virgen de plata en la acre atmósfera del gimnasio.

Pero el mayor aplauso lo cosechaba Mahlke durante las vacaciones de verano, en el bote, por más que nos costara trabajo representarnos su obstinado buceo como número de circo.

Tampoco nos reíamos nunca cuando él, amoratado y tiritando, se encaramaba al bote llevando algo que había ido a buscar con el exclusivo objeto de poder mostrárnoslo. A lo sumo decíamos, con pensativa admiración:

– ¡Qué bárbaro! ¿Cómo te las arreglas para destornillar todo eso?

El aplauso le hacía bien y calmaba al ratón de su garganta; pero, al propio tiempo, lo confundía y confería nuevo impulso a su nuez. Las más de las veces declinaba los elogios, lo que le valía nuevos aplausos. No tenía nada de fanfarrón.

Nunca dijiste, por ejemplo: "a ver, pruébalo tú"; o bien: "A su vez, ¿quién lo hace?"; o bien: "Ninguno de vosotros ha hecho todavía lo que hice yo anteayer, cuando bajé al centro del barco, hasta la cocina, y traje aquella lata. Era francesa, sin duda, pues contenía ancas de rana; sabía un poco a ternera, de acuerdo; pero vosotros teníais miedo y no os atrevisteis a probarlas ni aun después de que yo hube vaciado la lata hasta la mitad.

Y luego fui a buscar otra, y hasta hallé un abrelatas, pero la segunda. estaba podrida: era corned beef". No, lo cierto es que Mahlke nunca hablaba en esa forma.

Realizaba algo extraordinario; subía, por ejemplo, desde lo que antes fuera cocina, varias latas de conservas que conforme a las inscripciones impresas eran de origen inglés o francés, y hasta se conseguía abajo un abrelatas que servía para sus fines, abría las latas sin decir palabra en presencia nuestra, se comía las presuntas ancas de rana, dejaba al masticar que su nuez fuera subiendo y bajando -se me olvidó decir que Mahlke era de suyo comilón, pese a lo cual seguía flaco-, y cuando la lata estaba a medio vaciar, nos invitaba a probar de ella, pero sin insistencia.

Nosotros se lo agradecíamos sin aceptar; ya sólo de mirar, Winter tenía que arrastrarse hasta una de las plataformas vacías, tratando en vano por algún tiempo de vomitar vuelto hacia la entrada del puerto. Por supuesto, también por la comida recibía Mahlke su aplauso, pero lo declinaba y echaba el resto de las ancas de rana a las gaviotas, las cuales ya durante su banquete se habían ido acercando hasta el punto casi de dejarse agarrar.

Finalmente, echaba también las latas por la borda, y con ellas a las gaviotas, y procedía a limpiar con arena el abrelatas, que para Mahlke era lo único que valía la pena conservar. Lo mismo que el destornillador inglés y que todos sus otros amuletos, en lo sucesivo llevó dicho abrelatas colgando del cuello con un cordel, aunque no siempre, en la cocina de lo que en su día fuera un dragaminas polaco, no obstante lo cual nunca llegó a estropearse el estómago.

En tales ocasiones llevaba el utensilio a la escuela, debajo de la camisa y junto al resto de la quincalla, e inclusive a misa primera en la capilla de Santa María; porque cada vez que Mahlke se arrodillaba ante la barandilla de la comunión, echaba la cabeza atrás y sacaba la lengua para que el reverendo Gusewski depositara en ella la hostia, el monaguillo que asistía al cura escudriñaba con la mirada el cuello de su camisa: allí llevabas tú, colgando de pescuezo, el abrelatas al lado de la Madona y el destornillador engrasado, y yo tenía que admirarte, aunque tú no te propusieras suscitar admiración.

No; Mahlke no era un ambicioso. También el hecho de que el mismo año que aprendió a nadar lo expulsaran de la Nueva Promoción y lo pasaran a la Juventud Hitleriana, porque se había negado varios domingos a llevar por la mañana a su sección -era jefe de la misma- a la fiesta matutina en el Bosque de Jaschkental, le granjeó, por lo menos en nuestra clase, manifiesta admiración.

Como de costumbre, acogió nuestras demostraciones entre tranquilo y turbado, y siguió descuidando también en adelante, ahora como simple miembro de la Juventud Hitleriana, el servicio matutino dominical.

Claro que en esta institución, que tutelaba a todos los adolescentes a partir de los catorce años, su ausencia llamaba menos la atención, porque la JH era llevada con menos disciplina que la Nueva Promoción y formaba una asociación laxa, en la que los individuos como Mahlke lograban fácilmente pasar inadvertidos. Por lo demás, tampoco era propiamente un rebelde, ya que durante la semana frecuentaba regularmente las veladas familiares y de capacitación y colaboraba también en las campañas especiales, tales como la recolección de materiales viejos, que cada vez se iban haciendo más frecuentes, así como las colectas en favor del Socorro de Invierno, siempre y cuando el agitar la lata por las calles no interfiriera con su misa primera los domingos.

El individuo Mahlke fue, pues, un miembro incoloro e ignorado en la organización oficial de la juventud, sobre todo por cuanto la expulsión de la Nueva Promoción no era ningún caso excepcional.

En nuestra escuela, en cambio, iba adquiriendo, ya desde el primer verano que pasamos en el bote, una reputación que no era ni buena ni mala, sino que tenía más bien algo de legendaria.

Por lo visto, en comparación con la mencionada organización de la juventud, nuestro Instituto hubo de representar más para ti, a la larga, de lo que cabe esperar de una escuela corriente, con su tradición en parte rígida y en parte amable, sus vistosas gorras estudiantiles y su espíritu colegial tantas veces invocado.

– ¿Qué le pasa?

– Para mí que le falta un tornillo.

– Tal vez tenga eso algo que ver con la muerte de su padre.

– ¿Y os habéis fijado en la quincalla que lleva colgando del cuello?

– Y no se pierde una misa.

– Pues yo diría que no cree en nada.

– Cierto, es demasiado realista para ello.

– Sólo le faltaba esa cosa de la garganta. ¿qué será?

– Pregúntaselo tú que fuiste quien le echó encima el gato…

Nos devanábamos los sesos y no acabábamos de comprenderte.

Antes de aprender a nadar eras sólo un don nadie al que a veces le preguntaban en clase, que por lo regular contestaba correctamente y se llamaba Joaquín Mahlke. Y sin embargo, creo que en el primer curso o más adelante, en todo caso antes de tus primeros ensayos natatorios, estuvimos sentados por algún tiempo en un mismo banco. O bien tú tenías tu lugar detrás de mí, o a la misma altura que yo en la sección central, en tanto que yo me sentaba con Schilling del lado de las ventanas.

Más adelante se dijo que habías llevado anteojos hasta el segundo año, lo que tampoco recuerdo. Ni tampoco me llamaron la atención tus eternas botas hasta que te hubiste emancipado nadando y empezaste a llevar colgando del cuello una cordonera de botas.

En aquella época agitaban el mundo graves acontecimientos; sin embargo, por lo que se refiere a Mahlke, su cronología no admitía más que dos etapas: antes de aprender a nadar y después de aprender a nadar.

Porque es lo cierto que cuando la guerra estalló en todas partes, no de golpe, sin duda, sino primero en la Westerplatte, luego en la radio y finalmente en los periódicos, él, aquel estudiante de bachillerato que no sabía nadar ni montar en bicicleta, era muy poquita cosa, y únicamente el dragaminas de la clase Czaika que más adelante había de proporcionarte tus primeras oportunidades de exhibición, desempeñaba ya su papel bélico, que por lo demás sólo había de durar unas pocas semanas, en el Putziger Wiek, en la Bahía y en el puerto de pescadores de Hela.

La flota polaca no era grande, pero sí ambiciosa.

Nos sabíamos de memoria todas sus modernas unidades, botadas unas en Inglaterra y otras en Francia, y podíamos recitar su artillería, su tonelaje y sus velocidades en nudos con la misma seguridad con que disparábamos los nombres de todos los cruceros ligeros italianos, y de todos los anticuados acorazados y monitores brasileños.

Con el tiempo, Mahlke se puso también a la cabeza en esta ciencia, y recitaba de carrerilla y sin titubear los nombres de los destructores japoneses, desde los de la moderna clase Kasumi, construidos en el treinta y ocho, hasta los más lentos de la clase Asagao, modernizada el año veintitrés: "Homiduki, Satuki, Yuduki, Hokaze, Nadakaze y Oite".

Los datos relativos a las unidades de la flota polaca eran fáciles de retener. Había los dos destructores Blyskawica y Grom, de dos mil toneladas y treinta y nueve nudos, pero éstos se hicieron a la mar dos días antes de estallar la guerra, se dirigieron a puertos ingleses y fueron incorporados a la flota inglesa. El Blyskawica existe todavía. Está anclado en calidad de museo flotante de la marina de guerra en Gdingen, en donde es visitado por las escuelas.

El mismo curso a Inglaterra siguió el destructor Borza, barco de mil quinientas toneladas que desarrollaba treinta y tres nudos. De los cinco submarinos polacos, únicamente el Wilk y, después de un viaje accidentado sin cartas de mareas ni comandante, el Orzel de mil cien toneladas, lograron llegar a puertos ingleses. En cuanto al Rys, el Zbik y el Semp, se hicieron internar en Suecia. Al iniciarse la guerra sólo quedaban en los puertos de Gdingen, Putzig, Heisternest y Hela un vejestorio de crucero que había sido antes francés y servía como buque-escuela y dormitorio, y el siembraminas Gryf, barco bien artillado, construido en los astilleros Normand, en El Havre, con dos mil doscientas toneladas, y que llevaba normalmente a bordo trescientas minas.

Además, el Wicher, como único destructor, algunos torpederos anteriormente alemanes de la Marina Imperial, y aquellos seis dragaminas de la clase Czaika, que desarrollaban dieciocho nudos, estaban equipados con un cañón de proa de siete coma cinco y cuatro ametralladoras sobre plataformas giratorias, y que según datos oficiales llevaban veinte minas a bordo, de modo que lo mismo las sembraban que las dragaban.

Y uno de aquellos botes de ciento ochenta y cinco toneladas se había construido expresamente para Mahlke. La guerra naval duró en la Bahía de Danzig del primero de setiembre al dos de octubre y rindió, después de la capitulación de la Península de Hela, el siguiente resultado puramente externo: las unidades polacas Gryf, Wicher, Baltyk y tres barcos de la clase Czaika, el Mewa, el Jaskolka y el Czapla, ardieron y se hundieron en los puertos, en tanto que el destructor alemán Leberecht Maas fue averiado por varios disparos de artillería y el dragaminas M 85 chocó al nordeste de Heisternest con una mina polaca contra submarinos y se hundió perdiendo un tercio de su tripulación.

Sólo fueron capturados los otros tres barcos, ligeramente averiados, de la clase Czaika, y mientras el Zuraw y el Czaika pudieron ser incorporados poco después al servicio alemán con los nombres de Oxthöft y Westerplatte, el tercero, el Rybitwa, al ser remolcado de Hela a Neufahrwasser, empezó a hacer agua, a hundirse y a esperar a Joaquín Mahlke, ya que fue éste quien el verano siguiente llevó a la superficie las plaquitas de latón que llevaban grabado el nombre de Rybitwa. Más adelante se dijo que un oficial polaco y un cabo de mar, que servían el timón bajo vigilancia alemana, hundieron el bote conforme al procedimiento bien conocido de Scapa Flow.

El caso es que, por una u otra razón, se hundió a un lado del canal y de la boya de entrada de Neufahrwasser, y pese a que estaba varado favorablemente en uno de las numerosos bancos de arena no fue puesto nuevamente a flote, sino que siguió emergiendo de la superficie con las superestructuras del puente, los restos de la borda, los ventiladores abollados y la plataforma giratoria del cañón desmontado de proa, primero cual una visión extraña que no tardó, con todo, en hacerse familiar, proporcionándote a ti, Joaquín Mahlke, un objetivo; de modo análogo a como aquel otro barco de guerra, el Gneisenau, que fue hundido en febrero del cuarenta y cinco a la entrada del puerto de Gdynia, proporcionó un objetivo a los escolares polacos.

Aunque nunca se sabrá si entre los jóvenes polacos que buceaban en el Gneisenau y lo saqueaban habría alguno que se sumergiera con el mismo fanatismo que Mahlke.

III

No tenía nada de hermoso.

Para ello hubiera debido hacerse reparar la nuez. Es posible que todo residiera en ese cartílago. Sin embargo, la cosa tenía sus compensaciones.

Por otra parte, tampoco ha de pretenderse demostrarlo todo con arreglo a las proporciones. Y en cuanto a su alma, nunca me fue presentada.

Nunca oí lo que pensara. En definitiva, quedan su cuello y los numerosos contrapesos del mismo. E incluso el hecho de que se llevara a la escuela y al establecimiento de baños montañas de emparedados de margarina y los devorara durante la clase o poco antes de meterse al agua, sólo ha de tomarse como otro indicio relativo a su nuez, porque lo probable es que aquel ratón participara en la comida, sin hartarse nunca.

Queda además su devoción, sus rezos ante el altar de la Virgen.

El Crucificado no le interesaba particularmente. Llamaba la atención que aquel subir y bajar de su cuello no llegara a pararse por completo cuando juntaba las puntas de los dedos para la oración; sin embargo, al rezar tragaba con disimulo, y mediante la posición exageradamente estilizada de sus manos llegaba en tales momentos a desviar la atención respecto de aquel ascender que, por encima del cuello de su camisa y de los apéndices consistentes en cordel, cordonera y cadenita, funcionando siempre.

Por lo demás, las muchachas no parecían interesarle mucho. Si hubiera tenido una hermana… Mis primas tampoco lograron ayudarlo.

En cuanto a su relación con Tula Pokriefke, no hay que tomarla en cuenta, ya que era de un carácter particular y, como número de circo -si se piensa que él quería ser payaso-, no hubiera dejado de tener lo suyo, porque la Tula de marras, un espárrago de muchacha con unas piernas como palillos, lo mismo hubiera podido ser muchacho.

En todo caso, esa frágil niña que hacia el final de nuestras segundas vacaciones sobre el bote nadaba con nosotros cuando se le antojaba, nunca sintió el menor reparo cuando nos despojábamos de nuestros taparrabos y, de puro aburrimiento, nos despatarrábamos en cueros sobre la herrumbre.

La cara de Tula se podría reproducir con un mero punto y coma. Por la facilidad con que se movía en el agua, daba la impresión de tener membranas natatorias entre los dedos de las manos y entre los de los pies.

Olía siempre a cola de carpintero, incluso en el bote y a pesar de las algas, las gaviotas y el olor ácido de la herrumbre, porque su padre trabajaba con cola en la ebanistería de su tío.

Era toda pellejo, huesos y curiosidad. Tranquila y con la barbilla apoyada en la palma de la mano, miraba cuando Winter o Esch, sin poder ya contenerse, pagaban su tributo. Acurrucábase, con la espalda encorvada y los huesos de la columna vertebral muy marcados, frente a Winter, al que siempre le costaba mucho terminar, y murmuraba:

– ¡Caray, lo que cuesta!

Y cuando finalmente aquello venía y chasqueaba sobre la herrumbre, empezaba ella a animarse y agitarse; se tiraba de bruces, ponía unos ojos como de rata, y miraba, miraba, como queriendo descubrir quién sabe qué; volvía a acurrucarse, se ponía de rodillas, se levantaba y, cruzando las piernas, lo agitaba con el pulgar del pie, hasta verlo espumar y tomar el color rojizo del orín.

– ¡Fenomenal! Ahora hazlo tú, Atze.

Nunca se cansaba de este jueguecito, y se trataba efectivamente de algo totalmente inocente.

– Hazlo otra vez. ¿Quién no lo ha hecho hoy todavía? Ahora te toca a ti -insistía con su voz ligeramente gangosa.

Siempre había algún tonto o bonachón que pusiera manos a la obra, aun sin ganas, para que ella tuviera algo que mirar. El único que nunca se mezcló en ello hasta que Tula hubo encontrado la palabrita incitante adecuada -y ésta es la razón de que se describa aquí la olimpiada en cuestión- fue el gran nadador y buceador Joaquín Mahlke.

Así, pues, mientras los demás nos dedicábamos a esa ocupación de que hay referencias ya en la Biblia, a solas o, como se dice en la Guía del confesor, en común, Mahlke no se quitaba nunca el taparrabo y miraba fijamente en dirección de Hela.

Estábamos seguros de que en su casa, entre la blanca lechuza y la Madona Sixtina, practicaba sin duda el mismo deporte. Pero un día salió del agua, tiritando como de costumbre y sin nada que mostrarnos. Schilling había trabajado ya una vez para Tula.

Un barco de cabotaje estaba precisamente entrando en el puerto por sus propios medios.

– Hazlo otra vez -suplicaba Tula, porque Schilling era el que más podía.

En la rada no se veían barcos.

– No después del baño. Mañana será otro día -contestó el otro en son de consuelo.

Tula giró sobre sus talones y balanceándose sobre los dedos de los pies se enfrentó a Mahlke, quien como de costumbre tiritaba a la sombra de la bitácora pero no se había sentado todavía. Un remolcador de altura, con un cañón de proa, salía en aquel momento del puerto.

– ¿Y tú, puedes también? Hazlo, por favor. ¿O es que no puedes? ¿O no quieres? ¿O no te atreves?

Mahlke salió a medias de la sombra y le dio a Tula en la pequeña cara comprimida, a izquierda y derecha, con el dorso y la palma de la mano. El ratón de su nuez perdió el control. También el destornillador se movía agitadamente.

Por supuesto, Tula no derramó una sola lágrima, sino que se echó a reír balando, con la boca cerrada como una cabra; arqueó sin esfuerzo su cuerpo de caucho formando un puente, y por entre sus piernas esqueléticas miró a Mahlke hasta que éste, que ya había vuelto a la sombra en tanto que el remolcador viraba a noroeste, dijo:

– Bueno. Para que te calles la boca.

Tula se descontorsionó inmediatamente y, mientras Mahlke se bajaba el taparrabo hasta las rodillas, se puso, como de costumbre, en cuclillas.

Todos nos maravillamos como los niños en un teatro de títeres: unos breves movimientos con la muñeca derecha, y su miembro adquirió tal volumen que la punta emergió de la sombra de la bitácora y quedó directamente expuesta a los rayos del sol.

Sólo cuando entre todos formamos un semicírculo el dominguillo de Mahlke se encerró nuevamente en la sombra.

– ¿Me dejas hacértelo a mí, sólo un poquitín?

Tula estaba boquiabierta. Mahlke hizo que sí con la cabeza y apartó la mano, aunque sin abandonar la posición encorvada de los dedos. Las manos siempre arañadas de Tula se pusieron a palpar torpemente aquella cosa, la cual, bajo las yemas tentadoras de los dedos, fue aumentando en volumen hasta hinchársele las venas y amoratársele la punta.

– Mídesela! -gritó Jürgen Kupka.

Tula hubo de extender su mano una vez por entero, faltándole poco para otra. Alguien y luego alguien más murmuró:

– Por lo menos treinta centímetros. -Lo cual era sin duda exagerado.

Schilling, que era quien de todos nosotros tenía el miembro más largo, hubo de sacar el suyo, llevarlo a erección y ponerlo al lado del otro. En primer lugar, el de Mahlke era un número más grueso; en segundo lugar, era más largo en una caja de cerillas, y en tercer lugar se veía mucho más adulto, peligroso y digno de adoración.

Una vez más nos había mostrado de qué era capaz, y nos lo mostró de nuevo, acto seguido, al sacarse dos veces consecutivas algo de la palma, como decíamos nosotros.

Con las rodillas no totalmente tendidas, Mahlke estaba de pie junto a la borda abollada, detrás de la bitácora, y miraba fijamente en dirección de la boya de entrada del puerto de Neufahrwasser, siguiendo acaso con la vista el humo horizontal del remolcador de altura que se iba alejando y sin dejarse distraer por un torpedero de la clase Gaviota que salía en aquel momento.

Así estaba, mostrando por entero su perfil, desde los dedos de los pies que sobresalían ligeramente del borde, hasta la divisoria de las aguas de su raya partida y, cosa rara, el largo de su miembro compensaba la protuberancia normalmente llamativa de su nuez, confiriendo a su cuerpo una armonía poco común, sin duda, pero equilibrada.

Apenas hubo efectuado la primera descarga por la borda, Mahlke volvió a empezar de nuevo. Winter tomaba el tiempo con su reloj hermético de pulsera: aproximadamente el mismo número de segundos que necesitó el torpedero para ir de la punta de la escollera hasta la boya de entrada.

Cuando el barco pasó la boya, Mahlke soltó su segunda descarga, exactamente igual a la primera. Nos doblamos de risa al ver que las gaviotas se precipitaban sobre aquel escupitajo que se balanceaba en el terso oleaje -sólo ocasionalmente encrespado- y chillaban pidiendo más.

No tuvo Mahlke necesidad de repetir ni de superar tales exhibiciones, ya que ninguno de nosotros -en todo caso no después del nadar y el bucear extenuantes- logró nunca igualar su marca. Porque, hiciéramos lo que hiciéramos, lo hacíamos en todo caso como deportistas y respetábamos las reglas.

Tula Pokriefke, a la que sin duda alguna había impresionado más directamente, anduvo tras él por algún tiempo, sentándose siempre cerca de la bitácora y sin quitarle la vista del taparrabo. Un par de veces hasta le rogó, pero él se negó a todo, aunque sin encolerizarse.

– ¿Tienes que confesarte de ello?

Mahlke asintió con la cabeza y, para desviar su mirada, jugueteaba con el destornillador que le colgaba de la cordonera.

– ¿No quieres llevarme abajo alguna vez? Sola no me atrevo. Estoy segura de que allí debe haber todavía algún muerto.

Probablemente por razones pedagógicas, Mahlke se llevó a Tula a la proa. La tuvo abajo mucho más tiempo de lo que era prudente, porque al subir se la veía amarillo-verdosa y él tenía que sostenerla en sus brazos, de modo que tuvimos que poner boca abajo aquel cuerpo ligero y totalmente liso. A partir de aquel día, Tula Pokriefke ya sólo nos acompañó raras veces, y aun cuando fuera más valiente que las demás muchachas de su edad, nos irritaba una y otra vez con su eterno disparatar a propósito del marinero muerto del bote.

Pero era su tema favorito. "Al que me lo suba, le dejo probarlo conmigo", prometía en son de recompensa. Puede que sin confesárnoslo anduviéramos todos buscando -nosotros en la proa y Mahlke en el cuarto de máquinas- a un marinero polaco medio mareado, no porque deseáramos probar a aquella mocosa, sino porque sí, simplemente porque sí.

Pero ni siquiera Mahlke encontró nada, excepto algunos trapos medio descompuestos y recubiertos de algas, de los que los gasterósteos salían disparados, hasta que las gaviotas se daban cuenta y decían ¡buen provecho!

No, Mahlke no le hacía mucho caso a Tula, aunque más adelante se dijera que había algo entre ellos. A él no le daba por las muchachas, ni siquiera por la hermana de Schilling. Y en cuanto a mis primas de Berlín, su manera de mirarlas recordaba la de un pescado.

Si por algo le daba, era más bien por los muchachos, con lo cual no quiero decir que Mahlke fuera del otro lado. Porque en aquellos años en que hacíamos regularmente el péndulo entre el establecimiento de baños y el bote varado, ninguno de nosotros llegamos a saber exactamente si éramos machos o hembras.

En realidad -y pese a que más adelante se dieran rumores y evidencias en contrario-, lo cierto es que para Mahlke no había otra mujer que la católica Virgen María. Sólo por ella llevaba a la capilla de Santa María, colgando del cuello, todo lo que se podía llevar y mostrar.

Todo lo que hacía, desde el bucear hasta sus hazañas posteriores y de carácter más bien militar, lo hacia por ella, o bien -y ya me estoy contradiciendo otra vez- para hacer pasar inadvertida su nuez. Tal vez, en fin, y sin que por ello haya que descartar a la Virgen, y al ratón de su nuez, podría señalarse un tercer motivo: nuestro Instituto.

Aquel edificio enmohecido e imposible de ventilar, y en particular su aula, significaban mucho para Joaquín Mahlke, y lo llevarían más adelante a realizar esfuerzos de carácter supremo.

Y ahora se impone decir algo a propósito de la cara de Mahlke. Algunos de nosotros hemos sobrevivido a la guerra y vivimos en pequeñas ciudades pequeñas o en pequeñas ciudades grandes; hemos engordado, hemos perdido el pelo y, quien más quien menos, todos nos ganamos la vida.

Por mi parte, hablé con Schilling en Duisburgo y con Jürgen Kupka en Brunsviga, poco antes de que este último emigrara al Canadá. En el acto salió a relucir lo de la nuez: "¡Jesús, lo que tenía en el cuello! ¿No le echamos una vez un gato? ¿No fuiste tú quien… ¿" Los interrumpí: "No, no es eso lo que me interesa; yo me refiero a su cara".

A título de compromiso nos pusimos de acuerdo: Tenía ojos grises o azul grises, pero no brillantes, y en ningún caso pardos. La cara, flaca y alargada, musculosa alrededor de los pómulos. Su nariz no era particularmente grande, pero sí carnosa, y se le ponía fácilmente roja en cuanto hacia frío. El cogote abombado ya se mencionó anteriormente.

Nos costó algún trabajo ponernos de acuerdo a propósito de su labio superior. Jürgen Kupka era de mi parecer: lo tenía arremangado y saliente y no lograba nunca ocultar por completo -excepto al bucear, por supuesto- los dos incisivos superiores, los cuales, por lo demás, tampoco los tenía verticales, sino más bien inclinados a manera de colmillos.

Y aquí empezamos ya a dudar, recordando que la pequeña Pokriefke lo tenía también respingón y mostraba siempre los incisivos. La verdad es que no estábamos totalmente seguros de no confundir a Mahlke y Tula en el caso concreto del labio superior. Es posible que sólo fuera ella la que lo tenía así, porque así lo tenía, sin duda.

Schilling, en Duisburgo -nos encontramos en el restaurante de la estación, porque a su mujer no le gustaban las visitas inesperadas-, me recordó aquella caricatura que por espacio de unos días había provocado tumulto en nuestra clase. Creo que fue en el cuarenta y uno, cuando hizo su aparición entre nosotros un individuo alto, el cual, aunque con cierto acento, hablaba corrientemente alemán y había sido evacuado con su familia del Báltico.

Aristocrático, siempre elegante, sabía griego y hablaba como un libro; su padre era barón, y en invierno llevaba siempre una gorra de piel. Se llamaba, bueno, su nombre de pila era Karel. Dibujaba aprisa y muy bien, con o sin modelo: trineos tirados por caballos y rodeados de lobos, cosacos borrachos, judíos como los del Stürmer, muchachas desnudas montadas en leones, sobre todo muchachas desnudas, de piernas largas y como de porcelana, pero nunca obscenas, o bolcheviques despedazando a niños con los dientes, a Hitler disfrazado de Carlomagno, coches de carreras conducidos por damas con largos chales flotando al viento; y en particular era muy hábil en dibujar con el pincel, la pluma o al crayón caricaturas de los maestros y los condiscípulos en cualquier pedazo de papel, o bien, con la tiza, en el encerado.

Así es como dibujó a Mahlke, no al crayón, sino haciendo rechinar la tiza en la pizarra. Lo dibujó de frente.

En aquel tiempo Mahlke llevaba ya la ridícula raya que le partía la cabeza y se fijaba con agua de azúcar. La cara era un triángulo con vértice en la barbilla. La boca, fruncida y malhumorada. Ninguna traza de incisivos a manera de colmillos.

Los ojos, unos puntos penetrantes debajo de unas cejas dolorosamente fruncidas. El cuello, sinuoso, de medio perfil, con aquella nuez monstruosa. Y detrás de la cabeza y de la faz doliente, una aureola de redentor.

No le faltaba más que hablar: el efecto fue inmediato. En los bancos nos retorcíamos de risa, y sólo recobramos nuestros sentidos cuando ya alguien había agarrado al elegante Karel esto y lo otro por los botones y la emprendió con él a puñetazo limpio, hasta que logramos separarlos cuando ya andaba arrancándose del cuello el destornillador para hacerlo pedazos. Fui yo quien borró del encerado, con la esponja, tu figura de redentor.

IV

Bromas o no: tal vez no hubieras llegado a payaso, pero sí a ser eso que se llama un creador de modas; porque fue Mahlke quien en el invierno que siguió al segundo verano en el bote introdujo las borlas: dos bolas de lana del tamaño de las pelotas de pingpong, lisas o de colores, unidas entre sí por un cordón trenzado de lana con el que se colgaban bajo el cuello de la camisa las bolas anudadas por delante, ligeramente inclinadas, a manera de corbatín.

De los informes que he logrado reunir, resulta que estas bolas o borlas -así las llamábamos nosotros- se llevaron a partir del tercer invierno de guerra en casi toda Alemania, sobre todo en el norte y en el este, y particularmente en los medios estudiantiles. Entre nosotros fue Mahlke quien las introdujo, y hasta es posible que fuera su inventor.

En todo caso, hizo que su tía Susi le confeccionara varios pares de borlas con restos de lana, con estambre destejido de piezas ya muy lavadas, o con el procedente de los calcetines más que zurcidos de su difunto padre, y las llevó a la escuela, colgando del cuello en forma muy vistosa.

A los diez días andaban ya por todas las camiserías: inseguras y tímidas al principio, puestas en cajas de cartón al lado de la máquina registradora, no tardaron en pasar a los escaparates en arreglos llamativos y, lo que era más importante, libres de cupones textiles.

Y de allí, del barrio de Langfuhr, emprendieron su marcha triunfal hacia el norte y el este de Alemania, llegando a llevarse también en Leipzig y Pirna -me consta- e incluso esporádicamente, aunque sólo unos meses más tarde y cuando ya Mahlke había descartado las suyas, en Renania y el Palatinado; siempre, eso sí, exentas del racionamiento.

Recuerdo con toda precisión el día en que Mahlke se quitó del cuello las suyas y habré de volver más adelante sobre el particular.

Nosotros seguimos llevando las borlas mucho tiempo todavía, aunque a lo último ya sólo en son de protesta, porque nuestro director, el profesor Klohse, las había tachado de afeminadas e indignas de un muchacho alemán, prohibiendo llevarlas en el interior del edificio e incluso en el patio de recreo.

Muchos sólo acataron la orden de Klohse, que fue leída como circular en todas las aulas, durante las lecciones que llevaban con él. Por cierto que, en conexión con las borlas, me viene ahora a la memoria lo de Papá Brunies, profesor retirado al que durante la guerra volvieron a llamar a la cátedra.

A éste las borlas le cayeron en gracia, y en una o dos ocasiones, cuando ya Mahlke se había desprendido de las suyas, las ostentó él mismo colgando de su cuello tieso y nos recitó, así ataviado, a Eichendorff: "Oscuros frontones, altos ventanales…" o tal vez otra cosa, pero en todo caso de Eichendorff, que era su poeta predilecto.

Por lo demás, Oswald Brunies era goloso, tenía una pasión por los dulces y fue arrestado más adelante en el propio edificio escolar: oficialmente, según se dijo, porque se habría quedado con unas tabletas de vitaminas que habían de distribuirse entre los escolares, pero en realidad parece que por razones políticas, pues era masón.

Algunos estudiantes fueron interrogados; confío en que yo no declaré en su contra. Su hija adoptiva, que era una muchacha como una muñeca y tomaba lecciones de danza, se mostró de luto en público; a él se lo llevaron a Sutthof, y allí se quedó: una historia sombría y complicada que merece ser escrita, pero no por mí, y en todo caso no en relación con Mahlke.

Volvamos a las borlas. Es obvio que Mahlke las había inventado pensando en su nuez. Y, efectivamente, por espacio de algún tiempo las borlas lograron calmar algo al indómito brincador que Mahlke albergaba en su garganta. Pero cuando la moda se generalizó y se las ponían ya hasta las de primero, acabaron por dejar de llamar la atención aun en el cuello del que fuera su inventor.

Durante el invierno del cuarenta y uno al cuarenta y dos -que hubo de ser malo para él, porque ni se podía pensar en bucear ni producían ya las borlas el menor efecto- veo todavía a Joaquín Mahlke bajar por la Osterzeile, siempre con sus botas de cordones y envuelto en una soledad monumental, o subir en dirección de la capilla de Santa María, haciendo crujir bajo sus pasos la nieve sembrada de ceniza.

Sin gorra. Con las orejas separadas enrojecidas y quebradizas. El pelo, tieso por efecto del agua azucarada y del hielo, partido en el centro mismo de la cabeza por la raya que le arranca de la coronilla. Las cejas como un signo de angustia, y esos ojos azul pálido, que traspasaban la realidad, llenos de un profundo horror.

Levantado el cuello del abrigo, otro legado de su difunto padre. Debajo de la barbilla, entre puntiaguda y raquítica, una bufanda de lana gris, bien cruzada y sujeta, por las dudas, con un enorme imperdible visible desde lejos.

Cada veinte pasos, su mano derecha sale del bolsillo del abrigo y se cerciora de que la bufanda permanece correctamente en su lugar, en la parte delantera del cuello. He visto a otros cómicos -al payaso Grock en el circo y a Chaplin en el cine- trabajar con esos imperdibles gigantes. Mahlke se adiestra: hombres, mujeres, soldados con licencia y niños, solos o en grupos, caminan en sentido contrario, y sus figuras oscuras se van agrandando sobre el fondo blanco de la nieve a medida que van llegando a su altura.

A todos, como a Mahlke, les sale un vaho blanco de la boca, que desaparece luego por detrás. Y todos los ojos que le vienen al encuentro están fijos -pensará Mahlke para sí- en su cómico, verdaderamente cómico, terriblemente cómico imperdible. En aquel mismo invierno, severo y seco, organicé, con dos primas mías que habían venido de Berlín durante las vacaciones de Navidad, y con Schilling, para que la partida fuera completa, una excursión por el mar de hielo a nuestro dragaminas preso en él. Nos proponíamos alardear un poco y ofrecer a las muchachas, que eran dos lindas rubias de pelo liso suelto y un tanto presumidas a cuenta de su origen berlinés, algo muy especial: nuestro bote. Por otra parte, esperábamos también, una vez allí, poder cometer con ellas -que en el tranvía y hasta en la playa se habían mostrado un poco distantes- alguna locura, aunque no supiéramos bien todavía de qué clase. Mahlke nos estropeó la tarde.

Como los rompehielos habían tenido que abrir varias veces el canal próximo a la entrada del puerto, los témpanos de hielo se habían ido acumulando frente al bote y formaban, acuñados y apilados, una pared quebrada que resonaba al soplo del viento y ocultaba una parte de las superestructuras del puente.

Sólo percibimos a Mahlke cuando nos hubimos encaramado a la barrera de hielo, del alto aproximadamente de un hombre, y después de haber izado a las muchachas hasta nosotros. El puente, la bitácora, los ventiladores detrás y todo lo demás que quedaba formaban en conjunto una sola gran paleta blanco-azulada que un sol congelado lamía inútilmente.

Ni una gaviota. Estaban afuera, sobre la basura de los cargueros aprisionados en la rada.

Por supuesto, Mahlke llevaba el cuello del abrigo levantado, la bufanda hasta la barbilla y el imperdible delante, para sujetarla. No llevaba nada sobre la cabeza y la raya de su pelo; pero sí, en cambio, unas orejeras negras, como las que suelen llevar los basureros y los repartidores de las cervecerías, las cuales, mantenidas unidas y tensas por medio de una tira de lámina que le cruzaba la raya a manera de travesaño, le apretaban, ocultándolas, aquellas orejas que normalmente se le separaban de la cabeza.

No se dio cuenta de nuestra llegada, porque estaba trabajando en la capa de hielo, arriba de la proa, con tal tesón que, ciertamente, no debía de sentir el frío. Con una pequeña hacha estaba tratando de abrir un agujero en el hielo, aproximadamente por donde bajo la capa debía quedar la escotilla abierta de la proa.

Con golpes rápidos y secos practicaba una ranura circular del tamaño aproximadamente de una alcantarilla. Schilling y yo saltamos de la barrera al puente, ayudamos a bajar a las muchachas y se las presentamos. No tuvo necesidad de quitarse los guantes. El hacha pasó simplemente a su mano izquierda, y a cada uno de nosotros le fue tendida una derecha acalorada, que volvió inmediatamente al hacha y a la ranura, así que por turno se la fuimos estrechando. Las dos muchachas se quedaron algo pasmadas. Los dientecitos se les enfriaban.

El aliento les pegaba como escarcha en los pañuelos con que se habían tocado la cabeza, y con ojos atónitos miraban hacia donde el hierro y el hielo se mordían mutuamente. Schilling y yo nos sentimos descartados, pero, haciendo de tripas corazón, empezamos a hablar de sus hazañas de buceador, o sea de las del verano. "¡La de plaquitas que ha subido! ¡Y un extinguidor, y conservas, de veras, junto con el abrelatas! Y al abrirlas, ¿sabéis lo que había dentro? ¡Carne humana! ¡Y el fonógrafo! Cuando ya estaba arriba vimos que salía algo arrastrándose. Y una vez…" Las muchachas no entendían ni la mitad, hacían preguntas tontas y le hablaban a Mahlke de usted.

Él seguía picando sin cesar, sacudía la cabeza con las orejeras cuando en voz demasiado alta esparcíamos sobre el hielo sus proezas de buceador, y no dejaba, con todo, de asegurarse de vez en cuando, con la mano libre, que la bufanda y el imperdible permanecieran en su lugar.

Cuando acabamos con el repertorio y nos pusimos a tiritar, interrumpía la faena cada veinte golpes por unos momentos y, sin enderezarse por completo, llenaba las pausas con palabras modestas e información objetiva. Con mucho aplomo e inseguro al propio tiempo, entreteníase en los detalles de sus intentos menores, pasando por alto las expediciones más osadas; hablaba más de su trabajo que de sus aventuras en el interior húmedo del dragaminas, e iba ahondando cada vez más la ranura en la capa de hielo.

No es que mis primas quedaran prendadas de Mahlke, pues él visiblemente no se cuidaba por seleccionar su vocabulario ni exhibir su ingenio. Por otra parte, ninguna de ellas se hubiera entusiasmado nunca por nadie que llevase orejeras como un abuelito. Pero nosotros dos seguíamos sin contar.

Nos convirtió en un par de chiquillos confundidos que, con las narices goteando, permanecían manifiestamente al margen de la situación. Y a partir de entonces y aun durante el camino de regreso, las muchachas ya sólo nos trataron, a Schilling y a mí, con cierto aire de condescendencia.

Mahlke se quedó; quería terminar su agujero y asegurarse de que había acertado exactamente el lugar arriba de la escotilla.

Cierto que no dijo: "Quedaos hasta que termine", pero, con todo, cuando estábamos ya sobre la pared de hielo, retardó nuestra partida por unos cinco minutos hablando a media voz, no hacia nosotros, sino más bien en dirección de los cargueros aprisionados en el hielo de la rada, y sin enderezarse nunca por completo.

Nos rogó que le ayudáramos. ¿O fue más bien que nos lo ordenó en forma cortés? Lo cierto es que nos pidió que soltáramos nuestras aguas en su ranura, que tenía forma de cuña, con objeto de derretir el hielo con nuestra orina caliente, o de ablandarlo por lo menos. Y antes de que Schilling o yo pudiéramos decir: "No tenemos con qué", o bien: "Ya lo hicimos al venir", mis primas exclamaron jubilosas y con deseos de colaborar: "¡Oh, sí! Pero tenéis que mirar a otro lado, y usted también, señor Mahlke".

Después que Mahlke les hubo explicado dónde debían agazaparse -el chorro, decía, tenía que dar siempre en el mismo lugar, porque si no no servía de nada-, se encaramó a la pared y se volvió, con nosotros, hacia la playa. Y mientras a nuestra espalda las dos fuentes brotaban a un tiempo formando un dúo sonoro entre risas sofocadas y murmullos, nosotros contemplábamos el negro hormigueo frente a Brösen y el muelle helado.

Los álamos del Paseo Marítimo se veían cubiertos, en número de diecisiete, de azúcar. La cúpula dorada del Monumento al Soldado, que emergía cual un obelisco del bosquecillo de Brösen, nos hacía unas señas excitadas. Era domingo por todas partes.

Una vez que los pantalones de esquiar de las muchachas hubieron vuelto a subir y que nosotros estuvimos nuevamente abajo con las puntas de los zapatos alrededor de la ranura, el círculo seguía fumando, sobre todo en aquellos dos lugares donde Mahlke, sirviéndose del hacha, había marcado precavidamente con una cruz. El agua se veía amarillo-pálida en el foso y se iba filtrando con un ligero crujir. Los bordes de la ranura se habían teñido de un oro verdoso.

El hielo resonaba lloronamente. Persistía un olor penetrante, porque no había otro alguno que lo contrarrestara, y se hizo más fuerte cuando Mahlke volvió a cavar con el hacha en la ranura, sacando casi tanta sémola de hielo como para llenar un balde corriente. Logró sobre todo perforar dos pozos en los lugares señalados, ganando así profundidad. Cuando la capa blanca se hallaba ya amontonada a un lado, endureciéndose rápidamente por efecto del frío, Mahlke marcó otros dos lugares. Las muchachas hubieron de volverse, en tanto que nosotros nos desabrochamos y le ayudamos reblandeciendo varios centímetros más de la capa de hielo y perforándola con dos nuevos agujeros, que, sin embargo, no resultaron ser lo bastante profundos.

En cuanto a él, ni soltó sus aguas ni nosotros lo invitamos a hacerlo, temiendo, antes bien, que lo hicieran las muchachas. Así que hubimos terminado y aun antes de que las muchachas pudieran abrir la boca, Mahlke nos despidió.

Cuando ya estábamos de nuevo en lo alto de la pared y nos volvimos, vimos que, sin desabrigarse por ello el cuello, se había tapado la barbilla y la nariz con la bufanda, que seguía ostentando el imperdible. Con lo que, entre la bufanda y el cuello del abrigo, sus bolas o borlas de lana salpicadas en rojo y blanco pudieron airearse. Volvía ya a cavar en aquella ranura, que sin duda murmuraría algo acerca de nosotros y de las muchachas, con la espalda encorvada tras los tenues velos de un vaho de lavadero en los que el sol hurgaba.

Durante el camino de regreso a Brösen ya sólo fue cuestión de él. Las dos primas formulaban preguntas, alternativa o simultáneamente, que no siempre podíamos contestar. Pero cuando la más joven quiso saber por qué Mahlke llevaba la bufanda hasta la barbilla, a manera de una venda, y la otra insistió en lo mismo, Schilling aprovechó la pequeña oportunidad que se nos ofrecía y empezó a describir la nuez de Mahlke como si se tratara de un bocio.

Practicó también movimientos exagerados de deglución, imitó a Mahlke masticando, se quitó la gorra de esquiar, se partió alusivamente la raya con los dedos en el centro de la cabeza y consiguió, finalmente, que las muchachas se rieran y hallaran a Mahlke cómico y no muy bien de la cabeza. Sin embargo, pese a esta pequeña victoria a expensas tuyas -también yo aporté mi óbolo e imité tu relación con la Virgen María-, mis primas regresaron a Berlín una semana más tarde sin que nosotros, aparte del besuqueo obligado en el cine, hubiéramos logrado sacar de ellas nada en limpio.

No debo silenciar, aquí, que al día siguiente fui temprano a Brösen en el tranvía, corrí sobre el hielo a través de una densa niebla costera, faltando poco para que no diera con el bote, y encontré terminado el agujero arriba de la proa. Rompí penosamente con el tacón del zapato y con un bastón provisto de punta de hierro de mi padre, que precavidamente había llevado conmigo, la nueva capa gruesa de hielo que se había formado durante la noche. Luego introduje el bastón por el agujero gris-negro del hielo.

Bajó casi hasta el puño; ya casi el agua me cubría el guante, cuando de repente topó la punta con la proa o, mejor dicho, no: primero di en el vacío, y no fue sino al mover el bastón lateralmente a lo largo del agujero cuando me encontré también abajo con resistencia.

Dejé correr el hierro junto al hierro, y resultó que se trataba exactamente de la escotilla abierta de proa. Lo mismo que un plato queda debajo del otro cuando se ponen dos platos juntos, así quedaba la escotilla debajo del agujero practicado en el hielo.

Pero miento: no, no quedaba exactamente debajo, porque nada se produce exactamente, sino que la escotilla era algo mayor, o era algo mayor el agujero; sin embargo, la escotilla se abría bastante exactamente debajo de aquél, y sentí a cuenta de Joaquín Mahlke un orgullo tan dulce como un bombón de crema, y de buena gana te hubiera regalado mi reloj de pulsera.

Permanecí allí unos buenos diez minutos, sentado sobre la tapa circular de hielo, de unos cuarenta centímetros de espesor, que se encontraba al lado del agujero. Alrededor de la parte inferior del segundo tercio del témpano veíase aquella traza amarillo-pálida de la orina del día anterior. Habíamos podido ayudarle, aunque Mahlke también habría llevado a cabo él agujero sin nosotros. ¿Podía Mahlke prescindir del público en nada de lo que hiciera? ¿Había algo que sólo se mostrara a sí mismo? Porque ni siquiera las gaviotas habrían admirado tu agujero sobre la escotilla de proa si yo no hubiera venido para admirarte.

Tenía siempre algún público. Y si digo que "siempre", y que incluso cuando estaba solo en el bote y practicaba su agujero en el hielo, tenía delante o detrás a la Virgen María, que contemplaba entusiasmada el ir y venir de su hacha, la Iglesia debería darme de hecho la razón; pero aunque la Iglesia no pueda ver en la Virgen María a la admiradora constante de hazañas de Mahlke, lo cierto es que ella seguía con atención todos sus movimientos, y esto bien lo sé yo, que fui monaguillo: primero con el reverendo Wiehnke en la iglesia del Sagrado Corazón, y luego con Gusewski en la capilla de Santa María.

Y seguí ayudando a misa todavía cuando, coincidiendo prácticamente con mi desarrollo, había perdido ya la fe en la magia del altar, y sólo me divertía todo aquel tejemaneje que se urdía alrededor.

No obstante, me esforzaba por hacerlo bien, y no arrastraba los pies como suelen hacerlo los monaguillos. Por otra parte, nunca estuve enteramente seguro, ni lo estoy hoy todavía, de si después de todo no habrá efectivamente algo, ya sea delante, o detrás, o tal vez en el mismo tabernáculo… Sea como fuere, el caso es que al reverendo Gusewski le gustaba siempre tenerme a mí a su lado como uno de los dos monaguillos, porque entre el Ofertorio y la Consagración yo nunca me dedicaba al intercambio de cromos de las cajetillas de cigarrillos, como era usual entre sus demás muchachos, ni dejaba vibrar la campanilla después de los toques, ni hacía negocio alguno con el vino de misa.

Porque, en verdad, los monaguillos son la peste: no sólo porque extienden sus baratijas usuales en las propias gradas del altar y apuestan entre sí monedas o cojinetes de bolas desgastadas, sino porque en aquella época no hacían más que conversar durante las oraciones graduales y en lugar de recitar el texto de la misa, o bien entre latín y latín, acerca de los detalles de los buques de guerra en servicio o hundidos:

"Introito ad altare Dei" ¿Qué año fue botado el crucero Eritrea? `En el treinta y seis. ¿Características?' Ad Deum qui laetificat iuventutem meam `Único crucero italiano en aguas del Africa Oriental. ¿Tonelaje?' Deus fortitudo mea `Dos mil ciento sesenta y dos. ¿Nudos?' Et introito ad altare Dei `No lo sé. ¿Artillería?' Sicut erat in principio `Seis de quince centímetros, cuatro de siete punto seis… ¡Falso! et nunc et semper `¡No, correcto! ¿Cómo se llaman los buques escuela alemanes?' et in saecule saeculorum, amen `Se llaman Brummer y Bremse'." Más adelante ya no seguía sirviendo regularmente en la capilla de Santa María, y sólo iba cuando el reverendo Gusewski me mandaba llamar, porque sus muchachos lo habían dejado plantado a causa de las marchas dominicales o para recoger fondos a beneficio del Socorro de Invierno.

Digo esto únicamente con objeto de describir mi puesto ante el altar mayor, porque era desde ahí desde donde tenía yo ocasión de observar a Mahlke cuando él se arrodillaba ante el de la Virgen María.

¡Y cómo rezaba! ¡Qué mirada de ternera la suya! Los ojos se le iban poniendo cada vez más vidriosos, y su boca, amargada, se movía sin cesar y sin la menor puntuación. Así es como suelen boquear, buscando aire, los peces arrojados a la playa.

Sirva esta imagen para ilustrar el descomedimiento con que Mahlke rezaba. Cuando el reverendo Gusewski y yo íbamos despachando a los comulgantes a lo largo del banco y llegábamos a Mahlke -el cual, visto desde el altar, se arrodillaba siempre en el lugar extremo de la izquierda-, teníamos ante nosotros a un individuo que, dejando de lado toda precaución, incluidos la bufanda y el imperdible, ponía unos ojos rígidos, echaba atrás la cabeza con su raya central, sacaba la lengua y dejaba al descubierto, en esa actitud, aquel ratón de su nuez que yo habría podido agarrar con la mano: ¡a tal punto quedaba el animalito expuesto e indefenso! Pero tal vez Mahlke se daba cuenta de que éste andaba suelto y hacía de las suyas, y hasta es posible que contribuyese deliberadamente a aumentar sus brincos exagerando en el tragar, con el propósito de atraer hacia sí los ojos de vidrio de la Virgen que quedaba a un lado.

Porque no puedo ni quiero creer que tú hicieras nunca nada, aun lo más mínimo, sin contar con algún espectador.

V

En la capilla de Santa María nunca lo vi con borlas. Por más que la moda de ellas empezara ya en realidad a extenderse entre los estudiantes, él se las ponía cada vez más raramente.

A veces, cuando dos de nosotros estábamos con él bajo el castaño de siempre en el patio de recreo y hablábamos todos y a la vez por encima de aquellas borlas absurdas, Mahlke se las quitaba del cuello, aunque luego, indeciso y a falta de algún contrapeso mejor, volvía a anudárselas después de la segunda señal del fin del recreo.

Cuando por vez primera vino del frente un ex alumno graduado de nuestra escuela, quien de paso había efectuado una visita al Cuartel General del Führer y llevaba ahora en el cuello la codiciada golosina, un toque especial del timbre nos llamó a todos al aula.

Y mientras el joven oficial en cuestión se mantenía de pie en el extremo superior de la sala, de espaldas a los tres grandes ventanales y delante de un fondo de macetones de hojas grandes y del semicírculo del cuerpo congregado de maestros, pero no detrás, sino al lado del viejo púlpito pardo, con la golosina colgando de su cuello y su boquita en forma de corazón hablando por encima de nuestras cabezas y acompañando ocasionalmente sus palabras con ademanes ilustrativos, pude observar que a Joaquín Mahlke, sentado una fila delante de mí y de Schilling, las orejas se le ponían transparentes y carmesíes; que se reclinaba rígido en el respaldo y, con la derecha y la izquierda, empezaba a tirar y aflojar algo de su cuello, tragando con gran esfuerzo y acabando por tirar algo bajo el banco.

Supongo que sería aquella lana: las borlas o bolitas tejidas de rojo y verde. El joven en cuestión, teniente de la Luftwaffe, había empezado ya a hablar, demasiado bajo al principio y atascándose e incluso ruborizándose de vez en cuando, con simpática torpeza, sin que hubiera allí nada de qué ruborizarse: "…bien, muchachos, no vayáis a creer ahora que esto es como una cacería de conejos, atacar, echarse a un lado y volver a atacar todo e tiempo.

A veces nada ocurre por espacio de varias semanas. Pero cuando fuimos al Canal… bueno, me dije para mí, o ahora o nunca. Y efectivamente, así fue.

Ya en la primera salida nos topamos con una formación protegida por cazas, y eso fue la rueda de nunca acabar, tan pronto arriba como abajo de las nubes: vuelo en curva. Trato de ganar altura, veo abajo tres Spitfires describiendo círculos, van a meterse en las nubes, ésta es la mía, me digo, no faltaría sino que, me lanzo desde arriba, ya lo tengo en la mirilla, y veo que me apunta; el tiempo justo de apoyarme en el ala izquierda de mi cesto, y ya tengo en la mira otro Spitfire que se me viene encima, me le lanzo directamente al encuentro, y él o yo, me digo; bueno, ya veis que fue a él a quien tocó ir al charco; y me digo, bueno, puesto que ya tienes dos, por qué no probar con el tercero, etcétera; con tal que no se me acabe la gasolina. Y veo que se deshace la formación y que siete de ellos tratan de escapársenos.

Y yo, con el buen sol siempre a la espalda, elijo a uno, le doy su bendición, repito el número, me sale bien también, aprieto la palanca hasta el fondo, y ya el tercero se me pone ante la jeringa: baja en espiral, he debido darle, lo sigo instintivamente, lo pierdo, nubes, ahí está otra vez, vuelvo a apretar el tubo, y allá va al charco, dando tumbos; pero también a mí poco me falta para tomar el baño. Francamente, ya no sabría decir cómo volví a levantar el cesto. En todo caso, cuando regreso a nuestro campo balanceándome sobre las alas -como sabéis seguramente, o lo habréis visto en el cine, cuando hemos derribado a alguno nos balanceamos sobre las alas-, no logro bajar el tren de aterrizaje: atascado.

Y así tuve que hacer mi primer aterrizaje sobre el vientre. Más tarde, en el casino, me dicen que fueron seis los míos: por supuesto, yo no los había ido contando durante el combate, con la excitación y todo eso; de todos modos la alegría ya os la podéis suponer, pero a eso de las cuatro, otra vez para arriba.

En fin, todo más o menos como antes, cuando jugábamos aquí a la pelota en nuestro viejo patio de recreo, porque aún no teníamos el campo de deportes. Tal vez el profesor Mallenbrandt se acuerde: yo, o no metía ningún gol, o metía nueve seguidos. Y así fue exactamente: a las seis de la mañana añadí otros tres.

Esos fueron del noveno al decimoséptimo míos. Unos seis meses después, cuando ya llevaba cuarenta, fui citado por nuestro jefe, y cuando me presenté en el Cuartel General tenía ya cuarenta y cuatro en mi haber; lo cierto es que junto al Canal nosotros apenas salíamos de nuestros cestos y aguantábamos, no como el personal de tierra, que muchos no lo resistieron.

Y ahora, para cambiar, voy a contaros algo cómico. Habéis de saber, en efecto, que en todo nido de aviones hay un perro mascota. Pues bien, en una ocasión en que hacía un tiempo espléndido, le dimos a nuestro perro Alex…" Así, poco más o menos, se expresó aquel teniente, distinguido con una de las condecoraciones más altas, dándonos a título de entreacto la historia del perro mascota Alex, que hubo de aprender a bajar en paracaídas, y también la pequeña anécdota a propósito de aquel cabo que nunca podía arrancarse de las sábanas cuando la alarma y que en más de una ocasión tuvo que subirse al aparato en pijama.

El teniente se reía con los alumnos; todos se reían con él, los de sexto inclusive, y hasta uno que otro profesor, con cierta condescendencia. Había pasado el bachillerato en nuestra escuela en el año treinta y seis, y fue derribado en el cuarenta y tres en el sector del Ruhr.

Tenía el pelo castaño oscuro, sin partir, estirado hacia atrás; físicamente no era gran cosa, parecía un camarero relamido de club nocturno. Al hablar guardaba una mano en el bolsillo, pero la sacaba de su escondite así que se trataba de describir un combate aéreo e ilustrarlo con ambas manos.

Por lo demás, ese juego de las palmas de las manos extendidas lo dominaba a fondo y lo matizaba ricamente: imitaba con una inclinación de los hombros el vuelo en curva, lo que le permitía prescindir de largas frases, sustituyéndolas a lo sumo por palabras aclaratorias sueltas, y se superaba a sí mismo haciendo resonar en el aire ruidos zumbantes de motor, desde el despegue hasta el aterrizaje, o entrecortados para representar las fallas.

Hacía pensar que habría ejecutado reiteradamente el número en el casino de su nido de aviones, sobre todo por cuanto la palabra "casino" asumía en su relato una importancia central: "Estábamos sentados todos apaciblemente en el casino y teníamos… Precisamente cuando me proponía ir al casino con objeto de… En nuestro casino cuelga…" Por lo demás, aun prescindiendo de sus manos de actor y de su fiel imitación de los ruidos, su conferencia resultó bastante simpática, porque acertó a condimentarla con algunas chanzas a cuenta de nuestros profesores, que conservaban los mismos apodos de su época.

En conjunto, sin embargo, resultó un tipo amable, algo travieso y un poco tenorio, aunque sin jactancias; no hablaba nunca de sus éxitos cuando había realizado algo particularmente difícil, sino de su buena fortuna: "Y es que tal como me veis, nací en domingo; y ya en la escuela, cuando pienso en algunos de mis certificados de promoción…" Y aquí, en medio de una broma estudiantil, recordaba a tres de sus antiguos compañeros de clase, que no habían caído ciertamente en vano; pero no terminó la conferencia mencionando sus nombres, sino con la siguiente confesión:

"Lo que os digo, muchachos, es esto: al que cumple su servicio en el frente le gusta recordar a menudo los buenos tiempos de la escuela".

Aplaudimos un buen rato, bramamos y pataleamos. Cuando ya me dolían y se endurecían las manos, observé que Mahlke guardaba reserva y se abstenía de aplaudir.

Adelante de nosotros, el profesor Klohse apretaba exageradamente y mientras duró el aplauso, ambas manos de su antiguo alumno. Luego le pasó afectuosamente el brazo por la espalda, pero se desprendió en seguida bruscamente de la frágil figura, que halló en el acto su lugar, y se colocó detrás de la cátedra.

La alocución del director fue larga. El aburrimiento se fue extendiendo desde las exuberantes macetas hasta el retrato al óleo colgado en la pared del fondo del aula, que representaba al fundador de la escuela, un tal Barón de Conradi.

Hasta el teniente, insignificante entre los profesores Brunies y Mallenbrandt, no cesaba de mirarse las uñas. De poco servía en la espaciosa sala el fresco aliento mentolado de Klohse, que solía perfumar todas sus lecciones de matemáticas y representaba el olor de la ciencia pura.

Desde la cátedra, las palabras llegaban apenas hasta la mitad de la sala: "Los que nos sucederán – Y en esta hora – Viandantes somos – Pero esta vez la patria – Y no dejemos nunca – con tesón – limpio – como ya dije – limpio – De no ser así más valdría – Y en esta hora – mantenerse limpio – Para terminar con palabras de Schiller – el que no ponga todo su esfuerzo nunca obtendrá el debido provecho – ¡Y ahora a trabajar!

Había terminado la sesión, y en dos grupos nos apretujábamos ante las puertas demasiado angostas del aula. Logré abrirme paso hasta detrás de Mahlke.

Sudaba, y su pelo azucarado le formaba unos mechones pegajosos alrededor de la raya descompuesta. Nunca antes, ni aun en el gimnasio, había visto yo sudar a Mahlke. El hedor de trescientos estudiantes se condensaba como un tapón en las puertas del aula.

Los dos haces de tendones que van de la séptima vértebra al cogote se le veían ardientes y cubiertos de gotas de sudor. Ya en el claustro, ante las puertas de dos hojas y en medio del barullo que hacían los de primero, que reemprendieron en seguida su eterno juego de tócame, logré alcanzarlo y preguntarle cara a cara:

– Bueno, ¿qué me dices?

Mahlke miraba fijamente ante sí. Traté de no ver su cuello. Había allí, entre columnas, un busto de yeso de Lessing: pero el cuello de Mahlke le ganaba.

Su voz vino calmada y quejumbrosa, como si fuera a hablar de los achaques crónicos de su tía: "Ahora, los que quieran conseguir la cruz tendrán que derribar cuarenta por lo menos. Al principio, cuando concluyeron con Francia y en el Norte, la tenían con veinte: de seguir esto así…"

Por lo visto, la disertación del teniente no te satisfizo. De otro modo, ¿por qué recurrir a un sustitutivo tan barato?

Por aquellos días había en los escaparates de las papelerías y las tiendas de ropa unas plaquitas y unos botones luminosos: redondos, ovalados e incluso calados. Algunas de las plaquitas tenían forma de pez, en tanto que otras reproducían, así que brillaban con una luz verde lechosa en la oscuridad, el perfil de una gaviota volando.

En la mayoría de los casos, las llevaban en las solapas de los abrigos los señores de cierta edad y las frágiles viejecitas que temían tropezarse en las calles oscurecidas; había también bastones con tiras luminosas. Pero es evidente que tú no eras víctima de la protección antiaérea, y sin embargo te pusiste, primero en las solapas del abrigo y luego en la bufanda, cinco o seis de aquellas plaquitas: un banco luminoso de peces, una bandada de gaviotas en vuelo, varios ramilletes de flores fosforescentes. Te hiciste coser por tu tía, de arriba abajo del abrigo, media docena de botones de material luminoso.

En una palabra, te dejaste convertir en payaso; porque así es como yo te vi, te veo todavía y te seguiré viendo venir por mucho tiempo en el crepúsculo invernal, Bärenweg abajo, a través de los vespertinos copos oblicuos de nieve, o en plena oscuridad, caminando siempre y prestándote a una cuenta fácil de arriba abajo y viceversa, con uno dos tres cuatro cinco y seis botones de abrigo emitiendo aquella mortecina luz verde mohosa: un pobre fantasmón menesteroso, capaz a lo sumo de asustar a los niños y a las sexagenarias y de disimular una congoja que nadie hubiera podido advertir en la oscuridad de la noche.

Pero tú pensabas, sin duda: no hay oscuridad que pueda tragarse esta fruta monstruosa; todos la ven, la adivinan, la sienten, la quisieran agarrar, porque ahí está, bien a la mano. ¡Ojalá terminara pronto ya el invierno, y yo pudiera volver a bucear y a estarme bajo el agua!

VI

Pero cuando vino el verano, con fresas, comunicados oficiales y temperatura propicia al baño, Mahlke no quiso nadar.

A mediados de junio nadamos por primera vez hasta el bote. Ninguno de nosotros tenía muchas ganas. Nos molestaban los muchachos de tercero y cuarto año, que iban nadando delante de nosotros o con nosotros al bote, se apretujaban allí en manadas sobre el puente, buceaban y subían a la superficie la última bisagra que se dejara destornillar. Mahlke, que un día había debido suplicar: -"Dejadme ir con vosotros, os aseguro que sí puedo" se veía ahora hostigado por Schilling, por Winter y por mí: "¡Vente, hombre! Sin ti no tiene gracia. Allá también podemos tomar el sol. Y a lo mejor encuentres algo bueno". De mala gana y después de haberse negado varias veces, Mahlke se metió finalmente en el caldo tibio entre la playa y el primer banco de arena.

Nadaba sin el destornillador y se mantuvo todo el tiempo junto a nosotros, dos brazas atrás de Hotten Sonntag; por primera vez lo vi calmado, sin chapotear ni esforzarse. En el puente se sentó a la sombra, detrás de la bitácora, y no hubo manera de decidirlo a bucear. Ni siquiera volvía la cabeza cuando los de tercero o cuarto desaparecían por la proa y volvían a subir con alguna chuchería. ¡Con lo que él hubiera podido enseñarles!

Varios se le acercaron a pedirle consejo, pero él apenas les contestó. Se pasó todo el rato mirando con los ojos fruncidos en dirección de la boya de entrada del puerto, pero sin dejarse distraer ni por los cargueros que entraban, las balandras que salían o los torpederos que navegaban en formación. A lo sumo lograban vencer su indiferencia los submarinos.

A veces el periscopio de uno de ellos, sumergido, trazaba claramente a lo lejos la característica raya de espuma. En los astilleros de Schichau, los submarinos de setecientas cincuenta toneladas se construían en serie, y luego efectuaban salidas de prueba en la bahía o detrás de Hela, se sumergían en alta mar, regresaban al puerto y atenuaban nuestro aburrimiento.

Era bonito de ver cuando subían a la superficie sacando primero el periscopio. Apenas emergida la torre, escupía en seguida dos figuras. En torrentes blanco-mates escurríase el agua del cañón de la proa y luego de la popa. Agitación en todas las escotillas: nosotros gritábamos y hacíamos señas con la mano.

No estoy seguro de que los del submarino nos contestaran o no, pero veo todavía en todos sus detalles el movimiento de las manos agitándose e incluso me parece sentirlo todavía por la espalda.

Que lo hicieran o no, lo cierto es que cuando un submarino emerge uno lo siente en el corazón, y de ahí se queda. Sólo Mahlke permanecía impávido.

…y una vez -estábamos a fines de junio, antes todavía de empezar las vacaciones de verano y de que el teniente de navío diera su conferencia en nuestra escuela-, Mahlke abandonó su sombra, porque uno de los muchachos de tercero no subía de la proa del dragaminas.

Bajó por la escotilla y subió al muchacho. Se había atascado en el centro del barco, antes de llegar al cuarto de máquinas. Mahlke lo encontró debajo de la cubierta, entre tubos y rollos de cable. Durante dos horas, Schilling y Hotten Sonntag trabajaron alternativamente siguiendo las instrucciones de Mahlke. Poco a poco el muchacho fue recobrando su color, pero al nadar de regreso hacia la playa tuvimos que remolcarlo.

Al día siguiente Mahlke volvió a bucear con el mismo entusiasmo de antes, pero sin el destornillador. Ya a la ida nadó con la velocidad de siempre, se nos adelantó, y, cuando nos encaramamos al puente, él había estado ya una vez abajo.

El invierno, con el hielo y los violentos temporales de febrero, se había llevado del casco el último resto de la borda, las dos plataformas giratorias y el techo de la bitácora. Sólo los excrementos encostrados de las gaviotas habían resistido a la inclemencia y seguían acumulándose. Mahlke no sacó nada y ni nos contestaba cuando lo acosábamos con preguntas. Pero al caer la tarde, cuando había bajado ya diez o doce veces y nosotros nos desentumecíamos los miembros para el regreso, bajó otra vez y no volvió, sumiéndonos a todos en la mayor inquietud y confusión.

Si digo ahora que fueron cinco minutos de espera, parecerá nada; pero después de cinco minutos largos como otros tantos años, que llenamos tragando saliva hasta que ya no podíamos mover la lengua, de tan espesa y reseca, en la cavidad reseca de la boca, fuimos bajando uno tras otro al bote. En la proa, nada: arenques. Detrás de Hotten Sonntag me aventuré por primera vez a través del mamparo, eché una ojeada superficial a la antigua cámara de oficiales, y tuve que subir disparado por la escotilla, a punto ya de reventar; volví a bajar, me deslicé dos veces más por el mamparo, y no renuncié al buceo hasta pasada una buena media hora.

Éramos seis o siete los que estábamos tendidos de bruces, jadeantes, sobre el puente. Las gaviotas iban achicando sus círculos: probablemente habrían notado algo. Por fortuna no había en el bote ninguno de los muchachos de tercero. Todos los que estábamos callábamos o hablábamos a la vez.

Las gaviotas se alejaban y volvían de nuevo. Cavilábamos toda clase de explicaciones para el bañero, para la madre de Mahlke, para su tía y para Klohse, porque había que prepararse para un interrogatorio en la escuela.

A mí, que venía a ser vecino de Mahlke, me endosaron la visita a la Osterzeile. Schilling era el que había de llevar la palabra ante el bañero y en la escuela.

– Si no lo encuentran, vendremos nadando con una corona y celebraremos aquí una ceremonia.

– Vamos a hacer una colecta. Que cada uno ponga por lo menos cincuenta pfennigs.

– Lo echaremos desde aquí por la borda o lo bajaremos a la proa.

– Y también cantaremos algo -añadió Kupka.

Pero la risa hueca y tintineante que siguió a su propuesta no venía de ninguno de nosotros: alguien reía en el interior del puente. Y mientras buscábamos todavía con la mirada y esperábamos que aquello se repitiera, la risa volvió a resonar en la proa, pero ya no sonaba hueca. Con la raya central chorreando, Mahlke se deslizó fuera de la escotilla. Respiraba apenas con esfuerzo, se frotó la reciente solanera del pescuezo y los hombros y dijo con voz balante, más bien bonachona que irónica:

– ¡Qué! ¿Me estabais preparando ya la oración fúnebre?

Antes de nadar hasta la playa -poco después del angustioso incidente le había dado a Winter un ataque de histeria, y estábamos tratando de calmarlo-, Mahlke bajó una vez más al bote. Un cuarto de hora más tarde -Winter seguía sollozando todavía-, volvía a estar sobre el puente y llevaba puestos un par de auriculares, al parecer en buen estado, como los que suelen usar los operadores de radiotelegrafía. Porque Mahlke había encontrado hacia el centro del barco el acceso a un cuarto que, dentro del puente de mando, quedaba sobre la superficie del agua. Era la cabina de radio del antiguo dragaminas. El lugar estaba tan seco como la tierra firme, dijo, aunque algo húmedo. Finalmente nos confesó que había encontrado la entrada al desenredar de los tubos y los rollos de cable al muchacho aquel de tercero.

– Pero lo he vuelto a recubrir, para que no haya quien lo encuentre. Porque mi trabajo me costó. Y ahora el escondite me pertenece, para que lo sepáis. Es muy confortable. Buen lugar para esconderse, si la situación llegara a ponerse algún día peliaguda. Tiene todavía cantidad de aparatos, la emisora y demás. Habría que volver a hacerlos funcionar. Ya veremos si lo consigo.

Pero esto sí estaba fuera de sus posibilidades. Ni lo intentó siquiera. Y aunque lo hubiera intentado secretamente, lo más probable es que no hubiese obtenido resultado alguno, porque pese a su habilidad en los trabajos manuales y en la construcción de modelos de barco, lo cierto es que sus proyectos nunca se orientaron hacia el lado técnico.

Por lo demás, si Mahlke hubiera logrado hacer funcionar la emisora y lanzar voces al aire, no cabe la menor duda de que la policía del puerto o la Marina no habrían tardado en pescarnos.

Lo que ocurrió fue que desmontó todo el material técnico de la cabina y se lo regaló a Kupka, Esch y a los de tercero, no guardando para sí sino los auriculares, que llevó puestos por espacio de una semana, hasta que los lanzó por la borda al empezar a equipar de nuevo, sistemáticamente y a su gusto, el lugar.

Llevó al bote algunos libros -ya no recuerdo cuáles, creo que fueron Tsuschima, la novela de una batalla naval, uno o dos volúmenes de Dwinger y algo de literatura religiosa-. Para ello los envolvió primero en unas mantas usadas, metió luego el paquete en un pedazo de hule, untó las suturas con pez, alquitrán o cera, y puso la carga sobre una ligera balsa, improvisada con maderas recogidas en la playa, que fue volcando en parte con nuestra ayuda, hasta el bote.

Según él, tanto los libros como las cubiertas llegaron prácticamente secas a la cabina. El cargamento siguiente consistió en velas de cera, un infiernillo de alcohol, alcohol, la marmita de aluminio, té, hojuelas de avena y legumbres secas. A menudo se ausenta por más de una hora y no contestaba cuando lo llamábamos a grandes golpes para obligarlo a regresar.

Lo admirábamos, por supuesto. Pero Mahlke apenas nos hacía caso; se fue haciendo cada vez más taciturno y, finalmente, ya ni dejó que lo ayudáramos en el transporte. Cuando hizo ante nuestros ojos un rollo muy apretado con el cromo de la Madona Sixtina que yo ya conocía de su bohardilla de la Osterzeile, lo metió en el hueco de una varilla de visillo, tapó los extremos con plastilina y transportó la Madona en el tubo, primero al bote y luego a la cabina, ya no me cupo duda alguna acerca de quién era el objeto de sus esfuerzos ni de para quién estaba equipando la cabina tan confortablemente.

Es probable que la reproducción sufriera algún daño durante la inmersión, o que el papel se resintiera de la humedad y eventualmente del goteo en aquel local que sólo podía recibir aire fresco en cantidad insuficiente, ya que no tenía ni portillas ni acceso a los ventiladores, que por lo demás estaban sumergidos; en todo caso, pocos días después de la instalación del cromo en la cabina, Mahlke volvía a llevar algo alrededor del cuello. Pero no era un destornillador lo que colgaba de la cordonera negra, sino la plaquita de bronce con el relieve de la llamada Virgen Morena de Tschenstochau, la cual, como se recordará, tenía un arillo para dicho objeto.

Fruncíamos ya las cejas significativamente, pensando: ya empieza otra vez con su manía de la Virgen, cuando volvió a desaparecer por la proa antes de que hubiéramos tenido tiempo de sentarnos sobre el puente y de secarnos, para aparecer de vuelta sin cordonera ni medalla, transcurrido apenas un cuarto de hora; se lo veía satisfecho mientras ocupaba su lugar detrás de la bitácora.

Silbaba. Era la primera vez que yo lo veía silbar. No porque fuese la primera vez que silbara, pero sí la primera que ello me llamó la atención, así que para mí era la primera vez que fruncía los labios. Siendo yo el único católico del bote, con excepción de él, era el único que podía seguir lo que silbaba: silbó un himno a la Virgen, y después otro y otro; se reclinó en uno de los restos de la borda y, con insistente buen humor y los pies colgando, empezó primero a marcar el compás contra la pared desvencijada del puente, a lo que siguió, dominando el ruido amortiguado de los pies, la secuencia entera de Pentecostés, Veni, Sancte Spiritus, y a continuación -ya me lo esperaba yo- la secuencia del viernes anterior al Domingo de Ramos.

Las diez estrofas, desde el Stabat Mater dolorosa hasta el Paradisi gloria y el Amen, fueron recitadas mecánicamente de cabo a rabo y al dedillo. Yo, el más celoso de los monaguillos del reverendo Gusewski, aunque algo retraído últimamente, apenas habría podido recordar los comienzos de las estrofas.

Él, en cambio, enviaba su latín a las gaviotas sin el menor esfuerzo, y los demás, Schilling, Kupka, Esch, Hotten Sonntag y el resto, se levantaron, escucharon atentos y lanzaron sus ¡qué bárbaro! y sus ¡te vas a quedar sin saliva! Y hasta le rogaron, pese a que nada les fuera más ajeno que el latín y los cantos eclesiásticos, que volviera a repetir el Stabat Mater.

No creo, sin embargo, que te propusieras convertir la cabina de radio en capillita de la Virgen. La mayoría de los cachivaches que hallaron su camino hasta abajo nada tenían que ver con ella. Y si bien nunca visité tu escondite -no podíamos, sencillamente-, me es fácil imaginármelo como una edición reducida de tu bohardilla de la Osterzeile.

Lo único que no tenía allí su contrapartida eran los geranios y los cactos con que tu tía -a menudo contra tu voluntad- adornaba el antepecho de la ventana y el estante de varios pisos para los cactos; por lo demás, el traslado había sido completo. Después de los libros y de los utensilios de cocina, pasaron bajo cubierta los modelos de barcos, el explorador Grille y el torpedero de la clase Wolf a escala 1:1250. La tinta y varios portaplumas, una regla, el compás, la colección de mariposas y la blanca lechuza disecada hubieran de sufrir también la inmersión.

Sospecho que en aquel cuarto empañado de vapor, el mobiliario de Mahlke tuvo que ir perdiendo poco a poco su lustre, y particularmente las mariposas en sus cajas de habanos con tapa de vidrio, acostumbradas como estaban al aire seco de la bohardilla. Pero lo que más admirábamos de aquella mudanza que se prolongó por espacio de varios días era precisamente su carácter absurdo y deliberadamente destructor.

Y el celo con que Joaquín Mahlke, después de haberlos desmontado dos veranos antes con no poco esfuerzo, devolvía ahora al dragaminas polaco uno a uno todos sus objetos -el buen viejo Pilsudski, las plaquitas con instrucciones para manejar esto o lo otro, etc.- nos hizo pasar, pese a los molestos e infantiles muchachos de tercero, otro verano entretenido e incluso excitante en aquel bote para el cual la guerra sólo había durado cuatro semanas. Vaya como ejemplo: Mahlke nos ofreció música. Aquel gramófono que en verano del cuarenta, después de haber nadado con nosotros unas cinco o seis veces hasta el bote, había subido laboriosamente y pieza por pieza desde la proa o desde la cámara de oficiales, reparándolo luego en su bohardilla y proveyéndolo de un nuevo fieltro para el plato giratorio, fue uno de los últimos objetos en volver bajo cubierta, juntamente con una docena de discos.

Y en los días que duró el traslado, Mahlke no pudo resistir la tentación de llevar colgando de la acreditada cordonera alrededor del cuello la manivela del aparato. Por lo demás, parece que el gramófono y los discos soportaron bien el viaje a través de la proa y del mamparo hasta el centro del barco y luego hasta la cabina de radio, porque la misma tarde en que había terminado el transporte por etapas, Mahlke nos sorprendió con una música de resonancia cavernosa, que parecía venir tan pronto de aquí como de allá, pero siempre del interior del bote.

Era como para aflojar los remaches y el revestimiento. Aunque en el puente aún daba el sol, a punto de meterse, Ia cosa nos puso la carne de gallina. Nos soltamos a gritar: "¡Para! ¡No! ¡Sigue! ¡Pon otro!" y alcanzamos a escuchar una célebre Ave María, más larga y pegajosa que el chicle, que alisó el mar picado.

Era obvio que no podía prescindir de la Virgen. Y luego, arias, oberturas -¿dije ya que a Mahlke le gustaba la música seria?-; en todo caso, de dentro para fuera, nos fue brindando algo excitante de la Tosca, algo fabuloso de Humperdinck, y un fragmento de sinfonía con aquel dadada daaa que ya conocíamos de los conciertos populares.

Schilling y Kupka gritaban que pusiera algo más animado, pero de eso sí no tenía. Y sólo cuando puso allá abajo a Zarah consiguió el mayor efecto. En efecto, su voz subacuática nos tumbó de bruces sobre la herrumbre y los excrementos abollados de las gaviotas. Ya no recuerdo lo que cantó. Era siempre el mismo estilo.

Pero cantó también algo de una ópera que ya conocíamos de la película Patria querida. Cantaba: "Ay la he perdido"; bramaba: "El viento me ha cantado una canción"; profetizaba: "Sé que un día se hará el milagro". Sabía resonar como un órgano y conjurar elementos, pero cultivaba también toda clase imaginable de musas tiernas. Y Winter tragaba saliva y podía apenas contener el llanto, aunque también a los otros nos escocían los párpados.

Y, además, las gaviotas. Locas de por sí, se comportaban -ahora que Zarah daba vueltas allá abajo en el disco- como totalmente endemoniadas.

Lanzaban sus chillidos penetrantes, emanados probablemente de las almas de tenores muertos, sobre el bajo retumbante, profundo como un calabozo, imitable pero hasta el presente inimitado, de una estrella de cine dotada de una voz que movía a lágrimas y que en aquellos años de guerra gozaba, en la retaguardia y en el frente, de enorme popularidad.

Mahlke nos ofreció este concierto varias veces, hasta que los discos acabaron gastándose y no salían de la caja más que unas gárgaras y un rascar atormentados. Hasta el presente, nunca me ha proporcionado la música un placer mayor que aquél, y eso que apenas me pierdo un solo concierto en la Sala Robert Schumann y que así que dispongo de fondos me compro toda clase de discos long-play, desde Monteverdi hasta Bártok. Silenciosos e insaciables, estábamos todos en montón arriba del gramófono, al que llamábamos el "ventrílocuo".

Ya no se nos ocurrían más alabanzas. Sin duda, admirábamos a Mahlke; pero luego, de repente, en medio de todo aquel fragor, nuestra admiración se trocaba en su contrario, y lo encontrábamos repulsivo al grado de no atrevernos a mirarlo. Entonces, mientras un barco cargado hasta los topes iba entrando pesadamente en el puerto, lo compadecíamos moderadamente. Pero por otra parte también le temíamos, porque era un déspota. Y yo me avergonzaba de que me vieran en la calle con él. Y me sentía orgulloso cuando la hermana de Hotten Sonntag o la pequeña Pokriefke me encontraban a tu lado frente al cine o en el Heeresanger.

Porque tú eras nuestro tema constante: "¿Qué estará haciendo ahora? Me juego lo que quieras a que ya vuelve a tener dolores de garganta, Te apuesto cualquier cosa a que acabará algún día por ahorcarse, o por ser algo muy grande, o por inventar algo fantástico".. Y Schilling le decía a Hotten Sonntag: "Tú dime honradamente, si tu hermana fuera con Mahlke, al cine y lo demás, honradamente, ¿qué harías?"

VII

La aparición en el aula de nuestro Instituto del teniente de navío y comandante de submarino profusamente condecorado puso fin a los conciertos en interior del antiguo dragaminas polaco Rybitwa.

Claro que, aunque no hubiera venido, el gramófono y los discos no hubieran dado más que para otros tres o cuatro días; pero es el caso que vino, paró la música subacuática sin necesidad de trasladarse a nuestro bote y dio a las conversaciones sobre Mahlke un nuevo sesgo, aunque no fundamentalmente nuevo. El teniente de navío pasaría su bachillerato en el año treinta y cuatro. Decíase de él que antes de alistarse voluntariamente en la Marina había estudiado algo de teología y de filología germánica. No puedo menos que decir que su mirada era fogosa. El pelo espeso, rígidamente crespo acaso, daba a su cabeza un aire de antiguo romano. No llevaba la barba típica de los comandantes de submarino, pero las cejas le sobresalían a manera de tejado.

Su frente, mitad de pensador y mitad de soñador, carecía de arrugas transversales, pero ostentaba, en cambio, dos rectas verticales que le arrancaban de la base de la nariz, en constante búsqueda de Dios. Reflejos luminosos en el punto extremo de una bóveda audaz. Fina y aguda la nariz. La boca, que abrió para nosotros, tenía esa curva delicada típica del orador.

El aula, llena a rebosar, y un sol matinal espléndido. Estábamos sentados en los huecos de las ventanas. ¿De quién había sido la idea de invitar a la conferencia del orador de boca delicadamente curvada a las dos clases superiores de la Escuela Gudrún?

Las muchachas estaban sentadas en las primeras hileras de bancos. Hubieran debido llevar sostenes, pero no los llevaban. Primero, cuando el bedel anunció la conferencia, Mahlke no quería ir. Sintiendo que lograría imponerme, lo tomé del brazo. Sentado junto a mí en el nicho de la ventana -detrás de nosotros y de los cristales teníamos los castaños inmóviles del patio de recreo-, Mahlke empezó a temblar aun antes de que el teniente comandante abriera la boca.

Se metió las manos bajo las corvas, pero el temblor seguía. El cuerpo de profesores, comprendidas dos profesoras de la Escuela Gudrún, llenaba un semicírculo de sillas de roble, de alto respaldo y cojines de piel, que el bedel había dispuesto esmeradamente.

El profesor Moeller dio unas palmadas y consiguió que poco a poco se fuera haciendo silencio para escuchar al director Klohse. Detrás de las trenzas dobles y las colas de caballo estaban sentados los alumnos de segundo año con sus cortaplumas: algunas muchachas se llevaron las trenzas hacia adelante.

A los de segundo sólo les quedaron las colas de caballo. Esta vez hubo una introducción. Klohse habló de todos los que estaban en el frente, de los de tierra, mar y aire; habló profusamente, y con poca inflexión de la voz, de sí mismo y de los estudiantes en Langenmark, y en la Isla de Oesel cayó Walter Flex, cita:

Madurar permaneciendo limpios: las virtudes varoniles. Acto seguido, Fichte o Arndt, cita; De ti solo y de tus obras. Recuerdo de una excelente composición que el teniente comandante había escrito en quinto año sobre Arndt o Fitche: "Uno de los nuestros, surgido de nuestro medio y del espíritu de nuestro Instituto, y en este sentido vamos a…" ¿Necesito decir con qué celo, durante el preámbulo de Klohse, circulaban papelitos entre nosotros, los de los nichos de las ventanas, y las muchachas de quinto año?

Por supuesto, los de segundo borronearon en ellos sus porquerías acostumbradas. Yo envié una notita con ya no sé qué a Vera Plötz o a Hildita Matull, pero ni me la devolvieron ni recibí respuesta alguna. Las corvas de Mahlke seguían aprisionando las manos de Mahlke.

El temblor se fue calmando. El teniente comandante estaba sentado en la tarima, ligeramente apachurrado, entre el antiguo profesor Brunies, que como de costumbre chupaba tranquilamente sus caramelos, y el doctor Stachnitz, nuestro profesor de latín.

Mientras la introducción tocaba a su fin, mientras nuestros papelitos iban y venían, mientras los de segundo con sus cortaplumas, mientras la mirada del retrato del Führer se encontraba con la mirada del Barón de Conradi y mientras el sol matutino se iba deslizando fuera del aula, el teniente comandante humedecíase constantemente los labios delicadamente curvados de orador, miraba al auditorio con cara de pocos amigos y se esforzaba por no ver a las alumnas de las clases superiores.

La gorra correctamente sobre las rodillas paralelas. Los guantes bajo la gorra. Uniforme de gala. La baratija del cuello muy visible sobre una pechera extraordinariamente blanca.

Un movimiento repentino de cabeza, seguido a medias por la condecoración, hacia las ventanas laterales del aula:

Mahlke se estremeció, sintiéndose identificado, aunque en realidad no fue así. A través de la ventana en cuyo nicho estábamos sentados, el comandante de submarino miraba hacia los inmóviles castaños polvorientos; y yo pensaba, o pienso ahora: ¿en qué pensará, en qué pensará Mahlke, o Klohse, mientras habla, o el profesor Brunies mientras chupa, o Vera Plotz mientras tu papelito, o Hildita Matull; en qué piensa él él él, Mahlke o el de la boca de orador?

Porque sería interesante saber en qué piensa un comandante de submarino mientras escucha y deja vagar la mirada, sin retículo ni horizonte oscilante, hasta hacer que el estudiante Mahlke se sienta señalado.

En realidad, miraba por encima de las cabezas de los alumnos y a través de los dobles cristales de las ventanas hacia el verde seco de los árboles indiferentes del patio de recreo, y se humedecía una vez más y todo alrededor, con lengua carmesí, la boca de orador, porque ya Klohse trataba de enviar, con palabras que transportaba un aliento mentolado, una frase hasta el centro del aula: "Y ahora, nosotros, los civiles, vamos a escuchar con atención lo que vosotros, hijos de nuestro pueblo, podéis decirnos acerca del frente, de todos los frentes". La boca de orador nos había engañado.

El teniente comandante empezó con una insípida reseña como las que pueden encontrarse en cualquier calendario de la flota: Misión de los submarinos. Submarinos alemanes durante la Primera Guerra Mundial: Wedingen, el submarino U 9 decide la campaña de los Dardanelos, en total trece millones de toneladas brutas de registro; luego nuestros primeros submarinos de doscientas cincuenta toneladas, motores eléctricos bajo el agua y diesel en la superficie; el nombre de Prien, y en seguida Prien con el U 47, y el teniente comandante Prien hundió el Royal Oak -ya lo sabíamos, ya lo sabíamos-, y luego el Repulse, y Schuhart el Courageous, etcétera, etcétera.

Y a continuación, lo de siempre: "… la tripulación es una hermandad jurada, porque lejos de la patria, qué tensión de nervios, podéis imaginároslo, nuestro barco en mitad del Atlántico o del Ártico, como una lata de sardinas, estrecha húmeda cálida, los hombres obligados a dormir sobre los torpedos de reserva, días y días sin que pase nada, vacío el horizonte, y luego finalmente un convoy, la escolta formidable, todo tiene que hacerse al mi límetro, ni una palabra que sobre; y cuando nuestro primer buque cisterna, el Arndale, de dieciséis mil doscientas toneladas de desplazamiento, construido en treinta y siete, con dos anguilas en el mero centro, entonces, créamelo usted o no, querido doctor Stachnitz, pensé en usted, y sin desconectar empecé en voz alta: qui quae quod, cuius cuius cuius… hasta que nuestro primer teniente me gritó por el altavoz: `¡Muy bien, señor comandante, tiene usted el día libre!'.

Pero, por desgracia, una misión contra el enemigo no consiste sólo en ataques y fuego el uno y fuego el dos; durante días y días el mismo mar monótono, el balanceo y el cabeceo del barco, y arriba el cielo, un cielo que da vértigo, podéis creerlo, y puestas de sol…"

Pese a que había hundido doscientas cincuenta mil toneladas brutas de registro, un crucero ligero de la clase Despatch y un cazatorpedero de la clase Tribal, aquel teniente comandante llenó más su disertación con verbosas descripciones de la naturaleza que con los detalles de sus éxitos, extendiéndose al propio tiempo en metáforas atrevidas como, por ejemplo: "…con la popa hirviendo en un mar de blanquísima espuma deslumbrante, una preciosa cola de ondulante encaje sigue al barco, que cual novia ricamente ataviada avanza al encuentro de la muerte".

Risas sofocadas, y no sólo entre las muchachas de trenzas, cuando otra figura vino acto seguido a borrar por completo a la novia: "El submarino es como una ballena con joroba, cuyo mar de popa se parece a la barba profusamente rizada de un húsar".

Por otra parte, el teniente comandante se pintaba solo para dar a las escuetas indicaciones técnicas una entonación como de narración fabulosa. Es probable que su disertación se dirigiera más a Papá Brunies, su antiguo profesor de alemán, conocido como entusiasta de Eichendorff, que a nosotros -como que la riqueza de léxico de sus composiciones escolares había sido reiteradamente mencionada por Klohse -, y así, palabras como las de "bomba de popa" o "timonel" eran pronunciadas por él con un dejo misterioso.

Creería probablemente que al hablar de "radiogoniómetro" y de "aguja giroscópica" nos con taba algo nuevo, siendo así que, en realidad, todas aquellas monsergas nos las sabíamos de memoria. Pero él adoptaba aires de abuela contando cuentos de hadas, y pronunciaba todo eso de "turno de guardia" o "mamparo hermético", o inclusive una expresión tan corriente como la de "mar de oleaje cruzado", con el mismo susurro misterioso con que el bueno de Andersen o los hermanos Grimm hablaron en su día de los "impulsos de Asdic". La cosa subió de punto cuando empezó a pintar puestas de sol: "Y antes de que la noche atlántica descienda sobre nosotros como un velo hecho por arte de magia de cuervos negros, amontónanse colores cuales nunca los vemos en la tierra firme: inflámase un anaranjado carnoso y antinatural, y luego vaporoso e ingrávido, iluminado en los bordes como en los cuadros de los antiguos maestros, en cuyo medio flotan nubes de delicado plumaje; ¡qué peregrina luz sobre el oleaje sanguinolento!" Con la tiesa golosina colgándole del cuello, hizo también retumbar y susurrar un órgano de colores, pasando del azul acuoso y el vidrioso amarillo limón hasta el pardo purpúreo.

Se le encendían las amapolas en el cielo, y entre ellas flotaban nubes plateadas que luego se empañaban de rojo: "¡Como si pájaros y ángeles se desangraran!", dijo textualmente con su boca de orador. Y luego, de repente, dejó que de ese cielo tan audazmente descrito y de esas nubecillas bucólicas saliera zumbando un hidroavión del tipo Sunderland en dirección del submarino. Pero no le hizo nada.

Y luego abrió con la misma boca de orador, pero sin metáforas, la segunda parte de su conferencia. Concisa, seca, convencional: "Estoy sentado en la silla del periscopio. Atacamos. Probablemente un barco frigorífico: se hunde por la popa. Nos sumergimos a ciento diez. Destroyer a la vista, en los ciento setenta. Babor diez, nuevo curso a ciento veinte, nos mantenemos a ciento veinte, el ruido de la hélice se desvanece, vuelve, lo tenemos a ciento ochenta grados, buques patrulla: seis siete ocho once: se va la luz, se enciende el alumbrado de emergencia, y las estaciones responden todas claramente una tras otra. El destroyer se ha detenido. Última anotación ciento sesenta, babor diez. Nuevo curso cuarenta y cinco grados…".

Por desgracia a este inciso realmente apasionante siguieron de inmediato nuevas ilustraciones poéticas, tales como: "El invierno atlántico", o "el Mediterráneo fosforescente", así como un cuadro de ambiente: "Navidad en el submarino", con la obligada escoba transformada en árbol de Navidad. Para terminar improvisó, confiriéndole carácter místico, el retorno después de la misión cumplida con Ulises y todos los demás tópicos de rigor: ''Las primeras gaviotas anuncian el puerto". No recuerdo si el director Klohse terminó la sesión con las palabras rituales: "Y ahora a trabajar", o si cantamos "Nos gustan las tormentas".

Recuerdo más bien el aplauso sordo pero respetuoso y el desordenado levantarse de los asientos iniciado por las muchachas y las trenzas. Cuando me volví hacia Mahlke, éste había desaparecido y sólo pude ver emerger dos o tres veces su raya frente a la salida de la derecha, pero no logré bajarme del nicho de la ventana a las baldosas enceradas, ya que durante la conferencia se me había dormido una de las piernas.

No volví a topármelo hasta los vestidores que estaban a un lado del gimnasio pero no se me ocurrió nada para iniciar la conversación. Ya mientras nos cambiábamos empezaron a circular rumores que luego se confirmaron, de que el teniente comandante, no obstante no estar en forma, había pedido permiso a su antiguo profesor de gimnasia, Mallenbrandt, para poder tomar parte en una de las lecciones en el viejo gimnasio familiar, y de que era a nosotros a quienes iba a corresponder el honor de acompañarlo en ello.

Durante las dos horas que como de costumbre ponían fin, los sábados, a nuestra semana escolar, nos mostró, primero a nosotros y luego a los del último curso que solían juntársenos a partir de la segunda hora, de lo que era capaz. Bajo, con abundante pelo negro en el pecho, bien proporcionado. Había pedido prestado a Mallenbrandt el tradicional calzón rojo de gimnasta y la camisa blanca con franja roja y la C negra bordada.

Mientras se cambiaba, rodeábale un grupo de alumnos. Muchas preguntas: "… ¿me permite verla más de cerca?" "¿Cuánto dura?" "¿Y si…?" "Un amigo de mi hermano que…" Contestaba con paciencia. A veces se reía sin motivo pero en forma contagiosa.

El vestidor relinchaba, y si Mahlke me llamó la atención, fue justamente porque no reía como los demás atento, exclusivamente a plegar y colgar sus prendas de vestir. El pito de Mallenbrandt nos llamó al gimnasio y bajo la barra fija. Discretamente secundado por Mallenbrandt, el teniente comandante dirigía la lección, lo que significaba que no hubimos de esforzarnos demasiado, ya que él tenía interés en hacernos una demostración, sobre todo de la doble vuelta en la barra con salto a piernas abiertas. Aparte de Hotten Sonntag, sólo Mahlke podía hacerlo, pero nadie soportaba mirarlo: tan horribles eran su vuelta y su salto con las rodillas encorvadas.

Cuando el teniente comandante empezó con nosotros una serie de ejercicios sueltos y cuidadosamente estructurados en el suelo, la nuez de Mahlke seguía agitándose locamente y como si algo la hubiera picado. En el salto de anchura sobre siete hombres, que había de terminar con una voltereta hacia adelante, aterrizó en la estera ladeado torciéndose probablemente el pie, porque se sentó aparte en una escalerilla, con el cartílago agitado todavía, y seguramente se escabulló cuando se nos juntaron los de sexto, al comenzar la segunda hora.

No se nos volvió a reunir hasta el juego de básquetbol contra aquéllos, e hizo inclusive tres o cuatro canastas, aunque de todos modos perdimos. Nuestro gimnasio neogótico conservaba su atmósfera solemne en el mismo grado en que la capilla de Santa María, en Neuschottland, nunca perdió por completo el carácter prosaico del gimnasio que fuera antes, pese a todo el yeso pintado y a toda la pompa eclesiástica regalada que el reverendo Gusewski desplegara a la luz deportiva de sus anchos ventanales.

Y si aquí todos los misterios tenían lugar a la luz del día, nosotros, en cambio, practicábamos nuestros ejercicios en una penumbra misteriosa. Nuestro gimnasio tenía ventanas ojivales, y los adornos de ladrillo dividían los vidrios coloreados de las rosetas.

En tanto que en la capilla de Santa María el ofertorio, la consagración y la comunión constituían a manera de procesos mecánicos en plena luz y sin magia alguna -lo mismo se hubieran podido distribuir allí, en vez de hostias, herrajes de puerta, herramientas o bien, como en otro tiempo, aparatos gimnásticos o palos de relevo-, en la luz mística de nuestro gimnasio, en cambio, el mero sorteo de los dos equipos de básquetbol, cuyo animado juego de diez minutos ponía fin a la clase de cultura física, adquiría el carácter solemne e impresionante de una ordenación o una confirmación, y el alejarse de los elegidos hacia el fondo semioscuro de la sala tenía lugar con esa humildad de los que efectúan algún rito sagrado.

Cuando la luz del sol caía diagonalmente y algunos rayos matutinos lograban filtrarse hasta el interior a través del follaje de los castaños del patio de recreo y de las ventanas ojivales, llegábase a efectos impresionantes con las figuras de los gimnastas en los anillos o en el trapecio. Si cierro los ojos, veo todavía al pequeño teniente comandante ejecutando ágiles y fluidos ejercicios en el trapecio lanzado al vuelo, con su calzón rojo de gimnasta que recordaba el rojo de los monaguillos; veo surgir sus pies impecablemente tendidos -practicaba descalzo- en uno de los dorados rayos oblicuos del sol; veo tenderse sus manos -porque de repente se colgaba del trapecio sujetándose con las corvas- hacia alguno de aquellos haces de luz hechos de un polvo finísimo de oro.

Sí, nuestro gimnasio era maravillosamente anticuado. También el vestuario recibía luz lateral, y de ahí que lo llamáramos la Sacristía. Mallenbrandt tocó el pito, y terminado así el partido de básquetbol, los de los años quinto y sexto hubimos de formar y de cantar para el teniente comandante "Vamos al monte en el rocío matutino tralalá", a continuación de lo cual rompimos filas y nos dirigimos a los vestidores.

Inmediatamente volvió a producirse la aglomeración alrededor del teniente comandante. Sólo los de sexto mostraban un poco más de reserva. Después de haberse lavado cuidadosamente las manos y los sobacos en la única fuente existente -no había duchas- y mientras se ponía rápidamente la ropa interior y se quitaba el calzón prestado -sin que lográramos ver nada-, el teniente comandante seguía contestando las preguntas de los escolares, lo que hacía de buena gana, riendo y con un tolerable grado de condescendencia.

De pronto, entre pregunta y pregunta, se calló y empezó a buscar, disimuladamente primero y con mano insegura, pero abiertamente después, e incluso debajo del banco.

– Un momento, muchachos, vuelvo en seguida a cubierta.

Y con su pantalón azul marino, su camisa blanca, descalzo, pero con los calcetines puestos, el teniente comandante se abrió paso entre los estudiantes, las hileras de bancos y el olor de parque zoológico: Pequeño Pabellón de Fieras.

El cuello de la camisa, abierto y levantado, listo para recibir la corbata y la cinta con la cruz que no quiero mencionar. De la puerta del despacho de Mallenbrandt colgaba el horario semanal de las clases de gimnasia. Llamó y entró al propio tiempo.

¿A quién no se le ocurrió, como a mí, pensar en Mahlke? No estoy seguro de que se me ocurriera inmediatamente, aunque hubiera debido ocurrírseme, pero de lo que sí estoy seguro es de no haber exclamado en voz alta: "¿Dónde demonios estará Mahlke?" Tampoco Schilling gritó nada, ni Hotten Sonntag, ni Winter Kupka Esch.

Ninguno dijo nada; antes bien, nos pusimos tácitamente de acuerdo en que había sido aquel cretino de Buschmann, un mocoso al que no se le podía borrar de la cara la estúpida risita con que había venido al mundo ni con una docena de bofetones. Cuando Mallenbrandt, con su albornoz de toalla peluda y acompañado del teniente comandante a medio vestir, llegó hasta nosotros y rugió su "¿Quién fue? ¡Que se presente enseguida!" empujamos hacia adelante a Buschmann. También yo grité Buschmann, y estuve inclusive en condiciones de pensar para mí y sin el menor esfuerzo: claro, sólo pudo haber sido Buschmann, porque ¿quién, sino Buschmann?

Pero sólo cuando Buschmann se vio acosado a preguntas por todas partes, también por parte del teniente comandante y del auxiliar de sexto año, empezó a hormiguearme algo, muy superficialmente primero, en el cogote. Y el hormigueo se afirmó al recibir Buschmann su primer bofetón, porque la risita no se le quitaba de la cara ni aun bajo el interrogatorio.

Y mientras con la vista y el oído esperaba yo todavía una confesión categórica de Buschmann, me fue subiendo, del cogote para arriba, la certeza: ¡Hombre! ¿Y no habrá sido Ya sabes quién? Ya mi acecho de una palabrita reveladora del sonriente Buschmann se iba desvaneciendo, sobre todo por cuanto la cantidad de los bofetones que le administraba Mallenbrandt revelaba inseguridad en sí mismo.

No hablaba ya del objeto desaparecido, sino que entre golpe y golpe rugía:

– ¡Deja de reírte! ¡No te rías, te digo! ¡Ya haré yo que se pasen las ganas de reír!

Dicho sea de paso, no lo logró. No sé si existe hoy todavía un Buschmann; pero si hay algún Buschmann dentista, veterinario o médico -ya que Heini Buschmann quería estudiar medicina-, con seguridad que será un sonriente Dr. Buschmann, porque una risita como la suya no se pierde así como así, sino que persiste y sobrevive a las guerras y a las reformas monetarias, como entonces lo demostró, sobreponiéndose a los bofetones del profesor Mallenbrandt, cuando el teniente comandante con el cuello disponible esperaba todavía el resultado del interrogatorio.

Disimuladamente -por más que Buschmann concentrara en sí todas las miradas- volví la cabeza buscando a Mahlke, aunque en realidad no tuviera necesidad de buscarlo, porque por el sentimiento que me venía del cogote bien sabía yo en qué cabeza andaban los himnos a la Virgen.

Acabado de vestir, no lejos de allí pero apartado del bullicio, se abrochaba el botón superior de una camisa que, a juzgar por el corte y las rayas, había de proceder del legado de camisas de su padre. Y cómo le costaba, al abrocharse, esconder su distintivo tras el botón. Aparte de sus esfuerzos con el cuello y de los movimientos concomitantes de los músculos de sus mandíbulas, Mahlke daba una impresión de absoluta tranquilidad.

Cuando se hubo convencido de que el botón no se dejaba cerrar, alargó la mano hacia el bolsillo interior de su chaqueta, colgada todavía, y sacó una corbata chafada. En nuestra clase nadie llevaba corbata. En sexto y entre los de reválida sólo la llevaban algunos presumidos. Dos horas antes, mientras el teniente comandante daba desde la cátedra su conferencia ensalzando las bellezas naturales, Mahlke había llevado todavía abierto el cuello de la camisa; pero ya la corbata arrugada esperaba en su bolsillo la gran ocasión.

Este fue el estreno de Mahlke con corbata. Delante del único espejo del vestidor, por lo demás, lleno de manchas, pero sin acercarse a él, sino más bien desde cierta distancia y simplemente por la forma, anudábase alrededor del cuello levantado el harapo, moteado en diversos colores según creo recordar y, en todo caso, de mal gusto; se dobló el cuello, se apretó una vez más el nudo excesivamente abultado y dijo luego con voz no muy alta pero suficiente, con todo, para que sus palabras se alcanzaran a oír distintamente en medio del interrogatorio que seguía su curso y el ruido de los bofetones que Mallenbrandt, pese a las objeciones del mismo teniente comandante, seguía propinando a la risita de Buschmann:

– Apuesto cualquier cosa a que no fue Buschmann; ¿por qué no lo registran?

Las palabras de Mahlke se dirigían más bien al espejo, pero le depararon en seguida un auditorio. Su corbata, el nuevo truco, sólo llamó la atención posteriormente, y eso apenas.

Con sus propias manos Mallenbrandt registró la ropa de Buschmann, hallando seguida nuevo motivo para redoblar los golpes contra la risita en cuestión, ya que en los dos bolsillos de la chaqueta encontró varios paquetes abiertos de preservativos, con los que Buschmann practicaba un pequeño negocio en las clases superiores. Su padre era boticario. Fuera de eso, Mallenbrandt no encontró nada más, y el teniente comandante se resignó sin gran pesar, se anudó la corbata de oficial, se dobló el cuello de la camisa, palpó ligeramente el lugar vacante que antes ostentara la honrosa condecoración y propuso a Mallenbrandt que no lo tomara demasiado a pecho:

– La cosa es fácil de reemplazar. No por ello se va a hundir el mundo, señor profesor. Al fin no es más que una tonta travesura de chiquillos.

Pero Mallenbrandt hizo cerrar la sala del gimnasio y los vestidores y, secundado por dos alumnos de sexto, registró nuestros bolsillos y hasta el menor rincón del lugar capaz de convertirse en escondite. Divertido al principio, el teniente comandante ayudó en la búsqueda, pero luego se puso impaciente e hizo algo que nadie se atrevía a hacer en los vestidores: empezó a fumar cigarrillos uno tras otro, aplastando las colillas con los pies sobre el linóleo del piso, y acabó por ponerse manifiestamente de mal humor cuando Mallenbrandt le acercó, sin decir palabra, una escupidera en desuso que por espacio de años se había ido cubriendo de polvo al lado de la fuente y que ahora había sido examinada ya como posible escondrijo del objeto robado.

El teniente comandante se ruborizó como un escolar, se arrancó de la boca de curva delicada de orador el cigarrillo apenas empezado y, cruzándose de brazos, dejó de fumar. Pasó a mirar nerviosamente la hora una y otra vez y a dar muestras de su prisa mediante el brusco movimiento de boxeador con que hacía salir el reloj pulsera de la manga.

Se despidió cerca de la puerta con los dedos enguantados, dio a entender que la forma de llevarse a cabo la investigación no podía satisfacerlo y que informaría del asunto al director ya que no estaba dispuesto a dejar que le estropearan la licencia unos mequetrefes. Mallenbrandt lanzó la llave a uno de los de sexto, y éste fue tan torpe al abrir la puerta de los vestidores que hizo que se produjera una pausa embarazosa.

VIII

Las investigaciones ulteriores nos estropearon la tarde del sábado, no dieron resultado alguno y sólo me dejaron en la memoria unos pocos detalles apenas dignos de mencionar, ya que no quería perder de vista a Mahlke ni su aludida corbata, que él seguía tratando de anudarse mejor, aunque lo que le hubiese hecho falta habría sido un clavo.

Decididamente, el pobre no tenia remedio. ¿Y el teniente comandante? Si la pregunta está justificada, sólo se la podrá contestar con palabras escuetas: estuvo ausente durante la investigación de la tarde y es muy posible que fueran ciertos los rumores no confirmados según los cuales habría recorrido con su novia las tres o cuatro tiendas de medallas de la ciudad.

Alguno de los de nuestra clase pretende haberlo visto el domingo siguiente en el Café de las Cuatro Estaciones rodeado de su prometida y los papás de ésta y sin que le faltara nada al cuello de su camisa.

Y los concurrentes del café se darían cuenta, un tanto intimidados, de quién era el que se sentaba allí entre ellos y se esforzaba por cortar modosamente con el tenedor el correoso pastel de aquel tercer año de guerra.

En cuanto a mí, mi domingo no me llevó al café. Había prometido al reverendo Gusewski servirle de monaguillo en la misa primera. Con su corbatín de colores, Mahlke llegó poco después de las siete, pero no logró atenuar, con las cinco viejecitas habituales, el vacío del antiguo gimnasio.

Recibió la comunión como de costumbre, del lado izquierdo. Tengo que suponer que la víspera inmediatamente después de las investigaciones, estuvo en la capilla de Santa María a confesarse; o tal vez, quién sabe por qué, fuiste a susurrarle al oído al reverendo Wiehnke en la iglesia del Sagrado Corazón.

Gusewski me retuvo y me preguntó por mi hermano, que estaba en el frente ruso, o tal vez ya no estaba, porque hacía ya varias semanas que no teníamos la menor noticia de él. Es posible que, a cuenta de haberle planchado y almidonado una vez más todos los manteles de los altares y el alba, me regalara dos rosquillas de gotas de fresa; lo cierto es que al dejar yo la sacristía, Mahlke ya se había ido.

Debió tomar el tranvía anterior al mío. En la Plaza Max Halbe tomé el remolque número 9, Schilling subió de un brinco en la calle de Magdeburgo cuando el tranvía corría ya a cierta velocidad. Hablamos de cualquier otra cosa. Tal vez le ofrecí una de aquellas rosquillas que le había sonsacado al reverendo Gusewski. Entre la Hacienda y el cementerio de Saspe alcanzamos a Hotten Sonntag. Iba en una bicicleta de señora y llevaba sentada en la parrilla a la pequeña Pokriefke.

La huesuda muchacha seguía exhibiendo unos muslos lisos como ancas de rana, pero ya no se la veía tan aplanada por todas partes. El viento de la carrera revelaba lo largo de su pelo. Pero como al llegar al cambio de Saspe tuvimos que esperar el tranvía que venia en sentido contrario, Hotten Sonntag y Tula nos volvieron a pasar.

En la parada de Brösen estaban los dos esperando. La bicicleta estaba apoyada en un cesto de papeles de la administración del establecimiento de baños. Jugaban a hermano y hermanita y se tenían mutuamente agarrados: el meñique en el meñique. El vestido de Tula era azul, azul añil, y demasiado corto, demasiado apretado y demasiado azul por todas partes.

El lío con los trajes de baño y demás lo llevaba Hotten Sonntag. Supimos arreglarnos para cambiar unas miradas en silencio, entendernos, y finalmente dejar caer en el silencio tenso la frase: "Mahlke, claro está, ¿quién otro pudo ser? ¡Qué bárbaro!" Tula quería saber más detalles, se nos apretujaba y trataba de adivinar al azar llevándose la punta del índice a los labios.

Pero ninguno de nosotros llamó la cosa por su nombre. Todo quedó en el lapidario "Quién sino Mahlke" y en el "Más claro que el agua". Pero fue SchilIing, no, fui yo quien introdujo un nuevo concepto.

Entre el hueco que dejaban la cabeza de Hotten Sonntag y la cabecita de Tula, dije:

– El Gran Mahlke. Esto no lo hace, no puede hacerlo, no lo ha hecho nadie más que el Gran Mahlke.

Y en eso quedamos. Todos los intentos anteriores de asociar el nombre de Mahlke con algún apodo habíanse revelado al poco tiempo como infructuosos. Recuerdo el de "Pollo de caldo", y, cuando no estaba presente, le llamábamos también "Tragón", o "El Tragón". Y no fue sino mi exclamación espontánea: "¡Esto lo ha hecho el Gran Mahlke!" la que había de acreditarse como viable.

Y así, pues, en estos papeles se hablará de vez en cuando del "Gran Mahlke" con referencia siempre a Joaquín Mahlke. En la taquilla nos deshicimos de Tula. Pasó a la sección para damas y llenó su traje con los omóplatos. Ante la construcción en forma de balcón del baño para varones extendíase el mar, pálido y sombreado por algunas nubes sueltas, señal de buen tiempo, que se deslizaban por el cielo.

Agua: diecinueve. Los tres, sin necesidad de buscarlo, vimos más allá del segundo banco de arena a alguien que nadaba de espaldas, agitadamente y haciendo mucha espuma, en dirección de las superestructuras del dragaminas. Nos pusimos de acuerdo para que lo siguiera uno solo.

Schilling y yo propusimos para ello a Hotten Sonntag, pero éste prefería permanecer tendido con Tula detrás de la pared asoleada del baño para familias, vertiendo arena sobre las ancas de rana.

Schilling pretendió haber desayunado demasiado:

– Huevos y lo demás. Mi abuelita de Krampitz tiene gallinas, y a veces nos trae los domingos una docenilla.

A mí no se me ocurrió nada. Había almorzado antes de la misa, ya que rara vez observaba el precepto del ayuno. Además, ni Schilling ni Hotten Sonntag habían dicho "el Gran Mahlke", me dije, de modo que me puse a seguirlo sin demasiadas prisas.

En la pasarela entre los baños para damas y para familias no faltó mucho para que llegáramos a las manos, porque Tula Pokriefke quería acompañarme. Estaba sentada, toda brazos y piernas, en la barandilla. Desde hacía ya varios veranos seguía llevando aquel traje de baño gris-ratón para niña, zurcido burdamente por todos lados, con el poquito de seno aplastado, los muslos estrangulados, y en el cual la tela deshilachada le formaba entre las piernas un pliegue bien marcado.

Alborotaba con la nariz arremangada y los dedos de los pies extendidos.

Cuando, a cambio de algún regalo -Hotten Sonntag le susurró algo al oído-, acabó por claudicar, saltaron sobre la baranda cuatro o cinco alumnos de tercero, buenos nadadores, que ya había visto yo alguna vez en el bote. Es probable que husmearan algo, porque se proponían nadar hasta allá, aunque lo negaran, diciendo:

– Vamos a otra parte. Hasta el rompeolas o así.

Hotten Sonntag se encargó de ellos:

– Al que lo siga le rompo los huevos.

Con una zambullida poco profunda desde la pasarela empecé a nadar, cambié de postura varias veces y tomé la cosa con calma. Mientras nadaba y mientras ahora escribo, trataba y trato de pensar en Tula Pokriefke, porque ni quería ni quiero estar pensando siempre en Mahlke. Por eso nadaba de espaldas, por eso escribo: andaba de espaldas.

En efecto, sólo así podía y puedo ver a Tula Pokriefke, toda huesos y en lana gris-ratón, sentada sobre la barandilla: se va haciendo más pequeña, más loca y más dolorosa; porque todos nosotros llevábamos a Tula clavada cual una espina en la carne.

Pero así que hube dejado atrás el segundo banco de arena, se me había borrado: ni punto, ni espina, ni agujero; ya no me escapaba yo de Tula nadando sino, que nadaba al encuentro de Mahlke, y escribo ahora en tu dirección: nado de pecho, pero sin prisas.

Y vaya esto entre braza y braza -como que el agua me sostiene-: éste era el último domingo antes de las grandes vacaciones. ¿Qué pasaba entonces en el mundo? Habían ocupado Crimea, y en el norte de África Rommel volvía una vez más al ataque. Desde Pascua estábamos ya en quinto. Esch y Hotten Sonntag habían solicitado ingresar como voluntarios en la Luftwaffe, pero luego fueron enviados -lo mismo que yo, que no acababa por decidirme entre ir o no a la marina- a los granaderos de tanques, especie de infantería mejorada.

Mahlke no solicitó el alistamiento voluntario, sino que, como siempre, se distinguió de los demás.

– Os debe faltar algún tornillo -decía.

Y eso que a él, que tenía un año más, se le brindaban mejores oportunidades de salir antes que nosotros.

Pero el que escribe no debe adelantarse a los hechos. Los últimos doscientos metros los nadé de pecho, sin cambiar de postura y más lentamente todavía, a fin de conservar el aliento.

El Gran Mahlke estaba sentado como siempre a la sombra de la bitácora. El sol le daba sólo en las rodillas. Ya debía de haber bajado una vez. Los restos de una obertura subían haciendo gárgaras, flotaban en un viento poco propicio y me venían al encuentro juntamente con el chapalear de las olas.

Así era él: bajaba a su bohardilla, daba cuerda a la caja, ponía un disco, volvía a subir con la raya central chorreando, se acurrucaba a la sombra y escuchaba su música, en tanto que, con sus chillidos, las gaviotas confirmaban arriba del bote la creencia en la transmigración de las almas.

No, antes de que sea demasiado tarde quiero tumbarme una vez más de espaldas y contemplar las grandes nubes que cual enormes sacos de patatas venían siempre y en procesión regular del Putziger Wiek, pasaban arriba de nuestro bote y seguían en dirección sudeste, proporcionando cambios de luz y un fresco a largo de nube.

Nunca más -o sólo en aquella exposición que con mi ayuda el Padre Albán organizó hace un par de años en la sala de nuestro establecimiento: "Nuestros niños pintan el verano"- he vuelto a ver unas nubes tan bonitas, tan blancas y tan parecidas a sacos de patatas. Y por ello quiero preguntarme una vez más, antes de que la herrumbre abollada del bote se materialice: ¿Por qué yo? ¿Por qué no Schilling o Hotten Sonntag?

También hubiera podido mandar al bote a los de tercero o a Hotten Sonntag con Tula. O incluso hubiéramos podido ir todos juntos, con Tula entre nosotros, sobre todo por cuanto los de tercero, y en particular uno que debía estar emparentando con ella -ya que todos le llamaban el primo de Tula-, estaban locos por aquellos huesos. Pero es el caso que yo nadé solo, dejé que Schilling cuidara que nadie me siguiera, y nadé sin apresurarme. Yo, Pilenz -¿qué tiene que ver con ello mi nombre de pila?-, antiguo monaguillo que quería ser Dios sabe qué y soy ahora secretario de un establecimiento de asistencia, no puedo desprenderme del hechizo; leo a Bloy, los gnósticos, Böll, Friedrich Heer, e impresionado a menudo por las Confesiones del buen viejo Agustín, discuto durante noches enteras ante una taza de té demasiado negro la sangre de Jesucristo, la Trinidad y el sacramento de la Gracia con el Padre Albán, franciscano inteligente y creyente a medias, y le hablo de Mahlke y de la Virgen de Mahlke, de la ternilla de Mahlke y de la tía de éste, de la raya de Mahlke, de su agua azucarada, del gramófono, la blanca lechuza y el destornillador, de las borlas de lana, los botones fosforescentes y el gato y el ratón y mea culpa y de cómo el Gran Mahlke estaba sentado en el bote, y yo, sin apresurarme, fui nadando hacia él, unos ratos de pecho, otros de espalda, porque sólo yo era lo bastante amigo suyo, si es que con Mahlke se podía ser amigo, o me esforzaba en todo caso por serlo.

Pero, ¿por qué decir que me esforzaba, si lo cierto es que iba a su lado y al de sus atributos cambiantes del modo más natural y sin el menor esfuerzo? Si Mahlke me hubiera dicho en alguna ocasión: "Haz esto o aquello", no cabe duda de que lo hubiera hecho y aun más. Pero lo cierto es que Mahlke nunca dijo nada y aceptaba simplemente, sin palabra o signo alguno, que yo lo siguiera y fuera a buscarlo a la Osterzeile, no obstante el rodeo que eso representaba para mí, por el solo privilegio de poder ir a la escuela a su lado.

Y cuando él introdujo la moda de las borlas, yo fui el primero en seguirla y en ponérmelas en el cuello. Lo mismo que también llevé por algún tiempo, aunque sólo dentro de casa, un destornillador colgando de una cordonera.

Y si seguí luego prestando mis servicios de monaguillo al reverendo Gusewski, pese a que a partir del tercer año la fe y los demás supuestos ya se me hubieran ido, no fue sino para poder contemplar durante la comunión la garganta de Mahlke.

Y cuando después de las vacaciones de Pascua del cuarenta y dos -en el Mar de Coral tenían lugar en aquel entonces batallas navales con portaaviones- el Gran Mahlke se afeitó por primera vez, yo empecé también, dos días después, a raparme la barbilla, por más que no me asomara a la cara el menor vello.

Y si después de la conferencia del comandante de submarino, Mahlke me hubiera dicho: "Pilenz, ve y escamotéale aquello con la cinta", yo habría cogido del gancho la medalla y la cinta rojo-blanco-negra y te la hubiera guardado. Pero Mahlke cuidaba de sus asuntos por sí mismo, estaba acurrucado sobre el puente a la sombra y escuchaba los restos torturados de su música subacuática: Cavalleria rusticana -arriba gaviotas; el mar ora liso, ora rizado, ora agitado por breves olas; dos gruesos barcos en la rada; sombras de nubes; hacia Putzig una formación de botes ligeros: seis estelas, y entre ellas algunos barcos pesqueros- ya el bote hace gárgaras, nado lentamente de pecho, miro a otra parte, miro adelante, miro más allá, entre los restos de los ventiladores -¿cuántos eran exactamente?-, y antes de que mis manos se agarren a la herrumbre, te veo a ti, tal como te he estado viendo por espacio de quince años por lo menos: ¡a ti!; nado, me agarro de la herrumbre, y te veo a ti: el Gran Mahlke está acurrucado inmóvil a la sombra, el disco del sótano se atasca y va repitiendo el mismo pasaje, del que se ha enamorado, hasta que se le acaba la cuerda; las gaviotas se alejan, y tú llevas colgando del cuello el objeto con la cinta.

Se veía cómico, porque aparte de ello no llevaba puesto nada más. Estaba acurrucado, desnudo, en los huesos, bien tostado del sol, en la sombra. Sólo tenía iluminadas las rodillas. Su largo miembro semidespierto y los testículos aplanados sobre la herrumbre.

Las corvas le apretaban las manos. Su pelo, en mechones sobre las orejas, aunque partido siempre por el centro, no obstante el buceo. La cara; una expresión de redentor; y debajo, por toda prenda, la gran golosina, la enorme golosina, inmóvil, tres dedos abajo de la clavícula.

Por vez primera, la nuez, que según sigo suponiendo -y no obstante que él tuviera motores de repuesto- era al propio tiempo motor y freno de Mahlke, había hallado su contrapeso exacto. Dormía tranquilamente bajo la piel, y por cierto tiempo no tuvo necesidad de agitarse, porque aquello que la calmaba y la cruzaba armoniosamente tenía su historia, habiendo sido dibujado en 1813, época en que se cambiaba oro por hierro, por el buen viejo Schinkel, que sabía cómo atraer el ojo con un sentido clásico de la forma; pequeñas modificaciones de 1870 a 1871, pequeños retoques de 1914 a 1918, y ahora también.

Sin embargo, no tenía nada que ver con aquel Pour le mérite derivado de la Cruz de Malta, pese a que el engendro de Schinkel pasara por vez primera del pecho al cuello y preconizara la simetría como credo.

– ¡Hola, Pilenz! ¿Qué te parece? Buena pieza, ¿no?

– ¡Fantástica! Deja que la toque.

– Bien ganada, ¿eh?

– En seguida pensé que eras tú quien la había escamoteádo.

– ¿Cómo que escamoteado? Si me fue conferida ayer mismo porque del convoy de la ruta de Murmansk hundí cinco barrigudos y además un crucero de la clase Southampton…

Nos entregamos a aquel juego de sandeces, esforzándonos por hacer mutuamente gala de buen humor; bramamos todas las estrofas de la canción "Vamos contra Inglaterra" e inventamos otras nuevas, conforme a cuya letra, sin embargo, no eran buques tanques ni transportes de tropas lo que en ellas resultaba perforado por el centro, sino determinadas muchachas y maestras de la Escuela Superior Gudrún; sirviéndonos del hueco de las manos como altavoz, gangueamos comunicados oficiales con cifras de hundimientos en parte fantásticas y en parte obscenas, y con los puños y los talones golpeábamos a manera de tambor la cubierta del puente.

Y el bote retumbaba, traqueteaba, saltaban excrementos secos, volvían las gaviotas, botes ligeros entraban, deslizábanse en el cielo sobre nuestras cabezas bellas nubes blancas, ligeras como penachos de humo en el horizonte; un ir y venir, felicidad, centelleo; ni un solo pez fuera del agua, el tiempo propicio; y había que verlo saltar; pero no por lo de la garganta, sino porque se sentía lleno de vida y, por vez primera, un poco alocado, sin cara de redentor; se quitó la cosa del cuello, se sujetó los extremos de la cinta en los huesos de la cadera, mientras con las piernas y los hombros y la cabeza ladeada imitaba en forma asaz cómica, haciendo remilgos y no sin gracia, a una muchacha, aunque a ninguna en particular, dejó que la gran golosina metálica le bamboleara delante de los testículos y del miembro, atributos que, sin embargo, la orden apenas alcanzaba a ocultar en un tercio.

De paso -y mientras tu número de circo empezaba ya a atacarme los nervios- le pregunté si se proponía quedarse con la cosa, insinuando que lo mejor sería sin duda estibarla en su bodega, bajo el puente, entre la blanca lechuza, el gramófono y Pilsudski.

Pero el Gran Mahlke tenía otros planes, y los llevó adelante. Porque si Mahlke hubiera estibado la cosa bajo cubierta, o mejor, si yo no hubiera sido amigo de Mahlke, o mejor todavía, si las dos cosas a la vez, esto es: aquella cosa segura en la cabina de radio y yo sólo ligado a Mahlke superficialmente, por curiosidad o porque íbamos a la misma clase, yo no tendría ahora que escribir ni que decirle al Padre Albán: "¿Fue culpa mía que después Mahlke…?" Pero es el caso que escribo porque tengo que descargar mi conciencia.

Resulta agradable, sin duda, efectuar ejercicios sobre el blanco papel; pero, ¿de qué me sirven las nubes blancas, la brisa, los botes ligeros entrando puntualmente y una bandada de gaviotas actuando a manera de coro griego? ¿De qué me sirve toda la magia con la gramática? Aunque lo escribiera todo con minúsculas y sin puntuación, no tendría más remedio que decir: Mahlke no estibó aquella cosa en la cabina de radio del antiguo dragaminas polaco Rybitwa, no colgó el aparato entre el Mariscal Pilsudski y la Virgen Morena, ni arriba del gramófono moribundo y de la blanca lechuza en descomposición, sino que, con la golosina colgándole del cuello y mientras yo contaba las gaviotas, se limitó a hacer otra breve visita abajo de apenas media hora, se regodeó con la elegante orden ante su Virgen -de eso estoy seguro-, la volvió a subir a la luz a través de la escotilla de proa, se metió provisto de su collar en el taparrabo, nadó conmigo a un ritmo moderado de regreso al establecimiento de baños y, con el pedazo de hierro en la mano cerrada, se lo llevó, ocultándolo a los ojos de Schilling, Hotten Sonntag, Tula Pokriefke y los de tercero, a su caseta de la sección para caballeros.

Sólo a medias y de mala gana informé a Tula y a su séquito; desaparecí luego a mi vez en la caseta, me vestí rápidamente, y alcancé todavía a Mahlke en la parada de la línea 9.

Durante todo el trayecto traté de convencerlo de que, si había decidido hacerlo así, devolviera en todo caso la orden personalmente al teniente comandante, cuya dirección no había de resultar difícil de averiguar. Creo que no me escuchaba.

Ibamos de pie y apretujados en la última plataforma del tranvía. A nuestro alrededor el apiñamiento de un mediodía de domingo. Entre parada y parada abría él la mano, entre su camisa y la mía, y ambos mirábamos hacia abajo, hacia el severo metal oscuro y la cinta, mojada todavía y ajada. A la altura de la Hacienda de Saspe, Mahlke levantó provisionalmente la orden, pero sin colgársela, hasta delante del nudo de su corbatín, y trató de servirse de los cristales de la plataforma como espejo.

Durante la parada en espera del tranvía contrario miré por encima de una de sus orejas, del cementerio en ruinas de Saspe y de los pinos encorvados de la playa, en dirección del aeródromo, y tuve suerte: un grueso trimotor Ju 52 que aterrizaba pesadamente en aquel instante vino en mi ayuda.

Es probable, sin embargo, que la multitud dominguera del tranvía tampoco tuviera tiempo para fijarse en las exhibiciones del Gran Mahlke, ya que por encima de los bancos y de los líos de ropa había que luchar a gritos con niños de pecho a los que la fatiga de la playa hacía más pesados.

Sus llantos y berridos, estallando, calmándose, subiendo, bajando y pasando gradualmente al sueño, resonaban de la plataforma delantera a la de atrás y viceversa, sin hablar de los olores, capaces de agriar cualquier leche. Bajamos en la terminal del Brunshoferweg, y Mahlke dijo por encima del hombro que se proponía ir a interrumpir la siesta del director del Instituto, Dr. Waldemar Klohse; que quería ir solo y que tampoco tenía objeto el que yo lo esperara.

Klohse vivía -como era bien sabido- en la avenida de Baumbach. Lo acompañé todavía a lo largo del túnel embaldosado bajo el terraplén, y dejé luego que el Gran Mahlke se fuera solo: no parecía tener la menor prisa y caminaba más bien en un zigzag de ángulos obtusos.

Tenía cogidos los extremos de la cinta con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y la cruz giraba en el aire y lo guiaba a manera de hélice propulsora hacia la avenida de Baumbach. ¡Funesto plan, funesto cumplimiento! Si al menos hubieras lanzado la cosa a lo alto de los tilos no habrían faltado allí, en aquel barrio residencial lleno de árboles frondosos, urracas bastantes para habérsela llevado a su escondrijo, junto a la cucharita de plata, el anillo y el broche, el montón de las baratijas.

El lunes, Mahlke no vino a la escuela. En la clase empezábase a rumorear. El profesor Brunies daba alemán. Chupaba como siempre las tabletas de Cebión que habría debido repartir entre los alumnos.

Tenía abierto ante sí a Eichendorff. Sus vetustas palabras nos llegaban desde la cátedra endulzadas y pegajosas. Primero unas páginas del Tunante, luego El rodezno, El anillito,

El juglar

– Partieron dos alegres viandantes

– Si hay un cervato al que prefieras

– Dormita un canto en cada cosa

– Viene una brisa azul y tibia.

De Mahlke, ni palabra.

Apenas el martes vino el director Klohse con su carpeta gris, se colocó al lado del profesor Erdmann -que se frotaba las manos sin saber dónde ponerlas-, y por encima de nuestras cabezas resonó Klohse con aliento mentolado: se había producido algo inaudito y, lo que era peor, en tiempos cruciales, en los que todos debemos estar unidos.

El estudiante en cuestión -así dijo Klohse, sin mencionar nombre alguno- había sido expulsado del establecimiento. Sin embargo, se había desistido de dar parte a otras autoridades, como por ejemplo la dirección regional del Partido. Se encarecía, pues, a todos los alumnos que guardaran un silencio viril y que, fieles al espíritu de la escuela, trataran de compensar con la suya una conducta indigna.

Así lo deseaba un antiguo alumno, el teniente de marina, comandante de submarino, condecorado con la etcétera, etcétera…

Así nos dejó Mahlke, que fue transferido -durante la guerra apenas se expulsó definitivamente a nadie del Instituto- a la Escuela Superior Horst Wessel, en donde tampoco se hizo mucho ruido a propósito del incidente.

IX

La Escuela Superior Horst Wessel se llamaba antes de la guerra Instituto Técnico Kronprinz Wilhelm y olía tanto a rancio como la nuestra.

El edificio, construido en 1912, creo, y que sólo exteriormente se veía más simpático que nuestra caja de ladrillo, estaba situado al sur del suburbio, al pie del bosque de Jaschkental, de modo que al reanudarse las clases en el otoño el camino de Mahlke para ir a la escuela y el mío no coincidían en ningún punto.

Pero tampoco durante las vacaciones de verano se oyó nada de él – un verano sin Mahlke-, porque, al parecer, se había inscrito en un campamento de habilitación para la defensa, en donde se le ofrecía la posibilidad de un entrenamiento premilitar como operador de radiotelegrafía.

No exhibió su piel tostada ni en Brösen ni en los baños de Glettkau. Como no tenía objeto buscarlo en la capilla de Santa María, el reverendo Gusewski hubo de quedarse durante todo el tiempo de las vacaciones sin uno de sus más asiduos monaguillos, ya que el monaguillo Pilenz se decía para sí: sin Mahlke, no hay misa.

Los que quedábamos seguíamos yendo de vez en cuando al bote, pero sin entusiasmo. Hotten Sonntag trató en vano de hallar el acceso a la cabina de radio.

También entre los de cuarto se hablaba de la bohardilla fantástica y extravagantemente equipada en el interior de las estructuras del puente.

Un tipo con los ojos muy juntos, al que los muchachos llamaban con aire sumiso Störtebeker, buceaba infatigablemente.

El primo de Tula Pokriefke, un pequeñajo de lo más esquelético, vino una o dos veces al bote, pero no buceó nunca.

De pensamiento o de palabra, traté de trabar conversación con él acerca de Tula, porque Tula me gustaba. Pero también a él lo había enredado con su lana deshilachada y su indisoluble olor a cola de carpintero, lo mismo que -¿con qué sería? -a mí. -Váyase a freír espárragos -me dijo (o habría podido decirme) el primo.

Tula no venía al bote, sino que permanecía en los baños, pero había terminado definitivamente con Hotten Sonntag. Cierto que en dos ocasiones fui con ella al cine, lo cual no me sirvió de nada, porque ella iba al cine con cualquiera. Decían que se había enamorado de aquel Störtebeker, aunque en vano, porque éste estaba enamorado a su vez de nuestro bote y buscaba obstinadamente el acceso a la bohardilla de Mahlke.

A punto de terminarse las vacaciones rumoreóse mucho que sus esfuerzos se habían visto coronados por el éxito. Lo cierto es que nadie tenía pruebas, ya que no subió ningún disco enmohecido ni pluma alguna de la blanca lechuza.

No obstante lo cual, los rumores persistieron. Y cuando cosa de dos años y medio después fue detenida aquella banda juvenil tan misteriosa que se decía capitaneada por Störtebeker, parece ser que en el curso del proceso se habló reiteradamente de nuestro bote y del escondrijo en el interior de las estructuras del puente. Pero para entonces yo estaba ya en el ejército y sólo me enteré a medias, porque hasta el final, y mientras el correo colaboró, el reverendo Gusewski no dejó de escribirme cartas, mitad de padre espiritual, mitad de amigo.

Y en una de las últimas cartas de enero del cuarenta y cinco, cuando ya las fuerzas rusas se acercaban a Elbing, decía algo acerca de un asalto escandaloso que la banda en cuestión, llamada de los Curtidores, se había permitido contra la iglesia del Sagrado Corazón, en la que oficiaba el reverendo Wiehnke.

Al muchacho Störtebeker se lo mencionaba en la carta por su verdadero apellido, y creo asimismo haber leído algo a propósito de un niño de tres años, al que la banda cuidaba a manera de talismán o de mascota. A veces dudo de si en la última o la penúltima carta de Gusewski -el bulto se me perdió juntamente con mi diario en Cottbus- se hablaba o no también de aquel bote que a principios de las vacaciones de verano del cuarenta y dos pudo celebrar su día cumbre, por más que fuera luego perdiendo brillo durante las mismas; porque hasta el presente dicho verano se me antoja insípido, ya que Mahlke no estaba (¿podía haber verano sin Mahlke?) Y no es que nos desesperáramos por el hecho de no tenerlo más.

Al revés, yo mismo me sentía feliz por haberme desprendido de él, por no tener que ir tras él continuamente. Pero, ¿por qué sería que apenas reanudadas las clases me presenté ante el reverendo Gusewski para ofrecerle de nuevo mis servicios de monaguillo?

Detrás de sus lentes, los ojos del reverendo se llenaron de arrugas de satisfacción, pero en el acto se desarrugaron, detrás de los mismos lentes, y la cara se le estiró cuando, como sin darle importancia y al cepillarle la sotana -estábamos sentados en la sacristía-, le pregunté por Joaquín Mahlke.

Con voz sosegada y llevándose una mano a los lentes, declaró:

– Por supuesto, sigue siendo uno de nuestros feligreses más asiduos y no falta a misa un solo domingo; sin embargo, ha estado durante cuatro semanas en uno de esos campamentos llamados de habilitación para la defensa; de todos modos, no quisiera tener que pensar que sea Mahlke la única causa de que desee usted volver a servir ante el altar.

Dígame la verdad, Pilenz.

Dábase el caso que apenas dos semanas antes habíamos recibido en casa la noticia de que mi hermano Klaus había caído con el grado de suboficial en el sector del Kuban, así que fue su muerte la que indiqué como motivo de la reanudación de mis servicios ante el altar. El reverendo Gusewski pareció creerme, o se esforzó por creernos a mí y a mi devoción renovada.

Así como no puedo recordar los detalles de la cara de Hotten Sonntag o la de Winter, recuerdo perfectamente, en cambio, que el reverendo Gusewski tenía un pelo crespo espeso, negro y con raras canas; la caspa le orlaba constantemente el cuello de la sotana.

Impecablemente afeitado, su tonsura emitía un reflejo azulado. Determinaban su olor una combinación de aceite de abedul y de jabón Palmolive. A veces fumaba cigarrillos turcos en una boquilla de ámbar de talla complicada. Pasaba por progresista, y en la sacristía solía jugar pingpong con los monaguillos y también con los muchachos que se preparaban para la primera comunión.

Toda su ropa blanca, el humeral y el alba, se la hacía almidonar exageradamente por una tal señora Tolkmit, o bien, cuando la anciana estaba enferma, por monaguillos aventajados, entre los que solía contarme yo mismo.

Con sus propias manos fijaba unas bolsitas de lavanda -con lo que al propio tiempo les confería peso- a todo manípulo, estola o casulla, lo mismo si yacían en cajones que si los tenía colgando en los armarios.

Cuando tendría yo aproximadamente trece años, me deslizó en una ocasión su fina mano lampiña espalda abajo, por debajo de la camisa, desde el cogote hasta la cintura de mi calzón de gimnasta, volviéndola luego a subir, porque el calzón no tenía tira elástica extensible y yo me lo ataba por delante con unos cordones cosidos al mismo. No atribuí mayor importancia al intento, sobre todo por cuanto el reverendo Gusewski, con su manera de ser amistosa y a ratos juvenil, contaba con mi simpatía.

Aún hoy lo recuerdo con cierto afecto irónico, de modo que ni una palabra más a propósito de inocentes manoseos ocasionales que, en definitiva, tampoco buscaban más que mi alma católica.

Total, un cura como tantos otros; mantenía a la disposición de su comunidad obrera, poco adicta por lo demás a la lectura, una biblioteca de libros seleccionados; no era excesivamente celoso, creía con ciertas restricciones -así por ejemplo a propósito de la Asunción de la Virgen- y daba a todas las palabras un mismo tono de serena unción, ya sea que hablara, trascendiendo lo corporal, de la sangre de Jesucristo, o del pingpong en la sacristía.

Lo que me pareció ridículo de su parte fue que ya a principios de los años cuarenta presentara una solicitud para cambiarse el apellido y que, apenas transcurrido un año, se llamara y se hiciera llamar Gusewing: reverendo Gusewing. Sin embargo, esta moda de germanizar los apellidos que sonaban a polaco y terminaban en ki o ke o a -como Formella- tuvo muchos adeptos en aquellos días; y así, un Lewandowski se convertía en Lengnisch; el señor Olczewski, nuestro carnicero, resultó ser el maestro carnicero Ohlwein, y los padres de Jürgen Kupka quisieron llamarse Kupkat en prusiano oriental, sólo que, váyase a saber por qué, su solicitud fue rechazada.

Es posible que conforme al modelo de aquel Saulo que se con virtió en Paulo, cierto Gusewski quisiera convertirse en Gusewing; pero sea como fuere, en este escrito el reverendo Gusewski sigue siendo Gusewski; porque tú, ¡oh Joaquín Mahlke!, no te hiciste cambiar el nombre.

El primer día que volví a ayudar en la misa temprana después de las vacaciones, volví a verlo. Lo encontré cambiado.

Acabadas las oraciones al pie del altar -Gusewski estaba del lado de la Epístola ocupado en el Introito- lo descubrí en el segundo banco, delante del altar de la Virgen. Pero sólo entre la lectura de la Epístola y el Gradual, y sobre todo durante la lectura del Evangelio, fue cuando tuve oportunidad de examinar su aspecto. Si bien su pelo seguía partido por el centro y había sido fijado con el agua de azúcar habitual, lo llevaba ahora en un largo de cerilla más largo.

Rígido y confiado, bajábale a manera de un tejado de dos vertientes por sobre las orejas: hubiera podido hacer de Cristo. Juntaba las manos libremente, o sea sin apoyar los codos, aproximadamente a la altura de la frente, dejando al descubierto por debajo del tejado de aquéllas la vista de un cuello que, desnudo e indefenso, lo mostraba todo; porque el cuello de la camisa lo llevaba doblado a la Schiller sobre la chaqueta: nada de corbatín, de borlas, de apéndices, destornillador o cualquier otra pieza de su abundante arsenal.

El único animal heráldico sobre campo libre era aquel inquieto ratón que él albergaba en lugar de nuez bajo la piel: aquel ratón que un día atrajera al gato y me tentara a mí a ponerle el gato en el cuello.

Esto aparte, podían verse en el trayecto entre la nuez y la barbilla algunos vestigios encostrados de cortes de navaja. Por poco hubiera llegado yo tarde con la campanilla para el Sanctus. En el banco de la comunión su actitud fue menos estudiada. Bajó las manos hasta más abajo de la clavícula, y le olía la boca como si en su interior estuviera hirviendo a fuego lento un pote con coles de Saboya.

Apenas hubo recibido la hostia, me llamó la atención otra novedad: el camino de retorno de la barandilla de la comunión a su lugar en la segunda hilera de los bancos, aquel camino silencioso que en otros tiempos Mahlke había seguido como los demás comulgantes sin ningún rodeo, lo interrumpió ahora y lo alargó, dirigiéndose primero lentamente y con paso zancudo hacia el centro del altar de la Virgen, en donde cayó de hinojos, escogiendo para ello no el piso de linóleo, sino una velluda alfombra que empezaba directamente ante las gradas del altar.

Levantó las manos juntas hasta la altura de los ojos, y luego al nivel de la raya, más arriba todavía, tendiéndolas ya en actitud suplicante hacia aquella gran figura de yeso de tamaño más que natural, la cual, sin niño y como Virgen de Vírgenes, se erguía sobre un cuarto de luna plateado, dejaba caer de las espaldas hasta los tobillos un manto azul de Prusia tachonado de estrellas, juntaba en su regazo aplanado unas manos de dedos alargados, y con unos ojos de vidrio ligeramente saltones miraba al techo de lo que en su día fuera gimnasio.

Cuando Mahlke volvió a levantarse, primero una rodilla y luego la otra, y volvió a juntar las manos por delante del cuello a la Schiller, la alfombra había impreso en sus rótulas un burdo dibujo encarnado.

También al reverendo Gusewski le habían llamado la atención algunos detalles de las nuevas maneras de Mahlke. No porque yo le preguntase nada, sino espontáneamente y oprimido, como si quisiera quitarse un peso de encima o compartirlo con otro, empezó a hablar del excesivo celo piadoso de Mahlke, del peligroso apego a las formas externas y de la preocupación que le tenía inquieto desde hacía ya algún tiempo.

El culto de Mahlke a la Virgen rayaba, decía, en idolatría pagana, fuera cual fuera la aflicción interior que lo llevara al pie del altar. Me esperaba frente a la salida de la sacristía. Poco faltó para que el susto me hiciera volverme atrás; pero ya él me había tomado del brazo, reía abiertamente y empezó a charlar.

Él, que antes fuera tan taciturno de por sí, hablaba ahora del tiempo, del veranillo de San Martín, del oro deshilándose en el aire. De pronto, bruscamente, pero sin bajar la voz y en el mismo tono de charla, empezó a contar:

– Me he presentado como voluntario.

Yo mismo me pregunto dónde tengo la cabeza. Ya sabes lo que pienso de todas esas bobadas: militarismo, jugar a la guerra, y esa exaltación de las virtudes bélicas. Adivina en qué arma.

Nada de eso. La Luftwaffe hace tiempo ya que no cuenta. No me hagas reír: ¡Paracaidista! Sólo te quedan los submarinos. ¡Exactamente! Esa es la única arma que brinda todavía posibilidades, por más que en una de esas cestas me habré de sentir como un niño y que, por mi parte, preferiría hacer algo útil, o incluso algo cómico.

Recordarás sin duda que en un tiempo quise ser payaso. Lo que no se le ocurre a un mocoso! Aunque no estoy seguro, después de todo, de que sea tan mal oficio. Y no creas, no me va tan mal. Sí, ya sabemos lo que es la escuela. ¡La de cosas que hicimos! ¿Te acuerdas?

Al principio me costaba trabajo acostumbrarme; creía que se trataba de una especie de enfermedad, y sin embargo todo es perfectamente normal. He conocido gente, o por lo menos la he visto, que las tiene mayores todavía, pero no se preocupan.

Todo empezó entonces con aquello del gato, ¿te acuerdas? Estábamos tendidos en la Plaza Henrich Ehler. Creo que se trataba de un juego de pelota. Yo dormía, o dormitaba, y el animal gris ¿o era negro? vio mi cuello y brincó, o fue que uno de vosotros, tal vez Schilling, muy propio de él, cogió al gato… Bueno, no hablemos más de ello. No, no he vuelto al bote.

¿Störtebeker? Sí, algo he oído. Que lo haga, que lo haga. Al fin que el bote no es mío, ¿no? Bueno, a ver qué día vienes por casa. No fue sino hasta el tercer domingo de Adviento, y después de que durante todo el año Mahlke hubo hecho de mí el más asiduo de los monaguillos, cuando me resolví a aceptar su invitación.

Hasta el Adviento tuve que servir solo, porque el reverendo Gusewski no lograba encontrar otro monaguillo. En realidad, yo me proponía visitar a Mahlke ya el primer domingo de Adviento y llevarle el cirio, pero la distribución se retrasó, con lo que no pudo colocarlo ante el altar de la Virgen hasta el segundo domingo. Cuando me dijo: "¿Puedes conseguirme alguno? Gusewski no los suelta", le dije: "Voy a ver". Y le procuré una de aquellas velas largas, pálidas como los retoños de las patatas, tan escasas durante la guerra, sino que por haber muerto mi hermano en campaña, nuestra familia tenía derecho al artículo racionado.

Y me fui a pie a la Oficina de Economía, obtuve el cupón después de haber presentado el acta de defunción, tomé luego el tranvía hasta Oliva, donde estaba la tienda que las distribuía, no las había en aquel momento, hice el viaje dos veces más, y no pude entregártela hasta el segundo Adviento; entonces te vi arrodillarte con el cirio ante el altar, tal como me lo esperaba.

En tanto que durante el Adviento Gusewski y yo vestíamos de morado, a ti el pescuezo se te salía del cuello blanco de la camisa, que el abrigo vuelto y arreglado del malogrado conductor de locomotora no alcanzaba a cubrir, sobre todo por cuanto tú -otra innovación- no llevabas ni bufanda ni imperdible. Y el segundo y tercer domingo de Adviento -día este último en que me había propuesto tomarle la palabra y visitarlo-, Mahlke se arrodilló, rígido y por mucho tiempo, sobre la burda alfombra.

Su mirada vidriosa, que no quería pestañear -o que pestañeaba así que estaba yo ocupado en el altar-, apuntaba por encima de la vela votiva al vientre de la Madre de Dios.

Con las dos manos pero sin que los pulgares cruzados le tocaran la frente, había formado ante ésta y sus pensamientos un techo puntiagudo. Y yo pensé: "Hoy sí voy. Voy y lo miro bien. A éste me lo escudriño yo a fondo.

Sí, a fondo. Porque ahí dentro hay algo. Además, me ha invitado". Por corta que fuera la Osterzeile, las casitas unifamiliares con sus emparrados vacíos junto a las fachadas burdamente revocadas y el plantado regular de los árboles a lo largo de las aceras, me desanimaban y fatigaban, pese a que nuestra Westerzeile olía y respiraba igual y marcaba las estaciones del año con los mismos liliputienses jardines frontales.

Y aún hoy, cuando salgo del establecimiento del Kolpinghaus, lo que ocurre raramente, para visitar a conocidos o amigos en Stockum o Lohnhausen entre el Puerto Aéreo y el Cementerio Norte, y paso por calles de nuevas colonias que se repiten de un número a otro y de un tilo al siguiente en forma análoga e igualmente fatigante y desalentadora, creo ir todavía a la casa de la madre y la tía de Mahlke, a tu casa, la del Gran Mahlke.

La campanilla está pegada a la puerta de una valla que, de tan baja, se dejaría salvar con sólo alzar un pie, y aun sin gran esfuerzo. Unos pocos pasos por el jardín del frente, invernal pero sin nieve, con sus rosales envueltos con costales para protegerlos del frío. Unos bancales sin plantas, decorados con conchas del Báltico, enteras unas y rotas otras. La rana de zarzal, de cerámica y del tamaño de un conejo sentado, sobre una losa irregular de mármol cuyos bordes están rodeados de tierra, la cual, desmoronada o encostrada, los recubre por lugares.

Y en el bancal de enfrente, del otro lado del estrecho sendero que junto con mis pensamientos me hace dar los pocos pasos que separan la puerta del jardín de las tres gradas de ladrillo cocido frente a la puerta de arco redondo embarnizada de ocre de la casita, se yergue al nivel de la rana de zarzal un palo casi vertical, del alto de un hombre que soporta una pajarera en forma de cabaña alpina: mientras traspongo entre bancal y bancal unos siete u ocho pasos, los gorriones siguen comiendo tranquilamente su alpiste.

Cabría suponer que la colonia ha de oler fresca, limpia, arenosa y conforme a la estación. Pues no. La Osterzeile, la Westerzeile y el Bärenweg, es más, todo el Langfuhr y toda la Prusia Oriental, o más aun, toda Alemania, olía en aquellos años de guerra a cebolla, a cebolla cocida al vapor en margarina; pero no quiero precisar demasiado: olía a cebolla cocida, acabada de cortar, pese a que las cebollas fueran raras y difíciles de conseguir, y pese a que, en conexión con un discurso del Mariscal Göring, quien en la radio había dicho algo a propósito de la escasez de las cebollas, se hicieran acerca de éstas unos chistes que circulaban en el Langfuhr, en la Prusia Oriental y en toda Alemania.

Tal vez por ello debería yo untar superficialmente mi máquina de escribir con jugo de cebolla, para comunicarnos a ella y a mí una idea de aquel olor a cebolla que en aquellos años infestaba a la Alemania entera, a la Prusia Oriental, al Langfuhr, la Osterzeile y la Westerzeile, arrebatándole predominio al olor a cadáver.

De un solo paso salvé las tres gradas de ladrillo cocido, y me disponía ya a agarrar el picaporte cuando la puerta se abrió desde dentro. La abrió Mahlke, que llevaba su cuello a la Schiller y unas zapatillas de fieltro. Parecía haberse rehecho la raya central unos momentos antes, tieso y en mechones recién peinados, el pelo, ni claro ni oscuro, le bajaba oblicuamente hacia atrás y aguantaba todavía; pero al despedirme, cosa de una hora más tarde, caíale ya, le trepidaba cuando hablaba sobre las grandes orejas rubicundas.

Nos sentamos en la parte de atrás, que recibía la luz a través de los cristales de la veranda. Hubo pastel, hecho según alguna receta de guerra: pastel de patata en el que predominaba el gusto a esencia de rosa, que recordaba al mazapán. Y a continuación ciruelas en conserva, de gusto normal, ya que habían madurado durante el otoño en el jardín de Mahlke: podía verse el árbol, sin hojas y con el tronco pintado de blanco, por el cristal a mano izquierda de la veranda.

Se me señaló mi lugar: quedé sentado en una de las cabeceras de la mesa, con vista hacia fuera, frente a Mahlke, que tenía la veranda detrás. A mi izquierda, iluminada lateralmente de modo que su cabello gris formaba rizos plateados, la tía de Mahlke; a mi derecha, iluminado su lado derecho pero con menor brillo por llevar el peinado más tieso. la madre de Mahlke. También los bordes de las orejas de él y el vello que los cubría, así como las puntas de sus trémulos mechones quebradizos, se dibujaban a la fría luz invernal, fría a pesar de que el cuarto estaba sobrecalentado.

Más que blanca brillaba la parte superior de su cuello a la Schiller, que le caía ampliamente sobre los hombros y se hacía gris hacia abajo: el pescuezo de Mahlke quedaba aplanado en la sombra. Las dos mujeres, huesudas, que habían nacido y crecido en el campo y no sabían bien qué hacer con las manos, hablaban mucho, pero nunca a la vez y siempre dirigiéndose a Joaquín Mahlke, inclusive cuando me hablaban a mí y me preguntaban por el estado de salud de mi madre.

A través de él, que hacía las veces de intérprete, las dos me dieron el pésame:

– Así que también su hermano Klaus se queda allá para siempre. Sólo lo conocía de vista, pero, qué mozo tan apuesto!

Mahlke dirigía la conversación con suavidad y firmeza a la vez. Las preguntas demasiado personales -mientras mi padre enviaba cartas desde el frente de Grecia, mi madre mantenía relaciones íntimas principalmente con suboficiales-, ese género de preguntas Mahlke las desviaba:

– Déjalo, tía.

En tiempos como éstos, en que todo está más o menos subvertido, ¿quién podría erigirse en juez? Además, eso no te concierne, mamá. Si papá viviera todavía, no le gustaría y no podrías hablar así.

Las dos mujeres le obedecían, a él o a aquel conductor de locomotora que él conjuraba discretamente y al que hacía imponer silencio así que madre y tía empezaban con los chismes.

También los comentarios sobre el frente -las dos confundían los teatros de operaciones de Rusia con los de África del Norte y decían El Alamein allí donde se trataba del Mar de Azov- arreglábaselas Mahlke, sin alzar la voz ni irritarse nunca, para enderezarlas por los cauces geográficos correctos:

– No, tía, esa batalla naval tuvo lugar en Guadalcanal y no en Carelia.

Sin embargo, la tía había dado la pauta, y nos enredamos todos en conjeturas acerca de los portaaviones japoneses y norteamericanos que habían participado y tal vez se habían hundido en Guadalcanal. Mahlke opinaba que unidades como el Hornet y el Wasp, cuyas quillas sólo habían sido puestas en 1939, lo mismo que el Ranger, habrían entrado entretanto en servicio y debían haber participado en el encuentro, porque lo que era el Saratoga o el Lexington, o tal vez ambos, podían considerarse como borrados ya de las listas de la flota.

Más incertidumbre imperaba todavía a propósito de los dos mayores portaaviones japoneses, el Akagi y el Kaga, este último decididamente demasiado lento. Mahlke sostenía puntos de vista atrevidos, diciendo que en el futuro sólo habría batallas entre portaaviones y que, por consiguiente, ya no valía la pena construir acorazados; porque el futuro, si es que volvía a haber otra guerra, era de las unidades ligeras y de los portaaviones. Y lo documentaba en detalle.

Las dos mujeres estaban pasmadas, y así que hubo recitado mecánicamente los nombres de los esploratori italianos, la tía dio con sus manos huesudas unas palmadas fuertes y resonantes; había en su entusiasmo algo de juvenil, y al hacerse en la estancia el silencio que siguió a su aplauso, empezó a juguetear con su pelo tratando de ocultar su confusión.

De la Escuela Superior Horst Wessel no se dijo ni una palabra. Casi me parece recordar que mientras nos levantábamos Mahlke aludió riendo a su antigua pesadilla -así la llamó- a propósito de su cuello, y volvió a repetir -con lo que madre y tía se unieron a nuestra risa- el cuento del gato: esta vez era Jürgen Kupka quien le ponía el animal en la garganta.

¡Si sólo supiera quién inventó la historia: si él, o yo, o el que aquí escribe! En todo caso -y de esto sí estoy seguro-, cuando me despedía de las dos mujeres, su madre me envolvió dos pedacitos del pastel de patata en papel de estraza.

En el corredor, al pie de la escalera que conducía al piso superior y a su bohardilla, Mahlke me explicó una foto que colgaba de la pared, al lado de la bolsa para los cepillos.

El largo de la foto apaisada lo llenaba una locomotora con su ténder de aspecto bastante moderno, de los que fueron Ferrocarriles Polacos: las letras PKP se distinguían claramente en dos lugares.

Delante de la máquina, diminutos pero dominantes, había dos hombres con los brazos cruzados. Y el Gran Mahlke dijo:

– Mi padre y el fogonero Labuda, poco antes del accidente en que perecieron en 1934 cerca de Dirschau.

Mi padre pudo evitar la catástrofe y recibió, con carácter póstumo, una medalla.

X

Al empezar el nuevo año quería tomar yo lecciones de violín -mi hermano había dejado uno-, pero nos hicieron auxiliares de la Luftwaffe, y hoy, pese a que el Padre Albán no se canse de aconsejármelo, es probable que sea ya demasiado tarde.

Y fue él también quien me animó a que contara lo del gato y el ratón:

– Siéntese no más, querido Pilenz, y escriba simplemente todo lo que se le ocurra.

Sin duda, sus primeros cuentos y ensayos poéticos recordaban mucho a Kafka, pero usted dispone, con todo, de un estilo propio: eche usted mano del violín o desahóguese escribiendo; por algo el Señor lo ha dotado a usted de talento.

Así pues, fuimos incorporados a la batería costera de Brösen-Glettkau, que funcionaba al propio tiempo como batería de entrenamiento, detrás de las dunas, de las matas marinas y del paseo de grava, en unas barracas que olían a alquitrán, a calcetines y a la fibra vegetal de los colchones.

Habría sin duda mucho que contar sobre la vida cotidiana de un alumno de instituto, sujeto por la mañana a la enseñanza tradicional de maestros canosos y a aprender, por la tarde, las instrucciones de un artillero y los secretos de la balística; sin embargo, no es mi historia la que ha de contarse aquí, ni la del vigor ingenuo y petulante de Hotten Sonntag, o la absolutamente banal de Winter.

Aquí sólo puede hablarse de ti, y Joaquín Mahlke nunca fue auxiliar de la Luftwaffe. De paso, y sin entrar en una prolongada conversación que empezara con el gato y el ratón, unos alumnos de la Escuela Superior Horst Wessel, que se entrenaban con nosotros en la batería costera de Brösen-Glettkau, nos proporcionaron nuevos datos: "Lo incorporaron poco después de Navidad al Servicio del Trabajo.

Le dieron el bachillerato de emergencia. No, además los exámenes nunca fueron problema para él. Era bastante mayor que nosotros.

Parece ser que su sección está en la Landa de Tuchel. ¿Si habrán de sacar turba? Parece que la cosa anda algo revuelta por allí: guerrilleros, etcétera".

En febrero fui a visitar a Esch en el hospital de la Luftwaffe de Oliva. Estaba internado con una fractura de clavícula y pedía cigarrillos. Le di algunos y él me ofreció un licor pegajoso.

No me entretuve mucho. Para ir a la parada del tranvía hice un rodeo por el Parque del Castillo. Quería ver si existía todavía la antigua Gruta de los Susurros.

Allí estaba, efectivamente, y unos Cazadores Alpinos convalecientes la estaban probando con algunas enfermeras. Susurraban junto a la piedra porosa por ambos lados, reían bajito, susurraban y volvían a reír. Yo no tenía con quién susurrar, y así, con alguna idea en la cabeza, tomé por una avenida en forma de túnel, cerrada arriba por un ramaje seco, sin pájaros y posiblemente espinoso, que llevaba directamente del estanque del Parque a la Calzada de Zopot y se iba estrechando de modo alarmante.

Y en esto, después de cruzarme con dos enfermeras que conducían a un teniente que cojeaba, reía y cojeaba, y después de dos abuelas y un niño de unos tres años que no quería verse identificado con las abuelas sino que llevaba un tambor de juguete, aunque sin tocarlo, me vino al encuentro surgiendo de la zarza gris del túnel color de febrero, otra cosa que se fue agrandando: me topé con Mahlke. El encuentro nos turbó a los dos.

Además, el toparse en semejante avenida, sin caminos laterales y hasta enmarañada por arriba, producía un sentimiento que iba de lo solemne a lo angustioso. Fue el destino o la fantasía rococó de un arquitecto francés de jardines lo que nos hizo encontrarnos, y aún hoy evito invariablemente los jardines dispuestos sin escapatoria posible conforme al espíritu del buen Le Nôtre.

Por supuesto, nos hablamos en seguida, pero sin lograr quitar la vista, por mi parte, de lo que él llevaba puesto en la cabeza; porque el sombrero de Servicio del Trabajo era, aunque el que lo llevara no fuera Mahlke, incomparablemente feo: formaba un bulto alto y desproporcionado arriba de las alas, tenia el color de excrementos desecados, y aunque tuviera arriba el surco central a la manera de los sombreros civiles, los dos gajos quedaban demasiado cerca uno de otro, se juntaban y daban aquella raya plástica que había valido al sombrero del Servicio del Trabajo el mote de "culo con asidero".

En la cabeza de Mahlke dicho sombrero producía una impresión particularmente lastimosa, ya que su raya central, aunque sacrificada en aras del servicio, resultaba en esta forma pintorescamente exagerada. Y así estábamos uno frente a otro como sobre agujas, entre espinas y bajo espinas, y además volvió ahora aquel rapaz sin las abuelas, pero tocando el tambor; describió a nuestro alrededor un semicírculo sonoro de dejo mágico, y desapareció finalmente con su ruido en la estrechez de la avenida.

Nos despedimos apresuradamente luego que Mahlke hubo contestado apenas y de mala gala mis preguntas acerca de las luchas de guerrilleros en la Landa de Tuchel, del rancho en el Servicio del Trabajo y de si había o no acantonadas cerca de ellos muchachas del Servicio Femenino.

Quería saber también lo que lo traía a Oliva y si había visitado ya al reverendo Gusewski. Me enteré de que en el Servicio del Trabajo el rancho era aceptable, pero que no había por allí ni asomo de muchachas del Servicio Femenino.

En cuanto a los rumores a propósito de las luchas con los guerrilleros, él los consideraba exagerados, aunque no enteramente desprovistos de fundamento. Había venido a Oliva comisionado por su jefe para buscar unos repuestos: misión oficial, dos días de permiso. -A Gusewski le he hablado un momento esta mañana, en seguida de la misa. -Y a continuación, un gesto malhumorado:

– ¡Será siempre el mismo, pase lo que pase!

Y la distancia entre nosotros se agrandó, porque íbamos ya caminando. No, no me volví para verlo. ¿Increíble? En cambio, si dijera: "Mahlke no se volvió para verme" no sorprendería a nadie.

Tuve que mirar atrás varias veces, porque nadie acudió a ayudarme, ni siquiera el rapazuelo con su juguete sonoro. Y luego dejé de verte, según mis cálculos, por más de un año. Pero no verte no significaba ni significa en modo alguno poder olvidaros, a ti y a tu esforzada simetría.

Además, quedan los vestigios, y si veía un gato, fuera éste gris, negro o manchado, al punto me venía a la memoria el ratón; ello no obstante, seguía practicando el titubeo, sin acertar a decidir si había que proteger al ratón, o bien aguijonear al gato hacia la presa. Hasta el verano permanecimos en la batería costera: jugamos innumerables partidos de pelota, y los domingos nos revolcábamos en los cardos de las dunas, cada cual según sus habilidades, siempre con las mismas muchachas y las hermanas de las mismas muchachas. Yo fui el único que no logró nada, y hasta el presente no he conseguido todavía desprenderme de esa mi falta de decisión y del hábito de hacer reflexiones irónicas acerca de mi debilidad. ¿Qué más había? Reparto de pastillas de menta, aleccionamientos en materia de enfermedades venéreas, por la mañana Hermann y Dorotea, por la tarde el fusil 98-K, correo, mermelada de cuatro frutas, concursos de canto.

En ocasiones, cuando teníamos libre, nadábamos también hasta nuestro bote, en donde encontrábamos invariablemente bandas de la nueva promoción de cuarto año, nos fastidiábamos, y no alcanzábamos a comprender, al nadar de regreso, qué fue lo que durante tres veranos nos había atado a aquel casco cubierto de excrementos de gaviota.

Más adelante fuimos transferidos a la batería de ocho coma ocho, de Pelonken, y luego a la del Zigankenberg. Tuvimos alarma tres o cuatro veces y nuestra batería participó en el derribo de un bombardero cuatrimotor. Por espacio de varias semanas se discutió en las oficinas militares a propósito de aquel blanco casual. Y entretanto, pastillas, Hermann y Dorotea y saludos al pasar.

Antes que yo mismo, ya que se habían presentado como voluntarios, fueron al Servicio del Trabajo Hotten Sonntag y Esch. Por mi parte, vacilando como siempre e indeciso a propósito del arma, había dejado pasar el término. En febrero del cuarenta y dos pasé, dentro de nuestra barraca de enseñanza y con una buena mitad de nuestra clase, un bachillerato prácticamente normal, no tardé en ser llamado a mi vez al Servicio del Trabajo, fui dado de baja en los auxiliares de la Luftwaffe y, comoquiera que disponía todavía de quince días y quería pasar algo más que el bachillerato, traté de posarme sobre algo.

¿Sobre quién sino sobre Tula Pokriefke, que contaba a la sazón dieciséis años o más y era prácticamente accesible a todos? Pero no tuve suerte, ni tampoco logré nada con la hermana de Hotten Sonntag. Así las cosas -consolábanme las cartas de una de mis primas, que había sido evacuada a Silesia con toda la familia debido a la destrucción total de su casa durante un bombardeo-, hice una visita de despedida al reverendo Gusewski, le prometí servirle de monaguillo durante los permisos que esperaba obtener, y recibí de él, aparte de un nuevo misal, un crucifijo de metal confeccionado especialmente para los reclutas católicos.

Y al volver a casa me topé, en la esquina del Bärenweg y de la Osterzeile, con la tía de Mahlke, que en la calle llevaba unos anteojos tremendos y resultaba imposible de eludir.

Aun antes de que nos hubiéramos saludado empezó ella a hablar, gangueando a la manera campesina pero a toda velocidad. Cuando se nos acercaba algún transeúnte, me tomaba por el hombro y acercaba una de mis orejas a su boca.

Frases cálidas acompañadas de húmeda llovizna. Cosas sin importancia al principio. Historias de compras: "Ya ni se puede conseguir lo que a una le corresponde de cupones". Fue así como me enteré de que ya otra vez no había cebollas, pero que en la tienda de Matzerath, en cambio, se podía conseguir azúcar negra y sémola de cebada, y que el carnicero Ohlwein esperaba recibir conservas de carne de cerdo.

Y finalmente, sin insinuación alguna de mi parte, el tema principal:

– El muchacho está mejor ahora, pese a que no diga precisamente en sus cartas que le va mejor. Pero tampoco se ha quejado nunca: en eso es igual que su padre, mi difunto cuñado. Y ahora lo han enviado al frente, sí señor, con los tanques.

Creo que estará más al abrigo ahí que en la infantería, sobre todo cuando llueva. Y luego su susurro se acercó a mi oreja y me enteré de las nuevas excentricidades de Mahlke, de sus garabatos, como si debajo de la firma de cada carta hubiera firmado además algún niño.

– Y lo curioso es que de niño no dibujaba nunca, a no ser que tuviera que hacer algo con tinta china para la escuela.

Pero aquí tengo precisamente su última carta en la bolsa. ¡Jesús, cómo está! Es que son tantos, sabe usted, señor Pilenz, los que quieren leer cómo le va al muchacho.

Y la tía de Mahlke me alargó la carta de Mahlke:

– Aquí la tiene, léala usted mismo. -Pero no leí. Papel entre dedos sin guantes.

De la Plaza Max Halbe soplaba en remolino un viento glacial que no había quien lo aguantara. Mi corazón golpeaba con el tacón de su bota y quería hundir la puerta. Hablaban en mí siete hermanos, pero ninguno seguía la escritura.

Volaban copos de nieve, pero el papel de la carta se hacía más visible, no obstante que era gris pardusco y sin ninguna calidad. Puedo decir hoy: comprendí inmediatamente, pero sólo miraba, sin querer ver ni comprender; porque ya desde antes de que el papel me crujiera cerca de los ojos había comprendido que, una vez más, Mahlke haría de las suyas: dibujos lineales garrapateados al pie de una esmerada escritura Sütterlin.

En una hilera que se esforzaba por ser recta, pero que, falta de base, resultaba quebrada, ocho doce trece catorce círculos irregularmente aplanados, y en cada riñón un mugrón como una verruga, y, de cada verruga, unos palos del largo de una uña de pulgar señalaban, saliendo de las bañeras abolladas, hacia el borde izquierdo del papel; y todos estos tanques -porque por muy torpes que fueran los dibujos yo identifiqué los T 34 rusos- tentaban en un lugar, las más de las veces entre la torre y la bañera, una pequeña señal: una cruz que indicaba el blanco.

Además -el autor contaba obviamente con alguna lentitud de comprensión por parte de los intérpretes de su dibujo-, otras cruces, hechas con lápiz azul y que rebasaban la superficie de los tanques garrapateados, tachaban en forma que saltaba a la vista los catorce T 34 -creo que eran catorce- hechos con lápiz común y corriente.

No sin cierta ufanía expliqué a la tía de Mahlke que se trataba manifiestamente de tanques destruidos por Joaquín. Pero la tía de Mahlke no se mostró sorprendida en lo más mínimo: ya se lo habían dicho muchos, lo que no comprendía, sin embargo, era que unas veces fueran más y otras menos, una vez sólo ocho y en la penúltima carta, en cambio, veintisiete piezas.

– Es posible que sea porque el correo llega ahora con tanta irregularidad.

Pero lea usted, señor Pilenz, lo que escribe nuestro Joaquín. Habla también de usted, de unas velas, pero ya las hemos conseguido. No hice más que echar al papel una ojeada superficial: Mahlke se mostraba solícito, preguntaba por los achaques menores y mayores de la madre y la tía (la carta estaba dirigida a las dos), por las várices y los lumbagos; quería que se le informara sobre el estado del jardín: "¿Ha vuelto a dar bien el ciruelo este año? ¿Qué hacen mis cactos?"

Breves frases a propósito del servicio, del que decía que era pesado y de gran responsabilidad. "Por supuesto, también nosotros tenemos bajas. Pero la Virgen seguirá protegiéndome." Y a continuación un ruego para que madre y tía le hicieran el favor de llevar al reverendo Gusewski uno o, de ser posible, dos cirios para el altar de la Virgen: "Tal vez Pilenz os los pueda conseguir, ya que ellos tienen cupones".

Pedía además que dedicaran unas oraciones a San Judas Tadeo – sobrino en segundo grado de la Virgen María, por donde se echa de ver que Mahlke conocía bien a la Sagrada Familia- y que hicieran decir una misa en sufragio del alma del padre, muerto de accidente, "ya que nos dejó sin haber recibido los auxilios espirituales". Para concluir, una que otra menudencia y algo de pálida descripción del paisaje: "No os podéis imaginar lo decaído que está aquí todo, lo desdichados que son aquí la gente y todos los niños.

No hay ni electricidad ni agua corriente. A veces le da a uno por preguntarse por el sentido de todo esto, pero es probable que así deba ser. Y si algún día os dan ganas y el tiempo es bueno, tomad el tranvía hasta Brösen -pero no dejéis de abrigaros bien- y mirad si a la izquierda de la entrada del puerto, no muy afuera, se ve todavía la superestructura de un barco hundido.

Allí había antes los restos de un naufragio. Puede verse a simple vista -y además la tía tiene ya sus gafas- me interesaría saber si todavía…" Dije a la tía de Mahlke:

– Para eso no tienen ustedes necesidad de ir. El bote sigue donde siempre. Y cuando le escriban, saluden a Joaquín de mi parte. Que esté tranquilo. Aquí nada cambia mucho, y no es probable que nadie nos llegue a escamotear el bote.

Pero aun suponiendo que los astilleros de Schichau lo hubieran escamoteado, es decir, sacado, desguazado o reequipado, ¿a ti qué? ¿Habrías cesado por ello de garrapatear tanques rusos en tus cartas para tacharlos con lápiz azul?

Y quién habría desguazado a la Virgen? ¿Quién habría podido encantar al antiguo Instituto y convertirlo en alpiste? ¿Y el gato y el ratón? ¿Piensas que haya historias que puedan terminarse?

XI

Con los testimonios garrapateados de Mahlke ante los ojos, hube de aguantar tres o cuatro días más en la casa.

Mi madre mantenía sus relaciones con un capataz de la Organización Todt, o no sé si seguía ofreciendo todavía al primer teniente Stiewe, que sufría del estómago, aquella dieta insípida que lo hacía tan afectuoso.

El caso es que uno u otro de dichos señores seguía yendo y viniendo tranquilamente por nuestra casa y llevaba, sin darse cuenta del simbolismo que ello implicaba, las zapatillas que solía usar mi padre. Ella, en cambio, en medio de un confort como de revista ilustrada, llevaba su luto activo de una habitación a otra, un negro que le quedaba bien, y no sólo en la calle, sino también entre la estancia y la cocina.

En memoria de mi hermano muerto en el frente, había erigido sobre el aparador algo a manera de altar; había hecho enmarcar en negro y bajo vidrio, en primer lugar, una foto suya de pasaporte, ampliada al grado de que ya no se lo reconocía, y que lo mostraba de suboficial pero sin gorra de plato, y, en segundo, las dos esquelas mortuorias del Centinela y de Las Últimas Noticias; había atado, en tercer lugar, un lío de cartas del frente con una cinta de seda negra; en cuarto lugar, a manera de pisapapeles, había puesto sobre el lío de cartas la Cruz de Hierro de segunda clase y la medalla de Crimea, colocando todo eso a la izquierda de los marcos en pie, en tanto que, en quinto lugar y a la derecha, el violín y el arco de mi hermano, sobre un papel de música con notas -pues él había intentado reiteradamente componer sonatas para violín- trataban de formar el contrapeso de las cartas.

Si hoy echo ocasionalmente de menos a mi hermano mayor Klaus, al que apenas conocí, entonces, en cambio, sentía más bien celos de aquel altar y me representaba mi propia foto ampliada e igualmente enmarcada en negro, me entraba complejo de inferioridad y, cuando estaba solo en nuestra estancia y sentía todo el peso del altar de mi hermano, me roía las uñas.

No cabe duda de que cualquier mañana, mientras el primer teniente atendía a su estómago sobre el sofá y mi madre le preparaba en la cocina una de aquellas papillas sin sal, yo habría roto a puñetazos, con un puño sustraído a mi voluntad, la foto, las esquelas e inclusive, tal vez, el violín; pero en esto llegó el día de mi incorporación al Servicio del Trabajo, escamoteándome una entrada en escena que aún hoy y por muchos años se dejaría representar: a tal punto la muerte en el Kuban, mi madre y yo, el eterno indeciso, la teníamos estudiada.

Partí con mi maleta de cuero de imitación, fui en tren a Konitz pasando por Berent, y tuve ocasión, por espacio de tres meses, de conocer la Landa de Tuchel, entre Osche y Reetz. Viento y arena constantes. Era una primavera hecha ex profeso para los amigos de los insectos. Florecían el enebro y todos los matorrales, y todo se convertía en objetivo: había que tirar a los dos soldados de cartón que estaban detrás del cuarto pino de la izquierda.

Sin embargo, las nubes eran hermosas sobre los abedules y las mariposas, que no sabían adónde ir. Redondos estanques claroscuros en el tremedal, en los que con granadas de mano se podían pescar percas y unas carpas cubiertas de musgo. Naturaleza a mansalva.

El cine estaba en Tuchel. Sin embargo, pese a los abedules, las nubes y las percas, sólo me está permitido bosquejar burdamente y como en una batea de arena la tal sección del Servicio del Trabajo, con su campamento de barracas en un bosquecillo protector, el mástil de barracas en su bandera, sus fosos para la basura y la letrina a lado de la barraca de instrucción, porque un año antes que yo, antes que Winter, Jürgen Kupka y Bansemer, el Gran Mahlke había llevado dril y botas en aquel mismo campamento, en el que además había dejado literalmente su nombre: allí en la letrina, un tabuco hecho con tablas, abierto por arriba al murmullo de los pinos achaparrados y plantado en medio de la retama.

Allí, en efecto, las dos sílabas -sin su nombre de pila- estaban grabadas o más bien talladas en una de las tablas de pino y frente al travesaño pulido, y debajo, en un latín correcto, pero sin adornos y más bien en escritura rúnica, el comienzo de su secuencia favorita: Stabat Mater dolorosa…

El monje franciscano Jacopone da Todi hubiera podido exultar; yo, en cambio, no lograba deshacerme de Mahlke ni aun en el Servicio del Trabajo. Porque mientras me aligeraba el cuerpo, mientras detrás y debajo de mí se iban acumulando las heces surcadas de cresas de los de mi quinta, tú no me dabas, ni a mis ojos, punto de reposo: a voz en cuello y en repetición jadeante, un texto laboriosamente tallado me imponía a Mahlke y a la Virgen, por mucho que silbara para contrarrestarlo lo que se me ocurriera silbar. Y sin embargo, estoy seguro de que Mahlke no se proponía bromear.

Porque lo cierto es que Mahlke no sabía bromear. Lo intentaba a veces, pera todo lo que hacía, tocaba o decía se le convertía indefectiblemente en algo serio, significativo y monumental. Y así también aquella escritura cuneiforme en la madera de pino de una letrina del Servicio del Trabajo entre Osche y Reetz, sección Tuchel-Norte.

Había allí aforismos digestivos, versos pornográficos, anatomía burda y detallada, pero el texto de Mahlke triunfaba de todas las demás obscenidades formuladas con mayor a menor agudeza, y que, talladas o garrapateadas, cubrían de arriba abajo la valla protectora de la letrina y conferían voz sonora a la pared de madera. La cita de Mahlke, tan correctamente hecha y en lugar tan recóndito, estuvo a punto de convertirme poco a poco en devoto, con lo que no tendría ahora que dedicar mi malhumor a una labor de asistencia mediocremente pagada en el Kolpinghaus, no me vería impelido a querer descubrir en Nazareth un comunismo temprano o en los koljoses ucranianos un cristianismo tardío, me habría liberado por fin de las fastidiosas conversaciones durante noches enteras con el Padre Albán y de las investigaciones acerca de hasta qué punto puede la blasfemia reemplazar a la plegaria, y podría creer en algo, en lo que fuera, o tal vez en la resurrección de la carne.

Pero un buen día, luego de haber estado cortando leña en la cocina del batallón, tomé el hacha y suprimí con ella de la tabla tu secuencia favorita juntamente con tu nombre. Fue como en el antiguo cuento moralista y trascendente del lugar invendible; porque el lugar vacío y con su fibra fresca me hablaba ahora más claramente de lo que hiciera antes la escritura tallada. Por otra parte, tu mensaje no hizo sino multiplicarse con las virutas, porque en la sección, entre la cocina, el lavadero y el cuarto de vestir, empezaron a circular toda clase de cuentos, sobre todo los domingos, cuando el aburrimiento nos llevaba a contar las moscas.

Era siempre la misma historia, con retoques insignificantes, acerca de un individuo del Servicio del Trabajo llamado Mahlke, que había servido paco más de un año antes en la sección Tuchel-Norte y había hecho toda clase de cosas extraordinarias. Quedaban allí, de aquella época, dos conductores de camión, el jefe de cocina y el cabo de inspección, los cuales se habían escapado hasta entonces de todos los traslados; y todos decían más o menos lo mismo, sin contradecirse esencialmente: -Así se lo veía cuando vino.

El pelo hasta aquí. Bueno, primero hubo que mandarlo al peluquero. Pero de poco le sirvió: tenía unas orejas como batidores de cocina, y una nuez, vaya, ¡qué nuez! Tenía también… y en una ocasión… cuando por ejemplo… Pero lo más divertido fue cuando mandé a toda la banda de reclutas a Tuchel para que me los despiojaran, porque, en mi calidad de cabo de inspección, yo… Y cuando los tengo a todos bajo la ducha, que me digo: no debes ver bien; vuelvo a mirar, y que me digo, caray, no sientas envidia, porque lo que es su rabo, un mástil, podéis creerme, como para que una vez lanzado alcanzase lo suyo, o más todavía; en todo caso, bien que le sirvió con la mujer del comandante, una cuarentona jamona, por delante y por detrás, porque el muy idiota del comandante (un chiflado, lo trasladaron después a Francia) lo mandó a su casa, la segunda a mano izquierda de las casas de los oficiales, para que le construyera una conejera.

Al principio, el tal Mahlke, que así se llamaba, se negó; no en un plan violento, no, sino con mucha calma, al contrario, invocando el reglamento y demás.

Entonces el jefe lo tomó por su cuenta, hasta que no sabía ya ni dónde tenía las posaderas, y luego por dos días a sacar miel de la letrina. Tuve que ducharlo con la manguera, desde lejos por supuesto, porque los muchachos no lo querían dejar entrar en el lavadero; al fin cedió y se fue con unos tablones y los utensilios necesarios, pero lo que es conejos… Con todo, hubo de trabajar bien con la vieja, porque ésta pidió que se lo mandaran por más de una semana para cuidarle el jardín.

Y el tal Mahlke se iba todas las mañanas y no regresaba hasta el atardecer, para la revista. Y no fue sino al ver que la conejera no avanzaba y no avanzaba cuando el jefe se dio cuenta. No sé si los sorprendió en cueros, ya sea sobre la mesa de la cocina o en la cama, bien calentitos, como papá y mamá, pero lo que es seguro es que al ver el aparato del Mahlke de marras hubo de quedarse patidifuso, aunque desde luego que en la sección no dijo ni pío.

Y en el acto empezó a mandarlo cada dos por tres a Oliva o a Oxhöft, a buscar repuestos, decía, pero en realidad la que quería era alejar lo más posible del campamento al macho con su verga. Claro que la jamona del jefe debía de ser de armas tomar, ya que, en fin, lo que pasa. Y aún hoy nos llegan de vez en cuando rumores de la oficina de ordenanzas: parece ser que se siguen escribiendo.

Yo creo que detrás de todo ello tuvo que haber algo más, sino que nunca se llega a saber el todo de las cosas. Por lo demás, ese mismo Mahlke, y eso lo presencié yo con mis propios ojos, descubrió él solo, junto a Gross-Bislaw, un depósito subterráneo de municiones de los guerrilleros. Algo extraordinario, también. Tratábase, en efecto, de un estanque común y corriente, como los hay tantos por aquí.

Habíamos salido, en parte a trabajar y en parte a explorar, y hacía ya como media hora que estábamos tendidos al borde del estanque. Y Mahlke mira que mira, y de pronto: "Un momento, aquí hay algo". Bueno, el sargento, ¿cómo se llamaba?, que empieza a bromearle, y nosotros también, pero al fin que lo deja. Y Mahlke que se quita la ropa en un segundo y se mete en el charco.

Y ¿qué os decía?, ya a la cuarta zambullida encuentra en el centro mismo del estanque, apenas cincuenta centímetros abajo de la superficie, la entrada de un depósito ultramoderno de hormigón, con un montacargas hidráulico y todo, que se podía hacer subir fuera del agua. No os digo más sino que nos llevamos cuatro camiones repletos, y el jefe hubo de citarlo al frente de todo el batallón.

Y parece ser que, pese a lo de la vieja, hasta lo recomendó para una condecoracioncita. Se la enviamos al frente, porque para entonces ya se había ido. Quería ir a los tanques, si es que lo admitieron. De momento no dije nada. También Winter, Jürgen Kupka y Bansemer callaban siempre que se hablaba de Mahlke. A veces, cuando pasábamos frente a las casas de los oficiales, a la hora del rancho o al salir de servicio al campo, cambiábamos los cuatro, al ver que la segunda de la izquierda seguía sin conejera, una mirada rápida.

O bien, si entre la hierba verde y ligeramente ondulante del prado percibíamos un gato inmóvil al acecho, nos entendíamos también con sólo mirarnos, convirtiéndonos así en una especie de grupo secreto, pese a que Winter y Kupka, y no digamos ya Bansemer, me eran bastante indiferentes.

Apenas cuatro semanas antes de que nos dieran de baja -estábamos constantemente de servicio contra los guerrilleros, aunque no capturamos a ninguno ni tampoco tuvimos bajas-, o sea, pues, en un tiempo en que prácticamente no llegábamos a quitarnos la ropa de encima, empezaron a circular los rumores. Aquel cabo que había entregado el uniforme a Mahlke y lo había llevado a despiojar trajo las noticias de la oficina:

– En primer lugar, se ha recibido otra carta de Mahlke para la vieja del antiguo jefe.

Se la ha hecho seguir a Francia. En segundo lugar, hay un cuestionario acerca de Mahlke que viene de las más altas instancias. Se está estudiando. En tercer lugar, y esto os lo digo yo: el tal Mahlke lo llevaba dentro desde el principio.

Pero, ¡caray, en tan poco tiempo! Bueno, la cosa es que antes, por mucho que te doliera la garganta, tenías que ser oficial para que te pusieran la bufanda, mientras que ahora, en cambio, el grado ya no cuenta para nada. Seguramente será el más joven. Cuando me lo imagino, ¡con aquellas orejas!… Aquí fue cuando las palabras empezaron a salirme de la boca. Y luego a Winter. También Jürgen Kupka y Bansemer metieron su cuchara.

– Ese Mahlke, sabe usted, hace tiempo que lo conocemos.

– Ya lo teníamos en la escuela.

– A él la garganta le ha dolido siempre, desde antes de los catorce años,

– Y la cosa con el teniente comandante, ¿recuerdas?, cuando durante la lección de gimnasia le escamoteó del gancho el aparato junto con la cinta.

– Eso fue así…

– No, no, hay que empezar con lo del gramófono.

– Y las latas de conservas, ¿o es que eso no cuenta? Al principio llevaba siempre un destornillador…

– ¡Un momento, un momento! Si quieres empezar desde el principio, has de empezar con el campeonato de pelota en la Plaza Heinrich Ehler.

Aquello fue así: estamos tendidos sobre la hierba y Mahlke duerme. En esto, un gato gris viene a través del prado y se va derechito al cuello de Mahlke. Y al ver el gato su nuez, cree que aquello que se mueve es un ratón, y pega el brinco…

– ¡Qué va! Fue Pilenz quien cogió al gato y se lo… ¿acaso no?

Dos días después nos lo confirmaron oficialmente. Se comunicó al batallón al pasar la revista de la mañana: Un an tiguo miembro del Servicio del Trabajo de la sección Tuchel-Norte ha destruido, primero como simple soldado y luego como suboficial y comandante de tanques, dando pruebas de un arrojo singular y en un lugar estratégicamente importante, tantos y cuantos tanques rusos, y además, etcétera, etcétera.

Empezábamos ya a entregar la ropa, pues nos iban a dar de baja, cuando recibí de mi madre un recorte del Centinela. Y en él se decía en letra impresa: Un hijo de nuestra ciudad ha destruido, primero como simple soldado y luego como suboficial y comandante de tanques, dando pruebas de un arrojo singular, etcétera, etcétera.

XII

Margal de cantos rodados, arena, el tremedal centelleante, matas, grupos de pinos en fuga, estanques, granadas de mano, percas, nubes arriba de abedules, guerrilleros detrás de la retama, enebro, más enebro, el viejecito Löns -que era de por allí- y el cine de Tuchel; todo quedó atrás. No me llevé más que mi maleta de cuero de imitación y un manojo de brezo seco. Pero ya durante el viaje, cuando pasado Karthaus hube echado la hierba a la vía, en todas las estaciones suburbanas y luego en la Estación Central, frente a las taquillas, entre la multitud de los soldados que venían del frente con licencia, a la entrada de la oficina de control militar y en el tranvía de Langfuhr empecé de modo absurdo pero obstinado a buscar a Mahlke.

Me sentía ridículo y en evidencia en mi ropa civil de escolar y no me fui a casa -¡para lo que en ella me esperaba!-, sino que me bajé en la parada del Salón de los Deportes, que queda cerca de nuestro viejo Instituto. Dejé la maleta al bedel, no le pregunté nada, porque estaba absolutamente seguro, sino que me lancé por la escalera de granito subiendo los peldaños de tres en tres.

No es que esperara encontrármelo en el aula, que tenía las puertas de par en par, aunque no había allí más que las mujeres que cuidaban normalmente de la limpieza y que estaban en aquel momento poniendo los bancos en uno de los lados y enjabonando la madera quién sabe para quién. Tomé a la izquierda: macizas columnas de granito, para refresco de frentes ardientes.

La placa conmemorativa de mármol dedicada a los muertos de las dos guerras, con un buen hueco todavía. Lessing en su nicho. En todas las clases se trabajaba normalmente, pues los corredores estaban desiertos, con excepción de un alumno de tercer año y de piernas esqueléticas que llevaba un mapa enrollado a través de aquel hedor octogonal que penetraba hasta el más recóndito rincón. 3a, 3b, sala de dibujo, 5a, la vitrina con los animales disecados… ¿qué había ahora allí? Un gato, por supuesto.

Pero, ¿dónde estaba el ratón febril? Más allá de la sala de conferencias. Y cuando el corredor dijo amén, allí estaba él, con la clara ventana frontal a la espalda, entre la secretaría y la dirección: él, el Gran Mahlke, pero sin ratón, porque llevaba en el cuello el singular objeto, el abretesésamo, el magneto, lo contrario de una cebolla, el trébol galvanizado de cuatro hojas, el engendro del buen viejo Schinkel, la golosina, el aparato, la cosa cosa cosa, el no quiero hablar de eso. ¿Y el ratón?

Dormía, invernaba en pleno junio. Dormitaba debajo de una gruesa manta: Mahlke había engordado. No porque nadie, el destino o algún autor, lo hubiera eliminado o tachado, a la manera como Racine tachara la rata de su blasón y sólo tolerara el cisne. El ratón seguía siendo el animal heráldico y se movía en sueños cuando Mahlke tragaba, porque, por mucho que lo hubieran condecorado, el Gran Mahlke tenía que seguir tragando de vez en cuando.

¿Qué traza tenía? Ya dije que la actividad del frente te había hecho engordar como el grueso de dos hojas de papel secante. Estabas medio reclinado y medio sentado en la tabla blanca barnizada de la ventana. Como todos los que servían en los tanques, llevabas aquel uniforme de fantasía, cuadriculado a lo bandolero, mezcla de pedazos negros y verdegrises: un pantalón bombacho gris ocultaba la caña de las botas negras y relucientes.

Una guerrera negra de cazador de tanques, ceñida, que te apretaba y te formaba arrugas en los sobacos -porque tus brazos estaban separados del cuerpo, como dos asas-, y era bonita sin embargo, te hacía parecer esbelto no obstante el par de libras que habías engordado. Sobre la guerrera no llevabas condecoración alguna, y sin embargo tenías ambas Cruces e inclusive algo más, aunque ninguna medalla por heridas en el frente: como que la protección de la Virgen te hacía a prueba de balas. Se comprende, por lo demás, que faltaran del pecho todos los accesorios susceptibles de distraer la atención respecto del nuevo centro de todas las miradas.

Del cinturón, usado y negligentemente lustrado, sólo sobresalía hacia abajo como un palmo de tela: así de cortas eran las guerreras de los cazadores de tanques, a las que por lo demás llamaban chaquetas de mono. Si con la ayuda de aquella pistola que te colgaba muy atrás, casi sobre el trasero, el correaje trataba de desvirtuar la rigidez de tu porte haciéndolo oblicuo y osado, la gorra gris, en cambio, la llevabas estrictamente horizontal, sin esa inclinación hacia la derecha de moda entonces como ahora, y recordaba, con su surco en rectángulo, tu gusto por la simetría, como lo había hecho en tus años de escolar y buceador, cuando aspirabas a ser payaso, la raya central de tu peinado.

Por otra parte, ya desde antes y luego de que te curaran los dolores crónicos de la garganta con un pedazo de metal, no llevabas aquella cabellera de redentor. Te habían impuesto o te habías impuesto tú mismo el ridículo corte de cepillo que adornaba entonces al recluta y confiere hoy a los intelectuales con pipa su aire de ascetismo moderno.

Y sin embargo, conservabas la cara de redentor; el águila majestuosa de tu gorra inexorablemente derecha extendía sus alas sobre tu frente, como si fuera la paloma del Espíritu Santo. Tu piel delgada y sensible a la luz. Los granos en tu carnosa nariz. Bajos los párpados superiores, atravesados por venitas rojizas. Y cuando llegué sin aliento ante ti, con el gato disecado detrás, en su vitrina, apenas se te agrandaron los ojos.

Primer sondeo humorístico:

– ¡Buenos días, suboficial Mahlke!

– Éxito fallido.

– Espero aquí a Klohse. Está dando matemáticas en algunas de las clases.

– ¡Claro! ¡Lo que se va a alegrar!

– Quiero hablarle acerca de la conferencia.

– ¿Estuviste ya en el aula?

– Tengo ya preparada la conferencia en todos sus detalles.

– ¿Viste a las mujeres de la limpieza? Están enjabonando ya los bancos.

– Echaré luego una ojeada con Klohse y veremos cómo quedan las sillas en la tarima,

– ¡Lo que se va a alegrar!

– Insistiré en que la conferencia sea sólo para los alumnos del cuarto año en adelante.

– ¿Ya sabe Klohse que lo estás esperando?

– La señorita Hersching, de la secretaría, se lo ha comunicado.

– ¡Claro! ¡Lo que se va a alegrar!

– Será una conferencia muy breve, pero concentrada.

– Bueno, hombre, cuenta un poco cómo lo has conseguido, y en tan poco tiempo.

– Paciencia, querido Pilenz, en mi conferencia trataré de todos los problemas relacionados con la condecoración.

– ¡Hombre, sí que se va a alegrar Klohse!

– Le pediré que ni me introduzca ni me presente.

– ¿Y Mallenbrandt?

– Puede anunciar la conferencia el bedel, y basta.

– ¡Hombre, sí que…!

El timbre retumbó de un piso a otro y puso fin a todas las clases del instituto. Sólo en ese momento fue cuando Mahlke abrió completamente ambos ojos. Unas pocas pestañas, escasamente separadas unas de otras.

Su actitud había de dar la impresión de relajamiento, pero estaba listo para el salto. Inquieto por algo que parecía venir de atrás, me volví hacia la vitrina: no era un gato gris, sino más bien un gato negro el que se deslizaba hacia nosotros sobre sus patas blancas y nos mostraba su babero blanco. Los gatos disecados se deslizan de modo más real que los vivos. En una tarjeta de cartón se leía en bella caligrafía: Gato doméstico.

Viendo que después del timbre se había hecho el silencio y que el ratón se despertaba y el gato iba adquiriendo cada vez mayor importancia, me puse a mirar a la ventana e hice un par de chistes; dije asimismo algo acerca de su madre y de su tía, hablé, para animarlo, de su padre, de la locomotora de su padre, de la muerte de su padre en Dirschau y de la medalla del valor concedida a su padre con carácter póstumo:

– ¡Cómo se alegraría tu padre, si viviera!

Pero antes de que hubiera yo acabado de conjurar al padre y de tranquilizar al ratón respecto del gato, el director Waldemar Klohse se introdujo con voz firme y sonora entre nosotros.

Klohse no pronunció una sola palabra de felicitación, ni dijo "suboficial y portador del abretesésamo", o "señor Mahlke, me alegro mucho", sino que, como de paso y después que hubo manifestado especial interés por mi estancia en el Servicio del Trabajo y por las bellezas naturales de la Landa de Tuchel -allí se formó Löns, ¿recuerdas?-, lanzó sobre la gorra de Mahlke unas cuantas palabritas aseadas:

– Ve usted, Mahlke, después de todo lo ha logrado usted. ¿Ha ido ya a la Escuela Superior Horst Wessel? Mi estimado colega, el señor director doctor Wendt, se alegrará mucho. Supongo que no dejará usted de dar a sus antiguos condiscípulos una pequeña conferencia encaminada a fortalecer la fe en nuestras armas. ¿Quiere usted hacerme el favor de pasar un momento a mi despacho?

Y el Gran Mahlke, con los brazos en arco a manera de asas, siguió al director Klohse al despacho de la dirección, y al llegar a la puerta se quitó la gorra, dejando al descubierto su peinado descuidado: el bulto del cogote. Un alumno en uniforme camino de una solemne entrevista cuyo resultado no esperé, no obstante mi interés por saber lo que el ratón, ya muy despierto y emprendedor, le diría después a aquel gato disecado, sin duda, pero que seguía deslizándose.

¡Miserable triunfo! Una vez más sacaba yo ventaja. Bueno, espera y verás. Pero él no podrá ni querrá ni podrá ceder. Le echaré una mano. Puedo hablar con Klohse. Buscaré palabras que le vayan derecho al corazón. Lástima que se llevaran a Papá Brunies a Sutthof. Con su Eichendorff en el bolsillo, habría podido ayudarlo. Pero a Mahlke no había quien pudiera ayudarlo. Tal vez si yo hubiera hablado con Klohse. Así lo hice: por espacio de media hora me dejé echar palabras mentoladas a la cara, para acabar en una lamentable retirada: -Conforme a los criterios humanos, es probable que tenga usted razón, señor director. Pero, ¿es que teniendo en cuenta, quiero decir, en este caso particular, no se podría tal vez? Por una parte lo comprendo a usted perfectamente.

El factor incontrovertible: la disciplina del establecimiento. Lo que se ha hecho una vez no puede deshacerse, pero, por otra parte, como perdió tan tempranamente a su padre… Hablé también con el reverendo Gusewski, y con Tula Pokriefke, para que ella hablara a Störtebeker y su banda.

Fui a ver a mi antiguo jefe de grupo de la Nueva Promoción. A resultas de Creta, tenía una pierna de madera, estaba sentado detrás de un escritorio en la dirección regional de la Winterplatz, se entusiasmó con mi propuesta y se puso a echar pestes contra los maestros:

– ¡Claro que lo haremos! Que venga a verme, ese Mahlke. Lo recuerdo vagamente. ¿No fue él quien? Bueno, eso es otro cuento.

Convocaré a todos los que pueda. Inclusive la Federación de Muchachas Alemanas y la Asociación Femenina. Organizaré una sala frente a la Administración de Correos, con trescientos cincuenta asientos… Y el reverendo Gusewski quería reunir en su sacristía, ya que no disponía de otra sala pública, a las damas de la parroquia y a una docena de trabajadores católicos. -Para que la conferencia encaje en el marco eclesiástico -propuso el reverendo Gusewski-, su amigo podría tal vez empezar con algo sobre San Jorge y terminar señalando la eficacia y la fuerza de la plegaria en los momentos de grandes peligros y calamidad. -Daba por descontado un gran éxito.

Lo mismo con aquel sótano que los adolescentes de Störtebeker y de Tula Pokriefke querían poner a disposición de Mahlke.

Un tal Rennwand, al que yo conocía ya superficialmente -era monaguillo en la iglesia del Sagrado Corazón- me fue presentado por Tula, hizo una serie de alusiones misteriosas y dijo que le extenderían a Mahlke un salvoconducto, pero que tendría que depositar su pistola:

– Por supuesto, si viene tendremos que vendarle los ojos.

Y tendrá también que firmar una declaración jurada comprometiéndose a no delatarnos, etc.; meros formalismos, claro. Por supuesto, pagamos bien. Ya sea en dinero o en relojes del ejército. Tampoco nosotros hacemos nada gratis. Pero Mahlke no aceptó ni lo uno ni lo otro, ni que se le pagara. Traté de picarlo:

– ¿Qué quieres, pues? Nada te parece bastante. ¿Por qué no vas a Tuchel-Norte? Allí hay ahora otra quinta. El cabo de inspección y el cocinero jefe te conocen ya de antes y se alegrarán sin duda alguna si te presentas allí y les das una conferencia.

Mahlke escuchaba todas las propuestas con calma y aun sonriendo ocasionalmente, aprobaba can la cabeza, hacía preguntas concretas acerca de la organización de los actos planeados, pero, cuando ya nada parecía oponerse al proyecto en consideración, acababa rechazándolo todo en forma brusca y malhumorada, incluso una invitación de la dirección regional del Partido; porque desde el principio no había tenido más que un solo objetivo: el aula de nuestra escuela. Quería aparecer en aquella luz cuajada de polvo que se filtraba por los ventanales neogóticos.

Quería hablar ante el hedor de los trescientos escolares que ventoseaban sonora o silenciosamente. Quería tener a su alrededor y detrás las bruñidas cabezas de sus antiguos maestros. Quería tener frente a sí, al otro extremo del aula, el retrato al óleo que mostraba, lechoso e inmortal bajo un espeso barniz, al fundador del Instituto, Barón de Conradi.

Quería entrar en el aula por una de las puertas de dos hojas, pardas de viejas, y salir por la otra después de un breve discurso posiblemente intencionado; pero allí estaba Klohse con sus pantalones a cuadritos y ante ambas puertas a la vez: "Como soldado debería usted saberlo, Mahlke. No, esas mujeres enjabonaban los bancos sin motivo especial, y, en todo caso, no para usted, no para su discurso.

Por muy ingenioso que sea su plan, no se puede llevar a cabo: mucha gente, reténgalo bien, se desvela toda su vida por tener ricas alfombras, y sin embargo muere sobre las rudas planchas del piso. Aprenda usted a renunciar, Mahlke".

Y Klohse cedió un poco, convocó una conferencia, y la conferencia decidió, de acuerdo con el director de la Escuela Superior, Horst Wessel: "La disciplina del establecimiento exige que…" Y Klohse se hizo confirmar por el Consejo Superior de Enseñanza que un antiguo alumno cuyos antecedentes, incluso si, o precisamente habida cuenta de la gravedad de la situación, aunque sin atribuir al asunto en cuestión, con todo, una importancia exagerada, mayormente por cuanto el caso de referencia quedaba ya bastante atrás, no obstante y debido a carecer el mismo de precedente, los claustros de ambos Institutos habían llegado al acuerdo de que…

Y Klohse escribió una carta estrictamente personal. Y Mahlke leyó que Klohse no podía obrar como sería su deseo hacerlo. Que por desgracia el tiempo y las circunstancias eran tales que un educador experimentado y consciente de las responsabilidades de su cargo no podía dejar que su corazón hablara simple y paternalmente; hacía un llamado, en beneficio de la Institución y de acuerdo con el tradicional espíritu conradino, a su sentido del deber; por lo demás, se proponía asistir de buen grado a la conferencia que a no tardar y sin resentimiento alguno, así lo esperaba, daría Mahlke en la Escuela Superior Horst Wessel a menos que, de acuerdo con lo que ha constituido desde siempre el más honroso galardón del verdadero héroe, optara por la parte más excelsa de la oratoria y se decidiera, así, a guardar silencio.

Pero el Gran Mahlke se encontraba en una avenida parecida a aquella avenida en forma de túnel cerrada arriba por el ramaje, espinosa y huérfana de pájaros, del Parque del Castillo de Oliva, que no tenía salidas laterales y constituía sin embargo un laberinto: se pasaba el día durmiendo o jugando a las damas con su tía, como esperando, cansado e inactivo, el fin de su licencia, y de noche, en cambio, vagaba conmigo -él delante, yo detrás o, a lo sumo, a su lado- por el barrio de Langfuhr.

Pero no vagábamos al azar, sino que recorríamos en ambos sentidos aquella silenciosa y distinguida avenida de Baumbach que observaba escrupulosamente las prescripciones de la defensa antiaérea y en la que había ruiseñores y vivía el director Klohse.

El cansancio me vencía detrás de su uniforme: "No hagas tonterías. Ya ves que es imposible. Por otra parte, ¿a ti que más te da? Para los pocos días que te quedan de licencia. ¿Cuántos días te quedan todavía exactamente? Mira, no hagas tonterías…" Pero el Gran Mahlke no escuchaba esa letanía de consejos.

Tenía en sus oídos separados de la cabeza una melodía muy distinta. Hasta las dos de la madrugada asediábamos la avenida de Baumbach y a sus dos ruiseñores.

En un par de ocasiones tuvimos que dejarlo porque iba acompañado. Pero cuando después de cuatro noches de acecho el director Klohse apareció por fin solo hacia las once de la noche -alto y delgado, con sus pantalones a cuadros pero sin sombrero ni abrigo, porque el aire era tibio- y, viniendo del Schwarzer Weg, empezó a subir por la avenida de Baumbach, la mano del Gran Mahlke salió disparada del bolsillo y agarró el cuello de la camisa de Klohse juntamente con su corbata de paisano.

Aplastó al educador contra una verja de hierro forjado tras la cual florecían unas rosas que, por estar todo tan oscuro, olían particularmente fuerte -más fuerte aún de lo que trinaban los ruiseñores- e inundaban el aire de fragancia. Y Mahlke siguió el consejo epistolar de Klohse, escogió la parte mejor de la oratoria, el silencio heroico, y sin decir palabra le dio al director a izquierda y derecha de la cara afeitada, con el dorso y con la palma de la mano.

Los dos, rígidos y formales. Sólo las palmadas sonoras y elocuentes, porque también Klohse tenía cerrada su boquita y no quería mezclar su aliento mentolado con el aroma de las rosas. Esto sucedió un jueves y duró apenas un minuto.

Dejamos a Klohse junto a la verja. Mejor dicho, Mahlke dio media vuelta primero y se fue al paso largo de sus botas por la acera sembrada de gravilla bajo el arce rojo, que proyectaba desde arriba una sombra negra.

Yo traté de presentar a Klohse, en nombre de Mahlke y del mío, algo así como una excusa. Pero el abofeteado declinó con un gesto de la mano; no parecía ya abofeteado, sino que se mantenía erguido, y su silueta oscura, soportada por el olor de las flores y por las voces de los pájaros, encarnaba en aquel momento la Institución, la escuela, la fundación conradina, el espíritu conradino, el Conradinum; porque tal era el nombre de nuestro Instituto.

De allí y a partir de aquel minuto nos fuimos por las desiertas calles suburbanas y ya no se volvió a pronunciar entre nosotros el nombre de Klohse.

Mahlke hablaba derecho ante sí, en forma pronunciadamente objetiva, de problemas que en aquella edad podían preocuparle, lo mismo que en parte también a mí. Tales como: ¿Hay otra vida después de la muerte? O bien: ¿Crees tú en la transmigración de las almas? Mahlke charlaba por los codos:

– Últimamente he leído bastante a Kierkegaard. Tendrás que leer sin falta a Dostoyewski, sobre todo cuando estés en Rusia.

Te aclarará una cantidad de cosas, la mentalidad y todo eso. Varias veces nos detuvimos en los puentes que cruzan el Striessbach, arroyuelo lleno de sanguijuelas. Daba gusto reclinarse sobre el pretil y esperar a que salieran las ratas. Cada puente hacia pasar la conversación desde lo banal, tal como la consabida erudición escolar acerca de los buques de guerra, su blindaje, dotación y velocidad en nudos, hasta la religión y las llamadas últimas preguntas.

Sobre el pequeño puente de Neuschottland contemplamos primero un buen rato el cielo estrellado de junio, y luego, cada cual por su parte, dejamos vagar la mirada por el arroyo. Y dijo Mahlke, a media voz, en tanto que abajo, arrastrando consigo los vapores de levadura de la cervecería de Aktien, el desagüe superficial del estanque de ésta se rompía contra las latas vacías de conservas allí amontonadas:

– Por supuesto, no creo en Dios.

La clásica patraña para idiotizar a la gente. La única en quien creo es la Virgen María. Por eso no me casaré nunca. La frasecita era demasiado grave y confusa como para pronunciarse sobre un puente.

Se me quedó grabada. Y ahora, dondequiera que un puentecito se tiende sobre un arroyuelo o un canal, siempre que abajo el agua hace gárgaras y se rompe contra todo lo que la gente desordenada suele echar en todas partes desde los puentes a los arroyos y canales, veo a mi lado a Mahlke, con sus botas, sus pantalones bombachos y su chaqueta de mono de cazador de tanques; lo veo inclinarse sobre el pretil, dejando que el gran objeto cuelgue verticalmente de su cuello, como un solemne payaso triunfador, por la fe irrefutable, del gato y el ratón:

– Por supuesto, no en Dios. La clásica patraña. La única es la Virgen.

No me casaré. Y dijo todavía una porción de cosas que cayeron en el Striessbach.

Tal vez dimos diez vueltas a la Plaza Max Halbe y recorrimos una docena de veces el Heeresanger de arriba abajo y viceversa.

Nos detuvimos indecisos en la terminal de la línea número 5. Contemplamos, no sin envidia, a los conductores y conductoras -estas últimas con ondulación permanente- que estaban sentados en los remolques de cristales pintados de azul oscuro, hincando el diente en sus emparedados y bebiendo de sus termos…y una vez vino un tranvía -o habría debido venir- en el que Tula Pokriefke, que desde hacía ya varias semanas prestaba servicio militar auxiliar, operaba como conductora, con la gorra ladeada sobre la cabeza.

Habríamos conversado los tres y yo le hubiera pedido indudablemente una cita si hubiera manejado la línea 5. Pero sólo vimos vagamente su pequeño perfil detrás del turbio cristal azul oscuro, y no estábamos seguros. Dije:

– Tendrías que probarlo con ésa.

Y Mahlke, atormentado: -Te acabo de decir que no me casaré.

Yo: -Eso te cambiaría las ideas.

Él: -¿Y quién me las volvería luego a cambiar?

Traté de bromear: – La Virgen María, claro.

Parecía tener reparos: -¿Y si estuviera ofendida?

Me ofrecí de mediador: -Si quieres, mañana ayudaré a Gusewski en la misa.

Su respuesta fue rápida y sorprendente:

– ¡De acuerdo!

Y se fue hacia aquel remolque que seguía prometiendo el perfil de Tula Pokriefke como conductora. Antes de que subiera, le grité:

– ¿Cuántos días te quedan aún de licencia?

Y el Gran Mahlke dijo desde la puerta del remolque:

– Mi tren salió hace cuatro horas y media, y si no ha ocurrido nada anormal debe estar ya llegando a Modlin.

XIII

Misereatur vestri omnipotens Deus, et dimissis peccatis vestris… Las palabras salieron ligeras como burbujas de jabón de los labios fruncidos del reverendo Gusewski, tomaron todos los colores del arco iris, se balancearon un momento en el aire, indecisas al desprenderse de la caña invisible, subieron finalmente, reflejaron las ventanas, el altar y la Virgen; te reflejaron a ti a mí a todo, y explotaron sin dolor así que la Bendición empezó a su vez a, desprender burbujas: Indulgentiam, absolutionem et remissionem peccatorum vestrorum…

Pero en cuanto el Amén de los siete u ocho feligreses hubo hecho estallar también estas nuevas bolas aladas, Gusewski levantó la Hostia, infló con los labios perfectamente en círculo la mayor de las burbujas, que tembló por un momento como asustada en la corriente de aire, y la desprendió con la punta de su lengua carmesí: fue subiendo, subiendo, y finalmente cayó cerca del segundo banco frente al altar de la Virgen y se desvaneció sin ruido: Ecce Agnus Dei… Mahlke fue el primero en arrodillarse en el banco de la comunión, aun antes de haberse repetido por tres veces el "Señor yo no soy digno de que tú ingreses en mi morada".

Y no había yo terminado todavía de guiar al reverendo Gusewski hasta el pie de las gradas y hacia el banco, cuando ya él echaba la cabeza para atrás, ponía su cara, que el desvelo de la noche anterior hacía más larga, paralela al techo de cemento enjalbegado de la capilla, y se separaba los labios con la punta de la lengua.

Era el momento en que el sacerdote esbozaba arriba de él, con la hostia que le estaba destinada, la pequeña y breve señal de la cruz: su cara sudaba.

El rocío brillaba en sus poros y empezaba a correr.

No se había afeitado: los cañones de su barba hendían las perlas. Los ojos se le salían como si estuvieran cociéndose. Es posible que el negro de la guerrera de cazador de tanques realzara la palidez de su cara. Tenía la lengua espesa, pero no tragaba.

El objeto aquél de hierro que había de recompensar el garrapateo infantil y el tachado de tantos tanques rusos formaba la cruz sobre el botón superior del cuello de su camisa y permanecía indiferente.

Sólo cuando el reverendo Gusewski depositó la hostia sobre la lengua de Mahlke y éste recibió la frágil oblea, tuviste que tragar; el metal siguió el movimiento. Celebremos los tres una vez más y para siempre el sacramento: tú estás arrodillado y yo detrás, a cubierto. El sudor te agranda los poros.

El reverendo deposita la hostia sobre tu lengua sucia. Hace sólo un instante, los tres nos juntábamos todavía en una misma palabra, pero ahora un mecanismo tira de tu lengua.

Los labios se vuelven a juntar. Tu deglución sigue su curso, y al ver que el gran objeto reproduce el movimiento sé que el Gran Mahlke abandonará la capilla de Santa María fortalecido, que su sudor se secará; y si inmediatamente después tu cara brillaba húmeda todavía, era por la lluvia.

Fuera delante de la capilla, lloviznaba. En la seca sacristía dijo Gusewski:

– Estará afuera esperando. Tal vez deberíamos invitarlo a entrar, pero…

Y yo dije:

– No se preocupe usted, reverendo, yo me ocuparé de él.

Gusewski, con las manos en las bolsitas de lavanda del armario:

– Supongo que no hará ninguna tontería. Lo dejé con sus vestiduras, sin ofrecerme a ayudarlo.

– Será mejor que se las quite usted mismo, reverendo.

– Pero a Mahlke, cuando lo tuve delante de mí, empapado en su uniforme, le dije:

– Idiota, ¿qué haces aquí parado? Apresúrate a llegar cuanto antes al cuartel de tu unidad en Hochstriess. Inventa cualquier cosa para explicar tu retraso. Yo no quiero complicaciones.

Con estas palabras hubiera debido dejarlo, pero me quedé, y me mojé. La lluvia une. Lo intenté con buenas razones:

– No te van a comer por ello. Puedes, decir que le pasó algo a tu madre o a tu tía. Hice una pausa.

Mahlke asentía con la cabeza, dejaba de vez en cuando pender su mandíbula inferior y se reía sin motivo. De pronto se soltó:

– Fue fantástico lo de anoche con la pequeña Pokriefke. Nunca lo hubiera creído. Es totalmente distinta de lo que aparenta. Así que te lo confieso honradamente: es por ella por lo que no quiero volver. Al fin, ya he hecho mi parte, ¿o no? Presentaré una solicitud. Pueden trasladarme a Gross Boschpol como instructor, si quieren. Ahora les toca a otros. No es que tenga miedo, no; lo que pasa es que ya estoy harto. ¿Comprendes? No me dejé enredar y lo apreté:

– Así que a causa de la Pokriefke, ¿eh? Pues has de saber que ella conduce la línea 2 a Oliva, y no la 5. Eso lo sabe aquí todo el mundo. Lo que tú tienes es miedo; eso sí lo comprendo. Se empeñaba en que había habido algo entre ellos:

– Sí, con Tula, te lo aseguro. Y fue en su casa, en la Elsenstrasse; a la madre le tiene sin cuidado. Pero tienes razón, estoy harto. Y tal vez sea cierto que tengo miedo. Lo tenía hace un momento, antes de la misa. Pero ahora ya pasó.

– Y yo que pensaba que no creías en Dios y en todo eso.

– Eso nada tiene que ver.

– Bueno, olvidémoslo. Y ahora ¿qué?

– Tal vez podríamos ver con Störtebeker y sus muchachos. Tú los conoces, ¿verdad?

– No, querido. Con la banda ya no quiero tener nada que ver. Empiezas con el meñique y luego… Mejor se lo hubieras pedido a la Pokriefke, si es que estuviste en su casa…

– Pero entiéndelo, es evidente que no me puedo dejar ver en la Osterzeile. Si a estas horas no están allí ya, es seguro que no tardarán mucho, ¿no podría quedarme un par de días en vuestro sótano?

Tampoco con esto quise tener nada que ver:

– Escóndete en cualquier otro sitio. Tenéis parientes en el campo, ¿no?, o bien en casa de la Pokriefke, o en el cobertizo de la ebanistería de su tío… o en el bote.

La palabra surtió su efecto. Cierto que Mahlke dijo todavía:

– ¿Con este cochino tiempo? -pero, en realidad, ya todo estaba decidido: por más que yo me negara obstinadamente y con abundantes razones a acompañarlo al bote y hablara a mi vez del cochino tiempo, es evidente que ya empezaba a vislumbrarse que tendría que hacerlo: la lluvia une.

Tardamos más de una hora en hacer el viaje de Neuschottland a Schellmühl y regreso, y luego otra vez el largo Posadowskiweg arriba. Nos resguardamos un par de veces por lo menos bajo las columnas anunciadoras, llenas siempre todo alrededor de los mismos carteles contra el robo de carbón y el despilfarro, y proseguimos luego la carrera.

Desde la entrada principal del Hospital Municipal para Mujeres percibimos ya el escenario familiar: detrás del terraplén del tren y de los copudos castaños se asomaban el tejado de dos vertientes y el campanario del Instituto, el cual, pese a los años, seguía manteniéndose incólume; pero él no miraba hacia allí, o veía otra cosa.

Luego esperamos media hora, con tres o cuatro alumnos de la escuela pública, bajo el techo sonoro, de lámina, de la caseta de la parada de la Reichsholonie.

Los muchachos practicaban el boxeo y se empujaban unos a otros fuera del banco. Mahlke les volvía la espalda, pero de nada le sirvió.

Dos de ellos se nos acercaron con los cuadernos abiertos y dijeron algo en dialecto cerrado, y yo les pregunté:

– ¿Es que no tenéis escuela?

– Sí, pero sólo a las nueve, si es que vamos.

– Está bien, pero daos prisa.

Mahlke escribió en la última página de ambos cuadernos y en la primera línea de arriba, a la izquierda, su nombre y grado. Pero los muchachos no se dieron por satisfechos, sino que querían que anotara también el número exacto de los tanques destruidos, y Mahlke condescendió: escribió, como si llenara giros postales, primero en cifras y luego con letras, y con mi pluma hubo de repetir el verso en otros dos cuadernos más. Estaba ya a punto de tomarle la pluma cuando uno de los muchachos quiso saber todavía:

– ¿En dónde los voló usted, en Byelogrado o en Zhitomir?

Mahlke hubiera debido asentir simplemente con la cabeza y nos habrían dejado en paz. Pero en lugar de eso susurró con voz empañada:

– No, muchachos, la mayoría de ellos en la región de Kovel-Brody-Brezany. Y en abril, cuando desbaratamos el Primer Ejército Motorizado junto a Buczacz. Tuve que volver a destornillar mi pluma, porque los muchachos querían tenerlo todo por escrito, y silbaron para que vinieran a la caseta otros dos escolares que estaban afuera, bajo la lluvia. Seguía sirviendo de escritorio la misma espalda de muchacho.

Su dueño quería enderezarse y presentar también su cuaderno, pero los demás no lo dejaron: alguien tenía que sacrificarse. Y Mahlke, con escritura cada vez más temblorosa -aparte de que volvía a salirle el sudor por los poros-, hubo de escribir Kovel y Brody-Brezany, Cerkassy y Buczacz. Era un disparadero de preguntas de aquellas relucientes caras pringosas:

– ¿Estuvo usted también en Krivoi Rog?

Todas las bocas abiertas. En todas faltaban dientes. Los ojos, del abuelo paterno. Las orejas, en cambio, de la madre. Pero todos con sus agujeros de la nariz.

– Y ¿adónde lo van a transferir ahora?

– No seas tonto, ¿no sabes que eso no lo puede decir? ¿Por qué preguntas?

– Apuesto a que va a tomar parte en la invasión.

– No, a éste lo guardan para después de la guerra.

– Pregúntale si ha estado también en el CG del Führer.

– ¿Estuviste, tío?

– Idiota, ¿no ves que es un suboficial?

– ¿No lleva usted de casualidad alguna foto suya encima?

– Es que las coleccionamos, ¿sabe usted?

– ¿Cuánto tiempo tiene usted todavía de licencia?

– Sí, ¿cuánto tiempo?

– ¿Estará aquí mañana todavía?

– ¿O cuándo termina su licencia?

Mahlke se abrió paso por entre las mochilas. Mi pluma se quedó en la caseta. Carrera de resistencia en pleno diluvio.

Hombro con hombro saltando charcos: la lluvia une. Sólo pasado el Estadio nos deshicimos de ellos.

Siguieron gritando todavía por algún tiempo y no fueron a la escuela. Todavía a la fecha tratan de devolverme la pluma.

Entre los huertos suburbanos atrás de Neuschottland tratamos de recobrar el aliento.

Yo estaba furioso y mi cólera iba en aumento. Con índice acusador señalé la maldita golosina, y Mahlke se la quitó rápidamente del cuello. También ella pendía, corno antes el destornillador, de una cordonera. Mahlke me la quiso dar, pero decliné:

– No, gracias: ¡para lo que sirve!

Sin embargo, no arrojó el hierro a los matorrales; tenía un bolsillo en la parte trasera del pantalón. ¿Cómo iba a salir de allí? Las grosellas estaban verdes; Mahlke empezó a cogerlas con las dos manos.

Mi pretexto buscaba palabras. El comía y escupía los pellejos.

– Espérame aquí como media hora. No tienes más remedio que llevarte algunas provisiones, porque si no, no vas a poder aguantar mucho en el bote.

Si Mahlke hubiera dicho: "Bueno, pero vuelve", es seguro que yo me habría escabullido. Pero sólo dijo que sí con la cabeza. Con los diez dedos siguió cosechando por entre las tablas del vallado en las matas, y con la boca llena forzó mi lealtad: la lluvia une.

Abrió la tía de Mahlke. Qué bueno que su madre no estuviera en casa. Cierto que yo hubiera podido juntar algunos comestibles en la mía. Pero me dije: ¿para qué tiene él a su familia? Por otra parte, sentía cierta curiosidad en relación con la tía. Pero me llevé una decepción. Parapetada tras su delantal, no hizo ninguna pregunta. A través de las puertas abiertas olía allí a algo que embotaba los dientes: en casa de Mahlke cocían ruibarbo.

– Es que estamos organizando una pequeña fiesta en honor de Joaquín, ¿sabe? De beber tenemos bastante, pero, en caso que tuviéramos apetito…

Sin decir más se fue a buscar a la cocina dos latas de carne de cerdo de a kilo, y trajo también un abrelatas.

Pero no era el mismo que Mahlke había subido del bote cuando encontró las ancas de rana en la despensa del barco. Mientras ella buscaba y ponderaba lo que mejor podría llevarme -los Mahlke tenían siempre los armarios repletos, ya que, con sus parientes en el campo, sólo necesitaban abrir la boca- sentía yo que me flaqueaban las piernas en el corredor y contemplaba aquella foto apaisada que mostraba al padre de Mahlke y al fogonero Labuda.

La caldera no estaba encendida. Al volver la tía con una red para provisiones y papel de periódico para las latas, dijo:

– Y si queréis comer de la carne de cerdo, conviene que la calentéis primero un poquitín, porque si no es demasiado fuerte y os va a dar dolor de barriga.

Suponiendo que al despedirme hubiera preguntado si había ido alguien por allí preguntando por Joaquín, la respuesta habría sido negativa. Pero no pregunté nada, y ya en la puerta dije simplemente:

– Joaquín les envía muchos saludos -pese a que Mahlke no me hubiera encargado saludo alguno, ni siquiera para su madre.

Tampoco él mostró la menor curiosidad cuando de regreso volví a toparme con su uniforme, bajo la misma lluvia. Colgué la red de una de las estacas de la valla y me froté los dedos estrangulados. El seguía devorando las grosellas verdes, obligándome, lo mismo que su tía, a preocuparme por su bienestar físico:

– ¡Te vas a estropear el estómago con eso!

Pero Mahlke, después que hube dicho: "Vámonos", arrebató todavía tres puñados a las matas goteantes, se las metió en los bolsillos y, mientras dábamos un gran rodeo en torno a Neuschottland y las calles entre el Wolfsweg y el Bärenweg, siguió escupiendo los pellejos duros. Y seguía tragando grosellas cuando estábamos ya en la plataforma trasera del remolque y dejábamos atrás en la lluvia, a mano izquierda, el Puerto Aéreo. Me irritaba con sus grosellas.

Por otra parte, la lluvia amainaba. El gris del cielo se hizo lechoso, y me daban ganas de bajar y de dejarlo plantado con ellas. Pero me limité a decir:

– En tu casa habían ido ya dos veces a preguntar por ti. Unos de paisano.

– ¿Ah, sí? -Siguió escupiendo pellejos sobre los listones del piso de la plataforma.- Y mi madre, ¿sospecha algo?

– Tu madre no estaba, sólo vi a tu tía.

– Habría ido de compras.

– Lo dudo.

– Entonces estaría en casa de los Schielkes para ayudarlos a planchar.

– Por desgracia, tampoco estaba allí.

– ¿Quieres unas grosellas?

– La fueron a buscar y se la llevaron a Hochstriess.

No quería decírtelo. Sólo poco antes de llegar a Brösen se le acabaron las grosellas, pero él seguía buscando en los bolsillos empapados cuando caminábamos ya por la playa, donde la lluvia había marcado su impronta. Y cuando el Gran Mahlke oyó el chapaleo del agua en la playa y sus ojos vieron el Báltico con el bote a manera de telón lejano y las sombras de algunos barcos en la rada, dijo: "No puedo nadar" al tiempo que yo me quitaba los zapatos y el pantalón. El horizonte trazaba una línea recta en sus pupilas.

– No me vengas ahora con bromas de mal gusto.

– No, en serio, tengo dolor de vientre. ¡Condenadas grosellas!

Me puse a echar pestes y a buscar y a maldecir, y acabé hallando en el bolsillo de mi chaqueta un marco y algunas monedas. Con ello corrí a Brösen y alquilé una barca al viejo Kreft por un par de horas. No fue ni mucho menos tan fácil como aquí se dice por más que Kreft sólo hizo unas cuantas preguntas y me ayudó él mismo a empujar la barca. Cuando llegué a la playa, Mahlke se estaba revolcando en la arena, con todo y su uniforme de cazador de tanques. Tuve que darle de puntapiés para que se levantara. Temblaba, sudaba y se apretaba los dos puños en el hueco del vientre; con todo, todavía me cuesta trabajo creer que su dolor de vientre fuera cierto, no obstante las grosellas verdes en su estómago en ayunas.

– ¿Por qué no vas detrás de las dunas? ¿Qué esperas? ¡Anda!

Se fue encorvado, arrastrando los pies, y desapareció detrás del matorral. Tal vez hubiera podido ver su gorra, pero no aparté la vista del rompeolas, aunque el mar estaba desierto. Volvió encorvado todavía, pero me ayudó a poner la barca a flote. Lo hice sentarse a la popa, le puse la red con las latas de conservas sobre las rodillas, y el abrelatas, envuelto en el papel de periódico, en las manos. Cuando el agua se fue oscureciendo pasado el primer banco de arena y luego el segundo, le dije:

– Ahora puedes remar un poco tú también.

El Gran Mahlke ni siquiera sacudió la cabeza; seguía encorvado en su asiento, agarrándose con fuerza al abrelatas envuelto y mirando a través de mí, pues estábamos sentados el uno frente al otro. Aunque desde entonces no he vuelto jamás a poner los pies en un bote de remos, aún seguimos así sentados uno frente a otro: y sus dedos se agitan nerviosos.

El cuello sin nada alrededor, pero la gorra bien derecha. De los pliegues de su uniforme se escurre algo de arena. No llueve, pero le perlea la frente.

Todos y cada uno de sus músculos, rígidos. Los ojos como para vaciárselos con una cuchara. ¿Con quién ha cambiado la nariz? Le tiemblan las rodillas.

No hay gato alguno en el mar, y sin embargo el ratón está asustado. Y eso que no hacía frío. Solamente cuando las nubes se partían y el sol se filtraba por los huecos la superficie apenas ondulante se llenaba aquí y allá de escalofríos que asaltaban también nuestra barca. "Rema tú un poco, para que entres en calor." La respuesta de la popa era un castañetear de dientes, y palabras entrecortadas que llegaban al mundo entre gemidos periódicos:…"de qué le sirve a uno.

Si alguien me hubiera prevenido. Por semejantes tonterías. Y sin embargo mi conferencia hubiera estado realmente bien. Hubiera empezado con la descripción del sistema de puntería, luego las granadas perforantes, los motores Maybach y demás.

De artillero, tenía que salir cada dos por tres, inclusive bajo el fuego, para apretar los pernos. Pero no hubiera hablado sólo de mí. También de mi padre y de Labuda. Brevemente del accidente ferroviario de Dirschau.

Y cómo por la abnegación de mi padre. Y que en mi puesto de artillero pensaba siempre en mi padre.

Murió sin los auxilios cuando. Gracias también por los cirios. Oh, siempre pura. La que en tu resplandor inmaculado. Llena de gracia. Sí, señor. Porque lo demostró desde mi primera entrada en campaña al norte de Kursk. Y en medio de la confusión, cuando el contraataque junto a Orel.

Y como en agosto la Virgen en el Vorskla. Todos se burlaban de mí y hasta llegaron a convencer al capellán de la División. Pero luego logramos estabilizar el frente.

Lástima que me trasladaran al sector central. De no haber sido así, lo de Jarkov no habría sido tan rápido. Y no tardó en aparecérseme de nuevo junto a Korosten, cuando el 59° Cuerpo.

Y nunca llevaba al Niño, sino siempre la foto. Ésta, ¿sabe usted, señor director? La tenemos colgando en nuestro corredor junto a la bolsa de los cepillos. Y no la mantenía a la altura del pecho, sino más abajo.

Muy claramente percibía yo en ella la locomotora. Necesitaba sólo apuntar entre mi padre y Labuda. Cuatrocientos. Tiro directo.

Ya lo viste tú, Pilenz, doy siempre entre la torre y la bañera. Para ventilarlos. No, señor director, no me ha hablado. Pero, si he de decir la verdad, conmigo no tiene ninguna necesidad de hablar. ¿Pruebas? Le digo que tenía la foto.

O bien en matemáticas. Cuando usted explica y parte del hecho de que las paralelas se cortan en el infinito, resulta de ello, no puede usted negarlo, algo así como trascendencia. Y así fue también en el dispositivo de defensa junto a Kasatin.

El tercer día de Navidad, por más señas. Venía de la izquierda, en dirección al bosquecillo a velocidad de marcha treinta y cinco.

Sólo necesitaba apuntar, apuntar y apuntar. A la izquierda, Pilenz, nos estamos desviando del bote". Durante su conferencia, sólo castañeteada al principio pero esbozada luego con dientes controlados, Mahlke se las arreglaba para vigilar el curso de nuestra barca y para imponer mediante su dicción un ritmo que me tenía la frente bañada en sudor, en tanto que sus poros se secaban y cesaban.

Ni durante el tiempo de un solo golpe de remos estuve seguro de si arriba de las superestructuras del puente que se iba agrandando veía él o no algo más que las gaviotas habituales. Antes de que atracáramos, había recuperado su tranquilidad, jugaba distraídamente con el abrelatas sin papel y no se quejaba de dolor de vientre.

Subió al bote antes que yo, y cuando hube amarrado la barca, empezó a manipular alrededor de su cuello: la gran golosina del bolsillo trasero volvió arriba a su sitio. Frotación de manos, irrupción solar, estirar de miembros.

Mahlke iba de un lado a otro de la cubierta como en una toma de posesión, canturreaba para sí un fragmento de letanía, saludaba con la mano a las gaviotas de arriba y hacía el papel del tío jovial que después de una ausencia prolongada y aventurera viene a vernos, trayéndonos a sí mismo de regalo y dispuesto a celebrar el acontecimiento:

– ¡Hola, niños, los años no pasan por vosotros!

Me costaba trabajo seguirle la corriente:

– ¡Anda, acaba de una vez! El viejo Kreft sólo me ha alquilado la barca por hora y media.

Mahlke encontró en seguida el tono objetivo:

– Está bien, está bien. No hay que retener a los viajeros. Por lo demás, ¿ves aquel buque? Sí, el que está al lado del buque tanque, ese tan bajo. Me juego cualquier cosa a que es sueco. Pues ése es el que vamos a abordar esta noche en cuanto oscurezca, para que lo sepas. Procura estar aquí hacia las nueve. Bien puedo pedirte eso, ¿verdad?

Por supuesto, la visibilidad era mala y no había manera de distinguir la nacionalidad del carguero. Mahlke empezó a desvestirse con parsimonia y hablando al mismo tiempo por los codos. Cosas sin importancia: un poco de Tula Pokriefke: "¡Vaya pieza! ¡Palabra!". Chismes a propósito del reverendo Gusewski: "Dicen que trafica en el mercado negro, y con los paños del altar, o, por lo menos con los correspondientes cupones. Le han enviado un inspector de la Oficina de Economía".

A continuación algún chiste acerca de su tía: "Pero hay que decir en su favor, por lo menos, que siempre se llevó bien con mi padre, ya de niños, cuando los dos vivían en el campo". Y acto seguido el viejo cuento de la locomotora: "Y a propósito, podrías darte otra vuelta por la Osterzeile y traerte la foto, con el marco o sin él. Pero mejor déjala. Es mucho lastre".

Estaba allí con el calzón rojo de gimnasta que constituía un pedazo de tradición de nuestro Instituto. El uniforme lo había plegado cuidadosamente, formando con él el lío reglamentario y estibándolo detrás de la bitácora, su sitio habitual. Las botas en orden una al lado de otra, como a la hora de acostar se. Le pregunté:

– ¿Lo tienes todo, las latas? No te olvides del abridor.

Se hizo pasar la cruz del lado derecho al izquierdo y siguió disparatando desenfrenadamente toda clase de sandeces escolares, sin olvidar el antiguo jueguecito:

– ¿Cuál es el tonelaje del acorazado argentino Moreno? ¿Su velocidad en nudos? ¿Grueso del blindaje? ¿Año de construcción? ¿Cuándo fue transformado? ¿Cuántas piezas de quince coma dos tiene el Vittorio Veneto?

Contestábale yo de mala gana, y, sin embargo, contento al ver que no se me habían olvidado todavía las respuestas.

– ¿Vas a llevarte las dos latas a la vez?

– Veremos.

– No te dejes el abrelatas, ahí está.

– Eso se llama amor de madre.

– Está bien, pero si yo fuera tú me iría bajando de una vez a la bodega.

– De acuerdo. Aunque todo estará seguramente bien enmohecido abajo,

– Ni que te fueras a pasar el invierno.

– Lo principal es que el infiernillo funcione; alcohol no ha de faltar.

– Y si yo fuera tú, no tiraría esa cosa. Tal vez puedas venderla allá como recuerdo. Nunca se sabe.

Mahlke se lanzó el objeto de una mano a la otra. Y al alejarse sobre el puente, buscando la escotilla pasito a paso, iba balanceándose juguetonamente con las dos manos, pese a que la red con las dos latas le estrangulaba el brazo derecho.

Sus rodillas levantaban pequeñas olas. Una nueva irrupción del sol hacía que sus tendones y la columna vertebral proyectaran una sombra hacia la izquierda.

– Serán ya como las diez y media pasadas.

– Ni está esto tan frío como suponía.

– Suele ser siempre así después de la lluvia.

– El agua debe estar a diecisiete y el aire a diecinueve.

Más adelante de la boya de entrada había una draga en el canal. Se la veía trabajando, aunque el ruido sólo fuera ilusorio, ya que el viento iba en sentido contrario. También era ilusorio el ratón de Mahlke, porque cuando encontró con los pies el borde de la escotilla, sólo seguía mostrándome la espalda. Vuelve siempre a aguijonearme el oído la misma machacona pregunta: "¿Dijo algo más antes de bajar?"

De lo único que estoy seguro a medias es de aquella mirada de soslayo hacia el puente, por encima del hombro izquierdo. Se agachó un momento para mojarse, tiñendo de rojo oscuro el rojo-bandera del calzón de gimnasta, y con la derecha agarró fuertemente la red con las dos latas… pero, ¿y la golosina? No le colgaba del cuello, de eso estoy seguro. ¿La arrojaría sin que yo me diera cuenta? ¿Qué pez me la devolverá? ¿Dijo algo más por encima del hombro? ¿Hacia las gaviotas? ¿O hacia la playa y los barcos de la rada? ¿Maldijo a los roedores? No creo haber oído que dijeras: "¡Bueno, pues, hasta la noche!"

Se zambulló de cabeza cargado con dos latas de conservas: la espalda y el trasero siguieron al cogote. Un pie blanco dio una patada en el vacío. El agua arriba de la escotilla reanudó el juego habitual de su breve ondular.

En esto quité el pie del abrelatas. El abrelatas y yo nos quedamos atrás. ¡Si hubiera saltado a la barca y lo hubiera dejado, diciéndome: "Bah, ya se las compondrá sin él!" Pero me quedé, conté los segundos, dejé que la draga adelante de la boya de entrada llevara la cuenta con su noria, y también con mi angustia: treinta y dos, treinta y tres segundos herrumbrosos. Treinta y seis, treinta y siete segundos subiendo barro.

Cuarenta y uno, cuarenta y dos segundos mal aceitados; durante cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho segundos hizo la draga lo que pudo, con sus cubos que subían, se volcaban y volvían a bajar al agua; iba ahondando el canal de la entrada del puerto de Neufahrwasser y me ayudaba a mí a medir el tiempo. Mahlke debía de haber llegado a su meta y haberse introducido con las latas de conservas, sin abrelatas y con o sin aquella golosina que combinaba el dulzor con la amargura, en la antigua cabina del dragaminas polaco Rybitwa. No habíamos convenido señal alguna, pero bien pudiste haber dado algunos golpes.

Una vez y luego otra vez dejé que la draga contara por mí treinta segundos. Según todas las previsiones humanas, o como se diga, él había de… Las gaviotas me irritaban. Cortaban figuras en el aire, entre el bote y el cielo. Pero cuando sin motivo legible alguno las gaviotas dieron vuelta de repente y se alejaron, entonces me irritaron las gaviotas ausentes. Y empecé a golpear la cubierta del puente, primero con mis tacones y luego con las botas de Mahlke: saltaba en plaquitas la herrumbre, y a cada golpe se desmoronaba y se agitaba algo de los calcáreos excrementos de gaviota. Pilenz, con el abrelatas en el puño martilleante, gritaba:

– ¡Vuelve! ¡Vuelve! Te has olvidado el abrelatas, el abrelatas… -Pausas entre golpes y llamadas precipitadas, y luego rítmicamente acompasadas.

Desgraciadamente no conocía el sistema Morse, y sólo se me ocurría martillear dos-tres, dos-tres. Me enronquecía gritando:

– ¡A-bre-la-tas! ¡A-bre -la-tas! Desde aquel viernes sé lo que es el silencio. El silencio se produce cuando las gaviotas dan la vuelta y se van. Nada es capaz de provocar mayor sensación de silencio que una draga trabajando, cuando el viento se lleva en sentido contrario su estrépito de hierro.

Pero el mayor silencio lo produce Joaquín Mahlke, al no contestar a mi ruido. Así, pues, remé de regreso. Pero antes de remar, lancé el abrelatas en dirección de la draga, a la que sin embargo no atiné.

Así, pues, arrojé el abrelatas, remé de regreso, devolví la barca al pescador Kreft, tuve que pagar treinta pfennigs extra y dije:

– Es posible que vuelva al anochecer y vuelva a necesitar la barca.

Así, pues, arrojé, remé, devolví, pagué extra, me propuse volver, me senté en el tranvía y me fui, como suele decirse, a casa. Así, pues, después de todo no fui directamente a casa, sino que toqué el timbre en la Osterzeile, no formulé pregunta alguna, pero dejé que me entregaran la locomotora con el marco, ya que les había dicho a él y al pescador Kreft: "Es posible que vuelva al anochecer…" Así, pues, cuando llegué a casa con la foto apaisada, mi madre acababa de preparar la comida.

Comía con nosotros uno de los directivos del sindicato de la fábrica de vagones de ferrocarril. No había pescado, y además había para mí, al lado de mi plato, una carta de la comandancia del distrito militar. Así, pues, leí, leí y releí mi orden de incorporación. Mi madre empezó a llorar, poniendo en situación embarazosa al señor del sindicato.

– Pero si sólo me voy el domingo por la noche -dije, y a continuación, sin preocuparme por aquel señor-:

– ¿Sabes dónde están los binoculares de papá?

Con los binoculares, pues, y con la foto apaisada, me fui el domingo por la mañana, y no aquella misma noche como se había convenido (la niebla habría dificultado la visibilidad, y además había empezado de nuevo a llover), a Brösen, y busqué el sitio más alto entre las dunas de la playa poblada de pinos: el lugar delante del Monumento del Soldado. Subí al peldaño más alto de la plataforma del monumento (detrás de mí se erguía el obelisco que soportaba la bola dorada oxidada por la lluvia) y me estuve con los binoculares ante los ojos más de media hora, si no fueron tres cuartos.

Sólo cuando todo empezó a hacérseme borroso me los quité de los ojos y volvía la mirada hacia las matas de escaramujo. Así, pues, nada se movía en el bote. Se veían claramente dos botas vacías. Y revoloteando sobre la herrumbre algunas gaviotas, que de vez en cuando se posaban y llenaban de polvo la cubierta y los zapatos, pero, ¿qué más daban ya las gaviotas?

En la rada se veían los mismos buques de la víspera, pero no había ningún sueco entre ellos, ni tampoco ningún neutral. La draga apenas había cambiado de lugar. El tiempo prometía mejorar. Regresé a casa, Mi madre me ayudó a hacer la maleta de cartón.

Así, pues, hice la maleta: la foto apaisada la había sacado del marco y, como tú no la reclamaste, la puse abajo de todo. Sobre tu padre, el señor Labuda y la locomotora de tu padre, que no estaba bajo presión, apilé mi ropa interior, las baratijas usuales y mi diario, que luego se me perdió en Cottbus junto con la foto y las cartas. ¿Quién me escribiría ahora un buen final?

Porque lo que empezó con el gato y el ratón me atormenta hoy en forma de garza crestada en charcos rodeados de juncos. Y si rehuyo la naturaleza, son las películas documentales las que me muestran esas hábiles aves acuáticas. O bien las actualidades cinematográficas me deparan intentos de sacar a flote cargueros hundidos en el Rin, o trabajos subacuáticos en el puerto de Hamburgo: hay que hacer saltar los fortines de hormigón al lado de los astilleros de Howaldt, hay que dragar las minas aéreas.

Bajan unos hombres con cascos relucientes ligeramente abollados y vuelven a subir: se tienden brazos hacia ellos, se desatornillan la escafandra y se quitan el casco.

Pero no es nunca el Gran Mahlke el que enciende un cigarrillo en la pantalla centelleante: siempre son otros los que fuman.

Si viene algún circo a la ciudad, tiene asegurada mi entrada. Los conozco prácticamente todos, he hablado con este y con el otro payaso, en privado y detrás de los carros vivienda; pero estos señores suelen estar de mal humor y pretenden no haber oído nada acerca de uno de sus colegas llamado Mahlke. ¿Necesito añadir que en octubre del cincuenta y nueve fui a Regensburgo, a la asamblea de aquellos supervivientes que como tú habían conseguido la Cruz de Caballero?

No me dejaron entrar. Dentro tocaba o descansaba alternativamente una banda del Ejército Federal.

Durante una de las pausas te hice llamar desde el tablado de la banda por el teniente que mandaba el personal de guardia: "¡Se llama a la entrada al suboficial Mahlke!"

Pero tú no quisiste salir a la superficie.

***