/ Language: Español / Genre:sf

Guianeya

Gueorgui Martinov

La aparición cerca de la Tierra de dos enigmáticos satélites invisibles provocó inquietud entre los científicos. Fracasaron los intentos de acercarse a estos satélites, pues éstos escaparon de toda persecución. A poco tiempo otro enigma emocionó al mundo: en el observatorio cósmico ubicado en uno de los sateróides apareció una muchacha de otro mundo. Se podia suponer que Guianeya ayudaría a descubrir el enigma de los misteriosos satélites, pero callaba aunque sabia que los satélites amenazaban la vida de la Humanidad. Además se reveló que Guianeya conocía el español, pero se empeñaba en ocultarlo… La nueva novela de ficción de Martínov, de trama amena y sugestiva, trata acerca del humanismo y del triunfo del intelecto de las personas del futuro. Georgui Martinov nació en 1906. A los catorce años empezó a trabajar en una fábrica como aprendiz de electricista. Luego terminó por correspondencia una escuela superior para alcanzar el título de ingeniero. En 1953 apareció el primer libro de Martínov «220 días en una astronave». Después publicó las novelas «Caliste», «La hermana de la tierra», «Encuentro a través de los siglos», «Los calistianos» y «Guianeya», en las que desarrolla la idea sobre el posible encuentro de los habitantes de la Tierra con los representantes de civilizaciones de otros mundos del futuro. La presente obra fue editada en español dos veces y obtuvo gran popularidad. Cumpliendo numerosas peticiones del lector latinoamericano la editorial Mir la ha reeditado este año.

Gueorgui Martinov

Guianeya

Título original: Guianeya

Traducción: Justo Nogueira

Gueorgui Martinov 1974

Editorial MIR — Moscú

Ilustraciones de L. Rubinstein

Prólogo

1

Un círculo anaranjadoamarillo atravesado por una franja azul, se vio sobre la cinta de hormigón de la pista, cuando el vechebús se encontraba todavía a quinientos metros.

Inmóvil, de contorno bien definido, atravesado por los rayos solares que caían de un cielo despejado, brillaba como un sol que hubiera aparecido de repente sobre el mismo camino.

En el interior del vechebús resonó una voz que dijo:

— ¡Atención! Nos acercamos a la línea del sharex. El tren se encuentra a ciento diez kilómetros. ¡Los que quieran observar el paso del expreso que levanten la mano!

En los cómodos sillones del vechebús que no estaba ocupado ni en una cuarta parte, se encontraban sentadas treinta personas. Dieciocho pasajeros levantaron la mano.

Un sonido silbante, apenas perceptible, interrumpió la marcha silenciosa de la máquina.

Funcionaron los frenos. El vechebús se detuvo al pie mismo de la señal anaranjadoamarilla que se fue apagando poco a poco hasta desaparecer por completo como si se hubiera disuelto en el aire.

Aunque sólo dieciocho personas expresaron el deseo de ver pasar el expreso, de la máquina salieron todos los pasajeros. El sharex había aparecido hacía poco y el interés que podía despertar no se había convertido todavía en costumbre. Los habitantes de las ciudades no tenían la ocasión de ver con frecuencia el tren en la mitad de su trayecto, cuando la velocidad llegaba a los seiscientos kilómetros por hora.

A pesar del bochorno de un caluroso mediodía del mes de julio, en el interior del vechebús hacía fresco. El terreno donde se encontraba el paso a nivel era una llanura desprovista de árboles. Por ambas partes de la pista se perdía en el horizonte la infinita línea recta de los pilones de color amarillogrisáceo sustentadores del ferrocarril de garganta que se elevaba a cuatro metros de la tierra, cuyos «rieles» semicirculares desprendían un brillo dorado como si fueran rayos del sol. Las líneas rojas que limitaban por las dos partes la vía del sharex, parecía que se elevaban bajo la brillante luz del día, como si no hubieran sido trazadas sobre la tierra, sino por el aire.

Los pasajeros del vechebús estaban vestidos muy ligeramente, la mayoría de ellos con trajes de un material fino de colores claros, pero a pesar de todo se hacía sentir el bochorno estival de un día sin viento.

Entre ellos, llamaba la atención inmediatamente, una muchacha alta, con un vestido blanco más corto de lo que corrientemente se llevaba en este tiempo. El raro tono verdoso de su cutis, el matiz entre esmeralda y zafiro de su espesa cabellera al descubierto, demostrando que no sentía el calor, los ojos un poco caídos oblicuamente, asombrosamente largos, por lo cual parecían mucho más estrechos de lo que eran en realidad, todo daba a entender que era una persona que no pertenecía a ninguna de las razas terrestres. De los zapatos blancos, hasta las rodillas de unas pierñas bonitas y bien torneadas estaban enrolladas entrecruzándose unas cintas estrechas blancas, sujetadas por unas hebillas también blancas, al parecer metálicas, en forma de hojas alargadas de una planta desconocida, que como dos escudos tapaban sus rodillas. Los brazos finos, desnudos hasta los hombros, terminaban en unos dedos largos y flexibles con uñas brillantes de color verde vivo, como si en la terminación de cada dedo la muchacha llevara una gran esmeralda. El color verde se destacaba claramente en las comisuras de la boca y sobre todo en las aletas de la nariz.

Seguramente la sangre de la muchacha tenía color rojo y el matiz verde de su piel era debido, probablemente, a una propiedad especial de sus pigmentos. Por eso en algunos lugares su cuerpo adquiría un fuerte color marrón tostado.

Su vestido no llegaba a las rodillas y estaba muy abierto por la espalda, la cual estaba casi cubierta por las ondas de su larga cabellera, recogida en la nuca por una ancha hebilla blanca, de la misma forma de la hoja de la desconocida planta. Debido a lo espeso de la cabellera, ésta daba la impresión de una masa pesada, en la que los rayos del Sol producían reflejos esmeraldinos a cada movimiento de la cabeza.

Pero «el verdor» no perjudicaba el aspecto exterior de la muchacha, todo lo contrario, era de una belleza especial, y provocaba una simpatía involuntaria la fuerza fresca, inagotable de su juventud floreciente. Y sólo sus ojos, oblicuamente situados, le daban a su rostro una expresión de tristeza.

Los pasajeros del vechebús ya se habían acostumbrado a su extraña acompañante y no le prestaban una atención especial. Todos sabían quién era. No había ni una sola persona en la Tierra que no hubiera oído hablar de su fantástica y enigmática historia.

Sólo, de vez en cuando, una mirada curiosa se detenía furtivamente en su figura alta, esbelta, miraba interesadamente los rasgos de su cara como si quisiera averiguar qué asunto había traído aquí a la «huésped de la Tierra», por qué estaba en el vechebús que iba por la ruta KíevPoltava.

La muchacha no notaba estas miradas. Parecía que no prestaba atención a ninguna de las personas que la rodeaban. No detuvo en nadie, ni una sola vez, la mirada de sus ojos negros aterciopelados.

Se llamaba Guianeya. Ella, lo mismo que su nombre, era conocida en todo el mundo.

Sin separarse de su lado estaba una muchacha del tipo terrestre común. Era también de estatura alta, pero su acompañante le llevaba media cabeza, de cabellera negra y espesa, pero sin el matiz verdoso de la piel, con un vestido blanco igual, pero un poco más largo y no tan abierto. Calzaba zapatos iguales a los de su compañera, pero sin cintas. Y sus ojos negros eran un poco alargados, pero situados horizontalmente.

Los pasajeros del vechebús sabían quién era esta segunda muchacha. Lo mismo que a Guianeya todos la conocían y sabían su nombre y apellido.

Ellas hablaban entre sí en voz baja en un idioma bello y sonoro. Era conocido de todos que Guianeya poseía un oído extraordinariamente agudo, incomparable con el de las personas de la Tierra.

Y no sólo era el oído. Todos los órganos de los sentidos estaban mucho más desarrollados en la forastera del otro mundo. Veía lo que el hombre de la Tierra no podía ver sin prismáticos, olfateaba el olor que no podría sentir ni un perro policía especialmente entrenado. Los finos y sensibles dedos de Guianeyá eran capaces de percibir sensaciones que no podían captar los dedos de las personas terrestres.

Las facultades de la enigmática huésped ya hacía tiempo que habían llamado la atención de los científicos. Poseía una voz maravillosa, cuyo diapasón abarcaba casi todas las octavas del piano terrestre. Dibujaba admirablemente bien, con gran facilidad modelaba retratos en arcilla y esculpía en mármol. Y lo hacía de tal forma como si toda su vida hubiera sido cantante, pintora o escultora. Su cuerpo era capaz de realizar los ejercicios gimnásticos más inverosímiles. Guianeyá superaba en mucho a las personas en todas las clases de atletismo. Sólo los deportistas varones, campeones en su especialidad, podían competir con ella sin el riesgo de resultar forzosamente derrotados.

Se había observado que lo que más le gustaba a Guianeyá era la natación. Y nadaba el crawl clásico con un estilo refinado, lo que demostraba, en primer lugar, que esta clase de deporte estaba muy difundida en su patria, y segundo, que no era una prerrogativa de la Tierra el invento del estilo de natación más rápido.

— Físicamente — decían los científicos —, Guianeyá es la persona del futuro. Como ella tienen que ser y serán sin duda todas las personas de la Tierra. La evolución del organismo humano conduce, según leyes, a que todos los que ahora llamamos hombre de talento, debido a sus capacidades y aptitudes, sean en el futuro una cosa corriente.

Sin embargo, los científicos no decían ni una palabra sobre las capacidades mentales de Guianeyá. Sencillamente porque no las conocían. Sólo por síntomas indirectos se podía suponer que tenía un cerebro altamente desarrollado.

Durante el año y medio que había pasado desde el momento de la aparición en la Tierra de esta muchacha de otro mundo no había sido posible encontrar un idioma para llegar a conseguir una completa comprensión mutua. Guianeyá no había expresado el menor deseo de estudiar el idioma de la Tierra, dejando la iniciativa a las personas de la Tierra. Ante el grupo de científicos lingüistas que se dedicaban al estudio del idioma de Guianeyá se planteaba una tarea no fácil, no sólo por lo difícil del idioma, sino fundamentalmente porque ella manifestaba claramente que no deseaba ayudar a las personas. Con muy poca gana «daba clases», limitándose a las más sencillas palabras y nociones, sin las cuales ella no podía pasar en la Tierra. El menor intento de querer ampliar el conocimiento de su lengua, con el objeto de tocar las cuestiones científicas, chocaba con una invariable resistencia tácita. Daba la impresión de que Guianeyá había decidido firmemente no ofrecer, por nada del mundo, la menor posibilidad de hacerle preguntas de carácter científico o técnico.

¿Era posible que Guianeya no conociera la ciencia de su mundo? Las circunstancias de su aparición en la Tierra rechazaban categóricamente esta suposición. Indudablemente ella sabía muchas cosas. Pero ¿este «mucho» sería mayor de lo que se sabía en la Tierra?

Los científicos no habían perdido las esperanzas de obtener al fin respuesta a las cuestiones que les interesaban. Pues Guianeya no podía guardar silencio eternamente. Si alguna vez ella quisiera regresar a su patria sólo lo podría hacer con la ayuda de las personas de la Tierra, con la ayuda de la técnica terrestre.

Recientemente se reforzó esta esperanza de romper la incomprensible terquedad de Guianeya. Por primera vez la huésped habló del pasado.

— Yo abandoné mi patria casi en contra de mi voluntad — dijo ella a la única persona hacia la que sentía manifiestamente una inclinación, a Marina Murátova, lingüista leningradense, la misma que la acompañaba ahora en el tren —. Pero no sé por qué no siento nostalgia. Y llegué a la Tierra, completamente en contra de mi voluntad. Esta expedición fue particularmente desafortunada para mí. Pero quedarme con ustedes para siempre… — ella se extremeció.

¡Por fin se manifestaba en Guianeya un sentimiento humano! Durante año y medio se mantuvo desde el primer momento con una tranquilidad aparente.

— ¿Su patria es mejor que nuestra Tierra? — le preguntó Marina completamente convencida de que obtendría una respuesta afirmativa.

Y se equivocó.

— No — contestó Guianeya —. Su Tierra es mucho más bella. Pero para mí son muy queridos los recuerdos de la infancia y de la juventud.

Y esta fue toda la respuesta. De nuevo Guianeya se encerró en sí misma sin contestar a las numerosas preguntas que le hizo Marina intentando continuar la conversación.

Sin embargo, esto fue un destello. A Guianeya la rodearon todavía de más atenciones y cuidados. Se decidió no forzar los acontecimientos, esperar a que ella misma quisiera hablar. Ya que había hablado de su pasado, tarde o temprano, volvería de nuevo a hablar de él.

Marina se convirtió en la acompañante y traductora permanente de Guianeya. Poco a poco fue creciendo la amistad entre las dos muchachas. Era posible que la esto hubiera coadyuvado un parecido exterior, no muy grande pero indudable.

¿Dónde se encontraba la patria de Guianeya? ¿De dónde apareció de una forma tan rara y enigmática en el Sistema solar? ¿Y cómo pudo ser «en contra de su voluntad»? A estas preguntas sólo podía contestar la misma Guianeya. Pero ella callaba, callaba ya año y medio.

Alguna vez tendría que hablar y este momento lo esperaban con impaciencia las personas de la Tierra.

Y ahora, la forastera misteriosa se encontraba, en un caluroso mediodía de julio, en el paso a nivel de la línea del sharex, en medio de una llanura verde, en el centro de la tierra ucraniana.

¿Qué la había traído aquí? Ni la misma Mariña lo sabía. Guianeya había manifestado este deseo, y esto era suficiente para esforzarse en cumplirlo sin discutir. Sólo se podía suponer que la traía a Poltava el futuro aterrizaje en el cohetódromo de la Sexta expedición lunar. Otra causa era difícil de pensar.

Pero había un «pero» en esta cuestión, y los científicos de la Tierra hubieran dado todo por saber si le interesaba o no la Luna a Guianeya. El aclarar esta cuestión podría verter luz sobre muchas cosas que hasta ahora eran secretas.

Provocó duda el hecho de que nadie había hablado a Guianeya del regreso de la Sexta expedición. ¿De dónde podía saberlo?

Pero sea por lo que sea, Guianeya manifestó que quería ir a Poltava, señalando esta ciudad en el mapa.

Guianeya en sus viajes por la Tierra, bastante frecuentes y duraderos, utilizaba insistentemente el transporte terrestre y marítimo, pero no quería utilizar el aéreo. Y esta vez prefirió ir en vechebús aunque sabía que este viaje era más largo y agotador.

¿Podía ser que Guianeya quisiera ver de cerca la naturaleza de la Tierra?

Quedaba poco tiempo. Para el sharex, que iba a toda velocidad, cien kilómetros eran diez minutos. El grupo de pasajeros se dirigió hacia una pequeña elevación que se encontraba a unos cuarenta metros de la pista. No era tan interesante mirar desde abajo el paso del expreso.

Guianeya fue la primera que llegó a la pequeña colina. Eran rasgos característicos de esta muchacha la movilidad, la preferencia clara a la carrera en vez de la marcha, el movimiento impetuoso. Corrió ligeramente por una pendiente bastante inclinada, salvando los últimos metros de un salto.

Se dibujaba con precisión su silueta esbelta, sus hombros perfectamente torneados y la posición altiva de su cabeza en el fondo del cielo azul. A la luz solar, que hacía desaparecer desde lejos el matiz verdoso de su cuerpo, Guianeya se asemejaba a una estatua de color de bronce con un vestido corto, cegadoramente blanco.

— ¡Muy bella! — dijo uno de los pasajeros del vechebús.

Marina era una buena deportista, pero en la subida a la colina se quedó unos diez metros atrás de su acompañada. Al encontrarse junto a ella involuntariamente prestó atención a la respiración tranquila y rítmica de Guianeya. La subida veloz, evidentemente, ni la había cansado, ni le había alterado el ritmo de los latidos del corazón.

— Oigo un zumbido continuo — dijo Guianeya, extendiendo el brazo hacia aquella parte de donde debía aparecer el expreso.

Estaba todavía muy lejos, más allá del horizonte. Nadie en el mundo podría captar a esta distancia el ruido característico del sharex que iba a toda marcha. Pero Marina no dudó ni un segundo de que Guianeya en realidad oía este sonido. Muy frecuentemente tuvo ocasión de convencerse de la agudeza fenomenal del oído de la huésped.

Le vino a Marina a la memoria la frase de los cuentos infantiles que dice: «Oye cómo crece la hierba».

«Guianeya y nadie más que ella — pensó Marina — tiene esta capacidad. Sería curioso saber cuántos sonidos puede oír cuando nos parece que alrededor nuestro hay un silencio completo».

Del vechebús salió una voz metálica que advirtió:

— ¡Se acerca el expreso!

También el conductor automático de la máquina oía el ruido del tren. El aparato cibernético poseía un sentido tan agudo como Guianeya.

Los pasajeros se apresuraron.

— ¿Qué ha dicho? — preguntó Guianeya. Marina se lo tradujo.

— Sí, cada vez está más cerca — confirmó la muchacha.

Los seissiete metros de subida no fueron salvados por todos debido a su inclinación.

Un pequeño grupo de pasajeros ancianos se quedó a la mitad de la pendiente. Unas veinte personas se unieron a las dos muchachas.

La línea del sharex se destacaba aquí claramente. Como una superficie húmeda (estaban tan pulidos), brillaban los «rieles» semicirculares. La exactitud geométrica de éstos producía la ilusión visual de que abajo, en vacío, continuaban cerrando la superficie y formando un sólido apoyo tubular cortado a lo largo. Por esto se llamaba «ferrocarril de garganta».

Pero el nombre tenía también un motivo histórico. La primera línea del sharex fue construida en forma de un semitubo. Sólo pasado algún tiempo se llegó a la conclusión de que la parte inferior no era necesaria, de que incluso disminuía la velocidad, creando un rozamiento excesivo. La reducción de la superficie de los «rieles» podía compensarla completamente el aumento de la cantidad de bolas en la superficie de apoyo del mismo sharex. Esta racionalización, propuesta y calculada por el entonces joven ingeniero Víktor Murátov, hermano carnal de la acompañante de Guianeya, dio resultados brillantes: la velocidad del expreso aumentó instantáneamente en un veinte por ciento.

La forma de la vía se cambió, pero se conservó el nombre primitivo.

El sharex se acercaba. Ahora lo oía no sólo Guianeya. Parecía como si zumbara una gruesa cuerda muy tensa, en un lugar, todavía tras el horizonte, pero ya cerca.

— ¿No nos lanzará de aquí? — preguntó con temor uno que estaba junto a Marina.

— ¡Qué dice usted! — respondió otro —. Estamos a treinta metros de la vía.

El conductor automático del vechebús se hizo de nuevo oir como si hubiera escuchado esta conversación.

— Se recomienda no estar de pie sino sentados en la tierra — dijo clara y pausadamente.

Todos se apresuraron a cumplir este consejo. Pero después de haber escuchado la traducción Guianeya permaneció de pie. Marina que estaba sentada se levantó apresuradamente. No podía permitir que la huésped confiada a su tutela pudiera caer debido a su falta de preocupación y, a lo mejor, recibiera una pequeña lesión. Poniéndose al lado de Guianeya sujetó a la muchacha fuertemente por los hombros.

Guianeya se sonrió y a su vez abrazó el talle de Marina.

«Ahora no caeremos», pensó Marina, sintiendo en todo el cuerpo el seguro apoyo de esta mano fina, delicada en apariencia, pero tan fuerte.

Quería sostener a Guianeya, pero resultó que ésta la sostenía a ella.

«Suceda lo que suceda ahora no caeremos aunque pasen velozmente dos sharex», dijo una vez más para sí.

— ¿Esta vía la ha construido su hermano? — preguntó inesperadamente Guianeya.

Marina se estremeció. ¡Esto ya es demasiado! Nunca había mencionado a su hermano en las conversaciones, cumpliendo el ruego de Víktor. No quería que la huésped supiera su parentesco. Guianeya conocía muy bien a Víktor sin sospechar que éste es hermano de Marina. ¿Quién se lo podía haber dicho? ¿De dónde sabía que precisamente Víktor había propuesto la idea de la construcción de esta vía?

Unos ojos grandes, tan poco corrientes, miraban atentamente a Marina esperando la respuesta..Una sonrisa apenas perceptible se marcaba en los labios verdosos de una bella boca curvada. Y no por primera vez acudió a la mente de Marina la idea de que Guianeya fingía, de que ella sabía el idioma de la Tierra y secretamente leía los diarios y las revistas.

— No — contestó maquinalmente Marina en su lengua natal —. No la construyó, sino que propuso la idea.

— ¿Qué ha dicho usted? — preguntó Guianeya.

«¡Si finge, es con mucho arte! Pero ¿puede ser que no sepa el ruso, sino otro idioma cualquiera?»

Marina tradujo al idioma de la huésped lo que había dicho.

— ¡Allá viene! — dijo uno refiriéndose al sharex.

En la lejanía, allí donde los «rieles» de la vía parecían fundirse en una línea recta fina, apareció un refulgente punto. Se acercaba vertiginosamente. El zumbido bajo, alargado, se intensificaba cada segundo.

El «chófer» del vechebús amablemente informaba:

— El sharex marcha a una velocidad de seiscientos y diez kilómetros por hora, o sea, de ciento sesenta y nueve y diecisiete centésimas de metro por segundo.

Mientras resonaba esta frase, el expreso había recorrido cerca de dos kilómetros y se encontraba ya muy cerca. Se podía ver la forma alargada, idealmente aerodinámica del cuerpo del vagón de cabeza, construido de metal plateado. Detrás del expreso se extendía la cola del torbellino de aire que podía verse claramente a los rayos solares.

Algunos de los espectadores de la colina se taparon los oídos. Al potente zumbido se unió el silbido cada vez más fuerte.

Guianeya estaba inmóvil sin apartar los ojos del expreso que se aproximaba. Muchas veces había ido en el sharex, pero ni una sola vez lo había visto desde fuera durante su marcha. ¿Le decía algo el aspecto del tren superrápido, despertaba recuerdos en ella?

¿Quién podía contestar esto?

En el momento en que el tren pasó junto a la colina, cual relámpago plateado, golpeando a los espectadores con su fuerte onda de aire, Marina miró casualmente la cara de Guianeya y pudo observar cómo brilló un fuego en los ojos negros de su acompañante.

¿A qué podía estar relacionado? ¿Qué lo había provocado? ¿Era la admiración ante la potente técnica de la Tierra, o… era una burla por su atraso?

Cuando el sharex desapareció en la línea opuesta del horizonte y dejó de sonar su zumbido para los oídos de las personas, Marina preguntó:

— ¿Cuál es su impresión?

Pero Guianeya dio por callada la respuesta.

2

Las dos muchachas no sabían que la persona de la que hacía un rato habían hablado se encontraba en el expreso que acababa de pasar velozmente cerca de ellas.

Víktor Murátov estaba sentado en un blando sillón, junto a la pared del vagón, y examinaba atentamente las páginas de un manuscrito.

Por los periódicos había sabido, como lo sabían todos, que Guianeya se dirigía a Poltava y con ella, como es natural, iba su hermana menor. Pero de ninguna forma le podía venir a la mente la idea de que hacía un minuto había estado muy cerca de ellas.

Incluso si hubiera mirado por la ventanilla, debido a la velocidad que llevaban, no hubiera podido notar al grupo de personas que estaba en la pequeña colina.

Era un hombre de treinta y cinco años, muy alto, de rostro fuertemente tostado por el sol, y de complexión atlética. Tenía lo mismo que su hermana espesos cabellos negros y ojos oscuros, caídos oblicuamente. Esto le hacía un poco parecido a Guianeya.

Pero él mismo no había notado este parecido, que sin duda alguna saltaba a la vista.

Es cierto, que una vez, en un día muy memorable, le dijeron esto, pero Murátov pronto lo olvidó.

Y no lo recordaba incluso ahora cuando delante de sus ojos estaba la fotografía de Guianeya, pegada a una de las páginas del manuscrito.

Ni tan siquiera la miró, pues no tenía ninguna necesidad, ya que él, entre otras pocas personas, fue el primero que vio a la forastera de otro mundo, y sus rasgos se quedaron grabados para siempre en su memoria. Fueron demasiado extraordinarias las circunstancias y el lugar donde tuvo lugar esta primera entrevista.

Leyendo rápidamente la última página, mejor dicho, dándole sólo un vistazo, Murátov colocó las hojas igualándolas cuidadosamente, y, doblando el manuscrito por la mitad, lo metió en el bolsillo.

— ¡No, esto no es así! — dijo encongiendose de hombros.

— ¿Qué no es así? — preguntó un hombre de edad más bien ya un anciano, de blancos cabellos que estaba sentado a su lado en un sillón igual.

— No es justo lo que escribe el autor. — Muratóv se tocó el bolsillo donde estaba el manu; crito —. Es una teoría más sobre la aparición cK Guianeya. Me han pedido que la lea y les dé mi opinión.

— ¿Y es negativa?

— Sí, según usted ve.

— Perdóneme ¿quién es usted?

Murátov dio su apellido.

— Lo he oído en más de una ocasión — dijo el anciano —. A propósito, este mismo sharex, en el que vamos, ¿es invención suya?

Murátov se sonrió. Era raro encontrar una persona que no supiera quién había sido el constructor del sharex.

— No — contestó —, en la invención del sharex, según usted se expresa, yo no he tenido nada que ver. De lo único que soy culpable es de un pequeño cambio en la forma de la vía, pero nada más.

— Sí, sí — dijo el anciano —. Tiene usted razón, ahora recuerdo. Le pido perdón. Pero ya que nos hemos encontrado, si usted no tiene inconveniente me atrevo a hacerle otra pregunta.

«¿Quién será? — pensó Murátov —. Incluso la manera que tiene de hablar es algo rara».

— Con mucho gusto — dijo en voz alta.

— Voy en el expreso — comenzó el anciano —. Todo el recorrido dura dos horas. En mi tiempo para esto se necesitaba todo un día en un tren rápido. Voy, y no sé a qué se debe que el sharex se deslice a esta velocidad de locura…

— ¿Por qué de locura?

— No sé — dijo enfadado el anciano —. Para usted es posible que le parezca lo más natural, pero para mí… para mí no es así. Por eso sea usted amable y explíquemelo, haga el favor.

Murátov miró atentamente a su interlocutor. Era una persona anciana, muy anciana.

Ahora cuando la ciencia había alargado en mucho la juventud del organismo humano, un rostro tan arrugado se encontraba con poca frecuencia, y el hecho mismo de que no supiera cosas que eran bien conocidas para los niños, indicaba que era una persona de la más venerable edad.

— Perdóneme — dijo, imitando la anticuada manera de hablar de su acompañante — ¿tendría la bondad de decirme cuántos años tiene?

El anciano rompió a reír alegremente.

— No tengo la menor duda — dijo el anciano — de que usted se pregunta: ¿de dónde habrá salido este ignorante? No contradiga, no me he ofendido. Es completamente natural que usted haya pensado esto. Claro está que desde el punto de vista moderno yo sé poco, pero en algún tiempo era considerado como una persona culta. Enseñé a otros. ¿Es difícil creerlo, verdad? — y de nuevo se rió con un ligero tono de pesadumbre, según le pareció a Murátov.

Una suposición acudió a la mente de Murátov. ¿Era posible que fuera el mismo Bolótnikov? Era parecido. En aquellos tiempos todavía nombraban a las personas, no sólo por su nombre, sino también por su patronímico…

— Usted se equivoca, Nicolái Adámovich — dijo él —, nadie le considera un ignorante.

Al anciano no le causaron asombro las palabras de Murátov.

— Usted ha acertado — se sonrió —. Sí, yo soy Bolótnikov, Nikolái Adámovich, doctor en ciencias biológicas en la segunda mitad del siglo pasado. Tengo noventa y siete años. Y si añadimos el tiempo que yo pasé dormido, entonces son ciento veintidós.

— Dormido… — repitió maquinalmente Murátov.

— No propiamente dormido, sino en anabiosis. La diferencia no es grande. La anabiosis es lo mismo que el sueño sólo que más profundo.

Murátov recordó todo.

Esto tuvo lugar en los días de su infancia, a comienzos de siglo. La inmersión en un sueño profundo o en estado de anabiosis, como un medio de prolongar la vida, fue un tema de discusiones interminables entre los médicos y los biólogos. Este método, junto con otros, fue reconocido como digno de atención pero no en todos los casos. Los experimentos en animales demostraron que se conseguía un mayor efecto cuando se aplicaba la anabiosis en los organismos envejecidos. Fue necesario realizar el experimento en una persona. Y se ofreció Bolótnikov, profesor de noventa y tres años.

Murátov recordaba las fotografías que publicaron las revistas, que él, entonces niño, miraba con curiosidad. Evidentemente el rostro de Bolótnikov no le había producido una gran impresión, ya que lo había olvidado y no lo había reconocido inmediatamente.

Bolótnikov había vuelto a la vida hacía cuatro años. Precisamente cuando Murátov se encontraba lejos, enfrascado en sus cosas, y no había reparado en aquel acontecimiento.

Miraba con curiosidad a su acompañante. ¡Esta persona era coetánea de la Revolución de Octubre! Precisamente este hecho fue el que causó la mayor admiración hace veintinueve años al pequeño Víktor.

— Ahora no le debe causar asombro mi ignorancia en muchos problemas — continuó el viejo profesor —. Cuatro años es un plazo no grande. Apenas he tenido tiempo de conocer los avances conseguidos en la biología, que es mi dominio. Todo lo demás ha sido como si se deslizara delante de mi vista.

— Comprendo — dijo Murátov —. Estoy muy satisfecho de esta entrevista tan interesante. Tengo suerte para encontrarme con personas famosas. Puede ser que usted no lo sepa, pero a Guianeya…

— Lo sé… — interrumpió Bolótnikov, y miró al reloj —. A nuestra disposición han quedado sólo quince minutos. Me apeo en Poltava.

— Hay bastante tiempo — dijo Murátov —. ¿Usted quiere saber cómo se mueve el sharex?

— Sí, si para usted no es una molestia.

— ¿Usted, claro está, conoce las corrientes de extraalta frecuencia? — Bolótnikov asintió con la cabeza —. Si la memoria no me traiciona, en el día que usted abandonó la vida las transmitían por cables subterráneos. Los autobuses, que tomaban energía de estos cables para sus motores, o como se les llama ahora, vechebuses, existían ya entonces…

— Usted quiere decir que el sharex…

— Precisamente. Sólo que ahora las corrientes de extraalta frecuencia no van por cables. Se ha encontrado el método de transmitirlas directamente por el aire, como las ondas de radio, y además sin ninguna pérdida. Sobre la tierra, a una determinada altura, se ha desbordado, si se puede expresar así, un manto compacto de energía. Si antes, por ejemplo, los vechebuses podían moverse sólo por los caminos por debajo de los cuales estaban tendidos los cables, ahora pueden andar por donde quieran. Pero los motores del vechebús son eléctricos y los de sharex son reactivos. La energía, prácticamente de una potencia ilimitada, se toma «del aire», y el principio de deslizamiento por bolas… ya hace mucho tiempo es conocido. Por ejemplo, por cojinetes de bolas. El rozamiento entre el sharex y su apoyo en forma de «rieles» semicirculares idealmente lisos, es insignificante.

Todo esto es lo que da la posibilidad de desarrollar esa… velocidad de locura a la que usted se refería — concluyó Murátov y se sonrió.

— ¡Usted no perdona nada! — dijo Bolótnikov —. Gracias, querido. Todo está claro. No en balde decían en la antigüedad: «Quien las sabe las tañe». Lo ha explicado usted sencilla y completamente. Nos acercamos a Poltava — añadió, mirando por la enorme ventanilla que ocupaba toda la longitud del vagón.

El sharex continuaba deslizándose con la misma velocidad. Tras el limpio cristal se extendía el panorama de la enorme ciudad. Se perdían en la altura del cielo las agujas de los rascacielos.

— No, esto todavía no es Poltava — dijo Murátov —. Es Selena, una ciudad completamente nueva, que ha surgido durante los últimos cinco años alrededor del cohetódromo. Son las afueras de Poltava.

— Magníficos suburbios — dijo sonriendo Bolótnikov —. Son mayores que las antiguas capitales. A propósito, yo estuve aquí la última vez exactamente hace cien años; ésta era una ciudad relativamente pequeña. Me refiero, claro está, a Poltava, no a Selena.

El sharex comenzaba a disminuir la velocidad. El potente zumbido que casi no se oía en el interior de los vagones, ahora parecía desaparecer por completo. Era posible que el aparato automático que dirigía el tren hubiera desconectado los motores, calculando que la inercia era suficiente para llegar al andén de la estación.

Selena había quedado atrás. Se acercaban rápidamente los grandes edificios de Poltava.

Los pasajeros más impacientes comenzaron a levantarse de sus sitios. El vagón no tenía divisiones ni departamentos. Formaba un solo local, cuyo suelo estaba cubierto por una alfombra blanda y afelpada. Formaban su mobiliario pequeñas mesitas, aparadores y libreros, pantallas portátiles de televisión. Los sillones se podían colocar donde se quisiera según el deseo de los pasajeros.

Una voz metálica dijo:

— ¡Poltava!

— ¡Adiós, querido! — dijo Bolótnikov —. Me ha sido muy agradable conocerle.

— ¿Va a estar usted mucho tiempo en Poltava?

— Unas dos semanas.

— Entonces no adiós, sino hasta la vista. Yo estaré aquí dentro de tres días.

— ¿A recibir a la Sexta expedición?

— Precisamente para esto.

— Entonces, nos veremos, si usted no tiene inconveniente.

— Al contrario, con mucho gusto. A propósito ¿usted sabe que estará Guianeya?

— Lo sé y la quiero ver. Hasta ahora no he podido. Sólo la he visto en fotografía y en el cine.

— ¿Quiere usted conocerla personalmente?

— Tengo grandes deseos, ¿pero cómo hacerlo?

— Mi hermana acompaña como traductora a Guianeya. Acerqúese a ella, salúdela de mi parte y ella se la presentará.

— ¡Muchas gracias! Obligatoriamente lo haré. Me interesa mucho ver a Guianeya.

Dígame ¿éste es su verdadero nombre? Quiero decir ¿si suena así en su idioma?

— No exactamente. Su nombre suena aproximadamente así — Murátov pronunció lentamente alargando las sílabas —: Guiyaneia. De esta forma lo pronunció ella hace año y medio en su primera entrevista con las personas. La comenzamos a nombrar más sencillamente: Guianeya.

— ¿Y ella qué dijo?

— Inmediatamente comenzó a acostumbrarse a este nombre.

— ¿Conoce usted su idioma?

— Recuerdo varias palabras. Aproximadamente unas doscientas.

— ¿Es difícil el idioma?

— No mucho. Le va a asombrar lo que voy a decirle. Me parece que en este idioma hay algo conocido.

— ¿Cómo puede ser esto? Un idioma de un planeta extraño…

— A mí me parece esto raro. Pero no puede uno olvidar la impresión de que las palabras tienen un sonido conocido. Es posible que cuando conozcamos más cosas… Por ahora sabemos poco. Esta rara muchacha no quiere enseñarnos su idioma.

— No comprendo ¿por qué?

— A esto puede sólo responder la misma Guianeya. ¡Inténtelo!

El sharex se detuvo. La pared ciega del túnel de seguridad ocultaba el andén de la estación. En el suelo se abrió una escotilla (la alfombra que parecía de una pieza se separó en este sitio). De un lugar de la parte baja del vagón se deslizaron hacia abajo los escalones de una ancha escalera.

Bolótnikov se despidió una vez más de Murátov, una vez más le dio las gracias y salió.

Con él descendieron unas diez personas y subieron otros pasajeros.

Murátov no descendió al andén pues sabía que el sharex paraba sólo cuatro minutos.

Sonó la señal de salida. La escotilla del suelo del vagón se cerró. La alfombra se volvió a unir. Era imposible notar dónde se encontraba la juntura.

El vagón se balanceó casi imperceptiblemente. Pasaron hasta desaparecer las paredes del túnel y el tren salió a cielo raso. Cada vez pasaban más rápidamente las casas de Poltava, el sharex adquiría impetuosamente velocidad.

Pronto desapareció la ciudad tras el horizonte. Por ambas partes de la vía se extendían infinitos campos amarillos.

Se veían vechelectros por todos los sitios. Enormes y pesados en apariencia, se deslizaban lentamente en medio del mar de trigo, y parecía que eran innumerables. Era la segunda cosecha que se recogía este año.

Murátov sintió hambre. El aparador le «suministró» un vaso de café caliente y unos bocadillos.

Al regresar a su sillón Víktor se acordó de Bolótnikov.

«¡Magnífico anciano! — pensó —. Original, pero muy simpático. Es interesante saber cómo le tratará Guianeya».

La muchacha de otro mundo trataba de diferente forma a las personas, con una franqueza que era asombrosa para las personas de la Tierra. A unos les sonreía, les permitía estrechar su mano (ella misma no conocía esta costumbre), a otros les manifestaba inmediatamente su antipatía. A veces ocurría que volvía la espalda a algunas personas que le presentaban. Y nunca respondía a la pregunta por qué no le gustaba una u otra persona. Se pudo notar que frecuentemente trataba bien a las personas que eran de estatura alta, mientras que las personas pequeñas, casi como regla, no le provocaban simpatía.

En los primeros meses de estancia en la Tierra, Guianeya saludaba a las personas levantando la mano abierta hasta la altura del hombro, pero después dejó de hacerlo.

Callada extendía la mano para estrecharla, pero nunca correspondía de la misma forma.

«¿Se aburriría en la Tierra? — pensó Murátov —. ¿Sentiría nostalgia por su patria? ¿Por qué no quería conocer más profundamente la Tierra y a sus habitantes? ¿Qué fin perseguía Guianeya con su obstinado silencio?»

Murátov no tenía la menor duda de que Guianeya se comportaba así con fin determinado. Existía una causa y ésta era seria. ¿Pero en qué consistía?

A Murátov le sacaba de sí el secreto de Guianeya, y precisamente por esto abandonó inmediatamente a la huésped de la Tierra en cuanto la trajo aquí. No aguantaba los enigmas que no ofrecían solución. Y aquí no existía un enigma, sino un secreto inexplicable. Guianeya se encerró en sí misma desde el primer día, desde el primer momento de su aparición, siguiendo, al parecer, una línea de conducta trazada de antemano. Murátov sabía esto mejor que otros, ya que fue testigo de ello las primeras horas y días.

«¡Hay una causa, indudablemente la hay! — frecuentemente pensaba —. Y quién sabe, es posible, que esta causa sea más importante que lo que se esfuerzan por saber nuestros científicos de Guianeya».

El manuscrito que había leído y la conversación con Bolótnikov, una vez más le hicieron pensar en los acontecimientos del pasado.

Recordó, recordó todo, hasta los detalles más minuciosos, lo que precedió a la aparición de Guianeya…

PRIMERA PARTE

1

«Querido Víktor:

Te ruego que vengas a verme inmediatamente. Se ha logrado hallar por fin en el espacio el objeto sobre cuya presencia en el Sistema solar se sospechaba ya desde el siglo pasado. Acuérdate de que te he hablado de él. Pero para mí no está todo claro. Hay algo raro. ¡No dejes de venir! Recordaremos los tiempos pasados y pensaremos juntos. El problema es interesante y no tendrás queja. ¡Ven sin ninguna dilación! ¡Me eres imprescindible!

Serguéi. Murátov leyó dos veces la carta de su amigo.

Se veía que cuando Sinitsin escribió la carta estaba emocionado o se encontraba en un estado de excitación nerviosa. Esto lo indicaba su estilo descuidado, impropio de él, y las muchas veces que repetía el ruego de que viniese. E incluso no era corriente la escritura desigual, apresurada. Esto era incompatible con el carácter siempre moderado y tranquilo de las palabras y gestos del astrónomo. Y además ¿para qué escribir cuando todo se puede decir con más rapidez y sencillez por el radiófono?

¿De qué objeto se trataba? Murátov no podía recordar que su amigo le hubiera hablado de algo parecido.

Claro está que se trataba de un descubrimiento astronómico. «El espacio», «El Sistema solar» eran cosas suficientemente conocidas. Pero Serguéi sabía perfectamente que a él, a Murátov, nunca le interesaron los cuerpos estelares y que conocía la astronomía sólo por lo que se enseña en la escuela. ¿Qué ayuda quería recibir?

Lo más sencillo sería llamar por el radiófono al observatorio donde trabajaba Sinitsin.

Pero Murátov no podía aguantar que cualquier enigma que se le planteara, aunque fuera el más sencillo, no lo resolviera él mismo.

Y esto sucedía ahora. La carta no estaba clara. Serguéi pedía que fuera a verle pero no decía para qué. Entonces había que averiguarlo.

Murátov examinó minuciosamente cada palabra.

«Aunque una persona escriba de la forma más descuidada y apresurada — pensó Murátov —, deberá reflejar en su escritura las ideas que le dominan».

«Algo raro»! He aquí la clave para la comprensión. Serguéi ha conseguido (así lo escribe) descubrir algo nuevo en el Sistema solar. El hecho de por sí es maravilloso, ya que el Sistema solar está investigado de cabo a rabo. Pero el «objeto» descubierto por él tiene algo «raro». Serguéi no comprende las causas. Esto lo indican sus palabras: «pensaremos juntos».

Sigamos adelante…

«Recordaremos los tiempos pasados». ¿De qué puede tratarse? Claro está que no de deporte. En los años juveniles les gustaba a los dos resolver juntos intrincados problemas de matemáticas. ¡Parece que vale! ¿En qué puede haber algo de «raro» en lo que se refiere a la astronomía? Sólo en lo que se refiere al movimiento de los cuerpos, a su órbita. Y por fin ¡«problema interesante»! ¡Todo está claro! Serguéi necesita la ayuda de un matemático para descifrar por qué órbita se mueve el «objeto».

Murátov se sonrió. Para qué haber pensado cinco minutos cuando todo estaba claro y no había ningún enigma.

Estaba ocupado y no dispuesto a dejar el trabajo. ¿Podría prestar ayuda al amigo desde aquí? ¿Le era tan necesaria su presencia?

Murátov se dirigió a la sala de aparatos, pero no consiguió hablar con Serguéi. Un empleado del observatorio le comunicó que «Serguéi llevaba dos días sin salir de su gabinete. Se había encerrado y no contestaba a ninguna llamada». «¿Es que no come ni duerme?», preguntó Murátov. «Algo parecido», fue la contestación.

Esto concordaba completamente con el carácter de Serguéi. Si algo enfrascaba sus pensamientos era capaz de trabajar días y noches sin descanso.

¡Por lo que se deducía, el problema planteado ante él era en realidad muy interesante!

Había que prestar atención a los ruegos insistentes de su amigo, y sin vacilar Murátov tomó el avión ese mismo día.

¡Si él hubiera podido saber las consecuencias de esta carta! ¿Hubiera ido a donde Serguéi?…

Dando al olvido el trabajo anterior, Murátov, como siempre, sentía impaciencia por comenzar el nuevo. Le parecían muy largas las tres horas de viaje.

La nave trasatlántica volaba sobre el lugar donde se encontraba ubicado el observatorio. El aterrizaje había que hacerlo a más de mil kilómetros al occidente, y esto obligaba a hacer el viaje de regreso en transporte terrestre y perder dos horas más…

Murátov expresó su deseo de descender en paracaídas.

El radiotelegrafista de a bordo llamó al observatorio. De allí contestaron que salía un aparato automáticoplaneliot hacia el lugar de aterrizaje de Murátov.

— ¿Ha saltado usted antes en paracaídas? — preguntó uno de los tripulantes de la nave que ayudaba a Murátov a abrocharse el correaje del paracaídas.

— Sólo una vez, cuando era escolar. ¿Pero qué importancia tiene esto?

— Volamos a una altura de siete kilómetros y tendrá que hacer un salto con retardo.

— ¿Y qué tiene de complicado?

— No, no hay nada de complicado. El paracaídas es automático y se abre en el momento necesario. Pero puede ser desagradable si no está acostumbrado al descenso libre.

— Esté tranquilo, no padezco de los nervios. El planeliot apareció dos minutos después del aterrizaje que se realizó con toda felicidad.

Cinco minutos más tarde Murátov entraba en uno de los edificios de la ciudad científica, donde, según le dijeron, estaba el gabinete de Sinitsin.

Llamó a la puerta, pero no tuvo ninguna contestación.

Murátov llamó más fuerte.

— Estoy ocupado, ruego que no me molesten — dijo Serguéi con voz enojada.

— Entonces — contestó riéndose Murátov —. tomo el avión de vuelta. ¡Abre, gracioso!

Soy yo, Víktor.

Sonaron pasos apresurados y la puerta se abrió.

Murátov abrió la boca de asombro y lanzó una carcajada.

Sinitsin estaba delante de él, sólo con calzoncillos y zapatos puestos. Tenía la cara untada de aceite y con una pintura oscura. Los cabellos enmarañados formaban mechones por todas las partes.

Del gabinete salía un aire caliente.

— ¿Qué ocurre aquí? ¿Te ocupas en hacer reparaciones en los momentos de asueto?

¿Por qué hace tanto calor?

— Lo primero que tengo que hacer es saludarte — dijo con tranquilidad Sinitsin — Gracias por haber venido. Me eres ahora más imprescindible que cuando te escribí la carta. Sin ti no puedo hacer nada. Y mira de dónde procede el calor — dijo, indicando hacia una pequeña computadora electrónica que estaba encima de la mesa de despacho —. Esta máquina portátil no estaba calculada para un trabajo ininterrumpido de treinta horas.

— Desgraciada, ¿para qué la martirizas así? — Murátov abarcó con una atenta mirada todo el gabinete.

El suelo estaba cubierto con una enorme cantidad de placasprogramas de polietileno.

Estaban tiradas por todas partes: junto a la misma máquina, en la alfombra del centro de la habitación e incluso junto a la puerta. Por lo visto el dueño del gabinete las había lanzado donde cayeran. La ropa de Sinitsin estaba también desparramada por los sillones y el diván. Las ventanas estaban cerradas a piedra y lodo por pesadas cortinas. La lámpara del techo y varias de mesa estaban encendidas.

Era un cuadro muy elocuente. Probablemente Serguéi incluso no sabía si ahora era de día o de noche.

— ¿No obtienes nada? — preguntó burlón Murátov.

— ¡Maldito enigma! Quisiera arrancarme los cabellos de desesperación.

— Ya he visto que has intentado hacerlo. Querido amigo, te encuentro desconocido.

¿Es que piensas conseguir algo en este estado? No te pregunto si has dormido esta noche porque está claro que no. Pero por lo menos, ¿has comido algo?

— Me parece que sí.

— Pero a mí me parece que no. ¿Qué hora es?

— ¿Que, qué hora es?

— No sé — respondió confuso Sinitsin.

— ¡Hasta eso has llegado! No sabes ni siquiera la hora en que vives. Te impongo un ultimátum: inmediatamente te bañarás, desayunarás y te echarás a dormir.

¿Comprendes? ¡Inmediatamente! O ahora mismo me marcho. ¿Has comprendido?

— ¿Dormir? — refunfuñó Sinitsin —. No tengo tiempo. Siéntate y escucha.

— No voy a escuchar nada. No tengo ganas de conversar con un espantapájaros. ¿A quién te pareces? Es una pena que no haya un espejo.

Murátov se acercó a la ventana y levantó la cortina. Los rayos del sol invadieron el gabinete. Abrió de par en par la ventana.

— ¡Así tiene que ser! — Murátov sonrió al ver la mirada de asombro de su amigo —.

¡Ahora son las dos de la tarde! Es de día y no de noche como sin duda alguna piensas.

— ¿Las dos?

— Sí, según la hora local. Sinitsin se sometió al instante.

— Está bien — dijo —, acepto tu ultimátum. Resulta — añadió sonriéndose — que yo «martirizo» a la máquina no treinta horas, sino más de cincuenta. Esa es la causa de que se caliente así.

— Todavía mejor. ¡Dos días completos sin dormir y sin comer! ¡Y esta persona quiere resolver un complicado problema de matemáticas! No te ayudará a resolverlo no sólo tu máquina, sino tampoco el cerebro electrónico del Instituto de cosmonáutica.

— Tampoco podrá resolverlo. Nadie podrá, si tú o yo no ofrecemos las premisas justas.

¡Ciento veintisiete variantes! — exclamó Sinitsin —. ¡Ciento veintisiete! Y todo en vano.

— ¡Vístete! — Murátov levantó la segunda cortina, desconectó la máquina y apagó la luz —. No creo que vayas a casa así. No estamos en la playa.

Sinitsin comenzó a vestirse lentamente.

Un sentimiento de pena o enojo se agitaba en el alma de Murátov. Serguéi se acostará y dormirá no menos de diez horas. ¿Qué hacer durante todo este tiempo?

— Si lo haces de una forma corta y general ¿de qué se trata? — preguntó indeciso Murátov.

Sinitsin miró con asombro a su amigo y ambos se rieron.

Sobre el Continente Sudamericano la noche sin luna extendía su manto cubierto de estrellas. Desde la ventana del gabinete se veía perfectamente la brillante Cruz del Sur.

Constelaciones de forma desconocida centelleaban en el abismo negro aterciopelado. En un lugar, entre ellas, pero cerca, muy cerca de la Tierra, flotaba, posiblemente ahora mismo, el enigma indescifrable.

Murátov, a pasos lentos, había cruzado innumerables veces el gabinete. Las ventanas estaban abiertas de par en par. Lucía sólo una lámpara de mesa que iluminaba parte de ella y el tablero de la computadora.

En el gabinete se había establecido el orden. Las fichas programáticas, que Sinitsin había desparramado por toda la habitación, habían sido recogidas y se encontraban en tres pilas cuidadosamente colocadas en un extremo de la mesa. En otro extremo se veía una pila de nuevas fichas que ahora utilizaba Murátov.

¡Todo en vano! El enigma continúa siendo enigma.

Ciento veintisiete variantes había experimentado Sinitsin y diecisiete Murátov, ¡y nada había cambiado!

Habían conversado dos horas durante el día. Serguéi volvió a adquirir la tranquilidad y exactitud inherente a él. Informó detallada y profundamente de todo el problema a Murátov. Ahora Víktor sabía tanto como Serguéi.

Claro que se podía pedir ayuda al Instituto de cosmonáutica, pero Serguéi no quería y Víktor comprendía perfectamente a su amigo. El había empezado y lo llevaría hasta el fin.

Al Instituto, indudablemente, había que dirigirse, pero era muy diferente presentarse con el descubrimiento terminado o con las manos vacías. Siempre es desagradable el reconocer su impotencia. ¡Serguéi tenía razón! Contar con Víktor era otra cosa. Entre ellos no había secretos. Si el enigma lo descifra Víktor es lo mismo que si lo hubiera hecho Serguéi.

¿Pero cómo descifrarlo?

Exteriormente Murátov estaba tranquilo pero en su interior bullía una tempestad. Ya hacía diez horas que Serguéi dormía profundamente y él estaba empantanado sin haber avanzado un paso hacia el descubrimiento. Nunca había ocurrido tal cosa. Es cierto, que era la primera vez que resolvía un problema de este tipo.

¡Y parece todo tan sencillo! El radar indicó ocho veces durante una semana la presencia de un cuerpo extraño en el espacio. ¡Ocho puntos en la órbita! Cuando son suficientes tres para calcular rápida y exactamente cualquier otro.

Pero los cálculos invariablemente iban a parar a un callejón sin salida, entrando en contradicción flagrante con las leyes de la mecánica celeste…

¿Es posible que haya más de un cuerpo? ¿Que haya dos, tres o más? Pero Serguéi consideraba que esto era imposible y Murátov estaba de acuerdo con él. Había varios cuerpos próximos a la Tierra y ni uno solo había entrado en el campo visual del telescopio. ¡Esto era inconcebible! Lo más probable es que fuera sólo uno.

Serguéi había calculado todas las órbitas posibles para uno y dos cuerpos en todas las combinaciones concebibles de los ocho puntos conocidos. Pero ninguna valía. Murátov comenzó a realizar los cálculos para tres, pero pronto tuvo que dejar esta fantasía.

En la solución del problema había que ir por otro camino. Murátov está convencido de que éste es sencillo. No puede ser de otra manera. En apariencia es difícil. Es necesario encontrar el verdadero razonamiento y los cálculos no costarán ningún trabajo. Pero ¿dónde se encuentra este verdadero razonamiento? ¿En qué consiste?

Murátov se sentó en el diván, apoyado en una almohada blanda y colocó las manos detrás de la cabeza. Así se piensa mejor.

De la ventana sopla una brisa fresca. El bochorno tropical marcha con el Sol a la otra mitad del planeta.

El reloj marca las nueve. Esta es la hora del meridiano de Moscú que corresponde a las dos de la mañana según la hora local.

Murátov se sonríe. Obligó a Serguéi a dormir y él… ocupó su puesto y lleva ya sin dormir quién sabe cuántas horas.

Pero de ninguna manera se acostará mientras Serguéi no se despierte. Trabajarán sustituyéndose uno a otro hasta resolver el problema o encontrar una hipótesis admisible.

Entonces no tendrán por qué sonrojarse al dirigirse al Instituto de cosmonáutica.

A fin de cuentas ¿qué es lo conocido?

Murátov recuerda el relato de su amigo…

El primer síntoma apareció ya en el siglo veinte. K. Stermer notó en el año 1927 el reflejo inexplicable de un haz de radio procedente de un cuerpo que se encontraba no lejos de la Tierra. ¿Qué cuerpo era éste? No se pudo saber. Entonces no se prestó atención al comunicado de Stermer. El hecho se repitió a los cincuenta años. Y de nuevo nadie se interesó por este raro fenómeno, parecía como si el haz de radio se reflejara en un lugar vacío. Se dijo que era un error de los observadores. A finales del siglo veinte, por casualidad no ocurrió una tragedia con la astronave que hacía el raid «TierraMarte». La astronave se encontró a doscientos mil kilómetros de la Tierra con un cuerpo celeste desconocido, cuya aproximación a la nave no fue notada a su debido tiempo por los exactísimos y muy sensibles aparatos de la cabina de navegación. Algo fue lo que se deslizó por el bordo dejando una huella en forma de una profunda abolladura. Todo transcurrió felizmente ya que por suerte la astronave no había llegado a alcanzar la máxima velocidad. También en este caso se encentró una explicación «natural»: un meteorito, los radares estropeados. Y hace poco ha tenido lugar el cuarto hecho. Otra vez con una nave cósmica. La nave de carga despegó hacia Venus. Llevaba materiales de construcción y equipos científicos para construir en el planeta una estación solar. La tripulación de la nave se componía del comandante, navegante y radioperador. Casi inmediatamente después de haber despegado se recibió un comunicado de que los radares habían localizado un cuerpo de un diámetro de cuarenta metros que volaba transversalmente al curso de la nave. La velocidad, como la otra vez, no era considerable, y esto permitió frenarla a su debido tiempo y evitar el choque. El navegante tuvo tiempo de enfocar exactamente el pequeño telescopio de a bordo por el rayo del localizador pero no vio nada. El radioperador de la nave informó que a medida que el cuerpo desconocido se iba aproximando a la nave, se debilitaba en la pantalla la señal del localizador y desaparecía en el momento de su máxima aproximación. Esto fue del todo inexplicable.

Esta vez fue completamente imposible «basarse» en la referencia de un meteorito o de que los aparatos no funcionaban, ya que este hecho lo confirmaban los apuntes de los automáticos. Se alarmaron en el Instituto de cosmonáutica. El cuerpo desconocido, que amenazaba la seguridad de las vías interplanetarias, era necesario encontrarlo costara lo que costase. Los observatorios comenzaron las búsquedas. Sinitsin participó en ellas desde el principio. A su disposición estaba una potente y novísima instalación de radar por medio de la cual se realizaron trabajos por el «contorno lunar». Días enteros el rayo invisible tanteaba el espacio en un radio de cuatrocientos mil kilómetros de la Tierra. Y por fin, hace una semana cuando llegó Sinitsin al trabajo vio en la cinta del aparato registrador la señal tan esperada. A las tres cincuenta y nueve minutos y treinta segundos, a una altura de doscientos ochenta mil kilómetros había volado un cuerpo de cuarenta metros de diámetro. Se movía del oriente hacia el occidente, es decir, en dirección contraria a la rotación de la Tierra. Al cabo de dos días, ptro ahora de día, en la misma parte del cielo, pero a distinta altura, el radar «vio» de nuevo algo parecido de las mismas dimensiones que la primera vez, pero que volaba con otra velocidad. Esto se repitió ocho veces. Todas las observaciones coincidían en lo referente a la dimensión pero divergían en cuanto a la altura y la velocidad. Ni una sola coincidencia completa. Fracasaron los intentos de ver el cuerpo misterioso con el telescopio visual, no se le pudo encontrar. Esto no asombró a nadie, ya que el telescopio se dirigió aproximadamente, y además, el cuerpo era muy pequeño y su órbita desconocida. En el Instituto de cosmonáutica ya sabían que los primeros éxitos habían sido conseguidos y esperaban de Sinitsin una información detallada…

¿Sería posible que habría que reconocer su incapacidad?

Murátov llevaba sentado más de una hora sin moverse y pensaba intensamente. La primera afirmación de que no podían ser varios cuerpos iba esfumándose gradualmente, sustituida por la seguridad de que eran varios. Y no tres o cuatro sino dos. A esta conclusión conducía el análisis de todo el trabajo realizado por Serguéi y por él mismo.

¡Dos, sólo dos! Giraban alrededor de la Tierra, encontrándose siempre contrapuestos en ambas partes del planeta.

Esta suposición se la hizo también Serguéi. Se ocupó de calcular las órbitas posibles y llegó al absurdo.

A Murátov ni tan siquiera se le ocurría poner en duda la exactitud de los cálculos de su amigo. Lo de Serguéi todo estaba bien, todo, excepto…

Murátov salta del diván y se dirige a la mesa. Sí, es necesario comprobar esa variante, incluso en el caso de que parezca fantástica. Serguéi ha partido del supuesto de que son dos cuerpos surgidos naturalmente, que se mueven según las leyes de la gravedad.

Entonces, claro está, ninguna de las órbitas pensadas corresponderá al movimiento real de los cuerpos, pero, si son… artificiales…

En apoyo de esta suposición había muchos hechos.

Primero, los cuerpos no son visibles con el telescopio visual, incluso a una distancia corta (el caso de la astronave de carga). Esto se puede explicar debido a que están pintados con un color negro absoluto y no reflejan los rayos del Sol. Los cuerpos naturales no pueden tener este color.

Segundo, los radares los «ven» de lejos y no de cerca. Esto es más difícil de explicar, pero se puede suponer (fantaseando hasta el fin), que quienes los lanzaron han querido dificultar a las personas el hallazgo de estos cuerpos. Cómo lo han hecho, esa es otra cuestión.

Y, tercero, los cuerpos se mueven en dirección contraria al movimiento del planeta, al contrario de la rotación de la Tierra. Es cierto que este fenómeno se encuentra en la naturaleza, pero con poca frecuencia.

¡Se puede llegar a la conclusión de que son satélites artificiales de la Tierra lanzados desde otro sitio!

La tenaz memoria de Murátov recordaba que esta hipótesis fue expuesta en el siglo veinte. Una vez leyó algo sobre ella. ¿Cuál era el apellido del autor? Murátov pone en tensión la memoria. ¡Ah! Sí, Braithwell.

«Pero todos los satélites artificiales lanzados por el hombre se mueven según las leyes de la gravedad — pensó —. Vuelan por inercia, no poseen motor y ante la presencia de cualquier fuerza externa, la órbita puede adoptar el contorno más fantástico».

¿Facilita la resolución del problema esta nueva premisa? No, todo lo contrario, la dificulta. ¿Cómo averiguar la trayectoria, si es completamente desconocido su objetivo?

Pero a pesar de todo es necesario intentar algo puesto que son conocidos ocho puntas que pertenecen a dos órbitas. Es desconocido qué puntos determinados pertenecen a cada órbita. Pero la combinación de ocho puntos por cuatro no es mucho. ¿Y si a una órbita pertenecen tres, y a otra cinco? ¿O existe otra combinación cualquiera?

Inesperadamente le surgió una idea más. Murátov se conmovió al ver lo sencilla e importante que era. Si suponemos que los cuerpos son artificiales, entonces, naturalmente, se desprende otro razonamiento: no son compactos sino huecos. Esto cambia grandemente la masa y como consecuencia también todos los cálculos. Y, claro está, no son de piedra, sino metálicos. Entonces puede ocurrir también que una de las órbitas, calculadas por Serguéi para los dos cuerpos, sea cierta si añadimos a ella la corrección referente a la masa. Murátov comenzó a examinar desde el principio todas las anotaciones de Serguéi. Aunque Sinitsin hubiera estado, al realizar el trabajo, todo lo nervioso que se pudiera, las anotaciones y deducciones estaban perfectamente claras, lacónicas y exactas. Las costumbres arraigadas actúan inconscientemente…

En los trópicos amanece rápidamente. Los rayos del Sol naciente dispersaban las tinieblas en los rincones del gabinete. La luz de la lámpara es ya una mancha amarillenta.

Pero Murátov no se da cuenta de esto. Las placasprogramas desaparecen en la máquina una tras otra. En la pequeña pantalla aparecen claramente los resultados de los cálculos.

El matemático electrónico ayuda admirablemente al matemático hombre.

¡Órbitas, órbitas, órbitas! Sólo en ellas puede pensar Murátov, sólo ellas están clavadas en su mente. ¡No hay sitio para otra cosa!

A las nueve en punto de la mañana se acerca Sinitsin a la puerta de su gabinete llevando un ligero traje blanco, rasurado, esmeradamente peinado, animado e incluso aparentemente alegre. Pero la alegría es sólo exterior, en su alma hay alarma y turbación.

¿Habrá logrado Víktor, aunque no sea más que parcialmente, aunque no sea más que en algo, aproximarse a la solución? ¿Le habrá surgido alguna nueva idea que pueda arrojar algo de luz en las tinieblas del enigma cósmico?

Sinitsin conocía bien la aguda mentalidad de Víktor, su enorme capacidad matemática.

Poseía además un rasgo altamente desarrollado: la fuerza imaginativa, rasgo muy útil para la investigación y del que carecía en absoluto el mismo Sinitsin. Sinitsin era un práctico, Murátov, un teórico.

Diecisiete horas de trabajo (Sinitsin no dudó ni un sólo minuto de que. Víktor había trabajado toda la noche) algo tenían que dar.

Había que apresurarse. En cualquier momento podía exigir el Instituto de cosmonáutica que le enviaran todos los materiales y no habría manera de negarse. Sinitsin sabía muy bien que las rutas interplanetarias estaban cerradas temporalmente, que las naves cósmicas estaban en los cohetódromos esperando a que estuviera libre el espacio próximo a la Tierra. ¡Y numerosas expediciones se encontraban en Venus, en Marte, en los satélites de los grandes planetas, en los asteroides! Tenían cerrado el camino hacia la Tierra. ¡Todos esperaban!

Al abrir la puerta, Sinitsin se detuvo asombrado en el umbral.

Las cortinas estaban echadas, la habitación estaba a media luz. Víktor dormía tranquilamente en el diván con las manos debajo de la cabeza (¡posición ya conocida!).

Pero el asombro fue inmediatamente sustituido por una fuerte emoción. ¡¿Era posible?!

Y una inmensa alegría, una alegría sin límites invadió a Serguéi. ¡Se lanzó hacia la mesa teniendo la seguridad de que allí encontraría algo muy importante, algo decisivo!

¡Víktor no podía haberse dormido sin encontrar la clave del enigma!

Y la realidad no defraudó sus esperanzas.

Sinitsin leyó en un pequeño papel arrancado de un bloque de notas:

«¡Serguéi, lanza un hurra! Hoy por la tarde obtendremos una fotografía de tu «objeto». Y mañana por la mañana, del segundo. Una órbita ha salido en la pantalla. ¡Admírate! La segunda calcúlala tú mismo. ¿Me has tomado por un burro? ¡Estoy muy cansado!

¡Buenas noches!

Víktor P.D. ¡Bueno, te lo diré! Ambos «objetos» tienen la misma masa. ¡Tenlo en cuenta!»

2

Los científicos dirigentes del Instituto de cosmonáutica no estaban dispuestos a perder el tiempo. Inmediatamente le fue concedida la palabra a Sinitsin, que informó en forma breve:

— Probablemente, hace ya tiempo, giran alrededor de la Tierra dos satélites artificiales que no proceden de nuestro planeta. Tienen las mismas dimensiones y están huecos. Su forma es alargada. La sección longitudinal tiene forma de elipse y la transversal de círculo. Su longitud es de cuarenta metros. Estos datos es posible que no sean completamente exactos. Sus órbitas son en espiral. Los dos cuerpos unas veces se acercan a la Tierra y otras se alejan. La deducción, por las observaciones realizadas con los radares, es de que cambian continuamente su velocidad. Las distancias medias del centro de la Tierra son las siguientes: el primer satélite, doscientos dieciocho mil kilómetros; el segundo, ciento ochenta y seis mil. Los satélites, probablemente, son metálicos, pero no se puede determinar el peso específico del material debido a que es desconocido lo que existe dentro. La velocidad media del primer satélite es de cinco kilómetros y medio por segundo, la del otro de siete. Los datos obtenidos fundamentan la suposición de que en ambos satélites funcionan todavía sus motores, a pesar de que su aparición en las proximidades de la Tierra tuvo lugar en el año 1927 o antes. Si su movimiento por las órbitas en espiral se hubiera realizado por inercia, hace tiempo que deberían haber caído en la Tierra o en la Luna. Las órbitas las ha calculado el conocido matemático Murátov y en parte yo mismo. La posición de ambos satélites en las órbitas fue exactamente registrada a las cero horas del día de hoy y puede ser fácilmente calculada en cualquier momento. No se ha conseguido verlos con el telescopio visual, aunque su diámetro de cuarenta metros es suficiente para lograrlo. Murátov ha sugerido que son absolutamente negros y por consiguiente, invisibles, ya que no reflejan los rayos del Sol. Hemos intentado fotografiarlos con rayos infrarrojos, puesto que si son negros tienen que estar fuertemente recalentados por los rayos solares. Pero no hemos podido conseguir nada a pesar de una exposición de muchas horas. Lo mismo ha ocurrido cuando hemos utilizado placas sensibles a los rayos ultravioleta y Roentgen. A mí me parece que los satélites no son absolutamente negros sino, todo lo contrario, absolutamente blancos. Este es un enigma difícilmente explicable. He aquí todo lo que puedo informar al consejo en el momento presente. Continúan en nuestro observatorio los trabajos de observación de los satélites por medio de los radares.

— ¿No han intentado obtener fotografías con los rayos gamma? — preguntó uno de los presentes.

— No teníamos estas placas, pero las hemos pedido. En cuanto las recibamos lo intentaremos.

— No podemos esperar y seguir tranquilamente con los experimentos — manifestó el profesor Henri Stone, presidente del consejo científico del Instituto de cosmonáutica —.

Están inactivas todas las astronaves, está interrumpido todo el trabajo en el cosmos. Es una situación inaguantable. Debemos saber exactamente, lo antes posible, qué cuerpos son éstos. No podemos fundamentar en hipótesis y datos no comprobados la seguridad de las comunicaciones interplanetarias. Si los cuerpos son invisibles, cualquiera que sea la causa, no hay seguridad de que sean justas las órbitas calculadas…

— Pero Murátov y yo estamos seguros de ello — contestó Sinitsin.

— Si los cuerpos son invisibles — repitió Stone, echando una ojeada a Sinitsin —, no queda otra alternativa que dirigirse a ellos y, por decirlo así, tocarlos con las manos.

Ruego que no se ofenda el camarada Sinitsin. Nos ha informado que, según su criterio, los satélites tienen los motores funcionando y que la velocidad cambia ininterrumpidamente. ¿Qué garantía tenemos de que las órbitas no cambien? Esto puede ocurrir en cualquier momento. No sabemos quiénes y cómo los dirigen. ¿Son personas?

Es poco probable. Pero no podemos excluir la existencia de un cerebro electrónico. Y si esto es así, su programa nos es desconocido. Dejemos las controversias y discusiones para un momento más oportuno. La primera cuestión es: ¿podemos tener fe completa en los datos obtenidos?

— El nombre de Murátov nos es conocido — contestó el profesor Matthews, joven por su aspecto, pero de sesenta años de edad —. A Sinitsin lo conocemos bien. Según mi criterio, se puede considerar que las órbitas de los satélites coinciden en la actualidad con los cálculos. ¿Dígame — preguntó a Sinitsin —: sus trayectorias coinciden con los ocho puntos conocidos anteriormente?

— Sí, coinciden completamente. Los radares han localizado tres veces el satélite más lejano y cinco veces el más próximo.

— ¿Han probado ustedes otras combinaciones? Por ejemplo, ¿cuatro y cuatro?.

— Hemos probado todas las combinaciones posibles. Es más, hoy por la mañana el radar de nuevo «ha cogido» el satélite más cercano. Y su posición coincidió completamente con los cálculos.

— Esto es bastante convincente.

— ¿Cuál es la opinión de los demás? — preguntó Stone.

Los otros diez presentes se manifestaron de acuerdo con Matthews.

— Entonces planteo la segunda cuestión: ¿es necesario enviar las naves en busca de estos satélites? ¿Si es así, cuántas: una, dos o más?

El consejo se manifestó por el envío simultáneo de dos naves en busca de los dos satélites.

— Y, para terminar — dijo Stone —, la tercera cuestión: ¿ofrece peligro esta expedición?

Sinitsin se animó. Stone había tocado la cuestión que habían examinado Víktor y él hoy por la mañana.

— ¡Pido la palabra!

— Se concede la palabra al camarada Sinitsin.

— Quiero darles a conocer — comenzó Serguéi — las ideas que nos han surgido a Víktor Murátov y a mí en lo referente al peligro en la aproximación de las astronaves terrestres a los satélites. Nos encontramos ante dos cohetes exploradores, enviados por científicos de otro mundo para estudiar a distancia nuestro planeta. Es indudable que ambos satélites trasmiten información de alguna forma a aquellos que los han lanzado. Todo esto, aunque es bastante raro, a fin de cuentas es natural y para nosotros comprensible. Extraña e incluso enigmática es otra cosa. Se ha hecho todo para que nosotros, las personas de la Tierra, no pudiéramos conocer durante el mayor tiempo posible la existencia de estos satélites. Las órbitas en espiral, la velocidad variable, la pintura y, posiblemente, el mismo material, que los hacen invisibles a simple vista, y finalmente, las interferencias, indudablemente artificiales e intencionadas, impiden la localización de estos cuerpos sobre todo a corta distancia. Tantas precauciones no son casuales sino intencionadas. Y lo más interesante es que todas estas medidas están relacionadas con la técnica existente en la Tierra en la primera mitad del siglo veinte, es decir, cuando debemos pensar que estos satélites aparecieron cerca de ella. ¡Esto nos dice que esta exploración no es la primera! Aquellos que nos enviaron estos huéspedes no invitados, conocen bien nuestro planeta, saben que está poblado de seres racionales, saben el nivel de nuestra ciencia y técnica. La conocían, mejor dicho, hace cien años, pero es posible que conozcan también la Tierra actual. No en balde nos han dificultado las búsquedas de sus exploradores. ¿Qué nos dice todo esto? Supongamos que nosotros nviáramos unos exploradores al vecino sisteir. i solar en dirección de cualquier planeta. ¿Tomaríamos medidas para que los habitantes de este planeta no pudieran ver a nuestros mensajeros?

¡Claro que no! Todo lo contrario, haríamos todo lo que dependiera de nosotros para que los vieran, porque los consideraríamos como un medio de comunicación con otro mundo racional, como un medio para darles a conocer nuestra existencia. De esta forma y no de otra deben de obrar los seres racionales de cualquier mundo. Pero nosotros observamos un cuadro completamente diferente.

Se han enviado estos exploradores no con el objeto de establecer comunicación con nosotros. El fin es otro. Y no quieren que nosotros, las personas de la Tierra, conozcamos estos fines. He aquí en lo que debemos pensar.

Los miembros del consejo escucharon con gran atención a Serguéi.

— Resulta — dijo después de un largo silencio el profesor Matthews —, que nos encontramos con aquello que siempre se consideraba imposible en las relaciones entre los mundos. ¡El primer encuentro con un intelecto ajeno y… pérfidas intenciones.

— No, ¿por qué? — le costó gran trabajo a Sinitsin retractarse, debido a que Víktor y él habían llegado precisamente a la misma conclusión que Matthews —. ¿Por qué obligatoriamente tienen que ser pérfidas? Incluso se puede pensar que sus intenciones son las más amistosas. Por ejemplo: los satélitesexploradores son peligrosos, es necesario tener gran precaución con ellos… ¡Es que el nivel de desarrollo de los seres que han llegado a verificar tales experimentos excluye motivos viles! — exclamó viendo reflejada la duda en los semblantes de los oyentes —. ¡Pueden ser peligrosos para nosotros! Las precauciones adoptadas por aquellos que los han enviado pueden significar: «¡Atención!» «¡Peligro!» «¡No acercarse!» ¿Y si son de antisubstancia? Esta es mi conclusión personal — hizo notar en voz baja Sinitsin.

— La va a renunciar ahora mismo — dijo sonriendo Stone —. Recuerde el caso con la astronave de línea «Tierra — Marte». Un cuerpo desconocido tocó el bordo de la nave.

Ahora sabemos que fue uno de los satélites. Al tocar dejó una abolladura pero no tuvo lugar ninguna desmaterialización.

— Es cierto, me había olvidado de esto — manifestó Sinitsin.

— Todo lo que ahora hemos oído — continuó Stone —, y que puede ser cierto o no, confirma lo fundamentado de mi pregunta: ¿ofrece peligro la expedición proyectada?

Acabo de refutar la invención de Sinitsin. Comprendemos bien lo que le ha impulsado a buscar apresuradamente una explicación. Esto hace honor a sus condiciones humanas.

Ahora quiero refutarme a mí mismo. Hace poco dije que la presencia en los satélites de personas o en general de seres racionales era dudosa y poco probable. Pero no he tenido en cuenta que estos satélites existen ya hace cien años y es posible que más. Por lo tanto hay que excluir la presencia de seres vivos, incluso aunque los habitantes de ese mundo tengan una vida muy longeva, ya que no tiene ningún sentido encerrarse durante cien años en un local estrecho. Si existe en ellos dirección ésta se realiza desde afuera o es un cerebro electrónico. ¿Entonces para qué arriesgarse? ¿Podemos destruir los dos satélites y todo se acabó? Yo soy partidario de la opinión de que intenciones pérfidas no las hay, ni las ha habido. Pero de todas formas hace tiempo que estos satélites cumplieron ya el fin para el que fueron enviados.

— Esto de ninguna forma lo sabemos — objetó el miembro del consejo Stanislav Leschinski —. Si los motores han funcionado hasta ahora, significa que fueron calculados para todo este tiempo, y de esto se deduce que todavía tienen necesidad de ellos. Pero el hecho no consiste en que los satélites sean o no necesarios a los que los lanzaron.

Tenemos completo derecho moral a destruirlos. Sus dueños no contaron con nosotros, ni nos preguntaron, incluso, ni pensaron en nosotros. No han podido dejar de comprender que cuerpos invisibles, en vecindad con el planeta, cuya técnica ha llegado hasta llevar a cabo las comunicaciones interplanetarias, representan un gran peligro. Me parece que la cuestión sólo se puede plantear de la siguiente forma: ¿Son útiles para nosotros estos satélites? ¿Nos es necesario conocer su construcción, motores, los aparatos que llevan?

Si esto es así, hay que no sólo encontrarlos, sino penetrar en ellos. Y si no, entonces destruirlos, sin exponerse.

— En esto no puede haber opiniones diferentes — dijo Stone —. La técnica de dos mundos no puede ser completamente idéntica. Obligatoriamente se encontrará algo útil.

Por ejemplo: métodos de localización de interferencias, «invisibilidad», medios de transmisión de informaciones a través del inmenso espacio que separa los sistemas vecinos. ¿Además, no sabemos si son vecinos?

— Entonces no hay más de que hablar. Es necesario y se acabó. — Leschinski «decapitó» enérgicamente esta palabra dando con la palma de la mano en la mesa —. Ya que sabemos que puede existir peligro, no es necesario, según decidimos, enviar dos naves hacia los satélites, sino una, primero hacia el primer satélite y después al segundo.

En ella deben volar sólo voluntarios.

— ¿Qué quiere usted decir con esto? — dijo asombrado Stone —. ¿Cómo pueden ser no voluntarios?

— Quiero decir que los participantes de la expedición deben saber que arriesgan la vida. Pero tiene usted razón — dijo sonriendo Leschinski — la palabra «voluntarios» es un anacronismo.

— Habrá más de los que necesitamos. Pero «¡arriesgar la vida!» es una expresión que causa temor. — Stone se inclinó hacia adelante y recorrió con la mirada a los miembros del consejo —. Propongo a cada uno que piense y resuelva ¿merece el hecho la pena?

Reinó un minuto de silencio. — ¡Sí! — dijo el primero Matthews.

— ¡Sí! — repitió Leschinski.

— ¡Sí!.. ¡Merece!..

— Ruego que se me confíe la dirección de la expedición — dijo Stone.

— Creo que mi amigo y yo nos hemos merecido este derecho y pido que se nos incluya — añadió Sinitsin.

— Murátov no está presente.

— Esto no tiene importancia. Yo le represento.

— ¿Tiene su conformidad?

— No, no he hablado con él sobre esto. Pero yo respondo…

Ya hay tres. Pienso que son suficientes cuatro o cinco personas.

— Muy reconocido — Murátov subrayó estas palabras inclinándose —. Eres encantadoramente amable. ¿Mas que pensarías si yo no tuviera ningún deseo de salir al espacio?

— ¿A esto llamas espacio? — Sinitsin se encogió de hombros —. Es al lado de la Tierra.

Más cerca que la Luna.

— Supongamos que es incluso en la misma Tierra…

— ¿Bueno, y qué?

— ¡Precisamente este qué!

— ¡Déjame en paz! — Sinitsin indignado volvió la espalda a su amigo —. ¡Qué persona eres! Te dan tal confianza y tú… ¡Puedes negarte! Ahí tienes el radiófono… — con un ademán de enfado indicó la mesa donde se encontraba el aparato.

— No tengo por qué negarme. No he dado mi conformidad para nada. ¡A mí qué me importa! Tú me has incluido en la expedición, tú me quitas.

Sinitsin se levantó de un salto y se dirigió al aparato.

— ¡Quieto! — Murátov tuvo tiempo de agarrar a su amigo del brazo y con fuerza le hizo sentarse otra vez en el sillón —, ¡No comprendes las bromas! ¿Cómo te voy a dejar solo si existe peligro? ¿Quién va a cuidar de ti? ¿Cuándo hay que volar? — preguntó Murátov con tono enérgico.

— Dentro de una semana.

— Por ahí hubieras empezado. Tengo tiempo de terminar mi trabajo que he interrumpido por tu causa. ¿Por qué tanta dilación, estando todas las astronaves detenidas?

— Ya no existe peligro. Es conocido el lugar donde se encuentran los dos satélites.

— ¿Y si cambian de órbita?

— Se notará a su debido tiempo. Los observan ininterrumpidamente casi todos los radares del globo terrestre. Les hemos dado buenos datos para que los observen.

— ¿Ha resultado bien, verdad?

— ¡No presumas! Tú sabes que has acertado por casualidad.

— ¡Oh, no! No casualmente. Que casualidad es ésta, si tuvieron que ser eliminadas todas las órbitas naturales. Esto no es más que lógica.

— O fantasía.

— Puede ser fantasía — aceptó Murátov —. Este factor nunca hay que olvidarlo. La fantasía en la ciencia es necesaria. Si la tuvieras no tendrías que gritar «¡socorro!» y llamarme en tu ayuda…

— ¡Cacareó la gallina! — exclamó con enojo Sinitsin —. Puso el huevo y se imagina que ha salvado a Roma.

— Fueron gansos. Pero no me has contestado a mi pregunta. ¿Por qué esta dilación?

— Es necesario equipar a la nave. Stone, según me parece, instalará en ella todos los aparatos de observación que existen. No es fácil encontrar lo invisible que hasta ahora es y más aún en el espacio.

— ¡Ah! ¡En el espacio! Y tú dijiste que es en… Bueno, no voy a discutir pequeneces.

¡Vaya un enigma! Espera, se me han ocurrido algunas cosas. Supongamos que todo el cuerpo de los satélites es de material antimagnético. Probablemente, por dentro, exista alguna parte metálica…

— ¿Magnético? Está previsto. Habrá también aparatos de este tipo.

— Lo sé. ¡No me interrumpas! — Murátov comenzó a andar lentamente de un rincón a otro de la habitación —. Supongamos que estos cuerpos no absorben los rayos del Sol y, claro, no se calientan. ¿Tienen motores? ¡Tienen! Entonces tiene que existir algún calor, muy débil, pero tiene que existir. Lo que significa que, a corta distancia, deben aparecer en la pantalla infrarroja. A propósito, tu criterio de que son absolutamente blancos no resiste la crítica. ¡Espera, no discutas! ¡Después! Mi suposición de que son absolutamente negros también ofrece dudas. Pero como ves yo no discuto. Sigamos adelante. Se puede decir con seguridad que de los satélites se transmite información. ¿Pero cómo? Lo más probable con ondas extracortas. Entonces el transmisor se puede localizar. Esta es la tercera cuestión. Cuerpos sin masa no existen. Sabemos que la masa de los satélites es bastante considerable. Desde la Tierra seguirán a nuestra nave y a los satélites y nos informarán cuando nos acerquemos a ellos. Suponiendo que no los vemos y que no los registren ningunos aparatos. Dos masas en el espacio vacío. Prácticamente está vacío, ¿no es verdad?… Llegarán a estar muy juntos. ¡Esta es la cuarta cuestión! Los satélites y todo lo que en ellos se encuentre no pueden ser absolutamente transparentes. Se les podrá ver con los ojos, como una mancha negra en el fondo del firmamento. Claro está desde una distancia corta. ¡Esta es la quinta! Ahora es cuando puedes discutir si quieres.

— ¡No estoy dispuesto! — dijo Sinitsin mirando con ojos sonrientes a su amigo —. Todo es cierto. Pero veo que ha sido un error confiar la dirección de la expedición a Stone.

Debían haberte nombrado a ti. Ahora ten paciencia. Te ofenderás después. Escucha.

Víktor Murátov ha descubierto cinco métodos para encontrar los satélites en el espacio.

Te conozco: has callado, esto significa que no se te ocurre nada más. ¡Pero a Stone se le ha ocurrido… ¡Te estremeces, amigo! ¡Determinador gravitacional de masa, uno!

¡Proyector gamma, dos! ¡Manos arriba! ¡Besa la alfombra!

Murátov miró perplejo a Sinitsin unos segundos. Después, acercándose hasta su misma cara, le dijo en tono confidencial:

— ¿Es decir, siete? ¿Sólo siete y no más? El satélite encontrado lo palparemos. Claro está, con las manos. ¿Y no querrás verlo con los ojos? ¿Tienen superficie? La tienen aunque sea invisible. ¿Y si la pintamos? Un pulverizador, ¡y son ocho!

El semblante de Sinitsin reflejó seriedad.

Me parece que esto no está previsto — dijo —. Hay que comunicarlo inmediatamente a Stone. ¡Bravo, Víktor!

3

Los logros del pensamiento técnico asombran a las personas sólo en los primeros tiempos, mientras son todavía nuevos y no habituales. La persona adapta rápidamente su conciencia a las nuevas condiciones, y aquello que hasta hace poco le parecía maravilloso se convierte en habitual.

Cuando a comienzos del siglo veinte aparecieron los aeroplanos, cuando la persona se elevó por primera vez, parecía que sólo los elegidos podrían volar, que para esto eran necesarios valor, carácter y salud física. Pero pasó relativamente poco tiempo y el empleo del transporte aéreo entró en el uso corriente. Dejó de causar asombro a las personas; comenzaron a tomar el avión, como antes se hacía con la diligencia o el tren.

Lo mismo pasó con los cohetes. Los aviones de reacción habituaron imperceptiblemente a las personas a la idea de que se podía volar también sin alas. Y cuando los cohetes entraron en funcionamiento en el transporte de pasajeros, no exigió mucho tiempo el que la gente se acostumbrara a ellos.

Y del vuelo en cohete a la atmósfera hasta el mismo vuelo fuera de ella, no hay más que un paso y éste lo dio el hombre sin darse cuenta. Pasó rápidamente el período de la conquista de las rutas cósmicas, repleto de hazañas románticas. Y el primer raid de pasajeros Tierra — Luna fue recibido como algo habitual que no tenía nada de extraño.

La conciencia de la humanidad de una forma sencilla y natural se trasladó de la esfera terrestre a la cósmica.

Hasta ahora Víktor Murátov nunca tuvo que abandonar la Tierra. Incluso en los años de estudio, primero en la escuela y después en el instituto, sin saber cómo, no participó en ninguno de los vuelos a la Luna previstos por el programa. No recordaba si había estado enfermo entonces o hubo otra causa.

Pero cuando su amigo de la infancia y de la juventud lo incluyó en la expedición que se dirigía en busca de los satélites misteriosos de la Tierra, Murátov incluso no pensó en que le esperaba algo extraordinario, fuera de los marcos de la vida corriente. Consideraba el futuro vuelo al espacio, lo mismo que una persona de la primera mitad del siglo veinte la realización de un viaje al Ártico en rompehielos. Era una cosa no habitual pero no tenía nada de particular para que pudiera producir una emoción especial. Centenares y miles de personas, iguales a él, habían realizado viajes mucho más largos en el cosmos.

Las condiciones de vida en las astronaves eran bien conocidas por todos desde los bancos de la escuela. Los entrenamientos en los aparatos vibratorios y en las cámaras antigravitatorias estaban desde hace tiempo incluidos en el programa de educación física de los escolares. Las personas terminaban los años de estudio completamente preparadas para cualquier vuelo cósmico.

Los pensamientos de Murátov estaban enfrascados no en el vuelo sino en su objetivo.

Cuanto más pensaba en este objetivo tanto mayor era la desconfianza en el éxito de la expedición. Le venían a la cabeza decenas de posibles obstáculos, y cada uno de ellos era suficiente para reducir a la nada todos los esfuerzos. No le cabía la menor duda de que los satélites eran en realidad exploradores de otro mundo, y que aquellos que los enviaron hacia la Tierra, hicieron todo lo posible para asegurar su invulnerabilidad.

¿Podrían salvar las dificultades?

Compartían las dudas de Murátov todos los miembros del consejo científico del Instituto de cosmonáutica, y éstas estaban justificadas.

La tarea planteada a la expedición resultó mucho más complicada de lo que se podía pensar…

El hecho de la aparición alrededor de la Tierra de dos satélites artificiales creados por otra mente y por otro mundo, no asombró, aunque fuera un tanto raro, ni a los científicos, ni a la amplia opinión pública. Las personas estaban acostumbradas hace tiempo a la idea de que, tarde o temprano, se recibirían pruebas directas de la existencia de gentes más allá de la Tierra. Por eso cuando esto tuvo lugar nadie se asombró. La reacción de la humanidad tuvo su expresión en una palabra: «¡Por fin!».

La suposición de que los amos de los satélites pudieran no ser hermanos sino enemigos, fue rechazada enérgicamente por una mayoría aplastante. ¡Esto hubiera sido monstruoso, absurdo, imposible! Seres capaces de enviar exploradores a un sistema ajeno, capaces de crearlos, no pueden tener sentimientos de hostilidad o de odio hacia otros seres.

«¿Por qué dificultan entonces el que conozcamos a estos satélites?», preguntaban los que dudaban.

«Esto no lo sabemos — les respondían —. Pero lo sabremos después. No hay que olvidar que los satélites fueron enviados cuando en nuestra Tierra existían fenómenos tales, como la hostilidad entre los pueblos y la guerra. Y todo indica que desde hace tiempo conocían la existencia de la Tierra y conociendo las personas que existían entonces, no quisieron darnos a conocer su técnica, que podría haber sido utilizada para el mal. Por ejemplo, la técnica atómica, que hace cien años todavía no la conocíamos».

Todos estos razonamientos eran verosímiles.

Pero en los círculos reducidos de los trabajadores de la cosmonáutica y en aquellos que, costara lo que costara, tenían que establecer contacto con los exploradores, no podían despreciar, aunque fuese poco creíble, la posible hipótesis de «hostilidad». Era necesario prestarle atención y la tenían en cuenta.

La nave fue equipada con todos los medios de defensa, que se pudieron prever, ante cualquier peligro.

Y la expedición comenzó el día señalado, día que quedaría grabado en la memoria de todos los hombres de la Tierra.

Pasaron cuarenta y dos horas. La astronave «Guerman Titov», laboratorio volante del Institulo de cosmonáutica, se encontraba en una órbita paralela al satélite explorador más próximo a la Tierra, manteniendo una distancia poco considerable.

Los observatorios terrestres habían transmitido unas quince veces que coincidían las coordenadas de la nave con las del satélite, que ambas habían sido registradas por los radares en un mismo punto y que como consecuencia se encontraban en una misma línea, según el «rayo visual» de las instalaciones de radar.

Pero no había forma de encontrar el satélite.

Numerosos aparatos, instalados en un enorme bastidor que ocupaba una gran parte de la sala de trabajo de la nave, no percibían nada. Sólo el determinador gravitacional, o gravímetro, como le llamaban frecuentemente, mostraba la existencia de una masa considerable en el espacio próximo, que a simple vista parecía completamente vacío.

El satélite, sin duda alguna, se encontraba muy cerca.

Por desgracia, eran insuficientes las indicaciones sólo de un gravímetro para acercarse a un cuerpo invisible. Era necesario sondearlo con otros aparatos, que indicaran no sólo la masa, sino la dirección exacta hacia ella y también la distancia.

Estos datos todavía no existían.

El satélite manifestaba claramente el deseo de no «entregarse en las manos» fácilmente…

Al principio todo marchó como sobre ruedas. El comandante de la «Titov», Yuri Véresov, experimentado astronauta, puso su nave con mucha seguridad en la trayectoria necesaria y, observando las indicaciones de la Tierra, «se colocó» pegado al satélite. Entonces llegó el primer comunicado sobre la coincidencia de las coordenadas. Parecía que el objetivo había sido conseguido y que lo restante era sencillo: pegarse bordo con bordo y comenzar a observar al «huésped».

Pero esto era sólo en apariencia.

La «Titov» se acercaba despacio y con precaución al objetivo. Nadie sabía qué esperaba a las personas en la aproximación al «extranjero», cómo recibiría la astronave terrestre, qué medios de «defensa» habían establecido en él los desconocidos amos.

Podría ser posible que hubieran decidido que las personas de la Tierra no debían conocer, bajo ningún pretexto, a sus exploradores, pues no en balde fueron adoptadas tan numerosas medidas de precaución.

En una sola cosa había completa seguridad: ¡los satélites no eran de antisubstancia!

— Puede explotar si nos acercamos demasiado, — supuso Stone —. ¿No es hora ya de enviar un robot?

— Creo que es pronto — contestó Sinitsin —. Es necesario acercarse más.

— ¿Y quién puede decir si estamos cerca o lejos? — preguntó Véresov.

— En primer lugar, esto nos indica el gravímetro. Sus indicaciones todavía no han llegado a los cálculos realizados por nosotros sobre la masa del satélite. Esto significa que por ahora está lejos. En segundo lugar, deben ya ponerse en funcionamiento otros aparatos. Los radares terrestres penetrarán en el satélite cualquiera que sea su defensa.

Lo cual quiere decir que nosotros podemos sondearlo aunque sea lo invisible que sea.

Los rayos infrarrojos… — Sinitsin se quedó con la palabra en la boca…

La aguja del gravímetro se inclinó fuertemente hacia la izquierda. Y casi en este mismo momento varios observatorios terrestres informaron inmediatamente que el satélite se había escapado de las pantallas de los radares, yendo hacia adelante y aumentando la velocidad.

Involuntariamente se preguntaron: «¿Es esto casual?»

— Como si nos hubiera olfateado — dijo Murátov.

Véresov conectó el acelerador.

La situación era de nuevo la misma aproximadamente al cabo de una hora. La aguja del gravímetro se desvió hacia la derecha.

Murátov no apartaba los ojos del ocular del telescopio. Le fue encargada la observación visual pero hasta ahora no había podido ver nada. Y de repente le pareció que una mancha opaca oscureció el refulgente campo de estrellas que rodeaba la astronave. Algo parecido un espectro, grande y oscuro, eclipsó los puntos no centelleantes de los astros formando un abismo negro en la inmensidad del cosmos.

Pero la visión apareció por un instante y desapareció. ¿Por fin se había conseguido ver el satélite misterioso, o fue un engaño de la vista cansada?

Murátov no dijo nada de lo que había visto a sus camaradas. De nada les hubiera servido.

Véresov comenzó de nuevo a aproximarse con precaución, dirigiéndose sólo por la aguja del gravímetro que se deslizaba suavemente hacia la derecha.

Se acercaba la masa desconocida.

Stone ya había extendido la mano hacia el botón. Una ligera presión y del cuerpo de la «Titov» se separaría un robotexplorador cósmico en forma de cohete pequeño, pero potente. Dirigido por el gravímetro portátil avanzaría hacia la masa vecina para adherirse a ella, y enviar a la nave las señales de sus aparatos sensibles, capaces de escuchar lo «inescuchable» y de ver lo «invisible».

Algo había centelleado en la pantalla infrarroja.

Y… de nuevo un fuerte salto de la aguja hacia la izquierda. Un minuto de espera y la voz de la Tierra informó: ¡el satélite de nuevo se ha apartado, ha frenado, se ha rezagado!

Esto ya se parecía a una acción consciente.

Véresov pone en funcionamiento los motores de freno.

— Así podemos continuar hasta la eternidad — dijo para sí, pero lo suficientemente fuerte.

Sinitsin pudo notar esta vez una señal entrecortada del radiolocalizador. En ondas superextracortas tenía lugar una transmisión. No podía proceder de la Tierra ya que todas las estaciones de onda corta no funcionaban a esta hora cumpliendo una petición del Instituto de cosmonáutica. No cabía duda de que las señales debían proceder del satélite.

Quedó sin saber si esto había sido radiación de su propio transmisor o, al contrario, si su receptor había captado un comunicado ajeno.

— ¿Puede ser que sea un eco de la transmisión que acabamos de recibir? — conjeturó Stone —, por ejemplo de la Luna.

— Tienen un diapasón completamente distinto — contestó Sinitsin —. El eco podía llegar de la Luna mucho antes, pero no en este momento. Está demasiado cerca.

Esta vez pasaron más de dos horas hasta que consiguieron aproximarse al satélite.

Por tercera vez todo se repitió como al principio.

Y lo mismo sucedió después con la cuarta… con la quinta… con la sexta…

El satélite «jugaba». Aumentaba o disminuía la velocidad en cuanto la «Titov» se acercaba a una distancia, por lo visto, completamente determinada. Era imposible predecir estas maniobras, no había en ellas ninguna sucesión. Con frecuencia el satélite se marchaba varias veces seguidas, después frenaba inesperadamente, y de nuevo marchaba hacia adelante. Era difícil dejar de pensar en que esto no fuera un mecanismo, sino un ser vivo que aspiraba a ocultarse, a escaparse de la persecución que no le dejaba tranquilo.

Todo esto se repitió durante cuarenta y dos horas.

Ni a los participantes de la expedición, ni a los científicos que observaban la marcha de las operaciones desde la Tierra, les cabía la menor duda de que al satélite lo dirigía alguna voluntad consciente. Era evidente, que había «alguien» o «algo» captado por la «Titov» que había adivinado sus intenciones y quería impedir el encuentro.

¿Quién lo dirigía? ¿Y de dónde se realizaba esta dirección? Desde el mismo satélite o… Pero era demasiado fantástica la idea de que se podría dirigir desde otro planeta fuera del Sistema solar.

— Es un cerebro electrónico y se encuentra en el satélite — afirmó Stone.

— De ninguna forma puede encontrarse en el satélite — replicó Murátov —. En tal caso no eran necesarias las señales de radio.

— Puede venir de un satélite a otro ya que son dos.

— No tienen nada de que «hablar» si en ellos no existe un ser racional. La dirección procede de la Luna, o… de la Tierra.

— ¿De la Tierra?

— ¿Es que esto no es posible? — contestó Víktor a la pregunta con otra.

Esta suposición que a primera vista parecía tan rara, tenía, en efecto, un fundamento real. Si los habitantes de un mundo vecino (¿sería vecino?) conocían hace tiempo la Tierra, lo cual parecía que ya no ofrecía dudas, ¿acaso no habrían podido secretamente visitar nuestro planeta y dejar en él, en un lugar bien oculto, su cerebro electrónico? En la época, cuando todavía no existía el «Servicio del cosmos» y nadie observaba el espacio próximo a la Tierra, una astronave ajena podía aterrizar en el planeta y despegar sin que nadie lo notara. Murátov estaba en lo cierto. Y aún era mucho más fácil ir a la Luna en la que el hombre todavía no había puesto el pie; más aún que hasta ahora no estaban descubiertos todos los secretos de la Luna, y su superficie no había sido explorada por completo.

— Si existe este cerebro electrónico — dijo Véresov —, y tiene el programa de no permitir la aproximación de los objetos terrestres, jamás alcanzaremos al satélite.

— Algo parecido — dijo desalentado Stone.

La persecución continuó tenazmente, pero ya hacía tiempo que se habían perdido todas las esperanzas de éxito.

El satélite no puede «cansarse». Si la energía que posee había bastado para los cien años anteriores, e incluso más, entonces no existe ningún fundamento para esperar que se agote precisamente ahora. Sólo los hombres pueden cansarse.

Nadie podía suponer que la expedición se dilatara tanto. A bordo no había segundo piloto y el conductor automático no servía para los cambios repentinos del vuelo, ya que no se le podía dotar de un programa de acción.

La «Titov» volvió a la Tierra después de dos días y medio de persecución.

Salieron de ella Stone, Murátov, Sinitsin y Véresov cansados, excitados por el fracaso completo.

— ¡Hay que pensar, pensar y pensar! — dijo Stone —. No existen problemas indisolubles. ¡Tiene que haber solución y la encontraremos!

4

Pasaron varios días.

Yuri Véresov ocupó de nuevo su puesto en el cuadro de mando. La tripulación de su astronave estaba formada por las mismas tres personas.

Esta vez el «Guerman Titov» no iba sólo. Con él volaban dos naves más de la escuadrilla técnica del Instituto de cosmonáutica: «Valentina Tereshkova» y «Andrián Nikoláiev». Todas las astronaves de esta escuadrilla llevaban los nombres de los primeros cosmonautas de la Tierra.

La segunda expedición comenzó con el mismo objetivo pero con métodos distintos, elaborados en gabinetes silenciosos.

Los satélites estaban tranquilos durante estos días. El más próximo de ellos «se tranquilizó» en cuanto la «Titov» cesó la persecución y tomó rumbo hacia la Tierra. Vuelta tras vuelta por su órbita espiral, giraban inmutablemente los dos exploradores alrededor de la Tierra, cambiando de vez en cuando la velocidad en correspondencia con la distancia y las leyes físicas, y con menos frecuencia por su propia iniciativa.

Sin ningún trabajo los seguían las instalaciones de radar. Las señales en las pantallas eran demasiado débiles pero no se habían perdido, y las observaciones se realizaban durante las veinticuatro horas del día.

A petición del Instituto de cosmonáutica una de las astronaves que regresaba a la Tierra procedente de Venus, voló cerca del satélite más lejano, para comprobar cómo reaccionaba. El explorador número dos la dejó casi pegarse a la nave y lo mismo que el primero se escapó de ella aumentando la velocidad.

Los dos satélites maniobraban idénticamente.

La comparación de los resultados de este experimento con lo observado durante la primera expedición de la «Titov», condujo a la aparición de una nueva teoría casi contraria a la primera. Sinitsin y Stone, independientemente uno del otro, llegaron a la misma conclusión: a los satélites no los dirigía nadie, mejor dicho, no los dirigían personas, seres vivos y racionales. Los aparatosautomatas reaccionan ante la aproximación de una masa extraña y transmiten la señal a los motores, que también se conectan automáticamente, dirigiendo el satélite hacia adelante o hacia atrás, resultando la dirección algo casual.

Nada de racional había en las acciones de los satélites.

— Estos aparatos — señaló Stone — reaccionan lo mismo ante la aproximación de los satélites a, la Tierra o a la Luna. Esto lo puede explicar su órbita en espiral. Y por esto es completamente natural que ellos sientan la masa de la Tierra o de la Luna a una distancia mucho más grande que la masa de la «Titov».

Este punto de vista parecía que lo explicaba todo. Tenía el mismo derecho a ser mantenido que cualquier otro, ya que la verdad era desconocida. Pero tuvo lugar un hecho que dio base para dudar de la justeza de esta hipótesis. Fue la señal del radiolocalizador, observada por Sinitsin, en la segunda marcha de la «Titov» hacia el satélite. Es cierto que esta señal fue única y que no se volvió a repetir. Si el aparato registrador no la hubiera grabado en la cinta, lo que demostraba la irrefutabilidad de la existencia de la señal, se hubiera podido sospechar que Sinitsin se había equivocado.

— No demuestra nada — dijo Henry Stone no dando su brazo a torcer —. La señal iba de un satélite a otro. Esto sencillamente significaba: «¡Atención!» Los equipos cibernéticos pueden dar señales de advertencia.

Murátov presentó una proposición concreta en la reunión de turno del consejo científico.

— Tenemos — dijo — dos puntos de partida para las acciones ulteriores. Primero: los satélites perciben la aproximación de masas extrañas, además no es grande la sensibilidad de los aparatos instalados en ellos. Segundo: la presencia de transmisiones de radio. Estas dos circunstancias se pueden utilizar para obtener información. ¿Cómo?

Intentaré ahora explicarlo, comenzando del segundo punto. Si el camarada Stone está en lo cierto y los satélites se advierten mutuamente del peligro, entonces lo tendrán que hacer por segunda vez, cuando de nuevo nos acerquemos a uno de ellos. Llamo particularmente la atención de ustedes en que la señal del radiogoniómetro apareció sólo en la segunda marcha de la «Titov» y no en la primera lo cual sería completamente lógico.

¡Por qué ocurrió esto? ¿Es que es posible que el aparato automático cibernético pueda «dejar escapar» nuestra primera aproximación? ¿Es que estaba durmiendo? Sólo encuentro una explicación a este hecho mucho más que extraño. Esto podía ocurrir únicamente si la señal fuese enviada no por un aparato automático, sino por un ser vivo.

Pero en este caso la enviaría no desde el satélite sino fuera de él. Veo que alguno de ustedes quiere objetar algo. Esperen un poco a que termine de exponer mis ideas, y entonces… Propongo establecer de una vez y para siempre de dónde procedió la señal.

Esto se puede hacer por medio de la radiogoniometría. Claro está que para localizar un transmisor que está instalado en el espacio, son insuficientes las dos líneas corrientes, necesitamos tres. Para esto tenemos que enviar tres naves que registren la misma señal.

A propósito, según mis cálculos, la única línea que ya poseemos no ha pasado por el punto donde en aquel momento se encontraba el segundo satélite. Ahora pasemos al primer punto de partida. Nos hemos convencido de que el satélite permite acercarse mucho a la astronave, y solamente entonces se aleja de ella. Repito otra vez que esto demuestra la escasa sensibilidad de sus aparatos, por lo cual, no debemos alterarlos con una. Nos acercaremos al satélite a una distancia que no ofrezca peligro y lo demás lo realizarán las personas con escafandras. Se puede decir con toda seguridad que los aparatos del satélite no sentirán la aproximación de una masa tan pequeña como el hombre.

— ¿Cuál es el papel que usted destina a estas personas? — preguntó Matthews.

— El de examinar el satélite, aclarar de qué está hecho, por qué es invisible, y, por fin, tratar de penetrar en su interior.

— ¿Usted considera que este intento podrá llevarse a cabo?

— No estoy muy seguro de ello.

— ¿Usted piensa que la aparoximación al satélite está exenta de todo peligro?

— Sobre esto — Murátov se encogió de hombros — no puedo contestar nada. Es muy posible que sea peligroso. Si me lo confían, intentaré hacerlo.

— ¿Usted mismo?

— Claro. No podría proponer a nadie una cosa para la cual no estoy preparado yo mismo.

— De lo que usted nos ha dicho se puede deducir que está personalmente seguro, de que los satélites los dirigen personas, en el sentido de «seres racionales» — dijo Sinitsin, que en las reuniones oficiales, en presencia de numerosos científicos y reporteros no consideraba posible llamar a su amigo de tú —. ¿Entonces cómo explica usted, que el satélite, que perseguimos en la «Titov», cambiara la dirección del vuelo de una forma tan desordenada? ¿Por qué no se alejó inmediatamente de nosotros a una gran distancia?

Puesto que nos persuadimos de que podía volar más rápidamente que la «Titov». ¿Por qué esperó nuestra aproximación y sólo después se alejó? ¿Es que esto no tiene algo de parecido a la reacción de un mecanismo irracional? Si hubiéramos tenido que ver algo con un ser racional esto sería algo parecido al juego del gato y el ratón.

— Puedo contestar a esto diciendo que las personas que dirigían los satélites no quisieron que nosotros sospecháramos su existencia. Entonces la supuesta acción ilógica es un enmascaramiento sencillo. Pero contestaré de otra forma. En el satélite hay establecido un aparato que conecta el motor, indiferentemente hacia adelante o hacia atrás ante la aproximación de una masa extraña. Cuando se acercan él se aleja. Sin embargo puede aproximarse el mismo «amo» del satélite. Aquí, según mi criterio se encuentra la causa del hecho raro, de que la señal llegara después de nuestra segunda aproximación. Esta fue la orden de continuar evitando el encuentro. Si se hubiera aproximado la astronave de los «amos» entonces no habría señal y el satélite no se movería de su sitio. Y lo restante se explica según el criterio de ustedes: la reacción de un mecanismo irracional — terminó Murátov sonriéndose casi imperceptiblemente.

— ¿En dónde se encuentran estos «amos»?

— Para saber esto propongo realizar localizaciones. Pero quisiera que me comprendieran bien. Yo no he afirmado categóricamente que las señales las dé un ser vivo. En este caso el «amo» puede ser un cerebro electrónico. Sencillamente a mí me parece, que en un sitio cercano, claro está relativamente, se encuentra el «amo vivo».

— Para nuestros objetivos es indiferente, a fin de cuentas, que sea electrónico o vivo — dijo Stone —. Es seductora la proposición del camarada Murátov de que sean personas las que examinen el satélite. Lo mismo que él, yo estoy dispuesto a realizarlo. Se sobreentiende que antes mandaremos un robot.

Ambas proposiciones de Murátov fueron aprobadas después de una corta discusión que se refirió fundamentalmente a los detalles técnicos.

Cuando se discutió la cuestión de qué aparatos precisamente era necesario establecer en las tres naves para los trabajos de localización en unas condiciones tan poco corrietes surgió una idea más. Era tan sencilla y natural que incluso nadie se dio cuenta a quién se le ocurrió. Puesto que era exactamente conocida la longitud de onda en que fue transmitida la señal al satélite y no había fundamento para pensar que podría cambiarse en el segundo o tercer caso, ¿no estaría bien impedir la transmisión y de esta forma obligar al satélite a que «no la oyera», y, por lo tanto, a no moverse de su sitio? La realización técnica de las interferencias de radio no representaba ninguna dificultad.

— En resumen — dijo Stone, clausurando la reunión — nuestro plan se reduce a lo siguiente. Rodearán al satélite tres naves. La «Titov», como la primera vez, se aproximará mientras no surja la señal. Después de que haya sido realizada la localización enviaremos un robot explorador, y si la aproximación transcurre felizmente a continuación saldrán dos personas. Si a pesar de todo el satélite se marcha, haremos un intervalo de varios días.

En la tercera expedición emplearemos las interferencias de radio. En el caso extremo, si todos los esfuerzos resultan vanos, destruiremos los dos satélites enviándoles cohetes cargados de antigás.

Todo se repitió con exactitud.

Cuando Véresov, lo mismo que la primera vez, llevó la «Titov» lentamente y con precaución cerca del satélite invisible, la aguja del gravímetro comenzó a moverse hacia la derecha marcando la presencia de su masa. Al igual que varios días antes al llegar a la misma división de la escala, se detuvo oscilando y… con rapidez se inclinó a la izquierda.

La estación de tierra confirmó: ¡El satélite marcha velozmente hacia adelante!

Repetía lo mismo de antes y esto ofrecía esperanzas para el éxito del plan pensado.

— ¡Comience la segunda aproximación! — ordenó Stone.

Murátov tuvo que reconocer que estaba emocionado. Según su teoría la señal de radio tenía que tener lugar en la segunda aproximación. Si apareciese en la tercera o en la cuarta tenía que reconocer su error. Nada de vergonzoso había en esto, pero no era muy agradable. Víktor sintió la mirada irónica de Serguéi y frunció el ceño.

Pasó una hora y la aguja del gravímetro se animó. En un lugar próximo volaba de nuevo el explorador enigmático del mundo extraño.

No soló Murátov estaba emocionado, lo estaban todos y se lo ocultaban uno a otro. Un sentimiento parecido al chovinismo, imperceptible para las personas, surgió en sus conciencias. ¿Era posible que la potente técnica de la Tierra no pudiera vencer la tesonería de esa técnica ajena que no quería descubrir sus secretos? ¿Era posible que las personas no pudieran obligarla a que lo hiciera?

Aunque había sido decidido destruir los dos satélites en caso de repetirse el fracaso, cada uno para sí no creía que, en realidad, esto se llevaría a cabo. ¡No! ¡Era necesario buscar y buscar! ¡Y buscar hasta conseguir un triunfo completo!

«¡Queremos saber lo que son, y tenemos que conseguirlo!»

Estas palabras no pronunciadas, dominaban en los pensamientos de todos aquellos, que de una forma o de otra, habían tenido algo que ver con el secreto cósmico.

La «Titov» continuaba aproximándose al satélite, mejor dicho adonde tenía que encontrarse, todavía más lentamente que antes. Era necesario mantener una velocidad uniforme, que después, al elaborar los datos de la localización, había que tener en cuenta para no cometer un error de decenas de kilómetros, ya que el lugar de las transmisiones podría encontrarse muy lejos. Al haber la más pequeña inexactitud las tres líneas de dirección no coincidirían allí donde se encuentra el transmisor.

En las naves de la expedición fueron instalados aparatos muy exactos. Si la transmisión partiera incluso de la órbita de Marte, que según la convicción general es la más extrema, el lugar necesario sería determinado dentro de un límite no mayor de un kilómetro cúbico.

Stone, Sinitsin y Murátov no apartaban los ojos de las escalas del gravímetro y del localizador, situados uno junto a otro en el cuadro de mandos. Y los tres advirtieron simultáneamente la tan ansiada señal.

— ¡Aquí está! — exclamó Stone.

Murátov suspiró quitándose un peso de encima. ¡La suposición era cierta! La señal apareció en el mismo momento que la vez pasada. Inmediatamente el satélite frenó y se quedó atrás. Otra vez lo mismo que antes.

— Sus acciones son uniformes, esto es un punto a nuestro favor — señaló Stone.

— Una prueba más de que allí no hay un ser vivo sino un cerebro electrónico — dijo Sinitsin.

«¡Qué cabezota!», pensó Murátov.

Ahora, cuando se había conseguido el primer objetivo de la expedición, no era necesario guardar «silencio». Las astronaves auxiliares comunicaron por radio que ellas también habían captado y registrado la señal.

— Regresen a la Tierra — ordenó Stone —. Nosotros comenzaremos a cumplir el segundo punto de nuestro plan.

— ¡Les deseamos éxito! — contestaron.

La «Titov» disminuyó la velocidad esperando al satélite que se había quedado retrasado, y al cabo de poco tiempo otra vez volaban uno junto al otro.

— Manténganse según las indicaciones del gravímetro, sólo que la aguja no se detenga en el cero — dijo Stone.

Véresov asintió con la cabeza.

— ¿Será suficiente esto? — preguntó Sinitsin —. ¿Encontrará el robot su objetivo?

— Lo encontrará — contestó seguro Stone —. En esta dirección no hay ningún otro cuerpo.

Callaron los motores de la «Titov». Ahora los dos cuerpos se movían por inercia a igual velocidad. Pero no había tiempo que perder, ya que el satélite en cualquier momento podía cambiar su régimen de vuelo.

Stone apretó el botón.

En la pantalla panorámica apareció la silueta del robot en forma de cigarro alargado con cortos tentáculos. Detrás se extendía una llama blanca de la larga cola.

Unos segundos estuvo el robot en el espacio, al lado de la astronave, como si no supiera a dónde dirigirse. Después comenzó a alejarse cada vez más rápidamente.

— ¡Lo olió! — dijo Véresov.

— ¿No se estrellará co.ntra la superficie del satélite? — preguntó Murátov, que no conocía el mecanismo de los robots cósmicos.

— No, frenará al llegar al objetivo.

La llama blanca, que salía de las toberas del robot, se convirtió en un punto.

— ¡Está lejos! — señaló Stone.

Una luz azulada iluminó la pantalla en el cuadro de mandos. Funcionaba la cámara de televisión del robot.

Y Murátov vio de nuevo lo que fugazmente pasó ante sus ojos en el ocular del telescopio hacía unos días, durante la primera expedición.

Una mancha oscura ocultó el brillante campo de estrellas. Vacilaba, temblaba, vibraba el contorno ilusorio de un enorme huevo (por lo visto el robot se encontraba junto al satélite) como una abertura en el abismo del cosmos. Por la pantalla cada vez con más frecuencia centelleaban franjas que, de tiempo en tiempo, la cubrían formando una red compacta.

Pero no se oía el chasquido característico de las interferencias.

— El satélite entorpece la transmisión televisada — dijo Stone —. ¿Pero cómo y con qué?

Y de pronto… se encendió una llama blanca de una brillantez inaguantable, donde se acababa de ver el minúsculo punto del robot. La luz cegadora de la pantalla panorámica inundó todo el puesto de dirección de la «Titov», y los tripulantes se taparon involuntariamente los ojos temiendo quedarse ciegos.

— ¡«Titov»!.. ¡«Titov»!.. ¿Qué ha pasado?… ¡Conteste!.. — resonaba en el altavoz la llamada alarmante de la Tierra.

La explosión había sido tan fuerte que la habían visto en pleno día en el cielo sin nubes.

— Todavía no sabemos lo que ha ocurrido — contestó maquinalmente Stone abriendo con precaución los ojos, ante los que giraban a velocidades vertiginosas manchas de diferentes colores —. La astronave está ilesa. Parece como si se hubiera destruido el robot y puede ser que el mismo satélite.

— El satélite está en su sitio.

— Esto significa que fue sólo el robot.

El local parecía que estaba en profundas tinieblas después de una luz tan intensa. No veían nada, ni el cuadro de mando, ni uno a otro. Sólo la brillante lámpara de techo se distinguía nebulosamente, como una mancha amarilla.

— No abran los ojos, camaradas — aconsejó Stone —. Déjenles descansar.

Pero él mismo no hizo caso de su consejo. El deseo incontenible de saber lo que había pasado con el robot, lo obligó a mirar intensamente el lugar donde se encontraba la pantalla del televisor.

La vista se restableció completamente después de unos cuantos minutos.

— Faltó un pelo para quedarnos ciegos — dijo Sinitsin.

La pantalla se apagó, lo cual indicaba que no funcionaba la cámara de televisión del robot.

— Hemos hecho bien en enviar el robot por delante y no a una persona — dijo Stone —. Como se ve no podemos aproximarnos al satélite. Habrá que destruirlo.

— ¡Inténtelo! — exclamó con un tono raro Véresov.

— ¿Qué quiere usted decir con esto?

— ¿Que no comprende que ha tenido lugar una aniquilación?

— Se ha establecido con toda exactitud que el satélite no es de antisubstancia.

— Ya pesar de todo ha tenido lugar una aniquilación que ha destruido nuestro robot.

Han rodeado a su explorador de una nube de antigás.

— ¿Por qué no tuvo lugar una aniquilación en el encuentro de este satélite con la astronave «Tierra — Marte», a finales del siglo pasado?

Véresov se encogió de hombros.

— Esto no lo sé — dijo —, pero no es posible poner en duda lo que ha ocurrido ahora.

— Estoy de acuerdo con Véresov — dijo Murátov —. Es posible que no siempre rodee al satélite una nube de antigás. Pero ¿en realidad es una nube? Puede ser que haya lanzado algo contra el robot, que precisamente la señal de radio haya conectado la instalación de defensa.

Stone apretó por segunda vez el botón de dirección del robot. Si está intacto tiene que regresar a la nave.

Pero el robot no regresó y ningún aparato pudo registrarlo. El coheteexplorador desapareció sin dejar huella.

— Aterricemos — decidió Stone.

— E intentemos llevar a cabo la tercera variante de nuestro plan — añadió Sinitsin.

— Está claro. Pero esto exige una preparación minuciosa.

5

La tercera expedición no se celebró en el día señalalado, ni tampoco pudo celebrarse porque los satélites habían desaparecido.

Al principio fue observado su alejamiento de la Tierra. Por primera vez, no cambiaron la velocidad al alcanzar el apogeo de su órbita. La espiral cada vez se hacía más ancha y llegó el momento cuando las señales, de por sí débiles, se «apagaron» por completo en las pantallas de los radares.

¿Cuál fue la causa de su marcha? ¿Sería a consecuencia de la persecución por las astronaves terrestres o que habrían cumplido el programa trazado de antemano?

Fue sugerido que los satélites no giraban todo el tiempo alrededor de la Tierra, sino que lo hacía periódicamente. Así se podía explicar que no hubieran sido hallados mucho antes. También era posible que se hubieran ido a su base para cargar energía.

Fuera lo que fuese, el hecho era que los exploradores de un mundo extraño habían abandonado el cielo de la Tierra temporalmente, y posiblemente, para siempre.

Pero ya era tarde si sus amos querían «borrar las huellas». En las manos de las personas se encontraba el hilo seguro que habría de conducirlos al mismo centro del secreto de los satélites.

El hilo lo formaban los resultados de las localizaciones. Esta vez triunfó el raciocinio de la Tierra sobre el de un mundo desconocido.

El análisis de las grabaciones de las instalaciones de radar de las tres naves, indicaba la dirección exacta de donde procedían las señales de radio o a donde iban dirigidas desde los satélites, lo cual también era posible.

Esta dirección era: Luna, región del cráter Tycho.

¡He aquí el lugar donde se encontraba el «dirigente» enigmático de los satélites! ¡He aquí de donde recibían las órdenes de sus amos o adonde enviaban la información obtenida!

¿Qué se encontraba allí? Un cerebro electrónico como pensaban todos o un representante vivo de otra humanidad, como pensaba Murátov.

Esto era necesario aclararlo lo antes posible.

Hacía tiempo que se realizaban investigaciones sistemáticas del eterno satélite de la Tierra. Pero todavía nadie había visitado todo el enorme espacio de la salvaje superficie lunar, aunque precisamente la región del cráter Tycho era bastante bien conocida, pues ahí estaba ubicada una de las bases lunares, se construía una pista de despegue para las astronaves e instalado un observatorio astronómico. En fin de cuentas, esta región estaba habitada.

Resultaba que durante muchos años las personas de la Tierra vivieron y trabajaron cerca de instalaciones traídas de otro planeta, en ve cindad con una base construida por otra civilización. E incluso no sospecharon que no tenían nada más que «alargar la mano», y se descubrirían los seductores secretos de un mundo extraño.

¿Por qué estos secretos hasta ahora no habían sido descubiertos? Probablemente por que se encontraban debajo de la superficie lunar, ocultos en la profundidad del cráter.

Esto correspondía completamente al «estilo» de aquellos que enviaron sus exploradores hacia la Tierra. Hicieron todo lo posible para que las personas no pudieran hallar a sus mensajeros; y como es natural ocultaron también escrupulosamente su base.

Pero, si la situación de esta base era conocida, sólo era cuestión de tiempo y posiblemente de paciencia y tenacidad el encontrarla.

La curiosidad de la opinión pública creció hasta el extremo. El Instituto de cosmonáutica fue virtualmente inundado de innumerables cartas y radiogramas que contenían sólo una exigencia: enviar inmediatamente una expedición especial y encontrar la base.

Los dirigentes del servicio cósmico no estaban dispuestos a demorar el asunto aunque no hubieran existido estas cartas. Era necesario golpear el hierro en caliente. Si los dos satélites se marcharon al ser encontrados, entonces la base también podía haber dejado de existir por la misma causa. Hacer conjeturas era inútil. Nadie podía saber el nivel de la técnica del planeta desconocido.

La preparación se realizaba a toda marcha.

De una forma completamente inesperada corrió por el mundo otra noticia sensacional.

De nuevo resonaron por toda la Tierra los nombres de dos modestos científicos, que ya una vez habían obligado a todos a hablar de ellos.

A Sinitsin y Murátov les vino a la cabeza una idea que parecía sencilla, pero que resultó muy valiosa: comprobar a dónde conduce la espiral por la que se alejaron de la Tierra los dos satélites exploradores.

Era fácil aclarar por qué fueron ellos los que plantearon esta cuestión. Los dos trataron de cerca el secreto de los satélites, y naturalmente sus pensamientos todo el tiempo giraban alrededor de este secreto. No podían pensar en otra cosa.

El resultado de los cálculos produjo sensación. Si los satélites no cambiaron su trayectoria, si continuaron alejándose por la misma espiral, ¡entonces en su camino se encontraba la Luna!

¡Es más, la línea espiral del vuelo de los dos satélites terminaba en el cráter Tycho!

Esto hubiera sido fácilmente deducido, pero por algo nadie pensó en ello.

Entonces, los satélites no salieron del sistema solar, no se marcharon allá, a su patria desconocida, de donde los enviaron. Sencillamente regresaron a su base, y ahora se encontraban allí.

Era fácil descender a la Luna sin ser observados por la pequeña colonia de personas que formaba el personal de la estación científica del cráter Tycho, ya que los dos cuerpos eran invisibles a simple vista.

Si se encuentra a la base, entonces cae en manos de las personas no sólo el «centro dirigente», sino también ambos satélites, que se creían perdidos para siempre.

Esto obligaba a apresurarse todavía más. No se podía perder la propicia ocasión. Los satélites podían en cualquier momento volver a volar alrededor de la Tierra, donde, como ya se habían convencido las personas, «atraparlos» sería mucho más difícil.

Si era cierta la hipótesis de la aparición periódica de los satélites alrededor de la Tierra, entonces podrían permanecer en su base mucho tiempo, pero si fueron allí sólo para ser cargados de energía, entonces este tiempo podría ser muy corto.

A los científicos les alegró tener la posibilidad inesperada y atrayente de «atrapar» a los satélites, pero esta misma posiblidad trajo consigo más dificultades para preparar la expedición. No se podía dejar en olvido la suerte del robotexplorador que fue una advertencia amenazadora. Los satélites, en el vuelo o en la base, podían «defenderse» de la misma forma de los intentos de acercarse a ellos.

En las fábricas de máquinas cibernéticas se construían y creaban, a marchas forzadas, robots especiales que pudieran resistir los ataques de antisubstancia. Confeccionaban trajes defensivos para las personas. Se esforzaron por disminuir todo lo posible la instalación voluminosa para crear los campos magnéticos en torbellino. Esta defensa agrupada se consideraba la más segura. Toda la Tierra participaba en los preparativos de la expedición que prometía ser la más notable en la historia de la humanidad. ¡Se trataba del primer contacto con otro raciocinio!

— ¿Entonces, estás firmemente decidido a no participar? — preguntó Sinitsin.

— No veo qué beneficio puedo yo aportar a la expedición — contestó Murátov.

— El mismo que yo, por ejemplo, y como los demás. ¿Es que en la «Titov» hiciste algo de particular?

— Por eso, precisamente.

— Tú y yo estamos estrechamente relacionados con este secreto — intentó Sinitsin convencer a su amigo —. Hemos encontrado los satélites, hemos calculado sus órbitas, y por fin hemos descubierto el enigma de su marcha. Por todo esto es natural que precisamente nosotros debamos participar hasta el final.

— No me convencen tus palabras. Una cosa son los cálculos, ésta es mi esfera, y completamente otra, las búsquedas. Para esto no son necesarios matemáticos sino científicos…

— E ingenieros.

— Sí, pero de otra especialidad.

— ¿Es decir, quieres que yo me dirija a la Luna sin ti? Esto es más peligroso que la expedición en la «Titov». — Sinitsin puso en juego la última carta —. Allá podemos encontrar a tus «amos». ¿No tienes interés en verlos?

— Los veré, lo mismo que las demás personas, ya que los traeréis a la Tierra. Claro está, si ellos quieren — añadió Murátov. Se sentó en el sillón, clavando una mirada pensativa en el techo —. Sabes Serguéi, no sé por qué he dejado de creer que puedan estar en la Luna. ¿Qué pueden hacer allí? ¡Sin aire, sin agua, encerrados en las entrañas de las montañas lunares! ¡Y así años y años!

— ¿Entonces, por qué tan tesoneramente has defendido esta hipótesis?

— ¿No sé por qué? ¡Yo mismo no lo sé! Me pareció… Y todavía ahora me parece — se le escapó —. No puede comprender de ninguna forma que la información que han recogido los satélites, haya sido transmitida a un sistema planetario vecino. ¡A una distancia tan gigantesca! ¿Para qué? ¿A quién puede ser necesario? ¿Y si se encuentran en la Luna, llevando así decenas de años? Esto es todavía más incomprensible. Me parece que toda nuestra teoría es inestable, nebulosa, carente de sentido. Aquí se encierra algo raro y no la recogida de información sobre nuestra Tierra. Hay algo que incluso no sospechamos, algo maligno, aunque, te parezca un anacronismo. ¡Sí, maligno!

¿Recuerdas la historia de los años sesenta del siglo pasado? Entonces lanzaron al cielo satélitesespías… Figúrate, que todos nos equivocamos, que los satélites no recogían ninguna información, que no estaban destinados para objetivos científicos. Entonces será mucho más fácil comprender la causa del enmascaramiento minucioso de estos satélites.

¿Es cierto o no?

— Está bien, supongamos esto — contestó Sinitsin —. Pero, entonces, será de todo punto inconcebible su rotación alrededor de la Tierra durante un siglo e incluso más.

— ¿Qué significa un siglo? Esto para nosotros, para las personas, un siglo es toda una vida. Pero desde el punto de vista de la historia de la humanidad esto no es tanto.

Vosotros, astrónomos, no conocéis ni un solo sistema planetario en las estrellas próximas al Sol, en el que pueda surgir una vida racional. ¿No es así? ¡Exactamente! Entonces, los amos de los satélites viven muy lejos. Es posible que el camino de ellos hacia nosotros dure muchos años, mientras que en su planeta pasan siglos. Hay para reflexionar.

Volaron hacia nosotros hace un siglo y dejaron «algo» cerca de la Tierra. Probablemente este «algo» debía esperar su segundo vuelo. ¿Para qué? Esto no lo sabemos.

— Estás en contradicción — dijo Sinitsin —. Unas veces afirmas su presencia cerca de la Tierra. Otras «hace cien años.»

— ¿Y si es lo uno y lo otro? — Murátov se inclinó hacia adelante y miró fijamente a los ojos de su amigo —. ¿Y si ellos lanzaron los satélites durante su vuelo hacia nosotros hace cien años, y después ininterrumpidamente, comprendes, ininterrumpidamente los observan, sustituyendo el personal de su base en la Luna? ¿Acaso estos satélites no pueden ser muy importantes para ellos? ¿Es posible que esto sea un eslabón de un plan minuciosamente pensado?

— ¿Dirigido contra la humanidad de la Tierra?

— ¡En eso estamos! Tú mismo has hecho esa deducción lógica.

— Eres maestro en hacer que tu interlocutor piense lo mismo que tú. Pero no por esto tus razonamientos se convierten en la verdad. ¡Oh! Víktor, por lo que veo te has metido en un callejón sin salida. ¿Pero es posible pensar que la humanidad de un planeta creara un complot contra otra humanidad? Esto carece de todo sentido. Perdóname, pero no dices más que tonterías.

— Esta bien. Pero os aconsejo que andéis con mucha precaución cuando encontréis esta base.

— Entonces, decididamente resuelto…

— Sí. No voy con vosotros. Me han propuesto participar en otro asunto más interesante.

— ¿No es un secreto?

— Ningún secreto. ¿Has oído hablar del proyecto de Jean Leguerier?

— ¿El vuelo en un asteroide por el sistema solar?

— En Mermes.

— ¿Tú quieres volar en él?

— Todavía falta mucho para realizar este vuelo. Leguerier propone cambiar la órbita de Hermes, para que el asteroide vuele por todo el Sistema solar, desde Mercurio hasta Plutón. Entonces se puede enviar hacia él una gran nave cósmica y sin ningún gasto de energía recorrer volando todos los planetas.

— ¿Para qué vas a intervenir si no eres astrónomo?

— Es necesario calcular la órbita futura para que pase cerca de cada planeta durante este raid. Esta es un tarea muy complicada. Y todavía es más difícil obligar a Hermes a pasar a esta órbita por medio de fuerzas de reacción. En esto puedo ayudar a Leguerier como ingeniero y como matemático. Pero no voy a volar con él.

— ¡Te deseo suerte! — Murátov comprendió por el tono de su amigo que éste se había ofendido y entristecido —. Ocúpate de Hermes ya que esto es más interesante para ti.

— ¡Qué gracioso eres, Serguéi! ¿Para qué me necesitáis?

— Para nada nos haces falta — Sinitsin reflejó en su cara completa perlejidad —.

Sencillamente yo quisiera terminar este asunto juntos. Y en la expedición… cualquiera será más útil que tú.

Murátov se rió.

— De ti, Serguéi, saldrá un actor como de mi una bailarina. ¡Deja ya! Yo también estoy apesadumbrado, pero en verdad no puedo perder el tiempo. Te diré en secreto: no me gustó volar en el cosmos. Esto no es de mi agrado.

— ¡No hace ninguna falta! Quédate en la Tierra. Es más tranquilo… y seguro.

Murátov frunció el ceño.

— Esto ya es maldad y es injusto, Serguéi.

— ¡Bueno, perdóname! Yo no había pensado esto. Qué vamos a hacer si eres tan terco. Yo no puedo negarme aunque sé que mi aportación no será grande; pero estos satélites me tienen absorbido.

— Te comprendo. ¿Cuándo saldréis?

— Pasado mañana.

— ¿Tan pronto?

— Los preparativos han terminado.

Entonces repito tus palabras «¡te deseo suerte!» pero en el buen sentido de la palabra, sin ironías.

Pasados seis meses Sinitsin y Murátov se encontraron de nuevo en la misma habitación.

¡La expedición regresó con las manos vacías!

No fueron coronados por el éxito los esfuerzos para encontrar el refugio secreto de los dos satélitesexploradores. Nada indicó que en las entrañas de los contrafuertes escarpados del cráter Tycho se ocultara la base de un mundo extraño. No se pudo encontrar ningún vacío ni auscultando los terrenos montañosos, ni sondeándolos con ultrasonido, ni haciendo su radiografía, ni con la común y corriente perforación de las rocas. Parecía que nunca mano alguna había alterado la eterna tranquiliadad del cráter.

Las búsquedas se llevaron a cabo más allá de sus límites. Durante seis meses los participantes de la expedición exploraron, con los medios técnicos más potentes (desde la Tierra fueron enviadas una tras otra cinco astronaves cargadas de equipos) la superficie de la Luna en un radio de quinientos kilómetros a partir del centro del cráter.

¡Todo fue en balde! Si en realidad existía la base, estaba extraordinariamente enmascarada…

— ¿Te acuerdas de mis palabras de que yo no volaría con vosotros porque no quería perder el tiempo? — preguntó Murátov.

— Lo recuerdo. Tú quieres decir…

— Exactamente. Estaba absolutamente seguro de que no encontraríais esta base, en caso contrario obligatoriamente hubiera ido con vosotros.

— ¿Por qué estabas tan seguro?

— Porque las medidas de seguridad de que iban dotados los satélites me convencieron de que sus amos tienen motivos muy serios para ocultar sus intenciones a las personas de la Tierra.

6

Pasaron dos años.

Los satélitesexploradores no volvieron a aparecer cerca de la Tierra. Pero se podía suponer que habían cambiado el sistema de su «defensa» Y eran invisibles no sólo, como antes, por los telescopios visuales, sino también para los radiotelescopios. Si esto es así entonces ahora son mucho más peligrosos.

Las astronaves salían de la Tierra tomando grandes precauciones y sólo se les autorizaba a desarrollar su velocidad más allá de la órbita de la Luna.

No cesaron las búsquedas de la base secreta pero como antes no hubo resultados efectivos. Y en la opinión pública iba apareciendo, y fortaleciéndose gradualmente, la convicción de que en la Luna no había, y nunca hubo, ninguna base.

Los satélites, razonaban estas personas, no se ocultaron en la región del cráter Tycho, sino que es posible que hayan ido más allá de los límites del sistema solar. Encontrando en su camino espiral a la Luna, la pasaron y siguieron más adelante. Se podían explicar las señales registradas por las tres naves, como una radiación de los mismos satélites, que no tenía ningún sentido y que no era transmisión de radio. Podían haber lanzado ondas extracortas los motores desconocidos de los satélites, ya que nadie sabe su construcción y principios de funcionamiento. Y era una cosa «completamente casual» que las líneas de localización coincidieran en el cráter Tycho, ya que podían haber coincidido en cualquier otro lugar. ¡Tampoco tenía importancia el que estas líneas coincidieran en el mismo punto, donde, según los cálculos de Murátov y Sinitsin, terminaba la trayectoria de los dos satélites! ¡Estas casualidades suelen ocurrir!

La salvadora palabra «coincidencia» actuaba como un calmante en la opinión pública.

La mayoría de la población del globo terrestre pronto dejó de pensar en los satélites. La época era agitada. El pensamiento mundial liberado de las enmarañadas ideas seculares tomaba por asalto los secretos de la naturaleza con una energía y tenacidad desconocidas. Se sucedían uno tras otro descubrimientos que dejaban perplejos. El poder del hombre sobre la naturaleza crecía «a ojos vistas».

Pero los trabajadores de la cosmonáutica no podían olvidar, y no olvidaban, a los exploradores del mundo extraño. El secreto no descubierto continuaba pendiendo sobre la seguridad de las vías interplanetarias. El caso con la astronave «TierraMarte», a finales del siglo pasado, continuaba preocupando a los dirigentes del «Servicio del Cosmos». De ninguna manera se podía uno tranquilizar con la idea de que los satélites habían decidido no encontrarse con las naves terrestres. Aquella vez uno de ellos no sólo no se apartó, sino que chocó con la astronave. Esto podía repetirse en cualquier momento.

Si antes se empleaban las instalaciones de localización para notar a su debido tiempo el encuentro con los meteoritos, ahora los gravímetros eran una parte imprescindible del puesto de navegación de las astronaves. Pues cualquiera que fuera la defensa que utilizaran los amos de los satélites, sus masas sería imposible destruirlas o hacerlas «invisibles».

El trabajo en el cosmos se realizaba con todo orden, pero los astronautas sentían diariamente la incertidumbre de algún hecho inesperado. Era una necesidad perentoria descubrir el secreto, pero los científicos no encontraban el camino para ello.

¿Se encontraban todavía los satélites en el sistema solar?

Esta pregunta que era la fundamental y más importante, quedaba sin responder.

El personal de las estaciones científicas de la Luna, y en particular de la estación del cráter Tycho, observaba constantemente el espacio adyacente. La vigilancia por radio se realizaba de día y de noche. Si los satélites a pesar de todo se hubieran ocultado en la base lunar, tarde o temprano volverían a volar de nuevo alrededor de la Tierra. Esto podía tener lugar en cuanto recibieran la correspondiente señal y, ésta era necesario captarla, costara lo que costase.

Pero el tiempo pasaba y todo estaba tranquilo. No aparecían ni los satélites, ni las señales de radio dirigidas o que partieran de ellos.

Los miembros del consejo científico del Instituto de cosmonáutica mantenían la opinión de que la causa era el descanso correspondiente en el trabajo de los satélites, y que casualmente coincidió con el tiempo en que se realizó la expedición en la «Titov». Estas interrupciones sin duda alguna existieron antes. La aparición periódica de los satélites alrededor de la Tierra lo explicaba claramente el hecho de que no fueron hallados mucho antes.

¿Pero cuánto duraban estas interrupciones? Esto no lo podía saber nadie. Era necesario, posiblemente durante muchos años, tomar medidas contra el peligro desconocido y posiblemente inexistente. Y el medio único y radical era encontrar la base.

El desarrollo impetuoso de la técnica ofrecía nuevas y nuevas posibilidades para las búsquedas. Se utilizaban inmediatamente pero todo era en vano. Como antes las entrañas de la cumbre circular del cráter Tytfho y de los otros próximos parecían que no habían sido tocados nunca por nadie.

Pero entre los científicos se mantenía con firmeza el criterio de que la base existía a pesar de los sistemáticos fracasos. La comprobación reiterada de los cálculos de Murátov y Sinitsin conducía, incontrovertiblemente, a la conclusión de que las trayectorias de los dos satélites se aproximaban, según se acercaban a la Luna, y en el punto del espacio donde se encontraba el cráter Tycho ¡coincidían!

Esto de ninguna manera podía ocurrir si los satélites hubieran rodeado a la Luna y seguido adelante.

Creer en tal «casual coincidencia», podía creerlo cualquiera, pero no los matemáticos, los astrónomos ni los físicos, por eso las búsquedas continuaban tenaz e insistentemente.

Víktor Murátov conoció todo esto sólo por las poco frecuentes conversaciones radiofónicas con Sinitsin. Estaba completamente enfrascado en su trabajo, y en estos dos años no se ocupó de otra cosa. Los cálculos matemáticos del proyecto de Jean Leguerier eran una cosa difícil. Recordaba los satélites y sus secretos sólo después de las conversaciones con Sinitsin. Víktor ya hacía tiempo que consideraba inconsistente su hipótesis sobre la estancia en la Luna de representantes vivos de otra humanidad, ya que numerosas consideraciones estaban en contra, y además él nunca fue terco.

El proyecto de Leguerier dejó de ser tal. Había sido aprobado y entró en la fase de su realización práctica. Los cálculos demostraban la posibilidad de su realización y su conveniencia. Los gastos de energía necesarios para el cambio de la órbita de Hermes eran considerablemente menores que los que se exigían para un viaje de este tipo en una astronave por el sistema solar. Ni hablar de que la realización de observaciones astronómicas desde el asteroide serían de un volumen mucho mayor que desde una nave. Perfectamente se podía instalar en Hermes un observatorio.

Hermes, que es un asteroide relativamente pequeño, de medio kilómetro de diámetro, tendría que pasar dentro de algunos meses cerca de la Tierra, a una distancia de quinientos setenta y tres mil kilómetros, y se decidió utilizar este momento para comenzar el viaje sin precedente del científico francés.

Según el plan de Leguerier, aprobado por el Instituto de cosmonáutica, debía descender en el asteroide el satélite artificial de la Tierra, construido y puesto en órbita hace veinte años, especialmente destinado para realizar trabajos astronómicos. Por muchas razones este satélite artificial era ya anticuado, pero valía para los fines que quería Leguerier. En él había todo lo necesario, y sólo exigía reequiparlo un poco para que el grupo de astrónomos pudiera realizar, sin privaciones, un vuelo de muchos años.

No se podía perder tiempo y el trabajo se comenzó a realizar. Precisamente ahora los planetas del Sistema solar se encontraban en una posición muy favorable, y la nueva órbita de Hermes puede pasar cerca de cada uno de ellos en el tiempo necesario para realizar una sola vuelta. Una situación tan ventajosa podía no repetirse en mucho tiempo.

Simultáneamente con el observatorio astronómico se enviaría a Hermes una escuadrilla de potentes astronaves con todas las instalaciones necesarias para trasladar el asteroide de la vieja órbita a la nueva.

Ya que Murátov había realizado todos los cálculos, le fue propuesto que se hiciera cargo de la dirección de este trabajo, que exigía una exactitud extraordinaria.

Era un honor la proposición y Murátov no podía negarse.

— En contra de mi voluntad me convierto en cosmonauta — dijo bromeando al encontrarse con Sinitsin —. Y en esto tienes una parte considerable de culpa.

— ¿Qué tengo que ver aquí? — s"asombró Serguéi.

— ¿Cómo que no tienes nada que ver? Tú fuieste el primero que me arrastraste al cosmos. Si no hubiera participado en la expedición de la «Titov», no sería tan «famoso» y a nadie se le hubiera ocurrido encargarme de los cálculos para Leguerier.

Sinitsin se sonrió.

— Esta culpabilidad — dijo Sinitsin — con mucho gusto la acepto. ¿Vas a volar para mucho tiempo?

— No, unas dos semanas. Cuando termine el trabajo nuestra escuadrilla regresará a la Tierra. Podríamos regresar antes de dos semanas, pero tenemos que esperar en Hermes algunos días para convencernos de que se ha hecho bien el cambio de la trayectoria del vuelo del asteroide.

— Es una expedición peligrosa — dijo pensativo Sinitsin —. Yo, claro está, no hablo de ti, sino de Leguerier y sus acompañantes. En un viaje tan largo pueden tener lugar toda clase de cosas inesperadas que no se pueden prever de antemano. Una aproximación tan grande a Júpiter, Saturno y otros planetas gigantes…

— ¿No tienes fe en mis cálculos?

— ¿Y tú estás completamente seguro de ellos?

— Yo, sí. No son peligrosos ni Júpiter, ni Saturno. Peligrosos, incluso teóricamente, son los asteroides entre Marte y Júpiter. Es más, no se puede uno fiar, de que ahora todos son conocidos por los astrónomos. Pero la influencia de aquellos que son desconocidos, como es natural, no puedo tenerla en cuenta en los cálculos.

— ¿Lo comprendes ahora?

— No comprendo nada. Hasta ahora cualquier vuelo cósmico tiene riesgo y Leguerier y sus seis camaradas se exponen a ello. Por si acaso dejaremos en Hermes una de nuestras astronaves, y además todas las instalaciones por medio de las cuales cambiaremos la órbita del asteroide podrán ponerse en funcionamiento en cualquier momento y corregir el curso si algo no previsto lo cambiara.

— ¿Es decir, allí deberá quedarse alguien del personal técnico de tu escuadrilla?

— ¿Mía? — sonrió Murátov —. ¿Qué expresión es esa, Serguéi?

— Quiero decir «dirigida por ti.»

— ¡Claro! El ingeniero William Weston está conforme en quedarse en Hermes durante todos los años del vuelo.

— ¡Pobrecillo! Se va a aburrir de lo lindo.

— Es astrónomo aficionado, por eso no es tan terrible. ¿Qué, ya te has tranquilizado?

— Sí, por lo que veo todo se ha pensado bien.

— ¿Y tú estarías dispuesto a participar? Sinitsin se encogió de hombros.

— ¡Qué astrónomo no sueña con observar los planetas del sistema solar a una distancia tan cercana! — respondió suspirando.

— Si quieres, pídelo.

— Leguerier ha recibido centenares de estas peticiones y se ha visto obligado a rechazarlas todas. Es limitada la capacidad del satéliteobservatorio, y fuera de él, en Mermes no hay dónde instalarse. No queda entonces más que envidiar a los siete participantes — respondió Sinitsin.

Llegó el día del vuelo.

Se reunieron centenares de personas para despedir a las naves de la escuadrilla auxiliar que despegarían del cohetódromo en los Pirineos. A pesar de que los vuelos cósmicos ya eran una costumbre y no provocaban una curiosidad especial, sin embargo era particularmente extraordinario el objetivo de la expedición que dirigía Víktor Murátov.

Hermes era un pequeño asteroide que no tenía nada de particular, pero por primera vez en la historia las personas se preparaban para cambiar a su gusto la órbita de un cuerpo estelar, a obligarle a salir del eterno camino trazado por la naturaleza y recorrer otro que fuera necesario para la ciencia terrestre.

El audaz proyecto de Leguerier era el umbral del tiempo ya próximo en el que la poderosa mano del hombre se iba a inmiscuir en el orden cósmico del Sistema solar, orden que por muchas cosas no satisfacía a las personas de la Tierra. El éxito de la tarea de Murátov marcaría el comienzo de una nueva era en la historia de la humanidad, era de la transformación no sólo de su planeta, sino también de todo el espacio que lo rodeaba, comienzo de un grandioso trabajo, cuyo fin se perdía en la lejanía nebulosa de los siglos.

La historia conoce muchos de hechos que se hicieron famosos por haber sido la primera vez que se entraba en lo desconocido: la expedición de Colón, la navegación de Magallanes, el primer intento de llegar al Polo Norte, el vuelo de Yuri Gagárin, la primera expedición a la Luna, y después a todos los planetas. Y cada uno de estos días está escrito en la historia con letras de oro.

La expedición de Murátov de por sí no representaba nada extraordinario: las personas muchas veces habían visitado otros cuerpos estelares. Su importancia histórica consistía precisamente en que era el comienzo, en que era la colocación de la primera piedra del trabajo gigantesco para reconstruir la «Gran Casa» de las personas de la Tierra: el sistema solar.

Por esto no tenía nada de asombroso que esta expedición ocupara la mayor atención de todos los pueblos del globo terráqueo.

A Murátov le despidieron sólo dos personas: Serguéi y Marina. Víktor hacía un año que no había visto a su hermana menor y su llegada a la península Ibérica fue para él una sorpresa agradable.

Marina transmitió a su hermano los deseos de que realizara con éxito la expedición de parte de los familiares que no habían podido venir a despedirle.

— Papá ha pedido — dijo ella — que no te olvides de recoger muestras del terreno de Hermes para su colección.

— ¡Cómo me puedo olvidar de esto! — dijo Murátov sonriéndose.

El viejo Murátov fue un conocido geólogo. Ya en los días de la juventud, en la época de los primeros vuelos del hombre a los planetas del sistema solar, comenzó a reunir una colección de minerales de otros mundos, y ahora su colección original era casi la mejor del mundo y una joya del museo geológico de Leningrado.

— Yo tengo grandes deseos de volar contigo — dijo Marina, mirando con interés la enorme silueta de las naves de la escuadrilla, que brillaban opacamente en el centro del gigantesco cohetódromo bajo los rayos del Sol poniente —. ¡Pensar que no he estado ni una vez en el cosmos!

— ¿Cómo? ¿Y en la Luna?

— ¡Bah! — La muchacha se rió despreciativamente —. ¡La Luna! Esto no es el cosmos.

— ¡Qué cosas se oyen! — exclamó Sinitsin y se rió con toda el alma —. Ella considera que no es cósmico el vuelo a la Luna. Pronto se llegará a decir que el cosmos es sólo un espacio más allá de los límites de nuestro sistema.

— ¿Dónde está Leguerier? — preguntó Marina.

— Ya hace tiempo que no se encuentra en la Tierra — contestó Víktor.

Los siete participantes del vuelo a Mermes hace dos semanas que salieron para la Luna, con el objeto de trasladarse desde ésta al satéliteobservatorio, y en él realizar el vuelo al asteroide cuando se acerque a la Tierra.

Mermes ya estaba cerca. Comenzaban los últimos días de la existencia de Hermes como un cuerpo estelar, ajeno a la Tierra y a sus habitantes. De ahora en adelante se convertiría en un observatorio volante, en una filial cósmica del instituto astronómico, en una astronave enorme por sus dimensiones que se movería en el espacio según el deseo de las personas.

Resonó en el campo el ulular alargado de una sirena.

— ¡Ya ha llegado la hora! — dijo Murátov —. ¡Adiós! Si tú — dijo dirigiéndose a su hermana — me hubieras antes manifestado tu deseo te habría llevado conmigo.

— ¡Qué le vamos a hacer! — Marina besó a su hermano —. Ahora me da lo mismo, de todas las maneras no tengo tiempo.

— Recuerdo bien tus palabras de que no te gusta volar al cosmos — dijo Sinitsin al despedirse de su amigo —. Será interesante lo que digas cuando regreses.

— Puedes estar seguro de que diré lo mismo.

— Lo dudo. El cosmos atrae.

En el cohetódromo resonó la sirena llamando por segunda vez.

— Deberá regresar dentro de dos semanas — dijo Marina, mirando fijamente al cielo en el que ya no había nada —. Estaré muy intranquila durante todo este tiempo, y no sólo yo — añadió, pensando en sus padres, hermanas y hermanos —. A pesar de todo el vuelo es peligroso.

— No, no hay ningún peligro — contestó Sinitsin —. Las astronaves son seguras.

¡Vamos, Marinilla! Si no, perderemos el avión.

Una vez más miró la lejanía diáfana del cielo, como esperando ver las ya lejanas naves de la escuadrilla.

— Es necesario que pase tiempo, y no poco — dijo ella — para que las personas se acostumbren a las astronaves como a los aviones. Y hubo un tiempo incluso hace relativamente poco que se consideraba peligrosos a los aviones.

— ¡Clavo está! Esto siempre ocurre. Después aparecerá algo nuevo, desconocido por nosotros ahora, y entonces las personas empezarán a hablar de las astronaves como tú hablas de los aviones. Y así por los siglos de los siglos — terminó Serguéi.

7

Andar era difícil. Las suelas magnetizadas de las botas se adherían fuertemente al suelo metálico, y para dar un paso tenía que realizarse un gran esfuerzo muscular. A pesar de esto no existía una completa estabilidad. Se hacía sentir la casi completa inexistencia de peso. Lo mismo que en la cubierta de un barco durante una fuerte tempestad, las personas se balanceaban al andar adoptando las posiciones más extravagantes. Mas la inclinación del cuerpo inconcebible en la Tierra, no conducía a la caída, aquí no había dónde caer. Hermes atraía con una fuerza insignificante. Un pequeño esfuerzo, y la persona se podía poner derecho para al cabo de un segundo comenzar una nueva «caída». Y esto se repetía sin fin.

Un andar de esta clase cansaba más que una larguísima marcha a pie por la Tierra.

Si se quitaba el calzado la persona podía volar, y no le costaba ningún esfuerzo elevarse al punto más alto de la cúpula esférica del local del observatorio. Para esto bastaba el menor empuje. Pero el descenso, bajo la fuerza de atracción, se realizaba de una forma tan lenta que a Víktor Murátov se le quitaron los deseos de repetirlo cuando por curiosidad probó hacer un «vuelo» de esta clase. Fue muy desagradable al verse impotente colgado en el aire sin tener ni la más pequeña posibilidad de cambiar algo.

En general a Víktor no le gustaba la estancia en Mermes, y esperaba con impaciencia el momento de la salida para el viaje de regreso. Miraba asombrado con qué interés, e incluso entusiasmo, observaban sus compañeros todo lo que les rodeaba, y no los llegaba a comprender. El cosmos no ejercía en él ninguna acción «atrayente» como ocurría con otros. El cuadro del firmamento le resultaba monótono y aburrido; la ingravidez penosa; las condiciones de vida, pésimas. Sonriéndose recordó el pronóstico de Serguéi. El viejo amigo se había equivocado. Por ningún cosmos cambiaría Víktor la Tierra natal.

¡Cuatro días más de este tormento y se encontraría en casa!

Se realizaban las últimas observaciones de control. Mermes llevaba ya más de cien horas haciendo el recorrido por la nueva órbita y acercándose gradualmente a Venus.

Después alcanzaría Mercurio y comenzaría un viaje de muchos años en la profundidad del sistema solar, hacia sus regiones periféricas hacia Plutón, el planeta más lejano.

El cambio de la trayectoria del recorrido del asteroide se realizó en completa correspondencia con los cálculos. Víctor estaba orgulloso. Fueron recibidos de la Tierra numerosos radiogramas de felicitación. Todo el planeta se alegraba por el éxito conseguido.

¡Se había realizado una cosa grande y necesaria!

Hecho ya todo, se podía, con la conciencia tranquila, abandonar el incómodo cosmos, regresar a la Tierra, y ponerse a realizar un nuevo trabajo, no menos necesario e interesante. ¡En la patria hay miles de cosas que hacer!

A Murátov no le intranquilizaron lo más mínimo los últimos cálculos realizados esta vez por el mismo Jean Leguerier. ¡Todo estaba bien! El asteroide marchaba tal como fue calculado en la Tierra. Al llegar a Júpiter, debido a la potente fuerza de atracción del gigante del sistema solar, se dirigiría hacia Saturno, y éste a su vez, cambiaría su trayectoria encaminándolo hacia Urano. Y así sucesivamente. Los planetas se entragarian uno a otro el asteroideobservatorio como si fuera una carrera de relevos. No había ninguna necesidad de comprobar de nuevo. La escuadrilla auxiliar podría ya ayer haber salido para la patria.

Pero Murátov aunque estaba atormentado por la impaciencia comprendía perfectamente que era fundamentada y necesaria la precaución de Leguerier. En comparación con la distancia gigantesca que tenía que recorrer Mermes solo se había pasado un trayecto ínfimo. Cuatro exactas comprobaciones, según los cuatro datos observados, realizadas por cuatro matemáticos independientes uno del otro, ¡esto ofrecía una completa garantía!

Pero mañana… pero, a propósito, cuál mañana, cuando no existe ni día, ni noche, ni salida, ni puesta del Sol… dentro de dieciocho horas todo habrá terminado. Leguerier pronunciará las palabras tan esperadas: «Todo está en orden» — y Murátov podrá marcharse.

¡Por nada del mundo se retendrá aquí ni un minuto!

¡Si Murátov pudiera saber ahora que iba a estar retenido, en este lugar tan desagradable para él, tres días enteros!

¡Un acontecimiento inexplicable, inverosímil, estaba próximo, muy próximo!

Pero el futuro está oculto a las personas por la ley de la casualidad.

Sujetándose a las numerosas correas que había en la pared, manteniéndose en posición vertical gracias a un enorme esfuerzo, Murátov se dirigía lentamente hacia la sala de oficiales del satélite. Este viejo nombre, tomado del léxico de la hace tiempo desaparecida marina de guerra, se mantenía sólidamente entre los cosmonautas y a Murátov le parecía absurdo. ¡Qué sala de oficiales iba a ser cuando todos los locales que estaban contiguos al pabellón central formaban habitaciones corrientes! Claro que tenían techos transparentes que no había en los barcos, pero en los camarotes debía haber portillas y aquí, en el satélite, no había ninguna clase de ventana.

Víktor, pensando en esto, miró involuntariamente hacia arriba y, claro está, no vio otra cosa que el techo semiesférico. Los corredores no tenían paredes transparentes.

Se rió de su distracción porque en dos semanas ya se podía haber acostumbrado.

Los relojes, que marchaban por la hora terrestre, marcaban las ocho de la noche según el meridiano de Moscú. Era ya la hora de cenar. Probablemente lo esperaban ya en él comedor («Bueno, que le llamen sala de oficiales», pensó Víktor). Eran ya las ocho y un minuto, y sabía por experiencia que Leguerier y sus seis camaradas eran puntuales en todos sus actos.

Los siete miembros de la expedición, el ingeniero Weston y ocho personas de las tripulaciones de la escuadrilla auxiliar estaban «sentados» a la mesa redonda. Había sillas porque en Hermes subsistía una pequeña fuerza de gravedad. Podía uno sentarse, pero para mantenerse en la silla, y no salir volando con cualquier movimiento que se hiciera, había sido necesario poner correas al asiento.

Murátov pidió perdón por haber tardado y ocupó su lugar.

La sala de oficiales estaba situada en un extremo del enorme cuerpo discoidal del satélite artificial. El techo y la pared que daba al exterior eran transparentes. Sobre sus cabezas se extendía un cielo negro mate con innumerables estrellas. Entre ellas resplandecía un Sol cegador cuyos rayos inundaban la sala de oficiales sin que se sintiese ningún calor. Los «cristales» de plásticos no dejaban pasar los rayos infrarrojos.

Fuera del satélite estaba el panorama tenebroso de Hermes, con rocas disformes de un color grisáceo indeterminado. ¡Paisaje sin vida, que oprimía!

El observatorio cósmico, antiguo satélite artificial de la Tierra, estaba en el fondo de una depresión poco profunda. Lo rodeaban por todas partes muros de granito que se elevaban gradualmente. El horizonte estaba limitado por un círculo de trescientos metros de diámetro, y como el del satélite era de cien metros, ante los ojos existía un «mundo exterior» ínfimo.

Murátov se extremeció al pensar que ocho personas durante muchos años no verían nada más que este triste cuadro. ¡Qué amor tan profundo tenían que tener a su ciencia para pasar voluntariamente por tales pruebas!

¡De ninguna forma él era capaz de tal hazaña!

La elección del lugar para el observatorio no fue casual. El relieve del lugar era el que mejor correspondía para su propia defensa. Él peligro de los meteoritos, que existía incluso para las astronaves pequeñas, era mil veces más amenazador para Hermes cuya enorme masa atraía los fragmentos que vagaban en el espacio. Sobre todo cuando tenía que cortar el anillo de los asteroides entre Marte y Júpiter, que era el lugar más peligroso en las vías interplanetarias.

Fueron montadas potentes instalaciones en las rocas que formaban un círculo alrededor del observatorio. El campo magnético obligaba a desviarse a los meteoritos del único lugar habitado en el asteroide cualquiera que fuese su velocidad. Por esto era posible la existencia de unas paredes relativamente finas y de una enorme cúpula en la que se encontraban telescopios y otros numerosos aparatos e instrumentos astronómicos.

Si los meteoritos que cayeran fueran pétreos, entonces los desviaría el campo antigravital vibrador que completaba al magnético. Los astrónomos podían trabajar tranquilamente.

Después de cenar Murátov se quedó en la sala de oficiales conversando con Weston.

Decidió no regresar esta noche a su astronave y pernoctar en el satélite, ya que en este mundo sin gravedad se podía dormir donde uno quisiera como si fuera eri el más blando colchón. Formaban la cama cuatro sillas y una fuerte correa, para no despertarse pegado al techo. Las patas magnéticas metálicas de la silla que se adherían al suelo, garantizaban la estabilidad del lecho.

Eran las diez de la noche cuando Murátov, antes de echarse a dormir, entró en el camarote de Leguerier.

Le gustaba conversar con el jefe de la expedición que era una persona de una cultura enciclopédica. Parecía que no había ni una sola cuestión en la que el científico francés no se encontrara como el pez en el agua. Con él se podía hablar de todo.

Así tenía que ser un auténtico astrónomo ya que la astronomía es una ciencia omnímoda. Trata todas las esferas del conocimiento humano, desde la medicina hasta la filosofía.

Leguerier se acostaba tarde y Murátov sabía que no era importuno.

El «Comandante de Hermes», según alguien le denominó a Leguerier con gran acierto, estaba junto a la pared y miraba atentamente a uno de los aparatos instalados en un cuadro que ocupaba toda la pared.

— ¡Mire! — dijo, volviéndose de nuevo a mirar el aparato —. La aguja del gravímetro no está en el cero. No puedo comprender lo que puede significar esto.

Murátov se acercó.

Conoció el gravímetro durante la expedición en la «Titov».

Pero el aparato que había en el camarote de Leguerier se parecía muy poco a aquél, ya que dos años es un espacio enorme para la ciencia. Sólo quedaba la escala y la aguja del aparato que él conocía.

Murátov clavó la mirada.

— Me parece — dijo — que la aguja no sólo no está en el cero, como usted ha dicho, sino que se mueve. Muy lentamente, pero se mueve.

— Sí, sí, tiene usted razón — se sentía intranquilidad en la voz de Leguerier —. Esto es muy raro. El aparato muestra la presencia de una masa que no está lejos de nosotros.

¿Qué puede ser?

— Un meteorito que cae… — presupuso indeciso Murátov.

Se enfadó consigo mismo. ¡Qué contestación tan ingenua! Esto no hacía falta que se lo dijeran a Leguerier.

En vez de contestar el astrónomo indicó sin hablar la pantalla del radar, en la que se veía una línea negra lisa sin ninguna desigualdad o salientes. Los haces de los rayos del radio tanteaban ininterrumpidamente el espacio alrededor del asteroide sin encontrar ningún obstáculo.

— Se ha estropeado…

Leguerier oprimió uno de los numerosos botones. Se iluminó una pequeña pantalla y se reflejó en ella el interior del camarote que ocupaba Alexandr Makárov, segundo jefe de la expedición.

— ¡Alexandr! — dijo Leguerier —. Mira el gravímetro.

Se vio como Makárov se acercó al cuadro, exactamente igual que el de aquí. Se oyó una exclamación de asombro.

— Presta atención ahora a la pantalla del radar.

— ¡Veo! Makárov se volvió.

— ¿Qué te parece esto? — preguntó Leguerier.

— Muy raro, demasiado raro. ¿Y en los tuyos, lo mismo?

— ¡Lo mismo! Pensaba que se había estropeado el gravímetro de mi camarote. Pero no pueden haberse estropeado los dos a la vez.

— Entonces ¿qué pasa?

— Ven inmediatamente.

— ¡Voy!

Leguerier y Murátov no apartaban los ojos de la aguja. Ahora no cabía la menor duda de que se movía. Algo, que no reflejaba los rayos de los radares, se acercaba a Hermes.

Esto no podía ser un fragmento pequeño, tan pequeño, que no lo «vieran» las potentes instalaciones de localización. En este caso no lo notarían incluso los gravímetros. El cuerpo misterioso tenía una masa considerablemente grande.

— ¡Cada vez más cerca y más cerca! — murmuró Leguerier —. Lo más extraño es que vuela muy lentamente.

Se oyó el sonido sordo del radiófono. Leguerier no se volvió.

La llamada se repitió y Murátov se acercó al aparato.

El que estaba de guardia en el puesto de mando de la nave insignia de la escuadrilla informó con voz alterada de la «conducta» rara del gravímetro.

— De todas nuestras naves informan lo mismo — dijo.

— Lo sé — contestó Murátov —. Continúe haciendo observaciones.

Entró Makárov y como hipnotizado se dirigió «n silencio hacia Leguerier. Los dos miraban fijamente el gravímetro. La aguja ya se había separado mucho del cero y continuaba desviándose lenta, extremadamente lenta, pero invariable, cada vez más.

La línea en la pantalla del radar era, como antes, inmutablemente recta.

Leguerier golpeó con el pie en el suelo.

— ¿A fin de cuentas, esto qué es? — dijo irritado —. ¡Alarma general!

Makárov oprimió el botón rojo que estaba en el centro del cuadro. Murátov sabía que en este momento se oiría en todos los lugares del satéliteobservatorio un sonido estridente anunciando el peligro.

No pasaron ni dos minutos, cuando en el camarote del jefe se reunieron todos los tripulantes del satélite.

No era necesaria ninguna aclaración. Estas personas comprendían perfectamente el idioma de los aparatos.

Reinaba una tensión oculta, un silencio alarmante.

El peligro desconocido es la prueba más desagradable para el estado psíquico. La persona más valiente siente involuntariamente un miedo vago. ¿Qué hacer, si no se sabe de quién defenderse?

Y de repente el recuerdo acudió a la memoria de Murátov. Veía el rostro intenso de Véresov y Stone, con los ojos clavados en el mismo gravímetro, que les mostraba lo que sucedía.

— ¿No sería éste uno de los dos satélitesexploradores que persiguió la «Titov» hace dos años? — dijo Murátov.

Leguerier se volvió rápidamente.

— ¿Tan lejos de la Tierra?

— Todavía nadie sabe por dónde desaparecieron.

— ¿Pero los radares en aquel tiempo captaron estos satélites?

— Esto fue entonces. Existe la suposición que de alguna forma han cambiado el sistema de su «defensa».

— Es posible que usted tenga razón — dijo Leguerier —. ¡Veremos!

Si Murátov había dado en el clavo, entonces la aguja del gravímetro tendría que cesar en seguida el movimiento hacia la derecha. Los satélitesexploradores no podían pasar muy cerca de una masa tan grande como la de Hermes. El asteroide tenía un kilómetro y medio de diámetro y ¡esto no era una pequeña astronave!

La suposición era tan verosímil que todos se tranquilizaron inmediatamente. Marcharon dos astrónomos, después de haber recibido el permiso de Leguerier (fue dada la alarma en el observatorio y nadie tenía derecho a actuar individualmente), para intentar ver con el gran telescopio el cuerpo que se aproximaba. Makárov regresó a su camarote para realizar observaciones paralelas con sus aparatos.

Pero la tranquilidad duró poco.

Pasaron cinco, después diez minutos y la aguja continuaba deslizándose hacia la derecha, y amenazaba con acercarse al punto extremo, que señalaba el choque de dos masas: la de Hermes y el cuerpo desconocido. Se aproximaba el choque. Quedaba muy poco para que la aguja llegara a la raya roja de la escala.

— Vuela directamente hacia nosotros — dijo alarmado Leguerier.

El gravímetro perfeccionado daba la posibilidad de determinar no sólo la masa, sino también la dirección de su movimiento y la distancia.

La pantalla del radar como antes no mostraba nada. No obstante que según el gravímetro, el cuerpo que se aproximaba era bastante grande.

A Murátov le parecía que el aparato indicaba una masa mucho más grande que cuando la «Titov».

Las palabras de Leguerier confirmaron que esto era así.

— La masa del cuerpo desconocido — dijo el astrónomo — supera en muchas veces la de los exploradores.

Unos cuantos minutos angustiosos más, y se disiparé la duda: un objeto volaba directamente hacia el observatorio.

8

Leguerier se abalanzó hacia di cuadro.

Un movimiento de su mano y todas las pesadas puertas herméticas encajaron en sus ranuras impidiendo cualquier acceso de un local a otro. El observatorio estaba dividido en compartimentos aislados.

Ahora se podía estar seguro de que la catástrofe no causaría una ruina total.

¿Dónde tendría lugar el terrible golpe del choque con él cuerpo cósmico?

Las personas estaban llenas de impaciencia…

Murátov en estos segundos, sin saber por qué, pensó no en sí y no en las personas que se encontraban con él, sino en las naves de su escuadrilla. Se encontraban relativamente cerca de la cima del embudo de granito que robeaba el observatorio.

¿Acertarían a hacer allí lo mismo que aquí había hecho Leguerier?

Ya era tarde para dar la orden por el radiófono.

«Además — pensó Vífctor — si el cuerpo cae en la astronave, de ésta no quedará nada, ya que su masa es enormemente grande. Ningún refugio salvaría a la gente».

La aguja del gravímetro continuaba acercándose inexorablemente hacia la raya roja y esto era señal de que se aproximaba una catástrofe. Eran completamente inútiles los campos de defensa antigravitacional y magnético. Eran demasiado débiles para influir en esa mole. Una muerte casual y absurda se cernía sobre las personas que carecían de medios para evitarla.

— ¡Miren! — dijo Leguerier, alargando la mano hacia el gravímetro.

Era algo más que extraño, inexplicable, lo que ellos vieron.

La aguja disminuyó todavía más su movimiento. En contra de las leyes de la atracción no aceleró su movimiento, sino todo lo contrario, lo disminuyó, y ahora se movía casi imperceptiblemente.

Y de repente… se detuvo por completo, casi tocando la línea roja.

Esto significaba que el cuerpo desconocido cesó su caída y pendía inmóvil sobre Hermes a una distancia no mayor de cien metras.

Una inspiración ruidosa de alivio salió simultáneamente del pecho de los que se encontraban en el camarote.

¡Salvados! El peligro, que hasta ahora parecía inevitable, pasó de una forma incomprensible.

— Esto sólo puede hacerlo una nave dirigida — dijo Leguerier.

— ¡Cuáles son entonces sus dimensiones! — exclamó asombrado Murátov.

No cabía la menor duda. Todo lo que había de incomprensible en la actitud del cuerpo desconocido, sería completamente comprensible si esto fuera una nave cósmica con potentes motores.

¿De dónde podían proceder? La Tierra no comunicó sobre el vuelo de alguna nave en esta zona. Cualquier astronave hubiera comunicado sus coordinadas de posición, si su comandante por cualquier motivo tuviera que descender en el asteroide. Lo hubieran captado hacía tiempo los radares. Y lo más importante de todo es que ninguna de las naves cósmicas posee tan enormes dimensiones y carece de la «capacidad» de absorber por completo los haces de ondas de radio.

La astronave desconocida, juzgando por su masa, era gigantesca, pero a través del techo transparente del camarote se veían sólo las estrellas.

— Se ha detenido un poco hacia un lado — dijo Leguerier y en su voz se notó un estremecimiento de emoción —. No hay la menor duda de que es una nave cósmica ¡pero no nuestra!

Todavía estaba hablando cuando la aguja del gravímetro de nuevo vaciló y rápidamente se deslizó hacia la izquierda.

La nave cósmica se alejaba.

¿Para qué entonces voló hacia Mermes? Si los desconocidos astronautas observaron en el asteroide una obra artificial, debían haberse interesado y aclarar lo que era. En vez de esto se detuvieron menos de un minuto y partieron. Durante este corto tiempo era imposible haberlo examinado todo bien. Además, para realizar esta maniobra se exigía un gasto de energía aunque ésta no fuera muy grande.

¿Cuál era la causa de esta conducta tan rara?

Los ingenieros y científicos se miraban unos a otros en silencio. Nadie comprendía nada, y las personas se hacían a sí mismo la siguiente pregunta: ¿no sería una ilusión esta visita?

Leguerier interrumpió el largo silencio.

— La nave se aleja en línea recta y gradualmente aumenta su velocidad — dijo —. ¿Para qué la disminuyó y se detuvo? Esto es más que incomprensible.

Inesperadamente fulguró una luz brillante. Aquellos, que tuvieron tiempo de erguir la cabeza, observaron delante de ellos, cómo en el cielo aterciopelado negro se inflamó la nube de un torbellino de llamas de una explosión monstruosa.

Tuvo lugar muy lejos, pero precisamente allí donde debía encontrarse la nave. El camarote se iluminó en un instante con una luz blanca mortecina. Y de repente todo se apagó.

La aguja dd gravímetro cayó hacia el cero como si estuviera agotada. ¡Desapareció como por encanto la masa que actuaba en él, la masa de la nave cósmica de otro mundo que hasta hace poco volaba hacia Hermes!

— ¡Una catástrofe! — gritó Murátov —. La nave ha explotado.

— Sí, ha explotado — dijo despacio y tristemente Leguerier —. Ha tenido lugar una aniquilación. Y nunca sabremos lo que ha pasado ante nuestros ojos.

— Ni a qué humanidad pertenecía — añadió Murátov.

La inesperada catástrofe conmovió profundamente a todos. Las personas estaban emocionadas. ¡Aunque fueran seres desconocidos, extraños a las personas de la Tierra los que se encontraban en la nave, eran representantes racionales de la humanidad del universo!

¡Tan cerca, al lado, estuvo la mente de otro mundo; en este momento podía haber tenido lugar la entrevista tan esperada de las personashermanos! ¡Por primera vez en la historia! ¡Y no fue posible! El mensajero de otro mundo, que posiblemente había salido de las lejanías profundas del espacio, desapareció sin dejar huellas.

¡Esto era tan absurdo, tan insoportablemente ofensivo, tan estúpido!

Leguerier presionó maquinalmente el botón que establecía la comunicación entre los departamentos del observatorio.

— ¿Pero por qué, por qué no descendieron? — dijo Weston —. Ellos tuvieron que haber visto nuestro observatorio. ¿Por qué tan apresuradamente se alejaron?

— Es posible, precisamente porque — contestó Murátov —. Vinieron a nosotros del antimundo. Se convencieron de que nuestro asteroide, en relación con ellos, era de antisubstancia, y se apresuraron a alejarse del peligro. Y al alejarse chocaron con un meteorito y tuvo lugar la aniquilación que ellos temían.

— Su hipótesis es infundamentada, Murátov — dijo Leguerier —, infundamentada por dos razones. Primera, en ese momento no volaban ningunos grandes meteoritos. A la distancia que tuvo lugar la explosión nuestros radares hubieran registrado cualquier meteorito. Segunda, la nave cósmica que volaba a un sistema planetario extraño, debía estar defendida del peligro de la aniquilación. Ellos debían tener determinado hace tiempo de qué materia se compone nuestro sistema planetario. Además se encontraron con nosotros no en su extremo sino casi en el centro.

— Podían no haber atravesado todo nuestro sistema sino acercarse a él, por abajo o por arriba, en relación con el plano de la eclíptica.

— Inconcebible. Tal imprudencia no es propia…

No terminó de hablar escuchando atentamente una llamada perceptible procedente de la cámara de entrada que era la puerta exterior del observatorio.

¿Quién podía llamar?

Si fuera alguien de la tripulación de las naves de la escuadrilla no tendría por qué llamar. Existía un sistema de señales que era conocido de todos, y además nadie podía presentarse sin avisar de antemano.

Un mismo pensamiento atravesó la mente de todos. ¡Habría llamado un ser de otro mundo, que hubiera descendido de la nave que hacía sólo algunos minutos se había destruido!

¿Pero si esta nave no se asentó en la superficie de Hermes, cómo podía haber desembarcado a alguien?

¡La nave había partido y la idea de que alguien había desembarcado era absurda!

¡La llamada se repitió, precisa, insistente!

Leguerier conectó la pantalla de visión exterior.

Y vieron…

En el umbral se encontraba una alta figura humana con una escafandra.

¡Una figura humana conún y corriente!

¿Común y corriente?…

¡Esto no era así! Todos notaron en seguida algo distinto.

La persona que se encontraba en el umbral ¡llevaba una escafandra no terrestre!

Levantó la mano y con clara impaciencia golpeó con el guante metálico en la puerta exterior.

Es decir, a pesar de todo…

¡A pesar de todo tenía lugar el gran encuentro!

¡A la entrada se encontraba un ser de otro planeta, un huésped que había venido de un allá desconocido, que estaba de pie y pedía con insistencia que se le dejara entrar!

¡Es difícil decir con palabras lo que sintieron las personas de la Tierra cuando comprendieron a quién tenían que recibir!

Había un solo huésped. ¿Era posible que el resto se hubiera ocultado entre las rocas esperando? ¿Era posible que los llegados no estuvieran seguros de la acogida que les esperaba y enviaran por delante un explorador?

Pero no tenían donde refugiarse en el asteroide. Después de desembarcarlos la nave partió y se destruyó. Esto no podían dejar de saberlo.

¡Raro, enigmático, incomprensible!

Leguerier no vaciló.

La puerta exterior se abrió de par en par. En la cámara interior de entrada se encendió una luz invitando al huésped a entrar. Y él entró, entró simplemente y con seguridad, por lo visto sin ningún temor.

El jefe de la expedición obró lentamente. Esperó, no fuera a presentarse el resto.

No apareció nadie. Por lo visto, aunque era inconcebible, no había más que un huésped.

La puerta exterior se cerró.

¡El llegado del cosmos se encontraba dentro del observatorio, había entrado en un mundo extraño!

Funcionó el aparato automático de defensa biológica. Leguerier lo puso a la máxima intensidad.

— ¿Comprenderá que tiene que quitarse la escafandra?

— Debe comprenderlo ya que es un cosmonauta y conoce el peligro.

Y de nuevo un silencio tenso, casi atormentador.

— ¿Y si no puede respirar nuestro aire? Nadie contestó. Este pensamiento alarmante estaba en todos.

No se podía ya cambiar nada. El proceso había comenzado y no podía ser detenido.

¿Y a dónde más podía haber ido el llegado?

Había quemado todas las naves.

En la cámara de entrada no había pantalla. No se podía ver lo que sucedía allí. El régimen máximo de desinfección duraba casi una hora. Las personas verían, vivo o muerto, al huésped del cosmos sólo cuando pasará esta hora. El tiempo se alargaba insoportablemente.

— ¡Si hubiéramos tenido la posibilidad de prever esto — dijo Weston — entonces habría allí una pantalla!

¡Claro! Si las personas hubieran podido prever la aparición de este huésped, habría sido hecha de la forma más minuciosa la telecomunicación con la cámara de entrada.

Pero en las condiciones corrientes no tenían ninguna necesidad de ello.

Pasaron diez minutos. ¡Sólo diez!

La cámara ya se había llenado de aire destilado, aire puro del observatorio astronómico sin ninguna bacteria, ni microbio.

¡Pero aire de la Tierra!

¿Cómo influirá este aire en el huésped? ¿Era posible que el extraño ser se asfixiara en este aire y cuando se abriera la puerta interior las personas encontraran sólo un cadáver?

— ¡Es increíble! — dijo Leguerier —. No hubiera entrado tan tranquilo.

— Me parece — dijo Murátov — que éste es uno de los amos de los satélites exploradores que ya hace tiempo conocen nuestro planeta, y saben la composición de su atmósfera. Y por lo visto para ellos no es peligrosa.

Esta suposición explicaba mucho ¡pero no todo!

— ¿Cómo fue a parar a Hermes? — preguntó uno de los astrónomos.

— Sencillamente, saltando. Un salto de cien metros no tiene ningún peligro en un asteroide de estas dimensiones.

— ¿Pero para qué?

— Lo sabremos por él mismo.

¡Pasaron veinte minutos!

¡Después media hora!

El camarote de Leguerier estaba desierto. Aunque faltaba todavía mucho tiempo para que se abriera la puerta, todos, excepto Makárov, se reunieron ante la cámara de entrada.

El sustituto de Leguerier se había quedado en su camarote, junto a la pantalla de control e informaba periódicamente de lo que veía en el exterior, mejor dicho de que no veía absolutamente nada, ya que no había ningunos síntomas de la presencia cerca del observatorio de otros tripulantes de la nave.

Era evidente que el que se encontraba en la cámara había llegado solo. Esto había mucho más incomprensible su aparición en el asteroide.

¿Qué quería aquí? ¿Por qué saltó de su nave? ¿Por qué sus cantaradas sólo le lanzaron a él y partieron? Pudieron haber visto el observatorio, pero no podían saber si dentro había seres vivos. El observatorio podía haber sido abandonado hace tiempo por innecesario y estar servido por aparatos automáticos cibernéticos. En este caso una persona solitaria estaba condenada a una muerte rápida y terrible. Esto no podían dejar de comprenderlo. ¿Si conocían la próxima destrucción de la astronave, por qué no desembarcaron todos? ¿Y si esto lo sabían por qué volar al encuentro de la muerte? ¡No!

¡¿Cómo lo podían saber?!

¡Todo era enigmático, todo incomprensible!

¡Cuarenta minutos!

En las naves de la escuadrilla auxiliar conocían todo lo que pasaba. Murátov no se había olvidado de sus camaradas y les había relatado por el radiófono el inconcebible acontecimiento. Allí tambien reinaba la emoción pero no en la misma forma que aquí. ¡El llegado del cosmos debía aparecer aquí, por primera vez, en el observatorio! ¡Por primera vez!

Cada uno a su forma se preparaba para el acontecimiento supersensacional ¡para el momento de encontrarse cara a cara con habitantes de mundos distintos!

¡Esto por primera vez en la historia!.. ¡Cincuenta minutos!

La emoción crecía. ¿Estaría emocionado aquel que se encontraba tras la gruesa puerta impenetrable? ¿Podría experimentar un sentimiento de esta clase?

¡Debía emocionarse! ¡No podía uno comprender la existencia de un ser racional, pensante, sin sistema nervioso!

Ya habían visto que la forma exterior del huésped era muy parecida a la forma de las personas de la Tierra. ¿Pero qué habría debajo de la escafandra?

Nadie esperaba la aparición de un monstruo. El huésped del cosmos tenía cabeza, manos y pies. Llevaba una escafandra parecida a la de la Tierra. Por lo visto podía respirar sin trabajo el aire terrestre. Esto demostraba que el planeta que era su patria, era del mismo tipo que la Tierra. ¿Por qué condiciones análogas de desarrollo deben conducir a resultados no semejantes?… ¡Pasaron cincuenta y cinco minutos!.. ¡Un minuto más!

Reinaba alrededor un silencio tan profundo (las personas contenían incluso la respiración), que se oyó con toda claridad, en el pabellón central, donde estaban concentrados todos los aparatos de dirección, el click del aparato automático de defensa biológica al desconectarse.

La desinfección había terminado.

Si el huésped se quitaba la escafandra, y esto debía hacer si pensaba lógicamente, entonces ni en la superficie de su cuerpo, ni en su interior, quedaría nada que pudiera contaminar el aire del observatorio.

¿Y si esto no ocurría así?

Tampoco en este caso habría peligro. La escafandra fue desinfectada. Habría que explicarle al huésped con gestos que era necesario quitársela y realizar entonces una segunda desinfección.

¡Se aproximaba el momento tan esperado!

Leguerier, exteriormente tranquilo, pero con el ros,tro extremadamente pálido, apretó el botón.

La puerta se abrió de par en par.

Cada uno se representaba al huésped a su manera. En la mente de cada uno su aspecto estaba influido por la fantasía individual. Todos esperaban ver a un cosmonauta con cualesquiera rasgos de la cara, con cualquier color de la piel y con el traje de más inconcebible corte y materia, ¡pero adecuado para realizar el vuelo cósmico!

¡Sin embargo, lo que en realidad vieron no lo esperaba nadie!

El huésped se había quitado la escafandra; acertó a hacerlo como todos esperaban…

La aparición del huésped fue acogida por una exlamación general de asombro.

Ante ellos, cercana a la puerta, estaba una muchacha alta con un vestido corto, muy abierto de color oro. Cabellos espesos negroazulados enmarcaban un rostro de un raro tono verdoso de la piel. Unos ojos grandes, oblicuos, muy alargados, miraban escrutadoramente, pero tranquilos, a las personas de la Tierra.

Levantó la mano con la palma abierta hacia adelante y alargando las sílabas pronunció con voz dulce y cantarína:

— ¡Guianeya!

9

— De toda esta enigmática historia lo que me parece más raro es su aspecto exterior, me refiero a Guianeya — dijo Murátov —. Nunca he pensado en que encontraríamos tan completo parecido con las personas de la Tierra. Esto es sencillamente inverosímil. Y piensen ustedes lo que quieran pero no paso a creer que ella sea un habitante de un mundo extraño.

— ¿Entonces quién puede ser? — preguntó Leguerier.

— Es comprensible que como todos me vea obligado a reconocer el hecho. Pero, en verdad, no sé como explicarles, que hay algo en mí que protesta, que incluso me inquieta…

— No hay nada de particular — dijo Leguerier —. Es comprensible su estado de espíritu.

A las personas se les inculcó la idea de que los habitantes de otros mundos no podían ser exactamente iguales a nosotros. ¿Por qué? El universo es infinito y entre la innumerable cantidad de mundos habitados pueden encontrarse cualesquiera formas exteriores de vida, incluso hasta moho pensante, según escribió un científico a mediados del siglo pasado. Existen organismos pensantes de todas las formas imaginables. Pero no se puede olvidar que la parte del universo accesible a nosotros está compuesta de las mismas substancias, de los mismos elementos que nuestro sistema solar. Está establecido que los sistemas planetarios, repito, de la parte del universo accesible a nosotros, rodean estrellas que por su clase espectral son parecidas al Sol. De aquí se desprende una deducción lógica: las condiciones de vida son aproximadamente iguales.

¿Qué es el hombre si no el producto de un proceso largo, penosamente largo de adaptación a las condiciones circundantes? La forma exterior del cuerpo tiene a la fuerza que ser racional, ya que es el órgano ejecutor del cerebro. La naturaleza ha creado órganos, lo más adaptados posibles, para el cumplimiento de determinadas funciones, y siempre las realiza por el camino más sencillo. El cuerpo de la persona es la más sencilla de todas las variantes teóricas posibles. ¿Por qué entonces, en otros planetas, donde las condiciones de vida son parecidas a las nuestras, este proceso debe conducir a resultados diferentes? Otra cosa sería si la base de la vida fuera no el carbono y el oxígeno, sino otro elemento. Entonces el cerebro sería otro y como resultado habría otros órganos. Con tales seres no tendríamos nada de común y no sería concebible ningún contacto.

— Le comprendo — dijo Murátov — y estoy de acuerdo con usted. Pero aquí no hay algo parecido sino completa coincidencia.

— Y esto no tiene nada de asombroso. Desde el principio estaba completamente convencido de que veríamos a un hombre. Y así ha resultado. Y he aquí por que yo estaba convencido. Yo comparto su punto de vista. La nave, que voló hacia Hermes, pertenecía precisamente a los dueños de los exploradores. Conocen bastante bien nuestra Tierra, y decidieron, en el momento presente no es importante saber la causa, desembarcar en el asteroide a uno de los miembros de la tripulación de su nave. No sabemos por qué lo han hecho, pero podemos estar completamente seguros de que no han dudado que su camarada encontraría un idioma común con nosotros. Y nunca se podría partir de esta seguridad si ellos y nosotros no fuéramos parecidos. Nunca enviarían a una persona sola a los seres diferentes a ellos.

— Todo esto es verdad — dijo Murátov con acento de despecho —. Pero usted habla constantemente de ¡parecido, parecido! ¡Pero aquí no se trata de parecido, sino de una absoluta identidad! No creo que se pueda considerar como una diferencia decisiva el color verdoso de la piel. En la Tierra existen más grandes diferencias entre las razas.

Leguerier se encogió de hombros.

— Me asombra — dijo — la causa de su atavismo. Usted repite inconscientemente todo lo que hablaron y escribieron hace decenas de años. Entonces esto era comprensible.

Estaban todavía muy próximos los siglos de dominación de las creencias religiosas. La persona se consideraba a sí misma como algo extraordinario en la naturaleza. Era difícil concebir que pudiera existir en algún sitio algo tan «perfecto», un ser a semejanza de Dios, como el hombre en la Tierra. De aquí parte la teoría sobre la posibilidad de la naturaleza para crear formas infinitas, receptáculos para el cerebro. Subrayo, crear en condiciones semejantes. Si mantenemos firmemente el punto de vista de que el hombre ha sido creado por la naturaleza, entonces no es difícil comprender que la naturaleza creará una cosa igual en todos los lugares donde las condiciones sean semejantes. La naturaleza no razona, actúa, si se puede decir así, «intuitivamente», actúa sencillamente, y lo que es más importante, según sus leyes.

— No comprende lo que quiero — dijo Murátov —. Todo lo que usted dice yo lo sé.

— A usted le desconcierta el que Guianeya sea una copia de la mujer terrestre, y, además, de la mujer blanca. ¿No es así? Analicemos la cuestión desde otro punto de vista. Cambiemos los papeles. Supongamos que no ellos, sino nosotros, investigáramos el espacio alrededor de nuestro sistema planetario y encontrásemos algunos mundos habitados. Supongamos que los habitantes de estos mundos son diferentes exteriormente. Que hubiera no completamente parecidos y parecidos a nosotros. Y también completamente idénticos. ¿Con quién nos relacionaríamos primero? ¿Con quién tendríamos el primer encuentro?

— En la Tierra hay varias razas.

— Completamente cierto. Es natural que entre semejantes se puedan comprender.

Guianeya pertenece a una humanidad o parte de una humanidad que tiene la envoltura exterior del cerebro semejante a la de la Tierra, además tienen el mayor parecido con las personas de la raza blanca de la Tierra.

— ¿Es decir, esto es una casualidad?

— Sí, pero una casualidad sujeta a leyes y natural. Yo no veo nada de particular aquí.

Es más, me hubiera asombrado mucho, si hubiera ocurrido de otra forma.

— ¿Es decir, según usted, ellos podían elegir?

— Algo parecido. Pero puede ocurrir, claro está, que ellos no pudieran elegir.

Sencillamente, el primer planeta habitado que encontraron resultó que estaba poblado por personas iguales a ellos. Él hecho de que Guianeya respire con facilidad nuestro aire demuestra la semejanza de la Tierra con su patria. Y esta semejanza, según mi convencimiento profundo, no es una exclusión sino una ley de las regiones del universo próximas a nosotros. Hablo de las estrellas de la clase de nuestro Sol. No han sido hallados en otras estrellas sistemas planetarios. Por su parte sería completamente natural y lógico buscar mundos poblados en las cercanías de las estrellas más parecidas a su sol.

— ¿Usted piensa que su patria está en un lugar cercano?

— Esto se desprende de la suposición de que ellos fueron los que nos enviaron los exploradores. No se puede admitir que los enviaran de la Nebulosa de Andrómeda. A la fuerza tiene que existir un objetivo. Otra cosa sería si nosotros nos equivocamos y Guianeya no tiene nada que ver con los exploradores. Entonces podría proceder de cualquier sitio.

— ¿Gomo explica usted el matiz verdoso de su piel? — preguntó Murátov, deseando cambiar el tema en el que se sentía la superioridad de su interlocutor.

Leguerier se sonrió.

— Usted comprende que a esta pregunta no puedo contestar ahora — dijo Leguerier —.

La procedencia del matiz verdoso se aclarará cuando a Guianeya la ausculten los médicos. Si accede a ello.

— ¿Si accede? — preguntó con asombro Murátov —. ¿Cómo incluso se puede suponer la posibilidad de una negativa? Esto sería completamente absurdo por parte de un ser racional que fuera a otro planeta. ¿No puede dejar de comprender que la Tierra quiere conocer su organismo? Es su deber moral coadyuvar a esto. Leguerier calló unos minutos.

— Muy bien, Murátov — dijo a fin —. Estoy contento de que usted haya hablado de esto.

No he querido compartir con nadie mis observaciones, para no crear una impresión que pudiera resultar falsa. Pero ya que hemos tocado este tema… ¿Dígame, no ha observado nada de especial en la conducta de Guianeya?

— Sólo he notado que se mantiene con una tranquilidad asombrosa. Y esto no es natural en su situación.

— Sí, claro está. No es natural portarse como ella se ha portado al encontrarse en un mundo extraño, rodeada de personas extrañas no sólo a ella, sino a toda la humanidad a la que pertenece. Tiene usted razón. Pero me parece que hay otra cosa — Leguerier agitado comenzó a caminar por el camarote —. Quisiera que usted me demostrara que no estoy en lo cierto. Voy a hablar sin rodeos. ¿No le parece a usted que Guianeya se mantiene no tranquila, sino con altivez?

Murátov se estremeció. Todo lo que había dicho Leguerier coincidía con sus propios pensamientos. Le parecía, cada vez con más insistencia, que en la conducta de la extranjera influía la conciencia de su superioridad sobre los que le rodeaban, pero se esforzaba por no dejarse vencer por esta impresión.

— Sí — contestó Murátov —, me ha parecido esto más de una vez. Pero puede ser que no es altivez porque no hay ningún motivo para ello, sino que sea la manera propia de portarse estas personas, puesto que no son como las de la Tierra. — Es posible. No las conocemos. Pero con una coincidencia exterior tan completa, no sólo en el cuerpo, sino incluso en el vestido, la psíquica debe ser también igual. Pero dejemos esto. ¿Por qué ella ha considerada como obligatorias todas nuestras atenciones? No ha mostrado ni el menos gesto de agradecimiento. Recuerde, cuando Weston repitió la palabra «Guianeya», dicha por ella, suponiendo que esto era un saludo, entonces irguió la cabeza con orgullo, precisamente con orgullo, y repitió de nuevo la palabra indicándose a sí misma. Esta palabra significaba su nombre, y lo hizo esto de tal manera como si la incomprensión fuera una ofensa. ¿Acaso a las personas de la Tierra que por primera vez se encuentren con los habitantes de un mundo extraño, lo primero que les puede venir a la cabeza es dar su nombre? Me parece que esto es precisamente una muestra de altivez, de la conciencia de su superioridad. Bueno, supongamos que esto entre ellos sea así. Otro hecho cuando nuestro médico, cumpliendo el programa de defensa biológica, le propuso que se metiera en la piscina, lo comprendió perfectamente y cumplió sin discutir lo indicado, desnudándose delante de todos sin esperar a que salieran. Dígame ¿es que en su mundo no hay pudor y esto también es hábito en ellos? Contrapongamos esto con otros hechos. Se presentó ante nosotros con un vestido de mujer, y el corte de este vestido de ninguna forma indica la inexistencia en su mundo de virtudes femeninas como la coquetería y el pudor. Recuerde, la espalda estaba completamente descubierta por el vestido pero cubierta por la cabellera. Esto es muy característico. Incluso a la mujer más coqueta de la Tierra no se le ocurre presentarse en un mundo extraño vestida de tal forma. ¿Por qué ella no llevaba un traje de astronauta? ¿Por qué ha considerado necesario mostrarse ante nosotros «en todo el esplendor de su belleza»? Y después de esto desnudarse ante todos. En esto es oportuno recordar los tiempos ancestrales cuando las patricias romanas se desnudaban ante sus esclavos, no considerándolos personas.

— Cae usted en contradicciones — dijo Murátov —. ¿Si ella no nos considera iguales para qué entonces «asombrarnos» con el «esplendor de su belleza», como usted dice?

— Ninguna contradicción. Todo lo contrario. Se ha presentado ante nosotros no un astronauta de filas, sino precisamente la «señora». Este es, según mi criterio, el motivo de su conducta.

— La señora — repitió Muratov —. ¿Acaso en un mundo, donde la técnica ha llegado hasta los vuelos interestelares, se pueden conservar los conceptos de «señor» y «esclavo»? Usted se equivoca, Leguerier. Todo esto se puede explicar de una manera más sencilla, en una palabra: costumbres. Diferentes a las nuestras y por eso incomprensibles para nosotros.

— Para mí será una alegría si esto es así. Pero no tengo la menor duda de que su psicología es afín a la nuestra, ante una semejanza tan grande de otra forma no puede ser. Suponga que se pone usted en su lugar. Ha dado usted su nombre: Víktor, y de repente le comienzan a llamar, por ejemplo, Viko. ¿No lo corregiría? ¿Y ella, qué hizo?

Weston y después nuestro médico al dirigirse a ella pronunciaron su nombre «Guineya» en vez de «Guianeya». ¿Cómo respondió? Sonriéndose, y es más, sonriéndose despectivamente y no corrigiéndolo. Le importó poco. A los seres inferiores no se les puede exigir una pronunciación correcta.

— Se apasiona, Leguerier. En parte estoy de acuerdo con usted. Es cierto que ella tiene conciencia de su superioridad. Este sentimiento en realidad existe en ella. Pero no hay ningún fundamento para que nos trate como a seres inferiores. Es posible que piense que para nosotros es difícil pronunciar Guianeya. Si en un planeta extraño me llamaran Viko, yo no exigiría una pronunciación correcta. ¿Acaso no es lo mismo, si para ellos es más fácil?

— Cualquier hecho se puede explicar con diferentes puntos de vista. Pero en su conjunto ofrecen un cuadro determinado, que es difícil explicar como nosotros quisiéramos. ¡Veremos! A su tiempo se aclarará todo esto. Siento mucho — añadió Leguerier, dando un giro brusco a la conversación — el no estar presente en su llegada a la Tierra. ¿Cómo se comportará? ¿Cuándo salen ustedes?

— Mañana. Es decir, dentro de veinticuatro horas. Es mejor así porque no existen los días. Jansen considera que Guianeya durante estos dos días ya se ha acostumbrado lo suficiente a nuestras comidas. A propósito, ¿no es raro que ella tan a gusto, y sin temor, aceptó la invitación a desayunar?

— Esto es una prueba más de la justeza de su hipótesis, Murátov. Pertenece a aquellos que lanzaron hacia nosotros sus exploradores. Y ellos conocen la Tierra, su atmósfera, sus personas, y también nuestra alimentación.

— Y además no le quedaba más remedio si no quería morirse de hambre — dijo pensativamente Murátov.

10

El radiograma de Hermes comunicando la aparición de Guianeya, y las circunstancias que precedieron a ello, como era de esperar, agitaron a toda la población del globo terráqueo.

Se esperaba con enorme impaciencia el regreso de la escuadrilla.

Las instalaciones de radio automáticas recibían enorme cantidad de radiogramas de la Tierra, Marte, Venus, de todas las partes donde había personas, saludando a Guianeya.

Toda la humanidad acogía con entusiasmo su llegada, ¡la llegada a la Tierra del primer representante de otro mundo racional!

La acogida prometía transformarse en una grandiosa manifestación.

Le mostraban a Guianeya montones de radiogramas, esforzándose por explicarle con gestos que estaban dirigidos a ella y que la esperaban con impaciencia en la Tierra.

¿Había comprendido? A todos les parecía que había comprendido, pero exteriormente manifestaba indiferencia.

El comunicado de que ella tenía que volar a la Tierra, lo recibió la enigmática huésped con la misma indiferencia.

La explicación la hizo Weston. Indico a Guianeya en una carta estelar, especialmente dibujada para esto, el círculo que designaba a Hermes y después la Tierra. Comprendió claramente sus gestos. Después el ingeniero dibujó una flecha, signo que era difícil que no comprendiera cualquier ser pensante, sobre todo un astronauta. La punta de la flecha se apoyaba en la Tierra.

Guianeya miró a Leguerier que estaba al lado. Después hizo un gesto suave con la mano, muy expresivo, que podía sólo significar: «¡Volemos hacia allá!». No podía caber ningún error en el significado de este gesto. Cada pequenez en la conducta de la huésped provocaba una atención constante. Todos observaron que aunque la explicación la dio Weston, Guianeya «se dirigía» exclusivamente a Leguerier. ¿Era posible que hubiera acertado que era el jefe? En la conducta del jefe de la expedición no había nada que le hiciera destacar de los demás. Parecía que nada podía haber indicado esto a Guianeya, y sin embargo acertó sin vacilación ninguna.

Este hecho raro le recordó a Murátov la conversación que había tenido con Leguerier.

La conducta de Guianeya era como la confirmación de las palabras del científico francés.

La huésped se vio obligada a dirigirse a alguien y eligió al jefe de la expedición ignorando a los demás.

«¿Cómo ha podido acertar que Leguerier es el jefe?», pensó Murátov.

A Roald Jansen — astrónomo, médico y biólogo — que cumplía en Hermes las funciones de médico, le intranquilizó mucho el futuro viaje de Guianeya a la Tierra.

— Aquí — decía — el aire es puro. No hay ni un solo microbio. Sin embargo, en la Tierra los hay. ¿Cómo influirá esto en el organismo de Guianeya?

¿No se enfermará nada más llegar?

Sobre este tema se celebró una conversación especial con la Tierra, donde compartían los temores de Jansen.

Guianeya no tenía a dónde ir. Era imposible que se quedara en Hermes. No quedaba por lo tanto ninguna otra solución que enviarla a la Tierra.

Parecía que todo estaba claro.

Pero nadie quería actuar sin conocimiento de Guianeya. Estaba de acuerdo en volar pero era necesario explicarle el peligro amenazante. Era posible que no lo supiera, que no sospechara el riesgo tan grande que tenía que pasar al llegar a la Tierra.

Se decidió conocer a toda costa el criterio de la huésped.

¿Pero cómo hacerlo?

— No tenemos otro camino — dijo Jansen — que explicárselo por medio de dibujos, esquemas y tablas biológicas: el metabolismo, la respiración, etc. Si conoce la biología lo comprenderá, si no la conoce no se enterará de nada. El camarada Weston dibuja muy bien y le pido que prepare algunos dibujos según mis indicaciones. Después, probaremos.

— Pienso que estas explicaciones deben darlas dos — dijo Leguerier —: yo y Jansen. A los demás les ruego que no estén presentes: Hay que tener en cuenta la posibilidad de que Guianeya no comprenda y hay que compadecerse de su amor propio.

El experimento se realizó en vísperas del vuelo.

— ¡Qué hacer si Guianeya comprende y renuncia a volar a la Tierra? — preguntó Murátov en el mismo momento cuando Leguerier y Jansen se disponían a visitar a la huésped.

A Guianeya le habían dejado el camarote de uno de los astrónomos y casi no salía para nada.

— Lo comunicaremos a la Tierra — contestó Leguerier —. Pero pienso que no podrá negarse. Tendrá que comprender que no tenemos otra solución.

— Puede suceder también — añadió Jansen — que Guianeya tenga que andar en la Tierra con escafandra, y vivir en un local especial con aire destilado.

Muratóv movió la cabeza.

— En esto no estará de acuerdo.

— ¿Para qué hacer conjeturas? — dijo Leguerier —. Está de acuerdo, no está de acuerdo. ¡Lo veremos! ¡Vamos, Jansen!

El experimento resultó bien. Por lo visto Guianeya había comprendido bien el idioma gráfico del biólogo. Pero los gestos de respuesta de la huésped no los comprendieron ni Jansen, ni Leguerier. ¿Estaba de acuerdo en volar a la Tierra después de sus explicaciones?

Para aclarar esta pregunta de nuevo se puso ante Guianeya la carta de Weston. Ella se sonrió y de nuevo repitió el mismo gesto suave que todos comprendieron como «¡volemos!».

— Hemos hecho todo lo que hemos podido — dijo Leguerier —. Llévenla a la Tierra. Por lo visto no tiene miedo a ningún contagio. Enviaré un radiotelegrama detallado y allá decidirán lo que es necesario hacer. No pierdan tiempo.

— Parece que ellos conocen nuestro planeta mejor de lo que pensábamos — hizo notar Murátov.

— Por lo visto es así.

Guianeya no tenía ninguna pertenencia. Se presentó en Mermes en un mundo extraño, vestida tan ligeramente como si se encontrara no en el cosmos, sino en su casa.

Exactamente lo mismo que si hubiera ido de visita para muy poco tiempo. Esta circunstancia, más que rara, no dejaba de asombrar a todos en Hermes y en la Tierra. Era incluso difícil presuponer lo que la impulsó a realizar tal hazaña. No podía estar vestida de tal forma en la nave cósmica. Y la explicación de Leguerier les pareció a todos demasiado fantástica. Aquí era donde se ocultaba el secreto cuya solución se esperaba hallar sólo posteriormente.

Llamaba la atención el que los pequeños y muy elegantes zapatos «dorados» de Guianeya tenían suelas magnetizadas. Esto demostraba que el calzado, que parecía absurdo tratándose de vuelos cósmicos, estaba destinado precisamente para el estado de ingravidez, es decir, para el cosmos.

Esta alta muchacha, toda adornada con oro, tenía un aspecto extravagante entre los cosmonautas que estaban vestidos con trajes oscuros. Era más alta que ninguno excepto Murátov. Esbelta, con movimientos ligeros y ágiles, casi felinos, parecía que no caminaba, sino que se deslizaba por el suelo. Su extraordinariamente espesa cabellera, llegaba en abundancia más abajo de la cintura, y en la nuca estaba recogida con un broche en forma de hoja o rama de una planta desconocida en la Tierra. Estas mismas «hojas» cubrían sus rodillas, a las que no llegaba su vestido corto y abierto.

El aire del observatorio fue calentado hasta los dieciocho grados Gelsius, pero por lo que se veía Guianeya no sentía frío. La huésped rechazó el traje que le ofrecieron.

Jansen tenía grandes deseos de medir la temperatura del cuerpo de Guianeya pero ésta rechazó bruscamente el intento del médico, con poca cortesía desde el punto de vista terrestre, apartando el termómetro con la mano. ¡ Incluso no permitía que nadie la tocara. Por lo visto, saludarse estrechándose la mano no era una cosa aceptada en su patria, y si alguien al encontrarse con ella le tendía la mano, Guianeya daba un paso atrás y levantaba la mano hasta el hombro con la palma hacia adelante. Este era el gesto con que ella saludaba a las personas al conocerlas por primera vez.

«Esto es orgullo y altivez», decía Leguerier.

«Esto es una costumbre en su patria», replicaba Murátov.

El futuro nos dirá quien de ellos tenía razón.

Fue examinada minuciosamente la escafandra con la que Guianeya bajó de su nave.

Era muy ligera, hecha de un metal de color azul, fino y flexible. El casco era cuadrado, mejor dicho, cúbico, no tenía en su interior ningunas instaladones acústicas o radiotécnicas. En frente de los ojos se encontraba una placa transparente, muy estrecha, de color gris humo, que dejaba pasar poca luz. Lo más asombroso es que no había, ni dentro ni fuera, ningunos depósitos o balones con aire. Incluso con una respiración muy cuidadosa, «económica», casi sin moverse, en una escafandra de este tipo no se podría estar más de diez a doce minutos.

— Esto explica en parte su llamada insistente — hizo notar Weston —. Le amenazaba la asfixia. ¿Pero cómo pudieron decidir lanzarla de la nave sin una reserva de aire?

Un nuevo enigma difícil de explicar.

— Según yo creo — dijo Murátov —, esto demuestra que ellos sabían que el observatorio estaba habitado. De otra forma sería un suicidio.

— Esta es una historia muy oscura — observó Leguerier —. Cuanto más pienso en ella tanto más probable me parece que Guianeya se escapó de la nave, y en su apresuramiento se olvidó de la reserva de aire. Esto explica mucho.

— ¿Pero si la nave se detuvo encima de la misma superficie de Hermes? ¿Cómo concordar esto con su versión? Entonces se deduce que la ayudó a huir la tripulación de la astronave.

— Pudieron haber observado en el asteroide una obra artificial y volaron para saber lo que era, y ella pudo aprovechar esta situación inesperada.

— ¿Entonces por qué se detuvieron sólo unos minutos?

Leguerier se encogió de hombros.

— ¡Historia no clara! — repitió.

La escafandra estaba hecha de tal forma que se podía quitar sin ayuda de nadie pero no se podía poner. Esto se puso en claro cuando hubo que trasladar a Guianeya a la nave insignia de la escuadrilla.

Hubo que romperse la cabeza para llegar a comprender la construcción desconocida.

El traje de Guianeya era muy incómodo desde el punto de vista terrestre. No se lo podía uno poner, era necesario «entrar» en él. Y nadie de la Tierra podía hacer esto, si no era un verdadero acróbata.

Guianeya resolvió con facilidad esta difícil tarea. Se introdujo, mejor dicho se deslizó en la escafandra con una inconcebible rapidez y ligereza.

No podía ser que esta escafandra hubiera sido especialmente preparada para ella, probablemente era igual que las restantes escafandras que había en la nave de los huéspedes. Es decir, Guianeya no era ninguna excepción entre su pueblo. Todos eran tan ágiles y ligeros como ella.

Ahora era necesario hermetizar la escafandra, pero Guianeya ni con un solo gesto intentó prestar ayuda. Estaba de pie y esperaba, como si le fuera indiferente ir a la Tierra o quedarse en Hermes.

— ¡Qué terquedad! — gruñó Weston, mirando atentamente las largas bandas que pendían por los bordes de las tapas de la escafandra —. La desgracia es que hay que hacer esto lo más pronto posible, si no se asfixiará antes de llegar a la nave. ¿Es posible que no comprenda esto?

— Puede ser que no sepa como manejar la escafandra — supuso Murátov.

— ¡Qué te crees tú eso! Lo sabe muy bien, pero no quiere ayudar. ¡Mira, Víktor! Me parece que ya lo sé. Estas bandas deben adherirse a las ranuras. De otra forma no puede ser.

— ¡Hagamos la prueba! Mira a ver, aquí, en el costado.

La suposición de Weston se justificó. Las bandas que parecían metálicas, se adhirieron a las ranuras con un chasquido seco, quedando éstas completamente tapadas.

Murátov observó dos abultamientos apenas perceptibles en las terminaciones de las bandas. Presionó en uno de ellos y la banda se desprendió.

— Todo está claro — dijo Murátov —. La mano con el guante metálico puede presionar en este abultamiento, pero uno solo no puede ponerse la escafandra. De esto se deduce — añadió dirigiéndose a Leguerier — que alguien ayudó a Guianeya en la huida.

El astrónomo no contestó nada.

— ¡Por fin! — respiró con satisfacción Weston sujetando la banda en su lugar —. ¿Está bien? — preguntó a Guianeya.

Por lo visto la expresión de la cara y la entonación de la voz fueron lo suficiente elocuentes para que Guianeya comprendiera la pregunta del ingeniero e inclinara la cabeza.

Weston sujetó todas las demás bandas, quedando sólo una, entre el cuello de la escafandra y el casco. La tenía que sujetar el mismo Murátov cuando todo estuviera preparado para la salida. Ni un minuto de más debía encontrarse Guianeya sin el aire de la habitación. La escuadrilla se encontraba a unos seiscientos metros de la puerta exterior del observatorio.

Tuvieron lugar las últimas despedidas apresuradas y la puerta exterior se cerró. En la cámara quedaron Murátov, dos ingenieros de la escuadrilla y Guianeya.

Las personas se pusieron rápidamente sus escafandras. Leguerier decidió sacrificar el aire de la cámara y abrir la puerta exterior sin bombearlo.

Murátov sujetó la última banda. Guianeya ahora sólo podía respirar una cantidad ínfima de oxígeno que quedaba dentro de la escafandra.

«¿Y si nos hemos equivocado y la escafandra no está herméticamente cerrada?», esta pregunta alarmante cruzó por la imaginación.

No había tiempo para reflexionar.

El golpe convenido en la puerta interior… se abrió la puerta exterior. Inmediatamente se formó en la cámara el vacío completo.

Guianeya estaba tranquila. ¡Todo en orden!

Murátov decidió de antemano como obrar. Aunque en Mermes, gracias a la casi inexistencia de gravedad, no era difícil trepar por las rocas, todo esto exigía un gasto de energía muscular y como consecuencia de oxígeno.

Cogió a Guianeya en los brazos y subió casi corriendo por la pendiente escarpada del embudo. Murátov conocía bien el camino, decenas de veces lo había recorrido.

¿Cómo reaccionaría Guianeya ante esta «violencia» inesperada para ella? Murátov no sintió ninguna resistencia por parte de ella, incluso le pareció que se apretaba a su pecho facilitándole la tarea.

A la mitad del camino trasladó su carga a uno de sus acompañantes. Llegaron a las naves en menos de cinco minutos.

La cámara exterior de la astronave, que estaba ya abierta, se cerró en cuanto se encontraron dentro. La escalera fue retirada. Rápidamente la cámara se llenó de aire.

Esta vez se decidió, como medida de exclusión, no realizar la «limpieza» obligatoria.

Peligro casi no había, ya que en Hermes no existía atmósfera. Lo único que podían llevar consigo era el polvo en las botas de las escafandras. Pero podía hacerse inofensivo en el interior de la cámara después de llenarla de aire.

Murátov se acercó a Guianeya para ayudarla a quitarse la escafandra, pero la muchacha le apartó con un suave movimiento de la mano y se la quitó ella misma.

Sus grandes ojos negros miraban con una expresión no corriente la cara de Murátov.

Parecía que Guianeya quería decir o preguntar algo.

¿Qué significa esta fija mirada?

¿Sería de agradecimiento o, al contrario, de odio, por el trato sin ceremonias?

¿Cómo averiguar la expresión de la faz y el significado de la mirada en un ser casi en todo parecido al hombre de la Tierra, pero profundamente extraño?

11

El sharex corría velozmente entre los campos. En los mares dorados de los trigales, parecidos a islas, negreaban como cadenas alineadas los enormes vechelektros, torpes en apariencia. Sólo se podían ver aquellos que se encontraban lejos. Los cercanos a la vía pasaban fugaces a los ojos.

No se veía ni un alma.

El expreso se detenía con poca frecuencia. Cuando terminaban los campos, pasaba cerca de la ciudad o de un poblado obrero, y otra vez los infinitos campos dorados.

¡Ucrania!

Murátov todo el tiempo miraba por la ventana pero no veía nada.

Los cuadros de aquellos días inolvidables pasaban unos tras otros como una cinta cinematográfica en la pantalla invisible de su memoria…

… ¿Qué significó la mirada de Guianeya, allí, en la cámara de salida de la nave?

La huésped de un mundo extraño de una forma ostensible no permitía a nadie, incluso acercarse a ella, y Murátov inesperadamente la cogió en sus brazos, sin que ella ofreciera resistencia. Murátov recordaba perfectamente que Guianeya se apretó contra su pecho, probablemente para aliviarle el peso, y no protestó con nada. No podía dejar de comprender que lo hizo llevado por un sentimiento de preocupación por ella.

De ninguna manera la rara mirada de Guianeya podía reflejar odio. Después, durante los cuatro días que duró el viaje a la Tierra, Guianeya se dirigió varias veces a Murátov, como antes lo hacía con Leguerier.

Si ella se hubiera enfadado, si hubiera estado ofendida, podría ignorar a Murátov, lo mismo que hacía con todos en el asteroide, excepto con Leguerier. Podría haberse dirigido en caso de necesidad a Goglidze, ingeniero jefe de la escuadrilla, que se encontraba también en la astronave insignia.

Pero Guianeya «no prestó atención» ni a Goglidze, ni a ningún otro miembro de la tripulación, «reconoció» sólo a uno, sólo a Murátov.

¡Lógica incomprensible pero evidente!

¡Sólo se dirigía a los jefes!

¡En Hermes a Leguerier, en la astronave a Murátov! El resto, como si no existiera para Guianeya.

Era un hecho raro, muy raro, y muy difícil de encontrar una explicación verosímil.

«Orgullo y altivez», decía Leguerier.

¡No, no estaba en lo cierto! ¡No puede ser verdad! No puede concordar, de ninguna forma puede concordar, la altivez con una alta civilización, como la necesaria para llevar a cabo el vuelo interestelar realizado por Guianeya.

Se presentó a las personas en una nave cósmica que había volado de otro sistema planetario, y ¿quién podía decir en qué abismo del espacio se encontraba el Sol de su patria? Esta nave nadie la había visto, pero era sabido que era gigantesca, y superaba en mucho las dimensiones de lis terrestres. Y además poseía propiedades que todavía no las tenían las naves de la Tierra.

La técnica de la patria de Guianeya se debía encontrar a una gran altura. Y esta clase de técnica es inseparable de una alta organización de la sociedad de los habitantes racionales del planeta donde surja.

¿Cómo puede concordar esto con la explicación de Leguerier?

Pero refutarla era muy difícil. Guianeya con su conducta, considerada desde el punto de vista terreste, parecía que confirmaba el criterio del astrónomo francés.

¡Desde el punto de vista terrestre!

Murátov estaba convencido de que precisamente en esto se encierra el error. Desde el punto de vista de Guianeya todo esto podía considerarse de una forma completamente diferente.

Era interesante cómo determinó Guianeya quién de las personas que la rodeaban era el jefe. Ya hacía tiempo que había desaparecido en la Tierra la idea de que una persona pueda ser más importante que otra. Y no podía manifestarse ni en la conducta, ni en las relaciones mutuas un estado de subordinación. Todos se portaban igual, y sólo por las conversaciones se podía determinar el papel de cada persona en una situación determinada. Pero Guianeya no podía comprender el idioma de la Tierra. Y no podría comprenderlo incluso en el caso de que perteneciera a los que enviaron a la Tierra los satélitesexploradores. Ni tampoco aunque sus allegados hubieran desembarcado secretamente en la Tierra y hubieran conocido los idiomas existentes en ella. El personal del obsevatorio astronómico de Mermes y los miembros de la escuadrilla auxiliar hablaban en un nuevo idioma que se formó hace treinta años, y que, poco a poco, iba convirtiéndose en un idioma general. Guianeya no lo podía conocer. Se podía decir con toda seguridad que durante el último medio siglo nadie procedente de otro mundo hubiera podido visitar la Tierra sin haber sido notado. Para esto existía el «Servicio del Cosmos».

Murátov recordaba la llegaba de la escuadrilla a la Tierra. Aterrizó en el mismo cohetódromo de donde despegó. Recordaba la innumerable muchedumbre que los acogió. No eran miles, ni decenas de miles, fueron millones de personas las que vinieron aquí para recibir a Guianeya. La aparición en la Tierra del primer representante de otros seres se transformó en una fiesta de todo el planeta.

Esta grandiosa manifestación produjo una impresión imborrable en Murátov y sus acompañantes.

¿Qué impresión había producido en Guianeya?…

Guianeya no manifestó ningún interés hacia lo que la rodeaba desde el primer día de su aparición, en la cámara de salida del observatorio, incluso hasta en el aterrizaje de la astronave insignia en la Tierra. En cada movimiento, en cada mirada se traslucía una indiferencia rayana en la apatía. En siete días de estancia entre las personas de la Tierra sólo había hecho cuatro gestos significativos: rechazar la mano de Jansen cuando quería medir la temperatura de su cuerpo, renunciar a la ayuda de Murátov en la cámara de la astronave y mover dos veces la mano suavemente como si quisiera decir: «¡volemos!»

A esta corta lista se podía añadir un gesto de saludo: cuando levantó hasta el hombro la mano abierta.

¡Y más no hubo!

Con este mismo gesto respondió Guianeya saliendo de la nave bajo el cielo de la Tierra a las personas que la vinieron a recibir.

Se podía suponer, teniendo en cuenta la juventud de Guianeya, que ella pisaba por primera vez el suelo de otro mundo, que por primera vez veía a otras gentes, a otra naturaleza.

¡Y a pesar de esto ni el más pequeño síntoma de emoción!

Esto no era natural.

Los científicos decidieron después de largas vacilaciones, discusiones y debates, no aislar a Guianeya de la atmósfera de la Tierra. Era demasiada incomodidad la que se le ocasionaría a la huésped teniéndola encerrada en la escafandra. Si enfermara se le curaría, ya que no existía microbio contra el que no hubiera un remedio seguro. Además, la misma Guianeya, al parecer, no temía el contagio.

Y la muchacha de otro mundo se presentó ante las personas «en todo el esplendor de su belleza», como había dicho Leguerier, desde los pies a la cabeza vestida de «oro», con la hermosa cabellera azulnegra, destacándose perfectamente el tono verdoso de su piel.

Las pantallas instaladas en todas las partes, a muchos kilómetros del cohetódromo, la mostraron a todas las personas.

Todos sabían de qué forma poco corriente estaba vestida la huésped del cosmos, y a pesar de esto, al aparecer tan rara «cosmonauta», provocó exclamaciones de asombro que resonaron como un trueno.

Murátov observaba atentamente a Guianeya. En ausencia de Leguerier era la única persona que podía, aunque sólo fuera aproximadamente juzgar sus sentimientos por la expresión de su rostro.

Guianeya parecía tranquila e indiferente como siempre. Se detuvo al salir en el primer escalón de la escalera, levantó lentamente la mano hasta el hombro y la bajó con la misma lentitud. Su mirada estaba dirigida hacia adelante. Incluso no miró ni al enorme círculo que formaban las personas que vinieron a recibirla. Después bajó los ojos.

Abajo la esperaban los científicos, empleados del servicio cósmico, algunos operadores de la telecrónica y periodistas.

Y en este instante Murátov observó lo que posteriormente había servido de tema de largas e inútiles discusiones, de innumerables suposiciones y conjeturas.

Por la faz de Guianeya se deslizó un gesto. Sus ojos se agrandaron. Pero sólo fue un instante. Inmediatamente adoptó el inalterable aspecto habitual.

Pero Murátov no se equivocó. Los objetivos de las cámaras fotográficas y de televisión la habían registrado como él la había visto.

Estaba dispuesto a jurar que a Guianeya algo la había asombrado, que esperaba otra cosa distinta.

¡Es más! Vio y comprendió de repente que ante él se encontraba otra Guianeya, que había cambiado bruscamente todo su aspecto, la expresión de su cara. Que en estos siete días Guianeya se hallaba en un estado de tensa espectativa, y sólo ahora esta tensión había desaparecido y estaba tranquila.

¡De esto no cabía la menor duda!

Lo que él y sus camaradas habían aceptado como la faz corriente de Guianeya era una máscara. Sólo ahora había visto su verdadero rostro.

Y le emocionó profundamente la tranquilidad que se difundía por el semblante de la huésped, del que habían desaparecido, como por encanto, los rasgos de inmovilidad y dureza.

¡Cuál había sido la causa de este cambio? ¿La acogida cordial? Pero, ¡si Guianeya había sido acogida en Hermes como una amiga!

«¡Otra vez un enigma!», pensó Murátov un poco excitado, ya que no podía aguantar los enigmas.

Henry Stone se acercó a Guianeya y le tendió la mano.

¡Y de nuevo un enigma!

Guianeya no se retiró, como antes en estos casos. Dio su mano de largos y flexibles dedos, en los que brillaban como esmeraldas las uñas verdes, al presidente del consejo científico del Instituto de cosmonáutica. Entregó su mano, pero no apretó.

Esto no sorprendió a nadie. El estrechar la mano podía ser una cosa no corriente en otros mundos. Por lo visto no lo conocían en la patria de Guianeya.

Después de Stone se acercaron a ella dos muchachas. Murátov vio con asombro que una de ellas era su hermana menor. Pero en seguida comprendió por qué se encontraba aquí. Marina era funcionarla del Instituto de lingüística, y su acompañante debía de ser también lingüista. Por lo visto habían decidido presentar a Guianeya unas amigas que pudieran estudiar su idioma o intentar enseñar el terrestre a la huésped.

Marina se acercó a Guianeya. Levantó los brazos para abrazar a la muchacha de otro mundo.

Guianeya se apartó.

«¡Otra vez! — pensó Murátov —. Otra vez Guianeya concedió el honor de tocar su mano al jefe de los presentes. Claro que ahora no era difícil averiguarlo».

La parada del expreso interrumpió los recuerdos de Murátov. Tenía que apearse en esta estación.

Pero por la noche, ya acostado, volvió a sus recuerdos.

Estando enfrascado en estos pensamientos, experimentó una verdadera necesidad de recordar todo hasta el final. A decir verdad, no recordaba — nunca había olvidado los acontecimientos de aquellos días — sino revivía de nuevo todos los pensamientos, dudas y sentimientos que había despertado Guianeya.

Dentro de tres días se encontrarían, dentro de tres días vería de nuevo a la enigmática huésped, de nuevo tendría contacto con los secretos que la rodeaban, y que no se habían aclarado durante este año y medio.

Ahora podía hablar con ella. Claro está que solamente de las cosas más corrientes.

Pero esto era algo. Las trescientas palabras que él manejaba podían servir para algo si se las empleaba como es debido.

Murátov no dudaba de que Guianeya iba a hablar con él no como con los demás. Con seguridad más francamente. No en balde durante este tiempo la huésped había expresado más de una vez el deseo de entrevistarse con aquel que la había traído a la Tierra, y cuyo nombre no conocía.

Todos decían que entre Guianeya y Marina existía un parecido exterior, y que Murátov se parecía todavía más a la huésped de la Tierra. ¿Era posible que en esto consistiera la clara simpatía de Guianeya hacia su traductora, el deseo insistente de verse con él mismo? Entonces había más probabilidades de que Guianeya contestara a sus preguntas.

La huésped había cambiado mucho durante este tiempo. Y los cambios habían sido para mejorar. Sensiblemente se había hecho más sociable, no se apartaba de las personas, estrechaba la mano de aquellos que no le provocaban una antipatía incomprensible, como por ejemplo las personas de estatura pequeña, a las que, por lo visto, no podía soportar. Era más viva, más alegre, participaba con gusto en los juegos deportivos, comenzaba poco a poco a interesarse por la vida de la Tierra. Leguerier no la calificaría ahora de orgullosa y altiva.

Pero seguía guardando silencio en todo lo que se refería a su pasado, a la historia de su aparición en Hermes.

Precisamente ésta era la causa por la que Murátov esquivara la entrevista con ella.

Después de la llegada a la Tierra, Murátov abandonó en seguida a Guianeya. ¿Qué tenía que hacer junto a ella? Se reintegró a sus ocupaciones habituales. Pero durante todo el año y medio no perdió el interés hacia el extraordinario acontecimiento en el que desempeñó un papel tan grande. Observaba atentamente todo lo que se refería a Guianeya, sabía todo lo que hacía la huésped, incluso mejor que lo sabían otras personas. Esto era debido a que su hermana estaba con Guianeya y frecuentemente hablaba por radiófono con su hermano.

Al día siguiente después de la llegada, Guianeya supo explicar a Marina que quería cambiar su vestido, y le pidió que le confeccionaran uno como el que tenía, pero de color blanco.

Su deseo fue cumplido inmediatamente.

Desde entonces la huésped iba invariablemente siempre de blanco. Ni una sola vez se puso su vestido dorado pero lo tenía guardado cuidadosamente y lo llevaba a todas partes consigo.

Murátov incluyó este hecho en la lista ya bastante larga de enigmas que Guianeya había planteado a las personas de la Tierra.

¿De qué se trataba? ¿Cuál era la causa? ¿Por qué la huésped de una forma inesperada y apresurada se desprendió de su vestido dorado? ¿Era casual la elección del color blanco?

¿No guardaría esto relación con el cambio inexplicable que tuvo lugar en Guianeya cuando salió de la nave?

Era incontrovertible que no fue casual la aparición de Guianeya en Hermes con un vestido dorado. Esto tenía un sentido. ¿Cuál? Esto no se podía averiguar, no sabiendo en absoluto nada de las costumbres y tradiciones que existían en el desconocido mundo de Guianeya.

Marina comunicó a su hermano en una conversación corriente por el radiófono que le sentaba muy bien el color blanco a Guianeya.

— Al sol — dijo ella — hace casi imperceptible el matiz verdoso de su piel. Toma un color bronceado como si se hubiera tostado al sol.

— ¿Crees que esto lo ha hecho Guianeya sólo para ocultar el matiz verdoso de su piel?

— preguntó Murátov.

— Me parece que sí — respondió Marina —. No olvides que es una mujer.

Murátov se rió. Una explicación tan sencilla del enigma le parecía completamente increíble. Guianeya estaba acostumbrada al matiz verdoso de su piel, color corriente de todas las personas de su patria. ¿Por qué le podía parecer que no fuera bonito y quisiera ocultarlo?

¡No, aquí hay otra causa!

Continuaba interesando no sólo a Murátov, sino también a todo el,Servicio del Cosmos», la posible relación de Guianeya con los que enviaron hacia la Tierra los satélitesexploradores. Los satélites no habían vuelto a aparecer. Si habían marchado para el intervalo correspondiente, éste ya duraba casi cuatro años. La sexta expedición lunar fue la última. Fue reconocido el gasto irracional de fuerzas para buscar aquello que posiblemente no existía.

Si Guianeya era en realidad compatriota de los «amos» sólo ella podría alzar el velo del secreto cósmico.

SEGUNDA PARTE

1

Murátov, con todo respeto para el interlocutor, no pudo contener la risa. Era cómico el rostro ofendido y perplejo de Bolótnikov, la nota lastimosa, completamente infantil, que resonaba en su voz.

— Ya lo sabía — dijo refunfuñando el profesor —. Todos se ríen. Pero a mí no me hace ninguna gracia.

— Perdone — contestó Murátov —. No quería ofenderle. Pero tiene usted que estar de acuerdo conmigo que todo esto no sólo es incomprensible, sino también un poco ridículo.

Tal fantasía en una persona mayor, y además cosmonauta, es sencillamente un absurdo.

Pero no es nada grave, el asunto puede tener arreglo.

— No le comprendo.

— Muy sencillo, a Guianeya nadie le ha hablado de este tema. Hace falta explicarle que no debe ofender a las personas. Por lo visto no se da cuenta de ello. Intentaré hacérselo comprender.

— ¿Usted piensa que ella escuchará sus palabras?

— Tengo la esperanza.

— Yo lo dudo. La antipatía de Guianeya a las personas pequeñas, por lo visto, tiene alguna causa. Esto no es una fantasía, como usted ha dicho, esto es algo distinto, más profundo y fuerte. Esto lo lleva en la sangre.

— Precisamente por esto, es necesario decirle que se encuentra en la Tierra y no en su patria. Debe comprender que en la Tierra son iguales las personas de estatura alta o baja.

Y que no debe traer aquí las costumbres… — De repente Murátov se cortó —. No le parece — dijo — que de este hecho se puede sacar una deducción muy interesante. ¿Cómo no se le orurrió a nadie? ¿Si todos los compatriotas de Guianeya tienen la misma estatura que ella, de dónde ha podido surgir su antipatía?

— Completamente cierto — dijo Bolótnikov —. He pensado mucho sobre esto. Está claro que la población de su planeta se divide en dos tipos distintos: unos altos y otros bajos.

Los de estatura alta tratan con desprecio a los de baja… Es posible que los de estatura baja sean salvajes.

— ¿Salvajes? ¿En el planeta donde está tan altamente desarrollada la técnica de los vuelos interestelares?

— ¿Qué tiene que ver esto? Perdóneme, pero no es usted lógico. ¿Acaso en la Tierra la técnica tiene un nivel bajo? ¿Las personas están todas al mismo nivel? ¿Acaso entre nosotros no hay pueblos que sólo ahora comienzan a incorporarse a la civilización? ¿Y cuál es la situación en América del Sur, en Australia, en las islas del Océano Pacífico?

— Pero nosotros no los despreciamos.

— He aquí donde está el quid. Donde está la diferencia.

— No sé — dijo pensativo Murátov —. Si usted está en lo cierto, Nikolái… perdone.

Nikolái Adamovich, entonces sus palabras conducen a un pensamiento desagradable.

Bolótnikov movió la cabeza.

— Justo — dijo —, muy desagradable. La conducta de Guianeya en relación con personas como yo, no se puede calificar nada más que con la palabra «desprecio». Este desprecio sólo pudo surgir de la conciencia de su superioridad. El origen de la conducta de Guianeya radica en que en su planeta existe la división de la sociedad en señores y esclavos.

«Presentarse ante nosotros como una señora, he aquí su objetivo», recordó Murátov las palabras de Leguerier.

— ¿No es demasiado fuerte? — preguntó con vacilación Murátov estando en su interior de acuerdo con la conclusión del profesor.

— Estaría contento si me equivocara — contestó Bolótnikov.

«Leguerier es de alta estatura — pensó Murátov — y yo todavía más. Stone es muy alto, Marina pasa en mucho la talla femenina media. Todos a los que Guianeya presta su atención son iguales en este caso. ¿Es posible que Bolótnikov tenga razón? ¡Pero esto pasa de la raya! Entonces la misma Guianeya sería una salvaje».

— ¡Es incompatible el régimen de esclavitud con los vuelos cósmicos! — dijo en voz alta —. En sus palabras sin duda alguna hay algo de verdad. Pero me parece que el caso es mucho más complicado y delicado. No queda más remedio que pensar.

— Piense — contestó bondadosamente el profesor —, esto siempre es útil.

Murátov llegó a Poltava con un retraso de veinticuatro horas por la mañana, en el día de la toma de tierra de la Sexta expedición lunar.

Quería recibir a la expedición porque formaba parte de ella Serguéi, y Murátov hacía mucho tiempo que no había visto al amigo de la juventud y lo echaba de menos.

Fiel a su promesa iba a buscar inmediatamente a Bolótnikov, que se alegró mucho de su llegada.

A la pregunta de que si, como él quería, había conocido a Guianeya, el profesor explicó muy ofendido que Marina había intentado presentarle a Guianeya, pero que ésta volvió la espalda e incluso no contestó al saludo. Bolótnikov ofendido se apartó inmediatamente de ella.

Era muy pequeño de estatura y la extraña antipatía de Guianeya se manifestó en todo su «esplendor».

Esta tesonera «ineducación» era difícil de explicar, cuanto más que Guianeya se portaba en todo lo demás modesta y cortésmente. Ya llevaba viviendo en la Tierra año y medio y era hora de comprender que aquí no había ni «señores» ni «esclavos». Para esto se necesitaba el espíritu de observación más elemental y superficial.

¡Y no obstante!..

Después de despedirse de Bolótnikov, Murátov se dirigió a la casa en la que vivían Marina y Guianeya. No era difícil encontrarla ya que todo el mundo sabía dónde paraba la huésped del cosmos.

Murátov estaba emocionado cuando se encontró ante la puerta. ¿Cómo le recibiría Guianeya? ¿A lo mejor estaba ofendida por la falta de deseo de Murátov de encontrarse con ella? Y de hecho no había ninguna causa que justificara su terquedad. Guianeya estaba acostumbrada a que sus deseos se cumplieran inmediatamente.

Llamó a la puerta con los nudillos ya que no vio en ninguna parte el botón del timbre, pero nadie le contestó. Esperó un poco, y al cabo de un rato empujó la puerta y entró.

En casa no había nadie.

En el comedor vio las huellas del desayuno que todavía estaban sin recoger. Sin duda alguna las dos muchachas salieron de prisa. Encima de la mesa había una nota escrita por Marina.

Murátov leyó:

«Querido Víktor: Si vienes a visitarnos y no estamos, es que hemos salido, para Selena.

Guianeya quiere visitar la ciudad. Nos veremos en el cohetódromo».

No había ninguna firma.

Murátov arrojó con desilusión la nota. Quería que su primera conversación con Guianeya fuera sin testigos, y no en el cohetódromo, entre la gente…

«Si vienes… y hemos salido», repitió enfadado las palabras de la nota ¡Y eso se llama lingüista! La manera bien conocida de su hermana de escribir cartas como si fuera intencionadamente en pugna con las reglas de la gramática, lo molestó.

Salió de casa. Pero no había dado nada más que unos pasos, se detuvo y… regresó.

Como ocurre con frecuencia, recordó de repente que en la mesa vio no sólo la nota de su hermana, sino también un dibujo, que entonces no le llamó la atención, y ahora inesperadamente surgió en su memoria. Había algo muy conocido en este dibujo.

Entró de nuevo en la misma habitación y se acercó a la mesa.

La memoria no lo había engañado. Allí estaba un álbum abierto que por lo visto pertenecía a Guianeya.

Murátov no consideró bien examinar todo el álbum, pues no sabía si esto le agradaría a Guianeya. Pero la página abierta él podía mirarla, teniendo además en cuenta que Guianeya sabía que él podía venir en su ausencia.

Estaba dibujado a toda página un paisaje de Hermes con sus rocas tenebrosas, el cielo estrellado y un extremo del disco del observatorio. En primer plano se veía una persona con escafandra que mantenía en sus brazos a otra. A juzgar por la forma cúbica del casco ésta era la misma Guianeya. Estaba representado el momento cuando Murátov sacó a Guianeya de la cámara de salida del observatorio para llevarla a la astronave insignia de la escuadrilla.

El dibujo estaba hecho con mano maestra. Murátov reconoció los rasgos de su cara que se veían a través del «cristal» del casco.

«Tiene una memoria admirable — pensó Murátov — ya que ha pasado año y medio desde entonces».

Estaba claro que Guianeya lo había dibujado recientemente, con probabilidad hoy mismo. Esto significaba que pensaba en él, que esperaba su llegada. Y era casi seguro que hubiera dejado a propósito el álbum abierto por esta página, para que lo viera.

«Pienso en usted y le quiero ver» — así se podía interpretar esto si se tratara de una mujer de la Tierra. Pero Guianeya tenía otras ideas, otras costumbres. Los motivos de sus actos no siempre eran comprensibles.

«Quién la comprende — pensó Murátov —. Es posible que esto signifique lo contrario:

«No le quiero ver, no he olvidado la ofensa». O alguna otra cosa, que no era posible averiguar.

Con indecisión mantenía el álbum en las manos. Si Guianeya había dibujado de memoria este episodio, entonces podía recordar y grabar otros. Más de la mitad del álbum estaba lleno. ¿Y si ella hubiera dibujado una vista de su patria?

A Murátov le temblaban las manos. No había más que volver una página y era posible que viera lo que nunca había visto el ojo humano.

Marina decía que Guianeya dibujaba con frecuencia pero que nunca mostraba sus dibujos.

La tentación era grande…

Pero a pesar de todo Murátov venció la curiosidad apremiante y dejó el álbum en su sitio.

El abusar de la confianza de la huésped sería una acción indigna. Probablemente estaba convencida de que nadie sin su permiso miraría el álbum. Guianeya ya conocía a las personas de la Tierra y creía en ellas.

«Era posible que ella misma mostrara los dibujos si se le pidiera».

Pero la esperanza tímida carecía claramente de fundamento. Una vez Marina se lo pidió, pero ni tan siquiera obtuvo una negativa cortés. Guianeya ni le contestó.

Murátov se dirigió lentamente hacia la puerta.

Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no retroceder. Volver violando todas las leyes de la moral, honradez y hospitalidad ¡y después toda la vida renegando de sí mismo!

Salió y cerró la puefta con violencia.

La Sexta expedición debía de aterrizar a las siete de la tarde. Ahora sólo eran las dos.

¿Qué iba a hacer durante estas cinco horas?

¿Ir a Selena e intentar encontrar en la enorme ciudad a Marina y a su acompañante?

Esto no sería tan difícil. Donde apareciera Guianeya inmediatamente lo notarían.

Cualquier persona le indicaría dónde buscarla. ¿Pero estaba bien mostrar tan a las claras su impaciencia? ¿No sería mejor verse en el cohetódromo como lo había indicado Marina en la nota?

Murátov entró en un comedor y encargó una comida de cuatro platos para alargar el tiempo.

Mientras le servían abrió una revista con fecha de ayer. Como suponía en una de las páginas se encontraba el retrato de Guianeya. Estaba al pie de un monumento al lado de Marina. Su rostro reflejaba animación y en sus labios se esbozaba una sonrisa.

¡Qué contraste entre esta Guianeya y la que recordaba Murátov! ¡Cómo había cambiado! No quedaba ni rastro de aquellos rasgos rígidos que le daban a su cara un aspecto de máscara. Ahora sabía con firmeza que entonces la cara de Guianeya, en el camino a la Tierra, era una máscara, la máscara trágica de la persona convencida de que lo que le espera puede ser triste y posiblemente terrible. ¡Este algo era desconocido para las personas de la Tierra, pero próximo y real para Guianeya!

Si no fuera por la forma de los ojos y el matiz de la piel, Guianeya podía pasar por la hermana de Marina, pues era muy grande el parecido entre ellas. Ambas tenían los cabellos negros, ambas iban vestidas de blanco, ambas esbeltas y altas. Guianeya le llevaba media cabeza a Marina y parecía la mayor. Pero en realidad cuántos años tenía, ningún terrestre lo sabía todavía.

Pronto se encontrarían. Ahora Murátov podía hablar con la huésped. Esto cambiaba en mucho sus futuras relaciones, ya que no le pasaría lo que antes cuando tuvo que explicar todo con gestos.

«Si no me vuelve la espalda como a Bolótnikov — pensó Murátov —. Y esto puede suceder si se ha ofendido por mi falta de atención.»

Pero en lo profundo del alma no creía que esto pudiera ocurrir así. Le parecía que Guianeya lo había dibujado en el álbum porque pensaba y quería esta entrevista.

«¡Es interesante cuál será la reacción de Guianeya cuando sepa que soy hermano de Marina!»

Rogó a su hermana que no dijera nada de esto, y estaba convencido de que su ruego había sido cumplido. Guianeya todavía no sabía nada de su parentesco.

Los pensamientos de Murátov fueron interrumpidos por la aparición del «camarero». Las manos mecánicas servían rápida y hábilmente la mesa. Un sonido silbante apenas perceptible acompañaba cada movimiento. Era de una construcción antigua, los modelos de última producción no emitían sonidos.

— ¡Gracias! — dijo maquinalmente Murátov cuando los platos fueron puestos.

El robot «inclinó la cabeza» y se marchó.

Murátov se sonrió. Los constructores habían incluso previsto esto.

Comió de prisa. Cada minuto aumentaba su impaciencia. Quiería con insistencia encontrarse lo antes posible con Guianeya, aclarar la duda más importante: ¡cómo lo trataría? Si los peores temores se confirmaban, éste sería un golpe terrible.

Demasiadas esperanzas habían sido puestas en la renovación de la vieja amistad, muchas e importantes cosas quería saber utilizando la antigua simpatía de Guianeya.

No cabía la menor duda de que Guianeya lo trataba con simpatía. Para esto era suficiente recordar el momento de su separación. Entró entonces para despedirse de ella.

Por medio de señas le explicó que se marchaba. Guianeya fue la primera en tender la mano, lo que antes nunca había hecho. Vio la tristeza reflejada en sus ojos.

Era muy grande el parecido de esta muchacha de otro mundo con las personas terrestres. La diferencia era insignificante. Y no se podían interpretar sus gestos y expresiones de los ojos de otra forma que «como los de la Tierra».

¡Y los innumerables ruegos de Guianeya de que Murátov viniera a visitarla! Esto también hablaba de su simpatía.

La comida fue en exceso abundante. Murátov no había comido nada hoy, pero no pudo comer más que la mitad.

Después de haber apretado el botón que daba la señal para retirar la mesa, salió a la calle.

Había «matado» sólo media hora. Quedaban cuatro y media.

«Voy a Selena — decidió Murátov —. A propósito, nunca he estado allí. Pasearé, veré la ciudad».

Volando se podía estar allí en cinco minutos. Pero con el fin de alargar el tiempo Murátov no subió a una de las numerosas estaciones de comunicaciones aéreas locales que estaban cerca, y eligió el transporte más lento: un vechebús urbano.

Pronto tuvo que lamentar su decisión. La máquina se detenía con una frecuencia insoportable, entraban y salían los pasajeros. Como regla, el vechebús urbano se utilizaba sólo para cortas distancias y Murátov tuvo que atravesar toda la ciudad que se extendía a muchas decenas de kilómetros, pasar la vasta región entre Poltava y Selena, llena de fábricas automáticas, y sólo entonces se encontraría en el lugar a donde se dirigía, pero en su rincón más apartado.

— ¿Cuánto se tarda en llegar al cohetódromo? — preguntó Murátov.

— Hora y media — le respondió la voz metálica del conductor automático.

Dio un suspiro de resignación y se arrellanó en el blando sillón.

Varias personas miraron con asombro a Murátov.

¡Que se asombren de su tontería! Ellas no pueden comprender que se encuentra en la absurda situación de la persona que no sabe en qué emplear el tiempo. Esto era la primera vez que le ocurría en la vida.

Por fin Poltava quedó atrás. Se extendían interminablemente los edificios uniformes de las fábricas. Ni un matorral verde, ni macizos de flores, nada en que pudiera detenerse la vista. Muros ciegos, sin ventanas.

Aquí no era necesaria la belleza: ¡no había personas!

2

Las personas, que se consagran al estudio de los problemas lingüísticos, corrientemente pertenecen al tipo de científicos de gabinete. Marina Murátova era la exclusión de esta regla. Poseía unas grandes dotes para la lingüística, admirable memoria, dominaba bien ocho idiomas y era aficionada al trabajo científico. Pero le gustaban también muchas otras cosas. La pintura, la música y el deporte no ocupaban el último lugar en su vida. El amor a los viajes, su paciencia y sociabilidad jugaron un papel destacado para que recayera en ella la elección del consejo científico del Instituto de cosmonáutica que buscaba una amiga para Guianeya.

Marina dio su conformidad inmediatamente. Le atraía la tarea extraordinaria y difícil.

Sabía que para mucho tiempo, probablemente para años, estaría alejada de los asuntos habituales, pero esto no la asustaba. Conocer otro idioma que no tenía nada de común con los terrestres (según ella pensaba), o enseñar a la huésped del cosmos el idioma terrestre, estar próxima a un ser extraño a la tierra que había nacido y crecido en otro planeta, bajo la luz de otro sol, todo esto era muy atrayente para su romanticismo.

Marina no era vanidosa, y no influyó en su decisión el hecho de que siendo amiga de Guianeya atraería hacia sí la atención de todos los habitantes de la Tierra. Esto ni le pasó por la imaginación.

A Marina le interesaban en último lugar los secretos de Guianeya, los numerosos enigmas que tenían relación con ella. Estaba convencida de que todos los secretos se descubrirían ellos mismos en cuanto se adaptara a la Tierra, se acostumbrara a las personas y tuviera la posibilidad de hablar libremente con ellas.

Y precisamente comprendió que su tarea era esa: ayudar a la huésped a adaptarse.

A nadie le cupo la menor duda de que Guianeya prestaría una ayuda efectiva a los hombres de la Tierra. No podía obrar de otra forma una persona que llegara a un planeta ajeno.

Pero no resultó así.

Pasó no mucho tiempo y para todos quedó claro que la tarea no era tan sencilla.

Guianeya se negó a estudiar el idioma de la Tierra y no manifestó ningún deseo de enseñar a Marina el suyo.

En el primer tiempo todo parecía marchar como sobre ruedas. La huésped tenía necesidad de que la comprendieran. El idioma en que ella hablaba era sonoro, parecía sencillo, y las palabras se recordaban fácilmente. Un grupo de trabajadores del Instituto de lingüística y la misma Marina consideraban que posteriormente no habría ninguna dificultad.

Pero cuanto más tiempo pasaba menos deseo tenía Guianeya de ampliar su léxico. Era evidente que quería limitarse a la conversación habitual, necesaria para ella misma, pero a nada más.

Lo poco que las personas sabían confundía a los lingüistas. Se sentía que Guianeya simplificaba las frases y Marina se veía obligada a pronunciar las palabras sin ninguna ligazón gramatical. Esta forma de hablar Guianeya podía comprenderla, pero no significaba conocer su idioma.

La alta cultura del pueblo a que pertenecía Guianeya excluía la posibilidad de un habla «pobre». Indudablemente su idioma era rico y bello, parecía sencillo pero no era así.

Cuando se convencieron definitivamente que no se podía contar con la ayuda de Guianeya, se decidió continuar el estudio sin que ella lo supiera. Viviendo en la Tierra, comunicándose con las personas, incluso sólo con Marina, la huésped pronunciaba involuntariamente nuevas palabras y frases. Se las recordaban y descifraban. Para ayudar a la magnífica memoria de Marina se utilizaba un magnetófono. Era un pequeño aparato portátil cuya existencia desconocía Guianeya y que la acompañaba a todas las partes. Las cintas grabadas se enviaban al Cerebro Electrónico del Instituto de lingüística, y se iban descubriendo lenta pero sistemáticamente los secretos del idioma extraño.

Marina recordaba todo, pero obraba con extremo cuidado y de una forma estrictamente gradual ampliaba el marco de las conversaciones que mantenía con Guianeya. Tenía miedo que su huésped se «asustase». Y la muchacha del otro mundo parecía que no se daba cuenta de que su amiga hablaba con ella cada vez mejor y con más soltura.

Marina sabía que le gustaba a la huésped, que Guianeya simpatizaba con ella. Era muy importante fortalecer y desarrollar las relaciones amistosas. Todas las esperanzas de los científicos para descubrir el misterio de la aparición de Guianeya estaban basadas en esto.

Tuvo que trabajar ella sola. La otra lingüista que lo mismo que ella había sido designada para trabajar con Guianeya se vio obligada a apartarse al día siguiente de la llegada de la huésped a la Tierra.

El consejo científico se preocupó por prever todo, incluso hasta los detalles más mínimos, pero nadie pudo suponer que la estatura pequeña era una cosa inadmisible para Guianeya.

Resultó imposible poner a trabajar a otra muchacha ya que no había ninguna candidatura admisible.

Pero Marina llevó a cabo bien su misión.

Durante el año y media transcurrido ni una vez se quejó de las relaciones con Guianeya, nunca entre ellas «hubo una nube negra». La huésped de la Tierra tenía un buen carácter que cada día se mejoraba. Desaparecieron, eran ya del pasado, la tirantez, la frialdad en el trato y cierta reserva incomprensible pero indudable, que se destacaran mucho en los primeros meses. Guianeya se había convertido en una muchacha «corriente». Siempre animada, muy viva, que amaba el deporte y los juegos deportivos (que asimilaba con una facilidad asombrosa), el dibujo y la música, e incluso en los últimos tiempos hacía travesuras al quedarse a solas con su amiga.

Pero permanecía en el secreto lo que dibujaba en los álbumes. Rara vez Marina conseguía ver estos dibujos, y lo que le mostraba Guianeya eran siempre paisajes de la Tierra o retratos de Marina. Guianeya destruía inmediatamente algunos bustos, esculpidos con gran maestría, que representaban bien el rostro de Marina o bien el de ella misma.

Nunca intentó aprender a tocar algún instrumento musical, pero escuchaba con satisfacción cuando tocaba Marina.

Algunas veces la huésped empezaba a entonar sin acompañamiento una melodía rara para el oído terrestre, asombrando a todos los que la escuchaban por la belleza del sonido y amplitud inverosímil del diapasón de su voz.

Estas canciones, grabadas en la cinta magnetofónica, eran el «alimento» principal del Cerebro Electrónico, en ellas había muchas palabras y expresiones nuevas.

Marina estaba convencida de que Guianeya era muy joven, pero no pudo nunca aclarar esta sencilla pregunta. Guianeya callaba con una tenacidad incomprensible cuando se le preguntaba esto.

La costumbre de la huésped de hacer caso omiso a algunas preguntas, fingiendo que no las oía, nunca alteraba a Marina y no provocaba en ella el deseo de conseguir la respuesta a rajatabla. Comprendía siempre, que a pesar de su parecido asombroso con las personas, ante ella se encontraba un ser de otro mundo, con otras costumbres y conceptos. Y hacía como si no viera nada de particular en el silencio de Guianeya y lo consideraba natural.

Esta táctica, sin discusión alguna, era justa.

— Cuando la manzana madura se cae sola — decían los científicos —. Era necesario dar tiempo a Guianeya para «madurar», y entonces hablará.

Y Guianeya «maduraba» a ojos vistos. Cada vez callaba menos. De mala gana, pero contestaba. Marina, cumpliendo las indicaciones recibidas, nunca le repetía la pregunta que Guianeya no había querido contestar antes.

Entre las dos muchachas se había establecido un completo acuerdo, una completa comprensión mutua.

A todos les parecía que a Guianeya le era indiferente todo lo de la Tierra, que en nada le interesaba la vida en el planeta. Pero Marina veía, y cada día estaba más claro, que esto no era así.

Ya comprendía perfectamente los matices de la expresión de la cara y sobre todo de los ojos de la huésped. Y se convencía poco a poco de que Guianeya sencillamente ocultaba a las personas su interés por la Tierra y por alguna causa, solo de ella conocida, fingía esa indeferencia.

Guianeya recorrió toda la Tierra durante el año y medio. Vio todo lo más bello, majestuoso y grandioso que había en el planeta, lo mismo natural que artificial. Y parecía que todo esto no le produjo ninguna impresión. En ningún lugar se detuvo mucho tiempo para admirar una obra de arte o la belleza de la naturaleza, como esto lo hacían las personas. Lo miraba un minuto, eran mucho dos y se alejaba.

Pero cuando pasados algunos meses después del viaje realizado a América del Norte, Marina vio una vista de las Cataratas del Niágara dibujada por Guianeya, comprendió entonces que para su amiga era suficiente una mirada fugaz para recordar siempre lo visto. El cuadro majestuoso del agua cayendo estaba representado en el dibujo con los detalles más nimios. Era como si en el cerebro de Guianeya hubiera sido tomada una fotografía de la catarata.

Y esto se repitió muchas veces. Guianeya todo lo recordaba, nada olvidaba.

¡De ninguna manera podía ser esto indiferencia!

¿Entonces, es posible, que la indiferencia aparente hacia todo sea una propiedad de sus compatriotas, una tradición particular, una forma obligatoria de conducta que dictan las costumbres?

Es posible que sea así, pero Marina por algo no quería creer en esto. Le parecía que esta indiferencia era fingida, como era fingida la ausencia del interés hacia la Tierra.

¿Para qué necesitaba hacer esto?

En el alma de Marina apareció y se fortaleció el convencimiento de que la huésped del cosmos tenía propensión a fingir.

La idea de que Guianeya fingía se reforzó todavía más en Marina por un hecho que tuvo lugar recientemente y que conmovió a todos.

Esperando el paso del sharex, Guianeya le hizo de sopetón una pregunta, que mostró con toda evidencia, que ocultaba a las personas no sólo su pasado sino también su presente.

¿De dónde podía saber Guianeya que Marina tenía un hermano? ¡Es más, sabía que la forma de la vía del sharex fue diseñada por Víktor Murátov?

Guianeya hablaba sólo con Marina. Todo lo que hablaba con otros y lo que le hablaban lo traducía Marina. Si la huésped no conocía ni uno solo de los idiomas de la Tierra, de ninguna forma podía conocer la existencia de Víktor Murátov.

Pero de improviso resultó que esto lo sabía, y no sólo esto.

La novedad era muy importante y trajo consigo consecuencias todavía no previstas.

¿Casualmente se fue de la lengua Guianeya? ¿O intencionadamente quiso mostrar a las personas que disponía de información?

Esta cuestión importantísima se planteó inmediatamente ante el consejo científico del Instituto de cosmonáutica, que desde el primer momento tomó sobre sí todo lo que se refería a la huésped del cosmos.

Guianeya, casual o intencionadamente, manifestó su conocimiento de uno de los idiomas de la Tierra. De este hecho se podía sacar la conclusión de que era cierta la antigua sospecha de que Guianeya pertenecía a aquellos que enviaron a la Tierra los satélitesexploradores. Si esto era así quedaba también evidente otra cosa: sus compatriotas estuvieron en la Tierra. Pero también se podía explicar todo de una forma más sencilla: Guianeya, ella misma, sin ayuda de nadie, estudió la lengua terrestre y podía leerla.

Era muy importante aclarar, cuál era precisamente el idioma que conocía Guianeya.

Esta pregunta se la hicieron a Marina.

En la Tierra existían muchos idiomas. Hacía poco que había comenzado a usarse un idioma para el planeta. Los diarios y las revistas, la radio y la televisión con poca frecuencia empleaban el nuevo idioma. En cada región (antes se llamaban países) hablaban en el idioma antiguo. Habían desaparecido las fronteras, se habían borrado gradualmente las diferencias nacionales, la cultura y la civilización eran generales, pero faltaba todavía mucho para que la humanidad se fusionara completamente en una familia única que hablara un solo idioma.

A Guianeya le gustaba mirar las revistas y se las traían de todos los lugares, en todos los idiomas. Estaba bien que la muchacha de otro mundo mostrara, aunque no fuera más que en esto, algún interés por la vida en la Tierra. Pensaban que sólo le interesaban las ilustraciones en las que no existen diferencias idiomáticas.

Ahora surgía la pregunta: ¿cuáles eran precisamente las revistas que prefería Guianeya?

Marina no estaba en condiciones de contestar. Nunca había prestado atención cuál era la revista que miraba su amiga y tanto menos cuál era el idioma de esta revista.

¿Recordarlo ahora? Imposible, no podía recordarlo.

Entonces se decidió obtener la contestación por otro camino.

Guianeya sabía que la persona que propuso una nueva forma de vía para el sharex era el hennano de su acompañante. Es decir, que en una de las revistas que pasó por sus manos se había publicado el artículo correspondiente. No era difícil saber las revistas que recibía Guianeya.

Fue encontrado pronto el artículo que se buscaba. En él se hablaba del sharex y se mencionaba que Víktor Murátov era hermano carnal de Marina Murátova, amiga y traductora de Guianeya. Estaba claro que precisamente este artículo era el que había leído Guianeya.

La revista estaba escrita en español.

La noticia voló por todo el mundo. Por precaución los diarios y revistas españoles callaron la noticia para que Guianeya, por si acaso, no la pudiera leer. Si la huésped del cosmos se había ido de la lengua sin darse cuenta, no estaba bien mostrar que su secreto había sido descubierto.

En el Instituto de lingüística respiraron con alivio. Ya hacía tiempo que se sospechaba el parecido del idioma de Guianeya con uno de los idiomas romanos en el sonido de las palabras y en la construcción de la frase. Ahora la última duda había desaparecido. Por más extraña que fuera la coincidencia, pero las personas del planeta desconocido (era posible que no todos sino una parte, a la que pertenecía Guianeya) hablaban en un idioma muy parecido al español.

Esta segunda novedad fue todavía más sensacional que la primera.

Muchas cosas se habían puesto en claro. No podía Guianeya «casualmente» aprender precisamente un idioma que fuera el más parecido al suyo. ¡Lo sabía ya antes de que apareciera entre la gente!

De aquí, naturalmente, se desprendía otra conclusión. ¡Guianeya y aquellos que eran los amos de los satélitesexploradores pertenecían a un mismo pueblo! La suposición se había convertido en realidad.

Las personas consideraban que nunca había visitado la Tierra un ser de otro mundo.

Esto fue un error. No se sabía cuándo, pero los compatriotas de Guianeya estuvieron en la Tierra y para bastante tiempo. Pudieron conocer y aprender uno de los idiomas de la Tierra. ¿Por qué precisamente el español? Sencillamente porque este idioma resultó el más fácil para ellos.

Podía haber otra causa. El español se hablaba no sólo en la península Ibérica, sino también en México, en las repúblicas de América Central, las Antillas, en toda América del Sur, a exclusión del Brasil. La nave cósmica de los forasteros pudo haber aterrizado precisamente allí. Entonces resultó una casualidad feliz el parecido de su idioma con el idioma de los habitantes.

Se podía suponer con mucha probabilidad que los «huéspedes» llegaron a la Tierra hace mucho. Si esto hubiera tenido lugar en el último siglo, su llegada no hubiera pasado inadvertida. Pero, por ejemplo, durante el imperio de Carlos Quinto, estaba deshabitado el enorme espacio del continente sudamericano. Era fácil tomar tierra con la nave, ocultarla a las miradas de la gente, mezclarse con la población de las pocas ciudades y poblados, conocer todo lo que fuera necesario, y de la misma forma imperceptible abandonar la Tierra.

¿Cómo podían llamar la atención personas parecidas a Guianeya? ¿El tono verdoso de la piel? Era fácil ocultarlo recurriendo al maquillaje o a un fuerte tostado. ¿La forma no corriente de los ojos? Era posible que prestaran atención a esto, pero no era un síntoma tan destacado para producir admiración a despertar cualquier sospecha a personas que no podían concebir la existencia de seres de otro mundo.

Tal pequenez, aunque hubiera incluso llamado la atención, no podría recordarse y pasar a la historia.

De esta forma se descubrió uno de los secretos que rodeaban a Guianeya.

Marina Murátova conocía bien el español. Por esto comprendió por qué recordaba tan fácilmente las palabras del idioma de Guianeya.

Ahora tenía que resultar más fácil el ulterior conocimiento de este idioma.

Era una gran tentación el hablar a Guianeya inesperadamente en español, sorprenderla de improviso, pero a Marina la aconsejaron que no lo hiciera. Si la huésped, a pesar de todo, hizo su pregunta sin intención, casualmente, lo mejor sería aparentar que pasaba desapercibida. Y si era premeditadamente, tanto más necesario era no precipitar los acontecimientos. Que Guianeya fuera ella misma la que decidiera cuando era necesario hablar «a toda voz». Ya que había comenzado era necesario seguir adelante. A Marina se le ordenó seguir atentamente cuáles eran los artículos que Guianeya leía en las revistas españolas, aclarar cuál era el grado de dominio de este idioma y qué era lo que más le interesaba. Se aconsejó a las redacciones de las revistas españolas que cada vez insertaran con más frecuencia artículos sobre los satélitesexploradores y repetir otra vez toda la polémica que se desencadenó hace tres años sobre el problema del lugar donde se encontraban en la actualidad.

A nadie le cabía la menor duda de que Guianeya aunque supiera esto habría de callar.

Pero podía suceder que le interesaran las suposiciones de las personas de la Tierra y, que por casualidad, se le escapara alguna frase que derramara aunque no fuera más que un poco de luz en las tinieblas del secreto.

¿Quién podría pensar que todos estos artificios no eran necesarios y que la cuestión, por la que tanto interés tenían todos, se aclararía muy pronto e inesperadamente?

3

Víktor Murátov estaba muy ocupado en estos días y no sabía nada sobre las noticias que conmovían la Tierra. Fue llamado urgentemente a uno de los centros de cálculo ligado con la expedición de Jean Leguerier y que controlaba el movimiento de Hermes.

Surgió una complicación imprevista. Hermes se encontró en su camino con un gran cuerpo, un asteroide todavía no conocido. Los radares y gravímetros avisaron a su debido tiempo el encuentro y el choque catastrófico se pudo evitar. Pero cambió la trayectoria de Hermes. Fue necesario dar instrucciones a Weston qué instalaciones de reacción y en qué tiempo habría de poner en funcionamiento para corregir el curso.

Leguerier y Weston hicieron ellos mismos los cálculos y los comunicaron a la Tierra.

Coincidieron con los realizados en el centro de cálculo. Ahora se tenía que hacer la cuarta comprobación, la última. En asuntos de este tipo ya se había establecido como una tradición que los cálculos se realizaran cuatro veces.

Como siempre que Murátov se enfrascaba eu el trabajo apartaba de su mente todo lo demás.

Cuando el trabajo se hubo terminado (la cuarta vez fue obtenido el mismo resultado), quedaba poco tiempo y Murátov se dirigió apresuradamente a Poltava.

Bolótnicov podía habérselo contado todo, pero su conversación tomó inmediatamente otra orientación. Y marchando hacia Selena para entrevistarse con Guianeya, Murátov no pudo sospechar que en sus planes entraba una circunstancia nueva y muy importante.

Y esta se refería precisamente a él.

El español era casi un idioma natal para Víktor. Sus padres que eran de procedencia rusa vivieron mucho tiempo en España. El padre trabajó en una expedición geológica y la madre fue una de los arquitectos de la construcción de una gigantesca ciudad infantil en el litoral sureño de la península Ibérica.

Víktor nació y pasó los primeros años de su vida en Almería y allí terminó la primera enseñanza.

Si hubiera conocido la noticia que produjo sensación mundial, para él estaría claro por qué el idioma de Guianeya le parecía conocido. Sólo hacía cuatro días había hablado de esto con Bolótnikov en el vagón del sharex.

Pero Murátov no sabía nada.

Selena le asombró por sus dimensiones. Era considerablemente más grande que Poltava aunque se la consideraba como el suburbio. La ciudad había crecido durante cinco años en un lugar desierto con una velocidad fabulosa. Las casas, las calles incluso los jardines y parques le parecieron particularmente limpios, pintados, como si fueran nuevos. Se sentía la influencia de una arquitectura en toda la ciudad. La grandiosidad del pensamiento y el trabajo encarnados en la edificación producía una fuerte impresión.

Murátov, sin duda alguna, conocía la enorme amplitud de los trabajos que se realizaban en todas partes, en todo el planeta, los nuevos centenares de ciudades, los miles de pequeños poblados, dotados de todas las comodidades, y la cantidad innumerable de estaciones científicas y técnicas. La humanidad se esforzaba por terminar lo antes posible con la vida vieja, por adaptar su planeta a las nuevas exigencias constantemente crecientes del régimen comunista.

Pero resultaba que él vivía siempre en ciudades antiguas, que tenían siglos, reedificadas, reconstruidas, pero a pesar de todo viejas.

Selena era quizás la primera ciudad nueva, completamente moderna que veía de cerca.

Se sonrió al recordar su seguridad de que el primer transeúnte le indicaría dónde encontrar a Guianeya. ¡Cualquiera la encuentra en este gigante!

Selena tenía forma de anillo. En el centro estaba ubicado el enorme cohetódromo.

El vechebús de circunvalación le llevó a Murátov a través de toda la ciudad.

Se olvidó del tiempo, de su impaciencia, de todo. La vista absorbió por completo toda su atención. A cada paso, en cada viraje se descubría un conjunto de edificios, cada uno más bello y majestuoso que el siguiente. Las casas parecían ligeras como si flotaran en el aire, la abundancia de vegetación subrayaba la ligereza de la construcción, la gran amplitud de las ventanas dejaba pasar a través de ellas gran cantidad de luz solar.

Incluso las personas que vivían aquí parecían distintas a las de otras ciudades, como si en ellas hubiera también penetrado la luz.

«Haré todo lo posible por trasladarme aquí — pensó Murátov —. Si no está prohibido mudarse debido a la superpoblación. Es necesario vivir rodeado de toda esta belleza.

Probablemente el trabajo irá más fácil aquí que en otros lugares».

Pero al parecer, no sólo Murátov sentaba estos juicios sobre Selena en la que estaba encarnada toda la experiencia, todo el genio arquitectónico y artístico de la Tierra. En las calles había mucha gente.

Cuando el vechebús hizo todo el recorrido deteniéndose en el punto de partida, Murátov miró al reloj y salió, aunque no estaría demás hacer por segunda vez el mismo recorrido. Quedaba muy poco tiempo.

Llegó al cohetódromo en el planeliot.

La vida transcurría corrientemente en el enorme campo de hormigón. El regreso de la Sexta expedición lunar no tenía nada de particular que pudiera provocar una atención especial. Casi cada día terminaban aquí sus vuelos las naves cósmicas procedentes de la Luna, Marte, Venus, sin contar las líneas interiores, planetarias. Y otras tantas despegaban de aquí. La Sexta expedición sólo interesaba a un círculo reducido de personas relacionadas con el servicio cósmico, y a tales como Murátov, que tenían conocidas entre los participantes.

Iban y venían por el campo las máquinas auxiliares rápidas y zigzagueantes, arrastraban lentamente su monstruoso peso las cisternas de repostado, volaban en pequeños planeliots los mecánicos y despachadores. A lo lejos en el centro del campo, brillantes de sol, estaban los cuerpos de las naves de las líneas interiores, «terrestres», y los cohetes de aterrizaje. Las naves interplanetarias no aterrizaban en el cohetódiomo.

Desembarcaban sus pasajeros o los esperaban más allá de los límites de la atmósfera.

Murátov vio muchas personas en el edificio del cosmodromo. Por lo visto hoy salía para un largo raid una nave. Algunos abandonaban la Tierra y otros les despedían.

En seguida se encontró con Stone. El presidente del consejo científico se alegró de encontrar a Murátov (tenían mucho tiempo sin verse) y le estrechó fuertemente su mano.

— ¡Y qué — dijo Murátov — otra vez nada nuevo!

— Por desgracia, nada nuevo — contestó suspirando Stone.

Se trataba de la Sexta expedición. Los dos sabían que regresaba sin haber averiguado nada. No pudieron encontrar ningún indicio de la presencia en la Luna de los satélitesexploradores o de su base.

— Esta es la última — añadió Stone —. No tiene ningún sentido continuar las búsquedas, mientras no sepamos algo nuevo, por ejemplo, de Guianeya.

— ¡Atención! — resonó una voz no fuerte pero clara —. Que embarquen los que salen para Marte. Los acompañantes pueden ir sólo hasta el vechebús.

El vestíbulo quedó visiblemente vacío. Y entonces fue cuando Murátov vio a Guianeya y Marina. Estaban junto a uno de los numerosos quioscos automáticos y conversaban animadamente. Los que pasaban cerca dirigían a hurtadillas curiosas miradas a esta pareja.

— ¿Es interesante por qué se encuentra aquí? — dijo Stone siguiendo la mirada de Murátov —. Parece que Guianeya está muy interesada por nuestras búsquedas en la Luna.

— ¿De dónde puede ella saberlo? Stone miró con asombro a su interlocutor.

— ¿Cómo — exclamó —, no sabe usted nada?

— ¿De qué?

— ¿Ha leído los periódicos estos días, ha oído las transmisiones?

— No — contestó Murátov —, no he tenido tiempo. Usted sabe de qué me ocupaba.

— ¡Vaya una cosa! — Stone movió la cabeza. ¿Y nadie le ha dicho nada? Todo el planeta no habla más que de esto y usted incluso no lo ha oído.

— ¿De qué se trata? — preguntó distraídamente Murátov que pensaba sólo en la forma de acercarse a Guianeya para que esto fuera natural. Las dos muchachas estaban de espaldas a él.

Pero desapareció como por encanto su distracción cuando Stone pronunció las primeras palabras. Le escuchaba completamente perplejo. ¡Esta sí que era una novedad!

¿Guianeya sabe español? ¡Inconcebible!

— ¿Ahora lo comprende usted? — preguntó Stone.

— ¡Cómo no! Precisamente comprendo que todo mi plan se ha derrumbado.

— ¿Por qué? — Stone conocía las intenciones de Murátov —. Todo lo contrario, esto le ayudará. Sólo que hay que obrar con prudencia, con mucha prudencia.

— ¡Precisamente por esto! Lo que significa que es necesario un plan nuevo, completamente nuevo.

— No es necesario mostrar a Guianeya que nos es conocido su secreto. Le aconsejaría, que en un momento oportuno, como si fuera casual, hablara en español con su hermana delante de ella. Elija un tema que le interese a Guianeya. Es importante y curioso ver cómo reaccionará ante esto.

Murátov miró con temor a Guianeya, que se encontraba a no más de treinta pasos de ellos.

— Hablamos demasiado fuerte — susurró al oído de Stone —. Guianeya tiene un oído muy fino.

— No hablamos en español.

— Quién sabe. A lo mejor ella comprende. Después de lo que usted me ha contado, no me fío de nada.

— Sí, esto es posible.

Un tropel de pasajeros que acababan de entrar en el vestíbulo les separó de las dos muchachas. Por lo visto había llegado el cohete de aterrizaje de una nave que había arribado o una de los raids interiores. Murátov, ensimismado por la novedad, no había oído el comunicado del despachador.

Stone miró el reloj.

— La Sexta expedición deberá llegar dentro de unos doce minutos — dijo —. Vaya a ver a las muchachas.

— Tengo un poco de temor. A lo mejor Guianeya no quiere hablar conmigo.

— Es poco probable. Su hermana comunicó que ayer Guianeya otra vez preguntó por usted.

«He acertado — pensó Murátov —. No casualmente dibujó el paisaje de Hermes».

Pero Marina y Guianeya no se encontraban en el lugar de antes. Se habían ido a alguna parte.

Murátov salió a buscarlas.

Guianeya estaba nerviosa desde el amanecer. Esto se podía notar perfectamente por sus movimientos, el tono de la voz y la expresión de la cara. Marina veía que una idea obsesionante no dejaba tranquila a su amiga.

Como siempre, antes de desayunar se encaminaron a la piscina más próxima.

Había obligatoriamente salas de gimnasia y piscinas en cada poblado o cada gran casa. Pero a Guianeya no le agradaba la pequeña piscina doméstica, le gustaba no sólo refrescarse sino también nadar.

Esta mañana, como si se hubiera olvidado del tiempo, Guianeya tardó mucho en salir del agua. Marina que ya hacía tiempo que se había vestido, esperaba a su amiga sentada en un sillón de paja.

Guianeya, incansable y ligera, recorrió rápidamente un número incontable de veces los cien metros de longitud de la piscina nadando un crawl clásico. Y como siempre, poco a poco se reunió un número grande de espectadores. Eran pocos los deportistas de la Tierra que dominaran un estilo tan perfecto.

Las manos verdosas de Guianeya se introducían en el agua y de nuevo salían de ella con la regularidad de una máquina. La espesa cabellera negra, oscilante como una capa, casi cubría la flexible figura de la muchacha.

Guianeya parecía un espejismo en el agua verdosa de la piscina iluminada brillantemente por los rayos del sol que se filtraban a través del techo transparente.

Marina recordaba perfectamente la primera visita a la piscina inmediatamente después de la llegada de la huésped a la Tierra. Recordaba cómo hubo necesidad de convencer a Guianeya para que se bañara con un traje. Costó gran trabajo explicarle con gestos que no se podía prohibir el acceso a la piscina a otras personas. Recordando los gestos de respuesta de la huésped, Marina comprendía ahora que Guianeya quería decir que no veía ningún motivo para ponerse el traje de baño si en la piscina se encontraba alguien. Y ahora, ya pasado año y medio, parecía que todavía no había comprendido esto.

Ya hacía tiempo que para todos estaba claro que Leguerier no había comprendido justamente la conducta de Guianeya desde el comienzo de su estancia entre las personas. Se desnudaba ante todos no porque tratara a las personas con altanería o desprecio, sino porque esto era, sencillamente, una costumbre establecida entre sus compatriotas. NQ comprendían por qué debían ocultar su cuerpo a las miradas ajenas.

Marina llevaba esperando más de una hora.

Cuando por fin Guianeya salió de la piscina no se le notaba el menor cansancio, y parecía que estaba en condiciones de nadar otro tanto.

Regresaron a casa.

Después del desayuno Guianeya rogó inesperadamente que le mostraran Selena.

Hasta ahora no había dicho ni una sola palabra para aclarar las causas que la incitaron a venir a Poltava. La ciudad, estaba claro que no le interesaba, ya que en los tres días que se encontraban aquí casi no había salido de casa.

La petición no causó ningún asombro a Marina. La esperaba, ya que no tenía duda de que precisamente la llegada de la Sexta expedición lunar obligaba a Guianeya a encontrarse aquí. Ahora ya no cabía la menor duda de dónde ella lo sabía. Dejó de ser un secreto la información que tenía la huésped de los asuntos terrestres.

¿Pero qué le podía interesar de esta expedición?

Era también incomprensible el estado nervioso que experimentaba hoy Guianeya. El haber nadado tanto tiempo estaba claro que no tenía otro fin que tranquilizar los nervios alterados.

¿Qué alarmaba a Guianeya?

«Bien — reflexionó Marina —. Supongamos que quiere ir a recibir a la Sexta expedición.

Entre el personal de la expedición no hay nadie que ella conozca. ¿Los resultados de la expedición? Sobre ellos podrá leer o simplemente preguntar. No había necesidad de haber venido aquí para eso. Si ella lee las revistas españolas, entonces deberá saber que las cinco expediciones anteriores regresaron con las manos vacías. No tiene ningún motivo para alarmarse, incluso si realmente perteneciera a aquellos que son los amos de los explorádores. Claro está, que le puede interesar si los han encontrado o no, pero no puede ser una causa decisiva para recibir personalmente a la expedición».

Ayer Guianeya dejó asombrada a Marina cuando le preguntó a bocajarro: ¿vendrá o no su hermano a Poltava? No añadió: «A recibir a la Sexta expedición», pero estaba claro que preguntaba precisamente sobre esto.

Marina le contestó que Víktor vendría.

Guianeya no tuvo ninguna reacción. No dio a entender nada que demostrara cuál era la impresión que le producía esta respuesta. Cualquiera podía haber pensado que no la había oído.

Más de una vez Guianeya pidió a Marina que le presentara a Víktor, pero hasta ahora no había dado ninguna prueba de que ella relacionara la identidad del hermano de Marina con la persona que la había traído de Hermes a la Tierra. ¡Ahora resultaba que esto también lo sabía!

Marina se convenció definitivamente de que Guianeya estaba perfectamente enterada cuando comenzó a dibujar en el álbum el paisaje de Hermes con Víktor en primer plano, sin ocultar esta vez el dibujo.

¿A quién quería ver la muchacha de otro mundo? ¿Al hermano de la amiga o al acompañante en el vuelo? ¿Quería conocer a la persona allegada a Marina o de nuevo entrevistarse con el viejo conocido? Si lo último era cierto, entonces para esto tenía que existir una causa.

¿Era posible que no la emocionara tan fuertemente la llegada de la Sextra expedición lunar como la entrevista con Víktor?

Marina informó inmediatamente de ambas cosas a Stone. Esta noticia la acogieron con gran satisfacción en el consejo científico. La pregunta de Guianeya daba todos los fundamentos para pensar que la muchacha había decidido «descubrir sus cartas», de que en el sharex no se había ido de la lengua, sino que intencionadamente dio a comprender que sabía más de lo que podría saber si no dominara el idioma de la Tierra.

¿Entonces por qué tan tesoneramente no lo daba a conocer? Parecía como si Guianeya, a pesar de todo, temiera algo.

Le recomendaron a Marina que reaccionara como en el primer caso, aparentando no notar nada.

4

Guianeya en Selena estaba pensativa y distraída. Se esforzó por mostrar interés hacia todo lo que le mostraban y de esto se deducía claramente que había perdido el equilibrio espiritual. Hubiera sido más sencillo y natural mantenerse como siempre, conservar su habitual expresión de indiferencia, a la que hace tiempo estaban acostumbrados y nadie prestaba atención.

Estaba claro que Guianeya no dominaba hoy sus nervios.

Siguiendo su línea de conducta marcada, Marina propuso a Guianeya regresar a Poltava precisamente cuando era hora de dirigirse al cohetódromo, para saber si en realidad quería recibir a la Sexta expedición.

Era de esperar que Guianeya, en esta circunstancia, se viera obligada a dar una contestación directa, pero la huésped buscó una respuesta evasiva.

— Usted ha dicho — manifestó ella — que la ciudad forma un anillo alrededor del cohetódromo, y no me lo han mostrado. Ya que estamos aquí vayamos a verlo.

«¡Se ha salido por la tangente! — pensó Marina enojada —. ¡Qué terquedad tan rara!»

Iban por Selena en un vechemóvil. Marina giró el timón y la máquina se dirigió hacia el centro.

Aumentaba la alarma incomprensible de Guianeya. Ardían las mejillas de la muchacha, sus ojos brillaban febriles. Varias preguntas que hizoj Marina quedaron sin respuesta.

Parecía que, sumida en sus pensamientos, Guianeya no oía nada.

Pero cuando entraron en el vestíbulo de la estación del puerto cósmico, Guianeya cambió por! completo. Se reavivó y asedió a preguntas a Marina. Su faz adoptó el matiz habitual y sólo el brillo de los ojos demostraba que la alarma todavía no la había abandonado.

Y de repente (Marina no creyó en lo que había oído) Guianeya preguntó:

— ¿Cuántas personas han participado en la Sexta expedición lunar?

La palabra «expedición», en el idioma de Guianeya, por primera vez resonó en los oídos de Marina. Acertó su significado por el sentido de la frase.

«Qué hacer ahora? — pensó ella —. No era po sible continuar la táctica anterior.

Guianeya por tercera vez y de una forma completamente abierta se quitaba la máscara.

Pasar ahora esto porí alto significa descubrir mi juego. Y no se puede dejar sin respuesta la pregunta. Es necesario aceptar el desafío».

— ¿De dónde usted conoce esta expedición? — preguntó Marina mirando fijamente a su amiga. La memoria entrenada en el estudio de los idiomas le ayudó a repetir exactamente la nueva palabra.

Guianeya no se alteró lo más mínimo.

— Usted misma me ha hablado de esta expedición — respondió imperturbablemente.

Era una mentira a todas luces. Marina recordaba perfectamente que nunca habían tenido una conversación sobre esto.

«¡Vaya! — pensó —. Guianeya no sólo es capaz de fingir sino también de mentir. De esto se desprende que la moral en su mundo no se encuentra a un nivel muy alto.»

— No recuerdo — dijo Marina en voz alta — que alguna vez le haya hablado de la Sexta expedición lunar. ¿Por qué le puede interesar a usted?

Guianeya dio la callada por respuesta y prefirió volver al silencio habitual.

Marina pensaba intensamente cómo actuar en lo sucesivo. Sabía perfectamente que era inútil insistir en que le respondiera. Después de haber callado una vez, Guianeya ya no cambiaba su decisión y seguiría callando en adelante. Lo mejor sería cortar esta conversación. Según todos los indicios, Guianeya estaba dispuesta a dejar definitivamente de fingir que no sabía nada. ¡Bueno, que marchen las cosas por su iniciativa!

— ¿Esperaremos la llegada de la Sexta expedición? — preguntó Marina como si no hubiera sucedido nada.

— Sí — contestó Guianeya.

Con esta corta palabra reconocía que habían venido especialmente a Poltava para recibir a la Sexta expedición. Ella no podía dejar de comprender que el sentido de sus palabras estaba claro para Marina.

Y sin embargo, esto no la asustaba.

«¡Ha llegado la hora! — pensó Marina —. Saberl el idioma y no hablarlo es muy difícil. A lo mejor, Guianeya ansiaba hablar libremente. Desempenar este papel año y medio ya era más que¡suficiente.»

— ¡Hola! — resonó detrás de ellas.

Guianeya se volvió con tanta rapidez que no había la menor duda de que conoció la voz que i había oído hace año y medio. La alegría iluminó su rostro.

— ¡Por fin! — exclamó con plena franqueza, siendo la primera en tender la mano a Murátov, como lo hizo cuando se despidió, lo que nunca, ni con nadie, había hecho —.

¿Por qué ha estado tanto tiempo sin venir? Se lo he pedido a Marina.

¡Por cuarta vez!

Como si recompensara a la gente de la Tierra por su largo silencio, Guianeya, en unos cuantos días, «se descubría» con una rapidez vertiginosa.

Murátov comprendió lo que había dicho.

— No he tenido tiempo — contestó recordando con dificultad las palabras —. El verla a usted es para mí una gran alegría.

Marina se sonrió al oir su pronunciación.

Guianeya no se sonrió. No retiró su mano y miraba directamente a sus ojos con aquella misma mirada tan penetrante como entonces, en la cámara de salida de la astronave, como si quisiera decir a preguntar algo.

Y callaba.

Pero vio que Murátov comprendía su idioma.

¿Qué le impedía hacerle preguntas? — Siento — dijo Murátov, porque Guianeya seguía sin pronunciar una palabra — no haber podido cumplir antes su deseo.

Recordando el consejo de Stone y teniendo en realidad gran dificultad para elegir las palabras, intercaló en sus frases, como si hubiera sido sin querer, algunas palabras españolas.

Guianeya no le pidió que repitiera lo dicho, pero, por su rostro no se podía determinar si le había causado asombro o no el oir hablar español a Murátov.

— ¿Estuvo en nuestra casa?

Murátov comprendió que se refería a Poltava. «Quiere preguntarme si he visto su dibujo en el álbum», pensó Víktor.

— Sí, estuve allí.

Guianeya retiró su mano. Parecía que en sus oscuros ojos había brillado la desilusión.

¿Qué esperaba de él Guianeya?

Para él estaba completamente claro, que el paisaje de Hermes, el episodio que se refería a los dos, había sido dibujado y colocado especialmente en la mesa para que lo pudiera ver. Esto no sólo no tenía nada de casual, sino un determinado sentido que algo le debía de decir a él. Y Guianeya esperaba otra contestación.

Sintió despecho de sí mismo por no haber sabido acertar, comprender sus pensamientos. No servía de justificación ante sus ojos el hecho de que para la persona de un planeta sea extraordinariamente difícil comprender el pensamiento Y las intenciones de la persona de otro. El debía, estaba obligado a prestar más atención al dibujo, intentando comprender lo que ella quería decir, y si esto no lo hacía, era posible que perdiera todas las posibilidades de mantener una franqueza amistosa con Guianeya.

— He visto su dibujo — dijo, con la esperanza dudosa de corregir algo y utilizando en sus frases, cada vez con más frecuencia, palabras españolas —. Dibuja usted admirablemente, Guianeya.

Se volvió de una forma tan francamente despectiva que Murátov se confundió y se ofendió consigo mismo.

El comienzo de la renovación del antiguo conocimiento estaba claro que no le favorecía en nada.

La voz del locutor informó del aterrizaje del cohete de la nave que llegaba de la Luna.

Era la que ellos esperaban: la Sexta expedición lunar.

Marina tradujo el comunicado a Guianeya.

— Usted no me ha contestado — dijo la huésped — a ¿cuántas personas han participado en esta expedición?

— Dieciocho.

— ¿Sólo han llegado ellos? ¿No han venido otros pasajeros en el cohete?

¡La quinta vez!

Guianeya pronunció en español las palabras «cohete de aterrizaje».

Marina no se decidió a contestar en el mismo idioma. Stone le había recomendado un cuidado extremo. Guianeya podía haber pronunciado estas dos palabras españolas sin querer, sin darse cuenta. Desde por la mañana estaba agitada y no tenía dominio de sí misma.

— No lo sé — respondió Marina en el idioma de Guianeya —. Pienso que no han venido otros pasajeros. Esta nave tenía una tarea especial, era sólo para la expedición.

La insistencia de Guianeya cada vez asombraba más a Marina. ¿Para qué necesitaba saber tales detalles?

El cohete de aterrizaje descendió no lejos de la estación. Acercaron la escalera y uno tras otro descendieron todos los pasajeros. Se les veía perfectamente.

— Ahora mismo vengo — dijo Murátov —. Espérenme en este mismo sitio.

Fue al encuentro de Serguéi.

Marina observó que Guianeya contaba para sí a los que salían del cohete. Cuando salió el décimooctavo, el último pasajero, respiró con satisfacción. Parecía como si a la muchacha de otro mundo la alarmara la pregunta: ¿si todos habían regresado de la Luna?

¡Qué raro! ¿Era posible que sólo para esto, para convencerse por sí misma, había venido aquí?

Murátov y Sinitsin se encontraron en la mitad del camino y se abrazaron. — ¿Qué — dijo Víktor — otra vez nada?

— ¡Como ves! — contestó Serguéi con un tono de insatisfacción.

— ¿Qué, debo verlo por tu cara?

— Ya estás enterado — Sinitsin no se rió de la broma de su amigo, su cara permanecía sombría.

Murátov miraba atentamente a su amigo.

— Stone ha dicho que esta expedición es la última.

— Lo sé. Y no estoy de acuerdo con su decisión.

— Os ha venido a recibir Guiancya — dijo Murátov, seguro de que esto asombraría a Sinitsin.

Pero se equivocó. En la cara de Serguéi no se reflejó nada ante esta noticia.

— ¿Para qué tenía necesidad de esto? — preguntó con indiferencia sin interesarle la respuesta.

— Historia enigmática —. Murátov le contó brevemente los últimos acontecimientos relacionados con Guianeya.

Sinitsin seguía indiferente.

— Sobre esto es necesario pensar — fue lo único que dijo Sinitsin —. No hables conmigo de Guianeya. Me irrita incluso el sonido de ese nombre. Yo no conozco la causa de su silencio, pero cuando pienso lo poco que le costaría si quisiera…

Stone se acercó a los recién llegados.

— ¿Dónde te has hospedado? — preguntó apresuradamente Sinitsin —. ¡Bien! Te iré a ver hoy por la tarde, cerca de las ocho. Entonces hablaremos detalladamente de todo.

Ahora, perdóname, no tengo tiempo.

Murátov se marchó.

Aunque no había participado en ninguna de las seis expediciones le disgustaba el fracaso de los camaradas, ya que con Serguéi había calculado la trayectoria de los satélitesexploradores y llegado a la conclusión de que los satélites se encontraban en la Luna, en la región del cráter Tycho. ¡Y el sexto fracaso seguido! ¿No habría habido un error?

¡No, no es posible esto! Los cálculos más de una vez los comprobaron otras personas.

¡Los satélites están en la Luna!

¿Por qué entonces no se les puede encontrar?

Murátov comprendía el estado de irritación de Serguéi y su antipatía hacia Guianeya.

Era la persona que con una sola palabra podía solucionar el enigma. ¡Tenía que saberlo!

¡Lo sabía! Y callaba, observando con indiferencia los vanos esfuerzos de las personas de la Tierra. Esto, en realidad podía provocar no sólo la antipatía, sino también el odio de aquellas personas que perdían sus años en vano.

Murátov comprendía esto pero no podía ponerse en contra de Guianeya. Le gustaba y era simpática a pesar de todo. Insistentemente pensaba que la causa del silencio de Guianeya consistía en su educación, en los puntos de vista y conceptos de su mundo.

Probablemente no comprendía lo que querían de ella las personas de la Tierra.

La conversación entre Marina y Guianeya, que había escuchado hacía unos minutos, demostraba incontrovertiblemente que a Guianeya le interesaban los resultados de las expediciones lunares. No por casualidad se encontraba precisamente hoy en Selena.

¡Lo sabe, lo sabe todo!

Se dirigió lentamente hacia las dos muchachas que estaban donde las había dejado, esperándole, por lo que se veía, con el consentimiento de Guianeya.

Le vino a la cabeza una idea inesperada que le obligó a detenerse instantáneamente.

«¿Qué pasaría si se lo preguntara directamente a Guianeya? Mi presencia la ha alegrado, me trata no como a otras personas. Las palabras españolas que he pronunciado las ha recibido como si las esperara de mí, e incluso no ha intentado fingir que no las comprendía. ¿Arriesgarse?»

Sentía que era en vano hacerse esta pregunta, que la decisión ya la había tomado.

Ninguna fuerza le detendría y nada le haría esperar. Stone y el consejo científico eran extremadamente cautelosos. ¿Qué podía ocurrir de malo? Que no contestara, y nada más.

«¡Eh! ¡Que pase lo que pase!», pensó Murátov.

— ¡Guianeya! Le ruego que me conteste a una pregunta —. De la emoción Murátov no observó que hablaba sólo en español —. Es muy importante para todos nosotros y en particular para mí mismo. Usted debe responder si es mi amiga. ¿Los satélites artificiales, enviados hacia nosotros por sus compatriotas, se encuentran ahora en la Luna?

Marina completamente desconcertada, pero con alegría interior escuchó esta inesperada pregunta. Su hermano deshizo el nudo de una forma decidida y sencilla.

Guianeya bajó la cabeza. Comprendió todo lo que le había dicho Víktor y no lo ocultó.

Estaba claro que en su interior tenía lugar una lucha dolorosa.

Y cuando por fin, levantó la cabeza y miró a Víktor, vio que los ojos alargados y negros de la huésped estaban inundados de lágrimas. Nadie había visto nunca que Guianeya llorara.

— Sí — contestó ella casi imperceptiblemente. Murátov retuvo la respiración, le ahogaba la emoción.

— ¿Por qué ha callado? — preguntó, conteniendo con trabajo la emoción de su voz —.

Usted sabía cuan importante era esto para nosotros.

Ella contestó todavía más bajo.

— Tenía miedo. Quería haberlo dicho hace tiempo, pero usted no aparecía. Pero ahora ya no tengo nada que temer. Comprendí ya hace tiempo que Riyagueya tenía razón. Me he perdido yo, pero les voy a salvar a ustedes.

Guianeya hablaba en español con completa soltura. Pero no sólo Marina, sino también Víktor comprendieron inmediatamente que el idioma de ella no era el español moderno.

«Es muy importante aclarar, cuándo en España hablaron como habla Guianeya», pensó Marina.

5

Se formó rápidamente la séptima expedición en busca de los satélitesexploradores secretos. Ahora, mucho más que nunca era necesario apresurarse. Allí mismo, en el cohetódromo, después de un silencio largo y atormentador Guianeya añadió algunas palabras que tenían una gran importancia para el servicio cósmico.

Guianeya se apresuró a marcharse al responder, de una forma inesperada para ella misma, a la pregunta de Murátov. Temía claramente que le hicieran más preguntas, era posible que le pesara su franqueza, estaba consternada y muy emocionada.

Murátov las acompañó hasta el vechemóvil. Comprendía que no se podía preguntar a Guianeya nada más ya, que no respondería a ninguna otra pregunta. Quería y era muy necesario hacerle una sola pregunta extraordinariamente importante.

Y de improviso Guianeya, ella misma, dijo precisamente aquello que él quería preguntarle.

Ya sentada en la máquina le tendió la mano, respondió por primera vez al apretón de manos y se sonrió de una forma tímida y confusa.

— Debo advertirle — dijo tan bajo que casi no se oía —. Sean muy prudentes. Los nuestros — (pronunció en su idioma una palabra muy larga que probablemente significaría «satélite», u otra denominación más exacta de los exploradores) — son peligrosos y no puede uno acercarse a ellos. ¡Destruyanlos! ¡Dense prisa, mucha prisa!

Se echó hacia atrás en el asiento y cerró los ojos. Respiró tan profundamente que pareció que había exhalado un gemido. Unas arrugas de sufrimiento surgieron en sus labios y pareció que la cara de Guianeya había envejecido de repente.

— ¡Marchemos! — susurró a Marina. El vechemóvil se puso en movimiento. Víktor se quedó solo.

Siguió durante mucho tiempo con la vista a la máquina. Su corazón se había tranquilizado, latía más regular y lentamente.

¡Un éxito completo! El impulso, impensado y arriesgado ha dado unos resultados inapreciables. Los satélites se encuentran en la Luna, y la misma Guianeya aconseja destruirlos y no acercarse a ellos.

¡Destruirlos!

Recordó sólo ahora que se había olvidado de preguntar lo más importante: dónde buscar a los satélites y en qué lugar está ubicada su base. Pero es poco probable que Guianeya lo sepa, y si lo sabe lo dirá después. Ha contestado a la pregunta principal. Una cosa es buscarlos sin tener seguridad, de que los satélites están en la Luna, y otra cosa es cuando existe esta seguridad.

Murátov fue a buscar a Stone.

Todavía no habían salido del cosmodromo el presidente del consejo científico y los participantes de la Sexta expedición. El comunicado de Murátov fue recibido por todos con asombro y alegría.

— Ha obrado usted como debía — dijo Stone. Nos hemos excedido en nuestras precauciones. Había que haberlo preguntado antes.

— Es cierto — contestó Murátov —, pero el que tenía que preguntarlo era precisamente yo y no ningún otro. Guianeya pronunció esta frase: «Quería haberlo dicho ya hace tiempo, pero usted — (es decir yo — añadió Murátov) — no venía». No sé por qué ella quería decirlo precisamente a mí.

— Simpatía sospechosa — dijo Serguéi sin poderse contener.

Murátov no se dignó ni tan siquiera mirar a su amigo.

— Cuanto antes es necesario comenzar de nuevo — dijo Stone —. Ahora podemos no dispersarnos y buscar sólo en el cráter Tycho. Las palabras de Guianeya confirman la exactitud de los cálculos. Tendremos fe en ellos. Lo malo fue que no destruimos a los satélites en sus órbitas como queríamos.

— Según mi criterio esto no está mal, sino todo lo contrario — dijo Sinitsin —. Es necesario destruir no sólo a los satélites sino también sus bases. Entonces incluso no sospechábamos su existencia.

— Destruirlos es fácil — dijo uno de los componentes de la Sexta expedición —. ¿Cómo encontrarlos? Lo hemos intentado seis veces. Stone se volvió hacia Murátov.

— ¿Es posible — dijo — que usted intente hablar una vez más con Guianeya?

— Por que no, pero pienso que es inútil. Me parece que Guianeya ha dicho todo lo que sabe. No le fue fácil el hacer esto. No puedo olvidar la expresión de su cara. Me alarma mucho la frase que pronunció: «Me he perdido, pero les voy a salvar a ustedes».

— Indudablemente esta frase refleja una idea. Pero entre nosotros, en la Tierra, nadie amenaza a Guianeya. Por lo que se deduce ella ha querido decir que después de sus palabras tiene cerrado el camino a su patria. Sobre esto pensaremos todavía, y lo pensaremos bien. Más alarmante es la segunda mitad de la frase: «les voy a salvar a ustedes». ¿A qué se refiere?

— Esto puede significar sólo una cosa — dijo Murátov — que los satélites llevan consigo una amenaza para la humanidad de la Tierra. No tendrían ustedes la menor vacilación si hubieran escuchado el tono con que ella dijo: «¡Destruyanlos!»

— Yo no tengo la menor vacilación — respondió Stone —. La Séptima expedición lunar saldrá lo más pronto posible.

Pasadas unas horas Murátov habló largamente por el radiófono con su hermana.

Marina le dijo que en cuanto llegaron a casa Guianeya se acostó y rogó que no la molestaran.

— Parece tranquila pero muy apenada. Algo la oprime, no la deja tranquila. Me parece que está arrepentida de haberse quitado la máscara.

— ¿En qué idioma habla contigo? — preguntó Murátov.

— En el suyo, como siempre. No me he decidido a hablar con ella en español.

— No hace falta. Pronto ella misma hablará en español. ¡Lo verás!

— Guianeya quiere marcharse hoy.

— ¿A dónde?

— Se lo he preguntado y me ha contestado que le es indiferente, sólo que lejos de aquí.

Da la impresión que quiere huir de sí misma y es posible que de ti.

— Lo comprendo. Es la reacción de Guianeya que no tenía derecho a decir lo que dijo, y le atormenta el haber infringido las leyes de su patria. Pero tú misma oíste como ella dijo que hacía tiempo estaba decidida a hablar con franqueza y que se lo impidió mi ausencia.

¿Cómo explicar esto?

Marina no contestó en seguida.

— Ahora está claro — dijo después de un minuto — por qué ella insistía tanto en verte.

Pero no comprendo por qué decidió decírtelo a ti. Es posible que tenga influencia tu parecido con ella.

— Esta es una minucia y una circunstancia puramente exterior para que pueda desempeñar un papel destacado en una cosa tan importante. De esta forma se puede pensar que Guianeya me ama — Murátov se sonrió recordando la réplica de Sinitsin en el cohetódromo.

— Es posible que esto sea así — respondió completamente seria Marina.

— ¡Qué tontería! Alguna vez sabremos la causa del trato especial que me concede.

Este es otro enigma de Guianeya. ¿Entonces, os marcháis hoy?

— Sí. Le he propuesto visitar las islas del Japón donde ella todavía no ha estado. Por primera vez Guianeya ha estado de acuerdo en ir en avión. Por lo visto quiere cuanto antes alejarse de aquí.

— ¿Sería conveniente que os fuera a despedir?

— Claro que no. Me parece que Guianeya no quiere verte. Es posible que me equivoque.

— No te equivocas — dijo Murátov —. Lo pregunté maquinalmente, sin pensarlo. ¡Feliz viaje! Dos palabras más. Te predigo que Guianeya pronto de nuevo me recordará. Ha hablado y querrá, deberá querer, decir más.

Murátov desconectó el radiófono.

Los acontecimientos transcurrían a un ritmo veloz. ¡Qué pena no haber cumplido antes el deseo de Guianeya y haber esquivado tanto tiempo la entrevista con ella! La Sexta expedición lunar podría no haber vuelto con las manos vacías si la respuesta de la huésped la hubiera obtenido hace medio año.

Murátov estaba convencido de que comprendía justamente el estado en que ahora se encontraba Guianeya. Algo la obligó a infringir su silencio y esto lo hizo en el momento cuando se encontraba fuertemente agitada y algo que la intranquilizaba hizo, posiblemente, que lo realizara casi en contra de su voluntad. Ahora se arrepentía de esto.

Y si no se arrepentía le remordía la conciencia de «haber entregado» a sus compatriotas.

¿En qué consistía la traición?

Por lo visto era justa la suposición, cpe él manifestó a su tiempo, de que los satélitesexploradores habían sido enviados hacia la Tierra con objetivos hostiles, y eran un peligro.

De otra forma no se podían interpretar las palabras de Guianeya de que ella «salvaba» a las personas. Guianeya violaba los planes de su patria, traicionaba a sus compatriotas al aconsejar la destrucción de los satélites.

¿Qué la había obligado a hacer esto?

A Murátov ni siquiera le pasaba por la imaginación el que Marina pudiera estar en lo cierto al explicar de una forma tan sencilla el trato especial que mantenía con él Guianeya.

Sabía que las facciones eran parecidas a las de su compatriota. Supongamos que precisamente esto puede provocar en ella un sentimiento de simpatía, pero le parecía imposible que pudiera provocar amor, en el sentido estricto como se comprende en la Tierra, a un ser de otro planeta completamente extraño. Nunca podría amar a Guianeya igual que a una mujer de la Tierra.

«Esto sólo lo puede explicar un hecho — pensaba Murátov yendo de un rincón a otro de la habitación —. Estuvieron en la Tierra hace mucho tiempo y se llevaron una mala impresión de las personas de aquellos tiempos. Particularmente si esto tuvo lugar durante la Edad Media, en el oscurantismo y las hogueras de la inquisición. Sobre todo en España. Guianeya, por lo visto, se encontraba en la Tierra con la seguridad de que nuestra sociedad no se diferenciaba mucho de la de los tiempos anteriores, y convencida de su error comprendió que éramos mejores y más nobles de lo que ella pensaba.

Aunque en esto también hay contradicciones. Se presentó a nosotros en Hermes, vio a las personas de la Tierra en el asteroide, en el observatorio astronómico creado artificialmente, en una estación científica fuera del planeta y, por consiguiente tuvo que quedar inmediatamente claro para ella que habíamos dejado muy atrás el salvajismo y la barbarie. ¿Es posible que lo comprendiera precisamente entonces? ¿Si es así por qué ha callado tanto tiempo? ¿Qué significaban sus palabras: Riyagueya tenía razón»? Lo había comprendido hace mucho tiempo, según dijo, pero no desde el principio. ¿Quién era este Riagueya o Riyagueya, como ella le nombraba? Por lo visto era en su patria una persona progresiva. Guianeya se había convencido de que tenía razón. Esto significa que antes dudaba. Cualquiera desenreda esta maraña. Pero ella nos lo contará todo. Sólo hace falta que sea lo más pronto posible».

Comprendía que no podía contar con que la conversación tuviera en un plazo corto. No se podía prever el tiempo que necesitaba Guianeya para tranquilizarse completamente, soportar todo lo ocurrido, abrir por completo su corazón. No había ninguna seguridad de que de nuevo no se encerrara en sí misma.

Tenía fe en que no se equivocaría al decir a Marina que Guianeya hablaría tarde o temprano. ¡Así tenía que ser y así será!

Incluso teniendo un concepto optimista referente a Guianeya y creyendo en su buena voluntad, no pudo suponer que su profecía se cumpliera tan rápidamente, como en efecto sucedió.

Esa misma tarde recibió una carta de Guianeya.

La esquela introducida en el mismo sobre aclaraba que Guianeya había escrito la carta un poco antes de salir para el aeropuerto.

«Se ha tranquilizado completamente — comunicaba Marina —. Se porta como siempre, bromea y habla todo el tiempo en español. No estoy muy satisfecha de esto, pero Guianeya me ha prometido darme lecciones diarias de su idioma. Y parece que está dispuesta a hacerlo con toda intensidad. ¡Por fin!»

La carta de Guianeya era corta, escrita con una letra igual y clara y sin ninguna falta gramatical.

Le emocionó tanto el hecho a Murátov que no pudo comprender inmediatamente el contenido de la carta. Guianeya podía hablar en español, pero escribir… Esto testimoniaba que sabía el idioma como los mismos españoles. ¿Lo había estudiado en otro planeta?

¿Quién y para qué tenía necesidad de esto?…

La carta de Guianeya demostraba mejor que el lenguaje oral sus conocimientos del idoma español antiguo y no del moderno, Murátov sabía que en el Instituto de lingüística no habían podido llegar a una conclusión determinada. Su idioma podía pertenecer a los finales del siglo diecinueve, pero podía también haber existido mucho antes como dialecto. El enigma continuaba siendo enigma.

Tuvo que leer la carta por segunda vez.

«Víktor — escribía Guianeya —. Usted me ha obligado a decir más de lo que quería, pero no lo siento. Las personas de la Tierra no merecen la suerte que se les preparaba. A lo que dije tengo que añadir algo, de lo contrario no le será útil. Lo que ustedes quieren encontrar no es visible para el ojo humano. Esto lo sé por boca de Riyagueya. Lo que hay que hacer, no lo sé. Piénselo usted.

Guianeya.»

Escribió su nombre con letras latinas, tal como le pronunciaban en la Tierra.

«Ahora sabemos todo,» pensó Murátov.

Leía la carta por tercera vez cuando llegó Serguéi.

Y pasados unos veinte minutos apareció Stone en la habitación de Murátov.

Ninguno de los dos sabían español y Murátov les tradujo la carta de Guianeya.

— Esto se podía prever — dijo Serguéi —. Sabíamos ya antes que los satélites eran invisibles. De lo que se deduce que su misma base es también invisible.

— Es posible que esto explique por qué no podemos encontrar de ninguna forma esta base — dijo Stone —. La buscamos en el subsuelo y es posible que esté ubicada abiertamente en la superficie. En la zona del cráter Tycho hay resquebrajaduras amplias y profundas, mesetas inaccesibles, valles montañosos. En cualquiera de estos lugares pueden tener ubicada su base.

— En la Luna no hay precipitaciones ni vientos — añadió Serguéi —. Únicamente los meteoritos pueden dañar las instalaciones.

— Esto significa que la base está defendida, por ejemplo, por una cubierta transparente o también invisible. Una cosa está clara — dijo Stone — que es necesario buscar la base allí donde nosotros la hubiéramos instalado si estuviéramos en su lugar. En un lugar donde parece que no hay nada pero que sea cómodo.

— Quiero expresar una idea más — dijo Murátov después de un corto silencio —. Los satélites y la base pueden ser invisibles para nuestros ojos, según escribe Guianeya, pero no pueden ser absolutamente transparentes. Recuerden que cuando estábamos en la «Titov» todos vimos que los satélites ocultaron de nuestra vista las estrellas que se encontraban detrás de ellos. Por lo tanto, en la Luna tienen que ocultar todo lo que se encuentre detrás de ellos. De aquí hago esta deducción lógica: la base está ubicada de forma que detrás de ella se encuentre un lugar que nunca lo ilumina el Sol. Y es posible que esté situada en la sombra lunar.

— ¡Completamente cierto, Víktor! — aprobó Sinitsin —. La sombra lunar es una completa oscuridad. Es cierto que iluminamos con los proyectores lugares parecidos en las mesetas y grietas inaccesibles, pero esto lo hicimos por si acaso, porque considerábamos que la base estaba obligatoriamente ubicada en el subsuelo de la Luna. Por esto hemos podido pasarla por alto. Además, hemos tenido que volar sobre las montañas en cohetes, que son demasiado rápidos: donde no hay aire es imposible emplear los planeliots.

— ¿No digas? — dijo sonriendo Murátov.

— De ninguna forma puedo comprender — dijo molesto Stone — que costumbre es la de ustedes dos de reírse constantemente uno del otro. ¡Vaya una gente seria!

— Es una costumbre que practicamos desde los años juveniles — contestó Serguéi —.

Pero por esto nunca nos enfadamos.

— ¡No faltaba más que ustedes se enfadaran! ¡Bueno, amigos! El subsuelo está explorado. Ahora vamos a buscar solamente en la superficie. La Séptima expedición saldrá para la Luna dentro de dos días.

— ¿Tan de prisa? — dijo cotí asombro Sinitsin —. Por lo que yo sé, la nave no está equipada con los aparatos necesarios.

— Será equipada completamente, y claro está, no la nave sino los todoterreno.

— Precisamente los tenía en cuenta.

— Todo estará preparado dentro de dos días. Yo me responsabilizo de esto y tomaré parte en la expedición. Si creemos en las palabras de Guianeya, y no existe ningún fundamento para no creer, tenemos poco tiempo. A costa de lo que sea hay que tener éxito.

Murátov vaciló algunos momentos y después dijo:

— Si es posible, déjenme ir con ustedes.

6

— ¡Espere! — dijo Marina.

Corrió hacia un matorral y arrancó una gran rosa amarilla. Al volver a la terraza prendió la flor en los cabellos de Guianeya.

— Ahora está usted muy bien. Parece una verdadera japonesa, pero de una alta estatura. Las japonesas no tienen esta talla. Pero a usted le sienta admirablemente este vestido. Tome la sombrilla y pasee por el jardín. Yo la fotografiaré. ¡Víktor se quedará pasmado cuando la vea!

Guianeya se sonrió turbada.

El quimono largo hasta los talones, con dragones negros bordados en el fondo amarillo, en realidad le sentaba muy bien. Los ojos negros, que parecían por su longitud más estrechos de lo que eran, completaban el parecido con una japonesa. Es cierto que el color amarillo del vestido hacía destacar más el matiz verdoso de la piel de Guianeya, pero Marina se esforzó por no prestar atención a esto. Y cuando dijo que el quimono le sentaba muy bien a su amiga, lo dijo con sinceridad.

Se instalaron en una casita pequeña, «de juguete», según expresó Guianeya, al pie del famoso Fujiyama, puesta a su disposición amablemente por los que vivían antes aquí, en cuanto supieron que el lugar le agradaba a Guianeya.

Las personas de la Tierra, como siempre y en todas partes, trataban a la huésped del cosmos con una atención extraordinaria. Igual sucedió en el Japón. No hizo más que decir Guianeya que le gustaba el traje nacional de las japonesas que había visto en el museo, cuando a la mañana siguiente fue enviado un quimono cosido especialmente para ella, para su talla.

Guianeya se lo puso inmediatamente.

Se sentía que le gustaba el Japón a Guianeya. Todo aquí no era lo mismo que en otros países, o como se decía ahora, en otros lugares. Y a Marina le pareció que lo que rodeaba a Guianeya correspondía en algo a sus gustos y costumbres.

La huésped aceptó con alegría manifiesta, la proposición de instalarse en esta casa solitaria apartada de otras construcciones.

¿Buscaba la soledad? Esto era posible teniendo en cuenta el estado en que se encontraba Guianeya cuando voló hacia aquí. Pero Marina no sabía por qué estaba convencida de que la causa era otra. ¿En qué consistía? Esto no lo sabía, pero no podía borrar de ninguna forma la impresión de que aquí Guianeya, por primera vez desde que estaba en la Tierra, se sentía como en «su casa».

A pesar del aislamiento y de las dimensiones diminutas, su casita, de ninguna forma, era la vivienda de un ermitaño. Estaba dotada de todas las comodidades, incluyendo la dotación automática de todo lo necesario. Tenía la imprescindible piscina para nadar, la cual no se encontraba en el interior de la casa sino a cielo abierto.

Una cómoda terraza y el jardín de cerezos, tradicional en el Japón, creaban condiciones admirables para el descanso, que por lo visto, tanto ansiaba Guianeya.

Marina, para la cual no estaba de más descansar de los viajes ininterrumpidos del último año y medio, estaba dispuesta a pasar en este lugar un largo tiempo.

Hoy era el segundo día de su estancia.

Ahora hablaban sólo en español. Por fin Marina podía conversar con su amiga sin buscar palabras y de cualquier tema. Decidió firmemente preguntar a Guianeya, inadvertidamente y poco a poco.

Marina mencionó ahora el nombre de su hermano no de una forma casual. Le interesaba mucho qué pensaba Guianeya de Víktor, y como mujer, comprendía lo «del amor» no tan escépticamente como Víktor.

Guianeya parecía que no había prestado atención a la última frase.

— ¿Es verdad? — preguntó —. ¿Estoy bien con este vestido?

Marina se rió.

— No es esto lo que usted quiere preguntar — dijo Marina —. Reconozca, ¿a usted le interesa saber si está bien con este vestido?

Guianeya suspiró.

— Esto he preguntado — contestó con franqueza —. Pero me he olvidado de que no soy una mujer de la Tierra. Esté bien o no, nadie hay aquí que pueda apreciarme. Soy extraña.

— Ese es un punto de vista completamente erróneo. Usted es lo mismo que todos. Que yo. Sólo que más guapa.

— No se trata de esto — la faz de Guianeya se entristeció —. Usted, Marina, no dice la verdad. Yo no soy así. La forma exterior del cuerpo no lo hace todo. Somos completamente distintas. Esto lo comprendo muy bien —. Y después de un silencio añadió —: Estoy condenada. Usted lo debe comprender. Lo mismo que entre ustedes, en nuestro mundo existe el amor y las mujeres están llamadas a ser madres.

— Usted volverá a su patria. Diga todo y las personas de la Tierra la ayudarán a regresar donde los suyos.

— No volveré jamás. Yo misma me he cortado el camino para regresar. La traición no puede ser perdonada. Entre nosotros no la perdonamos: ni nunca, ni a nadie. Y esto, claro está, es justo.

Se volvió con violencia y desapareció en el interior del cabezal. Pero Marina no podía dejar así la conversación. Y la renovó pasada una hora después del baño, cuando estaban desayunando en la terraza.

— No se enfade, Guianeya — dijo tocando cariñosamente la mano de su amiga — quiero otra vez tratar el mismo tema. Usted dijo que la traición no se perdona. Estoy de acuerdo, pero no veo que usted haya cometido ninguna traición. Dijo que los satélites se encontraban en la Luna y aconsejó destruirlos. Por lo visto en ellos hay peligro para nosotros. Su acción fue provocada por un sentimiento humano. No hay ninguna moral que pueda hablar contra usted. Ninguna, ni la nuestra, ni la de ustedes. Ustedes y nosotros somos idénticos seres racionales. ¿En dónde está la traición? Si usted ha impedido la realización de los planes de sus compatriotas, ha sido porque eran feroces y no dignos de un ser racional. Además, en su patria no todos piensan lo mismo. Recuerde a Riyagueya.

Guianeya irguió la cabeza.

— Riyagueya — dijo ella —. ¿Qué sabe usted de él?

— No mucho, pero lo suficiente. Usted comprendió que el tenía razón y por esto habló.

¿Es que no es así?

Guianeya calilo durante un largo rato.

— Yo sé — dijo — que he obrado bien y que Riyagueya habría aprobado mi acción. Pero es muy duro ponerse en contra de su patria. Comprenda usted esto.

— Lo comprendo perfectamente, pero usted ha obrado con nobleza. En su lugar Riyagueya hubiera hecho lo mismo.

El rostro de Guianeya se ensombreció.

— No — pronunció bajo —. El obró de otra forma.

Estuvo largo rato sentada inmóvil, cerrados los ojos, ensimismada en sus recuerdos —.

Obró de otra forma — volvió a repetir —. Y no considero justa su acción. Yo tenía que hacer lo que hice, pero no lo que hizo él. Yo soy mujer. — Después de un silencio prolongado, de repente dijo —: Su hermano es asombrosamente parecido a Riyagueya.

Me asombró este parecido en cuanto vi a Víktor, y hasta ahora me asombra.

— ¿Y por esto eran tan grandes sus deseos de verle?

— Claro que sí. ¿Por qué otra cosa?

Esta contestación causó muy mala impresión en Marina. Se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos todos sus sueños de que Guianeya amara a.Víktor y por esto pasara a formar parte de la sociedad terrestre.

— ¿La he disgustado? — preguntó Guianeya acariciando a su vez la mano de Marina —. ¿Puede ser que la haya ofendido?

— ¿Qué me puede haber ofendido?

— Mis palabras. ¿Es posible que no le guste que su hermano sea parecido a mi compatriota?

Marina no estaba para reírse pero se vio obligada a hacerlo.

— No hay y no puede haber nada de ofensivo o ultrajante — dijo Marina —. Usted ha comparado a mi hermano con una persona y no con un mono.

Guianeya se sonrió.

— Yo todavía no conozco bien a las personas de la Tierra — dijo ella — Ustedes son buenos. Mejores que nosotros.

— Tanto más — recogió Marina las palabras de Guianeya — usted no debe atormentarse con que nos «va a salvar».

Contra su voluntad, pronunció estas palabras con un leve matiz irónico. Pero Guianeya al instante captó la diferencia del tono.

— ¿Usted no cree que yo voy a salvar a las personas de la Tierra?

Marina comprendió que era necesario contestar con toda franqueza.

— No — dijo —. No lo creo. Yo valoro altamente sois buenas intenciones, pero no creo que alguien pueda causarnos daño. Usted nos subestima. No conoce nuestra técnica y nuestra ciencia. Estas son capaces de defendernos de cualquier peligro.

— Si se conoce.

— Precisamente esto es lo que usted no quiere, decirnos.

— Porque yo misma no lo sé — contestó Guianeya.

Stone mantuvo su palabra. A pesar de ser tan difícil y complicada la preparación de la Séptima expedición lunar fue terminada exactamente en el plazo de dos días. La astronave, bajo el mando de Yuri Véresov, estaba en el cohetódromo de los Pirineos esperando a sus pasajeros. A bordo se encontraban nuevas todoterreno perfeccionados, equipados con mecanismos y aparatos automáticos cibernéticos, completamente distintos a los anteriores. La tarea era completamente diferente. Las primeras seis expediciones se plantearon el objetivo de encontrar la base y de examinarla detalladamente, al igual que a los satélitesexploradores. Ahora, después de lo que había dicho Guianeya, era necesario encontrar y destruir la base. «No se puede acercarse a ellos», dijo Guianeya, y había que creer en estas palabras. Las personas recordaban bien las circunstancias en que fue destruido el robot explorador, enviado por la nave «Guerman Titov». La base del mundo extraño era necesario destruirla a distancia.

Murátov llegó en avión en la víspera de la salida. Era el más débilmente preparado de todos los participantes de la Séptima expedición. No quería ser un espectador inactivo, y preguntar a cada momento qué es lo que pasa. Hacía tiempo que conocía a Véresov y esperaba que el comandante de la nave, participante en todas las seis expediciones, podría solamente en un día ponerlo al corriente del manejo de los aparatos para las búsquedas y de los métodos para tratar de destruir la base.

Véresov acogió afablemente al primer pasajero. Inmediatamente comprendió lo que quería Murátov de él y estuvo dispuesto a ayudarlo. Se pusieron a trabajar desde la mañana y estuvieron ocupados afanosamente hasta muy avanzada la noche.

Eran las once y media, cuando Murátov se recostó cansado en el respaldo del sillón y dijo:

— Ahora ya puedo ayudar con algo en el trabajo. En todo caso puedo comprender de que se trata. Me incluyeron en la composición de la expedición teniendo en cuenta mis anteriores «méritos», y esto era un poco desagradable. ¡Gracias por todo, Yuri!

— No hay de que, acuéstate y que duermas bien. Tú todavía no has estado en la Luna y el volar a ella te será interesante. ¡Buenas noches!

Véresov se marchó para regresar a la astronave y pasar allí la noche.

Murátov se quedó solo.

— Si hay que dormir, dormiremos — dijo en voz alta y se estiró con placer, satisfecho de sí mismo.

Inesperadamente llamaron a la puerta. La llamada fue hecha suavemente y con precaución. Era como si el que estaba al otro lado de la puerta no estuviera seguro de si Murátov dormía o no.

— ¡Adelante! — dijo Murátov.

Lo que vio lo dejó asombrado, perplejo, sin comprender nada.

En la puerta estaba Guianeya.

Sabía que ella se encontraba en las islas japonesas. Todavía ayer habló con Marina por radiófono, le preguntó como se sentía la huésped, qué hablaba, qué hacía. Marina no mencionó ni una palabra sobre el viaje a la península Ibérica, todo lo contrario, le dijo que Guianeya estaba! dispuesta a pasar en el Japón mucho tiempo.

¡Y aquí estaba!..

Murátov se sobrepuso en seguida y la invitó a entrar.

Le tendió la mano, ella de nuevo contestó alsaludo y se sentó desembarazadamente.

Parecía! que no le daba ninguna importancia a su inespeJI rada aparición.

Estaba sola, sin Marina.

— He llegado hace media hora — dijo Guianeya — y no me ha sido difícil saber dónde se alojaba.

Todo esto lo dijo en español.

— ¿Por qué está usted sola? — preguntó Murátov.

— Para hablar con usted no tengo necesidad de traductora — contestó sencillamente Guianeya —. Marina estaba cansada y he podido convencerla de que me dejara sola. Es necesario que me acostumbre a andar por la Tierra sin guía. Voy a vivir toda mi vida aquí.

Una sombra de tristeza cubrió su rostro al pronunciar estas palabras. Guianeya sacudió con energía la cabeza.

— Me marcho ahora mismo — dijo ella —. Es tarde, usted necesita descansar antes del vuelo. He venido aquí porque quiero volar con ustedes a la Luna.

— ¿Con nosotros? — exclamó Murátov —. ¿Para qué?

Esto le salió involuntariamente, debido al asombro. Inmediatamente comprendió la intención de Guianeya.

— Para ser siempre y en todo consecuente — contestó la huésped —. Usted sabe que hoy mismo por el día yo no pensaba en el vuelo a la Luna. Su hermana es culpable de que yo tenga este deseo.

— ¿Se lo ha aconsejado ella?

De nuevo, tal como había sucedido en el cohetódromo de Selena, se deslizó una sonrisa de desprecio por la cara de Guianeya, y Murátov comprendió que esta sonrisa no guardaba relación con Marina, sino con él. Guianeya se asombraba de su falta de perspicacia.

«Decididamente, yo no sé hablar con ella — pensó Murátov —. Me olvido de que no es una mujer de la Tierra y que tiene otras concepciones. Y yo mismo estropeo su criterio sobre mí.»

Hubiera querido al instante contarle los motivos de su conducta, demostrar que la comprende bien, pero se retuvo, sabiendo que esto sólo empeoraría la situación. Ella apreciaría sus palabras como un deseo pretencioso de mostrar su inteligencia, y como contestación recibiría otra sonrisa despectiva.

«Yo mismo soy culpable — pensó Murátov —. Esta es una lección para el futuro. Tales errores no se pueden consentir.»

— Nadie me ha convencido — dijo Guianeya —. Y nadie me ha aconsejado. Para esto es necesario saber todo lo que yo sé y que nadie puede saber en la Tierra. ¿De dónde podía saber Marina que yo iba a ser útil a su expedición? Esto sólo lo sé yo.

— ¿Usted nos quiere ayudar a encontrar los satélites?

— De una forma rara los denomina usted. Su nombre no puede ser traducido a su idioma. Sí, les quiero ayudar y puedo hacerlo. Marina ha sabido demostrarme que esto es mi deber. Es necesario ser consecuente — repitió Guianeya —. Lo que ustedes quieren encontrar, y es necesario hacerlo cuanto antes, es invisible para ustedes, pero no para mí. Nuestros ojos ven más que los suyos. Esto lo sé hace mucho tiempo. ¿Entonces, dígame, me llevan con ustedes o no? ¡ — Claro que la llevamos. Esto es para nosotros una alegría. Ahora mismo le comunicaré su deseo a Stone. Es el jefe de nuestra expedición — aclaró Murátov.

— Lo sé.

Murátov utilizó el momento oportuno. — Sí — dijo —, casi me había olvidado. Usted siempre sabe exactamente quién es el jefe en un momento determinado…

Vio que Guianeya había comprendido la alusión.

Pero respondió saliéndose por la tangente.

— Yo he leído algo sobre esto. Mejor dicho me lo ha leído Marina. En el Japón — (por primera vez, hablando en español, se cortó Guianeya en esta palabra) — no había nada escrito en el idioma que yo sé.

Guianeya se levantó.

— Gracias, Guianeya — dijo Murátov —. Gracias en nombre de todos. Estoy muy contento de que usted haya cambiado su actitud para con nosotros.

— Esto podía haber tenido lugar antes. Usted tiene la culpa, Vífctor. No había por qué menospreciarme.

Murátov no encontró palabras para responder a esta manifestación.

— Pienso que habrá un traje para mí. Los dos tenemos casi la misma talla.

— Claro que habrá. Usted ha visto en Hermes nuestros trajes «cósmicos». ¿Son parecidos a los suyos? — Murátov no pudo contenerse a la tentación de probar una vez más la suerte.

Esta vez consiguió su objetivo.

— No del todo — contestó Guianeya —. Pero en general son parecidos.

— Pensábamos que su vestido de color oro era un traje para los vuelos.

— Es una suposición absurda — respondió bruscamente Guianeya —. ¿Acaso puede uno volar vestido de esta forma?

— ¿Por qué se presentó usted ante nosotros precisamente de esta forma?

Esperando la respuesta retuvo la respiración.

¿Se descifraría o no uno de los enigmas?…

Una profunda desilución se apoderó de él cuando Guianeya en vez de la respuesta dijo:

— ¡Hasta mañana! No es necesario que me acompañe. Sé que ustedes tienen esta rara costumbre. Me he alojado cerca de aquí.

— ¿Dónde se ha alojado?

— Me lo indicaron inmediatamente en cuanto llegué. No sé cómo se llama la calle pero la casa está al lado de la suya. — Le miró con los ojos clavados en él —. Usted ha dicho que está contento porque he cambiado mi actitud para ccn ustedes. Esto no es cierto. Es la misma que antes. Pero he comprendido muchas cosas. Y no voy a explicar cuáles son.

Esto usted no lo comprenderá.

Estas palabras le recordaron a Murátov a la antigua Guianeya, «orgullosa y altiva», tal como les pareció a todos en Hermes.

— ¡Haga la prueba! — dijo sonriendo Murátov —. Es posible que pueda comprenderla.

— ¿Usted? — dijo ella subrayando esta palabra —. Es posible. Quiero pensar que es así — añadió —. Debo pensar así. Pero quisiera que me comprendieran todos. ¡Adiós!

Quedándose de nuevo solo, Murátov estuvo largo rato sentado en el sillón profundamente pensativo. Intentó comprender lo que quería decir Guianeya en la última frase.

Lo comprendió no ahora, sino mucho más tarde.

7

El ojo humano percibe una parte relativamente pequeña del espectro de la energía radiante, limitado éste, por una parte, por las ondas rojas y, por otra, por las ondas violeta.

La zona comprendida entre las ondas rojas y violeta lleva el nombre de «visible». Los rayos infrarrojos y ultravioleta, que se diferencian de los visibles sólo por la longitud de onda, no excitan el nervio óptico y no producen sensaciones luminosas, aunque por su naturaleza son iguales a los visibles.

El ojo es un órgano sensible y suficientemente exacto, pero no se le puede considerar de ninguna forma como perfecto. Pueden existir otros órganos de vista capaces de percibir una banda más amplia de frecuencias. En la Tierra, muchos de los animales denominados nocturnos, como el buho o la lechuza, ven las radiaciones infrarrojas de los cuerpos calientes, por eso pueden cazar en la oscuridad.

Se sabía que los ojos de Guianeya eran más hipermétropes que los de las personas de la Tierra. Ahora, después de lo que le dijo a Murátov, estaba claro que no sólo la agudeza de la vista los diferenciaba de los «terrestres», sino también la capacidad de percibir como luz la energía radiante de lo cual no eran capaces los ojos de las personas de la Tierra.

¿En qué límites? ¿Qué parte del espectro alcanzaba su vista? ¿Qué veía más, las ondas cortas o las largas? ¿O era posible que unas y otras?

Aún era desconocido. Pero ahora, cuando Guianeya había entrado en el camino de la franqueza, se tenía la esperanza de que consistiera que los oculistas investigaran su vista.

Los participantes de la Séptima expedición consistieron satisfechos que Guianeya fuera con ellos. Su participación en las búsquedas aumentaba considerablemente las probabilidades de éxito, incluso aunque ella no supiera exactamente dónde se encontraba la base, ya que según había dicho ella, podía ver lo que era invisible para las personas.

Había pasado muy poco tiempo, sólo una noche, entre la conversación de Murátov con Guianeya y la partida de la astronave, pero el «descubrimiento» ya había tenido tiempo de difundirse por todo el mundo. Ya por la mañana se conocía el criterio de destacados científicos relativo a la vista de Guianeya. La mayoría opinaba que para ella era visible la parte infrarroja del espectro. El parecido general del organismo de Guianeya con el de las personas de la Tierra obligó a pensar de que era poco probable que sus ojos se diferenciaran tanto de los terrestres, que pudieran sin daño alguno aguantar la «luz ultravioleta», tan dañina para la vista. Este criterio se confirmó porque Guianeya llevaba gafas ahumadas cuando estaba al sol en los lugares sureños, lo mismo que las personas de la Tierra.

Si la suposición era cierta, Guianeya podía ser para la expedición una pantalla infrarroja viva. Claro está que esta «pantalla» sería mucho más cómoda y segura que cualquier aparato.

Propusieron a Marina Murátova que acompañara a Guianeya.

— No es necesario — contestó —. Guianeya puede hablar con Víktor. Además de él hay tres participantes de la expedición que dominan el español. Mi presencia no está dictada por la necesidad. ¿Para qué una persona de más e innecesaria?

Murátov se enteró detalladamente, en la conversación que mantuvo con su hermana por radiófono, de los motivos que impulsaron a Guianeya a la idea de participar en el vuelo a la Luna.

— He hablado con ella de la parte moral de su acción — dijo Marina —. Me he esforzado en convencerla de que ella «ha traicionado» los planes de sus compatriotas debido a un sentimiento humanitario y noble impulso. Y por lo visto lo he conseguido. Me ha ayudado mucho cuando le he hablado de Riyagueya. Guianeya lo estima en alto grado y tiene en cuenta su opinión. No — contestó ella a la pregunta de Murátov —. Guianeya no ha intentado convencerme para que vuele con ella. Me dijo que necesita acostumbrarse a vivir sola, pues no va estar un siglo bajo mi tutela. Además, yo en realidad no quiero volar con vosotros, y estoy satisfecha de que Guianeya no haya intendado convencerme. Estoy cansada y quiero vivir unos cuantos días en completa tranquilidad.

Marina no mencionó ni una sola palabra sobre el descubrimiento que había hecho, no dijo nada de que el enigma del trato especial de Guianeya hacia Víktor había dejado de ser tal enigma. Por qué no descubrió este secreto a su hermano no estaba claro para ella, probablemente la detenía un sentimiento de delicadeza, el temor de apenar a Víktor, de estropear en algo sus relaciones amistosas con la huésped.

Si no fuera por el matiz verdoso de la piel, poco perceptible, disimulado ahora por el color tostado, si no fuera por la forma de los ojos, el verde brillante de las uñas, y del cabello, demasiado espeso, largo y que tiraba a color esmeralda, Guianeya podía pasar por una mujer terrestre a la que le sentaba muy bien el traje de cosmonauta de color castaño. Con su figura alta y flexible, la huésped tenía el aspecto de una bailarina.

— No le faltan más que las castañuelas — bromearon los participantes de la expedición al ver a Guianeya —. ¡Una verdadera española!

La atención de que era objeto Guianeya por los habitantes del globo terráqueo, se manifestó esta vez en la gran cantidad de personas que la quisieron despedir.

Murátov, que estaba al lado de Guianeya en el peldaño inferior de la escalera, le recordó que una muchedumbre mayor aún la había venido a recibir en este mismo campo hacía año y medio.

— Entonces no vi nada — contestó Guianeya —. Mis pensamientos estaban ocupados en otras cosas.

— ¿Qué esperaba usted entonces? — preguntó Murátov con la esperanza de descubrir uno de sus enigmas.

¡En vano!

— De todas formas esto no lo comprendería — repitió Guianeya las palabras de ayer.

Murátov guardó silencio.

«Tú misma, querida, no comprendes nada — hubiera querido decirle —. Pero con el tiempo llegarás a comprender.»

Se extendió por el cohetódromo el sonido alargado y bajo de una sirena, que era la señal de salida.

Guianeya abrazó cariñosamente a Marina. (Marina no pudo contenerse y llegó a la península Ibérica para despedirse de su amiga).

Guianeya nunca daba besos a nadie y se podía pensar que esta costumbre era desconocida en su mundo.

— Pronto nos veremos — dijo —. ¿Estará conmigo cuando regrese a la Tierra?

— Sin duda alguna — contestó Marina —. Estaré con usted hasta que me eche.

— Esto nunca tendrá lugar.

— Entonces envejeceremos juntas — dijo riéndose Marina.

— Esto tardará en venir.

¡Qué ganas tenía Marina de aprovechar el momento para preguntar a Guianeya su edad! Pero se contuvo.

Había que mantener hasta el fin la línea de conducta adoptada. Guianeya dirá todo cuando ella quiera. Esta táctica ya se había justificado, sin tener en cuenta la ingerencia de Víktor.

— ¡Feliz viaje y éxito completo!

— Para ustedes — contestó Guianeya — para las personas de la Tierra. Pero no para mí.

— Una vez más le digo que se equivoca. Guianeya no contestó.

Volvió a sonar la sirena.

Los acompañantes se sentaron en las máquinas, las cuales se apartaron a gran velocidad de la astronave. Los participantes de la expedición, uno tras otro, se metieron en la cámara de salida. Guianeya fue la última en entrar en la nave.

La puerta hermética se cerró.

A Murátov le llamó la atención la completa tranquilidad de Guianeya. Esto no podía tener lugar si ella no estuviera acostumbrada a los vuelos cósmicos.

— ¿Ha abandonado usted con frecuencia su planeta? — preguntó Murátov.

— ¿Mi planeta? — se hizo la pregunta Guianeya con un tono raro.

— Su patria.

— Sí, con mucha frecuencia. Para nosotros esto es corriente. — En su voz resonaba claramente una nota de ironía.

Pero a qué iba dirigida esta ironía, a la Tierra o a su patria, esto Murátov no lo podía afirmar. Era posible tanto lo uno como lo otro.

El poblado científico del cráter Tycho fue levantado en la pendiente norte de la cordillera, bajo la protección de los salientes de las rocas. Los edificios que se encontraban a cielo abierto, como por ejemplo el observatorio astronómico, estaban rodeados de campos magnéticos y antigravicionales. A pesar de todo, los meteoritos más grandes y rápidos atravesaban la capa protectora, y hubo caso en que causaron bastante daño al telescopio principal.

La vida en la Luna abrigaba peligros, pero las personáis estaban dispuestas a todo teniendo en cuenta el enorme beneficio que aportaba a la astronomía y al servicio de las radiaciones cósmicas la ausencia de atmósfera, lo cual era un azote para los observadores terrestres.

En la Luna se habían hecho muchos descubrimientos valiosos para la ciencia, y esto recompensaba a las personas el riesgo en que a cada momento ponían su vida.

En la Tierra se realizaban a ritmos intensivos las búsquedas de medios más seguros de defensa, y ya se veía próximo el día en que los «selenitas» se encontrarían en la Luna con la misma seguridad que en su casa.

Al encontrarse en el poblado era difícil creer que uno estaba en el interior de un cráter.

La parte contrapuesta del anillo montañoso se ocultaba tras el horizonte, ante los ojos había una llanura cortada por grietas y, llena de pequeños cráteres como si fuera una erupción. A lo lejos se perdían en el cielo negro, sembrado de estrellas, las altas pendientes escarpadas, casi blancas a los rayos del Sol y completamente negras en la oscuridad. Parecía como si sus cumbres se ocultaran en las nubes que, por supuesto, en la Luna no podían existir. Las montañas ocultaban el disco de la Tierra y, los habitantes del poblado para ver su planeta natal tenían necesidad de marchar lejos, hacia el sur.

Los edificios de vivienda, incrustados hasta la mitad en las rocas, estaban dotados de casi todas las comodidades de las casas de la Tierra, teniendo incluso radiófonos, pantallas de televisión y piscinas para nadar. Estas producían la mayor satisfacción a los habitantes de la Luna. Solamente nadando las personas podían dejar de sentir la disminución en seis veces del peso de su cuerpo y recobrar la sensación habitual, normal de su cuerpo.

Los trabajadores del observatorio y de la estación científica podían ver las transmisiones terrestres, escuchar la radio y hablar con cualquier persona de la Tierra con un retardo en total de uno o dos segundos que, claro está, era completamente imperceptible y no causaba ninguna incomodidad.

Las antenas de televisión y de radio fueron instaladas en las cumbres de las montañas, «veían» bien la Tierra y estaban unidas al poblado por un cable de cinco kilómetros. Los meteoritos ni una sola vez dañaron a las antenas, ni a los cables.

De esta forma todo lo que tenía lugar en la Tierra se conocía inmediatamente en la Luna. Las personas no se sentían separadas del planeta natal y muchos vivían aquí varios años.

Véresov alunizó su nave junto a los edificios, sin temor a causarles daño. La inexistencia de atmósfera desempeñaba en este caso un papel positivo. Incluso no se oía el estrépito de los motores de freno.

Las veinte personas, participantes de la Séptima expedición, vestidas con escafandras lunares, recorrieron una corta distancia y se refugiaron en una casa donde les acogieron con alegría los «selenitas», que esperaban su llegada, y a los que siempre producían alegría los huéspedes.

— Por fin usted mismo toma parte en la expedición — dijo a Stone el profesor Tókarev, dirigente de la estación científica del cráter —. Ya es hora de terminar con este enigma.

— Precisamente para esto hemos venido tan pronto — contestó Stone.

A Gudaneya la acogieron con alegría y sin muestra de curiosidad, lo mismo que a los demás, aunque nadie del personal actual de la estación la había visto, como no fuera en las pantallas o en fotografías.

Aquí ya sabían todo, incluso aquello que era conocido en la Tierra hoy por la mañana.

El vuelo de la Tierra a la Luna duraba un poco más de cinco horas.

— Mañana por la mañana, por supuesto, según tiempo de la Tierra, nos pondremos a trabajar — dijo Stone —. No se puede perder ni un minuto.

— Nosotros mismos vivimos según la hora terrestre — sonrió Tókarev.

— ¿Tienen ustedes todo preparado?

— ¿Se refiere usted a los todoterreno? Siempre están preparados. Junto con los que dejó la Sexta expedición, tiene usted ocho máquinas y cuatro cohetes lunares a su disposición.

— Tantas no nos hacen falta. Y es poco probable que tengamos necesidad de los cohetes.

Tókarev movió la cabeza.

— Sí — dijo —, lo sé. Usted tiene confianza en… — y con un movimiento imperceptible de la mano indicó a Guianeya.

— Precisamente en ella — dijo Murátov. Guianeya estaba en la ventana. Parecía que le interesaba el paisaje lunar, iluminado por los rayos del Sol que estaba muy alto. Según el meridiano de la estación era mediodía.

Se volvió precisamente en el momento en que hablaban de ella, con la mirada encontró a Murátov y le llamó con una seña.

En el acto se acercó a ella.

— ¿Se puede ver la Tierra desde aquí? — preguntó Guianeya.

— No, nunca.

— ¿Este lugar está lejos del Polo Sur?

— No muy lejos. Se encuentra en el borde del disco lunar que se ve desde la Tierra. Es el cráter Tycho.

— Yo no sé los nombres — contestó con impaciencia Guianeya —. A mí me interesa otra cosa. ¿Aquí, en este lugar, coincide la trayectoria que usted ha calculado?

— Sí, aquí — contestó asombrado Murátov, que no esperaba estas preguntas de Guianeya, manifestando magnífico conocimiento de la lengua española.

— ¿Este lugar siempre se ve desde la Tierra?

— Siempre. La Luna ofrece siempre a la Tierra un mismo lado.

Estaba agitado y empezaba a sospechar a que conducían todas estas preguntas.

¿Sería posible?

Se acercaron a ellos los participantes de la expedición que sabían español y dos miembros del personal de la estación. Todos esperaban conteniendo la respiración lo que dijera Guianeya.

Parecía que ella no había notado nada dirigiéndose sólo a Murátov.

— Entonces… — Guianeya se quedó pensativa un momento como si quisiera recordar algo —. Hubo una conversación que yo esuché. Riyagueya — («Otra vez este nombre», pensó Murátov) — dijo, que los satélites — pronunció esta palabra con un tono irónico — se encuentran en un lugar desde el que nunca se ve la Tierra. Añadió que están ubicados al pie de la cordillera montañosa que se encuentra no lejos del Polo Sur. Todo lo que yo veo — hizo un leve movimiento con la mano — es parecido a lo descrito por él. ¿Pero se halla aquí lo que vosotros queréis encontrar?

— ¿Dijo que la base se hallaba en el interior de un anillo montañoso? — preguntó Murátov.

— No he comprendido la palabra que usted ha dicho.

— ¿Base?

— El lugar donde ahora se encuentran los satélites.

— Creo que algo parecido. Sin duda alguna algo parecido. ¿De dónde iba yo a saber que en la Luna hay montañas circulares? Y esto lo he sabido.

— ¿Recuerda usted bien, que Riyagueya dijo precisamente así: «En el lugar de donde no se ve la Tierra»?

— Sí, lo recuerdo perfectamente.

— ¡Gracias, Guianeya! Otra vez nos presta un enorme servicio.

Guianeya hizo un gesto con el hombro.

— Hago lo que ya hice. Nada nuevo.

Y volviéndose, mostró a todos con su gesto que no tenía la intención de seguir hablando.

Pero había dicho mucho y extraordinariamente importante para las ulteriores acciones.

8

Stone convocó a todos a una reunión extraordinaria.

Si Guianeya había acertado, y parecía que esto era así, entonces la base del mundo extraño, que se había buscado a cientos de kilómetros alrededor del centro del cráter, podía encontrarse cerca de la estación, en un lugar a la vista de las personas y donde nunca se hubiera pensado buscarla.

Según había dicho Guianeya a la base no podía acercarse. Si se encontraba al lado del poblado, entonces ya centenares de veces las personas podrían haberse aproximado a ella. Lo que occurriría en este caso era desconocido pero probablemente nada bueno.

— Casualidad feliz — dijo Tókarev.

Murátov estaba sentado, enfrascado en sus pensamientos, y casi no oía el desarrollo de los debates. La vaga sospecha que le había provocado el aumento vertiginoso de la franqueza de Guianeya, se había convertido gradualmente casi en seguridad.

Hizo uso de la palabra en un momento de pausa y dijo:

— Mucho testimonia que los compatriotas de Guianeya han estado en la Tierra y en la Luna hace bastante tiempo. Evidentemente, entonces fue construida la base para los satélites y lanzados ellos mismos. No puede caber la menor duda de que esto fue hecho con malas intenciones. Pero los creadores del plan se equivocaron a todas luces. El ritmo del desarrollo de la humanidad de la Tierra, de su ciencia y técnica superó sus suposiciones. Pensaron que la Luna seguiría inaccesible para nosotros cuando por segunda vez estuvieran en la Tierra. Tampoco hay la menor duda de que la nave cósmica que se destruyó en las proximidades de Hermes, se dirigía precisamente a la Luna. Esta era la segunda visita al Sistema solar. ¿Para qué volaron? ¿Qué es lo que querrían hacer si no hubieran muerto? Esto es muy importante saberlo y Guianeya lo sabe. Claro está que es una casualidad que las personas no se hayan encontrado con la base invisible, pero en esto no está lo más importante. A mí me extraña la exigencia de Guianeya de destruir la base, ella aconseja esto pero de por sí es una exigencia. ¿En realidad es tan peligroso acercarse a la base? ¿O es posible que Guianeya sencillamente quiera impedirnos que conozcamos las instalaciones de la base, enterarnos del objetivo de sus amos? ¿Es posible que sea una maniobra la tan precipitada e inesperada franqueza de Guianeya? Ella ha comprendido que las personas de la Tierra tarde o temprano encontrarán lo que quieren, y ha decidido embrollar, desbaratar nuestros proyectos. Esto lo explica claramente su interés por la Sexta expedición, toda su conducta de los últimos tiempos. Esto lo valoramos positivamente por lo que se refiere a nosotros, pero puede resultar otra cosa. Su deseo de participar en la expedición puede ser la causa de querer convencerse personalmente de que la base ha dejado de existir y de que su secreto ha quedado desconocido para nosotros.

— ¿Usted inculpa a Guianeya de deslealtad? — preguntó Stone.

Murátov como impulsado por un resorte saltó del sillón.

— Y no la acuso de nada. Desde su punto de vista ella puede tener plena razón. Dentro de mí todo protesta contra mis propias palabras. Yo sólo he expuesto una de las versiones posibles. Y sólo esto.

— Vale la pena pensar en esto — dijo Tókarev —. Es muy seductor conocer las instalaciones de la base y los satélitesexploradores. Pero menospreciar las palabras de Guianeya sería una imprudencia.

— Está completamente claro — dijo Stone —. Vamos a pensar si podríamos comprobar por medio de los robots el grado de peligro que representa esta base.

La reunión tomó un carácter de tipo estrictamente especial y Murátov salió de la habitación.

Vio a Guianeya en la sala general. Estaba en la misma ventana y con la misma pose.

Se acercó lentamente a ella remordiéndole la conciencia, arrepentido ya de la sospecha que lo incitó contra ella. Pero hizo bien en decirlo, si había acudido a su mente tal pensamiento: no se puede despreciar nada en este asunto…

Guianeya no se volvió. Parecía que no se había dado cuenta de que se acercaba a ella. Pero cuando se detuvo detrás, ella dijo:

— Mire, Víktor. Ya hace tiempo que observo y no puedo comprender nada. La sombra no se mueve. Se puede pensar que la Luna no gira.

— No, Guianeya, gira — contestó Murátov, pensando: ¿es que Guianeya le ha conocido por los pasos? — , la Luna gira, como todos los cuerpos estelares, sólo que muy lentamente. Da una vuelta en veintiocho días terrestres. Por esto es muy difícil notar el movimiento de la sombra.

— ¿Para qué hace falta esto?

— ¿Qué hace falta? ¿Observar el movimiento de la sombra?

— Yo hablo de otra cosa. ¿Para qué le hace a usted falta que la Luna gire tan lentamente? ¿O esto favorece la realización aquí de trabajos científicos?

— La velocidad de la rotación de la Luna no depende de nosotros.

Guianeya le lanzó una corta mirada. Pero él no vio en ella la esperada ironía. Por lo visto su contestación le había causado gran asombro.

— ¡Mire! — Guianeya de nuevo alargó la mano hacia la ventana —. Cuan fuertemente se calientan las rocas iluminadas y qué frías las que están en la sombra. ¿Acaso esto es conveniente para usted?

«¡Está claro! — pensó Murátov —. Ella ve las radiaciones térmicas. La temperatura de los cuerpos es para ella tan clara como para nosotros la luz. ¡La ve!»

En los últimos días continuamente estaba nervioso en las conversaciones con Guianeya. Y ahora le pasaba lo mismo. ¡Ver la temperatura! ¡Qué podía haber más raro y fantástico! Es decir, al mirarle, por ejemplo a él, Guianeya veía no sólo sus facciones y el color de la piel, sino también los grados que tenía su cuerpo. ¿Cómo le vería a él?

— ¿Acaso esto es conveniente? — repitió Guianeya.

«Pero nosotros tampoco vemos a Guianeya tal como la ven sus compatriotas, y ella misma en el espejo. La temperatura para ellos es un síntoma visual exterior de los objetos, como la forma o la luz. Desde su punto de vista ésta es una cosa normal y natural. Nuestra concepción del mundo, en el espectro reducido, deberá parecer a Guianeya incomprensible y rara, lo mismo que para mí es incomprensible y rara su concepción de lo que la rodea», pensó Murátov.

Guianeya tocó suavemente su mano.

— ¿En qué piensa usted tanto? — preguntó sonriéndose.

«¿Decirlo? No, mejor no decir nada.»

— Pienso en sus palabras — contestó —. Sí, está claro, que el calentamiento desigual del suelo lunar no es muy conveniente, ¿pero qué se puede hacer?

— Acelerar la rotación de la Luna.

— ¿Piensa usted que esto es sencillo?

— ¿Por qué no? — contestó con otra pregunta Guianeya.

— Por desgracia no es así. Acelerar o retardar el movimiento de un cuerpo celeste, variar su rotación alrededor del eje, todo esto lo podemos hacer con un cuerpo celeste no muy grande, pero no con uno como la Luna. Esta es una tarea de la técnica futura. ¿Es que entre ustedes — preguntó no teniendo esperanzas de que Guianeya contestara — esto es posible?

— Me parece que sí — Guianeya contestó esto con tono inseguro —. Yo he leído, que en nuestra patria la «luna» también giraba lentamente, pero cuando llegó la necesidad se aceleró su rotación.

— ¿Ustedes tienen una «luna» o varias?

La respuesta fue muy inesperada, muy rara y trajo consigo otro enigma.

— No lo sé — dijo Guianeya —. Mejor dicho, no recuerdo lo que se decía en el libro que leí.

A Murátov, según dijo más tarde, le produjo tal impresión como si de repente hubiera recibido un mazazo en la cabeza. Debido al asombro estuvo algunos segundos sin poder articular palabra.

¡Vaya una novedad! Guianeya conoce su patria sólo por los libros. ¡Incluso no recuerda cuántas «lunas» hay en el cielo de su planeta!

«¿Qué, ha nacido entonces en una nave cósmica? — pensó Murátov —. ¿Esto significa que su patria está extraordinariamente lejos, tan lejos, que una persona puede nacer y crecer durante el camino? Pero esto de ninguna manera concuerda con nuestra suposición de que ellos nos visitaron.por segunda vez en el transcurso de cuatrocientos o quinientos años después de la primera visita. Una incursión de este tipo no puede realizarse con tanta frecuencia.»

— Por lo visto Riyagueya se equivocó en esto — dijo Guianeya tan bajo que Murátov comprendió que no le hablaba a él sino para sí —. El estaba convencido de que las personas de la Tierra habían conseguido mucho más — dijo en voz alta.

— ¿Quién es él? — Murátov por fin adquirió el don de la palabra. Decidió fingir que no había escuchado el comienzo de la frase dirigida a sí misma.

— Riyagueya.

— ¿Está usted desilusionada?

— No, en nada. Este era su criterio y no el mío. Yo esperaba menos de lo que he visto.

— Entonces, Riyagueya tenía un criterio más elevado de nosotros que usted.

— Sí, así era.

— ¿Tiene usted fundamentos para pensar que Riyagueya haya cambiado su criterio?

— No se puede cambiar de criterio sin haber visto el objeto — contestó Guianeya —. «Así era», porque Riyagueya ya no existe.

— ¿Ha muerto? Guianeya se estremeció.

— Me he olvidado — dijo ella — que usted no sabe esto. Y es mejor que no lo sepa.

Una suposición fulguró en el cerebro de Murátov.

— ¿Riyagueya se encontraba en la nave destruida?

Guianeya calló.

Murátov vio como dos lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas. Le conmovió la expresión de su rostro, donde se reflejaba una pena grande y sincera.

Comprendió que había acertado. Riyagueya murió en la nave de la que Guianeya había descendido en el asteroide. Y fue una persona a la que Guianeya no sólo respetaba, según había dicho Marina, sino también amaba.

«Obró de otra forma», recordó Murátov las palabras de Guianeya que le tradujo Marina.

La vaga hipótesis de que pudiera existir alguna ligazón entre la actitud de Riyagueya hacia las personas de la Tierra y la destrucción de la nave le hizo estremecerse.

Era horroroso pensar que la enorme nave cósmica no se hubiera destruido casual sino intencionadamente. Precisamente después de que Guianeya fue desembarcada de ella.

¿Pero la otra mujer, la que fue madre de Guianeya, por qué se había quedado en la nave condenada?

Tomó con cuidado la mano de Guianeya. Ella no ofreció resistencia.

— ¿Dígame — su voz se entrecortaba de emoción — nació usted en esta nave?

Guianeya con asombro elevó sus ojos hacia él.

— ¿De dónde saca usted tan rara suposición? Si yo hubiera nacido durante el vuelo mi madre se encontraría ahora aquí, conmigo.

¡Estaba todo claro! Con estas palabras Guianeya confirmó su hipótesis. ¡La nave había sido destruida intencionadamente! Y, seguramente lo había hecho el mismo Riyagueya.

Se empezaba a aclarar el secreto de la aparición de Guianeya en Hermes.

— ¿Era usted la única mujer en la nave? — le preguntó Murátov, deseando convencerse definitivamente.

— ¿Qué importancia tiene esto para usted? — respondió Guianeya, retirando su mano que él todavía mantenía con la suya —. Sí, la única.

Murátov recordó de pronto otras palabras de Guianeya. Una vez ella dijo que había realizado el vuelo a la Tierra casi en contra de su voluntad. Por lo tanto no podía haber nacido en la nave como había pensado antes. Esta era una conjetura completamente errónea. Pero tampoco se llevan niños pequeños al cosmos. Entonces, ¿por qué no recuerda su patria?

¡Otra vez un enigma, todavía más incomprensible y enmarañado!

Allá, en Hermes, en el abismo negro del cosmos, tuvo lugar una tragedia. ¡Tragedia relacionada con el destino de las personas de la Tierra!

Una cosa está clara: Riyagueya destruyó la nave y la destruyó para impedir que se llevaran a cabo los planes orientados contra la Tierra. Obligó a Guianeya a abandonar la nave, la quería salvar porque era mujer, y a la que posiblemente amaba. «Yo estoy entre ustedes, en la Tierra, completamente en contra de mi voluntad», dijo ella una vez.

¡Esto ha tenido que ocurrir precisamente así!

Y sin pensar sus palabras, dejándose dominar sólo por el sentimiento, Murátov dijo:

— ¡Ha sido bella la muerte de Riyagueya!

Guianeya le miró algunos segundos con los ojos desorbitados en los que se reflejaba una completa turbación. Después se volvió bruscamente y salió corriendo de la sala.

Stone y Tókarev consideraron muy importante lo que les relató Murátov.

— La situación se aclara — dijo Stone —. Cada vez es más evidente la necesidad de destruir los satélites y su base lo antes posible. Por lo que se ve — dirigiéndose a Murátov — no es cierta su suposición de que Guianeya nos engañaba en algo. Al revés, es sincera. Contra nosotros se había planeado algo pérfido, y Guianeya, en realidad, nos quiere salvar.

— ¿De dónde deduce usted esto? — preguntó Tókarev.

— De lo que nos ha contado Murátov. Me parece que es cierta su suposición de que la catástrofe ha sido intencionada. Claro está, que es difícil decir lo que precisamente pasó en la astronave, pero con muchas probabilidades podemos considerar que fue destruido no por casualidad.

— ¿Usted supone que entre los compatriotas de Guianeya surgieron divergencias?

— Tenían que surgir. Yo me represento toda esta historia de la siguiente forma. Hace mucho tiempo, según nuestros cálculos, algunos siglos, fue compuesto un plan orientado contra la Tierra y sus habitantes. Lo que se pensó hacer no es tan importante. Está claro que ellos se equivocaron en sus planes: a nosotros no nos asusta ninguna amenaza y podemos salvar cualquier peligro. Pero no se trata de esto. El asunto es que la distancia entre la Tierra y su planeta es muy grande, y transcurre mucho tiempo de un vuelo a otro.

La sociedad de seres racionales, exista donde sea, no puede estancarse, se desarrolla, progresa. Esta es una ley de la vida. Lo que fue pensado, por lo visto poco humano, les pareció a algunos, a las personas más progresistas de su mundo, algo inconcebiblemente feroz. De las palabras de Guianeya se deduce que un tal Riyagueya, hombre progresivo, comprendió perfectamente que la humanidad de la Tierra había avanzado mucho, que ya no era la misma de los tiempos de su primer vuelo. Recordemos las palabras de Guianeya: «Las personas de la Tierra no se merecen la suerte que ellos les preparaban».

Por lo visto, la misma, Guianeya pensaba antes de otra forma, pero en ella ejerció una gran influencia el criterio de Riyagueya, a juzgar por todo, amigo de la humanidad de la Tierra. Representémonos este cuadro. Hacia la Tierra vuela una nave con la tarea de llevar a cabo el plan pensado hace mucho, de convertirlo en realidad. Entre los miembros de la tripulación se encuentra Riyagueya. Está de todo corazón en contra de las intenciones de sus acompañantes. Considera que es necesario obstaculizarlas cueste lo que cueste. El comprendía que cuando realizaran el siguiente vuelo nosotros seríamos todavía más poderosos. Si era un hombre de sentimientos humanitarios no le quedaba otra solución que hacer lo que hizo. He aquí que Guianeya, la única mujer en la nave, fue desembarcada en el asteroide habitado que por casualidad salía al encuentro, y después la nave fue destruida. Precisamente todo lo que ha ocurrido con Guianeya, nos representa de la mejor forma la figura de Riyagueya. Cualquiera de nosotros hubiera hecho en su lugar lo mismo.

— Bueno — dijo Tókarev después de un corto silencio — esta versión tiene todos los síntomas de verosimilitud, y guarda completa concordancia con las circunstancias de la aparición de Guianeya y su conducta ulterior. Pero se puede pensar también otras versiones.

— ¡Sin duda alguna! Sólo la misma Guianeya puede descubrirnos la verdad. Una cosa está clara: los satélites y la base son peligrosos. Y es necesario destruirlos, aunque tengamos toda la seguridad de que podemos liquidar cualquier peligro. No debemos tardar en ello.

— ¿Entonces usted considera que no es necesario comprobar previamente si existe o no este peligro?

— ¿Por qué no? lo comprobaremos. Todo puede suceder.

9

Murátov comprendió muy pronto que «había caído en desgracia». Guianeya no se volvió a dirigir más a él, no sólo evitaba su presencia, sino que sencillamente hacía que no le veía. Si necesitaba algo lo preguntaba al ingeniero de la expedición, Raúl García, y cuando Murátov le hacía alguna pregunta le volvía la espalda.

Se rompía la cabeza para averiguar cuál era la causa de este cambio brusco e inesperado. Creía que nada había dicho que pudiera molestar u ofender a Guianeya.

¿Era posible que le disgustara su perspicacia para averiguar lo que ella no quería decir? Pero ella misma había dicho mucho, y su hipótesis, si era cierta, había sido provocada por sus propias palabras.

Guianeya no conversó con nadie, se mantuvo aparte y salió de su habitación sólo para comer y después para cenar. Su conducta produjo una impresión desagradable entre el personal de la estación.

— ¿Piensan ustedes estar mucho tiempo aquí? — preguntó ante todos, durante la cena, a García.

— Hasta que encontremos la base — contestó el ingeniero.

— Entonces hay que hallarla lo antes posible — manifestó sin ceremonias Guianeya —. Quiero volver a la Tierra.

— En parte esto depende de usted.

No hizo más que sonreírse despectivamente y no dijo nada más.

A la mañana siguiente, sabiendo que Stone tenía prisa, Guianeya retrasó la salida, nadando más de una hora en la piscina. No tenía traje de baño y aunque ella no concedía a esto ninguna importancia, nadie se atrevió a entrar en la piscina para darle prisa. En la estación no había ni una sola mujer.

Sólo a las ocho (los relojes de la estación marchaban según el meridiano de París), cuatro vehículos bien protegidos contra los meteoritos, salieron del garaje excavado en la roca. Comenzaba la primera expedición de búsqueda.

Los enormes todoterreno metálicos se calentaron rápidamente por los rayos solares y fue necesario conectar la instalación refrigeradora. Ese día fue decidido explorar el pie de la cordillera montañosa del cráter Tycho de la parte occidental de la estación.

Guianeya se encontraba en la máquina de Stone. Allí estaban también Tókarev, García, Veresov y Murátov.

Víktor pidió que le dejaran ir con Sinitsin, en el segundo todoterreno, pero Stone no accedió a ello.

— No preste atención a los caprichos de Guianeya — le dijo —. Usted me hace falta.

Murátov comprendió que el jefe de la expedición, de una forma sencilla y muy delicadamente, le manifestó que no consideraba necesario instalarlo en otras máquinas, debido a que había poco sitio y sería inútil la presencia de una persona ajena. La máquina de Stone era como el estado mayor de la expedición. Las tres restantes llevaban todas las instalaciones y, si hallaban la base, éstas eran las que tendrían que entrar en funciones. A Murátov se le consideraba como un huésped.

En caso de necesidad se podría avisar por radio a cuatro máquinas más, que habían quedado en la estación completamente preparadas.

Nadie esperaba encontrar la base precisamente hoy, en el primer día. Estaban todavía muy recientes en la memoria los años de búsquedas infructuosas.

Guianeya no prestaba la menor atención a Murátov y de vez en cuando se dirigía a García. Estaba pensativa y parecía distraída.

En las pantallas circulares panorámicas (en los todoterreno no había ventanas), que daban la impresión de aberturas transparentes, se podía ver de una forma completamente real todos los pormenores de los lugares circundantes.

Ante el sillón de Stone se encontraba la gran pantalla infrarroja. La luz corriente, visible, no se reflejaba en ella, y los paisajes lunares parecían una combinación fantástica de manchas blanquinegras, que sólo las podía descifrar un ojo experimentado.

Stone no tenía excesiva confianza en esta pantalla. Eran mayores sus esperanzas en la visión infrarroja, «viva», de Guianeya. Momentos antes de la salida le preguntó por intermedio de García ¿si estaba segura de que podría ver la base?

— Por lo que yo sé — fue la respuesta — está situada a cielo abierto. ¿Por qué no podré verla? No podría solamente que se encuentre a una distancia considerable.

Hablaba en un tono de indiferencia, pero Stone tenía fe en sus palabras. Además, recordaba que Guianeya ve bien a una distancia a la que sólo el hombre de la Tierra puede ver con prismáticos.

Estaba sentada al lado de Stone y con aire aburrido examinaba las rocas. Los dos miraban hacia adelante. Un lugar más adelante ocupaba García que examinaba la parte septentrional. La oriental fue encargada a Véresov y la meridional a Tókarev y Murátov.

Solamente Guianeya podía ver a simple vista la base, pero nadie se esforzaba por verla inmediatamente. Buscaron los lugares favorables para la base, aquellos en que ellos mismos la hubieran instalado si estuvieran en lugar de los compatriotas de Guianeya.

Consideraron lo más probable que si la base se encontraba aquí, estaría ubicada al pie de las rocas, en la parte norte.

Las máquinas marchaban lentamente a una velocidad de quince a veinte kilómetros por hora.

El interior de los todoterreno era espacioso, estaba fresco e incluso había comodidad.

La fuerza de gravedad, seis veces menor que la de la Tierra, creaba la impresión de ligereza de movimientos, de que una fuerza extraordinaria llenara todos los músculos del cuerpo.

A Murátov le gustaba esta sensación. El sillón en que estaba sentado, no muy blando al tacto, parecía como si fuera de pluma. Ningún almohadón de la Tierra podía ser tan blando, ya que su cuerpo pasaba aquí seis veces menos que en su planeta.

Miraba atentamente la llanura inundada por la luz solar, lo que no le quitaba el aspecto tenebroso. La llanura parecía cavada por un arado gigantesco. Comprendía que a él y a Tókarev les habían encargado precisamente esta parte porque aquí había menos probabilidades de encontrar la base. Los dos eran los observadores menos experimentados, y por esto era poco probable que vieran un lugar conveniente.

Era una pena que no se viera la Tierra en el cielo negro, sembrado espesamente de estrellas. Stone iba muy pegado a las montañas. Murátov tenía grandes deseos de contemplar el aspecto del planeta natal. Lo había visto desde la astronave, pero durante poco tiempo, y no se había saciado de esta visión insólita.

Después de hora y media de tensa atención, ésta se debilitó un poco y Murátov empezó a pensar en otras cosas. Sus pensamientos volvieron otra vez hacia Guianeya y las causas de su cólera.

Para él estaba claro que no había ninguna causa.

«Puede ser, pensó, que me equivoque, y que Guianeya no se haya enfadado conmigo, sino que tema que le haga más preguntas, y huya de mí sólo porque no quiere contestarme».

Esta idea era agradable para él, ya que la hostilidad inesperada de Guianeya apenaba a Murátov.

¿Con qué y cómo corregir la situación?…

Transcurrió una hora más. Los todoterreno se encontraban ya a más de cincuenta kilómetros de la estación. Poco a poco empezó a dominar el aburrimiento a todos los miembros de la expedición.

Stone se percató de esto.

Mandó detener a su todoterreno y tras él las otras máquinas.

— Propongo que desayunemos — dijo alegremente Stone —. Descansemos y después iremos más adelante.

— ¿A qué distancia piensa usted alejarse hoy? — preguntó Tókarev.

— No más de setenta kilómetros. Si creemos en lo que ha dicho Guianeya, es inútil buscar más adelante, ya que entonces se verá perfectamente la Tierra. Guianeya ha dicho que la base está ubicada en un lugar desde el que no se ve la Tierra. Es posible que podamos hoy mirar también la parte oriental.

— Esto será agotador.

— No es gran cosa. No podemos demorarnos Veo, que ustedes, habitantes de la Luna, se han apoltronado aquí — dijo en broma Stone —. Les obligaremos a trabajar a lo terrestre.

— Como si en la Tierra se trabajaran los días enteros — replicó Tókarev.

— Si es necesario, sí — contestó serio Stone.

Todos se negaron a desayunar, y después de unos diez minutos de parada las máquinas marcharon otra vez hacia adelante.

— Camaradas — dijo Stone dirigiendo sus palabras no sólo al equipo de su máquina sino también a todos los restantes —. Miren atentamente. Aquí no volveremos por segunda vez.

— ¡Miramos!.. ¡Miramos!.. — se oyó como respuestas —. Miramos, pero no vemos nada —. Murátov reconoció la voz de Sinitsin.

— La veremos, pueden estar seguros — contestó Stone —. Si no hoy, mañana.

Lo más difícil de todo era luchar contra la somnífera uniformidad del paisaje lunar.

Parecía que los todoterreno se encontraban todavía cerca de la estación. No se podía observar ningún cambio en el paisaje, sobre todo en aquella parte adonde miraban Murátov y Tókarev. Todo era exactamente lo mismo que antes.

— Planeta asombrosamente aburrido — dijo Tókarev.

— ¿Hace mucho tiempo que está aquí? — preguntó Murátov.

— Casi un año.

— ¿Y ni una vez ha vuelto a la Tierra?

— No tuve tiempo — contestó Tókarev —. Hoy por segunda vez he salido de la estación.

Tenemos un trabajo muy interesante y necesario — añadió queriendo aclarar.

«Por todas partes lo mismo — pensó Murátov —. Todos se dedican a su causa y se olvidan de sí mismo. ¡A pesar de todo es interesante vivir en el mundo!»

Y de repente oyó como Guianeya preguntó a García:

— Dígame: ¿cómo consideran ustedes en la Tierra a la muerte?

— Creo que lo mismo que en cualquier otro mundo poblado — contestó el ingeniero, asombrado de una pregunta tan inesperada.

— Esta no es una contestación. — Murátov oyó que la voz de Guianeya resonaba irritada —. ¿No me podría usted contestar más exactamente?

García calló durante un rato pensando en qué decir. Murátov decidió que se había presentado un momento oportuno para hablar de nuevo con Guianeya.

— La muerte — dijo sin volverse — es un hecho triste. Pero por desgracia inevitable y obligatorio. Las personas son mortales y no hay nada que hacer. Cuando muere una persona allegada, es una gran pena para todos aquellos que la conocían. Pero es una pena para todos cuando muere una persona que es necesaria a la humanidad. Y cuando uno mismo muere, siente lo poco que ha podido hacer. Consideramos la muerte como un mal inevitable, y esperamos vencerla en el futuro.

No sabía si Guianeya le quería escuchar o no. Pero le escuchó y no le interrumpió, y esto era suficiente.

Resultó que hizo una conclusión apresurada.

— Espero la contestación — dijo Guianeya.

— ¿Es que usted no ha oído lo que ha dicho Murátov? — preguntó García.

— Yo le pregunto a usted.

— Comparto completamente lo dicho por Murátov.

Murátov casi no pudo contenerse para soltar la carcajada. Era una salida completamente infantil. A pesar de todo, ¡qué inocente es Guianeya!

¡Se ve que, en realidad, es joven, muy joven!

Con interés esperó lo que ella fuera a preguntar. Si ella calla, esto significa que su pregunta fue completamente casual, y Murátov no pensaba así.

Pasados unos minutos de silencio Guianeya de nuevo se dirigió a García.

— ¿Justifican ustedes en la Tierra el suicidio o el asesinato? — preguntó Guianeya.

— Estas son dos cosas completamente diferentes — contestó Raúl — y no se pueden juntar en una pregunta. Es imposible justificar el asesinato. Es el delito más grave y repugnante que se puede uno imaginar. En lo que se refiere al suicidio, esto depende de sus causas. Pero, como regla, consideramos el suicidio como un acto de falta de voluntad o de cobardía.

— ¿Es decir, entre ustedes tampoco se puede calificar este acto de «bello»?

«¡Vaya lo que es! — pensó Murátov —. La ha ofendido que yo haya calificado de «bella»

la muerte de Riyagueya. Pero debió comprender cuál era el sentido que yo daba a esta palabra».

— Cierto — contestó García. El suicidio de ninguna manera es una cosa «bella».

— Hace poco he escuchado otra cosa — dijo Guianeya.

— ¿De quién?

Murátov estaba sentado de espaldas a Guianeya y no vio si le señalaba o no. No siguió ninguna contestación.

En esto se manifestaba una diferencia entre los puntos de vista de las personas de la Tierra y de los compatriotas de Guianeya. Por lo visto, en su patria, la muerte voluntaria por cualquier causa era o se consideraba tan mal que al escuchar Guianeya las palabras de Murátov le tuvo por un «engendro moral» y no quería tener relaciones con un «intelecto tan bajo».

Le faltó poco para reírse. Sin embargo, esta conversación le causó una gran satisfacción. Demostraba que Guianeya pensaba todo el tiempo en la discusión que habían tenido y que su altercado le era tan desagradable a ella como a Murátov.

Pero había otra cosa mucho más importante. La pregunta de Guianeya confirmaba definitivamente que Riyagueya destruyó la nave. Se suicidó y mató a sus acompañantes.

No por casualidad, según supuso García, Guianeya hizo las dos preguntas en una.

«Es necesario justificarme ante ella — pensó Murátov —. Es necesario aclararle mis palabras si ella misma no las puede comprender».

Y Murátov dijo:

— El suicidio jamás puede ser bello. ¡Jamás! A exclusión de un caso único, cuando se realiza en beneficio de los demás. Pero en este caso no se puede hablar de suicidio hay que hablar de autosacrificio. Estas son dos cosas diferentes. Sacrificarse para salvar a otros, ¡esto, sí es bello!

Se volvió para ver cómo reaccionaba Guianeya a sus palabras, cuál era la impresión que le producían.

Miraba en la pantalla panorámica hacia adelante. Parecía como si no hubiera oído nada. Pero Murátov estaba convencido de que Guianeya no sólo había escuchado sus palabras sino que también las pensaba.

Y no se equivocó. Pasado un rato Guianeya dijo:

— Bien, estoy de acuerdo. ¿Pero qué derecho tiene a sacrificar a los demás?

A Murátov le surgió la idea de que las lágrimas, que entonces vio en la cara de Guianeya, fueran debidas no a la muerte de Riyagueya sino a la de otra persona.

Entonces era comprensible la impresión tan dolorosa que produjo en ella la palabra «bello».

— ¿De qué hablan ustedes? — preguntó Tókarev.

En el todoterreno de Stone sólo Murátov y, claro está, García dominaban el idioma español. Los demás no comprendían ni una palabra.

— ¡Espere! — dijo Murátov —. Después se lo diré. Tengo que contestarle. — Continuó hablando en español —. Todo depende, Guianeya, de las circunstancias. Hay casos, cuando una persona convencida de la justeza de su causa, se ve obligada a sacrificarse no sólo a sí misma, sino también sacrificar a otros, considerando que no hay otra salida.

El objetivo que se plantea, justifica sus acciones ante sus ojos. No conocemos las causas que obligaron a Riyagueya a obrar tal como obró. Pero usted sí las sabe. Y si usted no comparte las ideas de él, puede contestarse objetivamente a la pregunta, si él tenía razón.

Yo he calificado la muerte de Riyagueya de bella, porque he comprendido por sus palabras que él lo hizo, sacrificándose por nosotros, por las personas de la Tierra. Desde nuestro punto de vista ésta es una acción bella.

Guianeya volvió la cabeza hacia él y en su boca asomó una sonrisa un poco velada.

— Perdóneme, Víktor. Entonces no le comprendí y le juzgué mal.

— Yo no me he ofendido — contestó Murátov —. Porque la he comprendido. Nosotros, es decir, su humanidad y la nuestra, tenemos raciocinio. Y los seres racionales siempre se pueden comprender mutuamente cuando hay buena voluntad para ello. Aunque algunas veces esto no sea fácil.

— Sí, algunas veces esto es más difícil de lo que parece — dijo suspirando Guianeya, volviéndose de nuevo hacia la pantalla.

«Por fin todo se aclaró — pensó Murátov —. Marina estaba en lo cierto al decir que Guianeya tiene buen carácter».

10

Una hora más llevaban marchando los todoterreno por la dirección anterior. Había cambiado el aspecto de la cordillera. Las laderas escarpadas y cortadas a pico habían sido sustituidas por pendientes suaves. Cada vez se encontraban con más frecuencia rocas aisladas y montones de enormes piedras que habían rodado de las montañas.

Cada vez era más difícil avanzar. Las máquinas se inclinaban demasiado y con frecuencia había que rodear los obstáculos.

Como antes no se encontraba ni un sólo lugar apto para instalar la base invisible. El correspondiente fracaso era ya una cosa clara para todos.

Y aunque nadie calculaba que el éxito fuera rápido, comenzó a aparecer espontáneamente un sentimiento de desilusión. Sólo la presencia de Guianeya hacía que las personas tuvieran alguna esperanza.

Los relojes marcaban las doce en punto cuando Stone mandó parar su máquina.

— Es inútil buscar más allá — dijo.

— Pero el lugar cada vez es más favorable — respondió Sinitsin desde la segunda máquina.

— Sí, pero debemos creer en las palabras de Guianeya. Murátov — añadió Stone —, usted quería ver la Tierra. ¡Mire hacia atrás!

En la misma parte en que se encontraba la estación, pendía en el cielo, sobre las cumbres de la cordillera, casi medio oculta por el horizonte, una media luna que brillaba intensamente. Era enorme en comparación con la media luna acostumbrada a ver en el cielo de la Tierra. El anillo purpúreo de la atmósfera, iluminado por el Sol, permitía distinguir claramente la mitad del globo terráqueo sumido en la oscuridad de la noche. El disco del Sol pendía no lejos, un poco más alto.

«La Luna», las estrellas y el Sol al mismo tiempo!

— Este cuadro tan maravilloso no se puede ver en la Tierra — dijo Murátov.

— ¿No digas? — oyó la voz de Serguéi —. ¿Por qué será?

— Porque en la Luna no hay atmósfera. ¿Acaso no lo sabes?

— Ahora lo sé — contestó Sinitsin bajo una carcajada general.

— Pregúntale a ella — dijo Stone — ¿si es necesario seguir buscando?

Guianeya se asombró al oír la traducción de la pregunta.

— ¿Por qué me pregunta esto? — contestó —. Ustedes mismos deben saber lo que hay que hacer y cómo actuar.

— Le preguntamos a usted porque — explicó Murátov — nos basamos en sus palabras que reflejan las de Riyagueya. Parece que dijo que la base estaba ubicada en un lugar desde donde nunca se veía la Tierra.

— ¿Por qué «parece»?

— No preste atención. Ha sido una expresión poco afortunada. ¿Dijo esto?

— Sí. No comprendo por qué me pregunta a mí — repitió tercamente Guianeya.

Murátov sentía que la lógica estaba de parte de Guianeya.

— Queremos que usted lo recuerde exactamente — dijo Murátov —. Esto para nosotros es en extremo importante.

— Yo no puedo añadir nada a lo que he dicho.

Le comunicaron a Stone el contenido de la conversación.

— Si seguimos buscando en la misma dirección — dijo — entonces no hay ningún fundamento para negarse a buscar en todos los otros lugares, como lo hacíamos antes.

Me parece que es necesario aceptar las palabras de Riyagueya como la única verdad y basarse sólo en ellas. ¿Cuál es el criterio de los demás?

Todos estuvieron de acuerdo con Stone.

— Entonces — resumió — regresaremos. Volveremos a examinar otra vez con la atención de antes todo lo que encontremos en el camino, para que tengamos una seguridad completa y podamos decir: en esta parte no existe la base:

El camino de regreso no dio nada nuevo.

Cuando regresaron a la estación eran ya las tres de la tarde. Y aunque Stone quería continuar las búsquedas se vio obligado a ponerse de acuerdo con Tókarev y aplazar la segunda expedición para mañana.

— En cansancio debilita la atención — dijo el profesor —. No tendremos resultados.

Ya antes de la decisión de Stone, Murátov sabía que hoy se habían terminado las búsquedas. Guianeya le dijo que estaba cansada y que no iría a ningún sitio.

— Esta es una ocupación muy aburrida — dijo ella —. Siento haber venido aquí.

— ¿Pero irá usted mañana?

— Sin duda. Mañana y los días sucesivos. Es necesario ser consecuente — dijo repitiendo la frase que le gustaba —. Nunca me he sentido tan cansada — añadió haciendo una pausa — aunque no he hecho nada.

— La inactividad agota muchas veces más que el trabajo — dijo Murátov —. Vaya a la piscina a bañarse, que descansará.

— Vamos juntos — propuso de forma inesperada Guianeya.

Murátov se quedó desconcertado.

— Esto no está bien — dijo.

— ¿Por qué? — Guianeya estaba francamente asombrada —. No puedo comprender esto. Ya hace tiempo Marina me dijo que entre ustedes no está bien mirado el que se bañen juntos las mujeres y los hombres. Pero yo misma he visto como se bañan en el mar. Y cuando yo me ponía el traje de baño, Marina me permitía bañarme en la piscina delante de todos, ¿Por qué? ¡Explíquemelo, Víktor! Tengo grandes deseos de comprenderles.

Murátov sentía, una vez más, que se encontraba en el umbral de uno de los enigmas relacionados con Guianeya. Era insignificante en relación con los otros, pero era un enigma. Y tenía esperanzas de que se aclarara, ya que era la misma Guianeya la que lo pedía.

Se reconcentró para aclararlo desde el punto de vista terrestre.

— Esto, Guianeya, se explica por muchas causas — dijo Murátov —. Pienso que la fundamental consiste en que las personas tienen la costumbre de cubrir su cuerpo con ropa. El llevar constantemente ropa ha conducido poco a poco a que las mujeres y los hombres se avergüenzan de la desnudez. Claro, yo comprendo perfectamente su punto de vista y considero que incluso es más moral que el nuestro. Pero las costumbres arraigadas en la conciencia son una gran fuerza. Ahora — añadió — ¿lo comprende usted?

Pensó que había dado satisfacción completa a su incomprensión.

— Usted no me ha aclarado nada — dijo Guianeya inesperadamente para él —. Pero me parece que yo misma he acertado en qué consiste el hecho. Según ustedes, el traje de baño oculta el cuerpo y no se le ve. ¿Es así?

Y Murátov de repente comprendió todo. Su pregunta le descubrió la verdad.

¡He aquí en qué consistía! Se había olvidado de las radiaciones térmicas de todos los cuerpos vivos, que Guianeya y las personas de su planeta captaban como luz.

Los prejuicios son como garfios. Y Murátov, junto a la satisfacción que sentía por haber descubierto un enigma, se encontraba profundamente turbado. Su traje no ocultaba su cuerpo a los ojos de Guianeya, y ella hasta ahora pensaba que las personas de la Tierra veían su cuerpo estuviera o no vestida.

De esto se desprendía la ausencia incomprensible en Guianeya del pudor femenino. La ropa en su mundo sólo servía para defender del frío y del polvo.

Leguerier está equivocado. Sus suposiciones sobre la conducta de Guianeya, en el primer día de su encuentro con las personas terrestres, eran falsas. Ella no comprendía la diferencia de ir vestida o no.

Y el corte de sus vestidos, que todos calificaban como una manifestación de coquetería, era debido a la costumbre, en la que no había ninguna pretensión de recalcar su belleza y atracción.

Al mismo tiempo la indumentaria tenía un determinado significado. Esto se manifestó»

cuando Guianeya se puso el quimono que le regalaron en el Japón y se interesó claramente en saber si le sentaba bien o no.

«Es difícil descifrar la concepción del mundo de los seres de otro planeta — pensó Murátov —. Entre nosotros sólo hay un parecido exterior, pero interiormente somos completamente diferentes».

Estaba convencido de que ahora, después de lo que sabía, Guianeya no le invitaría a ir con ella a la piscina. Pero no tenía en cuenta que la conciencia de la persona no puede cambiar instantáneamente. De ninguna manera podía surgir la idea en Guianeya de que mostrar el cuerpo podía ser motivo de vergüenza. El comprendió esto cuando Guianeya dijo:

— Sigo sin comprender por qué no puede ir usted conmigo.

— ¡Vamos! — dijo Murátov.

Guianeya se alborozó como si fuera una niña.

— No me gusta estar sola — dijo ella, desmintiendo con estas palabras otro equivocado concepto. Todos consideraban que a Guianeya le gustaba la soledad y que sólo por necesidad aguantaba la presencia cerca de ella de Marina Murátova —. Sobre todo cuando nado. Uno solo es aburrido. ¿Jugaremos carreras, si usted quiere?

Ya se había olvidado de la reciente conversación y se había olvidado, porque no le daba ninguna importancia.

— No sé si la podré alcanzar — dijo Murátov —. Soy un nadador regular.

— Es una pena que no tengamos un balón. — Guianeya pronunció la palabra «balón» con gran dificultad —. Me gusta jugar con él sobre todo en el agua. Marina y yo lo hacíamos.

— ¿Por qué no? — contestó Murátov —. A lo mejor aquí encontramos alguno. Ahora miraré. Podemos invitar a alguien más a jugar al waterpolo.

En la estación claro está, había un balón para jugar al waterpolo y también se encontraron aficionados a este antiguo juego.

Pero nadie estaba de acuerdo con la opinión de Murátov.

«Guianeya puede hacer lo que quiera — le contestaron —, nosotros obraremos según nuestras costumbres».

Y siete personas se zambulleron en el agua de la piscina con los gorros y trajes tradicionales de los nadadores.

Guianeya no sólo no prestó ninguna atención al «atraso» de sus compañeros, sino que incluso no notó nada. Si Murátov hubiera pensado como es debido, hubiera comprendido que ella no podía notar nada de esto.

El juego duró mucho tiempo y terminó con la completa derrota del equipo del que formaba parte Murátov y que jugaba contra Guianeya. Nadie pudo contraponerse a su agilidad y a la fuerza de sus tiros.

En la Luna no había buenos deportistas, y en la portería que defendía Víktor dieciocho veces entró el balón lanzado por la mano de Guianeya. Sus compañeros vieron inmediatamente qué clase de deportista tenían en sus filas, todo el partido dependió de Guianeya. Jugaba adelantada y cada arranque terminaba en gol.

— Con usted no se puede jugar — dijo enfadado Víktor, cuando excitados y cansados, salieron todos del agua —. ¿Existe este juego en su patria?

— Entre nosotros no puede existir porque no tenemos balones.

Después de la cena, Murátov fue de nuevo a la habitación de Guianeya, se sentó y conversó con ella. Ella misma le pidió que viniera. Parecía que pasada la discrepancia sentía hacia Víktor una simpatía especial.

Tuvo tiempo de contar a todos su descubrimiento pero la novedad no asombró a ninguno.

— Así tenía que ser — dijo Tókarev —. Las radiaciones térmicas infrarrojas pasan a través de los tejidos y Guianeya ve todo lo que está oculto a nuestros ojos. Pero ve de otra forma distinta que cuando los cuerpos no están cubiertos. Sería muy interesante si Guianeya nos pintara al hombre tal como ella lo ve.

— Sí, pero nosotros no tenemos pinturas para reflejar la luz infrarroja — dijo Stone —. Es completamente probable que Guianeya no la capte tal como nosotros la vemos en la plantalla infrarroja. Murátov intentó en la conversación aclarar esta cuestión.

— Cierto, no sé como explicárselo — contestó Guianeya —. Este color se mezcla con otros y es difícil separarlo. Por esto yo sólo dibujo con lápiz. Ustedes no tienen pinturas necesarias. Precisamente esto me ha conducido a la idea de que ustedes no ven como nosotros. Y es imposible explicar cómo es el color que ustedes nunca han visto.

— Es decir — manifestó Murátov — ¿ustedes instantáneamente, con una mirada, determinan la temperatura del cuerpo?

— Nosotros no tenemos la palabra «temperatura», y nunca medimos el grado de calentamiento. ¿Para qué? Si lo vemos.

«He aquí por qué ella rechazó el termómetro que le ofreció Jansen — pensó Murátov —. No comprendió lo que él quería hacer».

— Cuando ustedes se acercaron hacia Hermes, ¿vieron que el asteroide estaba habitado?

— Sí, los cuerpos celestes de tales dimensiones son fríos, y. nosotros notamos que la construcción artificial — entonces no sabíamos lo que era — emitía luz de dos clases:

artificial que es fría, y animal, caliente. Comprendimos que allí había seres vivos, claro está, personas.

— Por su parte — dijo Murátov, regocijado al ver que tenía la posibilidad de aclarar algo más — fue muy arriesgado desembarcar de la nave sin reserva de aire.

— Esto fue un error. Pero estábamos muy nerviosos.

— ¿Por qué abandonó usted la nave? — preguntó Murátov a quemarropa.

Guianeya calló un largo rato como si estuviera pensando lo que había que contestar.

— No se enfade — dijo ella al fin —. Pero no quisiera contestarle a esta pregunta.

Murátov se desilusionó profundamente, pero no lo demostró.

— Entonces, naturalmente, no es necesario — dijo él —. Lo pregunté casualmente.

— ¿Por qué no dice usted la verdad? — dijo suavemente Guianeya tocándole la mano —. Usted ansia saber esto y lo ha preguntado no por casualidad. Créame, Víktor, esto lo sabrá. Pero no ahora. No puedo.

Pronunció «no puedo» con una desesperación tan evidente que a Murátov le dio pena.

— No piense sobre esto, Guianeya — dijo él —. Nadie ni nada la obliga. Obre como considere necesario. Es cierto, usted tiene razón, tenemos gran interés en saber muchas cosas sobre usted. Dígalo cuando quiera. Y perdóneme por mi exceso de curiosidad.

De nuevo vio las lágrimas asomar a sus ojos.

— Ustedes son muy buenas personas — dijo en voz baja Guianeya —. Y comienzo a quererles.

«Comienza después de año y medio», pensó involuntariamente Murátov.

A la mañana siguiente los mismos cuatro todoterreno, con la misma tripulación, salieron de nuevo del garaje dirigiéndose esta vez hacia el oriente.

La seguridad en el éxito aumentó considerablemente. Murátov pudo en la víspera dirigir la conversación sobre Riyagueya, y Guianeya recordó detalladamente lo que había oído a bordo de la astronave. Debido a todos estos detalles se deducía que la base podría encontrarse sólo en el interior del cráter Tycho, al pie de la cordillera, en la parte norte.

Murátov no intentó, y Guianeya no manifestó iniciativa para hablar de Riyagueya como persona, y se trató sólo de sus palabras sobre la Luna.

Los «terrestres» estaban muy interesados por la personalidad de Riyagueya, a quien nadie vería nunca y que había desempeñado un enorme papel en los acontecimientos relacionados con Guianeya y con los satélitesexploradores. Su voluntad hizo cambiar toda la marcha de estos eventos.

— Dibújeme su retrato — pidió Murátov —. Queremos ver los rasgos de su cara.

— Para esto — contestó sonriendo Guianeya — usted no tiene más que mirarse al espejo.

Así Murátov conoció su parecido con Riyagueya, persona de otro mundo, que, a juzgar por todo, sincera y abnegadamente amaba a las personas de la Tierra.

Murátov comprendió muchas cosas en este minuto…

La expedición del segundo día comenzó sus búsquedas casi con seguridad en el éxito.

Y las esperanzas no fueron defraudadas.

Apenas se alejaron unos quince kilómetros de la estación, cuando Guianeya inclinándose hacia adelante, alargó la mano y dijo:

— ¡Ahí está lo que ustedes buscan!

TERCERA PARTE

1

El edificio estaba situado en la cumbre de una colina.

Una enorme ciudad se extendía a sus pies. Era tan grande que incluso desde las ventanas de los pisos más altos, situados a doscientos metros de altura, no se veían sus confines.

Los infinitos cuadrados de tejados multicolores se extendían desde todas partes hasta el horizonte y se perdían en él. Parecía que la colina con el edificio único se encontraba en el centro de la ciudad, aunque en realidad esto no era así.

Casualmente, o a lo mejor obedeciendo a la idea de los arquitectos, los edificios próximos a la colina no eran altos, no llegaban a alcanzar su altura. Alrededor había un gigantesco anillo de rascacielos que superaban las dimensiones de toda la colina. Y más allá se veía la parte superior de edificios todavía más altos que se elevaban sobre la línea del horizonte.

De todas partes, de cualquier lugar, se divisaba el edificio que se encontraba en la colina. Era completamente diferente a los otros.

Por su forma semejaba un monumento. Parecía de cristal, con dos matices de color azul. Las franjas azuladas, más oscuras, formaban su armazón, las más claras, que parecían casi blancas, el hueco de las ventanas. Las unas y las otras estaban situadas oblicuamente, y todo el edificio en su conjunto parecía que se atornillaba en el cielo azul oscuro.

Sobre la cúpula, como si «flotara» en el aire, había una gigantesca estatua blanca que se veía de cualquier parte. Representaba a una mujer con un vestido corto, la cabellera flotando al aire, la cabeza echada hacia atrás y los brazos tendidos hacia el cielo. Toda ella era una encarnación de un llamamiento apasionado, dirigido a los que se encontraban tras el velo azul del cielo, en los abismos del universo.

El edificio era muy grande, pero desde abajo, desde la ciudad, parecía pequeño y estrecho, lo mismo que una aguja retorcida en espiral.

Las personas de la Tierra dirían que era semejante a un sacacorchos.

La ciudad era una de las antiguas capitales de este planeta, con historia milenaria, aunque ahora, en esta época, la palabra «capital» había sido olvidada hacía mucho.

El edificio, era en efecto un monumento consagrado a los que penetraron en el cosmos y no regresaron de allí. Era, además, panteón de cosmonautas y estado mayor del servicio cósmico del planeta.

En el piso bajo del edificio, en una inmensa sala inundada por los rayos del anaranjado sol que estaba en el cénit, se celebraba este día una gran reunión.

Alrededor de una enorme mesa, situada en el centro de la sala, estaban sentadas más de cien personas entre mujeres y hombres.

Sus trajes eran muy parecidos. Las mujeres llevaban un vestido, los hombres, una túnica corta. Las mujeres llevaban en las piernas cintas entrelazadas hasta la rodilla, y con hebillas en forma de hojas. Los hombres iban con las piernas desnudas. Las mujeres tenían cabello largo y espeso, la cabeza de los hombres estaba afeitada.

Todos estaban vestidos de blanco menos uno.

El tono verde de su piel, los ojos oblkuoiS elevados un poco cerca del puente de la nariz, la gran estatura tanto de los hombres como de las mujeres: todo esto era conocido para las personas de la Tierra, y sin equivocarse podrían decir que eran los compatriotas de Guianeya.

Si Marina Murátova hubiera podido encontrarse aquí, reconocería el idioma en el que hablaban todas estas personas.

Pero al reconocerlo se enteraría de que no era completamente igual al que hablaba Guianeya, algo le diferenciaba, aunque su raíz era la misma.

El hombre, que se distinguía de los demás por su vestido, por lo visto, también tenía dificultad en la comprensión de este idioma y algunas veces pedía que repitiesen la frase.

Entonces se levantaba uno d"los hombres y repetía lo dicho, exactamente en el mismo idioma en el que hablaba Guianeya.

En el centro, en una alta silla, destacándose sobre los demás, se hallaba un hombre vestido igual que los demás, todavía muy joven, de ojos tan estrechos que parecía que los tenía entornados. Miraba fijamente, sin pestañear, al que estaba delante de él, vestido de otra forma, el cual hablaba correctamente en el idioma de Guianeya, y que no siempre comprendía lo que le decían.

Este tenía todos los rasgos distintivos de los compatriotas de Guianeya, pero era un poco más bajo de estatura que los demás. El matiz verdoso de su piel se notaba poco debido al color tostado de su piel. No llevaba una túnica, sino algo parecido a una amplia capa que brillaba como verdadero oro a los rayos del anaranjado sol. Su cabeza no estaba afeitada y, unos cabellos negros, de brillo esmeraldino, descendían más abajo de los hombros.

El hombre joven de los ojos estrechos era, por lo visto, el que presidía esta reunión.

Su mirada insistente alteraba al de la capa dorada, que con frecuencia no la podía resistir y retiraba los ojos, pero nuevamente, como si fuera debido a una fuerza magnética, los volvía a dirigir hacia él.

En estos instantes todos veían cómo en los ojos negros del hombre con capa fulguraban chispas que podían ser de desafío o de temor cuidadosamente disimulado. Y el joven presidente se sonreía cada vez que se daba cuenta de estas miradas.

En su sonrisa se reflejaba el desprecio, la ironía, la ira, pero no había odio. Y parecía, que precisamente esto, la inexistencia de odio, era lo que más alteraba a la persona con capa.

Todo el tiempo estaba de pie. No podía ser de otra forma ya que cerca de él no había ninguna silla. Llevaba ya mucho tiempo de pie mientras que los demás estaban sentados.

Todo esto tenía el aspecto de un juicio.

En realidad era así, pero no en el sentido con que se comprende esta palabra en la Tierra.

Juzgaban no a esta persona, sino a otras, de las que formaba parte, pero que no se encontraban ahora en esta sala.

Y juzgaban la causa que querían llevar a cabo estas personas.

— Así que — dijo el presidente, mirando fijamente como antes a la cara del «acusado» — ¿nos lo has dicho todo, Liyagueya, no has ocultado nada?

— ¡Sí, todo! No tengo nada más que añadir. Estoy dispuesto a morir.

Con una sonrisa que reflejaba sólo desprecio fueron acogidas sus palabras.

— Eso vemos. — El joven presidente indicó con un ademán el vestido de Liyagueya —.

Pero te has apresurado. Llevas ya tres días en la patria. ¿Acaso no te has dado cuenta que te encuentras en otro mundo?

Liyagueya no contestó nada.

— ¿Es posible — continuó el presidente —, que no hayas comprendido nada de lo que han visto tus ojos? ¿O puede ser que no quieras comprender nada?

De nuevo no hubo ninguna respuesta.

— Pero tú lo comprenderás, Liyagueya. No te mataremos, como lo haríais vosotros si estuvierais en nuestro lugar. Ya hace tiempo que vuestras hogueras se han apagado y desaparecido de la mente de las personas. Vivirás entre nosotros.

— ¿Entonces no me permitís volver?

— No. Tú quedas aquí para siempre. El cosmos no es un lugar para personas como tú.

Allí hay que ir con ideas puras y las manos limpias. Tendrás que trabajar, Liyagueya.

Probablemente por primera vez en la vida — añadió con un tono de inmenso desprecio —.

Y de ti mismo depende el que las personas olviden quién eras y cuál era el negro asunto que intentabais realizar.

— ¿Intentábamos? — Por primera vez durante esta mañana se deslizó una sonrisa por los labios de Liyagueya.

— ¿Quieres decir que vuestro asunto lo habéis llevado a cabo? Otra vez te equivocas, Liyagueya. Te has olvidado que durante tu ausencia de nuestro planeta han pasado diez generaciones, y no han vivido en vano. Desde nuestro punto de vista vuestras naves son simples barcuchos. Visitaremos ese planeta… ¿cómo le has denominado?

— Lía.

— Estaremos en Lía muy pronto y el daño no se realizará. Y si tardamos — los ojos del joven presidente centellearon y por un instante se abrieron completamente; eran enormes, negros y profundos — vosotros responderéis de esto. No nos cuesta mucho recordar las costumbres de vuestra época.

— Esto significa que no me quemaréis ahora, sino un poco más tarde.

— He dicho que tú vivirás. No cambiamos nuestras decisiones y no mentimos como vosotros.

Liyagueya bajó la cabeza.

— No he dicho más que la verdad.

— Lo sabemos.

— ¿De dónde lo podéis saber?

— ¿De dónde? — El presidente indicó a un hombre entrado en años, que estaba sentado a su lado —. Hemos invitado especialmente para ti a un médico, ya que sabíamos muy bien con quién teníamos que tratar. Vas a la zaga de la ciencia, Liyagueya, y esto no es asombroso. Para felicidad tuya, has dicho la verdad.

— ¿Y si esto no resultara así? — preguntó con aire de desafío Liyagueya.

— Entonces nos veríamos obligados a hacerte decir la verdad.

— ¿Con tormentos? No me asustan.

El presidente guardó silencio algunos minutos, al parecer sorprendido por estas palabras. Después dirigió la mirada a todos los que estaban sentados a la mesa. Casi todos se reían.

— ¿Ves? — preguntó —. Esta es nuestra respuesta, Liyagueya. Será difícil para ti vivir entre nosotros. Eres una fiera primitiva. Y todos te considerarán así mientras no cambies tus puntos de vista. Te aconsejo que lo hagas lo antes posible. Nosotros hemos comprendido lo que has dicho, pero la mayoría de las personas del planeta no lo hubieran comprendido. Recuerda Liyagueya que estás en otro mundo.

— ¿Qué harán ustedes con nosotros si no llegan tarde? — preguntó, en vez de contestar, Liyagueya.

— Les haremos volver a todos. Los que se fueron entonces, y a sus hijos que nacieron durante este tiempo, todos vivirán en nuestra patria y trabajarán. Tienes que olvidar el estado privilegiado de tu casta.

En los ojos de Liyagueya brilló el odio. El presidente se rió.

— Si yo hubiera vivido en los tiempos de vuestra salida — dijo — probablemente tú no habrías querido hablar conmigo. Pero los tiempos han cambiado y, vosotros sabíais que iban a cambiar. ¿Para qué entonces teníais que volar en busca de otros planetas?

— Hicimos esto para salvar a las generaciones futuras — contestó con orgullo Liyagueya.

— Miente o no habla lo que piensa — dijo el que era el médico.

— Lo ves, Liyagueya. No has hecho más que apartarte de la verdad e inmediatamente lo hemos sabido. Yo diré la verdad por ti. Salisteis para mantener vuestra casta previendo un castigo inevitable. Vosotros sabíais que estaban contados los días de vuestro dominio en el planeta. Y decidisteis trasladaros a otro planeta, donde de nuevo podríais ser señores, vivir a cuenta de otros. La colonización es una cosa muy larga.

Liyagueya irgió la cabeza.

— Pero vosotros — dijo con desatado odio — vosotros, los nobles y sinceros, los que no soportáis el mal, ¿qué hacéis? ¿Condenáis a muerte a la población del planeta? Vosotros sabéis que no hay lugar en el planeta para la población creciente, y rechazáis la mano de ayuda que nosotros os tendemos. Si tú tuvieras razón, Viyaya, parece que te llamas así, ¿para qué tenía que regresar?

— No dice lo que piensa — dijo tranquilamente el médico.

— Lo sé. — El presidente se rió irónicamente —. Y todos lo saben. No, Liyagueya — dijo — tú no has regresado por esto, te han mandado por gente. Encontrasteis un planeta salvaje, que exigía mucho trabajo. Y esto no es de vuestro agrado. Entonces os dirigisteis en busca de otro, y encontrasteis a Lía. Allí todo está hecho, hay ciudades, carreteras, fábricas. Esto os gustó más. Pero la población de Lía que no es salvaje, no se sometería a vosotros. Entonces decidisteis aniquelarla. Y esta decisión concuerda completamente con vuestra formación moral. ¿Pero, qué ibais a hacer allí vosotros solos? Necesitabais gente. Y llegaste sólo para engañarnos, para llevar contigo miles de personas, que tendrían que trabajar para vosotros. Pero os habéis equivocado, Liyagueya. A este precio no queremos solucionar el problema de la superpoblación y no necesitamos que nadie nos venga a salvar. Ve, haz la prueba de llamar a alguien. No encontrarás ni una sola persona que no te vuelva la espalda al escuchar tus palabras, ni una sola en todo el planeta. Las personas no son las mismas que había en la época de vuestra salida. ¿No esperabais esto?

Liyagueya callaba. Su cara ardía, pero sus ojos de repente se apagaron, dejaron de brillar.

Después dijo sin odio, con un tono de cansancio:

— Habéis empleado muy bien el tiempo. Siento que no diéramos importancia a las palabras de Riyagueya.

— Riyagueya — dijo con acombro el presidente — recuerdo este nombre. Fue el comandante de vuestra escuadrilla y vuestro cómplice.

— Los tiempos cambian — repitió Liyagueya con un tono irónico las palabras de Viyaya —. ¿Qué más queréis de mí?

— Nada. Eres libre, Liyagueya.

— Entonces yo te haré una sola pregunta. ¿Por qué has dicho que no tenéis necesidad de ninguna salvación? ¿Acaso la población del planeta ha comenzado a disminuir bajo vuestro gobierno?

— No, aumenta y más rápidamente que en tu tiempo, bajo vuestro.gobierno — contestó Viyaya —. Pero ya te he dicho que no han vivido en balde diez generaciones sin el yugo de vuestra casta. Tú sabes, Liyagueya, cuan minuciosamente habéis guardado los secretos de vuestro poder, entre ellos también la técnica de los vuelos cósmicos. Todo os lo llevasteis con vosotros. Y estabais convencidos de que los «seres inferiores» nunca descubrirían estos secretos. Poco tiempo hizo falta para superar vuestra técnica. ¿Con qué manos construíais vuestras naves? Estas manos quedaron en el planeta. Y creíais que la inteligencia era un privilegio vuestro. Este es el error rnás grande, Liyagueya. Voy a responder a tu pregunta. El problema de la superpoblación, que a vosotros os interesaba lo más mínimo, aunque tú has intentado convencernos de lo contrario, obligó a nuestros antecesores a realizar lo que consideras mérito vuestro. Nos hemos dirigido al cosmos, casualmente en dirección contraria a la vuestra. Puesto que nosotros no sabíamos a dónde os habíais dirigido. Y encontramos hermanos que nos comprendieron y nos propusieron su ayuda. Ahora está próximo el tiempo de una emigración masiva a una nueva patria preparada con los esfuerzos comunes de los dos planetas.

— ¿Es decir, que a pesar de todo, estáis dispuestos a poblar otro planeta?

— Inhabitado, Liyagueya. Veo por la expresión de su rostro que tú no ves ninguna diferencia. Según tú, los seres inferiores que pueblan Lía, no merecen ni consideración, ni indulgencia, si tocan los intereses de seres «superiores» como tú. Pero desde nuestro punto de vista los seres «inferiores» sois tú y tus cómplices. No creo en tus palabras de que los habitantes de Lía son salvajes. Lo que has dicho sobre este planeta desmiente tu afirmación. Pasarán no muchos días y nuestra nave volará hacia allá. Sé que encontraremos allí hermanos que, lo mismo que nosotros, te considerarán a ti y a todos vosotros fieras bípedas.

Liyagueya alzó bruscamente la cabeza. Un fuego lúgubre brilló en sus oscuros ojos.

— ¿No te da vergüenza, Viyaya, llenar de insultos.a quien no está en condiciones de rechazarlos? Estoy solo. Pero si me consideras una fiera, ¿para qué invitas a una fiera a vivir entre vosotros? ¿No es mejor aniquilarla?

— Es posible que tengas razón, Liyagueya — contestó Viyaya — pero no estamos acostumbrados a matar a la gente. Y no te invitamos a vivir con nosotros, sino que te obligamos, como castigo.

2

Largo es el camino por las vías del universo.

Un rayo de luz vuela años enteros de una estrella a otra. Pero lo creado por la mano del hombre no puede volar con la velocidad de la luz.

¡Largo y penoso camino!

Si en la tripulación de una nave anida la alarma y la impaciencia, entonces se hace todavía más largo.

No podían pasar la mayor parte del camino durmiendo. Vivían con un régimen diario corriente: medio día velaban, y medio día dormían, sin nada que hacer en el tiempo libre.

Eran cuatro.

La idea les llevaba hacia adelante, hacia el lejano objetivo. Sacrificaban a la idea. No tenían la esperanza de regresar Habían salido de su planeta natal para siempre. Regresar no podían porque no sabían cómo gobernar la nave, cómo encontrar el camino en el infinito vacío.

La nave la dirigían aparatos automáticos.

Estos aparatos, lo mismo que personas inteligentes, prudentes y sensibles, conducían la nave por la ruta trazada no por aquellos que se encontraban ahora a bordo, sino por otros, los que habían construido la nave, sabían gobernarla, sabían cómo encontrar el camino en el cosmos. Ninguno de ellos se encontraba a bordo de la astronave.

Los aparatos automáticos eran seguros. Sabían más que sus actuales amos, y con la indiferencia de las máquinas traicionaron a los anteriores.

La nave volaba por la ruta calculada exactamente. Cualquier cosa que pudiera ocurrir, cualquier obstáculo que surgiera en el camino, el «comandante» de la nave tomaba una decisión en fracciones de segundo y salvaba cualquier peligro.

Las cuatro personas que formaban ahora la tripulación de la nave sabían esto perfectamente, e incluso tenían miedo de aproximarse al camarote de dirección. La puerta estaba herméticamente cerrada y en ella estaba pintada en amarillo una cruz torcida, para que nadie pudiera penetrar en la zona prohibida.

Todo dependía del «comandante». Su cerebro electrónico era la única esperanza de éxito, la única garantía para alcanzar el objetivo, la única probabilidad de vida.

Los cuatro no estaban seguros de que el aterrizaje se realizara tan favorablemente como el vuelo. No sabían si el «comandante» podría hacer que la nave tomara tierra en el planeta. Sólo tenían esperanza en que el «comandante» lo supiera.

Con frecuencia lanzaban miradas a un cajón grande herméticamente cerrado, pintado de amarillo vivo, que se encontraba en medio del local central de la gigantesca nave. En este local pasaban los cuatro todo el tiempo y sólo de vez en cuando lo abandonaban.

Aquí vivían, comían, dormían y conversaban, aunque este local no estaba destinado para vivienda.

Se esforzaban por estar siempre juntos, ayudándose uno a otro a salvar el miedo involuntario ante el espacio infinito del universo que les rodeaba por todas partes.

Los camarotes de la nave destinados para los miembros de la tripulación estaban aislados y eran para una sola persona.

El refinado confort de estos camarotes no atraía a los nuevos amos. Todo era extraño, insólito y profundamente odioso.

Odiaban cada objeto de la nave y a la misma nave. A todo, menos al cajón amarillo.

Era lo único que no había pertenecido a los amos anteriores, sino a ellos, hecho por ellos y que encerraba el objetivo conocido por ellos.

El cajón amarillo eran «ellos mismos». Porque, si por cualquier razón no llegaran vivos a alcanzar el objetivo, el contenido del cajón lo haría todo por ellos.

En cualquier caso la tarea sería cumplida.

El cajón era pesado, grande y muy fuerte. Si la nave se destruyese quedaría intacto.

Esto era lo más importante.

Y durante los largos años de camino se habían acostumbrado a considerar el cajón como al quinto miembro de la tripulación, y le llamaban cariñosamente «Grigo», que era nombre de persona.

La nave no carecía de nada. Largas avenidas llenas de vegetación invitaban a pasear.

Salones con toda clase de comodidades, salas de juego y deportivas, piscinas, cine, salas de lectura que invitaban a la distracción, y al descanso. Los observatorios astronómicos, gabinetes y laboratorios ofrecían todas las comodidades para realizar trabajo científico, y al lado de cada camarote se encontraba un local azul con una piscina oblonga, ahora vacía.

Los cuatro utilizaban sólo las avenidas. Tenían necesidad de moverse y a determinada hora cada «día» corrían por las avenidas.

El odio les impedía tocar lo restante.

Con gusto hubieran utilizado los locales azules y las piscinas. El tiempo durante el vuelo era un tormento. Pero las piscinas estaban vacías aunque daba lo mismo hubieran estado llenas, ya que los cuatro no sabían cómo provocar la anabiosis y cómo salir de ella. Este procedimiento les era completamente desconocido.

Los cuatro eran las primeras personas de su pueblo que penetraban en el cosmos. Sus actos los conducía y dirigía el odio.

El odio y el amor.

Odiaban a los que fueron antiguos amos de la nave. Amaban a la libertad y la vida anterior.

Pero existía también un tercero: las personas desconocidas, el planeta desconocido, que era amenazado por aquellos a quienes ellos odiaban.

Y se apresuraban a acudir en ayuda de las personas desconocidas e involuntariamente, sin conocerlas, las amaban como hermanos, que habían caído en la misma desgracia que ellos.

A pesar de todo lo más importante para los cuatro no era el amor, sino el odio.

Su patria era ahora libre y podía vivir como había vivido antes de la aparición de los «odiados».

Cuarenta y tres enemigos se habían escapado del justo castigo. Era necesario alcanzarlos y destruirlos.

Si volvieran y supieran lo que sucedió durante su ausencia, vengarían la muerte de sus correligionarios.

Los cuarenta y tres no debían volver.

A los tripulantes de la nave no les asustaba que ellos fueran sólo cuatro. Aunque fueran diez, cien veces más, de todas formas no podrían domeñar a los poderosos extranjeros.

Los «odiados» eran más fuertes. Dominaban fuerzas todavía desconocidas e inaccesibles para el pueblo al que pertenecían los cuatro. Y sólo tenían la esperanza puesta en la ayuda de aquellos a quienes corrían a ayudar.

En el planeta natal de los cuatro nadie pensaba, hasta hace poco, en la existencia de otros planetas, de otras humanidades. Nadie había pensado todavía en los secretos del universo. Eran hijos de la naturaleza, buenos y confiados. Su técnica era primitiva, los conocimientos limitados, la vida sencilla.

Tres generaciones vivieron bajo el yugo, bajo un terror implacable y feroz, trabajando para los extranjeros.

La naturaleza del planeta era rica y variada. Ofrecía generosamente a sus hijos todo lo que ellos necesitaban. Las personas no sufrían ni hambre, ni sed, ni frío. No había fieras, nadie de quien defenderse. Y les hizo un flaco servicio la falta casi absoluta de lucha por la existencia. Su inteligencia se estancó, no existía un impulso poderoso para marchar hacia adelante.

Por lo visto no siempre fue así pues de esta forma jamás hubiera aparecido el hombre.

Pero en esta época así sucedía. Y nadie de ellos recordaba otros tiempos, otras condiciones.

No sabían si existían en el planeta otras personas además de ellos. Todavía no había llegado el tiempo de las exploraciones. Por todas partes estaba rodeada de océano la enorme isla en la que desde tiempos inmemoriales vivían algunas decenas de miles de personas de su pueblo.

Generación tras generación vivió mimada por la naturaleza. La inteligencia dormitaba y fue preciso un impulso exterior para despertaría.

La aparición de los extranjeros fue el motivo de este impulso.

Tres generaciones vivieron bajo su yugo.

Los «odiados» trataban a los aborígenes con una fría crueldad. Les obligaron a construir para ellos toda una ciudad. A los que ofrecieron resistencia los aniquilaron.

Su fuerza residía en sus conocimientos y una técnica superiores. Eran pocos y gobernaban por el terror.

Fue necesario adaptarse para conservar la vida y comenzar la lucha por la existencia.

Los habitantes de la isla, tan sólo en el transcurso de tres generaciones, cambiaron en forma increíble. Llegaron a comprender y saber mucho. Dieron un gran salto en su desarrollo.

Los extranjeros no estaban dispuestos a enseñar a los subyugados, pero necesitaban su trabajo y se vieron obligados a darles a conocer algo de su ciencia y técnica.

Tratando con un profundo desprecio a los habitantes de la isla, los extranjeros subestimaron la agudeza natural de la inteligencia, el ingenio y la capacidad de sus esclavos. No se molestaron en pensarlo, y recibieron su pago.

Una inteligencia que se haya despertado no puede reconciliarse con la violencia. Y ocurrió lo que inevitablemente tenía que ocurrir.

Los extranjeros fueron borrados de la faz del planeta.

Pero cuarenta y tres quedaban todavía con vida. ¡También tenían que desaparecer!

Nadie sabía de dónde habían llegado los extranjeros, qué querían aquí, qué fin perseguían.

No hubiera sido difícil destruirlos inmediatamente, pero los habitantes de la isla acogieron cordialmente a los seres desconocidos, completamente diferentes a ellos, cuando ocho gigantescas naves descendieron en su país. Después ya fue tarde. Se necesitaba mucho tiempo para aprender a manejar la técnica de los extranjeros contra ellos mismos.

Los «odiados»: así llamó a los extranjeros la primera generación que cayó en su poder.

Y así les denominaban los isleños actuales que formaban la cuarta generación.

Tres generaciones fueron a la tumba, y los extranjeros seguían sin cambiar. Parecía que habían triunfado también sobre la muerte. Ninguno de ellos había muerto durante su estancia en la isla. Al contrario su número había aumentado, nacieron sus hijos.

Pero los extranjeros no eran inmortales. De esto se convencieron los isleños, cuando el odio durante mucho tiempo acumulado hizo estallar una sublevación y todos fueron aniquilados, excepto cuarenta y tres que casualmente evitaron la muerte, abandonando el planeta sin saber nada de la sublevación que se preparaba.

Uno de los extranjeros había salido aún antes.

De las ocho naves, seis quedaron en la isla.

Los extranjeros guardaban y vigilaban cuidadosamente sus naves. ¿Se preparaban para abandonar el planeta? Esto no lo sabía nadie. Hacía tiempo que los isleños habían perdido la esperanza.

…Cuatro volaban hacia la lejanía desconocida.

Sabían con qué objetivo salieron los cuarenta y tres que querían alcanzar.

Un planeta era poco para los «odiados», estaban dispuestos a subyugar el segundo.

Los isleños consideraban que su isla formaba «todo» el planeta.

Entre los extranjeros había diferentes personas. Algunos de ellos trataban bien a la población local, condescendían a mantener conversaciones, contestaban a sus preguntas.

Había uno de los extranjeros al que los isleños hasta le llegaron a querer, pero había partido con los cuarenta y tres.

Se llamaba Riyagueya.

Si se hubiera quedado le habrían perdonado la vida.

Hablaba frecuentemente con los isleños y les descubrió muchas cosas.

¿Con qué fin? No lo sabían.

Los cuatro estaban convencidos de que el planeta desconocido, era parecido al suyo, y que sus habitantes irían a parar bajo el yugo de los «odiados».

Era necesario decírselo todo, advertirles de la suerte que les amenazaba.

Los cuatro podían hacerlo.

Hacía mucho tiempo, durante la segunda generación, tres naves de los extranjeros habían abandonado la isla y después regresado. Habían regresado con la misma tripulación.

Entre ellos había uno que se llamaba Deya. Tenía una hija que llevaba por nombre Guianeya.

El padre había aprendido durante la expedición un idioma nuevo, nunca escuchado antes por nadie.

Los extranjeros obligaron a los isleños no sólo a trabajar en sus obras, sino también a servirlos. En cada casa había criados de la población local.

En la casa de Deya servía de criado Merigo, joven con una admirable memoria y uno de los cuatro que volaban ahora hacia el objetivo desconocido. En la actualidad ya no era joven.

Deya enseñó a su hija el idioma nuevo. En su casa se empleaba con más frecuencia este idioma que el de los «odiados», en el que hablaban todos.

Merigo no sabía para qué era necesario esto, pero sin querer aprendió este idioma.

Deya le llamaba «español», Merigo supo en seguida que éste era el idioma del planeta adonde habían volado Deya y sus acompañantes.

Y cuando Guianeya, ya crecida, voló con los cuarenta y tres, Merigo comprendió para qué le habían enseñado un idioma extraño. Ella debería de hablar con los habitantes del otro planeta.

Vio que Guianeya no quería salir de la isla. Lloró, pero los extranjeros eran crueles no sólo con los aborígenes subyugados, sino también entre sí. Incluso el padre con la hija.

Merigo y otros criados de Deya tuvieron que sufrir muchas veces la ferocidad de su amo. Por una pequeña falta los apaleaban, y tres pagaron con su vida una culpa insignificante. Fueron quemados vivos.

Así murió la hermana de Merigo. Y él odiaba profundamente a los extranjeros y a todo lo relacionado con ellos.

Merigo fue el primero en enterarse del vuelo de los «odiados» hacia otro planeta.

Tenían que haber salido dos naves, pero después, por algo, salió sólo una.

La segunda quedó completamente preparada. Por lo visto debía despegar un poco más tarde.

Pero no tuvo tiempo. Estalló la sublevación.

Los «odiados» no hacían nada. Utilizaron a los esclavos para preparar sus naves, a los esclavos más aptos e instruidos.

Para los isleños la técnica era, claro está, desconocida e incomprensible. No sabían adonde voló la nave, pero sí que la tripulación iba a dormir durante el camino y que la nave estaría gobernada por un mecanismo enigmático que los «odiados» denominaban «cerebro de navegación», el cual llevaría la nave hasta el objetivo.

Las dos naves fueron preparadas de la misma forma y simultáneamente.

Y cuando una salió y la segunda quedó, cuando se terminó con los extranjeros, surgió el plan de utilizar esta nave.

En el pueblo tan largamente oprimido se desarrolló el sentimiento de solidaridad.

Querían ayudar a otros a evitar la misma suerte y comprendieron perfectamente que no se podía dejar vivos a los cuarenta y tres.

A decir verdad, cuarenta y dos, ya que nadie levantaría la mano contra Riyagueya.

Sabían cómo poner en marcha el mecanismo de la nave y nada más. Y sin pensar en lo descabellado de su plan, salieron los cuatro.

Merigo debía relatar todo a aquellos desconocidos para ellos, y ayudar a sus tres acompañantes a hablar y comprender a aquellas gentes.

Les enseñaba ahora a hablar en español, ya que si tenían la suerte de llegar vivos al objetivo, se verían obligados a pasar toda su vida en un planeta extraño. ¿Quién les podía indicar el camino de regreso?

Sólo Riyagueya.

¿Pero, quería hacerlo? No sabían qué impresión le causaría la noticia de la liquidación de todos sus compatriotas.

Los cuatro estaban dispuestos a no volver jamás a la patria.

— De nuevo me encontraré allí con Guianeya — dijo Merigo —. Ella no espera este encuentro. Y yo, con mis propias manos la mataré. ¿Cuánto quedaba por volar? Ellos no lo sabían.

3

— ¡Ahí está! — exclamó Guianeya —. Lo que ustedes buscan.

Todo el tiempo estaba conectada la radiocomunicación entre los cuatro todoterreno.

Sus palabras, repetidas por Murátov, fueron escuchadas al mismo tiempo por todos. Y se podía decir con toda seguridad que los participantes de la expedición las habían acogido en las cuatro máquinas con la misma alegría y emoción que Stone.

— ¿Dónde? — preguntó en el idioma de Guianeya.

¡Encontrarla en el segundo día de las búsquedas! ¡Vaya suerte! Después de tres años de fracasos sistemáticos.

— Delante de usted. Y muy cerca. Murátov tradujo la contestación. Los todoterreno se detuvieron.

Por delante no se veía nada. Las mismas tenebrosas rocas marróngrises cortadas por grietas, polvo casi amarillo que en espesas capas cubría el suelo. Los contrafuertes escarpados de las montañas se ocultaban en el alto cielo.

¡No se veía nada!

Esto les parecía a las personas de la Tierra, pero Guianeya sí que veía.

A nadie se le hubiera ocurrido buscar la base en un lugar como éste. Aquí nada se podría haber encontrado.

Delante, a unos doscientos metros, la cordillera se retorcía terminando en agudos salientes, con enormes amontonamientos caóticos de piedras que en algún tiempo habían sido derrumbadas por un alud. La profundidad de los pliegues se ocultaba en una sombra negra e impenetrable.

¡Cuántos de estos pliegues habían sido encontrados durante las búsquedas!

La mano de Guianeya indicaba directamente hacia esta sombra.

— ¿Allí — preguntó Stone — en la sombra?

— Sí, en la misma profundidad.

— ¡Los proyectores! — ordenó Stone. Cuatro poderosos haces de rayos, procedentes de las cuatro máquinas, disiparon la negra sombra.

¡Nada! Las mismas rocas que al pie de las montañas. Lo mismo que en todas partes.

— Aquí de ninguna forma podíamos encontrar nada — dijo Véresov —. ¡Y tan cerca de la estación!

— ¿Está usted segura? — preguntó Stone.

— La veo — respondió sencillamente Guianeya.

Como se aclaró más tarde, en este momento a todos les acudió a la mente el mismo pensamiento:

«Aquí reina la sombra eterna. El Sol nunca ha iluminado este lugar. El terreno montañoso está enfriado casi hasta el cero absoluto. En este lugar no puede haber ninguna radiación infrarroja. ¿Cómo Guianeya puede ver algo? Es decir, a su vista es accesible no sólo la parte infrarroja del espectro.»

No podía dudarse de que Guianeya veía la enigmática base.

— ¡Qué superficie aproximada ocupa la base? — preguntó Stone.

Al escuchar la tradución de la pregunta, Guianeya se quedó pensativa. Murátov creyó que no conocía las medidas terrestres longitudinales y superficiales, pero resultó que Guianeya callaba por otra causa. Quería contestar lo más exactamente posible.

— Me es difícil determinarlo a ojo — dijo al fin —. Pero me parece que su superficie es de cerca de seis mil metros cuadrados.

«¡Caramba! — pensó Murátov —. Sabe el español como una auténtica española. Incluso le es conocida la aritmética. Completamente incomprensible».

Ahora no había tiempo para pensar en cosas ajenas. Murátov tradujo la contestación de Guianeya al impaciente Stone.

— Es decir — dijo el jefe de la expedición —, aproximadamente ochocientos por ochocientos metros. Esta superficie la podemos explorar con cuatro máquinas.

Al momento dio la disposición para que hacia este lugar saliera un todoterreno equipado más.

— A toda velocidad siguiendo nuestras huellas — ordenó por el micrófono —. No hay hendiduras ocultas, el camino es seguro. Avise a Szabo. Le espero dentro de quince minutos.

Los proyectores iluminaban brillantemente las desigualdades rocosas en la profundidad del pliegue. Los rayos de luz que por primera vez penetraron en este ámbito hacían caer sombras pronunciadas. Pero como antes nada extraño se notaba.

Un pensamiento alarmante le acudió a Stone.

— Pregúntele — dijo — ¿no es peligroso iluminar la base?

Guianeya contestó que no lo sabía.

Stone ordenó apagar los proyectores, retardando un poco las precauciones.

— Cuando sea necesario los encenderemos de nuevo.

— Es raro — señaló Murátov —. Los satélites no son transparentes. ¿Por qué no encubren las rocas que se encuentran tras ellas? ¿Por qué no hay sombra de los satélites?

— ¿Es posible que no estén aquí? — supuso Tókarev —. ¿Puede ser que aquí sólo se encuentre la base abandonada?

— Pregunte esto a Guianeya — dijo Stone. Murátov le explicó de la mejor forma lo que desconcertaba a él y al resto de los participantes de la expedición.

— A mí me parece algo raro — contestó Guianeya —, que ustedes mismos no la vean.

Pero comprendo por qué sucede esto. Nosotros — ella se refería a sus compatriotas — no sospechábamos esta particularidad de su vista. Yo he conocido esto sólo en la Tierra. — Guianeya parecía haber olvidado la conversación de ayer —. Ustedes no ven nada cuando no hay luz. Me refiero a la luz que ustedes perciben. Nosotros vemos mucho más. Para ustedes los objetos son oscuros, para nosotros iluminados. ¿Raro, no es verdad, Víktor?

¡Tan parecidos como son ustedes a nosotros!

Murátov pensó que ella no había elegido un tiempo a propósito para una conversación de este tipo, y no pudo ocultar su impaciencia cuando le rogó que contestara a la pregunta.

— ¿Por qué habla usted conmigo con un tono tan violento? — preguntó Guianeya como si no ocurriera nada —. No estoy acostumbrada a que se me hable de este modo.

— ¡Perdóneme! Estamos muy agitados.

— No hay motivo para agitarse. Lo que ustedes buscaban lo han encontrado. ¿Qué más necesitan?

En su tono se reflejaba claramente: «Yo he cumplido lo que ustedes querían. Ahora, déjenme en paz».

— Usted la ve, Guianeya — dijo Murátov —, nosotros no. Ayúdenos una vez más.

Alzó los hombros, gesto característico de ella, y dijo de la misma forma que lo hubiera hecho un maestro con un alumno torpe:

— Bajen los proyectores. La base — (por primera vez pronunció claramente esta palabra) — está ubicada en una cavidad. Parece artificial porque tiene bordes llanos. Los rayos de luz pasan por encima, por esto ustedes no ven nada.

Ella comprendía la diferencia de su vista pero sólo mentalmente. Guianeya no podía comprenderla de forma que lo sintiera.

— Esperaremos — dijo Stone, cuando Murátov le tradujo lo que había dicho Guianeya —. Es desconocido como actúa la luz en la instalación de esta base. Por no haberlo pensado bien nos hemos arriesgado mucho cuando hemos encendido los proyectores.

Esto es culpa mía.

A los quince minutos exactos llegó la quinta máquina. Comenzó el momento largamente esperado de la operación.

Stone colocó su todoterreno un poco atrás y a un lado. Cuatro máquinas operativas se colocaron en línea. Desde ellas hasta la base, hasta ahora invisible, había más de cien metros, distancia completamente suficiente para la seguridad y comodidad en el trabajo.

Incluso no causaría ningún daño si tuviera lugar una explosión de cualquier fuerza, así fuera la misma aniquilación. No había que temer ninguna sacudida del aire donde no lo había. Quedaba sólo la probabilidad teórica de que la base estallara como una bomba nuclear con una enorme elevación de la temperatura. Pero los todoterreno, construidos especialmente para las búsquedas de la base, estaban preparados para este caso y debían quedar intactos lo mismo que sus tripulaciones. Claro está que existía un grado de peligro que había que aceptar. No era posible llevar las máquinas más atrás, a una distancia en que hubiera absoluta seguridad, porque entonces se dificultaría mucho la dirección de los trabajos.

Ninguno de los participantes de la expedición pensaba en el peligro. Sólo sabían una cosa: la base había sido hallada y era necesario destruirla.

La palabra «necesario» era suficiente para ellos.

Apareció en la máquina de Stone el ingeniero Laszlo Szabo, que había llegado en el quinto todoterreno y que fue el dirigente técnico de las otras seis expediciones anteriores.

Era un hombre fuerte, ancho de hombros, de pequeña estatura y de edad indeterminada.

Su cara, con rasgos que denotaban una voluntad férrea, estaba sombreada por una pequeña barba puntiaguda, adorno que raramente se encontraba en esta época.

Ya en el camino de la Tierru. a la Luna, Murátov observó la hostilidad manifiesta de Guianeya hacia esta persona. Y la causa no consistía sólo en que Szabo fuera de estatura pequeña, ya que en los últimos tiempos Guianeya ya se había acostumbrado a tratar personas de esta clase. Por lo visto había comprendido o comenzaba a comprender, que las personas de ia Tierra son iguales, independientemente de su estatura. Los residuos de su anterior punto de vista renacieron durante su entrevista con Bolótnikov. La antipatía de Guianeya tenía raíces por ahora desconocidas.

Se extremeció cuando Szabo al pasar por el todoterreno a ocupar su lugar, la saludó con una inclinación de cabeza. Murátov vio cuánto trabajo le costó a Guianeya el contestarle con el mismo saludo.

A las manos de Szabo pasó el mando de toda la operación.

— ¡Atención! — dijo, casi sin terminar de quitarse la escafandra lunar —. Comenzamos con la exploración, primera parte de nuestro programa. ¡Lanzar el robot número uno!

De la máquina en que se encontraba Sinitsin se deslizó una esfera metálica sobre orugas que brillaba fuertemente bajo los rayos del Sol.

Véresov había descrito detalladamente su construcción a Murátov en vísperas del vuelo. Esta era una máquina muy complicada y perfecta, fruto del trabajo de muchas personas, que probablemente, ahora, estaba condenada a ser destruida.

El robot se deslizó alejándose del todoterreno unos diez metros y se detuvo.

Esperaba el mando.

Szabo realizó una conexión en el cuadro de radiocomunicación.

— ¡Adelante! — dijo, pronunciando cada sílaba por separado —. ¡Primera prueba!

El robot se movió un poco y rápido se deslizó hacia el pliegue de la montaña.

García se acercó al radar. Era necesario estar atentos por si apareciese alguna radioseñal. Stone se inclinó ante la pantalla infrarroja.

No tomaron ninguna medida contra la posibilidad de una explosión, parecida a la que tuvo lugar en la aniquilación del robotexplorador, hace tres años, durante la expedición de la «Titov».

Las pantallas no dejaban pasar los rayos de luz excesivamente fuertes, los ojos de las personas estaban completamente protegidos de todo lo que pudiera ocurrir.

Se veía perfectamente que el robot retardaba su movimiento según se acercaba al límite de la sombra negra. Lo mismo que un ser vivo y racional se acercaba con mucha precaución al objetivo. La máquina no era un ser vivo pero poseía un «cerebro» altamente desarrollado.

Después el robot se detuvo. Su parte delantera se internó en la sombra e inmediatamente desapareció de la vista. La parte trasera continuaba brillando al sol.

Producía la impresión como si una mano desconocida hubiera instantáneamente cortado la máquina por la mitad.

Chasquearon los contactos del receptor y resonó una clara voz metálica:

— Grieta. Dos metros de profundidad. Distancia diecinueve metros. Visibilidad nula.

— No es una grieta — dijo Stone —. Es una excavación en la que se encuentra la base.

¿Qué hacer, Laszlo? Es peligroso conectar la luz.

— ¿En qué hay peligro? — refutó Szabo — ¿Qué explota? Pues que explote. Nosotros mismos queríamos destruir esta base. — Se inclinó ligeramente hacia adelante, hacia el micrófono, y como lo había hecho antes pronunció separando las sílabas:

— ¡Luz! Teletransmisión.

En los cinco todoterreno las personas se apresuraron a dar vuelta a los interruptores.

La parte inferior de las pantallas panorámicas se oscureció un poco. Ahora esta parte se convirtió en telepantalla. La parte superior era como al principio, para la observación visual.

Brilló un fuerte rayo de luz en la penumbra donde se ocultaba la parte delantera del robot. Se vio cómo dirigía hacia abajo la luz del proyector. En las pantallas de televisión apareció la línea de la excavación, recta, como si hubiera sido trazada con una regla. Por apreciación de las personas ésta se encontraba a unos veinte metros del robot, según este último, a diecinueve.

— ¡Aproximarse! — mandó Szabo.

El robot desapareció por completo. Sólo la luz de su proyector indicaba el lugar donde se encontraba.

La línea de la excavación se aproximó. No cabía la menor duda de que era artificial.

— ¡Foco de luz más amplio! — volvió a mandar Szabo.

Se escuchó perfectamente cómo chasquearon dentro de la esfera los contactos de los interruptores. El haz de luz se amplió y aumentó su brillantez.

Ahora se veía perfectamente toda la cavidad excavada en el terreno rocoso. Tenía una forma cuadrada exacta, una profundidad de dos metros con el fondo llano y liso.

¡He aquí, por fin, la base misteriosa del mundo extraño que las personas buscaron en balde durante tres años!

A todos les pareció en el primer momento que la base estaba vacía. Ni satélitesexploradores, ni ningunos aparatos. Pero más tarde se notó una sombra al parecer proyectada por el espacio vacío. Los aparatos invisibles de la base no eran transparentes, sino, como se suponía, absorbían completamente la luz sin reflejarla.

Había muchas sombras que se encontraban una al lado de otra. Nada se podía determinar claramente.

El robot estaba delante del mismo borde de la cavidad, muy cerca de los satélites que indudablemente se encontraban aquí. Pero no ocurrió nada, el robot quedaba intacto. No tuvo lugar la explosión de aniquilación que esperaban todos.

¿Era posible que la instalación de defensa estuviera desconectada? ¿Era posible que sólo funcionara durante el vuelo?

— Vamos nosotros o enviemos personasexploradores — propuso Stone.

— ¡Es pronto! — contestó cortante Szabo —. ¡Atención! Lanzar los robots números ocho, nueve, once y doce.

Cuatro máquinas salieron al terreno lunar. A diferencia de la primera, eran oblongas, en forma de puro. En la parte delantera de cada una se destacaba un saliente cónico.

— ¡Adelante! ¡De frente!

Como buenos soldados de los tiempos pasados, los robots se formaron en una línea y rápidamente desaparecieron en la sombra del pliegue. La luz del proyector de la primera máquina no los iluminaba y por eso no se veían en las pantallas.

— ¿Comprenden todo lo que les dicen? — preguntó Guianeya.

— No — contestó García —. Tienen una determinada reserva de palabras que comprenden y pueden pronunciar.

— ¿Ustedes tienen estas máquinas? — preguntó Murátov.

Guianeya arrugó el ceño lo mismo que si la pregunta no le fuera agradable, pero contestó:

— Yo no las he visto. Pero tenemos máquinas pensantes.

La voz metálica del robot número uno informó que habían llegado las cuatro máquinas auxiliares y estaban dispuestas a comenzar el trabajo.

— ¡Polvo! — mandó Szabo —. ¡Segundo programa!

Murátov miraba con particular interés a la pantalla. Ahora se llevaba a cabo su idea.

Se veía perfectamente cómo en la cavidad iluminada por el proyector penetró con enorme fuerza un chorro de pintura negra en forma de abanico. Después el segundo, de color rojo, el tercero, amarillo, y el último, verde. Un velo de humo multicolor tapó toda la cavidad.

Y cuando terminaron de trabajar los pulverizadores y se dispersó el velo de humo, ante los ojos de las personas se presentó un cuadro admirable.

4

Hacía tiempo que las personas de la Tierra habían conocido a sus vecinos estelares, los planetas del sistema solar. Los ojos de los hombres de la Tierra estaban acostumbrados a observar los cuadros de naturaleza extraña, a estudiar la vegetación y el reino animal de otros mundos.

No estaba lejano el tiempo cuando potentes astronaves de la Tierra, justificando su nombre, se lanzarían no hacia los planetas, sino hacia las estrellas, para en otros sistemas solares y planetarios encontrar una vida racional.

A nadie se le había ocurrido dudar de su existencia en el universo. Y nadie había aceptado la aparición de Guianeya como una prueba, ya que no lo exigía una verdad incontrovertible.

Pero si se excluye el vestido de Guianeya con el que se presentó a las personas en Hermes, nadie había visto hasta ahora nada que hubiera sido hecho por las manos de seres racionales de otro mundo.

Y ante un grupo pequeño de personas, entre las cuales, como a propósito, se encontraba la representante de un intelecto extraño, que con su misma presencia confirmaba la realidad de lo visto, aparecía todo un complejo de objetos no hechos en la Tierra, y no objetos separados, aislados, sino precisamente un complejo de objetos ligados por un objetivo, por una idea única, por un pensamiento científico y técnico común para todos ellos.

Pensamiento extraño, del mundo ajeno a la Tierra.

El momento era tan emocionante, que aquellos participantes de la expedición a quienes les fue encargado sacar fotos de la base cuando fuera hallada y visible, se olvidaron un momento de sus obligaciones, pero se acordaron de ellas cuando comenzó la operación, y como prueba todo lo que habían visto fue grabado en películas.

Las tripulaciones de los cinco todoterreno estuvieron no menos de diez minutos calladas mirando aquello que había aparecido ante ellas. Cada uno quería que no se le olvidara nunca esta visión.

Abigarrados, como juguetes infantiles, se encontraban dos enormes cuerpos ovoides.

Eran completamente lisos, sin ningún abultamiento y nada que fuera parecido a toberas; cada uno tenía cuarenta metros de longitud.

Estos eran los satélitesexploradores misteriosos, que tanto tiempo hicieron pensar a los científicos, que tanta preocupación y cuidados causaron al servicio cósmico.

De unas pequeñas elevaciones que tenían la forma de cúpula y que se levantaban sobre la tierra no más de veinte centímetros, salían largas mangueras que iban a cada «huevo». Estaba claro que ésta era la parte superior y lo restante estaba oculto en el terreno lunar y se necesitaba excavar para saber cómo eran.

En lo profundo de la cavidad, en su rincón se veía un objeto largo en forma de rombo.

Las personas miraban conteniendo la respiración la base y los satélites que parecían nacer de la nada. Todo estaba inmóvil, congelado, como si estuviera paralizado por el terrible frío de la sombra lunar.

Las pinturas casi no tocaron el terreno, y todo lo que había caído bajo su acción se destacaba en relieve. El rombo, las cúpulas, las mangueras y los mismos satélitesexploradores parecían metálicos, pero impedía determinarlo exactamente la misma pintura que los hacía visibles.

Szabo rompió el largo silencio.

— ¡Quitar los pulverizadores! — Su voz resonó lo mismo de tranquila e inalterable que antes —. ¡Atención! ¡Lanzar los robots números dos y tres!

Aparecieron ahora mecanismos que no recordaban en nada a los primeros. Eran robots» personas», con brazos, pies y «cabezas» redondas de cristal. Un poco torpe, pero rápidamente, caminaron hacia la cavidad.

Las cuatro máquinas en forma de puro regresaron cada una a su todoterreno y fueron recogidas dentro.

Comenzó el momento más responsable e interesante de la operación.

Los aparatos automáticos cibernéticos podían realizar una investigación detallada y completa de cualquier objeto tanto en el exterior como en el interior, sin abrir su envoltura.

Rápida y muy exactamente podían determinar las dimensiones, materiales, la composición química, «ver» todo lo que se encuentra dentro, entender cualquier esquema, incluso uno tan complicado como el de ellos mismos.

Estos robots se empleaban frecuentemente para los más diferentes fines y corrientemente la información obtenida se guardaba en su «memoria», entregándola cuando se exigía. Esta vez fue introducido un cambio en su construcción. Hubo que tener en cuenta la posibilidad de que los robots fueran destruidos por las instalaciones defensivas de la base o de los satélites. Todo lo que los robots pudieran saber lo transmitirían inmediatamente al cuadro de mandos del todoterreno donde estaba el estado mayor.

Szabo se preparó para recibir los comunicados.

¿Se podría saber algo? ¿Lo «permitirían» los satélites y su base?

Muchos dudaban del éxito.

El robot número dos acercándose al borde del talud vertical descendió ágilmente a la hondonada. El número tres se atrasó por algo pero después también descendió.

— ¡Número uno! — dijo Szabo —. ¡Transfiero la dirección! ¡Segunda prueba!

— Segunda prueba — repitió con indiferencia la esfera, invisible en la pantalla.

Murátov recordó la explicación de Véresov. Los dos robots» personas» se transferían al mando del cerebro electrónico que se encontraba en la esfera, e iban a cumplir tan sólo sus órdenes. La esfera estaba más próxima al lugar de acción y tenía enlace «visual»

directo con los ejecutores. Tenía suficiente «reflexión» para en cualquier sorpresa tomar una decisión acertada, mucho más rápidamente que el cerebro del hombre.

Los robots se apartaron uno del otro. Uno se dirigió hacia el satélite próximo y el otro hacia el rombo.

La base no reaccionaba. Se creaba la impresión de que no tenía ninguna instalación de defensa contra la invasión de cuerpos extraños. Pero se sabía perfectamente que los satélites la poseían.

¿Por qué no actuaba?

Murátov miró a Guianeya. Ella observaba con visible interés todo lo que ocurría. En su rostro no había ninguna señal de alarma.

¿En qué pensaba ahora? ¿Qué sentía?

Las personas de la Tierra estaban a punto de descubrir el secreto que los compatriotas de Guianeya les querían ocultar. Ella no podía permanecer indiferente ante esto pero aparentemente era así.

De repente el robot número tres se detuvo y, volviéndose, retrocedió hacia la esfera.

— Por lo visto ha decidido que es necesario realizar las investigaciones por turno — dijo Stone refiriéndose al cerebro electrónico —. Teme equivocar las informaciones simultáneas.

— Por lo visto es así — estuvo de acuerdo Szabo.

El robot número dos se acercó sin obstáculos al rombo.

Se encendió la lámpara verde de señales en el tablero del receptor, con un murmullo suave se deslizó la cinta de grabar detrás del cristal de la estrecha mirilla.

El robot comenzó a trabajar.

Funcionaba según un orden establecido, con la minuciosidad de una máquina. Dio las dimensiones del rombo, indicó que su mayor parte estaba incrustada en la roca, y comenzó a examinar el material de que estaba hecha la superficie exterior.

Al comienzo todo iba como una seda. En la cinta se grababan rápidamente los símbolos de los elementos químicos: hierro, aluminio, manganeso, calcio.

Y de repente apareció un signo de interrogación. Esto significaba que el robot había encontrado un elemento desconocido o la aleación de varios que él no podía descifrar.

¡Y después apareció la segunda interrogación, la tercera…!

— ¡Malo! — dijo Szabo —. La construcción no se ha pensado hasta el fin. El aparato no puede realizar análisis desconocidos.

— Nada de eso — resonó una voz de otro todoterreno —. Tiene el programa de cualquier análisis de los que se realizan y han realizado en la Tierra. Como es natural no puede realizar lo que no han podido o no pueden hacer hasta ahora las personas.

— No necesitan abogado — dijo bromeando Szabo —. Esta profesión hace tiempo que ha desaparecido.

— ¿Arrancará un trozo del rombo para analizarlo en la Tierra? — preguntó Stone.

Szabo no tuvo que contestar a esta pregunta, por él contestó la esfera.

Vieron cómo el robot cogía un instrumento, que era, por lo visto, un cortador, y empezaron a saltar chispas.

— El material resiste — informó fríamente el cerebro electrónico —. Envíen otro aparato.

— Más perfecto no lo tenemos — cortestó Szabo.

— Mando cesar el trabajo — dijo la esfera.

Y al instante el robot número dos retiró el cortador eléctrico.

Murátov nunca había visto estas máquinas. Le pareció algo raro escuchar el intercambio de frases y ver que hablaban no dos personas, sino una persona con una máquina.

— ¡Malo! — repitió Szabo —. Precisamente en lo que no pueden comprender nuestros exploradores está el secreto de la invisibilidad.

— ¿Probemos a cortar un trozo de la cúpula? — propuso Stone.

El cerebro electrónico de la esfera dio esta misma solución. El robot se dirigió a la cúpula más próxima.

Aquí tampoco hubo ningún resultado. Se resistía también el material de que estaban hechos los aparatos de la base.

El robot regresó hacia el rombo.

Levantó las manos y las colocó en la superficie.

De nuevo no sucedió nada.

Bruscamente cambió el color de la pantalla, adquiriendo un matiz verdoso. El rombo y el robot que estaba cerca de él se aproximaron y ocuparon toda la pantalla.

Después todos vieron cómo perdía el brillo, engrosaba la superficie del rombo y cómo se distinguieron unos cables, palancas, cabezas agudas de aparatos desconocidos.

Se había descubierto el interior del rombo.

— Si es el cerebro electrónico de la base — dijo Tókarev — ¿para qué estas palancas?

— Es posible que no sean palancas — replicó Szabo — sino algo parecido. No se olvide que ante usted hay una obra no terrestre.

— De ninguna forma puede uno olvidarse de esto.

El robot seguía inmóvil. La cinta del receptor continuaba moviéndose lo que indicaba que funcionaba el «pensamiento» en la «cabeza» de cristal del aparato cibernético.

— El esquema no se puede descifrar, mande otro — resonó la voz metálica de la esfera.

— Más perfecto no lo tenemos — contestó Szabo con las mismas palabras de antes.

Pero ahora no resonó la palabra «ceso». Por lo visto la esfera no perdía la esperanza de que su ayudante pudiera entender el esquema del cerebro electrónico de la base, al parecer más complicado que el de él.

La visión del interior del rombo se mantenía igual en la pantalla del televisor.

En la pantalla visual se observó que el robot número tres se dirigía de nuevo hacia el satélite. La esfera no quería perder tiempo. Debido a que el robot número dos dejó de transmitir temporalmente la información, ordenó al número tres comenzar el trabajo.

— Parece que a pesar de todo podremos examinar la base y conocer a fondo sus aparatos — dijo Stone —. ¿Dónde se encuentra el peligro de que nos habló Guianeya?

Oyó su nombre y miró interrogativamente a Murátov.

Le tradujo las palabras del jefe de la expedición, procurando que no se ofendiera al ver que parecía dudar de ella.

Guianeya, al escucharlo, se encogió de hombros.

— Yo no sé en qué consiste el peligro — dijo ella — pero recuerdo perfectamente las palabras de Riyagueya. Dijo, que si las personas de la Tierra intentaran acercarse a la base, esto provocaría una catástrofe. Esto es todo. Yo considero como mi deber el advertirles a ustedes. Sus palabras turbaron a todos.

— Es posible… — comenzó a hablar Tókarev, pero Stone le cortó.

— Guianeya ha podido no comprender bien a Riyagueya o no sospechar que sus palabras pudieran tener otro sentido — dijo Stone —. No se puede, por un temor no fundamentado en nada, perder la única posibilidad.

— ¿No fundamentado en nada? — dijo Tókarev —. ¿Acaso se puede hablar así?

— ¡Da lo mismo! — Stone hizo con la mano un gesto de despecho. Estaba claramente muy enfadado.

«No será porque siente no tener razón», pensó Murátov.

— Estoy de acuerdo con Stone — dijo Szabo —. Ya que hemos empezado es necesario continuar.

Los demás guardaron silencio. Mientras transcurría esta conversación el robot número tres se arrimó al satélite.

— ¡Miren, camaradas! — exclamó Murátov, indicando la pantalla de televisión.

Pero todos lo habían visto al mismo tiempo que él.

Dentro del rombo surgió un movimiento. Cortas llamaradas, como manojo de chispas, corrieron por los cables o por lo que las personas se figuraron que eran.

— ¡Señales! — dijo García, que estaba sentado en el radar —. Ondas ultracortas.

Apenas tuvo tiempo de pronunciar sus palabras cuando una gran explosión inundó de luz toda la pantalla. Fue de intensa luminosidad y sólo gracias a la acción amortiguadora de las pantallas no cegó a las personas.

— ¡Ya lo sabía! — dijo Stone. ¡¿Aniquilación?!

Las pantallas continuaban estando iluminadas, lo que significaba que el robot número uno no había sufrido nada, sino todo lo contrario continuaba dirigiendo la operación.

La imagen que transmitía éste volvió a alejarse en las pantallas de televisión. De nuevo se veía toda la base.

El robot número dos estaba como antes al lado del rombo. Al número tres no se le veía por ninguna parte.

Su suerte estaba clara. Se había acercado demasiado al satélite, el cual lo «comunicó»

al rombo. Inmediatamente se dio una orden y el robot fue destruido.

Esto mismo ocurrió con el robotexplorador enviado hace tres años por la «Titov».

Por lo visto entonces el satélite también recibió la orden procedente de este mismo rombo.

— ¡Y usted dijo! — exclamó Tókarev.

— Ahora tampoco cambio mi punto de vista — manifestó Stone —. La base para nosotros no ofrece peligro. Sólo los satélites tienen defensa.

— ¡Atención! — dijo Szabo —. ¡Lanzar el robot número cuatro!

La palabra «atención» se pronunció especialmente para que los robots que se encontraban actuando supieran que no se refería a ellos.

— Desde el comienzo había que haber enviado el número cuatro — refunfuñó Szabo —.

¡En balde se ha perdido la máquina!

— Usted mismo estaba de acuerdo en que era necesario probar el grado de peligro — dijo Stone.

Murátov sabía que el robot número cuatro era una máquina análoga a las número dos y tres pero dotada de defensa contra la aniquilación. Comprendió que Szabo quería probarla enviándola hacia el mismo satélite.

Caminaba hacia la cavidad el tercer robot» persona» que era mucho más alto y sólido que los dos primeros.

Pero no había recorrido ni la mitad del camino cuando ocurrió lo que nadie podía prever y esperar.

El satéliteexplorador más próximo empezó a moverse de repente y se levantó rápidamente adquiriendo la posición vertical.

Tras el primero el segundo.

Algo brilló en la parte inferior de los aparatos…

Y los dos «huevos» salieron fuera de la cavidad, se detuvieron un segundo… de nuevo centellearon dos relámpagos… y los dos satélitesexploradores desaparecieron en el abismo negro del cielo lunar.

5

Szabo lanzó con ira una blasfemia.

— ¡Nos hemos pasado de listos! — resonaron en el altavoz las palabras de Sinitsin.

Stone se enfurruñó pero no dijo nada, aunque la insinuación de Sinitsin se refería claramente a él.

— ¿No sería esto lo que quería decir Riyagueya? — dijo Murátov —. ¿No sería esto lo que él comprendía bajo la palabra «catástrofe»?

— No veo ninguna catástrofe — dijo Stone —. Los satélites han salido en vuelo. Los alcanzaremos en el aire. La base queda a nuestra disposición.

— ¡Es dudoso! — señaló Véresov.

— ¡Sin ninguna duda!

En la superficie de la base estaba como antes todo tranquilo. Pero nuevamente algo empezó a moverse. Las numerosas mangueras comenzaron a recogerse hasta que se ocultaron dentro de las cúpulas.

Y de nuevo todo se paró.

Resonó inesperadamente una carcajada, se reía Guianeya.

— ¿Qué han hecho ustedes? — dijo ella.

— ¿Cómo lo íbamos a saber? — contestó Murátov. — . Usted no nos lo ha advertido.

— Yo misma no esperaba esto.

— Tanto más nosotros.

El giro inesperado de los acontecimientos turbó a los participantes de la expedición.

Las palabras de Murátov hicieron pensar a todos. Se deducía que la orden de despegar fue dada por el.rombo, precisamente porque en la base habían aparecido personas, porque había sido descubierta por ellas. Esto lo previeron sus constructores y tomaron las medidas correspondientes. Por lo visto no tenían nada en contra de que los «terrestres» conocieran la base pero de ninguna forma los satélites. Y cumpliendo su voluntad los dos «huevos» salieron al tener una vecindad no deseable.

¿Pero, sólo han salido a volar? ¿Han salido sólo para realizar el vuelo de turno alrededor de la Tierra? Era poco probable que Riyagueya calificara de catástrofe una simple huida.

Era completamente inútil el hacer conjeturas.

— ¿Usted sabe — preguntó García a Guianeya — después de qué tiempo estos satélites regresarán?

— No lo sé. Pero vuelan durante mucho tiempo.

— Habrá que alcanzarlos en el cielo — dijo Szabo —. Esto, claro está, es mucho más difícil y complicado. Es una pena que haya ocurrido así. Hubiera sido más sencillo el haberlos destruido aquí. Pero no hay mal que por bien no venga. Ahora podemos conocer a fondo las instalaciones de la base. Y no existe ninguna razón para destruirla.

— Según se considere — refutó Tókarev —. Puede ser precisamente todo lo contrario:

destruir la base y de esta forma privar a los satélites de la posibilidad de abastecerse, y cuando llegue el tiempo y regresen se encuentren en nuestras manos.

— Esto no tiene viso de probabilidad — dijo Véresov —. Primero, pueden defenderse un tiempo indeterminado, incluso perdiendo la capacidad de volar. Segundo, es poco probable que puedan regresar a la base si se destruye el rombo.

Stone estuvo callado largo rato.

— Me he equivocado en algo — dijo —. Mi decisión es que hay que destruir la base, pero después de haberla examinado detalladamente. A los satélites hay que destruirlos en el cielo. ¿Hay algo en contra?

— El examen de la base hay que realizarlo con extrema precaución — dijo Sinitsin —.

¿Quién puede saber cuál es la sorpresa que nos espera?

— Seremos prudentes.

La proposición de Stone fue aceptada.

El robot número dos todavía estaba inmóvil al lado del rombo. El cuarto se quedó allí donde le sorprendió el vuelo inesperado de los satélites. Por lo visto recibió de la esfera la orden de detenerse.

Los dos robots empezaron a moverse. El cerebro electrónico de la esfera comprendió la situación y decidió continuar el trabajo. El número dos levantó de nuevo las «manos» y las colocó en la superficie del rombo, el cuarto marchó hacia adelante.

— En realidad ya no hay necesidad de él — dijo Szabo.

— No tiene importancia — contestó Stone —. No le estará de más la defensa contra la aniquilación.

Guianeya se volvió hacia Murátov.

— ¿Por qué continúan cometiendo errores? — dijo ella —. ¿O quieren destruir sus máquinas? Me da pena de ellas, ya que son admirables.

— ¿Es que las amenaza algún peligro cuando no hay satélites?

— Ya les he dicho: ¡destruyanlos!

— Expliqúese más claro, Guianeya.

— ¡Es que yo lo sé! — dijo ella con voz apenada, según le pareció a Murátov —. Yo sé poco.

— ¿Por qué usted, con tanta insistencia, nos recomienda destruir y además rápidamente?

— Porque yo oí cuando Riyagueya dijo a uno de los nuestros que nunca las personas de la Tierra podrían conocer la construcción ni de los satélites, ni de la base, aunque los encontraran. Y añadió: «Les costará caro ese intento». El sabía bien esto.

Murátov tradujo rápidamente estas palabras a los demás.

— Me parece ahora — añadió Murátov — que Riyagueya al decir esto tenía en cuenta que al tocar la base pondríamos en acción algo, por lo visto peligroso, que se refiere a los satélites.

— Usted tiene razón — dijo con alarma Stone —. Nos hemos olvidado completamente de que en cuanto fue encontrada la base los satélites han despegado. Puede venir a continuación la orden de actuar.

— Es lo más probable — resonó la voz de Sinitsin — Indudablemente ellos tenían que haber previsto la posibilidad de que nosotros encontráramos esta base y comprendieron perfectamente que la destruiríamos.

— ¡Número uno! — Esta vez la voz de Szabo no era tan tranquila —. ¡Cesar las búsquedas! ¡Atrás! — Se volvió hacia Stone —. El peligro en realidad es muy grande.

Mejor es no tentar la suerte.

— Aunque sea una pena, pero por lo visto, esto es lo mejor.

— ¿Destruirla?

— Sí — respondió con firmeza Stone.

La decisión fue aprobada, pero llegó tarde.

Los amos de la base lo decidieron antes.

En la Luna no hay sonidos, y la primera explosión las personas la vieron. El robot número uno todavía no había apagado su proyector, esperando que salieran de la cavidad sus dos ayudantes. Acababan de aparecer en el borde de la cavidad, cuando de repente se abrió una de las cúpulas saliendo de su interior un haz de fuego, y al cabo de un instante en este lugar no quedaba más que una profunda fosa.

Y a continuación explotó la segunda, después la tercera…

La cuarta explosión tuvo lugar ya en la oscuridad. La esfera se deslizó rápidamente hacia los todoterreno. Delante de ella «corrían» los dos robotshombres».

Y allí, en la negra oscuridad de la sombra, con una minuciosidad metódica, fulguraban, a intervalos regulares, columnas de fuego que destruían las complicadas instalaciones de la base, condensación del pensamiento técnico de un pueblo ignoto, desconocidas por las personas de la Tierra y traídas aquí por los compatriotas de Guianeya.

Eran impotentes las personas de la Tierra. Nada podía detener la destrucción. Nunca podría conocer nadie lo que representaba las cúpulas y el rombo. No quedaban más que las conjeturas.

Refulgió la última explosión silenciosa, la más potente, y volvió a reinar la «calima» anterior.

Cinco proyectores sin orden ninguna, pero simultáneamente, alumbraron el terreno cubierto de fosos.

Todo se había convertido en polvo. Allí, donde se encontraba el rombo, la fuerza de la explosión había demolido parte de las rocas y los trozos de granito llenaban la mitad del lugar donde había estado la base, y sólo las líneas rectas de sus límites indicaban que aquí había habido una obra artificial.

Y esto fue todo lo que quedó a las personas como recuerdo de los forasteros del cosmos.

¡No, no era todo!

¡Quedaban todavía dos satélites!

En un lugar del espacio giraban de nuevo alrededor de la Tierra, llevando consigo un peligro desconocido.

No se podía dudar, según dijo Stone, que había sido dada la «orden de actuar». Esto lógicamente se desprendía del hecho de que la base había dejado de existir. El rombo tenía que cumplir su última misión, y la cumplió.

¿Qué amenazaba a la Tierra en las próximas horas y, posiblemente en los próximos minutos?

¡Y en la Tierra nada sabían!

El todoterreno del estado mayor se dirigió a toda marcha hacia la estación. La emoción y la alarma eran tan grandes que se acordaron sólo por el camino de los demás todoterreno y por radio les explicaron la causa de tan rápida salida.

Pasados diez minutos Szabo y Stone se encontraban en el puesto de radio. En menos de un minuto fue establecida la comunicación directa con el Instituto de cosmonáutica, y Szabo, exteriormente tranquilo, transmitió el alarmante comunicado.

— Usted debe salir inmediatamente — dijo Stone a Véresov — alcanzar a los satélites y destruirlos. ¡Ah — exdamó con desconsuelo — me había olvidado de que en su nave no hay catapultas antigás!

— Las tiene la «Titov» — contestó tranquilamente Véresov —. ¿Acaso usted piensa que en la Tierra no se sabe lo que hay que hacer?

— Tiene usted razón — contestó Stone —. He perdido la cabeza.

Guianeya en cuanto llegó a la estación se dirigió a la piscina. Le gustaba con locura el agua.

Murátov tenía necesidad de hacerle algunas preguntas y sin pensarlo se encaminó al mismo lugar.

Guianeya nadaba como siempre, rápidamente. Esperó a que se aproximara a él y la llamó.

Se detuvo y quedó en el agua casi sin moverse. Era asombrosa la propiedad de flotación de su cuerpo. La cola negra de sus cabellos se ondulaba ligeramente sobre su espalda.

— Perdóneme — dijo Murátov —. La he molestado.

— No tiene importancia — contestó sonriéndose Guianeya.

— Le rogamos que recuerde si Riyagueya dijo en qué consistía el peligro de los satélites para las personas de la Tierra.

— No oí nada de esto.

— ¿Pero usted sabía para qué volaba a la Tierra?

— Lo sabíamos.

— ¿Entoces para qué?

— Para llevar a cabo el plan hace mucho tiempo pensado.

— ¿Cuál? Guianeya se rió.

— Usted no es consecuente, Víktor — dijo ella bromeando —. Si yo pudiera contestar a esta pregunta, también hubiera contestado a la primera. Es lo mismo. Sabía que queríamos llevar a cabo nuestro plan. ¿Pero cuál? Esto lo sabía Riyagueya y tres más.

Marina le había dicho a su hermano que Guianeya era capaz de mentir. Y estaba completamente convencido de que ahora mentía. La seguridad en esto la reforzó la frase de ella: «Las personas de la Tierra no merecen la suerte que se les preparaba». Para decir esto, había que saber lo que se preparaba.

— Usted lo sabe, Guianeya — dijo en voz baja.

De nuevo resonó su melódica risa.

— Supongamos que lo sé — dijo ella sin alterarse lo más mínimo —. Pero usted no tiene necesidad de saberlo.

Murátov se indignó.

— Después de lo que usted nos ha comunicado — dijo con violencia — está obligada a decirlo todo.

— ¿Me reprocha usted?

Murátov comprendió que había que cambiar el tono. En los ojos de Guianeya brillaba un fuego peligroso.

— Yo no le reprocho nada, Guianeya — dijo él —. Al contrario, estoy admirado de su noble actitud. Nos ha prestado un enorme servicio. Pero siga siendo consecuente. Lo desconocido nos causa gran alarma.

— Claro está que tiene que alarmarles. Pero aunque a usted se lo diga no lo comprenderá… — Por tercera vez Guianeya repitió esta frase.

Murátov no reaccionó por un esfuerzo de voluntad.

— Haga la prueba — dijo —. Es posible que seamos capaces de comprenderla.

Se cogió con las manos al borde de la piscina, salió con facilidad del agua (sus movimientos siempre eran ligeros, pero sobre todo aquí, en la Luna) y con desenvoltura se sentó a su lado. La luz eléctrica jugaba con sus brillos sobre su húmedo cuerpo verdoso.

— Para esto tiene usted que saber lo que fue la.causa del surgimiento de nuestro plan.

— Entonces, dígalo.

— Lo diré.

— ¿Cuándo?

— Después. Aquí no es un sitio a propósito para una conversación tan larga.

— Pero mientras usted se decide — de nuevo no se pudo contener Murátov — puede ocurrir algo irreparable.

— Es posible. Pero ahora ya nada se puede corregir o cambiar. Y no me hable con brusquedad, esto no me gusta. Nuestro plan está realizándose sin participación nuestra.

Esto ha ocurrido por culpa de ustedes. Yo les advertí.

Su sangre fría y tesonería inexplicable eran capaces de sacar de sus casillas a cualquiera. Murátov se contenía con trabajo. Ella dijo una vez que «salvaba» a la gente, y ahora ni con una sola palabra intenta ayudarla.

¡Era muy posible que una sola palabra de ella fuera suficiente!

Sintió algo parecido al odio contra esta mujer de un mundo extraño que con tanta indiferencia hablaba del peligro que amenazaba a la humanidad.

«Se ha conformado con su suerte de no volver nunca a su patria — pensó Murátov —. Y nuestra suerte no le interesa en nada. Es posible que la alegre».

Comprendía que no era justo con Guianeya. Su parecido exterior asombroso, casi idéntico, con las personas de la Tierra le hacía olvidar frecuentemente que era una persona de otro mundo, que razonaba, pensaba y se comportaba de otra forma. Otros puntos de vista, ideas, conceptos, otra educación completamente distinta dictaba su conducta. ¿De qué se podía acusar a Guianeya? ¿De qué no era como las personas de la Tierra? Ella no podía ser igual a ellas.

Hubo un momento, todavía en la Tierra, cuando Murátov pensó que las palabras de Guianeya «les salvo a ustedes» eran provocadas no por la preocupación de la suerte de las personas, sino por el instinto de conservación, ya que viviendo en la Tierra, Guianeya compartiría la suefte de la humanidad. Pero él comprendía ahora que entonces ella fue sincera. Su propia suerte le era indiferente. Si esto no hubiera sido así, Guianeya lo hubiera dicho todo inmediatamente.

— Todo lo que hizo Riyagueya ha resultado en vano — dijo pensativa Guianeya, probablemente pensando en voz alta —. Pero así tenía que ocurrir.

Murátov oyó estas palabras aunque fueron dichas en voz muy baja.

El no le hizo ninguna pregunta, hablaba no para él sino para sí misma.

Y de repente comprendió que Guianeya había pronunciado esta frase en español.

No había tenido tiempo de comprender el significado de este hecho, cuando Guianeya se arrojó al agua con un movimiento violento. Lo salpicó de pies la cabeza.

— No tiene por qué intranquilizarse — gritó ella sonriéndose —. Marina me dijo que ustedes pueden salvar cualquier peligro.

6

Murátov siguió maquinalmente con la vista varios minutos a Guianeya. Por primera vez vio como nadaba e involuntariamente admiró la belleza de sus movimientos. Jugando al waterpolo Guianeya nadaba de otra forma.

Pero sus pensamientos estaban muy lejos.

Habló con sí misma, pensó en voz alta, ¡y esto lo hizo en una lengua terrestre!

A veces ocurre que las personas expresan en voz alta sus pensamientos a sí mismas cuando están profundamente sumidas en sus meditaciones. No tenía nada de particular el hecho de que Guianeya, evidentemente sin notarlo, hubiera expresado su pensamiento en voz alta. ¿Pero por qué «pensó» en español? Sería mucho más natural si ella hubiera dicho esta frase en su idioma. La persona siempre piensa en su idioma y rio en uno extraño.

Murátov sentía que se encontraba en el umbral de un descubrimiento muy importante.

«Se deduce — pensó — que Guianeya conoce el español desde hace tiempo, posiblemente desde la infancia. Lo conoce tan bien, está tan acostumbrada que, incluso, puede pensar en él. Esto es algo raro e inexplicable, pero hay que aceptado como un hecho. Está claro que Guianyea no comprende las cuestiones técnicas, no conoce el objetivo de su vuelo al Sistema solar, sabe sólo a grandes rasgos el plan de sus compatriotas. ¿Por qué? En los vuelos cósmicos no se toman tripulantes innecesarios.

Para algo les hacía falta. ¿Para qué? Sólo había una cosa para la que podía series útil: él conocimiento de un idioma de la Tierra, del idioma español. ¡Guianeya debería ser su traductora! Pero entonces resulta que la tripulación de la nave destruida tenía el propósito de aterrizar en la Tierra, y no sólo en la Luna, donde según su criterio no había todavía personas. ¡Deducción extraordinariamente importante!»

Murátov casi echó a correr en busca de Stone. Encontró al jefe de la expedición en compañía de Szabo, Tókarev y Véresov.

— ¡Escuchen, camaradas! — Con su emoción Murátov no se dio cuenta que había interrumpido a Stone sin dejarle terminar la palabra —. Les puedo comunicar una novedad muy importante.

Les expuso detalladamente su conversación con Guianeya y sus deducciones.

— Resulta — terminó — que no sólo tenían intención de llevar a cabo su plan, sino también de permanecer algún tiempo en la Tierra. ¿Cómo se puede concordar esto?

El informe de Murátov produjo un gran efecto. Stone emocionado pegó un salto en el sillón.

— Usted tiene razón, mil veces razón — dijo —. Somos tontos por no haber comprendido esto antes. Toda la situación cambia. Si a la Tierra le amenaza un peligro por terrible que éste sea no será una catástrofe. Su plan se realizaría no momentáneamente, para ello necesitan tiempo y, bastante largo. Si esto es así no hay nada de terrible. Sabremos librarnos de cualquier peligro — (Stone, sin saberlo, repitió las palabras dichas hace poco por Guianeya) —. Los satélites serán destruidos en las próximas horas. ¡Bravo, Murátov! Ningún otro hubiera prestado atención a que Guianeya piensa en español. Es completamente evidente que ella sabe este idioma desde la infancia, y desde entonces había sido destinada para que desempeñara el papel de traductora. Acuérdense que en una ocasión dijo que había volado a la Tierra en contra de su voluntad.

— Si esto es así — dijo Tófcarev — ¿para qué tuvo Riyagueya que destruir la nave y a sí mismo? Si era amigo de la Tierra, lo lógico hubiera sido que se presentara a nosotros y nos avisara del peligro.

— Si esto lo hubiera podido hacer — refutó Szabo —. Nuestra desgracia es que no sabemos nada.

— A pesar de esto no se puede olvidar que todas nuestras suposiciones pueden resultar completamente erróneas — dijo Stone —. Es posible que la nave no haya sido destruida, sino que haya ocurrido una desgracia y todos hayan perecido.

— No, no es posible — refutó Murátov, después de haber pensado un poco —.

Guianeya ha dicho: «Lo que ha hecho Riyagueya ha sido en vano». ¿Por qué en vano?

Porque a pesar de todo los satélites han recibido la orden de actuar. Esto también se desprende de sus propias palabras.

— Ella puede equivocarse — dijo Stone con su habitual tesonería.

Pero según se aclaró muy pronto, Guianeya no se había equivocado.

El comunicado de la Séptima expedición lunar fue acogido en la Tierra con atención, pero sin una alarma particular. Los que la recibieron, discutieron la noticia y llegaron a la deducción, de que a la Tierra, es decir, a todo lo que fue construido en ella por las personas, no le podía amenazar ningún peligro. ¡Qué podían hacer al enorme planeta dos pequeños «huevos» de cuarenta metros de longitud cada uno, tuvieran lo que tuvieran dentro! Incluso la explosión de los dos satélites, cuya fuerza superase en cien veces la potencia de su completa aniquilación, no causaría ni la más pequeña destrucción, encontrándose a tal distancia de la superficie de la Tierra. Sólo se podía pensar de que en los satélites se hubiera puesto algo nocivo para la población de la Tierra, lo más probable, la fuente de una potente radiación que actuara sobre los organismos vivos. Y esto podía ocurrir sólo en el caso de que en realidad se hubiera pensado causar daño a las personas sobre lo cual muchos dudaban grandemente.

Pero no había ningún fundamento para no creer en las palabras de Guianeya. Se había recibido una señal de alarma y era necesario tomar las medidas de defensa, que fueron adoptadas rápida y organizadamente.

El Servicio cósmico recibió la orden de que saliera inmediatamente la astronave «Guerman Titov» en persecución de los satélites y que los destruyera. Sólo en esta nave había sido instalada, ya hace tiempo, la catapulta con antigás. No había tiempo para armar otra nave más en ayuda de la «Titov»

Los radioobservatorios y las estaciones de rayos cósmicos reforzaron las observaciones de todas las radiaciones que se dirigían a la Tierra procedentes del cosmos.

Y virtualmente pasados sólo contados minutos después de haber sido recibido el telegrama sobre la salida de la Luna de los dos satélitesexploradores (por antigua costumbre se les continuaba llamando así), ésitos fueron captados por los vigilantes rayos de los radares, por los objetivos de los telescopios visuales, por los potentes tentáculos de los gravímetros, instalados en numerosos satélites artificiales de la Tierra.

Los dos «huevos», coloridos por una parte y, por la otra, como antes, invisibles, después de haber salido de su base lunar sólo habían podido volar unas cuantas horas.

Fue muy útil lo que hizo la Séptima expedíción al «ahuyentar» a los satélites. Los «huevos» no habían podido todavía alejarse en d espacio cuando fueron alcanzados por la «Titov» casi en el mismo lugar: sobre el meridiano de las islas Hawai.

En este momento reinaba sobre el Océano Pacífico una noche profunda. No fue mucha la gente que pudo ver el brillo resplandeciente de los relámpagos de la aniquilación, proclamando que habían dejado de existir los dos satélites de un mundo extraño.

¿Habían podido cumplir en algún grado aquello para lo que estaban destinados? ¿O dejaron de existir sin ninguna utilidad para sus amos?

La respuesta a estas preguntas fue recibida pasadas dos horas de su destrucción.

Y las dos preguntas obtuvieron una respuesta positiva.

Los satélites tuvieron tiempo de causar daño, aunque no grande. Hubo que tomar medidas para purificar la atmósfera y recurrir a intervenciones médicas en relación con los que fueron afectados por las radiaciones de los satélites. Las instalaciones montadas en ellos, por lo visto, comenzaron a actuar inmediatamente después de su salida de la Luna.

Pero los satélites no pudieron cumplir por completo su fin. En este sentido su pérdida había sido inútil.

Las personas supieron antes de lo esperado lo que les amenazaba, con qué querían sorprender a los habitantes de la Tierra los compatriotas de Guianeya.

Su objetivo quedó claro.

Involuntariamente se sonrieron al saberlo los que estaban al corriente de los acontecimientos, que hasta ahora eran pocos: destacados científicos, funcionarios del servicio cósmico, personal de los observatorios.

Fue demasiado burdo el cálculo, demasiado bajo habían calificado la ciencia y la técnica de la Tierra los compatriotas de Guianeya. Si incluso ellos estuvieron por primera vez en la Tierra durante la Edad Media, debían haber tenido en cuenta las leyes del desarrollo de la sociedad, que no podían ser desconocidas para ellos.

Pero nada previeron y por esto se equivocaron.

— No sería cosa de risa — dijo una de los más destacados físicos de la Tierra, la profesora Marlen Frezer — si ellos hubieran realizado su idea hace unos siglos. E incluso en los últimos siglos, las personas estaban divididas por el régimen de explotación, sus acciones hubieran causado la muerte de numerosos pueblos subdesarrollados que entonces existían. Pero ahora, entre nosotros… ¿Quién puede causar daño a la humanidad unida?

— Tenemos que reconocer — completó sus palabras otro científico — que nos equivocamos en lo que se refiere a los plazos de los lanzamientos de los satélitesexploradores.

Por lo visto aparecieron cerca de la Tierra no hace mucho tiempo. De aquí resulta que sus «amos» también visitaron la Tierra hace poco y por eso todavía son menos comprensibles sus errores en el cálculo. Para equivocarse de esta forma es necesario poseer un concepto extraordinariamente alto de sí mismo, una soberbia inaudita en el trato con otros y un profundo desprecio hacia todos los que consideran inferiores a ellos.

Nadie en la Tierra tenía la menor sospecha de cuan cerca de la verdad estaba este científico.

Todo peligro había desaparecido.

¡Ahora! ¿Pero en el futuro?

¿Se podía esperar un nuevo ataque?

Podría tener lugar, pero no habría que temerlo viendo entre el pueblo de Guianeya habían aparecido personas como Riyagueya. Era evidente que la humanidad desconocida había alcanzado un nivel de desarrollo tal que son imposibles actos de hostilidad contra otra humanidad.

Era un enigma como seres con una ciencia y técnica tan potentes, pudieron pensar e intentar llevar a cabo el inhumano plan de obligar a la población del globo terráqueo a desaparecer de la faz del planeta, a desaparecer de forma «natural», haciendo cesar la natalidad, y ellos mismos ocupar los lugares que quedaban vacíos.

Esto testimoniaba, primero, la superpoblación de su propio planeta, y segundo, el bajo nivel moral.

Pero era incompatible, desde el punto de vista terrestre, el bajo nivel moral con el altísimo desarrollo de la técnica.

El conocido historiador y filósofo Andréi Pérventsev publicó un artículo, al poco tiempo de estos acontecimientos, en el que exponía sus puntos de vista sobre todos los aspectos de estos enigmas.

Según su criterio era necesario buscar la única explicación en casos análogos existentes en la historia terrestre.

Las leyes del desarrollo de la sociedad de los seres racionales son en todas partes aproximadamente iguales. Pero la diversidad de la naturaleza es infinita, e infinitos los caminos de desarrollo de los seres racionales. Tanto más cuando se trata del Universo.

Hace más o menos cien años, Alemania, uno de los países más desarrollados de la Tierra, sumió al mundo en una guerra devastadora, llevando a la realidad la doctrina de la destrucción de otros pueblos… ¿Acaso la posesión de las fuerzas termonucleares no demuestra la existencia de una alta técnica? Sin embargo, hubo un tiempo en que las personas que estaban en posesión de esta técnica, prepararon una catástrofe nuclear, que amenazó a la humanidad con la misma suerte que le preparaban los compatriotas de Guianeya.

«La naturaleza de los explotadores — deducía como conclusión Pérventsev — es siempre y en todas partes igual. Para mí no hay ninguna duda de que en el planeta de Guianeya existía, en el tiempo cuando fue pensado el plan, un régimen de explotación altamente desarrollado. Ahora, con toda probabilidad, este régimen ha dejado de existir o vive los últimos días. Lo que hizo Riyagueya nos convence de esto».

Pérventsev era el que estaba más próximo a la verdad, pero, por ahora, no lo sabían.

Una cosa estaba clara: Un acto tan hostil, como el que conocieron las personas de la Tierra, era una rarísima excepción. Y no había ningún fundamento para pensar que esta excepción pudiera repetirse.

La intervención cósmica, según había dicho justamente Frezer, podría haber tenido éxito en los tiempos de la juventud de la sociedad humana. Pero nunca cuando las personas se han unido y juntas pueden defenderse de cualquier peligro.

Es invencible la sociedad que vive formando una familia amiga y cohesionada, que ha alcanzado las altas cumbres de la ciencia y técnica.

7

— Esto comienza a intranquilizarme — dijo Marina.

Se levantó y defendiéndose los ojos con la palma de la mano miró hacia la lejanía del mar, refulgente por miríadas de lucecillas.

Las olas azul esmeralda del Mar Negro llegaban perezosamente a la orilla. Una neblina nacarada ocultaba la línea del horizonte. Y allá, en la lejanía se divisaba como colgado en el aire, un barco blanco. Estaba tan lejos que parecía inmóvil. Era un día casi sin viento, de vez en cuando se sentía un ligero soplo que no traía frescor, sino bochorno.

La negra cabeza de Guianeya no se veía por ninguna parte.

— Nada admirablemente — dijo indolente Víktor Murátov.

— Ha pasado más de una hora.

— ¿Qué quieres decir con esto?

— Que me intranquiliza.

Raúl García se irguió apoyándose en los codos.

— Vamos a buscarla — propuso.

— ¿En qué?

— En cualquier lancha. Si explicamos de qué se trata cualquiera nos la dejará.

— Esperemos un poco más.

La intranquilidad de la hermana se apoderó de Víktor. Se levantó y marchó hacia el agua.

Hoy habían nadado mucho. Guianeya todo el tiempo había estado con ellos, y cuando todos se cansaron se alejó sola. Pasó una hora entera y Guianeya no aparecía.

Había pasado un mes desde el regreso a la Tierra de la Séptima expedición lunar. La mayoría de las personas habían olvidado la alarma y emoción de aquellos días. Y sólo la presencia de Guianeya en la Tierra hacía recordar los extraordinarios acontecimientos.

Los participantes de la expedición decidieron disfrutar un mes de descanso y fueron al litoral del Cáucaso.

En los primeros días Guianeya no estaba con ellos porque había ido al Japón a buscar a Marina.

Durante este mes se aclararon muchas cosas. Guianeya era cada vez más franca. Se aclaró definitivamente que existía un mundo cuyos habitantes tenían una necesidad parentoria de encontrar un planeta para poblarlo. Dejó de ser un enigma el que Guianeya no recordara su patria, circunstancia que en su tiempo tanto soprendió a Víktor Murátov.

Había nacido en otro planeta encontrado por sus compatriotas y reconocido por ellos como no apto para su colonización. Guianeya nunca había visto su verdadera patria.

También quedó clara la personalidad de Riyagueya, científico, ingeniero (según conceptos terrestres), dirigente técnico de la expedición cósmica, que era, por lo visto, completamente distirito de los otros compatriotas de Guianeya. Siempre estuvo en contra del plan de sus colegas en lo referente a la Tierra, considerándolo como inhumano.

Insistía en quedarse en el primer planeta, reconstruir y poblarlo. No estaba claro por qué no estuvieron de acuerdo con él. Guianeya sobre esto calló algo.

Y aunque quedó completamente claro el objetivo del vuelo de la nave de la que desembarcó Guianeya, nadie en la Tierra experimentaría hacia ella un sentimiento de hostilidad.

Fue evidente el papel pasivo de esta muchacha, todos creyeron en sus palabras de que había volado hacia la Tierra en contra de su voluntad, y esto explicaba la simpatía que todos sentían hacia Guianeya.

Según Marina Murátova, Guianeya había cambiado asombrosamente después de su regreso de la Luna. Si antes se notaba en ella un temor velado ahora no quedaba ni rastro. Si antes Guianeya esquivaba a las personas, ahora buscaba su sociedad. Y por su deseo, por su iniciativa, Marina y Guianeya se unieron en seguida a los participantes de la Séptima expedición.

No era un misterio para nsdie la causa de este cambio. Guianeya sabía el peligro que amenazaba a las personas de la Tierra, esperaba la realización del plan criminal y temía de venganza. Era evidente que juzgaba a las personas según las costumbres y representaciones de sus compatriotas que, por lo visto, debían de ser severos y feroces.

Por algo, después de que habló con franqueza, Guianeya manifestó que estaba cerrado para ella el camino a la patria.

Ahora, cuando nada había pasado, cuando el plan había sido liquidado de raíz y ningún peligro se cernía sobre las personas, Guianeya dejó de tener miedo.

Todo esto era suficientemente verosímil para considerado como una verdad.

Claro está que nadie hubiera tocado a Guianeya incluso con la realización del plan, pero su alarma era comprensible.

Guianeya respondió con un «¡No!» categórico y firme a la pregunta de si sus compatriotas podrían enviar a la Tierra nuevos satélitesexploradores, y se negó a fundamentar detalladamente su respuesta.

— Yo no quiero — dijo a Marina — que se forme en ustedes un criterio excesivamente malo de nosotros. Ya es bastante poco halagüeño. Comprendo que, por su parte, esto no es sólo una curiosidad, pero crean en mis palabras. Nunca se repetirán los intentos de causar daño a las personas de la Tierra. Hablo en nombre de Riyagueya aunque él ha muerto. Si esto no fuera así él no habría hecho lo que hizo.

Estas palabras, comunicadas por Marina, convencieron a todos. La personalidad de Riyagueya, al que nadie había visto, ni verían, continuaba influyendo en los acontecimientos aún después de su muerte. Creían en él, y lo que dijo Guianeya en su nombre era de una lógica aplastante. No tenía ningún sentido el sacrificarse y sacrificar a sus camaradas, si había la posibilidad de enviar nuevos satélites hacia la Tierra con el mismo objetivo. Entonces, como una vez dijo Tókarev, hubiera sido lógico presentarse ante las personas y advertirles del peligro.

Es cierto que no estaba claro el por qué Riyagueya prefirió destruir la nave y matarse, ya que podía en este caso haberse presentado ante las personas, pues, según había confirmado Guianeya, la nave iba a descender en la Tierra.

Guianeya era mucho más franca pero no hasta el fin. Había callado mucho, y a lo que fue dado a conocer por ella hubo que añadirle una serie de reflexiones.

Pero se podía abrigar la esperanza de que, tarde o temprano, Guianeya diría todo.

Fue decidido dejarla obrar como ella quisiera y no forzar los acontecimientos.

Guianeya estaba rodeada con la atención y cuidados de siempre.

A muchos le causaba asombro el que a ella no le fuera penoso el ocio. Pronto se cumplirían dos años de su llegada a la Tierra. En este tiempo había recorrido todo el globo terráqueo, había visto todo y, según entendían las personas de la Tierra, hacía tiempo que debía haber experimentado la necesidad de realizar algún trabajo. Pero no se había observado en Guianeya ningún síntoma de que sintiera esta necesidad.

Se sabía que Guianeya era muy joven. Marina pudo obtener, por fin, contestación a la pregunta sobre la edad de la huésped del cosmos. Guianeya supo incluso calcular sus años según el tiempo terrestre. Resultó que si se calculaba por los años terrestres Guianeya tendría sólo diecisiete años.

Esto en parte explicaba el que Guianeya no hubiera tenido tiempo de acostumbrarse al trabajo.

A la pregunta natural de cuántos años vivían, como término medio, sus compatriotas, ella dio una contestación que a muchos les pareció increíble. Guianeya dio la gigantesca cifra de 500 años. Se deducía que, según los años terrestres, sus compatriotas vivían seis veces más que las personas de la Tierra.

Las causas de su longevidad, y la cuestión de que si ésta había sido siempre así o solamente en los últimos siglos interesó a muchos científicos, pero la contestación de Guianeya fue simple y desilusionadora:

— No lo sé — dijo ella.

Había pocas esperanzas de saber lo que no sabía Guianeya. Le era desconocido dónde se encontraba su primera patria.

— ¿Pero allí saben a dónde voló su nave? — le preguntaron a Guianeya.

— No — fue una respuesta la más de rara. Muchas cosas quedaron ocultas y por lo visto para siempre. Si en la patria de Guianeya no sabían la existencia de la Tierra, no había ninguna probabilidad de que saliera una nave cósmica. Se excluía el hallazgo casual de un planeta en los espacios dol universo, y además aquel que se necesitaba.

Las probabilidades para tal casualidad eran completamente nulas.

Esto apenaba y al mismo tiempo irritaba. Se quería involuntariamente que en lugar de Guianeya se hubiera encontrado en la Tierra una persona más informada.

— ¡Si Riyagueya estuviera aquí! — dijeron los científicos.

Entonces, claro está, la comunicación entre los dos mundos no estaría rota como ahora.

Pero esto no podía cambiarse o corregirse. Así era y había que conformarse.

El sueño secular de establecer, al fin, comunicación con los habitantes de otros mundos, amenazaba con quedarse, durante un tiempo indeterminado, como antes, en sueño.

— Suerte que por lo menos es agradable mirar a esta representante de otro mundo racional — bromeaban en la Tierra —. Podría haber sido un monstruo.

Era el único consuelo.

Pasaron diez minutos más.

Ya varias decenas de personas miraban con alarma el mar, buscando con prismáticos a la desaparecida Guianeya. Murátov y García habían recibido una lancha y se preparaban para buscar a la muchacha.

— ¡Ahí está! — dijo Marina con alivio, que fue la primera que vio a la fugitiva.

La negra cabellera que ondeaba con los movimientos de la nadadora se acercaba rápidamente hacia la orilla. Guianeya nadaba con su estilo peculiar. No se observaba cansancio en ella después de casi hora y media de nado. Las manos verdosas cortaban con uniformidad y energía el agua.

Cuando salió del agua nadie pudo observar una respiración agitada. Parecía como si no hubiera hecho nada.

— ¡Nos tenía muy intranquilos! — dijo Marina.

Guianeya se sonrió.

— He nadado muy lejos — dijo con una voz en la que no se notaba la menor alteración —.

Quiería haber alcanzado el barco blanco, pero no he podido. Después me puse a pensar y me olvidé de que ustedes me esperaban. ¡Perdónenme!

Se dejó caer sobre los guijarros que mezclados con la arena cubrían la playa. En este acto tampoco se vio que estuviera cansada.

— ¿En qué pensaba usted? — preguntó García.

El joven ingeniero tenía una simpatía particular hacia Guianeya. Esta simpatía que rayaba en el enamoramiento, sirvió de motivo para frecuentes bromas.

Guianeya se volvió hacia Murátov.

— Estoy apenada — dijo ella, y Víktor captó inmediatamente en su tono una nueva nota.

La miró a los ojos. No había lágrimas en ellos pero se sentían en sus palabras —. Me acordaba de mis padres, de mis hermanas, de mis hermanos. Y son grandes los deseos que tengo de verlos.

No se dirigió a García para contestar la pregunta, pero éste no se ofendió. Todos sabían muy bien que Guianeya se dirigía sólo a Murátov cuando la pregunta le aprecia muy importante.

— Pero esto nunca se realizará — añadió Guianeya.

¡Pobre muchacha, estaba ignorante de todo!

— Temo que sea así — contestó con suavidad Murátov —. Haríamos todo lo posible para que usted tenga la posibilidad de regresar, pero usted misma no sabe dónde se encuentra su segunda patria. A lo mejor sale de allí hacia la Tierra una nave más.

— Tenía que haber salido — dijo inesperamente Guianeya —. Pero en el último momento se decidió no enviarla.

— Sus compatriotas pueden haberlo vuelto a pensar. Oiga, Guianeya — Murátov quería aliviar sus penosos pensamientos —, ¿por qué precisamente usted fue elegido como traductora? ¿Es que sólo usted sabía español?

— Lo sabe bien mi padre — dijo Guianeya — pero ya es viejo para volar por segunda vez a la Tierra y yo era la que mejor aprendí este idioma.

— ¿Su padre estuvo en la Tierra?

— Tomó parte en el primer vuelo, en el que fue encontrado su planeta.

— ¿Estuvo mucho tiempo en la Tierra?

— Exactamente no lo sé, pero me parece que mucho. Mi padre tuvo tiempo de aprenderlo bien.

— ¿Cuándo tuvo lugar esto?

Raúl y Marina aguzaron el oído al escuchar esta pregunta que hacía tanto tiempo interesaba a todos. ¿Respondería Guianeya?

— Les parecerá a ustedes raro — dijo Guianeya — pero no lo sé. En los vuelos cósmicos es muy difícil comprender la marcha del tiempo. Pero me parece que, calculando según los años de ustedes, esto tuvo que tener lugar aproximadamente hace medio siglo.

— ¿Qué? — Murátov se levantó fuertemente emocionado —. ¿No se equivoca usted, Guianeya?

— Pienso que no me equivoco. ¿Qué es lo que le asombra a usted?

— No, nada. Pensábamos que esto había sucedido mucho antes.

La respuesta de Guianeya derrumbó en un instante todo el edificio de conjeturas e hipótesis levantado por las personas. Parecía indudable que los compatriotas de Guianeya habían estado en la Tierra durante la Edad Media. Era difícil concebir que nadie los hubiera notado en los últimos tiempos. ¡Medio siglo! Esto significaba que una nave extraña descendió en la Tierra en los últimos veinticinco años del siglo veinte, en la época del socialismo y del florecimiento impetuoso de la cosmonáutica. ¡Increíble!

— Vamos a aclarar las cosas — dijo Murátov, intentando ocultar a Guianeya su emoción creciente —. No tenemos nada que hacer y podemos dedicarnos un poco a las matemáticas. ¿Cuántos años tenía usted cuando su padre voló a la Tierra?

— Ninguno — sonrió Guianeya —. No había tenido tiempo de nacer.

Esto dificultaba el problema.

— Bien, ¿pero cuántos años tenía su padre?

— No lo sé.

— Pero, por ejemplo, su madre, tenía que recordar cuánto tiempo estuvo ausente.

— Probablemente esto lo recuerde, pero yo nunca se lo pregunté.

Se derrumbó el plan de Murátov.

A pesar de todo no podía creer en sus palabras. ¡Medio siglo! Guianeya se equivocaba.

Se podía creer que esto hubiera ocurrido al comienzo del siglo diecinueve, pero al final del veinte… Guianeya confundía la diferencia del tiempo que hay para las gentes que se encuentran en el planeta y para aquellos que vuelan en el cosmos con una velocidad cercana a la de la luz. Todo consistía en esto.

Pero Guianeya se podía equivocar en un siglo, en siglo y medio, pero no más. Había que rechazar la hipótesis de que esto había ocurrido en los siglos de la Edad Media de la historia terrestre.

Esto cambiaba todo el cuadro que habían ideado los científicos de la Tierra con la colaboración y participación activa del mismo Murátov.

«Es una verdadera pena que en vez de Guianeya — pensó Murátov — no estuviera aquí el mismo Riyagueya. ¿Se descubrirá alguna vez la verdad o quedará desconocida por los siglos de los siglos?»

Murátov estaba tan pensativo que no contestó a una pregunta que le hizo Guianeya.

Ella se encogió de hombros y se volvió hacia Marina.

— Miren, camaradas — dijo García — hacia nosotros corre Stone.

— ¿Corre? — dijo Marina asombrada. Todos se volvieron.

Stone, en efecto, no andaba sino que corría. Esto no era habitual en él. Por lo visto, algo había ocurrido.

Incluso sin saludar, lo que en él era completamente extraño, dijo jadeando:

— ¡Traduzcan! Cerca de la Tierra ha aparecido una nave cósmica, y sin duda alguna pertenece a sus compatriotas.

8

Los gravímetros de las estaciones lunares fueron los primeros que captaron la presencia de una nave invisible que se aproximaba a la Tierra.

La invisibilidad, de por sí, hizo pensar que esta nave pertenecía a los mismos que volaron hace año y medio, ya que no podía ser que durante tan corto espacio de tiempo visitaran la Tierra personas de dos planetas diferentes. Esto hubiera sido una casualidad extraordinariamente inconcebible, puesto que una visita de esta clase ni una vez tuvo lugar durante miles de años, sin tener en cuenta la que hicieron los compatriotas de Guianeya. Estaba claro que eran ellos.

¿Pero para qué y con qué objeto se presentaban tan pronto?

El plan de los compatriotas de Guianeya estaba completamente claro y esto daba la posibilidad de prever sus ulteriores acciones.

Se consideraba que era prematuro el vuelo a la Tierra de la segunda nave.

Aunque fue pequeño el tiempo que actuaron los emisores de radiaciones de los satélitesexploradores, sus radiaciones fueron captadas por los aparatos, estudiadas y descifradas. Pertenecían al grupo de las radiaciones atómicas, y su influencia sobre el organismo humano conducía inevitablemente al cese completo de la natalidad. La humanidad de la Tierra debía «extinguirse» de forma natural.

Para la realización de este plan se exigía como mínimo de ochenta a noventa años, y sólo después de este plazo se esperaba el segundo vuelo.

La tripulación de la primera nave fue aniquilada por Riyagueya, y los que habían quedado en el planeta no podían saber que el plan había fracasado.

Sin embargo aparecían pasado sólo año y medio.

Sin duda alguna ellos estaban seguros que sus camaradas de la primera nave habían conectado las instalaciones de los satélites, pero lo que había pasado no lo sabían y no lo podían saber.

¿Para qué entonces habían volado?

Había tres explicaciones.

La primera, la más inverosímil, era que la nave de Riyagueya no regresaría a su debido tiempo. Su inverosimilitud consistía en que la tripulación de la nave debía de pasar un cierto tiempo en la Tierra. Esto lo demostraba la presencia de la traductora. Pero año y medio era un plazo demasiado pequeño para poder salvar la distancia de la Tierra hasta cualquiera de las estrellas más próximas, aunque sólo se estuviera en la Tierra un mes.

La segunda, que parecía la más verosímil, expresaba la idea de que la nave aparecida había volado para realizar una comprobación. Y poniéndose en lo más desagradable, había volado con el fin de reforzar la acción de los satélites, de acelerarla, para lanzar sobre la Tierra nuevas porciones más potentes de diabólicas radiaciones.

La última explicación parecía que la desmentía la acción de Riyagueya y lo que había dicho en su nombre Guianeya. Pero ella podía también equivocarse.

Llegó el momento de pensar en ¿cómo recibir a los huéspedes no invitados?

La humanidad de la Tierra tenía todos los derechos morales para destruir la nave que se acercaba. Esto sería un acto legal, como se decía en la antigüedad, un acto de autodefensa y esto era fácil hacerlo.

Pero a nadie se le ocurrió una acción de este tipo.

Los científicos e ingenieros sentían una gran desilusión ya que la base y los satélites habían desaparecido sin dejar rastro, sin que nadie pudiera saber su construcción y principios de funcionamiento. Esta era técnica de otro mundo, y como era natural, existían grandes deseos de estudiarla.

¡Destruir también esta nave! Esto significaría renunciar definitivamente y para siempre a la idea de poder conocer la técnica de aquel mundo.

La curiosidad científica es un impulso muy fuerte y es casi imposible luchar contra él.

¿Ha hecho del hombre lo que es, ha sido siempre una cualidad del hombre!

¡Destruir la nave! ¡No, nunca! Sólo en caso extremo, si no queda otro remedio.

La poderosa técnica de la Tierra impulsaba a seguir otro camino.

Era necesario intentarlo. Y si fracasaba, en cualquier momento se podía dispersar la nave en átomos.

Desde el momento de su aparición en el «campo visual» de los gravímetros hasta la adopción del acuerdo, pasó poco tiempo. Al cabo de dos horas la Tierra ya estaba preparada para cualquiera de las variantes.

Los rayos de los radares tenían «atrapada» a la nave. Eran ya conocidos su volumen y dimensiones. Se envolvió al planeta con una capa protectora antirradiación. Cuatro astronaves se habían aproximado al huésped y le seguían con insistencia.

Todo estaba preparado.

Los advenedizos se encontraban inermes completamente, en poder de las personas de la Tierra.

¿Sabía esto su tripulación? Debían haber notado la «escolta» de honor, comprender para qué era, y hacer la conclusión correspondiente.

¿Qué medidas tomarían?

En la Tierra esperaban tranquilamente. El Instituto de cosmonáutica se convirtió en el estado mayor de las operaciones de recibimiento, y Laszlo Szabo tenía la mano sobre el botón. Una pequeña presión y las cuatro astronaves al recibir la señal de ataque lanzarían cuatro cohetes mortíferos que no dejarían nada del advenedizo.

Su conducta era muy rara.

Por lo visto ya hacía tiempo que se habían conectado los motores de freno y la nave volaba muy lentamente, disminuyendo constantemente su velocidad, en un grado mayor de lo necesario.

Por fin su velocidad llegó casi al cero.

Por lo visto los advenedizos no pensaban descender en la Luna. Para entrar en la órbita alrededor de la Tierra, como hicieron los satélitesexploradores, era necesaria una gran velocidad. Era incomprensible que pudieran descender en la Tierra tan lentamente.

Se había creado la impresión de que el comandante de la nave no sabía qué hacer.

Era posible que hubiera visto todo y comprendiera que había caído en una trampa.

Entonces la nave podía inesperadamente dar la vuelta y desaparecer en el cosmos.

Szabo decidió firmemente no permitir esto. ¡De la Tierra no marcharán «vivos» los advenedizos!

¿A quién se le podía ocurrir que la nave no la dirigía nadie, que los cuatro seres que se encuentran en ella, incluso no saben que su camino ha terminado, que los aparatos automáticos esperan la orden que nadie les puede dar?

No sería suficiente tener la imaginación más perspicaz para poder sospechar la verdad.

En la Tierra estaban perplejos. La nave gigantesca — su longitud era de medio kilómetro — al «empantanarse» cerca de la Tierra gastaba tiempo y energía inútilmente. De ella no se desprendía ninguna radiación.

El que la nave no hubiera caído en la Tierra testimoniaba que funcionaban las instalaciones de freno. Mantener, cerca de un cuerpo celeste tan grande como la Tierra, en un mismo sitio, un gigante de este tipo costaba un gasto colosal de energía.

Y surgió la idea de que había ocurrido una nueva tragedia, de que la tripulación de la nave estaba muerta.

¿Qué podía haber conducido a este final el vuelo interestelar? ¿Un segundo Riyagueya?

Urgentemente consultaron a Guianeya. Confirmó sus palabras de que la segunda nave, que era exactamente igual que la primera, estaba preparada para el vuelo, pero que después se decidió que saliera sólo una. Ignoraba lo que pudo hacer cambiar esta decisión.

Existían ahora muchos más fundamentos para llevar a cabo el plan trazado.

Pero para esto era necesario convencerse de que no era peligrosa la aproximación de la nave, de que en ella no había instalaciones defensivas, parecidas a las que tenían los satélites.

Las astronaves que acompañaban al «huésped» recibieron la orden de comprobar esto.

Cuatro robotsexploradores se aproximaron desde diferentes partes al advenedizo del cosmos y sin obstáculo tocaron su superficie.

No tuvo lugar aniquilación. ¡La nave no tenía instalaciones de defensa!

En las pantallas de los cuadros de mando de las astronaves surgieron los contornos difusos de lo que se encontraba dentro del «huésped»…

¡Y una nueva sorpesa!

La transmisión de uno de los robots que se encontraba en la parte media de la nave cósmica, mostró claramente que algo se movía dentro…

¡Este «algo» recordaba a seres vivos, a personas!

Había que desechar la suposición anterior, ¡la tripulación estaba viva!

Todo esto puso al Instituto de cosmonáutica en un callejón sin salida. ¿Qué significaba la absurda conducta de los forasteros? No se podía concebir, que en la nave que había realizado un vuelo interestelar, se encontraran personas que no tuvieran idea de las leyes de la mecánica estelar, que no se dieran cuenta de sus actos.

¡Pero por lo que se veía resultaba así!

No cabía lugar para dudas.

¡Instalaciones defensivas no existían, la aproximación a la nave no ofrecía ningún peligro!

— Les ayudaremos a tomar una decisión — dijo Szabo.

Salió de la Tierra la misma escuadrilla que en algún tiempo dirigió Murátov. Ya hace tiempo que estaba preparada con el fin de convertir un asteroide más en estación científica cósmica. No se tenía grandes deseos de gastar energía en un objetivo no previsto, pero no quedaba otro remedio.

La potencia de la escuadrilla, que hizo cambiar la órbita de Hermes, era más que suficiente.

Las naves eran muy pequeñas en comparación con el gigantesco advenedizo, pero eran ocho. Por cuatro partes se acercaron al «huésped», dos por cada una, y se pegaron a su bordo. La nave era invisible incluso desde cerca, pero se distinguía bien como una «hendidura» negra en el cosmos, en el fondo estelar.

Potentes imanes adhirieron las naves al advenedizo formando un todo único.

La nave fue apresada y ya no podía desprenderse.

Inmediatamente se puso en claro que los motores de la nave advenediza repelían la atracción de la Tierra.

Había sido cumplida la primera parte de la operación planeada pero se planteaba la cuestión de ¿cómo obrar en lo sucesivo?

Sin duda alguna la fuerza de las ocho astronaves podría vencer la fuerza de los motores de la nave. ¿Pero qué pasaría en la Tierra después del aterrizaje?

¿Se detendrían los motores de la nave o continuarían funcionando inútilmente?

La actitud del «huésped» cerca de la Tierra era lo suficientemente inconcebible para que esta pregunta no se hiciera en balde.

Sería ridículo sujetar la nave con cadenas al cohetódromo. ¿Y, además, qué cadenas podrían mantener sujetada una nave cósmica de tales dimensiones?

El comandante de la escuadrilla comunicó sus dudas al estado mayor de la operación, donde no pensaron mucho tiempo.

Los aparatos automáticos del huésped — estaba claro que en el momento actual dirigían la nave no personas sino aparatos — resultaron «sensatos». Claro está que los aparatos terrestres, correspondientes a los de la nave, eran «más inteligentes» y no hubieran permitido un gasto inútil de energía, pero a pesar de todo obraban con una cierta lógica, si les había sido incluido en el programa la orden de esperar al arribar a otro planeta.

Esto significaba que al «sentir» tierra debían detener los motores.

Szabo contestó en este sentido al jefe de la escuadrilla.

Las ocho naves cambiaron su plan. ¿Para qué oponer resistencia a los motores de «huésped», si se les podía utilizar?

Las personas de la Tierra querían comprobar, además, cuan «sensatos» eran los aparatos automáticos del advenedizo.

La nave podía conducirse hacia la Tierra con la proa hacia adelante. Entonces, sus motores, si funcionaban como antes, no lo impedirían sino todo lo contrario, ayudarían.

Pero si ellos comenzaban a funcionar en dirección contraria, entonces habría que emplear la fuerza aunque era una pena gastar tanta energía.

Resultó que el «juicio» de la nave de los huéspedes era más perfecto de lo que se suponía.

Apenas se empezó a remolcarlo cuando los motores del huésped dejaron de funcionar por completo. El «cerebro», por lo visto, sintió y «comprendió» que a la nave la gobernaban desde afuera.

Era posible que no hubiera comprendido nada, sino que fuera corriente un aterrizaje de esta forma, teniendo en cuenta las gigantescas dimensiones de la nave.

Fuera lo que fuera esto no tenía ya gran importancia; el «huésped» no ofreció resistencia y después de hora y media aterrizaron las ocho naves de la escuadrilla en el cohetódromo de los Pirineos, completamente libre de todos los cohetes. Entre ellos se encontraba algo parecido a un espectro.

El cuerpo gigantesco tapaba todo lo que se encontraba tras él, pero era absolutamente invisible, parecía un vacío opaco.

Por primera vez veían las personas de la Tierra tal espectáculo.

Recibieron al forastero sólo los empleados del servicio cósmico. Una precaución elemental obligó a cerrar el cohetódromo para los ajenos. Se hizo una excepción sólo para dos personas: Murátov y Guianeya.

Se separaron las naves auxiliares y volaron hacia el extremo del cohetódromo. Quedó solo el huésped.

Era necesario hacerlo visible. La «visión» en todos sus aspectos no era muy agradable.

Nadie salía de la nave. Los aparatos acústicos no captaban ningún sonido dentro de él.

Los aparatos teleradiográficos, que se acercaron inmediatamente, no registraron ningún movimiento.

¿Por qué ahora había cesado lo que se vio en las pantallas de la escuadrilla?

Parecía como si se hubieran ocultado los que se encontraban dentro de la nave.

Las personas de la Tierra no temían ninguna amenaza, ya que la nave aquí no podía causar un gran daño, debido a que se encontraba en poder comlpeto de los amos del planeta. Pero la ausencia de movimiento producía la impresión de que pudiera existir alguna amenaza.

La tripulación de la nave debía comprender que había sido hecha prisonera. ¿Cómo obraría el comandante?

Si pensaba elevarse y salir volando, esto no le salvaría. Cuatro astronaves de la escolta que no habían descendido a la tierra, estaban sobre el cohetódromo a una gran altura vigilando atentamente al huésped. En caso de que intentara huir sería destruido inmediatamente.

Las personas se esforzaban vanamente en averiguar qué es lo que pasaba ahora dentro de la nave.

Lo mismo que antes, nadie, incluso Guianeya, podían sospechar en lo más mínimo la situación real de las cosas.

9

Merigo y sus tres camaradas no observaron y tampoco sintieron la disminución de la velocidad del vuelo. No sabían lo que pasaba con su nave, no sospechaban que había terminado su largo y atormentador viaje, que habían alcanzado felizmente el objetivo.

El intento descabellado, que nunca podría haber emprendido una persona que dominara la técnica fue coronado con éxito gracias a una serie de casualidades. Pero esto tampoco lo sabían ellos.

Una de las casualidades fue el que los cuatro hubieran quedado vivos. Su ingenuidad los hizo pensar que el camino al otro planeta era corto.

Y si en la astionave de los «odiados» no hubiera existido un depósito de víveres, si esta nave, que estaba preparada para volar tras la primera, la hubieran descargado de todo, entonces los cuatro hubieran muerto de hambre, y si hubieran retirado el agua preparada para las piscinas los cuatro hubieran muerto de sed.

Y hubieran quedado para simpre en el cosmos, si hubiera ocurrido la más pequeña avería en los aparatos de dirección, ya que si hubieran sonado las señales de alarma ninguno de los cuatro hubiera podido arreglar la avería, porque ni tan siquiera comprendían el significado de estas señales.

Y otras muchas más cosas hubieran podido surgir en su camino.

Los cuatro habían realizado un vuelo cósmico, que sin duda alguna era único e inigualable en la historia de cualquier planeta.

Podrían estar orgullosos, pero para esto era necesario comprender la importancia de su hazaña. Ellos no comprendían nada e incluso no pensaban en que habían realizado una proeza valiente, abnegada y humana.

No sabían que su viaje había terminado, y al sentir un pequeño choque en el aterrizaje, no comprendieron lo que esto significaba.

No hubo ningún cambio de la fuerza de gravedad dentro de la nave e incluso ahora no sintieron ningún cambio en su peso.

Nada les podía indicar que la nave había terminado su vuelo, que estaba inmóvil sobre el planeta, y probablemente hubieran estado durante mucho tiempo sin conocer esto hasta que las personas de la Tierra no se presentaran ante ellos.

Pero los «odiados» habían pensado por ellos.

Inesperadamente para los cuatro parecían desaparecer las paredes del local central donde se encontraban. Ante los cuatro se presentó un cuadro incomprensible y asombroso.

Esperaban ver en el planeta hacia donde volaron, bosques espesos, chozas de los habitantes, un mundo parecido al suyo.

La nave estaba en el centro de un enorme campo, desprovisto de vegetación y singularmente plano, como una meseta de montaña. En el horizonte se levantaban edificios fantásticos, que en cierto grado se asemejaban a los edificios erigidos por los «odiados» en su planeta. Unas máquinas se aproximaban por todas partes. Eran también parecidas a las de los «odiados» pero tenían una forma un poco distinta. En ellas venían personas a las que se podía ver perfectamente.

Los cuatro, llenos de desesperación, cayeron al suelo.

«Los odiados»!..

La nave les llevó no a donde ellos querían. ¡Estaban en el planeta de los «odiados», en su patria!

¡Todo fracasó, todos los planes se derrumbaron!

Los cuatro yacían sin movimiento, resignados con su suerte, conformes con su aciago fracaso. ¡Que vengan y hagan lo que quieran!

Para los cuatro la vida no tenía ya ningún valor.

El primero que volvió en sí fue Vego, el más viejo de los cuatro.

— Es necesario que destruyamos el contenido del cajón amarillo — dijo — antes que los «odiados» aparezcan aquí. Nos han engañado. La nave debíia volar no donde voló la primera. Pero aquí no saben nada. Callaos, hagan lo que hagan con vosotros.

— Callaremos, pase lo que pase — respondieron los tres.

No duró mucho tiempo el pintar de color gris el cuerpo invisible. Potentes pulverizadores realizaron esta labor en media hora.

Ante los ojos de las personas se elevaba como una montaña el cuerpo colosal del gigante cósmico de una longitud de quinientos metros. Tema una forma alargada, nervada, con abultamientos en sus extremos. No se veía nada que pudiera parecerse a toberas. Por lo visto la nave no era de reacción.

— Es la misma — dijo Guianeya — que tenía que haber volado después de nosotros, pero decidieron no enviarla. ¡Qué raro! ¿Por qué está aquí?

— ¿La suya era igual? — preguntó Murátov.

— Las dos eran completamente iguales. Esperaron pacientemente más de una hora.

Pero nadie salía de la nave.

— ¿La entrada se puede abrir desde afuera? — preguntó Stone.

— Sí.

Las dos frases las tradujo Murátov.

— Tenemos que entrar nosotros mismos — propuso Szabo —. A lo mejor la tripulación de la nave necesita nuestra ayuda.

— Abriremos la entrada — dijo Matthews — y esperaremos. Es posible que la composición del aire en el interior de la nave se diferencie de la terrestre. Es necesario hacer una desinfección.

— Sin duda alguna — acordó Stone —. ¿Pero se podrán abrir las dos puertas? Porque probablemente existe una cámara de salida.

Guianeya confirmó que existía la cámara de salida y que las dos puertas, una exterior y otra interior, no se podían abrir simultáneamente.

— Pero la defensa — añadió — es automática. No puede penetrar nada nocivo ni en la nave, ni salir de ella. Todo lo que entra o sale se vuelve inofensivo. Nada tienen que temer. El aire interior en nada se diferencia del de ustedes.

— ¿Cómo proceder? — preguntó Matthews. Las palabras de Guianeya no convencieron a nadie.

— Se pueden introducir en la nave robotsdesinfectadores — dijo Stone —. Pero hacen falta muchos. Habrá que esperar mucho hasta que los traigan.

— En las naves cósmicas es corriente que el aire esté destilado — señaló Leschinski.

— Sí, pero no tenemos la seguridad de que en ésta sea así.

La situación resultaba difícil. Era arriesgado entrar en la nave incluso con escafandra, teniendo en cuenta la defensa de que había hablado Guianeya. Los microbios de la atmósfera de la nave podían resultar peligrosos para las personas. Quién sabía si sería efectiva la segunda desinfección al salir de la nave. Incluso algunos microbios, de un planeta extraño, que penetraran en la atmósfera de la Tierra podrían ocasionar una epidemia de alguna enfermedad desconocida.

Pero no amenazaba ningún peligro a los que se encontraban dentro de la nave. Prueba de ello era Guianeya que no había enfermado de nada en la Tierra.

Claro que la tripulación no l