/ Language: Español / Genre:thriller

La Pesadilla

Graham Masterton

El juez O`Brian, famoso por su lucha contra el narcotráfico, es nombrado para ocupar una vacante en el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Pero el helicóptero en el que se dirige a Washington junto con su mujer y su hija se estrella. La compañía de seguros encarga el caso a un investigador, Michael, caso que, en principio, no presenta grandes dificultades: tanto las Fuerzas Aéreas como la policia defienden la hipótesis de que el siniestro fue un accidente. Pero las cosas se complican cuando, pasado algún tiempo, aparece la hija de O`Brian con señales de haber sido cruelmente torturada. Extraños individuos de tez pálida, en los que no hacen mella las balas, empiezan a perseguir a Michael. Una serie de coincidencias acabarán poniendo el descubierto una poderosa organización responsable de magnicidios a lo largo de la historia. La suerte está echada y la sombra del mal sumerge al lector en una verdadera pesadilla.

Graham Masterton

La Pesadilla

Traducción de Sofía Coca Y Roger Vázquez de Parga

Título original The sleepless

© Flesh & Blood Graham Masterton, 1993

UNO

Los reflejos de la luz del sol envolvían a John O'Brien, que estaba de pie ante el espejo del vestidor anudándose la corbata de flores carmesíes de Armani. Lo hacía meticulosa y ceremoniosamente, y no sólo porque siempre fuera meticuloso y le complaciera la ceremonia, sino porque sabía que aquélla sería la última ocasión en que se haría el nudo como el común de los mortales.

Se estiró hacia abajo el chaleco azul oscuro para ajustárselo mejor al cuerpo, y luego hacia afuera los puños de la camisa. Le gustaba lo que veía en el espejo. Siempre había vestido bien. Su padre solía decirle: «Nunca se sabe cuándo hay que ir a reunirse con el Creador; de manera que vístete cada mañana como si ése fuese el día señalado.» Cuando su padre murió de un ataque al corazón, hacía ya casi dos años, llevaba puesta una americana deportiva de marca.

Eva apareció reflejada en el espejo detrás de él; tenía un atractivo aristocrático con aquel elegante traje de chaqueta de color amarillo pálido.

– ¿Está preparado ya su señoría el juez del Tribunal Supremo? -le preguntó ella sonriendo.

John echó la mandíbula hacia adelante y giró la cabeza de un lado a otro.

– Su señoría está preparado, pero su señoría no es oficialmente juez del Tribunal Supremo hasta que haya prestado juramento.

– Su señoría, como siempre, no se fija más que en nimiedades -le dijo Eva sin dejar de sonreír. Se acercó a su esposo y le rodeó la cintura con los brazos.

– A fijarme en los detalles es precisamente a lo que me dedico, querida. En eso consiste mi trabajo. Ya sabes lo que reza la decimocuarta enmienda: «Ningún Estado privará a nadie de la vida, la libertad o la propiedad sin analizar cada detalle de aquí a Kalamazoo.»

Eva sonrió de nuevo, se apretó contra él y le besó el hombro.

– Vas a ser el mejor analista de detalles que haya existido nunca.

– Puedes estar segura de que haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlo -le indicó John; y ahora se advertía un tono más serio en su voz.

– Tu actuación será brillante -le aseguró Eva-. Vas a revolverle las tripas al Tribunal Supremo.

John se palmeó la barriga y comentó divertido:

– Querrás decir que el Tribunal Supremo va a revolvérmelas a mí. Nunca en mi vida había tenido que asistir a tantos almuerzos. -Hizo una pausa y luego añadió-: ¿Qué te parece esta corbata? ¿No resulta excesivamente llamativa? Quizás sería conveniente que me pusiera otra más formal.

– ¡Es perfecta! Llamativa, sí, pero con gusto. Exactamente igual que tú.

John se echó a reír. Después, durante unos instantes, permanecieron allí de pie mirándose el uno al otro en el espejo, complacidos y orgullosos. Con cuarenta y ocho años, John era uno de los jueces más jóvenes que el Tribunal Supremo hubiera tenido nunca, incluso más que William Rehnquist cuando fue nombrado por Richard Nixon en 1971. John era un hombre alto, medía algo más de un metro ochenta; tenía el pelo ondulado de color gris hierro y el rostro ancho y de facciones generosas. Parecía haber sido esculpido en una única pieza de roble por un escultor que hiciera gala de buen gusto, de exuberancia y de un magnífico talento, pero de nada en absoluto que tuviera que ver con la delicadeza.

A pesar de aquel aspecto tosco, viril y de facciones muy marcadas, las credenciales de la carrera de John eran intachables: lo mejor que se podía comprar con las influencias familiares y una enorme cantidad de dinero del viejo Massachusetts. Su difunto padre, el senador Douglas O'Brien, había sido el político más sincero y acaudalado de Boston después de Joseph Kennedy. John y sus dos hermanos habían crecido en ambientes cultos y privilegiados; siempre habían estado viajando, navegando en yate, jugando al polo, esquiando y haciendo vida social en todos los enclaves importantes desde Monaco a Aspen. Cuando John cumplió dieciocho años, su padre le había regalado un Aston Martin pintado por encargo de color verde O'Brien, que todavía guardaba en el garaje, y también siete millones doscientos mil dólares en acciones y bonos. Al cumplir los veintiuno, su padre le había comprado aquella casa, una mansión inglesa de ladrillo rojo adornado con hiedra que daba al río Charles y que contaba con trece dormitorios, un pequeño salón de baile y una biblioteca enorme.

Dentro de la biblioteca había más de un quilómetro de estanterías de roble llenas de libros de derecho encuadernados en piel. Al entrar en aquella sala por primera vez, John había cerrado los ojos y había comentado: «Si la justicia tiene olor, es éste.»

A los veinticuatro años, John se había graduado summa cum laude en la Facultad de Derecho de Harvard, e inmediatamente había ocupado un puesto seguro e importante en Howell Rhodes Macklin, uno de los bufetes de abogados más ilustres de Boston, y que además se encargaba de los asuntos legales de la familia. A los veintinueve, y tras defender con éxito el bizantino proceso por estafa conocido como «caso Bonatello», se había convertido en socio de pleno derecho del bufete, y durante la administración de Cárter, había llevado a cabo una enérgica campaña en favor de los derechos civiles, que tuvo como consecuencia que el fiscal general, Griffin B. Bell, se fijase en él y lo nombrase ayudante del fiscal general en el departamento de Justicia.

Ahora, tras la reciente muerte del juez del Tribunal Supremo, Everett Berkenheim, a causa de un cáncer de pulmón, y el posterior nombramiento de John para ocupar la vacante, había alcanzado la cima, esa cima adornada de gloria con la que siempre había soñado: ser uno de los nueve hombres que nutrían e interpretaban la Constitución de los Estados Unidos, juez por encima de los demás jueces.

La revista Time, aunque comprensiblemente recelosa de la política liberal de John -y en particular de su entregada oposición a la pena de muerte-, lo había descrito como «valiente» y «enérgico». La mayor parte del tiempo, en efecto, John se sentía valiente. E incluso se podía decir que a veces se sentía enérgico. Amaba a Eva más que nunca; aquel asunto que John había tenido tres años antes con una joven asociada suya llamada Eliza-beth parecía haber servido para fortalecer su matrimonio más que para dañarlo. Era un hombre acaudalado que gozaba de buena salud, tenía una hija preciosa y, literalmente, cientos de amigos, de manera que cada nuevo día se presentaba lleno de desafíos y de nuevas espectativas.

Lo único que de vez en cuando le provocaba cierta inquietud era el «señor Hillary».

El «señor Hillary» no era más que una minúscula mácula en la vida de John, pero aun así no era capaz de borrarla. En apariencia se trataba de algo insignificante, sin más trascendencia que la que pueda tener una pequeña mota de moho en una pared perfectamente pintada, pero no había manera de que lo dejara en paz. Siempre, desde que era niño, John se había sentido atormentado constantemente por aquella única y aterradora imagen, una imagen que se erguía silenciosa y fría en algún recóndito rincón de su mente y que resultaba inalcanzable durante el día. Cerca ya de la treintena, John había recurrido a la hipnosis, y luego se había pasado dos años probando un sicoanálisis absurdamente caro. Pero aquella imagen resultaba inaccesible para su conciencia cuando estaba despierto, aunque él estuviera seguro todo el tiempo de que se encontraba allí.

Era la imagen de un hombre que estaba de pie mirando y esperando, sólo eso, un hombre de facciones tan borrosas como una mancha de tinta. John no podía comprender por qué, pero el aspecto de aquel hombre lo llenaba de una sensación de terror tal, que se despertaba bañado en sudor y jadeante. Aquel hombre nunca se movía; ni siquiera cuando John -dormido, presa del pánico- le imploraba que se moviera. Sentía ganas de gritarle: «¡Venga a cogerme, acabe de una vez! ¡Haga algo, lo que sea, pero hágalo!»

Pero la imagen permanecía inmóvil, a distancia, siempre en silencio, aguardando el momento oportuno. John sabía con toda certeza que tenía intenciones de hacerle daño. Incluso era posible que se tratase de la imagen de su propia muerte. Cuando era más joven, John había intentado convencerse de que quizás podría llegar a entenderse con él, de que a lo mejor lograría irse a la cama por la noche sin el temor de tener que enfrentarse cara a cara con aquello una vez más. Pero el miedo nunca disminuía, la imagen nunca acababa de desaparecer, y, con frecuencia, mientras John dormía, se encontraba dando la vuelta por aquella temblé, gris y familiar esquina, y allí estaba. Mirándolo.

John había decidido llamar a aquella imagen «señor Hillary» cuando todavía era niño. No sabía por qué… como no sabía qué era en realidad el «señor Hillary». Al final había llegado a aceptar que siempre estaría allí mientras él viviera, y que estaría mirando y esperándolo cuando muriera.

– ¿Quieres café? -le preguntó Eva.

John se puso su preciado reloj de pulsera de oro. Faltaba poco para las diez y media. «Mañana por la mañana a esta hora -pensó-, seré el juez del Tribunal Supremo John O'Brien, y entonces comenzará una nueva etapa de mi vida. Los años gloriosos. Los días de éxito y fama.»

– No sé qué tal me sentará el café -repuso al tiempo que daba media vuelta y besaba a Eva en la frente-. No creo que ahora me vaya bien la cafeína. Me parece que ya estoy bastante nervioso sin ella.

– Oh, venga, relájate. El helicóptero tardará por lo menos diez minutos en llegar. Le he dicho a Madeleine que prepare un poco de esa mezcla arábiga de café.

John se puso la americana, se estiró hacia afuera los puños de la camisa y luego echó a caminar tras Eva por la curva escalinata de roble que conducía al vestíbulo. Las paredes estaban igualmente cubiertas de paneles de roble y en ellas había colgados varios paisajes, entre los que destacaba un enorme cuadro de Winslow Homer. Representaba una escena de pesca del tiburón en el Caribe, una escena llena de verdes luminosos y azules resplandecientes. Los zapatos nuevos de Eva resonaban nítidamente sobre el suelo de baldosas blancas. El sol brillaba y penetraba por las cristaleras de colores pálidos. A la puerta de la salita que utilizaban por las mañanas los aguardaba Madeleine, la doncella de pelo oscuro natural de Quebec que les había recomendado Charles Dabney, uno de los socios de John. A éste le habría gustado contratar a una doncella más joven pero, por aquel entonces, Eva se mostraba todavía muy susceptible tras la aventura que él había tenido con Elizabeth, y se había sentido muy satisfecha al tomar a su servicio a una experta doméstica de cierta edad como Madeleine, sobre todo porque cojeaba al andar y ostentaba un lunar peludo en la parte izquierda de la barbilla.

El reloj del vestíbulo, tan alto como la torre de un campanario, dio las diez y media, lo cual significaba que quedaban menos de cuarenta minutos para partir.

– Regresaremos el viernes, Madeleine -le dijo Eva-, a última hora de la tarde. A eso de las siete; y acto seguido saldremos a cenar con los Koch. ¿Le importaría tenerme preparado el vestido verde y decirle a Newton que prepare el esmoquin de su señoría?

– Sí, madame -asintió Madeleine en tono plano y con marcado acento francés.

– Y otra cosa, ¿podría llamar a Bloomingdale's y preguntar qué ha pasado con el jersey de cuello alto verde que encargué? Hable con Lonnie, de Place Elegante. Y no se olvide de los servilleteros nuevos, ¿se acordará? Ya deberían estar listos. Llame a Jackie, en Quadrum. Ya tiene usted el número, ¿verdad?

John se sentó en uno de los elegantes sillones coloniales tapizados a rayas amarillas. El sol, cuyos rayos se reflejaban deslumbrantes en el pulido suelo, inundaba la sala que utilizaban por las mañanas. Madeleine le sirvió una taza de café, y él estuvo observando a la muchacha y se preguntó cómo habrían sido sus padres y qué les habría empujado a tenerla. Quizás su padre hubiese sido un hombre elegante. Violinista, acróbata, barrendero. ¿Quién podía adivinarlo?

Eva se sentó frente a él y cruzó las piernas con elegancia.

– He estado pensando en la fiesta de cumpleaños de Sissy -le dijo.

– ¿Ah, sí?

A John le pareció oír el sonido distante del motor de un helicóptero. O a lo mejor sólo era el viento de verano al soplar entre los arces.

– Quiere una fiesta temática, una especie de fiesta beatnik de los años cincuenta.

John la miró y frunció el ceño.

– ¿Quiere una fiesta beatnik? ¿Quieres decir con boinas y jerseys a rayas?

Era un helicóptero. Ahora se oía con mucha más fuerza. Un palpitante y profundo sonido acompañado del ruido de las aspas de rotor; volaba sobre Riverdale y giraba en dirección este. Allí estaba. Su cita con el destino. Un breve viaje en helicóptero hasta el aeropuerto internacional de Logan y luego un vuelo a Washington en Learjet. Consultó su reloj de pulsera: pasaban siete minutos de las diez y media.

Evidentemente, Eva tenía que estar oyendo por fuerza el helicóptero, pero por alguna extraña razón, parecía estar decidida a ignorarlo.

– El helicóptero -le indicó John al tiempo que levantaba un dedo en el aire.

– Sí -convino ella.

Y eso fue todo. Quizás fuera que de pronto se sentía asustada por la nueva vida a la que los conduciría el helicóptero, o quizás tuviera miedo de que John encontrase a otra Elizabeth, a alguna mujer atractiva y sexualmente más excitante que Elizabeth, pues de todos es sabido cómo son las chicas de Washington. Es posible que les atraigan las estrellas de rock, pero Eva sabía por experiencia que siempre se inclinan por los políticos, los industriales o los jueces, aunque sean hombres de mediana edad, calvos y gordos. A las chicas no les importa la edad, la calvicie ni la gordura. En realidad no. Es el aura de poder lo que las vuelve locas, y un juez del Tribunal Supremo posee no sólo ese aura de poder, sino el aura del poder máximo. Había cientos de estrellas de rock, montones de actores deseables, pero sólo había nueve jueces del Tribunal Supremo, y siete de ellos pasaban de los sesenta y cinco años. Por decirlo con crudeza, aquel nombramiento había convertido a John en uno de los hombres más deseados de América sexualmente hablando.

John le echó una ojeada a Eva y creyó adivinar cuál era el problema. Últimamente le resultaba difícil decirle que la quería. Le daba miedo parecer hipócrita. A decir verdad, ahora la amaba de un modo muy diferente de cuando la había conocido. Pero seguía gustándole, seguía dependiendo de ella, y todavía hallaba una profunda satisfacción en hacerle el amor, aunque en ocasiones, si las lámparas de la mesilla de noche permanecían aún encendidas cuando él alcanzaba el climax, la sorprendía volviéndole la cara y clavando la mirada en la pared como con… ¿desprecio? ¿Desinterés? ¿O quizás dolor? No lo sabía, pero notaba que ya no podía alcanzar el fondo del corazón de Eva. Aunque estaba dispuesto a seguir intentándolo. A lo mejor, algún día, ella volvería a dejarle entrar en su alma.

Al fin y al cabo, su esposa era muy hermosa. Era la única hija de los señores de Hunter Hamilton III, de Lynnfield, y era una mujer esbelta y de un aspecto excelente que hacía que a todos los que la conocían les recordara a Julia Roberts, aunque con más clase. Tenía el cabello de color rubio ceniza, iba siempre impecablemente vestida, hacía gala de unos excelentes modales y era rica por derecho propio. Y, sin embargo, John siempre había tenido la impresión de que en su matrimonio faltaba alguna pieza, como un puzle al que le faltara un último elemento de una pared, del cielo, o del rostro de una mujer que hubiese al fondo. Y después de la aventura que había tenido con Elizabeth, le daba la impresión de estar descubriendo que cada día faltaba alguna pieza más.

El rugido del helicóptero se hizo más fuerte; y un par de minutos después, cuando las cucharillas de café de plata antigua comenzaron a vibrar en los platos, sintieron que pasaba justo por encima de la casa.

– Llega antes de tiempo -comentó Eva-. Sólo son las once menos cuarto.

Sissy, su única hija, que contaba catorce años, entró entonces en la sala; llevaba puesto un traje amarillo pálido que hacía juego con el de su madre. Se parecía mucho más a ésta que a su padre, pero John le había conferido a las facciones de la madre una cierta amplitud y generosidad, de modo que la belleza de la muchacha no resultaba tan afilada. Tenía el pelo rubio y lo llevaba cortado a lo garçon, muy alto por detrás, y lucía unos pendientes enormes de cristal y plata hechos a mano en Rio Bahio, en la avenida Commonwealth. Se había rociado más que generosamente con su perfume favorito, L'Insolent, y cualquiera habría calculado que tenía dieciocho años.

– Dios mío, ese ruido se mete hasta el mismísimo fondo del cerebro -se quejó Sissy mientras el helicóptero revoloteaba sobre la zona de césped que había al sur; el motor resonaba y los rotores silbaban. Finalmente hizo algo parecido a una reverencia y se posó en la hierba.

– Al menos no hay que conducir -observó John.

– ¿De verdad tenemos que quedarnos en Washington tres días completos? -preguntó Sissy-. Allí hace mucho calor; y seguro que va a ser muy aburrido.

– No seas ridicula, Sissy, querida -le dijo Eva-. Tenemos un montón de cosas que hacer: fiestas, recepciones, conferencias de prensa. No sucede cada día que a un hombre de la edad de tu padre lo nombren juez del Tribunal Supremo.

– Gracias a Dios -repuso Sissy.

John se puso en pie.

– ¿Quieres quedarte en casa? -le preguntó a Sissy con engañosa suavidad en la voz-. Si quieres quedarte en casa, adelante, quédate. No me importa; la decisión es tuya. -Sissy hizo un puchero y permaneció en silencio. Conocía a su padre lo suficientemente bien como para saber lo que iba a venir a continuación: una regañina moralista y superaburrida-. Puedes quedarte en casa, pero piénsalo bien primero. Con ello herirías mis sentimientos, de eso puedes estar segura, y también los de tu madre. Pero es que hay mucho más. Estarías dándole la espalda a una de las ceremonias más importantes que este país puede ofrecer: el juramento de un hombre comprometiéndose a deliberar y a dar su opinión en todas las cuestiones constitucionales del país. Lo que es la verdadera alma y el verdadero corazón de la vida americana.

– De acuerdo, iré -convino Sissy-. Seguro que lo pasaré bien, ¿vale? Sólo estaba bromeando.

John dejó la taza de café y se sacudió de la manga una mota imaginaria.

– Al parecer no te das cuenta de la importancia del Tribunal Supremo, de su carácter de órgano único.

– Iré, ¿de acuerdo? -repitió Sissy.

– En los últimos cuarenta años es posible que el Tribunal Supremo haya tenido más influencia en la vida de los americanos que toda la legislación que ha salido del Congreso junta.

– ¡Iré! -dijo Sissy casi en un aullido y con fingida desesperación-. ¡No tienes que decir nada más! ¡Iré!

Newton, el mayordomo, corría por el césped pulcramente cortado con las piernas dobladas a causa del peso del equipaje que cargaba: seis maletas y dos sombrereras. John se acercó a la puerta, se quedó mirándolo y pensó, divertido, que el hombre parecía Bill Cosby imitando a Groucho Marx. El helicóptero Sikorsky blanco y gris se encontraba agazapado al sol, con los rotores bajados. El piloto, que llevaba puesto un mono azul claro, estaba charlando con un joven de gafas ataviado con un traje de lino muy arrugado, a quien John reconoció como Dean McAllister, un nuevo ayudante de gran talento del departamento de Justicia.

En cuanto John, Eva y Sissy hicieron su aparición en el porche, Dean le propinó al piloto una rápida palmada en el hombro y se dirigió apresuradamente hacia ellos. Tenía el cabello del mismo color que la arena, y era un hombre gordo y pecoso. El fiscal general solía referirse a él llamándolo Jelly-Bean McAllister, porque el color rosado de la cara del joven era exactamente igual que el de los caramelos Jelly Bellies con sabor a sandía.

– ¡Enhorabuena, señor! -le felicitó Dean al tiempo que le estrechaba la mano a John-. ¡Y enhorabuena también a usted, señora O'Brien! ¡Qué gran día! ¡No puedo expresarlo mucho que nos alegramos por ustedes!

– Ojalá el presidente se alegre la mitad que ustedes -dijo John sonriendo con alegría.

– ¡Bueno! -exclamó Dean-. Hasta al presidente no le queda más remedio que reconocer el oro de veinticuatro quilates cuando lo tiene delante de las narices. -Luego se dirigió a Sissy. y añadió-: Vas a pasártelo en grande esta noche. Los Beaumont dan una fiesta de despedida para Clarissa, y tú estás invitada. ¿Adivinas quién va a asistir a la fiesta? ¿Te creerás si te digo que… va a ir John Travolta?

Sissy levantó lentamente la nariz.

– ¿John Travolta? ¡Debe tener más de ochenta años!

Todos se echaron a reír. Luego Dean continuó hablando.

– De todos modos, estás invitada, aunque vayan también algún que otro vejestorio. Bueno, ¿estamos todos listos? Está previsto que el vuelo despegue a las once y veinticinco, y eso nos deja tiempo de sobra si salimos ahora mismo.

– Claro, ya estamos listos -dijo John. Se volvió hacia Newton, que estaba detrás de él enjugándose la frente con un pañuelo doblado-. Newton, ¿se asegurará usted de que Jimmy se ha enterado de que tiene que cambiarle las herraduras a ese rucio? Y vigile de cerca a los que vienen a limpiar la piscina. La última vez dejaron todos los filtros embozados.

– Muy bien, señor. Que usted y la señora O'Brien tengan un buen vuelo.

Se encaminaron hacia el helicóptero. El piloto les dirigió un saludo militar y luego les tendió la mano.

– Mucho gusto, señor. Me llamo Frank Coward. Bien venidos a bordo.

Frank era un hombre bronceado y curtido, con la nariz hendida en la punta y sin un gramo de carne de más. Llevaba unas impecables gafas de sol de lentes verdes en las que John no consiguió ver más que su propia imagen curvada y los blancos pilares del porche que estaban situados detrás de él. Una larga cicatriz blanca bajaba por la parte interna del brazo izquierdo de Frank, que llevaba en la solapa una pequeña insignia de esmalte en la que se leía: «Semper Fi US Marines.»

– No tardaremos más de diez minutos en llegar a Logan, señor -añadió-. De modo que relájense y disfruten del vuelo.

Cerró la puerta del helicóptero y caminó encorvado hasta el asiento del piloto, donde se acomodó, se puso los auriculares rojos y blancos y empezó a realizar con destreza las comprobaciones previas al vuelo, manteniendo el brazo de la cicatriz levantado para poder accionar los mandos de los paneles situados en el techo. John y Eva se habían sentado uno al lado del otro y estaban abrochándose los cinturones de los asientos de piel gris, mientras Sissy y Dean se instalaban frente a ellos.

– Han llamado del Post -les dijo Dean-. Al parecer tienen interés en llevar a cabo un análisis a fondo de todos los casos que usted defendió en el pasado, así como de todo el trabajo que realizó para Griffin Bell. Sobre todo de aquella legislación escolar.

Y entonces habló Frank:

– Señoras y señores, ya estamos a punto. Sujétense bien.

Y encendió los dos turboejes. Los motores del helicóptero martillearon y los rotores empezaron a dar vueltas. John le apretaba la mano a Eva mientras iban elevándose poco a poco sobre el césped, y casi inmediatamente empezaron a inclinarse y a girar en dirección al río Charles. Vieron girar a sus pies los corrales, toscamente sesgados, de los caballos; luego una panorámica inclinada de la casa, con la hiedra resplandeciente y los tejados de tejas rojas; y finalmente el río, brillante como oro derretido, y tan brillante que los deslumhraba.

– Control Logan, aquí helicóptero Justicia Tres -comenzó a decir Frank con voz lenta y monótona-. Rumbo sesenta grados este-nordeste sobre Riverdale, altitud trescientos metros, duración estimada del vuelo ocho minutos quince segundos.

Estaban volando a escasa altura por encima de la autopista uno y de los brillantes bloques rectangulares del Centro Médico VA, y podían ver cómo la sombra del helicóptero saltaba y correteaba debajo de ellos.

– ¿Qué opinión le merece a usted? -le preguntó John-. Me refiero a lo del Post.

Dean se inclinó hacia adelante y dijo:

– Mi opinión, después de meditarlo detenidamente, es que debería usted negarse a cooperar. Y si quieren saber por qué, dígales que será por sus futuras deliberaciones en el Tribunal Supremo por lo que deberán juzgarlo a usted, no por sus antiguas intervenciones como abogado. Es posible que el derecho se funde en los precedentes, pero el derecho avanza, y usted precisamente va a ser el hombre que lo haga avanzar.

John le dirigió una sonrisa irónica.

– Creo que eso es precisamente lo que preocupa a la mayoría de mis críticos.

– Bueno, eso seguro -repuso Dean-. Pero sólo tiene usted que recordar lo que dice al respecto el juez decano Charles Evans Hughes: «La Constitución no es ni más ni menos que lo que los jueces dicen que es.» Y ahora usted es uno de esos jueces.

– Estoy a punto de ser uno de esos jueces -lo corrigió John.

– Siempre serás un detallista -apuntó Eva; y le apretó todavía más la mano.

– ¡John Travolta! ¡Apenas puedo esperar…! -dijo Sissy.

Iban volando por encima de los límites del condado de Norfolk cuando, sin previo aviso, el helicóptero pareció estremecerse y dio un tirón a estribor. Eva sofocó un grito y Sissy dejó escapar un chillido. John preguntó alzando la voz:

– ¡Frank! ¿Qué demonios pasa?

– No es más que una ligera anomalía del motor, nada que yo no pueda solucionar -le contestó Frank desde su sitio. Durante unos instantes dio la impresión de que estuviese en lo cierto. El helicóptero continuó volando hacia adelante a gran velocidad, aunque los turboejes chirriaban y traqueteaban de un modo diferente de como lo habían hecho hasta entonces.

– ¿No le parece que sería conveniente aterrizar? -le gritó John.

Pero antes de que Frank pudiera contestar, se escuchó un ensordecedor chirrido producido por engranajes metálicos al chocar unos con otros, y el helicóptero cayó con el morro hacia arriba seiscientos u ochocientos metros en una encabritada e incontrolada espiral. A John le pareció que el estómago se le había quedado en algún lugar allá arriba, en el cielo. Apretó con fuerza el brazo de su asiento y buscó la mano de Eva. Justo enfrente de él vio el rostro de Sissy, que tenía los músculos de la mandíbula rígidos a causa del terror, y la boca se le inundó de café templado y venenosa bilis. Creyó oír que Eva le gritaba algo, pero el helicóptero no paraba de dar sacudidas y de rugir con tanto estruendo que era imposible saberlo con certeza.

Justo cuando John creía que iban a estrellarse contra el suelo, Frank se las arregló para estabilizar la cola del helicóptero y ladear los rotores, de manera que consiguió ganar unos cuantos y desesperados metros de altitud. De todos modos, el fuselaje se puso a vibrar implacablemente, salpicado por un sonido profundo y desigual, al tiempo que un denso humo marrón comenzaba a filtrarse por las ventanas.

– ¡Jesús, Jesús, Jesús! -gritaba Dean con la boca tensa hacia atrás como la de un sapo.

– ¡Vamos a estrellarnos! -chilló Sissy-. ¡Papá, vamos a morir!

John, impotente y aterrado, bramó en la nuca de Frank:

– ¡Frank! ¿Me oye, Frank? ¡Por amor de Dios, aterrice de una vez!

Eva le apretaba la mano a John con tanta fuerza que le clavaba el anillo de boda en un nervio; pero él casi se alegraba de aquel dolor, porque le indicaba que continuaba vivo; y que mientras estuviera vivo seguía teniendo alguna oportunidad de sobrevivir.

Vacilante, mareado, John se esforzó por escudriñar a través de los chorreos casi transparentes de aceite marrón que caían por las ventanas, en un intento de averiguar dónde se encontraban. Le pareció reconocer el lago Jamaica Pond, y luego el parque Franklin. Se dio cuenta de que estaban girando hacia el este, en un círculo lento y amplio, en dirección al mar, hacia la bahía Quincy, con toda probabilidad. Vio edificios, zonas de agua brillante, árboles, y luego la oscura cinta de asfalto de la autopista del Sudeste. El helicóptero se agitaba arriba y abajo como un ballenero de Boston entre olas agitadas. El rugido y el rechinar de los motores era tan fuerte que, aunque sobreviviera, John no creía que pudiera volver a oír nada de nuevo.

Eva se aferraba a él, le cogía la chaqueta, le cogía el brazo. Sissy se agarraba con fuerza al brazo de Dean, y éste miraba a John presa del pánico, mientras una mancha oscura se le extendía por la entrepierna del traje de lino. John trató de gritarle algo a Frank otra vez, pero el piloto se debatía por la supervivencia en un infierno propio, pequeño aunque ensordecedor, y no tenía tiempo para nada más.

Ahora volaban ya tan bajo que John podía distinguir a la gente en las calles y playas situadas por debajo de ellos; todo el mundo se protegía los ojos haciendo visera con la mano y se daba la vuelta para seguir con la vista al helicóptero que traqueteaba y tartamudeaba por encima de sus cabezas. Observó que algunas personas corrían temerosas de que el aparato fuese a estrellarse justo sobre ellos. No acababa de creer que todavía estuvieran en él aire. Volaban a una altura inferior a la de los tejados y los tendidos eléctricos, pero se las arreglaron, dando bandazos, para conseguir elevarse unos cuantos metros más y cruzar la línea gris y arenosa de la playa Wollaston, de modo que se encontraron volando sobre las aguas astilladas de sol de la bahía Quincy.

A través de la ventanilla empañada de aceite, John distinguió las velas de algunos yates, que brillaban como sábanas recién lavadas. Durante unos instantes estuvo convencido de que finalmente lo conseguirían, de que Frank, el piloto, iba a arreglárselas para conseguir posarse suavemente en el mar, y de que todo iba a acabar bien.

Se inclinó hacia adelante, le cogió también una mano a Sissy, y dijo:

– Vamos a conseguirlo, ya lo veréis. Vamos a conseguirlo. Conseguirá aterrizar en la bahía, y seguro que salimos bien parados de ésta.

Dean no era capaz de hacer nada que no fuera mirarlo fijamente, lleno de horror, y abrir y cerrar la boca. John se volvió hacia Eva, pero ésta se apretaba el rostro con la mano derecha y parecía estar rezando.

John también se puso a rezar. «Dios mío, salva a mi familia de la muerte. Aunque sólo sea por esta vez, Dios mío, permítenos vivir a todos.»

Los turboejes del helicóptero Sikorsky emitieron un último ruido, tan espantoso como el bramido de un toro al que estuvieran arrancándole las entrañas, y luego, simplemente, cayó. Dio en el agua a una velocidad de más de ciento cincuenta nudos, y John sintió que algo se le clavaba con fuerza en la. espalda. Eva lanzó un grito tan agudo y sobrenatural que él pensó durante una fracción de segundo que lo había producido el metal al rasgarse, y que todo el fuselaje estaba partiéndose en dos. Luego, el helicóptero dio un brinco y fue a chocar con algo mucho más duro que el mar, a pesar de que la ventanilla del lado de John se abrió violentamente y una lluvia de agua salada le salpicó la cara.

¡Jesús! ¿Es que aquello no dejaría nunca de rebotar, de estrellarse, de rodar y de dar saltos? Vio el mar, la luz del sol, la viva imagen del terror que era la rosada cara de Sissy, el borrón tembloroso del brazo izquierdo de Dean. Y durante todo el tiempo, Eva no dejaba de gritar:

– ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío! Vamos a morir todos. Vamos a morir todos. Vamos a morir todos.

De pronto, el helicóptero se detuvo con el morro hacia abajo, lleno todavía de impulso, lleno todavía de empuje hacia adelante. Luego, el aparato rodó sobre el vientre produciendo un pesado crujido y cayó sobre la arena. Al hacerlo, el piso se combó hacia adentro y les prensó despiadadamente a todos los pies bajo los asientos, donde ellos se había agazapado en posición fetal. John sintió que una extraña fuerza le empujaba los talones hacia arriba, contra la rejilla de aluminio que sujetaba el cinturón de seguridad. Después, los tobillos de todos se quebraron casi al unísono produciendo unos chasquidos semejantes al traqueteo de un arma de fuego; se miraron fijamente unos a otros y comenzaron a gritar a causa del dolor.

Aparte del sonido que producía la marea al subir, el lastimero silbido del viento y el esporádico chasquido del metal al enfriarse, no hubo más que silencio. Toda la cabina apestaba a queroseno, pero el humo parecía haberse extinguido y no se oía crepitar de fuego. Eva no dejaba de tirarle de la mano a John y de decir en un susurro:

– Dios, oh, Dios, John. Oh, Dios.

La cara se le había puesto gris y tenía una grave contusión en la frente. Dean estaba temblando y no dejaba de darse masaje en las rodillas, presa del dolor. Sissy tenía la mirada perdida, simplemente, y John supuso que estaba sufriendo un trauma síquico.

En cuanto a él, los pies le ardían. Nunca antes había experimentado un dolor semejante, ni siquiera cuando, el año anterior, se cayera del caballo jugando al polo y se dislocara el hombro. Todos los nervios de los tobillos le latían, y le daba la impresión de que estaban encogiéndosele; si en aquel preciso momento alguien le hubiera preguntado si deseaba que le amputasen los pies, habría pagado porque así lo hiciesen.

– Oh, Dios, John -dijo Eva llorando-. Creo que tengo rotos los dos tobillos.

– Creo que todos tenemos los tobillos rotos -precisó John-. No pierdas de vista a Sissy… Ha sufrido una impresión tremenda.

– ¿Dónde estamos? -preguntó Dean con una voz irreal y entrecortada. Miró, sin enfocar la vista, hacia la bahía-. Creía que estábamos por encima del agua.

– Lo estábamos -le indicó John-. Pero debemos de haber ido a caer en la playa de Nantasket. Es una especie de lengua de tierra que penetra en la bahía.

– Entonces, ¿cree que pueden llegar hasta nosotros? ¿Podrán llegar hasta nosotros las patrullas de salvamento?

– Seguro -le tranquilizó John al tiempo que sufría un estremecimiento-. Lo hemos conseguido, no se preocupe. Podrán llegar hasta nosotros.

– ¿Y Frank? -quiso saber Dean-. ¿Cree que habrá podido enviar una llamada de socorro?

John se inclinó ligeramente en el asiento hacia un lado. Fue todo lo que consiguió hacer antes de que sus tobillos se vieran inmersos en una agonía insoportable. Sólo pudo distinguir la parte posterior del casco de Frank, y también parte del hombro, cubierto con la camisa azul.

– ¡Frank! -comenzó a llamarlo John desesperado-. Frank, ¿se encuentra bien? ¡Por el amor de Dios, tenemos los pies atrapados!

Frank no respondió.

– Puede que haya sufrido una conmoción -sugirió Dean.

– Es posible -dijo John.

Pero a juzgar por el ángulo tan poco natural que formaba la cabeza de Frank, sospechaba que éste estaba algo más que conmocionado. Daba la impresión de que tuviera el cuello roto. Pero John no quería alarmar a Eva, e incluso él mismo estaba sufriendo demasiados dolores como para estar en disposición de hacer suposiciones. Por lo que a él concernía, lo que resultaba prioritario era levantar aquellos asientos que tenían encima de las piernas, para que la presión que estaban sufriendo los tobillos rotos se aliviara y pudieran liberarse aunque fuera a rastras.

A rastras, no caminando. No cabía la menor duda sobre lo de caminar. Podía sentir cómo los huesos fracturados le arañaban la piel por dentro.

Eva, con una curiosa nota de resignación en la voz, dijo:

– John, ¿me oyes? No puedo soportarlo más. Me duele muchísimo.

– Tranquilízate, cariño -la animó John-. Vendrán a rescatarnos dentro de un momento. No creerás que van a dejar a su recién estrenado juez del Tribunal Supremo varado en la playa de Nantasket, ¿verdad? -Hizo una mueca de dolor y la boca se le llenó del sabor agrio y metálico de la sangre; pero consiguió volver la cara hacia el otro lado y escupir la sangre junto al asiento. Aquel golpe en la espalda debía de haberle roto algunas costillas, hasta podía ser que le hubiera pinchado un pulmón.

– Con tal de que esto no se ponga a arder -apuntó Dean. El hedor del queroseno se había hecho ahora aún más fuerte, y John veía cómo el humo describía volutas que se llevaba la brisa-. No podría soportar arder.

– Tranquilo -le dijo John-. Todo saldrá bien.

– Una vez vi a una persona ardiendo dentro de un Volkswagen en Rockville Pike. No quiero volver a ver una cosa así nunca más. El chico se puso negro, como la carne de buey.

La voz de Dean oscilaba de los tonos agudos a los bajos, y John pensó que aquel hombre también había sufrido una fuerte impresión. A Sissy se le habían puesto los ojos en blanco y la respiración se le había hecho fatigosa y lenta.

– Por el amor de Dios, ¿cuánto van a tardar los de salvamento? -despotricó John sin dirigirse a nadie en absoluto.

Pero casi en el mismo momento en que decía aquello vio pasar la sombra de un hombre junto a la ventanilla.

– ¡Eh! -gritó-. ¡Eh, estamos aquí dentro!

– ¿Ha llegado alguien? -le preguntó Eva haciendo una mueca de dolor-. ¿Ha llegado ya alguien?

La sombra volvió a pasar junto a la ventanilla. Aunque la imagen resultaba borrosa a causa del sol, que se reflejaba en el mar, John pudo ver que llevaba un largo impermeable oscuro. Gracias a Dios, debía de ser un bombero del Servicio de Incendios y Salvamento.

– ¡Eh! -le gritó con voz ronca-. ¡Eh, estamos aquí dentro! ¡Estamos atrapados! ¿Puede sacarnos de aquí, por amor de Dios?

Hubo una larga pausa, pero no obtuvo ninguna respuesta. John oía algunas sirenas a lo lejos, seis, siete o incluso más, que ululaban a coro. El dolor de los tobillos era tan intenso que notaba cómo le palpitaban las piernas y los muslos, y una bruma de color escarlata le emborronaba la visión. «No te desesperes ahora -Se ordenó a sí mismo-. Tu familia te necesita; Dean te necesita. Tu país te necesita.»

Oyó que alguien apartaba un fragmento retorcido del marco de la ventanilla. Luego, un hombre moreno y delgado apareció por la ventanilla rota, un hombre con el pelo de punta, y unas gafas de sol intensamente negras. Por extraño que parezca, a John le dio la impresión de que lo conocía, pero probablemente no era debido más que a la abrumadora sensación de alivio que sentía por haber sobrevivido al choque del helicóptero y por el hecho de que alguien hubiera acudido por fin a sacarlos de allí.

El hombre apartó a puntapiés los últimos fragmentos de plástico con el talón de la bota, alta y atada con cordones. El marco de la ventanilla se había doblado hasta hacer que ésta fuera demasiado estrecha para poder entrar por ella, pero aquel hombre metió con cuidado la cabeza y se puso a escudriñar toda la cabina, olfateando secamente de vez en cuando.

– Todos estamos atrapados por los tobillos -le indicó John-. El suelo se ha roto y se ha doblado. Es preciso que alguien saque los asientos para que podamos salir, quizás levantándolos con un gato o algo así. ¿Puede darse prisa, por favor? Mi hija se encuentra en muy mal estado.

El hombre se limpió la nariz con el dorso de la mano, enfundada en un guante negro. Luego, con un suave pero más bien entrecortado acento de la costa norte, dijo:

– ¿Es éste el grupo del señor O'Brien?

– Yo soy John O'Brien. Ésta es mi familia. Vamos, por favor, sáquenos de aquí cuanto antes.

El hombre se entretuvo un poco más examinándolo todo, desde el techo hasta el suelo.

– Va a ser necesario utilizar cizallas -anunció tras pensar unos instantes, como un pintor de casas que intentase decidir qué color de pintura había que utilizar.

– Haga lo que sea -le pidió John-. Pero hágalo ya.

Podía notar cómo la sangre le caía por la comisura de los labios y le goteaba en el cuello de la camisa. Tosió, e inmediatamente deseó no haberlo hecho, porque sintió un tremendo dolor y la boca se le llenó todavía más de sangre.

El hombre sacó con cuidado la cabeza por el marco de la ventanilla y desapareció otra vez inmerso en la luz del sol. Eva le tiró a John de la manga y le preguntó:

– ¿Qué pasa? ¿Qué hace? ¿Podrá sacarnos de aquí?

– Tiene que cortar algunas cosas para sacarnos.

– Oh, Dios mío, me duelen las piernas, John. No puedo soportarlo. Oh, Dios, ¿dónde están los sanitarios?

Dean no decía nada. Tenía los ojos vidriosos y las mejillas se le habían puesto de color gris. Respiraba entrecortadamente, como a pequeños sorbos dolorosos. Esperaron en lo que pareció una agonía interminable. ¿Adonde habría ido ahora aquel hombre? ¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué no intentaba sacarlos ya? ¿Y dónde estaban los demás bomberos? ¿Y los sanitarios? ¿Dónde estaban los goteros, las máscaras de oxígeno y la anestesia?

John cerró los ojos y comenzó a pensar que probablemente iba a morir. Y cuando cerró los ojos se dio cuenta de la presencia del «señor Hillary», que estaba allí, esperando y vigilando, muy, muy al fondo de su cerebro, como un escarabajo gris que esperara inmóvil dentro de una nuez hueca, aunque dispuesto a salir precipitadamente al menor contratiempo.

«Así que estás aquí, hijo de puta -pensó-. Estuviste aquí al principio y ahora estás aquí al final. Sólo espero que cuando yo muera, tú mueras también conmigo. Casi valdrá la pena.»

John empezó a sumirse en la inconsciencia, como si estuviera deslizándose por una pendiente grasienta y gris hacia las aguas también grasientas y grises de un canal silencioso.

Quizás fuera mejor dormirse. Si estuviera dormido, aquel dolor de los tobillos se desvanecería, y él se encontraría de pie ante el Tribunal Supremo prestando juramento, y todo lo que había ocurrido aquella mañana no sería nada más que un sueño.

Pero, bruscamente, el aire de la mañana se vio sacudido por un estruendo fuerte y rasposo, más fuerte que el de una motocicleta al arrancar. Casi inmediatamente, el hombre reapareció por la ventanilla; llevaba unas enormes cizallas de acero, muy brillantes, que parecían la parodia grotesca del pico de un loro gigante.

– ¿Qué es eso? -le preguntó John-. ¿Qué demonios es eso?

Con un siseo hidráulico, aquel pico de loro se abrió lentamente y puso de manifiesto varias hileras de dientes de acero en forma de sierra. El hombre miró a John y sonrió sin decir nada. Luego, con lacónica pericia, colocó la punta de las cizallas sobre la esquina inferior del marco de la ventanilla y torció la palanca del mango. Las cizallas cortaron el marco con el mismo ruido que hace una lata de cualquier bebida al aplastarse y retorcerse. Después, el hombre sacó aquella especie de pico de loro, lo colocó más abajo y volvió a torcer la palanca del mango. Estuvo cortando una y otra vez, y en menos de un minuto, todo aquel costado del fuselaje del helicóptero estuvo abierto de par en par, de manera que la cabina se llenó de viento y de la luz del sol.

El hombre saltó al interior de la cabina, entre ellos, con las cizallas levantadas en la mano izquierda.

– Han tenido suerte de aterrizar aquí, señor O'Brien -le dijo-. Están justo en la punta de Sagamore Head, junto a la playa de Nantasket. Si hubieran caído sólo veinte metros antes, lo más seguro es que ya se habrían ahogado.

John se estremeció; rechinó los dientes e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

– ¿Tardará usted mucho? Saque primero a mi hija, y luego a mi esposa.

– Bien, ya veremos cómo están las cosas -le dijo el hombre. Luego le dedicó a John una sonrisa torcida y desigual-. Pero no tardaremos nada.

– Por favor, apresúrese -le suplicó John.

Dean empezó a quejarse y a toser.

– Primero vamos a echarle un vistazo al piloto -sugirió el hombre. Agachó la cabeza y se abrió paso hasta la cabina arrastrando el cable hidráulico tras de sí. Examinó la cara de Frank y le palmeó las mejillas-. Sigue vivo -anunció-. Aunque no por mucho tiempo. Y debe de estar sufriendo terriblemente. Vaya, vaya, tendría que verle usted las piernas, señor O'Brien. Están totalmente aplastadas, las tiene hechas papilla. -El hombre se quedó mirando pensativamente a Frank durante unos momentos. A John le resultaba imposible adivinar qué podría estar pensando detrás de aquellas minúsculas gafas oscuras-. Odio ver sufrir a la gente -dijo por fin-. ¿Y usted, señor O'Brien? ¿No odia ver sufrir a la gente?

La visión de John estaba emborronada de colores escarlata y gris. Asintió con un convulsivo movimiento de cabeza. Cualquier cosa con tal de acabar con todo aquello. Cualquier cosa con tal de sacar de allí a Eva y a Sissy.

– Vamos, pues -dijo el hombre. Levantó las cizallas de pico de loro y las colocó cuidadosamente a ambos lados del casco rojo y blanco de Frank-. Mire esto y le traerá suerte. Casi encaja perfectamente. Estas hojas cortantes tienen una apertura de doscientos sesenta y siete milímetros y el casco no debe de tener más de doscientos sesenta y tres.

John se quedó mirándolo. Le resultaba difícil enfocar la mirada con precisión.

– ¿Qué hace? -le exigió a través de una crepitante bocanada de sangre.

– ¿Ha oído usted alguna vez eso de sacar a la gente de su infortunio? -quiso saber el hombre-. Vamos, hombre, usted es abogado; y uno de los mejores. Debería saberlo todo acerca de la clemencia. Como «la cualidad de la clemencia no es forzada, cae como una suave lluvia del cielo».

– ¿Qué demonios está haciendo? -le preguntó John con una voz que parecía un bramido.

Ahora oía muchísimas sirenas; y se encontraban mucho más cerca, por lo que le proporcionaron una renovada esperanza de que todos saldrían de allí con vida. Pero, sencillamente, no comprendía a aquel excéntrico de hablar despreocupado, ataviado con aquellas gafas oscuras y que llevaba unas cizallas semejantes al pico de un loro gigante.

El hombre levantó las cizallas como si le hubiera leído el pensamiento a John.

– Éstas son unas cizallas Holmatro 2009U para metales de gran grosor. Se utilizan para tareas generales de salvamento -le explicó como si estuviera contándole a un niño pequeño cómo funciona un tren de juguete-. Pueden cortar una barra de acero de veinticinco milímetros de diámetro, y también láminas de metal pesado. Son de fabricación holandesa, pero las utilizan los bomberos en todo el mundo porque son las mejores que hay. Las Mandíbulas de la Vida, así es como las brigadas de salvamento suelen llamar a estas cizallas. Sin embargo, lo que más va a interesarle a usted es que estas hojas que ve aquí tienen una fuerza de corte de… bueno, ¿adivina de cuánto?

– Por el amor de Dios, sáquenos de aquí de una vez -le pidió John. Veía que Sissy estaba empezando a parpadear, y se puso a rezar para que su hija no recuperase el sentido y así no empezara a sentir el dolor.

– De treinta toneladas -continuó diciendo el hombre al tiempo que esbozaba una maliciosa sonrisa de triunfo-. De treinta aterradoras toneladas.

– ¿Qué? -preguntó John confuso.

– Lo único que tengo que hacer es oprimir el mango de las cizallas y este pobre hombre que está sufriendo descubrirá en un instante qué se siente cuando, por ejemplo, un camión de treinta toneladas te pasa por encima de la cabeza.

– ¡Por el amor de Dios, basta ya! -le dijo John con una voz que más bien era un gemido. Ya no le quedaba más energía para luchar, no le quedaban más fuerzas.

El hombre alzó la cabeza y se puso a escuchar el viento, el océano y las sirenas que se acercaban.

– Tiene usted razón -dijo-. Estoy actuando con demasiada lentitud, ¿no es cierto?

Y entonces, con la mayor naturalidad, tiró de la palanca del mango de las cizallas. John vio cómo se tensaban los cables hidráulicos. Las gruesas hojas del pico de loro de acero se cerraron sin ninguna vacilación sobre el casco de Frank. Se oyó un crujido agudo y quebradizo, y todo el contenido de la cabeza de Frank salió despedido contra el tablero de mandos del helicóptero como cuando se arroja al fregadero un puñado de viscosas tripas de pescado. John sólo alcanzó a verlos una fracción de segundo antes de que cayeran al suelo y desaparecieran de su campo visual, pero aquella fracción de segundo le bastó para distinguir el tejido blanco y brillante del cerebro y algunos coágulos de músculos ensangrentados, así como unos cuantos fragmentos de la mandíbula inferior, todo ello entrelazado con varias membranas filosas.

El hombre hizo una pausa, y luego sacó las hojas cortantes, dejando el casco de Frank con una extraña forma de óvalo roto, como dos platos soperos apretados uno contra otro. Le dio unas palmadas en el hombro a Frank y dijo:

– Vamos, hombre, que no hace falta ir por ahí con la cara por el suelo.

Luego soltó un silbante resuello asmático que, incluso en su agonía, John pudo interpretar como una carcajada.

El hombre volvió a pasar salvando obstáculos hasta la cabina de pasajeros. Miró primero a Dean, luego a Eva, a Sissy, y por último a John.

– Escuche -le dijo John en un susurro-, puede usted tener lo que quiera. Puede tener todo el dinero que quiera usted pedir. Un millón de dólares. Soy rico, tengo muchas acciones. No le delataré y no le diré a nadie lo que ha pasado.

El hombre sorbió por la nariz.

– Está usted equivocando la cuestión, señor O'Brien.

– Bien, ¿y cuál es esa maldita cuestión?

– ¿No sabe usted cuál es ese maldito punto? ¿Por qué no intenta pensar en ello? Usted es un hombre de muchas luces. -Se golpeó la frente con un dedo-. Tiene usted todo lo que hace falta aquí arriba. Mientras tanto, mientras usted delibera, continuemos.

Se abrió paso entre ellos hasta situarse agazapado sobre Dean. John intentó casi sin fuerzas agarrar el impermeable negro de aquel hombre, pero sin previo aviso, el individuo se dio la vuelta rápidamente y le propinó a John una bofetada del revés con los dedos flojos en una de las mejillas. John se quedó totalmente quieto, casi ciego de dolor.

El hombre se volvió otra vez hacia Dean.

– Vamos ya, amigo -le dijo-, vamos a liberarte las piernas. Todo saldrá bien.

Dean lo miraba fijamente, sin comprender. Estaba sentado de espaldas a la cabina del piloto y no había podido ver lo que le había hecho a Frank.

El hombre abrió las hojas del pico de loro y las colocó a ambos lados del muslo derecho de Dean, que estaba doblado hacia atrás, contra el chaleco. Le sonrió a Dean directamente a la cara, y éste le devolvió la sonrisa.

«Dios mío -pensó John-, va a cortarle la pierna derecha a Dean.»

Dean levantó una mano y la colocó sobre el hombro de aquel individuo.

– Me duelen las piernas -le dijo en un susurro.

– No por mucho tiempo, se lo prometo -lo tranquilizó el hombre; y comenzó a apretar la palanca del mango de las cizallas. Con un crujido suave, treinta toneladas de cortante fuerza hidráulica atravesaron la pierna derecha de Dean. El hombre abrió las hojas y levantó las cizallas.

El organismo de Dean sufrió una impresión tan tremenda que al principio no comprendió lo que había ocurrido. Al fin y al cabo seguía sentado en su asiento y seguía teniendo las piernas allí, justo delante de él, aunque los pantalones de lino color beige de pronto se le inundaron de sangre. Miró hacia arriba, hacia el hombre, con la boca abierta, y tartamudeó:

– ¿Qué…? ¿Qué…?

Pero el individuo se limitó a sonreír; luego ajustó las hojas sobre el muslo izquierdo de Dean, y apretó, y cortó la piel, los músculos y el hueso con el mismo esfuerzo con que se corta el queso con galletas.

Dean se puso a gritar, pero el hombre le dio una bofetada en la cara y le dijo:

– ¿Por qué gritas? Eres libre para irte. No tienes más que saltar de ese asiento y marcharte.

Tras haber dicho eso, le dio a Dean un diestro empujón con la mano abierta; Dean cayó de bruces desde el asiento con los dos ensangrentados muñones de las piernas agitándose en el aire como alguien que estuviera haciendo juegos malabares con dos cuartos de carne de buey recién cortados. La sangre salió a borbotones hacia todas partes; dos densos chorros arteriales que salían proyectados en todas direcciones mientras Dean se retorcía, forcejeaba y chillaba en el suelo de la cabina. Un Dean que no era más que un tronco humano con dos brazos que azotaban el aire, mientras las piernas cercenadas permanecían pulcramente una junto a la otra en el asiento lleno de sangre.

El hombre apartó a Dean de una patada. Éste tenía la cabeza en parte empotrada debajo del asiento, al lado de sus propios zapatos, y se quedó allí tumbado, tiritando entre espasmos y muriéndose ante los ojos de John. El hombre se dio la vuelta lentamente hacia Eva, que permanecía en silencio ahora, pero John le tenía cogida la mano y podía notar cómo temblaba, cómo se estremecía literalmente de la cabeza a los pies.

– No me mate -le rogó.

El hombre hizo un movimiento negativo con la cabeza.

– Si usted quiere, rezaré por su alma. Pero es todo lo condescendiente que estoy dispuesto a ser.

John sollozaba abiertamente. Era incapaz de contenerse.

– ¡No la toque, por favor! Yo la amo, no la toque.

Pero el hombre le dijo a Eva:

– Tengo que averiguar de qué están hechas las damas como usted, ¿no lo comprende?

Abrió el pico de loro de las cizallas todo lo que daban de sí. Luego forzó la hoja inferior por entre las piernas de Eva, moviéndola obscenamente de un lado a otro para asegurarse de que penetraban lo más profundamente posible. Las hojas tenían dientes en los bordes interiores y en los exteriores, y éstos le rasgaron la falda a Eva, le rompieron las medias y engancharon el asiento de cuero. El hombre dirigió la punta de la hoja superior hacia el interior de la chaqueta de color amarillo pálido que llevaba Eva, justo por debajo de las costillas.

Eva apretó la mano de John en un espasmo de terror. Estaba tan asustada que ni siquiera podía gritar. John clavó la mirada en aquel hombre y dijo con la voz más mortal y amenazadora que fue capaz de pronunciar:

– Sea quien sea, se Ib advierto. Si tan sólo se atreve…

Pero eso fue todo lo que logró decir. Sabía que aquel hombre iba a hacerlo dijera lo que dijese. Cualquier amenaza era inútil. Cualquier súplica de piedad sólo serviría para añadir humillación a lo que ya era una absoluta pesadilla. El hombre le dirigió a John una mueca de fingido pesar. Luego apretó el mango de las cizallas y las hojas desaparecieron dentro del vientre de Eva, partiéndole por la mitad la pelvis y abriéndole el estómago como si fuera un maletín color carmesí. Los grasientos intestinos cayeron y resbalaron suavemente sobre el regazo de Eva, pero lo único que ésta pudo hacer fue mirarlos fijamente, presa del más completo horror, perpleja al ver que así era como se veía ella por dentro.

John no podía hablar, incapaz de obligarse a mirar. Sentía como si el cerebro le estuviera reventando hacia dentro poco a poco. Pero todavía apretaba la mano de Eva, y ella seguía apretando la suya. John notó cada estremecimiento y cada espasmo mientras el hombre empezaba a trabajar con las cizallas a una velocidad vertiginosa. Le oyó respirar roncamente por la boca mientras levantaba más la punta de las cizallas y le cortaba a Eva el esternón y le abría la cavidad torácica. John oyó una especie de jadeo y no pudo evitar mirar. Los pulmones ensangrentados e inflamados con el último y desesperado aliento le colgaban a Eva en la cavidad torácica como botellas llenas de agua caliente que estuvieran colgadas en la parte de atrás de la puerta de un armario.

Luego, el hombre hundió el pico de loro en la oscura y ensangrentada tráquea, cortó dentro del cuello y después le hendió la mandíbula. Para terminar, dispuso la hoja inferior bajo el paladar de Eva y la superior en la parte de arriba de la cabeza, en la raya del pelo, y con un único crujido cuidadosamente calculado le partió la cabeza en dos. La mano de la mujer estaba ya flaccida, y John, por fin, la soltó. Era incapaz de mirar a su esposa, no podía hacerlo, pero oyó el ruido glutinoso del cráneo dividido en dos que se separaba y caía, y no pudo evitar respirar el olor gaseoso y como a pólvora de las entrañas humanas.

El hombre se puso ahora justo delante de él y dijo:

– ¡Míreme!

John levantó la vista hacia él, parpadeando y apretando los ojos como un perro que espera una azotaina.

– Acabe de una vez -le dijo en un susurro.

– Todavía no comprende de qué se trata, ¿verdad? -le preguntó el hombre-. Lo que usted ha visto aquí esta mañana es un hombre que se creía extraordinariamente listo, una persona de las que llegan realmente alto. Pero, ¿hasta qué punto puede ser lista una persona cuando le separan las piernas del cuerpo? Lo que usted veía aquí era una dama rica, hermosa, superior y algo especial… Pero mira uno dentro y, ¿qué ve? Sangre, tripas, hígado y un sucio revoltijo general. Lo mismo que todo el mundo. A usted lo han hecho juez de hombres, señor O'Brien, le han confiado el control de millones de vidas, de millones de destinos humanos. Y, ¿sabe una cosa? Yo estoy seguro de que usted sería un estupendo juez del Tribunal Supremo: honrado, generoso y justo. Pero ahora voy a comprobar hasta qué punto es usted realmente honrado, generoso y justo.

– ¿Qué quiere decir? -le preguntó John tristemente haciendo burbujas de sangre al hablar.

El hombre se inclinó hacia él, de manera que aquella pálida cara suya picada de viruelas llenó todo el campo de visión de John, nublado a causa del dolor. Casi estaba convencido de que si el hombre se acercaba un poco más, su alma desaparecería dentro de los agujeros negros sin fondo que eran aquellas gafas de sol. El hombre dijo con suavidad:

– Puede oírlo usted mismo… La policía, los sanitarios y los bomberos ya están llegando aquí. De manera que sólo tengo tiempo de ocuparme de uno de los dos… o de usted o de su hija.

– No… comprendo.

Pero, en realidad, John sí que comprendía, sólo que no podía soportarlo.

– Entonces preste atención, señor O'Brien. Estoy pidiéndole que emita un juicio. Ése es su trabajo, ¿no es así? Emitir juicios. Sólo dispongo de tiempo para ocuparme de uno de ustedes, de manera que uno va a morir y el otro va a vivir. Y usted tiene que decidir cuál va a vivir.

John tosió sangre.

– ¡Maldito maníaco! ¡Escoria! Si le pone un dedo encima a mi hija…

– Tse, tse, tse. No se trata de eso, señor O'Brien. Estamos haciendo una comparación entre el valor tan salvajemente desigual que tienen las distintas vidas humanas. No todos somos iguales, ya sabe usted. Pongámoslo de este modo: si sobrevive y va al Tribunal Supremo, estará usted en situación de influir en la vida de todas las personas en los Estados Unidos; y no sólo ahora, sino también durante los siglos venideros. Podrá usted influir en la historia. Por otra parte, si usted muere y su hija sobrevive, ¿qué va a hacer ella? ¿Ir a fiestas continuamente hasta que se tropiece con la herencia de su viejo? ¿Destrozarse con algunas drogas caras? ¿Casarse con algún rico imbécil de Newport y hacerse con algunos pequeños imbéciles para quienes el abuelito no será más que una lápida en el cementerio? -Hizo una pausa y, lentamente, esbozó aquella sonrisa carnívora-. Todo depende de usted, señoría. La decisión está en sus manos. Pero será mejor que se dé prisa en tomarla o me veré obligado a decidirlo por usted.

Durante unos catastróficos instantes, John se vio realmente tentado por los argumentos del hombre. Si moría, cualquier idea radical con la que alguna vez hubiera soñado moriría con él. Había injusticias sociales y legales en América que estaban clamando porque las reformaran. En todos los niveles de la vida pública había prejuicios, discriminación, corrupción y brutalidad. La primera enmienda estaba siendo asfixiada por el fanatismo, los dogmas políticos y la intolerancia, y la única forma en la que un hombre podía decirle su opinión a la nación era comprando millones de dólares de tiempo en antena.

Y él podía ser la nota discrepante. Sólo una discrepancia entre nueve, quizás, pero una discrepancia. Mientras que, ¿qué haría Sissy si fuese ella la única que sobreviviese? Dilapidaría todo el dinero en fiestas; y la casa, la herencia de la familia y la biblioteca, que tenía el mismo olor que la justicia, se venderían, se desmantelarían y desaparecerían.

A John le costó una milésima de segundo pensar aquello. Fue como si se le clavara una astilla en el cerebro. Pero, al igual que la astilla del espejo roto en La reina de las nieves, que se le clavó en el ojo a un joven e hizo que éste pervirtiera todo lo que veía, aquella astilla estuvo a punto de volver a John loco de vergüenza. Sissy era su hija. Sissy era su niña. Se parecía tanto a Eva… Y él, ¿qué le había hecho? Precisamente en el último momento de la vida de su hija la había traicionado.

– Cójame a mí -dijo con voz borrosa y espesa.

– ¿Qué? -le preguntó el hombre. Las sirenas estaban ya muy cerca, y estaba levantándose viento.

– Cójame a mí -repitió John.

– Usted elige, señoría -repuso el hombre.

Dio la vuelta hasta situarse a uno de los lados del asiento de John, puso la mano derecha entre los omóplatos de éste y lo empujó hacia adelante de tal manera que la cara le quedó apretada entre las rodillas. Luego colocó las hojas de las cizallas a ambos lados del cuello de John.

Éste intentó no pensar en nada. No le venía a la cabeza ninguna oración. Veía hasta el menor detalle de la alfombra moteada de gris del helicóptero, con una brillante mancha negra de chicle, y los oscuros dibujos rococó que formaba la sangre arterial de Dean. Sintió los dientes metálicos de las hojas pellizcándole la piel, pero fue más una irritación que otra cosa. Distinguió la sombra de una nube cruzando la alfombra; quizás fuera humo.

Luego oyó el siseo hidráulico, y todo su ser detonó en un cegador dolor blanco, blanco, blanco, blanco… y oyó, realmente oyó, su propia cabeza al caer al suelo.

Pero no oyó cómo se abría camino el pico de loro a través de los soportes de aluminio del asiento de Sissy. Ni oyó saltar al hombre salvando obstáculos del helicóptero; ni las ululantes sirenas y gritos que siguieron inmediatamente después.

Ni tampoco oyó el estruendo ligeramente sordo que produjo el queroseno al prenderse y al hacer explosión el helicóptero en medio de un enorme globo de fuego.

DOS

Se oyeron unos cautelosos golpes en la puerta del despacho; Michael ocultó rápidamente el ejemplar de la revista Mushing y saltó del sofá de cuero. Cuando Jason abrió la puerta y entró, lo encontró sentado ante el escritorio, junto a la ventana, con la cabeza apoyada en la mano y garabateando en un bloc de notas como si llevase horas haciéndolo.

Continuó en ello mientras Jason se aproximaba al escritorio. El muchacho procuraba no hacer ruido, pues sabía que su padre estaba atareado, y en esas ocasiones no le gustaba que le interrumpieran sus pensamientos. Jason tenía trece años y era un chico flaco, suave y bastante alto para su edad. Tenía el pelo rubio, muy corto, semejante a una fregona. Llevaba unas gafas como las de Clark Kent, con montura negra, lo que hacía que le sobresalieran las orejas, pero tenía unos impresionantes ojos azules, transparentes como dos lagos, y un encantador sentido del humor. Llevaba puesta una camiseta en la que se veía escrito en letras rojas el eslogan «La dislexia engaña».

Michael se dio la vuelta en el raído sillón de cuero verde y preguntó con exagerada paciencia:

– Dime, Jason, ¿cuál es el problema?

– Hay un individuo ahí afuera que quiere verte -le indicó Jason.

– Un individuo, ¿eh? -inquirió Michael-. ¿Y te ha dicho qué quiere?

Jason se encogió de hombros.

– No, sólo me ha preguntado si estaba en casa el señor Rearden.

Michael se recostó en el sillón y empezó a darse golpecitos en los dientes con la pluma.

– ¿No ha mencionado la Compañía Games?

– Mmm… no.

– Estoy esperando a alguien de la Compañía Games. ¿Ves todo lo que hay en esta mesa? ¿Todos estos cientos de papelitos? Bueno, pues ésta es mi última fuente de dinero. El proyecto X.

Jason echó una fugaz ojeada por el rabillo del ojo a los montones y montones de anotaciones, recortes de periódico, hojas del bloc de notas escritas y artículos de revistas arrancados, todos ellos removiéndose ligeramente a causa de la brisa que entraba por la ventana entreabierta.

– ¿Es que vas a empezar a reciclar papel? -sugirió.

Michael dejó escapar un brazo y fingió que le propinaba una bofetada en la oreja.

– ¡Reciclar papel! ¡Tú qué sabrás!

Hizo girar de nuevo el sillón y cogió el bloc.

– Esto, amiguito, es un nuevo juego de preguntas y respuestas, el primero que realmente tiene cierta importancia desde que se inventó el Trivial Pursuit. Va a dar millones. No, miento, billones. En los años venideros se va a hablar de este juego de la misma manera que se hoy se habla del Monopoly y del Scrabble. Pero eso será cuando tú y yo estemos viviendo a todo lujo en Palm Beach, manejando lanchas motoras, conduciendo Lamborghinis y rodeados de tantas nenas como podamos. Bueno, todas las nenas con las que tú puedas. Yo estoy muy contento con tu mamá.

Jason contempló muy serio todo aquel desorden y dijo:

– Parece un tanto complicado.

A Michael se le notó el desagrado en la cara.

– Oh, desde luego. Ahora parece complicado, pero piénsalo. Antes de armar un reloj, parece bastante complicado, ¿verdad? Todas esas ruedecillas dentadas y demás. Pero una vez que lo haya terminado… -Recogió algunos papeles y los ordenó-. Bueno, entonces será menos complicado.

– Ese tipo dice que realmente tiene que verte.

– Oh, ese hombre. ¿Te ha dicho cómo se llama?

– Rocky Woods, creo.

Michael lo miró con expresión seria.

– ¿Rocky Woods? ¿Eso es lo que ha dicho?

– Sus palabras exactas fueron: «Tengo que ver a tu padre. Pregúntale si se acuerda de Rocky Woods.»

Michael se tapó la boca con la mano durante unos instantes y guardó silencio. Sólo sus ojos traicionaban lo febril de sus pensamientos. Iban como locos de un lado a otro, como si Michael estuviera leyendo o recordando con toda viveza algo que le hubiese trastornado, recondándolo con más detalle de lo que a la gente le gusta hacerlo.

– ¿Papá? -le preguntó Jason-. ¿He hecho bien? ¿Quieres que le diga que se vaya?

Pero Michael alargó una mano y cogió a Jason por una de las muñecas; se la apretó, hizo un esfuerzo por sonreír y luego le dijo a su hijo:

– Lo has hecho estupendamente. ¿Qué tal si le dices que entre?

– Si tú lo dices, de acuerdo.

Cuando Jason se hubo marchado, dejando la puerta entreabierta al salir, Michael se puso en pie, dio la vuelta alrededor del escritorio y se acercó a la ventana. Su despacho no era más que un reducido invernadero sobre pilares con vistas a las dunas cubiertas de hierba de la playa de New Seabury y las permanentemente azules aguas de Nantucket Sound. El resto de la casa era exactamente igual de espartana: una casa de verano de tres dormitorios que le había comprado a un amigo de Plymouth Insurance. Estaba hecha a base de tabiques de madera desnudos, muebles estilo cuáquero y alfombras indias. Cuando Michael llevó allí a su familia desde Boston para ver qué tal le iba, su amigo se había puesto a bromear y a decir que era como pasar el fin de semana con los Padres Peregrinos: «Todo a base de succotash y tarta de calabaza. Pero, ¿cómo vamos a sobrevivir en invierno?»

Michael era un hombre de treinta y cuatro años, enjuto, de nariz aguileña, cabello ratonil cortado a cepillo y unos ojos azules y opacos, mientras que los de su hijo eran azules y transparentes. Era atractivo del modo que lo había sido Jimmy Dean; o como Clint Eastwood de joven; con cierto aspecto cansado, ligeramente descompuesto y herido por el modo en que miraba a la gente. Bajo aquella camisa a cuadros azules, las muñecas se veían nudosas y de triple articulación, y los pantalones coitos, de color caqui, no le favorecían mucho a aquellas desgarbadas piernas suyas. Sus movimientos eran vacilantes y tímidos, y en ocasiones casi afeminados. Pero no cabía duda acerca de su masculinidad. Aparte de haber cortejado y haberse casado con la muchacha más atractiva de Plymouth Insurance, sus intereses en la vida eran típicamente masculinos: la pesca, el béisbol, beber cerveza y hurgar en todos los aparatos que le caían en las manos intentando arreglarlos.

Su mayor pasión era lo que él llamaba «pensar a favor del viento», lo cual significaba resolver los problemas abordándolos a favor del viento y luego saltar sobre ellos cuando menos se lo esperaban. Desde que se habían trasladado a New Seabury, hacía ya más de año y medio, había inventado unos plomos que se disparaban solos para lanzar los sedales de la caña de pescar a una distancia récord, y había convertido cierta máquina eléctrica para hacer ejercicio en un ingenioso artilugio para quitar percebes, lapas y otros crustáceos del casco de los yates. Del mismo modo que la máquina de hacer ejercicio provoca la contracción de los músculos humanos, la «Limpet-Zapper», que es como llamaba a su invento, provocaba espasmos en el cuerpo de los moluscos bivalvos, de manera que literalmente los hacía saltar del casco del yate.

Pero dos inventos de discreto éxito no habían generado ni por asomo ingresos suficientes para mantener a Patsy en medias y a Jason en Adidas, de modo que seguían viviendo como los Padres Peregrinos, sólo que comían rollo de carne en lugar de succotash y jalea en lugar de tarta de calabaza, y cómo vamos a llegar a final de mes, no digamos al final del invierno.

Contempló la sombra de las nubes navegar sobre la arena. Le daba la impresión de que fueran pastinacas gigantes deslizándose veloz y silenciosamente por el fondo del océano. Vio a tres niños que hacían volar una cometa roja, y a una mujer ataviada con un bañador rosa y un enorme sombrero a juego que paseaba a un spaniel marrón y blanco. Ojalá fuera posible capturar aquella escena exactamente como estaba y colgarla entera en la pared, con viento, movimiento, sonido y con los visillos agitados por la brisa ante la ventana. Sonrió para sus adentros al caer en la cuenta de que acababa de inventar la televisión.

No llamaron a la puerta, pero Michael oyó cómo ésta se abría un poco más. Dio media vuelta y se encontró con que allí estaba Joe Garboden, el mismo de siempre, con una chaqueta a rayas malvas, verdes, cerezas y amarillas, que parecía haber sido rechazada por los Reyes del Mambo por ser demasiado llamativa. Joe tenía la cabeza grande, el pelo negro espeso y brillante y unas mejillas con la misma textura que la coliflor. Tenía los ojos hundidos y relucientes, pero ello le daba un aspecto bondadoso, y siempre estaba sonriendo -muchísimo más de lo que era normal-, lo que lo convertía en uno de los más aceptables portadores de malas noticias que Michael hubiera conocido nunca.

– Hola, Joe -lo saludó con las manos enterradas en los bolsillos de los pantalones cortos.

Joe se acercó y se quedó de pie a su lado, con una mano extendida. Esperó inútilmente y al final dijo:

– ¿Qué te parece, Michael? ¿Acaso andar jugueteando con el capullo es más importante para ti que saludar a un antiguo colega?

De mala gana, Michael alargó la mano y estrechó la del visitante. Joe sonrió, luego se quedó mirando durante unos instantes la palma de su propia mano y dijo:

– Confío en que en realidad no estuvieras jugueteando con el capullo.

– No parece que esté quedándome ciego, ¿no es así? -repuso Michael.

– Pero eso es sólo porque no lo haces como es debido. -Joe dejó caer el grasiento sombrero que llevaba sobre el escritorio, justo encima del bloc de Michael; luego dio unos pasos, se acercó a la ventana y se puso a admirar la vista-. Un día precioso, ¿no es cierto? Esta casa es el mismísimo cielo en verano. ¿Qué tal resulta en pleno invierno? Apuesto a que se convierte en un infierno. ¿Cómo os calentáis?

– Con mantas.

– ¿Con mantas?

– Eso es. Desde el Día de Acción de Gracias hasta el Memorial Day nos quedamos en la cama.

– Ah, es un buen sistema, especialmente con Patsy, si no te importa que lo diga. Sigue estando tan guapa como cualquier hombre pueda soñar.

– Oh… ¿la has visto?

– Claro, y hemos estado hablando un rato. Está en el jardín lavando el coche. Es decir… ¿cómo lo diría? Está lavando los pedacitos que hacen que toda esa herrumbre se aguante en una sola pieza.

– ¿Qué te trae por aquí? -le preguntó Michael-. Espero que no hayas venido a enseñarme la chaqueta.

– ¿Te importa que acomode el trasero en algún sitio? -le preguntó Joe. Y acto seguido se acomodó en el sofá de cuero. Cogió la revista que Michael había estado leyendo y frunció el ceño al contemplar la portada.

– ¿Mushing? -preguntó incrédulo.

– Sí, ya sabes -repuso Michael-. ¡Mush, mush! Es como se arrea a los perros esquimales para que tiren del trineo, y esas cosas. ¡Mush, mush!

– ¿La gente se dedica mucho a eso por aquí? -le preguntó Joe con la cara muy seria.

– Olvídalo, Joe… sólo es una idea en la que he estado trabajando.

Muy bien -convino Joe. Sacó un pañuelo arrugado y se limpió con él la frente-. Supongo que será mejor que te diga por qué he venido.

– Has mencionado Rocky Woods. Mi hijo se creyó que te llamabas así.

– Vaya, lo siento. No es un nombre para hacer bromas con él, ¿verdad?

Michael no respondió, sino que se dio la vuelta y se puso a mirar la cometa, que hacía piruetas sobre la línea de la costa. Podía suponer, más o menos, lo que Joe iba a pedirle, y no estaba seguro de querer mirarlo a la cara cuando lo hiciese.

– Me imagino que habrás oído hablar del asunto de John O'Brien -comenzó a decir Joe-. Ese que iba a ser juez del Tribunal Supremo.

– Desde luego. ¿Y quién no ha oído hablar de ese asunto? Era un hombre de suerte, por regla general, ¿no? Al Señor no le importó dársela, pero, desde luego, el Señor se aseguró de quitársela toda de una vez.

– El helicóptero estaba asegurado por nosotros en Plymouth, y reasegurado por Tyrell & Croteau. En realidad era propiedad de Reveré Aeronautic Services, que era la compañía que lo utilizaba, pero aquel día había salido para prestarle un servicio al departamento de Justicia.

– He oído por televisión que fue un fallo del motor.

– Eso es lo que has oído en televisión.

– ¿Quieres decir que no fue exactamente un fallo del motor?

– Quiero decir que eso fue lo que oíste por televisión. El fallo del motor forma parte de la historia, desde luego. Probablemente fue la causa principal de la caída del helicóptero, aunque todavía no sabemos por qué falló el motor, ni siquiera cómo, o si es posible que hubiera algún tipo de sabotaje. Pero es lo que pasó después de caer lo que está dándonos dolor de cabeza.

– Se quemó, ¿no? Los helicópteros que van cargados con ochocientos litros de queroseno de alta graduación, como el que se usa en aviación, tienen, desde luego, tendencia a arder.

– Éste en concreto no se incendió hasta nueve minutos y medio después del impacto.

– ¿Nadie llegó hasta el lugar del impacto hasta nueve minutos y medio después?

– Ahí está el misterio. Los servicios de salvamento no llegaron al lugar del accidente hasta nueve minutos y medio después. La caída tuvo lugar más allá del final de Sagamore Head, sobre la arena, y todavía hay algo más, alguien había abandonado un destartalado Winnebago atravesado en el camino que va desde la playa de Nantasket, de manera que los bomberos perdieron más de cinco minutos tan sólo en apartarlo y dejar despejado el camino. -Dobló el pañuelo y volvió a enjugarse con él la frente-. Sin embargo… alguien salió de entre los restos del helicóptero antes de que hiciera explosión. Los tripulantes de varios yates informaron de que habían visto un Chevy Blazer negro, u otro vehículo parecido, aparcado al lado del helicóptero siniestrado puede que dos o tres minutos después del impacto. Es más, hay un individuo que había anclado el yate a unos setenta metros de la orilla, y dice que estuvo remando hacia la costa en un bote neumático para ver si podía ayudar en algo. Y cuenta que vio con toda claridad un vehículo negro con tracción a las cuatro ruedas, y también a una persona vestida con un impermeable negro que salía de entre los restos acarreando algo parecido a una bolsa o un saco. Unos veinte segundos más tarde, el helicóptero estalló, y se produjo tanto humo y tantas llamas que ya no consiguió ver nada más. Cuando llegó a la orilla, el vehículo ya había desaparecido y el helicóptero estaba quemado casi por completo.

Michael se frotó las sienes con la punta de los dedos, como cualquier hombre que siente que se le avecina una migraña.

– ¿De manera que lo que estás diciéndome es que una o varias personas desconocidas llegaron al helicóptero antes de que lo hicieran los servicios de salvamento y sacaron un bulto o algo así de entre los restos?

– Eso es exactamente lo que estoy intentando decirte. Exactamente eso.

Michael permaneció pensativo y en silencio durante un buen rato. Joe lo miraba, se enjugaba el sudor y, de vez en cuando, se aclaraba la garganta.

– ¿Quién lleva el caso?

– Kevin Murray y un tipo nuevo, Rolbein.

– Kevin es bueno -observó Michael-. Él os lo resolverá.

– Kevin es bueno, sí, pero no es un hombre inspirado.

Michael se volvió de nuevo hacia él.

– ¿Y por eso es por lo que has hecho este viaje en coche hasta aquí, hasta Ningún Sitio del Mar? ¿Para verme? ¿Para obtener inspiración gratis?

Joe abrió los brazos exageradamente.

– Lo admito. -Tenía las axilas de la chaqueta a rayas manchada con semicírculos de sudor-. ¿No soy una mierda?

– Nada cambia -observó Michael.

Vale. De acuerdo, Michael. Pero procura mirarlo desde mi punto de vista. En esta reclamación hay por medio cientos de millones de dólares. Tendrías que ver hasta dónde alcanza la póliza del seguro de vida de O'Brien; solamente ella constituye el doble de las reservas nacionales de Haití y de la República Dominicana juntas, y también parte de las de Cuba, si me apuras. Además están las pólizas del seguro de vida de su esposa, Eva O'Brien, y de la hija de ambos, Sissy; por no hablar de todas las restantes reclamaciones por pérdidas, daños y negligencia. -Se sonó ruidosamente la nariz-. Todo esto no sería tan grave si las cosas estuvieran claras, si fuesen tan sólo algo rutinario. Pero todo este asunto tiene un olor muy sospechoso. ¿Sabes esa sensación que se tiene cuando se investiga el incendio de un edificio de apartamentos, y uno tiene la impresión de que hay flotando en el aire un ligero tufillo a gasolina, o a disolvente de pintura, o a alcohol? Pues yo ahora noto esa misma clase de olor. Y es que existen demasiadas inconsistencias, demasiadas cosas raras en este asunto. No esa clase de inconsistencias normales con las que uno se tropieza en la vida diaria, sino inconsistencias que le hacen pensar a uno y decir… «Espera un momento, ¿cómo ha podido ser eso?»

– Ponme un ejemplo.

– Bueno, piénsalo. El helicóptero tiene un fallo de motor, se estrella en la playa de Nantasket y, al parecer, hay alguien que está esperando a que caiga precisamente allí. Si el fallo del motor es auténtico, ¿cómo es que ese alguien sabe exactamente dónde va a caer el helicóptero?

– Parece que estáis en un buen atolladero -comentó Michael al tiempo que se sentaba en el sillón giratorio y comenzaba a balancearse adelante y atrás.

– No me digas. Y están presionándome para que llegue rápidamente a una solución. Tengo a Henry Croteau encima de este caso diecisiete veces al día. Y nuestro amado presidente Edgar Bedford está encima de mí casi setenta veces al día.

– ¿Y la policía? ¿Coopera?

– Ése es otro aspecto raro. Cuando Hudson, el jefe de policía, habló por primera vez con la prensa prometió una «completa, franca y valiente investigación». Pero, hasta el momento, la policía parece estar tratando este caso con aproximadamente tanta seriedad como si el G. I. Joe se cayese de su Huey de plástico.

– ¿Y la Agencia Federal de Aviación?

– Silencio absoluto. Se niegan a hablar aunque sólo sea de los hallazgos preliminares. Dicen que tienen que recomponer todos los restos del accidente antes de poder averiguar cualquier por qué o por lo tanto. Están actuando con tanta cautela que ni siquiera admiten que tengan hallazgos preliminares.

– ¿Quién se encarga de la reconstrucción?

– Tu viejo amigo Jorge da Silva.

– ¿En serio? No es propio de Jorge mostrarse reservado. ¿Y qué hay de la oficina del forense?

– Lo mismo. -Joe hizo como que se cerraba la boca con una cremallera-. Lo único que el forense está dispuesto a decirnos hasta ahora, y cito más o menos textualmente, es que «el grupo de O'Brien se vio implicado en un fatal accidente de helicóptero y aparentemente no hubo supervivientes».

Michael se quedó pensando durante unos instantes y luego dijo:

– «El grupo de O'Brien.» ¿Cuántas personas lo formaban exactamente?

– Si tú no lo sabes, yo tampoco -repuso Joe al tiempo que un destello le aparecía en los ojos-. El hecho llano y simple es que nadie quiere decirlo. En aquel helicóptero habrían podido ser hasta ocho personas. ¿Y qué demonios es eso de que «aparentemente no hubo supervivientes»? No hay nada aparente en la supervivencia, por lo menos no que yo sepa. Si alguna vez tengo la desgracia de sufrir un accidente de helicóptero, Dios no lo quiera, no quiero sobrevivir aparentemente. Quiero estar allí mismo, en las noticias de la noche de la NBC, vivito y coleando, con un tiznón en la nariz y una tirita en la frente, alabando la pericia y el valor del piloto.

– Entonces -quiso saber Michael-, ¿nadie ha confirmado oficialmente el número de muertos?

– Exacto. ¿Sabes lo que me dijeron? «El trauma físico que sufrieron fue tan severo que todavía no se ha conseguido una identificación completa.» Y un huevo, no se ha conseguido. Tú y yo estuvimos en Rocky Woods, y allí no había que conseguir nada. Si uno quería saber los cadáveres que tenía, bastaba con contar las cabezas, como hicimos nosotros, estuvieran pegadas a algo o no.

Michael, pensativo, dijo:

– Estaba John O'Brien, ¿verdad? Y su esposa Eva O'Brien. Y su hija. ¿Estoy en lo cierto?

– Eso es. Sissy O'Brien, de catorce años.

Michael iba contando con los dedos.

– Y, por supuesto, también habría un piloto. ¿Sabes si había un copiloto?

– No, no. Pero había un joven pez gordo del departamento de Justicia, un tal Dean McAllister. Había volado desde Washington la noche anterior para poder acompañar al señor O'Brien en el viaje para la ceremonia del juramento.

– Entonces eran cinco. Eso no debería de ser muy difícil de averiguar, incluso después de un incendio. ¿Quién es el médico forense?

– Raymond Moorpath, del Hospital Central de Boston.

– ¿Moorpath? Ahora ejerce la medicina privada.

– De todos modos, allí es donde llevaron los cadáveres, y Moorpath se dedicó a hacer los honores, a petición de alguien de muy, muy, arriba. Pero no me puedes negar que Moorpath fue siempre el mejor, especialmente con las víctimas de incendios.

Michael se quedó pensando un rato. Luego dijo:

– ¿Quieres una cerveza?

Joe se encogió de hombros.

– Si tú te tomas otra.

– Vamos a la cocina.

Salieron del estudio. Una súbita ráfaga de viento levantó una pequeña ventisca de papel en el escritorio de Michael y la puerta se cerró con un golpe tras ellos. Echaron a andar en fila india por la estrecha pasarela de madera que llevaba hasta la puerta de la cocina, produciendo en los tablones un sonido hueco con los pies. A su izquierda no había nada más que la playa llena de hierba y el mar, muy brillante. A la derecha, un empinado tramo de peldaños blanqueados por el sol conducía hasta el patio delantero de cemento, que hacía cuesta, donde Patsy estaba lavando con una manguera el Mercury Marquis del 69, color verde desvaído, mientras Jason, con las piernas colgando al aire, miraba cómo trabajaba su madre encaramado a la pared de ladrillo. Patsy levantó la cabeza, los miró y los saludó con la mano; Michael le devolvió el saludo de la misma manera y le gritó alegremente:

– ¿Cómo va el lavado del coche, cariño?

Al mismo tiempo, sin embargo, le hizo un sutilísimo gesto con la cabeza y abrió mucho los ojos, para indicarle que la presencia de Joe no le hacía ninguna gracia.

Patsy sonrió y continuó trabajando con la manguera. Michael no se había sentido nunca tan cerca de nadie, hombre o mujer, en toda su vida. Patsy y él reían juntos, se preocupaban juntos, prácticamente respiraban al unísono. Él la quería, pero el modo como convivían día a día era mucho más complicado que cualquier cosa a la que él hubiera llamado amor antes. Era un completo entrelazado físico, emocional e intelectual.

Patsy medía escasamente un metro sesenta centímetros; llevaba una melena irregular y descuidada de cabello descolorido por el sol y tenía cara de muñeca, con ojos azules de porcelana, nariz respingona y los labios rosados y gruesos. Aquel día llevaba puesta una camiseta a rayas rosas y blancas muy ceñida que le resaltaba los escasos pechos, el más diminuto par de pantalones cortos de algodón que se puedan imaginar y unas botas de goma de color rosa fluorescente.

El presidente de Plymouth Insurance, Edgar Bedford, en cierta ocasión, la había llamado despreciativamente «la muñequita de Michael». Pero a pesar de aquel aspecto de muñeca Barbie, Patsy era una persona culta, divertida y decidida; y era de estas cualidades de las que se había enamorado Michael. Desde luego, era una mujer que llamaba la atención, y también resultaba sexualmente atractiva, por supuesto, y todo ello contribuía a que a Michael le encantase. Pero Patsy era capaz de mantener una conversación sobre Mozart, Matisse o Guy de Maupassant en cualquier cena; o de hablar sobre la teoría del Big Bang; o sobre política y censura; o sobre rock and roll; o sobre la ordenación de las mujeres; o sobre si la Tierra está calentándose realmente o no.

Michael y Joe entraron en la cocina; en ella se encontraban una mesa lisa y limpia, el fregadero, grande y anticuado, y unos móviles tintineantes construidos con cisnes, yates y verduras. Michael abrió la nevera, sacó dos cervezas y le lanzó una a Joe. Luego se sentó a horcajadas en una silla, desenroscó el tapón de su botella, echó la cabeza hacia atrás y dio un trago largo rápido.

– Decididamente, todo esto suena como si alguien estuviera intentado ocultar algo -dijo Michael-. La cuestión, desde luego, es averiguar por qué, y si significa algo en términos de reclamaciones de seguros.

– La póliza de John O'Brien cubre la muerte por accidente exclusivamente -le explicó Joe-. Excluye de forma específica el suicidio y el homicidio.

– ¿Y en cuánto está valorada exactamente?

– En doscientos setenta y ocho millones de dólares.

– De manera que, evidentemente, a Plymouth Insurance le interesa demostrar que lo mataron deliberadamente o que planeó su propia muerte.

Joe dio un trago y se limpió la boca con el revés de la mano.

– Para no andarnos con demasiadas sutilezas, sí.

Michael se quedó pensando durante un rato y, de vez en cuando, daba algunos tragos de la botella. Luego miró a Joe y dijo:

– Pues buena suerte.

– Supongo que te habrás dado cuenta de que estoy pidiéndote que te metas en esto -le dijo Joe.

– Joe, eso ya lo he dejado correr. No quiero meterme en ello. Patsy y yo nos salimos de ese negocio y somos muy felices tal como estamos.

Joe dijo suavemente:

– Tienes un descubierto en el banco de seis mil trescientos cincuenta y ocho dólares, y prácticamente ninguna perspectiva de conseguir dinero hasta finales de octubre, que será cuando cobres tus próximos derechos de patente de Marine Developments Incorporated, y puedo hacer un cálculo por adelantado y afirmar que será algo menos de mil quinientos dólares.

Michael se quedó mirándolo.

– ¿Cómo demonios has averiguado eso?

– Oh, venga, Michael, ya conoces la rutina. No se va a cazar patos sin escopeta, ¿no?

Michael sabía exactamente de qué estaba hablando Joe. Para los investigadores de reclamaciones de seguros, comprobar las cuentas bancarias, el crédito y los informes médicos confidenciales de los clientes era un procedimiento común. Al contrario que la policía, ellos no tenían que mantener un comportamiento tan estricto en lo que se refería a las órdenes de registro o a las reglas de evidencia. Durante los nueve años que había durado su carrera en Plymouth Insurance, Michael había pagado regularmente a empleados de los bancos para que le dejaran echar un vistazo a los informes bancarios confidenciales. Pero ahora que él era la víctima, se sentía descubierto, enojado y humillado por el hecho de que Joe hubiera averiguado que estaba sin blanca.

– Escucha -le dijo-, no tenías ningún derecho a hacer eso, ningún puñetero derecho.

– Lo siento -se excusó Joe, aunque no parecía sentirlo en absoluto-. Pero sabes perfectamente que si hubiera visto que andabas sobrado de dinero, no me habría tomado la molestia de conducir hasta aquí.

Créeme -le dijo Michael-, ha sido una pérdida de tiempo Por tu parte y también por la mía. Es posible que me haga falta el dinero, pero no hasta ese punto.

Michael… estoy haciendo un esfuerzo muy especial por resultar agradable. ¿A ti te parece que me habría tomado la molestia de venir hasta aquí para nada? Odio la playa, el mar y toda esa jodida arena. Mira, será un trabajo esporádico, único, si quieres. Entras en el asunto, lo solucionas, coges el dinero y te vienes a casa. Eso es todo lo que te pido. -Hizo una pausa para ver qué impresión había causado, luego se santiguó y añadió-: Será la primera y última vez, te lo prometo.

– Joe -le respondió Michael-, debes de tener al menos media docena de personas que son, evidentemente, tan buenos como pueda serlo yo. Y no sólo eso, sino que yo ya llevo fuera de todo ese negocio cerca de dos años. La mayoría de mis contactos se han trasladado a otra parte, o han muerto, o han ascendido. Mi agenda se ha convertido en una pieza de museo. La mitad de los números suenan una y otra vez y nadie contesta.

Joe dio un trago de cerveza y comenzó a tamborilear con aquellos gordinflones dedos suyos encima de la mesa al tiempo que miraba por la ventana. Se aclaró la garganta. Era obvio que algo le rondaba por la cabeza, pero no iba a decir de qué se trataba, a menos que le obligasen a ello.

Por fin, Michael continuó hablando:

– Hay algo más, ¿no es cierto? ¿Algo que no me has dicho?

Joe levantó una ceja.

– ¿Qué quieres decir?

– No me hagas perder el tiempo, Joe. Tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo.

– Bueno, de acuerdo -admitió Joe-. Hay algo que no te he dicho.

– Bien, ¿y qué es?

– Es absolutamente confidencial. A mí me lo contó uno de los de arriba, de muy arriba. Tuve que jurar que no te diría de qué se trata a menos que estuvieras dispuesto a encargarte de la investigación sobre O'Brien.

– Y si me lo dijeras ahora, ¿crees que cambiaría de opinión?

– Sin ninguna duda.

– Entonces, ¿qué problema hay? ¿No te fías de mí o qué? Quiero decir, ¿a quién piensas que voy a decírselo?

– Michael, Michael… claro que me fío de ti, por supuesto. Pero… ya sabes, a veces, hasta las «playas» tienen oídos. Si te lo dijera y, aun así, tú no accedieras a trabajar en esta investigación, y luego, por cualquier circunstancia, esa información concreta se filtrase y saliese a la luz, a mí se me caería el pelo. Y no estamos hablando sólo de reprimendas, sino que me refiero a algo mucho más serio.

Michael se puso en pie y rodeó la mesa. Joe lo miró sin parpadear.

– Lo siento, Joe -le dijo Michael-. No quiero parecer desagradecido ni nada por el estilo. Te agradezco que te hayas acordado de mí, pero, por lo que a mí respecta, Rocky Woods supuso el final. Aquello fue el fin. Prefiero un descubierto de seis mil trescientos cincuenta y ocho en el cielo a tener una cuenta de gastos en el infierno.

Joe se mostró implacable.

– Estoy dispuesto a pagarte veinticinco mil y la mitad del uno por ciento de la cantidad que nos ahorres. Doce mil quinientos de adelanto, ahora mismo, en la moneda que quieras: rublos, zlotys, o, si lo prefieres, en kwachas de Zambia, que están a dos dólares y dieciséis centavos.

– Joe… he dicho que no.

– Dirfie por lo menos que vas a pensarlo.

La cara de Joe era una máscara de sudor reluciente.

– No quiero pensarlo. La respuesta es no. Y nada de lo que digas o hagas me hará cambiar de opinión.

– ¿Treinta mil, con un adelanto de quince mil? Y digo quince mil aquí y ahora, al contado, en mano. Se acabaron las deudas y las preocupaciones, y luego os llevaré a todos a celebrarlo a Lobster Shack.

Michael movió la cabeza con énfasis en sentido negativo. De todos modos, tenía que admitir que la oferta lo tentaba. Patsy y él habían bregado mucho desde que él dejara el empleo y se trasladaran allí y, sin embargo, lo único que habían logrado era volverse más pobres y desarrapados. Últimamente se había visto agobiado cada mañana por las más molestas dudas acerca de sí mismo. ¿Qué estaba haciendo en realidad, sino beber cerveza, acariciar sueños y ser el dueño de poco más que una casa de vacaciones vieja y destartalada en la costa, dos pares de vaqueros y un Mercury oxidado que sufría hemorragias de aceite? En el fondo de su corazón sabía que nunca tendría el empuje necesario para acabar y comercializar aquel juego de mesa, al menos no del modo en que Horne y Abbot se habían afanado por desarrollar el Trivial Pursuit. Y, probablemente, tampoco viajaría nunca por el hielo para alcanzar el polo norte magnético. Era consciente de que nunca lograría nada de importancia y de que moriría aún más pobre de lo que era entonces.

Pero los recuerdos que tenía de Rocky Woods eran sangrientos y oscuros, semejantes a una de esas pesadillas de infancia que no dejan de acecharle a uno incluso durante las horas del día. Ni siquiera podía confiar en sí mismo para pensar en ello «a ravor del viento». Rocky Woods había sido el Hades en la tierra; la masacre de los inocentes; fuego, azufre y cubos de sangre. Dos años atrás, el diecisiete de marzo, a las cinco y cinco de la tarde, un L10-11 de las líneas aéreas Midwest había hecho explosión sobre Westwood, al sudoeste de Boston, justo tres minutos después de despegar del aeropuerto internacional de Logan. El fuselaje se había abierto en sentido longitudinal y trescientas doce personas, entre hombres, mujeres y niños, habían caído ochocientos metros y habían ido a estrellarse en la reserva de Rocky Woods.

Durante más de un minuto y medio había estado, literalmente, lloviendo gente.

Joe y Michael habían sido asignados por Plymouth Insurance para investigar la causa del accidente. Habían pasado la noche y la mayor parte del día siguiente detrás de los distintos equipos y de las ambulancias, de un cadáver a otro, contándolos, identificándolos y marcando las posiciones. Michael había encontrado un abedul que desde lejos parecía que estaba florecido. Al acercarse se dio cuenta de que estaba florecido con manos humanas.

Después de aquello no había conseguido dormir bien durante más de seis semanas. Después, una mañana, mientras mantenía una conversación telefónica con los bomberos de Boston acerca de los puntos de fusión, había colgado el aparato, se había marchado de las oficinas y no había regresado nunca más. Al principio, Edgar Bedford había intentado demandarlo por incumplimiento de contrato, pero más tarde, cuando Joe le hubo enseñado a Edgar unas cuantas de las peores fotografías de Rocky Woods, se había convencido (aunque de mala gana), y se lo había tomado con más calma.

Incluso ahora, dieciocho meses más tarde, Michael seguía soñando que se abría paso a través de aquellos bosques oscuros y llenos de humo mientras las luces de las linternas zigzagueaban por todas partes y los helicópteros rugían por encima de ellos. Seguía soñando con la niñita que había encontrado, sentada bajo un árbol y con los ojos abiertos, como si siguiera viva. Y, de hecho, entonces él había gritado: «¡Aquí hay uno vivo!», al tiempo que se daba cuenta de que era imposible que nadie sobreviviera a una caída libre de ochocientos metros, y que lo que estaba mirando en realidad era sólo media niña, de la cintura para arriba. La pequeña, cuyo cabello era sedoso y de color maíz, todavía sostenía una muñeca en sus manos.

Más que cualquier otra cosa, el recuerdo de aquella niñita había hecho que Michael no pudiera volver a ejercer nunca en su antiguo trabajo. Hasta había averiguado el nombre y la dirección de la pequeña: Sarah-May Williams, de Alsace Drive, Indiana, de cuatro años. Sus padres también habían muerto.

Entre los dos, Joe y él, habían examinado a cada una de las víctimas; a todas menos a una, una muchacha de dieciséis años llamada Elaine Parker. Habían encontrado su bolso y su equipaje y uno de los zapatos, pero Elaine Parker se había desvanecido para siempre en Rocky Woods, como si no hubiera existido nunca.

– Dame un respiro, ¿quieres, Michael? -le dijo Joe-. Dime que lo pensarás.

– Lo siento, Joe. No necesito hacerlo.

– ¿Ni siquiera por los viejos tiempos?

En aquel momento se abrió la puerta de la cocina y entró Patsy, acalorada y sofocada, con un cubo de plástico vacío en una mano.

– Ya está -dijo. Y luego añadió-: ¿Ni siquiera qué, por los viejos tiempos?

– Ni siquiera nada por los viejos tiempos -respondió Michael al tiempo que le rodeaba los hombros con el brazo-. Joe y yo sólo estábamos poniendo al día algunos recuerdos.

– Antes me ha dicho que tenía que hacerte una proposición interesante -comentó Patsy. Apartó la cortinilla que había debajo del fregadero y guardó allí el cubo. Luego se sentó y estiró la pierna izquierda para que Michael la ayudara a quitarse la bota de goma rosa. Él puso la mano bajo el talón y dio un fuerte tirón. Patsy comenzó a doblar una y otra vez los dedos de los pies-. Tengo los pies sudados. ¿Era algo bueno?

Michael movió la cabeza en un gesto de negación.

– Nada, sólo que Joe pensaba que yo podría ayudarle a salir de un apuro.

– ¿Con qué? Vamos, Michael, no nos vendría nada mal un poco de dinero en estos momentos, ¿no? Jason necesita camisetas nuevas, y si no llevamos pronto el coche a arreglar, va a entregar el alma para siempre.

¡Bravo! -dijo Joe levantando la botella en un gesto de saludo-. Así se habla.

No quiero hacerlo, eso es todo -insistió Michael poniéndose a la defensiva.

Bueno, ¿de qué se trata? No creo que pueda ser tan desagradable. ¿O sí?

Mira -dijo Michael-, yo dejé el trabajo en el negocio de os seguros porque no quería hacerlo más. He acabado con eso aehnitivamente. ¿No lo entiendes?

– Ya te lo he dicho -repitió Joe astutamente-. Es sólo un trabajo aislado. Lo haces y te vas. Ninguna atadura, nada.

– No, Joe -le respondió Michael-. Definitiva y terminantemente, no.

Patsy lo cogió del brazo. Unas diminutas gotas de sudor le perlaban el labio superior. Le dio un apretón en el brazo a su marido y preguntó:

– ¿Cuánto pagan?

– Michael está poniéndose duro -repuso Joe-. Le he ofrecido treinta de los grandes más la mitad del uno por ciento de la cantidad que nos ahorre. Pero déjalo. Un principio moral es un principio moral. Un no es un no.

Patsy se quedó mirando a Michael con incredulidad.

– ¿O sea, que te ha ofrecido treinta mil dólares y los has rechazado?

Michael notó que se ruborizaba.

– Vamos, cariño. Lo dejé definitivamente. Si no puedo tener éxito haciendo lo que quiero hacer, ¿qué clase de hombre se supone que soy? Es como admitir que no soy capaz de hacerlo. Es como arrojar la toalla.

– ¿De qué estás hablando? -le exigió Patsy-. Joe está ofreciéndote una oportunidad de trabajar en algo en lo que eres muy bueno. ¿Cómo puedes llamar a eso arrojar la toalla? Y hablando de toallas, nos vendría muy bien un juego nuevo. La mayoría las tenemos hechas harapos de lo gastadas que están.

Joe dio un sorbo de cerveza y esbozó una sonrisa irónica.

– ¿Sabes una cosa, Michael? -dijo-. Nunca se puede ganar contra una mujer.

Pero Michael negó lentamente con la cabeza.

– No voy a hacerlo, Joe. Ni por treinta millones de dólares.

– Michael… -empezó a decir Patsy; pero Michael levantó la mano y continuó hablando.

– Luego, ¿vale? Hablaremos de ello más tarde.

Joe se puso en pie y dejó la botella vacía sobre la mesa. Cogió el sombrero, se quedó mirando el interior del mismo como si esperase encontrar algo interesante, quizás dinero o la respuesta a todos sus problemas, y luego se lo puso.

– No puedes decir que no lo he intentado -dijo con sincero pesar en la voz.

– Me ha gustado verte, de todos modos -le dijo Michael-. ¿Por qué no te traes algún domingo a Marcia a comer?

– Bueno, gracias por la invitación, pero no creo que lo haga. Marcia odia la playa tanto como yo. Además… no me gustaría quitarles la comida de la boca a un inventor medio muerto de hambre y a su familia.

– Joe… -le advirtió Michael.

Pero Joe le cogió la mano, le dio una palmada en la espalda y dijo:

– Era una broma. Sólo una broma.

Michael lo acompañó hasta el coche, un Cadillac Seville recién estrenado de un brillante azul oscuro metalizado. Patsy se quedó esperando en la pasarela de tablones, mientras la brisa le alborotaba los rizos rubios. Una gaviota volaba en lo alto, lamentándose y chillando.

– Ya sabes lo que se dice de las gaviotas -comentó Joe al abrir la puerta del coche-. Se supone que son un augurio. Que son portadoras de malas noticias.

– Eso también se dice de ti, Joe -repuso Michael. Y no estaba bromeando del todo.

Joe movió el coche hacia atrás en el camino arenoso, les hizo un saludo de despedida con la mano y luego se marchó. Michael permaneció en la acera un rato largo contemplando cómo se alejaba, hasta que un destello de sol salió despedido del retrovisor de la puerta y finalmente el coche se perdió de vista. Subió lentamente por los peldaños de madera hasta donde se encontraba Patsy, y puso cara de resignación.

– Lo siento -dijo-. Quería que yo le ayudase a investigar un accidente de helicóptero, ése en el que resultaron muertos John O'Brien y su familia.

– ¿Y no has podido enfrentarte a ello? -le preguntó Patsy. Michael frunció los labios e hizo un rápido gesto negativo con la cabeza-. Pero no hubieras tenido que mirar los cadáveres, ¿verdad?

– Claro que sí. Tienes que averiguar cómo murieron, dónde murieron… tienes que comprobar hasta la postura en que fueron hallados.

– ¿Y realmente no puedes hacerlo?

Michael se puso a su lado y se sujetó al astillado pasamanos de madera.

– Desde aquella noche en que Joe y yo tuvimos que rastrear Rocky Woods, mi cabeza ha estado en todo momento tan cerca del límite como sea posible estar. Dejé el trabajo porque tenía que elegir entre eso o volverme completamente loco. No puedo explicar bien lo que esa experiencia me hizo, y realmente no espero que comprendas por qué no puedo aceptar un trabajo que solucionaría todos nuestros problemas de dinero en un instante.

Patsy le cogió un brazo y le dio un beso.

– Michael… yo no tengo que comprender nada. No podría comprenderlo, ¿no es cierto? No, a menos que hubiera estado allí, a menos que hubiera visto todo aquello con mis propios ojos. Pero no hace falta que comprenda nada porque confío plenamente en ti. Sé que habrías aceptado el trabajo si pudieras. Confío en ti y te quiero, y lo último que deseo en este mundo es hacerte daño bajo ningún concepto. No estoy dispuesta a vender tu salud mental por unas toallas nuevas.

Michael la besó en el pelo, luego en la frente y luego en los labios.

– Algo se presentará -le dijo-. Lo noto en el aire.

La gaviota daba vueltas y revoloteaba en lo alto, equilibrándose contra el viento. De vez en cuando lanzaba un grito como el de un bebé; o como un niño que llevara mucho tiempo perdido; o como un portador de malas noticias.

Aquella noche estaba tumbado en la cama cuando el mundo se abrió debajo de él y Michael cayó a plomo sumergiéndose en la oscuridad. Durante un largo rato quedó colgando en el aire, mientras el oscuro paisaje daba vueltas lentamente debajo de él y unas luces semejantes a puntas de alfiler brillaban a lo lejos. No oía pasar el aire velozmente junto a sus oídos, sólo silencio, pero sabía que estaba cayendo, y que estaba cayendo de prisa.

Era consciente de que había más gente cayendo a su alrededor, como una silenciosa granizada de gente. Nadie chillaba, nadie gritaba. Simplemente caían juntos en medio de la oscuridad, esperando el momento en que se precipitaran de pronto contra los árboles y chocaran contra el suelo.

Esperó y esperó. Tenía tanto miedo que apenas podía respirar. Quizás el suelo no viniera a su encuentro. Quizás él siguiese cayendo eternamente, sin parar, en medio de la noche. Pero podía ver las luces que se apagaban, primero una a una, luego más aprisa, a medida que las montañas se elevaban en torno a él. Entonces supo con certeza que iba a morir.

Aterrado, movió ambos brazos en el aire en un intento de sujetarse a cualquier cosa que pudiera salvarlo, o con la esperanza de echar a volar. Notó algo que chocaba con su mano izquierda y se aferró a ello; se le escapó, y lo cogió otra vez. Era una niña, que también caía a su lado. Ella no podía salvarlo; los dos estaban condenados a caer juntos. Pero él la abrazó, la abrazó tan fuerte como pudo.

Sólo entonces se dio cuenta de que ella lo miraba fijamente en medio de la oscuridad. Pudo ver el ávido brillo de aquellos ojos, muy abiertos. Pensó: «Oh, Dios, ya está muerta.» Luego bajó la mano y se percató de que estaba abrazando sólo media niña, el torso de una niña sin otra cosa debajo de la cintura que no fuesen harapos ensangrentados.

Michael gritó y se retorció pero, de algún modo, el torsojie la niña logró mantenerse aferrado a él, y no pudo soltarlo. Sintió cómo la sangre helada de la pequeña le bajaba por los muslos. Oyó el hueco sonido del viento al filtrarse por el cuerpo vacío. Sintió el frío y húmedo contacto de su mejilla.

La pequeña acercó los labios al oído de Michael, y éste oyó con toda claridad cómo le susurraba: «¡No me dejes caer! ¡No me dejes caer!»

Entonces, los dos fueron a chocar con fuerza contra el suelo. Michael abrió los ojos y se encontró hecho un ovillo sobre la cama, tenso y mojado a causa del sudor, con los dientes apretados y los músculos tan tensos que las pantorrillas se le habían agarrotado por un calambre.

Permaneció inmóvil bastante rato, respirando profundamente y tratando de relajarse. Gracias a Dios, no había despertado a Patsy. Hacía mucho, mucho tiempo que había tenido aquella pesadilla por última vez, pero nunca antes de un modo tan vivido como ahora. A duras penas podía creer que no hubiera caído verdaderamente y que siguiera aún vivo.

Se bajó con cuidado de la cama. Sintió bajo los pies descalzos la tosca alfombra de pita. Desnudo, atravesó la habitación de puntillas y poniendo buen cuidado en no tropezar con la mecedora del rincón, sobre la que tenía la costumbre de colgar la ropa. Eran poco más de las cuatro de la madrugada, y las primeras y tenues luces del amanecer empezaban a filtrarse a través de las floreadas cortinas de algodón.

Entró en la cocina y se sirvió un gran vaso de agua fría. De pie, con la mano en el grifo, se lo bebió a largos tragos sin respirar. Luego se acercó a la ventana que daba a Nantucket Sound y subió las persianas. Apenas conseguía distinguir las pálidas jorobas prehistóricas que eran las dunas de arena y la resplandeciente línea blanca del oleaje.

Se sentía tremendamente deprimido. ¿Acaso aquella pesadilla de Rocky Woods iba a atormentarlo eternamente? ¿No podría nunca quitársela de encima? Aquella terrible sensación con a que siempre empezaba -justo como si la cama se abriese debajo de él- era más de lo que podía aguantar. Otra pesadilla más tan clara y realista como la de aquella noche y estaba seguro de que se desmoronaría y se dejaría llevar por la locura.

Puede que hubiera cometido un error al abandonar el trabajo e intentar huir de aquello. Puede que hubiera sido mejor continuar en Plymouth Insurance y afrontar todos sus miedos hasta que hubiese aprendido a controlarlos. Puede que algún tipo de terapia le hubiese servido de ayuda. Pero Michael procedía de una familia que siempre se había mostrado autosuficiente y muy orgullosa de su intimidad; una familia que nunca le pedía ayuda a nadie, fuese financiera o emocional.

Durante veintiocho años, el padre de Michael había dirigido su propio negocio de fabricación de pequeñas embarcaciones en el puerto de Boston, y las barcas de remos y las lanchas neumáticas que fabricaba habían gozado de una fama excelente, que se extendía desde Rockland a Marblehead, por su fina y tradicional artesanía. Pero a principios de los años sesenta, cuando las barcas de fibra de vidrio empezaron a sustituir a la madera, muy pocos de los constructores de barcas habían sido capaces de llevar a cabo la transición, incluido Rearden Chandlers.

Michael aún recordaba los tiempos en que uno podía pasear por los muelles de Boston mientras oía la cacofonía que formaban los golpes de martillo al armar los cascos. También recordaba a su padre, agotado, sentado en una caja de madera en el cuarto de estar, totalmente vacío, mientras los encargados de las mudanzas se llevaban lo poco que quedaba de sus muebles. Él, que se encontraba de pie al lado de su padre, le había puesto una mano en el hombro y le había dicho:

– El banco te habría ayudado, ya lo sabes.

Pero su padre se había limitado a darle unas palmaditas en la mano y a decirle:

– ¿Es que crees que quiero que algún puñetero banquero me posea en cuerpo y alma? Nadie que no sea yo mismo va a poseer mi cuerpo ni mi alma.

Michael había heredado mucho de aquella autodestructiva terquedad; aquel sentimiento de que si uno no puede lograrlo por sí mismo, de alguna manera es menos hombre.

Continuaba pensando en su padre sin dejar de contemplar la línea donde rompen las olas cuando de repente sonó el teléfono. Lo cogió inmediatamente para que el timbrazo no despertase a Patsy o a Jason.

– ¿Michael?

– ¿Quién es?

– Michael, soy Joe. ¿Te he despertado?

No, no. No estaba dormido.

Escucha… siento llamarte tan tarde. O puede que sea mejor decir que siento llamarte tan temprano, no estoy muy seguro. Pero acabo de recibir un fax que me autoriza a comunicarte todo lo que sabemos del accidente de O'Brien. No es mucho, pero creo que te dará que pensar.

Michael se apretó la frente con la mano.

Joe… he estado hablando de esto con Patsy y la respuesta sigue siendo no.

– Déjame decirte lo que hemos averiguado.

– No me interesa. No quiero saberlo.

– Pero esto es de veinticuatro quilates, te lo prometo. Lo sabemos directamente por Roger Bannerman, de Boston Life & Trust. Edgar y él juegan juntos al golf.

– Como si se duchan juntos, no me importa. La respuesta sigue siendo no.

Se hizo una prolongada pausa. Michael empezaba a sentir frío, y sintió deseos de marcharse otra vez a la cama. Pero oía todavía la respiración de Joe al otro lado de la línea, y era como la firme respiración de Némesis, la helada respiración de un hado implacable. Sabía que Joe iba a contarle todo lo que Edgar había averiguado; y también estaba seguro de que él iba a escucharlo. Sabía, igualmente, que lo más probable era que ello acabara convenciéndolo de que abandonase aquella vida caprichosa que llevaba allí, en New Seabury, y de que volviera a afrontar las consecuencias espeluznantes de Rocky Woods.

– Faltaba la hija de John O'Brien -le dijo Joe.

– ¿Qué? -exclamó Michael.

– La hija de catorce años de John O'Brien, Cecilia… viajaba con sus padres a Washington, D. C, para la ceremonia del juramento. Encontraron su bolso y su equipaje en el helicóptero. Y lo que es más extraño, encontraron también sus zapatos debajo del asiento. Pero de la propia Cecilia no había ni rastro.

– Creía que en la oficina del forense te habían dicho que el trauma físico había sido tan severo que ni siquiera sabían de cuántos cadáveres se trataba -dijo Michael.

Eso es lo que dijeron. Pero estaban intentando ganar tiempo.

– Los hechos eran algo diferentes.

¿Cómo descubrió eso Roger Bannerman? Muy fácil. La señora Bannerman trabaja como voluntaria en el servicio de urgencias. Estuvo presente en la escena del accidente.

¿Y está segura de que la chica no se encontraba allí? ¿No cabe la posibilidad de que saliera despedida a causa del impacto, o algo por el estilo?

– Debía de estar muy segura, de lo contrario, no se lo habría comentado a su marido.

– De todos modos, una opinión que llega de segunda mano procedente de un voluntario del servicio de urgencias no se puede decir que sea exactamente una prueba.

– Yo no he dicho que sea una prueba -repuso Joe-. Lo que he dicho es que da que pensar.

Michael titubeó y sintió que empezaba a tiritar. El amanecer estaba ya avanzado y se podía ver el horizonte, el mar de un color gris pizarra y un fondo de cielo de un gris más claro. Más allá, hacia Nantucket Island, parecía como si estuviera lloviendo.

– ¿Qué más sabes? -preguntó.

– Eso es todo. El helicóptero se estrelló, y se vio a una o varias personas desconocidas sacando algo de entre los restos. Con posterioridad, cuando llegó la brigada de rescate, no había ni rastro de Cecilia O'Brien, aunque se sabía con certeza que viajaba en compañía de sus padres.

– Sigo sin entender por qué me necesitas.

Joe dejó escapar un profundo suspiro.

– Te necesito, Michael, porque me hace falta alguien que sea sensible, alguien que esté un poco loco. No necesito a una persona muy aplicada, ni a un analista. Necesito a alguien que pueda llegar a conclusiones de un salto. ¿Cómo era eso con lo que siempre andabas dándome la lata? «Pensar a favor del viento.» Eso es lo que necesito.

– ¿Qué dice la policía acerca de Cecilia O'Brien?

– Siéntate antes. Ni siquiera quieren admitir que no se hallaba entre los restos.

– Entonces, ¿quién está encubriendo esto y por qué?

– Dame tú alguna idea.

Michael se pasó una mano por entre el enredado pelo.

– O'Brien era liberal, ¿no es cierto? No aprobaba la pena de muerte, ni aprobaba el racismo, ni la segregación, ni la discriminación policial contra las minorías étnicas. Hizo campaña a favor del aborto; y también en contra de la censura. Odiaba los sobornos y odiaba el subvencionismo. Apoyaba la legalización de las drogas blandas; pero estaba en contra del crack, de la heroína y de la nieve, y se oponía enérgicamente a las armas. En realidad, había conseguido hacer de sí mismo un blanco de primera para cualquier traficante de drogas, cualquier político retorcido, cualquier patán racista del sur o cualquier excéntrico religioso en todo Estados Unidos.

Exactamente -convino Joe. Y luego añadió-: Acuérdate de Rocky Woods.

No pensarás en serio que puedo olvidarme de Rocky Woods.

No, claro que no. Perdona. Pero acuérdate de quién murió en Rocky Woods.

Trescientas cuarenta y cinco personas desprevenidas, entre hombres, mujeres y niños. Ésos son quienes encontraron la muerte en Rocky Woods.

– Incluido Dan Margolis.

– ¿Dan Margolis?

– Eso es, Michael. Dan Margolis, que acababa de ser elegido por William Webster para dirigir la Agencia Ejecutiva contra la Droga y tenía intenciones de acabar con el mercado de coca colombiana antes de que ésta tuviera tiempo de salir de la cuna.

– Me acuerdo de Dan Margolis -dijo Michael-. Trabajaba en la oficina del fiscal del distrito, ¿no? Todo fuego, mierda y pimienta, por lo que yo recuerdo.

– El mismísimo.

– Bueno, ¿qué intentas decirme? -le preguntó Michael.

– No intento decirte nada. Si supiera las respuestas, no estaría preguntando, ¿no te parece? Sólo estoy intentando pensar a favor del viento, como haces tú.

– ¿Y?

– Y… bueno, nada. Excepto que tenemos dos accidentes de aviación fatales con dos años de diferencia entre uno y otro, y en los dos casos hay implicado un conocido propagador de las ideas liberales; y en ambos casos se produce, además, la muerte de personas inocentes; y en ambos se da la circunstancia de la inexplicable desaparición de una mujer. En el caso de Rocky Woods fue Elaine Parker. Ahora ha sido Cecilia O'Brien.

– Joe -protestó Michael-, eso no es pensar a favor del viento. Eso es construir castillos en el aire. La explicación más lógica para la desaparición de Elaine Parker en Rocky Woods es que cayó a mucha distancia del área de búsqueda. Una ráfaga de aire se la llevó, un pedazo de escombro la golpeó y la desvió… ¿quién sabe? Aquella gente cayó en un área de quince quilómetros cuadrados. Y en cuanto a Cecilia O'Brien… bueno, aún no podemos decir nada con seguridad. Además, en Rocky Woods por lo menos murieron otras tres personas que pudieron haber sido el blanco de algún ajuste de cuentas o estafas a compañías de seguros. Eso dejando aparte el hecho de que nunca llegamos a descubrir qué fue lo que originó la explosión de aquel L10-11.

– Michael -dijo Joe en plan revancha-, estoy intentando hacerte pensar. Estoy intentando implicarte en esto.

– Por el amor de Dios, Joe, yo no quiero implicarme. No quiero saber cómo se estrelló el helicóptero, y no quiero saber por qué se estrelló; y, por encima de todo, no quiero ver a las personas que murieron en él. -Esta vez, Joe no contestó, sino que permaneció en silencio-. Todo ha terminado -continuó diciendo Michael-. Ahora soy inventor, por mucho que tú pienses que me va muy mal. Soy inventor y estoy haciendo cosas. No me dedico a meter la nariz entre los restos de las catástrofes; no me gano la vida a costa del dolor de otras personas. No soy una corneja negra. Hago cosas sencillas, pero cosas honradas.

– Muy bien -convino Joe-. Siento haberte molestado.

Y colgó el teléfono. Michael se quedó solo, desnudo, con aquel solitario pitido continuo que producía el teléfono. Al cabo de un rato colgó el aparato, miró a su alrededor y volvió al dormitorio sin hacer ruido.

Justamente estaba cerrando la puerta tras de sí cuando Patsy abrió los ojos, se quedó mirándolo y le preguntó:

– ¿Qué haces levantado? ¿Qué hora es?

– Las cuatro y media -repuso él al tiempo que se metía de nuevo en la cama.

Patsy se abrazó a él.

– Dios, qué frío estás -le dijo.

– En la cama -repuso él- puedes llamarme Michael.

TRES

La mañana acababa de empezar a templarse. El teniente Thomas J. Boyle salió del Caprice nuevo de color arce oscuro y limpió unas huellas del techo frotando con el puño del abrigo. Cruzó la acera y se hurgó los bolsillos en busca de cigarrillos cuando recordó que se los había dejado sobre la mesilla de noche. El sargento David Jahnke estaba esperándolo a la puerta del viejo edificio de piedra rojiza; iba vestido con una cazadora de algodón y se parecía más a Michael Douglas en Las calles de San Francisco de lo que cualquier sargento tenía derecho a parecerse. Le ofreció a Thomas un Winston; Thomas lo cogió sin dirigirle siquiera una mirada y sin decir palabra. David se lo encendió y esperó a que el otro hablase.

La puerta de la casa estaba abierta, y Thomas vio el papel de la pared del recibidor, que tenía un estampado marrón, y seis o siete láminas enmarcadas colgadas de la misma, aunque la luz se reflejaba en el cristal y no permitía que distinguiera qué representaban.

Expulsó un delgado caudal de humo y miró a su alrededor. Ya habían llegado tres coches patrulla y una ambulancia, que estaban estacionados cuidadosamente junto al bordillo. Aquella forma tan ordenada de estacionar significaba que ya había habido muertos. Resultaba inútil frenar produciendo chirridos a la puerta de la casa, detenerse de cualquier manera y entrar corriendo con un equipo de socorro y las armas desenfundadas por si hubiera problemas.

– Bonita zona -comentó Thomas-. A una manzana de los Public Gardens. ¿De qué estamos hablando? ¿De una propiedad de novecientos mil?

David se encogió de hombros.

– No es mi tipo.

– Estoy pidiéndote que tases la casa, idiota, no que te la compres.

De una forma casi inconsciente, David se pasó la mano por el pelo peinado hacia atrás.

– Milt Jaworski está dentro, si quiere echar un vistazo.

– Dentro de un rato. Cuéntamelo todo.

David sacó el cuaderno y comenzó a pasar las páginas con rapidez. Se detuvo, pasó una página adelante y luego dos páginas atrás. Entonces dijo:

– Vale, aquí está. Hembra caucásica, de unos veinte años. Rubia, de ojos azules, sin marcas de nacimiento. La encontraron boca abajo sobre una cama turca en el dormitorio, atada de pies y manos con alambre, lo que le ha causado graves laceraciones en las muñecas y en los tobillos. Tenía graves contusiones por todo el cuerpo, incluidas unas marcas semejantes a huellas dactilares y otras que parecían quemaduras de cigarrillo; también presenta otras quemaduras causadas por atizadores o hierros de marcar ganado. La cama turca estaba totalmente manchada de sangre y orina.

Thomas aspiró humo del cigarrillo y lo exhaló por la nariz. Odiaba fumar, deseaba ser capaz de no hacerlo. Otros oficiales podían afrontar toda la sangre y olores que hicieran falta, todo el caos de la vida humana, y no necesitaban recurrir al alcohol, al Marlboro ni al crack. Pero Thomas necesitaba una muleta de aquéllas. Necesitaba hacer algo obvio, demostrar que su sique estaba afectada por lo que hacía; y fumar era lo menos peligroso que se le ocurría. Todavía recordaba a su madre agonizando en una sala de cancerosos, hinchada, amarilla y estremeciéndose de dolor. Y cada mañana, Thomas se prometía a sí mismo que fumaría menos. Pero cada mañana lo llamaban de nuevo para ir a mirar víctimas a las que habían disparado, familias quemadas por el fuego o niños muertos y violados. Y, ¿qué otra cosa podía hacer él más que encender otro cigarrillo?

Tenía cuarenta y cuatro años, de manera que ya estaba próximo a la edad de la jubilación. Era un hombre atractivo aunque de un modo desmadejado, y lucía unas cejas muy pobladas, al estilo de Abraham Lincoln. Pero resultaba excesivamente alto, casi un metro noventa y cinco, y aquella estatura le había afectado toda la vida. En el colegio lo había convertido en el blanco de los fanfarrones más despiadados, y en objeto de chistes. Sin embargo, en los primeros años en que había prestado servicio en la. policía de Boston, le había proporcionado respeto y le había ayudado a ascender. Había sido un joven decidido y físicamente imponente. Pero al llegar a la edad madura, aquella estatura lo había convertido en una especie de dinosaurio, fácilmente reconocible por sus jóvenes y agresivos oponentes, tanto policías como políticos, fácilmente localizable por la prensa y también fácilmente localizable por los criminales de Boston. Kevin Cato, que dirigía uno de los más provechosos negocios fraudulentos de importación y exportación desde Rockland a Marblehead, lo llamaba Jirafa.

A veces, Megan le tomaba el pelo y lo llamaba también Jirafa. Megan era su esposa, una irlandesa de Boston de poco más de un metro sesenta de estatura, menuda, morena y vivaracha a pesar de su desgracia. Thomas nunca le demostró que ello le preocupara. Pero algún día alguien diría: «Que venga el Jirafa», y ahí acabaría todo. Neumáticos chirriando sobre Haverhill and Causeway, o abajo, junto al puerto, disparos, el cemento frío de la acera y la oscuridad creciente, y contemplar cómo la sangre de su propia vida se le escapaba del cuerpo.

Thomas dio una última y tensa chupada al cigarrillo y después dijo:

– ¿Alguna identificación? ¿Una cartera, tarjetas de crédito, algo así?

David negó con la cabeza.

– Nada de nada. Y, al decir eso, quiero decir nada de nada. Nada de ropa, ni joyas, ni cosméticos, ni peine, ni cepillo de dientes. Nada. Esta chica estaba totalmente desnuda, en el más amplio sentido de la palabra.

– ¿Has hablado con los vecinos?

– Oh, desde luego. Con los Dallen, que viven a este lado, y con los Gifford, que viven al otro.

– Y no vieron nada. Ni oyeron nada.

David asintió con la cabeza. La calle Byron era una de esas calles donde la gente va y viene y se ocupa solamente de sus propios asuntos; donde nadie admitiría la violencia doméstica, ni los gritos, ni ninguna clase de escándalo. Las únicas ocasiones en que los habitantes de la calle Byron llamaban a la policía era cuando necesitaban el informe de algún atraco para la compañía de seguros, o bien si estaba celebrándose alguna fiesta ruidosa a altas horas de la noche.

– ¿Quiere echar un vistazo? -le preguntó David.

– Oh… claro -convino Thomas-. ¿Quién dio el aviso?

David volvió a pasar las hojas del cuaderno.

– La señora Anna Krasilovsky, de la compañía inmobiliaria. Los inquilinos no habían pagado el alquiler desde hacía dos meses, por lo que se acercó para ver qué sucedía. No contestaron al timbre de la puerta, y el teléfono estaba desconectado. Así que usó la llave maestra. Notó cierto olor y subió a la planta superior. Y allí se la encontró.

– ¿Habéis hablado con la señora…?

– Krasilovsky. Sí, desde luego. Están atendiéndola por la impresión sufrida. Pero todo lo que dice encaja.

– ¿Qué sabemos de los inquilinos?

– Es un tal James T. Honeyman, doctor en medicina dental y especialista en cirugía dental; y la señora Honeyman. Por lo visto, el doctor Honeyman quería el local para poner una consulta de cirugía de implantes.

– ¿De dónde eran?

– Todavía estamos comprobando sus antecedentes. Pero los archivos de la inmobiliaria muestran que la dirección original que dieron como permanente está en la urbanización Hawk-Salt-Ash, en Plymouth, Vermont.

– Qué raro -observó Thomas-. ¿Quién, viviendo en Plymouth, Vermont, pone una consulta en Boston?

– Estamos esperando un informe de Plymouth para dentro de una hora aproximadamente -le dijo David con intención de tranquilizarlo-. Mi opinión es que se trata de una dirección falsa. Pero, ya sabe, tenemos que confirmarlo.

– Oh, ¿crees que es una dirección falsa? -le preguntó Thomas con sarcasmo-. A lo mejor eres inspector ya.

Sabía, sin embargo, que el momento más temible y espeluznante había llegado; y tenía que hacerle frente. El porqué de haberse decidido por una carrera en el departamento de Homicidios cuando ni siquiera podía soportar mirar un ciervo atropellado en un camino rural, nunca podría explicarlo. Quizás se había imaginado que no sería más turbador que el Cluedo o leer una novela de Sherlock Holmes. En realidad no se acordaba. Pero había días en que llegaba a casa de la central de policía y se quedaba de pie bajo la ducha con los ojos fuertemente cerrados durante veinte minutos seguidos, intentando quitarse con el agua el olor a muerte e intentando olvidar el ciego y sangriento retorcerse de los gusanos.

Siguió a David escaleras arriba y entraron por la puerta principal, que estaba abierta. Pudo notar el olor a muerte en el mismo momento en que ponía el pie en el vestíbulo. Una joven agente de policía, con la cara pálida, pasó a su lado y le dio un empujón con el hombro. Thomas no le dijo nada, no la reprendió como lo habría hecho si ella le hubiera dado el mismo empujón en el edificio que albergaba la central de policía. En vez de eso, estuvo mirándola mientras ella se alejaba a toda prisa y baiaba los escalones con una mano apretada contra la boca. «Mierda pensó Thomas-, éste va a ser un caso malo de verdad.»

Por aquí, señor -le indicó David.

Pero Thomas repuso:

– Espera.

Estaba observando los cuadros enmarcados del vestíbulo, en parte porque quería posponer el momento de enfrentarse con el finado, y en parte porque siempre le había parecido que los cuadros de los demás resultaban de lo más reveladores. Cualquiera tenía que considerar que una fotografía era muy significativa para él antes de decidirse a enmarcarla y colgarla en la pared. A veces no se daban cuenta de hasta qué punto la elección de fotografías que llevaban a cabo los traicionaba. En especial los desnudos. Y éstas eran todas desnudos: fotografías de desnudos en sepia o en blanco y negro de las épocas victoriana, eduardiana y de los años veinte; desnudos de anchas caderas, cutis pálidos, coquetas y, en cierto modo, provocativas. Sólo una de las fotografías era diferente: un curioso grabado en el que se veían hombres y mujeres, formalmente vestidos, de pie alrededor de una mesa, que estaba cubierta por un pesado tapete de damasco. En el centro de la mesa, yacía una cosa pequeña, oscura y enroscada, que hubiera podido ser un feto humano; pero el cristal de la fotografía estaba mugriento y era imposible saberlo con certeza.

– ¿Qué te parece que es eso? -le preguntó Thomas a David.

Éste, evidentemente, no se había fijado antes en él. Se inclinó hacia adelante y lo observó atentamente.

– No sé… ¿algún tipo de tubérculo o de raíz seca?

– En ese caso, ¿por qué esas personas están mirándolo con tanta atención? Quiero decir, ¿qué es lo que tenemos aquí, el Club del Nabo Gallego de América o qué?

David lo miró y dijo con aspecto desgraciado:

– Pues no lo sé, señor. Lo siento.

– Mi puñetero culo, eso sí que es un tubérculo -se mofó con desdén Thomas.

Azorado, David volvió a mirar rápidamente el cuadro. También podría ser un pájaro muerto. Oh, ya lo creo. Y también podría ser un bizcocho rancio, o podría ser el peluquín de alguien, por el amor de Dios. O cien gramos de queso Linmurgues al que le ha salido pelo.

No lo sé, teniente -reconoció David intentando que el tono de su voz pareciera equilibrado y razonable-. Lo que usted suponga es tan bueno como lo que suponga yo.

Thomas miró en torno a él, a las demás fotografías.

– No quiero suposiciones, David, y, desde luego, no quiero suposiciones que sean solamente tan buenas como las mías. Quiero un buen trabajo de investigación, un trabajo constructivo. Quiero análisis. -David se puso a examinar de nuevo las fotografías, pero por su aspecto se adivinaba que seguía sintiéndose desgraciado-. ¿Qué te dicen estas fotografías? -le preguntó en tono exigente-. Míralas, David. ¿Qué es lo que dicen? ¡Dicen algo! ¿Qué están diciendo? Vamos, David, están diciendo… -Thomas trazó varios círculos en el aire con la mano, como si quisiera sacar las palabras de la laringe de David-. Vamos, están diciéndote algo tan claro como el agua y tan sencillo como el campo.

David se aclaró la garganta.

– Están diciéndome que quienquiera que las pusiera en la pared probablemente era heterosexual.

Thomas juntó las manos dando una palmada al hacerlo.

– ¡Erróneo! ¡Está dando por supuesto que quienquiera que las pusiera ahí era varón! ¡A lo mejor las colgó una mujer!

– Entonces, ¿qué tienen que decirme? -le preguntó David, que empezaba a sentirse considerablemente incómodo.

Thomas descolgó una fotografía de la pared, le dio la vuelta y leyó la etiqueta de enmarcado en el reverso. Volvió a colgarla y luego comprobó las demás.

– Yo voy a explicarte qué te dicen. Te dicen que las enmarcaron en un establecimiento local, aquí, en Chestnut Hill. Y te dicen, también, que las enmarcaron todas a la vez, cosa que puede significar que el que las colgó en esta casa simplemente era un decorador y que, por tanto, pertenecen a la propia compañía inmobiliaria y no al doctor Honeyman ni a su esposa. También están diciéndote que a quienquiera que las colgara seguramente le gustaba la carne con patatas. Fíjate en esto, estamos hablando de mujeres realmente abundantes. ¿Se te ha ocurrido preguntarle a la señora Krovilavsky si estas fotografías las pusieron los inquilinos anteriores o si pertenecen a la compañía inmobiliaria?

– Señora Krasilovsky, señor. No Krovilavsky.

– Da igual. Y no, no se lo has preguntado, ¿verdad?

– No, señor. No se me ocurrió.

Thomas levantó un dedo en el aire.

– Siempre que en una investigación intervenga algún elemento sexual, pregunta. El sexo constituye un motivo por sí mismo __Volvió a examinar atentamente las fotografías-, especialmente cuando alguien tiene unos gustos sexuales tan excéntricos como éstos.

Todavía estaba examinando la fotografía del grupo que se hallaba en pie en torno a la mesa cuando el inspector Jaworski bajó las escaleras procedente del dormitorio. El inspector Jaworski era un hombre bajo y corpulento, con el pelo rubio, semejante a la felpa, cortado a cepillo, y unos ojos tan pequeños como dos escarpias de acero clavadas a un rábano. Lo habían trasladado a Homicidios hacía tan sólo cinco semanas. Se le veía grisáceo y sudoroso, y no hacía más que tragar saliva.

¿Qué cree usted que es esto? -le preguntó Thomas señalando el objeto peludo que aparecía sobre la mesa del grabado.

El inspector Jaworski lo examinó sin ningún entusiasmo.

No podría decirlo, señor -repuso al tiempo que negaba con la cabeza.

– ¿Animal, vegetal o mineral?

– De veras no lo sé, señor. Nunca antes había visto nada parecido.

– No… -dijo Thomas-. Yo tampoco. En cierto modo, parece algo malsano, ¿no cree?

Sin decir palabra, el inspector Jaworski dio de pronto media vuelta, caminó dos o tres pasos, muy rígido, por el vestíbulo, abrió la puerta del retrete y la cerró con fuerza tras de sí. Thomas y David se quedaron esperando con el rostro impasible mientras el otro vomitaba ruidosamente.

Salió limpiándose la boca con papel higiénico. Dijo, como si aquello lo explicara todo:

– El zumo de naranja.

– Esa es una de las razones por las que yo nunca desayuno -le comentó Thomas.

– ¿Y nunca se acostumbra uno a ello? -quiso saber el inspector Jaworski.

Se lo diré si alguna vez me acostumbro -repuso Thomas-. Venga… será mejor que echemos un vistazo.

Subieron por un empinado tramo de escaleras cubiertas con moqueta marrón hasta el primer rellano. Delante de ellos apareció un gran ventanal de cristal, de colores amarillo y sepia, que representaba un dibujo de orquídeas y lirios silvestres. Ello le onrería al rellano la misma luz desvaída y de tono marrón de las fotografías del vestíbulo.

A la derecha había una puerta de caoba cerrada. Thomas le preguntó al inspector Jaworski:

– ¿Qué hay ahí dentro?

– El cuarto de baño, señor.

Thomas abrió la puerta y miró el interior. El cuarto de baño estaba helado y olía a humedad. Las paredes se encontraban cubiertas de azulejos hasta media altura, cerámica italiana esmaltada y decorada en tonos marrón, y la parte superior de las paredes estaba esmaltada en amarillo ocre y moteado de puntitos negros de moho. Una enorme y anticuada bañera se alzaba justo en la mitad de la pared del fondo. Estaba muy manchada por dentro con círculos de grasa grisácea, y tenía unas manchas marrón oscuro. El agujero del desagüe estaba taponado con cabellos humanos de color gris.

– ¿El forense ha examinado esto? -quiso saber Thomas.

– Todavía no, teniente. Están muy ocupados con lo que hay en el dormitorio.

– Encargúese de que tomen muestras de ese cabello. -Se dirigió hacia el espejo moteado de marrón que había encima del lavabo y pasó la punta de un dedo por el estante que había debajo del espejo. Estaba incrustado de jabón de afeitar rancio y de diminutas motas negras. Puso el dedo bajo la nariz del inspector Jaworski-. Barba humana. Dígales que tomen una muestra de esto también.

El inspector Jaworski examinó aquello con un desagrado mal disimulado.

– Lo que usted diga, señor.

Thomas echó una ojeada por todo el cuarto de baño: paredes, suelo, techo y luces. Luego se quedó mirando su propia imagen reflejada en el espejo durante un momento largo y pensativo. Por fin dijo:

– Vale.

Y salió de allí con David y el inspector Jaworski pisándole los talones.

El dormitorio era la segunda puerta del rellano. En la parte exterior estaba apostado un guardia corpulento y pelirrojo que tenía los brazos cruzados sobre la barriga. Del interior de la habitación llegaba el parpadeo de los flashes como relámpagos de verano, y Thomas oyó a alguien que decía:

– Coge un par de tomas más de los pies. De los pies, por amor de Dios.

Thomas le dio una palmada en el hombro al guardia.

– ¿Cómo va eso, Jimmy? ¿Eres ya abuelo?

– Todavía no, teniente. Para el diez de agosto -repuso el guardia-. Y es una niña.

– Bueno, dale un beso de mi parte a Eileen -le dijo Thomas-. Y no te olvides de los puros.

Antes de que Thomas pudiera dar un paso más, el guardia levantó una mano para que se detuviera y le hizo una seña con la cabeza indicándole la puerta del dormitorio.

– Respire hondo, teniente. Éste es uno de los malos.

Thomas lo miró. Si Jimmy O'Sullivan decía que era malo, es que era malo.

– Gracias, Jimmy.

Inspiró profundamente y entró en la habitación.

Cuatro focos de luz habían convertido el dormitorio en un escenario deslumbrante y surrealista. Dos funcionarios del forense se hallaban a gatas en el rincón más alejado cepillando con mucho cuidado la peluda alfombra blanca en busca de cabellos, fibras y otras menudencias de interés. Un joven fotógrafo de la policía que lucía un tupé untado de brillantina estaba ajustando el trípode para tomar algunos primeros planos desde los pies de la cama. Y un hombre delgado y con gafas, vestido con una bata de laboratorio de color azul claro, se hallaba de pie junto a la cama, con un tablero para escribir metido debajo del brazo, un lápiz detrás de la oreja, parecida a la de un duende, y aspecto pensativo.

Fue la propia cama lo que impresionó a Thomas más que ninguna otra cosa. A primera vista pensó que se encontraba cubierta con una sábana de color marrón oscuro. Pero cuando vio las moscas azules que hormigueaban por toda la superficie cayó en la cuenta de que no se trataba de una sábana marrón oscuro, sino de una sábana blanca que estaba completamente empapada de sangre, sangre que debía de haber sido de un vivo color escarlata en el momento en que fue derramada, pero que ahora se había oxidado hasta adquirir el aspecto de una extensa costra llena de manchas.

En medio de la cama, boca abajo, yacía el cuerpo desnudo de una joven. La habían atado de pies y manos con tres vueltas de alambre oxidado; tenía las manos a la espalda y las rodillas levantadas. El largo cabello estaba tan densamente cuajado de sangre seca que Thomas fue incapaz de determinar cuál habría podido ser el color natural. Se hallaba en un estado de putrefacción muy avanzado, de modo que la piel había adquirido cierta palidez de un color verde grisáceo, casi luminoso, pero se encongaba también llena de golpes, cicatrices y quemaduras, más allá incluso de lo que cualquiera pudiera llegar a creer.

De uno de los bolsillos, Thomas sacó el pañuelo, lo desdobló y lo extendió sobre la palma de la mano. De otro bolsillo sacó un frasquito de esencia de clavo, que Megan le compraba con regularidad en una pequeña tienda de delicatessen situada cerca de Faneuil Hall. Echó esencia en el pañuelo, volvió a doblarlo y luego se tapó con él la nariz y la boca.

Se acercó al hombre de la bata de laboratorio azul pálido, que no llevaba ninguna clase de máscara.

– Teniente Boyle -se anunció a sí mismo con la voz amortiguada por el pañuelo-. Creo que no nos conocemos, ¿verdad?

– Victor Kurylowicz -repuso el médico-. He llegado hace un mes de Newark, Nueva Jersey. No voy a darle la mano.

Thomas miró el cadáver de la joven. Tenía la cara medio tapada por el cabello, de manera que sólo podía verle la parte inferior de la nariz y la boca. Debajo de la barbilla había una masa de gusanos. Parecía como si estuviera hirviendo.

– No sé cómo es usted capaz de soportar el olor -le indicó a Kurylowicz.

El médico se encogió de hombros.

– No es cuestión de si soy capaz de soportarlo o no. El olor es importante. Me dice cosas. ¿Recuerda lo que decía Coleridge acerca de Colonia? «¡Conté dos y setenta hedores, todos bien definidos, y varios tuyos!»

– Oh… es usted un erudito en literatura -observó Thomas.

– Soy médico forense -repuso Kurylowicz. Detrás de las gafas de montura negra tenía unos ojos agudos y oscuros-. Lo que yo conozco son los cadáveres y todo lo que tiene que ver con ellos. En particular cadáveres que hayan sufrido un trato de este tipo.

Thomas miró a Kurylowicz por encima del pañuelo. El hedor de sangre seca y de la carne en descomposición era tan fuerte que incluso empezaba a sobrepasar los olores aromáticos del pañuelo empapado de clavo. Tenía una espantosa madurez que siempre le recordaba el olor a gas, a manzanas y a alcantarilla. Pensó que iba a asfixiarse o que, aunque no fuera así, nunca podría volver a oler otra cosa que no fuera la muerte.

– ¿Quiere decirme usted algo sobre la víctima? -preguntó con la garganta tensa.

Kurylowicz echó un vistazo a las notas que había tomado.

– Desde luego. Esta desafortunada señorita es caucasiana, de unos veinte o veintiún años, pelo rubio y ojos azules. Pesaba unos cincuenta quilogramos, creo yo, cuando murió, lo cual significa que su peso estaba un poco por debajo de la media para su edad y estatura, aunque no de un modo drástico. En otras palabras, quienquiera que la mantuviera cautiva la alimentaba bien. Basándome en un examen superficial, yo diría que perdió la vida hace poco más de un par de semanas.

¿Alguna idea de cómo murió?

Oh, sí. La ataron con alambre, como usted mismo puede ver. Luego le seccionaron con gran maestría las arterias carótidas, mesentérica inferior y poplítea, lo que significa que murió desangrada en menos de diez minutos.

¿Qué entiende usted por «maestría»?

Kurylowicz se frotó la punta de la nariz.

Alguien que sabía qué cojones estaba haciendo.

– ¿Un médico?

Puede ser. Parecen heridas hechas con escalpelo, más que con cuchillo.

– ¿Un dentista?

– Puede ser, quién sabe. Incluso un mecánico de motores habría podido hacerlo siempre que supiese anatomía.

– Pero, ¿el que lo ha hecho sabía anatomía?

– Ya lo creo. Todos los cortes son limpios y finos, no hay la menor señal de vacilación.

Thomas se obligó a sí mismo a examinar el cuerpo de la chica. Se veían en él muchísimas quemaduras de cigarrillos y, literalmente, cientos de golpes, cortes, cicatrices e incluso toscos tatuajes: triángulos, círculos y algún garabato. Alguien le había dibujado con quemaduras un Happy Face en la paletilla.

– Esto es sadismo en grado sumo -observó Thomas,

Kurylowicz asintió.

– Puede ser. Pero, por otra parte, a lo mejor se trata de masoquismo en grado sumo. Yo me he tropezado con muchísimas chicas que disfrutan con esta clase de cosas. Y muchísimos hombres también. Mi último trabajo antes de venir aquí fue un tipo que se había cortado su propio escroto y andaba por ahí con las pelotas metidas en una bolsa de plástico.

Thomas no quería oír nada como aquello, sobre todo en aquellos momentos.

No todo se ha hecho recientemente, ¿verdad? -comentó Algunas de estas cicatrices parecen más antiguas que otras.

Kurylowicz pasó ligeramente el dedo sobre las cicatrices de la espalda desnuda de la chica.

Es difícil de decir una fecha exacta; pero sí, algunas de estas marcas podrían ser de hace seis meses, o incluso más.

¿De manera que han estado torturándola sistemáticamente desde Navidad, o puede que desde antes?

– Oh, sí, desde antes. De eso no cabe duda. Puede que hasta haga un año o año y medio.

– ¿Y no hay nada que indique quién era, o qué estaba haciendo aquí?

Kurylowicz movió negativamente la cabeza.

– No hay marcas de identificación de ningún tipo. Ni sortijas, ni pendientes, ni lunares. Desde luego, comprobaremos el trabajo del dentista, pero si no era de esta parte del Estado o si venía de otro Estado, podríamos tardar una eternidad hasta encontrar algo que encaje.

– ¿La atacaron sexualmente?

– Yo diría que cientos de veces. Sufrió graves traumas vaginales y anales. Véalo usted mismo. Hay docenas de quemaduras de cigarrillo alrededor de la zona genital, y algunas otras quemaduras que encajan con ciertas prácticas sadomasoquistas que son raras de ver, pero que ya me he encontrado antes alguna vez.

Thomas respiró entre el clavo y la muerte, clavo y muerte. Kurylowicz lo miraba con ojos brillantes.

– ¿Quiere usted explicarme cuáles son esas ciertas prácticas sadomasoquistas? -le preguntó Thomas-. Ya sabe, como si yo fuera una persona tonta e inocente, de esas que no saben una palabra de ese asunto.

Los delgados labios de Kurylowicz casi consiguieron esbozar una sonrisa.

– Estamos hablando de sodomía con una vela encendida, teniente, ya sea por la fuerza o haciéndolo uno mismo. Y estamos hablando de no apagar la vela cuando el dolor se hace insoportable.

Thomas movió la cabeza lentamente de un lado a otro.

– Había oído cosas muy raras, doctor, pero esto no lo había oído nunca.

Kurylowicz miró el cuerpo de la chica y, durante un momento, Thomas pensó que casi parecía triste.

– Las personas se hacen cosas a sí mismas que usted no puede ni imaginar. Yo soy católico, ¿sabe usted? «El cuerpo humano es un templo.» Pocas personas tratan a su cuerpo como a un templo. Un dos por ciento. Pero la mayoría de la gente trata a su cuerpo como a un retrete. Y luego tenemos a los que quieren hacer más que tratarlo como a un retrete, quieren tratarlo como vándalos, quieren hacerlo añicos, demolerlo ladrillo a ladrillo.

Se hizo un largo silencio entre ellos. El fotógrafo acabó de tomar fotografías de los pies y recogió todo su equipo, les hizo un saludo con la mano y se marchó. Thomas nunca había visto a nadie moverse tan convulsivamente y con tanta rapidez. Los dos investigadores forenses seguían impertérritos a pesar del hedor, y continuaban laboriosamente caminando a gatas por la alfombra. De vez en cuando sacaban unos sobres pequeños de plástico e introducían en ellos cabellos, pelusa o fragmentos de fibra; luego los etiquetaban y escribían en las etiquetas con rotulador.

Irving… Aquí hay una fibra de lana azul que no había encontrado antes -observó uno de ellos.

El otro la cogió y la examinó con mucha atención.

– Aja -dijo. La dejó caer en un sobre y la marcó.

– Hay una cosa más -dijo Kurylowicz-, algo que aún no logro comprender del todo.

– Dígame -le pidió Thomas.

Estaba intentando por todos los medios tener paciencia, pero no creía que fuera capaz de aguantar el hedor de aquella desconocida más de dos o tres minutos.

– Permítame que le pida que mire usted justo aquí -le dijo Kurylowicz; y señaló con el dedo dos pequeñas heridas situadas en mitad de la espalda de la chica; estaban separadas entre sí no más de quince centímetros.

– ¿Más torturas? -le preguntó Thomas no muy seguro de qué se suponía que estaba buscando o qué se suponía que tenía que pensar en caso de encontrarlo.

– Hablando con franqueza, no sé lo que son. Pero parecen heridas muy profundas, heridas de pequeño diámetro o agujeros de hipodérmica que se han abierto, se han dejado curar, luego se han abierto de nuevo para dejarlas curar otra vez, y así sucesivamente en múltiples ocasiones.

– ¿Por qué iba alguien a querer hacer eso?

– No lo sé… Puede que el que lo hiciera le inyectase repetidamente algo en la espalda para mantenerla quieta, o para aliviarle el dolor… algo parecido a una epidural. Posiblemente no formase parte de la tortura.

– Jesús -exclamó Thomas-. No hay manera de imaginar ni remotamente esa clase de sufrimiento, ¿no es cierto? Ni siquiera se puede pensar en ello.

– Hay una cosa más -le dijo Kurylowicz.

– ¿Qué es?

– Tendré que comprobarlo en el laboratorio, pero mírele la parte inferior de las piernas.

Thomas hizo lo que se le pedía, aunque intentó no enfocar las pantorrillas golpeadas y laceradas de la muchacha.

– Yo no veo nada.

– Es el modo en que sobresalen esos huesos. No voy a hacer suposiciones extrañas, pero creo que ambas piernas han estado rotas, no recientemente, pero no hace más de dieciocho meses. Las han arreglado, pero el trabajo no lo ha hecho un cirujano muy experimentado. Vea cómo la pantorrilla izquierda queda un poco torcida.

– ¿Y eso qué significa? -le preguntó Thomas desconcertado.

Kurylowicz se golpeó los dientes con el lápiz y luego se encogió de hombros.

– No lo sé. Voy a tener que trabajar mucho más en esto.

Uno de los investigadores forenses se puso en pie y se acercó hasta ellos. Era un hombre bajo y gordo, llevaba un tupé a lo Kookie Byrnes y tenía los ojos muy juntos. El labio superior se le había perlado de sudor.

– ¿Cómo va eso, Irving? -le preguntó Thomas.

– Lento pero seguro -le contestó el investigador con un pitido asmático en la voz-. Hasta ahora hemos encontrado siete fibras de ropa diferentes y pelo suficiente como para rellenar un colchón. Además hay cera de vela, ceniza de cigarrillo, nueve colillas, varias agujas y broquetas, librillos de cerillas medio quemados y algunos anzuelos de pesca.

Thomas asintió. La esencia de clavo empezaba a ponerle los ojos lacrimosos, y el estómago se le estaba rebelando contra el hedor de la putrefacción, de modo que no se atrevía a quitarse el pañuelo de la cara. Soltó un gruñido audible que pareció salir de debajo de la camisa, por lo que Irving lo miró muy sorprendido.

– No es más que hambre -dijo Thomas-. No he desayunado.

– Muy prudente por tu parte -repuso Irving-. Lo primero que yo hice cuando llegué aquí fue vomitar tres tazas de café y una ración doble de huevos revueltos.

Thomas volvió a mirar a Kurylowicz, y éste dijo:

– Está bien, señor. No tengo nada más que mostrarle por ahora. Debe de haber otro montón de cosas que usted tenga que hacer. Yo daré prioridad a esto, y se lo dejaré encima de la mesa lo más pronto posible.

Se detectaba cierto tono paternalista en la voz de Kurylowicz. ¿Qué clase de teniente de Homicidios era aquel que no era capaz de soportar el olor de la muerte? Pero Thomas se sentía demasiado aliviado ante la idea de poder marcharse como para preocuparse de reprenderlo. Y, de todos modos, habría sido bastante irrisorio intentar hacer valer el rango con un pañuelo empapado de clavo delante de la cara.

Muy bien, Kurylowicz. Buen trabajo. El sargento Jahnke estará por aquí por si necesita usted alguna cosa.

¿Perdone? -preguntó Kurylowicz.

Thomas se quitó el pañuelo de la boca y tomó aliento dispuesto a repetirle lo que había dicho. Pero el nauseabundo olor dulzón que inmediatamente le llenó por completo la nariz y los pulmones fue tan denso que no logró decir nada en absoluto. Se despidió de Kurylowicz haciéndole un gesto con la mano, al estilo del teniente Columbo, y salió del dormitorio.

– ¿Todo bien, señor? -le preguntó el agente Jimmy mientras él bajaba a toda prisa las escaleras.

Thomas no contestó. No podía. Tenía la boca inundada de saliva salada y tibia, y el estómago empezaba a verse sacudido por los espasmos.

Con la mano apretada contra la parte inferior del rostro atravesó a toda velocidad el vestíbulo, vislumbrando las imágenes revueltas de aquellos desnudos Victorianos con forma de jarrón, de un sombrero y de su propia cara blanca reflejada en el espejo que había junto a la puerta. Bajó los peldaños de tres en tres y una vez que se encontró en la acera, en el tibio viento matinal, comenzó a respirar profundamente una y otra vez.

El inspector Jaworski había estado hablando con uno de los agentes apostados en la acera de enfrente. Se le acercó y le preguntó solícitamente:

– ¿Se encuentra bien, teniente?

– No, no me encuentro bien -repuso Thomas-. Estoy muy, muy lejos de encontrarme bien.

El inspector Jaworski se metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete nuevo de Marlboro.

– Es el peor caso que he visto en mi vida. Es incluso peor que aquella familia de la calle Otis. ¿Se acuerda usted de aquello?

Thomas trató de encender el cigarrillo que el inspector Jaworski le había dado, pero no fue capaz de hacerlo. Por fin, el inspector Jaworski le sujetó la mano y Thomas pudo encenderlo. Aspiró profundamente el humo del tabaco.

– Ha tenido usted suerte de haber vomitado -dijo; y lo decía en serio.

– Todas esas cicatrices, todas esas quemaduras… -dijo el inspector Jaworski-. ¿A qué le parece que se deben? ¿A un asesinato ritual? ¿Puede que sean adoradores de Satanás o algo por el estilo?

Thomas echó una breve ojeada a la casa.

– Es demasiado pronto para decirlo. Primero tenemos que averiguar quién es ella, cómo la torturaron y cómo murió exactamente.

– ¿Se acuerda de lo que me dijo usted mi primer día en Homicidios? -comentó el inspector Jaworski-. Me dijo que el homicidio no es más que otra clase de robo; sólo que el asesino le quita a alguien el tiempo en vez de robarle propiedades.

– ¿Yo dije eso?

– Seguro. A mí me pareció un modo increíble de considerarlo, por eso me acuerdo. Usted dijo: «Encontremos ese tiempo robado y habremos encontrado al asesino.»

– ¿De verdad dije eso?

– Claro que sí -insistió el inspector Jaworski con una ávida sonrisa.

– ¿Y qué quería decir? -le preguntó Thomas.

Muy lentamente, la sonrisa se desvaneció de la cara del inspector Jaworski.

– Quería decir… bueno, lo que usted quería decir… o sea… como diciendo que si alguien roba ese tiempo, ¿sabe…? Y uno puede volver a encontrarlo… pues como si…

Thomas le puso amistosamente una mano en el hombro al inspector Jaworski.

– Usted no sabe lo que eso quiere decir. Yo tampoco sé lo que eso quiere decir. Y si en alguna ocasión vuelvo a decir una bobada semejante, tiene usted mi permiso para tirarme el café por encima de la camisa.

– Sí, señor -dijo el inspector Jaworski perplejo-. Sí, señor, lo que usted diga.

Se fue a casa a las tres y cuarto. Sabía que le aguardaba una larga noche por delante, y quería asegurarse de que a Megan no le faltaba nada. Maniobró con el Caprice para meterlo en la complicada rampa, muy inclinada, situada delante del edificio de apartamentos donde vivían, y abrió la puerta con cuidado para no rayarla con la pared de cemento.

Estaba subiendo por la escalera que se encontraba entre los espléndidos parterres de geranios, cuando se abrió la puerta principal de vidrio y el señor Novato, el conserje del edificio, salió a su encuentro; llevaba una chaqueta de algodón azul y una corbata de color verde fangoso, y parecía más que nunca un hermano menos dotado artísticamente de Plácido Domingo. De cerca olía a ajo, a lavanda y a algo que Thomas no acababa de precisar bien, pero que a lo mejor era queso.

¿Va usted a dejar mucho tiempo el coche ahí, señor Boyle? Le preguntó. Y uno no tenía que ser doctor en Filosofía, especializado en Sociología, para detectar los derroteros que iba a tomar la conversación.

Veinte minutos como máximo -respondió Thomas.

El señor Novato miró hacia el coche por encima del hombro de Thomas.

– Es que está usted impidiendo el paso.

Si alguien quiere usar la rampa, lo único que tiene usted que hacer es avisarme y moveré el coche.

– Bueno… no sé, señor Boyle. Va en contra de la reglamentación contra incendios. Ya sabe, el hecho de que cualquier vehículo bloquee la rampa.

Haciendo gala de un enorme control de sí mismo, Thomas dijo:

– Escuche lo que voy a decirle, señor Novato. Yo soy un funcionario de policía que se encuentra trabajando en una importante investigación de homicidio. Voy a dejar el coche justamente en el lugar donde está. Si alguien desea usar esa rampa para algún propósito legítimo durante los próximos veinte minutos, entonces con sumo gusto lo moveré de ahí.

– Yo no quiero líos, señor Boyle.

– ¿Usted no quiere líos?

– Eso digo, señor Boyle, que no quiero líos.

– Si no quiere líos, señor Novato, la solución es muy fácil: no diga nada más.

Thomas dejó plantado al señor Novato y se encaminó al interior del edificio. En general, a Thomas le gustaba casi todo lo italiano: la comida, la música, el vino, la moda… pero le había cogido una inmediata ojeriza al señor Novato nada más trasladarse a vivir allí, hacía ahora tres años. Y el señor Novato no había hecho nada que le empujara a cambiar de opinión. Era un hombre rutinario, vago y creativamente estúpido. De no ser por el hecho de que Thomas necesitaba de vez en cuando la ayuda del señor Novato para meter a Megan en el coche, Para coger algún recado o para vigilar a Megan mientras él se contraba ausente, hacía mucho tiempo que habría protestado enérgicamente a los propietarios y habría hecho que lo encerrasen.

Bueno, que lo encerrasen quizás no, pero sí que le metieran un buen susto. Aunque incluso los conserjes italianos irritantes tienen que ganarse la vida.

Una vez en el ascensor, Thomas apretó el botón del tercer piso y las puertas se cerraron. Por primera vez desde hacía semanas se encontraba realmente cansado. Estaba tan agotado y vacío como si se hubiera pasado dos noches seguidas sin dormir; la vista se le nublaba, los oídos parecían estar llenos de bolas de algodón, y la sinusitis le había atascado y resecado las vías respiratorias. Cerró los ojos y se apoyó de espaldas contra la pared, que estaba cubierta con un espejo, mientras el ascensor lo conducía hacia arriba.

Abrió la puerta del apartamento 303 y llamó a su esposa con voz espesa:

– ¡Megan!

Se quitó el abrigo, lo colgó en el atiborrado perchero que había en el recibidor, cerca de la lámina enmarcada de Jesús y María Magdalena y del paisaje de Lough Oughter, y luego pasó al cuarto de estar. Allí estaba ella: sentada en la silla de ruedas junto a la ventana, para poder contemplar la calle Commercial y el parque de juegos del barrio norte; estaba escribiendo en su cuaderno. De pelo rojizo, pecosa, de ojos verdes, con la nariz respingona y una ligerísima insinuación de excesiva mordacidad, Megan llevaba puesta una blusa blanca de manga corta, y -como siempre- un crucifijo colgado del cuello.

Thomas se acercó y le dio un beso.

– ¿Cómo ha ido la recuperación? -le preguntó.

– Oh… como siempre -repuso ella al tiempo que cerraba el cuaderno y lo ponía sobre la mesa. «Como siempre» significaba dolorosa, tediosa y, a fin de cuentas, inútil-. El doctor Saúl me ha recetado un calmante nuevo.

Thomas acercó una de las dos sillas de respaldo recto, que había a ambos lados de la vitrina, y se sentó junto a su esposa. Desde que quedara confinada a la silla de ruedas, él rara vez se sentaba en sillones, porque siempre eran demasiado bajos y además le hacían sentirse como si estuviera disfrutando de comodidad mientras a Megan no le quedaba más remedio que sufrir la rigidez de los refuerzos del respaldo.

– Éste va a ser un caso complicado -observó-. Quizás fuera mejor que te marcharas una temporada con Shirley.

Megan hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Estoy bien. Y a veces me gusta estar sola.

– Pero yo voy a preocuparme por ti. Ya lo sabes.

Ella le acarició la muñeca en un gesto circular con la punta de un dedo con aire ausente.

– Antes nunca te preocupabas. ¿Por qué has de hacerlo ahora? Soy igual de capaz.

Eres más capaz -puntualizó Thomas-. Pero ésta es una de esas investigaciones que va a necesitar muchas horas extras, puede que incluso algunas noches fuera de casa.

Oh, estás dándole demasiada importancia -dijo ella con una súbita y radiante sonrisa-. Tengo la televisión, la música, mi libro de cocina.

A lo mejor, Shirley puede venirse aquí.

A lo mejor, Shirley no quiere quedarse aquí.

Thomas le dirigió una mirada de cariño y no pudo evitar sonreír a su vez.

Eres una muchacha irlandesa muy testaruda.

Oh, en realidad, no soy tan testaruda -dijo ella-. Lo que pasa es que valoro mi independencia.

– Claro -convino él.

Y tuvo una fugaz visión de aquella anónima chica, atada de pies y manos con alambre, tumbada boca abajo en aquella cama empapada de sangre oxidada. Y le vino el olor.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó Megan.

– Nada -repuso él.

– Es un caso de los malos, ¿no es así?

– Es… sí, es malo. Y no tengo ganas de hablar de ello.

– A lo mejor te aliviaría, Tommy. Siempre ha ocurrido así otras veces.

Thomas bajó los ojos.

– No creo, Megs. Esta vez no.

Ella dejó de acariciarle y le apretó la muñeca con fuerza.

– Cuéntamelo -le pidió.

– Ahora no, por favor.

– Cuéntamelo.

Sorprendiéndose a sí mismo, Thomas descubrió de pronto que estaba llorando. Se encontraba sentado, en una posición muy erguida, en una de las sillas del comedor, cara a cara con Megan, y las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas. Hasta aquel momento, nunca había llorado por un homicidio, ni por la víctima ni por sí mismo. Pero allí estaba ahora, llorando como un niño. Era la primera vez en diecisiete años que le ocurría.

Si pudieras ver lo que le hicieron… -comenzó a decir entre sollozos. Inclinó la cabeza y Megan lo rodeó con los dos brazos- Empezó a acariciarle el pelo y a consolarlo con la voz-. No comprendo cómo pudieron…

Su esposa lo abrazó con fuerza contra el pecho y siguió consolándolo mientras la silla de ruedas crujía ligeramente al mecer a su esposo. Megan se había preguntado muchas veces cuándo ocurriría aquello, cuándo por fin Thomas se vendría abajo. Lo había visto tantas veces con los ojos empañados, guardándoselo todo dentro; o mirándose fijamente en el espejo del cuarto de baño mientras se mordía los labios. Ella siempre se daba cuenta de cuándo el caso era malo, cuándo se trataba de una mujer, de un niño o de algo particularmente brutal. Thomas solía fumar más en esas ocasiones y no podía estarse quieto sentado; se ponía a mirar por la ventana con el feroz aturdimiento de un animal enjaulado.

– Cuéntamelo -le dijo ella consolándolo.

Thomas se irguió en la silla y se frotó los ojos con los dedos y luego con el dorso de la mano.

– No puedo. Primero tengo que comprenderlo y, de momento, no lo comprendo. No lo comprendo en absoluto. No encaja con nada que yo haya visto. Se escapa a cualquier experiencia anterior. No ha sido un crimen doméstico, ni tampoco han sido yummies. Es todo tan raro. Es como encontrar un cadáver con mordeduras de tiburón en medio de la ciudad.

Megan sabía a qué se refería al decir «yummies». Era el acrónimo que Mike Barnicle, del Boston Globe, había ideado para denominar a los «jóvenes gusanos urbanos», una clase de airados jóvenes negros e hispanos a los que le sobraban razones, les faltaba esperanza y sentían una endemoniada inclinación por destruirse a sí mismos y entre ellos con Uzis y crack.

– ¿Quieres que te prepare algo para llevarte esta noche? -le preguntó Megan-. He comprado un poco de ese salami de Genova que te gusta tanto.

Thomas negó con la cabeza.

– Ya me tomaré un perro caliente si me da hambre.

– ¿Estás seguro? ¿Y si comieras algo ahora? ¿Un poco de pan con queso tostado? ¿Un sandwich rápido de pollo?

De nuevo, Thomas dijo que no con la cabeza. Todavía percibía aquel terrible hedor de carne descompuesta. En realidad casi podía saborearlo. Si comía algo en aquellos momentos, seguro que no sería capaz de distinguir entre queso, pollo y cadáver.

– No te preocupes, de veras. -Le señaló el cuaderno con un gesto de la cabeza-. Vamos… no hablemos de mí. Olvidémonos de los homicidios al menos durante cinco minutos. ¿Cómo va el libro de cocina?

– Oh, muy bien. Gina me llamó justo antes de que yo saliera y me dio esta maravillosa receta de asado al vapor.

– ¿Ésa será la cena de mañana?

Tengo que experimentar las recetas.

Thomas le cogió una mano y se la apretó.

Sabes muy bien que no me quejo. Soy el hombre mejor alimentado de todo el cuerpo de policía.

Megan sonrió, y a él le encantó aquella sonrisa. Desde que su esposa tuvo el accidente, Thomas la quería más que nunca, aunque siempre le daba un poco de miedo decírselo, por si ella pensaba que lo decía empujado por la lástima en lugar de por el auténtico cariño. Se había dado cuenta, también, de que si le decía que la amaba con demasiado entusiasmo, a Megan se le ocurriría sospechar que él tenía alguna aventura… o que sentía ganas de tenerla, o que había conocido a una mujer que le había llamado la atención.

Él la amaba y sabía que nunca dejaría de amarla, pero siempre estaba de por medio aquella silla de ruedas, y la terapia, y el dolor. Hubo una época en que ella esquiaba, nadaba, hacía jogging, bailaba y trabajaba fuera de casa. Pero un día, hacía ahora tres años, Megan había ido al mercado rural que se había instalado en el aparcamiento de la calle Webster, en Brookline, y, feliz y despreocupada, había bajado de la acera. Un camión agrícola completamente cargado la había atropellado y le había pasado por encima de la espalda. Thomas había tenido la certeza de que ella iba a morir.

No había muerto, por supuesto, aunque había quedado irreversiblemente paralítica de cintura para abajo. Megan le había confesado, aunque sólo una vez, que hubiese preferido haber muerto; pero nunca había vuelto a decírselo, y después de aquello simplemente había tratado de tomarse las cosas del mejor modo posible.

Thomas nunca habría podido imaginar antes del accidente de Megan la lucha que suponía tener una esposa paralítica en un mundo hecho para personas capaces de caminar. Incluso las salidas más insignificantes para ir de compras habían de planearse por adelantado. (¿Dónde aparcarían? ¿Y si había puertas giratorias? ¿Habría aseos?) El primer día que habían salido juntos, Thomas descubrió, como si fuera una pesadilla, el hecho de que mas de dos tercios del mundo civilizado se habían convertido de pronto en inaccesible para ellos.Sus amigos íntimos -sus amigos del departamento de policía, los habían apoyado en buena medida. Pero su vida social había ido disminuyendo poco a poco, hasta que finalmente podían darse por afortunados si los invitaban una o dos veces al año. Incluso Joan, la hermana de Meg, y Ray, su alegre marido, raras veces les pedían ya que fueran a visitarlos a Framingham. ¿Quién deseaba realmente tener que arrastrar a una mujer en una silla de ruedas hasta la mesa del comedor? Y casi nadie aceptaba tampoco las invitaciones que ellos les hacían. Megan seguía cocinando como un ángel, pero los invitados siempre parecían sentirse violentos al ver que ella traía el asado de carne en una tabla especial colocada sobre los brazos de la silla de ruedas, como si aquello le proporcionara un sabor diferente a la comida. Thomas no tenía tiempo de amargarse por ello. Estaba demasiado ocupado viéndoselas con homicidios espeluznantes, yendo a la compra e intentando hacer llevadera la vida para los dos. Nunca había estallado en lágrimas hasta aquel día. Más de una vez se había preguntado si la vida era justa, pero nunca se había contestado.

Se detuvo en el aparcamiento de Newmarket, en la esquina que formaban la avenida Massachusetts con la plaza Newmarket. Eran las cuatro, y la tarde era agobiantemente húmeda. El cielo estaba brillante aunque algo nuboso, y el tráfico tenía un sonido amortiguado. Había algo extraño, algo onírico, en aquella humedad: como si todo el mundo anduviese pululando en una película surrealista, atareado porque sí.

Aparcó el coche, lo cerró meticulosamente y se acercó al carro de humeantes perritos calientes, que ocupaba un lugar de difícil acceso entre un viejo Lincoln y un Winnebago cubierto de pegatinas de parques nacionales. Ezra Speed Anderson ya le tenía preparado un perrito caliente, y estaba regándolo con todas aquellas salsas especiales suyas. En las gafas de sol de Speed, llenas de huellas de dedos, Thomas vio dos diminutas imágenes de sí mismo acercándose y alargando un brazo curvado por la lente.

– Marchando un Speed Dog -dijo Speed lacónicamente-. Parece que le hace falta un poco de nutrición, teniente.

Thomas sacó un par de billetes y le pagó.-He tenido un caso de los malos, eso es todo.

– El mundo es un lugar asqueroso, teniente.

Thomas tomó un bocado del perrito. Las salsas de Speed eran lo bastante ricas y picantes como para ocultar el sabor de la muerte. Comenzó a masticar y, aunque no sentía hambre, siguió masticando igualmente.

– ¿Cree usted que yo tendría que abrir una cadena de puestos? -le preguntó Speed.

¿Para qué? -inquirió Thomas-. Este carrito tuyo es uno de los mayores tesoros culinarios de Hub. ¿Quierbs echarlo todo a perder abriendo una cadena?

– No se-dijo Speed-. A veces sueño con riquezas fabulosas.

La vida es una riqueza fabulosa -le dijo Thomas-. No necesitas nada más.

CUATRO

– He vuelto a tener aquella pesadilla -dijo Michael.

El doctor Rice había estado jugando a los palillos. Miró, con los labios muy apretados, por encima de las gafas en forma de media luna, pero no contestó. Estaba esperando que Michael le dijera de qué pesadilla se trataba, porque había varias. Por un lado, la pesadilla acerca del depósito de cadáveres; por otro, aquella del L10-11 que se abría en canal, como un cerdo; y también estaba la pesadilla de los árboles que florecían con manos humanas, y la niña que era sólo media niña.

Y había más… algunas muy gráficas, otras misteriosas y oscuras, terrores que asaltaban, sin nombre ni cara. Michael Rearden era un revoltijo, una mezcolanza de traumas, terrores y experiencias espantosas repetidos incansablemente una y otra vez, hasta que el último hilo de su sique se tensaba tanto que parecía estar a punto de romperse.

Hacía más de un año que el doctor Rice intentaba desenmarañar los traumas de Michael, pero no resultaba tarea fácil. En cuanto conseguía desentrañar una pesadilla, otra se ponía por medio. Sin embargo, el doctor Rice no era sólo un hombre hábil, sino que además poseía una infinita paciencia, y calculaba que con cuatro o cinco años más de terapia conseguiría volver a dejar a Michael en el mismo estado de equilibrio mental en que se encontraba cuando el helicóptero aterrizó en Rocky Woods: un hombre ávido, ambicioso y desprevenido ante uno de los desastres más confusos de la historia reciente de la aviación civil.

Había una ligera diferencia entre revivir las pesadillas y enfrentarse a ellas. De momento, Michael sólo estaba reviviéndolas una y otra vez, aunque los avances emocionales que conseguía eran escasos.

La pesadilla de la caída -explicó Michael-. El cuerpo de la niña. Me refiero a esa pesadilla.

El doctor Rice titubeó en el tablero de los palillos. Luego cogió el último que podía sacar y dijo:

Me quedan tres palillos. ¿Por qué nunca consigo que me queden menos de tres?

– No creo que estemos logrando ningún avance hacia la recuperación -le dijo Michael-. Es la misma pesadilla, y exactamente con la misma claridad. E igual de aterradora, también. Intento manejarla, pero mi mente no quiere hacerlo. Es casi como si estuviera manejándome a mí mismo.

Eso no es nada raro -le explicó el doctor Rice-. Ya hemos hablado de esto antes, ¿no es así? Parte de su problema es el síndrome del superviviente. El síndrome de «por la gracia de Dios», solía llamarlo el doctor Leavis. «Por la gracia de Dios, yo me libré…» ¡Y no me siento culpable por ello!

– Pero es que yo ni siquiera iba de pasajero en ese avión -apuntó Michael.

El doctor Rice movió la cabeza de un lado a otro.

– No importa. Usted vio personas que habían resultado muertas; vio mujeres y niños inocentes hechos pedazos. Caminó entre ellos mientras usted seguía con vida.

Michael se levantó del incómodo sillón de lona y metal cromado. El doctor Rice empezó a colocar sistemáticamente todos los palillos, y Michael, al atravesar el despacho, ni siquiera le dirigió una mirada al médico; se acercó a la ventana y se puso a mirar la calle por entre las tiras verticales de las persianas. Lo único que podía ver era la parte trasera de una furgoneta amarilla con un anuncio en rojo escarlata que decía «Transmisiones Aal» pintado en un costado, y la esquina del restaurante Contented Cod, que tenía cortinas de oropel rojo y un porche blanco que imitaba el estilo colonial. También se veía un perro rojizo que dormitaba al sol, un triciclo con una banderola roja y un cesto lleno de comestibles, pan y lechuga. Era una escena vacía y rara. No pasaban automóviles ni peatones. A Michael le recordaba un cuadro de Edward Hopper.

El doctor Rice lo aguardó pacientemente. Podía permitirse tener paciencia. La terapia de Michael la pagaba Plymouth Insurance como parte del acuerdo de despido, y le correspondía al propio doctor Rice decidir cuándo Michael estaría de nuevo emocionalmente adaptado. El doctor Rice tenía gran fe en la abundancia de fondos. «Lo escaso de un modo regular es mejor o esporádico y espectacular», le había dicho a su agente de bolsa en el quinto green del Dunfey's Hyannis Resort. Pero no era un hipócrita: verdaderamente pensaba que Michael sólo podría curarse mediante una aceptación gradual y bien estructurada de lo que había experimentado.

Algún día, Michael tendría que aceptar que presenciar una tragedia no es lo mismo que causarla. Había llovido gente del cielo, sí, habían muerto niños, todos los detritos íntimos y preciados de cientos de vidas humanas habían quedado diseminados por el campo, pero no había sido culpa de Michael. Y una vez que Michael comprendiera eso, una vez que hubiera aceptado realmente que era inocente, entonces podría empezar el proceso de curación. Y hasta entonces no había nada que el doctor Rice pudiera hacer que no fuese sostener una luz que sirviera de guía mientras Michael se debatía entre los espinos y zarzas de sus propias pesadillas, y esperar que estuviera viajando en la dirección correcta.

– ¿Cree usted que hay algo que ha desencadenado esta pesadilla? -le preguntó el doctor Rice-. ¿Algo que haya leído, algo que haya visto en la televisión? ¿O ha sido simplemente espontáneo?

– Quieren que yo vuelva -le dijo Michael-. Quieren que vuelva a hacerlo.

– ¿Quién? ¿A qué se refiere?

– Joe Garboden, de Plymouth Insurance. Vino a verme ayer sin previo aviso. Me dijo que necesitan ayuda en ese accidente de helicóptero… ya sabe, el accidente donde murió John O'Brien y su familia.

– Sí -asintió el doctor Rice-, ya sé. Pero, ¿por qué lo necesitan a usted?

Michael se encogió de hombros.

– Por lo visto creen que estoy especialmente dotado para ello.

– Pero… venga, hombre. Saben que usted está todavía bajo tratamiento.

– No creo que eso les importe mucho. Lo único que les importa ahora es que quizás se vean obligados a soltar muchísimos millones de dólares.

– Deben de tener investigadores cualificados de sobra que puedan hacer el trabajo tan bien como usted.

Michael echó una última y larga mirada por la ventana.

– Al parecer no piensan así.

El doctor Rice se levantó. Era un hombre muy alto, por lo menos medía un metro noventa, y tan delgado que daba la impresión de que alguna enfermedad estuviese minándolo y amenazando su vida, aunque (aparte de un hígado debilitado a los veintitantos años por el alcohol y las drogas) gozaba de excelente salud. Tenía una cabellera teñida de negro que llevaba peinada hacia atrás y le partía la frente huesuda, semejante a la de un caballo. Los ojos eran tan claros que casi resultaban incoloros, como el mar que baña las piedras, pero resultaban muy expresivos. Fuego, empuje, inteligencia, efusión. Tenía unos pómulos esculpidos con rudeza y la nariz estrecha, complicada y huesuda.

Era un superviviente de los años sesenta. Después de graduarse en sicología en la Universidad de Massachusetts, en Columbia Point, se había dirigido al oeste y había estado viviendo en Sandstone, Carmel y Haight-Ashbury. Había pasado largas noches de excesos con Timothy Leary, Ken Kesey y un místico yaqui que le había mostrado el cráneo que existe detrás de todo rostro humano. En cierto momento, casi había llegado a entender a Dios. Pero una mañana de primavera, en 1974, se había despertado en el parque Balboa, en San Diego, con una sed tremenda y un hambre canina, y entonces comprendió que los días de revelación habían terminado. Era hora de volver a casa en Cape Cod, hora de ocuparse de su madre, hora de poner una consulta respetable y cambiar el VW Camper pintado de flores por un Mercedes Benz nuevo de color dorado metálico. Ahora, veinte años más tarde, era miembro de una asociación muy de moda y altamente rentable en Hyannis, en la que ayudaba a tratar los complejos sicológicos de los ricos, las personas influyentes, los ensimismados, y de aquellos que, sencilla y llanamente, eran aburridos.

Puso los largos dedos sobre el hombro de Michael.

– No pueden obligarle a volver, ¿no es cierto? -le preguntó con voz amable.

Michael hizo una mueca de impotencia.

– No. Pero la pobreza sí que puede.

– ¿Cuánto le ofrecen?

– Treinta mil, más los gastos.

– Yo opino que su bienestar sicológico vale más de treinta mil más los gastos, ¿no le parece?

– No sé. Sí, supongo que sí. Pero también tengo la sensación de que necesito volver… de que nunca me recobraré del todo hasta que no me enfrente a ello.

El doctor Rice levantó una ceja.

– Me parece que no acaba usted de comprender por completo los riesgos. El daño sicológico que puede producirle quizás sea irreversible. Un caso desahuciado, con carnet y pensión de incapacidad total.

Michael no dijo nada. Ya se sentía como un caso desahuciado. Desde el momento en que Joe Garboden le había dicho «Acuérdate de Rocky Woods», su mente había ido sucumbiendo poco a poco bajo su propio y terrible peso.

– ¿Quiere usted someterse a hipnosis ahora? -le preguntó el doctor Rice.

– ¿Cree que resolverá algo?

– Podría ayudarle a sopesar los riesgos. Podría descubrir usted por qué siente necesidad de volver. Pero debe tener en cuenta que el propósito de esta terapia ha sido ayudarle a superar aquello que experimentó en contra de su voluntad, a situarlo en su justa proporción. Créame, que revivir un trauma puede ayudar a superarlo es una falacia, algo que queda estrictamente para las películas. La mejor manera de superar un trauma es localizar el área dañada de su sique y ver qué se puede hacer para repararlo.

Michael se quedó pensando durante un rato. En la calle, en la acera de enfrente, una linda muchacha vestida con unos pantalones cortos a rayas blancas y rojas se subió al hasta entonces abandonado triciclo y se alejó pedaleando lentamente. Daba la impresión de que estuviera cantando, pero Michael no podía oírla. El perro dormido no se movió.

– De acuerdo -dijo Michael-. Me someteré a hipnosis.

– ¿Está seguro?

– Claro que estoy seguro.

Michael se recostó en el sillón de lona y metal cromado. En la pared, a su lado, medio oscurecido por los destellos de luz que se reflejaban en el marco, había un certificado profusamente ilustrado de «Die Akademie der Hypnotismus und Mesmerismus, Wien», fechado en 1981, que daba fe de que David Walden Rice se había graduado en hipnoterapia avanzada. Bajo el certificado se veía colgada una reproducción vagamente inquietante de un cuadro de Charles Sheeler; representaba la cubierta superior de un trasatlántico: estaba vacía, como la calle allí afuera, y tenía unas barandillas meticulosamente pintadas, ventiladores y cables. Un escenario desierto a la espera de que ocurriera algo.

El doctor Rice tiró del cordón que cerraba la persiana y el despacho se inundó de sombras cálidas, marrones.

– ¿Está cómodo? -le preguntó a Michael; aunque ya le había hecho aquella pregunta tantas veces que Michael no sintió necesidad de responder-. Separe un poco los pies, por favor.

Eso es. Ahora coloque la mano izquierda encima de la rodilla izquierda, con la palma hacia arriba, y ponga la derecha encima de la izquierda, también con la palma hacia arriba.

Michael ya había hecho lo que el doctor Rice estaba diciéndole que hiciera. El médico se le acercó más y Michael percibió el olor a tabaco de cigarrillo que le impregnaba la ropa, y a aquella loción de afeitar con perfume de clavo que siempre llevaba. El doctor Rice tocó la frente de Michael con la punta de los dedos y le dijo:

Está usted más tenso de lo habitual. Relájese. Ponga los codos a los costados, pero no haga fuerza. Mueva la cabeza en sentido circular, deje sueltos los músculos del cuello.

Al cabo de un rato metió la mano en el bolsillo de la camisa de cuadros verdes, semejantes a un damero, y sacó un pequeño disco de metal de tamaño un poco mayor que una moneda de veinticinco centavos. La depositó con cuidado y casi reverentemente en la palma abierta de Michael, como si fuera la hostia de una comunión. El disco era de zinc, de color gris opaco, y tenía un remache central de cobre pulido. El doctor Rice le dijo:

– Fije los ojos en el centro del disco… en el punto de cobre… mantenga los ojos fijos en él y no los deje oscilar.

Cada vez que el doctor Rice empezaba a hipnotizarlo, Michael pensaba que en aquella ocasión no le sería posible. No estaba cansado en absoluto; y aquel día notaba que su resistencia era más fuerte que nunca. ¿Cómo iba el doctor Rice a ponerlo a dormir sólo con hacerle mirar fijamente un disco de zinc y cobre? Sin embargo, era consciente de que el disco había funcionado otras veces. El disco lo había guiado ya cientos de veces al interior de sus sueños; y al interior de la oscuridad que había debajo de sus sueños; y más profundo aún: al fondo de aquel foso de las Marianas que es el subconsciente humano, donde las formas y los sentimientos nadan en una oscuridad casi total…formas y sentimientos que nunca podrían salir a la luz desnuda de la vigilia.

Por ello, el disco había sido investido en la mente de Michael con unas cualidades casi sagradas: un talismán, un objeto mágico. En realidad no creía en él, pero por otra parte lo apreciaba y o respetaba. Tenía cierta aura mística, aunque no podía entender cuál. Era como la canica de vidrio de la suerte, color verde mar con la que había jugado cuando iba al colegio. En realidad no es que Michael creyera que le daba buena fortuna, pero siempre la usaba cuando se trataba de decidir la suerte de la partida; el día que la perdió se había mostrado desconsolado.

– Siente ganas de dormir -le dijo el doctor Rice con voz flemática-. No se resista a esa sensación. Permita que se apodere de usted tan pronto como llegue. Y cuando yo le diga que cierre los ojos, ciérrelos. -Entonces, el doctor Rice empezó a realizar una y otra vez pases hacia abajo con las palmas de las manos extendidas por delante de la cara de Michael. A cada movimiento le acercaba más las manos al rostro, hasta que casi llegaron a rozar las pestañas de Michael-. Ahora está empezando a sentir sueño -continuó diciendo con la voz monótona y tranquila que siempre empleaba cuando estaba hipnotizando a Michael-. Está empezando a sentir sueño. Tiene los ojos muy cansados. Está empezando a perder sensibilidad en las piernas y en los brazos. Comienza a sentir el cuerpo descansado. Va usted a dormirse. Dentro de un minuto ya estará dormido. -Le tocó los párpados a Michael y suavemente se los cerró-. Tiene los ojos cerrados -murmuró-. Le resulta imposible mantenerlos abiertos. Va a dormirse profundamente. Ya está dormido. No puede abrir los ojos. Se le han pegado.

Michael notó que la habitación se oscurecía. Esta vez estaba decidido a permanecer despierto. Pero la oscuridad resultaba muy acogedora y cálida, y, al fin y al cabo, tenía el disco para guiarlo. Además, ¿qué más daba si se dormía unos instantes? El doctor Rice nunca lo sabría. Podía dormirse rápidamente, refrescarse, y luego volver a abrir los ojos. ¿Quién iba a notarlo? De todas maneras, en el fondo, nunca había creído en el hipnotismo. Casi cada vez que el doctor Rice lo sometía a ello, Michael después se sentía mejor, pero la diferencia no era tan grande. Y nunca recordaba nada de lo que había soñado o sobre lo que había fantaseado.

Hizo esfuerzos por abrir los ojos, sólo para demostrarle al doctor Rice que seguía despierto, pero se encontró con que no podía. El cerebro parecía no hallar el resorte que levantaba los párpados. Todavía oía al doctor Rice, que entonaba:

– Ahora ya tiene los ojos bien cerrados; va a dormir profundamente.

Pero por muchos gestos que hiciera, los ojos, sencillamente, se negaban a abrirse. «Dios -pensó-. Cegado, indefenso.» Quería hablar en voz alta, quería decirle al doctor Rice que se detuviera, pero de alguna manera, la boca tampoco le funcionaba. La laringe, simplemente, se negaba a formar palabras.

Aunque Michael tenía los ojos cerrados y no podía abrirlos, veía un levísimo parpadeo de luz rosácea. Lo veía cada vez que el doctor Rice lo hipnotizaba, pero seguía sin comprender qué era.

Durante un momento, aquel parpadeo resplandeció como la aurora boreal, hasta casi llegar a deslumbrarle, pero luego se apagó de nuevo, como ocurría siempre.

Después, tras aquella brillante llamarada de luz, sintió que se hundía. Primero poco a poco, como un hombre cuyos pulmones están llenándose lentamente de agua. Pero luego empezó a deslizarse cada vez a mayor velocidad hacia la indeterminable oscuridad de su subconsciente, hacia el interior de aquel mundo donde su propio terror podía hablarle y donde sus peores temores se encarnaban.

Oyó que el doctor Rice decía:

– Más profundamente… más profundamente, más profundamente dormido.

Le sonaba como un hombre que estuviera hablando hacia el interior de un pozo de treinta metros de profundidad.

Michael sabía perfectamente dónde se encontraba: sentado en la consulta del doctor Rice, en el sillón de lona y metal cromado del doctor Rice. Sin embargo, también estaba de vuelta en casa, de pie en medio de la cocina, bebiendo café en su taza, la que tenía la inscripción «Ross Perot for President», mientras el sol de la mañana caía en diagonal sobre la mesa. A través de la ventana se veían volar cometas rojas y blancas remolineando en un trabado frenesí sobre la playa de New Seabury, y el marco de la ventana traqueteaba… dudó… traqueteaba a causa de la brisa. Su hijo Jason estaba inclinado sobre un tazón lleno de cereales, con el pelo revuelto y brillante. Su esposa Patsy llevaba puesta la bata de algodón rosa, la del cuello de encaje roto, y se hallaba delante del fregadero.

– ¿Has vuelto a pensar en ello? -le preguntaba Patsy con voz borrosa. Ello significaba la muerte. Ello significaba el cadáver de John O'Brien… Ello significaba más gente cayendo como una densa lluvia del cielo, y un helicóptero quemado. Patsy se daba la vuelta y, por alguna razón, él no podía enfocar su cara, aunque sabía con certeza que era ella.

Michael asentía con la cabeza.

– He estado pensando en ello toda la noche.

Jason levantaba la mirada, y a Michael también le resultaba imposible enfocar siu cara.

– Papá… cuando vuelvas de Hyannis, ¿puedes arreglarme el freno trasero? Roza con la rueda. -Luego levantaba la cabeza otra vez y decía-: Roza con la rueda… -Levantaba la cabeza de nuevo y decía-: Roza con la rueda…

Michael pensó: «Sí, debería mantener la bicicleta de Jason en buen estado de funcionamiento.» Pero antes de que pudiera responder, Patsy decía:

– ¿Has vuelto a pensar en ello?

Y Michael empezó a tener la sensación de que estaba atrapado en un bucle de memoria que repetía lo mismo una y otra vez sin solución de continuidad.

Estaba a punto de decirle algo a Patsy acerca de Joe Garboden cuando se encontró con que no estaba en la cocina, sino viajando hacia Hyannis por la carretera de la playa de Popponosset. No sabía por qué había escogido aquella ruta. Tendría que haberse dirigido directamente a South Mashpee e ir a dar a la carretera veintiocho. Pasar por Popponosset implicaba un innecesario y brusco rodeo. De cualquier forma, tenía la vaga impresión de que se suponía que iba a ver a alguien en Popponosset, aunque no sabía de quién podría tratarse.

Lo raro era que estaba de pie mientras conducía, como si siguiera en la cocina. Veía pasar junto a él, brillante y bidimensional, en colores desvaídos como los efectos especiales de una película barata de los años sesenta, la línea de la costa iluminada por el sol de la bahía de Popponosset.

En la radio del coche, una voz seca y débil decía: «Se encontrará con usted más tarde, sí. Eso es. No dijo nada más.»

Pasaba junto al hotel Popponosset, una enorme casa en la playa cubierta de tejas, con porche y sombrillas a rayas que se inclinaban a causa de la brisa. Le pareció ver, de pie junto a la barandilla, un hombre alto, ataviado con un traje, que lo miraba, pero cuando volvió la cabeza para mirar de nuevo, el hombre se había esfumado. Las únicas personas que había en el porche era una pareja joven con polos blancos.

Pero algo había cambiado. Había algo que lo hacía sentirse intranquilo. Y aunque no podía comprender cómo se había hecho consciente de ello, tenía la certeza de que el hombre vestido de gris lo había visto, y de que estaba empeñado en perseguirlo Michael daba vueltas y más vueltas, pero no conseguía ver más al hombre en ninguna parte. De todos modos, aquel hombre iba tras él e intentaba causarle grave daño.

Empezó a sentirse alarmado. El cielo sobre la bahía de Popponosset iba oscureciéndose rápidamente, y el blanco de las olas al romper en la orilla comenzaba a brillar en la penumbra como los dientes de los perros fieros y hambrientos. Se había levantado viento y Michael podía sentirlo realmente en la cara, salado, cálido y abrasivo por la arena que transportaba.

El hombre estaba esperándolo en la playa. Por extraño que parezca, aquélla ya no era la playa de Popponosset, sino algún otro lugar; algún otro lugar que Michael tenía la seguridad de haber visto antes, pero que no lograba ubicar del todo. A lo lejos e veía un promontorio cubierto de maleza, una hilera de casas típicas de Nueva Inglaterra pintadas de verde y una curva de rocas que le recordaba mucho a Popponosset. Pero también había un faro pequeño y blanqueado, y en Popponosset no había ningún faro, nunca lo había habido.

El coche parecía haberse derretido. Se encontró caminando por la arena seca con zapatillas deportivas Adidas. Podía oír el sonido del oleaje con bastante claridad, y el agudo silbido de un hombre que llamaba a su perro.

Me reuniré contigo luego -decía una voz muy cerca de su oído; y Michael estaba demasiado asustado como para volver la cabeza y ver quién era-. Me reuniré contigo luego… Roza con la rueda.

A su derecha, el cielo atlántico se había vuelto de un malévolo color negro, y el viento era ahora tan fuerte que la arena le azotaba los tobillos como si se tratara de serpientes. Podía oír los latidos de su propio corazón, notaba cómo los pulmones le subían y bajaban, e incluso podía oír el leve crepitar de la electricidad en el extremo de sus nervios. El hombre alto vestido de gris seguía esperándolo al final de la playa, y Michael empezó a sentirse seriamente asustado. Al fin y al cabo, aquello era hipnotismo; una terapia de sugestión. Era consciente de que sólo era hipnotismo, aunque estuviese experimentando de manera tan vivida el paisaje costero, sabía que seguía sentado en la consulta del doctor Rice.

Pero allí estaba aquel hombre alto, que no se parecía a nadie que Michael hubiera conocido nunca, ni a nadie que Michael hubiera podido imaginar. Aquel individuo no había aparecido jamás en ninguno de los sueños hipnóticos de Michael. Pero su presencia era tan nítida que Michael casi podía saborearla. Era como cobre, truenos y algo más: el sabor metálico de la sangre humana. Michael nunca lo había visto antes, estaba seguro de eso, aunque le parecía reconocer el faro bajo blanco y la playa desierta y con brotes de hierba. «Me reuniré contigo luego.»

Lo que enervaba a Michael más que ninguna otra cosa era que no lograba impedirse a sí mismo caminar a toda velocidad para ir a reunirse con aquel hombre. Daba la impresión de que las piernas hubiesen adquirido una urgencia propia, una urgencia que él no era capaz de controlar y que le obligaba a apresurarse, siempre hacia adelante, le obligaba a ir a toda prisa hacia adelante, aunque la mente estaba llenándosele poco a poco de temor, como una botella que se llenara de sangre negra.

El hombre tenía el pelo blanco, más bien de color hueso, largo, sedoso y peinado hacia atrás, aunque una parte del mismo ondeaba al aire movido por el viento de la playa. Tenía el rostro largo y como esculpido, con una nariz recta y estrecha, pómulos muy pronunciados y unos ojos oscuros y autoritarios. De hecho, resultaba aterradoramente atractivo, de esa clase de hombres cuya presencia hace que los maridos agarren del brazo a sus esposas en actitud protectora. Llevaba un abrigo largo, caro, de suave lana gris claro, que ondeaba y se revolvía a causa del viento, lo que le producía a Michael la impresión de que aquel hombre estuviera flotando a unos cuantos centímetros por encima de la arena, impresión que se veía acentuada por la completa ausencia de huellas en la arena en sus proximidades. «Por supuesto -se decía Michael mientras seguía corriendo y se acercaba cada vez más-, lo que sucede es que el viento habrá borrado las huellas.» Pero así y todo, aquel hombre alto y gris seguía dando la impresión de estar flotando. Y no sólo flotaba, sino que reculaba, como si estuviera arrastrando a Michael cada vez más lejos por la playa, hacia las dunas, las rocas y el faro blanco y achaparrado que había al borde del acantilado.

Michael apretó los dientes y tensó los músculos de los hombros, haciendo un enorme esfuerzo físico por impedirse a sí mismo seguir caminando. Se daba cuenta de que estaba atravesando la playa a toda velocidad, pero al mismo tiempo también se daba cuenta de que estaba doblando los brazos del sillón del doctor Rice en su lucha por quedarse donde estaba.

– Vamos, Michael -le decía el hombre. La voz era tan suave que Michael no estaba seguro de si realmente estaba hablándole a él o si no era más que el seductor susurro del oleaje-. Deberías unirte a nosotros, Michael; tendrías que unirte a nosotros. Nosotros podríamos aliviar tu dolor, Michael. Podríamos proporcionarte el olvido. Incluso podríamos concederte la absolución.

Michael gruñó a causa de los esfuerzos que hacía por impedirse seguir corriendo. Tenía los músculos tan rígidos y tensos que le dolía la espalda, y le parecía que la mandíbula se le iba a quedar trabada para el resto de su vida.

Pero a pesar de todos los esfuerzos en sentido contrario, medio resbalaba, medio se tambaleaba justo hasta la duna donde el hombre se encontraba de pie; y sólo cuando estaba a menos de un metro de distancia lograba por fin detenerse.

El hombre, estaba pelando una lima con sus afiladas uñas. Se hallaba de pie y miraba a Michael con una expresión en parte curiosa, en parte despreciativa y en parte compasiva. Michael trató de retroceder, pero no logró hacer suficiente acopio de fuerzas. El hombre alto lo quería allí, y ya estaba. Michael abrió v cerró la boca, y se dio cuenta de que nunca había tenido tanto miedo de ningún otro ser humano en toda su vida. Aquel hombre lo espantaba tanto que ni siquiera podía respirar.

Quienquiera que fuese, cualquier cosa que quisiera ser, aquel hombre era la propia Muerte. Y la parte más espantosa de todo aquello era que Michael tenía la absoluta certeza de que se trataba de la Muerte.

¿Quieres vivir como medio hombre el resto de tu vida?

Susurraba el hombre con una voz que casi sonaba triste-.¿Quieres que todos tus sueños y todas tus ambiciones se te escapen entre los dedos, como si fueran arena? -Terminó de pelar la lima y levantó la corteza verde oscuro en forma de espiral para que la brisa la hiciera ondear. Luego mordió profundamente la lima; y ni siquiera se inmutó-. Deberías conocerme, Michael -le decía el hombre mientras el jugo le resbalaba por la barbilla-. Me llamo…

Michael se tapó los oídos con las manos. No quería oír cómo se llamaba aquel hombre. Si oía el nombre, sabría con certeza que era real. Y si era real, podría perseguirle no sólo en sueños, en pesadillas y en trances hipnóticos, sino en los coches, en los autobuses e incluso por la acera, hasta que llegase a su puerta, Michael la abriese y allí estuviera el otro, alto, gris y aterrador.

Michael pensó: «Va a matarme. De algún modo, en algún lugar, voy a encontrarme a este hombre alto y gris, y cuando ello ocurra va a matarme. Probablemente me mataría aquí mismo si pudiera, en esta playa, en esta consulta, con el sonido del mar al fondo y el tráfico zumbando ahí, en la calle.»

– No querrás vivir como medio hombre, ¿verdad? -susurraba el hombre con una sonrisa.

Entonces oyó decir al doctor Rice:

– Despierte.

Nosotros podemos limpiarte de toda la culpa, ya lo sabes.

– ¡Despierte, Michael! Cuando yo cuente hasta seis, quiero que abra los ojos y me mire; después se sentirá totalmente despierto. Recordará todo lo que ha pasado, y me lo contará inmediatamente.

– ¿Qué? -preguntó Michael. No comprendía.

– Despierte -insistió el doctor Rice.

Entonces fue cuando Michael miró a su alrededor y comprendió cuál de aquellas existencias paralelas era la real. El sonido del mar se apagó por completo y el hombre gris se desvaneció. La última cosa que tuvo conciencia de ver fue el achaparrado faro blanco, que permaneció en su retina como una oscura imagen triangular durante casi diez segundos antes de desvanecerse también.

El doctor Rice parecía preocupado.

– ¿Michael? ¿Se encuentra bien?

Michael parpadeó. Aunque las persianas estaban cerradas, el despacho seguía pareciéndole incómodamente lleno de luz.

– Sí, claro… creo que sí. Ésta ha sido una de las sesiones más raras que he tenido.

– No hace falta que me lo diga. Mire los brazos del sillón.

Michael levantó con cautela ambas manos y examinó los brazos del sillón. El derecho estaba retorcido, hacía una curva, cuando antes había sido completamente recto. El izquierdo no estaba tan doblado, pero tenía un doble pliegue bien perceptible. Parte de la lona del asiento estaba rasgada también.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó incrédulo-. ¿Qué he hecho?

– Ha tirado, ha retorcido y ha gritado -le explicó el doctor Rice-, y ha intentado convertir mi mejor sillón Oggetti en una rosquilla, eso es lo que ha hecho.

Michael cogió uno de los brazos del sillón con ambas manos e intentó doblarlo de nuevo, pero no pudo hacerlo. Miró al doctor Rice lleno de perplejidad y apuro.

El doctor Rice se encogió de hombros.

– No creo que sea usted capaz de enderezarlo. La mayoría de las personas hacen gala de un cierto grado de fuerza física extra cuando se hallan bajo hipnosis profunda, pero usted ha batido todos los récords. Esa silla está hecha con tubo de acero de seis milímetros. Normalmente se necesita una llave muy potente para poder doblar esos brazos.

– Yo estaba intentando detenerme -le explicó Michael-. Estaba tratando de impedirme a mí mismo… caminar, caminar hacia aquel…

De pronto se percató de que, a pesar del aire acondicionado, tenía la espalda y la camisa empapadas de sudor, y de que estaba tiritando como un hombre que acabara de sobrevivir a un accidente de tráfico.

El problema era que no comprendía por qué le había provocado tanta tensión aquel trance; ni por qué había resultado tan traumático. Había soñado que se encontraba con un hombre gris, que le recordaba al coco, en una playa, pero eso era todo. Ni siquiera recordaba por qué aquel hombre lo había aterrorizado tanto, pero aún era perfectamente consciente de que así había sido. En realidad esperaba no volver a soñar con él nunca más.

– ¿Quiere contármelo? -le preguntó el doctor Rice al tiempo que se sentaba al borde de su escritorio.

__No lo sé… no sé si tiene algo que ver con Rocky Woods.

– Sin embargo, lo cierto es que ha conseguido alterarlo a usted por completo. No dejaba de tirar de los brazos del sillón y de gritar como un loco.

– ¿Gritaba? ¿Qué gritaba?

El doctor Rice se levantó, se acercó a la grabadora y rebobinó la cinta.

Ha sido algo fuera de lo habitual en usted… hablaba con varias voces distintas. Tengo bastantes pacientes que hablan con tres o cuatro voces diferentes. Es un síntoma común de trauma emocional agudo. Mucha gente se encuentra tan alterada por lo que ha experimentado que sólo puede enfrentarse a ello actuando a través de los ojos de otros; o a través de sus propios ojos cuando eran niños. Por eso usan una gran variedad de voces. Pero hasta ahora, usted había sido un paciente de una sola voz.

– Eso me hace parecer muy mediocre y respetable, ¿no?

El doctor Rice sonrió.

– Créame, eso facilita el tratamiento. Cuando un terapeuta se encuentra con una situación de voces múltiples, puede tardar años en distinguir una voz de otra. El año pasado tuve un caso, un individuo blanco, que siempre que estaba bajo hipnosis solía hablar como Eddie Murphy. Resultaba que creía que alguien como Eddie Murphy veía el lado gracioso de lo que él había hecho, mientras que él mismo era incapaz de reírse de ello.

– ¿Y qué había hecho? -le preguntó Michael.

– Oh… había rociado a su esposa e hijas con gasolina y les había prendido fuego.

– Jesús.

En aquel momento el doctor Rice localizó en la cinta el comienzo de la sesión.

– Aquí está. Escuche.

Hubo un breve siseo, y luego Michael reconoció su propia aspiración, que se notaba muy profunda. La respiración contiguo durante dos o tres minutos, después se oyeron los pasos del doctor Rice mientras caminaba por el despacho y arreglaba los papeles.

Luego, sin previo aviso, oyó una extraña y aguda voz, casi como una voz de mujer, pero ligeramente más ronca.

«¿Has vuelto a pensar en ello?»

Michael se volvió y miró fijamente al doctor Rice.

– ¿Quién demonios era ése?

– Era usted.

– ¿Ése era yo? Pues no se parecía a mí lo más mínimo.

– ¿Quiere usted volver a oírlo?

El doctor Rice se acercó y rebobinó un poco la cinta. La respiración volvió a oírse, y luego la misma voz tensa y aguda.

«¿Has vuelto a pensar en ello?»

– Ahora recuerdo eso -dijo Michael-. Creí que había vuelto a mi casa. Patsy me preguntaba si pensaba aceptar ese trabajo de la compañía de seguros o no.

– Pues… puede que usted creyera que era Patsy -le dijo el doctor Rice-. Pero el hecho es que era usted.

– No lo entiendo. ¿Por qué iba yo a intentar hablar con la voz de Patsy?

– No es una cosa poco corriente. Es una manera de comentar el problema con usted mismo, nada más. Como si estuviera intentando ver la situación desde el punto de vista de ella al tiempo que desde el de usted.

La cinta continuó. Ahora, Michael hablaba con una voz mucho más parecida a la suya, sólo que parecía somnoliento o drogado… como parecen la mayoría de las personas cuando están bajo hipnosis profunda.

«He estado pensando en ello toda la noche.»

Pero luego la voz volvió a cambiar: se hizo más aguda, más ligera.

«Papá… cuando vuelvas de Hyannis, ¿puedes arreglarme el freno trasero? Roza con la rueda.»

– Jason -dijo Michael-. Ahí estoy intentando hablar como mi hijo Jason.

A continuación oyó sonar el teléfono y el doctor Rice lo cogió en seguida.

«¿Diga? Sí, soy yo. Oh, doctor Fellowes. Sí. Claro. Me reuniré con usted después, sí. Eso es. No, el doctor Osman no me habló de ello. No me dijo nada en absoluto.»

– Recuerdo remotamente algo de esa conversación desde mi trance -observó Michael-. Pero no toda. Creí que formaba parte de lo que estaba ocurriendo.

Luego hubo una ligera pausa, aunque Michael oía su propia respiración con toda nitidez. Primero, la respiración era lenta y mesurada. Pero de pronto se hizo más ronca, como si se hubiera puesto a hacer jogging; después todavía era más ronca, como si estuviera corriendo. Oyó el crujido de sus manos sobre los brazos del sillón y el sonido de la lona al rasgarse.

– «Vamos, Michael», oyó que le urgía una voz en un susurro sin aliento.

Frunció el ceño y se inclinó hacia adelante en el sillón para poder oír mejor.

– Ése también era usted -le dijo el doctor Rice.

Michael movió negativamente la cabeza.

– Ese no se parece a mí en nada. Ni siquiera se parece a mí imitando la voz de otro.

Créame -irisistió el doctor Rice-, era usted el que movía los labios.

Jadeos, carraspeos y luego:

«Deberías unirte a nosotros, Michael; tendrías que unirte a nosotros.»

– Ése no puedo ser yo -protestó Michael.

«Nosotros podríamos aliviar tu dolor, Michael. Podríamos proporcionarte el olvido. Incluso podríamos concederte la absolución.»

– Esto es increíble -dijo Michael-. Estaba ese tipo en mi trance… era un tipo realmente alto, con una especie de abrigo grisáceo… Ésa no es mi voz… ésa es su voz, lo juro. Escúchela… ¡no se parece nada a mí!

El doctor Rice se echó hacia atrás y cruzó las piernas.

– Ya sé que cuesta creerlo, pero cuando uno está bajo hipnosis es capaz de toda clase de cosas extraordinarias. La gente a menudo pone de manifiesto cualidades que normalmente no se atreven a mostrar, pues se sienten demasiado inhibidos para hacerlo. O ni siquiera saben que las poseen. También son capaces de cambiar las cuerdas vocales para poder hablar con voces diferentes.

«¿Quieres vivir como medio hombre el resto de tu vida?», Preguntó la voz.

«¡No!», se oyó gritar Michael a sí mismo. «¿Quieres que todos tus sueños y todas tus ambiciones se te scapen entre los dedos como si fueran arena?»

«¡No!», chilló Michael en la grabación; y no podía creer que él hubiera gritado de aquel modo. No tenía conciencia de haberlo hecho; sólo de haber luchado por mantenerse alejado del hombre alto y gris del abrigo largo.- «¡No me toque! ¡No me toque!

– ¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar!»

Se oyó un ruido confuso, como algo que golpeaba. Oyó decir al doctor Rice:

«¡Despierte, Michael! Cuando yo cuente hasta seis, quiero que abra los ojos y me mire; después se sentirá totalmente despierto.»

«¡No me toque! ¡No me toque!», chilló Michael una y otra vez.

Se oyeron más sonidos, extraños e impulsivos. Luego la voz susurró:

«Deberías conocerme, Michael. Me llamo…»

Pero el nombre del hombre no se escuchó, pues otro sonido confuso lo ocultó.

El doctor Rice apagó la grabadora. Se quedó observando durante largo rato a Michael sin decir palabra. Éste sacó con esfuerzo un pañuelo del bolsillo y se limpió con él el sudor de la cara y el cuello.

– ¿Dice usted que vio a un tipo realmente alto con un abrigo de color gris?

Michael se aclaró la garganta y asintió.

– Estaba allí, en la playa.

– ¿Era alguna playa concreta?

– No, no la reconocí. Había un faro al fondo, es todo lo que recuerdo.

– ¿Pero no era ningún lugar donde usted hubiera podido estar antes? ¿Ningún lugar donde hubiera llevado a cabo alguna investigación, pongamos por caso? ¿Algún muerto ahogado en el mar, o algo así?

Michael negó con la cabeza.

– He tenido ahogados, pero ninguno en un sitio así.

– ¿Había algo en ese tipo del abrigo gris que le resultara familiar?

– Nunca lo había visto antes. Jamás.

– Él dijo: «Deberías conocerme, Michael.»

– No lo conocía.

– Pero usted le tenía miedo, ¿no es así? ¿Por qué le tenía usted miedo?

Michael dobló el pañuelo meticulosamente y se limpió otra vez la cara y el cuello.

– No lo sé. Creo que sería una de esas cosas irracionales que suceden bajo hipnosis. Ya sabe… como en las pesadillas.

– Él le dijo cómo se llamaba.

– No lo oí. Creo que no quería oírlo. Me tapé las orejas con las manos.

– ¿Por qué no quería oírlo? ¿Tenía miedo de que pudiera conocerlo, en resumidas cuentas?

No lo conocía, ¿me entiende? Era un personaje fantasmal salido de un sueño, nada más.

El doctor Rice se puso a garabatear unas notas en el bloc; luego dijo:

Muy bien. Creo que eso es todo por hoy. Parece ser que esta oferta de empleo que ha recibido ha despertado en usted algunos sentimientos que tenía bien escondidos. Es posible que puedan conducirnos en alguna nueva dirección… que nos ayuden a abordar su trauma desde otro ángulo.

¿Qué quiere decir eso?

Todavía no estoy seguro. En cierto modo depende de quién sea ese tipo alto del abrigo en realidad, o quién fue… y, como usted dice, si tiene que ver con Rocky Woods o no.

– ¿Significa eso que debería aceptar el trabajo?

El doctor Rice se dio golpecitos con el lápiz en los dientes y miró a Michael con expresión seria.

– ¿Usted quiere aceptar el trabajo?

– No lo sé. Sí y no. Por una parte me gustaría, por el dinero y el respeto. También tengo la impresión de que podría volver a ponerme en contacto con el mundo real, no sé si usted me comprende. Cuando uno se pasa un día tras otro completamente solo, sin nadie a quien explicarle las ideas que se tienen… bueno, uno tiende a volverse un poco chiflado.

– Ésos son los puntos a favor -indicó el doctor Rice-. ¿Cuáles son los puntos en contra?

Michael se dio la vuelta y se quedó mirando el cuadro de las barandillas en la cubierta, las tuberías de ventilación y los mástiles. Un barco a la espera de pasajeros. Un momento esperando para empezar.

– Tengo miedo -dijo en voz tan baja que el doctor Rice apenas pudo oírlo.

– ¿De qué tiene miedo en particular?

– De todo. De nada. Jesús… me da miedo ir a echarles un vistazo a esos muertos y que mi cerebro se venga abajo y no sea capaz de pensar, ni de hablar, ni de moverme, ni de hacer absolutamente nada nunca más.

El doctor Rice permaneció callado durante un largo rato. Al final anotó algo en el bloc y luego dijo:

– ¿Qué hay de ese hombre alto del abrigo gris? ¿Cree que podría representar ese miedo en concreto? Lo que quiero decir es, ¿cree usted que podría ser una especie de figura simbólica? ¿La encarnación de su propio trauma?

Michael lo miró de nuevo.-¿Supondría eso alguna diferencia?

– Podría ser. Al fin y al cabo, usted me ha demostrado claramente que es capaz de resistirse a él, que lucha contra él con toda la fuerza física y mental de que dispone… que no es poca. El hecho de visualizar su único miedo con el aspecto de un hombre real podría ser el paso más importante que haya dado usted hacia su curación desde que sufrió el trauma.

– Entonces, ¿cree usted que debo aceptar el trabajo?

– ¡Ah! Lo siento, Michael. En eso no puedo ayudarlo. Nadie puede tomar esa decisión más que usted.

De regreso en casa, y una vez sentado ante el tablero de dibujo, Michael esbozó una imagen de la playa, donde el hombre se encontraba de pie, y del faro blanco. Con aquel suelo salpicado de hierba, los acantilados erosionados por el océano y las dunas ondeantes, habría podido ser cualquiera de las bahías existentes desde Pigeon Cove hasta la playa de Horseneck. A lo mejor ni siquiera se encontraba en Massachusetts, aunque él estaba convencido, de una manera irracional, de que sí. Incluso podría ser que ni siquiera se tratase de una playa normal.

En otra hoja de papel trató de dibujar al hombre alto y gris del abrigo largo. Curiosamente, le resultó muy difícil hacerlo, a pesar de que recordaba con toda claridad qué impresión le había producido aquel hombre; y que era alto. Y recordaba el pelo gris y la nariz estrecha. Pero le resultaba casi imposible ensamblar todos aquellos rasgos en un rostro reconocible. Estuvo haciendo trazos con el lápiz y sombreando durante casi dos horas, y al final consiguió producir una figura que tenía un vago parecido con el hombre, aunque Michael no quedó satisfecho, ni mucho menos.

Con el ceño fruncido, se recostó en el asiento y se puso a mirar las nubes que cruzaban la playa de New Seabury. Las arenas de la misma estaban desiertas. No se veían bañistas ni paseantes; no había nadie que hiciera volar cometas. Era un paisaje esperando a que algo sucediese.

Durante todo el trayecto de regreso de Hyannis había tenido la completa certeza de lo que iba a hacer. Levantó un fajo de papeles bajo los cuales había estado oculto el teléfono, como un cangrejo excavador de madrigueras, y levantó al auricular. Tecleó el número que ni siquiera la hipnoterapia habría podido borrar nunca de su memoria: 617-9999999.

Cuando la señorita contestó: «Plymouth, los primeros y los mejores. ¿En qué puedo servirle?», Michael titubeó sólo un momento antes de decir:

Joe Garboden, por favor.

Oyó sonar la extensión de Joe, y entonces supo que no había manera de volverse atrás.

CINCO

– ¡Ése es! -ladró el detective Ralph Brossard en el instante en que el negro larguirucho aparecía en el portal y echaba a andar a paso largo por la acera. Tiró el cigarrillo recién encendido por la ventanilla del coche y cogió el radiotransmisor.

– Newt… Newt, Jambo acaba de salir por la puerta principal. Está cruzando la calle y se dirige a su vehículo. Lleva la bolsa de deporte. A por él.

A su lado, el detective John Minatello se metió la mano en el interior de la cazadora de algodón color crema y sacó la pistola del 38. Le dirigió a Ralph una sonrisa sudorosa, pálida y rápida, y luego dijo con nerviosa satisfacción:

– Agarremos a ese hijo de puta. ¡Jerónimo!

Ralph puso en marcha el motor del Pontiac y echó una rápida ojeada hacia atrás para asegurarse de que no venía ningún coche por la calle. Con la mano extendida giró el volante hacia la izquierda todo lo que daba de sí, hasta que la dirección asistida comenzó a silbar. Luego se pasó la lengua por los labios y se dispuso a esperar con todos los músculos en tensión.

– Venga, so cabrón -dijo entre dientes.

Eran las once y seis minutos de la mañana y se encontraban en la calle Seaver, en la Combat Zone. Los edificios de pisos construidos con ladrillo estaban marrones, hasta el aire estaba marrón. El día olía a grasa de cocina, a escapes de automóviles y a alcantarillas secas. Ralph llevaba sentado dentro de su Grand Prix, estacionado junto al bordillo, desde quince minutos antes de que amaneciese, esperando a que Jambo saliera del número 1 334. John Minatello y él habían desayunado a base de Egg MacMuffins y café tibio, y el asiento de vinilo del coche todavía estaba lleno de restos de comida y de envoltorios arrugados de galletas, paquetes vacíos de Winston Lights y un ejemplar muy manoseado de Islands in the Stream, de Ernest Hemingway.

Ralph era un entusiasta de las camisas a cuadros escoceses y de Hemingway. Un hombre de un solo hombre.

Toda su vida (bueno, desde que se divorciara de Thelma cuatro años atrás), Ralph había estado preparándose para un retiro a lo Hemingway en el Caribe, con la idea de pasarse los días pescando tiburones y agujas en aguas profundas y azules, escuchando el roce de la lluvia en un tejado de hojas de palmera secas, vagando por la playa, bebiendo whisky y dejando que pasasen los cálidos días tropicales. Incluso había adquirido cierto parecido físico con Hemingway, a pesar de que las normas del departamento de policía prohibían llevar barba. Tenía el rostro ancho y era un hombre más bien bruto, con bigote blanco y negro, y unos ojos que se arrugaban y enfocaban hasta mucho más allá de Boston, aunque se pasase los días sentado en algún coche esperando a sospechosos, o escribiendo informes a máquina.

Dos años y siete meses más y Ralph podría colgar la pistola, entregar la placa y coger un avión a Miami y luego otro a Bimini, dejando atrás los sudorosos veranos marrones, aquellos inviernos capaces de romperle a cualquiera las pelotas, la polución del aire y el crimen mugriento. Podría dejar atrás a los arrogantes ricos de la calle Newbury y a los pobres gruñones de la avenida Blue Hill… y todas las demás cosas que detestaba de aquella ciudad suya pretenciosa, sórdida, pintoresca y peligrosa.

Había estado siguiendo a Jambo DuFreyne más de un año, durante las cuatro tediosas estaciones. Las hojas habían brotado, el hielo se había derretido, y el sol había llenado las calles. Cada dos semanas, Jambo traía cocaína de calidad en bolsas de deporte desde Atlanta, Georgia, para venderla en Boston; Ralph y John lo habían visto abrir aquella misma puerta principal, caminar a paso largo por aquella misma calle con lluvia, con nieve, con sol, con niebla helada, larguirucho, con el mismo gorro de lana marrón y el mismo abrigo de cuero largo hasta la rodilla, y meterse en el mismo Buick abollado y chirriante de color marrón.

Hasta aquel día habían dejado a Jambo tranquilo. Al fin y al cabo, él no hacía más que transportar la mercancía, era un simple recadero. Pero aquí, en este edificio de apartamentos, en la parte trasera del quinto piso, vivía Luther Johnson, uno de los rostros más malévolos de Boston, el Araña de la calle Seaver; y desde el apartamento de Luther Johnson, Ralph había estado siguiendo pacientemente la cocaína de Jambo hasta una fábrica de crack situada en Cambridge; y desde la fábrica hasta los principales concesionarios, entre los que se encontraban la Universidad Harvard, el Instituto de Tecnología de Massachusetts y la Facultad de Medicina de Harvard, donde los jóvenes adinerados estaban dispuestos a pagar importantes cantidades por productos de buena calidad.

Ralph ya tenía pruebas suficientes para detener a los hijos e hijas de algunas de las familias más ricas e influyentes de América y acusarlos de tráfico de drogas, conspiración, extorsión y evasión de impuestos. Tenía vídeos y escuchas telefónicas de los Belmont, los Woolley, los Pembroke y los Cabot. Jambo DuFrayne era la conexión final. Aquella mañana llevaba una bolsa de deporte llena de billetes de cien dólares, usados como pago por su última entrega, billetes que, sin que Jambo lo supiera, estaban marcados, de manera que, siguiéndoles el rastro hacia atrás, podrían conducir de manera concluyente hasta los dorados chicos y chicas de cinco campus universitarios diferentes. Ralph le había puesto a la operación el nombre de «Ivy Connection».

Jambo subió al coche y, durante unos momentos, Ralph lo perdió de vista, porque estaba estacionado unos cincuenta metros más arriba junto a la otra acera, detrás de una gran furgoneta verde.

– Vamos, cabronazo -repitió al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre el volante.

– Ya viene, ya viene -observó John Minatello-. Ha encendido el motor. He visto cómo salía humo por el tubo de escape.

– Newt, ¿estás ahí, Newt? -preguntó Ralph a través del radiotransmisor.

– Estoy aquí, Ralph, no te preocupes.

– Cuando yo diga «dale», Newt, tú le das, y embiste por detrás a ese cabrón de manera que no se entere de si es mañana o el día de Navidad.

– Ya me he enterado, Ralph, no te preocupes.

– Venga, cabrón -repitió Ralph.

Miró por el espejo retrovisor del lado del conductor. La calle estaba despejada. Aceleró suavemente y luego volvió a mirar. Un Volkswagen Escarabajo de color azul pólvora había salido de la nada y se aproximaba lentamente.

– Mierda -exclamó Ralph.

Lo último que necesitaba en aquel momento era la presencia de algún civil. Era impensable que Jambo no estuviera armado. Podía ir provisto con cualquier cosa, desde un calibre 44 hasta un Uzi, o las dos cosas, y no vacilaría en utilizarlas. Jambo tenía unos antecedentes de robos a mano armada y atracos con violencia que hacían que Saddam Hussein pareciese san Francisco de Asís.

Ralph sólo podía rezar para que el Escarabajo llegase al final de la calle antes de que Jambo se decidiera a salir del lugar donde estaba estacionado. También podía salir él y bloquearle el paso al Escarabajo, pero entonces tendría que seguir hasta más allá de donde se encontraba Jambo, o de lo contrario Jambo comprendería inmediatamente que estaban tendiéndole una emboscada. Y si él continuaba y pasaba al lado de Jambo, estaría dejándole a aquel hijo de puta el camino libre para darse a la fuga.

Por otra parte, si no le bloqueaba el paso al Escarabajo, Jambo podría salir inmediatamente cuando el Volkswagen estuviese todavía a medio camino entre Jambo y el final de la calle, donde Newt estaba aguardando. Había furgonetas y automóviles estacionados junto a ambas aceras, y con el Escarabajo impidiéndole el paso, Newt no sería capaz de venir a toda velocidad desde el final de la calle para chocar con Jambo por detrás y encajonarlo.

Aparte de todo esto, existiría un riesgo, mayor de lo aceptable, de que el conductor del Escarabajo resultase herido o incluso muerto.

– Se acerca un vehículo civil -comentó Newt con voz tranquila.

– Ya lo veo -repuso Ralph.

– ¿Qué quieres hacer?

– Rezar a san Felipe para que despeje la calle.

– ¿Podrías cortarle el paso?

– Jambo todavía no ha empezado a moverse. Si nota que algo se le viene encima, no se moverá. Intentará escaparse.

El Escarabajo resoplaba y se acercaba cada vez más.

– Podríamos dejar que se fuera -sugirió Newt-. Podríamos ir a por él en la calle Washington en lugar de hacerlo aquí.

– No, no. Tenemos que cogerlo aquí. Acuérdate de lo que pasó con DeSisto.

«DeSisto contra el estado de Massachusetts» era un caso muy famoso en el cual no se había podido conseguir que condenaran a un traficante de drogas porque la policía había perdido momentáneamente de vista su vehículo entre el tráfico. Durante aquellos pocos segundos perdidos, había argumentado el abogado defensor de DeSisto, cualquiera habría podido echar el paquete, que constituía la prueba incriminatoria, en el interior del coche de su cliente. Que aquello fuera probable o no no venía al caso. Era posible, y por ello DeSisto había volado. Ralph estaba decidido a que no sucediese lo mismo con Jambo, porque si Jambo volaba, todos aquellos altivos mocosos de la Ivy League y todos aquellos arrogantes tecnócratas del Instituto de Tecnología de Massachusetts volarían también. En su trabajo, Ralph se pasaba la mayor parte del tiempo capturando a camellos de poca monta, a adictos al crack y a tarados con los pantalones meados. Por lo que a él se refería, era cuestión de profundos principios morales que la ley se aplicase con igual rigor a los que llevaban ropa de Calvin Klein o Niño Cerruti y pasaban los veranos en Newport o en el Caribe.

El Escarabajo pasó lentamente a su lado. Echó una rápida ojeada al conductor. Era una chica negra, de unos veintitrés años, que llevaba pequeñas trenzas apretadas y pendientes de aro de plata. En la puerta del Escarabajo habían pintado el dibujo del cuervo de Dumbo quitándose un sombrero de paja y diciendo: «¡Cepíllame los pies!» Ralph se fijó en que la matrícula estaba caducada y que los guardabarros de las ruedas de atrás estaban muy oxidados y remendados con fibra de vidrio.

– Vamos, nena -le urgió Ralph en voz baja. Ella casi había llegado donde se encontraba el coche de Jambo-. Vamos, nena, aprieta el acelerador.

Pero el Escarabajo fue reduciendo la velocidad cada vez más. Cuando estuvo prácticamente a la altura del lugar donde estaba estacionado Jambo, se detuvo por completo, y una nube de humo marrón salió por el tubo de escape. Durante un momento, Ralph pensó que quizás la chica hubiese sufrido una avería, pero luego se dio cuenta de que se había detenido únicamente porque estaba buscando una dirección concreta. El Escarabajo permaneció allí parado durante casi un minuto, vibrando y echando humo, mientras Ralph, sentado en el coche, tamborileaba con los dedos, sudaba y rezaba para que la chica continuase adelante.

– ¿Qué cojones está haciendo? -preguntó Newt por el radiotransmisor.

– Parece que está mirando los números de las casas -repuso Ralph-. Debe de haberse perdido.

– ¿Y por qué cojones no va a perderse a otra parte?

Ralph no contestó. Estaba demasiado tenso. La chica se había perdido porque se había perdido; y porque todas las vigilancias que Ralph había organizado siempre habían estado plagadas de inocentes fallos técnicos: personas que vagaban desconcertadas y se ponían sin saberlo en la línea de fuego, camiones que aparcaban delante de las ventanas que ellos estaban vigilando, obreros que reparaban la calzada y que de pronto decidían ponerse a taladrar justo al lado de las cabinas telefónicas que ellos tenían intervenidas.

– Vamos, nena, muévete -dijo, y dejó escapar un suspiro; pero el Escarabajo seguía soltando bocanadas de humo en el mismo sitio.

Oyó que Jambo tocaba la bocina con insistencia, y eso hizo que la muchacha moviera el coche. El vehículo avanzó resoplando unos cuantos metros calle abajo. Ahora, Jambo empezó a maniobrar con el Elektra negro para salir del lugar donde estaba aparcado. A través del cristal tintado del parabrisas, que tiraba a púrpura, Ralph podía ver la silueta del gorro de Jambo, y también las gafas de sol negras e inexpresivas como los ojos de un insecto. Pero el Escarabajo había vuelto a detenerse, esta vez justo detrás del coche de Ralph, lo que significaba que Newt tenía que enfrentarse a una carrera a toda velocidad a lo largo de cuarenta metros de calle, carrera que culminaría teniendo que pasar a ochenta quilómetros por hora entre el perezoso Escarabajo y los coches estacionados a lo largo del bordillo: un pasillo que le dejaría un margen de menos de quince o veinte centímetros a cada lado.

– Newt, ¿vas a intentarlo? -le preguntó Ralph.

– Nunca digas no -repuso Newt.

El coche de Jambo había salido del espacio donde estaba aparcado y se dirigía hacia Ralph aumentando de velocidad rápidamente. Era un modelo del año 81, sucio pero mecánicamente bien conservado, con la suspensión retocada y las ruedas anchas. Ralph sabía con certeza que si no hacía que Jambo se detuviera entonces, le costaría Dios y ayuda hacerlo en la calle Washington, en la autopista o en cualquier ruta que se le antojase coger para ir al aeropuerto a todo gas. Y no podía perderlo de vista ni por un instante, ni siquiera el tiempo que se tarda en parpadear; de lo contrario, volvería a repetirse la historia de DeSisto. Aquél era un caso que no podía perder de ninguna manera. No soportaba la idea de que los muchachos de la Ivy League se riesen de él. Tenía que capturarlos, procesarlos y encerrarlos, y eso era lo único que importaba. Tenía que hacerlos caer bien bajo, porque eran bajos, eran mierda.

– Ahora es el momento -dijo con tanta flema que a John Minatello le pilló por sorpresa. Pisó con fuerza el acelerador y sacó el Grand Prix hasta el medio de la calle con un estridente Achinar de neumáticos.

Jambo ni siquiera tuvo tiempo de frenar. El Elektra de mil ochocientos quilogramos iba a casi sesenta y cinco quilómetros por hora cuando chocó de frente con el Grand Prix de Ralph. Éste oyó un devastador choque, la cabeza le dio con fuerza por detrás contra el cabezal del asiento y la pierna izquierda le quedó aprisionada contra la puerta. Entonces gritó:

– ¡Fuera! ¡Fuera!

Y se encontró abriendo la puerta de una patada y después rodando hacia la calle. Sacó el arma de un tirón, una 44 no reglamentaria, de la funda, la amartilló y siguió rodando hasta situarse debajo de la parte trasera de un coche aparcado, de modo que cuando finalmente se puso como pudo en pie tenía la 44 sujeta con las dos manos y se hallaba parapetado tras la irregular parte trasera de un viejísimo Le Sabré.

Vio a John Minatello agachado detrás del asiento del pasajero del destrozado Grand Prix; blandía un 38 y gritaba:

– ¡Enséñame las manos! ¡Enséñame las jodidas manos!

Vio a Newt, que se acercaba hacia ellos calle Seaver abajo en el Plymouth color verde mar, rugiendo el motor y con la luz roja intermitente emborronada por el sol y el humo. Durante una fracción de segundo, Ralph pensó que Newt conseguiría pasar por el estrecho hueco que quedaba entre el Escarabajo y los coches aparcados en un lado de la calle. Llegó incluso a pronunciar las palabras «Lo has hecho fenómeno, hijo de puta». Pero luego vio volar por los aires los pedazos del espejo retrovisor de la puerta y oyó el horrible sonido de un violento choque de coches. El Escarabajo estaba volcado de lado, y el Plymouth de Newt se había empotrado de lleno en una camioneta marrón oxidada.

Jambo -que estaba a medio salir del coche por la puerta del lado del conductor- se dio media vuelta con extraordinaria agilidad, casi pareció que estuviera actuando en un ballet. Ralph vio cómo a Jambo se le curvaba hacia atrás aquel delgado pecho y cómo le giraban las caderas.

– ¡Enséñame las manos! -le exigió John Minatello con una voz que parecía un rugido. Pero Jambo hizo caso omiso, y fue entonces cuando Ralph se percató de que Jambo tenía en la mano un revólver de gran calibre.

Quería a Jambo vivo. Necesitaba a Jambo vivo. Le rugió a John Minatello:

– ¡No!

Pero la mañana retumbó de pronto con dos disparos pesados de gran calibre, y luego se oyó otro disparo, y luego otros más agudos que salían de la 38 de John Minatello.

Ralph vio que la ventanilla trasera del Escarabajo hacía explosión, y que un chorro de sangre salía por ella, como si el conductor hubiera arrojado una taza de café a la calle. «Mierda __pensó-, la ha matado.» Luego vio el parabrisas del Plymouth de Newt roto y resquebrajado, y oyó el rápido y consistente traqueteo que producía Newt al devolver los disparos. La calle se llenó de repente de humo y teatrales haces de luz, pero Jambo se había esfumado como por arte de magia.

Ralph, jadeando pesadamente, se asomó por uno de los lados del coche tras el que se protegía y luego por el otro. Aquel cabrón se había ido, aquel cabrón ya no estaba allí. Permaneció quieto en aquel lugar, completamente tenso, con las rodillas algo dobladas, la pistola levantada con ambas manos y la camiseta azul manchada de oscuros círculos de sudor.

– ¿Dónde ha ido? -le gritó a John Minatello.

Éste tenía la cara tan pálida y tan larga como una salchicha de sesos de ternera.

– No puedo verlo. Pensé que le había dado.

– ¡Newt! -gritó Ralph con voz aguda y ronca.

– ¡Sí, Ralph! -le contestó Newt con otro grito.

– ¿Dónde cojones se ha metido? -le preguntó Ralph.

– No lo sé. No he visto por dónde se ha ido.

– ¿Qué cojones quieres decir con que no has visto por dónde se ha ido?

– Quiero decir que no he visto por dónde se ha ido.

Hubo un silencio prolongado. La calle Seaver estaba extrañamente silenciosa, aparte del murmullo ambiental del tráfico y el sonido de un L10-11 que despegaba del aeropuerto Logan con rumbo sudoeste.

Ralph, de mala gana, se puso en movimiento y dio la vuelta al coche por la parte de atrás. Sostenía la 44 con las dos manos, muy por delante de él, y se dio cuenta de que el cañón temblaba, pero lo achacó a la adrenalina.

– ¡Señor DuFreyne! -comenzó a gritar al tiempo que le echaba una mirada a John Minatello-. Señor DuFreyne, somos agentes de policía, y tenemos una orden de arresto contra usted. Y vamos a hacerlo por las buenas o por las malas.

El humo empezó a disiparse y, a medida que se despejaba, el silencio comenzó a llenarse también. De repente, una multitud de gente hablaba, la música sonaba, los perros ladraban y los árboles crujían.

Ralph se agachó y miró por debajo del coche que le servía de protección. Alcanzó con la vista hasta la acera de enfrente. En el suelo había montones de envoltorios de chicle, botellas, latas de bebida aplastadas y una cosa negra que parecía un traje desechado, pero nada más.

– ¡Señor DuFreyne, queda usted arrestado, pero si colabora, todo esto podrá resultarle más fácil! -gritó Ralph-. ¿Me oye? ¡Vamos detrás de los compradores, no de usted! ¡Ni siquiera nos interesa Luther! Usted sólo tiene que decirnos quién ha estado financiando este negocio, y podrá conseguir el mejor acuerdo de su vida. ¡Vamos, es año de elecciones! El fiscal del distrito se pone muy amable con las personas que actúan en interés de la comunidad. Usted lo sabe muy bien. Mire lo que le pasó a Mack Rivera.

De nuevo se hizo el silencio. Ralph lanzó un silbido para llamar la atención de John Minatello, y le indicó con un movimiento de pistola que abandonase la relativa seguridad que le ofrecía la puerta abierta del automóvil y avanzara caminando poco a poco calle arriba por la acera para intentar descubrir dónde se había ocultado Jambo DuFreyne.

La única preocupación que tenía en aquellos momentos era que Jambo lo hubiera hecho al estilo de Harry Lime: que hubiese abierto la tapa de una cloaca y se hubiera marchado a su guarida por las alcantarillas.

Se movió por la acera, agachándose de vez en cuando para ver si podía vislumbrar las piernas de Jambo.

– ¡Newt! -gritó de nuevo-. ¿Te funciona la radio?

– Sí, funciona, Ralph -le contestó Newt-. Ya he pedido una ambulancia.

– Mierda -exclamó Ralph en voz baja. Tenía el estómago revuelto. Tenía que haber dejado escapar a Jambo, debía haber dejado que se marchase. La muerte de un solo transeúnte inocente era un precio demasiado alto para una detención, aunque fuera la detención más importante relacionada con el mundo de la droga en toda la historia de Massachusetts. Aunque aquella chica con el pelo trenzado y los pendientes de aro no estuviese muerta, seguro que estaba gravemente herida, de manera que su familia, sus amigos, su abogado, todos los canales de televisión y todos los periódicos de Nueva Inglaterra iban a querer saber por qué al inspector Ralph Brossard se le había ocurrido tender una emboscada mientras ella todavía estaba remoloneando por la calle Seaver, y además en la línea de fuego-. Mierda -repitió-. Mierda, mierda, mierda.

Estaba enfadado, alterado y amargamente arrepentido; y también asustado; y todo le sabía a mierda.

– ¡No lo veo! -le gritó John Minatello.

– Entonces, ¿dónde cojones está? -exigió Ralph.

– Mirad debajo de los coches, por el amor de Dios -dijo Newt-. Mirad debajo de los coches.

– Ya he mirado -protestó John Minatello.

Agachándose lo más que pudo, Ralph echó a correr por la acera izquierda de la calle. De vez en cuando inclinaba la cabeza, ponía una mano en la acera caliente y arenosa y miraba debajo de los coches aparcados para ver si descubría algún rastro de Jambo. Una anciana negra estaba observándolo sin demasiado interés desde una ventana abierta; tenía los ojos agrandados por las gafas, de manera que parecían dos ostras recién abiertas.

– ¡Métase para dentro, puñetas! -le soltó.

– ¿Por qué? -quiso saber ella-. Ya he visto morir a hombres otras veces.

– ¡Policía! -dijo Ralph-. ¡Y ahora métase dentro de una puñetera vez!

En aquel momento, mientras estaba distraído, Newt gritó «¡Ahí va!», y Ralph se dio cuenta de que una sombra oscura parpadeaba entre dos coches, todo brazos y piernas, y también vio el llamativo brillo de una pistola.

– ¡Alto! -gritó al tiempo que levantaba la 44 y apuntaba con las dos manos acera arriba, justo al punto donde caería Jambo tras el próximo salto. Vio el gorro de lana moviéndose arriba y abajo detrás del deteriorado techo de vinilo de un Sedan de Ville marrón. De pronto vio que Jambo aparecía y se lanzaba contra la acera, retorciéndose para darse la vuelta; vio las gafas oscuras, los dientes relucientes y el brillo de la pistola.

También vio a la joven que empujaba el cochecito del bebé y que salía del portal de la casa de apartamentos situada detrás de Jambo, era lo más claro y evidente que había visto en toda su vida, tan claro como cuando miró a Thelma en una mañana de verano y empezó a darse cuenta de que ya no la amaba. Thelma sonreía, contenta, sin caer en la cuenta de que sus días de felicidad habían terminado y no le quedaban nada más que lágrimas y soledad.

Y aquella muchacha sonreía también mientras se inclinaba para limpiarle la baba de la barbilla al bebé. Y, al mismo tiempo, Jambo disparó, un disparo pesado, resonante, rotundo. Ralph disparó a su vez, y una bala del calibre 44 salió del cañón de su pistola a casi doscientos cincuenta metros por segundo e hizo pedazos el cochecito del bebé, como si hubieran lanzado una bomba, colchón, mantas, sonajero de plástico y carne ensangrentada.

Jambo consiguió ponerse embarulladamente en pie y se dio la vuelta, evidentemente aturdido. Newt cruzó a grandes zancadas la calle sujetando rígidamente la pistola y manteniéndola levantada todo el tiempo. Prácticamente se la puso en la nariz a Jambo al tiempo que le gritaba:

– ¡Tírala! ¡Quieto! ¡Boca abajo, hijo de puta!

Ralph continuaba aún de pie con la pistola levantada. La chica del bebé se dio la vuelta y lo miró. Nadie lo había mirado nunca así antes, nunca, ni siquiera las esposas a cuyos maridos se había visto obligado a matar; ni los hombres cuyos hijos se habían ahorcado en chirona.

John Minatello se le acercó.

– Ralph -le dijo-. Dame la pistola.

– ¿Qué? -preguntó Ralph.

– Que me des la pistola. He visto lo que ha ocurrido. No ha sido culpa tuya.

Ralph lo miró fijamente. Antes no se había dado cuenta de lo pálido que era John Minatello. Tenía la piel blanca como la cera, con grandes poros abiertos, unos ojos grandes y tristes de color castaño y un lunar en la mejilla derecha. Y aquel estúpido bigote castaño y sedoso, de esos que se dejan crecer los crios para demostrar que son hombres. Y la también ridicula camisa rosa y plateada con palmeras y bailarinas hawaianas.

Newt había obligado a Jambo a tumbarse de cara al suelo sobre la acera y estaba esposándolo con decisión, en silencio, como quien ata un pavo. La mujer del cochecito del bebé los miraba a todos ellos con incredulidad.

– Mi niño -decía. Parecía casi como si, más que hablar, cantase-. ¡Mi niño!

Ralph se acercó a ella, vacilante, cauteloso. Seguía sosteniendo la pistola hacia arriba para demostrarle que no quería hacerle ningún daño. Era una joven negra de tez clara y rostro ovalado, bonita, con el pelo tieso lleno de laca y las cejas depiladas muy finas. Vestía un blusón amarillo y rojo y unas mallas negras. Tenía los ojos vidriosos y estaba temblando. Ralph se dio cuenta, sin lugar a dudas, de que estaba a punto de sufrir una conmoción. Él también lo estaba.

– Mi niño -repitió la muchacha; y metió la mano dentro del destrozado cochecito y levantó algo que parecía una toalla enrollada y ensangrentada. Sólo que un bracito gordezuelo colgaba sin vida a un lado y la sangre chorreaba por los deditos diminutos.

– Yo… -empezó a decir Ralph. Pero la laringe pareció encogérsele y la boca se le cerró, de manera que se sintió totalmente incapaz de hablar. Quería disculparse, quería explicarse. Quería suplicarle que le perdonase. Pero, ¿de qué serviría disculparse? ¿De qué serviría explicar nada? ¿Y cómo podría esperar que le perdonase después de lo que había hecho?

John Minatello alargó una mano y le quitó suavemente la 44.

– Vamos, Ralph, todo ha terminado.

– Yo… no quería… -se atragantó.

– Tranquilo, Ralph.

El sonido de las sirenas comenzó a ulular en el aire sucio y caliente. Una ambulancia dobló la esquina al final de la calle Seaver, luego otra y, a continuación, dos coches patrulla. Ralph permitió que John Minatello lo condujese hasta el Grand Prix. Se sentó en el asiento del pasajero, con la cabeza baja, sin dejar de mirar fijamente el pavimento de asfalto. Oyó que la gente iba y venía apresuradamente. Oyó también que se rompía una ventana, pero no acababa de comprender el significado de aquello. Al cabo de unos instantes levantó la mirada y dijo:

– ¿John? ¿Cómo está la chica? La chica del Escarabajo.

John estaba apoyado en la puerta abierta del coche, y miraba a su alrededdr con ansiedad. Le echó una mirada rápida a Ralph y luego dijo:

– Es difícil de decir. Los médicos de urgencias están examinándola ahora. Hay mucha sangre, y sesos también. No parece que haya esperanzas.

Otra ventana se rompió. Ralph oyó gritos y discusiones, y a alguien que tamborileaba. Un ladrillo pasó volando por los aires sin previo aviso y fue a dar en la parte de atrás del coche. Ralph levantó la cabeza atontado, presa de la impresión. Algo estaba sucediendo, pero no sabía bien qué era. Otro ladrillo voló por los aires y se hizo añicos a sus pies, luego otro, una botella, más tarde un trozo de tubería, que cayó al suelo sobre uno de sus extremos y se quedó bailando allí como el bastón de Fred Astaire.

Se puso en pie. No acababa de creer lo que veía. La calle Seaver, que tan sólo unos minutos antes estaba desierta, bochornosa y sofocante, se encontraba abarrotada por una multitud de jóvenes negros que saltaban, gritaban y se empujaban unos a otros. Arrojaban ladrillos, botellas, tapacubos y pedazos de madera, y un joven cabecilla, ataviado con un sombrero de ala ancha y con el pelo largo y rizado, estaba marcando un feroz ritmo reggae con dos martillos de metal sobre el capó de un coche estacionado junto a la acera al tiempo que no dejaba de gritar: «¡Latomba! ¡Latomba!»

– ¿Qué demonios…? -quiso saber Ralph. Pero en aquel momento, el sargento Riordan se acercó a él como una tromba, resoplando con aquella cara de toro suya y el cuello ancho.

– ¡Mueve inmediatamente el culo de aquí, Brossard, estúpido bobo hijo de puta!

– ¿Qué demonios pasa? -exigió Ralph.

– Tú, eso es lo que pasa -repuso el sargento Riordan-. ¡Tú y tu jodida y chapucera emboscada! No se te ha ocurrido otra cosa que hacer volar por los aires al primer y único hijo del héroe local, un hombre muy querido, nada más. Aunque no nos maten, van a destrozar todo este jodido lugar, y eso significa que once años de diplomacia racial y una política de suavidad e igualdad para todos se van por el retrete de una sola tacada, se van para siempre. Así que saca el culo de aquí antes de que te prendan fuego, te apaleen o te hagan volar por los aires.

– Pero, ¿de qué estás hablando, Riordan? -le dijo Ralph a gritos-. ¡Acabamos de hacer el mayor arresto en materia de drogas que esta ciudad dejada de la mano de Dios haya visto nunca! Y siento lo del bebé, ¿de acuerdo? ¡Ojalá no hubiera pasado, pero no pude hacer nada por evitarlo!

John Minatello lo cogió del brazo.

– Vamos, Ralph, tenemos que salir de aquí.

Ralph se volvió y lo miró fijamente.

– Claro que tenemos que salir de aquí, pero Jambo se viene con nosotros.

– Ya se lo ha llevado Newt.

– ¿Newt se ha llevado a Jambo?

Las botellas y ladrillos no dejaban de estrellarse a su alrededor y, de repente, junto a los escalones que conducían a la entrada del edificio de apartamentos donde vivía Luther Johnson, una bola de fuego naranja rodó por la acera, e inmediatamente ésta empezó a arder.

– Venga, Ralph -le urgió John Minatello-. Están arrojando cócteles Molótov. No estamos equipados para hacer frente a una cosa así.

– Dame mi pistola -insistió Ralph.

– Ralph… tú sabes que no puedo hacer eso.

Un enorme pedazo de yeso se estrelló contra el pavimento a unos palmos del lugar donde ellos se encontraban y casi hizo que se ahogaran en el polvo. Hasta aquel momento, dos agentes de uniforme habían conseguido mantener alejada a la multitud, pero cuando los sanitarios levantaron los maltrechos restos del cochecito del bebé y lo metieron en la parte trasera de la ambulancia, momento en que todos pudieron ver con sus propios ojos lo ensangrentado y reventado que estaba, se levantó un griterío de indignación, y las botellas y ladrillos empezaron a caer por todas partes alrededor de los coches patrulla en una especie de cascada estruendosa y retumbante. Fue un aguacero monzónico de pena, frustración y furia.

Al sargento Riordan le golpeó en el hombro un cascote triangular de cemento; y una botella fue a dar contra la nuca de Ralph.

– ¡Dame mi maldita pistola, John! -le gritó-. ¡Es una orden!

John Minatello titubeó y le dirigió una fugaz mirada al sargento Riordan; dudó unos instantes más y luego le entregó el arma a Ralph. Éste se apoderó de ella con gesto impaciente y la amartilló. El sargento Riordan, que estaba quitándose a manotazos el polvo de cemento de los hombros, le dijo:

– Mueve el culo de aquí, Brossard, y te advierto que si alguno de mis hombres sufre tan siquiera un arañazo, tendrás que vértelas conmigo. No lo olvides.

– ¿Ha cogido Newt la bolsa de deporte? -preguntó Ralph.

– Ése es el asunto -dijo John Minatello.

– ¿Qué es el asunto? ¿Qué quieres decir con eso de «ése es el asunto»?

– El asunto es que hemos perdido la bolsa de deporte.

Ralph se quedó mirándolo. Por todos lados rebotaban en el suelo botellas, latas, ladrillos y piedras, pero Ralph se quedó completamente quieto, con los hombros un poco hundidos a causa de la incredulidad, sin hacer nada para protegerse y con la pistola colgando a un costado.

– ¿La habéis perdido?

John Minatello se encogió de hombros, avergonzado, y luego se apartó para esquivar una botella que pasó por los aires rozándole la cara.

– Jambo ha debido de tirarla en alguna parte. No hay ni rastro de ella.

– ¿Qué demonios significa eso de que ha debido de tirarla en alguna parte? ¿Dónde? ¿A qué distancia podía tirarla? ¿A tres metros? ¿A seis metros?

– Lo siento, Ralph. No hay el menor rastro. La hemos buscado por toda la calle; y debajo de los coches.

Ralph se mordió el labio inferior. Se sentía tan desazonado que no era capaz ni de decir palabrotas. Habían perdido la bolsa de deporte y con ella todo el dinero marcado, lo que significaba que más de un año de concienzuda vigilancia se había echado a perder por completo. Más de un año de su vida se había gastado inútilmente. Todas aquellas horas que había pasado ridiculamente sentado en un coche, comiendo hamburguesas medio frías y bebiendo café en vasos de plástico; todas aquellas horas en que se quedaba entumecido en el patio de los edificios esperando la orden del juez para intervenir un teléfono; todas aquellas estaciones del año; toda aquella ingenuidad; todas aquellas corazonadas; todo aquel trabajo de investigación gastando la culera de los pantalones; todo.

Otro cóctel Molótov estalló en mitad de la calle, y los neumáticos delanteros de una camioneta Mazda empezaron a echar llamaradas. La multitud estaba chillando ahora: un ulular agudo y extraño. El sargento Riordan dijo:

– Venga, Ralph, ya es hora de que nos marchemos de aquí. Van a descuartizarnos miembro a miembro antes de que nos demos cuenta.

Un joven agente de uniforme cruzó la calle corriendo hacia ellos agazapándose.

– Hay órdenes de que nos marchemos, señor. Ya han enviado refuerzos.

– Muy bien, O'Hara -repuso el sargento Riordan. Comenzó a gritar dando instrucciones al resto de sus hombres, aunque su voz se veía casi ahogada por los sonidos ululantes de las sirenas de las ambulancias.

– ¡Muerte a los cerdos! ¡Muerte a los cerdos! -gritaba la multitud.

Calle abajo, un poco más allá, varios individuos comenzaron a mover arriba y abajo sobre la suspensión una camioneta Chevy hasta que consiguieron volcarla. Hizo explosión con gran estruendo y se hizo astillas. Una enorme nube de humo aceitoso invadió el aire. La multitud chilló aún más fuerte.

El sargento Riordan agarró a Ralph del brazo; estaba demasiado furioso como para sentirse cómodo.

– Será mejor que vengas con nosotros, Brossard. Es tu cabeza lo que quieren, y nunca lograrás sacar de aquí tu coche.

Retrocedieron agazapados hasta el otro lado de la calle entre una ventisca de piedras, ladrillos, tablones, botellas e incluso monedas. Newt había logrado encender el motor y circulaba marcha atrás por la calle produciendo un aullido de neumáticos torturados. Tres jóvenes echaron a correr tras él, gritando, saltando y golpeando las ventanillas con bates de béisbol y barras de acero. Le destrozaron las ventanillas laterales y le astillaron el parabrisas. Pero, como fuera, Newt logró dar la vuelta con un golpe del freno de mano y salió a toda velocidad en dirección norte, dando alocados bandazos de lado a lado con la parte trasera del coche.

El sargento Riordan consiguió abrir de un violento tirón la puerta de atrás de su coche patrulla y empujó bruscamente a Ralph al interior.

– Pisa el acelerador, O'Hara -ordenó-. Estamos metidos en un buen lío.

Estaba abriendo su propia puerta cuando Ralph notó que se tambaleaba pesadamente contra el costado del coche. La sangre resbaló por la ventanilla de Ralph como si hubieran tirado un cubo del matadero.

– ¡Sargento! -aulló O'Hara como una mujer asustada.

– ¡Marcha atrás! -le chilló Ralph.

– ¿Qué? -le preguntó O'Hara con la cara pálida. Medio ladrillo rebotó en el techo del coche patrulla.

– ¡Da marcha atrás, por amor de Dios!

O'Hara forzó las revoluciones del motor hasta que éste pareció chillar, y luego hizo ir el coche marcha atrás calle arriba.

– ¡Ahora para! -le ordenó Ralph.

O'Hara pisó los frenos con violencia. Ralph abrió la puerta de una patada y volvió corriendo entre la ventisca de escombros hacia donde se encontraba el sargento Riordan, que yacía de espaldas y con las manos hacia arriba como un cachorro suplicante mientras las piernas se le movían convulsivamente. Tenía la cara barnizada de sangre color púrpura oscuro. Cuando Ralph se arrodilló a su lado, vio de inmediato que le habían volado la tapa del cráneo.

El sargento Riordan lo miró con impotencia. Lo más probable era que no se diera cuenta de quién era ni de qué pasaba. Ralph había visto aquella escena demasiadas veces, demasiada sangre, demasiada impotencia, y no le cabía la menor duda de que el sargento Riordan iba a morir.

La multitud se removió y se arremolinó alrededor de Ralph, chillándole, insultándole y vociferando.

– ¡Muerte al cabrón! ¡Muerte al cerdo!

Ralph se incorporó poco a poco y, sin decir nada, levantó el arma del 44 con la mano derecha. Hubo unos momentos en que se sintió fuerte, tenso y decidido, con toda la viril amenaza de un auténtico Hemingway.

La multitud retrocedió un poco, pero Ralph sabía que no podría mentenerlos a distancia por mucho tiempo. Se encontró moviendo la mirada de un rostro a otro; en su mayoría eran hombres jóvenes, pero también había mujeres y niños. Sintió una creciente sensación de horror e incredulidad ante el odio que desfiguraba aquellos rostros. ¿Cómo podían odiar tanto a alguien, especialmente a un hombre que ni siquiera conocían?

Un ladrillo vino dando vueltas por el aire y le dio a Ralph en el hombro, haciéndole perder el equilibrio. En medio de un aullido, la multitud comenzó a avanzar hacia él. Ralph niveló la pistola con ambas manos y gritó:

– ¡Alto!

Pero ellos continuaron avanzando. Por segunda vez gritó:

– ¡Alto!

Pero ellos seguían avanzando, y un joven que llevaba una gorra roja de béisbol se le acercó danzando, con el pecho desnudo y una especie de collar de cuentas y plumas alrededor del cuello, y comenzó a azotarle el brazo con una antena de radio.

Ralph se dio la vuelta y le disparó. El ruido fue ensordecedor. El joven pareció bailar unos instantes, luego resbaló y cayó al suelo, mirando todavía con sorpresa a Ralph. Tenía un agujero en el pecho mayor que una pelota de béisbol, y por él salía disparado un chorro de sangre arterial. La multitud lanzaba aullidos -auténticos aullidos agudos-, con un sonido que hubiera podido cortar una luna de vidrio. Ralph retrocedió, impresionado por el griterío e impresionado también por lo que había hecho. Podía haber sido Hemingway, podía haber sido el más arrojado, el más duro, el inspector con más pelotas de toda la Brigada de Narcóticos; podía haber visto sangre, tripas y putas hechas lonchas con hojas de afeitar; pero, en realidad, a los cuarenta y tres años, era la primera vez que mataba a un hombre cara a cara, la primera vez que le disparaba deliberadamente, porque sí, y se sentía horrorizado, atónito y también excitado; la adrenalina le subía por todas partes tan aprisa que le daba la impresión de que podría dar un salto de siete metros hacia atrás.

Pero la multitud se abalanzó hacia él; blandían bates y tiraban ladrillos, y un codo de tubería oxidado le dio en la frente y casi lo dejó sin sentido. Disparó al aire dos veces, pero la multitud no hizo caso, así que volvió a disparar y entonces una chica cayó de bruces. Disparó de nuevo y cayó otro joven.

La multitud no se detuvo. Los disparos no los disuadieron, sino que sólo sirvieron para enfurecerlos aún más. Cada disparo les proporcionaba otro mártir. Cada disparo añadía otra credencial a su causa.

– ¡Muerte a los cerdos!

Ralph pensó que iban a descuartizarlo. Pero entonces, en alguna parte de su subconsciente oyó el profundo sonido de una escopeta de repetición cargada con perdigones, y luego lo oyó otra vez.

Nunca se había imaginado cómo debía de ser ver a personas tiroteadas. Pero los pedazos salían arrancados de ellas, los músculos enteros aleteaban en el aire, los rostros hacían explosión convirtiéndose en puré de frambuesa.

Luego llegó un coche patrulla y se detuvo a su lado. Se abrió la puerta y John Minatello le gritó:

– ¡Ralph! ¡Por el amor de Dios, Ralph!

Ralph disparó una vez más, intencionadamente alto, y luego se desplomó de espaldas dentro del coche patrulla. O'Hara pisó el acelerador, torció el volante y el coche fue a chocar contra el Elektra de Jambo. Dio marcha atrás, y todos pudieron notar el suave y pesado tirón que se produjo al dar contra algunas personas. Luego, la multitud se puso a golpear el techo con martillos y pedazos de cemento, y las ventanillas laterales se combaron hacia dentro. John Minatello le chilló a O'Hara:

– ¡Sácanos de aquí de una puñetera vez!

Hubo un instante en que estuvo convencido de que todos iban a morir y gritó:

– ¡María, madre de Dios, perdóname!

El extremo de un tubo de andamio entró por el lado derecho del parabrisas y se clavó en el asiento situado al lado del conductor. Si el sargento Riordan hubiese estado allí sentado, lo habría atravesado. Entonces, el coche patrulla rebotó, patinó hacia adelante y fue a chocar contra los coches estacionados, los escombros y los ladrillos. De pronto hicieron una finta hacia la derecha y enfilaron el final de la calle en dirección norte.

Ralph iba sentado en la parte de atrás del coche patrulla; estaba bajo los efectos de la conmoción y se sentía totalmente ausente. Oyó las sirenas de los coches de policía y de los camiones de bomberos que pasaban junto a ellos a toda velocidad; oyó el clamor de los helicópteros en el cielo. Pero no tardaron mucho en llegar a calles en las que reinaba la normalidad, donde gente normal paseaba e iba de compras, y donde había muchachos patinando en monopatines. Y de pronto, aquélla era una mañana corriente de verano en las afueras del sur de Boston.

La pistola del 44 descansaba sobre el regazo de Ralph; ya no estaba caliente, pero olía con fuerza a pólvora quemada. John Minatello lo miró fugazmente en un par de ocasiones, pero no hizo nada por quitársela. Ralph no decía nada, se limitaba a mirar los árboles, los edificios y el tráfico que discurría junto a ellos, todo ello visto a través del filtro rojo y gelatinoso de la sangre del sargento Riordan.

Matthew Monyatta estaba hablando con una joven madre soltera sobre los derechos de los inquilinos cuando la puerta del despacho se abrió violentamente.

– ¡Espere un momento, estoy ocupado! -dijo en voz alta levantando una mano.

Pero el inesperado visitante no se desanimó. Golpeó repetidamente con los nudillos sobre la puerta abierta y dijo:

– Siento interrumpirte así, Matthew. Pero…

Y se quedó esperando con cara anhelante a que Matthew le preguntase qué quería.

– Debe de ser importante, ¿verdad? -le preguntó Matthew.

– En efecto, es importante -asintió el visitante-. En realidad, es crítico.

– ¿Cuánto tiempo nos ocupará? -quiso saber Matthew.

El visitante hizo un gesto de ignorancia.

– Me temo que todo el que sea necesario.

Matthew se volvió hacia la joven de inolvidable rostro etíope en forma de almendra, enormes pendientes de oro y vestido de satén rojo y le dijo:

– Elizabeth… lo siento, pero voy a tener que pedirte que me dispenses durante un rato. No te preocupes… no van a echarte a la calle. No voy a permitir que eso ocurra. Tienes derecho a quedarte donde estás; y tienes derecho a que no te acosen. Así que no te preocupes. El Señor está de tu parte; la ley está de tu parte, y yo también.

La joven le cogió la mano y se la apretó. Daba la impresión de que estuviera totalmente dispuesta a arrodillarse y besarle los pies a Matthew. Luego se levantó de la silla y, sin dirigirle ni siquiera una mirada al visitante, salió de la habitación en medio de un roce de faldas sedosas.

El visitante entró y cerró la puerta con firmeza tras él. Era un hombre blanco de anchas espaldas; tenía la cara enrojecida y el pelo rubio muy tieso, y unos ojos saltones que miraban demasiado abiertos, como si estuviera un poco desquiciado. Tenía la complexión de un armario pasado de moda. Llevaba una americana deportiva de llamativos cuadros en colores mostaza y azul, y una camisa de color salmón hervido que resultaba casi del mismo color que su cara.

– ¿Te has enterado de la noticia? -le preguntó bruscamente a Matthew.

– Claro que me he enterado -repuso éste al tiempo que se recostaba en el sillón, lo que hizo que los muelles chirriaran. Era un hombre negro con la cabeza como un león, de cincuenta y cinco años, atractivo ahora que era mayor, porque los ojos se le habían hundido ligeramente, los pómulos se le habían vuelto más pronunciados y la mandíbula había adquirido cierta finura bíblica. Tenía el cabello espeso y muy blanco. Llevaba puesta una amplia chilaba de color avena, una de esas túnicas con capucha propias del norte de África, lo que no sólo le confería el aspecto de un profeta o de un místico, sino que además servía para disimular su considerable volumen. Lucía tres gruesos anillos de oro en cada mano.

El visitante se sentó. Ya había estado antes en aquel despacho, de manera que no le produjeron el menor interés las reproducciones que colgaban de las paredes pintadas de beige: dunas de arena, pirámides y extraños y estilizados rostros africanos de ojos oblicuos. Matthew Monyatta era el fundador, el presidente y el principal gurú del Grupo de Concienciación Negra Olduvai de Boston. Había sido uno de los protegidos de Malcolm X en los días de los Musulmanes Negros, pero después de la muerte a tiros de su esposa e hijos, en 1973, en una sangrienta batalla entre facciones políticas negras, se había vuelto mucho menos fanático, había empezado a mostrar más interés por la reconciliación racial y, al mismo tiempo, intentaba demostrar que la civilización negra era tan antigua y de raíces tan profundas como la blanca.

De ahí el nombre de Olduvai, como el cañón de Tanzania donde se habían descubierto algunos de los más antiguos fósiles de Homo erectus.

– Ahí abajo está teniendo lugar una guerra a gran escala -comenzó a decir el visitante.

– ¿Y te sorprende, señor teniente de alcalde? -le preguntó Matthew-. Un agente de policía blanco disparó y mató al hijo de tres meses de uno de los grandes héroes del gueto. Otros cuatro hermanos negros murieron también, así como una hermana negra. Fue una masacre, justo en el umbral de nuestra puerta. Y ésto, supuestamente, formaba parte de un operativo para capturar a una banda de narcotraficantes dirigida por blancos acaudalados y pertenecientes a la Ivy League, que en su vida se han dignado pasar en coche por la calle Seaver, aunque fuese con las ventanillas cerradas y con el aire acondicionado encendido para «purificar» el ambiente.

Kenneth Flynn apretó los labios tensamente y miró a otra parte. Nunca le había caído bien Matthew Monyatta y sabía que nunca sentiría simpatía por él. No es que tuviera prejuicios raciales; uno de sus más íntimos amigos de la facultad era negro y ahora iba a presentarse para tesorero del Estado. Lo que pasaba era que, sencillamente, a Kenneth no le gustaba lo étnico, y punto. La etnia irlandesa era exactamente igual de mala que la africana: ambas mezclaban unos horribles cacharros de cerámica hechos a mano y algunas canciones monótonas con un montón de jóvenes imbéciles y aficionados a cantar que calzaban sandalias.

Mientras tanto, allá en la calle Seaver, había bloques de apartamentos en llamas, se saqueban los mercados y se había organizado una revuelta por toda la ciudad.

– He hablado con el alcalde, y me ha pedido que venga a verte -dijo Kenneth.

– Claro que sí -convino Matthew-. Te ha enviado a verme porque a ti se te da bien convencer a la gente para que haga las cosas que no quiere hacer. Y desea que yo me llegue a la calle Seaver y les diga a todos mis congéneres negros que detengan ya los disturbios, que dejen de saquear los comercios y que empiecen a actuar de forma pacífica, porque sabe que eso, precisamente, es lo que a mí se me da bien. Sin embargo, hay ocasiones en que me pregunto qué diantres es lo que se le da bien a él.

– Delegar -le aclaró Kenneth-. Delegar en otros es lo que se le da mejor.

Matthew alzó la vista fugazmente, le dirigió a Kenneth una irónica sonrisa y asintió con la cabeza.

– Esta vez, señor teniente de alcalde, no estoy muy seguro de querer ir. Es asunto de la policía. Esa encerrona nunca debió tenderse, nunca en la calle Seaver, aun suponiendo que hubiera salido bien. Si voy allí, levanto las manos y les digo: pueblo, dejad ya de alborotar, dejad de saquear, dejad ya la furia, los cerdos no lo hicieron adrede… ¿En qué me convierte a mí eso? ¿En una especie de Tío Tom? ¿En un traidor a mi raza? ¿O sencillamente en un cerdo honorario? Puede que yo no vea las cosas exactamente igual que Fly Latomba, pero sufro por el bebé de Fly Latomba que ha muerto a tiros exactamente igual que sufren todos los de la calle Seaver, y sufro por todas esas otras vidas que se apagaron esta mañana; y por los que han sufrido; y por Boston también.

Kenneth se pasó un dedo por el interior del cuello de la camisa e hizo una mueca.

– No me hace falta tanta retórica, Matthew, de veras. A menos que hables con esa gente, vamos a ver un gran derramamiento de sangre. La ciudad va a arder, Matthew, y tú eres la única persona que puede apagar las llamas.

Matthew liberó el sillón de su voluminoso peso de ciento veinte quilogramos, y el sillón se meció y chirrió dos o tres veces, como aliviado. El hombre negro dio la vuelta al escritorio y se detuvo delante de Kenneth; parecía el monte Monyatta, y le tapaba a su visitante el sol que entraba por la ventana. Llevaba alrededor del cuello seis o siete vueltas de cuentas africanas, discos de bronce y amuletos hechos con pelo de cabra, alambre de cobre y vidrio.

– «¿Puedes levantar la voz hacia las nubes -citó- para que el agua abundante te cubra? ¿Puedes enviar por delante luces que vayan y te digan "aquí estamos"? ¿Conoces las ordenanzas de los cielos, o fijas su autoridad sobre la tierra?»

Kenneth levantó la vista lentamente hasta que estuvo mirando a Matthew directamente a la cara.

– «He oído de Vos por medio del oído -citó a su vez-. Pero ahora mi ojo Os ve.»

Matthew se quedó mirándolo durante un buen rato. Luego alargó la mano sobre el escritorio, cogió el teléfono portátil y lo dejó caer en el espacioso bolsillo de la túnica, junto con la cartera y las llaves del coche.

– Eres un hombre muy listo, señor teniente de alcalde -le dijo-. Será mejor que me lleves allá abajo, al infierno.

SEIS

Al salir del coche, Michael vio el humo que se elevaba desde el distrito de Roxbury; permaneció de pie un rato en el aparcamiento contemplándolo y escuchando el distante y apagado ulular de sirenas. Algunos helicópteros revoloteaban en el cielo; describían círculos sobre la Combat Zone, en una especie de danza aérea, y luego se alejaban de nuevo.

Era un día húmedo, no soplaba la brisa y el aire tenía cierto sabor a cobre, como las monedas de penique. El informe meteorológico de aquella mañana había previsto tormentas eléctricas y copiosas lluvias.

Michael cerró el coche y atravesó el aparcamiento hacia la entrada del Hospital Central de Boston haciendo tintinear las llaves. Había llegado en coche desde New Seabury la tarde anterior y había pasado la noche en el sofá de Joe Garboden. Aquella mañana se había presentado en la compañía Plymouth Insurance con un tenue dolor de cabeza producido por la alta presión atmosférica, aunque ayudado e instigado por la botella de whisky que habían apurado entre Joe y él para celebrar el regreso de Michael. Ya le habían dado la bienvenida oficial por su vuelta a Plymouth Insurance, y le habían entregado una carpeta de anillas marrón donde se leía: «O'BRIEN.»

Había estado leyendo la mayor parte del expediente mientras se comía a solas una hamburguesa con queso y se bebía una cerveza en el Clarke's Saloon, enfrente de Faneuil Hall. Había querido estudiar detenidamente todos los antecedentes antes de encontrarse cara a cara con Kevin Murray y Arthur Rolbein, los dos investigadores que habían estado representando los intereses de Plymouth Insurance hasta aquel momento.

Era consciente de que, probablemente, les sentaría mal que lo hubieran metido a él en aquello; Kevin Murray había hecho todo lo que había podido, pero la policía y el forense le habían proporcionado solamente una información superficial, y el portavoz de la Administración Federal de Aviación había respondido invariablemente a todas sus preguntas con un «a partir de este punto, no estamos en situación de hacer especulaciones».

En el expediente había una anotación interesante de Arthur Rolbein. Había hablado con el propietario del yate que se había acercado remando hasta la costa en un bote neumático después de ver cómo se estrellaba el helicóptero de John O'Brien en la playa Nantasket. Era un director de publicidad de Nueva York llamado Neal Masky, y poseía una pequeña casa de veraneo en Cohasset.

«Masky: Después de que el helicóptero se estrelló en la playa, todo quedó sumido en un silencio increíble durante un buen rato. No sé, por lo menos tres o cuatro minutos. Cambié el rumbo y fue entonces cuando vi una camioneta negra o azul oscuro aparcada no demasiado lejos de los restos del helicóptero. No sabía cómo había podido llegar hasta allí… yo no la había visto acercarse después del choque, aunque es posible que no la viera porque estaba muy ocupado virando contra el viento, y el helicóptero me obstruía la visión. De todos modos, yo estaba tan preocupado por la gente del helicóptero que después del accidente seguí mirando todo el rato hacia allí para ver si se veían señales de vida, y estoy seguro de que me habría dado cuenta si entonces se hubiera acercado una camioneta. No comprendo cómo pudo pasarme inadvertida. Yo me imagino que ya se encontraba allí estacionada… ya sabe, desde antes de que el helicóptero se estrellase.

»Rolbein: Dice usted que vio a alguien rondando entre los restos. Alguien que llevaba un abrigo negro.

«Masky: Eso es. No podría darles a ustedes ningún tipo de detalles, se trataba de un abrigo muy abultado. Bueno… no estoy del todo seguro de que abultado sea la palabra apropiada. Puede que voluminoso.

«Rolbein: ¿Qué estaba haciendo esa persona, qué alcanzó usted a distinguir?

«Masky: Aquella persona llevaba cierto tipo de maquinaria, un tipo de herramienta cortante, como la que utilizan los bomberos en los accidentes de tráfico. Entonces oí que el generador se ponía en marcha, y vi a aquel individuo levantar las cizallas como una especie de pinzas de cangrejo metálicas.

«Rolbein: Las mandíbulas de la vida.»

Masky: ¿Es así como las llaman? No lo sabía. A mí me parecieron unas pinzas de cangrejo.

«Rolbein: Entonces, ¿vio usted a esa persona sacar algo de los restos del helicóptero? ¿Estoy en lo cierto?

»Masky: Cierto, así es. No puedo aventurarme a suponer qué era. Grité, pero yo todavía estaba demasiado lejos para que me oyera. Empecé a remar más rápido, pero, naturalmente, cuando uno rema en un bote neumático lo hace de espaldas a la dirección en que viaja, y lo siguiente que noté fue el enorme ruido de una explosión. Después sentí una ráfaga de calor en la nuca, y vi que aquel puñetero helicóptero se había incendiado de punta a punta.

«Rolbein: ¿Y no vio hacia dónde fue la camioneta?

»Masky: Sólo había un camino por donde pudo haberse ido, de vuelta a lo largo de Sagamore Head y luego hacia el norte o el sur por la carretera de Nantasket. Si se va hacia el norte, uno se dirige hacia Hull y hacia la playa Stoney, y luego ya no se puede continuar más, a no ser que se coja el ferry de pasajeros.

«Rolbein: Pero, ¿usted no la vio marcharse?

«Masky: No, señor. No la vi.»

Debajo de la transcripción, Rolbein había escrito con bolígrafo unas observaciones para sí mismo: «Cabe la posibilidad de que la camioneta estuviera aparcada en Sagamore Head simplemente por casualidad, y que el conductor se aprovechase del accidente para saquear los restos. Pero el conductor de la camioneta cargaba con lo que al parecer era una herramienta profesional para cortar metales, una Holmatro o similar, un hecho que los informes que la policía ha proporcionado a la prensa han olvidado mencionar. (¿Por qué?) El conductor utilizó esa herramienta para facilitar el acceso a lo que quiera que fuese lo que quería. Esa persona, por lo tanto, estaba muy bien preparada para lo que debe ser considerado con muchas reservas como un accidente. Según nuestros ordenadores, si alguien se detuviera en un punto cualquiera, elegido al azar, de la línea de la costa de Massachusetts con la esperanza de que por allí cerca ocurriese un accidente de helicóptero, las probabilidades de que ello fuera así serían de 87 234 000 a 1, y la persona en cuestión podría estar allí plantada 239 000 años sin conseguirlo. De modo que podemos suponer que el conductor de la camioneta debía de saber previamente que el helicóptero de O'Brien iba a estrellarse allí. ¿Cómo es posible que lo supiera? Cabe la posibilidad de que lo hicieran estrellarse allí a propósito. ¿Con un misil, algo que hasta ahora no se ha hecho público o no se ha detectado? ¿Con un rifle o con un arma de fuego antiaéreo? (En ese caso, no habría logrado hacerlo con tanta puntería… tan sólo un error de pocos metros y el helicóptero habría ido a caer directamente al mar.) Por medio de un piloto suicida? Nota: comprobar el historial médico personal del piloto… y dudar del informe del forense. Puede que sufriese una enfermedad en fase terminal y quisiera que su familia se beneficiase del seguro de accidentes. Recuérdese el caso de las Líneas Aéreas Pan American contra Roddick.»

Michael había estado hojeando el resto de la carpeta, pero las observaciones de Rolbein eran, con mucho, los pensamientos más ocurrentes de todo el expediente. Había llamado por teléfono a Rolbein y le había dejado un mensaje en el contestador automático pidiéndole una cita en los próximos días. Entretanto fue a visitar el Hospital Central de Boston para entrevistarse con el doctor Raymond Moorpath, quien había llevado a cabo el examen médico de las víctimas del accidente de helicóptero de O'Brien a requerimiento especial del jefe de policía de Boston, Homer T. Hudson.

En otro tiempo, el Hospital Central de Boston había sido un hospital metropolitano sucio y descuidado, lleno de yonquis con la cabeza gacha que pululaban por los pasillos, sangre en los retretes y alcohólicos gritando en todos los pisos. Había cerrado en 1981 por falta de fondos, pero seis años después había ido a caer bajo el control de un poderoso consorcio de financieros, promotores inmobiliarios y médicos acaudalados. Se restauró y volvió a recuperar aquella grandeza gótica de ladrillos rojos. Todas las habitaciones eran de lujo. Para aquellos que podían permitirse pagar, o para quienes poseían pólizas de seguros médicos, el Hospital Central ofrecía tratamientos de vanguardia para enfermedades cardiovasculares, complicaciones diabéticas, cáncer, sida y trasplantes. En el Hospital Central de Boston se podía recibir fotoféresis para combatir ciertas enfermedades, o terapia de neutrones para desintegrar tumores cerebrales, o la implantación de un catéter para regular por frecuencia de radio los latidos irregulares del corazón.

El Hospital Central se había convertido en el templo dorado de la medicina moderna, y el doctor Raymond Moorpath era uno de sus más excelsos sacerdotes.

Michael tuvo que esperar en el vestíbulo de la planta baja durante casi quince minutos; se entretuvo paseando por el brillante suelo de mosaico; luego examinó los retratos al óleo de eminentes médicos de Boston que había colgados de las paredes, y finalmente se sentó en un enorme sofá de cuero tostado y se puso a hojear folletos sobre liposucción que ofrecían «un modelado de cuerpo para que usted sea más deseable… eliminamos las "cartucheras" de los muslos, el abdomen "protuberante”, las “asas del amor", la doble papada y agrandamos el pecho de los varones.

La recepcionista, una muchacha morena con ojos de resplandeciente color violeta a la luz de la lámpara que había sobre su mesa, y que iba ataviada con una pequeña cofia que imitaba las que suelen llevar las enfermeras, se inclinó de pronto hacia adelante y le dijo:

– ¿Señor Rearden? El doctor Moorpath lo recibirá ahora. Octavo piso, puerta 8202.

El suelo del hospital estaba cubierto con una mullida moqueta y olía como los hoteles más que como los hospitales. De las paredes colgaban cuadros abstractos, enrevesados y vacilantes que daban la impresión de haber sido pintados por neuróticos y adquiridos por filisteos. Michael pasó junto a un hombre de pelo blanco que estaba en una silla de ruedas. El hombre le dirigió una mirada llena de furia y le preguntó con voz exigente:

– ¿Es usted Lloyd Bridges?

Encontró al doctor Moorpath jugando al golf en un enorme despacho de techo alto que hacía esquina. La vista a través de las ventanas era borrosa, pero Michael consiguió distinguir a tan sólo unos quilómetros de distancia el terrible resplandor naranja del fuego, un humo marrón que se levantaba densa y perezosamente en el aire, y helicópteros que revoloteaban como libélulas. Nada de aquello parecía perturbar al doctor Moorpath, si es que se había percatado de ello. A Michael le dio la impresión de que aquello al médico le producía, hasta cierto punto, un malicioso gozo. Cualquier cosa que los pobres y los desamparados hicieran para hundirse más en la miseria sólo servía para poner en evidencia aún más su estupidez. Ésa era la opinión del doctor Moorpath.

– Nadie ha tenido nunca en cuenta que quizás disfruten realmente sintiéndose desvalidos. Eso les proporciona cierta sensación de importancia.

El despacho estaba amueblado en un estilo que se suponía que reflejaba la grandeza y solidez de una casa de campo inglesa, con paredes cubiertas de paneles de roble, una imponente chimenea de piedra y un escritorio con el sobre de piel, que era casi lo bastante grande como para albergar a una de aquellas familias pobres y desamparadas de las que siempre estaba quejándose el doctor Moorpath. En la pared de enfrente había un vasto cuadro al óleo de la caza del zorro en Inglaterra, una llamarada de chaquetas rojas, brillantes sombreros y botas, lustrosas.

El doctor Moorpath era un hombre gigantesco, el tipo de hombre capaz de llenar un ascensor él solo. Tenía el rostro grande, y las cejas negras y muy pobladas; llevaba el brillante pelo negro, del mismo color que los cuervos, solemnemente peinado hacia atrás desde la frente. La negrura del cabello era tan intensa que hacía sospechar que era teñido: una vanidad tan cruda y evidente que chocaba de lleno con su compleja personalidad, y que Michael nunca había sido capaz de comprender. El doctor Moorpath iba enfundado en una cara chaqueta de punto marrón de cuello grande, llevaba pantalones de pana muy holgados y unas sandalias de monje con calcetines verde oscuro.

El doctor Moorpath se había licenciado en la Facultad de Medicina de Harvard con matrícula de honor en patología, y durante dos décadas había sido uno de los médicos forenses más dedicados a su trabajo de todo el Estado. Había escrito el libro definitivo sobre entomología forense, en el que explicaba con precisión cómo se podía averiguar la fecha y hora de la muerte por el desarrollo de las moscas de la carne en el interior del cadáver. El ciclo vital de los sarcophaga carnara en el establecimiento de la hora de defunción, más conocido por los estudiantes de medicina como Las moscas de Moorpath.

Pero la feroz política interna que existía en la oficina del forense le había impedido el ascenso repetidamente; doce años atrás, enfadado y frustrado, había decidido aceptar una oferta de Brigham & Women's para pasar a formar parte de su departamento de Patología; y cuando se inauguró el Hospital Central de Boston, había tomado posesión en él como jefe de patología. Se había hecho rico y respetado, se había ganado la aversión total de algunos y hablaba mucho y más fuerte que nunca.

– ¡Michael! -exclamó con una voz que retumbó por toda la habitación-. ¡Qué maravillosa sorpresa! ¡Debe de hacer por lo menos cinco años!

– Casi -dijo Michael. Estrechó la enorme mano del doctor Moorpath y, como siempre había ocurrido, aquellos dedos del tamaño de un plátano le hicieron sentirse como un niño.

– Había oído decir que lo habías dejado -le comentó el doctor Moorpath, como si dejar el trabajo fuese algo de tan mal gusto como orinar en público.

Bueno, sí, en cierto modo -repuso Michael al tiempo que echaba un vistazo por la habitación-. He tenido algunos problemas con los nervios.

– También he oído decirlo, sí. Supongo que hay siques que son capaces de soportar la tensión y otras que no. La muerte no resulta atractiva ni siquiera en el mejor de los casos, ¿no es así? En estos momentos estoy llevando a cabo un trabajo muy interesante sobre la gangrena, sobre todo me ocupo de la gangrena producida por aplastamiento o causada por quemaduras. Fascinante… pero nada atractivo.

– Menudo despacho tiene usted aquí -comentó Michael

– Vaya, gracias. Me gusta pensar que le confiere cierta dignidad a una profesión que carece notoriamente de ella. Las proporciones son ligeramente diferentes y el techo algo más bajo pero aparte de eso, es una réplica casi exacta del salón principal de Foxley Hall, en Huntingdonshire, Inglaterra. A excepción, claro está, del equipo de alta tecnología.

Se acercó a un magnífico aparador de estilo jacobino, lo abrió y se convirtió en un escritorio. Dentro había tres teléfonos, un ordenador de sobremesa y un fax.

– Y mira esto -dijo riendo. Abrió un estrecho armario de roble que había al lado y dejó a la vista un lector interactivo de discos compactos-. Me gusta el golf interactivo… y puedo practicarlo entre un caso y otro.

– Estoy impresionado -observó Michael.

El doctor Moorpath cerró las puertas y le preguntó:

– ¿Quieres algo de beber? Tengo un jerez seco muy bueno. También hay whisky escocés. O cerveza, si lo prefieres. ¿Has probado la cerveza de Tailandia? Es muy buena. Te tomas seis botellas y entiendes el tailandés sin necesidad de ningún aprendizaje. «No te dejes deslumbrar por el honor», es un buen proverbio tailandés antiguo.

– En estos momentos intento mantener la cabeza clara -respondió Michael.

– Bien… probablemente sea una sabia decisión -convino el doctor Moorpath. De todos modos, él se sirvió una buena dosis de whisky y se la acercó a la nariz durante unos instantes, como si fuera una máscara de oxígeno, para respirar los vahos. Luego dijo-: Ahhh… no hay nada como esto.

– Estará preguntándose por qué quería verlo -empezó a decir Michael.

– Mi secretaría me ha explicado que se trata de repasar algunos de mis viejos casos. ¿Estás escribiendo tus memorias? ¿O reviviendo tus pesadillas? ¿Qué casos concretos tienes en mente?

Ninguno, me temo. No le dije la verdad del todo.

El doctor Moorpath instaló su enorme trasero en el brazo del sofá.

– Sin embargo, hemos trabajado en algunos verdaderamente buenos, ¿no es cierto? ¿Cuál fue el último? Aquel accidente de motora en aguas de la isla Spectacle, ¿no? El de la encantadora señora de Deerhart III, que era lo bastante rica como para comprarse cualquier cosa excepto sus pies amputados.

– Michael sonrió tristemente y asintió.

Consiguió más de siete millones de dólares, cosa que casi compensaba los pies. Y ahora puede bailar muy bien.

Bien, mejor para ella -dijo el doctor Moorpath-. Eso es más de lo que yo puedo hacer. Mi cuarta esposa dice que bailo como Godzilla. Tú no conoces a Jane, ¿verdad? Nos casamos en abril en Santa Cruz Huatullo. Una chica preciosa… lista, joven, y brillante anfitriona. Quedó finalista para el Playmate del mes.

Se quedó pensando durante unos instantes y luego carraspeó ruidosamente-. A mí no me habría importado que lo hiciera, quiero decir lo del Playmate del mes, no me malinterpretes, pero me alegro de que al final no lo hiciera.

– La verdadera razón por la que estoy aquí -comenzó a explicarle Michael- es porque Plymouth Insurance me ha contratado para que investigue el accidente de John O'Brien. -El doctor Moorpath se tapó los ojos con la mano derecha. Permaneció así durante casi un minuto, sin decir nada, pero cuando retiró la mano, miró a Michael fijamente y con profunda revulsión y desconfianza, como si éste acabara de denunciarle al departamento de Bienestar Social por abusar de sus hijas. Michael, esforzándose por mantener el ritmo de la respiración dentro de los límites de la normalidad, continuó hablando-: Me gustaría hacerle un par de preguntas, si me lo permite.

El doctor Moorpath empezó a mostrarse hostil.

– Ya he hablado con alguien de la Plymouth. ¿Cómo se llamaba? Ballpen, o algo así.

– Rolbein -le corrigió Michael-. Estupendo, sí. Rolbein inforrnó de que usted se había mostrado dispuesto a cooperar, Pero sólo hasta cierto punto. El problema fue que usted no estaba dispuesto a llegar muy lejos. Ha retenido muchísima información importante. Como, por ejemplo, el informe preliminar de la autopsia, o algunas copias de los certificados de defunción, o cuántos individuos murieron en ese accidente, y si había alguna diferencia entre el número de cadáveres que fueron hallados en el siniestro y el número de personas que habían subido a bordo del helicóptero en casa del señor O'Brien. Es decir, que estamos hablando de una reclamación de seguro muy sustanciosa, Raymond, un auténtico quebradero de cabeza, y necesitamos esa información.

– ¿Por qué crees que el jefe de policía me pidió a mí que me ocupara de la autopsia? -le preguntó Moorpath-. Y con ello quiero decir que me lo pidió personalmente.

Se llevó una mano a la oreja con el pulgar y el meñique extendidos, imitando una llamada telefónica.

– Confío en que se lo pidiera por discreción -repuso Michael-. Si hubieran llevado esos cuerpos al depósito municipal, el Globe habría sacado fotografías en portada de los cadáveres en sus respectivas camillas. «La familia O'Brien unida en la muerte», habría sido el titular. O algo así.

– Exacto -dijo el doctor Moorpath-. Me envió a mí aquellos restos porque los cuerpos de la familia de John O'Brien no son carroña, no son sólo carne de la calle. John O'Brien era juez del Tribunal Supremo, y el padre de John O'Brien fue amigo de mi padre; y toda esta tragedia exige cierta dosis de intimidad, y dignidad, y comedimiento, y hay que evitar todo tipo de comentario apresurado hecho a tontas y a locas.

– Algunas personas piensan que sólo se insiste en salvaguardar la intimidad cuando se tiene algo que ocultar.

El doctor Moorpath se quedó pensando durante unos instantes y luego dejó escapar un gruñido, una especia de zumbido hecho con la laringe. Michael advirtió que el médico se había irritado profundamente. Pero resultaba muy difícil resistir la tentación de irritarlo aún más. El doctor Moorpath nunca había mirado con buenos ojos a los tontos ni a los disidentes; y nunca había podido contener la rabia cuando alguien ponía en tela de juicio alguno de sus diagnósticos clínicos. Pero Michael se había dado cuenta en seguida de que cuanto más se enfadaba el doctor Moorpath, menos seguro estaba del terreno que pisaba; y aquel arrebato de furia era precisamente la señal para no retroceder, sino para insistir más y continuar profundizando.

– ¿Ha terminado el examen preliminar? -le preguntó.

– Cuando lo haya hecho, lo haré llegar por los conductos apropiados.

– Entonces, ¿no lo ha terminado todavía?

– No he dicho eso.

– Entonces, ¿lo ha terminado?

– Tampoco he dicho eso.

– Raymond… por el amor de Dios. Usted tiene un trabajo que hacer y yo tengo otro. Ese hombre está muerto; toda su familia está muerta. ¿A quién va a hacerle daño?

El doctor Moorpath le lanzó una de aquellas fulgurantes miradas suyas.

– En realidad, tú no lo entenderías.

– Póngame usted a prueba, Raymond. Mis jefes se enfrentan a la perspectiva de tener que pagar millones y millones y millones de dólares, lo que significa que tendrán muchísimo menos interés en invertir dinero en beneficio de otros clientes, y mucho menos dinero aún para comprarse Maseratis y jacuzzis fabricados con baldosas de mármol. Van a coger un buen cabreo, y yo también voy a cogerlo, porque ellos no van a estar seriamente cabreados con usted, estarán seriamente cabreados conmigo.

El doctor Moorpath dio un trago de whisky y se estremeció ligeramente, como si alguien hubiese pasado junto a su tumba, se hubiera detenido allí y hubiese sonreído.

– No has cambiado, ¿verdad? -le preguntó a Michael con una sonrisa exenta de humor.

– Déjeme ver el informe -le pidió Michael, aunque en realidad no deseaba verlo. No hacía más que pensar en cuerpos carbonizados y encogidos. Muecas como la sonrisa de una máscara, dientes descubiertos por el fuego.

El doctor Moorpath negó con la cabeza.

– Realmente no lo comprenderías, Michael. Cuando un hombre como John O'Brien resulta muerto repentinamente… bueno, el hecho tiene repercusiones políticas, legales, financieras… No se trata de cualquier familia de domingueros que vuelve a casa en su furgoneta por la autopista, o de un borracho cualquiera que muere en un callejón. Es un tema muy delicado. Un tema que hay que tratar a muchos niveles diferentes.

– Eso lo entiendo -dijo Michael-. Pero Plymouth Insurance tiene tanto interés en John O'Brien como cualquiera. O quizás más.

El doctor Moorpath se encogió de hombros. Se comportaba como si estuviera ligeramente borracho, y resultaba evidente que no se sentía útil. Michael permaneció sentado mirándolo y pensó: «Hay que ver cómo son las personas abnegadas cuando caen. No hay nadie más resentido, testarudo y encerrado en sí mismo que un idealista que ha abandonado sus ideales.»

Pasaron algunos minutos. Por la ventana se veía el humo que seguía subiendo hacia el cielo de verano. Parecía un montón de coliflores sucias. El doctor Moorpath se terminó el whisky y ni siquiera se tomó la molestia de hablar. Michael continuó sentado observándolo; era consciente de que no iba a hacer ningún progreso, pero, extrañamente, se sentía reacio a marcharse. Como si el doctor Moorpath de repente fuese a ceder y decidiera contárselo todo. O como si fuera a presentarse alguna señal extraordinaria, una reluciente paloma caída del cielo, por ejemplo.

– Tienes un chico, ¿no? -le preguntó el doctor Moorpath en un tono inesperadamente coloquial.

– Sí, se llama Jason. Es estupendo. Ahora tiene trece años. Ha sufrido algunos problemas de lectura, pero…

– Yo también tengo hijos -dijo el doctor Moorpath-. Juniper, la mayor, tiene ya veintisiete, es mayor que Jane. Creo que, en resumen, me odia. Bueno, es feminista. Resulta extraña la manera en que las feministas odian a los hombres. Soy de la opinión de que la primera tarea de una feminista tendría que ser hacerse amiga de los hombres… convertirlos en sus aliados, más que en sus enemigos.

– ¿Va a dejarme ver ese expediente? -le preguntó Michael.

El doctor Moorpath levantó la vista, alzó una ceja y dijo:

– ¿Qué?

Y entonces es cuando Michael comprendió que no era que el doctor Moorpath estuviera borracho, sino que estaba dejando las cosas claras. Estaba diciéndole a Michael, sin demasiadas palabras, que el tema de John O'Brien quedaba fuera de los límites, que bajo ningún concepto estaba dispuesto a hablar de ello y que no deseaba que le hiciesen preguntas al respecto.

– Me parece -dijo Michael- que voy a probar esa cerveza tailandesa.

De pronto notó que tenía la garganta seca. Le sobrevino cierta sensación de peligro… de un peligro procedente de alguna dirección inesperada, como si fuera un nadador y algo muy grande, oscuro y amorfo estuviera acercándose a él por debajo, algo así como un enorme pulpo negro que emergiera de las profundidades del mar.

El doctor Moorpath abrió una nevera que por fuera parecía un pequeño escritorio Victoriano de nogal, un pequeño escritorio para «señoritas de cultura». Sacó una botella de cerveza cubierta de escarcha y la abrió.

– Parece Armagedón, la lucha final, ¿verdad? -comentó indicando con la cabeza hacia el lugar del centro de la ciudad donde se elevaba el humo-. ¿Qué era lo que solían decir? «Armagedón, Armagedón, Armagedón, fuera de aquí.»

– Tenemos ciertos problemas que nos impiden avanzar en la investigación del caso O'Brien -continuó diciendo Michael sin dejar de mirar atentamente al doctor Moorpath mientras éste le servía la cerveza.

– Bueno… teniendo en cuenta las circunstancias, es lo que cabe esperar.

– Ni siquiera estoy seguro de cuáles son en realidad las circunstancias.

– Las circunstancias son que el nombramiento de John O'Brien iba a inclinar por fin la balanza en contra de los jueces del ala derecha que Richard Nixon había instalado con anterioridad. E incluso mucho más que eso. El nombramiento de John O'Brien iba a cambiar América para siempre.

– ¿Usted lo apoyaba? -quiso saber Michael.

La verdadera expresión del rostro del doctor Moorpath quedaba oculta entre luces y sombras.

– Yo soy patólogo -repuso-. Yo me ocupo de la carne, no de ideales políticos.

Michael estaba a punto de seguir acosando al doctor Moorpath cuando se oyeron unos golpes rápidos y rutinarios a la puerta y un médico moreno, con barba y aspecto preocupado entró apresuradamente en la oficina.

– Doctor Moorpath, siento interrumpirle, pero acaban de traer algunas víctimas de las luchas callejeras. El jefe de policía y el ayudante del fiscal del distrito tienen mucho interés en que usted los vea, por lo visto hay ciertas…

Vio a Michael y se interrumpió a media frase. Pero Michael adivinó que el médico iba a decir: «Por lo visto hay ciertas dudas acerca de quién los mató y cómo.» Los policías de la Combat Zone eran muy dados a disparar contra los yummies.

– Muy bien -dijo el doctor Moorpath; y se puso en pie. Se volvió hacia Michael y le preguntó con el tono de quien da el asunto por terminado-: ¿Sí, Michael? ¿Algo más?

– Pues en realidad, sí -repuso Michael-. Quería hacerle algunas preguntas sobre tiempos y procedimientos. Qué hizo usted cuando llegaron aquí los cadáveres, y quién los manejó.

– ¿No podríamos esperar hasta mañana? -le preguntó el doctor Moorpath con impaciencia al tiempo que se ponía rápidamente la bata blanca.

– Si quiere le invito a comer -dijo Michael.

– Te lo agradezco, Michael, pero tengo compromiso para todas las comidas.

– ¿En Jasper's?

– Gracias. Me tienta, pero no. Lo siento.

– De acuerdo… -dijo Michael mientras se ponía en pie-.

No sé cómo se lo tomará el viejo Bedford, pero… ¿qué? ¿Siguen ustedes jugando al golf juntos, no?

El doctor Moorpath consultó su reluciente reloj de pulsera.

– Escucha, Michael… no tardaré mucho. Dame veinte minutos. Lee unas revistas mientras tanto. Janice te traerá café.

Michael volvió a sentarse.

– Raymond… estoy seguro de que Edgard sabrá apreciarlo.

Pero el doctor Moorpath ya había salido por la puerta como un torbellino dejando a Michael solo en aquella casa de campo en un octavo piso, sin otra compañía que el silencio, la frialdad del aire acondicionado y una panorámica de Boston en llamas.

Se dio una vuelta por la habitación. Cogió una figura de porcelana que representaba una pastora y leyó la etiqueta que había en la base. «Antigüedades Oliver Sutton, Londres. Staffordshire, 1815. Garantía de autenticidad.» Con mucho cuidado volvió a dejarla donde estaba. No le gustaban demasiado las antigüedades. No le gustaba pensar que la gente que las había creado y aquellos que las habían comprado por primera vez llevaban largo tiempo muertos y olvidados, sin que se recordasen sus nombres, y que sus vidas habían volado como el polvo.

Se acercó a la ventana y se quedó contemplando el humo que se elevaba hacia el cielo y el intenso tráfico. Ocho pisos más abajo, en el aparcamiento del hospital, vio a dos médicos, que parecían en miniatura desde donde él se encontraba, que se acercaban el uno al otro caminando y entablaban una conversación. Observó cómo ambos volvían la cabeza para ver pasar una enfermera a paso vivo.

Todavía estaba mirando por la ventana cuando se abrió la puerta a sus espaldas.

– Oh, perdone… -dijo una voz femenina-. Estoy buscando al doctor Moorpath.

Entonces Michael dio media vuelta. Una muchacha morena y alta, vestida con un traje de chaqueta a rayas grises, se encontraba de pie junto a la puerta; llevaba en la mano tres sobres de papel manila.

– No se preocupe… -dijo Michael-. Al doctor Moorpath lo han llamado para que baje a urgencias.

– Es que tengo que entregarle estas fotografías. Las quería con urgencia.

– Puede dejarlas aquí. Volverá en un par de minutos.

La muchacha apretó los sobres contra el pecho en actitud protectora.

– No sé… me han dicho que se las entregue al doctor Moorpath en persona.

– Bueno… Si quiere, puede esperar. No tardará mucho.

La muchacha consultó ansiosamente el reloj; luego entró en el despacho y se dispuso a esperar con impaciencia, sin dejar de trasladar el peso de su cuerpo de un pie a otro; se le notaba muy nerviosa. Michael pensó que era muy atractiva: se parecía bastante a Linda Cárter cuando actuaba en Wonder Wornan. El traje de chaqueta estaba un poco sucio, pero ella tenía un gran tipo y los ojos de color azul jacinto brillante.

– Tengo una cita a las doce para comer -dijo ella con una sonrisa que se esfumó rápidamente.

– El doctor Moorpath no tardará demasiado -le aseguró Michael para tranquilizarla.

– Son ampliaciones, ¿sabe? -le explicó la chica-. El doctor Moorpath pidió unas ampliaciones contrastadas por ordenador.

Michael hizo un gesto de asentimiento. En realidad no le interesaba.

– Vaya guerra está desarrollándose allá abajo -comentó al tiempo que hacía un gesto con la cabeza hacia el humo que se elevaba y hacia los helicópteros que volaban en círculo.

La chica sonrió, se removió inquieta y miró el reloj por segunda vez. Por ñn dijo:

– Escuche… voy verdaderamente justa de tiempo. Si dejo las ampliaciones aquí, ¿podría usted encargarse de entregárselas al doctor Moorpath? Quiero decir en mano. Es realmente importante.

– Desde luego -aceptó Michael-. Déjelas ahí, sobre la mesa. Me encargaré de entregárselas.

– Gracias -dijo la chica aturrullada-. Me ha salvado usted la vida.

Y dicho esto, dejó los sobres encima de la mesa del doctor Moorpath, le tiró un beso con la mano a Michael y se marchó. Michael dio un sorbo de cerveza y sonrió para sus adentros. Si hubiese estado soltero, le habría preguntado a aquella chica si quería salir con él. O al menos le habría preguntado cuál era su signo del zodíaco. Sagitario, supuso. Indecisa y atolondrada.

Transcurrieron diez minutos, luego veinte, y el doctor MoorPath no regresaba. Michael oyó sirenas abajo, y vio que llegaban tres ambulancias más con las luces encendidas. Se abrieron las puertas y algunos sanitarios en miniatura se apresuraron a trasladar a las víctimas, también en miniatura. Michael no quería mirar. De pronto le invadió una sensación de vértigo, como si estuviera a punto de caerse a la pista de hormigón que había cuarenta metros debajo de él. Súbitamente le invadió el recuerdo de cuerpos destrozados y de árboles de los que brotaban manos humanas.

Estuvo deambulando por el despacho del doctor Moorpath durante algún tiempo más, procurando mantenerse alejado de la ventana. Por fin, y quizás de forma inevitable, fue a parar a la mesa del doctor Moorpath, sobre la cual reposaban los sobres. El de encima tenía una etiqueta en la que estaba escrita la palabra «Roosa» seguida de un largo número de serie. Michael ya lo sabía todo acerca de George Roosa, senador del Estado por el partido demócrata. Lo habían encontrado colgado con una toalla en los servicios de caballeros de una gasolinera en New Brighton, Watertown. Algunos decían que había sido un homicidio, otros que se trataba de suicidio, otros aseguraban que se trataba de cierta rareza sexual. Michael decidió que no tenía el menor interés en examinar fotografías ampliadas de George Roosa, ni vivo ni muerto.

Levantó el sobre etiquetado «Roosa»; debajo había otro cuya etiqueta rezaba «Zerbey». Michael nunca había oído hablar de nadie llamado Zerbey, y llegó a la conclusión de que posiblemente podría vivir cómodamente el resto de su vida sin averiguar quién era Zerbey… sobre todo si aquella persona había sufrido una muerte horrible.

Oyó el distante ulular de ambulancias. Luego levantó el tercer sobre y vio que en la etiqueta decía «O'Brien».

Sostuvo el sobre durante bastante rato en la mano, que le temblaba como si hubiera estado transportando una pesada maleta.

«O'Brien, 343/244D/678E/01X.» Hasta sabía lo que significaban aquellos números. Eran los números de archivo de la oficina del forense, y el sufijo «01X» significaba que el contenido de aquel sobre y todo lo relacionado con el caso O'Brien era estrictamente confidencial, que sólo podía consultarlo el personal autorizado. «01X» significaba: «Si habla usted de esto con cualquiera -incluida su propia esposa-, acabará sin empleo, sumido en la pobreza y puede que aún peor.»

Michael echó una mirada a su alrededor, y se puso a escuchar atentamente. El despacho se encontraba en el más absoluto silencio; podía oír el chirrido de los ascensores, pero no se oían pasos.

Aguardó unos instantes, respirando superficial y lentamente, y manteniendo el más absoluto silencio. No se oía a nadie. Con un sudor helado que se le escurría hacia el interior de la camisa, le dio la vuelta al sobre O'Brien y empezó a desatar el hilo encerado que sujetaba la solapa.

Se detuvo de nuevo y se puso a escuchar. Oyó que se aproximaba alguien a toda prisa por el pasillo, pero con la misma rapidez las pisadas pasaron de largo y el despacho quedó de nuevo sumido en el silencio.

Sacó con cuidado las fotografías en color del sobre. Eran once en total, y las dispuso en forma de abanico sobre el escritorio del doctor Moorpath. Allí, de pie, estuvo examinándolas con detenimiento, y durante unos instantes creyó que iba a perder el equilibrio, que el suelo iba a abrirse bajo sus pies como el vientre del L10-11 en Rocky Woods, y que iba a zambullirse en la oscuridad entre árboles y rocas para aplastarse finalmente y convertirse en una amalgama de huesos y sangre.

Vio a un hombre quemado, encorvado hacia adelante, un hombre al que le faltaban las piernas. Vio a una mujer quemada con el cuerpo abierto desde la entrepierna hasta la punta del cráneo. Vio a un hombre quemado que yacía entre los asientos también quemados de un helicóptero, un hombre sin cabeza.

Vio a un hombre con el casco de piloto roto, lo que quedaba de un hombre, con la cara extraña y horrorosamente desfigurada, como en un horripilante cuadro de Picasso, con los pómulos en carne viva y tiznados por el fuego.

«Jesús, Jesús, Jesús…»

Michael cerró los ojos. Seguía viendo aquellas imágenes incluso con los ojos cerrados. Veía ojos abiertos de par en par, quijadas al descubierto, brazos y piernas retorcidos. Se dijo a sí mismo: «Firme, por el amor de Cristo, mantente firme.»

Examinó de nuevo cada una de las fotografías, una a una, comparándolas, manteniendo todo el tiempo el ceño fruncido. La respiración le sonaba ronca e irregular, y le temblaban las manos. Sentía que aquella forma indefinida se alzaba por debajo de él. Sentía que aquel horrible pulpo salía del océano para enredarse en su cordura. Pero consiguió detenerse, contuvo la respiración durante un momento y se dijo: «No pierdas el control de ti mismo… esto es importante.»

Continuó estudiando las fotografías con el cuidado y analítico esmero de alguien que sabe muy bien lo que tiene que buscar. ¿En qué posición estaban tumbados los cuerpos? ¿Cómo habían caído en aquellas posiciones? ¿Habían sido mutilados a causa del impacto, por la explosión o por el fuego? ¿Por qué estaba uno encogido sobre sí mismo en el suelo? ¿Debido a qué el cuerpo de la mujer se había abierto tan violentamente? ¿Qué había sido de la cabeza del hombre decapitado?

Michael pudo ver de inmediato que las quemaduras de los cadáveres eran obviamente mucho menos graves de lo que se había hecho creer a la prensa. Pensó que no se podía hablar de cadáveres «irreconocibles». Que no se podía hablar de «monos negros y apergaminados». Aquello que él estaba viendo eran cuatro cadáveres distintos y del todo identificables, que habían sido momentáneamente chamuscados por la explosión de varios cientos de litros que queroseno, pero no estaban incinerados por completo. Cualquiera hubiera podido contar cuántos cadáveres había allí. Aquellos primeros informes oficiales, que afirmaban que «el trauma físico ha sido tan severo que la identificación todavía no resulta concluyente», no decían la verdad. Michael podía distinguir fácilmente cuatro cuerpos separados; y también era capaz de distinguir con facilidad quién era cada uno de ellos. Frank Coward, el piloto. Dean McAllister, el ayudante del departamento de Justicia. Eva Hamilton O'Brien, la esposa de John O'Brien; y, a pesar de que le faltase la cabeza, el propio John O'Brien, que nunca llegó a ser juez del Tribunal Supremo.

Para Michael, había otra cosa que resultaba evidente sin lugar a dudas: aquellos cadáveres debían de haber sido ya cadáveres antes de quemarse. Los muñones de las piernas de Dean McAllister habían quedado en parte cauterizados por las llamas. Los intestinos de la señora O'Brien se habían secado a causa del calor, lo cual era una clara indicación de que había sido abierta en canal antes de que prendiera fuego el helicóptero. La cara de Frank Coward presentaba un color escarlata chamuscado… pero sólo aquellas partes de su cara que habían quedado al descubierto después del aplastar el casco.

John O'Brien estaba decapitado, en efecto, pero sólo tenía quemada la espalda del traje, lo cual era una prueba de que se encontraba doblado sobre el asiento cuando los restos del helicóptero hicieron explosión.

Michael examinó una fotografía tras otra, comprobándolas y comparándolas. No era de extrañar que hubiera tanta cautela alrededor del accidente. No era de extrañar que Murray y Rolbein hubieran topado con un muro de evasivas en el departamento de policía y en la oficina del forense. Él había visto aquella clase de «accidente» docenas de veces antes, en edificios incendiados y automóviles que habían sido pasto de las llamas.

No cabía la menor duda al respecto: alguien había matado a toda la familia O'Brien; y los había matado de una manera tan horripilante que era casi más de lo que Michael se sentía capaz de soportar.

Cerró los ojos durante un momento. Oyó varias sirenas estridentes que sonaban a coro en la calle. Luego, con determinación, recogió las fotografías, las puso todas juntas en un montón y las llevó hasta el aparador de imitación de estilo jacobino del doctor Moorpath. Abrió la parte frontal del mueble y conectó el fax. Rápidamente marcó el número de su propio fax en Plymouth Insurance. Hacía rato que tenía la boca seca, pero ahora la sequedad se le acentuó todavía más. Las manos no dejaron de temblarle mientras insertaba la fotografía del decapitado cuerpo de John O'Brien y se ponía a esperar la primera transmisión.

El fax emitió un chirrido, gorjeó y aceptó la llamada. Michael notaba el sudor cada vez más frío en su espalda. La primera fotografía pasó lentamente por el escáner. A él le pareció que tardaba horas. Comenzó a tamborilear con los dedos sobre el borde del aparador y rezó en voz baja para que el doctor Moorpath no regresara hasta que él hubiese terminado.

Justo cuando la primera transmisión ya había terminado y Michael estaba sacando la fotografía, la puerta del despacho se abrió de golpe y apareció un médico negro y alto vestido con una bata blanca.

– ¿Y el doctor Moorpath? -preguntó perplejo.

– Abajo, en urgencias -repuso Michael.

El médico echó una ojeada por el despacho. Luego dijo:

– ¿Puedo preguntarle qué hace usted aquí?

Michael le señaló el fax con un movimiento de cabeza.

– Mantenimiento -dijo.

– Oh… -aceptó el médico-. De acuerdo.

Y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Con toda la rapidez de que fue capaz, Michael insertó una segunda fotografía en el fax.

Tardó casi quince minutos en transmitir las once fotografías, Pero el doctor Moorpath no regresó de urgencias hasta al cabo de media hora, y para entonces él ya había desconectado el fax y había vuelto a meter las fotos en el sobre.

– ¿Todo va bien? -le preguntó Michael.

– Eso de ahí afuera es como el Vietnam -dijo el doctor Moorpath. Se acercó al mueble bar y se sirvió otro escocés largo. Se lo bebió de tres tragos y luego tosió.

– Quizás sea más conveniente que yo vuelva mañana -sugirió Michael.

– Sí. ¿Por qué no? Ponte de acuerdo con Janice en la hora. Creo que estoy libre a partir de las cuatro.

– Eso haré. Gracias por su tiempo.

Michael le estrechó la mano al doctor Moorpath y, durante una fracción de segundo, éste le dirigió una mirada penetrante a los ojos y frunció el ceño.

– ¿Te ocurre algo, Michael? -le preguntó apretándole todavía con fuerza la mano.

– No, nada. Sólo estoy un poco cansado, eso es todo. He perdido la costumbre de trabajar de nueve a cinco.

El doctor Moorpath siguió sin soltarle la mano durante unos instantes; Michael advirtió que el médico sospechaba algo, pero resultaba evidente que no sabía qué.

– Cuídate -dijo por fin. Y se acercó a la mesa y cogió los sobres de fotografías.

– Oh… una chica vino justo después de que le vinieron a buscar, y ha dejado eso para usted.

El doctor Moorpath examinó las etiquetas.

– O'Brien -dijo mientras cogía el último sobre-. Éstas estaba esperándolas.

– ¿Va a permitirme usted verlas? -le preguntó Michael descaradamente.

El doctor Moorpath hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Todavía no. Todo a su tiempo.

Michael se encogió de hombros y salió del despacho cerrando la puerta sin hacer ruido tras de sí.

Patrice Latomba se terminó los cereales de pasas y frutos secos y dejó el bol encima de la pila del fregadero, con los demás cacharros sucios. Separó las persianas con los dedos y se quedó observando un rato por la ventana cómo se elevaba el humo. Había cierta calma en los disturbios. La policía había rodeado la mayor parte del vecindario, pero los bomberos se habían mantenido alejados y habían dejado que los incendios se apagasen por sí solos, y únicamente un helicóptero o dos pasaban de vez en cuando haciendo círculos, algo muy distinto de los enjambres que habían estado rugiendo en lo alto el día anterior durante horas y horas, hasta el punto de que Patrice creyó que iba a volverse loco. Verna se había escondido detrás del sofá de vinilo blanco y había estado chillando sin parar con toda la potencia que tenía en la voz.

No se le podía reprochar. Había contemplado cómo disparaban al pequeño Toussaint delante de sus propios ojos. Él no había visto el cuerpo, pero sí el cochecito, una carcasa destrozada con un colchón de espuma hecho jirones, empapado en sangre de tal manera que parecía una tarta de cabello de ángel de fresa. Un médico blanco le había dicho algo en voz tan baja que no había podido entenderlo. Pero luego un enfermero negro le había repetido las palabras del médico con horrible claridad.

– Nadie hubiera podido sobrevivir nunca a aquel disparo, ni siquiera Mike Tyson. Lo único que podemos decir es que no se enteró de nada. De nada en absoluto.

– ¿Ningún dolor? -le había preguntado Patrice; y el enfermero había movido con énfasis la cabeza de un lado al otro negando, y aquello había sido lo peor de todo. A Toussaint tenían que haberlo herido de una manera tremenda para que el enfermero estuviera tan seguro al respecto. Patrice se había marchado y una vez en el aparcamiento del hospital había estado aullando, chillando y llorando como un lobo herido.

Aquella noche había estado corriendo con aquellas largas piernas suyas histérica e incansablemente por las calles de la Combat Zone, rompiendo parabrisas de automóviles con un bate de béisbol de aluminio, arrojando ladrillos y adoquines rotos y ayudando a las multitudes enloquecidas y vociferantes a volcar camiones. Los focos de los helicópteros habían serpenteado por las calles, y había habido un momento, poco después de medianoche, en que la calle Seaver se había visto inundada de gas lacrimógeno. Patrice, a punto de asfixiarse, lo había encontrado estimulante, un alto punto de tensión natural. ¡Terminator! ¡Soldado Universal! ¡New Jack City! Los rifles habían resonado en la oscuridad y las balas habían rebotado por todas partes. De todos los apartamentos salía una música palpitante y martilleante, música que era como un grito de guerra: «¡Esto es, hermano, esto es la revolución!» Se habían roto lunas de escaparates, y los vidrios habían tintineado como el repiqueteo de campanas discordantes. Algunos jóvenes se habían metido entre el humo y la oscuridad y habían salido acarreando cámaras de vídeo, bambas Adidas, batidoras eléctricas, montañas de comPact-discs y todas las cazadoras de cuero que eran capaces de transportar. Hermanos de cara terrible habían arrancado con Palancas las rejas de seguridad que protegían los escaparates de las tiendas de licores, y luego se habían desbocado por entre los estantes, robando todo lo que podían y haciendo añicos lo que no podían llevarse. El whisky había corrido en riachuelos por las aceras y el vodka se había colado por las alcantarillas. También habían irrumpido en la lavandería de la plaza Seaver, habían arrancado las lavadoras y las habían lanzado a la calle. En medio de aquella gozosa rabia incontrolable, incluso habían prendido fuego a sus propios edificios de apartamentos y a sus propios automóviles, y habían roto miles y miles de ventanas.

Aquella misma mañana, por televisión, el alcalde había afirmado: «No alcanzo a comprender la mentalidad de unas personas que expresan sus sentimientos de injusticia social destruyendo su propio vecindario.»

Pero Patrice sí que lo comprendía. Patrice sabía que lo que querían era derribar todo lo que la historia en América los había forzado a ser. Patrice sabía lo oprimidos que se sentían, lo pobres que se sentían, lo impotentes y agotados que se sentían pasando la vida en aquel pobre suburbio de una próspera ciudad del hombre blanco. Patrice sabía que ellos querían volver a ir desnudos y libres, que necesitaban respirar, que necesitaban danzar. Patrice sabía que querían construir su propia civilización, desde el mismo principio si era necesario. Habían destruido el vecindario, sí, pero no estaban destruyendo su propio vecindario. Estaban destruyendo el vecindario que los blancos creían que era conveniente para ellos.

Patrice tenía treinta y tres años; había sido boxeador y su cuerpo, que había sido duro y ágil, empezaba a ablandarse por la edad y la falta de entrenamiento habitual. Llevaba el pelo casi afeitado, con la parte de arriba plana y los costados de la cabeza muy cortos, pero tenía el rostro lo bastante atractivo y fuerte como para poder llevar aquel corte de pelo. Le habían roto la nariz en dos ocasiones, pero seguía teniéndola recta, y aunque tenía las cejas abultadas por los constantes puñetazos, no ocultaban el brillo y la oscura intensidad de sus ojos. El boxeo lo había convertido en un héroe del barrio. En 1986 había vencido por fuera de combate a Gary Montana, el Relámpago, en el quinto asalto en medio de chorros de sangre y sudor. Había salido por televisión, y se había dicho para sus adentros: «Ya está: la fama, la fortuna.» Pero luego había descubierto el libro de Matthew Monyatta, Identidad negra, y de la noche a la mañana se había convertido en revolucionario activo, en un luchador en las calles, en un negro con una actitud tan feroz que incluso los periodistas de The National se habían negado a hablar con él si no iban acompañados de guardaespaldas. En el Madison Square Garden, después de vencer por fuera de combata a Lenny Fassbinder en dos devastadores asaltos, había aporreado con ambos puños las cámaras de televisión y les había gritado: «Uno fuera. ¡Ahora faltáis el resto!» Le habían prohibido la práctica del boxeo profesional de por vida… pero aquello lo había convertido en un santo en la calle Seaver; y desde entonces había vivido como un líder político con autoridad, como un excéntrico y, al menos en lo que concernía al Globe, como una útil fuente de citas negras extremistas.

Aquel día iba vestido con una sencilla camisa negra, un pañuelo negro, unos vaqueros y un amuleto alrededor del cuello hecho de especias, hierbas y de las cenizas de su hermano Aaron. Iba de luto por el pequeño Toussaint, fallecido a los setenta y ocho días de edad, que no había tenido la menor oportunidad cuando la bala del calibre 44 del detective Ralph Brossard había ido a dar contra su cochecito, y que ahora estaba en el cielo cantando con los demás bebés muertos, dulce y tranquilo.

Verna también iba de luto; llevaba un sencillo vestido negro por los tobillos y el pelo cepillado hacia atrás y sujeto con una peineta de ébano. Era delgada y muy guapa, y el dolor la hacía parecer más bella todavía.

– ¿Vas a comer? -le preguntó Patrice.

Ella se encogió de hombros, y luego levantó uno de ellos, agudo y anguloso como el cuadro de Picasso que representa una mujer planchando.

– Tienes que comer, Verna -le dijo.

– Lo haré -le prometió ella-. Pero todavía no.

– ¿Quieres que llame al médico?

– El médico no vendrá. Nadie querrá venir hasta que acabe la lucha.

– Están luchando por el pequeño Toussaint, cariño. Están luchando en memoria de nuestro pequeño. Cada disparo que oigas es un hermano que dice: «No más niños muertos, no más niños muertos.»

Verna levantó la mirada. Tenía los ojos empañados.

– Al pequeño Toussaint no le habría gustado esta lucha, ¿verdad? Él no habría querido que se produjeran todos estos incendios, matanzas y saqueos.

– Han asesinado a nuestro hijo, Verna. La policía tendió una maldita encerrona en una calle de los suburbios, donde sabían que con toda seguridad, habría mujeres y niños transitando por la calle, y lo asesinaron. No hay más vuelta de hoja.

Verna bajó la cabeza y se puso a trazar un dibujo con el dedo sobre la mesa de fórmica roja, una vez, y otra, vueltas y vuelta: siempre el mismo dibujo.

– No hay diferencia, ¿verdad? -le preguntó ella-. Ya está muerto, y nada va a devolvérmelo nunca.

Patrice estaba de pie con las manos en las caderas, y miró la cocina a su alrededor. No era gran cosa después de tanto entrenamiento, de tantas peleas y de tantos años de lucha política. Era estrecha y oscura, pintada de color amarillo girasol en un intento de hacerla alegre, pero en cierto modo, el amarillo la hacía parecer aún más lóbrega y deprimente. En los armarios baratos de fórmica naranja había clavadas algunas fotografías de pequeño Toussaint, y el mordedor en forma de elefante del bebé estaba al lado de la nevera. Patrice sintió un estremecimiento como si el pequeño fantasma de Toussaint hubiera pasado me momentáneamente por la cocina, tocando por última vez a su padre y a su madre antes de dejarlos para siempre.

– A lo mejor te vendría bien irte con tu madre una temporada -le sugirió Patrice.

Verna meneó la cabeza distraída.

– No puedo marcharme ahora, cariño. Sería como abandonar a Toussaint. Lo que quiero decir… supon que, desde donde quiera que esté, el pequeño mire hacia abajo… y vea que yo ni siquiera me encuentro en casa. -Patrice le puso una mano en el hombro. Comprendía muy bien lo que su esposa quería decir- ¿Es que no podemos detener toda esta lucha? -le preguntó Verna-. A Toussaint no le habría gustado.

– «El negro americano nunca puede dejar de luchar -repuso Patrice con voz inexpresiva citando un pasaje de Identidad negra-. El negro americano tiene que luchar y luchar y luchar todos los días de su vida, sólo para conservar lo que ya tiene; y ni digamos para ganar algo más.»

– ¡Pero no ahora, Patrice! -le suplicó Verna con los ojos empañados en lágrimas-. ¡No ahora y no así, y no por culpa del pequeño Toussaint!

Patrice movió la cabeza de un lado a otro, de forma rápida negativa, como un perro que estuviera sacudiéndose de encima una avispa. Oyó el chirrido de unos neumáticos en la calle y, a lo lejos, el pesado e insistente traqueteo de un rifle de largo alcance, tres disparos en total. Odiaba a los blancos más de lo que podría llegar a expresar nunca. Detestaba a los que le ponía mala cara, y no podía soportar a los que le miraban sin prestarle atención y a los que sonreían e intentaban ser cordiales. Si Boston ardía de punta a punta, él le enseñaría al hombre blanco de una vez por todas que sus días de supremacía estaban contados, y se sentiría lleno de regocijo y contento.

– Patrice -le suplicó Vefha-. ¡Éste no es el camino! ¡Queremos justicia, no venganza!

– ¿Ah, sí? ¿La justicia de quién? ¿Su justicia?

– Patrice, hazlo por mí. Esto no va a solucionar nada. Patrice, por favor… si no es por mí, hazlo por el pequeño Toussaint.

Patrice sabía que su esposa tenía razón. Saquear y provocar disturbios sólo iba a servir para empeorar aún más las cosas. La causa de Identidad negra ya había perdido la poca simpatía pública que hubiera podido tener. Y tras unos días de incendios, disparos y vandalismo contra la propiedad, ¿dónde encontrarían un jurado que estuviese dispuesto a declarar culpable al inspector Brossard de algo más que negligencia? Si es que llegaban a juzgar al inspector Brossard alguna vez. Lo más probable era que el jete de policía le echase un rapapolvo y luego lo invitase a una copa en el Brendan Behan Club donde se morirían de risa contando chistes que trataran de hacer saltar por los aires a bebés negros.

– No sé… -le dijo a Verna-. Tengo que pensarlo.

En aquel momento llamaron al timbre de la puerta. Se miraron inquisitivamente, pero luego Patrice dijo:

– Será Bertrand, quiere que me reúna con un hermano de Los Ángeles. Por lo visto ayudó a hacer estallar aquel asunto de Rodney King.

– Patrice -repitió Verna-. No más peleas, te lo suplico por el corazón roto de nuestro hijo muerto.

Patrice tenía razón: era Bertrand, un tipo nervioso, saltarín y con trenzas rastafarianas; llevaba unas gafas tan negras como el carbón y una chaqueta vaquera de ante de color carmesí con flecos. Pero Bertrand venía por otro asunto.

– Matthew Monyatta quiere verte, tío.

– ¿Matthew Monyatta? ¿Qué hace él por aquí abajo?

– Estuvo aquí anoche, tío; te buscó, pero nadie sabía dónde estabas. Dice que quiere hablar contigo de lo que está pasando.

Patrice le echó una mirada rápida a Verna y luego miró otra vez a Bertrand.

– ¿Dónde está? ¿No puede venir aquí?

– Está esperándote en el Palm Diner. Dice que no va a esperarte mucho.

– ¿Por qué no sube aquí?

Bertrand no contestó, pero ambos sabían muy bien cuál era la respuesta. Era una cuestión de categoría, cuestión de protocolo. La calle Seaver era territorio de Patrice Latomba, pero Matthew Monyatta era un hombre de estado de más edad, y Patrice tenía que mostrarle respeto.

– ¿Y el otro hermano? -quiso saber Patrice.

– Ése puede esperar -le dijo Bertrand.

– De acuerdo, entonces… Vamos a estirar las piernas.

Patrice le dio a Verna un beso rápido, le apretó la mano como para asegurarle que tendría cuidado y salió del apartamento. Unos segundos después volvió a abrir con la llave y le advirtió a su esposa:

– ¡No te olvides de poner la cadena! ¡Y no le abras la puerta a nadie!

Volvió a cerrar la puerta de golpe, pero segundos después la abrió de nuevo. Verna lo oyó cruzar el cuarto de estar, abrir el cajón del buró y sacar algo que tenía un sonido metálico. Sabía lo que era: la pistola automática del 34.

Matthew Monyatta se encontraba sentado en la parte trasera del Palm Diner. Iba ataviado con una gorra de terciopelo marrón y una amplia chilaba del mismo color. El restaurante estaba oscuro, porque, después de que la multitud había roto todas las ventanas, habían tenido que taparlas con tablones; aun así, había veinte o treinta jóvenes jugando a las cartas, fumando y riendo, y Kenny, el propietario, continuaba sirviendo costillas a la brasa y pollo frito al estilo del sur; el ambiente retumbaba con el ritmo de la música reggae.

– Cuánto tiempo, Matthew -dijo Patrice a modo de saludo mientras se acercaba con la mano tendida. Matthew permaneció con los brazos cruzados. Miró a Patrice de arriba abajo con cauto reproche-. ¿Qué pasa, tío? -Patrice se detuvo y giró sobre sus talones-. No hay necesidad de que la tomes conmigo, ¿eh? Ya sabes lo que esos hijos de puta le han hecho a mi hijo.

– Lo he oído y lo siento.

– ¿Lo sientes? ¿Lo sientes? Si lo sintieras de verdad, no habrías venido hasta aquí para traer algún recado de cualquiera de esos fantasmas.

– ¿Traer recados? -repitió Matthew con voz exigente-. Me conoces bien para saber que yo no hago eso. Yo no le hago recados a nadie, ni fantasmas ni hermanos, a nadie. Yo trabajo por el orgullo negro, trabajo por la identidad negra y trabajo para que el hombre negro tenga un lugar en la historia; ¿cómo le llamas tú a esto? Quemáis vuestras casas, saqueáis vuestras propias tiendas, jodéis vuestro propio barrio, y luego os quejáis de que os molestan, de que os oprimen, de que nadie os da una oportunidad. Han matado a tu hijo, tío, eso ha sido una tragedia, pero una tragedia así… no es más que un síntoma de lo que has consentido que suceda aquí, por tu propio descuido, por tu propia estupidez. Por tu propia y deliberada rebeldía.

– Has abandonado, tío -le dijo Patrice con aire de rechazo-. Estás completamente rendido.

– Siéntate -le pidió Matthew; pero Patrice permaneció de pie-. Muy bien, quédate así si quieres. Déjame decirte una cosa. Ayer vine hasta aquí para hablar contigo porque me lo pidió el alcalde y nadie pudo encontrarte. Estabas por ahí haciendo el salvaje, ¿verdad? Querías ver unas cuantas hogueras ardiendo, ¿eh? Querías ver todo el cielo iluminado, para que todo el mundo supiera que Fly Latomba estaba sufriendo y que Fly Latomba había sido víctima de un agravio. Bueno, pues yo vi el cielo iluminado y no me impresionó en absoluto. Pero aquí estoy otra vez, y quiero pedirte que todos estos juegos, todos estos desmanes y todo este maldito follón acabe de una vez; y con ello me refiero a que quiero que acabe ahora. Estás herido, ya lo sé, pero no hieras a tus amigos y a tu gente sólo para que sepan lo mal que tú estás pasándolo. Ahora ellos te miran a ti, Fly, como antes me miraban a mí. -Patrice sorbió por la nariz, un sorbido seco, como una nariz que esnifa cocaína; y miró a otra parte-. ¿Estás oyéndome? -le preguntó Matthew.

Patrice se dio la vuelta bruscamente y lo miró con furia, con los ojos muy abiertos.

– ¿Qué eres tú, Matthew? ¿Algún maldito santurrón, o algo parecido?

Matthew bajó la vista y dijo con tristeza:

– Soy un negro, Fly, eso es lo que soy. Mi alma nació en Olduvai y mi cuerpo fue transportado hasta aquí.

– Tonterías -se mofó Patrice.

– Escucha, Fly… -dijo Matthew-. Lo he visto en las profecías… lo he visto en los huesos.

Bertrand empezó a ponerse nervioso. Para él, el nombre de Matthew Monyatta era legendario, como lo era para la mayoría de los negros jóvenes, pero no le gustaba el sonido de la brujería africana; no tan cerca de casa.

– Olvídalo, Matthew -dijo Patrice-. No son más que tonterías. Las dos únicas cosas que lo sacan a uno adelante en este mundo son el dinero y la piel blanca. Mira a Michael Jackson, por amor de Dios. Consiguió lo primero y sigue intentando con ahínco lo segundo. ¿Cuál de las dos cosas es más importante?

– Estás tentando al destino, Fly -le avisó Matthew-. Hay gente en este mundo que lo que más desea es ver cómo te destruyes a ti mismo. Yo lo sé. -Se tocó la frente con los dedos-. Lo sé porque algo me lo dice aquí dentro.

– Bobadas -repitió Patrice.

Matthew se encogió exageradamente de hombros, como si estuviera decepcionado pero no sorprendido.

– Yo soy un hombre negro, Fly, exactamente igual que tú. Pero ésa no es la cuestión.

– Entonces, ¿cuál es la cuestión? -le preguntó Patrice en tono desafiante-. ¿Quieres que paremos los disturbios? ¿Quieres que dejemos de incendiar? ¿Quieres que seamos buenos negritos domesticados, y que cantemos suave y bajito? ¿Quieres que rodemos con los golpes, negrito, es eso? ¿Quieres que rodemos con los golpes?

Matthew bajó la cabeza sin decir nada, pero había apretado los puños y aquel voluminoso pecho suyo subía y bajaba. Bertrand empezó a retirarse hacia atrás, como si esperase una explosión de primera magnitud.

– Fly -dijo Matthew-, estás rebelándote contra muchas más cosas de las que crees. ¿Por qué piensas que se encontraban aquí esos policías?

Patrice sorbió nerviosamente por la nariz.

– Para hacer un arresto por tráfico de drogas, eso es lo que he oído decir.

– Un arresto por tráfico de drogas… -repitió Matthew-. ¿Un simple y vulgar arresto por tráfico de drogas?

– ¿Cómo demonios voy a saberlo? Mataron a mi bebé.

Matthew Monyatta miró fijamente a Patrice durante unos instantes llenos de tensión. Luego dijo:

– Tendrías que hacer que se acabasen los disturbios, Patrice. Díselo a tu gente, callad, volved a casa. No lo hagas por el alcalde, ni por la Cámara de Comercio de Boston, y tampoco lo hagas por mí. Limítate a ponerles fin, por tu propio bien y por el de todos nosotros. Tú no te levantas contra la sociedad blanca. No te levantas contra los blancos.

– ¿Ah, no? -preguntó desafiante Patrice-. Si no es contra los blancos, ¿contra quién lo hago, entonces?

Contra los que son más blancos que los blancos -dijo Matthew crípticamente-. Los auténticos blancos.

Patrice lo miró con ojos entornados. Bertrand no se estaba quieto y parecía evidentemente incómodo.

– Venga ya, tío -intervino-. Esto sí que es realmente karma del malo.

– No sé qué demonios quieres decir -le dijo Patrice.

Matthew levantó un dedo.

– Ya lo averiguarás, Fly, ya lo averiguarás. Pero cuando lo hagas, ya te dará lo mismo. Te lo advierto ahora.

– ¿Intentas asustarme o qué? -quiso saber Patrice.

– Yo no puedo asustarte, pero ellos sí que lo harán. Muchacho… te asustarán a base de bien.

Patrice miró fijamente a Matthew durante casi un minuto, temeroso, sin acabar de comprender. Luego, lentamente, retrocedió entre las mesas, entre el humo de ganja y la palpitante música reggae, y Bertrand retrocedió con él.

Sólo cuando hubo llegado a la puerta dio media vuelta y le chilló a Matthew:

– Estás loco, ¿sabes? Antes eras mi héroe. ¡Y mírate ahora! ¡Más blanco que los jodidos blancos!

Matthew permaneció donde estaba y observó cómo se marchaba Patrice. Al cabo de un momento, el teniente de alcalde Kenneth Flynn salió de entre las sombras, junto a la máquina de discos, y se acercó a Matthew con las manos en los bolsillos.

– No hay nada que hacer, ¿eh? -le preguntó.

– No sé -dijo Matthew-. Quizás entre en razón.

– ¿Qué quería decir con eso que te gritaba? ¿Más blanco que los jodidos blancos?

– Tú no eres de Tierra Santa -le dijo Matthew-. Nunca has caminado al lado de Aarón.

Dicho esto echó hacia atrás la silla y luego salió del restaurante. Kenneth se acercó al mostrador y sacó tres billetes de veinte dólares.

– No vuelvas tú solo por aquí, tío -le advirtió el dueño.

Una vez en la calle, Matthew se dirigió de nuevo hacia el Buick azul oscuro de Kenneth y subió a él; al hacerlo, la suspensión rebotó arriba y abajo. Luego se armó de paciencia y aguardó a que Kenneth lo llevara a casa.

Kenneth se detuvo un momento a la puerta del restaurante y se quedó mirando cómo ardía Roxbury; oyó a media distancia el plano traqueteo de las armas de fuego semiautomáticas y los sonidos armónicos que producían los rebotes. Por primera vez en toda su carrera política se daba cuenta de que no entendía en absoluto qué estaba ocurriendo en Boston; ni en ningún otro lugar de América. Por primera vez en su vida, Kenneth tuvo una auténtica sensación de miedo.

SIETE

Joe Garboden dejó los faxes sobre el escritorio y se acomodó en el sillón de cuero.

– Están demasiado oscuras -comentó-. Esta de aquí parece tomada a medianoche.

– Pero se puede distinguir el cuerpo de O'Brien -insistió Michael-. Mira… ésa es la curva de la espalda… ahí es donde hubiera debido estar la cabeza.

– Bueno, eso son indicios -admitió Joe-. Pero están muy lejos de constituir una prueba.

– Las pólizas de seguros de O'Brien con Plymouth Insurance le cubrían en caso de muerte o de lesiones causadas por accidente -dijo Michael-, pero no por acciones de guerra, terrorismo u homicidio. Le cortaron la cabeza, por el amor de Dios. ¿Qué clase de accidente es ése?

– Ya ha habido algunos casos de personas que han resultado decapitadas en accidentes -le contestó Joe-. Acuérdate de la pobre Jane Mansfield. ¡Y pensar que esa mujer me volvía loco cuando yo tenía quince años!

Michael recogió los faxes y volvió a ponerlos dentro del sobre.

– Aquí tenemos suficiente para retar al forense a que nos enseñe los originales.

– Vamos, Michael, tenemos que ir con pies de plomo en este asunto. Esas fotos son pruebas policiales. Ni siquiera estoy seguro de que no estuvieras infringiendo la ley al copiarlas. Primero quiero consultar con nuestros abogados. No vamos a poner en peligro el caso por una actuación ilegal.

– Si un juez del Tribunal Supremo ha sido asesinado, ¿no crees que todo el mundo tiene derecho a saberlo, prescindiendo de cómo se haya obtenido la información? Es decir, dejando aparte los intereses que Plymouth Insurance tenga en el asunto.

– Esos faxes no constituyen una prueba concluyente de que fuera asesinado. Como tampoco lo son las fotografías de donde los has copiado. Tú dices que los muslos cercenados de McAllister estaban cauterizados y que las visceras de la señora O'Brien se encontraban resecas a causa del calor… pero la tuya no es la opinión de un experto. Necesitamos ver el informe de la autopsia que hizo Moorpath y el informe del accidente de la Administración Federal de Aviación antes de poder afirmarlo con seguridad. -Joe se aclaró la garganta y luego continuó-: Estoy de acuerdo contigo… parece probable que O'Brien y su familia fueran asesinados. Pero no podemos arriesgarnos a comprometer el caso de Plymouth o su reputación saltándonos la ley a la torera.

Michael sabía que Joe tenía razón. Los jueces estaban poniéndose cada vez más críticos acerca de hasta dónde podían llegar las compañías de seguros para intentar evitar el pago de reclamaciones dudosas. Plymouth Insurance ya se había visto humillada en una ocasión aquel año, cuando cierto juez de un tribunal de apelación había rechazado como prueba la grabación de una conversación telefónica mantenida por una mujer que, supuestamente, se había quedado muda a resultas de un accidente de coche, porque le habían intervenido el teléfono ilegalmente.

– De acuerdo -le dijo a Joe-. Seguiré estrechando el cerco paulatinamente.

– Hay una cosa… -le sugirió Joe-. ¿Te has fijado si Cecilia O'Brien aparece en alguna de las fotografías? Ya sabes… Sissy, la hija.

Michael se quedó pensando durante unos instantes y negó con la cabeza.

– No… no aparece. Sólo hay cuatro cuerpos… el de O'Brien, el de su esposa, el de McAllister y el de Coward. Pero no hay ninguna fotografía de Cecilia.

– Ésa es otra cosa que quizás valiera la pena investigar -le recomendó Joe.

Michael levantó el sobre y le hizo a Joe un gesto de despedida con él.

– ¿Tienes tiempo para tomar una copa conmigo esta noche? -le preguntó.

– Qué va. La hermana de Mildred viene a vemos. Yo la llamo la Alienígena. En Brooklin no se puede oír gritar a nadie.

– Buenas noches, Joe -se despidió Michael. Y se marchó del despacho.

Empujó las puertas giratorias de cristal ahumado del edificio de Plymouth Insurance y salió al calor y a los empujones de la avenida Huntington. Se sintió repentinamente solo. Había llamado por teléfono a Patsy antes de salir de la oficina, pero el teléfono había estado sonando y ella no había contestado. Había intentado imaginar dónde estaría ella, qué estaría haciendo, y de pronto se había encontrado con que la echaba de menos… con mucho más cariño que nunca hasta entonces.

La noche anterior se había quedado a dormir en casa de Joe y Mildred, en una cama plegable del apartamento que tenían en Brooklin; pero Joe ya le había buscado un apartamento de un solo dormitorio en la calle Hanover, justo encima de la Cantina Napolitana. Siempre le había gustado la zona norte, con todo aquel ruido, la mugre y las pequeñas tiendas de barrio de olor penetrante, y por eso sabía que allí iba a encontrarse como en casa. Sólo que Patsy y Jason no estarían con él; y además tendría que trabajar de verdad, y mucho. Se acabó aquello de soñar junto al mar.

Atravesó la plaza Copley junto a los parterres de geranios rojos fangosos y el estanque, cuyas aguas se veían onduladas por la brisa. A sus espaldas se alzaban imponentes las brillantes agujas de la bahía Back: la torre Prudential, el edificio de Plymouth Insurance y el hotel Marriot. Pero ante él, bastante lejos en dirección sur, el humo marrón oscuro seguía oscureciendo el cielo mientras la calle Seaver y veinte manzanas de los suburbios que había a su alrededor eran saqueadas y quemadas.

Dos enormes helicópteros de la Guardia Nacional rugían en lo alto, con los rotores gemelos lanzando destellos al sol. Michael se protegió los ojos con la mano para observarlos mientras volaban hacia el sur. Cuando hubieron desaparecido por encima de los edificios se dio media vuelta, y entonces le llamó la atención un repentino movimiento entre las cercanas hileras de árboles esmeradamente plantados. Le dio la impresión de que alguien lo hubiera visto volverse y se hubiera ocultado rápidamente entre los árboles, en las sombras, para pasar inadvertido.

Michael no estaba seguro de por qué le había dado esa impresión, pero había algo furtivo en el modo en que aquella persona había desaparecido y había quedado oculta en las sombras, sin salir a la luz, como habría hecho si hubiese estado paseando por allí normalmente. Podría tratarse de una mujer, desde luego, pero le había parecido alguien demasiado alto para ser una mujer.

Se detuvo y entornó los ojos para intentar averiguar de qué se trataba. A lo mejor no había nadie en absoluto. Posiblemente, las horripilantes imágenes que había visto en el despacho del doctor Moorpath estaban empezando a alterarle los nervios. Una vez había soñado que todos los muertos del accidente de Rocky Woods se metían de noche en su jardín arrastrando los pies, llamaban a su puerta, y, de pie a la luz de la luna, silenciosos y acusadores, esperaban con toda la paciencia del mundo a que él les devolviera la vida que habían perdido. Aquel sueño había estado obsesionándolo durante casi cuatro meses, y había hecho falta toda la ciencia del doctor Rice para conseguir que aquella pesadilla desapareciera. Una noche había soñado que alguien llamaba a su puerta, y cuando había salido a ver quién era, había encontrado el jardín iluminado por la luna, pero vacío; y en aquel momento se había dado cuenta de que las víctimas ya no le pedían redención, ni resurrección, ni nada de lo que le hubieran pedido antes. Pero nunca se había quitado de encima la sensación de que los muertos pueden seguirnos, suplicándonos ayuda sin palabras.

Continuó su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza y mirando fugazmente por encima del hombro. Al principio no vio nada, pero al acercarse a los parterres de flores le pareció vislumbrar el aleteo de un abrigo detrás de los árboles. Se detuvo y esperó, pero no apareció nadie. Se movió a un lado y luego al otro en un intento de captar aquella sombra. Pero sólo vio las sombras moteadas de sol y el ruido, chirridos y bocinazos del tráfico bajo la templada brisa del sudoeste.

Echó a andar en diagonal por el camino de cemento. Si alguien lo estaba siguiendo, quería ver quién era. Saltó la baja valla de contención y luego se puso a caminar cada vez más de Prisa en dirección a los árboles. Al entrar en la sombra bajo las hojas y las ramas, se encontró con un viejo ciego, vestido con una chaqueta de lino desteñida, que iba dando golpecitos con el bastón al caminar en dirección a Michael. El ciego llevaba boina y gafas de sol negras, e iba acompañado de un perro callejero blanco y negro de aspecto aburrido.

Pero no había nadie más. Michael se volvió a un lado y a otro, y no encontró el menor rastro de nadie que llevase puesto un abrigo, ni de nadie que pareciera tener motivos para seguirlo, bien fuera un ser real, imaginario o producto de sus pesadillas.

El ciego se detuvo a unos pasos de distancia.

– ¿Ha perdido usted algo, señor? -le preguntó con voz seca. El perro se pasó la lengua por los belfos.

– Me ha parecido ver a alguien que conocía -le mintió Michael. Y luego dijo-: ¿Cómo ha sabido usted que buscaba algo?

– ¡Ah! Por el modo como movía usted los pies: primero hacia aquí, luego hacia allá, luego otra vez hacia acá.

– Debe de tener usted un oído muy sensible.

– Demasiado sensible a veces. De vez en cuando oigo cosas que sería mejor que no oyera.

– Bueno… gracias por su interés -le dijo Michael; y dio media vuelta dispuesto a marcharse.

– Ha estado aquí, ¿sabe usted? -le indicó el ciego.

– ¿Quién ha estado aquí? ¿De qué está hablando?

– El hombre que usted busca ha estado aquí, ¿sabe?

– ¿Cómo lo sabe? Ni siquiera yo sé cómo es.

– Creí que me había dicho que era alguien que usted conocía -replicó el ciego.

– No estoy seguro.

– Pero él lo conoce a usted muy bien. Ha estado siguiéndolo, deteniéndose cuando usted se detenía y manteniéndose oculto todo el tiempo.

Michael miró a su alrededor rápidamente.

– ¿Y dónde está ahora?

El ciego sonrió.

– Hay muchos sitios adonde ir, aparte de «marcharse» simplemente.

«Está trastornado -pensó Michael-. No sólo está ciego, sino también loco.»

Se hizo un extraño silencio entre ellos. Durante unos instantes, Michael se preguntó si habría hablado en voz alta sin darse cuenta. Pero luego el ciego dijo:

– A mí también me han hipnotizado, ¿sabe usted? Cuando tenía ojos me hipnotizaron seis o siete veces.

Michael no respondió. Aquello tenía que ser alguna especie de juego; alguna clase de broma retorcida. ¿Cómo podía saber aquel hombre que estaba sometiéndose a un tratamiento de hipnoterapia? No era una cosa que se le notase en la cara. Y, además, aquel hombre ni siquiera podía verle la cara. Y tampoco era algo que afectase al tono de voz.

El perro soltó un gruñido gutural, ansioso por marcharse.

– Hay gente que vive aquí -continuó diciendo el ciego-, hay gente que vive allí, y hay gente que vive en los dos sitios a la vez aquíyallí.

– Me temo que no lo comprendo.

El ciego esbozó una sonrisa y levantó la mano con la palma hacia afuera.

– Y espero que nunca lo comprenda.

– Ha oído a alguien que me seguía? -insistió Michael.

El ciego asintió.

– Su viejo amigo, el «señor Hillary».

No conozco a ningún «señor Hillary».

Y sin decir más, el ciego se marchó arrastrando los pies y dando golpecitos con el bastón entre los árboles. Michael se quedó observando cómo se iba aquel hombre. Luego se alisó el pelo hacia atrás con la mano. Se sentía extrañamente turbado, como si hubiese descubierto por casualidad que el mundo no era en absoluto como él siempre había creído que era… como si por todas partes hubiera puertas invisibles a través de las cuales la gente pudiera ir y venir, pero en las que él nunca se había fijado ni nunca había sabido de su existencia.

Pero… qué va, aquel viejo ciego no era más que un viejo ciego de mente delirante. El «señor Hillary» probablemente sería alguien que habría conocido cuando era joven… algún maestro del colegio, algún tendero o algún amigo de la familia. De todos modos resultaba bastante poco tranquilizador que hubiese adivinado que Michael estaba sometiéndose a hipnosis. Concretamente había dicho: «A mí también me han hipnotizado.»

Michael llegó a la avenida Columbus y detuvo un taxi. Cuando estaba en el centro de Boston casi siempre se trasladaba en autobús o cogía el metro; pero aquella tarde le parecía que necesitaba alejarse de la oficina lo más rápidamente posible. Le dio la dirección al conductor:

– Hanover 346.

Y el taxista, un hombre de pelo negro y ensortijado que llevaba una gorra de béisbol de Red Sox, se internó en el tráfico sin decir palabra.

Otros dos helicópteros Chinook de la Guardia Nacional retumbaron en el cielo. El taxista echó una mirada a Michael por el retrovisor y Michael vio que tenía un ojo inyectado en sangre.

– Esto parece la guerra -comentó el taxista.

– No estoy muy al corriente -le dijo Michael-. ¿Todavía siguen los disturbios?

– La policía continúa disparando contra inocentes transeúntes, si se refiere usted a eso.

– Oiga -le dijo Michael-, no me apetece hablar de política.

– ¿Quién habla de política? -replicó el taxista-. Éste es el día de la expiación de nuestros pecados, ¿no le parece? Y eso no es político, eso es bíblico.

– Sea lo que sea, es una vergüenza -dijo Michael.

– Es el día de la expiación de nuestros pecados -repitió el taxista-. Siempre he sabido que llegaría, y ahora por fin ha llegado.

Dejó a Michael a la puerta de la Cantina Napoletana. Las últimas luces de la tarde llenaban la calle Hanover de oro derretido. La Cantina Napolitana era un pequeño restaurante al viejo estilo, con un toldo rojo y verde, una ventana iluminada con brillantes letras doradas y un laurel de forma redondeada a cada lado de la puerta principal.

El taxista le devolvió el cambio a Michael y lo miró fijamente con el ojo bueno y el otro inyectado en sangre.

– Es una ofrenda de fuego, eso es lo que es -dijo con un exagerado y agresivo énfasis-. Una ofrenda al Señor mediante el fuego de un aroma apaciguador.

– ¿Un qué?

– Un aroma apaciguador -repuso el taxista. Y volvió a mezclarse con el tráfico.

Joe había hecho las cosas realmente bien. El apartamento era grande y bien ventilado, con el suelo de roble recién pulido y barnizado y las paredes pintadas de blanco. El cuarto de estar daba a la calle Hanover, con una terraza de hierro forjado lo bastante amplia para albergar dos sillas plegables, una jardinera de terracota dada la vuelta que servía de mesa, y una maceta de plástico llena de geranios polvorientos. Los muebles de la habitación de color de avena eran agradables. Sólo había un cuadro: representaba una playa herbosa y blanquecina bajo un cielo azul tinta.

Michael subió las persianas de lino blanco y abrió las puertas de la terraza; la habitación se llenó de ruido y del calor de la tarde, así como de los aromas del restaurante de abajo: cebollas, ajos, tomates y albahaca, cocinándose lentamente en sartenes llenas de dorado aceite de oliva virgen.

Joe le había llevado al apartamento la gastada maleta de cuero tostado de Michael y la había dejado en el pasillo. Michael la trasladó hasta el dormitorio y la puso encima de la cama. Desabrochó las hebillas, la abrió y se quedó mirando con resignación los polos arrugados y los pantalones mal doblados. Nunca se le había dado demasiado bien aquello de doblar la ropa y hacer la maleta, y siempre acababa por llevar demasiadas cosas. No sabía por qué se le había ocurrido traer aquel jersey marrón de pescador que le había ganado a John McClusky, el vendedor de anzuelos de la playa; o quizás sí que lo supiera. Puede que fuera una especie de manta de seguridad: un recuerdo del hogar, de la costa, de Patsy y de Jason también, de todo aquel amor y libertad que se había visto obligado a poner en peligro por dinero.

Colgó la ropa en los armarios blancos de puertas de persiana. Olían a madera nueva recién prensada. Metió la maleta vacía debajo de la cama. El dormitorio era tan sencillo como el cuarto de estar, con una mesilla blanca de bambú y una cama barata cubierta con una colcha de colores blanco y avena. Había tantas cosas de color de avena en aquel apartamento que Michael empezó a preguntarse si lo habría decorado un caballo. Pero las ventanas del dormitorio tenían unas buenas cortinas de rejilla, a través de las cuales podía ver el patio pavimentado de ladrillo que había detrás del restaurante, adonde los cocineros salían de vez en cuando a limpiarse el cuello con paños de cocina, a fumarse un cigarrillo, a dar voces y a reírse.

Se lavó la cara y las manos en el pequeño cuarto de baño, cuyas paredes estaban revestidas de azulejos blancos, y luego volvió a telefonear a Patsy.

– Acabo de llegar a la calle Hanover.

– ¿Cómo es? ¿Está bien?

– De primera. Hay un buen cuarto de estar, un dormitorio, un cuarto de baño y una cocina. Es todo lo que necesito. Bueno, digamos que es todo lo que necesito de momento. Y es fantástico que me guste la comida italiana, ya que está justo encima de un restaurante napolitano. -Con la melodía de Pennies from Heaven, cantó-: Cada vez que respiro, respiro pollo abruzzesse.

Patsy se echó a reír, pero luego dijo:

– ¿Cómo va? Me refiero al trabajo. Parecías un poco tenso en la oficina.

– Muy bien, el trabajo va estupendamente. El problema es que ya os echo de menos.

– ¿No tienes problemas?

– ¿Problemas? ¿Qué problemas?

– Bueno, ya sabes… estrés, o algo así.

Se acordó de la fugaz figura que al parecer había estado siguiéndolo entre los árboles de la plaza Copley y del ciego que había adivinado que estaba buscando a alguien. El «señor Hillary», quienquiera que fuese.

También se acordó del taxista que había hablado de expiación, de castigo bíblico, y de la ofrenda al Señor mediante el fuego de un aroma apaciguador.

Con cierta rigidez, dijo:

– Toda va de primera. Tengo la cabeza en su sitio.

– No intentarás ocultármelo, ¿verdad, Michael? -le preguntó Patsy-. Me refiero a si las cosas empiezan a salir mal. No es culpa tuya. No hay nada de lo que tengas que avergonzarte. Lo único que tienes que hacer es llamarme y podemos hablar de ello. O llamar al doctor Rice. Ya sé que necesitamos el dinero, pero no de una forma tan desesperada.

Michael se aclaró la garganta. Las cortinas de rejilla subían y bajaban al sol.

– Está bien, todo está muy bien. Joe se ocupa de mí. Hasta me ha traído la maleta.

– He visto los disturbios en televisión.

– Bueno, se ve mucho humo y un montón de helicópteros que sobrevuelan continuamente la zona; cuando fui al Hospital Central esta mañana, las víctimas llegaban sin parar. Pero todo lo demás parece normal. Es una de esas cosas propias de un largo verano caluroso, nada más.

– Cuídate -le dijo Patsy-. Nos veremos el fin de semana, ¿de acuerdo?

– A lo mejor tengo trabajo.

– Entonces yo iré a Boston a hacerte una visita. Supongo que no le pondrás pegas a tener un poco de compañía aunque estés trabajando, ¿verdad?

Michael sonrió. El Boston Globe descansaba en una esquina de la cama, donde él lo había dejado caer. Los titulares decían: «Monyatta llama a la calma: el número de muertos se eleva a veintitrés.» Se le desvaneció la sonrisa al mismo tiempo que se desvanecía la luz que entraba por la ventana. Se sentía extrañamente responsable, como si los disturbios, de alguna manera, fueran culpa suya; como si su inesperada llegada a Boston hubiera turbado el equilibrio de la ciudad.

– ¿Michael? -le llamó Patsy.

– Sigo aquí -le dijo en tono tranquilizador. Abajo estaban empezando a freír pescado.

Todavía había luz en el exterior cuando el teléfono lo despertó. No era luz del día, ni luz de luna, sino la luz que inundaba el patio trasero de la Cantina Napoletana; los lavaplatos hacían ruido y los cocineros reían, fumaban y hablaban de chicas de figura conseguida a base de fettucine. (Una hora más tarde estarían en su casa, en pijama, roncando al lado de sus esposas.)

Al principio no consiguió encontrar el teléfono en aquel apartamento aún desconocido; pero el timbre seguía sonando una y otra vez. Por fin, Michael lo descubrió sobre la silla de lona que había en un rincón del dormitorio, debajo de la chaqueta que se había quitado. Lo cogió y dijo:

– ¿Sí? ¿Quién es?

Se sentía atontado y desorientado. Ni siquiera se acordaba de qué había estado soñando. Era algo que tenía que ver con árboles y con los faldones de un abrigo aleteando al perderse de vista. Michael tenía la lengua como si se la hubieran espolvoreado con sal.

– ¿Micky? ¿Eres tú?

– ¿Quién es?

– Joe… ¿Quién creías que iba a ser?

– Hola, Joe. ¿Qué quieres? ¿Qué hora es, demonios?

– Algo más de las tres. Estaba mirando las noticias. ¿Tú no?

– ¿Bromeas? ¿Quién demonios mira las noticias a las tres de la madrugada? Estaba dormido.

– Oh, estabas dormido. Eso lo explica todo. Tardabas tanto en contestar que pensé que habías hecho la maleta y te habías vuelto a New Seabury. Me preocupaba que sintieras nostalgia y que lo dejases.

– Creo que acabaré dejándolo si sigues llamándome a estas horas de la noche.

– Michael… sólo es esta vez. Pon las noticias.

– Todavía no tengo televisor. Vas a tener que contármelo.

– Oh… en ese caso, escucha lo que voy a decirte. Acaban de encontrar a Sissy O'Brien.

Michael se sentó al borde de la cama.

– ¿Que la han encontrado? ¿A Sissy O'Brien? ¿Quién la ha encontrado? ¿Dónde? ¿Está viva?

– Los guardacostas la han encontrado en la bahía Nahant. Y está muerta.

– ¿Dónde dices que la han encontrado? ¿En la bahía Nahant? Eso está a casi veinte quilómetros al norte de la playa de Nantasket.

– Eso es. Y si su cuerpo hubiera ido flotando desde el lugar del accidente, en Sagamore Head, hasta East Point, justo donde la han encontrado, habría tenido que pasar flotando por la bahía Wingham y por la bahía Quincy, sin olvidar las islas Peddock, Long y Georges, y todas las demás islas y todas las demás mareas… atravesar la bahía de Massachusetts y volver finalmente a la costa.

– ¿Eso es todo lo que han dicho? ¿Que la habían encontrado y que estaba muerta?

– Eso es todo, de cabo a rabo.

Michael captó en el espejo su propia imagen, flaca, pálida y desnuda, con el pelo castaño muy revuelto, sus débiles brazos y piernas, y el miembro colgando. Se aclaró la garganta y luego dijo:

– La bahía Nahant está en el condado de Essex, ¿verdad? Entonces, ¿quién lleva el caso? ¿No será Wellman Brock?

– Todavía no lo sé -le dijo Joe-. Pero lo dudo mucho. El sheriff Brock, el pobre, no podría encontrar una mierda en una cloaca llena de aguas fecales.

– Recógeme dentro de veinte minutos -le pidió Michael-. Vamos a ir a la bahía Nahant a echar un vistazo.

– ¿Qué? Pero si sólo son las tres y cuarto.

– ¿Y qué importa? Cuando lleguemos allí ya será de día.

Michael y Joe dejaron el coche en un recodo, contra las dunas, y saltaron fuera del coche. Joe se volvió hacia atrás y dijo:

– Mierda. ¿Sabes lo que esa maldita arena puede hacerle a la pintura del coche?

Fueron caminando y resbalando por las dunas. Joe lanzó una maldición cuando la arena se le metió en los zapatos deportivos de Gucci y en los ojos. Michael estaba acostumbrado a ella y sabía cómo volver la cara cuando llegaba una ráfaga de viento.

Aunque a aquellas horas ya no quedaba nada que ver, en un tramo de sesenta metros al norte de East Point, la playa estaba acordonada con tiras de papel del que colgaban banderolas de color naranja que revoloteaban movidas por la brisa. El cielo matinal tenía un tono malva pálido. El océano Atlántico también estaba de color malva, pero discontinuo. Un poco enfadado, el mar arremetía contra la orilla, se retiraba y arremetía de nuevo, arrastrando al hacerlo algunas algas que luego volvía a llevarse.

Michael tenía los orificios nasales resentidos a causa de la sal, el frío y el aire acondicionado del Seville de Joe. Llevaba puesto el jersey de pescador marrón y se alegraba de ello, porque Joe tiritaba dentro de una chaqueta italiana verde esmeralda y tenía los zapatos Gucci manchados de arena.

Dos coches patrulla del departamento del sheriff del condado de Essex estaban todavía aparcados allí, al igual que otros tres automóviles sin ningún distintivo, incluido un Caprice de color arce oscuro y un Buick Century verde guisante con una abolladura espectacular en la parte exterior del guardabarros izquierdo. Junto a la orilla se encontraban un hombre muy alto ataviado con un impermeable arrugado de color beige, otro hombre más joven peinado hacia atrás que llevaba un traje, y un tercero, de constitución pesada, con un sombrero de boy-scout, y al que Michael reconoció casi inmediatamente como el sheriff Brock.

Joe levantó las banderolas y un ayudante con la cara cubierta de acné se dirigió a él y levantó una mano.

– Lo siento, señor, área restringida.

– ¡Tom! -llamó Joe con un grito, y dirigió un amplio saludo con la mano al hombre alto del impermeable beige arrugado.

El hombre alto del impermeable beige arrugado le devolvió el saludo de la misma manera y Joe dejó caer las banderolas detrás de él y continuó caminando por la arena.

– Eh, lo siento -repitió el ayudante-. Esta área es realmente restringida. Quiero decir que eso significa que es…

Joe se volvió hacia él, le dirigió una mirada furibunda y le soltó:

– ¡Vete a hacer puñetas! -Y siguió caminando hacia la orilla. Se volvió otra vez y repitió-: ¡Vete a hacer puñetas!

– ¡Alto! -gritó el ayudante.

Y se desabrochó la pistolera. Michael se le acercó y puso una mano sobre la del ayudante. A pesar del frío -o por culpa del mismo-, el muchacho temblaba.

– Escuche -le dijo Michael por un lado de la boca, como si no estuviera hablando con él-. Algunas veces, todos nos vemos atrapados en situaciones en las que no podemos ganar. Ésta es una de ellas. Usted está cumpliendo con su deber, y está haciéndolo bien, pero ninguna de esas personas va a ver las cosas de ese modo. Ese tipo alto del impermeable es el teniente Thomas Boyle, del departamento de Policía de Boston, ¿verdad? Y aquel otro es su jefe, ¿no es así? El sheriff Wellman Brock, cuyo más íntimo capricho es una orden para usted; y ese otro es Joe Garboden, de Plymouth Insurance, que no llega a ser mi dueño, incluidas las pelotas, por un pelo. Así que usted y yo pensemos en nuestras pensiones de jubilación y dejemos que los tipos importantes anden por ahí pisoteando la arena. Ya nos tocará el turno a nosotros, créame.

El joven ayudante lleno de granos se lo quedó mirando como si estuviera loco. Pero luego dijo:

– De acuerdo… -Daba la impresión de que no lo había comprendido del todo, pero se abrochó la pistolera.

Michael le dio al muchacho un apretón en el brazo.

– Ya le llegará a usted el turno, créame, cuando esos tipos estén sentados en residencias para ancianos y se les haya olvidado ya que alguna vez comieron en cazuelas de aluminio.

El ayudante asintió y sonrió enseñando mucho los dientes.

– De acuerdo -convino. Y dio la vuelta sobre los talones sin dejar de sonreír.

Michael cruzó por la arena húmeda hacia la orilla con la mejilla izquierda vuelta contra el viento.

– Jirafa -dijo mientras le tendía la mano al teniente Boyle-. ¿Cómo le va a Megan? Vi su artículo en la revista Boston. Uno sobre asados de carne, o algo así.

– Vaya, vaya. Mikey Rearden -le saludó Thomas sonriendo. Parecía cansado. Tenía las mejillas blancas y la nariz enrojecida por el viento-. Me habían dicho que te habías retirado.

– Por problemas sicológicos -confesó Michael-. Un simple caso de chifladura.

Thomas sorbió por la nariz y sacó el pañuelo.

– Eso había oído -dijo.

Michael se dio unos golpecitos en la frente.

– No fue nada demasiado grave. Sólo que no era capaz de impedir que lo del exterior se me metiera dentro. ¿Sabes lo que quiero decir? Pero ya estoy prácticamente curado del todo. He estado sometiéndome a una terapia de hipnosis.

– ¿Sí? ¿Y eso funciona de veras?

– Depende. Supongo que has de querer que funcione.

– ¿Tú crees que la hipnoterapia le serviría a Megan? -le preguntó Thomas-. Ya sabes, sólo para que se sienta más segura y optimista. A veces se deprime mucho. No me lo dice, pero a mí me pasaría si estuviese en su lugar.

– No sé -repuso Michael a la vez que se encogía de hombros. Y era cierto que no lo sabía-. Supongo que Megan podría hablar de ello con su médico. Pero a mí a veces me parece que la hipnoterapia puede abrir más latas de gusanos que otra cosa. Yo ni siquiera sabía que la oscuridad me daba miedo hasta que me hipnotizaron.

Joe parecía sentirse incómodo. Y también el sheriff Brock, un hombre enorme y tembloroso como la gelatina, que llevaba un uniforme de color arena y un peluquín que resultaba descaradamente artificial. La mirada se le disparaba sin cesar de un lado a otro y tenía el aspecto de un hombre que necesita con desesperación el desayuno, el sillón de su despacho y una prolongada continuación del sueño de la noche anterior.

Thomas le apretó el codo a Michael.

– Ya hablaremos de esto más tarde, ¿vale? Esos tipos llevan levantados desde las tres.

– ¿Dónde la encontraron? -le preguntó Joe en voz mucho más alta de lo normal.

Thomas los guió hasta la arena, mucho más suave, de la orilla. Había un sencillo indicador de madera entre las olas… un palo, nada más. Todo rastro de la llegada de Sissy O'Brien a aquel lugar había sido borrado por el mar.

– ¿Has hablado con los guardacostas? -quiso saber Mi-chael.

Thomas levantó la mirada hacia él y asintió.

– Estás pensando en vientos, mareas y corrientes, ¿no es cierto?

– Eso es -convino Michael.

– Bien…, los guardacostas han prometido darme un informe de las mareas justo desde el momento en que cayó el helicóptero. Puede que hasta hagan la prueba con un muñeco flotante desde Sagamore Head para ver qué pasa… se pueden calcular los vientos y las mareas matemáticamente, pero un cuerpo flotando no siempre hace lo que se espera que haga.

– Estás diciéndoselo a un pescador -le recordó Joe.

Michael miró en torno a él. Había algo extrañamente familiar en aquella curva de playa, aunque no acababa de saber qué. Se acercó a la orilla hasta que el oleaje estuvo a punto de mojarle los zapatos. Se protegió los ojos con las dos manos y miró fijamente hacia el horizonte. Había estado allí antes, estaba seguro de ello. Quizás cuando era niño, con su padre. Cada vez que su padre acababa un barco ballenero que le gustase de verdad, lo hacía navegar hasta Marblehead o hasta Plymouth, y Michael lo acompañaba. Llevaban chocolate caliente en termos y bolsas de papel marrón con emparedados de queso y mortadela, y cantaban canciones marineras a dúo, viejas coplas tradicionales o tontas canciones marineras que se habían inventado ellos mismos.

Navegamos en el buen barco Bum,

con una enorme provisión de ron.

El Bum no se hundió, pero desde luego apestó.

Deberíamos haberle puesto un nombre

que no fuera tan grosero. Pero ése es nuestro problema,

que somos así de crudos.

Sonrió para sus adentros, aunque también tenía ganas de llorar. Miró hacia atrás, hacia el lugar donde se encontraban Joe y Thomas. Éste estaba encendiendo un cigarrillo.

– ¿Se la han llevado ya? -preguntó a gritos.

Thomas se volvió hacia él.

– No… la ambulancia todavía está aquí. Tenemos una pequeña diferencia de opinión sobre cuál es el lugar más oportuno para llevarla. El jefe de policía Hudson quiere que la lleven al Hospital Central de Boston con el resto de los O'Brien fallecidos. Yo quiero llevármela con nosotros… con la otra señorita que encontramos el martes.

– ¿Qué otra señorita? -preguntó Michael.

– ¿No lo viste en las noticias? Encontramos a una chica en una casa de la calle Byron, al otro lado del Public Garden. La habían atado con alambre y la habían estado torturando y todo lo que se te ocurra.

– ¿Y qué relación tiene con esto?

Thomas le hizo un gesto con la cabeza hacia la parte de atrás de la playa. Michael echó una última mirada rápida al océano y echó a andar tras él. Era difícil subir por las dunas, y Thomas empezó a toser antes de llegar a la cima.

– Deberías dejar de fumar -le comentó Joe.

– A mí me lo vas a decir -repuso Thomas.

La ambulancia de la oficina del forense del condado de Essex estaba aparcada en un recodo del camino arenoso. Las luces rojas giraban en silencio, como si fueran faros, avisando de la muerte. Una de las puertas traseras todavía estaba abierta, y un sanitario joven con un suave bigote rubio estaba apoyado en ella, con aspecto cansado y aburrido.

– ¿Alguna novedad, teniente? -le preguntó a Thomas al ver que se acercaban.

Thomas hizo un movimiento negativo con la cabeza.

– Éste es uno de esos casos en que la política prevalece sobre el sentido común. Estos caballeros que vienen conmigo representan a Plymouth Insurance, son investigadores de seguros. ¿Quiere dejarles echar un vistazo?

– ¿De veras quieren mirarla? -les preguntó el sanitario con una incredulidad que hizo que a Michael comenzaran a hormiguearle las palmas de las manos.

– Abra, ¿quiere? -le pidió Thomas con impaciencia.

– ¡Brrr! -exclamó el sanitario dando a entender claramente que cualquiera que quisiera mirar aquellos restos humanos flotantes en concreto no estaba en sus cabales.

Abrió de par en par las dos puertas traseras y subió a la ambulancia. Una bolsa gris de las que usan para guardar cadáveres yacía sobre la camilla plegable con una etiqueta de identificación. El joven abrió la cremallera hasta abajo y, de pronto, un brazo de color gris verdoso quedó colgando de la bolsa, lo que causó un sobresalto a Michael. El sanitario debió de advertirlo, porque comentó divertido:

– No se preocupe, está muerta. No va a levantarse y ponerse a perseguirlo por la playa.

– Gracias -dijo Thomas; y subió a la ambulancia. Al contrario de la mayoría de las personas que se ocupan de levantar cadáveres, a él no le gustaba el humor macabro, especialmente cuando el fallecido había sufrido del modo en que lo había hecho aquella pobre niña. La muerte a veces podía llegar a ser divertida, igual que la vida puede serlo en ocasiones. Pero por alguna razón, Thomas no llegaba a acostumbrarse a ello, y rara vez le hacía reír.

Michael subió también a la ambulancia, agachando la cabeza al entrar en ella. El cuerpo de la chica emanaba un fuerte olor a agua de mar y a descomposición. Era una muchacha joven y delgada, de no más de catorce o quince años, a juzgar por su figura. Llevaba el pelo rubio muy corto, lo tenía mojado y en él se habían enredado algunas algas. La oreja que quedaba a la vista estaba llena de arena, pero todavía llevaba puesto un decorativo pendiente que parecía ser de vidrio y de algún metal de los que pierden brillo con facilidad, posiblemente de plata.

Tenía los ojos abiertos y miraba fijamente al techo. Sin embargo, tenía los iris lechosos, como un bacalao hervido, y desde luego no parpadeaba. Había arena en los orificios nasales y también en la boca, que la tenía entreabierta.

Lo que más horrorizó a Michael fue el cuerpo. Tenía los pequeños pechos atravesados en zigzag por cortes profundos, como si la hubieran cortado con un cuchillo de carnicero. Los pezones habían sido grapados seis o siete veces con grapas para papel, de modo que estaban desfigurados y retorcidos. El estómago desnudo estaba cubierto de cientos de quemaduras, arañazos y laceraciones, la mayoría de ellas pálidas y abultadas a causa de la larga inmersión en aguas del océano. La parte superior de los muslos estaba también llena de quemaduras y cortes.

– ¿Ésta es Sissy O'Brien? -preguntó Michael al tiempo que sentía que la boca se le llenaba de saliva.

Thomas sacó una fotografía en color del bolsillo del impermeable y la sostuvo en el aire delante de Michael. La fotografía temblaba y Michael se vio obligado a sujetarla para poder examinarla con claridad.

– Es Sissy O'Brien, no cabe duda -dijo Thomas-. Compruébalo por ti mismo. Desde luego, tendrán que realizar una identificación formal.

– Dios mío, ¿quién ha podido hacer esto?

– Nosotros creemos que las mismas personas que mataron a la otra joven no identificada de la calle Byron. El mismo pervertido modus operandi, los mismos cortes, las mismas marcas de látigo y quemaduras de tortura… Nosotros no le contamos nada de eso a la prensa, así que no puede hablarse de la posibilidad de acto de imitación.

– ¿Y qué es? ¿Alguna especie de culto sadomasoquista o qué?

Thomas hizo un gesto negativo con la cabeza. Le habría venido bien otro cigarrillo, pero sabía que no estaba permitido fumar dentro de las ambulancias. No es que importase demasiado, la paciente ya estaba muerta.

Michael, con enorme reticencia, bajó unos cuantos centímetros más la cremallera. Había quemaduras lívidas y cicatrices entre las piernas de Sissy O'Brien, por toda la zona de alrededor de la vulva y en la parte interna de los muslos.

– Algún bromista estuvo divirtiéndose con un Zippo -comentó Thomas con voz completamente inexpresiva. No quería pensar en cómo habría gritado Sissy O'Brien. A lo mejor ni siquiera había sido capaz de gritar. Tenía unas magulladuras alrededor de la boca que indicaban que había sido amordazada, probablemente con una de aquellas mordazas de goma hinchable que usan los fetichistas.

Michael se inclinó hacia adelante y entonces fue cuando vio algo que lo hizo retroceder presa del horror y mirar a Thomas con los ojos abiertos de par en par. Algo oscuro y espeso le colgaba a Sissy O'Brien entre los muslos.

– Ahí hay algo -le indicó, y la voz no le sonó en absoluto como su voz.

Thomas tragó saliva y se encogió de hombros.

– Se lo hicieron pasar muy mal, créeme.

Michael no se atrevió a mirar por segunda vez. Comprendía que Thomas estuviera cansado, pero no alcanzaba a comprender que nadie tomara como algo natural una locura como aquélla. Allí había algo: algo oscuro, asqueroso y peludo que estaba densamente entretejido con sangre y que salía de entre las nalgas mortalmente blancas de Sissy O'Brien.

– ¡Maldita sea, Thomas, tiene rabo!

– Salgamos de aquí -le indicó Thomas.

– ¿Qué?

– ¡Salgamos de aquí! -le ladró Thomas; y bajó por los escalones de la ambulancia hasta llegar a la arena. Joe se encontraba de pie, a unos cuantos metros de distancia, hablando con el sargento Jahnke, y los dos les dirigieron a Michael y a Thomas una mirada llena de preocupación.

– Lo siento -dijo Thomas. Respiró profundamente-. No hago más que decirme a mí mismo que no debo permitir que estas cosas me afecten, pero siempre me afectan.

– Tiene rabo -repitió Michael. Sabía que la voz le sonaba histérica, pero no le importaba mucho-. ¡Thomas, tiene un maldito rabo!

Thomas sacó una caja de cerillas y se entretuvo un buen rato encendiendo un cigarrillo; protegió la llama con las manos para que no se apagara con la brisa.

– Ya te he dicho que se lo hicieron pasar muy mal. Le han hecho algo… con un gato, por lo que nos ha parecido ver. Todavía no podemos estar seguros.

– ¿Un gato? ¿De qué demonios hablas, de un gato?

Michael estaba seriamente trastornado.

El viento levantaba la arena entre ellos. Entonces se oyó gritar a alguien:

– ¡Jack! ¡Jack! ¡Baja aquí!

En aquel momento, un joven delgado con gafas, que llevaba puesta una cazadora azul oscuro, apareció por uno de los lados de la ambulancia. Se acercó a Thomas y dijo:

– Está bien, teniente. Ya podemos llevárnosla. He hablado con el forense, el forense ha hablado con el jefe de policía y éste ha hablado con el gobernador.

– ¿Con el gobernador? ¿Qué le ha dicho, por el amor de Dios?

– Le he dicho que probablemente se trate de un caso de asesinato, y que posiblemente haya algo más; y le he explicado cómo quedaría por televisión que el departamento de Policía intentara mantenerlo oculto.

– Tiene temple, Víctor -le dijo Thomas con un gruñido no exento de admiración.

– Cualquiera puede tener temple, siempre que sepa bien lo que se hace.

– Mira, Mikey… éste es Víctor Kurylowicz, nuestro nuevo forense -le indicó Thomas a Michael-. Lo han trasladado aquí desde Newark, en Nueva Jersey. Víctor es experto en ahogados v también en víctimas de incendios.

Michael le tendió la mano. El apretón fue bastante frío, rendido y flojo, como darle la mano a un hombre recién muerto

– Encantado de conocerle -dijo-. Soy Michael Rearden de Plymouth Insurance. Bueno, en realidad me gano la vida inventando juegos de mesa y aparatos de marinería, pero Plymouth me ha pedido que investigue todo este asunto… el caso O'Brien.

– Bueno, le deseo suerte -le dijo Víctor-. Éste es un caso muy extraño.

– ¿Qué es eso del gato? -le preguntó Michael.

Víctor le dirigió una mirada rápida.

– No quiero hablar de eso. Todavía no he tenido ocasión de realizar un examen detallado.

A Michael le temblaba la voz al hablar.

– La chica tiene rabo, por el amor de Dios.

– Escuche -le dijo Víctor-, tengo una idea bastante clara de lo que le han hecho, pero no podré decirlo con seguridad hasta que le haga la autopsia. Es demasiado horrible para empezar a especular sobre ello.

Michael respiró profundamente tres o cuatro veces. Le daba la impresión de que la cabeza estaba empezando a llenársele de sangre negra y profunda.

– Pero esto no tiene ningún sentido. ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí Sissy O'Brien? ¿Y quién podría desear hacerle daño a alguien de este modo?

– No tengo ni idea -repuso llanamente Thomas.

– ¿Cómo es posible que alguien pueda pensar siquiera en hacer una cosa así?

– Mikey… de veras que no tengo ni idea. Pero estamos trabajando en ello. Si podemos encontrar alguna relación entre Sissy O'Brien y aquella chica que fue asesinada en la calle Byron… bueno, quizás entonces empezaremos a hacer progresos.

– Existe una relación -afirmó Víctor con total seguridad, aunque con una voz exenta de toda emoción-. De hecho, hay algo más que cierta relación. Estos dos asesinatos están totalmente relacionados, créanme. Lo huelo.

– Es usted un detective en potencia -comentó Thomas-. Desde luego, habría podido conseguir el puesto fácilmente, pero en realidad es demasiado inteligente. En ningún cuerpo caen demasiado bien los intelectuales, ¿verdad, Victor? Pero en Boston aprietan los dientes y los toleran.

Michael echó un vistazo a la ambulancia. El joven sanitario bigotudo estaba cerrando la cremallera de la bolsa y sonreía. Jesús, a veces, los salvadores son tan duros de corazón como los asesinos.

Si la familia O'Brien fue asesinada deliberadamente, no tendríamos que pagar el seguro, eso tú ya lo sabes, ¿verdad? -le preguntó Michael.

Thomas expulsó el humo de cigarrillo.

– La única O'Brien que mí me preocupa es Sissy, y ella ha sido asesinada, no hay duda.

– Se vio a una persona que sacaba algo de entre los restos del helicóptero -dijo Michael-. Ese algo podría haber sido Sissy herida o inconsciente.

– Es una posibilidad -convino Thomas-. De hecho, eso es lo más probable. No creo que llegase flotando hasta aquí desde Segamore Head, ni en broma. Creo que la tiraron aquí anoche, ya tarde, los mismos que la mataron.

– Entonces, ¿cuál es el siguiente paso? -quiso saber Michael.

– El paso siguiente es relacionarla de manera concluyente con la víctima de la calle Byron, y al mismo tiempo empezar a hacer preguntas a todos y cada uno de aquellos que hayan podido ver a alguien arrojando algo al océano. Ir haciendo preguntas casa por casa, cosa que no va a ser demasiado difícil por aquí. Nahant tiene una población de cuatro mil doscientos habitantes, incluidos los gatos.

– ¿Crees que podrás relacionarlas?

Thomas asintió.

– La chica que encontramos en la calle Byron tenía dos marcas de pinchazos en la espalda, justo encima de la pelvis. Sissy O'Brien tiene unas marcas muy parecidas.

Michael se limpió el sudor frío de la frente con el dorso de la mano.

– ¿Marcas de pinchazos? -preguntó.

– No sabemos qué son, pero son mucho menos brutales que cualquiera de las otras heridas -le explicó Victor-. Quiero decir que son casi clínicas.

Michael se quedó contemplando durante unos instantes el humo del cigarrillo de Thomas y luego preguntó:

– ¿Qué demonios te parece que es todo esto?

Thomas arrojó la colilla a las olas.

– Cualquier cosa que tú supongas es tan buena como lo que pueda suponer yo.

– ¿Te importa que yo vea a la otra chica? A la que encontrasteis en la calle Byron. No es necesario que la vea al natural, con unas fotografías tendría bastante.

– Desde luego, llámame y lo arreglaré.

– Tiene tan mal aspecto como ésta -dijo Victor-, créeme… y llevaba muerta muchísimo más tiempo.

– ¿Cuánto tiempo crees que ha permanecido Sissy en el agua? -le preguntó Michael.

Victor hizo una mueca.

– Aún no lo sé. Ocho, nueve horas. Puede que más.

– ¿Se ahogó?

– No lo parece. No será difícil averiguarlo.

Michael entornó los ojos y se puso a mirar la playa barrida por el viento.

– Alguien se la llevó de Segamore Head, la torturó, la trajo aquí y la arrojó al océano. ¿Por qué crees que haría eso?

– Querrían algo -sugirió Thomas.

– ¿Querrían algo? ¿Qué iban a querer?

– No lo sé… pero nunca se asesina a nadie por nada. Nunca. Puede que un marido quiera paz y tranquilidad y mate a sus hijos, que un empleado quiera ascender y mate al único tipo que se interpone en su camino o que una mujer se ponga celosa y mate a la esposa de su amante.

– Pero, ¿qué podrían querer de Sissy O'Brien, sobre todo teniendo en cuenta que sus padres ya habían muerto y que nadie habría pagado rescate por ella?

– Bueno… -dijo Thomas a la vez que agarraba a Michael con fuerza por el hombro y le dedicaba una de sus famosas sonrisas retorcidas-. No querían dinero, ni sexo, ni sangre. Dime tú por qué otra razón podrían haber querido matarla.

Una gaviota pasó volando muy bajo chillando.

– Puede que te lo diga -repuso Michael.

Era hora de marcharse. Joe llamaba a Michael por señas, y el sargento Jahnke estaba levantando el radiotransmisor en el aire para indicarle a Thomas que alguien lo llamaba, alguien que quería hablar con él con urgencia.

Michael y Victor echaron a andar trabajosamente por las dunas. Victor le dijo:

– Están ocultando algo, ¿sabe?

– ¿Quiénes?

– Los que tienen el poder. El forense, el jefe de policía, el gobernador. Puede que incluso esferas más altas.

– ¿Cómo sabía usted eso?

– En Jersey ocurría lo mismo cuando mataban a una persona importante dJ gobierno local o de la judicatura, o de la mafia. Siempre quitaban a toda prisa los cuerpos de en medio, las pruebas se perdían. Los únicos asesinatos que acababan con condenas como es debido eran los de personas que no tenían importancia.

Michael se quedó pensando durante unos momentos, luego le confió:

– Yo he visto algunas fotografías del helicóptero de O'Brien después de estrellarse.

– Se quemó, ¿verdad?

– Pero no estaba tan quemado como hicieron creer a la prensa. Se podían identificar los cuerpos perfectamente.

– Yo creía qiie estaban tan chamuscados que era imposible distinguir a unos de otros.

– No, no, ni hablar. Como mucho debió de haber una llamarada, pero nada más.

– ¿Está tomándome el pelo? El forense me ha dicho que estaban tan quemados que la identificación resultaba imposible. Para ser exactos, me dijo que estaban carbonizados.

– Había cuatro personas entre aquellos restos: el piloto, un hombre llamadd Coward; un joven ayudante del departamento de Justicia, Dean McAllister; la señora O'Brien, y el propio John O'Brien. Cuando vi las fotografías, me pregunté si faltarían dos o tres… ya sabe, dos o tres fotografías de Sissy O'Brien, pero ahora sé que ella ni siguiera se encontraba allí.

– ¿Por qué iba a querer mentir el jefe de policía? -quiso saber Victor.

– No lo sé. Piero tengo copia de esas fotografías, y me gustaría que usted les echase un vistazo. La calidad no es muy buena. Tuve que mandarlas por fax desde el despacho del doctor Moorpath mientras él estaba ocupado en asistir a las víctimas de la calle Seaver. Como digo, están muy borrosas y oscuras, pero quizás usted pueda ver en ellas algo que yo no he visto.

Victor se detuvo, se quitó las gafas y las limpió pensativamente con un trocito arrugado de papel de cocina.

– Está corriendo un riesgo al contármelo a mí, ¿no es cierto? ¿Cómo sabe que el doctor Moorpath y yo no somos amigos íntimos? Los forenses con los mismos intereses tienden a mantenerse unidos, ¿no sabe ustted eso? Y el doctor Moorpath y yo somos miembros de la Asociación de Patólogos en Activo de Massachusetts.

– Claro que estoy corriendo un riesgo -le comentó Michael-. Pero lo hago porque usted parece el tipo de hombre que ni muerto querría que lo vieran jugando ocho hoyos en Chestnut Hill en compañía de Raymond Moorpath. Y dejando aparte eso, esa asociación de que usted habla no existe.

Víctor volvió a ponerse las gafas.

– De acuerdo -aceptó por fin. Consultó el reloj-. Hoy es imposible. Pero vaya a verme mañana… digamos a las once. Primero tengo que ir a cortarme el pelo.

Michael no estaba seguro de si había descubierto un aliado en Victor Kurylowicz o no, pero le gustaba la combinación que Victor tenía de insensibilidad, de rareza y de capacidad de reírse de sí mismo. Hacían falta las tres cosas para ser un buen forense. Michael había quedado síquicamente tocado tan sólo por la visión de los cadáveres; Victor tenía que pasarse el día cortándolos en pedazos, manoseando los órganos internos, sacándoles el cerebro e intentando, al mismo tiempo, no pensar que aquel cuerpo era la madre de alguien, el hijo de alguien… que se trataba de una persona que habría podido estar hablando con él unas cuantas horas antes. Se puso a caminar con dificultad por las dunas y echó una última mirada a su alrededor. Joe estaba esperándolo y hablaba impacientemente con el sargento Jahnke. Oyó, a sus espaldas, que la ambulancia se marchaba con un súbito y corto sonido de la sirena, que hizo que todos se sobresaltaran.

Fue entonces cuando vio, a corta distancia, algo blanco, algo que brillaba entre la dorada bruma matutina, como la vela de un barco.

Se protegió los ojos contra el resplandor, pero aun así no podía distinguir con claridad de qué se trataba. Se volvió hacia uno de los guardacostas que se encontraba de pie cerca y le preguntó si le prestaba los prismáticos.

– Vale, señor, pero trátelos con cuidado, ¿eh? Son unos Zeiss, y cuestan setecientos y pico pavos.

El guardacostas tenía un racimo de granos de un color escarlata muy vivo en cada mejilla, y Michael confió en que no fueran contagiosos.

Cogió los prismáticos y los enfocó hacia la blanca silueta que se veía a lo lejos. Incluso así no se distinguía con claridad, debido a la niebla matinal de verano que se levantaba del mar. Pero no había duda acerca de lo que era. Lo que había tomado al principio por una vela se encontraba bien metido tierra adentro, en la cima de un cabo tosco y lleno de hierbajos. Encima de una forma triangular blanca había una barandilla negra de rejilla y una lente de vidrio resplandeciente.

Era un faro… pero no un faro cualquiera. Era el mismo faro blanco y achaparrado que había tenido ocasión de ver en el trance hipnótico.

Y un poco más a la derecha, detrás de los árboles barridos por el viento, se veía una hilera de casas típicas de Nueva Ingla-terra que estaban pintadas de verde. Las mismas casas que había visto durante el trance.

Con creciente emoción, debida al temor y al descubrimiento, se volvió mirando de un lado a otro, y entonces fue cuando supo con toda certeza que aquélla era la bahía: la que había visto cuando el doctor Rice lo había hipnotizado por última vez.

Aquélla era la bahía y aquél era el faro; y allí era donde Sissy O'Brien había sido recogida del océano, y donde su propia vida iba a cambiar. Presentía que su destino estaba dando un giro del mismo modo que una veleta se da la vuelta. Oía cómo la arena crepitaba entre las hierbas marinas. Michael miró otra vez hacia el faro lleno de excitación y de miedo.

Joe se le acercó, lo cogió del brazo y le dijo:

– Vamos, Michael, estoy muriéndome de hambre. Vamos a desayunar algo.

Los ojos de Michael estaban abiertos de par en par y miraban fijamente. Joe instintivamente lo soltó.

– ¿Michael? ¿Qué ocurre?

– Nada. Pero algo está empezando a cobrar sentido.

– ¿Quieres contármelo?

– No lo sé… todavía no. Vamos a desayunar algo.

– ¡Eh! -le avisó a gritos el guardacostas cuando Michael ya se alejaba-. ¡Devuélvame los prismáticos!

Verna Latomba estaba de pie en la cocina planchando una falda negra cuando sonó el timbre de la puerta. Se acercó al televisor y bajó el volumen. Había estado viendo a Oprah Winfrey hablando del incesto. Un hombre con la cara muy pálida había confesado que se había enamorado de una hija suya de dieciséis años. Ahora, Verna frunció el ceño y se puso a escuchar. Sabía que Patrice no volvería hasta que se hiciese de noche, puede que mucho más tarde, y en cualquier caso, él tenía llave y podía entrar sin llamar.

Dejó la plancha en la base y entró en el cuarto de estar. Vio que había olvidado poner la cadena en la puerta principal. Levantó las manos hacia ella, pero antes de que pudiera poner la cadena, el timbre volvió a sonar, sobresaltando a Verna. Ésta titubeó, sin dejar de escuchar, y aguardó, pero el timbre no volvió a sonar, así que se acercó a la puerta y preguntó:

– ¿Patrice? ¿Eres tú?

Hubo un largo silencio. No contestó nadie. Verna estaba segura de que allí fuera había alguien, y no sólo porque no hubiera oído pasos alejándose por el rellano. No oía hablar, no oía ninguna respiración, pero de algún modo podía notar la presencia de alguien que aguardaba, alguien con infinita paciencia e inimaginables intenciones.

– ¿Quién está ahí? -preguntó.

No hubo respuesta. Cogió el pomo del extremo de la cadena de la puerta, que estaba colgando. Al lado del marco de la puerta, en la pared empapelada de amarillo, un cuadro de Jesús la miraba con expresión de tristeza: Jesús pintado como un hombre negro con ojos amarillos.

– Somos amigos -dijo por fin una voz de hombre joven desde el rellano.

Verna estaba de pie con la cadena medio levantada hacia el soporte.

– ¿Amigos? -preguntó con voz exigente-. ¿Qué amigos?

– Amigos -repitió el joven, como si con eso bastase.

– No sois nadie que yo conozca -dijo Verna.

– Somos amigos de Patrice.

– Patrice me ha dicho que no deje entrar a nadie.

Hubo otra larga pausa; y luego:

– A nosotros puedes dejarnos entrar.

– No puedo hacerlo, lo siento.

– Patrice ha dicho que a nosotros sí puedes dejarnos entrar. Acabamos de ver a Patrice en la calle, justo a la puerta del Palm Diner.

– Patrice me ha dicho que no abra a nadie.

– ¿De verdad no quieres abrir la puerta?

– No puedo. Patrice se pondría furioso.

– Si no abres la puerta, ¿sabes lo que vamos a hacer?

– No me vengáis con amenazas.

– Si no quieres abrir la puerta, soplaremos y soplaremos y la casa derribaremos.

– ¿Qué sois, enfermos o algo así? ¡Largo de aquí!

Hubo otra pausa. A Verna le pareció oír susurros y arrastrar de pies. Hubiera podido jurar que oía a un hombre joven soltando una risita.

Luego, sin el menor aviso, la cerradura produjo un chasquido y la puerta se abrió de un empujón.

– ¡Fuera! -chilló ella-. ¡Salid de aquí!

Se lanzó contra la puerta, magullándose el hombro al hacerlo, pero no tenía la menor posibilidad. Los dos hombres de gafas oscuras irrumpieron en la habitación por la fuerza, empujando a Verna hacia adelante con las manos extendidas y dobladas hacia arriba. Uno de ellos cerró la puerta de golpe detrás de él y le puso la cadena de seguridad.

El otro empujó a Verna hasta el cuarto de estar, y entonces la obligó a sentarse en el sofá de un empujón. Era un sofá viejo que les había dado un amigo de Patrice, y estaba cubierto con una tela beige y blanca. Verna se dio con el sofá en la cadera al caer hacia atrás. Intentó levantarse, pero el joven la empujó y la obligó a echarse de nuevo.

– ¿Qué queréis? -les preguntó Verna mientras empezaba a temblar a causa de la ira y de la ansiedad-. Vosotros no sois amigos de Patrice, que yo sepa.

– ¿Qué vas a hacer, Verna? -le preguntó uno de los hombres a la vez que le dedicaba una sonrisa malévola-. ¿Llamar a la policía?

– ¿A la policía? -repitió ella; a Verna se le notaba un tono sobreexcitado en la voz-. La gente a la que pienso llamar va a hacer que sintáis todo esto mucho más de lo que nunca podría hacer la policía.

Intentó levantarse por segunda vez, pero el joven la empujó hacia atrás, esta vez con más fuerza, y le dijo:

– ¡Siéntate, Verna, siéntate! ¡Sé una buena perra!

Los jóvenes eran delgados y de complexión ligera, sin el menor exceso de grasa, y a primera vista le parecieron gemelos. Pero mientras ellos examinaban el apartamento, Verna comprobó que no se parecían prácticamente en nada, y que sólo era el color blanco harinoso de la cara y las pequeñísimas e impenetrables gafas de sol lo que les había hecho parecer tan iguales.

Uno de ellos era alto, con el pelo negro y grasiento peinado hacia atrás desde la frente y recogido en una cola de caballo pequeña y lacia. Tenía la nariz grande y carnosa, y las mejillas hundidas. Los labios eran tan pálidos que resultaban casi de color malva, y tenía un lunar en el lado izquierdo de la barbilla del que brotaba un único y largo pelo.

Llevaba una chaqueta negra de un tejido sedoso, una camiseta negra y pantalones negros muy holgados. A Verna le recordó a un representante de rock que había conocido en otro tiempo: moderno y muy al día, pero egoísta hasta el extremo de ser cruel con todos aquellos que dependían de él, y también infinitamente desaseado.

Tenía un olor extraño y particular: como a popurrí rancio mezclado con una especie de aceite de cocinar quemado, puede que aceite de nuez o de sésamo.

El otro joven tenía el pelo cortado a cepillo, muy corto, una nariz pequeña y puntiaguda, y una permanente sonrisa lobuna, con los labios estirados hacia atrás sobre los dientes. Era más bajo que su compañero, más nervudo y muchísimo más activo; se movía sin parar de un lado a otro del apartamento, cogiendo cosas y volviéndolas a dejar luego en su sitio. Vestía un polo negro, unos pantalones de cuero del mismo color, decorados con ganchos, cadenas e imperdibles, y botas de combate con la suela de goma. Llevaba colgada del hombro una bolsa de lona negra, que le rebotaba en la cadera mientras caminaba en círculos por la habitación.

– Entonces, ¿vamos a hacerlo, Joseph? -quiso saber. Se agachó y empezó a hacer fintas de derecha a izquierda como los boxeadores.

– Ciertamente -le dijo el llamado Joseph-. Ciertamente, vamos a hacerlo.

– Pero, ¿vamos a hacerlo ahora? -preguntó el joven con impaciencia.

Joseph esbozó una sonrisa malva, sin sangre.

– En efecto, Bryan, vamos a hacerlo ahora.

Bryan se sacó la bolsa de lona por la cabeza y la depositó sobre la mesa de café, que tenía el sobre de azulejos. Joseph se inclinó, la abrió y se puso a hurgar en el interior. Verna oyó el tintineo y entrechocar de metales; luego, Joseph sacó dos tiras de alambre delgado bañado en cromo, cada una de unos sesenta centímetros de longitud, y un par de tijeras de podar, de las que usan los jardineros.

Joseph se volvió hacia Verna y sonrió.

– ¿Has sentido alguna vez pánico? -le preguntó-. Quiero decir… ¿has sido alguna vez presa de un pánico total?

Verna lo miró fijamente, aterrada, incapaz de comprender la pregunta.

Joseph soltó el asa de las tijeras de podar y cortó el aire con amenazadores gestos, como si quisiera hacer jirones de la mismísima mañana. Lanzó una carcajada como un aullido.

– ¿Nunca has sentido un pánico total? ¿Nunca en tu vida? Bueno… ¡pues ahora es tu oportunidad!

OCHO

Michael acercó la fotografía a la ventana y estuvo examinándola durante casi un minuto sin pronunciar palabra, a pesar de que había reconocido a la chica inmediatamente.

Seis pisos más abajo, las sirenas pasaban ululando por la-calle Cambridge en dirección sur.

En la última fotografía que había estado mirando de aquella chica, ésta aparecía a punto de sonreír, con un ojo medio guiñado a causa del sol.

Otra había sido tomada en el depósito de cadáveres; era una fotografía a base de magulladuras, cicatrices y quemaduras.

– Dios mío -dijo al tiempo que dejaba escapar un suspiro.

Victor se había pasado los últimos diez minutos completamente absorto en el estudio de las borrosas fotografías que Michael había transmitido por fax desde el despacho del doctor Moorpath; no paraba de hacer concienzudas crucecitas a lápiz aquí y allá y de hacer anotaciones en un bloc de papel amarillo. Al mismo tiempo había estado dando voraces y rápidos mordiscos a un emparedado hecho con carne de vaca salada y escabeche de eneldo, y bebiendo zumo de tomate de un vaso de plástico.

De pronto, Victor se dio cuenta de que Michael tenía algo importante y doloroso que decir; bajó el lápiz, lo miró, con los ojos agrandados detrás de las gafas, y comenzó a masticar más despacio.

– Ésta es Elaine Parker -dijo Michael. Bajó las fotografías con manos temblorosas.

Victor dejó el lápiz y tragó.

– ¿Usted la conoce?

– Ya lo creo. He visto muchas fotografías de ella.

– Pero, ¿quién es?

Michael se apartó de la ventana y se sentó al otro lado del escritorio, frente a Victor.

– ¿Se acuerda del desastre aéreo de Rocky Woods? ¿De aquel L10-11 que se cayó?

– ¿Y quién no? Usted llevó a cabo la investigación del seguro, ¿verdad? Me lo ha dicho el Jirafa.

Michael dejó caer la fotografía de Elaine Parker sobre el escritorio de Víctor.

– Trescientas doce personas murieron aquella noche. El avión se abrió como una vaina de guisante y todos cayeron del cielo. Todos menos ella.

– No le sigo -dijo Victor.

– Estaba en la lista de pasajeros: Elaine Patricia Parker, de veintiún años de edad, estudiante de arte en Attleboro, Massachusetts. Iba a ver una exposición que estaba de gira procedente de Europa. Turner, Gauguin, no me acuerdo. Se registró en el mostrador de Midwest Airlines aquella tarde a las tres y diecinueve minutos. El único equipaje que facturó fue una maleta de cuadros escoceses.

»Por lo que sabemos, tomó un café y una pasta en la cafetería del aeropuerto antes de marcharse hacia la puerta de embarque. En la cafetería, varias personas la vieron hablando con un joven. La única descripción que pudimos obtener fue que era un joven sonriente de cabello oscuro. Pero, ¿de qué sirve eso? El mundo está lleno de jóvenes sonrientes con el pelo oscuro, y a las chicas les gusta hablar con ellos.

Victor miró el oscuro y borroso fax que tenía ante sí. Ya había trazado el perfil de un cuerpo desmadejado y retorcido y parte de otro. John O'Brien, doblado por la mitad y sin cabeza. Dean McAllister, cuyas piernas estaban cercenadas por el muslo. Dio otro bocado de emparedado.

– Registramos treinta quilómetros cuadrados -continuó diciendo Michael-, que es un área mucho mayor de lo que es normal en cualquier accidente, pero nunca dimos con el cuerpo. Encontramos el bolso de la chica y uno de sus zapatos, pero a ella nunca llegamos a localizarla.

Se inclinó sobre la mesa y examinó con atención la fotografía. El rostro de aquella chica estaba abultado a causa de la descomposición y lleno de cicatrices. Anzuelos de pescar le atravesaban los labios y tenía quemaduras de cigarrillo en los párpados. Michael no había visto las fotografías del resto del cuerpo, pero por el modo en que se lo había descrito Victor, no quería verlo. Nunca se había dado cuenta de que fuera posible hacerle daño a una mujer de tantas maneras.

– Sufrió, ¿no es cierto? -preguntó-. Sufrió de veras.

¿Qué? Oh, sí, puede usted estar seguro -repuso Víctor con la boca llena.

Michael se puso en pie otra vez y comenzó a pasear por la oficina. Un esqueleto humano colgaba de un rincón; se acercó a él y se puso a mirar fijamente las polvorientas cuencas de los ojos. Lo tocó suavemente y el esqueleto se puso a bailar y a dar saltitos al tiempo que los huesos de las rodillas chocaban entre sí.

– Le llamamos Idle -comentó Víctor. Michael esbozó una media sonrisa.

– La cuestión es… -empezó a decir; pero se interrumpió al ver que la puerta del despacho se abría y entraba Thomas. Parecía cansado y acalorado. La mitad del faldón de la camisa se le había salido de los arrugados pantalones de color beige, y llevaba la corbata torcida. Le preguntó a Víctor:

– ¿Cómo va eso?

Víctor levantó el emparedado a medio comer.

– Estamos en un descanso nutritivo. Cortar en pedazos a la gente es un trabajo muy duro. Hemos abierto el tórax y la cavidad abdominal; Keiller está recuperando el contenido del estómago. Le mandaré un informe preliminar en cuanto pueda.

– Si es posible, que sea antes de cenar -le pidió Thomas-. Mi aparato digestivo nunca se encuentra muy feliz con esta clase de cosas.

Miró a Michael y sorbió por la nariz; luego se la limpió con el dorso de la mano.

– Bueno, Mikey… Victor me ha dicho que nos has prestado un poco de ayuda en este caso.

– Más que un poco -dijo Victor. Señaló hacia la fotografía que reposaba sobre el escritorio-. Michael cree haber investigado a la desconocida de la calle Byron.

– ¿Me tomas el pelo? -inquirió Thomas. Cogió la fotografía-. ¿Sabes quién es?

Michael asintió.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente. Se llama Elaine Patricia Parker -le explicó Michael-. Fue la única persona de la lista de pasajeros del accidente aéreo de Rocky Woods cuyo cadáver nunca se encontró.

Michael era más bajo que Thomas, le llegaba por el hombro. Thomas se quedó mirándolo desde arriba un buen rato, respirando roncamente por la boca abierta.

– ¿Elaine Patricia Parker?

– Eso es. Estudiaba arte en Attleboro.

– ¿Y eres capaz de reconocerla después de todo este tiempo? ¿Y a pesar de que la hayan golpeado y torturado de ese modo, y de que tenga la cara desfigurada?

Michael asintió.

– Créeme, Thomas, estudié más de cien veces todas las fotografías disponibles de esa chica. Soy un profesional. -Thomas levantó una ceja-. Todavía sigo siendo un profesional -insistió Michael.

Victor comenzó a tamborilear vivamente con los dedos sobre el escritorio; luego se puso en pie y cogió la bata verde de quirófano, que estaba colgada en un perchero al lado de un cartel de glándulas linfáticas de la Hewer's Histology.

– Perdóneme -dijo-. Será mejor que vuelva al trabajo.

– De acuerdo -dijo Thomas sin quitarle los ojos de encima a Michael-. Infórmeme en cuanto pueda, ¿quiere?

Victor salió, y Michael, Thomas e Idle, el esqueleto, se quedaron allí solos sumidos en un incómodo silencio. Thomas cogió la fotografía de Elaine Parker y la levantó hasta ponerla cerca de la cara de Michael. Éste le echaba alguna mirada fugaz de vez en cuando, pero no podía soportar mirarla con demasiado detenimiento. Había empezado a notar aquella espantosa y familiar sensación de vértigo, como si el suelo estuviera a punto de abrirse bajo sus pies, como si estuviera a punto de caer a plomo seis mil metros en medio de la helada oscuridad. Luego entre ramas que lo azotaban y árboles que lo magullaban, y por último contra el suelo sólido, como el nadador que se tira de cabeza contra el cemento.

– ¿Estás seguro de que es ella?

Michael se aclaró la garganta.

– Sacaré el expediente de Plymouth Insurance y te lo traeré. Además tenía marcas distintivas. Recuerdo una pequeña fresa de nacimiento debajo de la axila derecha.

– Le diré a Victor que la busque -dijo Thomas. Siguió con la fotografía levantada ante el rostro de Michael. Éste estaba pálido; parecía distraído y no hacía más que tragar saliva. Thomas tenía mucho interés en saber por qué.

– Si no me equivoco, sus padres viven todavía en Attleboro -dijo Michael-. Tú… eh… podrías pedirles que la identificasen, ¿no?

– No me quedará más remedio que hacerlo si acabo totalmente convencido de que es ella -dijo Thomas. Sin bajar la fotografía se metió la mano izquierda en el bolsillo de la camisa y sacó un cigarrillo-. Pero tienes que comprender mi punto de vista. No quiero exponerme haciendo que alguien vea los restos de esta chica si existe la menor posibilidad de que no sea ella. Lo que le han hecho es algo que me produce pesadillas, y eso que he visto montones de cosas desagradables que les han hecho a otras personas.

– Es ella, estoy seguro -insistió Michael. Y estaba seguro.

– Si tienes razón, Mikey, estás planteándonos algunas preguntas cuya contestación es muy difícil -dijo Thomas-. Por ejemplo… ¿cómo es posible que sobreviviera a un accidente aéreo desde gran altura del que nadie salió con vida?

– Hay varias respuestas -comenzó a decir Michael-. Podría haber sido una de esas cosas raras que tiene la física, una de esas posibilidades que se dan entre un millón. Algunas de las víctimas de Lockerbie mostraban todavía señales de vida cuando las encontraron, y habían caído desde nueve mil quinientos metros de altura. No sobrevivieron mucho tiempo, de acuerdo, pero cuando un cuerpo humano cae desde gran altura, no supera los ciento ochenta quilómetros por hora, porque la resistencia del viento se lo impide. Cuando choca contra el suelo, los efectos no son peores que un choque frontal entre dos automóviles que viajen a noventa quilómetros por hora.

– Ni mejores tampoco, supongo -intervino Thomas.

Michael se encogió de hombros.

– La otra posibilidad es que no estuviera en el avión. Se registró, eso sí, porque la vieron hacerlo… y su equipaje se encontró a bordo, al igual que un zapato y el bolso. Pero, desde luego, no ha sobrevivido ningún testigo que pueda afirmarlo.

Thomas se puso el cigarrillo, todavía sin encender, entre los labios, y cuando empezó a hablar, se movió arriba y abajo.

– Si estás en lo cierto acerca de… ¿cómo dices que se llama, Elaine Parker?, entonces tenemos dos chicas -ambas en la región de Boston- que, de un modo u otro, han sobrevivido a accidentes aéreos, y a continuación a ambas las han raptado, las han hecho prisioneras, las han torturado y finalmente las han asesinado. Y los porqués, los motivos y las conclusiones de esas preguntas concretas… bueno, sólo Dios las sabe.

– Desde luego -dijo Michael-, lo que las relaciona a ambas son los pinchazos… esas cicatrices que les hicieron en la espalda.

– Sí, claro -asintió Thomas con cansancio-. Pero no es gran cosa para seguir adelante, ¿no? Alguien les metió agujas en la espalda. Pero hasta ahora no tenemos ninguna idea de por qué querían hacerlo. Parte del problema es que las entrañas de la desconocida estaban demasiado descompuestas para que Victor determinase qué era lo que el agresor intentaba conseguir… es decir, aparte de causarle un dolor extremo.

– Cuando dices descompuestas…

– Gusanos -dijo Thomas-. Las larvas de la mosca de la carne común. Pregúntaselo a Victor, él es el experto. Se les comieron las entrañas y las dejaron como un edificio en ruinas.

– Está bien -dijo Michael-. Estoy muy puesto en gusanos.

Se apretó el dorso de la mano contra la frente. Se sentía sudoroso, pero al mismo tiempo tenía frío. Quizás fuera buena idea llamar al doctor Rice aquella tarde, aunque sólo fuera para hablar de todas aquellas cosas, para orientarse de nuevo. El mundo real estaba empezando a adquirir un aspecto frío y amenazador, y Michael comenzaba a sentirse muy lejos de Patsy y de Jason, y muy lejos también del silencioso y tranquilizador despacho que el doctor Rice tenía en Hyannis.

Sonó el teléfono. Thomas lo cogió y dijo bruscamente:

– Boyle.

Escuchó, colgó el teléfono y luego le dijo a Michael:

– Victor quiere que baje a la sala de autopsias. Dice que hay algo que yo debería ver. -Hizo una pausa y luego dijo-: ¿Quieres venir conmigo?

Michael titubeó un momento y luego asintió.

– Supongo que tengo que hacerlo.

Habían sido dos días de mucho movimiento en el depósito de cadáveres. Veintidós hombres y tres mujeres habían resultado muertos en los disturbios de la calle Seaver, y las perspectivas eran todavía peores para aquella noche. Y aparte de eso, los forenses tenían que hacerse cargo de la habitual cuota diaria de ahogados y fallecidos a causa de tiroteos, estrangulamientos, cuchilladas y quemaduras. Boston era la meca de los ahogados. En cierta ocasión, el alcalde, en un acceso de indiscreción, había hecho alarde de que en el puerto de Boston se habían ahogado más personas en lo que va de siglo que las listas de víctimas de los naufragios del Lusitania y el Titanic juntas.

Michael tuvo que apretujarse de espaldas contra la pared mientras un cadáver tapado con una sábana verde pasaba en una camilla que empujaba un camillero negro. Éste iba canturreando: «Cuando un hombre… ama a una mujer…»

Victor estaba esperándolos ante las puertas batientes del depósito. Mantenía los ensangrentados guantes en alto, como si estuviera dando la bendición.

– Esto no resulta bonito de ver -les advirtió-, pero es muy interesante.

Pasó por las puertas y entró en la sala, helada y con una iluminación muy brillante. En el aire flotaba un fuerte olor a antisépticos, a bilis y a carne humana no demasiado fresca. Thomas, que iba justo detrás de él, impregnaba vigorosamente el pañuelo de esencia de clavo. Se volvió hacia Michael.

– ¿Quieres un poco?

Michael hizo un gesto negativo con la cabeza.

Sobre la mesa de cerámica blanca delante de ellos, bajo una penetrante batería de focos quirúrgicos, yacía algo que parecía un enorme saco de frutos exóticos reventado y abierto: frutas marrones, amarillas, púrpuras y rojas. Sólo al dar la vuelta y situarse al otro lado de la mesa, Michael se dio cuenta de qué era lo que estaba viendo; porque aquel saco de frutas exóticas reventado tenía una cabeza, una cara, dos brazos y dos piernas. Era Sissy O'Brien, abierta desde la entrepierna hasta la clavícula, y muy separada mediante una extensa incisión por encima del pubis, que permitiera a Víctor Kurylowicz averiguar exactamente qué le habían hecho los secuestradores a aquel cuerpo.

Michael se encontró a sí mismo mirando fijamente aquella cara. Sissy tenía los ojos cerrados y la piel de un extraño color gris perla, casi fosforescente, pero la muerte le había proporcionado una belleza madura y tranquila, por lo que a Michael le resultó casi imposible hacerse a la idea de que no había absolutamente nada dentro de aquella cabeza, debajo de aquel cabello tan sedoso. Solamente oscuridad y la nada, una vida espantosamente sesgada por algún motivo que él no alcanzaba a imaginar. Miró más allá de las llamativas y horripilantes entrañas, y vio a Thomas con los ojos acuosos y el pañuelo sobre la cara, y a Victor observándolo con la luz reflejada en las gafas.

– Venga -le dijo Victor a la vez que le hacía un gesto para que se aproximara-. Tendrá que acercarse más. -Michael se acercó. Notó que la oscuridad empezaba a levantarse debajo de él. Victor dijo-: Más cerca… no va a dar un salto y pedirle que baile con ella.

Michael se acercó a la mesa todo lo que fue capaz. Victor cogió un espéculo de acero inoxidable y empujó con él hacia un lado los montones gélidos de color beige de los intestinos de Cecilia.

– Y ahora aquí… -explicó-. Aquí tenemos los ríñones.

Los ríñones de Cecilia tenían tanto aspecto de ríñones que Michael, en silencio, se juró a sí mismo que nunca volvería a comerlos. Marrones, curvos y brillantes, sólo un poco deslustrados por la reciente exposición al aire. Victor los empujó y se movieron ligeramente de un lado a otro en su lecho de grasa blanca y membrana suelta y venosa.

En un tono de voz natural propio de un conferenciante, Victor continuó hablando:

– Por lo que he podido averiguar hasta el momento, todas las heridas importantes están relacionadas de una manera u otra con la tortura o con la gratificación sádica. Son terribles, y cuando yo digo terribles, quiero decir que son mucho más extremas que cualquier otra cosa que yo haya podido ver hasta el momento. Pero lo que quería averiguar en primer lugar era con qué fin se habían hecho esos dos pinchazos de aguja en la parte baja de la espalda, puesto que, obviamente, eran lo único que podía establecer cierta relación entre nuestra víctima de la calle Byron y esta pobre chica que tenemos delante. No creo que el propósito primordial de los pinchazos de aguja fuera ocasionar dolor. Pueden haber causado dolor, pero nada que se pueda comparar con un cigarrillo encendido aplicado a los pezones desnudos.

– Entonces, ¿qué ha descubierto? -le preguntó Thomas impaciente, pues empezaba a sentir crecientes náuseas.

Victor alzó la mirada y levantó una ceja muy satisfecho de sí mismo.

– Lo que he descubierto es que esos pinchazos iban directamente a las glándulas suprarrenales.

Thomas, con voz apagada por el pañuelo, preguntó:

– ¿Y eso es difícil de hacer?

– Extremadamente. Puede usted ver por sí mismo que los ríñones son unos órganos muy móviles.

– De modo que quien metiera las agujas directamente en esas glándulas concretas lo hizo con habilidad…

– Oh, sí.

– Y exactitud…

– Una exactitud fantástica… recuerde que el riñon izquierdo es siempre un poco más estrecho y está situado más alto, dentro de la cavidad abdominal, que el derecho.

– Y premeditación…

– Desde luego.

– ¿Un cirujano, quizás? -preguntó Michael.

– Es una posibilidad. Desde luego no fue un jugador de dardos.

Thomas aspiró una profunda bocanada de aire empapado en aroma de clavo y luego dijo:

– Entonces, ¿qué son esas glándulas supra… como se llamen? ¿Por qué querría alguien clavarles una aguja?

Victor cogió el escalpelo y retiró la fibrosa capa exterior de las glándulas, que estaban adosadas a la parte superior de los riñones. Un poco de sangre y líquido rezumó de ellas, pero Sissy llevaba mucho tiempo muerta, no iba a darles molestias sangrando demasiado.

– Aquí, miren… -dijo Victor; y abrió uno de los riñones para que Thomas y Michael pudieran comprobarlo por sí mismos. Thomas no pudo evitar pensar en aquel almuerzo que habían comido tres semanas antes en Barrett's, no pudo evitar pensar en todos aquellos riñones envueltos en bacon y servidos en un calientaplatos de plata-. Ésta es la glándula suprarrenal, hay una encima de cada riñon; miden unos cinco centímetros de largo y un poco menos de ancho. Dentro de ellas pueden ver esta capa firme de color amarillo intenso, ¿la ven? Esto es lo que llamamos la capa cortical. Y justo aquí, en el centro, tenemos esta porción blanda de color marrón oscuro. Esto es lo que llamamos la médula.

– Vale -dijo Thomas al tiempo que tragaba saliva-. Pero, ¿para qué sirve? ¿Es importante?

Victor se incorporó hasta quedar erguido del todo, en posición vertical.

– Si a alguien se le quitan las cápsulas suprarrenales, a partir de ese momento sufrirá un abatimiento muscular, y la muerte se producirá al cabo de unos días. Dentro de esta parte marrón y blanda, la médula, es donde se produce la adrenalina.

– ¿Se refiere a la misma adrenalina con que uno se pone todo excitado?

– Eso es. Cuando uno se ve amenazado, o está excitado, o tiene estrés, las glándulas suprarrenales bombean adrenalina, y eso hace que los ojos se agranden, que el pelo se ponga de punta, que el corazón lata a mayor velocidad y que el hígado le llene a uno la corriente sanguínea de azúcar extra.

Michael sentía que la oscuridad lo aprisionaba, pero intentó mantener un comportamiento racional.

– ¿Qué trata de decir con esto? ¿Que alguien le introdujo deliberadamente las agujas a esta chica en las glándulas suprarrenales para extraerle la adrenalina? ¿Es eso?

La cara de Victor adquirió un aire divertido, como quien no se toma la cosa en serio.

– ¿Cómo voy a saberlo? Eso es trabajo del teniente Boyle.

– Pero, ¿alguien le metió las agujas a propósito en las glándulas suprarrenales?

– Exacto. Justo en el medio, donde se produce la adrenalina. Y, desde luego, y dadas las circunstancias, las glándulas suprarrenales de las víctimas habrían estado produciendo una gran cantidad de adrenalina.

– ¿Está hablando del miedo, del dolor, de la amenaza de muerte inminente? -quiso saber Thomas.

Víctor asintió.

– Puede que esto sea sólo teoría, desde luego, pero sugiere un móvil distinto del simple sadismo.

– ¿Un móvil distinto? ¿Qué móvil distinto? ¿Para qué demonios iba alguien a querer la adrenalina de nadie? -preguntó Michael.

– Bueno, es difícil de decir -repuso Víctor-. Normalmente obtenemos toda la adrenalina que necesitamos a partir de los animales, o la producimos artificialmente. Se utiliza mucho en las operaciones de la vista y de la nariz, y también en toda clase de urgencias médicas, porque eleva la presión sanguínea y actúa como vasoconstrictor de los capilares, por lo que reduce las hemorragias. A veces la aplicamos directamente a una herida grave sobre un aposito de gasa, y eso ayuda a detener la hemorragia. También puede resultar útil para aliviar el asma.

Thomas se quedó mirando el saqueado cadáver de Sissy O'Brien. Estaba perplejo y sentía náuseas, pero sobre todo le embargaba la tristeza. Megan, su esposa, había sido trágicamente herida por el destino, pero por lo menos estaba viva. La vida de aquella pobre chica había terminado para siempre en medio del miedo y del sufrimiento, y todo para satisfacer algún tipo de avaricia que no alcanzaba a comprender.

Se encontraban alrededor de la muchacha, de pie bajo la brillante e inflexible luz de la sala de autopsias, y cada uno de ellos, a su manera, se preguntaba por el dolor. Y no sólo eso, sino que también se hacían preguntas acerca de Dios y de si realmente existiría.

Al cabo de dos o tres minutos, Thomas dijo de pronto:

– El rabo.

Michael le echó una mirada rápida. Aquélla era una cuestión en la que no tenía ganas de entrar.

Victor levantó la sábana de quirófano que cubría la mitad inferior del cuerpo de Sissy. Michael no quería mirar, pero no pudo evitar hacerlo, y con una terrible sensación de náusea y lascivia captó la visión de una pelambre poblada y sucia entre los muslos de Sissy.

– Todavía no he cortado en los intestinos inferiores -explicó Victor.

– Pero tiene una idea bastante clara de lo que le han hecho, ¿no es así?

Victor asintió.

– Sí.

– ¿Va a hacerlo ahora? Realmente necesitamos saberlo.

– No tienen que quedarse aquí.

Thomas le dirigió una mirada a Michael por encima del pañuelo y pensó: «Dios mío, este hombre está al límite de lo que puede soportar.» Conocía a Michael desde hacía tiempo. Sabía que era bueno y que tenía algo especial, sobre todo cuando se trataba de investigaciones enmarañadas y engañosas. Pero Joe Garboden le había advertido que ya no era el mismo, no desde lo sucedido en Rocky Woods. Y ahora podía ver por sí mismo que Michael estaba derrumbándose bajo el peso de sus propios traumas. Tenía la cara gris, los ojos se le habían dilatado y exhibía todos los síntomas de estar a punto de derrumbarse.

– Victor… -dijo Thomas-. Quizás sea mejor que nosotros nos saltemos esta parte. Ya me enviará algunas fotografías más tarde.

Pero Michael quería ver. Michael necesitaba ver. Estaba seguro de que existía alguna relación entre lo que le había pasado a Sissy O'Brien y lo sucedido en Rocky Woods. Estaba seguro de que si podía resolver un caso, podía exorcizar el otro. Toda su cordura y su alma dependían de ello.

– Está bien -le dijo a Victor-. Adelante.

Victor miró a Thomas, pero lo único que Thomas pudo hacer fue decir:

– Claro… si eso es lo que él quiere.

Victor les hizo señas a dos jóvenes médicos forenses y habló con ellos rápidamente y en voz baja. Uno de ellos, una chica negra, no hacía más que decir que no con la cabeza, pero Victor le puso una mano en el hombro y dijo:

– Esto es lo peor que podréis ver en esta profesión. Si sois capaces de enfrentaros a esto, podréis enfrentaros a cualquier cosa. Pensadlo bien.

Michael notaba que la transpiración le empapaba la espalda. Comenzó a sorber por la nariz como si tuviese un principio de resfriado, pero sólo era debido a los nervios. Estaba abrumado a causa del terror que sentía. Tenía la sensación de que el edificio entero empezaba a oprimirlo mientras la oscuridad se disponía a engullirlo. Observó cómo Víctor se inclinaba sobre los restos de Sissy O'Brien, con el bisturí reluciendo en la mano, pero no fue capaz de mirar hacia otra parte. Era terrible mirar; pero hubiera sido aún más terrible no mirar.

Solamente Victor hablaba al empezar a abrir el enroscado intestino grueso de color rosa; fue abriendo cada vez más hacia abajo, apartando la grasa, apartando la piel. Iba grabando en una cinta magnetofónica sus impresiones para poder entregarle a Thomas un informe preliminar fiel. Más tarde, cuando estuviera a solas, se pasaría horas diseccionando, analizando y preparando un catálogo completo de todo lo que le había ocurrido a Sissy O'Brien, y en qué orden, y qué hecho o hechos concretos le habían provocado finalmente la muerte.

– Podemos ver que el recto y la sección inferior del intestino grueso han sido groseramente distendidos por la forzada intrusión de un objeto extraño: un objeto de aproximadamente sesenta centímetros de largo y diez de diámetro.

Michael sabía lo que era, y a juzgar por las ensangrentadas y laceradas protuberancias que se veían en los intestinos de Sissy O'Brien, era lo que él pensaba. Pero todavía rezaba porque nada de aquello hubiera sucedido de verdad; y porque nadie hubiera sido capaz de perpetrar aquel acto. No se daba cuenta de que tenía la cara tan pálida como el marfil, como un santo mártir en alguna capilla medieval, y de que las lágrimas le rodaban por las mejillas.

«Esto no debería haber sucedido. Esto no puede ser. Oh, Dios mío, por favor, dime que no es cierto.»

– Vemos la presencia de varias perforaciones y laceraciones anómalas en los intestinos inferiores, cualquiera de las cuales habría podido por sí sola causar una peritonitis mortal -seguía diciendo Victor.

Michael podía oír la voz del médico, pero sólo muy a lo lejos, como si Victor estuviera en otra habitación y hablase por un megáfono de hojalata. Se sentía frío y distante, y notaba cómo se le iba la sangre de la cabeza. Se daba cuenta de que posiblemente fuera a desmayarse.

Victor tendió la mano y la chica negra le puso con fuerza un escalpelo en la mano. El forense se inclinó sobre el cuerpo de Sissy y, con mucho cuidado, comenzó a hendir la oscura y abultada sección del recto.

El tejido blancuzco se separó y Michael oyó decir a Thomas:

– Jesús.

Y eso fue todo. No se desmayó ni se cayó. Pero tampoco pudo moverse. Lo único que pudo hacer fue mirar fijamente los fieros ojos muertos del gato que había aparecido entre los pliegues de carne separados por el bisturí.

Se encontró a sí mismo sentado en una silla dura. No estaba muy seguro de cómo había llegado hasta allí. Alguien le sostenía la mano, una mujer. Michael tenía la mirada fija en un vaso de papel vacío. Oyó la voz de Victor, luego la de Thomas, y a continuación el chirriar de unas ruedas.

De pronto fue consciente del acre y denso olor a muerte que flotaba en el aire.

– No sé con qué va a tener que vérselas en este asunto, teniente -estaba diciendo Victor.

– Un demente -no hacía más que repetir Thomas-. Quienquiera que hiciese esto es un jodido demente.

– Envuelto y apretado con alambre… como un bebé… ya sabe, como un maldito redondo de carne de buey… y luego metido a la fuerza… Jesús…

Todavía estaba de pie junto a la ventana en el despacho de Victor cuando éste regresó. Eran casi las nueve. El cielo sobre la parte sur de Boston estaba cubierto de un humo denso que se había vuelto espectacularmente púrpura a causa del sol poniente; los incendios ardían a lo largo de todo el horizonte como las hogueras de un ejército en un asedio, un asedio de bárbaros, de hunos, de godos o de visigodos.

No se dio la vuelta cuando Victor entró en el despacho, pero lo oyó dejarse caer en el sillón basculante de capitán, dar la vuelta sin levantarse del sillón y abrir uno de los cajones del escritorio. Oyó el tintineo de vasos pequeños y el gluglú de una botella de whisky.

– ¿Y usted? -dijo Victor-. ¿Quiere?

Michael negó con la cabeza.

– ¿Quiere hablar con alguien? -le preguntó Victor.

– Yo… eh… hablaré con mi siquiatra esta misma noche, más tarde.

– Si quiere, puede llamarlo desde aquí.

– Ya lo he hecho. Ahora no está, ha salido a hacer una visita domiciliaria. A hipnotizar a una mujer de West Yarmouth que quiere adelgazar.

Víctor se acercó a la ventana y se quedó de pie a su lado apoyado en el marco, haciendo girar repetidamente el bourborí en el vaso.

– Parece que ustedes los bostonianos están destruyendo su propia ciudad la mar de bien, ¿no? -comentó.

– A mí no me pregunte -dijo Michael-. Después de lo que he visto hoy, creo que la gente es capaz de hacer absolutamente cualquier cosa. Quiero decir, ¿cómo puede alguien…?

Victor esperó a que terminara la frase, pero Michael no lo hizo, así que la terminó por él.

– ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de torturar hasta la muerte a una muchacha joven e inocente, y luego matarla de una manera que ni usted ni yo podríamos soñar siquiera en la peor de nuestras pesadillas?

Michael lo miró con ojos inexpresivos. Victor se quitó las gafas y le sonrió.

– Hay algo que aprendí en Newark -dijo-. Si a alguien le importa una mierda la vida humana, es que le importa una mierda la vida humana. No les importa cómo maten a la gente, con disparos, a puñaladas, estrangulándolos, ¿qué más da, con tal de que acaben muertos? Sólo a las personas como usted y como yo nos importa la forma en que muere alguien. A los asesinos no les importa en absoluto. Si están quitándole la mismísima existencia a alguien, ¿qué más da que sufran?

Tras un silencio, Michael dijo:

– ¿No cree usted que a los que mataron a Sissy O'Brien o a Elaine Parker les importase cuánto sufrieran?

Victor dio un trago de whisky.

– Empiezo a pensar que sí… pero no en el sentido a que usted se refiere.

– No comprendo.

– Bien, déjeme expresarlo de este modo: estoy empezando a pensar que esas marcas de pinchazos de aguja son fundamentales en este asunto. No tenemos ninguna prueba física realmente consistente de que se las hicieran a Elaine Parker para llegar a las glándulas suprarrenales. Todos sus órganos internos estaban ya demasiado descompuestos. Pero las marcas externas de Elaine Parker son idénticas a las marcas de Sissy O'Brien. Incluso podrían haber sido infligidas con las mismas agujas. De modo que, de momento, creo que podemos suponer con bastante certeza que hemos establecido unas conexiones, hasta cierto punto fuertes, entre la muerte de Elaine y la muerte de Sissy. Ambas fueron torturadas sádicamente. Ambas pasaron un infierno, créame… y Elaine pasó por un infierno durante casi un año antes de que finalmente la mataran. Si es usted capaz de soportar el informe de la autopsia, le enviaré una copia. En todo esto hay mezclado mucho alambre cortante y muchos cigarrillos encendidos, y cucarachas, y también una rata viva.

¡Oh, Dios! -exclamó Michael. Realmente no deseaba escuchar nada más.

Pero Victor insistió.

– La cuestión es… ¿por qué las torturaron? No lo hicieron por dinero, porque no sabemos que nadie exigiera un rescate por ninguna de las dos, ¿no es así? Tampoco las torturaron a fin de obtener información. Estoy seguro de que ni Elaine ni Sissy conocían secretos que hicieran temblar la tierra, ¿no le parece? Y tampoco creo que Sissy pudiera influir en las opiniones legales de su padre. Tampoco las utilizaron para extorsionar a alguien, no las utilizaron para retorcerle a nadie el brazo y obligarle a hacer algo que no quisiera hacer.

– Entonces, ¿por qué? -preguntó Michael.

– Yo antes solía decir que sólo había tres grandes fuerzas en la vida humana que son la causa de todo: el dinero, el poder y el sexo. Pero si no se trata de dinero, ni se trata de poder, ni se trata de sexo… ¿de qué se trata?

Michael lo miraba fijamente, demasiado aturdido para poder decir nada sensato.

– Se trata de la vida en sí -dijo Victor al tiempo que le daba una palmada en el brazo-. No sólo el dinero, no sólo el poder, no sólo el sexo, sino la vida en sí misma.

– No le entiendo.

– Yo tampoco me entiendo. No sé qué demonios está pasando aquí, pero en el momento en que alguien empieza a manipular cuerpos humanos, puede usted apostar el culo a que alguien, en alguna parte, está buscando vida. Mire el Tercer Mundo -India, África-, la gente es capaz de vender cualquier parte del cuerpo, y eso es porque hay alguien en Occidente que las compra. Existe un mercado de ríñones, un mercado de hígados, incluso hay un mercado de testículos. Venga a ver al doctor Tijeretazo y llévese unas pelotas nuevas. ¡Por el amor de Dios! Y cuando la gente de Occidente no consigue comprar los órganos que quiere, dan el siguiente paso, que consiste en organizar lo que nosotros, doctores en pompas fúnebres, llamamos «donación a la fuerza». Encuentran a alguien compatible, lo matan y cogen lo que quieren.

– ¿Habla en serio? -preguntó Michael.

Víctor asintió enfáticamente con la cabeza.

– Nadie en su sano juicio debería apuntarse nunca para hacer donación de órganos o de médula. Siempre existe el riesgo de que un día alguien más rico que tú quiera tu hígado, puede que tus pulmones, o incluso el corazón… Y, tío, si da la casualidad de que eres compatible…

– Pero ahora estamos hablando de adrenalina -dijo Michael.

– Eso es -convino Víctor-. Adrenalina humana. Y puede que también cortisona. No sé por qué alguien habría de necesitarlas de una forma tan desesperada… pero tengo intención de averiguarlo.

– ¿Le ha hablado de esto a Thomas? -le preguntó Michael. Víctor asintió-. ¿Y qué ha dicho?

– No mucho. Thomas es lo que podríamos llamar un hombre pragmático. Aparte de eso, Thomas tiene el estómago sensible y no le gusta hablar de realidades fisiológicas. A Thomas no le importa oír lo mal que están las cosas mientras no se le diga que son mucho peores de ver.

Michael no pudo evitar recordar aquellos horrorosos ojos de gato mirándole fijamente desde las entrañas de Sissy O'Brien. Era como algo de Edgar Allan Poe o de George Fielding Eliot: El gato negro y El cuenco de cobre.

Pero ahora empezaba a mirar a Víctor bajo una perspectiva diferente, y estaba sorprendido y turbado; y, lo que era extraño, se sentía también complacido. Aquel forense delgado y poco afable de Newark, Nueva Jersey, había mostrado de pronto una buena disposición para pensar de un modo tangencial, para utilizar la imaginación. Víctor lo miró oscura y atentamente, sin la menor insinuación de sonrisa en el rostro, pero existía una fuerte corriente de simpatía profesional entre ellos, y también cierta clase de comprensión personal.

– No lo sé -dijo Víctor-. No estoy seguro. Pero alguna clase de pauta saldrá de todo esto, un motivo de alguna clase, algún móvil. En realidad, lo que estoy haciendo es pensar en voz alta. Me he tenido que enfrentar a la muerte durante la mayor parte de mi vida profesional. Mi tío era director de pompas fúnebres, y cuando yo tenía nueve años le ayudé a preparar a mi propio padre. ¿Qué le parece eso como educación? Conozco a la muerte, Michael. Para mí, la muerte es como una casa vacía una vez que se han sacado los muebles y han salido todas las personas. Puedo pasearme por ella; me hace sentir pesar, pero no me asusta. Pero mucha gente no quiere morir nunca, y lo que son capaces de hacer para permanecer vivos… bueno, apunte eso en su cerebro, en la casilla que dice «posibles móviles», ¿vale?

Michael consultó el reloj.

– ¿Tiene algo que hacer esta noche? -le preguntó a Victor-. No me importaría seguir hablando de estas cosas un poco más.

– Tengo que escribir algunas anotaciones.

– ¿Y después?

– Después nada, supongo. Una cena delante del televisor y a dormir un poco.

– En ese caso -le dijo Michael-, le invito a cenar. Yo vivo justo encima de la Cantina Napoletana de la calle Hanover. Sirven un saltimbocca de ternera que le hará llorar.

Victor lo pensó un poco y luego asintió.

– Vale, acepto. Me vendría bien un buen llanto.

Las persianas estaban bajadas en el cuarto de estar de Matthew Monyatta, en la urbanización Mission Hill, de modo que sólo un pequeño triángulo de luz caía sobre la pared izquierda. La habitación estaba vacía, desnuda, excepto por unos grandes almohadones negros y una mesa japonesa baja del mismo color. En el centro de la mesa, tres palitos de incienso de sándalo se consumían en un recipiente de cobre. El propio Matthew Monyatta estaba reclinado en el suelo, junto a la mesa, repartiendo los huesos. Tenía la cara seria y sudorosa. En el compact-disc sonaba Jah África, un hipnótico ritmo afrocaribeño, a un volumen muy bajo.

Aquellos huesos ya los leían los brujos mucho antes del comercio de esclavos. Al principio siempre se usaban huesos humanos: se mataba a la gente a propósito para obtener huesos, ya que éstos seguían proporcionando las mejores profecías. El secreto de los huesos había atravesado el Atlántico en los barcos de esclavos, y en las plantaciones sureñas, las predicciones se habían llevado a cabo con huesos de pollo, huesos de cerdo o, mejor aún, con huesos de niños que no habían llegado a nacer.

A Matthew le había enseñado a leerlos su abuelo, y ahora estaba leyéndolos. Cuando los huesos caían en forma de estrella significaba que se avecinaban malos tiempos. Cuando caían en zigzag quería decir que habría conflictos. Dos huesos paralelos representaban a los hombres blancos. Tres huesos paralelos, siempre que cayeran en forma de cuernos de cabra, significaban algo más que hombres blancos. Aquello significaba hombres blancos blancos, hombres para el sacrificio. Aquello significaba horror, horror y más horror; el mundo se volvía del revés.

Matthew llevaba presintiendo la actividad de los hombres blancos blancos hacía más de diez años. Cada vez que leía los huesos, siempre había algo que sugería su presencia, por insignificante que fuera. Quizás estuviera equivocado, pero había empezado a establecer cierto paralelismo entre esto y la progresiva erosión de Jamaica Plain, Roxbury y otras zonas del sur de Boston. Roxbury había sido en otro tiempo una sólida comunidad de judíos de clase media, con excelentes tiendas y escuelas ejemplares. Ahora estaba enredada entre el crack, el crimen y los tiroteos desde coches en marcha. El último supermercado ya había cerrado sus puertas hacía tiempo, y el último banco acababa de cerrar.

Y como quiera que Matthew los lanzase, los huesos significaban los hombres blancos blancos, los hombres que nunca cerraban los ojos. Éste era el mundo que ellos querían. Esto era Armagedón que venía de paso.

Matthew estaba recogiendo los huesos cuando oyó que el teléfono sonaba en la cocina. Al cabo de unos momentos entró su hija Yasmin, esbelta y graciosa, con un sari de color escarlata.

– Es para ti, papá. Patrice.

Le dio el teléfono. Matthew dijo:

– ¿Patrice? Creía que habías dicho que yo era más blanco que los jodidos blancos.

Patrice tenía la voz extraña y asustada.

– Matthew… tienes que ayudarme.

– ¿De qué hablas, Patrice? ¿Qué clase de ayuda podrías necesitar de mí?

– Escucha, Matthew… te pido perdón por lo que te dije, ¿de acuerdo? Siento mucho haberlo dicho. He llegado a las dos a mi casa y me he encontrado con que la puerta está cerrada con llave y alguien tiene a Verna como rehén.

– ¿Lo dices en serio? ¿Quién querría a Verna de rehén?

– No lo sé, tío. Son dos tipos, los dos blancos. Los he visto por la ventana.

– ¿Has hablado con ellos?

– Les he preguntado qué quieren, nada más.

– ¿Y qué han dicho?

– Dicen que quieren su dinero.

– ¿Qué dinero?

– ¿Cómo demonios voy a saberlo? Yo no he cogido el dinero de nadie.

– Puede que le hayas robado a alguien y se te haya olvidado.

– ¡Escucha, tío, esto no es una broma! ¡Yo nunca le he robado a nadie! ¡Hay dos petimetres blancos en mi apartamento que han cogido a Verna y van a hacerle daño, tío, eso es lo que dicen!

Matthew miró fugazmente a Yasmin y por señas le pidió un refresco. Yasmin fue a la cocina mientras Matthew continuaba hablando:

– ¿Qué puedo hacer yo? Eso es un asunto criminal, Patrice. No tiene nada que ver con la identidad negra. Si necesitas ayuda, llama a la policía.

– ¿Cómo voy a llamar a la policía? Ésta es una puñetera zona de guerra, tío. Hay edificios ardiendo y ni siquiera mandan a los bomberos.

Matthew sabía que iba a tener que hacerlo. Por mucho que Patrice Latomba lo irritase, por mucho que Patrice Latomba minase su credibilidad y su trabajo sobre la autosuficiencia de los negros, Patrice Latomba era un hermano necesitado y Matthew iba a tener que ir.

– ¿Me llevas a Roxbury? -le preguntó a Yasmin-. Calculo que tendré que apretujarme en ese minúsculo Volkswagen tuyo.

– Como me rompas el coche, te mato -le dijo Yasmin.

Seguido por Patrice, Bertrand y otros dos hermanos, Matthew se acercó con cautela a la puerta del apartamento de Patrice. En el edificio había un denso olor a humo de madera y de goma quemada, y a otra cosa también: al hedor de patatas quemadas.

Matthew dudó unos instantes y luego apretó el timbre.

La respuesta fue casi instantánea, como si alguien hubiese estado esperándolos dentro.

– ¿Quién es?

– Matthew Monyatta -repuso Matthew-. Soy amigo de Patrice. He venido para ver qué se puede hacer. Ya sabe… para ver si se pueden facilitar las cosas.

Hubo una pausa de varios segundos, y luego se oyó decir:

– Queremos nuestro dinero, eso es todo.

– Pregúntales qué dinero -le susurró Patrice a Matthew.

– Patrice quiere saber de qué dinero habláis -repitió Matthew.

– El dinero que alguien se llevó después de que mataron a su bebé.

– ¿De qué estás hablando? -gritó Patrice lleno de miedo y frustración-. ¡Yo nunca he cogido el dinero de nadie!

– Oh, no… eso ya lo sabemos -repuso la voz-. Pero alguno de tus amigos lo hizo, Patrice. Uno de los llamados hermanos. Mira a tu alrededor, comprueba quién falta. Haz algunas preguntas por ahí, Patrice. Alguien cogió ese dinero y no fueron los policías ni nuestro hombre, así que debió de ser uno de los tuyos.

– ¿Puedo hablar con usted cara a cara? -le interrumpió Matthew.

Hubo otra pausa. Luego la voz dijo:

– De acuerdo… ¿quiere entrar? Pero con tal de que sea usted y nadie más.

– ¡Es a mi mujer a quien tenéis ahí dentro! -gritó Patrice-. Si llegáis a tocarla…

Matthew sujetó con fuerza a Patrice por el brazo.

– Quédate tranquilo, ¿vale? Será lo mejor. Por favor.

Patrice estampó el puño contra la pared y agrietó el enlucido. Estaba a punto de llorar.

– Es a mi mujer a quien tienen ahí dentro. Primero matan a nuestro bebé… y ahora esto.

– Haré todo lo que pueda por ti, tío -lo tranquilizó Matthew. Y llamó suavemente a la puerta.

La puerta se abrió, pero sólo un par de centímetros.

– Que todos los demás se aparten de la puerta y se queden bien lejos -exigió la voz.

Bertrand había ido acercándose poco a poco a la puerta, pero Patrice le indicó con un gesto de la cabeza que debía hacer lo que le decían y mantenerse alejado.

La puerta se abrió un poco más. Matthew se volvió hacia Patrice y le dirigió una larga mirada de comprensión. Luego empujó la puerta para abrirla más y entró en el apartamento.

La puerta se cerró velozmente tras él. Matthew se encontró en el cuarto de estar, frente a un hombre de cara blanca, delgado, que llevaba gafas de sol negras.

El hombre de cara blanca lo miró de arriba abajo.

– Gruesos refuerzos, ¿eh? -dijo con una sonrisa torcida.

– No creo que sea momento para chistes, ¿no le parece? -le indicó Matthew-. ¿Qué le habéis hecho a Verna?

– No mucho, todavía. Pero se lo haremos si nos provocan.

– Quiero verla.

– ¿Quiere usted ver a Verna? ¡Desde luego! La tenernos en la cocina. Adelante, entre. Por cierto, me llamo Joseph y éste es mi amigo Bryan.

Intranquilo, Matthew siguió al hombre de cara blanca hasta la cocina. Lo que vio le hizo volver la cara inmediatamente. A Verna le habían quitado la ropa a tirones y la habían atado desnuda de pies y manos boca abajo sobre la mesa de fórmica de la cocina, con los pies levantados en el aire.

Bryan tenía la cara tan blanca como Joseph. No levantó la vista cuando Matthew entró. Estaba muy concentrado sosteniendo una vela blanca encendida sobre la espalda desnuda de Verna. De vez en cuando, cuando la cera derretida rebosaba, inclinaba cuidadosamente la vela hacia un lado y la blanca y ardiente cera derretida caía y se solidificaba en la morena y desnuda piel. La mujer ponía cara de dolor cada vez que caía una gota y emitía un suave gritito. Ya tenía veinte o treinta gotas en la espalda, por los hombros y a lo largo de la columna vertebral.

– ¿Qué son ustedes, enfermos o algo así? -preguntó Matthew en voz baja; la voz le temblaba de la impresión.

– «Aquel que me robe la bolsa no roba cualquier cosa -citó erróneamente Joseph-. Aquel que me robe la bolsa sufrirá, y sufrirá, y sufrirá un poco más, hasta que yo recupere mi dinero.»

– ¡Esta mujer no os ha hecho nada!

– No creo que eso tenga importancia -dijo Joseph-. Es una víctima, nada más, y no podemos evitarlo. ¿Verdad, Bryan?

– No -contestó Bryan mientras dejaba caer más cera en la espalda de Verna-. No podemos evitarlo.

– Os daréis cuenta de que Patrice va a mataros por esto -dijo Matthew.

Joseph rodeó la mesa y pasó la punta de los dedos por la espalda de Verna salpicada de cera.

– No lo creo, señor Monyatta. En realidad, es más bien lo contrario.

– Soltad a Verna -insistió Matthew-. Tenéis que hacerlo… ella es totalmente inocente.

– Oh, no vamos a hacerle mucho daño a menos que sea necesario -repuso Joseph-. Pero alguien cogió nuestra bolsa cuando detuvieron a Jambo, ¿sabe? Y había un montón de dinero en ella, y también cocaína y municiones. Es propiedad nuestra, y queremos que se nos devuelva.

– No creo que Patrice sepa quién la cogió -dijo Matthew-. Me imagino que alguien la cogió y se escapó con ella, simplemente.

Joseph se quitó las gafas oscuras, y Matthew se quedó helado al verle los ojos. Eran de color rojo sangre, como los ojos de un demonio, y estaban tan llenos de desprecio y odio que no pudo evitar estremecerse.

– Quiero que nos devuelvan esa bolsa, y esta señora va a quedarse aquí con nosotros, disfrutando de nuestras atenciones, hasta que tengamos la bolsa en nuestro poder. -Sonrió y enseñó una hoja de afeitar de doble filo que tenía sujeta entre el dedo índice y el dedo corazón, como quien hace un juego de manos-. ¿No cree usted que ella disfrute con esto? Permítame que se lo muestre. -Y mientras decía esto puso la mano izquierda entre las nalgas de Verna y se las separó con los dedos, dejando a la vista el oscuro y arrugado ano y la vulva cubierta de pelo rizado-. ¿Ve esto? -dijo al tiempo que mojaba la punta de los dedos en la suave carne color escarlata de la vagina-. Está mojada, está preparada para el sexo. El terror siempre produce ese efecto, excita a las mujeres. Si quiere usted excitar a una mujer, Matthew, quiero decir excitar realmente a una mujer, asústela de muerte. Ella se empapará, se lo aseguro, antes de que usted pueda decir Monyatta. -Cogió la hoja de afeitar y, muy cuidadosamente, le dibujó una cuadrícula de tres en raya en la nalga izquierda. Apenas salió sangre; sólo unas cuantas gotas finas que se cuajaron casi de inmediato-. Dígale a su amigo que queremos nuestro dinero, Matthew. Que de otro modo, Verna va a sufrir muchísimo más de lo que es necesario.

Matthew dio la vuelta alrededor de la mesa. Estaba tan impresionado que tuvo que apoyarse en uno de los armarios de la cocina. La cara de Verna estaba apoyada sobre la fórmica roja. Tenía los ojos llenos de lágrimas y los labios hinchados y con señales de golpes.

Matthew se inclinó hacia ella y le dijo con suavidad:

– Verna… ¿me oyes? Me llamo Matthew… Matthew Monyatta. A lo mejor has oído a Patrice hablar de mí. -Verna parecía no comprender. Volvió los ojos hacia él, pero no podía enfocar la mirada-. Verna… vamos a sacarte de aquí, te lo prometo.

– Saldrás de aquí, Verna, no te preocupes por eso -le dijo Bryan-. Probablemente saldrás hecha picadillo como una hamburguesa… pero saldrás.

Matthew se incorporó furioso. Pero Bryan levantó al instante la mano izquierda ante él, con el dedo índice y el dedo meñique estirados, muy tiesos, y los demás dedos doblados haciendo el cornu, el signo de la cabra. Y fue entonces cuando Matthew se acabó de convencer de que tenía razón, y que lo que los huesos habían estado advirtiéndole era totalmente cierto.

Sintió una horrible y estremecedora frialdad en el estomago. Los huesos habían estado previniéndole, noche tras noche, cada vez con más fuerza, año tras año. Los hombres blancos blancos. Los hombres que nunca cierran los ojos. En Etiopía y en Egipto, siglos atrás, los llamaban los vigilantes, los ángeles insomnes.

Matthew nunca había pasado tanto miedo en toda su vida. Con voz ronca, dijo:

– Yo os conozco.

– ¿Tú nos conoces? -le preguntó Joseph mientras volvía a ponerse las gafas de sol sonriendo.

– Sois vigilantes, ¿verdad? Seirim.

Joseph se echó a reír.

– Parece que ha estado imaginando cosas, señor Monyatta. Ha estado teniendo sueños. Nosotros somos honrados comerciantes que buscan su dinero, eso es todo.

– Dígame de cuánto dinero se trata -dijo Matthew-. Veré si puedo encontrárselo.

Aunque hacía calor y el aire estaba muy cargado en la cocina de Patrice, Matthew empezaba a tiritar de frío.

– Cuatrocientos cincuenta.

– ¿Nada más? -le preguntó Matthew con incredulidad.

– Cuatrocientos cincuenta mil.

Matthew tocó a Verna con suavidad en la cabeza; una bendición; una esperanza; un deseo santo.

– Dios te guarde -le dijo. Luego se volvió al hombre blanco blanco y le pidió-: Déme un poco de tiempo, por favor. ¿Lo hará? Puedo reunir el dinero si me da usted tiempo.

– No se trata solamente del dinero, señor Monyatta -intervino Bryan.

– ¿Qué más hay? -quiso saber Matthew.

– Los disturbios -explicó el hombre a la vez que hacía remolinos con las manos en el aire-. Los saqueos, los tiroteos, el caos.

– ¿Quieren que se acaben?

Joseph se echó a reír con una risa ronca y quebrada.

– ¿Que se acaben? ¿Está loco? ¡Queremos que continúen! ¡Queremos que empeoren! ¡Queremos ventanas rotas, coches incendiados y cerdos muertos a tiros sin necesidad de provocación!

– Eso no puedo consentirlo -dijo Matthew temblando. Tenía las mejillas cenicientas.

– ¿Por qué no? Dígame, ¿por qué no?

– Ésta es mi gente… aquí es donde viven. Están pidiéndoles que arruinen su propia comunidad. Cristo sabe… Cristo lo sabe… ya estaba bastante mal antes de que sucediese esto.

– No invoque el nombre de Cristo contra mí, señor Monyatta -dijo Joseph en voz baja con frialdad-. Puede que seamos vigilantes, puede que no. Pero si yo fuera usted, no me arriesgaría, ¿sabe? Trae -dijo; y tendió una mano hacia Bryan, quien le pasó la vela encendida. Sin dejar de mirar a Matthew retorció el extremo de la vela, se lo metió a Verna en el trasero y lo dejó allí. Matthew, horrorizado, miró fijamente la vela y luego levantó los ojos hacia Joseph-. No dispone usted de mucho tiempo, señor Monyatta -le advirtió Joseph-. Digamos que una hora, puede que hora y media. A partir de ese momento, el dolor va a empezar de verdad. Oh… y no se le ocurra intentar convencer a la policía para que le ayude. Si noto un tufillo a cerdo, un solo tufillo, la señora Latomba se encontrará meciendo a su bebé allá arriba, en el cielo. Y no bromeo.

Fuera, en las calles, Matthew oyó una descarga de disparos y el sonido de cristales al romperse. Se santiguó y dijo:

– Dios me proteja. Y Dios proteja a esta mujer inocente. Y Dios os condene a los dos al infierno.

Bryan dijo en tono amenazador:

– Me parece que ya es hora de que se vaya, señor Monyatta. Joseph y yo no somos famosos por nuestra inagotable paciencia.

Matthew le dirigió una última mirada de desesperación a Verna, que seguía con la llama de la vela metida oscilando entre las nalgas. Luego, pegado a la pared, fue acercándose a la puerta de la cocina y cruzó el cuarto de estar. Abrió de un tirón la puerta principal y salió, sudando y tiritando, al rellano antes de darse cuenta siquiera, de tan rápidamente como lo hizo.

Patrice lo agarró inmediatamente de la manga.

– ¿Qué pasa? -quiso saber-. ¿La sueltan o qué?

Matthew lo miró fijamente; tenía el labio superior perlado de sudor.

– No puedo hacer nada por ti, tío. Vosotros mismos habéis hecho que esto caiga sobre vosotros. Vosotros los habéis dejado entrar, tío. No podéis culpar a nadie más que a vosotros mismos.

Recorrió el rellano dando tumbos y empezó a bajar las escaleras pesadamente. Patrice titubeó, sorprendido, pero luego echó a correr tras él.

– ¿Y Verna? -le gritó por encima de la barandilla.

– Ojalá que Dios la conserve a salvo, es lo único que puedo decirte.

– Pero… ¿qué tengo que hacer yo?

Matthew se detuvo a mitad de las escaleras.

– Van a hacerle daño, Patrice. Van a hacerle daño de una forma que tú no puedes ni imaginar.

– ¡Eso es! ¡Eso es! -chilló Patrice. Sacó la automática del 45 y la amartilló-. ¡Voy a volarles los puñeteros sesos! ¡Bertrand! ¡Voy a volarles los puñeteros sesos!

– La matarán antes de que llegues a pasar por la puerta -le advirtió Matthew-. Créeme, Patrice, no sabes con quién estás viéndotelas.

– Pero, ¿qué demonios quieren? -le preguntó Patrice a gritos desde arriba.

– Ya te lo han dicho. Quieren su dinero.

– ¡Yo no tengo su dinero, por el amor de Dios!

– Entonces más vale que averigües quién lo tiene; o si no, será mejor que reúnas cuatrocientos cincuenta de los grandes, y ahora mismo.

– ¡Qué dices! ¿De dónde quieres que yo saque semejante montón de dinero?

– Eso es lo que quieren, Patrice.

– ¿Qué vas a hacer tú? -exigió Patrice-. ¿Vas a dejarme plantado aquí o qué? ¿Me dejas aquí para que me las arregle yo solo con esas cucarachas?

– Patrice… deseo que Verna se encuentre a salvo y en libertad tanto como tú, pero no hay nada más que yo pueda hacer, aquí no, no a menos que encuentres el dinero.

– ¿Y el jefe de policía? ¿No podrías hablar con ese hombre? Escucha, pararemos los disturbios, lo pararemos todo.

– Dicen que si traes a la policía la matarán inmediatamente.

– ¿Y qué vas a hacer tú? ¿Te vas y ya está?

– Sólo hay una cosa que yo pueda hacer, y es averiguar contra quién y contra qué tenemos que vérnoslas. Entonces volveré.

Dicho esto, continuó bajando las escaleras.

– ¡Matthew! -aulló Patrice-. ¡Matthew, no puedes abandonarme! ¡Te necesito, tío!

Matthew se agarró con fuerza al pasamanos de la barandilla y le dijo con voz de trueno:

– ¡Están aquí! ¡Los hombres blancos blancos están aquí por tu culpa! ¡Les proporcionaste todo lo que querían! ¿Y ahora me pides que te salve?

Tras decir esto, Matthew bajó apresuradamente las escaleras y salió por la puerta hacia la calle antes de que Patrice pudiera contestarle.

Patrice se volvió hacia Bertrand y le preguntó: -Los hombres blancos blancos? ¿Qué demonios son los hombres blancos blancos?

Bertrand se encogió de hombros.

– Nunca había oído hablar de ningún hombre blanco blanco. Patrice volvió a la puerta de su apartamento y la golpeó furiosamente con los puños.

– iHijos de puta! ¡Como le pongáis un dedo encima a mi mujer, voy a poneros marcando, hijos de puta!

No hubo respuesta. Patrice se volvió a Bertrand y le dijo;

– Quién se llevó ese dinero, tío? ¿Dónde demonios está dinero?

Bertrand se rascó la cabeza y se encogió de hombros.

– Creo que será mejor que empecemos a preguntar por ahí.

Patrice dio un puñetazo contra el pasamanos de la barandilla.

– Quienquiera que sea el que se llevó el dinero, lo mataré ¡Lo mataré!

Y entonces Verna empezó a gritar.

– Patrice! ¡Patrice! ¡Patrice!

Justo antes del amanecer, Michael vio al gato que salía arrastrándose de las entrañas de Sissy O’Brien, con los ojos amarillos, escuálido, cubierto de mucosidad humana y gruñendo, y se despertó gritando.

Victor, que estaba adormilado en el sofá del cuarto de esta corrió hasta el dormitorio y se encontró a Michael empotrado entre la cama y la pared, sin dejar de dar salvajes puñetazos papel de la pared.

– Michael! -lo llamó a gritos-. ¡Michael! ¡Por el amor d Dios, Michael! -Lo cogió por los hombros e intentó levantarlo pero no lo consiguió; Michael se debatía con demasiada fiereza-. ¡Michael! -repitió--. ¡Michael, escúchame!

Por fin, Michael dejó de aporrear la pared y se dio la vuelta se quedó mirándolo fijamente. Tenía las pupilas como puntas de alfileres y la cara espantosamente blanca.

– Michael, soy Victor. ¿Te encuentras bien? Lenta y dolorosamente, Michael se incorporó.

– Estoy bien -dijo al cabo de un rato-. Acabo de tener una experiencia, eso es todo.

– ¿Una experiencia? ¿Qué clase de experiencia?

Michael trató de sonreírle irónicamente.

– Si la tuvieras tú, la llamarías una pesadilla. -Se palmeó frente-. A causa de mi condición sicológica concreta… yo lo experimento virtualmente. Se llama reconstrucción postraumática de los hechos, o algo así.

– Quieres café? Michael asintió.

– Lo siento. Me parece que no debía de haber ido ayer al depósito. Me ha disparado algo por dentro.

– No hay problema, olvídalo. ¿Por qué no intentas hablar con tu siquiatra?

– Puede que sea una buena idea, pero tendré que ir a verlo en persona. M somete a hipnoterapia, y ésta no funciona por teléfono.

Victor consultó el reloj.

– Escucha… ¿por qué no te llevo yo hasta allí? Me vendría bien tomarme algún tiempo libre. ¿Dónde dices que es? ¿En Hyannis?

El inspector Ralph Brossard estaba dando cabezadas delante de Genghis Khan cuando sonó el teléfono. Al principio creyó que estaba soñando, y esperó a que alguien contestase, pero el teléfono seguía sonando sin parar. Por fin, Ralph abrió los ojos y se dio cuenta de dónde estaba y qué pasaba.

Apartó a un lado las cajas medio vacías de chow mein y buey con chiles que abarrotaban la pequeña mesa al lado del armario, y cogió el teléfono.

– No estoy -dijo con voz espesa.

– Ralph? Ralph, soy Newt.

– Ya te lo he dicho, Newt. No estoy.

– Ralph, ha sucedido algo raro.

Ralph pasó la mirada por su apartamento encajonado, empapelado de marrón, en busca de algún cigarrillo, pero no encontró ninguno. Por la ventana sin cortinas veía el interminable flujo del tráfico de primeras horas de la mañana en la autopista John Fitzgerald, y el amanecer que iba haciéndose cada vez más gris sobre el puerto de Boston. También vio reflejada su propia imagen fantasmal, más parecida aún a Ernest Hemingway, ya que los dos días de suspensión de empleo le habían permitido dejarse crecer un poco la barba.

– Yo… esto… he tenido un contacto con Patrice Latomba

– dijo Newt.

– Latomba? ¿Estás tomándome el pelo? Espera un minuto, Newt, tengo que ir a buscar cigarrillos.

A pesar de las protestas de Newt, Ralph dejó caer el auricular y recorrió, chocándose con todo, el cuarto de estar, levantando libros y revistas y dejándolos caer de nuevo. Por fin encontró un paquete medio aplastado de Winston en la estrecha cocina barnizada de verde, y se inclinó sobre el quemador de gas con los ojos entrecerrados para encender un cigarrillo.

Volvió a coger el teléfono al tiempo que dejaba escapar el humo por la boca.

– Vale, Newt, ya estoy contigo. ¿De qué se trata?

– Patrice Latomba dice que a Verna, su mujer, la han cogido dos tipos blancos y la tienen como rehén en su propio apartamento.

– Mierda! ¿Están locos?

– No lo parece. Llevan allí desde ayer por la mañana.

– Sabe Patrice quiénes son?

– No tiene ni idea, pero cree que tú a lo mejor sí lo sabes.

– Cómo voy a saber yo quiénes son? Me paso la vida en una cajita con el letrero «Narcóticos»; no tengo nada que ver con los Musulmanes Negros ni con la sublevación africana, ni con nada en lo que esté metido Latomba.

– Esos dos tipos blancos dicen que quieren que les devuelvan su dinero,

– Dinero? ¿Qué dinero?

– Escucha, Ralph… el dinero que se perdió cuando le tendimos la emboscada a Jambo. Por lo visto, alguien cogió la bolsa durante la emboscada, y ahora esa gente quieren que se la devuelvan.

– De modo que eso es lo que sucedió -dijo Ralph mientras dejaba escapar el humo por entre los dientes-. Bueno. Entonces, ¿por qué no se lo devuelve? A nadie le importa ya un carajo, una vez que perdimos de vista el dinero ya no nos sirve como prueba, quiero decir que el departamento se ha quedado sin cuatrocientos cincuenta de los grandes, pero c’est la vie.

– Ni hablar, Ralph. Por lo visto, el hermano que lo cogió decidió que era demasiado dinero para compartirlo con los demás hermanos, y ahora está en alguna parte y no consiguen encontrarlo. A lo mejor está en las Bermudas, o en Las Vegas. ¿Quién sabe?

– Pues dile a Latomba que llame a la policía.

– Vamos, Ralph, el apartamento de Latomba está justo en medio de la zona de batalla. La gente de Latomba le dispara a la policía en nombre del bebé muerto de Latomba, y los policías les devuelven los disparos. Oficialmente no podríamos montar una operación para rescatar a un rehén de la calle Seaver sin que exista un riesgo más elevado de lo aceptable tanto para policías como para civiles. Extraoficialmente les importaría una mierda lo que le pase a la señora Latomba y cualquiera que se llame Latomba.

– Entonces, ¿qué se supone que he de hacer yo?

– Se supone que vas a prestarle a Patrice Latomba tu experta ayuda para liberar a su mujer de los que la han cogido como rehén, vivita y coleando. No sé cómo de vivita. Patrice dice que han oído gritos.

– Patrice quiere que yo le ayude? ¿A quién intenta tomarle el pelo? Yo maté a su bebé.

– Precisamente. Y por eso piensa que se lo debes.

Ralph observó los bordes de Genghis Khan, que galopaba salvajemente por el decorado de la Universal, con la espalda lanzando destellos.

– Ni hablar, Newt -dijo-. Si quieres saber mi opinión, toda esta historia no es más que un puñetero truco, estúpido y burdo, para hacerme ir a la calle Seaver y permitirle a Latomba que me deje frito. Dile que me envíe una bomba por correo y me ahorrará tener que conducir hasta allí.

– Dice que si puedes salvar a su mujer hará que paren los disturbios y no presentará quejas contra ti por lo que le pasó al pequeño Toussaint.

– Y si no puedo salvar a su mujer? ¿Y si los que la retienen la hacen volar por los aires? ¿Qué va a hacer él entonces? ¿Darme la mano e invitarme a cenar cocina negra del sur?

Se hizo un silencio hueco y prolongado entre ellos. Finalmente Newt habló:

– En realidad, yo creo lo que dice, Ralph.

– Tú le crees? ¡Bueno! Pero tú no eres el que tiene que meterse en la boca del lobo, o lo que sea.

– Ralph… esos tipos han amenazado con torturar y matar a la mujer de Latomba si no les devuelven el dinero.

Ralph se dh un fuerte golpe con la palma de la mano en la frente.

– Y qué esperas que haga yo? No puedo hacer más de lo que pueda hacer él, no sin una brigada especial. Dile que eche la puerta abajo a patadas y que entre a tiro limpio. A lo mejor salva a su mujer, a lo mejor no.

– Tú puedes negociar con ellos, eso es lo que ha dicho Latomba. Puedes ofrecerles algún tipo de trato.

– Qué trato? Estoy suspendido, por si se te había olvidado. No puedo ofrecerles ni un emparedado.

– Vale, Ralph… no hace falta que te pongas así. Sólo estaba pasándote el recado.

– Sí… gracias, Newt. Perdona. Me parece que me compadezco a mí mismo, más que otra cosa.

– Mañana es mi día libre -dijo Newt-. ¿Por qué no nos vamos tú y yo al Sunset y vemos cuántas cervezas diferentes somos capaces de aguantar?

Ralph dirigió una mirada a la fotografia de Hemingway, que estaba colocada encima de la chimenea.

NUEVE

Iban conduciendo en dirección sur por la autopista Pilgrims; era una mañana brumosa iluminada por el sol, y en la radio sonaba rock’n’roll de los años setenta: Staying alive, The Air That I Breath y Reason to Be Cheerful

– Debería tomarme unas vacaciones -dijo Victor-. Hace años que no lo hago. Cada día un cadáver nuevo. ¿Sabes lo que quiero decir?

– Debe de ser muy deprimente -le comentó Michael.

– Oh, no, ni hablar, no es deprimente. Solamente resulta aburrido. ¿Sabes qué quiero decir? Cuando has visto un páncreas, los has visto todos.

Salieron de la carretera y tomaron el desvío hacia New Seabury justo antes de las once. Michael giró el volante para meter el coche en el jardín de su casa y comenzó a tocar la bocina de forma escandalosa. Patsy abrió inmediatamente la puerta de la cocina y bajó corriendo por las escaleras de madera; iba vestida con unos tejanos muy ajustados y una camisa de cuadros rosas, y llevaba el pelo sujeto hacia atrás con horquillas. Michael la estrechó con fuerza entre sus brazos y la notó tan cálida y sexy como siempre; olía a Lauren, como de costumbre.

– Éste es Victor Impronunciable -dijo por fin Michael a la vez que se daba la vuelta.

– Kurylowicz -aclaró Victor al tiempo que le tendía la mano.

Patsy le estrechó la mano y le sonrió.

– Me alegro de conocerte. Michael me ha hablado mucho de ti por teléfono.

– No diría la verdad, espero.

– Dijo que eras un amigo.

Subieron los escalones hasta la cocina y luego pasaron al cuarto de estar, donde se encontraban los dos sofás gastados y las sillas propias de un bazar de oportunidades; desde allí se veía la asombrosa vista del océano ázul y blanco.

– Queréis café? -les preguntó Patsy. Le brillaban los ojos porque estaba contentísima de ver a Michael,

– Sería estupendo -dijo éste.

Cuando Patsy se hubo marchado a la cocina, Victor observó:

– Fíjate en este lugar. Es precioso. No entiendo por qué quieres trabajar en la ciudad.

– Falta de ingresos -le explicó Michael-. Si no fuera por eso, ni con caballos salvajes podrían arrastrarme fuera de aquí.

– Cómo te encuentras? -le preguntó Victor.

– Desequilibrado, si quieres que te diga la verdad.

– Vas a ir a ver a ese siquiatra tuyo?

– Claro, esta tarde.

– Eso del hipnotismo, ¿de verdad sirve de algo?

– Desde luego. Es como vivir la peor de las pesadillas de cada cual. Uno las vive, se pasea por ellas, las conoce bien, aprende a entenderse con ellas…, del mismo modo que tú aprendiste a entenderte con la muerte.

Victor sonrió y miró hacia el mar.

– Sabes lo que me dijo mi padre antes de morir? «Por el amor de Dios, no dejes que el tío Kazyk me pinte los labios. No quiero que me entierren pareciéndome a tu tía Krysta.» Nos reímos tanto que casi se nos saltaron las lágrimas; luego lloramos, de todos modos. Bueno, tenía cáncer.

– Qué hizo que te trasladases desde Newark hasta aquí?

– Nada en particular. Este trabajo fue una oferta que me hicieron, así que me vine.

– ¿No estás casado?

Victor negó con la cabeza.

– Cuando uno ha visto lo que hay dentro de la gente, resulta difícil mantener cualquier tipo de relación física con las personas. Ello, en cierto modo, te hace distanciarte, si entiendes lo que quiero decir.

Patsy volvió con el café. Lo sirvió, se sentó junto a Michael y le dio un beso en la mejilla.

– Te llamé esta mañana -le dijo-, pero ya te habías marchado.

– Ah, sí?

– Estaba un poco preocupada. Había dos tipos rondando por la acera de enfrente. Parecía como si estuvieran vigilando la casa. Pensé en llamar a la policía, pero al cabo de diez minutos ya se habían marchado.

– Cómo eran?

– No sé… eran bastante raros. Uno iba vestido de negro y el otro de gris. Los dos llevaban gafas de sol, así que no pude distinguirles bien la cara. Lo único que pude ver es que tenían la cara terriblemente pálida. Casi como si fueran albinos, ¿sabes?

Michael se encogió de hombros.

– Ah, bueno, por aquí a veces viene gente de todas clases. Una vez vino una limusina cargada de gángsters; fueron a sentarse a la playa con los abrigos de vicuña y los zapatos Gucci puestos y se pusieron a fumar puros. Después todos volvieron a marcharse por donde habían venido.

– Esos dos no tenían aspecto de ladrones de casas ni nada parecido -dijo Patsy-. Pero me preocupé, no sé por qué.

– Bueno, si vuelves a verlos, llama a la policía.

– Hay algo más. Anoche, muy tarde, un hombre llamó por teléfono tres veces. Yo le dije que se equivocaba de número, pero él siguió llamando.

– Dijo a qué número llamaba?

– No.

– Conocías la voz?

– No… no.

– ENo te dijo nada obsceno?

– No, nada de eso. Pero fue muy insistente. No hacía más que preguntar por el «señor Hillary».

Michael se quedó mirándola fijamente. Una sensación punzante y fría le recorrió la espalda.

– El «señor Hillary»? ¿Estás segura?

– Eso es lo que dijo: «Quiero hablar con el “señor Hillary”.»

Michael frunció el ceño. El «señor Hillary». Aquél era el nombre que había mencionado el ciego mientras él estaba cruzando la plaza Copley. Era demasiada coincidencia que se hubieran hecho dos referencias al «señor Hillary» por casualidad en tan breve espacio de tiempo, y además de un modo tan gratuito.

– Sucede algo? -preguntó Victor al tiempo que daba un sorbo de café.

– No sé… he oído ese nombre antes, eso es toçlo.

– Extraño -comentó Victor.

Victor y Patsy fueron de compras en Hyannis mientras Michael iba a visitar al doctor Rice. Era una tarde clara y soleada, soplaba un viento vivificante y las nubes cruzaban yelozmente el cielo como ovejas retozonas. El doctor Rice lo tuvo esperando más de veinte minutos, y cuando abrió la puerta del despacho, una mujer de mediana edad con la cara escarlata y vestida con un traje de chaqueta de lino color naranja salió a toda prisa, con los ojos vidriosos y la pintura de ojos corrida.

– Siento haberle hecho esperar, Michael -dijo el doctor Rice. Aquel día tenía un aspecto desacostumbradamente informal, pues llevaba una camisa amarilla de manga corta, pantalones de golf a cuadros azules y mocasines blancos con clavos-. Perdone usted el atuendo. Voy a jugar un partido en Chatham esta tarde. Siquiatras contra dentistas. Vamos a darles una paliza tal que van a quedar destrozados por una temporada.

Michael se sentó en el sillón de lona y metal cromado. Habían arreglado el brazo desde la última sesión de terapia a la que había asistido. El doctor Rice se acercó a la ventana y ajustó las persianas para que el despacho quedase sumido en una penumbra pardusca.

– Cómo le ha ido, Michael? -le preguntó a la vez que apoyaba una.nalga en el borde del escritorio-. Por teléfono parecía estar usted presa del pánico.

– He estado… inestable, si he de decirle la verdad -confesó Michael.

– ¿Inestable?

– Es este trabajo, no cabe la menor duda. No hago más que experimentar imágenes retrospectivas de Rocky Woods. Y otras cosas, además. Incidentes realmente extraños en la calle; incidentes que no puedo comprender.

– Estamos hablando de pesadillas?

– No, no. Son pesadillas que tengo cuando estoy despierto. No hago más que tener la repentina sensación de estar cayéndome de aquel avión; de que estoy a punto de morir.

– Bueno -dijo el doctor Rice discretamente-, ya sé que necesita este trabajo, pero a lo mejor debería considerar la posibilidad de dejarlo. Como le dije el otro día, su cordura vale mucho más que cualquier suma de dinero. De nada sirve ser millonario si uno está demasiado jodido para disfrutar de ello.

– No quiero dejarlo. No puedo dejarlo. Hay demasiadas preguntas, demasiados rompecabezas… si no averiguo lo que les pasó a John O’Brien y su familia, creo que estaré más jodido de lo que estaba antes.

– Cree realmente que averiguar lo que le pasó a John O’Brien tiene gran importancia? Está muerto, nada puede hacerlo regresar. Puede que a Plymouth Insurance le importe cómo muriese, pero, ¿a usted realmente qué más le da? Quiero decir sicológicamente.

– Sí me importa, y mucho -dijo Michael-. Supongo que habrá visto en las noticias que la hija de O’Brien fue arrojada a la arena por el mar en la bahía Nahant.

– Desde luego -dijo el doctor Rice con cautela. Alargó una mano y encendió la grabadora.

– Estuve allí en persona y vi el cadáver. Pero hay más, la bahía Nahant es la misma que vi la última vez que usted me hipnotizó.

El doctor Rice pareció sorprendido.

– Está seguro de eso?

– Absolutamente. La misma playa, el mismo faro. Todo.

…y nunca había estado en la bahía Nahant antes?

– Nunca.

– Nunca la había visto en alguna guía turística, o en alguna revista? -Michael negó con la cabeza enfáticamente-. Bien… eso es notable -admitió el doctor Rice-. He oído que algunos pacientes tienen fogonazos de percepción cuando están bajo hipnosis… pero ninguno que pudiera ver el futuro.

– Quiéro que me hipnotice de nuevo -le pidió Michael.

El doctor Rice se levantó y dio la vuelta al escritorio. La amortiguada luz del sol se le reflejó en las huesudas mejillas recién afeitadas, pero sus ojos permanecieron como círculos de impenetrable oscuridad.

– Está seguro?

– Estoy seguro. ¿Porqué lo pregunta? Nunca lo había hecho.

– Porque estoy preocupado por usted. Normalmente, los pacientes emplean sus experiencias hipnóticas para llegar a un acuerdo con sus traumas sicológicos. Pero en su caso, parece que está haciéndolo a la inversa… como si estuviera creando más traumas sicológicos mientras está bajo hipnosis y trayéndolos de regreso para turbar su vida cotidiana.

– Vi la bahía Nahant, el faro, la playa, aquellas casas verdes. Estaban allí, por amor de Dios. Estaban allí de verdad. Tengo que saber cómo es posible que lograra verlas antes de haber ido allí; y por qué.

El doctor Rice bajó la cabeza.

– Debe comprender que la hipnosis sólo puede revelar cosas que ya estén dormidas dentro de su cerebro. No puede decirle algo que usted no sepa ya.

– Por favor -dijo Michael-. Tal como están las cosas, estoy al borde de un ataque de nervios. Me aguanto por los pelos. Veo cosas que no debería estar viendo, sufro toda clase de experiencias raras. En Boston tuve la impresión de que me seguían, luego aquel viejo empezó a hablar conmigo y, por último, el taxista se puso a citar cosas de la Biblia.

– A mí me parece que todo eso es normal en Boston -le dijo el doctor Rice con una sonrisa torcida.

– Tengo que someterme a hipnosis -insistió Michael.

Por fin, el doctor Rice dijo:

– Muy bien. La grabadora está en marcha, quiero que quede grabado que voy a hipnotizarlo a petición suya, que usted asume todos los riesgos y que me exonera de cualquier responsabilidad.

Michael titubeó. Nunca había oído hablar así al doctor Rice.

– Está asustado -le dijo.

– Sólo estoy preocupado. La hipnosis no es un juego para exhibirlo en fiestas. Podría quedar usted seriamente traumatizado.

– Cuando estoy despierto tengo la sensación de que me caigo de aviones. Son verdaderas visiones a plena luz del día, como que el mundo se abre justo debajo de mis pies. Veo cadáveres y pedazos de cuerpos. ¡Los veo, por el amor de Dios! ¿Qué puede haber peor que eso?

– Muy bien -dijo el doctor Rice-.-. Si cree que hipnotizarle puede servirle realmente de algo, adelante. Pero permítame que se lo repita otra vez: no experimentará usted nada bajo hipnosis que no conozca previamente. Y puede que sea mejor que piense en qué es lo que ya conoce.

– Qué? -le preguntó Michael volviendo la cabeza mientras el doctor Rice daba la vuelta alrededor de él.

– Me cae bien -dijo el doctor Rice-. No puedo decirle nada más que eso.

– Por favor… -dijo Michael-. Hipnotíceme, ¿de acuerdo?

El doctor Rice acercó una silla y se sentó en ella al lado de Michael. Éste podía oler la pasta de dientes Binaca en el aliento del médico.

– Está usted cómodo? -le preguntó el doctor Rice. Michael asintió. Entonces, el doctor Rice le dijo-: Ponga la mano izquierda sobre la rodilla izquierda, con la palma hacia arriba, y luego ponga la mano derecha sobre la mano izquierda, también con la palma hacia arriba. Relájese -le indicó-. Está usted ansioso, está asustado, no sabe qué hacer… pero ha venido aquí en busca de ayuda, y yo voy a dársela. Gire la cabeza, deje que los músculos se suelten. Relájese.

Michael se relajó realmente. Dejó que el alma se le saliera por los pies, hasta que no fue nada más que una marioneta sin hilos derrumbada en el sillón. Se sentía vacío, completamente sugestionable, dispuesto para cualquier cosa.

El doctor Rice sacó el disco de zinc y cobre con el que hipnotizaba y lo apretó contra la palma abierta de Michael.

– Concéntrese en el centro del disco, en el punto de cobre. Mantenga los ojos fijos ahí y no desvíe la mirada.

Michael miró fijamente el punto de cobre ylo vio bailar ante sus ojos. «Esta vez -pensó- no conseguirá hipnotizarme. Esta vez va a fallar.»

– Tiene ganas de dormir -le dijo el doctor Rice-. No se resista a la sensación de sueño… permita que se apodere de usted en el momento en que él quiera. Cuando yo le diga que cierre los ojos, ciérrelos. -El doctor Rice le pasó las manos a Michael por delante de la cara una y otra vez-. Tiene sueño -le dijo-… Le pesan tanto los ojos que apenas puede mantenerlos abiertos. No tiene ningún tacto en los brazos ni en las piernas. Siente todo el cuerpo entumecido. Se le están cerrando los ojos, se va a dormir.

– Le rozó los párpados a Michael y luego murmuró-: Le resulta imposible mantener los ojos abiertos. Va a dormirse, va a dormirse, va a dormirse. No puede abrir los ojos. Está dormido.

Michael no quería quedarse dormido. Por lo menos no con tanta facilidad. Esta vez quería demostrarle al doctor Rice que podía resistirse. Pero al mismo tiempo que pensaba «No, esta vez no, no», iba deslizándose poco a poco hacia la irrealidad, hacia aquel cálido, acogedor y oscuro océano de la inconsciencia, y no era capaz de abrir los ojos por mucho que lo intentase. Sencillamente, no podía. Y en realidad tampoco quería, porque el océano era tan profundo y tan relajante que podía nadar cada vez más, y dormir mientras nadaba.

Vio aquel resplandor rosado y brillante que siempre veía antes de que el doctor Rice lo sometiera a hipnosis por completo, y esta vez le pareció más brillante que nunca. Oía el oleaje arrastrándose incansablemente por toda la orilla, y notaba el viento salado soplándole en la cara y oía a las gaviotas chillando. Oyó decir a Jason:

bicicleta…

Luego abrió los ojos.

Había un hombre alto cerca de él, mirándolo. Tenía el pelo de color blanco hueso, largo, sedoso y peinado hacia atrás, aunque parte del mismo volaba movido por la brisa de la costa. Tenía la cara larga y esculpida, con la nariz recta y estrecha, diferenciados pómulos y ojos oscuros y exigentes. Resultaba espantosamente atractivo, la clase de hombre cuya presencia hace que los maridos cojan a sus mujeres del brazo en un gesto protector.

Llevaba un abrigo largo, muy caro, de lana gris suavemente tejida, que ondeaba y resonaba al viento. Estaba pelando meticulosamente una lima, y dejaba caer los pedazos de cáscara en la arena.

– De manera que has venido a unirte a nosotros, Michael-le dijo el hombre sonriendo, aunque la voz no parecía estar sincronizada con los labios, como una película hecha en un idioma extranjero que estuviera mal doblada. Michael notó que el miedo se apoderaba de él de la cabeza a los pies, pero el hombre le echó un brazo por los hombros y le dijo-: Ven conmigo… no deberías tener miedo… ahora estás entre amigos… amigos y parientes.

– No comprendo -dijo Michael. Miró a su alrededor por toda la playa, a las dunas azotadas por el viento, a las achaparradas casas verdes, a las gaviotas que volaban silenciosamente en círculo. A media distancia vio algo grisáceo y pálido echado sobre la playa, algo que podría haber sido tanto un saco de correos como un viscoso montón de restos de algún ahogado, o algo peor. Unas cuantas gaviotas se paseaban majestuosamente alrededor de aquello, picoteándolo de vez en cuando.

El hombre, con suavidad, se llevó a Michael hasta alejarlo de allí. El abrigo se le enrollaba a Michael entre las piernas y hacía que le resultase difícil caminar. El hombre dijo:-Tú eres un privilegiado, ¿sabes? No muchos de vosotros continuáis teniendo algún recuerdo de lo que sois…

Subieron por las dunas con las piernas hundiéndoseles entre la blanda arena. Michael no pudo evitar volver la cabeza una vez más para mirar la forma que yacía sobre la playa. No podían ser los restos de Sissy O’Brien. ¿O si? No le gustaba el modo en que estaban picoteándola las gaviotas, ni el hecho de que se elevaran en el aire con un pedazo enorme de algo mojado y hecho jirones colgándoles del pico.

– Vámonos ya -le urgió el hombre-. No tenemos mucho tiempo.

– Adónde vamos? -preguntó Michael.

El hombre no dijo nada, pero lo cogió por el codo con una mano tan fuerte como una garra y lo empujó con suavidad hacia adelante. Subieron juntos a lo alto de las dunas, con el viento azotándoles la espalda, y luego comenzaron a descender por una ancha cuesta arenosa hacia el blanco faro que Michael había visto en su último trance hipnótico.

– Estoy soñando -dijo Michael-. Dígame que estoy soñando.

El hombre se volvió hacia él; tenía la cara angulosa y blanca, tan blanca como una cantera de tiza, y los ojos rojos como rubíes líquidos.

– No, Michael, no estás soñando. Esto es real… esto es aquí y ahora. Si estuvieras soñando, entonces yo también tendría que estar soñando, y tú y yo estaríamos compartiendo este sueño.

– Sin embargo, yo no me encuentro realmente aquí -insistió Michael.

– Por supuesto que estás aquí! ¿No notas el viento? ¿No oyes el mar?

– Estoy en trance. Estoy sentado en el despacho del doctor Rice, en Hyannis. Él me ha hipnotizado.

– Tú estás aquí, Michael. ¿Por qué fingir?

Michael daba tumbos por la arena mientras el hpmbre lo llevaba casi a rastras cada vez más cerca del faro blanqueado. El viento silbaba y siseaba entre la arena. El faro era tan blanco que incluso en una grisácea mañana como aquélla apenas si se podía mirar hacia él a causa del resplandor.

– Quiere dejar de tirar de mi? -le gritó al hombre; y de un tirón consiguió que soltara la manga-. ¡Sea como sea, no quiero ir!

El hombre se detuvo y lo miró fijamente, allí plantado, con las piernas muy separadas, la espalda erguida y las manos apoyadas en las caderas, tenía un aspecto bíblicamente serio.

– Tienes que hacerlo -le ordenó.

Michael movió la cabeza en un signo negativo.-No voy a ninguna parte. Esto es un sueño.

El hombre se inclinó hacia él.

– Yo nunca duermo, por lo tanto, no sueño. Esto no es ningún sueño, es la realidad. Tú estás aquí, Michael, en la costa; y vienes conmigo.

Agarró a Michael por el brazo y lo arrastró hacia adelante. Michael era consciente, en parte, de que era el doctor Rice quien lo arrastraba hacia adelante, y de que se encontraba todavía en su despacho. Sin embargo, la brisa del mar era fuerte y salada, y podía sentir la arena deslizándose bajo sus pies, y el abrigo del hombre que se le enroscaba en las piernas: Y pensó: «Cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que esto pueda ser? ¿Dónde estoy, por Dios? ¿Estoy hipnotizado, estoy soñando o estoy muerto?»

El hombre fue tirando de él metro a metro hasta que llegaron a la base del faro. De cerca, Michael pudo ver que estaba construido con cemento brillantemente blanqueado, aunque estaba mucho más manchado y erosionado por el tiempo de lo que parecÍa desde lejos.

– Pasa al interior -le ordenó el hombre, y tiró de él a la vez que daba la vuelta hasta una puerta pesada y baja de roble teñida de marrón. Giró el pomo de hierro y la abrió hacia afuera. Luego volvió a agarrar a Michael por el brazo y tiró de él hacia el interior del faro.

Michael miró a su alrededor. Se encontraba de pie en una estancia grande y tenebrosa que olía a humedad, tenía el techo alto y las paredes espesamente enlucidas. Alrededor de la habitación, formando un semicírculo, se hallaban de pie sesenta o setenta jóvenes varones de rostros blancos; iban vestidos de negro, de gris y de verdes tormentosos. Lo miraron fijamente, sin sorpresa, con fría curiosidad. Michael los observó uno a uno, y lo único que vio fueron expresiones de crueldad y hostilidad; como si él les resultara demasiado insignificante, insignificante hasta para atarle los brazos y despellejarlo vivo.

– Esto es un sueño -insistió mientras recorría con la mirada aquellas caras arrogantes-. Esto tiene que ser un sueño.

– Nada de sueño -insistió el hombre-. ¿Quieres que te lo demuestre?

– Esto es un sueño -dijo Michael-. Estoy en Hyannis, no en la bahía Nahant. Estoy sentado en el despacho del doctor Rice sumido en un trance hipnótico. ¿Me oye, doctor Rice? ¡Quiero que me saque de aquí! ¡Quiero que me saque de aquí ahora mismo!

No sabía si hablaba con coherencia o no. Quizás su yo despierto estuviera balbuciendo… en cuyo caso, el doctor Rice probablemente lo dejaría continuar. Pero necesitaba salir de aquel trance. No podía soportar más el viento, ni la idea de que aquel bulto semejante a un saco de correos que se encontraba en la playa se pusiera de pronto en pie y viniera corriendo tras él, porque estaba seguro de que era Sissy O’Brien, con la cara gris, el pelo enredado de algas y aquel terrible gato que se hallaba oculto tan profundamente dentro de ella, feroz y vengativo, y dispuesto a sacarle los ojos a Michael.

– Usted me da miedo -le dijo al hombre de la cara blanca-. Me da miedo y tengo que marcharme ahora.

El hombre de la cara blanca le puso una mano en el brazo para retenerlo.

– Todo va bien, Michael. Todo está muy bien. Lo único que tienes que hacer es regresar junto a tu familia y olvidarte por completo de nosotros. No te gustaría que te ocurriera nada malo, ¿verdad que no?

– No -dijo Michael nervioso.

El hombre de la cara blanca se acercó a él y lo miró fijamente a los ojos. Michael no había visto nunca unos ojos rojos como aquéllos, y retrocedió.

– De qué tenemos miedo? -le preguntó el hombre con sorna-. No tendremos miedo de los ojos de color rojo sangre, ¿verdad? ¿No habías visto nunca los ojos de un hombre que no ha dormido en tres mil años? ¿No habías visto nunca los ojos de un hombre que ha permanecido despierto noche tras noche, mes tras mes, año tras año, mientras César subía y Julio caía, y se construían las pirámides, y los vikingos remaban para cruzar el océano, y los peregrinos tomaban tierra en Plymouth Rock?

– Estoy soñando -dijo Michael. Cerró los ojos y repitió-:Estoy soñando.

Cuando los abrió de nuevo, el hombre de la cara blanca seguía inclinado sobre él; y todos los demás hombres continuaban arracimados alrededor, con la mirada clavada en él como si prefirieran verlo muerto.

El hombre de la cara blanca le apretó con fuerza en el pecho para que pudiera sentirlo.

– Sabes quién soy yo? -le preguntó.

Michael negó con la cabeza.

– Tú has estado buscándome, has estado tratando de encontrarme, aunque todavía no lo sabes.

– Oué quiere decir? -Michael se estremeció-. Ni siquiera sé quién es usted, o qué es. ¿Cómo voy a haber estado buscándolo?

– Me llaman «señor Hillary» -le dijo el hombre de la cara blanca-. y has estado buscándome aun sin saberlo. Pero ahora…

Se detuvo, se incorporó y echó a caminar lentamente por la habitación, con el largo abrigo gris ondeando detrás de él como una nube de humo.

– Ahora ya sabes quién soy, ahora has sentido quién soy… y estoy aquí para advertirte que no me descubras; que te olvides de que me has visto y de que te he hablado. -Luego añadió, casi con pesar-: El mundo nunca ha sido fácil, Michael. Ni fácil, ni virtuoso. Uno no puede librarse de sus pecados rezándole a Dios, o envolviéndolos en el alma de una persona, y luego sacrificando esa persona al Señor, nuestro terrible Dios, ni tampoco puede hacerlo mediante la confesión, la absolución o el arrepentimiento.

»Un pecado es un pecado, nos guste o no. Y ahí se queda, y uno ha de vivir con ello. Y aunque uno se las arregle para, de algún modo, absolverse a sí mismo, esa absolución solamente puede ser temporal… ¿me comprendes…? Porque por mucho que intentes esconder los pecados, u olvidarlos, o fingir que nunca los has cometido, ellos siempre te descubrirán. -Se señaló hacia los ojos-. Y sabes por qué? Porque nosotros los tenemos y aunque vosotros los olvidéis, nosotros recordamos los pecados. Nosotros nunca dormimos, nosotros nunca olvidamos. Para nosotros no vale aquello de decir «bueno, sólo fue un sueño». Para nosotros no hay más que dolor y castigo hasta que os devolvamos vuestra maldad, hasta que os devolvamos a todos aquel caos y crueldad en los que vivíais antes de que Aarón expiase vuestros pecados. No habéis pagado, Michael. ¡No pagado! ¡Pero pronto llegará el día en que lo haréis!

Michael retrocedió, pero el «señor Hilary» fue tras él, cor aquellos ojos rojos resplandecientes.

«Esto es un trance -se recordó Michael a sí mismo.-. Este sentado en el despacho del doctor Rice, en Hyannis. Y todo es no es más que un trance.»

El «señor Hillary» se acercó cada vez más, hasta que Michael pudo sentir el frío de su aliento. Detrás de él, todos los jóvenes de cara blanca empezaron a removerse y a agitarse, como murciélagos albinos desprendiéndose de las paredes de una cueva ha permanecido largo tiempo sin ser descubierta.

– No habéis pagado, Michael. Ninguno de vosotros lo ha hecho. ¡Pero pronto llegará el día en que todos pagaréis!

Levantó una mano y le acarició la mejilla izquierda a Michael con infinita suavidad. Luego se inclinó hacia adelante, con lo labios ligeramente abiertos, y de pronto se hizo evidente que iba besarlo en la boca.

Michael lo empujó, lo golpeó con los puños y gritó en voz muy alta:

– Apártese de mí! ¡Apártese de mí! ¡Maldito pervertido apártese de mí!

Golpeó con los nudillos de la mano derecha contra el costado de metal del escritorio del doctor Rice y abrió los ojos, e inmediatamente se dio cuenta de que estaba en lo cierto. Había sido, un trance, un sueño. No había visitado la bahía Nahant, ni había subido por las dunas, ni había entrado al interior del faro, ni había visto aquel grupo de muchachos cuyos rostros eran mortalmente blancos.

Había estado todo el tiempo allí, en aquel sillón de lona y metal cromado, en aquella oficina sumida en tinieblas marrones. Allí estaba el título expedido en Viena del doctor Rice, en su marco, y allí estaba el cuadro de Charles Sheeler que representaba un trasatlántico: desierto, silencioso, meticuloso.

Un escenario desierto esperando a que algo ocurriese.

El doctor Rice estaba de pie de espaldas a la ventana. Parecía desanimado.

– ESe encuentra bien? -le preguntó a Michael.

– No lo sé -le dijo éste-. He tenido la misma experiencia que la última vez…, la del hombre de la playa. Sólo que esta vez ha ido mucho más lejos.

Le describió el trance en frases breves y entrecortadas, intentando no omitir nada.

Cuando hubo terminado, el doctor Rice dijo:

– Algo está turbándole gravemente.

– Ni siquiera consigo empezar a comprenderlo -le dijo Michael-. Ni siquiera había oído hablar del «señor Hillary» antes.

– Está creando todo esto en su imaginación subconsciente-le explicó el doctor Rice-. Es como una metáfora de lo que está haciendo en la vida real. La mente humana no acepta fácilmente la idea de los accidentes sin sentido, como el desastre de O’Brien… especialmente la suya, que ha sido entrenada para buscar respuestas y explicaciones. Este «señor Hillary» es exactamente igual que uno de esos amigos imaginarios que los niños tienen cuando son pequeños… sólo que en su caso, es su enemigo imaginario. Es alguien a quien puede culpar de la muerte de John O’Brien.

– Como un chivo expiatorio -dijo Michael.

El doctor Rice levantó la vista con inesperada brusquedad y se quedó mirando a Michael como si éste le hubiera tocado un nervio. Luego frunció los labios y asintió.

– Sí, eso es. Como un chivo expiatorio.

Removió y colocó algunos papeles. Michael le observó y luego le preguntó:

– Qué le parece?

– No sé, la decisión es suya. Pero en mi opinión, la única manera que tiene usted de mejorar es descansando y manteniéndose alejado de cualquier cosa que tenga que ver con la muerte violenta y accidental. Creo que, sencillamente, usted no tiene la fortaleza mental que se necesita para ello, Michael. No tiene que avergonzarse: muy poca gente la tiene.

Michael se puso en pie. Por alguna razón, presentía que no podía confiar por completo en que el doctor Rice le dijese la verdad acerca del «señor Hilary», aunque no sabía por qué. Siempre había confiado en él hasta aquel momento. Pero esta vez, el doctor Rice parecía tener demasiado empeño en convencerle de que abandonase su trabajo en Plymouth Insurance. En realidad, el doctor Rice nunca había intentado convencerle antes de que no hiciera algo… ni siquiera de cosas que, a todas luces, eran tonterías, como navegar alrededor del mundo, o ir a recorrer el Polo Norte en un trineo tirado por perros.

– Vuelvo a Boston mañana por la mañana -le dijo Michael-. A lo mejor vengo a hablar con usted otra vez antes de irme.

El doctor Rice asintió.

– Muy bien… pongamos a las diez menos cuarto. Más tarde no puede ser, porque todos los jueves por la mañana tengo a una de mis pacientes que quieren adelgazar, y no le gusta que hagan esperar a su celulitis.

Michael abandonó el despacho del doctor Rice y salió al viento y a la luz del día. Vio a Patsy y a Victor en la acera de enfrente mirando el escaparate de la librería Rayen. Los llamó, pero un enorme camión pasaba por allí y el ruido le ahogó la voz. Cuando estaba a punto de bajar del bordillo vio a un hombre de cara blanca y gafas oscuras de pie a la puerta de una ferretería, tan sólo a una manzana y media de distancia. Daba la impresión de que estuviera vigilando a Patsy y a Victor… aunque en cuanto Michael cruzó la calle para reunirse con ellos, abandonó la puerta y echó a andar rápidamente en dirección norte.

Michael cogió a Patsy del brazo.

– Ves a ese tipo de allí? ¿Ese que justo ahora desaparece calle arriba?

– Qué le pasa?

– Crees que puede ser uno de los hombres que estaban vigilando nuestra casa?

Patsy se colocó la mano a modo de visera para protegerse los ojos del sol.

– No estoy segura… es que no puedo verle bien la cara. Llevaba esa misma clase de ropa… pero no, no podría decírtelo con certeza.

– Queréis que vaya tras él? -les preguntó Victor-. Yo jugaba en el equipo de fútbol de mi instituto.

Michael hizo un gesto negativo con la cabeza. El hombre había doblado la esquina y se había evaporado, y Michael tuvo la extraña sensación de que aunque corrieran tras él, no serían capaces de encontrarlo.

Volvieron al lugar donde habían aparcado el coche. Victor le preguntó a Michael:

– Cómo ha ido la hipnosis?

– Todavía no lo sé. Estoy un poco confuso. No siempre hace que uno se sienta mejor.

– Pero si no hace que uno se sienta mejor, ¿entonces para qué sirve?

– Se supone que ayuda a explorar el subconsciente.

– No estoy seguro de que a mí me gustara hacer eso -dijo Victor-. Tengo el subconsciente lleno de demonios.

– Como todos. Pero hoy ha resultado bastante raro, en cierto modo. Voy a volver mañana temprano sólo para ver si consigo encontrarle sentido.

– A mí nunca me han hipnotizado -observó Victor-. No creo que pudieran.

– Oh, te quedarías asombrado -le dijo Michael-. Yo a veces entro en el despacho del doctor Rice decidido a que no me hipnotice, pero aun así lo hace.

Abrió el coche y todos subieron a él, Victor en la parte de atrás. Luego se inclinó hacia adelante y dijo:

– Una vez vi un número de hipnosis en un espectáculo. Hacían que la gente se sostuviera sobre una pierna, o que se quitara los pantalones, esas cosas. Y eso cuando ya se suponía que habían despertado y abandonado el escenario.

– Eso es lo que se llama sugestión posthipnótica -dijo Michad mientras movía marcha atrás el Mercury-. Yo nunca creí que pudiese funcionar, pero funciona… siempre que la sugestión sea simple y clara.

– Y si la sugestión es destructiva?

Michael estaba a punto de responder cuando un autobús lo obsequió con un ensordecedor bocinazo. Cuando el autobús hubo maniobrado por detrás de ellos para esquivarlos y Michael acabó de gritarle al conductor por la ventanilla, ya habían perdido el hilo de la conversación.

De todos modos, cuando viajaban de regreso a New Seabury, Victor empezó a ponerse pensativo.

Patsy se volvió en el asiento y le dijo:

– Un penique por tus pensamientos.

– No sé. Acaba de ocurrírseme una cosa, eso es todo.

– Algo bueno? ¿Algo malo?

– Algo que empieza a cobrar sentido a partir de que no tiene sentido.

Ralph Brossard estaba friéndose un poco de jamón cuando sonó el teléfono.

– No estoy -anunció al tiempo que se metía el teléfono debajo de la barbilla-. Si quiere dejar un mensaje, hágalo después de oír la señal. Piiiit.

– ¿Es el inspector Ralph Brossard?

– Sí. ¿Quién es?

– Inspector Brossard, usted sabe muy bien quién soy. Usted mató a mi hijo.

Después de un largo silencio habló de nuevo.

– Me ha oído, inspector Brossard?

– Le he oído. El inspector Newton me llamó anoche y me dijo lo que usted quería.

– Ya hace casi veinticuatro horas que la tienen secuestrada inspector Brossard. He logrado ganar un poco de tiempo diciéndoles que sé dónde está el dinero, pero han estado haciéndole daño, tío, daño de veras, y no sé qué hacer.

Ralph le dio media vuelta con el tenedor a las lonchas jamón.

– Señor Latomba, va a tener que enfrentarse a esta situación usted solo, o si no tendrá que llamar a la policía. Yo estoy estoy suspendido hasta que se lleve a cabo la correspondiente investigación por la sección de Asuntos Internos, es decir, el procesamiento normal después de un tiroteo con resultados fatales. Y no podría hacer nada aunque quisiera.

Patrice contuvo la respiración.

– Inspector Brossard, yo le odio, odio sus tripas, pero odio todos los blancos por igual, y el hecho de que usted matase tiros a mi bebé no hace que mi odio por usted sea mayor de que ya era. Simplemente, no sería posible.

– Es agradable saber que es usted un individuo que hace gala de una mente tan ecuánime -repuso Ralph-. Pero eso no cambia nada, ¿verdad?

– Lo que estoy diciendo, tío, es que el que decida ayudarme no es cosa de su conciencia. Usted disparó a mi hijo, usted mató a mi pequeño Toussaint, y por eso está en deuda conmigo, tío. Está en deuda conmigo.

Ralph apagó el gas.

– Señor Latomba la muerte de su hijo fue una tragedia. Si yo tuviera manera de retroceder en el tiempo y asegurarme de que no sucediera, le aseguro que lo haría. Fue una tragedia, fue terrible y me siento mal por ello, pero fue un accidente. Jambo me disparó y yo respondí a sus disparos, y casualmente el cochecito de su hijo se interpuso.

– Usted está en deuda conmigo, tío! -le gritó Patrice al borde de las lágrimas.

– Lo siento, señor Latomba, pero yo no le debo a usted nada excepto respeto como ser humano.

– A mi mujer también?

A Patrice le temblaba la voz.

– A su mujer también -dijo Ralph con voz apagada.

– Muy bien, entonces escuche esto. Es una cinta grabada en mi propio equipo de alta fidelidad, los que la mantienen como rehén la han sacado de mi apartamento hace sólo una hora.

– Señor Latomba, realmente no creo…

– Escuche! -le exigió Patrice con tal furia que Ralph se quedó en silencio y escuchó.

Oyó unoa cuantos traqueteos al ponerse en marcha el magnetófono de Patrice. Luego empezó a oírse una conversación distorsionada, con eco, como si se tratara de dos personas que estuviesen hablando en un cuarto de baño o en una cocina. Alguien se echó a reír, una risa de hombre. Luego una voz jadeante se acercó al micrófono y dijo: «Sabemos que estás haciendo todo lo posible por encontrar nuestro dinero, Patrice, pero nos ha parecido que quizás sería conveniente que saborearas anticipadamente un poco de lo que podría pasar si no lo encuentras.»

Otra voz, con más eco, dijo: «Para empezar, vamos a trabajar un poco con la navaja.»

Hubo una pausa momentánea seguida por el sonido de una mujer gritando. Chillába y chillaba sin parar. A Ralph se le pusieron de punta los pelos de la nuca, y al cabo de unos segundos bajó el teléfono y tapó con la mano el auricular. Ya había oído antes a mujeres gritando de dolor, y por ello sabía que aquello era real. No sólo era real, era el grito de mayor sufrimiento que había oído nunca… y eso que había oído gritar a mujeres a las que maridos celosos habían rociado con gasolina y luego incendiado. Esperó hasta estar seguro de que había terminado y luego levantó el teléfono de nuevo y dijo:

– Señor Latomba? -Se oyó un chasquido cuando Patrice apagó el magnetófono-. ¿Señor Latomba?

– Estoy aquí. ¿Ha oído eso, tío? Estaban rajándola, tío, estaban rajándola.

– Tiene alguna idea de dónde se encuentra el dinero? -le preguntó Ralph con voz muy seria.

– Tengo a siete hombres buscándolo. Uno de ellos cree que un hermano llamado Freddie lo cogió, pero nadie ha vuelto a verlo desde entonces.

– Lo más probable es que Freddie abriera aquella bolsa y pensara que la Navidad se había anticipado.

– Qué voy a hacer, tío? Ya ha oído lo que están haciéndole a Verna. Van a matarla de dolor. Van a matarla.

Ralph alargó un brazo para coger un cigarrillo.

– Dígame algo acerca de su apartamento -dijo.

– A qué se refiere?

– ¿Es un primer piso, un segundo, o qué?

– Segundo piso.

– Tiene puerta de servicio además de puerta principal?

– No, no. La puerta principal es la única entrada.

– ¿Y terrazas?

– Una especie de balcón estrecho en la parte delantera.

– Qué me dice del apartamento de encima? ¿Ése también tiene balcón?

– Así es. Todos tienen balcones.

– Y cómo se sale a ese balcón? ¿Por un ventanal o algo así?

– Eso es. Eh… ¿Por qué me hace tantas preguntas sobre el balcón de mi casa, tío? ¿Qué demonios tiene que ver el balcón con lo que está sucediendo?

Ralph encendió un cigarrillo en el fuego de gas de la cocina y estuvo a punto de chamuscarse las cejas.

– Tiene el balcón ventanales o no?

– Sí, los tiene.

– Se abren hacia afuera o hacia adentro?

– Nó lo sé, tío -protestó Patrice-. Hacia afuera o hacia adentro, ¿qué más da?

– Voy a preguntarle una cosa más -dijo Ralph-. ¿Me da su palabra de que si intento rescatar a su esposa y fracaso, me permitirá salir a salvo de la calle Seaver?

Oyó que Patrice tragaba saliva, emocionado.

– Quiere decir que está dispuesto a hacerlo?

– Deme su palabra, señor Latomba. Y todos esos mamarrachos y mentecatos que usted llama sus fuerzas de seguridad… asegúrese de que se enteren de que usted me ha dado su palabra.:

– Tiene mi solemne juramento, tío.

Ralph consultó el reloj.

– Deme veinte minutos, ¿de acuerdo? Voy a ir en un Volkswagen marrón.

Colgó el teléfono. «No debo de estar en mis cabales», pensó. Pero al mismo tiempo sentía algo, una especie de feroz placer que le corría por las venas como una oleada. Aquello sí que iba a ser peligroso y dramático y, lo mejor de todo, sin autorización. Aquello sí que era un asunto propio de Hemingway. Aquello sí que era cosa de hombres. Para eso era para lo que había entrado en la policía, aunque rara vez lo había encontrado. Siempre había anhelado entrar en acción, pero, ¿qué le habían dado? Papeleo y más papeleo, solamente aliviado por largas horas de vigilancia que sólo servían para entumecer la mente, o todavía más horas que entumecían la mente en el juzgado, esperando para prestar declaración.

Abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó una pistola del 44 niquelada. Luego se acercó al buró, giró la llave, lo abrió y sacó dos cajas de balas. Volvió a la cocina y allí estaba el jamón, en el fondo de la sartén. Cogió una loncha con los dedos y se la metió en la boca, después se comió otra.

Con la boca llena y chupándose los dedos para quitarse la grasa del jamón, salió del apartamento, y lo hizo con resolución, dispuesto a convertirse en un héroe.

DIEZ

Cuando llegaron a Hyannis, Michael se sorprendió al ver que el Cadillac azul de Joe Garboden estaba aparcado a la puerta del casa. Al principio no encontraron la menor señal de Joe, pero cuando Michael abrió con la llave la puerta principal y se acercó a la ventana, lo descubrió de pie en la playa, a unos cien metros de distancia, con el abrigo colgado del hombro y mirando fijamente hacia el océano.

Victor subió las escaleras con los paquetes de la compra y los puso sobre la mesa de la cocina.

– Quién es? -quiso saber.

– Es mi jefe inmediato -le explicó Michael-. Me pregunto qué querrá.

Salió al exterior y echó a andar atravesando la arena. Joe lo oyó acercarse, porque dio media vuelta y levantó un brazo en señal de saludo.

– Hola, Michael. Hace un día estupendo. ¿Cómo te ha ido la terapia?

– No sé. Rara. Reveladora, en cierto sentido… Pero decididamente rara.

Joe no parecía tener demasiado interés.

– Me pareció que sería mejor que viniera aquí en persona.

– dijo.

– Ah, sí? Me parece que estás empezando a encontrarle el gusto a la playa, ¿no?

Joe miró a su alrededor. El oleaje tenía un blanco resplandeciente, las casas deslumbraban al sol. Michael también echó una mirada a su alrededor y vio que Victor estaba observándolos desde la ventana del cuarto de estar con una lata de cerveza en la mano. Cuando vio que Michael miraba hacia él, la alzó en un silencioso brindis.

– Acabamos de recibir los resultados de la autopsia del doctor Moorpath. He traído una copia del borrador, está en el coche. A la prensa se la darán esta tarde, a tiempo para que salga en los noticiarios vespertinos.

– Bueno, por fin progresamos algo -dijo Michael.

– No estoy tan seguro.

– Qué diablos quieres decir con eso de que no estás tan seguro? Solamente había una conclusión a la que el doctor Moorpath pudiera llegar.

– Ah, sí?

– Joe… a todas esas personas las asesinaron. Tú mismo viste las fotografías, por el amor de Dios. John O’Brien estaba decapitado y a su mujer la habían abierto en canal. Dean McAllister tenía las piernas amputadas. Puede que el piloto muriera accidentalmente, pero yo no lo juraría. Tenía la cabeza convertida en salsa boloñesa. Fue un homicidio. Fue un asesinato. ¿Qué otra cosa podía haber sido? Quiero decir que estoy completamente seguro de que no fue un suicidio. ¿O sí?

Joe movió la cabeza de un lado a otro.

– Me temo que estás fuera de onda. El doctor Moorpath, en su infinita sabiduría, ha llegado a la conclusión de que todos los ocupantes del helicóptero sufrieron heridas fatales como resultado del impacto. Los cuerpos ardieron en el incendio que se produjo a continuación, pero no quedaron tan destruidos como para que el doctor Moorpath no haya quedado completamente convencido de que «sus múltiples y catastróficas heridas» fueron todas ellas causadas por el accidente.

Michael lo miró fijamente lleno de incredulidad.

– John O’Brien estaba decapitado! ¡Su esposa tenía las entrañas sacadas y puestas encima del regazo!

– John O’Brien fue decapitado por un mamparo roto. La señora O’Brien fue destripada por el soporte roto de un asiento que salió despedidó.

– 1Pero si yo te enseñé las fotografías! ¡No había ningún mamparo roto por ninguna parte cerca del cuerpo de John O’Brien! ¡Y tampoco había ningún soporte de asiento roto!

Joe se quedó mirando fijamente hacia el mar. De pronto, Michad se dio cuenta de que Joe parecía mucho más viejo, mucho más cargado de hombros. Recordó los tiempos en que Joe y él habían tenido verdadero entusiasmo… cuando eran capaces de resolver juntos un caso tras otro, incendios provocados, accidentes de automóvil, yates que se habían ido a pique, lo que fuera. En el año 1989 le habían ahorrado a la compañía Plymouth Insurance más de setenta y ocho millones y medio de dólares en reclamaciones fraudulentas. Los Muchachos de Oro, los más rápidos, los más intuitivos, los mejor pagados, y con mucho. Pero ahora, a él le daba miedo caerse al suelo y que la acera se abriera y se lo tragara, y Joe estaba tan abatido como un sofá viejo sobre el que hubieran saltado tres generaciones de niños.

Le puso una mano en el hombro a Joe; pero notó los músculos tensos y la retiró.

– Qué dice la policía?

– Hudson, el jefe de policía, hará unas declaraciones esta noche en las que hará público que ha leído el informe del doctor Moorpath y que lo acepta.

– Y la Administración Federal de Aviación?

– Jorge da Silva examinó las turbinas y los mecanismos de las marchas con un boroscopio, y asegura que la causa directa del accidente fue un fallo producido en los engranajes. Estaban desgastados y provocaron un brusco descenso seguido de un excesivo calentamiento.

Michael se sentía como si estuviera borracho o loco.

– Quieres decir con eso que el accidente fue completamente casual?

– Jorge da Silva está dispuesto a dejarnos examinar los restos. Sus palabras exactas fueron: «Podéis repasarlo con lupa, si así lo queréis.»

– Joe… si el choque fue completamente accidental, ¿cómo es que aquella camioneta estaba allí apostada, esperando, en Sagamore Head? Y qué me dices de la declaración que Neal Masky le hizo a Arthur Rolbein?

Joe se encogió de hombros, como si no le diera importancia.

– Lo de la camioneta fue una coincidencia. Estaba allí por casualidad. Eso si es que Masky no se lo inventó.

– Por qué demonios iba a inventárselo?

– Porque a lo mejor iba remando hacia la orilla para saquear el helicóptero él mismo.

Michael levantó las manos al cielo en actitud de súplica para que hubiera algo que tuviese sentido.

– Porque a lo mejor iba remando hacia la orilla para saquear el helicóptero él mismo? ¿Cómo quieres que dé crédito a mis oídos? Joe, los servicios de emergencia se acercaban por todas partes. Tuvo que cruzar remando cien metros de bahía abierta en una bqlsa neumática del tamaño de una bañera mientras soplaba un fuerte viento del sudoeste. Las posibilidades de que llegase al helicóptero antes que la policía o los bomberos eran mínimas. Y crees que estaba pensando en saquear?

– Fue una de las teorías alternativas que se propusieron.

– Quién? ¿Quién la propuso?

– A decir verdad, la sugirió el señor Bedford.

Michael lo miró fijamente.

– Lo sugirió el señor Bedford? ¿El señor Edgar Bedford, nuestro amo y señor?

Joe asintió. Parecía avergonzado y no miraba a Michael a los ojos.

– Fue una manera nueva de considerarlo, eso es todo. Tú mismo sabes que cuando estás viéndotelas con una investigación demasiado compleja, puedes acercarte demasiado. Y que los árboles no te dejan ver el bosque.

Michael sintió una brusca sacudida de furia.

– Árboles? ¿Bosques? Pero… ¿de qué demonios estás hablando, Joe? Se supone que Edgar Bedford es el… ¿cómo se dice…? El tipo que está al mando, el guardián de los intereses de Plymouth Insurance. Ése es el único y puñetero motivo por el que tú me has contratado a mí. Todo nuestro caso depende de que seamos capaces de demostrar que a John O’Brien lo mataron deliberadamente. Y, sin embargo, he aquí que nuestro propio presidente, muy alegremente, propone una teoría que socava la integridad de nuestro mejor y prácticamente nuestro único testigo.

Al principio, Joe no contestó. Sacó un arrugado pañuelo blanco, lo dobló, volvió a doblarlo y luego se sonó la nariz.

– No hay mucho más que yo pueda decir -confesó-. ¿Por qué no regresamos a la casa… para que pueda enseñarte el informe del doctor Moorpath y los faxes que he recibido de Jorge da Silva y de la Administración Federal de Aviación?

– Joe… -insistió Michael-. ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Qué ocurre?

Echaron a andar. Una gaviota revoloteó muy cerca de ellos, se mantuvo a su paso y ni siquiera cuando Joe la espantó con la mano quiso alejarse.

– Alguien está presionándome mucho -dijo Joe.

– Qué quieres decir?

– Exactamente eso. Alguien quiere que el caso O’Brien se cierre y se archive. Alguien con la clase de influencia con la que tú y yo sólo podemos soñar.

– Como quién?

Joe hizo un gesto con la cara.

– No tengo ni idea, y no creo que merezca la pena pensar demasiado en ello. Usa el cerebro, Michael. Si Edgar Bedford de repente se muestra dispuesto a vomitar varios cientos de millones de dólares sin siquiera intentar luchar en un juicio, es que alguien está apretándole con la clase de fuerza que podría convertirle a un hombre las gónadas en páté-de-foie.

Rodearon la casa y empezaron a subir por las escaleras de madera.

– Es cuestión de política? -le preguntó Michael.

– No lo sé -repuso Joe-. No lo he preguntado. Hay ocasiones en que un hombre, en el desarrollo de su trabajo, decide que es más prudente mirar hacia otro lado. -Guardó silencio durante unos instantes y luego miró a Michael con la cara muy triste y seria-. No digo que hacerlo sea honrado ni profesional, sólo digo que es más prudente.

– Y Sissy O’Brien? -le preguntó Michael-. ¿Dónde encaja ella en este escenario de «completo accidente»? ¿Cómo va a explicar Edgar Bedford lo que le ha pasado a ella?

– El caso de Sissy O’Brien todavía está investigándose.

– Ya lo sé. Estoy investigándolo yo… junto con el teniente Thomas Boyle, del departamento de policía de Boston… y el señor Victor Kurylowicz, de la oficina del forense. De hecho, el señor Kurylowicz está aquí conmigo hoy.

Victor apareció en lo alto de la escalera sosteniendo su lata de cerveza.

– Nasdravye -dijo, e inclinó la cabeza a modo de saludo.

– Victor, éste es Joe Garboden, de Plymouth Insurance. Joe ha traído una copia del borrador de la autopsia que ha hecho el doctor Moorpath sobre el accidente de O’Brien.

Joe y Victor se estrecharon la mano. Joe parecía incómodo, y consultó el reloj.

– Escucha, Michael… puede que éste no sea el momento más oportuno.

– Venga, Joe. Victor ha realizado la autopsia deSissy O’Brien. Yo mismo la vi, aunque, por Dios, ojalá no la hubiera visto. Todo lo que dijeron la televisión y los periódicos era cierto. Fue atacada sexualmente y torturada cuando todavía estaba viva.

Victor asintió, se quitó las gafas y dijo:

– Eso es cierto.

Michael continuó hablando.

– Si fue torturada, es que debió de sobrevivir al choque del helicóptero. Uno puede abusar sexualmente de una persona muerta, pero no sirve de nada torturarla, ¿verdad?

– Ésa sería la conclusión lógica -convino Joe.

– La conclusión lógica? Oye, Joe, soy yo, Michael, quien está hablándote, tu viejo amigo Michael. Pues claro que sobrevivió al choque del helicóptero. Y ahí es donde la autopsia de Raymond Moorpath empieza a parecer, a todas luces, una verdadera chapuza. Aunque no encontraran su cuerpo entre los restos del helicóptero, Sissy O’Brien había estado sentada precisamente al lado de Dean McAllister… de manera que es muy raro que a él le cortara las piernas un pedazo de mamparo que atravesó ambos asientos sin que, al mismo tiempo, le cortase las piernas a ella. La aparición del cuerpo de Sissy O’Brien también convierte en una absoluta tontería la teoría de Edgar Bedford acerca de que Neal Masky intentaba saquear el helicóptero y de que no había ninguna camioneta.

Muy bajo, con voz casi inaudible entre el viento del océano, Victor le dijo a Joe:

– Ella sobrevivió al accidente, pero no estaba en condiciones de abandonar su asiento. El único modo en que pudo haber salido del helicóptero fue que alguien la liberase con una palanca y se la llevase a cuestas.

– Qué? -inquirió Joe.

– Esto también es cierto -continuó diciendo Victor-. Los pies y los tobillos les habían quedado aplastados debajo del asiento. Sólo puedo suponer que alguien utilizó algún tipo de palanca para liberarla y luego se la llevó de allí. Ella no hubiera podido caminar, ni siquiera gatear.

Joe parecía muy trastornado. La cara se le había puesto de un color casi beige.

– Michael… -dijo-, de veras que no quiero ninguna clase de complicaciones en esto. Sea lo que fuere lo que pasó a Sissy O’Brien… estoy seguro de que el jefe de policía Hudson sabrá solucionarlo.

– No hay nada que solucionar -dijo Michael; y nunca antes la voz le había sonado tan fría. Incluso él mismo se sobresaltó al escucharla-. Lo único que tienes que hacer es ir a ver a Edgar Bedford y decirle que no estamos de acuerdo con el informe de la autopsia que ha realizado Raymond Moorpath, ni con la investigación técnica que ha hecho Jorge, y que pensamos ahorrarle más dinero en los próximos diez días del que nadie le haya ahorrado en diez años.

– Me parece que Edgar ya ha tenido en cuenta esa opción y la ha rechazado -dijo Joe-. De mala gana, podría añadir. Quiero decir, verdaderamente de mala gana.

– Muy bien. Dile que acudiremos a la prensa.

– Venga, hombre, Michael -protestó Joe-. ¿Has visto la prensa hasta este momento? Todo se reduce a «Trágico accidente mata al juez más joven del Tribunal Supremo». Eso es lo único que quieren saber. De manera que Sissy O’Brien apareció arrastrada por las olas en la costa de Nahant. ¿Y qué? Pudo haber salido flotando de los restos del helicóptero; pudo haber saltado antes de que se estrellase contra el suelo. ¿Quién sabe? Ya está muerta. No va a decirle nada a nadie. No puede. Y nadie más va a averiguarlo.

– Y cómo explicas lo de la tortura? -le preguntó Victor.

– Quién sabe? -repuso Joe-. Cualquiera hubiera podido sacarla de la bahía. A lo mejor ni siquiera la torturaron. Había permanecido bastante tiempo en el mar, ¿no? Ya sabemos de lo que son capaces los depredadores. Tiburones, cangrejos… ho se andan con remilgos sobre lo que comen. -Se hizo un largo silencio entre ellos. Por fin, Joe no pudo aguantar más el silencio, levantó las manos con exasperación y dijo-: ¿Qué?

Michael tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contener la ira.

– Lo que tú no sabes, Joe, es que a Sissy O’Brien la torturaron con cigarrillos, con extraños instrumentos metálicos, con cuchillos, con anzuelos de pescar, con toda una serie de cosas que jamás se te pasarían por la cabeza. La definitiva y última tortura fue un gato callejero, envuelto y apretado con alambre cortante, que le insertaron a la fuerza en el mismo puñetero lugar por el que habláis Edgar Bedford y tú.

Joe tenía los labios blancos. Se agarró a la barandilla de madera para mantenerse firme.

– Jesús -susurró-. Lo siento.

– Así que, ¿qué es todo esto, Joe? -quiso saber Michael-. Todas estas excusas, todas esas autopsias falsas y todos esos informes del accidente arreglados.

– Sinceramente, no creo que nos convenga saberlo -le dijo Joe-. La voz de arriba dice que la investigación sobre O’Brien ha sido cerrada satisfactoriamente, que se trata de una muerte accidental, y que Plymouth Insurance está dispuesta a pagar. Eso es todo lo que había venido a decirte.

Michael lo agarró por el brazo.

– Joe? -preguntó preocupado de pronto.

– No pasa nada, todo va bien. Todo está bajo control. Escucha… si vienes conmigo al coche, te daré el informe del doctor Moorpath. Luego claremos el día por terminado.

– Joe…

Joe se dio la vuelta con bastante brusquedad, y Michael oyó cómo se le descosía la costura de la sisa del abrigo. Tenía la cara sudorosa y desencajada, más parecida a la de una marioneta que a la de un hombre.

– Por el amor de Dios, Michael, sé perfectamente que todo esto es un arreglo. No tienes que ponerme las cosas más difíciles de lo que ya son.

– Entonces… ¿por qué?

– Porque la supervivencia a veces está por delante de la gloria, por eso.

– Y la verdad?

– La verdad? ¡Ah, ésta sí que es buena! Tú y yo, nosotros, trabajamos en seguros, ¿no es así?, donde hay una prima sobre la verdad que no podemos permitirnos.

Michael comprendió que poco más podía decir. Nunca había visto a Joe así… sin humor, preocupado, furtivo.

– Vale -dijo-. Si así están las cosas…

Joe se dirigió a su coche. Michael titubeó un momento y luego fue tras él. Joe abrió la puerta del vehículo, se inclinó hacia el asiento contiguo al del conductor y cogió una carpeta de color verde con una etiqueta que rezaba «O’Brien».

– Utiliza la cabeza, Michael -le dijo-. Este asunto tiene una envergadura demasiado grande para personas como tú y yo. Si alguien no vaciló lo más mínimo en cargarse a un tipo influyente y bien relacionado como John O’Brien, ¿crees que van a parpadear por hacernos lo mismo a nosotros?

– Intentas decirme que todo esto está amañado?

– No estoy dliciéndote nada. Intento decirte que uses la cabeza, nada más.

Estaba a punto de entregarle el informe de la autopsia cuando algo que había en la acera de enfrente le llamó la atención. Michael también levantó la mirada en aquella dirección. Un Camaro negro estaba aparcado en el lado prohibido de la calle, frente al jardín delantero de los Anstruther. Tenía la carrocería veteada de polvo y el parabrisas manchado de moscas aplastadas. Aun así, Michael pudo ver que había dos jóvenes sentados dentro, con las ojos ocultos tras gafas oscuras.

– Conoces a esos tipos? -le preguntó a Joe.

– No… no -repuso éste-. Sólo hacía algunas comprobaciones. Uno no es nunca demasiado cuidadoso, ya sabes lo que quiero decir. -Se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un lápiz-. Toma… éste es el número de mi teléfono móvil, por si alguna vez me necesitas.

Abrió la carpeta del informe de la autopsia por la parte de atrás y garabateó algo en él rápidamente. Luego le entregó la carpeta a Michael, cerró con fuerza la puerta del automóvil y puso el motor en marcha.

– Volverás a la oficina mañana? -preguntó.

Michael asintió.

– Hacia la hora de comer, si te va bien. Sólo tengo una sesión más con el siquiatra.

Joe se despidió con la mano y luego comenzó a alejarse hacia South Mashpee. Michael permaneció de pie delante de su casa y lo vio desaparecer al girar la esquina. Casi inmediatamente, el polvoriento Camaro negro arrancó, con un borboteo profundo y agresivo, y echó a andar en la misma dirección.

«Aquí pasa algo», pensó Michael. Regresó de nuevo a la casa. Victor continuaba de pie en lo alto de los escalones, y lo miraba.

– Problemas -le comunicó Michael al llegar al rellano.

– Es eso el informe de la autopsia? -le preguntó Victor.

Michael se lo dio, y Victor se puso a hojearlo.

– Esto no son más que tonterías -dijo al tiempo que recorría con el dedo el informe sobre John O’Brien-. «El señor fue decapitado por la acción de guillotina horizontal que produjo el mamparo de aluminio roto y cortante que se encontraba inmediatamente detrás de su asiento.» Oh, vamos, doctor Moorpath, ¿a quién intenta engañar con esto? Te diré una cosa, Michael, esos faxes que me enseñaste estaban muy poco claros, pero lo que sí que se veía con toda claridad en ellos es que el mamparo continuaba intacto. Y si la cabeza de John O’Brien hubiese sido cercenada mientras estaba sentado y en posición vertical, el cuello de la camisa y el de la chaqueta habrían quedado empapados de sangre. Pero lo que sucedió en realidad es que ya estaba inclinado hacia adelante en su asiento antes de ser decapitado, por fuerza tenía que estarlo, porque toda la sangre salió hacia adelante, cayó en el suelo delante de él. Y el cuello y los hombros estaban impolutos. Alguien tuvo que ejecutarlo, por amor de Dios.

– El problema es -le dijo Michael- que los que ostentan el poder no quieren que digamos que a O’Brien lo ejecutó alguien, quieren que aceptemos que todo esto fue un accidente.

– Y Sissy O’Brien?

– Oh, no te preocupes por Sissy. También encontrarán la manera de explicar eso. Dirán que, por casualidad, quedó atrapada en las redes de un barco de pesca, que los labios se le engancharon en una hilera de anzuelos, que casualmente se cayó hacia adelante y se quemó los párpados en un cenicero, y que luego, por casualidad también, se sentó sobre un gato. Parece que ya estoy viéndolo todo.

Victor hojeó rápidamente el resto del informe de la autopsia con desagrado. Pero cuando llegó a la tapa de atrás se detuvo de pronto y frunció el ceño.

– Ha escrito esto Joe?

– Sí. Es su número móvil, por si necesito hablar con él con urgencia.

– No creo. Mira.

Victor levantó la carpeta y Michael miró con atención las letras que Joe había escrito apresuradamente a lápiz. No se trataba en absoluto de un número de teléfono. Simplemente decía:

«Mushing, diciembre 91.»

Michael frunció el ceño al ver aquello. ¿Mushing, diciembre 91? ¿Por qué habría de escribir Joe una cosa así? ¿Y por qué habría de insistir tanto en que él, Joe, solamente lo utilizaba en caso de emergencia?

– ¿No tienes ninguna idea? -le preguntó Victor-. Quiero decir, tú eres el gran experto en mushing.

– Es una revista, nada más.

– Tienes algún ejemplar?

– No sé. Puede que sí.

– Por qué no echamos un vistazo?

Volvieron al despacho de Michael. Cuando se habían trasladado allí, Michael había instalado dos estantes en la pared del fondo, estantes que ahora estaban atiborrados de libros, revistas científicas y tazas de café que debería haber llevado a la cocina.

– Tú mira en el estante de arriba, yo lo haré en el de abajo

– sugirió Michael.

A pesar de buscar entre los dos, pasaron más de diez minutos hasta que Victor, de pronto, encontró un ejemplar de la revista Mushing y con aire de triunfo la sostuvo en el aire.

– Diciembre del 91… número especial dedicado a cómo adiestrar un equipo de perros.

Le entregó la revista a Michael y, al hacerlo, un gran sobre de papel manila cayó al suelo de entre las páginas de la misma. Michael lo recogió y le dio la vuelta. Estaba sellado y solamente aparecía la palabra Parrot escrita a lápiz.

– Se ve que Joe ha escondido esto aquí -dijo Michael-. Me pregunto qué demonios será.

– Hay una manera de averiguarlo.

Michael abrió el sobre con mucho cuidado. En su interior descubrió más de una docena de fotolitos de fotografías en blanco y negro, la mayoría de ellas ampliadas hasta el límite que la claridad permitía. Casi todas mostraban un grupo de personas, hombres y mujeres, de pie ante una valla, algunos de ellos a la luz del sol, otros a la sombra de unos árboles.

Michael le pasó una a Victor y éste la examinó atentamente, pero lo único que pudo hacer fue mover negativamente la cabeza.

– Esto no me dice nada.

– A mí tampoco.

– No… mira, espera un instante. Ésta tiene algo escrito en el reverso.

Victor leyó una larga inscripción débilmente escrita a lápiz y luego se la dio a Michael sin decir palabra. Michael la leyó también, miró fijamente a Victor y luego dijo:

– Mierda.

– Crees que son auténticas? -le preguntó Victor.

– Al parecer, Joe cree que sí, y eso que ni siquiera se cree que es de día sí no le presentas un acta notarial.

– Entonces, ¿qué vas a hacer?

– No lo sé. Cambiarme el nombre, ir a esconderme y hacer como que nunca las he visto.

Joe no había perdido de vista el polvoriento Camaro negro que veía por el retrovisor desde que salieran de New Seabury. Sabí