/ Language: Spanish / Genre:poetry

Tala

Gabriela Mistral


Gabriela Mistral

Tala

RAZÓN DE ESTE LIBRO

Alguna circunstancia me arranca siempre el libro que yo había dejado para las Calendas, por dejadez criolla. La primera vez el Maestro Onís y los profesores de español de Estados Unidos forzaron mi flojedad y publicaron Desolacón; ahora entrego Tala por no tener otra cosa que dar a los niños españoles dispersados a los cuatro vientos.

Tomen ellos el pobre libro de mano de su Gabriela, que es una mestiza de vasco, y se lave Tala de su miseria esencial por este ademán de servir, de ser únicamente el criado de mi amor hacia la sangre inocente de España, que va y viene por la Península y por Europa entera.

Es mi mayor asombro, podría decir también que mi más aguda vergüenza, ver a mi América Española cruzada de brazos delante de la tragedia de los niños vascos. En la anchura física y en la generosidad natural de nuestro Continente, había lugar de sobra para haberlos recibido a todos, evitándoles los países de lengua imposible, los climas agrios y las razas extrañas. El océano esta vez no ha servido para nuestra caridad, y nuestras playas, acogedoras de las más dudosas emigraciones, no han tenido un desembarcadero para los pies de los niños errantes de la desgraciada Vasconia. Los vascos y medio vascos de la América hemos aceptado el aventamiento de esas criaturas de nuestra sangre y hemos leído, sin que el corazón se nos arrebate, los relatos desgarrantes del regateo que hacían algunos países para recibir los barcos de fugitivos o de huérfanos. Es la primera vez en mi vida en que yo no entiendo a mi raza y en que su actitud moral. me deja en un verdadero estupor.

La grande argentina que se llama Victoria Ocampo y que no es la descastada que suele decirse, regala enteramente la impresión de este libro hecho en su Editorial Sur. Dios se lo pague y los niños españoles conozcan su alto nombre.

En el caso de que la tragedia española continúe, yo confío en que mis compatriotas repetirán el gesto cristiano de Victoria Ocampo. Al cabo, Chile es el país más vasco entre los de América.

La "Residencia de Pedralbes", a la cual dediqué el último poema de Tala, alberga un grupo numeroso de niños, y a mí me conmueve saber que ellos viven cobijados por un techo que también me dio amparo en un invierno duro. Es imposible en este momento rastrear desde la América las rutas y los campamentos de aquellas criaturas desmigadas por el suelo europeo. Destino, pues, el producto de Tala a las instituciones catalanas que los han recogido dentro del territorio, de donde ojalá nunca hubiesen salido, a menos de venir a la América de su derecho natural. Dejo a cargo de Victoria Ocampo y de Palma Guillén la elección del asilo al cual se apliquen los pocos dineros recogidos.

Ruego que no despojen a los niños vascos las editoriales siguientes, que me han pirateado los derechos de autor de Desolación y de Ternura, invocando el nombre de esos huérfanos: la Editorial catalana Bauzá y la Editorial Claudio García, del Uruguay, son las autoras de aquella mala acción.

EXCUSA DE UNAS NOTAS

Alfonso Reyes creó entre nosotros el precedente de las notas del autor sobre su propio libro. Cargue él, sabio y bueno, con la responsabilidad de las que siguen.

Es justa y útil la novedad. Entre el derecho del crítico capaz -llamémosle Monsieur Sage- y el que usa el eterno Don Palurdo, para tratar de la pieza que cae a mis manos, cabe una lonja de derecho para que el autor diga alguna cosa. En especial el autor que es poeta y no puede dar sus razones entre la materia alucinada que es la poesía. Monsieur Sage dirá que sí a la pretensión; Don Palurdo dirá, naturalmente, que no.

Una cauda de notas finales no da énfasis a un escrito, sea verso o prosa. Ayudar al lector no es protegerlo; sería cuanto más saltarle al paso, como el duende, y acompañarle unos trechos de camino, desapareciendo en seguida…

Lleva este libro algún pequeño rezago de Desolación. Y el libro que le siga -si alguno sigue- llevará también un rezago de Tala

Así ocurre en mi valle de Elqui con la exprimidura de los racimos. Pulpas y pulpas quedan en las hendijas de los cestos. Las encuentran después los peones de la vendimia. Ya el vino se hizo y aquello se deja para el turno siguiente de los canastos…

DEDICATORIA

Tardo en pagar mis deudas. Pero en esta ausencia de doce años de mi México no tuve antes sosiego largo para juntar lo disperso y aventado.

Muerte de Mi Madre

LA FUGA

Madre mía, en el sueño

ando por paisajes cardenosos:

un monte negro que se contornea

siempre, para alcanzar el otro monte;

y en el que sigue estás tú vagamente,

pero siempre hay otro monte redondo

que circundar, para pagar el paso

al monte de tu gozo y de mi gozo.

Mas, a trechos tú misma vas haciendo

el camino de juegos y de expolios.

Vamos las dos sintiéndonos, sabiéndonos,

mas no podemos vernos en los ojos,

y no podemos trocarnos palabra,

cual la Eurídice y el Orfeo solos,

las dos cumpliendo un voto o un castigo,

ambas con pies y con acento rotos.

Pero a veces no vas al lado mío:

te llevo en mí, en un peso angustioso

y amoroso a la vez, como pobre hijo

galeoto a su padre galeoto,

y hay que enhebrar los cerros repetidos,

sin decir el secreto doloroso:

que yo te llevo hurtada a dioses crueles

y que vamos a un Dios que es de nosotros.

Y otras veces ni estás cerro adelante,

ni vas conmigo, ni vas en mi soplo:

te has disuelto con niebla en las montañas,

te has cedido al paisaje cardenoso.

Y me das unas voces de sarcasmo

desde tres puntos, y en dolor me rompo,

porque mi cuerpo es uno, el que me diste,

y tú eres un agua de cien ojos,

y eres un paisaje de mil brazos,

nunca más lo que son los amorosos:

un pecho vivo sobre un pecho vivo,

nudo de bronce ablandado en sollozo.

Y nunca estamos, nunca nos quedamos,

como dicen que quedan los gloriosos,

delante de su Dios, en dos anillos

de luz o en dos medallones absortos,

ensartados en un rayo de gloria

o acostados en un cauce de oro.

O te busco, y no sabes que te busco,

o vas conmigo, y no te veo el rostro;

o vas en mí por terrible convenio;

sin responderme con tu cuerpo sordo,

siempre por el rosario de los cerros,

que cobran sangre para entregar gozo,

y hacen danzar en torno a cada uno,

¡hasta el momento de la sien ardiendo,

del cascabel de la antigua demencia

y de la trampa en el vórtice rojo!

LÁPIDA FILIAL

Apegada a la seca fisura

del nicho, déjame que te diga:

– Amados pechos que me nutrieron

con una leche más que otra viva;

parados ojos que me miraron

con tal mirada que me ceñía;

regazo ancho que calentó

con una hornaza que no se enfría;

mano pequeña que me tocaba

con un contacto que me fundía:

¡resucitad, resucitad,

si existe la hora, si es cierto el día,

para que Cristo os reconozca

ya otro país deis alegría,

para que pague ya mi Arcángel

formas y sangre y leche mía,

y que por fin os recupere

la vasta y santa sinfonía

de viejas madres: la Macabea,

Ana, Isabel, Lía y Raquel!

NOCTURNO DE LA CONSUMACIÓN

A Waldo Frank.

Te olvidaste del rostro que hiciste

en un valle a una oscura mujer;

olvidaste entre todas tus formas

mialzadura de lento ciprés;

cabras vivas, vicuñas doradas

te cubrieron la triste y la fiel.

Te han tapado mi cara rendida

las criaturas que te hacen tropel;

te han borrado mis hombros las dunas

y mi frente algarrobo y maitén.

Cuantas cosas gloriosas hiciste

te han cubierto a la pobre mujer.

Como Tú me pusiste en la boca

la canción por la sola merced:

como Tú me enseñaste este modo

de estirarte mi esponja con hiel,

yo me pongo a cantar tus olvidos,

por hincarte mi grito otra vez.

Yo te digo que me has olvidado

– pan de tierra de la insipidez-

leño triste que sobra en tus haces,

pez sombrío que afrenta la red.

Yo te digo con otro [1] que "hay tiempo

de sembrar como de recoger".

No te cobro la inmensa promesa

de tu cielo en niveles de mies;

no te digo apetito de Arcángeles

ni Potencias que me hagan arder;

no te busco los prados de música

donde a tristes llevaste a pacer.

Hace tanto que masco tinieblas,

que la dicha no sé reaprender;

tanto tiempo que piso las lavas

que olvidaron vellones los pies;

tantos años que muerdo el desierto

que mi patria se llama la Sed.

La oración de colinas divinas [2]

se ha raído en la gran aridez,

y ahora tengo en la mano una nueva,

la más seca, ofrecida a mi Rey.

Dame Tú el acabar de la encina

en fogón que no deje la hez;

dame Tú el acabar del celaje

que su sol hizo y quiso perder;

dame el fin de la pobre medusa

que en la arena consuma su bien.

He aprendido un amor que es terrible

y que corta mi gozo a cercén:

he ganado el amor de la nada,

apetito del nunca volver,

voluntad de quedar con la tierra

mano a mano y mudez con mudez,

despojada de mi propio Padre,

rebanada de Jerusalem.

NOCTURNO DE LA DERROTA [3]

Yo no he sido tu Pablo absoluto

que creyó para nunca descreer,

una brasa violenta tendida

de la frente con rayo a los pies.

Bien le quise el tremendo destino,

pero no merecí su rojez.

Brasa breve he llevado en la mano,

llama corta ha lamido mi piel.

Yo no supe, abatida del rayo,

como el pino de gomas arder.

Viento tuyo no vino a ayudarme

y blanqueo antes de perecer.

Caridad no más ancha que rosa

me ha costado jadeo que ves.

Mi perdón es sombría jornada

en que miro diez soles caer;

mi esperanza es muñón de mí misma

que volteo y que ya es rigidez.

Yo no he sido tu Santo Francisco

con su cuerpo en un arco de “amén”,

sostenido entre el cielo y la tierra

cual la cresta del amanecer,

escalera de limo por donde

ciervo y tórtola oíste otra vez.

Esta tierra de muchas criaturas

me ha llamado y me quiso tener;

me tocó cual la madre a su entraña;

me le di, por mujer y por fiel.

¡Me metió sobre el pecho de fuego,

me aventó como cobra su piel!

Yo no he sido tu fuerte, Vicente,

confesor de galera soez,

besador de la carne perdida,

con sus llantos siguiéndole en grey,

aunque le amo más fuerte que mi alma

y en su pecho he tenido sostén.

Mis sentidos malvados no curan

una llaga sin se estremecer;

mi piedad ha volteado la cara

cuando Lázaro ya es fetidez,

y mis manos vendaron tanteando

incapaces de amar cuando ven.

Y ni alcanzo al segundo Francisco [4]

con su rostro en el atardecer,

tan sereno de haber escuchado

todo mal con su oreja de Abel,

¡corazón desde aquí columpiado

en los coros de Melquisedec!

Yo nací de una carne tajada

en el seco riñón de Israel,

Macabea que da Macabeos,

miel de avispa que pasa a hidromiel,

y he cantado cosiendo mis cerros

por cogerte en el grito los pies [5].

Te levanto pregón de vencida,

con vergüenza de hacer descender

tu semblante a este campo de muerte

y tu mano a mi gran desnudez.

Tú, que losa de tumba rompiste

como el brote que rompe su nuez,

ten piedad del que no resucita

ya contigo y se va a deshacer,

con el liquen quemado en sus sales,

con genciana quemada en su hiel,

con las cosas que a Cristo no tienen

y de Cristo no baña la ley.

Cielos morados, avergonzados

de mi derrota.

Capitán vivo y envilecido,

nuca pisada, ceño pisado

de mi derrota.

Cuerno cascado de ciervo noble

de mi derrota!

NOCTURNO DE LOS TEJEDORES VIEJOS

Se acabaron los días divinos

de la danza delante del mar,

y pasaron las siestas del viento

con aroma de polen y sal,

y las otras en trigos dormidas

con nidal de paloma torcaz.

Tan lejanos se encuentran los años

de los panes de harina candela

disfrutados en mesa de pino,

que negamos, mejor, su verdad,

y decimos que siempre estuvieron

nuestras vidas lo mismo que están,

y vendernos la blanca memoria

que dejamos tendida al umbral.

Han llegado los días ceñidos

como el puño de Salmanazar.

Llueve tanta ceniza nutrida

que la carne es su propio sayal.

Retiraron los mazos de lino

y se escarda, sin nunca acabar,

un esparto que no es de los valles

porque es hebra de hilado metal.

Nos callamos las horas y el día

sin querer la faena nombrar,

cual se callan remeros muy pálidos

los tifones, y el boga, el caimán,

porque el nombre no nutra al destino,

y sin nombre, se pueda matar.

Pero cuando la frente enderézase

de la prueba que no han de apurar,

al mirarnos, los ojos se truecan

la palabra en el iris leal,

y bajamos los ojos de nuevo,

como el jarro al brocal contumaz,

desolados de haber aprendido

con el nombre la cifra letal.

Los precitos contemplan la llama

que hace dalias y fucsias girar;

los forzados, como una cometa,

bajan y alzan su "nunca jamás".

Mas nosotros tan sólo tenemos,

para juego de nuestro mirar,

grecas lentas que dan nuestras manos,

golondrinas -al muro de cal,

remos negros que siempre jadean

y que nunca rematan el mar.

Prodigiosas las dulces espaldas

que se olvidan de se enderezar,

que obedientes cargaron los linos

y obedientes la leña mortal,

porque nunca han sabido de dónde

fueron hechas y a qué volverán.

¡Pobre cuerpo que todo ha aprendido

de sus padres José e Isaac,

y fantásticas manos leales,

las que tejen sin ver ni contar,

ni medir paño y paño cumplido,

preguntando si basta o si es más!

Levantando la blanca cabeza

ensayamos tal vez preguntar

de qué ofensa callada ofendimos

a un demiurgo al que se ha de aplacar,

como leños de holgura que odiasen

el arder, sin saberse apagar.

Humildad de tejer esta túnica

para un dorso sin nombre ni faz,

y dolor el que escucha en la noche

toda carne de Cristo arribar,

recibir el telar que es de piedra

y la Casa que es de eternidad.

NOCTURNO DEL DESCENDIMIENTO

A Victoria Ocampo.

Cristo del campo, "Cristo de Calvario" [6]

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero al verte mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

Mi sangre aún es agua de regato;

la tuya se paró como agua en presa.

Yo tengo arrimo en hombro que me vale,

a ti los cuatro clavos ya te sueltan,

y el encuentro se vuelve un recogerte

la sangre como lengua que contesta,

pasar mis manos por mi pecho enjuto,

coger tus pies en peces que gotean.

Ahora ya no me acuerdo de nada,

de viaje, de fatiga, de dolencia.

El ímpetu del ruego que traía

se me sume en la boca pedigüeña,

de hallarme en este pobre anochecer

con tu bulto vencido en una cuesta

que cae y cae y cae sin parar

en un trance que nadie me dijera.

Desde tu vertical cae tu carne

en cáscara de fruta que golpean:

el pecho cae y caen las rodillas

y en cogollo abatido, la cabeza.

Acaba de llegar, Cristo, a mis brazos,

peso divino, dolor que me entregan,

ya que estoy sola en esta luz sesgada

y lo que veo no hay otro que vea

y lo que pasa tal vez cada noche

no hay nadie que lo atine o que lo sepa,

y esta caída, los que son tus hijos,

como no te la ven no la sujetan,

y tu culpa de sangre no reciben,

¡de ser el cerro soledad entera

y de ser la luz poca y tan sesgada

en un cerro sin nombre de la Tierra!

Año de la Guerra Española.

LOCAS LETANÍAS

¡Cristo, hijo de mujer,

carne que aquí amamantaron,

que se acuerda de una noche,

y de un vagido, y de un llanto:

recibe a la que dio leche

cantándome con tu salmo

y llévala con las otras,

espejos que se doblaron

y cañas que se partieron

en hijos sobre los llanos!

¡Piedra de cantos ardiendo,

a la mitad del espacio,

en los cielos todavía

con bulto crucificado;

y cuando busca a sus hijos,

piedra loca de relámpagos,

piedra que anda, piedra que vuela,

vagabunda hasta encontrarnos,

piedra de Cristo, sal a su encuentro

y cíñetela a tus cantos

y yo mire de los valles,

en señales, sus pies blancos!

¡Río vertical de gracia,

agua del absurdo santo,

parado y corriendo vivo,

en su presa y despeñado;

río que en cantares mientan

"cabritillo" y "ciervo blanco"

a mi madre que te repecha,

como anguila, río trocado,

ayúdala a repecharte

ysúbela por tus vados!

¡Jesucristo, carne amante,

juego de ecos, oído alto,

caracol vivo del cielo,

de sus aires torneado:

abájate a ella, siente

otra vez que te tocaron;

vuélvete a su voz que sube

por los aire extremados,

ysi su voz no la lleva,

toma la niebla de su hálito!

¡Llévala a cielo de madres,

a tendal de sus regazos,

que va y que viene en un golfo

de brazos empavesado,

de las canciones de cuna

mecido como de tallos,

donde las madres arrullan

a sus hijos recobrados

o apresuran con su silbo

a los que gimiendo vamos!

¡Recibe a mi madre, Cristo,

dueño de ruta y de tránsito,

nombre que ella va diciendo,

sésamo que irá gritando,

abra nuestra de los cielos,

albatros no amortajado,

gozo que llaman los valles!

¡Resucitado, Resucitado!

"MUERTE DE MI MADRE"

Ella se me volvió una larga y sombría posada; se me hizo un país en que viví cinco o siete años, país amado a causa de la muerta, odioso a causa de la volteadura de mi alma en una larga crisis religiosa. No son ni buenos ni bellos los llamados "frutos del dolor" y a nadie se los deseo. De regreso de esta vida en la más prieta tiniebla, vuelvo a decir, como al final de Desolación, la alabanza de la alegría. El tremendo viaje acaba en la esperanza de las Locas Letanías y cuenta su remate a quienes se cuidan de mi alma y poco saben de mí desde que vivo errante.

Alucinación

LA MEMORIA DIVINA

A Elsa Fano.

Si me dais una estrella,

y me la abandonáis, desnuda ella

entre la mano, no sabré cerrarla

por defender mi nacida alegría.

Yo vengo de una tierra

donde no se perdía.

Si me encontráis la gruta

maravillosa, que como una fruta

tiene entraña purpúrea y dorada,

no cerraré la gruta

ni a la serpiente ni a la luz del día,

que vengo de una tierra

donde no se perdía.

Si vasos me alargaseis,

de cinamomo y sándalo, capaces

de aromar las raíces de la tierra

y de parar al viento cuando yerra,

a cualquier playa los confiaría,

que vengo de un país

en que no se perdía.

Tuve la estrella viva en mi regazo,

y entera ardí como en tendido ocaso.

Tuve también la gruta en que pendía

el sol, y donde no acababa el día.

Y no supe guardarlos,

ni entendía que oprimirles era amarlos.

Dormí tranquila sobre su hermosura

y sin temblor bebía en su dulzura.

Y los perdí, sin grito de agonía,

que vengo de una tierra

en donde el alma eterna no perdía.

LA COPA

Yo he llevado una copa

de una isla a otra isla sin despertar el agua.

Si la vertía, una sed traicionaba;

por una gota, el don era caduco;

perdida toda, el dueño lloraría.

No saludé las ciudades;

no dije elogio a su vuelo de torres,

no abrí los brazos en la gran Pirámide

ni fundé casa con corro de hijos.

Pero entregando la copa, yo dije

con el sol nuevo sobre mi garganta:

– "Mis brazos ya son libres como nubes sin dueño

y mi cuello se mece en la colina,

de la invitación de los valles."

Mentira fue mi aleluya: miradme.

Yo tengo la vista caída a mis palmas;

camino lenta, sin diamante de agua;

callada voy, y no llevo tesoro,

¡y me tumba en el pecho y los pulsos

la sangre batida de angustia y de miedo!

LA MEDIANOCHE

Fina, la medianoche.

Oigo los nudos del rosal:

la savia empuja subiendo a la rosa.

Oigo

las rayas quemadas del tigre

real: no le dejan dormir.

Oigo

la estrofa de uno,

y le crece en la noche

como la duna.

Oigo

a mi madre dormida

con dos alientos.

(Duermo yo en ella,

de cinco años.)

Oigo el Ródano

que baja y que me lleva como un padre

ciego de espuma ciega.

Y después nada oigo

sino que voy cayendo

en los muros de Arlès

llenos de sol…

DOS ÁNGELES

No tengo sólo un Ángel

con ala estremecida:

me mecen como al mar

mecen las dos orillas

el Ángel que da el gozo

y el que da la agonía,

el de alas tremolantes

y el de las alas fijas.

Yo sé, cuando amanece,

cuál va a regirme el día,

si el de color de llama

o el color de ceniza,

y me les doy como alga

a la ola, contrita.

Sólo una vez volaron

con las alas unidas:

el día del amor,

el de la Epifanía.

¡Se juntaron en una

sus alas enemigas

y anudaron el nudo

de la muerte y la vida!

PARAÍSO

Lámina tendida de oro,

y en el dorado aplanamiento,

dos cuerpos como ovillos de oro;

Un cuerpo glorioso que oye

y un cuerpo glorioso que habla

en el prado en que no habla nada;

Un aliento que va al aliento

y una cara que tiembla de él,

en un prado en que nada tiembla.

Acordarse del triste tiempo

en que los dos tenían Tiempo

y de él vivían afligidos,

A la hora de clavo de oro

en que el Tiempo quedó al umbral

como los perros vagabundos…

LA CABALGATA(1)

A don Carlos Silva Vildósola

Pasa por nuestra Tierra

la vieja Cabalgata,

partiéndose la noche

en una pulpa clara

y cayendo los montes

en el pecho del alba.

Con el vuelo remado

de los petreles pasa,

o en un silencio como

de antorcha sofocada.

Pasa en un dardo blanco

la eterna Cabalgata…

Pasa, única y legión,

en cuchillada blanca,

sobre la noche experta

de carne desvelada.

Pasa si no la ven,

y si la esperan, pasa.

Se leen las Eneidas,

se cuentan Ramayanas,

se llora el Viracocha

y se remonta al Maya,

y madura la vida

mientras su río pasa.

Las ciudades se secan

como piel de alimaña

y el bosque se nos dobla

como avena majada,

si olvida su camino

la vieja Cabalgata…

A veces por el aire

o por la gran llanada,

a veces por el tuétano

de Ceres subterránea,

a veces solamente

por las crestas del alma,

pasa, en caliente silbo,

la santa Cabalgata…

Como una vena abierta

desde las solfataras,

como un repecho de humo,

como un despeño de aguas,

pasa, cuando la noche

se rompe en pulpas claras.

Oír, oír, oír,

la noche como valva,

con ijar de lebrel

o vista acornejada,

y temblar y ser fiel,

esperando hasta el alba.

La noche ahora es fina,

es estricta y delgada.

El cielo agudo punza

lo mismo que la daga

y aguija a los dormidos

la tensa Vía Láctea.

Se viene por la noche

como un comienzo de aria;

se allegan unas vivas

trabazones de alas.

Me da en la cara un alto

muro de marejada,

y saltan, como un hijo,

contentas, mis entrañas.

Soy vieja;

amé los héroes

y nunca vi su cara;

por hambre de su carne

yo he comido las fábulas.

Ahora despierto a un niño

y destapo su cara,

y lo saco desnudo

a la noche delgada,

y lo hondeo en el aire

mientras el río pasa,

porque lo tome y lleve

la vieja Cabalgata…

LA GRACIA

A Amado Alonso.

Pájara Pinta

jaspeada,

iba loca

de pintureada,

por el aire

como llevada.

En esta misma

madrugada,

pasó el río

de una lanzada.

La mañanita

pura y rasada

quedó linda

de la venteada.

Los que no vieron

no saben nada;

duermen a sábana

pegada,

y yo me alcé

con lucerada;

medio era noche,

medio albada.

Me crujió el aire

a su pasada,

y ella cruzó

como rasgada,

por cara y hombro

mío azotada.

Pareció lirio

o pez-espada.

Subió los aires

hondeada,

de cielo abierto

devorada,

y en un momento

fue nonada.

Quedé temblando

en la quebrada.

¡Albricia mía [7]

arrebatada!

Historias de Loca

I LA MUERTE-NIÑA

A Gonzalo Zaldumbide.

– “En esa cueva nos nació,

y como nadie pensaría,

nació desnuda y pequeñita

como el pobre pichón de cría.

¡Tan entero que estaba el mundo!,

¡tan fuerte que era al mediodía!,

¡tan armado como la piña,

cierto del Dios que sostenía!

Alguno nuestro la pensó

como se piensa villanía;

la Tierra se lo consintió

y aquella cueva se le abría.

De aquel hoyo salió de pronto,

con esa carne de elegía;

salió tanteando y gateando

y apenas se la distinguía.

Con una piedra se aplastaba,

con el puño se la exprimía.

Se balanceaba como un junco

y con el viento se caía…

Me puse yo sobre el camino

para gritar a quien me oía:

– "¡Es una muerte de dos años

que bien se muere todavía!"

Recios rapaces la encontraron,

a hembras fuerte cruzó la vía;

la miraron Nemrod y Ulises,

pero ninguno comprendía…

Se envilecieron las mañanas,

torpe se hizo el mediodía;

cada sol aprendió su ocaso

y cada fuente su sequía.

La pradera aprendió el otoño

y la nieve su hipocresía,

la bestezuela su cansancio,

la carne de hombre su agonía.

Yo me entraba por casa y casa

y a todo hombre se lo decía:

– "¡Es una muerte de siete años

que bien se muere todavía!"

Y dejé de gritar mi grito

cuando vi que se adormecían.

Ya tenían no sé qué dejo

y no sé qué melancolía…

Comenzamos a ser los reyes

que conocen postrimería

y la bestia o la criatura

que era la sierva nos hería.

Ahora el aliento se apartaba

y ahora la sangre se perdía,

y la canción de las mañanas

como cuerno se enronquecía.

La Muerte tenía treinta años;

ya nunca más se moriría,

y la segunda Tierra nuestra

iba abriendo su Epifanía.

Se lo cuento a los que han venido,

y se ríen con insanía:

"Yo soy de aquellas que bailaban

cuando la Muerte no nacía…"

II LA FLOR DEL AIRE [8]

A Consuelo Saleva.

Yo la encontré por mi destino,

de pie a mitad de la pradera,

gobernadora del que pase,

del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: -"Sube al monte.

Yo nunca dejo la pradera,

y me cortas las flores blancas

como nieves, duras y tiernas."

Me subí a la ácida montaña,

busqué las flores donde albean,

entre las rocas existiendo

medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía,

la hallé a mitad de la pradera,

y fui cubriéndola frenética,

con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura,

ella me dijo: "Tú acarrea

ahora sólo flores rojas.

Yo no puedo pasar la pradera."

Trepé las peñas con el venado,

y busqué flores de demencia,

las que rojean y parecen

que de rojez vivan y mueran.

Cuando bajé se las fui dando

con un temblor feliz de ofrenda,

y ella se puso como el agua

que en ciervo herido se ensangrienta.

Pero mirándome, sonámbula,

me dijo: "Sube y acarrea

las amarillas, las amarillas.

Yo nunca dejo la pradera."

Subí derecho a la montaña

y me busqué las flores densas,

color de sol y de azafranes,

recién nacidas y ya eternas.

Al encontrarla, como siempre,

a la mitad de la pradera,

segunda vez yo fui cubriéndola,

y la dejé como las eras.

Y todavía, loca de oro,

me dijo: -"Súbete, mi sierva,

y cortarás las sin color,

ni azafranadas ni bermejas”

"Las que y yo amo por recuerdo

de la Leonora y la Ligeia,

color del Sueño y de los sueños.

Yo soy Mujer de la pradera."

Me fui ganando la montaña,

ahora negra como Medea,

sin tajada de resplandores,

como una gruta vaga y cierta.

Ellas no estaban en las ramas,

ellas no abrían en las piedras

y las corté del aire dulce,

tijereteándolo ligera.

Me las corté como si fuese

la cortadora que está ciega.

Corté de un aire y de otro aire,

tomando el aire por mi selva…

Cuando bajé de la montaña

y fui buscándome a la reina,

ahora ella caminaba,

ya no era blanca ni violenta;

Ella se iba, la sonámbula,

abandonando la pradera,

y yo siguiéndola y siguiéndola

por el pastal y la alameda.

Cargada así de tantas flores,

con espaldas y mano aéreas,

siempre cortándolas del aire

y con los aires como siega…

Ella delante va sin cara;

ella delante va sin huella,

y yo la sigo todavía

entre los gajos de la niebla,

Con estas flores sin color,

ni blanquecinas ni bermejas,

hasta mi entrega sobre el límite,

cuando mi Tiempo se disuelva…

III LA SOMBRA [9]

En un metal de cipreses

y de cal espejeadora,

sobre mi sombra caída

bailo una danza de mofa.

Como plumón rebanado

o naranja que se monda,

he aventado y no recojo

el racimo de mi sombra.

La cobra negra seguíame,

incansable, por las lomas,

o en el patio sin balido,

en oveja querenciosa.

Cuando mi néctar bebía,

me arrebataba la copa;

y sobre el telar soltaba

su greña gitana o mora.

Cuando en el cerro yo hacía

fogata y cena dichosa,

a comer se me sentaba

en niña de manos rotas…

Besó a Jacob hecha Lía,

y él le creyó a la impostora,

y pensó que me abrazaba

en antojo de mi sombra.

Está muerta y todavía

juega, mañosa a mi copia,

y la gritan con mi nombre

los que la giran en ronda…

Veo de arriba su red

y el cardumen que desfonda;

y yo río, liberada

perdiendo al corro que llora.

Siento un oreo divino

de espaldas que el aire toma

y de más en más me sube

una brazada briosa.

Llego por un mar trocado

en un despeño de sonda,

y arribo a mi derrotero

de las Divinas Personas.

En tres cuajos de cristales

o tres grandes velas solas,

me encontré y revoloteo,

en torno de las Gloriosas.

Cubren sin sombra los cielos,

como la piedra preciosa,

y yo sin mi sombra bailo

los cielos como mis bodas…

IV EL FANTASMA

En la dura noche cerrada

o en la húmeda mañana tierna,

sea invierno, sea verano,

esté dormida, esté despierta.

Aquí estoy si acaso me ven,

y lo mismo si no me vieran,

queriendo que abra aquel umbral

y me conozca aquella puerta.

En un turno de mando y ruego,

y sin irme, porque volviera,

con mis sentidos que tantean

sólo este leño de una puerta,

Aquí me ven si es que ellos ven,

y aquí estoy aunque no supieran,

queriendo haber lo que yo había,

que como sangre me sustenta;

En país que no es mi país,

en ciudad que ninguno mienta,

junto a casa que no es mi casa,

pero siendo mía una puerta,

Detrás la cual yo puse todo,

yo dejé todo como ciega,

sin traer llave que me conozca

y candado que me obedezca.

Aquí me estoy, y yo no supe

que volvería a esta puerta

sin brazo válido, sin mano dura

y sin la voz que mi voz era;

Que guardianes no me verían

ni oiría su oreja sierva,

y sus ojos no entenderían

que soy íntegra y verdadera;

Que anduve lejos y que vuelvo

y que yo soy, si hallé la senda,

me sé sus nombres con mi nombre

y entre puertas hallé la puerta,

¡A buscar lo que les dejé

que es mi ración sobre la tierra,

de mí respira y a mí salta,

como un regato, si me encuentra!

A menos que él también olvide

y que tampoco entienda y vea

mi marcha de alga lamentable

que se retuerce contra su puerta.

Si sus ojos también son esos

que ven sólo las formas ciertas,

que ven vides y ven olivos

y criaturas verdaderas;

Y de verdad yo soy la Larva

desgajada de otra ribera,

que resbala país de hombres

con el silencio de la niebla;

¡Que no raya su pobre llano,

y no lo arruga de su huella,

y que no echa vaho de jadeo

sobre el aljibe de una puerta!

¡Que dormida dejó su carne,

como el árabe deja la tienda,

y por la noche, sin soslayo,

llegó a caer sobre su puerta!;

Materias

I PAN

A Teresa y Enrique Díez-Canedo.

Dejaron un pan en la mesa,

mitad quemado, mitad blanco,

pellizcado encima y abierto

en unos migajones de ampo.

Me parece nuevo o como no visto,

y otra cosa que él no me ha alimentado,

pero volteando su miga, sonámbula,

tacto y olor se me olvidaron.

Huele a mi madre cuando dio su leche,

huele a tres valles por donde he pasado:

a Aconcagua, a Pátzcuaro, a Elqui,

y a mis entrañas cuando yo canto.

Otros olores no hay en la estancia

y por eso él así me ha llamado;

y no hay nadie tampoco en la casa

sino este pan abierto en un plato,

que con su cuerpo me reconoce

y con el mío yo reconozco.

Se ha comido en todos los climas

el mismo pan en cien hermanos:

pan de Coquimbo, pan de Oaxaca,

pan de Santa Ana y de Santiago.

En mis infancias yo le sabía

forma de sol, de pez o de halo,

y sabía mi mano su miga

y el calor de pichón emplumado…

Después le olvidé, hasta este día

en que los dos nos encontramos,

yo con mi cuerpo de Sara vieja

y él con el suyo de cinco años.

Amigos muertos con que comíalo

en otros valles sientan el vaho

de un pan en septiembre molido

y en agosto en Castilla segado.

Es otro y es el que comimos

en tierras donde se acostaron.

Abro la miga y les doy su calor;

lo volteo y les pongo su hálito.

La mano tengo de él rebosada

y la mirada puesta en mi mano;

entrego un llanto arrepentido

por el olvido de tantos años,

y la cara se me envejece

o me renace en este hallazgo.

Como se halla vacía la casa,

estemos juntos los reencontrados,

sobre esta mesa sin carne y fruta,

los dos en este silencio humano,

hasta que seamos otra vez uno

y nuestro día haya acabado…

II SAL

La sal cogida de la duna,

gaviota viva de ala fresca,

desde su cuenco de blancura,

me busca y vuelve su cabeza.

Yo voy y vengo por la casa

y parece que no la viera

y que tampoco ella me viese,

Santa Lucía blanca y ciega.

Pero la Santa de la sal,

que nos conforta y nos penetra,

con la mirada enjuta y blanca,

alancea, mira y gobierna

a la mujer de la congoja

y a lo tendido de la cena.

De la mesa viene a mi pecho,

va de mi cuarto a la despensa,

con ligereza de vilano

y brillos rotos de saeta.

La cojo como a criatura

y mis manos la espolvorean,

y resbalando con el gesto

de lo que cae y se sujeta,

halla la blanca y desolada

duna de sal de mi cabeza.

Me salaba los lagrimales

y los caminos de mis venas,

y de pronto me perdería

como en juego de compañera,

pero en mis palmas, al regreso,

con mi sangre se reencuentra…

Mano a la mano nos tenemos

como Raquel, como Rebeca.

Yo volteo su cuerpo roto

y ella voltea mi guedeja,

y nos contamos las Antillas

y desvariamos las Provenzas.

Ambas éramos de las olas

y sus espejos de salmuera,

y del mar libre nos trajeron

a una casa profunda y quieta;

y el puñado de sal y yo,

en beguinas o en prisioneras,

las dos llorando, las dos cautivas,

atravesamos por la puerta…

III AGUA

Hay países que yo recuerdo

como recuerdo mis infancias.

Son países de mar o río,

de pastales, de vegas y aguas.

Aldea mía sobre el Ródano,

rendida en río y en cigarras;

Antilla en palmas verdi-negras

que a medio mar está y me llama;

¡roca ligure de Portofino:

mar italiana, mar italiana!

Me han traído a país sin río,

tierras-Agar, tierras sin agua;

Saras blancas y Saras rojas,

donde pecaron otras razas,

de pecado rojo de atridas

que cuentan gredas tajeadas;

que no nacieron como un niño

con unas carnazones grasas,

cuando las oigo, sin un silbo,

cuando las cruzo, sin mirada.

Quiero volver a tierras niñas;

llévenme a un blando país de aguas.

En grandes pastos envejezca

y haga al río fábula y fábula.

Tenga una fuente por mi madre

y en la siesta salga a buscarla,

y en jarras baje de una peña

un agua dulce, aguda y áspera.

Me venza y pare los alientos

el agua acérrima y helada.

¡Rompa mi vaso y al beberla

me vuelva niñas las entrañas!

IV CASCADA EN SEQUEDAL

Ganas tengo de cantar,

sin.razón de mi algarada:

nivivo en la tierra

de donde es la palma,

Ni la madre mía

entra por mi casa,

ni regreso a ella

gritando en la barca…

Ganas de cantar

partiendo tres ráfagas,

sin poder cantar

de lo alborotada,

Por la luz devuelta

que anduvo trocada;

por sierras que paso

con su tribu de hayas

Y un ruido que suena,

no sé dónde, de aguas,

que me viene al pecho

y que es de cascada.

Cae donde cae

y ayer no rodaba;

cerca de mi cuerpo

se despeña y llama.

Me paro y escucho,

sin ir a buscarla:

¡agua, madre mía,

e hija mía, el agua!

¡Yo la quiero ver

y no puedo, de ansia,

y sigue cayendo,

l'agua palmoteada!

V EL AIRE

A José Mª Quiroga Plá.

En el llano y la llanada

de salvia y menta salvaje,

encuentro como esperándome

el Aire.

Giran redondo, en un niño

desnudo y voltijeante,

y me toma y arrebata

por su madre.

Mis costados coge enteros,

por cosa de su donaire,

y mis ropas entregadas

por casales…

Silba en áspid de las ramas

o empina los matorrales;

o me para los alientos

como un Ángel.

Pasa y repasa en helechos

y pechugas inefables,

que son gaviotas y aletas

de Aire.

Lo tomo en una brazada;

cazo y pesco, palpitante,

ciega de plumas y anguilas

del Aire…

A lo que hiero no hiero

o lo tomo sin lograrlo,

aventando y cazando

en burlas de Aire…

Cuando camino de vuelta,

por encinas y pinares,

todavía me persigue

el Aire.

Entro en mi casa de piedra

con los cabellos jadeantes,

ebrios, ajenos y duros

del Aire.

En la almohada, revueltos,

no saben apaciguarse,

y es cosa, para dormirme,

de atarles…

Hasta que él allá se cansa

como un albatros gigante,

o una vela que rasgaron

parte a parte.

Al amanecer, me duermo

– cuando mis cabellos caen-

como la madre del hijo,

rota del Aire…

América

Dos Himnos

A don Eduardo Santos.

I SOL DEL TRÓPICO

Sol de los Incas, sol de los Mayas,

maduro sol americano,

sol en que mayas y quichés

reconocieron y adoraron,

y en el que viejos aimaraes

como el ámbar fueron quemados.

Faisán rojo cuando levantas

y cuando medias, faisán blanco,

sol pintador y tatuador

de casta de hombre y de leopardo.

Sol de montañas y de valles,

de los abismos y los llanos,

Rafael de las marchas nuestras,

lebrel de oro de nuestros pasos,

por toda tierra y todo mar

santo y seña de mis hermanos.

Si nos perdemos, que nos busquen

en unos limos abrasados,

donde existe el árbol del pan

y padece el árbol del bálsamo [10].

Sol del Cuzco, blanco en la puna,

Sol de México, canto dorado,

canto rodado sobre el Mayab [11],

maíz de fuego no comulgado,

por el que gimen las gargantas

levantadas a tu viático;

corriendo vas por los azules

estrictos o jesucristianos,

ciervo blanco o enrojecido,

siempre herido, nunca cazado…

Sol de los Andes, cifra nuestra,

veedor de hombres americanos,

pastor ardiendo de grey ardiendo

y tierra ardiendo en su milagro,

que ni se funde ni nos funde,

que no devora ni es devorado;

quetzal de fuego emblanquecido

que cría y nutre pueblos mágicos;

llama pasmado en rutas blancas

guiando llamas alucinados…

Raíz del cielo, curador

de los indios alanceados;

brazo santo cuando los salvas,

cuando los matas, amor santo.

Quetzalcóatl, padre de oficios

de la casta de ojo almendrado,

el moledor de los añiles,

el tejedor de algodón cándido.

Los telares indios enhebras

con colibríes alocados

y das las grecas pintureadas

al mujerío de Tacámbaro.

¡Pájaro Roc [12], plumón que empolla

dos orientes desenfrenados!

Llegas piadoso y absoluto

según los dioses no llegaron,

tórtolas blancas en bandada,

maná que baja sin doblarnos.

No sabemos qué es lo que hicimos

para vivir transfigurados.

En especies solares nuestros

Viracochas se confesaron,

y sus cuerpos los recogimos

en sacramento calcinado.

A tu llama fié a los míos,

en parva de ascuas acostados.

Sobre tendal de salamandras

duermen y sueñan sus cuerpos santos.

O caminan contra el crepúsculo,

encendidos como retamos,

azafranes sobre el poniente,

medio Adanes, medio topacios…

Desnuda mírame y reconóceme,

si no me viste en cuarenta años,

con Pirámide de tu nombre [13],

con pitahayas y con mangos,

con los flamencos de la aurora

y los lagartos tornasolados.

¡Como el maguey, como la yuca,

como el cántaro del peruano,

como la jícara de Uruápan,

como la quena de mil años,

a ti me vuelvo, a ti me entrego,

en ti me abro, en ti me baño!

Tómame como los tomaste,

el poro al poro, el gajo al gajo,

y ponme entre ellos a vivir,

pasmada dentro de tu pasmo.

Pisé los cuarzos extranjeros,

comí sus frutos mercenarios;

en mesa dura y vaso sordo

bebí hidromieles que eran lánguidos;

recé oraciones mortecinas

y me canté los himnos bárbaros [14],

y dormí donde son dragones

rotos y muertos los Zodíacos.

Te devuelvo por mis mayores

formas y bulto en que me alzaron.

Riégame así con rojo riego;

dame el hervir vuelta tu caldo.

Emblanquéceme u oscuréceme

en tus lejías y tus cáusticos.

¡Quémame tú los torpes miedos,

sécame lodos, avienta engaños;

tuéstame habla, árdeme ojos,

sollama boca, resuello y canto,

límpiame oídos, lávame vistas,

purifica manos y tactos!

Hazme las sangres y las leches,

y los tuétanos, y los llantos.

Mis sudores y mis heridas

sécame en lomos y en costados.

Y otra vez íntegra incorpórame

a los coros que te danzaron,

los coros mágicos, mecidos

sobre Palenque y Tihuanaco.

Gentes quechuas y gentes mayas

te juramos lo que jurábamos.

De ti rodamos hacia el Tiempo

y subiremos a tu regazo;

de ti caímos en grumos de oro,

en vellón de oro desgajado,

y a ti entraremos rectamente

según dijeron Incas Magos.

¡Como racimos al lagar

volveremos los que bajamos,

como el cardumen de oro sube

a flor de mar arrebatado

y van las grandes anacondas

subiendo al silbo del llamado!

II CORDILLERA

¡Cordillera de los Andes,

Madre yacente y Madre que anda,

que de niños nos enloquece

y hace morir cuando nos falta;

que en los metales y el amianto

nos aupaste las entrañas;

hallazgo de los primogénitos,

de Mama Ocllo y Manco Cápac,

tremendo amor y alzado cuerno

del hidromiel de la esperanza!

Jadeadora del Zodíaco,

sobre la esfera galopada;

corredora de meridianos,

piedra Mazzepa que no se cansa,

Atalanta que en la carrera

es el camino y es la marcha,

y nos lleva, pecho con pecho,

a lo madre y lo marejada,

a maná blanco y peán rojo

de nuestra bienaventuranza.

Caminas, madre, sin rodillas,

dura de ímpetu y confianza;

con tus siete pueblos caminas

en tus faldas acigüeñadas;

caminas la noche y el día,

desde mi Estrecho a Santa Marta,

y subes de las aguas últimas

la cornamenta del Aconcagua.

Pasas el valle de mis leches,

amoratando la higuerada;

cruzas el cíngulo de fuego

y los ríos Dioscuros lanzas [15];

pruebas Sargassos de salmuera

y desciendes alucinada…

Viboreas de las señales

del camino del Inca Huayna,

veteada de ingenierías

y tropeles de alpaca y llama,

de la hebra del indio atónito

y del ¡ay! de la quena mágica.

Donde son valles, son dulzuras;

donde repechas, das el ansia;

donde azurea el altiplano

es la anchura de la alabanza.

Extendida como una amante

y en los soles reverberada,

punzas al indio y al venado

con el jengibre y con la salvia;

en las carnes vivas te oyes

lento hormiguero, sorda vizcacha;

oyes al puma ayuntamiento

y a la nevera, despeñada,

y te escuchas el propio amor

en tumbo y tumbo de tu lava.

Bajan de ti, bajan cantando,

como de nupcias consumadas,

tumbadores de las caobas

y rompedor de araucarias.

Aleluya por el tenerte

para cosecha de las fábulas,

alto ciervo que vio San Jorge

de cornamenta aureolada

y el fantasma del Viracocha,

vaho de niebla y vaho de habla.

¡Por las noches nos acordamos

de bestia negra y plateada,

leona que era nuestra madre

y de pie nos amamantaba!

En los umbrales de mis casas,

tengo tu sombra amoratada.

Hago, sonámbulo, mis rutas,

en seguimiento de tu espalda,

o devanándome en tu niebla,

o tanteando un flanco de arca;

y la tarde me cae al pecho

en una madre desollada.

¡Ancha pasión, por la pasión

de hombros de hijos jadeada!

¡Carne de piedra de la América,

halalí de piedras rodadas,

sueño de piedra que soñamos,

piedras del mundo pastoreadas;

enderezarse de las piedras

para juntarse con sus almas!

¡En el cerco del valle de Elqui

bajo la luna de fantasma,

no sabemos si somos hombres

o somos peñas aprobadas

Vuelven los tiempos en sordo río

y se les oye la arribada

a la meseta de los Cuzcos

que es la peana de la gracia.

Silbaste el silbo subterráneo

a la gente color del ámbar;

no desatamos el mensaje

enrollado de salamandra;

y de tus tajos recogemos

nuestro destino en bocanada.

¡Anduvimos como los hijos

que perdieron signo y palabra,

como beduino o ismaelita,

como las peñas hondeadas,

vagabundos envilecidos,

gajos pisados de vid santa,

vagabundos envilecidos,

como amantes que se encontraran!

Otra vez somos los que fuimos,

cinta de hombres, anillo que anda,

viejo tropel, larga costumbre

en derechura a la peana,

donde quedó la madre augur

que desde cuatro siglos llama,

en toda noche de los Andes

y con el grito que es lanzada.

Otra vez suben nuestros coros

y el roto anillo de la danza,

por caminos que eran de chasquis [16]

y en pespunte de llamaradas.

Son otra vez adoratorios

jaloneando la montaña

y la espiral en que columpian

mirra-copal, mirra-copaiba,

¡para tu gozo y nuestro gozo

balsámica y embalsamada!

El fueguino sube al Caribe

por tus punas espejeadas;

a criaturas de salares

y de pinar lleva a las palmas.

Nos devuelves al Quetzalcóatl

acarreándonos al maya,

y en las mesetas cansa-cielos,

donde es la luz transfigurada,

braceadora, ata tus pueblos

como juncales de sabana.

¡Suelde el caldo de tus metales

los pueblos rotos de tus abras;

cose tus ríos vagabundos,

tus vertientes acainadas.

Puño de hielo, palma de fuego,

a hielo y fuego purifícanos!

Te llamemos en aleluya

y en letanía arrebatada.

¡Especie eterna y suspendida,

Alta-ciudad -Torres-doradas,

Pascual Arribo de tu gente,

Arca tendida de tu Alianza!

Anexo de “Dos Himnos”

"DOS HIMNOS"

Después de la trompa épica, más elefantina que metálica de nuestros románticos, que recogieron la gesticulación de los Quintana y los Gallegos, vino en nuestra generación una repugnancia exagerada hacia el himno largo y ancho, hacia el tono mayor. Llegaron las flautas y los carrizos, ya no sólo de maíz, sino de arroz y cebada… El tono menor fue el bienvenido, y dejó sus primores, entre los que se cuentan nuestras canciones más íntimas y acaso las más puras. Pero ya vamos tocando al fondo mísero de la joyería y de la creación en acónitos. Suele echarse de menos, cuando se mira a los monumentos indígenas o la Cordillera, una voz entera que tenga el valor de allegarse a esos materiales formidables.

Nuestro cumplimiento con la tierra de América ha comenzado por sus cogollos. Parece que tenemos contados todos los caracoles, los colibríes y las orquídeas nuestros, y que siguen en vacancia cerros y soles, como quien dice la peana y el nimbo de la Walkiria Terrestre que se llama América.

Lo mismo que cuando hice unas Rondas de niños y unas Canciones de Cuna, balbuceo el tema por vocear su presencia a los mozos, es decir, a los que vienen mejor dotados que nosotros y "con la estrella de la fortuna" a mitad de la frente. Puede que, como en el caso anterior, el que entendió la señal siga la ruta y alcance el logro. Yo sé muy bien que doy un puro balbuceo del asunto. Igual que otras veces, afronto el ridículo con la sonrisa de la mujer rural cuando se le malogra el frutillar o el arrope en el fuego…

El que discuta la necesidad de hacer de tarde en tarde el himno en tono mayor, sepa a lo menos que vamos sintiendo un empalago de lo mínimo y de lo blando, del "mucígalo de linaza…"

Si nuestro Rubén, después de la Marcha Triunfal (que es griega o romana) y del Canto a Roosevelt que es ya americano, hubiese querido dejar los Parises y los Madriles y venir a perderse en la naturaleza americana por unos largos años -era el caso de perderse a las buenas- ya no tendríamos estos temas en la cantera; estaríamos devastados y andarían entonando el alma del mocerío. Llega el escuadrón de mozos sin mucho gusto que digamos del "Aire Suave" o de la Marquesa Eulalia. Tiene razón: el aire del mundo se ha vuelto un puelche [17] violento y el mar de jacintos se muda de pronto en el otro mar que los marinos llaman, acarnerado.

EL MAÍZ

I

El maíz del Anáhuac,

el maíz de olas fieles,

cuerpo de los mexitlis,

a mi cuerpo se viene.

En el viento me huye,

jugando a que lo encuentre,

y que me cubre y me baña

el Quetzalcóatl [18] verde

de las colas trabadas

que lamen y que hieren.

Braceo en la oleada

como el que nade siempre;

a puñados recojo

las pechugas huyentes,

riendo risa india

que mofa y que consiente,

y voy ciega en marea

verde resplandeciente,

braceándole la vida,

braceándole la muerte!

II

El Anáhuac lo ensanchan

maizales que crecen.

La tierra, por divina,

parece que la vuelen.

En la luz sólo existen

eternidades verdes,

remada de esplendores

que bajan y que ascienden.

Las Sierras Madres pasa

su pasión vehemente.

El indio que los cruza

“como que no parece”.

Maizal hasta donde

lo postrero emblanquece,

y México se acaba

donde el maíz se muere.

III

Por bocado de Xóchitl,

madre de las mujeres,

porque el umbral en hijos

y en danza reverbere,

se matan los mexitlis

como Tlálocs [19] que jueguen

y la piel del Anáhuac

de escamas resplandece.

Xóchitl va caminando

filos y filos verdes.

Su hombre halló tendido

en caña de la muerte.

La besa con el beso

que a la nada desciende

y le siembra la carne

en el Anáhuac leve,

en donde llama un cuerno

por el que todo vuelve…

IV

Mazorca del aire [20]

y mazorcal terrestre,

el tendal de los muertos

y el Quetzatcóatl verde,

se están como uno solo

mitad frío y ardiente,

y la mano en la mano,

se velan y se tienen.

Están en turno y pausa

que el Anáhuac comprende,

hasta que el silbo largo

por los maíces suene

de que las cañas rotas

dancen y desperecen:

¡eternidad que va

y eternidad que viene!

V

Las mesas del maíz

quieren que yo me acuerde.

El corro está mirándome

fugaz y eternamente.

Los sentados son órganos [21],

las sentadas magueyes.

Delante de mi pecho

la mazorcada tienden.

De la voz y los modos

gracia tolteca llueve.

La casta come lento,

como el venado bebe.

Dorados son el hombre,

el bocado, el aceite,

y en sesgo de ave pasan

las jícaras alegres.

Otra vez me tuvieron

éstos que aquí me tienen,

y el corro, de lo eterno,

parece que espejee…

VI

El santo maíz sube

en un ímpetu verde,

y dormido se llena

de tórtolas ardientes.

El secreto maíz

en vaina fresca hierve

y hierve de unos crótalos

y de unos hidromieles.

El dios que lo consuma,

es dios que lo enceguece:

le da forma de ofrenda

por dársela ferviente;

en voladores hálitos

su entrega se disuelve.

Y México se acaba

donde la milpa [22] muere.

VII

El pecho del maíz

su fervor lo retiene.

El ojo del maíz

tiene el abismo breve.

El habla del maíz

en valva y valva envuelve.

Ley vieja del maíz,

caída no perece,

y el hombre del maíz

se juega, no se pierde.

Ahora es en Anáhuac

y ya fue en el Oriente:

¡eternidades van

y eternidades vienen!

VII

Molinos rompe-cielos

mis ojos no los quieren.

El maizal no aman

y su harina no muelen:

no come grano santo

la hiperbórea gente.

Cuando mecen sus hijos

de otra mecida mecen,

en vez de los niveles

de balanceadas frentes.

Acostas del maíz

mejor que no naveguen:

maíz de nuestra boca

lo coma quien lo rece.

El cuerno mexicano

de maizal se vierte

yasí tiemblan los pulsos

en trance de cogerle

yasí canta la sangre

con el arcángel verde,

porque el mágico Anáhuac

se ama perdidamente…

IX

Hace años que el maíz

no me canta en las sienes

ni corre por mis ojos

su crinada serpiente.

Me faltan los maíces

y me sobran las mieses.

Y al sueño, en vez de Anáhuac,

le dejo que me suelte

su mazorca infinita

que me aplaca y me duerme.

Y grano rojo y negro [23]

y dorado y en cierne,

el sueño sin Anáhuac

me cuenta hasta mi muerte.

MAR CARIBE

A E. Ribera Chevremont.

Isla de Puerto Rico,

isla de palmas,

apenas cuerpo, apenas,

como la Santa,

apenas posadura

sobre las aguas;

del millar de palmeras

como más alta,

y en las dos mil colinas

como llamada.

La que como María

funde al nombrarla

y que, como paloma,

vuela nombrada.

Isla en amaneceres

de mí gozada,

sin cuerpo acongojado,

trémula de alma;

de sus constelaciones

amamantada,

en la siesta de fuego

punzada de hablas,

y otra vez en el alba,

adoncellada.

Isla en caña y cafés

apasionada;

tan dulce de decir

como una infancia;

bendita de cantar

como un ¡hosanna!

sirena sin canción

sobre las aguas,

ofendida de mar

en marejada:

¡Cordelia de las olas,

Cordelia amarga!

Seas salvada como

la corza blanca

y como el llama nuevo

del Pachacámac [24],

y como el huevo de oro

de la nidada,

y como la Ifigenia,

viva en la llama.

Te salven los Arcángeles

de nuestra raza:

Miguel castigador,

Rafael que marcha,

y Gabriel que conduce

la hora colmada.

Antes que en mí se acaben

marcha y mirada;

antes de que mi carne

sea una fábula

y antes que mis rodillas

vuelen en ráfagas…

Día de la liberación de Filipinas.

Saudade

PAÍS DE LA AUSENCIA

A Ribeiro Couto

País de la ausencia

extraño país,

más ligero que ángel

y seña sutil,

color de alga muerta,

color de neblí,

con edad de siempre,

sin edad feliz.

No echa granada,

no cría jazmín,

y no tiene cielos

ni mares de añil.

Nombre suyo, nombre,

nunca se lo oí,

y en país sin nombre

me voy a morir.

Ni puente ni barca

me trajo hasta aquí,

no me lo contaron

por isla o país.

Yo no lo buscaba

ni lo descubrí.

Parece una fábula

que yo me aprendí,

sueñode tomar

y de desasir.

Y es mi patria donde

vivir y morir.

Me nació de cosas

que no son país;

de patrias y patrias

que tuve y perdí;

de las criaturas

que yo vi morir;

de lo que era mío

y se fue de mí.

Perdí cordilleras

en donde dormí;

perdí huertos de oro

dulces de vivir;

perdí yo las islas

de caña y añil,

y las sombras de ellos

me las vi ceñir

y juntas y amantes

hacerse país.

Guedejas de nieblas

sin dorso y cerviz,

alientos dormidos

me los vi seguir,

y en años errantes

volverse país,

y en país sin nombre

me voy a morir.

LA EXTRANJERA

A Francis de Miomandre.

– “Habla con dejo de sus mares bárbaros,

con no sé qué algas y no sé qué arenas;

reza oración a dios sin bulto y peso,

envejecida como si muriera.

Ese huerto nuestro que nos hizo extraño,

ha puesto cactus y zarpadas hierbas.

Alienta del resuello del desierto

y ha amado con pasión de que blanquea,

que nunca cuenta y que si nos contase

sería como el mapa de otra estrella.

Vivirá entre nosotros ochenta años,

pero siempre será como si llega,

hablando lengua que jadea y gime

y que le entienden sólo bestezuelas.

Y va a morirse en medio de nosotros,

en una noche en la que más padezca,

con sólo su destino por almohada,

de una muerte callada y extranjera.

BEBER [25]

Al doctor Pedro de Alba

Recuerdo gestos de criaturas

y son gestos de darme el agua.

En el valle de Río Blanco,

en donde nace el Aconcagua,

llegué a beber, salté a beber

en el fuete [26] de una cascada,

que caía crinada y dura

y se rompía yerta y blanca.

Pegué mi boca al hervidero,

y me quemaba el agua santa,

y tres días sangró mi boca

de aquel sorbo del Aconcagua.

En el campo de Mitla, un día

de cigarras, de sol, de marcha,

me doblé a un pozo y vino un indio

a sostenerme sobre el agua,

y mi cabeza, como un fruto,

estaba dentro de sus palmas.

Bebía yo lo que bebía,

que era su cara con mi cara,

y en un relámpago yo supe

carne de Mitla ser mi casta.

En la Isla de Puerto Rico,

a la siesta de azul colmada,

mi cuerpo quieto, las olas locas,

y como cien madres las palmas,

rompió una niña por donaire

junto a mi boca un coco de agua,

y yo bebí, como una hija,

agua de madre, agua de palma.

Y más dulzura no he bebido

con el cuerpo ni con el alma.

A la casa de mis niñeces

mi madre me llevaba el agua.

Entre un sorbo y el otro sorbo

la veía sobre la jarra.

La cabeza más se subía

y la jarra más se abajaba.

Todavía yo tengo el valle,

tengo mi sed y su mirada.

Será esto la eternidad

que aún estamos como estábamos.

Recuerdos gestos de criaturas

y son gestos de darme el agua.

TODAS ÍBAMOS A SER REINAS [27]

Todas íbamos a ser reinas,

de cuatro reinos sobre el mar:

Rosalía con Efigenia

y Lucila con Soledad.

En el valle de Elqui, ceñido

de cien montañas o de más,

que como ofrendas o tributos

arden en rojo y azafrán.

Lo decíamos embriagadas,

y lo tuvimos por verdad,

que seríamos todas reinas

y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,

y batas claras de percal,

persiguiendo tordos huidos

en la sombra del higueral.

De los cuatro reinos, decíamos,

indudables como el Korán,

que por grandes y por cabales

alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,

por el tiempo de desposar,

y eran reyes y cantadores

como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,

ellos tendrían, sin faltar,

mares verdes, mares de algas,

y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,

árbol de leche, árbol del pan,

el guayacán no cortaríamos

ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,

y de verídico reinar;

pero ninguna ha sido reina

ni en Arauco ni en Copán…

Rosalía besó marino

ya desposado con el mar,

y al besador, en las Guaitecas,

se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos

y su sangre dejó en su pan,

y sus ojos quedaron negros

de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,

con su puro seno candeal,

mece los hijos de otras reinas

y los suyos nunca-jamás.

Efigenia cruzó extranjero

en las rutas, y sin hablar,

le siguió, sin saberle nombre,

porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,

a montaña y cañaveral,

en las lunas de la locura

recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos

y en los salares su reinar,

en los ríos ha visto esposos

y su manto en la tempestad.

Pero en el valle de Elqui, donde

son cien montañas o son más,

cantan las otras que vinieron

y las que vienen cantarán:

– "En la tierra seremos reinas,

y de verídico reinar,

y siendo grandes nuestros reinos,

llegaremos todas al mar."

COSAS

A Max Daireaux

1

Amo las cosas que nunca tuve

con las otras que ya no tengo:

Yo toco un agua silenciosa,

parada en pastos friolentos,

que sin un viento tiritaba

en el huerto que era mi huerto.

La miro como la miraba;

me da un extraño pensamiento,

y juego, lenta, con esa agua

como con pez o con misterio.

2

Pienso en umbral donde dejé

pasos alegres que ya no llevo,

y en el umbral veo una llaga

llena de musgo y de silencio.

3

Me busco un verso que he perdido

que a los siete años me dijeron.

Fue una mujer haciendo el pan

y yo su santa boca veo.

4

Viene un aroma roto en ráfagas;

soy muy dichosa si lo siento;

de tal delgado no es aroma,

siendo el olor de los almendros.

Me vuelve niños los sentidos:

le buscoun nombre y no lo acierto,

y huelo el aire y los lugares

buscando almendros que no encuentro.

5

Un río suena siempre cerca.

Ha cuarenta años que lo siento.

Es canturía de mi sangre

o bien un ritmo que me dieron.

O el río Elqui de mi infancia

que me repecho y me vadeo.

Nunca lo pierdo; pecho a pecho,

como dos niños nos tenemos.

6

Cuando sueño la Cordillera,

camino por desfiladeros,

y voy oyéndoles, sin tregua,

un silbo casi juramento.

7

Veo al remate del Pacífico

amoratado mi archipiélago,

y de una isla me ha quedado

y de una isla me ha quedado

un olor acre de alción muerto…

8

Un dorso, un dorso grave y dulce,

remata el sueño que yo sueño.

Es al final de mi camino

y me descanso cuando llego.

Es tronco muerto o es mi padre,

el vago dorso ceniciento.

Yo no pregunto, no lo turbo.

Me tiendo junto, callo y duermo.

9

Amo una piedra de Oaxaca

o Guatemala, a que me acerco,

roja y fija como mi cara

y cuya grieta da un aliento.

Al dormirme queda desnuda;

no sé por qué yo la volteo.

Y tal vez nunca la he tenido

y es mi sepulcro lo que veo…

Anexo de “Saudade”

"SAUDADE"

Suelo creer con Stefan George en un futuro préstamo de lengua a lengua latina. Por lo menos, en el de ciertas palabras, logro definitivo del genio de cada una de ellas, expresiones inconmovibles en su rango de palabras "verdaderas". Sin empacho encabezo una sección de este libro, rematado en el dulce suelo y el dulce aire portugueses con esta palabra Saudade. Ya sé que dan por equivalente de ella la castellana "soledades". La sustitución vale para España; en América el sustantivo soledad no se aplica sino en su sentido inmediato, único que allá le conocemos.

La ola Muerta

DÍA

Día, día del encontrarnos,

tiempo llamado Epifanía.

Día tan fuerte que llegó

color tuétano y ardentía,

sin frenesí sobre los pulsos

que eran tumulto y agonía,

tan tranquilo como las leches

de las vacadas con esquilas.

Día nuestro, por qué camino,

bulto sin pies, se allegaría,

que no supimos, que no velamos,

que cosa alguna lo decía,

que no silbamos a los cerros

y él sin pisada se venía.

Parecían todos iguales,

y de pronto maduró un Día.

Era lo mismo que los otros,

como son cañas y son olivas,

y a ninguno de sus hermanos,

como José, se parecía.

Le sonriamos entre los otros.

Tenga talla sobre los días,

como es el buey de grande alzada

y es el carro de las gavillas.

Lo bendigan las estaciones,

Nortes y Sures lo bendigan,

y su padre, el año, lo escoja

y lo haga mástil de la vida.

No es un río ni es un país,

ni es un metal: se llama un Día.

Entre los días de las grúas,

de las jarcias y de las trillas,

entre aparejos y faenas,

nadie lo nombra ni lo mira.

Lo bailemos y lo digamos

por galardón de Quien lo haría,

por gratitud de suelo y aire,

por su regato de agua viva,

antes que caiga como pavesa

y como cal que molerían

y se vuelquen hacia lo Eterno

sus especies de maravilla.

¡Lo cosamos en nuestra carne,

en el pecho y en las rodillas,

y nuestras manos lo repasen,

y nuestros ojos lo distingan,

y nos relumbre por la noche

y nos conforte por el día,

como el cáñamo de las velas

y las puntadas de las heridas!

ADIÓS

En costa lejana

y en mar de Pasión,

dijimos adioses

sin decir adiós.

Y no fue verdad

la alucinación.

Ni tú la creíste

ni la creo yo,

"y es cierto y no es cierto"

como en la canción.

Que yendo hacia el Sur

diciendo iba yo:

– Vamos hacia el mar

que devora al Sol.

Y yendo hacia el Norte

decía tu voz:

– Vamos a ver juntos

dónde se hace el Sol.

Ni por juego digas

o exageración

que nos separaron

tierra y mar, que son

ella, sueño, y él

alucinación.

No te digas solo

ni pida tu voz

albergue para uno

al albergador.

Echarás la sombra

que siempre se echó,

morderás la duna

con paso de dos…

¡Para que ninguno,

ni hombre ni dios,

nos llame partidos

como luna y sol;

para que ni roca

ni viento errador,

ni río con vado

ni árbol sombreador,

aprendan y digan

mentira o error

del Sur y del Norte,

del uno y del dos!

AUSENCIA

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.

Se va mi cara en un óleo sordo;

se van mis manos en azogue suelto;

se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana

cerrada a cuanto no somos nosotros.

Se van mis gestos que se devanaban

en lanzaderas, debajo tus ojos.

Y se te va la mirada que entrega,

cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:

como humedad de tu cuerpo evaporo.

Me voy de ti con vigilia y con sueño,

y en tu recuerdo más fiel ya me borro.

Y en tu memoria me vuelvo como esos

que no nacieron en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas

de tu labor, y en tu boca de mosto.

Tu entraña fuese, y sería quemada

en marchas tuyas que nunca más oigo,

¡y en tu pasión que retumba en la noche

como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!

MURO

Muro fácil y extraordinario,

muro sin peso y sin color:

un poco de aire en el aire.

Pasan los pájaros de un sesgo,

pasa el columpio de la luz,

pasa el filo de los inviernos

como el resuello del verano;

pasan las hojas en las ráfagas

y las sombras incorporadas.

¡Pero no pasan los alientos,

pero el brazo no va a los brazos

y el pecho al pecho nunca alcanza!

ENFERMO

Vendrá del Dios alerta

que cuenta lo fallido.

Por diezmo no pagado,

rehén me fue cogido.

Por algún daño oscuro

así me han afligido.

Está dentro la noche

ligero y desvalido

como una corta fábula

su cuerpo de vencido.

Parece tan distante

como el que no ha venido,

el que me era cercano

como aliento y vestido.

Apenas late el pecho

tan fuerte de latido.

¡Y cae si yo suelto

su cuello y su sentido!

Me sobra el cuerpo vano

de madre recibido;

y me sobra el aliento

en vano retenido:

me sobran nombre y forma

junto al desposeído.

Afuera dura un día

de aire aborrecido.

Juega como los ebrios

elaire que lo ha herido.

Juega a diamante y hielo

con que cortó lo unido

yoigo su voz cascada

de destino perdido…

Criaturas

CANCIÓN DE LAS MUCHACHAS MUERTAS

Recuerdo de mi sobrina Graciela.

¿Y las pobres muchachas muertas,

escamoteadas en abril,

las que asomáronse y hundiéronse

como en las olas el delfín?

¿A dónde fueron y se hallan,

encuclilladas por reír

o agazapadas esperando

voz de un amante que seguir?

¿Borrándose como dibujos

que Dios no quiso reteñir

o anegadas poquito a poco

como en sus fuentes un jardín?

A veces quieren en las aguas

ir componiendo su perfil,

y en las carnudas rosas-rosas

casi consiguen sonreír.

En los pastales acomodan

su talle y bulto de ceñir

y casi logran que una nube

les preste cuerpo por ardid;

Casi se juntan las deshechas;

casi llegan al sol feliz;

casi reniegan su camino

recordando que eran de aquí;

Casi deshacen su traición

y van llegando a su redil.

¡Y casi vemos en la tarde

el divino millón venir!

CONFESIÓN

I

– Pende en la comisura de tu boca,

pende tu confesión, y yo la veo:

casi cae a mis manos.

Di tu confesión, hombre de pecado,

triste de pecado, sin paso alegre,

sin voz de álamos, lejano de los que amas,

por la culpa que no se rasga como el fruto.

Tu madre es menos vieja

que la que te oye, y tu niño es tan tierno

que lo quemas como un helecho si se la dices.

Yo soy vieja como las piedras para oírte,

profunda como el musgo de cuarenta años,

para oírte;

con el rostro sin asombro y sin cólera,

cargado de piedad desde hace muchas vidas,

para oírte.

Dame los años que tú quieras darme,

y han de sermenos de los que yo tengo,

porque otros ya, también sobre esta arena,

me entregaron las cosas que no se oyen en vano,

y la piedad envejece como elllanto

y engruesa el corazón como el viento a la duna.

Di la confesión para irme con ella

y dejarte puro.

No volverás a ver a la que miras

ni oirás más la voz que te contesta;

pero serás ligero como antes

al bajar las pendientes y al subir las colinas,

y besarás de nuevo sin zozobra

y jugarás con tu hijo en unas peñas de oro.

II

Ahora tú echa yemas y vive

días nuevos y que te ayude el mar con yodos.

No cantes más canciones que supiste

y no mientes los pueblos ni los valles

que conocías, ni sus criaturas.

¡Vuelve a ser el delfín y el buen petrel

loco de mar y el barco empavesado!

Pero siéntate un día

en otra duna, al sol, como me hallaste,

cuando tu hijo tenga ya treinta años,

y oye al otro que llega,

cargado como de alga el borde de la boca.

Pregúntale también con la cabeza baja,

y después no preguntes, sino escucha

tres días y tres noches.

¡Y recibe su culpa como ropas

cargadas de sudor y de vergüenza,

sobre tus dos rodillas!

LEÑADOR

Quedó sobre las hierbas

el leñador cansado,

dormido en el aroma

del pino de su hachazo.

Tienen sus pies majadas

las hierbas que pisaron.

Le canta el dorso de oro

y le sueñan las manos.

Veo su umbral de piedra,

su mujer y su campo.

Las cosas de su amor

caminan su costado;

las otras que no tuvo

le hacen como más casto,

y el soñoliento duerme

sin nombre, como un árbol.

El mediodía punza

lo mismo que venablo.

Con una rama fresca

la cara le repaso.

Se viene de él a mí

su día como un canto

y mi día le doy

como pino cortado.

Regresando, a la noche,

por lo ciego del llano,

oigo gritar mujeres

al hombre retardado;

y cae a mis espaldas

y tengo en cuatro dardos

nombre del que guardé

con mi sangre y mi hálito.

GRACIAS EN EL MAR

A Margot Arce.

Por si nunca más yo vuelvo

de la santa mar amarga

y no alcanza polvo tuyo

a la puerta de mi casa,

en el mar de los regresos,

con la sal en la garganta,

voy cantándote al perderme:

– ¡Gracias, gracias!

Por si ahora hay más silencio

en la entraña de tu casa,

y se vuelve, anocheciendo,

la diorita sin mirada,

de la joven mar te mando,

en cien olas verdes y altas,

Beatrices y Leonoras,

yLeonoras y Beatrices

a cantar sobre tu costa:

– ¡Gracias, gracias!

Por si pones al comer

plato mío, miel, naranjas;

por si cantas para mí,

con la roja fe insensata;

por si mis espaldas ves

en el claro de las palmas,

para ti dejo en el mar:

– ¡Gracias, gracias!

Por si roban tu alegría

como casa transportada;

por si secan en tu rostro

el maná que es de tu raza,

para que en un hijo tuyo

vuelvas, en segunda albada,

digo vuelta hacia el Oeste:

– ¡Gracias, gracias!

Por si no hay después encuentros

en ninguna Vía Láctea,

ni país donde devuelva

tu piedad de blanco llama,

en el hoyo que es sin párpado

ni pupila, de la nada,

oigas tú mis dobles gritos,

y te alumbren como lámparas

y te sigan como canes:

– ¡Gracias, gracias!

Para tallarte

gruta de plata

o hacerte el puño

de la granada,

en donde duermas

profunda y alta,

y de la muerte seas librada,

mitad del mar yo canto:

– ¡Gracias, gracias!

Para mandarte

oro en la ráfaga,

y hacer metal

mi bocanada,

y crearte ángeles

de una palabra,

canto vuelta al Oeste:

– ¡Gracias, gracias!

VIEJA

Ciento veinte años tiene, ciento veinte,

yestá más arrugada que la Tierra.

Tantas arrugas lleva que no lleva otra cosa

sino alforzas y alforzas como la pobre estera.

Tantas arrugas hace como la duna al viento,

y se está al viento que la empolva y pliega;

tantas arrugas muestra que le contamos sólo

sus escamas de pobre carpa eterna.

Se le olvidó la muerte inolvidable,

como un paisaje, un oficio, una lengua.

Y a la muerte también se le olvidó su cara,

porque se olvidan las caras sin cejas.

Arroz nuevo le llevan en las dulces mañanas;

fábulas de cuatro años al servirle le cuentan;

aliento de quince años al tocarla le ponen;

cabellos de veinte años al besarla le allegan.

Mas la misericordia que la salva es la mía.

Yo le regalaré mis horas muertas,

y aquí me quedaré por la semana,

pegada a su mejilla y a su oreja.

Diciéndole la muerte lo mismo que una patria;

dándosela en la mano como una tabaquera;

contándole la muerte como se cuenta a Ulises,

hasta que me la oiga y me la aprenda.

" La Muerte ", le diré al alimentarla;

y " La Muerte ", también, cuando la duerma;

" La Muerte ", como el número y los números,

como una antífona y una secuencia.

Hasta que alargue su mano y la tome,

lúcida al fin en vez de soñolienta,

abra los ojos, la mire y la acepte

y despliegue la boca y se la beba.

Y que se doble lacia de obediencia

y llena de dulzura se disuelva,

con la ciudad fundada el año suyo

y el barco que lanzaron en su fiesta.

Y yo pueda sembrarla lealmente,

como se siembran maíz y lenteja,

donde a tiempo las otras se sembraron,

más dóciles, más prontas y más frescas.

El corazón aflojado soltando,

y la nuca poniendo en una arena,

las viejas que pudieron no morir:

Clara de Asís, Catalina y Teresa.

POETA [28]

A Antonio Aita.

– “En la luz del mundo

yo me he confundido.

Era pura danza

de peces benditos,

y jugué con todo

el azogue Vivo.

Cuando la luz dejo,

quedan peces lívidos

y a la luz frenética

vuelvo enloquecido."

"En la red que llaman

la noche, fui herido,

en nudos de Osas

y luceros vivos.

Yo le amaba el coso

de lanzas y brillos,

hasta que por red

me la he conocido

que pescaba presa

para los abismos."

"En mi propia carne

también me he afligido.

Debajo del pecho

me daba un vagido.

Y partí mi cuerpo

como un enemigo,

para recoger

entero el gemido."

"En límite y límite

que toqué fui herido.

Los tomé por pájaros

del mar, blanquecinos.

Puntos cardinales

son cuatro delirios…

Los anchos alciones

no traigo cautivos

y el morado vértigo

fue lo recogido."

"En los filos altos

del alma he vivido:

donde ella espejea

de luz y cuchillos,

en tremendo amor

y en salvaje ímpetu,

en grande esperanza

y en rasado hastío.

Y por las cimeras

del alma fui herido."

"Y ahora me llega

del mar de mi olvido

ademán y seña

de mi Jesucristo

que, como en la fábula,

el último vino,

y en redes ni cáñamos

ni lazos me ha herido."

"Y me doy entero

al Dueño divino

que me lleva como

un viento o un río,

y más que un abrazo

me lleva ceñido,

en una carrera

en que nos decimos

nada más que "¡Padre!"

y nada más que "¡Hijo!"

Recados

"RECADOS"

Las cartas que van para muy lejos y que se escriben cada tres o cinco años, suelen aventar lo demasiado temporal -la semana, el año- y lo demasiado menudo -el natalicio, el año nuevo, el cambio de casa-. Y citando, además, se las escribe sobre el rescoldo de una poesía, sintiendo todavía en el aire el revoloteo de un ritmo sólo a medias roto y algunas rimas de esas que llamé entrometidas, en tal caso, la carta se vuelve esta cosa juguetona, tirada aquí y allá por el verso y por la prosa que se la disputan.

Por otra parte, la persona nacional con quien se vivió (personas son siempre para mí los países) a cada rato se pone delante del destinatario y a trechos lo desplaza. Un paisaje de huertos o de caña o de cafetal, tapa de un golpe la cara del amigo al que sonreíamos; un cerro suele cubrir la casa que estábamos mirando y por cuya puerta la carta va a entrar llevando su manojo de noticias.

Me ha pasado esto muchas veces. No doy por novedad tales caprichos o jugarretas: otros las han hecho y, con más pudor que yo, se las guardaron. Yo las dejo en los suburbios del libro, "fuora dei muri", como corresponde a su clase un poco plebeya o tercerona. Las incorporo por una razón atrabiliaria, es decir, por una loca razón, como son las razones de las mujeres: al cabo estos Recados llevan el tono más mío, el más frecuente, mi dejo rural en el que he vivido y en el que me voy a morir.

RECADO DE NACIMIENTO PARA CHILE

Miamigo me escribe: "Nos nació una niña."

La carta esponjada me llega

de aquel vagido; y yo la abro y pongo

el vagido caliente en mi cara.

Les nació una niña con los ojos suyos,

que son tan bellos cuando tiene dicha,

y tal vez con el cuello de la madre

que es parecido a cuello de vicuña.

Les nació de sorpresa una noche

como se abre la hoja del plátano.

No tenía pañales cortados

la madre, y-rasgó el lienzo al dar su grito.

Y la chiquita se quedó una hora

con su piel de suspiro,

como el niño Jesús en la noche,

lamida del Géminis, el León y el Cangrejo,

cubierta del Zodíaco de enero.

Se la pusieron a la madre al pecho

y ella se vio como recién nacida,

con una hora de vida y los ojos

pegados de cera…

Le decía al bultito los mismos primores

que María la de las vacas, y María la de las cabras:

"Conejo cimarrón", "Suelta de talle"… [29]

Y la niña gritaba pidiéndole

volver donde estuvo sin cuatro estaciones…

Cuando abrió los ojos,

la besaron los monstruos arribados:

la tía Rosa, la “china”Juana,

dobladas como los grandes quillayes

sobre la perdiz de dos horas.

Y volvió a llorar despertando vecinos,

noticiando al barrio,

importante como la Armada británica,

sin querer aplacarse hasta que todos hubiesen sabido…

Le pusieron mi nombre,

para que coma salvajemente fruta,

quiebre las hierbas donde repose

y mire el mundo tan familiarmente

como si ella lo hubiese creado, y por gracia…

Mas añadieron en aquel conjuro

que no tenga nunca mi suelta imprudencia,

que no labre panales para osos

ni se ponga a azotar a los vientos…

Pienso ahora en las cosas pasadas,

en esa noche cuando ella nacía

allá en un claro de mi Cordillera.

Yo soñaba una higuera de Elqui

que manaba su leche en mi cara.

El paisaje era seco, las piedras,

mucha sed, y la siesta, una rabia.

Me he despertado y me ha dicho mi sueño:

– "Lindo suceso camina a tu casa."

Ahora les escribo los encargos:

No me le opriman el pecho con faja.

Llévenla al campo verde de Aconcagua,

pues quiero hallármela bajo un aromo

en desorden de lanas, y como encontrada.

>Guárdenle la cerilla del cabello,

porque debo peinarla la primera

y lamérsela como vieja loba.

Mézanla sin canto, con el puro ritmo

de las viejas estrellase.

Ojalá que hable tarde y que crezca poco;

como la manzanilla está bien.

Que la parturienta la deje

bajo advocación de Marta o Teresa.

Marta hacía panes

para alimentar al Cristo hambreado

y Teresa gobernó sus monjas

como el viejo Favre sus avispas bravas…

Yo creo volver para Pascua

en el tiempo de tunas [30] fundidas

y cuando en vitrales arden los lagartos.

Tengo mucho frío en Lyon

y me abrigo nombrando el sol de Vicuña.

Me la dejarán unas noches

a dormir conmigo.

Ya no tengo aquellas pesadillas duras

y vuelta el armiño, me duermo tres meses.

Dormiré con mi cara tocando

su oreja pequeña,

y así le echaré soplo de Sibila.

(Kipling cuenta de alguna pantera

que dormía olfateando un granito

de mirra pegado en su pata…) [31].

Con su oreja pequeña en mi cara,

para que, si me muero, me sienta,

pues estoy tan sola

que se asombra de que haya mujer así sola

el cielo burlón,

y se para en tropel el Zodíaco

a mirar si es verdad o si es fábula

esta mujer que está sola y dormida.

Recado para las Antillas

I

La isla celebra fiesta de la niña.

El Trópico es como Dios absoluto

y en esos soles se muere o se salva.

Anda el café como un alma vehemente;

en venas anda, de valle o montaña

y punza el sueño de niños oscuros:

hierve en el pan y sosiega en el agua.

De leño tiene su casa la niña

y llega el viento del mar a su cama;

llega en truhán con olor de plantíos

y entran en él toronjales y cañas.

La niña lee un poema de Blake

y de San Juan de la Cruz una estancia;

cuenta sus años y saltan los veinte

como polluelos que están en nidada…

Se los sabía y no los sabía;

en huevos de oro le colman la falda:

cuando pasea son veinte flamencos;

cuando conversa son veinte calandrias.

Ella se acuerda de Cuba y Castilla;

de adolescencias de ayer y de infancias.

Niña jugó bajo un árbol del pan

y amó de amor en las Córdobas blancas.

Cantan sus muros de fábulas locas;

cuando se duerme, más alto le cantan;

toda canción que cantaron los hombres

ellos las tienen, las silban, las danzan;

Van por los muros en aves o víboras

cuando ella duerme a la cara le bajan:

el Siboney y la india Guarina,

el Mar Sargasso y el Barco Fantasma.

La negra sirve un café subterráneo,

denso en el vértigo, casto en la nata.

Entra partida de su delantal,

de risa grande y bandeja de plata.

Yo, que no estoy, yo le digo que llegue

tosca y divina como es una fábula,

y mientras bebe la niña su néctar,

la negra dice su ensalmo de magia.

Sale corriendo a encontrar sus amigas,

grita sus nombres de tierras cristianas.

Se llaman dulce, modoso o agudo:

Águeda, Juana, Clarisa, Esperanza.

Y entre ellas cruzan revoloteando

locas palomas pardi-jaspeadas.

Los mozos llegan a la hora de siesta,

son del color de la piña y el ámbar.

Cuando la miran la mientan «su sangre»,

cuando consiente, la dicen «la Patria.»

En medio de ellos parece la piña,

entre su mata ceñida de espadas.

En medio de ellas será flambuayana,

fuego que el viento tajea en mil llamas.

La aman diversa y nacida de ellos,

como los lagos se gozan sus garzas.

Y otra vez caen y vuelan sesgueando

palomas rojas y amoratadas.

II

Ahora duerme en cardumen de oro

del cielo tórrido, junto a las palmas,

adormecida en su Isla de fuego,

pura en su tierra y en su agua antillana.

Duerme su noche de aromas y duerme

sus mocedades que aún son infancias.

¡Duerme su patria que son tres Antillas

y los destinos que están en su raza!

RECADO PARA LA "RESIDENCIA DE PEDRALBES", EN CATALUÑA

La casa blanca de cien puertas

brilla como ascua a mediodía.

Me la topé como a la Gracia,

me saltó al cuello como niña.

La patria no me preguntaron,

la cara no me la sabían.

Me señalaron con la mano

lecho tendido, mesa tendida,

y la fiebre me conocieron

en la cabeza de ceniza.

La palma entra por las ventanas,

el pinar viene de las colinas,

el mar llega de todas partes,

regalándole Epifanía.

La tierra es fuerte como Ulises,

el mar es fiel como Nausica.

Me miran blando las que miran;

blando hablan, recto caminan.

No pesa el techo a mis espaldas,

no cae el muro a las rodillas.

El umbral fresco como el agua

y cada sala como madrina;

la hora quieta, el muro fiel,

la loza blanca, la cama pía.

Y en silla dulce descansando

las Noemíes y las Marías.

De Cataluña es la aceituna

y el frenesí del malvasía;

de Mallorca son las naranjas;

de las Provenzas, el habla fina.

Unas manos que no se ven

traen el pan de gruesa miga

y esto pasa donde se acaba

Francia y es Francia todavía…

Los días son fieles y francos

y más prieta la noche fija.

Por los patios corre, en espejos

y en regatos, la mocería.

El silencio después se raya

de unos ángeles sin mejillas,

y en el lecho la medianoche,

como un guijarro, mi cuerpo afila.

Hacía años que no paraba,

y hacía más que no dormía.

Casas en valles y en mesetas

no se llamaron casas mías.

El sueño era como las fábulas,

la posada como el Escita;

mi sosiego la presa de agua

y misgozos la dura mina.

Pulpa de sombra de la casa

tome mi máscara en carne viva.

La pasión mía me recuerden,

la espalda mía me la sigan.

Pene en los largos corredores

un caminar de cierva herida,

y la oración, que es la Verónica,

tenga mi faz cuando la digan.

¡Volteo el ámbito que dejo,

miento el techo que me tenía,

marco escalera, beso puerta

y doy la cara a mi agonía!

RECADO A VICTORIA OCAMPO EN LA ARGENTINA

Victoria, la costa a que me trajiste,

tiene dulces los pastos y salobre el viento,

el mar Atlántico como crin de potros

y los ganados como el mar Atlántico.

Y tu casa, Victoria, tiene alhucemas,

y verídicos tiene hierro y maderas,

conversación, lealtad y muros.

Albañil, plomero, vidriero,

midieron sin compases, midieron mirándote,

midieron, midieron…

Y la casa, que es tu vaina,

medio es tu madre, medio tu hija…

Industria te hicieron de paz y sueño;

puertas dieron para tu antojo;

umbral tendieron a tus pies…

Yo no sé si es mejor fruta que pan

y es el vino mejor que la leche en tu mesa.

Tú decidiste ser "la terrestre",

y te sirve la Tierra de la mano a la mano,

con espiga y horno, cepa y lagar.

La casa y el jardín cruzan los niños;

ellos parten tus ojos yendo y viniendo;

sus siete nombres llenan tu boca,

los siete donaires sueltan tu risa

y te enredas con ellos en hierbas locas

o te caes con ellos pasando médanos.

Gracias por el sueño que me dio tu casa,

que fue de vellón de lana merino;

por cada copo de tu árbol de ceibo,

por la mañana en que oí las torcazas;

por tu ocurrencia de "fuente de pájaros" [32],

por tanto verde en mis ojos heridos,

y bocanada de sal en mi aliento:

por tu paciencia para poetas

de los cuarenta puntos cardinales…

Te quiero porque eres vasca

y eres terca y apuntas lejos,

a lo que viene y aún no llega;

y porque te pareces a bultos naturales:

a maíz que rebosa la América

– rebosa mano, rebosa boca-,

y a la Pampa que es de su viento

y al alma hija del Dios tremendo…

Te digo adiós y aquí te dejo,

como te hallé, sentada en dunas.

Te encargo tierras de la América,

¡a ti tan ceiba y tan flamenco,

y tan andina y tan fluvial

y tan cascada cegadora

y tan relámpago de la Pampa!

Guarda libre a tu Argentina

el viento, el cielo y las trojes;

libre la Cartilla, libre el rezo,

libre el canto, libre el llanto,

el pericón y la milonga,

libre el lazo y el galope

¡y el dolor y la dicha libres!

Por la Ley vieja de la Tierra;

por lo que es, por lo que ha sido,

por tu sangre y por la mía,

¡por Martín Fierro y el gran Cuyano [33]

y por Nuestro Señor Jesucristo!

Biografia

Seudónimo de Lucila Godoy Alcayaga (1889-1957), poetisa, diplomática y además una destacada educadora, que manifestó una temprana vocación por el magisterio y llegó a ser directora de varios liceos fiscales a lo largo del país. Su fama como poetisa comenzó en 1914, luego de haber sido premiada en unos Juegos Florales por sus Sonetos de la Muerte. A este concurso se presentó con el seudónimo que la acompañaría toda su vida.

Viajó por el mundo cooperando con la educación, estudiando las escuelas y métodos educativos de diversos países. Profesora invitada de las universidades de Barnard, Middlebury y Puerto Rico. A partir de 1933 y durante veinte años, desempeñó el cargo de cónsul de Chile en ciudades como Madrid, Lisboa y Los Angeles, entre otras. Su poesía llena de calidez, emoción y marcado misticismo, ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y sueco.

Sus diversos poemas escritos para los niños se recitan y cantan en diversos países del mundo. En 1945 se convirtió en la primera, entre escritoras y escritores latinoamericanos, en recibir el Premio Nobel de Literatura. Posteriormente, en 1951, se le concedió el Premio Nacional de Literatura. Entre sus obras más famosas se cuentan Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938) y Lagar (1954).

[1] Salomón.

[2] Cuantos trabajan con la expresión rimada, más aún con la cabalmente rimada, saben que la rima, que escasea al poco andar se viene sobre nosotros en una lluvia cerrada, entrometiéndose dentro del verso mismo, de tal manera que, en los poemas largos, ella se vuelve lo natural y no lo perseguido… En este momento, rechazar una rima interna llega a parecer… rebeldía artificiosa. Ahí he dejado varias de esas rimas internas y espontáneas. Rabie con ellas el de oído retórico, que el niño o Juan Pueblo, criaturas poéticas cabales, aceptan con gusto la infracción.

[3] No sólo en la escritura sino también en mi habla, dejo por complacencia, mucha expresión arcaica, sin poner más condición al arcaísmo que la de que esté vivo y sea llano. Muchos, digo, y no todos los arcaísmos que me acuden y que sacrifico en obsequio de la persona anti-arcaica que va a leer. En América esta persona resulta siempre ser una capitalina. El campo americano -y en el campo yo me crié- sigue hablando su lengua nueva veteada de ellos. La ciudad, lectora de libros doctos, cree que un tal repertorio arranca en mí de los clásicos añejos, y la muy urbana se equivoca

[4] San Francisco de Sales.

[5] La chilenidad en su aspecto fuerte y terco.

[6] Nombre popular de los cerros que tienen un crucifijo en Europa.

[7] Albricia mía: En el juego de las Albricias que yo jugaba en mis niñeces del valle de Elqui, sea porque los chilenos nos evaporamos la s final, sea porque las albricias eran siempre cosa en singular -un objeto escondido que se buscaba- la palabra se volvía una especie de sustantivo colectivo. Tengo aún en el oído los gritos de las buscadoras y nunca más he dicho la preciosa palabra sino como la oí entonces a mis camaradas de juego.

La feliz criatura que inventó la expresión donosa y la soltó en el aire, vio el contenido de ella en pluralidad, como una especie de gajo de uvas o de puñado de algas, y en plural la dio, puesto que así la veía. El sentido de la palabra en la tierra mía es el de suerte, hallazgo o regalo. Yo corrí tras la albricia en mi valle de Elqui, gritándola y viéndola en unidad. Puedo corregir en mi seso y en mi lengua lo aprendido en las edades feas -adolescencia, juventud, madurez-, pero no puedo mudar de raíz las expresiones recibidas en la infancia. Aquí quedan, pues, esas albricias en singular…

[8] " La Aventura " quise llamarla; mi aventura con la Poesía…

[9] Ya otras veces ha sido (para algún místico), el cuerpo la sombra y el alma la "verdad verídica". Como aquí.

[10] El llamado “bálsamo del Perú”.

[11] Nombre indígena de Yucatán.

[12] Castellanizo la palabra ajena Rock.

[13] La Pirámide del Sol en México.

[14] Bárbaros, en su recto sentido de ajenos, de extraños.

[15] El Cauca y el Magdalena.

[16] "Chasquis", correos quechuas.

[17] Puelche viento de la Patagonia.

[18] Quetzalcóatl, la serpiente emplumada dc los aztecas.

[19] Espíritus juguetones del agua.

[20] Alusión al fresco del maíz de Diego Rivera llamado "Fecundación".

[21] Cactus cirial simple.

[22] "Milpa", el maizal en lengua indígena.

[23] Especies coloreadas del maíz

[24] Dios máximo de los quechuas.

[25] Falta la rima final, para algunos oídos. En el mío, desatento y basto, la palabra esdrújula no da rima precisa ni vaga. El salto del esdrújulo deja en el aire su cabriola como una trampa que engaña al amador del sonsonete. Este amador, persona colectiva que fue millón, disminuye a ojos vistas, y bien se puede servirlo a medias, y también dejar de servirlo…

[26] El español dice foete; nosotros, fuete.

[27] Esta imaginería tropical vivida en un valle caliente, aunque sea cordillerano, tenía su razón de ser. El hacendado don Adolfo Iribarren -Dios le dé bellas visiones en el cielo-, por una fantasía rara de hallar en hombre de sangre vasca, se había creado, en su casa de Montegrande, casi un parque medio botánico y zoológico. Allí me había yo de conocer el ciervo y la gacela, el pavo real, el faisán y muchos árboles exóticos, entre ellos el flamboyán de Puerto Rico, que él llamaba por su nombre verdadero de "árbol del fuego" y que de veras ardía en el florecer, no menos que la hoguera.

No bautizan con Ifigenia sino con Efigenia, en mis cerros de Elqui. A esto lo llaman disimilación los filólogos, y es operación que hace el pueblo, la mejor criatura verbal que Dios crió, quien avienta el vocablo de pronunciación forzada y pedante, por holgura de la lengua y agrado del oído.

[28] La poesía entrecomillada pertenece al orden que podría llamarse La garganta prestada como "Jugadores". A alguno que rehuía en la conversación su confesión o su anécdota, se le cedió filialmente la garganta. Fue porque en la confidencia ajena corría la experiencia nuestra a grandes oleadas o fue sencillamente porque la confidencia patética iba a perderse como el vilano en el aire. Infiel es el aire al hombre que habla, y no quiere guardarle ni siquiera el hálito. Yo cumplo aquí, en vez del mal servidor…

[29] Expresión popular chilena que quiere decir desparpajada y donairoso a la vez.

[30] Higos chumbos.

[31] Kipling no cuenta nada… Cita para honrar a don Palurdo, gran citador…

[32] V. O. ha hecho en su jardín de Mar del Plata una fuentecita mínima de piedra donde beben los pájaros. Y la alimenta…

[33] Nombre popular chileno de José de San Martín, nuestro héroe común.